Dedicatoria

A todas las almas consagradas y puras que, al cumplir su más sagrada responsabilidad en el camino de alcanzar la complacencia del Creador, recibieron el martirio.

A su sangre pura, que fluyó como olas agitadas en las páginas de la historia, para hacer conscientes a las generaciones futuras de su deber supremo. A todos esos heroicos mártires que, siguiendo la orden del Gran Creador, no vacilaron en sacrificar sus vidas más queridas en la lucha por hacer realidad el ideal islámico; sin duda, fueron verdaderamente obedientes a su Señor y también alcanzarán el éxito en la otra vida. A esas personas que dijeron a sus compañeros: «Uníos,

Temed a Alá, fortaleced la fe y permaneced en Su bando». A aquellos jóvenes heroicos que, al transitar por el camino de la verdad, no se amedrentaron ante cientos de crisis y problemas. Ninguna tormenta o tempestad adversa pudo ralentizar su impetuoso avance. A mi esposo, quien hasta el último y más difícil momento de la vida fue mi firme apoyo y auxilio. Ni siquiera en el momento más difícil de la vida me abandonó; incluso, mientras avanzaba conmigo hacia el logro del mismo objetivo, entregó su vida al Creador. A aquellos hermanos y hermanas musulmanes de Oriente y Occidente que han leído mi autobiografía. Ruego a Alá que haga fructífero mi esfuerzo y que lo haga beneficioso y provechoso para todos. (Amén)

 

Introducción

Siento la necesidad de presentar, a modo de introducción, algunas palabras, comenzando con infinitas bendiciones y saludos para el amado Profeta, Su Eminencia Muhammad (la paz y las bendiciones de Alá sean con él), libertador de toda la humanidad.

Muchas veces he pensado en dejar por escrito los diversos acontecimientos de mi vida, pero, como personalmente no les concedía demasiada importancia, no pude convertir esos pensamientos en realidad. Sin embargo, cuando mis hermanos y hermanas, así como mis hijos e hijas vinculados al movimiento islámico, insistieron repetidamente en la necesidad de registrar estos acontecimientos como una de las responsabilidades religiosas fundamentales, no pude dejar de estar de acuerdo con ellos al respecto.

Las fuerzas falsas y rebeldes contra Dios de Oriente y Occidente habían resuelto desarraigar no solo el movimiento islámico, sino también a los líderes portadores del estandarte de la verdad y a los muyahidines revolucionarios del islam, porque los militantes del movimiento islámico habían declarado su decisión de poner en práctica el Corán de Alá y la Sunna del Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Alá sean con él). Decían: el Corán de Alá y la Sunna del Mensajero no han venido para quedar postergados, sino para ser establecidos letra por letra. En verdad, mediante la enseñanza y formación en el ideal del tawhid y el establecimiento de una relación verdadera con Alá, hay que erradicar toda clase de supersticiones y costumbres necias que impiden a la comunidad musulmana alcanzar plenamente la aptitud con la que fue creada. Así será desarraigado de la faz de la tierra el dominio de los rebeldes contra Dios y de los opresores. La esclavitud del ser humano a manos de otro ser humano llegará a su fin. Solo entonces se restablecerá, con su existencia real, la verdadera forma de la vida, como en la sociedad de los compañeros de la era dorada.

No cabe duda de que el verdadero éxito y la realización de nuestro mundo y de los miles de millones de personas que lo habitan dependen precisamente del éxito del movimiento islámico.

La tortura demoníaca e inhumana en las oscuras celdas de la prisión; la brutalidad de los crueles verdugos y azotadores; han incrementado aún más la paciencia, el valor y la fortaleza de los audaces y devotos activistas del movimiento islámico.

Quienes, en épocas anteriores, defendieron el camino y la causa de la verdad también tuvieron que enfrentarse a estas calamidades y pruebas. Pero ni siquiera las poderosas fuerzas de su época, tan formidables como Nimrod y el faraón, pudieron desviarlos del camino de la verdad. En comparación, ¡la importancia de los castigos o la tortura carcelaria de la época actual es verdaderamente insignificante!

Es posible responder a los argumentos con argumentos, a las opiniones con opiniones y a las discusiones mediante el diálogo. Pero las poderosas fuerzas de la falsedad, cegadas por el poder, consideran una hazaña mayor azuzar contra los partidarios de la verdad a un loco armado con un látigo que recurrir a esos métodos positivos. Es realmente difícil sacar a esos tiranos opresores partidarios de la falsedad y a esos señores autoproclamados del caos de la confusión y la ignorancia y llevarlos al camino de la guía.

El camino de la verdad es solamente uno, y es el camino de Allah, de Sus profetas y mensajeros y de sus seguidores. El camino opuesto es el camino de la mentira y la falsedad. A cada paso acecha Satanás, enemigo de la verdad. Satanás conduce a los seres humanos con extrema cautela hacia la destrucción y el extravío.

«Y este es Mi camino recto y sencillo. Seguidlo; y no sigáis otros caminos diversos, pues os apartarían del camino recto y sencillo». (El Corán) Solo adoptando el ideal del islam —es decir, siguiendo el camino de Allah y siguiendo el Corán y la Sunna— es posible liberar a la humanidad del mundo actual de los tentáculos del extravío.

En la época actual, vislumbro indicios de que, mediante los esfuerzos unidos de la umma musulmana, se alcanzará el éxito al enfrentar a las fuerzas rebeldes contra Allah. Espero presenciar pronto también la escena en que se izará la bandera victoriosa de la verdad sobre la pirámide de las doctrinas falsas. Tengo asimismo la firme convicción de que la nación cumplirá debidamente su responsabilidad ideológica. Pues la nación musulmana surgió precisamente para mantener en alto la bandera del tawhid y la risalat.

Por supuesto, no creo que haya prisa por fijar un límite de tiempo o de años para el éxito del movimiento islámico. En la vida de una nación idealista, eso tampoco tiene mucha importancia. Sin embargo, lo esencial es prestar atención a si continuamos avanzando incesantemente hacia el logro de nuestro objetivo, manteniéndonos a salvo de errores y equivocaciones.

Creemos que estamos en el camino de la verdad, y que cada uno de quienes se incorporen a nuestra caravana añadirá un ladrillo al Emirato islámico. Otra cuestión importante es que no debe permitirse en modo alguno que el trabajo del movimiento se relaje; bajo ninguna circunstancia debe aminorarse el ritmo ni es admisible retroceder. Consideramos que padecer la persecución carcelaria es una verdad histórica; ¡en efecto, eso es lo que merecen quienes luchan sin compromiso contra la falsedad!

Huelga decir que, precisamente ante la importancia de todo esto, intenté poner por escrito mi autobiografía para honrar la petición de mis hermanos y hermanas; para ello, imploro la ayuda de Allah, el Altísimo.

Al escribir mi autobiografía, tuve que mencionar repetidamente acontecimientos cuya sola imaginación hace estremecerse el alma. En verdad, el Infierno es el nombre del campo de entrenamiento de los verdugos y de los especialistas en castigos, por la abyección y la crueldad de estos. Quienes han salido de las llamas de ese Infierno han proclamado nuevamente a viva voz: «¡Oh, gente del mundo! El islam no es el nombre de un linaje ni de una relación; es, más bien, el eterno ideal de vida basado en un sistema y en su puesta en práctica».

Creo que Allah me ayudará a consignar los diversos acontecimientos de la vida carcelaria y que ello será como una antorcha para los creyentes. El nombre de nuestro camino es Sirat al-Mustaqim, y cabe señalar una y otra vez que el nombre de la culminación definitiva de los mensajes de verdad que los profetas y mensajeros trajeron a lo largo de las épocas es la Sharía de Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él).

«Que crea quien quiera y que niegue quien quiera». Quienes están dispuestos a soportar las desgracias y adversidades al seguir el camino de Allah se unen, por voluntad de Allah, bajo el estandarte del Corán y la Sunna.

Con esta convicción nos hemos incorporado al movimiento islámico: sea cual sea la prueba a la que Allah nos someta, la afrontaremos con una sonrisa. Porque sabemos que Allah ha comprado a los creyentes sus vidas y sus bienes a cambio del Paraíso. Esto es porque combaten por la causa de Allah, hasta el punto de que pueden morir como mártires en este camino. Allah ha hecho esta promesa mediante la Torá, el Evangelio y el Corán.

Amorosos y devotos saludos para aquellos mártires que, antes que nosotros, han llegado a habitar el Paraíso. Sin duda, somos viajeros por el camino de la verdad. También para aquellos en cuyos corazones, aunque sea apenas, resplandece la luz de la fe, nuestros saludos. Puede que Allah, el Altísimo, los honre también con la dicha de la guía. Zaynab al-Ghazali

 

Palabras del traductor

Hoy, las fuerzas revolucionarias del movimiento islámico están activas, en todos los rincones del mundo, en una lucha irreconciliable, habiendo prestado el firme juramento de liberar a millones de hijos de Adán desposeídos y oprimidos de la cruel opresión, explotación y conspiraciones de los círculos capitalistas e imperialistas de Occidente y de los grupos imperialistas rojos, y de conducirlos a la dorada meta de la libertad, la paz y la prosperidad. No solo en el mundo musulmán, sino que incluso los cimientos de las fortalezas centrales de los grupos imperialistas blancos y rojos tiemblan hoy ante el estruendo de trueno de estos jóvenes revolucionarios. Están decididos a establecer la religión de Alá en el mundo de Alá, y con ello instaurar los derechos fundamentales de toda la humanidad y una paz duradera.

En la caravana revolucionaria del movimiento islámico, por un lado avanzan jóvenes luchadores conscientes cantando canciones de yihad; del mismo modo, también se acercan las hermanas, hijas del fuego y del resplandor de la verdad, elevando el despertar resonante de las melodías tawhidíes. Una de esas hermanas revolucionarias es la respetada Zaynab al-Ghazali, célebre presidenta del movimiento islámico femenino de Egipto.

Cuando el presidente Nasser, como testaferro de los grupos de intereses establecidos del mundo árabe y títere de los círculos imperialistas, hacía pasar el rodillo de la opresión sobre el pueblo egipcio ansioso de libertad, estableciendo los ejemplos más abyectos de terror y barbarie, Zaynab al-Ghazali era una de las mujeres creyentes que alzaban la voz en favor de la justicia y la verdad y contra la falsedad. Ante el formidable movimiento popular dirigido por Zaynab al-Ghazali, el presidente Nasser perdió el control. Mientras tanto, el gobierno soviético presionaba al presidente Nasser para que sofocara de inmediato aquel movimiento sin precedentes en Egipto. Pero Nasser conocía la ira acumulada del pueblo egipcio y la fuerza fundamental del movimiento. Por eso, primero tendió la trampa de una conspiración. Propuso a Zaynab al-Ghazali un importante cargo ministerial y participar en el poder. Pero Zaynab al-Ghazali rechazó esas propuestas y exigió, conforme a las demandas del pueblo, el establecimiento inmediato de un sistema social islámico en el país.

Cuando Nasser fracasó por completo en atraer a esta gran líder de la revolución islámica a la trampa de su conspiración, se tomó la decisión de asesinarla. Para llevar a cabo la decisión, se preparó una operación dramática mediante un accidente de carretera. Pero, por la misericordia de Alá, ella escapó incluso de una muerte segura. Finalmente, al no encontrar otra salida, el presidente Nasser respiró aliviado después de arrojar a la presidenta Zaynab al-Ghazali tras los barrotes de hierro de la prisión. El relato de los diversos acontecimientos estremecedores de aquella vida carcelaria constituye esta obra autobiográfica suya. Dado que el libro ha alcanzado una popularidad increíble en todo el mundo, sentimos la necesidad de poner su traducción bengalí en manos de nuestros hermanos y hermanas de habla bengalí. Consideraremos que nuestro esfuerzo ha valido la pena si el carácter revolucionario e irreconciliable de Zaynab al-Ghazali deja su huella en el corazón de los hermanos y hermanas bengalíes.

Capítulo primero

La animadversión personal de Jamal Nasser hacia mí

Una agradable tarde de febrero de 1964, regresaba a casa en mi automóvil. De repente, otro automóvil que venía en dirección contraria embistió mi vehículo a gran velocidad, y este volcó inmediatamente. En aquel accidente inesperado quedé gravemente herida y, por la intensidad del dolor, casi perdí el conocimiento. En ese momento ni siquiera me encontraba en condiciones de hacer conjeturas sobre quiénes estaban realizando alguna actividad en el lugar del accidente y sus alrededores. Sin embargo, me parecía que alguien me llamaba una y otra vez.

Al recobrar el conocimiento, vi que estaba tendida en una cama del hospital de la policía. A un lado estaban mi amado esposo y mis parientes cercanos, y al otro, varios destacados militantes del movimiento islámico. En el rostro de cada uno de ellos se veían claramente las huellas del miedo y la preocupación. Di gracias a Alá por haber sobrevivido y, cuando intenté preguntarles algo para conocer la causa del accidente, volví a perder el conocimiento.

Al recuperar nuevamente el conocimiento, vi que una médica había venido con sus ayudantes para llevarme a la sala de radiografías. Entonces, uno tras otro, comenzaron a acudir a mi memoria todos los acontecimientos anteriores. Como yo había escapado de una muerte segura, mi esposo todavía daba gracias a Allah con una voz embargada de devoción. Cuando pregunté por el conductor de mi automóvil, él me informó: «El conductor está bien. Sufrió heridas leves y está recibiendo tratamiento en el hospital». Más tarde supe que había sufrido lesiones en la cabeza y el cerebro. Mientras tanto, según el informe de la radiografía, me había fracturado el fémur. Por ello me enviaron al hospital «Mazhar Ashour» para ser operada. Allí, el célebre cirujano Muhammad Abdullah realizó una operación que duró tres horas y media mientras yo estaba inconsciente, y me puso fuera de peligro.

Después de que pasaron varios días llenos de peligros, supe por una fuente fidedigna que precisamente los servicios de inteligencia del presidente Jamal Nasser habían planeado asesinarme. Los acontecimientos posteriores demostraron aún más claramente la veracidad de ello. Incluso durante aquellos calamitosos días del terror gubernamental, los militantes revolucionarios del movimiento islámico acudían regularmente al hospital para informarse sobre mi estado. Afuera del hospital estaban apostados agentes de los servicios secretos del Gobierno. Después de conocer en detalle la situación adversa del país, y por el bien mayor del pueblo y del movimiento, prohibí a los militantes que acudieran al hospital a verme, por medio de su querido líder y hermano, el mártir Abd al-Fattah Abduh Ismail. Pero me quedé asombrada al ver que los militantes no estaban dispuestos a someterse a la presión de ninguna circunstancia adversa. Unos días después, el secretario de la administración gubernamental se presentó en el hospital con un expediente importante para obtener mi firma de aprobación. Naturalmente, era normal que acudiera a mí, pues yo era la presidenta de la organización. Sin embargo, en cuanto mi esposo vio al secretario, se levantó, le arrebató el expediente de las manos y salió de la habitación con él. Por su conversación se supo que ya en otra ocasión no se había permitido al secretario reunirse conmigo. El asunto no me agradó. Cuando pregunté a mi esposo al respecto, él se limitó a decir brevemente: «Solo estoy cumpliendo las órdenes del médico».

Más tarde vino el médico, examinó mis heridas y me aconsejó abstenerme de todo tipo de actividad. De paso, añadió que el expediente contenía diversos documentos e informaciones. Pero estaba prohibido hacérselos llegar a usted. Inmediatamente protesté contra sus palabras y le dije que aquellos documentos no contenían nada tan terrible como para que no se me permitiera recibirlos. En realidad, aquellos documentos debían llegarme para que los firmara. Sin embargo, se negó a entregarme el expediente. Unos días después, solicité permiso para continuar realizando desde la cama parte del trabajo de la organización. Pero también me lo negaron. Al ver y escuchar todo aquello, mi sospecha se transformó en certeza: sin duda había ocurrido algo importante que todos ellos intentaban ocultarme deliberadamente. Por algunas conversaciones de mi esposo, de mi secretaria privada e incluso de la secretaria general del consejo ejecutivo de la organización, se comprendía que todos intentaban ocultarme un asunto concreto.

Finalmente ocurrió aquello que temía. Al día siguiente por la tarde, la secretaria de la Secretaría de Gobierno se acercó a mí ignorando por completo la presencia de mi esposo. Antes de revelarme los hechos, me aconsejó que me preparara mentalmente para escuchar cualquier cosa con paciencia y valentía. Después, sin la menor vacilación, abrió el expediente delante de mí. Vi que aquel asunto sumamente importante que intentaban ocultarme no era otra cosa que el decreto gubernamental por el que se prohibía nuestra organización femenina.

La secretaria del Gobierno me decía, tratando de ofrecerme un consuelo momentáneo: «Naturalmente, esto debe causarle una enorme tristeza». «Doy infinitas gracias a Allah, pero ¿de dónde ha obtenido el Gobierno una justificación o autoridad constitucional para imponer la prohibición a la organización femenina?», pregunté. Pero la situación había llegado a tal punto que ya no quedaba libre ni una sola persona que pudiera plantear esta pregunta ante el Gobierno. Hemos hecho todo lo posible dentro de nuestras posibilidades, pero Jamal Nasser está decidido a declarar ilegal la Organización Islámica Femenina. Está personalmente muy disgustado con usted; incluso no soporta que alguien pronuncie su nombre. Si alguien menciona su nombre sin querer, reacciona de una manera tan hostil que resulta indescriptible. Es como si su personalidad y su movimiento le hubieran arrebatado la tranquilidad». Al escuchar a la secretaria del Gobierno, dije: «Gracias a Allah, Nasser solo nos teme a mí y al partido por una razón: estamos llevando adelante el movimiento para establecer una sociedad islámica destinada a la liberación social, económica y política de la humanidad. Y la razón fundamental de mi descontento con Nasser es que, ignorando las reivindicaciones islámicas del pueblo, está lamiendo las botas de los círculos imperialistas extranjeros. En cualquier caso, muy pronto se dará cuenta de que no es posible silenciar el movimiento islámico imponiendo prohibiciones gubernamentales, asesinándonos o encerrándonos en la cárcel. El movimiento islámico seguirá avanzando por su curso natural. Ninguna fuerza del mundo podrá resistir durante mucho tiempo ante este movimiento. Frente a la impetuosa marcha de los muyahidines de la religión de Allah, esas llamadas fuerzas se verán obligadas a volar como paja. Allah nos ha ordenado realizar obras constructivas y creativas, y nos ha ordenado resistir las obras de destrucción y corrupción».

Al escucharme, la secretaria de la Secretaría de Gobierno dijo con extrema cortesía: «¡Respetada presidenta! Tengo la sincera esperanza de que se levante la prohibición impuesta a su partido». Después miró a su alrededor y dijo en voz ligeramente baja: «Temo que aquí haya algún micrófono oculto. Ya sabe, las paredes tienen oídos». Entonces la secretaria de la Secretaría de Gobierno sacó un papel de un bolsillo secreto y, mirando con gran cautela a su alrededor, dijo: «¡Venerable presidenta! Le ruego encarecidamente que firme este documento. En cuanto lo firme, quedará anulada la decisión de imponer la prohibición gubernamental a su partido».

Al tomar el papel para leerlo, no conocieron límites mi indignación ni mi asombro: era una solicitud para ingresar en el partido socialista gubernamental en el poder.

Durante unos instantes permanecí como petrificada. Después de tragarme toda la amargura, le dije a la secretaria de Jamal Nasser:

Secretaria, si encuentras alguna buena obra, ve y hazla. Recuérdalo y díselo a Nasser: antes que firmar en apoyo de un gobernante tirano como él, prefiero que mi mano arda, se queme y se derrita. Jamal Nasser está involucrado en actividades injustas contra Alá y el islam. Es enemigo del pueblo; sus manos están manchadas con la sangre del líder popular Abdul Qader Awda y de innumerables musulmanes revolucionarios. Para mí, aceptar la disolución de mi partido es preferible a apoyar el régimen del cruel opresor que es él.

Después, la secretaria de la Secretaría gubernamental besó mi mano y dijo:

:Madre, ¿puede aceptarme como hija?

:¿Por qué no? —respondí.

:Entonces, dejemos ese asunto; más bien………

:No, ni siquiera a cambio de un sacrificio mayor es posible firmar en apoyo del régimen tiránico de Jamal Nasser. Una alianza entre la verdad y la mentira es inconcebible. Puedes irte, secretaria.

A medida que fui recuperándome, llegaron a su fin los días en el hospital. Regresé a casa.

Yo y la Unión Socialista

Después, por así decirlo, aquella secretaria acudía a verme casi todos los días a la secretaría. Un día vino y dijo:

:¡Buenas noticias, madam! Se ha suspendido la decisión de imponer una prohibición a su organización.

Me quedé asombrada al oírlo y pregunté:

:¿Por qué?

:No sé nada con certeza. Sin embargo, parece que podría estar abriéndose el camino para establecer oficialmente contacto y entablar conversaciones con usted. De este modo, la secretaria de la administración gubernamental siguió trayéndome diversas informaciones, y yo también continué dirigiendo las actividades y labores del partido desde mi propia residencia. Algunos días después, fui al hospital para que me quitaran el yeso y allí recibí la noticia de la liberación del líder popular, el señor Sayyid Qutb. Mientras aún estaba en prisión, se enteró de mi accidente de tráfico y, nada más ser liberado, se apresuró a ir al hospital para verme.

Unos días después, recibí, por convocatoria del Gobierno, una tarjeta de registro. Los datos de la tarjeta eran exactamente los siguientes:

Unión Socialista Árabe-

Libertad-Socialismo-Solidaridad-

Nombre: Zeinat al-Ghazali al-Jubaili.

También conocida como: Zeinat al-Ghazali.

Cargo/profesión: presidenta de la Asociación de Mujeres Islámicas.

Unidad: Albasayín-Almaza.

División: Nuevo Egipto.

Distrito: El Cairo.

Junto con esta tarjeta, llegó en el mismo correo otro documento detallado. Este documento constituye una prueba documental de las relaciones entre Egipto y la Unión Soviética en 1964.

Después, comenzaron a llegar de manera continua cartas y diversas invitaciones de parte del partido gubernamental. También me invitaban a participar en sus diversas reuniones y conferencias. Pero yo había decidido no responder a ninguna carta ni comunicación de ese tipo. Mientras tanto, tras haberme recuperado por completo, el médico me autorizó a dedicarme plenamente al trabajo del partido.

Un día, mi secretaria personal me informó en la sede central de la Organización Islámica de Mujeres que alguien quería hablar conmigo en nombre de la Unión Socialista. Levanté el auricular y dije: «As-salamu alaykum». Desde el otro extremo llegó la respuesta:

—Wa alaykum as-salam.

—¿Quién habla? ¿A quién desea y por qué? —pregunté, exigiendo respuestas con tres preguntas de una sola vez.

—Si usted es la honorable señora Jinat al-Ghazali, considero necesario pedirle, en nombre de la Unión Socialista, que nos haría muy felices que las hermanas de la Organización Islámica de Mujeres acudieran al aeropuerto bajo su liderazgo para recibir al presidente Jamal Nasser.

Al ver que guardaba silencio, la persona del otro extremo volvió a decir:

—Si nos da su autorización, enviaremos un automóvil, que quedará siempre a su disposición.

—No, gracias —dije, y colgué el auricular. Dos o tres días después, volvieron a llamar por teléfono en nombre de la Unión Socialista. Esta vez, una dama quiso saber:

—¿Por qué no se presentaron ustedes en el aeropuerto para dar la bienvenida al presidente?

Dije: «Los trabajadores de nuestra organización también son completamente libres de ir o no ir a cualquier lugar. Además, seguimos las enseñanzas islámicas. No nos es posible ir a un lugar donde estén en juego el honor, la dignidad y la decencia…

Parece que no están dispuestas a apoyarnos. Está bien, usted no vino; pero ¿acaso no ordenó a las demás mujeres que llegaran al aeropuerto?

No; ni siquiera se plantea que ordene a otra persona hacer algo que considero inapropiado para mí.

Eso significa que, de ninguna manera, cooperarán con nosotros.

Sí, lo haremos, pero únicamente por el camino del islam. Si siguen el camino indicado por Allah, contarán con nuestra cooperación a cada paso; de lo contrario, continuará el conflicto entre la verdad y la falsedad.

¿Puede venir hasta nuestra oficina para conversar?

No, todavía no estoy completamente recuperada. Sin embargo, si le es posible, puede venir a mi humilde hogar. Dejo el auricular. Aproximadamente una semana después de esta conversación telefónica, me enviaron una carta certificada con fecha del 15/9/1964. Contenía una decisión ministerial fechada el 6/2/1964. Su número era el 132. Conforme a esta decisión, la Organización Islámica de Mujeres fue declarada ilegal por segunda vez, y esa noticia fue enviada por correo certificado.

No es para los rebeldes contra Dios

El quince de septiembre de 1964, como reacción a la decisión del Gobierno de declarar ilegal a la Asociación Islámica de Mujeres, se celebró una reunión urgente de la Asociación. En la reunión se aprobó por unanimidad una resolución para rechazar la decisión gubernamental y negarse a transferir los fondos de la organización al Gobierno o a cualquier partido en particular. También se decidió celebrar una nueva reunión extraordinaria urgente en un plazo de 24 horas, y se resolvió desobedecer la decisión del Gobierno y impugnar ante los tribunales su ilegalidad.

Con el propósito de que representara a la Asociación en el juicio, nombramos abogados defensores a los destacados juristas Jabab Abdullah y Rishwan, y de inmediato enviamos informes detallados al respecto al presidente, al ministro del Interior, al viceministro del Interior y a los periódicos y revistas. En esas cartas dejamos claro que el objetivo fundamental de la Asociación Islámica de Mujeres, fundada en 1936, es promover y difundir los ideales islámicos y organizar a las mujeres musulmanas bajo la bandera islámica, en interés superior del país y del pueblo. El Gobierno o el Ministerio del Interior no son los patrocinadores de nuestra Asociación como para declararla ilegal con el fin de alcanzar alguno de sus objetivos ilícitos. No estamos obligados a aceptar ninguna decisión o declaración semejante del Gobierno; por el contrario, reiteramos nuestro llamamiento al Gobierno para que adopte medidas inmediatas con el noble objetivo de implantar en el mundo de Allah el sistema de vida otorgado por Allah. Estamos dispuestos a ofrecer toda nuestra cooperación en este sentido.

Pero la embriaguez del poder y la oposición al islam de Gamal Nasser habían alcanzado tal grado de fanatismo que no estaba dispuesto siquiera a considerar ninguna justicia ni verdad. Precisamente por su actitud hostil hacia mí, se apresuró a declarar ilegal la Asociación Islámica y, del mismo modo, a clausurar indefinidamente la revista que se publicaba bajo mi dirección. Tampoco dudó en recurrir a la fuerza militar para llevar a cabo estos actos ilegales. De repente entraron sin autorización en la sede de la Asociación y se apoderaron por la fuerza de las oficinas y de todo su mobiliario. Incluso expulsaron a empujones a los pobres e inocentes niños del orfanato contiguo, administrado bajo el patrocinio de la Asociación. Eligieron para la ocupación un momento en que ninguna de nuestras funcionarias se encontraba en la sede. En ese momento solo estaba trabajando la subsecretaria de la oficina. Los ocupantes gubernamentales afirmaron que le arrebataban a ella el poder de control. Al día siguiente emití la siguiente declaración para su publicación en los periódicos y revistas.

«La Asociación Islámica de Mujeres, fundada en 1936, es una organización islámica constitucional. El objetivo principal de la Asociación es implantar plenamente el sistema de vida otorgado por Allah, el islam, para lograr una solución justa y duradera a todos los problemas de la humanidad. En realidad, el dueño de todo poder es Allah, y Allah es nuestro Señor; consideramos censurable la tendencia a establecer el gobierno personal sobre el pueblo.

Condenamos inequívocamente la decisión gubernamental de imponer la prohibición a la Asociación Islámica de Mujeres y nos negamos a aceptarla. También queremos dejar claro que el advenedizo Gamal Nasser no tiene ningún derecho moral a gobernar al pueblo musulmán. Tanto su cargo como su Consejo de Ministros son ilegales.

Queremos dejar aún más claro que no se podrá obstaculizar el avance del movimiento islámico mediante la fuerza, la opresión, la tiranía y las conspiraciones. El movimiento islámico continuará, aun sin oficinas, fondos ni mobiliario de ningún tipo. Ninguna fuerza del mundo podrá arrebatarnos nuestra fe ni la poderosa fuente de nuestra inspiración. La confianza inquebrantable en Allah y en Su Mensajero Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), así como la fraternidad islámica universal, mantendrán imparable nuestro progreso. El yihad continuo por el camino de la verdad es nuestro programa de acción. Este movimiento continuará hasta alcanzar el noble objetivo de la revolución islámica».

¿Qué haremos?

Después de que el Gobierno ocupara por la fuerza la sede de la Asociación Islámica de Mujeres, varias delegaciones de mujeres acudieron a mí para consultar sobre el programa de acción siguiente y pedir orientación.

El año 1964 puede considerarse, en cierto sentido, el año culminante del ascenso del régimen de Nasser. La situación llegó a tal extremo que pronunciar siquiera una palabra contra su despotismo se consideraba prácticamente un acto de sedición. Entretanto, casi todos los dirigentes, grandes y pequeños, del célebre movimiento islámico Hermandad Musulmana, o Ijwan al-Muslimun, fueron arrestados bajo diversas acusaciones falsas o fabricadas. Como resultado, no quedó nadie que pudiera criticar las actividades antipopulares del Gobierno. Por otro lado, los políticos oportunistas y ambiciosos aprovechaban al máximo la ocasión para satisfacer sus intereses, lamiendo las botas de Nasser. Incluso algunos líderes religiosos y ciertas publicaciones religiosas consideraban entonces que ensalzar al régimen de Nasser era lo relativamente más beneficioso. En el célebre periódico árabe Al-Azhar también se publicaban artículos que merecían ser considerados un intento de justificar, según criterios racionales, el vergonzoso papel del grupo gobernante tiránico. Y las publicaciones disfrazadas se afanaban en lanzar oleadas de propaganda contra quienes estaban consagrados al movimiento islámico. Incluso en aquella espantosa situación de opresión y terror, los intrépidos muyahidines del movimiento islámico mantuvieron en alto la bandera de la verdad. A pesar de toda la persecución y represión, su moral no se quebró; sus actividades no mostraron la menor disminución, ni se apagó la dulce sonrisa de sus rostros.

Las mujeres musulmanas también desempeñaron un papel sumamente importante en este ámbito. En lugar de buscar beneficios mundanos, aceptaron las dificultades con una sonrisa en el camino hacia la complacencia de Alá. Atravesando montañas de miedo, amenazas, obstáculos y adversidades, venían regularmente a verme, llenas de nuevo entusiasmo y ánimo. Incluso en aquellos tiempos difíciles organizaban reuniones domésticas y asambleas generales en sus respectivas localidades. En ese período emprendimos un programa de capacitación para oradoras. Así, se dispuso que las personas capacitadas fueran enviadas por todo el país para difundir el movimiento y organizar a las mujeres. Pero, poco después, debido a la severa política represiva del Gobierno, tuvimos que suspender este plan por el momento. Después, las actividades del movimiento quedaron limitadas al ámbito personal.

Pretextos y engaño

Pocos días después, varios funcionarios del servicio de inteligencia de Jamal Nasser se reunieron conmigo y presentaron diversas propuestas y condiciones para reactivar la Asociación Islámica de Mujeres. Me propusieron hacerlo con la condición de devolverme también mi periódico. Además, ofrecieron concederme una asignación mensual de trescientas libras egipcias. Pero, a cambio de todo ello, querían que me apartara del movimiento islámico.

Les dije:

: Considero sumamente insignificantes, a cambio de obtener la complacencia de Alá, todas las riquezas y todo el poder del mundo. Rechazo todas estas tentaciones y propuestas condicionadas que me hacen.

A pesar de mi clara negativa, los funcionarios del servicio de inteligencia volvieron a decirme:

«Mire, si su asociación quiere salir al campo como organización auxiliar del partido gubernamental, será reactivada de inmediato y también le será devuelta su sede central, junto con una asignación especial anual de veinte mil libras».

En respuesta, les dije:

«Ustedes siguen repitiendo una y otra vez un error. Deben saber que ninguna tentación ni amenaza puede desviarnos del camino del islam. No formamos parte de quienes hacen negocio con la religión. Así como nosotros mismos no estamos confundidos, tampoco podemos pensar en confundir a nadie. No creemos en ningún tipo de artificio ni ambigüedad. Pueden venir». Aun después de eso, continuaron presentando diversas propuestas interesadas e intentando, de una u otra manera, llevarme a un compromiso. Me quedé asombrado ante sus ridículos esfuerzos y supuse que se trataba de un ensayo para una nueva representación teatral del Gobierno. En realidad, pronto se demostró que mi suposición era acertada. Todos sus esfuerzos no eran más que el telón de fondo de una conspiración posterior.

El búho nocturno

Una tarde, tres hombres llegaron a mi casa y solicitaron verme. Fui a la habitación destinada a recibir a los invitados y vi que los tres vestían ropas árabes. Después de intercambiar saludos, les pregunté el motivo de su visita, y uno de ellos dijo:

«Somos ciudadanos sirios. Actualmente hemos venido a El Cairo desde Arabia Saudita para pasar unas breves vacaciones. Hemos estado con los dirigentes de los Hermanos Musulmanes en Arabia Saudita: Said Ramadan, el jeque Mustafa Alam, Kamel Sharif, Muhammad Usmavi y Fathi Khuli. (Cabe señalar que estos dirigentes se vieron obligados a exiliarse en Arabia Saudita, hartos de la persecución de Jamal Nasser). Ellos envían sus saludos y buenos deseos al pueblo egipcio, y esperan que el público mantenga su firme confianza en el movimiento».

Después, los tres caballeros comenzaron a hablar entre ellos sobre los Hermanos Musulmanes y Jamal Nasser. Tras discutir ampliamente la opresión y persecución que Nasser había ejercido contra los Hermanos Musulmanes, los acontecimientos de 1954 y el martirio de Abdul Qader Audah y sus compañeros, me dijeron que estaban preparados para provocar una rebelión en el país y asesinar a Nasser, y que los dirigentes exiliados de los Hermanos Musulmanes estaban de acuerdo con ellos en ese asunto. Luego me miraron interrogativamente. Hasta entonces yo había permanecido en silencio, limitándome a escuchar lo que decían. Entonces dije: «El objetivo que han descrito me parece algo completamente nuevo, tanto en su naturaleza como en su terminología. No sé nada de este asunto ni deseo saber nada».

Al oírme, dijeron: «Entonces volveremos a verlo más adelante para conocer la opinión del Murshid y del partido».

Dije: «No sé nada de ningún grupo secreto de los Hermanos Musulmanes. Además, el Gobierno ha declarado ilegales a los Hermanos Musulmanes como partido político. No puedo conversar ni discutir este asunto con el Murshid, porque nuestra relación se basa también en la hermandad islámica y en los vínculos familiares. En mi opinión, ningún musulmán está pensando en algo como asesinar a Jamal Nasser. Personalmente, no puedo prestarles otro servicio que aconsejarles regresar a su propio país y alcanzar la purificación de sus almas».

Después de que terminé de hablar, uno de ellos dijo:

«Usted probablemente está disgustado con nosotros. Pero dígame, ¿acaso Nasser no ha dejado el país en ruinas?»

«Pero el objetivo de los ikhwan no es matar a Nasser».

Entonces les pedí que me dijeran sus nombres. Al decirlos, los tres parecieron quedarse desconcertados. Tras vacilar un poco, uno dijo que se llamaba Abdushshafí Abdulhaq, el nombre del otro era Abdul Jalil Isa y el del tercero, Abdurrahmán Jalil. Al oír la forma en que pronunciaban sus nombres y escuchar «Abdu» al principio de cada uno, ya no pude contener la risa. Cuando comprendí lo que había que comprender, les dije:

«Hermanos míos, lo mejor para ustedes es regresar cuanto antes a su patria, antes de caer en manos de la policía secreta de Nasser y ser hechos trizas».

En respuesta, uno de ellos dijo: «¡Apa Zinat! Sin duda tiene derecho a sospechar de nosotros. Sin embargo, pronto descubrirá quiénes somos». Después se marcharon.

Más tarde, cuando Abdul Fattah Ismail vino a visitarme, le conté la historia de aquellos ciudadanos artificialmente inocentes.

Todos eran Ahmad Rasek

Después no habían transcurrido ni dos semanas cuando, un día, un caballero llamado Ahmad Rasek vino a verme. Al presentarse, el caballero informó que pertenecía a los servicios de inteligencia. Tras permanecer callado unos instantes, quiso saber qué había hablado yo, un par de semanas antes, con aquellos tres ciudadanos sirios.

Respondí con indiferencia:

«Por lo que creo, esos tres caballeros no son sirios en absoluto. En realidad, vinieron considerándome un tonto, con la intención de hacerme aún más tonto. Soy realmente incapaz de comprender por qué, incluso después de que la administración me arrebatara mi periódico y su sede, siguen recurriendo a estas maniobras teatrales. En realidad, ¿cuál es el propósito del Gobierno?». Después, el caballero de los servicios de inteligencia cambió de tema y preguntó:

:¿Qué opinión tiene usted de Jamaluf y Jamalufa?

:Todos ellos son ateos descarriados. Son expertos en actividades injustas e ilegales. El caballero reaccionó a mis palabras y dijo:

:Mire, hermana, nosotros también somos musulmanes.

:No basta con tener un nombre musulmán para ser musulmán; más bien, si alguien es musulmán o no musulmán se demuestra mediante sus actos —dije.

«No estamos dispuestos a responder a la invitación que ustedes hacen hacia el islam. Tampoco somos capaces de considerar su invitación. Así que ustedes hagan su trabajo y déjennos ocuparnos de nuestras tareas». Mientras decía esto, el caballero se puso de pie. Le dije:

:Que Allah guíe a todos y nos conduzca a todos por el camino de la justicia y la verdad”.

Dos días después de aquel encuentro, un automóvil oficial se detuvo en el patio de mi casa. Un joven vestido con un traje gris bajó del automóvil, me saludó y dijo:

“Soy Ahmad Rasek, oficial del servicio de inteligencia”. Examiné al joven de pies a cabeza, tratando de encontrar algún parecido con aquel Ahmad Rasek del Ministerio del Interior que anteriormente me había citado allí. En la placa situada fuera de su oficina también estaba escrito el mismo nombre: «Ahmad Rasek». Al verme callado, el joven oficial dijo:

“Hace apenas dos días, cierto Ahmad Rasek vino a entrevistarse con usted. Y ahora tiene ante usted a un tercer Ahmad Rasek”.

Al oírlo, quise examinarlo con una mirada aún más penetrante. Que hubiera tres altos oficiales con el mismo nombre en el mismo departamento me parecía una especie de acertijo. Al ver que lo examinaba en silencio, el joven oficial dijo, desconcertado:

:¿Qué me mira en silencio con semejante asombro? ¿Se ha molestado porque he venido a una hora inoportuna?

Sonreí levemente y, pasando por alto sus palabras, le dije:

:Las puertas de esta habitación están siempre abiertas para recibir a los huéspedes. En fin, creo necesario contarte un suceso divertido; escucha. Probablemente se publicó en el periódico Al-Ahram. El suceso fue así: “Hace algunos años, la reina de Holanda y su esposo viajaron a Londres invitados por el rey de Inglaterra. Un día, durante una conversación, de repente se vio que la reina de Holanda dejó su silla, se acercó a un perro especialmente adiestrado que estaba apostado en la sala de recepción y lo observó atentamente durante un rato. Después, como enloquecida, tomó al perro en brazos y comenzó a besarlo. Luego le entregó el perro a su esposo y le susurró algo al oído. Entonces se vio que su esposo también empezó a besar al perro como un loco. El rey y la reina de Inglaterra contemplaban muy sorprendidos todo aquello. Su asombro no tuvo límites cuando vieron que, al intentar recuperar el perro de manos de su esposo, los ojos de la reina de Holanda estaban llenos de lágrimas. Ella estrechaba al perro contra su pecho exactamente como si fuera uno de sus propios hijos. Poco después, durante el banquete real, también se vio que continuaba sosteniendo al perro en su regazo”.

Esta vez, la reina de Inglaterra, llamando la atención de la distinguida invitada, dijo:

«La dueña del perro al que usted está prodigando tantas caricias es la princesa; ella también quiere mucho al perro. De no ser así, nos habría encantado regalárselo».

La reina de Holanda creía en la doctrina de la transmigración del alma. Dijo:

«Hace algunos años perdí a mi único hijo. Creo que el alma de mi hijo ha entrado en este perro. Fíjese, los ojos del perro son exactamente iguales a los de mi hijo».

Al oír esto, la reina de Inglaterra convenció a la princesa de que aceptara regalar el perro a la pareja real holandesa. Huelga decir que la princesa regaló el perro al rey y a la reina de Holanda. Después de relatarle el suceso, le dije al joven:

—Ahora bien, señor Rasek, quienes creen en la transmigración del alma ven en algún animal la huella de un ser querido fallecido; pero me asombra pensar que los tres individuos de los servicios de inteligencia egipcios con los que me he encontrado se llaman, todos ellos, Ahmad Rasek. Sin embargo, no hay la menor semejanza entre sus cuerpos, sus rostros ni su tez; ni siquiera existe concordancia alguna en sus gestos y modales. Entonces, ¿acaso su presidente ha descubierto una nueva teoría sobre la transmigración del alma? Probablemente se me está pidiendo que siga esa nueva teoría suya; dime, ¿se trata de algo así? Al oírme, el color de su rostro parecía cambiar; mientras intentaba recobrar la compostura, dijo:

—¡Mire, madam! No somos gente cualquiera. También somos hijos de familias respetables. No es nuestra intención causarle dolor. Solo estamos intentando llegar a un acuerdo con usted. En realidad, el verdadero Ahmad Rasek soy yo.

—Pero ¿con qué fundamento voy a creer que tú eres el verdadero y los otros unos impostores? Además, ¿qué necesidad tengo yo de nada de eso? ¿Podrán decirme claramente qué quieren de mí?

:La cuestión es que el Gobierno está interesado en llegar a un acuerdo con usted. Creemos que los Hermanos Musulmanes la están confundiendo. Son personas que creen en la anarquía. Por eso, lo único que queremos pedirle es que nos comunique los nombres de las personas activas de los Hermanos. A cambio, el propio Presidente se hará cargo de su seguridad y se atenderán todas sus necesidades. Esperamos que, en los próximos días, nos entregue una lista con los nombres de los terroristas de los Hermanos. ¡Nos ha sorprendido que una líder tan respetada por todos y tan inteligente como usted haya caído víctima de la conspiración de los Hermanos!

Siguió diciendo:

«Grandes dirigentes de los Hermanos, como el imán Huzaybi y Sayyid Qutb, están intentando ahora llegar a un acuerdo con el Presidente. Pero, como el Presidente no está satisfecho con ellos, no responde a sus gestiones. En realidad, si usted estuviera al tanto de la propaganda que los Hermanos Musulmanes difunden sobre usted, llegaría inmediatamente a un acuerdo con nosotros y rompería de inmediato toda relación con los Hermanos».

Hasta ese momento, en vez de mostrar irritación al escuchar las mentiras y las palabras infundadas de aquel joven oficial de inteligencia, me limité a sonreír y dije:

:Hijo mío, no siento ninguna necesidad de averiguar quién eres o qué eres dentro del servicio de inteligencia, ni de verificar tus palabras, tu nombre, tu apariencia o tu descripción. Espero que estas pocas palabras mías sean suficientes para ti. Sin embargo, como a un muchacho, debo decirte algo más. Esfuérzate por conocer y comprender correctamente los ideales islámicos y por seguirlos. No corras ciegamente tras ningún ismo o doctrina prestada de Occidente o de Oriente. ¿Por qué? ¿Acaso te resulta imposible distinguir entre la verdad y la mentira? ¿Por qué, entonces, siendo musulmanes, coreáis consignas socialistas? ¿Y por qué desperdiciáis vuestra vida bailando al son de las señales de potencias extranjeras? Espero el día en que jóvenes como vosotros, liberados del torbellino de la duda y la crisis, se unan bajo la sombra de la bandera islámica».

Para demostrarme que era un buen musulmán, me dijo:

:Madame, por Allah, cumplo regularmente con la oración del viernes. Además de las demás oraciones y las obligaciones y deberes religiosos, etcétera… Mi padre me llevaba a rezar la oración del viernes desde que era pequeño, así que me acostumbré a ella.

:¿Alguna vez le has preguntado a tu padre por qué solo cumple con la oración del viernes?

:Mire, ¿acaso no basta con decir «La ilaha illallah, Muhammadur Rasulullah» para ser musulmán?

:Pero si no vives de acuerdo con lo que proclama esta profesión de fe, el resultado será contraproducente. Después de recitar la profesión de fe, ¿acaso no aumentan aún más tus deberes islámicos?

:Se debe seguir y obedecer a los gobernantes.

:De acuerdo, entonces prepárate para formar fila junto a esos pobres gobernantes el Día del Juicio.

:Mire, había venido a usted con una propuesta de acuerdo.

:Pero debes saber que nunca ha habido, ni habrá en el futuro, acuerdo alguno entre las verdaderas enseñanzas de los profetas y mensajeros y la mentira satánica. Estamos decididos a mantenernos firmes en el camino del islam; no se plantea en absoluto ninguna transacción con la falsedad. Mientras vosotros y vuestro gobierno no seáis seguidores de la verdadera religión, continuará el conflicto entre nosotros y vosotros.

Al oír esto, el joven oficial de inteligencia dijo, sumamente enfadado:

:No volveré a venir a verla nunca más. Si quiere ponerse en contacto, aquí tiene mi número de teléfono……… Yo dije sonriendo:

:Gracias, nunca necesitaré eso.

A finales de julio de 1965, las noticias de las detenciones masivas de los dirigentes de los Hermanos Musulmanes me causaron una gran inquietud. Pues mantengo una relación muy profunda y antigua con el gran movimiento de los Hermanos Musulmanes.

Capítulo segundo

El juramento de lealtad

Como ya he dicho, mi relación con los Hermanos Musulmanes es tan profunda como antigua. Sin embargo, los funcionarios del Gobierno pensaban que mi relación con los Hermanos apenas comenzaba. En realidad, estoy vinculada a los Hermanos desde 1937. La Asociación Islámica de Mujeres fue fundada en el año 1358 de la Hégira. Unos seis meses después, tuve mi primer encuentro con el imán Hasan al-Banna. Inmediatamente después de pronunciar un discurso en una reunión organizada para mujeres en la sede central de los Hermanos, el imán Banna me concedió la oportunidad de reunirme con él. Por entonces, quería establecer la sección femenina de los Hermanos. Durante nuestra conversación, hizo hincapié en la participación unida de los musulmanes en todos los niveles. Después, estuve de acuerdo con casi todas sus propuestas y opiniones. Finalmente, me invitó a asumir la responsabilidad de presidir la sección femenina de los Hermanos. En realidad, este grupo de mujeres era una rama de los Hermanos. Consulté la propuesta del imán Banna con las dirigentes de mi grupo. Todas aceptaron la propuesta de una actuación unida de ambos grupos en un ámbito más amplio, así como la ayuda y cooperación mutuas en todos los aspectos; pero rechazaron la propuesta de que me incorporara a los Hermanos como presidenta de una de sus ramas. No obstante, después de aquello continuamos reuniéndonos y conversando con regularidad. Todas considerábamos las opiniones del imán Hasan al-Banna con gran seriedad y sentíamos por él un sincero respeto y cariño.

Al final, seguimos siendo grupos separados. Sin embargo, nuestra relación se fortalecía día tras día. En la última reunión celebrada en la sede central de la asociación, juré ante el imán Banna que, aunque mi grupo conservara una existencia independiente, respondería a cada llamamiento de los Hermanos y continuaría trabajando codo con codo con ellos para alcanzar el mismo objetivo.

Pero el imán Banna no pudo sentirse plenamente satisfecho con ello. Quería que me consagrara a dirigir la rama femenina de los Hermanos.

De todos modos, la situación posterior empezó a cambiar rápidamente. Tras el incidente de 1948, los Hermanos Musulmanes fueron prohibidos repentinamente y todos sus fondos fueron confiscados. Todas las oficinas de los Hermanos fueron clausuradas, y sus dirigentes y miembros fueron detenidos y encarcelados sin miramientos. Durante esta crisis inesperada y repentina, las mujeres activistas del movimiento islámico desempeñaron un papel sumamente valiente y audaz. Recopilé la información necesaria por medio de mi cuñada y prima, Tahiya Jubaili, y pronto comprendí que debía haber aceptado por completo la propuesta del imán Banna. Me arrepentí de no haber aceptado la propuesta del imán.

Al día siguiente de que se declarara ilegal a la Hermandad, me presenté en mi despacho asignado de la sede central del grupo. Esta era la misma habitación donde había conversado con el imán Banna. ¡Todavía parecía sentir en ella la grandiosa presencia del respetado Banna! Mi corazón ardía entonces de dolor y arrepentimiento. Torrentes de ardientes lágrimas corrían copiosamente por mis mejillas. Y me decía a mí misma:

«El imán Banna era verdaderamente un hombre aferrado a la verdad. Es deber de todo musulmán avanzar siguiendo al imán y enarbolando el estandarte de la yihad por el camino de la verdad. Fuera del camino al que el imán ha convocado para establecer los derechos de las personas, no existe otra vía hacia la liberación y la paz. Solo un liderazgo sabio, visionario e intrépido como el de Hasan al-Banna puede conducir a la umma musulmana hasta su destino final».

Acto seguido, envié a mi secretario privado a llamar al hermano Abd al-Hafiz al-Saifi. Por medio de él intercambiaba con el imán Banna información no escrita. A través de él le recordé al imán que debíamos reunirnos para conversar conforme al programa previamente acordado. Cuando el hermano Abd al-Hafiz regresó después de informar al imán y obtener su consentimiento, envié al imán Banna la siguiente breve carta por medio de mi hermano Muhammad al-Ghazali y de la esposa de este:

«¡Respetado imán Hasan al-Banna!

Anhelo presentarme ante usted, renunciando a todas las demás actividades de mi vida, para obtener la complacencia de Alá y servir al islam. Usted es la única personalidad cuya guía y patrocinio deseo fervientemente. Que usted me ordene servir a la religión de Alá y cumplir esas órdenes al pie de la letra será la más noble misión de mi vida. ¡Respetado imán! Espero impacientemente sus instrucciones. Su sierva, la sierva de Alá». —Zaynab al-Ghazali.

Después se designó la sede central de la Asociación de Jóvenes Musulmanes como el lugar apropiado para reunirme cuanto antes con el imán Banna. Sin embargo, no se fijaron ni la fecha ni la hora del encuentro. Se decidió que nos reuniríamos de manera imprevista cuando surgiera la oportunidad.

Un día me dirigía a pronunciar un discurso en una conferencia organizada en la sede central de la Asociación de Jóvenes Musulmanes cuando, de repente, vi al propio venerable imán al pie de las escaleras. Me sorprendió enormemente su presencia tan sencilla y sin ceremonia, y me sentí embargada por la emoción y la alegría. Antes de sentarnos para una reunión formal, comencé a conversar con el respetado imán Banna mientras subíamos las escaleras.

Lo primero que le dije fue:

«¡Respetado imán, mi murshid! Juro por Alá que estoy dispuesta a cooperar plenamente con el noble esfuerzo que usted está realizando para establecer un sistema social islámico y un gobierno islámico, y que no vacilaré ante ningún sacrificio en este camino, ni siquiera en entregar la vida. Prometo de todo corazón acatar sus órdenes y prohibiciones». El imán expresó gran alegría por mis palabras y mi promesa. Dijo: «La Organización Islámica de Mujeres debe continuar trabajando por ahora tal como lo está haciendo».

Se encargó a mi hermano mantener la comunicación entre el imán Banna y yo. El imán Banna me encomendó la responsabilidad de mediar entre Nuhas y los Hermanos. En aquel momento, Rafʿat y Mustafá Pachá an-Nuhas se encontraban fuera del país. Ellos encomendaron al difunto Amín Jalili la misión de disipar la confusión. El imán Banna también estaba de acuerdo al respecto. A mí también se me confió la responsabilidad de mantener la comunicación.

Una noche de febrero de 1949, el señor Amín Jalili vino a verme. La preocupación se reflejaba claramente en su rostro. Dijo: «Las autoridades están planeando asesinar al imán Banna. Hay que organizar cuanto antes su salida de El Cairo».

Pero mi hermano ya había sido arrestado, de modo que no había nadie que pudiera comunicarse directamente con el imán. Por ello, partí yo misma para encontrarme con él. ¡Pero qué desgracia! Fue una desgracia para mí, para mi nación y para toda la humanidad que, a mitad de camino, recibiera la noticia del trágico martirio del respetado imán. Los enemigos de la humanidad asesinaron brutalmente al gran héroe revolucionario del siglo. Ante este cruelísimo asesinato, toda la nación quedó abrumada por la indignación y el dolor. En todas partes se expresó un intenso odio hacia los asesinos. Yo condené públicamente con la mayor severidad este bárbaro asesinato perpetrado por el Gobierno y expresé mi sincera indignación. Después se formó en el país un gobierno de coalición, y el nuevo Gobierno declaró inmediatamente ilegal a la Organización Islámica de Mujeres.

Presenté una demanda ante los tribunales para impugnar la declaración del Gobierno. En 1950, durante el mandato del señor Hussein Sirri Pachá, el tribunal falló a nuestro favor y las actividades de la Organización Islámica de Mujeres reanudaron plenamente su marcha. En este histórico proceso, nuestro abogado fue el renombrado jurista señor Abdelfattah Hassan Pachá.

Después se formó un gobierno del Partido Wafd, y los Hermanos Musulmanes reanudaron sus actividades bajo el liderazgo del señor imán Hasan al-Hudaybi. El mismo día de la inauguración de la sede central de los Hermanos Musulmanes, declaré públicamente mi relación plena con los Hermanos y ofrecí el salón más grande y mejor dispuesto de mi casa para que el señor Hudaybi, el murshid general, lo utilizara como despacho personal.

El hermano de los Hermanos, Abd al-Qadir Awda, vino a verme personalmente para darme las gracias por ello y dijo:

«Su declaración pública sobre el establecimiento de una relación directa con los Hermanos Musulmanes es verdaderamente digna de elogio y nos causa una inmensa alegría. En realidad, debemos considerarlo una gran fortuna para nosotros».

Dije humildemente: «Alabado sea Allah infinitamente por lo sucedido». No hace falta decir que estaba trabajando con los Hermanos con gran satisfacción. Entretanto, tuvo lugar una revolución militar bajo el liderazgo del general Naguib. Unos días antes de la revolución, el general Naguib vino a verme junto con el emir Abdullah Faisal. Los Hermanos y la Asociación de Mujeres sentían cierta simpatía por esta revolución.

Sin embargo, al cabo de pocos días se hizo evidente la discordancia entre las promesas anunciadas por el Gobierno revolucionario y sus actos. Expuse mi opinión al respecto en conversaciones con los dirigentes de los Hermanos. Más tarde, cuando el Gobierno de Naguib propuso a varios miembros de los Hermanos participar en el poder como ministros, me opuse a la propuesta a través de mi periódico, diciendo: «Puesto que se hace evidente que el Gobierno revolucionario no es sinceramente partidario del ideal de vida islámico, ningún miembro de los Hermanos puede siquiera pensar en establecer una alianza con un gobierno semejante ni en desempeñar un cargo bajo su autoridad. Si alguien lo hiciera, debería ser expulsado de los Hermanos. En realidad, hasta que no quede clara la verdadera intención del Gobierno revolucionario, los Hermanos deben mantenerse firmes en su postura y sus principios».

Después de que se publicara mi postura en el periódico, el señor Abdul Qader Audah se reunió conmigo y me pidió que, por el momento, suspendiera la publicación de declaraciones de ese tipo. En los dos números siguientes no escribí nada sobre el asunto. Pero después volví a escribir. Esta vez, el señor Abdul Qader Audah trajo una carta de instrucciones del señor Huzaybi, en la que se me prohibía escribir sobre el tema. Naturalmente, acaté esa instrucción. No era posible desobedecer las órdenes del líder. Durante ese período actué en todos los asuntos conforme a las órdenes y prohibiciones del imán Huzaybi. Incluso participé en la conferencia de paz con su autorización.

La máscara desenmascarada

El tiempo avanzaba a su ritmo establecido a través del escenario de la historia. Finalmente, los terribles acontecimientos de 1945 cubrieron de nubes el cielo del destino del país. Gamal Abdel Nasser se quitó la máscara y mostró su verdadero rostro diabólico. Comenzó a oponerse abiertamente al islam y se comprometió a silenciar el movimiento islámico. En ello, las potencias extranjeras y sus agentes locales le aseguraron plena colaboración. Sin demora, Nasser emitió la infame orden de ahorcar a los dirigentes del movimiento islámico.

Dirigentes de fama internacional, como el gran héroe de la lucha por la independencia, el señor Abdul Qader Audah, y el jeque Mohammad Farghali, fueron ahorcados únicamente por esto: habían exigido el establecimiento de un sistema social islámico para el desarrollo integral del país y la liberación y prosperidad del pueblo. Nasser ordenó ahorcar incluso al anciano dirigente, universalmente respetado, como el imán Huzaybi. Sin embargo, debido a un repentino ataque cardíaco, los médicos lo declararon incapaz de ser ahorcado. También dijeron que aquel anciano no viviría de todos modos más que unas pocas horas, por lo que no sería necesario ahorcarlo. Pensando lo mismo, Gamal Nasser conmutó la pena de muerte del señor Huzaybi.

Pero ¿quién puede matar a quien Allah protege? El imán Huzaybi se recuperó pronto y continuó liderando el movimiento islámico con un entusiasmo y un fervor redoblados, ignorando la opresión, la persecución y la mirada amenazante de Nasser. Cuando el movimiento islámico cobró fuerza bajo sus valientes acciones y su firme liderazgo, el Gobierno, enfurecido, lo arrestó y lo arrojó a una prisión militar. Las torturas inhumanas que sufrió allí habrían hecho que incluso los ojos del más cruel se llenaran de lágrimas. Pero el imán Huzaybi, encarnación de la paciencia y la tolerancia, soportó todos los tormentos.

Finalmente, ante los ojos de aquel anciano dirigente, se produjeron la muerte y la caída de Nasser y sus secuaces. Cuando muchos, extenuados por la indescriptible persecución durante la dictadura del presidente Nasser, acudieron al imán Huzaybi para pedir permiso para permanecer temporalmente callados e inactivos, el anciano imán Huzaybi, con el entusiasmo de un joven revolucionario, dijo:

«No tengo tiempo para pensar en quiénes de ustedes quieren mantenerse activos y quiénes quieren adoptar la pasividad. Sin embargo, quiero recordarles algo: abran las páginas de la historia y vean que quienes, en situaciones peligrosas, se dedicaron a buscar un refugio seguro jamás pudieron servir al movimiento islámico. En el movimiento islámico no hay lugar para los cobardes ni para los oportunistas». Estas palabras las pronunció mientras sufría la persecución en prisión; entonces tenía ochenta años. Tras la muerte del infame Nasser, fue el último en ser liberado de la cárcel.

El llamado a cumplir con el deber

En 1955, miles de miembros del movimiento islámico alcanzaron el martirio, víctimas de la indescriptible persecución del gobierno dictatorial y de ejecuciones indiscriminadas. Me sentí profundamente consternado al ver la triste situación de los hijos inocentes y las viudas de los hermanos martirizados. El llanto desgarrador de aquellos huérfanos y viudas, su sufrimiento indescriptible y su desamparo absoluto me llenaron de una profunda tristeza. Me comprometí nuevamente a garantizar su verdadera rehabilitación y a avanzar con el doble de entusiasmo por el camino empapado con la sangre de los mártires. Decidí emprender una confrontación directa con el gobierno.

Al reanudar mi labor, vi que en todo el país la gente estaba inquieta por la escasez y el hambre. Por falta de dos puñados de alimento para sobrevivir de algún modo y de una muda de ropa con la que cubrir su desnudez, millones de hijos de Adán vagaban desesperadamente en busca de ingresos ilícitos. El hambre había devastado el carácter y la moral de la gente.

El descontento estudiantil en colegios y universidades, así como el descontento obrero en fábricas y talleres, aumentaba a un ritmo geométrico. Aprovechando la ocasión, los círculos de intereses creados, los propietarios y los comerciantes ponían en práctica planes cada vez nuevos para explotar al pueblo.

Mientras tanto, quienes salían en libertad tras largos años de encarcelamiento se encontraban ante una situación aún más terrible que la prisión. No tenían abierta ninguna vía para ganarse la vida. Pero, a pesar de ello, la gente común no se atrevía a alzar la voz por sus derechos. Todos vivían aterrorizados por el temor de que, en cuanto pronunciaran una sola palabra, el gobierno no tardaría en emitir una orden de ejecución basándose en cualquier acusación inventada. En particular, para quienes hablaran del islam y de la identidad musulmana, el castigo severo era inevitable.

