Islam y nacionalidad
Definición de nación:
Desde la impenetrable oscuridad de la barbarie, con el primer paso del ser humano hacia el luminoso camino de la civilización, surge entre los muchos la idea de la unidad, y se vuelve absolutamente necesario que innumerables personas se unan y vivan con mutua simpatía y cooperación para alcanzar un mismo objetivo y establecer un sistema de bienestar común.
A medida que avanzan y evolucionan la civilización, el alcance de esta unidad colectiva se vuelve cada vez más amplio y extenso. En épocas posteriores llega incluso un momento en que queda incluida en ella una enorme cantidad de personas. En terminología política, a este conjunto de numerosas personas se le llama «nación». Aunque las palabras «nación» y «nacionalidad» son descubrimientos completamente nuevos en cuanto a su significado técnico, el sentido en que se emplean es, en esencia, tan antiguo como la civilización misma. La forma de comunidad humana que hoy recibe el nombre de «nación» o «nacionalidad» ya existía en el antiguo Egipto, Roma y Grecia, del mismo modo que existe actualmente en países nacionales como Francia, Inglaterra e Italia.
Elementos indispensables de la nacionalidad
No cabe duda de que, en primer lugar, la nacionalidad surge de una idea inocente e inmaculada. Un grupo de personas trabajará conjuntamente para establecer sus intereses comunes y un sistema de bienestar, y vivirá como una nación para satisfacer sus necesidades sociales y colectivas: este es el primer objetivo en el origen de la formación de una nación. Sin embargo, una vez formada una nación, la poderosa influencia del sentimiento de hostilidad nacional actúa inevitablemente sobre ella. Más aún, cuanto más firme y sólida se vuelve progresivamente esta nacionalidad, tanto más intensos se vuelven también su sentimiento de hostilidad y su sentido de diferenciación. Cuando una nación se vincula entre sí para obtener sus propios intereses y preservar su sistema de bienestar —en otras palabras, cuando erige dentro de sus límites una muralla inexpugnable de nacionalidad—, necesariamente distinguirá entre los habitantes del interior y los del exterior de dicha muralla, considerándolos «propios» y «ajenos». En todos los asuntos dará prioridad e importancia a los suyos sobre los demás. Se defenderá frente a los otros. Si alguna vez surge un conflicto entre los intereses mutuos de esos «propios» y «ajenos», esta nacionalidad hará todo lo posible por proteger sus propios intereses y no vacilará ni un instante en sacrificar los intereses ajenos. Por estas razones habrá guerra y habrá tratados de paz entre ellos, pero tanto en el estado de paz como en el de lucha permanecerá erguida entre ambos una muralla, alta como una montaña, que marcará su diferencia. En terminología técnica, este sentimiento se denomina ceguera de la nacionalidad. Esta es una característica inseparable de la nacionalidad: en cualquier circunstancia estará inevitablemente unida a ella; no cabe la menor duda al respecto.
Elementos fundamentales para la formación de una nación
Entre las muchas causas de unidad y unión, llega a establecerse una nacionalidad particular, cualquiera que sea la causa. Pero la condición es que en ella exista una fuerza aglutinante tan enorme que reúna e inspire a personas diversas para una misma palabra, un mismo pensamiento y doctrina, un mismo objetivo y acción; que, por un lado, ate las diversas e innumerables partes de la nación con los indisolubles lazos de la nacionalidad, las entrelace íntimamente y haga que todos sean tan firmes y sólidos como una montaña inconmovible. Y que, por otro lado, ejerza tal dominio sobre la mente y el intelecto de los individuos que, en todo lo relativo al interés nacional, todos permanezcan unidos y, cuando sea necesario, estén completamente dispuestos a realizar cualquier clase de sacrificio personal.
La unidad y la organización pueden tener innumerables aspectos, pero, de todas las nacionalidades que se han establecido desde el inicio de la era histórica hasta hoy, la base de todas las nacionalidades distintas de la nacionalidad islámica se ha asentado sobre algún tipo de unidad de los elementos que se enumeran a continuación. Además, muchas otras formas de unidad se han sumado a ella como factores auxiliares:
Unidad de linaje: Sobre esta base se forma la nacionalidad basada en el linaje.
Unidad de la patria: Sobre esta base se desarrolla la nacionalidad basada en la región.
Unidad de la lengua: Debido a que constituye un medio poderoso para establecer la unidad de pensamiento y opinión, ejerce una enorme influencia en la formación de la nación.
Unidad de raza: Esta despierta un sentimiento de parentesco entre las personas de la misma raza, y este sentimiento, al desarrollarse más, las impulsa a mantener su distinción respecto de las personas de otras razas.
Igualdad de intereses económicos: Esta separa a las personas vinculadas a un tipo de sistema económico de quienes sostienen otro tipo de sistema económico. Sobre esta base, luchan unos contra otros por obtener sus propios derechos e intereses económicos.
Unidad del sistema de gobierno: esta vincula a los súbditos residentes en un mismo reino mediante los lazos de una misma disciplina administrativa y establece los límites de la distancia frente a los súbditos de otros Estados.
Desde los tiempos más antiguos hasta esta época culminante del siglo XX, todos los elementos fundamentales de la formación de las naciones que ha sido posible identificar se encontrarán, sin duda, entre los elementos mencionados.
Hace dos o tres mil años, las nacionalidades griega, romana, israelita e iraní también se habían establecido sobre la base de los elementos fundamentales mencionados. Asimismo, las nacionalidades de los tiempos más modernos —alemana, italiana, francesa, inglesa, japonesa, etc.— se han fundado exactamente sobre esas mismas bases.
La raíz de la calamidad
No cabe duda de que las unidades mencionadas, adoptadas como fundamento de las diversas nacionalidades del mundo, han unido y aglutinado a innumerables grupos humanos. Pero nadie puede negar tampoco que, al mismo tiempo, esas mismas bases se han convertido en una fuente de peligro grave y mortal para toda la humanidad. Son estas bases las que han dividido a la humanidad en cientos de miles de partes. Y esa división se ha efectuado de manera tan despiadada que una de sus partes puede ser empujada hacia la destrucción, mientras que en la otra no es posible iniciar ni el más mínimo cambio. Un linaje no puede transformarse en otro linaje. Un hablante de una lengua no puede ser considerado hablante de otra. Una raza no puede convertirse en otra raza. Los intereses económicos de una nación no pueden ser completamente iguales a los intereses económicos de otra nación. Un Estado nunca puede convertirse en otro Estado. En conclusión, entre las nacionalidades que se establezcan sobre las bases mencionadas no puede existir ni la más mínima posibilidad de paz o entendimiento. Debido a la hostilidad nacional, se ven envueltas en una lucha eterna de rivalidad, resistencia y venganza mutuas. No pueden dejar de esforzarse por someterse unas a otras. Incluso estarán dispuestas a destruirse para siempre mediante guerras y combates mutuos. Después, vuelve a alzarse una nueva nacionalidad fundada sobre esas mismas bases. Así, esto se convierte en un volcán eterno de calamidad, desasosiego y destrucción en el mundo. En realidad, es la maldición de Alá, el arma más afilada de Satanás, con la cual este caza a su enemigo eterno.
La hostilidad de la ignorancia
En realidad, una nacionalidad de esta índole despierta naturalmente en las personas sentimientos de hostilidad bárbara. Incita a una nación a oponerse a otra y a manifestar odio hacia ella, simplemente porque se trata de una nación completamente distinta. Esta clase de nacionalismo no tiene ninguna relación con la verdad, la honestidad, la imparcialidad, la justicia ni la rectitud. Para que una persona sea despreciada a los ojos de un blanco, basta con que sea negra. Por ser habitante de Asia, una persona está necesariamente destinada a ser odiada, oprimida, explotada y privada de sus derechos por los habitantes de Europa o América. Un erudito como Einstein es odiado por la nación alemana únicamente por tener ascendencia israelita. A un hombre de Tashkidi se le confiscó su Estado por el delito de castigar a un criminal europeo, simplemente porque era un negro de piel oscura.¹ Para los ciudadanos civilizados de América, quemar vivos a los negros no constituye en absoluto un delito, porque son negros. Las naciones alemana y francesa pueden odiarse mutuamente porque están divididas en dos naciones distintas. Las virtudes de una son consideradas por la otra como defectos y faltas absolutos. Que los afganos libres de la frontera sean afganos y que los habitantes de Damasco pertenezcan a la nación árabe es un delito tal que, solo por ello, los ingleses y franceses consideran completamente legítimo arrojar bombas desde aviones bombarderos sobre sus cabezas y matar en masa a la población de esos países. Sin embargo, consideran bárbaro lanzar bombas semejantes sobre los habitantes supuestamente civilizados de Europa. En suma, son precisamente estas diferencias nacionales las que ciegan por completo al ser humano respecto de la verdad y la justicia. Y por esta razón, en el futuro, incluso los principios eternos de la moralidad y la cortesía serán moldeados según el patrón de la nacionalidad. En algunos lugares, la opresión; en otros, la mentira; y en otros, la vileza serán establecidos como principios de cortesía y carácter moral.
El linaje de una persona es uno y el de otra es distinto; una persona es blanca y otra negra; una nació en la ladera occidental de una determinada montaña y otra nació en su lado oriental; una habla una lengua y otra expresa sus pensamientos en otra; una es habitante de un Estado y otra ciudadana de algún otro Estado. ¿Se debe acaso establecer una diferencia entre las personas únicamente por estas razones? ¿Y se debe dar superioridad a una persona inepta, pecadora y deshonesta sobre una persona capaz, honrada y buscadora de la verdad solo por ese motivo? ¿Puede el color exterior de la piel ser responsable de la pureza o la corrupción del alma? ¿Puede alguna persona sensata admitir que las montañas, los ríos o los mares tengan relación alguna con que el carácter moral sea bueno o malo? ¿Puede alguien con una mente sana sostener que la verdad de Oriente, al llegar a Occidente, puede convertirse en falsa y inválida? ¿Puede alguna persona de conciencia sana aceptar que la esencia de la virtud, la cortesía y la humanidad pueda medirse por la sangre de las venas, la lengua hablada, el lugar de nacimiento y la tierra del lugar de residencia? No cabe la menor duda de que toda la humanidad respondería espontáneamente y al unísono «no» a estas preguntas. Pero el tribalismo o linajismo, el regionalismo y sus otros aliados se atreven precisamente a responder «sí» a las preguntas mencionadas.
Los elementos fundamentales de la nacionalidad
Dejando de lado los aspectos mencionados, pueden examinarse las bases modernas de la nacionalidad desde su propia perspectiva. Eso es lo que intentaremos averiguar aquí: si las bases antes mencionadas son, en esencia y en realidad, científicas, o si están completamente vacías de contenido, como un espejismo.
Tribalismo
El tribalismo o linajismo es uno de los principales fundamentos de la nacionalidad moderna. Pero ¿qué significa este tribalismo? El tribalismo no es sino el nombre que se da a la relación y unidad de sangre. Entre cierto número de personas se establece una relación de sangre por ser descendientes del mismo padre y de la misma madre; este es el primer fundamento del linajismo. Al expandirse, se manifiesta como una familia; de ahí surgen necesariamente la tribu y el linaje. Al llegar hasta este límite extremo, el ser humano se aleja tanto del antepasado original de su linaje que su condición de heredero se convierte entonces en algo puramente imaginario. En el mar de este supuesto linaje confluyen innumerables ríos y arroyos de sangre foránea. Por lo tanto, ninguna persona dotada de conocimiento y razón puede afirmar que el «agua» de dicho mar es completamente pura y no mezclada, que brotó de su fuente original y que en ella no se incorporó ninguna otra corriente de agua. Incluso después de semejante mezcla, la coincidencia de sangre puede llevar a las personas a aceptar un linaje como centro de su unión. Entonces, si la unidad de sangre del padre y la madre originales une entre sí a toda la humanidad, ¿por qué no puede aceptarse como fundamento de la unidad? ¿Y por qué no puede considerarse que todos los seres humanos del mundo descienden del mismo linaje y pertenecen a la misma tribu? Todos aquellos a quienes hoy se considera fundadores o «primeros hombres» de diversos linajes o tribus tuvieron, en algún punto de la ascendencia, un antepasado común, y finalmente habrá que reconocer que todos surgieron de una misma raíz. Entonces, ¿cómo puede aceptarse esta división entre los seres humanos bajo los nombres de «arios» y «no arios»?
Patriotismo
La unidad del patriotismo es aún más imprecisa e infundada que el tribalismo. El lugar donde nace una persona ciertamente no tiene una extensión superior a una yarda cuadrada. Si considera su patria un espacio tan reducido, probablemente no podría llamar patria a ningún país. Sin embargo, establece alrededor de ese espacio diminuto límites que se extienden por cientos o miles de millas, denomina «patria» al territorio situado dentro de esos límites y declara sin reservas que no tiene relación alguna con las zonas situadas fuera de dicha línea fronteriza. En realidad, esto no es más que una estrechez de miras. Dicho de otro modo, nada les impedía llamar suyo al mundo entero. Por la misma razón por la que la «patria» de un espacio de una «yarda cuadrada» puede ampliarse hasta abarcar cientos o miles de millas cuadradas, puede extenderse todavía más hasta que todo el universo se convierta en su patria. Si no limita su perspectiva, el ser humano puede ver claramente que todo aquello que considera imaginariamente una frontera —ríos y mares, montañas y cordilleras, y demás— y mediante lo cual separa una región de otra, es en realidad parte de una misma y vasta Tierra; por tanto, ¿cómo pueden esas montañas, cordilleras, ríos y mares encerrarlo en una región limitada? Si considera todo el mundo su «patria» o tierra natal, ¿por qué no habría de considerarse habitante de toda la superficie terrestre? Si considera todo el mundo su patria o tierra natal, y denomina «compatriota» a toda la humanidad que habita la superficie terrestre, y si reclama sobre el universo entero el mismo derecho que tiene sobre el lugar específico donde nació, ¿por qué habría de ser eso incorrecto?
Discriminación lingüística
Es innegable que la unidad y la afinidad lingüísticas brindan a quienes hablan la misma lengua amplias oportunidades de conversar entre sí e intercambiar pensamientos. Gracias a ello se levanta el velo del desconocimiento entre las personas, y estas pueden sentir unas por otras que son «propias» y «cercanas». Pero el hecho de que el vehículo del pensamiento y de la opinión sea uno solo no significa en absoluto que los pensamientos y opiniones sean idénticos y armoniosos. Una misma doctrina puede difundirse en diez lenguas diferentes, y no solo es posible, sino también muy natural, que entre quienes hablan esas distintas lenguas se establezca una completa unidad de pensamiento y opinión. Por el contrario, diez opiniones diferentes pueden expresarse en una misma lengua. Sin embargo, las personas que sostienen esas distintas doctrinas expresadas en la misma lengua pueden ser diferentes entre sí y estar completamente separadas. Por consiguiente, la unidad de pensamiento y opinión —que en realidad es la esencia vital de la nacionalidad— no depende de la unidad lingüística. Además, nadie puede afirmar que la unidad y afinidad de la lengua produzcan necesariamente unidad de pensamiento y de doctrina. Surge entonces una cuestión importante: ¿qué influencia tiene la lengua en la humanidad de una persona y en sus cualidades personales, buenas o malas? ¿Puede concederse superioridad a un germanohablante sobre un francófono simplemente porque habla alemán? En realidad, lo que debe observarse principalmente son las cualidades y características internas de la persona, no la lengua ni cosas semejantes. No se puede negar, sin embargo, que en la administración del orden y la disciplina, en la gestión de todos los asuntos de un país y en las actividades ordinarias, una persona que hable la lengua de ese país puede ser más eficaz. Pero, para dividir a la humanidad y determinar las características nacionales, la diferencia lingüística no puede constituir de ningún modo un fundamento válido.
Discriminación racial
En la sociedad humana, la discriminación racial es el fenómeno más repugnante y carente de sentido. El color es únicamente una cualidad externa del cuerpo; pero hay que recordar que el ser humano no ha adquirido la dignidad de la humanidad por su cuerpo, sino que su alma y su humanidad son la única razón de esa dignidad. Sin embargo, el alma no tiene color ni tez. En tal situación, ¿qué fundamento puede haber para distinguir entre los seres humanos por sus colores rojo, amarillo, negro y blanco, entre otros? No puede hacerse ninguna distinción entre la leche de una vaca negra y la de una vaca blanca. Porque allí lo esencial es la leche; la sangre o el color no tienen ninguna importancia. Pero hoy la inteligencia arruinada del ser humano nos ha desviado de las cualidades y méritos internos de la persona hacia el color de su piel. ¿Qué situación podría ser más trágica que esta?
Nacionalidad económica
La igualdad de intereses económicos es un hijo ilegítimo del egoísmo humano; jamás es una creación de la naturaleza. El niño humano nace del vientre materno dotado de capacidad para trabajar. Ante él se abre un vasto campo para el esfuerzo y la dedicación. Los medios insuficientes para la subsistencia le dan una cordial bienvenida. Pero, para satisfacer sus necesidades biológicas, no considera suficiente ni indispensable que se abra únicamente la puerta del sustento; considera igualmente indispensable que esa puerta se cierre para los demás. Cuando un gran grupo humano participa por igual en semejante egoísmo, la unidad que se crea ayuda posteriormente de manera especial a organizarlo como una nación. A primera vista, creen que, al organizarse sobre la base de la igualdad de intereses económicos, han protegido sus propios intereses y derechos; pero cuando numerosos grupos y naciones levantan a su alrededor muros infranqueables de egoísmo semejante, la vida humana se vuelve sumamente insoportable por obra de sus propias acciones. Su propio egoísmo se convierte en grilletes para sus pies y esposas para sus manos: al intentar cerrar las puertas del sustento ajeno, pierden la llave de su propio almacén de medios de vida. Hoy este panorama se encuentra claramente ante nuestros propios ojos. Los Estados de Europa, América y Japón están sufriendo sus consecuencias nefastas. Hoy no alcanzan a comprender cómo destruirán los bastiones económicos que ellos mismos habían establecido, considerándolos el medio perfecto de protección. Frente a una situación semejante, ¿acaso seguiremos sin considerar completamente anticientífica y absurda la división en grupos para ganarse el sustento y el establecimiento de características nacionales sobre esa base? En realidad, no se comprende qué mal podría derivarse de conceder a los seres humanos libertad para buscar y obtener el sustento que Alá les ha concedido en Su vasto mundo.
Nacionalidad política
La unidad administrativa, es decir, estar sometidos al mismo gobierno, es esencialmente algo temporal, efímero y carente de fundamento. Sobre esa base jamás puede establecerse una nacionalidad firme, duradera y sólida. El proyecto de unir a los súbditos de un mismo Estado mediante el vínculo de la obediencia y constituirlos en una nación nunca ha tenido éxito. Mientras el Estado sea victorioso, dominante y posea un poder invencible, es cierto que los súbditos permanecen organizados y ligados por las cadenas de sus leyes; pero en cuanto esas ataduras legales se debilitan un poco, los pueblos de distintas corrientes de pensamiento se ven obligados a dispersarse de inmediato en todas direcciones. Después de que el poder central del Imperio mogol se debilitó, no hubo el menor obstáculo para que en distintas regiones de la India surgieran nacionalidades independientes basadas en la política. La situación del Imperio otomano era similar. Finalmente, los jóvenes turcos emplearon todas sus fuerzas para erigir el palacio de la nacionalidad otomana; pero este se desmoronó ante un golpe leve, como un castillo de naipes. El ejemplo de Austria-Hungría es aún más reciente. Las páginas de la historia no carecen de acontecimientos de esta clase. Sin embargo, incluso después de contemplar estos ejemplos históricos, quienes creen posible establecer una nacionalidad política ciertamente merecen felicitaciones por sus coloridos sueños y su exaltada afición a las fantasías.
Humanidad universal
Del análisis anterior ha quedado claro que ninguna de las divisiones en que se ha fragmentado la humanidad tiene fundamento en una razón científica. No son más que divisiones puramente materiales y groseras. Por ello, una mínima amplitud de miras basta para hacer añicos los límites de cada una de ellas. La permanencia y estabilidad de dichas divisiones dependen únicamente de la oscuridad de la ignorancia, la limitación de la visión y la estrechez de la mente. Cuanto más resplandece y se desarrolla la luz del conocimiento y la ciencia, cuanto más aguda y amplia se vuelve la percepción interior y cuanto más se ensancha el corazón, tanto más se levanta el telón de estas diferencias materiales y groseras. Al final, el tribalismo se ve obligado a ceder su lugar ante la humanidad, y el regionalismo ante la universalidad del mundo. Incluso en medio de las diferencias de color y lengua resplandece la unidad de la esencia vital de la humanidad. En la tierra de Alá existen intereses económicos comunes a todos los siervos de Alá. Dentro de los límites del sistema político solo se perciben algunas sombras; con la rotación del sol de la fortuna, estas se desplazan sobre la superficie de la tierra, aumentando y disminuyendo.
La ideología liberal del islam
Esto es precisamente lo que ha proclamado el islam. El islam no reconoce ninguna diferencia material, basada en los bienes o perceptible por los sentidos entre unos seres humanos y otros. Desde la perspectiva del islam, todos los seres humanos proceden de un mismo origen:
خلقكم من نَّفْسٍ وَّاحِدَةٍ وَّ خَلَقَ مِنْهَا زَوْجَهَا وَبَثَّ منهُما رِجَلاً كَثِيرًا وَّنِساءً – (النساء: 1)
«Alá os creó a partir de un mismo ser; después creó de él a su pareja y, de ambos, dispersó por el mundo a innumerables hombres y mujeres». —Sura An-Nisa: 1
La diferencia entre los lugares de nacimiento o de sepultura de los seres humanos no constituye una diferencia fundamental; en esencia, todos los seres humanos son completamente iguales:
وهُو الَّذى انْشاْكم من نَّفسٍ وَّاحِدَةٍ فَمُستَقَرَّ وَّمُستَوْدَعٌ ط – (الانعام: 98) «Él os creó a partir de un mismo ser y para cada uno ha establecido un lugar de permanencia y un lugar de reposo». —Sura Al-An’am: 98. Después se ha desvelado la profunda verdad de la desigualdad basada en el linaje y la familia:
يَاَيُّها النَّاسُ اِنَّا خلقناكم من ذكَرٍ وَّ اُنْثى و جعلناكم شعوبا وَّقبائلَ لِتِعارَفوا ط اِنَّ اكرمكم عند الله اتقاكم ط – (الحجرات: 13)
«¡Oh, seres humanos! Os hemos dividido en pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros. Pero, en realidad, el más honorable de vosotros ante Alá es el más piadoso y temeroso de Él». —Sura Al-Huyurat: 13
Es decir, la diferencia entre pueblos y tribus se estableció únicamente para que se conocieran entre sí; no con el propósito de que se albergaran envidia y rencor, orgullo y arrogancia, ni de que riñeran y disputaran. No sería correcto olvidar la unidad fundamental de la humanidad a causa de estas diferencias y conflictos externos. El único criterio para distinguir entre vosotros es el carácter moral, las acciones reales, la honestidad y la inclinación al pecado.
Después, Alá Todopoderoso dijo que las disputas en la sociedad humana y la hostilidad mutua entre los distintos grupos son una forma de castigo de Alá Todopoderoso. Esto os sumerge en el veneno de la enemistad mutua.
اَوْ يلبسكم شِيِعًا وَّيُذيْقَ بعضَكم بَاْسَ بَعضٍ ط – (الانعام : 65)
«O bien os dividirá en diversos grupos y hará que probéis la fuerza unos de otros». —Sura Al-Anam: 65
En el Noble Corán, las divisiones también han sido consideradas un pecado semejante a los delitos por los cuales Faraón fue maldecido y castigado por Alá:
اِنَّ فِرْعَونَ علاَ فى الارْضِِ وَجَعَلَ اهلها شِيَعًا – (القصص : 4)
«Faraón se llenó de orgullo y arrogancia en la tierra y dividió a sus habitantes en diversos grupos». —Sura Al-Qasas: 4
Luego dijo que Alá es el dueño de la tierra y que ha investido a la humanidad con la dignidad del califato en esta tierra. Ha sometido a los seres y bienes de toda la tierra al ser humano. Por tanto, no es necesario que el ser humano permanezca esclavizado a una región determinada. El vasto mundo se extiende ante él. Si un lugar se vuelve inaccesible o inhabitable para él, le resulta muy fácil trasladarse a otro sitio. Adondequiera que vaya, encontrará las infinitas e inagotables bendiciones de Alá.
Al crear al ser humano, Alá dijo:
اِنِّى جَاعلٌ فِى الارضِ خَليفةٌ ط – (البقرة: 30)
«Quiero enviar un califa a la Tierra». —Sura al-Baqara: 30
ألم تَرَ اَنَّ الله سخَّرلكم مَّا فِى الارضِ – (الحج: 65)
«¿Acaso no veis que Allah ha sometido a vuestro dominio todas las cosas del mundo?» —Sura al-Hajj: 65
أَلم تكن ارضُ الله وَاسعَةً فَتُهَاجِرُوا فِيْهَا ط – (النَّساء: 97)
«¿Acaso no era vasta la tierra de Allah? ¿No podíais emigrar de un lugar a otro?» —Sura an-Nisa: 97
وَمن يُّهَاجر فِى سبيل الله يَجِد فِى الارض مُرَغَمًا كَثِيْرًا وَّسَعَةً – (النِّساء: 100)
«Quien emigre por la causa de Allah encontrará en la tierra un espacio amplio y abundante bienestar». —Sura an-Nisa: 100
Lea todo el Corán: no encontrará en ninguna parte ni una sola palabra en apoyo del racismo de linaje, el tribalismo o el regionalismo; el Corán presentó el llamamiento islámico dirigiéndose a toda la humanidad. Invita a toda la humanidad sobre la faz de la tierra hacia el bienestar y la prosperidad. En este asunto, no se concedió ni el menor privilegio o superioridad a ninguna nación ni región; en todo el mundo, solo se estableció una relación especial con La Meca. Pero acerca de La Meca se dijo:
سَوَاءَنِ العَاكِفُ فِيْهِ وِالبَادِ ط – (الحج: 25)
“Los habitantes originales de La Meca y los musulmanes forasteros son completamente iguales allí. —Sura Al-Hayy: 25
Acerca de los politeístas, antiguos habitantes de La Meca, se dijo:
اِنَّمِا المُشْرِكون نَجَسٌ فَلاَ يَقربوا المَسْجد الحرَام بَعدَ عَامِهِم هَذَا ج- ( التَّوب: 28)
“Los politeístas son impuros; que después de este año no se acerquen siquiera a la Mezquita Sagrada, la Kaaba.” —Sura At-Tawba: 28
Del análisis claro expuesto anteriormente se ha demostrado que el localismo y el regionalismo han sido completamente extirpados del islam. Ahora todo musulmán puede decir: “Cada país es mi país, porque es el país de mi Dios.”
El conflicto entre el tribalismo y el islam
Desde los primeros tiempos del surgimiento del islam, la hostilidad y la discriminación basadas en el linaje, la tribu y el regionalismo se presentaron como los principales obstáculos en su camino.
La propia nación del Profeta Muhammad (s.a.s.) era la más adelantada en este aspecto. El orgullo del linaje y el sentimiento de superioridad tribal y personal se alzaron como una barrera infranqueable entre ellos y el islam. Decían:
لَوْ لاَ نُزِّلَ هذا القران على رَجُلٍ من القَرْيَتَيْنِ عَظِيْم – (زخرف: 31) «Si el Corán fuera realmente un Libro enviado por Dios, habría sido revelado a algún personaje principal de La Meca o Taif» —Sura az-Zujruf: 31
Abu Yahl pensaba que Muhammad (s.a.s.), al proclamarse profeta, no hacía más que acrecentar el prestigio de su propio linaje. Dijo:
«Entre nosotros y el clan de Abd Manaf había existido una antigua rivalidad. Competíamos con ellos en la caballería. También éramos sus iguales en cuanto a comida, hospitalidad y caridad. Ahora ha comenzado a decir que la revelación desciende sobre él. ¡Por Dios, jamás reconoceremos a Muhammad como veraz!»
Esto no era solamente la manera de pensar de Abu Yahl; era también el mayor error de todos los árabes politeístas. Por ello, todos los demás clanes de Quraysh comenzaron a enemistarse con los Banu Hashim. Por otro lado, los miembros de los Banu Hashim, movidos por esta hostilidad tribal, continuaron apoyando y ayudando al Profeta Muhammad (s.a.s.), aunque muchos de ellos todavía no habían aceptado el islam. Los Banu Hashim fueron sitiados en la «cueva de Abu Talib», y toda la tribu de Quraysh rompió por esa razón toda relación con ellos. Las familias musulmanas relativamente débiles, exasperadas por la dura opresión y la cruel persecución de Quraysh, se vieron obligadas a emigrar hacia Abisinia; mientras que quienes pertenecían a linajes más poderosos lograron sobrevivir, protegiéndose de algún modo de la injusticia y la opresión gracias al poder de sus propios linajes.
Los judíos de Arabia esperaban la aparición de un profeta, conforme a las profecías de los profetas del linaje de los hijos de Israel. Debido a las noticias que ellos mismos habían difundido, numerosos habitantes de Medina aceptaron el islam desde el comienzo de la predicación islámica del Noble Profeta (s.a.s.). Pero los propios judíos no pudieron creer en el Último Profeta únicamente por su sentimiento de superioridad genealógica. Su objeción era que el profeta recién llegado había nacido en el linaje de Ismael, en lugar de haber nacido en el linaje de Israel. Este sentimiento de superioridad los había confundido y trastornado hasta tal punto que establecieron alianzas con los politeístas en vez de con los monoteístas.
La situación de los cristianos de aquella región era similar. Ellos también esperaban al profeta que habría de venir. Pero creían que este profeta nacería en Siria. No estaban en absoluto dispuestos a reconocer a un profeta árabe. Cuando el mensaje del Noble Profeta (s.a.s.) llegó a Heraclio, este les dijo a los comerciantes de Quraysh: «Yo sabía que vendría otro profeta, pero no imaginaba que aparecería entre vuestro linaje».
Cuando el llamamiento del islam llegó a Muqawqis, el gobernante de Egipto, también dijo: «Sabía que aparecería otro profeta, pero creía que nacería en Siria».
Entre los pueblos no árabes de aquella época, este sentimiento de superioridad también se había manifestado con gran intensidad. Cuando la carta del Profeta (s.a.s.) llegó a Cosroes Parvez, ¿qué fue lo que lo enfureció? Dijo: «¡Un hombre perteneciente a una nación de esclavos se atreve a dirigirse al rey del mundo no árabe!». Consideraba a la nación árabe inferior y despreciable. No estaban en absoluto dispuestos a admitir que en una nación así pudiera nacer alguien capaz de convocar a la verdad.
A juicio de los judíos, enemigos del islam, despertar entre la gente la hostilidad entre grupos afines y el sentimiento de superioridad genealógica era un arma sumamente afilada que podía emplearse contra el islam. Para ello se aliaron con los hipócritas de Medina. En una ocasión, al recordar la batalla de Buaz, encendieron entre las dos tribus de los Ansar, Aus y Jazray, un fuego de odio, hostilidad y orgullo de tal magnitud que surgió una situación peligrosa, en la que las espadas afiladas de ambos grupos estuvieron a punto de salir de sus vainas y comenzar un combate abierto. A propósito de esto fue revelado el siguiente versículo:
يّايُّهَا الَّذينَ امَنُوا اِنْ تُطِعُوا فَرِيْقًا مِّنَ الَّذِيْنَ اُوْتُوا الكتَابَ يَرُدَّوكُم بَعْدَ اِيْمَانِكم كَافِرُوْنَ – (ال عمران: 100)
«¡Musulmanes! Si seguís a un grupo de la Gente del Libro, os harán volver de la fe a la incredulidad». —Sura Al Imrán: 100
Precisamente a causa de este sentimiento de superioridad basado en el linaje y la patria, los hipócritas de Medina ardían de rabia al ver que un profeta del linaje de Quraysh gobernaba en Medina y que los emigrantes se desplazaban libremente por los palmerales de los Ansar. El líder de los hipócritas, Abdullah ibn Ubayy, decía: «Estos desposeídos del linaje de Quraysh han venido a nuestro país y se han hinchado de orgullo. Son como perros criados con mimos; ahora han empezado a morder incluso a quien los alimenta». Dirigiéndose a los Ansar, dijo: «Vosotros mismos los habéis encumbrado, vosotros mismos les habéis dado refugio en vuestro país. Les habéis concedido una parte de vuestras riquezas y bienes. ¡Por Dios!, si hoy abandonáis vuestro apoyo y vuestra ayuda a estos, quedarán completamente indefensos». En el Noble Corán se respondió a estas palabras de la siguiente manera:
هُمُ الَّذِيْنَ يَقُلُونَ لاَ تُنْفِقُونَ على مِنْ عِنْدِ رَسُولِ الله حَتَّى يَنْفَضُّوا ط وَ لِلّه خَزَئِنُ السَّموات وَالارضِ وَلكنَّ المُنَافِقِيْنَ لاَ يَفْقَهُونَ – يَقُوْلُوْنَ لَئِنْ رَّجَعْنَا إلىَ المَدِيْنَةِ لَيُخْرِجَنَّ الاغَزُّ مِنْهَا الاَذَلَّ ط وَلِلَّهِ العِزِّةُ وَلِرَسُوْلِهِ وَلِلْمُةْمِنِيْنَ وَلَكِنَّ المُنافِقِيْنَ لاَ يَعلمون – (8-7)
«Ellos son quienes dicen: “No gastéis nada en favor de los compañeros del Mensajero de Dios, para que se dispersen”. Pero no comprenden que a Dios pertenecen los tesoros de los cielos y de la tierra. Dicen: “Si regresamos a Medina, el más honorable expulsará de ella al más despreciable”. Sin embargo, el honor pertenece en realidad a Dios, a Su Mensajero y a todos los creyentes, pero los hipócritas no saben absolutamente nada de esto». —Sura Al-Munafiqun: 7-8
La intensidad de semejante orgullo de linaje fue lo que impulsó a Abdullah bin Ubayy a acusar y difamar a la honorable Aisha. Y fue precisamente gracias al apoyo de los Jazrach que este enemigo de Allah y del Mensajero logró librarse del castigo por sus propias acciones.
