“Dos palabras”
«El camino a La Meca» es la traducción de la obra «The Road of Mecca», escrita por el célebre pensador, escritor y periodista Muhammad Asad. Muhammad Asad era judío de origen. Sin embargo, ya en su adolescencia perdió el interés por la religión judía. A medida que maduraba, llegó a sentir aversión por el estilo de vida neomoderno de Occidente y por sus costumbres. Por un lado, el materialismo hedonista de Occidente y, por otro, el pensamiento espiritual, extramundano y desligado del cuerpo de los sacerdotes lo alejaron del círculo occidental y lo orientaron hacia Oriente. Se sintió atraído por la forma de vida islámica, árabe y moderada, basada en la armonía entre el cuerpo y el alma. En 1921 abrazó el islam y adoptó el nombre de Muhammad Asad.
«The Road of Mecca», o «El camino a La Meca», es la autobiografía espiritual de Muhammad Asad. Al relatar sus variadas experiencias durante sus viajes por distintos países, expuso la historia de su despertar espiritual. En esta obra se narran, con forma de relato, las múltiples experiencias de su vida viajera, el modo de vida del mundo árabe y las características comparativas de los modos de vida de Oriente y Occidente; asimismo, se retrata la conmovedora historia del descubrimiento de la verdad por parte de un espíritu insatisfecho y buscador de la verdad.
No hace falta decir que este libro fue escrito por uno de los pensadores más reflexivos de nuestra época, que no es un musulmán convertido común, irracional y dominado por la emoción. Es una persona de talento excepcional que, antes de abrazar la religión, se esforzó por comprenderla y captar su esencia a la luz de todo su saber y su inteligencia.
La traducción bengalí de esta fascinante obra, dotada de una calidad literaria extraordinariamente elevada, fue realizada por el célebre narrador y pensador islámico Shahed Ali, antiguo editor de «Islami Foundation Patrika» y «Sabuj Pata». No cabe duda de que su mano mágica, habituada al lenguaje de la narración, ha triunfado magníficamente al traducir el lenguaje literario y descriptivo de esta obra; cualquier lector disfrutará con placer de su claridad y elegancia, y podemos asegurarle que no se cansará a lo largo de su extenso recorrido por sus páginas, sino que lo hará con alegría. Por eso publicamos nuevamente esta obra, renovada en su forma, como regalo para los lectores. En vez de llamar a «El camino a La Meca» una traducción, puede decirse que es una nueva creación: una aportación original a la literatura bengalí.
Esperamos que, al leer esta obra, los lectores encuentren nuevo alimento para reflexionar sobre los ideales religiosos del islam y despierten a una fe aún más profunda en el islam.
—Sharif Hasan Tarafdar
Editor
Prefacio
Probablemente ya desde la época escolar había oído la noticia de que un erudito judío llamado Leopold Weiss había abrazado el islam; pero no supe hasta mucho después que era escritor y un pensador de extraordinario talento. Su nombre musulmán es Muhammad Asad. Aunque su recuerdo permanecía luminoso en mi memoria, todavía no había tenido la fortuna de leer ninguna de sus obras. Durante la época británica estuvo en la India; después de la creación de Pakistán, fue director del organismo de reconstrucción islámica del Gobierno de Punyab Occidental, y editó una revista inglesa de muy alto nivel llamada «Arafat». No sabía nada más de él.
Un día, probablemente hacia 1958, el abogado A. M. Mustafa, quien más tarde sería ministro del Gobierno central de Pakistán, dijo en el curso de una conversación: «Hermano, ¿ha leído The Road of Mecca? De todos los libros que he leído en mi vida, este es el libro.
El hermano Mustafa no solo era un famoso jurista; también era un activo e intransigente trabajador de la cultura islámica y un lector culto. Mantenía una información actualizada sobre qué grandes escritores del mundo habían escrito libros sobre el islam. Al oír de sus labios sus entusiastas elogios de The Road of Mecca, me apresuré a conseguir el libro y, unos días después, hice que me enviaran un ejemplar por paquete desde Lahore. Al tenerlo en mis manos, me sumergí en él; convertido en compañero del largo y apasionante viaje espiritual de Asad, desde su infancia hasta su aceptación del islam, también recorrí diversos países de Europa y Asia, por caminos y campos, mercados y aldeas, ciudades y puertos, y por el mar, y volví a contemplar el mundo con ojos nuevos. Poco a poco, la forma plena del islam se desplegó y floreció pétalo tras pétalo ante mi mirada. Leí The Road of Mecca una y otra vez, y mientras lo leía comprendí en mi interior que la traducción bengalí de este libro abriría para los lectores y lectoras de habla bengalí un nuevo horizonte de la visión islámica de la vida.
A pesar de mis limitados recursos y de la falta de tiempo, emprendí la traducción del libro y comencé a publicarla por entregas en la revista Islamic Academy, que yo editaba. Gracias al contenido y al estilo de escritura extraordinario de Asad, mi modesta traducción también despertó una gran respuesta entre los lectores; muchos se suscribieron a la revista Islamic Academy únicamente por esta traducción y expresaban su disgusto cuando la publicación de la revista se volvía irregular.
The Road of Mecca, o El camino a La Meca, es la autobiografía espiritual de Muhammad Asad. Asad escribió la historia de su vida en forma de relato. Más cautivadora que una novela, esta historia, gracias a la autenticidad de las experiencias personales de Asad, se ha convertido para la gente de nuestro tiempo en un análisis del islam sin precedentes. Desde el principio hasta el final del libro se extiende un sabor nuevo, una esencia singular, que no solo proporciona placer al lector, sino que lo enriquece con una experiencia profundamente satisfactoria; convertido en compañero de viaje del autor, el lector llega finalmente a La Meca, centro esencial de la visión islámica de la vida, y su largo viaje por el camino del islam alcanza su culminación: en palabras de Asad, es un regreso al hogar, home-coming.
Muhammad Asad fue periodista, pensador y un intérprete excepcional del islam; pero, en esencia, fue un talento creativo dotado de clarividencia. The Road of Mecca es una de sus maravillosas creaciones. Dedicó el libro a su esposa, Pola Hamida Asad. Al presentar esta creación suya en lengua bengalí, he procurado, en la medida de lo posible, conservar el ritmo, la cadencia de las frases y el estilo de la obra original, y transmitir las emocionantes experiencias de Asad. Pero ninguna creación puede traducirse literalmente. Por eso no afirmo haber logrado expresar por completo con mis propias palabras esta incomparable obra de Asad. Mi consuelo, sin embargo, es que detrás de esta traducción, desde el principio hasta el final, estuvieron activos mi inclinación innata hacia la escritura creativa y mi amor, arraigado desde la infancia, por el ideal islámico de vida. Al entregar la traducción del libro a los lectores y lectoras bengalíes, he cumplido una responsabilidad que me impuse a mí mismo; por ello, la recompensa corresponde a Muhammad Asad ante Allah Ta‘ala, el Misericordioso por excelencia. Innumerables lectores, expectantes e interesados, me han instado sin descanso a completar la traducción y publicarla en forma de libro; cada vez que nos encontrábamos, sacaban el tema. Su espera entusiasta ha llegado por fin a su término y su demanda se ha cumplido; por ello me siento liberado de una carga y doy gracias a Allah Ta‘ala. Entre todos esos innumerables lectores, no es posible olvidar al hermano Shah Abdul Hannan; su interés ferviente y su insistencia me alentaron de nuevo cada vez que mi empeño en la traducción flaqueaba.
Durante la primera etapa de la traducción del libro, Muhammad Azizur Islam y Sheikh Tofazzal Hossain, de la antigua Islamic Academy, transcribieron durante mucho tiempo mi traducción oral. En la segunda etapa, el poeta Masud-ush-Shahid asumió por completo esta responsabilidad. Masud dedicó con tanta alegría una parte valiosa de su vida cotidiana a este trabajo junto a mí. Abdul Mukit Chowdhury asumió gustosamente la tarea de revisar las pruebas. Kalam Azad, de Islamic Foundation Press, preparó el índice del libro. Todos ellos son personas queridas por mí; no quiero disminuir, con un simple agradecimiento, el valor de su sincera colaboración.
Jnanakosha Prakashani se ha ganado la gratitud de todo el público lector de lengua bengalí al publicar la tercera edición de este libro.
Shahed Ali
Algunas palabras sobre la dramática vida de Muhammad Asad
El profesor Shahed Ali
En 1994, la estrella más luminosa de la sabiduría y la erudición cayó del firmamento del mundo musulmán. Desde la perspectiva del mundo occidental, la luz de esta estrella era intensa y deslumbrante; sin embargo, durante casi un siglo fingieron no verla aunque la tenían justo delante de los ojos. Este sabio había nacido en Occidente, en un entorno europeo. No obstante, desafió a la civilización occidental contemporánea, avanzada en las ciencias y el conocimiento, y reveló ante el mundo el abismo de vacío oculto tras su esplendor exterior. Por eso, el mundo occidental intentó siempre ignorarlo con fastidio. La noticia de su fallecimiento no recibió ninguna difusión en los medios de comunicación occidentales.
Así como quien padece ceguera nocturna no ve nada de la luna ni de las estrellas, y como el ciego no ve el sol, tampoco la luz de los rayos de esta estrella se reflejó plenamente ante los ojos del mundo musulmán. Por eso, aunque la estrella más luminosa de su firmamento cayera, el mundo musulmán no sintió ningún vacío; al ciego nada le importa que salga o se ponga el sol o una estrella. Tampoco tienen sus propios medios de comunicación. Además, incluso en los medios que existen, esta muerte no recibió mayor importancia. Se dice que su voluntad era que su tumba estuviera en La Meca, donde había vivido durante mucho tiempo, había descubierto el islam, se había convertido en su mejor intérprete y representante, y, tras abrazar el islam, había puesto de relieve su superioridad ante el mundo entero; allí había escrito un libro que conmovió al mundo, como The Road to Mecca. Pero su deseo no se cumplió. Murió en España y allí fue enterrado.
Muhammad Asad, cuyo nombre antes de abrazar el islam era Leopold Louis, vivió unos veintiséis o veintisiete años en la ciudad marroquí de Tánger junto con su esposa, Pola Hamida Asad. Había firmado un acuerdo con la Liga del Mundo Islámico para traducir el Sagrado Corán acompañado de un tafsir abreviado. Cuando se publicó el tafsir de los primeros diez juz, algunos ulemas expresaron su desacuerdo con algunas de sus interpretaciones. Entonces Asad rompió su relación con la Liga y se trasladó a Marruecos; pese a las dificultades económicas, decidió completar y publicar por sí solo la traducción y el tafsir, contando únicamente con la ayuda de su esposa y de algunos amigos. Tras veinte largos años de dedicación, publicó su traducción y su tafsir, ofreciendo al mundo moderno la traducción y el tafsir más modernos del Sagrado Corán.
Leopold Louis nació en 1900 en la ciudad de Lemberg, en la actual Polonia, en el seno de una familia judía. Su abuelo fue el último rabino de una familia judía de rabinos y sacerdotes que se había extendido durante varias generaciones. Aunque su padre había recibido educación para convertirse en un rabino judío tradicional, abandonó aquella tradición familiar, estudió Derecho, se convirtió en un abogado célebre y se casó con una mujer de una familia de banqueros. Además de sus estudios escolares ordinarios, Louis aprendió a hablar y leer hebreo con fluidez, y llegó a familiarizarse profundamente con el arameo. Ya a esa edad conoció a fondo el texto original y los comentarios del Talmud. Muchos años después escribió sobre ello en su obra espiritual y autobiográfica The Road to Mecca: «Me pareció que el Dios del Antiguo Testamento y del Talmud estaba ocupado únicamente con los rituales mediante los cuales sus adoradores debían rendirle culto. También me parecía que Dios estaba extraordinariamente preocupado de antemano por el destino de una nación determinada. La propia estructura del Antiguo Testamento, presentada como la historia de los descendientes de Abraham, da la impresión de que Dios no es el creador y sustentador de toda la humanidad, sino una divinidad tribal que adapta toda la creación a las necesidades de un pueblo elegido».
Aunque se había decepcionado del judaísmo, Louis no emprendió la búsqueda de la verdad espiritual por ningún otro camino. Después de la Primera Guerra Mundial ingresó en la Universidad de Viena y, con bastante arrogancia, se dedicó al estudio de la historia del arte y de la filosofía. Pero aquella vida académica no logró saciar la sed interior que lo impulsaba a buscar un significado religioso. Tampoco satisfizo su deseo de aventura. Después de la Primera Guerra Mundial, Viena estaba empeñada desesperadamente en recuperar su singularidad y su identidad. La guerra y la caída de la antigua monarquía de los Habsburgo, con seiscientos años de existencia, habían derrumbado los cimientos de los viejos valores y tradiciones. Por supuesto, ya antes estos habían sido objeto de los ataques de los entendidos en arte y de los intelectuales. Influido por una familia escéptica, Louis, como muchos otros muchachos de su edad, rechazó directamente toda religión formal. En aquel entonces sus objetivos eran la acción, la aventura y la emoción. Impulsado por ese deseo, quiso incorporarse al ejército austríaco bajo un seudónimo, porque aún no tenía dieciocho años. Así, su sueño fracasó. Cuatro años después, cuando legalmente pudo ingresar en el ejército, su sueño de gloria militar ya se había desvanecido. Porque apenas unas semanas más tarde estalló la revolución, el Imperio austríaco se derrumbó y la guerra terminó.
Pero Louis no sentía ningún atractivo por la vida académica. Sentía el deseo de enfrentarse profundamente con la vida, el anhelo de entrar en ella. Quería entrar en la vida sin refugiarse en los sistemas de defensa que las personas amantes de la seguridad construyen a su alrededor; quería encontrar por sí mismo el camino para comprender la disciplina y el orden espirituales que existen detrás de todas las cosas.
Un rasgo característico de las primeras décadas del siglo XX era el vacío espiritual. Todos los valores a los que Europa se había acostumbrado durante siglos perdieron sus contornos propios y quedaron sin forma ni sustancia a causa de lo ocurrido entre 1914 y 1918. En ninguna parte aparecían nuevos valores capaces de llenar aquel vacío. La sensación de fragilidad e incertidumbre, el presagio de una convulsión social y psicológica, sembró en la mente de los jóvenes la sospecha de que nada permanente existía en el pensamiento ni en los esfuerzos humanos. La agitación espiritual de los jóvenes no encontraba ningún apoyo firme en parte alguna. Louis y otros jóvenes como él estaban desconcertados por toda clase de preguntas, y, ante la ausencia de una norma moral fiable, nadie podía ofrecerles respuestas satisfactorias. Louis comprendió que «la ciencia dice que el conocimiento lo es todo, pero sin un objetivo moral el conocimiento solo puede crear caos». No cabe duda de que los reformadores sociales, los revolucionarios y los comunistas de aquella época querían construir un mundo más noble y más feliz. Pero la aguda mirada de Louis observó que todos ellos pensaban únicamente a la luz de las condiciones sociales y económicas externas y que, para corregir sus deficiencias, habían elevado la concepción materialista a una nueva metafísica antimetafísica. Veían que muchas de las cosas que ocurrían en el mundo que los rodeaba eran profundamente incompatibles con las supuestas cualidades divinas. Las fuerzas que controlaban el destino humano parecían claramente distintas y separadas de las cualidades que se atribuían a Dios. De ello concluyeron que Dios no existía. Los arrogantes guardianes de la religión habían vestido a Dios con sus propios ropajes y lo habían separado del destino humano, dejándolo sin relación con él. Pero eso no resolvía el problema: aquella incertidumbre y mutabilidad respecto a lo que debía hacer el individuo en su vida podían convertirse en causa de un grave desorden y generar desprecio por la educación, la cultura y el sentido de la belleza humanos. Debido a esta comprensión innata, Louis no se detuvo allí. Para él, la construcción de una vida noble se convirtió en una ayuda para buscar un camino creativo hacia la esperanza. Impulsado por ello, ingresó en la Universidad de Viena y eligió como materia principal la historia del arte. Pero la asignatura no logró satisfacer a Louis. Observó que sus profesores —entre los cuales Strzygowski y Dvořák eran famosos y eminentes— estaban excesivamente ocupados en descubrir las reglas estéticas que regulaban la creación artística; apenas habían intentado desentrañar la conmoción espiritual que se hallaba en su núcleo. En otras palabras, según Louis, su enfoque del arte estaba estrechamente limitado a las formas y los estilos mediante los cuales el arte encuentra expresión.
Aunque durante los días de su juvenil confusión Louis llegó a conocer las ideas del nuevo psicoanálisis que había cautivado a Europa, no quedó satisfecho con ellas; tampoco encontró respuesta a sus preguntas, aunque por entonces la teoría psicoanalítica había aparecido como una revolución de primer orden. El descubrimiento del papel de los deseos y anhelos de la mente inconsciente en la formación de la personalidad humana había abierto, sin duda, el camino hacia una comprensión más profunda de uno mismo, pero esta convicción del joven Leopold Louis no duró mucho. Para él, el estímulo del pensamiento freudiano era tan intenso como la embriaguez del alcohol. En los cafés de Viena escuchó absorto las apasionadas discusiones entre algunos de los primeros pioneros del psicoanálisis —los eruditos Alfred Adler, Hermann Steckel y Otto Gross, entre otros—, pero Louis se sintió perturbado por la arrogancia intelectual de aquella nueva ciencia. Porque, en su opinión, «esta ciencia quiere reducir todos los misterios del alma humana a unas cuantas acciones y reacciones nerviosas». Comprendió que las conclusiones de aquella nueva disciplina tampoco tenían capacidad para acercarse a las verdades últimas. Además, no encontró en ella ninguna indicación de un nuevo camino hacia una vida noble y elevada. Después de la Gran Guerra comenzó el colapso generalizado de los valores establecidos; en el curso de esa quiebra también se relajaron muchas de las restricciones existentes en las relaciones entre hombres y mujeres. Se pasó de una situación a otra completamente opuesta, en la que todo se había convertido en objeto de controversia. En otras palabras, la situación quedó así: de la fe y la confianza en el progreso humano ininterrumpido y ascendente, el ser humano fue arrojado hacia el amargo pesimismo de Spengler, al relativismo moral de Nietzsche y al vacío espiritual creado por el psicoanálisis. Entre los jóvenes de ambos sexos ansiosos de satisfacer los impulsos del cuerpo, las relaciones sexuales se volvieron indiscriminadas, fortuitas y libres. A Leopold Louis le parecía que aquello no era más que una rebelión contra las convenciones vacías. Pensaba que quizá la unión entre el hombre y la mujer pudiera disipar la terrible soledad que había separado a un ser humano de otro. En medio de aquella agitación e inquietud mental, le resultó imposible continuar sus estudios universitarios. Su padre quería convertirlo en un erudito y hacerlo obtener un doctorado. Pero Louis renunció a ello y, contra la voluntad de su padre, eligió la vida periodística: sería escritor y la escritura sería su profesión. Desde Viena llegó a Praga, donde, en un antiguo café llamado The Westen, conoció un círculo mágico de artistas y escritores. Al cabo de un tiempo, su padre se enteró y le escribió una carta: «Ahora veo claramente que acabarás muriendo como un vagabundo y un holgazán, tirado junto a una alcantarilla en la calle». El joven Louis, obstinado y lleno de confianza en sí mismo, respondió: «No». Había comprendido que quería ser escritor; había nacido en él la convicción de que el mundo literario lo esperaba con entusiasmo, tendiéndole generosamente los brazos.
Pero en aquellos días era difícil acceder a algún periódico famoso. Caminó durante días y días por las calles de Berlín, sin dinero para el metro ni para el taxi. Pasó muchas semanas alimentándose únicamente de té y de los dos trozos de pan que la casera le daba por la mañana. El destino de aquellos días era un ayuno absoluto. Y sus sueños nocturnos estaban llenos de gruesas rebanadas de pan fresco untadas con mantequilla.
En medio de aquella extrema indigencia económica, pasó algún tiempo trabajando como ayudante de un productor cinematográfico; después ganó algo de dinero escribiendo un guion para su amigo vienés Eston Kuh y luego otro guion. Tras pasar otro año realizando diversos trabajos temporales en distintas ciudades de Europa central, finalmente entró en el mundo de los periódicos en 1921. El doctor Demart, un adinerado miembro del Partido Católico del Centro alemán y una figura destacada de la escena política alemana, estaba a punto de fundar, con la colaboración de la United Press of America, una agencia de noticias llamada United Telegraph. Lewis solicitó un puesto de ayudante en su empresa, pero obtuvo el trabajo de telefonista. Para sus ambiciones, era un empleo sumamente decepcionante. Sin embargo, Lewis no tenía otra opción que aceptarlo. Después de trabajar allí durante un mes, logró entrevistarse en secreto en Berlín con madame Máxim Gorki, que había llegado allí durante la terrible hambruna rusa de 1921 para movilizar a la opinión pública en las capitales de Europa central a favor de una ayuda y un auxilio eficaces. Gracias a aquella entrevista, Leopold Lewis, el telefonista, se convirtió en reportero. Se hizo periodista.
Leopold Lewis tenía entonces veintidós años y era un joven impetuoso. Lewis y los jóvenes de su edad estaban inquietos, deseosos de transformar la sociedad y reconstruirla de nuevo. ¿Cómo debía organizarse la sociedad para que las personas pudieran vivir una vida verdadera y plena? ¿Cómo debían estructurarse sus relaciones para que todos pudieran romper y salir del aislamiento y la soledad que rodeaban a cada ser humano, y vivir en una verdadera amistad y cooperación mutuas? ¿Qué es el bien, qué es el mal, qué es el destino? O, dicho de otro modo, ¿qué debe hacer el ser humano para ser, en el sentido más auténtico, uno e indivisible con su vida, y poder decir: «Yo y mi destino no somos distintos: somos uno»?
En todas partes reinaba un clima de incertidumbre moral y social, y aquello había dado origen a un optimismo temerario. Este se manifestaba, por un lado, en los audaces experimentos de la música, la pintura y el teatro de aquella época y, por otro, en una búsqueda casi revolucionaria, a menudo ciega y tanteante, acerca de la estructura y las líneas generales de la cultura. Pero, junto a aquel optimismo mantenido artificialmente con vida, también se desarrollaba una vaciedad espiritual. Un vago relativismo arrogante nacía en medio de un pesimismo cada vez mayor. Después de la Segunda Guerra Mundial, nada funcionaba ya con la naturalidad y el orden de antes en el mundo europeo, exaltado, emocionalmente afligido, insatisfecho y agitado. A los ojos de Lewis, el verdadero ídolo del mundo occidental no era espiritual en absoluto. Su única divinidad era el confort: para un europeo común, ya fuera demócrata, comunista, trabajador o intelectual, la única creencia significativa era el culto al progreso material, porque, aparte de hacer la vida cada vez más fácil, no podía haber ningún otro objetivo en ella. En el lenguaje de la época, el único propósito de la vida era liberar al ser humano del dominio de la naturaleza. Los templos de esta nueva religión eran las enormes fábricas, los cines, los laboratorios químicos, los salones de baile y las instituciones zoológicas. Y los sacerdotes de semejantes templos eran los banqueros, ingenieros, políticos, estrellas de cine, estadísticos, directores de educación, creadores de récords, aviadores y comisarios. En la discrepancia general acerca de las nociones del bien y del mal y en el recurso al oportunismo para todas las cuestiones sociales y económicas se manifestó un fracaso moral: un oportunismo comparable al de una prostituta callejera, que entrega su cuerpo cuandoquiera y a cualquiera que la desee. Ya a aquella edad, Lewis vio que la insaciable sed de poder y placer había dividido inevitablemente al mundo occidental en diversos grupos enfrentados. Cada uno de esos grupos estaba equipado con armas mortíferas y, cada vez que sus intereses mutuos sufrían algún golpe, se desesperaban por destruirse unos a otros. Entonces, el criterio supremo de lo justo y lo injusto era la utilidad práctica, el éxito mundano. Así describió Lewis su estado de entonces: «Vi lo desdichada y confundida que se había vuelto la vida. Qué poco vínculo había entre los seres humanos, aunque se insistiera en la sociedad y la nación con gritos enloquecidos capaces de romper los oídos. Cuánto nos habíamos alejado del mundo de nuestros sentimientos innatos. Y cuán estrechas y apagadas se habían vuelto nuestras almas. En aquel entonces, el principio y el fin de todos nuestros pensamientos era Europa».
Lewis dice: «Pero mi incapacidad para participar en las diversas aspiraciones sociales, económicas y políticas de quienes me rodeaban, o de cualquiera de los grupos existentes entre ellos, fue adquiriendo con el tiempo en mí la forma de una vaga idea: que yo no era realmente uno de ellos, que no tenía relación con ellos; y al mismo tiempo nació en mí el deseo de pertenecer necesariamente a alguien, pero ¿a quién? Que debía formar parte de algo, pero ¿de qué?». Con el corazón lleno de aquella súplica y aquella inquietud, en 1922, a los veintidós años, partió hacia Jerusalén, en una tierra extraña, respondiendo al llamado del Corán. Tras relacionarse durante largo tiempo con los árabes, encontró la respuesta: ¿a quién pertenecería, de qué formaría parte? Llegó a Jerusalén como corresponsal de un periódico mundialmente famoso llamado Frankfurter Zeitung y, unos años después, recorrió Palestina, Transjordania, Irak, Persia y Afganistán. Durante su estancia en Jerusalén entró por primera vez en contacto con el islam y se sintió atraído por el modo de vida de los árabes. Después de relacionarse íntimamente con ellos, descubrió que en la sociedad musulmana tradicional existía una armonía innata entre la mente y los sentidos, algo que Europa había perdido. Descubrió en ellos una seguridad del corazón y una liberación de la desconfianza en sí mismos, una liberación que estaba fuera de los sueños de los europeos. Finalmente, Leopold Lewis obtuvo la respuesta a la pregunta de de qué formaría parte y, al regresar a Europa en 1926, abrazó el islam junto con su esposa. Su nombre musulmán fue Muhammad Asad. En la autobiografía de Asad, el libro El camino a La Meca, su conversión al islam recibe el nombre de «regreso al hogar». Tras abrazar el islam, Asad vivió aproximadamente seis años en tierras árabes y adquirió un profundo conocimiento de la vida y la lengua árabes. Llegó a intimar con el rey Ibn Saúd. Después abandonó Arabia y se dirigió a la India, donde conoció al gran poeta y filósofo musulmán Allama Iqbal. Siguiendo su consejo, Asad abandonó sus planes de viajar al Turquestán Oriental, China e Indonesia, y permaneció en la India para explicar y analizar las fuentes intelectuales del Estado islámico. En aquel entonces, el Estado islámico no era más que el sueño de la mente embelesada de un poeta soñador. En palabras de Muhammad Asad: «Para mí, como para Iqbal, era un sueño encontrar el camino —en realidad, el único camino— para reavivar todas las almas dormidas del islam: crear la entidad política de un pueblo cuya cohesión no se basara en la misma sangre y carne, sino en la adhesión común a un ideal. Durante muchos años me consagré a este objetivo mediante el estudio, la escritura y las conferencias, y con el tiempo adquirí cierta fama como intérprete de la ley islámica». Pero aquel logro no fue una fama modesta, sino una fama mundial.
Cuando se estableció Pakistán en 1947, el Gobierno de ese Estado invitó a Muhammad Asad a crear y dirigir una institución llamada Departamento de Reconstrucción Islámica, cuyo objetivo era exponer detalladamente las concepciones ideológicas islámicas sobre el Estado y la sociedad, en las que la recién nacida organización política pudiera apoyarse para orientar ideológicamente su labor. Después de continuar durante dos años este trabajo sumamente estimulante, Muhammad Asad ingresó en el Servicio Exterior de Pakistán. En el Ministerio de Asuntos Exteriores de Pakistán, se convirtió en jefe de la División de Oriente Medio. Muhammad Asad proporcionó todos los datos y documentos históricos en apoyo de la lucha de argumentos y hechos que Pakistán libraba con éxito en la Organización de las Naciones Unidas a favor de los palestinos y contra el judaísmo. En el Ministerio de Asuntos Exteriores se consagró a fortalecer las relaciones entre Pakistán y el mundo musulmán. En ese período, Muhammad Asad fue nombrado ministro plenipotenciario de la misión pakistaní ante la Organización de las Naciones Unidas. Más tarde, hacia finales de 1952, renunció a ese cargo y se dedicó a escribir su inmortal obra «The Road to Mecca».
La historia de una historia
La historia que voy a contar en este libro no es la autobiografía de un hombre destacado por su participación en asuntos de Estado; tampoco es el relato descriptivo de una aventura arriesgada, pues, aunque en mi vida ocurrieron muchas aventuras extraordinarias, no fueron más que acontecimientos secundarios de lo que estaba sucediendo dentro de mí, nunca algo más; tampoco es la historia de un esfuerzo consciente por buscar una fe religiosa, porque esa fe llegó a mi vida a lo largo de muchos años, sin que yo intentara alcanzarla. Mi historia es sencillamente la de un europeo que descubrió el islam y se integró en la sociedad musulmana.
Nunca pensé en escribir este libro. Porque jamás me pareció que mi vida pudiera tener un interés especial para alguien distinto de mí. Pero cuando, después de haber pasado veinticinco años fuera del mundo occidental, llegué a París y de allí a Nueva York, a comienzos de 1952, me vi obligado a cambiar de opinión. Como entonces trabajaba como ministro plenipotenciario de Pakistán ante la Organización de las Naciones Unidas, naturalmente todas las miradas estaban puestas en mí; me convertí en motivo de gran curiosidad entre mis amigos, conocidos europeos y estadounidenses. Al principio, ellos pensaban que mi trabajo era el de un «experto» europeo, contratado por un Gobierno de Oriente con un propósito particular, y que yo me había adaptado, por conveniencia, a las costumbres y maneras de la nación para la que trabajaba. Pero cuando mis actividades en la Organización de las Naciones Unidas se hicieron claras, y vieron que no solo en el ámbito «profesional», sino también en el emocional y el intelectual, me había identificado plenamente con los objetivos políticos y culturales del mundo musulmán en general, quedaron algo sorprendidos y desconcertados. A medida que pasaban los días, cada vez más personas empezaron a preguntarme por mis experiencias pasadas. Supieron que, al comienzo mismo de mi vida profesional, había empezado a trabajar como corresponsal extranjero de periódicos continentales y que, después de viajar ampliamente durante varios años por todo Oriente Medio, me había hecho musulmán en 1926; que, después de convertirme al islam, había vivido unos seis años en Arabia y había logrado ganarme la amistad del rey Ibn Saud; que después había abandonado Arabia y viajado a la India, donde conocí a Muhammad Iqbal, padre espiritual de la idea de Pakistán y gran poeta-filósofo musulmán. Él fue quien, en poco tiempo, me persuadió de abandonar mis planes de viajar por el Turquestán Oriental, China e Indonesia y de permanecer en la India para explicar y analizar las fuentes intelectuales del futuro Estado islámico, que entonces no era más que un sueño en la mente soñadora de Iqbal. Para mí, igual que para Iqbal, aquel sueño era el símbolo de un camino, en realidad, del único camino, para reavivar todas las esperanzas adormecidas del islam: la creación de una entidad política de un pueblo cuya cohesión no se basara en la misma sangre o linaje, sino en la adhesión común a un ideal. Durante muchos años me consagré a ese objetivo mediante el estudio, la escritura y las conferencias y, con el tiempo, adquirí cierta fama como intérprete de la ley islámica y de la civilización islámica. Cuando se estableció Pakistán en 1947, el Gobierno de ese Estado me invitó a crear y dirigir un departamento llamado «Departamento de Reconstrucción Islámica»; su objetivo era exponer detalladamente las concepciones ideológicas islámicas sobre el Estado y la sociedad, en las que la recién nacida organización política pudiera apoyarse para orientar ideológicamente su labor. Después de continuar durante dos años este trabajo sumamente estimulante, ingresé en el Servicio Exterior de Pakistán. En el Ministerio de Asuntos Exteriores de Pakistán fui nombrado jefe de la División de Oriente Medio. Allí me consagré a fortalecer los vínculos y las relaciones entre Pakistán y el resto del mundo musulmán; y fue durante ese período cuando fui destinado a la misión pakistaní ante la Organización de las Naciones Unidas en Nueva York.
Todo esto apunta a algo mucho más profundo que la mera adaptación externa de un europeo a la sociedad musulmana en la que llegó a vivir por una serie de circunstancias: implica, más bien, retirar consciente y completamente la lealtad a una familia cultural y expresar lealtad hacia un entorno cultural completamente distinto. A muchos de mis amigos occidentales esto les parece muy sorprendente. No lograban imaginar que una persona nacida en el mundo occidental, que había crecido y recibido allí su educación, pudiera identificarse de tal manera con el mundo musulmán, abierta y completamente, sin ocultar nada en su interior; cómo había podido adoptar, en lugar de la herencia cultural occidental, la herencia cultural islámica, y qué era lo que le había llevado a aceptar un ideal religioso y social que ellos daban por sentado que era, en mi opinión, muy inferior a todas las concepciones europeas.
Pero ¿por qué, empecé a preguntarme, mis amigos occidentales daban este asunto por sentado? ¿Habían sentido alguna vez la necesidad de intentar llegar verdaderamente, de manera directa, a la esencia del islam? ¿O se basaban sus opiniones en concepciones deformadas heredadas de generaciones anteriores y en unas cuantas frases hechas? ¿Podía ser que el antiguo modo de pensar griego y romano, que dividía el mundo en dos partes —por un lado, griegos y romanos, y por otro, los bárbaros, es decir, las naciones bárbaras—, estuviera todavía tan profundamente arraigado en la mente occidental que esta fuera, incluso en principio, incapaz de reconocer que todo lo situado fuera de su propia órbita cultural tuviera algún valor claro y definido?
Desde la época de los griegos y los romanos, los pensadores e historiadores europeos se han mostrado inclinados y dispuestos a concebir la historia del mundo únicamente a la luz y en los términos de la historia europea y de la experiencia cultural occidental. En este cuadro, las civilizaciones no occidentales solo entran en escena cuando su existencia o determinados movimientos surgidos en su seno han ejercido, o ejercen, una influencia directa sobre el destino de los pueblos occidentales; y por eso, a los ojos de los occidentales, la historia del mundo y sus diversas culturas no son, en última instancia, más que una historia occidental ampliada.
Naturalmente, una perspectiva tan estrecha da lugar a una visión deformada. Puesto que los occidentales conocen sobre todo los escritos que describen su propia cultura o tratan los problemas de su propia civilización con todo lujo de detalles y en colores vivos, y no hacen más que volver la mirada de vez en cuando, aquí y allá, hacia el resto del mundo, el europeo o estadounidense medio cae fácilmente en la falsa idea de que la experiencia cultural occidental no solo es superior a la experiencia cultural del resto del mundo, sino también tan vasta en extensión que no puede establecerse comparación alguna entre ambas; y, por consiguiente, el modo de vida occidental constituye el único ideal aceptable, a cuyo criterio deben juzgarse todos los demás modos de vida. Esto implica, naturalmente, que cualquier concepción intelectual, práctica social o valoración moral que no concuerde con ese ideal o modelo occidental es, en realidad, producto de una forma de vida inferior. Siguiendo las huellas de los griegos y los romanos, el mundo occidental prefiere pensar que todas esas civilizaciones diferentes, tanto las que existieron en el pasado como las que existen en el presente, no son más que experimentos que obstaculizan el camino del progreso que Occidente sigue infaliblemente; o, a lo sumo, puede decirse —como en el caso de las civilizaciones que se desarrollaron directamente antes de la civilización occidental moderna, siguiendo la misma línea— que son tan solo varios capítulos consecutivos del mismo libro, cuyo último capítulo es, por supuesto, la civilización.
Cuando expuse esta opinión a un amigo estadounidense —un hombre de bastante talento en el ámbito intelectual y al que, por sus inclinaciones mentales, podía considerarse un erudito—, al principio expresó cierto escepticismo.
«De acuerdo», dijo, «los antiguos griegos y romanos mostraron una perspectiva limitada al juzgar las civilizaciones extranjeras; pero ¿acaso esa limitación no fue el resultado inevitable de las dificultades de comunicación entre ellos y el resto del mundo? ¿Y no se han superado en gran medida esas dificultades en la época moderna? En cualquier caso, nosotros, los occidentales, hoy en día nos mantenemos sin duda relacionados con lo que ocurre más allá de nuestra propia órbita cultural. ¿No está olvidando usted los numerosos libros publicados en Europa y América durante el último cuarto de siglo sobre el arte y la filosofía orientales, y sobre las ideas políticas que animan las mentes de los diversos pueblos de Oriente? ¡No sería ciertamente justo ignorar el deseo de los occidentales de comprender qué pueden ofrecer otras culturas!»
«Quizá tenga usted razón en parte», respondí. «No cabe duda de que aquella perspectiva grecorromana original ya no está hoy plenamente activa. Ha perdido considerablemente su rigor y su filo, y no por otra razón sino porque los pensadores occidentales dotados de una capacidad de reflexión más madura se han vuelto decepcionados y escépticos respecto de muchos aspectos de su propia civilización. En algunos de ellos ha comenzado a surgir la comprensión de que quizá no exista un solo libro ni una sola historia del progreso humano, sino que puede haber muchos libros y muchas historias; y ello simplemente porque, en sentido histórico, la humanidad no es una entidad homogénea, sino una compleja asociación de diversos grupos, entre los cuales existen concepciones muy distintas y ampliamente divergentes sobre el significado y el objetivo de la vida humana. Sin embargo, no creo que el mundo occidental haya comenzado realmente a adoptar, hacia las culturas extranjeras, una actitud menos condescendiente y paternalista que la de los griegos y los romanos; podría decirse que Occidente se ha vuelto simplemente más tolerante. Pero recuerde: esta tolerancia no se dirige hacia el islam, sino únicamente hacia ciertas culturas orientales que ofrecen una especie de atractivo espiritual a los occidentales aquejados de hambre espiritual y que, al mismo tiempo, están tan alejadas de la visión occidental del mundo que no se consideran un verdadero desafío para sus valores.»
«¿Qué quiere decir con eso?»
«Mire», respondí, «cuando un occidental habla, por ejemplo, del hinduismo o del budismo, invariablemente es consciente de las diferencias fundamentales entre esas doctrinas y las suyas. Puede admirar esto o aquello de esas doctrinas, pero, naturalmente, nunca estará dispuesto a considerar la posibilidad de adoptarlas en lugar de sus propias ideas. Puesto que de antemano da por reconocida esa imposibilidad, puede reflexionar sobre esas culturas ajenas con serenidad mental y, a menudo, con una actitud comprensiva y empática. Pero cuando se trata del islam, que no es en absoluto tan contrario a los valores occidentales como las filosofías hindú o budista, esa serenidad mental occidental se ve casi siempre e inevitablemente perturbada por un sesgo emocional. ¿No se deberá acaso a que, como a veces pienso con asombro, precisamente porque los valores islámicos están tan cerca de los valores occidentales, constituyen un desafío implícito para muchas concepciones occidentales de la vida espiritual y social?»
Y comencé a hablarle de una teoría que se me había ocurrido varios años antes; una teoría que, en mi opinión, también puede ayudar a comprender con mayor claridad la profunda hostilidad arraigada contra el islam que a menudo se encuentra en la literatura occidental y en el pensamiento contemporáneo.
«Para encontrar una explicación verdaderamente convincente de este odio», dije, «hay que remontarse muy atrás, al interior de la historia, e intentar comprender el trasfondo psicológico de las primeras relaciones entre Occidente y el mundo musulmán. Las raíces de lo que los occidentales piensan y sienten hoy acerca del islam se encuentran en la presión de aquellas profundas influencias y en las huellas de los recuerdos que nacieron durante las Cruzadas».
«¡Las Cruzadas!», exclamó mi amigo con asombro. «¿No querrá decir que algo ocurrido hace casi mil años todavía puede influir en las personas de este siglo XX?»
«Pero, desde luego, así es. Sé que sonará increíble. Pero ¿no recuerda con qué incredulidad fueron recibidos los primeros descubrimientos de los psicoanalistas, cuando intentaban demostrar que gran parte de la vida emocional de un adulto —y casi todas las inclinaciones, gustos y prejuicios aparentemente irracionales comprendidos bajo el término “idiosincrasia” o “manera particular de ser”— podía rastrearse hasta las diversas experiencias de la primera infancia, el período más formativo de su vida? Ahora bien, ¿acaso las naciones y las civilizaciones son algo distinto de individuos colectivos? Su desarrollo también está íntimamente ligado a las experiencias de su primera infancia. Como ocurre con los niños, esas experiencias infantiles pudieron ser agradables o dolorosas; pudieron ser completamente racionales o, por el contrario, fruto de una interpretación infantil y simplista de algún acontecimiento. La capacidad de cada una de esas experiencias para transformar la mente depende principalmente de la intensidad con que fue vivida al comienzo. El siglo inmediatamente anterior a las Cruzadas, es decir, el período que corresponde al final del primer milenio de la era cristiana, puede describirse fácilmente como la primera etapa de la infancia de la civilización occidental…»
Le recuerdo a mi amigo —que también era historiador— que esta fue la época en la que, después de los oscuros siglos posteriores a la desintegración del Imperio romano, Europa comenzó por primera vez a vislumbrar su propio camino cultural. Justo entonces, sin mantener relación alguna con la tradición romana casi olvidada, comenzaron a crearse nuevas obras literarias en las distintas lenguas vernáculas de los pueblos europeos; las bellas artes, tras superar el agotamiento mental provocado por las migraciones de godos, hunos y ávaros, que se desplazaban de un lugar a otro con espíritu belicoso, fueron cobrando vida gradualmente bajo la inspiración de la experiencia religiosa del cristianismo occidental. De la inmadurez de la primera Edad Media estaba naciendo un nuevo mundo cultural. Precisamente en ese momento decisivo, cuando se encontraba en la etapa más frágil y sensible de su desarrollo, las Cruzadas le asestaron el golpe más violento de su vida: lo que en el lenguaje moderno se llama un “trauma”, una herida emocional capaz de convertirse en causa de una enfermedad mental…»
Las Cruzadas fueron una tremenda presión colectiva sobre una civilización que apenas comenzaba a adquirir conciencia de sí misma. Desde el punto de vista histórico, las guerras de las Cruzadas constituyeron el primer intento de Europa, y uno plenamente exitoso, de contemplarse a sí misma a la luz de la integración cultural. Ni antes ni después de la Primera Cruzada ha vivido Europa una experiencia comparable al entusiasmo y la exaltación que esta suscitó. Una poderosa oleada de euforia recorrió el continente europeo: una alegría y un júbilo que, por primera vez, superaron todas las barreras entre los diversos Estados, tribus y clases. Antes había francos, sajones, germanos, borgoñones, sicilianos, normandos y lombardos: una mezcolanza de tribus y pueblos que apenas tenían algo en común, salvo una cosa: casi todos sus reinos y provincias feudales eran restos del Imperio romano, y todos profesaban el cristianismo. Pero en las guerras de las Cruzadas, y por medio de ellas, ese vínculo religioso se elevó a un nuevo plano, el de un objetivo común a todos los europeos: la concepción político-religiosa de la “cristiandad”. De ella nació finalmente una conciencia cultural centrada en Europa. Cuando, en noviembre de 1095, el papa Urbano II exhortó a los cristianos, en su famoso discurso de Clermont, a luchar contra la “raza pagana” que ocupaba Tierra Santa, probablemente proclamó, sin saberlo, la carta fundacional de la civilización occidental.
La experiencia del tremendo trauma emocional provocado por las guerras de las Cruzadas fue lo que dio a Europa su conciencia cultural y su unidad; pero, con el tiempo, esa misma experiencia comenzó a aplicar la capa de falso color con la que posteriormente el islam se manifestó ante los ojos de los occidentales, y no solamente porque las Cruzadas significaran guerra y derramamiento de sangre. Entre los distintos pueblos se han librado innumerables guerras que esos mismos pueblos olvidaron por completo más tarde, y muchas enemistades y hostilidades que a sus protagonistas les parecieron irreconciliables terminaron transformándose en amistad. El daño causado por las diversas Cruzadas no se limitó al estrépito de las armas: fue, ante todo, un daño psicológico. Consistió en envenenar la mente occidental contra el mundo musulmán mediante una tergiversación deliberada de las enseñanzas y los ideales del islam. Para mantener la justificación de la llamada a las Cruzadas, era indispensable presentar al profeta de los musulmanes como el Anticristo y describir su religión en los términos más abyectos, como fuente de libertinaje y de gustos pervertidos. La ridícula idea de que el islam era una religión de pura sensualidad y violencia brutal, y no una religión de purificación espiritual, sino de observancia ritual, penetró en la mente occidental durante la época de las Cruzadas y permaneció allí desde entonces. Y en aquella época los europeos transformaron, con odio y desprecio, el nombre del profeta Muhammad —el mismo Muhammad que había ordenado a sus seguidores respetar a los profetas de las demás religiones— en “Mahoma”; la época en que surgiría en Europa la investigación libre todavía estaba muy lejos. Para las fuerzas entonces existentes resultó muy fácil sembrar las negras semillas del odio y la hostilidad contra una religión y una civilización completamente distintas de la religión y la civilización occidentales. Por eso no es casual que, mientras se libraban aquellas guerras, no se compusiera la ardiente Chanson de Roland —en la que se narra la fantástica victoria del reino cristiano sobre los musulmanes infieles del sur de Francia—, sino que se compusiera tres siglos más tarde, es decir, poco antes de las primeras Cruzadas, y que enseguida se convirtiera en una especie de “himno nacional” de Europa. Tampoco es casual que la epopeya escrita sobre aquellas guerras constituyera el comienzo de una literatura “europea”, claramente distinta de la literatura regional anterior: porque sobre la infancia de la civilización europea se erige un odio feroz hacia el islam.
Parece una ironía de la historia que la hostilidad contra el islam, cultivada durante siglos en Occidente y que en su origen era religiosa, siga existiendo en su subconsciente incluso en una época en la que la religión ha perdido casi toda su autoridad sobre la imaginación del hombre occidental. Por supuesto, en realidad no es sorprendente. Sabemos que las creencias religiosas inculcadas al ser humano durante su infancia permanecen de por vida—«y esto es precisamente lo que», concluí, «había ocurrido en la vida de esa personalidad colectiva que es la civilización occidental. La sombra de las Cruzadas aún se extiende sobre la civilización occidental, y en todas sus reacciones hacia el islam y el mundo musulmán hay señales inequívocas de ese fantasma que se niega a morir…»
Mi amigo permaneció en silencio durante unos instantes. Aún puedo verlo: aquel hombre alto y delgado caminaba de un lado a otro por el compartimento. Tenía las manos en los bolsillos del abrigo y sacudía la cabeza, como desconcertado, hasta que finalmente dijo:
«Puede que haya algo de sustancia en lo que dice—de verdad puede que la haya—, aunque ahora mismo no estoy en condiciones de juzgar su teoría. Sea como sea, su vida, que a usted le parece tan sencilla y libre de complicaciones, debe de resultarles absolutamente asombrosa y anormal a los occidentales, ¿no? ¿Por qué no escribe su autobiografía? Estoy seguro de que sería un libro muy fascinante e interesante.»
Le respondí entre grandes carcajadas: «Sí, al escribir un libro así quizá podría prepararme para abandonar el servicio exterior. En resumidas cuentas, escribir es mi verdadera profesión…»
La respuesta que había dado en broma fue desvaneciéndose poco a poco, sin que yo lo advirtiera, durante las semanas y meses siguientes. Empecé a pensar seriamente en escribir la historia de mi vida y, con ello, ayudar, por insignificante que fuese la contribución, a apartar la gruesa cortina que ha ocultado el islam y su cultura a la mente occidental. Mi entrada en el islam fue, en muchos sentidos, un hecho único y sin parangón: no me hice musulmán por haber vivido durante mucho tiempo entre musulmanes; por el contrario, decidí vivir entre ellos porque había aceptado el islam. ¿No podría contribuir más al entendimiento mutuo entre el mundo islámico y el occidental dando a conocer a los lectores occidentales mi experiencia personal, absolutamente propia, que desde el puesto diplomático que ocupaba, un puesto que otros compatriotas podrían desempeñar con igual eficacia? En resumidas cuentas, cualquier hombre inteligente puede ser ministro de Pakistán ante las Naciones Unidas; pero ¿cuántos pueden hablar a los occidentales sobre el islam como puedo hacerlo yo? Soy musulmán, pero también es cierto que nací en el mundo occidental; por eso puedo hablar en el lenguaje de las personas cultas de ambos mundos, el islámico y el occidental…
Y por esa razón, hacia finales de 1952 renuncié al servicio exterior de Pakistán y comencé a escribir este libro. No puedo decir si resultó ser el «libro fascinante» que mi amigo estadounidense había esperado. Con la ayuda de algunas notas antiguas, diarios dispersos y unos cuantos artículos que había escrito para los periódicos en aquella época, no me quedaba más que emprender, desde el recuerdo, un viaje de regreso al pasado siguiendo las complejas líneas de un desarrollo y una evolución que se habían producido a lo largo de muchos años y sobre una enorme extensión geográfica.
Y esta es la historia: no la historia de toda mi vida, sino únicamente la de aquellos años, los años anteriores a mi salida de Arabia rumbo a la India; aquellos años apasionantes que pasé viajando por casi todos los países situados entre el desierto de Libia y las cumbres nevadas de la meseta del Pamir, y entre el Bósforo y el mar Arábigo. Esta historia se cuenta sobre un trasfondo que conviene recordar: mi último viaje por el desierto, desde el interior de Arabia hasta La Meca, a finales del verano de 1932; porque fue durante aquellos veintitrés días cuando el curso de mi vida se volvió completamente claro para mí.
La Arabia descrita en las páginas siguientes ya no existe. Su soledad y su cohesión se han derrumbado bajo el impacto repentino y violento del petróleo que brotó con fuerza, y bajo el peso del oro que el petróleo trajo consigo. Ha desaparecido su noble sencillez, y con ella también ha desaparecido aquel aspecto de su humanidad que era único e irrepetible. Cuando uno siente dolor por algo de gran valor que se ha perdido para siempre y que ya nunca podrá recuperar, ese dolor me ha hecho recordar el último y largo recorrido por el desierto, cuando los dos avanzábamos montados; cuando seguíamos adelante, los dos sobre sendos camellos, a través de una luz que parecía fluir…
Sed
Uno
Los dos vamos sobre dos camellos, avanzando sin cesar; el sol arde sobre nuestras cabezas, por todas partes resplandece la luz, que nos abrasa; soledad y sol a la vez: un silencio abrasado, y a través de él avanzamos nosotros, dos hombres sobre dos camellos, meciéndonos con ese ritmo y ese movimiento del viaje que adormece al ser humano y le hace olvidar el día, el sol, el aire caliente y el largo camino. En las crestas de las dunas hay, aquí y allá, manojos de hierba amarilla, y por todas partes arbustos de hamd de tallos nudosos, enroscados sobre la arena como enormes pitones. Mis sentidos parecen haberse dormido. Me balanceo sentado en la silla de montar. No percibo nada, ni el rumor de la arena triturada bajo las patas del camello ni el roce de los clavos de madera que sujetan la silla contra la parte interior de mis rodillas. Me he cubierto el rostro con los pliegues del turbante para protegerlo del sol y del viento. Me pareció que avanzaba a través de mi propia soledad, tangible como un objeto, como una sustancia; sí, avanzaba precisamente a través de ella hacia los pozos de Taima… hacia aquellos profundos pozos de Taima que dan agua al sediento… directamente a través del Nufud hacia Taima. Entonces oí una voz; no sé si era una voz escuchada en sueños o la voz de mi compañero:
—¿Decías algo, Zayed?
—Lo decía —respondió mi compañero—. Muy pocos se atreverían a atravesar el Nufud justamente de lado a lado para ver los pozos de Taima.
Zayed y yo habíamos ido a Qasr Asaymin, en la frontera entre Nayrán e Irak, por petición del rey Ibn Saud. Desde allí regresábamos los dos. Una vez terminado mi trabajo, tenía mucho tiempo libre. Así que decidí ir a visitar el remoto y antiguo oasis de Taima, situado a unas doscientas millas al suroeste. Aquella «Toma» del Antiguo Testamento, sobre la cual Isaías dijo: «Los habitantes de Toma dan agua a los sedientos». En toda Arabia no hay un lugar comparable al agua abundante de Taima ni a sus grandes pozos. Por su agua y sus pozos, Taima se había convertido, en la época preislámica, en un importantísimo centro del comercio caravanero y en uno de los grandes santuarios de la antigua civilización árabe. Desde hacía muchos años deseaba ver aquel lugar. Por eso, en vez de seguir las rutas indirectas que recorren las caravanas del desierto, nos internamos directamente desde Qasr Asaymin en el inmenso Nufud. Entre las tierras altas de Arabia central y el desierto sirio se extiende el Nufud, un desierto de arena rojiza de vastas dimensiones. En esta parte de aquella región terriblemente desolada no hay huellas ni caminos. El viento parece haberse encargado de que las pisadas de hombres o animales no dejen marcas duraderas en esta arena blanda, movediza y suelta, y de que ninguna señal del terreno permanezca el tiempo suficiente para guiar al viajero. Empujados por el viento, los contornos de las dunas cambian constantemente; fluyen con una suavidad tan lenta e imperceptible que adoptan forma tras forma. Las montañas se transforman en valles, los valles toman nuevas formas y producen un suave murmullo. ¡Hasta en la boca del camello aquella hierba sabe a ceniza amarga!
He cruzado este desierto muchas veces. Aun así, no tengo el valor de abrirme camino por él completamente solo, sin la ayuda de nadie. Por eso me alegra muchísimo tener a Zayed conmigo. Zayed es de esta región del país. Su clan se llama Shammar; los Shammar tienen sus asentamientos en las fronteras sur y oriental del Nufud. Cuando, con las lluvias torrenciales, las dunas se transforman de pronto en espesos campos verdes, ellos pastorean sus camellos en medio del Nufud durante varios meses al año. La relación de Zayed con el cambiante estado de ánimo del desierto es una relación de sangre; el corazón de Zayed late al mismo ritmo que él.
De todas las personas que he conocido hasta hoy, creo que Zayed es la más hermosa. Tiene la frente ancha, el cuerpo delgado, una estatura mediana, una constitución hermosa y una fuerza formidable; una mandíbula bien formada y robusta, y un rostro estrecho, de color trigo, severo y sensual a la vez. En él se encuentra esa gravedad esperada, característica especial de los habitantes de la Arabia desértica: junto con el sentido de la dignidad, una sinceridad dulce y una actitud recogida. Es una hermosa mezcla de sangre beduina y de vida urbana naydí; aunque se ha librado de los defectos de la exuberancia beduina, ha conservado intacta la seguridad de los instintos beduinos, y sin caer víctima de la artificialidad materialista de la gente de las ciudades, ha adquirido su conocimiento de la vida doméstica. Como yo, él también ha llevado una vida de aventuras, llena de acontecimientos y excitación. Durante la Gran Guerra, el Gobierno turco formó una fuerza irregular de jinetes de camello para emprender campañas en la península del Sinaí; Zayed, aún muchacho, fue uno de sus soldados. Además, luchó para defender los asentamientos de su clan Shammar de los ataques de Ibn Saud. Durante algún tiempo también se dedicó al contrabando de armas en el golfo Pérsico. En muchas regiones del mundo árabe amó apasionadamente a muchas mujeres. Naturalmente, con cada una de ellas se casó legalmente en algún momento y después se divorció de ellas conforme a la ley. En Egipto se dedicó durante un tiempo al comercio de caballos. En Irak fue un soldado aventurero en busca de fortuna. Finalmente, desde hace casi cinco años, es mi compañero en Arabia. Y ahora, a finales del verano de 1932, los dos avanzamos, como tantas otras veces, sentados sobre nuestros camellos y recorriendo senderos solitarios entre las dunas; nos detenemos junto a ciertos pozos de amplios espacios abiertos y por la noche descansamos bajo el cielo centelleante. Sobre la arena ardiente se oye el siseo de las patas de los camellos; a veces, mientras avanzamos, Zayed entona con voz monótona una canción siguiendo el ritmo de sus pisadas. Por la noche levantamos la tienda, preparamos café, cocinamos arroz y, de vez en cuando, asamos la carne de animales salvajes que hemos cazado. Cuando yacemos sobre la arena durante la noche, el viento pasa sobre nosotros con un contacto fresco. El sol sale sobre las dunas; el sol rojizo estalla violentamente y se deshace como fuegos artificiales, y a veces, como hoy, vemos cómo, al recibir de repente agua, la vida se manifiesta de forma maravillosa entre las hierbas y las plantas.
Nos hemos detenido para la oración del mediodía, y, tomando agua de un odre, me lavo las manos, la cara y los pies. Unas gotas de agua resbalaron sobre un pequeño manojo de hierba seca junto a mis pies: un diminuto e indefenso manojo de pasto, amarilleado por el calor cruel del sol, marchito y sin vida sobre la arena. Pero, apenas cayeron sobre él unas gotas de agua, un estremecimiento prodigioso recorrió sus hojas rizadas; pude ver claramente cómo se abrían ante mis ojos. Cayeron algunas gotas más… Las hojitas se agitaron, se encogieron y luego, poco a poco, como estremeciéndose con timidez, volvieron a enderezarse. Conteniendo el aliento, vierto un poco más de agua sobre el manojo de hierba. La planta se agitó con mayor rapidez y violencia, como si una fuerza invisible la empujara y la despertara de un sueño de muerte. ¡Y sus hojas, qué espectáculo tan gozoso! Comenzaron a contraerse y expandirse como brazos de pez, como si, en una tímida pero indomable excitación, estuviera sobrecogida por una verdadera y momentánea explosión de placer de los sentidos. Lo que apenas unos instantes antes parecía muerto recuperó así la vida: abiertamente, con fuerza, esa vida ante la cual la muerte se rinde y cuya riqueza escapa al entendimiento humano.
En el desierto siempre se siente la vida en su forma majestuosa. Como es tan difícil, tan arduo, mantenerla con vida, en el desierto la vida parece siempre una bendición, un tesoro, una maravilla. Y el desierto siempre resulta asombroso para el ser humano. Aunque se lo conozca desde hace muchos años, nunca faltan motivos de asombro. A veces, cuando parece que el desierto, con toda su dureza y su vacío, está ante nuestros ojos, de pronto parece despertar de su sueño y comenzar a respirar; donde ayer no había más que arena y fragmentos de piedra, vemos que, de repente, ha brotado una hierba tierna, de un verde pálido. El aliento del desierto vuelve a soplar, y una bandada de pequeños pájaros comienza a volar por el aire, batiendo las alas. ¿De dónde han venido, adónde irán esas aves de color verde esmeralda, de cuerpo delgado y alas largas? O quizá una bandada de langostas se eleva de pronto hacia el cielo a gran velocidad y con un zumbido, gris y hambrienta, feroz e interminable como un ejército de guerreros…
La manifestación de la vida en su forma majestuosa: precisamente porque la vida es escasa en el desierto, su forma majestuosa es siempre maravillosa, siempre asombrosa; ¡y aquí reside toda la fragancia innominada de los desiertos de arena de Arabia y de tantos otros paisajes cambiantes!
A veces el camino atraviesa suelo de lava, negro e irregular; otras veces, dunas que no tienen fin. Un «wadi» o valle cubierto de matorrales espinosos se extiende entre dos montañas rocosas, y de vez en cuando un conejo, sobresaltado y temeroso, salta de esos matorrales y cruza de un lado al otro de nuestro camino. A veces encontramos arena suelta marcada por las huellas de los ciervos y dos o tres piedras ennegrecidas por el fuego, sobre las cuales, mucho tiempo atrás, en algún día olvidado, cocinaron su comida viajeros que se perdieron en el seno del olvido. De vez en cuando aparece un poblado sombreado por una arboleda de palmeras datileras; sobre el pozo giran ruedas de madera, produciendo una especie de música… Y los viajeros escuchan aquella música incesante. A veces encontramos un pozo en medio de un valle desértico, y a su alrededor se agrupan pastores beduinos para dar de beber a sus ovejas y camellos sedientos. Mientras cantan a coro, sacan agua en grandes bolsas de cuero y, al verterla con estrépito en recipientes de cuero, la excitación de los animales alcanza su punto culminante. Sobre todo ello se extiende la soledad de la estepa, abrasada por un sol implacable; aquí y allá, la hierba amarillenta y los matorrales de denso follaje, que extienden sus ramas como serpientes y reptan por el suelo, convierten ciertos lugares en acogedores pastizales para los camellos. Quizá un solitario árbol de acacia se alza, extendiendo sus ramas contra el cielo azul de acero. Entre montículos de tierra y piedras, lanzando miradas a derecha e izquierda, sale un lagarto dorado, y luego vuelve a desaparecer como una sombra, como algo fantasmal. La gente cree que este lagarto dorado nunca bebe agua. ¡En las hondonadas se levantan las negras tiendas de pelo! Por la tarde, quizá un rebaño de ovejas sea conducido de regreso a casa, mientras los pastores montan sobre los lomos desnudos de los camellos jóvenes. Cuando llaman a sus animales, el silencio del desierto parece sorber y absorber sus voces; sin despertar ningún eco, esas voces se pierden en el silencio.
A veces, en el horizonte lejano, se divisan sombras ligeramente luminosas. ¿Son nubes? Flotan a poca altura. Su color y su posición cambian constantemente. En este instante quizá parezcan montañas de un gris cobrizo —desde luego, algo por encima del horizonte vacío— y al instante siguiente adoptan, ante el mundo entero, la forma de una arboleda sombreada de cedros rocosos, pero suspendida en el vacío. Luego, cuando descienden poco a poco y se transforman en lagos y ríos que fluyen, y en sus aguas tentadoras tiemblan los reflejos de montañas y árboles, ¡de pronto reconoces lo que son! Son el espejismo de la llamada de los genios: aquel espejismo que una y otra vez ha despertado falsas esperanzas en el corazón de los viajeros y, «por ello», los ha conducido a la perdición; y, sin querer, la mano del viajero se extiende entonces hacia el odre sobre la silla…
Algunas noches están llenas de peligros diferentes. Entonces reina entre las distintas tribus la tensión y la agitación de la guerra; el viajero levanta su tienda, pero no enciende fuego, para que nadie pueda verlo desde lejos. Permanecen despiertos hora tras hora, con el rifle entre las rodillas. Y están aquellos días de paz, cuando el viajero, tras recorrer largos caminos solitarios, encuentra una caravana y, al anochecer, escucha atentamente a los hombres serios, curtidos por el sol, sentados alrededor del fuego de la tienda. Hablan de la vida y la muerte, del hambre y la saciedad, del orgullo, el amor y el odio, del deseo del cuerpo y de su satisfacción, de la guerra y de los asuntos sencillos y grandiosos de las arboledas de palmeras de las aldeas lejanas; y nunca los oirás decir tonterías, porque en el desierto nadie puede hablar por hablar…
Y conocerás la exigencia de la vida en aquellos días de sed, cuando la lengua, seca como un trozo de madera, se pega al paladar y ningún mensaje de liberación llega desde el horizonte; en su lugar llega el ardiente «simum del desierto» y la tormenta de arena giratoria. En otros días, quizá seas huésped de una tienda beduina; los hombres traerán para ti recipientes llenos de leche, leche de camella, gorda y abundante, al comienzo de la primavera, cuando, después de las lluvias torrenciales, la estepa y las dunas se vuelven verdes como jardines y las ubres de los animales se tornan redondas y pesadas. Desde un lado de la tienda oirás a las mujeres cocinar carne de oveja para honrarte sobre el fuego descubierto y reír a carcajadas.
El sol, como un metal carmesí, desaparece tras las montañas. Aquí, el cielo nocturno, centelleante de estrellas, es más elevado que en cualquier otro lugar de la Tierra, y bajo esas estrellas el sueño es profundo y sin sueños; las mañanas son de un gris pálido y ligeramente frías, y las noches del frío invierno, con el viento que hace castañetear los huesos azotando el fuego de la tienda, alrededor del cual usted y sus compañeros se sientan muy juntos para obtener un poco de calor. Y los días de verano son abrasadores, cuando avanza sentado sobre el lomo de su camello que se mece al caminar, durante horas y horas que parecen una eternidad; muy por encima de su cabeza, un ave de presa gira y da vueltas para protegerse del viento ardiente…
Dos
La tarde se desliza lentamente, con sus dunas, su silencio y su soledad. Al cabo de un rato, un grupo de beduinos rompe la quietud. Son cuatro o cinco hombres y dos muchachas. Todos van montados en camellos. Sobre el lomo de un animal de carga llevan sus tiendas negras plegadas, sus utensilios y todo el demás equipo de la vida beduina. Dos niños están sentados sobre un montón de enseres. El grupo cruzaba nuestro camino. Cuando estuvieron muy cerca de nosotros, tiraron de las riendas de sus animales y dijeron:
—«As-salamu alaikum: que la paz sea con vosotros». Nosotros respondemos: «Y que la paz sea también con vosotros, y que descienda sobre vosotros Su bendición».
—«¿Adónde vais, viajeros?»
—«Inshallah, a Tayma.»
—«¿De dónde venís?»
—«De Qasr —de Asaimin», respondo. Después, todo queda en silencio. Entre ellos hay un hombre anciano, delgado, de rostro afilado y penetrante, y con la barba negra y puntiaguda. No cabe duda de que es su jefe. Su mirada se volvió aún más afilada y penetrante cuando, después de posarse en Zayed, se detuvo sospechosamente sobre mí: soy un extranjero de tez clara. De pronto he aparecido de la nada, inesperadamente, en este desierto árido y sin caminos; vengo de la dirección del Irak ocupado por los británicos. Puede que sea un (La mano del hombre de rostro afilado parece juguetear, aturdida, con la parte delantera de su silla de montar. Mientras tanto, sus compañeros se han apartado y esperan, formando un amplio círculo a nuestro alrededor. Como jefe del grupo, será él quien hable. Al cabo de unos instantes, pareció que ya no podía soportar más aquel silencio y me preguntó:
—¿De qué árabes eres? —es decir, quería saber de qué tribu o región era yo—. Pero, antes de que pudiera responder, me reconoció y su rostro se iluminó con una súbita sonrisa.
—Oh, ahora te reconozco. Te vi con Abd al-Aziz. Pero eso fue hace mucho, hace cuatro años enteros, ¿no es cierto?
Me tendió su mano amistosamente. Luego habló de la época en que yo vivía en el palacio real de Riad y él había venido con un grupo de jefes del clan de Shammar para presentar sus respetos a la tribu de Ibn Saud. Los beduinos siempre llaman a Ibn Saud por su nombre de pila, «Abd al-Aziz». No añaden ningún título honorífico formal a su nombre, porque los beduinos son hombres libres. Para ellos, el rey es simplemente un hombre —ciertamente digno de respeto, pero no más de lo que un ser humano merece—. Así, durante un rato, hacemos revivir con ayuda de la memoria aquellos días perdidos, hablando unas veces de esto y otras de aquello. Él cuenta una historia sobre Riad y yo cuento otra: esa Riad en cuyo interior y alrededores se alojan cada día miles de huéspedes a expensas del rey y, al partir, reciben recompensas según la dignidad de cada persona: desde un puñado de monedas de plata o una «abaya» hasta bolsas llenas de monedas de oro, caballos o camellos, que el rey suele regalar a los jefes.
Pero la generosidad del rey procede mucho más de su corazón que de su riqueza. Tal vez sea, sobre todo, por la calidez de sus sentimientos que todos los que lo rodean lo quieren, y yo también lo quiero.
Durante los años que pasé en Arabia, la amistad de Ibn Saud se extendió siempre sobre mi vida como el resplandor de una luz cálida. Me llama su amigo, aunque él es un rey y yo no soy más que un periodista. No lo quiero simplemente porque, durante los años que pasé en su reino, recibí siempre su amistad con abundancia. La razón es que él prodiga su amistad a muchas personas. Lo llamo mi amigo porque, así como abre su bolsa de dinero entre mucha gente, a veces también abre su corazón ante mí. Me gusta llamarlo mi amigo porque, a pesar de todos sus defectos —¿y quién no los tiene?—, es un hombre de extraordinaria nobleza; no exactamente «bondadoso», porque la bondad puede convertirse a veces en una cosa barata. Al contemplar una vieja espada de Damasco, uno dice con admiración asombrada: sí, esta es, en verdad, un arma «excelente», porque en un arma de esa clase se encuentra todo cuanto uno puede desear. Del mismo modo, considero a Ibn Saud un hombre noble. Está ensimismado en sí mismo y siempre sigue su propio camino, y si a menudo se equivoca en sus actos, es también porque nunca quiere ser otra cosa que lo que es.
Mi primer encuentro con el rey Abd al-Aziz tuvo lugar en La Meca, a comienzos de 1927, pocos meses después de mi conversión al islam.
Mi esposa —que me había acompañado en mi primer peregrinaje del hach a La Meca— había muerto recientemente de manera repentina, y aquello me había sumido en la tristeza; me había vuelto huraño. Hacía desesperados esfuerzos por liberarme de la oscuridad y de la más profunda desesperanza. Pasaba la mayor parte del tiempo en mi habitación. En aquella época solo me relacionaba con un puñado de personas y llevaba varias semanas evitando incluso las visitas protocolarias de cortesía al rey. Entonces, un día, al acudir a visitar a uno de los huéspedes extranjeros del rey Ibn Saud —el hají Agus Salim, de Indonesia—, me enteré de que, por orden del rey, mi nombre también había sido incluido en la lista de sus huéspedes. Al parecer, había comprendido la razón de mi silencio y lo había aceptado con silenciosa benevolencia. Así, como huésped —un huésped que hasta entonces no había tenido la fortuna de ver ni una sola vez el rostro de su anfitrión—, llegué a una hermosa casa situada en el extremo meridional de La Meca, cerca de un desfiladero rocoso. Por aquel desfiladero pasaba el camino hacia Yemen. Desde el patio podía contemplar una gran parte de la ciudad: los minaretes de la Mezquita al-Kubra, hileras de miles de casas con tejados de ladrillos de colores y las inertes montañas del desierto, sobre las que se extendía el cielo como una cúpula, un cielo resplandeciente como metal fundido.
Aun así, quizá habría seguido aplazando mi encuentro con el rey si, por casualidad, no me hubiera encontrado con su segundo hijo, el emir Faisal, en una biblioteca situada en la galería de la Mezquita al-Kubra. Sentarse en aquella cámara larga y estrecha, rodeado de antiguos libros y manuscritos árabes, persas y turcos, era una delicia; la quietud y la oscuridad de la estancia me llenaban de una paz extraordinaria. Sin embargo, un día aquella tranquilidad habitual se quebró por la ruidosa llegada de un grupo de personas. A la cabeza del grupo iban guardias armados. El emir Faisal se dirigía hacia la Kaaba atravesando la biblioteca con su séquito. Era alto y delgado, y poseía una dignidad muy superior a la que cabría esperar de su edad y de su rostro imberbe. A pesar de su juventud, su padre le había confiado la gran responsabilidad de representarlo en el Hiyaz inmediatamente después de conquistar esta región, dos años antes (en Nayid, el representante del rey era el hermano mayor de Faisal, el príncipe Saud, aunque el propio rey pasaba la mitad del año en La Meca, capital del Hiyaz, y el resto en Riad, capital de Nayid).
El director de la biblioteca era un joven erudito de La Meca. Desde hacía algún tiempo mantenía amistad con él. Él me presentó al príncipe.
Faisal me estrechó la mano y, cuando incliné la cabeza ante él, me empujó suavemente la cabeza hacia atrás con la punta de los dedos; su rostro resplandeció con una sonrisa cordial.
Dijo: «Nosotros, los hombres de Najd, no creemos que un hombre deba inclinar la cabeza ante otro hombre. Solo debe inclinarse ante Alá para realizar la oración.
El príncipe me pareció bondadoso, soñador y algo serio y tímido. Esta impresión que me formé de él se arraigó aún más durante los últimos años de nuestra relación. La nobleza de sus modales no era artificial; parecía brotar y irradiar de su interior. Aquel día, mientras conversábamos, de pronto sentí un intenso deseo de conocer al padre de aquel hijo.
—El rey se alegrará de verlo —dijo el emir Faisal—. ¿Por qué lo evita?
Al día siguiente, el secretario del emir me llevó en automóvil al palacio del rey. Avanzábamos lentamente por el camino del mercado de Al-Ma‘ala, entre la multitud y el bullicio de camellos, beduinos y subastadores. Los subastadores vendían todo lo que necesitaban los beduinos: sillas de montar para camellos, abayas, alfombras, espadas con incrustaciones de plata, tiendas y cafeteras de latón. Dejándolos atrás, salimos a un camino más ancho, silencioso y abierto, y finalmente llegamos al enorme palacio donde residía el rey. El espacio abierto frente al palacio estaba atestado de camellos ensillados y de varios hombres armados. Entramos en una sala abovedada cuyo suelo estaba cubierto de alfombras baratas; junto a las paredes había largos divanes cubiertos de tela caqui, y por las aberturas de las ventanas se veían hojas verdes: era el comienzo de un jardín que se cultivaba con gran esfuerzo en el suelo de La Meca.
Se presentó un sirviente negro: «El rey lo ha invitado».
Entré en una habitación semejante a aquella de la que acababa de salir. La diferencia era que esta era más pequeña y luminosa, aunque uno de sus lados estaba completamente abierto hacia el jardín. El suelo estaba cubierto de valiosas alfombras persas; junto a una ventana enrejada, abierta hacia el jardín, el rey estaba sentado en el diván, con una pierna sobre la otra. Sentado en el suelo, a sus pies, su secretario tomaba su dictado. Cuando entré, el rey se puso de pie y luego, extendiendo ambas manos, dijo: «Ahlan wa sahlan»: «Esta es su casa; siéntase cómodo».
El significado de este recibimiento es: «Ahora ha entrado usted en su propia familia; que pueda colocar su asiento en un lugar cómodo»: esta forma de expresar la bienvenida es la más antigua y hermosa de las costumbres árabes.
Por un momento contemplé, asombrado, la enorme estatura del rey Ibn Saud. Cuando —para entonces ya me había familiarizado con la costumbre naydí— besé suavemente la punta de su nariz y su frente, a pesar de medir seis pies tuve que ponerme de puntillas, mientras el rey tuvo que inclinarse con la cabeza baja hacia mí. Luego, tras dirigir a su secretario una mirada como pidiendo explicaciones, se sentó en el diwan y me hizo sentar a su lado:
—Un minuto, ya casi termino la carta.
Mientras dictaba tranquilamente, también comenzó a conversar conmigo, sin que ni una sola vez se confundieran ambas cosas. Después de unas cuantas frases formales, le entregué una carta de presentación. La leyó; es decir, continuó haciendo tres cosas a la vez, y luego, sin interrumpir el dictado ni dejar de interesarse por mi estado, ordenó que trajeran café.
Entretanto tuve ocasión de observarlo más de cerca. Su cuerpo estaba tan bien formado y la proporción de sus miembros era tan equilibrada que su enorme corpulencia —debía de medir por lo menos seis pies y medio— solo se hacía evidente cuando estaba de pie. Su rostro, rodeado por la tradicional kufiyya de cuadros azules y blancos y coronado por un igal adornado con hilo de oro, era intensamente viril. Según la moda naydí, llevaba recortadas y cortas la barba y el bigote. Tenía la frente ancha y la nariz fuerte, prominente, como el pico de un águila; su rostro lleno, aunque no suave, a veces parecía completamente femenino por una especie de timidez sensual. Cuando hablaba, su rostro cobraba vida gracias a la extraordinaria movilidad de los músculos faciales, pero cuando callaba su semblante parecía de algún modo triste, como si hubiera regresado a la soledad de su interior. La posición hundida de los ojos del rey podía ser en parte responsable de ello. La visión borrosa de su ojo izquierdo había empañado un tanto la perfecta belleza de su rostro. Sobre el ojo del rey se veía como un velo. Más tarde llegué a conocer la historia de su sufrimiento, aunque la mayoría de la gente, sin saberlo, decía que el ojo izquierdo del rey se había vuelto así por sí solo; en realidad, el hecho había ocurrido en circunstancias trágicas.
Unos años antes, una de sus esposas, instigada por la familia de Ibn al-Rashid, rival del rey, había vertido veneno en un incensario con la intención manifiesta de matar al rey. Este tipo de incensario de latón se utiliza en Nayid durante las reuniones ceremoniales. Según la costumbre, antes de colocar el incensario delante de los invitados del rey, se lo ofrecían primero a él. Al olerlo por primera vez, Ibn Saud percibió que el aroma resultaba extrañamente desagradable y de inmediato arrojó el incensario al suelo. Su cautela le salvó la vida, pero para entonces su ojo izquierdo ya había quedado herido y parcialmente ciego. En su situación, muchos reyes sin duda se habrían vengado; pero Ibn Saud perdonó a la mujer traidora en vez de vengarse de ella, porque estaba firmemente convencido de que había actuado bajo la inevitable influencia de su propia familia, ya que la familia de ella estaba emparentada con la familia de los Rashid. Se limitó a divorciarse de ella y luego la envió, con abundante oro, plata y regalos, a Ha’il, a su propia casa.
Después de aquel primer encuentro, el rey empezó a mandarme llamar casi todos los días. Una mañana fui a verlo con un deseo. No esperaba mucho que lo aprobara, porque había pedido permiso para viajar por el interior del país, y el rey no suele conceder a los extranjeros permiso para viajar por Nayid. En cualquier caso, mientras me disponía a plantearle la propuesta, el rey me dirigió de pronto una mirada breve pero intensa; era una mirada que parecía penetrar hasta el fondo mismo de mis pensamientos no expresados. El rey sonrió levemente y luego dijo: «Oh, Muhammad, ¿no vendrás conmigo a Nayid y te quedarás unos meses en Riad?»
Me quedé completamente asombrado, y me pareció que la reacción de los demás presentes era exactamente igual a la mía. Una invitación tan espontánea a un extranjero era algo casi inaudito.
Continuó diciendo: «Quiero que el mes próximo viajes conmigo en automóvil.
Respiré profundamente y luego dije: «Oh, Imán, que Alá le conceda una larga vida. Pero ¿qué provecho obtendré de viajar en automóvil? ¿De qué me servirá correr de La Meca a Riad en cinco o seis días si no puedo ver nada de su país… salvo el desierto, algunas dunas y, en algún lugar del horizonte, algunas personas, personas como sombras? Que Alá le conceda una larga vida; para mí, un camello sería más útil que todos sus automóviles juntos!»
Ibn Saud sonrió: «¿Así que te ha entrado el deseo de mirar a los ojos a mis beduinos? Te advierto de antemano: son muy atrasados. Y mi Nayid es un desierto, sin ningún atractivo; en este viaje la silla del camello te parecerá dura y la comida será escasa; no encontrarás más que arroz, dátiles y, de vez en cuando, carne. Pero, sea como sea, si quieres viajar a lomos de un camello, así será, y al final puede que, después de conocer a mi pueblo, no te arrepientas: son pobres, no saben nada, no son nada, pero sus corazones están llenos de fe sencilla.»
Y unas semanas después emprendí el camino hacia Riad por una ruta indirecta; para el viaje, el rey me proporcionó un camello, provisiones, una tienda y un guía o conocedor del camino. Tardé más de dos meses en llegar a Riad. Este fue mi primer viaje por el interior de Arabia, el primero de muchos. Porque aquellos pocos meses de los que había hablado el rey se fueron alargando hasta convertirse en varios años; qué fácilmente se convirtieron en años: años durante los cuales recorrí no solo Riad, sino casi todas las regiones de Arabia, y la silla del camello ya no me parece dura.
«¡Que Alá conceda una larga vida a Abd al-Aziz!», dijo el hombre de rostro afilado; «él ama a los beduinos y los beduinos lo aman a él». Y ¿por qué no habrían de amarlo?, me pregunto. El rey es generoso con los beduinos del Nayid, y esta ayuda suya constituye un rasgo permanente de su gobierno. Quizá no sea un rasgo muy encomiable, pues, como consecuencia de los donativos monetarios que el rey distribuye regularmente entre los jefes de las distintas tribus y sus seguidores, estos han llegado a depender tanto de las dádivas del rey que han perdido el propósito de mejorar por sus propios esfuerzos las condiciones de su vida y, poco a poco, se han convertido en mendigos, ignorantes y felices de seguir siendo perezosos.
Durante toda mi conversación con el hombre de rostro afilado observé que Zayd parecía volverse algo impaciente. Mientras hablaba con uno de ellos, dirigía con frecuencia la mirada hacia mí, como si quisiera recordarme con los ojos que aún teníamos un largo camino por delante y que rumiar viejos recuerdos y pensar en el pasado no acelera el paso de los camellos. Nos despedimos. Los beduinos de Shammar hicieron avanzar sus camellos hacia el este y al cabo de poco desaparecieron tras las dunas. Desde el lugar donde estábamos, oímos que uno de ellos entonaba una melodía nómada, una canción que se canta para hacer que el camello aumente el paso de su jinete y para disipar la monotonía de viajar a lomos de un camello. Entonces Zayd y yo retomamos nuestro camino hacia el oeste, rumbo a la lejana Tayma, y aquella melodía se fue apagando poco a poco a nuestras espaldas, mientras el silencio volvía a reinar.
Tres
—«¡Mire, mire!», la voz de Zayd rompió el silencio; «¡un conejo!»
Miro el bulto de pelaje gris que acaba de saltar de un arbusto, y Zayed se desliza de su silla de montar, descolgando la vara de madera que pende del extremo de esta. Salta tras el conejo y, justo cuando va a lanzarla, su pie se engancha en la raíz de un hamd; tropieza y cae de bruces, mientras el conejo desaparece de su vista.
—¡Hemos perdido una comida excelente! —digo, sonriendo mientras miro a Zayed. Zayed se recompone y se pone de pie, mirando con una expresión de pesar la vara que sostiene en su propia mano.
—Pero no te apenes por eso, Zayed; el conejo, desde luego, no estaba destinado a nosotros…
—No, no estaba destinado a nosotros —responde, algo distraído. Entonces veo que él también camina cojeando un poco.
—¿Te has hecho daño, Zayed?
—Oh, no es nada. Solo me he torcido el tobillo. En poco tiempo se me pasará.
Pero, en realidad, no se recuperó. Después de avanzar otra hora sentado en la silla de montar, vi algo de sudor en el rostro de Zayed y, al mirar una vez hacia su pie, comprobé que tenía el tobillo completamente torcido y terriblemente hinchado.
—No tiene sentido seguir así, Zayed. Vamos, hoy levantaremos aquí la tienda. Con una noche de descanso te recuperarás.
Zayd pasa toda la noche retorciéndose de dolor. Se levanta mucho antes del alba, y su repentina agitación me despierta de mi incómodo sueño.
—Solo veo un camello —dice. Entonces miramos a nuestro alrededor y descubrimos que uno de los dos animales, precisamente el camello de Zayd, ha desaparecido. Zayd quiere salir en mi camello en busca del suyo, pero, a causa de la herida en el pie, apenas puede mantenerse en pie; caminar, montar en camello y, mucho menos, bajarse de él, quedan fuera de toda posibilidad.
—Tú descansa, Zayd; iré yo en tu lugar. No me resultará difícil volver siguiendo el mismo camino por el que vaya.
Y, al salir el sol, parto en mi camello siguiendo las huellas del animal perdido; las pisadas avanzan serpenteando por el valle arenoso y luego desaparecen detrás de una duna.
Avanzo durante una hora, luego otra y después otra más; aun así, las huellas del animal perdido se prolongan a lo lejos cuando desmonto por un momento para comer unos dátiles y beber un poco de agua del odre atado al camello. El sol está muy alto. Pero, no sé por qué, su resplandor cegador ya no es el mismo. Algo que normalmente no ocurre en esta época del año: nubes de color leonado flotan inmóviles bajo el cielo; un aire asombrosamente denso y pesado se cierne sobre el desierto y ha vuelto mucho más suaves los contornos de las dunas de lo que suelen ser.
Un movimiento extraño en la cima de una elevada duna frente a mí atrae mi mirada. ¿Es un animal? ¡Tal vez el camello perdido! Pero, al observar con mayor atención, descubro que el movimiento no está sobre la cima, sino dentro de ella. La duna empieza a moverse muy lentamente, sin detenerse, avanzando con ligereza y formando ondas vagas y ondulantes; luego parece rodar cuesta abajo hacia mí, como la cresta de una ola que rueda lentamente. Desde el otro lado de la duna, un intenso resplandor rojo oscuro se extiende reptando hacia el cielo. Bajo aquella rojez, las líneas de las dunas pierden su nitidez y se vuelven borrosas, como si de pronto hubieran corrido una cortina en medio; un pálido resplandor rojizo se extiende rápidamente sobre el desierto. Una nube de arena empieza a girar alrededor de mi rostro y a mi alrededor, y de pronto el viento azota con violencia el valle, lo atraviesa y lo desgarra, mientras el estruendo comienza a rugir desde todas partes. Al igual que la primera cima, las cimas de todas las dunas que alcanzo a ver empiezan a desmoronarse, desgranándose punto por punto y rodando hacia abajo. En pocos minutos, el cielo adquiere un profundo color de óxido y el aire se llena de partículas de arena giratorias que, como una densa niebla rojiza, cubren tanto el sol como el día. ¡No cabe duda: es una tormenta de polvo!
El camello, que estaba agachado, intenta levantarse aterrorizado. Para entonces, el viento ya se ha convertido en una tormenta. Intento mantenerme erguido contra el viento, ato una cuerda al cuello del camello y lo hago sentarse; le ato con la cuerda las dos patas delanteras y, para mayor seguridad, también una de las traseras. Luego me tiendo de largo sobre el suelo y me echo la ‘abaya’ por encima de la cabeza. Para no asfixiarme con la arena que vuela, aprieto el rostro contra la axila del camello. Noto, sin duda, que el animal también ha apoyado el hocico sobre mi hombro; por eso siento que, en el lado donde el cuerpo del camello no me protege, la arena se amontona sobre mí. Para no quedar completamente sepultado bajo la arena, me veo obligado a cambiar de posición de vez en cuando.
Mi preocupación no es infundada, porque esta no es la primera vez que me sorprende una tormenta de arena en el desierto. Me envuelvo estrechamente en mi propia ‘abaya’ y permanezco tendido cuan largo soy sobre el suelo.
Espero a que termine la tormenta. No tengo nada más que hacer aparte de escuchar el rugido del viento y el aleteo de mi ropa, como el batir de una vela cuyo cabo se ha soltado —o como el sonido de una bandera al viento—, semejante al ondear de las banderas tribales en lo alto de las largas pértigas que llevaban los soldados beduinos en marcha; así habían ondeado y restallado las banderas casi cinco años antes sobre los jinetes beduinos de Naydy; eran varios miles y yo estaba entre ellos. ¡Después de cumplir el Hayy, regresábamos de Arafat a La Meca! Era mi segundo viaje para el Hayy. Tras pasar un año en el interior de la península arábiga, había regresado como pude a La Meca para unirme, justo a tiempo para el Hayy, a la multitud de peregrinos reunida en la llanura de Arafat, al este de la Ciudad Santa; yo estaba entre una inmensa muchedumbre de beduinos de Naydy vestidos de blanco. Y durante el regreso de Arafat vi —yo estaba entre una inmensa muchedumbre de beduinos de Naydy vestidos de blanco— cómo avanzaban, conduciendo los camellos a paso apretado y veloz sobre la llanura polvorienta: un mar de hombres vestidos de blanco; algunos montaban camellos amarillos del color de la miel, que avanzaban bailando con un movimiento estruendoso capaz de hacer temblar la tierra; miles de camellos parecían una ola irresistible precipitándose hacia delante. Las banderas tribales rugían en el viento, y los gritos tribales, con los que proclamaban las hazañas heroicas de sus distintas tribus y de sus antepasados, se alzaban en oleadas desde cada grupo. En realidad, para los habitantes de Nayid, es decir, para los pobladores de las tierras altas del centro de Arabia, la guerra y el Hayy tienen el mismo origen… Y los innumerables peregrinos de otros países —llegados de Egipto, del subcontinente indio, del norte de África y de Java—, que no estaban acostumbrados a semejante frenesí, se dispersaron aterrorizados ante nosotros, porque cualquiera que se detuviera cerca del paso de aquel ejército rugiente sabía que no podía sobrevivir, del mismo modo que la muerte es inevitable para cualquier jinete que caiga de su montura en medio de miles de camellos desbocados.
Por desenfrenado que fuera aquel avance sobre los lomos de los camellos, yo había participado en aquel frenesí y, con una alegría salvaje en el corazón y el zumbido de los silbidos, me había entregado a aquel momento especial, a la velocidad y al estruendo; y el viento que pasaba veloz sobre mi rostro parecía cantar: «Nunca volverás a ser un extranjero; nunca volverás a ser considerado un extraño entre mi pueblo».
Mientras permanecíamos tendidos sobre la arena, bajo la ‘abaya’ que ondeaba, oía cómo un eco parecía elevarse incluso por encima del rugido de la tormenta de polvo: «Nunca volverás a ser un extranjero».
No soy un extranjero. Arabia se ha convertido en mi patria. Mi pasado occidental parece un sueño visto hace mucho tiempo: no es tan irreal como para poder olvidarlo, ni tan real como para llegar a formar parte de mi presente. No es que me haya convertido en un soñador perezoso; al contrario, cada vez que permanezco varios meses en una ciudad —como en Medina, donde han quedado una esposa árabe mía y un hijo pequeño, y donde también hay una biblioteca llena de libros sobre la historia temprana del islam— me vuelvo inquieto y me siento atraído por la acción y el movimiento, por la vitalidad de la aridez del desierto, por el olor de los camellos y el contacto de sus sillas de montar. Lo sorprendente es que, durante la mayor parte de mi vida —ahora tengo algo más de treinta y dos años—, el impulso de vagar que me ha vuelto tan inquieto y me ha tentado una y otra vez a afrontar toda clase de riesgos y peligros no nace tanto de la pasión por la aventura como del deseo de encontrar para mí un lugar de sosiego en el mundo, de llegar a un punto en el que exista armonía con todo lo que pienso, siento y deseo. Y, si lo he comprendido bien, durante estos años fue precisamente este deseo de descubrir mi interior lo que me empujó, tanto en el pensamiento como en la apariencia exterior, hacia un mundo nuevo, completamente distinto de todo aquello que mi nacimiento europeo y mi crianza en un entorno europeo parecían haber destinado para mí.
Cuando la tormenta cesó por completo, salí sacudiéndome de los montones de arena acumulados a mi alrededor. Mi camello también estaba medio enterrado en la arena, pero, aun así, la experiencia no había sido demasiado mala para él, pues algo semejante ya le había ocurrido muchas veces en su vida. A primera vista pareció que, aparte de llenarme la cara, los oídos y la nariz de arena y de arrancar la piel de oveja de encima de mi silla de montar, la tormenta no nos había causado ningún daño importante. Pero pronto comprendí mi error.
El contorno de todas las dunas que me rodeaban había cambiado por completo. La tormenta había borrado las huellas del camello perdido y las mías. Me encontraba sobre un terreno enteramente nuevo. Ahora no me quedaba más que regresar a la tienda o, al menos, intentar regresar; solo podía contar con el sol y con esa idea general de la dirección que constituye casi una especie de instinto innato en cualquiera acostumbrado a viajar por el desierto. Pero, en este caso, ni siquiera esas dos ayudas eran completamente fiables, porque, a causa de las dunas, no se puede avanzar por una línea recta; no se puede avanzar en la dirección que uno desea seguir.
La tormenta me había dejado terriblemente sediento, pero, confiando en que no tendría que permanecer lejos de la tienda más de unas pocas horas, ya había bebido hacía mucho el último sorbo de agua de mi pequeño odre. De todos modos, estaba seguro de no haberme alejado demasiado de la tienda, y mi camello, aunque no había bebido desde la última vez que nos detuvimos junto al pozo, dos días antes, era un viajero experimentado; no cabía duda de que podría llevarme hasta la tienda. Volví la cabeza de mi camello hacia el lugar donde me pareció que estaba la tienda y partí a paso rápido.
Pasó una hora, luego otra y luego otra más, pero no había ninguna señal de Zayed ni del lugar donde estaba nuestra tienda. Ninguna de las montañas de color naranja conservaba ya un aspecto conocido. Incluso sin la tormenta habría sido verdaderamente difícil encontrar algo familiar entre aquellas montañas.
Hacia el final de la tarde llego junto a unas rocas de granito que sobresalen de la arena; es raro encontrar rocas así en medio de estas extensiones arenosas. En cuanto las veo, las reconozco. Ayer por la tarde, Zayed y yo pasamos junto a ellas, no mucho antes de levantar la tienda para pasar la noche. Respiro aliviado, porque no hay duda de que me he alejado del lugar donde esperaba encontrar a Zayed; bastará con avanzar directamente hacia el suroeste, como ayer, y no me costará mucho dar con él.
Recuerdo que entre estas rocas y nuestra tienda nocturna había tres horas de camino; pero ahora, después de haber guiado al camello durante otras tres horas sin encontrar rastro alguno de la tienda ni de Zayed, ¿acaso lo he vuelto a perder? Sigo avanzando, sigo avanzando, una y otra vez hacia el suroeste, observando atentamente el movimiento del sol en el cielo. Cuando cae la noche, decido que seguir avanzando carece por completo de sentido. ¡Será mejor que descanse un poco y espere la luz del amanecer! Bajo del camello, lo ato e intento masticar unos dátiles, pero, a decir verdad, tengo una sed terrible; por eso dejo los dátiles delante del camello y me acuesto con la cabeza apoyada sobre su cuerpo.
De vez en cuando me vence la somnolencia: no es exactamente sueño, no es exactamente sueño, ni tampoco exactamente vigilia, sino una sucesión de estados oníricos cuya raíz es el agotamiento. Esa somnolencia se interrumpe una y otra vez a causa de la sed, que se ha vuelto cada vez más terriblemente dolorosa. Además, en algún lugar de la región más profunda de mi corazón, que el ser humano no quiere revelar ni siquiera ante sí mismo, se encuentra la blanca honestidad del miedo, un molusco que retuerce el cuerpo [1: animal invertebrado blando de la familia de los caracoles]: ¿qué será de mí si ya no encuentro el camino de regreso hasta Zayed y nuestros odres? Porque, parta desde aquí en la dirección que parta, aunque viaje durante muchos días, ya no encontraré ningún asentamiento ni agua.
Parto de nuevo al amanecer. Después de reflexionar durante la noche, llego a la conclusión de que seguramente me he alejado mucho hacia el sur. Por lo tanto, la tienda de Zayed, donde pasé la noche, debería encontrarse en algún lugar al norte o al noreste. Así que avanzamos hacia el norte y el noreste, atravesando las olas de arena de un valle a otro, rodeando unas veces las dunas de la derecha y otras las de la izquierda. Al mediodía descansamos. Tengo la lengua pegada al paladar y me parece una gruesa piel vieja y agrietada. Se me ha formado una herida en la garganta y me arden los ojos. Me echo la ‘abaya’ sobre la cabeza e intento dormir un rato, pegado al vientre del camello, pero no consigo dormir. Por la tarde partimos de nuevo, esta vez más hacia el este, porque para entonces he comprendido que hemos avanzado demasiado hacia el oeste; pero, extrañamente, todavía no hay ni rastro de Zayed ni de la tienda.
Así llega otra noche. La sed se convierte en tormento y el deseo de agua se vuelve el único pensamiento irresistible de una mente que ya ni siquiera es capaz de pensar con claridad. Pero, cuando el sol del amanecer extiende una luz uniforme, vuelvo a sentarme sobre el lomo de mi camello; pasa la mañana, pasa el mediodía y llega la tarde de otro día; sigo guiando al camello, sigo avanzando. Solo hay dunas, y no tienen fin. ¿O acaso este es el final, el término de todos mis caminos, de todos mis deseos y de todo lo que he conseguido? ¿Mi final entre aquellos entre quienes ya nunca seré considerado un extranjero…? «¡Allah mío!», me derrumbo en oración: «No permitas que perezca así…»
Por la tarde subo a una duna elevada, con la esperanza de poder observar mejor el terreno circundante. Cuando veo hacia el este, muy lejos, algo que parece un punto negro, deseo gritar de alegría, pero ni siquiera tengo fuerzas para lanzar un grito. No me cabe duda de que aquella mancha negra no es otra cosa que la tienda de Zayed y los dos odres: ¡dos enormes odres llenos de agua! Al volver a montar en el camello, me tiemblan las rodillas. Avanzamos poco a poco y con cautela hacia aquella mancha negra; no hay la menor duda de que es la tienda de Zayed. Esta vez tomo todas las precauciones para no volver a perder la dirección. Avanzo en línea recta; mientras caminamos, unas veces subimos por una duna y otras bajamos a un valle de arena, aumentando así dos o tres veces nuestras dificultades. Solo me anima la esperanza de que dentro de un rato, a lo sumo en una o dos horas, llegaré a mi destino. Finalmente, después de atravesar la cima de la última duna, mi destino se hace claramente visible ante mis ojos; tiro de las riendas del camello y miro aquella mancha negra, a casi media milla de distancia. Me parece que los latidos de mi corazón se han detenido, porque lo que veo ante mí no es otra cosa que aquellas rocas negras de granito que sobresalían de la arena, las mismas que había atravesado con Zayed tres días antes y que, dos días atrás, había vuelto a atravesar yo solo…
Llevo dos días dando vueltas en círculo.
Cuatro
Cuando bajé de la silla de montar, estaba completamente exhausto; no me quedaban fuerzas. Ni siquiera me acordé de atar las patas del camello. A decir verdad, el animal también estaba tan agotado que ni siquiera tenía deseos de escapar. Sentí ganas de llorar, pero de mis ojos secos e hinchados no brotó ni una sola lágrima.
¡Cuánto tiempo había transcurrido desde que lloré! … Pero, en fin, ¿no pertenecía todo aquello ya a un pasado remoto? Todo era cosa del pasado, ¡y no existía nada llamado presente! Solo estaban la sed … y el calor … y el dolor.
Hacía casi tres días que no bebía agua. Y mi camello había bebido por última vez cinco días atrás. Quizá pudiera seguir así un día más, a lo sumo dos. Pero yo sabía que no podría continuar tanto tiempo. Tal vez me volvería loco antes de morir, porque el dolor de mi cuerpo estaba entrelazado con el miedo de mi mente; uno nacía del otro: abrasador, torturante, desgarrador…
Quiero descansar, relajarme, pero al mismo tiempo sé que, si descanso ahora, nunca podré volver a levantarme. Me arrastro como puedo y vuelvo a montar en la silla; después, golpeándolo y dándole patadas, obligo al camello a ponerse de pie. Casi me caigo de la silla cuando el camello, al levantarse sobre las patas traseras, se inclina hacia delante; y luego, al enderezar las patas delanteras, se tambalea hacia atrás. Empezamos a avanzar lentamente, entre dolores, hacia el oeste. ¡Hacia el oeste: qué ironía! Pero quiero vivir, y por eso seguimos caminando, seguimos avanzando.
Con las pocas fuerzas que nos quedaban, avanzamos toda la noche, arrastrando pesadamente los pies. Cuando caí de la silla, seguramente ya había amanecido. No caí sobre nada duro; la arena era muy suave y cómoda; me pareció que nos abrazaba con ternura. Durante un rato, el camello permaneció inmóvil, de pie. Luego, tras exhalar un largo suspiro, dejó caer el cuerpo primero sobre las rodillas y después sobre las patas traseras, extendió el cuello sobre la arena y se acurrucó a mi lado.
Yo también me tendí sobre la arena, a la estrecha sombra de mi camello. Me envolví con mi «abaya» para protegerme del ardor del desierto que había fuera de mí, y del dolor, la sed y el miedo que llevaba dentro. Ya no tenía fuerzas para pensar. No podía cerrar los ojos. Al menor movimiento de los párpados, me parecía que un metal incandescente se deslizaba sobre mis pupilas. Sed y calor… sed y un silencio devastador, un silencio cálido y seco, cuya soledad y desolación me cubrían con un sudario; el sonido de la sangre en mis oídos hacía aterrador el breve suspiro del camello, como si aquellos fueran los últimos sonidos que quedaban en el mundo, y nosotros dos —un hombre y un animal— fuéramos los últimos seres vivos, desdichados, sobre la faz de la tierra, condenados a la destrucción.
Muy por encima de nosotros, un buitre daba vueltas en el calor líquido, sin detenerse ni una sola vez; semejante a la punta de una aguja sobre el fondo descolorido del cielo, volaba libremente sobre todos los horizontes…
Tengo la garganta hinchada; la tráquea se ha secado y casi se ha cerrado, y cada respiración parece clavar mil agujas en la base de mi lengua —esa gran y noble lengua que no debería moverse y que, sin embargo, no puede dejar de moverse ni un instante—. Todo lo que hay dentro de mí arde; todo se ha transformado en un dolor incesante. Durante unos segundos, el cielo semejante al acero se iluminó ante mis ojos desorbitados.
Mi mano parece extenderse por sí sola y toca la dura culata del pequeño fusil que cuelga de la perilla de la silla de montar. Al instante la mano se queda allí, y mi mente, con una claridad repentina, ve cinco cartuchos nuevos en el cargador y comprende lo que podría suceder de inmediato con una ligera presión sobre el gatillo; algo dentro de mí susurra: «Date prisa, toma el fusil antes de que vuelvas a quedar incapacitado para moverte».
Y en ese momento sentí que mis labios se movían y daban forma a las palabras silenciosas que surgían de la caverna más profunda de mi mente: «Os pondré a prueba… ciertamente os pondré a prueba»; y las palabras vagas e indistintas fueron tomando forma poco a poco, hasta convertirse en algo parecido a un versículo del Corán: «Ciertamente os pondremos a prueba con algo de miedo, hambre y escasez de bienes, vidas y frutos. Da buenas noticias a los pacientes, quienes, cuando les sobreviene una desgracia, dicen: “Pertenecemos a Dios y a Él regresaremos”».
Todo está abrasador y sombrío. En medio de esta tristeza ardiente siento en el aire un aliento que reconforta el alma y oigo su suave susurro, como si el viento soplara entre los árboles haciendo murmurar las hojas, sobre el agua; y esa agua es un débil arroyo que fluye lentamente entre dos orillas cubiertas de hierba verde, cerca de la casa de mi infancia. Estoy tendido junto al río —un niño de nueve o diez años, mordisqueando una brizna de hierba y mirando las vacas blancas—; las vacas comen hierba cerca de mí, con sus grandes ojos apagados abiertos, en la sencilla satisfacción. A lo lejos, unas campesinas trabajan en los campos. Una lleva un pañuelo rojo y una falda azul de anchas rayas rojas. Unos patos blancos salpican el agua al golpearla con las patas. Y la brisa suave sigue produciendo un sonido sobre mi rostro, como el aliento de un animal. Sí, eso es: el sonido de la respiración de un animal. La enorme vaca blanca, cuyas patas blancas están salpicadas de manchas de color cobrizo, se ha acercado muchísimo y ahora me empuja mientras resopla con fuerza por la nariz; a mi lado siento el movimiento de sus patas.
Abro los ojos; oigo el resoplido de mi camello y siento el movimiento de sus patas junto a mí. El camello está medio erguido sobre sus patas traseras, con el cuello y la cabeza levantados, y las fosas nasales dilatadas, como si hubiera percibido de repente, en el aire del mediodía, el indicio de un aroma bueno. Vuelvo a percibir que resopla con fuerza por la nariz; su excitación parece descenderle por el cuello en forma de oleadas, pasar por los hombros y rodar hacia su enorme cuerpo medio erguido. Ya he visto antes que los camellos resoplan y hacen ruido así cuando huelen agua después de un largo viaje por el desierto. Pero aquí… aquí no hay agua… ¿o sí? Enderezo la cabeza y miro con ambos ojos hacia donde el camello ha vuelto el rostro. El camello mira hacia la duna más cercana a nosotros: una cumbre baja contra el vacío del cielo, semejante al acero. Allí nada se mueve ni se oye sonido alguno; solo se escucha un murmullo, como la vibración de la cuerda de una vieja lira, muy suave y frágil, agudo: el sonido agudo, alto y frágil de la voz de un beduino, que avanza arreando un camello al ritmo de sus pasos, justo al otro lado de la cima de la duna, muy cerca en términos de distancia; pero en una fracción de segundo comprendo que ese lugar está mucho más allá de mi alcance y que mi voz jamás llegará hasta allí. Sin duda hay gente allí, pero no tengo ninguna fuerza para llegar hasta ellos. Estoy tan débil que ni siquiera puedo ponerme de pie. Intento gritar, pero de mi garganta no sale más que un ronco gemido. Entonces, por sí sola, mi mano cae sobre la dura culata de mi pequeño fusil, colgado de la perilla de la silla de montar… y con los ojos de la mente veo cinco cartuchos nuevos en el cargador.
Con un esfuerzo supremo logré descolgar el fusil de la perilla de la silla de montar. Sacar los cartuchos del cinturón y cargarlos en el fusil me pareció tan pesado como levantar una montaña sobre la cabeza; aun así, al final lo conseguí. Luego apoyé el fusil sobre la culata, apunté el cañón directamente al cielo y apreté el gatillo. La bala se perdió en el vacío con un silbido, dejando escapar un sonido lastimoso y débil. Volví a abrir el cañón, introduje un cartucho, disparé y me quedé escuchando. La canción, semejante a una melodía de lira, se había detenido. Durante un instante solo quedó el silencio, nada más. De pronto apareció algo sobre la cima de la duna: la cabeza de un hombre, luego sus hombros, y otro hombre a su lado. Miraron hacia abajo durante unos instantes; luego se volvieron y gritaron algo a sus compañeros invisibles. Después subieron a gatas hasta la cima de la duna y vinieron corriendo hacia mí, mitad corriendo y mitad resbalando por la pendiente.
Me rodea una agitación intensa: dos o tres hombres; después de esta soledad desierta, ¡qué multitud tan enorme! Intentan levantarme; sus movimientos —el agitar desordenado de manos y pies— forman una escena sumamente desconcertante. Siento sobre los labios algo como hielo ardiente y fuego, y veo inclinado sobre mí el rostro de un beduino barbudo, cuya mano empuja dentro de mi boca un trapo húmedo y sucio. En la otra mano sostiene un odre abierto. Extiendo automáticamente la mano hacia el odre, pero el beduino me la aparta; sumerge el trapo en el agua, lo exprime y deja caer de nuevo unas gotas sobre mis labios. Para que el agua no entre en mi boca y me queme la garganta, aprieto los dientes. Pero el beduino vuelve a echarme unas gotas de agua en la boca sin separarme los dientes. Esto no es agua, sino plomo fundido. ¿Por qué me tratan así? Quiero escapar de su crueldad y salvarme, pero me sujetan. ¡Malditos sean todos! Me arde la piel; todo mi cuerpo está en llamas. ¿Acaso quieren matarme? ¡Ojalá tuviera fuerzas siquiera para empuñar el fusil y defenderme! Pero me obligan a abrir la boca y me vierten unas gotas de agua; no me queda otra opción que tragarla. ¡Qué extraño! Esta agua ya no quema con la intensidad de hace un momento; el paño húmedo sobre mi cabeza resulta agradable, y cuando me vierten agua sobre el cuerpo, el contacto de la tela mojada trae consigo un estremecimiento de júbilo…
Después todo se vuelve negro; desciendo por un pozo profundo, tan rápidamente que el aire pasa rugiendo junto a mis oídos, silbando y susurrando, y ese silbido se transforma en un estruendo: una negrura atronadora… Negra, negra…
Cinco
Negro… Negro… un negro suave y aterciopelado, sin ningún sonido: una oscuridad noble y benévola que me abraza como una cálida manta y despierta en mí el deseo de permanecer así para siempre, maravillosamente agotado, somnoliento y perezoso. No necesito abrir los ojos ni mover los brazos; sin embargo, muevo los brazos y abro los ojos, solo para ver la oscuridad sobre mi cabeza: la oscuridad lanosa de la tienda beduina hecha de pelo negro de cabra, cuyo frente tiene una estrecha abertura. Por ella puedo ver un fragmento del cielo nocturno, centelleante de estrellas, y abajo, a la luz de las estrellas, la suave curva de una duna resplandeciente… Después… entonces la abertura de la tienda se oscurece y la silueta de un hombre aparece en ella; el dibujo de su túnica colgante parece grabado contra el cielo, y oigo el grito de Zayed: «¡Está despierto, está despierto!». Luego su rostro severo y contenido se inclina casi sobre el mío; Zayed me sujeta por el hombro. Otro hombre entra en la tienda. No puedo verlo con claridad. Pero cuando empieza a hablar en voz baja y grave, comprendo de inmediato que es un beduino de la tribu de Shammar.
De nuevo siento una sed abrasadora y extrema, y aprieto con fuerza el cuenco de leche que Zayed me tiende. Pero cuando la trago, ya no queda ningún dolor. Estoy bebiendo la leche mientras Zayed continúa relatando cómo aquel pequeño grupo de beduinos había venido a montar su tienda cerca de donde comenzó la tormenta de arena; cómo se había preocupado cuando el camello perdido regresó por sí solo durante la noche; cómo todos se habían unido para salir a buscarme; y cómo, casi tres días después, cuando prácticamente habían abandonado toda esperanza, habían oído el disparo de mi arma desde detrás de las dunas…
Después montaron una tienda sobre mí y me ordenaron permanecer acostado dentro de ella esta noche y durante el día siguiente. Nuestros amigos beduinos no tienen ninguna prisa; sus odres están llenos de agua, e incluso dieron a mi camello tres cubos enteros de agua, porque saben que, tras un día de camino hacia el sur, ellos y nosotros llegaremos a un oasis donde abunda el alimento: arbustos de hamd.
Al cabo de un rato, Zayed me saca de la tienda y extiende una manta sobre la arena. Permanezco acostado bajo el cielo lleno de estrellas.
Varias horas después me despierta el tintineo de la cafetera de Zayed; el aroma del café recién hecho es como el cálido abrazo de una mujer.
—¡Zayed! —grito. Sorprendido, observo que, aunque mi voz todavía está cansada, ya no es ronca—. ¿Me darás un poco de café?
—Por Dios, tío, claro que sí —responde Zayed según la antigua costumbre árabe. Así es como los árabes se dirigen a alguien a quien desean mostrar respeto, tanto si es mayor como si es menor que quien habla (como en nuestro caso: yo soy unos años menor que Zayed)—. Tendrá todo el café que le apetezca.
Bebo café y sonrío mostrando los dientes mientras miro el rostro alegre de Zayed—. Bueno, hermano, dime: ¿por qué, en vez de quedarnos en casa como personas sensatas, nos arrojamos a semejantes peligros?
—Porque entonces Zayd me mira y sonríe mostrando los dientes: ¡para personas como usted y como yo es imposible quedarse sentadas en casa hasta que se nos endurezcan las manos y los pies y envejezcamos! Además, ¿acaso la gente no muere en sus propias casas? ¿Acaso no lleva consigo su destino, esté donde esté?
Zayd emplea la palabra «qisma» en el sentido de «destino»; «qism» significa «lo que ha sido decretado por el destino». Esta palabra, en su forma turca «kismet», es muy conocida en Occidente. Mientras bebía otra taza de kif, me pareció que esta palabra árabe tenía también un significado más profundo: «Aquello en lo que el ser humano tiene parte: eso es el kismet».
Aquello en lo que el ser humano tiene parte, eso es…
Las palabras despiertan en mi memoria un débil sonido que se desvanece, y al instante aparece ante mí la imagen de una sonrisa fatigada… ¿De quién era aquella sonrisa? Una nube de humo, un humo acre, como el humo del hachís, y detrás de él una sonrisa fatigada. Sí, era humo de hachís, y aquella era la sonrisa de la persona más extraña entre todas las que he tratado hasta hoy. ¡Me había encontrado con él después de una experiencia extraordinaria de mi vida! Un peligro… que me había parecido… sí, que por el momento solo me había parecido inminente; para escapar de él y salvarme, me dirigía sin saberlo hacia otro peligro, y ese peligro era mucho más real, mucho más inminente que aquello que había intentado evitar… Estos dos peligros, el irreal y el real, juntos me habían empujado hacia una libertad completamente nueva.
El hecho había ocurrido ocho años antes. Iba a caballo, acompañado por mi sirviente tártaro Ibrahim, desde Shibaj hacia Kirmán, en el sur de Irán, una región desolada, escasamente poblada y sin caminos, cerca del lago Nairis. Era invierno, y durante aquella estación la región se había convertido en una estepa especialmente embarrada y pegajosa; no había aldeas ni poblados en los alrededores, y hacia el sur el pantano, rodeado por el Kuh-i-Gushnegan, es decir, las «Montañas de los Hambrientos», llegaba hasta la orilla del lago. Por la tarde, mientras rodeábamos una colina baja, de pronto divisamos el lago: una extensión verde y silenciosa, sin movimiento, sonido ni vida, porque sus aguas eran tan saladas que ningún pez podía vivir en ellas. Salvo unos cuantos árboles raquíticos y algunas hierbas del desierto, ninguna planta crecía en la tierra salina de sus orillas. El terreno estaba cubierto por una fina capa de nieve mezclada con barro, y hacia el interior, a unos doscientos metros de la orilla, se extendía un sendero estrecho y apenas visible.
Ya estaba anocheciendo; Khan-i-Khet era el destino de aquella noche, pero todavía no habíamos encontrado ninguna señal de la posada. Sin embargo, teníamos que llegar allí a cualquier precio. No había ningún otro asentamiento a lo lejos, en ninguna dirección, y como el pantano estaba cerca, avanzar en la oscuridad se había vuelto muy peligroso. De hecho, aquella misma mañana nos habían advertido que no nos acercáramos solos, porque un solo paso en falso podía causar una muerte fácil y repentina. Además, después de pasar todo el día atravesando aquel terreno húmedo y pegajoso, nuestros caballos estaban muy cansados; ellos también necesitaban ahora descanso y comida.
Con la llegada de la noche comenzó a caer una lluvia torrencial. Avanzábamos empapados, abatidos y en silencio; confiábamos más en el instinto de los caballos que en nuestros propios ojos, inútiles en aquellas condiciones. Pasaron horas y horas… pero ¿dónde estaba la posada? ¡No había ninguna señal! Tal vez la habíamos dejado atrás sin distinguirla en la oscuridad; quizá tendríamos que pasar la noche al raso, bajo la lluvia, que arreciaba cada vez con mayor fuerza. Los cascos de nuestros caballos golpeaban el agua y la salpicaban; nuestras ropas mojadas se pegaban al cuerpo como pesadas cargas. A nuestro alrededor pendía la noche negra e impenetrable, oculta tras una cortina de agua turbulenta. Tiritábamos de frío hasta los huesos, pero saber que el pantano estaba cerca nos llenaba de un temor aún mayor. ¡Que Alá se apiadara de nosotros si los caballos daban aunque fuera una sola vez un paso en falso sobre el terreno firme! Así nos habían advertido por la mañana.
Yo avanzaba delante, e Ibrahim iba detrás de mí, quizá a diez pasos de distancia. Una y otra vez me asaltaba la terrible pregunta: ¿habíamos dejado atrás Khan-i-Khet en la oscuridad? ¡Qué siniestra perspectiva, pasar la noche bajo la lluvia fría! Pero si ya habíamos recorrido una distancia tan grande, ¿dónde estaba entonces el pantano?
De repente oigo un suave y blando chapoteo bajo los cascos de mi caballo. Me doy cuenta de que el animal se está hundiendo en el barro: se hunde un poco, ya se ha hundido un poco más, luego levanta desesperadamente una pata y vuelve a hundirse. De pronto, este pensamiento me atraviesa la mente: ¿hemos entrado acaso en un pantano? Tiro con fuerza de las riendas y empiezo a espolear al caballo con ambas piernas, a sus costados. El caballo levanta la cabeza y comienza a agitarse violentamente. Un sudor frío empieza a brotar de mi piel. La noche es tan negra que ni siquiera puedo ver mis propias manos; pero, por la forma en que el cuerpo del caballo se hincha con cada respiración, comprendo cuánto se esfuerza desesperadamente por escapar del abrazo del barro. Casi sin pensarlo, tomo el látigo del caballo, que normalmente llevo colgado de la muñeca sin usarlo, y golpeo con todas mis fuerzas las ancas del animal; mi propósito es incitarlo así a emplear hasta su última reserva de energía, porque si el caballo permanece inmóvil en ese momento, se hundirá, y yo me hundiré con él en aquel barro, cada vez más profundo. El desdichado animal, un caballo kashgai tatu, dueño de una velocidad y una fuerza extraordinarias, que no estaba acostumbrado a recibir golpes de esa clase, se alza sobre sus dos patas traseras; luego vuelve a golpear el suelo con las cuatro patas. Se esfuerza desesperadamente por respirar con frecuencia para escapar del barro, salta, vuelve a lanzarse hacia delante y otra vez resbala y cae; y, sin pausa, los cascos del caballo continúan golpeando una y otra vez sobre el blando lodo.
Un objeto misterioso pasa silbando por encima de mi cabeza; levanto la cabeza de inmediato, y entonces un golpe duro, incomprensible, cae sobre mí. Pero ¿de dónde? El tiempo y los pensamientos se precipitan unos sobre otros y se enredan por completo.
Por un instante me pareció que aquel momento se alargaba como horas y horas; entre las salpicaduras de la lluvia y los jadeos del caballo, oía aquel sonido que sorbía y bebía el pantano. Sin duda, nuestro momento final se acercaba. Aflojé los pies en los estribos y me preparé para saltar de la silla y probar mi suerte por mi cuenta… quizá pudiera salvarme si quedaba tendido boca arriba sobre el barro. Cuando me encontraba en ese estado de ánimo, de pronto, de una manera increíble, mi caballo golpeó con fuerza una tierra muy firme y dura… una vez… dos veces… y yo, sollozando de alegría por la liberación, tiré de las riendas y detuve al animal, que seguía temblando. Habíamos sobrevivido.
En ese momento recordé de repente a mi compañero y, cegado por el miedo, grité: «¡Ibrahim!». Pero no hubo respuesta. Se me heló el corazón.
«¡Ibrahim!». Pero a mi alrededor solo había una noche oscura y la lluvia. ¿Acaso no había logrado salvarse? Con voz ronca volví a llamarlo a gritos: «¡Ibrahim!».
Y entonces, de un modo casi increíble, llegó desde muy lejos, débilmente, el sonido de un grito: «¡Eh… estoy aquí!».
¡Ahora era el turno de que mi mente quedara paralizada! ¿Cómo habíamos terminado separados el uno del otro por una distancia tan enorme?
—«¡Ibrahim!»
—¡Eh… eh!—
Y siguiendo aquel sonido, sujetando las riendas y haciendo avanzar al caballo mientras tanteaba con los pies cada centímetro del terreno, me dirigí muy despacio y con extrema cautela hacia aquella voz lejana: «¡Ibrahim!… ¡Ibrahim!». Ibrahim estaba sentado tranquilamente sobre la silla de su caballo.
—¿Qué te había ocurrido, Ibrahim? ¿También habías ido a parar por error al pantano?
—¿Al pantano? No. No sé por qué, cuando de pronto usted desapareció espoleando el caballo, yo me quedé completamente inmóvil; no me moví ni un ápice y permanecí exactamente donde estaba.»
—¡Desapareció espoleando el caballo!». ¡Por fin se había resuelto el misterio! Mi intento de salvarme del pantano no había sido más que el resultado de mi imaginación. Seguramente mi caballo había llegado a un camino embarrado y yo había creído que ambos nos estábamos hundiendo en el pantano, por lo que lo había azotado y espoleado como un loco. Engañado por la oscuridad, había confundido el avance del caballo, su carrera hacia delante, con un desesperado intento de escapar de las garras del pantano, y había cabalgado durante toda la noche sin saber que por aquí y por allá, en el campo, había numerosos matorrales nudosos. No era el pantano, sino aquellos árboles lo que constituía el peligro inminente y real: la rama que me había golpeado en la mano podría haber sido más grande en vez de pequeña, una rama capaz de aplastarme el cráneo; y así, mi viaje habría llegado a un final definitivo en el sur de Irán.
Me enfurecí conmigo mismo; también me enfurecí porque habíamos perdido por completo la orientación y ya no era posible encontrar ninguna señal del camino. No volveríamos a encontrar el caravasar.
Pero volví a equivocarme.
Ibrahim detuvo el caballo y desmontó para palpar con las manos el estado del terreno y quizá encontrar así de nuevo el camino. Mientras avanzaba a gatas, de pronto su cabeza chocó contra una pared: ¡la negra pared del caravasar Khan-i-Ket!
Si no hubiera cometido el supuesto error de internarme en el pantano, quizá habríamos seguido avanzando; quizá habríamos dejado atrás la posada y nos habríamos alejado mucho, y luego tal vez realmente nos habríamos perdido en aquel pantano, pues más tarde supimos que este comenzaba a menos de doscientos metros por delante.
Esta posada es uno de los muchos vestigios de la época del gran Shah Abbas. Bajo los arcos de hileras de sólidos edificios se encuentran pasadizos, puertas abiertas de par en par y hornos derrumbados. Aquí y allá, sobre los dinteles y las baldosas de mayólica agrietadas, vi algunos vestigios de antiguas tallas. En las pocas habitaciones inhabitables había esparcidos paja vieja y estiércol de caballo. Ibrahim y yo entramos en la sala principal y vimos al supervisor de la posada sentado junto a un fuego abierto sobre el suelo desnudo, mientras a su lado permanecía otro hombre, descalzo, de estatura enana y vestido con harapos. En cuanto entramos, ambos se pusieron de pie. El hombrecillo inclinó solemnemente la cabeza para saludarnos, con un gesto casi perfectamente teatral, mientras mantenía la mano derecha sobre el pecho. Su chaqueta estaba cubierta de innumerables remiendos de diversos colores; el hombre era sucio, completamente desaliñado y desordenado, pero sus ojos brillaban y su rostro era sereno y apacible.
El supervisor salió una vez de la habitación para ocuparse de nuestros caballos. Yo me quité la ropa mojada y la arrojé a un lado, mientras Ibrahim, sin perder tiempo, puso agua para el té sobre el fuego abierto. Con la elegancia de un noble señor feudal que trata cortésmente a quienes están por debajo de él sin perder su dignidad, el hombrecillo tomó con gracia la taza de té que Ibrahim le tendía.
Sin mostrar la menor curiosidad fuera de lo común, me miró como si solo quisiera iniciar una conversación: «Janab-e Ali, ¿es usted inglés?»
—No, soy austriaco.
—¿Sería descortés que le preguntara si ha venido aquí con fines comerciales?
—Soy escritor de periódicos —respondí—. Viajo por vuestro país para dar a conocer vuestro país a los habitantes del mío. A mi pueblo le gusta saber cómo viven los demás.
Asintió con una sonrisa de aprobación y luego guardó silencio. Al cabo de un rato sacó de entre los pliegues de su chaqueta una pipa de agua de barro y una caña de bambú; ajustó la caña al recipiente de barro; luego comenzó a frotar entre las palmas una sustancia que parecía tabaco; después, con cuidado, como si aquella sustancia fuera más valiosa que el oro, la colocó en la cazoleta y la cubrió con brasas encendidas. Ajustó la caña de bambú al recipiente de barro; luego guardó silencio. Al cabo de un rato sacó de entre los pliegues de su chaqueta una pipa de agua de barro y una caña de bambú; ajustó la caña al recipiente de barro; después comenzó a frotar entre las palmas una sustancia que parecía tabaco; luego, con cuidado, como si aquella sustancia fuera más valiosa que el oro, la colocó en la cazoleta y la cubrió con brasas encendidas. Se llevó el tubo de bambú a la boca y empezó a aspirar el humo con bastante fuerza; mientras aspiraba, comenzó a toser violentamente y así se aclaró la garganta. El agua borboteaba dentro de la pipa de barro y un olor penetrante fue llenando poco a poco la habitación. Entonces comprendí: aquello era el hachís, el cannabis indio. Ahora se aclaraba el significado de sus extraños modales y ademanes: era un hashshashí, un fumador de cannabis. Sus ojos no estaban velados como los de los fumadores de opio; brillaban con una especie de profunda indiferencia impersonal. Su mirada estaba muy lejos, tan alejada del mundo real que la rodeaba que resultaba inconmensurable.
Me quedo mirándolo en silencio. Cuando termina de fumar, me pregunta: «¿Quiere probarlo?»
Rechazo la propuesta dándole las gracias. En mi vida he probado el opio un par de veces (por supuesto, no me produjo ningún placer; pero incluso intentar fumar hachís me resulta muy difícil, hasta desagradable). El hashshashí sonríe en silencio y pasea sobre mí su mirada oblicua con una ironía amistosa:
—Sé lo que está pensando, honorable amigo. Piensa que fumar hachís es obra del demonio y le tiene miedo. ¡Puras tonterías! El hachís es un don, una misericordia de Allah. Algo excelente… especialmente para la mente. Señor, escuche, se lo explicaré. El opio es malo —de eso no hay duda— porque despierta en la mente deseos de cosas inalcanzables. El opio vuelve codiciosos los sueños del hombre, como los deseos de las bestias. Pero el hachís calma a todos y vuelve al hombre indiferente ante todo lo que existe en el mundo. Sí, así es. El hachís le da satisfacción al hombre. Puede poner delante de un hashshashí un mann de oro, no solo mientras está fumando hachís, sino en cualquier momento: el hashshashí ni siquiera extenderá un dedo hacia ese oro. El opio vuelve al hombre débil y cobarde, pero el hachís… el hachís elimina todos los miedos y vuelve al hombre tan valiente como un león. Si le dice a un hashshashí que se sumerja en una corriente helada en pleno invierno, saltará directamente al agua y se reirá… porque ha comprendido que quien no tiene codicia no tiene miedo; y si el hombre puede vencer el miedo, también vence el peligro, porque sabe que todo lo que le ha sucedido en su vida forma parte de él, de todo cuanto ocurre en la creación…»
Vuelve a reír, con aquella breve risa silenciosa y ondulante que no puede llamarse burla, pero tampoco bondad: algo a medio camino entre ambas. Después su risa se detiene; detrás del humo que se enrosca solo brillan sus dientes, y su mirada luminosa queda fija en una distancia inmóvil e inmutable.
«Mi parte en todo cuanto ocurre…» Tumbado bajo las constelaciones del cielo árabe, amistoso, pienso para mis adentros: yo… este conjunto de huesos y carne, de sensaciones y percepciones, he sido colocado en la cámara del Regidor del universo, y estoy dentro de todo cuanto ocurre. «El peligro» no es más que una fantasía ilusoria; jamás podrá «vencerme», porque todo lo que sucede en mi vida es parte de esa corriente que todo lo atraviesa, de la corriente de la que yo mismo formo parte. También puede ser que el peligro y la seguridad, la muerte y la alegría, el destino y la plenitud, todo ello no sean más que diferentes aspectos de este pequeño pero digno «conjunto» que soy yo. ¡Qué libertad infinita, Allah, has concedido al ser humano!»
El dolor gozoso de este pensamiento es tan intenso y penetrante que me veo obligado a cerrar los ojos, y la brisa que pasa suavemente sobre mi rostro parece acariciarme en silencio desde lejos, como las alas de la liberación.
Seis
Por fin siento que tengo fuerzas suficientes para sentarme. Zayed se acercó a mí con una de las sillas de montar de nuestros camellos, para que pudiera sentarme apoyado.
—Tío, descanse; hice duelo por usted creyéndolo muerto, y hoy me siento tan feliz de encontrarlo vivo y bien.
—Siempre te he tenido por un amigo muy querido. Si no hubieras acudido corriendo a mí al oír mi llamada, dime, ¿cómo habría pasado los años sin ti?