En aquellos tiempos de profunda calamidad, todos nuestros esfuerzos nos parecían sumamente insignificantes. No lograba comprender qué debíamos hacer. Parecía que una ola interminable de problemas fluía en un océano agitado, bloqueándonos el camino. Cuando ya no se vislumbraba ninguna vía de liberación, acudí, con la esperanza de recibir orientación, al ilustre profesor de la Universidad de Al-Azhar, el señor Sheikh Muhammad al-Udun. Su sabiduría y sus ideas, así como su conocimiento de mi relación con el Imam Banna, hacían que simpatizara plenamente con el movimiento. Tanto antes como después del martirio del Imam Banna, intercambié con él opiniones sobre asuntos importantes.

Expuse ante el profesor al-Udun el panorama real de la situación general del país. Me escuchó con paciencia y continuó derramando lágrimas en silencio.

Le dije:

«El único delito de estos niños inocentes y de estas viudas es que sus padres y esposos intentaron establecer la religión de Allah en el mundo de Allah».

Al oírme, rompió a llorar ruidosamente y, con voz entrecortada, me instó a iniciar sin miedo las labores de socorro. Añadió:

«Al menos, organiza el envío inmediato de ayuda a las familias de los mártires. Allah te concederá valor y apoyo. Personalmente, estoy dispuesto a ayudarte. Recuerda que, en estos tiempos, el mayor deber es permanecer firme en la labor del movimiento islámico, ignorando las amenazas de la falsedad. Y no cabe duda de que los ikhwan que han sido víctimas de la persecución gubernamental son los verdaderos muyahidines en el camino de Allah. Ellos llevarán a la gente hasta el umbral de la verdadera libertad y la prosperidad. Su éxito es inevitable».

Después me dio algunos consejos. A la luz de ellos, tracé el plan de la campaña de socorro. Comencé a enviar ayuda, con absoluta confidencialidad, a las familias de los mártires y de los muyahidines encarcelados. En esta tarea me ayudaron varios trabajadores leales y competentes. Con plena responsabilidad y eficacia, siguieron enviando los suministros de socorro a los lugares designados.

Incluso antes de que comenzáramos las actividades de socorro, muchas mujeres se consagraron a esta gran obra, manteniendo, por supuesto, absoluta confidencialidad. Entre estas nobles mujeres cabe mencionar especialmente a la esposa del imán Huzaybi, a la dirigente femenina Amal Usmabi, a la profesora Moniruddoula, a las respetables Aminah Qutb y Hamida Qutb, Fathia Bakr, Aminah Jawhari, Aliya y Tahia Zubayli. Nuestra comunicación fue estrechándose a través del trabajo. Yo misma me reuní con la respetable Jaleda Huzaybi y con Aminah y Hamida Qutb para establecer un plan de acción práctico. «Damos infinitas gracias a Allah por habernos permitido proporcionar la ayuda necesaria a las familias de nuestros hermanos mártires y muyahidines. Para hacer brotar una sonrisa en los rostros de los pequeños huérfanos inocentes y de nuestras indefensas hermanas viudas, nos postramos ante el Sustentador, el Misericordioso».

 

De camino al hajj con Abdul Fattah Ismail

Una mañana de 1957 vi por primera vez al señor Fattah en el puerto de Suez. Yo me encontraba allí como presidenta de las delegadas femeninas del hajj. Entre la gente que había acudido a despedirnos también estaba mi hermano Muhammad al-Ghazali. Pareció marcharse a algún lugar durante unos instantes. Regresó acompañado de un anciano respetable, de semblante sereno. Vino directamente hacia mí. El anciano tenía la mirada fija en el suelo. Una extraordinaria serenidad resplandecía en sus ojos y su rostro, irradiando el aura de su noble personalidad. Al presentármelo, mi hermano dijo:

«Este es el hermano Abdul Fattah Ismail. En su juventud, entre los jóvenes ikhwan, fue un discípulo muy querido del imán Hasan al-Banna. Así como el imán Banna lo amaba profundamente, también depositaba en él una confianza inquebrantable. … Al enterarse de que usted viajaría a La Meca para el hach en el mismo barco, vino enseguida a conocerle»。Después, el señor Fattah lo saludó y dijo:

«Si Allah quiere, nos veremos en el barco». Le di las gracias y se marchó. Poco después, nuestro barco partió rumbo a Yeda. En un abrir y cerrar de ojos dejamos la costa y el barco se internó en alta mar. Me puse a atender las diversas necesidades de la delegación femenina del hach. Después del almuerzo, cuando estaba a punto de acostarme para descansar un poco en mi camarote, oí que llamaban a la puerta. Me levanté y permití que el visitante entrara. Sin embargo, no entró nadie. Al cabo de un momento volvieron a llamar. Pensé que quizá quien llegaba no había oído mi voz. Por eso le dije, en un tono algo más alto, que entrara. Esta vez, la puerta se abrió silenciosamente y entró aquel respetable anciano que se había presentado ante mí en el puerto de Suez por medio de mi hermano. Como era su costumbre, fijó la mirada en el suelo, me saludó y dijo:

«Alabado sea Allah infinitamente. A pesar de haber mantenido durante mucho tiempo diferencias de opinión con el imán mártir, finalmente usted ha prestado el juramento de lealtad».

Pregunté inmediatamente:

«¿Cómo se enteró de eso?». Respondió brevemente:

«El propio imán me lo informó».

Cuando le pregunté cuál era su propósito, dijo:

«Nos encontraremos en la Casa de Allah con el propósito de obtener únicamente la complacencia de Allah. Hablaré de los mismos asuntos que el imán Hasan al-Banna quería tratar con usted».

Señaló hacia La Noble Meca y dijo:

«Si Dios quiere, hablaremos de este asunto allí». Su manera de hablar era muy sencilla y clara. Sin embargo, en la pronunciación natural de sus palabras actuaba una enorme fuerza de honestidad, responsabilidad y solemnidad. No dejaba lugar alguno para la reflexión. Le dije:

«Si Dios quiere, nuestra conversación tendrá lugar en La Noble Meca o en el Centro de Mujeres Musulmanas de Yeda». Cuando me preguntó mi dirección, le di las direcciones de mis dos hermanos, el jeque Usmabí y Mustafa Alam, que residían en Yeda, y le dije:

«Ellos lo acompañarán en La Noble Meca y Yeda hasta mi residencia». Dijo que conocía muy bien a ambos. Después me saludó y se despidió por entonces. Una noche del mes de Dhul Hiyya, después de la oración del isha, me reuní, conforme al programa establecido, con el difunto imán Muhammad ibn Ibrahim, gran muftí de Arabia Saudita.

Hablé con el difunto gran muftí sobre el memorando que había presentado al rey Saud, haciendo hincapié en la necesidad de establecer en el país un sistema adecuado para la educación de las niñas. En el memorando se exigía la aplicación inmediata de un programa de educación femenina, teniendo en cuenta las necesidades del país. Este memorando había sido enviado al gran muftí para que lo examinara. El gran muftí me convocó para hablar del asunto. Conversé con él sobre ello durante unas dos horas. Al regresar de allí, tomé el camino de Bab al-Salam, en la Mezquita Sagrada, con la intención de circunvalar la sagrada Kaaba. En ese momento, alguien me llamó por mi nombre desde atrás; al volverme, vi al señor Abd al-Fattah Ismail. Al enterarse del motivo de mi circunvalación, él también fue conmigo y circunvaló la Casa de Dios. Después de cumplir la sunna de la circunvalación, nos sentamos de frente al Multazam, y el señor Abd al-Fattah Ismail comenzó la conversación conforme al programa establecido. Primero me preguntó mi opinión sobre la prohibición impuesta por el Gobierno a los Hermanos Musulmanes. Le dije:

«Desde el punto de vista de la sharía, es una decisión equivocada».

Él dijo:

«En realidad, precisamente sobre este asunto quiero hablar con usted». Le propuse que nos reuniéramos en el «edificio Wafd» para hablar del tema, y él dijo:

:No es extraño que en esos lugares haya agentes de los servicios de inteligencia de Nasser. Por lo tanto, no son lugares seguros para conversar.

Después acordamos reunirnos en el despacho del señor Sheikh Saleh Kajaz, en la oficina encargada de la construcción del Haram al-Sharif. Pero al llegar allí me dijo en voz baja:

:No, aquí tampoco; mejor iremos al propio Haram al-Sharif para conversar.

Fijamos la hora de nuestra reunión detrás del Maqam Ibrahim. Después de realizar el tawaf y la oración sunnah del tawaf, nos sentamos detrás del edificio construido sobre el pozo de Zamzam, junto al Maqam Ibrahim, y comenzamos a discutir el rechazo de la decisión del Gobierno de prohibir a los Hermanos Musulmanes, así como la reorganización de la estructura de los Hermanos y el reinicio de una intensa actividad. Durante la conversación acordamos que, al regresar del hach, nos reuniríamos con el «Murshid al-Aam», el imán Huzaybi, y le pediríamos permiso para reanudar la actividad. Cuando partiéramos de regreso a nuestra patria después del hach, él dijo:

:Es necesario que nos comprometamos ante Allah a luchar en el camino de Allah hasta reorganizar a los Hermanos, y que de ningún modo permanezcamos sentados en silencio. Y a quienes se opongan a esta noble labor, los rechazaremos, cualquiera que sea el cargo o poder que posean, por grande que sea su fuerza y capacidad. Ambos juramos, ante Allah, el martirio en la causa del islam y una yihad incesante. Después regresamos a Egipto.

 

Permiso para trabajar

A comienzos de 1958 me reuní repetidas veces con el señor Abd al-Fattah Ismail en la sede de la Organización Islámica de Mujeres y en mi residencia. Analizamos y debatimos los problemas de los musulmanes, y procuramos determinar un método de trabajo al servicio del islam que permitiera a la nación volver a ser consciente y estar alerta respecto de su dignidad y su ideal de vida. Inspirándonos en la vida del Noble Mensajero, en los Compañeros y, posteriormente, en los métodos de los pensadores musulmanes, elaboramos un programa y una constitución cuya base sería el Corán y la Sunna. Conforme al plan, era necesario reunir con nosotros a toda persona dispuesta a trabajar por la causa del islam, para que se entrevistara con nosotros. Pero todo esto no era más que conversación, deliberación y consulta destinadas a determinar el método antes de comenzar la labor. Sin embargo, cuando tomamos la decisión definitiva de iniciar el trabajo, sentimos la necesidad de conocer la opinión del imán Huzaybi, como mentor y guía de los Hermanos. Pues, después de nuestros estudios jurídicos, había quedado claro que la decisión de imponer la prohibición a los Hermanos era ilegal. Porque Jamal Nasser no tiene ningún derecho legítimo a ejercer el liderazgo sobre los musulmanes. Puesto que personalmente es contrario al islam, ningún musulmán está obligado a obedecerlo. Además, al tomar cualquier decisión, no tiene en cuenta las disposiciones del Corán y la Sunna.

Me reuní con el imán Huzaybi precisamente para obtener, en nombre mío y del señor Abd al-Fattah Ismail, permiso para iniciar la labor organizativa. Después de reunirnos varias veces para conversar, examinó detalladamente el esquema de nuestros planes y métodos de trabajo, y nos autorizó a comenzar la labor.

Después, como nuestro primer paso, el señor Abd al-Fattah Ismail emprendió un recorrido por todo Egipto, visitando distritos, ciudades y aldeas, con el propósito de recabar información, reunir inicialmente personas para la organización, averiguar quiénes estaban dispuestos a trabajar con nosotros y qué tareas podían desempeñar, entre otros detalles. Para este fin, se dio prioridad a los antiguos miembros de los Hermanos Musulmanes, para que fueran ellos quienes formaran la primera fila del movimiento.

El señor Abd al-Fattah Ismail se puso primero en contacto con los miembros de los Hermanos Musulmanes recién liberados de prisión, con el propósito de evaluar su entusiasmo por el trabajo. También comprobó sobre el terreno si quienes habían pasado por la cárcel conservaban intactos su entusiasmo, valor y fortaleza moral. ¿Acaso los largos años de prisión, la tortura y la opresión habían alejado a estos miembros del movimiento islámico? Al esforzarse por la causa de la religión de Allah, ¿seguían siendo capaces de mostrar el mismo dinamismo de antes? ¿Estaban aún preparados para cualquier sacrificio y abnegación? ¿Conservaban la fortaleza moral necesaria para afrontar las adversidades con una sonrisa? Para obtener respuesta a estas preguntas, era indispensable conocer la situación y las opiniones de los miembros de las zonas relativamente más afectadas. A la luz de ello se tomarían nuevas medidas.

Tras revisar cada uno de los informes enviados por el señor Abd al-Fattah Ismail, me reunía con el Murshid al-Amm y lo informaba de los asuntos acordados por unanimidad y de los problemas. Cuando expresaba mis dudas y temores acerca de las diversas dificultades y problemas, él decía:

«Avanzad con paso firme y constante. No miréis atrás ni prestéis atención a lo que diga tal o cual funcionario o persona destacada. Recordad que vais a construir un edificio completo».

En algunos asuntos expresaba su total acuerdo con nosotros y, en otros, nos daba instrucciones y consejos. Uno de sus consejos principales era que mantuviéramos delante de nosotros, durante las conversaciones y deliberaciones, al-Muhalla del imán Ibn Hazm.

En 1949 concluimos nuestro trabajo de investigación para elaborar un programa de purificación espiritual. Allah es testigo: nuestro programa no contenía nada aparte de medidas para la formación de los musulmanes. Nuestro objetivo era que, como árabes, fueran conscientes y activos respecto de sus deberes y responsabilidades con vistas a establecer una sociedad islámica.

En 1954, debido a la proclamación de la prohibición, las actividades de los Hermanos Musulmanes habían quedado suspendidas; por ello decidimos mantener en secreto nuestras nuevas actividades.

Conversación franca con mi esposo

Mientras participaba en estas actividades, también seguía enviando regularmente mensajes a la sede de la organización islámica de mujeres y cumpliendo debidamente con mis responsabilidades familiares.

Mi esposo, Mohammad Saleh, observó que el hermano Abdul Fattah Ismail y los demás hermanos activistas visitaban repetidamente nuestra casa. Por eso, un día me preguntó:

:Las visitas de los miembros de la Hermandad, sus conversaciones y demás actividades aquí parecen indicar que están llevando a cabo sus actividades. ¿Es realmente así?

Le respondí:

:¡Sí, así es!

Entonces, cuando quiso saber en qué consistían esas actividades, le dije:

:Quiero reorganizar la Hermandad.

Cuando quiso saber más detalles al respecto, le recordé nuestro contrato matrimonial y le dije:

Amado mío, recuerde, ¿qué le dije antes de que diera su consentimiento para casarse?

Él respondió:

«Sí, habías puesto algunas condiciones. Pero hoy temo que el gobierno tiránico termine arrestándote». Dicho esto, bajó la cabeza y guardó silencio. Recordando lo ocurrido, dije:

«Recuerdo claramente que le dije que tenía muchas ocupaciones relacionadas con mi vida, de las que debía informarle, porque usted iba a convertirse en mi compañero de vida. Por lo tanto, si no intentaba conocerlas minuciosamente, quería ponerle al corriente de esas ocupaciones. Además, le impondría algunas condiciones.

En realidad, soy la presidenta de la Asociación de Mujeres Musulmanas. Sin embargo, muchos creen que confío en el programa político del Partido Wafd. Pero eso no es cierto. En realidad, confío en los principios de los Hermanos Musulmanes. Mi relación con Mustafa Nahhas se debía a una amistad personal y a que compartíamos las mismas ideas. Pero ante el imán Hasan al-Banna presté juramento de lealtad, comprometiéndome a librar la yihad por el camino de Allah. De otro modo, ni siquiera podría pensar en dar un paso que me desviara del camino señalado por Dios. Al contrario, seguiré avanzando constantemente por este camino. Día y noche sueño con esto y mantengo esta esperanza. Si algún día siento que sus intereses personales y sus actividades económicas son incompatibles con mi labor islámica, y comprendo que nuestra vida conyugal está obstaculizando el movimiento islámico, entonces nos separaremos». Aquel día, al responder a mis palabras, sus ojos se llenaron de lágrimas y usted dijo:

«¿Por qué no planteas ninguna exigencia respecto de tus necesidades materiales y de la determinación del mahr? En cuanto a la condición que impones para que no se te impida trabajar por el islam, no sé nada de tu relación con el imán Hasan al-Banna. Lo único que sé es que estás en desacuerdo con asumir la responsabilidad de la sección femenina de los Hermanos Musulmanes».

Dije:

«Pero, gracias a Allah, antes del martirio del imán Banna, durante la calamidad de 1948, llegué a un acuerdo con él sobre este asunto y decidí participar plenamente en el movimiento islámico. No podía exigirle que usted también se uniera a mí en esta yihad; pero tengo derecho a pedirle que no me impida participar en esta yihad por el camino de Allah. Y cuando sea necesario que me dirija a las filas de los muyahidines, no debe preguntarme adónde voy ni por qué». El hombre debe tener plena certeza de que la mujer con quien está a punto de casarse se consagró, desde el inicio de su juventud, a establecer un gobierno islámico y alcanzar la satisfacción de Allah. A pesar de ello, si este matrimonio llega a convertirse en un obstáculo para el movimiento islámico, se disolverá, y mi existencia quedará consagrada únicamente al movimiento islámico».

Tras permanecer en silencio unos momentos, le pregunté:

: ¿Recuerda estas cosas de antes de la boda?

Él respondió: Sí………

En respuesta, le dije:

“Entonces, conforme a su promesa, usted no preguntará con quién me estoy reuniendo ni adónde voy. Eso es todo; limítese a rogar ante Allah que Él convierta la recompensa de mi yihad en un vínculo entre ambos y acepte mi labor. Sé muy bien que usted tiene pleno derecho a imponerme órdenes y prohibiciones, y que, como esposa, estoy obligada a obedecerle. Pero, en la delicada situación actual, consagrarse a la labor del movimiento islámico es mucho más urgente que cumplir nuestras responsabilidades mutuas”. Al oírme, él dijo:

“¡Amada mía! Me avergüenza haberte interrogado. Ruego que Allah te conceda valor sincero y ánimo para mantenerte firme en esta noble labor. ¡Qué feliz sería si durante mi vida pudiera llegar a ver el éxito de los Ikhwan! Que Dios establezca un gobierno islámico gracias a vuestros esfuerzos. ¡Ay, si, siendo más joven, pudiera trabajar hombro con hombro con vosotros!”

Después, nuestra actividad aumentó considerablemente. Día y noche, nuestra casa permanecía llena de movimiento por las idas y venidas y la actividad de los militantes. Incluso si alguien llamaba a la puerta en plena noche, mi esposo se levantaba, abría la puerta a los visitantes, los llevaba a la sala de reuniones y luego despertaba a la encargada, le ordenaba preparar té y algo de comer, y me despertaba con mucho cuidado para decirme:

“Han venido tus hijos. El cansancio se refleja claramente en sus rostros”.

Me levanto para recibirlos y, antes de irse a dormir, mi esposo dice: «Si rezan la oración del alba en congregación, por favor despiértenme también, para que pueda unirme a la congregación».

Conforme a su deseo, lo despierto a la hora indicada. Después de la oración, habla con los invitados con tanto afecto y atención que parece que fueran sus hijos predilectos. Luego, tras intercambiar saludos y súplicas, se dirige a su habitación.

 

Encuentro con Sayyid Qutb

En 1962, con el permiso del presidente de los Hermanos Musulmanes, el profesor Hasan al-Hudaybi, y el consentimiento del hermano Abd al-Fattah Ismail, primero me reuní con los familiares cercanos del célebre pensador y líder revolucionario, el imán Sayyid Qutb, con el propósito de visitarlo en prisión. El objetivo principal de ir a la cárcel para verlo era conocer su opinión sobre diversos asuntos de investigación y beneficiarme de sus consejos y recomendaciones.

Primero expliqué mi propósito a la hermana Hamida Qutb y le pedí que transmitiera mis saludos al hermano Sayyid Qutb; le hice saber especialmente que el equipo encargado de revisar el programa de estudios islámicos estaba interesado en conocer su opinión.

Presenté a la hermana Hamida Qutb nuestra lista de lecturas. Incluía el Tafsir de Ibn Kathir, al-Muhalla de Ibn Hazm, Kitab al-Umm del imán al-Shafi‘i, Kitab al-Tawhid de Ibn Abd al-Wahhab y Fi Zilal al-Qur’an de Sayyid Qutb. Poco después, Hamida regresó y me aconsejó leer la segunda edición de la Sura al-An‘am. Además, me mostró un manuscrito y dijo que Sayyid Qutb había escrito esa obra mientras estaba en prisión y la había titulado Ma‘alim fi al-Tariq —Hitos—; pronto sería publicada. «Cuando hayas leído estas pocas páginas, te traeré también los demás capítulos».

Me informaron de que el Murshid al-‘Am revisó este manuscrito y ordenó que se imprimiera de inmediato. Más tarde, cuando le pregunté al Murshid al-‘Am al respecto, dijo:

«¡Es, sin duda, una muestra de la misericordia de Allah! Al leer esta obra, ha comenzado a crecer en mí una enorme esperanza respecto de Sayyid Qutb; la he leído atentamente dos veces».

Sin duda, en la actualidad Sayyid Qutb es el centro de nuestras esperanzas y aspiraciones. El Murshid al-‘Am me permitió leer el manuscrito completo. Me senté a leerlo en una habitación cerrada, llevando conmigo el manuscrito. Salí de la habitación solo después de haber leído íntegramente el manuscrito de «Señales en el camino». Después deliberamos sobre la publicación de cada capítulo por separado, en forma de pequeños folletos, para distribuirlos entre los jóvenes. Adoptamos medidas al respecto por consenso unánime. El imán Sayyid Qutb continuó enviando desde la prisión diversos folletos sobre asuntos necesarios, y nosotros organizamos su lectura colectiva, así como su amplia publicación y difusión.

Los jóvenes comenzaron a reunirse para recibir las enseñanzas del Corán, y su número aumentaba día tras día. Es difícil expresar con palabras las hermosas y puras emociones que despertaban las escenas de aquellos círculos de estudio colectivo de los jóvenes. Nuestro método de estudio colectivo era el siguiente: primero se recitaban diez aleyas del Noble Corán, se explicaban sus significados literales y terminológicos, se aclaraban sus objetivos y su importancia, y después se debatía de manera práctica cómo podían aplicarse en la vida individual y colectiva de los musulmanes.

De este modo, siguiendo el ejemplo de los Compañeros, después de leer y comprender diez aleyas, nos concentrábamos en recitar y comprender las diez siguientes. Así nos reuníamos bajo la sombra de la misericordia de Allah para leer y comprender el Corán, nos esforzábamos en formar nuestra personalidad y transmitíamos la da‘wa islámica a los demás, preparándolos para el movimiento. Los jóvenes estaban muy entusiasmados con el auténtico movimiento islámico. Pusieron especial énfasis en consolidar firmemente el movimiento islámico, con el fin de preparar a las futuras generaciones para que pudieran dedicarse sinceramente a la labor del movimiento islámico.

Decidimos, con el permiso del imán Hudaybi y a la luz de los consejos del imán Sayyid Qutb, continuar la labor de formar y organizar a los musulmanes para fundamentar racionalmente su aqida tawhidi. Dejamos claro que, mientras no se establezca un sistema de gobierno basado en la ley islámica, es decir, en el Corán y la Sunna, no se podrá considerar que exista un gobierno islámico ni que el islam esté establecido. La ley de la Sunna debe establecerse en la vida colectiva de los musulmanes. Por ello, siguiendo el ejemplo de los trece años de la labor inicial de predicación del Mensajero de Allah en La Meca, nosotros también emprendimos un programa especial de trece años. Con este objetivo, primero se hizo hincapié en que los miembros de los Hermanos Musulmanes establecieran plenamente en sus vidas el ideal del islam y obedecieran al imán. Sin embargo, la aplicación de los hudud o del código penal conforme a las normas islámicas quedaría aplazada hasta el establecimiento de un gobierno islámico. (No obstante, continuarían los esfuerzos para aplicarlos y protegerlos por los medios posibles.)

También sabíamos que, en el mundo actual, son escasos los musulmanes de carácter dotado de cualidades como las de la época del Profeta y sus Compañeros. Por ello, es un deber ineludible de toda organización islámica continuar librando un yihad incesante, y esta lucha debe proseguir hasta que toda la comunidad musulmana quede bajo el marco del ideal islámico. Esta lucha no debe llevarse adelante únicamente mediante consignas, sino también de manera efectiva.

Después de analizar detalladamente la situación, quedó claro que el gobierno actual era completamente antiislámico, aunque el gobierno había declarado varias veces que había instaurado la ley de Allah. Tras este análisis, una vez cumplido el período establecido de trece años de formación para todos, jóvenes y muchachas, mujeres y hombres por igual, se realizaría una encuesta a escala nacional. Después, si encontrábamos que el setenta y cinco por ciento de la población estaba de nuestro lado —personas que coincidieran con nosotros en que el islam y la política no son asuntos separados y que la política es indispensable para poner en práctica el islam—, exigiríamos el establecimiento de un gobierno islámico auténtico en el país. Pero si, incluso después de los primeros trece años, la mayoría de la población permanecía alejada del ámbito del islam, durante la década siguiente volveríamos a concentrarnos en formar al pueblo a la luz de las enseñanzas islámicas. Continuaríamos esta labor hasta erradicar por completo a los adversarios del islam y aplicar plenamente el ideal islámico. Juramos permanecer activos durante toda la vida en esta misión del movimiento islámico. Si de ese modo se acercaba el momento de nuestra muerte, entregaríamos la bandera del islam a las generaciones posteriores. Por deseo del imán Hudaybi, el Murshid al-‘Am, mantuve mi comunicación con el imán Sayyid Qutb. Él también acudía a mi residencia situada en Nueva Misr para responder a las diversas preguntas de los jóvenes y ofrecerles consejos. Los jóvenes le formulaban una pregunta tras otra sobre distintos asuntos, y él continuaba ofreciendo pacientemente respuestas detalladas y satisfactorias a cada una de ellas.

Capítulo tercero

La conspiración

Ya he mencionado que, unos meses antes de la liberación del imán Sayyid Qutb de la cárcel, se intentó asesinarme sin éxito. Recibimos de una fuente fiable la noticia de que esta vez se lo liberaba precisamente con el propósito de asesinar al imán Sayyid Qutb de una manera más fácil. Para llevar a cabo este asesinato, los servicios de inteligencia ya habían trazado las líneas definitivas de su conspiración. El nombre del hermano Abd al-Fattah Ismaíl también figuraba en la lista de operaciones de asesinato de los servicios de inteligencia. Sin embargo, aun después de escuchar estas noticias, continuamos trabajando con absoluta indiferencia, confiando en Allah. Ninguno de nosotros podía permitir que se produjera siquiera la menor relajación en la labor del movimiento. Por supuesto, discutíamos y analizábamos las artimañas, las amenazas y las conspiraciones del régimen tiránico. En realidad, ellos creían que nuestro movimiento era doctrinal. Su líder era el dirigente encarcelado, el señor Sayyid Qutb, mientras que fuera de la cárcel Abd al-Fattah Ismaíl y Zaynab al-Ghazali habían puesto sus principios en práctica.

Por aquel entonces recibimos de una fuente sumamente fiable la información de que los servicios de inteligencia estadounidense y soviético habían entregado al presidente Nasser un informe con el fin de acabar de inmediato con los Hermanos Musulmanes y todas sus actividades. En el informe expresaban su preocupación y afirmaban que, si no se silenciaba inmediatamente a los Hermanos, todo el éxito que el Gobierno militar había alcanzado al alejar a la población de las ideas islámicas y al llevarla a una situación de desesperanza respecto a la reforma y la formación por medio del islam quedaría reducido a polvo. Por tanto, el Gobierno debía adoptar todas las medidas posibles para desarraigar por completo el pensamiento y el movimiento de los Hermanos. A la luz del informe recibido de los servicios de inteligencia estadounidense y soviético, el presidente Nasser comprendió que la existencia del movimiento islámico constituía el mayor obstáculo para su régimen dictatorial.

A comienzos de agosto de 1965 recibí la noticia de que ya se había ultimado la lista de las personas que serían arrestadas de inmediato. En esa lista figuraban especialmente estos nombres: el imán Sayyid Qutb, Zaynab al-Ghazali, Abd al-Fattah Ismaíl y Muhammad Yusuf Hawwash.

El 15 de agosto recibí la noticia. En aquel momento estaba conversando con algunas hermanas cuando llegó una llamada telefónica. Me informaron por teléfono de que habían registrado la casa de Sayyid Qutb y que tampoco habían dejado de registrar su cuerpo. Unos días antes también habían detenido a su hermano Muhammad Qutb. Mi esposo se encontraba entonces en Ras al-Bir. Lo llamé por teléfono y le pedí que me enviara información tranquilizadora sobre Sayyid Qutb. Una hora más tarde me confirmó por teléfono que la noticia recibida anteriormente era cierta. Suspendí inmediatamente la reunión de las hermanas y centré mi atención en la situación posterior. La noticia del arresto de Sayyid Qutb provocó una enorme conmoción y agitación entre los jóvenes. Huelga decir que lo mismo ocurrió con nosotros.

El imán Hudaybi había dejado toda la responsabilidad del movimiento en manos de Sayyid Qutb. Nosotros manteníamos el contacto con él siguiendo las instrucciones del señor Hudaybi. Después del arresto de Sayyid Qutb, nos reunimos con el Guía General, el imán Hudaybi, para saber quién asumiría la responsabilidad a continuación.

Abd al-Fattah Ismaíl y yo temíamos que ocurriera este incidente ya cinco días antes de los arrestos. En cualquier caso, después del incidente, Abd al-Fattah se reunió conmigo y me ordenó emprender el viaje a Alejandría para reunirme con el Guía General. También me presentó a un joven y dijo:

«Si soy arrestado, él se encargará de mantener este contacto».

Unas horas más tarde me llamó por teléfono, me ordenó permanecer en mi domicilio y me pidió que pospusiera el viaje a Alejandría. Pero yo ya había establecido contacto con el Guía General. La esposa del Guía General también había llegado desde Alejandría. Decidimos mantener un contacto regular con el señor Hudaybi. Esta vez se encomendó al hermano Mustafa Mursi la responsabilidad de mantener el contacto entre nosotros.

Después me reuní con el Murshid al-Am y le informé de todo, además de explicarle nuestro programa. Él lo aprobó. Expresó profunda tristeza y preocupación por los acontecimientos relacionados con las detenciones, especialmente por la detención de Sayyid Qutb.

Después, la campaña de detenciones continuó sin interrupción. En poco tiempo, varios miles de miembros de los Hermanos fueron encarcelados. Tras mi detención, Shams Badran juró ante el presidente Nasser que, durante los veinte días anteriores, habían detenido a cien mil miembros de los Hermanos y habían llenado las prisiones militares, la cárcel de la fortaleza, la prisión de Abu Zaabal, así como las de Alejandría y Tanta, entre muchas otras.

El diecinueve de agosto recibí la noticia de que también habían detenido a Fazela, conocida como Umm Ahmad, una mujer de ochenta y cinco años. Desde el comienzo había sido nuestra compañera en el movimiento islámico. Era una verdadera seguidora del imán Hasan al-Banna y había desempeñado un papel enorme en el cuidado y la ayuda a las familias de los miembros de los Hermanos encarcelados. La triste noticia de la detención de aquella noble anciana de ochenta y cinco años me llenó de dolor. Tras permanecer callado unos momentos, me dirigí a su sobrino, que era el mensajero, y le dije:

«Es una bendición para nosotros que incluso una anciana de ochenta y cinco años acepte con una sonrisa los insoportables tormentos de la prisión mientras lucha por la causa de Allah, y que no haya inclinado la cabeza ante el régimen opresor y falso que se rebela contra Dios. Que la misericordia de Allah descienda sobre ella y que Allah se complazca con su labor».

Llamé a mi hija adoptiva Gada Ammar y le dije:

«También han detenido a la célebre muyahidah de Shibla, Fazela, conocida como Umm Ahmad… Si me detienen, entregarás todo el dinero al Murshid al-Am o a algún miembro de la familia de Qutb; el fondo que dejo contigo está destinado a dirigir las actividades de difusión del movimiento islámico y a cubrir los gastos de las familias de las personas detenidas». Dicho esto, confié a Gada una bolsa de dinero. Ese dinero había sido reunido mediante las contribuciones de los trabajadores. Más tarde, ya en prisión, supe que Gada había entregado el dinero a mi otra hija adoptiva, Fatema Isa. Pero cuando ella también fue detenida, los agentes del régimen opresor se apoderaron asimismo de todo ese dinero. Sin embargo, esos fondos estaban destinados a los gastos —alimentación, alquiler de la vivienda, compra de medicinas y educación— de aquellos inocentes cuyos padres habían sido detenidos únicamente porque estaban preparando el terreno para el renacimiento islámico y escribiendo una nueva historia.

Gada Ammar y Aliya Huzaybi vinieron a verme a la prisión y, al regresar, me informaron detalladamente de todo. Les dije:

«No hay motivo para preocuparse; Allah es suficiente para nosotros. Él es el mejor administrador. Nuestro verdadero destino está en el Más Allá…… Y este mundo es pasajero……».

Hasta antes de mi detención, las noticias de las detenciones masivas de los Ikhwan me atravesaban continuamente el pecho como flechas. Entretanto, llegó un mensajero para comunicarme que debía ir a Alejandría a reunirme con el Murshid al-‘Am. El 19 de agosto, mientras me preparaba para partir, llegó un segundo mensajero y me indicó que pospusiera el viaje por el momento.

 

Ahora me tocaba a mí

El viernes 20 de agosto, al amanecer, durante la oración del fajr, los soldados del régimen tiránico irrumpieron de repente en mi casa. Cuando les pedí que me mostraran la autorización para registrar la vivienda, respondieron: «¿Autorización? ¿Autorización para qué? ¿Autorización de quién? ¡Pero estás loca! ¿No sabes que esta es la época de Nasser? Debes saber que haremos lo que nos plazca». Luego volvieron a decir, entre estruendosas carcajadas, como las de un enfermo de histeria:

«Los Ikhwan están realmente locos. En la época de Jamal Nasser nos piden autorización para entrar en sus casas». Después comenzaron a romper, destrozar y aplastar indiscriminadamente todos los muebles y objetos que encontraban delante; ni una sola cosa escapó de sus malditas garras. Aunque contemplaba sus repugnantes actos, no pude hacer otra cosa que observarlos en silencio, con una mirada completamente impotente. Después de poner toda la casa patas arriba, arrestaron a mi sobrino. Era estudiante del Colegio de Profesores y estudiaba viviendo en nuestra casa. Luego dijeron: «No saldrás de la casa a ninguna parte». Pregunté:

«¿Debo entender que estoy bajo arresto domiciliario?». Respondieron: «Hasta que llegue una segunda orden, nosotros estaremos a cargo de vigilarte. Si intentas salir de la casa, serás arrestada». Pensaba que mi situación probablemente se limitaría al arresto domiciliario. Aun así, ante el temor de ser arrestada, estaba haciendo los preparativos urgentes necesarios. En ese momento llegaron a visitarme el esposo y los hijos de mi vecina. Temiendo que también arrestaran al señor, le rogué que abandonara la casa inmediatamente, pues habían arrestado incluso a mi sobrino. Pero, a pesar de mis innumerables ruegos, no estuvo dispuesto a marcharse y dejarme.

Justo a la hora del almuerzo, los soldados tiránicos de Nasser entraron en mi habitación y comenzaron a destruir todo el mobiliario restante. Luego destruyeron la mitad de los objetos de mi despacho y se apoderaron del arcón. No tuve tiempo de retirar los libros más importantes de mi biblioteca personal, especialmente los de tafsir, hadiz, fiqh e historia, entre otros. Tampoco pude retirar los manuscritos preliminares de tres números especiales de una revista declarada ilegal en 1958. Aquellos desalmados destruían todo a su antojo y confiscaban o destrozaban lo que querían. Discutí con ellos por la llave del arcón. En realidad, el arcón estaba bajo la custodia de mi esposo y guardaba algunas de mis pertenencias. Cuando los soldados me exigieron la llave, les informé de que la tenía mi esposo, quien se había marchado de viaje durante las vacaciones de verano. Al oírlo, comenzaron a armar un gran alboroto. Ordenaron a uno de ellos que abriera la cerradura. El hombre probó una por una todas las llaves de un manojo, pero no consiguió abrirla. Entonces les exigí un recibo por los bienes y enseres confiscados. Al oírme, estallaron en carcajadas y dijeron:

«¿Un recibo? ¿Quieres un recibo de todo eso? Ven, te daré un recibo», dijeron, y me empujaron afuera para subirnos a su vehículo. Mi sobrino llevaba detenido en el automóvil desde aquella mañana. Le pregunté: «¿Cómo estás, Muhammad?». Pero no respondió. Comprendí que le habían prohibido hablar. Lo habían detenido poco antes únicamente para facilitarles las cosas. Cabe señalar que los soldados que habían venido esta vez eran distintos del grupo de soldados de la madrugada.

El automóvil empezó a llevarnos. Al leer el letrero de la entrada principal de la prisión, supe que aquel era el infame y abominable presidio militar. Tras entrar en la prisión, me hicieron bajar del automóvil. Luego un hombre de aspecto aterrador me llevó a una habitación. Allí, un hombre que estaba esperando comenzó a interrogarme. Después me llevaron a otra habitación. Cuando otro hombre de piel negra me preguntó mi nombre, el hombre aterrador que me acompañaba se lo comunicó entre horribles insultos.

Después, aquel hombre de piel oscura me miró con los ojos intensamente inyectados en sangre y me preguntó con tono severo:

¿Quién eres tú? Respondí con calma y serenidad:

: Zaynab al-Ghazali al-Jubayli… ¡Eso fue todo lo que dije! Antes de que pudiera siquiera terminar de oírme, comenzó a proferir, con su rostro espantoso y desfigurado, toda clase de insultos tan indecentes que jamás en mi vida había escuchado un lenguaje tan vulgar. El hombre feroz que había venido conmigo, enfurecido, continuó insultándome y dijo:

: ¡Desgraciada! Responde con educación a aquel ante quien estás de pie. Entonces dije:

: Ustedes me han arrestado; han confiscado mis pertenencias, enseres, dinero y libros. Deben entregarme una lista y un recibo de todo ello, para que, después de mi liberación, pueda recuperar todas mis cosas. Al oírme, el llamado abogado del Gobierno, Shams Badran, dijo con sumo desprecio:

: ¡Te mataremos dentro de una hora y tú, nada menos, vienes a pedir recibos de tus libros, dinero, pertenencias y enseres! ¡Vaya, mi señora! Acto seguido, tras proferir más insultos indecentes, dijo:

: Así como antes que a ti hemos enterrado aquí a innumerables compañeros tuyos, a ti también te enterrarán aquí mismo.

Diciendo esto, se reía a carcajadas y seguía diciendo todo lo que se le pasaba por la cabeza. Ninguna persona civilizada podría siquiera imaginar un ambiente tan sucio, salvaje e indecoroso. Por eso, en lugar de decir algo, consideré preferible guardar silencio. En esa situación, el abogado Shams Badran ordenó a aquel soldado feroz:

: Llévatelo de aquí.

Preguntó:

: ¿Adónde?

El abogado respondió con una señal:

: Ellos lo saben.

Después, el hombre terrible, mientras me insultaba, me arrastró cruelmente a otra habitación. Vi a un hombre enorme como un demonio, de pie en la oscuridad llena de humo, llamándome por mi nombre mientras profería obscenidades. Al ver su rostro cruel, imploré la ayuda de Alá para protegerme de su satanismo y dije:

: ¡Oh, santo Parvardegār! Concédeme alivio y dame la fuerza de la paciencia incluso en el momento de la prueba extrema. Mantenme ocupado pronunciando Tu santo nombre y firme en el camino de Tu complacencia.

El hombre terrible que había venido conmigo, de pie en la puerta, le dijo al nuevo demonio:

:Tome, señor……

El demonio gigantesco dijo:

«Llévenlo a la habitación número 24». Después me llevaron hasta una habitación. Parecía una oficina. Allí había dos hombres sentados. Uno de ellos tenía un diario en la mano. Al verlo, reconocí que era el diario especial del señor Abdul Fattah Ismail, que él sacaba para escribir notas importantes cuando impartía el dars del Corán. Entonces comprendí que él y sus compañeros también habían sido arrestados, pues en ese momento debían estar reunidos allí. Me estremecí al pensar que los demonios los habían arrestado precisamente durante la reunión.

Mientras tanto, se oyó el llamado a la oración del asr. Me preparé para la oración. Apenas terminé de rezar, aquel demonio aterrador se abalanzó sobre mí como una bestia feroz.

 

El camino hacia la habitación número veinticuatro

Esta vez me ataron las dos manos a la espalda y, junto con otros dos hombres de piel negra, me llevaron de un lado a otro por las distintas partes de la prisión militar. En sus manos llevaban látigos negros, delgados y flexibles. Al ver en las distintas zonas de la prisión las horribles escenas de tortura y opresión infligidas a los ikhwan, me estremecí. Los desnudaban, los ataban fuertemente a los postes y los azotaban sin piedad. Los golpes de látigo les desgarraban la piel, de la que brotaba sangre en cientos de hilos. A algunos ikhwan los azotaban con látigos y luego soltaban sobre ellos perros de caza hambrientos. Sus cuerpos quedaban desgarrados por las ponzoñosas mordeduras de los perros. A muchos ikhwan los ataban, de cara a la pared, antes de someterlos a torturas físicas. Conocía personalmente a muchos de aquellos jóvenes activistas. Para mí eran queridos como mis propios hijos. Aquellos jóvenes instruidos, benefactores de la humanidad y temerosos de Dios eran muyahidines consagrados de corazón al camino de Alá. Pasaban los días trabajando por el movimiento islámico y las noches ocupados en el dhikr de Alá. ¡Solo los más abyectos enemigos del islam podían infligir semejante tortura despiadada y mostrar una barbarie tan cruel contra aquellos jóvenes, futuros líderes de la nación y joyas de los ojos del pueblo! Sin embargo, después de aquella indecible tiranía y opresión, me quedé atónito de asombro al ver el resplandor natural, la paciencia y la serenidad en sus rostros. Al contemplar el ejemplo vivo de su sacrificio, su perseverancia y su ausencia de temor ante la tortura, sentí por ellos una envidia muy profunda. Me sentía orgulloso de aquellos jóvenes, símbolos de la paciencia y poseedores de un valor sin igual. Vi que entre aquellos torturados y oprimidos había jóvenes, hombres maduros y ancianos. También había adolescentes y muchachas de corta edad, así como ancianos de ochenta y noventa años. Todos se encontraban en la misma situación y padecían la misma condición.

Tenían todo el cuerpo ensangrentado, la espalda desgarrada por los golpes del látigo, el rostro marcado por arañazos sanguinolentos y apenas una prenda hecha jirones para cubrirse. Por aquella frente que jamás se había inclinado ante nadie salvo ante Dios por necesidad, corrían abundantes chorros de sangre caliente. ¡Pero qué maravilla! Sus ojos y sus rostros resplandecían con un fulgor extraordinario. Incluso clavados en la cruz, entonaban serenamente alabanzas a Alá. Los habían colgado cabeza abajo desde el tejado, pero ni siquiera eso había alterado en lo más mínimo su paciencia y su veracidad. Sin embargo, ya no tenía fuerzas para seguir contemplando aquella escena desgarradora. ¡Insoportable…… insoportable…… insoportable!

De repente, un joven colgado de un madero me vio. Desde lo alto del madero, me gritó con fuerza:

: ¡Oh, mamá! ¡Nuestra mamá! Que Allah la mantenga firme en el camino de la verdad.

: Que Allah también te mantenga firme; que Allah te conceda paciencia y valor… —dije.

Vi que la sangre de su cuerpo lacerado se iba acumulando en un solo lugar. De aquella sangre coagulada emanaba una especie de resplandor luminoso. Recé:

«¡Oh, Rabbul Alamín, concede paciencia, fuerza, valor y serenidad a los muyahidines de Tu din! ¡Derrama Tu misericordia, oh Dios…!»

Mirando a los heroicos muyahidines oprimidos, dije:

«¡Mis queridos hijos, descendientes del Mensajero! No perdáis la paciencia ni el valor. Allah está con vosotros. Vuestra morada es el Paraíso». El verdugo que me llevaba de un lado a otro, al oírme pronunciar súplicas ante Allah, levantó sus dos enormes y pesadas manos y me golpeó con los puños en las sienes con una fuerza terrible. La intensidad del golpe me dejó sordo y, durante un rato, también perdí la vista. Parecía que un rayo repentino me hubiera dejado aturdido. También sentía como si los miembros de mi cuerpo se desgarraran y cayeran, y como si de todo mi cuerpo brotara un resplandor extraordinario. A pesar de retorcerme de un dolor insoportable, dije:

«¡Oh, Dios, soportaré todo por el camino de Tu complacencia!». Entonces me parecía que aquellas palabras llegaban flotando desde el Paraíso: «¡Oh, Señor! Concédenos confianza; oh Dios, protege a los creyentes de la opresión del tirano».

«Si no hubieras sido nuestro Señor, no habríamos recibido guía, ni habríamos dado caridad ni realizado la oración; en las calamidades y las desgracias, concédenos confianza». —Hadiz

El chasquido de los látigos y de los hánteres iba aumentando, pero la voz de la fe era aún más clara y poderosa. De repente, oí otra voz que parecía llegar flotando desde el Paraíso.

«No hay otro señor aparte de Allah; Él es Uno y Único». Lo repetí:

«Tened paciencia, hijos míos, tened paciencia. El Paraíso os espera».

Los duros puñetazos de los carceleros del tirano caían sobre mi espalda como una lluvia torrencial. Dije:

Allahu akbar wa lillahil hamd: Allah es Todopoderoso. Toda alabanza pertenece a Allah…… ¡Oh Allah! Te doy gracias, con paciencia y satisfacción, por todas las recompensas que nos has concedido en forma de Islam, fe y yihad.

Después, el verdugo abrió la puerta de una habitación oscura, me dejó dentro, cerró la puerta desde fuera y se marchó.

 

En la celda número veinticuatro

Entré en aquella habitación completamente oscura diciendo «Bismillah». En cuanto se cerró la puerta de la celda, una intensa luz eléctrica pareció deslumbrarme. Comprendí que había comenzado mi segundo tipo de castigo. Vi que toda la habitación estaba llena de perros. No recuerdo exactamente cuántos perros había. Al ver tantos perros feroces, cerré los ojos aterrorizado. Innumerables perros estaban mordiendo dolorosamente todo mi cuerpo. Sentía que me estaban desgarrando a mordiscos la cabeza, las manos, el pecho, la espalda, las piernas; en resumen, todo el cuerpo. En cuanto abrí los ojos para contemplar aquella escena espantosa, me vi obligado a cerrarlos de nuevo. Sin encontrar otra salida, comencé a recitar los nombres de Allah, Asma ul Husna. Olvidándome de las mordeduras venenosas de los perros, me entregué por completo al recuerdo de Allah. Dije:

«¡Oh, Puro Señor Sustentador! He roto mis vínculos con todo cuanto hay en la tierra y mantengo intacto únicamente mi vínculo contigo. Mi éxito consiste solamente en que estés complacido conmigo… A cambio de la vida y de todo cuanto existe en el mundo, solo deseo Tu cercanía. Concédeme un lugar en la corte de Tu misericordia… Concédeme amor, satisfacción y una muerte de martirio en el camino de Tu religión, y otorga una firme confianza en sí mismo a toda persona monoteísta».

Así transcurrieron varias horas entre las mordeduras de los perros y mi adoración. De repente, se abrió la puerta de la celda y me llevaron al interior.

Estaba firmemente convencido de que la blanca vestimenta que llevaba se había vuelto completamente roja de sangre. ¡Pero qué maravilla! Mi vestimenta seguía siendo perfectamente blanca, tal como antes, y no había ninguna huella de mordeduras de perro en ninguna parte de mi cuerpo. ¡Qué maravilla! ¡Qué misericordia invisible de Allah, el Altísimo! ¡Oh, Dios mío, soy acaso digno de recibir tanta misericordia Tuya!… ¡Toda alabanza es Tuya, Señor!… Eso decía para mis adentros. En ese momento, el verdugo de la prisión me preguntó:

:¿Qué sucede? ¿No te mordieron los perros? Pero ¿por qué? ¡Qué cosa tan sorprendente!… —dijo, mientras fijaba la mirada en su látigo. El segundo hombre que había llegado con él también agitaba el bastón que llevaba en la mano y parecía estar reflexionando sobre algo.

El último resplandor rojizo del atardecer se desvanecía en el cielo occidental. Era la hora de la oración del magrib. Después de haber pasado más de tres horas entre perros feroces y de haber salido completamente ileso, di gracias a Allah con los ojos llenos de lágrimas.

Después de la oración, un empleado de la prisión me llevó por un largo camino y me hizo detener ante una puerta cerrada. Cuando la puerta se abrió, vi delante de mí un aterrador campo desolado. Atravesamos el campo y avanzamos por un largo corredor oscuro. A ambos lados del corredor había innumerables puertas cerradas. Solo por una de ellas vi salir luz. Miré rápidamente y descubrí que era la puerta de la habitación número dos, donde estaba sentado un oficial de alto rango, Mohammad Rashad Muhna. En otro tiempo había sido príncipe heredero de Egipto. El gobierno había caído en la confusión de pensar que probablemente los Hermanos Musulmanes lo colocarían a él en la presidencia de Egipto. Por eso también fue arrestado.

 

En la habitación número tres

Abrieron la puerta de la habitación número tres y me empujaron hacia dentro. En cuanto cerraron la puerta, se encendió una lámpara eléctrica de intensa luminosidad, colgada del techo. Su luz era tan deslumbrante que resultaba difícil mantener los ojos abiertos. Comprendí que aquel juego de luces cegadoras era, sin duda, parte de mi castigo.

Poco después, cuando llamé a la puerta desde dentro para que la abrieran, un aterrador abisinio abrió y se plantó delante de mí. Cuando le pedí que trajera agua para hacer la ablución, hizo una mueca y dijo con voz áspera:

«¿No sabes que aquí está prohibido llamar a la puerta, pedir agua, hacer la ablución y beber agua…?» Dicho esto, hizo girar el látigo en el aire y volvió a decir:

«¡Cuidado! Si vuelvo a oír que llamas a la puerta, te arrancaré la piel del cuerpo con este látigo».

En la celda no había nada. Además, después de haber pasado hasta tres horas con los perros en la celda número veinticuatro, había quedado física y mentalmente exhausto. Así que hice el tayammum en el suelo, extendí mi manto y realicé la oración de la noche, la oración del isha. Después intenté descansar un poco. Pero me retorcía de dolor en todos los huesos. Aun así, intentaba acostarme poniendo los dos zapatos debajo de la cabeza. Sin embargo, los enemigos de la humanidad comenzaron a hacer cosas tan atroces que olvidé por completo la idea de descansar.

El ventilador de mi celda era muy grande. Desde allí se veía claramente el patio de la prisión. Trajeron un poste de tortura y lo colocaron justo delante de aquel ventilador. Después comenzaron a practicar nuevas y variadas técnicas de tortura montando en ese mismo poste a los jóvenes militantes del movimiento islámico. Sus cuerpos quedaron desgarrados por los golpes del látigo. Pero aquellos jóvenes valientes del camino de Alá soportaban todo con suma paciencia. De sus bocas no se oía más palabra que el nombre de Alá. Con cada golpe del látigo, de sus labios salía únicamente «¡Ya Alá!», nada más.

Durante aquella tortura atroz e inhumana, el verdugo asesino les preguntaba con un lenguaje sumamente obsceno…

—¡Di, hijo de puta! ¿Cuándo llegaste aquí?

Cuando respondían, les preguntaba:

:¿Cuándo fuiste por última vez a casa de Zaynab al-Ghazali?

Si algún joven respondía a esta pregunta diciendo que no lo sabía o que no lo recordaba, entonces aquellas viles y bárbaras bestias se abalanzaban todas a la vez sobre él y, mientras lo golpeaban con el látigo y la fusta, les ordenaban que me insultaran con palabras obscenas. Pero estos jóvenes educados y de noble carácter —entre los cuales había médicos, ingenieros, profesores, intelectuales y abogados—, siendo musulmanes, ni siquiera podían pensar en insultar. Ellos decían:

“Ella es como nuestra madre, una mujer noble y devota de Dios”. Cuando los jóvenes se negaban a pronunciar insultos obscenos, los verdugos, enfurecidos contra ellos, aumentaban la intensidad de las torturas. Pero de ningún modo fue posible desviar a los jóvenes del camino de la rectitud. Millones y millones de alabanzas para aquellos jóvenes valerosos que, aun frente a la muerte, no transigieron con la mentira y la falsedad, y que, pese a incontables peligros y calamidades, no se apartaron ni un ápice del camino de la verdad.

Al ver cómo montañas de injustos tormentos se desplomaban sobre aquellos jóvenes de noble carácter y firme personalidad, me resulta imposible expresar con palabras cuánto se agitaban mi corazón y mi alma. Solo rezaba a Allah………

“Oh Allah, Rahmán, Misericordioso, impón sobre mis hombros el castigo de aquellos jóvenes inocentes y concédeles la libertad”.

Yo quería que los jóvenes obtuvieran la libertad asintiendo a las palabras de los opresores y que yo soportara en su lugar todos los tormentos. Pero no sucedió.

Sufrían una tortura atroz tras otra. Invocaban a Allah, pero no abandonaban el camino de la verdad. Al ver todos aquellos sufrimientos y dolores, olvidaba mis propias penas. Frente a sus padecimientos, las torturas que me habían infligido me parecían muy leves. Ahora sentía dolor por el dolor de ellos. Solo imploraba la misericordia de Allah para ellos.

El sueño

En esas circunstancias, ni siquiera me di cuenta de cuándo me quedé dormida. Probablemente, en ello estaba contenida la misericordia de Alá. Durante mis días de dificultades, ya había visto tres veces en sueños al amado Profeta Hazrat Muhammad (la paz y las bendiciones de Alá sean con él); y hoy, por cuarta vez, tuve la dicha de alcanzar esa fortuna.

Vi en sueños un gran desierto con muchos camellos. Sobre los lomos de aquellos camellos había sillas resplandecientes de luz, y en cada camello iban sentados cuatro viajeros de aspecto sereno, apacible y luminoso. Hasta donde alcanzaba la vista, todo el desierto estaba cubierto de camellos y de una caravana que se extendía hasta el horizonte. Entonces me vi de pie ante un gran hombre de rostro radiante, solemne y, sin embargo, sonriente. Vi que aquellos innumerables camellos recorrían todo el desierto y que las riendas de cada uno estaban sujetas en su mano.

Le pregunté con suma humildad y reverencia:

:¿Está aquí el amado Profeta? Él me miró serenamente y dijo:

:¡Zaynab! Estás en el camino seguido por el Mensajero de Alá y Su siervo Muhammad.

Llena de alegría, volví a preguntar:

¿De verdad estoy siguiendo el camino indicado por el Mensajero de mi Alá y por Su siervo?

:Sí, oh Zaynab, oh Gazali, estás precisamente en el camino indicado por el siervo de Alá y Su Mensajero. Volví a preguntar lo mismo:

:¡Oh, mi amado Profeta! ¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Estoy siguiendo el camino indicado por Allah y Su Mensajero?

:Mi amado Profeta dijo:

:Oh, Zaynab, estás en el camino de la verdad; ¡oh, Zaynab! Eres sierva de Allah y estás en el camino seguido por Su Mensajero Muhammad.

Al despertar, sentí dentro de mí una fuerza y una serenidad extraordinarias. Este sueño me hizo indiferente y desapegada de todos los pensamientos sobre la injusticia y la tortura del presente. Los golpes del látigo o la brutal violencia ejercida contra los Hermanos Musulmanes en el patio frente a mi celda… nada de ello me parecía ya tan doloroso. Vi que habían retirado la horca del patio de enfrente. Ahora, los sonidos de las palizas llegaban desde bastante lejos.

Me quedé asombrada al pensar que, en el sueño, mi amado Profeta se había dirigido a mí por mi verdadero apellido. Mi verdadero nombre familiar es Zaynab Ghazali. Pero el público me conoce como Zaynab al-Ghazali.

Para dar gracias a Allah por haber tenido este sueño afortunado, hice inmediatamente el tayammum y me puse a rezar. Postrada, le dije a Allah con voz entrecortada por las lágrimas:

:¡Señor mío! ¿Cómo podré darte las gracias? Ni siquiera tengo fuerzas para agradecerte. ……¡Oh, Señor de los mundos! Me consagro al martirio en el camino de Tu complacencia. ……¡Oh, Sustentador! Que, por mi causa, nadie caiga en la aflicción ni en la desgracia…… ¡Oh, Señor!…… Mantenme firme únicamente en el camino recto y hermoso de Tu complacencia………

Incluso después de rezar, continué repitiendo la misma súplica durante mucho tiempo. Entonces sentía tal serenidad y alegría que parecía estar recorriendo un mundo nuevo al que acababa de llegar. Me sobresalté al oír, en el camino y el patio fuera de la celda, el ruido de varios vehículos y de personas desplazándose apresuradamente. Más tarde supe que era el momento del cambio de turno de los verdugos. Los verdugos antiguos se habían marchado y los nuevos habían llegado con renovado ímpetu para torturar.

Al escuchar el adhan del fajr, hice tayammum, repetí una y otra vez las palabras del adhan y realicé la oración. En esas condiciones, permanecí encerrado durante seis días seguidos, del 20 al 26 de agosto, en la misma habitación; durante ese tiempo, la puerta no se abrió ni una sola vez, y no me dieron ni una gota de agua ni ningún tipo de alimento. Tampoco tuve contacto ni conversación con nadie del exterior. Sin agua, sin comida, sin conversación: seis días o seis noches de soledad en una habitación oscura. ¡Intente imaginarlo! Comer y beber quizá no fuera indispensable, pero ¿cómo puede alguien negar a una persona la satisfacción de sus necesidades naturales?

¿Con qué nombre llamarían ustedes a esas personas que se proclaman seres humanos, pero cuyas acciones avergonzarían incluso al propio Satanás? Esos gobernantes opresores han llegado a considerarse una especie de creación sobrehumana y creen haberse liberado de todos los principios de la humanidad.

Quizá también se estén preguntando cómo puede sobrevivir una persona durante seis días sin comer ni beber, sin siquiera poder satisfacer sus necesidades naturales. El verdugo que vigilaba fuera de mi celda también sintió esa misma sorpresa. Abrió la puerta, me vio sentado, sano y tranquilo, y, después de soltar un insulto repugnante, preguntó:

—¡Oye, así que todavía no te has muerto! ¿Sigues vivo? Les contaré cómo pude seguir vivo y con buena salud después de tantos días en una situación tan anormal e increíble; escuchen:

En primer lugar, la fe y la confianza inquebrantables en Alá. Pues el islam infunde en sus verdaderos seguidores una fuerza tal que la persona creyente puede superar toda clase de penas y calamidades, por terrible que sea la opresión y la persecución. Por la gracia de Alá, el creyente adquiere tanta capacidad de resistencia que ningún peligro, por grave que sea, puede aterrorizarlo o perturbarlo. Los opresores tiránicos se embriagan con la arrogancia de su fuerza externa, pero ante la fuerza espiritual del creyente todas las demás fuerzas demuestran ser insignificantes. El creyente es capaz de vivir libre de toda clase de miedo, temor, codicia y deseos desmedidos. En segundo lugar, aquel sueño sagrado, que por parte de Alá equivalía a concederme una vida verdadera y el éxito. Gracias a ello, obtuve la fuerza para vivir ignorando la influencia del entorno. Este sueño me infunde la fuerza necesaria para llevar una vida sencilla, aun soportando cualquier extremo de dolor y calamidad.

El séptimo día de mi reclusión solitaria y privada de comida y bebida, aquel verdugo entró en mi celda con cuatro panes sucios, podridos y malolientes, y un trozo de mantequilla; los arrojó al suelo delante de mí y dijo:

—Mientras sigas vivo, cómete esto………

Por supuesto, también estaban los repugnantes insultos que profería con su feo rostro. Ni siquiera toqué el pan ni la mantequilla. Sin embargo, levanté el recipiente del agua. Pero tanto el recipiente como el agua estaban tan sucios y malolientes que era imposible llevársela a la boca. Aun así, cerré los ojos y la nariz y bebí aquella poca agua diciendo:

«En el nombre de ese gran Allah, por cuya bendición nada en los cielos ni en la tierra podrá hacerme daño. Allah lo oye y lo sabe todo. ¡Oh Allah, convierte para mí esta agua en el alimento necesario para mi salud!»

Después de beber el agua, cerraron la puerta. Luego, al ponerse el sol, el verdugo volvió, abrió la puerta y, mientras profería insultos indecibles con su manera habitual, dijo:

:Sal y haz tus necesidades.

Al salir, estaba a punto de caer al suelo debido a mi debilidad física. Al verlo, el verdugo me sostuvo y me llevó hasta el retrete. Cuando fui a cerrar la puerta del baño, dijo:

Está prohibido cerrar esta puerta. Al oír esto, salí y le dije:

:Llévame de vuelta a mi celda. No necesito nada.

Al oír mis palabras, respondió con extrema crueldad y desvergüenza:

:Estoy aquí de pie esperándote. ¡Ve y haz tus necesidades!