La yihad del islam contra el orgullo de linaje y la hostilidad
De la discusión anterior ha quedado claro que, después del kufr y el shirk, el orgullo y la hostilidad basados en el linaje y el nacionalismo son los mayores enemigos del gran llamamiento y movimiento del islam. Por eso, durante sus veintitrés años de vida profética, el Último Profeta libró, después de combatir el kufr, la mayor yihad contra esta jahiliyyah del orgullo y la hostilidad, con el propósito de erradicarla para siempre. Basta abrir todos los libros de hadices y de historia de su vida para que la verdad de esta afirmación quede demostrada de manera indudable. Al reflexionar sobre cómo el Noble Profeta (s. a. w.) eliminó las diferencias entre las personas por su sangre, tierra, color, lengua y posición alta o baja, cómo derribó los anormales e inexpugnables muros de la discordia y la desigualdad entre los seres humanos, y cómo igualó y unificó a toda la humanidad en cuanto seres humanos, verdaderamente no hay límite para el asombro.
El Profeta (s. a. w.) dijo con voz resonante:
ليسَ مِنَّا مَنْ مَّاتَ على العَصَبِيَّةِ لَيْسَ مِنَّا الى دعى الى العَصَبِيَّةِ لَيْسَ مِنَّا قَاتَلَ على العَصَبِيَّةِ –
«Quien muere por orgullo de linaje y odio, quien llama a otros a ello y quien combate por ello no puede contarse entre mi ummah».
Él dijo:
لَيْسَ لاَحَدٍ فَضْلٌ على اَحَدٍ اِلاَّ بِدِيْنٍ وَتَفْوًى – النَّاسُ كُلُّهمْ بَنُوادَمَ وَاَدَمُ مِنْ تُرابٍ –
“No se puede conceder la menor superioridad de una persona sobre otra basándose en ningún criterio distinto de la piedad, la observancia religiosa y la religiosidad. Todos los seres humanos son hijos de Adán, y Adán fue creado de arcilla.”
Él hizo añicos las diferencias basadas en el linaje, la patria, la lengua y el color, diciendo:
لأ فَضْلَ لِعَرَبىٍّ عَلى عَجْمِىْ وَلاَ لِعَجَمِىْ عَلى عَرَبِىٍُّ كُلُّكُمْ اَبْنَاءُ اَدَمَ – (البخارى)
“El árabe no tiene superioridad sobre el no árabe, ni el no árabe tiene superioridad sobre el árabe. Todos sois hijos de Adán.”
لأ فَضْلَ لِعَرَبىٍّ عَلى عَجْمِىْ وَلاَ لِعَجَمِىْ عَلى عَرَبِىٍُّ وَلاَ لِاَبْيَضَ على اَسْوَدَ وَلأ لِاَسْوَدَ على ابيَضَ الاَّ بالتَّقوى – (زَادِ المَعَاد)
“El árabe no tiene ninguna distinción ni superioridad sobre el no árabe, ni el no árabe sobre el árabe; tampoco el blanco sobre el negro, ni el negro sobre el blanco. Esta distinción solo puede existir por el temor de Allah y la observancia religiosa.”
اِسْمَعُوْا وَاَطِعُوا وَلَوْ اُسْتُعْمِلَ عَلَيْكُمْ عَبْدٌ حَبشىٌّ كَانَ رَأسُهُ زَبِيْةٌ – (البخارى)
“Aunque se nombre como dirigente de vuestro Estado incluso a un esclavo abisinio cuyo cerebro tenga el tamaño de una pasa, escuchadlo y obedecedlo; rendidle plena obediencia.”
Después de la conquista de La Meca, cuando el poderío militar de los musulmanes hubo humillado las cabezas orgullosas e insolentes de los quraysh, el Honorable Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se puso de pie para pronunciar un discurso y declaró con voz atronadora:
اَلأَ كُلُّ مَا ثَرَةٍ اَوْ مَالٍ اَوْ يُدْعى فهوَ تَحتَ قَدَمِىِْ هَاتَيْنِ –
«Sabed que hoy, bajo mis dos pies, han sido aplastados todos los bienes del orgullo, la arrogancia, la vanagloria y el sentimiento de nobleza, así como todas las reclamaciones relacionadas con la sangre y las propiedades.»
يَا مِعْشَرِ قَرَيْشٍ اِنَّ اللهَ اَذهَبَ عَنْكم نُخْوَةَ الجَاهِلِيَّةِ وَتَعَظُّمَهَا الاَبَا –
«¡Oh, miembros de Quraysh! Dios ha extirpado toda la hostilidad, el odio, el orgullo y la arrogancia de vuestra época de ignorancia, así como la gloria y el sentimiento de superioridad heredados de vuestros antepasados.»اَيُّهَا النَّاسُ كُلُّكم من ادمَ وَادمُ من ترابٍ – لاَفَخْرَ للاَنْسَابِ لاَ فَخْرَ للعربىِّ على العجمىِّ ولاَ للعجمىِّ على العرَبِىِّ اِنَّ اكرمكم عِنْدَ اَللهِ اَتْقَأكُمْ –
«¡Oh, seres humanos! Todos sois hijos de Adán, y Adán fue creado de barro. No hay lugar alguno para la gloria basada en el linaje. El árabe no posee ninguna superioridad gloriosa sobre el no árabe, ni el no árabe sobre el árabe. El más piadoso y temeroso de Dios entre vosotros es también el más honrado de vosotros.»
Después de completar la adoración de Dios, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) presentaba ante Dios el testimonio y la sincera afirmación de tres cosas. Primero, que Dios no tiene asociado alguno. Segundo, que el Honorable Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) es siervo y Mensajero de Dios. Y tercero, que todos los siervos de Dios son hermanos por igual.
La base de la nacionalidad islámica
Así, Allah y Su Mensajero han reducido completamente a escombros los fundamentos limitados, materiales, perceptibles por los sentidos, mundanos y supersticiosos sobre los que se han levantado los edificios de las distintas nacionalidades del mundo. Debido a su ignorancia y extrema falta de conocimiento, los seres humanos habían dividido a la humanidad en fragmentos diversos y diminutos, basándose en las mencionadas diferencias y discriminaciones anticientíficas de raza, tribu, patria, lengua, economía y política; el Islam ha hecho añicos todas ellas con un golpe decisivo y, desde la perspectiva de la humanidad, ha considerado a todos los seres humanos iguales en categoría, dignidad y derechos.
Después de erradicar esta barbarie de la época de la ignorancia, el Islam presentó, sobre una base científica, un nuevo concepto de nacionalidad. En la nacionalidad islámica ciertamente se establece una diferencia entre unas personas y otras; pero no por ninguna causa material, mundana o externa, sino desde una perspectiva espiritual, moral y humanitaria. Se ha presentado ante la humanidad una ley natural de la verdad, cuyo nombre es Islam. Se ha invitado a toda la humanidad a la servidumbre y obediencia a Allah, a la pureza y autenticidad del corazón y la mente, y a la pureza, honestidad y observancia religiosa de las acciones. Después se ha dicho que quienes acepten esta invitación serán considerados una sola nación. Y quienes la rechacen pertenecerán a una nación completamente distinta. Es decir, una de las naciones de la humanidad es la nación de la fe y el Islam, y el conjunto de sus individuos forma una ummaوَكَذَالِكَ جَعَلناكم اُمَّةً وَّسَطًاy la otra es la nación de la incredulidad y el extravío. Sus seguidores, pese a sus diferencias de opinión y discriminaciones mutuas, son considerados un mismo grupo y pertenecientes a una misma nación.وَاللهُ لاَ يَهْدىِ القَومَ الكافِرِيْنَ
Entre estas dos naciones no existe diferencia alguna en cuanto a linaje y tribu. La diferencia reside en la creencia y las obras. Por tanto, incluso dos hijos del mismo padre pueden, debido a la mencionada diferencia entre el Islam y el kufr, ser considerados individuos separados y pertenecientes a dos naciones; y dos personas sin parentesco y desconocidas entre sí pueden pertenecer a una sola nación por haber abrazado el mismo Islam.
La diferencia de patria tampoco puede ser causa de separación entre estas dos naciones. Aquí la distinción se establece sobre la base de la verdad y la falsedad. Y la verdad y la falsedad no tienen patria. Dos personas de la misma ciudad, del mismo barrio e incluso de la misma casa pueden tener nacionalidades distintas debido a la diferencia entre el Islam y el kufr. Y un negro puede ser, por el vínculo del Islam, hermano de un marroquí.
La diferencia de raza tampoco es aquí causa de diferencia nacional. El color de la apariencia externa carece de importancia en el Islam; aquí solo tiene importancia el color de Allah, y ese es el color supremo, el más excelente.
صِبْغَةَ اللهُ ط وَمَنْ اَحسَنُ مِنَ اللهِ صِبْغَةًDesde la perspectiva del Islam, una persona blanca y una persona negra pueden ser consideradas miembros de una misma nación, y debido al kufr es perfectamente posible que dos personas blancas pertenezcan a dos naciones distintas.
La diferencia de lengua tampoco es causa de diferencia entre el Islam y el kufr. En el Islam la lengua hablada no tiene ningún valor; el valor corresponde a lo que el corazón comunica sin palabras. Pues esto se habla en todo el mundo y todos pueden comprenderlo. Desde esta perspectiva, un árabe y un africano pueden tener la misma lengua. Y la lengua de dos «árabes» también puede ser diferente.
La diferencia entre los sistemas económicos y políticos tampoco tiene absolutamente ninguna relevancia en cuanto a la distinción entre el Islam y el kufr. Aquí no existe ninguna controversia respecto a la riqueza y los bienes; la relación con la riqueza de la fe es la cuestión más importante. No el dominio del ser humano, sino la obediencia a Allah constituye la única base de los conflictos y luchas políticas aquí. Todos aquellos que apoyan y obedecen el gobierno divino, y quienes se han sacrificado a sí mismos, sus bienes y sus vidas por él, pertenecen a una sola nación, ya sean habitantes de Pakistán o de Turquestán. En cambio, quienes son enemigos del gobierno de Allah y han vendido sus vidas y bienes a Satanás pertenecen a una nación completamente distinta. No hay motivo alguno para suscitar controversia sobre el reino cuyos habitantes o súbditos sean, ni sobre el sistema económico bajo el cual vivan.
De este modo, el límite o frontera que el islam ha establecido para la nacionalidad no es algo perceptible por los sentidos, material ni mundano; es una frontera completamente científica. Dos personas de una misma casa pueden quedar separadas debido a esta frontera. En cambio, dos personas situadas en el extremo Oriente y el extremo Occidente pueden pertenecer a dicha frontera.
Aquí hay un texto escrito en urdu.
El centro de este círculo de la nacionalidad islámica es la profesión de fe: «No hay más divinidad que Allah; Muhammad es el Mensajero de Allah». Toda amistad y enemistad se determina sobre la base de esta profesión de fe. Su aceptación unifica a las personas, y su rechazo provoca entre ellas una separación definitiva. A quien esta profesión de fe separa, no puede unirlo ningún vínculo de sangre, tierra, lengua, raza, sustento, sistema de gobierno ni parentesco. Del mismo modo, nada puede separar a quienes esta profesión de fe une. Ninguna diferencia de lengua, tribu o raza, riqueza, propiedad o tierra puede establecer una frontera discriminatoria entre los musulmanes dentro de los límites del islam; nadie tiene ese derecho. Ya sea que el musulmán sea residente de China o de Marruecos, negro o blanco, de lengua hindi o árabe, semita o ario, ciudadano del mismo Estado o habitante de distintos Estados, todos pertenecen a la nación musulmana. Son miembros de la sociedad islámica, ciudadanos del Estado islámico, soldados del ejército islámico y custodios de la ley y las normas islámicas. Ninguna disposición de la sharía islámica establece la más mínima diferencia entre los musulmanes por razón de sexo, lengua o patria en ningún aspecto de la vida —adoración, transacciones mutuas, organización social, economía o política—, ni califica a nadie como superior o inferior a otro.
Principios islámicos de la organización y de Bipen
Sin embargo, sería un grave error sospechar que el islam ha negado por completo todas las relaciones humanas y prácticas. El islam ha ordenado a los musulmanes mantener los vínculos de parentesco y les ha prohibido expresamente romperlos. Ha insistido firmemente en obedecer a los padres y cumplir sus instrucciones. Ha establecido la herencia, conforme a la ley sucesoria, entre las personas unidas por vínculos de sangre, y ha reconocido a los parientes cercanos el primer derecho en materia de caridad. Ha ordenado proteger a la propia familia, el hogar y los bienes de los ataques del enemigo. Ha ordenado combatir al opresor, y quienes mueren en este tipo de guerras y conflictos han sido llamados mártires. Ha enseñado a mostrar, en todos los asuntos de la vida, compasión, buen trato, afecto y amor hacia toda persona, sin distinción de religión. No puede entenderse, ni puede demostrarse a partir de ninguna enseñanza del islam, que este haya prohibido esforzarse por servir y proteger al país y a la nación, o tratar con paz y cortesía a los vecinos no musulmanes.
La instrucción que el islam ha dado sobre mantener relaciones entre las personas no es más que la expresión coherente y natural de esas relaciones prácticas. Pero, ciertamente, existe una diferencia de principio entre el islam y el no islam en materia de nacionalidad. Esta diferencia también se hace claramente manifiesta en que los demás pueblos del mundo han fundado la nacionalidad sobre esas cosas materiales, mientras que el islam no la ha fundado sobre ninguna de ellas. Desde la perspectiva del islam, la relación de la fe es más importante y prioritaria que las relaciones materiales mencionadas. Incluso, si fuera necesario, hay que estar dispuesto a sacrificar toda otra clase de relación para preservar únicamente esta relación. La declaración del islam dice lo siguiente:
قَد كَانت لكم اُسْوَةٌ حَسَنَةٌ فىْ اِبْرَاهِيْمَ وَالَّذِيْنَ مَعَهُ ج اِذ قَالوُا لِقَوْمِهِم اِنَّا بُرِءَؤُا منكم وَ مِمَّا تعبدون من دُوْنِ اللهِ ز كَفَرْنَا بِكُمْ وَبَدَاْ بَيْنَنَا وَبَيْنَكم العَدَاوَةَ وَألبَغَضَاءُ اَبَدًا حَتَّى تَؤْمِنُوْا بِاللهِ وَحدَهُ – (الممتحنة: 4)
«En las acciones de Ibrahim y de sus compañeros tenéis un modelo digno de seguir. Ellos dijeron claramente a su pueblo, basado en la patria y el linaje: “No tenemos ninguna relación con vosotros ni con aquellos que habéis tomado como divinidades aparte de Allah. Rompemos toda relación con vosotros. Entre nosotros y vosotros ha comenzado una enemistad y un odio eternos, hasta que creáis en el Dios único”». —Sura Al-Mumtáhina: 4
El islam dijo:
لاَ تَتَّخذوا ابَاءَكم وَاِخوانكم اَوْ لياءَ اِنِ اِسْتَحَبُّوا الكُفرَ على الايْمَان ط وَمن يَتَوَلَّهم منكم فَاُلَــــئِك هُمُ الطَّلِمُوْنَ – (التَّوبة: 23)
«Aunque vuestros padres y hermanos prefieran y amen la incredulidad en lugar de creer en Allah, no los consideréis de los vuestros. Y quien de vosotros los tome como amigos será contado ciertamente entre los injustos». —Sura At-Tawba: 23
Además: اِنَّ مِنْ اَزواجكم وِاَوْلاَدكم عَدُوًّا لَّكم فاحذَرُوْهُمْ ج – (التَّغَابُنْ: 14)
«Entre vuestras esposas y vuestros hijos hay quienes son enemigos vuestros; así pues, guardaos de ellos». —Sura At-Tagabun: 14
La instrucción del islam es que, si surge una oposición y un conflicto entre vuestra religión, el islam, y vuestra patria, debéis abandonar la patria por la religión del islam. Quien, por amor a la religión, no pueda olvidar el amor a su patria y emigrar es un hipócrita; no podéis tener ninguna relación con él.
فَلاَ تَتَّخِذُوْا منهم اَوْلــياءَ حَتَّى يُهَاجِرُوا فى سَبِيْل اللهِ ط – (النســـاء: 89)
«No toméis como amigos a ninguno de ellos hasta que emigre por la causa de Allah». —Sura An-Nisa: 89
Por la diferencia entre el islam y el kufr, incluso se rompen los lazos de parentesco consanguíneo más estrechos. Los padres, los hermanos y los hijos quedan sin vínculo únicamente por oponerse al islam. Debido a la enemistad con Alá, se cortan las relaciones con las personas de la misma estirpe. Al comenzar la extrema hostilidad entre el kufr y el islam, hay que abandonar incluso la tierra natal con corazón resuelto. Esto significa claramente que el islam ocupa un lugar superior a todas las cosas y relaciones del mundo. Por causa del islam se puede sacrificar con suma facilidad todo cuanto existe en el mundo; pero el islam no puede abandonarse por ninguna cosa. También se observa una escena semejante y una disposición de ánimo semejante en el otro sentido. El islam une en un estrecho vínculo de fraternidad a personas que no tienen entre sí ninguna relación ni afinidad basada en elementos materiales como la sangre, la patria, la lengua o la raza; se convierten en «hermanos» unos de otros. En el Noble Corán se dice, dirigiéndose a todos los musulmanes:
وَاعتَصِمُوا بحبل اللهِ جَمِيْعَا وَّلاَ تَفَرَّقُوا ص وَاذكُرُوا نِعمِةَ اللهِ عليكم اِذ كنتم اعداءً فَالَّفَ بَيْنَ قُلُبِكم فَاصْبحتُم بِنِِعمته اِخْوَانَا ج وَكنتم على شَفَا حُفْرَةٍ مِّنَ النَّارِ فَانْقَذَكم مِنْهَا ط – (ال عِمران : 103)
«Aferraos todos juntos a la cuerda de Alá y no os dividáis. Recordad la gracia de Alá sobre vosotros: hubo un tiempo en que erais enemigos declarados unos de otros, pero Él suscitó el amor mutuo en vuestros corazones. Y, por medio de Su bendición —el islam—, quedasteis unidos por un vínculo de fraternidad. Estabais al borde de un profundo abismo de fuego ardiente debido a vuestro orgullo, vuestra envidia y vuestro rencor, y Alá os salvó de él». —Sura Al Imrán: 103
Se dice acerca de todas las clases de no musulmanes:
فَاِنْ تَابُوا وَاَقَامُوا الصَّلوة وَاَتُوا الزَّكوة فَاِخْوَانكم فى الدِّيْنِ ط – (التَّوبة : 11)
«Si abandonan el kufr, se arrepienten, establecen la oración y entregan el zakat, serán considerados vuestros hermanos en la religión». —Sura At-Tawba: 11
En cambio, al describir la identidad de los musulmanes, se dice:
مُحَمَّدُ الرَّسُولُ اللهِ ط وَالَّذِيْن َمَعَهُ اَشِدَّءُ على الكُفَّارِ رُحُمَاءُ بَيْنَهُم – (الفتح : 29)
“Muhammad (s.a.s.) es el Mensajero de Allah, y sus compañeros son firmes, inflexibles y fuertes como el acero ante los incrédulos, pero entre ellos están unidos por un vínculo estrecho de incomparable afecto y amor.” —Sura Al-Fath: 29
El noble Profeta (s.a.s.) dijo:
“Se me ha ordenado combatir a la gente hasta que den testimonio de que no hay ninguna divinidad excepto Allah y de que Muhammad (s.a.s.) es Su profeta; hasta que se vuelvan hacia nuestra quibla, estén dispuestos a comer los animales sacrificados por nosotros y realicen la oración como nosotros. Cuando hagan todo esto, sus vidas y bienes serán inviolables para nosotros. No obstante, seguirá abierta la posibilidad de intervenir contra ellos en aras de la verdad y la justicia. Sus derechos serán iguales a los derechos de los demás musulmanes, y sus deberes serán semejantes a los deberes de los demás musulmanes.” —Abu Dawud, Kitab al-Yihad.
No se trata únicamente de que sean iguales en derechos y deberes. En realidad, no hay posibilidad de establecer entre ellos ninguna diferencia o discriminación, en ningún aspecto. Junto con el hadiz citado anteriormente, también se ha mencionado lo siguiente:
المسلم للمسلمِ كالبنيانِ يَشُدُّ بَعضَهُ بَعْضًا –
“Entre los musulmanes existe una relación firme, semejante a la de una pared. Cada una de sus partes fortalece a la otra.”
مَثَلُ المُؤمِنِيْنَ فِىْ تَوَادِّهِمْ وَتَرَحُمِهم وَتَعَاطُفِهِمْ كَمَثَلِ الجَسَدِ الوَاحِدِ اِذَا اشْتَكَ منه عُضْوٌ تداعى له سائِرُ الجَسَد بالسَّهْرِ وَالحُمَّى –
“En cuanto al amor mutuo, el afecto y la ternura, la comunidad musulmana es semejante a un cuerpo completo. Cuando se siente dolor en uno de sus órganos, todo el cuerpo permanece insomne e intranquilo por ello.”
El Profeta, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, denominó «comunidad» a este «cuerpo» de la comunidad islámica. Dijo:
يَدُ اللهِ على الجماعة وَمنْ شَذَ شُذَ فِىْ النَّارِ-
«La mano de Dios está sobre la comunidad. Quien se aparte de la comunidad será arrojado al infierno».
مَنْ فَارَقَ الجمعة شِبرًا خلع رِقْبَةً الاِسْلامِ من عُنُقِهِ –
«Quien se separe y se aleje de la comunidad aunque sea la distancia de un palmo, es como si hubiera cortado la cuerda del islam de su propio cuello».
Pero esto no es todo; se ha llegado a decir:
مَنْ اَرَدَ اَنْ يُفَرِّقُ جَمَاعتَكم فَاقْتُلُوهُ –
«A quien pretenda provocar una división en vuestra comunidad, matadlo». Y مَنْ اَرَدَ اَنْ يُفَرِّقُ اَمرالاُمَّةِ وَهِىَ جَمِيعُ فَاضْرِبُهُ بالسُّيُفِ كَائنا من كان – (مسلم, كتاب الامارة) «A quien pretenda romper el firme vínculo de esta nación islámica, castigadlo con la espada, sea quien sea».
¿Cómo se formó la nacionalidad islámica??
Sobre la base del ideal islámico, no existía ninguna discriminación por sangre, tierra, raza o lengua. Salman de Persia era una figura célebre de esta nación. Cuando le preguntaban por su linaje, respondía: «Salman bin Islam»: el hijo de Islam, Islam. El hadhrat Alí (que Dios esté complacido con él) decía de él: «Salman es uno de nuestra casa». Bazán bin Sasán y su hijo Shahar bin Bazán también vivían en aquella sociedad. Eran descendientes de Bahramgur. El Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) nombró a Bazán gobernador del Yemen y a su hijo gobernador de Saná. El negro Bilal de Abisinia también era miembro de esta comunidad. El hadhrat Umar Faruq (que Dios esté complacido con él) decía de él: «Este es el esclavo de un líder y también nuestro líder». Suhaib de Roma también pertenecía a esta nación. El hadhrat Umar (que Dios esté complacido con él) lo designaba para dirigir la oración en su lugar. Respecto de Salim, el esclavo de Abu Hudhaifa, el hadhrat Umar dijo en el último momento de su vida: «Si Salim estuviera vivo todavía, propondría su nombre para ser el siguiente califa después de mí». Zayd bin Hariza era un esclavo, pero, como también pertenecía a la nación islámica, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) casó con él a su prima paterna, la Madre de los Creyentes, la hadhrat Zaynab. Usama, hijo de Zayd, también era miembro de esta comunidad: el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) lo nombró comandante del ejército, en el cual los ilustres compañeros del Profeta, como Abu Bakr, Umar Faruq y Abu Ubaida bin al-Yarrah, participaban como soldados rasos. Sobre este mismo Usama, el hadhrat Umar (que Dios esté complacido con él) le dijo a su hijo Abd Allah: «El padre de Usama era mejor que tu padre, y Usama es mejor que tú».
El ideal de los emigrantes
La nación, o comunidad, formada sobre el ideal islámico aplastó, bajo los golpes de la afilada espada del Islam, a todos los ídolos llamados linaje, patria, raza y lengua, así como los fundamentos de los odios y enemistades transmitidos desde tiempos inmemoriales. El Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) abandonó su tierra natal y emigró a Medina junto con sus compañeros. Esto no significa que el hadhrat (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y sus compañeros no sintieran apego ni afecto natural por su tierra natal. Al abandonar La Meca, dijo: «Oh, La Meca, eres para mí la más querida de todo el mundo. Pero ¿qué puedo hacer? Tus habitantes no me permitieron permanecer aquí». Cuando el hadhrat Bilal (que Dios esté complacido con él) enfermó después de llegar a Medina, recordó cierta cosa relacionada con una persona de La Meca. A pesar de ello, todos estos grandes hombres emigraron únicamente por el Islam, y por ello jamás surgió en sus corazones ningún resentimiento.
الاليت شعرى هل ابيتن ليلة * بفتح وحولى اذخرو جليل وهل اردن يوما مياه مجنة * وهل تبدو الى شامة وطفيل
La conducta de los Ansar
Por otro lado, los habitantes de Medina dieron una magnífica bienvenida al Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y a los demás emigrantes. Se sacrificaron generosamente por ellos, entregándoles incluso sus vidas y sus bienes. Por eso la hadhrat Aisha (que Dios esté complacido con ella) dijo: «Medina fue conquistada mediante el Corán». El Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) unió a los Ansar y a los emigrantes en un vínculo de hermandad mutua. Y ellos quedaron ligados por una hermandad tan profunda que durante mucho tiempo heredaron unos de otros. Después, Dios puso fin a esta práctica al revelar el siguiente versículo:وَاُولُو الارحام بَعضَهُم اَولى بِبَعضٍEn materia de herencia, los parientes de sangre tienen mayor derecho. Los Ansar dividieron por la mitad sus propias tierras y las distribuyeron entre sus hermanos emigrantes. Más tarde, cuando fueron conquistadas también las tierras de los Banu Nadir, los Ansar pidieron al Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) que entregara igualmente aquellas tierras a sus hermanos emigrantes. Alabando este sacrificio, Dios Todopoderoso declaró:وَيُؤثرونَ على اَنْفُسِهِم وَلو كان بِهِم خِصَاصةٌ –
«Aunque ellos mismos padezcan necesidad y aflicción, prefieren a los emigrantes antes que a sí mismos».
Hazrat Abdullah ibn Awf y Hazrat Sa’d ibn Rabi al-Ansari se unieron en un vínculo de hermandad. Entonces Hazrat Sa’d entregó a su hermano de fe la mitad de sus bienes y estuvo dispuesto a divorciarse de una de sus varias esposas para casarla con él. Cuando los emigrantes de la época del Noble Profeta comenzaron a ser nombrados califas sucesivamente, ningún habitante de Medina les dijo jamás: «Sois extranjeros; ¿qué derecho tenéis a gobernar en nuestro país?». El Noble Mensajero y Hazrat Umar al-Faruq habían concedido tierras a los emigrantes en las proximidades de Medina; sin embargo, ningún ansarí pronunció siquiera una sola palabra al respecto.
La ruptura de los vínculos mundanos para preservar los vínculos islámicos
Después, en las batallas de Badr y Uhud, los emigrantes de La Meca combatieron abiertamente y derramaron sangre contra sus propios parientes, por la religión del islam. Hazrat Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) llegó a golpear con la espada a su propio hijo, Abd al-Rahman; Hazrat Hudhayfa atacó a su propio padre, Abu Hudhayfa; Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) mató a su tío materno. El tío paterno del propio Noble Profeta, Abbas, su primo Aqil y su yerno Abu al-As fueron hechos prisioneros en la batalla de Badr y fueron tratados como prisioneros comunes. Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) propuso que todos los prisioneros de guerra fueran ejecutados y que cada hombre matara al pariente cercano que estuviera cautivo.
Durante la conquista de La Meca, el Noble Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) atacó a su propia tribu y a su patria natal con la ayuda de extranjeros sin parentesco. Hizo que otros decapitaran a sus propios compatriotas. Que un árabe atacara a su propia tribu acompañado de hombres ajenos a ella —y no para vengarse ni apoderarse de riquezas o propiedades, sino únicamente para establecer en la práctica una palabra— fue, en la historia de Arabia, un acontecimiento verdaderamente extraordinario e inaudito. Cuando estaban siendo asesinados los jóvenes malvados de la tribu de Quraysh, Abu Sufyan acudió y dijo: «¡Oh, Mensajero de Dios! Todos los jóvenes de Quraysh están siendo asesinados, y así desaparecerá hasta el último rastro de la tribu de Quraysh». Rahmatul-lil-Alamin (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) concedió seguridad a los habitantes de La Meca. Entonces los ansaríes pensaron que quizá Hazrat (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se había inclinado hacia su propio pueblo. Dijeron: «Hazrat (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) no es más que un ser humano; al final no pudo evitar proteger la nobleza de su propio linaje». Al enterarse de ello, el Noble Profeta reunió a los ansaríes y dijo: «El amor por mi linaje o por mi propia tribu no me ha atraído ni perturbado en lo más mínimo; soy siervo de Dios y Su Mensajero. Emigré por Dios y fui hasta vosotros. Ahora mi vida y mi muerte están ligadas a vosotros». Todo lo que el Noble Profeta dijo en aquella ocasión quedó demostrado por cada acto de su vida. Después de la conquista de La Meca, ya no subsistía ninguna de las razones por las que había emigrado de allí; sin embargo, aun así no permaneció en La Meca. Esto demuestra que el Noble Mensajero no atacó La Meca movido por ningún sentimiento patriótico ni vengativo, sino únicamente para difundir y establecer el gran mensaje de la verdad.
Más tarde, cuando fueron incautadas las riquezas de las tribus Hawazin y Saqif, volvió a repetirse un malentendido semejante. El Noble Profeta concedió una porción mayor del botín a los nuevos musulmanes de la tribu de Quraysh. Algunos jóvenes ansaríes sospecharon que aquello era favoritismo nacionalista. Un tanto enfadados y alterados, dijeron: «Que Dios perdone al Noble Mensajero; ha dado a los qurayshíes y nos ha privado a nosotros, aunque hasta ahora su sangre sigue goteando de nuestras espadas». Al oír esto, el Noble Profeta volvió a reunirlos y les dijo: «Les he dado más porque acaban de abrazar el islam. El único propósito es ganarse sus corazones. Ellos recibirán bienes mundanos, mientras que vosotros tendréis al Mensajero de Dios. ¿Acaso no os agrada este “reparto”?»
Durante la batalla contra Banu Mustaliq surgió una disputa entre un hombre de la tribu de Ghifar y otro de la tribu de Awf. El hombre de Ghifar abofeteó al hombre de Awf. La tribu de Awf llamó a los ansaríes para que acudieran en su ayuda contra los de Ghifar. Por su parte, la tribu de Ghifar pidió ayuda a los emigrantes para enfrentarse a ellos. Ambos bandos estuvieron a punto de desenvainar sus afiladas espadas. Al enterarse, el Noble Profeta mandó llamar a las dos partes y dijo: «¿Qué palabras de la época de la ignorancia han resonado hoy en vuestras bocas?». Ellos respondieron: «¿Un emigrante ha golpeado a un ansarí?». El Noble Profeta dijo: «Abandonad las palabras de aquella oscura y bárbara época; esto es algo sumamente detestable».
En esta batalla también participó Abdullah ibn Ubay, el célebre líder nacionalista de Medina. Al enterarse del incidente, dijo: «Estos, apenas llegaron a nuestro país, florecieron y prosperaron, y ahora se nos suben a la cabeza. Si, después de alimentar a un perro con comida nutritiva y hacerlo robusto y fuerte, este muerde precisamente a quien lo crió, esa situación puede compararse con nuestra situación actual. ¡Por Dios! Cuando regresemos a Medina, el grupo honrado y poderoso de entre nosotros expulsará de la ciudad al grupo débil y humillado».
Después, dirigiéndose a los ansaríes, dijo: «¿Y qué os pasa a vosotros? Vosotros mismos habéis dado acogida a esas personas en vuestro país y habéis compartido con ellos riquezas y bienes. ¡Por Dios! Si vosotros los abandonáis, se verán obligados a vivir alimentándose del aire». Cuando el Noble Profeta oyó estas palabras, llamó a Abdullah, hijo de Abdullah ibn Ubay, y le dijo: «Tu padre está diciendo esto». Abdullah amaba muchísimo a su padre y se enorgullecía de que ningún hijo de la tribu de Khazraj amara tanto a su padre. Pero, al oír aquello, dijo: «¡Oh, Mensajero de Dios! Si me lo ordenáis, traeré ahora mismo su cabeza». Sin embargo, el Noble Profeta respondió negativamente. Después de regresar de la batalla a Medina, Hazrat Abdullah levantó la espada contra su padre y dijo: «Sin el permiso del Hazrat, no podrás entrar en Medina. ¿No has dicho que el grupo honrado de entre nosotros expulsará de Medina a los humillados? Debes saber, pues, que todo honor está reservado únicamente a Dios y a Su Mensajero». Al oír esto, Ibn Ubay gritó: «¡Oh, gente de Khazraj, escuchad! Ahora mi propio hijo no me permite entrar en mi casa». La gente acudió y trató de convencer a Hazrat Abdullah. Pero él dijo: «Hasta que no llegue el permiso del Hazrat, no le permitiré entrar en Medina bajo ninguna circunstancia». Finalmente, cuando llegó el permiso del Hazrat, Hazrat Abdullah envainó la espada al enterarse y dijo: «Puesto que el Noble Profeta ha dado su permiso, no tengo ninguna objeción».
