Capítulo: 1
Prefacio
El propósito de su venida, su llamamiento y su posición histórica
La obra «Muhammad, el Mensajero de Alá, amigo de la humanidad» es, en esencia, la traducción al bengalí de «Muhsine Insaniyat», escrita en urdu por Naim Siddiqi, uno de los más destacados investigadores y pensadores islámicos del subcontinente. La obra también ha sido traducida al inglés con el título Human Benefactor.
Esta obra no es una biografía del Mensajero de Alá, que la paz y las bendiciones de Alá sean con él, escrita según el método tradicional. En ella se presenta, principalmente, una extraordinaria imagen analítica y aleccionadora de la construcción social que el Santo Mensajero, que la paz y las bendiciones de Alá sean con él, llevó a cabo mediante una incomparable revolución social, y del singular grupo humano y la sociedad humana que construyó como un artesano hábil. Por ello, es a la vez una sira del Santo Mensajero y un informe sobre la realización de la revolución social islámica. Esta obra es muy beneficiosa para quienes anhelan construir una sociedad islámica.
El propósito de su venida, su llamamiento y su posición histórica
Antes de estudiar la vida del Gran Profeta, que la paz y las bendiciones de Alá sean con él, es necesario que adquiramos una idea clara sobre el propósito de su venida. Debemos identificar con precisión cuál era la gran tarea para cuya culminación había aparecido en la Tierra este gran benefactor de toda la humanidad y a la que dedicó toda su vida, con el fin de llevar a feliz término una lucha dirigida hacia un objetivo final. En realidad, la historia de la vida del Mensajero, que la paz y las bendiciones de Alá sean con él, es la historia de una lucha incansable por poner en práctica un programa para toda la humanidad. La vida del Mensajero es un análisis práctico y activo de las enseñanzas y los ideales del Corán. La vida del Mensajero es la continuación del mismo mensaje sagrado cuya antorcha habían encendido, cada uno en su propia época, Adán, la paz sea con él; Abraham, la paz sea con él; Moisés, la paz sea con él; Jesús, la paz sea con él, y los demás profetas. Si no mantenemos ante nuestros ojos la naturaleza y el modo de actuar del Gran Profeta, sus características y la amplitud de su entorno, no podremos organizar adecuadamente la vida del Profeta, ni evaluar y analizar los acontecimientos que tuvieron lugar en ella, ni determinar el verdadero propósito de estudiar su vida, ni obtener de ella todo cuanto necesitamos obtener.
El salvador de la humanidad
Si examinamos la historia de toda la humanidad, encontramos en ella reformadores de muy diversa índole. Vemos muchos oradores de palabras dulces o de discurso inflamado, filósofos y pensadores, arquitectos de vastos imperios, reyes, monarcas y emperadores, héroes victoriosos, fundadores de grandes partidos y organizaciones, grandes protagonistas que provocaron conmoción en la civilización humana, revolucionarios poderosos que sacudieron repetidamente la estructura social, promotores de nuevas doctrinas religiosas que aparecieron en el escenario de la civilización, así como reformadores morales y legisladores. Pero cuando dirigimos la mirada hacia sus enseñanzas, sus obras y contribuciones, y el resultado general de sus esfuerzos, sacrificios y actividades, no encontramos en ninguna parte un bienestar y un beneficio completos. El bienestar y los beneficios que se observan son meramente parciales, unilaterales y pasajeros. Esos beneficios se hacen visibles en algún aspecto de la vida, pero después se mezclan con diversas consecuencias perjudiciales. Fuera de la personalidad de los profetas, no se encuentra en la historia ningún otro medio o elemento que haya sido capaz de transformar desde dentro a toda la sociedad humana. Teñir con el mismo color de Allah a toda la sociedad y la civilización, desde la mezquita hasta el mercado, desde la escuela hasta el tribunal y desde el hogar hasta el campo de batalla, y realizar una transformación radical desde el interior de toda la sociedad humana: ese fue el éxito de la predicación de Muhammad, el Mensajero de Allah (s. a.). Y ese es el verdadero mérito de su vida. Con su predicación cambiaron la mente y el entendimiento de las personas, cambiaron sus ideas y su perspectiva, se transformaron sus costumbres, hábitos y prácticas, cambió la distribución de derechos y deberes, cambiaron los criterios de lo justo y lo injusto, de lo halal y lo haram, se transformaron los valores morales, cambiaron las leyes y las constituciones, se modificaron las normas de la guerra y la paz, y cambiaron el matrimonio y el sistema social. En resumen, se produjo una transformación radical de cada componente de la civilización y de cada una de sus instituciones. En toda la extensión de esta transformación integral no se veía nada más que bienestar y bondad. En ninguna de sus partes había mal, en ningún ámbito había corrupción, ni había deformidad alguna. En todas partes había únicamente bienestar; por doquier, actividad constructiva, desarrollo y progreso. En realidad, por medio del Noble Profeta se llevó a cabo el resurgimiento y la revitalización integrales de la humanidad. Al hacer despuntar un amanecer resplandeciente de verdad y justicia, despejó de nubes el cielo de la civilización. Inauguró una era histórica. En la historia del mundo, esta es una obra y un mérito tan grandes que no puede encontrarse ningún ejemplo semejante en otra parte.