—Tío, nunca me he arrepentido de haber pasado estos años con usted. Todavía recuerdo el día en que recibí su carta, hace cinco años. En aquella carta me llamaba a La Meca. La idea de volver a verlo era lo que más apreciaba. Y había una razón especial: usted ya había sido bendecido con la gracia del islam. Por entonces me había casado con una joven virgen de los Muntafiq; no tenía límites la dicha que encontraba en su amor. Aquellas muchachas iraquíes tienen la cintura muy fina y los senos firmes, duros, exactamente como estos —recordando la escena del pasado, sonrió levemente y presionó su dedo índice contra el extremo duro de la silla de montar en la que estoy apoyado—, y es muy difícil liberarse de sus abrazos. Así que me dije: «Iré, pero no ahora mismo. Tendré que esperar unas semanas». Pero pasaron semanas… pasaron meses, y aunque al poco tiempo había repudiado a aquella mujer —a aquella hija de perra, que miraba a su primo con ojos de amante—, no podía abandonar mi empleo con los iraquíes del agal; no podía dejar a mis amigos, ni las diversiones de Bagdad y Basora, y seguía diciéndome: «Ahora mismo no; un poco más adelante». Pero un día salí en camello de nuestra tienda con mi paga y, pensando pasar la noche en casa de algún amigo, de pronto recordé su situación; recordé que en su carta me había escrito sobre la muerte de su querida esposa, su compañera —que Alá tenga misericordia de ella—, y pensé en lo solo que debía de sentirse después de perderla. En ese instante comprendí que ya no podía esperar: tenía que correr a su lado, allí mismo y de inmediato. Me arranqué la borla de mi agal iraquí y la arrojé lejos; después ni siquiera entré en casa a recoger mis ropas. Volví la cabeza de mi camello hacia el Nufud… hacia Naydid, y emprendí la marcha; solo me detuve una vez, en la aldea siguiente, para comprar un odre y algo de comida… Luego seguí espoleando el camello día tras día, hasta que me reuní con usted en La Meca, cuatro semanas después…»
—Y recuerdas, Zayed, nuestro primer viaje juntos al interior de Arabia, hacia el sur, hacia los palmerales y los campos de trigo de Wadi Bishah, y desde allí hacia las extensiones arenosas de Rania, que ningún no árabe había atravesado antes.
—Lo recuerdo con toda claridad, tío. ¡Cuánto deseaba usted ver aquella región desolada 1[el Rub al-Jali, el vasto desierto arenoso y despoblado que se extiende por la península–arábiga en una– cuarta parte de su superficie]।] para ver dónde las dunas cantan bajo el sol por la influencia de los yinn. ¿Y recuerdas a los badu que vivían en los confines de aquella región? En aquel entonces nunca habían visto gafas en su vida y creían que las suyas estaban hechas de agua congelada. Ellos mismos eran como los yinn; así como otros leen libros, ellos leían en la arena las huellas de los caminos y podían leer en el cielo y en el viento la llegada de las tormentas de polvo, muchas horas antes de que estallaran. Y, tío, ¿recuerdas al guía que contratamos en Rania, aquel demonio beduino al que usted quiso matar de un disparo porque pretendía abandonarnos en medio del desierto? ¡Cómo se enfureció contra el aparato con el que usted tomaba fotografías!
Los dos nos reímos de aquella aventura que habíamos dejado atrás, muy lejos. Pero entonces no estábamos en absoluto para reírnos. Nos encontrábamos a seis o siete días de camino al sur de Riad cuando aquel guía, un beduino tosco de un asentamiento de los «Ikhwan» de Raine, estalló de ira porque le expliqué el propósito de la cámara. Se dispuso a abandonarnos allí mismo, pues creía que su ruh corría peligro por tomar fotografías tan jahilíes. A mí no me habría importado en absoluto librarme de él si no hubiera temido que nos encontrábamos en una región que ni Zaid ni yo conocíamos, y que, si nos dejaba solos, seguramente acabaríamos perdidos. Primero intenté convencer con argumentos a aquel «demonio beduino» nuestro. Pero no sirvió de nada. No quería entenderlo de ninguna manera. Al contrario, volvió la cabeza del camello hacia Ranía. Entonces le expliqué claramente que, si insistía en abandonarnos así a una muerte casi segura de sed, no lograría escapar con vida. A pesar de esta advertencia, cuando empezó a conducir su camello, apunté mi rifle hacia él y me preparé para dispararle —tenía toda la intención de hacerlo—; y me pareció que, al final, con ello quedaron enterradas todas las preocupaciones de nuestro amigo por su ruh. Después de murmurar durante un rato, accedió a guiarnos hasta el siguiente asentamiento, a tres días de camino, donde podríamos presentar nuestra disputa ante el qadi para que la juzgara. Zaid y yo le quitamos las armas y luego nos turnamos para vigilarlo, a fin de que no pudiera escaparse. Unos días después, cuando solicitamos justicia al qadi de Qubaya, este falló inicialmente a favor de nuestro guía. «Porque», basándose en una interpretación errónea de un hadiz del Mensajero, dijo que «tomar imágenes de seres vivos es una acción reprobable»; sin embargo, pese a la arraigada creencia que hasta hoy mantienen muchos musulmanes de que fotografiar seres vivos está prohibido, no existe ninguna disposición de la ley islámica al respecto. Entonces extendí ante el qadi la carta abierta del rey, escrita «para todos los emires del país y para cualquiera que la leyera»; y, mientras la leía, el rostro del qadi se fue alargando cada vez más: «Muhammad Asad es mi huésped, mi amigo y mi ser querido. Quien lo trate amistosamente me tratará amistosamente a mí, y quien le sea hostil será considerado enemigo mío…». Las palabras y el sello de Ibn Saud obraron como magia sobre el severo qadi. Finalmente dictaminó que, «en determinadas circunstancias», podía permitirse tomar fotografías. Después de este veredicto dejamos a nuestro guía y contratamos a uno nuevo para que nos llevara hacia Riad.
—Tío, ¿recuerda aquellos días en Riad, cuando éramos huéspedes del rey y cuánto le apenó ver las antiguas caballerizas reales llenas de relucientes automóviles?… ¿Y recuerda la bondad que el rey mostró con usted?
—¿Y recuerdas, Zaid, cómo el rey nos envió a descubrir el misterio de la rebelión beduina y cómo, noche tras noche, viajamos hasta infiltrarnos en Kuwait; cómo finalmente descubrimos el verdadero misterio de los relucientes riales nuevos y de las armas que llegaban a los rebeldes cruzando el mar…?
—Y, tío, ¿recuerdas aquella misión nuestra, cuando Sayyid Ahmad —¡que Dios prolongue su vida!— nos envió a Cirenaica, y cómo cruzamos el mar en secreto hasta Egipto a bordo de un dhow, y cómo, evitando la mirada de aquellos italianos —¡que Dios los maldiga!—, entramos en Jabal Akhdar y nos unimos a los muyahidines bajo el mando de Umar al-Mujtar? ¡Qué emocionante fue!
En el silencio de la noche del desierto, iluminada por las estrellas, cuando una delicada brisa tibia levanta pequeñas ondas en la arena, las imágenes del pasado y del presente se entrelazan una y otra vez, luego vuelven a separarse, y con un sonido asombroso que mantiene viva la memoria se llaman mutuamente hacia atrás, a través de muchos años: hacia el comienzo de mis años árabes, mi primer hach en La Meca y la oscuridad que había cubierto aquellos primeros días; hacia la muerte de aquella mujer a la que amé como nunca amé después a ninguna otra, y que ahora yace bajo la tierra de La Meca. Una sencilla piedra sin inscripción se alza a la cabecera de su tumba, señalando el final de su camino y el comienzo de uno nuevo para mí: un final y un comienzo, una llamada y un eco en los valles rocosos de La Meca, unidos de manera asombrosa a los sueños del otro.
—Zaid, ¿habrá un poco más de café?
—¡A sus órdenes, tío! —responde Zaid. Se pone de pie sin apresurarse, con la alta y esbelta cafetera en la mano izquierda. Al cabo de uno o dos minutos, dos tazas sin asa tintinean en su mano derecha: una para mí y otra para él. Primero vierte un poco de café en la taza y me la entrega. Desde debajo de la sombra de la kufiyya roja y blanca, sus ojos me observan con profunda atención, como si aquella muestra de respeto fuera mucho más importante que la pequeña taza de café. Esos dos ojos grandes y atentos, adornados por largas pestañas, profundos, contenidos y serenos, tristes y, sin embargo, resplandecientes de una alegría intensa, cuentan la historia de cien generaciones que vivieron libres en la estepa: son los ojos de un hombre cuyos antepasados nunca fueron explotados ni explotaron jamás a otros. Pero lo más hermoso de todo son sus movimientos: serenos, conscientes del ritmo propio de cada gesto, nunca apresurados ni vacilantes; tan perfectos y desprovistos de toda superfluidad que le hacen pensar a uno en la interacción de los distintos instrumentos dentro de la armonía de una orquesta perfectamente coordinada. Entre los beduinos se encuentran a menudo movimientos de este tipo; en ellos se refleja la sobriedad del desierto. Porque, salvo en unas pocas ciudades y aldeas, la vida de los habitantes de Arabia ha sido tan poco modelada por la mano del hombre que la naturaleza, con sus severas leyes, los ha obligado a excluir de su conducta toda clase de dispersión y a transformar todos los actos realizados por voluntad o necesidad en unas cuantas formas fundamentales, muy precisas; formas que han permanecido iguales durante innumerables generaciones y que, con el paso del tiempo, han adquirido la pulida claridad del cristal. Y esta sencillez heredada es lo que ahora vemos tanto en los gestos del árabe auténtico como en su actitud ante la vida.
—Zaid, dime, ¿adónde vamos mañana?
Zayed me mira con una sonrisa tenue: «¿Por qué, tío? Si nos dirigimos precisamente hacia Tayma…»
«No, hermano, ¡claro que quería ir a Tayma! Pero ahora ya no quiero. Vamos a La Meca…»
El comienzo del camino
Uno
Varios días después de caer bajo el dominio de la sed, cuando ya se acercaba el anochecer, Zayed y yo llegamos a un pequeño oasis abandonado y decidimos pasar allí la noche. Bajo los rayos del sol poniente, las dunas de arena del este resplandecían como bloques de ágata de colores del arcoíris, en una corriente ininterrumpida de sombras de tonos cambiantes y reflejos de luz suavizada; y el cambio de color era tan delicado que parecía que la vista misma le hacía violencia al seguir el curso de unas sombras apenas perceptibles que avanzaban hacia la grisura cada vez más densa del crepúsculo. Todavía se distinguían claramente las copas de las palmeras, como coronas adornadas con plumas, y detrás de ellas, medio ocultas, las bajas casas de adobe y los muros de los huertos. Las ruedas de madera sobre el pozo aún seguían cantando.
A cierta distancia de la aldea, hacemos echarse a nuestros camellos bajo el palmeral. Luego descargamos nuestros pesados bultos y retiramos las sillas de montar de los lomos calientes de los camellos. Al ver que éramos forasteros, varios niños traviesos se reúnen a nuestro alrededor; uno de ellos, un muchacho de ojos enormes y vestido con harapos, le dice a Zayed que le mostrará dónde encontrar leña. Mientras los dos salen en busca de leña, llevo los camellos junto al estanque. Cuando bajo mi cubo de cuero, lo lleno de agua y comienzo a izarlo, llegan de la aldea varias muchachas para recoger agua, con recipientes de cobre y cántaros de barro. Llevan los recipientes cómodamente sobre la cabeza, dejando caer las dos manos a los lados y, inclinándose un poco hacia delante para acompasar el peso, levantan con ambas manos los pliegues de sus velos, que se agitan como abanicos.
«As-salamu alaykum, que la paz sea con ustedes, oh viajeros.»
Y yo respondo: «Y sobre ustedes también desciendan la paz y la misericordia de Alá.»
Sus vestidos son negros y llevan el rostro descubierto, como ocurre con casi todas las campesinas y mujeres beduinas de esta región de Arabia; por eso se pueden ver fácilmente sus grandes ojos negros. Aunque llevan muchas generaciones establecidos en un oasis, no han perdido la actitud interior de la vida nómada de sus antepasados. Sus modales son claros y definidos; su manera de hablar está completamente libre de timidez o recato. Cuando las vi tomar silenciosamente de mis manos la cuerda del cubo y sacar agua para mis camellos, exactamente como lo había hecho aquella mujer junto a un estanque cuatro mil años atrás con el siervo de Abraham, cuando este había llegado desde Canaán a Padán-Aram, donde vivía su parentela, para encontrar una esposa para Isaac, el hijo de su amo.
«Al atardecer, fuera de la ciudad, hizo arrodillarse a sus camellos junto a un estanque.
Y dijo: “Oh, Señor mío, Dios de Abraham, te ruego que hoy me concedas éxito y tengas misericordia de mi señor Abraham. Mira, aquí estoy junto a un estanque de agua, y las hijas de los habitantes de la ciudad vienen a sacar agua. Que suceda esto: cuando diga a una joven: ‘Te ruego que bajes tu cántaro para que pueda beber’, y ella responda: ‘Bebe, y también daré de beber a tus camellos’, que esa sea la muchacha que has elegido para tu siervo Isaac. Así sabré que has mostrado misericordia a mi señor”.
Y he aquí que, antes de que terminara de hablar, llegó Rebeca, con su cántaro sobre el hombro. La joven era muy hermosa y virgen; ningún hombre la había tocado. Bajó al pozo, llenó su cántaro y volvió a subir.
El criado corrió hacia ella y le dijo: “Te ruego que me des de beber de tu cántaro”. Ella respondió: “Beba, señor”. Y rápidamente bajó el cántaro de su hombro y le dio agua. Después de que hubo bebido, la joven dijo: “También sacaré agua para los camellos hasta que hayan saciado su sed”. Sin tardanza, vació su cántaro en el abrevadero del que beberían los camellos, y volvió corriendo al pozo para sacar agua para todos ellos…»
Estoy de pie junto a un pozo, con mis dos camellos, en un pequeño oasis entre las vastas arenas del Nufud, y miro a la joven que toma de mis manos la cuerda del cubo para sacar agua para mis animales; mientras tanto, en mi mente se desarrolla aquella historia bíblica. El país llamado Padán-Aram y la época de Abraham están muy, muy lejos, pero el recuerdo despertado por los dignos gestos de estas mujeres ha borrado todas las distancias del espacio, y en la escala del tiempo, cuatro largos miles de años parecen no ser nada.
—Queridas hermanas, que Alá bendiga vuestras manos y las mantenga a salvo.
—Y, viajero, que usted también permanezca bajo la protección de Alá —responden ellas; luego vuelven su atención a sus pilas y cántaros, para llenarlos y llevar agua a casa.
Al regresar al lugar de nuestras tiendas, hago arrodillarse a mis camellos y les pongo trabas en las patas delanteras, para que no puedan marcharse a ninguna parte durante la noche. Zayd ya ha encendido el fuego y se ha puesto a preparar el café. Una alta cafetera de largo pico curvado está hirviendo; junto al codo de Zayd hay otra cafetera más pequeña, de la misma forma. En la mano izquierda sostiene una enorme cuchara plana de hierro, cuyo mango mide dos pies; con ella tuesta un puñado de granos de café sobre un fuego suave, porque en Arabia el café se tuesta de nuevo para cada cafetera. En cuanto los granos adquieren un tono algo cobrizo, Zayd los pone en un mortero de bronce y los pulveriza. Después vierte un poco de agua hirviendo de la cafetera grande en la pequeña, vuelca dentro el café molido y deja la cafetera junto al fuego, para que el agua hierva lentamente. Cuando la bebida está casi lista, Zayd le añade unas semillas de cardamomo para intensificarla, pues en Arabia se dice que, si el café ha de ser bueno, debe ser tan intenso como la muerte y tan picante y cálido como el amor.
Pero todavía no estoy preparado para tomar café cómodamente. Después de pasar horas y horas, largas, agotadoras y calurosas, sentado sobre la montura, el sudoroso tejido de mi ropa se me pega fuertemente a la piel; naturalmente, todo mi ser anhela un baño, así que vuelvo despacio junto al pozo, bajo el palmeral.
Mientras tanto, la oscuridad se ha espesado. Todos han regresado a sus casas desde el palmeral. Solo a lo lejos, donde se alzan las viviendas, ladra un perro. Me quito la ropa y desciendo al pozo, apoyando manos y pies en los salientes y las hendiduras de sus paredes, y ayudándome de varias cuerdas de las que cuelgan los odres para sacar agua. Desciendo hasta el agua oscura y luego me meto en ella. El agua está muy fría y me llega hasta el pecho. En la oscuridad, a mi lado, las cuerdas para sacar agua permanecen erguidas, tensas por el peso de los enormes odres ahora sumergidos. Durante el día, esos mismos odres se utilizan para regar los campos. Bajo las plantas de mis pies siento un fino y débil hilo de agua que se filtra y asciende desde un manantial subterráneo, manteniendo fresco el pozo con un flujo lento, incesante y eternamente renovado.
Sobre mí, el viento ulula en la boca del pozo y crea en su interior un débil eco, como el sonido dentro de una caracola marina apretada contra el oído: una gran caracola marina que producía un prolongado silbido y que me gustaba acercarme al oído para escucharla en la casa de mi padre, muchos, muchos años atrás, cuando era niño y apenas alcanzaba a mirar por encima de la mesa, tan pequeño era. Me apretaba la caracola contra el oído y me preguntaba maravillado si aquel sonido surgía continuamente en su interior o si comenzaba a sonar solo cuando me la llevaba al oído. ¿No tenía ninguna relación conmigo? ¿Sonaba aquella música por sí sola? ¿O empezaba a sonar únicamente cuando yo quería escucharla? Muchas veces intenté engañar a la caracola, dejándola lejos de mí para que cesara el silbido; después, de repente, volvía a apretármela contra el oído. ¡Otra vez la misma música, el mismo sonido! Nunca pude resolver el problema de si aquella música seguía sonando dentro de la caracola incluso cuando yo intentaba escucharla.
Por supuesto, en aquel entonces no comprendía que mi entendimiento se estaba enredando en una pregunta que había dejado perplejos durante innumerables eras a hombres mucho más sabios que yo: ¿existe algo que pueda llamarse «verdad» o «realidad» independiente de nuestra mente, o es nuestra percepción directa la que lo crea? Pero, al mirar hacia los días que han quedado atrás, me parece que este problema no me persiguió únicamente en la infancia, sino también después —del mismo modo que, tarde o temprano, persigue, consciente o inconscientemente, a toda persona reflexiva—. Porque, sea cual sea la verdad independiente del individuo, el mundo se nos manifiesta en la forma y hasta el punto en que se refleja en nuestra mente. Por consiguiente, cada uno de nosotros puede percibir la «verdad» únicamente en relación con su propia experiencia. Quizá aquí pueda encontrarse una explicación racional del primer despertar de la conciencia humana y de la eterna creencia del ser humano en su supervivencia después de la muerte; y esta creencia es tan profunda, está tan ampliamente extendida entre todos los pueblos y en todas las épocas, que no es posible descartarla fácilmente como una simple idea caprichosa. No sería exagerado decir que esta creencia se ha vuelto inevitable, necesariamente inevitable, debido a la particular estructura de la mente humana. En un sentido teórico abstracto, quizá no sea difícil para el ser humano concebir su propia muerte como una extinción definitiva, pero es imposible hacer visible esa extinción. Porque eso significaría que el ser humano sería capaz de percibir la desaparición de todo cuanto es un objeto real. En otras palabras, tendría que poder concebir la nada, una concepción que ninguna mente humana es capaz de formar.
Los filósofos y los profetas no nos enseñaron de nuevo a creer en la existencia de una vida después de la muerte; simplemente dieron forma y dotaron de significado espiritual a una idea tan antigua e innata como la aparición del ser humano en la Tierra.
No puedo evitar sonreír para mis adentros ante la incongruencia entre reflexionar sobre problemas tan profundos y una actividad puramente mundana como lavarse el polvo y el sudor de todo un día de viaje. ¿Existe alguna frontera perceptible o inteligible entre los aspectos mundanos y los aspectos profundos de la vida? Por ejemplo, ¿qué podría ser más mundano que salir en busca de un camello perdido? ¿Y qué podría ser más profundo e incomprensible que estar casi muerto de sed?
Quizá el impacto de aquella experiencia fue lo que agudizó y afiló mis sentidos, e hizo inevitable la necesidad de encontrar alguna explicación para mí mismo. Esa necesidad era la de comprender el curso de mi propia vida de una manera más completa que antes. Pero, aun así, me recuerdo a mí mismo: mientras el ser humano siga vivo, ¿puede realmente comprender el significado de su propia vida?
Quizá el impacto de aquella experiencia había agudizado mis sentidos y había hecho inevitable para mí la necesidad de explicarme algo. Esa necesidad consistía en comprender el curso de mi propia vida de una manera más completa que antes. Pero, me recuerdo, ¿puede acaso el ser humano comprender realmente el significado de su propia vida mientras sigue viviendo? A veces sabemos lo que ha ocurrido en nuestra vida en este momento o en tal otro, pero nuestro propósito y nuestro destino no se dejan comprender ni ver con tanta facilidad. Porque el destino es la suma total del pasado y del presente, de todo cuanto nos ha sucedido y nos ha impulsado, y de todo cuanto nos sucederá y nos impulsará en el futuro; por eso, solo al final de nuestro viaje puede revelarse plenamente su forma, y mientras seguimos avanzando siempre lo entenderemos mal o solo a medias.
¿Cómo puedo decir, a mis treinta y dos años, cuál fue mi destino o cuál es?
Cuando miro la vida que he dejado atrás, a veces me parece estar contemplando la vida de dos personas. Pero cada vez que reflexiono sobre ello, surge la pregunta: ¿son realmente tan distintas esas dos partes de mi vida, o acaso, bajo todas esas diferencias exteriores de forma y de método, hubo siempre en ambas partes de mi vida una afinidad de sentimientos y un mismo propósito?
Levanto la cabeza y, por encima del borde circular del pozo, veo un fragmento circular del cielo y las estrellas. Permanezco inmóvil durante largo rato; y me parece ver cómo se desplazan lentamente para completar ciclos de millones y millones de años que nunca llegarán a su fin. Y entonces, aunque no quiera, tengo que pensar en los pocos años que he recorrido, en aquellos años imprecisos que pasé en la cálida seguridad del hogar de mi infancia, en una ciudad cuyas calles y callejuelas conocía como la palma de mi mano… Después, los días pasados en las grandes ciudades, llenas de emoción, esperanza y anhelos, que solo un adolescente puede sentir… Luego, en un mundo nuevo, donde al principio los rostros de sus habitantes me parecieron extranjeros, pero que con el tiempo me brindó una nueva intimidad y una nueva sensación de regreso al hogar. Después… lo desconocido… y escenarios aún más desconocidos: días vividos en ciudades tan antiguas como el corazón humano, en las estepas sin horizonte, en montañas cuya naturaleza primigenia recuerda la naturaleza salvaje y primordial del corazón humano… Y, en la solitaria y ardiente desolación del desierto, los días fueron transcurriendo lentamente mientras nacían nuevas verdades, verdades que eran nuevas para mí… Y aquel día, después de una larga conversación, un amigo afgano exclamó, asombrado, entre las nieves del Hindu Kush: «Pero usted es musulmán; lo único es que usted mismo no lo sabe». … Y otro día, varios meses después, cuando yo mismo llegué a saberlo. Después, mi primer hajj en La Meca, la muerte de mi esposa y la desesperación que vino después; y desde entonces, todos aquellos momentos —momentos interminables— pasados entre los árabes; años y años viajando, con riesgo y peligro, entre desiertos y estepas, en medio de las guerras de los beduinos árabes que iban de un lugar a otro; participando en la lucha por la independencia de Libia y residiendo durante largo tiempo en Medina, donde intenté completar mis conocimientos sobre el islam en la Mezquita del Profeta; luego, el hajj una y otra vez; casándome con muchachas beduinas y divorciándome después; relaciones cálidas con la gente y días áridos de soledad… Conversaciones eruditas con musulmanes cultos de todas las regiones del mundo; viajes por territorios desconocidos e inexplorados: aquellos años de inmersión en un mundo muy alejado de las ideas y los objetivos de la vida occidental.
¡Qué larga procesión de años, año tras año! En ese momento, todos aquellos años sumergidos salieron a la superficie y, descorriendo de nuevo el velo de sus rostros, comenzaron a llamarme con muchas voces; y, de pronto, con una sacudida de mi corazón, comprendí cuán largo, cuán interminable había sido mi camino. «No has hecho más que avanzar, avanzar sin cesar», me digo. «Todavía no has podido dar a tu propia vida una forma que el ser humano pueda tomar entre sus manos, ni has podido responder a la pregunta de “dónde”… No has hecho más que avanzar y avanzar… como viajero, a través de muchos países, huésped en muchas casas; pero el anhelo de tu viaje aún no ha terminado y, aunque ya no eres un desconocido, todavía no has echado raíces.»
Me he hecho un lugar entre un grupo de seres humanos, hasta el punto de que creen que comparto sus creencias en todas esas cosas; y, sin embargo, todavía no he echado raíces. ¿Por qué?
Cuando, hace dos años, tomé una esposa árabe en Medina, mi deseo era que me diera el regalo de un hijo varón. Ahora que tengo a su hijo Talal, que nació en nuestra casa hace apenas unos meses, he empezado a sentir que los árabes son a la vez mis parientes y mis hermanos ideológicos. Quiero que Talal eche raíces en lo más profundo de este país y que crezca consciente de la noble herencia de sangre y civilización que ha recibido. Me parece que esto bastaría para despertar en cualquiera el anhelo de establecerse permanentemente en algún lugar y fundar un hogar estable para su familia. Entonces, ¿por qué no ha terminado aún mi vagabundeo?, ¿por qué todavía tengo que seguir mi camino? ¿Por qué la vida que yo mismo he elegido aún no consigue satisfacerme por completo? ¿Qué es eso que no encuentro en este entorno? Desde luego, no es la curiosidad intelectual de Europa. He dejado todo eso atrás. Y no es que haya sufrido una gran pérdida por ello. A decir verdad, me he alejado tanto de esas cosas que cada día me resulta más difícil preparar los artículos para los periódicos europeos que me proporcionan el sustento. Cada vez que envío un artículo, siento como si arrojara una piedra al interior de un pozo insondable: la piedra desaparece en el vacío oscuro y ni siquiera llega un débil eco que me diga que ha alcanzado su destino.
Mientras pensaba así, inquieto y desconcertado, medio sumergido en las oscuras aguas del pozo de un oasis árabe, de pronto empecé a oír, desde el fondo de mi memoria, una voz… la voz de un viejo nómada kurdo: «Cuando el agua pierde su movimiento en un estanque estancado, se vuelve rancia, gastada y sucia; pero cuando se mueve y fluye, se vuelve clara y limpia. Lo mismo ocurre con el ser humano que viaja y se mantiene en movimiento sin cesar». Después me pareció que, como por un encantamiento, toda mi agitación se había desvanecido. Empecé a mirar mi vida con los ojos muy abiertos, como miro la página de un libro para leer en ella una historia, y comencé a comprender que el curso de mi vida no podía haber sido distinto; porque, cuando me pregunto: «¿Cuál es el resultado total de mi vida?», algo dentro de mí responde: «Has salido de un mundo para encontrar otro; has cambiado un mundo antiguo por uno nuevo, aunque en realidad nunca fuiste dueño de aquel mundo antiguo». Y, con una claridad repentina, comprendo que un esfuerzo semejante puede requerir toda una vida.
Salgo del pozo, me pongo la kurta larga y limpia que había traído conmigo y regreso junto a Zayd, cerca del fuego, al lado de los camellos. Bebo el café fuerte que me ofrece Zayd y luego me tiendo cuan largo soy sobre el suelo, junto al fuego, fresco y lleno de vida.
Dos
Tengo las manos cruzadas bajo la nuca y contemplo esta noche árabe, una noche oscura y tachonada de estrellas, que se curva sobre mí como un arco. Un meteoro cruza el cielo con la forma de un arco eléctrico, y ahí va otro, y luego otro: ¡arcos de luz desgarran el seno de la oscuridad! ¿Son acaso únicamente fragmentos de planetas desintegrados, restos de alguna catástrofe cósmica que ahora se precipitan sin rumbo por la infinita extensión del universo? ¡Oh, no! Si le preguntaran a Zayd, les diría que son lanzas de fuego con las que los ángeles expulsan a Satanás, que algunas noches sube furtivamente al cielo para robar el conocimiento de los misterios de Alá… ¿Es entonces el propio Iblís, el rey de los demonios, sobre quien acaba de ser arrojado con tremenda velocidad un dardo de fuego en el cielo oriental…?
Las leyendas relacionadas con este cielo y sus estrellas me resultan más familiares, desde la casa de mi infancia…
¿De qué otra manera podría haber sido? Desde que entré en Arabia he vivido como un árabe: solo he vestido ropa árabe, solo he hablado en lengua árabe y hasta mis sueños los he tenido en árabe; las costumbres y la riqueza visual de Arabia han dado forma a mi pensamiento casi sin que me diera cuenta. Por muy hábil que llegue a ser un extranjero en las costumbres y la lengua de un país, nunca he sufrido los obstáculos que suelen impedirle, debido a la estrechez de su mente, encontrar el verdadero camino para comprender las emociones y los sentimientos de la gente de otro país y hacer suyo su mundo.
De repente estallo en una risa de dicha y liberación; río tan fuerte que Zayd me mira con los ojos abiertos de asombro, y mi camello vuelve la cabeza hacia mí con un gesto lento, impreciso y altanero; porque en ese instante he visto mi camino y, pese a toda su longitud, cuán sencillo y recto es: este camino desde el mundo que no era mío hasta mi mundo, enteramente mío.
¿No es acaso mi llegada a este país un verdadero regreso a mi propia casa? El regreso a su propia casa de un corazón que, después de recorrer los recodos de miles de años, ha encontrado su hogar y ahora ha reconocido este cielo —mi cielo— con una alegría dolorosa? Porque el cielo de Arabia es tan oscuro, tan alto y mucho más festivo, estrella por estrella, que el cielo de cualquier otro país; este mismo cielo se extendía como un dosel sobre el camino de mis antepasados, aquellos guerreros pastores nómadas que, miles de años atrás, en los albores mismos de su poderoso despertar, partieron cegados por el deseo de tierras y botín desde las fértiles regiones de Caldea hacia un futuro desconocido: aquella pequeña tribu beduina de los judíos, el antepasado de aquel pueblo que más tarde nació en el lugar llamado Ur de los caldeos.
Aquel hombre, cuyo nombre era Ibrahim, no era habitante de la región de Ur. Su tribu era una entre las muchas tribus de Arabia. En algún momento, estas tribus árabes emprendieron, dando rodeos, el viaje desde el desierto hambriento de la península hacia el país de ensueño del norte, que creían inundado de leche y miel. Esas regiones eran las tierras cultivadas del fértil Creciente, Siria y Mesopotamia. A veces, estas tribus derrotaban a los habitantes de aquellas tierras y se establecían en su lugar como gobernantes; con el tiempo se mezclaban con los vencidos y, junto con ellos, surgía un nuevo pueblo, como los asirios y los babilonios, que edificaron sus reinos sobre las ruinas de la antigua civilización sumeria; o como los caldeos, que se hicieron poderosos en Babilonia; o como los amorreos, que más tarde fueron conocidos como cananeos en Palestina y como fenicios en la región costera de Siria. Pero otras veces los pastores nómadas forasteros eran tan débiles que no tenían fuerza para vencer a quienes habían llegado antes que ellos; al final, se perdían entre los pueblos anteriores o los habitantes sedentarios empujaban a los nómadas de vuelta hacia el desierto, obligándolos así a buscar nuevos pastos y, quizá, a conquistar otra región. El nombre original de Ibrahim, según la Torá, era «Ab-Ram», que en la antigua lengua árabe significa «el hombre ambicioso». Evidentemente, la tribu de este Ibrahim era una de las tribus débiles. El relato bíblico sobre su asentamiento en una región árida, en los confines del desierto, describe la época en que comprendieron que habían fracasado en encontrar un nuevo hogar para sí mismos en la región del Tigris; y se estaban preparando para partir hacia el noroeste, siguiendo las orillas del Éufrates, en dirección a Harrán, y desde allí hacia Siria.
«Aquel hombre —el ambicioso»—, mi antepasado remoto, a quien Alá había empujado hacia regiones desconocidas e ignotas para descubrir así su propio ser, seguramente comprendía, y muy bien, por qué había venido yo aquí; porque él también había tenido que correr de un país a otro, vagar de un lugar a otro, antes de poder dar a su vida una forma que uno pudiera tomar y tocar con las manos; antes de echar raíces en un sitio determinado, también él había sido huésped en muchos hogares. Ante aquella experiencia suya, que inspiraba a la vez respeto y temor, mi insignificante desconcierto no le habría parecido ningún problema. Comprendía, como ahora estoy comprendiendo yo, que el sentido de mi vagar residía en un deseo latente de conocerme a mí mismo al familiarizarme con un mundo que se aproximaba a las preguntas más profundas de la vida y a la esencia de la verdad, un mundo completamente distinto de todo aquello con lo que me había familiarizado y acostumbrado durante mi infancia y mi juventud.
Tres
¡Qué largo camino desde mi infancia y juventud en Europa central hasta mi vida actual en Arabia! Pero qué placer recordar aquellos días ya dejados atrás.
Aquellos primeros días de mi infancia los pasé en una casa de la ciudad polaca de Lao, que todavía estaba bajo dominio austríaco; una casa tan silenciosa y digna como la calle junto a la cual se alzaba. Una calle larga, algo cubierta de polvo pero limpia, bordeada a ambos lados por hileras de castaños; pavimentada con gruesos tablones de madera, amortiguaba el sonido de los cascos de los caballos y convertía cada momento del día en una perezosa tarde. Amaba aquella hermosa calle con una conciencia singular, como amaba las ciudades de mi infancia; no solamente porque era la calle de mi casa, sino porque creo que la amaba de verdad: con un aire de majestuosa serenidad, la calle se extendía desde el animado centro de una ciudad alegre y bulliciosa hacia el silencio de los bosques de las afueras y hacia el enorme cementerio oculto en aquellos bosques. A veces, hermosos carruajes parecían volar sobre ruedas silenciosas, al ritmo del rápido traqueteo de los cascos de los caballos al galope; y si era invierno y la calle quedaba cubierta por un metro de nieve, entonces por ella pasaban trineos, vapor salía de las fosas nasales de los caballos y sus campanillas repicaban en el aire cargado de niebla. Y si tú mismo te sentabas dentro de un trineo y sentías que la niebla corría a tu lado y rozaba tu cuerpo con su contacto helado, tu corazón infantil comprendería que los caballos al galope te llevaban hacia una felicidad sin principio ni fin.
Luego estaban aquellos meses de verano en el campo, donde mi abuelo, un banquero rico, tenía una gran propiedad para el deleite de su numerosa familia. Por allí corría lentamente un pequeño río, con hileras de sauces en ambas orillas; y estaban los graneros, llenos de ganado tranquilo y dócil, sumidos en una penumbra misteriosamente colmada del olor de los animales y del heno, y de las risas de las muchachas campesinas rutenas, ocupadas por las tardes en ordeñar las vacas. Se podía beber la leche tibia y espumosa directamente del cubo, no sólo porque se tuviera sed, sino porque resultaba excitante beber algo que todavía estaba tan cerca de su origen animal. Aquellos días de agosto que pasé en los campos con los jornaleros que segaban el trigo y con las muchachas que lo reunían y ataban en gavillas: aquellas jóvenes, hermosas y corpulentas, de senos abundantes y brazos fuertes y vigorosos, cuya fuerza sentía cuando, al mediodía, jugando, me hacían rodar sobre los montones de trigo; naturalmente, yo era entonces tan pequeño que no podía atribuir ningún otro significado a sus abrazos risueños.
Y estaban también mis viajes con mi padre y mi madre a Viena y Berlín, a los Alpes y a los bosques de Bohemia, al mar del Norte y al Báltico; los lugares estaban tan alejados unos de otros que cada uno parecía un mundo nuevo. Cada vez que emprendía uno de aquellos viajes, mi corazón parecía detener sus latidos ante la expectativa de las nuevas maravillas que iban a revelársenos con el primer silbido de la locomotora y la primera sacudida de sus ruedas.
… Además, muchos compañeros de juegos, niños y niñas, un hermano y una hermana, y numerosos primos y primas; y, después de los tediosos días de escuela de la semana… aquellos luminosos domingos de libertad, que no resultaban demasiado penosos; correr por el campo, mis primeros encuentros secretos con hermosas muchachas de mi edad y el rubor que me provocaba una extraña excitación, de la que tardaba horas y horas en recuperarme…
Aquella infancia fue feliz; aunque quedó atrás, fue satisfactoria. La vida de mi padre y mi madre era una vida de comodidad y bienestar; podría decirse que vivieron únicamente para sus hijos. La facilidad con que, en los años posteriores, pude adaptarme a circunstancias desconocidas y a veces adversas quizá tuviera su origen en cierta influencia de la serenidad y el silencio imperturbable de mi madre; por otra parte, la agitación mental de mi padre tal vez se reflejó en mi naturaleza inquieta…
Si tuviera que describir a mi padre, diría que aquel hombre apuesto, esbelto, de estatura mediana y tez oscura —cuyos ojos eran negros e inquietos— no guardaba mucha relación con su entorno. Al comienzo de su juventud soñaba con dedicarse a la ciencia, especialmente a la física. Pero ese sueño no llegó a realizarse en su vida. Se vio obligado a conformarse con ser abogado. Sin embargo, tuvo bastante éxito en esa profesión, que quizá representaba un desafío para su mente aguda e inquieta. Aun así, papá nunca pudo aceptar aquel oficio de corazón y alma. La soledad que se había instalado a su alrededor quizá tenía su raíz en la conciencia, siempre presente, de que su verdadera vocación lo había traicionado.
El padre de mi padre era un rabino ortodoxo, es decir, un mullah judío, en Zarnowitz, la capital de la entonces provincia austríaca de Bucovina. Todavía recuerdo al anciano: era muy apuesto; sus manos eran suaves, delicadas y largas, y su rostro, lleno de curiosidad y emoción, quedaba enmarcado por una barba blanca. Durante toda su vida estudió matemáticas y astronomía en sus ratos libres; sentía una profunda pasión por ambas disciplinas. Además, era el mejor ajedrecista de la región, y quizá esa fue la base de su larga amistad con el estricto arzobispo griego, pues el arzobispo también era un jugador de ajedrez célebre. Los dos ancianos pasaban tarde tras tarde ante el tablero, y sus reuniones terminaban con discusiones sobre las afirmaciones teológicas de sus respectivas religiones. Algunos podrían pensar que, con semejante inclinación intelectual, lo natural habría sido que mi abuelo celebrara la orientación científica de mi padre. Pero, en su fuero interno, había decidido desde el principio que su primogénito seguiría la tradición del rabinato judío, una antigua tradición de varias generaciones de su familia. Ni siquiera estaba dispuesto a considerar para mi padre otra profesión. Tal vez su resolución se vio aún más fortalecida por un esqueleto vergonzoso guardado en el armario familiar: el recuerdo de uno de sus tíos, es decir, de un hermano de mi bisabuelo, que había quebrantado de manera sumamente insólita la tradición familiar e incluso había abandonado la religión de sus antepasados.
Parece que aquel hermano casi legendario de mi bisabuelo —cuyo nombre nunca se pronunciaba en voz alta en la familia— había sido criado dentro de la misma tradición familiar. A una edad muy temprana se convirtió en un rabino de pleno derecho, y por entonces lo casaron con una mujer a la que, al parecer, no amaba. En aquella época, el salario de un rabino no era muy elevado. Por eso comerciaba con pieles para aumentar sus ingresos, y cada año tenía que viajar a Leipzig, el mercado central de pieles de Europa. Cuando tenía unos veinticinco años, emprendió uno de esos largos viajes en coche de caballos. Era la primera mitad del siglo XIX; también aquella vez llegó a Leipzig y vendió sus pieles, pero, en lugar de regresar a casa, vendió tanto su coche como sus caballos. Después, tras afeitarse la barba y los tirabuzones, olvidó a la esposa a la que no amaba y se marchó a Inglaterra. Durante algún tiempo se ganó la vida con trabajos manuales; por las noches estudiaba astronomía y matemáticas. Parece que uno de sus benefactores descubrió su talento y le procuró la posibilidad de continuar sus estudios en Oxford. Algunos años después, el hermano de mi bisabuelo salió de Oxford convertido en un erudito prometedor y en un neocristiano. Poco después de enviar el divorcio a su esposa judía, se casó con una muchacha no judía. En nuestra familia no se supo mucho de su vida posterior: solo se sabía que había alcanzado bastante fama como astrónomo y que había muerto convertido en caballero.
Parece que aquel terrible ejemplo fue precisamente lo que volvió tan inflexible la actitud de mi abuelo hacia el interés de mi padre por estudiar la ciencia de los gentiles. ¡Tenía que convertirse en rabino, y eso era lo definitivo! Mi padre, por supuesto, no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente. Durante el día estudiaba el Talmud, pero por la noche, a escondidas y sin la ayuda de ningún maestro, estudiaba un «plan de estudios secundarios humanísticos». Más tarde se lo confesó a su madre. Aunque quizá ella se sintiera dolida por los estudios secretos de su hijo, su noble naturaleza le permitió comprender que privarlo de la oportunidad de hacer lo que le dictaba el corazón habría sido una crueldad. A los veintidós años, después de completar en cuatro años el curso secundario de ocho años, mi padre se preparó para el examen de licenciatura y lo aprobó con brillantez. Con aquel título, él y su madre se prepararon valerosamente para revelar la terrible noticia a mi abuelo. Puedo imaginar la escena dramática que siguió. Pero el resultado fue que, finalmente, mi abuelo cedió y aceptó que mi padre dejara de estudiar para rabino y estudiara en la universidad. Naturalmente, la situación económica de la familia no le permitía estudiar su materia predilecta, la física. Por ello optó por una profesión más lucrativa, la abogacía, y con el tiempo se convirtió en abogado. Algunos años después se estableció en la ciudad de Lwów, en la Galicia oriental, y allí se casó con mi madre, una de las cuatro hijas de un rico banquero local. Allí nací, en el verano de 1900, como el segundo de sus tres hijos.
El deseo frustrado de mi padre se manifestó en sus extensas lecturas sobre temas científicos y quizá también en su extraña, aunque muy contenida, predilección por su segundo hijo, es decir, por mí. Parece que yo también sentía mayor afición por aquellas materias que nada tenían que ver con ganar dinero de inmediato ni con una carrera profesional exitosa. A pesar de todo, no había ninguna posibilidad de que se cumpliera su sueño de convertirme en científico. Aunque no era tonto, como estudiante era sumamente indolente. Las matemáticas y las ciencias naturales me aburrían. Sentía un placer inmenso leyendo las apasionantes novelas históricas de Sienkiewicz, las extravagantes historias de Julio Verne, los relatos de James Fenimore Cooper y Karl May sobre los indios americanos y, más tarde, los poemas de Rilke y Así habló Zaratustra, compuesto en versos profundos y sublimes. Los misterios de la gravedad y la electricidad no me interesaban en absoluto, tanto como la gramática latina y griega. Como consecuencia, fui pasando de curso a curso a fuerza de suspender cada examen. Sin duda, esto debió de ser una amarga decepción para mi padre. Pero es muy posible que encontrara algún consuelo en el hecho de que mis maestros estaban muy satisfechos al ver mi inclinación por la literatura y la historia polacas y alemanas.
Siguiendo la tradición de mi familia, estudié en casa con un maestro y adquirí un conocimiento completo de la religión hebrea. La razón no era la religiosidad manifiesta de mi padre y mi madre. Ellos pertenecían a una época en la que la gente solo expresaba una lealtad verbal hacia alguna de las creencias religiosas que habían formado la vida de sus antepasados; nadie hacía el menor esfuerzo por moldear, conforme a las enseñanzas de esa religión, su conducta práctica ni siquiera su pensamiento moral. Frente al ritual insípido e inerte de todas esas personas que, solo por costumbre, solo por costumbre…, se aferraban a su herencia religiosa, o, más aún, frente a la indiferencia altiva de los «emancipados», que consideraban la religión una superstición anticuada con la que uno podía acomodarse exteriormente de vez en cuando, pero de la que se avergonzaba en su fuero interno porque no podía defenderla con la razón, mi padre y mi madre pertenecían, en todos los sentidos, al primer grupo. Sin embargo, a veces surgía en mí la débil sospecha de que, al menos mi padre, se inclinaba hacia el segundo. A pesar de ello, para complacer a su padre y a su suegro, insistía en que yo debía leer durante largas horas los libros religiosos. Así, a los doce o trece años no solo aprendí a leer hebreo con gran rapidez, sino que también adquirí la capacidad de hablarlo con soltura. Además, llegué a familiarizarme bastante con el arameo. Probablemente fue gracias a esa familiaridad que más tarde pude dominar el árabe con tanta facilidad. Leí el «Antiguo Testamento» en su lengua original. De ese modo también me familiaricé con la «Mishná» y la «Guemará», es decir, con el texto principal del Talmud y su comentario. Con bastante confianza podía discutir las diferencias entre el Talmud de Jerusalén y el de Babilonia. Me perdí de tal manera en las complejidades del «Targum», es decir, de las exégesis de la Biblia, que ¡parecía que la vida de rabino estaba destinada para mí!
A pesar de todos estos nuevos conocimientos religiosos, o quizá precisamente por ellos, pronto comencé a adoptar una actitud altiva hacia muchos de los principios del judaísmo. Es verdad que no discrepaba del énfasis puesto en todas partes de las Escrituras judías sobre la rectitud moral, ni de la gran conciencia divina de los profetas judíos. Pero me pareció que el «Alá» del Antiguo Testamento y del Talmud estaba innecesariamente preocupado por los rituales mediante los cuales sus adoradores debían rendirle culto. También me parecía que Alá estaba, desde tiempos remotos, asombrosamente preocupado por el destino de una nación particular: los judíos. La propia estructura del Antiguo Testamento, concebido como la historia de los descendientes de Abraham, hace pensar que Alá no es el Creador y Sustentador de toda la humanidad, sino una divinidad tribal que regula las necesidades de un pueblo elegido en el conjunto de la creación: cuando hacen el bien, los recompensa con la conquista de tierras, y cuando se apartan del camino que les ha señalado, los obliga a sufrir aflicción y humillación a manos de los incrédulos. Cuando observo todo esto a la luz de esas deficiencias fundamentales, me parece que tampoco en el fervor moral de profetas posteriores como Isaías y Jeremías hay un mensaje verdaderamente universal.
Pero el resultado de aquellos primeros estudios, aunque contrario a lo que se esperaba —pues en vez de acercarme a la religión de mis antepasados me alejó de ella—, me ayudó más tarde a comprender, pienso a veces, el propósito fundamental de toda religión, cualquiera que sea su forma. Aunque el judaísmo me había decepcionado, en aquella época no intenté buscar la verdad espiritual en ninguna otra parte. Bajo la influencia de un ambiente escéptico, rechacé directamente, como muchos otros muchachos de mi edad, todas las religiones formales. Puesto que para mí la religión nunca había parecido ser más que un enorme sistema de leyes prohibitivas, al apartarme de ella no sentí que tuviera realmente ninguna relación con ella. Lo que quería no era muy diferente de lo que quieren casi todos los demás muchachos: ¡quería acción, quería aventuras y emoción!
Hacia 1914, cuando ya había comenzado la Gran Guerra, me pareció que la primera gran oportunidad de realizar mis sueños infantiles había llegado a mi alcance. A los catorce años me escapé de la escuela y me alisté en el ejército austríaco, con un nombre falso. Era mucho más alto de lo que correspondía a mi edad, así que pasé fácilmente por tener dieciocho años, que era la edad mínima para ingresar en el ejército. Pero era evidente que no poseía ninguna característica propia de un soldado. Aproximadamente una semana después, mi padre me encontró con la ayuda de la policía. Luego me llevaron ignominiosamente a Viena, donde mi familia había comenzado a vivir poco antes. Casi cuatro años más tarde fui incorporado de hecho y legalmente al ejército austríaco, pero para entonces mi sueño de gloria militar ya se había desvanecido y yo buscaba otro camino para realizarme. En fin, apenas unas semanas después de mi ingreso en el ejército, estalló la revolución, el Imperio austríaco se desmoronó y la guerra también terminó.
Durante casi dos años después de la Primera Guerra Mundial estudié, de manera bastante desordenada, historia del arte y filosofía en la Universidad de Viena. No tenía inclinación por esos estudios. La tranquila vida académica no me atraía en absoluto. Sentía el deseo de enfrentarme más profundamente con la vida, el anhelo de entrar en ella. Quería entrar en la vida sin recurrir a las defensas artificiales que las personas amantes de la seguridad levantan a su alrededor; quería encontrar por mí mismo el camino para comprender el orden espiritual que se encuentra detrás de todas las cosas, un orden que yo sabía que debía existir, aunque todavía no podía verlo con claridad.
No es nada fácil expresar con palabras qué entendía entonces por disciplina espiritual. Desde luego, no reflexionaba sobre esta cuestión en el sentido religioso habitual; más bien podría decirse que no lo hacía en ningún sentido definido. Para ser justo conmigo mismo, debo decir que mi confusión, mi indeterminación, no eran creación mía: en realidad eran la confusión y la indeterminación de toda una época.
Uno de los rasgos de las primeras décadas del siglo XX era el vacío espiritual. Todos los valores morales a los que Europa se había acostumbrado durante muchos siglos perdieron sus contornos definidos y quedaron sin forma bajo la terrible presión de lo que ocurrió entre 1914 y 1918. Y en su lugar aún no se vislumbraba en ninguna parte un nuevo conjunto de valores. Todos sentían una impresión de fugacidad e incertidumbre, un presagio de trastornos sociales y psicológicos, como consecuencia de los cuales la gente empezó a preguntarse si en el pensamiento y los esfuerzos humanos podría existir alguna vez algo duradero. Todo parecía flotar en una inundación informe y sin figura. Y la agitación espiritual de los jóvenes no encontraba apoyo en ninguna parte. Al no existir una norma moral fiable, nadie podía dar a nuestros jóvenes respuestas satisfactorias a las preguntas ante las cuales nos encontrábamos desconcertados. La ciencia proclamaba que «el conocimiento lo es todo», y había olvidado que, sin una meta moral, el conocimiento solo puede producir caos. Los reformadores sociales, los revolucionarios y los comunistas —no cabe duda de que todos querían construir un mundo mejor y más feliz—, pero cada uno de ellos pensaba únicamente a la luz de las condiciones sociales y económicas externas y, para corregir los defectos, habían elevado su concepción materialista de la historia a una nueva metafísica: una metafísica antimetafísica. Por su parte, los religiosos corrientes no sabían hacer nada mejor que atribuir a Alá las cualidades derivadas de sus propios modos de pensar, cualidades que hacía mucho se habían vuelto rígidas y carentes de sentido. Y cuando los jóvenes vimos que lo que ocurría en el mundo que nos rodeaba era a menudo violentamente incongruente con las cualidades divinas imaginadas, nos dijimos: «Las cualidades que se atribuyen a Alá son claramente distintas e independientes de las fuerzas que gobiernan el destino humano. Por tanto, no existe Alá». A muy pocos de nosotros se nos ocurrió que la causa de toda esta confusión quizá residiera en los caprichosos humores de los engreídos guardianes de la religión, que afirmaban tener el derecho de «dar a conocer a Alá» y que, al vestirlo con sus propias ropas, habían separado a Alá del ser humano y de su destino.
En la vida individual, esta incertidumbre y variabilidad acerca de cómo actuar puede traer consigo un profundo caos moral y un desprecio por el arte, la belleza y la cultura humanos; pero también puede ayudar a encontrar un camino personal y creativo hacia aquello que forma una vida noble.
Indirectamente, quizá fue esta intuición innata la causa de que eligiera la historia del arte como materia principal en la universidad. Me parecía que la verdadera tarea del arte consistía en plasmar en nuestra mente un modelo que uniera lo múltiple en una armonía, modelo que sin duda subyace a las imágenes fragmentarias de los acontecimientos que nuestra conciencia nos revela; un modelo que solo puede expresarse plenamente mediante el pensamiento imaginativo. Naturalmente, mi materia no logró satisfacerme. Me parecía que mis profesores —algunos de los cuales, como Strzygowski y Dvořák, eran eminentes en sus respectivos campos— estaban demasiado ocupados descubriendo las reglas estéticas por las que se rige la creación artística; habían hecho muy poco por revelar la vibración espiritual que yace en su núcleo. En otras palabras, a mi juicio, su perspectiva del arte estaba estrechamente limitada a las formas y los estilos mediante los cuales el arte alcanza su expresión.
También quedé igualmente insatisfecho, quizá por razones algo distintas, con las conclusiones del psicoanálisis que conocí en aquellos días de confusión juvenil. No cabe duda de que, en aquella época, la teoría psicoanalítica apareció como una revolución psicológica de primer orden. Sentía profundamente que, al abrir de ese modo nuevas puertas en un ámbito del conocimiento y la comprensión que hasta entonces había permanecido cerrado, se influiría profundamente en la manera en que las personas pensaban sobre sí mismas y sobre la sociedad, quizá hasta transformarla por completo; el descubrimiento del papel que desempeñan los deseos del inconsciente en la formación de la personalidad humana había abierto, sin duda, el camino hacia una comprensión más profunda de uno mismo, algo que las teorías psicológicas anteriores no habían podido ofrecernos. Yo estaba dispuesto a aceptar todo aquello; de hecho, la excitación del pensamiento freudiano era para mí tan intensa como la embriaguez del alcohol. Durante muchas tardes escuché en los cafés de Viena las apasionadas discusiones entre algunos de los pioneros de los comienzos del psicoanálisis, como Alfred Adler, Hermann Stekel y Otto Gross. Sin embargo, me inquietaban los principios de su análisis, porque esta ciencia pretendía reducir todos los misterios del alma humana a ciertas reacciones nerviosas. Las conclusiones filosóficas a las que habían llegado el fundador de esta doctrina y sus seguidores me parecían, por alguna razón, demasiado sutiles, demasiado seguras de sí mismas y demasiado simplificadas; por lo que llegué a pensar que esas conclusiones tampoco tenían la capacidad de acercarnos a las verdades últimas; además, seguramente no contenían ninguna indicación de un nuevo camino hacia una vida mejor.
Aunque estos problemas ocupaban con frecuencia mi mente, no me causaban grandes dificultades. Nunca me interesó demasiado pensar en asuntos suprasensibles ni investigar conscientemente verdades que no fueran más que conceptos. Me atraía todo aquello que podía verse y sentirse: los grupos humanos, sus actividades y sus diversas relaciones. Y fue precisamente entonces cuando empecé a descubrir las relaciones con las mujeres.
Inmediatamente después de la Gran Guerra comenzó el desmoronamiento generalizado de los valores establecidos, y en el curso de ese desmoronamiento también se relajaron muchas de las restricciones existentes en las relaciones entre hombres y mujeres. A mi juicio, aquello fue menos una rebelión contra la estrechez dogmática del siglo XIX que el lanzamiento espontáneo de un estado a su contrario absoluto: de un estado en el que ciertas normas morales eran consideradas eternas e incontestables a otro en el que todo se había convertido en objeto de discusión. Fue el retorno del péndulo desde la fe que hasta entonces había tenido la humanidad en su progreso ascendente ininterrumpido hacia el amargo pesimismo de Spengler, el relativismo moral de Nietzsche y el vacío espiritual producido por el psicoanálisis. Al contemplar aquellos primeros años de la posguerra, parece que los jóvenes y las jóvenes que hablaban y escribían con tanto entusiasmo sobre la «liberación del cuerpo» estaban muy lejos de la inspiración intensamente exaltada del dios Pan, al que recurrían a cada momento. Su estado de ánimo era demasiado cómodo para que pudieran ser revolucionarios. Por lo general, sus relaciones sexuales eran repentinas, surgían sin reflexión, en una especie de insensibilidad inerte, cuyo desenlace era a menudo el coito indiscriminado.
Aunque me hubiera sometido a todo lo que quedaba de la moral tradicional, me habría resultado muy difícil protegerme de aquel viento, que se había vuelto tan vasto y tan poderoso. Más bien, como muchos otros de mi generación, me enorgullecía de aquello que se consideraba una rebelión contra la vacuidad. Los juegos amorosos se convertían fácilmente en relaciones amorosas, y algunas de estas adoptaban la forma de una pasión sensual. No creo, desde luego, que fuera un libertino, porque incluso en aquellos amores juveniles míos, por triviales y efímeros que fueran, resonaba a menudo, aunque de manera vaga pero intensa, la esperanza de que quizá pudiera romperse, mediante la unión de un hombre y una mujer, la terrible soledad que separaba claramente a un hombre de otro.
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Mi inquietud no hacía más que crecer. Por ello, continuar mis estudios universitarios se volvió cada vez más difícil para mí. Finalmente decidí abandonar por completo los estudios y probar suerte en el periodismo. Pero mi padre se opuso rotundamente. Para expresar su objeción presentó argumentos más contundentes de los que yo estaba dispuesto a aceptar en aquel momento. Me dijo que, antes de escoger la escritura como profesión, era indispensable demostrarme, al menos a mí mismo, que sabía escribir. Después de una acalorada discusión, concluyó diciendo: «En cualquier caso, hasta hoy no se sabe que un doctorado haya impedido a nadie convertirse en un escritor de éxito». Su argumento era impecable, irrefutable. Pero yo era completamente inexperto, tremendamente optimista y extremadamente impetuoso. Cuando comprendí que no cambiaría de opinión bajo ninguna circunstancia, no me quedó otra opción que comenzar la vida a mi manera. Sin decirle a nadie lo que pensaba, un día del verano de 1920 me despedí de Viena y subí a un tren de pasajeros con destino a Praga.
Aparte de mis pertenencias personales, no tenía nada salvo un anillo de diamantes. Había recibido el anillo de mi madre. Mi madre había fallecido un año antes. En Praga, un café era el principal lugar de reunión de los literatos; con la ayuda de uno de los camareros de aquel café, vendí el anillo. Muy probablemente me estafaron por completo, pero el dinero que recibí me pareció un tesoro digno de siete reyes. Con aquella fortuna en el bolsillo llegué a Berlín. Allí, unos amigos vieneses me presentaron al mágico círculo de artistas y escritores del antiguo Café des Westens.
Comprendí que, a partir de entonces, tendría que abrirme camino solo, sin la ayuda de nadie. Nunca volvería a esperar ni aceptaría ayuda económica de mi familia. Unas semanas después, cuando la ira de mi padre se hubo calmado un poco, me escribió: «Ahora puedo verlo claramente: un día morirás como un vagabundo inútil, tirado junto a la carretera, en una cuneta». Le respondí de inmediato: «No hay ninguna cuneta al borde del camino para mí; ya verá cómo llegaré hasta la mismísima cima». En aquel momento no tenía la menor idea de cómo llegaría a la cima; pero sabía que quería escribir, que quería ser escritor, y también había empezado a creer que el mundo de los literatos me esperaba ansiosamente, con los brazos abiertos.
Al cabo de unos meses se me acabó el dinero en efectivo y me puse a buscar trabajo. Para un joven ambicioso que desea ser periodista, lo más evidente es conseguir un empleo en alguno de los famosos diarios; pero descubrí que no les gustaba. No es que lo comprendiera de inmediato. Para llegar a entenderlo tuve que caminar semanas y semanas por las aceras de Berlín, y qué penoso era caminar así, porque incluso reunir el dinero para el metro o un taxi se había convertido en un problema. Además, después de innumerables entrevistas humillantes con redactores jefes, directores de información y subdirectores, llegué a la misma conclusión: salvo que ocurriera un milagro, ningún joven que no tuviera ni una sola línea, ni una gota…
Para mí no ocurrió ningún milagro. A raíz de ello conocí el hambre y pasé muchas semanas viviendo del té y de los dos trozos de pan que mi casera me daba cada mañana. Los amigos literatos con quienes me había relacionado en el Café des Westens tampoco podían hacer gran cosa por un aspirante a escritor tan inexperto y sin oficio como yo. Así pasaban los días; sentados justo al borde del vacío, intentaban mantener a duras penas la barbilla fuera del agua. De vez en cuando, si por pura suerte se vendía una buena obra o algún cuadro, les llegaba un súbito encuentro con la riqueza; entonces alguno de ellos organizaba una fiesta con cerveza y salchichas de Fráncfort y me invitaba a compartir aquella fortuna inesperada. A veces, algún nuevo rico acomplejado invitaba a aquellos extraños nómadas intelectuales a su apartamento y se quedaba mirándonos boquiabierto, con una reverencia mezclada de temor, mientras llenábamos nuestros estómagos vacíos de caviar, canapés y champán, y pagábamos la deuda por la bondad de nuestro anfitrión ofreciéndole «nuestra visión interior de la vida bohemia». Pero tales ocasiones eran excepcionales. La regla general de aquellos días era el ayuno absoluto, y mis sueños nocturnos estaban repletos de gruesas rebanadas de pan fresco untadas con mantequilla. Varias veces tuve deseos de escribirle a mi padre y pedirle ayuda. Sin duda no me la habría negado. Pero cada vez mi dignidad me lo impedía; así que, en lugar de pedirle ayuda, le escribía que había conseguido un trabajo magnífico y que cobraba un sueldo elevado.
Por fin, gracias a la buena suerte, se produjo un cambio. Conocí a F. W. Murnau. Acababa de entrar en la arena de la fama como un prometedor productor cinematográfico. (Lo conocí pocos años antes de que se marchara a Hollywood. Allí alcanzó una fama aún mayor y finalmente murió trágicamente, de forma prematura.) Murnau tenía un aire caprichoso e intrépido, y por eso era muy querido por todos sus amigos. Desde el primer momento se sintió atraído por aquel joven que, a pesar de tantas adversidades, se mostraba intensamente optimista y ansioso ante el futuro. Me preguntó si estaba dispuesto a trabajar como su asistente en la nueva película que iba a comenzar; y, aunque el trabajo era muy temporal, me pareció que las puertas del paraíso se abrían ante mí cuando, balbuceando, respondí: «Sí, sí, acepto».
¡Dos meses brillantes, libres de preocupaciones económicas! Completamente absorto en experiencias tan extraordinarias y maravillosas como nunca antes había vivido, trabajé como ayudante de Marno. Mi confianza en mí mismo aumentó enormemente; y, sin duda, no disminuyó por el hecho de que la protagonista de la película —una famosa y hermosa actriz— no se sintiera en absoluto incómoda con el coqueteo del joven ayudante del director. Cuando terminó la película y Marno se dispuso a marcharse al extranjero para emprender un nuevo trabajo, dejé su empleo convencido de que habían llegado a su fin los peores días de mi vida.
Poco después, un amigo mío, periodista vienés que por entonces se había labrado una considerable reputación en Berlín como crítico teatral, llamado Anton Kuh, me pidió que le ayudara a escribir el guion de una película. A mí me encomendaron la responsabilidad de escribirlo. Acepté con enorme entusiasmo. Creo que trabajé terriblemente duro en esa obra. En cualquier caso, el director, satisfecho, nos pagó el dinero que nos había prometido; Anton y yo lo repartimos a partes iguales. Para hacer memorable nuestra entrada en el mundo del cine, dimos una fiesta en el restaurante más elegante de Berlín. Cuando nos trajeron la cuenta para pagar lo que debíamos al restaurante, descubrimos que todo nuestro dinero tendría que irse en langostas, caviar y vino francés. Pero la suerte nos protegió. Nos pusimos de inmediato a escribir otro guion, esta vez centrado en Balzac: una película completamente ficticia, basada en una de sus extrañas experiencias imaginarias. Y no solo eso: el mismo día en que terminamos la obra encontramos un comprador. Esta vez no organizamos ningún «banquete» para celebrar nuestro éxito. En cambio, partimos hacia Baviera para pasar unas semanas de descanso y diversión.
Después vino otro año, un año lleno de éxitos y fracasos aventurados. Tras desempeñar diversos trabajos temporales en varias ciudades de Europa central, logré entrar en el mundo del periodismo.
La conquista de aquella fortaleza tuvo lugar en el otoño de 1921, después de otro breve período de dificultades económicas. Un día estaba sentado en el Café des Westens, cansado y desconsolado. En ese momento, un amigo mío se sentó a mi mesa. Cuando le conté mis dificultades, me aconsejó:
—Puede que haya una oportunidad para ti. El propio Damart está a punto de fundar una agencia de noticias con la colaboración de United Press of America. La agencia se llamará United Telegraph. Creo que necesitará muchos redactores. Si quieres, puedo presentarte.
Hacia los años veinte, el Dr. Damart era una figura célebre en los círculos políticos de Alemania. Entre los miembros del Partido del Centro Católico, era verdaderamente incomparable. La idea de poder trabajar como su ayudante me pareció muy tentadora.
Al día siguiente, mi amigo me llevó al despacho del Dr. Damart. Aquel hombre encantador, de mediana edad, nos invitó a sentarnos con modales corteses y amistosos.
—Señor Fingal. (Ese era el nombre de mi amigo) Me ha hablado de usted; ¿ha trabajado antes como periodista?
—No, señor —respondo—, pero tengo mucha experiencia en otros campos. Puede decirse que soy un experto en los países de Europa oriental y que conozco muchos idiomas. (En realidad, solo podía hablar un idioma de Europa oriental, el polaco, y tenía una idea muy vaga de lo que estaba ocurriendo en aquella región. Aun así, estaba firmemente decidido: no permitiría que una modestia innecesaria echara a perder mi oportunidad.)
—Así que, Nami, ¡excelente! —comenta el Dr. Damart con una sonrisa—. Me gustan mucho los expertos. Pero, por desgracia, en este momento no puedo emplearte en ningún trabajo relacionado con Europa oriental.
Sin duda había percibido la sombra de la decepción en mi rostro, pues enseguida añadió: —Sin embargo, tengo un trabajo para ti; claro que quizá no sea del todo adecuado para tu categoría…
—¿Qué clase de trabajo, señor? —pregunto, recordando que todavía no había podido pagar el alquiler de mi casa.
—Mira, necesito algunos telefonistas más. No, no, no te preocupes: no operadores. Necesito telefonistas de esa clase que transmitan por teléfono mensajes para los periódicos provinciales…
Para mis ambiciones, aquella propuesta era humillante. Miro al Dr. Damart, y él también me mira. Cuando veo que los pliegues juguetonamente irónicos alrededor de sus ojos se vuelven más marcados, comprendo que mi juego altanero ha fracasado.
—Lo haré, señor —respondo con un suspiro y una sonrisa.
La semana siguiente empecé mi nuevo trabajo. Era muy monótono y agotador. Apenas tenía relación con la vida de periodista con la que había soñado. Mi tarea consistía en enviar varias veces al día, por teléfono, breves mensajes a los periódicos de distintas regiones del país pertenecientes a nuestra agencia de noticias. Sin embargo, yo era un telefonista excelente y mi sueldo también era excelente.
Trabajé así durante un mes. El trabajo era sumamente monótono y agotador. Tenía muy poca relación con la vida periodística con la que había soñado. Mi tarea consistía en enviar varias veces al día, por teléfono, breves mensajes a los periódicos de nuestra agencia de noticias en distintas regiones del país. Sin embargo, yo era un telefonista excelente, ¡y mi sueldo también era excelente!
Trabajé así durante un mes. Al final del mes se presentó para mí una oportunidad sin precedentes.
En 1921, Rusia sufrió una hambruna de una gravedad sin precedentes. Decenas de millones de personas pasaban hambre y morían por cientos de miles. Los periódicos de toda Europa se deleitaban con las estremecedoras descripciones de aquella situación. Se estaban elaborando varios planes para enviar ayuda extranjera; uno de ellos estaba dirigido por Herbert Hoover, quien había prestado una enorme ayuda a Europa central después de la Gran Guerra. Dentro de Rusia, Maxim Gorki encabezaba una importante campaña de ayuda. Sus dramáticos llamamientos en favor de la ayuda conmovieron al mundo entero, y circulaban insistentes rumores de que su esposa pronto recorrería las capitales de Europa central para promover una opinión pública favorable a una ayuda más eficaz.
Yo no era más que un telefonista. Por lo tanto, no hice directamente nada para transmitir los detalles de aquellos acontecimientos emocionantes, pero finalmente me vi involucrado en ellos de manera fortuita por un comentario de un amigo que había conocido de repente. (Tenía muchos amigos de esa clase, en los lugares más insospechados). En este caso, aquel conocido era el portero nocturno del Hotel Esplanade, uno de los hombres más astutos de Berlín, y me dijo: «Mire, Madame Gorki es una mujer extraordinaria; nadie podría imaginar jamás que es bolchevique».
—¿Madame Gorki? ¿Dónde la has visto?
El informante baja la voz y susurra: —Está en nuestro hotel. Llegó apenas ayer, pero se registró con otro nombre en el libro del hotel. Solo el gerente sabe quién es. No quiere que los periodistas la rodeen.
—Pero ¿cómo lo supiste?
—Los porteros sabemos todo lo que ocurre en el hotel —dice, mostrando los dientes en una sonrisa—. ¿Cree usted que nuestro empleo duraría mucho si no supiéramos siquiera eso?
¡Qué maravilloso sería conseguir una exclusiva, una entrevista personal con Madame Gorki! Especialmente porque en los periódicos no se había publicado hoy ni una sola letra sobre el hecho de que ella estuviera en Berlín. En un instante, mi imaginación se encendió.
—¿Podrías conseguir de algún modo que me reuniera con ella? —le dije a mi amigo.
—No sé si podré hacerlo; Madame Gorki es extremadamente reacia a que alguien se entere de sus asuntos. Pero sí, quizá haya algo que pueda hacer. Si te sientas en el vestíbulo por la tarde, tal vez pueda señalártela.
Eso fue todo lo que hablamos. Corrí a mi oficina, en United Telegraph. Casi todos se habían marchado ya, pero, por suerte, el editor de noticias todavía estaba trabajando en su mesa. Lo acorralé: —Si le prometo conseguirle una historia sensacional, ¿me dará una credencial de prensa?
—¿Qué clase de historia? —preguntó con suspicacia.
—Deme la credencial de prensa y yo le entregaré la historia. Si no se la entrego, puede recuperar la credencial en cualquier momento.
Al final, el viejo fanático de las noticias aceptó mi propuesta. Salí de la oficina con una credencial; salí como el orgulloso poseedor de una tarjeta gracias a la cual ahora mi identidad era la de un representante de United Telegraph.
Pasé las horas siguientes en el vestíbulo del Esplanade. A las nueve, mi amigo llegó para ponerse a trabajar. De pie en la puerta, me hizo una señal con los ojos; luego desapareció detrás del mostrador de recepción y, unos minutos después, regresó para decirme que Madame Gorki no estaba en su habitación, sino que había salido.
—Si tienes paciencia y esperas sentado durante bastante tiempo, cuando ella llegue la verás sin falta.
Hacia las once recibí la señal de mi amigo. Me hacía discretamente señas hacia una mujer que acababa de entrar por la puerta giratoria: una hermosa mujer de unos cuarenta o cuarenta y cinco años, de baja estatura, vestida con una espléndida túnica negra de corte impecable y una prenda holgada sin mangas que se arrastraba por el suelo detrás de ella al caminar. Su porte era de una aristócrata tan auténtica que resultaba realmente difícil imaginarla como la esposa del «poeta de los culíes y los obreros», y aún más difícil imaginarla como ciudadana de la Unión Soviética. Le cerré el paso, incliné la cabeza en saludo y luego me dispuse a dirigirme a ella con la voz más atractiva posible: «Madame Gorki…»
Por un instante quedó muda de asombro. Poco a poco, sus hermosos ojos negros se iluminaron con una sonrisa tenue. Entonces respondió en un alemán tan perfecto que apenas se advertía un acento eslavo: «No soy Madame Gorki; te has equivocado. Me llamo… —dijo un nombre que sonaba ruso y que he olvidado—».
—«No, Madame Gorki —insistí—, sé que no me he equivocado. También sé que no desea que los reporteros la molesten; pero si pudiera hablar con usted unos minutos, eso sería suficiente para mí; sí, sería más que suficiente. Esta es la primera oportunidad de mi vida, la oportunidad de afirmarme. Estoy seguro de que no permitirá que desperdicie esta oportunidad». Después le mostré mi carné de prensa: «Lo recibí hoy mismo, y si no puedo entregar un reportaje de mi entrevista con Madame Gorki, tendré que devolverlo».
La sonrisa seguía dibujada en el rostro de la aristocrática mujer. «Pero si juro que no soy Madame Gorki, ¿me creerás?»
—«Creeré cualquier cosa que diga bajo juramento».
La mujer estalló en carcajadas. «¡Vaya, qué muchacho tan encantador eres!». (Era dudoso que su hermosa cabeza llegara siquiera a mi hombro.) «No te diré ninguna mentira. Has ganado. Pero no podemos pasar el resto de la velada en el vestíbulo. ¿Estás dispuesto a venir a tomar el té conmigo en mi habitación y hacerme un poco de compañía?»
Así fue como tuve el honor de sentarme a tomar el té en la habitación de Madame Gorki. Durante casi una hora describió con todo detalle los horrores de la hambruna. Luego, cuando me despedí de ella a medianoche, me llevé conmigo muchas páginas llenas de notas.
Los ojos de los subredactores que estaban de guardia nocturna en la oficina de United Telegraph se abrieron desmesuradamente al verme allí a una hora tan insólita. Pero no consideré necesario dar ninguna explicación, porque tenía un trabajo urgente entre manos. En cuanto terminé de redactar el informe de mi entrevista, reservé, sin esperar al redactor, una llamada de prensa urgente para cada uno de los periódicos abonados a nuestro servicio.
A la mañana siguiente estalló la bomba. Ni uno solo de los famosos diarios de Berlín había publicado una sola letra sobre la presencia de Madame Gorky; en cambio, todos los periódicos provinciales abonados a nuestra agencia de noticias publicaron en primera plana su propio relato de la entrevista de Madame Gorky con el corresponsal especial de United Telegraph. ¡El telefonista había preparado un informe de primera categoría!
Por la tarde se celebró una reunión de los redactores en la oficina del doctor Damart. Me hicieron llamar allí y luego me dieron una charla para explicarme que nunca debía distribuirse ninguna noticia importante sin el permiso del redactor de noticias. Después de aquella charla preliminar, me comunicaron que había sido ascendido al puesto de reportero.
Por fin me convertí en periodista.
Cuatro
Se oyen sobre la arena unos suaves y ligeros pasos: Zayed regresa del pozo con un odre lleno de agua. Deja caer el odre con estrépito sobre el suelo y luego vuelve a ocuparse de preparar nuestro almuerzo: arroz y un pequeño trozo de carne de cordero que había comprado la tarde anterior en la aldea. Remueve una última vez con el cucharón; después, cuando del caldero empieza a elevarse un borboteo de vapor, se vuelve hacia mí:
—¿Va a comer ahora, tío? Y, sin esperar mi respuesta —pues sabe que no puede ser otra que sí—, amontona la comida del recipiente sobre una gran fuente, la coloca delante de mí y me ofrece una jarra de latón llena de agua para que me lave las manos:
—Bismillah, que Allah nos alargue la vida. Luego nos sentamos frente a frente, con las piernas cruzadas, y nos ponemos a comer con los dedos de la mano derecha.
Comemos en silencio. Ninguno de los dos sabe hablar demasiado y, además, de cualquier modo, mi mente se había sumido entonces en el reino de los viejos recuerdos. Pensaba en mis días de antaño en Arabia, cuando aún no había conocido a Zayed. Por eso no puedo hablar con claridad; me limito a seguir hablándome a mí mismo en mi fuero interno, mezclando con mi estado de ánimo actual el sabor y el aroma del talante de aquellos momentos del pasado.
Después de terminar de comer, me senté recostado en la silla de mi camello; mis dedos jugaban con la arena y yo contemplaba las estrellas del silencioso e inmóvil cielo árabe. Pensé que habría sido maravilloso tener a mi lado a alguien a quien pudiera contarle con el corazón abierto todo cuanto había sucedido en mi vida durante aquellos años lejanos. Pero a mi lado no había nadie más que Zayed. Zayed es un hombre magnífico y leal; en muchos momentos solitarios de mi vida lo he tenido como compañero. Zayed es muy perspicaz, capaz de captar hasta los asuntos más sutiles, y su conocimiento del carácter humano es profundo. Pero cuando lo miro de reojo, volviendo el cuello, veo que su rostro bien formado y pulcro, enmarcado por sus largas guedejas, está inclinado en ese momento sobre la taza de café, olvidado de todo; y al instante siguiente Zayed vuelve la cabeza y mira hacia los camellos sentados en el suelo, que rumian tranquilamente. Entonces comprendo que deseo un oyente completamente distinto; un oyente que no solo carezca de relación con aquel remoto pasado mío, sino que también se encuentre muy lejos de las escenas, los sonidos y los olores de mis días y mis noches actuales, ante quien pueda desatar, uno por uno, los nudos de mis recuerdos, para que sus ojos puedan verlos y después también mis propios ojos puedan volver a verlos; alguien que me ayude así a atrapar, en la red de mis palabras, mi propia vida pasada.
Pero aquí no hay nadie salvo Zayed. Y Zayed es el presente hecho carne.
El viento
Uno
Seguimos avanzando, avanzando sin cesar: dos hombres sobre dos camellos, mientras la mañana transcurrió y nos dejó atrás.
—Es algo muy extraño, verdaderamente asombroso —resuena la voz de Zayed en medio del silencio.
—¿Qué es tan extraño, Zayed?
—¿No es esto algo asombroso, tío? Hace apenas unos días nos dirigíamos hacia Tayma, pero ahora nuestros camellos están encaminados hacia La Meca. Creo que, antes de aquella noche, ni siquiera usted lo sabía. Es usted un vagabundo como un beduino… ¡igual que yo! Tío, ¿acaso no fue algún genio el que, hace cuatro años, despertó de repente en mí el deseo de encontrarme con usted en La Meca y que ahora ha hecho nacer en usted la decisión de ir allí? ¿Es así como avanzamos, llevados por el viento, porque no sabemos qué queremos?»
—No, Zayd; tú y yo, nosotros avanzamos voluntariamente llevados por el viento, porque sabemos lo que queremos; nuestro corazón lo sabe, aunque a veces nuestro pensamiento tarda en comprenderlo. Pero, al final, nuestro pensamiento sigue el ritmo de nuestro corazón, y entonces creemos que hemos llegado a una decisión…
.. . .. . … .. . .. . …
Quizá diez años antes, aquel día, mi corazón tampoco lo sabía, cuando yo estaba de pie en la cubierta del barco. El barco me llevaba hacia Oriente Próximo, en mi primer viaje, rumbo al sur, atravesando el mar Negro, por la opacidad de una noche gris, neblinosa y sin límites, después de cruzar un amanecer envuelto en niebla, hacia el Bósforo. El mar parecía de plomo; a veces la espuma salpicaba la cubierta, y los golpes del motor parecían latidos del corazón.
Yo estaba de pie, agarrado a la barandilla, con la mirada fija en la pálida penumbra. Si entonces alguien me hubiera preguntado qué pensaba exactamente en aquel momento o con qué expectativas había emprendido mi primera expedición a Oriente, me habría resultado muy difícil responder con claridad. Curiosidad, probablemente, pero no era una curiosidad intensa y, al parecer, se dirigía hacia cosas que no tenían particular importancia. Aquella niebla de mi inquietud, relacionada de algún modo con la niebla que se espesaba sobre el mar, no tenía por objeto las tierras extranjeras ni las personas de los días venideros; las imágenes del futuro cercano, las ciudades y puertos extraños, los rostros, las ropas y las costumbres extranjeras, que pronto empezarían a proyectar su sombra ante mis ojos, apenas ocupaban un lugar en mis pensamientos. El viaje me parecía algo un tanto fortuito. Lo aceptaba como una pausa agradable, aunque no demasiado importante, en mi largo viaje. Por entonces, mi mente estaba agitada y dispersa por los pensamientos del pasado.
¿El pasado? ¿Acaso tenía realmente un pasado? Yo tenía entonces veintidós años. Pero las personas de mi edad —las que habían nacido al comienzo de aquel siglo— probablemente habían crecido mucho más deprisa que los hombres de cualquier época anterior; en poco tiempo habían acumulado la experiencia de vidas mucho más largas, y me parecía que estaba volviendo la mirada hacia la vasta extensión del tiempo. Todos los obstáculos y aventuras de aquellos años, todas aquellas esperanzas y anhelos, esfuerzos y fracasos, y aquellas mujeres y mis primeros ataques repentinos contra la vida, todo empezaba a cobrar vida ante mis ojos. Eran aquellas noches interminables bajo un cielo resplandeciente, cuando yo no sabía exactamente qué quería y caminaba por calles desiertas con algún amigo, hablando de asuntos espirituales, olvidando por completo lo vacío que estaba mi bolsillo y lo incierto que era el día siguiente para mí: una dichosa insatisfacción que solo un joven puede sentir, acompañada del deseo de cambiar el mundo y reconstruirlo de nuevo; de organizar la sociedad de tal modo que todos pudieran romper el cerco de soledad que rodeaba a cada ser humano y salir de él para vivir en auténtica cooperación y amistad mutuas. ¿Qué era el bien y qué era el mal? ¿Qué era el destino? O, dicho de otro modo: ¿qué debía hacer el ser humano para ser verdaderamente uno con su vida, y no solo de palabra, y poder decir: «Mi destino y yo no somos distintos; somos uno»? Eran conversaciones de esa índole que nunca parecían terminar. Los cafés literarios de Viena y Berlín, donde se discutía sin cesar sobre la «forma», el «estilo» y la «manera de expresarse», sobre el significado de la libertad política, sobre las relaciones entre mujeres y hombres… El hambre de saber y, a veces, también el hambre del estómago… Y las noches transcurridas entre pasiones sensuales desenfrenadas: al amanecer, la cama quedaba sucia y desordenada, cuando la excitación de la noche declinaba y poco a poco todo se volvía gris, áspero y triste. Pero cuando amanecía, olvidaba los restos vacíos de la madrugada y, tambaleándome, echaba a andar de nuevo; sentía que la tierra bajo mis pies temblaba de alegría… La emoción de ver un rostro nuevo o tomar un libro nuevo entre las manos… buscar respuestas a las preguntas y encontrar respuestas a medias; y aquellos momentos sumamente raros en que me parecía que la Tierra se había detenido de repente durante unos segundos, iluminada por un destello de comprensión: una comprensión que daba un atisbo de algo que nadie había alcanzado jamás antes de descubrirlo: una respuesta para todas las preguntas…
Aquellos años de comienzos del siglo XX fueron extrañamente maravillosos. Por todas partes reinaba entonces un clima de incertidumbre social y moral, y ese mismo clima daba origen a un optimismo temerario, que se manifestaba, por un lado, en audaces experimentos musicales, pictóricos y teatrales, y, por otro, en tanteos a oscuras en torno a los contornos y las estructuras de la cultura, a menudo en investigaciones casi revolucionarias; pero, junto a aquel optimismo mantenido a la fuerza, también reinaba entonces un vacío espiritual, un relativismo altivo, vago y confuso, nacido de una desesperación cada vez mayor ante el destino humano.
A pesar de mi juventud, no ignoraba que, después de la devastación de la Gran Guerra, nada marchaba ya como antes en el mundo europeo, asolado por el miedo, descontento, atormentado por las emociones, exaltado y llevado a un tono estridente. Vi que su verdadero objeto de veneración ya no era nada espiritual: su único dios era el «confort», la comodidad y el bienestar. Sin duda, todavía había muchas personas cuyos sentimientos y pensamientos estaban regidos por significados religiosos, personas que se esforzaban desesperadamente por adaptar sus convicciones morales a la esencia de su propia civilización. Pero eran raras excepciones.
El europeo medio, ya fuera demócrata o comunista, obrero o intelectual, parecía tener una sola creencia verdaderamente profunda: el culto al progreso material, basado en la convicción de que la vida no puede tener otro objetivo que hacerla cada vez más fácil o, como se dice en la terminología moderna, que «liberar la vida de las garras de la naturaleza es el único propósito de la vida». Los templos de esta religión son las enormes fábricas, los cines, los laboratorios químicos y de investigación, los salones de baile, las compañías hidroeléctricas y otros lugares semejantes; y sus sacerdotes son los banqueros, ingenieros, políticos, estrellas de cine, estadísticos, directores de educación, aviadores creadores de récords y comisarios. La discrepancia universal sobre las nociones del bien y del mal, así como el recurso al oportunismo en todos los asuntos sociales y económicos, expresaban un fracaso moral: un oportunismo comparable al de la prostituta de una calle recién encalada, que se entrega a cualquiera, en cualquier momento, cuando es requerida. La insaciable sed de poder y placer había dividido inevitablemente a la sociedad occidental en diversos grupos enfrentados, cada uno de ellos armado con toda clase de armas y decidido a destruir a los demás siempre que y dondequiera que chocaran sus intereses. En el ámbito de la civilización, el resultado fue la creación de un tipo de ser humano para quien la utilidad práctica parecía ser el único criterio de la moralidad, y para quien el éxito mundano constituía la medida suprema del bien y del mal.
Vi cuán infelices y confusas se habían vuelto nuestras vidas, cuán escaso era el verdadero vínculo entre unas personas y otras, aunque se insistiera en la sociedad y la nación con gritos ensordecedores, casi frenéticos. Vi cuánto nos habíamos alejado del mundo de nuestros sentimientos innatos y cuán estrechas y agitadas se habían vuelto nuestras almas. Vi todo eso. Pero, por alguna razón, nunca arraigó profundamente en mi mente la idea de que quizá las soluciones parciales pudieran encontrarse fuera de la propia experiencia cultural de Europa, del mismo modo que nunca había arraigado en ella ninguna otra idea semejante. Europa era el principio y el fin de todo nuestro pensamiento. Y el descubrimiento de Lao-tse, cuando tenía diecisiete años o aproximadamente esa edad, tampoco cambió mi actitud a ese respecto.
. .. … …
Fue un descubrimiento auténtico. Antes de aquello nunca había oído siquiera el nombre de Lao-tse ni tenía la menor idea de su filosofía, hasta que un día encontré de pronto, en el mostrador de una librería de Viena, una traducción alemana del Tao Te Ching. El extraño título del libro despertó un poco mi curiosidad. Mientras hojeaba sus páginas al azar, de pronto mi mirada cayó sobre uno de sus breves capítulos, llenos de significado, y sentí un súbito arrebato, un estremecimiento repentino, como una puñalada de felicidad. Olvidándome por completo de lo que me rodeaba, permanecí inmóvil, de pie donde estaba, como hechizado, con el libro en la mano; porque en él vi la vida en su forma plenamente dulce y pura, liberada de todas las grietas y contradicciones, en esa serena y humilde alegría ascendente que siempre tiene un lugar en el corazón humano cuando la persona se preocupa por hacer buen uso de su propia libertad. … Sabía que aquello era verdad: una verdad que siempre había sido verdad, aunque la hubiéramos olvidado, y en aquel instante contemplé esa verdad con la alegría con que una persona regresa a su hogar perdido hacía muchos años…
Durante algunos años, Lao-tse fue para mí una ventana a través de cuya abertura contemplaba las regiones cristalinas de la vida: una vida muy alejada de toda estrechez y de los temores creados por el propio ser humano, libre de ese capricho infantil que nos había obligado, momento tras momento, siempre y a cualquier precio, a asegurar de nuevo nuestra existencia mediante el progreso mundano. No es que el «progreso material» me pareciera injusto o innecesario; al contrario, incluso entonces lo consideraba beneficioso y necesario. Pero al mismo tiempo había nacido en mí la convicción de que el «progreso material» nunca podía alcanzar su verdadero objetivo —aumentar la felicidad general de la humanidad— si no iba acompañado de una nueva configuración de nuestra actitud espiritual y de una nueva fe, independiente de todo lo demás, en los valores supremos. Sin embargo, no tenía en absoluto claro cómo podía hacerse posible esa nueva configuración ni qué forma tendría esa nueva valoración.
El consejo de Lao-tse de que, en vez de aferrarse a la vida y tiranizarla, el ser humano debe entregarse a ella, no podía hacer esperar más que una fantasía ociosa que, en cuanto alguien comenzara a predicarlo como una doctrina particular de Lao-tse, las personas cambiarían el objetivo de sus vidas y, con ello, la dirección de sus esfuerzos. La mera predicación, la mera comprensión intelectual, no era en absoluto capaz de producir cambio alguno en la actitud espiritual de la sociedad europea. Hacía falta una nueva fe del corazón, una nueva religión: entregarse, encendidos por el fuego de la fe, a aquellos valores en los que no hay lugar para ningún «si» ni ningún «pero». Pero ¿dónde encontrar esa religión…?
Por alguna razón, nunca se me ocurrió que la vigorosa objeción de Lao-tse se dirigía precisamente contra la actitud intelectual, pasajera y, por ello, cambiante. Su desafío se dirigía, más bien, contra la idea fundamental de la que nace esa actitud. De haberlo sabido, me habría visto obligado a concluir que Europa no podía alcanzar la serena ligereza del alma de la que hablaba Lao-tse, a menos que reuniera el valor de cuestionar sus propios fundamentos espirituales y morales. Naturalmente, entonces era demasiado joven para llegar conscientemente a una conclusión semejante… Todavía no tenía edad para comprender todo el significado de la protesta de aquel sabio chino ni toda su riqueza. Es cierto que sus palabras habían conmovido mi ser más íntimo; ante mí habían revelado una forma de vida en la que el ser humano podía sentirse uno con su destino y, de ese modo, consigo mismo. Pero no podía ver cómo una filosofía semejante podía atravesar los límites de la pura contemplación mental y hacerse realidad en el marco de la vida europea. Por eso, poco a poco, empecé a dudar de que su realización fuera posible. Sin embargo, todavía no había llegado al punto en que pudiera preguntarme: si se juzgara el modo de vida europeo a la luz de sus principios, ¿sería ese modo de vida el único modo de vida posible? En otras palabras, estaba completamente, como todos los demás a mi alrededor, bajo el hechizo de la visión cultural egocéntrica de Europa.
Por eso, aunque la voz de Lao Tse nunca llegó a silenciarse por completo, fue retrocediendo gradualmente hacia el trasfondo de la imaginación reflexiva y, con el tiempo, se convirtió únicamente en vehículo de una bella poesía, nada más. Aun así, lo leía de vez en cuando y me hería con el cuchillo de una expectativa placentera. Pero cada vez dejaba el libro con el sincero pesar de que no era más que una llamada onírica hacia una torre de marfil, y de que, aunque no lograba acompasarme al mundo disonante, amargo y cegado por la codicia del que formaba parte, tampoco deseaba vivir en una torre de marfil.
Sin embargo, no sentía el menor entusiasmo por los objetivos y esfuerzos que en aquella época se desarrollaban incesantemente en el clima intelectual de Europa y llenaban su literatura, su arte y su política con el rumor de animados debates; porque, por muy opuestos que fueran entre sí la mayoría de esos objetivos y esfuerzos, todos tenían algo en común: la sencilla idea de que era realmente posible sacar la vida de su confusión presente y «mejorarla» si tan solo se mejoraban las condiciones económicas y políticas externas. Ya entonces sentía muy profundamente que el mero progreso material no era ninguna solución y, aunque no sabía con certeza dónde podía encontrarse la solución, nunca hallé en mí una prueba inequívoca de ese entusiasmo y esa excitación que mis contemporáneos sentían «en nombre del progreso».
No es cierto que fuera infeliz. Nunca fui una persona ensimismada. Y precisamente en aquella época disfrutaba de un éxito casi extraordinario en mi vida práctica. Aunque apenas estaba dispuesto a conceder mucha importancia a mi profesión, mi trabajo en United Telegraph pareció abrirme muchos caminos hacia un mundo más amplio: como conocía varios idiomas, me habían ascendido al puesto de subeditor y se me había confiado la tarea de suministrar noticias a los periódicos de los países escandinavos. El Café de l’Ouest y su heredero espiritual, el Romanisches Café, eran algo así como el hogar de mi espíritu y de mi mente: allí se reunían casi todos los escritores, artistas, periodistas, actores y directores de cine célebres de la época. Mi relación con aquellas personas famosas era de amistad y, a veces, de intimidad, y yo me consideraba uno de ellos, en cuanto a perspectiva interior, aunque no en fama. Disfruté tanto de profundas amistades como de amores pasajeros. La vida me parecía emocionante, llena de promesas y expectativas, y rica en sensaciones contradictorias; porque no sabía realmente qué quería, aunque, junto con la ridícula arrogancia de la juventud, había nacido también la convicción de que algún día lo sabría sin duda. Así, oscilaba entre la satisfacción y la insatisfacción de mi corazón del mismo modo que oscilaban muchos jóvenes en aquellos años maravillosos; porque ninguno de nosotros era verdaderamente infeliz, aunque era igualmente cierto que muy pocos parecían considerarse conscientemente felices en aquellos días.
No era infeliz, pero mi incapacidad para participar en las diversas aspiraciones sociales, económicas y políticas de quienes me rodeaban, o de cualquiera de sus grupos, fue adoptando gradualmente la forma de una vaga sensación de que yo no era realmente uno de ellos, de que no tenía relación con ellos; y, al mismo tiempo, nació en mí vagamente el deseo de tener que pertenecer a alguien, pero ¿a quién?; de tener que formar parte de algo, pero ¿de qué?
… … … …
Entonces, un día de la primavera de 1922, recibí una carta de mi tío Dorian.
Dorian era el menor de los hermanos de mi madre. Entre nosotros no había una relación de tío y sobrino, sino más bien de amistad. Era psicoanalista, uno de los primeros discípulos de Freud; en aquel tiempo dirigía un hospital psiquiátrico en Jerusalén. Como él no era sionista ni sentía mucha simpatía por el sionismo, se sentía atraído, por el contrario, hacia los árabes, que no tenían nada más que ofrecerle. Mi tío era soltero, y aquel joven sobrino podía hacerle compañía en su soledad. En su carta mencionaba aquellos emocionantes días de Viena, cuando me había guiado por el nuevo mundo del psicoanálisis, y concluía así: «Ven aquí y quédate conmigo unos meses. Yo pagaré tus gastos de ida y vuelta. Podrás regresar a Berlín cuando quieras. Aquí te alojarás en una antigua y encantadora casa árabe de piedra, ligeramente fresca en los días calurosos —y terriblemente fría en invierno—. Pasaremos el tiempo juntos. Tengo muchos libros; cuando te hayas cansado de contemplar los extraños y encantadores paisajes que te rodean, podrás leer cuanto quieras…»
Tomé mi decisión con rapidez. Por supuesto, esa rapidez siempre había sido una característica de las grandes decisiones de mi vida. A la mañana siguiente informé al doctor Damart, en la oficina de United Telegraph, de que tenía que viajar al Próximo Oriente por un asunto urgente y que, por tanto, dejaría la agencia en el plazo de una semana;
Si alguien me hubiera dicho entonces que mi primer encuentro con el mundo islámico no se limitaría a una experiencia vacacional, sino que tendría consecuencias de gran alcance y cambiaría el rumbo de mi vida, me habría reído de aquella idea, considerándola completamente irreal y absurda. Tampoco es cierto que estuviera libre del hechizo de aquellos países con los que mi imaginación se había vinculado, como la de la mayoría de los europeos, en la atmósfera romántica de Las mil y una noches. Desde luego, esperaba un despliegue de colores, costumbres desenfrenadas y encuentros insólitos. Pero nunca se me había ocurrido que también pudiera esperar nuevas aventuras en el mundo del espíritu. En este nuevo viaje no parecía haber para mí ninguna promesa personal especial. Las ideas que había adquirido hasta entonces en mi vida las había conciliado fácilmente con la visión occidental del mundo, y esperaba que así pudiera alcanzar, dentro del único entorno cultural que conocía, ese campo más amplio de sentimientos e ideas. Y, si lo piensa usted, ¿cómo podía haber tenido una percepción diferente? Yo era un europeo muy, muy joven, y había crecido creyendo que el islam y todo cuanto este representaba no eran más que un callejón romántico de la historia humana; por tanto, ni siquiera era apropiado mencionarlo junto al cristianismo y el judaísmo, las únicas religiones que los occidentales europeos consideraban dignas de ser tomadas en serio, y mucho menos compararlo con ellas.
Con esta vaga aversión europea hacia el contenido islámico —aunque no hacia el exterior romantizado de la vida musulmana— emprendí mi viaje en el verano de 1922. En aras de la justicia conmigo mismo, no puedo decir que estuviera sumido en una preocupación de carácter personal; aun así, estaba profundamente envuelto, sin saberlo, en esa mentalidad ensimismada y culturalmente autocentrada que ha sido una característica permanente de Occidente.
… … …
Y ahora me encuentro en camino hacia Oriente, de pie sobre la cubierta de un barco. Un viaje lento me había llevado hasta Constanza y, desde allí, a esta mañana brumosa.
Desde detrás del velo de la niebla apareció ante mis ojos una boya roja, que luego se deslizó pasando muy cerca del barco. Al verla comprendí que el sol estaba a punto de alzarse mientras la niebla se disipaba. Unos haces pálidos, casi de dureza metálica. Bajo su presión, la niebla compacta, blanca como la leche, pareció extenderse lentamente sobre el agua; después se curvó y se separó en círculos y, por fin, a ambos lados de los rayos del sol, empezó a elevarse como una amplia masa de sangre flotante, semejante a un abanico.
—Buenos días. Se oyó una voz grave y plena. Me volví y reconocí la negra sotana de mi compañero de la tarde anterior. También reconocí la amistosa y leve sonrisa de su rostro, que había llegado a querer durante las pocas horas de nuestro conocimiento. El sacerdote jesuita era mitad polaco y mitad francés; enseñaba en un colegio de Alejandría. Después de pasar sus vacaciones, regresaba a su lugar de trabajo. Tras embarcar, habíamos pasado la velada conversando íntimamente. Aunque pronto comprendí que nuestras opiniones diferían ampliamente en muchos asuntos, también coincidíamos en muchos otros; y yo ya tenía edad suficiente para comprender que ante mí se encontraba un hombre dueño de una mente extraordinaria, seria y, sin embargo, dotada de sentido del humor…
—Buenos días, padre Félix; mire un poco hacia el mar —
Con la salida del sol aparecieron la luz del día y los colores. Estábamos de pie en la proa del barco, de cara al aire de la mañana. Embriagado por lo imposible, intenté determinar por mí mismo el movimiento de los colores entre el ascenso y el descenso de las olas. ¿Azul? ¿Verde? ¿Gris? El color podría haber sido azul, pero entretanto un resplandor brillante, rojo como la sangre, que temblaba y era el reflejo mismo del sol, se deslizó por los valles inclinados de las olas; mientras tanto, sus cumbres se quebraban en masas de espuma blanca como el hielo, y sobre ellas corría algo semejante a una tela desgarrada, arrugada y gris como el acero. Lo que un instante antes había sido una montaña de agua se convirtió ahora en un movimiento palpitante: se transformó en miles de remolinos diminutos y separados; y en las hondonadas ensombrecidas de aquellos remolinos, el rojo como la sangre cambió y se volvió un verde oscuro y sedoso. Luego ese verde empezó a ascender y se transformó en un violeta palpitante y trémulo, que al descender se volvió rojo como el primer vino; pero un instante después volvió a elevarse violentamente, convertido en azul celeste, alcanzó las crestas de las olas y se quebró, y de nuevo la espuma blanca extendió su red sobre las montañas de agua que rodaban, con insolencia… Y así continuó aquel juego infinito.
El hecho de que nunca sería capaz de captar este juego de colores y su ritmo cambiante de un momento a otro me produjo una inquietud que incluía casi una sensación física. Podría decirse que, cuando lo miré de reojo y con cierta ligereza, por un instante me pareció que quizá fuera posible abarcar todo el conjunto en una sola imagen; pero, al concentrarme atentamente y con plena conciencia —hábito que consiste en vincular una idea aislada con otra idea aislada—, no obtuve más que unas cuantas imágenes fragmentarias y separadas. Sin embargo, de esta crisis, incluso en medio de esta extraña y exasperante confusión, surgió de pronto en mí una idea muy clara —o, mejor dicho, así me pareció exactamente en aquel momento—, y casi involuntariamente exclamé para mis adentros:
—Quien sea capaz de percibir todo esto por medio de sus sentidos podrá controlar su destino.
—Sé lo que quieres decir —respondió el padre Félix—, pero ¿por qué habría de querer el ser humano dominar el destino? ¿Para librarse del sufrimiento y las penalidades? ¿No sería mejor liberarse del destino?
—¡Habla usted casi como un budista, padre Félix! ¿Acaso cree también que el nirvana es la meta de todos los seres vivos?
—No, no, desde luego que no; nosotros, los cristianos, no deseamos la destrucción de la vida ni de los sentimientos; solo queremos elevar la vida desde el ámbito de la materia y los sentidos al mundo del espíritu.
—¿Pero acaso eso no es renuncia?
—¡No es renuncia, joven amigo, no es renuncia! Es el único camino hacia la verdadera vida… la paz…
El estrecho del Bósforo se abrió ante nosotros: una amplia vía de agua, flanqueada a ambos lados por montañas rocosas. Aquí y allá veía edificios aireados construidos sobre columnas, jardines con patios, hileras de cipreses que se alzaban a alturas misteriosas y antiguas fortalezas de los jenízaros, masas compactas de roca suspendidas sobre el agua como nidos de aves de presa. Me pareció que la voz del padre Félix llegaba desde muy lejos:
-Piénsalo: el símbolo más profundo de los deseos de todos los seres humanos es el símbolo del Paraíso. Siempre lo verás, aunque cada vez en imágenes diferentes; sin embargo, su significado es siempre el mismo: el ser humano desea liberarse de las manos del destino. En el Paraíso no existe nada como el destino humano; el destino apareció cuando el ser humano se rindió a las tentaciones del cuerpo y de la naturaleza y, de ese modo, cometió el pecado que llamamos pecado original. ¿Qué es ese pecado original? Es el tropiezo del espíritu ante la seducción del cuerpo, que se interpone en el camino del ser humano; y esas seducciones son, en realidad, la naturaleza animal que permanece en la naturaleza humana. La esencia del ser humano, su parte humana y humano-divina, es únicamente su espíritu. El viaje del espíritu se dirige hacia la luz. Pero, a causa del pecado original, su camino se ve siempre obstaculizado por barreras surgidas de los huesos del cuerpo, de su estructura no divina y de sus seducciones. Por eso, el objetivo del cristianismo es la liberación del ser humano del aspecto transitorio y animal de la vida, y su retorno a su herencia espiritual!»
Vi la destacada y antigua fortaleza de Rumili, que dominaba Duminá. Una de sus murallas —en la que había innumerables aberturas para atacar al enemigo desde el interior de la fortaleza— descendía casi hasta el borde del agua. En la orilla, dentro del semicírculo formado por las murallas de la fortaleza, había un pequeño cementerio turco, cuyas lápidas yacían derrumbadas, como si soñaran mientras estaban tendidas.
-Puede ser, padre Felix, pero me parece, y muchos de mi edad piensan lo mismo, que hay algún error en distinguir entre lo esencial y lo no esencial dentro de la estructura del cuerpo y en separar el cuerpo del espíritu… En resumen, no puedo estar de acuerdo con usted en que no haya nada noble ni sagrado en las exigencias del cuerpo, en la carne y la sangre y en el destino terrenal: ¡el objeto de mi deseo está en otra parte! Sueño con una forma de vida —aunque reconozco que aquí no la veo con mucha claridad— en la que el ser humano entero, el ser humano unido en cuerpo y espíritu, siga esforzándose por alcanzar una plenitud cada vez más profunda de su ser; en la que el espíritu y los sentidos no sean enemigos entre sí; en la que el ser humano perciba tanto la unidad dentro de sí mismo como la unidad con el significado de su destino, de modo que, al llegar a la cima de su vida, pueda decir: «Yo soy mi destino».
-«Es un sueño helénico». El padre Felix responde: «Pero ¿cuál fue el desenlace de ese sueño? Primero, en los misterios órficos y dionisíacos; después, en las corrientes de pensamiento de Platón y Plotino; y así, también en la comprensión de que el cuerpo y el espíritu son opuestos… La liberación del espíritu del dominio del cuerpo: ese es el significado de la redención cristiana, el significado de nuestra fe en el sacrificio de nuestro Señor en la cruz…». Aquí se detuvo; luego me miró de reojo y dijo: «Mira, no siempre soy un misionero… Si te hablo de mi fe, perdóname, porque no es tu fe…»
-Pero yo tampoco tengo ninguna fe», le aseguro.
-Sí, lo sé —dice el padre Felix—. La falta de fe, o más bien la incapacidad de creer, es la verdadera enfermedad de nuestra época. Tú, como tantos otros, vives dentro de una confusión que tiene mil años de antigüedad. La confusión consiste en que la razón solo puede percibir el aspecto del esfuerzo humano. Pero la razón por sí sola no puede alcanzar el conocimiento espiritual, porque el conocimiento está enteramente ocupado en alcanzar objetivos mundanos. La fe —solo la fe— puede liberarnos de este ensimismamiento.
-«¿La fe?», pregunto. Ha vuelto a mencionar esta palabra. Hay algo que no puedo entender: usted ha dicho que no es posible alcanzar el conocimiento ni llevar una vida recta únicamente mediante la razón; ha dicho que hace falta la fe. Estoy completamente de acuerdo con usted. Pero ¿cómo puede adquirir la fe quien no tiene ninguna? ¿Existe algún camino para ello, es decir, un camino abierto a nuestra voluntad?»
-La voluntad por sí sola no basta, querido amigo. Este camino solo puede recorrerse por la misericordia de Allah. Sin embargo, siempre está abierto para quien, desde lo más profundo de su corazón, suplica luz y guía.»
—¿Rezar? Pero, padre Félix, cuando una persona puede rezar, es evidente que ya tiene fe. Usted intenta hacerme dar vueltas alrededor de un círculo, porque, si alguien reza, ya tiene de antemano la convicción de que existe Aquel a quien reza. ¿Cómo llegó a tener esa convicción? ¿A través de su razón? ¿No equivale esto a admitir que es imposible alcanzar la fe mediante la razón? Y, aun dejando eso de lado, ¿qué significado podría tener la misericordia para alguien que no ha tenido ninguna experiencia de ese tipo?
El sacerdote se encogió de hombros con pesar, o al menos eso me pareció. Si alguien no ha llegado a percibir a Dios por sí mismo, debería estar dispuesto a orientarse por las experiencias de otros, por las experiencias de quienes sí lo han percibido…
…… .. . .. .
Unos días después desembarcamos en Alejandría; esa misma tarde partí hacia Palestina.
El tren avanzó a toda velocidad durante toda aquella tarde, atravesando los paisajes suaves y húmedos del delta. En el camino aparecieron los canales que partían del Nilo, y las ciudades cubiertas por la sombra de numerosos botes y almendros. Poco a poco quedaron atrás muchas ciudades pequeñas: hileras de casas grises por el polvo y minaretes esbeltos. Aldea tras aldea, formada por chozas de barro con aspecto de cajas, pasó velozmente hacia atrás. Campos de algodón ya cosechados, plantaciones de caña de azúcar recién brotada; búfalos corpulentos que ahora regresaban a casa sin pastores, después de haber pasado todo el día sumergidos en estanques llenos de barro: incontables escenas aparecían ante mis ojos y volvían a perderse detrás de nosotros. A lo lejos vi hombres vestidos con largas túnicas; parecía que flotaban, tal era la claridad y transparencia del aire bajo el altísimo cielo azul, como hecho de vidrio. En las orillas de los canales, los juncos se inclinaban al empuje del viento; mujeres vestidas con finas prendas de seda negra llenaban de agua sus cántaros de barro: mujeres de una belleza extraordinaria, esbeltas y de largas piernas. Al verlas caminar, pensé en árboles de largas ramas que se mecen suavemente con el viento, pero que son fuertes y firmes. Jóvenes y madres, todas caminaban como si flotaran.
Se acerca el crepúsculo y luego se extiende, vasto, como la respiración de un animal que ha descansado. Hombres de constitución ligera y delgada caminan hacia sus casas desde los campos, y parece que avanzan con zancadas enormes; al mismo tiempo, da la impresión de que han sido retirados lentamente del día que se desvanece. Parecía que cada uno de sus pasos tenía una existencia propia: un paso completo en sí mismo, eterno; y dentro de la eternidad, siempre existe únicamente ese paso. Esta sensación de suave serenidad quizá tuviera su origen en la embriagadora luz del atardecer del delta del Nilo, o quizá en nuestra propia agitación después de contemplar tantas cosas nuevas. Pero, fuera cual fuese la causa, de pronto sentí dentro de mí el peso de Europa: el peso de la intención deliberada en todos nuestros actos. Pensé para mis adentros: ¡qué difícil es para nosotros encontrarnos con la verdad! Siempre intentamos sujetarla en el puño… pero la verdad no está dispuesta a dejarse aprehender. Solo allí donde la verdad abruma al ser humano se entrega a él.
El paso del jornalero egipcio, que ya se había perdido a lo lejos, en la oscuridad, seguía balanceándose en mi interior como una música de alabanza a todo lo noble.
Llegamos al canal de Suez y giramos de pronto en ángulo recto; durante un rato seguimos hacia el norte, junto a la orilla gris y negra, como si una melodía se prolongara. Bañado por la luz de la luna, el canal se había transformado en un camino ancho, real y a la vez onírico, como una gruesa abrazadera de metal reluciente. La tierra azul del valle, saciada y agotada, había dado paso con asombrosa rapidez a una duna tras otra. Estas dunas rodeaban ambas orillas del canal con una indefinición y una nitidez que rara vez se ven en otros paisajes nocturnos. En medio del silencio absorto se alzaban aquí y allá los esqueletos de las dragas. Al otro lado, un camellero corría; corría casi imperceptiblemente, y entretanto la noche ya lo había devorado… ¡Qué corriente inmensa y sencilla: desde el mar Rojo, pasando por los Lagos Amargos, hasta el Mediterráneo… directamente a través del desierto, para que el océano Índico pudiera estrellarse contra los puertos de desembarco de Europa!…
Después de un breve trayecto en tren hasta Kantara, un transbordador perezoso y lento lleva a los viajeros al otro lado, cruzando un canal silencioso e inmóvil. Todavía falta casi una hora para que salga el tren hacia Palestina. Me siento delante del edificio de la estación. Todavía falta casi una hora para que salga el tren. Me siento delante del edificio de la estación. El aire es caliente y seco. A mi derecha, el desierto; a mi izquierda, el desierto: una monotonía gris, temblorosa y continua, surcada aquí y allá por manchas y quebrada por el grito aislado de algún animal, quizá un zorro o quizá un perro. Un beduino baja del transbordador con pesados sacos hechos de brillante tela de alfombra y se dirige hacia un grupo que está más lejos; solo entonces alcanzo a ver que son varios hombres inmóviles y unos camellos arrodillados, preparados para partir con la carga sobre el lomo. Me parece que estaban esperando la llegada del beduino. Este deja caer sus sacos sobre el lomo de un camello; intercambian unas pocas palabras y entonces los jinetes se ponen de pie apoyándose primero en las patas traseras y luego en las delanteras; los jinetes se balancean hacia delante y hacia atrás. Después hacen avanzar a los camellos con un suave sonido de chapoteo, y durante un breve instante mis ojos los siguen: los cuerpos de color claro de las figuras que se alejan, balanceándose, y las anchas vestiduras beduinas a rayas marrones y blancas.
Un trabajador ferroviario se acercó a mí. Llevaba un abrigo azul y me pareció que era cojo. Encendió su cigarrillo con el mío y me preguntó en un francés entrecortado: «¿Va usted a Jerusalén?». Cuando respondí «sí», volvió a preguntar: «¿Por primera vez?»
Asiento con la cabeza. Se disponía a marcharse, pero volvió a sentarse frente a mí: «¿Ha visto allí la gran caravana que viene del desierto del Sinaí? ¿No la ha visto? Entonces venga conmigo; vamos a conocerla. Todavía tiene tiempo».
Avanzamos a través de un vacío silencioso, por un estrecho camino muy transitado. Las suelas de nuestros zapatos se hunden en la arena. El camino llega hasta las dunas. En la oscuridad ladra un perro. Mientras avanzábamos tropezando entre pequeños matorrales espinosos, llegaron a mis oídos muchas voces —confusas, desordenadas, apagadas, como las voces de una multitud—; y mezclado con el aire seco del desierto llegó el olor intenso, aunque suave, de muchos animales descansando. De pronto, como a veces vemos en los puertos de las ciudades durante una noche cubierta de niebla, apareció en el extremo del camino el temblor de la luz de una lámpara todavía invisible, una luz que solo hacía brillar la niebla: una fina llama luminosa se elevó desde abajo hacia arriba, como si hubiera surgido de debajo de la tierra y ascendiera recta, atravesando el aire oscuro. Era el resplandor de un fuego que surgía de la profunda hondonada entre dos dunas; el camino estaba tan cubierto de espesos matorrales espinosos que no podía ver el suelo. Ahora solo oigo voces humanas, pero todavía no veo a quienes hablan. Oigo la respiración de los camellos y el ruido de sus cuerpos rozándose unos contra otros en aquel estrecho camino. Una enorme sombra negra de hombre cae sobre la luz, corre hacia la pendiente del lado opuesto y luego vuelve a bajar. Tras avanzar unos pasos más, lo veo todo: muchos camellos, con las rodillas dobladas, sentados en el suelo formando un gran círculo; aquí y allá hay amontonadas bolsas y sacos atados junto a las sillas de montar, y entre ellos, varias figuras humanas. El olor de los animales es dulce y denso como el del vino. De vez en cuando uno de ellos mueve el cuerpo, cuya forma no se distingue a causa de la oscuridad circundante; luego levanta el cuello y respira el aire nocturno emitiendo un sonido por la nariz. Me pareció que suspiraba: así oí por primera vez en mi vida el sonido del suspiro de un camello. Una oveja bala suavemente, un perro gruñe, y fuera de aquel estrecho sendero la noche es por todas partes oscura y sin estrellas.
Mientras tanto, se ha hecho tarde. Tengo que volver a la estación. Pero avanzo muy despacio por el camino por el que habíamos venido, aturdido y extrañamente perturbado, como si aquella misteriosa experiencia me hubiera dejado aturdido y perturbado, hubiera ocupado un rincón de mi corazón y ya no me permitiera marcharme. El tren me lleva a través del desierto del Sinaí. Estoy cansado e insomne por el frío de la noche del desierto y por los golpes y sacudidas del tren, que avanza sobre las vías colocadas encima de la arena suelta. Frente a mí está sentado un beduino, envuelto en una enorme aba de color cobrizo. También él se está helando de frío; se ha cubierto el rostro con la tela de su turbante. Sentado en el banco con las piernas cruzadas, en posición de loto, tiene sobre el regazo una espada curva dentro de una vaina trabajada en plata. Ya casi ha amanecido. Afuera alcanzo a ver los contornos de las dunas y de los bosques de cactus.
Todavía recuerdo cómo amaneció aquel día: dibujando una imagen gris y negra, trazando lentamente los contornos, y cómo fue sacando las dunas de la oscuridad para formar varios montículos compactos, enormes y armoniosos. En la luz crepuscular que iba surgiendo poco a poco, vi unas tiendas; mientras las contemplaba, también ellas fueron quedando atrás, y debajo de ellas vi redes de pescadores, semejantes a telarañas de niebla esparcidas por el aire, colgadas sobre el suelo para secarse, atadas a postes clavados a intervalos: redes de pesca en el desierto, meciéndose en el aire del amanecer como una cortina de sueño entre el día y la noche, transparente, irreal.
A la derecha, el desierto; a la izquierda, el mar. En la orilla del mar vi a un camellero solitario. Probablemente había estado montado en el camello toda la noche. Parecía haberse quedado dormido, recostado sobre la albarda; y los dos, el camellero y el camello, se balanceaban al mismo ritmo. Volvieron a aparecer las negras tiendas de los beduinos; las mujeres ya habían salido de las tiendas, con cántaros de barro sobre la cabeza, preparadas para ir al pozo. La luz tenue se vuelve cada vez más clara, y dentro de ella despierta un mundo definido, como impulsado por un estímulo invisible; todo lo sencillo y elemental parece surgir de ese prodigio, y parece no tener fin.
El sol se extiende sobre la arena en rayos cada vez más densos, y la grisura del amanecer estalla en fuegos artificiales de color naranja dorado. Atravesamos a toda velocidad el oasis llamado Al Arish. A ambos lados, hileras de palmeras; sus ramas, como miles de lanzas finísimas, se alzan a ambos lados, formando en la luz y la sombra una especie de celosía pardo-verdosa. Corremos por en medio de ella. Vi a una muchacha que regresaba del pozo con un cántaro lleno sobre la cabeza y avanzaba luego por un sendero bajo las palmeras. Vestía una prenda que combinaba el rojo y el azul, con largos flecos; me pareció una noble dama salida de una leyenda.
El palmeral de Al-Arish apareció de repente ante nuestros ojos y con la misma rapidez volvió a ocultarse. Ahora viajamos envueltos en una luz color concha. Al otro lado de las barras temblorosas de las ventanas del tren se había instalado un silencio tan absoluto que jamás habría creído posible. Todas las formas y todos los movimientos que aparecían ante la vista parecían no tener ayer ni mañana; como si estuvieran allí, congelados en una singularidad deliberada. Vi arena suave y sedosa; el viento la había transformado en suaves dunas que, bajo el sol, resplandecían con el color naranja de un pergamino muy antiguo, aunque eran algo más blandas que el pergamino y menos quebradizas en sus grietas y curvas. En las cimas de las dunas el viento golpeaba como los ataques agudos y precisos de un instrumento de cuerda; las laderas eran infinitamente suaves, y en sus hondonadas y pliegues poco profundos se extendían sombras transparentes de acuarela: púrpura, azul pálido, carmesí y rojo pálido como el óxido. Nubes de un blanco brillante y lechoso, matorrales de cactus aquí y allá y, en ocasiones, hierbas recias de largas ramas aparecían ante nosotros. Una o dos veces vi beduinos ligeros, delgados y descalzos, y una caravana de camellos cargados de ramas de palmera, que llevaban de un lugar a otro. ¡Me sentí sobrecogido por la majestuosa belleza del paisaje natural!
Varias veces nos detuvimos en pequeñas estaciones que, por lo general, no eran más que unos cuantos barracones de madera y hojalata. Muchachos de piel cobriza y ropas desgarradas corrían de un lado a otro con cestas, pregonando aceitunas, huevos completamente cocidos, pescado y pan plano de harina. El beduino sentado frente a mí se quitó el turbante y abrió la ventanilla. Tenía el rostro delgado, moreno y afilado, el rostro de un halcón que siempre mira fijamente hacia delante. Compró un pastel y se disponía a volver a sentarse de espaldas; entonces reparó en mí y, sin decir palabra, partió el pastel en dos y me ofreció la mitad. Pero cuando vio que yo vacilaba, sorprendido, se echó a reír, y pude ver aquella sonrisa amable en su rostro, que armonizaba de maravilla con la concentración que había mostrado un instante antes. Sonriendo así, pronunció una palabra que entonces no entendí, pero que ahora comprendo; dijo: «tafaddal»: «Hágame el favor». Tomé el trozo de pastel y le di las gracias con un movimiento de cabeza. Otro viajero, que llevaba un fez rojo y cuyo resto de ropa era enteramente europeo, parecía un pequeño comerciante; inesperadamente asumió el papel de intérprete. En un inglés entrecortado, dijo:
—«Dice que tú eres un viajero y que él también lo es. Su camino y el tuyo son el mismo».
Ahora, cuando pienso en aquel pequeño incidente, me parece que quizá su influencia estuvo en la raíz de todo mi amor posterior por el carácter árabe. Porque el hecho de que aquel beduino, a pesar de todas las barreras de la extrañeza, reconociera la amistad en un compañero de viaje inesperado y quisiera compartir el pan con él, debió de hacerme sentir ya entonces, en su conducta, la fe y el impulso de una humanidad liberada de cargas.
Poco después apareció en el camino la antigua ciudad de Gaza, como una fortaleza de barro que prolongara su vasta vida sobre una colina de arena, dentro de murallas de chumberas. Mi compañero beduino depositó sus sacos de equipaje y me saludó con una sonrisa solemne; luego bajó del vagón, barriendo la arena con el borde de la tela que caía sobre el andén. Afuera, en el andén, había otros dos beduinos. Estrecharon su mano y lo recibieron cordialmente, besándolo en ambas mejillas.
El comerciante que hablaba inglés puso la mano sobre mi brazo y dijo: «Venga conmigo. Tenemos quince minutos aquí».
Al otro lado del edificio de la estación había acampado una caravana. Mi compañero me informó de que eran beduinos del norte del Hiyaz; tenían el rostro moreno, gris de polvo y encendido de pasiones salvajes. Nuestro amigo fue a situarse entre ellos. Parecía ser alguien bastante respetado, pues todos se colocaron a su alrededor en semicírculo y comenzaron a responder a sus preguntas. El comerciante habló con ellos. Entonces se volvieron hacia nosotros. Al pensar en la vida de nuestra ciudad, nos miraron con simpatía… Me pareció que nos observaban con una especie de orgullosa desenvoltura. A su alrededor reinaba un ambiente de libertad, una atmósfera libre. Sentí un intenso deseo de comprender su vida. El aire era seco y estremecedor; parecía penetrarme el cuerpo y entrar en mi interior. En aquel clima parecían desatarse todos los nudos de la dureza, y todos los pensamientos quedaban desordenados, perezosos e inmóviles. Había en él una intemporalidad tal que cada visión, cada sonido y cada aroma adquirían un valor propio y preciso. Poco a poco comprendí esto: los beduinos que viven en el ambiente del desierto deben de ver y sentir la vida de una manera completamente distinta de la gente de cualquier otra región; seguramente están libres de las obsesiones y los sueños que caracterizan a los habitantes de zonas más frías y prósperas, y quizá también de muchos sueños, ¡y sin duda de muchos panes! Como dependen íntimamente de sus propias sensaciones, esos habitantes del desierto establecen, necesariamente, una escala de valores por completo distinta para todas las cosas del mundo.
Quizá aquello fue el presagio de la futura revolución de mi propia vida, que me había embargado aquel primer día en un país árabe, ante la visión de los beduinos; el presagio de un mundo cuya definición no admite límites y que, sin embargo, no carece de forma: un mundo completo en sí mismo y, aun así, abierto en todas direcciones; un mundo que poco después se convertiría en mi propio mundo. No es que entonces fuera consciente de lo que el futuro me tenía reservado; desde luego que no. Era más bien esa sensación que se tiene cuando uno entra por primera vez en una casa desconocida y, a mitad del camino, un olor indescriptible le ofrece un vago indicio de todo lo que ocurrirá allí, de todo lo que ocurrirá teniéndolo a uno como centro; y si esos acontecimientos son felices, sentirá que el corazón ha sido atravesado por un cuchillo de júbilo. Mucho, muchísimo tiempo después de que esos hechos hayan ocurrido, los recordará y se dirá: «Mucho antes, exactamente así —y no de ninguna otra forma—, había percibido un indicio de todo esto en aquel vestíbulo, en aquel primer instante; ¡en aquel primer instante!»
Dos
Un viento intenso sopla sobre el desierto, y por un instante Zayed piensa que estamos a punto de enfrentarnos a otra tormenta de arena. La tormenta no llega, pero el viento no nos da tregua: comienza a seguirnos en forma de ráfagas regulares y, cuando descendemos a un valle de arena, los golpes de viento se unen y pasan a convertirse en un silbido ininterrumpido. En medio del valle hay una aldea llena de palmeras, formada por varios poblados separados, cada uno rodeado de muros de tierra; la aldea está casi completamente cubierta por el polvo y la arena que levanta el viento arremolinado.
La región parece una cueva del viento: desde la mañana hasta el anochecer, día tras día, el aire la azota sin cesar con sus vigorosas alas; por la noche guarda silencio y al día siguiente despierta de nuevo con renovadas fuerzas. Bajo los incesantes golpes del viento, las palmeras inclinadas no pueden alcanzar la altura que deberían; permanecen atrofiadas, extendiendo sus ramas en todas direcciones cerca del suelo. Estas palmeras están siempre amenazadas por las dunas que avanzan desde todos los lados. Si los habitantes no hubieran plantado hileras de tamariscos alrededor de cada huerto de frutales, la aldea habría quedado sepultada en la arena hace mucho tiempo. La resistencia de estos árboles altos es mayor que la de las palmeras. Con sus troncos robustos y sus ramas perennes, que producen un murmullo, forman alrededor de los poblados una muralla viviente y les ofrecen una seguridad incierta.
Descendemos junto a la casa de barro del pueblo de Amir; la intención es descansar aquí un poco durante el calor de la tarde. El lugar reservado para recibir a los huéspedes, la «qahwa», está abierto y muestra señales de pobreza. Delante del fogón de piedra donde se prepara el café solo hay una estera de paja. Pero, como es natural, toda pobreza se rinde ante la hospitalidad árabe: apenas nos sentamos sobre la estera, introducen ramas en el fogón y encienden el fuego; el repiqueteo de los granos de café recién tostados al ser molidos en un mortero de cobre da a la habitación un aire acogedor; y los dátiles de color castaño claro, amontonados en una gran bandeja, sacian el hambre de los viajeros.
Nuestro anfitrión es un anciano pequeño y delgado, encorvado, de ojos parpadeantes; solo lleva una tela de algodón sobre el cuerpo y un turbante en la cabeza. Nos invita a compartir:
—Que Allah les prolongue la vida. Esta casa es su casa. Coman en el nombre de Allah. Esto es todo lo que tenemos —y hace con la mano un gesto de disculpa, un único gesto—; toda la carga de su destino se expresa en esa fuerza sincera con que se dirige a los demás, propia de los pueblos que viven en estrecho contacto con los sentimientos sencillos y llevan su vida como una disculpa—. Pero los dátiles no están mal; coman, viajeros, esto es lo que podemos ofrecerles dentro de nuestras posibilidades…
En verdad, estos dátiles merecen contarse entre los mejores que he comido en mi vida, y nuestro anfitrión se muestra claramente feliz por el hambre que ha podido saciar. Vuelve a empezar:
—El viento… el viento… Hace que nuestra vida sea dura y penosa; pero es la voluntad de Allah. El viento destruye nuestros árboles y plantas. Tenemos que luchar constantemente para que no queden cubiertos por la arena. Claro que no siempre fue así. Antiguamente no había tanto viento aquí, y entonces la aldea era más grande y próspera. Pero ahora la aldea se ha reducido. Muchos de nuestros jóvenes se marchan de aquí, porque no todos son capaces de soportar una vida así. Día tras día, la arena nos va cercando cada vez más. No falta mucho para que ya no quede espacio alguno para estas palmeras. Este viento… Pero nosotros no nos quejamos. Ustedes saben que el Profeta —que Allah derrame Su misericordia sobre él— nos dijo: «Allah dice: No censures al destino, porque debes saber que Yo soy el destino…»
Es muy posible que me sobresaltara, porque el anciano dejó de hablar y me miró atentamente; como si hubiera comprendido por qué me había sobresaltado, sonrió levemente. Aquella sonrisa, semejante en cierto modo a la de una mujer, resultaba extraña en aquel rostro cansado y ajado. El anciano volvió a hablar en voz baja, casi como dando la bienvenida:
«Has de saber que yo soy el destino». El modo en que movió la cabeza al pronunciar aquellas palabras expresaba el orgulloso reconocimiento de su propio lugar en la vida. Nunca había visto en mi vida un reconocimiento tan real de esa naturaleza, acompañado de tanta serenidad y certeza, ni siquiera entre personas felices. Extendió ampliamente los brazos y trazó vagamente un círculo vacío; el movimiento de sus brazos parecía tener algo de sensual.