Cuando se atacó a Banu Qaynuqa, Hazrat Ubadah ibn al-Samit fue designado árbitro para resolver el asunto en cuestión. Decidió expulsar de Medina a toda la tribu. Ellos estaban aliados mediante un pacto con los Jazray, la tribu de Hazrat Ubadah. Sin embargo, él no mostró la menor consideración por ello. Del mismo modo, en el caso de Banu Qurayza, el líder de los Aws, Hazrat Sa’d ibn Mu’adh, fue designado juez. Decidió que todos los hombres de Banu Qurayza fueran ejecutados, que las mujeres y los niños fueran tomados cautivos y que sus bienes fueran considerados botín. En este asunto, no prestó la menor atención al antiguo tratado de paz entre los Aws y Banu Qurayza. Sin embargo, es universalmente sabido que en Arabia los pactos mutuos gozaban de una importancia extraordinaria. Además, durante cientos de años habían vivido junto a los ansar y en el mismo país. Pero todo ello resultó inútil.
La esencia fundamental de la formación de la nación islámica
De estas pruebas y datos históricos se hace evidente la verdad de que, para establecer los fundamentos de la nacionalidad islámica, el linaje, la tribu, la lengua y el color no tienen la menor importancia. El constructor que edificó este «palacio» concibió un plan completamente novedoso y incomparable. Examinó minuciosamente la «materia prima» de toda la humanidad. Seleccionó y reunió los mejores y más excelentes materiales que pudo encontrar. Puesto que la fe y las buenas obras eran firmes y perfectas, integró estos diversos elementos y edificó el palacio de esta nacionalidad, extendido por todo el mundo y por la totalidad de la creación. La estabilidad y permanencia de este vasto y grandioso palacio dependen por completo de una sola cosa: que sus diversas «partes», en cuanto a su forma original y su ubicación, olviden su propia identidad particular, acepten y recuerden únicamente la «esencia» en un solo color, y, olvidando sus distintos colores, se adornen con un solo color. Sin importar el lugar ni la tierra, todos saldrán del mismo «centro de salvación» y llegarán al mismo «destino de la verdad». Este muro, construido como si se hubiera vertido plomo, es la esencia de la unidad nacional. Si esta unidad se desmorona, si en los elementos fundamentales de la nación despierta con intensidad el sentimiento de que sus linajes originales son distintos, de que sus patrias y lugares de residencia son diferentes y de que sus intereses mundanos son mutuamente opuestos, entonces será inevitable que aparezcan grietas en los muros de este edificio, que sus cimientos se quiebren y que todos sus elementos fundamentales se desgarren y dispersen. Del mismo modo que no pueden construirse muchos Estados dentro de un mismo Estado, tampoco puede haber más de una nacionalidad dentro de una misma nacionalidad. Es absolutamente imposible reunir dentro de la nacionalidad islámica nacionalidades basadas en el linaje, la tribu, la patria, la lengua y el color. Entre estas dos nacionalidades solo una puede perdurar, y no más.
Por tanto, quien sea un musulmán verdadero y haya decidido firmemente permanecer y vivir como musulmán debe considerar nulos todos los sentimientos propios de las demás nacionalidades del mundo, y debe romper y negar toda clase de vínculos y relaciones basados en la tierra y la sangre. Pero si, aun así, alguien desea conservar intactos esos vínculos, tal como eran antes, no puede haber ninguna duda de que el islam no ha entrado en su corazón, su mente ni su intelecto. En realidad, una ignorancia extrema domina la mente y el entendimiento de semejante persona. Por consiguiente, aunque no sea hoy, mañana abandonará sin duda el islam, y el islam también lo abandonará; de ello no cabe ninguna duda.
El consejo del último Profeta
La mayor preocupación del Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) durante la última etapa de su vida era que la antigua hostilidad y el orgullo de la época de la ignorancia volvieran a levantar la cabeza entre los musulmanes y que, a causa de ello, los cimientos del palacio nacional del islam quedaran completamente destruidos. Por eso decía repetidamente:
لاَ تُرجِعُوا بَعدى كُفَّارًا يَضْرِبُ بعضكم رشقاب بعضٍ – (بخارى؛ كتاب الفتن)
«Después de mí, no volváis a caer en la incredulidad, pues como consecuencia de ello no os dispongáis a mataros unos a otros.»
El Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), con motivo de la Peregrinación de Despedida, su último Hayy, pronunció un discurso ante una gran asamblea musulmana en la llanura de Arafat y dijo:
«Sabed que todo lo perteneciente a la época de la ignorancia yace bajo mis dos pies. No se ha concedido ninguna superioridad al árabe sobre el no árabe, ni al no árabe sobre el árabe. Todos sois hijos de Adán, y Adán fue creado de barro. El musulmán es hermano del musulmán; los musulmanes son hermanos entre sí. Todas las doctrinas de la época de la ignorancia han sido abolidas. Ahora, vuestra sangre, vuestro honor y vuestros bienes son igualmente inviolables para los demás, tal como este día del Hayy, este mes y esta ciudad son sagrados e inviolables para vosotros.»
Después, al llegar al lugar llamado Mina, volvió a pronunciar este discurso con un lenguaje aún más enfático. Entonces dijo también:
«Escuchad: después de mí, no volváis a desviaros ni os entreguéis a mataros unos a otros. Muy pronto os encontraréis con vuestro Señor, y entonces se os pedirá cuenta de todas vuestras acciones.»
«Sabed que, aunque se nombre como vuestro gobernante a un negro de nariz chata, si os gobierna conforme a la ley de Allah, debéis escucharle y obedecerle.»
Dicho esto, preguntó a la multitud congregada: «¿He transmitido este mensaje?». La multitud respondió: «Sí, oh Mensajero de Allah». Entonces el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «¡Oh Allah, sé testigo!». También dijo a la gente reunida: «Que los presentes transmitan mi mensaje a los ausentes».
Al regresar del Hayy, se presentó ante las tumbas de quienes habían sido martirizados en la batalla de Uhud y dijo: «No temo que, después de mí, os entreguéis al politeísmo. Pero sí es motivo de preocupación que os entreguéis a la codicia por este mundo. No empecéis a luchar unos contra otros; si lo hacéis, seréis destruidos, tal como fueron destruidas las naciones antiguas.»
El mayor peligro para el islam
El peligro cuya aparición había advertido el más grande de los seres humanos ha demostrado ser, en realidad, sumamente dañino y grave. Todos los peligros devastadores que, desde la edad de oro del islam hasta hoy, han recaído sobre el islam y los musulmanes han sido posibles por esta causa. Apenas habían transcurrido unos años desde el fallecimiento del Noble Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) cuando la fitna de la envidia y la exaltada arrogancia de la tribu omeya contra la autoridad estatal de la dinastía hachemí comenzó a levantar la cabeza, y ellos redujeron para siempre a ruinas la verdadera política y el sistema de gobierno del islam. Después volvió a manifestarse en forma de hostilidad étnica entre árabes, persas y turcos, y destruyó la unidad política del islam. Más tarde, la influencia intensa de esta fitna también estuvo en la raíz de la destrucción de los «Estados musulmanes» que se habían establecido en diversos países. Pero esta fitna destruyó asimismo aquellos dos Estados. En la India, el conflicto y la discriminación entre mogoles e indios pulverizaron los cimientos del Estado mogol, y el Estado turco fue destruido por las diferencias y disputas mutuas entre turcos, árabes y kurdos.
Lean la historia completa del islam: allí donde se encuentre un Estado poderoso, verán que en sus cimientos se produjo una confluencia de tres corrientes de sangre pertenecientes a innumerables linajes y pueblos diversos, sin distinción de raza, color o país; sus gobernantes, comandantes militares, escritores, pensadores y guerreros procedían todos de pueblos diferentes. Verán a iraquíes empleados en África, a sirios en Irán y a afganos en la India —y a indios en Pakistán— en tareas beneficiosas para el Estado musulmán, con gran valor, lealtad, honestidad e intrepidez. Y este servicio suyo no era un servicio extranjero ni de política exterior: lo realizaban enteramente como si se tratara de su propio país. Los Estados musulmanes no dependieron por completo de ningún país, tribu o pueblo particular para reclutar a sus valientes administradores y dirigentes. Allí donde se encontraba una mente talentosa y una mano fuerte, hábil y experta, los reunían. Consideraban cada Dar al-Islam como su propio país y su propio hogar. Pero cuando surgió la fitna devastadora de la arrogancia, el egoísmo y la hostilidad étnica, comenzaron a encender entre sí el fuego de la envidia y el odio. Se extendieron las facciones, las luchas internas y las intrigas tortuosas. La fuerza que antes se empleaba contra los enemigos apareció ahora como un arma afilada contra ellos mismos. Estalló una guerra civil total entre los musulmanes, y las grandes potencias musulmanas fueron borradas de la faz de la tierra.
La imitación ciega de Occidente
Tras aprender de las naciones occidentales actuales e imitarlas ciegamente, los musulmanes de todos los países del mundo han comenzado a ensalzar el tribalismo de linaje y la devoción a la patria. Hoy los árabes se enorgullecen del nacionalismo árabe, y los egipcios recuerdan al antiguo tirano faraón como un héroe nacional. Los turcos, exaltados por el turquismo, sienten una profunda y estrechísima afinidad con los célebres personajes históricos Gengis y Hulagu Kan. Los iraníes están hoy desorientados por la intensidad de su orgullo iranio. Según ellos, fue gracias al imperialismo árabe que hombres como Husayn y Alí (que Dios esté complacido con ambos) pudieron convertirse en héroes nacionales; de lo contrario, Rustam y Esfandiyar serían en realidad las verdaderas figuras memorables de su nación. Incluso en la India anterior a la partición, muchos musulmanes se consideraban parte de la nacionalidad india; muchas personas rompieron toda relación con el Zamzam de Arabia y establecieron su vínculo nacional con el agua del Ganges. Consideraron a Bhima y Arjuna «héroes» nacionales. Pero ¿cuál es la causa de esto? La única causa de esta situación grave es que esos ignorantes y necios, del mismo modo que no pudieron comprender en absoluto su propia civilización, tampoco comprendieron la civilización occidental. No llegaron a conocer sus principios fundamentales ni sus verdades profundas. Como tienen una visión extremadamente superficial, se dejan fascinar por las imágenes externas, brillantes y cautivadoras, y enloquecen por ellas. No pueden comprender siquiera que lo que para el nacionalismo occidental es un néctar vivificante, para el nacionalismo islámico es un veneno mortal. El nacionalismo occidental se basa en la unidad de linaje, país, lengua y raza. Por ello, quien no pertenece a la misma nación, no desciende del mismo linaje ni habla la misma lengua —aunque se encuentre a apenas un kilómetro de su frontera— está obligado a romper toda clase de relaciones con él y a no mantener ningún vínculo. En ese sistema, los miembros de una nación no pueden ser verdaderos y sinceros amigos de los miembros de otra; un habitante de un país no puede ser un verdadero servidor de otro país. Una nación no puede confiar ni siquiera un poco en un individuo de otra nación, hasta el punto de creer que este pueda dejar de lado los intereses de su propio pueblo y considerar superiores los intereses ajenos. Pero la nacionalidad islámica es completamente distinta de esto. En lugar del linaje, la tribu y la patria, la nacionalidad islámica se basa en la ideología, la fe y los mandamientos de la acción. Todos los musulmanes del mundo, por encima de toda discriminación étnica, pueden compartir mutuamente sus alegrías y tristezas y ser colaboradores y compañeros de trabajo. Un musulmán indio —o bangladesí— puede ser amigo y leal a Egipto tanto como puede serlo respecto a la defensa de Siria. Por eso decía que entre los musulmanes de un país y los musulmanes de otro no existe ninguna diferencia geográfica ni de linaje o tribu. En este asunto, los principios fundamentales del islam y las normas de los países occidentales son opuestos entre sí. Lo que para esos países es causa de fuerza provoca fractura y desastre para el islam. Por el contrario, lo que da vida al islam es para el nacionalismo occidental un veneno mortal. El poeta Iqbal expresó esta verdad de manera admirable: (Aquí aparecen varias líneas en urdu).
Algunas personas creen que, incluso después de que despierte el sentimiento de nacionalismo patriótico o de nacionalismo basado en el linaje y la tribu, el vínculo de la nacionalidad islámica puede seguir uniendo profundamente a los musulmanes. Para ello se engañan diciéndose que estas dos formas de nacionalismo pueden coexistir. Que uno no puede causar el menor daño al otro. Más aún, que podemos obtener beneficios ilimitados de ambos tipos de nacionalismo. Pero no cabe la menor duda de que esto es sencillamente el resultado inevitable de la extrema necedad y la falta de entendimiento. Así como dos mentes no pueden ocupar un mismo cuerpo, tampoco es posible armonizar en una misma mente dos corrientes de pensamiento nacionalistas contradictorias y enfrentadas. El sentimiento nacional traza inevitablemente una línea divisoria entre «los nuestros» y «los otros». Bajo la influencia inevitable e irresistible de la nacionalidad islámica, un musulmán se verá obligado a considerar suyo al musulmán y «otro» al no musulmán. Por otra parte, como consecuencia natural del sentimiento nacionalista patriótico o basado en el linaje, considerará necesariamente suyos a todos los habitantes de su país y a todos los miembros de su propio linaje o tribu, y ajenos a los habitantes de otro país o a los miembros de otro linaje. ¿Puede alguna persona sensata demostrar que ambas corrientes de pensamiento, ambos tipos de sentimiento, pueden armonizarse en un mismo lugar? ¿Cómo podría ser posible considerar propio y «ajeno» al mismo tiempo al no musulmán de su país, y considerar distante y cercano a la vez al musulmán extranjero?
هَل يَجتَمِعًا مَعًا ؟ ألَيْسَ مِنْكُم رَجُلٌ رَشِيْدٌ ؟
Por lo tanto, hay que comprender claramente que el surgimiento entre los musulmanes del sentimiento de ser indios, turcos, afganos, árabes, iraníes, pakistaníes, bangladesíes, etc., es extremadamente perjudicial y peligroso para la conciencia de la nacionalidad islámica y el sentido de unidad islámica. Esto no es únicamente resultado de una corriente de pensamiento científico; también se ha observado reiteradamente en la práctica. Cuando entre los musulmanes ha surgido la hostilidad y el odio de la nacionalidad regional o de linaje, los musulmanes han degollado a otros musulmanes, yلاَ تَرجعوا بعدى كَفَّارًا يَضْرِبُ بعضكم رِقاَبَ بَعْضٍ «No os convirtáis en incrédulos después de mí, comenzando a degollaros unos a otros». Así hicieron realidad la advertencia del Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Por consiguiente, si se ha de promover alguna otra forma de nacionalidad —geográfica, tribal o lingüística— dejando de lado la nacionalidad islámica, debe hacerse con pleno conocimiento y comprensión; es necesario saber que la doctrina de tal nacionalidad es completamente contraria a la nacionalidad predicada por el último Profeta, Hazrat Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
No sirve de nada engañarse a uno mismo en este asunto, ni desorientar a otras personas mediante el engaño y la confusión. (Fecha de redacción: Tarjumanul Qur’an, noviembre-diciembre de 1933).
El mensaje de unidad del islam
(Es un discurso del autor)
Es imposible expresar con palabras cuán hermosa y conmovedora es la escena del lugar donde el pueblo musulmán se reúne, congregándose por ser obediente a las órdenes de un solo Allah y pertenecer a la comunidad de un solo Mensajero. El propio Allah Todopoderoso también aprecia mucho este tipo de escena:
اِنَّ اللهَ يُحِبُّ الَّذِيْنَ يقاتلون فى سبيله صَفُّا كانَّهُم بُنْيَانٌ مَّرْصُوْصٌ – (الصَّف: 4)
«Allah ama a quienes combaten por Su causa formando filas firmes, como un muro de plomo sólidamente construido». —Sura As-Saff: 4
El amor de Allah no se limita a formar filas para la guerra; también se puede obtener el amor de Allah formando filas para adorarle en la salat. Por eso Allah, Exaltado sea, ha ordenado con palabras claras:
اذا نُودى للصَّلوة من يَّومِ الجُمُعَةِ فاسعَوا الى ذِكْرِ اللهِ وَذَرُوا البَيْعَ ط – (الجمعة: 9)
«Cuando se anuncie la salat del viernes, apresuraos al recuerdo de Allah y abandonad vuestras actividades y la compraventa». —Sura Al-Yumu’a: 9
No termina ahí: no cabe duda de que la cohesión indivisible de los musulmanes, existente desde el Lejano Oriente hasta las fronteras de Occidente, es también una clara manifestación de la inmensa gracia de Allah.
El propio Allah, Exaltado sea, ha dicho:وَاذكُرُوا نِعمِةَ اللهِ عليكم اِذ كنتم اعداءً فَالَّفَ بَيْنَ قُلُبِكم فَاصْبحتُم بِنِِعمته اِخْوَانَا ج وَكنتم على شَفَا حُفْرَةٍ مِّنَ النَّارِ فَانْقَذَكم مِنْهَا ط – (ال عِمران: 103)
«Recordad la inmensa gracia de Allah sobre vosotros: cuando estabais entregados a la enemistad mutua, Allah creó amor entre vuestros corazones y, por Su gracia, os convertisteis en hermanos. En realidad, estabais al borde de un abismo de fuego, y Él os salvó de él». —Sura Alí Imrán: 103
Es un asunto que merece especial reflexión: ¿cómo se puede formar a los musulmanes como una entidad indivisible, semejante a una muralla sólida? La identidad de cada musulmán es completamente individual. Cada uno tiene un cuerpo distinto y una vida y un espíritu propios. Tampoco existe semejanza entre ellos en cuanto a su naturaleza y disposición innatas. Sus formas de pensar y mentalidades son diferentes entre sí. Sin embargo, pese a esta diversidad, un único vínculo ha acercado a los individuos musulmanes y los ha unido en un lazo profundo. Este vínculo los reúne a veces en la mezquita, donde pequeños y grandes, ricos y pobres, permanecen alineados en la misma fila. Ese mismo vínculo reúne en ocasiones a los musulmanes en el campo de batalla, donde se encuentran para esforzarse y luchar por alcanzar un único objetivo fundamental y una finalidad central. Gracias a este vínculo, pueden establecerse relaciones matrimoniales entre ellos. Por su causa, los musulmanes se vuelven afectuosos y compasivos unos con otros, y él es precisamente lo que les confiere una posición completamente distinta de la de las demás naciones. Pero no es una cosa material ni perceptible por los sentidos; en realidad, no es más que una «palabra» (kalima). Puesto que esta palabra enlaza a innumerables personas en un mismo hilo, la he denominado palabra de unión.
Es obvio que aquí «palabra» no se refiere simplemente a un conjunto de vocablos. Lo que importa es su significado y su sentido subyacente. Cuando una doctrina o una forma de pensar se manifiesta revestida con el ropaje de las palabras, también se la denomina palabra. Por eso, el pensamiento o doctrina que enlaza a innumerables personas en un mismo hilo y las convierte en una nación puede llamarse palabra de unión. La idea sobre cuya base se ha formado a las personas de origen turco como una sola nación también es una palabra de unión; asimismo, el pensamiento o ideología que trabaja para unir a los habitantes de Austria y Alemania es otra palabra de unión. Todas las ideas y doctrinas que trabajan para convertir en «una nación» a quienes hablan una misma lengua, a quienes proceden de un mismo linaje o tribu, o a los habitantes de un mismo país, son sin duda palabras de unión. Pero estas palabras de unión son sumamente limitadas: ríos, mares, montañas, lenguas, tribus y otros obstáculos han confinado cada una de ellas dentro de límites muy estrechos. Puesto que ninguna de ellas puede crear la unión de toda la humanidad, ninguna puede ser la palabra de unión de todo el mundo.
En realidad, ninguna de las mencionadas consignas de unión puede unir a los musulmanes. Los musulmanes no se unen entre sí simplemente por ser habitantes de un mismo país. Tampoco se convierten en hermanos por hablar una determinada lengua. La mera unidad de sangre tampoco los transforma en una sólida muralla. La unidad de intereses políticos o económicos tampoco los ha convertido en una sola nación. Un árabe de habla árabe y un afgano de habla pastún pertenecen igualmente a la misma sociedad musulmana; no están separados. Si un negro de Abisinia y un europeo de Polonia pertenecen a la sociedad islámica, nadie puede expulsarlos de ella. Esto demuestra claramente que aquello que los musulmanes consideran la «consigna de unión» no puede quedar limitado en ningún lugar por montañas, ríos, mares, linaje, tribu, lengua o intereses económicos; y que la única «consigna» capaz de reunir y unir a toda la humanidad del mundo en un mismo «centro de unión» puede ser aceptada por los musulmanes como la única «consigna de unión». Ningún objeto terrenal o material puede obstaculizar la expansión y el alcance universal de esta «consigna de unión». Ante ella, todas las personas —negras, blancas, amarillas o morenas, orientales u occidentales— poseen exactamente la misma dignidad. La amplitud inherente a la consigna de los musulmanes no tiene límite alguno; puesto que puede reunir a todos los seres humanos del mundo en un solo centro de unión, en realidad esta es la verdadera consigna de unión. Si se la examina desde la perspectiva idealista del islam, quedará demostrado sin duda que no existe en la tierra ninguna otra consigna dotada de una grandeza y una amplitud tan infinitas como la consigna de unión de los musulmanes.
Para aclarar esta cuestión, puede presentarse ahora el ejemplo de un gran palacio, cuyos sólidos muros y columnas erguidas poseen cada uno una identidad propia. Por otro lado, su techo y su suelo también son completamente distintos. Innumerables objetos y materiales han establecido entre ellos diferencias y desigualdades. Sin embargo, una cosa los ha integrado plenamente a todos: cada uno de los objetos mencionados no es más que una parte diferente del mismo palacio. Fueron construidos para alcanzar un mismo propósito y el palacio fue edificado conforme al diseño bien planificado de un ingeniero. Por tanto, este único elemento puede reunir, conectar y organizar esos innumerables objetos diferentes. Todos los demás elementos, en cambio, son fundamento de división y desigualdad. Del mismo modo, si las numerosas naciones del mundo, de distintas razas, lenguas, tribus y patrias, desean convertirse en «una sola nación», solo puede haber un medio: que todas crean y tengan una fe indudable en Allah, Creador del universo, en Sus ángeles, Sus libros, Sus nobles profetas enviados y la obligación de rendir cuentas ante ese Allah.
Analicemos de nuevo, aunque sea brevemente, el ejemplo de aquella pared. En realidad, su color es blanco; una persona que padezca ictericia puede llamarla verde, o, usando unas gafas de cualquier otro color, puede describirla como de ese color. O alguien, llevado por la obstinación, puede decir incluso que es negra o azul. Así, ignorando su color verdadero, se puede proclamar ante el mundo que es de cualquier color. Pero todas esas proclamaciones y afirmaciones serían completamente falsas; los observadores del mundo, colectivamente, jamás las reconocerían ni las respaldarían. Porque nunca puede establecerse la unidad sobre la base de la mentira; la unidad y la solidaridad solo pueden fundarse en la verdad y la honestidad. Por tanto, toda la humanidad reconocerá unánimemente el color blanco de esa pared. Lo mismo puede decirse de las concepciones sobre el Creador y Sustentador del universo; y así ha ocurrido. Se ha dicho que Dios es dos, tres o que Dios se ha dividido en millones de seres. Aunque en la sociedad humana circulan muchas concepciones semejantes, todos atestiguan unánimemente que solo hay un Creador del universo. Por tanto, siguiendo el ejemplo anterior, la unión y la unidad de la humanidad solo pueden basarse en esta única afirmación, en este único mensaje. Todas las demás palabras, concepciones, doctrinas y mensajes son disgregadores y generadores de división; ninguno de ellos tiene capacidad para crear unión, unidad y solidaridad. También existen diversas concepciones acerca de los ángeles. Algunos los han considerado divinidades, otros intercesores y otros han sostenido que son partícipes de las obras divinas. Entre todas esas afirmaciones y concepciones, la única concepción verdadera es considerar a los ángeles servidores de Allah, una nación absolutamente obediente y sumisa a las órdenes de Allah. La unidad en el mundo solo puede establecerse sobre la base de esta creencia verdadera. No cabe duda de que todas las demás concepciones y creencias generan división.
Lo mismo es cierto respecto de los nobles profetas y los libros enviados por Allah al mundo. Cada nación puede proclamar su independencia con su propio «líder» nacional y su propio libro religioso nacional, y puede afirmar que su propio líder es veraz y que el otro líder es falso. Pero tales afirmaciones diversas no pueden reunir a las naciones del mundo en un mismo centro. El mensaje fundamental para unir a todas las naciones y formar una sola nación solo puede ser este: todos los profetas y mensajeros que Allah ha enviado en distintas épocas a diferentes pueblos son veraces; y todos los libros que Allah ha revelado a la humanidad son verdaderos y enseñan la verdad.
También pueden sostenerse distintas concepciones acerca de la disolución del universo y el fin de la humanidad. Pero la mente orientada hacia la verdad solo puede aceptar esto: un día toda la humanidad deberá comparecer ante el Creador para el «juicio final» y presentar una cuenta minuciosa de sus obras a lo largo de la vida.
Por tanto, la unidad y la solidaridad universales solo pueden establecerse sobre la base de la palabra y la creencia definitivas. No cabe duda de que todas las demás opiniones y caminos son erróneos; todos generan separación y división. En realidad, creer sin la menor duda en estas cinco cuestiones es lo que se denomina la «consigna de unión:
امَنَ الرَّسُزْلُ بِمَا اُنْزِلَ اليه من رَّبِّهِ والمؤمِنُونَ ط كُلٌّ اَمَنَ بالله والملائكــتِهِ وَكتبهِ وَرُسُولهِ قف لاَ نُفَرِّقُ بَيْنَ اَحَدٍ مِّن رُّسُلِهِ ط وَقَالُوا سمعنا وِاطَعنا غُفرانَكَ رَبَّنَا وَاِلَيْكَ المَصِيْرُ – (البقرة: 285)
«El Mensajero ha creído en lo que le fue revelado por su Señor, y también los creyentes han creído en ello. Todos han creído en Allah, en Sus ángeles, en Sus libros y en Sus profetas, y han dicho: “No hacemos distinción alguna entre Sus profetas. Hemos oído y obedecemos. ¡Oh Allah! Te pedimos perdón; a Ti hemos de regresar todos”». —Sura Al-Báqara: 285
Estas cinco verdades fundamentales fueron reveladas por Allah. El Mensajero de Allah las proclamó ante la humanidad. Por ello, la exposición detallada de estos asuntos fue condensada en una sola kalima: «La ilaha illallah, Muhammadur Rasulullah». Reconocer, junto con la unicidad de Allah, la profecía de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) significa que quien recita esta kalima ha creído en toda la verdad proclamada por el Profeta. …… Esta kalima ha sido descrita como algo sumamente pesado y grandioso:
اِنَّا سَنُلقِىْ عَلَيْكَ قَوْلاً ثَقِيْلاَ – (المزمل : 5)
«Te revelaremos una palabra difícil de soportar». —Sura Al-Muzzammil: 5
Este mensaje no es insignificante como una hoja suelta o un trozo de papel que una ráfaga de viento pueda llevarse; algo sin estabilidad, capaz de cambiar ante el poderoso impacto de cada nuevo descubrimiento y perspectiva. En verdad, la kalima tayyiba no es un mensaje de esa naturaleza. Es, en realidad, grande, solemne y firme como una montaña. Ningún golpe de tormenta o tempestad, ni siquiera un diluvio devastador, puede hacerla tambalearse lo más mínimo. Sobre esta revolucionaria «palabra de unión», firme e inconmovible, se ha dicho en el Noble Corán:
الم تر كيف ضرب الله مثلاً كلمة طَّيِّبَةً كَشَجَرَةٍ طَّيِّبَةٍ اَصلهَا ثابِتٌ وَّفرها فى السَّماء – تُؤتِىَ اُكْلُهَا كُلَّ حِيْنٍ بِاِذنِ رَبِّهَا ط وَيَضرِبُ اللهُ الامثال للنَّاس لعلَّهُم يَتَذَكَّرُونَ – وَمَثَلُ الكلمة خَبِيْثَةٍ كَشَجَرَةٍ خَبِيْثَةٍ نِ اجتُثَّتْ من فَوقِ الارضِ ما لَهَا مِنْ قَرَارٍ – يُثَبِّتُ اللهُ الَّذِيْنَ اَمَنُوا بالقَوْلِ الثَّابِتِ فِىْ الحيَوة الدُّنيا وفى الاخرة ج وَيُضِلُّ اللهُ الظَّلِمِيْنَ لا وَيَفْعَلُ اللهُ مَا يَشَــاءُ – (27-24)
«¿No has considerado cómo Allah ha propuesto el ejemplo de una buena kalima? Es como un árbol de buena especie, cuyas raíces están firmemente arraigadas en lo profundo de la tierra y cuyas ramas se extienden hacia lo alto del cielo. Da fruto continuamente, con el permiso y la orden de Allah. Allah propone estos ejemplos a la humanidad para que pueda aprender de ellos. En cambio, la kalima impura ha sido comparada con un árbol de especie ruin, arrancado desde la superficie de la tierra, sin estabilidad alguna. Allah dará firmeza a los creyentes, mediante esta palabra de verdad bien establecida, en este mundo y en el Más Allá. Quienes nieguen esta «palabra de verdad», siendo injustos, se extraviarán. En verdad, Allah hace lo que quiere». —Sura Ibrahim: 24-27
El ejemplo mencionado en el Corán ha aclarado sobremanera el asunto tratado. Solo la palabra pura, santa y universal puede alcanzar estabilidad, seguridad y expansión sobre la faz de la tierra. A todas las demás palabras falsas, deshonestas y repugnantes les resulta imposible alcanzar permanencia y expansión. Son como parásitos sin valor: se extienden por innumerables tierras, brotan de diversas maneras como nuevos retoños y arrancan todos los retoños anteriores. Estos retoños no poseen fuerza ni capacidad alguna para adornarse de flores y frutos; y si alguno llegara a dar fruto alguna vez, no podría dejar de ser sumamente amargo y áspero. En realidad, la sociedad humana contemporánea está afligida precisamente por las consecuencias devastadoras de esta clase de malas hierbas y plantas parásitas. Por eso hoy se desata en todos los países una violenta tempestad de propaganda falsa. En unos lugares se producen gases venenosos y en otros surgen volcanes devastadores. En otros, debido a ello, se han sembrado las semillas del odio, la hostilidad, la ira y la venganza.
Aquí no se trata de las demás naciones del mundo; el caso de aquellas cuyo destino tiene escrita la severa condena de Allah es completamente distinto. Puede que se sientan satisfechas y orgullosas de esos parásitos venenosos y letales. Pero los musulmanes deben mantenerse muy lejos de todo ello. Ellos poseen el grandioso «árbol» de la pureza y las buenas obras, que jamás ha sido arrancado desde la llegada de Adam hasta hoy, ni ha dejado nunca de adornarse de flores y frutos; sus raíces están firmemente hundidas en lo profundo de la tierra y sus ramas se extienden hacia las alturas infinitas. De este «árbol» solo se han obtenido siempre y en todas partes los «frutos» de la paz y de una seguridad sin temor. Este árbol jamás ha impedido a nadie refugiarse en el seno pacífico de su fresca sombra ni beneficiarse de sus «frutos». No le interesa ninguna diferencia de tribu, linaje, lengua o patria de los seres humanos, ni siente curiosidad por ellas. Por el contrario, todo aquel que ha buscado refugio en él ha olvidado para siempre el orgullo de linaje, las diferencias lingüísticas, las distinciones de color y las rivalidades por la patria; a sus ojos, el mundo entero se ha vuelto completamente igual y uno solo. En verdad, esta es la incomparable característica de este «árbol». La siguiente enseñanza constituye su idea fundamental:
مُحَمَّدُ الرَّسُولُ اللهِ ط وَالَّذِيْن َمَعَهُ اَشِدَّءُ على الكُفَّارِ رُحُمَاءُ بَيْنَهُم تَرَاهُم رُكَّعَا سُجَّدَّا يَبتغُوْنَ فَضْلاً مِنَ اللهِ وَرِضْوَانَا ز – (الفتح : 29)
«El Mensajero de Allah, Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y sus compañeros son ‘severos con los incrédulos y misericordiosos y humildes entre sí. Los verás inclinándose y postrándose, buscando el favor y la complacencia de Allah’». —Sura Al-Fath: 29
En realidad, esta «palabra» fue presentada a la humanidad para reunir a toda la humanidad del mundo en torno al vasto centro de una gran verdad y, a pesar de las innumerables diferencias económicas e intelectuales, unir a todas las personas sin distinción en un asunto aceptado por todos; en otras palabras, para vincular a todos los hijos de Adán con un estrecho lazo de hermandad. Por eso se ha dejado en el islam un espacio tan amplio y vasto para los asuntos de la fe. Esta puede ofrecer un refugio eterno en su seno a toda la humanidad. Por eso se ordenó al predicador de esta «palabra» proclamar con voz elevada:
يَاَيُّهَا النَّاسُ اِنِّىْ رَسُلُ اللهِ اِلِيْكُم جَمِيْعًا – (الاعراف : 158)
«¡Oh, humanidad! Yo soy el Mensajero de Allah enviado a todos vosotros.»