Piénsenlo: ¿podría encontrarse un ejemplo semejante de bestialidad? ¿Podría el ser humano más vil ser tan bajo y tan abyecto? Pero, por orden de Nasser, estos verdugos han superado incluso a las bestias en barbarie y salvajismo.

Al regresar a mi celda, dije lamentándome:

La muerte sería mejor que esto. Al menos me habría librado del rostro de semejante salvaje y bárbaro. No me habría visto obligado a ir hasta el grifo de agua con ese demonio. Cuando aquel verdugo cerró la puerta de la celda y se marchó, hice tayammum y realicé la oración del magrib. En cuanto terminé la oración, abrieron la puerta y varias personas entraron en la celda. Entre ellas vi también a aquel demonio desalmado, que me había obligado a permanecer durante tres horas entre innumerables perros. Yo estaba acostado en el suelo. Aquel demonio le dijo a alguien:

¡Ven, doctor, mira a este!

Después de examinarme, el médico dijo:

: «No le ha pasado nada. Su corazón todavía está bien».

¡Pero qué iba a saber el médico que, a causa de la tortura, yo estaba al borde de la muerte! Después cerraron la puerta y todos se marcharon. Unos minutos más tarde, abrieron la puerta, me llevaron a otra habitación oscura y me ataron a la pared durante dos horas. Ni siquiera me permitieron moverme. Cerraron la puerta y, mientras me insultaban, dijeron:

: ¡Eh, hijo de perra, se acerca el día de tu muerte!

Ignorando sus palabras, le dije a Allah con todas mis fuerzas:

«¡Oh, Dios! Que mi muerte ocurra en el camino de la fe y del islam». Después comencé a recitar la sura Al-Fatiha y la sura Al-Baqara. Me pareció como si fuera la primera vez en mi vida que recitaba el Corán. Estaba absorto en la recitación del Corán con los ojos cerrados cuando, de repente, alguien me propinó una bofetada en el rostro con una fuerza tremenda. Inmediatamente se encendió la luz. Vi a un verdugo gigantesco de pie frente a mí, con un látigo en la mano. Comenzó a azotarme despiadadamente. Después puso tres hojas de papel blanco frente a mí y dijo:

: Escribirás aquí todo lo que te digamos……

De repente, uno de ellos se acercó, me sujetó con fuerza con sus robustas manos y me arrojó violentamente contra la pared. Después, un segundo individuo me levantó del suelo y, sacudiéndome, me estrelló contra él con todas sus fuerzas; luego ordenó a un soldado:

: Pégale tantas patadas como puedas con las botas.

Después de someterme durante mucho tiempo a aquella brutal tortura, me sentó en una silla, me puso en las manos las tres hojas de papel y dijo:

«Escribe aquí el nombre de todas las personas que conozcas, estén esas personas en Arabia Saudita, Siria, Sudán, el Líbano o en cualquier parte del mundo. Si no escribes conforme a nuestras órdenes, te dispararemos aquí mismo. Y además, escribirás detalladamente toda la información que conozcas sobre los Hermanos Musulmanes y sobre tu relación con ellos. Toma, aquí tienes un bolígrafo».

Después cerraron la puerta y se marcharon.

A pesar de estar atormentado por un dolor indescriptible, me senté con papel y pluma.

Comencé a escribir:

«Hay hermanos y hermanas que me conocen por medio del movimiento islámico y que están esparcidos por muchos países. El objetivo de nuestro movimiento es establecer la religión de Allah. Juro por Dios que quienes vienen a nosotros son aquellos capaces de elegir el camino recto. Y este camino es el que siguieron el amado Profeta Hazrat Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y sus compañeros.

Nuestro objetivo es difundir la religión de Allah e invitar a la gente a gobernar conforme a sus preceptos. Y, en nombre de Allah, también os invito a abandonar el camino de la ignorancia y la opresión, seguir el camino del islam, adheriros al tawhid y a la risalat, y entregaros a Allah. El veneno de la falsedad y la injusticia que, al seguir el camino de lo falso, ha penetrado en vuestras mentes se disipará en el camino de Allah, y Allah os sacará de las tinieblas y os llevará hacia la luz».

«Haced llegar también estas palabras mías al presidente del país. Quizá se arrepienta y regrese de nuevo al camino del islam. Si rechaza vuestra invitación, él mismo tendrá que rendir cuentas. Doy testimonio de que no hay ninguna divinidad excepto Allah y de que Hazrat Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) es el siervo y el Mensajero de Allah».

«Oh Allah, sé testigo de que estoy cumpliendo con mi deber.

Ahora bien, si estos se arrepienten, acepta su arrepentimiento. Y si desean permanecer en la oscuridad de las tinieblas, Tú lo sabes todo y eres el mejor juez. ¡Oh Allah! Mantennos firmes en el camino de la verdad. Concédenos una muerte de mártires».

Escribí todo esto considerando que era mi deber religioso y, al terminar de escribir, comencé de nuevo a recitar el Noble Corán.

Después de un rato, Safwat Rubi vino, se llevó los papeles que había escrito y me dejó en aquel lugar solitario. No habían pasado siquiera unos instantes cuando, de repente, se abrió la puerta y entraron cuatro militares de Safwat; profiriendo todos los insultos que había en su repertorio de injurias, dijeron:

¿Qué clase de tonterías has escrito en el papel?

Después gritó desde cerca de la puerta:

¡Atención! ¡Atención! Está llegando Hamza Pasha Basyuni, director de la prisión militar.

El director entró en la habitación y comenzó a proferir insultos tan obscenos y repugnantes que ninguna persona común podría siquiera imaginarlos. Lo miré con profundo desprecio. Tomó de manos de aquellos varios de los papeles que había escrito y dijo:

Todo lo que has escrito son mentiras.

Diciendo esto, los rompió en pedacitos.

Mencionando a Safwat, dijeron:

: ¿Así que todo esto son bromas y burlas? Tus palabras absurdas por escrito lo han afligido. Dijo Basyuni:

: «Sujétalo», dijo, y salió; al cabo de unos instantes regresó con un soldado. El soldado me levantó muy alto con extrema crueldad y me arrojó al suelo con estrépito. En cuanto caí al suelo, perdí el conocimiento. Cuando lo recobré, vi que me habían atado boca abajo sobre un madero, tal como un carnicero cuelga a un animal sacrificado. Después vinieron golpes despiadados con un látigo. ¡Qué paliza tan abominable y bestial! Si yo no podía soportarla, ¡ningún ser humano habría podido hacerlo! Mientras tanto, pronunciando el nombre de Allah, volví a perder el conocimiento.

Cuando recobré nuevamente el conocimiento, vi que estaba tendido en una camilla de hospital. Entonces no tenía ni siquiera la fuerza mínima para hablar o moverme. Sin embargo, escuchaba las conversaciones a mi alrededor.

Al cabo de poco tiempo me devolvieron a la celda. Mi cuerpo aún sangraba por todas partes. Consumido por un dolor insoportable, sacudí la puerta y pedí al guardia que llamara a un médico y trajera vendas. Pero, en respuesta, no recibí nada más que groseros insultos. Sin saber qué más hacer, rogué a Allah que hiciera cesar mi dolor y mi sangrado. Allah aceptó mi súplica. De las distintas partes de mi cuerpo dejó de manar sangre, pero el dolor continuó. Para librarme de él, comencé a invocar el nombre de Allah. Así sentí mucho menos dolor y sufrimiento. En ese momento recordé un hadiz del amado Profeta. El amado Profeta dijo:

«Guárdate de la súplica del oprimido, pues no hay velo entre el oprimido y Allah».

En aquellas insoportables condiciones transcurrieron varias noches. No había ni rastro de medicinas ni de atención médica. Únicamente aquel aterrador guardia de piel negra abría la puerta a una hora fija cada día y arrojaba dentro un poco de mantequilla y varios trozos de pan duro. Pero, como no eran aptos para comer, ni siquiera los tocaba. Por eso, él los recogía exactamente como los había dejado. Era terriblemente difícil soportar el hedor de aquel pan y aquella mantequilla.

 

Allah es su ayuda

Un día escuché el apagado sonido de los pasos de alguien al otro lado de la puerta y, embargado por una extraña sensación, me acerqué a ella. Miré por el orificio de la puerta por el que el guardia vigilaba cómo estaba y vi delante de mí al Murshid-e ‘Am, el imán Huzaybi. ¡Así que a él también lo habían arrestado! Acerqué el rostro a aquel orificio y recité este sagrado versículo:

«Si usted ha sido herido, la nación también ha sido herida de esa manera; no muestre debilidad ni se aflija. Si permanece firme en la fe, alcanzará el éxito».

Mi mirada besó sus sagrados pies, y seguí recitando una y otra vez aquel versículo del Corán. Él respondía con gestos de las manos, de tal manera que el guardia, que permanecía de pie como una sombra, no pudiera entender nada. Gracias a esta cercanía del imán Huzaybi, dejé de prestar atención a mis penas y sufrimientos.

En realidad, los creyentes establecen entre sí vínculos de hermandad en el camino de Alá. En el islam no existe distinción ni discriminación entre grandes y pequeños. En el islam, todos trabajan por la complacencia de Alá. Por tanto, no hay diferencia entre el líder y sus seguidores, ni entre el comandante militar y los soldados rasos. Cada uno trabaja en su propio ámbito por la complacencia de Alá, y todos son como hermanos para los demás. Estos pensamientos idealistas infundieron en mi corazón una refrescante serenidad.

 

La apisonadora de la opresión y la tortura

Esta serenidad no duró mucho. Una tarde, de repente, se abrió la puerta de la celda y apareció Safwat. Mientras golpeaba la pared con el látigo que llevaba en la mano, me agarró, me arrastró hasta cerca de la oficina de la prisión, me sentó en una silla y se marchó. Unos instantes después, vino un hombre y me preguntó:

¿Eres tú Zaynab al-Ghazali?

Al recibir una respuesta afirmativa, se marchó. Entonces llegaron tres soldados enormes y aterradores. Parecía que acabaran de salir del Infierno. En sus rostros se veían claramente las marcas de la crueldad. Después vino otro hombre y les preguntó:

¿Han podido reconocerme?

En respuesta, todos dijeron:

: Sí, la reconoció, por supuesto. Se acerca el momento de su muerte.

Después vi que salieron y azotaban al hermano Faruk Monsabi. Ya lo habían colgado de una estructura de madera elevada. Mientras lo azotaban, le preguntaban al hermano Faruk:

«¿Cuántas veces te has reunido con Zainab Ghazali?». Al mismo tiempo, también le ordenaban que me insultara con palabras obscenas. Pero cuando aquel siervo de Allah se negó a obedecerlos, aumentaron la intensidad de la paliza. Al ver su estado, de mis ojos parecía brotar sangre en lugar de lágrimas. Después de golpearlo brutalmente, arrojaron al hermano Faruk al suelo. Al verlo así, parecía que su alma estaba a punto de abandonar su cuerpo. Pero, por la misericordia de Allah, sobrevivió. Finalmente, tras convertir el juicio en una farsa, lo condenaron a cadena perpetua con trabajos forzados. Incluso desde la cárcel, este soldado de Allah continuó predicando el islam entre los presos e inspirándolos a participar en el movimiento islámico. Finalmente, los enemigos del islam lo llevaron a la prisión de Limantara y lo asesinaron cruelmente (Inna lillah………). Se mantuvo firme en el camino de la complacencia de Allah hasta el último momento de su vida y alcanzó la dicha del martirio.

Los impíos no torturaron de esa manera únicamente al hermano Faruk. Después, colgaron a otro hermano de una estructura de madera, le hicieron las mismas preguntas y le ordenaron que me insultara. Pero cuando el hermano se negó a insultarme, lo golpearon con tal crueldad que perdió el conocimiento. Al creer que había muerto, lo colocaron en una camilla y se lo llevaron a un lugar desconocido. En realidad, los impíos pensaban que, al ver todo aquello, yo aceptaría prestar un falso testimonio conforme a sus deseos. Con ese propósito enviaron a un hombre ante mí. Este hombre vino a verme e intentó presentarse como alguien sumamente educado y como un bienintencionado.

Se acercó, me saludó con el saludo islámico y se presentó:

«Soy el abogado Omar Issa».

Más tarde descubrí que lo que había dicho era mentira. En realidad, él también era uno de aquellos demonios. Al comenzar a hablar, dijo:

«Zaynab, estoy interesado en llegar a un acuerdo contigo. Mi propósito es liberarte del peligro al que tú misma te has arrojado…… Eres una mujer respetable. ¡Piénsalo un poco! Incluso personas como Huzaybi lo han confesado todo y han revelado sobre ti cosas que podrían hacerte merecedora de la pena de muerte. Ellos se han salvado a sí mismos, pero te han empujado a un peligro aún mayor. En mi opinión, mientras aún estás a tiempo, todavía puedes proteger tu honor y tu dignidad y contarlo todo. Di: ¿cuál era su propósito? Y expón también detalladamente tu propia opinión. Creo que tu opinión será la correcta».

Aunque escuché todas esas argucias suyas, permanecí en silencio. Al no recibir respuesta, volvió a decir:

«Zaynab, responde después de pensarlo muy detenidamente. En realidad, quiero conocer la verdad».

Esta vez dije:

«Por lo que entiendo, el Ikhwan al-Muslimun no ha hecho nada que pueda provocar la ira de una persona sincera. Yo también formo parte del Ikhwan. ¿Qué crimen hemos cometido? Enseñamos a la gente las enseñanzas islámicas; ¿acaso es eso un delito?»

Cuando terminé de decir esto y guardé silencio, él dijo:

Pero esto demuestra que estaban implicados en muchas conspiraciones, entre ellas la conspiración para asesinar a Jamal Abdel Nasser y crear la anarquía en el país. Y tú los estabas ayudando en ello. Mira, soy abogado; mi trabajo consiste en conocer los hechos. Dije:

El propósito del Ikhwan no puede ser asesinar a Abdel Nasser ni crear la anarquía en el país. Al contrario, fue Jamal Nasser quien dejó el país devastado. En realidad, es una verdad irrefutable que nuestro propósito es mucho más elevado y constructivo. Queremos establecer el modo de vida elegido por Allah, basado en el tawhid puro, la ibadat, es decir, el Corán y la Sunna. Cuando alcancemos este noble objetivo, el trono de la tiranía ilusoria desaparecerá por sí solo. Todas las narraciones falsas serán destruidas. Recuerda que nuestro objetivo es la reforma y la reconstrucción. No destruir, sino construir y progresar: eso es lo que deseamos.

Al oír esto, se rio y dijo:

«En realidad, estabais conspirando contra Gamal Nasser y su gobierno. Eso se desprende de tus propias palabras».

Dije:

:Mira, en el islam no hay lugar para conspiraciones ni intrigas. Nosotros no sabemos nada de eso. Al contrario, alzamos la voz contra toda forma de injusticia. Presentamos ante la gente la naturaleza de dos caminos: uno es el camino indicado por Alá y el otro es el camino de Satanás. Consideramos enfermos y extraviados a quienes siguen el camino de Satanás. A esas personas les administramos con gran afecto la medicina de la verdad. Y esa medicina es la sharía de Alá, la religión de Alá.

«Hemos revelado el Corán como misericordia y liberación para los creyentes, y para los opresores no es sino perjuicio».

Entonces comenzaron a cambiar las palabras de aquel Satanás que se hacía pasar por abogado. En realidad, era Saíd Abdul Karim. Salió diciendo:

«Quería ayudarte. Pero parece que todavía eres víctima de las ideas y tendencias de los Hermanos Musulmanes».

Después, Safuat Rubi vino y me hizo ponerme de cara a la pared. Me mantuvieron de pie, inmóvil, durante varias horas, mientras delante de mí sometían a los Hermanos Musulmanes a torturas inhumanas e indescriptibles. Al contemplarlo, se me convertía la sangre en agua. Conocía de cerca a muchos de ellos, como Sarasi Mustafa, Faruq al-Asadi y Taher Abdul Aziz Salem. Eran destacados miembros del movimiento. Al cabo de un rato regresaron el llamado abogado, Hamza Bisiubi y Safuat Rubi. Hamza dijo:

«¿Por qué no quieres llegar a un acuerdo con el abogado? Nosotros queremos salvarte de este peligro. Por lo que conozco a tu esposo, es un hombre muy bueno. Pero tú te has convertido en víctima de un engaño. Hasan Huzaybi lo ha contado todo.

pregunté con tono sarcástico:

«¿De verdad los Hermanos han contado todo? ¿Y por eso seguís sometiéndolos todavía a torturas inhumanas? ¡Los colgáis de la horca y los azotáis!…….. Sabed que jamás podré mentir contra los Hermanos ni contra mí mismo. Somos musulmanes. Todos nuestros esfuerzos y sacrificios son por el islam. Esta es nuestra labor».

Detrás de ellos estaban de pie cuatro verdugos. Los látigos y azotes que llevaban en las manos acababan de hacer sangrar a los Hermanos.

Llamé la atención del supuesto abogado hacia ellos y dije con tono de reproche:

¡Señor abogado! ¿Acaso estos látigos y azotes formaban parte del plan de estudios de su facultad de Derecho? Antes de que termináramos de hablar, Hamza Bisyuni me propinó una bofetada tremenda en la mejilla y dijo:

«¿Nos has tomado a todos por locos, verdad? Hoy te enterraré de tal manera como entierro cada día a diez Hermanos».

Por segunda vez, dirigiéndome al supuesto abogado, dije:

Si de verdad eres abogado, entonces ¿por qué no anotas estos episodios de tortura en tu diario personal? … Además, ¿cuál es la prueba de que eres abogado…?

Al oír esto, Hamza Bisyuni dijo:

«Basta, váyanse y ocúpense cada uno de sus asuntos. Yo solo quería ayudarla, pero ella no quiere eso».

Acto seguido, Safwat y sus compañeros verdugos comenzaron a azotarme indiscriminadamente. Para protegerme los ojos, me los cubrí con ambas manos. El resto de mi cuerpo quedó lacerado por los golpes del látigo. Con el propósito de aliviar la sensación de aquel insoportable tormento, dirigí una súplica a Allah y, con cada golpe del látigo, continué pronunciando las palabras: «Ya Rabb, ya Allah».

Después de azotarme muchas veces y quedar casi exhaustos, Safwat y sus compañeros me ataron, me dejaron colgado contra la pared y, tras estirarme los brazos hacia arriba todo lo posible y atármelos, se marcharon. En aquella situación, mi único recurso para encontrar paz y alivio era invocar el nombre de Allah. Así que continué invocando el nombre de Allah y dirigiéndole súplicas solo a Él.

Después de mantenerme así durante varias horas, Safwat vino acompañado de un hombre negro llamado Sambo. Apenas llegaron, ambos comenzaron a golpearme repetidamente con puñetazos y bofetadas. Después me llevaron a la celda y me encerraron.

Después de que se marcharon, desde el minarete de alguna mezquita lejana llegó el sonido del llamado a la oración del alba. Olvidando todos mis dolores y sufrimientos, primero hice la oración y después, levantando ambas manos, le dije a Dios: «Oh, Señor de los mundos, si no estás disgustado conmigo, no prestaré atención a ningún tormento de este mundo. Tu gracia y Tu misericordia me bastan. Anhelo Tu luz, la que ilumina este mundo y el Más Allá, y busco refugio de Tu disgusto y Tu ira. Oh Dios, he venido ante Ti; oh Señor, complácete conmigo. Sin duda, Tú eres el Dueño de todo y el Todopoderoso».

 

El representante del presidente Nasser

Después de mantenerme encerrada en la celda durante tres días seguidos, me llevaron a la oficina. Allí estaba sentado esperándome un hombre blanco, alto y corpulento. En cuanto llegué a la oficina, el caballero dijo:

«¡Siéntate, Zaynab! Sabemos que ellos te han golpeado y te han dejado completamente exhausta. Yo te conozco personalmente. ……Vengo directamente de la oficina del presidente. Quiero llegar a un acuerdo contigo. Toda la gente del país te quiere, y nosotros también te respetamos. ……Pero tú nos has mantenido alejados y sigues oponiéndote a nosotros. ………No sé por qué no estás dispuesta a llegar a un entendimiento con nosotros. Te juro por Dios que, si llegas a un acuerdo con nosotros, hoy mismo serás liberada de la prisión militar. Todos sabemos que no eres una persona que deba estar en prisión. No solo te ofrecemos liberarte de la cárcel, sino que también te garantizamos que asumirás el cargo de ministra de Asuntos Sociales en lugar de Hikmat Abu Zayd».

Al oír sus palabras, pregunté:

«Entonces, antes de nombrar ministro a Hikmat Abu Zayd, ¿lo azotaron mucho y lo dejaron entre perros feroces?»

:¿Por qué habría de ser así? ¿Por qué habría de ser así? Te digo la verdad: tú estás sufriendo y padeciendo aquí; en realidad, nosotros no queríamos que fuera así.

:Entonces, ¿qué quieren ustedes de mí? —pregunté. Él respondió:

«Mira, todos y cada uno de los miembros de los Hermanos Musulmanes te han acusado…… El señor Huzaybi también ha informado detalladamente sobre este asunto. Abd al-Fattah Ismail y Sayyid Qutb también lo han explicado todo y han declarado al respecto. Pero nosotros creemos que todos ellos dijeron esas cosas únicamente para conseguir su propia libertad y perjudicarte. Por eso, siguiendo las instrucciones del presidente Nasser, he venido personalmente para llegar a un acuerdo contigo. Si aceptas el acuerdo, serás liberada de inmediato y yo mismo te llevaré a casa en mi propio automóvil. Debo decirte, a este respecto, que por las declaraciones de los Hermanos Musulmanes ha quedado claro que intentaban apoderarse del poder y que tú habías urdido un plan para asesinar al presidente Nasser y a sus cuatro ministros. Queremos conocer detalladamente tu declaración sobre el papel del señor Huzaybi y de Sayyid Qutb en este asunto. Y esos cuatro ministros contra los que se elaboró el plan de asesinato, ¿quiénes eran? Por favor, presta una declaración detallada».

Sin demorarme un instante, dije:

Lo primero es que Ikhwan al-Muslimun nunca elaboró ningún plan para hacerse con el poder ni para asesinar a los llamados cuatro ministros o a cualquier otra persona. La verdadera labor de los Hermanos consistía en adquirir un conocimiento cabal del islam, determinar las causas de la pobreza y la decadencia de los musulmanes y realizar un análisis realista de la situación general; y en esto los Hermanos alcanzaron el éxito.

El caballero me interrumpió y dijo: «Zaynab, ellos ya lo han contado todo».

Yo dije:

:«¡Claro que lo han contado! Quizá, aunque de mala gana, hayan dicho lo que los verdugos los obligaron a decir. Los están forzando mediante la violencia y la coacción a reconocer que sucedió lo que no sucedió. Pero una confesión obtenida por la fuerza de ese modo no tiene ningún valor. La verdad es que nosotros simplemente difundíamos las enseñanzas del islam y formábamos a las nuevas generaciones para que pudieran comprenderlo y ponerlo en práctica correctamente. Si a sus ojos esto constituye un delito, no nos queda otra alternativa que acudir a Allah en busca de justicia».

Esta vez, el representante del presidente, jurando por Dios y con tono compasivo, dijo:

«Deseo tu bienestar. Vine precisamente para conseguir tu liberación».

«Le di las gracias y dije:

«Mire, jamás sentí el deseo de ser un alto funcionario del Gobierno ni de ocupar un cargo ministerial. He dedicado toda mi vida al servicio del dīn del islam. No tengo el menor interés en los ricos, los grandes líderes ni los cargos ministeriales. Mi primera y última tarea es consagrarme únicamente al servicio del islam».

Después, al salir de la celda, el representante del presidente exclamó indignado:

«Había venido a tu servicio precisamente para conseguir tu liberación, pero tú lo niegas, lo rechazas».

Aproximadamente una hora después de que se marchara el representante del presidente, Riyaz y Safwat vinieron a verme. Antes de eso, Riyaz me había amenazado varias veces, diciéndome que me matarían si no hacía una declaración conforme a lo que ellos querían.

Inmediatamente después, me golpearon brutalmente, como tres días antes. Me dejaron todo el cuerpo herido y ensangrentado, y luego volvieron a encerrarme en la celda y se marcharon.

 

Muchos rostros en mi celda

En la tarde del segundo día en la celda, a la hora de la oración del asr, algunas voces conocidas resonaron en mis oídos. Me levanté como pude, fui hasta la puerta e intenté mirar lo que ocurría afuera por la abertura destinada al vigilante. Pero no podía ver nada, porque justo delante de la abertura estaban Hamza, Safwat y sus compañeros. Aun así, seguí esperando. Al cabo de un rato, cuando se apartaron un poco hacia un lado y otro, aparecieron ante mí los rostros radiantes y serenos de la honorable Alia Huzaibi y de Gada Ammar. Ocultándome en la medida de lo posible de la mirada de halcón de los verdugos, no dejaba de contemplar sus rostros puros y castos. Al poder verlas tan cerca, olvidé incluso mis dolores y sufrimientos. Y eso que no podía estar cómodo ni siquiera tumbado o sentado, mucho menos de pie. Pero ahora, como si me hubiera tocado una magia desconocida, me había recuperado por completo…… Las miraba y rezaba: «¡Oh, puro Parvardigar! Protege a estas hermanas e hijas mías de la opresión y la persecución de los tiranos». Pensaba: Alia pronto iba a convertirse en…, mientras que Gada Ammar era, por así decirlo, todavía una niña de pecho. Sin embargo, los enemigos de la verdad no dudaron en arrestar incluso a una niña tan inocente. ¡Qué crueles son estos tiranos! No sé en qué competencia de heroísmo en el escenario del mundo se han embarcado estos despiadados cobardes, ebrios de poder, al infligir una tortura tan abominable a niñas y mujeres indefensas e inocentes. En realidad, cuando estos gobernantes autoproclamados y despóticos quedan al descubierto con su verdadero rostro bestial, no vacilan en mostrar la mentalidad más aterradora y vil del mundo. Ya no les queda nada que pueda llamarse conciencia ni buen juicio. Entonces se ciernen sobre los ciudadanos comunes del país como una maldición. La gente amante de la paz del país se había hartado de su tiranía y opresión. Nasser y sus secuaces eran exactamente esa clase de gobernantes malditos.

«¡Oh, Nasser opresor, que perezcas! Le pido a Dios tu muerte. ¡Tras engañar a la nación, a qué situación tan terrible la has arrastrado!». Me desplomé, abrumado por la emoción. Poco después, se abrió la puerta de mi celda y aquel guardia de piel negra dejó dentro una manta y una almohada. ¡Me quedé asombrado! Llevaba dieciocho días tendido en el suelo; ¿por qué esta súbita bondad hoy?

Después, el guardia vino y dejó otras dos mantas y dos almohadas. Poco después, Safwat y Hamza Bisyuni entraron con Alia Huzaibi y Gada Ammar. Dejaron entrar a las dos y se marcharon cerrando la puerta.

En cuanto Alia entró en la habitación, me abrazó y rompió a llorar desconsoladamente. Yo, olvidando entonces mi propia situación y al mundo entero, con el rostro profundamente afligido, solo pude preguntarle:

:¡Alia… mi Alia…! ¿Estás bien?

Después, al mirar a Ghada Ammar, vi que el suelo árido que había debajo se había humedecido con el torrente de ardientes lágrimas que brotaba de sus dos ojos. La abracé y le dije:

:¡Ghada, hija mía! ¿No me reconoces? Ella dijo:

:No… no, ¡oh, al-hajja! Has cambiado por completo, madre. Tu cuerpo se ha quedado en los huesos. Y al ver tu rostro recuerdo a tu hermano Sa’duddin…». La consolé y le dije:

:En la situación en que nos encontramos, es natural que estemos así. Respiramos en un ambiente espantoso. Además, ¿sabes?, durante las veinticuatro horas del día y de la noche solo recibo como alimento una cucharada de ensalada. Y eso me lo trae a escondidas un soldado. Si lo descubren, no tendrá salvación.

Después de extender una manta y colocar una almohada, me preguntaron por el dars del Corán. Pensaban que, al menos, yo había tenido la oportunidad de conservar y leer el Noble Corán. No sabían que aquellos con quienes me encuentro son enemigos del Corán y de la humanidad. Cuando les conté todo lo sucedido, quedaron embargadas por la indignación, el dolor y la emoción. Poco después, Alia y Ghada Ammar me ofrecieron cada una su propio ejemplar del Noble Corán. Después de tanto tiempo, al ver el Corán ante mis ojos, brotaron lágrimas de alegría de mis dos ojos.

Poco después, cuando extendí mi pierna herida para aliviar el dolor, se estremecieron al ver las llagas abiertas causadas por el látigo. Los ojos de ambas estaban llenos de lágrimas. Les recité los versículos del Sagrado Corán relativos a los Ashab al-Ukhdud. Ghada Ammar comenzó a llorar en silencio, mientras Alia formulaba una pregunta con voz llena de asombro.

:¿Cómo fue posible tratar con semejante crueldad y brutalidad incluso a las mujeres? ¡Qué muestras de salvajismo tan inhumano son estas……!

Pero Alia quizá no podía imaginar que los enemigos del islam y de la humanidad, como Jamal Nasser, pudieran caer aún más bajo en su hostilidad hacia Allah y Su Mensajero.

 

El fallecimiento de Rafat Mustafa Nuhas

Alia cambió el curso de la conversación y comenzó a informarme sobre el mundo exterior. Primero me comunicó la noticia de la muerte de Mustafa Nuhas.

«¡Oh Misericordioso, Compasivo! No dependes de nadie; todos dependen de Tu misericordia, de Tu bondad. Ten misericordia de él». Alia me informó de que había fallecido apenas dos o tres días después de mi detención. Miles de personas participaron en su oración fúnebre. En ese momento, la gente protestó contra el Gobierno. El pueblo sacó su cuerpo en una marcha hasta la mezquita de Al-Hussein. El cielo y el aire temblaban con las consignas que se sucedían. El Gobierno perdió el control ante aquella marea humana enfurecida. En suma, en la concentración de la oración fúnebre de Mustafa Nuhas, el pueblo aprovechó la oportunidad para alzar la voz contra la opresión y la corrupción del Gobierno. …… Alia también me informó detalladamente sobre las explicaciones y análisis publicados al respecto por los periódicos del país y del extranjero, así como por otros medios de comunicación.

Tras la muerte de Mustafa Nuhas, la gente comenzó a criticar abiertamente al Gobierno. También decían que, después de Nuhas, ya no quedaba ningún líder. Los habitantes del país continuaban expresando sus opiniones. El dolor acumulado en sus corazones estalló en las estruendosas consignas de las marchas. Entre sus consignas estaban: «¡Abajo el régimen de la mentira!; por todas partes hemos oído hoy que Nasser se ha convertido en un embaucador»; «¡Quítenlas, quítenlas, quítenles las máscaras!»; «¡Que perezca, que perezca el régimen de Nasser, el régimen de los tiranos!», y muchas otras.

Dije unas palabras en memoria de Mustafa Nuhas:

:¡Oh amigo del pueblo! Aquellos embaucadores hipócritas a quienes habías entregado el poder recurrieron a la injusticia y la corrupción después de alcanzarlo. Y tú reconociste su Gobierno. El Gobierno actual se mantiene gracias a la propaganda y al poder de sus escritores comprados y sus matones. …… Incluso estos leones de madera un día arderán y se convertirán en un montón de cenizas………

Alia informó además: Entre quienes acudieron para participar en la oración fúnebre, fueron arrestadas veinte mil personas. El pueblo también expresó su indignación por ello. En realidad, en la oración fúnebre de Mustafa Nahhas estalló la ira contenida del pueblo. Con voz enérgica, proclamaron su apoyo a la verdad. Durante la conversación, recordé la vida de Mustafa Nahhas. Era un hombre sumamente sencillo y humilde. No albergaba rencor en su corazón ni siquiera contra sus enemigos acérrimos. Además, tenía el valor moral de reconocer públicamente sus propios errores. En todos los sentidos, fue un líder nacional de Egipto.

Después le pregunté a Alia si también habían arrestado a mi hermano Saif al-Ghazali. En respuesta, sin decir ni sí ni no, Alia puso una mano sobre mi hombro y, vacilante, dijo:

:¡Oh, alhaja! Para todo hay un tiempo determinado. Así comprendí que había ocurrido aquello que temía con respecto a mi hermano.

Alia informó que el Departamento de Información del Gobierno había hecho todo lo posible para impedir que la gente participara en la oración fúnebre de mi hermano. Pero, a pesar de ello, la concurrencia fue inimaginable. Según Alia, ahora se les ha caído la máscara a aquellos a quienes el pueblo consideraba los árbitros de su destino. Ya no será posible mantener engañado al pueblo durante mucho más tiempo.

El Gobierno distribuye cargos ministeriales entre personas sin escrúpulos y movidas por intereses, a cambio de su actividad contra el islam y los musulmanes. También se intenta comprar la conciencia de la nación. Da miedo siquiera pensar en las amargas consecuencias que lo que el Gobierno de Nasser está haciendo de esta manera traerá para el país y la nación.

Después de escuchar el análisis de Alia, miré a Ghada Ammar y le pregunté por su esposo, sus hijos y sus padres. Entre sollozos, dijo:

«Su esposo se vio obligado a huir a Sudán para escapar de la opresión del Gobierno. Su madre está muy enferma; si no tuviera consigo a sus dos hijos, quizá habría llegado a sentir aversión por la propia vida.

La consolé y rogué a Alá por el bienestar de todos.

Después pregunté por la boda de Zia Tuhi. Me informaron de que los habían detenido y llevado directamente desde la celebración de la boda, todavía vestidos con sus ropas nupciales. Tanto el novio como la novia están ahora encarcelados. Además, su hermana Molly y su hermano médico también han sido detenidos y encarcelados”.

Me sentí profundamente afligida por estas detenciones indiscriminadas, especialmente por las de muchachas inocentes.

:¿Acaso ser hermano, hermana o pariente de un miembro de los Hermanos Musulmanes es también un delito, para que estén llenando las cárceles injustamente? En respuesta a mi pregunta, Alia dijo:

:Así es; además, el Gobierno está deteniendo incluso a quienes ve rezando.

Gada expuso cuántas personas inocentes habían sido detenidas de ese modo. Registraron las casas de todos aquellos a quienes consideraron musulmanes y detuvieron a innumerables personas por mera sospecha. Al oír aquello, comenté:

“Creo que ni siquiera los bandidos mongoles tártaros mostraron una vileza como la que está cometiendo Gamal Nasser. Antes de la revolución islámica en Egipto, ni siquiera los romanos infligieron jamás una persecución semejante. En realidad, Gamal Abdel Nasser ha superado en criminalidad incluso a los peores criminales de la historia de la humanidad. Dudo que haya nacido en el mundo alguien tan inescrupuloso, ciegamente pecador y sin conciencia como Nasser. Se enfurecía al oír el nombre del islam, de la verdad y de la justicia. No es en absoluto sorprendente que un hombre tan vil y despreciable como él detuviera a mujeres y las azotara con látigos. Hostigar a personas inocentes, dejar viudas a las mujeres, asesinar e incluso enterrar vivas a las personas: todo eso solo era posible para alguien como Nasser. Jugar con la vida, los bienes y el honor de sus opositores políticos, así como con la vida de sus esposas e hijos, era su pasatiempo favorito. Aunque sea una verdad sumamente amarga, esta es la verdad”.

Después de aquellas conversaciones amargas y acaloradas, Alia se concentró en limpiar la herida de mi pie y vendarla. Dijo con preocupación:

:Ahora parece que tendremos que convertirnos en blanco de los látigos; dije:

«Que Allah proteja a todos de la opresión de los tiranos».

Gada preguntó mientras buscaba en el hatillo:

«¿Dónde está su bolsa de ropa, alhajja?». Yo, a pesar del dolor insoportable, respondí con una leve sonrisa:

«Llevo dieciocho días, madre, con este mismo vestido ensangrentado». Al mirar la ropa ensangrentada y desgarrada que llevaba puesta, rompió a llorar desconsoladamente. Después, cuando me levantaron la camisa para cambiarme de ropa, ambas rompieron a llorar y gritar al ver las innumerables heridas de látigo que cubrían mi cuerpo. Jamás habían podido imaginar una crueldad tan despiadada contra una mujer.

Con el propósito de calmar sus sentimientos, comencé a hablarles de la alabanza a Allah y de la necesidad del sacrificio y la perseverancia en el camino del islam. Les dije:

«Miren, no avanzamos por ningún interés mundano, sino por estar avanzando en el camino de Allah; ¿qué hay de triste en este castigo de este mundo?… Alabado sea Allah, que nos ha concedido el islam, el tawhid y la risalat, y nos ha acogido bajo la sombra de la bendita profesión de fe: la ilaha illallah, Muhammadur Rasulullah». Aliya cambió de tema y dijo:

«¿Sabe, respetada señora? Jaleda Huyaybi dijo: “Si la hermana Zaynab está conmigo, no me importará ninguna de las penas de la prisión”».

Me alegré al oír aquello. Pero si Jaleda pudiera ver ahora aquel cuerpo mío cubierto de heridas y empapado en sangre, no sé si seguiría pensando lo mismo. Suplico ante Allah que proteja a todos los hermanos y hermanas musulmanes de la opresión de los tiranos.

 

Recibir alimento equivale a la adoración

Mientras tanto, de repente abrieron la puerta y nuestra conversación se interrumpió. Aquel guardia negro como un cuervo y endemoniado regresó dejando tres panes en una mano y un plato de fideos de sémola cocidos en la otra. Cuando el guardia se marchó, Aliya cerró la puerta. Soy incapaz de soportar el olor rancio de esta clase de comida; por otra parte, el hambre casi me estaba arrancando el alma. Aliya estaba sumamente preocupada por mí. Cuando acercó la comida, dijo humildemente:

—Tome, Alhajá. Parece que la comida está más o menos bien. Dicho esto, repartió los tres panes entre los tres. Los tres nos veíamos obligados a comer aquello, sin tener absolutamente otra opción. Mientras comía, Aliya dijo que, al menos por el bien del huésped que aún no había llegado, había que comer algo; se refería al posible hijo. Pero al verme dejar de comer, ella también lo hizo. Gada dejó igualmente la comida. Entonces Aliya se dirigió a mí y dijo: «Mire, Alhaj. Se ha quedado en los huesos de tanto no comer. En estas circunstancias, recibir alimento equivale a la ibada. Si continúa ayunando de esta manera, ¿ha pensado en las consecuencias? Los opresores se alegrarán si ven morir a Zaynab al-Ghazali de cualquier manera. Eso es precisamente lo que quieren». Le respondí: «Para mantenerme con vida, sí estoy comiendo un poco. Allah me da fuerzas para sobrevivir con una sola cucharada de salat». Pero, como insistieron una y otra vez en que comiera, finalmente acepté. Sin embargo, solo Allah sabe con cuánto sufrimiento logré comer aquel alimento. A la mañana del segundo día, en presencia de Aliya y Gada Ammar, me encontré como de costumbre con Murshid Am, el señor Huzaybi, a través del agujero de la puerta. También les di esa oportunidad a Aliya y a Gada. Después de encontrarme con Murshid Am, sentí una paz extraordinaria. Aliya también podía ver regularmente a su padre. Naturalmente, Aliya era hija de Murshid Am Huzaybi. Cuando iban y venían del baño por el pasillo situado frente a nuestra celda, alcanzaban a verme junto a Murshid. Gada Ammar fue relatando, uno tras otro, los acontecimientos de su propio arresto, su encuentro con Hamida Qutb y el arresto de toda la familia Qutb. Así obtuve mucha información nueva. El tiempo transcurría con extrema lentitud. Para librarnos de la inquietud, organizábamos la oración en congregación y el dars del Corán.

 

La noche del desastre

Después de la oración de la noche, el verdugo Safwat Ruby entró en la celda con un soldado. Me llevaron a la oficina. Cabe señalar que ya había estado allí otras dos veces. En la oficina ya estaba sentado un hombre. Lo saludé con el salam. Pero, en vez de responder a mi saludo, preguntó con voz sumamente áspera:

«¿Eres tú Zaynab al-Ghazali?»

«Sí, señor». Respondí. Me indicó que me sentara en la silla de enfrente y dijo:

«Ah, entonces tú eres Zaynab Ghazali… ¡Dime! ¿Por qué elegiste voluntariamente un lugar tan terrible…? ¿Por qué soportas todos estos sufrimientos y penalidades únicamente por el Ikhwan al-Muslimun…? Todos ellos se retuercen por ser liberados y cada uno te atribuye toda la culpa. Y mientras tanto, nos has puesto en un aprieto. Yo he venido decidido a conseguir tu liberación y a llegar contigo a un acuerdo sobre varios asuntos. Después podrás volver a tu casa. Y no solo eso. Si actúas con inteligencia, te prometo, en nombre del presidente Nasser, que inmediatamente te devolverán la sede central de la Asociación Islámica de Mujeres. Se levantará la prohibición sobre tu periódico y se le concederá una ayuda mensual de dos mil libras egipcias. Si llegas a un acuerdo, recibirás ayuda para ampliar aún más tu organización. Si dices que sí ahora mismo al acuerdo, haré traer toda tu ropa y dispondré que te reúnas con el presidente en el plazo de una hora. En verdad, los del Ikhwan te han engañado mucho. Que Allah los perdone. Tú también nos has dejado en una situación sumamente peligrosa; en fin, nuestro presidente es un hombre muy generoso».»

Él seguía hablando unilateralmente y yo escuchaba en silencio. Al verme completamente callada, me preguntó:

«¡¿Qué pasa, que no dices nada?! Mira, Zaynab, intenta comprenderme. Juro por Alá que destituirán al presidente Abu Zayed y te nombrarán ministra en su lugar. Buscamos tu colaboración. Por favor, abre tu corazón y cuéntalo todo con sinceridad. En los hechos comprobarás que demostraré ser tu hermano y tu bienintencionado. Sabes cuánta gente fuera de la cárcel te quiere y te respeta. Están dispuestos a hacer cualquier cosa por ti. Te quieren, te veneran y harán cualquier cosa por ti».

Esta vez dije con voz serena:

«Lejos de aceptar el cargo de ministra, ni siquiera estoy dispuesta a albergar pensamiento alguno al respecto. Y sobre la Organización de Mujeres Islámicas y la revista, solo diré que las he encomendado a Alá. Además, los musulmanes no están obligados a seguir ninguna organización ni revista; más bien, es deber de todos trabajar unidos bajo la bandera de “La ilaha illallah”.» En ese momento me preguntó:

«Entonces, Zaynab, ¿por qué intentabas restablecer los Hermanos Musulmanes?» Yo respondí:

«En realidad, mi manera de actuar es diferente. Por ejemplo, creo que la Organización de Mujeres Islámicas, fundada en 1937, nunca se disolvió. Sin embargo, Jamal Nasser creyó que, al apoderarse de todos los bienes y de la sede central de la organización, la había destruido efectivamente. Esa es una idea equivocada suya. En realidad, nuestro éxito o fracaso depende únicamente de la voluntad de Alá. Seguramente habrás oído ese proverbio: “Si Dios protege, ¿quién puede hacer daño?”. De este modo, ni los Hermanos Musulmanes ni la organización de mujeres musulmanas se han disuelto. Su labor por la religión de Alá continúa naturalmente por su propio camino. La verdad perdurará siempre. El gobierno y el poder de los Jamal Nasser son efímeros, pero la religión de Alá y el gobierno de Alá son eternos. Nosotros moriremos siguiendo nuestro camino. Pero el gobierno pronto afrontará amargas consecuencias por sus actividades ilegales».

«Sin duda, la religión de Alá permanecerá establecida, y nadie puede impedir el avance de los muyahidines consagrados a servirla; entretanto, la decisión de Alá se cumplirá. Ruego a Alá que me mantenga del lado de la verdad y contra la falsedad, y que me incluya entre los partidarios de la verdad. Al luchar por la justicia y la verdad y contra la vanidad y la mentira, ellos son los verdaderos representantes del Mensajero. Y ellos son los nuevos líderes del islam. Debéis saber que Hasan al-Banna no estableció los cimientos de los Hermanos Musulmanes sin reflexión. Al contrario, mediante ellos adoptó un programa visionario para establecer la religión, es decir, instaurar el gobierno de Alá. Además, ¿quién le ha dado a Jamal Nasser autoridad para imponer restricciones a un movimiento tan grandioso?»

Dicho esto, guardé silencio. Él dijo:

:De verdad sabes pronunciar discursos magníficos. Pero no he venido ahora a verte para que me des un discurso sobre los Hermanos. No he venido a verte para convertirme en uno de los Hermanos, sino que he venido para intentar llegar a un acuerdo mutuo que te libere del tormento de la cárcel. Todos los Hermanos te culpan. Abd al-Fattah Ismail dice que fuiste tú quien lo instigó y lo armó; el señor Hudaybi también ha cargado toda la culpa sobre tus hombros con el propósito de salvarse. Ha dicho que fuiste tú quien puso los cimientos de la nueva organización. Sayyid Qutb también se libró cargándote la culpa. Entonces, ¿estás cuerda o te has vuelto loca? El propio Gamal Nasser quiere salvarte. Hoy todo el país está en manos de Gamal Nasser. Gamal Nasser está dispuesto a perdonar tu pasado y a abrir un nuevo capítulo en vuestra relación. Él sabe muy bien qué gran oradora eres y cuánto te quiere el pueblo. ………Zaynab, ahora la llave de las ganancias y las pérdidas está en tus manos. Dime, ¿se puede encontrar en el Egipto de hoy a alguna persona con la que el propio Gamal Nasser quiera estrechar relaciones y que se niegue? A mí me parece que realmente te has vuelto loca. —Te digo todo esto abiertamente porque deseo tu bienestar. Una vez libre, podrás dedicar toda tu vida a servir a las viudas y los huérfanos y a realizar otras buenas obras.

—¡Actúa con inteligencia, Zaynab! Ten en cuenta el honor de tu familia y acepta mi propuesta—

Finalmente le dije—

¿Ya has terminado de decir todo lo que tenías que decir? Él respondió—

Mira, dime solamente quiénes de los Hermanos solían ir a tu casa y cómo intentaron matar a Nasser. Y sí, ¿cuándo recibiste de Hudaybi la orden de matar al presidente? También quiero conocer la opinión de Sayyid Qutb. Quiero saber cómo se elaboró el plan y conocer todos sus detalles. Te juro una vez más, por la cabeza de Gamal Abdel Nasser, que esta misma noche serás liberada de la cárcel y que pronto serás nombrada ministra del Departamento de Bienestar Social. No desperdicies esta oportunidad. Te he jurado por el honor de mi presidente; por tanto, actúa como una persona sensata y piensa en tus propios intereses. Ahora todos los Hermanos solo piensan en sus propios intereses». En ese momento entró un hombre alto y dijo—

¡Señor coronel! Hemos confiscado todas las cintas de la residencia de Zaynab en Nueva Egipto. Si nos da permiso, podemos disponer que se reproduzcan.

«El coronel le dijo al hombre que saliera, diciendo que hablaría más tarde sobre el asunto. Después, dirigiéndose a mí, volvió a decir—

Mira, Zaynab, sé que tu esposo es una persona importante. También lo respeto mucho por ti. Además, ¡tu hermano es un amigo íntimo mío!…… Créeme, tanto el presidente como yo estamos interesados en establecer una relación amistosa contigo…… Juro que, en el mismo momento en que lleguemos a un acuerdo contigo, quemaré estas cintas con mis propias manos. …… Queremos liberarte del peligro al que los Hermanos te han arrojado. Por Dios, nosotros también somos buenos musulmanes. ¿Qué es el islam? La enseñanza del islam es que una persona no debe perjudicar a su hermano».

Me burlé de sus palabras entre risas y pregunté:

«Jura por el Dios al que pones por testigo y dime: ¿acaso, como consecuencia de vuestra opresión, no han sufrido daños vuestros hermanos y otras personas?»

Intentó esquivar el tema y dijo:

«¡La verdad es que nosotros también somos buenas personas! Si llegas a un acuerdo con nosotros, tú misma verás cuán buenos somos».

Dije:

«Ruego a Allah que os conceda la gracia de arrepentiros y que lleguéis a ser verdaderamente musulmanes».

Después sacó papel y un bolígrafo de su bolsa y preguntó:

«Zaynab, ¿me dirás ahora qué personas solían acudir a tu casa?» Yo dije:

:No recuerdo el nombre de ninguna persona en particular. En realidad, no recuerdo los nombres de la gente y no tengo por costumbre preguntar el nombre de nadie.

:De acuerdo, entonces por el momento no hablaremos de esto. Vamos a hablar del señor Huzaybi y de Sayyid Qutb —dijo.

Pregunté:

:¿Y de qué se trata exactamente? Él respondió que se trataba del intento de tomar el poder tras asesinar a Jamal Naser.

Dije:

:¡Mire, señor! Asesinar a Abdun Naser es sencillamente una acción abominable. Ningún musulmán podría siquiera pensar en hacer algo tan abominable. En realidad, el verdadero problema es el islam. En nuestro país no se ha establecido el islam. Por eso hemos emprendido la tarea de establecer los ideales islámicos y de formar a las nuevas generaciones con ese propósito. Sin embargo, Jamal Naser y sus hombres han iniciado una guerra contra el islam. Él se niega a gobernar conforme al islam. Y proclama públicamente que el islam está anticuado, y acusa de sectarismo a quienes hablan del islam. ¿Acaso las palabras tan necias de Naser no provocan ninguna reacción en vosotros?

Al oír esto, dijo:

:¡De verdad estás loco! Si te matara y te enterrara aquí, nadie se enteraría; es más, te lo mereces. Si te dejo libre ahora mismo, te matarán en menos de una hora.

Dije con calma:

Allah hace lo que quiere… En cuanto terminé esa frase, él se puso furioso y empezó a insultarme; luego, haciendo una señal a un soldado, mandó llamar a Riyad Ibrahim. Cuando llegó Riyad, le dijeron:

Deja estas cintas y casetes para presentarlos ante el tribunal.

…Esta es una loca rematada. …Ustedes seguirán cumpliendo con su deber respecto de ella. Llamen a Sa’d para hablar de este asunto. Unos momentos después, Sa’d llegó, lo saludó y se quedó de pie. Él le dijo a Sa’d:

Haz que entre en razón, Sa’d.

¿Cuántos azotes le daré, pasha? —le preguntó Sa’d.

Quinientos azotes. Volveré dentro de un rato.

En cuanto recibió la orden, Sa’d comenzó a azotarme. Después de azotarme por todo el cuerpo, cuando se cansó, me dejó de pie en esa misma posición, frente a la pared, y salió por un instante. Luego volvió a empezar a azotarme con renovado ímpetu. Después trajeron a varios jóvenes activistas del Ikhwan y comenzaron a golpearlos brutalmente, ordenándoles que me insultaran de manera obscena. Pero, como los soldados de la verdad del Ikhwan no pudieron pronunciar insultos, los golpearon aún más salvajemente. Entre aquellos jóvenes activistas también se encontraba Zia Tuwaiji, piloto de la aviación egipcia. Lo habían detenido y llevado directamente desde la ceremonia nupcial, vestido con su traje de novio.

 

Ahora le tocaba el turno a Hamza

Después de golpearme brutalmente a mí y a los jóvenes activistas del Ikhwan, me enviaron de nuevo a la cárcel. Sa’d me llevó cerca de la celda indicada y me hizo permanecer de pie, de cara a la pared, durante una hora. Hacía un frío intenso y, en aquel lugar descubierto, el viento helado parecía convertir todo mi cuerpo en hielo. A eso se sumaba el dolor de las heridas de los latigazos. La sangre que manaba de las heridas se coagulaba y se endurecía. En ese estado insoportable, Hamza Bisiubi llegó allí acompañado de Riyaz. Apenas llegó, Riyaz dijo:

«¡Muchacha! Actúa con sensatez. Piensa en tu propio bienestar. Esto será mejor para ti… Hamza Pasha, hazla entrar en razón». Entonces Hamza comenzó su discurso:

«¡Zaynab! Usa la razón. No te comportes como una tonta. ¿Por qué no reconoces tú también tu error, como todos los demás miembros del Ikhwan?

Le pregunté:

«¿Qué error he cometido para que lo reconozca? Mira, nos habíamos organizado con el propósito de difundir la enseñanza del tawhid entre la nueva generación»

Al oírme, Hamza miró hacia Safwat. Safwat ya se había colocado detrás de él. Le dijo a Safwat:

«Trae dos sillas, una para mí y otra para ella. Su esposo es amigo mío. Por eso me estoy esforzando tanto por hacerla entrar en razón». Cuando trajeron las sillas, me dijo que me sentara.

Se puso a pensar cómo comenzar la conversación. Entonces intentó contarme una historia inventada sobre su amistad con mi esposo y, valiéndose de ella, expresar su simpatía hacia mí. Yo iba a sentarme, pero, dada la condición en que se encontraba mi cuerpo por los golpes del látigo, no podía sentarme de ninguna manera. Sentía un dolor terrible.

Hamza me volvió a decir que me sentara. Yo le dije:

«Ahora no puedo sentarme. Déjame hablar y escuchar de pie».

Comenzó a hablar de esta manera:

«Tú misma te has hecho daño. Tu rostro se ha demacrado y palidecido. Tus dos piernas han tomado la forma de las piernas de un hombre salvaje. ¡Cuánto sufrirá tu esposo si te ve en este estado! Al verte, parece que fueras una anciana de sesenta años. Tu esposo es amigo mío. Me apena muchísimo verte así. Mira tus dos manos… parecen las manos de una obrera».

Safwat comentó burlonamente desde atrás:

«¡Pasha! Tú dices que es una anciana de sesenta años, pero a mí me parece una anciana de ciento veinte. Mira, hasta sus facciones se han deformado. Su esposo hoy en día la insulta con solo oír su nombre y pronto la abandonará y le enviará por correo el documento de divorcio desde cualquier lugar.

Sin hacer ningún comentario sobre aquellas palabras, Hamza se dirigió a mí y dijo:

«Has planteado un desafío ante mí. Quiero liberarte de tu situación actual. Créeme, soy tu bienqueriente».

Permanecí de pie en silencio, mirándolo con una mirada cargada de odio. No sé si comprendía la expresión de mi odio silencioso. Pero, en mi opinión, era un cobarde de primera.

Cuando me hablaba a gritos, tenía la impresión de que intentaba ocultar su propio miedo tratando de asustarme. En realidad, mi firmeza los había alarmado.

De repente, rugió como una fiera y ordenó a Safwa que me sometiera. Inmediatamente me volví hacia la pared y levanté ambas manos contra ella. Entonces, el látigo que sostenía Safwat comenzó a bailar sobre mi espalda, ya cubierta de heridas. Llamó a otro soldado llamado Sa’d y lo colocó a mi lado. También llevaba un látigo en la mano. Otro soldado trajo un recipiente lleno de látigos empapados en aceite de oliva y lo dejó delante de mí. El cruel Sa’d atraía mi atención hacia aquellos látigos hervidos en aceite de oliva caliente. Después llegaron alrededor de una docena más de soldados, cada uno con un látigo hervido en aceite caliente, agitándolo en el aire mientras me lanzaban insultos obscenos.

Pero no les presté la menor atención ni les di importancia alguna, y permanecí absorto en el dhikr de Allah. Repetía una y otra vez aquella aleya del Sagrado Corán:

«(Los verdaderos creyentes son aquellos) a quienes se dice: “La gente se ha aliado contra vosotros; por tanto, temedles”. Al oír esto, aumenta su fe y exclaman: “Hasbunallahu wa ne’mal wakil”: “Allah nos basta, y Él es el mejor protector”».

Poco después, llegó el desalmado Ruby y dijo, pavoneándose:

«Todos vosotros… salid… esperad… Aplazo su ejecución hasta esta noche».

Después, me tomó de la mano y me arrastró hasta la celda.

 

Regreso a la celda

Cuando abrieron la puerta y entré en la celda, vi que Aliya y Gada Amma estaban durmiendo. Al oír que yo llegaba, ambas se despertaron y se alarmaron terriblemente al ver la sangre que me corría por las piernas. Les dije que volvieran a dormir y yo mismo continué recitando aquel hadiz del amado Profeta:

«En el nombre de Allah comienzo. Por el gran honor de Allah y Su infinito poder, busco refugio, por Su mandato, del mal de todo cuanto está delante de mí y detrás de mí».

Así pasaron dos noches, pero el dolor no se alivió. Me cubría todo el cuerpo para ocultar de los ojos de Aliya y Gada las marcas de los latigazos. Ellas insistían en saber lo que había sucedido aquella noche. Cuando Gada le preguntó a Aliya por lo ocurrido aquel día, Aliya la hizo callar. Al percibir en la pregunta de Gada una insinuación de alguna nueva propuesta, yo también permanecí callado.

 

La segunda noche

Después de la oración de la noche, se abrió la puerta de la celda y Safwat entró con su aspecto aterrador. Dijo con su habitual tono severo:

«Tú, muchacha, Zaynab…» Al decir esto, me tomó de la mano y, mientras me arrastraba, dijo: «Vamos». Avanzaba empujándome una y otra vez. En el camino se encontró con un hombre y le dijo:

«Safwat, Khalil te está esperando». Safwat me lanzó un insulto y dijo:

«Precisamente lo estoy llevando con él».

Aquel hombre preguntó:

«¿Es esta Zaynab al-Ghazali?»

Safwat respondió con un insulto:

«Sí, esta es Zaynab al-Ghazali». Poco después me llevaron a una habitación. Al otro lado de la mesa estaba sentado un hombre de aspecto espantoso. En cuanto me vio, se levantó casi de un salto, como un enfermo poseído por un yinn. Luego, mientras patrullaba por la habitación, le dijo a Safwat:

«Ve a llamarlo y tráelo».

Safwat entró acompañado de un hombre. Este, nada más entrar, se sentó en una silla y me preguntó:

¡Vieja! ¿Quién eres?

: Zaynab al-Ghazali —respondí.

Él preguntó—

: ¿Por qué estás aquí?

: ¿Cómo iba yo a saberlo? —dije……

Él dijo—

: Debes saber que hoy estás aquí porque tú, Huzaybi, Sayyid Qutb y Abd al-Fattah Ismail planeasteis asesinar al presidente Nasser—

Protesté con firmeza y dije—

:No son más que falsas calumnias.

Él dijo:

:Habla con cuidado. Esta noche ya no habrá palizas, sino que te mataré de una vez… ¿No sabes quién soy? Soy la bestia de la prisión militar, ¿entendido?

Dije:

:Hasta que llegué a la prisión, no me había encontrado con ningún ser humano, salvo bestias y perros. Por supuesto, el caso de los Hermanos perseguidos es distinto. Aquí, los líderes queridos por el pueblo están siendo brutalmente humillados y torturados por bestias y perros.

El hombre se levantó de un salto, me dio una fuerte patada y, tras arrojarme al suelo con un violento empujón de ambas manos, siguió pateándome sin parar. Con aquel ataque repentino, quedé casi inconsciente. Él también jadeaba. Me lanzó una mirada penetrante y dijo:

:No quiero oír palabras filosóficas; hablarás como es debido. Al decir esto, me propinó una fuerte bofetada en la mejilla.

Safwat me sostuvo con ambas manos y me sentó en una silla. Después cerró la puerta y se marchó.

Poco después llegó un segundo hombre y dijo:

:Oh, Zaynab, ¿qué estás haciendo? ¿Estás humillando y burlándote de la gente? Sabes que el presidente es un hombre muy liberal. Él desea tu bien. Queremos convertirte en testigo de cargo en el caso. Retiraremos los cargos que pesan contra ti por el plan que habías trazado junto con los Hermanos Musulmanes.

Yo dije:

:El delito no es de los Hermanos Musulmanes ni mío. Más bien, los delincuentes son ustedes. Son culpables de gobernar por la fuerza un país musulmán.

Él dijo:

:O estás loca, o quizá padeces una debilidad psicológica. En fin, te dejaré. Sin embargo, enviaré a alguien que sabe muy bien cómo llegar a un acuerdo contigo.

Cuando se marchó, di gracias a Alá. No me había obligado a permanecer de pie.

Me sentía sumamente cansada.

Poco después, un hombre entró con un látigo en la mano, me ordenó que me pusiera de pie y me preguntó mi nombre. Respondí con naturalidad:

:Zaynab al-Ghazali.

Él dijo

:¡Desgraciada muchacha! Esta es la última noche de tu vida. Me quedaré aquí hasta tu último momento.

En ese momento, otro hombre llegó y le dijo al primero:

:Vete. Yo me quedaré con ella un rato. Esta muchacha ha hecho muchas buenas obras en su vida. Pero, al final, por haber caído bajo la influencia de los Ijwan, hoy se ha enfrentado a un peligro tan grave.

El primero dijo con asombro:

:¡De verdad! ¿También ha hecho buenas obras en su vida?

Pero, sea como sea, ya le queda muy poco tiempo de vida. Dentro de poco lo matarán.

El segundo hombre dijo:

:Vete, pues. Veré si puedo llegar a un acuerdo con él. Y bien, ¿qué esperáis obtener de él?

El primero dijo:

:Tanto el presidente como su asesor desean que sea testigo de cargo en el juicio y declare contra los Hermanos. Los Hermanos ya han confesado sus delitos. Dicho esto, el primero se marchó.

Entonces el segundo, fingiendo compasión por mí, dijo:

:Zaynab, ¿por qué te haces esto a ti misma? Tu ropa está desgarrada y hecha jirones.