Trazó con los brazos extendidos un círculo que abarcaba todo lo relacionado con la vida humana: la pobre habitación oscura, el viento y su eterno rugido, el imparable avance de la arena, el deseo de felicidad y la sumisión ante lo inmutable; la bandeja llena de dátiles, la lucha de los huertos frutales por sobrevivir detrás de la muralla de tamariscos siempre verdes; el fuego encendido en el fogón y, en algún lugar del patio, la risa de una joven. Y, en medio de todo aquello, en los gestos y señales que lo habían vivificado y reunido, percibí la armonía de un espíritu vigoroso que no reconocía ninguna circunstancia como un obstáculo y que estaba en paz consigo mismo.
Retrocedo de nuevo, mucho tiempo atrás, diez años, hasta Jerusalén, hasta aquel día de otoño en que otro anciano me habló de la sumisión a Allah, mediante la cual únicamente puede el ser humano establecer una relación pacífica con Allah y, de ese modo, también con su propio destino.
Aquel otoño me encontraba en casa de mi tío Dorian, justo en el centro de la antigua ciudad de Jerusalén. Llovía casi todos los días, por lo que no podía salir mucho. A menudo me sentaba junto a la ventana; esta daba a un enorme patio abierto situado detrás de la casa. El patio pertenecía a un anciano árabe; la gente lo llamaba «Haji», porque había peregrinado a La Meca. Alquilaba burros para transportar pasajeros y mercancías. Por eso, su patio se había convertido en una especie de posada.
Cada mañana, antes de que saliera el sol, llegaban de las aldeas cercanas camellos cargados de verduras, hortalizas y frutas; luego cargaban todo en los lomos de los burros y lo enviaban por las estrechas callejuelas a los mercados de la ciudad. Durante el día veía los enormes y pesados cuerpos de los camellos descansando en el suelo; la gente se ocupaba constantemente de los camellos y los burros, cuidándolos y vigilándolos, aunque cuando comenzaba a llover a cántaros se veían obligados a refugiarse en el establo. Aquellos hombres, conductores de camellos y burros, eran pobres y vestían ropas desgarradas; pero por su porte y su conducta podían compararse con soberanos libres e independientes. Cuando se sentaban juntos en el suelo y comían tortas planas de harina con un poco de queso o dos o tres aceitunas, no podía dejar de admirar la nobleza y espontaneidad de sus modales, así como la serenidad de sus corazones. Veía claramente que se respetaban a sí mismos y que respetaban también todas las cosas necesarias de la vida cotidiana. El señor Haji paseaba apoyado en un bastón, porque padecía de reumatismo y tenía las rodillas hinchadas; era una especie de jefe entre ellos. Veía que escuchaban sus palabras sin protestar. Varias veces al día los reunía para la salat y, cuando no llovía, realizaban la salat al aire libre. Todos se alineaban en una sola fila larga, y él se colocaba delante de ellos como su imán. Por la precisión de sus movimientos durante la salat parecían soldados: todos juntos se volvían hacia La Meca, inclinaban la cabeza, volvían a erguirse, luego se arrodillaban y apoyaban la frente en el suelo. Parecía que seguían las palabras inaudibles que salían de los labios del imán; este, después de levantarse de la postración y antes de volver a postrarse, permanecía descalzo sobre la alfombra de oración, con los ojos cerrados y las manos cruzadas sobre el pecho, moviendo los labios en silencio; era evidente que estaba absorto en una profunda meditación. Yo veía que rezaba con toda su alma.
Me sentía algo incómodo al ver la combinación de una oración tan auténtica con unos movimientos corporales casi mecánicos, y un día le pregunté al señor Haji, que entendía algo de inglés:
«¿De verdad creen ustedes que Allah quiere que se inclinen una y otra vez, se arrodillen y se postren para demostrarle su devoción? ¿No sería mejor contemplarse a sí mismos y rezarle en la intimidad de su propio corazón? ¿Cuál es la razón de esta clase de movimientos corporales?»
Apenas salieron las palabras de mi boca, me arrepentí, porque no era mi intención herir los sentimientos religiosos de aquel anciano. Pero el señor Hají no pareció ofendido en absoluto. Una sonrisa apareció en su rostro desdentado y dijo:
—Entonces, ¿de qué otra manera podríamos adorar a Alá? ¿Acaso no creó juntos el cuerpo y el alma? Escúcheme, se lo digo: los musulmanes rezamos únicamente de la manera en que rezamos, y no de otra. Nos ponemos de pie mirando hacia la Kaaba, hacia la Sagrada Casa de Alá situada en La Meca, conscientes de que los rostros de todos los musulmanes del mundo —estén donde estén— se vuelven durante la oración hacia esa Casa; y todos juntos formamos un solo cuerpo, mientras que Alá es el centro de nuestros pensamientos. Primero nos ponemos de pie, erguidos, y recitamos el Sagrado Corán, recordando que es Su palabra, entregada al ser humano para que pueda vivir con rectitud, justicia y firmeza; después decimos: Alá es grande, el más grande. Con ello nos recordamos a nosotros mismos que no existe nadie, salvo Alá, que pueda ser nuestro dios. Después de decirlo, nos inclinamos profundamente, porque lo honramos por encima de todos y alabamos Su poder y Su gloria. Luego nos postramos y apoyamos la frente en el suelo, porque comprendemos que ante Él no somos más que partículas de polvo, que no somos nada; y que Él es nuestro Creador y Sustentador. Después levantamos la cabeza del suelo, nos sentamos serenamente y rogamos que perdone nuestros pecados, derrame Su misericordia sobre nosotros, nos guíe por el camino recto y nos conceda salud y sustento. Luego volvemos a postrarnos y apoyamos la frente en el polvo ante la gloria del Dios único. Después nos sentamos de nuevo serenamente y rogamos que Él derrame Su misericordia sobre el profeta Muhammad, quien nos trae el mensaje de Alá, tal como la derramó sobre los profetas y mensajeros anteriores. Rogamos que tenga misericordia de nosotros y de todos los que siguen el camino de la verdad; le pedimos que nos conceda tanto el bien de este mundo como el bien del Más Allá. Finalmente giramos la cabeza a la derecha y a la izquierda y decimos: que la paz y la misericordia de Alá sean sobre todos vosotros; y así saludamos a todos los virtuosos, estén donde estén.
Así realizaba la oración nuestro Profeta (la paz sea con él), y así enseñó a su comunidad a realizarla en todo tiempo, para que pudieran someterse voluntariamente a Alá; y ese es precisamente el significado del islam: establecer de ese modo una relación pacífica con Él y también con su propio destino.
Por supuesto, el anciano no empleó exactamente estas palabras; pero ese era el significado de lo que dijo, y así es como lo recuerdo. Años después comprendí que, con aquella explicación, el señor Hají había abierto por primera vez ante mí las puertas del islam. Sin embargo, mucho antes de que la idea de que el islam pudiera convertirse en mi propia religión entrara siquiera en mi mente, había comenzado a sentir humildad cada vez que veía —como lo veía a menudo— a un hombre descalzo de pie sobre su alfombrilla de oración o sobre una estera de paja, con las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza inclinada, completamente absorto en sí mismo y totalmente ajeno a lo que ocurría a su alrededor, ya fuera dentro de una mezquita o en la acera de una calle bulliciosa: un hombre que no tenía ninguna queja respecto de sí mismo, ¡tranquilo y satisfecho!
* * * * * *
La «casa árabe de piedra» sobre la que mi tío Dorian me había escrito resultó verdaderamente encantadora. La casa estaba en el borde de la «Ciudad Vieja», cerca de la «Puerta de Jaffa». Sus habitaciones, espaciosas y de techos altos, parecían cargadas con los recuerdos de los nobles que habían vivido allí en distintas épocas del pasado, mientras que sus paredes palpitaban con la vibrante vida del presente, que irrumpía desde los mercados cercanos. Y las escenas, los sonidos y los olores eran de una naturaleza completamente ajena a cualquiera de mis experiencias anteriores.
Al detenerme en la terraza del tejado, vi la zona claramente delimitada de la Ciudad Vieja, con sus calles irregulares extendidas como una red y sus callejuelas talladas en la piedra. En el extremo opuesto, relativamente cerca dada la enorme extensión del lugar, se encontraba el recinto de la mezquita de Suleimán; y, en el límite más lejano, estaba la mezquita de Al-Aqsa, considerada la más sagrada después de La Meca y Medina; justo en el centro se alzaba la «Cúpula de la Roca». Más allá, las murallas de la antigua Ciudad Santa se extendían hacia el valle del Cedrón, y al otro lado del valle se elevaban montañas suaves y lisas, desprovistas de vegetación; solo sus laderas estaban marcadas aquí y allá por olivos. Hacia el este se veían algunos signos de mayor fertilidad; allí divisé un jardín que descendía en pendiente hacia el camino, de un verde oscuro y rodeado por muros. Era el «Huerto de Getsemaní». Entre sus olivos, por un lado, y sus cipreses, por el otro, resplandecían las cúpulas doradas, en forma de cebolla, de una iglesia rusa.
Era como un líquido fundido, agitado y vibrante en el matraz de un alquimista: transparente, pero indescriptible; variado en mil colores, más allá de las palabras e incluso fuera del alcance del pensamiento. Así me parecía el paisaje que se extendía desde el monte de los Olivos hasta el valle del Jordán y el mar Muerto. Las montañas ondulantes parecían dibujadas, como con el aliento contenido, sobre un fondo luminoso de blancura lechosa; junto a ellas, la línea azul oscura del río Jordán, los remolinos circulares del mar Muerto a lo lejos y, aún más lejos, como un mundo enteramente distinto y completo en sí mismo, la cordillera de Moab sumida en el crepúsculo: un cuadro de belleza increíble, extraña y llena de formas, ante el cual mi corazón comenzaba a temblar de emoción.
Para mí, Jerusalén era un mundo completamente nuevo. De cada rincón de la «Ciudad Vieja» despertaban innumerables recuerdos históricos: aquellas calles que habían oído predicar a Isaías; aquellas piedras sobre las que caminaba el profeta Jesús; aquellas murallas que ya eran antiguas cuando el pesado paso de los soldados romanos resonaba junto a ellas; y el arco sobre la puerta, en el que estaba grabada la inscripción del decreto de Saladino. El cielo era de un azul profundo, que quizá no resultara novedoso para quienes conocían los demás países mediterráneos. Pero para mí —que había crecido en un clima mucho menos acogedor— aquel azul era al mismo tiempo una llamada y una promesa. Las casas y las calles parecían envueltas en una suave luminosidad palpitante, y los movimientos y las maneras de la gente eran espontáneos, libres de rigidez, sus gestos llenos de dignidad y nobleza; y la gente significaba aquí a los árabes, porque desde el principio ellos habían dejado en mi conciencia la huella de los habitantes de este país: habían nacido de su propia tierra y de su historia, y estaban unidos a su luz y a su aire. Sus vestimentas eran variadas y coloridas, de una longitud y una amplitud dignas de las descripciones bíblicas; fueran fellah o beduino, pues a menudo veía a los beduinos llegar a la ciudad para comprar y vender mercancías, cada uno vestido a su manera, siempre algo distinto de los demás, como si, impulsado por un instante de inspiración, hubiera inventado una moda enteramente propia.
Justo frente a la casa de Dorian, quizá a unos cuarenta codos de distancia, se alzaban las oscuras y desgastadas murallas de la fortaleza de David. Esta fortaleza era parte de las ruinas de la Ciudad Antigua; era una auténtica ciudadela urbana árabe medieval, probablemente construida sobre cimientos de la época herodiana; su torre de vigilancia era alta y estrecha como un minarete. (Aunque no tenía ninguna relación directa con el rey David, los judíos siempre la habían llamado así, porque se decía que allí, en el monte Sion, había estado situado el antiguo palacio real). Hacia la «Ciudad Antigua» había un edificio bajo y ancho, por cuyo interior pasaba la puerta de entrada, y delante de ella, sobre el antiguo foso, se extendía un puente: un arco de piedra curvado como un arco de flecha. Cuando los beduinos llegaban a la ciudad, usaban habitualmente aquel camino como lugar de encuentro. Un día vi allí inmóvil a un beduino alto, una silueta contra el fondo de un cielo gris plateado, como una figura de una antigua leyenda. Enmarcado por una corta barba castaño rojiza, su rostro de mandíbula afilada expresaba una profunda gravedad: un semblante triste y apagado, como si esperara algo, aunque no pudiera creer que realmente sucedería. La amplia túnica de rayas marrones y blancas que llevaba estaba gastada y desgarrada. Y de pronto pensé —no sé por qué— que aquella túnica llevaba sobre el cuerpo del hombre muchos meses de peligro y de huida. ¿Sería acaso uno de los pocos guerreros que habían seguido al profeta David? Tal vez David estuviera en ese mismo momento escondido y dormido en alguna cueva, en las laderas de los montes de Judea, y aquel amigo fiel y valiente hubiera venido en secreto a esta ciudad capital, acompañado de un compañero, para averiguar qué pensaba «Saúl» de su jefe y si era seguro que este regresara. Y ahora, en ese mismo instante, el amigo de David esperaba allí a su compañero, temiendo una gran desgracia: quizá no pudieran llevarle buenas noticias a David…
De pronto el beduino se movió y comenzó a bajar por la pendiente, y mi fantasía se desvaneció. Entonces recordé súbitamente: aquel hombre era árabe, mientras que aquellas figuras de la Biblia eran judías. Pero mi asombro duró apenas un instante, porque de repente comprendí, con esa claridad que a veces irrumpe en nuestro interior como un relámpago y durante un solo latido ilumina el mundo, que David y la época de David, igual que Abraham y la época de Abraham, estaban mucho más cerca de sus raíces árabes y, por esa razón, también más cerca de los beduinos de hoy que de los judíos actuales, que se consideran descendientes de David y de Abraham…
A menudo me sentaba bajo la puerta de Jaffa, sobre el pilar de piedra terminado en punta, y observaba a las multitudes entrar en la Ciudad Antigua y salir de ella, avanzando rozándose unos con otros y empujándose con los codos: árabes y judíos de todas las clases imaginables. Entre ellos estaban los fellahin, de huesos fuertes, con la cabeza cubierta por una tela marrón o un turbante anaranjado; también estaban los beduinos, de rostros afilados, limpios y casi siempre enjutos. Vestían túnicas con una serenidad extraordinaria, a menudo con ambas manos apoyadas en las caderas y los codos extendidos, como si estuvieran seguros de que todos les abrirían paso. También veía entre ellos a mujeres campesinas: llevaban prendas de algodón negras o azules, bordadas con flores de hilo blanco sobre el pecho; a menudo llevaban un pañuelo en la cabeza y caminaban con un ritmo humilde, sencillo y hermoso. Vistas de espaldas, muchas mujeres de sesenta años parecían jóvenes. Sus ojos parecían claros y libres de los efectos de la edad, a menos que padecieran tracoma, una incurable enfermedad egipcia de los ojos que constituía una maldición para todos los países del Mediterráneo oriental.
También veía a los judíos: los judíos locales llevaban tarbush y amplias y voluminosas túnicas, y sus rasgos guardaban un profundo parecido con los de los árabes; los judíos llegados de Polonia y Rusia habían traído consigo tanta mezquindad y estrechez de su anterior vida europea que resultaba sorprendente que afirmaran pertenecer al mismo linaje que los orgullosos judíos de Marruecos y Túnez, vestidos con blancos burnus. Sin embargo, aunque los judíos europeos desentonaban claramente con el paisaje que los rodeaba, eran ellos quienes daban forma al tono y al temperamento de la vida y la política judías y, por ello, eran responsables de la tensión casi visible entre árabes y judíos.
¿Cuánto sabía por entonces el europeo común acerca de los árabes? En realidad, nada. Cuando llegaba a Oriente Próximo traía consigo ciertas ideas románticas y erróneas y, si tenía buena voluntad y era intelectualmente honrado, debía reconocer que no sabía nada de los árabes. Antes de llegar a Palestina, yo nunca había considerado este país árabe. Por supuesto, tenía la vaga idea de que aquí también vivían «algunos» árabes, pero los imaginaba únicamente como nómadas habitantes de tiendas del desierto y moradores de oasis apacibles. Todo lo que había leído antes sobre Palestina estaba escrito por sionistas; naturalmente, escribían desde su propio punto de vista y solo desde él. Por eso no comprendía que las ciudades también estaban llenas de árabes; no comprendía que, todavía en 1922, por cada judío que había en Palestina había cinco árabes, y que, por esa razón, Palestina era, con mucho, mucho más un país árabe que un país judío.
Cuando comenté este asunto al señor Ussishkin, presidente del Comité de Lucha Sionista, tuve la impresión de que los sionistas ni siquiera estaban dispuestos a considerar el hecho de la mayoría numérica de los árabes. No estaban dispuestos a conceder ninguna importancia a la oposición árabe al sionismo. La reacción del señor Ussishkin no me pareció expresar otra cosa que odio y desprecio hacia los árabes:
—«En este país no existe ningún verdadero movimiento de los árabes contra nosotros; es decir, no existe ningún movimiento que tenga sus raíces en el pueblo. Todo eso que usted considera oposición no es más que el clamor de unos cuantos agitadores descontentos. Se desmoronará por sí solo en unos meses, o, a lo sumo, en unos años».
Su argumento no me pareció en absoluto satisfactorio. Desde el principio había sentido que toda la idea del establecimiento de colonias judías en Palestina era artificial, irreal y, lo que era aún más peligroso, que con ella se corría el riesgo de importar todas las complejidades y problemas insolubles de la vida europea a un país que quizá podría vivir más feliz si se mantuviera al margen de todo ello. Los judíos no estaban llegando a Palestina de una manera que pudiera llamarse un regreso; más bien, se empeñaban desesperadamente en convertir Palestina en su patria conforme a objetivos y moldes europeos. En pocas palabras, eran extranjeros que habían entrado por la puerta. Por eso no encontré nada objetable en la firme oposición de los árabes a la idea de una patria judía entre ellos. Al contrario, pronto comprendí que se estaba intentando imponer por la fuerza un Estado judío, y que los árabes luchaban razonablemente contra ello.
En la Declaración Balfour de 1917 se prometía un «hogar nacional» judío en Palestina. Vi en aquella declaración una maniobra política de gran alcance, de esas a las que recurren todas las potencias coloniales. La maniobra consistía en el antiquísimo principio de gobernar un país mediante la división. En el caso de Palestina, este principio era aún más descarado. Pues en 1916, como recompensa por haber ayudado a los ingleses contra Turquía, estos habían prometido a Sharif Hussein, el entonces gobernante de La Meca, un Estado árabe independiente. Se suponía que dicho Estado estaría formado por todos los países situados entre el Mediterráneo y el golfo Pérsico. Los ingleses no solo incumplieron esa promesa al concertar, apenas un año después, el acuerdo Sykes-Picot con Francia —por el que se estableció la dominación francesa sobre el Líbano y Siria—, sino que, en la práctica, Palestina quedó también excluida de las responsabilidades que habían asumido respecto de los árabes.
Aunque yo mismo pertenecía a una familia judía, desde el principio sentí una intensa oposición al sionismo. Aun dejando de lado mi simpatía personal por los árabes, me pareció profundamente inmoral que, con la ayuda de grandes potencias extranjeras, forasteros llegaran desde fuera a este país con el propósito manifiesto de alcanzar una mayoría numérica y expulsaran así de su propia tierra a una nación para la cual había sido su tierra desde tiempos inmemoriales. Por eso, cada vez que surgía alguna conversación sobre el problema árabe-judío, instintivamente me ponía del lado de los árabes. Y se hablaba de este problema con frecuencia. Casi todos los judíos con los que entré en contacto durante aquellos meses eran incapaces de comprender mi actitud. No podían entender lo que yo había visto entre los árabes. Según ellos, los árabes no eran más que un pueblo atrasado. Los miraban con una actitud que no difería mucho de la de los colonos europeos del África central hacia los africanos. No les preocupaba en absoluto lo que pensaban los árabes. Casi ninguno hacía el menor esfuerzo por aprender árabe, y todos habían aceptado sin vacilar el axioma de que Palestina era la legítima herencia de los judíos.
Todavía recuerdo la breve conversación que mantuve sobre este asunto con Chaim Weizmann, el líder indiscutible del movimiento sionista. Había venido allí durante una de sus visitas habituales a Palestina. (Creo que su residencia permanente estaba en Londres). Me encontré con él en casa de un amigo judío. No pude evitar sentirme impresionado por la ilimitada energía vital de aquel hombre, una energía que se expresaba incluso en sus movimientos corporales y en sus largos pasos, semejantes a los de un resorte, mientras caminaba de un lado a otro por la habitación. Tampoco pude evitar sentirme impresionado por el resplandor de inteligencia que asomaba en su amplia frente y por la penetrante mirada de sus ojos.
Hablaba de las dificultades económicas que obstaculizaban la realización del sueño de un hogar nacional judío, y de la escasa respuesta que los judíos en el extranjero daban a ese sueño. Esto me produjo la irritante impresión de que:
Como casi todos los demás judíos, Weizmann también estaba ansioso por cargar al «mundo exterior» con la responsabilidad moral de todo cuanto estaba ocurriendo en Palestina. Por ello me vi obligado a romper el respetuoso silencio con que todos los presentes escuchaban sus palabras. Pregunté:
—«¿Pero qué hay de los árabes?»
Sin duda me había equivocado al introducir en la conversación una nota tan discordante, porque Weizmann volvió lentamente el rostro hacia mí, dejó la taza que sostenía en la mano y repitió nuestras palabras:
—«¿Y qué hay de los árabes?»
—«¿Cómo espera usted convertir Palestina en su propia patria frente a la encarnizada oposición de los árabes? Después de todo, lo esencial es que los árabes son la mayoría en este país.
El líder sionista se encogió de hombros y dijo: «Esperamos que, en unos pocos años, ya no sean la mayoría».
—«¡Quizá sea así! Usted lleva muchos años trabajando en este asunto y, por supuesto, comprende la situación mejor que yo. Pero, dejando de lado todos los obstáculos políticos que los árabes podrían —o quizá no podrían— crearles, ¿no le inquieta en absoluto el aspecto moral de este problema? ¿No cree que sería injusto por parte de ustedes expulsar a quienes han vivido en este país desde siempre?»
—«Pero este país es nuestro», respondió el Dr. Weizmann, alzando las cejas hasta la frente; «no hacemos más que recuperar aquello de lo que fuimos injustamente privados».
—«Pero ustedes llevan cerca de dos mil años alejados de Palestina. Antes de eso gobernaron este país, pero nunca todo el país, y durante menos de quinientos años. ¿No cree que, con el mismo argumento, los árabes podrían reclamar España, puesto que también ejercieron allí su dominio durante casi setecientos años y la perdieron por completo hace unos quinientos años?»
Vi que el Dr. Weizmann empezaba a impacientarse:
—¡Tonterías! Los árabes solo «conquistaron» España; ese país nunca fue su tierra ancestral. Por eso, estuvo bien que, al final, los españoles los expulsaran de allí—.
—«Discúlpeme», respondí, «pero me parece que aquí hay algunos errores históricos. En realidad, los hebreos también llegaron a Palestina como conquistadores. Mucho antes de su llegada, aquí vivían numerosas tribus semíticas y no semíticas, como los amorreos, los edomitas, los filisteos, los moabitas y los hititas, entre otras. Estas tribus seguían viviendo aquí durante los reinados de Israel y Judá. Incluso cuando los romanos expulsaron de aquí a nuestros antepasados, aquellas tribus todavía vivían aquí. Y todavía siguen viviendo aquí. Los árabes que conquistaron esta región en el siglo VII y se establecieron en Siria y Palestina siempre fueron apenas una pequeña minoría de la población. Los demás, a quienes hoy describimos como «árabes» palestinos o sirios, son en realidad los habitantes autóctonos de aquí, simplemente arabizados. A lo largo de los siglos, muchos de ellos se hicieron musulmanes. Los otros siguieron siendo cristianos. Naturalmente, los musulmanes casaban a sus hijos e hijas con correligionarios procedentes de Arabia. Pero ¿puede usted negar que la mayoría de los habitantes de Palestina que hablan árabe, sean musulmanes o cristianos, descienden directamente de los habitantes originarios de esta tierra? Originarios en el sentido de que ya vivían aquí muchos siglos antes de que los hebreos llegaran».
Ante mi estallido, el Dr. Weizmann se suavizó con una sonrisa cortés y desvió el curso de la conversación hacia otro tema.
No me sentí satisfecho con el resultado de mi intervención. Desde luego, no esperaba que ninguno de los presentes —y mucho menos el Dr. Weizmann— estuviera de acuerdo conmigo en que, desde el punto de vista moral, el ideal sionista era muy débil y vacío. Pero sí tenía esta expectativa: que mi apoyo a la causa árabe, aun cuando no lograra nada más, provocaría al menos cierta incomodidad entre los dirigentes sionistas; una incomodidad que pudiera inducirlos a una mayor introspección y, con ello, crear en ellos una disposición mental más favorable a aceptar lo siguiente: que en la oposición árabe al sionismo podía existir una reivindicación moral. Pero no ocurrió nada de eso. En su lugar, vi ante mí una pared vacía que parecía mirarme con los ojos salidos de las órbitas: una protesta llena de reproches contra mi imprudencia, la imprudencia de haber osado cuestionar los derechos incuestionables de los judíos sobre la tierra de sus antepasados.
Me maravillaba, pensándolo una y otra vez, que unos judíos dotados de una inteligencia tan creativa pudieran contemplar el conflicto sionista-árabe únicamente desde el punto de vista judío. ¿No comprendían que, en última instancia, la solución del problema de los judíos en Palestina solo podía lograrse mediante una cooperación amistosa con los árabes? ¿Eran realmente tan ciegos ante el hecho de que su política conduciría inevitablemente a un futuro doloroso? Aunque triunfara militarmente, ¿carecían por completo de la visión necesaria para comprender que aquella pequeña isla, en forma de Estado judío, en medio de un mar árabe hostil, se enfrentaría para siempre al conflicto, al odio y a la amargura?
Y qué extraño, pensaba yo, que un pueblo que a lo largo de su extensa y dolorosa historia había sido repetidamente víctima de injusticias, abusos y persecuciones, se dispusiera ahora, en su empeño apasionado por alcanzar sus propios objetivos, a infligir una grave injusticia a otro pueblo; ¡y que ese otro pueblo fuera precisamente uno completamente inocente de los sufrimientos del pasado de los judíos! Sabía que algo semejante nunca había ocurrido en la historia, pero, aun así, al ver que estaba a punto de suceder ante mis propios ojos, mi tristeza no conocía límites.
En aquella época, la base de mis pensamientos incesantes sobre el panorama político de Palestina no era únicamente mi simpatía por los árabes ni mi preocupación por el experimento de los sionistas; también estaba activa mi curiosidad periodística, pues entonces era corresponsal especial de la «Frankfurter Zeitung», uno de los mejores periódicos de Europa. Había obtenido aquella oportunidad casi por casualidad.
Una tarde estaba clasificando unos papeles viejos que llenaban una de mis maletas. Mientras los revisaba, encontré la tarjeta que me habían entregado un año antes en Berlín como representante de United Telegraph. Estaba a punto de romperla cuando el tío Dorian me agarró la mano y exclamó en tono de broma: «No la rompas. Si presentas esta tarjeta en la oficina del Alto Comisionado, en pocos días recibirás una invitación a comer en la sede del Gobierno. En este país, los periodistas son personas muy bien recibidas».
Aunque rompí la tarjeta innecesaria, la broma de mi tío provocó una reacción en mí. Desde luego, no estaba en absoluto ansioso por asistir a un banquete en un edificio gubernamental; pero, precisamente por eso, ¿por qué no aprovechar aquella rara oportunidad de estar en el Cercano Oriente en un momento en que veía que muy pocos periodistas de Europa Central tenían la ocasión de viajar allí? ¿Por qué no reanudar mi labor periodística? No como representante de United Telegraph, sino como corresponsal de algún diario famoso. Y, del mismo modo que suelo tomar decisiones repentinas en todos los asuntos importantes, de pronto resolví que entraría en el mundo del periodismo «de verdad».
Aunque había trabajado durante un año con United Telegraph, no tenía ninguna relación directa con ningún periódico importante. Además, como todavía no se había publicado nada con mi propio nombre, mi nombre seguía siendo completamente desconocido y anónimo en el mundo de la prensa. Sin embargo, esto no me desanimó. Escribí un artículo basado en mis ideas sobre Palestina y envié copias a diez periódicos alemanes. Junto con él, propuse también que estaba dispuesto a escribir una serie de artículos sobre el Cercano Oriente.
Era hacia finales de 1922; en Alemania imperaba entonces una inflación catastrófica. A los periódicos alemanes les resultaba cada vez más difícil sobrevivir. Muy pocos diarios podían sufragar en moneda extranjera los gastos de sus corresponsales en el exterior. Por eso no fue nada sorprendente que los diez periódicos a los que había enviado mi artículo de muestra me comunicaran uno tras otro su rechazo, con palabras más o menos corteses. De los diez, solo uno aceptó mi propuesta y, al parecer satisfecho con lo que había escrito, me nombró su corresponsal especial itinerante en Oriente Próximo; además, me envió un contrato por el que debía escribir un libro a mi regreso. Ese periódico era el Frankfurter Zeitung. Casi me desmayé al descubrir que no solo había logrado establecer una relación con un periódico —¡y qué periódico!—, sino que, en mi primer intento, había alcanzado una posición que podía despertar la envidia de muchos periodistas veteranos.
Por supuesto, había una espina en todo aquello. Debido a la inflación, el Frankfurter Zeitung no podía pagarme el sueldo en efectivo. Cortésmente me dijeron que mis honorarios se pagarían en marcos alemanes; y, al igual que ellos, yo sabía que con eso incluso resultaría difícil cubrir el coste de los sellos que debía poner en los sobres para enviar mis artículos. Pero el honor de ser corresponsal especial del Frankfurter Zeitung me pareció mucho más valioso, a pesar del inconveniente temporal de no recibir dinero por mi trabajo como corresponsal. Comencé a escribir artículos sobre Palestina, con la esperanza de que, tarde o temprano, gracias a algún cambio favorable del destino, quizá algún día pudiera viajar por todo el Cercano Oriente.
* * * * * * * * *
Ahora tengo muchos amigos en Palestina, tanto judíos como árabes.
Es cierto que, debido a la simpatía que sentía por los árabes, claramente manifiesta en mis artículos publicados en el Frankfurter Zeitung, los sionistas me miraban con una mezcla de sorpresa y sospecha. Evidentemente, no lograban decidir si los árabes me habían «comprado» —pues los sionistas estaban acostumbrados a interpretar casi todo en términos de dinero— o si yo era simplemente un intelectual extravagante que amaba todo lo extranjero. Pero no todos los judíos que vivían entonces en Palestina eran sionistas. Algunos habían llegado a Palestina no con un propósito político, sino movidos por una devoción religiosa hacia la Tierra Santa y los recuerdos y asociaciones bíblicos relacionados con ella.
Entre ellos se encontraba mi amigo holandés Jacob de Haan: de baja estatura y rechoncho, con una barba dorada, y de unos cuarenta y cinco años. Antes de que yo llegara allí, había sido profesor de Derecho en una importante universidad de Holanda. Ahora era corresponsal especial del Handelsblad de Ámsterdam y del Daily Express de Londres. Su fe religiosa era profunda y tan ortodoxa como la de cualquier judío de Europa oriental; pero no apoyaba el pensamiento sionista, porque creía que debían esperar la llegada del Mesías para que su pueblo regresara a la Tierra Prometida.
—«Nosotros, los judíos», me dijo varias veces, «fuimos expulsados de la Tierra Santa y dispersados por todo el mundo porque no cumplimos con la responsabilidad que Dios nos había confiado. Nos había elegido para proclamar Su palabra, pero, cegados por nuestra arrogante vanidad, empezamos a pensar que nos había convertido en el “pueblo elegido” simplemente por favoritismo; y así lo traicionamos. Ahora no nos queda más que arrepentirnos y purificar nuestros corazones. Y cuando volvamos a ser dignos de escuchar Su palabra, enviará a un Mesías para llevar de nuevo a Sus siervos a la tierra prometida».»
—«Pero», pregunté, «¿acaso no está también en la raíz del movimiento “sionista” la idea del Mesías? Usted sabe que no lo apoyo; pero ¿no es natural que toda nación desee tener su propia patria?»
El doctor De Haan me miró con una leve expresión de ironía y dijo: —«¿Cree usted que la historia no es más que una sucesión de acontecimientos? Yo no lo creo. El hecho de que Dios nos obligara a perder nuestra patria y nos dispersara por distintos países no carecía de propósito. Pero los sionistas no están dispuestos a admitirlo; padecen precisamente la ceguera espiritual responsable de nuestra caída. Los dos mil años de exilio y sufrimiento de los judíos no les han enseñado nada. En lugar de intentar comprender la causa fundamental de nuestros sufrimientos, ahora tratan de eludirla; por así decirlo, están construyendo una “patria nacional” sobre los cimientos que les brinda la política de las potencias occidentales, y en ese intento de crear una patria nacional siguen cometiendo el crimen de privar a otro pueblo de su propia patria.»
Naturalmente, las opiniones políticas de Yakub De Haan lo hicieron muy impopular entre los sionistas (de hecho, poco después de que yo abandonara Palestina, me consternó enterarme de que unos terroristas lo habían asesinado a tiros una noche). Cuando lo conocí, su trato social se limitaba a unos pocos judíos que compartían sus opiniones; algunos eran europeos y otros, árabes. Parecía sentir una gran simpatía por los árabes, y estos también tenían una opinión muy elevada de él. A menudo lo invitaban a sus casas. En realidad, los árabes aún no se habían vuelto completamente hostiles a los judíos por el mero hecho de ser judíos. Solo después de la Declaración Balfour —es decir, pese a haber vivido durante cientos de años en armonía y codo con codo, y a pesar de una conciencia de unidad étnica— los árabes comenzaron a considerar a los judíos enemigos políticos. Pero incluso en las cambiantes circunstancias de comienzos de la segunda década, los árabes distinguían claramente entre los sionistas y los judíos amistosos como el doctor De Haan.
…. …. …. …. ….
Aquellos primeros meses, determinados por el destino, de mi viaje entre los árabes parecían haber desencadenado una corriente de sentimientos y reflejos de la conciencia. En realidad, ciertos deseos y anhelos personales hasta entonces inexpresados comenzaron a reclamar un lugar en mi conciencia.
Me encontré ante una concepción de la vida completamente nueva para mí. Me pareció que de la sangre de aquellas personas brotaba un aliento cálido, ardiente y humano que se manifestaba en sus pensamientos y en sus gestos; no existían en ellos las dolorosas grietas del alma, los fantasmas del miedo, el resentimiento y las barreras mentales que habían vuelto más fea la vida europea y tan indigente en cuanto a promesas… Nada de eso existía entre estos árabes. Sin saberlo, comencé a encontrar entre ellos algo de lo que yo mismo había anhelado: una actitud emocional para afrontar con ligereza todas las cuestiones de la vida. Podría llamarse un noble sentido común en materia de sentimientos.
Con el tiempo, comprender la esencia de este pueblo musulmán se convirtió para mí en lo más importante. No porque su religión me atrajera —pues todavía sabía muy poco de ella—, sino porque había percibido en ellos una armonía innata entre la mente y los sentidos, una armonía que Europa había perdido. ¿No sería posible que, comprendiendo más profundamente la vida de los árabes, descubriéramos la relación secreta entre los sufrimientos de nuestro mundo occidental, su devastadora carencia de solidaridad humana y las causas de esos sufrimientos? ¿Qué es lo que nos ha enseñado a nosotros, los occidentales, a huir de aquella libertad suprema de la vida que poseen estos árabes, incluso en esta época de decadencia mental y política; una libertad de la que quizá también fuimos dueños en algún momento del pasado? Si no hubiera sido así, ¿cómo habríamos podido crear las grandes obras de arte de nuestro pasado, las magníficas iglesias de la Edad Media, el arrebato delirante del Renacimiento, el juego de luces y sombras en las pinturas de Rembrandt, las melodías de Bach, el delicado y suave ensueño de Mozart, la gloria de las plumas del pavo real en las pinturas de nuestros campesinos y el vuelo de Beethoven, estruendoroso y lleno de esperanza, hacia cumbres imprecisas y casi inalcanzables, desde donde el hombre puede decir: “Yo y mi destino somos una misma cosa».
Como no conocemos la naturaleza y las características de la fuerza espiritual, ya no nos es posible utilizar verdaderamente esas fuerzas. ¡Nunca volverá a nacer entre nosotros un Beethoven ni un Rembrandt! En su lugar, ahora solo conocemos feroces disputas en torno a nuevas formas de expresión en las bellas artes, las ciencias sociales y la ciencia política; consignas contradictorias y una lucha encarnizada entre políticas minuciosamente planificadas. Todas nuestras máquinas y nuestros edificios que rozan el cielo no han podido hacer nada para recuperar la integridad de nuestro espíritu. Pero, aun así… ¿se ha perdido realmente para siempre la gloria espiritual perdida de la Europa del pasado? Al comprender dónde nos equivocamos, ¿no podemos recuperar al menos una parte de aquella gloria espiritual?
Y lo que al principio no era para mí más que simpatía por los objetivos políticos de los árabes, por las formas externas de la vida árabe y por la seguridad emocional que observaba en los miembros de aquel pueblo, se transformó poco a poco, sin que yo me diera cuenta, en algo comparable a una búsqueda personal. Poco a poco fui cobrando mayor conciencia de un deseo absorbente y extático: el deseo de saber qué había en la raíz de su confiada seguridad emocional y qué era aquello que había hecho la vida de los árabes tan distinta de la vida occidental. Y me pareció que ese deseo estaba misteriosamente relacionado con mis propios problemas más profundos. Empecé a buscar un camino que me permitiera obtener una comprensión más profunda del carácter y las ideas de los árabes; un carácter y unas ideas que les habían dado una forma particular y que, espiritualmente, los habían hecho tan distintos de los europeos. Comencé a estudiar profundamente su historia, su cultura y su religión. Y en ese impulso que sentía por descubrir aquello que había inspirado y colmado sus corazones y les había mostrado el camino, creí vislumbrar la inspiración de un poder secreto que me había inspirado, me había colmado y me prometía orientación.
La voz
I
Avanzamos montados en camellos, y Zayed canta. Las dunas son ahora más anchas que antes. Aquí y allá, la arena deja paso a lechos de guijarros y a fragmentos de basalto, y justo delante de nosotros, muy al sur, se alza la línea sombría de una cordillera: la cordillera de Jabal Shammar.
Los versos de la canción de Zayed penetran, fundidos, en mi sopor; pero precisamente en tal medida que las palabras que se me escapan adquieren un significado más vasto y profundo, sin relación alguna con su sentido externo.
Esta es una de esas canciones de los jinetes de camellos que se oyen con frecuencia en Arabia; canciones que la gente canta para mantener regulares y rápidos los pasos de sus bestias y para protegerse del sueño. Es la melodía de los hombres del desierto, que pasan sus días en un lugar sin límites ni fronteras, sin siquiera un eco: una melodía que siempre se entona en la tonalidad principal, en el mismo nivel sonoro, floja y algo áspera, surgiendo de la parte más alta de la garganta y desvaneciéndose poco a poco en el aire seco; como si el aliento del desierto hubiera quedado atrapado en una voz humana. Quien haya viajado alguna vez por el desierto jamás podrá olvidar esta voz. Esta voz es la misma en todos los lugares donde la tierra es estéril, el aire cálido, todo alrededor abierto e ilimitado y la vida difícil.
Avanzamos montados en camellos y Zayed sigue cantando, como sin duda cantaron antes que él su padre, todos los hombres de su tribu y los hombres de muchas otras tribus, durante miles de años; porque hicieron falta miles de años para formar estas melodías profundas y monótonas y darles su forma definitiva. La música occidental, melodiosa y de muchos tonos, expresa casi siempre algún sentimiento personal, pero estas melodías árabes —entonadas innumerables veces con el mismo aire— parecen ser apenas símbolos melódicos de percepciones extraídas de la tierra, experimentadas por muchas personas; no tienen por objeto despertar un sentimiento particular, sino hacerle recordar su propia experiencia espiritual. Estas melodías nacieron hace mucho, mucho tiempo, del clima del desierto, del ritmo del viento y de la vida nómada, de la sensación de la inmensidad de las llanuras y los espacios abiertos, de la contemplación de un presente eterno; y, del mismo modo que los aspectos fundamentales de la vida permanecen siempre iguales, estas melodías también están más allá del tiempo y del cambio.
En Occidente, rara vez alguien puede concebir una melodía de este tipo. En Occidente, las melodías individuales no son solamente un aspecto de la música; también son un aspecto de sus sentimientos y deseos. El clima frío, los ríos y arroyos que corren, las cuatro estaciones sucesivas: estos elementos imprimen a la vida un significado y una dirección tan multifacéticos que el occidental se ve naturalmente atormentado por numerosos deseos y, finalmente, por un anhelo intenso: el anhelo de actuar simplemente por la necesidad de actuar. Siempre tiene que crear, construir y vencer, para volver a experimentar su propia existencia en las diversas formas de su vida; y esta complejidad eternamente cambiante también se refleja en su música. Incluso en la elevada música occidental, ondulante y majestuosa, el sonido brota del pecho, y lo sublime asciende y desciende constantemente en ritmos diversos; en esta música habla esa «naturaleza faustiana» bajo cuya influencia los occidentales sueñan mucho más, desean mucho más y luchan mucho más por conquistar; pero quizá también pierden mucho más, ¡y pierden de manera mucho más dolorosa! Porque el mundo del occidental es el mundo de la historia: un mundo de continuo devenir, acontecer y pasar; carece de la serenidad de la quietud: el tiempo es un enemigo al que siempre hay que mirar con desconfianza; y la palabra «ahora» nunca lleva consigo indicio alguno de eternidad…
En cambio, el paisaje natural que rodea al árabe del desierto y de las estepas no lo transporta a un mundo onírico de encantamiento; para él, ese paisaje es una realidad tan dura como el día, sin lugar para que jueguen las luces y sombras de la emoción. Lo exterior y lo interior, el yo y el mundo, no son para él entidades opuestas y contradictorias, sino distintos aspectos de un presente inmutable; ningún temor secreto domina su vida, y cuando hace algo, lo hace por una necesidad exterior, no impulsado por el deseo de seguridad psicológica. Es verdad que, en términos materiales, no ha podido alcanzar con tanta rapidez como los occidentales el «éxito», pero ha logrado salvar su alma.
…. …. ….. …..
… «¿Hasta cuándo?», me pregunto, casi con un estremecimiento físico: ¿podrán Zayd y los hombres de la estirpe de Zayd salvar sus almas frente al peligro que los rodea por todas partes, con una sutileza y una crueldad tan implacables? Vivimos en una época en la que Oriente ya no puede permanecer inactivo frente a Occidente, que avanza. Miles de fuerzas políticas, sociales y económicas golpean las puertas del mundo musulmán. ¿Quedará el mundo musulmán abrumado bajo la presión del Occidente del siglo XX y, en ese proceso, perderá no solo sus propias formas tradicionales, sino también sus fundamentos espirituales?
Dos
Durante los años que pasé en Oriente Medio, de 1922 a 1926, primero como un forastero comprensivo y, desde entonces, como musulmán y partícipe de las esperanzas, aspiraciones y objetivos de la comunidad islámica, observé cómo los europeos iban devorando gradual e implacablemente la vida civilizada y la libertad política de los musulmanes; y allí donde las naciones musulmanas trataban de protegerse contra esta penetración, en todos los casos la opinión pública europea calificaba su resistencia de «xenofobia», con la actitud de quien se siente herido en su ingenua buena fe.
Europa se ha acostumbrado desde hace mucho a contemplar de manera tan burdamente simplificada todo lo que ocurre en Oriente Medio y a considerar la historia actual de Oriente Medio únicamente como un ámbito de los intereses europeos. Aunque en todas partes de Occidente —salvo en Gran Bretaña— la opinión pública siempre ha mostrado mucha simpatía por el movimiento de independencia irlandés o, fuera de Rusia y Alemania, por el despertar nacional de Polonia, esa simpatía nunca se ha extendido a las esperanzas, aspiraciones y sueños semejantes de los musulmanes. La principal justificación de Occidente es la fragmentación política y el atraso económico de Oriente Medio; y el propósito de toda intervención occidental activa, según quienes la promueven —y así lo dicen fingiendo buenas intenciones—, no es únicamente proteger los «legítimos» intereses de Occidente, sino también impulsar el progreso de los habitantes locales.
Los expertos occidentales en asuntos de Oriente Medio olvidan por completo que toda intervención directa desde el exterior, incluso la bienintencionada, no hace sino obstaculizar el desarrollo de un país, y están siempre dispuestos a tragarse afirmaciones de este tipo. Solo ven los nuevos ferrocarriles construidos por las potencias coloniales; no perciben la destrucción de la estructura social de un país. Cuentan los nuevos kilovatios de electricidad, pero no cuentan el golpe asestado al orgullo de una nación.
Las mismas personas que jamás aceptarían la «misión civilizadora» de Austria en los Balcanes como pretexto razonable para la intervención austríaca en esa región, aceptan, sin embargo, con entusiasmo pretextos idénticos cuando se trata de Gran Bretaña en Egipto, de Rusia en Asia Central, de Francia en Marruecos y de Italia en Libia; y jamás se les ocurre pensar que muchas de las enfermedades sociales y económicas que afligen al Oriente Medio son consecuencia directa de esos intereses occidentales; tampoco se les ocurre pensar que el objetivo inevitable de la intervención occidental es hacer permanentes y más profundas las divisiones internas ya creadas y, de ese modo, imposibilitar la integración de los pueblos implicados.
Empecé a percibirlo por primera vez en 1922, cuando observé el doble papel de los gobernantes británicos en el conflicto entre árabes y sionistas. Para mí se volvió aún más claro a comienzos de 1923, cuando, después de pasar varios meses recorriendo Palestina, llegué a Egipto. Egipto se hallaba entonces sumido en un movimiento revolucionario casi ininterrumpido contra el protectorado británico. Se arrojaban bombas en todos los lugares públicos frecuentados por los soldados británicos, y se respondía con diversos métodos represivos: gobierno militar, detenciones políticas, deportación de dirigentes, cierre de periódicos, etcétera. Pero, por severas que fueran estas medidas, ninguna de ellas pudo sofocar el anhelo de libertad del pueblo. Por toda la nación egipcia había pasado algo semejante a una oleada de llanto ansioso y reprimido; no era un llanto de desesperación, sino el llanto de un entusiasmo impaciente, el llanto provocado por la excitación de descubrir la fuente de la propia fuerza interior.
En aquellos días, solo los pachás ricos, propietarios de enormes latifundios, eran conciliadores con el dominio británico. El resto de la incontable multitud, entre la que se encontraban los desdichados fellahin, para quienes un acre de tierra parecía una bendición, una riqueza para toda una familia, apoyaba el movimiento por la libertad. Un día quizá se oía a los vendedores de periódicos gritar por las calles: «¡Todos los dirigentes del Partido Wafd han sido detenidos por el gobernador militar!». Pero al día siguiente sus puestos ya estaban ocupados por nuevos dirigentes; así crecían tanto el hambre de libertad como el resentimiento. Los europeos solo tenían una palabra para aquello: «xenofobia».
En aquel entonces, la razón principal de mi llegada a Egipto era un deseo: quería ampliar, para la Frankfurter Zeitung, el ámbito de mi trabajo más allá de Palestina, hacia otros países. La situación económica del tío Dorian no era tan holgada como para mostrarse muy entusiasmado por mí; aun así, él mismo tomó la iniciativa y me dio algo de dinero por adelantado, suficiente apenas para pagar el viaje en tren de ida y vuelta de Jerusalén a El Cairo y los gastos de quince días de estancia allí.
En El Cairo encontré alojamiento en un callejón estrecho, habitado principalmente por artesanos árabes y comerciantes griegos. La dueña de mi casa era una anciana de Trieste, alta, corpulenta, desaliñada y de cabellos blancos. Desde la mañana hasta la noche se echaba al gaznate fuerte aguardiente griego y tropezaba al pasar de un estado de ánimo a otro. Su temperamento era muy violento e intenso, y parecía no comprender jamás su propia naturaleza. Pero era amistosa conmigo, y me agradaba su presencia.
Al cabo de aproximadamente una semana, casi se me acabó el dinero en efectivo. No quería regresar tan pronto a la seguridad de la casa de mi tío en Palestina. Así que empecé a buscar otra manera de ganarme la vida.
Mi amigo de Jerusalén, el doctor de Haan, había entregado a un comerciante de El Cairo una carta en la que me presentaba. Fui a verlo para pedirle consejo. Era holandés; descubrí que era sumamente generoso y bondadoso, y que su curiosidad y sus intereses intelectuales se extendían mucho más allá de su propio campo de actividad. Por la carta de Jacob de Haan supo que yo era corresponsal de la Frankfurter Zeitung. A petición suya, cuando le mostré algunos artículos míos publicados recientemente, las cejas se le arquearon hasta la frente de asombro:
—Dígame, ¿cuántos años tiene?
—«Veintidós años».
—«Entonces, tenga la bondad de hablarme de otra cosa. ¿Quién le ayudó con estos artículos? ¿Dya Han?»
Me reí: «¡Claro que no, los escribí yo mismo! Siempre hago mi trabajo por mí mismo. Pero ¿por qué sospecha usted?»
Negó con la cabeza, como aturdido por el asombro: «Pero resulta verdaderamente sorprendente… ¿De dónde obtuvo la madurez necesaria para escribir artículos de este tipo? ¿Cómo consigue usted dar un significado casi místico, en media frase, incluso a cosas que parecen tan corrientes?»
El respeto que se ocultaba en aquellas palabras me llenó de un orgullo imposible de expresar. Como consecuencia, mi sentido de la dignidad aumentó considerablemente. En la conversación con este nuevo amigo mío quedó claro que en su propio negocio no había ninguna posibilidad de empleo; pero él pensaba que quizá podría conseguirme un trabajo en una empresa egipcia con la que mantenía relaciones comerciales.
La oficina que me mostró estaba en uno de los barrios más antiguos de El Cairo. No quedaba muy lejos de mi vivienda: un callejón estrecho, flanqueado por antiguas casas señoriales, ahora convertidas en oficinas y apartamentos baratos. Mi futuro patrón era un comerciante egipcio anciano y calvo, cuyo rostro se parecía al de un buitre curtido por los años. Necesitaba un empleado a tiempo parcial que se encargara de la correspondencia en francés en su nombre. Logré convencerlo de que podía desempeñar esa tarea, aunque no tenía la menor experiencia comercial. Solo tendría que trabajar tres horas. El sueldo era bajo en proporción, pero bastaba para pagar el alquiler y mantenerme indefinidamente satisfecho con pan, leche y aceitunas.
Entre mi vivienda y la oficina se encontraba el barrio de prostitutas de El Cairo. Era un laberinto intrincado donde las prostitutas de clase alta y baja pasaban sus días y sus noches. Por la tarde, cuando iba al trabajo, veía los callejones vacíos y silenciosos. En la sombra de una ventana enrejada, alguna mujer quizá extendía perezosamente su cuerpo; frente a una casa u otra, sentadas junto a pequeñas mesas con hombres serios y barbudos, las muchachas bebían café tranquilamente y parecían muy alejadas de la embriaguez física.
Pero por la tarde, cuando regresaba a casa, descubría que el barrio era más animado que cualquier otro. El barrio zumbaba con las suaves y delicadas melodías de las flautas árabes, los tambores y las risas de las mujeres. Mientras caminaba bajo la luz de numerosas bombillas eléctricas y linternas de colores, a cada paso un brazo suave se enroscaba alrededor de su cuello; podía ser moreno o blanco, pero siempre tintineaba con cadenas y pulseras de oro y plata, y siempre desprendía el olor del almizcle, el guggul y la piel caliente de los animales. Tenía que mantenerse muy firme, liberarse de todos aquellos abrazos sonrientes y de las llamadas: «¡Ya habibi!», «¡Oh, mi querido Sa’adatak!», «¡Que seas feliz!». Tenía que abrirse paso entre miembros palpitantes, la mayoría de los cuales lo embriagaban con sus cuerpos sencillos, hermosos y llenos de insinuantes pliegues. Todo Egipto parecía desplomarse sobre usted; Marruecos, Argelia, Sudán, Nubia; Arabia, Armenia, Siria, Irán: hombres altos vestidos con ropas de seda estaban sentados juntos en bancos colocados a lo largo de las paredes de las casas, exultantes de alegría… riendo, llamando a las muchachas o fumando en silencio sus narguiles de coco. Pero no todos eran «clientes» de allí… muchos habían venido a pasar una o dos horas en el ambiente alegre y libre de convenciones del barrio… A veces tenía que retroceder ante un derviche sudanés vestido con harapos, que cantaba pidiendo limosna, con el rostro absorto y las dos manos extendidas, inmóviles. El humo del incienso que salía del incensario oscilante del vendedor ambulante de perfumes le cepillaba el rostro en forma de nubes en espiral. A menudo oía canciones entonadas al unísono y comenzaba a comprender el significado de algunos de aquellos suaves sonidos árabes, sibilantes… Y una y otra vez oía expresiones de dicha, suaves como el murmullo de un arroyo… La felicidad animal de aquellas muchachas —pues sin duda alguna se estaban disfrutando a sí mismas—, vestidas con ropas de color azul claro, amarillo, rojo, verde, blanco y dorado reluciente, confeccionadas con fina seda, delicado tul tejido en una sutil malla, voile o telas estampadas; y sus risas, que corrían silenciosas como gatos sobre las aceras cubiertas de guijarros: ahora exaltadas, ahora apagadas y, al instante siguiente, volvían a brotar de los labios de otras…
Estos egipcios… ¿cómo era posible que sonrieran así? ¡Con qué alegría y buen humor recorrían, día y noche, las calles de El Cairo, balanceándose al andar y dando largas zancadas, vestidos con sus largas «galabeyas» semejantes a camisas, adornadas con franjas de todos los colores del arcoíris! Caminaban con el ánimo ligero y el espíritu libre, de tal manera que parecía que la pobreza, el descontento y la agitación política que trituraban la vida humana solo tenían para la gente una importancia relativa. En la tremenda excitación, siempre a punto de estallar, de aquellas personas, quedaba espacio para la calma absoluta, incluso para la indolencia, como si nunca hubiera ocurrido nada ni se hubiera perdido nada. Por eso la mayoría de los europeos pensaba —y quizá todavía piensa— que los árabes son ligeros y superficiales como seres humanos. Pero ya en aquellos primeros días comprendí que la raíz de ese desprecio occidental hacia los árabes está en la tendencia a conceder una importancia excesiva a todas las emociones que parecen «profundas» y a condenar todo cuanto es «ligero» y superficial, todo cuanto es liviano, etéreo y despreocupado. Comprendí que los árabes están libres de todos los conflictos, tensiones y presiones mentales que caracterizan a Occidente. Entonces, ¿cómo podemos aplicarles nuestros propios criterios? Si nos parecen «ligeros» y superficiales, quizá se deba también a que sus emociones fluyen espontáneamente en su conducta, sin tener que enfrentarse a conflictos ni contradicciones. Tal vez, bajo la presión de la «occidentalización», ellos también pierdan poco a poco esta característica natural de entrar en contacto directo con la realidad. Pues, aunque la influencia occidental sea de muchas maneras un estímulo y un factor fecundo para el pensamiento árabe contemporáneo, inevitablemente crea entre los árabes los mismos problemas graves que afligen y atormentan la vida espiritual y social de Occidente.
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Justo enfrente de mi habitación —y tan cerca que casi podía alcanzarla extendiendo la mano— había una pequeña mezquita con un minarete estrecho, desde el cual se hacía cinco veces al día el llamado a la oración, el adhan. Un hombre con un turbante blanco subía al minarete, alzaba ambas manos y cantaba con melodiosa voz: «Allahu Akbar» —Dios es grande, el Supremo—, «y doy testimonio de que Muhammad es el Mensajero de Dios…». Mientras se volvía lentamente hacia los distintos puntos del horizonte, el sonido de su voz ascendía y se elevaba en el aire despejado, oscilando y vibrando sobre las profundas palabras guturales de la lengua árabe, avanzando y retrocediendo alternativamente. Su voz era grave, sonora, suave y firme, con mucho espacio para las modulaciones. Pero comprendí que era la emoción ardiente, y no la habilidad oratoria, lo que hacía hermosa aquella voz.
Esta melodía del «muezzin» era la música fundamental de mis días y mis tardes en El Cairo, exactamente como lo había sido para mí en la antigua ciudad de Jerusalén y como siguió siéndolo, durante cada uno de mis viajes posteriores por países musulmanes, mi única música. A pesar de las diferencias dialectales y de las variaciones de pronunciación que se hacen evidentes en la conversación cotidiana de la gente, el adhan se proclama en todas partes. A partir de esta unidad de sonido comprendí, ya durante aquellos días en El Cairo, cuán profunda era la unidad interior de todos los musulmanes y cuán artificial e insignificante era la línea que los separaba. Su manera de pensar era la misma; todos los musulmanes coincidían al distinguir entre el bien y el mal, entre lo honrado y lo deshonesto, y también compartían la misma idea de los elementos de una vida noble.
Por primera vez sentí que había encontrado un pueblo en el que el parentesco entre los seres humanos no se basaba en haber nacido por azar de la misma sangre o linaje, ni en intereses económicos, sino en algo mucho más profundo y duradero. El origen de ese parentesco era una misma visión del mundo, una visión que eliminaba todos los obstáculos que, bajo diversas formas, producen el aislamiento entre las personas.
En el verano de 1923 regresé a Jerusalén enriquecido por una visión más clara de la vida y la política del Oriente Medio.
Con la ayuda de mi amigo Yakub de Haan conocí al emir Abdullah de Transjordania, la región vecina. Me invitó a visitar su reino. Allí vi por primera vez un país beduino auténtico. La capital, Ammán, era entonces una pequeña ciudad construida sobre las ruinas de Filadelfia, la colonia griega fundada por Ptolomeo Filadelfo. No tenía más de seis mil habitantes. Las calles estaban llenas de beduinos, beduinos auténticos de las estepas abiertas, ¡guerreros independientes y pastores de camellos, de los que rara vez se veía alguno en Palestina! Las carretas de bueyes circasianas —pues la ciudad había sido poblada originalmente por circasianos, que se establecieron allí después de que los rusos ocuparan su patria en el siglo XIX— avanzaban lentamente y con dificultad por el mercado. Aunque el mercado no era muy grande, el bullicio y la excitación que allí reinaban habrían sido propios de una ciudad mucho mayor.
No había muchos edificios en la ciudad; por eso el emir Abdullah vivía entonces en un campamento de tiendas levantado sobre una colina, que parecía contemplar desde lo alto la ciudad de Ammán. Su tienda era algo más grande que las demás; en su interior había varias habitaciones separadas por particiones de lona, y se distinguía de todas las otras por su extrema sencillez. En una de aquellas habitaciones, en un rincón, había una cama hecha con una piel de oso negro extendida sobre el suelo. En la sala de recepción, para apoyar los brazos cuando alguien se sentaba sobre la alfombra, había una hermosa silla de montar de camello, o un par de ellas, con los extremos adornados con trabajo de plata.
Cuando entré en la tienda del principal consejero del emir, el doctor Riza Tewfik Bey, allí solo había un negro, vestido con suntuosas ropas de brocado y con un cuchillo de oro al cinto. Riza Tewfik Bey era turco; anteriormente había sido profesor universitario y, antes de Kemal Atatürk, había sido durante tres años miembro del gabinete turco. Me dijo que el emir regresaría en unos minutos. En ese momento estaba conversando con varios jefes beduinos sobre la última incursión najdí en el sur de Transjordania. Aquellos najdíes wahabíes, me explicó el doctor Riza, habían asumido dentro del islam un papel no muy distinto del de los reformistas ortodoxos del mundo cristiano, pues se oponían encarnizadamente al culto de los santos y derviches, así como a las supersticiones místicas que se habían introducido en el islam a lo largo de muchos siglos. Además, eran enemigos irreconciliables de la familia sharifiana, cuyo jefe era el padre del emir, el rey Husein del Hiyaz. Según Riza Tewfik Bey, las opiniones religiosas de los wahabíes no podían rechazarse de plano; de hecho, sus ideas estaban mucho más cerca del espíritu del Corán que las concepciones existentes entre la población de los demás Estados musulmanes. Y podían ejercer una influencia beneficiosa en el desarrollo cultural del islam. Sin embargo, su extremado fanatismo había dificultado que los demás musulmanes comprendieran plenamente el movimiento wahabí; y esta deficiencia, decía, quizá no resultara indeseable en ciertos círculos, que consideraban la posible reunificación de las naciones árabes como la perspectiva de un peligro terrible.
Al cabo de un rato entró el emir. Tendría unos cuarenta años, era de estatura mediana, llevaba una barba corta de color dorado y unas zapatillas de charol negro, y avanzaba con paso suave, vestido con una holgada túnica árabe de seda blanca y reluciente, sobre la que llevaba una ‘abaya de algodón blanco casi transparente. Dijo:
—«Ahlan wa sahlan» —«Esta es su casa, siéntase cómodo»—. Era la primera vez que oía este hermoso saludo árabe.
Había algo en la personalidad del emir Abdullah que resultaba atractivo, algo que casi conquistaba a la gente por la fuerza: su profundo sentido del humor, su conversación rebosante de emoción y su ingenio. No resulta difícil comprender por qué gozaba entonces de tanta popularidad entre su gente. Por supuesto, muchos árabes no estaban contentos con el papel que había desempeñado en la revuelta sharifiana contra los turcos, instigada por los británicos. Consideraban su papel una traición de musulmanes contra musulmanes. A pesar de ello, obtuvo bastante prestigio al asumir el liderazgo en la defensa de los intereses árabes contra el sionismo. Aún no había llegado el día en que los vericuetos de su política harían que su nombre fuera detestado en todo el mundo árabe.
Mientras bebíamos a sorbos el café que el sirviente abisinio nos había servido en pequeñas tazas, conversábamos. De vez en cuando nos ayudaba el doctor Riza, que hablaba un francés excelente. Hablábamos de las dificultades de gobernar este nuevo país, Transjordania. Allí todos llevaban armas y estaban acostumbrados a obedecer únicamente las leyes de su propia tribu. —Pero —dijo el emir—, el sentido común de los árabes es excelente. Hasta los beduinos han empezado a comprender que, para liberarse de la dominación extranjera, deben abandonar necesariamente su antigua costumbre de hacer cada cual lo que le place. Las disputas y conflictos entre las distintas tribus, de los que seguramente habrá oído hablar, han comenzado ahora a disminuir poco a poco.
Luego continuó describiendo a los inquietos e indisciplinados beduinos: luchaban entre sí por el menor pretexto. Sus enemistades familiares se prolongaban a menudo durante muchas generaciones y, a veces, pasaban del padre al hijo, incluso durante siglos, dando lugar a nuevos asesinatos, derramamientos de sangre y renovadas amarguras, aunque la causa original se hubiera perdido casi por completo en el abismo del olvido. Solo había un camino hacia una solución pacífica: si un joven de la tribu y el clan del hombre asesinado anteriormente raptaba y se casaba con una doncella del clan y la tribu del culpable, la sangre derramada la noche de bodas —la sangre de la tribu del asesino— se consideraba simbólica y, en última instancia, una venganza por la sangre derramada en el momento del asesinato. A veces ocurría que los miembros de ambas tribus estaban exhaustos por una enemistad que se había prolongado durante muchas generaciones, pues la fuerza de ambos bandos se consumía en ella. En tales casos, a menudo un casamentero de una tercera tribu organizaba el rapto.
—He hecho algo aún mejor —me dijo el emir—. He creado una verdadera «Comisión de Feudos Familiares»; está formada por hombres de confianza. Recorren todo el país y organizan este tipo de raptos simbólicos y matrimonios entre las tribus enfrentadas. Pero —dijo, con un destello en los ojos— siempre procuro explicarles a los miembros de la comisión que deben actuar con prudencia al elegir a las doncellas, porque no quiero que, a causa de la posible decepción del novio, vuelva a surgir una enemistad dentro de la propia familia.
De detrás de la cortina salió un muchacho de unos doce años. Cruzó a toda velocidad y con pasos silenciosos la habitación de la tienda, oscurecida por el anochecer, y saltó sobre el lomo de un caballo que estaba fuera de la tienda, sin poner los pies en los estribos; un sirviente sostenía el caballo, que estaba preparado para él. El muchacho no era otro que Tala, el hijo mayor del emir. En su cuerpo ligero, en la forma en que montó de un salto al caballo y en su mirada luminosa volví a percibir aquello: una conexión real, libre de sueños, con su propia vida, que había situado a Arabia a una distancia tan remota de todo cuanto había tenido ocasión de conocer en Europa.
Al advertir mi mirada manifiestamente admirativa hacia su hijo, el «Amir» dijo: «Ha crecido como cualquier otro niño árabe, con un solo pensamiento en la mente: libertad, azadi». Nosotros, los árabes, no creemos estar libres de defectos ni de errores. Pero queremos cometer nuestros errores nosotros mismos y aprender así cómo evitarlos. Del mismo modo que un árbol aprende a crecer mientras crece, o una corriente encuentra su propio curso correcto mientras fluye. No queremos que nos señalen el camino de la sabiduría aquellos que carecen de sabiduría propia y sólo tienen poder, armas y riquezas; aquellos que sólo saben perder a los amigos que fácilmente podrían haber conservado como amigos. [En aquel momento (1923), nadie sospechaba que, más adelante, una amarga disputa destruiría la relación entre el Amir Abdallah y su hijo Talal: el hijo odiaba la actitud conciliadora de su padre hacia la política británica en el mundo árabe, y el padre expresaba su descontento ante los vehementes discursos de su hijo. Ni entonces ni después observé jamás en Talal síntomas de enfermedad mental, el pretexto que se utilizaría para obligarlo a abdicar del trono de Jordania en 1952.]
No tenía intención de permanecer indefinidamente en Palestina. Jakob de Haan volvió a acudir en mi ayuda. Su reputación como periodista estaba sólidamente establecida y mantenía relaciones con personas e instituciones de toda Europa. Gracias a su recomendación, logré concertar contratos con dos pequeños periódicos para escribir una serie de artículos; uno de ellos era inglés y el otro suizo. El acuerdo consistía en que los periódicos me pagarían los honorarios en florines neerlandeses y francos suizos. Eran periódicos provincianos y tampoco gozaban de mucho prestigio. No tenían capacidad para pagar grandes sueldos. Pero, debido a la sencillez de mis hábitos, el dinero que recibí de ellos me pareció suficiente para costear el viaje que planeaba, de un extremo al otro del Oriente Medio.
Mi intención era ir primero a Siria. Pero las autoridades francesas, que acababan de establecer su autoridad en medio de una población hostil, no estaban dispuestas a conceder un permiso de entrada a un antiguo soldado enemigo extranjero de Austria. El golpe fue cruel, pero nada podía hacer al respecto. Así que decidí ir a Haifa y, una vez allí, embarcarme rumbo a Estambul. Naturalmente, esto también formaba parte de mi plan.
Durante el viaje en tren de Jerusalén a Haifa me ocurrió un percance. Perdí por el camino un abrigo en cuyo bolsillo estaban mi salvoconducto y una pequeña bolsa. Sólo me quedaron unas pocas monedas de plata en el bolsillo del pantalón. Por lo tanto, de momento no había posibilidad alguna de ir a Estambul: no tenía pasaporte ni dinero. No me quedaba más remedio que regresar a Jerusalén en autobús. Tendría que pagar el pasaje al llegar allí, pidiéndole prestado, como de costumbre, al tío Dorian. En Jerusalén tendría que esperar varias semanas para obtener un salvoconducto del consulado austríaco de El Cairo (pues entonces no había ningún consulado en Palestina) y recibir más dinero de Holanda y Suiza.
Así fue como, a la mañana siguiente, me presenté en una oficina de autobuses a las afueras de Haifa. Ya había terminado de discutir el precio del pasaje. Faltaba todavía una hora para que saliera el autobús. Para matar el tiempo, comencé a caminar de un lado a otro por la calle, avanzando y luego regresando; me sentía infinitamente irritado conmigo mismo, irritado con mi destino, que me obligaba a retroceder de una manera tan humillante en la lucha por la vida. La mendicidad siempre resulta desagradable, y el pensamiento de que mi plan de regresar a Jerusalén había fracasado, aquel sentimiento de derrota, era lo más amargo, tanto más porque Dorian siempre había dudado de que pudiera llevar a cabo mi plan con tan poco dinero. Además, no podría viajar a Siria, y sólo Dios sabía si alguna vez volvería a esta región del mundo. Existía, desde luego, la posibilidad de que en algún momento posterior el «Frankfurter Zeitung» sufragara otro viaje mío al Oriente Medio, y de que el Gobierno francés levantara algún día las restricciones impuestas a los extranjeros de países enemigos. Pero nada de eso era seguro y, mientras tanto, se me había negado la dicha de visitar Damasco… «¿Por qué?», me pregunté con amargura. «¿Por qué se me ha prohibido Damasco?»
Pero ¿era realmente así? Naturalmente, no tenía pasaporte ni dinero. Pero ¿eran de verdad absolutamente indispensables el pasaporte y el dinero…?
De pronto me detuve al llegar tan lejos en mis pensamientos. Si tenía suficiente valor, podía viajar a pie, confiando en los campesinos árabes. Y quizá pudiera cruzar la frontera de algún modo, en secreto, sin preocuparme por el pasaporte ni por el permiso de entrada…
Y antes de que llegara a ser plenamente consciente de ello, mi decisión ya estaba tomada: iba a Damasco. Había vuelto a cambiar de opinión, y sólo necesité un par de minutos para convencer a los conductores de autobús de que, al fin y al cabo, no iba a Jerusalén. Me llevaron unos minutos más conseguir un par de monos azules y una «kufiya» árabe… (era probablemente la mejor manera de protegerse del abrasador sol de Arabia), meter algunas cosas necesarias en una bolsa y disponer que mi maleta fuera enviada al tío Dorian, C. y D. Después emprendí el largo camino a pie hacia Damasco.
Era imposible separar de la felicidad aquel indomable sentido de libertad que me embargaba. En el bolsillo solo llevaba unas pocas monedas sueltas. Me disponía a correr el riesgo de cometer un acto ilegal, por el cual podía ser arrojado a la cárcel. Ante mí se alzaba, de manera vaga e incierta, el problema de cruzar la frontera. Había apostado únicamente por mi ingenio; la conciencia de ello era la causa de mi felicidad. Hoy soy feliz.
Comencé a caminar por el camino de Galilea. Por la tarde, la llanura de Esdraelón quedó a mi derecha. Aquella llanura estaba más baja que el camino por el que avanzaba; aquí y allá aparecía dividida en fragmentos de luz y sombra. Seguí adelante a través de Nazaret y, antes del anochecer, llegué a una aldea árabe, sombreada por canelos y cipreses. En la puerta de la primera casa estaban sentados tres o cuatro hombres y mujeres. Pregunté desde allí si aquella aldea era Ar-Raína. Cuando me respondieron que sí, me dispuse a reanudar la marcha. En ese momento una de las mujeres me llamó: «Ya sidi, ¿no quiere refrescarse un poco?». Luego, como si hubiera comprendido que tenía sed, me tendió una jarra llena de agua fría.
Cuando hube bebido agua y refrescado la garganta, uno de los hombres, naturalmente el marido de aquella mujer, me preguntó:
—¿Tendría la bondad de comer con nosotros? ¿Y no pasaría la noche en nuestra casa?
No me preguntaron quién era, adónde me dirigía ni cuál era mi propósito. Pasé allí la noche como su huésped.
Ser huésped de un árabe: hasta los escolares de Europa oyen todo tipo de historias al respecto. Ser huésped de un árabe significa entrar, durante unas horas, por un breve tiempo, verdadera y plenamente en la vida de personas que desean ser «su hermano o su hermana». La raíz de tan intensa y generosa hospitalidad árabe no es únicamente una noble tradición; su verdadera causa es la libertad de su espíritu. Están tan libres de desconfianza hacia sí mismos que pueden abrir fácilmente el corazón a los demás. Ninguno de esos árabes necesita las aparentes y hermosas murallas que, en los países occidentales, cada persona levanta entre sí misma y su vecino.
Comimos todos juntos, hombres y mujeres, sentados con las piernas cruzadas sobre una estera alrededor de una enorme bandeja. La bandeja estaba llena de «gachas», preparadas con trigo partido grueso y leche. Mis anfitriones arrancaban pequeños trozos de aquellos panes grandes, aunque delgados como el papel, y con ellos recogían las gachas con tal habilidad que sus dedos nunca tocaban la comida. Me ofrecieron una cuchara, pero no la acepté: intenté, y lo logré, imitar su sencillo, limpio y admirable modo de comer, y mis amigos se mostraron claramente complacidos.
Cuando nos acostamos, casi una docena de personas en la misma habitación, miré las vigas del techo, de las que colgaban hileras de pimientos secos y plantas de berenjena; miré los estantes de las paredes, llenos de utensilios de cobre y piedra, y los cuerpos de hombres y mujeres dormidos. Entonces me pregunté: ¿podría alguna vez mi propia casa haberme parecido más íntima que esta?
En los días siguientes, cuando el color marrón ceniciento de las montañas de Judea, junto con sus sombras azul grisáceas y violetas, fue quedando poco a poco atrás, aparecieron ante mi vista las montañas más alegres y fértiles de Galilea. Numerosos manantiales y arroyos surgían inesperadamente. La vegetación se volvía cada vez más densa. Vi hileras de olivos cubiertos de espesos follajes y altos cipreses oscuros; las flores del verano pasado aún se veían en las laderas de las montañas.
A veces camino con los camelleros durante un trecho y disfruto por unos momentos de la calidez de sus corazones sencillos. Todos bebemos agua de mi cantimplora y fumamos juntos el mismo cigarrillo; después camino solo, paso las noches en las casas de los árabes y me siento con ellos a comer su pan. Camino día tras día por la cálida y baja región que se extiende junto a la orilla del lago de Galilea y a través del suave y apacible frescor de la región del lago Hula. El lago es como un espejo metálico cubierto por una neblina plateada, con un tinte rojizo producido por los últimos rayos del sol vespertino que se ciernen sobre el agua. Cerca de la costa viven pescadores árabes, en chozas hechas de esteras de juncos apenas sostenidas sobre entramados de ramas. Son muy pobres, pero en sus cabañas abiertas al aire, vestidos con algunas prendas desteñidas y descoloridas, no parecen necesitar más que unos puñados de trigo para hacer pan y los peces que capturan con sus propias manos; y siempre parecen tener abundante disposición para invitar al viajero a su casa y sentarse a comer con él.
El lugar más septentrional de Palestina es la colonia judía de Metula; más tarde supe que Metula era una pequeña franja vacía entre la Palestina gobernada por los británicos y la Siria ocupada por los franceses. Poco después, sobre la base de un acuerdo entre los dos gobiernos, Metula y otras dos colonias vecinas pasaron a formar parte de Palestina. Durante aquellas pocas semanas del período intermedio, ninguno de los dos gobiernos ejercía una autoridad efectiva sobre Metula. Por eso era un lugar excelente desde el cual entrar fácilmente en Siria. Había comprendido que, a partir de allí, en las carreteras principales se exigían documentos de identidad a los viajeros. Al parecer, el control sirio era el más estricto. En la práctica, no era posible avanzar mucho. La policía obligaba a detenerse a todos los viajeros. Metula todavía era considerada parte de Siria. Por lo tanto, al igual que los habitantes de las demás partes del país, cada residente de allí debía llevar un documento de identidad expedido por las autoridades francesas. Conseguir uno de esos documentos de identidad se volvió especialmente urgente para mí.
Me informé sobre el asunto con mucho cuidado. Finalmente me llevaron ante un hombre que quizá, a cambio de alguna ganancia, podía entregarme su propio documento de identidad. Era un hombre enorme, de unos cuarenta años; la descripción que figuraba en el documento grasiento y doblado que sacó del bolsillo del pecho era exactamente así. Pero como el documento no tenía fotografía, el problema no parecía insuperable.
—¿Cuánto quiere por él? —pregunté.
—Tres libras.
Saqué y empecé a contar todas las monedas que tenía en el bolsillo; al contarlas, vi que tenía cincuenta y cinco piastras, es decir, apenas algo más de media libra en total.
—Esto es todo lo que tengo —dije—. Debo guardar parte de ello para el resto de mi viaje. No puedo darle más de veinte piastras (es decir, no tengo capacidad para pagar más de exactamente una quinta parte de lo que pide).
Tras varios minutos de regateo, se acordó que se pagarían treinta y cinco «piastras». El documento estaba ahora en mis manos. Una de sus hojas estaba impresa y contenía dos columnas: una en francés y otra en árabe. La información necesaria estaba escrita con tinta sobre líneas punteadas. No tuve que preocuparme demasiado por la descripción personal que figuraba allí, porque era como suelen ser esas descripciones; es decir, asombrosamente vagas e imprecisas. Pero la edad indicada era de treinta y nueve años, mientras que yo apenas tenía veintitrés y aparentaba veinte. Incluso un policía poco atento detectaría fácilmente la discrepancia; por eso se volvió indispensable reducir la edad consignada en el documento. Si la edad hubiera aparecido en un solo lugar, modificarla no habría sido tan difícil, pero, para mi desgracia, estaba escrita tanto en francés como en árabe. Con mucho cuidado usé la pluma para cambiar la cifra; pero el resultado no parecía muy apto para hacer creíble la falsificación. Cualquiera con ojos se daría cuenta de que la cifra había sido modificada con ambas plumas. Sin embargo, no podía hacer otra cosa. Tendría que confiar en mi suerte y en la distracción de la policía.
Muy temprano, mi amigo comerciante me llevó por un sendero detrás del pueblo y, señalando unas colinas situadas a casi media milla de distancia, dijo: «Ahí está Siria».
Yo avanzaba por el sendero. Aunque era por la mañana, hacía mucho calor, y seguramente también lo estaba pasando muy mal la anciana árabe que estaba sentada bajo un árbol, cerca de las colinas al otro lado de las cuales se encontraba Siria, pues me llamó con voz seca y quebrada:
«Hijo, ¿darías un poco de agua a esta anciana?»
Me quité del hombro la cantimplora que acababa de llenar y se la di. La anciana bebió a grandes tragos, como una persona ávida, y, devolviéndome la cantimplora, dijo:
«Que Alá tenga misericordia de ti; que te mantenga sano y salvo y te conduzca hasta el destino que deseas.»
«Gracias, madre; no deseo nada más.» Y cuando me volví hacia ella y le miré el rostro, vi que sus labios temblaban y se movían en oración; sentí una extraña alegría.
Llegué hasta las colinas y las dejé atrás. Ahora estaba en Siria. Ante mí se extendía una vasta llanura estéril. Muy lejos, cerca del horizonte, divisé algo parecido a árboles y otra cosa que parecía una casa. Seguramente era la ciudad de Banias. Aquella llanura no me gustó; no había árboles ni matorrales tras los cuales pudiera ocultarme, algo que podía resultar necesario por estar tan cerca de los soldados. Pero no había otro camino. Me sentí exactamente como debe sentirse alguien que, en un sueño, camina desnudo por una calle llena de gente.
Ya era bastante más de mediodía cuando llegué a un pequeño canal que dividía la piedra en dos. Me senté e intentaba quitarme los zapatos y los calcetines cuando, al mirar a lo lejos, vi que cuatro jinetes se dirigían hacia mí. Llevaban los rifles atravesados sobre las sillas de montar; por eso parecían policías militares de aspecto aterrador. En realidad, eran policías militares. Por tanto, no tenía ningún sentido intentar escapar. Traté de consolarme pensando que sucedería lo que tuviera que suceder. Si me atrapaban ahora, quizá no me darían más que unos cuantos golpes con el rifle y volverían a llevarme a Metula.
Crucé el canal, subí y me senté; empecé a secarme los pies muy despacio y esperé a que los policías militares se acercaran. Cuando llegaron, me miraron con desconfianza; porque, aunque llevaba un turbante árabe, no cabía duda de que era europeo.
—¿De dónde? —me preguntó uno de ellos con voz cortante, en árabe.
—De Metula.
—¿Adónde va?
—A Damasco.
—¿Con qué propósito?
—Oh, nada en particular, ¡un viaje de placer!
—¿Tiene algún documento?
—Por supuesto.
Enseguida saqué del bolsillo mi documento de identidad, y con él se me subió el corazón a la boca. El policía militar abrió el pliegue del papel y lo examinó. Mi corazón volvió a deslizarse hasta su sitio y empezó a latir de nuevo, porque vi que sostenía el documento con la parte superior hacia abajo; no fue difícil comprender que no sabía leer. Se dio por satisfecho con los dos o tres grandes sellos oficiales y, después de pensar un momento, volvió a doblar el papel y me lo entregó diciendo:
—Sí, todo está en orden; puede irse.
Por un instante sentí deseos de estrecharle la mano, pero luego pensé que lo mejor era mantener nuestra relación enteramente oficial; los cuatro hombres hicieron girar sus caballos y se alejaron al paso, mientras yo reanudaba el viaje por mi propio camino.
Al acercarme a Baniyas perdí el camino. En mi mapa figuraba como «un camino apto para carros y carretas», pero resultó ser poco más que una senda invisible que serpenteaba a través de la estepa, los pantanos y pequeños ríos y arroyos, hasta desaparecer por completo cerca de unas colinas cubiertas de grandes piedras. Durante varias horas vagabundeé sin rumbo por aquellas colinas, subiendo y bajando pendientes, y así, mientras erraba, por la tarde me encontré con dos árabes que llevaban a Baniyas, a lomos de sus burros, uvas y queso. Caminamos juntos hasta el final del camino. Me dieron a comer unas uvas jugosas. Al llegar a los huertos situados antes de la ciudad, cada uno siguió su propio camino. Junto a la carretera brotaba un arroyo estrecho, transparente y veloz. Me tendí boca abajo sobre la tierra, sumergí la cabeza hasta las orejas en el agua helada y no dejé de tragarla, de beberla.
Estaba muy hambriento y muy cansado, pero no deseaba quedarme en Baniyas, porque temía que, al ser el primer puesto en dirección a Siria, allí hubiera sin duda un puesto de policía. Mi encuentro con la policía militar me había tranquilizado bastante respecto a los soldados sirios comunes, pues podía suponerse que la mayoría eran analfabetos y, por ello, incapaces de descubrir mi falsificación. Pero un puesto de policía donde hubiera un oficial era otra cosa. Así que empecé a avanzar a paso ligero por las callejuelas, evitando la calle principal del mercado, ya que era muy probable que el puesto de policía estuviera en ella. En una callejuela oí la canción de un hombre, acompañada por el sonido de una flauta de caña y palmadas. Atraído por aquello, doblé la esquina y me quedé completamente mudo e inmóvil. Justo enfrente de mí, quizá a diez pasos, había una puerta sobre la que estaban grabadas dos palabras: «Puesto de policía». Allí había varios policías sirios, entre ellos un oficial. Por la tarde, sentados en taburetes al sol, disfrutaban de la canción de un compañero. Ya no había manera de retroceder, porque entretanto me habían visto y el oficial, que aparentemente también era sirio, me llamó: «¡Eh, tú, ven aquí!»
No me quedaba más remedio que obedecer la orden. Me acerqué lentamente y, de pronto, se me ocurrió una idea. Con la cámara en la mano, saludé al oficial en francés y, sin esperar a que me hiciera ninguna pregunta, continué diciendo:
-«Vengo de Metula a esta ciudad para una breve visita. Pero no me marcharé de aquí sin llevarme una foto de usted y de su amigo, cuya canción me ha hechizado tanto».
A los árabes les gusta la adulación. Además, disfrutan haciéndose fotografías. Por eso, el oficial accedió a mi propuesta con una leve sonrisa y me pidió que le enviara su fotografía después de revelarla e imprimirla (se la envié con mi agradecimiento). Ya ni se acordó de pedirme los documentos de identidad. En cambio, me agasajó ofreciéndome té dulce. Finalmente, cuando me levanté para regresar a Metula, me deseó «buen viaje». Volví por el camino por el que había llegado, di una vuelta alrededor de la ciudad y así retomé el camino de Damasco.
Exactamente dos semanas después de salir de Haifa, llegué a una aldea bastante grande, casi podría decirse que una ciudad, llamada Majdal ash-Shams. La mayoría de los habitantes de esta aldea eran drusos y también vivían allí algunos cristianos. Escogí una casa; parecía la casa de una persona bastante acomodada. Apenas llamé, un marinero salió entreabriendo la puerta. Le dije que me sentiría muy afortunado si pudiera encontrar alojamiento para pasar la noche. Al saludo habitual de «Ahlan wa sahlan», la puerta se abrió por completo y, pocos minutos después, comprobé que había sido recibido cordialmente por aquella pequeña familia.
Ahora me encuentro en el interior de Siria. Desde aquí todavía queda mucho camino hasta Damasco. Por eso decidí confiar en mi anfitrión druso y pedirle consejo. Sabía que ningún árabe puede ser desleal ni traicionar a su huésped. Así que se lo conté todo, incluso que viajaba con un documento de identidad falso. Entonces mi anfitrión me dijo que para mí sería sumamente peligroso seguir por la carretera principal. Porque, desde aquí en adelante, todo el camino está vigilado por la policía militar francesa; ellos no me dejarían marchar tan fácilmente como la policía siria.
-«Estoy pensando en enviar a mi hijo contigo —dijo mi anfitrión, señalando al marinero que me había abierto la puerta—. Él te guiará por las montañas y te ayudará a evitar las carreteras principales».
Después de la cena nos sentamos en el espacio abierto frente a la casa y discutimos qué camino tomaríamos a la mañana siguiente. Sobre mis rodillas tenía extendido un pequeño mapa de Palestina y Siria, fabricado en Alemania. Lo había traído conmigo desde Jerusalén. Intentaba seguir en aquel mapa el camino que me indicaba mi amigo druso. Mientras estábamos absortos en esta conversación, apareció por el camino de la aldea un hombre con uniforme de policía; era evidente que era sirio. El hombre surgió tan de repente desde un lugar oculto que no tuve tiempo ni de doblar el mapa, mucho menos de esconderlo de su vista. El oficial comprendió que yo era extranjero, pues inclinó ligeramente la cabeza ante mi anfitrión, atravesó el espacio abierto y se acercó lentamente a nosotros.
-«¿Quién es usted?», me preguntó también en francés, con un tono que no parecía demasiado despiadado.
Como era mi costumbre de siempre, continué con un largo discurso divagante, repitiendo una y otra vez que era un colono de Metula y que había salido de viaje por placer. Sin embargo, cuando me exigió el documento de identidad, no pude evitar entregárselo. Lo examinó atentamente y sus labios se curvaron en una sonrisa seca. -«Pero ¿qué es eso que tiene en la mano?», me preguntó, señalando el mapa alemán.
—«No es nada tan importante», digo; pero el oficial insiste en verlo y, con los hábiles dedos de un hombre acostumbrado a mirar mapas, lo despliega, fija la vista en él durante unos segundos, luego vuelve a doblarlo cuidadosamente y me lo devuelve con una leve sonrisa. Después dice en un alemán chapurreado:
—«Durante la guerra serví en el ejército turco junto a los alemanes». Al terminar de hablar, me saluda militarmente, enseñando los dientes, vuelve a reírse y se marcha.
—«Ha comprendido que eres un “alemani”, es decir, un alemán; también ama a los alemanes y odia a los franceses. Ya no volverá a molestarte».
A la mañana siguiente, emprendí el camino con mi joven compañero druso. Muy probablemente, aquel fue el viaje más arduo de mi vida. Avanzamos durante más de once horas, con una breve pausa de unos veinte minutos al mediodía, atravesando montañas rocosas, pasando entre enormes piedras, apoyando cuidadosamente los pies sobre el pedregullo afilado y superando pendientes y descensos, hasta que comprendí que ya no me quedaban fuerzas para caminar. Cuando por la tarde llegamos a la ciudad de Al-Qatana, en la llanura de Damasco, estaba completamente agotado: tenía los dedos de los pies desgarrados y ambos pies se me habían hinchado. Quise pasar allí la noche, pero mi joven amigo se opuso firmemente: había muchos policías franceses alrededor y, puesto que aquello era una ciudad y no un pueblo, no sería nada fácil encontrar alojamiento sin llamar la atención. La única solución era subir a uno de los vehículos motorizados que circulaban desde allí hasta Damasco. Todavía tenía en el bolsillo veinte piastras (desde Haifa no había gastado ni un céntimo en todo mi viaje), y el pasaje desde allí hasta Damasco costaba también veinte piastras.
En la destartalada oficina del contratista de transportes, situada en la plaza principal de la ciudad, me enteré de que tendría que esperar allí cerca de media hora, hasta que saliera el siguiente vehículo. Me despedí de mi amigo Rahnuma; me abrazó como a un hermano de sangre y luego emprendió sin demora el camino de regreso a su casa. Dejé la mochila junto a la puerta de la oficina de billetes y me adormecí bajo el suave sol del final de la tarde. De repente, un hombre me agarró del hombro y me sacudió con fuerza, despertándome; era un policía militar sirio. Respondí a sus preguntas rutinarias con respuestas igualmente rutinarias. Pero me pareció que el hombre no había quedado satisfecho con mis respuestas.
—«Venga conmigo a la comisaría», dijo; «hable con el oficial de guardia».
Estaba tan agotado que ya me daba completamente igual que me detuvieran o no.
El “oficial” sentado al fondo de la sala de la estación era un sargento francés alto, corpulento y de anchas espaldas; justo delante de él, sobre el escritorio, había una botella vacía de arak y un vaso sucio. Estaba completamente borracho y furioso; abrió sus ojos inyectados en sangre y miró con una expresión feroz al policía que me había llevado allí.
—¿Y ahora qué otra vez?
El policía le explica en árabe que me vio, a mí, un extranjero, sentado en la plaza principal. Mientras tanto, yo le explico en francés que no soy un extranjero, sino un ciudadano leal.
—¿Un ciudadano leal? —exclama el sargento—. Sois unos vagabundos, unos granujas. Andáis recorriendo el país solo para molestarnos. ¿Dónde están tus documentos?
Completamente impotente, rebusco en el bolsillo con los dedos rígidos y extendidos en busca de mi documento de identidad, cuando él descarga un puñetazo con el puño cerrado sobre la mesa y ruge como una tempestad:
—Está bien, no hace falta; sal de aquí. Y, mientras salgo y cierro la puerta a mis espaldas, veo que vuelve a tomar en las manos el vaso y la botella.
Después del largo y extenso viaje a pie, ¡qué liberación, qué comodidad viajar en automóvil desde Al-Qatana por la carretera de Koshada, al entrar en la llanura de Damasco, cubierta de huertos de flores y frutos! ¡No, era como flotar temerosamente en el aire! En el horizonte estaba mi destino: un mar interminable formado por las copas de los árboles, apiñadas unas contra otras; sobre el fondo del cielo se divisaban, muy vagamente, algunas cúpulas y minaretes. Muy lejos, algo a la derecha, se alzaba la cima de la montaña desnuda y descubierta, aún bañada por los rayos del sol, aunque una suave sombra ya había empezado a trepar por su base. Sobre aquella montaña pendía solo un fragmento de nube: estrecho, largo, reluciente, negruzco; a lo lejos, contra el cielo azul claro, perfectamente recto, sobre la llanura plana, se extendía, como fondo de las montañas a nuestra derecha y a nuestra izquierda, un resplandor dorado de gris paloma. Y el aire… ¡qué ligero era!
Luego, a lo largo del camino, aparecían altos jardines floridos, cercados por muros de tierra; toda clase de jinetes, carretillas, carros tirados por animales, soldados —soldados franceses—, ¡de todo! El crepúsculo se volvió verde como el agua. Un oficial pasó a toda velocidad en una motocicleta, produciendo un estruendo tremendo; llevaba unas gafas enormes, con aspecto de una especie de pez de las profundidades marinas. Después… primero dejamos atrás la casa. Después, inmediatamente después, Damasco: tras el silencio de la llanura abierta, parecía una masa de espuma exaltada y agitada por el bullicio. En las ventanas y en las calles se encendieron todas las primeras luces de la tarde. Mi ser se llenó de júbilo con una sensación de dicha que no había podido recordar.
Pero mi felicidad, mi alegría, se hizo añicos de repente cuando el automóvil se detuvo junto a la comisaría, en las afueras de la ciudad.
—¿Qué pasa? —le pregunto al conductor sentado a mi lado.
—Oh, nada. Todo vehículo que llega de fuera tiene que presentarse ante la policía al llegar aquí.
Un policía sirio sale de la estación:
—¿De dónde viene?
—Simplemente de Al-Qatana —responde el conductor.
—Bien, entonces puede irse (pues este no es más que un viaje local). El conductor arranca el coche rechinando los dientes. Comenzamos a avanzar y respiramos libremente. Pero justo en ese momento alguien vuelve a gritar desde la calle: «¡El techo se ha aflojado!». Y, a pocos pasos de pasar la «comisaría», el conductor detiene su inestable vehículo para arreglar el techo abierto, que hasta entonces había quedado colgando hacia un lado. Mientras el conductor está ocupado con ello, el policía vuelve a acercarse lentamente hacia nosotros; parece que no le atrae nada salvo la avería mecánica del vehículo. Sin embargo, después su mirada cae sobre mí. Lo noto y, de inmediato, todo mi cuerpo se pone rígido; sus ojos se vuelven alertas y vigilantes; me examina de la cabeza a los pies. Al acercarse aún más, dirige una mirada de soslayo al suelo del coche, donde yace mi mochila.
—¿Quién es usted? —me pregunta con voz desconfiada.
—De Metula —comienzo a decir; pero veo que el policía sacude la cabeza con desconfianza. Luego habla en susurros con el conductor. Puedo entender las palabras: «soldado inglés, desertor». Y entonces comprendo por primera vez que mi abrigo azul, mi «kufiya» marrón con bordados, cubierta por un igal, y mi mochila de estilo militar (que había comprado en Jerusalén, en una tienda de artículos usados) se parecen todos al uniforme de los agentes de policía irlandeses que el Gobierno de Palestina había contratado en aquella época. También recuerdo que los Gobiernos francés y británico han firmado un acuerdo por el cual ambos expulsarán de sus respectivos países a sus propios desertores.
Intento explicarle al policía, en mi árabe entrecortado, que no soy un desertor, pero él no acepta mis explicaciones y dice:
—Explíqueselo todo al señor inspector.
Y así, no tuve más remedio que ir a la comisaría. El conductor murmuró que no podía esperarme; luego, efectivamente, puso en marcha el vehículo y desapareció de mi vista. El inspector no se encontraba entonces en la comisaría; sin embargo, me dijeron que podía regresar en cualquier momento. Tuve que esperar en una habitación. Solo había un banco para sentarse y, aparte de la entrada principal, había otras dos puertas. Sobre una de ellas estaba grabada la palabra «carcelero»; sobre la otra, la palabra «prisión». Tuve que esperar más de media hora en aquel ambiente incómodo, y a cada instante se fortalecía mi convicción de que allí terminaría mi viaje; porque la palabra «inspector» me parecía mucho más siniestra que la palabra «oficial». Si me arrestaban entonces, pasaría varios días, quizá varias semanas, en prisión como preso preventivo; después me impondrían, conforme a la costumbre, una condena de tres meses. Tras cumplir esos tres meses de condena en la cárcel, tendría que emprender de nuevo el camino a pie —bajo la escolta de la policía militar a caballo— hacia las ciudades de Palestina y, sobre todo, por haber infringido la ley de pasaportes, quizá me expulsarían de Palestina. La melancolía que reinaba en la sala de espera no era nada comparada con mi tristeza interior.
De repente oí el ruido de un automóvil. El vehículo entró en la comisaría y se detuvo justo delante del camino; un instante después, bajó de él un hombre vestido de civil, con un tarbush en la cabeza. Tras él bajó un policía que intentaba explicarle algo con nerviosismo al hombre vestido de civil. Era evidente que el inspector estaba sumamente ocupado.
Después ocurrió algo que no sé exactamente cómo sucedió. Lo que hice en aquel momento crítico quizá fue fruto de uno de esos raros destellos repentinos de genialidad que, en circunstancias distintas y entre personas diferentes, dan origen a acontecimientos capaces de cambiar la historia. De un salto me planté justo delante del inspector y, sin esperar sus preguntas, le lancé en francés una avalancha de quejas ininterrumpidas contra el insultante y vergonzoso comportamiento del policía, que había tomado por un soldado desertor a un ciudadano inocente como yo, ¡por culpa de lo cual había perdido el vehículo que iba a la ciudad! El inspector intentó detenerme varias veces, pero no le di oportunidad ni una sola vez, y lo sepulté bajo un torrente ininterrumpido de palabras, de las que parecía no haber entendido ni la décima parte, salvo los dos nombres «Metula» y «Damasco», que mencioné innumerables veces durante mi discurso. Era evidente que le incomodaba que yo lo retuviera de una tarea urgente. Pero no le permití decir una sola palabra; sin detenerme siquiera para respirar, continué disparando mi artillería verbal. Finalmente, exasperado, agitó la mano en el aire y gritó:
—¡Pare, pare, por el amor de Alá, pare! ¿Tiene usted algún documento?
Mi mano se introdujo mecánicamente en el bolsillo del pecho y, mientras seguía hablando sin parar, palabra tras palabra, le metí en la mano mi documento de identidad falsificado. Quizá aquel hombre indefenso tuvo entonces la sensación de que se estaba hundiendo, porque lo dobló rápidamente, miró una de sus esquinas, comprobó el sello oficial y luego me lo arrojó.
—Está bien, sí, todo está bien; ahora váyase, por favor, váyase sin más. No esperé a que repitiera su petición.
Unos meses antes conocí en Jerusalén a un maestro damasceno. Él mismo me había invitado a que, cuando llegara a Damasco, fuera su huésped. Me puse a buscar su casa. Un niño pequeño aceptó ser mi guía. Él me tomó de la mano y emprendió el camino hacia la casa que yo buscaba.
Anochecía profundamente en la ciudad vieja. Las calles eran estrechas; las ventanas de las casas que sobresalían sobre las angostas callejuelas las habían vuelto aún más oscuras de lo que la noche podía oscurecerlas. Aquí y allá, bajo la amarillenta luz de las lámparas de queroseno, veía alguna tienda de frutas, con sandías apiladas delante y uvas en cestas. Las personas parecían figuras de sombra. De vez en cuando llegaba, desde el otro lado de una ventana con celosías, la voz estridente de alguna mujer. Entonces el niño exclamó una vez: «¡Ahí está la casa!».
Llamé a una puerta. Alguien respondió desde dentro. Abrí el pestillo y entré en un patio pavimentado. Incluso en la oscuridad pude ver las vides inclinadas bajo el peso de sus frutos y una pila de piedra de la que brotaba una fuente. Alguien llamó desde arriba:
—«Adelante, señor, tenga la bondad de entrar»—. Entonces subí por una estrecha escalera adosada a la pared exterior de la casa y, después de atravesar un patio abierto, fui a caer directamente en el amplio abrazo de mi amigo.
Yo estaba cansado y exhausto, completamente sin fuerzas. Así que me dejé caer en la cama que me habían preparado. Oía el murmullo del viento entre los árboles del patio de enfrente y entre la vegetación del jardín situado detrás de la casa. Desde lejos llegó un conjunto de sonidos amortiguados: ¡era el sonido de una gran ciudad árabe preparándose para dormir!
Con la emoción de un descubrimiento nuevo, recorriendo durante aquellos días de verano las callejuelas del antiguo mercado de Damasco con los ojos abiertos a objetos y asuntos de los que antes no tenía la menor idea, percibía la extraordinaria serenidad que envolvía la vida de sus habitantes. Observaba esa sensación de seguridad interior en el trato que se dispensaban unos a otros, en la dignidad cálida y afectuosa con que se encontraban o se despedían, en la manera en que dos personas caminaban juntas, cogidas de la mano como niños, simplemente porque se consideraban amigas; la observaba también en el comportamiento de los comerciantes entre sí. En los pequeños comercios, cuyos vendedores sin duda llamarían a gritos a los transeúntes, no parecía que aquellos insistentes tenderos sintieran ningún miedo oculto ni que hubiera en ellos envidia alguna; la confianza llegaba a tal extremo que, cuando el dueño de una tienda necesitaba ausentarse por un rato, dejaba sin la menor vacilación su negocio al cuidado de su vecino y rival. A menudo veía detenerse frente a una tienda abandonada de ese modo a un verdadero cliente, que evidentemente se preguntaba si esperaría hasta que regresara el tendero o iría a comprar el artículo en la tienda de al lado. Y en esos casos, cada vez, el tendero vecino, que en realidad era rival del ausente, se acercaba, preguntaba al cliente qué deseaba y le vendía los artículos necesarios de la tienda del tendero ausente: no sus propios productos, sino los de su vecino ausente, y dejaba el dinero sobre el banco de su vecino. ¿Quién ha visto jamás en Europa una compraventa semejante?
En algunas calles del mercado se agolpaban beduinos fuertes, robustos y laboriosos, vestidos con amplias túnicas de largos faldones. Eran hombres de tal naturaleza que, al verlos, parecía que llevaran consigo su propia vida y que siempre avanzaran por su propio camino. Aquellos hombres altos, con sus ojos profundos y brillantes, se reunían en grupos y permanecían de pie o se sentaban frente a las tiendas. No se decían demasiadas cosas unos a otros: una palabra, una frase breve dicha atentamente y escuchada con atención, bastaba para una larga conversación. Comprendí que aquellos beduinos no sabían charlar inútilmente. Charlar significa hablar de cosas sin contenido, sin riesgo, algo que constituye un signo particular de un alma agotada. Y recordé aquellas palabras del Al-Corán que describen la vida del paraíso: «Y allí no oirás palabras vanas». Me pareció que el silencio era una virtud beduina. Se cubrían con amplias túnicas marrones, blancas o negras y permanecían callados. Cuando pasaban junto a usted, lo miraban con la silenciosa mirada de un niño: orgullosa, humilde y alerta. Cuando usted se dirigía a ellos en su propia lengua, una sonrisa aparecía de pronto en las pupilas de sus ojos negros. Porque no viven encerrados en sí mismos y desean que los desconocidos los comprendan. Son «nobles… sharif»… completamente silenciosos y, sin embargo, de corazón abierto a todos los asuntos de la vida.
Los viernes, que son el día festivo de los musulmanes, observaba en la vida de Damasco un cambio de ritmo, un ligero estremecimiento de alegre excitación, una sacudida y, al mismo tiempo, una gravedad de ánimo. Recordé nuestros domingos en Europa: las calles desiertas de las ciudades y las tiendas cerradas, aquellos días vacíos y carentes de sentido, y el vacío que infligía una insoportable angustia. Pero la pregunta es: ¿por qué habría de ser así? Poco a poco empecé a comprender que la razón era que, para casi todos los habitantes de Occidente, su vida cotidiana constituía una carga de la que solo los domingos podían liberarlos. El domingo ya no era un día de descanso, sino un medio para escapar a un mundo irreal, a un olvido autoengañoso, detrás del cual asomaban los días pasados de la semana, doblemente pesados y terribles.
Por otra parte, para los árabes el viernes no es una ocasión para olvidar los demás días de la semana; no significa que los frutos de la vida caigan fácil y despreocupadamente en el regazo de estas personas. Su significado sencillo es, más bien, que su trabajo, por muy duro que sea, no entra en conflicto con sus deseos y aspiraciones personales. En sus vidas no existe la rutina por la rutina misma. En su lugar, hay un vínculo estrecho y sincero entre la persona que trabaja y su trabajo. Por eso, en sus vidas solo necesitan descansar cuando sienten cansancio. El islam considera sin duda natural la armonía entre la persona y su trabajo, y por eso no se ha establecido ningún descanso obligatorio para el viernes. Los artesanos y los tenderos del mercado de Damasco trabajan durante algunas horas; luego dejan sus tiendas por unas horas y van a la mezquita para realizar la oración del viernes. Después se sientan en algún café y se reúnen con sus amigos. Luego regresan a sus tiendas y a sus respectivos trabajos. Y durante varias horas más continúan trabajando con alegría y entusiasmo, con el corazón despreocupado, cada cual a su manera. Solo vi cerrar unas pocas tiendas, y únicamente durante la oración, cuando la gente acudía a reunirse en la mezquita. Durante el resto del día, las calles siguen llenas de gente y de actividad, igual que en los demás días de la semana.
Un viernes fui a la Mezquita de los Omeyas con un amigo, en cuya casa me alojaba. La cúpula de la mezquita se alza sobre numerosas columnas; resplandece bajo la luz que entra por las ventanas. En el aire flotaba el aroma del almizcle. El suelo de la mezquita estaba cubierto de alfombras rojas y azules. Los hombres permanecían de pie, alineados en largas filas iguales, detrás del imán. Inclinaban la cabeza, se arrodillaban, apoyaban la frente en el suelo y volvían a ponerse de pie; entre todos había una unidad ordenada, como la de los soldados. Todo ocurría en un silencio y una calma profundos. Cuando los hombres se colocaron en congregación, yo me encontraba muy lejos. Desde el interior de la inmensa mezquita podía oír la voz del anciano imán. Recitaba versículos del Corán. Cuando inclinaba la cabeza o se postraba, toda la congregación lo seguía como si fuera una sola persona. Inclinaban la cabeza y se postraban ante Allah, como si Allah estuviera delante de sus ojos.
En ese preciso momento comprendí cuán cercano y querido eran para aquellas personas su Allah y su religión.
«¡Qué asombroso! ¡Qué maravilloso!», le dije a mi amigo mientras salíamos de la mezquita. «¡Vosotros sentís a Allah tan cerca de vosotros! Ojalá yo también pudiera sentirlo exactamente así».
«Pero, hermano, ¿cómo podría ser de otro modo? Como dice nuestro Libro Sagrado: “¿Acaso Allah no está más cerca de vosotros que vuestra vena yugular?”»
Animado por esta nueva comprensión, pasé mucho tiempo en Damasco leyendo todos los libros sobre el islam que caían en mis manos. Aunque mi dominio del árabe era suficiente para conversar, todavía era muy insuficiente para leer el Corán en su lengua original. Por ello recurrí a dos traducciones: una francesa y otra alemana. Había conseguido las traducciones en una biblioteca; para todo lo demás tuve que depender de los libros de los orientalistas europeos y de las explicaciones y análisis de mi amigo.
Por parciales y fragmentarios que fueran, todos aquellos estudios y conversaciones fueron para mí como el levantamiento de un telón: comencé a vislumbrar un mundo de pensamiento del que hasta entonces había sido completamente ignorante.
Me pareció que el islam no era lo que la gente suele entender por religión en el sentido común de la palabra; más bien parecía un modo de vida, mucho más que un simple código religioso: era un programa de conducta individual y social, basado en la conciencia de Allah. En ninguna parte del Corán encontré mención alguna de la necesidad de la «salvación». Entre la persona y su destino no se interpone ningún pecado original e innato; pues el ser humano no obtendrá nada salvo aquello por lo que se esfuerza». No hace falta ninguna austeridad ni renuncia para abrir una entrada secreta a la santidad; y apartarse de las cualidades innatamente buenas con las que Allah ha creado a cada ser humano, eso es precisamente el pecado. El pecado no es otra cosa. Al juzgar la naturaleza humana, no se deja lugar a ningún dualismo. El islam considera que el cuerpo y el alma forman una entidad indivisible.
Al principio me había sorprendido el interés de al-Qur’an no solo por los asuntos espirituales, sino también por lo que, a primera vista, parecen cuestiones triviales y materiales de la vida. Pero poco a poco empecé a comprender que, si el ser humano es una entidad completa compuesta de cuerpo y alma, como afirma el islam, ningún aspecto de la vida puede ser tan insignificante que quede fuera de la jurisdicción religiosa. Teniendo presentes todas estas cuestiones, el Qur’an nunca permite que sus seguidores olviden que esta vida terrenal del ser humano no es más que una etapa en el camino hacia su vida superior, y que su objetivo último es de naturaleza espiritual. El progreso material y la prosperidad son deseables, pero no constituyen el objetivo. Por eso, aunque el hambre y la sed del ser humano tengan su propia justificación, deben ser necesariamente moderadas y controladas por la conciencia moral. Esta conciencia no solo tendrá relación con el vínculo del ser humano con Allah, sino también con sus relaciones con los demás; tendrá asimismo relación con la creación, de modo que favorezca el desarrollo espiritual de todos y permita a todos los seres humanos vivir plenamente.
Todo esto era, desde el punto de vista moral e intelectual, mucho más «respetable» que cuanto había oído y leído anteriormente sobre el islam. La perspectiva del islam acerca de los problemas del mundo espiritual me pareció mucho más profunda que la del Antiguo Testamento. Además, carece del favoritismo hacia una nación particular que se observa en el Antiguo Testamento. Por otra parte, su enfoque de los problemas biológicos es completamente distinto del del Nuevo Testamento y muy positivo. La relación entre el alma y el cuerpo, con las características propias de cada uno, no es sino el doble aspecto de la vida humana creada por Allah.
—«¿No será acaso esta enseñanza», me pregunté, «la responsable de la certeza emocional que he percibido durante tanto tiempo entre los árabes?»
Una tarde, mi anfitrión me invitó a acompañarlo a una cena en casa de un rico amigo suyo de Damasco. El amigo celebraba el nacimiento de uno de sus hijos.
Los dos caminábamos por las sinuosas callejuelas de la ciudad antigua. La callejuela era tan estrecha que las ventanas y los balcones con celosías que sobresalían de las paredes de las casas a ambos lados casi se tocaban entre sí sobre la calle. Entre las antiguas casas de piedra se asentaban profundas sombras y un amplio silencio; de vez en cuando, alguna muchacha cubierta con un negro burka pasaba a nuestro lado con pasos rápidos y menudos. Una vez vi a un hombre barbudo, vestido con un largo caftán, salir de una esquina de la calle y desaparecer lentamente en otra. Las esquinas y los ángulos irregulares eran iguales en todas partes: la misma clase de callejuelas estrechas, una cruzando a la otra en todas direcciones, casi siempre con la promesa de que, justo delante, aguardaba algún descubrimiento maravilloso, ¡y cada vez desembocaban en otra callejuela exactamente igual!
Pero el descubrimiento tuvo lugar al final. Mi amigo y el guía se detuvieron ante una puerta de madera sin nombre ni número, instalada en una sencilla pared cubierta de barro, y, golpeando la puerta con el puño cerrado, dijo: «Aquí estamos; hemos llegado».
La puerta se abrió con un chirrido. Un ancianísimo hombre nos dio la bienvenida con su boca desdentada, diciendo: «Ahlan wa sahlan». Luego atravesamos un pequeño corredor con dos giros en ángulo recto y entramos en el patio de la casa, que desde el exterior no parecía más que una envoltura de color terroso.
El patio era amplio y estaba bien ventilado. Estaba pavimentado con piezas de mármol blanco y negro. Parecía un enorme tablero de ajedrez. En el centro, una fuente brotaba de una baja pila octogonal y salpicaba finas gotas de agua. En el suelo cubierto de mármol había pequeños huecos a intervalos regulares. En ellos estaban plantados limoneros y arbustos de adelfas, que, inclinados bajo el peso de sus flores y frutos, extendían sus ramas por todo el patio y a lo largo de las paredes interiores. Las paredes estaban cubiertas, desde el suelo hasta el techo, de relieves de alabastro finamente labrados, con complejos diseños geométricos y arabescos de hojas y zarcillos; la única excepción eran las ventanas, instaladas en amplios marcos con celosías caladas sobre el mármol. En un lado del patio, las paredes se curvaban hacia dentro y formaban, a unos tres pies del suelo, una profunda alcoba con forma de gran habitación, a la que se subía por una amplia escalera de mármol. Esta alcoba, llamada «liwan», tenía divanes bajos con motivos florales dispuestos junto a sus tres paredes y una alfombra muy valiosa extendida en el suelo. En las paredes de la alcoba había grandes espejos, cada uno de unos quince pies de altura, y todo el patio —sus plantas, su suelo blanco y negro, su alabastro, sus relieves, las celosías de mármol de las ventanas, la puerta tallada de entrada a la casa y la vistosa multitud de invitados, algunos sentados en los divanes y otros deambulando alrededor de la pila de agua— se reflejaba en los espejos del liwan. Cuando los miré, descubrí que la pared opuesta del patio también estaba completamente revestida de espejos semejantes, de modo que toda la escena se reflejaba dos veces, cuatro veces, cien veces, y se transformaba así en un encantamiento: mármol, alabastro, fuentes, innumerables personas, matas de limonero, adelfas y una interminable sucesión de arbustos; un palacio onírico sin fin resplandecía bajo el cielo vespertino, cuyo color seguía siendo rosado bajo los rayos del sol interminable.
Una casa de este tipo, sencilla hacia la calle, adornada, suntuosa y agradable por dentro, me resultaba completamente novedosa. Pero con el tiempo descubrí que este era el modelo tradicional de vivienda de las personas acomodadas, no solo de Siria e Irak, sino también de Irán. En tiempos antiguos, ni los árabes ni los iraníes se preocupaban por la fachada de sus casas. Para ellos, la casa era un lugar donde vivir, y su utilidad se limitaba a su interior. ¡Qué diferente es esto de la «utilidad» que la arquitectura occidental moderna se esfuerza tanto por imponer! Atrapados en las redes de un romanticismo deformado e inseguros de sus propios sentimientos, los occidentales de hoy crean problemas al diseñar casas; los árabes y los iraníes crean, o al menos hasta ayer creaban, hogares.
Mi anfitrión me hizo sentar a su derecha, junto a la pared. Un sirviente descalzo servía el café en una pequeña bandeja de latón; el humo de la pipa de agua «narguile», que emitía un sordo borboteo, se mezclaba con el aire perfumado con agua de rosas del liwán y se elevaba en espirales hacia las velas cubiertas con campanas de vidrio, que iban encendiéndose una tras otra, pegadas a las paredes y entre el verde cada vez más denso de las plantas.
Todos los presentes eran hombres y de una variedad extraordinaria. Muchos llevaban caftanes de seda damasquina, áspera y rayada, o de gruesa seda china color marfil, o enormes «jubbas» de fina lana azulada. En la cabeza llevaban turbantes blancos bordados con hilo de oro sobre el rojo «tarbush». Algunos vestían ropa europea, pero era evidente que, con ella puesta, se sentían perfectamente cómodos sentados en el diván, con las piernas recogidas bajo el cuerpo. Algunos jefes beduinos habían llegado con sus séquitos desde las estepas; tenían los ojos brillantes y barbas negras y cortas en sus rostros delgados y morenos. Con cada movimiento de sus cuerpos se oía el crujido de sus ropas nuevas; todos llevaban espadas enfundadas en vainas de plata. Su actitud era de una comodidad perezosa, serena y completa: eran auténticos aristócratas; la diferencia entre ellos y los aristócratas europeos consistía en que no eran una raza de suave resplandor, producto del cuidado afectuoso de muchas generaciones y de una vida refinada, sino como un fuego ardiente surgido de la certeza de sus propios sentimientos. Un aire hermoso, seco y limpio los rodeaba. Una atmósfera exactamente igual, por su pureza, envolvía a todos, aunque no de manera inoportuna. Aquellos hombres parecían amigos de tierras lejanas, viajeros pasajeros en este lugar: en algún otro sitio los esperaba su vida libre y sin rumbo.
Una joven bailarina salió por una puerta y subió al liwán con pasos ligeros. Era muy joven, seguramente no tenía más de veinte años, y extraordinariamente hermosa. Vestía unos pantalones de seda ondulante que crujían y cambiaban de color al moverse, un par de zapatillas de hilo dorado y un corpiño ribeteado de perlas que, más que cubrir sus altos y erguidos senos, los hacía resaltar. Avanzó irradiando la sensual belleza de una joven acostumbrada a recibir la admiración de todos y a ser deseada, y me pareció oír la ola de placer que recorrió aquella reunión al contemplar sus miembros suaves y delicados y su piel tersa, blanca y tensa como el marfil.
La muchacha comenzó a ejecutar, al compás de los golpes de la tabla que tocaba el hombre de mediana edad que había entrado con ella en el liwán, aquella clase de danza tradicional y excitante tan querida en Oriente, cuyo propósito era despertar los deseos dormidos y prometer la satisfacción de los anhelos contenidos.
—¡Oh, qué maravillosa eres! ¡Oh, qué espléndida eres! —murmuró mi anfitrión; luego me dio una suave palmada en la rodilla y dijo—: ¿Acaso una muchacha no es como un ungüento suave y refrescante sobre una herida?
La bailarina se marchó tan deprisa como había aparecido; de ella no quedó nada, salvo un brillo confuso en los ojos de la mayoría de los hombres. Ahora, sobre la alfombra del liwán, cuatro cantantes habían ocupado el lugar de la bailarina. Uno de los invitados me dijo: «Algunos de ellos son los mejores cantantes de Siria». Uno llevaba una flauta de bambú de cuello largo. Otro sostenía un tambor plano de un solo parche, parecido a una pandereta sin cascabeles; el tercero tenía un instrumento semejante a una guitarra, y el cuarto había tomado una «tambura» egipcia, como una botella de latón muy ancha cuyo fondo estaba cubierto con piel de tambor.
Al principio producían juguetonamente débiles sonidos de tintineo y golpeaban el tambor, sin ningún ritmo ni melodía claramente perceptibles; parecía que cada uno estaba ocupado consigo mismo, como si estuvieran afinando sus instrumentos en preparación para crear un ritmo ascendente común. El que tenía la guitarra deslizaba varias veces las puntas de los dedos por sus cuerdas, de arriba abajo, produciendo el efecto de un sonido de arpa controlado. El músico de la tambura tocaba suavemente su «tambura», hacía una pausa y volvía a tocar. El flautista, como sin vida, parecía golpear sucesivamente y con rapidez unas cuerdas bajas y agudas, cuerdas que al parecer coincidían de pronto con los golpes secos, monótonos y repetidos de una pandereta, obligando a la «tambura» a responder vacilante a los violentos acordes de la flauta en un momento y de las cuerdas de la guitarra al siguiente. Antes de que yo cobrara conciencia de ello, un ritmo melódico único había unido los cuatro instrumentos y se había convertido en una armonía. ¿Una armonía? No podría decirlo. Me pareció que estaba presenciando un acontecimiento emocionante más que prestando atención a una interpretación musical. De los incomprensibles sonidos agudos de los instrumentos nació entonces un ritmo nuevo, que ascendía a las notas más altas como una línea oscura y retorcida en forma de concha, y luego descendía de pronto hasta las más bajas, como el ascenso y la caída rítmicos de un objeto metálico: a veces veloz, a veces lento, a veces suave, a veces impetuoso. Mediante una indiferencia resuelta y cambios interminables, aquel acontecimiento ininterrumpido, aquel fenómeno sonoro y auditivo que vibraba en una especie de embriaguez armoniosa, creció, se expandió con fuerza y penetró en mi conciencia. Y cuando, en medio de una música que avanzaba hacia las notas más altas, se detuvo de pronto —¡qué pronto, ah, qué pronto!—, comprendí que había quedado cautivo. La excitación de aquella música me había hechizado sin que yo lo advirtiera; era como si me hubieran apresado y llevado al reino de aquellos sonidos, que mediante su monotonía exterior misma recordaban la eterna repetición de todo cuanto existe. Al golpear las puertas de mis sentimientos, iban sacando gradualmente a la luz todo lo que actuaba en mi interior sin que yo lo supiera; desvelaban y colocaban ante mí algo que siempre había estado allí, pero que ahora se me hizo evidente con una intensidad tan deslumbrante que mi corazón comenzó a latir con fuerza.
Estoy familiarizado con la música occidental. En ella, todo el trasfondo emocional del compositor se arrastra a través de cada tono particular y se refleja en cada estado de ánimo, evocando todos los demás estados de ánimo posibles. Pero esta música árabe parecía surgir del mismo plano de la conciencia, de un único estado delicado —de un estado delicado que no era nada más—, y por eso era capaz de contener los estados de ánimo personales de los sentimientos de cada oyente….
Tras unos segundos de silencio, la tanbura comenzó a sonar con un tono grave, bajo y opresivo, y los demás instrumentos la siguieron. Esta melodía era mucho más femenina que la anterior; su expansión era mucho más suave, y las voces individuales de cada instrumento se ajustaban estrechamente unas a otras, abrazándose con calidez emotiva, como si un hechizo las hubiera unido y las hiciera volverse mucho más excitantes. Se golpeaban entre sí y fluían alrededor unas de otras en suaves líneas ondulantes, que al principio chocaban varias veces con el ritmo acelerado de la tanbura, como contra una barrera sólida. Pero poco a poco se volvieron más agresivas, vencieron a la tanbura y la hicieron prisionera, arrastrándola hasta el registro más alto de una melodía común que ascendía en espiral; y, aunque al principio la tanbura se resistió, pronto cayó presa del embriagamiento general y, ebria, se unió a todas las demás. La línea ondulante perdió su encanto femenino y se lanzó con una violencia creciente, cada vez más rápida, más alta y más aguda, en la fría furia de un impulso consciente que había roto todas las ataduras de la contención. Aquella misma línea ondulante se transformó entonces en un ascenso ebrio y arrebatado hacia ciertas cumbres invisibles de poder y soberanía; del flujo giratorio que poco antes rodeaba a las demás nació, en la armonía de los tonos, una tremenda rotación ciclónica: círculos que corrían de eternidad en eternidad, sin medida, sin límite y sin objetivo, como un acróbata temerario y sin aliento que corriera sobre una cuerda tendida al borde afilado de un abismo, atravesando el centro de un presente eterno, hacia una experiencia que podría llamarse liberación y poder, y que está más allá de todo pensamiento. De repente, en mitad de aquella expansión ascendente, se produjo una pausa: un silencio de muerte, despiadado, honesto, transparente.
El aliento regresó entre los oyentes y espectadores, como el murmullo de las hojas de los árboles, y de entre ellos se elevó un prolongado murmullo de «Ya Allah, Ya Allah». Parecían niños inteligentes, absortos en juegos que conocían muy bien y que siempre los seducían. Sonreían con felicidad y deleite.
Tres
Seguimos arreando nuestros camellos y Zayd canta, siempre al mismo ritmo, siempre con la misma melodía monótona. Porque la mente árabe es monótona; pero eso no significa que sea pobre en imaginación. Tiene abundante imaginación. Sin embargo, su sentimiento innato no se ocupa, como el del hombre occidental, de la extensión, del espacio tridimensional ni de las numerosas y sutiles variaciones simultáneas de la emoción. A través de la música árabe habla un solo deseo cada vez: llevar una experiencia emocional única hasta el extremo mismo de sus límites. En esta pura monotonía, en este deseo casi sensual de condensar el sentimiento en una línea ascendente e ininterrumpida, residen tanto la fuerza como el defecto del carácter árabe. Su defecto: desea experimentar primero este mundo también en el ámbito material. Su fuerza: la convicción de que el conocimiento emocional puede ascender por una línea infinita y, como consecuencia de esa convicción, conducir al hombre en el mundo espiritual al conocimiento de Allah, y a ningún otro lugar. Solo sobre los cimientos de esta inclinación innata, una asombrosa característica de los habitantes del desierto, fue posible el surgimiento del tawhid, o monoteísmo, de los antiguos judíos y su culminación exitosa en la religión de Muhammad. Detrás de ambos se alza el desierto, como una madre.
El alma y el cuerpo
Uno
Los días pasan y las noches se acortan. Y nosotros dos avanzamos a paso ligero hacia el sur. Nuestros camellos están ahora muy sanos y vigorosos. Hace poco les dieron de beber, y durante el último día o los dos últimos les permitieron comer abundante hierba en los pastizales. Entre La Meca y este lugar aún quedan catorce días de camino, quizá más, si pasamos algún tiempo —lo cual es muy probable— en Hail y Medina, las dos ciudades que se encuentran en nuestra ruta.
Se ha apoderado de mí una impaciencia insólita, una urgencia cuya explicación desconozco. Hasta ahora había viajado por placer, sin ninguna prisa; nunca había sentido una necesidad especial de llegar rápidamente a mi destino. El cumplimiento del viaje y el lugar de destino siempre me habían parecido algo accidental. Pero ahora empecé a comprender algo que nunca había comprendido durante mis muchos años en Arabia: la impaciencia por llegar al final del camino. ¿Cuál es el final del camino? ¿Ver La Meca? He estado tantas veces en esta ciudad santa y conozco tan detalladamente esta forma de vida que La Meca ya no lleva para mí la promesa de ningún descubrimiento nuevo… ¿o acaso de un descubrimiento nuevo que estoy esperando? Sin duda debe de ser eso. Porque me siento atraído hacia La Meca por una extraña expectativa personal. Este centro espiritual del mundo musulmán, con su congregación de pueblos procedentes de todas las regiones de la Tierra, parece ser la puerta de entrada a un mundo más vasto que aquel en el que vivo ahora. No es que me haya cansado de Arabia; no: amo el desierto árabe, sus ciudades y la forma de vida de sus habitantes, como amo el desierto árabe, sus ciudades y la forma de vida de sus habitantes, tal como siempre los he amado. Desde que tuve, hace casi diez años, mi primera visión de la vida árabe en el desierto del Sinaí, nunca he tenido motivos para el desaliento, y los años posteriores no han hecho sino fortalecer mis primeras expectativas. Pero, desde la noche que pasé anteayer cerca de Idara, ha nacido en mí la convicción de que Arabia me ha dado, hasta agotarlo por completo, todo lo que tenía que darme.
Soy fuerte, joven y saludable. Puedo arrear camellos durante horas y horas seguidas sin cansarme innecesariamente. Sé viajar, y desde hace muchos años viajo como un beduino, sin tiendas ni esas pequeñas comodidades que, en opinión de los habitantes urbanos del Neyd, son indispensables en los viajes largos. Estoy habituado a toda clase de pequeñas habilidades de la vida beduina y, casi sin darme cuenta, he adoptado los usos y costumbres de la Arabia neydita. Pero ¿es esto todo lo posible? ¿He vivido todos estos años en Arabia únicamente para convertirme en árabe? ¿O me he estado preparando para algo que aún no ha sucedido?
….. …… ….. ……
La excitación que siento ahora se parece mucho a la intensa impaciencia que experimenté al regresar a Europa después de mi primer viaje a Oriente Próximo: la sensación de detenerse de repente justo antes de un descubrimiento extraordinario, un descubrimiento que podría haber ocurrido en mi vida si tan solo hubiera tenido algo más de tiempo.
Y la presión inicial de abandonar aquel mundo y volver a entrar en Europa se había atenuado un poco gracias a los varios meses que pasé en Turquía después de abandonar Siria, en el otoño de 1923. La Turquía de Mustafa Kemal aún no había entrado plenamente en su etapa de imitación reformista. Turquía seguía siendo todavía auténticamente turca en su forma de vida y sus tradiciones; por eso, unida aún por el vínculo del islam, seguía relacionada con la corriente general de la vida árabe. Pero el conflicto en el corazón de Turquía me parecía algo más pesado, menos transparente, menos ligero y mucho más oriental. Cuando viajé por tierra desde Estambul hasta Sofía y Belgrado, mi entrada del Mashriq al Magreb no me pareció una ruptura repentina; las imágenes cambiaron lenta y gradualmente, un entorno tras otro: el número de minaretes iba disminuyendo, y en lugar de las largas caftanes de los hombres aparecieron las chaquetas ceñidas a la cintura de los campesinos. Cuando la vegetación dispersa y las arboledas de Anatolia desaparecieron entre los bosques de abetos de Serbia, de pronto, en la frontera italiana, comprendí que había vuelto a Europa.