Por eso se ha dicho: la sangre y el honor de quien acepte esta «palabra» son completamente «sagrados»; quien lo mate se sumergirá en el castigo eterno del Infierno, y quien atente contra su honor será un «fasiq». Sin embargo, pese a todo, hemos hecho pedazos esta enorme e incomparable «palabra de unión». Según el mandato de Allah, son musulmanes quienes creen en Allah, en los ángeles, en los Libros, en los Mensajeros y en el Más Allá. Pero nosotros hemos ignorado estas cosas y hemos tomado muchas cuestiones inútiles, inventadas por nosotros mismos, como fundamento de la fe y de la incredulidad. Incluso entre quienes creen en estas cinco cuestiones se ha distribuido, sin vacilación, la maldición del «kufr». A pesar de que esta «palabra de unión» universal sigue existiendo, nos hemos fragmentado de tal manera que parece que nuestra propia «religión» se ha vuelto múltiple. Hemos separado y apartado todo: la nacionalidad, la mezquita y la oración; también hemos roto las relaciones matrimoniales entre nosotros y hemos destruido el lazo indestructible de hermandad establecido entre nosotros con las palabras: «Todos los creyentes son hermanos». Después nos enfrentamos a un grave peligro. Abandonando los verdaderos principios de nuestra nacionalidad y hermandad, adoptamos de otras naciones las nuevas enseñanzas de las nacionalidades regional y de linaje, aunque esto es fundamentalmente lo contrario del islam. Todos, uno tras otro, hemos hecho nacer entre nosotros los odios, la hostilidad, la ceguera, el favoritismo hacia los parientes y las disputas mutuas que el islam vino a eliminar de la época de la ignorancia. Algunos han iniciado el movimiento pan-turaniano; otros han izado la bandera panárabe; unos se han dedicado a demostrar la superioridad de la raza aria; y otros invitan a disolverse en una nacionalidad basada en la región y la patria. En una palabra, diversos grupos religiosos y políticos están empleando todas sus fuerzas para hacer pedazos esta incomparable «gran palabra de unión» del islam. Sin embargo, la «palabra de unión» fue difundida precisamente para eliminar estas divisiones y estos diversos grupos.
No estoy diciendo que esta «palabra de unión» vaya a eliminar toda clase de diferencias, grandes o pequeñas, de opiniones y de desigualdad; las diferencias y las desigualdades son esencialmente naturales, y es completamente imposible que desaparezcan. La diversidad de raza, tribu, lengua y patria no puede extinguirse por completo. Tampoco es posible eliminar las diferencias de la capacidad de pensamiento y de la naturaleza innata. Por tanto, no cabe duda de que estas diferencias y desigualdades seguirán manifestándose en las opiniones y creencias, así como en los intereses y objetivos, de los distintos grupos humanos. Pero el propósito fundamental de la revelación de la «palabra de unión» del islam era establecer, entre estas diferencias materiales y perceptibles, una armonía y una coordinación científica, moral y cultural, para que toda persona, sin distinción y con corazón abierto, pudiera aceptarla y, al abrazarla, todos pudieran convertirse en una sola nación sobre su fundamento, a pesar de sus diferencias geográficas, tribales, económicas, raciales y lingüísticas. Por eso, al presentar esta «palabra de unión», también se insistió en que quienes la aceptaran realizaran la oración en congregación. Se estableció una sola «qibla» para toda la Tierra. Asimismo, mediante el ayuno, el hajj y otras prácticas se eliminaron todas las demás diferencias y disputas sociales y nacionales. A todos los musulmanes del mundo se les otorgó igual condición jurídica, y a todos se les integró en una misma civilización universal y total. Su objetivo principal era eliminar, sobre la base de la unidad de la religión del islam, todas las demás diferencias menores y hacer que toda la humanidad del mundo formara parte de una nueva nacionalidad. Pero, en vez de extender entre toda la humanidad esta gran gracia de Allah hacia ellos, los musulmanes mismos han adoptado las ideas completamente antiislámicas de las nacionalidades regional, lingüística, tribal y económica. Sin embargo, los acontecimientos de la época moderna atestiguan sin duda que el imperialismo, el dictatorialismo, la autocracia y las guerras y conflictos del mundo actual, así como las demás calamidades destructoras de la humanidad que están devastando la paz y la civilización del mundo y haciendo correr ríos de sangre fresca de los oprimidos sobre la faz de la tierra, son producto de estas ideas y perspectivas modernas.
Si cerca de una ciudad o población existe un dique que detiene las inundaciones de un río, no puede haber ninguna duda de que la seguridad de ese asentamiento depende de que el dique sea sólido e impenetrable. Pero si la gente llega a oír que tiene una profunda grieta, puede afirmarse con certeza que empleará todas sus fuerzas para cerrarla. Ahora bien, el dique que se alza para detener la corriente devastadora de la ruina y la catástrofe extremas de la sociedad humana, de los odios y la hostilidad, y de la enemistad mutua, y de cuya firmeza y fortaleza depende la seguridad del mundo entero, hoy ha sufrido una grave grieta. Lo sorprendente, sin embargo, es que la gente —especialmente los musulmanes— no presta la menor atención a ello; no piensa en el asunto ni muestra la más mínima preocupación. Pero la verdad es que, aunque hubiera que entregar incluso la propia vida para preservar este gran y sublime dique, no debería haber en ello ninguna vacilación. —Tarjuman al-Qurán: julio de 1934.
La unidad nacional y el islam
El señor Maulana Husain Ahmad Madani, director de Darul Ulum Deoband, ha escrito un opúsculo titulado «La unidad nacional y el islam». Era natural esperar que, en este opúsculo escrito por un erudito de gran renombre y por el director de la institución de enseñanza religiosa más prestigiosa del Pakistán y la India, se ofreciera un análisis sencillo de la compleja «teoría de la nacionalidad» y una exposición completa de la verdadera perspectiva islámica. Sin embargo, su lectura nos ha decepcionado cruelmente y nos ha llevado a considerar que este libro perjudica la dignidad del autor. En la época actual, innumerables doctrinas contrarias al islam se disponen a lanzar feroces ataques contra la esencia del islam; hoy el islam se encuentra indefenso incluso en su propia casa. Los propios musulmanes no examinan los acontecimientos y problemas del mundo desde la perspectiva del islam puro; huelga decir que no pueden hacerlo debido a su mera ignorancia del islam. Además, la cuestión de la «nacionalidad» es tan compleja que la vida o la muerte de cada nación depende de comprenderla claramente. Si una nación mezcla con los fundamentos de su propia nacionalidad principios completamente diferentes, no puede sobrevivir en el mundo como «nación». Al tomar la pluma sobre este complejo asunto, una persona como el Maulana Husain Ahmad debía haber sido plenamente consciente de su propia responsabilidad. Pues tiene confiado el «depósito» del Profeta. Si alguna vez se acumularan desperdicios y suciedad sobre las verdaderas enseñanzas y la esencia del islam, corresponde precisamente a personas como ellos eliminarlos y hacer claras las enseñanzas del islam ante todo el mundo.
En esta época de oscuridad, debían haber comprendido plenamente que su responsabilidad es mucho mayor y más exigente que la de los musulmanes comunes. Si los musulmanes comunes se encuentran sumidos en el error, los primeros en ser considerados responsables serán precisamente los miembros de esta clase. Por eso debo decir nuevamente que en el opúsculo del Maulana Madani no se encuentra prueba alguna de conciencia ni de sentido de la responsabilidad.
Una perspectiva anticientífica
En una obra escrita por un autor, lo primero que se busca es su perspectiva. Porque examinar y analizar el tema principal y llegar finalmente a una conclusión correcta o errónea depende exclusivamente de esa perspectiva. Una perspectiva puede consistir en apartar la mirada de todos los demás aspectos, esforzarse por conocer únicamente la verdad real, ver y juzgar el problema fundamental en su forma verdadera y esencial, y aceptar directamente la conclusión a la que conduzca el examen y análisis imparcial de esa verdad, sin considerar si es contraria a unos o favorable a otros. En realidad, esta es la perspectiva completamente natural y científica para la discusión y el análisis; y esta es también la perspectiva islámica. Porque, en este asunto, الحُبُّ فِى اللهِ واللَغْضُ فِىْ اللهِ—«el amor por Dios y la enemistad por Dios»— es el principio fundamental del islam.
Además de esta perspectiva sencilla y directa, existen muchas otras perspectivas tortuosas y complejas. Dejarse fascinar por el amor ciego hacia una persona determinada y adoptar en cada acto y asunto únicamente una decisión favorable a ella también es una forma de perspectiva. Del mismo modo, entregarse a una oposición ciega contra alguien, buscar únicamente las cosas odiosas y perjudiciales y aceptarlas también constituye una forma de perspectiva. Pero, por muy retorcidas, tortuosas y complejas que sean estas perspectivas, no cabe la menor duda de que todas serán contrarias a la verdad real. Por tanto, no hay ninguna esperanza de alcanzar una conclusión correcta en un debate adoptándolas y sirviéndose de ellas. En consecuencia, no es en absoluto digno, al menos de una persona erudita, entablar una discusión sobre cualquier problema adoptando esta perspectiva. Pues se trata de una perspectiva completamente no islámica.
Ahora comprobaremos cuál de las perspectivas mencionadas adoptó el Maulana Madani en el opúsculo objeto de este análisis.
Al comienzo mismo del opúsculo, dijo:
«Ahora parece necesario señalar los errores y defectos de todo lo que se ha publicado para oponerse a la idea de una sola nacionalidad y demostrar que es contraria a la justicia y a la moral. Desde 1885, el Congreso ha realizado grandes esfuerzos para reclamar ante los habitantes de la India la unidad nacional sobre la base del patriotismo. Las fuerzas que se le oponen se esfuerzan con todas sus energías por demostrar que dicha unidad no solo es inadmisible, sino más bien ilícita y haram. En realidad, nada es más peligroso que esto para el imperialismo británico. Estas ideas no se han expresado solo hoy, sino desde 1886 o incluso antes. Y es de esperar que los habitantes de la India, cuyos corazones y mentes han quedado paralizados de diversas maneras por la influencia mágica de los diplomáticos británicos mediante estas “revelaciones”, no acepten tal cosa». —(págs. 5-6)
A este respecto, el Dr. Iqbal dijo: «Su personalidad no es la de una persona común. Sin embargo, pese a todas estas cualidades, ha caído bajo la influencia mágica de los “magos” británicos».
Después de una larga exposición, aclaró su propio punto de vista mediante las siguientes palabras:
«A partir del pasaje citado del artículo del profesor Seeley puede comprenderse sin lugar a dudas hasta qué punto sería peligroso para Inglaterra que los habitantes de la India se convirtieran en una sola nación sobre la base del patriotismo. Aunque, si esta corriente de pensamiento despertara entre los habitantes de la India de manera muy débil y tenue, no tuviera la fuerza para expulsar a los ingleses de la India, el imperialismo británico quedaría sepultado precisamente porque arraigaría firmemente entre ellos la idea de que es vergonzoso colaborar con una “nación extranjera”». —(pág. 38)
Después expresó una opinión tan asombrosa que, al leerla, da vergüenza siquiera pensar cómo pudo escribirla un célebre erudito temeroso de Dios.
«Aunque la nacionalidad única fuera en sí misma una cosa maldita y despreciable, puesto que los europeos desarraigaron a los monarcas islámicos y al Califato otomano (?) precisamente empleando esta arma, hoy es deber de los musulmanes utilizarla con el propósito de desarraigar a los británicos». —(pág. 38)
En relación con este tema, el maulana Madani reconoció primero lo siguiente: «Durante los últimos dos siglos, los Estados musulmanes han sufrido daños en la medida en que los han sufrido precisamente a causa de la dura y devastadora propaganda europea contra la unidad y la solidaridad islámicas». «Los europeos crearon entre los musulmanes diferencias y divisiones de carácter genealógico, patriótico y lingüístico»; también despertaron entre ellos la idea de que no debía hacerse yihad para proteger la religión y la espiritualidad, sino que debía hacerse por el linaje, la tribu y la patria. Por tanto, era aconsejable abandonar las ideas religiosas». —(págs. 35-36)
Pero, en realidad, tras acercarse tanto a la verdad profunda, perdió el rumbo en el laberinto de su aversión a los ingleses. Escribió:
«Es lamentable que entonces no se levantara nadie para predicar contra la unidad nacional de los musulmanes, el patriotismo ni la división por linaje y tribu. Ni siquiera se ofreció resistencia a la inundación arrolladora de los periódicos europeos ni a los discursos de sus oradores. Como consecuencia, el panislamismo se convirtió en una historia del pasado y llegó a su fin, mientras que los Estados islámicos, al caer bajo el dominio de las naciones europeas, lo perdieron todo. Ahora que los musulmanes han sido divididos, fragmentados y destruidos en regiones como África, Europa y Asia, se nos dice que quienes dan importancia a la unidad y solidaridad de los miembros de una misma millat no pueden unirse ni asociarse con ningún no musulmán, ni pueden formar una “nación única” con ningún no musulmán». —(págs. 36-37)
Con solo leer el pasaje citado se comprende claramente que, para el maulana Madani, la medida definitiva de la verdad y la falsedad, de lo justo y lo falso, es Gran Bretaña. No quiere examinar todos los asuntos desde una perspectiva científica e imparcial para descubrir cuál es la realidad de la verdad verdadera e intrínseca. Tampoco los juzga desde una perspectiva favorable al bienestar de los musulmanes para determinar qué es realmente veneno para ellos. Ha abandonado ambos puntos de vista. Solo la perspectiva de la “hostilidad hacia Gran Bretaña” ha ejercido sobre él una influencia total. Ahora, aquello que es veneno para Gran Bretaña, el maulana Madani lo considera precisamente un elixir vivificante. En tales circunstancias, si alguien considera que esa misma cosa es también veneno para los musulmanes y se opone a ella por ese motivo, a los ojos del maulana esa persona no puede ser otra cosa que un “partidario de Gran Bretaña”. Pues él está tan entusiasmado con la muerte de Gran Bretaña como poco lo está con que los musulmanes recobren la vida. Por eso, al enterarse de que la “unidad nacional” de los habitantes de la India es peligrosa para Gran Bretaña, ¿qué podría ser, a los ojos del maulana Madani, cada persona que se opone a esa unidad nacional, sino un partidario de Gran Bretaña? Si alguien le hubiera indicado al maulana otro método infalible para destruir Gran Bretaña; si le hubiera dicho que el suicidio colectivo simultáneo de los 350 millones de habitantes de la India garantizaría la sepultura definitiva del Imperio británico; y si el maulana hubiera comprendido la eficacia infalible de ese remedio, no habría vacilado lo más mínimo en acusar de partidario de Gran Bretaña a todo aquel que se opusiera a él. Aunque el suicidio sea una acción sumamente vil y maldita, puesto que mediante él sería posible desarraigar a Gran Bretaña, a los ojos del maulana también se habría vuelto obligatorio cometer ese acto pecaminoso.»
En realidad, a la luz de esta clase de afirmaciones y doctrinas se puede comprender la lógica y el profundo misterio de hacer del “amor por Allah y la ira por Allah” el criterio de la verdad islámica. Si la relación con Allah queda eliminada y alguna otra cosa se vuelve directamente objeto de amor o de aversión, es precisamente ahí donde comienzan el odio y la hostilidad bárbaros. Entonces, todos los medios y métodos que favorezcan la satisfacción de las diversas tendencias humanas de amor y desamor pasan a considerarse lícitos y apropiados. Ya no se juzga en absoluto si son conformes con la ley de Allah. Por eso se ha dicho que ni siquiera es conveniente que la enemistad personal se dirija contra Satanás; también en ese caso debe mantenerse en medio la relación con Allah. De lo contrario, esa enemistad contra Satanás podría convertirse en una ley, y en la ciega hostilidad hacia Satanás podrían transgredirse los límites establecidos por Allah. Como resultado, se estaría actuando como Satanás.
Emoción ciega para demostrar la propia tesis
Precisamente como resultado de esa mentalidad, el maulana Madani, llevado por una pasión ciega por demostrar su tesis, no vaciló en ignorar incluso los hechos más célebres y luminosos de la historia. Cuando Europa estaba propagando entre los musulmanes nacionalismos basados en el linaje y la tribu, el patriotismo y la lengua, ¿acaso no se levantó realmente nadie entre los musulmanes para oponerse a ello? ……… ¿No había oído hablar de Tipu Sultan, Yamal al-Din al-Afghani, el muftí Muhammad Abduh, Mustafa Kamel el Egipcio, Amir Shakib Arslan, Anwar Pachá, Yalal Nuri, Shibli Nomani, Sayyid Sulayman Nadwi, Mahmud al-Hasan, Muhammad Ali, Shawkat Ali, Iqbal, Abul Kalam —que Allah tenga misericordia de él— y tantos otros? ¿Acaso ninguno de los personajes mencionados advirtió a los musulmanes que una división jahilí de ese tipo los reduciría a pedazos y los dispersaría por completo? Tal vez el maulana Madani no pueda responder “no” a esta pregunta. Sin embargo, apartando la mirada de estos hechos reales, lamenta que “no se levantara nadie para predicar la unidad nacional de los musulmanes”. ……… ¿Qué necesidad había de formular una afirmación tan errónea? ……… Su único propósito era demostrar que la unidad y solidaridad nacionales de los musulmanes eran contrarias a los intereses británicos, y que por ello todos los musulmanes se habían dedicado a extender las diferencias y divisiones basadas en el linaje y la tribu, el patriotismo y la lengua. Y ahora, como la unidad y solidaridad islámicas se han vuelto favorables a los intereses británicos (?), se ha comenzado a predicar la unidad nacional de los musulmanes. Por tanto, quedó demostrado que toda persona opuesta al patriotismo es partidaria de Gran Bretaña; es la magia británica la que hace que pronuncien estas palabras. En realidad, no cabe duda de que esto es el resultado de la forma de hostilidad jahilí. Puesto que “Gran Bretaña” se ha convertido en el criterio de la verdad y la falsedad, de lo justo y lo falso, también puede considerarse legítimo difundir afirmaciones contrarias a la verdad y a la realidad, si con ello se puede asestar un golpe a los intereses británicos.
En todo el opúsculo del maulana Madani se manifiesta espontáneamente esta mentalidad. En él se ha intentado demostrar su tesis desmenuzando y reorganizando a conveniencia diccionarios, versículos del Corán, hadices y acontecimientos históricos; y, frente a su propia tesis, ha negado y rechazado sin reservas toda verdad, por grande que fuera su veracidad desde todos los puntos de vista, tanto interna como externamente. Incluso para crear falsas impresiones semánticas, presentar ejemplos sin semejanza y fundamentar una opinión errónea sobre otra, no mostró la menor vacilación. En verdad, al contemplar semejante conducta en un erudito temeroso de Allah, uno inclina la cabeza de vergüenza.
¿Dónde se forma una nación sobre la base del regionalismo??
El maulana Madani afirma que «en la época actual las naciones se forman sobre la base de la regionalidad». Pero, en realidad, esto es completamente falso, engañoso y carente de fundamento de principio a fin. No puede presentarse ni un solo ejemplo en toda la historia de la humanidad en que se haya formado una nación simplemente por el hecho de ser los habitantes de una misma región. Las naciones del mundo actual también están ante los ojos de todos. ¿Cuál de ellas se ha formado únicamente sobre la base de la regionalidad? ¿Pertenecen los negros, los indígenas americanos y los blancos de Estados Unidos a una misma nación? ¿Son los judíos y los alemanes de Alemania una sola nación? Polonia, Rusia, Turquía, Bulgaria, Grecia, Yugoslavia, Checoslovaquia, Letonia y Finlandia: ¿existe en alguno de estos lugares una «sola nación» simplemente porque comparten una patria? ¿Acaso la unidad de la patria por sí sola ha creado esa nación? Estos hechos reales no pueden negarse. Si quiere usted decir que, a partir de ahora, las naciones deberían formarse sobre la base del patriotismo, puede decirlo. Pero, sin argumentos ni pruebas, ¿qué derecho tiene usted a afirmar que las naciones se forman sobre la base del patriotismo y de la unidad de la patria?
Los extranjeros consideran y denominan a todos los habitantes de un país como habitantes de ese país. «Americano» designa a todo habitante del país llamado América, sea negro o blanco; los de fuera lo llamarán «americano». Pero esto no convierte en falsa la realidad de que, en esencia, son personas pertenecientes a dos naciones diferentes. No cabe duda de que, en el ámbito de las relaciones internacionales, cada individuo es conocido como «nacional» de su propio Estado. Si el maulana Husein Ahmad Madani viajara al extranjero, se le denominaría de «nacionalidad británica». Pero ¿se convertiría semejante nacionalidad meramente terminológica en la verdadera nacionalidad del maulana? Entonces, en la afirmación de que «como habitantes de la India, hindúes, musulmanes, sijs, cristianos y parsis son conocidos todos como una “sola nación”», ¿qué argumento científico puede haber? Existe una diferencia abismal entre ser «considerados» como algo y ser realmente «una sola nación». Por tanto, no puede presentarse una de estas cosas como argumento para demostrar la otra.
Pruebas erróneas extraídas de los diccionarios y del Corán
A continuación, el maulana Madani ha demostrado, basándose en los diccionarios árabes, que la palabra «qaum» significa «un grupo de hombres», o «un conjunto de muchos hombres y mujeres», o «los parientes cercanos de una persona», o «un grupo de enemigos». También quiso demostrarlo presentando versículos coránicos, y citó aquellos en los que a los incrédulos se les llama la «qaum» (nación) de un profeta o de los musulmanes. Sin embargo, en esos versículos la palabra «nación» se emplea en el tercero o cuarto de los cuatro sentidos mencionados. También citó aquellos versículos en los que la palabra «qaum» (nación) expresa el primero o el segundo sentido. Pero aquí no hay ninguna discusión sobre el significado lexicográfico o antiguo de la palabra «nación»; la discusión se refiere a la terminología de la época moderna. Jawaharlal y Sayyid Mahmud no hablan en el lenguaje de los diccionarios árabes ni del Corán, y en el programa del Congreso tampoco se emplea ese lenguaje antiguo. Las palabras que ellos utilizan tienen el significado que generalmente se les atribuye en la actualidad. En la época actual, las palabras «qaum» y «qaumiyyat» se emplean como equivalentes de Nation y Nationality en inglés. Lord Bryce lo explica en su obra «Intertational Relations», donde dice:
«Una nacionalidad es un conjunto de innumerables personas a las que ciertos vínculos sentimentales particulares han unido y cohesionado entre sí. Entre ellos, dos vínculos son, con mucha diferencia, los más poderosos: uno es el vínculo de la ascendencia o la tribu, y el otro es el vínculo de la religión o del sistema de vida. Pero también pueden ser causas de la creación de este mismo conjunto el uso de una lengua común, una literatura del mismo tipo, las actividades nacionales colectivas del pasado, el recuerdo de sufrimientos compartidos, las celebraciones comunes, las ideas y doctrinas compartidas y el sentimiento de un propósito común. A veces, cuando varias de estas relaciones se combinan en un mismo lugar, entrelazan mutuamente a ese conjunto humano. Otras veces, la “nacionalidad” se crea aun cuando no exista entre sus miembros ninguno de esos vínculos». (pág. 117)
La explicación de nación o nacionalidad se encuentra escrita en «Encyclopedia of Religon and Ethics»:
La nacionalidad es fruto de una cualidad común o de múltiples cualidades semejantes que están presentes por igual en todos los miembros de un grupo; y esto es lo que los reúne y los convierte en una nación. …En toda sociedad hay personas que están vinculadas entre sí por la semejanza de su ascendencia y tribu, sus tradiciones compartidas, sus costumbres y su lengua. Pueden comprenderse muy bien unos a otros. En realidad, esta es la relación principal que los mantiene entrelazados. Están unidos unos a otros incluso contra su voluntad. Entre ellos nacen, de diversas maneras, sentimientos de amistad y afecto. De manera espontánea perciben a los miembros de otras naciones como «diferentes» y desconocidos, porque sus gustos, maneras de expresarse y costumbres les parecen extraordinarios, y les resulta muy difícil e incómodo comprender su naturaleza, sus doctrinas y las elevadas corrientes emocionales arraigadas en sus corazones. Por eso, los pueblos antiguos miraban con sospecha a los miembros de otras naciones. Incluso las personas civilizadas de la época moderna llegan a sentir aversión hacia los miembros de otras naciones al considerar sus costumbres y su modo de vida contrarios a sus propios gustos.»
¿Acaso el Noble Corán ha permitido siquiera mínimamente que los incrédulos, los politeístas y los musulmanes formen parte de una misma nación en este sentido? ¿Acaso vino algún profeta al mundo precisamente para convertir a creyentes e incrédulos en una sola nación en este sentido? Si no fue así, ¿por qué se ha suscitado esta discusión inútil? Con el curso de la historia, las palabras han cambiado innumerables veces de significado. Una palabra tenía ayer un significado y hoy se emplea con otro. Si, ignorando el contexto interno, se afirma que «desde la perspectiva del Corán es posible que musulmanes e incrédulos sean una sola nación», ¿qué puede ser eso sino una confusión terminológica? Porque el significado que «nacionalidad» tuvo en otro tiempo en el lenguaje del Corán no guarda relación alguna con el significado actual. Los juristas antiguos no establecieron, desde el punto de vista terminológico, una diferencia específica entre las palabras «makruh» y «haram». Por eso, en muchos lugares se empleó la palabra «makruh» con el sentido de «haram». Pero en la época actual se han creado términos distintos para indicar el grado de estas dos clases de prohibición. Ahora bien, ¿qué puede ser, sino un engaño, emplear «haram» en el sentido de «makruh» y presentar como prueba un pasaje de los escritos de autores antiguos? La palabra «nacionalidad» también se ha convertido en un término de esta clase en la época actual. Aplicar la palabra «nacionalidad» tanto a musulmanes como a incrédulos y presentar como prueba el uso antiguo para acallar al objetor no puede producir sino confusión y un laberinto terminológico.
Confusión terminológica
Avanzando en su argumentación, el Maulana afirma que el Noble Profeta había establecido en Medina una nacionalidad común para los judíos y los musulmanes. Como prueba de esta afirmación, menciona el tratado de paz concertado entre el Noble Profeta (s. a. s.) y los judíos después de la Hégira. En alguna parte de este documento el Maulana ha encontrado la siguiente frase:وَاَنْ يَّهُود بنى عَوفٍ امَّةُ مع المؤمنين — «Los judíos de Banu Awf serán considerados una umma junto con los creyentes».
Se ha considerado suficiente esta frase para demostrar que incluso en la actualidad puede constituirse una nacionalidad común entre musulmanes y no musulmanes. Pero esto no es más que un laberinto de palabras. En árabe, umma significa un grupo unido por algo, ya sea el lugar, el tiempo, la religión o cualquier otra cosa; en este sentido, si dos pueblos diferentes llegan temporalmente a un acuerdo sobre algún interés común, también pueden ser llamados una sola umma. Por eso, el autor del célebre diccionario árabe Lisān al-ʿArab escribió:وقوله فى الحديث ان يهود بنى عوف امة من المؤمنين يريد انهم بالصلح الذى وقع بينهم وبين المؤمنين كجماعة منهم كلمتهم وايديهم واحدة — «Cuando en el hadiz el Mensajero de Allah dice que los judíos de Banu Awf son una umma junto con los creyentes, quiere decir que, debido al tratado de paz celebrado entre ellos y los creyentes, se han convertido en un grupo de estos últimos, unidos por una misma palabra y una misma fuerza».
¿Cómo puede el término lexicográfico citado, “umma”, ser sinónimo de la moderna expresión “una sola nacionalidad”? Como mucho, en la terminología moderna podría llamarse una “alianza militar” (Military alliance). En realidad, no era más que un pacto mutuo. Los judíos seguirían su propia religión y los musulmanes su propio sistema; las funciones culturales y políticas de ambos permanecerían separadas. Sin embargo, si uno de los grupos sufría un ataque externo, ambas partes se unirían para rechazarlo y gastarían sus propios bienes en esa guerra: ese era el sentido fundamental del pacto. Este acuerdo terminó en apenas dos o tres años. Los musulmanes exiliaron a algunos judíos y condenaron a muerte a otros. ¿Puede llamarse alguna vez “una sola nacionalidad” un acuerdo semejante? ¿Puede encontrarse en el acuerdo mencionado la más mínima semejanza con lo que hoy se entiende por “una sola nacionalidad”? ¿Se estableció en Medina un Estado de nacionalidad común? ¿Se creó algún parlamento común? ¿Se firmó acaso un pacto según el cual “judíos y musulmanes” se convertirían en una sola colectividad, y quienes obtuvieran la mayoría dirigirían el gobierno de Medina, mientras que en Medina entrarían en vigor las leyes aprobadas por ellos? ¿Se estableció también allí un tribunal común, en el que los litigios entre judíos y musulmanes se juzgaran conjuntamente y conforme a una misma ley nacional? En realidad, allí no se formó ningún congreso nacional, ni un alto mando elegido por una mayoría judía hacía bailar a judíos y musulmanes al son de sus dedos. En segundo lugar, el tratado de paz se celebró entre el Mensajero de Allah (s. a. s.) y los líderes judíos; Kaʿb ibn al-Ashraf y ʿAbdullah ibn Ubayy no intentaron establecer directamente “contacto masivo” (relaciones públicas) con los individuos musulmanes. Tampoco se elaboró allí ningún plan educativo, como el Esquema de Wardha, para educar a los niños musulmanes y judíos en una enseñanza apropiada para una sociedad unificada. En suma, no existe la más remota relación ni semejanza entre aquel tratado de paz y la nacionalidad común de la actualidad. De la “nacionalidad común” que el Maulana Madani atribuye hoy al Honorable Mensajero, ¿qué elemento de los que constituyen la “nación única” moderna se encuentra allí? Puedo afirmar con certeza que no se encuentra ninguno. Por tanto, al ver en el pacto del Noble Profeta la frase “una umma junto con los musulmanes”, el Maulana Madani quiere hacer creer a los musulmanes que aquello que hoy el Congreso intenta formar como “una sola nación” ya lo había hecho un día el Noble Profeta en Medina. Así pues, al exhortar: “Entrad con plena certeza y tranquilidad en la nación única de la actualidad”, ¿no sintió el Maulana Madani ni el más mínimo temor de que Allah pudiera pedirle cuentas por esta falsa propaganda? ¿No es esto una afirmación completamente falsa acerca del Noble Profeta?
El propio Maulana Madani es un gran erudito y muhaddiz. Quisiera preguntarle acerca de un hadiz narrado por la honorable Aisha:كان النَبِىُّ صلى الله عليه وسلَّمَ يَقْبَلُ ومباشر وهو صائم «El Noble Profeta (s. a. s.), aun estando en ayuno, besaba y practicaba la “mubashara”. Si se toma el significado comúnmente conocido de la palabra “mubashara”, se demostraría que incluso durante el ayuno está permitido mantener relaciones sexuales con la esposa. Pero ¿puede ser correcto extraer del hadiz una opinión contraria a la Sharía aceptando por ello su significado literal?»
Estos dos argumentos son completamente del mismo tipo. Por tanto, en ambos casos no puede hacerse ninguna distinción respecto de un principio semejante. Especialmente cuando quien presenta el argumento goza de la confianza del pueblo y este desea recibir orientación de él, el asunto se vuelve aún más grave. Si desde el departamento de salud pública se distribuye veneno, ¿dónde se encontrará el remedio que devuelve la vida a los muertos?
Fundamentar una opinión errónea en una prueba errónea
Para demostrar que la “nacionalidad común” de todos los habitantes de la India es legítima, el Maulana Madani ha presentado otra prueba. Ha dicho:
“Cada día formamos organizaciones o asociaciones para intereses comunes, y no solo participamos en ellas, sino que también nos esforzamos al máximo por obtener la condición de miembros. … Existen cientos de asociaciones de este tipo —áreas urbanas, áreas notificadas, juntas municipales, juntas distritales, consejos legislativos, asociaciones educativas y otras—, constituidas conforme a reglas y normas determinadas para fines específicos. Nadie prohíbe participar en estas asociaciones ni esforzarse, total o parcialmente, por ese motivo. Pero lo sorprendente es que, si se establece una ‘asociación’ de este tipo para trabajar por la independencia del país y contra la dominación británica, participar en ella se vuelve haram, contrario a la justicia, contrario a las enseñanzas del islam y también contrario al conocimiento y la razón, etc.” (pág. 41). En realidad, esto es lo que se llama adoptar una conclusión errónea basándose en un error. El maulana Madani considera obligatorio un acto pecaminoso y, cegado por su amor hacia él, intenta demostrar que otro pecado semejante es legítimo. ¡Sin embargo!, en ambos casos existe la misma razón fundamental para que sean haram. Quiero decir claramente que el hecho de que los ulemas de la India hayan declarado un día haram y otro día halal la incorporación a los consejos y asambleas se ha vuelto completamente semejante a un juego de muñecas. Pues no tienen por norma declarar algo haram atendiendo a la realidad del asunto. Una sola palabra de Gandhi hace que se active su capacidad de emitir fetuas. Pero yo afirmo, basándome en los principios y el ideal eternos e inmutables del islam, que apoyar, por parte de los musulmanes, las instituciones generales que otorgan a los seres humanos el derecho absoluto a emitir nuevos veredictos sobre asuntos respecto de los cuales Alá y Su Mensajero han dictado decisiones claras constituye, sin duda, un delito eterno. Pero cuando en tales instituciones generales, dotadas de ese derecho y autoridad absolutos, los no musulmanes pasan a ser mayoría y todas las decisiones se toman precisamente sobre la base de la mayoría, esto se considera un delito doble. Por consiguiente, el primer deber de los musulmanes es separar el ámbito de acción de estas instituciones generales de los límites específicos de la sharía de Alá; y esa es, para ellos, la verdadera lucha por la independencia. Si los límites mencionados del ejercicio de la autoridad son independientes entre sí, entonces será legítimo que los musulmanes colaboren con grupos formados para algún interés común de las naciones musulmana y no musulmana. Ya sea para impedir el ataque de un enemigo o para realizar alguna actividad económica o artística, no hay ninguna diferencia al respecto.”