Después se sentó sobre la mesa y dijo:

:Escucha reuniendo todo tu entendimiento y responde a cada una de mis preguntas.

Al verme en silencio, volvió a decir:

:Esta mañana me he reunido con tu hermano Abdul Momen, con Saif y con tu esposo. Tu esposo es realmente un hombre muy bueno. Pero tú le has causado problemas. Estoy interesado en salvarte de este peligro. Y para ello solo tienes que convertirte en testigo de la Corona. Es un camino muy sencillo.

Después llamó a Safwat y le dijo:

:Necesita dormir y descansar. Llévala de vuelta a su celda.

Me dijo:

:¡Ah, sí! Mañana volveremos a reunirnos; ven después de pensarlo muy bien.

 

Un breve descanso

Cuando llegué a la celda, Aliya y Ghada estaban dormidas. Al oír que yo llegaba, Aliya se despertó. Con voz adormilada preguntó:

¿Ha llegado, alhajja?

Alhamdulillah —respondí—. Quería dormir, pero no pude conciliar el sueño. Entretanto, se oyó el adhan del fajr. Todas rezamos juntas en congregación. Después de la oración, cuando Ghada me preguntó por las penurias de la noche, le dije:

Ruega a Allah que me mantenga firme en el camino de la verdad. Quieren someterme a una nueva prueba. Me exigen realizar tareas imposibles.

Allah ciertamente la ayudará. Pero Ghada empezó a hacerme una pregunta tras otra para averiguar lo ocurrido durante la noche. Como yo estaba sumamente cansada y atormentada por el dolor, no pude contarle nada. En mi fuero interno me preparaba para afrontar lo que sucedería la noche siguiente. Aliya comprendía la gravedad de la situación. Hizo callar a Ghada. Así, de algún modo, pasó aquel día.

 

La noche de la opresión

Finalmente llegó aquella noche que tanto temía. Aliya y Ghada Ammar rogaron ante Allah por mi bienestar y liberación, y por el bienestar y la liberación de todos los Hermanos. Se abrió la puerta y entró un hombre nuevo con Safwat. El recién llegado entró conmigo en una habitación, ordenó a Safwat que se marchara, me indicó que me sentara en una silla y dijo:

¡Zaynab! Has hecho volver decepcionadas a todas las personas que vinieron para ayudarte y apoyarte. ¡Hoy también he venido a verte! Espero que nuestro Señor me ayude y que Allah también te guíe hacia el camino correcto. Y, en lugar de hablar en favor de los Hermanos, espero que prestes atención a esto: ellos te confundieron y te arrastraron a esta situación delicada. Has sido engañada por ellos. Piénsalo: ¿de verdad quieren poner en práctica los ideales islámicos? ¿O están utilizando el nombre del islam para alcanzar el poder? Queremos que adoptes una actitud más benévola hacia nosotros. El señor Huzaybi ha dicho sobre ti cosas que incluso podrían servir de fundamento para condenarte a la horca. Sayyid Qutb también apoyó la opinión del señor Huzaybi. Naturalmente, nosotros no aceptamos sus palabras, porque queremos liberarte de este conflicto. Queremos convertirte en testigo de cargo para el Gobierno. Queremos que regreses ahora a tu casa y, cuando necesitemos tu testimonio, enviaremos a alguien a buscarte o iré yo mismo. Si estás de acuerdo conmigo en esto, puedo organizar un encuentro entre tú, el presidente y su asesor. Además, se emitirá de inmediato una orden del presidente para devolverte a la sede central de tu organización. Y no solo eso: el presidente te nombrará para un alto cargo ministerial y recibirás títulos honoríficos de todas las universidades del país. Ahora ha quedado claro que los Hermanos te han traicionado. Han cargado sobre tus hombros y los míos todo el peso de la culpa y buscan por sí mismos una vía de escape.

El hombre seguía hablando así y yo lo escuchaba en silencio. Mientras hablaba, también intentaba leer la reacción de mi rostro. Luego pulsó el timbre colocado sobre la mesa y llamó a Safwat. Después, dirigiéndose a mí, dijo:

:Tú bebes ‘kahwa’ (un tipo de café), ¿quieres que mande traer un cuenco para ti?

Dije:

:Muchas gracias. Por ahora no necesito nada. Al oír mi respuesta, envió a Safwat a traerle té y dijo:

:Zaynab, te daré papel y pluma. Escribe en él aquello en lo que hemos llegado a un acuerdo.

Dije, asombrada:

:Yo no he estado de acuerdo con usted en ningún asunto. Ni siquiera sé qué debo escribir.

Mientras me entregaba el papel y la pluma, dijo:

:Todavía no has podido comprender correctamente cuáles son tus propios intereses.

:Todavía no has podido comprender correctamente cuáles son tus propios intereses. El presidente Gamal Nasser quiere ayudarte y está dispuesto a librarte de este proceso.

Pregunté:

:¿Un proceso por qué? ¿Un proceso porque el pueblo se está uniendo para comprender correctamente la religión? En realidad, el proceso debería entablarse contra el presidente, sus asesores y sus secuaces. Porque ellos son los responsables del deterioro moral y de las costumbres en el país, de la propagación de la obscenidad y de la importación de corrientes de pensamiento ateas. Ellos son quienes han creado el desorden en el país. Si tengo que escribir, escribiré sobre la realidad general de este país pobre. Solo puedo escribir las verdades que me resultan claras y que han llegado a mi conocimiento mediante la observación.

Él dijo:

:Sé, Zaynab, que eres una mujer con una educación superior y que tu talento es excepcional; espero que no desees que tu situación se vuelva aún más lamentable. Aquí tienes papel y pluma; piensa bien y escribe lo que sea mejor para ti. Me voy. Ah, y al escribir, recuerda que el presidente quiere mantenerte fuera del proceso. Ya se te ha explicado el contenido del proceso. Te lo repito: al-Hudaybi y Sayyid Qutb planearon ambos el asesinato de Gamal Nasser y la toma del poder. Según las declaraciones de ambos, fue Zaynab al-Ghazali quien elaboró el plan. Ellos te atribuyen toda la culpa y buscan quedar libres de responsabilidad. Incluso dicen que tú eres la única responsable de estos acontecimientos y que, por tu culpa, hoy se encuentran en peligro. Ahora escribe. Pero piensa muy bien al escribir sobre tu propia opinión y sobre la opinión de los Hermanos acerca de ti. Ellos te hacen responsable de todo. Según nosotros, fueron ellos quienes te descarriaron y, después de incitarte, se retiraron ellos mismos. Dime, ¿eso fue valentía o cobardía?

Después me dejó sola, junto con el papel y la pluma, y se marchó. Comencé a escribir correctamente:

:¡Cuánto lamento que este desdichado papel y esta pluma hayan caído precisamente en manos de una prisionera torturada de la celda! Nos habíamos reunido con los jóvenes Hermanos con el propósito de estudiar jurisprudencia islámica, los hadices, la Sunna del Mensajero, la exégesis del Sagrado Corán y otras materias semejantes. Leíamos Al-Muhalla de Ibn Hazm, Zad al-Ma’ad de Ibn Qayyim, At-Targhib wa at-Tarhib de Hafiz Montazeri, y las obras Fi Zilal al-Qur’an y Ma’alim fi at-Tariq de Sayyid Qutb. Estudiábamos la biografía del Noble Mensajero y las biografías de los Compañeros para conocer cómo se establece el modelo de vida islámico. Estos cursos se realizaban con el permiso y bajo la supervisión del imán al-Hudaybi. El propósito de estos cursos era atraer a la nueva generación hacia el pensamiento recto y las buenas obras, y crear las condiciones para un liderazgo adecuado. Sentíamos la necesidad de formar verdaderos activistas, con la esperanza de restablecer el ideal islámico en el mundo. Después de extensos debates, análisis y reflexión, decidimos organizar a los jóvenes. Nuestro objetivo era guiar por el camino recto a los jóvenes incultos y confundidos de la sociedad. Para alcanzar este objetivo, adoptamos un plan de trece años. Después realizaríamos un estudio en todo el país. Si de él resultaba que la proporción de los habitantes del mundo que apoyaban el ideal islámico era inferior al veinticinco por ciento, decidimos volver a poner en práctica un plan de trece años. De este modo, observaríamos la situación por segunda, tercera y cuarta vez, en etapas sucesivas y sistemáticas. Mientras no llegara a ser partidario activo del ideal islámico el setenta y cinco por ciento de la población del país, continuaríamos así con nuestro trabajo de formación. Entonces, ¿qué tiene que temer de esto Gamal Nasser? ¿Y por qué tendríais tanto miedo vosotros, que estáis vinculados al gobierno? Tal vez transcurran varias décadas antes de que alcancemos nuestro objetivo. Entonces, ¿por qué os tiembla el pecho de preocupación? En nuestro plan no hay absolutamente nada sobre matar a Nasser. Matarlo no sería un problema; más bien, toda la nación se enfrenta a un problema mayor que matar a muchos como él. Lejos de pensar en matar a alguien, ni siquiera imaginábamos causar el menor daño a ningún ser vivo. Pero vosotros estáis tramando asesinar injustamente a innumerables musulmanes creyentes, levantando acusaciones falsas y sin fundamento como estas. Más bien, respóndeme tú: ¿quién os ha dado la orden de detenernos indiscriminadamente de esta manera, torturarnos y ejecutar el plan de asesinarnos? ¿Estáis cometiendo estos actos injustos e ilegales siguiendo instrucciones de los judíos o por orden de los socialistas de colmillos afilados? Al contemplar el renacimiento islámico de los musulmanes, los ateos, comunistas y socialistas, los capitalistas explotadores cristianos antirreligiosos de Occidente y los sionistas no encuentran fin a sus preocupaciones. El lema de la revolución islámica les ha hecho insoportable el descanso de día y de noche. ¡Sí, así es! El nombre del islam les resulta insoportable. Por eso han soltado a sus servicios de inteligencia tras el movimiento islámico en todo el mundo musulmán y, por medio de sus agentes a sueldo, están llevando a cabo conspiraciones para hostigar y asesinar a los muyahidines del islam.

Pero sepan que Allah difundirá Su luz y humillará a los incrédulos. Si hoy nos matan, mañana avanzará una caravana irresistible de millones de creyentes para mantener en alto el estandarte del islam.

En cuanto a la revista de la Asociación de Mujeres Musulmanas, la sede de la asociación o todo este mundo que nos rodea, diré solamente que no dependemos de nada. Solo deseamos la complacencia de Allah y el establecimiento de la religión de Allah en el mundo de Allah. Escribí mi declaración y debajo firmé con mi nombre: «Zaynab al-Ghazali».

Cuando Safwat Rubi entró y me pidió los papeles escritos, se los entregué. Se los llevó afuera. Al cabo de un rato vino a verme el hombre que me había traído el papel y el bolígrafo. Llevaba varios papeles en la mano. Naturalmente, no eran escritos míos. Pero los cortó y rasgó, y luego los arrojó de tal manera que quería hacerme creer que había despedazado y hecho trizas los papeles escritos por mí.

Esta vez llamó a Safwat y le dijo:

«Sujétala, Safwat… Esta muchacha es realmente digna de ser colgada; la gente hizo bien en decidir matarla. Vine para ayudarla. Como ha rechazado mi propuesta, déjenla ahora colgada de la horca». Después de decir esto, se marchó. Entonces Safwat empezó a golpearme como un animal. Me daba puñetazos con las dos manos y me pateaba sin parar. Cuando se cansó, me encerró en la celda y se fue.

Me maravillaba al pensar qué pretendían obtener finalmente de mí, después de que yo hubiera expuesto repetidamente y con claridad mi postura, tanto oralmente como por escrito, y de que hubieran intentado hacerme ceder mediante amenazas y tentaciones. Ya deberían creer que nada puede apartarme de mis principios. ¿O acaso querían matarme conforme a un plan predeterminado para sentirse aliviados? He explicado todo con claridad más de una vez; no hay nada oculto, todo está claro y todo ha sido expuesto con su correspondiente explicación. Entonces, ¿qué quieren?

 

La maleta y la carta del presidente Nasser

Cuando se cerró la puerta de la celda, fue como si hubiera llegado a otro mundo. Sentía que todo mi cuerpo, cada articulación y cada miembro, se desprendían poco a poco. Me encontraba agitada por el dolor, el ardor y el sufrimiento. No encontraba alivio en nada. No podía sentarme ni permanecer de pie. Intenté acostarme un poco, rígida y entumecida, pero me dolía. Solo me retorcía de un lado a otro, presa de un dolor insoportable por los golpes de los látigos y las fustas, los puñetazos y las patadas. A fuerza de golpearme, me dejaron todo el cuerpo lacerado, y con sus insultos obscenos e indecibles sumieron mi alma en la tristeza. Mientras me volvía de un lado a otro, inquieta y atormentada por el dolor, se oyó el adhan del fajr. Aliya y Ghada Ammar se despertaron para la oración. Hicimos el tayammum y realizamos la oración. Mi estado era entonces como una respuesta a todas las preguntas. Se entendía claramente qué había ocurrido y por qué. Aliya me dijo:

:El médico me ha dado una pastilla para dormir. ¿Quiere tomar una…? Yo dije:

:Puede dármela. Se la pedí para dormir. Pero ¿dónde iba a encontrar el sueño? ¿De dónde habría de venir el sueño, con el cuerpo destrozado por los golpes y la inquietud de un espíritu herido? No hay otro recurso aparte de la misericordia de Allah. Encuentro sosiego únicamente en el nombre de Allah. Incluso en medio de semejantes torturas, percibo en mi interior una fuerza desconocida para rezar y recitar el Corán de Allah.

Gada solía marcar rayas y escribir las fechas en la pared de la celda de Ammar. Dijo:

:Hoy es dieciocho de octubre. Yo dije:

:Por la gracia de Allah, también pasarán los días restantes. Alia dijo:

:Si Allah quiere.

A las cuatro de la tarde, se abrió la puerta de la celda y entraron Safwat y dos soldados. Llevaban una enorme maleta. En cuanto la vi, la reconocí. La habían traído de mi casa. Safwat abrió la maleta, sacó una cosa y, mientras me la mostraba, dijo:

:Zaynab, hemos traído estas prendas y pertenencias de tu casa. Después volvió a meter todas las cosas en la maleta y la cerró. Parecía que iban a enviarme a algún lugar para un largo viaje. Le pregunté:

:¿Quién trajo estas cosas y quién las hizo traer? Safwat dijo:

:Nosotros las hicimos traer, y tu hermana Hayat las entregó aquí. Después les dijo a los soldados que se fueran y, al poco rato, él también se marchó. Al ver que el verdugo regresaba, cerré los ojos, irritada, y de repente perdí el conocimiento. Aliya y Ghada comenzaron rápidamente a masajearme las manos y las plantas de los pies. Cuando recuperé el conocimiento gracias a sus esfuerzos, me consolaron y dijeron:

:¡No es nada, alhajja! ¡El asunto es muy sencillo! Su ropa se ha echado a perder, por eso quizá hayan traído ropa buena. No hay ninguna otra razón especial.

Le dije a Aliya:

:¡Esto es una señal de que se avecina una calamidad, Aliya!

:¡No, alhajja! Seguramente hicieron traer todo esto simplemente porque usted lo necesitaba —dijo Aliya.

Dije:

:¡No, Aliya, no! ¿Acaso esto no es otra prueba? ¿Por qué traerían únicamente mi ropa? Yo no les pedí que la trajeran; una enorme calamidad está a punto de abatirse sobre mí… ¡Que Allah me mantenga firme en la verdad y me libre de la calamidad!

Estábamos realizando la oración del ‘asr. De repente, Safwat entró, me apartó de la oración a empujones y, mientras me arrastraba, dijo:

:Ven conmigo. Después encerró a Aliya y Ghada en la celda y se marchó llevándome consigo. Me condujo a una galería aparte. Luego me empujaron a un lugar estrecho, oscuro y maloliente. Era un sitio terriblemente espantoso, lleno de madrigueras de serpientes y ratas. El intenso frío, el mal olor y el espantoso silencio me aterrorizaron profundamente. Con los ojos anegados en lágrimas, rogué a Allah y le pedí ayuda para afrontar la crisis. «Debes saber que al mencionar el nombre de Allah, el alma se llena de una fuerza y una serenidad indescriptibles.»

De repente apareció una luz y Safwat entró, extendió la mano y dijo:

:Toma, lee esta carta.

Abrí la carta y vi que estaba escrita en letras impresas:

«Oficina del Presidente. Después, estaba escrito a máquina:

«Por orden del presidente Abdun Nasser, que Zaynab al-Ghazali sea sometida a torturas y castigos más dolorosos que los infligidos a los hombres».

Firma

Gamal Abdel Nasser

Presidente de Egipto.

La carta llevaba también el emblema oficial del Gobierno y un sello presidencial especial. Después de leer la carta del presidente, cuando se la devolvía a Safwat, le dije:

: Alá es mucho más grande y poderoso que todos vosotros. Alá nos basta.

Me miró con una mirada asesina y, mientras profería insultos inenarrables, cerró la puerta de la celda y se marchó.

Poco después, me sobresalté al volver a oír la voz de Safwat; decía:

: ¡Quedas advertida, cuidado!

Cuando abrieron la puerta de la celda, vi a Bisiuni. Entró y dijo:

: Se te concede otra hora para reflexionar mejor y tomar una decisión. Fórmate una idea clara de lo que te conviene. He hecho traer la ropa que necesitas para reunirte con el presidente Jamal Naser y su asesor Abd al-Hakim. Después cambiará tu opinión sobre el caso. Mirando a Safwat, dijo:

: Léale la carta del presidente. Safwat volvió a leer la carta.

«Por orden del presidente Abdun Naser, que Zaynab al-Ghazali sea torturada y castigada con mayor dureza que los hombres».

Firma

Jamal Abdun Naser

Presidente de Egipto.

Hamza tomó la carta de manos de Safwat, me la entregó y dijo:

: ¡Toma, loca! Lee la carta e intenta comprender bien su contenido.

Dije:

Ya he leído esta carta. Él dijo:

Léela otra vez. ¿Dónde está Hunter, Safwat? Volví a leer la carta. Después la arrojé al suelo y dije:

¡Hijos de los pecadores infieles, salgan, les digo! Mi Señor es muy poderoso… Hamza Bisyuni salió de la celda y llamó a los soldados. Los soldados entraron con aquella maleta de ropa y gritaron:

Te damos otra hora de oportunidad. Esta es tu ropa. Piensa bien y haz lo que sea mejor para ti. La solución del problema está ahora en tus manos.

Después cerraron la puerta de la celda y se marcharon. Yo estaba suplicando ante Allah:

«¡Oh, santo Sustentador! Dame fuerza y valor para poder enfrentarme a la adversidad».

Al cabo de una hora se oyó la voz áspera de Safwat:

: ¡Atención, cuidado! Hamza Bisyuni viene. Hamza entró, me vio y preguntó:

: ¿Qué pasa? Todavía no te has vestido. Entonces, ¿acaso quieres morir? —dije:

: No me importa. Me he entregado por completo. Hamza dijo:

: Está bien, Safwat, esta muchacha ofrece su vida a cambio de las vidas de Sayyid Qutb y Huzaybi. Ellos solo quieren liberarse de esto. Ahora serán absueltos sin culpa… Safwat me arrastró con mano dura hacia un rumbo desconocido. Al pasar junto a la galería, lancé en voz alta el grito «Allahu Akbar». Mi propósito era que Alia y Ghada Ammar lo oyeran. Porque, conforme a lo que había dicho Hamza Bisyuni, pensaba que quizá este fuera el último momento de mi vida.

Cuarto capítulo

Las torturas de Shams Badran

Safwat me llevó caminando durante mucho tiempo hasta llegar a la oficina del oficial Hani. Después, Hani me llevó a la oficina de Shams Badran.

¿Saben quién es este Shams Badran? Un individuo depravado, inferior incluso a una bestia despiadada y cruel. Este hombre, más feroz y salvaje que una hiena, ha dejado un espantoso historial de opresión contra los seres humanos. Cuando se encuentra con musulmanes creyentes, adopta una forma aún más terrible. Mediante métodos especiales y procedimientos bárbaros, tortura a los musulmanes con tal dureza y violencia que es imposible ofrecer una descripción exacta. Con todas sus fuerzas, intenta destruir la aqida y las creencias de los musulmanes y convertir a un musulmán en un no musulmán a fuerza de golpes. Sin embargo, todos sus esfuerzos bestiales terminan fracasando.

Cuando llegué, me preguntó con extrema arrogancia y desprecio:

: ¡Zaynab al-Ghazali! ¿Todavía estás viva?

: ¡Sí! —respondí con voz serena y pausada, usando la misma palabra.

La oficina de Hamza Bisyuni estaba justo al lado de la oficina de Shams Badran. A mis espaldas, Safwat estaba preparado con un látigo en la mano, acompañado por otros dos verdugos. La brillante punta negra del látigo se agitaba como una llamarada de fuego.

Shams Badran dijo con arrogancia:

: ¡Eh, muchacha… Zaynab……! Aún estás a tiempo; corrige tu actitud…… Mira por tu propio bien. Yo también quiero librarme de tus problemas y ocuparme de los demás. ……¡Por el honor de Abdel Nasser! Te cortaré y despedazaré a golpes de Hunter hasta dejarte hecha pedazos.

Yo respondí con la misma voz serena y pausada:

: Ocurre lo que Allah quiere; Él es Todopoderoso.

Dijo:

: ¡Oye, muchacha! ¿Qué clase de insolencia tan extraña estás mostrando? Permanecí en silencio.

Esta vez preguntó:

: ¿Qué relación tienes con Sayyid Qutb y Huzaybi? Respondí con voz serena:

: Una relación de hermandad islámica.

Preguntó como un necio:

: ¿Qué hermandad?

Volví a decir:

: La fraternidad islámica.

: ¿Cuál es la profesión de Sayyid Qutb? —preguntó.

Respondí:

: El profesor e imán Sayyid Qutb es un valiente muyahid en el camino de Allah, un mufassir del Sagrado Corán, es decir, un exegeta, un mujaddid y un mujtahid.

Preguntó como un ignorante:

: ¿Qué significan todas esas cosas?

Esta vez pronuncié las palabras lenta y claramente, haciendo especial hincapié en cada una, y dije:

: El profesor Sayyid……Qutb……líder……y maestro……líder del pensamiento islámico……escritor……célebre literato y verdadero seguidor del Mensajero de Dios……

Cuando hizo una seña silenciosa a los verdugos, estos se abalanzaron sobre mí con sus látigos y fustas.

Después de que la paliza continuara durante mucho tiempo, volvió a preguntar:

: ¡Oye, muchacha! ¿Cuál es la profesión de Huzaybi?

Respondí:

: El profesor y ulema Hasan Huzaybi es el líder y guía de los musulmanes. Está vinculado a los Hermanos Musulmanes. Está comprometido con el establecimiento de las normas de la sharía islámica. Es un muyahid en el camino de Alá. Su objetivo es que toda la comunidad musulmana regrese al camino del Corán y la sunna……

Antes de que terminara de hablar, los látigos y las fustas comenzaron de nuevo a hacer arder mi espalda.

Shams Badran dijo, consumido por la ira:

: ¡Todo eso son tonterías, muchacha……! ¡Estás balbuceando disparates sin sentido!

Hasán Jalil también estaba allí. Él dijo:

—Pasha, déjale hablar. Está a punto de descubrirse una información importante. Después se acercó a mí, me tomó de la mano y preguntó:

—¿Has leído la obra de Sayyid Qutb, «Ma‘alim fi al-Tariq» —Milestones—? Yo respondí:

—Sí, claro que la he leído.

Allí estaban presentes también varios oficiales de alto rango. Habían venido a disfrutar de las torturas demoníacas que me infligían. Uno de ellos dijo:

—¿Puedes exponernos un resumen de esta obra? Respondí: sí. Bismillāh al-Raḥmān al-Raḥīm, waṣ-ṣalātu wa-s-salāmu ʿalā Rasūlihi al-Amīn: comienzo en el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. Infinitas bendiciones y paz sobre el Mensajero digno de confianza……

Pero Shams Badran no me dejó continuar. Golpeó las manos de una manera extraña y me preguntó:

—¿Te crees que has encontrado el púlpito de una mezquita? Recuerda, no estamos en una mezquita…… estamos en una iglesia. Al mismo tiempo, profirió obscenas injurias.

Hasan Khalil dijo:

: ¡Perdone, Pasha!… Bueno, Zaynab, ¿qué has aprendido de «Ma’alim fi al-Tariq»?

Esta vez dije con solemnidad:

: «Ma’alim fi al-Tariq» es una célebre obra del exegeta y mujtahid literario Sayyid Qutb. En ella exhorta a la umma musulmana a regresar al amparo del islam. Llama a los musulmanes a despertar de nuevo sobre la base de la fe en el tawhid…… Ha mostrado a los confundidos y extraviados la luz del Corán y la Sunna…… Les ha pedido que se arrepientan de sus errores y avancen por el camino de la religión, y ha instado a la umma musulmana a salir de las tinieblas de la ignorancia y alzar la antorcha del ideal islámico. Ha dicho que el islam es el único camino hacia la salvación y el progreso. El islam es el único camino para alcanzar la paz y la prosperidad. Mientras los musulmanes no sigan el camino del islam, su destino no cambiará. Por eso hay que leer y comprender el Corán. Hay que avanzar hacia la consecución de los objetivos y las metas. Ha dicho que los musulmanes deben responder al llamado de la razón, la inteligencia y la conciencia. Deben seguir el tawhid y la risalat. Porque solo los ideales del tawhid y la risalat pueden garantizar a la umma musulmana una vida más luminosa.

Después de escucharme, todos permanecieron sentados en silencio durante unos instantes. Luego Hasan Khalil rompió el silencio con un comentario típico de Ahmad:

: Vaya, resulta que es una buena oradora; puede pronunciar discursos excelentes. Otro dijo:

: Además, es escritora y periodista. Después me leyó un fragmento del editorial del periódico que yo dirigía, confiscado en el momento de mi detención.

Pero a Shams Badran no le gustaba nada de aquello. Interrumpió, me miró con ferocidad y dijo estúpidamente: —No me entra en la cabeza nada de lo que dice esta muchacha.

: En cuanto pronunció estas palabras, los verdugos volvieron a abalanzarse sobre mí con sus látigos. Mientras me golpeaban, dijeron:

: Dile al pachá toda la verdad, palabra por palabra.

Por la manera de hablar de Hasan Jalil se comprendía que estaba tendiéndome una trampa para atraparme. Les dijo:

: No pasa nada. ¿Por qué tanta prisa?

Después, dirigiéndose a mí, dijo:

: Quiero conocer el significado de «La ilaha illallah, Muhammadur Rasulullah», que habéis adoptado como vuestro eslogan más querido e importante. Yo dije:

: Pues bien, el amado Profeta Hazrat Muhammad (la paz sea con él) llamó a toda la humanidad y dijo que no es propio del ser humano adorar ídolos, personas ni ningún otro objeto o poder. El ser humano es el representante de un solo Alá. La dignidad y la importancia del ser humano son superiores a las de todos los seres y objetos de la creación. Por tanto, el ser humano no adorará a nadie salvo a un solo Alá. Solo ante un único Alá inclinará la cabeza; ante ningún otro ni en ningún otro lugar. En términos generales, este es el significado de «La ilaha illallah». Y el significado de «Muhammadur Rasulullah» es que Muhammad (la paz sea con él) es el último Mensajero elegido por Alá. Por medio de él, Alá envió al mundo el islam, el código de vida eterno y perdurable para la humanidad, a fin de establecerlo en la tierra. El Corán y la Sunna son la esencia del islam. Creer plenamente en Alá, en Su Mensajero Muhammad —es decir, en el Corán y la Sunna— y presentar su ejemplo práctico en todos los ámbitos de la vida es un deber ineludible. En resumen, este es el significado de nuestra Kalima Tayyiba.

Shams Badran pareció inflamarse al oír estas palabras. Gritó:

: Deja de decir esas tonterías.

: Inmediatamente, sus bestias domesticadas comenzaron a descargar sobre mí sus látigos y fustas. Hasan Khalil, como si creyera que la presa estaba cerca de su trampa, le dijo a Shams:

: ¡Pasha! Concédeme un poco más de tiempo, por consideración a mí.

Después, mirándome, dijo:

: ¿Qué opinas de nosotros? ¿Somos musulmanes o infieles?

Yo dije:

: Examínate poniéndote a prueba con la piedra de toque del Corán y la Sunna. Quedará claro quién eres y si tu relación con el islam es de enemistad o de amistad.

Al oír mis palabras, Shams Badran estalló de ira. Decía todo lo que se le venía a la boca. Comenzó a proferir insultos sumamente sucios y obscenos. Yo permanecí callado. Además, ¿qué otra cosa podía hacer? Como ni siquiera eso lo calmó, empezó a jadear y a saltar como una bestia feroz. Siguió despotricando:

No sabes nada del régimen salvaje de Jamal Nasser. Allí reina una barbarie ciega, y arrasará con todo lo que encuentre delante, como paja ante una violenta tormenta. Sus hombres están acostumbrados a devorar a los viajeros del camino como tigres hambrientos……

Shams Badran miró a Safwat y dijo:

Por lo visto, ni siquiera a golpes se someterá; cuélguenlo boca abajo. Safwat salió y regresó con una gruesa barra de hierro y dos soportes de madera. Detrás de él llegaron otros tres verdugos con látigos en las manos.

Cuando terminaron de preparar todo para dejarme colgado, les pedí un pantalón largo para ponérmelo.

Hasan Khalil le dijo a Badran:

: No importa. Después, Shams Badran ordenó que trajeran un pantalón largo para mí. Un soldado lo trajo rápidamente. Shams Badran dijo:

: Ve a esa habitación, ponte el pantalón y vuelve.

Al entrar para ponerme el pantalón, vi una sala enorme con aire acondicionado central. Era un salón elegantemente decorado, con muebles de gran calidad, el suelo cubierto de alfombras caras y todo tipo de lujos. En fin, cuando regresé con el pantalón largo puesto, por orden de Shams Badran me colgaron en el aire. No recuerdo exactamente cómo me ataron las manos y los pies y me dejaron colgando. Pero recuerdo que Shams Badran daba órdenes a los hombres que me colgaban como si estuviera dirigiendo soldados en el campo de batalla.

Después de que me ataron y me dejaron colgado, gritó:

: ¡Safwat, azótalo quinientas veces! Inmediatamente comenzó aquel espectáculo de salvaje tortura. Parecía que competían por ver quién podía golpearme más fuerte. Es fácil imaginar cuánto aumentaron mi dolor y mi sufrimiento con aquella paliza conjunta. Pero, aun así, no mostré mi debilidad ante aquellas bestias. Soportaba los aterradores golpes de sus varas y látigos, y buscaba la paz interior recordando el nombre de Alá. Sin embargo, cuando el dolor superó los límites de lo soportable, ya no me fue posible seguir soportándolo en silencio; entonces elevé un lamento ante la puerta de Aquel Todopoderoso, para quien todo lo manifiesto y lo oculto es igualmente claro. Repetía: «¡Oh, Alá! ¡Oh, Alá!», mientras los golpes del látigo intensificaban aún más mi dolor. Después, continué invocando únicamente a Alá hasta perder el conocimiento. Al desmayarme, caí al suelo como un cuerpo sin vida. Intentaron ponerme de pie y volver a colgarme, pero no pudieron. No me quedaba ni la más mínima fuerza para mantenerme en pie. Cada vez que intentaba levantarme, volvía a caer. Mi dolor estaba superando los límites de lo soportable. La sangre corría por ambas piernas, mientras Shams Badran ordenaba a Safwat que me levantara y volviera a colgarme. Cuando, abrumado por el sufrimiento, intenté apoyarme contra la pared, Safwat me azotó y me apartó de ella. Entonces, sin otra salida, dije:

: Déjame sentarme un poco en el suelo.

En respuesta, Shams Badran dijo:

: No se te permitirá sentarte en absoluto. ¿Dónde está tu Alá? ¡Llámalo, a ver si puede salvarte de nuestras manos! Pero, en lugar de eso, llama a Abdun Nasser y mira qué provecho sacas. No presté atención a las palabras de aquel vil e ignorante y permanecí callado. Él, fanfarroneando, dijo:

: Dime, ¿dónde está ahora tu Alá?

Al ver que permanecía callado, volvió a gritar:

¿Dónde está tu Alá? ¡Responde!

Esta vez dije con la voz entrecortada por las lágrimas:

: Allah Todopoderoso es el mejor de los administradores.

Después me enviaron directamente desde la oficina de Shams Badran al hospital.

 

La celda del agu’a

Al salir de la oficina de Shams Badran, comencé a tener dificultades para respirar. Sentía la necesidad de sentarme unos instantes para recuperar la normalidad de mi respiración. Parecía que todos mis miembros se habían desprendido de mi cuerpo. Pero no había remedio: los verdugos eran incapaces de comprender el dolor humano. Cuando Safwat me arrastró hasta la última galería del hospital, Hasan Jalil dijo de repente desde atrás:

: Safwat, vuelve. El pachá llama a Zaynab. Así que, por orden de Shams, tuve que regresar otra vez. En cuanto entré en la oficina, vi frente a mí a la hermana Hamida Qutb. Yo la reconocí en cuanto la vi, pero, como mi aspecto físico había quedado desfigurado, ella no me reconoció al verme. El hambre, la sed y, además, estas indescriptibles torturas de cada momento habían desfigurado por completo mi cuerpo, mi rostro y el color de mi piel. Shams Badran preguntó a la honorable Hamida Qutb:

: ¿Es esta Zaynab al-Ghazali?

Al oír la pregunta, Hamida me miró detenidamente y dijo con voz apagada:

: Sí.

En aquel momento me encontraba en un estado entre la inconsciencia y la semiconsciencia. Por eso no pude recordar en detalle el interrogatorio y la conversación con la hermana Hamida Qutub. Sin embargo, por algunas cosas que escuché, me pareció que Shams Badran le preguntaba a la hermana Hamida Qutub sobre la hermana Isa Fatema. Ella estaba en la celda contigua a la mía.

Mientras Hamida Qutub respondía a las preguntas de Shams Badran, este me ordenó salir.

En cuanto salí de su oficina, quedé completamente inconsciente y caí al suelo. Safwat hizo llamar a una enfermera por medio del soldado Abdul Mabud. La enfermera abrió el tapón de un frasco y me hizo olerlo; entonces recuperé el conocimiento. Después, el verdugo Safwat me hizo poner de pie y, mientras hacía girar el látigo que tenía en la mano, dijo:

: Camina rápido; más rápido.

Mientras caminaba, volví a desmayarme y caí al suelo. Cuando recobré el sentido, volvió a hacerme poner de pie y me ordenó caminar deprisa. Al mismo tiempo, usaba su látigo contra mí. Los golpes del látigo sobre mi cuerpo herido ardían como fuego. Así, entre levantarme y caer, mientras recibía golpe tras golpe, quedé reducido a un estado lamentable. El látigo enloquecido del verdugo era terriblemente despiadado. ¡Oh, Allah! ¿Acaso ellos también son seres humanos creados por Ti? ¡Qué criaturas tan extrañas! Caminan apoyándose en dos piernas y en un solo látigo. En ese momento, alguien pareció ordenar:

: Déjenlo en la celda número cinco. Entonces llegó otra orden:

: Llévenlo a la celda de agua.

Safwat me hizo entrar en una habitación y sentarme; llamó a una enfermera, que me vendó las heridas.

Cuando abrieron la puerta de la celda, vi detrás de ella un muro de hierro. Su altura era como la de un árbol grande. Me hizo subir al muro y me ordenó saltar y caer abajo. Al oír sus palabras, todo mi ser pareció quedar paralizado de miedo. Ni siquiera tenía fuerzas para moverme una pulgada. Al otro lado del muro vi un pozo de agua. Reuniendo todas mis fuerzas, le dije a Safwat:

: No me quitaré la ropa bajo ninguna circunstancia. Él dijo con una risa cruel:

: Bajarás al agua vestido solamente con una prenda. Yo dije:

: Solo estoy envuelto en un chal. Él dijo con desprecio:

: De todos modos, dentro de una hora tendrás que morir. Quítate también el pantalón largo.

Yo dije:

: Cuando vaya a la habitación, te lo devolveré. Él preguntó a su vez:

: ¿Qué habitación ni qué nada? Ahora mismo te arrojaré a este pozo.

Dije:

: Entonces date la vuelta. Él se vuelve de espaldas y yo me quito los pantalones largos y se los devuelvo. Así, me fueron devueltos los pantalones largos que me habían dado para enviarme a la oficina de Shams Badran.

Ahora, vestido con ropa vieja y hecha jirones, me preguntaba qué hacer. Cuando Safwat me ordenó que saltara al agua, me resistí y dije:

: No, no me suicidaré. Si quieren matarme, ustedes deberán asumir toda la responsabilidad.

Pensaba que realmente habían tomado la decisión definitiva de matarme. Al ver aquella situación, eso parecía evidente. Porque ¿qué otro propósito podían tener las torturas desmedidas, los insultos indecibles, las amenazas y la orden de saltar al pozo de agua? Estaba claro que lo que querían era matarme. Si querían, podían empujarme al pozo y matarme. Ser martirizado de esa manera en el camino de Allah era mi deseo. Decía:

: Oh Allah, puro Sustentador. En el camino de Tu religión, recibo con beneplácito la muerte de mártir… ¡Bienvenida sea!

El verdugo vino y, azotándome, intentaba obligarme a saltar al agua. Pero me negué a saltar por voluntad propia. Entonces, los azotes incesantes comenzaron a inundarme la espalda de sangre como la lluvia del mes de Shravan. Al final, incapaz de soportarlo más, caí desplomado al suelo. Al verlo, Safwat, junto con Sa’d y Samb, me levantó entre los tres y me arrojó al pozo de agua.

Al caer abajo, vi que bajo mis pies había tierra firme. Entonces comprendí mi error: no era un pozo de agua, sino una celda de agua. Otro método abominable de castigo. Levanté las manos ante Allah y dije:

¡Oh, Señor de los mundos! He dejado todos mis asuntos en Tus manos. Solo deseo Tu complacencia. Mientras tenga vida, permaneceré firme en el camino de Tu complacencia. ¡Oh Allah!, deseo Tu complacencia y Tu amor. Concédeme paciencia y valor para poder afrontar cualquier peligro al seguir Tu camino.

Mientras tanto, Safwat siguió azotándome sin piedad.

Mientras me azotaba, dijo:

Siéntate.

¿Cómo voy a sentarme con tanta agua? ¡Es imposible!

El torturador Safwat, usando al mismo tiempo la boca y el látigo, dijo:

Siéntate como uno se sienta para rezar. Y eso deberías saberlo muy bien. Siéntate…… Intenta sentarte, rápido. … Solo Jamal Nasser sabe cómo escarmentar a los ikhwan…… Te estoy diciendo que te sientes…… Oye, muchacha, ¿me estás escuchando?

Cuando logré sentarme de algún modo, el agua me cubría hasta la barbilla. Safwat dijo:

¡Cuidado! No moverás ni un cabello de un lado a otro. ¡No podrás mover las manos, los pies ni ninguna parte del cuerpo! Jamal Nasser ha ordenado que te den mil latigazos al día…… Así que te daremos diez latigazos por cada movimiento.

Al encontrarme en aquel entorno inimaginablemente espantoso, me angustié tanto que incluso perdí la sensibilidad ante el dolor y el sufrimiento. Sin embargo, al entrar en contacto con el agua, el dolor de las heridas se volvió muchas veces más intenso. En aquel estado, si no hubiera recibido la especial misericordia de Allah, habría sido incapaz de soportar tanto dolor y sufrimiento. Por la intensidad del tormento, incluso había olvidado las palabras del verdugo Safwat, de Sa’d y de Samb. Además, Safwat volvió a empezar a azotarme, haciendo aún más insoportable la amargura de la situación. Mientras hacía restallar su látigo, Safwat dijo:

: ¡Escucha, desgraciada! Si intentas dormir, este látigo te despertará; permanecerás sentada exactamente así, sin moverte. …… ¿Ves ese orificio en la puerta? Vigilarán tu estado por allí. Si intentas levantarte un poco, estirar los brazos o las piernas, o mirar a un lado y a otro, el látigo estará listo para enderezarte…… Te hemos colocado justo en el centro de la celda. ¡Ni se te ocurra intentar acercarte a las paredes! Si quieres acercarte a la pared, diez latigazos. Si estiras las piernas, diez latigazos; si estiras los brazos…… diez latigazos…; si mueves la cabeza, diez latigazos… Recuerda que así se completarán mil latigazos diarios. A ver si Huzaybi o Sayyid Qutb pueden salvarte…… Recuerda, este es el infierno de Nasser. Aunque grites invocando el nombre de Allah durante toda tu vida, nadie vendrá a salvarte. Pero si, por buena suerte, invocas el nombre de Abdun Nasser, las puertas del paraíso se abrirán para ti al instante. ¿Entiendes? El paraíso de Abdun Nasser…… Si no lo entiendes, te esperan castigos mucho más severos. Si obedeces mis palabras, estoy dispuesto a interceder ante el Pasha para que te libere. Irás ante él y harás lo que te diga, tal como él lo ordene. Después no habrá más sufrimiento ni preocupaciones. Dime, ¿estás loca? Idiota. ¿Por quién y por qué estás destruyendo tu propia vida? ¿Por los Hermanos? Ellos ya lo han confesado todo. Ahora la soga de la horca pende sobre tu cabeza.

Yo permanecía sentada, impasible, escuchando su parloteo. Aquel necio, estúpido, imbécil, obstinado y arrogante era incapaz de comprender el lenguaje de mi rostro. Por eso continuó diciendo:

Obedece mis órdenes y, reflexionando detenidamente sobre mis palabras, procura tu propia liberación…… De lo contrario, mañana al amanecer tu muerte será segura, Zaynab.

Aun así, como no dije nada, se enfureció y dijo:

¿No vas a responder, eh?

Aun así, permanecí callado y él continuó con su discurso:

: Mira, te mostraré un camino muy sencillo. Te llevaré ante el Pasha. Solo le dirás cómo había planeado asesinar a Sayyid Qutb y a Huzaybi Nasser.

Al no poder soportar más sus palabras necias, dije en voz alta con todas mis fuerzas:

: Todos los Ikhwan son inocentes y no han cometido ningún delito. Allah pronto tomará represalias contra vuestra violencia y opresión. No ambicionamos intereses mundanos; lo que más deseamos es la complacencia de Allah… Basta, después sucederá lo que tenga que suceder.

Al oírme, Safwat permaneció allí de pie, insultándome de forma indecible durante media hora. Luego, mientras se marchaba, dijo:

: En fin, ya te he comunicado la orden de tu castigo diario.

Cuando se marchó, pensé: ¿cómo voy a moverme? Si estiro las piernas, la nariz y la boca se hunden en el agua. Por tanto, no me queda otra opción que permanecer de pie. ¿Qué puedo hacer? Tendré que soportar los diez latigazos. Confiando en Allah, me levanté en el agua.

Pensé que el soldado de guardia estaba durmiendo. Al oír el adhan del fajr, golpeé la pared con la mano, hice tayammum y, mediante gestos, comencé a realizar primero dos rak‘at sunnah y después dos rak‘at fard. En ese momento se abrió la puerta, entró el guardia y comenzó a descargar latigazos. Terminé rápidamente la oración y volví a sentarme en el agua, con la barbilla sumergida. Esta agua estaba tan sucia y maloliente que no se podía hacer el wudu con ella.

Cuando me senté, volvieron a cerrar la puerta. Repetía una y otra vez: «Hasbunallahu wa ni‘mal wakil». Poco a poco comencé a adormecerme. Pero en cuanto mi barbilla se hundía en el agua, se me quitaba el sueño.

De ese modo, el guardia Samb entraba en la celda hasta cinco veces cada vez para azotarme. Tanto mis movimientos eran completamente normales como los azotes eran absolutamente necesarios.

El crimen

A la hora de chasht, es decir, alrededor de las nueve de la mañana, Safwat vino, me sacó de la celda de agua y me encerró en otra celda contigua. Me senté, apoyando la espalda contra una de las paredes de la celda. En aquel momento, incluso aquella dura pared de piedra me parecía tan suave como una almohada de algodón. Casi exhalaba el último aliento a causa del dolor y el hambre; el hambre me abrasaba el estómago, y el dolor de las heridas parecía despedazarme. Las heridas del cuerpo y las del corazón se unieron para crear un tormento tan inconcebible, indescriptible y espantoso que no tenía comparación.

En aquel estado insoportable, Safwat se presentó acompañado de un demonio negro, haciendo girar un látigo. Safwat se puso de pie y ordenó al demonio negro:

: Entabla con ella la relación más abominable. Si protesta o se resiste, aquí tienes este látigo para someterla.

Al oír aquella abominable y demoníaca orden, imploré a Allah diciendo:

: ¡Oh, Allah, protector de la vida y del honor! Soy tu sierva y permanezco firme en mi promesa de mantenerme constante en el camino de tu complacencia… Debido a mi debilidad, te suplico al menos esta pequeña ayuda: protege mi honor y mi castidad de las intrigas de Satanás y de las manos de los pecadores, y ayúdame a enfrentarme al opresor.

¡Qué infinita es realmente la gloria de Allah! El hombre que había sido designado para infligirme un tormento inhumano, aquel cuya presencia y cuya voz casi me hacían perder la conciencia, me llamó «tía mamá». Sorprendida, volví la mirada hacia él. Ya no quedaba en su rostro aquella horrenda expresión. Sus ojos y su rostro resplandecían ahora con el fulgor de una luz extraña. Dijo con voz clara:

: Tía mamá, no tenga miedo. Aunque ellos me corten en pedazos, no le causaré ni la más mínima tristeza. Yo, embargada por la emoción y con la voz ahogada por las lágrimas de alegría, dije:

: ¡Hijo mío… hijo de mi corazón! Que Allah te conceda la guía… Que Allah te recompense con la mejor recompensa. De repente, la puerta de la celda se abrió de un golpe. Safwat comenzó a azotar a aquel hombre mientras decía:

: ¡Maldito hijo de perra! Te has puesto en peligro al no cumplir mis órdenes. Ahora mismo te enviaré a un consejo de guerra… ¡Hijo de perra! Has desobedecido las órdenes de Jamal Naser… Si quieres salvar la vida, cumple mis órdenes antes de que te lleven ante Shams Pasha. Te doy una hora; veré si haces el trabajo. Si deseas seguir con vida, empieza ahora mismo.

Safwat se marchó por el pequeño agujero de la puerta después de impartir aquellas órdenes.

El soldado, desde el interior de la celda, saludó a Safwat y dijo:

: ¡La orden de Su Excelencia es sagrada!

Con miedo, recordé aún más el nombre de Allah y le pedí ayuda para que me protegiera de aquel peligro inminente. Pensé que, al recibir nuevas órdenes y para salvar su propia vida, aquel soldado se vería obligado esta vez a torturarme. Tal vez ahora se abalanzaría sobre mí como una bestia hambrienta. ¡Pero no! Realmente demostró su valentía. Sonrió como un niño inocente y me preguntó:

: Madre, ¿por qué te tratan con tanta crueldad?

Se lo expliqué:

: Hijo, nosotros invitamos a la gente a seguir el camino de la verdad y la paz señalado por Allah, y exigimos el establecimiento de un sistema social islámico por el bienestar de la población del país. No queremos ningún poder ni riqueza para nosotros mismos. A ojos de los opresores, ese es nuestro delito.

Al oír el adhan del mediodía, golpeé la pared, hice el tayammum y realicé la oración. Cuando levanté las manos para hacer du’a, me pidió que también rogara por él. Rogué por su bienestar en todos los aspectos y, cuando me puse de pie para realizar la oración sunnah, volvió a decir:

: Tía, ruega a Allah para que yo también pueda convertirme en alguien que realiza la oración… Tía, parece que vosotros no sois seres humanos, sino algo superior a los seres humanos, y aun así ellos os hacen sufrir injustamente… ¡Oh, seguidores de Nasser, que Allah os destruya por completo!

Le pregunté:

: ¿Sabes hacer el wudu?

Él respondió:

: Sí, lo sé. Antes rezaba el namaz con regularidad. Pero cuando estos me ven rezar, me arrestan y me encierran en la cárcel.

Le dije:

: ¡Hijo mío! Aunque te encarcelen o te causen cualquier otro sufrimiento, continúa rezando el namaz con regularidad. Alá siempre te ayudará.

Al escucharme, su rostro y sus ojos resplandecieron con un brillo celestial. Dijo con entusiasmo:

: Sí, madre, rezaré el namaz.

Justo en ese momento, un soldado, que lo observaba por la abertura de la puerta mientras la pateaba, se dirigió a él y dijo:

: ¡Eh, hijo de perra! ¿Qué estás haciendo?

Él respondió:

: Que todavía no ha terminado de rezar… Entonces el soldado aplaudió y dijo:

: Safwat viene… Él me envió para ponerte a prueba.

Poco después, Safwat entró como un perro rabioso y comenzó a azotar a aquel joven soldado. Este, extenuado por los terribles golpes del látigo, cayó inconsciente. Otro verdugo vino, se lo llevó y volvió a cerrar la puerta de la celda. Me sentí profundamente afligido al pensar que habían torturado al muchacho únicamente por mi causa, para darme un poco de tranquilidad y descanso. Él había encontrado el camino hacia la complacencia de Allah, había alcanzado la visión de la verdad y se había negado a obedecer las órdenes de los opresores. Había condenado y criticado a los opresores bajo cuyo tormento yo contaba, agonizante, las horas que me separaban de la muerte. Y por eso tuvo que sufrir un castigo atroz. En medio de aquel dolor insoportable, ofrecí la oración del asr de ese día.

 

De nuevo a la celda de’agua

En cuanto se puso el sol, los verdugos de la prisión militar se pusieron manos a la obra. La cruel y brutal carcajada de aquellos hizo temblar los sólidos cuatro muros de la prisión. Las nubes de la funesta oscuridad se volvieron aún más densas y aterradoras.

Volvieron a llevarme hacia la celda de agua en la oscuridad de la noche. El hambre me abrasaba el estómago, la sed estaba a punto de hacerme estallar el pecho y los golpes del látigo habían vuelto venenosa toda mi existencia. En ese estado, cargado de cansancio, me quedé dormido. En sueños vi a varias personas, vestidas con ropas adornadas de perlas y joyas sobre seda intensamente negra, ocupadas en comer frutas selectas en valiosos recipientes de oro y plata y en beber excelentes bebidas. Su mantel estaba repleto de abundantes manjares. En cuanto tuve aquel sueño, me desperté y olvidé por completo el hambre y la sed. Ya no sentía ni el menor hambre ni la menor sed. Parecía que acabara de comer. Agradecí infinitamente a Allah por aquella experiencia tan inesperada. Permanecí así durante tres días enteros, solo y sin comer nada, retenido en la celda de agua, sumergido hasta el cuello. Después, Safwat entró en el agua y, empujándome con fuerza repetidamente, dijo:

: ¿Cuánto tiempo más vas a mantenerte firme en tu arrogancia? Te he dicho que me cuentes todo y te liberes de esto. Cuéntame todo lo sucedido: cómo planeasteis asesinar a Sayyid Qutb y a Huzaibi Nasser. Y tú habías dicho que Abdel Fattah Ismail había ordenado a Nasser asesinarlo… ¿Por qué no estás confesando todo eso y lo demás?

Le dije:

: Todo esto es completamente irreal. ¿Qué puedo decir sobre algo que nunca ocurrió?

Al oír mi respuesta, se marcha insultándome. Al cabo de aproximadamente una hora, Safwat regresa, me saca de la celda de agua, me encierra en otra celda contigua y se va. Esta es precisamente la celda donde Safwat había ordenado a un soldado que me sometiera al trato más abyecto. Al pensar en ello, tiemblo de miedo y suplico a Alá que me ayude a proteger mi honor y mi dignidad.

Poco después, Safwat Ibrahim regresó con un oficial militar y dijo:

: El oficial hablará contigo.

El oficial le dijo a Safwat que se marchara y, dirigiéndose a mí, dijo:

: Sé consciente de tu bienestar y de tus intereses; ¿acaso no es eso lo mejor para ti? Debes saber que esos opresores y tiranos no creen en ningún Dios. No temen a Alá. ¿Sabes qué le ocurrió a aquel soldado? Sí, aquel día lo fusilaron porque desobedeció la orden de castigarte. Ahora están formando para ti un grupo de gente sumamente incivilizada y acostumbrada a la delincuencia. Te ruego que les hagas caso y te protejas de las garras de esos salvajes bárbaros. Hasan al-Hudaybi, Sayyid Qutb y Abd al-Fattah Ismail son todos responsables de sus propios errores.

Aunque escucho las palabras persuasivas de aquel oficial, permanezco callado. También considero sus palabras otro engaño deliberado y una nueva conspiración para chantajearme. No me daba cuenta de que, en realidad, me esperaba una tortura espantosa y estremecedora.

El oficial militar…… dijo, probablemente disgustado:

: Haz lo que te plazca, Safwat… Realmente te veo inamovible…

Safwat entró y, por costumbre, primero me insultó profusamente; después dijo:

: Abdun Naser ha enviado un grupo de demonios. Te despedazarán y acabarán contigo. ¿Cuánto tiempo podrás protegerte de ellos? El tiempo pasa y, a cada instante, te acercas más al abismo de la muerte. Después cerró desde dentro la puerta de la celda.

Después de la oración del Asr, me enviaron de nuevo a la celda de agua. Tras pasar tres días en aquella espantosa celda, el cuarto día Safwat vino, me sacó del agua y me encerró en otra celda. Esa misma tarde, después del Asr, volvieron a enviarme a la celda de agua, y permanecí allí tendido en el agua hasta las nueve de la mañana del quinto día. Así, cada día me trasladaban de una celda a otra, sometiéndome a tortura mental y física.

 

En mi celda, ’el cadáver de la bestialidad

Ni mi cuerpo ni mi mente habían quedado ilesos en ningún aspecto. ¿Cuánto puede soportar un ser humano de carne y hueso esta incesante sucesión de abusos y tormentos? No hay precedente de semejante tortura. Un tormento feroz, tanto físico como mental. El látigo, el azote, los insultos, el engaño y las amenazas: todo ello me era impuesto a diario, como parte de la rutina. Y quienes me estaban sometiendo a aquellos sufrimientos y dolores inhumanos eran también seres humanos como yo. Tenían carne, sangre y corazón, todo como yo. Pero el entorno y el adiestramiento los habían convertido en algo tal que, en realidad, hoy ya no parecen humanos. Por su apariencia y sus sentidos, parecen personas con brazos y piernas. Pero, en realidad, son seres horrendos y aparte, bajo forma humana. Seres horrendos y abyectos, completamente distintos de los seres humanos o de cualquier otro animal. Una creación repugnante y aterradora, completamente distinta de los seres humanos o de los demás animales. ¿Acaso también era distinto el propósito con el que fueron creados?

Me sacaron de la celda de agua y me llevaron de nuevo a la celda contigua; allí me recibió el látigo de Safwat, recién untado de aceite. Al ritmo del látigo, dijo:

: Lo que te harán hoy no se lo hace nadie ni siquiera a un perro.

Dicho esto, cerró la puerta y se marchó. Al cabo de un rato, Hamza Bisiubi, Safwat y dos soldados entraron en la celda.

Hamza dijo, mientras profería insultos soeces: «Huzayb, Sayyid Qutb y Abd al-Fattah Ismail han reconocido cada uno sus propios errores y también los han admitido. También me he enterado por Huzayb de que hizo saber, por medio de Abd al-Fattah Ismail, que matar a Nasser es lícito, porque es un infiel».

Al oír esto, parecía que de sus ojos brotaba fuego, como si la sangre le ardiera. Furioso, dijo:

Debes saber que no cejaré hasta arrancarte una confesión. ¡Habla!… ¿Hablarás o no?

Después, Safwat dio la orden:

«Safwat, explícales su tarea». Y señaló a los soldados:

«Si algún hijo de puta se escaquea del trabajo ordenado o desobedece la orden, me lo enviarán a mi despacho».

Después, Safwat empezó a ordenar a los soldados que cometieran actos abominables, con una actitud sumamente vulgar y obscena. Sus palabras estaban traspasando incluso los límites extremos de la decencia y la vergüenza.

Le ordenó a un soldado:

Cierra la puerta y sigue con tu trabajo. ¿Entendiste, hijo de perra? …… Y cuando termines tu trabajo, enviarás a tu compañero para que haga lo mismo…… ¿Entendiste?

Después de dar esta orden, se marchó.

Mientras el soldado avanzaba poco a poco hacia mí, grité con todas mis fuerzas:

¡Cuidado! ¡No des ni un paso más! Si intentas acercarte, te mataré… ¡Te mataré!… ¿Entendiste? Pero, aun así, seguía avanzando como una bestia hambrienta. Después de eso, solo recuerdo que me abalancé sobre él, le apreté la garganta con ambas manos y, pronunciando con todas mis fuerzas «Bismillah, Allahu Akbar», le clavé con fuerza los dientes en el cuello. De pronto se zafó de mis manos y cayó al suelo. De su boca salía espuma, como espuma de jabón. Permaneció tendido, inconsciente, a mis pies.

Estaba atormentada por el hambre y la sed. A pesar de ser una mujer indefensa, cubierta de heridas por las palizas diarias, me mantuve en pie como un héroe. Fortalecida únicamente por la fe, pude empujar hasta las fauces de la muerte a una bestia tan enorme, poderosa y feroz. Aún hoy me asombra pensar de dónde hizo brotar Alá tanta fuerza en mi débil y agotado cuerpo.

También en esta batalla entre la verdad y la mentira, la mentira fue derrotada. Fue la victoria de la verdad y de la fe. Para el musulmán verdadero, la ayuda de Alá llega así. Por muy poderosos que sean los seguidores de la mentira, no pueden resistir ante un musulmán desarmado que sigue el camino de la verdad. Solo hacen falta una voluntad inquebrantable y una firme confianza en uno mismo.

¡Oh, Dios, qué misericordioso y bondadoso eres! Te doy infinitas gracias.

Siempre han venido a luchar contra la religión de Allah, pero solo los creyentes han alcanzado el éxito. El verdadero creyente jamás fracasará.

Poco después, al abrir la celda, el jefe de los verdugos, Hamza Bisiubi, Safwat y los demás soldados entraron, y sus miradas cayeron sobre aquella bestia postrada. Su rostro aún estaba sumergido en la espuma.

Al ver aquel estado, los enemigos de Allah se quedaron estupefactos. Se quedaron sin palabras, como mudos, y comenzaron a mirarse unos a otros. Después, todos se retiraron con el rabo entre las piernas, como gatos mojados. Al marcharse, volvieron a cerrarme en la celda del agua.

 

Del lado de las ratas hacia el agua

Permanecí encerrado durante cinco días seguidos en la celda del agua. El sexto día me sacaron de ella y me llevaron a la celda contigua.

Mientras esperaba los acontecimientos venideros, mi paciencia estaba a punto de agotarse. También en aquella celda se abatían sobre mí montañas de distintos tipos de abusos y torturas. Yo, indiferente a todas aquellas torturas, permanecía absorto en la meditación de Allah. Pasaba todo el tiempo sentado, apoyado contra la pared de la celda.

De repente sentí que sobre mi cabeza se oía una especie de crujido. Alcé la vista y vi que, tras abrir la boca de un saco, estaban enviando cientos y miles de ratas a mi celda a través del respiradero. ¡Qué escena tan aterradora! Sentía como si la sangre se me estuviera helando. Comencé a recitar esta súplica:

Auẕu billahi minal jubbzi wal-jabā’iz, Allahumma asrif ‘annī as-sū’a bimā shi’ta wa kaifa shi’ta—

«Busco refugio en Allah de los engaños de las mujeres y los hombres engañadores. ¡Oh, Allah!, aleja de mí toda calamidad —tú solo sabes dónde está y cómo es esa calamidad—».

Mientras recitaba esta súplica, se escuchó el llamado a la oración del mediodía. Hice el tayammum, realicé la oración y volví a ocuparme del recuerdo de Allah. Así llegó el llamado a la oración de la tarde, y también realicé la oración de la tarde.

En ese momento llegó Safwat. Antes de que entrara en la celda, todas las ratas habían escapado por el ventilador. Sorprendido, recorrió la celda con la mirada. No lograba entender adónde habían ido tantas ratas. Incapaz de encontrar una explicación, se marchó cerrando la celda de agua mientras me insultaba entre dientes. Al cabo de un rato regresó con Riyaz. Riyaz era un oficial de alto rango. De pie fuera de la celda, intentaba convencerme. Dijo:

: La organización de los Hermanos estaba intentando asesinar a Nasser, tomar el poder y cambiar el gobierno.

Protesté con voz firme:

: Todo eso son tonterías, mentiras. Nos habíamos organizado para formar a los jóvenes conforme al Corán y la Sunna. Después de comprender bien el islam, intentábamos establecer un sistema de gobierno islámico.

: ¿Todavía sigues repitiendo lo mismo una y otra vez…? Entonces ahora entenderás qué es el castigo… Lo que has sufrido hasta ahora no era más que un castigo de nivel preliminar. Después se marchó y yo permanecí tendido en el agua. Así pasé ocho días en aquella celda de agua cerrada. Es imposible explicar la tristeza, la desgracia y la angustia en que transcurrieron aquellos días. Al verme entonces, cualquiera habría podido componer una elegía.