Voy en tren de Trieste hacia Viena. Mientras avanzábamos, las impresiones que Turquía había grabado en mi mente comenzaron a perder su vivacidad, y lo único que permaneció como realidad fue el recuerdo de los dieciocho meses que había pasado en los países árabes. Fue para mí como un latigazo comprender que contemplaba con los ojos de un extranjero los paisajes europeos que antes me habían sido tan familiares. La gente me parecía terriblemente fea, sus movimientos, bruscos y desagradables; no tenían ninguna relación directa con lo que realmente sentían y deseaban; y, de pronto, en un destello, comprendí que, aunque todo lo que hacían mostraba exteriormente cierta apariencia de propósito, vivían, sin saberlo, en un mundo de engaño… Como consecuencia de haber convivido con los árabes, mi actitud hacia aquello que yo había llegado a considerar indispensable y fundamental en la vida había cambiado para entonces de manera absolutamente clara e inmutable; con gran asombro recordé que muchos europeos antes que yo habían conocido la forma de vida árabe. Entonces, ¿cómo era posible que ellos no hubieran recibido el golpe del descubrimiento que me había trastornado? ¿O acaso también lo habían recibido? ¿También algunos de ellos se habían visto perturbados en lo más profundo de su ser, como yo lo estaba ahora?
Encontré la respuesta a esta pregunta varios años después, en Arabia. Me la dio en Yeda el entonces ministro neerlandés, el doctor Van der Meulen. Era un hombre liberal y de cultura amplia. Se aferraba a su propia religión, el cristianismo, con una pasión y una devoción hoy sumamente raras entre los occidentales. Por lo tanto, comprensiblemente, no era amigo del islam como religión. Sin embargo, me confesó que, de todos los países que había conocido en su vida, amaba ahora Arabia más que ninguno, incluso más que su propio país. Cuando su misión en el Hiyaz estaba a punto de terminar, me dijo una vez: «Creo que ninguna persona profundamente sensible puede liberarse jamás del hechizo de la vida árabe; después de pasar algún tiempo entre los árabes, nadie puede arrancar este influjo de su corazón. Si alguien abandona este país, llevará para siempre en el corazón el aire de este desierto y volverá continuamente la mirada atrás, con anhelante curiosidad, aunque su hogar se encuentre en una región mucho más rica y mucho más hermosa… aun así».
Permanecí varias semanas en Viena y llegué a un acuerdo con mi padre. Él ya había vencido su ira por haber abandonado yo la universidad y por la descortesía con que había salido de su casa. En cualquier caso, ahora era corresponsal del «Frankfurter Zeitung», un nombre que en aquellos días se pronunciaba en Europa central con temor y reverencia. Había demostrado que mi pretensión jactanciosa de estar por encima de todos como corresponsal de aquel periódico era fundada.
Desde Viena partí directamente hacia Fráncfort, para presentarme en persona en la oficina del periódico para el que llevaba más de un año escribiendo. Llegué allí con muchísima confianza en mí mismo, porque por las cartas que había recibido de Fráncfort me había quedado claro que estaban muy satisfechos con mi trabajo. Realmente me había «presentado» allí. Con esa convicción entré en el solemne palacio, de estilo antiguo, de la «Frankfurter Zeitung». Una vez dentro, envié mi tarjeta al redactor jefe, el mundialmente famoso doctor Heinrich Simon.
Cuando entré en su despacho, me miró durante un instante con mudo asombro; incluso olvidó levantarse de su asiento. Pero pronto recuperó la compostura, se puso de pie y me estrechó la mano.
—Siéntese, siéntese. Lo estaba esperando a usted. Se quedó mirándome fijamente, sin decir nada más. Como consecuencia, empecé a sentirme incómodo.
—¿Ha ocurrido algún error, doctor Simon?
—No, no, no ha habido ningún error. O, mejor dicho, todo está equivocado… Entonces estalló en una sonora carcajada y dijo: —De algún modo, esperaba encontrarme con un hombre de mediana edad, que llevara gafas con montura dorada; y, en cambio, me encuentro ante un muchacho… Oh, perdóneme; si no le molesta, ¿cuántos años tiene?
De pronto recordé al jovial comerciante holandés de Khaibor; él también me había hecho la misma pregunta un año antes. Solté una sonora carcajada: —Tengo algo más de veintitrés años, señor; casi veinticuatro. Luego añadí: —¿Cree que esta edad es demasiado temprana para la «Frankfurter Zeitung»?
—No —respondió Simon lentamente—, no para la «Frankfurter Zeitung», sino para sus artículos. Yo había dado por sentado que solo una persona bastante mayor podía vencer el deseo natural de autopromoción y ocultar por completo su personalidad detrás de lo escrito, tal como he observado en sus textos. Sabe, este es el secreto del periodismo maduro: escribir objetivamente sobre lo que ha visto, oído y pensado, sin mezclar esas experiencias con su propia experiencia estrictamente «personal»… Sin embargo, ahora que lo pienso, me parece que solo alguien muy joven podría escribir con tanto interés y entusiasmo, con tanta… no sé cómo decirlo… con tanta emoción y estremecimiento…
Después suspiró: —Solo espero que esto no se desgaste y que usted no acabe, como todos los demás, satisfecho de sí mismo, embotado y vulgar.
Creo que este descubrimiento de mi juventud pasada fortaleció aún más la convicción del doctor Simon de que había encontrado en mí a un periodista muy prometedor. Estuvo completamente de acuerdo en que debía regresar a Oriente Medio lo antes posible. Cuanto antes regresara, mejor. Desde el punto de vista económico, ya no había ningún obstáculo para un plan semejante. Porque, finalmente, se había logrado controlar la inflación alemana y, como consecuencia de la estabilidad del valor de la moneda, casi de inmediato llegó una oleada de prosperidad. El Frankfurter Zeitung había recuperado la capacidad de sufragar los gastos de viaje de sus corresponsales especiales. Sin embargo, antes de volver a emprender el camino hacia Oriente Medio, tendría que entregar el libro que inicialmente había acordado escribir para este periódico, y también se decidió que, mientras tanto, permanecería vinculado a la redacción, para poder familiarizarme con los pormenores del trabajo en un gran diario.
A pesar de mi impaciencia por volver al extranjero, aquellos meses en Fráncfort fueron extraordinariamente estimulantes. El Frankfurter Zeitung no era solamente un gran periódico; era, en toda regla, un centro de investigación. Este diario contaba con cuarenta y cinco redactores titulares. No se incluía en esa cifra a los numerosos redactores adjuntos y ayudantes que trabajaban en la sala de noticias. El trabajo editorial era, sobre todo, tarea de especialistas. Cada región del mundo y cada asunto político o económico estaban en manos de un redactor que era un experto excepcional en su campo. Y ello seguía la antigua tradición según la cual los artículos y las noticias del Frankfurter Zeitung no serían un reflejo momentáneo de los acontecimientos en curso, sino una especie de testimonio documentado en el que los políticos y los historiadores pudieran confiar. Todo el mundo sabía que, en el Ministerio de Asuntos Exteriores de Berlín, los editoriales y comentarios políticos del Frankfurter Zeitung se archivaban con el mismo respeto con que se archivaba la «correspondencia» de los distintos gobiernos extranjeros. (De hecho, acerca del entonces jefe de la oficina berlinesa de este periódico, Bismarck dijo: el doctor Stein es el embajador del Frankfurter Zeitung ante la corte de Berlín). Para un joven de mi edad, formar parte de una institución semejante era verdaderamente un motivo de orgullo y alegría. Sentí aún más intensamente esa alegría porque los redactores habían prestado profunda atención a las opiniones que yo había expuesto, no sin vacilación, sobre Oriente Medio, y a menudo estas se habían convertido en tema de las reuniones editoriales diarias. Sin embargo, mi éxito definitivo llegó el día en que me dijeron que escribiera un editorial sobre los problemas contemporáneos de Oriente Medio.
El trabajo que me encomendaron en el Frankfurter Zeitung dio un enorme impulso a mi pensamiento consciente. Empecé a contrastar mis experiencias de Oriente con Occidente, del que nuevamente había pasado a formar parte, con una claridad mucho mayor que la que siempre había caracterizado mi pensamiento. Del mismo modo que unos meses antes había descubierto una relación entre la sensación de seguridad en el corazón de los árabes y la religión que practicaban, ahora empecé a pensar que la falta de cohesión espiritual de Europa y la anarquía existente en su moral quizá se debieran a su ruptura con la fe religiosa, la fe que un día había dado forma a la civilización occidental.
Aquí vi una sociedad que, después de abandonar a Allah, buscaba un nuevo camino espiritual; pero muy pocos occidentales habían comprendido cuál era el objetivo de esa sociedad. Parece que, consciente o inconscientemente, la mayoría de los occidentales pensaba, en mayor o menor medida, de una manera semejante: «Puesto que nuestra razón, nuestros experimentos científicos y nuestros cálculos no nos dicen nada con certeza sobre el origen de la vida humana ni sobre su destino después de la muerte física, debemos dedicar todas nuestras fuerzas al desarrollo de nuestras posibilidades materiales e intelectuales; no debemos dejarnos aprisionar por una ética trascendente ni por conceptos asumidos como evidentes que no toman en consideración las pruebas científicas». Así pues, aunque la sociedad occidental no negara abiertamente a Allah, ya no le reservaba ningún lugar en su sistema de vida intelectual.
Varios años antes, cuando me había desilusionado de la religión de mis antepasados, reflexioné sobre el cristianismo. A mis ojos, la concepción cristiana de Allah era mucho más noble que la del Antiguo Testamento, porque esta religión no limitaba la idea de Allah a un grupo humano particular, sino que había dado origen a la idea de que Él era el Padre de toda la humanidad. Sin embargo, en la fe cristiana hay un elemento que constituye una desviación de la visión general de esta religión; ese elemento es la distinción entre el cuerpo y el alma en la perspectiva cristiana, la separación y diferencia entre el mundo de la fe y el mundo material real.
Como el cristianismo se había separado desde el principio de todas las tendencias que querían reconocer como verdaderos la vida y el esfuerzo mundano, me pareció que hacía mucho tiempo que había perdido la fuerza y la capacidad de aportar un impulso moral a la civilización occidental. Los seguidores del cristianismo se acostumbraron a la idea de que la religión no debía inmiscuirse en la vida práctica de los seres humanos. Se contentaban con considerar la fe religiosa como una costumbre tranquilizadora cuyo propósito no era otro que fomentar, en hombres y mujeres individualmente, un vago sentido de moralidad personal, sobre todo en materia sexual. De este modo, con la ayuda de una antigua concepción de la Iglesia, habían dejado todo el ámbito de las actividades sociales y económicas fuera de sus propios límites. Esa concepción de la Iglesia era: «Dad a Allah lo que es de Allah y a César lo que es de César»: esta división. Al dejar fuera de sus límites el ámbito de las actividades sociales y económicas, la política cristiana, el Estado, los negocios y el comercio se desarrollaron por un camino completamente distinto del que había imaginado el profeta Jesús. Al no haber sido capaz de indicar a sus seguidores un camino práctico en los asuntos mundanos, la religión que sigue el mundo occidental, a mi juicio, ha fracasado, a la luz del verdadero propósito del profeta Jesús y, podría decirse, del objetivo fundamental de toda religión; la religión que sigue, a mi juicio, ha fracasado a la luz del verdadero propósito del profeta Jesús y, podría decirse, del objetivo fundamental de toda religión. ¿Cuál es ese propósito u objetivo? Mostrar no solamente cómo debe sentir el ser humano, sino también cómo debe vivir correctamente: ese es el objetivo. Como consecuencia de la sensación innata de que su propia religión lo había decepcionado y fracasado con él de una manera u otra, el hombre occidental había perdido durante los últimos siglos toda clase de fe en el cristianismo. Al perder esa fe, también perdió la convicción de que el universo era la expresión de una sola mente planificadora y, por ello, un todo armoniosamente integrado. Y precisamente porque ha perdido esa convicción, ahora vive en un vacío espiritual y moral. En el alejamiento gradual de Occidente del cristianismo vi una rebelión vigorosa contra el odio a esta vida que san Pablo, desde el principio y por completo, había utilizado para hacer incomprensible la enseñanza del profeta Jesús. Entonces, ¿cómo puede la sociedad occidental seguir afirmando que es una sociedad cristiana? Y, sin una fe verdadera, ¿cómo puede esperar superar la actual anarquía moral?
Un mundo trastornado, desarraigado y convulso: eso era nuestro mundo occidental. El derramamiento de sangre a una escala sin precedentes, la devastación, los enfrentamientos violentos, la quiebra de muchas costumbres y estructuras sociales, el conflicto entre ideales, la lucha amarga y total en favor de nuevos modos de vida: esos eran los signos de nuestra época. De la niebla y la devastación de una guerra mundial, a través de innumerables guerras menores y de numerosas revoluciones y contrarrevoluciones, desde una catástrofe económica que superaba todo lo registrado hasta entonces; en una palabra, de todos estos acontecimientos aterradores emergía una verdad: la dependencia absoluta de Occidente respecto del progreso material y técnico era por sí sola completamente incapaz de eliminar la anarquía y el caos actuales y de establecer la unidad y el orden. «El hombre no vive solo de pan»: esta convicción instintiva y juvenil fue tomando forma en la convicción intelectual de que el culto que el hombre rinde hoy al «progreso» no es más que una débil y vaga réplica de la antigua fe en los valores absolutos; y que esa falsa fe ha sido inventada por quienes han perdido toda capacidad interior de creer en valores absolutos e incondicionales y ahora se engañan a sí mismos creyendo que, de algún modo, tan solo impulsado por la evolución, el hombre superará los obstáculos y las dificultades del presente. No lograba comprender cómo cualquiera de los nuevos sistemas económicos surgidos de esa fe caprichosa podía ser algo más que un remedio provisional para las aflicciones de la sociedad occidental. A lo sumo, esos sistemas podían tratar uno u otro de sus síntomas, pero nunca la causa fundamental de la enfermedad.
…… …… ……. ……..
Mientras trabajaba en la redacción de la «Frankfurter Zeitung», iba con frecuencia a Berlín, donde se encontraban casi todos mis amigos, y fue durante uno de esos viajes a Berlín cuando conocí a la mujer que más tarde se convertiría en mi esposa.
Desde el momento en que me presentaron a Elsa entre la bulliciosa multitud del café Romanisches, me sentí profundamente atraído por ella. No solo por la delicada belleza de su rostro, sino por su cara estrecha y de huesos armoniosamente delineados, con dos profundos ojos azules llenos de significado y una boca delicada y sensible que expresaba sentido del humor y bondad; más aún, me atraía la cualidad instintiva y espontánea de su corazón, mediante la cual acogía a las personas y las cosas. Elsa era pintora. Más tarde supe que, aunque sus obras no eran de gran calidad, todas llevaban la huella de aquella suave, luminosa profundidad que se expresaba en cuanto decía y en cada uno de sus gestos. Aunque era quince años mayor que yo —tenía entonces más de treinta y cinco—, su rostro terso y su cuerpo delgado y flexible hacían que pareciera mucho más joven. De todas las personas de pura estirpe nórdica que he visto en mi vida, Elsa era probablemente su representante más hermosa. Poseía toda la limpieza y la agudeza propias del rostro de los nórdicos; pero estaba completamente libre de la rigidez y la insensibilidad que tan a menudo se encuentran entre ellos. Elsa había nacido en una de aquellas antiguas familias de Holstein que podrían describirse como el equivalente noralemán de la «clase terrateniente» inglesa. Sin embargo, la libertad sin prejuicios de sus maneras y su comportamiento le había dado, en lugar de la objetividad propia de una terrateniente, una calidez enteramente ajena a lo nórdico y una natural perspicacia. Elsa era viuda y tenía un hijo de seis años, al que quería muchísimo.
Sin duda, desde el principio la atracción fue mutua, pues después de nuestro primer encuentro empezamos a vernos con frecuencia. Las impresiones recientes del mundo árabe ocupaban tanto mi mente que naturalmente se las contaba a Elsa, y ella mostraba, ante los sentimientos y las ideas firmes aunque todavía inconexos que esas impresiones habían despertado en mí, una comprensión y una simpatía extraordinarias, muy distintas de las de la mayoría de mis amigos. Deseaba comunicarle todo aquello a Elsa con tanta profundidad que, al escribir el prólogo del libro en el que relataba mi viaje al Próximo Oriente, me pareció que me dirigía a la propia Elsa:
Cuando un europeo viaja por un país de Europa que nunca ha visto antes, aunque se mueva por un ámbito algo más amplio, sigue desenvolviéndose dentro de su propio entorno y puede distinguir fácilmente entre las cosas con las que la costumbre lo ha familiarizado y lo nuevo que encuentra en su camino; porque seamos alemanes o ingleses, y viajemos por Francia, Italia o Hungría, la mente y la conciencia de Europa nos mantienen a todos unidos por un lazo común. Como vivimos dentro de un ámbito definido de asociaciones diversas, somos capaces, por medio de ellas, de comprendernos unos a otros y de hacernos comprensibles para los demás, casi como si dispusiéramos de una lengua común. A esto lo llamamos afinidad cultural. Sin duda, su existencia es una ventaja, un beneficio. Pero, como todas las ventajas que nacen de la costumbre, también esta puede convertirse a veces en un inconveniente; pues de vez en cuando descubrimos que esa conciencia universal nos tiene como envueltos en algodón. Advertimos que la costumbre nos ha adormecido y ha instalado la pereza en nuestros corazones; nos ha hecho olvidar el impulso de aventurarnos por los caminos peligrosos de nuestra época anterior, el esfuerzo por alcanzar la verdad trascendente. En épocas pasadas quizá se las llamaba posibilidades trascendentes, y quienes salían en su búsqueda —descubridores, exploradores o artistas— buscaban siempre las fuentes más profundas de su propia vida. Nosotros, que hemos llegado más tarde, también andamos en busca de nuestra propia vida; pero estamos tan obsesionados con encontrarla antes de que se despliegue y se desarrolle por sí sola, pétalo tras pétalo, que intuimos vagamente el pecado oculto tras semejante empeño. Muchos europeos han empezado a comprender hoy el terrible peligro de evitar el peligro.
En este libro describo mi viaje por una región tan distinta de Europa que no es fácil tender un puente entre ambas, y puede decirse que, en cierto sentido, tal diferencia entraña un peligro. Dejamos atrás la seguridad de un entorno tan uniforme que en él casi nada resulta desconocido ni hay nada verdaderamente asombroso, y entramos en la asombrosa e inédita diversidad de otro mundo.
No nos engañemos: en ese mundo diferente encontraremos muchas imágenes espléndidas; quizá logremos comprender el significado de esta o aquella, pero nunca podremos comprender conscientemente el significado del cuadro completo en ese mundo separado como es posible hacerlo en un país occidental. Lo que nos separa de la gente de ese mundo diferente no es únicamente el espacio, sino algo más que el espacio. ¿Cómo puede haber intercambio de ideas con ellos? No basta con saber hablar su idioma. Si alguien quiere comprender cómo perciben ellos su propia vida, tendrá que entrar en su entorno completamente libre de prejuicios y comenzar a vivir dentro de sus relaciones y asociaciones. ¿Es eso posible? ¿Y sería deseable? Tal vez sustituir nuestros viejos y conocidos hábitos de pensamiento por hábitos de pensamiento extranjeros y desconocidos resulte, a la larga, perjudicial como negocio.
Pero ¿estamos realmente fuera de aquel mundo? No lo creo. La principal razón por la que nos sentimos ajenos a él es que nuestro modo de pensar occidental se asienta sobre un error propio. Estamos acostumbrados a menospreciar los valores creativos extranjeros y desconocidos, y siempre nos sentimos tentados a atacarlos, a asimilarlos según nuestras propias condiciones y a aceptarlos en nuestro propio entorno intelectual. Sin duda, me parece que en nuestra época de angustia ya no hay lugar para semejantes intentos arrogantes. Muchos de nosotros hemos empezado a comprender que la brecha cultural no puede, ni debe, superarse mediante la violación intelectual, sino de otro modo. Tal vez pueda superarse entregándonos a ella con nuestros sentidos. Puesto que ese mundo desconocido es tan completamente distinto de todo cuanto usted ha conocido en su patria, puesto que en él hay tanto espacio para cosas extraordinariamente novedosas y variadas en su forma y en su sonido, si usted presta atención, a veces rozará su ser con el recuerdo fugaz de aquellas cosas que conoció en un pasado remoto y que se perdieron, olvidadas, en el pasado lejano: las realidades intangibles de su propia vida. Y cuando ese aliento de la memoria le llegue desde el abismo que separa su mundo de aquel mundo diferente y desconocido, usted mismo se preguntará: quizá sea aquí —y solamente aquí— donde reside el significado de todos los viajes, de todo vagabundeo; ¿cuál es ese significado? No es otro que despertar a la extraña e irreconocible diversidad del mundo que lo rodea y, con ello, reavivar sus propias realidades personales olvidadas….
Y como Elsa había comprendido por intuición el sentido de aquello que yo había intentado expresar tan inútilmente mediante esas palabras entrecortadas, como un hombre que tantea el camino en la oscuridad, sentí con intensidad que Elsa, y solamente Elsa, podía comprender qué era lo que yo perseguía, y que solo Elsa podía ayudarme en mi búsqueda.
Dos
Terminó otro día del largo viaje sin rumbo. Silencio dentro de mí y silencio en la noche que me rodea. El viento sopla lentamente sobre las dunas, acariciándolas suavemente, y forma ondas como rizos en la arena de sus laderas. Dentro del estrecho círculo iluminado por el fuego encendido veo la figura de Zayed, ocupado con sus recipientes y sartenes; cerca yacen los sacos de nuestra vida, exactamente donde los arrojamos al montar la tienda para pasar la noche, y también nuestras sillas de montar con sus altos mangos de madera. A cierta distancia, los cuerpos de nuestros dos camellos, caídos y arrastrándose, ya se funden con la oscuridad; están cansados del largo viaje, sus cuellos visibles en la arena, aunque tan cerca de usted como los latidos de su propio corazón, en el desierto vacío.
Hay muchos paisajes más hermosos en la tierra, pero ninguno, creo, puede moldear el alma humana con un poder tan absoluto. El desierto, con su dureza y su extensión casi deshabitada y desprovista de vegetación, borra de nuestro deseo de comprender el sentido de la vida todos los artificios; borra las múltiples trampas del engaño en las que una naturaleza más benigna puede hacer caer al ser humano, obligándolo a proyectar su propia imaginación sobre el mundo que lo rodea. El desierto es desnudo y limpio: no sabe transigir. Expulsa del corazón humano todos los pensamientos agradables que podrían utilizarse como máscaras de un pensamiento caprichoso y, así, lo libera para entregarse a un Absoluto que no tiene forma: más lejano que todas las distancias y, sin embargo, más cercano que todo cuanto está cerca.
Desde que el ser humano aprendió a pensar, el desierto ha sido el centro de sustento de toda su fe en el Dios único. Es cierto que, incluso en entornos más suaves y bajo climas más favorables, el ser humano ha encontrado repetidamente indicios de Su existencia y de Su unicidad, como en la idea de la «Moira» de los antiguos griegos: la Moira era una fuerza inescrutable, fuente del poder de todos los dioses del Olimpo y situada fuera de su dominio. Pero tales ideas nunca fueron más que el resultado de una sensación vaga, de una percepción especulativa; no fueron fruto de una sabiduría cierta, hasta que este conocimiento resplandeció con una certeza deslumbrante ante los habitantes del desierto, desde el corazón mismo del desierto. Desde una zarza ardiente del desierto de Madián resonó ante Moisés la palabra de Dios; en la soledad del desierto judío, Jesús recibió el mensaje del Reino de Dios, y en la cueva de Hira, en las montañas desérticas cercanas a La Meca, descendió por primera vez la revelación sobre Muhammad, el Profeta de Arabia (la paz sea con él).
A él le llegó en aquel estrecho y árido desfiladero entre montañas rocosas, en aquel valle desnudo, abrasado por el sol del desierto. ¿Cuál era ese mensaje? No, era la afirmación total de la vida que nace de la unión del cuerpo y el alma: el resultado de ese mensaje fue dar una forma y un objetivo definidos a una nación sin forma ni religión, compuesta por diversas tribus, y hacer que, mediante ella, en pocas décadas se extendiera como una llama y como una promesa hasta el océano Atlántico al oeste y la muralla de China al este. Su destino era permanecer, incluso después de más de mil trescientos años, tras superar toda clase de decadencia política e incluso sobrevivir a la gran civilización que aquel mensaje había engendrado, hasta nuestros días, como una gran fuerza espiritual: aquel mensaje que llegó al Profeta de Arabia….
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Mi tiempo transcurre entre el sueño y la vigilia. Pienso en aquellos días que han pasado, pero que aún no están muertos. Me quedo dormido y sueño; luego mi sueño se interrumpe y vuelvo a incorporarme. En la penumbra de mi despertar, los sueños y los recuerdos avanzan juntos, con dulzura.
La noche se acerca ya al amanecer. El fuego se ha apagado por completo. Zayed duerme envuelto en su manta. Nuestros dos camellos yacen inmóviles, como dos montículos de tierra. Las estrellas aún se ven en el cielo, y quizá uno podría pensar que todavía es hora de dormir. Pero, bajo el horizonte oriental, aparece una tenue franja de luz que surge pálida al atravesar la oscuridad, sobre un resplandor aún más profundo que se extiende por el horizonte: los dos heraldos del alba, a la hora de la oración del fayr.
Sobre mí veo, oblicuamente, la estrella de la mañana, a la que los árabes llaman az-Zuhra, la estrella resplandeciente. Si les preguntas por ella, te dirán que en otro tiempo aquella estrella luminosa fue una mujer…
En otro tiempo había dos ángeles llamados Harut y Marut. Aunque la modestia y la humildad son propias de los ángeles, estos dos olvidaron su condición y se enorgullecieron de que su pureza era eterna e invencible. «Estamos hechos de luz; ¡estamos por encima de esos seres humanos débiles, nacidos del vientre de un hombre!». Pero olvidaron que eran puros únicamente porque no tenían deseos y nunca se les había pedido que los dominaran. Allah se disgustó por su arrogancia y les dijo: «Descended a la tierra y enfrentaos allí a vuestra prueba». Los ángeles orgullosos descendieron a la tierra y, adoptando cuerpos humanos, se mezclaron entre los hijos de los hombres. Ya la primera noche conocieron a una mujer cuya belleza era tan maravillosa que la gente la llamaba az-Zuhra… la mujer resplandeciente. Cuando los dos ángeles miraron a Zuhra con ojos y sentimientos humanos, sus mentes se confundieron y, al parecer hijos de los hombres, sintieron un deseo irresistible de poseerla. Ambos le dijeron a Zuhra: «Concédenos tu favor». Pero Zuhra respondió: «Pertenezco a otro hombre. Si me deseas, tendrás que liberarme de él». Entonces Harut y Marut mataron a aquel hombre y, con las manos teñidas por la sangre que habían derramado injustamente, satisficieron su ardiente deseo con aquella mujer. Pero en el instante en que el deseo desapareció, los dos ángeles recobraron la conciencia y comprendieron que, en su primera noche en la tierra, habían cometido dos pecados: asesinato y adulterio; y que su arrogancia carecía de todo sentido. Entonces Allah dijo: «Elegid entre el castigo terrenal y el castigo del Más Allá». Los dos ángeles, sumidos en un profundo arrepentimiento, eligieron el castigo terrenal. Allah ordenó entonces que fueran suspendidos y encadenados entre el cielo y la tierra, y que permanecieran así hasta el Día de la Resurrección, como advertencia a los ángeles y a los hombres: toda virtud se destruye por sí sola cuando carece de humildad y modestia. Pero, puesto que ningún ojo humano puede ver a los ángeles, Allah transformó a az-Zuhra en una estrella y la suspendió en el cielo, para que los seres humanos pudieran verla siempre y, al recordar su historia, rememoraran la desgracia de Harut y Marut. El esbozo de esta historia parece muy anterior al islam. La historia nació, probablemente, de alguna de las redes de mitos que los antiguos semitas tejieron en torno a su diosa Ishtar, que más tarde se convertiría en la diosa griega Afrodita. Se ha identificado a ese planeta que conocemos como Venus con ambas diosas. Sin embargo, tal como yo escuché la historia, el relato de Harut y Marut es una creación propia de la mente musulmana. La historia ilustra la idea de que la pureza independiente de la materia carece de significado moral mientras dependa de la ausencia de deseos. Pues ¿no es acaso la necesidad de elegir una y otra vez entre el bien y el mal el fundamento de toda moralidad?
El pobre Harut y Marut no lo sabían. Como ángeles, nunca se habían enfrentado a ninguna tentación, y por eso se consideraban puros y superiores a los seres humanos en el aspecto moral. No comprendían que negar la legitimidad de las necesidades corporales implicaría indirectamente negar todos los valores morales en las acciones humanas. Porque es únicamente la presencia de esas exigencias, tentaciones y conflictos… la «posibilidad de elegir lo que convierte al ser humano, y solamente al ser humano, en un ser moral, en una criatura dotada de alma».
Sobre la base de esta concepción, el islam es la única de las religiones superiores que considera el alma un aspecto de la personalidad humana y no la concibe como una entidad independiente por derecho propio. Por consiguiente, desde la perspectiva musulmana, el desarrollo del alma humana está íntimamente ligado a todos los aspectos de su naturaleza. Los deseos y apetitos corporales son una parte inseparable de esa naturaleza. No son consecuencia de ningún «pecado original», sino fuerzas reales otorgadas por Allah, que deben reconocerse y utilizarse inteligentemente. No hace falta decir que la idea del pecado original es completamente ajena a la ética islámica; por eso, el problema del ser humano no consiste en cómo reprimir las necesidades del cuerpo, sino en cómo armonizarlas con las necesidades de su alma, de tal manera que la vida llegue a ser plena y virtuosa.
La raíz de esta afirmación de la vida, casi panteísta, se encuentra en la concepción islámica de que la fitra original del ser humano es esencialmente buena. En contraste con la concepción cristiana de que el ser humano nace pecador, o con la enseñanza hindú de que nace vil e impuro y debe alcanzar la liberación tras vagar penosa y tristemente por muchas vidas, el Corán dice: «En verdad, hemos creado al ser humano en la mejor de las formas, en estado de pureza —una pureza que solo puede perderse por una conducta equivocada posterior—; después lo reducimos a lo más bajo, excepto a quienes creen y obran rectamente».
Tres
Delante de nosotros se extienden los palmerales de Hail.
Nos detuvimos junto a una vieja torre de vigilancia en ruinas, para prepararnos para entrar en la ciudad. Pues la antigua costumbre árabe, que suele estar relacionada con el gusto personal y el sentido de la belleza, exige que, cuando un viajero entra en una ciudad, se ponga sus mejores ropas y entre en ella fresco y limpio, como si acabara de montar en su camello. Así que gastamos el agua que nos quedaba en lavarnos las manos y la cara, nos recortamos las barbas descuidadas y sacamos de debajo de las sillas de montar nuestras prendas más blancas. Sacudimos con cepillos la arena del desierto acumulada durante semanas sobre nuestras ‘abayas’ y en las borlas de vivos colores de las sillas, y adornamos nuestros camellos con sus mejores arreos.
Y por fin estamos preparados para presentarnos en la ciudad de Hail. Esta ciudad es, por su carácter, mucho más árabe que, por ejemplo, Bagdad o Medina. En ella no hay ningún elemento de país o pueblo no árabe: es pura y sin mezcla, como un cuenco de leche recién ordeñada. En el mercado no se ve ninguna vestimenta extranjera; solo se ven las holgadas ‘abayas’ árabes, los ‘kufiyas’ y los ‘igales’. Sus calles son mucho más limpias que las de cualquier otra ciudad de Oriente Medio —incluso que las de cualquier ciudad de Nayד—, y Nayd es famosa por su limpieza no oriental (probablemente porque, al haber sido siempre ‘libres’, sus habitantes han conservado mucho más orgullo propio que la gente de cualquier otro lugar de Oriente). Las casas están construidas con terrones de barro apisonado y endurecido, colocados unos sobre otros; han sido reparadas con esmero. La única excepción son las murallas derruidas de la ciudad, que aún dan testimonio de las guerras pasadas entre las familias de Ibn Saud e Ibn Rashid, así como de la conquista de la ciudad por el propio Ibn Saud en 1921.
Los martillos de los caldereros repiquetean mientras fabrican toda clase de recipientes; las sierras de los carpinteros chillan al hincar sus dientes en la madera, y los zapateros colocan suelas en las sandalias. Los camellos avanzan abriéndose paso entre la multitud: unos llevan a la espalda cargas de leña y otros odres de cuero llenos de mantequilla; los demás camellos, traídos por los beduinos para venderlos, llenan el aire con sus bramidos. Manos expertas palpan y examinan las brillantes alforjas de silla traídas de Al-Hasa. Los pregoneros de las subastas recorren el mercado de un extremo al otro, gritando y anunciando la venta de sus mercancías en las fechas señaladas. Este tipo de subasta es una característica permanente de cualquier ciudad árabe. Aquí y allá se ven halcones de caza saltando arriba y abajo sobre sus perchas de madera, con las patas atadas mediante finas tiras de cuero. Los galgos ‘saluki’, de color miel, yacen tendidos al sol, dejando descansar perezosamente sus hermosos cuerpos y extremidades. Beduinos enjutos con ‘abayas’ raídas, sirvientes elegantemente vestidos y los guardias del ‘Amir’ —casi todos oriundos de las provincias del sur— se mezclan con los mercaderes de Bagdad, Basora y Kuwait y con los habitantes de Hail. Estos habitantes locales, es decir, los hombres —pues de las mujeres apenas se ve algo más que sus negras ‘abayas’, que las cubren de los pies a la cabeza— pertenecen a una de las familias más hermosas del mundo. Parece que toda la belleza y armonía que la raza árabe ha alcanzado hasta ahora en el rostro y la figura se ha encarnado en esta tribu de Shammar, sobre la que cantó un poeta de la época preislámica: «En las tierras altas viven hombres ardientes como el acero y mujeres castas y orgullosas».
Cuando llegamos ante la fortaleza del ‘Amir’, donde habíamos decidido alojarnos durante los dos días siguientes, vimos que nuestros anfitriones habían instalado una corte en el espacio abierto situado ante la puerta de la fortaleza. El Amir Ibn Musa‘d pertenece a la rama Jiluwi de la familia de Ibn Saud y es cuñado del rey. Es uno de los gobernadores más poderosos del rey. Se le llama el ‘Amir del Norte’ porque no solo gobierna la provincia de Jabal Shammar, sino toda la región del Nayד del Norte, una extensión tan vasta como Francia, hasta las fronteras de Siria e Irak.
El ‘Amir’, que es un viejo amigo mío, y un ‘shayaj’ beduino procedente de las estepas están sentados en un largo y estrecho banco de ladrillo construido a lo largo de la muralla de la fortaleza. En una larga fila, sentados a sus pies, están los ‘rajajil’ de Ibn Musa‘d: los guardias armados, equipados con rifles y espadas en vainas de plata, que nunca se apartan de él durante el día, más por respeto a su dignidad que por protegerlo; después están los cuidadores de halcones, con las aves posadas en sus puños enguantados; y luego los sirvientes de rango inferior, los beduinos, un grupo de ayudantes, hasta los mozos de los establos pequeños y grandes; todos se consideran iguales como seres humanos, pese a las diferencias de sus cargos. Y en este país, donde nunca se llama a nadie ‘mi señor’, salvo al dirigirse a Allah durante la oración, ¿cómo podría ser de otro modo? Frente a ellos, beduinos y habitantes de la ciudad están sentados formando un gran semicírculo, presentando al ‘Amir’ sus quejas y disputas para que las resuelva.
Dejamos nuestros camellos fuera de este círculo. Tras confiar los camellos a los dos ayudantes que habían corrido a nuestro encuentro, avanzamos hacia el ‘Amir’. Él se puso de pie, y también se levantaron con él quienes estaban sentados a su lado en el banco y en el suelo, delante de él. Extendiendo la mano hacia mí, dijo: «Ahlan wa sahlan» —«Venid, sentaos; que Allah os prolongue la vida».
Beso la punta de la nariz y la frente del emir, y él besa mis dos mejillas; luego me atrae para sentarme en el banco, a su lado. Zayd ocupa su lugar entre los «rajajil».
Ibn Musa’d me presentó a sus invitados. Algunos de ellos eran completamente nuevos para mí, mientras que a otros los conocía desde hacía varios años. Entre ellos se encontraba Ghadban ibn Rimal, el jeque supremo de los Shammar de Sijara. A este veterano guerrero, siempre alegre, lo llamo tío. Al ver su aspecto casi completamente ajado, nadie podría imaginar que es el caudillo más temible de las regiones del norte; ha cubierto de tanto oro y piedras preciosas a su joven esposa que, según la creencia general, cuando ella desea salir de su enorme tienda sostenida por dieciséis postes, necesita que dos esclavas soporten el peso que lleva encima.
Sus dos ojos comenzaron a brillar cuando me abrazó y me susurró al oído:
—¿Todavía no has conseguido una esposa nueva?
En respuesta, me limito a sonreír levemente y a encogerme de hombros.
El emir Ibn Musa’d debió de oír la broma, porque se echó a reír en voz alta y dijo:
—Para el viajero fatigado hace falta café, no una esposa. Luego gritó:
«Qahwa»
—«Qahwa»— repite el sirviente más cercano al emir, y el sirviente que se encuentra al final de la fila pronuncia también esta palabra: «Qahwa». Así continúa el procedimiento hasta que la orden ceremonial llega a la puerta de la fortaleza y vuelve a resonar en el interior. Al instante aparece un sirviente con una cafetera tradicional de latón en la mano izquierda y varias tacitas pequeñas en la derecha; primero sirve el café al emir, la segunda vez a mí y después sirve a los demás invitados según su rango. Las tazas se vuelven a llenar una o dos veces y, cuando algún invitado indica que ya no desea más, la taza se llena de nuevo y se ofrece al invitado siguiente.
Es evidente que el emir está ansioso por conocer el resultado de mi viaje a la frontera iraquí. Sin embargo, su curiosidad por lo que me ha ocurrido en el camino solo se manifiesta en estas pequeñas preguntas; deja las averiguaciones más detalladas para cuando estemos los dos a solas. Luego reanudó la audiencia del juicio que había quedado interrumpida por nuestra presencia.
En Occidente sería inconcebible un tribunal tan sencillo y libre de complicaciones; naturalmente, como gobernante y juez, todo el respeto corresponde al emir. Pero el respeto que los beduinos le muestran no contiene el menor rastro de servilismo. Tanto el demandante como el demandado se mantienen con orgullo conscientes de que son hombres libres. No hay vacilación ni timidez en sus gestos; sus voces suelen ser fuertes y firmes, y cada uno habla al emir como si hablara con un hermano mayor, llamándolo, incluso en el caso del propio rey, por su nombre de pila, conforme a la costumbre beduina, y no por su título. No hay el menor indicio de ferocidad en la nobleza de Ibn Musa’d. Su hermoso rostro, adornado por una corta barba negra, y su cuerpo de estatura mediana y algo fornido expresan ese dominio natural de sí mismo y ese sencillo sentido de la dignidad que en Arabia suele coexistir con un poder arrollador. Ibn Musa’d es muy serio y, con frases breves y precisas, resuelve sin demora los casos sencillos; los casos algo más complejos, que requieren conocimientos de jurisprudencia, los remite al cadí de la región.
No es fácil ejercer la máxima autoridad en una gran región beduina. Para llegar a la decisión correcta en medio de la apasionada complejidad de las querellas beduinas se necesita un conocimiento profundo de todas las tribus beduinas, de las relaciones entre las distintas familias, de los principales personajes, de los pastizales de las tribus, de la historia pasada y del estado de ánimo presente. En este asunto se necesita tanta astucia de corazón como agudeza de inteligencia, y ambas deben actuar juntas con una precisión sutil y exacta para evitar el error. Porque, así como los beduinos jamás olvidan un favor que se les hace, tampoco olvidan nunca un veredicto que consideran injusto. Por otro lado, aquellos contra quienes se ha dictado un veredicto justo casi siempre lo aceptan con una sonrisa. Tal vez Ibn Musa’d sea, después de Ibn Saud, superior a todos los emires en el cumplimiento de estas condiciones. Está tan ensimismado, es tan callado y está tan libre de conflictos interiores que, cuando su razón judicial llega al límite, justo en ese momento su intuición natural casi siempre le muestra el camino correcto. Es un nadador del río de la vida. Se deja llevar por la corriente, se adapta a ella y controla la corriente.
En ese momento, dos beduinos vestidos con harapos exponen el motivo de su disputa con palabras y gestos apasionados. Por lo general, es difícil llegar a una conclusión sobre los beduinos; siempre hay entre ellos algo imprevisible: la posibilidad de una súbita excitación espontánea que no sabe transigir; el paraíso y el infierno parecen estar siempre muy cerca uno del otro. Pero ahora puedo ver cómo Ibn Musa’d los separa en medio de su ira ardiente y los calma con sus palabras serenas. Algunos podrían pensar que, mientras uno de ellos aboga por hacer valer su derecho, ordenaría al otro que guardara silencio; pero no lo hizo. Al contrario, dejó que ambos hablaran al mismo tiempo y se superaran mutuamente a gritos, interviniendo solo de vez en cuando entre ellos, con una palabra aquí y una pregunta allá, para sumergirse al instante siguiente en el calor de su discusión. Parece ceder y retroceder, solo para volver unos momentos después con otro comentario oportuno. Esta manera de ajustar la mente del juez a la realidad —una realidad que dos hombres furiosos interpretan de formas completamente opuestas— resulta fascinante: el esfuerzo de adaptarse a ella no es tanto una búsqueda de la verdad en el sentido jurídico como la revelación gradual de una verdad objetiva oculta. El emir avanza hacia ese objetivo a intervalos y extrae la verdad como con un hilo delicado, poco a poco, con infinita paciencia, casi sin que lo adviertan ni el demandante ni el demandado… hasta que de pronto se detienen, se miran con ojos atónitos y desconcertados, y comprenden que el veredicto ya ha sido pronunciado y que es tan evidentemente justo que no necesita explicación alguna… Entonces uno de los dos se levanta vacilante, su abaya cuelga larga y suelta, y toma de la mano a quien hasta hacía unos instantes era su rival, atrayéndolo con fuerza y casi amistosamente: «Vamos». Y ambos salen de la audiencia, todavía algo aturdidos y al mismo tiempo liberados de toda preocupación, deseando en voz baja paz al emir.
La escena es magnífica, casi una obra de arte: parece un ejemplo de esa fructífera colaboración entre la jurisprudencia y la justicia que en los tribunales y las asambleas legislativas de Occidente aún se encuentra en su infancia; pero aquí se manifiesta en toda su plenitud, en la plaza polvorienta del mercado, frente a la fortaleza de un emir árabe.
Ibn Musa’d, apoyado perezosamente contra el muro de tierra, recibe el caso siguiente para su audiencia. Su rostro firme e instruido, con dos ojos profundos cuya mirada es vivaz y penetrante, es el rostro de un verdadero líder de hombres, el símbolo supremo de la más noble cualidad de su pueblo. ¿Y cuál es esa noble cualidad? La sabiduría instintiva del corazón.
Algunos otros presentes expresan también abiertamente una admiración semejante. Un beduino de la tribu Harb, que al parecer es guardaespaldas del emir, estaba sentado en el suelo justo delante de mí; el hombre estiró el cuello hacia mí y, con una sonrisa tímida que le iluminaba el rostro, dijo:
«¿No es este como aquel sultán de quien dice al-Mutanabbi:
“Me encontré con él cuando su espada, cegadora como un relámpago, estaba envainada,
lo vi cuando aquella espada estaba teñida de sangre,
y siempre lo encontré
en su forma más excelsa de ser humano,
pero, aun entre todo ello, lo mejor de él era su noble corazón…?”
No me pareció extraño oír a un beduino analfabeto citar un poema de uno de los más grandes poetas árabes, que vivió en el siglo X; no me habría parecido más extraño oír a un campesino de Berbería recitar versos de Goethe, o ver a un marinero inglés declamar poemas de William Blake o Shelley. Porque, pese a la mayor difusión del arte entre las masas de Occidente, el europeo o estadounidense medio no participa realmente de los mayores tesoros de la cultura occidental; en cambio, una gran parte de los musulmanes sin instrucción, e incluso a veces analfabetos, participa conscientemente cada día en la herencia cultural de su pasado. Así como este beduino fue capaz de recordar un verso apropiado de al-Mutanabbi para ilustrar una situación que había visto personalmente, del mismo modo muchos iraníes vestidos con harapos, que no habían ido a la escuela —ya fuera un aguador, un mozo de mercado o un soldado de un puesto fronterizo— llevan en la memoria innumerables poemas de Hafiz, Jami o Ferdowsi y los entretejen en la trama de su conversación cotidiana. Aunque estos pueblos musulmanes han perdido en gran medida la creatividad que hizo tan grande su herencia cultural, aún mantienen una relación directa y viva con las cumbres de ese legado, con sus mayores tesoros.
……. ……… ………… …………
Todavía recuerdo el día en que hice este descubrimiento en el mercado de Damasco. En mis manos tenía un recipiente, una gran fuente hecha de terracota. Su forma era de una solemnidad extraña: grande y redonda, como una esfera achatada por un lado, cuyas proporciones podían compararse casi exactamente con las proporciones musicales; desde la superficie superior redondeada del recipiente, cuya suavidad era tan delicada como la de la mejilla de una mujer, dos asas se curvaban y se inclinaban perfectamente hacia fuera, algo de lo que una ánfora griega habría podido sentirse orgullosa. Podía ver las huellas de sus dedos en la arcilla; alrededor de la masa vuelta hacia el interior del recipiente, había trazado con los rápidos y seguros golpes de su cincel un dibujo de sarmientos y hojas tan delicado que parecía sugerir un jardín de rosas en flor. El alfarero trabajaba deprisa, casi con indiferencia, mientras creaba aquella asombrosa sencillez que despierta toda la gloria de la cerámica selyúcida e iraní, tan apreciada y celebrada en los museos de Europa: aquel alfarero no tenía intención alguna de crear una obra de arte. Lo que estaba haciendo era una olla para cocinar, nada más, solamente una olla para cocinar, que cualquier fellah o beduino podía comprar cualquier día en cualquier mercado por unas cuantas monedas de cobre.
Sé que los griegos alcanzaron una perfección semejante o incluso mayor, quizá también en sus recipientes para cocinar; porque ellos también —los aguadores, los cargadores del mercado, los soldados y los alfareros, todos y cada uno— participaban verdaderamente de una cultura que no se basaba en el afán creador de unos pocos individuos escogidos, ni en unas cuantas cumbres elevadas a las que solo podían llegar los genios, sino que era patrimonio común de todos. Los objetos bellos que formaban parte de aquella cultura los enorgullecían como parte de sus actividades cotidianas: una participación ininterrumpida en la posesión viva y compartida de todos.
Mientras sostenía aquel recipiente entre mis dos manos, comprendí que eran benditos quienes cocinaban a diario en recipientes semejantes; benditos quienes podían reclamar la herencia de una cultura, una pretensión que no era vanidad vacía, sino algo mucho más grande.
Cuatro
—Muhammad, ¿te sentarás ahora a comer conmigo y me honrarás?—. Al oír la voz de Ibn Musa’d, el hilo de mi imaginación se rompe; abro los ojos y Damasco vuelve a desaparecer en el pasado, que es donde le corresponde estar; y vuelvo a verme sentado en el banco, junto al «emir de la región septentrional». La audiencia ha terminado por el momento. Los litigantes se despiden uno tras otro. Ibn Musa’d se levanta del banco, y con él se ponen de pie sus invitados y sus guardias.
El grupo se divide en dos y nos abre paso. Después de que atravesamos la puerta de entrada, vuelven a reunirse y nos siguen hasta el patio de la fortaleza.
Al cabo de un rato, el «emir» Ghadban ibn Rimar y yo nos sentamos a comer juntos ante una bandeja muy grande. Sobre el arroz hay un cordero entero asado. Además de nosotros, en la habitación están dos asistentes del «emir» y una pareja de sabuesos salukíes de color dorado.
El anciano Ghadban pone una mano sobre mi hombro y dice: «Todavía no has respondido a mi pregunta: ¿aún no has conseguido una nueva esposa?»
Me río de su insistencia: «Usted sabe que tengo una esposa en Medina; ¿por qué habría de buscar otra?»
—¿Por qué? ¡Dios me libre! «Una» esposa, ¡y tú todavía eres un joven! ¿Por qué, cuando yo tenía tu edad…?—
—He oído, jeque Gadban —interviene el emir Ibn Musa’d—, que todavía no eres menos vigoroso que antes.
—Oh, emir, ahora no soy más que unas ruinas gastadas. Que Dios prolongue sus días, pero a veces deseo la cercanía de un cuerpo femenino cálido para reanimar mis huesos marchitos… Pero dime —Gadban se vuelve hacia mí—, ¿qué ha sido de la muchacha mutairí con la que te casaste hace dos años? ¿Qué hiciste con ella?
—¿Por qué? Nada; y esa es precisamente mi respuesta —digo.
—¿Nada de nada…? —repite el anciano, abriendo mucho los ojos—. ¿Era acaso tan fea?
—No; al contrario, era sumamente hermosa.
—¿Qué ocurre? —pregunta Ibn Musa’d—. ¿De qué joven mutairí estáis hablando? Acláralo un poco, Muhammad.
Intento informar al emir sobre aquel matrimonio fracasado.
Por entonces vivía en Medina, sin esposa y solo. Un beduino de la tribu de Mutair, llamado Fahad, pasaba cada día horas enteras en mi «majlis del kahwa» y me contaba toda clase de increíbles aventuras suyas bajo el mando de Lawrence durante la Segunda Guerra Mundial. Un día me dijo: «Ningún hombre debería pasar la vida solo; porque, de hacerlo, la sangre se te coagulará en las venas y los vasos sanguíneos: deberías casarte». Y cuando, en broma, le dije que buscara y me trajera una novia, respondió: «Eso es muy fácil. La hija de mi cuñado Mutarik ya está en edad de casarse y, como soy hermano de su madre, puedo decirte que es sumamente hermosa».
De nuevo, en tono de broma, le dije que averiguara si su padre estaría de acuerdo. ¡Qué sorpresa! Al día siguiente, el propio Mutarik se presentó ante mí. Después de apurar, evidentemente incómodo, varias tazas de café, toser un poco y vacilar otro tanto, finalmente me dijo que Fahad le había contado que yo quería casarme con su hija. «Me sentiría bendecido si te tuviera por yerno; pero Rukeya todavía es una niña: solo tiene once años».
Al enterarse de que Mutarik había venido, Fahad se puso furioso, hecho una hoguera: «¡Canalla! ¡Canalla mentiroso! ¡La muchacha tiene quince años! En realidad, no quiere casar a su hija con ningún árabe del pueblo. Por otra parte, sabe lo estrecha que es tu relación con Ibn Saud. Así que no quiere herirte rechazándote directamente. Por eso finge que su hija todavía es una niña. Pero yo te digo que sus pechos son así…»; y con las manos describió un busto de tamaño y proporciones tan provocativos «como dos granadas maduras que dieran ganas de arrancar a mordiscos».
Ante esta descripción, los ojos del viejo Gadhban brillaron: «De quince años, hermosa y virgen»… Y aun así dijo: «¡Nada! ¿Qué más podrías haber deseado?»
—Bien, espera hasta que termine el resto de la historia… Debo admitir que mi interés iba creciendo, quizá un tanto más estimulado por la oposición de Mutarik. Le di a Fahad diez monedas de oro como mahr. Fahad hizo todo lo posible por convencer, en mi nombre, a los padres de la novia para que me la entregaran. Se envió un regalo semejante a la madre de la novia, la hermana de Fahad. No sé qué ocurrió realmente en su casa. Solo sé que, al final, los dos lograron convencer a Mutarik de que aceptara este matrimonio.
—Me parece que este Fahad —dijo Ibn Musa’d— es un hombre muy astuto. Está claro que él y su hermana esperaban de ti una gratificación mayor. Pero ¿qué ocurrió después?
Continué contándoles cómo, unos días después, el matrimonio se celebró como de costumbre en ausencia de la novia. Según el rito, su padre la representó como wali y como wakil; junto con el wakil de la novia, dos testigos dieron fe de la validez del consentimiento. Después se sirvió, con motivo de la boda, un banquete costoso y delicioso, acompañado de los regalos tradicionales para la novia —a quien yo todavía no había visto ni una sola vez—, para sus padres y para varios parientes cercanos, entre los cuales, naturalmente, Fahad ocupaba el lugar principal. Esa misma tarde, la madre de la novia y varias muchachas cubiertas con burkas llevaron a mi esposa a mi casa, mientras las mujeres cantaban canciones nupciales y tocaban el daff desde los tejados de las casas vecinas.
A la hora señalada entro en la habitación donde mi esposa y su madre me estaban esperando. No podía distinguir a una de la otra. Porque ambas estaban cubiertas con el burka de pies a cabeza. Pero cuando, como manda la costumbre, pronuncié las palabras «Ahora puede usted retirarse», una de las mujeres cubiertas con burka se levantó y salió lentamente de la habitación; así supe que la mujer que se quedó era mi esposa.
—«¿Y después, padre… qué ocurrió después?»—pregunta Ibn Rimal cuando hago una pausa en este punto de mi relato. El Amir me mira con una expresión teñida de diversión.
—«Después… la pobre muchacha está sentada; puedo ver claramente que está terriblemente asustada por haber sido entregada de ese modo a un hombre completamente desconocido. Y cuando le dije, con toda la humildad y gentileza que conocía, que levantara el niqab de su rostro, se envolvió la abaya aún más firmemente alrededor del cuerpo».
—«Siempre hacen lo mismo», dice Ibn Rimal en voz alta. «Al comienzo de la noche de bodas siempre están así de aterrorizadas. Además, es decoroso que una muchacha joven sienta vergüenza. Pero después suelen estar contentas… ¿No se puso contenta tu esposa?»
—«No, no se puso contenta. Tuve que quitarle yo mismo el niqab del rostro y, al hacerlo, vi a una muchacha sumamente hermosa, de tez del color del trigo maduro, con el rostro ovalado, unos ojos enormes y una larga cabellera que caía sobre el mismo cojín en el que estaba sentada. Pero, en realidad, aquel era el rostro de una niña cuya edad no podía superar los once años, exactamente como había dicho su padre; Fahad y la codicia de su hermana me la habían presentado como apta para casarse por su edad. El pobre Mutarik no había mentido en absoluto».
—«¿Y qué importa eso?» pregunta Ibn Rimal, como si no entendiera lo que intento decir. «¿Qué delito han cometido once años? Una muchacha crece; ¿cómo no va a crecer? Y crece aún más deprisa en el lecho de su esposo…».
Pero el Amir Ibn Musa’d dice: «No, jeque Ghadban, no es eso; él no es un najdí como tú. Tiene más cerebro en la cabeza». Luego se vuelve hacia mí y, con una sonrisa deliberada, dice: «Muhammad, no escuches a Ghadban. Es un najdí, y el cerebro de casi todos los najdíes (señalando con la mano hacia la cabeza) no está ahí, sino aquí», y señala una parte completamente distinta de su cuerpo.
Todos rompemos a reír, y Ghadban murmura entre su barba: «Entonces, Amir, ¡seguramente tengo más cerebro que usted!»
Bajo su presión, continúo relatando aquella historia y les digo que, fuera lo que fuese el viejo Gadban en este asunto, la extrema juventud de mi novia niña no me pareció ninguna ventaja adicional. La muchacha había sido víctima de la vergonzosa estratagema de su tío materno. No sentí por ella más que compasión. La traté como se trata a un niño. Le aseguré que no tenía nada que temer de mí. Pero ella no dijo una sola palabra; al contrario, la manera en que temblaba no hacía sino revelar su terror. Busqué minuciosamente en un estante y encontré un trozo de chocolate; se lo ofrecí. Pero, como jamás había visto chocolate en su vida, lo rechazó, negando vigorosamente con la cabeza. Entonces intenté tranquilizarla contándole una historia divertida de Las mil y una noches. Pero no pareció entenderla. Ni que decir tiene que no le pareció divertida; finalmente pronunció estas primeras palabras: «Me duele la cabeza»… Le puse en la mano unas tabletas de aspirina, junto con un vaso de agua; pero aquello provocó una expresión de miedo aún más intensa (más tarde supe que una amiga le había dicho que aquellos extranjeros desconocidos a veces daban ese tipo de medicinas a sus esposas en la noche de bodas para poder violarlas con facilidad). Durante unas dos horas, o casi, logré convencerla de que no tenía semejante intención de forzarla. Al final, como los niños de su edad, se quedó dormida, mientras yo extendía mi cama sobre la alfombra, en un rincón de la habitación.
A la mañana siguiente envié a buscar a su madre y exigí que se llevara a su hija a su propia casa. ¡La mujer quedó completamente atónita! Mi suegra jamás había oído hablar de que un hombre rechazara un bocado tan delicioso, una virgen de once años, una presa tan tierna. Sin duda debió de pensar que yo tenía algún defecto fundamental.
—¿Y después? —pregunta Gadban.
—Nada: me divorcié de la muchacha y la devolví exactamente en el estado en que había venido a mí. Para su familia, el trato no resultó malo, porque recuperaron a la muchacha y también el mahr que yo había pagado, junto con todos los regalos de boda. Y por todas partes se difundió el rumor de que yo era impotente, incapaz de ser un hombre, y algunos de mis bienintencionados amigos intentaron convencerme de que quizá alguien, o alguna de mis esposas anteriores, me había hechizado; y que solo podría liberarme de aquel hechizo mediante otro hechizo contrario…».
—Muhammad, cuando pienso en tu siguiente matrimonio en Medina y en tu hijo —dijo Amir entre risas—, no cabe duda de que realizaste un hechizo verdaderamente extraordinario…».
Cinco
A la noche siguiente, cuando me disponía a dormir en la habitación que me habían dejado, vi que Zayd estaba mucho más callado de lo habitual, aunque normalmente ya era silencioso. Se acercó y se quedó de pie junto a la puerta, evidentemente perdido en algún pensamiento lejano. Tenía la barbilla apoyada sobre el pecho, y sus dos ojos estaban fijos en los diseños circulares azules y verde musgo de la alfombra jorasán tendida en el suelo.
—Después de tanto tiempo, ¿qué se siente al volver a la ciudad de tu juventud, Zayd? —le pregunté, porque cada vez que había venido a Ha’il en el pasado, Zayd se había negado a entrar en esta ciudad.
—No puedo decirlo con certeza, tío —responde lentamente—. Once años… Han pasado once años desde la última vez que vine aquí. Usted sabe que antes mi corazón no podía consentir que viniera. Porque, cada vez que venía, veía a los hombres del sur gobernando en el palacio de Ibn Rashid; y eso me resultaba insoportable. Pero ahora, con las palabras del Libro, digo yo mismo: «Oh, Dios, Dueño de la soberanía, concedes el poder a quien quieres y se lo quitas a quien quieres; honras a quien quieres y humillas a quien quieres. En Tu mano está todo bien, y Tú tienes poder sobre todas las cosas». Sin duda, Dios había concedido el sultanato a la dinastía de Ibn Rashid, pero ellos no sabían cómo ejercer correctamente ese poder. Eran generosos con su pueblo, pero crueles e implacables con sus parientes y desenfrenados en su arrogancia. Se entregaron a la violencia, hermano mató a hermano, y por eso Dios les quitó el poder y se lo devolvió a Ibn Saud. Creo que ya no debería entristecerme por ello; pues ¿acaso no está escrito en el Libro: «A veces amáis algo que puede ser lo más perjudicial para vosotros, y a veces odiáis algo que puede ser lo mejor para vosotros»?
En la voz de Zayed había un dulce y sereno aire de entrega; pero esa entrega no significaba más que aceptar lo que ya había sucedido y, por ello, ya no podía cambiarse. Este silencioso asentimiento del corazón musulmán ante la realidad de que el pasado es inmutable —la aceptación de que todo cuanto ha ocurrido tenía que ocurrir exactamente como ocurrió y no podía haber ocurrido de ningún otro modo— es lo que los occidentales suelen confundir erróneamente con una especie de «fatalismo» inherente a la perspectiva islámica. Pero la conformidad de los musulmanes con el destino se refiere al pasado, no al futuro; no significa rechazar la acción, abandonar la esperanza ni renunciar al empeño de mejorarse a uno mismo, sino negarse a considerar el pasado real como obra de algo distinto de Dios.
—Y además —prosigue Zayed, retomando el hilo de su discurso—, Ibn Saud no ha hecho nada malo a los Shammar. Ellos lo saben, porque cuando Kutta al-Dabish se rebeló contra él hace unos tres años, ¿acaso no lo apoyaron con sus espadas?
En efecto, así lo hicieron, y lo hicieron con esa virilidad del vencido que los árabes genuinos suelen mostrar en los momentos más sublimes de su vida. Lo hicieron en aquel año terrible, 1929, cuando la espantosa rebelión beduina dirigida por Faisal al-Dabish hizo tambalear los cimientos del reino de Ibn Saud. Entonces, todas las tribus Shammar de Najd, olvidando su antigua enemistad con el rey, se pusieron de su lado. Más tarde contribuyeron enormemente a la victoria que el rey obtuvo sobre los rebeldes. Esta reconciliación es verdaderamente notable, porque apenas unos años antes Ibn Saud había conquistado Hail por las armas y, de ese modo, había restablecido el dominio del sur sobre la región septentrional; y es aún más notable porque el propio Ibn Saud es uno de los najdíes entre quienes perdura, desde hace generaciones, el odio y la hostilidad mutuos hacia la dinastía Shammar y los habitantes del sur de Najd. Este odio es mucho más profundo que la lucha por el poder entre dinastías. En gran medida, este odio —que ni siquiera el reciente acuerdo ha podido borrar por completo— es la expresión del enfrentamiento tradicional entre el sur y el norte, que ha recorrido toda la historia de los árabes y cuyo ejemplo puede encontrarse en la historia de muchos otros pueblos. Porque, aunque la falta de reconocimiento étnico entre pueblos vecinos completamente distintos puede crear enemistad, a menudo una pequeña diferencia en el ritmo y la cadencia internos de la vida puede engendrar una enemistad aún mayor incluso entre tribus estrechamente relacionadas.
Además de la rivalidad política, hay otro factor que desempeña un papel importante en el contraste emocional entre las regiones septentrional y meridional de Arabia. Al sur de Najd, cerca de Riad, apareció hace unos doscientos años el reformador puritano Muhammad ibn Abd al-Wahhab, quien inspiró a varias tribus —que en aquella época eran musulmanas solo de nombre— con un nuevo fervor religioso. En la entonces insignificante dinastía de Ibn Saud —cuyo jefe era el señor de la pequeña ciudad de Dabia— esta reforma encontró el brazo de hierro que dio fuerza práctica a su mensaje inspirado y que, en pocas décadas, unificó una vasta parte de la península arábiga bajo el movimiento de aquella fe ardiente e intransigente, conocido en el mundo como «wahabismo». En todas las guerras y conquistas wahabíes de los últimos ciento cincuenta años, estos hombres del sur han enarbolado siempre la bandera del puritanismo, mientras que los hombres del norte solo los han acompañado a medias; pues, aunque la tribu Shammar coincide doctrinalmente con la escuela wahabí, sus corazones siempre han permanecido muy lejos del ardiente e inflexible fervor religioso del sur. Al vivir cerca de las tierras fronterizas de Siria e Irak y mantener siempre relaciones comerciales con ellas, la tribu Shammar ha adquirido a lo largo de los siglos una suave indiferencia en su manera de ver las cosas y una disposición mental hacia el compromiso, algo desconocido para los habitantes del sur, mucho más aislados. Los hombres del sur solo conocen los extremos y, durante los últimos ciento cincuenta años, no han pensado en otra cosa que en soñar con la yihad. Estos hombres orgullosos y arrogantes creen que solo ellos son los auténticos representantes del islam y que todas las demás naciones musulmanas son jariyíes.
A pesar de todo esto, los wahabíes no son en absoluto una secta separada. Cuando se habla de una «secta», debe entenderse que existen diversas opiniones diferenciadas que han separado a los seguidores de una secta de todos los demás seguidores de la misma religión. Por supuesto, la doctrina wahabí no contiene ninguna creencia particular; por el contrario, este movimiento quiso eliminar las capas que, a lo largo de muchos siglos, se habían depositado sobre las enseñanzas fundamentales del islam, así como los principios y creencias impuestos al islam, para regresar a las enseñanzas fundamentales del Mensajero de Dios. Por su claridad intransigente, este movimiento contenía sin duda una iniciativa que, con el tiempo, podría haber liberado al islam de las supersticiones que habían cubierto sus enseñanzas. Es evidente que el origen de todos los movimientos renacentistas del islam moderno —el movimiento de los «Ahl al-Hadiz» en la India, el movimiento senusí del norte de África y los esfuerzos de Yamal al-Din al-Afgani y de Muhammad Abduh en Egipto— puede rastrearse directamente en el impulso espiritual que Muhammad ibn Abd al-Wahhab inició en el siglo XVIII. Pero la consecuencia que sus enseñanzas tuvieron en Nayad presenta dos defectos, razón por la cual este movimiento no pudo convertirse en una fuerza de desarrollo espiritual. Uno de sus defectos es la estrechez con la que intenta limitar casi todo esfuerzo religioso al cumplimiento literal de las órdenes y prohibiciones religiosas, desatendiendo la necesidad de penetrar, más allá de la envoltura exterior, hasta su núcleo espiritual. El otro defecto está arraigado en el propio carácter árabe: ese sentimiento fanático de piedad según el cual «solo nosotros hemos recibido la guía verdadera» y que no está dispuesto a conceder a nadie el derecho a sostener una opinión diferente. Esta actitud es una característica del verdadero semita, al igual que su exacto opuesto —la completa indiferencia en los asuntos religiosos— constituye otra. Es una desgraciada cualidad de los árabes que siempre deban oscilar entre dos extremos y nunca sean capaces de encontrar un camino intermedio. En otro tiempo, hace aproximadamente doscientos años, los árabes de Nayad eran, en lo más profundo de su corazón, uno de los pueblos del mundo musulmán más alejados del islam; sin embargo, desde Muhammad ibn Abd al-Wahhab no solo se consideran guerreros de la religión, sino también, por así decirlo, sus únicos dueños y señores.
El significado espiritual de la doctrina wahabí era un intento de renovación interna de la sociedad musulmana. Pero ese significado quedó deformado precisamente en el momento en que se cumplió el objetivo exterior de esta doctrina —la conquista del poder social y estatal—, con el establecimiento del Estado saudí a finales del siglo XVIII y la expansión de ese Estado por la mayor parte de Arabia a comienzos del siglo XIX. En cuanto los seguidores de Muhammad ibn Abd al-Wahhab llegaron al poder, su pensamiento se convirtió en una momia cuidadosamente conservada, porque el espíritu no puede ser esclavo del poder, ni el poder desea ser esclavo del espíritu.
La historia del wahabismo de Nayad es la historia de una corriente religiosa que primero se elevó al cielo sobre las alas del entusiasmo y la esperanza, y después cayó en las tierras bajas del orgullo de «solo yo estoy en el camino correcto»; porque toda virtud se destruye por sí sola cuando carece de esperanza y humildad. ¡Harut! ¡Marut!
El sueño
Uno
Ser amigo e invitado de un gran «emir» árabe significa ser considerado amigo e invitado por todos sus empleados, por todos sus «rajazil», por todos los comerciantes de la capital e incluso por todos los beduinos sometidos a su gobierno. Rara vez puede un invitado expresar un deseo que no sea satisfecho de inmediato, siempre que sea posible hacerlo; hora tras hora queda embargado y maravillado por la cálida y serena cordialidad que lo rodea, tanto en las amplias salas y los corredores de la fortaleza como en los mercados de la ciudad, sin que allí sea menor.
Como ya había ocurrido tantas veces antes, eso mismo me sucedió durante mis dos días de estancia en Haíl. Cuando deseo tomar café, de inmediato resuena en mi sala privada de recepción el melodioso sonido de un mortero de latón. Menciono a Zayd el hermoso arnés que había visto poco antes en el mercado; uno de los sirvientes del emir me oye y por la tarde el objeto aparece depositado a mis pies. Varias veces al día llega un obsequio, un regalo: una larga túnica de lana de Cachemira con dibujos de mango, una kufiyya bordada, una daga naydí curva para la montura, con una hoja de piel de oveja blanca de Bagdad o con empuñadura de plata… Y yo, yo que soy un vagabundo, no puedo darle a cambio a Ibn Musa nada salvo un gran mapa inglés de los países árabes. Se alegró muchísimo al ver que me había esforzado en señalar en aquel mapa diversos nombres árabes.
La generosidad de Ibn Musa guarda un marcado parecido con el comportamiento del rey Ibn Saud. Naturalmente, nadie se sorprenderá al considerar la estrecha relación que los unía. No solo eran parientes; desde que Ibn Saud era joven y Ibn Musa todavía un muchacho, habían sido compañeros en casi todos los peligros, calamidades, desastres y sueños de los primeros tiempos del reinado del rey. Además, muchos años atrás su relación personal se había fortalecido cuando Ibn Saud se casó con Jawhara, la hermana de Ibn Musa. El rey sentía por esta mujer mucho más respeto que por cualquiera de las mujeres con las que se había casado antes o después.
….. …… ….. …….
Aunque muchos hombres disfrutaron de su amistad, muy pocos tuvieron la oportunidad de observar el aspecto más íntimo y quizá más significativo de la naturaleza de Ibn Saud. ¿Cuál era ese aspecto? Su inmensa capacidad de amar; si se le hubiera permitido desarrollarse y perdurar, quizá habría alcanzado alturas mucho mayores que aquellas a las que llegó. Se ha concedido tanta importancia al gran número de mujeres con las que se casó y de las que se divorció, que muchos observadores externos lo consideran un libertino, un sensualista particularmente entregado a la búsqueda incesante del placer cotidiano; y aunque en realidad hubiera existido alguien así, muy pocos son conscientes de que, dejando aparte los vínculos matrimoniales establecidos por razones políticas, cada uno de los demás matrimonios de Ibn Saud fue fruto de un deseo vago e insatisfecho de recuperar algo del amor perdido.
La madre de sus dos hijos, Muhammad y Khalid, era la amada suprema de Ibn Saud, su gloriosa predilecta. Incluso trece años después de su muerte, cada vez que el rey habla de ella, se le vuelve pesada la voz.
Sin duda, era una mujer extraordinaria; no solo muy hermosa —pues durante su exuberante vida matrimonial el rey tuvo la oportunidad de conocer y poseer a muchas mujeres hermosas—, sino también dotada de esa intuición femenina innata que tiende un puente entre el júbilo del alma y el del cuerpo. Ibn Saud no solía permitir que sus emociones y sentimientos se entrelazaran profundamente con sus relaciones con las mujeres. Y quizá esa sea la razón por la que se casaba y se divorciaba con tanta facilidad. Pero el caso de Jawhara era distinto; parece que en ella encontró una satisfacción de sus anhelos que nunca volvió a experimentar. Aunque aún tenía otras esposas cuando Jawhara vivía, le escribía poemas de amor dedicados a ella; y una vez, en uno de sus momentos de mayor franqueza, me dijo: «Cuando el mundo se había vuelto oscuro y no encontraba ninguna salida a las adversidades que me cerraban el paso, me sentaba y componía una canción para Jawhara. Cuando terminaba de componerla, de pronto el mundo volvía a iluminarse y se me hacía claro cuál era mi deber».
Pero Jawhara murió en 1919, cuando la influenza apareció como epidemia. De la misma enfermedad murió también Turki, el primer hijo de Ibn Saud y el más querido. Estas dos pérdidas dejaron en su vida una herida que nunca cicatrizó.
No solo fue capaz de entregar plenamente su corazón a su esposa y a su hijo; amaba a su padre como muy pocos hombres aman al suyo. Su padre, Abd al-Rahman, a quien conocí durante mis primeros años en Riad, aunque era bondadoso y piadoso como hombre, ciertamente no poseía una personalidad tan extraordinaria como la de su hijo. Y durante su larga vida no desempeñó ningún papel notable en ningún gran propósito. Incluso después de haber conquistado un reino por sus propios esfuerzos y de haberse convertido en el gobernante absoluto del país, Ibn Saud era tan modesto y humilde en su trato con su padre que, si Abd al-Rahman se encontraba en una habitación de la fortaleza, no consentía siquiera en pisar la habitación situada encima de ella, pues decía: «¿Cómo puedo permitirme caminar sobre la cabeza de mi padre?». Nunca se sentaba delante de él si no lo llamaba expresamente para que tomara asiento. Todavía recuerdo cómo me sentí una vez desconcertado ante aquella humildad regia. (Creo que ocurrió en diciembre de 1927). Como tantas otras veces, fui a visitar al padre del rey en la habitación que ocupaba en la fortaleza real; el anciano me estaba explicando un tema religioso que le era querido. De pronto, un sirviente entró en la habitación y exclamó: «Viene el shayj». Al instante siguiente, Ibn Saud apareció en la puerta. Naturalmente, quise levantarme; pero el anciano Abd al-Rahman me sujetó por la muñeca y me hizo sentar de nuevo, como si quisiera decir: «Tú eres mi huésped». Mientras el rey permanecía en la puerta, saludando a su padre desde lejos —era evidente que esperaba el permiso de su padre para entrar en la habitación—, yo tenía que seguir sentado, inmóvil. No hay palabras para expresar lo incómodo que me sentí. Pero el rey debía de estar acostumbrado a esa clase de caprichos de su padre, porque, con una leve sonrisa, me hizo un gesto con los ojos para aliviar mi turbación y tranquilizarme. Entretanto, el anciano Abd al-Rahman continuó su explicación como si no hubiera habido interrupción alguna. Unos minutos después levantó la cabeza, miró a su hijo y asintió; luego dijo: «Acércate, hijo, siéntate». ¡El rey tendría entonces cuarenta y siete o cuarenta y ocho años!
Unos meses después —estábamos entonces en La Meca—, llegó al rey la noticia de que su padre había muerto en Riad. Nunca olvidaré la escena de cómo permaneció varios segundos mirando fijamente al mensajero con una mirada incomprensible, ni cómo la desesperación fue cubriendo poco a poco, de manera visible, su rostro habitualmente sereno y ensimismado; tampoco se puede olvidar cómo se levantó de un salto, con un rugido terrible: «¡Mi padre ya no está! ¡Mi padre ya no está!», y salió corriendo de la habitación con grandes zancadas, mientras algo se arrastraba por el suelo detrás de él; ni cómo subió las escaleras dando saltos, por encima de los rostros aterrorizados de sus guardaespaldas, gritando: «¡Mi padre ha muerto! ¡Mi padre ya no está!». Durante dos días no recibió a nadie, no comió ni bebió nada y pasó el día y la noche en oración.
¿Cuántos hijos de mediana edad, reyes que habían conquistado sus reinos con sus propias fuerzas, habrían podido lamentar así la muerte de un padre que había fallecido pacíficamente, en la vejez?
dos
Porque Abd al-Aziz ibn Saud había establecido por completo, gracias únicamente a sus propios esfuerzos, un reino tan vasto. Cuando aún era un niño, su familia perdió en Arabia Central el último vestigio de su poder, y la familia de Ibn Rashid, de Hail, que en otro tiempo había sido vasalla de aquella casa real, ocupó su lugar. Aquellos días fueron sumamente crueles y dolorosos para Abd al-Aziz. El muchacho orgulloso y de pocas palabras veía que, en realidad, un extranjero gobernaba su ciudad ancestral, Riad, en nombre del «emir» Ibn Rashid. Pues ahora la familia de Ibn Saud, que en otro tiempo había gobernado casi toda Arabia, no era más que un grupo de pensionistas de Ibn Rashid, tolerados por él, pero ya no temidos. Finalmente, aquello llegó a resultar intolerable para su pacífico padre, Abd al-Rahman. Abandonó Riad con toda su familia, con la esperanza de pasar el resto de sus días en la casa del sultán de Kuwait, su antiguo amigo. Pero no sabía qué futuro le aguardaba, porque ignoraba qué había en el corazón de su hijo, qué era lo que su hijo pensaba.
De todos los miembros de la familia, solo uno sabía algo de lo que ocurría en aquel corazón atormentado; solo sé que, cuando el rey habla de los días de su juventud, siempre se refiere a él con profunda ternura.
—Creo que me quería más que a sus propios hijos. Cuando no había nadie más, me llamaba, me sentaba en su regazo y luego me hablaba de las grandes cosas que tendría que hacer cuando creciera: «Debes recuperar la gloria y el honor de la casa de Ibn Saud». Me lo repetía una y otra vez, y sus palabras eran tan suaves y tiernas como una caricia.
—Pero, Ayayiz —me decía—, quiero que sepas esto: la gloria y el honor de la casa de Ibn Saud no deben ser, de ningún modo, el límite de tus esfuerzos y empeños. Debes luchar por la gloria del islam. Tu pueblo siente intensamente la necesidad del camino, y tú serás ese líder. Estas palabras han permanecido siempre vivas en mi corazón.
¿De verdad sigue estando ahí?
Ibn Saud prefirió hablar durante toda su vida del islam como de un deber sagrado que le había sido encomendado. Incluso en años posteriores, cuando ya había quedado claro desde mucho antes que el poder real era para él mucho más importante que liderar el ideal que había sostenido algún tiempo atrás, su extraordinaria elocuencia logró convencer a muchas personas, incluso al propio rey, de que aquel ideal seguía siendo su objetivo.
En Riad, en las reuniones de los íntimos, que por lo general se celebraban después de la oración de la noche, solíamos evocar a menudo aquellos recuerdos de infancia. En cuanto terminaba la oración en la mezquita de la fortaleza, nos sentábamos alrededor del rey en una de las habitaciones más pequeñas y durante una hora escuchábamos la recitación de algún hadiz del Mensajero o de alguna exégesis del Corán. Después, el rey pedía a dos o tres de nosotros que lo acompañáramos a una de sus estancias privadas. Recuerdo que una tarde, cuando salía de la sala de audiencias con el rey, volví a maravillarme ante su majestuosa estatura. A causa de ella, su cabeza se alzaba por encima de la de todos cuantos lo rodeaban. Sin duda había advertido mi mirada reverente, pues, con aquella indescriptible dulzura suya, sonrió brevemente, me tomó de la mano y me dijo:
—¡Muhammad! ¿Por qué me miras así?
—Estaba pensando, oh hombre longevo, que nadie puede dejar de reconocer que usted es un rey cuando ve que su cabeza se alza tanto por encima de las cabezas de la multitud.
Ibn Saud sonrió; aún sostenía mi mano y me hizo caminar lentamente con él por el corredor. —Sí, ser alto tiene sus ventajas; pero una vez mi estatura solo me causó sufrimiento. Eso ocurrió hace mucho tiempo. Yo era entonces un niño y vivía en Kuwait, en la fortaleza del jeque Mubarak. Era muy delgado y más alto de lo que correspondía a mi edad; los muchachos de la fortaleza —tanto los de la familia del jeque como los de la mía— me convirtieron en objeto de sus bromas y burlas, como si fuera un capricho extraño de la naturaleza. Me avergonzaba tanto de mi estatura que, cuando atravesaba las habitaciones del palacio real o caminaba por las calles de Kuwait, inclinaba la cabeza y encorvaba los hombros con la intención de parecer más bajo.
Para entonces ya habíamos llegado a la habitación del rey. Allí esperaba al príncipe heredero Saud, el hijo mayor, a su padre; el príncipe tenía aproximadamente mi edad y, aunque no era tan alto como su padre, tenía una presencia imponente. Sus rasgos eran mucho más ásperos y rudos que los de su padre, y en su rostro no había nada de la flexibilidad ni de la vivacidad del semblante del rey; aun así, era bondadoso y, según la opinión de la gente, un hombre excelente.
El rey se sentó sobre los cojines dispuestos a lo largo de la pared y nos indicó a todos que tomáramos asiento. Luego ordenó: «¡Café!». El sirviente armado que estaba de pie junto a la puerta, vuelto hacia el corredor, gritó: «¡Café!». Después, a lo largo de todo el corredor, los sirvientes fueron repitiendo rápidamente la palabra de boca en boca: «¡Café!» — «¡Café!». Así, la orden del rey llegó, mediante una alegre ceremonia de repeticiones, hasta la sala donde se preparaba el café, a varias habitaciones de distancia. Poco después apareció un sirviente con una daga de empuñadura dorada colgada del cinturón, llevando en una mano una cafetera de latón y en la otra pequeñas tazas de café. El propio rey tomó la primera taza, y las restantes fueron servidas a los invitados según el orden de sus asientos. En una atmósfera doméstica como aquella, Ibn Saud hablaba libremente de todo lo que se le ocurría: de lo que sucedía en las regiones más remotas del mundo, de cualquier descubrimiento extraordinario y nuevo que hubiera atraído su atención. Expresaba sin reservas cualquier pensamiento que le surgiera sobre las distintas naciones, sus costumbres y sus instituciones. Pero, sobre todo, disfrutaba hablando de sus propias experiencias, y animaba a los demás a participar en la conversación. Aquella tarde en particular, el emir Saud inició un nuevo tema cuando se volvió hacia mí con una sonrisa y dijo:
—¡Muhammad! Hoy cierta persona ha expresado sus sospechas sobre ti. Ha dicho que no puede estar del todo segura de si eres un espía inglés disfrazado de musulmán… En fin, no te preocupes por ello. Logré convencerla de que eres verdaderamente musulmán.
Sin poder ocultar una sonrisa seca, respondí: «¡Oh, emir, qué bondad la suya! Que Alá le prolongue la vida. Pero ¿cómo pudo estar tan seguro en este asunto? ¿Acaso no es cierto que solo Alá sabe lo que hay en el corazón de los hombres?»
—Es cierto —respondió el emir—, pero en este asunto se me ha concedido una percepción especial. Me la otorgó un sueño que tuve anoche… Soñé que estaba de pie frente a una mezquita, mirando hacia el minarete. De pronto vi a un hombre en las escaleras del minarete; juntó las manos delante de la boca, formando una especie de cúpula, y comenzó a recitar la llamada a la oración: «Alá es el más grande» —«Alá es sublime, Alá es grande»—, y finalmente siguió proclamando: «No hay más divinidad que Alá» —«No hay ningún dios salvo Alá»—. Cuando miré atentamente, vi que aquel hombre eras tú. Al despertar supe con certeza —aunque antes nunca lo había dudado— que eres un musulmán auténtico; un sueño en el que se proclama el nombre de Alá no puede ser falso.
Me sentí profundamente conmovido por la espontánea y enérgica declaración del príncipe sobre mi veracidad y sinceridad, y por la sinceridad con que el rey, asintiendo con la cabeza, respaldó la asombrosa descripción del emir Saud. Ibn Saud retomó el hilo de la conversación y dijo:
«A menudo ocurre que Alá ilumina nuestros corazones mediante los sueños; estos nos anuncian de antemano el futuro y, a veces, hacen claro el presente. ¡Oh, Muhammad! ¿Has tenido alguna vez una experiencia semejante en tus propios sueños?»
—«Oh, imán, ciertamente tuve una experiencia así mucho tiempo atrás, mucho antes de que siquiera pensara en hacerme musulmán, incluso antes de poner los pies en un país musulmán. Entonces tenía casi diecinueve años y me encontraba en Viena, en la casa de mi padre. Me atraía la ciencia relacionada con la vida interior del ser humano —así se la definí al rey, como la aproximación más cercana a la “psicología”— y tenía la costumbre de dejar papel y lápiz junto a mi cama, para poder anotar mis sueños en cuanto despertara. Gracias a esta costumbre descubrí que podía recordar los sueños indefinidamente, aunque no solía pensar en ellos. En aquel sueño particular me vi en Berlín, viajando por el ferrocarril subterráneo que hay allí: el vagón avanzaba unas veces por túneles bajo tierra y otras por puentes situados sobre las calles. El compartimento estaba atestado de gente, de tanta que no había ningún lugar donde sentarse. En el compartimento brillaba débilmente una única luz. Después de un rato, el tren salió del túnel, pero no subió a ninguno de aquellos altos puentes; en cambio, llegó a una extensa y desierta llanura de barro, las ruedas quedaron atascadas en el fango y el tren se detuvo; ya no podía avanzar ni retroceder.»
—«Todos los pasajeros, y yo con ellos, bajamos del tren y nos pusimos a mirar alrededor. La llanura que nos rodeaba era ilimitada, vacía y árida. No había matorrales, casas ni siquiera una piedra. Entonces nuestros corazones se llenaron de una terrible angustia: estábamos atrapados allí, ¿cómo encontraríamos el camino de regreso al lugar donde vivían los demás seres humanos? Sobre la vasta llanura se extendía una luz semejante a la claridad gris que aparece al amanecer.»
—«Sin embargo, de algún modo no pude compartir por completo la angustia de los demás. Me aparté del grupo y vi, a unos diez codos de distancia, un camello arrodillado y echado en el suelo. Sobre el lomo del camello había una silla de montar completamente preparada —“Oh, imán, exactamente como después vi que se ensillaban los camellos en su país”—, y sobre ella había un hombre vestido con una abaya de rayas blancas y marrones, de mangas cortas. Llevaba la kufiya echada sobre el rostro, de modo que no podía distinguir sus facciones. De pronto comprendí en mi interior que el camello me estaba esperando a mí y que el jinete inmóvil sería mi hadí o rahmuna. Así que, sin decir una palabra, salté detrás de la silla, sobre el lomo del camello, como monta un rādif, o jinete trasero, en los países árabes. Al instante el camello se puso en pie y comenzó a avanzar con un movimiento largo y fácil, y sentí que dentro de mí brotaba una felicidad innombrable. Viajamos con aquel paso rápido y suave; primero me pareció que durante unas horas, luego durante unos días y después durante unos meses, hasta que finalmente perdí toda noción del tiempo. Con cada paso del camello mi felicidad crecía, y al final me pareció que nadaba por el vacío, a través del aire. Por fin, a nuestra derecha, el horizonte se volvió rojo con la luz del sol naciente. Pero delante de nosotros, en el horizonte lejano, vi otra luz; procedía de dos resplandores blancos y deslumbrantes. No era roja como la luz del sol que salía a nuestra derecha, sino una luz fría que se hacía cada vez más brillante a medida que avanzábamos y extendía la alegría de mi corazón por toda mi conciencia de un modo indescriptible. Y mientras seguíamos avanzando, nos acercamos a una entrada y a su luz. Entonces oí una voz, como si alguien anunciara desde algún lugar: “Esta es la ciudad más occidental”. Y desperté.»
—«¡Subhanalá!» —exclamó Ibn Saud con voz asombrada cuando terminé mi relato—. «¿Y no te indicó ese sueño que habías sido elegido para el islam?»
Negué con la cabeza y dije: «No, hombre longevo; ¿cómo habría podido saberlo? Nunca había pensado en el islam y ni siquiera había conocido jamás a un musulmán… Siete años después, mucho tiempo después de haber olvidado el sueño, me convertí al islam. Hace apenas unos días lo encontré entre mis papeles, exactamente como lo había anotado al despertar aquella noche».
—«Pero, hijo, lo que Alá te mostró en aquel sueño era, en realidad, tu destino. ¿No puedes comprenderlo claramente? Tú y aquella multitud llegasteis juntos a una llanura sin señales ni caminos, y su desconcierto, ¿no era acaso el estado de aquellos a quienes la sura al-Fatiha del Corán describe como “extraviados”? Y el camello que, con su jinete, te esperaba, ¿no era precisamente aquello que el Corán llama repetidamente guía? Y aquel jinete que no te habló y cuyo rostro no podías ver, ¿quién podría ser sino el Mensajero de Alá? Le gustaba vestir túnicas de mangas cortas… ¿Y no sabemos, por muchos de nuestros libros, que cuando se aparece en sueños a un no musulmán o a alguien que todavía no se ha hecho musulmán, su rostro está siempre cubierto? Y luego, aquella luz fría y apacible sobre el horizonte: ¿qué podía ser sino la promesa de la luz de la fe, que ilumina aunque todavía no se haya encendido? No pudiste llegar allí en tu sueño porque, como nos dijiste, solo muchos años después conociste el islam en su verdadera esencia…»
—«Oh, jeque, su interpretación puede ser correcta… pero ¿cuál era aquella “ciudad del extremo occidental” adonde las puertas del horizonte querían llevarme? Porque, sea como fuere, mi conversión al islam no me condujo hacia Occidente; al contrario, me alejó de Occidente».
Ibn Saud guardó silencio por un momento y quedó pensativo. Luego enderezó la cabeza y, con aquella dulce sonrisa suya que tanto apreciaba, me dijo: «Oh, Muhammad, ¿no podría significar esto que tu conversión al islam sería el punto más occidental de tu vida y que, después de eso, ya no tendrías una vida occidental?»
Después de un rato, el rey volvió a hablar: «Nadie conoce el futuro salvo Alá, pero a veces Él nos da, mediante sueños, un indicio de lo que ocurrirá en nuestras vidas. Yo mismo he tenido dos o tres sueños de ese tipo, y cada vez se hicieron realidad. A decir verdad, incluso lo que soy hoy se debe al resultado de un sueño… Entonces tenía diecisiete años. Vivíamos exiliados en Kuwait, pero me resultaba insoportable pensar que la familia de Ibn Rashid gobernara sobre mi patria. A menudo suplicaba angustiado a mi padre —que Alá derrame Su misericordia sobre él—: “¡Lucha, padre, y expulsa a la familia de Ibn Rashid! Nadie tiene más derecho que tú al trono de Riad, padre”. Pero mi padre desestimaba mis apasionadas exigencias como fantasías irreales y me recordaba que Muhammad ibn Rashid era el gobernante más poderoso de las tierras árabes; el reino sobre el que reinaba se extendía desde el desierto sirio, al norte, hasta las dunas del desierto vacío, al sur; ante su puño de acero, todas las tribus beduinas temblaban de miedo. En fin, una noche tuve un sueño extraño. Me vi sentado a caballo, de noche, en una estepa desierta, mientras delante de mí, también a caballo, estaba el anciano Muhammad ibn Rashid, el usurpador del reino de mi familia. Los dos estábamos desarmados, pero Ibn Rashid sostenía una enorme linterna luminosa. Cuando me vio avanzar hacia él y comprendió que era su enemigo, se volvió de repente, clavó los talones en los flancos del caballo y lo lanzó al galope. Pero yo también lancé mi caballo tras él; mientras galopábamos, logré agarrar un extremo de su túnica, luego su brazo y, finalmente, apagué su linterna. Cuando desperté y me incorporé, tuve la certeza de que algún día arrebataría el poder gobernante de las manos de la familia de Ibn Rashid».
En 1897, el año de aquel sueño, Muhammad ibn Rashid murió. Abdul Aziz ibn Saud pensó que aquel era el momento perfecto para atacar. Pero su padre, Abdur Rahman, no estaba dispuesto a poner en peligro la vida pacífica y tranquila que llevaban en Kuwait asumiendo una empresa tan incierta. Sin embargo, el entusiasmo del hijo era más fuerte que la inacción del padre. Así que, finalmente, el padre accedió. Con la ayuda de su amigo, el jeque Mubarak de Kuwait, reunió un ejército con las pocas tribus beduinas que aún permanecían leales a su familia y, al antiguo modo árabe, conduciendo camellos y caballos y ondeando las banderas de sus respectivas tribus, se presentó en el campo de batalla contra la familia de Ibn Rashid. En muy poco tiempo fue perseguido por un ejército enemigo superior y regresó a Kuwait, probablemente con el corazón mucho más aliviado que decepcionado, prometiendo no volver a perturbar el ocaso de su vida con una empresa temeraria como la guerra.
Pero el hijo no estaba dispuesto a rendirse tan fácilmente. Siempre recordaba su sueño de infancia sobre la victoria sobre Muhammad ibn Rashid; y cuando su padre renunció a todas sus pretensiones al gobierno de Najd, fue precisamente aquel sueño del joven Abdul Aziz el que lo impulsó en su implacable esfuerzo por alcanzar el poder. Encontró como compañeros a unos pocos amigos, entre ellos su primo Abdullah ibn Jiluwi e Ibn Musad. Reunió a algunos beduinos más haciendo sonar los tambores. Así, su número llegó a cuarenta. Salieron de Kuwait a caballo como bandidos, en silencio, sin desplegar banderas, sin tocar tambores y sin cantar; evitaron las rutas frecuentadas por las caravanas y, ocultándose durante el día, llegaron a las proximidades de Riad y acamparon en un valle desierto. Ese mismo día, Abdul Aziz escogió a cinco de entre sus cuarenta compañeros y dijo a los demás:
—«Ahora nosotros seis hemos puesto por completo nuestro destino en manos de Alá. Vamos a Riad; o conquistaremos Riad o lo perderemos para siempre. Si oís algún alboroto procedente de la ciudad y del desierto, venid a ayudarnos; pero si para mañana por la tarde no habéis oído nada, consideradnos muertos y que Alá acepte nuestras súplicas. Si eso sucede, regresad todos en secreto a Kuwait tan rápido como podáis».
Y los seis hombres partieron a pie. Llegaron a la ciudad a primera hora de la noche y entraron en ella por una de las brechas que Ibn Rashid había abierto años antes en las murallas de la ciudad conquistada, con el propósito de humillar a sus habitantes. Ocultaron sus armas bajo las túnicas y entraron directamente en la habitación del gobernador del “emir” rashidí. La habitación estaba cerrada con llave, pues, por temor a la población hostil, el gobernador solía pasar las noches en la fortaleza situada enfrente. Abdul Aziz y sus compañeros llamaron a la puerta. Un esclavo abrió, pero inmediatamente lo llevaron a la tienda, le ataron de pies y manos y le cubrieron los ojos y la boca con un paño; lo mismo hicieron con cada una de las demás personas que se encontraban en la habitación: en aquel momento solo había allí unos pocos sirvientes y mujeres. Los seis expedicionarios tomaron algunos dátiles de la despensa del “emir”, los comieron y pasaron la noche recitando el Corán por turnos.
Por la mañana se abrió la puerta de la fortaleza y el emir salió rodeado de guardias armados y sirvientes. «¡Oh Dios, encomiendo a Ibn Saud a Ti!», exclamó Abd al-Aziz, y junto con sus cinco compañeros se abalanzó sobre los enemigos, desconcertados y atónitos. Abd Allah ibn Jiluwi arrojó su lanza contra el emir, pero este inclinó la cabeza en un instante, antes de que la lanza lo alcanzara. Así, el asta de la lanza tembló y la lanza fue a clavarse en el muro de adobe de la fortaleza, donde todavía puede verse. El emir, aterrorizado, retrocedió y entró por la puerta; mientras Abd Allah perseguía solo al emir, Abd al-Aziz y los otros cuatro compañeros atacaron dentro de la fortaleza a los guardias. Aunque eran más numerosos, estaban tan aturdidos que no tenían fuerza alguna para defenderse eficazmente. Poco después, perseguido por Abd Allah ibn Jiluwi, el emir apareció en la azotea plana. Pedía clemencia, pero no le fue concedida; y cuando cayó sobre el tejado y recibió el golpe mortal de una espada, en ese mismo instante Abd al-Aziz gritó desde abajo: «¡Venid, habitantes de Riad, venid! ¡Aquí estoy yo, Abd al-Aziz ibn Saud, hijo de Abd al-Rahman, de la casa de Ibn Saud: vuestro legítimo gobernante!». Los habitantes de Riad, que odiaban a sus tiranos del norte, acudieron con sus armas en ayuda de su príncipe, y sus treinta y cinco compañeros, espoleando sus camellos, irrumpieron por las puertas de la ciudad, arrasando como un torbellino todos los obstáculos que encontraron delante. En una hora, Abd al-Aziz ibn Saud se convirtió en el gobernante indiscutido de la ciudad.
Esto ocurrió en 1901. Él tenía entonces veintiún años. La etapa de juventud de su vida había llegado a su fin y había entrado en su segunda etapa: la edad del hombre maduro y del gobernante.
Conquistando gradualmente una provincia tras otra, Ibn Saud arrebató así toda la tierra de Nay pro a la familia Ibn Rashid y la hizo retroceder hasta su patria, Jabal Shammar, y su capital, Hail. Aunque Ibn Saud no tenía ningún Estado Mayor y quizá jamás en su vida había mirado un mapa, su expansión territorial se desarrolló con tanta previsión que parecía haber sido planificada por un Estado Mayor basándose en mapas, estrategias militares y conceptos geopolíticos. Con Riad como centro permanente, sus campañas de conquista avanzaban en círculos, como una espiral de caracol; y nunca se dirigía hacia una nueva zona sin haber sometido por completo la región ya conquistada y consolidado firmemente allí su poder. Primero conquistó los distritos al este y al norte de Riad, y después extendió su reino sobre los desiertos occidentales. Su avance hacia el norte fue lento, porque la familia Ibn Rashid todavía tenía una fuerza considerable y, además, contaba con el apoyo de los turcos, con quienes había forjado una sólida alianza durante las décadas anteriores. Ibn Saud tenía también otro obstáculo: su pobreza. Los ingresos procedentes de las regiones meridionales de Nayd no permitían enviar a la guerra, ni siquiera durante un tiempo breve, grandes contingentes de tropas.
«En cierta ocasión —me dijo una vez— era tan pobre que me vi obligado a empeñar en Kuwait, ante un prestamista judío, la espada con incrustaciones de joyas que me había regalado el jeque Mubarak. Ni siquiera tenía medios para conseguir una manta para mi silla de montar; aun así, me las arreglaba poniendo un saco vacío bajo la piel de oveja».
Además, había otro problema que hizo muy difícil la primera etapa de la vida de Ibn Saud. El problema tenía que ver con la actitud de las tribus beduinas.
Arabia central, pese a todas sus ciudades y aldeas, era principalmente una región beduina. Su apoyo o su oposición controlaban el resultado en casi todas las etapas de la guerra entre Ibn Saud e Ibn Rashid. Los beduinos eran muy volubles; cambiaban fácilmente de opinión y, en cuanto parecía que uno de los bandos estaba a punto de vencer o prometía una mayor cantidad de botín, por lo general se unían a él. El máximo exponente de semejante comportamiento ambiguo era Faisal al-Dawish, el jefe supremo de la poderosa tribu Mutair; de su lealtad dependía a menudo cuál de las dos familias reales rivales vencería y cuál sería derrotada. Cuando iba a Hail, Ibn Rashid lo colmaba de recompensas; luego abandonaba a Ibn Rashid y acudía a Riad para jurar lealtad a Ibn Saud, y antes de que pasara un mes volvía a traicionar su palabra: no guardaba fidelidad a nadie. Valiente y astuto, estaba enloquecido por una ambición desmedida de poder. Por su causa, Ibn Saud pasó muchas noches en vela.
Para hacer frente a este tipo de dificultades, Ibn Saud concibió un plan. Al principio quizá no fue más que un programa político, pero al final se transformó en una idea tan magnífica que podía cambiar toda la península. ¿Cuál era ese plan? Había que establecer asentamientos permanentes para las tribus nómadas. No cabía duda de que, una vez asentados de forma permanente, los beduinos tendrían que abandonar el juego ambiguo que habían practicado entre los distintos grupos guerreros. Como nómadas, les resultaba fácil recoger las tiendas a una orden y vagar de un lugar a otro con sus animales; abandonar un grupo y pasar al bando de otro. Pero eso no sería posible si vivían asentados de manera permanente. Pues si retiraban su lealtad para entregársela al enemigo, corrían el riesgo de perder sus casas y sus huertos; y para un beduino no hay nada tan valioso como lo que considera suyo.
Ibn Saud concedió la máxima importancia, dentro de su programa, al asentamiento permanente de los beduinos. En esto recibió una gran ayuda de las enseñanzas del islam. El islam había insistido repetidamente en la superioridad del asentamiento permanente sobre la vida nómada. El rey envió predicadores religiosos a las distintas tribus. Estos enseñaron la religión a las tribus y difundieron entre ellas nuevas ideas; el resultado fue inesperado. Poco a poco tomó forma la organización llamada Ikhwan (la Hermandad), nombre con el que los beduinos asentados permanentemente comenzaron a identificarse. El primer asentamiento de los Ikhwan fue el asentamiento de Alwa Mutair, de la tribu de al-Dawish. En pocos años, su asentamiento de Artawiya se convirtió en una ciudad de treinta mil habitantes. Muchas otras tribus siguieron el mismo camino.
El fervor religioso de los «Ikhwan» y su potencial como guerreros se convirtieron en poderosas armas en manos de Ibn Saud. Desde entonces, sus guerras adquirieron una nueva forma: dirigidas por el fervor religioso de los «Ikhwan», dejaron de ser simples conflictos por el poder entre diversas casas reales y asumieron el carácter de una yihad religiosa. Sin embargo, para los «Ikhwan», el renacimiento de la religión no se limitaba a un significado personal. Debido a su inquebrantable adhesión a las enseñanzas del gran mujaddid del siglo XVIII, Muhammad ibn Abd al-Wahhab, los «Ikhwan» estaban a menudo henchidos de la convicción de que eran personalmente virtuosos. Pero la mayoría de ellos no aspiraba solamente a la virtud individual, sino a establecer una sociedad que con toda justicia pudiera llamarse islámica. El propósito de las enseñanzas de Muhammad ibn Abd al-Wahhab era restablecer el islam en su pureza inicial, despojada de toda superfluidad; esas enseñanzas rechazaban todas las innovaciones posteriores, es decir, toda nueva adición. Es cierto que muchas concepciones de los «Ikhwan» eran completamente primitivas y que su fervor llegaba con frecuencia al borde del fanatismo ciego. Pero, con una dirección y una educación adecuadas, su profunda devoción religiosa quizá les habría permitido ampliar su visión y, con el tiempo, convertirse en el núcleo de un auténtico renacimiento social y espiritual de toda Arabia. Por desgracia, Ibn Saud no comprendió la enorme importancia de semejante desenlace. Se limitó a proporcionar a los «Ikhwan» apenas los rudimentos de la educación religiosa y secular. En realidad, les impartió únicamente la educación que consideraba necesaria para mantener vivo su celo fanático. En otras palabras, Ibn Saud veía el movimiento de los Ikhwan tan solo como un instrumento de poder. En los años posteriores, sus propias políticas fueron víctimas de este fracaso y, llegado el momento, este puso en peligro la existencia misma del reino que había creado; quizá fue también el primer indicio de que Ibn Saud carecía de la grandeza de corazón que su pueblo esperaba de él. Pero el desencanto de los Ikhwan con el rey y la decepción del rey con los Ikhwan habían comenzado mucho antes…
En 1913, al tener finalmente bajo su mando a los «Ikhwan», preparados para un ataque formidable, Ibn Saud consideró que ya era lo bastante fuerte para conquistar la provincia de Al-Ahsa, en la costa del golfo Pérsico. Aunque Al-Ahsa formaba parte de Naŷd, los turcos la habían ocupado quince años antes.
La experiencia de combatir contra los turcos no era nueva para Ibn Saud. A menudo se había enfrentado al ejército turco, especialmente a la artillería de campaña integrada en las fuerzas de Ibn Rashid. Pero atacar Al-Ahsa, bajo el dominio directo de los turcos, era un asunto completamente distinto: significaría enfrentarse directamente a una gran potencia. Sin embargo, Ibn Saud no tenía alternativa. Si no lograba poner bajo su control Al-Ahsa y sus puertos, estaría siempre aislado del mundo exterior y no podría obtener las armas indispensables, las municiones ni muchos de los artículos necesarios para la vida. La necesidad respaldaba aquel riesgo peligroso. Pero el riesgo era tan grave que vaciló durante mucho tiempo antes de atacar Al-Ahsa y su capital, Al-Hufuf. Aún hoy le complace recordar en qué circunstancias se tomó la decisión definitiva:
—Ya nos encontrábamos al alcance de la vista de Al-Hufuf. Desde la duna en la que estaba sentado podía ver claramente las sólidas murallas de la fortaleza, que parecía mirar hacia la ciudad. Al sopesar las ventajas y los peligros de mi propósito, caí en una terrible indecisión. Me sentía muy cansado; mi corazón anhelaba la paz y el hogar, y, al pensar en mi casa, el rostro de mi esposa Yawhara apareció ante mis ojos. Volví a pensar en los poemas que solía recitarle cuando ella estaba a mi lado y, antes de darme cuenta, comencé a componer para ella un poema, olvidando por completo dónde me encontraba y qué peligrosa decisión debía tomar. A medida que el poema tomaba forma en mi mente, lo escribí, lo sellé, llamé a uno de mis mensajeros y le ordené: «Toma los dos camellos más veloces. Condúcelos hasta Riad sin detenerte en ninguna parte y entrega esto a la madre de Muhammad». Cuando el mensajero desaparecía tras una nube de polvo, de pronto comprendí que mi mente había tomado una decisión sobre la guerra: atacaría Al-Hufuf y Alá me concedería sin duda la victoria.
Su confianza resultó justificada. En un audaz asalto, los soldados tomaron la fortaleza. Las tropas turcas se rindieron; se les permitió abandonar la fortaleza con sus armas y pertrechos y retirarse hacia la costa. Desde allí partieron en barco rumbo a Basora. Naturalmente, el gobierno otomano no estaba dispuesto a renunciar tan fácilmente a sus dominios. En Estambul se decidió enviar una expedición punitiva contra Ibn Saud. Pero antes de que pudieran enviarla estalló la Gran Guerra, y los turcos se vieron obligados a concentrar en otros lugares todas sus fuerzas de combate. Cuando terminó la guerra, el Imperio otomano dejó de existir.
Privado del apoyo turco y rodeado ahora, en el norte, por territorios gobernados por Gran Bretaña y Francia, Ibn Rashid ya no podía organizar una resistencia eficaz contra el enemigo. Faysal al-Dawish era entonces uno de los más audaces guerreros feudatarios del rey Ibn Saud. Bajo su mando, las fuerzas del rey tomaron Hay’il en 1921, y como consecuencia Ibn Rashid perdió también su último bastión sólido.
La expansión del reino de Ibn Saud alcanzó su culminación en 1924-1925, cuando conquistó el Hiyaz, incluida La Meca, Medina y Yeda, y expulsó del Hiyaz a la dinastía hachemí que había llegado al poder allí después de que el jerife Husein, con el apoyo y la ayuda británicos, se rebelara contra los turcos en 1916. Fue inmediatamente después de la conquista de esta tierra sagrada del islam cuando Ibn Saud —que tenía entonces cuarenta y cinco años— se mostró plenamente ante los ojos del mundo exterior.
En el momento en que casi todos los países de Oriente Medio estaban siendo aplastados bajo los pies del imperialismo occidental, aquella extraordinaria victoria de Ibn Saud suscitó una poderosa esperanza en todo el mundo árabe: la esperanza de que por fin hubiera surgido entre ellos un líder que liberaría de la esclavitud a toda la nación árabe. Además, aparte de los árabes, muchos otros pueblos musulmanes lo contemplaron con expectación, esperando que, mediante la fundación de un Estado, revitalizara el ideal islámico en su sentido integral; un Estado en el que el mensaje esencial del Corán sería el principio supremo que regiría la vida individual y social. Pero esas esperanzas no se cumplieron, sino que quedaron frustradas. Cuando su poder aumentó y se consolidó, quedó claro que Ibn Saud no era más que un rey: un rey sin objetivo más noble que el de muchos de los anteriores gobernantes despóticos de los países orientales.
Noble y justo en su vida personal, leal con sus amigos y partidarios, magnánimo con sus enemigos, el rey Ibn Saud poseía una inteligencia muy superior a la de casi todos sus seguidores. A pesar de ello, no pudo demostrar la amplitud de visión ni el liderazgo inspirado que la gente esperaba de él. Es cierto que llevó a la vida del pueblo de su vasto reino una seguridad sin parangón en los países árabes desde los primeros califas, mil años atrás; pero, en lugar de seguir el ejemplo de aquellos califas, instauró la seguridad mediante leyes severas y medidas punitivas, no despertando en su pueblo un sentido de responsabilidad cívica. Envió a algunos jóvenes al extranjero para estudiar medicina y telegrafía inalámbrica; pero no hizo nada para impulsar a toda su nación hacia la educación y, de ese modo, sacarla de la ignorancia en la que había estado sumida durante muchos siglos. Habla siempre de la belleza y la riqueza del modo de vida islámico, y lo hace con todos los signos externos de la confianza en sí mismo; pero no hizo nada por construir una sociedad equilibrada y progresista en la que ese modo de vida pudiera adquirir una forma cultural.
Es sencillo, humilde y trabajador; sin embargo, él mismo se entrega en grado extremo al despilfarro y al lujo sin sentido, y no pone objeción cuando ve que quienes lo rodean se entregan a gastos y lujos semejantes. Es profundamente religioso y cumple al pie de la letra cada una de las prescripciones formales de la ley islámica; pero rara vez parece reflexionar sobre el significado espiritual y el propósito de todas esas prescripciones. Realiza con gran regularidad las cinco oraciones obligatorias del día y pasa horas por la noche en profunda meditación. Pero parece que nunca se le ocurrió que la oración es solamente un medio y no un fin en sí mismo. Le gusta hablar de las responsabilidades del gobernante hacia sus súbditos y cita a menudo estas palabras del Profeta (s): «Cada persona es un pastor al que se le ha confiado la responsabilidad de su rebaño»; sin embargo, descuidó incluso la educación de sus propios hijos y, por tanto, apenas los preparó para cumplir las responsabilidades que tenían ante sí. En cierta ocasión, cuando le preguntaron por qué no había intentado organizar su Estado de una manera más liberal, en vez de construirlo sobre una base tan personal, de modo que sus hijos pudieran disponer de una estructura administrativa organizada, respondió: «He conquistado mi reino con mi propia espada y gracias a mis propios esfuerzos. Después de mí, que mis hijos tomen sus propias iniciativas».
Recuerdo una conversación que mantuve con el rey y que reveló claramente su falta de previsión y de visión administrativa. La conversación tuvo lugar en La Meca, hacia finales de 1928, cuando el célebre dirigente del movimiento de independencia sirio, Amir Shakib Arslan, visitó al rey. Ibn Saud me presentó con estas palabras: «Este es Muhammad Asad, mi hijo, que acaba de regresar de las regiones meridionales. Le gusta viajar entre mis beduinos».
Amir Shakib no era solamente un dirigente político; sus intereses eran múltiples y era un erudito eminente. Cuando supo que yo era europeo y había abrazado el islam, se mostró inmediatamente deseoso de conocer mis experiencias. Le describí mis experiencias en las regiones meridionales, donde ningún otro europeo había viajado antes que yo. El enorme potencial agrícola de aquella región, sus recursos hídricos y su suelo fértil me habían parecido sumamente prometedores y, al hablar de ello, me dirigí al rey y le dije:
—«Oh, imán, estoy completamente convencido de que Wadi Bisha podría convertirse fácilmente en un granero capaz de abastecer de trigo a todo el Hiyaz, si la región fuera estudiada y desarrollada científicamente».
Al oírme, el rey prestó mucha atención, porque una gran parte de los ingresos del país se estaba gastando en importar trigo para el Hiyaz, y el déficit de ingresos siempre había sido la mayor preocupación de Ibn Saud.
—«¿Cuánto tiempo llevaría desarrollar Wadi Bisha de ese modo?», me preguntó.
Yo no era un especialista y, por tanto, no me fue posible dar una respuesta clara. Sugerí que se formara una comisión integrada por expertos técnicos extranjeros, cuya tarea sería estudiar la región y presentar un plan práctico para su desarrollo. Me atreví a decir que obtener una cosecha completa de la zona llevaría, como máximo, de cinco a diez años.
—«¡Diez años!» —exclama Ibn Saud—. «¡Diez años es muchísimo tiempo! Nosotros, los beduinos, solo conocemos una cosa: todo lo que cae en nuestras manos nos lo llevamos a la boca y lo comemos. Planear para dentro de diez años es, para nosotros, un plazo desmesuradamente largo».
Ante este comentario asombroso, el emir Shakib me miró boquiabierto y con la mirada fija, como si no pudiera creer lo que habían oído sus dos oídos; y, en respuesta, yo también lo miré con los ojos inmóviles y desmesuradamente abiertos….
Y fue entonces cuando empecé a preguntarme: ¿era Ibn Saud un hombre noble a quien la comodidad y la realeza habían apartado de la grandeza, o era simplemente un individuo tremendamente audaz y muy astuto que no deseaba otra cosa que su poder personal?
Hasta hoy no he podido dar una respuesta satisfactoria a esta pregunta. Aunque lo conozco desde hace muchos años y lo conozco bien, un aspecto del carácter de Ibn Saud sigue siendo incomprensible para mí. No se trata de que esté acostumbrado a ocultar de algún modo sus sentimientos a los demás; habla abiertamente de sí mismo y relata a menudo sus propias experiencias. Pero tiene tantos aspectos su carácter que resulta difícil comprenderlo, y detrás de la apariencia de sencillez que se percibe desde fuera se oculta un corazón tan agitado como el mar, y tan rico como el mar en temperamento, estados de ánimo y contradicciones interiores. Su autoridad personal es inmensa; pero depende menos del poder efectivo que de la fuerza de su carácter. No hay en sus palabras ni en sus gestos el menor rastro de arrogancia. Su mentalidad genuinamente democrática le permite conversar con los beduinos que llegan vestidos con ropas sucias, desgarradas y remendadas, como si fuera uno de ellos. Y fue precisamente ese espíritu el que le permitió concederles el derecho de dirigirse a él por su nombre de pila, «Abd al-Aziz». Por otra parte, también puede mostrarse áspero y hostil con los funcionarios de alto rango cuando percibe en ellos una actitud servil; detesta toda clase de fingimiento aristocrático. Recuerdo un episodio ocurrido en La Meca. Estábamos comiendo en el palacio real cuando el jefe de una de las familias más distinguidas del Naȳd arrugó la nariz ante los modales beduinos, sin refinamiento, de algunos de los naydíes presentes. Ellos engullían con entusiasmo grandes puñados de arroz; y mientras aquel aristócrata de La Meca, para demostrar su delicado gusto, levantaba la comida con las puntas de los dedos, se oyó de pronto la voz del rey: «¡Vosotros, gente refinada, manipuláis la comida con tanta cautela! ¿Es porque estáis acostumbrados a hurgar en la suciedad con los dedos? Nosotros, los hombres del Naȳd, no tememos ensuciarnos las manos: nuestras manos están perfectamente limpias, y por eso comemos satisfechos y a puñados».
A veces, cuando está completamente relajado, una sonrisa se dibuja en el rostro de Ibn Saud y se extiende sobre la belleza de sus facciones, otorgándoles una cualidad casi espiritual. Estoy firmemente convencido de que, si la estricta doctrina wahabí que sigue Ibn Saud no considerara censurable la música, él se expresaría por medio de ella. En realidad, manifiesta su musicalidad en sus breves poemas, en sus coloridas descripciones de experiencias y en sus canciones de guerra y de amor, difundidas por todo el Naȳd: los hombres las cantan mientras avanzan a lomos de sus camellos por el desierto, y las mujeres en la soledad de sus respectivos hogares. Su musicalidad se expresa también en el ritmo regular y flexible que sigue su vida cotidiana, adecuado a sus responsabilidades reales. Al igual que Julio César, posee una extraordinaria capacidad para seguir simultáneamente varios hilos de pensamiento, y puede hacerlo sin que disminuya en lo más mínimo la intensidad con que afronta cada problema. Gracias a esta cualidad innata tan característica, puede administrar personalmente todos los asuntos de su vasto reino sin confundirse ni quebrantarse por el exceso de trabajo, y aun encontrar tiempo y conservar el interés para entregarse a lujos tan costosos como la compañía de mujeres. La sutileza de sus percepciones es a veces casi sobrenatural, escalofriante. Posee una intuición casi infalible que llega hasta el núcleo mismo de los movimientos interiores de las personas con las que trata; como tuve ocasión de comprobar personalmente en muchas ocasiones, parece comprender los pensamientos o sentimientos de una persona antes de que esta los exprese con palabras, y percibir su actitud hacia él en cuanto la persona entra en una habitación. Gracias a esta capacidad, Ibn Saud pudo frustrar varios intentos muy bien planeados contra su vida y tomar decisiones afortunadas en el mismo lugar donde se desarrollaban los asuntos políticos.
En resumen, Ibn Saud posee muchas de las cualidades gracias a las cuales un hombre puede llegar a ser grande; pero jamás hizo un esfuerzo verdadero por alcanzar la grandeza. Al no ser introspectivo por temperamento, tiene una enorme capacidad para aplicar su facultad de juicio racional y convencerse de que sigue el camino correcto frente a errores y faltas absolutamente evidentes. Por eso evita fácilmente toda forma de examen de conciencia. Quienes lo rodean —sus cortesanos y los innumerables suplicantes que dependen de su generosidad— seguramente no hicieron nada para frenar esta lamentable tendencia suya.
Al desmentir la inmensa promesa de aquellos años de su juventud, cuando parecía ser el soñador de sueños capaces de despertar entusiasmo, quizá haya quebrantado, sin saberlo, el espíritu de una nación templada en un tono elevado, una nación deseosa de considerarlo un líder enviado por Alá. Sus expectativas respecto de él eran tan grandes que les resulta difícil aceptar la decepción con indiferencia; muchos de los mejores habitantes del Naȳd hablan hoy con extrema amargura contra lo que consideran una traición a su fe.
Nunca olvidaré la expresión de aflicción y desesperanza que vi en el rostro de un amigo naydí mío, que en otro tiempo había creído con extraordinaria intensidad en el liderazgo de Ibn Saud y que había acompañado al rey, en las épocas más difíciles de su vida real, en las buenas y en las malas, en la dicha y en la adversidad. Un día, al hablarme del rey, me dijo:
—En aquellos primeros años, cuando salíamos con Ibn Saud, arreando camellos, en expediciones contra Ibn Rashid, y cuando partíamos arreando camellos bajo el estandarte que llevaba inscrita la frase «La ilaha illa Allah» —«No hay divinidad sino Allah»— contra aquel traidor al islam, Sharif Hussein, nos parecía que Ibn Saud era un nuevo Moisés, que liberaría a su pueblo de las cadenas de la jahiliyyah y la decadencia y lo conduciría a la tierra del islam prometido. Pero cuando olvidó a su pueblo y su futuro y se instaló en sus recién adquiridas comodidades y lujos, vimos, estremecidos de temor, que era un faraón…—
Por supuesto, mi amigo fue excesivamente… excesivamente severo, incluso injusto, al condenar a Ibn Saud; porque no es un faraón ni un tirano: es un hombre bondadoso, y no tengo ninguna duda de que ama a su pueblo. Pero eso no significa que sea Moisés. Su fracaso consiste precisamente en que no alcanzó la grandeza con la que su pueblo lo había imaginado; tampoco llegó a ser lo que probablemente habría podido ser si hubiera seguido el toque de trompeta de su juventud. Se parece a un águila que nunca desplegó las alas en el cielo.
En una escala mucho… mucho mayor, no ha dejado de ser sino un gran jefe tribal magnánimo… [Poco después de que se terminara este libro (1935), Ibn Saud murió a los 73 años, y con su muerte terminó inmediatamente una época de la historia árabe. Cuando lo vi por última vez, en el otoño de 1951 (durante una visita oficial a Arabia Saudí en representación del Gobierno de Pakistán), me pareció que por fin había tomado conciencia del trágico desperdicio de su vida. El rostro que en otro tiempo había sido tan firme y vivaz se había vuelto amargado e indiferente. Habló de sí mismo; parecía hablar de algo que ya había muerto y había sido enterrado, algo que ya no podía ser devuelto a la vida.]
Tres
La mañana del día en que abandoné Hail, desperté en medio de una música de tono agudo que llegaba a través de la ventana abierta de la estancia de mi fortaleza: una canción, un chirrido, una ejecución tan desordenada e inexperta como si, antes de comenzar una grandiosa ópera, cientos de instrumentos de cuerda y flautas estuvieran afinándose; un breve ritmo disonante de melodías separadas, de muchos modos distintos, que, por ser tan numerosas y estar tan reguladas, parecían haber suscitado la armonía de una música misteriosa, casi fantasmal… Pero sin duda se trataba de una enorme orquesta, y por eso las ondas sonoras que de ella surgían eran tan poderosas…
Cuando me acerqué a la ventana y miré hacia fuera —sobre el mercado desierto y, más allá de él, hacia la grisura del amanecer que iba surgiendo sobre las casas de color gris terroso de la ciudad; miré hacia el pie de las montañas, donde crecen los tamariscos y las hileras de palmeras datileras— comprendí que era la música de los pozos de extracción de agua de los jardines; habría cientos de ellos, y apenas estaban comenzando su trabajo del día. Los camellos sacaban el agua tirando de enormes odres; las cuerdas que extraían el agua pasaban sobre poleas de madera toscamente construidas, y cada polea, rozando su eje de madera, cantaba, tocaba la flauta, chirriaba y silbaba en muchas notas, agudas y graves, hasta que la cuerda se desenrollaba por completo y la polea se detenía; inmediatamente se elevaba un estruendo, como un grito, y ese grito se desvanecía poco a poco entre los suspiros de las cuerdas, a los que ahora se mezclaba con fuerza la rápida corriente del agua que se precipitaba hacia el abrevadero de madera; entonces el camello volvía la cabeza y regresaba lentamente al pozo, y la polea reanudaba su música, mientras las cuerdas descendían rodando por ella y el odre bajaba y se sumergía en el pozo.
Como los pozos eran tan numerosos, esta música no cesaba ni por un instante; las distintas cuerdas a veces se unían en una sola melodía y otras veces se separaban; cuando algunas melodías comenzaban con un renovado entusiasmo vital, todas las demás se iban apagando lentamente. Parecía que fuentes enteras de ritmos incomprensibles fluyeran al mismo tiempo, separándose unas de otras, rugiendo, produciendo chirridos, silbando y cantando: ¡qué maravilloso! ¡Qué grandiosa orquesta! Esta armonía no había sido creada mediante la planificación humana, y por eso su excelencia y grandeza se aproximaban a la excelencia y grandeza de la naturaleza, cuya voluntad es inescrutable e impenetrable.
El camino intermedio
Uno
Hemos dejado Hail y, montados en camellos, nos dirigimos hacia Medina. Ahora somos tres, porque uno de los hombres de Ibn Musa, Mansur al-Asaf, nos acompaña durante una parte del trayecto con una orden del «emir».
Mansur es tan apuesto que, si saliera a la calle de cualquier ciudad occidental, todas las mujeres se apresurarían a mirarlo. Es muy alto, de rostro fuerte y varonil, y sus facciones son sorprendentemente tersas. Su piel es de un tono entre blanquecino y moreno, una señal infalible de noble linaje entre los árabes; sus dos ojos negros, bien formados, observan el mundo con interés desde debajo de sus cejas juntas. No posee nada del encanto de Zayd ni de su serena indiferencia; las líneas de su rostro revelan que Mansur está dotado de impulsos intensos, aunque controlados, y esas líneas le han conferido una tristeza completamente distinta de la suave gravedad de mi amigo shammari. Sin embargo, al igual que Zayd, Mansur también ha visto mucho mundo, y su compañía resulta verdaderamente agradable.
Hemos llegado ahora, desde la región arenosa de los Nufud, a un terreno gris y amarillento cubierto de guijarros, y allí vemos toda clase de pequeños animales que llenan el lugar: diminutos lagartos grises corren zigzagueando a una velocidad increíble entre las patas de nuestros camellos, se refugian bajo un arbusto espinoso y nos miran con los ojos encendidos mientras avanzamos dejándolos a un lado; vemos pequeños ratones campestres grises, regordetes y de cola gruesa, bastante parecidos a ardillas, y también a su pariente, la marmota, cuya carne es muy apreciada por los beduinos naydíes. Entre los alimentos deliciosos y extremadamente tiernos que he probado hasta hoy, su carne ocupa uno de los primeros lugares. También hay un reptil lícito de aproximadamente un pie de largo, llamado «dabb»; este animal vive alimentándose de las raíces de las plantas trepadoras, y su carne sabe como algo intermedio entre el gallo y el pescado. Vemos escarabajos del estiércol cuadrúpedos, del tamaño de un huevo pequeño de gallina, que con conmovedora paciencia hacen rodar una bola de estiércol seco de camello; apoyan el peso del cuerpo sobre las patas delanteras y empujan la bola hacia atrás con sus robustas patas traseras, parecidas a patas de camello. Así llevan, con enorme esfuerzo, el precioso objeto que han encontrado hacia sus moradas, y cada vez que un guijarro les bloquea el camino, caen de espaldas al suelo; luego, tras revolcarse con gran dificultad, vuelven a ponerse de pie, hacen rodar unos cuantos centímetros más el objeto que han tomado bajo su dominio, vuelven a caer de espaldas, se levantan otra vez y reanudan el trabajo, incansables, infatigables… A veces un conejo gris avanza a grandes saltos desde debajo de los matorrales grises. Una vez vimos varios ciervos, pero estaban tan lejos que no fue posible dispararles; desaparecieron en la sombra azul grisácea entre dos montañas.
—«Oh, Muhammad, dígame», pregunta Mansur, «¿cómo logró establecerse entre los árabes? ¿Y cómo aceptó el islam?»
—«Te diré cómo ocurrió», interviene Zayd a mitad de la frase. Primero llegó a amar a los árabes y, al amarlos, llegó a amar también su religión. Tío, ¿no tengo razón?»
—«Lo que ha dicho Zayd es cierto, Mansur. Hace muchos años, cuando llegué a tierras árabes, me sentí atraído por vuestro modo de vida. Y cuando empecé a preguntarme qué pensabais y en qué creíais, descubrí qué era el islam.»
—«Pero, oh, Muhammad, ¿comprendió de repente que el islam era la verdadera palabra de Allah?»
—«No, no fue así; no llegué a comprenderlo tan pronto. Por entonces ni siquiera creía que Allah hubiera hablado directamente con los seres humanos, ni que los libros que la gente afirmaba que eran Su palabra fueran algo más que libros de hombres sabios…».
Mansur me mira con absoluta incredulidad: «¿Cómo puede ser eso, Muhammad? ¿Acaso nunca creyó usted ni en el Libro que trajo Moisés ni en las enseñanzas de Jesús? Pero yo siempre había pensado que los occidentales, al menos, creían en esas cosas».
—«Algunos creen, Mansur, y otros no; y yo era uno de estos últimos…».
Y le explico que, desde hace mucho tiempo, en Occidente muchas personas ya no consideran sus propios libros sagrados, ni tampoco los de ninguna otra religión, como la verdadera revelación de Allah. Más bien, ven en ellos la historia de las esperanzas y aspiraciones religiosas de la humanidad, desarrolladas a lo largo de muchas eras.
—«Pero mi manera de ver las cosas recibió un tremendo golpe en cuanto llegué a conocer un poco el islam», prosigo, siguiendo el hilo de mis palabras. «Esto ocurrió cuando vi que las costumbres de vida de los musulmanes eran completamente distintas de lo que los europeos consideran que debería ser el modo de vida humano; y cada vez que aprendía algo más sobre las enseñanzas del islam, sentía como si hubiera descubierto algo que, sin saberlo, siempre había sabido…».