Pero mientras los ámbitos de acción y autoridad de ambas naciones permanezcan entrelazados, no solo la unión y la cooperación, sino incluso vivir bajo un sistema de gobierno conjunto de esa naturaleza será completamente impropio para los musulmanes. En este asunto, todos los musulmanes sin excepción serán considerados culpables hasta que, unidos y con la ayuda de una fuerza común, destruyan dicho sistema de gobierno. Y quienes acepten voluntariamente este sistema y se esfuercen por ponerlo en funcionamiento serán aún más culpables. Pero quienquiera que sea —sea quien sea— presente argumentos extraídos del Corán y del hadiz a favor de poner en funcionamiento ese sistema de gobierno, su culpa será la mayor de todas.
Cuando en un asunto se encuentra simultáneamente, por un lado, una razón para considerarlo haram y, por otro, una razón para considerarlo lícito, aislar únicamente la razón de su licitud, adoptar una decisión a su favor y no prestar la menor atención a la razón de su prohibición no demuestra, en mi opinión, piedad ni temor de Alá; tampoco demuestra conocimiento de la ley religiosa. El maulana Madani declara indispensable esforzarse por lograr la independencia del país y eliminar el imperialismo británico; pero entonces no recuerda en absoluto que el grupo que se esfuerza por la independencia con una concepción semejante es precisamente el que formula este sistema de gobierno, lo dirige y lo lleva hasta su pleno desarrollo. Sin embargo, en este sistema de gobierno se ha otorgado a la asamblea legislativa humana autoridad absoluta para modificar las leyes de Alá. Por medio de ella, la ley de Alá no puede aplicarse; y si alguna vez se aplica, será solo después de recibir la aprobación de la asamblea legislativa. En consecuencia, los no musulmanes, al ser mayoría, obtendrán plena autoridad para establecer las normas de la vida social y general de los musulmanes, y esto puede ejercer una intensa influencia sobre su carácter moral, su vida social y las generaciones futuras. Ustedes corren tras la independencia del país que se obtendrá con un sistema de gobierno semejante, porque su único objetivo es el fin del imperialismo británico, sea cual sea la forma en que llegue ese fin. Por eso se presenta únicamente la razón favorable a incorporarse a un grupo semejante; pero no se presta ninguna atención al hecho de que también contiene una razón enormemente sólida y racional para que esté prohibido. Sin embargo, estamos obligados a decidir sobre el asunto teniendo presentes ambas clases de razones de ambos lados, y no podemos disponernos a aceptar la razón de la licitud sin eliminar la razón de la prohibición. Pues tanto el fin del imperialismo británico como el establecimiento pleno del islam son nuestros objetivos. Si alguien califica este punto de vista de adoración de los británicos, no nos preocupamos en lo más mínimo por su burla.
Ignorancia lamentable
El maulana Madani escribió en otro lugar: “Solo se emite una fetua contra el nacionalismo territorial compuesto porque, según la terminología occidental, por nacionalismo territorial se entiende una forma general que es completamente contraria a la religión y que se limita exclusivamente a ese significado terminológico. Pero este significado no está generalmente arraigado en la mente de todos, y ningún musulmán justo puede apoyarlo. Además, el movimiento actual tampoco se desarrolla sobre la base de ese significado; el Congreso y sus trabajadores tampoco dirigen este movimiento sobre esa base, ni nosotros lo presentamos así ante el país.” (pág. 41)
En apoyo de esta afirmación se han mencionado muchas ideas antiguas, aunque su esencia ya ha sido expuesta varias veces; es decir, la declaración del Congreso de conceder derechos fundamentales. De esto se extrae la siguiente conclusión:
“Incluso con el nacionalismo compuesto que el Congreso desea establecer en la India, no quiere realizar ninguna acción que pueda producir un efecto perjudicial de cualquier tipo sobre la religión, la cultura, la civilización o las leyes personales de los habitantes de la India. Su único deseo es organizar de manera adecuada y ordenada los asuntos relacionados con los intereses comunes y las necesidades del país. Esto se debe a que los gobernantes extranjeros se han apropiado de estos asuntos y han arrojado a los habitantes de la India al borde de la destrucción. En las áreas notificadas, las juntas municipales, las juntas distritales, los consejos, las asambleas, etc., se toman decisiones sobre asuntos internos y externos. En estos asuntos no se plantea ninguna unión entre las naciones ni entre las religiones.” (pág. 57)
El pasaje citado es una clara muestra de la manera superficial e irreflexiva en que se está guiando a los musulmanes en un momento de grave crisis. Se considera un juego de niños adoptar decisiones definitivas sobre asuntos de los que depende enteramente el bienestar o el perjuicio de ochenta millones de musulmanes, aunque hasta el más mínimo error al respecto pueda causar una enorme catástrofe en su futura vida social y moral; por ello, no se siente la necesidad de pensar e investigar, ni de estudiar y practicar. Sin embargo, para emitir un fallo en casos relacionados con el divorcio, las leyes de herencia y otros asuntos semejantes, cada persona tiene que dedicar tanta reflexión e investigación. Cada palabra del pasaje citado deja claro que el Maulana Madani desconoce el significado técnico de nacionalidad y que ignora por completo los objetivos y propósitos del Congreso. Tampoco ha reflexionado lo más mínimo sobre el significado de los «derechos fundamentales». Incluso desconoce por completo de qué manera, conforme a la constitución vigente, las funciones y los límites de las asociaciones generales que menciona repetidamente penetran en los ámbitos de la civilización y la cultura, las creencias religiosas y el carácter moral. La manera en que ha utilizado palabras como cultura, tahdhib, derecho personal, etc., demuestra claramente que, pese a ser un «alim y venerable» de tan gran categoría, no ha comprendido en absoluto el significado ni la esencia de esos términos; lo afirmo con plena responsabilidad y después de haberlo considerado detenidamente. He podido percibir que mi discurso claro resultará insoportable para quienes están acostumbrados a juzgar la verdad según la medida de las personas, en lugar de juzgar a las personas según la medida de la verdad. Por eso me he preparado para escuchar algunos insultos más en respuesta a estas palabras. Pero, cuando veo claramente que, desde el sagrado certificado de la autoridad religiosa, se está conduciendo a los musulmanes por un camino errado; que, en lugar de la verdad genuina y la doctrina correcta, se los está guiando hacia ideas falsas e infundadas; y que se los está empujando hacia un camino enorme, lleno de abismos profundos e insondables, presentándoselo como una carretera recta, abierta y llana, me resulta imposible contemplarlo con paciencia. Por tanto, si mis palabras claras y veraces provocan la ira de alguien, es mi deber estar plenamente preparado para ello.
El objetivo fundamental del nacionalismo regional
Al explicar el nacionalismo, vuelva a leer lo que se citó anteriormente de «Relaciones internacionales» de Lord Bryce y de la «Enciclopedia del carácter moral y las religiones». Desde este punto de vista, los individuos pueden convertirse en una nación por una única razón fundamental: debe existir entre todos ellos una fuerza atractiva, presente como la vida misma, que los mantenga unidos. Pero la mera existencia de esta atracción no basta en absoluto para formar una «nación». Tiene que ser sumamente poderosa, de modo que pueda aplastar las corrientes de pensamiento que mantienen separados a los individuos o a sus pequeños grupos. Porque, si los elementos de separación son demasiado firmes para ser vencidos por las corrientes de pensamiento que producen la unión, estas no pueden tener éxito en crear la unidad; dicho de otro modo, no pueden formar una «nación». Además, para un nacionalismo se necesitan la lengua, la literatura, la tradición histórica, las costumbres y usos, la sociabilidad y el modo de vida, las ideas y doctrinas, los intereses económicos y los objetivos materiales. Todas estas cosas deben armonizar con la naturaleza de las corrientes de pensamiento que producen la unión. En otras palabras, no debe haber en ellas nada que despierte corrientes de pensamiento separatistas, pues todas ejercen influencia en la unión de los individuos. Solo si sus inclinaciones y tendencias favorecen el objetivo principal del «mensaje de unión» podrán cumplir la tarea de crear unidad. De lo contrario, formarán grupos de una manera completamente distinta y la tarea de crear una «nación» se debilitará enormemente.
Ahora hay que considerar cuál podría ser el medio para reunir y unir a las distintas naciones que viven en un país en este sentido. Por mucho que se reflexione sobre ello, solo parecen posibles dos medios. Primero: mantener a estas naciones permanentemente en posesión de su nacionalidad particular y establecer entre ellas un acuerdo «federal» basado en condiciones claras y precisas, de modo que ambas trabajen juntas únicamente por intereses comunes y sean completamente independientes y soberanas en todos los demás asuntos. ¿Ha adoptado el Congreso este método? No hay más remedio que responder: «No». El segundo medio es: ¿cómo se puede convertir ahora a las naciones en una «sola nación»? ………. Para ello, necesariamente debe reconocerse ante todo una fuerza atractiva común y un mensaje central de unión. Una fuerza atractiva y un mensaje central de unión semejantes solo pueden formarse mediante la combinación de los siguientes elementos: primero: el nacionalismo patriótico,
segundo: el odio hacia los enemigos extranjeros, y
tercero: el estímulo de los intereses económicos comunes.
Además, como he dicho antes, esta fuerza atractiva debe ser tan poderosa que las ideas y causas que han mantenido separadas a estas naciones se desvanezcan por completo ante ella. Porque, si un musulmán siente una atracción muy fuerte hacia el Islam, un hindú hacia la religión hindú y un sij hacia la religión sij, y, cada vez que surja la cuestión de la religión y la nacionalidad, los musulmanes se unen con los musulmanes, los hindúes con los hindúes y los sijes con los sijes, y cada grupo se alza con un partido separado en defensa de sus propios intereses, ello significa que el «amor a la patria» no ha podido convertir varias nacionalidades en una «sola nación». Que el musulmán reconozca el Islam, que el hindú siga creyendo en la doctrina hindú y que vaya de vez en cuando al templo: todo eso es completamente independiente; pero, para convertirse en una «sola nación», todos deben dar una importancia suprema al nacionalismo patriótico, de modo que cada seguidor de una religión sea capaz de sacrificar su propia religión y sus propias creencias por la patria. Sin una corriente de pensamiento tan sincera y llena de devoción, no puede formarse en absoluto un nacionalismo «patriótico».
Esta es precisamente la semilla fundamental del nacionalismo autóctono o regional. Esta semilla nunca puede producir un árbol mientras no se creen las condiciones atmosféricas y ambientales adecuadas para ella. Por eso son indispensables un terreno y una estación favorables. Ya he dicho que, para crear el atractivo de la nacionalidad, son absolutamente indispensables la lengua, la literatura, las tradiciones, los usos y costumbres, la sociabilidad y el modo de vida, las corrientes de pensamiento y las doctrinas, así como los intereses económicos y los objetivos materiales, entre otras cosas. Son precisamente estos elementos los que organizan sólidamente a los grupos humanos en sociedad. Todos ellos deben estar presentes espontáneamente en la naturaleza de la fuerza atractiva de la nacionalidad. Porque si la tendencia de esas diversas fuerzas, que crean comunicación entre los distintos individuos, se orienta ciertamente hacia la separación, entonces se opondrán intensamente a la creación de la unión y la cohesión, y de ningún modo permitirán que se conviertan en «una sola nación». Por consiguiente, para formar una nación unificada es absolutamente necesario destruir las fuerzas que generan sentimientos de nacionalidad diferenciada dentro de cada nación; en su lugar, se vuelve indispensable teñir a toda la nación de un mismo color y moldear gradualmente a todos sus miembros conforme al ideal de una misma nacionalidad, creando entre ellos una naturaleza común y sentimientos morales comunes. Hay que difundir entre ellos un mismo tipo de pensamiento, doctrina e ideal, y convertirlos de tal manera que, en adelante, todos puedan ser conocidos y considerados como miembros de una misma sociedad. Sus actitudes, perspectivas y puntos de vista serán completamente idénticos; del mismo manantial de la historia brotará el sentimiento de su antigua gloria, y finalmente no quedará en absoluto ninguna causa que produzca conflictos y diferencias entre ellos. Con este propósito se elaboró el «Plan Wardha». Ese era también el propósito del «Plan Vidyamandir». Este propósito estaba expresado claramente en ambos planes. Pero Maulana Madani no había examinado en absoluto esos planes ni sus programas de estudio. Pandit Nehru llevaba varios años haciendo sonar precisamente la trompeta de esta nacionalidad. Sin embargo, ninguno de sus discursos o escritos había llegado al conocimiento de Maulana Madani. Cada una de las personas responsables del Congreso ha proclamado y escrito esto mismo, y también lo ha difundido enérgicamente con la ayuda del poder estatal obtenido mediante la nueva Constitución. Pero Maulana Madani no puede oír, ver ni percibir nada de ello. Y, sin embargo, todas esas tareas están siendo realizadas por cada una de las instituciones colectivas que él ha mencionado, pues el ámbito de acción de esas instituciones se extiende a todo: la civilización y la cultura, la formación cultural, el derecho personal, etcétera. Pero aunque estas cosas se realizan a diario de un extremo al otro de la India, ni siquiera el más débil de sus sonidos penetra en los oídos de Maulana Madani. De todas estas cosas, él solo ha obtenido una: los «derechos fundamentales». Apoyándose únicamente en ellos, se atreve a proclamar que el principio de «una sola nacionalidad» es el ideal del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Sin embargo, en realidad, esto —los «derechos fundamentales»— no es superior en ningún aspecto a la célebre proclamación de la emperatriz Victoria. Nosotros, pecadores como somos, no nos atrevemos a comparar una maniobra tan cruel de la diplomacia occidental con la obra del Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Naturalmente, quienes poseen tanta piedad y temor de Dios que, aun después de atreverse injustamente a algo semejante, pueden esperar ser perdonados, constituyen un caso aparte.
Aprovechar la ambigüedad de las palabras
Maulana Madani ha fijado firmemente en su mente un significado particular de «una sola nacionalidad». Él mismo ha delimitado su alcance teniendo en cuenta toda clase de condiciones diabólicas y cerrando todos los caminos posibles. Lo presenta cuidadosamente, para que nadie pueda cuestionarlo desde el punto de vista de las normas de la sharía. Pero su error principal reside precisamente en que ha dado por sentado, de manera concluyente, que el Congreso sostiene exactamente la misma idea que él ha adoptado. Sin embargo, el Congreso se encuentra a muchas, muchas etapas de distancia de ella. Si Maulana Madani se hubiera limitado a decir: «Por una sola nacionalidad entiendo esto», no habríamos tenido ninguna disputa con él. Pero no se detiene ahí; avanza y afirma también que ese es el objetivo del Congreso y que el Congreso actúa enteramente conforme al ideal del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Que los musulmanes se consagren sin temor ni aprensión a este movimiento de una sola nacionalidad: eso sería su deber. En realidad, es precisamente aquí donde comienza nuestro desacuerdo con él. Pongamos un ejemplo. Para una persona, «verter agua» significa hacer llover agua; otra, en cambio, ha llamado «verter agua» a incendiar una casa. Si, ignorando esta diferencia verbal, se aconsejara entregar las casas de todos a la segunda persona, cualquiera puede comprender qué gran injusticia se cometería. Precisamente para casos como este se ha ordenado en el Sagrado Corán que, cuando una palabra pueda admitir tanto un significado correcto como uno incorrecto y se observe que su uso provoca una situación perturbadora por parte de los infieles, los musulmanes no deben emplear palabras de ese tipo.»يايُّها اللَّذِينَ اَمَنُوا لا تقولوا راعنا وقولوا انظرنا واسمعوا ط وللكافرينَ عذابٌ اَليْمٌ – (البقرة: 104)
«¡Oh, creyentes! No digáis “ra‘ina”; decid más bien “unzurna” y escuchad. Y para los infieles habrá un castigo doloroso». —Sura Al-Baqara: 104
Por tanto, habría sido mejor que Maulana Madani hubiera empleado alguna expresión como «amistad mutua» para expresar su propia actitud y la hubiera presentado como una propuesta y recomendación personal, en vez de presentarla como la política y la práctica del Congreso. Si al menos ahora tiene la bondad de mostrar tal consideración hacia esta nación, será una gran amabilidad. De lo contrario, existe el peligro inminente de que sus escritos provoquen una gran calamidad. Como consecuencia, también podría repetirse lo que se dijo en tiempos antiguos: «Los sabios demostraban con pruebas del Corán y del hadiz la legitimidad de todo lo que hacían los reyes y gobernantes tiránicos y los dirigentes estatales corruptos; utilizaron la religión como instrumento de opresión y explotación».»رَبَّنَا لاَ تجعلنَأ فتنةً لِّقَومٍ الظَّلِمِيْنَ – (يونس: 85)
«¡Señor nuestro! No hagas de nosotros una causa de discordia para la gente injusta». —Sura Yunus: 85
Después de la publicación del mencionado folleto de Maulana Madani, se ha vuelto sumamente urgente analizar la «nacionalidad» desde una perspectiva puramente científica y poner de manifiesto la diferencia fundamental entre las doctrinas islámicas y no islámicas al respecto. Si se hiciera esto, desaparecerían de la mente de la gente todas las ideas erróneas relacionadas con este asunto, y les sería posible elegir conscientemente uno de los dos caminos, comprendiendo lo que hacen. Esta era precisamente la responsabilidad de los ulemas; pero cuando la figura «principal» de la comunidad de los ulemas ha izado la bandera de «una sola nacionalidad» y ningún ulema está dispuesto a cumplir con su verdadero deber, entonces personas comunes como nosotros tendremos que actuar al respecto. —Tarjuman al-Qurán, febrero de 1939
¿Puede el nacionalismo proporcionar alguna vez la liberación?
Cuando Maulana Ubaidullah Sindhi regresó a la India después de vivir muchos años en el exilio, la Jamiat de Ulemas de Bengala lo invitó a presidir su sesión de Calcuta. Al leer el discurso que pronunció en aquella sesión, los habitantes de la India tuvieron por primera vez la oportunidad de conocer su doctrina particular. A continuación se citan los pasajes de su discurso que han perturbado especialmente a los musulmanes: Uno: «Si mi país quiere protegerse de los perjuicios y daños de la revolución que ahora ha invadido el mundo entero y continúa invadiéndolo cada día, debe promover y desarrollar el nacionalismo según el ideal europeo. El mundo conoce sobradamente la reputación de la que gozó nuestro país en épocas pasadas. Pero, si actualmente no logramos establecer nuestro prestigio entre las naciones, no podremos beneficiarnos en lo más mínimo de nuestra fama anterior».
Dos: «Recomiendo que nuestros dirigentes religiosos y nacionales procuren obtener, tanto como sea posible, los beneficios del gobierno británico durante sus doscientos años de dominio. Ahora debemos abandonar la actitud con la que, por albergar odio hacia Europa, hemos limitado nuestro progreso. A este respecto, he estudiado y observado plenamente la revolución de la nación turca, desde el sultán Mahmud hasta la democracia establecida por Mustafa Kemal. Deseo que nuestro país sea considerado un miembro respetado en las conferencias internacionales de Europa. Pero, para ello, debemos necesariamente sentir la necesidad de llevar a cabo una revolución en el ámbito social».
Al explicar esta revolución social, Maulana Sindhi presentó un programa revolucionario para la provincia de Sind. Dijo: «Los habitantes de Sind vestirán ropa producida en su propio país; pero tendrá la forma de abrigo y pantalón, o de camisa con cuello y “pantalón corto”. Los musulmanes pueden llevar pantalones cortos largos, hasta debajo de las rodillas. En ambos casos se usará sombrero. En la mezquita, los musulmanes se quitarán el sombrero y realizarán la oración con la cabeza descubierta».
Maulana Sindhi es una persona experimentada y de visión mundial. El gran sacrificio que hizo durante varios años por sus ideales y objetivos demuestra su profunda dedicación a sus ideales. En tales circunstancias, si presenta alguna solución a nuestros diversos problemas sociales, por mucho que a primera vista parezca fruto de la experiencia, la reflexión y la investigación, es nuestro deber liberar nuestra mente de toda duda y examinar científicamente sus doctrinas.
Ésta es nuestra convicción: cuando los errores inherentes a lo que una persona capaz e inteligente dice con buenas intenciones se hagan claramente visibles para ella, no vacilará en abandonarlos. Y si no está en absoluto dispuesta a abandonarlos, es absolutamente necesario extirpar esta doctrina errónea mediante los duros golpes de la crítica científica.
El nacionalismo basado en el oportunismo
Las razones, argumentos y recomendaciones que el orador presentó para promover el nacionalismo sobre la base de los principios europeos son las siguientes: Uno: Si nuestro país quiere salvarse de la corriente revolucionaria que ha cubierto el mundo entero y continúa apoderándose de él, ….. debe hacer algo semejante».
Dos: «Es cierto que los habitantes del mundo conocen nuestras hazañas y relatos de gloria del pasado; pero no podremos beneficiarnos en lo más mínimo de ello si no logramos ocupar un lugar y una posición adecuados entre las naciones actuales».
Y es evidente que este lugar y esta posición solo pueden alcanzarse imitando a las naciones occidentales. Tres: Tanto el antiguo período de nuestra civilización india —conocido como civilización hindú— como la época moderna —famosa como civilización islámica— se fundaron sobre una ideología religiosa. Pero la doctrina europea moderna está completamente separada de la concepción religiosa. Se basa únicamente en la ciencia y la filosofía. Por consiguiente, si en nuestro país no se desarrolla la capacidad de comprender esta revolución, tendremos que sufrir las consecuencias».
Aquí, con «capacidad de comprender», muy probablemente quiso decir capacidad de aceptar. Pues eso es precisamente lo que demuestran las afirmaciones anteriores del orador.
Es necesario examinar y analizar estas tres afirmaciones. En primer lugar, no se nos exhortó a aceptar algo porque fuera verdadero o aceptable por principio, sino porque, según el curso de las circunstancias y una política oportunista (Expediency), se lo consideraba necesario. En tales condiciones, ¿qué valor puede tener este subcontinente a los ojos de una persona musulmana idealista? «Hay que hacer esto para salvarse de tal perjuicio», «si hacemos esto obtendremos tal beneficio», o «tal cosa ya no puede practicarse hoy en el mundo; en su lugar hay que aplicar “esto”»: ningún individuo idealista, ético y guiado por una ideología puede adoptar semejante perspectiva. Esto no es más que una perspectiva puramente oportunista (Opportunism). No puede tener relación alguna con el conocimiento, la razón ni la filosofía moral. Una persona ética y fiel a sus ideales, después de reflexionar, investigar y examinar y analizar las cosas, aceptará la doctrina y el ideal que considere verdaderos y actuará firmemente conforme a ellos; esta es la única conducta correcta. Si en otros países del mundo se actúa de acuerdo con una política errónea, su deber es esforzarse por atraer a toda la sociedad humana hacia su propio ideal, en lugar de seguirla ciegamente. Si por no seguir al mundo tenemos que padecer aflicciones y sufrimientos, conviene soportarlos con especial paciencia y perseverancia. Si precisamente por no marchar detrás del mundo este no reconoce nuestra dignidad, deberíamos pisotear a un mundo semejante. La consideración y la dignidad terrenales no son nuestro ídolo ni nuestro señor; no podemos correr de un lado a otro para satisfacerlo. Aunque la “época” de aquello que consideramos verdadero haya pasado, es deseable que conservemos la personalidad y la conciencia necesarias para tomar a la época por el oído y hacerla volver hacia la verdad. Cambiarse a uno mismo con el cambio de los tiempos puede ser la política de los cobardes, pero no la de una persona idealista.
En este asunto, los musulmanes deberían demostrar al menos un grado de firmeza e idealismo tan elevado como el que mostraron los seguidores de Karl Marx durante la Primera Guerra Mundial. En 1914, cuando resonaban los tambores de la guerra mundial, surgió un terrible desacuerdo sobre el nacionalismo entre los miembros de la «Segunda Internacional». Los socialistas que trabajaban en el frente internacional de los socialistas, al ver a sus respectivas naciones lanzarse al horno de la guerra, se sintieron inspirados por la estrecha concepción del nacionalismo ciego y quisieron apoyar a sus propias naciones en la guerra que estaba teniendo lugar. Pero los marxistas declararon: «Desde el punto de vista del ideal (?) con el que hemos comenzado a luchar, los capitalistas de todas las naciones del mundo son nuestros enemigos y todos los obreros y trabajadores son nuestros amigos; en tales condiciones, ¿cómo podemos apoyar el nacionalismo?». Porque este divide y separa a los obreros entre sí, los impulsa a luchar unos contra otros aliándose con los capitalistas, y sobre esta base los marxistas rompieron sus relaciones con muchos de sus antiguos camaradas. Además, los comunistas auténticos destrozaron con sus propias manos el ídolo de este nacionalismo estrecho. Los comunistas alemanes lucharon contra Alemania por sus ideales; los comunistas rusos, contra Rusia por sus ideales; y, del mismo modo, los comunistas de cada país lucharon contra el gobierno de su propio país por sus ideales. Así como los comunistas tienen una doctrina y un ideal, también un musulmán tiene, de manera análoga, una doctrina y un ideal. En tales condiciones, ¿por qué habría de apartarse un musulmán de su ideal para salvarse de pérdidas y perjuicios o para obtener de alguien un poco de reconocimiento? ….. Si llega a apartarse, es su deber comprender primero cabalmente qué está abandonando y qué está a punto de adoptar. Pues abandonar un principio no es más que simple debilidad; pero considerarse seguidor de un principio después de haberse apartado de él es tanto una señal de debilidad como de inconsciencia. Mientras actúe en todos los aspectos de la vida conforme a la doctrina y las normas islámicas, podré seguir siendo “musulmán”. Si alguna vez abandono esta doctrina y adopto otra ideología, seguir considerándome “musulmán” no será más que una grave ignorancia. Adoptar una doctrina no islámica siendo musulmán carece manifiestamente de sentido. «Musulmán nacionalista», «musulmán comunista» y expresiones semejantes son términos contradictorios; es tan erróneo decirlos como decir «comunista fascista», «carnicero jainista», «terrateniente comunista» o «politeísta monoteísta», entre otros.
Nacionalismo e islam
Quienes reflexionen sobre el significado del nacionalismo y su doctrina profunda reconocerán sin duda que, desde el punto de vista de sus ideas subyacentes, metas y objetivos, el islam y el nacionalismo son dos ideales mutuamente opuestos. El islam convoca a toda la humanidad, sin distinción, en cuanto seres humanos. Presenta ante toda la humanidad un código moral basado en ideales y creencias; establece un sistema social fundamentado en la justicia y el temor de Dios, e invita a todos, sin excepción, a aceptarlo. Después, a todos los que lo aceptan los incorpora dentro de sus límites, concediéndoles iguales derechos y dignidad. En ningún ámbito del culto, la economía, la sociedad, los derechos y deberes legales, etc., el islam establece entre sus seguidores diferencias étnicas, hereditarias, geográficas o de clase. El objetivo supremo del islam es establecer un Estado mundial (World state) en el que, rompiendo todas las cadenas del odio y la hostilidad hereditarios y étnicos entre los seres humanos, se establezca un sistema civilizatorio y político que ofrezca a toda la humanidad iguales oportunidades para disfrutar de iguales derechos. En lugar de la rivalidad hostil entre los miembros de la sociedad, se fomentará una cooperación basada en la amistad mutua. Como resultado, todos los seres humanos se ayudarán unos a otros a alcanzar el progreso y la prosperidad materiales, así como el desarrollo espiritual. La gente común puede aceptar los principios y el modo de vida que el islam propone para el bienestar humano precisamente cuando no haya en ella ninguna idea de jahiliyyah ni odio u hostilidad. Debe liberarse del hechizo de la tradición nacional, de la embriaguez de la nobleza y la gloria de linaje, y del ciego apego a los vínculos de sangre y tierra; debe juzgar la verdad, la justicia, la equidad y la honestidad únicamente como ser humano, no como miembro de una clase, una nación o un país, y debe buscar el camino del bienestar de toda la humanidad en su conjunto.
Por el contrario, el nacionalismo establece diferencias entre las personas desde la perspectiva de la nacionalidad. Como consecuencia inevitable del nacionalismo, el nacionalista de cada nación considerará a su propia nación superior a todas las demás. Aunque no sea un nacionalista extremadamente agresivo (Aggressive Nationalist), por el mero hecho de ser nacionalista se verá obligado a distinguir entre su propia nación y las demás en los ámbitos social, económico, político y jurídico. Intentará reservar para su propia nación la mayor cantidad posible de intereses y oportunidades. Se verá obligado a levantar muros de desigualdad económica en nombre del interés nacional. Además, para preservar las tradiciones y los antiguos sentimientos de hostilidad sobre los que se funda su nacionalismo, y para mantener despierto en sí mismo el sentido de la superioridad nacional, tendrá que esforzarse continuamente. No podrá estar dispuesto a compartir con personas de otras naciones ningún ámbito de la vida sobre la base del principio de igualdad. Allí donde su nación siga obteniendo, o pueda obtener, más intereses y oportunidades que las demás, ni una sola palabra de justicia saldrá de su mente ni de su conciencia. Su objetivo supremo será establecer un Estado nacional (National state) en lugar de un Estado mundial (World State). Incluso si adopta una ideología universal, esta se convertirá inevitablemente en imperialismo, porque en su Estado nunca se podrá conceder a los miembros de otras nacionalidades un lugar como socios iguales. Solo podrán ser aceptados como esclavos y siervos.
Aquí solo se ha presentado una discusión general sobre los principios, objetivos e ideas subyacentes de estas dos doctrinas. De esta breve exposición se demuestra claramente que son completamente opuestas entre sí. Donde exista el nacionalismo, el islam nunca podrá establecerse. Del mismo modo, donde se establezca el islam, este nacionalismo no podrá mantenerse ni un solo instante. Si el nacionalismo se desarrolla y prospera, el camino para la propagación y el establecimiento del islam quedará bloqueado. Y si el islam se establece, las raíces del nacionalismo serán necesariamente arrancadas. En estas circunstancias, una persona solo puede aceptar una de las dos doctrinas al mismo tiempo. Nadie puede embarcarse simultáneamente en estas dos barcas que navegan en direcciones opuestas. Pretender seguir una de ellas y, al mismo tiempo, apoyar, ayudar y favorecer exactamente al ideal contrario es una muestra de desequilibrio mental. Sobre quienes actúan así nos vemos obligados a decir que o bien no han comprendido el islam, o bien no han comprendido el nacionalismo, o bien no han sido capaces de comprender correctamente ninguno de los dos.
La verdadera condición del nacionalismo europeo
Hasta ahora solo se ha mencionado lo que puede comprenderse al reflexionar sobre los principios originarios del nacionalismo. Pero debemos avanzar más y examinar también el nacionalismo europeo.
En la antigua época de la jahiliyyah, las ideas de la gente sobre el nacionalismo no habían alcanzado mucha madurez. Como los seres humanos todavía no habían aceptado plenamente el nacionalismo, estaban más sumidos en concepciones basadas en el linaje o la tribu. Por ello, en aquella época, incluso los grandes filósofos y científicos llegaron a quedar cegados por la embriaguez del nacionalismo. Un pensador de alto nivel como Aristóteles expresó en su obra Politics la opinión de que las naciones incivilizadas y bárbaras fueron creadas precisamente para ser esclavizadas. Según él, hacer la guerra para convertir a esas personas en esclavos era uno de los medios de obtener beneficios. Pero cuando vemos que los griegos consideraban ‘bárbaros’ a todos los no griegos, podemos percibir de inmediato la gravedad de la opinión mencionada de Aristóteles. Pues estaban firmemente convencidos de que el carácter moral y los derechos humanos de los habitantes de Grecia eran completamente distintos de los de los demás pueblos del mundo.
Esta semilla inicial del nacionalismo se estableció posteriormente en Europa. Sin embargo, la doctrina cristiana había mantenido frenado su avance durante mucho tiempo. La enseñanza de un profeta, por muy distorsionada que esté, puede adoptar naturalmente una visión humana amplia en lugar de la perspectiva estrecha del tribalismo y el nacionalismo. Además, como la política estatal totalizadora del imperialismo romano había sometido a muchas pequeñas naciones a una autoridad central común y las había convertido en sus seguidoras, había reducido considerablemente la intensidad del odio y la hostilidad nacionales y tribales. Así, durante varios siglos, el dominio y la autoridad espiritual del papa y el poder y la autoridad políticos del emperador mantuvieron estrechamente unido al mundo cristiano. Sin embargo, ambas fuerzas se ayudaban mutuamente en la opresión, la represión y la oposición al conocimiento y la ciencia. Al mismo tiempo, estaban enfrentadas por el reparto del poder y la autoridad terrenales y de los intereses materiales. Por un lado, sus conflictos y luchas mutuos; por otro, sus malas acciones, su tiranía y su opresión; y, en tercer lugar, el renacimiento científico moderno dieron origen en el siglo VI a un movimiento religioso y político. Este movimiento fue denominado ‘movimiento de la Reforma’.