Al noveno día, Riyaz, Safwat y un oficial uniformado vinieron y me sacaron de aquella agua sucia y maloliente. Riyaz me reprendió y dijo:

: Esta es tu última oportunidad de ser liberada. O lo confiesas todo o mueres.

Es cierto que tu Alá tiene un infierno…… pero aquí, Abdún Naser también tiene un infierno y un paraíso. El paraíso y el infierno de Jamal Naser no son conceptos imaginarios como el paraíso y el infierno de tu Alá, sino una realidad palpable.

Me sacan de la celda de agua, me encierran en otra celda contigua y se marchan. Pido a Alá que me libre del mal de esta gente.

Mientras estaba absorta en la súplica, Safwat y Hamza entraron en la celda con diez soldados y un oficial de Bisiubi. Safwat le preguntó a Hamza:

: ¡Pasha! ¿Cuál es su orden respecto a esta muchacha? En respuesta, Hamza preguntó a los soldados: ¿Qué vais a comer?

: Los soldados respondieron: Tomaremos té.

Hamza dijo enfadado:

: ¡Qué demonios! ¿Vais a tomar té, hijos de perra? ¡No té! Safwat, tráeles alcohol, charas y hachís; tráeles cualquier otra cosa que quieran y déjala en sus manos. Que hagan con ella lo que quieran; por mi parte, les doy mi pleno respaldo.

Después cerraron la celda y se fueron. Yo estaba haciendo la oración del Asr en la celda. Mientras me encontraba en postración, Safwat llegó de repente, me empujó y me sacó a la fuerza para llevarme a la celda de agua, donde me encerró.

Riyaz regresó y dijo:

: ¿Quieres mantenerte pura y limpia? Esos soldados han sido preparados especialmente para darte una lección. Todos han ido al hostal. Vendrán mañana mismo y te arrancarán la carne y se la comerán. En el hospital les han administrado inyecciones especiales. Ahora están como perros rabiosos. Todo esto se ha hecho por orden del presidente Nasser. Nasser no te dejará con vida. Todos hemos intentado convencerte cuanto hemos podido. Nos hemos esforzado tanto por hacerte entrar en razón, pero no abandonaste tu obstinación. Ahora dime, ¿cómo vas a mantenerte pura y limpia? ¡Habla, responde! ¿Dónde está tu látigo, Safwat? Safwat empezó a golpearme, y Riyaz continuó incitándolo para que me golpeara aún más.

: ¡Muchacha satyagrahi! ¿Acaso crees que, treinta años después de tu muerte, la gente construirá mezquitas y mausoleos en tu memoria, reconocerá en la prisión tus nobles hazañas y dirá: «Este es el monumento conmemorativo de Zaynab al-Ghazali, quien, aun al llegar al límite de la tortura carcelaria, permaneció firme en sus principios de fe»…? Pero debes saber que nadie, ni siquiera el demonio, se dará cuenta de cómo te estamos tratando ni de lo que aún te haremos.

A pesar de que me retorcía de dolor y sufrimiento, al oír sus palabras se dibujó en mi rostro una sonrisa de desprecio. Para hacer añicos su falsa arrogancia y orgullo, solté una risa desdeñosa y dije:

: Si lo que dices fuera verdad, Alá no nos habría protegido de vuestro daño; ni yo podría estar sentada, riéndome, incluso en el supuesto infierno de Abdun Nasser, como tú dices, ni Alá me habría dado fuerzas para soportar tantos sufrimientos y dolores…… En realidad, somos buscadores de la verdad. Solo anhelamos la complacencia de Alá. Insha’Allah, triunfaremos, y los colmillos venenosos de aquellos a quienes habéis preparado para morder y devorar la carne de mi cuerpo se romperán.

Al oír mis palabras claras, Riyaz empezó a mirar de un lado a otro con ojos inquietos. Safwat se encontraba entonces en algún lugar un poco más lejos. Riyaz empezó a llamarlo en busca de ayuda:

: ¡Ven rápido, Safwat…… Esta muchacha ya ha empezado a dar un discurso! ……Y, dicho y hecho, Safwat se abalanzó como un relámpago y, mientras hacía restallar el látigo una y otra vez sobre mi cuerpo cubierto de heridas, le dijo a Riyaz:

: Señor, déjemelo a mí. Mañana verá en qué estado se encuentra.

Después, como todos los días, volvieron a encerrarme en la celda de agua y se marcharon. Solo Allah sabe cuál era entonces el deplorable estado de mi cuerpo y de mi mente, a causa del sufrimiento y el dolor. Nadie puede sobrevivir en semejante estado. Pero sigo vivo únicamente gracias a la fuerza de la fe.

Sentí una profunda tristeza por la penosa situación del país. Bajo un gobernante tiránico, la verdadera situación del país era sumamente preocupante. El pueblo descontento e intranquilo se hallaba indefenso ante gobernantes crueles, ebrios de poder; no existía nada que pudiera llamarse ley. El partido gobernante hacía cuanto se le antojaba. Reinaba una terrible anarquía por todo el país.

Al reflexionar sobre el país y contemplar su penosa situación, mi propio sufrimiento me pareció insignificante en comparación; sin embargo, mentalmente mi dolor pareció multiplicarse varias veces. Todo el país me parecía un campo de prisioneros, y Hamza, Safwat y Riyaz pasaban el rodillo de la opresión sobre la población inocente de todo el país. Reinaba un extraño régimen de miedo, terror y violencia. Aquellos hombres no eran más que distintos nombres de un mismo grupo. Por naturaleza y carácter, desde el presidente hasta el verdugo, eran todos iguales. Ellos saqueaban y explotaban el país y a su pueblo, y vendían los intereses superiores de la nación a las potencias extranjeras.

¡Ay, país mío! Mi desdichado país… No, no; ¿por qué habrías de ser desdichado? Porque tus hijos poseen el tesoro inestimable del Corán y la Sunna. Firmemente decididos a emprender el renacimiento, tienen ante sí los principios del Tawhid y la Risalat. Aunque los ancianos y ancianas como yo lleguemos a desaparecer…, avanza una generación de jóvenes. Su estandarte victorioso se alza sobre tu pecho, con la promesa de establecer la religión de Allah. Hoy quizá reine Satanás, pero en un futuro cercano se establecerá en tu seno el gobierno de Allah; la oscuridad de hoy se disipará y mañana despuntará el dorado sol de una nueva era… El ser humano volverá a postrarse ante su verdadero Señor.

 

Del agua al abogado

Lamento mencionar repetidamente acontecimientos del mismo tipo. Pero tampoco puede negarse la necesidad de exponerlos tal como sucedieron. Por eso los relato, aunque todos los hechos sean en gran medida semejantes.

Mientras nosotros sufríamos esas torturas en la cárcel, ¿cuál era la situación de mi país, Egipto? Pueden imaginarlo: era terriblemente deplorable. El pueblo vivía constantemente aterrorizado; nadie tenía seguridad en su vida. Por todas partes triunfaban la fuerza, la opresión y la tiranía. Quienes estaban fuera de las celdas se hallaban aún más atemorizados. El saqueo, el asesinato, el bandidaje y los atracos se perpetraban bajo el patrocinio del Gobierno. Matones a sueldo y delincuentes sin escrúpulos habían sido desplegados por todas partes para escarmentar al pueblo. Con sus atropellos desenfrenados, la vida, los bienes y el honor de la gente común habían quedado sin valor. No entendían el significado de la honestidad ni de la civilización. Para ellos no tenían valor el honor, la dignidad ni la educación. Pensadores, intelectuales, escritores, periodistas, poetas, ulemas, maestros, líderes populares e incluso oficiales militares de carácter honrado eran humillados y maltratados por aquellos canallas. Pero nadie tenía posibilidad de pronunciar ni una sola palabra, porque el propio presidente Nasser dirigía esos grupos de delincuentes y antisociales.

Adolescentes, jóvenes, ancianos, mujeres y hombres por igual: todos y cada uno de los ciudadanos amantes de la paz del país estaban siendo humillados de esta manera. Incluso lanzaban a sus hombres contra personas respetables. Y si alguien alzaba la voz contra esas injusticias, lo arrestaban bajo alguna acusación, lo azotaban con látigos, lo soltaban entre una jauría de perros y, finalmente, acababa en la celda de la horca. Tal era la situación general de Egipto durante el régimen de Nasser. En fin, al amanecer del noveno día, Safwat vino, me sacó de la celda de agua y me dijo-

: Te llevan ante el abogado de la fiscalía. Ya te han sentenciado. Sin embargo, todavía puedes salvarte si quieres. Después me amenazó diciendo-

: Seguramente estás al tanto de nuestras intenciones. Ahora veremos qué dices ante el abogado. Mientras decía todo esto, empezó a arrastrarme como a un animal. Le dije-

: Mira, la ropa que llevo puesta se ha desgarrado por completo. Ya no sirve para vestirla. …… Tráeme mi otra ropa.

Sin dar mucha importancia a mis palabras, dijo-

: Eso está por verse; pero si declaras que Hasan Huzaybi y Sayyid Qutb intentan asesinar a Abdun Nasser y hacerse con el poder…… entonces te traeré una manta.

Dije-

: No, no; esas son mentiras.

Entonces dijo:

: ¡Entonces quédate desnuda! ¡Veamos si tu Islam puede cubrir tu vergüenza! Y que los ikhwan también te vean en este estado.

Al oír esas palabras de boca de aquel bárbaro insolente, dije:

: Sin duda, Allah es el auxiliador de los indefensos, el más misericordioso, omnisciente y justo.

Me sacaron de la prisión militar y me llevaron a una espaciosa sala de otro edificio. En el centro de la sala estaba sentado un caballero. Más tarde supe que era Jalal Adib. Me miró una vez y dijo:

: Siéntese.

Fui a sentarme en una silla frente a la mesa. Cuando se dispuso a iniciar la conversación, dijo:

: Usted es la célebre dirigente del movimiento islámico, Zaynab al-Ghazali. ¿Por qué adoptó personalmente una opinión semejante? ¿Es feliz en la situación en la que se encuentra? Mire, soy musulmán y deseo su bien; he venido precisamente con el propósito de salvarla de esta situación. Me llamo Fakhruddin al-Nayabata. Ni siquiera puedo imaginar que una célebre dirigente como Zaynab al-Ghazali esté sentada ante mí en semejante estado. Espero sinceramente que me ayude en el esfuerzo por liberarse de esto.

Le respondí:

: Mire, diré necesariamente lo que es verdad y lo que complace a Allah. Le doy mi palabra, jurando por Allah.

Al oírme, se le frunció el ceño. Preguntó con cierta irritación:

: ¿Qué edad tiene actualmente?

: Nací el 2 de enero de 1971.

Al enterarse de mi edad, dijo estupefacto:

: Al verlo, diría que no tiene menos de noventa años. Uf, dígame, ¿por qué vino a caer en esta lamentable situación? En respuesta, dije con voz serena:

: Lo que Allah ha decretado para nosotros en nuestro destino tenía que suceder. Allah es nuestro amigo supremo y Él es el último apoyo de todo creyente musulmán.

Dijo con compasión:

: Me parece que incluso hablar le resulta muy difícil.

Guardé silencio. Después preguntó:

: ¿En qué asunto se habían puesto de acuerdo usted y Abdel Fattah Ismail?

: Nos habíamos puesto de acuerdo en proporcionar formación islámica a los jóvenes y enseñarles el Corán y la Sunna. Era indispensable para resolver los problemas sociales actuales.

Me interrumpió y dijo:

: Mire, no he venido a escuchar un discurso, sino que solo pido una explicación de los hechos reales. El señor Huzaybi le pidió que transmitiera un mensaje a Abdel Fattah y otro mensaje a Sayyid Qutb; ¿cuáles eran esos mensajes? Creo que mi pregunta es muy clara. ¿Qué dice?

Esta vez dije:

: Le pedí permiso al Murshid-e Aam Huzaybi para incluir en el programa de estudios de las reuniones colectivas de lectura de los jóvenes varias obras basadas en el Corán, el hadiz y el fiqh, como al-Muhalla, de Ibn Hamza; el Kitab al-Tawhid, de Ibn Abd al-Wahhab; y las obras de Sayyid Qutb. Entre los jóvenes también estaba el hermano Abd al-Fattah.

El señor abogado dijo con una sonrisa apagada:

: No, Zaynab, no se trata de eso; diga lo esencial. Intente salvarse. Cuénteme abiertamente lo que ocurrió realmente.

Dije:

Lo esencial y el verdadero objetivo son la reconstrucción completa y el renacimiento de los descendientes del Profeta, es decir, de la comunidad musulmana. Esta vez él dijo con énfasis:

: Todos ellos reconocieron su error y lo pusieron en peligro. Dije con mi habitual voz grave:

: Alá nos mantendrá a ellos y a mí a salvo. No volveremos a la mentira.

En respuesta, dijo con excitación.

: Me parece que usted solo quiere seguir haciendo alarde de su elocuencia. Sufre de autoengaño; incluso el tribunal superior no logra llegar a ningún acuerdo con usted. En aquel momento no tenía fuerzas para decir la verdad. Me dolía muchísimo; pero, al escuchar la declaración de su tribunal superior, me vi obligado a hablar.

: Si el tribunal superior fuera consciente y estuviera atento a sus responsabilidades y deberes, entonces……

Me interrumpió, arrebatándome la palabra, y dijo:

: ¡Cállese! Ahora veo que también está a punto de decir cualquier cosa sobre el tribunal superior de Egipto……

Después llamó a Safwat, que estaba de pie junto a la puerta, y le dijo:

: ¡No sirve de nada, Safwat! ¡También insultó al tribunal!

Safwat parecía estar esperando. Me arrastró a la fuerza y, mirando al abogado, preguntó:

: ¿Dónde, señor?

El abogado dijo: «Hacia el agua». Luego regresé otra vez al agua y al campo de castigo de los azotes incesantes de Safwat. Esta vez comenzó a torturarme de una manera aún más cruel, despiadada y desvergonzada. Pero cuanto más se intensificaba su brutalidad, más aumentaba mi cercanía a Allah.

¡Que Allah proteja a los musulmanes de las manos de semejantes opresores viles, crueles e ignorantes!

 

Comida y azotes

Después de la oración del Asr del décimo día, abrieron la puerta de la celda, me sacaron del agua y me entregaron a otros dos verdugos, diciéndoles:

«Dejadlo en la celda número tres».

Al llegar a la celda número tres, quedé tendido en el suelo como un cadáver sin vida. A causa de los golpes, mi cuerpo se había hinchado y redondeado como un balón de fútbol. Sentía que mi alma estaba a punto de abandonar mi cuerpo. Ya ni siquiera tenía fuerzas para gemir. Entregué mi vida y mi alma a Allah, el Misericordioso por excelencia. Confiando únicamente en Allah, el Todopoderoso, en cuyas manos están las llaves del control de todo el universo, permanecí tendido allí.

No sé cuánto tiempo permanecí tendido en aquel estado de inconsciencia y semiconsciencia. De pronto oí un tremendo alboroto fuera de la celda. Con gran dificultad llegué hasta la puerta y miré por la abertura; vi una enorme multitud de hermanos Ikhwan de pie, formando una fila. Cada uno llevaba una taza en la mano. Al frente de la fila, un soldado servía en sus tazas una especie de alimento líquido. Cuando se acercaban para recibir la comida, otro verdugo azotaba a cada uno en la espalda. Tal vez nadie había imaginado antes una escena tan desgarradora: entregar comida y azotes al mismo tiempo. ¡Qué opresión tan terrible!

Y no solo eso. A ambos lados de la fila de los Ikhwan había también dos hileras de soldados apostados con látigos. Mientras los Ikhwan regresaban con la comida en sus tazas, también soportaban los violentos golpes de los látigos de aquellos soldados. De ese modo, a cambio de un puñado de alimento, se les obligaba a pagar soportando innumerables golpes de látigo. Uno de los verdugos se dio cuenta de que yo había presenciado a escondidas aquella escena desgarradora. Inmediatamente se abalanzó sobre mí como una bestia enloquecida y comenzó a golpearme y patearme con tal fuerza que volví a caer inconsciente al suelo.

El malvado Safwat y uno de sus ayudantes lograron, tras mucho esfuerzo, hacerme recobrar el conocimiento. En su mano vi un recipiente con un poco de lentejas de color negro. De ellas emanaba un olor terriblemente nauseabundo. Safwat me dijo:

: Cómete esto. Si no, diez latigazos—

Dije—

Déjalo ahí. Me lo comeré.

Safwat le dijo a su ayudante—

: Si no se come esto en diez minutos, dale diez latigazos y avísame. Pasé también aquella noche entre un sufrimiento, un dolor y una agitación extremos.

 

En el hospital

El undécimo día, Safwat abrió la puerta de la celda, llamó a alguien desde dentro y le dijo—

: Doctor Majed, entre.

El doctor Majed entró con uniforme militar, acompañado de su enfermero, el soldado Abdul Mabud. En ese momento, de mis pies manaban sangre y pus. Además, el estado de todo mi cuerpo era igualmente deplorable: heridas y llagas, junto con los insoportables dolores que las acompañaban.

El doctor Majed le dijo a su ayudante: «Limpia muy bien ambos pies de este hombre, extrae toda la sangre contaminada y el pus del interior de sus pies, y llévalo rápidamente al hospital». Después, los dos verdugos me dejaron en el hospital.

 

De nuevo, en manos de Shams

Solo me permitieron permanecer un día en el hospital. No podían sentirse tranquilos sin infligirme daños físicos y mentales. Por eso, volvieron a intensificar el castigo. Esta vez, sin embargo, me trasladaron y me recluyeron en la prisión del propio hospital. Aunque la tortura continuaba, en la prisión del hospital sentía una paz relativamente mayor. Por ello di gracias a Alá. En secreto, deseaba que mi estancia en la prisión del hospital se prolongara. Pensaba que así se secarían mis heridas y podría disminuir el dolor de mis huesos. Pero, ¡ay!, los verdugos no permitieron que se cumpliera ni siquiera esa pequeña parte de mi deseo. Me devolvieron otra vez a aquel infierno amargo y venenoso.

El verdugo me llevó a la oficina de Shams Badran. Avanzaba con enormes dificultades. Ni siquiera tenía fuerzas para sostener mi propio peso. Pero ellos no dudaron en azotarme aun en ese estado. En cuanto mostraba la menor lentitud al caminar, sus látigos y fustas se encargaban de mí. No pude recorrer a pie la distancia desde el hospital hasta la oficina de Shams Badran. Debido a mi debilidad, me desplomé en el suelo. Pero los verdugos no me dejaron allí tendido. Me arrastraron por el suelo hasta llevarme a la oficina de Shams Badran.

En cuanto la mirada del asesino y tirano Shams Badran cayó sobre mí, llamó a Safwat y, presa de la ira, comenzó a hacer toda clase de extraños bailes y contorsiones. Parecía que estuviera actuando frente a una cámara. El rostro se le había deformado de rabia, y sus dos ojos parecían rojos como carbones encendidos. Llamó a Safwat y, señalando con el dedo desde el lado opuesto, le dijo:

«Cuélgalo ahora mismo cabeza abajo y dale quinientos latigazos». Brutalidad extrema añadida a la brutalidad. Solo hombres como Shams Badran podían dar semejante ejemplo de violencia y crueldad. Siguiendo las órdenes de su amo, Safwat me colgó y comenzó a completar, uno tras otro, los quinientos latigazos. Yo invocaba a Alá, Alá, en medio de un dolor insoportable. Shams Badran se burlaba: «¿Dónde está tu Alá, a quien estás invocando? Si Alá existiera realmente, sin duda te ayudaría. Mira, invoca a Abdun Nasir; él te ayudará ahora mismo». Entonces hizo afirmaciones tan insolentes sobre Alá que ningún musulmán podría soportarlas. Cuando terminaron los quinientos latigazos, me bajaron y me pusieron de pie. La sangre corría entonces abundantemente por mi pierna herida. Al verlo, Shams Badran dijo: «Dadles un castigo aún más severo, y ese será el tratamiento para sus piernas». Poco después me apoyé contra la pared y, agotado por un cansancio insoportable, me senté. Al ver esto, Safwat intentó levantarme y ponerme de pie tirando de mí con todas sus fuerzas. Pero no lo consiguió.

Justo entonces llegó Hamza, la bestia más despreciable de la prisión militar, y dijo:

: Todo esto es una actuación.

Después no sé qué ocurrió, porque quedé inconsciente. Cuando recobré el conocimiento, estaba junto al médico. El médico me estaba poniendo una inyección en el brazo. Después de ponerme la inyección, el médico les ordenó que me dieran una taza de zumo de naranja. Pero ¿quién hace caso de las órdenes del médico? Shams Badran me dijo:

: No sacarás ningún provecho de seguir obstinándote así. Haz lo que queremos; de lo contrario, no te colgaremos boca abajo y te golpearemos una, dos o tres veces, sino cientos de veces. No pienses que somos incapaces de sacarte información. En realidad, solo te estamos dando una oportunidad, ¿entiendes? Aunque te enterráramos vivo en el suelo, nadie vendría a preguntarnos por qué lo hicimos. ¿Quién nos lo impediría?

Respondí:

: Sucede lo que Allah quiere. Para complacer a Allah, le damos las gracias.

Al oír esto, se enfureció y dijo:

: No vuelvas a decir ese tipo de cosas delante de mí.

Hasan Khalil también me aconsejó y dijo:

: Usa el sentido común, muchacha. Ningún Ikhwan vendrá a salvarte aquí. Ellos mismos están desbordados por sus propios problemas. Solo quieren conseguir su libertad de alguna manera. Después sacó papel y bolígrafo y dijo en tono de consejo:

: ¡Safwat! Llévala al hospital y deja que allí escriba libremente sobre el Ikhwan: cómo y de qué manera entró en contacto con los miembros del Ikhwan; que lo escriba detalladamente. Y escribe cómo se alcanzó el consenso para asesinar a Abdun Naser, así como todos los nombres de los miembros del Ikhwan que conozcas.

De camino al hospital, Safwat me ordenó caminar más deprisa. Pero mi estado era como el de un niño que apenas está aprendiendo a caminar. Por eso, mientras avanzábamos, se detenía de vez en cuando para azotarme y me decía:

: Este es el tratamiento para tus piernas.

Solo Alá sabe cómo logré llegar hasta la habitación del hospital. Mientras me entregaba papel y bolígrafo, Safwat me dijo:

: ¡Eh, pequeña ikhuaní! Naturalmente, conoces nuestro propósito. Por eso te digo que no hace falta ninguna filosofía. Escribe exactamente lo que sabes. Escribe cómo intentaste matar a Jamal Naser… Mientras hablaba, cerró la puerta y se marchó.

Como tenía ampollas en ambas manos, me resultaba difícil sostener el bolígrafo. El primer día transcurrió así. No escribí ni una sola letra. Safwat vino a recoger mi declaración escrita y, al ver el papel en blanco, dijo:

: Para salvarte la vida, vuelvo a dejarte papel. Se fue tal como había venido.

Finalmente, comencé a escribir aun con las manos doloridas. Al tercer día, Hamza Bisyubi vino, reunió todos los papeles y se los llevó. Pasé todo el día sumida en una gran inquietud. Debido al dolor en las piernas, no podía sentarme, estar de pie ni dormir. Me dolían todos los huesos. Era una situación completamente insoportable. Safwat llegó por el mismo camino con otros dos soldados para llevarme a la oficina de Shams Badran. Apenas entré en la habitación de Shams Badran, me lanzó una mirada furiosa y comenzó a gritar de manera espantosa; luego rompió en pedazos los papeles que había escrito, los arrojó a la papelera y dijo:

: ¡Ay, muchacha! ¿Acaso no fueron suficientes todos estos castigos para ti? …… ¿Qué has escrito aquí? Todo son tonterías……… Entonces llamó a Hamza y le dijo:

: Azótala.

Hamza y Khalil dijeron al unísono:

: No, Pasha; sería mejor enviarla entre perros feroces. Shams Badran dijo con voz exaltada:

: Entonces, traigan aquí a los perros.

Safwat y su compañero trajeron dos de los perros más feroces, especialmente adiestrados en la prisión militar, y los presentaron. Shams Badran ordenó soltar los dos perros sobre mí. Ambos perros me atacaron con sus colmillos venenosos y sus garras. Sus dientes y uñas se hundieron por completo en mi cuerpo. Sin otra alternativa, imploré la ayuda de Alá y recé: «Hasbunallahu wa ni’mal wakil»; oh Alá, protégeme de todos los peligros.

Por un lado, las mordeduras y los arañazos de los perros; por otro, los obscenos insultos que salían de la boca de Shams Badran, comenzaron por igual a desgarrar mi cuerpo y mi alma. Mientras tanto, seguían dando órdenes:

: Escribe que decidiste asesinar a Jamal Naser… ¿Cómo queríais matarlo?

Esta vez soltaron otro perro. El ataque de tres perros feroces, sus mordeduras venenosas y los golpes de sus garras. Y yo, una mujer indefensa, agotada por el hambre y la sed, trastornada por el tormento y el dolor de los latigazos. Pero, por la misericordia de Allah, recibí la capacidad de soportarlo todo.

Cuando Shams Badran y sus compañeros vieron que tampoco conseguirían nada con los perros, Shams Badran gritó horriblemente a Safwat:

: Llévatela y sigue azotándola.

Su cuerpo temblaba de rabia. Poco después llegó un médico. Tras examinarme, el médico prohibió que siguieran azotándome, al menos durante aquel día, y dijo:

: Ya no tiene fuerzas para soportar más golpes.

Shams Badran le dijo a Hamza:

: Déjenla en la celda número veinticuatro. Después quiero ver su cadáver. Me enviaron a la celda número veinticuatro. Nunca había estado allí antes. Al entrar en la celda, me sobresalté. Justo en el centro de la celda ardía un fuego dentro de un círculo. A su alrededor permanecía un grupo de verdugos con látigos en las manos. Aterrorizada, contemplaba aquella escena infernal.

De repente, un verdugo me azotó y me ordenó entrar en el círculo del centro. Cuando me acercaba al fuego, otro verdugo me golpeaba con el látigo y me alejaba. Así, entre todos, me obligaban a correr alternativamente hacia el fuego y hacia la pared. Parecía que sobre mí llovían los latigazos. Los golpes del látigo y el calor del fuego crearon una situación de dolor indescriptible; durante dos horas enteras seguí ardiendo y quemándome en aquella celda de fuego mientras recibía latigazos.

Después, Hamza Bisiubi vino, me lanzó una mirada furiosa y dijo:

: Escribe que ustedes querían matar a Abdun Naser. ……De lo contrario, te lanzaremos a este fuego y te quemaremos hasta matarte.

Sin responder a ninguna de sus palabras, grité en silencio y lloré sin lágrimas, manteniéndome firme en mis principios. Finalmente, volví a perder el conocimiento. Recuperé el conocimiento otra vez en el hospital.

 

Escenas dramáticas de tortura

Una mañana, cuando me sacaron de la habitación del hospital, me sorprendí al ver delante de mí a varios fotógrafos preparados con sus cámaras. Me ordenaron sentarme en una silla, cruzar las piernas y llevarme un cigarrillo a la boca. Al parecer, se había vuelto muy necesario tomarme una fotografía de esa manera.

Dije:

: Imposible; lejos de llevármelo a la boca, ni siquiera tocaré un cigarrillo.

En respuesta, me apuntaron con pistolas a la cabeza y a la espalda, y dijeron:

: Si no te llevas el cigarrillo a la boca, acabarás muerto. Sin prestar atención a sus pistolas, me negué nuevamente a tomar el cigarrillo y continué recitando la kalima de la shahada. Dije:

: Haced lo que os plazca; en ninguna circunstancia tocaré un cigarrillo. Entonces me azotaron violentamente. Después volvieron a apoyar la pistola justo contra mi garganta y dijeron:

: Tienes que llevarte el cigarrillo a la boca.

Pero continué negándome una y otra vez.

Finalmente, cuando comprendieron que no lograrían hacerme tocar el cigarrillo, se limitaron a tomar fotografías y se marcharon.

Al día siguiente vinieron y dijeron:

: Debes decir frente a las cámaras de televisión lo que te enseñemos. Dicho esto, me ordenaron memorizar toda clase de falsas acusaciones contra los Hermanos Musulmanes. Les dije:

: Si tengo que decir algo por televisión, lo que diré será lo siguiente:

“Jamal Nasser es un incrédulo, un kafir, y ha emprendido una guerra contra el islam. Por eso nos oponemos a él. Porque se ha negado a gobernar conforme al Corán y ha calificado al islam de reaccionario. Ha responsabilizado a la religión del atraso y la pobreza. Para elaborar sus leyes y administrar el Estado, ha tomado todas sus normas del comunismo y el ateísmo. Según él, la rebelión contra Dios y el lujo materialista son la esencia de la vida. Por eso luchamos defensivamente contra él en defensa de la justicia y la verdad. Al oírme, dijeron:

: ¿Cómo tienes el valor de pronunciar palabras tan desafiantes, aun viendo que tienes los cañones de las pistolas apoyados contra los hombros y la espalda? Digas lo que digas, tendrás que decir frente a las cámaras de televisión lo que nosotros te estamos diciendo.

Dije:

: Ayer, pese a todos vuestros esfuerzos, no pudisteis hacer que tocara vuestros cigarrillos delante de los periodistas y los fotógrafos de prensa. ¿Cómo se os ocurrió entonces que hoy, por miedo a vuestras pistolas, iba a decir mentiras absurdas? No; juro por Dios que no nos inclinaremos ante la mentira. Somos seguidores de un ideal. Somos servidores de la umma musulmana y herederos del Corán. Al fracasar en su propósito, comenzaron a azotarme. Después de azotarme durante mucho tiempo, me dejaron nuevamente en la celda.

 

Celda número treinta y’ dos

Pienso con profundo asombro en una cosa: si realmente me han detenido por algún delito concreto, ¿por qué intentan obtener de mí tantas confesiones? ¿Por qué me exigen confesar que estuve de acuerdo con el asesinato de Nasser o que incluso fui yo quien lo planeó? Si tienen pruebas y evidencias de mis delitos, ¿por qué me acosan y me someten a tanta violencia y opresión sin motivo? Me piden confesiones tan absurdas, cuya existencia solo está en su imaginación y en ningún otro lugar. En realidad, ¿no es acaso el único objetivo de todos estos arrestos y de esta tortura y opresión inhumanas desbaratar así el movimiento islámico y su influencia? Apenas me vieron, fingieron gran asombro y dijeron:

: ¡Vaya, todavía sigues vivo! Hamza, ¿acaso no te dije que quería ver su cadáver?

Hamza dijo con tono suplicante:

: ¡Perdóneme, pachá! Esta vez está dispuesto a obedecer cualquier orden que usted le dé.

Shams Badran me dijo:

: Entonces escribe……

Yo dije:

: No escribiré nada que no sean hechos reales. ¡Entonces, por qué no me matan de una vez! Probablemente, por voluntad de Dios, moriré como mártir.

Hasan Khalil dijo:

: Nunca te permitiremos convertirte en mártir.

Dije:

: El martirio llega como un regalo de Dios. Él se lo concede necesariamente a aquel para quien lo ha destinado.

Shams Badran dijo irritado:

: Safwat, cuélgalo y dale quinientos latigazos…… Veamos quién es su Alá.

En cuanto recibieron la orden, los verdugos me colgaron boca abajo y cumplieron la orden de darme quinientos latigazos. Ni siquiera tuvieron tiempo de pensar que este pobre desgraciado no tenía fuerzas para soportar ni siquiera un golpe ordinario. Cuando terminaron de azotarme, me enviaron a la habitación. Él me indicó que me sentara en una silla y dijo:

: Crees que somos muy crueles y desalmados. Sin embargo, estamos profundamente afligidos al ver tu estado. ¿Sabes que mi padre es profesor de la Universidad de Al-Azhar……

Sin decir palabra, permanecí mirándolo en silencio con una mirada de intenso desprecio.

Inmediatamente volvió a su verdadera naturaleza y dijo con tono amenazante:

: Hamza, deja a este en la celda número treinta y dos.

Al entrar en la nueva celda, vi que habían colocado un marco de madera horizontalmente sobre dos altos pilares de madera y le habían fijado dos grandes anillos de hierro. Los verdugos me hicieron subir a una silla y me ordenaron sujetar aquellos dos anillos con ambas manos. Después de azotarme con el látigo, en cuanto agarré los dos anillos, retiraron la silla de debajo de mis pies. Quedé suspendido en el aire, agarrado a los anillos. Apenas caía al suelo, los verdugos se abalanzaban sobre mí con el látigo y volvían a colgarme de aquella manera. Yo volvía a caer, y así continuó aquel cruel ejercicio durante tres horas.

 

El valor de la fe y la humillación de la mentira

Me llevaron de nuevo a la oficina de Shams Badran. Con un gesto teatral, Shams me indicó que me sentara en la silla de al lado. Después de que me senté, Jalal y Hasan Khalil empezaron a intentar convencerme de que presentara una declaración escrita conforme a la voluntad del pachá. Según ellos, eso sería beneficioso para mí.

Les dije a ambos:

: No puedo escribir nada sobre algo que desconozco. Ellos dijeron:

: Nosotros lo sabemos todo. Los Hermanos Musulmanes lo han contado todo.

Después le ordenó a Jalal que abriera los expedientes y leyera las supuestas declaraciones de Majid Shadli y de los ikhwan. Jalal, tal como le habían indicado, leyó primero la declaración de Ali Usmabi. ¡Al escucharla, me quedé estupefacto! Cuando terminó de leer todas las declaraciones, Shams, asintiendo con la cabeza, preguntó:

¿Cuál es tu opinión sobre estas declaraciones?

Respondí de inmediato:

: No son más que mentiras, invenciones y calumnias.

Dijo Shams Badaran:

: Tú tomaste la iniciativa de reorganizar a los ikhwan; ¿quieres negarlo? Sin embargo, las palabras de tus hombres han demostrado claramente que fuiste tú quien sentó las bases para restablecer esta organización……… Jalal, entonces léenos la declaración de Huzaibi…… Pero enseguida dijo:

: Bueno, detente, detente, deja esa. Por ahora, léenos la declaración de Abd al-Fattah Ismail.

Cuando terminó de leerla, Shams me preguntó: ¿Y ahora cuál es tu opinión……?

Después, Jalal fue abriendo los archivos uno tras otro y leyendo cada confesión en voz alta. Cuando terminó de leerlas todas, Shams me dijo:

: ¿Cuál es tu opinión sobre todo lo que has oído…? Ahora dime si escribirás lo que nosotros queremos.

Respondí con firmeza:

Todo es inventado, una completa tontería.

Él preguntó con una sonrisa de entendido:

: Entonces, ¿cuál es la verdad?

Dije:

: En mi opinión, la confesión de Ali Usamabi que se ha dejado registrada es falsa. En cuanto a los demás miembros de los Hermanos Musulmanes, diré que defienden la verdad y son veraces. Y estas declaraciones y confesiones redactadas en su nombre no son más que falsas calumnias contra ellos.

Shams llamó a Hamza y le dijo:

: «Cuelga ahora a este hombre cabeza abajo y trae a Ali Usmaví». Ali Usmaví llegó con ropa limpia, planchada y pulcra. Tenía el cabello bien peinado; en su cuerpo o en su rostro no había ninguna señal de haber sufrido castigo o dolor. Al observarlo y compararlo conmigo y con los demás prisioneros, no tuve más remedio que creer que aquel hombre había traicionado y, tras prestar falso testimonio contra los Hermanos, había caído en la conspiración de aquellos mentirosos y bárbaros. No respetan ningún principio ni religión. Este también, convertido en presa de Shams Badran, se había unido al grupo de Nasser.

Shams Badran le preguntó:

: «Bien, Ali, la última vez que fuiste a ver a Zaynab al-Ghazali, ¿qué recibiste de ella y qué te dijo?»

Usmaví dijo:

: «Me dio mil guineas (libras egipcias) y me dijo que llevara ese dinero a Ghada Ammar, para que lo entregara en la casa de Huzaybi o de Sayyid Qutb…… Si me arrestaban, debía ponerme en contacto con Ghada Ammar o con Hamida si necesitaba dinero. Ellas saben dónde está el dinero.»

Shams Badran me preguntó:

: «¿Cuánto dinero era, Zaynab? ¿Y por qué estabas tan angustiada por ello?»

Dije:

: Los compañeros del Ikhwan residentes en Sudán y Arabia Saudita enviaron una colecta de 4.000 guineas para ayudar a las familias de los hermanos encarcelados. Además, se gastó mil guineas para ayudar a los estudiantes pobres que cursaban estudios en escuelas y colegios, así como para pagar alquileres y otros gastos… La persona que está declarando de pie ante ti recibió en sus propias manos mil guineas. Para sufragar los gastos de la familia del hermano Abd al-Fattah Ismail…

Esta vez, Shams le preguntó:

: ¡Ali! ¿Qué comiste la última vez en casa de Zaynab al-Ghazali? Ali Usmabi respondió:

: Ella había cocinado con hígado y me había servido un plato lleno de arroz, diciéndome: «¡Come, Ali! Allah te ayudará.»

Shams dijo:

¡Está bien, suficiente! Ahora vete, Ali. Ali salió, habiéndose ganado el favor de Shams Badran.

Shams le dijo entonces a Hamza:

: Trae a Abdul Fattah Ismail.

Poco después, Hamza apareció llevando consigo a Abdul Fattah Ismail. En los ojos de Abdul Fattah Ismail brillaba el atractivo resplandor de una personalidad seria. En la prisión vestía ropas hechas jirones. Por todas partes se veían las huellas de las torturas inhumanas que habían infligido sobre él. Al llegar, me saludó con la natural humildad que le era propia. Yo también respondí a su saludo.

Shams le preguntó:

«¡Abdul Fattah! ¿Qué hacías en casa de Zaynab al-Ghazali y por qué ibas a verla?». Abdul Fattah respondió con voz llena de valor:

Ella es mi hermana musulmana en el camino de la complacencia de Alá. Nos ayudamos mutuamente en la tarea de difundir entre los jóvenes musulmanes la enseñanza del Corán y la Sunna. Naturalmente, nuestro objetivo era cambiar el gobierno y establecer un gobierno islámico en lugar del gobierno partidario de la falsedad.

Al oír sus palabras, Shams Badran se enfureció y dijo:

¿Acaso has empezado a dar un sermón? ¿No sabes que no estás de pie en el púlpito…? ¡Sal!…… ¡Sal!

Abdul Fattah Ismail salió tal como había entrado. Mientras se marchaba, me saludó, y yo respondí:

«Wa alaikum as-salam wa rahmatullahi wa barakatuhu».

Shams Badran continuó profiriendo horribles insultos como un loco…… Sin embargo, al escuchar las palabras claras, nobles y dignas de una gran personalidad de Abdul Fattah Ismail, sentí sinceramente alivio y paz. ¡Es, en verdad, un heroico muyahid! Ha permanecido firme e inquebrantable en los principios de la verdad a pesar de todos los peligros. Infinitas gracias a Allah, pues incluso en esta era moderna de ignorancia aún existen personas tan fieles a la verdad. Rogué a Allah por él. ¿Qué importa que personas como Ali Usmabi traicionen? Miles y miles de soldados de la verdad siguen avanzando con paciencia y valentía en la caravana de los muyahidines del camino de Allah.

Al oír los gritos de Shams Badran, me sobresalté. Gritaba:

: Llévense a esta muchacha. Tráiganla de nuevo ante mí por la mañana, junto con el documento escrito.

Hasan Khalil le dio papel y lápiz a Safwat, y a mí me enviaron a la habitación del hospital. Con el papel y el lápiz en las manos, me preguntaba qué escribiría. ¿Qué querían? ¿Querían acaso que escribiera contra mi Allah y Su religión? No, por Dios, eso jamás sucedería. Escribí:

: Seguimos el camino indicado por Allah, unidos bajo la bandera del Al-Corán; no hay ninguna divinidad excepto Allah. El amado Profeta, el honorable Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él), es el último Mensajero de Allah. Nunca, bajo ninguna circunstancia, asociaremos a nadie con Allah. Solo a Él adoraremos y rendiremos culto. ¡Oh, Allah nuestro! Concédenos valor y paciencia, y concédenos morir aferrados a la fe y al islam.

Y vosotros, faraones de vuestra época: completad este breve período de la vida terrenal. La muerte está, sin duda, predestinada para un día. Muy pronto os enfrentaréis a vuestro destino.

Al día siguiente, Hamza Bisiubi, Riyaz y Safwat vinieron y se llevaron el documento escrito. Regresaron aproximadamente una hora después, me subieron a un automóvil y me llevaron a la oficina de Shams Badran. En aquel momento no podía caminar. Shams rasgó algunos documentos delante de mí, los arrojó a la papelera y dijo:

: Estos son los papeles que escribiste… Parece que no escribirás a mi gusto hasta que te saque una taza de sangre del cuerpo.

Después, entre insultos y latigazos, volvieron a dejarme en el hospital.

 

Mi sentencia de ahorcamiento

Como me encontraba casi al borde de la muerte, me mantuvieron hospitalizado durante algunos días. Un día, poco antes de la puesta del sol, me llevaron a la oficina de Shams Badran. Sin embargo, en vez de hacerme entrar en la oficina, me hicieron permanecer de pie frente a una máquina gigantesca. De aquella máquina eléctrica salían un ruido espantoso y un aire extremadamente caliente. Me mantuvieron toda la noche de pie frente a aquella máquina aterradora. Por la mañana me enviaron de nuevo al hospital. Al ver el estado de mi rostro, el doctor Maje(d) le preguntó a Abdul Mabud:

: Su rostro se ha puesto completamente amarillo… ¿Acaso se lo llevaron de nuevo por la noche?

Abdul Mabud respondió: ¡Sí, señor!

Media hora después, Abdul Mabud me dio pan y un poco de confitura, y dijo que el doctor lo había enviado y había mandado que me lo comiera. A la hora de la puesta del sol volvieron a llevarme a una celda cercana a la oficina de Shams Badran y me dejaron allí. Poco después llegó Hamza Safwat Riaz. Los tres hablaron entre sí en voz baja de quién sabe qué. Los dos primeros se marcharon y el tercero se quedó allí. De repente, empezó a dar una escena extraña, golpeándose y abofeteándose el rostro, arrancándose el pelo y comportándose como un loco furioso. Dirigiéndose a mí, comenzó a gritar:

: ¡Loca de remate! Si hoy no obedeces lo que dice Shams, hoy mismo será el último día de tu vida. ¿Sabes dónde están Rifayat, Ismail y Al-Qumaira?

Dijo:

: Aquí, en esta prisión, por orden de Nasser, se entierra cada día a diez perros de los Hermanos.

Cuando le dije que ellos habían muerto como mártires en el camino de Alá y habían entrado en el Paraíso, al oírlo empezó a abofetearse la cara cada vez con más fuerza y dijo:

: Hasta ahora ni los perros, ni el agua, ni el fuego, ni el látigo ni la fusta han podido hacerte vacilar. Hoy Pasha te degollará y acabará contigo. Ya ha obtenido el permiso de Nasser. ¿Qué vas a hacer?

Dije tranquilamente:

: Lo que haya de hacerse, solo Alá lo hace.

Entonces comenzó a decir:

: ¿Quieres que fracasemos haciendo lo mismo que tú? La Unión Soviética gobierna sobre la mitad del mundo; ¿quieres que te dejemos libre? ¿Y que sigamos las palabras de personas como Huzaybi, Sayyid Qutb y Hasan al-Banna?

—Ustedes están locos……… Nosotros no estamos locos como ustedes, ¿entendido……?

Respondí recitando un versículo del Corán y dije—

: Cuando se les dice a estas personas que no hay más divinidad que Allah, responden con arrogancia: «¿Acaso vamos a abandonar a todas estas divinidades nuestras por las palabras de un poeta loco?». Y esas divinidades son ídolos desafiantes. Y los gobernantes están encargados de proteger a esos ídolos. Ellos son quienes no dudaron en llamar loco al profeta de la humanidad, Hazrat Muhammad (la paz sea con él). Hoy la historia se repite. Hoy también ustedes llaman locos a los muyahidines del camino de Allah, mientras los gobernantes seguidores de la falsedad se han convertido en sus señores y los utilizan para toda clase de actos viles. Y ustedes, por unas pocas monedas, han renunciado a su sentido de humanidad y llevan una vida deshonesta. Decidme: ¿acaso queréis enfrentaros a la ira de Allah para complacer a los opresores y tiranos?

Esta vez preguntó—

: ¿Queréis devolvernos a aquella estancada situación de atraso?

En ese momento se abrió la puerta y los verdugos comenzaron a azotarme despiadadamente con látigos y fustas. Al verlo, Riyaz dijo entre risas—

: Por Dios, Zaynab; te tengo cariño y también siento preocupación por ti.

Mientras recibía los azotes, le pregunté sarcásticamente—

: ¿Cariño y temor? ¿Qué clase de cosa es esa? ¿Acaso eres un cobarde pusilánime? El asunto está muy claro. ¿Por qué están tan ansiosos por obtener únicamente mi confesión? El propósito fundamental de todas sus falsificaciones y fraudes, calumnias, castigos infligidos sin culpa, farsas de procesos con objetivos especiales y acusaciones infundadas contra personas inocentes ya ha quedado muy claro.

Riyaz, golpeándose el pecho, sacudiendo la cabeza y arrancándose el cabello, gritó:

: ¿Han quedado demostradas ante ti como inútiles e ineficaces toda nuestra inteligencia, razón y fuerza? Nosotros, aun comiendo y viviendo saludablemente, hemos enfermado…… ¿Y tú? ¿En virtud de qué sigues vivo? …… El médico ha dicho que, si ahora no te damos comida, morirás.

Hamza y Safwat llegaron y le preguntaron a Riyaz:

: ¿Qué has hecho, hermano? Espero que haya recuperado la razón.

Sonreí levemente, miré a Hamza y dije:

: No logro entender quién es el loco entre ustedes.

Sin decir palabra, Hamza me miró fijamente en silencio y le dijo a Safwat:

: Llévenlo a la oficina contigua.

 

En la oficina del Pasha

Shams me hizo sentar en la silla de al lado y dijo:

: Mira, en mi opinión, no sirve de nada mantener una hostilidad constante.

Escribe todo tal como yo quiero.

Dije con voz normal y tranquila:

: ¿Quieres que escriba precisamente que quisimos matar a Naser? …… Es imposible. Juro por Dios que solo nos habíamos reunido para estudiar las enseñanzas del Corán y del hadiz. Queríamos informar a la gente de que debía seguir el din de Allah, en lugar de seguir a personas opresoras, y les explicábamos cómo debían adorar a Allah y cómo establecer el din de Allah en este mundo. Actuamos conforme al Corán y la Sunnah, y no desobedecemos ninguna orden de Allah. Si por error o equivocación terminamos desobedeciendo una orden de Allah, nos arrepentimos y hacemos tawba por ello. En nuestra opinión, el gobierno actual es incompetente y por eso debe terminar. Pero no mediante la fuerza ni la coerción. Queremos cambiarlo por medios constitucionales, explicando y convenciendo a la población hasta que esté plenamente informada sobre el islam……… Queremos un sistema de gobierno verdaderamente islámico……

Cuando de repente comenzaron a azotarme con un látigo, grité:

: No, no, no escribiré una mentira; aunque me maten, no escribiré. El mundo no tiene ningún valor para mí……

Shams Badran me preguntó, dirigiéndose a mí-

: ¿Por qué no escribiste el nombre de Abdul Aziz Ali en los papeles que rompí?

Quise saber:

¿Qué Abdul Aziz Ali?

: Ese Abdul Aziz Pasha, a quien Nasser nombró miembro de su gabinete. Pero él traicionó a Nasser, cortó precisamente la mano que lo había ayudado y comenzó a oponerse a Nasser.

Esta vez logré reconocerlo y dije-

: Abdul Aziz Ali fue el fundador del movimiento Krishnagupta contra el imperialismo británico. Es un destacado dirigente del Partido Nacional. Abdun Nasser y sus compañeros recibieron de él su formación en el nacionalismo. En mi opinión, es una gran personalidad. Es amigo de mi esposo. Y ahora es mi hermano islámico en el camino de Alá. Su esposa es miembro del consejo central de nuestra organización, mi amiga y mi hermana islámica……

Shams preguntó con voz áspera:

: Entonces, ¿por qué no lo incorporaste al Ikhwan?

Respondí:

: Lo había considerado… pero, como dice el refrán, hay personas cuya cabeza está llena de fuego en lugar de sesos……

Sin dejarme terminar, Shams gritó horriblemente:

: Basta de tonterías, cállate. Después ordenó que me azotaran. Durante un rato cuchichearon entre ellos; luego Hasan Jalil me preguntó:

: ¿Por qué presentaste a Abd al-Aziz ante Abd al-Fattah Ismail, y dónde tuvo lugar esa presentación?

Respondí:

: Cuando mi pierna se fracturó como consecuencia del ataque de vuestras fuerzas de inteligencia, él y su esposa venían a visitarme al hospital. Incluso después de que abandoné el hospital y regresé a casa, ellos seguían viniendo de vez en cuando. Un día, en presencia de Abdul Aziz, también llegó el hermano Abdul Fattah Ismail. Así fue como se conocieron entre sí. Eso es todo lo que sé al respecto.

Hasan Khalil dijo:

: Admito que el encuentro entre Abdul Aziz y Abdul Fattah fue fortuito. Pero ¿cómo llegó Abdul Aziz a conocer a Farid Abdul Khaleq, a través de ti, en tu casa?

Respondí:

: Cuando la enfermera llegó a mi casa para vendarme el hueso fracturado de la pierna, el hermano Abdul Aziz fue a sentarse en la sala de estar. En ese momento, el hermano Farid Abdul Khaleq también llegó y se sentó allí. Todavía no se conocían. Cuando la enfermera terminó de vendarme la pierna y se marchó, el hermano Farid Abdul Khaleq entró para verme. En ese momento, el hermano Abdul Aziz también entró para despedirse. Aprovechando la ocasión, presenté a ambos el uno al otro.

Al oír mis palabras, Shams, furioso, llamó a Safwat. Cuando recuperé el conocimiento en el hospital, tenía ambas piernas vendadas. Me retorcía de dolor insoportable en las dos piernas. Y aquel dolor se extendía en un instante por todo mi cuerpo. Sentía como si estuvieran friendo mi cuerpo entero en aceite hirviendo.

 

En el torbellino de la duda

Después de permanecer varios días hospitalizado, me llevaron de nuevo a la oficina de Shams Badran. Él siguió repitiendo sus antiguas afirmaciones y sospechas. Me parece que, al expresar una sospecha una y otra vez y repetirla continuamente, esta había adquirido en su mente la apariencia de una realidad. Ahora había empezado a creer en su simple sospecha como si se tratara de un hecho real. Repetía que los Hermanos Musulmanes habían conspirado para asesinar a Abd al-Naser. Shams Badran me miró con asombro y dijo:

: ¿Todavía sigues vivo? Y eso que te han infligido toda clase de castigos.

En respuesta, relaté el suceso de los Ashab al-Ukhdud—

: Allah dice: «Los Ashab al-Ukhdud fueron asesinados»; quienes los matan se vuelven completamente locos por sus mentiras y sus calumnias. Y aquellos que fueron martirizados a manos de personas de su propio pueblo eran dignos de la confianza y de la estima de todos. Se dedicaban a enseñar a la gente a transmitir el mensaje de Dios y a cumplir sus responsabilidades con fe.

dijo Shams Badran—

: No entendemos esas palabras moralistas. Pero dime, ¿todavía crees en la existencia de Allah? Sin embargo, desde 1948 hasta hoy no habéis dejado de fracasar. Fuisteis estrepitosamente derrotados al oponeros a la revolución de 1954 contra el rey Farouk, y al enfrentaros a la reacción contraria a la revolución en 1965… Dime, ¿dónde está ese supuesto Dios vuestro? Yo le respondí—

: En 1948 tuvimos éxito; también salimos victoriosos en 1954, y en 1965 conquistamos el campo de batalla.

Él dijo—

: Te hemos colgado cabeza abajo como a una gallina, te hemos sumergido en el agua hasta el cuello, te hemos obligado a correr entre las llamas del fuego y hemos hecho que te mordieran perros feroces… Si realmente tuvierais algún Dios o Señor, ¿no habría acudido a protegerte? ¡Habla, muchacha desgraciada…!

Dije con voz firme:

: Al azotarnos y someternos a toda clase de crueles torturas, quizá os sintáis satisfechos, creyendo que habéis vencido. Pero, en realidad, siempre estáis aterrorizados por miedo a nosotros.

Rugió con ira:

: ¡Cállate, muchacha! Todos vosotros sois criminales.

: De ninguna manera —dije con la misma firmeza.

Añadí: ¿Por qué habríamos de ser criminales? …… Nosotros estamos en el camino de la verdad, consagrados a la misión de difundir la verdad y la paz. Somos los timoneles de la verdad y los guías de una luz inextinguible. Él preguntó:

: ¿Cómo habéis vencido sobre nosotros?

Dije:

: Porque nosotros somos prósperos y poderosos por parte de Alá. Solo en Él depositamos nuestra firme devoción y nuestra inquebrantable fe; por Su camino hacemos la yihad y luchamos. Solo cuando descuidemos nuestro deber de mantener en alto la dignidad del islam y la bandera del tawhid quedará demostrada nuestra derrota. En realidad, el islam es una concepción de vida eterna y universal. El islam es la concepción de vida que orienta todos los aspectos y ámbitos de la vida individual y colectiva: la religión, el gobierno, la política interna e internacional y el sistema social. Establecer la paz y la armonía, la fraternidad, la tolerancia, la justicia y la equidad es el objetivo del islam. Es la concepción de vida natural y eterna de toda la humanidad.

El islam libera al ser humano de la esclavitud y lo impulsa a adorar a un solo Alá. No se debe seguir a ningún ser humano por rebelarse contra Dios. Quienes han aceptado el islam con un corazón sincero y recto y con plena confianza en sí mismos alcanzarán sin duda la verdadera meta dorada del éxito. Se convierten en soldados de Alá; y si son soldados del camino de Alá, ¿por qué habrían de temer a cualquier otra persona o fuerza? Quienes se reúnen bajo la bandera del islam por la causa de la verdad y la justicia consideran los intereses mundanos sumamente estrechos e insignificantes. La realidad de la vida y del mundo se les vuelve clara. Por eso avanzan por el camino señalado por Alá, esperando la vida celestial eterna, próspera y pacífica del más allá, en lugar de los pequeños intereses de esta breve y perecedera vida terrenal.

¡Y vosotros, cobardes descarriados! ¿Qué podéis hacer? Podéis oprimirnos; golpearnos y mutilarnos, asesinarnos, infligirnos cientos de clases de torturas diabólicas, arrojarnos al agua o entre una jauría de perros para divertiros contemplándolo, y azotarnos para complaceros. Porque tenéis látigos y fustas en vuestras manos, además de toda clase de armas. Pero para nosotros todas esas injusticias y torturas vuestras carecen por completo de sentido. Ninguna de vuestras atrocidades podrá apartarnos del camino de la verdad. Estáis condenados a fracasar.

¿Por qué nos habéis encarcelado por separado, llenos de miedo? ¿Por qué tanto temor? Porque nosotros somos muyahidines del camino de Alá, mientras que vosotros sois secuaces de Satanás. La derrota y la humillación de quienes luchan contra Alá y Su Mensajero son inevitables. En verdad, esos son los más viles y despreciables. La religión de Alá y Su Mensajero permanecerá victoriosa. Sin duda, la única fuente de todo poder es Alá. Para Shams Badran era insoportable escuchar todas estas palabras mías. Se llevó las manos a la cabeza y dijo, como una persona aterrorizada:

: ¡Safwat, Safwat! Colgadlo boca abajo y dadle quinientos latigazos. Después de azotarme, me bajaron y me ordenaron responder a todas aquellas preguntas gastadas. Yo continué dando mis respuestas. Irritado por ello, Shams Badran ordenó que volvieran a colgarme y me dieran doscientos cincuenta latigazos. Cuando se cumplió su orden, quedé inconsciente. Al recobrar el conocimiento en el hospital, vi una multitud de médicos a mi alrededor, colocando vendas y aplicando medicamentos en distintas partes de mi cuerpo. Tras permanecer varios días hospitalizado, me llevaron nuevamente en una camilla a la oficina de Shams Badran.

Con una voz débil y apagada, como la de alguien en el umbral de la muerte, le pregunté: ¡Abogado!… ¿Quién eres?

Él dijo: Te hemos preparado para presentarte ante el tribunal. Yo pregunté:

: ¿Qué más queréis de mí?

El fiscal reprendió y dijo:

: Habla con cuidado. Ahora no tienes fuerzas para soportar una paliza…… Nosotros estamos … completamente preparados……

: Dije: Solo Alá concede el éxito y brinda ayuda.

El fiscal preguntó:

: ¿Por qué se reunían en tu casa Muhammad Qutb y los jóvenes de la Hermandad?

Dije:

: El profesor Muhammad Qutb y sus dos hermanas venían a visitarme con frecuencia. Shams, enfurecido, profirió un insulto y volvió a preguntar:

¿Por qué se reunían en tu casa Muhammad Qutb y los jóvenes de la Hermandad? ¡Dilo!

Protesto enérgicamente contra sus insultos y digo:

: Los estudiantes y los militantes del movimiento islámico venían a visitarme y, casualmente, también se encontraban con el profesor Muhammad Qutb.

: Él rugió: «Te digo que, cuando aquellos jóvenes te pedían que les organizaras un encuentro con Muhammad Qutb, invitabas a todos esos jóvenes y a Muhammad Qutb a un almuerzo. Después de comer se reunían,…… ¿por qué?»

Respondí con calma:

: Cuando se publicaron las dos obras del profesor Muhammad Qutb, «At-Tatawwur wa ath-Thabat fi al-Hayat al-Bashariyya» (Estabilidad y desarrollo en la vida humana) y «Yahiliyyat al-Qarn al-Ishrin» (La ignorancia del siglo XX), yo y algunos militantes del movimiento islámico expresamos el deseo de reunirnos con el profesor Muhammad Qutb para conocer con mayor detalle los diversos temas tratados en esas dos obras. Con este propósito, el profesor Qutb aceptó la invitación y vino en varias ocasiones.

Esta vez preguntó:

: ¿Por qué Abd al-Fattah Ismail asistía a esas reuniones? Respondí:

: Porque él también pertenecía a los jóvenes de buen carácter de los Hermanos Musulmanes……

Se burló de la palabra «virtuosos» y dijo:

: Alá no necesita de estos virtuosos. Entonces, ¿en cuál de estas reuniones se llegó a un acuerdo sobre que Muhammad Qutb asesinara a Nasser?

Dije: La historia ficticia del asesinato de Abdun Nasser no es más que un relato inventado por vosotros.

Shams preguntó: ¿Por qué no te hiciste abogado?

: Dije: Doy gracias a Alá por haberme mantenido en una condición honorable. Estoy consagrado en cuerpo y alma al camino de Alá; seguiré cumpliendo únicamente la responsabilidad de buscar Su complacencia. De repente, Shams Badran se levantó y empezó a patearme sin piedad. Jadeando, repetía: «Hoy no tienes escapatoria. Morirás a manos mías». En ese estado, me preguntó:

: ¿Cómo se llamaba la organización que estableciste junto con Muhammad Qutb? …… ¿A quién habían encargado asesinar a Abdun Nasser: a Abd al-Fattah o a Al-Fayoumi? Dije:

: A Al-Fayoumi ya lo asesinasteis vosotros…… ¿Qué sentido tiene volver a mencionar su nombre?

Soltó una risa espantosa a voz en cuello y dijo:

: ¿Lo conocías? ¿Era muy apuesto? Safwat… Safwat amaba a Fayyumi.

Safwat llegó con un látigo y volvió a abalanzarse sobre mí como una hiena salvaje. Incapaz de soportar los golpes, perdí el conocimiento. Me enviaron de nuevo al hospital con el propósito de reanimarme un poco y prepararme para más torturas y tormentos.

 

Shams, firme en su extravío

Me enviaron de nuevo a la oficina de Shams Badran. Como había recuperado el conocimiento, era necesario llevarme allí para que soportara la tortura. Naturalmente, me llevaron a su oficina en una camilla. Shams estaba sentado con sus compinches. Me sentaron en una silla y dijo:

: Ya no te queda ni un ápice de capacidad para soportar la tortura. Ahora ten compasión de ti mismo. De lo contrario, te juro por Abdun Naser que te enterraré también junto con Fatohe. Uno de sus secuaces añadió:

: Escucha, Zaynab, dale al Pachá la respuesta correcta y arregla tu situación. Queremos llegar a algún acuerdo contigo.

Shams Badran dijo con mayor aspereza: Recuerda que un hombre vino de parte de Fuad Sirajuddin y te pidió que cooperaras con los Hermanos Musulmanes para derrocar al gobierno de Naser. Ese hombre también te dijo que en la oficina del asesor Amer había personas que cooperarían contigo y con el Partido Wafd.