Y así continuaba contándole a Mansur mi primer viaje a Oriente Próximo—cómo había adquirido, en el desierto del Sinaí, mi primera impresión, sobre los árabes; en Palestina,, en Egipto,, en Transjordania y Siria, lo que vi,, lo que sentí,, ese relato;; cómo, en’Damasco, tuve por primera vez el presentimiento de que, el camino hacia una verdad aún inimaginada, se iba revelando poco a poco ante mí y cómo, después de viajar por Turquía, regresé a Europa y comprendí, que me resultaba difícil volver a vivir en el mundo occidental; porque, por un lado,…estaba ansioso por comprender el profundo significado de la asombrosa inquietud que había provocado en mí mi primer encuentro con los pueblos árabes y su cultura, con la esperanza de que, esto me ayudara a comprender más profundamente lo que yo esperaba de la vida, y, por otro lado,, había llegado entonces a un punto en el que esta verdad se me había vuelto cada vez más clara:, las esperanzas–las aspiraciones y los objetivos de la sociedad occidental; nunca podría volver a identificarme con ellos.
En la primavera de 1924, la ‘Frankfurter Zeitung’ me envió por segunda vez a Oriente Medio. Al describir mis viajes anteriores, el libro que había empezado a escribir finalmente quedó terminado. (Pocos meses después de que partiera hacia Oriente Medio, se publicó el libro con el título Unromantisches Morgenland–. Con este título quería dar a entender que, el libro no era una imagen romántica y exótica del aspecto exterior del Oriente musulmán, , sino que era un intento de llegar al núcleo de las verdades reales de su vida cotidiana. Aunque la actitud antisionista del libro– y su insólita simpatía por los árabes suscitaron bastante agitación en la prensa alemana, , aun así, tengo la impresión de que, el libro no tuvo mucho éxito.
Vuelvo a cruzar el Mediterráneo. Delante de mí apareció la costa de Egipto–. El viaje en tren desde Port Said hasta El Cairo me pareció como pasar las páginas de un libro de iniciación. Entre el canal de Suez y el lago Manzala, la tarde egipcia había revelado su esencia. Los patos silvestres nadaban en el agua y los tamariscos agitaban sus hermosos grupos de ramas semicirculares . En la llanura surgían, uno tras otro, los pueblos–, que al principio eran arenosos y en algunos lugares estaban cubiertos de hierba. Por los campos primaverales avanzaba el arado, arrastrado con pasos perezosos, y zancadas largas, , con un koss sobre la cabeza, , los brazos, dejándolos’caer a ambos’lados, . Entonces me dije que nada en todo el mundo—, ni el automóvil más perfecto, , ni la piscina más ostentosa, , ni el libro más profundo–, puede ocupar el lugar de esta belleza oriental, perdida en Occidente y ya en peligro, que–no es sino la expresión de la verdadera esencia humana y de una mágica armonía entre ella y el mundo que la rodea……।
En esta ocasión viajaba en primera clase. En mi compartimento, aparte de mí, solo había otros dos’hombres, un comerciante griego de Alejandría–que, con ese rasgo característico de los habitantes de toda la costa oriental del Mediterráneo de entablar conversación fácilmente, en muy poco tiempo me envolvió en una apasionada discusión, sobre todo lo que veíamos, haciendo continuamente comentarios ingeniosos; y un egipcio ‘‘umda’ es decir, un jefe de aldea–cuyo caro kaftán de seda y la gruesa cadena de oro de su reloj, que sobresalía de debajo de su bufanda, hacían evidente que era un hombre rico, Quedó claro que, estaba encantado de ser un completo necio! A decir verdad,, aunque se unió a nuestra conversación, durante el debate también daba muestras de su aguda sagacidad y, en la disputa con el comerciante griego,– demostraba repetidamente su destreza.
Recuerdo que, estábamos hablando de algunos’principios sociales del islam que, en aquella–época, dominaban intensamente mi pensamiento. Mi compañero griego no podía estar totalmente de acuerdo con mi respetuosa admiración por la justicia social de la ley islámica.
–‘por muy justo que usted considere esto, en realidad no es tan justo, amigo!’ –ya habíamos empezado a hablar en francés. Para comodidad de nuestro compañero egipcio, el amigo griego volvió al árabe y, dirigiéndose a mí, dijo, ‘ustedes dicen, que su religión es una religión muy justa. Entonces puedes decir’por qué el islam permite a los hombres musulmanes casarse con muchachas cristianas o judías, pero no está dispuesto a casar a sus hijas y hermanas con ningún hombre cristiano o judío? ¿Quieres llamar justicia a esto, ¿eh?
–‘Ciertamente’, sin vacilar por un instante, el loco elegantemente vestido–dice, ‘¡Escucha! te lo digo, por qué existe esta disposición en nuestras normas religiosas. Nosotros, los musulmanes,, no creemos que, Jesús–—que la misericordia de Alá sea con él—–fuera el Hijo de Dios. Sin embargo, creemos que. fue un verdadero profeta de Alá. Del mismo modo que creemos que Moisés,, Abraham y todos los demás mencionados en la Biblia fueron profetas. Del mismo modo que fue enviado el último profeta, el honorable Muhammad,, también fueron enviados todos los profetas, de ese modo a la humanidad. Por tanto,, si una muchacha judía o cristiana se casa con un hombre musulmán,, puede estar segura de que, junto a él,–todas las personas sagradas, serán respetadas en su nueva familia y nadie pronunciará una palabra irrespetuosa contra ninguna de ellas; mientras que es seguro que, si una muchacha musulmana se casa con un no musulmán,, será insultado aquel a quien ella cree el Mensajero de Alá…e incluso sus propios hijos podrían insultarlo, porque no es cierto que, los hijos sigan generalmente la religión de su padre! ¿Crees que sería justo empujar a una muchacha musulmana hacia semejante sufrimiento y humillación??’
el anciano griego se encogió impotente de hombros; pero no encontró respuesta. Me pareció que, este sencillo e iletrado ‘«loco»’ , había logrado, con la ayuda de ese–especial sentido común del que está dotada su gente, tocar el núcleo mismo de una cuestión sumamente importante y, por segunda vez, yo, como había ocurrido con aquel anciano «peregrino» de ‘Jerusalén’,, comprendí, que parecía abrírseme una nueva puerta hacia el islam.
Con mi situación económica transformada, ahora puedo llevar en El Cairo un estilo de vida–que me resulta posible, y que unos meses atrás me habría parecido inconcebible. Ya no tengo que contar cada cuarto de–anna. Había olvidado los tiempos en que, durante mi primera estancia en esta ciudad, tenía que subsistir a base de pan, aceitunas y leche, ; aquellos tiempos los había olvidado. Pero en un aspecto mantengo intacta la «tradición» de mi pasado:‘la’de no alojarme en ningún barrio lujoso de El Cairo; en cambio, alquilo varias habitaciones en la casa de mi antigua amiga, la corpulenta mujer de Trieste. Al verme, la señora me recibe con los brazos extendidos y’me besa maternalmente en ambas mejillas.
Al tercer día de nuestra llegada aquí, cuando el sol se estaba poniendo, oí el sonido amortiguado de un cañón procedente de la fortaleza. En ese momento, en la mezquita de la ciudadela, desde ambos lados hacia el cielo se alzaban los’dos–minaretes; en la galería más alta de ellos’saltó un círculo de luz, y todos los’minaretes de las mezquitas de la ciudad se iluminaron con guirnaldas de luces del mismo tipo, y sobre cada minarete apareció el mismo círculo de luz. Por el viejo Cairo se extendió una corriente de actividad–y agitación extraordinarias–Los pasos de la gente de la ciudad se volvieron más rápidos y, al mismo tiempo, más alegres–y animados, y se elevaron los muchos y variados sonidos de las calles: ¡se siente y casi se puede oír por todas partes el rumor de una nueva ola de entusiasmo!!
Y todo ocurrió porque, por segunda vez, la luna anunció la llegada de un nuevo mes (porque el calendario islámico se rige por los meses y los años lunares) y el mes era el de Ramadán,, el mes más solemne e importante del año islámico. Este mes recuerda la época de hace más de mil trescientos años cuando, según los relatos históricos,, el Mensajero de Dios recibió la primera revelación del–Corán. Todo musulmán observará estrictamente el ayuno durante este mes–Esta es la norma:; excepto para quienes están enfermos, para todas las mujeres–y los hombres están prohibidos los alimentos y las bebidas (incluso fumar,) queda prohibido, durante treinta largos días, desde el momento en que aparece en el horizonte oriental la franja de luz anterior al alba hasta la puesta del sol. Durante estos treinta días, los habitantes de El Cairo caminan con tal brillo en los ojos que, como si hubieran sido elevados a un lugar sagrado. Durante treinta noches oirá el estruendo de los cañones, los acordes de la música y el bullicio festivo,, mientras las mezquitas resplandecen de luz hasta la llegada del día.
supe que el propósito de este mes de Ramadán era doble:’deberá abstenerse de alimentos y agua con el fin de que, también pueda sentir en su propio cuerpo lo que sienten los pobres y hambrientos. De este modo, se crea en la conciencia humana un sentido de responsabilidad social sobre la base de un principio religioso fundamental.
El ayuno del mes de Ramadán tiene también como objetivo adquirir el hábito de observar voluntariamente la disciplina en la vida–lo cual constituye un aspecto de la moral racional, a la que se ha concedido especial importancia en todas las enseñanzas del islam (por ejemplo, en lo que respecta a la prohibición absoluta de todo tipo de estupefacientes, porque el islam considera que los estupefacientes son una manera demasiado fácil de librarse de la conciencia y del sentido de la responsabilidad). Estos dos’componentes de los elementos, es decir, la fraternidad humana y la disciplina auto–impuesta por el individuo, comenzaron poco a poco a hacerme claramente visibles las líneas generales de la perspectiva moral del islam.
Cuál es el verdadero significado del islam y qué quiere el islam, en mi empeño por obtener una imagen más completa de ello, me beneficié enormemente de las explicaciones y análisis que pudieron ofrecerme algunos amigos musulmanes de El Cairo. Entre ellos, el jeque Mustafa Ala Maraghi era uno de los más grandes eruditos islámicos de aquella época y, sin duda, el más destacado de la Universidad de Al-–Azhar‘entre sus’ulemas. (Unos años después, fue rector de Al-–Azhar). Probablemente entonces tenía entre cuarenta y cincuenta años, pero en su robusto cuerpo musculoso había la agilidad y la vitalidad de un joven de veinte años. A pesar de su erudición y gravedad, nunca perdió ni por un instante su sentido del humor. Fue discípulo del gran reformador egipcio Muhammad Abduh y, durante su juventud–fue una fuente de inspiración, y tuvo el honor de gozar de la compañía del ardiente Jamaluddin al-Afghani; el jeque al-–Maraghi era también un pensador de aguda inteligencia y buen juicio. Nunca dejaba de señalar que, los musulmanes de los tiempos recientes se habían alejado mucho, en verdad, de los ideales de su religión, y que no podía haber nada peor que medir las posibilidades de las enseñanzas de Muhammad según los criterios de la vida y el pensamiento del musulmán actual.
‘Así como, sería un error, ‘decía él, ‘ver en el comportamiento carente de amor de los cristianos entre sí una negación del mensaje de amor de Hazrat Jesús…।
Con esta advertencia, el jeque al–Maraghi me introdujo en Al-Azhar.
Al salir del bullicio de la calle Mouski, el mercado más antiguo de El Cairo, llegamos a una pequeña plaza aislada y apartada–uno de cuyos lados era, Al –Azhar,, la sencilla y amplia fachada de la mezquita. Una puerta de dos hojas y un patio a la sombra–nos conducen, a través de él, al recinto de la mezquita propiamente dicha. Un gran cuadrilátero, rodeado por antiguas arcadas de mihrabs. Con turbantes en la cabeza, y largas ‘túnicas’negras,, los estudiantes están sentados sobre esteras y leen en voz baja sus libros y manuscritos. Delante, de la gran sala cubierta–de la mezquita se está impartiendo una conferencia. Algunos maestros también están sentados sobre esteras de paja, bajo las columnas,, que atraviesan la sala en largas filas,, y delante de cada maestro un grupo de estudiantes permanece arrodillado en semicírculo. El profesor no eleva la voz ni una sola vez, por lo que, se requiere una enorme atención y concentración para no perder ninguna de sus palabras. A cualquiera le parecería natural pensar que, tal concentración no puede sino contribuir a una verdadera erudición. Pero el shaykh al-—Maraghi pronto hizo añicos aquella idea equivocada mía.
–‘¿Ve a esos ‘«eruditos»’?? me pregunta, ‘Son como esas vacas sagradas de la India, que, según he oído, cuando encuentran papeles impresos en la calle, se lo comen todo……Sí, se atiborran de las páginas impresas de todos esos libros escritos hace cientos de años, pero nunca los digieren. Ya no piensan por sí mismos. Leen y repiten, leen y repiten hasta el final, generación tras generación.’
‘Pero, Shaykh Mustafa’intervengo y pregunto, ‘sea lo que–sea, Al-Azhar es, después de todo, el principal centro de enseñanza islámica y la universidad más antigua del mundo. En casi cada página de la historia cultural de los musulmanes encuentro su nombre. ¿Qué dice usted de los pensadores, teólogos, historiadores, filósofos y matemáticos que esta universidad ha producido durante los últimos diez siglos??
–‘Pero desde hace varios siglos, Al-–Azhar ya no da origen a eruditos de este tipo’. El jeque dice con pesar:, ‘eso–quizá no sea del todo cierto; Incluso en tiempos recientes, de Al-–Azhar han surgido ocasionalmente algunos pensadores independientes. Pero, en términos generales, es cierto que, todo el mundo musulmán –que sufre de esterilidad, también—Al-Azhar ha sido víctima de esa esterilidad, y su antiguo dinamismo e inspiración ahora no son más que algo extinguido. Los antiguos pensadores musulmanes que usted mencionó jamás imaginaron, ni siquiera en sueños, que, muchos siglos después, en vez de mantener la continuidad de su pensamiento y desarrollarlo, se repetiría una y otra vez, dando vueltas sobre lo mismo, como si fueran verdades absolutas e infalibles! Si queremos un cambio para mejor, entonces’en lugar de nuestra actual imitación del pensamiento, ‘debemos fomentar el pensamiento independiente….।
al-–Azhar, sobre las características del jeque al-—Maraghi, este agudo comentario me ayuda a comprender una de las causas más profundas de la decadencia cultural que encontrará por doquier en el mundo musulmán. , ¿Acaso la inercia alcanzada por esta antigua universidad en el ámbito del saber–no se refleja, en diversos grados, en la actual esterilidad social de los musulmanes?? ¿No vemos otra forma de esta misma inercia mental, en aceptar, casi perezosamente y junto con la inacción, la pobreza innecesaria en la que viven muchos musulmanes? al soportar en silencio las injusticias sociales que se cometen contra ellos.
Y entonces, ¿es esto realmente sorprendente, , me pregunto,, que en Occidente hayan surgido tantas ideas erróneas, sólidamente respaldadas por pruebas tan manifiestas de la decadencia de los musulmanes?? La opinión pública occidental–puede resumir esta visión de la siguiente manera: la principal causa de la decadencia de los musulmanes es precisamente el islam,, que, lejos de ser un ideal religioso comparable al cristianismo o al judaísmo,, es más bien una mezcla vulgar,, una ceguera propia del desierto,, una sensualidad burda,, la superstición y un fatalismo mudo,, que impide a los seguidores del islam participar en la marcha de la humanidad hacia condiciones sociales mejores y más nobles;; el islam no–libera la mente humana de los prejuicios ni de la oposición a la investigación,–sino que, lejos de hacerlo,, refuerza aún más esa oposición. Por eso, cuanto antes las naciones musulmanas se liberen de la servidumbre de las creencias islámicas y de las prácticas–sociales y estén dispuestas a adoptar el modo de vida–occidental,, tanto mayor será su beneficio–y también el del resto del mundo……।
Para entonces, a partir de mis propias observaciones, había llegado a la convicción de que, la concepción que el occidental medio tiene del islam está completamente distorsionada. Página tras página del Corán, lo que encontré no era en absoluto una‘concepción «burdamente materialista»’ sino, una conciencia profunda de Alá, que se expresaba en–aceptar racionalmente toda la naturaleza creada por Alá–además de un hermoso equilibrio entre los impulsos intelectuales y sensoriales,, las necesidades espirituales y las demandas sociales!! Se me hizo claro como la luz del día: la caída de los musulmanes no se debe a las deficiencias–ni a las desviaciones del islam,, sino a nuestro fracaso en vivir conforme al ideal del islam,–que es el verdadero responsable.
Porque, es cierto que, el islam llevó a los primeros musulmanes a la cima dorada de la grandeza civilizatoria, al dirigir su energía de trabajo hacia el pensamiento consciente;Este pensamiento consciente era el único medio para comprender la naturaleza de la creación de Alá y Su voluntad. No se les exigía a los musulmanes creer, en nada incomprensible‘«dogma»’incluso inaccesible a la razón; En realidad, en las enseñanzas del Profeta no había lugar para ninguna forma de fe ciega. Y por eso la búsqueda del conocimiento que caracterizó la historia musulmana temprana, no se anunció, como en otras regiones del mundo,, mediante una dolorosa lucha contra las creencias religiosas tradicionales. Por el contrario, puede decirse que, surgió precisamente de esa religión. El Profeta de Arabia declaró: la búsqueda del conocimiento es el deber más sagrado de todo musulmán, hombre y–mujer’; Y entre sus seguidores se creó la convicción de que, solo mediante la adquisición del conocimiento era posible rendir culto plenamente a Alá. Alá no crea ninguna enfermedad sin’haber creado su remedio.’, –Cuando reflexionaron profundamente sobre estas palabras del Profeta, comprendieron que, al buscar remedios desconocidos’podían ayudar a cumplir la voluntad de Alá en la Tierra, y así la investigación médica adquirió para ellos la santidad de un deber religioso. Leyeron el—siguiente versículo del Corán: ‘Creo a toda criatura viviente del agua –y, al tratar de desentrañar el significado de estas palabras, comenzaron a estudiar los seres vivos y su desarrollo, y así establecieron los cimientos de la bio–logía. El Corán señala la armonía de las estrellas y sus movimientos como una manifestación de la grandeza del Creador, y así los musulmanes acogieron la astronomía y las matemáticas con un interés—y un entusiasmo tales que en otras religiones se limitaban únicamente al ámbito de la oración. El–método de Copérnico que–demuestra la rotación de la Tierra sobre su propio eje y la revolución de los planetas alrededor del Sol, se desarrolló en Europa apenas a comienzos del siglo XVI (y los teólogos se enfrentaron a él con tremenda hostilidad, porque consideraban que contradecía las enseñanzas literales de la Biblia) pero los fundamentos de este método se establecieron seiscientos años antes, en los países musulmanes,–porque ya en los siglos IX y X los astrónomos musulmanes habían llegado a la conclusión de que la Tierra era redonda y giraba sobre su propio eje. Fueron capaces de calcular con precisión la latitud y la longitud, y muchos de ellos afirmaban, que la Tierra giraba alrededor del Sol, y por sostener esta afirmación no fueron acusados de herejía Así, estudiaron la física, la química y la fisiología y se dedicaron también al estudio de otras ciencias. Naturalmente,, fue precisamente en estos campos donde el talento musulmán dejó sus monumentos más perdurables. Al erigir estos monumentos, siguieron los consejos de su Profeta, y no hicieron nada más. El consejo del Profeta era este: quien salga en busca del conocimiento,, Alá le allana el camino al Paraíso’, ‘el sabio camina por el camino de Alá’ ‘el valor de la tinta de la pluma es más sagrado que la sangre del mártir.
Durante toda la época creativa de la historia musulmana, es decir, en los primeros quinientos años después del Profeta, , que la civilización musulmana, el conocimiento, –la ciencia y la educación; Fuera de aquellos–países en los que el islam ostentaba el poder supremo, –no había en ningún otro lugar un refugio más seguro.
Del mismo modo, la vida social se vio influida por las enseñanzas del Corán, mientras que la Europa cristiana, cada vez que estallaba una epidemia, creía que se trataba de la ira de Allah, ante la cual no quedaba más alternativa que someterse. En aquella época y mucho antes, los musulmanes seguían la instrucción de su Profeta de que, para prevenir las epidemias, había que aislar las ciudades y zonas afectadas por ellas de las zonas sanas–y cuando, los reyes–y monarcas y nobles del mundo cristiano consideraban el baño un lujo casi vulgar, incluso entonces, hasta en la más pobre de las casas musulmanas había al menos un baño, y en cada ciudad musulmana había baños públicos con todas las instalaciones necesarias (por ejemplo, tan solo en la Córdoba del siglo IX había trescientos’ baños de este tipo). Y todo esto se hacía para poner en práctica una enseñanza del Noble Profeta:‘La limpieza–y la higiene son parte de la fe’. Cuando el musulmán disfrutaba de las cosas hermosas de la vida mundana, no se enfrentaba a ningún conflicto con las exigencias de la vida espiritual, porque el Mensajero de Allah ((s.a.s.))-enseña que‘Allah ama ver en la vida de Sus siervos los signos de Su riqueza.’
En pocas palabras, el islam proporcionó una poderosa inspiración, para alcanzar logros en el ámbito cultural–que ocupa una de las páginas más gloriosas de la historia de la humanidad, y el islam creó esta inspiración al reconocer el crecimiento y rechazar el agnosticismo. Esto no significa pasividad, sino activismo; no ascetismo, sino vitalismo. Por tanto, no es de extrañar que, en cuanto el islam cruzó las fronteras de Arabia, comenzara a ganar rápidamente nuevos seguidores. Los pueblos de Siria y del norte de África, criados en el cristianismo predicado por Pablo y Agustín, que albergaba desprecio–y desdén por la vida terrenal, y, algún tiempo después, los habitantes de la España visigoda se encontraron de pronto ante un ideal que, ‘el pecado original’negaba la ceguera de la creencia y concedía importancia a la dignidad inherente de la vida terrenal del ser humano; y por esta razón comenzaron a reunirse en número cada vez mayor, junto a este ideal de vida–que les enseñaba que–el ser humano es el representante de Allah en la Tierra. Esta es, en el glorioso amanecer de la historia del islam, la explicación de la asombrosa victoria del islam–y esta es su explicación, no el relato fantástico de que se convirtió a la gente por la fuerza de la espada.’
Los musulmanes no otorgaron grandeza al islam, fue el islam el que dio grandeza a los musulmanes. Pero en el momento en que su fe se convirtió en un objeto de hábito, dejó de ser el programa de su vida, el programa que dejó de ser, aquello que debía seguirse conscientemente, fue entonces cuando , la inspiración creativa que existía en el fondo de su civilización comenzó a decaer y, gradualmente, trajo consigo la inactividad, la esterilidad y la decadencia cultural.
La nueva percepción que había adquirido y el progreso que iba logrando en árabe ((había contratado a un estudiante de Al-–Azhar para que me diera clases diarias)) me hicieron pensar que, ahora poseía algo que podría llamarse la clave de la mentalidad musulmana. Apenas unos’meses antes había escrito en mi libro: «‘Ningún europeo puede hacerse conscientemente una idea del cuadro completo»,’ , y ya no me era posible sentirme tan seguro al respecto; porque , ahora este mundo musulmán puede liberarse en cierta medida del conjunto de hábitos de pensamiento asociados con Occidente y aceptar la posibilidad de que, esos hábitos de pensamiento quizá no sean los únicos aceptables, entonces incluso el mundo musulmán, que antaño resultaba tan desconocido, puede volverse comprensible…।
Pero aunque vi que muchas cosas del islam apelaban a mi intelecto, y a mis sentimientos innatos, no consideré deseable que, un sistema no inventado por su propia imaginación, semejante cosa encajara con todos los pensamientos de una persona inteligente y con su visión del mundo durante toda la vida–No era apropiado que se amoldaran a ella.
–‘Dígame, jeque Mustafá, una vez le dije a mi erudito amigo al-—Margui, ¿qué necesidad hay de que alguien se limite a una enseñanza particular y a ciertas enseñanzas e instrucciones específicas? ¿No sería mejor someter toda inspiración moral a la voz interior??
–“Joven amigo, lo que me pregunta, es, en realidad,, cuál es la necesidad de una religión formal? La respuesta es muy sencilla. Muy pocas personas–solo los profetas–tienen la verdadera capacidad de comprender lo que la voz interior les dice en el corazón. La mayoría de nosotros estamos presos en la red del interés personal y–los deseos, y si cada uno de nosotros siguiera lo que le dicta el corazón, cada uno de nosotros, entonces nos enfrentaríamos a un caos moral generalizado y no podríamos ponernos de acuerdo sobre ningún método de conducta–Puede usted, por supuesto, preguntar, si existe alguna excepción a esta regla general: las personas iluminadas creen, que no sienten la necesidad de que otros las‘«guíen»’en cuanto a qué considerar bueno o malo. Pero aun así, le pregunto–muchas personas–—¿acaso no reclamarían muchas personas ese derecho especial para sí mismas? ¿Y cuál sería el resultado?”
…. ….. …… … . …. …
Llevo casi seis’semanas en El Cairo. Durante este tiempo he vuelto a padecer malaria. El año anterior había sufrido un ataque de malaria en Palestina. Dolor de cabeza,, mareos y dolor por todo el cuerpo acompañaron el comienzo de la fiebre, y al final del día tuve que acostarme boca arriba;; hasta perdí la capacidad de levantar los brazos. La signora Vitelli, la dueña de mi casa, se puso a–correr de un lado para otro, tan atareada,, que me pareció que casi disfrutaba de mi impotencia.! Pero, en realidad, su preocupación por mí era sincera,, desinteresada. Me dio leche caliente para beber,, y me puso compresas de agua fría en la cabeza;; pero cuando le dije que sería conveniente llamar a un médico,, se encendió de furia y repugnancia:
–“¿Doctor?? ¡Qué doctor ni qué nada!! ¿Qué saben estos carniceros de la malaria?? Yo sé más de esto que cualquiera de ellos. Mi difunto segundo marido murió de esta enfermedad en Albania. Vivimos varios años en Durazzo. El pobre sufría a menudo dolores mucho peores que los tuyos–pero siempre confió en mí…
Estaba tan debilitado que, no tenía ninguna capacidad para discutir. Así que, según sus deseos, tomé una mezcla fuerte de vino griego y quinina–no eran pastillas recubiertas de azúcar, sino un polvo medicinal absolutamente puro, cuya amargura me hacía temblar más que la fiebre. Pero, fuera como fuese, puede que resulte asombroso decirlo, tenía plena confianza en la señora Vitelli, a pesar, de la mención de su difunto segundo marido’, una mención funesta.
Aquella noche, cuando todo mi cuerpo ardía de fiebre,de repente, procedente de la calle, una suave, y profunda música oí: el sonido de–un órgano de‘barril’sonando.
Este órgano no es uno de esos órganos de barril corrientes, provistos de fuelles accionados por tracción y tubos perforados, sino que me recordaría a un viejo clavicordio de notas entrecortadas–muy delicado y sumamente limitado en sus sutiles variaciones, abandonado por Europa hace mucho tiempo. Ya había visto antes un órgano de barril semejante en El Cairo: un hombre llevaba la caja a la espalda, y un muchacho lo seguía haciendo girar la manivela. De él surgían las melodías, cada una por separado, breves y nítidas; como flechas que atravesaran el blanco, saltando el espacio intermedio, con un tintineo de vidrio; las melodías eran tan distintas unas de otras, tan singulares, que al oyente le resultaba totalmente imposible comprender el sentido de la música entera. En vez de eso, aquella música lo arrastraba a través de algunos momentos suaves, y sombríos, mientras lo sacudía. Parecían un secreto oculto que uno quería desentrañar, pero no podía; y durante toda la noche aquellas melodías daban vueltas una y otra vez en mi mente, atormentándome, como un círculo giratorio, del que no podía escapar, como aquello que en Scutari había visto hacer a los derviches giradores–su danza– ¿Había sido eso unos meses atrás, o unos años, cuando atravesaba el bosque de cipreses más profundo del mundo…।
Es un bosque extraordinario,, el cementerio de Scutari,, que comienza en Estambul y se extiende justo por el centro del Bósforo: entre innumerables cedros serpentean callejuelas y senderos, y bajo esos árboles, hay innumerables lápidas de piedra, unas erguidas y otras–caídas de bruces,, en las que están grabadas–inscripciones árabes erosionadas por el viento y el agua. El cementerio había sido abandonado desde hacía mucho tiempo;; todos los–muertos que yacen aquí murieron hace muchos–muchísimos años. De sus cuerpos surgieron enormes troncos de árboles,, algunos de sesenta pies,, otros de ochenta pies de altura. A lo largo del cambiante ciclo de las estaciones han crecido estos árboles, en medio de una quietud inmóvil,–y en este bosque el silencio es tan vasto y profundo que, el ser humano ni siquiera tiene ocasión de sentirse abatido allí. Nunca he sentido tan profundamente que los muertos pudieran dormir,, ni de manera tan intensa,, en ningún otro lugar. Estos muertos fueron seres humanos, habitantes de un mundo en el que la vida–era apaciblemente serena, sin perturbaciones;; son los hijos muertos de una humanidad sin prisa.
Después de deambular un rato por el cementerio,, atravesé las estrechas callejuelas de Scutari y llegué cerca de una mezquita. Solo pude comprender que era una mezquita al ver la magnífica inscripción árabe, ornamentada con filigranas, sobre su puerta. La puerta estaba medio abierta. Entré por ella y me encontré en una sala envuelta en una luz y una sombra tenues. Allí, sobre una alfombra, apenas unos pocos rodeaban sentados en círculo a un anciano–muy anciano– —una persona—, sentadas en círculo alrededor de la cual, apenas po’cas personas. Cada una llevaba una larga túnica y cubría su cabeza con altos, sombreros de paja, sin ala, de color cobrizo. El anciano ‘imán’ del– Corán recitaba un versículo con tono monótono. Sentados junto a una pared había varios músicos: tamborileros,, flautistas y‘ músicos de kamancha,’ con, sus instrumentos musicales semejantes a violines de cuello largo.
De pronto pensé, que durante tanto tiempo había oído hablar de los ‘derviches danzantes’una y otra vez,, esta extraña reunión era sin duda la de ellos: ese camino místico, que, mediante un ritmo determinado,, y una serie de movimientos corporales repetidos una y otra vez a un ritmo cada vez más rápido, busca inducir en quien tiene experiencia en ello un estado de trance,, que le permite percibir a Alá de manera directa y personal.
‘La recitación del imán’Después de ella, el silencio que había descendido se quebró de pronto en mil pedazos con el sonido–de una flauta de tono fino aunque muy agudo; y comenzó la música, con una melodía monótona y continua, casi como un lamento. Me pareció, que, con un solo movimiento de sus miembros, los derviches se pusieron de pie, se quitaron las túnicas y quedaron de pie con sus blancas túnicas flotantes, que les llegaban hasta las rodillas; aquellas túnicas ceñidas a la cintura con pañuelos anudados; Después, cada uno de ellos se volvió en cierta medida, de modo que, formando un círculo, quedaron de dos en dos’frente a frente. Luego, con los brazos cruzados sobre el pecho, se inclinaron ante los demás con profunda sinceridad, (y de inmediato recordé, los antiguos dúos musicales y a los caballeros con toda clase de–abrigos adornados, que saludaban a las damas inclinando la cabeza con reverencia.) Al instante siguiente, todos los derviches extendieron los brazos a ambos’lados, giraron hacia arriba la palma de la mano derecha y hacia abajo la de la izquierda. Y de sus labios salió un sonido semejante a un susurro–una palabra:‘«Huya»’–—Él ((es decir, Alá)). Con aquel sonido pronunciado suavemente en los labios, cada uno comenzó a girar lentamente en su propia órbita, moviendo el cuerpo al compás de aquella música’como si, eso’llegara desde muy..lejos. Inclinaron la cabeza. arqueando el cuello hacia atrás, sus ojos se cerraron y se extendió una suave rigidez; las túnicas, amplias, confeccionadas con abundante tela, se inflaron con el aire y formaron alrededor de los hombres que giraban un enorme círculo, como un blanco remolino que girara en círculos sobre el mar. En sus rostros había una expresión de profunda absorción..La rotación circular se transformó en un torbellino circular, en una especie de trance, y la exaltación se manifestó claramente en todos ellos. De sus labios entreabiertos salían innumerables, veces una sola palabra:‘«Huya..Huya..Huya»’-; ; sus cuerpos no dejaban de girar y girar, y me pareció, que la música los arrastraba hacia su apagado, torbellino–de un unísono monótono y arremolinado, cuya melodía se elevaba monótonamente a un tono agudo, y me pareció, que yo mismo avanzaba irresistiblemente, arrastrado por aquel remolino, hacia arriba, por una escalera empinada y giratoria, que me hacía dar vueltas la cabeza, subiendo sin cesar cada vez más arriba por aquella escalera que giraba continuamente, hacia algún destino incomprensible e incognoscible...Hasta que la mano generosa y amistosa de madame Vitelli tocó mi frente y detuvo por completo el torbellino, y, rompiendo mi trance, me devolvió de Scutari a la fresca quietud de una habitación de piedra de El Cairo.…।
Sea’como fuere,, la signora Vitelli no se había equivocado. Siguiendo su consejo, me recuperé de los estragos de la malaria, aunque no tan pronto, como habría tardado mi médico habitual en curarme; al menos, dentro del tiempo que él habría necesitado. En dos’días me desapareció por completo la fiebre y, al tercer día, salí de la cama y me senté en una silla cómoda. Aun así, no tenía fuerzas para moverme. El tiempo se volvió muy lento, e insoportable. En un par de’ocasiones, mi maestro–y alumno de al-–Azhar vino a visitarme, y me trajo algunos libros.
El recuerdo de los derviches giradores que traje recientemente de Bujará, de algún modo, me hace reflexionar. Inesperadamente, este asunto adquirió para mí una significación tan misteriosa que no había sido en absoluto evidente en mi experiencia original. Los ritos esotéricos—–las ceremonias—–de las tariqas que he visto en diversos países musulmanes, entre ellas está , esta tariqa–no me parecieron compatibles con la imagen del islam que poco a poco iba tomando forma en mi mente. Pedí a mi amigo azharí que me proporcionara algunos libros orientales sobre el tema. Y, tras obtener estos–libros,, quedó demostrada mi sospecha innata de que prácticas de este tipo habían penetrado en el islam desde fuentes no musulmanas, Los místicos musulmanes, que‘sufíes’son conocidos, sus ideas–expresan, sin duda, la influencia de los gnósticos griegos, los indios, e incluso, a veces, de los cristianos;; y como resultado de estas influencias se importaron concepciones ascéticas–y prácticas–que no guardan relación alguna con el mensaje del Gran Profeta de Arabia. En su mensaje, la‘razón’recibió una importancia primordial como el único camino para alcanzar la fe. Aunque, desde su perspectiva, la posibilidad de la experiencia mística no fuera tan irreal como para resultar completamente inadmisible,,el islam era esencialmente una proposición basada en la razón, y no puramente emocional. Aunque, de manera muy natural, el islam despierta entre sus seguidores un amor sumamente exaltado,, sin embargo, en las enseñanzas de Hazrat Muhammad,, la experiencia‘de la percepción religiosa’la exaltación fue considerada simplemente como exaltación, y no se le concedió ningún papel independiente. Porque,, por muy profunda que sea la exaltación, es mucho más susceptible de verse influida por deseos y temores subjetivos, que la razón,–por mucho margen de error que pueda haber en ella .
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–‘¿Entiendes, Mansur, así es como, a través de acontecimientos fragmentarios y aislados, el islam se me revelaba; las conversaciones, la lectura de libros o la observación, aquí un destello, allí un atisbo—de ese modo, poco a poco, casi sin que yo me diera cuenta…।
Dos
Cuando montamos la tienda para pasar la noche, Zayd se pone a hornearnos pan. Primero mezcla agua con harina de trigo gruesa y hace una masa, y luego forma un pan redondo y plano, de una pulgada de grosor. Después cava un hoyo en la arena y allí introduce ramas secas–y les prende fuego; cuando el fuego, tras estallar de repente, se extingue, entonces coloca el pan sobre las brasas encendidas, extiende ceniza caliente encima y prende fuego a las ramas apiladas sobre ella–Al cabo de un rato retira de encima del pan las brasas y las ramas–lo voltea, lo cubre como antes y vuelve a prender fuego encima. Media hora después desentierra el pan cocido de debajo de las brasas y lo golpea repetidamente con un palo para sacudir el polvo y la ceniza restantes. Comemos ese pan untado con mantequilla clarificada, y con dátiles. ¡Huelga decir que en ningún otro lugar se puede encontrar un pan más delicioso!!
El hambre de Mansur quedó saciada, igual que la de Zayd y la mía,, pero no su curiosidad. Mientras yacemos alrededor del fuego,, comenzó a hacerme una pregunta tras otra,– cómo llegué finalmente a ser musulmán, y cuando intento explicárselo,, me sorprendo enormemente al darme cuenta, de lo difícil que es expresar con palabras mi largo viaje por el camino del islam.!
–‘Porque, oh, Mansur, el islam llegó a mí como un bandido, que entra de noche en la casa de alguien, sigilosamente, sin hacer ningún ruido ni alboroto; La diferencia es que, el islam no hizo lo que hacen los bandidos, el islam entró en mi casa para siempre, no para marcharse. Pero me llevó muchos años descubrir que tenía que hacerme musulmán..।’
Cuando recuerdo aquellos días de mi segundo viaje por Oriente Medio cuando recuerdo aquellos días de mi segundo viaje–en los que el islam comenzó a apoderarse de mi mente con gran fuerza–me parece, que aún era consciente de que había emprendido aquel viaje precisamente en busca de un descubrimiento. Cada día despertaban nuevas preguntas desde dentro y llegaban nuevas respuestas desde fuera—y todo ello despertaba el eco de algo que permanecía oculto en algún lugar del trasfondo de mi mente. Y cuanto más claro se volvía mi conocimiento del islam, una y otra vez comprendía, que siempre había conocido una verdad, aun sin ser consciente de conocerla, y por eso iba revelándose poco a poco, podría decirse, iba quedando demostrada
1924–a comienzos del verano, salí de El Cairo para emprender un largo viaje, en el que empleé la mayor parte de dos’años. Durante casi dos’años recorrí países y–países, tan antiguos por la sabiduría de sus tradiciones como eternamente nuevos por la influencia que ejercían sobre mi espíritu. En mi viaje no había ninguna prisa; y permanecía largo tiempo en cada lugar. Por segunda vez fui a Transjordania y pasé unos’días–en la cálida vitalidad viril de aquel reino beduino, armando–alboroto’y bullicio,, que todavía no se había visto obligado a–adaptarse a la corriente de la influencia occidental. En aquella ocasión, el‘Frankfurter Zeitung’; me consiguió un visado francés y tuve de nuevo la oportunidad de viajar por Siria. No permanecí mucho tiempo en Damasco; y esta antigua ciudad quedó atrás en cuanto apareció en mi camino. La vitalidad libanesa de Beirut me abrazó durante algún tiempo, pero pronto la olvidé, en el sopor desierto de la Trípoli siria, y en su serena quietud. En el puerto abierto, los pequeños barcos cargados de almendras bailaban, tirando una y otra vez de sus anclas, y los mástiles latinos producían un suave chirrido. Sentados en taburetes frente a una cafetería del muelle, bajo el sol de la tarde, los ciudadanos de Trípoli disfrutaban –de su café y‘daban caladas a la’pipa de agua. En todas partes reinaban la paz y la satisfacción, y parecía que tenían comida en abundancia! Hasta, los mendigos parecían disfrutar del reconfortante sol tibio. como si dijeran, «¡Ah, qué alegría ser mendigo en Trípoli!»! Llegué a Alepo. Sus calles y edificios–me recordaban Jerusalén. Las viejas casas de piedra, que parecían haber brotado de la tierra, y las calles adornadas con oscuros arcos–curvados como arcos, de ballesta, plazas y plazoletas desiertas y silenciosas, y ventanas talladas–en ellas. Sin embargo,, la vida interior de Alepo era, comparada con la de Jerusalén, completamente distinta. El temperamento intenso de Jerusalén era extraño,, como una convulsión dolorosa junto a corrientes nacionales enfrentadas. Después de la contemplación y–las ideas, y de las profundas emociones religiosas, se había instalado allí permanentemente, como una nube venenosa, un odio casi incomprensible hacia la relación entre las personas y las cosas. Pero Alepo–aunque era una mezcla de árabes y Líbano, y aunque llevaba una ligera huella de la cercana Turquía,, estaba libre de–contradicciones y era apacible,, serena. Con balcones de madera y fachadas de piedra,, las casas estaban llenas de vida aun en su quietud. En el antiguo bazar, la silenciosa actividad de los artesanos, llenaba las plazas de las antiguas posadas, techadas y con tiendas a ambos’lados, alineadas en filas,, repletas de mercancías diversas. La frugalidad y, junto con ella, una ligera–inclinación al placer–—ambas estaban libres de toda envidia—; no conocían ninguna prisa, y de inmediato un ocio así abrazaba también a este–‘forastero’y despertaba en él el deseo de que, su propia vida también pudiera echar raíces y asentarse en un ocio sin trabas. Todo esto fluía, conjuntamente en un ritmo intensamente cautivador.
Desde Alepo, llegué en automóvil a una ciudad del extremo norte de Siria: –Deir– ez – Zor. Mi intención era tomar desde allí el camino a Bagdad,, y dirigirme a Bagdad, situada sobre la antigua y estrecha ruta caravanera paralela al Éufrates. Y fue en ese viaje cuando conocí por primera vez a Zaid.
En la carretera Bagdad–-Damasco, desde hacía varios’ años circulaban automóviles. Sin embargo, la ruta paralela al Éufrates por esa zona era apenas conocida. En realidad,, antes que yo, solo había pasado un automóvil unos’ meses antes. Incluso, , mi conductor armenio tampoco había cruzado Deir– ez– Zor antes, aunque tenía una gran confianza, en que, de algún modo, encontraría el camino. Aun así, le pareció, que necesitábamos información más práctica y fiable. Por eso, los dos’ recorrimos juntos el mercado en busca de información.
El mercado se extendía longitudinalmente por todo Deir– ez-–Zor. Podía describirse como una mezcla de ciudad provincial siria y capital beduina–aunque la influencia beduina era mayor. Allí se encontraban dos mundos’con una extraña armonía. En una tienda se vendían postales modernas, con imágenes impresas, mientras que justo al lado, en otro lugar, varios beduinos hablaban de la lluvia en el desierto, y de la reciente disputa entre la tribu Bishr Anaza de Siria y la tribu Shammar de Irak. Uno de ellos mencionó, la audaz expedición que, algún tiempo antes, el jefe beduino naydí Faisal Ad-–Dabish había llevado a cabo en el sur de Irak, y habló de ella; mientras el nombre del venerable árabe Ibn Saud se repetía una y otra vez en sus labios. Largos fusiles antiguos, con empuñaduras–trabajadas en plata– que ya nadie compraba, porque los rifles modernos eran mucho más eficaces que ellos–seguían existiendo, envueltos en una polvorienta bruma onírica–gris, las viejas telas de uniformes traídas de tres continentes, las sillas de montar de camello naydíes, los neumáticos Goodyear, las lámparas de araña de Leipzig y las pesadas abayas beduinas marrones traídas de Al Jawf. Sin embargo, entre los objetos anticuados, los productos occidentales no parecían visitantes indeseados; su utilidad les daba un lugar propio y natural’por sí misma. El sentido práctico de los beduinos estaba despierto y era amplio; y por eso me pareció, que–habían aceptado fácilmente aquellas cosas nuevas que, hasta el día anterior, estaban muy lejos de las posadas de sus caravanas del desierto y las habían hecho suyas sin renunciar a’su antigua identidad. Esta estabilidad de su mundo interior, pensé para mis adentros, quizá les había dado la fuerza para enfrentarse a la corriente de la inundación de la nueva era y quizá, también la capacidad de no ceder ante ella, porque la nueva era había empezado a acercarse mucho a aquellas gentes. —¿Y cómo eran esas gentes?. –¿Y cómo eran?? Hasta hacía muy poco habían estado alejados del mundo exterior, y sepultados en sí mismos. Pero eso no significaba, que aquella llamada a sus puertas fuera la llamada de un enemigo; Aceptaron todas aquellas novedades con una curiosidad inocente, podría decirse,como si las examinaran con los dedos por todos lados y reflexionaran–sobre sus posibles usos. La‘novedad occidental podía causar a aquellos sencillos beduinos analfabetos; qué poco comprendía yo entonces su posible daño……।
Cuando mi conductor armenio estaba preguntando por información a un grupo de beduinos–justo en ese momento, de repente, sentí un fuerte tirón de la manga. Me puse de pie inmediatamente–y vi, que ante mí estaba de pie un apuesto árabe de más de treinta años, de complexión–esbelta.
–‘ Con su permiso, oh ‘efendi’ , dice en voz algo baja y áspera, ‘he oído, que va usted en automóvil, pero no está seguro de su camino. Lléveme con usted, Puedo serle de alguna ayuda.’
Inmediatamente tomé simpatía por el hombre y le pregunté, quién era.?
–‘Soy Zayd ibn Ghanim,’respondió, ‘sirvo en los‘Agayel iraquíes.
Entonces observé– su ‘caftán’ de color caqui y la estrella de siete rayos, emblema del policía del desierto iraquí, sobre, su negro ‘igas’– . A este tipo de ejército los árabes lo llaman ‘Agayel’. Existe desde la época de los turcos. Este ejército está formado por quienes aceptan voluntariamente esta profesión,– reclutados únicamente entre los árabes,– cuyos hogares son las estepas desérticas y cuyos amigos son los camellos. Su sangre audaz los ha impulsado desde su áspera, patria sin lujos hasta un mundo donde hay más dinero,, más dinamismo y donde, incluso hoy, los cambios de hoy a mañana son mayores.
Zayed me dijo, que él, en la frontera sirio-–iraquí, había venido con uno de sus oficiales a Dair–az-Zor–Aunque el oficial regresó a Irak, él se quedó atrás por un asunto personal y ahora prefiere regresar conmigo, en vez de hacerlo pasando por Damasco por una ruta más, inclinada, aunque mucho más sinuosa. Me reconoce abiertamente, que nunca ha recorrido toda la ruta a lo largo del Éufrates y sabe, al igual que yo,, que, debido a los numerosos brazos del río,–afluentes y recodos, no siempre podremos encontrar el camino gracias al río, –pero, dice Zayed:, ‘«el desierto es el desierto, y el sol y las estrellas no son motivo de preocupación;, inshallah, encontraremos el camino»’. Me alegra su profunda confianza y acepto gustosamente llevarlo conmigo.
A la mañana siguiente salimos de Deir– ez–-Zor, y las ruedas de nuestro‘Modelo T‘ Ford’ rodaban sobre un terreno de piedras– y guijarros, una extensión interminable,llana, a veces tan lisa y uniforme como el asfalto, y a veces extendida en forma de olas–hasta el horizonte, De vez en cuando, el Éufrates aparecía a nuestra–izquierda,–fangoso,,tranquilo y de orillas bajas;–uno pensaría, que era un lago silencioso,hasta que una astilla de madera flotante o una barca llamaba la atención y revelaba la poderosa corriente. El Éufrates es un río ancho,, de temperamento majestuoso;; no produce ningún sonido,, no es juguetón,, no corre,ni en–olas coronadas de espuma–se rompe,, ni salpica agua. El Éufrates fluye lentamente,, –con un movimiento sereno,,extendiéndose como una ancha cinta,, río sin ataduras,, trazando él mismo su majestuoso curso, hacia la pendiente perceptible del desierto,, serpenteando en innumerables curvas,, manteniendo el equilibrio con el desierto,, con orgullo, igual que el desierto. Porque,, como el río, la vastedad del desierto, también es poderosa y serena.
Nuestro nuevo compañero Zayed estaba sentado junto al conductor,, con una rodilla levantada y una pierna colgando por la puerta del coche. Llevaba unas botas rojas de cuero marroquí que había comprado anteayer en el mercado de Dayr– az-–Zor–.
De vez en cuando nos encontramos con jinetes de camellos, como si hubieran aparecido de repente de la nada, en medio del desierto, se quedan inmóviles por un instante se detienen, mirando hacia nuestro automóvil , y luego, arreando a sus animales de monta, desaparecen en la nada. Evidentemente, son pastores nómadas, El sol les ha quemado el rostro, dándole un tono cobrizo oscuro. De vez en cuando nos detenemos por unos instantes en un caravasar ruinoso, Luego comienza la extensión infinita del desierto. El Éufrates desaparece más allá del horizonte. Arena acumulada por el viento,rocas–lechos de guijarros, cada uno un fragmento de tierra, y aquí y allá se divisan algunos manojos de hierba o matorrales espinosos–A nuestra derecha, surge de repente una baja cordillera rocosa, sin vegetación, resquebrajada y marcada de grietas bajo el sol abrasador, que oculta la infinitud del desierto. ¿Qué habrá al otro lado de aquella estrecha cadena de rocas? me pregunto con asombro. Y sé que, aunque al otro lado haya un desierto igualmente llano o montañoso, con la misma arena y los mismos guijarros duros, que brillan bajo el sol con su dureza intacta, aun así, el aliento de un misterio inexplicable parece flotar en el aire.‘¿Qué podría haber allí’? No hay respuesta ni eco de ello en mi entorno; ningún sonido despierta en el silencio palpitante de la tarde, salvo el zumbido de nuestro motor y el siseo de los neumáticos al avanzar sobre las rocas y los guijarros. ¿Se ha hundido allí el borde de la tierra en un abismo primordial sin fondo? Como no lo sé, hay allí algo desconocido, y como quizá nunca llegue a saberlo, es, por tanto, incognoscible, desconocido!
Por la tarde, nuestro conductor descubrió, que había olvidado traer agua para el motor desde el refugio del desierto que habíamos dejado atrás. El río está muy lejos; No hay ningún pozo en muchas millas a la redonda. A nuestro alrededor yace, absorta, hasta el horizonte–ondulante, una extensión vacía,,blanca y ardiente, como tierra de cal,, sobre la cual juega una suave y delicada brisa cálida,,-como si viniera del vacío y se dirigiera también hacia el vacío mismo,, que no tiene comienzo, ni–fin, como si fuera un zumbido sordo surgido desde la eternidad,–un sonido.!
El conductor,,que, como todos los libaneses, no presta atención a las formalidades externas (—yo apreciaba esta cualidad en ellos–pero no en aquel preciso momento—,), dice:, –‘«Oh,, que así sea,, aun así, al próximo refugio del desierto–podremos llegar.
Pero entonces pareció, que quizá aun así no–pudiéramos llegar allí. El sol arde, y el agua del radiador hierve como el agua de una tetera–de té. Volvemos a encontrarnos con unos pastores. ¡Agua! No, que un camello puede recorrer en quince horas, dentro de ese recorrido de , quince horas-camello–no hay agua en ninguna parte.
–‘Entonces, ¿qué bebéis?? pregunta desesperado el armenio.
–Ellos se echan a reír, ‘«Bebemos leche de camella».’।
Al ver que aquellos hombres extraños de este veloz coche del diablo preguntaban dónde había agua, seguramente se quedaron muy asombrados para sus adentros. Porque, hasta cualquier niño beduino podría decirles que no hay agua en ninguna parte de esta región.
Una situación terriblemente incómoda. Debido a la avería del motor, quedarnos atrapados aquí, en el desierto, sin agua, sin comida, en semejante situación y esperar, hasta que otro coche pase por nuestro camino–tal vez llegue,o pasado mañana–o quizá el mes que viene…….।
Poco a poco, la expresión de serena indiferencia del conductor se desvanece. Detiene el coche y abre la tapa del radiador; una espesa columna de humo blanco–sale siseando. Como tenía algo de agua en mi cantimplora, la ofrezco al motor. El armenio añade un poco de aceite y el valiente Ford nos lleva adelante durante un rato.
–‘—Creo, dice el optimista,, ‘que allí, a nuestra derecha, quizá encontremos agua. ¿Ven, lo verdes que se ven esas montañas–parece, que allí hay hierba fresca. Y donde crece la hierba en esta época del año, cuando no cae ninguna lluvia, seguramente hay agua. Y si hay agua, ¿por qué no subimos hasta allí en coche para recogerla??
La lógica suele tener una fuerza irresistible, y aquí también la tenía, aunque parecía, que el razonamiento del armenio avanzaba apoyado en muletas, cojeando. Dejamos el camino y avanzamos varias millas hacia las montañas con un ruido sordo. Pero no había agua……Las laderas de las montañas estaban cubiertas, no de hierba,, sino de piedras verdosas.
El motor emitió un siseo, los pistones comenzaron a golpear ásperamente, por las junturas del capó del automóvil salía humo, en forma de volutas blancas. Unos minutos más.. y entonces , algo empezará a agrietarse, se romperá el cigüeñal–o alguna otra cosa de este** tipo. Pero ahora nos hemos alejado mucho de la ruta de la caravana. Si ocurre algo, tendremos que sentarnos, desesperados, en este lugar desolado. Casi todo el aceite que teníamos se había vertido en el radiador. El armenio empezó a comportarse casi como un loco, él ‘«andaba buscando agua»’, girando el coche primero a la izquierda y luego hacia la derecha, como un acróbata dentro de un circo, cambiando hacia la derecha–y hacia la izquierda la velocidad, y dando vueltas, del mismo modo, . Pero aun así no apareció ninguna posibilidad de encontrar agua. Y la botella de caro vino francés que–entregué con un suspiro, no–sirvió para otra cosa que cubrirnos con vapores alcohólicos procedentes del licor, aparte de calentar el radiador; y, como resultado, Zayd ((que no había bebido alcohol)) estuvo a punto de vomitar.
El estupor pétreo en el que Zayed había estado perdido hasta entonces se hizo añicos con este último experimento. Con un gesto airado, se baja su ‘kufiya’ sobre los ojos, se inclina sobre el borde ardiente del automóvil y contempla repetidamente el desierto–con esa infalible, concentración vigilante, propia de quienes pasan la mayor parte de su vida bajo el cielo abierto, personas, acostumbradas a confiar en sus sentidos. Esperamos ansiosos–sin demasiadas esperanzas–porque, ya nos había dicho que nunca en su vida había estado en esta parte del país. Pero levanta la mano, señala hacia el norte y exclama–
–‘¡Ahí está!’!
No fue una palabra, sino más bien una orden, ¡un mandato!! El conductor se alegra muchísimo de haber encontrado a alguien que lo liberara. Sin hacer preguntas, cumple la orden al instante. El motor, resoplando penosamente, nos lleva hacia el norte. Pero de pronto Zayed se incorpora un poco, pone la mano sobre el hombro del conductor y le pide que se detenga. Durante unos instantes se sienta inclinado ligeramente hacia delante, olfateando como un perro que sigue una presa. En torno a sus labios apretados tiembla ligeramente, una excitación casi perceptible.
–‘No, conduzca por allí’, grita y señala hacia el–noreste.
–‘¡Rápido!’El conductor vuelve a cumplir su orden sin decir una palabra. Unos minutos después, otra orden sale de los labios de Zayed:–‘¡Detente!!’Y salta ágilmente del automóvil,, recoge su larga túnica con sus dos’manos y corre directamente hacia delante,, se detiene y mira a su alrededor varias veces,, como si buscara algo o escuchara algo atentamente, y durante un buen rato, lo del motor,, olvido mi problema;, quedo tan absorto ante la visión de un hombre, que intenta establecer, con todos sus sentidos y nervios, un contacto íntimo con la naturaleza. …Y de repente empieza a correr a grandes zancadas, y desaparece en un espacio vacío entre dos montículos. Un instante después vuelve a aparecer su cabeza y sus dos manos empiezan a agitarse:
–‘¡Agua!!’
Corremos hacia él. Sí,, eso’es, en efecto. Bajo las rocas salientes, en una cavidad protegida–del sol por ellas,, brilla un pequeño estanque de agua, algunos vestigios de las lluvias del invierno pasado,, amarillo-–marrón,, mezclado con barro,, pero aun así, agua……¡agua!! Alguna intuición desértica inexplicable había revelado la existencia del agua al hombre najdí...
Y mientras el conductor armenio y yo sacamos aquella agua en un bidón vacío de gasolina y la vertemos en el motor, tan maltratado, Zayd, sereno con una leve sonrisa,–—como un héroe silencioso—,– camina una vez hacia delante junto al automóvil, y otra hacia atrás.
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Al mediodía del tercer día llegamos a la aldea iraquí de la ribera del Éufrates, ‘Ana’, y, recorrimos durante varias horas sus palmerales y sus muros de adobe. Allí, tal como Zayd nos había dicho, vimos muchos ‘agayel’, de los cuales ; la mayoría pertenecía a su tribu. Bajo la sombra de las palmeras avanzaban con largas zancadas entre una multitud de caballos lustrosos y relucientes, , sobre los cuales se reflejaban el sol y la luz filtrada a través del verdor, , como si cada uno fuera un soberano, –majestuoso, noble y cortés con sus inferiores. Mientras avanzaba, Zayd inclinaba ligeramente la cabeza con respeto ante algunos de ellos, y su largo cabello se agitaba a ambos ’lados de su rostro. A pesar de la dura vida bajo el calor abrasador del desierto y de las ciudades, –Zayd era tan sensible que , incluso mientras avanzábamos rápidamente por los caminos de la aldea, se envolvía el turbante alrededor de la cabeza y se lo ataba sobre el rostro para que no le entrara polvo en la cara, , polvo que –ni siquiera nosotros, los habitantes de la ciudad, de naturaleza deformada, , encontrábamos demasiado molesto. Luego, cuando conducíamos sobre la grava y ya no había polvo –ni arena en el camino, , Zayd, con una dulzura casi enteramente infantil, se ‘echaba la kufiyya ’hacia atrás y comenzaba a cantar. De pronto se quitaba el mul y empezaba a cantar: –una montaña que de pronto se alza atravesando la llanura, –con la brusquedad de un muro, una ‘qasida’, , una especie de canto ghazal, , en un ritmo monótono e ininterrumpido, , un movimiento de melodía prolongada, , del desierto, –fluida como el viento, , sin comienzo , ni fin. Al llegar a la siguiente aldea, Zayd pidió al conductor que se detuviera. Después saltó del vehículo y, tras darle las gracias por haberle llevado durante aquel trayecto, se echó el rifle a la espalda y desapareció entre los palmerales; ; en el vehículo quedó un olor sin nombre, , la fragancia de una humanidad completa en sí misma, , la pureza sencilla del alma, extendida a lo lejos, –en una vasta , extensión, o nunca olvidada, , una resonante evocación de un pasado así.
‘En Ana’ese día no pensé que, volvería a encontrarme con Zayd. Pero ocurrió lo que yo no sabía.
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Al día siguiente llegué a‘Hit’, una pequeña ciudad;; situada a orillas del Éufrates, en un lugar donde; desde el desierto va apareciendo poco a poco la–antigua ruta de caravanas que conduce de Damasco a Bagdad. La ciudad está situada en la cima de una colina, con murallas y una fortaleza, como una antigua y casi–olvidada fortaleza. Las casas de dentro y de fuera parecían haberse adentrado en las–murallas de la ciudad. Las casas no tienen ventanas, sino solo unas pocas hendiduras o grietas, que, para facilitar el uso de armas desde el interior de la fortaleza, son como las–aberturas que se dejan en las murallas de una fortaleza. Desde el interior de la ciudad se alza hacia el cielo un minarete.
A orillas del río, en un caravasar–detengo mi marcha para pasar la noche. Mientras preparan la cena para el conductor y para mí, voy al pozo que hay en el patio y me lavo las manos y la cara. Estoy sentado en cuclillas sobre el suelo, cuando un hombre cualquiera, que tiene una larga–vasija de agua con un cuello, levanta la que yo había dejado y empieza a verter lentamente agua sobre mis manos. Alzo la mirada y veo delante de mí–a un hombre de rostro oscuro y huesos robustos, con un gorro de piel en la cabeza. Sin que se lo pidiera y de manera espontánea, me está ayudando a lavarme las manos y la cara. Era evidente que no era árabe. Cuando le pregunté quién era, me respondió en un árabe entrecortado–‘«Soy un tártaro, que ha venido de Azerbaiyán»’. Sus ojos eran cálidos y sinceros como los de un perro, y el que fuera uniforme militar que llevaba estaba casi hecho jirones, y gastado!
Comencé a hablar con él, en parte en árabe y en parte en un persa entrecortado, que había aprendido de un estudiante iraní en El Cairo. Supe que, el tártaro se llamaba Ibrahim. Casi toda su vida –—tenía entonces casi cuarenta años—–la había pasado recorriendo los caminos de Irán–y sus senderos;; durante años había conducido vagones de carga de Tabriz a Teherán, de Mashhad a Birjand, de Teherán a Isfahán y Shiraz, y una vez a un grupo de cien jinetes al que había comandado como si fuera su propia tropa;; una vez había servido como soldado en la caballería iraní, y también como guardaespaldas personal de un jefe turcomano;; durante un tiempo había sido mozo de cuadra en los caravanserais de Isfahán. Pero esta vez, tras llegar a Irak como–conductor de mulas de una caravana de peregrinos iraníes que viajaban a Kerbala, había perdido su empleo después de enemistarse con el jefe de la caravana y, de ese modo, había quedado atrapado, sin ayuda ni recursos, en un país extranjero.
Más tarde, aquella noche, en el patio de la posada de caravanas, adornado con palmeras,, me tendí en un banco de madera para dormir. El calor era insoportable–—y había enjambres de mosquitos–como nubes—,–enjambres de enormes mosquitos hinchados hasta reventar de beber sangre humana. Unas pocas’linternas esparcían su débil y lastimera luz en la oscuridad. Había varios caballos, que quizá pertenecían al dueño de la posada,, atados junto a una pared. El tártaro Ibrahim cepillaba uno de ellos. La forma en que cepillaba al caballo demostraba que no solo conocía a los caballos,, sino que también los amaba. Sus dedos daban golpecitos en la crin erguida del caballo como un amante acaricia el cabello de su amada.
De pronto se me ocurrió una idea. Yo viajaba por los caminos de Irán y tenía por delante muchos meses de viaje a caballo. ¿Por qué no llevarme conmigo a este hombre?? Me pareció un hombre excelente y bastante callado. Sin duda necesitaría a alguien así,, que conociera casi todos los caminos–de Irán,, y todas las posadas de caravanas–le fueran familiares, como su propia casa.
A la mañana siguiente, cuando le dije que podía tomarlo a mi servicio,, al agradecerme, casi rompió a llorar y me dijo en persa:‘Hazrat,, ¡nunca tendrá que arrepentirse de ello!!’
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Era el mediodía del quinto día de mi viaje en automóvil desde Alepo, cuando por primera vez apareció ante mis ojos la vista del vasto oasis de Bagdad. Entre las copas de innumerables palmeras, elevándose hacia el cielo, resplandecían con adornos dorados las cúpulas de las mezquitas y sus–altos minaretes. A ambos lados del camino’se extendía un vasto cementerio antiguo–cuyas tumbas, desmoronándose, eran de piedra–gris,, yermas y abandonadas. Un fino polvo gris permanecía suspendido sobre el cementerio; y, bajo el sol abrasador del mediodía, este polvo–gris parecía un velo transparente de tela fina, adornado con plata,–como una tenue pared de niebla entre el mundo muerto del pasado y el presente vivo. Sí, así debería ser,, pienso siempre para mis adentros, cuando uno se acerca a una ciudad así, tan completamente distinta, que ni siquiera puede concebir esa diferencia….
Y luego nos sumergimos en la avenida de palmeras–entre–troncos enormes y hojas curvadas, millas y millas–hasta que el palmeral–se detuvo de repente junto a la orilla del Tigris. El río era de una naturaleza distinta al Éufrates. De un color lodoso mezclado con verde, pesado–y avanzaba produciendo un murmullo continuo–frente al curso silencioso y majestuoso del otro río, como un extranjero desconocido, ¡un extraño!!’Y cuando cruzamos el Tigris en una barca, por un puente–oscilante, el calor ardiente del golfo Pérsico se derramó sobre nosotros.
Del antiguo esplendor de Bagdad–y brillo no queda nada. Las sucesivas invasiones de los mongoles durante la Edad Media destruyeron la ciudad de tal manera que, Harún–al-–Rashid, no queda nada que recuerde a la antigua capital. Se alza una ciudad de casas–construidas desordenadamente con ladrillos–parece que, se trata de una solución provisional, a la espera de posibles cambios. Pero, en realidad, ya había comenzado un cambio de ese tipo, bajo la forma de una nueva realidad política. La ciudad ha empezado a recobrar el pulso de la vida; nuevos edificios–y construcciones; están surgiendo; de un cuartel provincial turco adormecido está naciendo poco a poco una capital árabe.
El calor intenso se ha impuesto sobre todo y ha vuelto lento todo movimiento. La gente camina por las calles con paso pausado. Parece que su sangre es muy espesa y que carecen de ritmo y gracia. Bajo los turbantes de tela a cuadros blan–co y negro, sus rostros parecen excesivamente serios y poco amistosos. Cada vez que he visto un hermoso rostro árabe, adornado con una dignidad orgullosa y ensimismada, he visto, en su cabeza una prenda roja, o blanca, llamada ‘kufiya’–—lo que significa que , el hombre no es de aquí, ; ha venido de las regiones del norte, o del desierto sirio, o de Arabia Central.
Pero en estos hombres resplandece una fuerza inmensa–la fuerza del odio–contra las potencias extranjeras que les han arrebatado la libertad. Como–demonios, los habitantes de Bagdad están constantemente poseídos por el deseo de libertad. Quizá la sombra negra y profunda de ese monstruo se haya proyectado sobre sus rostros Quizá todos esos rostros adquieran un aspecto completamente distinto cuando se encuentran con sus propios compatriotas en los estrechos callejones y patios–amurallados de la ciudad. Porque, si los observa con un poco más de atención, comprenderá que, sus rostros no están completamente desprovistos de–encanto. A veces saben sonreír, como los demás árabes A veces, como los demás árabes, arrastran sus túnicas detrás de sí por el polvo con un elegante desdén; como si caminaran sobre el suelo de mosaico de un palacio de mármol! Ellos dejan que sus mujeres paseen perezosamente por las calles, cubiertas de espléndidas y variadas capas de brocado; con burka,–mujeres preciosísimas, rojas,–negras y azules,–plateadas y de brocado burdeos; figuras que van dejando lentamente huellas doradas con sus pasos silenciosos……।
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Unas semanas después de que llegáramos a Bagdad, mientras paseaba por el gran bazar, con techos en forma de barril–que cubrían unas callejuelas ligeramente oscuras; de una de ellas–resonó de pronto un grito. Desde una esquina, un hombre salió corriendo, luego otro, y después un tercero. También la gente del bazar empezó a correr–impulsada por un pánico tan grande’cuya causa yo desconocía, pero que ellos sí conocían. Se oyó el repiqueteo de los cascos: un jinete, con el rostro aterrorizado–lanzó su caballo al galope hacia la multitud, que se abrió y se deshizo–ante él. Más gente corría, y todos venían de la misma dirección; con ellos corrían los tenderos del bazar. Entre empujones, y sacudidas, todo el grupo avanzaba a gran velocidad. Los tenderos, alarmados–y aterrorizados, colocaban tablas de madera delante de sus tiendas. Nadie hablaba, ni llamaba a los demás. Solo de vez en cuando oía los gritos de la gente que caía, y un niño lanzó un grito desgarrador..।
¿Qué ocurrió?? No hay respuesta. Hacia dondequiera que miro, aparecen rostros sombríos. Una pesada carreta–aún medio cargada de fardos–corre sin conductor por los estrechos callejones, arrastrada por caballos desbocados. A lo lejos, un montón de vasijas de barro se ha hecho añicos–y pude oír claramente, los fragmentos de las vasijas rotas–rodando por el suelo. Si se exceptúan todos estos sonidos confusos, las pisadas y la–respiración de la gente,, por todas partes reina un silencio profundo y opresivo–justo como el que a veces aparece antes de un terremoto.–Se oye, únicamente el repetido golpeteo de los pasos de la gente que huye; y a veces se oyen los gritos desesperados de alguna mujer o algún niño que se desprende de la multitud que avanza. Luego aparecieron algunos jinetes–. Jinetes. Miedo,, huida y silencio.! Las calles–cubiertas, allí donde se cruzan unas con otras, forman una reunión enloquecida,, ¡un alboroto de borrachos!!
En uno de estos cruces –se ha desatado un tumulto; atrapado en él, me encontraba en tal situación que no podía avanzar ni avanzar, ni retroceder y, a decir verdad,, no sabía adónde ir, ni siquiera lo sabía.–Justo en ese momento sentí que , alguien me agarraba del brazo, y no era otro que Zayd,, que me tiraba hacia él,, entre dos tiendas,… detrás de una barricada hecha con barriles.
–‘No se mueva’, —susurra al oído.
Algo pasó silbando junto a mí; ; ¿una bala de rifle? ? Imposible—–
Muy lejos,, desde algún lugar en medio del bazar,, llegó flotando un rugido sordo de muchas voces. De nuevo algo pasó silbando y se alejó,, esta vez no había duda al respecto: el sonido de una bala–a lo lejos,, un sonido de roce indistinto,, como si alguien esparciera guisantes sobre un suelo seco y duro. Poco a poco el ruido se acerca y aumenta–ese tableteo frecuente que se repite a intervalos regulares—–y comprendí qué era: una ametralladora,, el estruendo de un cañón……..
Como había ocurrido muchas veces antes, había sucedido,, del mismo modo, una vez más, Bagdad había’vuelto a rebelarse el día anterior—–1924,–el 29 de mayo. El Parlamento iraquí aprobó, contra la voluntad del pueblo, un tratado de amistad con Gran–Bretaña. Y en este momento una nación desesperada intenta defenderse–contra la amistad de una gran potencia europea…..
Y después me enteré de que, para sofocar la protesta, las tropas británicas habían’cerrado todos los accesos al bazar. Ese día, en el bazar,, en un tiroteo indiscriminado murieron muchas personas. Si Zayd no me hubiera detenido, quizá yo también habría corrido directamente hacia el fuego de los cañones.
Y este fue el verdadero comienzo de nuestra amistad. El sentido práctico de Zayed–y su virilidad lacónica me atraían enormemente. Y por su parte, puede decirse, que él–también se había enamorado claramente del joven europeo, que no tenía muchos prejuicios contra los árabes ni contra su modo de–vida. Me contó la sencilla historia de su vida. Cómo antes, igual que su padre, había crecido al servicio de los gobernantes de Ha’il,, bajo la autoridad de la casa Shammar de Ibn Rashid;; cómo, cuando en 1921 Ibn Saud conquistó Ha’il y el último‘emir’de la casa de Ibn Rashid fue hecho prisionero por Ibn Saud,, muchos miembros de la tribu Shammar, y con ellos también Zayed,, en lugar de someterse a los nuevos gobernantes, eligieron un futuro incierto y’abandonaron el país. Y ahora se encuentra aquí,, con su ‘iqal’ luciendo una estrella iraquí de siete puntas sobre el’pecho,, con una profunda añoranza por la patria de su juventud.
Durante las semanas de mi viaje por Irak tuvimos la oportunidad de conocernos mucho y, en los años siguientes, mantuvimos una relación estrecha. De vez en cuando le escribo–cartas y una o’dos veces al año le envío pequeños regalos que compro en algún mercado de Irán o Afganistán. Cada vez responde con su letra desordenada, casi–indescifrable y desagradable, y menciona aquellos días, en que cabalgábamos juntos a orillas del Éufrates, o íbamos a contemplar el león alado entre las ruinas de Babilonia. Finalmente, cuando llegué a Arabia en 1927, le pedí que se uniera a mí; y al año siguiente Zayd se reunió conmigo. Desde entonces ha sido mi compañero, mucho más como camarada mío que como un nafar.
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A comienzos de la tercera década, los automóviles eran relativamente escasos en Irán; y solo algunos circulaban de alquiler entre los grandes centros. Si se quería viajar fuera de las tres o cuatro carreteras principales, había que depender de los carruajes tirados por–caballos. Y tampoco llegaban a todos los lugares; porque en muchas partes de Irán entonces las carreteras–ni los caminos existían. Para alguien como yo,–que–estaba deseoso de relacionarme con la gente de cualquier país aceptando sus condiciones,–viajar a caballo era una señal muy clara; y por eso,, durante nuestra última semana en Bagdad, cada mañana, acompañado por Ibrahim, íbamos al mercado de caballos a las afueras de la ciudad. Tras varios días de–regateo, compré un caballo para mí y una mula para Ibrahim. Mi montura era un hermoso poni de pura raza del sur–de Irán, de color, rojo–castaño., La mula, evidentemente traída de Turquía, era un animal vivaz, enjuto y testarudo,, cuyos músculos parecían gruesas cuerdas de acero bajo la piel de terciopelo gris;; llevaba cómodamente, además de su jinete, mis grandes alforjas,, en las que guardaba todo lo necesario.
Montado en mi caballo y llevando la mula de una cuerda, Ibrahim salió una mañana rumbo a la frontera iraní, hacia la última ciudad de Irak, Khanikin. La ciudad es una estación de un ramal del ferrocarril de Bagdad. Dos’días después partí en tren, para reunirme allí con Ibrahim
Hemos dejado atrás Khanikin y el mundo árabe –Delante de nosotros se alzan montañas, todas ellas–como centinelas frente a cordilleras cada vez más altas:–las cordilleras de la meseta iraní,, un mundo nuevo y expectante. El puesto fronterizo es un pequeño edificio solitario, , sobre el cual ondea una bandera descolorida,–verde,–blanca y roja,, con el emblema de un león con una espada y un sol naciente. Unos pocos’funcionarios de–aduanas, , de cabello negro,, tez clara,, vestidos con uniformes sucios y sandalias,, examinan mi modesto equipaje con una especie de cordial sentido del humor. Luego, uno de ellos se dirige a mí y dice:
–‘Todo está en orden,, ‘«Janab–-i-–Ali»,’, la dignidad de Su Señoría está muy por encima de nuestra competencia y capacidad. ¿Tendría usted la bondad de honrarnos bebiendo té con nosotros??”
lo extraño expresado mediante esta forma de hablar y la etiqueta anticuada, de repente se me ocurrió, ¡qué diferente era la lengua persa, pese a sus numerosas palabras árabes, de la lengua árabe, qué distinta! En ella había una dulzura sonora y cultivada, y, después de la lengua de consonantes cálidas de los árabes, el sonido suave y abierto de las vocales persas sonaba de manera sorprendentemente «‘occidental’».
Yo no era el único disfrazado de viajero. Muchos pesados vagones cubiertos de lona, tirados por cuatro caballos, estaban delante de la oficina de aduanas, y cerca de allí una caravana había levantado sus tiendas. La gente cocinaba sus alimentos en el fuego de las tiendas abiertas. Aunque era apenas el comienzo de la tarde, sin embargo, parecía que, ellos no pensaban seguir adelante y nosotros tampoco , —no sé, por qué—, tomamos la misma decisión. Pasamos la noche al aire libre, extendiendo mantas sobre el suelo.
Al amanecer, varios vagones y la caravana volvieron a ponerse en marcha hacia la cordillera desnuda; nosotros también montamos nuestras respectivas cabalgaduras y partimos con ellos. El camino serpenteaba y ascendía, por eso los dos’dejamos pronto atrás los lentos vagones y luego, espoleando nuestras cabalgaduras, penetramos cada vez más en las regiones profundas del país montañoso de los kurdos: la tierra de los–pastores altos, de tez clara.
Vi al primero de ellos, cuando, en una curva del camino, de una cabaña hecha de ramas y paja, que emitía un susurro salió y, sin decir palabra levantó ante nosotros un cuenco de madera lleno hasta el borde de leche. Tendría unos diecisiete años; descalzo, desgreñado–desaliñado, no parecía haberse bañado; con las manos y los pies a medio–lavar, sucios;Un resto de un sombrero de paja adornaba su despeinada cabeza. Estoy bebiendo esa leche fina, ligeramente sal–ada y asombrosamente fría, y por encima del borde del cuenco veo dos ojos azules, dos ojos fijos en mí, sin parpadear. La delicada dulzura húmeda y brumosa que se cierne sobre los animales recién nacidos, una somnolencia primordial, que aún no se ha disipado por completo, parecía haberse concentrado en sus dos ojos!
Por la tarde llegamos a una aldea kurda hecha de tiendas, , apiñadas y silenciosas entre las laderas de las montañas, una aldea de tiendas. Estas tiendas se parecen–a las tiendas de los beduinos seminómadas de Siria o Irak. Estas–están cubiertas con gruesas telas negras hechas de pelo de cabra, extendidas sobre esteras de paja. Cerca fluye un arroyo,, en cuyas dos’orillas se extienden hileras de álamos a la sombra;; sobre una roca que asoma en medio del arroyo, un par de grullas se golpean excitadamente los picos, produciendo ruido, y baten las alas;; Con una chaqueta–azul índigo, un hombre avanza hacia la tienda con pasos largos pero ligeros;; su manera de caminar, arraigada en la tierra pero muy relajada,–parece hablar de la antigua sangre beduina.! Una tela roja–y azul, que arrastra detrás de sí por el suelo,, una mujer camina lentamente hacia el arroyo, llevando sobre el hombro una larga vasija de barro. Sus dos muslos se perfilan claramente bajo la fina tela de su vestido: ¡líneas largas y tensas como las cuerdas de un violín!! Al llegar a la orilla, se arrodilla y se inclina sobre el agua para llenar el cántaro. Su paño de la cabeza, parecido a un turbante, se desprende y, como una corriente de sangre, toca la reluciente superficie del agua,, pero solo por un instante;; ella levanta la tela y vuelve a envolverla alrededor de su cabeza,, en un solo gesto fugaz,, que todavía parece formar parte de su acción de arrodillarse y pertenecer al mismo gesto.
Poco después, me siento junto al arroyo con cuatro jóvenes y un anciano. En las cuatro hay una dulzura y una naturalidad nacidas de la vida libre e independiente: una belleza , consciente de sí misma, pero honesta y pura,, que no sabe ocultarse,, pero que resulta casi imposible separar de la timidez y la modestia. La más hermosa de ellas lleva el nombre de un pájaro cantor:–‘Tu–Tu’ (la vocal se pronuncia como en persa). Hasta sus delicadas cejas, toda su frente es de un rojo oscuro con un matiz azulado,–cubierta por un pañuelo;; sus párpados están pintados con surma;; por debajo del pañuelo han asomado’mechones de cabello castaño,, entre los cuales se han entrelazado, como hilos, finas–finas cadenas de plata. Cada vez que movía la cabeza, tintineaban al golpear sus delicadas mejillas con hoyuelos–marcadas–por esas líneas.
Todos disfrutamos de nuestra conversación, y de nuestra charla–aunque mi persa todavía no estaba bien organizado, ((el kurdo está emparentado con el persa)). Estas jóvenes, que nunca habían salido de los solemnes confines de su tribu y no sabían–leer ni escribir, en realidad son muy inteligentes. Entienden fácilmente mi habla entrecortada–y a menudo escogen la palabra que estoy buscando a tientas y me la ponen en la boca con absoluta seguridad práctica. Les pregunto qué hacen, y quiero saberlo de ellas, me responden, presentándome la lista de las muchas pequeñas pero nobles tareas que llenan los días de una mujer nómada: moler grano entre dos piedras planas, cocer pan sobre las brasas ardientes , ordeñar las ovejas, sacudir el yogur en una bolsa de cuero para hacer mantequilla, hilar la lana de oveja en un telar manual, tejer alfombras con toda clase de dibujos y‘kilims’tejidos tan antiguos como su propio pueblo; y concebir hijos, además de ofrecer descanso y amor a sus hombres..
Una vida así, sin ningún cambio. Hoy, ayer y mañana. Para estos pastores no existe el tiempo–salvo el día–y la noche, y la sucesión de las estaciones. La noche se ha hecho oscura, para dormir;; el día se ha destinado a reunir las cosas necesarias para una vida luminosa;; el invierno llega en medio de un frío cada vez mayor y de la escasez de pastos en las montañas;; por eso, vagando con sus rebaños y sus tiendas, llegan a las llanuras cálidas, de Mesopotamia y del Tigris;; más tarde, cuando el verano se vuelve más intenso, con calor y vientos abrasadores,, regresan a las regiones montañosas,, aquí,, o allí,, a algún lugar entre los sitios tradicionales de la tribu.
–‘¿A usted nunca le ha apetecido vivir en una casa de piedra?? pregunto al anciano,, que hasta entonces casi no había dicho una palabra y escuchaba nuestra conversación con una leve sonrisa;; ¿nunca ha deseado que, usted mismo sea dueño de un campo??
El anciano niega con la cabeza y dice: ‘No,… si el agua permanece inmóvil en un estanque, el agua se vuelve estancada, y lodosa ; cuando hay una corriente de agua, el agua fluye, solo entonces permanece clara y limpia…।’
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Con el tiempo, Kurdistán quedó atrás. Durante casi dieciocho meses recorrí Irán de un extremo al otro, ese país, el más extraño de todos, y llegué a conocer una nación así, en la que se fusionaban la sabiduría de tres mil años de cultura y la incertidumbre inquieta, infantil,–una nación así,, –que, sabía contemplarse a sí misma y cuanto ocurría a su alrededor con una lenta y perezosa indiferencia altiva,, y que al instante podía estremecerse con la exaltación de una pasión volcánica desenfrenada. La vida de–ciudad, con sus comodidades refinadas,–la disfrutaba, y, junto con ella, disfrutaba del viento cortante de las estepas, que hacía estremecer de alegría el alma. Dormí en los palacios de los gobernadores provinciales, cuando una docena de sirvientes–estaban de pie, listos para cumplir mis órdenes,, pero también dormí en un caravanserrallo medio–en ruinas,, donde por la noche debía permanecer vigilante para matarlos antes de que pudieran picarme los escorpiones. Como huésped de las tribus bakhtiari y qashqai, comí cordero asado entero, y en los comedores de los ricos mercaderes comí pavo asado, relleno de albaricoques–secos. Observé los sacrificios de Muharram y el frenesí ensangrentado– que embriagaba hasta la locura;, escuché los delicados cantos de Hafiz,–poemas que los herederos de la antigua gloria de Irán cantan al son de una flauta. Recorrí las avenidas de álamos de Isfahán y quedé maravillado ante las cúpulas doradas, las entradas colgantes , y el esplendor de los valiosos exteriores de sus enormes mezquitas. La lengua persa llegó a resultarme tan familiar como el árabe. En las ciudades,–hablé con personas cultas de las ciudades y los puertos,, y también conversé con soldados y nómadas,, con comerciantes en los mercados,, con ministros y líderes religiosos,, con derviches errantes y con opiómanos instruidos en los caravanserrallos junto al camino. También viví en las ciudades,, y en las aldeas,, con mis pertenencias recorrí desiertos y peligrosos pantanos salinos. Me perdí por completo en la atmósfera intemporal de aquel país extraño y maravilloso, hecho– pedazos,–sin tiempo, y me hice tan cercano a los iraníes,, y a su vida y su pensamiento,, que parecía haber nacido entre ellos. Pero este país,, y esta vida,–como una antigua joya,, que irradia una luz difusa en todas direcciones,–nunca llegaron a resultarme tan cercanos como el mundo cristalino de los árabes, que se había vuelto tan entrañable para mí.
Durante más de seis meses, recorrí a caballo los bosques de Afganistán, las cordilleras y las estepas: sí,, seis’meses, galopé por un mundo donde todos llevan armas–no como adornos,;donde cada palabra, y cada paso deben observarse con cautela,, no sea que una bala llegue silbando por el aire.! Varias veces tuve que luchar, junto con, Ibrahim y nuestros ocasionales compañeros de viaje,–para salvar nuestras vidas de los bandidos. Afganistán estaba entonces infestado de bandidos.–Pero los viernes no había motivo para temer a los bandidos, porque‘en el día consagrado a adorar al Rabb al-‘Alamín, matar a alguien o robarle algo lo consideraban una vergüenza. Una vez, cerca de Kandahar, escapé de una lluvia de disparos , porque, sin darme cuenta, había apuntado al rostro descubierto de una hermosa campesina que trabajaba en el campo, aunque, en los altos pasos montañosos del Hindu Kush, entre los mongoles, descendientes de los soldados–del ejército de Gengis Kan, en una habitación,, en el suelo de una cabaña de hojas, durmiera junto a la joven esposa y las hermanas del anfitrión no me parecía extraño. Pasé varias semanas como huésped del rey Amanulá Kan en su capital, Kabul; y pasé noche tras noche conversando con sus ulemas y eruditos sobre las enseñanzas del Corán. Muchas otras noches las pasé sentado en las negras tiendas de los kanes pastunes,–discutiendo cómo recorrer las zonas devastadas por las luchas internas entre diversas tribus.
Y con la llegada de cada uno de los días de esos dos años’fue surgiendo en mí la certeza de que, parecía estar llegando a una decisión final!
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‘Porque ocurrió esto, Mansur:, al comprender cómo vive un musulmán, mi conocimiento del islam fue mejorando cada día. El islam siempre había ocupado el lugar más elevado en mi mente..’
–‘Isha’: ha llegado la hora de la oración’, dice Zayed, tras dirigir una breve mirada al cielo nocturno.
Nos alineamos para la última oración del día, los tres, vueltos hacia La Meca. Zayed y Mansur se colocan uno junto al otro, y yo me sitúo delante de ellos, como imán de la congregación (porque el Mensajero de Allah llamó congregación a toda reunión de dos o más personas), Levanto ambas manos hacia arriba y comienzo con‘«Allahu Akbar»’– ‘«Solo Allah es grande»’y después recito la sura Al-Fatiha del Corán, como hacen siempre los musulmanes:
En el nombre de Alá, el Compasivo, el Misericordioso
Toda alabanza pertenece únicamente a Alá
el Señor de los mundos,
el Compasivo, el Misericordioso,
Dueño del Día del Juicio.
Solo a Ti adoramos.
y solo a Ti pedimos ayuda,
Muéstranos el camino–fácil y recto,
Su camino, de aquellos a quienes has concedido Tu gracia,
no el de aquellos, que han incurrido en Tu ira,
no el de aquellos, que se han extraviado.
la sura número ciento’’doce:
El Misericordioso,, Allah es uno,, único,,
Él es autosuficiente,, de quien depende todo,,
no engendra, ni fue engendrado,,
y nadie es comparable a Él.
Si existe, aun así, hay muy pocas cosas que acerquen tanto a las personas unas a otras como adorar juntas, y las hagan estar tan cerca, Creo, que esto es cierto en el caso de todas las religiones, y especialmente cierto en el caso del islam, porque el islam se basa en la creencia de que, no hay necesidad de ningún intermediario entre Allah y el ser humano, y que, en realidad, tampoco es posible. En el islam no existe ningún tipo de sistema sacerdotal, ni clero, ni una «‘iglesia’» organizada, por lo que todo musulmán siente que, cuando ofrece la oración en congregación, está‘común’ participando verdaderamente en un acto de adoración común, y no se limita a hacer acto de presencia. Puesto que en el islam no existe ninguna cuestión de iniciación, por ello, todo musulmán adulto y mentalmente sano que–puede dirigir cualquier ceremonia religiosa, ya sea dirigir la oración en congregación, oficiar una ceremonia de boda, o encargarse del entierro de un difunto. Para adorar a Allah, nadie necesita ser‘designado especialmente’: los maestros y dirigentes religiosos de la comunidad musulmana son personas sencillas y corrientes (a veces, con razón, y a veces sin merecerlo ) famosas por su erudición en teología y jurisprudencia islámica.
Tres
Mi sueño se despierta con el amanecer, pero mis párpados aún están llenos de sueño. Sobre mi rostro pasa el viento, emitiendo un delicado zumbido, desde la noche que se desvanece hacia el día naciente.
Me levanto para lavarme y ahuyentar el sueño de mi rostro. El agua fría es como un contacto con un paisaje lejano–de montañas cubiertas de bosques oscuros y ríos–y arroyos que fluyen y corren y siempre permanecen transparentes, y limpios: ¡esa mañana!…!..Me siento sobre mis muslos y echo la cabeza hacia atrás, para que mi rostro pueda permanecer húmedo durante mucho tiempo; el viento da una suave ráfaga sobre la humedad de mi rostro, da una ráfaga con todos los delicados recuerdos de los días fríos–—mucho–mucho tiempo atrás, de los días de invierno, de las colinas,–las montañas y los ríos y arroyos crecidos que corren impetuosamente.. . del avanzar a caballo a través de la nieve y de una blancura deslumbrante.. . la blancura de aquel día de hace muchos años, cuando recorría a caballo las montañas sin caminos de Irán cubiertas de nieve, empujando poco a poco al caballo hacia delante, y cada paso del caballo significaba que su pata se hundía en la nieve, y luego, con gran esfuerzo, sacaba la pata de la nieve.. .।
Aquella tarde, recuerdo, descansamos en una aldea, cuyos habitantes parecían nómadas. Diez o doce agujeros en el suelo, tenían encima techos de paja–y enredaderas recubiertos de barro, semejantes a bajas cúpulas, que daban a aquel solitario asentamiento el aspecto de una ciudad de topos! sudeste– de Irán. Se trata de un lugar de la provincia de Kermán. Como moradores de un mundo subterráneo de cuento de hadas, sus habitantes salen gateando y aún hoy miran asombrados a los extranjeros. Sentada sobre una de aquellas cúpulas de barro, una joven se peina su largo, cabello negro, y desgreñado. Su rostro de tono oliva–almendrado , está vuelto, con los ojos cerrados, hacia el sol de la descolorida tarde, mientras canta en voz baja, en una especie de lengua extraña; unos brazaletes de metal tintinean en sus muñecas–delgadas y fuertes , como la pezuña de la pata’de un animal salvaje y la articulación’de su pata.
los miembros entumecidos–para reanimarlos, sigo tragando té y arak, bebo grandes cantidades junto con el policía armado, que ha venido como nuestro compañero, con Ibrahim y conmigo. Cuando volví a montar mi caballo, tras beber té y arak hasta saciarme, partí espoleando vigorosamente mi montura, de repente, como si el mundo entero se hubiera extendido ante mí, amplio y transparente, como nunca antes. Vi su forma eterna y sentí su p*ulso–en la gris soledad, en la blanca desolación, y todo cuanto hasta un instante antes había estado oculto para mí,escondido, ahora lo contemplo directamente, ¿Cuándo se nos revelarán por sí solos los misterios ocultos de Alá? Cuando esos mismos misterios esperan constantemente que nos abramos ante ellos….. .।
ante nosotros apareció una elevada meseta; y yo, al espolear el vientre de mi caballo, veía saltar a mi alrededor el hielo pulverizado por los golpes de sus cascos, como una cubierta deslumbrantísima de innumerables chispas! los cascos de mi caballo comenzaron a rugir sobre el hielo del torrente congelado.. .
Creo, que entonces comprendí esa gracia inmerecida, de cuya existencia–aunque yo mismo todavía no la comprendía del todo–me había hablado el padre Félix muchos–muchos años antes, cuando estaba a punto de emprender ese viaje que después cambiaría toda mi vida: una iluminación por la gracia–que le dice al ser humano–tú.. ‘tú’ eres la persona esperada.. Entre mi loca cabalgata con aquel caballo sobre la nieve y mi aceptación del islam había transcurrido algo más de un año. Pero yo aún seguía cabalgando, cabalgando como una flecha, directamente hacia La Meca, sin saberlo..।
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Y ahora mi rostro está seco, y aquellos días de mi invierno iraní de hace más de siete años vuelven a quedar atrás; quedan atrás, pero no se pierden. Porque ese pasado forma parte de este presente!
Un viento suavemente frío, que es el aliento del amanecer que se aproxima, hace estremecerse los matorrales espinosos. Las estrellas se han desvanecido. Zayd,,Mansur,! ¡levantaos.. . ¡levantaos. vosotros! De nuevo encendemos el fuego y calentamos nuestro café. Después, ensillaremos nuestros camellos y avanzaremos a través de otro día por aquel desierto que nos espera con ambos’brazos abiertos.
Silla de montar
Uno
El sol estaba a punto de ponerse. De repente, una gruesa serpiente negra, zigzagueando–se arrastra dando tumbos sobre nuestro camino;; la serpiente era casi tan gruesa como el brazo de un niño y medía alrededor de un codo. Se detiene y alza la cabeza hacia nosotros. Casi automáticamente, me bajo hacia atrás de la silla de montar,, me descuelgo del cuello el arma ligera, me arrodillo y apunto,, y en ese instante oigo a mis espaldas una voz humana—–
–‘—¡No dispare….. . ¡No dispare!’Pero para entonces ya había apretado el gatillo de mi arma;; la serpiente se sacude,, da vueltas….. . ¡Y luego todo termina!!
Mansur alza hacia mí su rostro contrariado: no debió haber matado a la serpiente.. . y, sea–lo que sea, no al atardecer; porque , en ese momento los yinn salen de debajo de la tierra y a menudo adoptan la forma de serpientes!
Me echo a reír al oírlo y digo, ‘Mansur, ¿de verdad crees en esos–cuentos que las mujeres de antaño contaban sobre yinn con forma de serpiente, ??
–‘—Ciertamente, creo en los yinn. ¿Acaso no se los menciona en el Libro de Alá?? Pero no sé bajo qué formas vienen a nosotros a veces.. pero he oído, que pueden adoptar formas sumamente asombrosas e inesperadas.. .
Tus palabras pueden ser acertadas, Mansur, me digo para mis adentros,, porque, aparte de las realidades que nuestros cinco sentidos pueden percibir directamente,–existen otras formas de existencia que escapan a nuestros sentidos;, ¿es esta–idea realmente tan descabellada?? ¿No es esto una especie de arrogancia intelectual, que enseña al hombre moderno a negar, aparte de aquello que él mismo puede ver y medir, cualquier otra forma de vida–o la posibilidad de existencia de seres vivos?? En cuanto a los yinn, sean–lo que sean,, su existencia no puede demostrarse científicamente,, pero eso no significa que la ciencia pueda descartar la posibilidad de que existan tales seres vivos–de esa naturaleza,, cuyas leyes de vida–puedan ser tan completamente diferentes que, nuestros propios sentidos solo puedan establecer contacto con ellos en circunstancias sumamente excepcionales. ¿No es posible que, entre esos mundos desconocidos y el nuestro se produzcan de vez en cuando cruces de este tipo, y ocurran extrañas manifestaciones,, que la imaginación primitiva ha explicado como, fantasmas,–espíritus,, demonios–y otras manifestaciones sobrenaturales de este tipo??
Cuando vuelvo a montar mi camello, mientras repito mentalmente estas preguntas, esbozando la media sonrisa incrédula de un hombre cuyo entorno y educación–y formación, que siempre están muy cerca de la naturaleza, lo han vuelto de piel gruesa frente a ellos!Zayd me dice con rostro serio que no estuvo bien matar a la serpiente. Una vez, mucho tiempo atrás, después de que Ibn Saud conquistara Hail, cuando abandoné aquella ciudad, disparé y maté una serpiente como esa en mi camino a Irak. El sol se estaba poniendo. Poco después, cuando acudimos para la oración del magrib, de repente sentí que ambos’pies soportaban un peso de plomo, y un ardor dentro de la cabeza; comenzó a rugir como agua que cae desde lo alto y las extremidades–se convirtieron en fuego; no pude mantenerme erguido, y caí de golpe al suelo como un saco vacío; Todo a mi alrededor se volvió oscuridad. No sé, cuánto tiempo permanecí sumido en aquella oscuridad, pero recuerdo, que finalmente volví a estar de pie apoyado sobre las piernas. Un hombre desconocido se colocó a mi derecha, otro se colocó a mi izquierda y me llevaron a una enorme sala misteriosa de luz y–sombras–que estaba llena de gente, y ellos caminaban inquietos de un lado a otro y hablaban entre sí. Al cabo de un rato comprendí–que eran dos’grupos completamente distintos, como suele ocurrir ante un tribunal. Al fondo, sobre una tarima algo elevada respecto del suelo, estaba sentado un anciano de muy pequeña estatura. Me pareció, que era un juez o un jefe, o algo por el estilo–y al instante supe, que yo era el acusado.
Alguien dijo:,-‘«Lo mató de un disparo de rifle antes de que se pusiera el sol,, es culpable».’Uno de la parte acusada respondió:, ‘«Pero no sabía a quién estaba matando y pronunció el nombre de Alá al apretar el gatillo del rifle».‘Pero entonces la parte acusadora gritó:,-‘«No,,no lo pronunció».’ –A lo que todos los de la parte acusada respondieron al unísono, en coro:, ‘«Sí, lo había pronunciado;–había pronunciado el nombre de Alá»,’y así continuó durante un rato:, un grupo avanzaba y el otro retrocedía,, las acusaciones y las refutaciones se sucedían alternativamente, y al final pareció, que los partidarios del acusado estaban a punto de ganar. El juez, sentado al fondo, anunció entonces su veredicto:‘«No sabía, a quién estaba matando y en ese momento estaba alabando a Alá:–dejadlo donde lo trajisteis».’
Y los’dos hombres que me llevaron a la sala del juicio, volvieron a sujetarme bajo sus brazos,, y me llevaron por el mismo camino al interior de aquella inmensa oscuridad de la que había salido, y me tendieron en el suelo. Abrí los’ojos y vi, que, a ambos’lados, yacía yo entre varios sacos de trigo apilados,, y sobre los sacos estaba extendido un trozo de tela de tienda, para protegerme de los rayos del sol. Parecía ser el comienzo de la mañana, y mis compañeros se habían detenido aquí. A lo lejos vi nuestros camellos pastando en la ladera de una montaña. Intenté levantar la mano,, pero mis extremidades–estaban completamente exhaustas. Cuando uno de mis compañeros inclinó su rostro sobre mí,, dije:, ‘«Café….. .’, », porque oí cerca el sonido del recipiente en el que molían el café.
Mi amigo se puso de un salto:, ‘«Está hablando….. está hablando….. . ¡Ha vuelto!» —! –y me trajeron delante una taza de café recién hecho y caliente.
Pregunto, si estuve inconsciente toda la noche, y ellos respondieron, ‘¡Toda la noche!! ¡Durante cuatro días completos no te moviste en absoluto!! Solo un día te subimos a un camello como a un saco, y por la noche volvimos a bajarte del camello. Y habíamos dado por supuesto, que tendríamos que enterrarte aquí mismo. Pero alabado sea Aquel que da y quita la vida–el Viviente eterno, que no muere.. .
–‘Por eso puede ver, tío, que al anochecer no se debe matar a una serpiente.
Y aunque, según el relato de Zayed, la mitad de mi mente aún se reía, la otra mitad creyó, estar presenciando la red de fuerzas invisibles en el crepúsculo creciente–que se tejía ante mis ojos, un sonido sutil, un estrépito que erizaba el cabello, inaudible para el oído; y percibíamos a nuestro alrededor, en el aire, un aliento de hostilidad, y yo tuve una vaga sensación de remordimiento por haber matado a la serpiente al ponerse el sol..।
Dos
‘Hail’ al atardecer del tercer día después de dejarlo, llevamos nuestros camellos al pozo de Arja para darles de beber, en un valle casi circular, rodeado de colinas bajas; dos grandes pozos llenos de agua dulce’se encuentran justo en el centro del valle. Cada una de’las dos es propiedad comunal de una tribu–la occidental pertenece a la tribu llamada ‘Harb’ y la oriental, a los Mutayir. El suelo que las rodea está tan desnudo como la palma de una mano; porque cada tarde se conducen hasta aquí cientos de camellos y ovejas desde pastizales lejanos para darles de beber, y cualquier hoja tierna de hierba que brota en esta tierra, no tiene siquiera tiempo de tomar aliento, antes de que ellos la arranquen suavemente de un mordisco y la devoren.
Al llegar, descubrimos que todo el valle estaba atestado de–animales– y, entre las montañas abrasadas por el sol,–se veían rebaños y rebaños de ovejas y camellos cargados. Alrededor de los pozos había una multitud enorme, en medio de la agitación y el estruendo; porque, saciar la sed de tantos animales no es fácil. Los pastores extraen agua en odres de cuero sujetos a largas cuerdas y cantan una especie de canción mientras tiran de ellas, para mantener el ritmo y la uniformidad entre cada uno de sus tirones, pues los cubos son enormes y, una vez llenos de agua, se vuelven tan pesados que, se necesitan muchas manos para sacarlos del fondo del pozo.
El pozo más cercano a nosotros–que pertenece a la tribu de Mutair–oigo que allí cantan dirigiéndose a los camellos–
‘«Cantad y no dejéis agua atrás,
Este pozo, lleno de misericordia, ¡no tiene fondo!!
la mitad de la gente canta el primer verso y la otra mitad canta el segundo–y ambos los repiten a ritmo acelerado, hasta que el cubo aparece por encima del brocal del pozo; Entonces les toca a las mujeres; Ellas vierten el agua en los abrevaderos de cuero. Y muchos camellos se inclinan a la vez hacia delante, empujándose unos a otros, dando alaridos y exhalando ruidosamente, temblando de excitación, y se agolpan alrededor de los abrevaderos–y parece que, la llamada tranquilizadora de los hombres–‘«hu uih»–«hu uih»’no logra calmarlos. Cada camello estira su largo y flexible cuello hacia delante, abriéndose paso entre sus compañeros o por encima de ellos, para saciar su sed lo antes posible; de color castaño claro, oscuro–castaño, amarillento–blanco, negro–castaño y color miel–sus cuerpos se balancean de un lado a otro, se empujan, se agitan,, se apiñan y llenan el aire con el fuerte y penetrante olor del sudor y la orina de los animales. Mientras tanto, vuelven a llenar el cubo y, con la recitación de otro poema de dos versos, los aguadores lo sacan de inmediato:
‘Nada puede saciar la sed del camello
salvo la misericordia de Allah y el esfuerzo del pastor.
Y por todo el lugar vuelven a comenzar el bullicio, las escenas de los camellos bebiendo y los gritos–y las llamadas, y el murmullo de los cantos.
Un anciano, de pie junto al borde del pozo, extiende los brazos hacia nosotros y nos llama diciendo: ‘«¡Oh, viajeros!, ¡Que Allah prolongue vuestra vida!, Aceptad nuestra hospitalidad.»’–Después, de entre la multitud que rodea el pozo, varios hombres corren hacia nosotros. Uno de ellos toma la rienda de mi camello y lo hace arrodillarse, para que yo pueda bajar cómodamente de la montura. Con gran rapidez, se despeja un camino para que nuestros camellos puedan llegar al abrevadero, y las mujeres comienzan a verter agua para ellos: porque somos viajeros y por eso tenemos prioridad!
Zayd, casi para sí, como si quisiera oírse a sí mismo, , ‘«¡Qué maravilla que ahora las familias de Harb y Mutayr vivan en paz después de haber luchado entre sí!! ((Porque , han pasado tres años desde la rebelión de la tribu de Mutayr, cuando la tribu de Harb era uno de los partidarios más leales del rey)) ¿Recuerda, tío,, la última vez que estuvimos aquí,–cómo atravesamos Arja durante la noche, dando muchos rodeos,, formando un círculo,, sin atrevernos a acercarnos a estos pozos,–porque no sabíamos si aquí había amigos o enemigos, ?»..?
Zayed recuerda 1928- –29, la feroz rebelión beduina–en la culminación de un drama político–que, hizo temblar hasta los cimientos del reino de Ibn Saud y, durante un tiempo, también me vi involucrado en ella.
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Se levantó el telón del año 1927;, entonces reinaba la paz en el vasto territorio de Arabia Saudita, La lucha del rey Ibn Saud por el poder había terminado. Ninguna casa real rival volvía a reclamar autoridad sobre él en Nayid. Las tierras de Hail y de los shammaritas eran ahora suyas, y, tras la expulsión de la casa jerifiana del Hiyaz en 1925, el Hiyaz también era suyo. En aquellos días, habían sido una gran causa de preocupación para el rey durante los años anteriores. Como funcionario del rey, Ad-–Dabish había establecido su propia singularidad. Una y otra vez demostró su lealtad: en 1921 conquistó Hail en nombre del rey; En 1924 dirigió una audaz expedición al interior de Irak,, desde donde la familia jerifiana, bajo la protección británica, estaba conspirando contra Ibn Saud. En 1925 conquistó Medina y desempeñó un papel decisivo en la conquista de Yeda. Y ahora, en el verano de 1927, descansaba, con esta guirnalda de victorias,–en la colonia de los ijwan de Artawiya, que no está muy lejos de la frontera iraquí.
Durante muchos años, esa frontera había sido escenario de incursiones beduinas casi ininterrumpidas. Estas incursiones las llevaban a cabo miembros de diversas tribus y clanes que salían en busca de pastos y agua. Mediante numerosos acuerdos sucesivos entre Ibn Saud y los británicos, responsables de Irak como potencia mandataria, se estipuló que no debía ponerse ningún obstáculo a esas migraciones inevitables. Y en ningún lado de la frontera de Najd–con Irak debía construirse muro o fortaleza alguna. Sin embargo, en el verano de 1927, cerca de los pozos fronterizos de Bisaya, el Gobierno iraquí construyó una fortaleza y estacionó tropas y anunció la decisión de construir más fortalezas a lo largo de la frontera de manera oficial. Como consecuencia, se extendió una ola de inquietud entre las diversas tribus del norte de Najd. Era evidente que su propia existencia estaba amenazada ;porque habían quedado aisladas de los pozos de los que dependían por completo. Ibn Saud protestó abiertamente contra esta violación del acuerdo,, por lo que, varios meses después, recibió del Alto Comisionado británico residente en Irak únicamente una respuesta engañosa.
El siempre emprendedor y dinámico Faysal al-Dawish se dijo: quizá no sea conveniente para el rey comenzar una disputa con los británicos. Pero eso‘lo haré yo mismo’. Y en 1927–a finales de octubre, emprendió la marcha al frente de su‘Ikhwan’como comandante,, atacó la fortaleza de Bisaya y la destruyó, sin prestar la menor atención a la guarnición iraquí de la fortaleza. Un avión británico apareció sobre el lugar, examinó la situación y se retiró, contrariamente a su costumbre,, sin lanzar una sola bomba. Les habría resultado fácil impedir el ataque. (Tenían derecho a hacerlo gracias a su acuerdo con Ibn Saud) y después, mediante conversaciones diplomáticas,–resolver el problema de las fortalezas. El Gobierno británico–iraquí, ¿acaso estaba realmente ansioso por una solución inmediata y pacífica de la disputa?!
Llegó ante Ibn Saud una delegación de las tribus del norte de Néyed para exigirle que emprendiera una campaña contra Irak. Ibn Saud rechazó directamente todas esas demandas, ad-–Dabish como transgresor de la frontera y, para mantener una estricta vigilancia sobre las zonas fronterizas, ordenó al ‘emir’ de Hail. El rey ‘Ikhwan’ seguía pagando subsidios a la mayoría de sus miembros; Entre ellos, a los miembros de las tribus bajo el control de ad-–Dabish, les suspendió temporalmente los subsidios. Se ordenó al propio –ad-, Dabish– que esperara en Artawiya la decisión del rey. El Gobierno iraquí fue informado oficialmente de todas estas medidas y se le comunicó que, ad-Dabish recibiría un severo castigo. Además, Ibn Saud exigió que
Así, habría sido fácil poner fin a este nuevo conflicto, pero cuando los acontecimientos habían llegado a este punto, el alto comisionado británico informó a Ibn Saud, que enviaba a ad-–Dabish‘Ikhwan’para (castigarlos, pues ya habían regresado hacía tiempo a sus propias regiones) y obligarlos a ser leales a su rey. En aquel entonces no había oficina de telégrafos en Riad. Por eso, el rey Ibn Saud envió apresuradamente a un mensajero a Baréin, y desde allí se envió a Bagdad un telegrama, protestando contra las medidas propuestas y mencionando el tratado, que prohibía a ambas partes cruzar la frontera para perseguir a quienes infringieran la ley. Insistió en que, ad-–Dabish; no necesitaba ayuda británica para imponer su autoridad sobre él y finalmente advirtió–que un ataque aéreo contra la región de Naydy tendría graves repercusiones entre los Ikhwan; porque. los miembros de los Ikhwan estaban sumamente excitados y resentidos!
Esta advertencia fue ignorada. A finales de enero de 1928, tres meses después del incidente de Bisaya, un escuadrón de aviones británicos cruzó la frontera, bombardeó la región de Nayd, destruyó los asentamientos de los beduinos de Mutayebi y mató a mujeres–y hombres, así como a animales domésticos–indiscriminadamente. Como consecuencia, todos los Ikhwan de las regiones septentrionales comenzaron a prepararse para vengarse de Iraq. Fue únicamente el enorme prestigio y honor de Ibn Saud entre las distintas tribus lo que hizo que la campaña se detuviera a tiempo y quedara limitada a unos pocos–pequeños enfrentamientos fronterizos.
Mientras tanto, el Gobierno británico reconstruyó secretamente el fuerte destruido de Bisaya, y se construyeron otros nuevos fuertes en la zona iraquí de la frontera.
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Faisal ad-–Dabish a Riad, se negó a acudir para demostrar la legitimidad de sus actos–porque, según él,, lo que había hecho, lo había hecho por el interés del rey. Su amargura aumentó aún más, a causa de un resentimiento personal. Faisal ad-–Dabish,, que había servido al rey con tanta lealtad y de manera tan admirable,, no era más que el emir de Artawiya,‘emir’ pese a su considerable población, pues en realidad no era más que una aldea próspera. La victoria de Hail se decidió definitivamente bajo su liderazgo. Pero no él,, sino el primo del rey, Ibn Musad, fue nombrado emir de Hail,‘emir’। Durante la campaña del Hiyaz, ad-—Dabish mantuvo Medina sitiada durante meses y finalmente la obligó a rendirse,; pero no se le nombró su‘emir’. Su intenso deseo de poder lo volvió inquieto. Se dijo a sí mismo:, ‘Ibn Saud es un hombre de Anaza Kabira,, y mi tribu pertenece a la familia– de Mutayr;, en cuanto a nobleza, somos iguales el uno al otro;; ¿por qué habría de aceptar la superioridad de Ibn Saud??
Este tipo de pensamientos –y razonamientos han sido siempre la maldición de la historia árabe: nadie admitirá que, otro sea superior a él.
Uno tras otro, los demás jefes de los Ikhwan comenzaron a comprender cuánto le debían a Ibn Saud.! Entre ellos estaban el jeque de la poderosa tribu de los Atayba y el emir de uno de los mayores asentamientos Ikhwan de la región de Nay||||, Ghatghat, Sultán Ibn Bujad. Este sultán ganó en 1918 la batalla de Turaba contra las fuerzas de Sharif Hussein. En 1924 conquistó Taif y La Meca. ¿Por qué habría de conformarse únicamente con ser el emir de Ghatghat ‘y’conformarse?? ¿Por qué no se le nombró al menos ‘emir de Taif’?? Al igual que Faisal al-–Dawish, él también sintió que, se le había privado de lo que, a su juicio, le correspondía. Y, puesto que el sultán Ibn Bujad era cuñado de al-–Dawish,, a ambos les pareció enteramente razonable unirse contra Ibn Saud.
En el otoño de 1928, –con el propósito de resolver estas disputas y discordias, –se convocó en Riad una conferencia de jefes y ‘ulemas;’ –asistieron los jefes de casi todas las tribus, , excepto Ibn Bujad y Ad-–Dabish. En una oposición vehemente, –el intransigente Ibn Bujad y Ad-—Dabish declararon que , Ibn Saud era un hereje, , contrario a la doctrina religiosa establecida, ; pues ¿acaso no había hecho pactos con los infieles?? ¿Y acaso no había introducido en el país de los árabes vehículos de –motor, , teléfonos, , radios, –y aparatos diabólicos como los aviones?? En Riad, ‘los ulemas que’ se reunieron, declararon unánimemente que estos nuevos aparatos tecnológicos no solo merecían aprobación, , sino que eran sumamente deseables también desde el punto de vista religioso, , porque, con su ayuda se amplían los límites del conocimiento de los musulmanes y aumenta su poder. Citando al Profeta del islam, declararon además , que los pactos con potencias no musulmanas eran igualmente deseables–si traían paz y libertad a los musulmanes.
Pero los dos jefes rebeldes continuaron con sus denuestos, y empezaron a recibir una respuesta espontánea de aquellos ingenuos ikhwan que no tenían suficiente conocimiento para ver en las diversas acciones de Ibn Saud otra cosa que no fueran las huellas de Satanás, De ellos empezaron a recibir una respuesta espontánea. Ibn Saud no había logrado antes educar a los ikhwan’y orientar su fervor religioso hacia un objetivo definido; sus trágicas consecuencias empezaron ahora a manifestarse–
Las estepas de Najd empezaron a zumbar como una colmena. Misteriosos espías, montados a toda velocidad sobre camellas, comenzaron a desplazarse de una tribu a otra; En los pozos distantes, los jefes celebraban reuniones secretas. Finalmente, el movimiento contra el rey estalló en una rebelión abierta–y en ella se vieron implicadas muchas otras tribus, además de las tribus Mutair y Atayba. El rey, sin embargo, permaneció imperturbable, intentó, con simpatía, comprenderlo todo. Envió mensajeros a los jefes de las tribus rebeldes–e intentó persuadirlos mediante argumentos; Pero no sirvió de nada. Arabia central y septentrional se convirtieron en escenario de una guerra de guerrillas. La seguridad que antaño había en el país, casi proverbial, desapareció, y en Najd se extendió por completo la confusión.; En grupos, los ikhwan rebeldes, atacando las aldeas, caravanas y tribus que eran leales al rey,, avanzaron como una tormenta en todas direcciones por toda la región.
Tras innumerables pequeños enfrentamientos locales entre las tribus rebeldes y leales,de 1929–se libró una batalla decisiva en la llanura de Sibila, en el centro de Nayr. Por un lado estaba el rey con su enorme ejército, y, por otro, las tribus Mutair y Atayba, apoyadas por pequeños grupos de las tribus. En esta batalla, el rey venció. Ibn Bujad se rindió sin condiciones. Lo llevaron encadenado a Riad; –Ad-–Dabish resultó gravemente herido. Se dijo que, Ad-–Dabish no sobreviviría. Ibn Saud, el más benigno y bondadoso de los reyes árabes, envió a su médico personal para que lo tratara, y aquel joven doctor sirio descubrió, tras examinarlo, una grave herida en el hígado. Dijo, Ad-–Dabish podía vivir como máximo una semana. Al oír esto de labios del médico, el rey decidió: «Queremos que, muera en paz;, ha recibido de Alá el castigo que merecía». Ordenó que llevaran al enemigo herido junto a su familia, en Artawiya.
Pero Ad-–Dabish no mostró ningún signo de estar muriendo. La herida no era ni de lejos tan grave como el joven médico había creído. Tras recuperarse considerablemente en pocas semanas, huyó de Artawiya, con una determinación aún mayor de vengarse, que antes.
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Desde Artawiya, la rebelión de al-–Dawish cobró nuevo impulso. Se supo que él mismo se encontraba en algún lugar cerca de la frontera de Kuwait,, desde donde estaba reclutando nuevos aliados entre las tribus para su propio ejército de Mutair,, que aún conservaba bastante importancia. La primera en unírsele fue una pequeña pero feroz tribu, ‘Ajman,’–cuyos asentamientos se encontraban en la región de Al-Hasa, cerca del golfo Pérsico. Su ‘jeque’ Ibn Hajlayn era el tío materno de Faisal al-–Dawish. Aparte de esto,, las relaciones entre Ibn Saud y la tribu Ajman se habían mantenido intactas. Unos años antes, habían matado a Saad, el hermano menor del rey, y, temiendo que este se vengara,, abandonaron sus hogares–y se marcharon a Kuwait. Más tarde, Ibn Saud los perdonó y les permitió regresar a su tierra ancestral. Sin embargo, el viejo resentimiento siguió creciendo. Se manifestó en una abierta hostilidad,, cuando, durante las conversaciones de reconciliación, el pariente de Ibn Saud,, el emir de Al-–Hasa, en la tienda de’su hijo mayor,, el jefe de los ajmaníes y varios de sus seguidores fueron asesinados traicioneramente.
La alianza entre las tribus Ajman y Mutair–hizo surgir una nueva chispa entre las tribus Atayba de Nayad.‘emir’Después de que Ibn Bujad fue hecho prisionero, volvieron a reunirse bajo el liderazgo de un nuevo jefe. Volvieron a alzarse contra el rey . Por ello, retiró casi todas sus fuerzas del Nayad septentrional y las concentró en el Nayad central. Hubo intensos combates, pero poco a poco Ibn Saud resultó vencedor. Derrotó a los diversos grupos de los Atayba uno tras otro,, pero finalmente enviaron un mensaje proponiendo–la rendición. En una aldea situada entre Riad y La Meca,‘los jeques’juraron lealtad al rey, y el rey los perdonó, con la esperanza de que, después pudiera actuar contra Ad-–Dabish y todos los demás rebeldes del norte,–pudiera tomar cualquier medida. Pero apenas regresó a Riad, la tribu Atayba volvió a romper su promesa y reanudó la lucha. Esta guerra era la guerra final,, la lucha por exterminar al enemigo. Por tercera–vez Atayba fue derrotada y casi una–décima parte de sus hombres pereció en ella. Así, el asentamiento de Ghatghat, más grande que Riad, de los‘ijuanes’al quedar completamente destruido, hizo que la autoridad del rey volviera a establecerse en el Nayad central.
La lucha en las regiones septentrionales continuaba todavía. Faisal–ad-–Dabish y sus aliados habían cavado trincheras cerca de Sarhad y se habían atrincherado firmemente. En nombre del rey, el‘’emir’ de Hail, Ibn Musad, lanzó un ataque tras otro contra ellos. Dos veces corrió el rumor, de que ad-–Dabish había muerto, y en ambas ocasiones la noticia resultó ser falsa. Siguió con vida,; decidido a no inclinar la cabeza,, ni a transigir,, por pura obstinación. Su hijo mayor y setecientos guerreros murieron en el campo de batalla. Pero aun así continuó combatiendo. Entonces surgió la pregunta:, ¿De dónde obtenía ad-–Dabish el dinero y–las monedas,, indispensables para continuar la guerra incluso en un país como Arabia? ¿De dónde obtenía sus armas y municiones??
Comenzó a circular un informe no confirmado: que, el–rebelde que antes había sido un crítico feroz de los diversos tratados de Ibn Saud con los infieles, ahora se había aliado con los británicos mediante un–pacto secreto. Corrió el rumor, de que viajaba con frecuencia a Kuwait: ¿podía hacerlo, —se preguntaba la gente—, sin conocimiento de las autoridades británicas?? ¿No era más bien posible que, la rebelión en el país de Ibn Saud y el–caos fueran muy convenientes para que ellos alcanzaran sus objetivos?
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En Riad, 1929–una tarde de verano me acosté temprano;Mientras hojeaba, antes de dormirme, un viejo libro sobre las diversas dinastías de Omán y trataba de distraerme, Zayed entró de repente, casi inesperadamente, en mi habitación: ha venido aquí un hombre de parte de los jeques, que desea entrevistarse con usted.
Me vestí rápidamente y llegué a la fortaleza. Ibn Saud me esperaba en su aposento privado; Estaba sentado en un diván, con las piernas recogidas. A su alrededor se apilaban periódicos árabes y en la mano sostenía un periódico de El Cairo. Respondió brevemente a mi saludo y, sin interrumpir su lectura, me indicó que me sentara a su lado en el diván. Al cabo de un rato levantó la vista del periódico y miró hacia la puerta al esclavo que estaba allí de pie y, agitando la mano, indicó–que quería quedarse a solas conmigo un rato. En cuanto el esclavo salió y cerró la puerta, el rey dejó a un lado el periódico que tenía en la mano y me miró durante unos instantes a través de sus relucientes gafas, como si hiciera muchos años que no me había visto (aunque aquella misma mañana había pasado varias horas con él)।
–‘¡Ocupado escribiendo!!’
–‘No, ¡oh, sultán, que vivas muchos años!! Hace muchas semanas que no escribo nada.’
–‘Los artículos que escribiste sobre nuestro problema fronterizo con Irak fueron excelentes.’
Evidentemente, se refería a los informes que, casi dos’meses antes, estaba escribiendo para mis periódicos continentales, en una serie. Algunos de ellos se habían publicado en un periódico de El Cairo, donde–me enorgullece decirlo–aquellos informes habían ayudado a resolver una situación muy compleja. Como conocía al rey, estaba seguro de que, el rey no hablaba al azar, y continuaría expresando lo que tenía decidido decir. En efecto, continuó exponiendo su argumento.
–‘Quizá sobre lo ocurrido en Nayid, sobre esta rebelión y su sombra benéfica, quieres escribir algo más.’Su tono dejó entrever algo cuando dijo:, ‘La familia jerifiana me odia;; los hijos de Huséin, que ahora están en Irak y–gobiernan Transjordania,, siempre me odiarán, porque no pueden olvidar que les arrebaté el Hiyaz. Quieren que mi reino se desintegre en pedazos, porque solo entonces podrán regresar al Hiyaz.. . y sus amigos, que fingen ser amigos míos, quizá no lo desaprueben.. . No construyeron esas fortalezas en vano: ellos ‘querían’acosarme y apartarme de sus fronteras.. .।
las palabras que pronunciaba Ibn Saúd–detrás de las cuales podía oír unos sonidos espectrales y confusos.. . el traqueteo y estruendo de un tren, que, aunque todavía era imaginario, fácilmente podía convertirse mañana mismo en realidad: el fantasma de una línea ferroviaria británica de Haifa a Basora.
Este tipo de plan lleva varios años en circulación. Es bien sabido que, Gran Bretaña estaba ansiosa por establecer una «ruta terrestre hasta la ‘India» mediante una ruta terrestre’.–Y Palestina, Trans-–Jordania e Irak, en realidad, recibieron sus mandatos con ese propósito. Desde el Mediterráneo hasta el golfo Pérsico, un ferrocarril no solo sería una conexión nueva y valiosa para el sistema de comunicaciones británico, sino que también ofrecería una mayor protección al oleoducto que se tendería a través del desierto sirio, desde Irak hasta Haifa–y garantizaría un escudo. Además,, una conexión ferroviaria directa entre Haifa y Basora atravesaría las provincias orientales de Ibn Saud, atravesaría el corazón de las provincias orientales de Ibn Saud–y el rey jamás podría aceptar semejante insinuación. ¿No es posible que, la construcción de fortaleza tras fortaleza, oponiéndose abiertamente a todos los tratados vigentes para provocar suficiente desorden en esta zona crítica, a lo largo de la frontera entre Irak y–Najd, fuera una de las primeras etapas de una conspiración cuidadosamente planeada, para poder justificar la creación de un «pequeño‘Estado tapón semiindependiente’–», como resultado de una actitud de flexibilidad hacia Gran Bretaña?? Faisal ad-–Dawish podría ser útil para este propósito, e incluso podría ayudar más en este asunto que cualquier miembro de la familia jerifiana;porque él mismo es najdí y entre los‘Ikhwan’es tenía un grupo considerable de partidarios. Pero, para cualquiera familiarizado con su pasado, era tan claro como la luz del día que, para cualquiera familiarizado con su pasado–era tan claro como la luz del día que, el–exceso de fervor religioso que se mencionaba en relación con él, no era más que una máscara. En realidad, su único objetivo era el poder. No cabe duda de que, si no hubiera contado con ayudantes, le habría sido completamente imposible mantenerse solo durante tanto tiempo frente a Ibn Saud contra él. ¿Estaba realmente solo??
Después de permanecer callado durante un largo rato, el rey continuó diciendo: Como todos, yo también pienso en las armas y municiones que parece tener , Ad-–Dabish en sus manos, y de dónde proceden., Eso es lo que pienso. He averiguado que posee todo esto en abundancia–y una enorme cantidad de dinero–también. Quiero decir, , Ad-–Dabish recibe suministros de armas y municiones; –¿sabes algo sobre su misterioso origen?–Pero quiero que , en la medida de lo posible, , lo averigües tú mismo, porque podría estar equivocado.
Entonces, la cuestión era la siguiente:, aunque el rey hablaba con un tono conversacional muy sencillo y desapegado,,pronunciaba claramente cada palabra, sopesándola. Lo miré con una mirada aguda e inquisitiva. Su rostro, que un instante antes había sido tan serio,–se iluminó con una amplia sonrisa. Puso su mano sobre la mía y, sacudiéndola, dijo:,‘Hijo,, quiero que lo descubras por ti mismo;–repito,, averigua tú mismo de dónde obtiene al-Dabish su rifle,, sus municiones,–la pólvora y el dinero, que distribuye tan generosamente,, y gasta.! En mi opinión, , prácticamente no hay duda al respecto. Pero quiero que, alguien como tú,, que no está directamente implicado,, haga saber al mundo que la rebelión de al-–Dabish encubre una verdad siniestra.. . y creo que podrás descubrir lo que realmente ocurre.’
Ibn Saud sabía lo que estaba a punto de hacer, y cuál era su importancia. Él siempre –ha sabido que lo amo, aunque a menudo discrepo de él respecto a su política y nunca oculto mi desacuerdo. Sin embargo, nunca perdió su confianza en mí; A menudo acepta mis consejos. Creo, que confía aún más en mí porque no espero ningún beneficio personal de él, Él lo sabe muy bien; Es muy consciente de que, ni siquiera aceptaré un puesto en su gobierno– porque quiero seguir siendo libre e independiente. Por eso, en el verano de 1929 –en aquella memorable velada, me expresó tranquilamente su deseo de que, yo saliera a descubrir, tras la rebelión de los‘Ikhwan,’la naturaleza de la red de intrigas políticas–que se ocultaba detrás de ella. Era una responsabilidad que entrañaba un peligro personal considerable y que solo podía cumplirse mediante esfuerzos extenuantes.
Pero ‘el shaykh’ no se sintió decepcionado por mi reacción. Aparte de que lo amo a él y a su país,, la tarea que me encomendó, me pareció llena de posibilidades de una aventura tremendamente emocionante– y de un reportaje–periodístico sensacional, cuya posibilidad ni siquiera hace falta mencionar.
–‘Oh, hombre longevo’, respondo sin demora, ‘mis ojos, y mi cabeza están al servicio de su mandato. Sin duda, haré todo lo que esté en mi mano!
–‘No tengo ninguna duda al respecto, Muhammad; y quiero que, mantengas en secreto esta misión. Podría entrañar peligros. Y bien, ¿qué hay de tu esposa??’
Mi esposa es una muchacha de Riad, con la que me casé el año pasado. Pude asegurarle al rey lo siguiente:
‘No llorará, oh, imán; Hoy mismo estaba pensando en divorciarme de ella. No parece que seamos el uno para el otro.’
Ibn Saud esboza una sonrisa cómplice, porque el asunto de divorciar a una esposa no le resulta desconocido.
–‘Pero ¿qué hay de los demás, de tus parientes–??
–‘Creo que no hay nadie que lloraría si algo me ocurriera; salvo que con Zayed es diferente–pues, en cualquier circunstancia, él permanecerá a mi lado y lo que me ocurra a mí también le ocurrirá a Zayed.’
–‘Muy bien’, dijo el rey, ‘¡Ah,casi lo olvido: para este trabajo necesitarás algo de dinero–en efectivo,’y, deslizándose por debajo del cojín que estaba detrás de él, sacó una bolsa y me la puso en la mano, Por el peso comprendí de inmediato que la bolsa estaba llena de monedas de oro. Recuerdo, que pensaba para mis adentros: que yo aceptaría esta orden suya, ¡cuán seguro estaba él de ello, incluso antes de preguntármelo!.. .