Como resultado de este movimiento, llegó a su fin la fuerza opuesta al progreso y a la reforma del papa y del emperador. Pero, por otro lado, también se produjo el perjuicio de que, a causa de ello, las diversas naciones unidas por un mismo vínculo quedaron separadas. El movimiento de la Reforma no pudo ofrecer ninguna alternativa a esta relación espiritual entre las distintas naciones cristianas. Después de que la unidad y la solidaridad religiosas y políticas se quebraran y las naciones quedaran separadas unas de otras, comenzaron a formar, de manera dispersa, sus propios Estados nacionales independientes. La lengua y la literatura de cada nación comenzaron a desarrollarse por separado. Los intereses económicos de cada nación empezaron a diferenciarse de los de las naciones vecinas. Así, comenzó a establecerse una nueva nacionalidad sobre bases étnicas, políticas, económicas y culturales. Esta empezó a ocupar el lugar del orgullo de linaje y de la hostilidad y el odio. Posteriormente, el conflicto y la competencia (Competition) entre las distintas naciones comenzaron a cobrar fuerza. Empezaron a estallar guerras y luchas. Una nación comenzó a atacar sin vacilación los intereses de otra. Continuó mostrando el colmo de la opresión y la explotación. Como consecuencia, también siguió manifestándose el extremo de la concepción relacionada con la nacionalidad. Como resultado, la amargura dentro de esa concepción se hizo cada vez más intensa. Así, el sentimiento de nacionalidad (sence of Nationality) se convirtió en «nacionalismo» (Nationlism).
Este auge y desarrollo del nacionalismo en Europa se produjo después de la intensa competencia y los conflictos con las naciones vecinas; por ello, necesariamente incorporó las siguientes cuatro concepciones: Primera: el orgullo de la nobleza nacional. Como consecuencia, una persona se convierte en una adoradora ciega de las tradiciones y características de su propia nación. Comienza a considerar a su nación superior, más avanzada y mejor que todas las demás. Segunda: la arrogancia nacional. Debido a ella, la gente debe apoyar a su propia nación en toda circunstancia, elevándose por encima de la justicia y la injusticia. Tercera: la concepción de la protección nacional. Para proteger los intereses reales e imaginarios de la nación, esto obliga a emprender numerosas acciones, desde defender el propio país hasta atacar territorios extranjeros. Para proteger los intereses económicos, se vuelve indispensable aumentar o reducir los aranceles de importación y exportación, controlar la entrada de personas de otras naciones, cerrar dentro de las fronteras del propio país el camino al sustento y a los derechos civiles para los extranjeros, intentar adquirir una fuerza militar excesiva para defender el país y viajar a otros Estados para proteger al propio país y a la propia nación. Cuarta: el orgullo nacional y el sentimiento de superioridad (National Aggrandisment). Esto despierta en toda nación desarrollada y poderosa la concepción de obtener superioridad y dominio sobre las demás naciones del mundo. La impulsa a procurar su propia prosperidad gastando los recursos de otras naciones. Considera que tiene el deber de difundir la civilización y la cultura entre los pueblos subdesarrollados, y cree que tiene el derecho innato de disfrutar de los recursos naturales de otros países; así, la nación poderosa explota a las naciones débiles.
Embriagados por este nacionalismo europeo, unos proclamaron: «Alemania por encima de todos»; otros afirmaron: «América es el propio país de Dios». Algunos dijeron: «Ser italiano es la esencia de la religión». De labios de otros se oyó la declaración de que «el derecho innato a gobernar pertenece únicamente a los británicos». De este modo, toda persona nacionalista sostiene, como si fuera un credo religioso, la idea: «Mi país, tenga razón o no» (My country Wrong or right). En realidad, esta locura del nacionalismo ha maldecido cruelmente a la humanidad del mundo actual. Es sumamente peligrosa para la civilización humana. Convierte al ser humano en una bestia feroz contra todos los que no pertenecen a su propia nación.
No se llama nacionalismo simplemente al hecho de amar a la propia nación y desear verla libre, próspera y desarrollada. Porque, en esencia, no cabe duda de que eso es un sentimiento noble. En realidad, no es el amor por la propia nación, sino la hostilidad, el odio, la animadversión y el deseo de venganza contra las naciones extranjeras lo que origina este nacionalismo y lo alimenta. El sentimiento herido por los ataques del nacionalismo y la pasión nacional oprimida encienden una especie de fuego en el corazón humano, y ese es, en realidad, la fuente vital del nacionalismo. Este fuego lleva incluso la gran y sagrada concepción del amor a la nación, propia de la arrogancia de esta época bárbara, más allá de sus límites y la transforma en algo impuro. En cada nación, esta concepción surge inicialmente para vengarse de alguna opresión real o imaginaria ejercida por una nación extranjera. Pero, puesto que ninguna norma moral, enseñanza espiritual ni ley de Alá guía su camino, sobrepasa los límites y produce el imperialismo (Imperialism), el nacionalismo económico (Economic Nationalism), el odio étnico, las guerras y los desastres internacionales. Un célebre escritor de la época moderna, Francis W-Cocker, escribió:
«Algunos escritores nacionalistas sostienen que el derecho a vivir libremente pertenece únicamente a las naciones en desarrollo…… aquellas que poseen una riqueza cultural y espiritual superior. Su argumento es que los derechos y deberes de una nación civilizada de alto nivel no consisten solamente en proteger su propia libertad y ocuparse de sus asuntos internos sin interferencia ajena, sino que también incluyen el derecho y el deber de extender su influencia y autoridad sobre las naciones relativamente subdesarrolladas; por ello, no hay impedimento aunque sea necesario emplear la fuerza. Afirman que toda nación desarrollada posee una dignidad de alcance mundial y que no tiene derecho a enterrar sus capacidades y talentos internos únicamente en el suelo de su propio país ni a emplearlos solo para su propio progreso, sometida al egoísmo. ….. En realidad, precisamente este tipo de ideas y argumentos fue utilizado, durante la última parte del siglo XIX, para someter a Europa y América a las políticas imperialistas en apoyo del imperialismo; se presentan exactamente tales argumentos.»
También escribió: «Todavía se afirma que, cuando una gran nación es atacada, no solo tiene derecho a resistir, sino también a oponerse a cualquier acto perjudicial para su forma de vida independiente y su prosperidad. Proteger sus fronteras, poner sus propios recursos bajo su propia autoridad y garantizar la seguridad de su honor no basta para la vida de una nación. Para sobrevivir, debe hacer mucho más. Debe avanzar, expandirse, aumentar su propia fuerza militar y mantener sus características y su esplendor nacionales. De lo contrario, esa nación descenderá gradualmente hacia la decadencia y, finalmente, su existencia desaparecerá en la competencia internacional. Cuanto mayor sea el éxito de una nación en proteger sus propios intereses y ampliar el alcance de su influencia y autoridad políticas y económicas, mayor será su derecho a sobrevivir. La victoria en la guerra es la prueba más evidente de que una nación es la más apta (Fittest). En palabras del Dr. Bīzhāt: «La guerra forma las naciones».
Después escribió: «La doctrina de la evolución de Darwin también fue utilizada por completo, y de manera errónea, en apoyo de estas teorías. ¡Ernst Haeckel (Ernist Haekel) fue en Alemania el primer y más destacado “portavoz” de la influencia del darwinismo! Utilizó su doctrina biológica (Biological) con gran cautela en la filosofía y en la sociología (Sociology). Considera el egoísmo y la adoración de sí mismo como una ley universal de la vida, y afirma que esta ley se aplica en la sociedad humana como una especie de mecanismo de destrucción hereditaria de los seres humanos. Según él, no existe en la Tierra un sustento suficiente para todos los animales que nacen en ella. Por consiguiente, la descendencia de los animales débiles llega a su fin. Y no solamente porque, en la intensa lucha y competencia por obtener los limitados recursos de la Tierra, no son capaces de competir con éxito contra los demás, sino también porque carecen de toda capacidad para resistir el avance victorioso de los animales fuertes. Así, Karl Pearson (Karl Pearson) calificó la lucha y el conflicto internacionales como “un capítulo de la historia natural de la humanidad”. Sostiene que, desde el punto de vista de la concepción científica de la vida (Scientific View of Life), la evolución de la civilización y la cultura humanas se produce esencialmente a causa de esa lucha y ese conflicto, que existen eternamente no solo entre los individuos, sino también entre las naciones. Cuando una nación de clase superior destruye a los descendientes débiles y, creando únicamente linajes fuertes, aumenta su capacidad interna, comienza a desarrollar su capacidad externa (Fitness) al enfrentarse con otras naciones. En este conflicto, las naciones débiles (ineptas) quedan exterminadas. Solo permanecen las naciones fuertes. De este modo, en conjunto, toda la humanidad avanza hacia el progreso. Una nación puede demostrar que es igual a otras naciones más desarrolladas precisamente cuando compite constantemente con ellas en el comercio y en la obtención de materias primas y alimentos. Si empieza a convivir en armonía con las naciones inferiores, habrá que considerar que ha renunciado a su pretensión de superioridad. Y si, después de expulsar a esas naciones, ocupa ella misma el país, o les concede el derecho de residir allí y utiliza ese derecho conforme a sus propios intereses, solo entonces puede demostrarse y establecerse la superioridad de una nación. —Recent political Thought, Nueva York, 1934, pp. 443-48.»
Otro autor llamado Joseph Lighten escribió: «Desde el siglo XV, la historia del mundo es, en buena medida, la historia de la lucha y el conflicto económicos entre los Estados nacionales. El nacionalismo económico se ha convertido continuamente en causa de conflicto entre las naciones. Primero comienzan la competencia y los obstáculos en el ámbito del comercio. Después se desencadena la guerra. La expansión del dominio sobre América, África, las islas de los siete mares y vastas regiones de Asia, el establecimiento de colonias y la explotación (Exploitation) de los recursos económicos de esos países, entre otras cosas, no son más que distintos capítulos de esta historia de saqueo. Aunque todo ello también se produjo, en una escala muy pequeña, cuando, tras la caída de los romanos, las naciones bárbaras se dispersaron aquí y allá mientras saqueaban. La diferencia, sin embargo, es que de las ruinas del Imperio romano se estableció una organización internacional sobre bases religiosas, morales y culturales, pero eso no fue posible en el Nuevo Mundo». —Social Philosophies in Conflict, Nueva York, 1937, p. 439.»
Este autor escribió en otro lugar: «Cuando una nación dotada de unidad cultural es políticamente independiente, posee intereses económicos comunes y despierta en ella un sentimiento de superioridad basado en tal nacionalismo cultural, político y económico, el nacionalismo económico aparece inevitablemente con gran intensidad. Porque este nacionalismo es la consecuencia inevitable de la lucha y el conflicto que prevalecen entre las distintas naciones del mundo. Y este mismo nacionalismo se transforma poco después en imperialismo económico. Las naciones luchan entre sí para obtener ventajas y facilidades relacionadas con el comercio, y entran en conflicto unas con otras para apoderarse de los mercados extranjeros y de los recursos económicos de los países atrasados».
«El problema del nacionalismo político y económico —para el cual no se ha encontrado ninguna solución— consiste en que, por un lado, la existencia de un Estado nacional es indispensable para el bienestar y la prosperidad de una nación, y no solo su comodidad económica, sino también su desarrollo cultural, su educación, su ciencia y su arte —el progreso de cada uno de estos ámbitos— dependen enteramente del desarrollo y el fortalecimiento del Estado nacional. Pero, por otro lado, en el ambiente de competencia actual, el nacionalismo económico surge por sí solo. Cada nación procura progresar a costa de las demás. Como resultado, se alimentan entre las naciones sentimientos de represalia, sospecha, temor y odio. Desde la competencia internacional en el ámbito económico hasta el enfrentamiento militar en el campo de batalla abierto, el tránsito es libre y el camino es sumamente corto». —Ibíd., pp. 4-5.»
La diferencia entre el nacionalismo occidental y el ideal islámico
En lugar de exponer con mis propias palabras el nacionalismo occidental, su método de pensamiento y su política de acción, he considerado mucho mejor presentarlos aquí con las palabras de los pensadores occidentales. De este modo, con la ayuda de los escritos de los propios eruditos occidentales, la verdadera imagen del nacionalismo europeo ha quedado claramente expuesta ante los lectores. De las citas anteriores se ha demostrado de manera irrefutable que todas las ideas y concepciones, así como todos los principios y los ideales sobre cuya base se estableció y desarrolló el nacionalismo en Europa, son indudablemente mortales para la humanidad. Estos principios y concepciones han llevado al ser humano al nivel de la bestialidad y de la extrema ferocidad. Esto cubre la Tierra de Dios de opresión, persecución y derramamiento de sangre, y obstaculiza el desarrollo progresivo de la civilización humana. El principio del nacionalismo occidental borra y elimina por completo todos los grandes objetivos por los que, desde tiempos remotos, los profetas enviados por Dios se esforzaron en el mundo. Se opone al propósito con el que la ley divina ha venido al mundo y a las enseñanzas y los ideales morales y espirituales con los que fue revelado el Libro celestial. Este principio satánico vuelve al ser humano estrecho de mente, limitado de visión y envidioso. Convierte a las naciones y a los linajes en enemigos mortales unos de otros, y los deja completamente ciegos ante la verdad, la justicia y la humanidad. Al sustituir la verdad moral por la fuerza material y el poder bestial, asesta un duro golpe al núcleo mismo de la ley divina.
El propósito eterno de la sharía divina es establecer relaciones morales y espirituales entre los seres humanos y convertirlos, en un amplio y vasto campo de acción, en ayudantes y solidarios unos de otros. Pero el nacionalismo corta esas relaciones con la afilada espada de las diferencias raciales, tribales y geográficas, genera odio y hostilidad nacionalistas, y convierte a las personas en enemigas y rivales unas de otras.
El objetivo de la sharía divina es crear las condiciones amplias y generosas necesarias para que los seres humanos establezcan entre sí relaciones y vínculos lo más libres posible, pues el desarrollo y el establecimiento de la civilización y la cultura humanas dependen de ello. Por consiguiente, el nacionalismo crea un obstáculo formidable para el establecimiento de esas relaciones y vínculos. Como resultado, se vuelve completamente imposible que una nación viva en la zona dominada por otra.
El objetivo de la sharía divina es que cada individuo, cada nación y cada generación tenga plena oportunidad y facilidades para cultivar sus características naturales y sus capacidades innatas, de modo que pueda desempeñar su papel en el progreso general de la humanidad. Pero el nacionalismo inculca en cada nación y en cada generación una motivación tal que la lleva a adquirir poder, considerar insignificantes, carentes de valor e inferiores a las demás naciones y generaciones, convertirlas en esclavas y no permitirles desarrollar sus capacidades innatas ni tener la oportunidad de trabajar; más aún, les arrebata incluso el derecho a vivir.
El principio supremo de la sharía divina es que los derechos humanos se fundamenten en la moralidad y no en la fuerza; de modo que incluso una persona o un grupo poderoso haga valer los derechos de una persona o un grupo débil cuando la norma moral lo respalde. En cambio, el nacionalismo establece el principio de que la fuerza es la razón, (Might is right), y que el débil no tiene ningún derecho, porque carece de la capacidad para hacer valer sus derechos.
Así como la sharía divina no se opone al desarrollo de la personalidad dentro de los límites de la moralidad, tampoco se opone al cultivo de la identidad nacional. Más bien, la sharía divina lo apoya y lo fomenta, pues desea cultivar cada nación mediante su progreso y desarrollo en su propio ámbito, de manera que avance con solidaridad, ayuda y benevolencia hacia la humanidad en su conjunto (Humanity at Large) y desempeñe un papel semejante al que desempeña el río para el mar. En cambio, el nacionalismo crea en las personas una mentalidad que las lleva a dedicar todas sus fuerzas, capacidades, aptitudes y talentos exclusivamente a la supremacía de su propia nación; y no solo deja de contribuir al bienestar de la humanidad en su conjunto, sino que tampoco vacila en sacrificar sus intereses en el altar de los intereses de su propia nación. En la vida individual, el lugar que ocupa el «interés propio» lo ocupa, en la vida social, el «culto a la nación». El nacionalista es por naturaleza estrecho de miras. Solo ve toda la belleza, las virtudes y las cualidades del mundo en su propia nación y en su propia tribu o clan; entre las demás naciones, linajes, tribus y clanes no ve nada valioso que tenga derecho a existir. La manifestación extrema de semejante mentalidad la encontramos en el nacionalsocialismo alemán. En palabras de Hitler, la definición del nacionalsocialismo es: «Aquel individuo que está dispuesto a elevar tanto los objetivos nacionales que, para él, nada puede estar por encima del bienestar y la prosperidad de su propia nación, y que ha comprendido plenamente el significado de nuestro himno nacional, Germany above all —Alemania por encima de todos—; es decir, que en este vasto y extenso mundo no puede haber nada superior al país y a la nación alemanes que sea digno de su amor y respeto. Tal individuo será un nacionalsocialista».
En su autobiografía Mi lucha, Hitler escribió: «Todo lo valioso que existe en el universo —la ciencia, las artes, la excelencia técnica y los descubrimientos e invenciones— es fruto del talento creativo de unas pocas naciones. Y esas naciones están vinculadas fundamentalmente a un mismo linaje. Si dividimos a la humanidad en tres grupos —los que crean la cultura, los que conservan la cultura y los que destruyen la cultura—, solo la raza aria pertenecerá al primer grupo».
Sobre la base de este orgullo de linaje, en Alemania se restringió la posibilidad de vivir de los no arios. Y sobre esta base se construyó la doctrina alemana de la conquista del mundo. Según un socialista alemán, la misión de la nación alemana en el mundo consiste en destruir a las razas inferiores y utilizarlas como instrumentos para expandir la civilización. Y esto no es una característica exclusiva de Alemania: también en los Estados Unidos, amantes de la democracia, se practica la discriminación racial sobre esta misma base. Los estadounidenses blancos no están dispuestos a considerar seres humanos a los negros. Esta es también la perspectiva de todas las naciones europeas, ya se trate de Gran Bretaña, Francia, Italia, Holanda o de cualquier otra.
Así pues, una característica inevitable del culto a la nación es que convierte al ser humano en adorador de sus propios intereses. La ley de la sharía llegó al mundo para convertir al ser humano en una persona de principios. La sharía divina quiere hacer que la conducta humana siga principios independientes, principios que no cambien junto con los intereses y los deseos personales; por el contrario, el culto a la nación despoja al ser humano de todo principio. Para quien rinde culto a la nación, no existe en el mundo ningún principio aparte del deseo del bienestar de su propia nación. Si la ciencia de la moral, los preceptos religiosos y la filosofía de la civilización le sirven para alcanzar ese objetivo, afirmará gustosamente creer en esos principios. Pero si se convierten en un obstáculo para lograrlo, los abandonará y adoptará otra doctrina o filosofía.
En la vida de Mussolini podemos ver un ejemplo completo del carácter de un nacionalista. Antes de la guerra mundial era socialista. Durante la guerra mundial se separó de los socialistas únicamente porque vio que el interés nacional de Italia estaba en participar en la guerra. Pero, al no obtener Italia el bienestar que esperaba de los recursos obtenidos en la guerra, izó la bandera del movimiento fascista. También en este nuevo movimiento cambió repetidamente de principios. En 1919 era un socialista liberal; en 1920 se convirtió en anarquista, es decir, en dictador. Durante algunos meses de 1921 fue opositor de las clases socialistas y democráticas; durante otros meses intentó formar una alianza con ellas. Finalmente se separó de ellas y elaboró una nueva política. Este cambio constante de color, esta falta de principios y este oportunismo no son características exclusivas de Mussolini. Más bien, esta es la característica natural de la naturaleza nacionalista. Todo lo que una persona egoísta puede hacer en su vida privada, eso mismo puede hacer un nacionalista en la vida nacional. Le resulta imposible creer independientemente en una determinada filosofía política.
Pero el conflicto entre el nacionalismo y la Ley divina también se manifiesta de la manera más evidente desde otro ángulo. Es claro que todo profeta que venga de parte de Alá nacerá en alguna localidad. Del mismo modo, el Libro que se le entregue a ese profeta estará necesariamente en la lengua de la localidad en la que haya sido enviado. Además, los lugares relacionados con la misión profética y que ocupen un lugar de honor y dignidad estarán, en su mayoría, en esa misma localidad.
Pero, a pesar de estas limitaciones, el mensaje de verdad y la enseñanza de la guía que un profeta trae de parte de Alá no quedan limitados a ningún país ni nación. Al contrario, son universales para todos los seres humanos, y se ordena a toda la humanidad creer en ese profeta y en el Libro que ha presentado. Ya sea que la misión de un profeta sea limitada, como la de los profetas Hud y Salih, la paz sea con ambos, entre muchos otros, o que su misión sea amplia, como la de los profetas Abraham y Muhammad, la paz y las bendiciones de Alá sean con él, en todos los casos se ordenó a toda la humanidad creer en todos los profetas y honrarlos. Cuando la misión de un profeta es universal, es natural que el Libro que presenta alcance una dignidad internacional, que la influencia cultural de ese Libro sea también internacional y que sus lugares sagrados alcancen una dignidad internacional, aunque estén situados en un solo país. No solo ese profeta, sino también sus compañeros y los primeros hombres que participaron de manera destacada en la difusión y propagación de su misión serán llamados héroes entre todas las naciones, aunque estén relacionados con una sola nación. Todo esto es contrario a la naturaleza, las inclinaciones, las emociones, la filosofía y la visión de un nacionalista. El sentimiento nacionalista de un nacionalista no puede aceptar de ningún modo reconocer como héroes a personas que no pertenecen a su propia nación, aceptar como centro sagrado un lugar que no forma parte de su patria, reconocer la influencia cultural de una lengua que no es la suya ni recibir inspiración espiritual de tradiciones procedentes del extranjero. No solo calificará estas cosas de extranjeras, sino que las mirará con el mismo odio y rechazo con que se mira todo lo perteneciente a los invasores extranjeros. Se esforzará por eliminar de la vida de su propio pueblo toda influencia exterior. La exigencia natural de la inspiración de su sentimiento nacionalista es que vincule todas las emociones y sentimientos de honor y dignidad únicamente con la tierra de su patria, y que cante alabanzas a los ríos, arroyos y montañas de su país. Revivirá la antigua historia y las tradiciones de su propio pueblo —tradiciones que la religión extranjera suele denominar la época de la ignorancia— y se sentirá orgulloso de ello. Establecerá una relación entre su presente y el pasado, y entre su propia cultura y la cultura de sus antepasados; aceptará como héroes a los ancianos históricos o imaginarios de su pueblo y obtendrá inspiración espiritual de sus hazañas reales o imaginarias.
En suma, forma parte de la naturaleza misma del nacionalismo que, apartándose de cualquier cosa extranjera, se vuelva hacia aquello que pertenece a su propia casa. El destino final al que conduce este camino es el rechazo definitivo de la religión extranjera y la revitalización de las tradiciones religiosas que el nacionalista haya heredado de la época de ignorancia de su propio pueblo. Es posible que muchos nacionalistas no logren llegar hasta el destino final y se queden en alguna estación intermedia; pero el camino que recorren conduce precisamente hacia allí.
Todo lo que ocurre actualmente en Alemania es una explicación y demostración completas de esta característica natural del nacionalismo. Un sector de los nazis manifiesta abiertamente su descontento con Jesús, la paz sea con él, porque era de origen judío. El simple hecho de que una persona sea judía basta para que un adorador de la raza aria niegue todo su valor y relevancia cultural, moral y espiritual. Por eso, los miembros de este grupo dicen sin reparos: «El Mesías era un judío proletario. Era un precursor de Marx. Por eso dijo que los pobres y desposeídos serían los herederos de la tierra». En cambio, los nazis que todavía conservan un lugar para el Mesías en sus corazones intentan demostrar que era de origen nórdico. Es como si un nacionalista alemán no pudiera aceptar al Mesías porque era judío; o, si lo acepta, no aceptara al Mesías israelita, sino al Mesías de origen nórdico. En todos los casos, su religión está subordinada al culto de la raza. Ningún alemán adorador de la nación está dispuesto a reconocer a un no ario como líder de la civilización espiritual y moral. La verdad más contundente es que, para el nacionalista alemán, ni siquiera es aceptable el Dios cuya concepción haya sido importada del extranjero. Algunos círculos nazis intentan revivir a los dioses que la tribu de los teutones adoraba en la antigüedad. Por eso han investigado minuciosamente la historia antigua y han preparado relatos completos de dioses y diosas. Asimismo, reconocen como gran dios a Wotan, la divinidad que los miembros de la tribu teutona, en la antigua época de ignorancia, reconocían como el dios de las inundaciones. Este movimiento religioso apenas acaba de comenzar. Pero incluso en la educación que actualmente se imparte oficialmente a los jóvenes nazis, Dios no es reconocido como el Señor de los mundos, sino únicamente como el Señor de los alemanes. Las palabras de esta creencia religiosa son estas: «Creemos en Dios como el origen primigenio de la fuerza y de la vida, en la tierra y en la creación… Para el pueblo alemán, la idea de Dios es innata. Nuestra concepción de Dios y de la eternidad no coincidirá de ningún modo con la concepción de ninguna otra creencia religiosa. Creemos que la nación alemana y Alemania son eternas, porque creemos que la fuerza y la vida son eternas. Creemos en la concepción nacionalsocialista de la vida. Creemos que nuestro objetivo nacional es verdadero. Creemos en nuestro líder Adolf».
Es decir, Dios es el nombre de una fuerza y una vida que se han infiltrado en la nación alemana, y la nación alemana es la manifestación de ese Dios en la Tierra. Hitler es el mensajero de ese Dios. Y el objetivo y propósito nacional es la religión presentada por ese mensajero. Si existe alguna semejanza entre la mentalidad de un nacionalista y la concepción religiosa, es únicamente esta.
El desenlace del nacionalismo occidental
Si el nacionalismo se desarrolla en la política europea, al final acabará deteniéndose precisamente en este punto. La razón por la que quienes aún se encuentran en la etapa intermedia no han podido llegar todavía hasta ese límite es únicamente que el impulso de su nacionalismo aún no ha recibido un golpe semejante al que sufrió Alemania como consecuencia de la Guerra Mundial. Pero tenga la certeza de que, una vez que han emprendido el camino del nacionalismo, su destino final será necesariamente la ignorancia extrema, que no se detendrá hasta convertir incluso a Dios y a la religión en algo nacional. Esa es la exigencia de la naturaleza del nacionalismo. ¿Quién puede protegerse de sus exigencias naturales adoptando el nacionalismo? Piénselo: ¿qué es lo que, en cuanto adopta el pensamiento nacionalista, hace que el rumbo de un nacionalista egipcio gire espontáneamente hacia los faraones de Egipto? ¿Qué es lo que hace que el iraní se entusiasme con los héroes de las historias del Shāhnāmeh? ¿Qué es lo que arrastra al indostaní hacia los «tiempos antiguos» y le hace cantar en sus labios la santidad del Ganges y del Yamuna? ¿Qué es lo que obliga al turco a eliminar la influencia árabe de cada ámbito de su lengua, su literatura y su vida civilizada, y lo impulsa y anima a recuperar en todos los campos las tradiciones turcas de la época de la ignorancia? Cuando la semilla del nacionalismo se planta en una mente, todos sus intereses quedan confinados dentro de los límites de la nacionalidad y vuelve la espalda a todo lo que está fuera de ellos; aparte de esto, ¿qué otra descripción psicológica puede hacer usted de ella?
Mientras redacto este artículo tengo ante mí un artículo escrito por el Director General de Prensa de Ankara, cuyo título es «La mujer turca en la historia». Sus frases iniciales son las siguientes: «Antes de hablar del lugar elevado y honorable que nuestra democracia recién surgida desea conceder a las mujeres turcas, deberíamos echar un vistazo a cómo fue la vida de las mujeres turcas en las distintas épocas a lo largo de la historia. Esta breve revisión deja claro que el testimonio que hoy se observa entre los hombres turcos no es algo nuevo en nuestra historia nacional. También se sabrá por ella que, cuando la familia turca y el sistema civilizatorio turco estaban libres de influencias externas, las mujeres turcas participaban en todo movimiento civilizatorio. Nuestro célebre sociólogo Ziya Gökalp ha investigado ampliamente este tema. Gracias a sus investigaciones se conocen muchos de los derechos que las mujeres turcas habían alcanzado en la civilización antigua —la época de la ignorancia de Turquía—. Estos testimonios dejan claro que, en cuanto a la liberación civilizatoria y política, existe una profunda semejanza entre la mujer turca de aquella época y la mujer turca actual».
Preste atención a las frases anteriores. Observe cómo un turco nacionalista vuelve la espalda al capítulo de su historia en el que su nación quedó sometida a una dominación extranjera, y cómo acepta el pasado como «modelo ideal» para su presente cuando su nación estaba libre de aquella influencia extranjera. Así, el nacionalismo lleva la mente humana del islam a la ignorancia. Ziya Gökalp fue, en esencia, el padre de la Turquía moderna en lo relativo a la civilización y la cultura, y la nación turca actual avanza por el camino que él señaló. En palabras de Halide Edib Hanım, él es: «Alguien que desea construir una Turquía capaz de llenar el vacío entre los turcos otomanos y sus antepasados turanios. ………. Basándose en la información que proporcionó sobre la organización política y civilizatoria de Turquía en la época preislámica, desea llevar a cabo reformas civilizatorias. Estaba firmemente convencido de que el islam que los árabes estaban estableciendo no podía adaptarse a nuestra situación. Si no queremos regresar a la época de la ignorancia, debemos realizar una reforma religiosa que sea compatible con nuestra naturaleza».
Estas palabras no son las de un propagandista occidental que quiera difamar a los turcos, sino las de una mujer turca nacionalista. En ellas puede ver claramente cómo, cuando por un lado la adoración de la nación comienza a entrar en la mente de los musulmanes, por el otro el islam comienza a salir de ella. Esto no se aplica únicamente a los turcos: cualquier musulmán que pacte con el demonio del nacionalismo tendrá necesariamente que despedirse, estrechándole la mano, del ángel del islam. Recientemente, un poeta «musulmán» de Indostán compuso una canción patriótica dedicada a la patria. En ella se dirige a la Madre India y dice: Nota: aquí hay varias líneas en urdu.
Sentido: Tú eres el depósito de aquel cuya agua es néctar,
Tú eres el depósito de aquel cuyo grano es electricidad,
Tú eres la mina cuyas piedras son diamantes,
Tú eres el jardín que hace del mundo un paraíso,
Tú eres la morada de los dioses y las diosas,
Con nuestras postraciones te convertiremos en la Kaaba.
Después de leer el último verso, ¿puede quedar alguna duda de que el islam y el nacionalismo son dos cosas completamente opuestas? Es absolutamente imposible que estas dos cosas, de mentalidades opuestas, se encuentren en un mismo lugar. En realidad, el nacionalismo es en sí mismo una doctrina que se opone a la sharía divina. Más aún, en la práctica el nacionalismo pretende establecer su dominio sobre aquellos aspectos de la vida humana que la sharía divina quiere someter a su propia autoridad. Para una persona sensata solo queda una opción: aceptar a uno de estos dos pretendientes del espíritu y del cuerpo, entregarse a él y, cuando se refugie en el regazo de uno, no mencionar siquiera el nombre del otro.
¿Bajo la maldición de qué nacionalismo ha caído el mundo??
No cabe duda de que, en la época actual, el mundo solo conoce un medio probado para alcanzar la libertad, el progreso y la dignidad. Y ese medio es la receta del nacionalismo. Por ello, toda nación que aspira al progreso corre en esa dirección. Antes de correr nosotros también en la dirección en la que vemos correr a los demás, deberíamos reflexionar sobre por qué el mundo se encuentra hoy en esta situación. El mundo ha caído hoy en este estado únicamente porque carece de una fuerza capaz de controlar las esperanzas y aspiraciones de los individuos y las colectividades, de una autoridad que mantenga las esperanzas, aspiraciones, entusiasmo y fervor dentro de límites legítimos, de una fuerza que guíe por el camino recto las energías dedicadas al esfuerzo y la lucha, de una enseñanza racional e intelectual que indique un camino correcto y preciso para alcanzar la libertad, el progreso, el honor y la dignidad, y de un conocimiento moral. Precisamente por esta carencia de fuerza y de principios, las diversas naciones del mundo se han extraviado. Precisamente por esta falta de principios éticos, hoy se ha empujado a muchas naciones hacia la ignorancia, el provincianismo, la opresión y la injusticia. La razón por la que los hindúes, los sijs, los parsis y otras comunidades de nuestro país están adoptando hoy las ideas nacionalistas de Occidente es que también ellas han sido privadas de una guía correcta en este asunto. Si en algún lugar puede encontrarse el remedio para este peligro y la corrección de este extravío, ese remedio solo puede ser la ley de Allah. Y, en el mundo, los musulmanes son el único grupo que representa la sharía de Allah. Por tanto, deben avanzar y arrancar de raíz esas ideas nacidas de la ignorancia, que se aproximan para devorar al mundo entero como un incendio forestal. Su deber es anunciar a todas las naciones y comunidades del mundo, con voz poderosa, lo siguiente: para vosotros, el camino no solo hacia la libertad, el progreso, el honor y la dignidad, sino también hacia la paz, la seguridad y la verdadera prosperidad y el progreso, es únicamente el que el Mensajero de Allah trajo de parte de Él. El camino que os muestra el imán de la destrucción y la devastación enviado por Satanás no es el camino de la verdadera liberación y prosperidad.
Pero la mayor tragedia, es decir, el acontecimiento más doloroso de la época actual, es que el grupo musulmán que puede salvar al mundo de la destrucción, la confusión y el extravío, aquel que Allah envió con la responsabilidad de establecer y extender en el mundo la misión de los profetas, la paz sea con ellos, hoy permanece olvidado de esa responsabilidad. En lugar de iluminar, con la antorcha de la guía, al mundo que se debate en las tinieblas, hoy ellos mismos se disponen a correr detrás de las masas extraviadas. ¡Es lamentable que en este hospital hubiera un solo médico y que ahora ese médico también esté a punto de convertirse en uno de los enfermos!
¡Qué palabras tan maravillosas dijo el poeta!: «Buenas noticias para la muerte: Isa mismo está afligido».