Expresé mi asombro ante las mentiras de aquel demonio y su habilidad para tergiversar la verdad, y dije, haciendo hincapié en cada palabra:

: Eso es una mentira absoluta. Fuad Sirajuddin no envió a nadie a verme por este asunto, por aquel asunto, por ningún asunto ni problema. En realidad, no me he reunido con él ni lo he visto en los últimos doce años. Por casualidad, una vez mi esposo, Mohammad Salem Saleh, se encontró con Fuad Pasha en una manifestación multitudinaria. Él preguntó a mi esposo por mi estado y me envió saludos y oraciones.

En cuanto dije esto, volvió a comenzar una lluvia de golpes de látigo sobre mí. Los golpes del látigo caían sobre mi cuerpo herido y desgarrado como llamaradas de fuego. Y eso que en aquel momento tenía el pie vendado. Antes de que se hubieran secado las heridas anteriores, innumerables golpes volvían a desgarrarme el cuerpo. Mientras el verdugo azotaba mis manos y mis pies, me preguntó:

: Dime si Fuad Sirajuddin te había enviado algún mensaje. Respondí: No.

Entonces Shams Badran ordenó que me impusieran un castigo aún más severo. En cuanto comenzó el feroz ataque, perdí el conocimiento. Me llevaron al hospital en una camilla mientras estaba inconsciente. Pero poco después me llevaron de nuevo a su oficina.

Shams Badran dijo con voz áspera:

: Escucha bien: no hay nadie que pueda impedirnos nada. Cada día entierro a veinte perros como tú. Y el patio de esta prisión militar está boquiabierto, dispuesto a tragarse a miles de perros semejantes. ¡Lo juro por Abdun Naser! Si no trabajas conforme a mi voluntad, también te enterraré aquí, como a los demás.

No consideré necesario responder a las divagaciones de aquel necio y guardé silencio.

Frenético, dijo: Responde. Si no, te colgaré cabeza abajo y acabaré contigo a golpes de látigo.

Dije: Allah es quien mejor dispone de los asuntos. Él me basta. Es el mejor auxiliador. «¡Oh Dios, concédenos valor y paciencia, y concédenos morir en el islam!»

Estas buenas palabras eran insoportables para Shams. Enfurecido, le dijo a Safwat:

Safwat, trae a los perros.

Safwat apareció al instante con perros feroces, y los perros se abalanzaron sobre mí como tigres hambrientos.

En medio del insoportable dolor de las mordeduras de los perros, rogué a Allah por mi liberación: «¡Oh Allah, por Tu complacencia, te pido que me libres de Tu castigo! ¡Oh Allah, sálvame de esta calamidad y desgracia!». Hamza gritó: «El rostro de la pasha se ha puesto pálido. Su muerte está próxima». Shams vino, vio mi estado y dijo:

Saca a los perros y llévala al hospital para que muera allí.

Así pues, me llevaron al hospital en una camilla. Pero esa misma medianoche me llevaron de nuevo, por cuarta vez, a la oficina de Shams.

Este es un vergonzoso ejemplo de rencor y venganza. Su odio, animosidad y hostilidad están dirigidos contra el islam. Y puesto que soy una servidora del islam, al torturarme han demostrado su enemistad hacia el islam. Creían que, asesinando a los miembros del movimiento islámico y acosándolos con golpes y palizas, serían capaces de impedir el renacimiento y la marcha victoriosa del islam. Sueñan con silenciar el islam y establecer el ateísmo de la falsedad. En fin, apenas me bajaron de la camilla y me sentaron en la silla de la oficina, perdí el conocimiento. Me hicieron recobrar la conciencia dándome limonada e inyectándome un medicamento. Entonces Shams dijo con actitud teatral:

: Mira, escucha bien. Nos has dejado en un gran peligro. No somos bestias salvajes, como nos consideras… Y el corazón del presidente Nasser es muy grande… Si lo cuentas todo, te perdonarán…… Ahora, al menos por tu propio interés, di la verdad.

Dije:

: ¿De verdad voy a decir la verdad? …… Escucha entonces: la verdad y lo esencial es que vayáis a decirle a Abdun Nasser que es un opresor y un usurpador; que es un rebelde contra Dios; que se arrepienta y haga tawba; que abandone el camino de la falsedad y la vanidad y venga por el camino de la verdad y la justicia; que venga de las tinieblas hacia la luz……

«La conciencia de quienes os apoyan en el camino de la falsedad y de aquellos a quienes utilizáis para vuestros actos de fuerza y opresión está muerta, y todos vosotros estáis moral y mentalmente enfermos».

Me preguntaron, aterrorizados:

: ¿Le transmitiremos a Nasser tus palabras?

Dije:

: Sí, sí, os he dicho todo esto precisamente para que se lo digáis. Ellos dijeron:

: Te estás atreviendo demasiado. Después, todos a una voz empezaron a gritarme: «¡Loca, loca!»

: A esta hay que aplicarle una descarga eléctrica. En ese momento, Shams Badran rugió y dijo:

: Hamza, ¿dónde están los perros que llevan sin comer desde ayer? Mientras tanto, Hasan fingió y dijo:

: Zaynab, ¡todavía puedes salvar la vida! La muerte está justo delante de ti. Todos los miembros de los Hermanos se están salvando pensando únicamente en sus propios intereses. Espero que el bajá permita hacer venir a Ali Usmabi. Tal vez pueda recordarle a Zaynab al hombre enviado por Fuad Sirajuddin.

Shams Badran dijo:

: Muchacha, recuerda. De lo contrario, haré venir a Ali Usmabi para enfrentarlo contigo.

Dije: Ali Usmabi ha vendido su conciencia a gente bárbara y tiránica como vosotros a cambio de intereses mezquinos, y al hacerlo ha atraído sobre sí la ruina de este mundo y del Más Allá…… Además, vuestra historia sobre Sirajuddin también es una invención vuestra. El propósito de estas historias fabricadas no es otro que insultar a hombres nobles y de gran personalidad.

Un funcionario de alto rango llamado Said Abdul Karim llegó a esta sala de interrogatorios, se incorporó a la conversación y dijo:

: ¡Zaynab! Te daré algunos datos útiles sobre el asunto relacionado con Sirajuddin. Así podrás comprenderlo. Seguramente conoces a Husayni Abdul Ghaffar, de los Hermanos Musulmanes. Más tarde se separó de Sayyidena Muhammad. Has intercambiado opiniones con él varias veces. Tu propósito era hacerlo regresar a las filas de los Hermanos. Querías utilizarlo para llevar a cabo una actividad activa dentro de la estructura interna de los Hermanos.

Dije:

: Hasbunallahu wa ni’mal wakil. ¡Husayni Abdul Ghaffar es mi hermano en la fe!…… Hablé con él sobre volver a participar activamente en los Hermanos, pero manifestó su incapacidad. No tenía ninguna relación con Sirajuddin ni con el Partido Wafd. Como en aquel momento era presidente del grupo juvenil de Ahbar, mantenía las distancias con los contactos del Wafd y no lo apoyaba.

dijo Hasan Khalil:

Está bien. Pero cuando se establece un acuerdo sobre algún asunto entre Ahbar, el Wafd y los Hermanos, naturalmente pueden resolver cualquier problema. Dije:

: De ninguna manera. Existe una enorme diferencia entre los Hermanos y ellos. Quienes no han estudiado debidamente el modo de vida islámico…… En ese momento, a una señal de Shams, comenzaron a azotarme. Abdul Karim le dijo a Shams:

: Déle un poco más de tiempo. Que termine su declaración.

Sí, Zaynab, di lo que querías decir:

Dije:

Los Hermanos Musulmanes han establecido, tras reflexionar detalladamente y con visión de futuro sobre la fuente de sus ideales, sus principios, objetivos y métodos de acción, unas normas y una estructura basadas por completo en el Corán y la Sunna. Están firmemente decididos a realizar cada acto y vivir cada momento de la vida conforme al Corán y la Sunna. Para los Hermanos Musulmanes, solo es querida aquella tierra o país donde se establezca el islam, y por los intereses del islam aceptan el martirio. Los Hermanos Musulmanes desean ver libres a todos los seres humanos y libre también este mundo de los hombres. Y eso solo es posible mediante el establecimiento de la religión de Allah.

Los Hermanos Musulmanes desean acercar tanto a las personas como a la tierra a Allah. Porque en ello se encuentran la verdadera libertad, la paz y la prosperidad. Cuando el ideal de vida islámico se haga realidad de este modo, ya no existirán la explotación, la opresión ni la injusticia. Entonces este mundo terrenal se volverá hermoso y apacible como el Paraíso.

El amado Profeta, Hazrat Muhammad (s.a.w.), estableció el islam de manera completa, no parcial. No comenzó predicando el islam después de formar primero un país independiente. No lo predicó invocando la reforma social, ni se limitó a predicarlo invocando la democracia o hablando de la distribución equitativa de la riqueza; no realizó primero lo posterior ni lo anterior después. Más bien, de manera natural, estableció el islam plenamente, paso a paso. El amado Profeta comenzó por exhortar a la gente mediante la enseñanza del tawhid y, declarando la rebelión contra toda falsedad, la unió en la servidumbre a un solo Allah. Proclamó que no existe ninguna divinidad salvo Allah y que el Mensajero (s.a.w.) es el gobernante enviado por Allah, el poseedor de toda autoridad y el líder de todos los seres humanos.

Allah es el Creador, el Sustentador y el Proveedor, y en Sus manos están también las llaves del beneficio y del perjuicio. Él controla la vida y la muerte. Él es quien legisla y establece las normas, y Él es quien guía. El amado Profeta estableció en Medina el primer Estado islámico conforme a las instrucciones de Allah y, de acuerdo con el mensaje del Corán revelado en su momento, estableció un sistema social islámico basado en la verdad, la justicia y la igualdad de derechos, en beneficio de la persona, la sociedad, el Estado y, en general, de la humanidad.

dijo Shams Badran:

¿Acaso con todo esto te referías al relato de tu Sirajuddin?

Dije:

: El asunto de Sirajuddin no es más que una historia inventada por vosotros. Quienes la urdieron lo hicieron a cambio de dinero. ……… Lo único que puedo decir sobre Siraj es que es un líder nacional patriota. Creo que últimamente ha abandonado toda actividad y se ha retirado.

Shams dijo:

: Safwat, trae al perro.

Inmediatamente, el perro y los hombres se abalanzaron sobre mí. Las mordeduras del perro y los golpes de látigo de los hombres dejaron todo mi cuerpo cubierto de sangre. Por allí cerca se encontraba un médico. Se lanzó hacia nosotros y me rescató de las manos del perro y del verdugo. Justo entonces, desde el minarete de una mezquita lejana, llegaba el sonido de la llamada a la oración del alba. Al oírla, a pesar de tanto dolor y sufrimiento, sentí una paz extraordinaria y fuera de lo común. Recordé la orden que Alá dio al fuego para proteger al profeta Ibrahim del fuego de Nimrod:

«¡Oh fuego! Sé frío y pacífico para Ibrahim». Hice una súplica y dije: «¡Oh Parvardigar, yo también soy seguidor de tu amado Muhammad (que la paz y las bendiciones sean con él) y del profeta Hazrat Ibrahim! Dame valor y fuerza para enfrentarme a la conspiración satánica. No hay otro dios fuera de Ti. Yo no adoro a aquellos a quienes adoran los incrédulos extraviados. ¡Oh Dios, deseo tu complacencia! ¡Amén». No recuerdo cuándo perdí el conocimiento. Cuando volví a recobrarlo, me encontraba en un hospital. Es difícil llevar la cuenta exacta de cuántas veces fui al hospital y salí de él, y de cuántas veces, tras quedar inconsciente e inmóvil, recuperé nuevamente la conciencia.

 

El dominio de los instintos y el señorío de la gente vil

Cuando el poder de gobierno cae en manos de personas extremistas y cortas de miras, y la administración pasa a estar bajo el control de gente incompetente, aparece la forma más abyecta de la tiranía. Esta clase de gobierno despótico vuelve insoportable la vida de la población y la rueda del progreso del país comienza a girar en sentido contrario. El grupo tiránico se considera dueño absoluto de la riqueza y del poder, y hace cuanto le place. Así, los intereses superiores del país y de la nación quedan subordinados a sus intereses personales. Como consecuencia de su arbitrariedad, la corrupción se extiende ampliamente y tratan de utilizar a todo el país y a toda la nación según sus caprichos.

Con el propósito de fortalecer los cimientos de su dictadura tiránica, neutralizan a las personas conscientes y patriotas del país mediante la seducción de la codicia o las amenazas y el miedo, o bien las mantienen inactivas o las envían tras los barrotes de las cárceles de hierro. Después elaboran leyes conforme a sus deseos y mantienen a la población inocente atrapada en el pulpo del gobierno severo.

Una vez instaladas en el poder, las personas intentan acabar con los valores morales y éticos, comienzan a jugar con la dignidad y el honor de la gente y se esfuerzan por acallar la voz del conocimiento y la conciencia. En aquella época, el régimen gobernante dictatorial de Egipto también recurrió a esos medios abominables y mantuvo al país sumido en un reino de terror. Como consecuencia, la situación general del país se deterioró rápidamente. Al restringirse la independencia de los tribunales, se cerraron todos los caminos hacia una justicia imparcial. La humanidad fue humillada por los abusos y las persecuciones de los aduladores del Gobierno, y parecía que Alá también había retirado del país la sombra de Su gracia y misericordia.

En fin, cuando me llevaron de nuevo a aquella oficina espantosa, Shams y sus ayudantes me preguntaron: ¿Cuál era el mensaje que Abdul Ghaffar había transmitido de parte de Fuad Sirajuddin? ¿Quiénes eran las personas que ayudaban a Fuad Sirajuddin en la oficina del consejero Amer? ¿Y qué exigencias se habían planteado a los Hermanos Musulmanes para la insurrección?

Respondí:

: Husain Abdul Ghaffar es mi hermano en la fe. Y no sé nada sobre las acusaciones falsas y sin fundamento que oigo de vuestra boca contra él.

Sayad y Hasan Jalil quisieron saber:

: Oye, Zainab, ¿acaso Husaini no se reunió con Abdul Fattah Ismail en tu casa? ¿Y no hablaste con Husaini sobre incorporarte a los Hermanos Musulmanes?

Contesté:

: Hablé con Husaini sobre regresar al movimiento, y eso no es ningún delito. Husaini confía en nuestro movimiento. Por supuesto, aunque Husaini no se haya incorporado a los Hermanos, desea el éxito de estos y apoya su opinión sobre la necesidad de formar al pueblo conforme al Corán y la Sunna. Husaini y Abdul Fattah Ismail hablaron en mi casa sobre el islam y la preocupante situación actual de los musulmanes, la pobreza, el analfabetismo y otros problemas; después, Husaini se marchó aquel día.

: Después, un día, ambos fueron a mi casa completamente por sorpresa y conversaron entre ellos. Más tarde, me dijo acerca de Abdul Fattah Husseini que:

: Husseini es un ulema sumamente educado, virtuoso, erudito y de corazón sencillo. Mantiene vínculos profundos con los sufíes espiritualistas:

Cuando hube dicho esto, uno de ellos dijo:

: Husseini nos ha informado de todo el asunto… ¡Quieres sacrificarte inútilmente a cambio de las vidas de los ikhwanes! Ahora veo que quieres ofrecerte en sacrificio por Husseini y Fuad Sirajuddin… Pero te estamos dando la última oportunidad. Di claramente todo sobre ti, especialmente sobre esas personas del Partido Wafd que trabajan en la oficina del consejero Amer, y expresa también tu opinión sobre Husseini y Fuad Sirajuddin. … Te arrancaremos los dos ojos y te dejaremos ciego; después, Husseini y Fuad Sirajuddin serán traídos ante ti.

Respondí:

: Doy infinitas gracias a Allah porque somos capaces de ver con la visión del corazón, y nadie tiene poder para arrebatarnos esa visión interior. Por lo tanto, aunque nos arranquen los dos ojos, no quedaremos ciegos. Al oír mis palabras claras, Shams Badran lanzó un grito como si lo hubiera mordido una serpiente. Rugió:

: ¡Safwat, trae a los perros!

Uno de sus aduladores lo detuvo y dijo: No, Pasha. Esta mujer es indiferente a su propia vida. Todavía está atormentada por la incertidumbre acerca de su muerte. Le respondí:

: ¿La muerte está en manos de Alá o en las vuestras?…… El único que controla la vida y la muerte es Alá. Él lo hace todo y es omnipotente. Uno de los oficiales sentados alrededor de Shams Badran dijo:

: ¡Pachá! Ordene que traigan a Husaini. Después, todos a una le pidieron a Safwat que trajera a Husaini. Pero Shams, con extrema arrogancia, ignoró sus palabras y dijo:

: Deja a esta muchacha por ahora en el hospital. Dicen que el búho no puede ver ni hacer nada hasta que llega la noche. La naturaleza de estos también se parece mucho a la del búho: la oscuridad de la noche les resulta más atractiva que la luz del día. No hace falta decir que, en la oscuridad de la noche, me llevaron de nuevo a la oficina de Shams y me hicieron sentar en un lugar. Unos momentos después trajeron a Husaini. Uno de los brazos de Husaini estaba roto y vendado. El brazo roto todavía le colgaba sobre el pecho. También eran evidentes las señales de heridas en sus piernas. Todo su cuerpo mostraba indicios de tortura. Muchas heridas aún estaban en carne viva. Al entrar en la habitación, Husaini me vio y me saludó; yo respondí a su saludo. Al ver nuestros saludos, Shams preguntó con un tono de falsa broma:

: Sí, señor Husaini. ¿Qué relación tenías con Zaynab?

Husaini respondió:

: Todo está escrito en los papeles.

Shams puso los papeles en manos de Husaini y le dijo que los leyera en voz alta:

No me preocupaba en absoluto qué le habían hecho escribir a Husaini en aquellos papeles. Más bien estaba pensando qué podría decir para que Husaini pudiera librarse de aquel peligro. No tengo ninguna duda de que, mediante sufrimientos y tormentos inhumanos, le hicieron escribir lo que ellos quisieron.

Husayni comenzó a leer el documento que le había entregado Shams Badran. En él estaba escrito algo que nunca me pareció que Husayni pudiera escribir, ni siquiera pensar. En realidad, lo que leyó no tenía absolutamente ninguna relación con la realidad. Era completamente falso y fruto de la invención. Cuando Husayni terminó de leer, Shams me preguntó con aire de experto:

: ¿Cuál es tu opinión sobre lo que has oído?

Respondí:

: A causa de la coacción, la opresión y la tortura inhumana que ejercéis sobre los ijwan, él se ha visto obligado a escribir estas afirmaciones infundadas conforme a lo que le habéis dicho.

Shams preguntó:

: ¿Acaso no es verdad lo que has oído?

Respondí: Husayni no es una persona capaz de mentir. Sin embargo, estoy firmemente convencido de que lo han obligado a escribir todo eso mediante una tortura despiadada.

Shams gritó enfurecido:

: Lo que escribió Husaini… ¿no le dijiste nada de esto?

dijo Hasan Khalil:

: Queremos saber de ti si ocurrió lo que Husaini relató. Otro dijo:

: ¿Te destruirías tú mismo para salvar a Husaini, como también hiciste para salvar a los demás ikhwan?

Dije: No; no me estoy destruyendo, sino que simplemente estoy poniéndome del lado de la verdad.

Shams le preguntó a Husaini:

: Husaini, ¿le entregaste a Zaynab la carta de Fuad Sirajuddin? Yo también le pregunté a Husaini:

Husaini, ¿no me entregó usted la carta de Fuad Pasha Sirajuddin?

Husayni replicó con una pregunta:

¿Fuad Sirajuddin al-Saghir o Mali Pasha?

Respondí:

: Yo solo conozco a Fuad Pasha Sirajuddin. ¿A Fuad al-Saghir, Husayni?

Husayni dijo: «El primo de Fuad Pasha».

Entonces le pregunté a Husayni: «Y bien, Husayni, ¿cuál era ese problema?»

Él dijo:

: Como ya he dicho, era un asunto completamente trivial… Ali Sulaiman me lo había contado… y yo se lo mencioné a Zaynab. Entonces Shams dijo furioso: «Husayni, sal de aquí». Después le dije a Shams:

: Muy bien, ¿has convertido esta pequeña frase en una conspiración? Qué lástima que una personalidad como Fuad Pasha no se haya librado de la opresión de ustedes.

Shams Safwat llamó. Y los golpes de látigo comenzaron a caer sobre mí como la lluvia de Shraban. Cuando terminaron de azotarme, Shams le dijo a Hamza: «Hamza, déjalo en el hospital».

 

Coacción y opresión también en el hospital

El segundo día, Hamza se presentó en la sala del hospital acompañado de un oficial militar. Hamza le pidió a Abdul Mabud que trajera una silla y una mesita. Cuando llegaron la silla y la mesa, Hamza le dijo a Abdul Mabud:

: Aquí tienes el papel. Siéntate a mi lado y sigue escribiendo todo lo que diga esta chica. Safwat entró en la habitación con un expediente grueso. Hamza sacó de aquel expediente un documento escrito y me dijo: «Registrarás como tu declaración todo lo que está escrito aquí». En él se mencionaban los nombres de Huzaibi, Sayyid Qutb, Abdul Fattah, Hawwash, Abdul Majid y otros.

Le dije:

: Solo escribiré lo que sé. No tengo relación alguna con ninguna otra afirmación. …No reconozco todo esto como declaraciones de los Hermanos, ni creo que haya sido escrito o dicho por parte de los Hermanos, aunque ustedes lo afirmen.

Hamza dijo: «Escribe lo que quieras. Te enviaremos a la oficina de Shams. Allí te encantará sufrir toda clase de castigos». Le dije a Abdul Mabud que escribiera todo aquello, pues esas palabras complacen a Allah y Él nos ayudará. A la mañana siguiente me llevaron a la oficina de Shams Badran y me hicieron sentar allí. Shams tomó varios papeles, los rompió y los arrojó a la papelera y, mientras me insultaba con un lenguaje sumamente vulgar y obsceno, dijo:

: ¡Oye, muchacha! ¿Quieres negar todas las realidades? ¿También quieres decir que todo lo que dicen los Hermanos es falso? Sin embargo, lo que han dicho los Hermanos es tan auténtico y razonable como digno de confianza. Antes tú misma también has dicho muchas cosas sobre la veracidad de los Hermanos… Tienes que aceptar lo que dicen los Hermanos.

Dije:

Me mantengo firme en aquello que considero verdadero. Solo diré lo que, conforme a mis convicciones, considere necesario decir. Desde luego, no tengo la posibilidad de verificar la veracidad de las declaraciones y respuestas de los Hermanos. … He escuchado todo lo que los obligasteis a decir y escribir bajo la amenaza del látigo. Aquí no existe libertad ni derecho para decir la verdad. Al oírme, Shams dijo con ira:

: Hamza, llévatela. Quiero su cadáver. … Yo mismo firmaré el certificado de su entierro.

Después me llevaron y me encerraron en una habitación. Una hora más tarde me sacaron y, mientras me azotaban con un látigo, me ordenaron permanecer de pie, de cara a la pared, junto a un aparato de aire acondicionado. Permanecí así durante seis horas. Sentía como si estuviera de pie sobre una barra de hierro al rojo vivo. ¿Cuánto podría contar sobre los dolores, las penas y los sufrimientos…?

Cuando a medianoche me llevaron de nuevo al despacho de Shams, este dijo:

: Zaynab, ven, acompáñanos. El presidente Nasser te perdonará. … La mayoría de los Hermanos ya han confesado sus delitos. Si aceptas lo que te decimos, mañana por la mañana te reunirás con el presidente y después podrás regresar directamente a casa. Además, te devolveremos la sede de la Organización Islámica de Mujeres y el capital confiscado de la organización, y en una primera etapa se te concederán cincuenta mil guineas para construir un edificio en el terreno de la organización situado en Nayamisr. También se te entregarán diez mil guineas para volver a publicar tu periódico. Otro hombre que esperaba en el despacho preguntó:

: ¿La Organización Islámica de Mujeres tiene terrenos en Nayamisr?

Dije: «Sí, hay… 6.000 metros cuadrados».

Más tarde supe que aquel hombre se llamaba «Saleh Nasr».

Sorprendido, quiso saber qué haría la organización con un terreno tan grande. Le dije: «He emprendido el proyecto de establecer una institución de formación para mujeres musulmanas, un auditorio para mujeres, una casa de huéspedes, una oficina central, una mezquita, una escuela para la memorización del Corán, un centro de enseñanza del Corán, una escuela primaria, una escuela secundaria, un instituto de formación para la oratoria y una academia».

Preguntó:

«¿De dónde sacaréis tanto dinero?»

Respondí: «Mediante la recaudación de contribuciones públicas. Además, las obras se emprenderán por etapas». Esta vez, animado, dijo:

«Entonces esta es precisamente la oportunidad de oro; el presidente Nasser te ha brindado esta oportunidad. Podrás ser liberado y regresar a tu casa. Tu organización será restablecida y, gracias a la confianza del presidente, también se cumplirán muchos otros objetivos».

Dije:

: Nosotros solo confiamos en la ayuda del Altísimo Allah. La fe y el amor a Allah son para nosotros mucho más valiosos que la vida y los bienes, el dinero y el poder de gobernar. Y vosotros estáis jugando con los derechos y la dignidad de las personas. No queremos nada de vosotros. No tengo el menor deseo de reunirme con Abd al-Nasser. Mi mano está manchada con la sangre de mártires como Ismail Fawhi, Bafayat Bakr y Abd al-Qader Auda… No estoy dispuesto en absoluto a reunirme con él. Sin duda, la sangre de esos mártires seguirá guiando por el camino recto a sus seguidores del tawhid hasta los días venideros. Las generaciones futuras se sentirán orgullosas del sacrificio de estos grandes mártires del pasado y permanecerán siempre activas en el cumplimiento de su deber…… Antes de que terminara de hablar, las patadas de unas botas pesadas y los golpes de unos puños contundentes comenzaron a caer sobre mi espalda. Finalmente, incapaz de soportarlo más, caí al suelo semiconsciente. Entonces Shams Badran ordenó:

: Hamza, deja a esta en la celda número treinta y cuatro. La celda número treinta y cuatro era verdaderamente una celda. Se podría decir que era una tumba: estrecha y oscura, exactamente como una tumba. Terriblemente espantosa. Además, habían soltado allí dos perros. En cuanto entré en la celda, hice tayammum y comencé a rezar. Una oración terminaba y comenzaba otra. No hay medio ni alternativa mejor que la oración para olvidar estas injusticias de los opresores y alcanzar la paz interior. Ruego a Allah que me proteja de la opresión de los tiranos. … A pesar del insoportable dolor en los pies, la espalda y todos los huesos del cuerpo, encontraba paz al realizar la oración. Una hora después abrieron la puerta, sacaron de la celda a los dos perros y me llevaron al hospital; pero por la noche, después de la oración de la noche, volvieron a llevarme a la oficina de Shams. Apenas me hicieron entrar en la oficina, dijo: Zaynab, un día se celebró una reunión en tu casa. En ella participaron cincuenta miembros de los Hermanos procedentes de distintas regiones de Egipto.

¿Por qué se celebró aquella reunión hace tres años?

Yo respondí:

: Rezamos juntos las oraciones del magrib, del isha y del tarawih.

: Estoy preguntando cuál era el propósito de la reunión.

Respondí: No lo recuerdo.

: ¿Ellos tomaron el desayuno en tu casa?

: Sí, algunos de ellos habían desayunado.

: ¿Por qué se había celebrado la reunión?

Dije:

: Estudiábamos y conversábamos sobre el ideal islámico con el propósito de hacer frente a la manera en que las fuerzas de la falsedad se habían empeñado en propagar ideas ateas en nuestro país y nuestra sociedad.

Preguntó: Pero ¿por qué precisamente en tu casa?

: Porque, por la gracia de Alá, yo también soy musulmán.

Quiso saber qué era la falsedad, qué era el islam y qué era el ateísmo.

Se lo expliqué:

: Seguramente habrás visto, durante tus desplazamientos, que en todas las tiendas, e incluso en las aceras, se venden y distribuyen, a precios irrisorios, revistas obscenas y libros y publicaciones periódicas dedicados a la propaganda del comunismo. Y……

Sin dejarme continuar, dijo:

: Basta, basta, toda esa palabrería. Ahora dime los nombres de las personas reunidas. Respondí: No recuerdo los nombres de todos.

Preguntó:

: Un hombre se levantó de la reunión, se entrevistó con Huzaybi y luego volvió a ponerse en contacto por teléfono con la casa de Huzaybi. Después se marchó. ¿Quién era ese hombre?

Respondí:

: No lo recuerdo. Sin embargo, por lo que recuerdo, ese hombre me pidió permiso para entrevistarse con el señor Huzaybi. «¿Y qué hay con eso?», volvió a preguntar.

: ¿Por qué os reuníais? …… Y sí, voy a facilitarte la respuesta. …… Ese hombre que fue a ver a Huzaybi, ¿no era Abdul Fattah Sharif? …… Si no respondes correctamente, serás ahorcado. …… Habíais acordado cambiar el gobierno y asesinar a Nasser. Respondí:

: Habíamos acordado oponernos a la ignorancia, el ateísmo, la obscenidad y el comunismo, y difundir las enseñanzas del Corán para preparar a los musulmanes a vivir siguiendo el Corán y la Sunna. Él hizo una mueca y dijo:

: Entonces, ¿qué función cumple Al-Azhar? Dime, ¿cuál es la responsabilidad de la Universidad de Al-Azhar? Luego llamó a Safwat y le dijo:

: Safwat, cuélgalo boca abajo y azótalo.

Los azotes comenzaron, y soporté los intensos y afilados golpes del látigo mientras repetía «Alá, Alá», hasta que perdí el conocimiento.

Quinto capítulo

Tortura en presencia de Nasser

Al recobrar el conocimiento, vi que muchas personas me rodeaban. Yacía desplomado en el suelo, helado de frío. Después de que me administraran medicamentos, miré como pude hacia los presentes y vi, a un lado, al presidente Nasser de pie, con una mano sobre el hombro de Abd al-Hakim Amer y unas gafas oscuras en la otra. Al ver al presidente Nasser y a Abd al-Hakim, olvidé mis dolores y sufrimientos, y sentí una nueva corriente de lucidez en el cuerpo y en la mente. Me preparé mentalmente para afrontar la situación. Me dieron una taza de zumo y la bebí. Después, varias personas me levantaron del suelo y me sentaron en una silla. También me dieron un termo lleno de café. Pero no tenía demasiado interés en él.

Al observar el ambiente, naturalmente supuse que estaba a punto de ocurrir algo importante. Shams Badran comenzó diciendo:

: Mira, Zaynab; quiero una respuesta clara a cada una de mis preguntas. De lo contrario… Zaynab, imagina que los Hermanos Musulmanes gobiernan el país y que nosotros comparecemos ante vosotros como acusados en un juicio; entonces, ¿cómo nos trataríais?

Respondí con absoluta firmeza y valentía:

: No formamos parte de quienes se oprimen a sí mismos. No estamos dispuestos a usar nuestras manos para ningún mal, como los opresores han mantenido las suyas ocupadas en hacer el mal. No queremos mancharnos las manos de sangre. Tampoco ambicionamos ocupar el lugar de los opresores.

Me interrumpió con tono amenazante:

: ¡Cállate! Soy yo quien pregunta: si ocuparas mi lugar y fueras el dueño de esta silla, ¿cómo me tratarías?

Respondí con voz serena:

: Somos personas que buscan la verdad, y buscamos y seguimos el camino de la verdad. Nuestro objetivo no es conquistar el poder del Estado; más bien, somos los portadores de la bandera de «la ilaha illallah» y estamos consagrados a preservar la dignidad de esta profesión de fe y de su bandera. Sin duda, Allah ha comprado la vida y los bienes de los creyentes a cambio del Paraíso. Shams Badran dijo apretando los dientes:

: ¡Cállate, muchacha! Vuelvo a preguntarte: si el poder llegara a vuestras manos, ¿cómo nos trataríais?

Dije con voz serena y tranquila:

: No aspiramos al poder. Tampoco deseamos ocupar cargos superiores; al contrario, mientras quede una sola gota de sangre en nuestro cuerpo, permaneceremos activos en el cumplimiento del deber de transmitir a cada persona las enseñanzas y el mensaje del gran ideal islámico.

…… Estamos comprometidos a adorar a Alá y a trabajar para hacer realidad la religión de Alá en Su mundo. Estamos firmemente decididos a promover un despertar islámico y a difundir por todas partes la luz del islam. Shams dijo, temblando de ira:

: ¡Calla… calla……! ¡Basta! Quiero una respuesta a una pregunta. Supón que estás sentado en la silla en la que yo estoy sentado y que yo estoy de pie ante ti como acusado; entonces, ¿cómo me tratarías?

Respondí con la misma voz natural:

: A veces pueden pasar siglos antes de que se establezca el gobierno islámico. No queremos tomar ninguna medida apresurada. ……El día en que se establezca un gobernante islámico, las mujeres musulmanas asumirán, desde su lugar natural, la mayor responsabilidad de construir la nación.

Shams gritó como un viajero perdido en el desierto:

: ¡Esta muchacha……! Supón que vienes a sentarte en mi lugar; entonces, ¿cómo me tratarías? Dije:

: El islam es el ideal de la justicia, la equidad, la compasión, la magnanimidad y la igualdad universal. Aquí no hay lugar para castigos abominables como los azotes y las fustas, la tortura carcelaria, el exilio, el entierro en vida, la coerción y la opresión, ni el aumento del número de huérfanos y viudas, entre otros. El sistema judicial del islam se basa en la verdad y la razón. Aquí no hay lugar para la injusticia ni para la coerción y la opresión. La esencia del sistema judicial islámico son los argumentos y las pruebas basados en la verdad. Esta vez, Shams dijo como un luchador derribado-

: ¡Basta, basta! ¡Safwat, cuélgalo y azótalo! Safwat me colgó y comenzó a azotar todo mi cuerpo cubierto de vendas. La sangre corría. Y yo iba perdiendo el conocimiento. El médico me aconsejó que me dejaran en libertad y dijo-

: ¡Esto es terrible! ¡Morirá por causa de esto!

Shams gritó-

: ¡Qué estupidez; qué engaño…! Otro oficial dijo-

: Queremos mantenerlo vivo para llevarlo ante el tribunal.

Shams dijo –

: Sí, sí, nosotros también queremos que permanezca vivo y comparezca ante el tribunal, para que la nación aprenda de él.

Dijo el médico:

: Se necesitan urgentemente varios medicamentos, pero no disponemos de ellos.

Dijo Shams:

: Haz que los traigan de la farmacia médica del asesor Amer.

Después me enviaron al hospital. No recuerdo los demás acontecimientos de aquella noche. Sin embargo, en presencia del presidente Nasser y de Abdul Hakim, durante el interrogatorio con Shams Badran, dije todo lo que tenía que decir.

 

La verdadera conspiración: el rumor

Necesitaban mantenerme con vida unos días más para alcanzar sus objetivos, por eso me estaban tratando. Me encontraba ante personas acusadas cuya profesión y pasión consistían en fabricar casos falsos, declarar culpables a los inocentes y declarar inocentes a los culpables, elevándolos al pedestal del heroísmo. Para satisfacer sus intereses personales, podían recurrir a cualquier método. Estaban especialmente acostumbrados a la actuación, la coerción, la violencia, la codicia, el engaño y la traición. No tiene nada de sorprendente que me administraran medicamentos para capacitarme para comparecer ante el tribunal.

Después de permanecer inconsciente durante tres días, recuperé el conocimiento la tarde del cuarto día y escuché las voces de Murad y Safwat desde la celda contigua del hermano Ahmad. Le estaban preguntando la dirección de Saiful Islam al-Banna. Se vio obligado a darles la dirección. Después de unas tres horas, regresaron junto al hermano Ahmad Kamal y le pidieron la dirección de la oficina de Saiful Islam al-Banna. Saiful Islam al-Banna era hijo del mártir imam Hasan al-Banna. …… Rogué a Allah por la seguridad de todos los miembros de su familia, pues su madre padecía del corazón y Saiful Islam era el único que cuidaba de toda la familia. Pedí a Allah que fracasaran todas las conspiraciones de aquellos opresores contra los miembros de esta honorable familia.

Después, cuando me llevaron en una camilla a la oficina de Shams Badran, al oír una de sus preguntas no tuve más remedio que creer que también habían detenido a Saiful Islam y lo mantenían preso en esta misma cárcel militar. Esto me sumió en una profunda preocupación.

En ese momento, Shams llamó a Hamza y le dijo:

: Te dije que esta muchacha no debía ser traída viva a mi oficina. … Mira, todavía respira.

Después, mirándome, dijo:

: ¿Todavía estás viva? Pero ¿por qué? ……

Le dije:

: La vida y la muerte no dependen de tu voluntad ni de la mía. Es Allah quien decide sobre la vida y la muerte. Él rugió: ¡Basta, basta, cállate! Solo quiero la respuesta a mi pregunta. …… Dime, ¿qué miembros de las fuerzas armadas quisieron matar a Nasser en el camino a Alejandría? Hassan Khalil le dijo a Shams:

: Permítame explicarle el asunto, bajá. Cuando Shams asintió para darle permiso, Hassan dijo:

: Una persona vino a decirte que un grupo de soldados estaba apostado en el desierto, al acecho para asesinar a Nasser durante el trayecto en automóvil hacia Alejandría. ¿Quién te contó este hecho y quiénes estaban sentados en el jeep con la intención de asesinar a Nasser?

Shams Badran dijo: —Ahora responde rápido.

Dije:

: ¡Por asuntos tan insignificantes y triviales, y basándoos únicamente en sospechas, estáis descargando montañas de tormento sobre la gente! ¡Que Alá os destruya! …… ¡Que perezcáis y que recaiga sobre vosotros la maldición de toda la nación……!

La respuesta a estas palabras fue la de siempre: una terrible paliza con el látigo de cazador. Me golpearon tan brutalmente que el vendaje se abrió y la sangre empezó a correr.

Tenía los huesos completamente destrozados.

Shams dijo:

: Si te colgamos, morirás sin remedio… Pero, desde luego, te perdonaremos si nos cuentas todo lo ocurrido. …… Habla, cuenta lo sucedido desde el principio. Di lo que Saif te había contado.

Exclamé, sorprendido: «¡Ah, ese rumor que mencionó Saif!»

Shams se abalanzó sobre mí, me dio una patada y, rechinando los dientes, dijo: «Sí, ese rumor».

Dije:

: Cuando estaba en la casa del mártir Hasanul Banna, Saif vino y dijo que la gente estaba comentando un rumor… El rumor era que varios miembros de las fuerzas armadas se habían ocultado con un jeep para asesinar a Nasser mientras viajaba en automóvil hacia Alejandría. Pero, en el último momento, se cambió la ruta de Nasser y este viajó en tren. Lo curioso fue que el jeep escapó y no se pudo identificar a aquellas personas.

Le dije a Saif:

: En realidad, es un rumor; no creo que hubiera ningún jeep esperando emboscado de esa manera. Más bien, es una historia inventada por el servicio de inteligencia. Casi todos los días difunden rumores sobre conspiraciones para asesinar a Nasser. Y escuchamos a diario noticias sobre el arresto de miles de militares y civiles basándose en rumores fabricados.

Saif dijo:

«Sí, sí, no es más que un simple rumor, y el pueblo también lo ha tomado por un rumor». Dije:

: Nadie piensa en matarlo. Porque matar al opresor tiránico no resuelve el problema. El verdadero problema es más grave que asesinar a Nasser. Y consiste en liberar al país de las garras de gobernantes ignorantes, rebeldes contra Dios y opresores.

Saif dijo que la gente debía centrar su atención en la purificación de la personalidad y en la formación personal. Yo dije-

: En fin, aparte de los rumores, ¿quién ha destruido este país? Hoy el pueblo ha llegado a considerar incluso los rumores como algo en lo que apoyarse. …… Porque basándose en esos rumores fueron asesinados muchos héroes y personas responsables. Después, mi conversación con Saiful Islam terminó. Shams Badran dijo-

: En tu casa, Abdul Fattah y Ali Usmabi discutieron este incidente y revisaron el plan de tu conspiración y sus errores y defectos, pero ¿por qué?

Respondí-

: No fue así. Solo le conté al hermano Abdul Fattah lo que había oído de Saiful Islam: que este rumor……

Apenas dije esto, comenzó una lluvia de patadas y puñetazos. Shams preguntó-

: ¿Por qué le contaste este incidente a Huzaybi? ¿Por qué andas hablando de quién dice o no dice qué?

Dije:

: Es cierto, pero ¿por qué habría de preocuparse alguien por este asunto?

Y de nuevo, el golpe del látigo.

Shams dijo entonces:

En fin, dejemos ahora el asunto de Saif y hablemos de otra cosa……

: Dime, entonces, Abdul Aziz Ali desempeñaba la responsabilidad organizativa de los Hermanos hasta que Sayyid Qutb salió de la cárcel…… Dime, ¿cómo sucedió esto?

Dije: Eso no es cierto.

Él preguntó:

: ¿Por qué no? Se reunía con Abdul Aziz, Ali Usmavi, Abdul Fattah, Zia, Yahya, Sajli y Majid, y después de la liberación de Sayyid Qutb se reunió con él varias veces.

Respondí:

: No sé nada de esas reuniones.

Shams dijo:

: ¿Quién iba a saberlo si no tú? Por supuesto que estabas informado de esas reuniones.

Dije: Eso es una acusación falsa.

Shams dijo en tono amenazante:

: Ahora mismo te voy a dar una lección… No puedes ver qué te conviene y qué no, y tampoco estás usando tu juicio ni tu inteligencia. …

Uno de sus aduladores, entre los presentes, dijo:

: Cuando uno se pone duro, el otro tiene que mostrarse conciliador……

Pachá; espere un minuto. Estoy intentando conseguirlo.

Después, mirándome, dijo:

: Zaynab; tanto Huzaybi como Abd al-Aziz lo han confesado todo. Ahora no hay forma de negarlo. Ismail debía utilizar el veneno preparado por Abd al-Aziz para matar a Nasser. ¿En qué consistió el episodio del envenenamiento y cómo se alcanzó un acuerdo al respecto?

Dije en voz alta:

: Todos ustedes se han vuelto locos con la idea de matar a Nasser. Si de verdad quieren acabar con él, acaben con él y déjennos libres. Hagan los arreglos para que me reúna con Abd al-Aziz y el imán Huzaybi.

Ellos dijeron: No, primero te haremos reunirte con Ali Usmabi.

Dije: «Ali Usmabi es un mentiroso de primera. Es vuestro hombre a sueldo; no hablaré con él».

Shams Badran preguntó: «¿Acaso Ali Usmabi no es uno de vosotros?»

Ignoré su pregunta y dije:

: Facilitadme un encuentro con el honorable Abdul Aziz y el señor Imam Huzaybi. Hassan Jalil dijo:

: «Está bien; haremos que te reúnas con ellos».

Shams Badran dijo:

: «¿Cuándo consultaste con Hassan Huzaybi, en presencia de Abdul Aziz, sobre el liderazgo de los Hermanos?»

Dije: «Eso nunca ocurrió».

Shams envió a Safwat a llamar a Ali Usmavi.

Ali Usmavi llegó muy elegante. Vestía una excelente prenda de seda, llevaba el cabello cuidadosamente peinado y, junto con su trato amable, todo ello no hacía sino demostrar su traición hacia nosotros.

Shams le dijo con tono afectuoso:

: Ali, cuando Zaynab se rompió la pierna, te enviaron a la hija de Huzaybi para conocer la opinión de este asunto, en vez de que ella bajara del automóvil. ¿Por qué se hizo así?

Ali Usmavi dijo:

: Sí, fui a decirle a la hija del señor Huzaybi que preguntara a su padre cuál era su opinión sobre la confianza que merecía Abdul Aziz. …… Ella trajo la opinión y el apoyo del señor Huzaybi a favor de la elección de Abdul Aziz para el liderazgo interino.

Shams me preguntó:

: Ahora, ¿qué opinas tú, Zaynab?

Dije, dirigiéndome a Ali Usmaví:

: Eres un mentiroso de primera…… En realidad, me dijiste que un ikhwaní quería presentar una propuesta de matrimonio para la nieta de Abdul Aziz y que deseaba conocer la opinión del señor Huzaybí al respecto. Casualmente, yo salía en coche y entonces tú también subiste al mío. Te dije que…… con el pie herido no podía llegar hasta la casa del señor Huzaybí…… Al oír la propuesta de matrimonio, el señor Huzaybí dijo que no había nada que preguntar sobre la familia de Abdul Aziz…… que era una verdadera familia musulmana…… Que Allah bendeciría este matrimonio.

Shams preguntó: —Ali, ¿es cierto lo que dice?

Ali Usmaví dijo: —Pasha, esas son sus palabras técnicas. Zaynab es muy hábil empleando ese tipo de expresiones.

Al oír sus palabras, le dije directamente:

: Ali, eres un mentiroso de primera y un desleal. Un día serás inevitablemente humillado por tus fechorías. …… A los ikhwaníes los están colgando de la horca; sobre ellos cae sin cesar una lluvia de látigos y fustas, les sueltan perros y se cometen contra ellos muchas otras formas de cruel opresión. Y tú estás desempeñando el papel de agente a sueldo de esa gente. Por eso creen en tus palabras.

Shams le indicó a Ali que se marchara y dijo:

: Zaynab, te estamos dando la última oportunidad. Infórmame detalladamente de la relación de Abdul Aziz con la organización. Explícame todo el intercambio de cartas que se produce entre Huzaybí y Abdul Aziz por medio de ti.

Dejando de lado todo eso, dije:

: Solicito encarecidamente que me permitan reunirme con el señor Abdul Aziz y el señor Huyaibi.

Shams Badran llamó a Safwat y le dijo:

: Llévatelo de aquí hasta que traigan a Abdul Aziz y a Huyaibi.

Safwat me hizo permanecer un rato frente a una pared y luego me llevó de nuevo a la oficina de Shams. Pero ni Abdul Aziz ni Huyaibi estaban allí. Quise saber…

: ¿Dónde están los señores Abdul Aziz y Huyaibi?

Shams respondió irritado: ¿Acaso vamos a actuar según tus deseos? Traeremos a quien consideremos necesario cuando lo consideremos necesario. …… Veo que tendremos que darte otra vez el mismo castigo de antes.

Mirando su rostro maldito, dije:

: Cuando ni siquiera temes a Alá, ¿cuánta vergüenza sentirás ante la gente?

Hasan Khalil vino y dijo: Mira, muchacha, acepta mi ayuda. El Pasha quiere entregarte al tribunal.

Pregunté: ¿Tribunal? ¿Qué tribunal? ¿Quiénes son ustedes?

Shams dijo-

: Te prepararemos para presentarte ante el tribunal.

Dije con sarcasmo-

: ¡Desde luego, se trata de prepararme para presentarme ante el tribunal! ¿Acaso se me está preparando para comparecer ante el tribunal egipcio mediante tratos crueles como látigos, cazadores, perros, celdas de fuego y de agua, golpearme mientras me mantienen colgada cabeza abajo como un animal sacrificado, insultarme con lenguaje obsceno y soez, mantenerme atormentada por el hambre y la sed, no permitirme defecar ni orinar durante largos periodos, llevarme de oficina en oficina día y noche bajo el pretexto de la investigación para hostigarme, someterme a torturas brutales e infligirme castigos mecánicos y severos, entre otras cosas?

Muhammad Qutb

En la oficina de Shams, Hasan Jalil dijo: «Antes de comenzar los procedimientos judiciales, queremos terminar de examinar las cuestiones relacionadas con la organización de Muhammad Qutb para poder considerar el problema del doctor Masud».

Shams fingió de repente, con una actitud teatral, como si hubiera recuperado algo perdido o recordado un asunto importante que había olvidado, y dijo: «¡Ah, sí, la organización de aquel Qutb…!»

Dije:

«Ya he dicho que Muhammad Qutb no fundó ninguna organización. Es un escritor y pensador. Su labor consiste en guiar a la gente hacia el camino verdadero, recto y sencillo. Ha dedicado su talento literario a mantener a la nación alerta y consciente de los problemas de los musulmanes, sus soluciones y la etapa que están atravesando, entre otras cuestiones. …… Es como si toda persona tuviera el derecho fundamental de expresar su línea de pensamiento y sus opiniones».

Shams Badrawi, mostrando impaciencia, dijo:

«Hamza, llévatela. Me parece que quiere volver otra vez al agua, el fuego, los perros y el látigo».

Hamza me llevó a una habitación situada a cierta distancia de la oficina de Shams, me dejó allí detenida y se marchó. Media hora después, Hasan Jalil vino y dijo:

«¡Escucha, Zaynab! He venido a darte un buen consejo. Estoy preocupado por la manera en que te estás llevando a ti misma hacia la destrucción. …… Todos los miembros de los Hermanos han encontrado el camino para salvarse. … Habíamos arrestado a cien mil personas, pero ahora solo nos quedan veinte mil. Mientras tanto, todos han confesado sus propios delitos. A quienes piden perdón se les está poniendo en libertad. Incluso personas como el Murshid al-‘Am Hasan Huzaybí, Abd al-Fattah Ismail y Sayyid Qutb han confesado su culpa y han pedido perdón. Y tú, en cambio, intentas salvar al Murshid al-‘Am, aunque él ha presentado muchas acusaciones contra ti. Estás empujándote hacia la destrucción por personas que se oponen a ti. Debes cambiar de opinión, porque ellos te han declarado culpable de todos los acontecimientos. Huzaybí, Sayyid Qutb, Abd al-Fattah, Muhammad Qutb y todos los demás miembros de los Hermanos te están condenando. …… A pesar de los insultos y los malos tratos de Pasha, Hamza, Safwat y otros, tu opinión nos ha parecido digna de elogio. Cuando los Hermanos te insultaron, los consideramos despreciables, y nuestro respeto por ti aumentó cada vez más… Mira, Pasha está pensando en imponerte de nuevo un castigo severo. Pero he asumido la responsabilidad de llegar a un acuerdo contigo… Por eso quiero llevarle a Pasha una opinión tuya que pueda ayudarte a escapar de este peligro». Entonces lo dijo con una mirada inquisitiva:

: ¿Comías el almuerzo con Huzaybi dos veces por semana o, al menos, una vez? Huzaybi también lo ha reconocido; y tú le transmitías sus instrucciones y consejos a Abdel Fattah Ismail. Espero que nos proporciones ejemplos de esos consejos. Tanto Abdel Fattah como Huzaybi han reconocido que, desde que Sayyid Qutb salió de la cárcel, tú actuabas como intermediaria entre él y Huzaybi. Mira, Zaynab, no estamos hablando sin fundamento.

Tenía en la mano un documento escrito. Hablaba mientras lo leía. Después añadió:

: Por ejemplo, el dinero de la organización estaba depositado contigo y tú se lo enviaste a Huzaybi. Ese dinero vuelve a ti; pero tú vuelves a entregárselo en su casa a Huzaybi. Después el dinero vuelve otra vez a ti; Huzaybi también ha mencionado este asunto. ¿Hay alguna manera de negar todo esto? ¡Todos los secretos han salido a la luz, Zaynab! En fin, ahora solo falta tu reconocimiento por escrito. Sin duda escribirás todas estas cosas y otros asuntos. Después te llevaremos ante el tribunal. Allí se investigará todo esto. Dos días después serás puesta en libertad y asumirás el cargo de ministra de Asuntos Sociales. …… Ya no se tiene aprecio por Hikmat Abu Zayd…… ¿Qué opinas? Al decir esto, hizo sonar una campanilla y apareció un soldado. Le pidió que trajera zumo de limón y entabló conmigo una conversación sobre otros asuntos. …… Cuando el soldado apareció con dos vasos de zumo de limón, me pidió que los bebiera. Después ordenó al soldado que trajera dos tazas de café y continuó hablando. Permanecí callada de principio a fin, escuchándolo. Comprendí que se había quedado bastante tranquilo. Al marcharse, le dijo al soldado: «Estarás bajo las órdenes de Zaynab». Luego me miró y dijo:

Dentro de una hora te llamarán a la oficina del pachá. Mientras tanto, piensa muy bien en lo que te conviene y lo que no. Me puse a escribir y mi pluma comenzó a correr.

En el nombre de Al-lah, el Clemente, el Misericordioso

Mi lengua es verdaderamente incapaz de ofrecer la debida alabanza al Altísimo Al-lah y agradecer Sus infinitas mercedes. A pesar de mis innumerables deficiencias, Él me eligió para servir a Su religión; también me concedió la fuerza y la oportunidad de recorrer el camino que Él ha escogido para Sus siervos amados.

En verdad, el camino y el modelo del Corán y la Sunna son el camino de la verdadera verdad, la paz y la belleza. Al-lah también ha invitado a toda la humanidad a seguir este camino, diciendo: «Oh, humanidad, os ha llegado de vuestro Señor aquello que es el mejor camino y la más excelente exhortación para vosotros». Al-lah también ha dicho: «¡Oh, humanidad! Adorad a vuestro Señor, que os creó a vosotros y a quienes os precedieron.

Doy gracias al Altísimo Al-lah, que me concedió la dicha de formarme conforme a Su mandato: «¡Oh, Señor nuestro! Hemos oído a un pregonero que llama a la fe. Ha dicho: “¡Oh, gente del mundo! Creed en vuestro Señor”. Hemos respondido a su llamada y hemos creído». Proclamo la alabanza y la grandeza del Clementísimo Al-lah, bajo cuya palabra he encontrado refugio: «Sin duda, Al-lah ha comprado a los creyentes sus vidas y sus bienes a cambio del Paraíso». Ofrezco infinitas gracias a Al-lah, que me incluyó entre los hombres y mujeres creyentes y me escogió junto con ellos.

«Alabado sea el Dios Misericordioso, que me ha inspirado a difundir Su religión y Su doctrina, a llamar a la gente al camino de la religión y a sacrificar la vida haciendo la yihad por la causa de la religión, y me ha concedido la capacidad de dar testimonio de la verdad de la palabra de Dios». Dios ha dicho: «Los creyentes han comprado el Paraíso a cambio de sus vidas y sus bienes. Combaten por la causa de Dios, matan y alcanzan el martirio». Dios también ha dicho: «Sois la mejor nación del mundo. Fuisteis creados precisamente para establecer la verdad y la justicia y hacer frente a la mentira y la falsedad».

«Declaro claramente y con voz inequívoca que Dios es uno y único. No hay otra divinidad aparte de Dios, Él no tiene asociados, y Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) es el siervo de Dios y Su Mensajero». Somos depositarios y portadores de ambos aspectos y del significado de esta declaración del testimonio de fe. Tenemos la responsabilidad de preservar y aplicar el Corán de Dios, Sus mandamientos y Sus leyes». Como Dios ha dicho: «Te hemos revelado el Corán para que se establezca el gobierno de la justicia en la sociedad humana». Somos seguidores del camino que el querido Profeta, el honorable Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), indicó a su comunidad. El querido Profeta dijo: «Estableced la verdad y la justicia en la sociedad humana a la luz de lo que Dios os ha concedido». Estamos firmemente decididos a cumplir al pie de la letra las órdenes y directrices de Dios y de Su Mensajero.

¡Oh Dios! Sé testigo de que permanecemos firmes e inquebrantables en Tu camino. No ha habido ningún cambio entre nosotros. Por tanto, oh Señor, ayúdanos en la yihad contra esos opresores e injustos que practican el politeísmo, que apartan Tu Corán, que son hostiles a Tu religión y que combaten contra quienes recorren el camino de Tu religión, llevan el estandarte de Tu Corán y siguen la doctrina de Tu Mensajero.

¡Oh Mensajero digno de confianza! Viviré de este modo y así compareceré ante ti. ¡Oh Dios! Inclúyeme entre los musulmanes verdaderos que profesan el monoteísmo, y entre quienes Te temen y sienten vergüenza ante Ti.

Oh Señor, dame fuerza. Que ame únicamente por Ti, odie por Tu causa y haga la yihad por el camino de Tu complacencia. ¡Oh gente! Este es el camino por el que transcurre nuestra vida. Después, haced lo que queráis. …… está pensando en ello. Pero he asumido la responsabilidad de llegar a un acuerdo contigo… Por eso quiero llevarle al Pachá una opinión tuya que te permita salir de este peligro. Os llamo al camino de Dios con plena lucidez y absoluta sinceridad. Por tanto, no intentéis en vano hacerme partícipe de vuestra debilidad, hacerme tropezar en la oscuridad de la incredulidad y el extravío ni involucrarme en una guerra contra el islam y los musulmanes. Estoy completamente libre de todas vuestras malas acciones y permaneceré preparado hasta el último momento de mi vida para enfrentarme a vuestra mentira y falsedad.

Firma—

Zaynab al-Ghazali

Hamza entró en la habitación y dijo—

: ¡Vaya, Zaynab! Si Dios quiere, nuestro amo te ayudará. La única condición es que veles por tus propios intereses. …… Tu esposo, Salem, es un hombre excelente. …… Es un amigo íntimo mío. …… ¡Quién sabe cómo terminaste convirtiéndote en presa de los Hermanos Musulmanes!…… Ah, sí, ¿has terminado de escribir?

Tomó los papeles y dijo: «Ven, acompáñame a la oficina del bajá». Nos dirigimos a la oficina de Shams. Al verme, Shams Badran fingió alegría y dijo: «Ven, Zaynab, siéntate».

Ordenó que trajeran sorbete y café para mí y se concentró en leer mis escritos. Los cambios de expresión de su rostro revelaban sus pensamientos y sentimientos. Al ver su estado, comprendí que estaba a punto de estallar. En efecto, sus dos ojos adquirieron el color de un horno de fuego y, rechinando los dientes, preguntó con un grito espantoso:

«¿Qué es todo esto……? …… Safwat, mil latigazos. Esta muchacha se ha burlado y mofado de todos nosotros. ¿Dónde estabais todos?»

Para entonces ya había comenzado la lluvia venenosa del látigo. Shams arrojó los papeles al suelo y dijo:

: «Esta muchacha se alza como un desafío ante el conocimiento y la inteligencia de cada uno de nosotros. Resulta que es una escritora y oradora extraordinaria». Tenía vendadas ambas piernas heridas; cada parte de mi cuerpo había soportado más latigazos y golpes de látigo de los que podía resistir, pero aun así volvieron a colgarme cabeza abajo, como a un animal sacrificado. Shams, enloquecido de rabia y por orden del bajá, descargó innumerables golpes insoportables de látigo sobre mi débil cuerpo, cubierto de heridas.

Al ver que la sangre brotaba copiosamente de todo mi cuerpo, incluso atravesando las vendas, el médico ordenó que me bajaran de inmediato. Me dejaron tendida durante una hora frente a la oficina de Shams. Después me llevaron al hospital en una camilla.

Murad y Hamza dijeron:

: Según los médicos, estás al borde de la muerte. Pero, en nuestra opinión, es necesario presentarte ante el tribunal. Así podrás morir escuchando tú mismo la sentencia de muerte. Mañana por la mañana te entregaremos al Ministerio de Justicia y Asuntos Legales. Recuerda bien que, si no respondes de acuerdo con las órdenes establecidas por el Ministerio de Justicia y Asuntos Legales, tendrás que volver aquí. Después Hamza llamó a Safwat y le dijo:

: Llévenlo mañana a las nueve al edificio del tribunal.

Dicho esto, todos se marcharon.

 

Investigación

He atravesado cada etapa de la tortura. Me golpearon con látigos que vomitaban fuego, hicieron que unos perros me mordieran, me sumergieron en una celda de agua, me quemaron en una celda de fuego y me colgaron cabeza abajo como a un animal sacrificado. Mi cuerpo y mi mente quedaron destrozados por semejante opresión y tortura incesantes. Después de tantos abusos y tormentos, ahora el Departamento Jurídico del Gobierno prepara una farsa en nombre de la justicia para imponer castigos aún más injustos a personas indefensas, inocentes y oprimidas como yo.

Me enviaron al campamento del Departamento de Investigación del tribunal. Allí también actuaban conforme al mismo plan que los otros. En el campamento de investigación, los recopiladores de información obligaban a los acusados, mediante amenazas e intimidación, a firmar documentos que contenían confesiones infundadas de culpabilidad.

Y todos estos documentos con acusaciones falsas se elaboraban bajo las mismas narices de los llamados asesores jurídicos y jueces.

La tradición y la reputación de los jueces musulmanes, cuyas sentencias valientes e imparciales en favor de la verdad y la justicia han iluminado las páginas de la historia, hoy están siendo mancilladas por sus propios sucesores, que inclinan la cabeza ante el poder de la mentira y desacreditan los tribunales y el sistema judicial. Esto es una desgracia extrema para la nación. Si esto continúa, la propia existencia de la nación musulmana podría verse amenazada. Sin embargo, la honestidad y el amor por la justicia de los cadíes y jueces musulmanes han recibido siempre, a lo largo de los tiempos, el unánime elogio de toda la humanidad.

He oído a varios de esos funcionarios del departamento jurídico decir mentiras descaradas en la prisión militar. De una manera sumamente vergonzosa, escriben declaraciones inventadas y obligan a personas inocentes a firmarlas. Yo mismo vi cómo aterrorizaban a los presos mediante amenazas e intimidación para conseguir sus firmas.

Cuando me presenté por segunda vez en la oficina de investigación de la prisión, el abogado me miró en silencio. Tenía todo el cuerpo vendado; estaba tan débil que me desmayaba una y otra vez, y ni siquiera tenía la capacidad de pronunciar correctamente las palabras.