.. . .. . .. . .. .
Al regresar a mis aposentos, llamé a Zayed. Zayed estaba esperando mi regreso.
–‘Bueno, Zayd,, si te pidiera que me acompañaras en una tarea que podría resultar peligrosa,, ¿vendrías conmigo??’
‘Zayd responde:, ¿cree, tío,, que voy a dejarle ir solo,, sea cual sea–el peligro?? Pero ¿adónde vamos??’
–‘Vamos a investigar dónde–ad-Dabish obtiene sus armas y su dinero,, para descubrirlo. Pero lo que estamos haciendo por orden del rey,, hasta que se haya completado,, nadie debe enterarse. Así que tendrás que estar alerta.’
Zayd ni siquiera intentó animarme. Al contrario, planteó una pregunta más práctica: ‘Sobre esto, ciertamente no podemos interrogar a ad-Dabish ni a–sus hombres. Entonces, ¿cómo avanzamos en esta tarea??
Al regresar de la fortaleza, yo también seguía pensando una y otra vez en el problema. Me pareció, que lo más conveniente sería comenzar por una de las ciudades del Najd central, donde abundaban los comerciantes y mercaderes, que mantenían estrechas relaciones con Irak y Kuwait. Finalmente escogí la ciudad de Shaqra, capital de la provincia de Washm, a unos tres días de camino de Riad, donde quizá mi amigo Abdurrahman al-Sibai pudiera ayudarme.
Al día siguiente estuvimos ocupados preparando nuestra expedición. No quería que la gente fijara demasiado su atención en nuestros movimientos. Por eso advertí a Zayd, como era nuestra costumbre,, que no tomara provisiones del almacén del rey, sino que las comprara en el mercado todo lo que necesitábamos. Antes del anochecer había conseguido unos diez ser de arroz, y la misma cantidad de harina para hacer pan, un pequeño odre de cuero lleno de mantequilla clarificada, dátiles, granos de café y sal. Además, compró dos odres nuevos, un cubo de cuero y una bolsa colgante de pelo de cabra, tan larga que llegaba al fondo de los pozos muy profundos–de pelo, en la que metimos las prendas de vestir de nosotros dos’dos para cada uno de nosotros’juegos de ropa, y ambos nos pusimos pesadas‘abayas’, que, durante las noches frías, servirían de cubierta sobre las sillas de montar, junto con las mantas colocadas sobre ellas. Nuestras camellas habían pasado varias semanas en los pastizales y se habían vuelto muy aptas para montar La camella que recientemente le había dado a Zayd era una camella de carreras de Omán, que avanzaba a gran velocidad, y yo monté una hermosa camella asiri, ya vieja, de la región septentrional, que en otro tiempo había pertenecido a un rashidí de Hail,‘un emir’. Ibn Saud me la había regalado.
Después de caer la noche, partimos de Riad a caballo. Hacia la mañana llegamos a Wadi Hanifa, un profundo lecho de río desierto entre dos montañas escarpadas,, donde, hace más de mil cuatrocientos’años, tuvo lugar una batalla decisiva–entre el ejército musulmán de Abu Bakr, sucesor del Profeta y primer califa del islam, y el ejército del‘«falso profeta»’, Musaylima, acérrimo enemigo de los musulmanes durante muchos años. Esta batalla marcó el comienzo de la victoria definitiva del islam en Arabia central. Muchos de los verdaderos compañeros del Mensajero de Dios fueron martirizados en ella; ‘En las laderas rocosas’del wadi, aún hoy se distinguen sus tumbas.
Antes del mediodía atravesamos la ciudad en ruinas de Uyayna;Antaño, esta ciudad era un asentamiento enorme y densamente poblado, que se extendía a lo largo de ambas orillas del Wadi Hanifa. Hileras de muros, el arco tambaleante de una mezquita, o las ruinas de los enormes palacios que aquí existieron. Todo ello, comparado con los sencillos edificios de adobe–de la Najd actual, era representativo de un estilo arquitectónico mucho más refinado. Se dice, ciento cincuenta’doscientos’años atrás, desde Diriyah (la primera capital de la dinastía de Ibn Saud) hasta Uyayna, en una extensión de unos quince millas, todo el curso del Wadi Hanifa estaba ocupado por una sola ciudad, y cuando nacía un hijo del‘emir de Diriyah, la noticia llegaba en cuestión de minutos hasta el extremo de Uyayna, de azotea en azotea, en boca de las mujeres de boca en boca. La historia de la decadencia de Uyayna está tan envuelta en leyendas que, resulta verdaderamente difícil rescatar los datos históricos. Es muy posible que, el primer gobernante saudí la destruyera porque sus habitantes se negaron a aceptar las enseñanzas y la interpretación de Muhammad ibn Abd al-Wahhab. Pero la leyenda wahabí cuenta otra cosa. Según ellos, como prueba de la ira de Alá, todos los canales de Arabia se secaron en una sola noche, y, como consecuencia, sus habitantes se vieron obligados a abandonar la ciudad.
Al mediodía del tercer día aparecieron ante nuestros ojos las murallas de adobe y las fortalezas de Shaqra, y las palmeras altas y esbeltas.–árbol, Ve a casa–alzándose por encima de las casas, seguimos arreando los camellos por entre jardines vacíos y calles desiertas, y solo entonces se me ocurrió de repente, Hoy es viernes., Sin duda, todos se habían ido a la mezquita. Al cabo de un rato, empezó a aparecer por el camino una mujer tras otra., negro de los pies a la cabeza‘abaya’ya Envuelto’Al ver a los desconocidos, se sobresalta y enseguida, con un gesto tímido, se tira el niqab sobre el rostro. De vez en cuando, los niños juegan a la sombra de las casas., Sobre la copa de la palmera datilera Una profunda calidez dormita.
Nos dirigimos directamente a la casa de nuestro querido amigo Abd al-Rahman al-Sibāʿī. En aquel entonces estaba a cargo del ‘bayt al-māl’ o tesoro provincial. Frente a la puerta abierta desmontamos de nuestras monturas y de la casa salió corriendo un muchacho sirviente, y de inmediato Zayd anunció:, ‘«El huésped ha llegado».’।
Zayed y Chelchi están descargando las sillas de montar y el equipaje de los lomos de las cabalgaduras en el patio de la casa, y yo estoy cómodamente sentado, como en mi propia casa, en la de Abdur Rahman, la ‘cafetería’—. Sin demora, otro criado encendió el fuego bajo la vasija de latón colocada sobre el fogón para preparar el café. Apenas había tragado la primera cucharada de café cuando se oyeron voces en el patio, pregunta tras pregunta, respuesta tras respuesta. El dueño de la casa había regresado. Desde la escalera–—todavía no se le veía—–me gritó para darme la –bienvenida., Después se plantó en el umbral de la puerta, con ambas’manos extendidas: un hombre de baja–estatura, de salud delicada y delgado,–de complexión, ligera, con la barba de color castaño claro y un par de ojos oscuros, profundos y vivaces, llenos de humor,, en un rostro de sonrisa–radiante;; a pesar del calor, bajo su ‘abaya’llevaba un abrigo de cuero forrado de piel; consideraba este abrigo su posesión más valiosa., A quienes no conocían su historia, no se cansaba de decirles que este abrigo había pertenecido al antiguo rey del Hiyaz, Sharif Hussein, y que, tras la conquista de La Meca en 1924, había pasado a ser suyo, es decir, de Abdur Rahman. No recuerdo haberlo visto jamás sin este abrigo.
Me abrazó con cálida emoción y, poniéndose de puntillas, me pidió que le besara las dos’mejillas: ‘¡Ahlan wa sahlan wa marhaban, , hermano! Bienvenido a esta humilde morada. Afortunado es el momento, que le ha traído hasta aquí.
Entonces comenzaron las preguntas de rigor: ¿de dónde viene, ¿adónde va, ¿cómo está el rey, ¿ha llovido en el camino o, al menos, ¿ha oído hablar de la lluvia ??-¡La–repetición de todo el ritual árabe de intercambio de noticias!! Le dije que, mi destino era Unaiza, en el Neyd central, aunque mi afirmación no era del todo cierta, aunque bien podía’haberlo sido.
En años anteriores, Abd ar-Rahman se había dedicado a diversos negocios entre Najd e Irak; Basora y Kuwait–los conocía a fondo. Animarle a hablar de esos lugares y preguntarle de pasada por algunas personas que pudieran haberse instalado allí recientemente no era en absoluto difícil-(porque me había parecido, que Faisal ad-–Dabish se encontraba tan cerca de la frontera de Kuwait. Por lo tanto, de dónde obtenía sus suministros–de ese lugar o de Basora–podría obtenerse alguna indicación al respecto). Me enteré de que, de la famosa familia Al-–Bassam de Unaiza–un viejo conocido mío–había ido recientemente a Kuwait al regresar de Basora y, en vez de exponerse al peligro de viajar por una zona dominada por los rebeldes–había vuelto a Najd pasando por Baréin. En ese momento se encontraba en Shaqra, y si yo quería, Abd ar-Rahman enviaría a alguien a buscarlo. Porque, según la antigua costumbre árabe, hay que venir a encontrarse con el huésped recién llegado, el huésped no va a visitar a los demás. Poco después, en la cafetería de Abd ar-Rahman,‘se unió a nosotros–Abdullah al-–Bassam.
Aunque Abdullah pertenecía quizá a la familia de comerciantes más prestigiosa de Najd, él mismo no era rico. Toda su ‘vida había sido una historia de ascensos y caídas, en su mayor parte caídas–no solo en Najd, El Cairo , Basora, Kuwait, Baréin y Bombay. Conocía a todas las personas importantes de esos lugares y llevaba en su mente astuta un caudal de información sobre todo cuanto ocurría en los países árabes , Iba a decirle que , una empresa comercial alemana –me había pedido que averiguara, si era posible importar maquinaria agrícola a Kuwait y Basora, y, puesto que la empresa quería pagarme algún tipo de comisión, estaba ansioso por averiguar qué comerciantes locales de esas dos ciudades podrían aceptar una propuesta de ese tipo. Al-–Bassam mencionó algunos nombres y dijo-,
–‘Creo que, alguna persona de Kuwait podría interesarse por su proyecto. Ellos con frecuencia–importan mercancías del extranjero, y últimamente los negocios parecen estar muy activos–tan activos que, casi todos los días llegan grandes cantidades de plata en ‘ríales’ procedentes directamente de la casa de moneda de Trieste.’
La mención de los ‘riales’ de plata me deja bastante sorprendido. Este tipo particular de ‘rial’, llamado ‘tálero de María Teresa–, junto con las monedas oficiales de Arabia,, se consideraba la principal moneda comercial de toda la península. Se acuñaba en Trieste y se vendía a diversos gobiernos, añadiendo a su valor en plata un pequeño coste de acuñación, y también a algunos comerciantes famosos– que realizaban un gran volumen de– comercio,, porque los beduinos no aceptaban el papel moneda;, solo aceptaban monedas de oro y plata,, entre las cuales preferían la moneda llamada tálero de María Teresa. La gran importación de estas monedas por parte de los comerciantes kuwaitíes me hizo pensar que estaba llevando a cabo un comercio muy activo con los beduinos.
–‘¿Por qué,’ le pregunto a al-–Bassam, , justo en este momento los comerciantes kuwaitíes están importando ‘riales’??’
–‘No lo sé’responde Bassam. En su voz se percibe desconcierto, –‘Dicen que compran camellos para carne a los beduinos de los alrededores de Kuwait, para llevarlos a Irak y venderlos allí. Al parecer, ahora los precios en Irak son muy altos–aunque no me resulta del todo comprensible, cómo pueden esperar encontrar camellos en las estepas de los alrededores de Kuwait en estos días de calamidad? .. .‘Más bien, creo’, él añade con una sonrisa, ‘que comprar camellos de monta en Irak y venderlos a Ad-–Dabish y sus hombres sería más rentable. Sin embargo, el problema es que, el dinero–necesario para pagar todo esto no podrá reunir Ad-–Dabish.. .’
–‘No podrá, ¿de verdad??
Antes de irnos a dormir en la habitación que nuestro anfitrión había dispuesto para nosotros aquella noche, llamé a Zayd a un rincón y le dije:
‘–Vamos a Kuwait.
–‘Esto no será nada fácil, tío– responde Zayd; pero el brillo de sus ojos expresó con mayor claridad que sus palabras que estaba dispuesto a emprender una tarea, que no solo era difícil, sino extremadamente peligrosa! Por supuesto, viajar por las zonas bajo la autoridad de las tropas leales al rey y de las diversas tribus sería un juego de niños. Pero antes de alcanzar la frontera de Kuwait tendremos que recorrer al menos unos cien’ millas, dependiendo completamente de nosotros mismos, en territorio enemigo, depen-’diendo,dentro del territorio enemigo, por el que circulan continuamente los hombres de los rebeldes Mutairi y de la tribu Ajkan. Por supuesto, podríamos haber ido a Kuwait por mar vía Bahréin, pero para ello necesitaríamos un permiso de las autoridades británicas. Así, nuestros movimientos quedarían expuestos a ojos excesivamente escrutadores. La misma objeción se plantearía si viajáramos a Irak por Al-Jawf y el desierto sirio, y desde allí nos dirigiéramos a Kuwait, porque incluso imaginar que pudiéramos escabullirnos entre los numerosos puestos de control de Irak sería una vana esperanza. Por tanto, no nos quedaba otra ruta que el camino terrestre directo hasta Kuwait. Cómo infiltrarnos en el interior y entrar en la propia ciudad sería posible, es una pregunta cuya respuesta sencilla no es posible en este momento; por lo tanto, la dejamos en manos del futuro, confiando en nuestro destino y esperando oportunidades y posibilidades nunca antes vistas.
Abd al-Rahman as-–Sibai me pidió que pasara unos días con él. Pero cuando alegué que tenía asuntos urgentes, nos dejó partir a la mañana siguiente;; y añadió a nuestras raciones una gran cantidad de carne seca de camello. En los días siguientes sería una sabrosa adición a la monótona comida que nos esperaba. Insistió, en que lo visitara a mi regreso, a lo que solo pude responder: insha Allah, , si Dios quiere.
Desde Shakra viajamos hacia el norte–y el este durante cuatro días, sin enfrentarnos a nada fuera de lo común.–En cierto momento nos vimos obligados a detenernos por orden de los beduinos Awazim leales; que formaban parte del ejército de Ibn Musa. Pero mi carta abierta del rey los tranquilizó al instante y, tras intercambiar noticias del desierto como era costumbre,–reanundamos nuestro camino.
Antes del amanecer del quinto día llegamos a una región sobre la que la autoridad de Ibn Saud ya no se extendía. A partir de entonces, viajar de día quedaba completamente descartado;; nuestra única seguridad consistía en avanzar en la oscuridad y en secreto.
Wadi al-–Rumma, acampamos en un desfiladero conveniente no muy lejos de su curso principal. Wadi al-Rumma es el lecho seco de un río antiquísimo, que atraviesa el norte de Arabia en dirección al extremo del golfo Pérsico. Sobre el desfiladero cuelga un espeso matorral de ‘arfaj’, que nos serviría de cobertura, mientras permaneciéramos junto a la orilla casi escarpada. Atamos firmemente nuestros camellos y les dimos de comer harina gruesa de cebada mezclada con huesos de dátil; , y así nos ahorramos la necesidad de soltarlos para que pastaran. Después nos quedamos quietos, esperando la noche. No nos atrevimos a encender fuego–porque incluso de día su humo podía delatar nuestro escondite. Así que tuvimos que contentarnos con comer dátiles y beber agua.
La eficacia y precisión de nuestra precaución quedaron claras al final de la tarde, cuando de pronto llegó a nuestros oídos la melodía de una canción entonada por un camellero beduino.–La melodía de una canción entonada por un camellero beduino llegó de pronto a nuestros oídos. Nos apresuramos a levantar las riendas de los camellos para que no resoplaran con fuerza. Luego, con los fusiles en las manos, nos apostamos pegados al muro que formaba la pendiente del desfiladero.
desconocidos cuanto más se acercan los jinetes de camellos, más fuerte se vuelve la melodía de su canto; ya distinguimos claramente estas palabras: ‘La ilaha illallah – La ilaha illallah’ –no hay divinidad salvo Alá, no hay ninguna divinidad salvo Alá. Esta es ‘incultos’beduinos canto pastoril más mundano–en lugar del canto adoptado por los ijwan–No cabe duda de que , son ‘ijwan’, y en esta zona ijwan significa ijwan hostiles. Poco después, justo encima del borde del barranco, apareció en la cima de una colina un grupo de ocho –o diez hombres y jinetes, que avanzaban lentamente en una sola fila, –claramente perfilados contra el cielo de la tarde. Todos llevaban sobre la cabeza una ‘kufiya’a cuadros rojos y blancos, sobre la cual llevaban ‘el turbante blanco de los ijwan’, , dos cinturones de cartuchos cruzados sobre el pecho y, detrás, un rifle sujeto al arzón de la silla: avanzaba una procesión de jinetes de camellos solemnes y aterradores, , inclinándose primero hacia delante y luego hacia atrás con el camello. Así, inclinándose hacia delante y hacia atrás–y balanceándose al ritmo del paso de las camellas, mientras seguían el compás de las palabras grandiosas, pero actualmente–mal utilizadas,’unas pocas ‘palabras de «La ilaha illallah»’. La escena era muy solemne y, al mismo tiempo, también conmovedora. Eran personas , para quienes la religión tenía evidentemente mucho más valor que todo lo demás en la vida. Creían estar librando la yihad por la pureza de la religión y por la mayor gloria de Alá, , sin saber que , su entusiasmo, su fervor y sus anhelos habían sido dirigidos a satisfacer la ambición de un líder sin conciencia ni juicio,, cuyo objetivo era el poder personal.. .
Vistos desde nuestro lado, estaban en el borde meridional del barranco. Porque, si hubieran tomado el camino del lado opuesto, nos habrían visto con toda claridad, tal como ahora nosotros podemos verlos desde debajo de los matorrales que cuelgan sobre nosotros–como una cubierta. Cuando, mientras entonaban su canto religioso, ellos–desaparecieron de nuestra vista por la ladera de la montaña, respiramos aliviados.
–‘También son como los genios,’susurra Zayed, ‘Sí, como los genios–que no conocen ninguna de las alegrías de la vida, ni saben lo que es temer a la muerte.. . Son valientes, su fe es firme, nadie puede negarlo. Pero solo sueñan con asesinatos, la muerte y el paraíso.. .
Y, en cierto modo, como si fuera‘en desafío al puritanismo’melancólico de los Ikhwan, comienza, más bien‘en voz baja’él a cantar distraídamente una canción de amor siria muy mundana– ‘«Oh, esbelta doncella de tez dorada y morena.. .
En cuanto oscureció bastante, reanudamos nuestra misión secreta, en dirección a la lejana Kuwait.
–‘Mire, mire, tío,’—grita de repente Zayed—, ‘¡fuego!!
¡Un fuego demasiado pequeño para una tienda beduina!! Quizá haya allí un pastor solitario,, pero, si no es uno de los rebeldes, ¿qué pastor tendría el valor de encender un fuego aquí?? Pero ¿de qué se trata?, Será mejor averiguarlo, pensamos. Si allí solo hay un hombre,, podremos apresarlo fácilmente y quizá conseguir información valiosa sobre los movimientos del enemigo en esta zona.
El terreno de aquí es arenoso y, mientras avanzamos con cautela hacia el fuego, las patas de nuestros camellos no producen ningún sonido. A la luz de aquel fuego, ahora se distinguía claramente a un solitario–beduino arrodillado. Parecía, asomarse desde la oscuridad hacia nosotros y luego,, satisfecho con lo que había visto, se puso de pie con toda calma,, colocó los brazos cruzados sobre el pecho,, tal vez para indicar que estaba desarmado y, con calma, , sin mostrar el menor temor, esperó nuestra llegada.
–‘¿Quién eres tú??’pregunta con voz aguda,vestido–con ropa–desgarrada y remendada hacia el desconocido, apuntándole con el rifle en alto’.
El beduino sonríe tranquilamente y dice con voz profunda y resonante, ‘: «Soy un sulubbi….. .।
La razón de su tranquilidad quedó por fin clara. Pertenecía a una extraña tribu semejante a los–beduinos ((o, mejor dicho,, a un grupo de tribus)) una tribu que nunca había participado en las guerras casi interminables de los beduinos–ni en sus conflictos;; no eran enemigos de nadie, y nadie los atacaba.
La tribu Sulubba (en singular, Sulubbi,) sigue siendo un misterio insondable para los investigadores. Nadie sabe nada sobre su origen. Es seguro que no son árabes; A juzgar por su tez bronceada por el sol, lo que se puede pensar sobre su origen, sus ojos azules y su cabello castaño claro dan indicios diferentes y evocan el recuerdo de regiones aún más septentrionales. Los antiguos historiadores árabes dicen, que son descendientes de aquellos cruzados a quienes Saladino capturó y llevó a Arabia. Allí, más tarde, se hicieron musulmanes. Y, en efecto, , el nombre Sulubba y la raíz de la palabra «‘salib’» tienen el mismo significado, es decir, «‘cruz’, », y‘Sulubbi’significa «‘cruzado’». Es difícil saber si esta explicación es correcta. Sea–lo que sea,, los beduinos consideran a los Sulubba no–árabes– y los tratan con cierto desprecio indulgente. Este desprecio, que se opone de manera tan evidente al sentido de la igualdad humana, ellos, los beduinos, lo explican insistiendo precisamente en que, estas personas, en realidad, no son musulmanas en cuanto a su fe, y no viven como musulmanes. Dicen que, los Sulubba no se casan. Dicen que están acostumbrados a mantener relaciones sexuales promiscuas‘como perros’;e incluso, que, en este asunto, no–dan importancia ni siquiera a los vínculos de sangre cercanos. Además, comen carroña, que para los musulmanes es impura, e inmunda. Esto también podría ser un intento de justificar racionalmente algo después de que ha ocurrido. Más bien me parece, que la conciencia de los beduinos respecto al origen étnico extranjero de los Sulubba, sumamente consciente del linaje,–consciente del linaje,, les obliga a trazar alrededor de ellos un círculo mágico de desprecio, y que esto constituye una–defensa instintiva de los beduinos contra la mezcla de su sangre, con la sangre de otra raza, que en el caso de los Sulubba era sin duda muy atractiva; porque, casi sin excepción, son una raza hermosa,, más altos que todos los demás árabes, y sus cuerpos presentan una admirable armonía en la disposición de sus miembros;; en especial,, sus mujeres son sumamente graciosas,, rebosantes de una belleza corporal seductora y de la gracia de sus movimientos.
Pero, sea cual sea la razón,, fue precisamente el desprecio de los beduinos hacia los sulubba lo que les proporcionó seguridad; porque , quienquiera que–los ataque, o cualquier persona que les haga daño,, se–considera que ha perdido todo respeto y honor ante los miembros de su tribu. Además,–Además,, los sulubba gozan de gran estima entre todos los habitantes del desierto–como veterinarios,, fabricantes de sillas de montar,, hojalateros y herreros. Aunque los beduinos desprecian las artesanías–y el trabajo manual, también necesitan estas cosas; y para satisfacer esas necesidades están los sulubba. Además, son hábiles pastores, y, por encima de todo,, son indiscutiblemente maestros de la caza. Su capacidad para interpretar las huellas alcanza casi el nivel de una leyenda;y, en este aspecto, los únicos comparables a ellos son los Al-–Murrah, los beduinos que viven en los confines septentrionales delCuarto Vacío .
Al enterarnos de que nuestro nuevo conocido era un sulubbi, respiramos aliviados. Le dije francamente, que éramos hombres de Ibn Saud. Le pedimos que apagara su fuego. Presentarnos de ese modo era bastante seguro, pues esta gente tiene en muy alta estima a sus superiores. Después nos sentamos en el suelo y entablamos una larga conversación.
Ad-–Dabish y su ejército‘Porque’, dijo, ‘se mueven continuamente, como los genios, y nunca permanecen mucho tiempo en un mismo lugar.’Sin embargo, al menos se supo, que en este momento no había muy cerca de nosotros ningún campamento grande de los hostiles Ikhwan –de los, aunque pequeños grupos atravesaban continuamente el desierto en distintas direcciones. De pronto se me ocurrió una idea: ¿no podríamos aprovechar la innata habilidad de los Sulubbi para cazar y orientarse, y hacer que nos guiaran por el camino hacia Kuwait??
–‘¿Has ido alguna vez a Kuwait?’le pregunté. El Sulubbi sonrió– ‘Muchas veces. Allí he vendido pieles de ciervo y he limpiado mantequilla y pelo de camello. ¿Por qué, si apenas hace diez días que regresé de allí.’
–‘Entonces puedes guiarnos por el camino hacia Kuwait? –es decir, puedes llevarnos de modo que por el camino evitemos a los ‘Ikhwan’y lleguemos a Kuwait.
Sulubbi reflexionó durante unos momentos sobre mi pregunta. Luego dijo con vacilación:, ‘Quizá pueda,, pero si con ustedes ‘caemos en manos de los ikhwan, será muy peligroso. Sí, claro que puedo…,.. . pero para ustedes será muy costoso.’
–‘¿Cuánto??’
–‘Bien,’, y percibí en su voz el latido de la codicia,, ‘bien, señor,, si me da cien’ riales,, puedo llevarlo a usted y a su amigo a Kuwait de tal manera que, nadie salvo los pájaros del cielo se fijará en nosotros.
Cien\’ riales equivalían a diez ashrafíes;, considerando lo que esa suma significaba para nosotros, era ridículamente insignificante. Pero Sulubbi quizá nunca había visto en su vida tanto dinero en efectivo en sus propias manos.
–Te daré cien’riyal, : veinte riyales ahora mismo y el resto cuando lleguemos a Kuwait.’
Nuestro guía quizá no esperaba que su exigencia fuera aceptada con tanta facilidad. Tal vez, se arrepintió de no haber pedido una suma mayor. Después de reflexionar un poco, dijo–‘Pero ¿qué pasará con mi camello? ? Si conduzco mi camello con ustedes hasta Kuwait y luego regreso, el pobre animal quedará completamente agotado, y solo tengo este camello.’
Sin permitir que la conversación se alargara más, respondí rápidamente: «‘Te compraré el camello. Irás montado en él hasta Kuwait y allí te lo regalaré. Pero tendrás que guiarnos también de regreso.
Aquello superaba sus expectativas. Reb5osante de alegría, se levantó sin demora y desapareció en la oscuridad. Unos minutos después regresó, tirando de una cuerda, y trajo un animal viejo, aunque hermoso,, evidentemente fuerte–y vigoroso. Tras regatear durante un rato,–nosotros fijamos su precio en ciento cincuenta riyales. La condición era, que ahora le pagaría cincuenta riyales y que el resto, junto con su recompensa, se le entregaría en Kuwait. Zayed sacó de la bolsa colgada junto a la silla de montar un saco lleno de riyales,–y yo fui dejando las monedas, una a una, en el regazo de Sulubbi. Él sacó de debajo de su ropa, hecha con una sábana, un trozo de tela, en el que llevaba atado su dinero, y cuando comenzó a añadir mis riyales a sus ahorros, el brillo de una moneda nueva apareció ante mis ojos.
–‘¡Espera,’ – exclamo casi a gritos, poniendo mi mano sobre la suya, ‘déjame ver ese reluciente rial tuyo.’
Con cierta vacilación, como si estuviera aterrorizado ante la posibilidad de que le fueran a robar, Sulubbi colocó suavemente, con sumo cuidado, la moneda en la palma de mi mano. El borde de la moneda parecía bastante afilado, como el de una moneda nueva. Aun así, para cerciorarme, encendí una cerilla y examiné atentamente la moneda. Sí, era sin duda una nueva ‘María Teresa’ moneda, como si acabara de salir de la casa de la moneda. Y, sosteniendo la cerilla sobre las monedas restantes de Sulubbi, vi otras cinco–o seis monedas, igualmente asombrosamente nuevas.
–‘¿Dónde conseguiste estos riales??’
–‘Yo… .. . yo juro, señor, , que obtuve estas cosas honestamente... . No las robé. Hace unas semanas, en Kuwait, un mutayrí me las dio. Él me había comprado una silla nueva para camello. Porque la suya se había estropeado.’
–‘¿Un mutayrí?? ¿Estás seguro??’
–‘¡Digo la verdad, señor!! Si miento,, que Alá me lleve. Era uno de los hombres de Ad-–Dabish, uno de los hombres de aquel grupo,, que recientemente luchaba contra el ‘emir’ de Hail. Seguramente no estuvo mal aceptar dinero de él por la silla. No pude negarme y creo que‘el jeque’ –—que Alá prolongue su vida—–lo entenderá.
Lo tranquilicé de nuevo diciéndole que, el rey no lo consideraría un enemigo. Esto disipó su temor. Al hacerle más preguntas, descubrí que muchas Sulumbi había recibido de–diversas personas del bando de Ad-Dabish monedas de este tipo, a cambio de bienes–o pequeños trabajos... .
Nuestro Sulumbi demostró realmente que, como guía era excepcional. Durante tres noches, él’nos condujo a través del centro de la zona rebelde, a un ritmo vertiginoso, , por–zonas sin senderos, nos guio–por regiones que ni siquiera Zayd había visto antes, aunque Zayd conocía muy bien el país. Pasamos los días escondidos,, ocultándonos. Sulumbi era un maestro consumado en encontrar lugares seguros donde ocultarnos. En una ocasión nos llevó junto a un hoyo de agua, que era desconocido incluso para los beduinos de la región, nos dijo Sulumbi. En aquella agua marrón, algo salobre, nuestros camellos saciaron su sed, y nosotros también logramos volver a llenar nuestros odres de agua .’Solo en dos ocasiones vimos‘a los ijwan’en varios grupos,, pero nunca pudieron descubrirnos;, semejante oportunidad no se les concedió.
La mañana del cuarto día después de nuestro encuentro con Sulumbi, llegamos a un lugar desde el que se veía la ciudad de Kuwait. No hicimos lo que era habitual en los viajeros procedentes de Nay para; el suroeste–entrar en la ciudad, sino que avanzamos desde el oeste, por la carretera que venía de Basora, para que, si alguien se cruzaba con nosotros, creyera que éramos comerciantes iraquíes.
Apenas entramos en Kuwait, nos sentamos cómodamente en el patio de un comerciante. Zayed conocía a aquel comerciante desde la época en que formaba parte de la fuerza de alguaciles de Irak.
Sobre las calles cubiertas de polvo y–las casas construidas con ladrillos de barro cocidos al sol se extendía un calor húmedo y opresivo; . Acostumbrado a las extensas estepas abiertas de Nay, enseguida quedé completamente empapado de sudor. Pero no había tiempo para descansar. Dejando los camellos al cuidado de Sulumbi, Zayed y yo avanzamos hacia el mercado para obtener nuestras primeras informaciones sobre el objetivo de nuestra búsqueda–. Le ordené severamente a Sulumbi– que no dijera a nadie de dónde veníamos ni por qué habíamos venido.
Como no conocía Kuwait y tampoco quería que la presencia de Zayed atrajera la atención de la gente, a causa de mi presencia, por eso permanecí cerca de una hora en una cafetería, donde me senté a tomar café y a fumar una‘pipa de agua de coco’. Finalmente, cuando Zayed reapareció, al ver la expresión de triunfo en su rostro comprendí que seguramente había descubierto algo importante.
–‘Tío, salgamos afuera. En el mercado es más fácil hablar de cosas que nadie oiga. Y mire,, le he traído una cosa–y otra para mí.’ Mientras decía esto, sacó de debajo de su ‘abaya’ dos–igales iraquíes de lana color almendra, tejidos a mano. ‘Con estos pasaremos por iraquíes,’ dijo.’
Mediante un interrogatorio cuidadoso, Zayd se ha cerciorado de que, uno de sus antiguos socios —–que lo acompañaba en aquellos días en que se dedicaba al contrabando en el golfo Pérsico—–ahora vive en Kuwait, y, al parecer, todavía sigue ejerciendo su antiguo negocio habitual.
–‘Si alguien en esta ciudad puede decirnos algo sobre la importación clandestina de armas, es este Bandar: Bandar es, como yo, de la tribu de Mammar, uno de aquellos jóvenes obstinados, que no pudieron aceptar por completo el gobierno de Ibn Saud. De ningún modo se le debe informar que trabajamos ‘para los shuyuj’Ni siquiera, creo, que venimos, de dónde’tampoco se le podrá decir. Porque, Bandar no es en realidad un necio Es muy astuto–de hecho–en el pasado me ha engañado repetidamente, de tal manera que, ahora tengo miedo incluso de confiar en él.’
Al final encontramos a Bandar cerca del gran bazar, en una casa de un callejón estrecho. El hombre era alto y de complexión esbelta, delgado y enjuto, de unos cuarenta años, sus dos ojos eran oscuros y profundos, y en su rostro se veían las huellas de la amargura y la indigestión. Pero en cuanto vio a Zayd, los rasgos de su rostro se iluminaron de auténtica alegría. Debido a mi tez clara, me presentaron como turco; dije que vivía en Bagdad y que me dedicaba a exportar desde Basora a Bombay caballos árabes de pura sangre.
–‘Pero hoy en día ya no resulta rentable exportar caballos a Bombay’, añade Zayd, ‘los comerciantes de Unaizah y Buraydah se han apoderado por completo del mercado de allí.’
–‘Lo sé’, responde Bandar, ‘esos canallas sureños de Ibn Saud no se conforman con haberse apoderado de nuestro país; sino que quieren arrebatarnos nuestro sustento–y no cejan en su empeño.!
–‘Pero, Bandar, ¿qué opinas del negocio de las armas??’ –pregunta Zayd, ‘Dado que los miembros de las tribus Mutair y Ajman quieren retorcerle el cuello a Ibn Saud, este negocio debería estar muy boyante, ¿no crees??’
–‘Sí. El comercio aquí era muy activo’, dice Bandar, encogiéndose de hombros, ‘hace apenas unos meses gané bastante’dinero comprando rifles en Trans-– Jordania, para luego vendérselos a la gente de Ad-–Dabish. Pero ahora todo está completamente arruinado, completamente acabado! Ya ni siquiera podrás vender este rifle.’
–‘¿Cómo puede’ser eso?? Me parece que, estos son mucho más útiles para Ad-–Dabish.’
–‘Sí,’ ‘responde Bandar, ‘Sin duda los necesita. Pero los consigue a un precio al que ni tú ni yo podemos venderlos. .. . los recibe por cajas desde ultramar, por, un fusil inglés casi nuevo y dos’cientos de cartuchos –paga diez riyales por un fusil.’
–‘Alabado sea Dios!’ exclama Zayed con sincera sorpresa, dos’cientos de cartuchos, un fusil casi nuevo por diez riyales! Pero eso es imposible.. .।
En realidad, pareció imposible– porque en aquel entonces, sin cartuchos, un viejo Lee-–Enfield costaba en Nayd entre treinta y treinta y cinco riyales, y aunque se considerara que en Kuwait podía costar menos que en Nayd, aún no se entendía la razón de una diferencia tan enorme.
Bandar sonríe con una mueca, ‘Sí, parece que tiene amigos poderosos –y allegados Ad –Dabim, –gente muy poderosa. Algunos dicen: algún día se convertirá en un ‘emir’ independiente en la región septentrional de Naȳd.’
–‘Bandar, lo que estás diciendo’, digo interrumpiendo, ‘es muy bueno, y muy cierto. Ad-–Dabish quizá realmente logre establecer su independencia fuera del dominio de Ibn Saud. Pero el asunto es que, no tiene dinero, y sin dinero ni siquiera el conquistador del mundo Alejandro habría podido fundar un reino.
Bandar estalla en una carcajada sonora: «¿Dinero–y efectivo?? Ad-–Dabish tiene muchísimo–muchísimos riales nuevos, que, como los rifles, llegan en cajas–cargadas desde el otro lado del mar.»’
–‘¿Riales en cajas?? ¡Qué cosa tan sorprendente!! ¿De dónde sacaría un beduino riales nuevos en cajas??’
–‘Eso no lo sé’– —responde Bandar—,, ‘pero esto sí lo sé:, algunos de sus hombres reciben casi a diario entregas de riales nuevos, que les llegan a la ciudad a través de diversos comerciantes. Porque, justo ayer vi, a Farhan ibn Mashhur supervisando en el puerto la descarga de cajas de este tipo.»’
Esta sí que era una noticia de verdad. Conozco muy bien a Farhan. Era el sobrino nieto del famoso jefe beduino sirio Nuri ash-–Shalan. Este Nuri había luchado en otro tiempo junto a Lawrence contra los turcos. La primera vez que me encontré con el joven Farhan fue en Damasco–en 1924.; Allí, en todos los lugares de diversión–de dudosa reputación, era famoso por sus borracheras. Poco después se peleó con el padre de su tío mayor. Entonces se marchó a Naydit con su tribu y algunos hombres de Rubala, y allí se volvió de pronto ‘«piadoso»’ y ‘se unió a los «Ikhwan»’. Volví a encontrarme con él en 1927, en la fortaleza de Ibn Musaad, en Hail. Entonces ya había empezado a llevar, como símbolo de su religión recién adoptada, una enorme turbante blanco de los ‘«Ikhwan»’ y disfrutaba del favor económico del rey. Cuando le recordé nuestro anterior encuentro en Bagdad,–cambió repentinamente de tema. Era un hombre necio y ambicioso, y por eso, en la rebelión de Ad-–Dabish, vio, al norte del vasto y desolado Nufud,– un oasis y la oportunidad de –establecerse como emir independiente de Al-Jauf; porque , los rebeldes, como en otros países, siguen en Arabia la ancestral costumbre de repartirse entre ellos la piel del león antes de haberlo cazado.
–‘Entonces, ‘Farhan está aquí; , ¿dónde exactamente?? le pregunté a Bandar.
–‘Desde luego. Ad-–Dabish, como él, viene aquí con frecuencia y, por el favor del ‘jeque’, va y viene libremente. Se dice que el jeque lo quiere mucho.’
–‘Pero en Kuwait, ¿el Gobierno británico no se opone a la llegada de Ad-–Dabish y Farhan? Si no recuerdo mal, , unos ’meses atrás, una vez anunciaron que Ad-–Dabish o a sus hombres no les permitirían entrar en esta región .. .?
Bandar vuelve a soltar una carcajada –—Sí, eso–hicieron ellos, ¡Eso–hicieron!! —Pero yo te he dicho, que Ad-–Dabish tiene amigos muy poderosos–y aliados .. . No sé si está en la ciudad en este momento;pero Farhan sí. Él va todas las tardes ‘al Magrib’para la oración en la Gran Mezquita. Si no me crees, puedes verlo aquí con tus propios ojos .. .।
Y, en efecto, lo vimos. Después de recibir esta indicación de Bandar, Zayed y yo paseábamos, al comienzo de la tarde, cerca de la Gran Mezquita, cuando estuvimos a punto de chocar con un grupo de beduinos! Estos beduinos, inconfundiblemente naydíes por su aspecto, habían salido de una esquina de la calle. Al frente de ellos iba un hombre de treinta y cuatro–o treinta y cinco años,que–era algo más bajo que los beduinos altos que lo rodeaban y seguían, y cuyo hermoso rostro estaba adornado por una corta barba negra. Lo reconocí al instante. Sin embargo, todavía hoy no sé, si él me reconoció. Sus ojos se fijaron por un instante en los míos; y luego recorrieron mi rostro durante un parpadeo, con una mirada desconcertada, como si tratara de hacer aflorar a la memoria un recuerdo borroso e impreciso. Después apartó la cara. Un momento más tarde, él y los hombres de su grupo desaparecieron entre la multitud que se apresuraba hacia la mezquita.
Decidimos que no podíamos prolongar nuestro viaje secreto a Kuwait esperando una oportunidad de ver a Ad–Dabish. Lo que Bandar nos había revelado quedó aún más fortalecido gracias a las hábiles indagaciones de Zayd entre otros conocidos de la ciudad. Ad–Dabish recibía–el misterioso suministro de fusiles Lee-Enfield, que públicamente se hacía pasar por una «‘compra’»,y que apuntaba claramente a un comerciante kuwaití. Este comerciante siempre había sido destacado en la región por la importación de armas, y las grandes cantidades de reales de María Teresa recién acuñados que circulaban en los mercados de Kuwait, se veía que, en casi todos los casos,, procedían de Ad–Dabish y de la gente que lo rodeaba. Aparte de ver sus depósitos reales y examinar los documentos de los envíos,–algo que era prácticamente imposible, – dejando eso de lado, encontramos abundantes pruebas de la veracidad de las sospechas que el rey había expresado durante nuestra conversación–sobre todas las sospechas–que había mencionado.
Mi misión había concluido. Y la noche siguiente,, tal como habíamos llegado secretamente a Kuwait, salimos de Kuwait con el mismo sigilo. Mientras Zayd y yo hacíamos indagaciones en los mercados,–nuestro guía Sulumbi logró averiguar–que en ese momento no había ningún grupo rebelde al sur de Kuwait. Por eso partimos hacia el sur, en dirección a la provincia de Al-Ahsa,, que se hallaba por completo bajo el control absoluto del rey. Así, después de dos noches de viaje enérgico y lleno de entusiasmo, nos encontramos con un grupo de beduinos Banu Hajar cerca de la costa,, a quienes el emir Al-Hasan–había enviado para obtener información secreta sobre las posiciones más recientes de los rebeldes,; y junto con ellos volvimos a entrar en territorio leal al rey.
En cuanto llegamos sanos y salvos al reino de Ibn Saud, dejamos atrás a nuestro guía, Sulumbi. Él, tras guardarse en el bolsillo en Sandad la recompensa que había ganado por sí mismo,, le regalé el camello y, conduciéndolo,, desapareció hacia el oeste,, mientras nosotros avanzábamos hacia el sur,, en dirección a Riad.
Más tarde, en la serie de artículos que escribí,–quedó claro por primera vez que, una gran potencia europea estaba apoyando a los rebeldes. En los artículos se mostraba,que el objetivo principal de estas conspiraciones era empujar hacia el sur las fronteras del reino de Ibn Saud y, en última instancia,, convertir sus provincias más septentrionales, entre Arabia Saudí e Irak, en un‘«independiente»’territorio gobernado por un jefe, lo que daría a Gran Bretaña la oportunidad de construir una línea ferroviaria que atravesara esa zona. Además,, la rebelión de Ad-–Dabish había creado una oportunidad para provocar tal confusión dentro del reino de Ibn Saud que, al rey Ibn Saud ya no le sería posible oponerse a las dos importantes exigencias británicas de concesiones, a las que se había opuesto hasta entonces: una de estas concesiones era el arrendamiento, por parte de Gran Bretaña, de Rabigh, situado al norte de Yeda, puerto del mar– Rojo,, donde Gran Bretaña llevaba mucho tiempo queriendo establecer una base naval;; la otra era el control del ferrocarril Damasco-–Medina en la parte que–quedaba dentro del territorio saudí. Si Ibn Saud hubiera sido derrotado por Ad-–Dabish, estos planes habrían pasado a ser posibilidades plenamente reales.
Mis artículos, publicados en periódicos europeos y árabes ((principalmente egipcios)) , provocaron de inmediato una enorme conmoción. También es muy posible que, la revelación prematura de la conspiración secreta fuera una de las principales causas de su posterior fracaso. En cualquier caso, el proyecto británico de construir una línea ferroviaria desde Haifa hasta Basora se fue perdiendo poco a poco en la oscuridad del olvido. A pesar de la enorme suma gastada en los estudios preliminares, nunca volvió a oírse hablar de este proyecto.
Todo lo que ocurrió después pertenece a la historia: aquel verano de 1929, Ibn Saud protestó ante Gran Bretaña por la libertad concedida a Ad-–Dabish para comprar armas y municiones en Kuwait. Como no tenía ninguna prueba concreta de que una potencia extranjera suministrara esas armas, el rey no podía protestar contra ese tipo de ventas. En respuesta, las autoridades británicas declararon, que eran los comerciantes kuwaitíes quienes suministraban las armas a los rebeldes y que Gran Bretaña no podía hacer nada para impedirlo, –porque, conforme al Tratado de Yeda de 1927, Gran Bretaña había retirado su prohibición sobre la importación de armas en Arabia. Si Ibn Saud quería, le dijeron, también podía importar armas a través de Kuwait… .. . Cuando Ibn Saud objetó diciendo, que, según ese mismo tratado, Gran Bretaña y Arabia Saudí estaban obligadas a poner fin a toda actividad en sus respectivos territorios que atentara contra la seguridad de la otra parte y a impedirla, también entonces recibió esta respuesta:–Kuwait no puede considerarse territorio británico, porque es un jequeato independiente, con el que Gran Bretaña no mantiene otra–relación que la derivada del tratado; no existe ninguna otra relación… . . .।
Y por ello, la guerra civil continuó sin tregua hasta finales del otoño de 1929. El propio Ibn Saud salió al campo de batalla; Esta vez estaba firmemente decidido: perseguiría a al-–Dabish incluso dentro de Kuwait si –—como había ocurrido siempre en el pasado—– Kuwait siguiera siendo una zona libre para dar refugio a los rebeldes y una base para nuevas operaciones. Ante esta firme determinación, , que Ibn Saud no dejaría de comunicar a las autoridades británicas,, parece que comprendieron que, seguir avanzando mucho más en su juego sería sumamente peligroso. Para impedir que al-–Dabish retrocediera y volviera a entrar en la zona de Kuwait, se enviaron aviones de–guerra británicos y vehículos blindados. El rebelde comprendió que su propósito había fracasado. En una guerra abierta ya nunca podría contener al rey. Las condiciones del rey eran breves y claras: Las tribus rebeldes debían necesariamente rendirse;; sus armas,, sus caballos y camellos les serían arrebatados, y a al-–Dabish se le perdonaría la vida. Pero tendría que pasar en Riad el resto de sus días.
Al-–Dabish,, quien era activo y dinámico a cada instante,, no logró adaptarse a semejante inactividad y falta de movimiento. Rechazó la propuesta del rey. Finalmente, se enfrentó al enorme ejército del rey. Tras luchar finalmente contra el enorme ejército del rey, los rebeldes fueron completamente derrotados; Al-–Dabish y varios otros líderes,– entre ellos Farhan ibn Mashhur y el jefe de la tribu Ajman, Nayek Abu Kilab, huyeron a Irak.
Ibn Saud exigió la expulsión de Ad –Dabish. Durante unos días pareció que el rey Faisal de Irak rechazaría su demanda, invocando la antigua costumbre árabe de ofrecer hospitalidad y refugio. Pero finalmente aceptó. 1930–a comienzos de, Ad –Dabish, terriblemente enfermo, fue entregado al rey y llevado a Riad. Unas semanas después, cuando quedó claro que, en efecto, la muerte de Ad –Dabish era inminente,, el rey Ibn Saud, con su habitual magnanimidad, lo devolvió a Artawiya,, a su familia–y allegados. Así terminó una vida turbulenta y tempestuosa. Y la paz volvió a descender sobre el reino de Ibn Saud... .
.. . … .. . .. .
Y la paz volvió a reinar alrededor de los pozos de Arja.
‘‘¡Oh, viajeros,, que Dios os conceda larga vida! Participad de nuestra generosidad. –—proclama en voz alta el anciano beduino mutaybí, mientras él y sus hombres nos ayudan a dar de beber a nuestros camellos. De todas las hostilidades y enemistades de hacía tan poco tiempo no quedaba el menor rastro.
Porque, estos beduinos son una raza asombrosa. Incluso, ante una provocación imaginaria pueden encenderse en un instante con una ira y una furia indomables,, y en ese mismo instante pueden volver al ritmo del destino de la vida,–en cuyo fluir reinan la humildad y la ternura: la Janna y el Jahannam,, siempre uno junto al otro,, en estrecha proximidad.
Y los pastores de camellos mutaybíes–sacan agua para nuestros camellos con sus grandes cubos de cuero y entonan un coro:
Bebed,, y no dejéis agua sobrante,,
Esta morada está colmada de misericordia y no tiene fondo.
Tres
La quinta noche después de dejar Hail, llegamos a las afueras de Medina y divisamos el oscuro perfil del monte Uhud. Nuestros camellos avanzan con pasos cansados. Desde muy temprano hasta esta noche hemos dejado atrás un largo camino. Zaid y Mansur permanecen en silencio, y yo también guardo silencio. A la luz de la luna, Medina se ilumina ante nosotros, con sus murallas llenas de estrechos senderos y los delgados y rectos minaretes de la Mezquita del Profeta que resplandecen ante nosotros.
Llegamos ante aquella puerta de entrada, conocida como la Puerta Siria porque se encuentra al norte. Los camellos se muestran algo rígidos y encogidos a la sombra de las pesadas columnas de la entrada; por lo que, usamos los látigos que llevamos en las manos para obligarlos a entrar por la puerta.
Ahora, en este momento vuelvo a estar en la ciudad del Profeta, después de vagar durante mucho tiempo por diversos lugares he regresado de nuevo al hogar; porque esta ciudad ha sido mi casa durante varios años–Una profunda paz familiar se extiende sobre las calles dormidas y desiertas de Medina. Al oír el sonido de las pisadas de los camellos, aquí–y allá los perros se levantan perezosamente. Un joven camina cantando; su voz, mecida por un ritmo suave, se desvanece poco a poco en un callejón cercano. Los balcones finamente tallados y las ventanas de las casas que sobresalen sobre la calle cuelgan sobre nosotros como la oscuridad, en silencio. La luz de la luna–baña el aire, tibio como la leche fresca recién ordeñada. Y aquí está mi hogar.
Mansur se despide de nosotros para reunirse con sus amigos. Y nosotros dos hacemos que nuestros camellos se arrodillen’y los sentamos sobre sus rodillas. Sin decir palabra, Zaid comienza a encadenar las patas de los camellos y a bajar las sillas de montar. Llamo a la puerta. Al cabo de un rato oigo voces y pasos en el interior. A través de las ventanas abiertas, semejantes a abanicos, veo la luz de la linterna, y descorren el cerrojo de la puerta; entonces mi anciana sirvienta Amina prorrumpe en alegres exclamaciones:
–‘¡Oh!, ¡Mi amo ha vuelto a casa!!’
Cartas de Persia
Uno
Es por la tarde. Estoy sentado justo fuera de la puerta sur de entrada de Medina, con un amigo mío, en su palmeral.’Los innumerables troncos de las palmeras del palmeral’han creado al fondo del jardín una luz verde grisácea–y sombría,, de modo que parece, que no tiene fin. Los árboles aún son jóvenes y bajos,; y la luz del sol danza sobre sus troncos y sobre la delicada cúpula que forman sus ramas entrelazadas. Debido a las tormentas de polvo que se producen casi a diario en esta época del año, el verde de las palmeras del jardín está algo cubierto de polvo. Solo la alfombra de alfalfa bajo las palmeras ha conservado su brillante y perfecto color verde.
Justo delante de mí–—no muy lejos—–se alzan las murallas de la ciudad,, antiguas,, construidas con piedra gris y ladrillos de barro,–aquí–y allá, bastiones–que sobresalen de’la muralla de la ciudad. Desde detrás de las murallas, elevándose por encima de ellas dentro de la ciudad,, se alzan las palmeras de otro jardín, que crecen rápidamente,–y las casas–y edificios,, cuyas puertas y ventanas, quemadas por el sol, se han vuelto marrones,, y sus balcones cerrados;; algunos de los cuales están construidos dentro de la propia muralla y se han convertido en parte de ella. A cierta distancia, veo, los cinco minaretes de la Mezquita del Profeta,, altos y delicados como el sonido de una flauta;, veo también, la magnífica cúpula verde que, situada como un techo sobre la pequeña habitación del Mensajero de Dios, la ha ocultado,, una habitación que–fue su morada durante su vida y que, tras su fallecimiento, se convirtió en su sepultura;; más allá, fuera de la ciudad, aparece ante mis ojos la desnuda y rocosa cordillera de Uhud: como un telón, pintado de rojo cobrizo, suspendido ante los blancos minaretes de la Mezquita del Profeta, las copas de las palmeras–y las numerosas casas de la ciudad,–que forman su fondo.
El cielo, iluminado por el resplandor abrasador del sol vespertino, pende sobre cúmulos de nubes blancas y brillantes como la leche, ese cielo transparente como el vidrio, y la ciudad parece haberse bañado en una luz azul dorada–mezclada con un resplandor verdoso. Muy arriba, el viento juega alrededor de las nubes suaves, ¡y qué engañoso ha demostrado ser ese viento en las tierras árabes!! Aquí nunca podrá usted decir, ‘Ahora el cielo está nublado , pronto lloverá’. Porque cuando las nubes se amontonan, preñadas de tormenta,–estas nubes, justo entonces suele ocurrir algo así, que, de pronto, llega rugiendo una ráfaga de viento desde el desierto y arrastra las nubes densas, dejándolo todo completamente despejado; y quienes esperaban la lluvia apartan el rostro del cielo, en silenciosa sumisión, y comienzan a murmurar‘el poder no está en manos de nadie salvo Allah, ni la fuerza’ – mientras el cielo vuelve a arder despiadadamente con una transparencia azul y deslumbrante.
Me despido de mi amigo y vuelvo a caminar hacia la entrada situada fuera de la ciudad. A mi lado pasa un hombre, arreando dos burros cargados de haces de hierba lursan y montado él mismo en un tercer burro. Levanta en alto el bastón que lleva en la mano para saludar y dice, As-salamu alaykum. Yo también le respondo con estas palabras. Luego aparece una joven beduina, cuyo jirón de la túnica negra que viste va arrastrándose tras ella, La parte inferior de su rostro está cubierta por un niqab. Sus dos ojos brillantes son tan negros que, el blanco de sus ojos y sus pupilas negras se han fundido en una sola mancha; y su manera de caminar es tan vacilante como el paso tambaleante de un animal joven en la estepa.!
Entro en la ciudad y atravieso la gran plaza abierta de Al-–Manakh, hasta llegar a la muralla interior de la ciudad,, bajo el pesado arco de la puerta egipcia,, donde los cambistas están sentados y hacen tintinear sus monedas de oro y plata. Entro en el mercado principal,, que es una calle de no más de veinticuatro pies de ancho,, atestada–de tiendas,, alrededor de la cual palpita una vida pequeña, pero llena de fervor.
Los vendedores, exultantes,; anuncian sus mercancías mediante canciones. Magníficos turbantes, de seda y chales de Cachemira estampados atraen la mirada de los transeúntes. Los plateros están agachados detrás de vitrinas de cristal–llenas de joyas beduinas:–brazaletes y ajorcas, collares y pendientes,–todas esas joyas. Los vendedores de perfumes muestran sus recipientes llenos de henna,, pequeños paquetes rojos llenos de kohl para teñir las pestañas,, aceites y perfumes en numerosos frascos de–colores, y montones de especias.–Los comerciantes de Nayŷd venden ropa beduina,, del este– de Arabia, sillas de montar para camellos y bolsas con largas borlas de seda colgando de las sillas. Un subastador corre por la calle,, gritando a voz en cuello,–con una alfombra persa y una ‘abaya de pelo de camello sobre los hombros’y un samovar de latón bajo el brazo. Por ambos lados fluye una multitud, de habitantes de Medina y de otras regiones de Arabia,, de las estepas del Senegal–y de las estepas kirguisas,–de todos los países situados entre ellas,, las Indias–Orientales y el océano Atlántico, y entre Astracán y Zanzíbar; pues el hach acaba de terminar hace apenas unos días. Pero, pese a la enorme multitud y a lo estrecha que es la calle, aquí no hay ninguna embriaguez de actividad frenética;, nadie empuja a nadie,, nadie tropieza con el cuerpo de otro,, porque en Medina el tiempo no despliega sus alas para aferrar o alcanzar nada.!
Pero lo que parece aún más asombroso es que, en los rostros y las figuras de las personas apiñadas aquí, así como en su ropa–y vestimenta, pese a tanta diversidad y diferencia, en las calles de Medina no parece haberse producido una especie de «‘mezcla–heterogénea»’de elementos extranjeros. Solo quienes quieran analizarla notarán esta diversidad de rostros. Me parece que, todos los que viven en esta ciudad, incluso quienes vienen aquí temporalmente por unos días, por así decirlo,, también ellos pronto se pierden en un estado de ánimo–común,, y así, su manera de–comportarse,, e incluso sus expresiones faciales, llegan a ser iguales, porque todos han caído bajo la irresistible influencia del Noble Profeta,–de quien esta ciudad fue una vez y de quien ahora son huéspedes... .
Incluso después de mil trescientos años, su presencia espiritual sigue aquí tan viva como entonces. Solo por medio de él, algunas aldeas dispersas y desperdigadas, que eran llamadas Yathrib se convirtieron en una ciudad y hasta hoy ha recibido de todos los musulmanes un amor tan profundo como el que ningún pueblo de ningún otro país del mundo ha recibido jamás. Esta ciudad ni siquiera tiene un nombre propio, Durante más de mil trescientos años se la ha llamado «‘Madinat al-Nabi’ –‘la ciudad del Profeta’». Durante más de mil trescientos’años, tanto amor y afecto se han reunido aquí que, todas las formas–y movimientos han adquirido un parecido familiar, y todas las diferencias de los rostros se han transformado en una semejanza común, semejanza,, como una armonía unida de diferentes melodías.
Este es el acorde que crea esa armonía gozosa,–la armonía que, las personas perciben aquí a cada instante. Aunque la vida actual de Medina solo guarda una relación formal y lejana con lo que el Mensajero de Dios ((s. a.)) deseaba, aunque aquí, como en otras regiones del mundo musulmán, se ha abaratado la conciencia espiritual del islam, siempre permanece viva una relación emocional indescriptible con su gran pasado espiritual. Nunca ha amado la gente tanto ninguna ciudad por causa de un solo hombre;; ni ha considerado tan cercano a ningún hombre, que murió hace mil trescientos años,, que está enterrado bajo esta gran cúpula verde,, ni ha amado jamás tanta gente a un hombre como a él.
Sin embargo, él nunca afirmó ser algo distinto de un ser humano mortal, y los musulmanes nunca le atribuyeron divinidad, como hicieron muchos–seguidores, de otros profetas después de la muerte de esos profetas. No hace falta decirlo, el propio Corán contiene muchas declaraciones, en las que se hace hincapié en la humanidad de Muhammad: ‘«Muhammad no es más que un profeta. Antes de él han pasado todos los profetas; Si muere o es asesinado, ¿acaso vosotros retrocederéis?»?’ La absoluta humildad de él ante la grandeza de Alá se proclama en el Corán de este modo: ‘Di, ¡Oh, Muhammad!, No tenéis poder para causaros ni el mal ni el bien, salvo lo que Alá quiere, Ni siquiera tengo poder sobre mi propio bien o mal. Si conociera lo oculto, obtendría abundante beneficio y ningún mal podría tocarme. No soy más que un amonestador y un anunciador de buenas nuevas para la comunidad creyente».. ..।’
Precisamente porque él era solamente un ser humano, porque vivió como los demás seres humanos y, al hacerlo, disfrutó de las alegrías de la vida humana y probó sus penas y sufrimientos, quienes lo rodeaban pudieron mantenerlo cerca de sí de una manera tan afectuosa, colmándolo de cariño y amor.
Este amor ha sobrevivido a su muerte y aún permanece despierto en el corazón de sus seguidores, como la inspiración fundamental de una «ragini» creada por la unión de muchas melodías. Este amor todavía está vivo en Medina. Desde cada piedra de la antigua ciudad, este amor hablará contigo. Podrás casi tocarlo con la mano, pero no podrás encerrarlo en palabras…
Dos
Mientras avanzo por el mercado en dirección a la Gran Mezquita, muchos conocidos de hace años me saludan al pasar. Inclino ligeramente la cabeza para saludar, unas veces a un tendero y otras a otro. Finalmente, mi amigo Az-Zugaybi me lleva casi a rastras hasta la pequeña plataforma donde se sienta a vender telas a los beduinos.
—¿Cuándo regresaste, Muhammad, y de dónde? ¡Estuviste aquí hace apenas unos meses!»
—Vengo de Hail; vengo del Nufud.»
—¿No te quedarás unos días en casa?»
—No, hermano, pasado mañana parto hacia La Meca.
Az-Zughaibi llama a gritos al muchacho que trabaja en la cafetería del otro lado de la calle y, al cabo de unos instantes, oímos el tintineo de las pequeñas tazas.
—Pero ¿por qué, Muhammad? ¿Por qué vas a La Meca precisamente ahora? La temporada del hach ya ha terminado…
—No voy a La Meca con la intención de hacer el hach. A propósito, ¿acaso no he hecho el hach cinco veces? Pero, por alguna razón, siento que ya no permaneceré mucho tiempo en Arabia. Por eso quiero volver a ver aquella ciudad donde comenzó mi vida en este país… Después añado entre sonoras carcajadas: «Pero, hermano, te diré la verdad: en realidad, ni yo mismo sé por qué voy a La Meca; pero sé que tengo que ir…»
Az-Zughaibi sacude la cabeza con desaliento—¿Cómo pudiste decir que abandonarás este país y te marcharás dejando a tus hermanos?
Un hombre conocido pasa junto a mí con pasos largos y cansados; es Zayd, seguramente está buscando a alguien.
—Zayd, ¿adónde vas?
De repente detiene el paso y me mira con expresión curiosa—Te estaba buscando precisamente a ti, tío. Había un paquete de cartas para ti en la oficina de correos. Aquí las tienes. Y, jeque Az-Zughaibi, as-salamu alaykum—que la paz sea contigo.
Sentado con las piernas cruzadas frente a la tienda de Az-Zughaibí, sigo rasgando los sobres: han llegado varias cartas de amigos de La Meca; una la ha escrito el editor de la «Neue Zürcher Zeitung», periódico del que soy corresponsal desde hace seis años. Ha llegado una carta de la India, en la que me instan a ir allí para conocer a la mayor comunidad musulmana del mundo. Varias cartas proceden de distintas regiones del Cercano Oriente. En otro sobre aparece el matasellos de la oficina de correos de Teherán. La carta la ha escrito mi querido amigo Alí Aga, de quien no he recibido noticias desde hace más de un año. La abro y recorro con la mirada las páginas escritas en la hermosa y pulcra shikasta¹[Literalmente, «árabe quebrado»: una forma persa de las letras árabes, utilizada para escribir con rapidez.] de Alí Aga:
A mi queridísimo amigo y hermano, luz de mi corazón y digno de la más profunda veneración, Asad Aga: que Allah prolongue sus días y lo proteja a cada paso. ¡Amén!
As-salamu alaikum: que la paz descienda sobre usted y que descienda también la misericordia de Allah, siempre, en todo momento. Ruego a Allah que le conceda salud y felicidad; y, sabiendo que se alegrará al enterarse, le comunico que yo también gozo de perfecta salud. Alabado sea Allah.
No le he escrito durante mucho tiempo, porque en los últimos meses mi vida ha transcurrido de manera desordenada y caótica. Mi padre, que Allah tenga misericordia de él, falleció hace un año y, como soy el mayor de sus hijos, he tenido que dedicar mucho tiempo y soportar muchas preocupaciones para poner en orden los asuntos de nuestra familia. Y por voluntad de Allah, una prosperidad inesperada ha llegado a la vida de este indigno siervo suyo, pues el Gobierno lo ha ascendido al rango de teniente coronel. Además, espero casarme pronto con una hermosa y encantadora mujer, mi prima Shirí; y así se acerca el fin de mis antiguos días desordenados. Su corazón amistoso sabe muy bien que en el pasado no estuve libre de pecados y faltas, pero ¿acaso no dice Hafiz:
«Oh Allah, si has arrojado una tabla al mar, ¿puedes esperar que la tabla permanezca seca?»
Así pues, el ya maduro Alí Aga está por fin a punto de formar un hogar y convertirse en un hombre respetable. No era tan respetable cuando lo conocí en la ciudad de Bam, hace unos siete años. Alí Aga había sido exiliado a aquella ciudad. Entonces tenía apenas veintiséis años. Sin embargo, sus años anteriores habían estado llenos de agitación y actividad. Antes de que Reza Khan tomara el poder, participó en diversos movimientos políticos. En Teherán habría podido desempeñar un papel destacado, si no se hubiera dejado arrastrar en exceso por las diversiones. Su preocupado e influyente padre lo había llevado a Bam, una ciudad incomunicada del extremo sudoriental de Irán, con la esperanza de que, al apartarlo de las diversiones de Teherán, pudiera enmendarse. Pero, al llegar a Bam, Alí Aga parece haber encontrado compensación en el dulce veneno de las mujeres, el vino y el opio. No hace falta decir que Alí Aga sentía una pasión desmedida por todo ello.
En aquella época, en 1925, Alí Aga era comandante de la policía militar del distrito. Su rango era el de teniente. Cuando me disponía a atravesar el desierto de Bilal Dasht-e-Lut, fui a verlo con una carta de presentación para el gobernador de la provincia de Kermán. Aquella carta de presentación se había redactado basándose en una carta del primer ministro y dictador Reza Khan. Lo encontré en un jardín sombreado de naranjos, adelfas y palmeras, donde los rayos del sol se filtraban entre los arcos de afiladas hojas de palma. Vestía una camisa de mangas largas. Sobre el césped habían extendido una alfombra, y sobre ella había platos y una botella de arak medio vacía. Aún quedaban alimentos en los platos. Alí Aga se disculpó cortésmente: «En este maldito agujero es imposible beber vino», y luego me obligó a beber arak local; era una bebida tan fuerte que me llegó al cerebro como un puñetazo. Con los vivaces ojos de un hombre del norte de Persia, recorrió la carta de Kermán con la mirada; luego le dio unos golpecitos y la dejó a un lado, diciendo: «Aunque hubiera venido sin ninguna carta de presentación, habría atravesado a diez hombres para acompañarlo en este viaje. Usted es mi huésped. Jamás le habría permitido cabalgar solo por el desierto baluchi».
Una joven seguía sentada, escondida a la sombra de un árbol. Cuando se levantó lentamente, llevaba un kurta de seda azul celeste claro, largo hasta las rodillas, y unos enormes salwar baluchis blancos. Su rostro era la encarnación del deseo sensual; parecía arder desde dentro. Sus labios bien definidos eran rojos y hermosos, pero sus ojos estaban extrañamente turbios e indiferentes, y sus párpados estaban teñidos con surma.
—La muchacha es ciega —me susurra Ali Aga en francés—, pero ¡cómo canta, de manera tan extraña y maravillosa!
No puedo dejar de admirar la noble humildad y el respeto con que Ali Aga trató a la muchacha. Era una cantante profesional, perteneciente a una clase de mujeres iraníes poco menos que prostitutas. Sin embargo, ni siquiera ante una dama distinguida de Teherán habría podido comportarse con mayor cortesía.
Los tres nos sentamos sobre la alfombra y, mientras Ali Aga se ocupaba de fumar su narguile y su pipa de opio, yo hablé con la muchacha baluchi. A pesar de su ceguera, la muchacha podía reír de una manera que solo pueden hacerlo quienes viven en lo más profundo de la alegría del corazón, y entre palabra y palabra hacía comentarios tan ingeniosos e inteligentes que ninguna dama distinguida de este vasto mundo habría tenido motivo para avergonzarse. Cuando Ali Aga terminó su pipa, tomó suavemente la mano de ella entre las suyas y dijo: «Este extranjero que está aquí es austríaco. Seguramente le gustaría oírte cantar una canción. Hasta ahora nunca ha escuchado cantar a los baluchis».
En su rostro ciego había una expresión de ensueño remoto cuando tomó la flauta que le había dado Ali Aga y deslizó los dedos por sus cuerdas. Con voz profunda y quebrada cantó una canción baluchi, que pareció volverse melodiosa, como un eco de la vida, al brotar de sus labios cálidos de emoción.
Vuelvo al contenido de la carta:
Hermano y honorable amigo, no sé si aún recuerda cómo nosotros dos viajamos juntos en aquellos viejos tiempos por el Dasht-e-Lut y cómo tuvimos que luchar contra aquellos bandidos baluchis para salvarnos…?
¿Cómo no iba a recordarlo? Ante esta pregunta irrelevante de Ali Aga, sonrío para mis adentros y me veo, junto con Ali Aga, en aquel desolado Dasht-e-Lut, un desierto desnudo y despoblado que extendía su inmensa vaciedad desde Baluchistán hasta muy adentro, casi hasta el centro mismo de Irán. Me preparaba para atravesar aquel desierto, pasando por Sistán, la provincia más oriental de Irán, para llegar desde allí a Afganistán. Como venía de Kermán, no tenía otra ruta posible. Nos alojamos en un oasis verde, en el borde del desierto, con los policías baluchis que nos acompañaban como guías, para alquilar camellos y comprar alimentos para el largo camino que teníamos por delante. La estación de telégrafos indo-europea era nuestro cuartel general provisional. El jefe de la estación, un hombre alto, de huesos grandes y gruesos y mirada penetrante, no estaba dispuesto a dejarme fuera de su vista ni por un instante. Parecía tratar de formarse una idea de mi situación mediante su mirada.
—Tenga cuidado con él —me susurra Ali Aga al oído—. Es un bandido; lo conozco. Y él sabe que yo lo conozco. Hace algunos años era un auténtico salteador. Pero ahora ha hecho mucho dinero y se ha convertido en un hombre respetable. Actualmente gana mucho más dinero suministrando armas a sus antiguos compañeros. Estoy esperando una oportunidad para atraparlo con las manos en la masa, pero el hombre es astuto y es realmente difícil demostrar nada. Al enterarse de que usted es austríaco, se ha puesto terriblemente excitado. Durante la Guerra Mundial, algunos agentes austríacos y alemanes intentaron incitar a las tribus de esta región contra los británicos. Llevaban consigo bolsas llenas de monedas de oro, y nuestro amigo cree que todo alemán y todo austríaco va equipado de la misma manera.»
Pero nos beneficiamos de la astucia del jefe de estación, pues logró conseguirme dos de los mejores camellos de silla de la región. El resto del día transcurrió regateando por odres, cuerdas de pelo de camello, arroz, mantequilla clarificada y muchas otras cosas necesarias para el viaje por el desierto.
Partimos al día siguiente por la tarde. Ali Agha decidió adelantarse con cuatro policías para preparar un lugar donde montar las tiendas durante la noche. Sus camellos desaparecieron tras el horizonte antes de que pudiéramos distinguir su alargada fila. Ibrahim, yo y el quinto policía los seguimos a un ritmo relativamente más lento.
Seguimos meciéndonos —¡qué nuevo me parecía entonces!— al compás de los pasos extraños, balanceantes y desgarbados de los camellos ligeros y delgados: primero entre dunas amarillentas, aquí y allá marcadas por manojos de hierba dispersos; luego cada vez más adentro, más profundamente en la llanura: una llanura gris, interminable, plana y vacía, tan vacía que parecía no extenderse, sino haberse derrumbado hacia el horizonte. No había nada ante los ojos donde pudieran descansar un instante: ninguna elevación sobre el terreno, ninguna piedra, ningún matorral, ni siquiera una brizna de hierba. Ningún sonido animal, ningún trino de pájaro ni zumbido de escarabajo quebraba aquel inmenso silencio. Incluso el viento, al no encontrar ningún obstáculo delante, soplaba silenciosamente, bajo, sobre el vacío. No, no era eso: caía dentro del vacío, como una piedra que se precipita en un pozo sin fondo… No era el silencio de la muerte, sino el silencio de aquello que aún no ha nacido, la quietud de lo que jamás había llegado a nacer: el silencio anterior al sonido primordial.
Y entonces ocurrió. El silencio se quebró. La voz humana golpeó suavemente el aire, como el canto de un pájaro, y pareció quedar suspendida en el vacío; me pareció que no solo la oía, sino que también la veía, flotando sobre la llanura desértica, tan solitaria y diáfana. No era otro que nuestro soldado baluchi. Cantaba una canción de la vida nómada: la mitad la entonaba y la otra mitad la recitaba, a ritmo rápido y alternativamente; era una música extraña, hecha de palabras cálidas y delicadas, que yo no podía comprender. Su voz resonó dentro de unas pocas ragas, en un solo plano, sin ascensos ni descensos, y siguió cantando tan continuamente que poco a poco se transformó en una especie de resplandor luminoso. Cubrió la melodía fragmentaria con un juego de adornos vocales y, mediante la repetición y la variación constantes de un mismo tema, reveló en su tono llano aquella riqueza inesperada, llana e ilimitada como la tierra donde había nacido la canción…
La región que estamos recorriendo por el desierto se llama el «Desierto de las Campanas de Ahmad». Hace muchos años, una caravana dirigida por un hombre llamado Ahmad perdió el rumbo y llegó hasta aquí; todos ellos —personas y animales por igual— murieron de sed. Todavía hoy, dicen los viajeros, a veces se oye el sonido de las campanillas que llevaban al cuello los camellos de Ahmad: un lamento fantasmal que hechiza al viajero desprevenido, lo aparta de su camino y lo empuja hacia la muerte en el desierto.
Poco después de la puesta de sol alcanzamos a Ali Agha y al grupo de avanzada, y montamos nuestras tiendas entre la hierba «kahur»; durante varios días no volvimos a ver esta hierba. Encendieron un fuego con ramas secas y prepararon el té indispensable, mientras Ali Agha fumaba, como de costumbre, su pipa de opio. Dieron a los camellos su ración de cebada y los colocaron formando un círculo a nuestro alrededor. Tres hombres de la policía fueron apostados como centinelas fuera del campamento, sobre las dunas, porque en aquellos días la región a la que habíamos llegado era el terreno de juego de los terribles demonios del desierto: los asaltantes de las tribus baluches procedentes del sur.
Ali Agha acababa de terminar su pipa y su té y estaba bebiendo arak solo, pues yo no me encontraba de humor para acompañarlo en aquello. De pronto, el disparo de un rifle desgarró el silencio de la noche. Un segundo disparo, procedente del rifle de nuestros centinelas, respondió al primero, y enseguida se oyó un grito en algún lugar de la oscuridad. Ibrahim, haciendo gala de su excelente presencia de ánimo, arrojó arena sobre el fuego. Desde todos lados comenzaron a oírse más disparos de rifle. Ya no se veía a los centinelas, pero podíamos oírlos llamarse entre sí. No logramos saber cuántos eran los atacantes, pues mantenían un silencio espectral; solo de vez en cuando un rifle lanzaba un tenue destello, que atravesaba la oscuridad como un cuchillo y delataba su presencia. En una o dos ocasiones distinguimos vagamente varias figuras vestidas de blanco corriendo en silencio por la oscuridad. Algunas balas disparadas a baja altura pasaron silbando sobre nuestras cabezas, pero ninguna alcanzó a ninguno de nosotros. Poco a poco cesaron la agitación y la tensión. Se hicieron algunos disparos más, y la noche absorbió su sonido; los asaltantes, evidentemente decepcionados por nuestra vigilancia, desaparecieron tan sigilosamente como habían llegado.
Después de que Ali Agha llamara a los centinelas, celebramos una breve reunión para deliberar. Al principio habíamos decidido pasar allí la noche. Pero, como no teníamos la menor idea de cuán poderoso era aquel grupo atacante ni sabíamos si volvería con más hombres, decidimos que debíamos recoger las tiendas y reanudar la marcha de inmediato.
La noche de hoy es negra como la pez. La luna y las estrellas han quedado ocultas bajo densas nubes bajas. Por lo general, en verano es mejor viajar de noche por el desierto. Pero, en circunstancias normales, no nos habríamos arriesgado a avanzar en semejante oscuridad, pues existía el peligro de perder el camino: las duras piedras de grava del Dasht-i-Lut no conservan ninguna huella de paso. En la antigüedad, los reyes de Irán construían postes guía de ladrillo en desiertos de este tipo para señalar las rutas de las caravanas, pero, como tantas cosas buenas de aquella época, estas señales habían desaparecido hacía mucho tiempo. En realidad, ya no hacían falta. La línea telegráfica indo-europea que el Gobierno británico había instalado a comienzos de este siglo desde la frontera de la India, atravesando el Dasht-i-Lut hasta Kermán, cumplía la misma función con igual eficacia —podría decirse que incluso mejor—; pero de noche no podíamos ver ni el cable ni los postes telegráficos.
Descubrimos aquello con horror cuando, al cabo de casi media hora, el policía que avanzaba delante de nosotros guiándonos y arreando su camello tiró de repente de las riendas y comunicó a Ali Agha, con el rostro avergonzado:
—Hazrat, ya no puedo ver el cable telegráfico…
Durante un instante todos quedamos paralizados. Sabíamos que a lo largo de la ruta señalada por la línea telegráfica solo había pozos, y que la distancia entre uno y otro era enorme. Perder el camino allí significaba desaparecer para siempre, como la caravana del relato de Ahmed…
Después, Ali Agha habló de una manera completamente distinta de su forma habitual de hablar. Cualquiera podía suponer con seguridad que el arak y el opio eran los responsables. Sacó su pistola y rugió:
—¿Dónde está el cable? ¡Hijos de perra, decidme por qué lo habéis perdido! Sí, sé que os habéis aliado con esos bandidos y queréis extraviarnos para que muramos por falta de agua y nos convirtamos en un botín fácil para vosotros!
En verdad, aquel reproche era injusto, pues ningún baluchi que una vez se haya sentado a compartir sal y pan con alguien traicionará jamás su confianza. Nuestros policías, visiblemente heridos por la acusación de su teniente, nos aseguraron que no tenían culpa alguna, pero Ali Agha volvió a gritar:
—¡Silencio! Encontrad ahora mismo el cable telegráfico; de lo contrario, os mataré a tiros a todos y cada uno de vosotros. ¿Entendido, hijos del infierno?
En la oscuridad no podía verles el rostro. Pero comprendía hasta qué punto aquellos baluchis libres habían quedado profundamente heridos por la afrenta. Ni siquiera sintieron ya la necesidad de responder. Entonces, de repente, uno de ellos —el que poco antes había sido nuestro guía— se apartó del grupo, azotó a su camello y, de un salto, desapareció en la oscuridad.
—¿Adónde va? —gritó Ali Aga, y en respuesta oyó algunas palabras confusas. Durante unos segundos se escuchó el suave y ligero sonido de las pisadas del camello. Después, aquel sonido se hundió en la noche.
Aunque apenas un momento antes nos habíamos convencido de que el policía baluchi no tenía ninguna culpa, un pensamiento lleno de dudas cruzó por mi mente: ¡ahora se ha ido con los bandidos! Sea como fuere, la suposición de Ali Aga era correcta… Oí que Ali Aga sacaba su pistola de la funda, y yo hice lo mismo. Ibrahim tomó lentamente su honda. Permanecíamos sentados, inmóviles y silenciosos, sobre nuestras sillas de montar. Uno de los policías dejó escapar un gruñido en voz baja; otro golpeó con la culata de su rifle una de las sillas de montar. Transcurrieron largos minutos. El silencio era tal que casi podían oírse las respiraciones de todos los hombres. Entonces, de repente, un sonido aislado llegó desde muy lejos. Me pareció un simple grito: «—¡Oh-oh-oh!». Pero los baluchis conocían su significado, y uno de ellos, formando una especie de copa con ambas manos alrededor de la boca, gritó algo excitadamente en lengua brahui. Volvió a oírse el grito lejano. Uno de los policías se volvió entonces hacia Ali Aga y le dijo en persa:
«¡El cable, señor, lo ha encontrado!»
La tensión contenida se liberó. Todos respiramos aliviados y seguimos la voz del guía invisible, que cada cierto tiempo nos indicaba el camino. Cuando llegamos hasta él, se puso de pie sobre su silla de montar y señaló hacia la oscuridad diciendo:
—¡Aquí está el cable del telégrafo!
Y, en efecto, pocos minutos después nos salvamos por poco de chocar contra uno de los postes del telégrafo. Lo primero que hizo Ali Aga fue algo que lo caracterizaba. Agarró al soldado por el cinturón y lo atrajo hacia sí; luego se inclinó sobre la silla de montar y le besó ambas mejillas:
«—Hermano, no eres tú; yo soy un hijo de perra. ¡Perdóname!»
Más tarde se supo que aquel soldado baluchi, hijo del desierto, avanzaba en zigzag, guiando el camello unas veces hacia la derecha y otras hacia la izquierda. Luego, en cierto momento, oyó desde una distancia de media milla el silbido del viento al golpear los cables; incluso ahora, cuando paso justo por debajo de ellos, ese sonido resulta casi imperceptible para mi oído europeo.
Avanzamos despacio y con cautela a través de la noche cubierta de oscuridad, de un poste telegráfico invisible al siguiente, también invisible. Un policía camina siempre delante de nosotros. Y cuando su mano toca un poste, nos lo anuncia a gritos. Hemos encontrado nuestro camino y estamos decididos a no volver a perderlo. Despierto de mi sueño y vuelvo a la carta de Alí Agá:
Después de ser ascendido al rango de teniente coronel, este humilde servidor ha sido destinado al Estado Mayor del ejército; y este trabajo, querido amigo y hermano mío, me atrae más que la vida de una guarnición en una ciudad de provincias.
Estoy seguro de ese atractivo; Alí Agá siempre ha tenido una consideración natural por la vida de la capital y sus intrigas, especialmente sus intrigas políticas. En efecto, en su carta describe el clima político de Teherán: bajo la superficie lisa se agitan interminables disputas y controversias, y se urden las complejas maniobras con las que las potencias extranjeras han mantenido durante tanto tiempo a Irán en un estado de inestabilidad, impidiendo que esta nación de talentos extraordinarios llegue a manifestarse en su verdadera forma.
Precisamente en este momento estamos siendo hostigados por la compañía petrolera inglesa. Se está ejerciendo una presión terrible sobre nuestro gobierno para que amplíe aún más la concesión y prolongue todavía más nuestra esclavitud. En los bazares ya no se puede oír nada entre tantos rumores; solo Dios sabe cuál será el desenlace de todo esto…
El papel del bazar en la vida política de los países orientales siempre ha sido muy importante; en el caso del bazar de Teherán, esto es aún más cierto: en él palpita sin cesar el corazón secreto de Irán, desafiando toda forma de decadencia nacional y todo avance del tiempo. Mientras leo la carta de Alí Agá, este enorme bazar, que por sí solo parece una ciudad, vuelve a aparecer ante mis ojos con tanta claridad como si lo hubiera visto apenas ayer: un laberinto de grandes salas misteriosas, entre luces y sombras como celosías de amplias aberturas, y diversos pasadizos para circular, techados por arcos apuntados que se unen desde ambos lados. Más allá de las pequeñas tiendas oscuras, llenas de baratijas sin valor, la calle principal cuenta con patios cubiertos, cuyos techos tienen ventanas de vidrio para dejar entrar la luz; son tiendas, cada una de ellas, donde se venden las sedas más caras de Europa y Asia. Junto a los talleres de los fabricantes de cuerdas se encuentran las vitrinas de los plateros, adornadas con delicados trabajos de filigrana de oro y plata; los tejidos de algodón multicolores de Bujará y la India se mezclan con las raras alfombras persas y las alfombras con escenas de caza; junto a las máquinas de coser hay collares de vidrio y perlas, y encendedores automáticos; los paraguas negros y desdichados están al lado de las prendas de piel de oveja del Jorasán, cuyos bordes están decorados en amarillo. Todo se reúne en estas salas interminables, como en el escaparate de una tienda enorme y algo desordenada.
En las innumerables callejuelas de estas industrias artesanales y mercancías comerciales entrelazadas, las tiendas están dispuestas según el oficio. Aquí verá una larga fila de fabricantes de sillas de montar y curtidores; junto a ellos predomina el rojo de las pieles teñidas y se percibe el olor algo ácido del cuero, extendido por el aire. También están los sastres: desde el elevado lugar asignado a cada uno se oye el sonido incesante de las hábiles máquinas de coser. Cada tienda ocupa una plataforma elevada de tres o cuatro pies cuadrados; de ella cuelgan largas prendas para la venta, siempre las mismas, de modo que, al caminar, a veces creerá que permanece inmóvil. Tendrá una sensación semejante en muchas otras partes del bazar. Y, sin embargo, en cada caso particular esta inmensa semejanza no tiene nada que ver con la monotonía. Entre los desconocidos, esa semejanza produce una especie de embriaguez y llena su corazón de una satisfacción incómoda. Aunque viniera cien veces, siempre vería a su alrededor el mismo estado de ánimo y la misma atmósfera, como si no hubiera ocurrido ningún cambio; pero ese estado de ánimo y esa atmósfera son la inagotable y resonante inmutabilidad de las olas del mar, que cambia continuamente de forma, pero mantiene intacto su ser esencial.
Y el bazar de los caldereros: como la armonía de muchas campanas de bronce golpeadas por martillos oscilantes. Esos martillos baten el cobre, el bronce y el latón, dando formas muy variadas a las láminas metálicas informes y transformándolas en cuencos, palanganas y grandes recipientes. Los golpes de martillo prosiguen con una seguridad asombrosa, elevando y bajando el ritmo, de un extremo al otro del bazar; al golpear, cada artesano sigue el compás de los demás, para que al oído nada suene discordante ni desafinado. Quizá cien artesanos manejen sus martillos sobre metales distintos, en tiendas diferentes, pero en todo el bazar se escucha una sola música, una sola melodía… En ese profundo deseo, casi social, de encontrar la armonía —algo más profundo que la mera música— se revela la dulzura secreta del alma de Irán.
Después, el mercado de las especias: callejuelas silenciosas, con ambos lados adornados de bloques blancos de azúcar cande, sacos de arroz, montones de almendras y pistachos, avellanas y pulpa de sandía, cestas llenas de orejones y jengibre, platos de bronce repletos de canela, cúrcuma, pimienta negra, azafrán y semillas de amapola, y numerosos recipientes llenos de hinojo, vainilla, comino, clavo y muchas otras hierbas y raíces, de cuyas especias emana un aroma intenso y embriagador. Los dueños de aquellas maravillas están sentados con las piernas cruzadas, como Buda, inclinados sobre relucientes balanzas de bronce, y de vez en cuando llaman en voz baja a los transeúntes y les preguntan qué desean. Aquí hablar significa emitir un murmullo, decir algo en un susurro, porque cuando se vierte lentamente el azúcar de la bolsa en la balanza nadie puede permitirse hacer ruido: mientras se pesa… tomillo o comino… nada más; esa capacidad de adaptar el ánimo a los instrumentos que tiene a mano, gracias a la cual los iraníes pueden tejer magníficas alfombras anudando hilos de lana de innumerables colores, un hilo tras otro, uniendo fracciones de pulgada con fracciones de pulgada, hasta que toda la alfombra cobra su plena y graciosa perfección. Que en el mundo no haya nada comparable a una alfombra iraní no es ninguna casualidad. ¿Dónde encontrarían, si no, este profundo silencio, esta meditación, esta inmersión en sí mismos al trabajar con sus propias manos? ¿Dónde encontrarían estos ojos, esta insondable profundidad ante la cual el tiempo y su transcurso resultan tan insignificantes?
Sentados en estantes provistos de nichos, más grandes que los estantes comunes, trabajan los pintores, dibujando pequeñas imágenes. Copian miniaturas de manuscritos que hace mucho tiempo fueron desgarrados y dispersados, dando forma a los grandes temas de la vida con líneas y colores tan sutiles como el aliento: escenas de guerra y de caza, imágenes de amor, felicidad y tristeza. Sus pinceles son finos y delicados como el sistema nervioso; con ellos hacen diminutas formas y puntos, aplicando la pintura a los dedos de su mano izquierda. Sobre las hojas nuevas, de una blancura impecable, las pinturas antiguas cobran nueva vida, pincelada tras pincelada, tono tras tono. Junto a las sucesivas capas del fondo dorado del original van apareciendo poco a poco las copias: un fondo luminoso. En un jardín real, los naranjos marchitos vuelven a florecer, cubiertos por el manto de una nueva primavera. Las esbeltas mujeres, vestidas de seda y lana, vuelven a cobrar vida con sus cautivadores movimientos; sobre el juego de polo de los antiguos guerreros vuelve a salir un nuevo sol… pincelada tras pincelada, tono tras tono… Los hombres silenciosos siguen el vigoroso esfuerzo creador de un artista muerto, y en ellos hay un amor semejante a la magia que había en aquel artista muerto; un amor que casi le hace a uno olvidar la imperfección de la copia…
El tiempo avanza; los pintores siguen trabajando con la cabeza inclinada, sin tener trato con el día. El tiempo avanza; las calles cercanas al sector occidental del mercado se internan lentamente, cada vez más, entre las tiendas; las lámparas de queroseno importadas de Chicago, las telas estampadas de Manchester y las teteras checoslovacas avanzan con aire de vencedoras; pero los pintores, sentados con las piernas cruzadas sobre sus gastadas esteras de paja, hacen entrar sus delicados ojos y las puntas de sus dedos en la suprema melodía dichosa de antaño, y dan nueva vida a sus cacerías reales y a sus amantes embelesados, día tras día…
En el mercado hay una multitud incontable; entre ellos se encuentran caballeros vestidos a la europea y, con frecuencia, con trajes europeos o semi europeos, cubiertos por una ‘abaya’ árabe que cuelga hasta el suelo sobre el traje; conservadores habitantes de la ciudad con largos ‘kaftanes’ y cintas de seda ceñidas a la cintura; y campesinos y artesanos con chaquetas azules o pardas. Verá a los nobles mendigos cantores, los derviches de Irán, con sus holgadas vestiduras blancas de largos faldones, a veces con una piel de leopardo sobre los hombros, el cabello ensortijado y una magnífica constitución en todos ellos. Las mujeres de la clase media, según sus posibilidades, llevan unas vestidos de seda y otras prendas de algodón. Pero el color de las ropas es siempre negro y sobre el rostro de cada una cuelga el tradicional y corto niqab de Teherán. Las pobres llevan chales de algodón de colores claros y estampados de flores. Los mulás de antaño se desplazan ceremoniosamente montados a lomos de asnos o mulas cubiertos con hermosas telas bordadas, y cuando ven a un desconocido le dirigen una mirada tan fanática que parece preguntarle: «¿Qué haces aquí? ¿Eres uno de los que trabajan para destruir nuestro país?»
La larga experiencia de conspiraciones occidentales que han sufrido los iraníes ha hecho de ellos un pueblo suspicaz. Ningún iraní espera realmente que los extranjeros puedan hacer algo bueno por su país. Pero tampoco parece que Ali Aga sea innecesariamente pesimista:
Irán ha envejecido, pero ciertamente aún no está preparado para morir. Hemos sido oprimidos una y otra vez. Muchas naciones han pasado sobre nosotros como un torrente, y todas han muerto; pero nosotros seguimos aquí. La razón es que los iraníes siempre seguimos nuestro propio camino. Cuántas veces el mundo exterior ha intentado imponernos nuevos modos de vida, y todas las veces ha fracasado. No nos enfrentamos a las potencias extranjeras con la fuerza, por lo que a veces puede parecer que nos hemos rendido ante ellas. Pero nosotros somos gente de la estirpe de los ‘Mabiyun’, esa pequeña criatura que vive bajo los muros. Usted, luz de mi corazón, seguramente ha visto alguna vez en Irán cómo, sin causa visible alguna, se derrumban de repente sólidos edificios de gruesos muros. ¿Cuál es la razón? Nada más que estas pequeñas hormigas que, durante años, con incansable esfuerzo, excavan caminos y cavidades en los cimientos del edificio; avanzan siempre una distancia del grosor de un cabello, lentamente, pacientemente, en todas direcciones. Al final, el muro de la casa pierde el equilibrio y se desploma estrepitosamente. Nosotros, los iraníes, somos esa clase de hormigas. No nos enfrentamos a ninguna potencia del mundo con una fuerza ruidosa y absurda. Más bien les permitimos cometer toda la injusticia y opresión que puedan, mientras nosotros seguimos excavando en silencio nuestros caminos y cavidades, hasta que un día su edificio se derrumba de repente.
¿Y acaso no ha visto qué ocurre cuando una piedra cae al agua? La piedra se hunde; sobre la superficie del agua aparecen varios círculos. Los círculos se extienden en todas direcciones y poco a poco se desvanecen. Al final, el agua vuelve a quedar tan inmóvil como lo estaba al principio.
El sha —que Alá le prolongue la vida— tiene que cargar con un grave peso, con los ingleses a un lado y los rusos al otro. Pero no tenemos ninguna duda de que, con la misericordia de Alá, encontrará el camino para salvar a Irán…
A primera vista, la firme confianza de Ali Aga en Reza Shah no parece estar depositada en alguien indigno de ella. De las personalidades dinámicas del mundo musulmán con las que he tenido ocasión de encontrarme, el Shah es sin duda una de las más destacadas, y entre los soberanos que conozco, solo Ibn Saud puede compararse con él.
La historia del ascenso al poder de Reza Shah parece un cuento de hadas, posible únicamente en Oriente, donde a veces el valor y la formidable fuerza de voluntad de un individuo pueden sacar a un hombre del anonimato y la oscuridad para llevarlo hasta la cumbre del liderazgo. Cuando tuve por primera vez la oportunidad de conocerlo, durante mi primera estancia en Irán, en los días de verano de 1924, era primer ministro y dictador indiscutido de Irán. Pero el pueblo aún no se había recuperado por completo del impacto que le había causado ver a aquel hombre asumir de manera tan repentina e inesperada el control de los asuntos del país. Todavía recuerdo cómo, un día, un anciano empleado iraní de la embajada alemana en Teherán me dijo con enorme asombro: «¿Sabe usted que no hace tanto tiempo, apenas diez años, nuestro actual primer ministro montaba guardia como un simple soldado en la puerta de esta embajada, y que yo mismo le entregaba de vez en cuando alguna carta para que la llevara al Ministerio de Asuntos Exteriores, mientras le gritaba: “¡Eh, hijo de perra, corre al bazar y no pierdas el tiempo en tonterías…!”»
Sí, no hace tantos años, cuando el policía de caballería Reza hacía guardia delante de las embajadas y los edificios gubernamentales de Teherán. Puedo imaginármelo de pie, apoyado en su rifle, con el grotesco uniforme de la brigada cosaca iraní, contemplando la actividad que se desarrollaba en las calles circundantes; ante sus ojos, los iraníes caminaban como en sueños o se sentaban junto a los canales de agua, al fresco de la tarde, tal como yo los he visto hacerlo. Y oía a sus espaldas el peculiar sonido de las máquinas de escribir del banco inglés, el bullicio de la gente ocupada, todo el murmullo de la agitación que la lejana Europa había llevado a aquel palacio de Teherán, cuya fachada estaba incrustada de fragmentos de azulejos azules. Quizá entonces, por primera vez —nadie me lo ha dicho, pero por alguna razón creo que así debió de ocurrir—, despertó en la mente iletrada del soldado Reza este pensamiento interrogativo, lleno de asombro: «¿Es inevitable que las cosas sean así?… Sí, ¿es inevitable que, mientras los hombres de otras naciones trabajan y se esfuerzan, nuestras vidas transcurran como un sueño?»
Y quizá en su mente comenzara a brillar el deseo de cambio de aquel momento —el deseo que da origen a todas las grandes obras, descubrimientos y revoluciones—, buscando en silencio una forma de expresarse….
En otras ocasiones quizá permaneciera de guardia ante el jardín de la puerta exterior de alguna gran embajada europea. Los árboles cuidadosamente cultivados se mecían al viento y los senderos cubiertos de grava crujían bajo los pasos de los iraníes que salían por la puerta entre sirvientes vestidos de blanco; todos ellos estaban asustados y, conscientes de sí mismos, se veían obligados a estirar y arreglar sus chaquetas y ropas, mientras sus manos se volvían torpes y desordenadas. A veces llegaban elegantes carruajes tirados por caballos de extraordinaria belleza, de cuyo interior descendían los políticos iraníes. El soldado Reza reconocía a muchos de ellos: este era el ministro de Asuntos Exteriores, aquel era el ministro de Hacienda. Cuando entraban por aquella puerta, siempre llevaban en el rostro una expresión de excitación y ansiedad; y cuando salían de la embajada, sus rostros estaban muy radiantes, como si sobre ellos hubiera descendido un enorme favor; a veces, en cambio, se los veía abatidos y sombríos, como si acabaran de ser condenados a muerte. Eran aquellos misteriosos hombres del interior del palacio quienes habían dictado la sentencia. El soldado Reza se preguntaba, maravillado: «¿Es inevitable que las cosas sean así…?»
A veces sucedía que un empleado iraní salía corriendo del edificio de oficinas que Reza vigilaba, le metía una carta en la mano y le decía: «Lleva esto inmediatamente a fulano. ¡Hijo de perra, corre, o el embajador se enfadará!». Reza estaba acostumbrado a ese tipo de apelativos, porque sus propios oficiales tampoco eran poco hábiles en el uso de los calificativos. Sin embargo, quizá —¿cómo podría asegurarlo?—, casi con certeza aquellas palabras, «hijo de perra», lo atravesaban como un cuchillo, llenándolo de humillación, porque sabía que no era hijo de una perra; era hijo de una gran nación, una nación que reconocía como propios nombres como Rostam, Darío, Nausherwan, Kaykhusrau, Shah Abbas y Nader Shah. Pero ¿qué sabían de eso quienes vivían dentro de aquel palacio? Las fuerzas que fluían por el pecho de un soldado de cuarenta años como una corriente oscura y silenciosa, y que a veces, bajo su presión, parecían querer romper la jaula de sus costillas, obligándolo, en su impotencia desesperada, a morderse las manos: «¡Oh, si tan solo pudiera…!»
Y el deseo de afirmación propia que habita, acompañado de llanto, en el corazón de todo iraní despertaba a veces en el pecho del soldado Reza con una intensidad dolorosa, inesperada y tremenda, y volvía lúcida su mente; entonces, de repente, veía un patrón asombroso en todo cuanto se presentaba ante sus ojos….
La Gran Guerra había terminado. Después de la Revolución bolchevique, las tropas rusas se retiraron de la región septentrional de Irán que habían ocupado anteriormente. Pero poco después los comunistas se rebelaron en la provincia iraní de Guilán, a orillas del mar Caspio, bajo el liderazgo del poderoso Kuchuk Khan y con el apoyo de las fuerzas terrestres y navales regulares rusas. El gobierno envió tropas contra los rebeldes, pero los soldados iraníes carecían de disciplina y disponían de muy pocas armas, por lo que sufrían derrota tras derrota. El batallón en el que combatía el sargento Reza —que tendría unos cincuenta años— corrió la misma suerte. Pero una vez, cuando su unidad se disponía a huir después de un ataque desafortunado, Reza no pudo contenerse. Salió de entre su grupo deshecho, se colocó a un lado y gritó para que todos pudieran oírlo: «¿Por qué huís, iraníes? ¡Escuchad, iraníes! ¿Por qué huís?». Sin duda debió de sentir, en lo más profundo de su conciencia, algo semejante a lo que sintió Carlos XII de Suecia cuando, herido en el campo de batalla de Poltava, vio a sus soldados correr junto a él, sordos, sin rumbo, y los llamó a gritos con voz desesperada: «¿Por qué huís, suecos? ¡Oh, suecos!». Pero había una diferencia: el rey Carlos estaba cubierto de heridas y la sangre le brotaba de todo el cuerpo. El soldado Reza, en cambio, estaba ileso; llevaba en la mano una pistola Mauser cargada, y su voz era firme y aterradora cuando advirtió a sus compañeros: «A cualquiera que huya, lo mataré a tiros, aunque sea mi propio hermano».
Para los soldados iraníes, semejante explosión era algo nuevo. Su desconcierto se disipó y dio paso al asombro. Se volvieron curiosos y preguntaron: «¿Qué alberga la mente de este hombre?». Algunos oficiales protestaron y dijeron que su situación era completamente desesperada, y uno de ellos se burló: «¡Entonces “tú” nos traerás la victoria!». En aquel momento, quizá Reza se liberó de todas las frustraciones de los años anteriores de su vida, y quizá todas sus esperanzas silenciosas se encendieron de repente. Vio ante sí el extremo de una cuerda mágica y lo agarró con fuerza. «Sí, asumiré la responsabilidad», gritó, y volviéndose hacia los soldados les dijo: «¿Me aceptaréis como vuestro líder?»
En ninguna nación está tan profundamente arraigada la mentalidad de venerar a los héroes como entre los iraníes; y en aquel momento este hombre les pareció un héroe. Los soldados olvidaron su pánico y su huida, y rugieron jubilosos: «Tú serás nuestro líder». «Así sea», dijo Reza. «Yo os conduciré, y mataré a cualquiera que intente huir». Pero nadie pensó en huir. Arrojaron sus pesadas mochilas y colocaron las bayonetas en sus fusiles. Luego, bajo el liderazgo de Reza, todo el batallón se volvió de nuevo y atacó por sorpresa, apoderándose de una posición rusa; con la ayuda de otras unidades iraníes, aplastó al enemigo, y en pocas horas la batalla quedó decidida a favor de los iraníes.
Unos días después, un telegrama enviado desde Teherán ascendió a Reza al rango de capitán. Ahora podía añadir a su nombre el título de «Kan».
Agarrado al extremo de la cuerda, saltó y montó sobre ella. De pronto su nombre se hizo famoso. Ascendió con extraordinaria rapidez, sucesivamente, al rango de mayor, de mayor a coronel y de coronel a brigadier. En 1921 tomó el poder junto con el joven periodista Ziauddin y otros tres oficiales, arrestó a los miembros del gabinete corrupto y, con la ayuda de su brigada leal, obligó al débil e insignificante joven Shah Ahmad a formar un nuevo gabinete: Ziauddin se convirtió en primer ministro y Reza Khan en ministro de Guerra. No sabía leer ni escribir, pero en su empeño por conquistar el poder era como un demonio, y se convirtió para su ejército y su pueblo en objeto de ilimitado respeto y devoción; después de muchos siglos, veían por primera vez ante sí a un hombre: ¡un líder!
La escena cambió rápidamente en la historia política de Irán. Ziauddin desapareció del escenario y reapareció en Europa, en el exilio. Reza Khan permaneció como primer ministro. En aquellos días circulaban rumores en Teherán: Reza Khan, Ziauddin y el hermano menor del Shah, el príncipe heredero, conspiraban juntos para destronar al Shah; corrían susurros, y hasta hoy nadie sabe si eran ciertos. En el último momento, en un esfuerzo tan incierto, Reza Khan había revelado al Shah las palabras de sus amigos para evitar que su propio futuro quedara en peligro. Pero, fuera verdad o mentira, poco después el primer ministro Reza Khan acompañó al joven Shah Ahmad, con gran pompa, hasta la frontera iraquí en un viaje de placer, y se dice que le dijo al Shah: «Majestad, si alguna vez regresa a Irán, podrá decir que Reza Khan no entiende nada de este mundo».
No necesitaba compartir el poder con nadie; aunque no de nombre, en la práctica se convirtió en el soberano absoluto de Irán. Se lanzó al trabajo como un lobo hambriento. Había que reformar todo Irán de arriba abajo. Hasta entonces, el laxo sistema administrativo había sido centralizado; abolió la antigua práctica de arrendar cada provincia al mejor postor; los gobernadores dejaron de ser gobernantes provinciales y pasaron a ser funcionarios. El ejército, criatura mimada del dictador, fue reorganizado según el modelo occidental. Reza Khan inició campañas contra los jefes tribales rebeldes que antes se consideraban pequeños reyes y a menudo se negaban a obedecer al Gobierno de Teherán; sometió severamente a los bandidos que durante siglos habían sembrado el terror en las zonas rurales; con la ayuda de un asesor estadounidense, devolvió cierto orden a las finanzas del país; los impuestos y aranceles comenzaron a recaudarse con regularidad. Se eliminó el desorden y se instauró el orden.
Parecía que la idea de una república había despertado en Irán como un eco del movimiento de Mustafa Kemal en Turquía: primero, como un rumor; después, como una exigencia de los sectores más progresistas del pueblo; y finalmente, como el objetivo declarado del propio dictador. Pero parece que aquí Reza Khan cometió un error de juicio: del pueblo iraní surgió un clamor firme de protesta.
La razón de la oposición popular a la tendencia republicana no era que amaran a la familia real gobernante, pues nadie en Irán sentía apego alguno por la dinastía Qajar. Como esta familia era turcomana de sangre, siempre se la había considerado extranjera; tampoco se debía a que sintieran una predilección afectiva por el rostro regordete e infantil de Shah Ahmad. La razón era completamente distinta: en el fondo estaba el temor del pueblo a perder su propia religión, tal como los turcos habían perdido la suya después de la revolución de Atatürk. Por ignorancia, los iraníes no comprendían entonces que un sistema estatal de tipo republicano guardaba mucha mayor semejanza con el modo de vida del islam que un Estado monárquico. Guiados por el conservadurismo de sus líderes religiosos —y quizá razonablemente aterrados por la abierta admiración de Reza Khan hacia Kemal Atatürk—, los iraníes solo veían en la propuesta un peligro para el islam, la fuerza más influyente de su país.
Una agitación terrible se apoderó de los habitantes de la ciudad, especialmente de los que vivían en Teherán. Una turba desenfrenada, armada con palos y piedras, se congregó frente al edificio de oficinas de Reza Khan, maldiciendo y comenzando a amenazar al hombre que apenas el día anterior había sido casi divinizado. Los guardaespaldas de Reza Khan le insistieron en que no saliera antes de que cesara aquella agitación. Pero, apartándolos de un empujón, salió del recinto de las oficinas completamente desarmado, acompañado únicamente por un ordenanza; tomó las riendas de los caballos de un carruaje cubierto y los hizo detenerse. Algunos rompieron las puertas del carruaje y comenzaron a gritar: «¡Sacadlo de ahí! ¡Arrastradlo a la calle!». Pero entretanto él empezó a golpear con el látigo la cabeza y los hombros de quienes estaban a su alrededor: «¡Hijos de perra, largaos, largaos de aquí! ¡Cómo os atrevéis! ¡Yo soy Reza Khan! ¡Volved con vuestras madres, volved a vuestras camas!». Y la turba desenfrenada que apenas unos minutos antes lo amenazaba retrocedió, se dispersó uno tras otro y desapareció por los callejones. Un gran líder había vuelto a hablarle a su nación; había hablado con ira, y con eso los había doblegado. Es posible que, en aquel instante, atravesando el amor que Reza Khan sentía por su nación, naciera un sentimiento de odio y desprecio, y que por ello su amor por sus compatriotas quedara para siempre ensombrecido.
Pero, pese al glorioso éxito de Reza Khan, la república nunca llegó a hacerse realidad. El fracaso total de aquel plan dejó claro que, frente a la resistencia popular, la fuerza militar por sí sola podía crear un «movimiento reformista». No es que los iraníes se opusieran a toda reforma. Pero habían comprendido instintivamente que el resultado de importar doctrinas políticas occidentales sería el fin de toda esperanza de lograr algún día un desarrollo saludable dentro de su propio marco cultural y religioso.
Ni entonces ni más tarde comprendió Reza Khan lo que estaba ocurriendo, y como consecuencia perdió el contacto con el pueblo de su país. El amor que le profesaban se desvaneció y, poco a poco, su lugar fue ocupado por un odio y un resentimiento terribles. Comenzaron a preguntarse: ¿qué había hecho realmente aquel gran héroe por su nación? Enumeraban uno por uno los logros de Reza Khan: ¿la reorganización del ejército? Pero había tenido que pagarse un precio terrible: imponer una carga fiscal aplastante sobre una nación ya moribunda. ¿La represión de las rebeliones tribales? Pero junto con ellas también había sido reprimido el sector patriótico. En Teherán se llevaban a cabo actividades de construcción destinadas a impresionar; pero en las zonas rurales la miseria y la pobreza del campesinado no dejaban de aumentar. La gente empezó a recordar que apenas unos años antes Reza Khan había sido un soldado pobre, pero que ahora era el hombre más rico de Irán y que nadie sabía cuántas hectáreas de tierra poseía a su propio nombre. ¿Eran estas las reformas de las que tanto se había alardeado? ¿Acaso los pocos relucientes edificios de oficinas construidos en Teherán bajo la influencia del dictador y los lujosos hoteles levantados aquí y allá constituían alguna prueba de la mejora de la suerte del pueblo?
Fue precisamente en esta etapa de su vida cuando conocí a Reza Khan. Por mucho que circularan rumores sobre sus ambiciones personales y las acusaciones de egoísmo que se le hacían, cuando me recibió en su despacho del Ministerio de la Guerra no dejé de percibir la grandeza de aquel hombre. Quizá aquel fuera el despacho más sencillo que jamás hubiera utilizado un primer ministro: en la habitación no había más que un escritorio, un sofá cubierto de hule negro, un par de sillas, una pequeña estantería y una alfombra brillante aunque barata extendida en el suelo. Y el hombre de edad comprendida entre los cincuenta y los sesenta años, alto y corpulento, que se levantó lentamente detrás del escritorio, vestía un sencillo uniforme caqui, sin medallas, cintas ni insignias que indicaran su rango.
Me presentó el conde von der Schulenburg, embajador alemán (pues yo era austríaco y representante de un famoso periódico alemán). Ya durante aquella primera conversación formal fui consciente del solemne dinamismo del carácter de Reza Khan. Desde debajo de sus espesas cejas grises y erizadas, un par de agudos ojos castaños me miraban: ojos auténticamente persas, que por lo general permanecían ocultos bajo los párpados; ¡una extraña mezcla de melancolía y firmeza! En las profundas líneas alrededor de la nariz y la boca se expresaba la amargura, pero sobre su rostro de huesos gruesos se manifestaba una extraordinaria fuerza de voluntad, que mantenía sus labios apretados y endurecía su mandíbula. Mientras escuchaba atentamente su conversación, pronunciada en una voz baja y con una hermosa dicción —la voz de un hombre acostumbrado a decir cosas importantes y a sopesar cada palabra en la lengua antes de permitir que se convirtiera en sonido—, uno habría creído estar hablando con un hombre que llevaba a sus espaldas treinta años de vida como oficial de Estado Mayor y alto mando militar; y habría resultado difícil creer que apenas seis años antes Reza Khan había sido sargento y que solo tres años antes había aprendido a leer y escribir.
También debió de percibir mi interés por visitarlo y quizá mi afecto por su nación. Por eso insistió casi suplicando en que la entrevista no terminara y nos pidió tanto a Schulenburg como a mí que la semana siguiente fuéramos a tomar el té con él en su residencia de verano, en los hermosos jardines de Shemran, a unos cuantos kilómetros de Teherán.
Acordé con Schulenburg que primero iría a su casa (como la mayoría de los enviados extranjeros, él también pasaba el verano en Shemran) y que los dos iríamos juntos a la residencia del primer ministro. Pero, en la práctica, no logré llegar a tiempo. Unos días antes había comprado un pequeño carruaje de cuatro ruedas con dos caballos de raza para salir de caza. El temperamento de aquellos caballos se reveló plenamente a unos cuantos kilómetros de Teherán, cuando, por algún perverso capricho, se encabritaron y se plantaron de tal manera que no querían avanzar en absoluto, sino que insistían en regresar a casa. Luché con ellos durante casi veinte minutos. Finalmente le dije a Ibrahim que llevara de vuelta a casa los caballos y el carruaje, y partí a pie en busca de algún otro medio de transporte. Después de caminar dos millas llegué a una aldea; allí, por fortuna, encontré un droshki, un carruaje abierto de cuatro ruedas y bajo. Pero cuando llegué a la legación alemana llevaba casi una hora y media de retraso respecto de la hora acordada. Vi a Schulenburg paseándose de un lado a otro como un tigre enfurecido; la habitual amabilidad había desaparecido por completo de su rostro. Para él, embajador prusiano y hombre disciplinado, no respetar la hora fijada no era menos que una profanación. En cuanto me vio, estalló de ira: «¡No puedes hacer esto, no puedes hacerle esto a un primer ministro! ¡Has olvidado que Reza Khan es un dictador y que, como todos los dictadores, es extremadamente susceptible!»
—«Conde Schulenberg, parece que mis caballos no vieron este punto sutil». —No encontré otra respuesta: «Ni aunque fuera el emperador de China habría podido llegar antes».
El sentido del humor del conde volvió, y estalló en una gran carcajada:
—«¡Por Alá! Algo así nunca me había ocurrido en la vida. Vámonos, pues, antes de que el soldado de infantería de guardia nos cierre la puerta en las narices…».
No lo hizo. Mucho antes de que llegáramos al palacio de Reza Khan, la reunión del té ya había terminado y los demás invitados se habían marchado. Pero Reza Khan no se sintió en absoluto ofendido por haber quebrantado el protocolo. Al enterarse de la razón de nuestro retraso, exclamó en voz alta:
—«¡Excelente! Ahora quiero ver tus caballos. Supongo que deben de pertenecer al partido de la oposición. ¡No sé si sería prudente dejarlos bajo custodia policial!»
Mi llegada a aquella hora inoportuna, lejos de obstaculizar el establecimiento de una relación sencilla e informal entre el primer ministro, dueño de todo el poder en Irán, y un joven periodista, resultó ser una ayuda. Gracias a ello, más tarde pude viajar libremente por todo el país, con una libertad que no se concedía a la mayoría de los extranjeros.
Pero la carta de Ali Agha no menciona en absoluto al Reza Khan de aquellos primeros días, que llevaba una vida tan sencilla que resultaba casi increíble para los iraníes amantes de la ostentación; la carta habla de Reza Shah Pahlavi, quien en 1925 ascendió al Trono del Pavo Real. Habla del rey que había arrojado de sí toda apariencia de humildad y modestia y que ahora quería, imitando a Kemal Atatürk, forjar en su antiguo país oriental un rostro occidental pomposo y arrogante…
Ahora llego a las palabras finales de la carta:
—«Querido amigo, aunque ahora se encuentra en la santa Madinat an-Nabi, creo que no ha olvidado, ni olvidará jamás, a este indigno amigo suyo y a su país».
Oh, Ali Aga, amigo de los días de mi juventud —«luz de mi corazón»; quizá usted mismo lo habría expresado así—, su carta, su carta, me ha embriagado de recuerdos; porque me había embriagado de Persia cuando empecé a conocer su país, esa antigua joya apagada, engastada en oro de épocas remotas, mármol agrietado, polvo y sombras, en el claroscuro de todos los días y noches de su país melancólico, en la sombra de los grandes ojos negros y soñadores de su pueblo…
Recuerdo Kermanshah, la primera ciudad iraní que vi después de dejar atrás las montañas del Kurdistán. Una atmósfera extraña, apagada y opaca envuelve la ciudad, como si estuviera cubierta, abatida —por no decir ruinosa y desordenada—. No cabe duda de que en todas las ciudades de Oriente la pobreza se encuentra a la vista, cerca de la superficie. Aquí resulta mucho más visible que en cualquier ciudad europea. Pero ya estaba acostumbrado a ella. Lo que se manifestaba ante mí con tanta intensidad no era exactamente pobreza en el sentido económico; pues se dice que Kermanshah es una ciudad próspera. Era, más bien, una especie de desesperanza que los envolvía directamente y que parecía no tener relación alguna con su situación económica.
Todos los habitantes de aquí tienen los ojos grandes y negros. Esos ojos, velados como por una cortina bajo las pesadas pestañas, están enmarcados por gruesas cejas negras que se unen sobre el puente de la nariz. La mayoría son delgados —no recuerdo haber visto a una persona gorda en Irán—. Nunca ríen a carcajadas, y en su sonrisa silenciosa hay una vaga expresión irónica que revela mucho más de lo que oculta. En sus rostros no hay movimiento alguno, ni intento de hablar mediante expresiones o gestos; solo movimientos y ademanes silenciosos y mesurados: parece que todos llevan una máscara.
Como en todas las ciudades de Oriente, el centro de la vida urbana aquí es el bazar. Para un desconocido, el bazar se presenta como una mezcla suavizada de marrón, marrón dorado y rojo alfombra, con platos y cuencos de cobre relucientes esparcidos aquí y allá, y quizá el color de la porcelana celeste pintada sobre las puertas de las posadas de caravanas, decorada con la imagen de guerreros de ojos negros y dragones alados. Si se mira con un poco más de atención, se descubren en el bazar todos los colores del mundo; pero ninguno de esos colores variopintos lo atrae todo hacia sí. Las bóvedas arqueadas del techo están perforadas a intervalos regulares para que la luz del día pueda entrar por pequeñas aberturas. A través de esos agujeros se condensa y aparece como columnas oblicuas de luz opaca; no parece que la gente camine a través de ellas, sino que son esas columnas luminosas las que avanzan entre los hombres-sombra…
Porque la gente de este bazar es cortés y silenciosa como las sombras. Si algún comerciante llama a un transeúnte en voz baja, nadie grita ni canta las alabanzas de sus mercancías, como se hace en los bazares árabes. Aquí el paso de la vida es silencioso, suave. La gente no avanza dando codazos ni empujando a los demás. Son muy corteses, y su cortesía es tal que parece inclinarse humildemente hacia usted; pero, en realidad, lo mantiene a un brazo de distancia. Es evidente que son personas muy astutas y que no tienen reparo en hablar con un desconocido; pero solo hablan sus labios. Su corazón permanece en otro lugar, al fondo, apartado; permanece allí de pie, esperando, sopesando con indiferencia…
En la casa de té están sentados sobre esteras de paja algunos hombres de la clase trabajadora —quizá artesanos, jornaleros, conductores de camellos o caballos de las caravanas, conductores de asnos—, todos apiñados alrededor de una sartén de hierro llena de brasas ardientes. Les ofrecen dos largas pipas, con sus cazoletas de porcelana; el aire del local está impregnado del dulce aroma del opio. Sin pronunciar palabra, fuman en silencio y, después de cada larga calada, pasan la pipa al hombre que tienen al lado; y fue entonces cuando vi algo que nunca había visto antes. Muchísima gente fumaba opio, algunos abiertamente y otros con algo menos de ostentación; el tendero permanecía sentado en su tienda semejante a un agujero; bajo la entrada abovedada de la posada se sentaba algún vagabundo holgazán; el calderero disfrutaba de un breve descanso en su taller. Todos fumaban ahora de sus pipas. Con rostros igualmente apáticos, algo cansados, miraban con ojos apagados hacia un vacío ilimitado y sin apoyo…
Los vendedores ofrecen por todo el bazar semillas frescas de adormidera verde en grandes cestas, y la gente aparentemente las come del mismo modo. Esta es otra forma más suave de consumir opio. En efecto, hasta los muchachos, apostados o sentados de puerta en puerta y en cada esquina, comen semillas de adormidera. Se reparten entre dos o tres aquel divertido manjar, con la tolerancia de los adultos hacia los demás, sin mostrar un egoísmo infantil, ni tampoco alegría o entusiasmo infantiles. Pero ¿cómo podrían ser distintos de eso? Desde el comienzo mismo de sus vidas, cuando lloraban y molestaban a sus padres, les daban de beber una fuerte infusión hecha de semillas de adormidera. Cuando crecían y empezaban a correr por las calles, los límites entre la calma, la debilidad y la compasión ya se habían vuelto indistintos en ellos.
Y entonces comprendí qué era aquello que me había perturbado tan profundamente cuando vi por primera vez los cansados y tristes ojos de los iraníes. Percibí en ellos la señal de un destino lamentable, como la sonrisa dolorosa que se adhiere al rostro de un hombre oprimido; del mismo modo, el opio estaba ligado a ellos: ligado a su humildad, al cansancio de sus corazones e incluso a su extrema pobreza y noble frugalidad. Tal vez no me pareció tanto un pecado como una expresión y, quizá, incluso una ayuda. ¿Una ayuda contra qué? Un mundo asombroso de preguntas.
Mi mente había vagado durante todo ese tiempo entre los recuerdos y las imágenes de Kermán, la primera ciudad iraní que conocí. Porque aquellas imágenes eran diversas, aunque siempre se presentaban ante mí esencialmente inmutables. Desde el principio hasta el final del año y medio que pasé en Irán, una tristeza suave y omnipresente caracterizó todos los lugares. En aldeas y ciudades, en las labores cotidianas de la gente y entre sus diversas creencias religiosas, se veía un tono intenso de dolor y luto: el llanto por las tragedias ocurridas mil trescientos años atrás, y el duelo por la muerte del silencioso yerno Alí y de sus dos hijos, Hasán y Husein, les parecía más importante que cuál era el objetivo del islam y por qué senda quería el islam conducir la vida humana…
Muchas tardes, en muchas ciudades, vi grupos de mujeres y hombres reunidos en alguna calle alrededor de un derviche viajero, un santo religioso vestido de blanco, con una piel de leopardo sobre la espalda, un hacha de mango largo en la mano derecha y un cuenco de limosnas hecho de una cáscara de coco en la izquierda. Recitaba, mitad cantando y mitad hablando, una epopeya sobre la lucha por el califato que comenzó en el siglo VII después del fallecimiento del Rasulullah: una historia lúgubre de fe, sangre y muerte, cuya forma era siempre más o menos la siguiente:
Escuchad, gentes, escuchad la historia de lo que les ocurrió a aquellos a quienes Alá había elegido y de cómo la sangre de la familia del Profeta fue derramada sobre la tierra:
Hubo una vez un Profeta a quien Alá comparó con una ciudad del conocimiento, y la puerta de aquella ciudad del conocimiento era el más fiel y grandioso de los héroes entre sus seguidores: su yerno Alí, la luz de la tierra, partícipe del mensaje del Profeta, a quien llamaban «el León de Alá».
Cuando el Profeta falleció, el León de Alá era su verdadero heredero, pero unos hombres malvados usurparon el derecho de aquel león, otorgado por Alá, y nombraron califa del Profeta a otro; y, después de la muerte del primer usurpador ilegítimo, otro de naturaleza igualmente malvada se convirtió en su sucesor, y después otro más.
Y solo después de la destrucción de este tercer usurpador se manifestó la voluntad de Alá, y el León de Alá ocupó su legítimo lugar como Amir al-Mu’minin.
Pero eran muchos Alí y los enemigos de Alá, y un día, cuando se postró en la oración ante su Señor, fue asesinado por el golpe de la espada de un homicida. Ante aquel terrible acto de pecado, la tierra tembló de dolor, y las montañas lloraron y derramaron lágrimas de pedrisco:
¡Oh, Allah, que tu maldición caiga sobre los injustos y que un castigo eterno los devore!
Entonces apareció otro tirano impío que privó a Hasan y Husayn, los hijos de Ali, el León de Dios, y los dos hijos de la venerable Fátima, de su legítima herencia del trono del Profeta. Hasan fue asesinado tras ser envenenado mediante una conspiración, y cuando Husayn se alzó en defensa de la religión, la lámpara de su hermosísima vida fue apagada en la llanura de Karbala, cuando, después de la batalla, se arrodilló junto a un estanque para calmar su sed. ¡Oh, que la maldición de Allah caiga sobre los impíos! Aquel a cuyos labios habían besado alguna vez las lágrimas de los ángeles y que había sido besado por el Mensajero de Allah fue cruelmente despedazado, y su cuerpo decapitado fue llevado ante sus hijos llorosos, que esperaban el regreso de su padre.
Y desde entonces los creyentes han invocado la maldición de Allah sobre los tiranos y han seguido lamentando la muerte de Ali, Hasan y Husayn. Y vosotros, creyentes, llorad en voz alta por sus muertes, porque Allah perdona los pecados de quienes lloran por los descendientes del Profeta…
Y así, la historia cantada provoca un llanto desgarrador entre las mujeres que la escuchan, mientras las lágrimas corren silenciosamente por los rostros de los hombres con bigotes y barbas…
En realidad, este duelo exagerado no tiene ninguna relación con la verdadera imagen histórica de los acontecimientos que, al principio, crearon la herida que nunca ha cicatrizado en el mundo islámico. ¿Cuál es esa herida? La comunidad musulmana está dividida en dos escuelas: suníes y chiíes. Los suníes, que constituyen la mayoría de las naciones musulmanas, se mantienen firmes en el principio de la elección para el cargo de califa; los chiíes sostienen que el Mensajero de Allah designó a su yerno, la venerable Ali, como su legítimo heredero y califa. Pero, en realidad, el Mensajero de Allah murió sin designar a ningún califa, por lo que la gran mayoría de la umma musulmana eligió como «califa» a su compañero más anciano y fiel, la venerable Abu Bakr. Después de Abu Bakr, Umar se convirtió en califa, y después de Umar, Uthman. Solo después de la muerte de Uthman fue elegido califa Ali. Durante aquellos días que pasé en Irán, tampoco encontré nada malo ni censurable que decir sobre los tres califas anteriores a Ali. Sin duda, fueron los hombres más grandes del islam después del Mensajero de Allah y durante muchos años fueron sus compañeros más cercanos. La umma musulmana los había elegido ejerciendo libremente el derecho que el islam había otorgado a las personas. No fueron usurpadores. La lucha posterior por el poder no comenzó porque esos tres califas hubieran tomado el poder, sino porque Ali y sus seguidores no estuvieron dispuestos a aceptar de todo corazón el resultado de aquellas elecciones populares; Ali fue asesinado y, bajo el liderazgo del quinto califa, Muawiya, el Estado islámico, originalmente de tipo republicano, se transformó en una monarquía hereditaria; su desenlace final tuvo lugar con el martirio de Husayn en el campo de Karbala.
Sí, ya sabía todo esto antes de llegar a Irán, pero me sorprendía que, al pronunciar los nombres de Ali, Hasan y Husayn, la antigua y trágica historia de hacía mil trescientos años todavía suscitara entre los iraníes una emoción inconmensurable. Con asombro me preguntaba: ¿se debe la manera en que abrazan como propia la doctrina chií a la tristeza innata de los iraníes y a su sentido de lo dramático? ¿O fue precisamente el carácter trágico presente en el origen de la doctrina chií lo que dio nacimiento a esta profunda tristeza de los iraníes?
Poco a poco, a lo largo de varios meses, una respuesta sorprendente fue tomando forma clara en mi mente.
Mucho antes de que, a mediados del siglo VII, los ejércitos de Umar conquistaran el antiguo Imperio sasánida llevando consigo el ideal de vida islámico, la doctrina zoroástrica de Irán se había convertido en un ritualismo rígido y estéril; por eso no pudo oponerse eficazmente a la impetuosa oleada de nuevas ideas que llegó de Arabia. Pero, en el momento en que la conquista árabe irrumpió en el corazón de Irán, el país atravesaba una época de agitación social e intelectual, en la que se vislumbraba la promesa de un renacimiento nacional. Como consecuencia de las campañas árabes, esa esperanza de un renacimiento psicológico y organizativo quedó hecha añicos, y desde entonces los iraníes dejaron de adaptar su propio concepto de desarrollo a sí mismos.
Al igual que en muchos otros países, la aparición del islam en Irán fue un signo de un extraordinario progreso social. Bajo su impacto, el sistema tradicional de castas de Irán se hizo añicos. En su lugar, el islam dio origen a esta nueva comunidad de seres humanos libres e iguales. A las fuerzas culturales que durante largo tiempo habían permanecido latentes e inexpresadas, el islam les abrió nuevos canales de expresión. Sin embargo, los orgullosos descendientes de Darío y Jerjes nunca pudieron olvidar que la continuidad histórica de su vida nacional, el vínculo fundamental entre su ayer y su presente, se había roto de repente. La misma nación que había encontrado su carácter nacional más íntimo en el extraño dualismo de la religión zoroástrica y en el culto casi panteísta de los cuatro elementos —agua, fuego, tierra y aire— se vio entonces frente al tawhid estricto e intransigente del islam y a su pasión por la verdad absoluta. Para los iraníes, someter su profunda conciencia nacional a la idea de que el islam trascendía la conciencia nacional fue una transición excesivamente repentina y dolorosa. Aunque adoptaron esta nueva religión con gran rapidez y, aparentemente, de buen grado, en lo más profundo de su subconsciente comenzaron a considerar la victoria de los ideales islámicos como una derrota de Irán en cuanto nación; y la conciencia de que habían sido derrotados y arrancados para siempre del trasfondo de su antigua herencia cultural —una conciencia profundamente arraigada pese a toda su vaguedad— se convirtió, en los siglos posteriores, en la causa de la destrucción de su confianza nacional. Para muchas otras naciones, el efecto inmediato de abrazar el islam fue un estímulo sumamente positivo para el desarrollo cultural. Pero en el caso de los iraníes, su primera reacción —y, en cierto sentido, puede decirse que la más duradera— fue un profundo sentimiento de humillación y un resentimiento reprimido.