El nacionalismo y la India
Mediante el análisis normativo anterior hemos demostrado que, desde la perspectiva de las ciencias sociales, la nacionalidad regional está en conflicto con el idealismo islámico y es completamente contraria a él. Por tanto, si por musulmán se entiende una persona cuya vida entera se rige por una perspectiva islámica, y si no se entiende por musulmán ninguna otra cosa aparte de esto, entonces naturalmente se convierte en deber del musulmán oponerse a la nacionalidad regional allí donde se encuentre y cualquiera que sea su situación; oponerse a ella es su deber ineludible. En tal caso, no puede haber ninguna razón para que surja un debate especial sobre cuál debe o puede ser el papel del musulmán respecto del nacionalismo basado en un país o del nacionalismo regional en un país o región determinados. Sin embargo, a pesar de ello, dado que se nos exige reiteradamente apoyar el nacionalismo indio —o el nacionalismo bengalí—, se ha vuelto necesario examinar y analizar, en el contexto de la situación de esta India indivisa, cuáles podrían ser aquí las consecuencias del nacionalismo y si existe alguna posibilidad de que, por medio de él, India —y, en particular, los musulmanes indios— alcancen la liberación.
Los elementos fundamentales del nacionalismo
Para que se forme un nacionalismo en un país, es absolutamente necesario que ya exista allí una nacionalidad o, en su defecto, que exista la posibilidad de que llegue a existir. Porque allí donde fundamentalmente no existe una nacionalidad, no es posible crear entre el pueblo una corriente de culto a la nación. El nacionalismo no es sino otro nombre para la corriente de culto a la nación. Si no existe la chispa original, ¿cómo podría encenderse el fuego a partir de ella? Pero ¿qué tipo de nacionalidad debe existir para que se encienda el fuego de la corriente nacionalista?
Existe un tipo de nacionalidad desde el punto de vista político: la nacionalidad política (Political Nationalism). Es decir, quienes viven bajo un único sistema estatal pueden ser considerados «una nación» únicamente en virtud de su unidad política. Para esta clase de nacionalidad no es en absoluto necesario que sean idénticos los sentimientos y emociones, los pensamientos y creencias, las ideologías, los valores morales y las perspectivas, las tradiciones y la historia, las lenguas, la literatura ni los modos y estilos de vida de todas las personas que la integran. Aunque esas personas sean diferentes en todos esos aspectos, puede considerarse que entre ellas existe una nacionalidad política. Y mientras permanezcan unidas en lo político y en lo administrativo, la duración de esta nacionalidad se mantendrá exactamente durante ese mismo tiempo. Pero incluso si sus distintas sociedades llegan a ser diferentes y mutuamente opuestas —incluso si sus metas, objetivos e impulsos nacionales se vuelven mutuamente contradictorios y, por ello, emprenden acciones concretas unas contra otras—, su nacionalidad política seguirá siendo una sola. Aunque a esta clase de nacionalidad se la pueda denominar nacionalidad, debe considerarse que aquí falta por completo la corriente de pensamiento y las características necesarias para crear una verdadera unidad nacional.
Existe otro tipo de nacionalidad: la nacionalidad cultural (Cultural Nationalism). Esta nacionalidad solo puede encontrarse entre personas que tienen la misma religión, los mismos pensamientos e ideologías, las mismas emociones y sentimientos, y los mismos valores; entre quienes poseen el mismo tipo de cualidades morales; entre quienes mantienen el mismo tipo de sensibilidad y perspectiva respecto de los asuntos importantes de la vida, de modo que, como consecuencia, se manifiesta una misma corriente de pensamiento en los ámbitos cultural y colectivo de la vida. Los criterios para determinar lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo lícito y lo ilícito, y lo puro y lo impuro, entre otras cosas, son los mismos. Estas personas comprenden profundamente los sentimientos de las demás y conocen bien sus temperamentos, hábitos, caracteres e intereses. Se alegran con la alegría de los demás y consideran como propios el dolor y las dificultades de los demás. En su sociedad se establecen de manera amplia y profunda vínculos de sangre y de espíritu. Se sienten estimuladas e inspiradas por el mismo tipo de herencia histórica. En suma, desde los puntos de vista mental, espiritual, moral, social y colectivo, se convierten en un grupo, una sociedad, una sociedad única e indivisible. Solo mediante una corriente de pensamiento de esta naturaleza pueden surgir entre las personas el impulso y el despertar nacionales, y solo ella puede constituir la base de la nacionalidad. Únicamente en una sociedad así pueden cultivarse, desarrollarse y perfeccionarse una forma nacional, un carácter nacional y un idealismo nacional común. Esto es lo que posteriormente crea una unidad nacional y despierta la conciencia del yo nacional (National self). La unidad nacional regional o basada en el país trae una sentencia de muerte para una corriente de pensamiento de esta naturaleza.
¿Cómo puede llegar la liberación mediante el nacionalismo indio??
Al examinar la situación de la India a la luz del análisis expuesto, podrá comprenderse con certeza si aquí están presentes o no las bases mencionadas del nacionalismo. En la India existe, sin duda, una nacionalidad política, porque los habitantes de este país viven bajo el mismo sistema de gobierno. Las mismas leyes rigen su vida social y económica, y todos están aprisionados por una única fuerza de hierro en un vínculo férreo. Pero, como ya he dicho, la mera nacionalidad política no basta para crear el nacionalismo. Tal nacionalidad existió también en Australia, Hungría, Gran Bretaña, Irlanda y muchos otros imperios. Todavía existe en muchos países. Sin embargo, no ha creado el nacionalismo en ninguno de ellos. Tampoco puede crear nacionalismo el hecho de unirse con el propósito de alcanzar la independencia o de compartir por igual sufrimientos, penalidades y peligros. Y cualquier persona perspicaz puede comprender de un vistazo que entre los habitantes de la India no existe en absoluto ninguna forma de nacionalidad cultural.
Si esta es la realidad, ¿qué provecho hay en hablar de nacionalismo? Allí donde no existe la madre, ¿qué puede ser mencionar al hijo sino una necedad? Aun así, quienes sueñan con establecer el nacionalismo en este país deben saber muy bien que ese «hijo» solo puede nacer del seno de la nacionalidad cultural. Y antes de que él nazca, es absolutamente necesario que nazca su madre. Una vez conocida esta verdad, se vuelve inevitable modificar sus reivindicaciones, y antes de pronunciar el nombre de esta nacionalidad en la India deberán consagrarse a crear una nacionalidad cultural. De lo contrario, el nacimiento de una nacionalidad india será completamente imposible.
¿Cómo puede crearse el nacionalismo indio??
A continuación, es sumamente necesario analizar la creación de un nacionalismo cultural en la India y sus posibles consecuencias.
En realidad, en un país donde existen diversas nacionalidades culturales solo puede haber dos medios para crear un nacionalismo: primero, la civilización y cultura de una nación absorberá las de todas las demás naciones; o segundo, mediante la estrecha unión y mezcla mutuas de todos, se creará una civilización común a todas las naciones y colectiva.
No es necesario discutir aquí el primer medio, porque los dirigentes del nacionalismo indio no lo han adoptado como objetivo. Sin embargo, quienes desean crear una «nacionalidad hindú» o un «nacionalismo musulmán»¹ pueden adoptar este medio. Los nacionalistas panindios solo pueden adoptar el segundo. Por eso suelen hablar de crear una nacionalidad nueva mediante la mezcla de las diversas naciones de este país. Pero, al escuchar sus conversaciones infantiles, parece que no han comprendido en absoluto el verdadero significado de la nacionalidad cultural. Tampoco conocen siquiera las reglas y principios conforme a los cuales pueden mezclarse este tipo de nacionalidades. Y no tienen idea de qué clase de nacionalidad puede tomar forma como resultado de semejante mezcla. Consideran esta tarea un «juego de niños» y quieren jugarlo precisamente como niños.
En realidad, la nacionalidad cultural es el nombre que recibe el intelecto, la naturaleza y el sistema moral de una nación. Y una nacionalidad de este tipo nunca puede tomar forma en uno o dos días. Se desarrolla gradualmente a lo largo de varios siglos. Cuando, durante varios siglos, cierto número de personas vive hereditariamente sometido al mismo tipo de ideas, creencias, costumbres y normas, surge entre ellas una corriente de pensamiento común y consensuada, se consolidan sus cualidades morales colectivas y se forma una naturaleza intelectual distintiva. Las tradiciones a las que están ligados los sentimientos y entusiasmos de su corazón se arraigan profundamente. Las corrientes espontáneas de su mente y su intelecto se manifiestan en su literatura. Entre ellos se forma una unidad espiritual y mental. Como consecuencia, nace entre ellos la amistad y la comprensión mutua (Mutual Intelligibility). Debido a estos efectos profundos y firmes, cuando se desarrolla una nacionalidad independiente en un grupo —o, en otras palabras, cuando se consolida su naturaleza moral e intelectual—, para él resulta casi imposible mezclarse con otro grupo y transformarse en otra nacionalidad. A menudo estos grupos viven juntos durante cientos de años, bajo el mismo clima y entorno y en el mismo territorio; pero aun así no se produce entre ellos ninguna mezcla. En Europa, alemanes, magiares, polacos, checos, judíos, salafíes y muchas otras naciones de este tipo llevan mucho tiempo viviendo en el mismo lugar; pero hasta hoy no se ha producido ninguna unión entre ellas. Ingleses e irlandeses viven juntos desde hace siglos; pero tampoco entre ellos se ha producido ninguna unión. En algunos países, aunque las lenguas de tales naciones sean iguales, sus mentes y corazones no llegan a mostrar semejanza alguna. Las palabras pueden ser las mismas, pero despiertan en el corazón y la mente de cada nación corrientes independientes de pensamiento y doctrinas completamente opuestas entre sí.
Si no existe una diferencia enorme entre las normas morales y la naturaleza intelectual de diversos grupos culturales, sino que, por el contrario, poseen caracteres mutuamente compatibles, entonces, mediante la convivencia y la mezcla mutua durante largo tiempo, es posible crear una nacionalidad auténtica, plena y unificada a partir de la unión de esos grupos. En tal situación, sus rasgos distintivos y sus identidades nacionales independientes se funden por completo. Entonces se forma un sistema moral común a todos los grupos. Pero esto no puede realizarse de ningún modo en un instante. Solo después de mucho tiempo, tras numerosas transformaciones y conflictos, surge una naturaleza independiente como resultado de la unión mutua de las distintas partes. En Inglaterra transcurrieron cientos de años hasta que los britanos, sajones y normandos se convirtieron en una sola nación. En Francia este proceso lleva diez siglos en marcha. Pero todavía no se ha encontrado la raíz originaria de su nacionalidad. Aunque los diversos grupos cuya combinación dio forma a la nacionalidad italiana no fueran moralmente opuestos entre sí, hasta hoy no ha podido surgir allí una conciencia nacional. En los Estados Unidos de América solo fue posible crear una «sola nación» con personas que eran compatibles en casi todos los aspectos y que, dejando de lado sus pequeños conflictos de intereses, se vieron obligadas a convertirse rápidamente en «una sola nación». Pero para completar este proceso transcurrieron dos o tres siglos.
La creación de una nacionalidad distinguida y superior mediante la mezcla de pueblos dotados de un carácter similar solo es posible porque, al llevar a cabo dicha mezcla, no necesitan abandonar sus propias doctrinas, creencias y criterios morales, ni extirpar sus elevadas y nobles cualidades morales. Al contrario, todas esas cosas ya existen entre ellos desde mucho tiempo atrás. Esta nueva nacionalidad puede establecerse únicamente mediante la modificación de sus tradiciones e historia y el reajuste de sus emociones, entusiasmos, objetivos y metas. Por el contrario, cuando la mezcla entre pueblos de diferentes tipos de carácter moral se realiza mediante algún tipo de presión artificial, algún esfuerzo anormal y por alguna causa común, se forma la nacionalidad más vil e inferior. Pues, en tal situación, los fundamentos de sus doctrinas se debilitan. Su elevado carácter moral —cuya singularidad había impedido hasta entonces que se mezclaran— desaparece por completo. Se extingue el sentimiento de identidad nacional sobre el que se había fundado su nacionalidad. Cada uno de los pueblos se ve obligado a cambiar sus propios criterios de superioridad y distinción. En consecuencia, su nueva nacionalidad se convierte en una suma de las degradaciones morales de cada uno de ellos. Esta clase de mezcla destroza la columna vertebral del carácter moral de los pueblos implicados. Después, se necesita mucho tiempo para formar un nuevo carácter moral. Se rompen todos sus vínculos con sus respectivas antiguas tradiciones, y hay que esperar largo tiempo para que surja una nueva tradición. Ellos mismos hacen añicos sus propios modelos nacionales, pero se requiere un largo período para crear un nuevo modelo nacional.
Quienes se hundan en una situación tan funesta nunca podrán tener una naturaleza firme; serán de carácter vil, de mente estrecha, sin entusiasmo y sin principios. Como el tallo sagrado que, desprendido de su rama, ha caído al suelo carece de toda estabilidad y rueda de un lugar a otro con cada corriente de aire, así es la verdadera condición de esos pueblos. Todos los que han observado en Brasil, en Sudamérica, el resultado de la mezcla mutua de pueblos con diferentes rasgos de carácter atestiguan unánimemente que, como consecuencia de ello, la belleza moral de los pueblos implicados ha desaparecido por completo y que, por tal motivo, las generaciones posteriores de ese país nacen absolutamente inferiores en conocimiento e inteligencia, carácter moral y constitución física.
Ninguna persona experta en ciencias sociales y capaz de expresar una opinión independiente sobre la realidad, manteniéndose por encima del egoísmo político, puede considerar que los diversos pueblos culturales de la India pakistaní poseen un carácter armonioso. Pues, mientras que entre las distintas nacionalidades culturales de Europa existe cierto grado de diferencia, entre los pueblos actuales de la India pakistaní hay, en materia de creencias, una distancia como la que separa el amanecer del ocaso y el cielo del horizonte. Los principios fundamentales de la civilización y la cultura de este país son mutuamente contradictorios, y las fuentes de sus tradiciones son completamente distintas. Sus emociones íntimas y sus corrientes de pensamiento son opuestas entre sí. No existe la menor compatibilidad entre el modelo nacional de un pueblo y el de otro. El resultado de exterminar estas distintas nacionalidades para crear una nacionalidad unificada por meros intereses políticos y económicos será funesto, por las razones ya expuestas. Desgraciadamente, un siglo y medio de dominación británica ya ha hundido a los pueblos de la India en un fango cada vez más profundo de degradación moral. La sangre de la esclavitud ha vaciado de contenido su sentido de humanidad. Su carácter moral ha sufrido una espantosa caída. Entre las generaciones posteriores, esta funesta caída ha producido males devastadores. Si, en este momento crítico, al iniciar la tarea de formar una nueva nación, se golpean los cimientos de la cultura que les queda en ruinas, los vínculos morales de todo el país se desgarrarán repentinamente y las consecuencias serán terribles.
¿Puede algún bienintencionado de la India pakistaní apoyar una sola nacionalidad??
Los dirigentes políticos de este país creen que, para liberarse del lazo de la esclavitud de las potencias extranjeras, es indispensable crear aquí el nacionalismo. Y para crear el nacionalismo se necesita una sola nacionalidad. Por tanto, es necesario eliminar todas las nacionalidades actuales y formar una nacionalidad unificada de todos los partidos. Sin embargo, en realidad, su idea carece por completo de fundamento. Si hubieran poseído una visión interior infalible y hubieran intentado pensar liberándose de la esclavitud mental de Occidente, sin duda habrían comprendido que por el camino de una sola nacionalidad no hay la menor liberación para la India pakistaní, sino una destrucción y una desaparición funestas.
En primer lugar, por este camino se tardará mucho tiempo en alcanzar una nacionalidad. No es nada fácil eliminar la nacionalidad cultural formada sobre la base de tradiciones de cientos y miles de años, construir en su lugar una nacionalidad nueva y hacer que esta nueva nacionalidad, una vez firme y activa, llegue a convertirse en una sola nacionalidad. Para ello se necesitará mucho tiempo. En segundo lugar, aunque por este camino se alcance una nacionalidad, al final existirá el temor seguro de que el carácter moral de todo el país se hunda en el fango más bajo de la degradación extrema. En tercer lugar, los pueblos que desean conservar sus rasgos propios y su existencia independiente lucharán con todas sus fuerzas contra la creación de una sola nacionalidad de este tipo, y, debido a los conflictos internos, no será posible formar ningún esfuerzo conjunto para una guerra de liberación. En consecuencia, la liberación del yugo del dominio extranjero también quedará muy lejos. Incluso existe la posibilidad de que, si se intenta seguir este camino, el sueño de la independencia política se desvanezca para siempre.
Por tanto, en mi opinión, quienes, imitando a los pueblos occidentales, consideran el nacionalismo la única arma para alcanzar la libertad son necios e ignorantes. Ya lo he dicho antes y lo repito ahora: para lograr la independencia de la India y alcanzar el progreso político y económico, no existe en absoluto ninguna necesidad de unidad ni de nacionalismo entre las distintas razas. En un país donde existen diversas nacionalidades culturales, intentar establecer una sola nacionalidad no solo es superfluo, sino también un grave error de principio. Además, en cuanto a sus consecuencias, no producirá ningún bien, sino un enorme mal; de eso no cabe duda.
La vestimenta extranjera
Maulana Sindhi aconsejó a los musulmanes, al final de su discurso, usar pantalones cortos, traje de chaqueta y sombrero. En la parte final de este análisis también deseo abordar este asunto.
Estos nacionalistas orientales son criaturas bastante singulares. Por un lado, realizan una intensa propaganda del nacionalismo; por otro, no sienten la menor vergüenza al adoptar la vestimenta y las costumbres civilizatorias de otras naciones y otros países. No solo eso, sino que también intentan convertir la adopción de la vestimenta y las costumbres civilizatorias de otras naciones, con el propósito de introducirlas entre su propio pueblo, en un programa indispensable del movimiento nacionalista. Incluso, allí donde pueden emplear la fuerza, intentan imponerlas por la fuerza sobre la población. India, Irán, Egipto, Turquía: en todas partes los nacionalistas se encuentran en la misma situación. Sin embargo, si la palabra nacionalismo conserva aunque sea un mínimo sentido de honor nacional, entonces es deber de cada nación mantenerse firmemente arraigada en su propia vestimenta nacional y en su propia civilización y cultura, sentir en ellas su dignidad y enorgullecerse de ellas. Y allí donde no existe el menor sentimiento de identidad nacional, el nacionalismo es claramente contradictorio. Pero nuestros nacionalistas orientales son expertos en combinar estas corrientes de pensamiento contradictorias. La verdadera cuestión es que, para evitar la divergencia y la contradicción entre pensamiento y acción, se necesita una mentalidad sana y pura, así como una visión amplia, elevada y libre de prejuicios. Y si alguien logra alcanzar esto, no tendrá ninguna necesidad de abandonar el camino sencillo y natural para refugiarse en el llamado nacionalismo.
Por encima de todo, el islam no respalda en lo más mínimo este principio suyo. El islam es el nombre de un método sencillo, recto, sin ostentación y genuino en todos los ámbitos de la vida. Así como al islam no le agrada el exceso que traspasa los límites de la nacionalidad, tampoco puede tolerar cosa alguna que quebrante los límites razonables y naturales de la nacionalidad, borre la individualidad y las características propias de las naciones y genere entre ellas un carácter inmundo y corrompido.
El Sagrado Corán ha declarado: aunque los seres humanos proceden de un mismo origen, Allah Ta‘ala ha dejado lugar para que existan entre ellos únicamente dos tipos de diferencias. La primera es la diferencia entre la mujer y el hombre, y la segunda, la diferencia de linaje, tribu y nacionalidad.يَايُّهَا النَّاسُ اِنَّا خَلَقنَاكُمْ من ذَكَرٍ وَّاُنْثَى وَجَعَلناكُم شُعُوْبًا وَّقَابَائــــلَ لِتَعَارِفُوا ط – (الحجرات: 13) “¡Oh, seres humanos! Os hemos creado de un solo hombre y una sola mujer, y os hemos dividido en pueblos y tribus, solo para que os conozcáis unos a otros.” —Sura Al-Huyurat: 13وَاِنَّهً خَلَقَ الزَّوْجَيْنِ الذَّكَرَ وَالاُنْثَى – (النجم: 45) “Y Allah Ta‘ala creó a los seres humanos de los dos sexos: el hombre y la mujer.” —Sura An-Naym: 45
En realidad, la creación de estos dos tipos de diferencias constituye el fundamento de la civilización humana y de la vida social. Por tanto, mantenerlas debidamente es una exigencia natural del universo creado por Allah. La diferencia sexual fue creada entre la mujer y el hombre precisamente para despertar entre ambos la inclinación mutua del corazón y la fuerza de la atracción. Por consiguiente, en la sociedad y en la amplia esfera de la civilización es absolutamente indispensable que las cualidades y características naturales de ambos se conserven espontáneamente. Por otro lado, puesto que es sumamente necesario crear para los seres humanos distintos entornos y ámbitos sociales a fin de producir entre ellos armonía y cooperación civilizatorias, es preciso preservar las diferencias mutuas entre las naciones. Por eso es indispensable que cada grupo humano, sociedad y entorno civilizatorio posea algunas características y cualidades distintivas. Gracias a ello podrá surgir un amor común, podrán comprenderse mutuamente y podrán preservar su propia identidad frente a las personas de otros entornos. Por tanto, no puede quedar ninguna duda de que la lengua, la vestimenta, el modo de vida y las características de la civilización son elementos necesarios de esta diferencia. Su debida preservación es una exigencia de la verdadera naturaleza humana.
Precisamente por esta razón, en el islam se ha prohibido el «tashabbuh» (تَشَبُّه es decir, hacerse completamente igual a otros o adornarse con la apariencia externa de otra persona),. En un hadiz se menciona: el Profeta Noble (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) maldijo a las mujeres que visten como hombres y a los hombres que visten como mujeres. En otro hadiz se menciona: el Profeta Noble (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) declaró malditos a los hombres que adoptan el aspecto de las mujeres y a las mujeres que adoptan el aspecto de los hombres. La única razón es que la inclinación del corazón y la atracción que Allah Ta‘ala creó entre la mujer y el hombre se extinguen inevitablemente cuando intercambian sus apariencias. Y el islam desea conservarlas precisamente para preservar la humanidad. Del mismo modo, borrar las vestimentas, la civilización, los objetivos principales y las características propias de las naciones, o intercambiarlos entre sí para crear una cultura mezclada, es completamente contrario a la paz, la estabilidad, los intereses y el bienestar sociales. Por eso el islam también se opone a ello. Cuando la identidad nacional traspasa sus límites naturales y se convierte en nacionalismo o culto a la nación, el islam emprenderá la lucha contra ella. Pues de ahí nacen la arrogancia de la ignorancia, el odio y la hostilidad opresivos y el imperialismo. Pero debe recordarse que la hostilidad del islam se dirige contra el nacionalismo o el culto a la nación, no contra la nacionalidad. El islam quiere proteger la nacionalidad en lugar del nacionalismo y se opone a su destrucción únicamente en la medida en que esta traspasa sus límites naturales. Por ello, para comprender el método equilibrado y moderado que ha adoptado el islam, conviene observar las siguientes instrucciones:
Uno: un compañero preguntó: “¿Qué significa el culto a la propia nación o la hostilidad nacional? ¿Amar a la propia nación también es hostilidad nacional?”. El Profeta Noble (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: “No; ayudar a la propia nación incluso en actos de opresión es lo que significa el culto a la propia nación.” —Ibn Mayah
Dos: el Mensajero Noble (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: “Quien adopta la apariencia de una nación será contado entre ellos.” —Abu Dawud
Tres: El honorable Umar al-Faruq (que Dios esté complacido con él) escribió a Utba ibn Farqad, gobernador de Azerbaiyán: «No vestirás las ropas de los politeístas comunes (es decir, de los habitantes de Azerbaiyán)». —Kitab al-Libas wa al-Zinah
Cuatro: El honorable Umar (que Dios esté complacido con él) ordenó a todos sus gobernadores que impidieran a todos los habitantes no musulmanes del Estado adoptar la vestimenta y el atuendo de los árabes. Incluso, al concertar tratados con los habitantes de algunas regiones, se escribía debidamente en el documento una condición específica: «No vestiréis nuestras ropas». —Kitab al-Jaray: Imam Abu Yusuf
Cinco: El honorable Umar (que Dios esté complacido con él) y el honorable Ali (que Dios esté complacido con él) enviaban repetidamente instrucciones a los árabes destacados en Irak, Irán y otros países para fines militares o estatales, ordenándoles conservar su propia lengua y manera de hablar y no adoptar la lengua ni los modales de los no árabes. —Bayhaqi
Estas instrucciones demuestran claramente que el islam, como sistema internacional, no pretende borrar las características distintivas propias de las naciones para crear una mezcolanza. Al contrario, desea conservar a las naciones con su nacionalidad y sus rasgos propios, creando entre ellas un vínculo firme de civilización, cultura, cortesía, carácter moral y pensamiento doctrinal, de modo que desaparezcan los conflictos y luchas internacionales, las fricciones, la guerra fría, los obstáculos, la opresión y el odio, y se manifieste entre ellas la pura corriente de la cooperación mutua y la fraternidad. El tashabbuh, o imitación de otros, tiene también otro aspecto por el cual el islam se opone firmemente a él. Una nación solo puede abandonar sus características nacionales cuando aparece en ella cierta debilidad mental y relajación moral. La persona que, influida por otros, abandona sus rasgos propios y se tiñe con el color ajeno necesariamente alberga las graves enfermedades de la bajeza, la falta de dignidad, la actitud camaleónica, la debilidad de dejarse influir con excesiva rapidez y la conducta irresponsable; y, si no se trata inmediatamente, esta enfermedad crecerá y se propagará. Cuando contagia a un gran número de personas, toda la nación se hunde en la debilidad mental. En su carácter moral no queda firmeza ni vigor alguno. Sobre su mente ya no puede establecerse ningún fundamento sólido de carácter moral. Por eso el islam no ha permitido que ninguna nación genere en sí misma semejante debilidad mental. No solo intenta proteger de esta grave enfermedad a los musulmanes, sino, en la medida de sus posibilidades, también a los no musulmanes. Pues el islam no está dispuesto a tolerar la debilidad moral en ningún ser humano.
Esta enfermedad se manifiesta con especial intensidad entre los pueblos conquistados y sometidos. No solo aparece en ellos debilidad moral, sino también una actitud tan grave que llegan a considerarse humillados y deshonrados, comienzan a verse inferiores en todos los aspectos y desean obtener honor, respeto y dignidad mediante la imitación ciega del grupo gobernante. Pues ven en sus gobernantes el modelo ideal de cada una de las cosas: honor, dignidad, superioridad, nobleza y civilización y cultura. La esclavitud destruye su propia humanidad; después, ya no sienten la menor vergüenza ante la exhibición corporal de la humillación, la deshonra, la inferioridad y la vileza; al contrario, en lugar de vergüenza, sienten orgullo por ello. El islam desea rescatar al ser humano del profundo fango de toda bajeza y falta de dignidad y conducirlo a la cumbre más elevada de la humanidad; por ello no está dispuesto a ver que ningún grupo humano se encamine hacia la degradación. Durante el califato del honorable Umar al-Faruq (que Dios esté complacido con él), cuando numerosos pueblos no árabes comenzaron a quedar bajo el gobierno islámico, les prohibió severamente imitar a los árabes. Si en estos pueblos se despertaba una mentalidad servil, el objetivo fundamental de la yihad islámica habría fracasado. El honorable Muhammad (que Dios lo bendiga y le conceda paz) no izó en manos de los árabes la bandera victoriosa del islam para que estos se convirtieran en amos y señores de las naciones.
Por todas estas razones, el islam nunca apoyó que una nación copiara exactamente a otra ni que intentara imitar su vestimenta y su modo de vida. Sin embargo, no se opone en absoluto a aquello que necesariamente surge entre las distintas naciones debido al intercambio mutuo y al mantenimiento de relaciones y contactos recíprocos en materia de civilización y cultura; al contrario, su objetivo es promoverlo. El islam no pretende levantar una enorme muralla entre las naciones creando un sentimiento de odio y hostilidad que las lleve a decir: «No adoptaremos nada de ninguna otra nación dentro de nuestra propia civilización». El Profeta, que Dios lo bendiga y le conceda paz, vistió una jubba de Siria (abrigo), aunque formaba parte de la vestimenta de los judíos. En un hadiz se menciona:فَتَوَضَّأَ وَعَلَيْهِ جُبُّةٌ شِامِيَةٌ«El Profeta, que Dios lo bendiga y le conceda paz, hizo la ablución y llevaba puesta una jubba de Siria». También usó una jubba romana de mangas estrechas, que vestían exclusivamente los cristianos católicos romanos. Asimismo, utilizó una qaba naushiravani. En el hadiz se la mencionaجُبُّةٌ طَيَا لَسَةٍ كِسْرَوانِيَةٌcon ese nombre. El honorable Umar (que Dios esté complacido con él) vistió un tipo de gorro alto llamado barburunus, que formaba parte de la vestimenta de los monjes cristianos. Esto demuestra de manera concluyente que no hay tashabbuh cuando se utilizan prendas de distintos pueblos. El tashabbuh se produce, en realidad, cuando todo el atuendo de una persona se asemeja al de otra nación y resulta difícil determinar su nacionalidad al verla; eso es lo que el islam prohíbe. El intercambio mutuo, en cambio, es algo completamente distinto. Si una nación adopta algo bueno o apropiado de otra y lo incorpora a su propia vestimenta, no puede haber objeción alguna, porque su atuendo nacional sigue estando presente como conjunto. —Tarjuman al-Qurán, 1939
La importancia de la nacionalidad islámica
En la época actual se utiliza mucho la palabra «qawm» o «nación» para referirse a toda la sociedad musulmana. Por lo general, se emplea este término para expresar nuestra entidad colectiva. Pero la realidad es que en el Corán y el hadiz no se empleó la palabra «qawm» como término técnico en el sentido de nación o Nación. Sin embargo, hoy algunos sectores están obteniendo un beneficio considerable al aprovecharse de esta opinión errónea. Aquí quiero explicar brevemente por qué el islam no utilizó la palabra «qawm» o «nación» para referirse a los musulmanes y qué palabra se empleó con mayor frecuencia en el Corán y el hadiz en su lugar. En realidad, esto no es una mera discusión científica: casi todas las ideas, creencias y doctrinas por cuya influencia nuestra conducta y nuestras normas de actuación en los distintos ámbitos de la vida se han desviado por completo han surgido del uso incorrecto de esta palabra «qawm» o «nación».
Las palabras «qaum» —nación— y «nation», en inglés, entre otras, son en realidad términos de la época de la ignorancia. La gente de la época de la ignorancia nunca estableció la nacionalidad basándose únicamente en la cultura (base cultural), ni en la antigua era bárbara ni en la época moderna de la ignorancia; el amor por los vínculos genealógicos e históricos ha sido arraigado tan profundamente en sus mentes que nunca han podido liberar de ellos el concepto de nacionalidad. En la antigua Arabia, la palabra «qaum» (قوم) se empleaba generalmente para referirse a las personas descendientes de una misma estirpe o tribu; del mismo modo, en la época actual, la palabra «nación» contiene inevitablemente la idea de un «linaje común» (Common Descent). Y puesto que tal concepto es completamente contrario a la concepción islámica de la sociedad, en el Noble Corán no se emplearon «qaum» ni otras palabras árabes de significado semejante, como شـــــعب etc., como términos para designar a la comunidad de los musulmanes. Pues ¿cómo podrían emplearse tales términos para una comunidad cuya concepción social no deja el menor lugar a la sangre, la tierra, la carne, la raza, la tribu ni a ninguna otra cosa semejante? Es universalmente sabido que la sociedad islámica se fundó exclusivamente sobre principios, ideales, doctrinas y creencias; y esta comunidad comenzó precisamente mediante la hégira —la emigración—, la ruptura de los vínculos genealógicos y el corte de las relaciones materiales.
En el Noble Corán se emplea para los musulmanes la palabra «hizb» (حــزب), que significa partido o grupo. Una nación se forma sobre la base del linaje y la tribu, mientras que un partido se constituye sobre la base de ideales, doctrinas y principios. Por eso, el musulmán no es esencialmente una nación, sino únicamente un partido. Los musulmanes, por creer en un principio y un ideal determinados y seguirlos, son completamente distintos de todos los demás habitantes del mundo, y precisamente por ello están estrechamente unidos entre sí. Pero, por muy cercanos que sean a otros en cuanto a principios, ideales y doctrinas, no puede existir ninguna relación entre ellos y esos otros. El Noble Corán reconoce solamente la existencia de dos partidos entre las vastas multitudes de la faz de la Tierra: uno es el partido de Dios (حـــزب الله) y el otro es el partido de Satanás (حـــزب الشيطان). Por muchas que sean las diferencias y disputas entre los miembros del partido de Satanás en materia de principios e ideales, ante el Corán todos son uno. Porque sus pensamientos, métodos y normas de conducta no son islámicos en ningún sentido. Y, pese a sus discrepancias en cuestiones secundarias y menores, todos están completamente de acuerdo en seguir las huellas de un mismo Satanás. El Corán dice: اِسْتَحَوَذ عَلَيْهِم الشَّيطَانُ فَاَنْسَاهُمْ ذِكْرَ الله ط اُوْلَــــئِكَ حـــزب الشيطان ط الا اِنَّ حـــزب الشيطانِ هُمُ الخسِرُوْنَ – (المجادلة : 19) «Satanás los ha dominado; así les ha hecho olvidar el recuerdo de Dios». Aunque difieran enormemente entre sí por su lengua y sus tradiciones históricas, e incluso aunque sus antepasados hayan sido enemigos de sangre, cuando se han unido en el sistema de pensamiento y de vida otorgado por Dios, este los ha unido y vinculado estrechamente en torno a la autoridad de Dios. Al incorporarse a este nuevo partido, se rompió de inmediato toda relación con los miembros del partido de Satanás.