El señor abogado estaba sentado detrás de una pila de archivos. Delante de él había un documento escrito. A su lado, frente a una pequeña mesa, estaba sentada la secretaria del abogado. Ante ella había un montón de hojas blancas. Con la pluma en la mano, estaba lista para cumplir las instrucciones del abogado. El señor abogado escribió primero mi nombre, edad, nacionalidad y domicilio.

Después, el abogado, mirándome con expresión impasible y apagada, me dijo:

: Zaynab, todos estos archivos contienen declaraciones de los Hermanos Musulmanes. De todas ellas, la tuya es la más clara. Dejaré tu declaración en el archivo. …… Quiero oír de tus propios labios lo que ocurrió realmente. …… Señalando los archivos, dijo:

: Están llenos de declaraciones de Huzaybi, Sayyid Qutb y Abd al-Fattah Ismail. …… Zaynab, quiero que abandones tu obstinación y sigas el camino correcto. No nos hagas perder el tiempo con asuntos inútiles y absurdos. De lo contrario, te enviarán de nuevo a la prisión militar.

Después siguió haciéndome preguntas y yo seguí respondiendo. Pero me quedé atónita al observar algo: mientras yo terminaba mis respuestas en apenas unas pocas frases, ellos necesitaban una página entera para escribirlas. Al ver aquello, me enfadé muchísimo. Llamé la atención del abogado y le dije:

: ¡Señor Konabi! Yo solo había respondido en unas pocas frases……! Pero……

El abogado dijo:—Te ayudaré. Porque todo lo que dices será presentado al presidente palabra por palabra. Él quiere conocer diariamente tus declaraciones. Yo dije:

:No les doy derecho a modificar, ampliar ni reducir de ningún modo mis declaraciones; es decir, lo que digo es que solo se escriba lo que yo he dicho.

El abogado dijo:—Después te leerán todo.

Dije tranquilamente:

:Si ustedes siguen escribiendo por su cuenta lo que digo, entonces es innecesario que yo hable. Pueden hacer que su escribiente escriba todo según su voluntad. Si se lleva adelante un proceso basándose en todo esto, solo reconoceré como mías mis propias palabras.

El abogado volvió a preguntar:

:¿Quieres llamar infieles al presidente Nasser, a su gobierno y a la sociedad actual?

Yo dije:

: No considero infieles a los seguidores de la qibla y la Kaaba.

El abogado quiso saber quiénes son los seguidores de la qibla y la Kaaba.

Dije:

: Los que creen en la kalima tayyiba, «la ilaha illallahu muhammadur rasulullah», y que obedecen en todos los aspectos de la vida las leyes de Dios transmitidas por el Mensajero. El abogado preguntó como si estuviera examinándome:

Analiza las cualidades de los seguidores de la qibla y la Kaaba.

Respondí después de analizarlas:

: Los que realizan la oración, pagan el azaque, ayunan durante el ramadán, cumplen el rito de la peregrinación si tienen capacidad para ello, obedecen las órdenes y prohibiciones del Corán y la Sunna, no elaboran leyes por su propia cuenta y no gobiernan conforme a ninguna ley distinta de la ley prescrita por Dios.

El abogado preguntó:

¿Consideras a Nasser, a su gobierno y a la sociedad actual seguidores de la qibla y la Kaaba?

Respondí claramente:

: En cuanto a Nasser, no lo considero así. Porque, si quisiera, podría gobernar conforme al Corán y la Sunna; sin embargo, ha dejado suspendida la ley del Corán y la Sunna. Impone al pueblo leyes por iniciativa propia…… Nasser ha declarado abiertamente que no establecerá ningún gobierno islámico.

: El abogado preguntó: «Dime claramente que tanto Abdun Nasser como su gobierno son infieles».

Respondí:

: Mi respuesta ya ha sido dada. Quienes quieran comprobar su verdadera condición tienen el deber de ponerse a prueba en la piedra de toque del Corán de Alá.

Eso fue todo; solo para escribir estas palabras, el señor abogado llenó cinco páginas de papel tamaño folio.

Después de terminar de escribir, preguntó: «¿Queríais matar a Umm Kulzum y a Abd al-Halim Hafiz?»

Dije-

: Para quien está al frente de la nación musulmana y para los miembros del movimiento islámico, no hay lugar para considerar estas cosas triviales. El día en que los musulmanes vuelvan a despertar, todas las injusticias desaparecerán por sí solas y la nación se alzará con verdadera dignidad. Hoy se ha conseguido, de diversas maneras, confundir a los musulmanes y mantenerlos ocupados en obras satánicas; un día todo ello desaparecerá sin dejar rastro, como una burbuja.

El abogado Mohammad al-Konabi escuchaba una cosa de mí y escribía otra. Sentado frente a mí, tergiversaba mis palabras, las modificaba y las ampliaba. ¡Incluso copiaba algunas cosas de otros expedientes!

Así continuó durante diez días este extraño teatro de investigación del Ministerio de Justicia y Derecho. El asesor Abdul Salam acudía diariamente, preguntaba al señor Konabi por la situación y se marchaba después de ordenarle que continuara con sus esfuerzos.

Un día, en la tienda del campamento, le dije al abogado, el señor Konabi-

: Hoy estoy presenciando algo extraño. …… Veo que las personas vinculadas al departamento jurídico y a los tribunales han adoptado la forma de animales salvajes; se están quitando del cuerpo las vestiduras de la justicia y de la cabeza la corona de la ley.

El abogado dijo-

: Estamos tratando de salvarte de las garras de los Hermanos Musulmanes. A la luz de las declaraciones de al-Hudaybi, Sayyid Qutb y Abd al-Fattah, la pena de muerte por ahorcamiento se ha vuelto inevitable para ti. ¿Cuál es tu opinión sobre las declaraciones de al-Hudaybi, Sayyid Qutb y Abd al-Fattah?

Lo miré fijamente a los ojos y dije:

: Usted está diciendo mentiras sobre ellos. Todos son líderes del movimiento islámico. Ellos jamás dirán mentiras contra nadie.

El fiscal reaccionó y dijo: Tú eres quien está mintiendo.

Pregunté sorprendido:

: ¿Contra quién estoy diciendo mentiras?

El fiscal respondió:

: Contra el Gobierno y nuestro poder judicial.

Entonces desafié al fiscal y le pregunté:

: ¿Puede presentar pruebas de que es una persona vinculada a este tribunal? El fiscal dijo entonces:

: Suspendo la investigación y te envío de nuevo a la prisión militar para que seas castigada. Después tendrás que volver aquí.

Después, comenzó a beber café. Cuando terminó de beberlo, dijo:

: Zaynab, ¿quieres volver otra vez a esa prisión de castigo? Ab्दun Naser quiere ver tus documentos dentro de poco.

Después, cuando el fiscal me ordenó firmar todo lo que había escrito, me negué a hacerlo. …… Huelga decir que me enviaron de nuevo a la oficina de la prisión militar, donde el látigo y la fusta me dieron una cálida bienvenida. Así terminó, por el momento, la investigación judicial.

 

De nuevo ante el tribunal

Dos días después volvieron a citarme en el edificio del tribunal. Esta vez vi allí a muchos jóvenes heridos, cubiertos de lesiones. El fiscal Konabi me preguntó:

: ¿Te has reunido alguna vez con ellos? ¿Cuándo los conociste y cómo se llaman?

Miré a los jóvenes y pregunté:

: ¿Cuándo me vieron ustedes? En realidad, ¿alguna vez se reunieron conmigo? ¿Me habían visto antes? ¿Cuáles son sus nombres?

El abogado gritó y presentó una objeción:

: Yo les haré las preguntas a ellos.

Respondí:

: Entonces pregúnteles usted cuándo me vieron.

No me pregunte cuándo los vi yo.

Después, el abogado interrogó a todos ellos uno por uno. Cuando todos dijeron que no se habían reunido conmigo, el abogado les preguntó:

: Pero durante la investigación, ¿por qué todos ustedes dijeron que se habían reunido con Zaynab?

Ellos respondieron:

: Los golpes del látigo nos obligaron a mentir.

Después, todos fuimos enviados a la prisión militar. Estos valerosos jóvenes fueron obligados a pasar innumerables veces delante de mí, yendo y viniendo entre el edificio del tribunal y la prisión militar.

 

Otra vez aquellas torturas

Continuaron los interrogatorios con Shams Badran en la oficina de la prisión y los abusos contra mí. Casi todas las noches, Shams o alguno de sus compañeros me llevaban a la oficina; primero me amenazaban con castigos terribles y luego me llevaban ante prisioneros conocidos —adolescentes, jóvenes, mujeres y hombres— y me preguntaban:

: ¿Cuándo te reuniste con ellos?

Yo respondí:

: Pregúntales a ellos cuándo se reunieron conmigo y si realmente me conocen.

A esto respondían con castigos nuevos cada día. Por ejemplo, me obligaban a permanecer de pie en algún lugar oscuro o me obligaban a correr mientras me golpeaban por detrás con un látigo, entre otras cosas. Debido a las heridas y a la debilidad, cuando caía de bruces al suelo mientras corría, me propinaban quince o veinte golpes fuertes y luego me ordenaban volver a correr. Finalmente, cuando caía inconsciente, me dejaban en una habitación del hospital. Los castigos de tortura que me impusieron después de la investigación legal y judicial fueron aún más horribles y desgarradores que los anteriores. Haré una breve exposición al respecto. Con ello podrán imaginar cuán crueles e inhumanas pueden ser las torturas infligidas por Nasser y sus aduladores mimados.

 

Castigo

En plena noche y a oscuras me llevaron a otra oficina situada cerca de la oficina de Shams Badran. Allí estaba sentado un hombre llamado Jalaluddin. Apenas me vio, me preguntó:

: Dime cuál es tu relación con Zaynab, Khaleda Hujaybi y su esposo Ahmad Sabet, y qué papel desempeñaban ambos en la organización.

Respondí: Mi trabajo con Khaleda Hujaybi se limitaba a ayudar a las familias de las personas detenidas.

Jalal preguntó: ¿Qué tipo de ayuda?

Respondí: Ayuda económica y material. Por ejemplo, alimentos y artículos de primera necesidad.

Después, cuando me preguntó por Ahmad Sabet, el esposo de Khaleda Huzaybi, le informé que él entregaba a Khaleda Huzaybi los artículos destinados a diversas familias por la oficina de la organización de mujeres. Es cierto que venía a recoger esos artículos, pero permanecía sentado en el automóvil. No entraba en la oficina. Aparte de eso, no tenía ninguna otra responsabilidad.

Jalal se negó a aceptar la veracidad de mis palabras y me entregó a Safwat. Safwat me hizo ponerme de pie mirando hacia la pared y comenzó a hacerme de nuevo todas aquellas preguntas. Repetí las mismas respuestas anteriores. El interrogatorio y las respuestas continuaron así durante una hora; pero, al no observar ningún cambio en mi relato, comenzó a amenazarme con el látigo y con los perros. Sin embargo, permanecí firme en mi declaración. Mientras tanto, Hamza y Jalal llegaron. Jalal ordenó soltarme los perros. Después de mantenerme encerrado durante dos horas con un perro, me enviaron al hospital.

Durante la segunda noche también me hicieron las mismas preguntas sobre Huzaybi y su esposo, y yo continué dando mis respuestas anteriores. Al ver que expresaba repetidamente la misma opinión, Jalal llamó a Safwat. Safwat comenzó a golpearme con todas sus fuerzas.

 

Significado

Me volvieron a convocar a la oficina de Shams Badran. Shams Badran me dijo:

: Hemos traído a Zaini desde Gaza. El Murshid-e Am y Mamun Huzaybi lo conocen. Si te niegas a reconocerlo, volveremos a enviarte a una nueva investigación, desde el principio hasta el final. ¿Zaini? Su confesión… es muy importante.

Me llevaron a una habitación y me mostraron a una persona de aspecto tan extraño y grotesco que no había ninguna posibilidad de que yo la conociera o supiera quién era. Por lo tanto, me llevaron de nuevo ante Shams.

Shams preguntó: —¿Quién es esta persona?

Respondí: No lo reconocí.

Shams dijo:

: Todo el mundo conoce a ese Sadeq Jeini. En medio de la conversación, Jalal interrumpió a Shams y le dijo que preguntara por el dinero. Cuando Shams me preguntó al respecto, respondí:

Ese dinero se había recaudado para cubrir los gastos de alimentación, vestimenta, atención médica y educación de los hijos de las familias cuyos sostén económico estaba encarcelado. Shams llamó a Hamza con voz agitada y le dijo:

Llévenlo y enciérrenlo esta vez en una celda con serpientes venenosas, no con perros.

Hamza y Safwat me llevaron al hospital. Mientras se sentaba en una silla, Hamza dijo: Si dices la verdad sobre el verdadero propósito de recaudar el dinero, no te encerraremos en la celda de las serpientes.

Dije: Ya han investigado todos los pormenores. En ese momento, Jalaluddin llegó allí y les preguntó:

: ¿Ha tomado el camino correcto?

Hamza dijo: «Déjenmelo a mí. Parece que le gusta la compañía de los perros».

¡Perros! Sí, a mi juicio, en cuanto a discernimiento y conciencia, los perros son muy superiores a ellos. Cada vez que, sentado en la celda de los perros, reflexionaba sobre el carácter y la mentalidad de esos hombres, me parecían seres mucho más despreciables que los perros. Sin duda, el ambiente de los perros era mucho más tolerable que el de Shams, Hamza, Jalal, Safwat y los demás.

Una noche me llevaron a la oficina de Shams y, sin mediar palabra, comenzaron a golpearme de tal manera que en pocos instantes perdí el conocimiento. Me inyectaron y me enviaron al hospital. Tres días después me llevaron nuevamente a la oficina de Shams.

Juró por Gamal Nasser y dijo:

«Si no respondes exactamente a mis preguntas, tendrás que volver a sufrir desde el principio el castigo en las celdas número uno a treinta y cuatro».

Yo ya había soportado las espantosas torturas de esas celdas. Shams me dio la palabra y dijo:

«Zaynab, voy a recordarte dos hechos. En uno de ellos están involucrados Mohammad Qutb, la esposa del señor Huzaibi y las hermanas de Mohammad Qutb; y en el segundo están implicados Ali Usmavi y Mamun Huzaibi».

«Si te digo que Hasan Huzaibi, su esposa y Mohammad Qutb confesaron estas cosas, no me creerás. Pero entonces dime: ¿cómo llegamos a saber todo esto? Admitamos que puedes calificar de mentira el hecho en el que estaba involucrado Ali, pero en el otro Ali no está involucrado».

El día en que Muhammad Qutb fue de Helwan a mi casa por la noche y, después de conversar, le diste quinientas guineas junto con joyas de oro, diciéndole que entregara las quinientas guineas a la madre, es decir, a la esposa del señor Huzaybi, y que aceptara estas joyas de oro como donación para sufragar los gastos de las familias de los ikhwan encarcelados, para entregárselas a la madre en el momento oportuno.

Dije:

Sí, eso ocurrió exactamente así. Pero ¿qué motivo de preocupación puede haber en ello? Puedo dar mis joyas a quien me plazca. Las doné para una obra de servicio humanitario; eso es motivo de alegría. Naturalmente, el dinero pertenecía a los ikhwan. Era mi deber entregar ese dinero a la persona responsable. Shams preguntó:

¿Las quinientas guineas eran para la organización o para aquellas familias?

Dije: Solo para los gastos de las familias.

Shams dijo:

Según lo que dijo Ali Usmavi, ese dinero era para la organización.

Dije: Ali Usmavi es un mentiroso.

Shams dijo: Mohammed Qutb ha dicho que no sabe con qué propósito se entregaron quinientas guineas. Naturalmente, le dijiste que las entregara, junto con las joyas, a la esposa del señor Huzaybi.

Dije:

: Trae a Mohammed Qutb ante mí. …… Le dije que las quinientas guineas se habían entregado para ayudar a las familias.

Shams dijo:

: Está bien, ¿de acuerdo? Pero ¿de dónde procedían?

Dije:

: Un día, Ali Usmabi vino a pedirme una carta de recomendación para que un hermano saudí se reuniera con Murshed o Mamun. Le dije que no hacía falta ninguna carta de recomendación ni intermediario para reunirse con el hermano Mamun. Murshed se encuentra en Alejandría. Mamun, en cambio, está aquí mismo y es posible reunirse con él. Más tarde, Ali Usmabi me informó de que el hermano saudí se había reunido con Mamun y le había entregado cierta cantidad de dinero como contribución. Mamun le pidió que entregara ese dinero de la contribución a Zaynab al-Ghazali. En consecuencia, el hermano saudí le encargó a Ali Usmabi que me hiciera llegar ese dinero de la contribución. También indicó que ese dinero se gastaría para ayudar a las familias de los Hermanos encarcelados.

Shams dijo:

: Según Muhammad Qutb, ese dinero no era para la familia.

Cuando llevaron al profesor Muhammad Qutb ante mí, se lo recordé y le dije:

: Cuando le entregué las joyas y el dinero para que se los hiciera llegar a mi madre, le dije que había confiado ese dinero a usted para mi familia… Probablemente lo haya olvidado.

Después de mis palabras, el señor Muhammad Qutb dijo:

: Zaynab, si estás segura de que me dijiste eso—

entonces lo que dice Zaynab es verdad.

Después me obligaron a permanecer de pie, de cara a la pared, hasta el amanecer. Luego me enviaron al hospital.

Dos días después me llevaron de nuevo a la oficina de Shams y, sin ningún preámbulo, me dijeron:

: Zaynab, reconoce que Muhammad Qutb fundó una organización.

Dije:

: Ya me han interrogado antes sobre este asunto y expliqué que Muhammad Qutb no fundó ninguna organización.

Al oír esto, Shams ordenó a Safwat que me colgara y me azotara. Después me llevaron a otra oficina cercana. Allí un desconocido me dijo:

: Zaynab, eres una completa tonta. No sabes cómo salvar tu propia vida. Los Hermanos han lanzado contra ti muchas acusaciones falsas… Entonces, ¿por qué no nos ayudas a recopilar información sobre Muhammad Qutb? Debes saber que, con un poco de colaboración tuya, el camino hacia un acuerdo se volvería muy fácil.

Pregunté con sarcasmo:

: ¿Llegar a un acuerdo con vosotros? Yo detesto de todo corazón vuestra conducta, vuestros métodos y vuestra astucia. Todos vosotros sois compañeros de Satanás. Pero jamás podréis resistir en nuestro camino. Somos siervos de Allah y muyahidines. Por mucho que os esforcéis en vano, no podréis hacer que ninguno de nuestros hermanos, mediante el engaño o la tortura, diga mentiras. Debéis saberlo.

Él dijo con voz áspera:

: Volveremos a imponeros un castigo severo y volveremos a ordenar una investigación judicial sobre vosotros.

Dije:

: El Ministerio de Justicia, el poder judicial y todos vosotros sois las dos caras de una misma moneda. Os habéis apartado del camino de Alá. Cada uno de vosotros da vueltas en el torbellino del extravío; os convertiréis en víctimas de la ira de Alá.

En ese momento llegó Hamza, dejó delante de mí un documento escrito y se marchó. Entonces aquel hombre empezó a hablarme de Muhammad Qutb. Poco después, él también salió de la habitación.

Después llegó Safwat, me golpeó despiadadamente y se marchó. Luego llegó otro hombre y empezó a tentarme con grandes recompensas a cambio de que proporcionara información sobre una organización particular. Pero cuando no lograron cambiar de ningún modo mi postura, me metieron en la celda de un perro y la cerraron. Esta vez, sin embargo, también había otro hombre con el perro. Hamza le dijo a ese hombre que, si el perro no me mordía, él mismo debía morderme. Mantuvieron la celda cerrada durante dos horas. Durante ese tiempo, yo permanecí ocupado únicamente recordando a Alá. Hasta que abrieron la puerta, dos horas después, el perro y aquel hombre permanecieron sentados en silencio, como niños tranquilos y bien educados.

Después me llevaron al hospital. Al día siguiente me llevaron a la oficina de Riyaz. Me preguntó si me había reunido con alguna persona de Karwasah. Le dije:

: No sé nada sobre Karwasah.

Riyaz preguntó:

: ¿Nunca se reunió contigo ninguna persona de allí? Zaynab, ¿no recuerdas que Abd al-Hamid era uno de los hombres de Karwasa? Después, me lanzó una reprimenda y se marchó diciendo:

: Para escarmentarte, voy a enviar a unos hombres del bajá. Inmediatamente después, llegó un soldado, me hizo ponerme de pie de cara a la pared y comenzó a azotarme. Tras torturarme durante largo tiempo, volvieron a enviarme al hospital. Todas estas torturas se están llevando a cabo después de la investigación judicial.

Unos días después, volvieron a llevarme a la oficina de Riyaz. Esta vez también estaban presentes allí varias mujeres más. Nunca antes había visto a ninguna de ellas.

Me preguntó: ¿Cuál de ellas es la esposa de Sisi?

Respondí: Yo no lo sé.

En ese momento, el soldado llegó acompañado de un joven. Le preguntaron al joven: ¿Cuál de ellas es Zaynab al-Ghazali?

El muchacho miró a su alrededor y dijo: No lo sé.

Después, cuando le preguntaron por Abbas Sisi, también fingió no saber nada. Luego le preguntaron:

: ¿Con cuál de las mujeres presentes aquí te reuniste? Cuando el muchacho volvió a responder negativamente, lo azotaron y lo echaron.

En ese momento, de repente, se vio llegar a la hermana Hamida Qutb. Safwat venía detrás de ella. Cuando le preguntaron a la hermana Hamida Qutb por la esposa de Sisi, ella también dijo: «No la conozco».

Después enviaron afuera a todas las mujeres, incluida la hermana Hamida Qutb. Pero a mí me mantuvieron sentado frente a Riyaz. Me preguntó:

: Dicen que un miembro de los Hermanos Musulmanes se ha casado cuatro veces. ¿Sabes algo al respecto?

Respondí: —No.

Rugió y dijo:

¿Entonces estoy mintiendo? Si no dices quién es esa persona, te golpearán.

Dije con desprecio: —Haz lo que te plazca.

Me volvió hacia la pared, me azotó varias veces y se marchó. Dos horas después regresó con Safwat y me envió al hospital.

 

El paquete de carne picada

Al observar mi salud, que se deterioraba rápidamente, los médicos dijeron que existía el riesgo de que muriera si no se permitía que me suministraran desde casa alimentos nutritivos. Por ello, siguiendo el consejo médico, se concedió permiso para traerme comida de casa. Sin embargo, este permiso se limitó a la leche y la fruta. Un día, mi hermana ideó una manera ingeniosa de hacerme llegar carne. Llenó de carne picada un paquete de leche vacío de tal forma que resultaba difícil descubrirlo desde fuera. Era tan suave que parecía exactamente un paquete de leche. Solo yo pude identificarlo. También enviaron algo de mantequilla y naranjas. Después de apartar mi parte, distribuí el resto de la comida entre los demás hermanos ikhwan que estaban ingresados en el hospital, por medio de Abdul Mabud. En aquel entonces también estaba con nosotros el profesor Abdul Aziz, antiguo ministro de Administración Local. Repartimos entre nosotros una naranja para cada uno y un paquete de mantequilla entre cada dos personas.

Cuando terminó el reparto de la comida, llamé a Abdul Mabud, le entregué la bolsa de leche y le dije que la distribuyera entre todos los hermanos ikhwan. Salió y, al regresar, dijo:

: ¡Ah! Veo que aquí hay carne picada. Esto le será muy beneficioso. Guárdela para usted.

Pero le dije que la repartiera. Incluso después de distribuirla entre todos, quedó algo de carne picada en el paquete. Envié esa carne picada y algo de mantequilla al profesor Abdul Aziz.

Abdul Mabud preguntó: —¿No guardó nada para usted?

Dije:

: Infinitas alabanzas a Allah. Él es quien provee el sustento a Sus siervos.

Dijo: Toda alabanza pertenece a Allah. Él es el Señor, Él es quien provee el sustento.

El asistente de la sala vino y me preguntó:

:¿Cómo entró la comida?

Respondí: Con la autorización del médico.

Los hermanos del Ikhwan reunían pequeñas cantidades de alimentos de buena calidad y las reservaban para los hermanos relativamente más enfermos. Por eso nos alegrábamos mucho cuando llegaba algo de fuera de la cárcel, ¡por poco que fuera! Aunque vivíamos bajo el dominio de opresores tiránicos, nos preocupábamos especialmente por el bienestar de los demás.

 

Sin comida en el hospital

Durante el primer año en prisión me privaron de recibir alimentos de mi casa o del exterior. Hacia el final, al verse completamente sin otra alternativa, me permitieron traer comida de casa. Lo hicieron para que, basándose en sus acusaciones falsas y sin fundamento, el tribunal pudiera condenarme posiblemente a la pena de muerte. Con ese propósito, y para mantenerme con vida al menos hasta que se dictara la sentencia de muerte, me permitieron traer de casa alimentos de buena calidad.

Unos días antes de que comenzara el juicio, mi madre y mi hermana vinieron a visitarme a la cárcel y, durante la conversación, me informaron de que Safwat, usando mi nombre, les había sonsacado una gran cantidad de dinero con el pretexto de comprar medicinas, frutas, ropa y otras cosas. Además, se ejercían presiones de diversas maneras sobre mi familia y mis parientes para satisfacer sus propios intereses.

A algunos presos les permitían desde el principio traer comida de fuera, pero a los Hermanos no les concedían ningún permiso semejante. Más bien, su propósito era hacer sufrir a los Hermanos o matarlos de un modo u otro. Por eso, incluso en el hospital, los privaban de la comida que justamente les correspondía. En realidad, todo aquello era la manifestación externa de su hostilidad hacia el islam y de su mezquindad.

Un día llevaron al hospital a un joven Hermano gravemente herido. Para su tratamiento se necesitaba azúcar. El médico envió a alguien a buscar azúcar o algún producto similar, pero no se encontró en ninguna parte. Al enterarme de lo sucedido, llamé a golpes a la puerta de la sala. Cuando abrieron la puerta, envié al médico el frasco de miel que me habían mandado de casa. Gracias a ello, el Hermano recibió tratamiento poco después. Los agentes del Gobierno apostados en el hospital observaron todo aquello. Según la ley, yo había cometido un acto prohibido.

Por ese motivo, unos días después cortaron el suministro de agua a los presos que estaban siendo atendidos en el hospital. Este fue un ejemplo abominable de trato inhumano. Durante la época de intenso calor, cada noche nos mantenían privados hasta de una gota de agua. Conseguir de algún modo una taza de agua durante todo el día era tan difícil como obtener leche de tigre.

Yo ya estaba gravemente enfermo. Mi salud se deterioraba día tras día hasta aproximarse a su límite extremo. Finalmente, se asignó agua exclusivamente para mí. Yo compartía mi agua y se la enviaba al hermano Abdul Karim, que estaba en la habitación contigua. Pero hacer llegar el agua a la habitación vecina era sumamente difícil. No había manera de engañar a los guardias. No tuve más remedio que hacerla correr desde este lado por un agujero muy estrecho de la pared, mientras el hermano, pegando la boca al agujero del otro lado, trataba de aliviar su sed. Para mantener en pie su cuerpo y su espíritu, ya destrozados por los golpes del látigo, aquellas pocas gotas de agua eran para él como una nueva vida. Los verdugos al servicio del Gobierno practicaban toda clase de castigos abominables contra aquellos inocentes. No conocían en absoluto sentimiento alguno parecido a la humanidad. Incluso sería justo decir que su crueldad había superado los límites de la bestialidad.

 

El arrepentimiento del opresor y su regreso al camino de la verdad

Mientras yo estaba en el hospital ocurrió un suceso. A través de él se me revelaron las nobles cualidades latentes del ser humano. No tengo ninguna duda de que, si se habla sinceramente a una persona y se la orienta hacia el bien, por muy malvada que sea, tarde o temprano aceptará una enseñanza recta. Si se realiza un esfuerzo sincero, una nación puede recuperar la capacidad de avanzar con todas sus fuerzas por el camino de su verdadero destino.

En el hospital militar había un asistente militar llamado Salah, encargado de nuestra supervisión. También era responsable de poner inyecciones a los pacientes y vigilar los movimientos de los presos. Un día, camino del baño, vi que la cortina utilizada como puerta de la habitación de Sayyid Qutb se había levantado bastante y ondeaba al viento. Yo pasaba justo por allí en ese momento. En cuanto lo vio, armó un gran alboroto y montó una escena tremenda. Dijo:

: ¿Cómo se atrevió Zaynab al-Ghazali a apartar la cortina para mirar a Sayyid Qutb, que estaba sentado dentro? Salah comenzó a proferir insultos obscenos. ¡Daba saltos y hacía aspavientos; vaya espectáculo! Justo en ese momento llegó Safwat, y los gritos y las injurias de Salah aumentaron aún más. Con todo aquello quería demostrarles a sus superiores con cuánta competencia y vigilancia cumplía con su deber. Comenzó a enumerar, una tras otra, las pruebas irrefutables de que, gracias a su poder administrativo, mantenía completamente sometidos a los presos heridos y enfermos del hospital.

En realidad, Salah era un hombre de naturaleza bestial, como una fiera, privado de todas las buenas cualidades, como el conocimiento, la inteligencia, la conciencia y la educación religiosa. Al oír sus palabras vulgares y su alboroto, el profesor Sayyid Qutb lo llamó a su lado y le explicó con gran afecto:

: ¡Hermano mío! La cortina estaba volando por el viento. ¿Por qué habría de ser culpable ella por eso? No tiene ninguna culpa. Así le explicó muchas otras cosas. ¡Qué asombroso! Aquel hombre vil y despreciable, semejante a una bestia salvaje, quedó como hechizado por las palabras de Sayyid Qutb y pareció derretirse por completo. Permaneció en silencio, con la mirada avergonzada fija en el suelo.

Al cabo de unos días, se acercó a mí y, avergonzado por su error anterior, dijo:

: Quiero volver a ser musulmán, empezando de nuevo. Quiero conocer el islam. Dígame, ¿cómo puedo convertirme en un musulmán verdadero?

Le pregunté, asombrado:

: ¿Podrás soportar las escenas de violencia, opresión, maltrato y abusos que ves contra los ikhwan?

Él respondió:

: Si yo también puedo llegar a ser un musulmán verdaderamente devoto como ellos, entonces Allah también me concederá paciencia y fortaleza.

Pronuncié con voz emocionada:

: La ilaha illallah, Muhammadur Rasulullah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).

Recitó varias veces la kalima tayyiba, con una pronunciación muy lenta, pero firme.

Después dije:

: Está bien, sigue haciendo lo que Allah ha ordenado. No inclines la cabeza ante ninguna fuerza falsa, salvo ante Allah.

Dijo:

: Quiero aprender esa verdadera enseñanza islámica que ha elevado tanto vuestro carácter y fortalecido tanto vuestra fe que, ni siquiera ante la más cruel de las torturas, vuestros principios han cambiado lo más mínimo, y soportáis con una sonrisa toda opresión y persecución. A una persona común le resultaría imposible soportar siquiera el uno por ciento de semejante tortura. Decidme cómo puedo adquirir una verdadera enseñanza islámica.

Le dije:

: Cuando vayas a ver a Sayyid Qutb para ponerle inyecciones y darle medicamentos, hazle esta pregunta. Él te orientará de la mejor manera hacia las enseñanzas islámicas.

Le envié mis saludos a Sayyid Qutb por medio de él.

 

El veredicto se acerca

Varios días después, antes de que comenzara el proceso en el tribunal, recibí formalmente el pliego de acusación.

Este es un proceso insólito. Es difícil encontrar en la historia un ejemplo de una actuación tan vergonzosa del poder judicial…… Puede calificarse de una enorme tragedia. Ya sabíamos que el veredicto final del tribunal yacía en el cajón del escritorio de Shams Badran. Mientras tanto, se preparaba la representación de la farsa del juicio. Por orden del Gobierno, se nos privó del derecho a defendernos y de entrevistarnos con los abogados. Cuando quise nombrar como Mondater al célebre abogado señor Ahmad Khaja, el Gobierno respondió que no podía participar en este proceso. Después dije que no necesitaba ningún abogado. Anuncié mi decisión de dirigir yo mismo mi propia defensa.

El público, sin que yo lo supiera, nombró a un abogado cristiano para llevar mi defensa. Justo antes de que comenzara el proceso, se permitió a mis familiares cercanos visitarme. Mi madre y mi hermana vinieron a verme. Al ver mi penosa situación y mi debilidad física, estuvieron a punto de desmayarse. Me senté con ellas y les ofrecí consuelo y aliento. Durante nuestra visita, Safwat y Hamza permanecían de pie a nuestro lado, cumpliendo la función de sus guardianes. Por medio de mi madre y mi hermana les pedí a todos que no nombraran ningún abogado para mí. Sin embargo, me informaron de que ya habían nombrado en mi defensa a Husayn Abu Zayd por mil guineas y que, antes de que comenzara el proceso, ya le habían entregado la mitad del dinero por adelantado. Entonces les dije que dieran por terminado allí ese asunto. Pero el primer día del proceso vi que Husayn Abu Zayd había venido a defenderme.

Mientras tanto, el día anterior al comienzo del proceso me llevaron a la oficina de Shams Badran. Shams me llamó y me dijo:

: Espero que no tengas ninguna objeción a la explicación de la declaración escrita durante la investigación y que reconozcas la veracidad de todo lo que está escrito. Si declaras ante el tribunal que los Hermanos Musulmanes te habían desviado y que te arrepientes de ello, el caso se resolverá con suma facilidad, y nosotros también te brindaremos el servicio y el respeto que mereces.

Dije:

: Alá hace lo que le place. Nadie es capaz de resolver sus propios problemas.

Shams dijo:

: ¡Muchacho! Habla en un árabe sencillo. No entiendo nada de todo eso que dices. Sin embargo, parece que tus intenciones no están de nuestra parte. Y nosotros queremos servirte y honrarte.

Dije:

: Todas las claves de los misterios desconocidos e invisibles están en manos de Alá. Nadie salvo Él sabe qué sucede y qué no sucede en este vasto cielo y esta tierra, en el agua y en la tierra firme. Él lo sabe todo, lo escucha todo y lo controla todo. Él conoce incluso la hoja que acaba de caer, y solo Él ve y sabe que la semilla está germinando en la profunda oscuridad bajo la tierra. En verdad, todo, desde la partícula más diminuta hasta los cielos, se desarrolla bajo Su control.

Shams escuchó todo con la boca abierta, miró fijamente y llamó a Hamza para decirle:

: Llévatelo, Hamza. Es completamente libre de decidir si piensa o no en sus propios intereses.

Hamza dijo:

: Déjemelo a mí, señor; hablaré con él.

Me sacaron de la oficina de Shams Badran y me llevaron a otra habitación. Hamza empezó a intentar convencerme de que desempeñara en el tribunal un papel contrario a los Hermanos Musulmanes. Siguió repitiendo todas aquellas frases manidas que, de tanto oírlas salir de sus bocas, ya me habían provocado irritación y repugnancia. Dijo:

: En primer lugar, te devolverán todo el dinero que te confiscaron. Y si en el tribunal engañas a los Hermanos Musulmanes, eso se considerará un gran regalo tuyo al presidente Nasser.

Me llevó ante Shams y empezó a aconsejarme que actuara conforme a sus órdenes y deseos. Escuché todas sus palabras con indiferencia, sin pronunciar ni un sí ni un no. Finalmente, después de repetir varias veces que me salvaría de la pena de muerte, dijo:

Entonces lo miré con compasión y le dije:

: ¡Imbécil! Si se te detuviera el proceso de defecación, no tendrías ni la más mínima fuerza para expulsar las heces, y vienes a salvarme de la horca.

Después de llevarme a la celda, se marchó para ultimar los preparativos para presentar una denuncia falsa ante el tribunal.

¡Qué extraño! El gobierno y los tribunales estaban completamente en sus manos. A pesar de ello, ¿por qué me temían tanto? Querían que no hablara ante el tribunal, que no negara las declaraciones que habían presentado y que no revelara la verdad ante la nación atrapada en los tentáculos de su mal gobierno.

El caso que presentaron ante el tribunal ofrecía el espectáculo de una representación teatral tan ridícula como trágica. Intentaban hacer creer que, mirad, ellos mismos habían confesado que querían matar a Nasser y que cada uno había testificado espontáneamente contra sí mismo. Pero, finalmente, por la misericordia de Allah, todas sus conspiraciones y maquinaciones fracasaron. El veredicto del tribunal redujo a polvo su conspiración. Sin embargo, habían preparado todo minuciosamente para influir en el tribunal. Incluso personas como el coronel Ozumi acudían y se sentaban en el estrado. Pero quedó demostrado que la victoria de la verdad era inevitable.

 

Buenas noticias

: En tales circunstancias, un día soñé que me encontraba de pie en un campo que se extendía hasta el horizonte. Delante de mí, parecía que aquello era el tribunal y que allí se celebraría nuestro juicio. Todo el cielo parecía formar un toldo que proyectaba su sombra sobre la tierra. Y desde el cielo hasta el suelo se extendía una hermosa franja de luz. Vi al amado Profeta, el honorable Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), de pie frente a mí, orientado hacia la qibla, mientras yo permanecía detrás de él escuchando sus palabras. Él decía: «¡Escuchad atentamente la voz de la verdad!». Oí una voz extraordinaria, que parecía llegar por igual desde todos los rincones de los cielos y la tierra. Estas eran las palabras que llegaban: «Aquí se establecerá un tribunal falso y dictará una sentencia a favor de la falsedad. Pero vosotros sois creyentes y guías del camino recto…… Tened paciencia, enseñad paciencia, manteneos en contacto unos con otros y temed a Allah. Tendréis prosperidad». Aquellas palabras parecían surgir de manera sublime, atravesando el cielo y la tierra. Debido a su efecto, me embargaron una profunda comprensión y una alegría indescriptible en el corazón y el alma, por lo que no recuerdo todas las palabras. Cuando terminó aquella voz extraordinaria, el amado Profeta me indicó que mirara hacia la derecha. Vi la cima de una montaña que tocaba el cielo. Su vegetación fresca, hermosa y verde era sumamente cautivadora; parecía que habían extendido sobre ella una alfombra verde.

El amado Profeta me dijo:

: «Zaynab, sube a la cima de esta montaña. Allí arriba encontrarás a Hasan Huzaybi. Comunícale estas palabras». Después, el amado Profeta me miró fijamente. Sentí una fuerza extraordinaria en todo mi ser. Aunque el amado Profeta no pronunció ninguna palabra, me pareció que había comprendido todo lo que quería decirme y también su propósito. Cuando el amado Profeta levantó la mano hacia la cima de la montaña, sentí que estaba ascendiendo la montaña. Durante la ascensión me encontré con Khaleda y Aliya Huzaybi. Les pregunté:

: ¿También sois mis compañeras de viaje?

Ellos respondieron afirmativamente. Los dejé atrás y continué avanzando. Un poco más adelante me encontré con Umayya, Hamida Qutb y Najma Isa. Les pregunté:

: ¿También vienen conmigo?

Ellos respondieron: Sí.

Continué avanzando aún más. Finalmente llegué a la cima. Al llegar, vi una pequeña meseta llana cubierta de alfombras. A un lado había un magnífico asiento dispuesto; allí estaba sentado el señor Huzaybí. Al verme, se puso de pie y me saludó con el saludo de paz. Expresó una inmensa alegría por mi presencia. Después de preguntarle cómo se encontraba, le dije:

: He venido con la responsabilidad de transmitirle unas palabras del Profeta amado.

Él dijo:

: Eso ya me ha llegado.

Nos sentamos dando gracias a Alá. Las palabras del Profeta amado habían llegado, no mediante palabras, sino espiritualmente. Su imagen clara había quedado grabada en nuestro conocimiento y en nuestros sentimientos.

Mientras estaba sentado junto al señor Huzaybi, miré hacia el pie de la montaña y vi a dos mujeres desnudas en un tren en movimiento. Cuando llamé la atención del señor Huzaybi hacia ellas, él también las vio. La escena me afligió profundamente. Al percibir mi angustia, el señor Huzaybi dijo:

: ¿Te molesta esto?

Respondí: Por supuesto que sí.

Él dijo:

: ¿Acaso crees que hemos llegado hasta aquí gracias a la fuerza de nuestras manos y nuestros pies? Más bien, Allah nos ha concedido Su benevolencia. …… No te preocupes por esas dos mujeres.

Dije: Debemos seguir esforzándonos para guiarlas por el camino recto.

Él preguntó: ¿Puedes hacerlo personalmente?

Respondí: Podré hacerlo con la ayuda de Allah.

Entonces, el señor Huzaybí dijo:

: Debemos expresar nuestra gratitud por la misericordia de Alá. Para dar gracias, levantó ambas manos y ofreció una súplica. Yo también me uní a él. Durante la súplica, repetimos una y otra vez las palabras «Alhamdulillah».

En ese momento, de repente abrí los ojos. Al despertar, todo mi ser quedó inundado de una sensación maravillosa. Después de eso, ya no sentí ningún miedo ni temor. Sentí una paz y una fuerza extraordinarias. Este sueño también alivió mis dolores físicos y mis penas y preocupaciones mentales.

Alá ha dicho: «A quienes emigraron, fueron expulsados de sus propios hogares, sufrieron penalidades y desgracias por seguir Mi camino, combatieron y fueron martirizados, les perdonaré todos sus pecados. Y los alojaré en jardines bajo los cuales corren arroyos. Recibirán la mejor recompensa como retribución de parte de Alá. No sigáis a quienes han negado a Alá. ¡Oh, creyentes! Sed pacientes, competid en paciencia, manteneos unidos y temed a Alá. Así alcanzaréis el bien».

El día prometido

El día en que se anunciaría el veredicto del caso, nos enviaron a la oficina para esperar el vehículo que nos llevaría al tribunal. Hacia las ocho, policías, oficiales y soldados de las fuerzas armadas llenaron el patio de la prisión. Al verlos, parecía que se dirigían al campo de batalla para combatir. Cuando llegó un vehículo, subimos a él. Los oficiales y los soldados se colocaron alrededor de nuestro vehículo. En cuanto llegamos al tribunal, nos llevaron al banquillo de los acusados. Éramos cuarenta y tres. Sus nombres, por orden, eran:

1. Sayyid Qutb

2. Muhammad Yusuf Hawwash

3. Mohamed Fattah Ismail

4. Ahmed Abdel Megid Abdel Sami

5. Ahmed, también conocido como Ibrahim al-Qawmi

6. Magdi Abdel Aziz Metwally

7. Abdel Megid Youssef Abdel Megid al-Sajli

8. Abbas Said al-Sisi

9. Mubarak Abdel Azim Mahmoud Ayad

10. Farouk Ahmed Ali al-Mansabi

11. Fayez Mohamed Ismail Youssef

12. Mamduh Darwish Mustafa al-Diyubi

13. Mohamed Ahmed Abdel Rahman

14. Jalaluddin Bikri Disabi

15. Mohamed Abdel Muatta Ibrahim al-Jazzar

16. Mohamed al-Mamun Yahya Zakaria

17. Ahmed Abdel Halim al-Sirouji

18. Salah Mohamed Khalifa

19. Sayyed Saaduddin al-Sayed Sharif

20. Mohammad Abd al-Mu’atta Abd al-Rahim

21. Imam Abd al-Abd al-Fattah Gais

22. Kamal Abd al-Aziz al-Irfi

23. Fuad Hasan Ali al-Mutawalli

24. Mohammad Ahmad al-Buhairi

25. Muhammadi Hasan Saleh

26. Mustafa Abd al-Aziz al-Khuzaibi

27. As-Sayyid Nazili Muhammad Awliyah

28. Mursi Mustafa Mursi

29. Muhammad Badi Abdul Majid Muhammad Sani

30. Muhammad Abdul Mun’im Shaheen

31. Mahmoud Ahmad Fakhri

32. Muhammad Izzat Ibrahim

33. Salah Muhammad Abdul Haq

34. Helmi Muhammad Sadiq Hathout

35. Al-Hisam Yahya Abd al-Majid Badawi

36. Abd al-Mun’im Abd al-Rauf Yusuf Arafat

37. Mohammad Abd al-Fattah Rizq Sharif

38. Zaynab al-Ghazali al-Jubayli

39. Hamida Qutb Ibrahim

40. Muhyi al-Din Hilal

41. Isabi Sulayman

42. Mustafa al-Alam

El número 43 era Ali Usmabi. Pero, atrapado por el atractivo de sus estrechos intereses, vendió su religión y su conciencia y se convirtió en testigo de cargo de la Corona. De este modo, quedó avergonzado y humillado.

Cuando llegamos al banquillo de los acusados, el enemigo de la justicia se presentó en la sala con la toga de juez y tomó asiento en el estrado. Llamó uno por uno a cada uno de nosotros por su nombre y quiso saber si teníamos alguna objeción a que él nos juzgara. En respuesta, se le comunicó:

: No tenemos ninguna objeción contra ninguna persona en particular; sin embargo, sí tenemos objeciones al sistema legal mediante el cual se nos está juzgando. Las leyes bajo las cuales se nos juzga son leyes nulas. No tenemos ninguna confianza en ellas. Nosotros creemos únicamente en la ley dada por Alá y solo queremos ser juzgados conforme a la ley de Alá.

En cualquier caso, después del interrogatorio formal del tribunal, se informó que este había decidido anunciar por separado las sentencias de los casos relacionados con Zaynab al-Ghazali y Hamida Qutb. Después nos sacaron del banquillo de los acusados. Saludamos con un gesto, desde lejos, a los familiares que habían acudido a la sala.

Nos mantuvieron encerrados en una habitación hasta que se suspendió la vista del tribunal. Después nos enviaron a la cárcel en un vehículo. Esto ocurrió el 10 de abril de 1966. Hasta el 17 de mayo de aquel año permanecimos en la oscura celda de la prisión, esperando que comenzara la farsa en nombre de la justicia.

Capítulo sexto

El tribunal

La mañana del 17 de mayo nos hicieron comparecer ante el banquillo de los acusados. Presidía el tribunal el coronel Ozumi, de las fuerzas armadas. Su actitud era sumamente severa. Los demás jueces estaban sentados a su derecha.

Junto a una mesa, cerca del abogado, varios periodistas habían llegado mucho antes de que comenzara el juicio y observaban la situación. Los fotógrafos de prensa comenzaron a fotografiarnos. Entre ellos también se encontraba un fotógrafo de prensa llamado Abdül Azim. Reconocí a Abdül Azim al verlo, pues solía acudir a fotografiar diversos actos de la Asociación Islámica de Mujeres.

Lo llamé y le dije:

: Abdül Azim. Guarda todo esto. Más adelante podría hacer falta.

Él respondió: Por supuesto.

Pareció que, aunque se disponía a decirlo con valentía, tembló presa de un miedo desconocido. Después de responder, su rostro se puso repentinamente amarillo. Parecía que logró escapar a los pocos minutos. El juez, el coronel Ozumi, comenzó el proceso pronunciando mi nombre, mientras miraba a los periodistas. Dijo:

: Zaynab, ¿qué estás haciendo?

Salí del banquillo de los acusados para responder a las preguntas y llegué al lugar indicado. Las preguntas que me hicieron no guardaban ninguna relación con la declaración que había prestado durante la investigación.

En respuesta a sus palabras, dije: Yo no le dije esas cosas. Solo respondí a dos preguntas.

El coronel juez Ozumi dijo:

: Según Hasan Huzaybi, los cuatro mil guineas que le diste se los robaste a tu propio esposo.

Dije:

: Los cuatro mil guineas eran dinero de las contribuciones de los Hermanos, destinado a la alimentación, el vestido, la educación y demás necesidades de las familias de los detenidos. Después del proceso de 1954, Gamal Abdel Nasser dispersó a esas familias y las empujó al borde de la ruina.

Al oír mis palabras, especialmente la última frase, el estado del juez Ozumi, que llevaba una máscara, llegó a ser como si acabara de ser picado por un escorpión venenoso.

Esta vez dijo:

: Cuando te rompiste la pierna, ¿por qué empezaste a preocuparte por ese dinero? ¿Por qué iba a verte al hospital Abdul Fattah Ismail? ¡Para sacar dinero de la caja fuerte de tu casa y entregárselo a Huzaybi, pues tú le habías dado la llave de la caja fuerte!

Dije:

: Puesto que ese dinero pertenecía al movimiento islámico y había sido reunido para ayudar a las familias de los hermanos presos. Ustedes mismos han empujado a esas familias al borde de la ruina. …… Temiendo que, si yo moría, mis herederos pudieran quedarse con ese dinero, se lo devolví a su verdadero propietario, es decir, al movimiento islámico.

El juez Ozumí dijo entonces:

: El dinero de esas organizaciones, con el que compraban armas. Huzaybí ha dicho que no sabe nada sobre la obtención de ese dinero. …… Seguramente robaste tu dinero.

El fiscal intervino y dijo:

: Según la declaración de Sayyid Qutb, él había ordenado recaudar una cantidad considerable de impuestos de Hamida.

Dije: Nada de eso ha ocurrido.

El fiscal preguntó: Entonces, ¿Sayyid Qutb miente? Dije: Que Allah lo mantenga libre de la mentira.

El fiscal ya no pudo soportarlo. En aquella sala llena de gente, comenzó a proferir insultos repugnantes. Me quedé asombrado. Jamás en mi vida imaginé que oiría insultos tan obscenos en una sala de tribunal. ¡Qué cosa tan extraordinaria! ¿Acaso estos individuos incivilizados estrangularán y asesinarán así la tradición de cortesía y decoro de Egipto?

Cuando el coronel juez Ozumi anunció la suspensión de mi interrogatorio, regresé al banquillo de los acusados. Después llamaron a Hamida Qutb para interrogarla. Tras concluir el interrogatorio, también ella fue enviada a prisión. Luego el fiscal comenzó a leer su declaración.

No sé si es correcto llamar a esto tribunal o sala de justicia. ¿Qué clase de tribunal es aquel donde el fiscal puede insultar vulgarmente a personas respetables y difundir acusaciones inventadas? El individuo que hablaba de pie en el tribunal en nombre del fiscal tenía el alma tan corrompida que la negrura de su interior había ennegrecido su rostro y extendía también su siniestra influencia por la sala.

Al escuchar sus repugnantes mentiras, la sangre me hervió de ira. Levanté la mano con la intención de protestar contra sus palabras ofensivas. El juez Ozumi, vestido con su toga, pensó que quizá había levantado la mano para ponerse de su parte en el último momento y salvarme de la condena a muerte. Me miró como un necio y dijo: «Habla».

Permanecí callado unos instantes, recorrí con la mirada toda la sala y comencé a decir:

: Comienzo en el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. Nosotros somos los timoneles de la nación. Somos los guardianes del Corán y de la sharía. Para nosotros, el Mensajero es el modelo supremo de la humanidad. Permaneceremos firmes en el camino de Allah y mantendremos en alto las banderas del tawhid, la risalat, la justicia y la verdad. De ello obtendrá la nación la guía para su camino. Ante las conspiraciones y los engaños de los opresores y tiranos, Allah es nuestro único protector, y Su misericordia nos basta.

Después, señalando con el dedo al llamado juez y al fiscal, dije:

: Frente a sus mentiras y calumnias, Allah es suficiente para proteger nuestras vidas y nuestros bienes.

Repetí esto varias veces. El llamado juez Ozumi gritó como un paciente histérico y dijo:

: ¡Calla! ¡Calla! ¿Qué estás diciendo? Mientras decía esto, pronunciaba palabras tan extrañas que todos los presentes en la sala del tribunal empezaron a reírse al ver sus gesticulaciones. ¡Vaya juez!…… Ni siquiera sabía cómo debía hablar un juez. En realidad, todos los colaboradores de Abdun Nasir eran unos obstinados necios de esa clase. Fueron esos colaboradores quienes lo confundieron y lo perjudicaron. Como ninguna persona educada y sensata permanecía a su lado, nombraba precisamente a esos necios obstinados para desempeñar diversas responsabilidades. Después, me senté y dije:

: La ignorancia es el verdadero problema. Es precisamente por causa de esa ignorancia que surgen toda clase de malas acciones. La historia dejará constancia de la aptitud y la personalidad del juez y del fiscal de aquel día. Cuando se levantó la sesión, nos llevaron de vuelta a la cárcel. Cada uno de nosotros regresó a su propia celda. Pero yo tuve que sufrir el castigo de haber hablado en el tribunal.

 

Extrema barbarie

Pensé que, como el juicio estaba en curso, quizá dejarían de torturarme. Pero no: continuaron llevándome de una oficina a otra con el pretexto de investigar, igual que antes. Esta vez me pidieron información sobre varias personas. Cuando manifesté que no sabía nada al respecto, me hicieron ponerme de pie de cara a la pared y me golpearon. Por un lado, el proceso judicial continuaba en el tribunal. Por otro, la tortura contra mí proseguía sin cesar. La historia no ofrece ningún precedente de un trato tan abusivo hacia un acusado. ¿Puede un tribunal o un equipo investigador cometer una injusticia de esta clase? Incluso los coraichitas de aquella época oscura, en los primeros tiempos del movimiento islámico, no trataron a los musulmanes con una deshonestidad tan abominable. En verdad, no lo hicieron. La historia es testigo de ello.

 

Anuncio del veredicto del caso

El día en que se anunció el veredicto, nos llevaron a Hamida y a mí en un vehículo separado, bajo la estricta vigilancia de los soldados, para escuchar la sentencia del tribunal. En el vehículo que iba delante del nuestro llevaron a los prisioneros varones. Primero comenzó la audiencia de los hombres. Mientras tanto, nos mantuvieron sentadas en habitaciones separadas. Después nos llevaron a la sala del tribunal. Primero pronunciaron mi nombre y anunciaron: «Veinticinco años de prisión con trabajos forzados, junto con la confiscación de todos mis bienes muebles e inmuebles». Al oír la sentencia del tribunal, dije:

: ¡Alá es el más grande! ¡Toda alabanza pertenece a Alá!…… Zaynab, no debes mostrar ninguna debilidad en el camino de la verdad ni en el camino del movimiento islámico. No hay motivo para el miedo ni para la tristeza. …… Vive como creyente; al final, el éxito besará tus pies.

Después de mí, se anunció el nombre de mi hermana Hamida Qutb—

«Diez años de prisión con trabajos forzados».

Me levanté, rodeé a Hamida con mis brazos y dije:

¡Alá es el más grande! Damos gracias a Alá. Nuestros esfuerzos y nuestra lucha por establecer el sistema de gobierno islámico, por la causa de la satisfacción de Alá, avanzan hacia el éxito; estamos satisfechos.

Mientras hablábamos con naturalidad, llegamos al recinto del tribunal. Allí vimos vehículos llenos de hermanos de los Ikhwan. Estábamos muy preocupadas por ellos. Al vernos, uno de ellos preguntó en voz alta:

: «……¿Hermana Zaynab……?»

Respondí: «Veinticinco años de prisión con trabajos forzados por el camino de establecer el sistema de gobierno islámico».

Esta vez preguntó: «……¿Hermana Hamida……?»

Dije: «Diez años de prisión con trabajos forzados por la lucha para establecer la religión de Alá en el mundo de Alá».

Cuando les pregunté por el señor Sayyid Qutb, el hermano Abd al-Fattah Ismail y Yusuf Hawwash, me informaron: «…… Mártires en el camino de Allah……». Comprendí que habían sido condenados a muerte. Levanté las manos y elevé una súplica a Allah.—

¡Oh, Señor! Acepta el gran sacrificio que ellos ofrecieron por Tu satisfacción y, a cambio, concede fuerza, valor y ayuda a Tus muyahidines para establecer el gobierno islámico sobre esta tierra. Insha Allah, la religión de Allah triunfará.

Safwat y los demás soldados vinieron y nos subieron a Hamida y a mí a un pequeño automóvil. Al vernos, los periodistas y los fotógrafos de prensa corrieron hacia nosotros. Querían tomarnos fotografías. Eso me resultó muy ofensivo. Los llamé y les dije:

¿También vosotros sois seguidores de estos opresores tiránicos? ¿También os alegráis de la injusticia y la opresión que sufrimos?…… ¿Acaso os habéis unido a los más despreciables enemigos de la nación?…… Si es así, ¿qué está ocurriendo? ¿Qué es lo que estoy viendo?

Foto

En cuanto llegamos a la cárcel, comenzó una nueva fase de torturas. Sin embargo, desde que se anunció el veredicto del tribunal, a mi hermana Hamida Qutb y a mí nos mantuvieron en la misma habitación.

 

Unos momentos con Sayyid

Cinco días después de que se anunciara la condena a muerte, el hermano Sayyid Qutb llamó a la puerta de nuestra habitación. Cuando abrimos la puerta, entró acompañado de un oficial militar. Dejando a este dentro, el oficial se marchó. Safwat, por supuesto, permaneció sentado junto a Sayyid Qutb. Di la bienvenida al valiente Sayyid y le dije:

: Que usted se haya sentado con nosotros durante unos momentos equivale a una gracia especial de Allah sobre nosotros, y lo consideramos uno de los mayores privilegios de nuestra vida.

Con una voz sumamente sencilla y natural, mientras conversaba con nosotros en términos teóricos sobre la muerte y el momento que le ha sido fijado, dijo:

: La potestad sobre la vida y la muerte está enteramente en manos de Allah. Nadie aparte de Allah puede tomar ninguna decisión al respecto.

Nos exhortó a mantenernos firmes en el camino para alcanzar la complacencia de Allah. Dijo que el propósito de nuestra vida es adorar a Allah, y que la verdadera realización de nuestra vida reside en sacrificar nuestra vida y nuestros bienes por Su complacencia. Después susurró algunos consejos al oído de su hermana, Hamida Qutb, y también me dio algunos consejos en voz baja. Safwat, enemigo de la verdad, incapaz de soportar nuestra conversación, rugió y ordenó a Sayyid que se marchara. En una coyuntura tan difícil, hasta las piedras quizá se habrían derretido. Pero los corazones de los impíos opresores son más duros que las piedras. No tienen el menor sentimiento de humanidad. Se negaban incluso a permitir que el hermano que sería martirizado en cuestión de días hablara durante unos momentos con su hermana encarcelada.

Al oír la insolente orden de Safwat, Sayyid Qutb nos dijo:

: No importa. La paciencia debe seguir ocupando su lugar en nuestros corazones. Dicho esto, se despidió de nosotros y se marchó.

 

Las maniobras antes de la ejecución

Escuchen de labios de la hermana Hamida la conversación que mantuvieron los agentes de Nasser con ella, después de llamarla, en la noche fijada para la ejecución. La hermana Hamida dijo:

: Hamza me citó en su oficina, me mostró la orden gubernamental de ejecución y su carta oficial de confirmación, y dijo:

: Si su hermano todavía responde conforme a lo que le hemos indicado, el Gobierno está dispuesto a retirar su condena a muerte. …… Mire, la ejecución de su hermano será dolorosa y motivo de duelo para toda la nación. Y se considerará una pérdida irreparable para Egipto. …… Me cuesta creer que dentro de apenas unas horas vayamos a perder para siempre a esta gran personalidad. …… Estamos interesados en salvar a su hermano de esta indeseada condena a muerte, sea como sea. Naturalmente, para ello solo tendrá que decir un par de cosas. Después de eso, será eximido de la pena de muerte. …… Sabemos que, aparte de usted, nadie podrá convencerlo con sus palabras. En este asunto, usted es nuestra última esperanza…… Toda esta conversación quedará bajo mi responsabilidad. Pero usted podrá influir en él más que yo. Eso es todo: solo tendrá que decir una cosa. Después, todos los problemas quedarán resueltos. Solo tiene que decir que el verdadero vínculo de este movimiento es con otro país. En cuanto diga esto, alegando el deterioro de su salud, conmutaremos la pena de muerte y lo pondremos en libertad.

Después de escuchar lo que dijeron, respondí:

: Pero todos ustedes, y su presidente Nasser, saben que este movimiento no tiene ninguna relación con ningún otro país ni poder. Hamza lo reconoció y dijo:

: Todo el mundo sabe que ustedes trabajan desinteresadamente por el islam en Egipto y que, sin duda, son las personas más excelentes, de mejor carácter, conscientes y cultas del país; pero ahora lo esencial es salvar a Sayyid Qutb. Entonces dije:

Si su alto mando está especialmente interesado en hacerle llegar este mensaje, no tengo ninguna objeción.

Después, Hamza llamó a Safwat y le dijo:

: Llévalo a su hermano.

Fui junto a mi hermano Sayyid Qutb y le transmití el mensaje del Gobierno. Después de escucharlo todo, me miró con una expresión grave y pareció preguntarme en silencio:

: ¿Tú también lo deseas? ¿O es únicamente deseo de ellos?

Se lo indiqué con un gesto:

: No es algo que yo haya dicho ni deseado.

Entonces Sayyid Qutb me miró con gravedad y dijo con voz solemne:

Juro por Alá que lo que dije, lo dije con toda sinceridad. Ninguna fuerza del mundo podría hacerme mentir por boca propia a cambio de cualquier cosa.

No dije ninguna palabra inapropiada.

Safwat preguntó:

«¿Es eso lo que piensas?», preguntó y le dijo que nos dejara allí—

Siéntate un rato más e intenta ver si puedes comprenderlo.