Tuvieron que ocultar y sepultar este resentimiento en los pliegues del subconsciente, porque para entonces el islam se había convertido en la religión propia de Irán. Pero, impulsados por su odio a la conquista árabe, los iraníes recurrieron instintivamente a lo que la psicología describe como «compensación excesiva»: comenzaron a pensar que la religión que sus conquistadores árabes les habían llevado era exclusivamente la religión propia de los árabes. Con este fin, dieron a la comprensión de Dios, racional y desprovista de misterios místicos, de los árabes una forma completamente opuesta: misticismo dogmático y una emotividad melancólica. La religión que para los árabes era presente, real y fuente de estabilidad y libertad asumió en la mente de los iraníes la forma de lo sobrenatural y de una angustia oculta expresada mediante símbolos. El principio islámico de que Dios está por encima de todas las cosas y de que Su grandeza, que trasciende todas las cosas, está más allá de la comprensión humana, fue transformado en la doctrina mística de que Dios se manifiesta corporalmente a través de seres humanos especialmente elegidos (en el Irán preislámico existían muchas doctrinas de este tipo). Según esta doctrina, Dios se revela a través de personas elegidas con el propósito de que estas transmitan la esencia de esta verdad divina a sus descendientes. Allí donde existía semejante tendencia, el apoyo al chiismo se adoptó como una vía sumamente aceptable. Pues no cabe duda de que en la veneración con que los chiitas honran a Alí y a sus descendientes, llegando casi a deificarlos, se ocultaba la semilla de la idea de que Dios se encarnaba en forma humana y descendía repetidamente de manera ininterrumpida; y esta es precisamente una idea completamente desconocida para el islam, pero muy íntima al corazón iraní.
No es accidental que el profeta Mahoma muriera sin designar a nadie como su sucesor; incluso cuando, poco antes de su muerte, se le aconsejó que designara a alguien, se negó a hacerlo. Con su actitud quiso dejar claro, en primer lugar, que el aspecto espiritual de la profecía no es algo que pueda heredarse; y, en segundo lugar, que el futuro liderazgo de la umma sería resultado de una elección libre por parte del pueblo y no de una instrucción del Profeta. (Si hubiera designado un sucesor, naturalmente se habría entendido eso.) De este modo, rechazó deliberadamente la idea de que el liderazgo de la umma pudiera ser algo distinto de lo secular o pudiera asemejarse a un nombramiento del sucesor del Mensajero por inspiración divina. Sin embargo, ese es precisamente el objetivo fundamental de las doctrinas chiitas. Adoptando una perspectiva completamente contraria a las enseñanzas esenciales del islam, esta doctrina no solo insistió en la sucesión del Mensajero, sino que reservó también para la «familia del Profeta» el derecho exclusivo a sucederlo: es decir, únicamente Alí, su primo y yerno, y sus hijos y descendientes podrían sucederlo.
Esto armoniza plenamente con la inclinación mística de los iraníes. Pero cuando los iraníes se unieron con extraordinario entusiasmo a quienes afirmaban que la esencia espiritual del Mensajero de Dios seguía viva en Alí y en sus descendientes posteriores, no solo satisfacían un deseo místico; detrás de su decisión operaba también otro propósito subconsciente. Si Alí había sido el heredero legítimo y sucesor del Mensajero de Dios, entonces los otros tres califas habían usurpado sin duda el poder injustamente, y entre ellos estaba Umar, el mismo Umar que había conquistado Irán. Ahora era posible interpretar en términos religiosos el odio nacional contra el conquistador que había vencido al Imperio sasánida: la religión se había convertido en la religión de Irán. Umar había «privado» a Alí y a sus hijos, Hasan y Husein, del derecho divinamente ordenado a ser califas del islam y, al oponerse así a la voluntad de Dios, había de ser deber de todos apoyar al partido de Alí como expresión de obediencia a esa voluntad. De este modo, de la oposición nacional nació una doctrina.
Cuando los iraníes acogieron así la doctrina chiita en el trono de sus corazones, vi en ello una protesta silenciosa de los iraníes contra la conquista árabe de Irán. Ahora comprendí por qué los iraníes maldicen a Umar con un odio mucho mayor que a los otros dos «usurpadores del poder», Abu Bakr y Uzmán. Desde el punto de vista doctrinal, Abu Bakr, el primer califa, debería haber sido considerado el principal transgresor; pero Umar había conquistado Irán…
¡Así pues, esta es la razón de la extraordinaria profundidad con que se venera en Irán a la familia de Alí! Este culto iraní es un símbolo de la venganza iraní contra el islam árabe (un islam que se había alzado con tal intransigencia contra la atribución de divinidad a cualquier ser humano, incluido Mahoma). Es cierto que el chiismo no nació en Irán; también existen grupos chiitas en otros países musulmanes. Pero en ningún otro lugar ha logrado esta doctrina ejercer una influencia tan completa sobre las emociones y la imaginación de todo un pueblo.
Cuando los iraníes lloran la muerte de Alí, Hasan y Husein, no lloran únicamente la destrucción de la familia de Alí: también lloran por sí mismos y por la pérdida de su gloria pasada…
Estos iraníes son un pueblo melancólico. Su tristeza se refleja y reverbera en la infinita extensión de las tierras desoladas del paisaje iraní, en los caminos montañosos y las carreteras solitarias, en las aldeas dispersas aquí y allá, muy distantes unas de otras, entre casas de adobe, y en los rebaños de ovejas que al atardecer son conducidos hacia los pozos, como olas grises y cobrizas, una tras otra. En las ciudades y los puertos, la vida se derrama gota a gota, lentamente, sin ningún esfuerzo ni exuberancia, en un goteo incesante; parece que todo estuviera cubierto por el velo de un sueño y que en cada rostro floreciera la mirada de una espera indolente. Nunca se oía música en las calles. Si al anochecer algún jinete tártaro rompía de pronto a cantar a voz en cuello en una posada, los oyentes, sin darse cuenta, aguzaban los oídos, maravillados. En público, solo cantaban muchos derviches; y siempre entonaban la misma vieja y trágica historia sobre Alí, Hasán y Husayn. En torno a esas canciones tejían su red la muerte y las lágrimas, y estas penetraban en la mente de los oyentes como un licor muy fuerte. Parecía que una especie de temor al sufrimiento, un sufrimiento aceptado voluntariamente, casi con avidez, envolviera a aquellas gentes.
En las tardes de verano, en Irán, se veía a mujeres y hombres sentados inmóviles sobre la tierra. Se sentaban a orillas de los canales que corrían bajo la sombra de los enormes olmos a ambos lados del camino, y contemplaban absortos el agua corriente. No se hablaban unos a otros. Solo escuchaban el murmullo del agua y el susurro de las hojas que pasaba sobre sus cabezas. Cada vez que los veía, recordaba las palabras del salterio de David:
Junto a los ríos de Babilonia, allí nos sentábamos y llorábamos…
Se sentaban a orillas de los canales como enormes aves oscuras, mudas, como si se hubieran perdido en la silenciosa meditación del agua corriente. ¿En qué pensaban? ¿En aquella idea largamente cultivada, una idea que solo les pertenecía a ellos? ¿Estaban esperando?… ¿Qué?
Y David cantó: Colgamos nuestras palabras en los bosques de sauces, en las ramas de los sauces…
Tres
—Vamos, Zaid, vámonos. Dicho esto, guardo en mi bolsillo la carta de Alí Agha y me levanto para despedirme de az-Zughaibi.
Pero él niega con la cabeza y dice: «No, hermano, deja que Zaid se quede aquí conmigo un rato. Si te has vuelto demasiado reacio a contar lo que te ha sucedido durante estos meses que han pasado, que Zaid cuente la historia en tu lugar. ¿Crees que a tus amigos no les interesa lo que está ocurriendo en tu vida?»
El Dajjal
Uno
Entro por un trayecto serpenteante en la zona más antigua de Medina. Las paredes de las casas, construidas de piedra, se alzan aferradas a sus raíces en la sombra; sobre los callejones cuelgan ventanas con celosías y balcones… Los callejones parecen desfiladeros, y en algunos lugares son tan estrechos que incluso para dos personas resulta casi imposible pasar una junto a la otra en direcciones opuestas. En cierto momento me encontré frente a la fachada de esta biblioteca, construida con piedra gris por un erudito turco hacía aproximadamente un año. Detrás de la reja de bronce forjado había un silencio que parecía una invitación. Atravesé el patio empedrado y, en medio de él, encontré un árbol solitario e inmóvil, hileras de vitrinas con cristales —miles de libros manuscritos— y, entre ellos, algunos de los raros manuscritos conocidos del mundo islámico. Son libros de esta clase los que dieron gloria a la civilización islámica, una gloria que ha desaparecido como si perteneciera al ayer.
Cuando miro estos libros, encuadernados en cubiertas de cuero trabajado a máquina, la discordancia entre el pasado musulmán y el presente musulmán me golpea como un puñetazo doloroso…
—¿Qué es lo que te aflige, muchacho? Dime, ¿por qué llevas ese rastro de amargura en el rostro?
Me vuelvo hacia aquella voz y veo, junto a una ventana con celosía, sentado sobre una alfombra con un volumen en folio sobre las rodillas, a mi viejo amigo, el shayj Abdullah Bulaïhad, de pequeña estatura. Sus dos agudos y vivaces ojos me saludan con un destello de intimidad cuando beso su frente y me siento a su lado. Es el mayor erudito de Nay̆d y, pese a la estrechez vinculada al carácter dogmático de la perspectiva wahabí, es uno de los hombres de inteligencia más penetrante que he conocido hasta ahora en los países musulmanes. Su amistad conmigo ha contribuido en gran medida a hacer más fácil y agradable mi vida en Arabia. Porque, bajo el reinado de Ibn Saud, sus palabras tienen más peso que las de cualquier otra persona, excepto el propio rey. Cierra rápidamente su libro y me atrae hacia él, mirándome con expresión inquisitiva.
—Shayj, estaba pensando en cuánto nos hemos alejado los musulmanes de esto —y señalo los libros colocados allí—, ¡de nuestra miseria y nuestra decadencia actuales!
—Muchacho —responde el anciano—, estamos cosechando lo que sembramos. Un día fuimos grandes. El islam fue lo que nos hizo grandes. Éramos portadores de un mensaje. Mientras fuimos fieles a ese mensaje, nuestros corazones estuvieron llenos de fervor e inspiración, y nuestras mentes, iluminadas y radiantes. Pero en cuanto olvidamos con qué propósito Allah nos había elegido, llegó nuestra caída. Nos hemos alejado mucho de esto —y el shayj repite el gesto con el que yo señalaba los libros—, porque nos hemos alejado mucho, muchísimo, de lo que el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, nos enseñó hace mil trescientos años…
—Y sí, ¿cómo marcha tu trabajo? —pregunta después de una breve pausa, porque sabe que estoy absorto estudiando asuntos relacionados con los primeros tiempos de la historia del islam.
—Debo admitirlo, jeque: el trabajo no avanza muy bien. No encuentro sosiego en mi corazón y no sé cuál es la razón. Por eso he vuelto a vagar por el desierto.
Ibn Bulayhid me mira con sus ojos oblicuos, que resplandecen con una sonrisa —aquellos ojos penetrantes, iluminados por la inteligencia— y, mientras se retuerce con los dedos la barba teñida de henna, dice: «La mente recibirá lo que le corresponde y el cuerpo recibirá lo que le corresponde… Ahora deberías casarte…»
Por supuesto, sé que en Nayid se considera que «casarse» es la solución para casi toda clase de problemas. No pude contener la risa.
—Pero, jeque, usted sabe muy bien que me casé de nuevo hace apenas dos años y que este año incluso he tenido un hijo.
El anciano se encoge de hombros y dice: «Si un hombre encuentra sosiego con su esposa, permanece en casa todo el tiempo que puede. Tú tampoco pasas tiempo en casa… Y, además, ningún hombre ha sufrido jamás por tomar una segunda esposa». (Actualmente él mismo tiene tres esposas, aunque tiene setenta años, y he oído que su esposa más joven, con quien se casó hace apenas un par de meses, tiene a lo sumo dieciséis años.)
—Puede ser —replico—. Puede ser que un hombre no sufra al tomar una segunda esposa, pero ¿qué hay de la cuestión esencial? ¿No merece consideración el sufrimiento de ella?
—Hijo, si una mujer posee todo el corazón de su marido, él no pensará en casarse de nuevo ni tendrá necesidad de hacerlo. Pero si el corazón del marido no está completamente con su esposa, ¿qué beneficio obtendrá ella de retener para sí a un esposo indiferente?
Ciertamente, no hay respuesta para ello. Es seguro que el islam recomienda un solo matrimonio, pero en circunstancias especiales permite al hombre casarse hasta cuatro veces. Cualquiera podría preguntar por qué este derecho no se concedió también a la mujer. La respuesta es sencilla. A pesar de que, en el curso del desarrollo y el progreso humanos, el elemento espiritual del amor ha penetrado en la vida de las personas, la razón biológica subyacente del deseo sexual, tanto en el hombre como en la mujer, es la procreación; y mientras que una mujer solo puede concebir un hijo de un hombre a la vez y debe llevarlo en su vientre durante nueve meses antes de poder concebir de nuevo, el hombre ha sido creado de tal manera que, cada vez que abrace a una mujer, puede engendrar un hijo. Por ello, mientras que en la mujer un instinto innato de poliandria sería para la naturaleza un mero desperdicio, la indudable inclinación del hombre a mantener relaciones con muchas mujeres es biológicamente razonable desde el punto de vista de la naturaleza. Por supuesto, está muy claro que el aspecto biológico es solo uno de los muchos aspectos del amor, y de ningún modo el más importante. No obstante, constituye un elemento fundamental. Con la sabiduría con la que el islam juzga la naturaleza humana, la ley islámica protege únicamente la función socio-biológica del matrimonio; no hace nada más (lo que, naturalmente, incluye el cuidado de los hijos). Y por eso permite al hombre contraer más de un matrimonio y, al mismo tiempo, se niega a conceder a la mujer permiso para tener más de un marido. Puesto que el aspecto espiritual del matrimonio es inconcebible y está fuera del ámbito de la ley, se ha dejado de lado. La cuestión de que el marido vuelva a casarse ni siquiera se plantea cuando ama a su esposa con todo el corazón y no está dispuesto a compartir ese amor con otra; y si la esposa no está de acuerdo, puede divorciarse y volver a casarse después libremente. En cualquier caso, dado que el matrimonio islámico no es un asunto sagrado, sino un contrato social, tanto el marido como la esposa pueden recurrir al divorcio. Hay una razón especial para ello. El estigma que en otros lugares está asociado, en mayor o menor medida, con el divorcio no existe en la sociedad musulmana (la única posible excepción serían los musulmanes de la India, que, por su relación de cientos de años con la sociedad hindú, se han visto influidos en este asunto, pues en la sociedad hindú el divorcio está absolutamente prohibido).
La libertad que la ley islámica ha concedido tanto al hombre como a la mujer para casarse y poner fin al matrimonio explica por qué el adulterio se considera en el islam el más abominable de los delitos. Porque, allí donde existe una libertad semejante, el contacto emocional o sensual no puede aceptarse como excusa. Es cierto que, durante los varios siglos de decadencia de los musulmanes, las costumbres sociales llegaron a tal punto que para las mujeres se volvió casi imposible ejercer libremente el derecho al divorcio tal como lo había querido el Legislador. Pero la responsabilidad no es del islam, sino de la costumbre; del mismo modo que la costumbre, y no la ley islámica, es responsable de haber mantenido durante tanto tiempo a las mujeres confinadas tras el velo en muchos países musulmanes, pues ni en el Corán ni en la sunna del Profeta se encuentra nada que respalde esta práctica, introducida en la sociedad musulmana por los bizantinos.
El jeque Ibn Bulayhid interrumpe mis pensamientos íntimos y me mira de tal manera que parece saberlo todo. «No hay necesidad de tomar una decisión apresuradamente, hijo. Cuando llegue el momento de que la decisión se presente, llegará a ti por sí sola».
Dos
La biblioteca está silenciosa y tranquila; solo el anciano jeque y yo nos encontramos en la sala abovedada. Desde una pequeña mezquita cercana llega el adhan del magrib, y un instante después el mismo sonido resuena desde los cinco minaretes de la Mezquita del Profeta. En este momento la Mezquita del Profeta es invisible para nosotros y parece contemplar la cúpula verde con una inmensa solemnidad y un orgullo lleno de dulzura. Desde uno de los minaretes, el almuédano proclama: «Allahu Akbar»… En un registro bajo, profundo y grave, la melodía asciende y desciende lentamente, como un largo círculo de sonido. «Dios es el más grande»… «Dios es el más grande»… Antes de que termine la frase, el almuédano del minarete más cercano a nosotros comienza desde allí, en un registro algo más elevado: «El más grande», «Dios es el más grande»; y cuando desde el tercer minarete la misma melodía empieza a elevarse lentamente hacia un tono más alto, el primer almuédano ya ha terminado la primera frase y ha comenzado el segundo verso… Las voces que se elevan desde el cuarto y el quinto minarete se mezclan con una armonía lejana: «Doy testimonio de que no hay ninguna divinidad excepto Allah», mientras las voces descienden desde el primero, el segundo y luego el tercer minarete, apoyadas en suaves alas… «Y doy testimonio de que Muhammad es el Mensajero de Allah». Así, cada uno de los cinco almuédanos recita cada verso dos veces y el adhan continúa: «Venid a la oración, venid a la oración; acudid corriendo hacia la felicidad eterna». Cada voz parece despertar a las demás y reunirlas todas en un solo punto, como si su único propósito fuera apartarse de un lugar, desplazarse y volver a tomar la melodía en otro punto, llevándola así hasta el último verso: «Allah es el más grande, Allah es el más grande; no hay ninguna divinidad excepto Allah».
Esta elevación de las voces humanas, su profundo abrazo, su alejamiento mutuo, su unión y su separación no se parecen a ninguna otra melodía humana. Mientras mi corazón, inflamado de un amor demencial por esta ciudad y por sus voces, palpita hasta la garganta, comienzo a sentir que todos mis viajes y mi vida errante solo tenían un significado: comprender, todo el tiempo, el significado de esta llamada…
«Ven», me dice el jeque Ibn Bulayhid, «vamos a la mezquita a realizar la oración del magrib…»
El Haram, o la Mezquita Sagrada de Medina, recibió su forma actual a mediados del siglo pasado. Sin embargo, algunas de sus partes son muy antiguas: algunas fueron construidas durante el dominio de los mamelucos de Egipto y otras incluso antes. La sala central, donde se encuentra la tumba del Profeta, fue construida exactamente sobre el lugar en el que el tercer califa, Uthmán, había erigido el edificio en el siglo VII. Sobre ella se alza una gran cúpula verde, cuyo interior está adornado con magníficas pinturas de diversos colores. El techo descansa sobre numerosas filas de gruesas columnas de mármol, que dividen el interior en varias secciones manteniendo una disposición armoniosa. Sobre el suelo de mármol hay extendidas alfombras costosas. A ambos lados de cada uno de los tres mihrabs cuelgan candelabros de bronce, elaborados con gran maestría. Los mihrabs son como nichos semicirculares, abiertos hacia La Meca; están decorados con azulejos de porcelana azules y blancos, y uno de ellos está siempre reservado para el imán, que dirige la oración colectiva. Cientos de esferas de vidrio transparente cuelgan de largas cadenas de cobre; por la noche se encienden en su interior pequeñas lámparas de aceite de oliva, que proyectan sobre las filas de personas entregadas a la oración una suave y tenue luz centelleante. Durante el día, una penumbra verdosa llena la mezquita y hace que parezca el fondo de un lago, como si las figuras humanas nadaran bajo el agua, avanzando descalzas sobre las alfombras y el mármol cubierto de tapetes; como si, separada por paredes de agua, la voz del imán resonara desde el extremo de la gran sala durante la oración, en tono bajo y sin producir eco.
La tumba del Mensajero no puede verse, porque está cubierta con un grueso brocado colgante y rodeada por una reja de bronce. El sultán mameluco de Egipto, Qaitbay, mandó fabricar esta reja en el siglo XV. En realidad, aquí no hay ninguna estructura semejante a una tumba, porque el Profeta fue enterrado bajo el suelo de tierra de la pequeña habitación en la que vivía y donde falleció. Más tarde se construyó alrededor de aquella casa una pared sin puertas, y así la tumba quedó completamente oculta de las miradas exteriores. En la época del Mensajero, la mezquita estaba adosada directamente a su habitación. Tras el transcurso de varios siglos, la mezquita fue ampliada por encima de la tumba y más allá de ella.
Dentro de la mezquita, sobre el suelo abierto de piedra dispuesto en forma cuadrangular, se extienden largas filas de mantas. Filas de personas están sentadas sobre ellas, arrodilladas, recitando el Corán, conversando entre sí, meditando o simplemente pasando el tiempo tranquilamente mientras esperan la oración del magrib. Ibn Mulayhid parece haberse perdido en una oración silenciosa.
Como sucede siempre, antes del magrib llega desde lejos una voz: el sonido de la recitación de un pasaje del Corán. Hoy se recita la sura 96, la primera que fue revelada a Muhammad, que comienza con estas palabras: «¡Lee en el nombre de tu Señor, en el nombre del Sustentador!». Mediante estas palabras llegó por primera vez a Muhammad, en la cueva de Hira, cerca de La Meca, la llamada de Alá.
Como solía hacerlo a menudo, estaba orando en soledad y meditando en busca de la luz y la verdad, cuando de pronto apareció ante él un ángel y le ordenó: «¡Lee!». Muhammad, que, como casi todos los que lo rodeaban, nunca había aprendido a leer y, sobre todo, no sabía qué debía leer, le respondió: «No sé leer». Al oír esto, el ángel lo estrechó con tanta fuerza que Muhammad sintió como si toda la fuerza de su cuerpo se hubiera agotado. Entonces el ángel lo soltó y repitió su orden: «Lee, recita». Muhammad volvió a responder: «No sé leer». Entonces el ángel volvió a apretarlo con fuerza contra sí, hasta que finalmente quedó exhausto y sintió que su muerte era inminente. Una vez más se oyó una voz grave y atronadora: «¡Lee!». Y cuando, por tercera vez, Muhammad susurró con el corazón atormentado: «Yo no sé leer…», el ángel lo soltó y dijo:
Lee en el nombre de tu Señor—
que ha creado—
ha creado al ser humano a partir de un coágulo.
Lee; tu Señor es el más generoso
Él enseñó al ser humano mediante la pluma
Enseñó al ser humano lo que no sabía…
Y así comenzó a ser revelado el Corán, apelando a la conciencia, el intelecto y el conocimiento humanos; un proceso que continuó durante veintitrés largos años, hasta la muerte del Mensajero en Medina, a los sesenta y tres años.
La historia de esta primera experiencia de la revelación divina le recuerda de algún modo a uno la lucha de Jacob con el ángel en el libro bíblico del Génesis. Pero allí donde Jacob se resistió, Muhammad se entregó, con temor reverente y dolor, al abrazo del ángel; como consecuencia, al cabo de un tiempo toda su fuerza lo abandonó y no le quedó más que la capacidad de oír una voz. Ya no era posible plantear ni pronunciar la pregunta de si aquella voz procedía de su interior o del exterior. Aún no sabía que, a partir de entonces, tendría que ser simultáneamente un hombre pleno y vacío, en quien estuvieran por entero los deseos humanos y la conciencia de su propia vida, y que al mismo tiempo sería una agonía pasiva destinada a recibir un mensaje. Ante su corazón se desplegaba la trama invisible de la verdad eterna, la única que da significado a todas las cosas y acontecimientos perceptibles; se esperaba que comprendiera su esencia, y se le ordenó «leer» de aquel Libro y proclamarlo al mundo, para que la gente comprendiera lo que no sabía y aquello que, en realidad, no podía conocer únicamente por sus propias fuerzas.
El asombroso significado de la visión divina abrumó a Muhammad. Como Moisés ante la zarza ardiente, también él se consideró indigno de la sublime dignidad de la profecía y comenzó a temblar al pensar que quizá Allah lo había elegido. Según hemos oído, después regresó a su ciudad y a su casa, y le dijo a su esposa Jadiya: «Cúbreme con una manta». Temblaba como la rama de un árbol azotado por la tormenta. Jadiya lo cubrió con una manta y poco a poco sus temblores cesaron. Después le contó a Jadiya lo que le había sucedido y le dijo: «¡Verdaderamente temo por mí!»
Pero Jadiya, dotada de esa visión clara que solo el amor puede otorgar, comprendió de inmediato que Muhammad estaba asustado por la magnitud de la responsabilidad que tenía ante sí, y respondió: «¡No, por Allah! Él nunca te impondrá una carga que seas incapaz de soportar, ni te humillará jamás; porque todos saben que eres un hombre excelente, cumples tus deberes con tus parientes, ayudas a los débiles, socorres a los desamparados, eres generoso y hospitalario con tus invitados, y ayudas a quienes se encuentran verdaderamente en apuros». Para consolarlo, Jadiya lo llevó ante Waraqa, un primo suyo muy instruido. Waraqa había practicado el cristianismo durante muchos años, y la tradición cuenta que podía leer la Biblia en hebreo. Por entonces Waraqa era anciano y estaba ciego. Jadiya le dijo: «Hijo de mi tío, presta atención a este pariente tuyo». Y cuando Muhammad volvió a contar su experiencia, Waraqa alzó la vista con temor reverente y dijo: «¡Este es el ángel de la revelación que Allah envió a los profetas anteriores! ¡Ay, si fuera joven! ¡Si viviera entonces y pudiera ayudarte cuando tu pueblo te expulse de tu tierra!». Al oír esto, Muhammad, asombrado, preguntó: «¿Por qué, por qué me expulsarían de mi tierra?». Y el sabio Waraqa respondió: «Sí, te expulsarán. Hasta hoy, ningún hombre como tú ha llegado ante su pueblo trayendo lo mismo que tú has traído sin ser perseguido».
Sí, durante trece largos años lo sometieron a la opresión, hasta que un día se vio obligado a abandonar La Meca y llegó a Medina. Porque los habitantes de La Meca siempre fueron de corazón duro…
Pero ¿es realmente tan difícil comprender la dureza de corazón que mostró la mayoría de la gente de La Meca después de la primera predicación de Muhammad? No había en ellos ninguna sed espiritual; solo conocían las iniciativas prácticas y materiales. Porque creían que la vida podía ampliarse únicamente haciendo más accesibles los medios que permitían aumentar las comodidades externas. Para estas personas, la idea de someterse incondicionalmente a una exigencia moral quizá resultaba verdaderamente insoportable, pues la palabra islam significa literalmente «sumisión a Allah». Además, las normas establecidas y las costumbres tribales eran extremadamente queridas por los habitantes de La Meca; las enseñanzas de Muhammad las pusieron todas en peligro. Cuando comenzó a predicar la unicidad de Allah y a condenar públicamente la idolatría como el mayor de los pecados, no solo vieron en ello un ataque contra sus creencias tradicionales, sino también un intento de destruir el propio patrón social de sus vidas. En particular, no les agradaba en absoluto que interviniera en asuntos que consideraban meramente «mundanos» y ajenos a la jurisdicción de la religión, como la economía, las cuestiones de igualdad y justicia social y, en general, todo aquello que no encajaba con sus prácticas comerciales, su promiscuidad sexual y su concepción del bienestar de la tribu. Para ellos, la religión era un asunto privado, una cuestión de actitud interior, no de conducta.
Y esto era exactamente lo contrario de lo que el Profeta de Arabia tenía en mente cuando hablaba de religión. A su juicio, las costumbres sociales y las instituciones ceremoniales pertenecían ciertamente al ámbito de la religión, y sin duda se habría quedado sorprendido si alguien le hubiera dicho que la religión era exclusivamente un asunto de conciencia personal y que no tenía ninguna relación con la conducta social. Más que cualquier otro aspecto de su mensaje, fue precisamente este el que hizo que su predicación resultara tan desagradable para los incrédulos de La Meca. Si no hubiera intervenido en los asuntos sociales, quizá su descontento con el Profeta habría sido menos intenso. No cabe duda de que el islam los irritaba, porque su teología entraba en conflicto con su propia visión religiosa. Pero es muy posible que, tras algunas objeciones iniciales, se hubieran adaptado a él —como poco antes se habían adaptado a la predicación fragmentaria del cristianismo— si el Mensajero de Allah se hubiera limitado a seguir el ejemplo de los sacerdotes cristianos y hubiera restringido su predicación a unos pocos asuntos: exhortar a la gente a creer en Allah, rogarle la salvación y comportarse bien en sus asuntos personales. Pero no siguió el ejemplo cristiano ni se limitó a la fe, los ritos religiosos y la moralidad personal. ¿Cómo habría podido hacerlo? ¿Acaso no le había ordenado su Allah que rezara: «¡Señor nuestro, concédenos el bien en este mundo y el bien en el mundo venidero!»?
En la estructura de esta frase del Corán, «el bien de este mundo» aparece antes que «el bien del mundo venidero», primero porque el presente precede al futuro y es su precursor, y segundo porque el ser humano ha sido creado de tal manera que, para responder a la llamada del alma y buscar el bienestar de la vida futura, debe esforzarse antes por satisfacer sus necesidades físicas y terrenales. En el mensaje de Muhammad no existe ninguna concepción de espiritualidad desligada de la vida física o contraria a ella. Este mensaje se basa enteramente en la idea de que el cuerpo y el alma son dos aspectos diferentes de una misma realidad; ¿y cuál es esa realidad?: la vida humana. Por eso, naturalmente, no podía conformarse con cultivar en cada individuo una mera actitud moral, sino que quería transformar esa actitud en un esquema social concreto que proporcionara a cada miembro de la sociedad la mayor cantidad posible de bienestar físico y material y, de ese modo, garantizara también las mayores oportunidades de desarrollo espiritual.
Comenzó su predicación diciendo a la gente: «La acción o las obras forman parte de la fe», porque Allah no se ocupa únicamente de la creencia personal; también observa las obras de cada mujer y cada hombre, especialmente aquellas cuyos efectos trascienden los límites de la vida individual y recaen sobre otras personas. Predicó contra la opresión del débil por parte del fuerte mediante la retórica ardiente que Allah le había concedido. Presentó el argumento inaudito de que, ante Allah, la mujer y el hombre son iguales, y que todos los deberes y esperanzas religiosas se aplican por igual a ambos; el espanto de todos los paganos ingenuos de La Meca no tuvo límites cuando llegó a declarar que la mujer, por derecho propio, es una persona independiente: no es una persona distinta únicamente por su relación con el hombre como madre, hermana, esposa o hija; por ello, la mujer tiene derecho a poseer bienes, dirigir sus propios negocios y entregarse libremente a otra persona en matrimonio. Declaró censurables toda clase de juegos de azar y toda forma de intoxicación, pues, en palabras del Corán: «En ellos hay mucho mal y un poco de beneficio. Pero el daño es mayor que el beneficio». Por encima de todo, se alzó contra la opresión que los seres humanos han ejercido hereditariamente unos sobre otros; contra las ganancias de los préstamos basados en el interés, cualquiera que fuera su tasa; contra el monopolio individual1() y el «acaparamiento»2(); contra el juego con las posibles necesidades de otras personas —lo que hoy llamamos «especulación»—; y contra la determinación de lo bueno y lo malo desde la perspectiva del sentimiento colectivo tribal, llamado «nacionalismo» en la terminología moderna. En realidad, no reconoció ninguna validez moral a la actitud ni al criterio tribales. A su juicio, el único fundamento legítimo —es decir, moral— de un grupo comunitario era el reconocimiento consciente y libre de un criterio común de valores morales, no el hecho accidental de proceder del mismo linaje.
En la práctica, insistió en una amplia revisión de cada una de las concepciones sociales que hasta entonces habían sido consideradas inviolables y, de ese modo —como dice la gente de hoy— llevó la religión a la «política». No hace falta decir que, para aquella época, se trataba de un cambio verdaderamente revolucionario.
Al igual que casi todos los pueblos de todas las épocas, los gobernantes paganos de La Meca creían que las costumbres sociales, las ideas y las prácticas en las que habían sido criados eran las mejores, y que no podía concebirse nada superior a ellas. Por eso, el intento del Profeta de introducir la religión en la política —es decir, de convertir la conciencia de Allah en el punto de partida de la transformación social— los enfureció naturalmente, y lo condenaron por ser contrario a la moral, sedicioso y opuesto a todas las nociones de lo correcto y lo incorrecto. Y cuando comprendieron claramente que Muhammad no era simplemente un soñador, sino que podía despertar en la gente el impulso de actuar, los defensores del orden social establecido adoptaron una poderosa contramedida y comenzaron a perseguirlo a él y a sus compañeros…
En realidad, de una forma u otra, todos los profetas desafiaron el orden social establecido de sus respectivas épocas. Por tanto, ¿es acaso tan sorprendente que casi todos ellos fueran perseguidos y ridiculizados por sus propios pueblos, y que Muhammad, el último de ellos, siga siendo objeto de burla hoy en el mundo occidental?
Tres
Tan pronto como terminó la oración del Magrib, el shaykh Ibn Bulayhid, de Naydy, se convirtió en el centro de un grupo de beduinos y habitantes de la ciudad llenos de curiosidad, pues deseaban beneficiarse de su erudición y de su sabiduría mundana. Él también estaba interesado en escuchar sus experiencias y lo que pudieran contarle sobre sus viajes a tierras lejanas. Los viajes largos no son en absoluto raros entre los naydíes; se llaman a sí mismos «ahl ash-shiddad», «gente que monta sobre la silla del camello», y para muchos de ellos la silla del camello es mucho más familiar que el lecho de su casa. Sin duda, también lo era para el joven beduino de Harb que acababa de relatarle al shaykh sus experiencias durante su reciente viaje a Irak. Fue durante ese viaje cuando vio por primera vez en su vida a un firangui, es decir, a un europeo (los árabes empezaron a llamar así a los europeos cuando entraron en contacto con los francos durante las guerras de las Cruzadas).
—Dígame, shaykh, ¿por qué los firanguis llevan siempre en la cabeza sombreros que les cubren los ojos? ¿Cómo pueden ver el cielo?
—No quieren ver esa cosa —respondió el shaykh, mirándome y guiñando un ojo—. Quizá temen que la visión del cielo pueda recordarles a Allah; no quieren que nadie les recuerde a Allah durante los días de la semana…
Todos rompemos a reír. Pero el joven beduino es muy insistente en su búsqueda de conocimiento. —Entonces, ¿por qué Allah es tan bondadoso con ellos y les concede riquezas que no concede a los creyentes?
—«Oh, hijo, es muy sencillo: ellos adoran el oro y la plata. Por eso sus dioses están en sus bolsillos… Pero este amigo mío», dice, colocando la mano sobre mi rodilla, «sabe mucho más que yo sobre los firangis, porque vino de entre ellos; fue Allah —¡glorificado sea Su nombre!— quien lo sacó de las tinieblas y lo llevó a la luz del islam».
—«¿De verdad es así, hermano?», pregunta el beduino, lleno de curiosidad. «¿Es cierto que usted mismo fue un ‘firangi’?». Cuando asiento con la cabeza, susurra: «Alabado sea Allah, que guía por el camino recto a quien quiere. Dígame, hermano: ¿por qué los ‘firangis’ son tan indiferentes respecto de Allah?»
—«Es una historia larga —respondo—; no se puede explicar en pocas palabras. Lo que puedo decirte ahora es que el mundo de los ‘firangis’ se ha convertido en el mundo del ‘Dajjal’, el mundo del embaucador deslumbrante. ¿Nunca has oído la profecía de nuestro Profeta según la cual, al final de los tiempos, la mayoría de la gente del mundo se convertirá en seguidora del ‘Dajjal’, creyendo que él mismo es Allah?»
Y cuando me miró con ojos inquisitivos, con la aprobación del jeque Ibn Bulayhid, relaté la profecía sobre la aparición del ‘Dajjal’ mencionada en el último libro de la Biblia: tendría un ojo ciego, pero poseería poderes misteriosos otorgados por Allah. Con sus oídos podría escuchar lo que se dice en las regiones más remotas de la Tierra y con un solo ojo vería cuanto sucede a distancias infinitas; volaría y recorrería la Tierra en pocos días; de debajo de la tierra sacaría de pronto tesoros de oro y plata; por orden suya llovería y brotarían las plantas; mataría proclamándose el propio Allah, y la gente se postraría ante él con devoción. Pero quienes tengan firme la fe podrán leer, escrito con letras de fuego en su frente, estas palabras: «El que niega a Allah»; y así sabrán que el Dajjal no es más que un engaño para poner a prueba la fe de los seres humanos…
Y cuando mi amigo beduino me mira con los ojos desorbitados y murmura: «Busco refugio en Allah», me vuelvo hacia Ibn Bulayhid y le digo:
—«Oh, jeque, ¿no es este relato alegórico una descripción apropiada de la civilización tecnológica moderna? Esta civilización es tuerta: es decir, solo mira un aspecto de la vida, el de su progreso material, y desconoce el aspecto espiritual de la vida. Con sus prodigios tecnológicos ha dado al ser humano la capacidad de ver objetos muy lejanos, más allá de sus facultades naturales, y de oír sonidos distantes; le ha dado la posibilidad de atravesar distancias infinitas a una velocidad inconcebible. Mediante el conocimiento científico de esta civilización se ‘hace llover’ y se hacen brotar las plantas, y de debajo de la tierra se extraen inesperados tesoros. Las medicinas de esta ciencia dan vida a quien parece condenado a morir; por otro lado, sus guerras y su destrucción científica destruyen la vida. Y este progreso material es tan poderoso y deslumbrante que las personas de fe débil han empezado a creer que, por derecho propio, es un ‘dios’. Pero quienes son conscientes de su Creador comprenden claramente que adorar al ‘Dajjal’ significa negar a Allah…»
—«Tienes razón, Muhammad, tienes razón», exclama Bulayhid, golpeando excitado mi rodilla con la palma de la mano. «Nunca se me había ocurrido contemplar así la profecía sobre el ‘Dajjal’, ¡pero tienes razón! Sin comprender que el progreso humano y el desarrollo de la ciencia son una misericordia de nuestro propio Allah, la gente, por ignorancia, ha empezado a pensar cada vez en mayor número que este dios es un fin en sí mismo y merece ser adorado».
Sí, pienso para mis adentros: la gente de Occidente realmente se ha entregado a la adoración del ‘Dajjal’. Hace mucho que los occidentales perdieron toda su inocencia y toda su armonía interior con la naturaleza. La vida se ha convertido para ellos en un tormento. Son escépticos y, por ello, están separados de sus hermanos y se sienten solos en su interior. Para no desaparecer en esa soledad, deben intentar dominar la vida por medios externos; la mera sensación de «estoy vivo» ya no les proporciona seguridad interior. Deben luchar constantemente, momento a momento, contra el dolor y contra la vida, pues han perdido toda clase de preguntas trascendentes y han decidido seguir adelante sin ellas; por eso deben inventar y descubrir continuamente aliados mecánicos para sí mismos. Así comenzó su frenético y temerario empeño en el ámbito tecnológico. Cada día inventan nuevas máquinas y entregan a cada una de ellas una parte de su alma, como si fueran ellas las que lucharan por su existencia. Y las máquinas ciertamente lo hacen, pero al mismo tiempo crean para ellos necesidades siempre nuevas, nuevos peligros, nuevos temores y una sed insaciable de aliados aún más nuevos y artificiales. Su alma se pierde en el giro de las ruedas, cada vez más poderosas, más absurdas y más violentas, de la máquina productiva; y la máquina también pierde su verdadero propósito —proteger y enriquecer la vida humana— y se convierte ella misma en una divinidad, un monstruo de acero que todo lo devora. Los sacerdotes y propagandistas de esta divinidad insaciable no parecen ser conscientes de que la rapidez del progreso tecnológico moderno no es únicamente fruto del desarrollo seguro del conocimiento y de la ciencia, sino también de la desesperación espiritual; y los sorprendentes progresos materiales mediante los cuales el hombre occidental proclama su voluntad de dominar la naturaleza son, en su significado más profundo, de carácter defensivo: detrás de sus brillantes apariencias acecha el terror a lo desconocido».
La civilización occidental ha fracasado en establecer un equilibrio armonioso entre las necesidades de las personas y de la sociedad y las demandas de sus almas. Esta civilización ha rechazado la ética religiosa de tiempos relativamente recientes, pero no ha logrado crear desde dentro de sí misma ningún otro sistema moral que, por muy teórico que sea, resulte racionalmente aceptable. A pesar de sus enormes progresos en la educación, la civilización occidental tampoco ha podido superar la ingenua disposición de la gente a convertirse en víctima de los eslóganes que demagogos astutos consideran necesario inventar, por absurdos que sean. Esta civilización ha elevado las técnicas de organización al rango de bellas artes; sin embargo, las naciones occidentales demuestran cada día su absoluta incapacidad para controlar las fuerzas que sus científicos han engendrado, y ahora han llegado a una etapa en la que unas posibilidades científicas aparentemente ilimitadas y el caos mundial avanzan uno al lado del otro, de la mano. Los occidentales, privados de toda inclinación religiosa, ya no pueden obtener ningún beneficio moral de la luz del conocimiento que irradia su ciencia —una luz que, sin duda, es grandiosa—. En su caso se aplican estas palabras del Corán:
Su parábola es la de un pueblo que encendió un fuego; pero cuando este les iluminó, Dios los dejó en una oscuridad en la que no pueden ver: mudos, sordos y ciegos; y aun así no regresan.
Y, pese a la arrogancia de su ceguera, los occidentales están seguros de que no será otra sino «su» civilización la que traerá luz, felicidad y paz al mundo. Durante los siglos XVIII y XIX quisieron difundir por todo el mundo la verdad del cristianismo; pero ahora que su fervor religioso se ha enfriado tanto que no consideran la religión más que una música de fondo —a la que se permite acompañar «en la práctica» la vida, pero no ejercer influencia sobre ella—, han comenzado a propagar, en lugar del cristianismo, la teoría materialista del «modo de vida occidental». ¿Cuál es esa teoría? La creencia de que todos los problemas humanos pueden resolverse en las fábricas, los laboratorios y sobre las mesas de los estadísticos.
Y así el Dajjal ha aparecido en su verdadera forma…
Cuatro
El silencio se prolonga durante mucho tiempo. Después, el «shaij» vuelve a decir: «Hijo, ¿fue comprender qué significa el “Dajjal” lo que te obligó a aceptar el islam?»
—En cierto sentido, creo que sí, pero eso fue solo el último paso.»
—El último paso… Sí, una vez me contaste la historia de cómo emprendiste el camino del islam. Pero ¿cuándo y cómo surgió por primera vez en tu mente la idea de que el islam podía ser el objetivo que buscabas?»
—¿Cuándo? Déjeme pensarlo un poco… Me parece que ocurrió en Afganistán, un día de invierno, cuando se había perdido una herradura de mi caballo y, por eso, tuve que buscar un herrero en una aldea. La aldea estaba bastante lejos de mi camino. Allí un hombre me dijo: «Pero usted es musulmán; lo único es que usted mismo no lo sabe…» Esto ocurrió ocho meses antes de que abrazara el islam… Iba de Herat a Kabul…»
Yo avanzaba a caballo por el camino de Herat a Kabul. Me acompañaban Ibrahim y un soldado afgano. Recorríamos, a caballo, los valles montañosos cubiertos de nieve del centro de Afganistán y los pasos del Hindu Kush. Hacía un frío terrible; la nieve resplandecía y, por todos nuestros lados, se alzaban altas montañas escarpadas, blancas y negras.
Aquel día sentía tristeza y, al mismo tiempo, una felicidad extraordinaria. Sentía tristeza porque me parecía que un grueso e impenetrable velo ocultaba a las personas con quienes había vivido durante los últimos meses la luz, la fuerza y la inteligencia que su fe podía darles; y me sentía feliz porque la luz, la fuerza y la inteligencia de esa fe estaban conmigo, cerca de las montañas blancas y negras, tan cerca que podía tocarlas con la mano.
Mi caballo empezó a cojear y algo produjo un tintineo entre sus cascos: una herradura se había aflojado y colgaba sostenida únicamente por dos clavos.
—¿Hay alguna aldea cerca donde podamos encontrar un herrero? —pregunté a nuestros compañeros afganos.
—A poco menos de una legua de aquí hay una aldea llamada Deh-Jangi. Allí hay un herrero y también una fortaleza del «hakim» de Hazarajat.
Así que avanzamos hacia Deh-Jangi sobre la nieve resplandeciente, a un ritmo algo más lento, para que mi caballo no se fatigara.
El «hakim», o gobernador del distrito, era un joven bajo y corpulento, alegre y sonriente. Aquel hombre afable se alegró de recibir a un huésped extranjero en su pequeña y apartada residencia. De todos los afganos que había conocido hasta entonces y de los que conocería después, este joven era el más sencillo y humilde, aunque era pariente muy cercano del rey Amanullah. Me obligó a quedarme allí durante dos días.
Al atardecer del segundo día, nos sentamos a disfrutar, como de costumbre, de un banquete. Después, un hombre del campo nos agasajó cantando una canción acompañándose con un sitar. Cantaba en pastún —una lengua que no entiendo—, pero algunas palabras persas de su canción parecían saltar con claridad sobre el fondo de la cálida habitación cubierta de alfombras y del frío resplandor de la nieve que entraba por las rendijas de las ventanas. Recuerdo que cantaba sobre la batalla de David contra Goliat, sobre la lucha de la fe contra la fuerza bruta. Aunque no podía seguir bien las palabras de la canción, su significado se me hizo claro cuando comenzó con una melodía suave y aterciopelada y luego ascendió en una poderosa exaltación de la emoción, hasta convertirse en un jubiloso grito de victoria final.
Cuando terminó la canción, Hakim comentó: «David era pequeño, pero su fe era grande…»
No pude evitar añadir: «Y ustedes son muchos, pero su fe es pequeña».
Mi anfitrión me miró con asombro y, avergonzado por lo que casi involuntariamente había dicho, me apresuré a explicar mis palabras. Mi explicación se convirtió en un torrente impetuoso de preguntas.
«¿Cómo es posible que ustedes, los musulmanes, hayan perdido la confianza en sí mismos, cuando sus antepasados extendieron un día la religión, en menos de cien años, desde Arabia hacia el oeste hasta el lejano Atlántico y hacia el este hasta el interior de la gran China, y ahora se entreguen tan fácilmente, como débiles, a las ideas y costumbres de Occidente? ¿Por qué ustedes, cuyos antepasados iluminaron un día el mundo con la luz de la ciencia, el conocimiento y las artes, en una época en que Europa estaba sumida en la barbarie y la ignorancia más extremas, no logran ahora reunir el valor para volver a sus propios y progresistas ideales religiosos? ¿Cómo es posible que Atatürk, aquel insignificante hombre enmascarado que ni siquiera reconoce que el islam tenga algún valor, se haya convertido para ustedes, los musulmanes, en un “símbolo del renacimiento musulmán”?»
Mi anfitrión permaneció inmóvil y mudo. Afuera seguía nevando. Volví a sentir la oleada de tristeza y alegría mezcladas que había experimentado poco antes de llegar a Deh-Yangi. Comprendí la gloria del pasado, que un día había sido una realidad, y la vergüenza que cubría con su deshonra a los descendientes posteriores de una gran civilización.
«Dígame: ¿cómo es posible que la religión de su Profeta, con toda su sencillez y claridad, haya quedado sepultada bajo la maraña de las estériles ideas y los sofismas de sus ulemas? ¿Cómo es posible que sus reyes, soberanos y grandes terratenientes se embriaguen de diversión en medio de la riqueza, el lujo y la opulencia, mientras un número enorme de sus hermanos musulmanes apenas logra vivir en una pobreza indescriptible y en condiciones inmundas, aunque su Profeta enseñó: “Nadie puede afirmar que es creyente si come hasta saciarse mientras su vecino está hambriento”? ¿Puede explicarme por qué ustedes han relegado a las mujeres al fondo de la vida, aunque las mujeres que rodeaban al Profeta y a sus compañeros participaron ampliamente en la vida de sus hombres? ¿Cómo es posible que haya tantos ignorantes entre ustedes, los musulmanes, y que solo un número muy reducido de personas pueda aprender y leer, aunque su Profeta declaró: “Buscar el conocimiento es un deber sagrado obligatorio para todo musulmán y toda musulmana”, y aunque dijo: “La superioridad del sabio sobre el simple devoto es como la superioridad de la luna llena sobre todos los demás astros”?»
Mi anfitrión seguía mirándome fijamente, sin decir palabra, y comencé a pensar que quizá mi estallido lo había herido en lo más profundo de su corazón. El hombre que tocaba el instrumento, que no entendía suficiente persa para seguirme, contemplaba con asombro al extranjero que había hablado con tanta emoción con Hakim. Finalmente, Hakim se envolvió en su amplia manta amarilla de lana de oveja, como si tuviera frío. Luego susurró:
«Pero… usted es musulmán…»
Rompo en una sonora carcajada y digo: «No, no soy musulmán. Pero he visto tanta belleza en el islam que a veces me enfado cuando veo que ustedes la desperdician… Si he hablado con demasiada rudeza, perdóneme. No he hablado como enemigo».
«Usted es musulmán; lo único es que usted mismo no lo sabe…». ¿Por qué no dice aquí, en este mismo momento: “La ilaha illallah, Muhammadur Rasulullah —no hay divinidad excepto Dios y Muhammad es Su Mensajero”? ¿Y por qué no se hace musulmán en la práctica, tal como ya lo es en su corazón? Dígalo, hermano, pronuncie ahora mismo estas palabras; mañana iré con usted a Kabul y lo llevaré ante el Amir, quien lo recibirá con los brazos abiertos. Él le dará una casa, jardines y ganado, y todos lo amaremos. Dígalo, querido hermano…»
—«Si alguna vez pronuncio esas palabras, será porque mi corazón haya encontrado la paz, no por la casa y los jardines del Amir».
Pero él insistía: «Usted ya sabe mucho más sobre el islam que la mayoría de nosotros. ¿Qué es, entonces, lo que todavía no ha comprendido?»
—«No se trata de comprender, sino de creer sin ninguna duda: tener la convicción de que el Corán es realmente la palabra de Dios y no simplemente la maravillosa creación de un gran hombre…»
Pero durante los meses siguientes nunca pude apartar de mi mente las palabras de aquel amigo afgano.
Desde Kabul viajé durante varias semanas a caballo por el sur de Afganistán, pasando por la antigua ciudad de Ghazni. Desde Ghazni, hacía casi mil años, el gran Mahmud había partido para conquistar la India. Atravesé Kandahar, que parecía una ciudad extranjera, donde uno se encuentra con algunas de las tribus guerreras más temibles del mundo. Crucé el desierto de la esquina sudoccidental de Afganistán y regresé a Herat, desde donde había comenzado mi recorrido a pie por Afganistán.
Era 1926. Hacia finales del invierno abandoné Herat; en la primera etapa de mi largo viaje de regreso a mi patria, viajé en tren desde la frontera afgana hasta Merv, en el Turquestán ruso; de allí a Samarcanda, de Samarcanda a Bujará y Tashkent, y desde allí atravesé la estepa turcomana hasta los Urales y Moscú.
La primera y más perdurable impresión que se grabó en mi mente de la Rusia soviética fue la de un enorme cartel, magníficamente ilustrado, en la estación ferroviaria de Merv. Representaba a un joven proletario, vestido con una holgada camisa azul, dando una patada con sus botas a un hombre ridículo, de barba blanca y vestido con una túnica, arrojándolo desde un cielo cubierto de nubes. Debajo del cartel estaba escrita esta leyenda rusa: «Así han expulsado del cielo a Dios los trabajadores de la Unión Soviética». Publicado por la Asociación de los «Bezbozhnikí» (ateos) de la República Socialista Soviética de la Unión.
Adondequiera que iba, en todas partes esa clase de propaganda antirreligiosa, autorizada por el Gobierno, se abalanzaba sobre la vista: en los edificios oficiales, en las calles y deliberadamente alrededor de cualquier lugar de culto. En el Turquestán, naturalmente, la mayoría de esos lugares de culto eran mezquitas. Aunque la oración ritual pública en congregación no había sido declarada ilegal, las autoridades hacían todo lo posible para impedir que la gente participara en ella. Oía decir a menudo, especialmente en Bujará y Tashkent, que los agentes de la policía anotaban el nombre de todo aquel que entraba en una mezquita; que los ejemplares del Corán eran reunidos en un solo lugar y destruidos. Y un juego divertido de los jóvenes bezbozhnikí consistía en arrojar cabezas de cerdo dentro de las mezquitas. Verdaderamente, hay que reconocer que era una costumbre encantadora.
Después de viajar durante varias semanas por la Rusia asiática y europea, cuando crucé la frontera de Polonia, exhalé un suspiro de alivio. Fui directamente a Frankfurt y me presenté en el ámbito que durante tanto tiempo había sido conocido por mi periódico. No tardé en comprender que, durante mi ausencia, mi nombre se había vuelto muy famoso y que ahora se me consideraba uno de los corresponsales extranjeros más conocidos de Europa central. Algunos de mis artículos —especialmente los que había escrito sobre la compleja psicología religiosa de los iraníes— habían atraído la atención de orientalistas célebres, y el reconocimiento que habían obtenido no era insignificante. Gracias a este logro, fui invitado a pronunciar varias conferencias en la Academia de Geopolítica de Berlín. Allí me dijeron que nunca antes se había concedido una distinción semejante a un hombre de mi edad —todavía no había cumplido los veintiséis años—. Muchos otros periódicos reprodujeron, con autorización del Frankfurter Zeitung, los artículos más útiles para el público en general. Supe que uno de mis artículos había sido reproducido casi treinta veces. En todos los sentidos, mi viaje por Irán había sido muy fructífero.
.. . …. … .. .. .. .. . Fue entonces cuando me casé con Elsa. Los dos años que había pasado lejos de Europa no habían debilitado nuestro amor, sino que lo habían fortalecido; y con una felicidad y una alegría como nunca antes había sentido en mi vida, hice caso omiso de sus temores acerca de la gran diferencia de edad entre los dos.
—Pero ¿cómo vas a casarte conmigo? —argumentaba Elsa—. Aún no tienes veintiséis años y yo ya he cumplido los cuarenta. Piénsalo: cuando tengas treinta años, yo tendré cuarenta y cinco, y cuando llegues a los cuarenta, yo ya seré vieja…
Me eché a reír a carcajadas: «¿Y qué importa? No puedo ni siquiera imaginar mi futuro sin ti».
Y finalmente Elsa se rindió.
No exageré cuando dije que me era imposible imaginar el futuro sin Elsa. Su belleza y su dulzura innata habían hecho que Elsa me resultara tan sumamente atractiva que ni siquiera podía mirar a otra mujer. Además, su perspicaz comprensión de lo que yo quería de la vida iluminaba mis esperanzas y deseos y los hacía más concretos, más definidos; los volvía más concretos y definidos de lo que jamás habrían podido hacerlo mis propios pensamientos y reflexiones.
En cierta ocasión —muy probablemente una semana después de nuestra boda— Elsa comentó: «Qué extraño que, entre todos los hombres, seas precisamente tú quien desprecia el misticismo en la religión… Tú mismo eres un místico; eres una especie de místico por medio del conocimiento sensorial. Te acercas a la vida que te rodea rozándola con las yemas de los dedos, descubriendo en cada objeto un sutil y complejo diseño místico, incluso en muchas cosas que a los demás les parecen sumamente insignificantes y ordinarias… Y, sin embargo, en cuanto diriges la mirada hacia la religión, te vuelves completamente intelectual. En el caso de casi todos los demás, ocurriría más bien lo contrario…»
Pero Elsa no estaba realmente desconcertada. Cuando le hablaba del islam, sabía qué era lo que yo buscaba; aunque quizá no sintiera un impulso tan intenso como el mío, su amor por mí la convirtió en partícipe de mi búsqueda.
A menudo leíamos juntos el Corán y conversábamos sobre sus diversas ideas; y Elsa, al igual que yo, se sentía cada vez más impresionada por la íntima conexión entre sus enseñanzas morales y sus instrucciones prácticas para la vida. Según el Corán, Alá no exige al ser humano una obediencia ciega, sino que apela a su intelecto; no permanece apartado del destino humano, sino que está «más cerca de vosotros que vuestra vena yugular». No trazó ninguna línea divisoria entre la religión y la conducta social; y quizá lo más importante sea que Alá no partió del axioma de que la vida está necesariamente abrumada por el conflicto entre la materia y el espíritu, ni de que, para encontrar el camino hacia la luz, el espíritu deba liberarse de las ataduras del cuerpo. El Mensajero condenó la negación de la vida y la mortificación del espíritu, de cualquier clase que fueran, con afirmaciones como estas: «Sabed que el ascetismo no es para mí» y «En el islam no hay lugar para el monacato». No solo se reconoció el deseo humano de vivir como un impulso positivo y fecundo, sino que también se lo revistió de la santidad de un axioma moral. En la práctica, se enseñaba al ser humano lo siguiente: no solo «puedes» hacer pleno uso de tu vida, sino que estás «obligado» a hacerlo.
Una forma coherente del islam comenzó a hacerse evidente con tal carácter definitivo y certeza que a veces me quedaba atónito. Iba tomando forma mediante un proceso que podría describirse como una especie de ósmosis mental; es decir, se iba configurando poco a poco sin que yo hiciera ningún esfuerzo consciente por reunir y «sistematizar» los fragmentos de conocimiento que había adquirido a lo largo de mis cuatro años de vida. Vi ante mí algo semejante a una obra arquitectónica perfecta, cuyos componentes estaban unidos con tal armonía que cada uno era complemento y apoyo de los demás, sin nada superfluo ni nada que faltara: un equilibrio y una serenidad que llevaban a pensar que, en la visión islámica y en sus axiomas, cada cosa se encontraba «en su lugar adecuado».
Hace mil trescientos años, un hombre se puso de pie y declaró: «No soy más que un ser humano mortal; pero Aquel que creó el universo me ha ordenado transmitiros Su mensaje. Me ha ordenado recordaros Su existencia, Su omnipotencia y Su omnisciencia, y presentaros un programa de conducta, para que podáis vivir en armonía con Su propósito y Su designio. Si aceptáis mi exhortación y este programa, seguidme». Esta fue la esencia de la misión profética de Muhammad (la paz sea con él).
El plan social que adoptó es el de una vida sencilla, que va de la mano únicamente con la verdadera grandeza. Parte del principio de que el ser humano es un ser orgánico, dotado de necesidades orgánicas, y de que el Creador ha formado la naturaleza humana de tal modo que las personas deben vivir agrupadas para satisfacer plenamente sus necesidades físicas, mentales e intelectuales; en resumen, los seres humanos «dependen unos de otros». El logro de la elevación espiritual de un individuo —objetivo fundamental de toda religión— depende de que haya recibido ayuda de quienes lo rodean y de que estos lo hayan alentado y protegido; y, naturalmente, quienes lo rodean esperan de él la misma colaboración. Esta interdependencia humana es la razón por la que la religión del islam no podía separarse de la economía ni de la política. Su objetivo es que el desarrollo de la personalidad real del ser humano encuentre el menor número posible de obstáculos y reciba el mayor estímulo posible. ¡Esta, y nada más, es la concepción islámica del verdadero deber de la sociedad! Por eso era muy natural que el sistema que el Profeta Muhammad había configurado durante los veintitrés años de su misión no se limitara a los asuntos espirituales, sino que incluyera también un marco para toda clase de actividades personales y sociales. En este sistema no solo se exaltaba la idea de la buena conducta individual, sino que también se concedía la debida importancia a la idea de la sociedad equilibrada que debía surgir como resultado de esa buena conducta. Solo se ofrece en él el esbozo de una comunidad política —únicamente un esbozo, porque los pormenores de las necesidades políticas humanas están limitados por la época y, por ello, son cambiantes—; también contiene un esquema de los derechos individuales y las responsabilidades sociales, en el que se han anticipado correctamente las realidades de la evolución histórica. El modo de vida islámico abarca todos los aspectos de la vida: morales y físicos, individuales y sociales. En las enseñanzas del Mensajero, se asignó a los problemas del cuerpo y de la mente, así como a las cuestiones sexuales y económicas, su lugar legítimo junto a los problemas de la teología y del culto; y nada relacionado con la vida fue considerado jamás tan insignificante como para no poder incorporarse al ámbito del pensamiento religioso; ni siquiera problemas puramente mundanos como el comercio, la herencia, los derechos de propiedad o la tenencia de la tierra fueron considerados demasiado insignificantes.
Todas las disposiciones de la ley islámica fueron concebidas para proporcionar iguales oportunidades, beneficios y bienestar a todos los miembros de la sociedad, sin distinción de nacimiento, raza o sexo, ni de afiliación social. No había privilegios ni ventajas reservados para el fundador de esta sociedad ni para sus descendientes. Tampoco existía el concepto de clases. Todos los derechos, deberes y beneficios se aplicaban por igual a cuantos creían en el islam. No se necesitan sacerdotes que medien entre Allah y los seres humanos, porque Él conoce lo que tienen delante y lo que ocultan detrás. La lealtad se debe únicamente a Allah y a Su Mensajero, a los propios padres y a la sociedad cuyo objetivo es establecer el reino de Allah en la Tierra. El islam no reconoce lealtad alguna hacia nadie más, ni deja lugar a esa clase de lealtad que afirma: «Mi país, tenga razón o no», o «Mi nación tiene razón». Al explicar este principio, el Profeta lo declaró con gran claridad en repetidas ocasiones: «No es de los míos quien proclama los objetivos de una causa tribal; no es de los míos quien lucha por los intereses de una causa tribal, y no es de los míos quien muere por el partidismo tribal».
Antes del islam, todas las organizaciones políticas —incluso las basadas en fundamentos teocráticos o semiteocráticos— estaban limitadas por la estrecha concepción de la tribu y de la homogeneidad tribal. Por eso, los reyes-dioses del antiguo Egipto no pensaban en nada más allá de las fronteras del valle del Nilo y de sus habitantes; y en el primer Estado teocrático de los hebreos, aun cuando se consideraba que Allah gobernaba el reino, inevitablemente Allah era el Allah de los hijos de Israel. En cambio, dentro del marco del pensamiento coránico no hay lugar para la lealtad al nacimiento ni a la tribu. El islam concibe una sociedad estatal autosuficiente que rechaza las divisiones tradicionales de tribu y nación. En este aspecto, los objetivos del islam y del cristianismo son idénticos; puede decirse que ambos desean formar una comunidad internacional basada en la lealtad a un ideal común. Pero mientras el cristianismo se limitó a defender moralmente este principio y, al aconsejar a sus seguidores que dieran al César lo que le correspondía, restringió su apelación universal al ámbito espiritual, el islam presentó al mundo el ideal de una organización política en la que la conciencia divina sería la clave principal de la conducta práctica de los seres humanos y el único fundamento de todas las instituciones sociales.
Así, al completar lo que el cristianismo había dejado incompleto, el islam añade un nuevo capítulo al desarrollo de la humanidad: el primer ejemplo de una sociedad libre basada en un ideal, en contraste con las sociedades cerradas del pasado, limitadas por la raza o por la geografía.
El islam concibe y da origen a una civilización en la que no hay lugar para el nacionalismo, ni para los intereses creados, las divisiones de clase, el sistema eclesiástico sacerdotal o la nobleza hereditaria. En realidad, en el islam no existe ninguna profesión hereditaria. El objetivo era establecer una teocracia orientada hacia Allah y una democracia entre los seres humanos. La característica más importante de esta nueva civilización —que ha distinguido por completo al islam de todos los demás movimientos de la historia humana— es el hecho de que se había concebido para construirse sobre el consentimiento voluntario de los pueblos implicados y que, en la práctica, nació precisamente como resultado de ese consentimiento voluntario. En todas las demás comunidades y civilizaciones conocidas por la historia, el progreso social ha sido resultado de la presión de intereses enfrentados y de sus reacciones opuestas; en el islam, no fue así. Aquí el progreso de la sociedad es parte inseparable de una constitución fundamental; en otras palabras, desde el principio existía un verdadero contrato social, no como una mera retórica a la que recurrieron los gobernantes posteriores para proteger sus privilegios, sino como la fuente histórica real de la civilización islámica. El Corán dice:
Sabed que Allah ha comprado a los creyentes sus personas y sus bienes, y a cambio les ha prometido el Paraíso. Alegraos, pues, por la compra que habéis hecho, porque esta es la gran victoria.
Yo sabía que esta gran victoria —el único ejemplo en la historia de un verdadero contrato social— solo se había realizado en la práctica durante un breve período. O también puede decirse que solo durante un breve período se intentó llevarla a la práctica a gran escala. Menos de cien años después de la muerte del Mensajero, la forma estatal original del islam comenzó a corromperse, y durante los siglos posteriores el programa original fue relegado gradualmente a un segundo plano. La lucha hereditaria por el poder ocupó el lugar del libre consentimiento de hombres y mujeres libres. La monarquía hereditaria, tan radicalmente contraria al pensamiento religioso del islam como el politeísmo, y asimismo contraria a su concepción política, se apoderó pronto del escenario; y con ella llegaron los conflictos y las conspiraciones entre distintas dinastías, la lealtad tribal y las nociones de bien y mal, la coerción y la degradación general de la religión hasta convertirla en sierva del poder político. En resumen, apareció todo el conjunto de los «intereses creados» tan conocido en la historia. Durante algún tiempo, grandes pensadores islámicos intentaron rescatar el verdadero ideal del islam de la deformación y elevarlo, pero quienes los sucedieron, inferiores en talento, desaparecieron dos o tres siglos después en el pantano cerrado de las costumbres y los convencionalismos intelectuales. Renunciaron a la responsabilidad de pensar por sí mismos y se contentaron con repetir las fórmulas muertas de épocas anteriores. Olvidaron que toda «opinión» humana está limitada por el tiempo, que en ella cabe el error y que, por ello, necesita ser reformulada continuamente. La inspiración original del islam fue al principio tan poderosa e intensa que bastó, durante algún tiempo, para elevar la comunidad musulmana a grandes alturas culturales, en aquel luminoso mundo de sueños de logros científicos, literarios y artísticos que los historiadores describen como la edad de oro del islam. Pero, al cabo de unos cuantos siglos más, aquel impulso y aquella inspiración también murieron por falta de alimento espiritual, y la civilización musulmana se volvió cada vez más estancada y carente de fuerza creadora.
. .. .. . .. . .. .
No tenía ninguna duda acerca de mi opinión sobre la situación actual del mundo musulmán. Durante los cuatro años que pasé en aquellos países, vi que, aunque el islam seguía vivo —visible en la particular manera en que sus seguidores contemplaban el mundo y en su tácito reconocimiento de los principios de los deberes morales del islam—, ellos mismos habían fracasado en poner en práctica el proyecto del islam. Sin embargo, yo estaba más atraído por la fuerza y las posibilidades contenidas en ese proyecto que por el fracaso de los musulmanes actuales. Para mí bastaba saber que, al comienzo mismo de la historia del islam, se había hecho, aunque fuera por poco tiempo, un intento exitoso de llevar ese proyecto a la realidad. Y lo que en un momento pareció posible quizá también pueda hacerse realidad en otro. Me decía: ¿qué importa que los musulmanes se hayan apartado de las enseñanzas fundamentales y se hayan hundido en la pereza y la ignorancia? ¿Y qué importa que no vivan de acuerdo con el ideal que el Profeta de Arabia les presentó hace mil trescientos años, si ese mismo ideal —cuyas palabras sigue dispuesto a escuchar sinceramente todo aquel que lo desee— permanece todavía abierto para todos?
Y también puede ser, pensaba para mis adentros, que este mensaje sea aún más necesario, inevitablemente, para quienes han venido después que para la gente de la época de Mahoma. Ellos vivían en un entorno mucho más sencillo que el nuestro y, por ello, la solución de sus problemas y dificultades era mucho más fácil. El mundo en el que vivo se tambalea por completo, porque no existe consenso sobre qué es bueno y qué es malo, ni en el ámbito espiritual ni, por consiguiente, en el social y económico. No creía que el ser humano individual necesitara «salvación»; pero sí creía que la sociedad moderna necesitaba ser salvada. Con una certeza cada vez mayor, sentía que nuestra época necesitaba una base filosófica para un nuevo contrato social: necesitaba una fe para esta época que nos revelara el vacío del progreso material por el progreso mismo y que, pese a ello, concediera a la vida terrenal lo que justamente le corresponde; una fe que nos enseñara a establecer un equilibrio entre las necesidades espirituales y físicas, y que así nos salvara de la catástrofe hacia la que avanzamos temerariamente.
.. . … …… .. .
No sería exagerado decir que, en aquel momento de mi vida, el problema del islam —que para mí era entonces precisamente un problema— había ocupado mi mente y eclipsado todo lo demás. En aquel momento, mi concentración se había dirigido a sus primeras etapas, cuando no era más que una atracción intelectual hacia un ideal y una cultura desconocidos, quizá fascinantes. Pero entonces se había convertido en una búsqueda apasionada de la verdad. En comparación con esta búsqueda, hasta la emoción de las aventuras de mis viajes de los dos años anteriores llegó a parecer insignificante; como consecuencia, me resultaba difícil concentrarme en escribir el nuevo libro que el editor de la Frankfurter Zeitung esperaba legítimamente de mí.
Al principio, el doctor Simon contempló con indulgencia mi evidente demora en escribir el libro. Al fin y al cabo, acababa de regresar de un largo viaje y me había ganado algún tipo de descanso. Mi reciente matrimonio también hacía necesario apartarme un poco de la rutina de la escritura. Pero cuando aquellas vacaciones y aquel descanso comenzaron a prolongarse más allá de lo que el doctor Simon consideraba razonable, me dijo que ya era hora de que regresara al mundo de los mortales. Mirándolo retrospectivamente, parece que fue muy sensato; pero en aquel momento me pareció muy distinto. Sus preguntas frecuentes y urgentes acerca del «libro» produjeron el efecto contrario al que esperaba: sentí como si me hubieran impuesto una carga. Por eso empecé a irritarme cada vez que pensaba en el libro. Seguía estando mucho más ocupado con lo que aún tenía que descubrir que con describir lo que ya había visto.
Finalmente, el doctor Simon, exasperado, hizo un comentario áspero: «No creo que llegues a escribir ese libro. Sufres de “horror libri”».
Respondí, como si me hubiera picado algo: «Mi enfermedad podría ser algo más grave que eso. Probablemente padezco de “horror scribendi”».
«Bueno, si esa es tu enfermedad —respondió de inmediato, mirándome a la cara—, ¿crees que la Frankfurter Zeitung es el lugar adecuado para ti?». Las réplicas se sucedieron y nuestro desacuerdo fue convirtiéndose poco a poco en una disputa. Ese mismo día renuncié a la Frankfurter Zeitung y, una semana después, partí hacia Berlín con Elsa.
Por supuesto, no tenía intención de abandonar el periodismo. Porque, aparte de que escribir me había proporcionado un medio de vida holgado y placer —algo que aquel «libro» había echado a perder temporalmente—, era mi único medio de regresar al mundo musulmán. Y yo quería volver al mundo musulmán a cualquier precio. Pero, gracias a la fama que había alcanzado durante los últimos cuatro años, no me resultó difícil establecer nuevos vínculos con periódicos. Después de romper mi relación con el Frankfurter Zeitung, cerré acuerdos muy satisfactorios con otros tres diarios: el Neue Zürcher Zeitung de Zúrich, el Telegraph de Ámsterdam y el Kölnische Zeitung de Colonia. A partir de entonces, mis artículos sobre Oriente Medio se publicarían simultáneamente en los tres periódicos. Aunque no eran comparables al Frankfurter Zeitung, figuraban entre los periódicos más importantes de Europa.
Durante un tiempo, Elsa y yo fijamos nuestra residencia en Berlín. Mi intención era completar allí mi serie de conferencias en la «Academia de Geopolítica» y continuar estudiando el islam.
Mis antiguos amigos literarios se alegraron de volver a verme. Pero, cuando regresé de Oriente Medio, por alguna razón ya no fue fácil reanudar nuestra relación exactamente desde el punto en que la habíamos dejado. Nos habíamos vuelto unos desconocidos; ya no hablábamos en el mismo lenguaje intelectual. En especial, ninguno de mis amigos mostró una comprensión cordial de aquello que me tenía absorto: el islam. Cuando intenté explicarles que, como concepción intelectual y social, el islam era superior a cualquier otra ideología, todos ellos, podría decirse que sin excepción, sacudieron la cabeza con asombro y perplejidad. Aunque de vez en cuando admitían la racionalidad de alguna propuesta del islam, la mayoría pensaba que las religiones antiguas pertenecían al pasado y que lo que exigía nuestra época era una nueva perspectiva «humanista». Incluso quienes no rechazaban de un plumazo toda legitimidad de la religión institucional no estaban dispuestos a abandonar la actitud de la generalidad occidental según la cual, por estar manifiestamente vinculada a los asuntos mundanos, al islam le faltaba ese «misticismo» que el ser humano tiene derecho a esperar de la religión.
Me sorprendió descubrir que precisamente ese aspecto del islam que más me había atraído —es decir, su negativa a dividir la realidad corporal y la espiritual en dos verdades separadas, y su insistencia en la razón para alcanzar la fe— apenas despertaba interés en el corazón de aquellos intelectuales que, por lo demás, solían afirmar que la razón ejercía la mayor influencia en la vida. Solo en el ámbito religioso se apartaban con tanta facilidad de su muy acostumbrada actitud racionalista y pragmática. En este aspecto, no vi ninguna diferencia entre mis pocos amigos que sentían apego por la religión y aquellos que no estaban dispuestos a considerar la religión algo más que una tradición desgastada.
Con el tiempo comprendí dónde residía su dilema. Empecé a ver que, a los ojos de quienes habían crecido en un ambiente de pensamiento cristiano —un pensamiento que insistía en que toda verdadera experiencia religiosa se basaba en lo «sobrenatural»—, una religión con una perspectiva fuertemente racionalista parecía apartarse del valor espiritual de la religión. Esta actitud no se limitaba a los cristianos creyentes: debido a la prolongada convivencia de Europa con el cristianismo, sin entrar en contacto con ninguna otra religión, hasta los europeos escépticos habían aprendido a contemplar inconscientemente toda experiencia religiosa a través de las lentes de las ideas cristianas. Y solo consideraban «verdadera» una experiencia religiosa cuando iba acompañada del estremecimiento de una devoción divina y reverente ante algo oculto e incomprensible para la razón. El islam no satisface esa exigencia: insiste en armonizar, en un plano enteramente natural, los aspectos corporales y espirituales de la vida. En realidad, la visión del mundo del islam es tan distinta de la visión cristiana que aceptar la verdad de una plantea necesariamente interrogantes acerca de la verdad de la otra, porque casi todas las concepciones morales de Occidente se fundamentan en la visión cristiana del mundo.
En mi caso, la cuestión era la siguiente: sentía que algo me empujaba hacia el islam. Pero una última duda me obligó a aplazar el paso definitivo e irreversible. La idea de abrazar el islam me pareció como subir a un puente que se alzaba sobre el vacío entre dos mundos diferentes; un puente tan largo que había que llegar hasta un punto desde el cual ya no habría posibilidad de regresar, antes de que el extremo opuesto apareciera a la vista. Sabía muy bien que, si me hacía musulmán, tendría que romper todos mis vínculos con el mundo en el que me había formado. No había ninguna otra alternativa posible. No era posible seguir verdaderamente el mensaje de Muhammad y, al mismo tiempo, conservar una relación interior con una sociedad regida por ideas completamente opuestas. Pero ¿era realmente el islam un mensaje procedente de Allah, o no era más que la sabiduría humana de un hombre grande, aunque sujeto al error y a las limitaciones…?
Un día, en septiembre de 1926, Elsa y yo viajábamos en el metro de Berlín. Era un vagón de primera clase. Mi mirada distraída se posó en un hombre pulcramente vestido que estaba sentado justo frente a mí: se veía que era un empresario rico; llevaba un magnífico maletín sobre el regazo y un anillo de diamante de gran tamaño en la mano derecha. Se me ocurrió pensar ociosamente cuánto encajaba el rostro de aquel hombre corpulento en la imagen de prosperidad que por entonces se veía por toda Europa central; una prosperidad que resultaba aún más evidente porque había llegado después de varios años de inflación, cuando toda la vida económica había quedado devastada y su aspecto se había vuelto uniformemente desagradable. Ahora casi todo el mundo vestía bien y tenía abundante comida, y por eso el hombre que tenía enfrente no me pareció una excepción. Pero cuando le miré el rostro, me pareció estar mirando un rostro feliz. Parecía preocupado; y no solo preocupado, sino intensamente desdichado. Sus dos ojos miraban al frente con aire ausente y las comisuras de su boca parecían contraerse de dolor, aunque no de dolor físico. No quería ser descortés. Por eso aparté la mirada y, justo después, vi a una mujer, bastante joven y hermosa. En su rostro también había una extraña expresión de infelicidad, como si estuviera pensando en algo o experimentando algo que le resultaba doloroso. A pesar de ello, su rostro permanecía inmóvil, como si estuviera fijo en una sonrisa; no me cabía duda de que aquello se había convertido en algo habitual para ella. Luego me volví y empecé a mirar los rostros de todos los demás pasajeros del compartimento: sin excepción, eran los rostros de personas vestidas con ropas costosas y que comían en abundancia; y en casi todos ellos vi una expresión de tristeza, tan oculta que parecía que su dueño era completamente inconsciente de ella.
De verdad, me parece algo extraño. Nunca antes había visto a mi alrededor tantos rostros infelices, o quizá nunca había buscado antes aquello que en ese momento se expresaba con tanta fuerza en ellos. La idea se volvió tan intensa que se lo dije a Elsa. Ella también comenzó a mirar a su alrededor, con los ojos atentos de una pintora acostumbrada a leer los rostros de las personas. Luego volvió hacia mí el rostro, asombrada, y dijo: «Tienes razón; todos miran como si estuvieran sufriendo los tormentos del infierno. Me pregunto, asombrada: ¿saben ellos mismos qué está ocurriendo en su interior?»
Sé que no lo saben. Si lo supieran, no podrían seguir desperdiciando sus vidas como lo hacen. Creyendo en verdades obligatorias, sin otro objetivo en la vida que el deseo de mejorar su nivel de vida, no podrían arruinarla de ese modo sin albergar otra esperanza que la de obtener mayores comodidades materiales, aparatos más sofisticados (gadgets) y, quizá, más poder—
Cuando regresamos a casa, de pronto reparé en mi escritorio, sobre el cual estaba abierto un ejemplar del Corán que había estado leyendo antes. Mecánicamente tomé el Corán para guardarlo. Pero cuando iba a cerrarlo, mis ojos se posaron en la página abierta ante mí y comencé a leer:
—Os obsesiona la codicia de querer más y más, hasta que llegáis a vuestras tumbas. No, no está bien: pronto lo sabréis. No, no está bien: ciertamente lo sabréis. Si lo supierais con certeza, sin duda veríais que estáis en el Infierno. Luego lo veréis con toda certeza, y ese día se os preguntará qué hicisteis con las mercedes que os fueron concedidas.
Por un momento me quedé sin palabras; no conseguía articular palabra. Me pareció que el libro temblaba en mis manos. Luego se lo tendí a Elsa: «Lee esto. ¿No es la respuesta a lo que habíamos visto en el metro?»
Sí, esa era la respuesta: una respuesta tan definitiva que, de repente, todas las dudas quedaron reducidas a polvo. Ahora comprendí, sin la menor duda, que el Libro que sostenía en mis manos era un Libro revelado por Dios; porque, aunque había sido presentado a los hombres hacía más de mil trescientos años, había anticipado algo que solo podía ser verdad en nuestra época, tan compleja, mecánica y dominada por una imaginación irreal.
La codicia siempre ha existido en los seres humanos; pero antes nunca había podido superar el simple deseo de acumular cosas ni convertirse en una obsesión que volviera borrosa la visión de todo lo demás: un impulso insaciable de tener más, hacer más planes, ser hoy más que ayer y mañana más que hoy. Un demonio se ha subido a los hombros de los hombres y los azota en el corazón, arreándolos hacia metas que brillan a lo lejos, irónicamente, y que, en cuanto se alcanzan, se desvanecen en una insignificante nada. Siempre promete que delante hay nuevas metas, metas aún más brillantes y seductoras, hasta que quedan en los límites del horizonte; y ese hambre, esa hambre insaciable de metas siempre nuevas, está devorando el alma de los hombres. No; si lo supierais, veríais el Infierno en el que os encontráis.
Comprendí que aquello no era simplemente la sabiduría humana de un hombre del remoto pasado de Arabia. Por muy sabio que hubiera sido, a un hombre así le habría sido completamente imposible prever por sus propias fuerzas los tormentos propios de este siglo XX. Desde el Corán se alzó una voz, una voz mayor y más sublime que la de Muhammad…
cinco
La oscuridad ha descendido sobre el recinto de la Mezquita del Profeta; aquí y allá, la iluminan apenas las lámparas de queroseno suspendidas de largas cadenas entre las columnas de los arcos. El jeque Abdallah Bulaijid está sentado con la cabeza inclinada sobre el pecho y los ojos cerrados. Quien no lo conozca podría pensar que se ha quedado dormido; pero yo sé que escucha mi relato con profunda concentración e intenta cotejarlo con el vasto patrón de su propia experiencia acerca de las personas y sus corazones. Después de un largo rato, levanta la cabeza, abre los ojos y me mira:
—¿Y después? ¿Qué hiciste entonces?
—Lo normal e inevitable, jeque. Busqué y encontré a un amigo musulmán. Era indio y, en aquel entonces, dirigía la pequeña comunidad musulmana de Berlín. Le dije: «Quiero abrazar el islam». Él extendió hacia mí su mano derecha; yo puse mi mano derecha sobre la suya y, en presencia de dos testigos, declaré: La ilaha illallah, Muhammadur Rasulullah —doy testimonio de que no hay más dios que Alá y de que Muhammad es Su Mensajero.1[Esta declaración de fe es el único rito religioso obligatorio para hacerse musulmán. En el islam, las palabras «mensajero» y «profeta» pueden usarse indistintamente para los grandes profetas que transmiten un nuevo mensaje, como Muhammad, Jesús, Moisés y Abraham.]Unas semanas después, mi esposa también abrazó el islam.
—¿Y qué dijeron entonces los tuyos?
—Sí, no les gustó. Cuando le comuniqué a mi padre que me había hecho musulmán, ni siquiera respondió a mi carta. Unos meses después, mi hermana me escribió que mi padre me consideraba muerto… Entonces le envié otra carta y le aseguré que mi conversión al islam no había cambiado en nada mi actitud hacia él ni mi amor por él. Al contrario, el islam me enseña a amar y honrar a mis padres por encima de todos los demás. Pero tampoco recibí respuesta a esa carta.
—Sin duda, tu padre era muy devoto de su religión…
—No, jeque, no lo era, y ese es el aspecto más sorprendente de esta historia. Creo que me considera un renegado —un apóstata—, no tanto de su religión (porque la religión nunca lo sujetó con tanta fuerza), sino de la sociedad en la que se crio y de la formación con la que está vinculado.
—«¿Y después no volviste a verlo?»
—«No, inmediatamente después de que abrazamos el islam, mi esposa y yo abandonamos Europa. Ya no nos era posible seguir allí. Nunca regresé»…2[En 1935 nuestra relación volvió a reanudarse, cuando mi padre finalmente comprendió las razones por las que me había convertido al islam y pudo reconocerlas, aunque nunca volvimos a encontrarnos ni a vernos.। Hasta 1942 mantuvimos una correspondencia regular; ese mismo año los nazis deportaron a mi padre y a mi hermana de Viena, y más tarde murieron en un campo de concentración nazi.।
Yihad
I
Cuando salía de la Mezquita del Profeta, una mano asió una de las mías; al volver la cabeza, me encontré con los bondadosos ojos de anciano de Sidi Muhammad az-Zubair, líder de los senusíes.
—«¡Padre, qué feliz me hace verte después de tantos meses! Que las bendiciones de Allah se derramen sobre tus pasos en esta ciudad bendecida por el Profeta…
Caminamos lentamente, de la mano, por el camino de grava que va desde la mezquita hasta el mercado principal. Sidi Muhammad, vestido con la chilaba que llevan los árabes y bereberes del norte de África, con el turbante en la cabeza, es una persona muy conocida en Medina. Lleva varios años viviendo aquí. Mientras avanzamos, muchas personas nos detienen para saludarlo. Estos saludos no se deben únicamente al respeto por sus setenta años, sino también a su fama como uno de los líderes de la heroica lucha de liberación de Libia.
—«Padre, quiero informarte de que el sayyid Ahmad está en Medina. Su salud no va bien. Se alegrará muchísimo de verte. ¿Cuánto tiempo te quedarás aquí?»
—«Solo hasta pasado mañana», respondo, «pero no me iré sin ver a Sayyid Ahmad. Vamos, vayamos ahora mismo a verlo.»
—No hay en toda Arabia hombre alguno a quien ame más que a Sayyid Ahmad, porque no se puede encontrar a nadie que se haya sacrificado por un ideal de una manera tan completa y desinteresada como él. Es un erudito y un guerrero. Ha consagrado toda su vida al renacimiento espiritual de la comunidad musulmana y a su lucha por la libertad política, pues sabe muy bien que no es posible alcanzar una de estas cosas sin la otra. ¡Qué claramente recuerdo ahora mi primer encuentro con Sayyid Ahmad, en La Meca, hace muchos años…
Al norte de la Ciudad Santa se alza el monte Abu Qubays, centro de numerosas leyendas y relatos antiguos. Además, desde allí, donde hay una pequeña mezquita encalada con dos minaretes bajos a modo de corona, se contempla una magnífica vista del valle de La Meca: justo en su fondo se encuentra la mezquita cuadrada de la Kaaba, y las casas, coloridas y dispersas como un decorado teatral, parecen ascender por las desnudas laderas rocosas de las montañas en todas direcciones. Justo debajo de la cima del monte Abu Qubays hay una hilera de edificios de piedra que cuelgan sobre una estrecha hendidura llana, como un grupo de nidos de águila: el centro mequí de la hermandad sanusí. El anciano con quien me encuentro aquí es famoso en todo el mundo musulmán: el gran Sayyid Ahmad al-Sanusí. Aquí es un exiliado. Tras treinta años de lucha y siete años de vagar por la región situada entre el mar Negro y las montañas del Yemen, se le han cerrado todos los caminos para regresar a su propia Cirenaica. Ningún otro nombre había causado tantas noches de insomnio a los gobernantes coloniales del norte de África; ni siquiera el del gran Abd al-Qadir de la Argelia del siglo XIX, ni el de Abd el-Krim de Marruecos, que en tiempos más recientes fue como una espina clavada en el pecho de los gobernantes franceses. Por inolvidables que estos nombres sean para los musulmanes, su importancia fue únicamente política. Pero el liderazgo de Sayyid Ahmad y su orden han actuado durante muchos años como una inmensa fuerza espiritual.
Me lo presentó mi amigo javanés, el hadji Agus Salim. Salim gozaba de la condición de dirigente en la lucha que se libraba en Indonesia por la libertad política. Había venido a La Meca para realizar el hach. Cuando Sayyid Ahmad oyó que yo había aceptado recientemente el islam, me tendió la mano y me dijo con voz suave:
—«Joven hermano mío, bienvenido entre tus hermanos…»
Guerrero intransigente por la religión y la libertad, avanzando ya hacia la vejez, llevaba grabadas sobre sus hermosas cejas las huellas de la pena y el sufrimiento. El rostro de Sayyid Ahmad, de barba ligeramente canosa y facciones de aguda percepción marcadas por profundas líneas de dolor, estaba fatigado. Los párpados le caían pesadamente sobre los ojos, de modo que estos parecían adormilados. El tono de su voz era igualmente suave y cargado de tristeza y aflicción. Pero a veces surgía en ella una súbita exaltación; entonces sus ojos comenzaban a brillar, y en su voz aguda se propagaban lentamente la nobleza, la vibración de la música, mientras un brazo se alzaba desde los pliegues de su blanca túnica, ¡como el ala de un águila!
Era heredero de una ideología y de una misión que, de haberse llevado a la práctica, quizá habrían provocado un renacimiento en el islam moderno. A pesar de la edad y la enfermedad, y aunque el propósito de su vida había sido frustrado, este gran héroe del norte de África no había perdido su resplandor. Tenía derecho a no desesperar. Sabía que el anhelo de un renacimiento religioso y político conforme al verdadero espíritu del islam —objetivo del movimiento sanusí— nunca podría borrarse del corazón de las naciones musulmanas.
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El abuelo de Saíd Ahmad fue el gran erudito argelino Muhammad ibn Alí as-Senusi (el sobrenombre fue tomado de la tribu de los Banu Senusi, en la que él había nacido), quien durante la primera mitad de este siglo había soñado con una hermandad islámica que algún día allanara el camino para establecer una verdadera comunidad islámica. Después de viajar y estudiar durante muchos años por numerosos países árabes, Muhammad ibn Alí Senusi estableció en La Meca, en el monte Abu Qubais, la primera zawiya o residencia de la tariqa, y en poco tiempo obtuvo un gran número de seguidores entre los beduinos del Hiyaz. Sin embargo, no permaneció sentado en La Meca: regresó al norte de África y finalmente se estableció en un oasis llamado Jaghbub, situado en el desierto entre Cirenaica y Egipto. Desde allí, su mensaje se extendió como un relámpago por toda Libia y más allá de sus fronteras. Cuando murió, en 1859, los senusíes —nombre por el que llegaron a ser conocidos todos los miembros de esta tariqa— controlaban un vasto Estado que se extendía desde la costa del Mediterráneo hasta el interior de África ecuatorial y la región tuareg del Sáhara argelino.
Sin embargo, la palabra «Estado» no describe con exactitud esta extraordinaria creación, porque el Gran Senusi nunca quiso establecer para sí mismo ni para sus descendientes un régimen personal; su objetivo era crear una base organizativa para el renacimiento moral, social y político del islam. En aras de este objetivo, no hizo nada por destruir la estructura tribal tradicional de aquella región. Ni siquiera desafió la soberanía nominal del sultanato turco sobre Libia: continuó reconociendo al sultán turco como califa del islam. Dedicó todos sus esfuerzos a instruir a los beduinos en las enseñanzas fundamentales del islam, de las que se habían apartado en el pasado, y a inculcarles ese sentido de hermandad que era el propósito del Corán, pero que se había perdido en gran medida a causa de siglos de conflictos tribales. Las numerosas zawiyas que surgieron por todo el norte de África llevaron desde sus centros el mensaje de la Senusiyya a las tribus de las regiones más extensas y, en el curso de unas pocas décadas, produjeron una transformación casi increíble tanto entre los árabes como entre los bereberes. Poco a poco llegó a su fin la anarquía intertribal del pasado, y los antiguos guerreros desenfrenados del desierto se sintieron inspirados por una sincera disposición a ayudarse mutuamente, algo que hasta entonces les había sido desconocido. En las zawiyas, sus hijos recibieron educación no solo islámica, sino también en numerosas artes prácticas y oficios manuales, que los nómadas guerreros habían despreciado anteriormente. Se les alentó a excavar pozos más numerosos y mejores en regiones que durante cientos de años habían sido estériles, y bajo la dirección senusí comenzaron a surgir, aquí y allá, como puntos dispersos, asentamientos prósperos en el corazón del desierto gris. Se fomentó el comercio, y la paz y el orden que trajo el sistema senusí hicieron posible viajar por regiones en las que antes ninguna caravana podía avanzar sin ser saqueada. En resumen, la influencia de esta tariqa se convirtió en un poderoso impulso para la civilización y el progreso; por otra parte, su inquebrantable devoción religiosa elevó muy por encima de las experiencias pasadas de los habitantes de esta parte del mundo el nivel moral de la nueva sociedad. Casi todos los individuos, las tribus y los jefes tribales aceptaron voluntariamente el liderazgo espiritual del Gran Senusi; incluso las autoridades turcas de las ciudades costeras de Libia comprendieron que, gracias al liderazgo moral de la tariqa, les resultaba mucho más fácil ocuparse de las tribus beduinas que antaño habían sido «indomables».
De este modo, la tariqa concentró sus esfuerzos de tal manera que llegó a ser casi imposible separarla de la capacidad de gobierno de las poblaciones locales. La base de este poder de la tariqa senusí era su capacidad para liberar y despertar a los sencillos beduinos en materia religiosa y a los tuaregs del norte de África de la estéril ritualidad de un pasado reciente; su capacidad para llenar sus corazones del deseo de vivir en verdadera armonía con el mensaje esencial del islam; y el mérito de haber creado en ellos la conciencia de que todos trabajaban por la libertad, la dignidad humana y la hermandad. Desde la época del Mensajero, no se había visto en ningún lugar del mundo musulmán un movimiento de tal amplitud que se aproximara tanto, que estuviera tan cerca, del modo de vida islámico como este movimiento senusí.
Esta era pacífica quedó hecha añicos en el último cuarto del siglo XIX, cuando Francia comenzó a avanzar hacia el sur, desde Argelia hacia el África ecuatorial, y fue ocupando paso a paso las regiones que antes eran independientes bajo el liderazgo de esta tariqa. Para defender su libertad, el hijo y sucesor del fundador del movimiento, Muhammad al-Mahdi, se vio obligado a empuñar la espada; y nunca más le fue posible envainarla. Esta larga lucha fue una verdadera «yihad» islámica, una guerra en defensa propia, descrita así en el Corán:
Combatid por la causa de Alá contra quienes combaten contra vosotros; pero no seáis vosotros los agresores, porque ciertamente Alá no ama a los agresores. Combatid contra ellos hasta que la opresión sea eliminada y todas las personas puedan adorar libremente a Alá. Pero si cesan, debe cesar toda hostilidad.
Pero los franceses no cejaron. Portando en la punta de sus bayonetas la bandera tricolor, penetraron cada vez más profundamente en el interior de los países musulmanes.
Cuando Muhammad al-Mahdi murió, en 1902, su sobrino Saíd Ahmad asumió en su lugar el liderazgo de la tariqa. Desde los diecinueve años, durante la vida de su tío y después, cuando él mismo se convirtió en el Gran Senusi, continuó combatiendo sin interrupción contra la penetración francesa en la región que ahora se llama África Ecuatorial Francesa. Cuando los italianos sitiaron Tripolitania y Cirenaica en 1911, tuvo que dirigir la guerra en dos frentes. Esta nueva y mayor presión lo obligó a volver su atención principal hacia el norte. Junto a los turcos y, después de que estos abandonaran Libia, solo, Saíd Ahmad y sus muyahidines senusíes —así se llamaban a sí mismos estos guerreros— libraron con éxito la guerra contra los invasores: a pesar de sus armas superiores y de su número mucho mayor, los italianos apenas lograron afianzarse, a duras penas, en unas pocas ciudades costeras.
¡La potencia británica se había afianzado entonces en Egipto! No parecía demasiado preocupada al ver cómo los italianos extendían su poder por el interior del norte de África. Por todas estas razones, en aquel momento la potencia británica no era hostil a los sanusíes. Esta actitud neutral era de suma importancia para la orden sanusí, porque todos los suministros de los «muyahidines» llegaban desde Egipto, cuya población, casi en su totalidad, simpatizaba con ellos. Parece muy probable que, gracias a esta neutralidad británica, la Sanusiyya hubiera podido finalmente expulsar por completo a los italianos de Cirenaica. Pero en 1915 Turquía entró en la Gran Guerra del lado de Alemania, y el sultán otomano, como califa del islam, exhortó al gran Sanusi a atacar a la potencia británica en Egipto para ayudar a los turcos. Puesto que el Gobierno británico estaba naturalmente más ansioso que nunca por asegurar la retaguardia de sus posesiones en Egipto, pidió a Sayyid Ahmad que mantuviera la neutralidad. A cambio de esta neutralidad, estaban dispuestos a reconocer políticamente a la orden sanusí de Libia; incluso estaban dispuestos a dejar en manos de los sanusíes varios oasis egipcios del desierto occidental.
Si Sayyid Ahmad hubiera aceptado esta propuesta, no habría hecho más que seguir inequívocamente lo que dictaba el sentido común. No sentía ninguna lealtad especial hacia Turquía, pues aquella misma Turquía había entregado Libia a Italia unos años antes, dejando a Sanusi solo para luchar contra los italianos. La potencia británica no había cometido ningún acto hostil contra Sanusi; al contrario, le había permitido recibir suministros desde Egipto, que era su único medio de abastecimiento. Además, la yihad proclamada por el sultán otomano a instancias del ministerio de Berlín ciertamente no cumplía las condiciones establecidas en el Corán. Los turcos no estaban librando una guerra defensiva; más bien se habían aliado con una potencia no musulmana en una guerra de agresión. Por tanto, tanto las consideraciones religiosas como las políticas señalaban al gran Sanusi un único camino: mantenerse al margen de una guerra que no era la suya. Algunos de los dirigentes sanusíes más influyentes —mi amigo Sidi Muhammad al-Zubayr era uno de ellos— aconsejaron a Sayyid Ahmad que permaneciera neutral. Pero el elevado aunque irrealizable deseo de proteger al débil califa del islam prevaleció sobre las exigencias de la razón y lo indujo a tomar una decisión equivocada. Se declaró partidario de Turquía y atacó a la potencia británica en el desierto occidental.
Este conflicto de conciencia y sus consecuencias en el curso de los acontecimientos resultaron aún más trágicos en el caso de Sayyid Ahmad, porque para él no se trataba simplemente de una cuestión de ganancias y pérdidas personales; con ello quizá se causó un daño irreparable al noble objetivo de toda su vida, de las dos generaciones que lo precedieron y de la vida de todos los sanusíes. Como lo conozco, no tengo la menor duda de que el propósito que había detrás de su acción era absolutamente desinteresado: su objetivo era preservar la unidad del mundo musulmán. Pero tampoco tengo la menor duda de que, desde el punto de vista político, jamás habría podido tomar una decisión peor. Al proclamar la yihad contra la potencia británica, sacrificó todo el futuro de la orden sanusí, sin comprenderlo plenamente en aquel momento.
Por ello se vio obligado a continuar la guerra en tres frentes: al norte, contra los italianos; al suroeste, contra los franceses; y al este, contra los británicos. Al principio obtuvo algunos éxitos. Cuando, acorralada por el avance germano-turco hacia el canal de Suez, la potencia británica se retiró de los oasis del desierto occidental, Sayyid Ahmad los ocupó inmediatamente. Bajo el mando de Muhammad al-Zubayr —quien, con su sabiduría, se había opuesto tan vehementemente a esta empresa—, diversas formaciones de tropas móviles montadas en camellos penetraron hasta las inmediaciones de El Cairo. Pero justo entonces el curso de la guerra cambió repentinamente: el rápido avance de las fuerzas germano-turcas fue detenido en el valle del Sinaí, y la ofensiva se transformó en una retirada. Poco después, en el desierto occidental, los británicos contraatacaron a las fuerzas sanusíes, tomaron los oasis y los pozos de la zona fronteriza y cortaron así la única vía de suministro de los muyahidines. El interior de Cirenaica no podía por sí solo abastecer y mantener con vida a una población comprometida en una lucha a muerte, y los pocos submarinos alemanes y austriacos que llegaron con armas y municiones no aportaron más que una ayuda nominal.
En 1917, siguiendo el consejo de sus asesores turcos, Sayyid Ahmad viajó a Estambul en un submarino para organizar una ayuda y un apoyo más eficaces. Pero, antes de partir, dejó el liderazgo de la orden en Cirenaica a su primo Sayyid Muhammad al-Idris. *[Rey de Libia desde 1952] Más conciliador por naturaleza que Sayyid Ahmad, Idris intentó sin demora concertar la paz con los británicos y los italianos. Los británicos nunca habían deseado este conflicto con los sanusíes desde el principio. Por ello, sin vacilar, el Gobierno italiano reconoció oficialmente a Sayyid Idris como «emir de los sanusíes» para concertar la paz. Idris logró mantener hasta 1922 una tambaleante semindependencia en el interior de Cirenaica. Pero cuando quedó claro que los italianos en realidad no querían cumplir su acuerdo, sino que estaban decididos a someter todo el país a su dominio, Sayyid Idris abandonó Egipto, a comienzos de 1923, en señal de protesta, dejando el liderazgo de los sanusíes en manos de Umar al-Mujtar, un seguidor leal y veterano. Inmediatamente después se produjo la ruptura esperada del tratado y la guerra de Cirenaica volvió a comenzar.
Mientras tanto, en Turquía, Sayyid Ahmad comenzó a enfrentarse a una decepción tras otra. Su deseo era regresar a Cirenaica tan pronto como alcanzara su objetivo. Pero ese objetivo nunca se cumplió, porque apenas entró en Estambul comenzaron toda clase de extrañas conspiraciones, a consecuencia de las cuales se vio obligado a posponer su regreso semana tras semana y mes tras mes. Poco a poco se le hizo casi evidente que quienes rodeaban al sultán realmente no querían que los senusíes triunfaran y resultaran vencedores. El temor de los turcos era de larga data: ¡que los árabes recién despertados intentaran establecer de nuevo su liderazgo en el mundo musulmán! La victoria de los senusíes proclamaría inevitablemente un renacimiento nacional de esa índole y convertiría al Gran Senusí —cuya fama también en Turquía era casi legendaria— en el indiscutible heredero del califato. Ni siquiera el hecho de que él mismo no albergara semejante ambición disipó las sospechas de los más altos dirigentes de Turquía; y aunque se le brindaron todos los honores y el máximo respeto que correspondían a su rango, Sayyid Ahmad fue detenido en Turquía con discreción, pero de manera efectiva. Cuando en 1918 se derrumbó el califato otomano y, después, las Potencias Aliadas ocuparon Estambul, sonó la campana de muerte de su ilusoria esperanza y, al mismo tiempo, se cerraron para él todas las puertas de Cirenaica.
Pero el ímpetu desenfrenado por la solidaridad musulmana no permitió que Sayyid Ahmad permaneciera inactivo. Cuando las Potencias Aliadas desembarcaron en Estambul, cruzó la frontera y llegó a Asia Menor para unirse a Kemal Atatürk, conocido entonces únicamente como Mustafa Kemal, quien acababa de comenzar a organizar la resistencia turca en el interior de Anatolia.
Debe recordarse que, al principio, la lucha emprendida por Kemal en Turquía llevaba el sello de una lucha islámica, y que en aquellos días terribles únicamente el fervor religioso dio a la nación turca la capacidad de combatir contra las fuerzas griegas, muchas veces superiores, a las que las Potencias Aliadas habían apoyado con todos sus recursos.
Para alcanzar su objetivo, Sayyid Ahmad comenzó a recorrer incansablemente las distintas ciudades y aldeas de Anatolia, empleando sus grandes poderes espirituales y morales, y exhortando al pueblo a apoyar a Mustafa Kemal, el «Gazi» o defensor de la religión. La contribución de este esfuerzo del Gran Senusí y, junto con él, del resplandor de su nombre, al éxito del movimiento kemalista entre los sencillos campesinos de Anatolia fue incalculable; porque aquellos campesinos no entendían nada de las consignas nacionalistas, mientras que durante generaciones habían creído que ofrecer sus vidas por el islam era para ellos un motivo de gloria.
Pero también aquí el Gran Senusí volvió a equivocarse en su juicio, aunque no respecto del pueblo turco, pues fue precisamente su fervor religioso el que lo hizo victorioso contra un enemigo muchas veces más poderoso. El error del Senusí estuvo en sus cálculos sobre las intenciones del dirigente del pueblo turco. Porque, apenas el «Gazi» alcanzó la victoria, se le hizo evidente que había una enorme diferencia entre sus verdaderas intenciones y las expectativas que se habían creado entre su pueblo. Atatürk fundamentó su revolución social en un islam revitalizado y reanimado con nuevas fuerzas, algo innecesario incluso desde el punto de vista del propio Atatürk. Pues fácilmente podría haber aprovechado el intenso entusiasmo religioso de su nación para crear una iniciativa activa orientada al progreso. Para ello, no necesitaba arrancar de raíz todo aquello que había dado forma a su cultura y los había convertido en una gran nación.
Profundamente decepcionado por las diversas reformas antislámicas de Atatürk, Sayyid Ahmad se retiró de toda actividad política en Turquía y finalmente, en 1923, se marchó a Damasco. Aunque allí se oponía a varias de las políticas internas de Atatürk, volvió a intentar convencer a los sirios de unirse a Turquía en aras de la solidaridad musulmana. Naturalmente, el Gobierno mandatario francés comenzó a verlo con extrema desconfianza. Hacia 1924, cuando sus amigos se enteraron de que su arresto era inminente, atravesó el desierto en un automóvil, llegó a la frontera del Nay̆d y desde allí partió hacia La Meca, donde el rey Ibn Saud lo recibió con sinceridad.
Dos
—¿Y cómo marchan las actividades de los «muyahidines», oh, Sidi Muhammad? —pregunto, porque hace casi un año que no recibo noticias de Cirenaica.
El rostro de Sidi Muhammad al-Zubay se ensombrece: «Las noticias no son buenas, hijo. La guerra terminó hace varios meses. Los muyahidines se han derrumbado. Han gastado hasta su última bala. Ahora, entre nuestra desdichada nación y la ira de sus opresores, no queda más que la misericordia de Alá…»
—¿Y qué noticias hay de Sayyid Idris?
—¿Sayyid Idris? —responde Sidi Muhammad con un suspiro—. Sayyid Idris todavía está en Egipto, esperando débilmente —¿esperando qué?—. Es un hombre muy bueno, que Alá tenga misericordia de él, pero no es un guerrero. Vivía entre sus libros; la espada no se adapta bien a su mano…
—Pero Umar al-Mujtar, él seguramente no se rindió, ¿verdad? ¿Se había marchado a Egipto?
Sidi Muhammad se detiene en el camino y me mira, asombrado, con los ojos muy abiertos: «¿Umar…? Entonces… ¿tampoco has oído esto?»
—¿Qué no he oído?
—Hijo —dice suavemente—, Sidi Umar, que Alá tenga misericordia de él, murió hace casi un año…
Umar al-Mujtar ha muerto… El león de Cirenaica, que con más de setenta años no dejó de luchar por la libertad de su país hasta el último momento… Está muerto… Durante diez largos años… diez años terribles, fue el alma de la resistencia de su nación contra obstáculos que parecían imposibles de vencer, contra fuerzas italianas diez veces superiores a su ejército… Fuerzas italianas equipadas con las armas más modernas, vehículos blindados, aviones y cañones, mientras que Umar y sus medio hambrientos muyahidines no tenían más que fusiles y algunos caballos, con los que tuvo que librar una guerra de guerrillas temeraria en un país convertido en un enorme campo de prisioneros…
Mi propia voz se me vuelve difícil de creer cuando digo: «Durante el año y medio transcurrido desde mi regreso de Cirenaica, supe en cada instante que la destrucción de él y de sus partidarios era inevitable. ¡Cuánto intenté convencerlo de que se retirara al interior de Egipto con los muyahidines que aún quedaban vivos, para que pudiera sobrevivir entre los miembros de su pueblo! Y con qué serenidad rechazó mis intentos de convencerlo, aun sabiendo perfectamente que en Cirenaica lo esperaba la muerte, nada más que la muerte. Y ahora, después de cien batallas, aquella muerte tan largamente esperada finalmente se ha apoderado de él… Pero dígame, ¿cuándo cayó?»
Muhammad al-Zubay sacude lentamente la cabeza y, cuando salimos de la estrecha calle del mercado hacia la plaza abierta y oscura de al-Manakh, me dice:
—No murió en combate; fue herido y capturado con vida, y entonces los italianos lo mataron… Lo ahorcaron como a un vulgar ladrón…
—Pero ¿cómo pudieron hacerlo? —pregunto con asombro—. ¡Ni siquiera Graziani se habría atrevido a cometer una atrocidad semejante!
—Pero él fue quien lo hizo, él fue quien lo hizo —responde con una risa cargada de sarcasmo—. El propio general Graziani ordenó que lo colgaran hasta matarlo. Sidi Umar y sus veinticinco compañeros se encontraban muy dentro del territorio ocupado por Italia cuando decidieron ir a visitar el mausoleo de Sidi Rafi, uno de los compañeros del Mensajero. El mausoleo estaba cerca. De algún modo, los italianos se enteraron de su presencia y bloquearon ambos extremos del valle con numerosos hombres. No había ninguna vía de escape. Sidi Umar y los muyahidines lucharon para defenderse; al final, solo él y dos de sus compañeros seguían con vida. Finalmente, el caballo que montaba murió alcanzado por los disparos del enemigo y, al caer el animal, él también rodó por el suelo. Pero el viejo león todavía empuñaba el rifle y continuaba disparando. En cierto momento, una bala le destrozó un brazo; entonces empezó a disparar con el otro, pero finalmente también se le acabaron las balas. Entonces lo capturaron, lo ataron y lo llevaron a Suluk. Allí lo presentaron ante el general Graziani. Este le preguntó: «¿Qué dirías si el Gobierno italiano, movido por su magnánima compasión, te permitiera seguir con vida? ¿Estás dispuesto a prometer que pasarás pacíficamente los años que te quedan de vida?». Pero Sidi Umar respondió: «No dejaré de luchar contra tu pueblo y contra ti hasta que abandonéis el país o yo haya abandonado esta vida. Juro por Aquel que conoce lo que hay en el corazón de los hombres que, si en este momento no tuviera las dos manos atadas, lucharía contigo con las manos desnudas, aunque soy viejo y estoy destrozado…»
Al oír esto, el general Graziani estalló en una estruendosa carcajada y ordenó que Sidi Umar fuera ahorcado y ejecutado en el mercado de Suluk. Cumplieron la orden. Y a los miles de hombres y mujeres musulmanes que estaban prisioneros en las distintas tiendas los reunieron y los condujeron como rebaños de vacas y ovejas, obligándolos a presenciar en el patíbulo la muerte de su líder… .1[Esta hazaña heroica de los italianos tuvo lugar el 16 de septiembre de 1931।]
Tres
Entonces Muhammad al-Zubay y yo avanzamos, tomados de la mano, hacia la zawiya senusí, es decir, el santuario religioso. La oscuridad se extiende sobre la vasta plaza. Hemos dejado atrás el bullicio del mercado. La arena cede bajo nuestras sandalias. Aquí y allá se ven grupos de camellos de carga descansando; a lo lejos, en el borde de la plaza, se distingue vagamente una hilera de casas contra el fondo del cielo nocturno cubierto de nubes. Esta escena me recuerda el extremo de un bosque lejano, aquellos bosques de enebros de la región de las mesetas de Cirenaica donde conocí por primera vez a Sidi Umar al-Mukhtar; y el recuerdo de aquel viaje infructuoso se agita en mi pecho con toda la trágica emoción de la oscuridad, el peligro y la muerte. Veo el rostro grave y melancólico de Sidi Umar inclinado sobre un pequeño fuego que agoniza, y oigo su voz entrecortada y solemne: «Debemos luchar por nuestra religión y nuestra libertad hasta que hayamos expulsado a los invasores o hayamos muerto nosotros mismos… No tenemos otra alternativa…»
.. . .. . .. .
Era una misión extraordinaria, que me llevó a Cirenaica a finales de enero de 1931. Unos meses antes —para decirlo con exactitud, en el otoño de 1930— el Gran Senussi había llegado a Medina. Pasé horas y horas en su compañía y en la de Muhammad al-Zubayir, conversando sobre la grave crisis de los muyahidines, que continuaban luchando en Cirenaica bajo el liderazgo de Umar al-Mukhtar. Quedó claro que, si no recibían pronto una ayuda eficaz del mundo exterior, no podrían resistir mucho más tiempo.
La situación en Cirenaica era, a grandes rasgos, la siguiente: todas las ciudades de la costa y varios lugares de la zona septentrional de Jabal Akhdar —la llamada «Montaña Verde» de la Cirenaica central— estaban bajo el férreo control de los italianos. Entre esas posiciones fortificadas patrullaban continuamente vehículos blindados y un considerable número de tropas de infantería, compuestas en su mayoría por askaris o soldados erit reos; en apoyo de ellos, un escuadrón de aviones volaba con frecuencia sobre el cielo de las zonas rurales. Para los beduinos —que constituían la fuerza principal de la resistencia senussi— era prácticamente imposible desplazarse sin ser detectados de inmediato por el enemigo y sin sufrir ataques aéreos. A menudo ocurría que un avión de reconocimiento transmitía por radio al puesto más cercano la noticia de la existencia de las tiendas de una tribu beduina; mientras las ametralladoras del avión les impedían dispersarse, varios vehículos blindados irrumpían directamente entre las tiendas, los camellos y la gente, matando indiscriminadamente a todo lo que encontraban a su alcance —mujeres, hombres, niños y animales—. A los pocos seres humanos y animales que quedaban con vida los reunían en un solo lugar, como ganado, y los arreaban hacia el norte, dentro de un enorme recinto de alambre de púas que los italianos habían instalado en la costa. A finales de 1930, habían concentrado allí cerca de ochenta mil beduinos, junto con varios cientos de miles de vacas, ovejas y camellos, en un espacio que no contaba con provisiones ni siquiera para una cuarta parte de aquella cantidad. Como consecuencia, la mortalidad entre seres humanos y animales era espantosa. Además, los italianos estaban construyendo una barrera de alambre de púas desde la costa del mar hacia el sur, en dirección a Jaghbub, a lo largo de la frontera egipcia. La valiente tribu Maghariba, bajo el mando de su invencible jefe al-Ataybis —quien era la mano derecha de Umar al-Mukhtar—, continuaba resistiendo firmemente al enemigo cerca de la costa occidental de Cirenaica. Pero la mayoría de las tribus ya había sucumbido ante la superioridad numérica y armamentística de los italianos. Mucho más al sur, en el interior, la tribu Zuwaiya aún libraba una yihad a muerte bajo el liderazgo de Abu Qaraim, de noventa años, incluso después de haber perdido el oasis de Jalu, centro de su tribu. En el interior, los beduinos morían en gran número de hambre y enfermedades.
El número máximo de soldados que podía reunirse de una vez para combatir por Sidi Umar era, como mucho, algo más de mil. Desde luego, la causa no era la falta de hombres. En el tipo de guerra de guerrillas que libraban los muyahidines no resultaba conveniente operar en grandes grupos de combatientes. Por el contrario, esta forma de guerra dependía de la rapidez y movilidad de pequeños grupos capaces de atacar, apareciendo de repente de la nada, una posición italiana o una base remota, y apoderarse de sus armas. Después desaparecerían sin dejar rastro en los densos bosques de enebros de la meseta de Cirenaica y en los valles escarpados, altos y bajos, de los ríos secos. Por muy audaces que fueran y por mucho que consideraran la vida y la muerte como sus sirvientes, era evidente que aquellos pequeños grupos jamás podían lograr una victoria decisiva sobre un enemigo que poseía recursos casi ilimitados en población y armamento. Por tanto, la cuestión era cómo aumentar la fuerza de los muyahidines, para que no solo fueran capaces de hostigar a los invasores mediante ataques aislados, sino también de arrebatarles las posiciones que habían fortificado y ocupado firmemente, y conservarlas bajo su control frente a nuevos ataques.
El aumento de la fuerza senussi dependía de varios factores: establecer un sistema que permitiera la llegada regular desde Egipto de los alimentos indispensables; disponer de armas para hacer frente a la devastación causada por los aviones y los vehículos blindados, especialmente fusiles antitanque y artillería pesada; contar con personal técnicamente capacitado para emplear ese armamento y entrenar a los muyahidines en su uso; y, por último, establecer un sistema fiable de comunicación por radio entre los distintos grupos de muyahidines de Cirenaica, así como depósitos secretos de suministros en el interior del territorio egipcio.
Durante casi una semana, al anochecer de cada día, el Gran Senussi, Sidi Muhammad, y yo nos sentábamos juntos a deliberar sobre qué podía hacerse. Sidi Muhammad dijo que, aunque de vez en cuando se reforzaran algunas fuerzas de los muyahidines en Cirenaica, eso no resolvería el problema. En su opinión, había que convertir de nuevo el oasis de Kufra, situado muy al sur del desierto libio, en el centro de todas las guerras futuras. Kufra seguía estando muy lejos del alcance del ejército italiano. Además, Kufra había sido la sede central de la tariqa senussi bajo el liderazgo de Sayyid Ahmad. Kufra se encontraba en la ruta directa, aunque larga y difícil, de las caravanas del desierto hacia los oasis egipcios de Bahariya y Farafra y, por esa razón, allí sería posible organizar el abastecimiento con mucha mayor eficacia que en cualquier otro lugar del país. Asimismo, podía convertirse en un nuevo centro de concentración para los muchos miles de emigrados cirenaicos que vivían en los distintos campamentos de Egipto. De ese modo, podría llegar a ser una reserva permanente de efectivos para la guerrilla de Sidi Umar en las regiones septentrionales. Si se la instruía adecuadamente y se la equipaba con armas modernas, Kufra podría resistir los ataques de la artillería y de los aviones que volaran a baja altura. Por otro lado, si se lanzaban bombas desde una gran altura, el verdadero peligro para las tiendas, tan ampliamente separadas unas de otras, sería muy reducido.
El Gran Senussi dijo: si fuera posible reorganizar así los métodos de la lucha, él mismo regresaría a Kufa para dirigir desde allí todas las operaciones futuras. Para Sayyid Ahmad era indispensable restablecer relaciones amistosas con el Gobierno británico. No hace falta decir que, al atacar a las fuerzas británicas en 1915, Sayyid Ahmad había convertido innecesariamente al Gobierno británico en un enemigo acérrimo. Tal mejora de las relaciones quizá no fuera imposible, pues Gran Bretaña no estaba muy complacida con el talante expansionista de Italia. Sobre todo cuando Mussolini proclamaba a bombo y platillo ante el mundo que pretendía «restaurar el Imperio romano» en ambas orillas del Mediterráneo, y dirigía también su mirada codiciosa hacia Egipto. Mi profundo interés por el destino de los senussíes no se debía únicamente a mi admiración por el valor extremo desplegado para alcanzar un objetivo justo; me preocupaba aún más la posible repercusión que una victoria senussí pudiera producir en todo el mundo árabe. Como muchos musulmanes, durante años había depositado mis esperanzas en Ibn Saud, considerándolo un posible líder del renacimiento islámico. Pero ahora que esa esperanza había demostrado ser falsa, en todo el mundo musulmán solo veía un movimiento que se esforzaba sinceramente por hacer realidad los ideales de la sociedad islámica: el movimiento senussí, empeñado en ese momento en una yihad a muerte para sobrevivir.
Y Sayyid Ahmad sabía que mis sentimientos y mi pasión estaban estrecha y profundamente ligados a los objetivos del movimiento senussí. Por eso volvió el rostro hacia mí, me miró directamente a los ojos y dijo:
—Muhammad, ¿podrías ir en nuestro nombre a Cirenaica y averiguar qué se puede hacer por los muyaidines? Tal vez tú seas capaz de verlo todo con mayor claridad que mis hombres.
Lo miré y asentí en silencio, aunque era consciente de la confianza que depositaba en mí. Por eso, su propuesta no me sorprendió por completo. Aun así, casi me dejó sin aliento. La posibilidad de una aventura tan grandiosa me dejó tan aturdido que no se puede expresar con palabras. Pero lo que me emocionó aún más fue pensar que quizá yo también podría hacer algo por aquel ideal por el que tantos hombres se habían sacrificado.
Sayyid Ahmad extendió la mano hacia un estante situado sobre su cabeza y tomó un ejemplar del Corán envuelto en seda. Lo puso sobre sus rodillas, tomó mi mano derecha entre las suyas y la colocó sobre el Corán:
«Jura, Muhammad, por Aquel que conoce cuanto hay en el corazón de los hombres: que siempre protegerás la fe de los muyaidines…»
Presté juramento, y nunca en mi vida estuve más seguro que en aquel momento de aquello que estaba jurando.
Para la misión que Sayyid Ahmad me había confiado era esencial el más absoluto secreto, pues mi relación con el Gran Senussi era bien conocida y no habría sido posible ocultarla a los ojos de las misiones diplomáticas presentes en Yeda. Por esa razón, no habría sido sensato correr el riesgo de viajar abiertamente hacia Egipto y ser descubierto. La conspiración que yo había descubierto recientemente detrás de la rebelión de Faisal al-Dawish seguramente no había mejorado mi reputación a ojos del Gobierno británico. Más bien era muy probable que, desde el momento en que pusiera los pies en suelo egipcio, vigilaran atentamente mis movimientos. Por eso decidimos mantener también en secreto mi viaje a Egipto. Cruzaría el mar Rojo a bordo de alguno de los veleros árabes y, sin pasaporte ni visado, desembarcaría furtivamente en algún lugar aislado del Alto Egipto. En Egipto podría desplazarme libremente disfrazado de un urbano hiyazí, porque los habitantes de las ciudades y aldeas egipcias veían constantemente a las muchas personas que llegaban allí desde La Meca y Medina con fines comerciales o en busca de posibles peregrinos del hach. Y como hablaba con gran soltura el dialecto hiyazí, podría hacerme pasar sin dificultad por habitante de una de esas dos ciudades santas en cualquier lugar.
Hicieron falta varias semanas de preparativos para completar los arreglos. Estos incluían organizar un intercambio secreto de cartas con Sidi Umar en Cirenaica, así como con aquellos con quienes los senusíes mantenían relaciones en Egipto. Y así, en la primera semana de enero de 1931, Zayed y yo abandonamos Yanbu, la ciudad portuaria del Hiyaz, y llegamos a una parte de la costa donde apenas había movimiento de personas. No había luna en el cielo; era una noche de cuarto menguante, y caminar con sandalias por el camino arenoso resultaba muy difícil. Una vez tropecé, y la culata de la pistola Luger que llevaba metida bajo mi caftán hiyazí me golpeó las costillas. Como consecuencia, comprendí de forma directa la terrible naturaleza de la audaz misión en la que me había embarcado.
Aquí avanzo hacia un lugar determinado, acompañado por un marinero árabe desconocido que me llevará en su barca de vela al otro lado del mar y me desembarcará secretamente en algún punto de la costa egipcia. No llevaba ningún documento que pudiera revelar mi identidad. Por tanto, aunque me atraparan en Egipto, no sería fácil demostrar quién era. Sin embargo, comparado con el peligro que tenía delante, el riesgo de pasar varias semanas en cualquier prisión egipcia no significaba nada para mí. Tendría que atravesar de lado a lado todo el desierto occidental, evitando que me vieran los aviones de vigilancia italianos y, probablemente, las patrullas de vehículos blindados, y llegar al corazón de un país donde nadie conocía otro idioma que el de la espada. ¿Por qué hago esto? me pregunté.
Aunque el peligro no me era desconocido, nunca lo había buscado simplemente por esperar una aventura. Cada vez que me había visto envuelto en un peligro, en su raíz había habido una respuesta a un impulso, consciente o inconsciente, íntimamente relacionado con mi propia vida. Entonces, ¿qué significaba esta iniciativa mía? ¿Creía realmente que mi intervención haría que la corriente volviera a favor de los muyahidines? Quise creerlo; pero, en lo más profundo de mi corazón, sabía que había partido en una misión irreal, producto de la fantasía. Entonces, por Dios, ¿estaba poniendo así mi vida en peligro como nunca antes, cuando la promesa que tenía delante era tan exigua?
Pero antes de que la pregunta llegara a formularse conscientemente, su respuesta se hizo clara ante mí.
Cuando llegué a conocer el islam y lo acepté como mi forma de vida, creí que todas mis preguntas y todas mis búsquedas habían llegado a su fin. Pero poco a poco, muy lentamente, comprendí que no era el final: aceptar una forma de vida como obligatoria implica, al menos para mí, un deseo inseparable de seguirla entre personas que comparten las mismas convicciones. No se trataba de seguirla únicamente en un sentido personal; para mí, el islam era un camino, no un objetivo, y los guerrilleros temerarios de Umar al-Mujtar luchaban con sus vidas y su sangre por la libertad de recorrer ese camino, tal como lo habían hecho los nobles compañeros mil trescientos años atrás. Por incierto que fuera el resultado, ayudarles en aquella dura y encarnizada lucha era para mí una necesidad personal, igual que la oración.
Y enseguida apareció la costa. Sobre la suave hinchazón de las pequeñas olas que golpeaban los guijarros de la orilla se balanceaba una barca de remos que nos llevaría mar adentro, hasta el barco anclado en la oscuridad. Cuando el solitario remero se puso en pie en la barca que nos esperaba, volví el rostro hacia Zayed y le dije:
—Hermano Zayed, ¿sabes que nos hemos embarcado en una audaz misión que puede resultar más peligrosa para ti y para mí que todos los ikhwan de Ad-Dabish juntos? ¿No deseas regresar a la paz de Medina y junto a tus amigos?
—Tío, tu camino es mi camino —respondió Zayed—. ¿Acaso no me dijiste tú mismo que el agua que no fluye se vuelve estancada y contaminada? Sigamos adelante, y que el agua se vuelva limpia mientras fluye…
El barco es una de esas grandes y grotescas embarcaciones de vela que navegan pegadas a la costa de Arabia: construido enteramente de madera, está impregnado del olor del pescado seco y de las algas marinas. En la popa hay una plataforma elevada, dos mástiles para izar las velas al estilo latino y, entre ambos mástiles, un gran camarote de techo bajo. El «rais», o capitán del barco, es un anciano y experimentado árabe de Mascate. Desde debajo de un enorme turbante multicolor, dos ojos pequeños, semejantes a cuentas de un rosario, me miraron entrecerrados; en ellos vi una expresión vigilante, hecha elocuente por muchos años de asumir los riesgos de trabajos ilegales y de participar en expediciones clandestinas. Y la daga curva, enfundada en plata y metida en su cintura, no parecía ser simplemente un adorno.
—«Marhaba, haya marhaba, amigos» —gritó para darnos la bienvenida en cuanto pusimos los pies en el barco—. «¡Sin duda es un momento auspicioso!»
Cuántas veces, pienso, habrá dado de la misma manera una sincera bienvenida a los pobres peregrinos, a quienes había ocultado a bordo en Egipto y luego desembarcado en la costa del Hiyaz sin preocuparse en lo más mínimo por su bienestar, para que pudieran eludir el elevado impuesto del hayy que el Gobierno saudí imponía a quienes acudían a peregrinar a la Casa de Dios. ¡Y cuántas veces no habrá pronunciado exactamente estas mismas palabras ante traficantes de esclavos que, quebrantando por completo la ley islámica, habían capturado a algún desdichado abisinio para venderlo en el mercado de esclavos del Yemen! A pesar de todo —me consuelo—, por muy objetable que sea el origen de la experiencia adquirida por nuestro rais, esta nos resultará indispensable. Son muy pocos los marineros que poseen una experiencia semejante de las rutas del mar Rojo. Por eso podemos confiar en que será capaz de desembarcarnos en una costa segura.
.. . .. . .. . .. .