Esta diferencia entre los partidos corta a veces incluso la relación entre padre e hijo. ¡Incluso el hijo queda privado de la herencia de su padre! En un hadiz se dice: لا يتَوَارثُ اهل ملتين — «Los miembros de dos comunidades religiosas mutuamente opuestas no pueden heredarse unos de otros».
Esta diferencia entre los partidos también provoca la separación entre marido y mujer. Incluso, desde el momento en que aparece esta «oposición partidaria», la unión entre ambos pasa a ser ilícita. La única razón es que los caminos de sus vidas han tomado direcciones opuestas.
En el Noble Corán se dice: لأهُنَّ حِلٌّ لَّهُم وَلاَهُم يَهِلُّوْنَ لَهُنَّ ط – (الممتحنة : 10) «Ellas —las mujeres— no son lícitas para ellos —los hombres—, ni ellos —los hombres— son lícitos para ellas —las mujeres—».
Esta diferencia entre los partidos produce un boicot social completo y la ruptura de relaciones entre las personas de una misma estirpe y una misma tribu. Incluso queda completamente prohibido que los miembros del partido de Dios contraigan matrimonio con quienes, perteneciendo a su propia estirpe y tribu, forman parte del «partido de Satanás». El Corán dice: «No os caséis con mujeres politeístas hasta que crean. Y no caséis a vuestras hijas con hombres politeístas, hasta que crean. Un esclavo creyente es mejor que un hombre libre politeísta, aunque este os guste más».
Esta diferencia entre los partidos no solo rompe los vínculos de la nacionalidad fundada sobre bases genealógicas y regionales, sino que también crea entre ambos una enorme y permanente confrontación. Mientras la segunda parte no adopte los principios del partido de Dios, permanecerá en pie un muro altísimo de conflicto y diferencia, que llegará hasta el cielo.
En el Corán se dice: قَد كَانَتْ لَكُم اُسوَةٌ حَسَنَةٌ فِى ابراهِيْمَ وَالَّذِيْنَ مَعَه ج اِذْ قَالُوا لِقَوْمِهِمْ اِنَّا بُرَاءَؤُا مِنْكُم وَمِمِّا تَعبدونَ من دون اللهِ ز كفرنَا بِكُمْ وَبَدَا بَيْنَنَا وَبَيْنَكُمْ العَدَاوَةَ وَالبَغَضَاءُ اَبَدًا حَتَّى تُؤْمِنُوا بِاللهِ وَحْدَهُ اِلاَّ قَوْلَ اِبْرِاهِيْمَ لِاَبِيْهِ لاَ تَسْتَغْفِرَنَّ لَكَ – (الممتحنة : 4) «En Abraham y sus compañeros tenéis un excelente ejemplo. Dijeron claramente a su pueblo —con el que estaban unidos por vínculos de linaje—: “No tenemos ninguna relación con vosotros ni con los ídolos que adoráis aparte de Dios. Renegamos completamente de vosotros y nos hemos separado de vosotros. Entre vosotros y nosotros ha surgido una enemistad y un odio eternos, hasta que creáis en el Dios único”. Sin embargo, no tenéis ningún ejemplo en Abraham cuando prometió pedir perdón por su padre incrédulo». —Sura al-Mumtáhina: 4 وَمَا كَانَ اِسْتَغفَارُ اِبْرِاهِيْمَ لِاَبِيْهِ اِلاَّ عَنْ مَّوْعِدَّةٍ وَّعَدَهََا اِيِّاهُ ج فَلَمَّا تَبَيَّنَ لَهُ اَنَّهُ عَدُوٌّلِّلهِ تَبَرَّامِنْهُ – (التوبة : 114) El amor entre los miembros de una familia y entre los parientes cercanos se rompe debido a esta diferencia entre los partidos. Incluso si el padre, el hermano o el hijo pertenece al partido de Satanás, y aun así un miembro del partido de Dios conserva amor por ellos, no cabe duda de que estaría traicionando a su propio partido. A este respecto, el Noble Corán dice claramente: لا تجد قومًا يُّؤمنونَ بِاللهِ واليومِ الاخِرِ يُوَادُّونَ من حَادَّ اللهَ وَرَسُلَهُ وَلو كَانوا اباءَ هًُمْ اَوْ اَبنَاءَهُمْ اَوْ اِخْوَانَهُمْ اَوْ عشيرتَهُمْ ط …….. اُولـــئِكَ حزبَ اللهِ ط الا اِنَّ حزبَ اللهِ هُمُ المفلحونَ – (المجادلة : 22) «No encontrarás a un pueblo que crea en Dios y en el Último Día y que tenga amistad con quienes se oponen a Dios y a Su Mensajero, aunque estos fueran sus padres, sus hijos, sus hermanos o sus parientes cercanos. […] Esos son, en verdad, el partido de Dios. Sí, el partido de Dios es el que triunfa». —Sura al-Muyádila: 22
En el Noble Corán, la otra palabra empleada con el significado de partido o «grupo» es umma. En los hadices también se utiliza ampliamente este término. A cualquier elemento organizador que reúna a las personas —es decir, a quienes están unidos por un vínculo de unanimidad— se les llamará «una umma» precisamente desde la perspectiva de ese vínculo fundamental. Por ello, también se llama «umma» a las personas de una época y un período determinados. Asimismo, se denomina «umma» a los habitantes de un mismo linaje o de un mismo país. Sin embargo, el vínculo unánime que ha convertido a los musulmanes en una sola umma no es la unidad de linaje y tribu, de patria ni de intereses económicos; es, más bien, la verdadera «misión» de sus vidas y el ideal y los principios de su partido. Por eso se dice en el Noble Corán: كُنتم خَيرَ اُمَّةٍ اُخرِجَت للنَّاس تاْمُرُونَ بالمَعرُوف وَتنهونَ عَنِ المنكرِ وَنؤمنون باللهِ – (110) «Sois la mejor nación creada para el beneficio de la humanidad. Ordenáis la verdad y las buenas obras, apartáis a la gente de la injusticia y el pecado, y tenéis una fe firme e inquebrantable en Allah». —Sura Al ‘Imrán: 110
وكذالك جعلناكم اُمَّةً وَّسَطَا لِّتكونوا شهــداءَ على النَّاسِ وَيَكونَ الرَّسُولُ عليكم شَهِيْدًَا ط-(البقرة : 143) «Así es como os hemos constituido en una umma moderada. El propósito es que seáis guías de toda la humanidad, y que el propio Mensajero sea vuestro guía». —Sura Al-Báqara: 143
Al reflexionar sobre estos versículos, se comprende claramente que aquí «umma» significa que los musulmanes son un partido de rango internacional (Partido Internacional). Se ha reunido y organizado en este partido a personas procedentes de todos los rincones del mundo, preparadas para creer en un principio y un ideal determinados, actuar conforme a un programa específico y cumplir una «misión» concreta. Puesto que han surgido de entre todas las naciones, al pertenecer a este único partido no les queda la menor relación con ninguna nación particular; por eso pueden ser llamados el partido «intermedio». Tras romper sus vínculos con todas las naciones, establecerán con ellas una relación nueva. Esta consiste en que dicho partido intermedio desempeñará en el mundo la responsabilidad del ejército de Allah. La expresión «sois guías y supervisores de la humanidad» demuestra que los musulmanes han sido destinados por Allah a desempeñar en el mundo la responsabilidad de soldados. Y la frase «habéis sido creados para la humanidad» deja claro que los musulmanes han venido con una «misión» internacional. Esta misión consiste en establecer en la práctica, con la ayuda de todas las fuerzas intelectuales, morales y materiales, el sistema completo de pensamiento y acción que Allah Todopoderoso otorgó a Hazrat Muhammad (s.a.s.), líder supremo del partido de Allah, y derrotar todos los demás credos y caminos. Precisamente porque esta responsabilidad fue encomendada a todos los musulmanes, todos ellos se convirtieron en una sola umma.
Para explicar la forma colectiva de los musulmanes, el Noble Profeta (s.a.s.) empleó un tercer término: «jama‘at». Esta palabra también, al igual que «hizb» (حزب), tiene el significado de «partido». عليكم بالجماعة—«Es vuestro deber permanecer unidos como un partido»— yيَدُ اللهِ على الجماعة «Sobre la jama‘at está la mano de la misericordia de Allah»—, al reflexionar sobre estos y otros hadices, se comprende fácilmente que el Noble Profeta (s.a.s.) deliberadamente no utilizó las palabras qawm (قوم) o «sha‘b» (شعـــب) ni otras palabras sinónimas, sino que empleó en su lugar el término «jama‘at». No dijo: «Apoya siempre a tu nación» ni «Sobre la nación está la mano de Allah». En todas las circunstancias utilizó únicamente la palabra «jama‘at». La única razón posible es que, para expresar la forma y las características sociales de los musulmanes, palabras como jama‘at, hizb y partido, en lugar de qawm, son especialmente adecuadas y exactas. Desde el punto de vista del significado habitual de la palabra nación o «qawm», una persona puede pertenecer a una nación aunque crea en otros principios e ideales y los siga, porque ha nacido dentro de esa nación. Está vinculada a ella por su nombre, su modo de vida y sus relaciones sociales. Pero, según el significado de las palabras partido o jama‘at, y «hizb», seguir o no los principios y el ideal es el único fundamento para pertenecer o no al partido. Por consiguiente, quien abandona los principios y el ideal de un partido ya no puede ser considerado miembro de él, ni siquiera puede utilizar junto a su propio nombre el nombre del partido. Más aún, tampoco puede mantener ningún tipo de cooperación con los demás miembros del partido. Si alguien dijera: «Aunque yo mismo no apoyo los principios ni el ideal de este partido, como mis padres fueron miembros de él y mi nombre es igual al de sus integrantes, tengo los mismos derechos que todos ellos y es indispensable que los obtenga», tal afirmación se consideraría tan ridícula que, al oírla, sería inevitable pensar que esa persona ha perdido la razón. Sin embargo, si se abandona esta idea inherente al partido y se acepta la idea de nación, queda un amplio margen para realizar semejantes actos risibles.
El islam ordenó a los miembros de su partido de rango internacional que contrajeran matrimonios entre ellos, con el fin de crear entre sus miembros unidad, armonía social y ausencia de discriminación, transformándolos en una sociedad organizada. Al mismo tiempo, ordenó establecer para sus hijos y descendientes una educación tal que pudieran convertirse desde el principio en seguidores del ideal y los principios del partido y que, junto con la propagación de estos, la fuerza del partido aumentara progresivamente mediante el crecimiento de su linaje. En realidad, es a partir de aquí cuando este partido comienza a convertirse en una nación. Con el tiempo, la sociabilidad compartida, las relaciones de linaje y la tradición histórica fortalecen su nacionalidad.
Hasta ahora, todo lo que ha ocurrido ha sido correcto. Pero los musulmanes comenzaron poco a poco a olvidar que son un partido y que la base de su nacionalidad se estableció precisamente sobre su condición de partido. Este error fue creciendo gradualmente hasta alcanzar tal decadencia que la idea de nación llegó a establecerse en lugar de la idea de partido. Después de ello, el musulmán quedó reducido a ser simplemente una nación, como los alemanes, los japoneses o los ingleses son naciones. Los musulmanes han olvidado por completo que aquello sobre lo cual el islam los había formado como una sola «umma» —sus principios e ideales— es lo único valioso y lo más importante. Han olvidado enteramente la gran «misión» para cuyo cumplimiento se organizó a los seguidores del islam en un partido. Tras olvidar todos sus propios principios fundamentales, adoptaron de los no musulmanes la concepción ignorante de la nacionalidad. Este es un error tan grave y fundamental, y sus perniciosos efectos son tan vastos, que no es posible iniciar ningún esfuerzo para restablecer el islam sin eliminarlo.
El amor, la simpatía, el espíritu fraternal y la cooperación que surgen entre los miembros de un partido no se deben a relaciones personales o familiares, sino que se producen inevitablemente porque todos creen en un mismo principio e ideal y los siguen. Si un miembro del partido realiza alguna acción abandonando los principios y el ideal del partido, no es deber de los demás miembros ayudarlo. Más aún, es deber de todos esforzarse por impedirle continuar con esa actividad rebelde. Si, a pesar de ello, no desiste, es necesario adoptar contra él medidas severas conforme a las normas y la disciplina del partido. Y si tampoco eso da resultado, debe ser expulsado del partido. Tampoco son raros los casos en que se le aplica la pena de muerte por oponerse abiertamente al ideal del partido.
Pero ¡consideren por un momento la situación de los musulmanes del mundo actual! En lugar de considerarse un «partido», se entienden como una nación; por ello se han hundido en una grave confusión. Si alguno de ellos actúa, por interés propio, conforme a principios contrarios al Islam, sigue esperando que los demás musulmanes lo ayuden. Y si no lo ayudan, comienza a quejarse diciendo: «Los musulmanes no ayudan a los musulmanes». Si alguien intercede por otro, dicen que es necesario ayudar a un musulmán. El que presta la ayuda también la denomina una muestra de simpatía islámica. En todo este asunto se oye constantemente hablar del Islam: ayuda islámica, fraternidad islámica y vínculo islámico; pero nadie se detiene ni siquiera un instante a pensar que invocar el Islam mientras se actúa contra él, pedir ayuda y ayudar en nombre del Islam carece por completo de sentido. En realidad, si el Islam del que hablan estuviera verdaderamente presente en ellos, en cuanto oyeran que alguien de la comunidad islámica estaba actuando contra el Islam comenzarían a oponerse a él y no descansarían hasta lograr que se arrepintiera de ello. Lejos de ayudarlo, nadie podría atreverse, teniendo vitalidad y conciencia, a actuar contra las normas y principios islámicos. Sin embargo, esto es precisamente lo que ocurre día y noche en la sociedad musulmana actual. La única razón —y no hay ninguna otra— es que la nacionalidad jahilí ha despertado entre los musulmanes. Por tanto, lo que hoy se denomina fraternidad islámica no es, en esencia, más que el vínculo de una nacionalidad jahilí tomada en préstamo de los no musulmanes.
Bajo la influencia de esta concepción jahilí ha surgido entre los musulmanes una idea extraordinaria acerca del «interés nacional». Y los musulmanes llaman a ese mismo interés «interés islámico». Que las personas conocidas como musulmanas se beneficien, obtengan riquezas, aumenten su honor y prestigio, alcancen poder y capacidad, y que, de una u otra forma, este mundo se convierta para ellas en un mundo de felicidad: eso es el llamado interés islámico. Pero no se presta la menor atención a si esos intereses y beneficios se obtienen conforme a la perspectiva y al ideal islámicos o si se alcanzan precisamente oponiéndose a ellos. Por lo general, se llama «musulmanes» a quienes nacen por herencia y en una familia musulmana. Se considera que no puede haber excepciones. Esto significa que se considera musulmán únicamente el cuerpo exterior, no su disposición interior. En consecuencia, una persona puede ser musulmana aun sin las características y cualidades islámicas. Como resultado de esta concepción errónea, al gobierno de esos musulmanes meramente externos, a quienes se llama musulmanes, también se lo denomina «gobierno islámico». Se proclama que su progreso es progreso islámico y que sus intereses son intereses islámicos. No importa que ese gobierno y esos intereses sigan abiertamente un rumbo completamente contrario a los principios del Islam. Ser alemán, por ejemplo, no es ningún principio ni ideal, sino solamente una medida de pertenencia nacional; y un nacionalista alemán se esfuerza únicamente por el progreso de los alemanes, cualquiera que sea el método empleado. Del mismo modo, se ha considerado la condición musulmana como una nacionalidad, y los nacionalistas musulmanes se esfuerzan únicamente por que su propia nación alcance prestigio y superioridad. Aunque ese progreso y ese prestigio se obtengan como resultado de seguir, tanto en principio como en la práctica, principios completamente contrarios al Islam, para ellos no hay motivo alguno de objeción. ¿Acaso no es esto una concepción jahilí? ¿No se ha olvidado hoy, en la práctica, que los musulmanes constituyen un partido de dimensión internacional, considerado como tal con una ideología particular y un programa práctico concreto para procurar el bienestar de toda la humanidad? Si un musulmán, individual o colectivamente, realiza una acción conforme a otra ideología, dejando de lado dicha ideología y programa, ¿cómo puede llamarse islámica esa acción? ¿Se puede llamar «comunista» en algún lugar a un seguidor del sistema capitalista? ¿Puede llamarse alguna vez «comunista» a un gobierno capitalista? ¿Se llama alguna vez «democrática» a una institución fascista? Si alguien empleara así estos términos, todos se burlarían de él llamándolo ignorante e insensato. Sin embargo, en la época actual se hace un uso particularmente indebido de los términos «Islam» y «musulmán», y nadie considera que ello sea contrario al Islam.
La propia palabra «musulmán» demuestra que no es una palabra que designe una nacionalidad, sino un nombre que denota una cualidad; y el único significado de musulmán es: seguidor del Islam. No puede tener ningún otro significado. Expresa las cualidades mentales, morales y prácticas particulares del Islam en el ser humano. Por eso, la palabra «musulmán» no puede emplearse para una persona del mismo modo que se emplean las palabras «hindú», «japonés» o «chino» para designar a una persona hindú, japonesa o china. En el momento en que una persona llamada musulmana se desvía de los principios del Islam, pierde inmediata y automáticamente la dignidad de ser musulmana. A partir de entonces, todo lo que haga lo hará a título personal. Ya no tiene ningún derecho a utilizar el nombre del Islam. Del mismo modo, expresiones y términos como «el interés de los musulmanes», «el progreso de los musulmanes», «el Estado y el ministerio de los musulmanes» y «la organización de los musulmanes» solo pueden emplearse cuando todo ello se realice conforme a los principios y al ideal del Islam y con miras a cumplir la verdadera «misión» del Islam. De lo contrario, la palabra «musulmán» no puede asociarse con ninguna de las cosas mencionadas. Porque, dejando de lado la cualidad del Islam, no existe en el mundo cosa alguna que pueda llamarse musulmana. No se puede concebir que, dejando de lado el comunismo, se llame comunista a una persona o a una nación. Del mismo modo, no se puede llamar comunista a ningún interés, Estado u organización. Pero, a pesar de ello, ¿por qué se ha arraigado tan firmemente en la mente humana una concepción semejante acerca de los musulmanes? ¿Cómo puede llamarse «musulmana» a una persona o a una nación dejando de lado el Islam?
Esta falsa concepción es la causa fundamental de que se adopte una actitud completamente errónea hacia el tahdhib, el tamaddun y la historia de los musulmanes. A los reinos y gobiernos estatales establecidos sobre principios e ideales contrarios al islam se los denomina «gobiernos islámicos», únicamente porque en su trono se ha sentado una persona que lleva el nombre de musulmán. La civilización y la cultura que se cultivaron en las lujosas cortes de Bagdad, Córdoba, Delhi y El Cairo son hoy celebradas precisamente como civilización y cultura islámicas. Sin embargo, en realidad no tienen ninguna relación con el islam. Cuando se pregunta a un musulmán por la civilización islámica, inmediatamente muestra el Taj Mahal de Agra. Parece que, a sus ojos, este fuera el ejemplo más brillante de la civilización islámica. Pero construir un palacio, cercando permanentemente innumerables acres de tierra y gastando millones de takas, para enterrar un cadáver, de ningún modo puede ser civilización islámica.
Así, cuando comienza el análisis de los capítulos gloriosos de la historia islámica, se presentan las hazañas de los emperadores abasíes, selyúcidas y mogoles. Sin embargo, desde la perspectiva de la verdadera filosofía de la historia islámica, se determinaría que la mayor parte de esas hazañas merece figurar en la lista de los crímenes, y no entre los motivos de gloria. La historia de los reyes y emperadores musulmanes es denominada «historia islámica». En otras palabras, en vez de considerar los nombres de los reyes y emperadores como la «misión» del islam, examinar la historia pasada a la luz de sus doctrinas, normas y principios, y distinguir, con el agudo criterio de la justicia, entre las obras islámicas y las actividades contrarias al islam, se ha considerado que servir a la historia islámica consiste en apoyar o resistir a los gobernantes que llevan nombre musulmán. La única razón de esta diferencia fundamental de perspectiva, punto de vista y método de valoración es que se ha arraigado en la mente de todos una falsa concepción permanente: considerar «islámica» cada cosa relacionada con los musulmanes. Así, aunque una persona conocida como musulmana actúe conforme a principios y métodos contrarios al islam, su acción se considera la acción de un musulmán y, por tanto, una acción islámica.
También en el ámbito de su política nacional los musulmanes han adoptado esta misma perspectiva errónea. Ignorando los principios, ideales y doctrina del islam, y apartando la mirada de su misión, se denomina «nación musulmana» a un pueblo. En nombre de esta nación, o en su representación o beneficio, cada individuo y cada grupo ha mostrado el más extremo arbitrio. Según ellos, toda persona relacionada con la nación musulmana es representante de los musulmanes; más aún, puede ser incluso su líder. Y no importa que el pobre sea completamente ignorante e incapaz en lo referente al islam. Ante cualquier posibilidad de obtener algún beneficio o interés, los musulmanes están dispuestos a seguir a toda persona o grupo; aunque su misión sea totalmente contraria a la misión del islam, no lo consideran una falta. En cuanto ven que alguien está proporcionando sustento a los musulmanes, se alegran hasta perder la cabeza; aunque, desde la perspectiva del islam, sea un sustento haram, no sienten reparo alguno. Cuando ven en cualquier lugar a un musulmán sentado en el poder, se les hincha el pecho de alegría. Aunque utilice ese poder, como un no musulmán, con fines contrarios al islam, tampoco tienen objeción. Aquí se han considerado islámicas innumerables cosas no islámicas. Los musulmanes se preparan resueltamente para apoyar y colaborar con los grupos formados conforme a normas y principios completamente contrarios a los ideales y principios organizativos del islam, y gastan millones de takas para alcanzar esos objetivos. …..Precisamente por considerar a los musulmanes una mera nación y olvidar que son un grupo dotado de rango internacional han surgido estos errores indeseables en las ideas sobre los musulmanes y en las actividades relacionadas con ellos. Mientras no se elimine esta idea errónea sobre los musulmanes y no se los considere un grupo ideológico, no podrá haber una conducta correcta en ninguna actividad de la vida de los musulmanes. —Tarjumān al-Qur’ān, abril de 1939.
Apéndice
Algunos podrían sospechar que, si a la «Jama‘at islámica» no se la denomina nación, queda abierta la posibilidad de que forme parte de alguna nacionalidad regional. En una nación existen actualmente diversos partidos políticos y, aunque cada uno tenga sus propios ideales, todos siguen perteneciendo al gran conjunto llamado «nación». De este modo, si «los musulmanes» fueran un partido, no sería extraño que algunos sospecharan que también podrían convertirse en una parte de la nacionalidad regional de su propio país.
Pero la única razón de que surja esta idea errónea es que por Jama‘at o partido se entiende simplemente un partido político ordinario. Sin embargo, ese no es su verdadero significado. Como durante mucho tiempo se ha utilizado en ese sentido, dicho significado ha quedado íntimamente ligado al término. En realidad, quienes se unen en torno a una doctrina, una ‘aqida, una creencia, unos principios, unos ideales y un objetivo determinados constituyen una Jama‘at, un partido. En el Noble Corán, «hizb» y «umma» se emplean exactamente en este sentido, y eso mismo es lo que significa la palabra partido.
Por otro lado, también constituyen un partido quienes se organizan en torno a determinadas ideas y programas de acción para la gestión y supervisión políticas, atendiendo a las circunstancias particulares de una nación o de un país. Pero, como este tipo de partido es simplemente un partido político, no es extraño que pueda convertirse en una parte de una nación; más bien, es lo natural.
Pero también se denomina «jamaat» a quienes se organizan en torno a una doctrina integral y un ideal correcto. Se esfuerzan y se preocupan por procurar el bienestar de toda la humanidad, sin distinción de nación o país. Su único objetivo es reconstruir la vida en su conjunto conforme a un ideal y un método nuevos. Están decididos a reformar y reconstruir desde el principio cada aspecto de la existencia: desde los principios, ideales, doctrinas, pensamientos y normas morales hasta los detalles de la conducta individual y de la organización colectiva. No escatiman esfuerzos para crear una civilización y una cultura —tahzib y tamaddun— distintas y originales. Aunque este «partido» es, en esencia, simplemente un partido, no es uno que actúe como parte o mero apéndice de una nación de gran tamaño. Su actividad se eleva muy por encima del nacionalismo estrecho. Al contrario, su misión principal es destruir las enemistades, los odios y las rivalidades de carácter racial, tribal y tradicional sobre cuya base se han formado las distintas nacionalidades del mundo. Por ello, una jamaat o partido de esta clase no puede vincularse con esas nacionalidades; más bien, destruirá las nacionalidades raciales, tribales e históricas y creará en su lugar una nacionalidad completamente basada en la razón (Nacionalidad racional), y, en vez de una nacionalidad inerte, estancada y estéril, formará una nacionalidad pujante (Nacionalidad expansiva), sin que pueda caber duda al respecto. Ella misma establece los fundamentos de una nacionalidad nueva, dispuesta a incluir en ella a todos los habitantes del mundo sobre la base de la unidad intelectual y cultural. Pero, aun después de adquirir la forma de una nacionalidad, sigue siendo fundamentalmente un «partido» o «jamaat». Porque nadie puede pertenecer a ella por derecho de nacimiento; aceptar y seguir sus principios, ideales y doctrinas fundamentales es el único medio de formar parte de ella.
«Musulmán» es, en realidad, el nombre de un partido de esta segunda clase. No es un «partido» como los diversos partidos que existen dentro de una nación. Es precisamente un partido de la clase de aquellos que se alzan con la bandera de una civilización y una cultura completamente independientes, y que aspiran a construir, destruyendo los límites más estrechos de las pequeñas nacionalidades, una gran nacionalidad mundial (Nacionalidad mundial) basada únicamente en principios. Puesto que este «partido» no está dispuesto a vincularse, por sus sentimientos internos, con ninguna de las demás naciones raciales o históricas del mundo, sino que comienza a construir el edificio de su propia civilización y cultura conforme a su propia filosofía de la vida y filosofía social, desde este punto de vista ciertamente puede ser llamado una nación. Sin embargo, aunque desde este aspecto sea una «nación», en esencia no es más que un «partido». Porque nadie puede ser considerado miembro de esta «nación» por el mero accidente de haber nacido involuntariamente entre sus miembros (Mero accidente de nacimiento), mientras no siga sus ideales y principios. Del mismo modo, tampoco se le cierra el camino a quien quiera pertenecer a otra nación, porque ha creído en los principios, ideales y doctrinas de esa nación.
La conclusión de toda la exposición anterior es que la nacionalidad de la nación musulmana se reconoce precisamente porque constituye una jamaat o partido independiente. En esencia es un partido, y solo posteriormente adquiere la dignidad de nacionalidad. Lo primero es la raíz; lo segundo no es más que su rama. Si en algún momento se ignora su carácter de jamaat y se convierte simplemente en una «nación», debe considerarse, sin duda alguna, que ha sufrido una degeneración extrema (Degeneración).
En realidad, en la historia de la sociedad humana, la condición y la naturaleza del partido islámico constituyen algo singular y extraordinario. Por eso también resulta asombroso para la gente. Antes del islam, el budismo y el cristianismo habían roto los estrechos límites de la nacionalidad, habían convocado a toda la humanidad y habían intentado formar, sobre la base de una ideología, una fraternidad de dignidad universal. Pero ninguna de estas dos religiones poseía una filosofía social apta para establecer un sistema integral de civilización y cultura —tahzib y tamaddun—; solo contaban con algunas exhortaciones morales. Por consiguiente, ninguna de ellas logró establecer los fundamentos de una nacionalidad universal. Todo terminó con la creación de una especie de «fraternidad» (Fraternidad). Después del islam surgió en Occidente la civilización científica, que intentó dirigirse al mundo internacional; pero desde el mismo día de su nacimiento se le subió a los hombros el «fantasma» de la nacionalidad. Por eso también fracasó por completo en la formación de una nacionalidad internacional. Luego apareció el comunismo marxista e intentó crear, superando los estrechos límites de la nacionalidad y sobre la base de una concepción integral, una nacionalidad mundial y una civilización universal. Pero, como esa civilización aún no se ha realizado plenamente, el marxismo tampoco ha podido adquirir la forma de una nacionalidad de dignidad universal. Y lo cierto es que el marxismo ya había menoscabado su dignidad internacional al hundirse en la estrechez del nacionalismo. El nacionalismo ruso ha ejercido una influencia muy considerable en la política de Stalin y de su partido. En la literatura rusa —e incluso en la nueva constitución adoptada en 1936— se alcanzó el extremo de la adoración de la nacionalidad al llamar a Rusia «patria» (Tierra patria). Pero el islam no llama a ningún país «patria»; lo denomina Dar al-Islam, «la tierra del islam». Hasta el presente, en todo el mundo, el islam es el único sistema de vida capaz de romper todos los vínculos de las nacionalidades raciales, tribales e históricas y de formar, sobre la base de una nueva civilización y cultura, una nacionalidad de dignidad universal. Por eso quienes no están profundamente familiarizados con la corriente idealista inherente al islam no pueden comprender en absoluto cómo un mismo conjunto humano puede ser a la vez una «nación» y un «partido». Observan que, en el mundo, los individuos pertenecen a cada nación por haber nacido de los miembros de esa nación, y que nadie se incorpora a ella por su propia voluntad o interés. Todos saben que quien ha nacido en Italia es miembro de la nacionalidad italiana, pero que quien no ha nacido en Italia no tiene ninguna posibilidad de convertirse en miembro de la nación italiana. Sin embargo, la gente no conoce generalmente una «nación» a la que haya que incorporarse creyendo en un ideal y una doctrina determinados, y de la que uno deba ser expulsado si cambia de ideal y de doctrina. Según ellos, tal característica solo puede corresponder a un partido, no a una nación. Pero se quedan asombrados al ver que este partido tampoco está dispuesto a vincularse ni a limitarse a una civilización, una cultura y una nueva nacionalidad particulares.
Por no comprender la situación real, esto no es cierto únicamente en el caso de los no musulmanes; los musulmanes también se encuentran hoy sumidos en ello. Debido a haber recibido durante mucho tiempo una educación y formación no islámicas y a haber vivido en un entorno contrario al islam, también ha despertado entre ellos la noción jahilí del «nacionalismo histórico». En realidad, habían sido formados precisamente para provocar una revolución a escala mundial; difundir su ideario era el propósito de su vida, y su deber consistía en destruir por completo el sistema social erróneo del mundo y preparar una sociedad nueva sobre la base de su propia concepción de la vida. Sin embargo, los musulmanes han olvidado hoy por completo todo esto. Y, tras olvidarlo, se han convertido simplemente en una nación como las demás naciones del mundo. Ahora, en sus reuniones, asambleas, conferencias y congresos, así como en sus periódicos y folletos, ya ni siquiera se oye mencionar o discutir en parte alguna su misión original. No obstante, precisamente para eso habían sido escogidos de entre las naciones del mundo y convertidos en una nación nueva, en una umma nueva. Ahora, proteger los intereses de los musulmanes se ha convertido en su única tarea. Y por «musulmanes» entienden a quienes han nacido de padres pertenecientes a familias que llevan el nombre de musulmanas. Asimismo, por «intereses» entienden únicamente la obtención de ventajas y beneficios materiales y políticos para esos musulmanes de linaje; en algunos casos, también entienden por ello su cultura o civilización. Para proteger esos intereses, los musulmanes avanzarán sin vacilar por cualquier vía o política de acción que consideren indispensable, tal como Mussolini estaba dispuesto a realizar toda acción que protegiera los intereses de los italianos. No tenía ningún respeto por principio o ideal alguno. Decía: todo lo que sea útil y beneficioso para la nación italiana es verdad y es justicia. Y a esto lo denomino la prueba de la extrema degeneración de los musulmanes. Precisamente para protestar contra esta degeneración intento recordarles que, en esencia, no sois una nación semejante a las naciones de linaje, tribu o historia. En realidad, sois simplemente un grupo, una yamaat, y vuestra vida solo puede salvarse si permanece viva en vosotros la conciencia de ser un grupo (sentido de partido); de lo contrario, no.
Por no mantener viva la conciencia de ser un grupo —pues, de otro modo, no puede imaginarse cuán terribles son las consecuencias de olvidarse de uno mismo—, los musulmanes comienzan a seguir toda clase de opiniones y caminos, sin considerar en absoluto si son compatibles o contrarios al ideal islámico. Así, el musulmán se vuelve nacionalista y también comunista. Se inicia incluso en el fascismo y no siente por ello ninguna incomodidad. En todas partes pueden encontrarse musulmanes que siguen las diversas filosofías sociales, opiniones metafísicas y doctrinas científicas de Occidente. No existe en ningún lugar del mundo movimiento político, social o civilizatorio en el que no haya participado algún musulmán. Y lo más curioso es precisamente que, aun después de todo esto, siguen considerándose musulmanes, lo reivindican y son llamados musulmanes. Pero no recuerdan en absoluto que «musulmán» no es un título recibido por nacimiento, sino únicamente un nombre calificativo para las personas que siguen el camino definido por el islam. Sin duda, es un error gravísimo llamar «musulmanes» a quienes, tras abandonar el sistema de vida y el camino definido del islam, siguen un camino diferente. Las expresiones «nacionalista musulmán», «comunista musulmán» y otras semejantes son tan contradictorias entre sí como lo son «prestamista comunista» y «carnicero budista». —Tarjumán al-Qurán, junio de 1939.
— Fin —