Le conté a mi hermano todo lo sucedido, desde el principio hasta el final.

Hamza me llamó, me mostró la orden oficial de ejecución y me pidió que le transmitiera a usted, de su parte, el mensaje del Gobierno. Mi hermano me preguntó—

¿Te alegraría eso?

Respondí—¡No!

Él dijo con voz serena y sencilla—

Las ganancias y las pérdidas no están bajo el control del ser humano. La vida y todo lo relacionado con ella ocurren únicamente por voluntad de Allah. Nadie puede prolongar ni acortar mi vida. Porque todo lo que ha de suceder está solamente en manos de Allah. Él es quien controla todo.

 

Ejecución de la sentencia

Algunos días después, escuchamos la noticia del martirio de Sayyid Qutb, Abd al-Fattah Ismail y Muhammad Hawwash. La noticia cayó sobre nosotros como un rayo. Cada uno de ellos había sido un dirigente nacional. Por su sabiduría, previsión, elevado carácter, nobleza, pensamiento revolucionario y cualidades islámicas, eran objeto del sincero amor y respeto de toda la nación. Incluso los enemigos no escatimaban su reconocimiento absoluto de sus firmes cualidades morales y de carácter. Hoy, a grandes líderes populares como ellos los han colgado de la horca por instigación del imperialismo rojo extranjero. ¡Qué traición tan atroz! El gran líder revolucionario Sayyid Qutb ha sido convertido en mártir. Y su hermana está sentada a mi lado, conmigo, tras los barrotes de hierro de la prisión. No encontraba qué decirle, con qué palabras consolarla. Yo también estaba abatido por el dolor y la pena; no encontraba lenguaje alguno, salvo el silencio mudo. ¿Qué podía decir? ¿Qué podía hacer? No era el dolor mío ni el de una persona en particular; ante este desastre y este sufrimiento, todo Egipto y todo el mundo musulmán están sumidos en el duelo. Esta pérdida no afecta solamente a Egipto; hoy todo el mundo musulmán ha quedado privado del liderazgo de sus grandes dirigentes. No es un asunto sencillo. No es posible soportar esta pérdida con ligereza. ¿Cómo puede ser que, en el mundo de Dios, en los países musulmanes, se considere delito pronunciar el nombre del islam y se ahorque a los dirigentes del movimiento islámico sin que haya reacción alguna?

Sayyid Qutb, intérprete del Corán, predicador del islam, figura señera de la literatura islámica, líder intrépido e inflexible del movimiento islámico, muyahid revolucionario en el camino de Dios —quien había dado la visión de la verdad a cientos de miles de ciegos y cuya literatura racional gozaba de una extraordinaria acogida en todos los rincones del mundo—, ese hombre de elocuencia ardiente ha sido asesinado. ¡Qué estremecedor resulta pensarlo! Para comprender correctamente el mensaje del Corán en la época actual, escribió desde una perspectiva plenamente moderna y basada en la razón su célebre obra de exégesis, «Fi Zilal al-Qur’an» —A la sombra del Corán—. En su obra inmortal presentó soluciones islámicas claras a los complejos problemas económicos, sociales y administrativos del mundo moderno. En la introducción de la sura al-An‘am expuso ante la humanidad el camino correcto hacia la salvación.

El imam Sayyid Qutb fue autor de veinte obras, entre ellas Justicia social en el islam, El futuro brillante del islam, La escena de la Resurrección y El Corán, ideario de vida para la humanidad. Cada una de sus obras está siendo considerada un tesoro inestimable para la humanidad oprimida de hoy.

Basta leer su célebre obra «Ma‘alim fi al-Tariq» para comprender por qué las grandes potencias y sus cómplices se empeñaron en matarlo. El imam Sayyid Qutb señaló el camino para liberar a la humanidad oprimida del mundo de las crueles garras de las dos grandes potencias. Invitó a la humanidad entera a liberarse del pulpo de las llamadas superpotencias y a comenzar una nueva vida conforme al islam, su ideario natural de vida. Y el significado del renacimiento islámico mundial es precisamente la caída del imperialismo capitalista estadounidense y del imperialismo socialista soviético. Por eso, pese a todas sus diferencias mutuas, las dos grandes potencias se lanzaron con todas sus fuerzas contra el movimiento islámico. Al hacer consciente a la nación musulmana de sus responsabilidades y deberes, Sayyid Qutb dijo en palabras del Corán:

: Sois la mejor nación entre los pueblos. Por tanto, como la mejor nación, no podéis descuidar vuestras responsabilidades y deberes. Lleno de esperanza, dijo:

: Por mucho que se opongan las fuerzas de la falsedad y de la incredulidad, este mundo volverá a resplandecer con la luz inextinguible del islam.

 

Los últimos días

El día en que el imán Sayyid Qutb fue condenado a muerte, al amanecer, después de la oración del faŷr, me dormí y soñé que él me decía:

: «Debes saber que no soy compañero de esa gente; estoy con el amado Profeta en Medina». En ese momento me desperté. Me levanté y le conté a Hamida los detalles del sueño. Al segundo día de la ejecución, después de la oración del faŷr, mientras recitaba el tasbih, volví a quedarme dormida y oí una voz entre bastidores que decía:

: «Sayyid se encuentra en el Ŷannat al-Firdaus».

Cuando me desperté, le conté a Hamida lo que había soñado. Al escucharlo, las lágrimas comenzaron a correr abundantemente por sus mejillas. Con la voz entrecortada, dijo:

: «Tengo una fe inquebrantable en la misericordia de Allah. Sin duda, él se encuentra en el Ŷannat al-Firdaus». Yo dije: «Mediante el sueño, Allah nos está dando una señal de la buena fortuna de Sayyid».

Mientras tanto, los opresores continuaban descargando sobre nosotros su mano de tiranía. Ningún ser humano podía soportar semejante tortura. Además, bajo el pretexto de la llamada investigación, seguían llevándome cada día de una oficina a otra. Pensaba que, después del anuncio de la sentencia judicial, quedaría libre de otras formas de opresión aparte del castigo oficial. Pero esa esperanza no era más que una ilusión. ¿Por qué iban a dejarme descansar? Cada día me llevaban de una oficina a otra para hostigarme, y yo me veía obligada a seguir a los verdugos, dejando sola y sumida en el dolor a mi hermana Hamida. Todos los días, al regresar de la oficina, tenía que informarle de que los opresores habían vuelto a arrestar a muchos musulmanes. Me preguntaban por personas desconocidas para mí. En realidad, querían implicarme en otros casos. Parecía que ni siquiera les bastaba mi condena a veinticinco años de trabajos forzados. Así pasábamos cada momento en la cárcel, en medio de una situación insoportable. Cada instante parecía durar cien años. El único medio de escapar de aquella tristeza, preocupación y angustia era leer el sagrado Corán. Al sentarme a leerlo, olvidaba todas mis penas y mi alma y mi corazón se llenaban de una paz sobrenatural. Allah ha dicho con toda verdad: «Escuchad: el recuerdo de Allah infunde paciencia y tranquilidad en el corazón».

Al cabo de unos días pedimos periódicos. Entonces Hamza se encargó de hacérnoslos traer, utilizando el dinero que teníamos depositado en el fondo de la cárcel. Después de que comenzaron a llegar los periódicos, al cabo de mucho tiempo empezamos a enterarnos de las noticias del mundo exterior. Gracias a ello, el tiempo comenzó también a pasar mejor.

Sentada en la cárcel, mis problemas no tenían fin. Mientras tanto, casi todos los días llegaban noticias de alguna conspiración contra Nasser. En cuanto surgía el rumor de una conspiración, comenzaban a arrastrarme de un lado a otro. Continuaban sin cesar los interrogatorios absurdos. Los hechos ocurrían en el mundo exterior, libre, pero aquí, a la prisionera recluida en una celda cerrada de la cárcel, le exigían responder por aquellas conspiraciones inventadas. En realidad, era el propio Gobierno el que fabricaba y difundía las noticias sobre esas conspiraciones. Cada día se destapaba una conspiración y cada día un rayo no deseado caía sobre mi cabeza.

 

El fallecimiento de mi esposo

Después de que se anunció la sentencia en el tribunal, llamé a Hamza Bisyubi y le pedí que organizara un encuentro con mi esposo. Al ver que no venía ni siquiera después de varios días, se lo recordé nuevamente. Con ese pretexto me llamaron a la oficina y me preguntaron el motivo por el que quería ver a mi esposo. Entonces les dije:

: Estoy condenada a veinticinco años de prisión y soy una reclusa. Quiero hablar con él sobre nuestra relación matrimonial y liberarlo de ese vínculo. Es necesario escuchar su opinión y su consejo. Al oírme, Hamza dijo:

: Abdun Naser no te ahorcará, sino que te destruirá poco a poco.

Dije:

: ¡Confío en Allah! Abdun Naser, ni vosotros ni toda la gente del mundo tenéis siquiera el poder de hacer caer una hoja de un árbol. Nadie puede hacer nada contra la voluntad de Allah.

Hamza dijo: Pronto te haremos llegar el documento de divorcio de tu esposo.

: ¡De verdad sois unas bestias! —diciendo esto, regresé. Regresé a mi celda, sí, pero mi corazón estaba terriblemente angustiado. Pasaba los días en una gran inquietud. Un día, después de la oración del alba, me dormí y soñé que en el periódico se había publicado la noticia de la muerte de mi esposo. Me preocupé aún más. Levanté las manos ante Allah para suplicar por él y dije:

: ¡Oh, Dueño de la vida y de la muerte! No puedo pedirte que lo devuelvas de la muerte. Pero derrama Tu misericordia sobre él. Ese día, mi hermana Hamida también tuvo el mismo sueño. Al día siguiente, cuando llegó el periódico del viernes, al leer realmente en él la noticia del fallecimiento de mi esposo, nos derrumbamos. Al leer la noticia del fallecimiento de mi amado esposo, perdí la paciencia y comencé a llorar como una niña. Llorando, perdí el conocimiento. Llamaron a un médico para atenderme.

Días después, cuando los miembros de mi familia vinieron a visitarme, me informaron de que Abdun Naser y sus soldados obligaron a mi esposo a abandonarme o a aceptar la prisión. Mi esposo era un hombre sumamente sencillo y noble. En la sociedad era conocido como el respetado Hayyi Sahib.

Cuando los hombres de Naser comenzaron a presionarlo mucho, él pidió dos semanas para reflexionar sobre el asunto. Pero ellos se negaron a concederle tiempo alguno y obligaron a mi esposo, por la fuerza y la coerción, a firmar el documento de divorcio. Él les declaró claramente:

: Dios es testigo de que no he divorciado de mi esposa, Zaynab al-Ghazali, bajo ningún concepto.

También dijo: «Me he hecho viejo. ¡Mi muerte está cerca! Dejadme morir en paz y con dignidad. …… Zaynab seguirá siendo mi esposa hasta el último instante de mi vida».

Y así ocurrió. Mi esposo enfermó mentalmente al enterarse de la condena de prisión. Además, ya padecía parálisis, y las pérdidas de su empresa, mi arresto, la confiscación de nuestra casa y nuestras propiedades, entre otras cosas, lo hicieron sentirse sumamente angustiado. Inmediatamente después de obtener por la fuerza la firma de mi esposo, él falleció.

Antes de casarnos, mi esposo era mi hermano en la fe. Más allá de nuestra relación conyugal, nuestro vínculo de fe también era sumamente hermoso. Mi relación conyugal con él era igualmente muy hermosa. Después de su fallecimiento, mis familiares realizaron su entierro y los ritos funerarios con el debido honor. Por ello, estoy en deuda con todos y cada uno de ellos.

Había anotado la fecha del calendario religioso del acontecimiento en el que mencioné haber visto al amado Profeta en sueños. Al comparar las fechas, comprobé que precisamente ese día los enemigos obligaron a mi esposo a firmar el documento de divorcio. En el sueño vi al amado Profeta con vestiduras blancas, limpias y resplandecientes. Detrás del amado Profeta vi también al señor Hasan Huzaybi vestido de blanco y con un gorro blanco. Yo estaba de pie, y junto a mí se encontraban la madre Aisha y varias otras mujeres. Ella me estaba dando algunos consejos. En ese momento llegó allí el amado Profeta y llamó a la madre Aisha para decirle:

: ¡Ten paciencia, Aisha! ¡Ten paciencia! Al mismo tiempo, la madre Aisha (que Dios esté complacido con ella) me tomó la mano, la apretó suavemente y me aconsejó tener paciencia.

Al despertar, le conté a la hermana Hamida los detalles del sueño. Ella suplicó a Allah que me fortaleciera la paciencia. Ese mismo día sentí que quizá una gran calamidad me esperaba. Por eso, levanté las manos ante Allah y dije, para alcanzar el éxito en esta nueva prueba:

: ¡Oh, Ayuda de los desamparados! Concédeme fuerza y paciencia; cobíjame bajo la sombra de Tu misericordia.

 

Un nuevo vecino

En una noche de invierno terriblemente fría, se oyó un gran alboroto en la habitación contigua a la nuestra. Cuando abrimos la puerta de la habitación para enterarnos de lo que ocurría, vimos que Salah se acercaba a nosotros. Apenas llegó, pidió el medicamento contra los vómitos que le habíamos dado por la mañana. Se lo entregamos de inmediato. Al día siguiente, los vecinos de la habitación contigua a la nuestra resultaron ser el primer ministro de Yemen y sus veinte colaboradores. Aunque aquello era insólito, no me sorprendí demasiado. Porque, como suele decirse, la cárcel es un museo. Aquí todo es posible.

Abdel Nasser anda difundiendo a bombo y platillo la propaganda de la conquista del Yemen. Pero la pregunta es: ¿por qué está encarcelado en las prisiones de Egipto el primer ministro del Yemen? ¿Ha oído alguno de ustedes que el imperialismo británico, después de conquistar Egipto, haya llevado a docenas de egipcios a las cárceles de Londres para encarcelarlos? ¿O que Napoleón Bonaparte, después de apoderarse de Egipto, haya llevado a algún egipcio a una cárcel de París y lo haya detenido?

 

¡Quiero que Nasser sea juzgado!

¿Puedo preguntar por qué no se ha entablado un proceso contra Nasser por sus innumerables y graves crímenes? ¿Acaso Egipto no ha perdido su lugar de honor en la historia nacional precisamente porque aquí no se ha tomado ninguna medida para someter a los opresores y tiranos?

Si aún no se libra al país de las actividades delictivas de estos criminales, el problema asumirá una forma todavía más compleja.

En Egipto, durante los días más sombríos del régimen autocrático, los Hermanos Musulmanes asumieron la noble responsabilidad de salvaguardar los intereses nacionales. Los Hermanos protestaron valientemente contra la injusticia, la opresión y el terrorismo, y exigieron el establecimiento de los derechos fundamentales del pueblo. Al principio, Nasser intentó engañar a los Hermanos con falsas promesas. Pero pronto salió a la luz la verdad y su máscara cayó. Cuando ya nadie dudó de que Nasser era un lacayo al servicio del imperialismo soviético, toda la nación alzó su voz junto con los Hermanos para enfrentarse al enemigo. En 1954, la nación apoyó a los Hermanos en su lucha por la verdad. En 1965, la nación volvió a dar un paso al frente para cumplir con su deber de fe. Ese mismo año, agentes de potencias extranjeras emprendieron un plan para erradicar por completo el movimiento islámico del suelo egipcio. Intentaron silenciar para siempre a los Hermanos. Por ello, cientos de miles de personas fueron encarceladas. Innumerables militantes fueron hostigados, y resulta difícil calcular cuántas personas fueron asesinadas o heridas. Pero, pese a toda aquella fuerza y opresión, no fue posible apagar la antorcha de la verdad. Sus dulces sueños quedaron completamente destrozados. La labor por la causa de Alá continúa ahora como antes y continuará hasta el fin de los tiempos.

En el movimiento popular islámico de 1965, fueron precisamente los niños nacidos durante la revolución de Abdel Nasser quienes acabaron quitándole el sueño al régimen autocrático de Nasser.

Con la ayuda de sus amos extranjeros, Nasser importó al país el ateísmo, películas obscenas y publicaciones inmorales, e hizo todo lo posible por corromper el carácter de las nuevas generaciones; pero los valientes jóvenes del país frustraron esas conspiraciones extranjerizantes y mantuvieron en alto el estandarte victorioso del islam.

Así se manifestó el éxito de las medidas que habíamos adoptado para la educación y formación de las nuevas generaciones. Los jóvenes se convirtieron en la principal fuerza impulsora del movimiento islámico. Al ver el papel preponderante de los jóvenes en el movimiento islámico, Nasser enloqueció de rabia.

A menudo les decía a sus colaboradores:

: Zaynab al-Ghazali y Abd al-Fattah Ismail me han arrebatado a la juventud.

El reconocimiento de Nasser es motivo de orgullo para nosotros. Hemos logrado proteger a la juventud de sus desvergonzadas y feroces garras. Hemos formado, al servicio del islam, un ejército de jóvenes capaz de mantener en alto la bandera del islam frente a cualquier agitación de la época. Por su educación y cortesía, sus conocimientos y carácter, y sus cualidades morales, estos jóvenes son hoy un modelo viviente para nuestra época.

¡La contribución del mártir Abd al-Fattah Ismail a este gran éxito será inolvidable! Él mismo era una organización, y también permanecerá imperecedera la contribución de un gran joven revolucionario como Muhammad Hawash. El movimiento juvenil islámico de hoy es el fruto dorado de su incansable esfuerzo.

Los días en la prisión militar fueron llegando gradualmente a su fin. Durante aquellos largos días de calamidad, ni siquiera disminuyeron un ápice la paciencia, el valor y el heroísmo de los valerosos soldados del movimiento islámico, pese a las indescriptibles torturas.

Ellos atravesaron este vasto océano lleno de peligros con su indomable fuerza de fe. El 5 de junio, la ira de Allah cayó sobre el maldito Nasser. Y cuando aquel día nos trasladaron de la prisión militar a una cárcel civil, todos respiramos aliviados.

Así, Allah nos salvó de las crueles garras de Nasser. Nasser, enemigo del islam, ha sido destruido, y los muyahidines del islam se esfuerzan por construir un futuro de renovado entusiasmo.

Por tanto, el 5 de junio quedará señalado en la historia de Egipto como el día de la caída de la opresión. Aquel día Egipto se liberó de la existencia de Nasser. En el Día de la Resurrección tendrá que presentarse humillado, llevando la corona de la ignominia. La muerte de Nasser, el faraón del siglo XX, fue una bendición para la nación egipcia. El 5 de junio fue expulsado del mundo de los hombres con las cadenas de la humillación. Por todas las atrocidades bárbaras que cometió en vida contra la población inocente e indefensa, especialmente contra el movimiento islámico, tendrá que sufrir su retribución después de la muerte.

Séptimo capítulo

Traslado a la prisión de Qanater

Aquel día será inolvidable. Antes, los días 3 y 4 de junio, las puertas de nuestras celdas se abrían a voluntad, sin ningún aviso previo. Venían y nos preguntaban una y otra vez si necesitábamos alguna cosa.

Después, se iniciaban discusiones sobre la guerra, el problema palestino y árabe, etc. Yo, por supuesto, permanecía callado. Entre los participantes en las discusiones había un médico. Una vez le pregunté:

: ¿Somos realmente capaces de liberar Palestina?

Al oír mi pregunta, desconcertado, me preguntó a su vez:

: ¿Qué…, qué quiere usted decir?

Dije con voz serena:

: Deberíamos aprender de las diversas consecuencias. Por muchas consignas que repitan nuestros dirigentes sobre la hostilidad o la amistad con Israel; por mucho que esperen; mientras el movimiento sionista mundial utilice a las dos superpotencias en función de sus intereses diplomáticos, nuestros autoproclamados grandes dirigentes no podrán hacer otra cosa que servir a las grandes potencias…… En realidad, solo existe un medio para recuperar Palestina y los territorios árabes ocupados: proclamar el yihad definitivo mediante una auténtica unidad islámica. Solo cuando se establezca un verdadero sistema de gobierno islámico en los países árabes y musulmanes podrá allanarse el camino para recuperar Palestina y todos los demás territorios árabes ocupados.

Amaneció el 5 de junio. Pero ese día nadie vino a abrir la puerta apresuradamente. Al cabo de un rato, la puerta se abrió de repente y no se entendió el significado de lo que gritó un soldado abisinio antes de marcharse. Por lo que se pudo entender, el desgraciado Nasser había vencido.

Tras pronunciar unas palabras inconclusas, se apresuró hacia los demás, murmurando. Después volvió y anunció que habían derribado varios aviones de combate enemigos. Al mismo tiempo, empezó a relatar, uno tras otro, enumerándolos uno, dos, tres, cuatro, los relatos del heroísmo y las victorias de su tercer gran líder.

Nos quedamos callados, sin poder deducir nada de lo que se había dicho. Después de la oración de Asr, Safwat vino y, sin decir palabra, empezó a patearme con sus pesadas botas.

Decía jadeando: «Hemos vencido».

Tras recibir innumerables patadas de sus pesadas botas, quedé inconsciente. Hamida le preguntaba una y otra vez por qué me había atacado de improviso. Pero de su boca no salía respuesta alguna, aparte de seguir descargando patadas. Cuando quedé inconsciente por la gravedad de los golpes, ordenó a los soldados que habían llegado con él que arrojaran todas mis pertenencias necesarias. Al recobrar el conocimiento, volvió a golpearme. Después nos sacó de nuestra celda y nos ordenó caminar; él también avanzaba insultándonos. Repetía una y otra vez: «¡Hemos vencido! ¡Hemos alcanzado el éxito!». La tarde del 5 de junio, nos subieron a Hamida y a mí a un vehículo con oficiales y soldados y atravesamos la puerta principal de la prisión militar. Los responsables de la prisión iban sentados junto al conductor. Comencé a recitar el tasbih en el nombre de Allah. Sentía que cada ser y cada cosa del cielo, la tierra y todo el universo creado recordaba el nombre de Allah junto conmigo. Mientras recitaba el tasbih en voz alta, Hamida me pidió que dejara de hacer ruido. Entonces concentré mi atención en el significado literal y la trascendencia del tasbih. Ahora sentía que el mundo entero hablaba conmigo.

Durante el ataque de improviso contra mí en la habitación de la prisión militar, por las palabras de Safwat parecía que me llevaban para ahorcarme. Por eso me entregué a la recitación de varios versículos del Corán de Allah. «Sin duda, Allah ha comprado a los creyentes sus vidas y sus bienes a cambio del Paraíso».

En aquel momento recordé algunos versos de un poema. El poeta dijo:

……… si llega la muerte junto con la fe

No hay pregunta alguna sobre cómo llegó, ¿mi muerte?

En otro lugar, el poeta dijo:

“El pájaro voló por un camino desconocido, la tierra sin respuesta

pero sé que su destino es dulce”.

 

El poeta añade:

“Si queréis vivir, mujeres, más

sabiendo que aquí es imposible, no hay permiso para exigir más o menos

”.

…… Basta, aceptad la muerte, peldaño de la paciencia,

este peldaño termina en la puerta del corazón”.

Cuando el automóvil frenó y se detuvo, Hamida me llamó. Abrí los ojos y vi delante de nosotros la prisión de Kanati. Destinada para las mujeres

 

La noche del tormento mental

Tras atravesar la puerta principal de la prisión de Kanati, nos llevaron a la oficina penitenciaria. Allí registraron minuciosamente nuestras pertenencias. Era de noche. Después, la directora de la prisión, que estaba en la oficina contigua a la del comisionado, volvió a registrarnos y, tras ponernos los uniformes destinados a las reclusas, nos llevaron a una habitación determinada. Aunque se la llamara habitación, era una jaula de hierro: aparte de varios barrotes de hierro, no tenía puerta propiamente dicha. En su interior solo había una litera rota por un lado y, sobre la otra litera, un objeto; fuera de eso, no había nada más. Justo después de nuestra habitación comenzaba un enorme salón. Junto a él había tres pabellones para las reclusas. Estas mujeres habían sido arrestadas bajo acusaciones de robo, tráfico de drogas, asesinato y delitos sexuales ilícitos.

Cuando la oscuridad de la noche se hizo más densa, desde el minarete de una mezquita lejana llegó el dulce sonido del adhan. Hicimos tayammum y ofrecimos la oración de isha. Después de la oración, nos acostamos e intentamos dormir. Pero ¿dónde estaba el sueño? Quién sabe en qué reino desconocido había huido. La oscuridad nocturna se volvió cada vez más densa y aterradora, y cuando se cerró la puerta del pabellón por aquella noche, comenzó a hacerse patente la espantosa manifestación de la degradación moral y de carácter. La gente empezó a despojarse de la cobertura de su humanidad y a alcanzar el límite extremo de la obscenidad desvergonzada. Aquella noche maldita transcurrió entre el tormento mental y el dolor de una percepción herida, al contemplar el ejemplo extremo de lo que puede suceder cuando el ser humano se convierte voluntariamente en un ser inhumano. Permanecíamos absortas durante largo tiempo en el dhikr de Allah, porque solo mediante el recuerdo de Allah es posible alcanzar la paz del corazón. Cuando apareció la línea luminosa de Subh-e Umid, respiramos aliviadas y dimos gracias a Allah. Suplicamos ante Allah con el corazón abierto, pidiendo una liberación completa.

Nunca podré olvidar aquella espantosa noche infernal. Y, sin embargo, aquella noche ningún verdugo me azotó con un látigo ni un rebenque……nadie me insultó tampoco. Aun así, fue la noche más terrible, insoportable e infernal de toda mi vida en prisión. Al contemplar el venenoso y repugnante ambiente de aquella noche infernal, Hamida estaba quedándose inconsciente de tanto llorar. Intentando hacerla recobrar el conocimiento, le dije:

: Nosotras seguimos el ideal y el camino que seguimos…… y, al recorrerlo, necesitamos paciencia y perseverancia para afrontar cualquier estado o circunstancia. Allah nos ayudará. En la prisión militar fuimos sometidas a torturas brutales, humilladas, golpeadas hasta dejar nuestros cuerpos llenos de heridas y sometidas a sufrimientos indescriptibles por el hambre y la sed; pero, a pesar de todo ello, lo que vimos y oímos aquella noche nos pareció mucho más doloroso que las inhumanas torturas y persecuciones de la prisión militar. Aquella noche, ante nuestros ojos, un grupo de personas atrapadas en la inmundicia de la ignorancia y la bestialidad estaba entregado a los pecados más abyectos. Todas eran mujeres. Se habían liberado de todos los vínculos de la humanidad y se habían convertido en esclavas de la extrema perversión sexual y de los impulsos satánicos. Cada una de ellas había convertido su inclinación al delito en su profesión y su vicio. No tenían absolutamente ninguna relación con palabras o cualidades como humanidad, decencia, pureza, honor, dignidad o modestia. En realidad, se habían convertido en seres tan viles que, para ellas, la obscenidad y el pecado sexual eran la esencia misma de la vida.

Se las puede comparar con una criatura cuya cuerda del cuello sostiene otro ciego. Siguiendo las instrucciones de ese ciego, esas criaturas ciegas están arruinando sus vidas por caminos de error, extravío y peligro. Nunca tuvieron la oportunidad de ver, conocer ni comprender el camino recto y hermoso. Así, ciegas, siguiendo sus instintos ciegos, han llegado a encontrarse frente al Infierno. Aquellos seres humanos que, sobre la faz de la tierra, se esfuerzan por encadenar a los demás con las cadenas de la esclavitud han ayudado aún más a esos extraviados y ciegos a seguir por el camino equivocado. Los gobernantes rebeldes contra Dios consideran necesario aceptar la cooperación de esa clase de delincuentes para prolongar su poder por sus mezquinos intereses. En fin, finalmente, con el adhan de la oración del fajr terminó aquella oscura noche llena de pecado. Con la luz celestial del amanecer desapareció la oscuridad indeseada de la noche infernal. Nos postramos ante Allah, el Misericordioso y Compasivo, y suplicamos Su complacencia.

 

El conflicto entra en una nueva etapa

Cuando Hamida y yo fuimos a la oficina del comisario de la prisión, se nos informó que, hasta nueva orden, tenían prohibido ir a la cantina y recibir visitas. El comisario dijo:

: Ustedes dos ni siquiera tienen los derechos concedidos a los presos. Hasta nueva orden, tendrán que permanecer en esta situación.

Le dije:

No hemos venido ante usted por eso, sino para hacerle esta petición. El comisario, sin dejarme terminar, preguntó:

¿Querían reunirse conmigo?

Le dije:

Sí. Queremos cambiar de habitación.

Hamida dijo: Queremos una habitación que al menos tenga una puerta. No un corral para animales……

El comisario dijo: «¿Qué clase de cosa es esta? Está bien, volveremos a enviarlas a la prisión militar. Allí podrán volver a sufrir lo que ya han sufrido».

Dije: «No podemos permanecer en un lugar que no es apto ni siquiera para los animales». Él dijo: «Soy el comisario; esto es una cárcel y ustedes son prisioneras. Aparte de eso, no sé nada más».

Después se puso de pie y gritó:

: «¿Hay alguien ahí? ¡Vengan y sáquenlas!»

Volví a decir:

: «Nos quedaremos tendidas en el patio de la cárcel, pero no iremos a esa habitación bajo ninguna circunstancia; ya veremos qué ocurre después».

El comisario dijo: «Una cárcel es una cárcel. Si se niegan a obedecer la orden, serán ejecutadas a tiros».

Dije: «Eso sería mucho más fácil…….. Además, ser asesinadas por ustedes significa precisamente el martirio……»

La comisionada nos hizo salir de la oficina y nos dejó en el pabellón de la cárcel. Poco después, llamó a la directora de la prisión y le ordenó que nos registrara.

Nos llevaron escaleras arriba para registrarnos. Era un pabellón amplio. Había veinte catres. Una hora más tarde, aquella directora de la prisión llegó y dijo:

: A ver, ¿cuánto ganáis? No éramos capaces de comprender el sentido de su pregunta. Por eso nos hicieron colocarnos en la fila de las mujeres calificadas de «sucias». Eran mujeres para quienes el carácter, la dignidad y el honor no significaban absolutamente nada. Habían ido a la cárcel por sus viles actos inmorales.

Al acercarse a la habitación, la directora de la prisión gritó:

: El total de ingresos de hoy es de cuarenta y cinco. Veinticinco por libertinaje, quince por delitos sexuales y delitos contra la moralidad, tres por robo y dos presas políticas.

Las presas políticas éramos Hamida y yo. Cuando la directora terminó de gritar, abandoné la fila anterior y me aparté. Hamida también me siguió. Al verlo, la directora dijo:

: ¡Eh, adónde vais……? Esperad.

Dije que nos colocaríamos aparte, porque no teníamos ninguna relación con aquella gente despreciable. Ella dijo: ¿Por qué estáis poniendo tanta cara de superioridad?

Dije: «No tenemos ninguna relación con ellas. Por eso nos pondremos aparte». Ella preguntó: «¿Acaso ellas son inferiores a ustedes?»

No respondí y permanecí en silencio. La carcelera encerró en una habitación a aquellas mujeres descarriadas y sin moral, y se acercó a nosotras diciendo:

: «¡Hermanas! La doctora les ha dicho que se sienten. Irán a verla cuando esté disponible».

Cuando la doctora tuvo tiempo, nos llamó, nos preguntó nuestros nombres, edades y dolores, y nos llevó a una habitación. Poco después de que cerraran la puerta, comenzaron a oírse gritos espantosos y sollozos. Todo el ambiente adquirió un aspecto sombrío. Intrigadas, pegamos el oído desde fuera y comprendimos que había ocurrido un accidente grave. Me sumí en una profunda reflexión:

: «¡Ay, cuántas crisis y accidentes siguen ocurriendo! ¡Mi desdichada nación! ¿Acaso las calamidades, los accidentes y los lamentos son tu destino? ¿Quién te es cercano?»

Una y otra vez, la nave averiada de la nación se hunde, inundada por graves calamidades y accidentes. A veces son calamidades morales; otras, ideológicas; otras, calamidades de anarquía económica y social. Y, por último, el vergonzoso y humillante suceso de la derrota del 5 de junio. La catastrófica tragedia del 5 de junio ha vuelto aún más confusa y decadente la vida nacional. Nuestra clase gobernante es aficionada a imitar como los monos y egoísta y desvergonzada como los cerdos. Al entrar en contacto con los malditos de este país, se convierten en auténticos demonios y, tras sufrir una lamentable derrota a manos del enemigo, comienzan a ejercer una opresión aún más severa sobre la nación. Al ver su crueldad, desvergüenza y vileza, hasta los malditos judíos sienten compasión. Yo pensaba:

: «¿Qué clase de vida estamos llevando? Ante nuestros propios ojos están destruyendo todas las virtudes nobles, como el islam, la fraternidad, el sentido de la dignidad, la cortesía y los buenos modales. A los musulmanes se los está matando indiscriminadamente. Incluso se los priva de los derechos humanos más básicos. No se les permite obtener ni el más mínimo derecho. Ellos conspiran para destruir tanto el islam como a los musulmanes. Quieren arrebatarles toda su fuerza humana, su posición social, sus bienes, sus tierras y su capital, y hacer desaparecer su existencia. Sin embargo, los musulmanes que son verdaderos seguidores del islam son los incansables guardianes de la humanidad. Por el bienestar de la gente, hacen la yihad contra la falsedad y ponen fin a la opresión y la explotación. Lo sacrifican todo en la lucha por establecer los derechos de los desdichados desposeídos, y sus cualidades morales y de carácter hacen que la sociedad humana sea pura, luminosa y hermosa. La fragancia de su personalidad perfuma el entorno social. El musulmán sigue el camino de Alá y, buscando únicamente Su complacencia, lucha contra la mentira y a favor de la verdad. Inclina la cabeza ante el mandato de Alá. Sin preocuparse por el miedo, el sufrimiento ni las desgracias, avanza con un valor indomable por el camino de la liberación de la humanidad.»

Al parecer, alguien susurra a mi lado. ¡Hermanos, compañeros de viaje en el camino de la verdad! No hablen en voz baja ni hablen lentamente con la cabeza inclinada; hablen con claridad y avancen, con toda su fuerza y valentía, hacia adelante, cada vez más adelante. ¡Nada de vacilación, torpeza, dudas ni temores! Avancen hacia la meta con un impulso arrollador, intrépido e ininterrumpido.

Si abandonáis el camino de la complacencia de Allah, el miedo y la humillación se convertirán en grilletes atados a vuestros pies. Juro por Allah que, si permanecemos firmes en el camino que Allah ha señalado, Allah ciertamente nos ayudará. Debemos aceptar el islam de tal manera que lo abracemos con lo más profundo de nuestro corazón, nuestra alma y nuestra conciencia. Solo podremos recoger su dorada cosecha haciendo realidad plenamente el islam, eterno, hermoso, genuino e inextinguible. Debemos abandonar el escepticismo; es obligatorio evitar el camino de la división, las discrepancias y las disputas, y debemos avanzar teniendo ante nosotros el primer y principal objetivo, que es también nuestro deber esencial. Si continuamos de este modo, por la misericordia y la benevolencia de Allah podremos recoger en este mundo los frutos concretos de nuestros sueños y esfuerzos. Podremos derrotar a las fuerzas ilusorias y pasajeras, alcanzar el éxito y establecer un Estado ideal de bienestar a la luz de la Palabra de Allah y de la Sunna del Mensajero. Recuperaremos la gloria y el honor que hemos perdido. En verdad, en la obediencia a Allah residen nuestro honor, nuestra dignidad, nuestra gloria, nuestra fortuna, nuestra fuerza y nuestra prosperidad. Siguiendo el islam, no solo en la vida de este mundo, sino también en la vida eterna después de la muerte, seremos afortunados moradores del Yannat al-Firdaus. El gran Umar, segundo califa del islam (que Allah esté complacido con él), dice:

: El verdadero éxito de los musulmanes se alcanza enfrentándose a los enemigos de Allah. Y por este camino recibimos la ayuda de Allah. De no ser así, jamás habríamos podido vencerlos. Pues, en número, equipamiento, armas y pertrechos, nuestra preparación es insignificante frente a la de los incrédulos. Pero si perdemos nuestras características islámicas y llegamos a ser iguales a los incrédulos, ellos serán quienes nos venzan.

La única razón por la que hoy nosotros, los musulmanes, soportamos la humillación y la vergüenza de la derrota es nuestra distancia del camino del Corán y la Sunna. Si la situación continúa así, tendremos que afrontar peligros aún mayores y circunstancias más humillantes. Pues la humillación, la derrota, la debilidad, la decadencia, la pobreza y las privaciones son consecuencias de oponerse a Allah. El resultado de rebelarse contra Allah no es otro que un tormento incesante en este mundo y en el otro, y el Infierno.

Allah ha dicho:

«Quienes hayan seguido mis órdenes no serán desdichados ni humillados; pero quien se aparte de Mi recuerdo tendrá una vida estrecha. El Día de la Resurrección lo levantaré ciego. Dirá: “¡Señor mío! ¿Por qué me has levantado ciego, si antes tenía la vista?”. Allah dirá entonces: “Mis signos llegaron a ti, pero tú los olvidaste; por eso hoy también tú has sido olvidado. Así retribuyo a los injustos y a quienes no creen en los signos de su Señor”. El castigo de la otra vida será eterno y extremadamente severo».

Yo estaba sumido en un abismo insondable de pensamientos. Muchas ideas y significados daban vueltas en mi mente. Las situaciones dolorosas y los acontecimientos amargos iban dejando, en lo más profundo de mi ser, junto al pesar y la tristeza, las sombras de una angustia desconocida.

Me sobresalté al oír la llamada de Hamida. Estaba sentado en la habitación cerrada de al lado. Su puerta se abría de vez en cuando. No había manera de saber qué había o qué ocurría en los alrededores. Un día logramos conseguir un paquete de cigarrillos engañando a la guardia. Para aquella guardia de corazón duro, el paquete de cigarrillos era un objeto muy poco común. Un solo paquete bastaba para ablandarla y volverla más dócil. Gracias a ello, empezamos a enterarnos de lo que ocurría a nuestro alrededor. En la habitación contigua a la nuestra había una mujer y su hijo pequeño. Nadie sabía nada del padre del niño. En la habitación de enfrente, una muchacha sufría las consecuencias de sus malas acciones como enferma de tuberculosis. En el pabellón situado frente al suyo, unas presas padecían condena, afectadas por enfermedades graves. Al final del edificio estaban los baños. A nosotras también nos ordenaron ir allí para hacer nuestras necesidades. El propósito de aquella orden era contagiarnos también con alguna enfermedad infecciosa.

En la segunda parte del edificio se veían habitaciones limpias, ordenadas y bien arregladas, pero al principio no pudimos saber de qué país eran las mujeres que allí residían. Los baños y los sanitarios de esa sección también estaban bastante limpios.

Un día, una mujer de aquella sala limpia nos sirvió una comida excelente. Como teníamos mucha hambre, la comimos con gran satisfacción. De este modo, nuestra curiosidad por ellas aumentó aún más. Al percibir la cortesía de la mujer, nos pareció que, en aquella impenetrable jungla de animales, de repente había llegado un ser humano.

Le dije a la guardia:

: Permítenos usar el baño limpio del otro lado.

Ella respondió:

: Ese está reservado únicamente para mujeres…, doctoras y judíos.

Pregunté, sorprendido:

¿A quiénes llamas judíos?

Ella respondió: Sí, seis mujeres judías. Madame Mursel, Madame Los y otras.

Ellas se movían bastante de un lado a otro. Obtenían todo lo que querían. Tenían plena libertad de movimiento por todas partes. Su alojamiento era excelente. Recibían alimentos de la mejor calidad y muy nutritivos. Sin embargo, todas eran espías de Israel. Habían sido arrestadas y detenidas precisamente por el delito de espionaje. La guardia dijo, no obstante:

: Más bien, hablen de este asunto con la doctora. Ella puede permitirles usar su baño.

En vez de hablar con la doctora sobre el asunto, hablamos con la directora de la prisión. La directora no aceptó de ninguna manera, porque aquel baño estaba destinado exclusivamente a las espías judías.

 

Aunque sean enemigas, siguen siendo seres humanos

Finalmente, dejé todos los asuntos en manos de la voluntad de Alá y me entregué por completo a Su adoración. Hamida también estaba sentada a mi lado, entregada a la adoración. En ese momento, una mujer alta y de tez clara entró en nuestra celda y nos saludó con el saludo islámico. Cuando respondimos a su saludo, preguntó:

: ¿Es usted Zaynab al-Ghazali?

Cuando respondí afirmativamente, dijo:

Soy Mursel-Raj, una prisionera, y naturalmente existen diferencias ideológicas entre ustedes y nosotras. Yo soy judía y ustedes son musulmanas; pero, en esta desgracia y calamidad, lo más importante es que todas somos seres humanos. Por eso, en la prisión no debe haber ningún obstáculo ni impedimento en nuestras relaciones mutuas. En este momento, todas estamos en peligro. He venido hasta ustedes evitando la mirada de las guardias. Mi propósito es tender una mano de cooperación para ayudarnos mutuamente. Acogemos con agrado su propuesta. Después dijo:

: Tenemos suficientes alimentos, aunque no en abundancia. Compartiremos los alimentos con ustedes. Desde luego, no les daremos ningún alimento ilícito o haram. Cabe señalar que nosotros, los judíos, también consideramos ilícita o haram la carne de cerdo, al igual que los musulmanes.

Desde entonces, aquella mujer judía, Mursel, comenzó a traernos alimentos con regularidad. Pero, más importante aún, hizo los arreglos para que pudiéramos utilizar el baño reservado para ellas.

Sin embargo, Hamida parecía sentirse algo incómoda con todo aquello. Le dije:

Mira, Allah puede valerse de cualquier medio para ayudar a Sus siervos. Puede hacer llegar el bien por medio de cualquier persona. Allah nunca oprime a Sus siervos ni los abandona en una carencia y necesidad permanentes. Una vez me encontré en una situación sumamente difícil en un bosque inmenso, y otra vez en el desierto. En aquel momento de peligro, Allah me salvó por medio de una médica cristiana. Aquella médica cristiana me atendía de tal manera que yo me quedaba asombrado al verlo. En realidad, todo esto es parte de la misericordia de Allah. Él hace que el enemigo realice la labor de un amigo. En esta prisión nos resultaba difícil pasar el tiempo con aquellos hombres ignorantes, degradados, inmorales y de naturaleza perversa. Aquí no se puede hablar de nada sin dinero. Si se paga, se puede mantener algo abierto durante mucho tiempo. Se obtiene todo lo que se desea. Aquí, los presos y el director de la prisión son todos iguales. Aquí se les exige a las personas dinero y amor. ¿Acaso es eso tan sencillo?

 

La muerte y los rebeldes

El grupo de gobernantes tiránicos, embriagado por el poder, ha olvidado por completo que un día también tendrá que morir. Han olvidado la muerte decretada por Allah y continúan imponiendo sobre los siervos de Allah un régimen de opresión y terror. Sin embargo, el transcurso del tiempo y de las épocas está bajo el control de Allah. Todo ocurre por mandato de Allah: el día después de la noche, una generación después de otra, la ida y la venida, el principio y el fin de la vida, el crecimiento y el deterioro progresivos del cuerpo, la acumulación y el término de la vida, y todo lo demás. Y

«Cuando el alma del moribundo llega a la garganta y vosotros veis que está muriendo, ¿por qué no hacéis regresar esa alma que sale? En ese momento Yo estoy más cerca de él que vosotros, pero no lo veis». (Corán)

En el contexto de esta vida convulsa, en la que se pierde todo, el reflejo de la realidad humana parece sumergirse en las profundidades insondables de la humillación y la degradación. Los funcionarios de la prisión de Kanatir expresaron exteriormente dolor y duelo por la muerte de Naser. Pero Allah es testigo: su muerte no produjo ninguna reacción en nuestros corazones. Porque sabemos que la muerte está decretada para un día. Ese día llegará sin falta. No hay manera de escapar y salvarse de sus garras. Nadie puede evitar la muerte. Sin duda, la muerte es una declaración sumamente aterradora y una manifestación real de humildad. La muerte nos llama y nos dice: «Tened cuidado; apartaos de la opresión y la arrogancia. Porque en ello no hay ningún bien para vosotros». Todas estas varas y esta arrogancia, todas estas riquezas, armas y fuerzas, ejércitos, hijos y propiedades, nada de ello vendrá contigo. Todo quedará atrás, y ante Allah llegarás exactamente en el mismo estado de indigencia y desnudez en que naciste del vientre de tu madre.

«¡Ay! Si pudierais ver a los opresores cuando agonizan en los tormentos de la muerte y los ángeles extienden sus manos y dicen: “¡Entregad vuestras almas! Hoy recibiréis el castigo humillante por las palabras que pronunciabais injustamente contra Allah y por vuestra arrogancia frente a Sus signos”».

Allah dirá:

«Ahora te presentas ante Mí solo y aislado, exactamente como te creé solo la primera vez. Te había dado todo lo que debía darte, pero lo has dejado atrás. Ahora no tomaré en consideración esas intercesiones tuyas en las que creías que había algo que podría ayudarte. Se han roto todos tus vínculos mutuos, y todo aquello de lo que te enorgullecías enormemente se ha perdido para ti».

Allah también dice:

«No fuimos injustos con ellos; ellos mismos fueron injustos consigo mismos. Y cuando llegó la orden de Allah, sus señores, a quienes invocaban en lugar de Allah, no les sirvieron de nada. No les proporcionaron más que destrucción y perjuicio».

«Y así es el proceder de tu Señor, tu Rabb, cuando se apodera de una población injusta. En verdad, Su castigo es sumamente severo y doloroso. Ciertamente, en ello hay una indicación para quienes temen el castigo de la Otra Vida. Ese es un día fijado, en el que toda la humanidad será reunida y todo cuanto ocurra ese día sucederá ante los ojos de cada uno. No lo retrasaré mucho para ese día. En suma, tiene un plazo determinado. Cuando llegue ese día, nadie se atreverá a hablar. Sin embargo, se podrá decir algo con el permiso de Allah».

«Ese día, unos serán desdichados y otros serán de los afortunados. Los desdichados irán al Jahannam, donde se retorcerán bajo el intenso calor y la sed, y permanecerán en ese estado mientras existan los cielos y la tierra. Sin embargo, si tu Señor quiere otra cosa, ciertamente tu Señor es dueño de pleno poder y hace lo que quiere. Y los afortunados entrarán en el Jannah y permanecerán allí eternamente, mientras existan los cielos y la tierra. Sin embargo, si tu Señor quiere otra cosa, recibirán una recompensa cuyo flujo jamás se extinguirá».

Por tanto, la muerte de una persona concreta, sea quien sea, no afecta en absoluto el ánimo de los muyahidines en el camino de Allah. Porque la muerte es una verdad absoluta. Por eso no hay preocupación alguna respecto a la muerte. Lo que ellos consideran digno de atención es vivir obedeciendo a Allah, bajo la sombra de Su complacencia, y dedicarse con todo el corazón y el alma a la lucha por transmitir el sublime mensaje del tawhid. Cuando les llega a ellos o a otros la llamada de la muerte, abandonan este mundo y parten para rendir cuentas. Allí se les dará castigo o recompensa conforme a las obras de cada uno.

La lucha del islam no es contra ninguna persona o grupo en particular; más bien, la lucha del islam es la lucha de la verdad y la justicia contra la falsedad, la lucha de la fe contra la incredulidad y la lucha de los monoteístas contra los ateos y adoradores de ídolos que asocian copartícipes con Allah.

Quien tiene la muerte predestinada morirá, y a quien le esté escrito el martirio se le hará mártir. El creyente ciertamente tendrá un lugar en los amplios y hermosos jardines del Paraíso. Ellos obtendrán el Jardín de Firdaus, en extrema proximidad a Allah. Allí habrá arroyos hermosos de suave corriente y jardines adornados que se extienden hasta el horizonte. En cuanto a los mártires, se ha dicho que están vivos para siempre. No mueren.

«Oh, Mis siervos, hoy no tendréis miedo ni os afligirá tristeza alguna. Entrad vosotros y vuestras esposas en el Paraíso. Se os hará felices y satisfechos. Se colocarán ante ellos bandejas y copas de oro, y en ellas habrá bienes deseables y atractivos. Gracias a las buenas obras que realizasteis en el mundo, habéis podido heredar este Paraíso. Aquí tendréis frutos abundantes para comer».

Quienes hayan sido asesinados o hayan muerto en defensa del kufr, la falsedad y el ateísmo serán moradores del Jahannam. ¿Y qué sabéis vosotros del Jahannam? Os destruirá y de ningún modo podréis escapar de él. Vuestros rostros y vuestros cuerpos arderán y se quemarán allí. Cuando una piel se queme, otra ocupará su lugar, para que pueda sufrir. Habrá fuego arriba y abajo de ellos, y las llamas abrasadoras del fuego los rodearán. Si piden agua, se les dará agua hirviente cuyo vapor les abrasará el rostro. Será agua sumamente sucia, insípida y contaminada. No disminuirá en lo más mínimo la intensidad de su hambre y su sed.

«Para ellos está el fuego del Jahannam; allí no morirán y tampoco se les aliviará el castigo del Jahannam. Así es como damos la retribución».

«Cada káfir que niega a Allah gritará allí: “¡Oh, Señor nuestro! Sácanos de aquí. Haremos buenas obras, diferentes de las que hicimos antes”».

Se les responderá:

«¿Acaso no os concedí una vida suficientemente larga para que, si hubierais querido aprender una lección, hubierais podido hacerlo? Ahora disfrutad de ello. Aquí no hay auxiliador alguno para los opresores». Seguirán viviendo tal como Allah quiere. Era tras era y vida tras vida llegarán a su fin, pero ninguna persona podrá cambiar la voluntad de Allah. Algunas personas gritaban y lloraban por la muerte de Abdun Nasir, haciendo que la situación pareciera dolorosa. Día y noche se cantaban elegías por él. Pero todo se hacía únicamente para aparentar ante la gente. En sus llantos y expresiones de duelo no había ni una pizca de sinceridad; todo se hacía con el propósito de obtener beneficios, como una actuación llena de artificio. Hace apenas unos años, un hombre sentado en mi casa dijo que quienes consideraban a Abdun Nasir un servidor del islam eran káfir. Hoy también escucho de boca de ese mismo hombre una elegía por Nasir. Este tipo de personas venden así su conciencia. Son ellos quienes sufren pérdidas en este mundo y en el Más Allá. En estas circunstancias, mientras una inundación de duelo y tristeza artificiales se desbordaba por la muerte de Nasir, nosotros acogimos su partida de parte de Allah. La acogimos exactamente como también pueden hacerlo los creyentes solo de nombre.

«Y el opresor sabrá pronto cuál será su destino».

En la prisión de Qanater empezó a correr con fuerza la noticia de que no habíamos expresado ningún luto ni pesar por la muerte de Nasser y que no habíamos sentido la menor tristeza por la muerte del llamado gran héroe. Por eso, sus seguidores se enfurecieron mucho con nosotros. Habían jurado permanecer siempre obedientes al servicio de sus amos para satisfacer sus propios deseos y mezquinos intereses. Así pues, pronto comenzaron a reaccionar para manifestar su ira contra nosotros. Según ellos, ¿cómo era posible que no lamentáramos la muerte de Nasser?

 

Las burbujas se disipan

Las burbujas se disipan, pero lo que es beneficioso para la gente permanece en la tierra. No hace falta decir que los hipócritas y los aduladores mimados que fingían un duelo se pusieron en acción. Con el propósito de complacer a sus amos, comenzaron a tratarnos mal incluso por los asuntos más insignificantes. La mañana del segundo día después de la muerte de Nasser, la carcelera abrió la puerta de nuestra celda, entró y, de repente, arrojó con enorme fuerza una pesada barra de hierro contra mi cabeza. Pero, por la misericordia de Alá, sobreviví de manera asombrosa a aquel golpe mortal. De lo contrario, mi cabeza se habría partido y quedado hecha añicos. A pesar de un delito tan grave, las autoridades de la prisión no le impusieron ningún castigo, ni siquiera le pidieron cuentas. Aquella carcelera delincuente patrullaba tranquilamente, como si no hubiera cometido delito alguno. Precisamente en ese momento, cuando mis familiares vinieron a visitarme, les informé de lo ocurrido. Se reunieron con todos los funcionarios responsables, tanto de alto como de bajo rango, y enviaron un telegrama a las oficinas gubernamentales mencionando el incidente. Finalmente, el Ministerio de Derecho y Justicia se vio obligado a investigar el suceso. En la investigación se declaró que la carcelera era responsable del incidente y que padecía una enfermedad mental.

Informé al Ministerio de Derecho y Justicia de que su investigación estaba incompleta. Por tanto, detrás del incidente no había un trastorno mental de la carcelera, sino que se estaba llevando a cabo el plan cuidadosamente concebido de un círculo contrario al islam. Por eso, no tenía ningún sentido castigar a la pobre carcelera. Ella no era responsable de ninguna de sus acciones; las había realizado siguiendo las indicaciones de sus superiores. Querían aterrorizar a los servidores del islam. Pero la voluntad de Alá prevalecerá.

Ni siquiera podía imaginar un castigo indirecto de este tipo. Ante una situación tan inconcebible, los protegidos de Nasser habían ideado este tipo de ataque indirecto. En verdad, nadie puede guiar por el camino recto a aquellos a quienes Alá ha dejado extraviarse.

Una nueva prueba

La mañana del 9 de agosto de 1971 se presentó ante mí otra nueva prueba. La carcelera llegó corriendo y me dijo.

: El comisionado lo llama a su despacho.

Esta convocatoria insólita despertó en mi mente toda clase de angustias: ¿qué irá a suceder? ¿Quién sabe qué nueva trampa habrán urdido los tiranos? ¿Acaso ahora se me acusará de que estamos predicando el islam incluso desde la prisión? O tal vez haya llegado alguna noticia de casa. Pensaba en muchas cosas de ese tipo. Pero no tenía la menor idea de lo que realmente estaba a punto de suceder.

Cuando llegué al despacho del comisionado, me comunicaron la orden de liberación. ¡Qué cosa tan increíble! ¡Ni siquiera se sentían satisfechos después de haberme condenado a cadena perpetua con trabajos forzados! En fin, yo saldría en libertad, pero ¿acaso Hamida se quedaría en aquel ambiente insoportable y pestilente? El pecho me tembló de angustia. Sin darme cuenta, exclamé a gritos:

: No… no, eso no puede suceder jamás. Nunca saldré de aquí dejando a mi Hamida. Todos ustedes son unos estafadores y unos conspiradores destructivos. Estaba a punto de estallar de ira. Todo mi ser temblaba bajo el efecto de una sensación extraña.

Al ver mi estado, el comisionado intentó tranquilizarme y dijo:

: No hemos podido oponernos ni lo más mínimo a esta orden. Te trajeron aquí por orden de los de arriba y también te están sacando por orden de los de arriba. En este asunto estamos tan indefensos como ustedes.

Pocos momentos después, vi que Hamida también había llegado al despacho del comisionado. Este la había mandado llamar precisamente para que me explicara la situación y me tranquilizara. Para mí aquello era una prueba terriblemente dura. Sentía un dolor inmenso. ¿Cómo podía dejar sola a mi Hamida en aquella prisión? Al pensar en dejar sola en el ambiente de aquella cárcel vil y sucia a una mujer tan noble como ella, un escalofrío helado recorrió todo mi cuerpo. Impulsado por mis sentimientos, volví a gritar sin darme cuenta:

: No, no, jamás. No la dejaré sola bajo ninguna circunstancia……

Al ver mi estado, Hamida dijo con calma y mansedumbre:

¡Esto no es sino la bondad y la misericordia de Alá para con nosotros! Todo sucede por Su mandato. Y Alá no olvida a Sus siervos. Él es nuestro protector; quédese tranquilo. Así transcurrió mucho tiempo en conversación. El comisionado le pidió a Hamida:

Salúdelo de mi parte y vuelva a su celda.

Aquel momento fue sumamente desgarrador. Resulta absolutamente imposible expresar con palabras las sensaciones y percepciones de aquel instante. Nos abrazamos por el cuello y nos desplomamos. En el corazón se agitaban las olas tumultuosas y enfurecidas de un océano; en la respiración se sentía la fuerza de una tempestad terrible, y las lágrimas resbalaban de ambos ojos como una ardiente corriente de Falgu.

En aquel doloroso momento de extraordinaria agitación y emoción interior, me sentí solo en la habitación del comisionado. El comisionado firmó formalmente mis documentos de liberación, y yo, con el corazón intranquilo, el alma perturbada y las lágrimas corriendo, di mi primer paso hacia el mundo libre.

La última maniobra

El automóvil que se dirigía rápidamente hacia mi casa cambió de repente de rumbo y se detuvo en la oficina gubernamental de investigaciones. En cuanto me llevaron a una habitación, cerraron la puerta. Permanecí allí, de ese modo, desde las dos de la tarde hasta las nueve de la noche. Después me llevaron a otra habitación de una oficina. Allí estaban sentados dos oficiales. Ambos me hicieron diversas preguntas sobre el ideal de vida islámico. También preguntaron:

¿Seguirá usted manteniendo contacto con los Ijwan?

Evadí sus preguntas y dije:

: ¿Por qué me liberaron de la cadena perpetua con trabajos forzados, pero mantuvieron detenida a Hamida? En realidad, queréis crear división. Pero sabed que Allah jamás permitirá que se cumplan vuestras malas intenciones.

Uno de ellos dijo:

¡Respetable Zaynab! Cálmese.

Dije:

: Queréis atraparnos en la red del engaño y el fraude. Pero Allah está sobre vosotros. Su decisión prevalecerá, aunque la mayoría de la gente no lo sepa.

Él dijo:

: ¡Mire, Zaynab! Esta es la orden de los superiores. No podemos hacer nada más.

Después me llevaron a la oficina de Ahmad Rushdi.

: Este era el hombre cuyas indicaciones entre bastidores habían hecho que los verdugos de la prisión militar me sometieran a torturas inhumanas. Pocas personas pueden encontrarse tan embusteras y maquinadoras como él. Cree en el principio de «divide y gobierna». Cuando entré en su despacho, me pidió que me sentara en el sofá frente a él y me felicitó por mi liberación. Después, el resumen de la conversación que mantuvimos fue el siguiente, según sus palabras:

Dejaré de realizar mis actividades islámicas.

No me reuniré con mis hermanos y amigos islámicos.

No cooperaré mutuamente con ellos ni mantendré con ellos ningún vínculo de afecto y cariño. Y acudiré periódicamente a presentarme en su oficina. Cuando terminó esta conversación condicionada, declaré claramente que:

: Rechazo por completo todo lo que acabas de decirme. Más aún, rechazo y repudio también la orden que habéis dado de ponerme en libertad. Comunica a tus superiores mi rechazo y repudio. Y exijo que me devuelvan inmediatamente a la prisión de Kanatir.

Ahmad Rushdi, haciendo caso omiso de sus palabras, dijo entre risas:

: Muchos ikhwaníes están llegando a un acuerdo bajo nuestras condiciones.

Interrumpí sus palabras y dije:

: Por Dios. Sigo teniendo una excelente opinión de los ikhwan. No quiero decir nada sobre lo que afirmas acerca de algunos ikhwan. Sin embargo, no considero verdaderas tus palabras sobre ellos. Sin duda, los ikhwan son veraces e intransigentes en el camino de la verdad. Por esta verdad trabajan día y noche, y permanecerán firmes e inquebrantables en la lucha por la verdad hasta recibir la ayuda de Alá o alcanzar el martirio.

En ese momento sonó el teléfono. Ahmad Rushdi levantó el auricular, dijo «hola» y, acto seguido, expresó alegremente:

: «Ahlan wa sahlan». (¡Bienvenido, bienvenido!), profesor Abdul Moneim. ¡Venga! ¡Venga! Le estaba esperando.

Después colgó el auricular y dijo:

: Abdul Moneim Ghazali viene.

Poco después llegó mi hermano menor, el profesor Abdul Moneim, y me saludó con la voz entrecortada por el llanto. Ahmad Rushdi le dijo a mi hermano: «Medie entre usted y su hermana Zaynab. Entre nosotros todavía persiste el desacuerdo».

Mi hermano dijo:

: Él es mayor que yo y yo soy su hermano menor. No tengo valor para convencerlo. Y, si me lo permite, quisiera decir solamente que goza de especial renombre por su capacidad de argumentación y su elocuencia.

Esta vez Ahmad Rushdi dijo:

: ¡Está bien, Zaynab! Mis felicitaciones. Simplemente manténgase un poco alejada de la organización Ikhwan y no anime a nadie a trabajar junto con ella.

Le dije:

: Toda esa historia sobre organizaciones secretas es, de principio a fin, fruto de vuestras fértiles mentes. Mirad, esforzarse por establecer un gobernante y un gobierno islámicos es una obligación religiosa, es decir, una responsabilidad colectiva, para todo musulmán. Para prepararse para ello, hay que invitar a la gente al camino de Allah, tal como el amado Profeta y sus Compañeros también invitaban a la gente. Esta es una responsabilidad general de todo musulmán. Aquí no se plantea ninguna cuestión de ser Ikhwani o no Ikhwani.

Después, cuando llegué a casa con mi hermano, eran las tres de la madrugada y la fecha era el 10 de agosto de 1971 d. C.

— Fin —