Y, en efecto, cuatro noches después de embarcarnos en aquella nave, nos desembarcaron en un pequeño bote de remos, en la costa del Alto Egipto, al norte del puerto de Quseir. Nos quedamos asombrados, pues el rais no quiso aceptar ningún pago por habernos llevado al otro lado del mar. «Porque —dijo con una sonrisa que le dejó al descubierto los dientes— mi amo ya ha saldado lo que me debía. ¡Que Alá los ayude!»
Tal como había esperado, no nos resultó difícil desplazarnos por el puerto de Quseir sin llamar la atención, porque sus habitantes estaban acostumbrados a ver gente vestida a la manera del Hiyaz. A la mañana siguiente a nuestra llegada reservamos asientos en un autobús desvencijado que se dirigía a As-Siut, a orillas del Nilo; apretujados entre una mujer espantosamente gorda, sentada con una cesta de gallinas sobre su enorme regazo, y un anciano «campesino» que, al ver nuestra apariencia, comenzó a rememorar el hayy que había realizado diez años atrás, Zayd y yo iniciamos la primera etapa de nuestro viaje por África.
Siempre he pensado que quien se arriesga a realizar una tarea secreta y peligrosa adquiere inevitablemente la conciencia de ser objeto de sospecha para todo aquel con quien se encuentra, y de que su disfraz puede ser descubierto con facilidad. Pero, sorprendentemente, en aquel momento no tenía semejante pensamiento. Durante los años que pasé en Arabia había penetrado tan por completo en la vida de sus habitantes que, de algún modo, nunca se me ocurría que yo fuera otra cosa que uno de ellos. Y aunque jamás había compartido la mentalidad particularmente mercantil de los habitantes de La Meca y Medina, en aquel momento me sentía tan completamente habituado al papel que desempeñaba que, sin perder tiempo, me enredé con varios pasajeros en una conversación casi profesional sobre las virtudes del hayy. Zayd participó en aquel juego con enorme entusiasmo y así transcurrieron varias horas de nuestro viaje en una animada conversación.
En As-Siut tomamos el tren y finalmente llegamos a la pequeña ciudad de Beni Suef. Desde allí fuimos directamente a la casa de nuestro amigo senusí, Ismail al-Dhib. Era un hombre bajo, robusto y jovial, que hablaba el melodioso árabe del Alto Egipto. Como no era más que un comerciante de telas corriente, no se contaba entre las personas notables de la ciudad; pero su lealtad a la tariqa senusí había quedado demostrada en numerosas ocasiones, y su afecto personal por Sayyid Ahmad lo hacía doblemente digno de confianza. Era ya muy tarde; aun así, despertó a uno de sus sirvientes y le pidió que preparara comida para nosotros. Mientras esperábamos, empezó a contarnos, uno por uno, los preparativos que había hecho.
En primer lugar, tan pronto como recibió el mensaje de Sayyid Ahmad, se puso en contacto con una personalidad famosa de la familia real egipcia. Durante muchos años, aquel hombre había sido un partidario ferviente y activo de los ideales senusíes. Se informó plenamente al príncipe sobre el objetivo de mi misión. Él accedió fácilmente a proporcionarme el dinero necesario. También se encargó de conseguir monturas para nuestro viaje por el desierto hasta la frontera de Cirenaica y dos guías de confianza. Nuestro anfitrión nos informó de que, en ese momento, ellos nos esperaban en algún palmeral situado a las afueras de Beni Suef.
Ahora Zayd y yo nos quitamos nuestras ropas hiyazíes, pues podían despertar una curiosidad excesiva en las rutas desérticas occidentales. En lugar de ellas nos dieron pantalones de algodón de corte norteafricano y camisas ceñidas, junto con una especie de túnica de lana, con capucha incluida, que suele llevar la gente común en el oeste de Egipto y en Libia. Desde debajo de los cimientos de su casa, Ismail sacó dos pequeños fusiles de tipo italiano, adecuados para soldados de caballería, pues «para vosotros será más fácil conseguir de nuevo balas y pólvora para este tipo de rifle entre los muyahidines».
A la noche siguiente partimos de la ciudad, siguiendo las indicaciones de nuestro anfitrión. Los dos guías que nos habían asignado resultaron ser beduinos de la tribu egipcia de los Awlad Ali, entre los cuales había muchos partidarios de los senusíes. Uno de ellos se llamaba Abdullah: era un joven vivaz y animado que había participado en la guerra de Cirenaica un año antes. Le resultaba fácil proporcionarnos abundante información sobre lo que podíamos esperar allí. He olvidado el nombre del otro. Era delgado, sombrío y hablaba rara vez. Sin embargo, no era menos digno de confianza que Abdullah, que era más apuesto que él. Los cuatro camellos que llevaban consigo —fuertes y veloces camellas de raza bisharín— habían sido escogidos evidentemente por sus cualidades. Las sillas que les colocaron no eran muy diferentes de las que yo estaba acostumbrado a usar en Arabia. Como debíamos avanzar deprisa, sin detenernos mucho tiempo en ningún lugar, no se planteaba la posibilidad de encontrar comida cocinada a lo largo del camino. Por tanto, nuestras provisiones eran sencillas: un gran saco lleno de dátiles, otro saco pequeño repleto de dulces hechos con harina de trigo gruesa y dátiles, tan atestado que casi reventaba, y tres odres de cuero atados a los camellos.
Poco antes de medianoche, Ismail nos abrazó y pidió la misericordia de Allah para nuestra expedición. Vi que Ismail estaba muy alterado. Con Abdullah a la cabeza, dejamos atrás el palmeral y nos pusimos en marcha; poco después avanzábamos rápidamente hacia el noroeste, al claro de luna, por la pedregosa extensión del desierto.
Nos era necesario evitar encontrarnos con los hombres encargados de la administración fronteriza egipcia. Sabíamos que sus automóviles y sus agentes montados en camellos podían patrullar esta región del desierto occidental. Por eso procuramos mantenernos lo más lejos posible de las principales rutas por las que transitaban las caravanas. Sin embargo, no entrañaba un riesgo grave, ya que todos los vehículos que circulaban entre Bahariya y el valle del Nilo, incluso hasta las regiones lejanas del norte, tenían que pasar por Fayyum.
La primera noche recorrimos treinta millas y durante el día acampamos en un bosquecillo de tamariscos. La noche siguiente y las posteriores cubrimos distancias aún mayores, de modo que, al amanecer del cuarto día, llegamos al borde de aquella profunda depresión donde se encuentra el oasis de Bahariya.
Montamos nuestras tiendas fuera del oasis, al abrigo de unas grandes rocas. El oasis estaba formado por varios asentamientos y granjas separados, el mayor de los cuales era la aldea llamada Bawiti. Mientras levantábamos las tiendas, Abdullah bajó a pie por un escarpado barranco rocoso hasta la depresión cubierta por la sombra de las palmeras, para buscar a nuestro contacto en Bawiti; no podría regresar antes del anochecer. Así que nos tendimos a dormir a la sombra de las rocas: ¡qué descanso tan cómodo y agradable después del esfuerzo físico de conducir los camellos durante toda la noche y del frío! A pesar de ello, no dormí mucho, porque toda clase de ideas se habían apoderado de mi mente.
Mientras reflexionaba sobre nuestros planes, pensé que no sería muy difícil mantener una línea permanente de comunicación entre Beni Suef y Bahariya. Estaba firmemente convencido de que, tomando las debidas precauciones, incluso grandes caravanas podrían desplazarse entre ambos lugares sin llamar la atención de nadie. Aunque en Bawiti había un puesto de control de la administración fronteriza —podíamos ver sus edificios sobre el desierto desde nuestro escondite—, quizá sería posible instalar un aparato de radio clandestino en alguna aldea aún más aislada al sur de Bahariya. Unas horas después, Abdullah y nuestro contacto, un anciano bereber que había llegado con él, volvieron a asegurarme que así era. Resultó que el Gobierno ejercía una autoridad bastante laxa sobre aquel oasis y, lo que era aún más importante, sus habitantes eran en gran número seguidores de la tariqa senusí.
Cinco noches extenuantes a lomos de camello: primero atravesamos rocas, guijarros y un terreno irregular, y después dunas de arena lisa; dejamos atrás el deshabitado oasis de Sitra y su lago azul oscuro, muerto, cuyas orillas están rodeadas de juncos y matorrales de palmeras silvestres. Cruzamos luego la depresión de Aj, más baja que la llanura, donde hay asombrosas formaciones de arcilla endurecida e irregular que, bajo la luz de la luna, adquirían un aspecto espectral e irreal; y, hacia el final de la quinta noche, apareció por primera vez ante mis ojos la imagen del oasis de Siwa.
Durante muchos años, uno de mis deseos más acariciados había sido ver una vez este remoto oasis, que en otro tiempo había sido la sede de un templo tan célebre y el escenario de un famoso oráculo conocido en todo el mundo. Pero, por la razón que fuera, aquel deseo mío nunca se había cumplido. Y ahora, al despuntar el alba, el oasis se extendía ante mí: una extensa avenida de piedra rodeaba una montaña solitaria; sobre aquella montaña, las casas de la ciudad —cuyos cimientos se hallaban en moradas excavadas en lo profundo de la roca— ascendían, nivel tras nivel, hacia un alto minarete anguloso que se alzaba sobre la meseta llana de la cumbre. Era una extraña mezcolanza de construcciones derruidas, un mundo que los hombres solo suelen ver en sueños… Un deseo irresistible se apoderó de mí: penetrar sus misteriosas murallas y recorrer las callejuelas que habían contemplado la época de los faraones; contemplar las ruinas del templo donde el oráculo había anunciado al rey lidio Creso la profecía de su destrucción y había comunicado a Alejandro de Macedonia la noticia de su conquista del mundo.
Pero una vez más mi deseo quedó sin cumplir. Aunque estaba tan cerca, la ciudad de Siwa seguiría cerrada para mí: allí nunca llegaban desconocidos ni extranjeros. Porque cualquier recién llegado llamaría de inmediato la atención de todos. Visitar un lugar tan alejado del contacto con el mundo exterior habría sido una verdadera insensatez. Además, al encontrarse casi en la frontera con Libia, la administración fronteriza egipcia la vigilaba con el máximo rigor. Y no cabía duda de que el lugar estaba lleno de espías a sueldo de los italianos. Por eso, en este viaje no estaba destinado a visitar Siwa. Con tristeza, me consolé y borré de mi mente todo pensamiento sobre Siwa.
Rodeamos el borde de la ciudad siguiendo un amplio arco y finalmente plantamos nuestras tiendas bajo un matorral silvestre y enmarañado. No queríamos permanecer allí más tiempo del estrictamente necesario para esperar tan cerca de la frontera. Por eso, Abdullah, sin descansar, espoleó rápidamente su camello y partió hacia la aldea más cercana en busca de un hombre a quien Sayyid Ahmad había encargado que cruzara la frontera y se reuniera con nosotros. Varias horas después regresó con dos guías nuevos y cuatro camellos jóvenes y frescos que nos transportarían más adelante. Estos guías pertenecían a la tribu beduina Barasa de Jabal Akhdar; eran hombres del propio Umar al-Mujtar. Él los había enviado expresamente para guiarnos por el espacio desierto entre los dos oasis ocupados por los italianos, Jaghbub y Jalu, y llevarnos hasta la meseta de Cirenaica. Allí debía reunirme con Umar.
Abdullah y su amigo se despidieron de nosotros para regresar a sus hogares en la aldea egipcia. Guiados por estos dos muyahidines, Khalil y Abd al-Rahman, emprendimos un viaje de una semana por una región de estepa desértica casi sin agua, que ascendía gradualmente hacia Jabal Akhdar. De todos los viajes por el desierto que había hecho en mi vida, este fue el más difícil; aunque, si nos ocultábamos con cuidado durante el día y viajábamos únicamente de noche, el riesgo de ser vistos por los guardias italianos no era muy grande. Aun así, la necesidad de evitar los pozos, muy alejados unos de otros, convirtió este largo viaje en una pesadilla. Solo una vez pudimos dar de beber a nuestros camellos y volver a llenar nuestros odres en un pozo abandonado de Wadi al-Mrara. Y aun así, quedamos casi extenuados.
Llegamos al pozo más tarde de lo que esperábamos. En realidad, cuando empezamos a sacar agua para nuestros animales, apenas se veía el resplandor del sol en el cielo oriental, y cuando terminamos, el sol ya se había detenido sobre el horizonte del cielo occidental. Según Khalil, todavía teníamos que esperar dos horas enteras antes de llegar a aquel lugar rocoso y bajo que sería nuestro escondite durante el día. Pero apenas reanudamos el viaje, el siniestro zumbido de un avión desgarró el silencio del desierto; pocos minutos después, un pequeño avión monoplaza apareció sobre nuestras cabezas y comenzó a girar, descendiendo cada vez más en círculos. No había ningún lugar donde ocultarse. Así que saltamos de los camellos y nos dispersamos, y justo en ese momento el piloto empezó a disparar su cañón.
—¡Tiraos al suelo, tumbaos en el suelo! —grité—. ¡No os mováis lo más mínimo; quedaos tendidos como si estuvierais muertos!
Pero Khalil, que seguramente había vivido muchas veces enfrentamientos de ese tipo durante sus largos años con los muyahidines, no se quedó tendido fingiendo estar muerto. Se tumbó boca arriba, apoyando la cabeza sobre una piedra, y, usando como apoyo una rodilla levantada, apuntó su fusil contra el avión que se acercaba y comenzó a disparar; no al azar, sino fijando cuidadosamente el blanco antes de cada disparo, como si estuviera practicando el tiro contra un objetivo concreto. Fue una hazaña de una audacia aterradora. El avión se lanzaba directamente contra él en un picado casi horizontal, mientras rociaba de balas la arena. Pero seguramente las balas de Khalil alcanzaron el avión, porque este dio una sacudida momentánea, levantó el morro hacia el cielo y ascendió rápidamente. Tal vez el piloto pensó que no valía la pena disparar contra cuatro hombres a cambio de poner en peligro su propia seguridad. Dio un par de vueltas sobre nosotros y luego desapareció rumbo al este, hacia Jaghbub.
—Esos hijos de perra italianos son unos cobardes, unos pusilánimes —dice tranquilamente Khalil mientras nos reunimos de nuevo—. Quieren matar, pero no quieren que les hagan ni un rasguño en su propia piel.
Ninguno de nosotros resultó herido. Pero el camello de Abdur Rahman murió. Cargamos su silla de montar y su bolsa sobre el camello de Zayed, y desde entonces él siguió viajando sentado detrás de Zayed, en una silla ligera.
Tres días después entramos en los bosques de enebros de Jabal Akhdar y, agradecidos, cambiamos nuestros exhaustos camellos por los caballos que un grupo de muyahidines había mantenido ocultos para nosotros en un lugar secreto. Desde ese momento, el desierto quedaría atrás. Hicimos galopar nuestros caballos por una meseta montañosa y rocosa. La meseta estaba surcada como una red por innumerables cauces secos, y allí crecían enebros que en algunos lugares formaban una selva casi impenetrable. Dentro del territorio ocupado por los italianos, este bosque sin caminos ni senderos era el terreno de caza de los muyahidines.
…. .. .. .. ..
Otros cuatro días de viaje nos llevaron a un lugar llamado Wadi at-Taaban. El nombre del lugar era muy apropiado: significaba «el valle de los exhaustos». Allí era donde debíamos encontrarnos con Umar al-Mukhtar. Nos ocultamos a salvo en un barranco cubierto por una espesa selva, y dejamos nuestros caballos atados por las patas delanteras detrás de una roca, mientras esperábamos la llegada del león de Jabal Akhdar. La noche era muy fría, sin estrellas, y estaba cargada del silencio de los susurros.
Faltaban todavía varias horas para que llegara Sidi Umar; y como la noche era de una oscuridad profunda e impenetrable, nuestros dos amigos de Barasa consideraron que no había ninguna razón sensata para no volver a llenar mientras tanto nuestras odres en los pozos de Bu-Safaya, situados a varios kilómetros hacia el este. En realidad, a menos de una milla de Bu-Safaya había un puesto italiano fortificado—
—Pero —dice Khalil— esos perros hambrientos no se atreverán a salir de detrás de sus muros en una noche tan negra.
Así pues, Khalil partió a caballo con Zayed, llevando dos odres vacíos. Para que no hicieran ningún ruido al avanzar por el camino rocoso, envolvieron los cascos de sus caballos con trapos y se los ataron. Cuando los dos desaparecieron en la oscuridad, Abdur Rahman y yo nos sentamos muy juntos, apoyados contra una roca baja, para calentarnos. Encender un fuego habría sido sumamente peligroso.
Al cabo de una hora, algunas ramas entre los enebros crujieron y se oyó sobre las piedras el suave sonido de unas sandalias. Mi compañero, alerta al instante, se puso derecho con el rifle en las manos durante unos momentos y miró fijamente hacia la oscuridad. Desde la espesura llegó un grito apagado, no muy distinto del lamento de un zorro. Abdur Rahman respondió con un sonido semejante, formando una especie de cuenco con las manos delante de la boca. Dos figuras humanas aparecieron ante nosotros. Venían a pie y llevaban rifles. Cuando se acercaron, uno de ellos dijo: «El camino de Allah», y Abdur Rahman respondió: «La hawla wa la quwwata illa billah» —no hay poder ni fuerza salvo en Allah—, lo que me pareció una palabra clave.
Ambos recién llegados llevaban mantos de los beduinos libios, jirדים remendados y desgarrados. Uno de ellos pareció reconocer a Abdur Rahman, pues este le estrechó las dos manos y lo saludó cordialmente. Me presentaron a los dos muyahidines, uno tras otro, y cada uno me tomó la mano del mismo modo. Uno de ellos dijo: «Fi amanillah. Que Allah te ayude; Sidi Umar está llegando».
Permanecimos de pie, atentos. Quizá diez minutos después volvimos a oír el susurro de las hojas entre los matorrales de enebro… Luego, desde las sombras, surgieron otros tres hombres por tres direcciones distintas; levantaron sus rifles preparados y cayeron prácticamente sobre nosotros. Cuando comprendieron que estaban esperando precisamente nuestro encuentro, se dispersaron de inmediato de nuevo entre los matorrales, cada uno en una dirección. Era evidente que se habían apostado así entre la espesura para vigilar atentamente la seguridad de su jefe.
Y entonces llegó… Llegó montado en un caballito cuyos cascos estaban envueltos en tela. A cada lado caminaban dos hombres, y detrás de él venían varios más. Cuando llegó junto a las rocas contra las que esperábamos apoyados, uno de sus hombres lo ayudó a desmontar, y vi que le costaba caminar (más tarde supe que había sido herido en un ataque sorpresa apenas diez días antes). A la luz de la luna naciente pude verlo con claridad: un hombre de estatura mediana, de huesos robustos; una barba corta, blanca como el hielo, enmarcaba su rostro profundamente surcado de arrugas. Sus ojos estaban ocultos en lo más profundo de las órbitas; por las arrugas que los rodeaban se podía adivinar que, en otras circunstancias, habrían podido iluminarse fácilmente con una sonrisa. Pero ahora no quedaba nada en ellos salvo un dolor oscuro y coraje.
—Bienvenido, hijo —dijo; mientras hablaba, sus ojos me recorrieron de los pies a la cabeza, escrutándome, como si estuvieran examinándome—. Eran los ojos de un hombre cuyo compañero inseparable era el peligro.
Uno de sus hombres extendió una manta sobre el suelo, y Sidi Umar se sentó allí, dejando caer todo el peso de su cuerpo. Abdur Rahman se inclinó, le besó la mano y, tras pedir permiso al jefe, se sentó bajo el saliente de roca que pendía sobre nuestras cabezas para encender un pequeño fuego. A la débil luz de las llamas, Sidi Umar leyó la carta que yo había traído de Sayyid Ahmad. La leyó cuidadosamente; después la dobló y la colocó durante unos instantes sobre su cabeza, con un gesto de respeto y devoción que, por decirlo así, nunca se ve en Arabia, pero sí con frecuencia en el norte de África. Luego volvió el rostro hacia mí con una leve sonrisa:
—Sayyid Ahmad, que Allah le prolongue la vida, ha hablado muy bien de ti. Quieres ayudarnos. Pero no sé de dónde puede venir la ayuda, salvo del Todopoderoso y Misericordioso Allah. A decir verdad, ¡hemos llegado casi al límite final del tiempo que nos fue concedido!
—Pero este plan que ha ideado Sayyid Ahmad —pregunté interrumpiéndolo—, ¿no podría ser un nuevo comienzo? Si se pudiera organizar un suministro regular y convertir Kufra en el centro de futuras campañas, ¿no sería posible hacer frente a los italianos?
Nunca en mi vida había visto una sonrisa tan amarga e impotente como la sonrisa apenas esbozada con la que Sidi Umar me respondió: «¿Kufra…? La hemos perdido. Los italianos la tomaron hace casi quince días…»
La noticia me dejó atónito. Durante todos aquellos meses, Sayyid Ahmad y yo habíamos elaborado nuestros planes basándonos en la idea de que Kufra podía convertirse en el centro de una nueva concentración para una resistencia firme. Ahora que Kufra se había perdido, a los senusíes no les quedaba nada salvo las mesetas oprimidas de Jabal al-Akhdar; nada, ciertamente, salvo la maldición de la ocupación italiana, que se estrechaba cada vez más: perder un lugar tras otro, en una muerte lenta e inevitable por estrangulamiento, sin que la presión cediera ni por un instante.
—¿Cómo cayó Kufra?
Con gesto cansado, Sidi Umar hizo señas a uno de sus hombres para que se acercara: «Este hombre le contará la historia… Es uno de los pocos que escaparon con vida de Kufra. Llegó apenas ayer».
El hombre de Kufra se sentó delante de mí sobre sus posaderas y se envolvió con su bernús desgarrado y remendado. Hablaba despacio, sin que su voz temblara de emoción; pero parecía que todas las calamidades que había visto se reflejaban en su rostro firme.
—Nos atacaron desde tres direcciones, formando tres líneas de asalto, con numerosos vehículos blindados y artillería pesada. Sus aviones descendieron muy bajo y lanzaron bombas sobre las casas, las mezquitas y los palmerales. Entre nosotros solo había unos cientos de hombres capaces de empuñar armas. Los demás eran mujeres, niños y ancianos. Luchamos por salvar cada casa, una tras otra. Ellos eran mucho más poderosos que nosotros. Al final, solo la aldea de al-Hawari permaneció en nuestro poder. Nuestros fusiles resultaron inútiles contra sus vehículos blindados y nos derrotaron. Solo unos pocos sobrevivimos. Me escondí en un palmeral, esperando una oportunidad para escapar por una brecha entre las líneas italianas. Durante toda la noche oí los gritos de dolor de las mujeres, porque los soldados italianos y los askaris eritreos las habían violado. Al día siguiente, una anciana me llevó agua y pan hasta el lugar donde me había escondido. Me dijo que el general italiano había reunido a todos los supervivientes junto a la tumba de Sayyid Muhammad al-Mahdi y, ante sus ojos, había desgarrado un ejemplar del Corán, arrojando los pedazos al suelo; después puso su bota sobre ellos y gritó: «¡Que vuestro profeta beduino os ayude ahora, si tiene poder para hacerlo!». Luego ordenó talar todas las palmeras del oasis, destruir los pozos y quemar todos los libros de la biblioteca de Sayyid Ahmad. Al día siguiente ordenó que algunos de nuestros ancianos y ulemas fueran subidos a un avión; desde gran altura los arrojaron al suelo para que murieran destrozados… También durante la noche siguiente oí, desde mi escondite, los gritos de las mujeres, las carcajadas de los soldados y el estruendo de los fusiles… Finalmente, aquella noche oscura me arrastré hasta el desierto. Encontré un camello pequeño, monté en él y desaparecí…»
Cuando el hombre de Kufra terminó su espantoso relato, Sidi Umar lo atrajo afectuosamente hacia sí y repitió con suavidad: «Así pues, hijo mío, ya ves que realmente hemos llegado al límite del tiempo que nos fue concedido». Y, como si respondiera a la pregunta inexpresada en mis ojos, añadió: «Luchamos porque estamos obligados a luchar por nuestra religión y nuestra libertad, hasta que caigamos en manos de los invasores. No tenemos otra alternativa: “Inna lillahi wa inna ilayhi raji’un”: “De Allah somos y a Él regresaremos”. Hemos enviado a nuestras mujeres y a nuestros hijos a Egipto, para que, cuando Allah quiera nuestra muerte, no tengamos que preocuparnos por su seguridad».
Un zumbido apagado comenzó a hacerse audible poco a poco en algún punto del cielo oscuro; sin pensarlo conscientemente, uno de los hombres de Sidi Umar empezó a arrojar arena sobre el fuego, casi de manera automática. El avión no parecía más que una forma indistinta contra el fondo de las nubes iluminadas por la luna; pasó volando bastante bajo, sobre nuestras cabezas, hacia el este, y el ruido de sus motores se desvaneció gradualmente.
—Pero, Sidi Umar —digo—, ahora que hay un camino abierto para usted y sus muyahidines, ¿no sería mejor retirarse a Egipto? Porque allí quizá sería posible reunir a muchos muhajirines procedentes de Cirenaica y formar un ejército mucho más eficaz. La lucha aquí debería suspenderse por algún tiempo, para que los hombres puedan recuperar algo de sus fuerzas… Sé que la potencia británica en Egipto —con poderosos ejércitos italianos apostados a ambos lados— no debe de haber acogido esta idea con mucho agrado. Dios sabe que, si logran convencerlos de que no los consideran sus enemigos, quizá no se preocupen por sus preparativos…
—No, hijo, eso ya no es posible; es demasiado tarde. Lo que dices habría sido posible hace quince o dieciséis años, antes de que decidiéramos atacar a los británicos para ayudar a Sayyid Ahmad contra los turcos. Los turcos, desde luego, no nos ayudaron… Es demasiado tarde; ya no es posible. Gran Bretaña no moverá ni un dedo para aliviar nuestra suerte, y los italianos están decididos a exterminarnos. Han jurado destruir toda posibilidad de resistencia en el futuro. Si mis seguidores y yo vamos ahora a Egipto, jamás podremos regresar. Y dime tú: ¿cómo podríamos abandonar a nuestra gente y marcharnos, dejándola sin liderazgo, para que sea destruida por los enemigos de Allah?
—¿Qué dice Sayyid Idris? ¿También comparte su opinión, Sidi Umar?
—Sayyid Idris es el sensato hijo de un padre noble, un hombre bueno.
Pero Allah no le ha dado el coraje necesario para soportar una lucha de esta naturaleza…
En la voz de Sidi Umar no había desesperación, sino un profundo interés, cuando hablaba conmigo de aquel modo sobre el desenlace inevitable de su larga lucha por la libertad: sabía que no le esperaba otra cosa que la muerte. No temía a la muerte; no la deseaba. Pero tampoco intentó eludirla, y estoy seguro de que, aun si hubiera sabido qué clase de muerte lo aguardaba, no habría intentado evitarla. Parecía plenamente consciente, en cada átomo de su cuerpo y de su mente, de que todo hombre lleva consigo su destino, vaya adonde vaya y haga lo que haga.
Se oyó una leve agitación entre los matorrales, tan leve que en circunstancias normales no se habría percibido; pero las circunstancias de entonces distaban mucho de ser normales. Con los oídos atentos ante la posibilidad de cualquier peligro procedente de una zona inesperada, comprendí claramente que las pisadas furtivas se habían detenido de repente y que, unos minutos después, su sonido indistinto había comenzado de nuevo. Los matorrales se abrieron y de ellos salieron dos hombres, Zayed y Jalil. Con ellos venían dos askaris. Los caballos que habían llevado de las riendas cargaban sobre el lomo pesados odres. Los odres estaban tan llenos de agua que se habían hinchado como tambores. Al ver a Sidi Umar, Jalil se apresuró a acercarse para besar a su líder, mientras yo presentaba a Zayed. Sidi Umar posó su mirada penetrante sobre el rostro ascético y el cuerpo enjuto de Zayed, con evidente aprobación. Poniendo una mano sobre los hombros de Zayed, dijo:
—Hermano venido de la tierra de mis antepasados, bienvenido. ¿De qué tribu árabe eres? —Y cuando Zayed dijo que el nombre de su pueblo era Shammar, Umar asintió con una sonrisa y dijo: ¡Ah, entonces eres del pueblo de Hatim al-Ta’i, quien fue el más generoso de los hombres…1(Este guerrero y poeta árabe de la época preislámica era famoso por su generosidad y munificencia। Su nombre se está convirtiendo ahora en sinónimo de esta virtud, virtud a la que los árabes conceden una importancia suprema। Zayed es miembro de la tribu Shammar। Los shammar son el pueblo de Hatim—al-Ta’i, del que afirman descender।)
Uno de los hombres de Sidi Umar puso ante nosotros unos dátiles envueltos en un trozo de tela. Él mismo nos invitó a compartir aquella modesta comida. Cuando terminamos de comer, el anciano guerrero se puso de pie:
—Hermanos, ha llegado el momento de marcharnos de aquí. Estamos muy cerca del puesto italiano de Bu-Sfaiya. Será peligroso permanecer aquí hasta el amanecer.
Recogemos nuestro destartalado campamento y montamos para seguir a Sidi Umar. El resto de sus hombres nos sigue a pie. Apenas hemos salido del barranco, veo que el grupo de Sidi Umar es mucho más numeroso de lo que había supuesto: una tras otra, figuras negras y sombrías salen disparadas como flechas de detrás de las colinas y de los árboles y se incorporan a nuestra fila, mientras dejan a otros hombres apostados a lo lejos, a derecha e izquierda, para vigilar. A ningún observador común le habría sido posible imaginar que había unos treinta hombres a nuestro alrededor; pues cada uno de ellos avanzaba en silencio, como un espía piel roja.
Antes del amanecer llegamos a la tienda principal del dawwar, o fuerza guerrillera, de Umar al-Mukhtar. La fuerza estaba entonces compuesta por algo más de doscientos hombres. Las tiendas estaban instaladas en el fondo de un desfiladero profundo y estrecho, y sobre las cimas que colgaban por encima ardían pequeñas fogatas. Algunos hombres dormían en el suelo. Los demás, que en la grisura del alba parecían sombras imprecisas, estaban ocupados en diversas tareas del campamento: limpiaban sus armas, traían agua, cocinaban o cuidaban los pocos caballos atados aquí y allá a los árboles. Casi todos vestían ropas desgarradas y remendadas. Ni entonces ni después vi en todo aquel grupo un solo jird completo 1(una capa de lana semejante a una manta, que visten los egipcios y los libios) o un barnús 2(una prenda que cubre la cabeza, usada también por los árabes del norte de África) Yo veía con asombro que había dos mujeres en aquella tienda: una anciana y otra joven. Sentadas junto al fuego, reparaban absortas una silla de montar desgarrada, con agujas gruesas y romas.
—Estas dos hermanas nuestras nos acompañan adondequiera que vamos —me explicó Sidi Umar, respondiendo a mi muda sorpresa—. No quisieron refugiarse en Egipto con nuestras mujeres; son madre e hija. Todos los hombres de su familia han muerto en la lucha.
Durante dos días y una noche, mientras levantábamos las tiendas y las trasladábamos a otro lugar, en un barranco de la meseta y dentro del bosque, Sidi Umar y yo examinamos y discutimos todas las posibilidades de abastecer regularmente a los muyahidines. De vez en cuando seguían llegando provisiones desde Egipto. Parecía que, desde el momento en que Sayyid Idris llegó a un entendimiento con Gran Bretaña, cuando firmó su tratado de paz con los italianos, las autoridades británicas estaban dispuestas a contemplar con cierta tolerancia renovada la actividad senusí dentro de Egipto, siempre que se limitara a movimientos locales; en particular, no vigilaban oficialmente a los pequeños grupos de combatientes que atravesaban las líneas italianas y llegaban a Salum, la ciudad egipcia más cercana a la costa, para vender su botín —en su mayor parte mulas italianas— a cambio de los alimentos que tanto necesitaban. En realidad, para los muyahidines, aquellas expediciones eran extremadamente peligrosas y rara vez resultaban posibles, sobre todo porque los italianos habían levantado con gran rapidez una alambrada a lo largo de la frontera egipcia. Sidi Umar estuvo de acuerdo conmigo en que la única alternativa podía ser utilizar como ruta de abastecimiento el camino por el que yo había llegado y establecer depósitos secretos en los oasis egipcios de Bahariya, Farafra y Siwa. Pero dudaba mucho de que aquel plan pudiera mantenerse durante mucho tiempo fuera de la atenta vigilancia italiana.
[Se demostró que la preocupación de Umar estaba muy bien fundada. Unos meses después, una caravana con ese tipo de suministros llegó efectivamente hasta los muyahidines; pero, cuando avanzaba por el paso entre Jaghbub y Jalu, los italianos la descubrieron. Poco después, exactamente a mitad de camino entre ambos oasis y a igual distancia de ellos, los italianos establecieron un sólido puesto de control en Bir Tarfawi; y, con una vigilancia aérea casi ininterrumpida, aquel puesto volvió extremadamente peligrosas las expediciones de ese tipo.]
Ahora tenía que pensar en mi regreso. No me entusiasmaba mucho volver por la larga y penosa ruta que había seguido en mi viaje hacia el oeste. Por eso pregunté a Sidi Umar si podía encontrarse un camino más corto. Me dijo que sí había uno, aunque era peligroso: llegar a Salum atravesando la alambrada. En aquel momento, un grupo de muyahidines estaba preparándose para emprender una expedición de ese tipo con el fin de traer harina de Salum; si quería, podía unirme a ellos. Decidí hacerlo.
Zayd y yo nos despedimos por última vez de Umar al-Mukhtar. Nunca volvería a verlo: menos de ocho meses después, los italianos capturaron a Umar y lo ahorcaron…
Después de avanzar durante casi una semana, únicamente de noche, por un terreno accidentado y a través de los bosques de enebros del Jabal Akhdar oriental, nuestro grupo de veinte hombres llegó a la frontera entre Egipto y Cirenaica, al lugar donde habíamos planeado atravesar la alambrada. No habíamos elegido aquel lugar al azar. Aunque se había levantado una alambrada en la mayor parte de la frontera, todavía no estaba completamente terminada. En algunos lugares, como aquel, solo había una barrera de alambre de ocho pies de altura y cuatro de anchura; en su interior, sin embargo, se habían instalado tres hileras separadas de alambrada, sujetas con gruesas vueltas de alambre pesado a postes clavados en cimientos firmes. El puesto que protegía el lugar que habíamos elegido se encontraba a aproximadamente media milla. También sabíamos que había vehículos blindados en el puesto. Pero teníamos que escoger entre dos alternativas: este sector o algún otro, que quizá estuviera menos protegido, pero donde podía haber dos o tres líneas de alambrada.
Ya se había dispuesto de antemano que, varias millas dentro del territorio egipcio, partidarios de la tariqa senusí nos esperarían con animales de carga y de transporte. Por tanto, no había necesidad de poner en peligro nuestros caballos. Entregamos estos a varios muyahidines para que los devolvieran, y Zayd, yo y los demás llegamos a pie junto a la alambrada poco antes de medianoche; la oscuridad nos servía de cobertura. Los italianos habían talado y despejado toda la vegetación y los matorrales.
Al norte y al sur, a varios cientos de yardas de distancia, nuestros seis hombres, con los centinelas apostados, avanzaban a rastras, equipados con cortaalambres y con los gruesos guantes de cuero que habían confiscado anteriormente a los obreros italianos. Mientras avanzaban, los cubríamos con nuestros rifles. Era un momento de gran tensión. Yo estaba atento al menor sonido. Solo oía el crujido de la grava bajo el peso de los cuerpos que avanzaban y, de vez en cuando, el canto de un ave nocturna. Luego llegó el chirrido de las tijeras cortaalambres al morder por primera vez el alambre de espino. Pareció una explosión dentro de mis oídos, seguida de un sonido más tenue y aislado al cortar los filamentos metálicos… cric, cric, cric… cortando y frotando, cada vez más profundamente en el alambre de espino…
Una vez más resonó en el cielo nocturno el canto de un pájaro; pero esta vez no era un pájaro, sino una señal: procedía de uno de los centinelas que habíamos apostado al norte, una señal de peligro inminente… Y, exactamente en ese momento, oí el zumbido de un motor que se acercaba hacia nosotros. Un reflector se proyectó oblicuamente en el cielo. Como un solo hombre, nos arrojamos al suelo, excepto los hombres encargados del alambre; ellos se apresuraban desesperadamente a terminar su tarea. Ya no pensaban en trabajar en silencio. Más bien, como poseídos, cortaban con las tijeras y aflojaban el alambre cortado a golpes de culata. Unos segundos después se oyó un disparo de rifle: la señal del centinela al norte de nosotros. Sin duda, el conductor del vehículo blindado lo había visto, porque el haz del reflector descendió de repente y oímos el siniestro tableteo de una ametralladora. El rugido del motor aumentó y su sombra negra pasó sobre nuestros cuerpos, mientras la luz de sus faros caía directamente sobre el suelo. Después estalló sobre nosotros una ráfaga de ametralladora. Evidentemente, el artillero había apuntado demasiado alto. Oí el silbido de las balas que pasaban sobre nuestras cabezas. Tumbados boca abajo, respondimos con nuestros rifles.
—¡El reflector! ¡El reflector! —gritó alguien—. ¡Disparad al reflector! Y, al cabo de unos instantes, el reflector se apagó. Sin duda, las balas de nuestros certeros fusileros lo habían hecho añicos. El vehículo blindado se detuvo, pero su ametralladora continuó disparando a ciegas. En ese mismo momento, un grito que se alzó frente a nosotros nos indicó que ya se había abierto un paso cortando la alambrada, y uno tras otro nos retorcimos para pasar por aquella estrecha abertura al otro lado de la cerca; al hacerlo, el alambre de espino nos desgarró la ropa y la piel. Después oímos el ruido de hombres que corrían, y otras dos figuras vestidas de caqui se lanzaron por la abertura de la alambrada. Nuestros compañeros volvían a reunirse con nosotros. Quedó claro que los italianos no querían abandonar la seguridad del vehículo para enfrentarse cuerpo a cuerpo con nosotros… Y entonces llegamos a suelo egipcio; o, mejor dicho, seguimos corriendo, protegiéndonos detrás de las rocas, los montículos de arena y los matorrales dispersos, porque desde el otro lado de la frontera ellos disparaban contra nosotros de vez en cuando.
Al amanecer ya habíamos entrado en territorio egipcio. Ahora estábamos fuera de peligro. De los aproximadamente veinte hombres que éramos, habíamos perdido a cinco. Probablemente habían muerto; otros cuatro estaban heridos, aunque no de gravedad.
—Alá ha tenido misericordia de nosotros —dijo uno de los muyahidines heridos—. A veces, al cruzar la alambrada, llegamos a perder la mitad de nuestros hombres; pero Alá es grande: nadie muere si Alá no quiere que muera… ¿Acaso no dice el Sagrado Corán?… «No llaméis muertos a quienes han sido muertos en el camino de Alá, pues están vivos, vivientes…»
Dos semanas después, de regreso, pasamos por Marsa Matruh y Alejandría, llegamos al Alto Egipto y allí, en una embarcación dispuesta de antemano, Zayd y yo regresamos a Medina vía Yanbu. Toda la expedición duró dos meses… No parecía que nadie hubiera advertido siquiera nuestra ausencia del Hiyaz…
.. . .. .. .. . ..
Cuando puse los pies en el umbral de la antigua zawiya sanusí de Medina junto con Sidi Muhammad al-Zubayr, todos aquellos ecos indistintos de muerte y desesperación volvieron a cobrar vida en mi conciencia; el olor de los enebros y el tableteo de las balas que pasaban sobre nuestras cabezas hicieron que mi corazón palpitara con fuerza. El dolor de aquella expedición, sin esperanza ni consuelo, volvió a despertar en mi pecho; luego, poco a poco, se borró el recuerdo de mi expedición cirenaica. ¡Solo permaneció su dolor!
Cuatro
De nuevo me encuentro de pie ante el Gran Senussi y miro el rostro cansado de aquel viejo guerrero. De nuevo beso la mano que sostuvo una espada durante tanto tiempo que ahora ya no tiene fuerzas para llevarla.
—Que Allah te tenga misericordia, padre; siéntate cómodamente… Ha pasado más de un año desde que nos vimos, y con este año también se ha extinguido nuestra esperanza. Pero la alabanza pertenece a Allah; Él hace lo que quiere…
Sin duda, aquel año fue doloroso para Sayyid Ahmad. Las líneas de su rostro se han vuelto más profundas y su voz ha bajado mucho, como nunca antes. El águila victoriosa se ha abatido. Está sentado encogido sobre la alfombra. Su blanco burnús está ceñido alrededor de su cuerpo, como si fuera para calentarlo, y mira el vacío infinito, mudo y silencioso.
—Si tan solo hubiéramos podido salvar a Umar al-Mujtar —susurra—; si tan solo hubiéramos podido convencerlo de huir a Egipto a tiempo…
—Nadie habría podido salvar a Sidi Umar —lo consuelo—. Él mismo no quiso salvarse. Quería morir si no podía salir victorioso; eso lo comprendí cuando me despedí de él, Sidi Ahmad.
Sayyid Ahmad sacude enérgicamente la cabeza.—Sí, yo también lo sabía… Yo también lo… sabía, pero lo supe demasiado tarde. A veces pienso que me equivoqué al responder, hace diecisiete años, al llamamiento que llegó de Estambul… Y ¿acaso aquello no fue, quizá, el comienzo de la muerte no solo de Umar, sino de todos los senussíes?
No tengo respuesta para esta pregunta. Porque siempre he pensado que la decisión de Sayyid Ahmad de embarcarse en una guerra inútil contra el poder británico fue el error más fatal de su vida.
—Pero —dice de nuevo Sayyid Ahmad—, cuando el califa del islam me pidió ayuda, ¿cómo habría podido tomar otra decisión? ¿Actué correctamente o me comporté como un necio? Pero, aparte de Alá, ¿quién puede decir si, cuando un hombre responde a la llamada de su conciencia, actuó bien o se equivocó?
—¿Quién puede decirlo realmente?
La cabeza del gran Senussi sigue oscilando de un lado a otro, presa del dolor y la confusión. Sus ojos están ocultos tras los párpados caídos y, con una súbita certeza, comprendo que esos ojos jamás volverán a iluminarse con la llama de la esperanza.1[Sayyid Ahmad murió en Medina al año siguiente (1933)]
El final del camino
Uno
Abandonamos Medina muy entrada la noche, siguiendo la ruta del este, el mismo camino por el que el Rasulullah viajó a La Meca para realizar su peregrinación de despedida, unos meses antes de su muerte.
Seguimos avanzando durante el resto de la noche, a través del amanecer que se aproximaba. Continuamos cabalgando sobre nuestros camellos; nos detuvimos un rato para la oración del faŷr y entramos en el día, un día gris y nublado. La lluvia comenzó antes del mediodía y, poco después, decidimos refugiarnos en una de sus tiendas negras.
La tienda es pequeña. Es la tienda de los beduinos de Harb. Al vernos, nos reciben a grandes voces: «¡Oh, viajeros, que Alá os conceda una larga vida! ¡Bienvenidos!». Extiendo mi manta sobre la estera de pelo de cabra en la tienda del jeque, y la esposa del jeque, cuyo rostro está descubierto, como el de casi todas las mujeres beduinas de esta región, repite el hermoso saludo de bienvenida de su esposo. Después de una noche sin dormir, el sueño se apodera rápidamente de mí, al ritmo sordo de la lluvia que cae sobre el techo de la tienda. Cuando despierto varias horas después, el tamborileo de la lluvia aún resuena. La oscuridad de la noche me cubre —oh, no, no es la noche, sino tan solo el oscuro y negro dosel de la tienda—, y su olor es como el de la lana mojada. Extiendo los brazos y mis manos tropiezan con una silla de montar de camello colocada en el suelo, detrás de mí. Es maravilloso tocar la suavidad de su vieja madera. Qué placer jugar con los dedos sobre ella, hasta que llegan a la parte elevada delantera de la silla y se encuentran con las tripas de camello, afiladas y duras como el hierro, con las que la silla ha sido cosida y unida. No hay nadie más que yo en la tienda.
Al cabo de un rato me levanto y salgo a la parte abierta de la tienda. La lluvia parece estar cavando agujeros en la arena a fuerza de golpearla… cientos de miles de pequeños agujeros que aparecen en ese instante y de pronto desaparecen para dejar sitio a otros nuevos; y, al girar, hacia mi derecha, el agua se dispersa en forma de rocío sobre los bloques de granito azul grisáceo. No veo a nadie, porque seguramente a esta hora del día todos han salido a ocuparse de sus camellos; abajo, en el valle, cerca de las acacias, varias tiendas negras permanecen silenciosas en la quietud de la tarde lluviosa. De una de ellas asciende en espiral una columna de humo gris… señal de la comida vespertina. El humo es tan tenue y débil que no tiene fuerza para resistir la lluvia… y trepa pegado al borde, temblando impotente, como el cabello de una mujer al viento impetuoso. Detrás de la cortina móvil de cintas de agua gris plateada, las colinas parecen agitarse; el aire está cargado con el olor de las acacias silvestres y del pelo húmedo de las tiendas.
Poco a poco cesan las salpicaduras y la lluvia menuda, y bajo los rayos del sol vespertino las nubes comienzan a desgarrarse y a alejarse. Me acerco a un bloque bajo de granito. Sobre esta piedra hay una cavidad tan grande como un abrevadero, en la que, durante los días de fiesta, se sirven a los invitados corderos asados enteros y arroz. Ahora está llena de agua de lluvia. Cuando introduzco en ella los dos brazos, el agua me llega hasta los codos: es tibia, con un tacto suavemente acariciador y extraordinario; y, al mover los brazos dentro del agua, siento como si mi piel bebiera! De una tienda sale una mujer con un gran recipiente de cobre sobre la cabeza; es evidente que ha salido para llenarlo en una de las muchas cavidades de las piedras y rocas donde se ha acumulado el agua de lluvia. Extiende los brazos unas veces hacia delante, otras hacia los lados y otras hacia arriba; sostiene con ambas manos el borde de su amplio vestido rojo, como si fuera un abanico, y avanza balanceándose suavemente. La mujer se mueve meciéndose como se mece el agua cuando fluye poco a poco hacia abajo por la roca. Me digo: esta mujer es hermosa como el agua… Desde lejos oigo el llamado de los camellos que regresan; y ahí aparecen detrás de las colinas, como un grupo disperso, los pastores, caminando con solemnes pasos relajados; los conducen al interior del valle con agudos gritos breves y luego pronuncian un sonido especial: «g-r-r… g-r-r…». Los animales parecen doblar las rodillas y sentarse; se ve a muchos camellos inclinar sus lomos pardos hacia el suelo en un ritmo ondulante. Al caer la tarde, los hombres ponen trabas en las dos patas delanteras de los camellos y se dispersan hacia sus respectivas tiendas. Y ahora ha llegado la noche, con su suave oscuridad y su fresco y dulce alivio. Delante de la mayoría de las tiendas arde un fuego; el tintineo de las ollas y sartenes y las risas de las mujeres se mezclan con los gritos repentinos de los hombres y sus frases entrecortadas y aisladas, que el aire trae flotando hasta mí. Después de los camellos han regresado las ovejas y las cabras; también balan durante un rato y, de vez en cuando, los perros aúllan, como aúllan cada noche en todas las tiendas de Arabia.
No se ve a Zayed por ninguna parte. Quizá se haya acostado en alguna tienda. Camino lentamente hacia los camellos que yacen cómodamente. Con sus enormes cuerpos han cavado hoyos en la arena para sí mismos y descansan a gusto. Algunos rumian, mientras otros han extendido sus largos cuellos sobre el suelo. Algunos levantan la cabeza y resoplan por la nariz cuando paso junto a ellos y les toco juguetonamente las gruesas jorobas. Una cría de camello yace estrechamente pegada a su madre. Salta y se pone en pie al tocarla yo con la mano, mientras su madre vuelve la cabeza hacia mí, me mira y emite un suave mugido con la boca enormemente abierta. Rodeo con ambos brazos el cuello de la cría y, apretándola contra mí, hundo el rostro en su cálido pelaje posterior; de pronto se queda de pie, silenciosa e inmóvil: parece que todo su miedo se hubiera desvanecido. El calor del cuerpo del joven animal penetra en mi rostro y en mi pecho; siento que, bajo la palma de mi mano, la sangre bulle en las venas de su cuello y se mezcla con el latido de mi propia sangre, y despierta en mí un sentimiento que lo inunda todo: la sensación de una íntima cercanía con la vida misma, la conciencia de un anhelo de entregarme por completo en medio de la vida.
Dos
Cabalgamos sobre los camellos, y cada uno de sus pasos nos acerca más al lugar dondequiera que termine nuestro camino. Así seguimos avanzando día tras día por la estepa bañada de sol. Por la noche dormimos bajo las estrellas y al amanecer nos despertamos en el fresco y suave aire de la mañana; y, poco a poco, sigo avanzando hacia el extremo final de mi camino.
Nunca hubo para mí otro camino que este, aunque durante muchos años no lo supe. Me había llamado mucho antes de que mi mente cobrara conciencia de La Meca, con una voz poderosa: «Mi reino está en este mundo y mi reino está también en el mundo venidero; mi reino espera los cuerpos y las almas de los hombres, y se extiende sobre todo cuanto el hombre piensa, siente y hace: sus negocios y su comercio, su devoción y su culto, su dormitorio, su política, sobre todas las cosas. Mi reino no tiene fin ni límites». Y cuando, unos años después, todo esto se aclaró para mí, supe cuál era mi lugar: supe que, desde el momento de mi nacimiento, la fraternidad islámica me había estado esperando, y acepté el islam. Aquel deseo de mi primera juventud —la necesidad de una órbita definida para mis pensamientos e ideales, el deseo de formar parte inseparable de una comunidad de hermanos— se vio por fin satisfecho.
Es algo verdaderamente asombroso —aunque quizá no resulte tan asombroso si se considera cuál es el objetivo del islam—: mi primera experiencia como musulmán entre musulmanes fue precisamente la fraternidad…
En los primeros días de enero de 1927 volví a partir rumbo al Oriente Próximo. Esta vez me acompañaban Elsa y su hijo pequeño, y fue entonces cuando comprendí que este sería mi último viaje.
Durante varios días navegamos por el Mediterráneo, dentro de un círculo resplandeciente de mar y cielo. A veces nos reciben una costa lejana y el humo de los barcos que pasan velozmente junto a nosotros; Europa ha quedado muy atrás, y casi la he olvidado.
A menudo salgo de la comodidad de nuestra cubierta de camarotes y bajo a la parte deteriorada del barco, la de los pasajes más baratos, donde hay literas de hierro dispuestas en hileras. El barco se dirige al Lejano Oriente, por lo que la mayoría de los pasajeros de cubierta son chinos: pequeños artesanos y comerciantes que, después de muchos años de duro trabajo en Europa, regresan a su patria. Además, hay un pequeño grupo de árabes yemeníes que embarcaron en el puerto de Marsella. Ellos también regresan a casa. Llevan consigo los sonidos y los olores de los puertos occidentales. Aún viven en el crepúsculo del día en que sus manos morenas paleaban carbón en barcos ingleses, estadounidenses y holandeses; todavía conversan sobre los extraños puertos de ciudades extranjeras: Nueva York, Buenos Aires, Hamburgo. Un día, impulsados por un repentino deseo de lo desconocido y resplandeciente, se habían dirigido al puerto de Adén y se habían vendido1para echar carbón en la caldera del barco como fogoneros en los vapores de carbón. Habían salido de su mundo conocido para internarse en el abrazo de la inimaginable y maravillosa diversidad de la Tierra, y allí se habían expandido más allá de sí mismos; pero el barco pronto atracará en el puerto de Adén, y aquellos días de sus vidas se perderán en el pasado. En lugar de los sombreros occidentales, se pondrán turbantes o kufias; conservarán los días pasados únicamente como recuerdos, y cada uno de esos hombres, ocupado en sus propios asuntos, regresará al Yemen, a su casa en su aldea. Cuando regresen a casa, ¿serán exactamente los mismos hombres que un día partieron, o se habrán convertido en hombres distintos? ¿Habrá conquistado el mundo occidental sus almas, o se habrá limitado a acariciar sus sentidos?
El problema de aquellos hombres se condensó en mi mente hasta adquirir la forma de un problema de mayor alcance y significado.
Comprendí que nunca antes, como hoy, el islam y el mundo occidental habían estado tan estrechamente próximos. Esta proximidad es una lucha, visible e invisible a la vez. Bajo la presión de la cultura occidental, las almas de muchos hombres y mujeres musulmanes se están encogiendo gradualmente.
La mejora del nivel de vida debería ser un medio para elevar al ser humano desde el punto de vista espiritual; pero, apartándose de esta convicción que antes los guiaba, se están dejando conducir por un camino distinto. Se han inclinado hacia esa idolatría llamada progreso, a la que el mundo occidental se entregó después de transformar la religión, en algún momento del trasfondo de los acontecimientos, en un simple tintineo melodioso. Y por eso estos hombres y mujeres musulmanes se han ido empequeñeciendo poco a poco, en vez de engrandecerse; porque toda imitación cultural, al oponerse a la creatividad, degrada inevitablemente a cualquier nación o pueblo.
No se trata de que los musulmanes no tengan mucho que aprender del mundo occidental, especialmente en el ámbito técnico. Pero adquirir conceptos y métodos científicos no es, en realidad, imitación; y menos aún lo es para un pueblo cuya religión le ordena buscar el conocimiento allí donde se encuentre. La ciencia no pertenece a Occidente ni a Oriente; todos los descubrimientos científicos son apenas unos cuantos eslabones de la cadena interminable del esfuerzo intelectual humano, un esfuerzo que abarca a toda la humanidad. Cada científico construye su edificio sobre los cimientos que dejaron los científicos anteriores, ya fueran de su propio pueblo o de otro. Este proceso de construcción, corrección y perfeccionamiento continúa de persona en persona, de una época a otra, de una civilización a otra; por eso, los logros científicos de una época o de una civilización particular nunca pueden considerarse exclusivamente obra de esa época o de esa civilización. En ciertos períodos, algunas naciones, más vivaces y emprendedoras que otras, han podido contribuir en mayor medida al acervo común de la ciencia; pero, en última instancia, todos participan en este proceso, y con pleno derecho. Hubo un tiempo en que la civilización musulmana era mucho más vigorosa que la civilización europea. Aquella civilización transmitió a Europa numerosas innovaciones técnicas de carácter revolucionario, y algo más: los principios fundamentales del propio «método científico» sobre el que se ha edificado la civilización moderna. Sin embargo, los descubrimientos fundamentales de Jabir ibn Hayyan no convirtieron la química en una ciencia árabe; tampoco pueden llamarse ciencia musulmana el álgebra y la trigonometría, aunque una fue inventada por al-Juarismi y el inventor de la otra fue al-Battani, y ambos eran musulmanes; del mismo modo que no podemos hablar de una «teoría inglesa de la gravitación», aunque el hombre que dio forma a esa teoría fuera inglés. Todos esos logros son patrimonio común de la humanidad. Por tanto, si los musulmanes adoptan los métodos modernos en la ciencia y la técnica, como sin duda deben hacerlo, no harán más que seguir la facultad evolutiva que actúa en el ser humano para asimilar la experiencia de los demás; nada más.
Pero si adoptan los aspectos externos de la vida occidental, sus costumbres, usos y concepciones sociales —algo que no necesitan hacer en absoluto—, nunca saldrán beneficiados. Porque, en este ámbito, lo que Occidente puede ofrecerles no será en modo alguno superior a lo que su propia cultura les ha dado y a lo que su propia fe religiosa les señala. Si los musulmanes mantienen la cabeza fría y aceptan el progreso como medio, no como objetivo, no solo podrán conservar su libertad interior; quizá también logren entregar a los hombres de Occidente el secreto perdido de la dulzura de la vida.
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Entre los yemeníes del barco había un hombre delgado, bajo y menudo, cuya nariz parecía el pico de un águila, y cuyo rostro era tan intenso que parecía arder; pero sus gestos eran sumamente tranquilos y mesurados. Cuando se enteró de que yo era un musulmán recién convertido, comenzó a mostrarme un afecto especial. Durante horas, los dos nos sentábamos juntos en la cubierta mientras él me hablaba de su aldea montañosa en Yemen. Se llamaba Muhammad Salih.
Una tarde bajé y me reuní con él en la cubierta inferior. Uno de sus amigos yacía en una litera de hierro, aquejado de fiebre. Me dijeron que el médico del barco no consideraría necesario bajar hasta allí. El hombre sufría de malaria. Por eso le di quinina. Mientras estaba ocupado atendiéndolo, los demás yemeníes se reunieron en un rincón alrededor del diminuto Muhammad Salih. Me miraban de reojo y seguían el consejo que Muhammad Salih les susurraba. Finalmente, uno de ellos se acercó. Era un hombre alto, de tez olivácea y ojos intensamente negros. Me ofreció un montón de billetes franceses arrugados y retorcidos:
—Los hemos reunido entre nosotros. Lamentablemente, no es una cantidad muy grande. Hágannos el favor de aceptar este dinero.
Me sobresalté y retrocedí, y les expliqué que había dado medicina a su amigo, no por dinero.
—No, no, lo sabemos perfectamente; aun así, por favor, acepte este dinero. No se lo estamos dando como pago por nada: este dinero es un presente, un regalo de sus hermanos. Nos alegramos mucho de haberlo encontrado, y por eso le damos este dinero. Usted es musulmán y nuestro hermano. Incluso es mejor que nosotros. Porque nosotros nacimos musulmanes; nuestros padres eran musulmanes, y también nuestros abuelos. Pero usted ha comprendido el Islam con su propio corazón… Hermano, acepte este dinero por el amor del Mensajero de Allah.
Pero yo todavía estaba preso de las ataduras de mis costumbres europeas; para justificarme, dije: «No me es posible aceptar un regalo a cambio de haber atendido un poco a un amigo enfermo… Además, tengo dinero suficiente. Seguramente ustedes lo necesitan más que yo. No obstante, si desean donar este dinero, désenlo a los pobres cuando lleguen a Port Said».
—No —repitió el yemení—, acepte este dinero de nuestra parte; y si quiere conservarlo, déselo usted mismo a los pobres.
Y mientras ellos insistían y, desconcertados por mi negativa, se quedaban afligidos y silenciosos, comprendí de repente: allí de donde yo venía, la gente está acostumbrada a levantar un muro entre «lo mío» y «lo tuyo»; pero esta sociedad es una sociedad en la que no existe ningún muro…
—Dadme el dinero, hermanos; lo acepto, y os doy las gracias.
Tres
—Mañana, inshallah, estaremos en La Meca. El fuego que estás encendiendo, Zaid, será el último; ¡nuestro viaje está llegando a su fin!
—Pero seguramente, tío, habrá que volver a encender el fuego, y siempre habrá otro viaje ante nosotros dos.
—Puede que sea así, Zaid, hermano mío. Pero, no sé cómo, siento que ya no haré esos viajes por este país. He vagado tanto tiempo por Arabia que se ha mezclado con mi sangre, y temo que, si no parto ahora, ya nunca podré marcharme… Pero, Zaid, tengo que irme. ¿No recuerdas aquel proverbio? Si el agua ha de mantenerse limpia, debe moverse, debe correr. Mientras aún conservo mi juventud, quiero ver cómo viven nuestros hermanos musulmanes en otras partes del mundo: en la India, en China, en Java…
—Pero, querido tío —respondió Zaid con asombro y temor—, seguramente tu amor por Arabia no se ha extinguido.
—No, Zaid; la amo como siempre la he amado, y quizá podría decirse que ahora la amo aún más. La amo tanto que me resulta doloroso pensar en lo que le espera en el futuro. He oído que el rey planea abrir su país a los francos, para obtener ingresos de ellos. Les permitirá excavar y explorar en Al-Hasa en busca de petróleo y en el Hiyaz en busca de oro; y solo Dios sabe cuál será el resultado para los beduinos. Este país ya nunca volverá a ser como antes…
En medio del silencio inmóvil de la noche del desierto se alza el sonido de las pisadas de un camello que avanza a saltos. Un solitario jinete de camello sale de la oscuridad y se precipita hacia la luz de nuestra fogata, haciendo ondear las borlas de la silla y su abaya. De pronto detiene el camello y salta de la silla sin esperar a que el animal se arrodille. Tras pronunciar únicamente un breve «la paz sea con vosotros», sin decir una palabra más, comienza a quitarle la silla al animal, arroja cerca de la fogata los sacos atados a ella y luego se sienta en el suelo, todavía en silencio, con el rostro vuelto hacia otro lado.
—Que Alá le conceda larga vida, Abu Saiyid —dice Zayed. Porque quedó claro que conocía al recién llegado. Pero el hombre seguía mudo. Por eso Zayed volvió el rostro hacia mí y dijo: «Este es uno de los rajazil de Ibn Saud: ¡un demonio!»
El afligido Abu Saiyid tiene la piel muy negra; sus labios son gruesos y su cabello rizado, cuidadosamente dividido en dos por una raya. La daga metida en su faja probablemente sea un regalo del rey, enfundada en una vaina de oro, y su montura es una magnífica camella color miel, descendiente de los camellos del norte. Sus miembros son delgados y sin un ápice de grasa; tiene la cabeza estrecha, y tanto los hombros como las nalgas son robustos y poderosos.
—¿Qué te pasa, Abu Saiyid? ¿Por qué no hablas con tus amigos? ¿Acaso estás poseído por un yinn?»
«Nura…», susurra Abu Saiyid. Al cabo de un rato, el café caliente le desata la lengua y comienza a contarnos sobre Nura: una muchacha de la ciudad de Arras, en Nayid (menciona también el nombre del padre de la muchacha; resultó que yo lo conocía muy bien). Cuando Nura estaba sacando agua con otras muchachas, Abu Saiyid la observaba furtivamente desde lo alto del muro del jardín, y entonces comprendió: «Sentí como si un carbón encendido hubiera caído dentro de mi corazón. La amo, pero su padre, ese perro, no quiere casarla conmigo por nada del mundo —¡con un mendigo!— y dice que Nura me tiene miedo. Le ofrecí mucho dinero como dote, e incluso una parcela de mi tierra; pero él siempre me rechazó y, finalmente, la casó con su primo. ¡Que la maldición de Alá caiga sobre él, y sobre Nura!»
Un lado de su firme rostro, de un negro intenso, se ilumina con la luz de la fogata, y la sombra que danza sobre su cara parece la sombra de un infierno de tormento. No puede permanecer sentado mucho tiempo; presa de la inquietud, se pone de pie de un salto. Por un instante deja descansar ambas manos sobre la silla de montar, vuelve junto al fuego y, de pronto, sale corriendo hacia la oscuridad de la noche vacía. Lo oímos correr describiendo un amplio círculo alrededor del lugar donde habíamos instalado nuestra tienda y gritar, gritar:
—¡El fuego de Nura me está quemando y consumiendo! ¡El fuego de Nura arde dentro de mi pecho!— y de nuevo rompe a llorar entre sollozos: «¡Nura, Nura!»
Vuelve a acercarse a la fogata y sigue corriendo en círculos a su alrededor; su caftán ondea con él, como un ave nocturna fantasmal entre la luz del fuego, que danza agitada, y la oscuridad.
¿Estaba loco? No me lo pareció. Pero también podía ser que, desde los profundos y oscuros abismos de su interior, hubiera despertado una emoción mental relacionada con los recuerdos de sus antepasados primitivos: los recuerdos ancestrales de las selvas de África, los recuerdos de aquellos hombres que vivían en una época todavía muy cercana a los fantasmas, los espíritus y los misterios sobrenaturales; una época en que la chispa divina de la conciencia había convertido a la bestia en hombre. Y aquella chispa aún no era lo bastante poderosa para sujetar juntas las pasiones desbocadas y transformarlas en una emoción superior… Por un instante me pareció ver realmente ante mí el corazón de Abu Saiyid: una masa de sangre y carne que ardía con el fuego del deseo, como si un fuego verdadero estuviera ardiendo. Y, no sé por qué, me pareció perfectamente natural que llorara así, de un modo tan aterrador, que llorara y corriera formando círculo tras círculo, como un demente, hasta que los camellos atados por las patas se alzaran aterrorizados sobre tres de ellas…
Luego regresa junto a nosotros y se deja caer pesadamente al suelo. Puedo ver con claridad la irritación que aparece en el rostro de Zayd ante semejante explosión descontrolada. Porque para un árabe de noble temperamento no hay nada más detestable que una emoción tan desenfrenada. Pero el noble corazón de Zayd se recobra al cabo de unos instantes. Lo agarra con fuerza por la manga y, cuando Abu Sayyid levanta la cabeza y lo mira con ojos vacíos, Zayd lo atrae suavemente hacia sí:
—¡Oh, Abu Sayyid! ¿Cómo puedes olvidarte así de ti mismo? Abu Sayyid, eres un guerrero… Has matado a muchos hombres y a menudo has escapado por poco de morir a manos de otros hombres. ¿Y ahora vas a dejarte abatir por el golpe de una mujer? En el mundo hay otras mujeres además de Nura… ¡Oh, Abu Sayyid, guerrero, necio…!
Mientras el africano solloza quedamente y se cubre el rostro con ambas manos, Zayd continúa diciendo:
—¡Silencio, Abu Sayyid!… Levanta la cabeza y mira: ¿ves el camino luminoso del cielo?
Abu Sayyid mira al cielo, maravillado, y yo, sin darme cuenta, sigo automáticamente el dedo índice de Zayd y vuelvo los ojos hacia aquel sendero pálido e irregular que atraviesa el firmamento de un horizonte al otro. Ustedes lo llamarían la Vía Láctea; pero los beduinos saben, con su sabiduría del desierto, que no es otra cosa que el camino del carnero enviado a Ibrahim cuando, obedeciendo a Dios y sumido en la desesperación de su corazón, alzó el cuchillo para sacrificar a su primogénito. El camino de aquel carnero permanece visible para siempre en el cielo, como símbolo de misericordia y compasión, en recuerdo de que se envió una liberación para aliviar el dolor de un corazón humano; y por eso es también un consuelo para quienes vendrán después, en el futuro: para quienes estén solos o desorientados en el desierto, y para quienes recorran el desierto de su propia vida, llorando, tambaleándose en soledad y abandono, tropezando a cada paso.
Y Zayd, alzando la mano hacia el cielo, continúa hablando con gravedad y sin la menor arrogancia, como solo un árabe puede hacerlo:
—Este es el camino del carnero que Dios envió a nuestro antepasado Ibrahim cuando se disponía a sacrificar a su primogénito. Así fue como Dios mostró misericordia a Su siervo… ¿Crees que Dios te está olvidando? Ante las palabras conmovedoras de Zayd, el rostro negro de Abu Sayyid se suaviza con asombro infantil, y en él aparece una expresión de mayor serenidad. Como un alumno que sigue a su maestro, mira atentamente al cielo e intenta encontrar allí, en medio de su desesperación, una respuesta…
Cuatro
Ibrahim y su carnero celestial: imágenes como esta acuden con suma facilidad a la mente de la gente de este país. El recuerdo de aquel antiguo patriarca es entre nosotros tan claro y vivo que lo es mucho más que entre los cristianos occidentales. Sean lo que sean en otros aspectos, los cristianos dependen ante todo de la Torá para sus imágenes religiosas; sin embargo, entre los árabes este recuerdo es muchísimo más luminoso y vivo que entre los judíos, aunque la Torá sea, a los ojos de los judíos, la primera y última palabra de Allah para la humanidad. La presencia espiritual de Ibrahim se siente a cada instante en Arabia, igual que en todo el mundo musulmán, no solo porque los niños musulmanes reciben con frecuencia su nombre —en su forma árabe, Ibrahim—, sino también porque aparece continuamente en el Corán y en las oraciones diarias de los musulmanes; en ambos casos, se recuerda el papel del patriarca como primer predicador consciente de la unicidad de Allah. En ello se encuentra la explicación de por qué el islam concede tanta importancia a realizar el hajj en La Meca cada año: la historia de Ibrahim está estrechamente vinculada a La Meca desde tiempos inmemoriales. Muchos occidentales se equivocan al pensar que Ibrahim entró en la órbita del pensamiento musulmán debido a un supuesto intento del profeta Muhammad (la paz sea con él) de «tomar prestados» elementos de las leyendas de la religión judía, pues se ha demostrado históricamente que, mucho antes del surgimiento del islam, los árabes ya conocían bien a Ibrahim como persona. Cada mención de este patriarca en el Corán está registrada con una formulación tal que no deja duda de que él ya vivía en la mente árabe muchos siglos antes de la época de Muhammad (la paz sea con él). Su nombre y el esbozo de su vida siempre se mencionan sin introducción ni explicación alguna, lo que indica que incluso los primeros oyentes del Corán debían de estar familiarizados con él. De hecho, aun en la época preislámica, Ibrahim ocupaba un lugar destacado en las genealogías árabes, como antepasado de las tribus árabes del norte a través de Ismael, hijo de Agar; ese conjunto tribal constituye hoy más de la mitad de la población de toda la nación árabe.
Y a este mismo conjunto pertenecía la tribu de Muhammad, los quraysh. En la Torá solo se menciona el comienzo de la historia de Ismael y su madre, porque el desenlace posterior de esta historia no tiene una relación directa con el destino del pueblo hebreo, y los hebreos tienen su propia versión al respecto.
Según esta tradición, Ibrahim dejó a Agar e Ismael en el lugar donde hoy se alza La Meca. La historia, tal como ha llegado hasta nosotros, no es en modo alguno imposible, si tenemos en cuenta que para un nómada que viajara en camello un viaje de treinta días o más no era nada extraordinario, ni lo es. En cualquier caso, la tradición árabe dice que Ibrahim llevó a Agar y a su hijo a este mismo valle: a este desfiladero entre montañas desnudas, formadas por rocas, bajo el sol de Arabia, por encima del cual sopla el viento del desierto como una llama ardiente, un lugar que incluso evitan las aves de rapiña. Aun hoy, cuando el valle de La Meca está lleno de casas, caminos y personas de muchas lenguas y muchas naciones, la soledad del desierto sigue clamando desde las silenciosas e inmóviles laderas montañosas que lo rodean, mientras sobre la multitud de hombres y mujeres que se postran ante la Kaaba flota en el aire la presencia incorpórea de muchos miles de años de un pasado remoto; un silencio ininterrumpido y sin vida pende sobre el valle vacío.
Para aquella mujer egipcia, la segunda esposa, la señora Agar, este era un entorno apropiado para la desesperación y la frustración. Ella había dado a su esposo un hijo, y por ello se había convertido en objeto de tal hostilidad para la primera esposa de este que tanto ella como su hijo Ismael tuvieron que ser exiliados. Sin duda, el patriarca Ibrahim sufrió en su corazón cuando tuvo que hacerlo para ganarse el favor de su esposa obstinada. Pero debemos recordar que era amado por Allah y tenía la firme convicción de que la misericordia de Allah no tiene límites. En el libro de la Torá dedicado a la creación se nos dice que Allah lo consoló así: «No te aflijas al ver la situación de este niño y de tu esposa… Haré surgir de su hijo una nación, porque es hijo tuyo». Y así, Ibrahim dejó en aquel valle a la mujer que lloraba desconsoladamente y a su hijo; les dejó un odre y una piel llena de dátiles, y él mismo partió hacia la tierra de Canaán, pasando por Mada’in, al norte.
En aquel valle había un solo árbol silvestre de sarh. Bajo su sombra, Agar estaba sentada con el niño en brazos. A su alrededor no había nada salvo la luz cegadora que resplandecía sobre la arena caliente, ondulante como olas, y sobre las laderas de guijarros formadas por rocas. ¡Qué maravillosa era la sombra de aquel árbol!… Pero aquel silencio —un silencio aterrador, en el que ni siquiera se oía la respiración de un ser vivo—. El día llegaba a su fin. Poco a poco, Agar pensó: si tan solo viniera algún animal, un pájaro, una bestia, sí… ¡Incluso una fiera! ¡Oh, qué alegría sería! Pero no llegó nada, salvo la noche. La noche llegó con el alivio de la noche del desierto, extendiendo una frescura, como un techo de oscuridad y cielo, que aliviaba la amargura de su desesperación. Un nuevo valor cobró fuerza en el pecho de Agar. Dio de comer unos dátiles a su pequeño hijo, y ambos bebieron agua del odre.
Terminó la noche, llegó otro día y después otra noche. Pero cuando llegó el tercer día, con su aliento ardiente, ya no quedaba ni una gota de agua en el odre; la desesperación superó todas sus fuerzas, y la esperanza quedó reducida a un recipiente roto. Y cuando el niño comenzó a llorar en vano pidiendo agua, Agar, con la voz cada vez más débil, clamó a Allah. Enloquecida por el sufrimiento de su hijo, levantó ambas manos y corrió de un lado a otro por el valle. En recuerdo de aquella desesperación de Agar, quienes acuden hoy a La Meca para realizar el hajj corren siete veces entre estas dos colinas, clamando como ella clamó aquel día: «¡Oh Misericordioso, oh Compasivo!, ¿quién tendrá misericordia de nosotros si no la tienes tú?»
Y entonces llegó la respuesta: ¡mira!, un manantial de agua había brotado y comenzaba a correr sobre la arena. Agar lanzó un grito de alegría y acercó el rostro del niño a aquel líquido precioso para que pudiera beber; ella también bebió con él, entre respiración y respiración, diciendo en actitud de oración «¡Zummī, zummī!», una palabra sin significado que parecía imitar el sonido del agua brotando de la tierra, como si quisiera decir: «¡Brotad, brotad!». Temiendo que el agua se agotara y desapareciera bajo tierra, Agar amontonó arena alrededor del manantial y construyó una pequeña pared; así el flujo del agua se detuvo y se convirtió en un pozo. Desde entonces se lo conoce como el pozo de Zamzam, y aún existe hoy.
Ahora ambos se han librado de las garras de la sed, y los dátiles duraron algunos días más. Unos días después, un grupo de beduinos que había abandonado su patria en el sur de Arabia junto con sus familias y sus rebaños, en busca de nuevos pastizales, pasó por casualidad por la entrada de aquel valle. Al ver bandadas de aves volando en círculos sobre él, dedujeron que allí debía de haber agua. Algunos de ellos se apresuraron hacia el interior del valle arreando sus camellos, para averiguar qué había allí, y encontraron a una mujer solitaria sentada junto a un pozo rebosante de agua, con un niño. Aquellos hombres eran de naturaleza apacible. Por eso pidieron a Hajar permiso para establecerse en su valle; Hajar se lo concedió con una condición: el pozo de Zamzam pertenecería para siempre a Ismael y a sus descendientes.
Y en cuanto a Ibrahim, la historia cuenta que algún tiempo después regresó a aquel valle y, conforme a la promesa de Allah, encontró con vida a Hajar y a su hijo. Desde entonces comenzó a visitarlos con frecuencia, y ante sus propios ojos Ismael se convirtió en un hombre llegado a la juventud y se casó con una muchacha de una tribu del sur de Arabia. Algunos años después, el patriarca Ibrahim recibió en sueños la orden de construir, para su Señor, un lugar de culto junto al pozo de Zamzam. Luego, con la ayuda de su hijo, construyó en Makkah el primer modelo de la casa de culto que aún existe y es conocida como la Kaaba. Mientras cortaban las piedras para construir aquella casa, que en el futuro sería considerada el primer santuario erigido para la adoración del Dios único, Ibrahim alzó el rostro hacia el cielo y exclamó con voz embargada por la emoción: «¡Labbaika! ¡Allahumma, labbaika!». «Estoy dispuesto para Ti, oh Allah; estoy preparado para Ti». Y por eso, cuando los musulmanes se acercan a la ciudad sagrada para peregrinar a la primera casa de culto dedicada al Dios único en Makkah, elevan el mismo clamor: «¡Labbaika! ¡Allahumma, labbaika!»
Cinco
‘Labbaika! Allahumma labbaika।…
Cuántas veces he escuchado este clamor durante mis cinco peregrinaciones a Makkah. Me pareció que aún podía oírlo mientras yacía junto al fuego, cerca de Zayd y Abu Saíd.
Cierro los ojos y la luna y las estrellas desaparecen ante mí. Apoyo los brazos sobre el rostro, y ni siquiera la luz del fuego puede atravesar ya mis párpados. Todos los sonidos y ruidos del desierto se hundieron en el silencio. Ya no oigo nada, salvo el clamor de «labbaika» en mi mente y el murmullo indistinto y las pulsaciones de la sangre en mis oídos. La sangre emite un sonido apagado, late, golpea como las olas del mar que azotan la bodega del barco, y como el traqueteo del motor. Oigo el traqueteo del motor, siento bajo mí la vibración de las tablas del barco, percibo en la nariz el olor del humo y del aceite del barco, y oigo aquel clamor: «¡Labbaika! ¡Allahumma, labbaika!», tal como había resonado en cientos de voces, en el barco que me había llevado seis años antes, en mi primer viaje de peregrinación, desde Egipto hasta Arabia, por un mar llamado el mar Rojo, cuyo nombre nadie sabe explicar. Porque navegábamos en barco por el canal de Suez, a cuya derecha se alzan algunas montañas de África y a cuya izquierda se extiende la cordillera del valle del Sinaí: dos montañas desnudas, sin vegetación, formadas de roca. A medida que avanzaba el barco, se alejaban cada vez más, hasta quedar casi fuera de la vista, y llegamos a una distancia gris y brumosa desde la que la tierra solo podía sentirse, no verse con los sentidos. A lo largo de todo este trayecto por el canal de Suez, el agua que veíamos no era roja, sino gris; y luego, al final de la tarde, cuando entramos en el amplio mar Rojo abierto, vimos que, bajo la suave caricia del viento acariciante, el mar Rojo era tan azul como el Mediterráneo.
A bordo solo hay peregrinos del hach y son tantos que apenas puede decirse que el barco tenga capacidad para transportarlos a todos. La compañía naviera, enloquecida de avaricia por las ganancias de la breve temporada del hach, está cargando literalmente el barco hasta los topes, sin preocuparse por la comodidad de los pasajeros. En las cabinas de la cubierta, en los pasillos, en cada escalera, en los comedores de primera y segunda clase, en las bodegas que han sido vaciadas y provistas de escaleras precisamente para transportar pasajeros: cada espacio vacío y cada rincón están atestados de gente, apiñada de una manera extremadamente penosa. Casi todos son peregrinos egipcios y del norte de África. Con gran humildad, teniendo ante sí únicamente el objetivo de este viaje, soportan sin protestar ni quejarse estas penalidades innecesarias. Hombres, mujeres y niños yacen en grupos, apretujados como animales sobre las tablas de la cubierta, y limpian con enorme esfuerzo sus utensilios domésticos; cocinan —porque la compañía no proporciona comida—; corren continuamente de un lado a otro, empujándose, con tazas de hojalata o recipientes de agua cubiertos de lona, para conseguir agua; en medio de aquella multitud, cada instante es un tormento. Cinco veces al día se reúnen alrededor de los grifos, pues solo hay unos pocos para que tanta gente pueda hacer la ablución antes de la oración. Sufren en el aire sofocante de las bodegas profundas del barco, dos cubiertas por debajo de la cubierta principal, donde en otras ocasiones solo viajan fardos y cajas de mercancías. Cualquiera que lo viera comprendería la fuerza de la fe, el poder de la creencia que fortalece a estos peregrinos del hach; porque están tan absortos, tan sumidos en el pensamiento de La Meca, que parece que en realidad ni siquiera sienten sus sufrimientos. En sus labios no hay más que palabras sobre el hach, y sus corazones resplandecen con la emoción con que contemplan su futuro inminente. Las mujeres cantan a menudo en coro canciones de la Ciudad Santa, y una invocación vuelve a alzarse una y otra vez: «¡Labbaika! ¡Allahumma labbaika!»
Hacia el mediodía del segundo día suena la sirena del barco: es la señal de que hemos llegado a la latitud de Rabig. Rabig es un pequeño puerto al norte de Yeda donde, según una antigua tradición, los peregrinos varones del hach procedentes de las regiones septentrionales deben quitarse sus ropas cotidianas y ponerse el ihram, es decir, la vestimenta de los peregrinos. Esta consiste en dos piezas de tela blanca, de lana o algodón, sin coser: una se enrolla alrededor de la cintura y llega hasta debajo de las rodillas, mientras la otra cuelga holgadamente sobre un hombro; la cabeza permanece descubierta. La razón de esta vestimenta, cuyo origen se remonta a una práctica del Mensajero, es que los creyentes que acuden durante el hach desde todos los rincones del mundo para visitar la Casa de Allah no se sientan extraños unos ante otros; que no exista diferencia entre razas y pueblos, ni entre ricos y pobres, ni entre los de alta y baja condición; que todos sepan que son hermanos, iguales ante Allah y ante los hombres. ¡Y antes de que nos diéramos cuenta, habían desaparecido de nuestro barco todos los vistosos trajes multicolores de los hombres! Ya no se veía el rojo tarbush de los tunecinos, el espléndido y costoso barnús de los marroquíes ni la insípida galabiya egipcia. Ahora, por todas partes a nuestro alrededor, estaban los peregrinos, moviéndose con una dignidad mayor, visiblemente transformados por este cambio para dirigirse al hach. Como el ihram dejaría al descubierto gran parte del cuerpo de las mujeres, las peregrinas podían conservar sus ropas habituales. Pero, como vimos en nuestro barco, sus vestidos eran o completamente negros o completamente blancos: las egipcias llevaban túnicas negras y las mujeres del norte de África, blancas; sus atuendos no aportaban el menor toque de color al conjunto.
Al amanecer del tercer día, el barco echa el ancla y casi todos permanecemos de pie junto a la barandilla, con la costa de Arabia delante de nosotros, mirando hacia tierra firme, que poco a poco va haciéndose visible entre la bruma del amanecer.
En todas direcciones vemos las siluetas de otros barcos de peregrinos, y entre esos barcos y la tierra se extienden sobre el agua franjas desvaídas de amarillo y verde esmeralda: el arrecife sumergido, parte de la larga y hostil barrera que se alza frente a la costa oriental del mar Rojo. Hacia el este se divisa algo bajo y cubierto de luces y sombras, semejante a una montaña; pero cuando el sol aparece de repente detrás de ello, deja de ser una montaña y se convierte en una ciudad costera que asciende gradualmente desde el borde del mar hasta su centro, con casas cada vez más altas: un pequeño y delicado conjunto de edificios construido con piedra coralina rosa y amarillo grisácea: el puerto de Yeda. Poco a poco distinguimos con claridad las ventanas saledizas con celosías y cortinas, y los balcones ocultos, a los que muchos años de clima húmedo han dado un mismo tono grisáceo. En el centro se eleva un minarete que parece atravesar el cielo, blanco, recto y sencillo, como un racimo de uvas erguido hacia lo alto.
Volvió a alzarse la invocación: «¡Labbaika, Allahumma labbaika!», un clamor jubiloso de entrega y entusiasmo que brotó de entre los excitados peregrinos del hach vestidos de blanco y avanzó sobre el agua hacia la tierra de sus más profundas esperanzas y sueños.
Ellos tenían esperanza, y nosotros también; porque para mí aquella visión de la costa de Arabia era la culminación de muchos años de búsqueda. Miré a mi esposa Elsa, mi compañera en este viaje del hach, y leí en sus ojos el mismo sentimiento…
Y entonces vimos una bandada de alas blancas que corría velozmente hacia nosotros desde tierra firme: las embarcaciones costeras árabes, con sus velas latinas izadas, avanzaban rozando la superficie inclinada del mar, silenciosas y con un suave ritmo, serpenteando como si pasaran por el espacio entre dos arrecifes de coral invisibles; eran los primeros mensajeros enviados por Arabia, preparados para darnos la bienvenida. Las embarcaciones se acercaron poco a poco, cada vez más, hasta que finalmente se aglomeraron todas juntas junto al barco, inclinando y balanceando sus mástiles. Sus velas comenzaron a recogerse una tras otra con gran agitación, produciendo un sonido de susurros, mientras los paños restallaban: parecía que una bandada de enormes grullas hubiera descendido en busca de alimento. Y del silencio de un instante antes surgió entre ellas un estrépito de voces ásperas y gritos: eran los barqueros, que empezaban a saltar de una embarcación a otra y se lanzaban sobre las escaleras del barco para apoderarse de los fardos, baúles y equipajes de los peregrinos. Los peregrinos estaban tan sobrecogidos por la emoción ante la visión de la Tierra Santa que, en vez de intentar protegerse, aceptaban todo lo que les sucedía.
Las embarcaciones son pesadas y anchas; la tosca e irregular configuración de sus cascos resulta asombrosamente incongruente con la belleza y la esbelta elegancia de sus altos mástiles y sus velas. Seguramente fue a bordo de una embarcación de este tipo, o quizá de otra algo mayor de la misma clase, como aquel intrépido conquistador de los mares, Simbad, se hizo a la mar en busca de toda clase de aventuras que nadie le había pedido, y desembarcó en una isla que en realidad era… ¡oh, el lomo de una ballena monstruosa! Y en barcos como estos, muchos de los fenicios de Simbad izaban las velas y partían hacia el sur por el mar Rojo, para continuar su viaje a través del mar Arábigo en busca de especias, áloe, incienso y los tesoros de Ofir…
Y ahora nosotros, los débiles y diminutos herederos de aquellos intrépidos y heroicos navegantes, avanzamos en una embarcación por el mar de Coral, evitando los arrecifes coralinos sumergidos bajo el agua, describiendo amplias curvas: una multitud silenciosa de peregrinos del hach, vestidos de blanco, hacinados entre maletas, cajas, baúles y bultos… ¡Nos tiemblan los corazones de expectación, estamos estremecidos!
Yo también estaba lleno de expectación. Pero, mientras me hallaba sentado en la proa de la embarcación, con la mano de mi esposa entre las mías, ¿cómo habría podido prever que aquel esfuerzo tan sencillo de emprender la peregrinación del hach cambiaría nuestras vidas de manera tan profunda y completa? Una vez más, me veo obligado a pensar en la historia de Simbad. Cuando abandonó las costas de su país y se internó en el mar, tampoco él, como yo, tenía la menor idea de lo que el futuro le deparaba; no previó las extrañas aventuras que más tarde ocurrirían en su vida, ni deseaba preverlas: solo quería comerciar y ganar dinero. Yo no deseaba otra cosa que realizar el hach; pero cuando verdaderamente sucedieron los acontecimientos destinados a ocurrir en su vida y en la mía, ninguno de los dos pudo volver a contemplar el mundo con los ojos de antes.
Es cierto que en mi vida no ocurrió nada tan fantásticamente extraordinario como aquello a lo que tuvo que enfrentarse el marinero de Simbad: genios, mujeres hechizadas o enormes aves roc; y, sin embargo, la influencia que aquella primera peregrinación del hach ejerció en lo más profundo de mi vida fue mayor que la de todos los viajes por mar de aquel marinero juntos. La muerte aguardaba a Elsa, y ninguno de los dos había percibido señal alguna de lo inminente que estaba. En lo que se refería a ella y a mí, yo comprendía que había abandonado el mundo occidental para vivir entre musulmanes; pero no sabía que estaba dejando atrás todo mi pasado. Sin advertencia alguna, mi viejo mundo estaba llegando a su fin para mí: ¡aquel mundo de ideas y sentimientos occidentales, de esfuerzos, aspiraciones e imágenes mentales! A mis espaldas se iba cerrando lentamente una puerta, con tanta quietud y sigilo que ni siquiera era consciente de ello; pero el día cambiaría por completo, y con él cambiaría también el objeto de todos mis deseos: ese era el destino.
Hasta entonces, ya había visto mucho de Oriente. Conocía Irán y Egipto mucho mejor que cualquier lugar de Europa. Kabul había dejado de serme desconocida hacía mucho tiempo; conocía los mercados de Damasco y de Isfahán. Por eso no pude pensar que todo aquello fuera «tan insignificante y vulgar» cuando, por primera vez, caminé por un mercado de Yeda y contemplé una mezcolanza y una repetición informe de cuanto puede verse, de manera mucho más plena, en otras partes de Oriente.
El mercado estaba cubierto con tablas de madera y esteras de corteza para protegerlo del sol abrasador; los rayos de luz que se filtraban por sus agujeros y rasgaduras iluminaban la penumbra y la revestían de un resplandor dorado. Aquí y allá, en los espacios abiertos, había fogones ante los cuales unos muchachos negros asaban pequeños trozos de carne ensartados en brochetas sobre carbones incandescentes. También había cafés, con recipientes de latón barnizado y asientos hechos de hojas de palma; ¡por todas partes se veían tiendas repletas de mercancías europeas y orientales! En todas partes había un calor sofocante e insoportable, olor a pescado y polvo de coral. Había gente por doquier: innumerables peregrinos del hach vestidos de blanco y los prósperos ciudadanos dedicados a los negocios de Yeda, cuyos rostros, ropas y maneras reunían rasgos de todos los países del mundo musulmán. Tal vez el padre era indostaní —así lo indicaba su nombre— y él mismo, fruto de una mezcla malaya y árabe, se había casado con una mujer descendiente de uzbekos por parte de padre y quizá de somalíes por parte de madre. Esto constituía un testimonio vivo de siglos de peregrinaciones del hach y del entorno islámico, donde no había lugar para las diferencias de color ni de casta. Además de la mezcla de sangre aportada por los habitantes locales y los peregrinos, en aquella época (1927) Yeda era el único lugar del Hiyaz donde se permitía residir a los no musulmanes. De vez en cuando se veían letreros de tiendas escritos en lenguas europeas, y personas con ropa tropical blanca y cascos o sombreros para protegerse del sol; sobre los consulados ondeaban banderas extranjeras.
Todo esto parecía aún no estar relacionado con la tierra firme tanto como con el mar: con los sonidos y olores del puerto, con los barcos anclados más allá de la tenue y curvada línea de coral y con las barcas de pescadores de velas triangulares, un mundo no muy distinto del Mediterráneo. Aunque ya había algo diferente: las casas, el suave aliento de la brisa, sus fachadas espléndidas y bien proporcionadas, los marcos de las ventanas de madera trabajada y los balcones cubiertos por pantallas de finas y delgadas varillas de madera, a través de cuyos resquicios los habitantes podían ver libremente todo lo que había al aire libre, mientras los transeúntes no podían ver lo que había dentro. Toda aquella labor de madera estaba incrustada en las paredes de piedra coralina rosada como cintas gris verdosas: delicada y de una armonía perfecta. Esto ya no era el Mediterráneo, ni era enteramente Arabia; era el mundo costero del mar Rojo, en cuyas dos orillas se encuentra este estilo arquitectónico.
Sin embargo, Arabia ya proclamaba su propia identidad en el cielo semejante al acero, en las montañas de roca desnuda y en las dunas del este, y en aquel aliento de grandeza y aquella desnudez desolada que siempre están entrelazados de manera tan asombrosa en el paisaje árabe.
A la tarde siguiente, nuestra caravana emprendió el camino hacia La Meca, serpenteando entre una multitud de peregrinos beduinos, camellos con o sin howdah, camellos de monta y asnos con el lomo cubierto de vistosas telas de colores, rumbo a la puerta oriental de la ciudad. Con frecuencia, los automóviles pasaban a toda velocidad junto a nosotros —los primeros automóviles de Arabia Saudí— cargados de peregrinos y haciendo sonar sus bocinas. Parecía que los camellos comprendían que aquellos nuevos monstruos eran sus enemigos. Porque cada vez que un automóvil se acercaba, se encogían y corrían desesperadamente hacia el muro de las casas, moviendo sus largos cuellos de un lado a otro, animales aturdidos e indefensos. De manera inquietante, para aquellas bestias de cuerpo alargado y pacientes se estaba iniciando una nueva era, y el miedo y los presagios de una extinción total las llenaban de terror. Poco después dejamos atrás las blancas murallas de la ciudad y, de repente, nos encontramos en un desierto: una vasta llanura gris pardusca y desolada, con aquí y allá matorrales y manojos de hierba de estepa; a través de ella se alzaban algunas colinas bajas y aisladas, como un archipiélago de islas en el mar, mientras que al este se erguía, como una muralla, una cadena de montañas algo más altas, formadas por rocas, de color gris azulado, ásperas y desprovistas de todo signo de vida. Por toda aquella espantosa llanura iban y venían caravanas, muchas de ellas en largas procesiones: cientos y miles de camellos, unos detrás de otros en la misma fila, cargados de howdahs, peregrinos y fardos; a veces desaparecían detrás de las montañas y luego volvían a aparecer ante nuestros ojos. Poco a poco, todos los caminos convergían en uno solo, polvoriento y gris, formado por las huellas de cientos de años de caravanas semejantes.
En el silencio del desierto, que no se quebraba, sino que se volvía aún más profundo, con el golpeteo de las patas de los camellos, los gritos ocasionales de los conductores beduinos y, aquí y allá, el canto apagado de algún peregrino, de pronto me sentí dominado por una inmensa y estremecedora sensación. Aquella sensación arrolladora me dejó tan aturdido que podría decirse que parecía una creación divina: me vi sobre un puente suspendido encima de un abismo invisible; un puente tan largo que el extremo de donde yo había venido ya se había perdido en una distancia remota y nebulosa, mientras que el atisbo del otro extremo aún no aparecía ante mis ojos. Me encontraba en el centro, y el corazón se me encogió de terror cuando me vi así, entre los dos extremos de un puente: ya muy, muy lejos de uno de ellos y todavía sin estar cerca del otro. Durante unos largos segundos pensé que tendría que permanecer así para siempre, entre ambos extremos, siempre sobre el abismo rugiente…
—cuando una mujer egipcia, montada en el camello que iba delante de mí, lanzó de pronto el antiquísimo grito de los peregrinos: «Labbaiek, Allahumma labbaiek», y mi sueño se hizo añicos.
Desde todas partes oigo a la gente entonar a coro: «Labbaiek, Allahumma labbaiek»; oigo también a una campesina egipcia cantar en honor del Rasulullah, después de lo cual otra mujer deja escapar de sus labios una «gatrafa», ese grito jubiloso de las mujeres árabes que se alza en todas las celebraciones: bodas, nacimientos, circuncisiones y toda clase de procesiones religiosas, y desde luego también en las procesiones del hajj. En la Arabia heroica de tiempos antiguos, cuando las hijas de los jefes montaban a caballo y marchaban a la guerra junto a los hombres de su tribu para inspirarlos y excitarlos a realizar actos aún más heroicos —pues se consideraba una deshonra extrema permitir que alguna de aquellas mujeres muriera y, peor aún, que fuese capturada por el enemigo—, la «gatrafa» se oía con frecuencia en el campo de batalla.
Casi todos los peregrinos viajan en howdahs: dos howdahs sobre el lomo de cada camello; y el balanceo de los howdahs va dejando poco a poco al jinete mentalmente agotado y confundido, mientras inflige a sus nervios un tormento atroz; tal es aquel movimiento y balanceo incesante. Durante unos instantes, el jinete pierde todo su vigor y se queda adormilado; de pronto, un sacudón lo despierta, vuelve a dormirse y vuelve a despertar. Los camelleros que avanzan a pie junto a la caravana llaman de vez en cuando a sus camellos con gritos. Algunos entonan de tanto en tanto una canción al ritmo de los pasos prolongados de los camellos.
Hacia la mañana llegamos a Bahba. Allí la caravana se detuvo durante el día, porque el calor era tan intenso que solo era posible viajar de noche.
Este pueblo —que en realidad no es más que dos hileras de chozas desordenadas, cafeterías, algunas cabañas hechas de hojas de palma y una pequeña mezquita— está situado exactamente a mitad de camino entre Yeda y La Meca, en un lugar donde la caravana se detiene durante el día desde hace mucho tiempo. El paisaje de aquí es igual al que hemos contemplado durante todo el trayecto desde que dejamos atrás la costa: un desierto, con montañas aisladas aquí y allá, y al este otras cordilleras más altas y bajas que separan la región baja de la costa de la meseta de Arabia Central. Pero ahora este desierto entero que nos rodea parece el enorme campamento de un ejército: innumerables tiendas, camellos, howdahs, bultos y equipajes, y una confluencia de muchas lenguas: árabe, indostaní, malayo, persa, somalí, turco, pastún, amárico, y Dios sabe cuántas más. En realidad, esta es una verdadera reunión de las naciones, una asamblea. Pero como todos llevan el ‘ihram’, que hace que todos parezcan iguales, apenas se puede distinguir a qué linaje o nación pertenece cada persona, y todas las naciones juntas parecen formar una sola.
Después de viajar toda la noche, los peregrinos están exhaustos. Pero muy pocos entre ellos saben que también se puede aprovechar el tiempo de descanso. Para casi todos ellos, el viaje es probablemente una empresa sumamente insólita, y para muchos es el primer viaje de su vida: un viaje nuevo, dirigido hacia una meta tan grande. Es natural que tengan motivos para estar inquietos: deben ir de un lado a otro, deben buscar algo que hacer con las manos, aunque no sea más que abrir y atar sus bolsas, sacos y bultos; de lo contrario, su relación con el mundo quedaría cortada y se perderían por completo en una dicha sobrenatural, como se pierde la gente en el mar… … … .
Como había imaginado, eso mismo les había sucedido a la familia que se alojaba en la tienda justo después de la mía; al parecer, eran peregrinos procedentes de alguna aldea de Bangladesh. Apenas hablaban; estaban sentados en el suelo, con las piernas cruzadas, y mantenían la mirada fija hacia el este, en dirección a La Meca, hacia el interior del desierto, que resplandecía y ardía bajo el calor centelleante. En sus rostros había una paz tan profunda que me pareció que ya se encontraban ante la Casa de Alá y casi en Su presencia. La belleza de aquellos hombres atraía la mirada: eran delgados y esbeltos, con el cabello largo hasta los hombros y barbas negras, brillantes y lisas como el aceite.
Uno de ellos yacía enfermo sobre una manta; junto a él estaban arrodilladas dos jóvenes. Con sus salwar holgados de color rojo y azul, sus vestidos adornados con plata y sus densas cabelleras negras cayéndoles por la espalda, parecían dos pequeños pájaros de muchos colores. La menor de las dos llevaba un aro de oro en una de las aletas de la nariz.
Por la tarde murió el hombre enfermo. Las jóvenes no hicieron nada parecido a los lamentos que suelen entonar las mujeres en los países de Oriente, porque aquel hombre había muerto en el camino del hach, en tierra sagrada, y por ello era bendito. Lavaron el cadáver y lo amortajaron con la misma ropa que el muerto había llevado puesta. Después, uno de ellos se plantó ante la tienda, juntó las manos formando una copa y se las llevó a la boca; entonces recitó en voz alta el adhan: «¡Alá es el más grande!, ¡Alá es el más grande!» —«¡Alá es el más grande!, ¡Alá es el más grande!»—; «¡No hay divinidad sino Alá, y Muhammad es Su Mensajero!» —¡No hay divinidad sino Alá, y Muhammad es Su Mensajero!—. «¡Una oración por el difunto! ¡Que la misericordia de Alá sea con todos vosotros!». Desde todas partes acudieron corriendo hombres vestidos con el ihram y se congregaron, formando filas tras el imán, como los soldados de un gran ejército. Cuando terminó la oración fúnebre, cavaron una tumba; un anciano recitó algunos versículos del Corán y luego arrojaron tierra sobre el peregrino muerto, que yacía de lado con el rostro vuelto hacia La Meca.
A la mañana del segundo día, antes del amanecer, la llanura polvorienta se estrechó y las montañas se acercaron aún más unas a otras hasta juntarse; atravesamos un desfiladero y, bajo la pálida luz del alba, los primeros edificios de La Meca aparecieron ante nuestros ojos. Luego, mientras el sol ascendía por el cielo, entramos en las calles de la ciudad santa.
Las casas de ahora son como las de Yeda: ventanas con marcos decorados y balcones cubiertos; pero la piedra utilizada para construirlas me pareció más pesada y más gruesa que la piedra coralina, de color claro, de Yeda. Todavía era muy temprano, pero el calor intenso y omnipresente ya comenzaba a aumentar. Delante de muchas casas había bancos sobre los que dormían personas exhaustas y fatigadas. Las calles sin pavimentar por las que nuestra caravana avanzaba, balanceándose de un lado a otro, hacia el centro de la ciudad, se hacían cada vez más estrechas. Faltaban apenas unos días para la celebración del hach. Por eso la aglomeración en las calles era tremenda. Entre la multitud de innumerables peregrinos, algunos vestían el blanco ihram y otros, tras quitárselo temporalmente, llevaban sus ropas habituales: prendas de todos los países del mundo musulmán. Los aguadores caminaban encorvados bajo el peso de los pesados odres, o bajo una pértiga de cuyos dos extremos colgaban, como cubos, bidones de gasolina llenos de agua. Los arrieros y los burros de carga avanzaban haciendo sonar sus campanillas, con el lomo cubierto de telas de brillantes colores. Y, como para completar aquella gran reunión, desde la dirección opuesta llegaban camellos con las sillas de montar vacías sobre el lomo, emitiendo llamadas de tonos diversos. En las calles estrechas reinaba tal estrépito y alboroto que uno podría pensar que el hach no era algo que se celebrara cada año desde hacía muchos siglos, sino una sorpresa repentina, una maravilla para la que nadie se había preparado. Finalmente, nuestra caravana dejó de ser una caravana y se convirtió en un desordenado amasijo de camellos, equipajes, peregrinos, camelleros y estruendo.
Había dispuesto alojarme en la casa de un famoso mutawwif o guía llamado Hasan Abid. En medio de aquel caos, la posibilidad de encontrarlo a él o de hallar su casa parecía muy escasa. Pero de pronto alguien gritó: «¡Hasan Abid! ¡Peregrinos de Hasan Abid! ¿Dónde están ustedes?». Y, como un genio que sale de una botella, apareció de repente ante nosotros un joven que, inclinando mucho la cabeza, nos rogó que lo siguiéramos. Hasan Abid lo había enviado para guiarnos hasta su casa. Después de un desayuno abundante en la casa del mutawwif, fui con el joven que antes me había recibido a la Mezquita Sagrada. Caminamos a pie por calles atestadas de gente, pasando junto a las carnicerías. Avanzábamos sudando entre enjambres de moscas, olores de carne, verduras y hortalizas, y nubes de polvo. Luego atravesamos un estrecho mercado cubierto, donde solo había tiendas de comerciantes de telas: un festival de colores. Como en los mercados de otros lugares de Asia occidental y del norte de África, las tiendas de aquí no eran más que unos cuantos estantes, elevados un codo sobre el suelo; allí se sentaba el comerciante con las piernas cruzadas, rodeado de toda clase de artículos y piezas de tela de todos los colores, mientras sobre su cabeza colgaban hileras de telas para toda clase de prendas, destinadas a todas las naciones del mundo musulmán.
También había personas de todas las naciones, con vestimentas de todo tipo y de toda apariencia: algunos llevaban turbante, otros tenían la cabeza descubierta; unos caminaban en silencio, con la cabeza inclinada, quizá con un tasbih en la mano. Otros corrían a paso rápido entre la multitud. Los flexibles cuerpos morenos de los somalíes centelleaban como el cobre entre los pliegues de sus holgadas vestiduras de piel; los habitantes de las tierras altas del centro de Arabia, de cuerpos delgados y rostros afilados, se movían con aire orgulloso; los uzbekos, de complexión robusta y miembros voluminosos bajo sus pesadas prendas, llevaban incluso en aquel calor de La Meca abrigos acolchados y botas de cuero hasta las rodillas; las mujeres de Java, vestidas con sarongs, tenían el rostro descubierto y los ojos almendrados; los marroquíes caminaban con paso lento, dignificados por sus blancos burnous; los habitantes de La Meca vestían prendas de algodón blanco y llevaban en la cabeza unos pequeños gorros redondos, cómicamente diminutos, que les cubrían las palmas; los fellahin egipcios mostraban rostros excitados; los indios de ojos negros, vestidos de blanco, asomaban bajo sus enormes turbantes de blancura nívea, mientras que las mujeres indias estaban tan herméticamente cubiertas por sus blancos burkas que parecían tiendas ambulantes. Aquí había también negros gigantescos de Tombuctú o Dahmír, vestidos con holgadas prendas azules y con gorros rojos que les cubrían la coronilla; y menudas y pulcras mujeres chinas, semejantes a mariposas de vivos colores, caminaban con pasos ligeros y mesurados, que parecían las pisadas de una gacela. Por todas partes había gritos y el bullicio excitado de la multitud, de modo que me pareció encontrarme en el centro mismo de una ola que rompía, de la cual solo podía captar algunos detalles, nunca una imagen completa. Todo flotaba en un murmullo de innumerables lenguas, entre gestos vehementes y excitación. Y así, al cabo de un tiempo, nos encontramos ante una de las entradas de la Mezquita Sagrada del Haram.
Es una entrada con tres arcos; una escalera de piedra asciende peldaño a peldaño hasta el umbral. Sentado en él hay un mendigo indio semidesnudo, que extiende hacia nosotros sus dos brazos flacos y descarnados. Y entonces vi por primera vez el espacio de forma cuadrada situado dentro de la Casa Sagrada, muy por debajo del nivel de la calle, mucho más abajo que el umbral de la entrada; por eso se iluminó ante mis ojos como una pila: un gran cuadrilátero rodeado por numerosos arcos semicirculares, sostenidos sobre muchas columnas, y en cuyo centro se alza un edificio cuadrado, de seis lados iguales y cuarenta pies de altura, cubierto con un paño negro. Alrededor del paño corre una ancha franja en la que están escritos, con letras bordadas en oro, los versículos del Corán; la franja se enrolla alrededor de la parte superior del kiswah y la rodea: la Kaaba…
¡Así que esta es la Kaaba, el destino de las aspiraciones de cientos de millones de personas durante muchos siglos! ¡Qué sacrificios inmensos han soportado innumerables peregrinos, generación tras generación, para llegar a este destino! Muchos cayeron en brazos de la muerte por el camino; muchos otros llegaron tras soportar enormes sufrimientos y pérdidas. Sin embargo, para todos ellos este pequeño edificio cuadrado era la cumbre de sus aspiraciones, y poder llegar hasta aquí significaba realización, plenitud. Aquí se alza un cubo casi perfecto —que es el significado etimológico de su nombre árabe, Kaaba—, completamente cubierto con un paño negro, como una isla serena justo en el centro del vasto cuadrilátero de la mezquita: mucho más tranquilo y apacible que cualquier otra obra arquitectónica de cualquier lugar de la Tierra. Uno no puede evitar pensar que quien construyó originalmente la Casa de la Kaaba —pues el edificio original de Ibrahim ha sido reconstruido varias veces siguiendo la misma forma— quiso crear una parábola de la humildad y pequeñez del ser humano ante Alá. El constructor de la Kaaba sabía que ninguna belleza del ritmo arquitectónico, ninguna perfección de las líneas, por noble y vigorosa que fuera, podía hacer justicia a la idea de Alá; por eso se limitó al diseño más sencillo de tres dimensiones que pudiera imaginarse: un edificio de piedra con forma cuadrada y seis lados iguales.
He visto muchas mezquitas musulmanas en distintas partes del mundo, en cuyo interior las manos de grandes artistas han creado obras de arte inspiradas. He visto mezquitas en el norte de África, resplandecientes lugares de culto construidos con mármol y alabastro blanco; he visto en Jerusalén la mezquita de Al-Aqsa, coronada por una cúpula de una perfección extraordinaria, asentada sobre una estructura delicada, como un sueño de combinar lo ligero y lo pesado sin crear discordancia alguna; y en Estambul, palacios magníficos como las mezquitas de Süleymaniye, Yeni Valide y Bayezid, además de las mezquitas de Bursa, en Asia Menor, y las mezquitas de la época safávida en Irán: piedra, azulejos de mayólica multicolor, mosaicos, grandes arcos de estalactitas sobre puertas con relieves de plata, esbeltos minaretes con galerías de piedra blanca y azul turquesa, cuadriláteros revestidos de mármol con fuentes y plátanos vetustos: todo ello reunido en una majestuosa armonía. Y en Samarcanda, las mezquitas de Tamerlán son magníficas ruinas, ¡maravillosas incluso en su decadencia!
Todo esto lo he visto, pero nunca en mi vida he sentido algo como lo que estoy sintiendo ahora, frente a la Kaaba: la mano de su constructor ha llegado tan íntimamente cerca de su conciencia religiosa. En la extrema sencillez de un cubo, esta idea se expresa mediante el completo sacrificio de toda la belleza de las líneas y del trabajo ornamental: por grande que sea la belleza que el ser humano pueda crear con sus propias manos, considerarla apropiada para Alá sería una vanidad completamente absurda; porque, para expresar la grandeza de Alá, la concepción más sencilla que el ser humano sea capaz de alcanzar es precisamente la más sublime. La misma sensación debió de operar en la mente humana en el origen y en la ejecución de la sencillez matemática de las pirámides de Egipto, aunque allí encontré cierta vanidad humana y una de sus expresiones en la enorme escala con que construyó sus edificaciones. Pero aquí, en la Kaaba, hasta su forma proclama el sacrificio y la entrega del ser humano. En todo el mundo no hay nada comparable a la orgullosa humildad de esta pequeña construcción.
La Kaaba tiene una sola entrada: una puerta recubierta de plata, situada al noreste, a unos siete pies del suelo. Por ello, solo se puede llegar a ella mediante una escalera de madera de ese tipo, que puede trasladarse de un lugar a otro y que se coloca delante de la puerta durante unos pocos días del año. El interior, que normalmente permanece cerrado (lo vi varias veces más tarde), es muy sencillo: el suelo es de mármol, sobre él hay tendidas unas pocas alfombras, y del techo cuelgan lámparas de bronce y plata, sostenido por varias pesadas vigas de madera. En realidad, el interior de la Kaaba no posee ningún rango especial por sí mismo, porque su santidad está ligada a todo el edificio, que es la «qibla», es decir, la dirección de la oración ritual para todo el mundo musulmán. Hacia este símbolo de la unicidad de Alá vuelven el rostro, cinco veces al día, millones de musulmanes de todo el mundo.
En la esquina oriental del edificio está incrustada y expuesta una piedra de un negro profundo, rodeada por un amplio marco de plata. Esta Piedra Negra, que a fuerza de los besos de generaciones sucesivas de peregrinos ha quedado llena de cavidades, ha sido causa de muchos malentendidos entre los no musulmanes. Ellos creen que es un símbolo pagano que Muhammad aceptó como una concesión a los idólatras de La Meca. Nada podría estar más alejado de la verdad. Del mismo modo que la Kaaba es objeto de veneración, no de adoración, también lo es esta Piedra Negra. Se la honra como la única piedra restante del primer edificio que construyó el profeta Ibrahim; y, puesto que durante la Peregrinación de Despedida los labios del Mensajero de Alá tocaron esta piedra, desde entonces todos los peregrinos la han besado de la misma manera. El Profeta sabía muy bien que los creyentes de generaciones posteriores seguirían siempre su ejemplo. Cuando besaba esta piedra, sabía que los labios de todos los peregrinos del futuro vendrían aquí para encontrarse eternamente con el recuerdo de sus labios. El recuerdo de sus sagrados labios, en forma de un abrazo simbólico que dejó para toda su comunidad: un abrazo eterno y victorioso sobre la muerte, cada vez que sus santos labios tocaran aquella piedra negra. Y los peregrinos, cuando besan la Piedra Negra, sienten que están abrazando al Mensajero de Alá y abrazando a todos los demás musulmanes que llegaron antes que ellos y a quienes llegarán después.
Ningún musulmán negará que la Kaaba ya existía mucho antes del Mensajero de Dios. En realidad, su importancia reside precisamente en este hecho. El Mensajero de Dios no afirmó ser el fundador de una nueva religión. Por el contrario, según la afirmación del Corán, la «sumisión» a Dios, es decir, el «islam», existe como inclinación natural del ser humano desde los albores de la conciencia humana. Eso es lo que enseñaron Abraham, Moisés, Jesús y todos los demás profetas de Dios; y el Corán es la última de las revelaciones divinas. Los musulmanes tampoco niegan que esta Casa Sagrada estuviera llena de ídolos y símbolos paganos antes de que Mahoma los destruyera, del mismo modo que Moisés hizo añicos el becerro de oro en el Sinaí; pues mucho antes de que se instalaran aquellos ídolos en la Casa de la Kaaba, aquí se adoraba al Dios verdadero. Por eso, lo que hizo Mahoma no fue más que restablecer la mezquita de Abraham en su propósito original.
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Y aquí estoy, de pie ante la Casa de oración del profeta Abraham, contemplando sin pensar (pues el pensamiento y la meditación llegaron mucho después) aquel edificio extraordinario; y, poco a poco, de alguna semilla alegre y oculta dentro de mí nace un júbilo orgulloso, como una canción.
El suelo está cubierto, formando un amplio círculo alrededor de la Kaaba, con lisos bloques de mármol sobre los que danzan los reflejos de los rayos del sol; y sobre esos bloques caminan, dando vueltas, muchas personas, hombres y mujeres, alrededor de la Casa de Dios, cubierta con un paño negro. Algunos lloran; otros invocan a Dios a gritos en sus súplicas; y muchos no tienen palabras en los labios ni lágrimas en los ojos: simplemente siguen caminando con la cabeza inclinada…
Dar siete vueltas a pie alrededor de la Casa de la Kaaba es parte del hach; su propósito no es únicamente mostrar respeto por este lugar sagrado central del islam, sino también recordar a cada persona cuál es la exigencia fundamental del modo de vida islámico. La Kaaba es el símbolo de la unicidad de Dios, y la circunvalación física alrededor de ella es una expresión simbólica de la actividad humana; significa que no solo nuestros pensamientos y sentimientos, contenidos en el término «vida interior», sino también nuestra vida exterior activa, nuestras acciones y nuestros esfuerzos concretos deben tener necesariamente a Dios como centro.
Y yo también me voy convirtiendo poco a poco en parte de aquello; de vez en cuando cobro conciencia de un hombre o una mujer cerca de mí. Ante mis ojos flotan y se desvanecen numerosas imágenes sueltas, rápidas y fugaces. Vi a un negro corpulento vestido con un «ihram» blanco; en su fuerte muñeca negra llevaba enrollado, como una cadena, un rosario de madera. Durante un rato caminó a mi lado, con pasos menudos, un débil malayo; sus dos brazos colgaban, como impotentes y desorientados, junto a su sarong de batik. ¿De quién son esos ojos grises bajo aquellas cejas espesas y altivas? Y en ese mismo instante desaparecieron entre la multitud. Entre la muchedumbre que se encontraba frente a la Piedra Negra había una joven india; era evidente que estaba enferma. En su rostro estrecho y delicado se manifestaba un anhelo extraordinariamente patente, perceptible para los espectadores como los peces y las algas en el fondo de un estanque transparente y cristalino. Volvía hacia la Kaaba las palmas de sus dos manos pálidas, levantándolas, y sus dedos temblaban como siguiendo el ritmo de una oración silenciosa…
Sigo caminando; pasan los minutos, uno tras otro, y todo cuanto había de mezquino y amargo en mi corazón empieza a abandonarlo. Me convierto en parte de la corriente circular. ¡Ah!, ¿es este, entonces, el significado de lo que estamos haciendo: tomar conciencia, comprender que cada uno de nosotros forma parte de un movimiento, de una órbita, de esta dinámica? ¿Es quizá este el final de toda desorientación, de toda confusión? Y los instantes se desvanecieron, el tiempo se detuvo, silencioso e inmóvil; y este es el centro del universo.
Nueve días después, Elsa murió.
Murió de repente, después de padecer una enfermedad durante menos de una semana. Al principio parecía que no era más que una indisposición leve causada por el calor y una comida inadecuada. Luego se descubrió que se trataba de una enfermedad desconocida de los trópicos, ante la cual los médicos sirios del hospital de La Meca se hallaban completamente desconcertados. Una oscuridad ciega y una desesperación extrema descendieron sobre mí.
Fue enterrado en el polvoriento cementerio de La Meca. Colocaron una piedra sobre su tumba. No pude decidirme a grabar ninguna inscripción en aquella piedra; me pareció que pensar en una inscripción equivalía a pensar en el futuro, y en aquel momento ni siquiera podía imaginar mi propio futuro.
Ahmad, el pequeño hijo de Elsa, llevaba ya más de un año conmigo en el interior de Arabia. Era mi compañero, un muchacho valiente de diez años. Pero al cabo de un tiempo también tuve que despedirme de él. La familia de su madre finalmente logró convencerme de que Ahmad debía ser enviado a una escuela en Europa. Después, de Elsa no me quedó nada salvo su recuerdo y una piedra en el cementerio de La Meca, además de una profunda oscuridad que no se disipó hasta mucho después, cuando me hube entregado al abrazo eterno de Arabia. La noche estaba ya muy avanzada, pero aún seguíamos sentados alrededor de la apagada fogata. Abu Saíd había superado para entonces la violenta tormenta de su deseo; sus ojos se veían ahora apesadumbrados, algo cansados. Comenzó a hablarnos de Nura como suele hablar la gente de un ser querido que murió hace mucho tiempo.
—Usted sabe que no era hermosa, pero yo la amaba.
Sobre nuestras cabezas estaba la luna llena, plena como un ser vivo. ¿Es de extrañar que los árabes de la época preislámica consideraran la luna una hija de Alá? La diosa de largos cabellos, al-Lat, que daba a luz a su misteriosa fecundidad. En su honor, los jóvenes de la antigua La Meca y Taif celebraban las noches de luna llena bajo el cielo abierto, en desenfrenadas borracheras, juegos amorosos y concursos de poesía. De las vasijas de barro y las botellas de cuero manaba un vino rojo como la sangre, y como era tan rojo y tan excitante, los poetas lo comparaban con la sangre de una mujer en sus poemas licenciosos dedicados al amor. Aquellos jóvenes orgullosos y cegados por la pasión derramaban el arrebato de sus corazones en el regazo de al-Lat, «cuyos encantos son como los rayos de la luna cuando está llena, y cuya grandeza es como una bandada de grullas negras que despliega las alas y vuela por el cielo»; una poderosa diosa juvenil de la antigüedad, que extendió sus alas desde el sur de Arabia hacia el norte y llegó hasta la lejana Hélade, como Leto.
Desde este extendido y nebuloso culto natural a al-Lat, y desde el culto a toda una multitud de otros dioses y diosas, el camino de los árabes hacia la elevada concepción del único Alá del Corán fue un largo y arduo viaje. Sea como fuere, el ser humano siempre ha amado emprender largos viajes por el camino de su alma; y aquí, en Arabia, no ha sido menos que en las demás partes del mundo. Amó tanto los largos viajes que toda su historia puede describirse como la historia de su búsqueda religiosa.
Para los árabes, esta búsqueda siempre ha sido la búsqueda de lo Absoluto. Incluso en los tiempos más antiguos, cuando habían llenado por completo el mundo que los rodeaba de innumerables dioses y demonios, siempre fueron conscientes de aquel Uno absoluto que, en Su verdad y majestad supremas, se alza por encima de todos los dioses y diosas: un poder invisible, incomprensible y omnipotente, muy por encima de todo cuanto la imaginación humana puede concebir, la causa eterna de todos los actos. Para ellos, la diosa al-Lat y sus hermanas divinas, Manat y al-Uzza, no eran más que hijas de Alá, que establecían un vínculo entre el Uno incognoscible y el mundo visible. Eran símbolos de las fuerzas inconcebibles que rodeaban la existencia humana; pero, en lo más profundo del trasfondo del pensamiento árabe, siempre estuvo presente el conocimiento del «Uno», dispuesto a encenderse en cada momento con una fe consciente y lúcida. ¿Cómo podría haber sido de otro modo? Eran un pueblo que se había desarrollado en el silencio y la soledad, entre un cielo severo y una tierra severa. En aquel espacio austero, sencillo e interminable, su vida era verdaderamente difícil. Por eso no podían librarse del anhelo de un poder que abarcase a todos los seres y toda la creación con perfecta justicia y misericordia, con severidad y sabiduría: Alá… el Dios Altísimo. Él existe eternamente y, derramando su resplandor, ilumina la eternidad; pero, puesto que tú te encuentras dentro del ámbito de Sus obras, Él está más cerca de ti que «tu vena yugular…»
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La fogata se ha apagado. Zayd y Abu Sayyid duermen, y cerca de allí nuestras tres camellas yacen sobre la arena blanca bajo la luz de la luna, rumiando con un suave sonido crujiente, deteniéndose de vez en cuando. Criaturas magníficas… A veces una de ellas cambia de posición y frota contra el suelo su joroba, semejante a un cuerno, y de vez en cuando emite un sonido por la nariz, como si suspirara. Magníficas, claramente definidas. Sí, entre todos los animales que utiliza el ser humano, estas son distintas, diferentes de todos estos paisajes: estos seres sin ninguna expresión definida se mecen en una contradicción, melancólicos y, sin embargo, infinitamente dóciles y humildes.
No puedo dormir, y por eso salgo caminando de la tienda y subo a una colina cercana. La luna cuelga muy baja en el cielo, sobre el horizonte occidental, e ilumina las bajas montañas rocosas, que se alzan como fantasmas desde el desierto muerto. Desde aquí, las tierras bajas costeras del Hiyaz se extienden hacia el oeste, descendiendo muy suavemente: una sucesión de valles atravesados por numerosos cauces sinuosos y secos, sin señal alguna de vida, sin aldeas, sin casas, sin vegetación; valles inmóviles en la desnudez de la luz lunar. Y, sin embargo, precisamente desde esta tierra desolada y sin vida, desde estos valles arenosos y estas montañas desnudas, brotó como una fuente la religión que, en la historia de la humanidad, ha dado la afirmación más plena de la vida…
La noche es cálida e inmóvil. Debido a la luz tenue y a la distancia, las montañas parecen moverse, agitarse. Bajo la luz de la luna palpita un resplandor pálido, azul y apagado. Y a través de este azul sin brillo fluye lentamente un vislumbre de luz blanca como la leche, semejante al recuerdo fantasmal de todos los colores de la tierra; pero este azul sobrenatural apaga todos los colores, sin disolverse ni transformarse en el horizonte, y parece una poderosa llamada hacia lo inaccesible, hacia lo incognoscible.
No muy lejos de aquí, oculta a mis ojos entre estos valles y montañas desolados y sin vida, se encuentra la llanura de Arafat; la llanura donde todos los peregrinos que llegan a La Meca se reúnen un día cada año, como recuerdo del Día de la Resurrección, cuando cada ser humano deberá responder ante su Creador. Me encuentro allí, con la cabeza descubierta, vestido con el blanco atuendo del peregrino, entre innumerables peregrinos vestidos de blanco que han venido de tres continentes. Todos nuestros rostros están vueltos hacia Jabal al-Rahma, la «Montaña de la Misericordia», que se eleva en medio de la vasta llanura; permanecemos de pie y contemplamos cómo pasa el mediodía, cómo pasa la qibla, mientras pensamos en aquel Día inevitable: «cuando seáis expuestos ante la mirada y nada de lo que ocultáis permanecerá escondido…»
Y cuando llego a la cima de la montaña y miro hacia abajo, hacia el azul de la llanura de Arafat, invisible ante mí bajo la luz de la luna, aquello que apenas un instante antes estaba completamente muerto cobra de pronto vida: se llena del caudal de todas las vidas que han atravesado la corriente de la existencia humana y de las voces misteriosas de todos los millones de hombres y mujeres que han caminado entre La Meca y Medina, que han viajado a lomos de camellos, durante más de mil trescientas celebraciones del Hayy, millones de peregrinos vestidos de blanco a lo largo de mil trescientos años. Oigo los sonidos y las voces de los días que se fueron, las alas de la fe que los cobijaron y los condujeron hasta este país de montañas rocosas y arena; y la aparente falta de vida vuelve a agitarse con el calor de la vida sobre la extensión de muchos siglos. El poderoso batir de esas alas me arrastra a su órbita, trae mis días pasados al presente, y una vez más conduzco mi camello por la llanura.
Conduciendo mi camello, haciendo retumbar el trueno bajo los golpes de las patas de los camellos que corren, he regresado de Arafat a La Meca atravesando la llanura junto con miles de beduinos vestidos con el ihram: una diminuta partícula de la rugiente e inevitable ola de innumerables camellas y hombres que corren y hacen temblar la tierra; en manos de los hombres, sus banderas tribales cuelgan de altos palos y golpean el aire como tambores, mientras los gritos de guerra tribales desgarran el viento: «¡Ya Rawga, ya Rawga!», el grito de los hombres de la tribu Ataiba, que invocan a su antepasado; a lo que la tribu Harb responde con el grito: «¡Ya Auf, ya Auf!», y, casi en completa oposición, desde el extremo derecho de la fila surge el eco: «¡Shammar, ya Shammar!»
Avanzamos a toda velocidad, conduciendo nuestros camellos, volando sobre la llanura, y me pareció que volábamos sostenidos por el viento; nos habíamos perdido en una alegría cuyo final era aquello que no tiene límite… Y el viento proclama en mis oídos, con voz aguda, un júbilo enloquecido de alegría: «Ya nunca volverás a ser un extraño, ¡nunca, nunca!»
A mi derecha están mis hermanos y a mi izquierda están mis hermanos; todos ellos me son desconocidos, pero ninguno está por encima de mí ni es un extraño: en este poderoso júbilo de correr hacia nuestro objetivo somos un solo grupo, en busca de la misma meta. La vasta tierra se extiende ante nosotros, y en nuestros corazones parpadea una chispa de aquella llama que ardía en los corazones de los compañeros del Profeta. Mis hermanos de la derecha y mis hermanos de la izquierda saben que han quedado rezagados respecto de aquello que se esperaba de ellos, y que, a lo largo de muchos siglos, sus corazones se han vuelto pequeños y estrechos; y, sin embargo, la promesa del éxito no les ha sido retirada, ni a ellos ni a nosotros…
Desde la multitud agitada como el mar, alguien abandona su grito tribal y eleva el clamor de la fe: somos hermanos de aquel que se entrega a Allah; y otro se une a él: «¡Allahu Akbar, Allah es el más grande!»
Y cada grupo de las tribus eleva el mismo clamor. En ese momento ya no son beduinos embriagados de orgullo tribal: son hombres que saben que el misterio de Allah aguarda verdaderamente por ellos… por nosotros… Entre el estrépito de las pisadas de miles de camellos al galope y el ondear de cientos de estandartes, sus gritos se transforman poco a poco en un atronador rugido de triunfo: ¡Allahu Akbar!
Este rugido fluye como una poderosa y gigantesca ola sobre miles de hombres que avanzan a lomos de camellos, sobre la vasta e inmensa llanura, hasta cada confín de la tierra: ¡Allahu Akbar! Estos hombres han trascendido sus pequeñas y miserables vidas y se han vuelto grandes, y ahora su fe los lleva hacia adelante, hacia la unidad, hacia horizontes que nadie ha recorrido… La aspiración ya no será pequeña ni permanecerá oculta; ha despertado: ¡el deslumbrante amanecer del triunfo! El hombre avanza con las largas zancadas de este triunfo, con toda la gloria y el resplandor concedidos por Allah; en su paso está su júbilo, su conocimiento es la liberación, y su mundo es una esfera sin límites…
El olor del estiércol de los camellos, su respiración y sus relinchos, el estruendo atronador de los golpes de sus innumerables patas, los gritos de los hombres, el tintineo de los rifles colgados de las clavijas de las sillas de montar, el polvo y el sudor: todo ello encierra una serenidad alegre y placentera.
Me vuelvo sobre mi silla de montar y veo detrás de mí a miles de jinetes de camello vestidos de blanco, una multitud enmarañada que se deshace ola tras ola, y más allá de ellos, el puente por el que he venido: su extremo final está justo detrás de mí, mientras que su comienzo ya se ha perdido en la niebla de la lejanía.