El advenimiento del Profeta universal, salvador de la humanidad (s. a.), tuvo lugar en una situación en la que toda la humanidad estaba sumida en una profunda oscuridad. En algunos lugares se vivía una era de brutalidad y ferocidad. En otros, la maldición del shirk y la idolatría estaba destruyendo la vida civilizada. En Egipto, India, Babilonia, Nínive, Grecia y China, la civilización había quedado completamente devastada y trastornada. Solo en Roma y Persia ondeaba la bandera de la civilización. El esplendor exterior de las civilizaciones romana e iraní deslumbraba los ojos. Sin embargo, en el interior de aquellos palacios de hermosa apariencia tenían lugar atrocidades y persecuciones estremecedoras. De las heridas de la vida emanaba un hedor repugnante. Los reyes y emperadores no solo se consideraban encarnaciones de Dios, sino que se habían instalado como dioses. Aliándose con ellos, la clase de terratenientes y sacerdotes dominaba al pueblo. Bajo la terrible explotación y opresión de ambos imperios, Roma e Irán, la gente común estaba a punto de morir asfixiada. Les imponían al pueblo elevados impuestos, tributos, sobornos y ofrendas. Además, lo obligaban a trabajar como si fuera ganado. Pero no tenían ninguna preocupación ni compasión por sus carencias, quejas, sufrimientos y desgracias, ni ofrecían solución o remedio alguno para ellos. El lujo y la adoración de la naturaleza de todas esas clases dominantes habían destruido por completo su esencia moral. Los cambios de poder y los ascensos y caídas de los reyes, la aparición de nuevos conquistadores y las guerras sangrientas producían cambios temporales en la situación, pero ni siquiera entonces se abría para la gente común ningún camino hacia la liberación. Después de cada cambio, la gente común quedaba aún más aplastada bajo el molino de la explotación. Cualquier fuerza que apareciera en el escenario del poder convertía a la gente común en instrumento de explotación, consolidaba su propio poder con la sangre del pueblo y utilizando su trabajo, y, después de alcanzar la victoria y la autoridad, se convertía en un opresor y explotador aún mayor que sus predecesores. Incluso entre los propios imperios romano e iraní había conflictos y enfrentamientos constantes. Diversas regiones pasaban unas veces al dominio de un imperio y otras veces eran devoradas por el otro. Pero en cada ocasión la fuerza vencedora sometía cruelmente a algún grupo de sus súbditos. Por ejemplo, cuando un territorio perteneciente al Imperio iraní caía bajo el dominio romano, se apagaban allí los altares de fuego y en su lugar se construían iglesias; y cuando un territorio del Imperio romano caía en manos de los iraníes, todas sus iglesias se convertían en altares de fuego. La mayor parte del mundo permanecía sumida en la anarquía. Se sucedían continuamente guerras, conflictos, enfrentamientos y rebeliones. Las sectas religiosas derramaban mutuamente su sangre. En medio de todos aquellos disturbios y tumultos, la dignidad humana era pisoteada y aplastada. Su humanidad era humillada y arrojada por tierra. Aunque realizaba un trabajo inhumano, no podía satisfacer siquiera las necesidades mínimas de la vida. A pesar de sufrir cientos de injusticias y persecuciones, no podía expresar ni la más mínima protesta. Incluso sus sentimientos más amargos tenía que tragárselos en silencio. Su conciencia y su mente estaban atadas con grilletes de una esclavitud tan dura que ni siquiera tenía libertad para pronunciar una sola palabra. ¿Quién se preocupaba por la terrible jaula de hierro en la que estaba encerrado, o por los suspiros de desesperación y fracaso que llenaban de pesadez su cielo y su atmósfera? En aquella jaula de hierro no había una sola ventana abierta en ninguna dirección, ni brillaba siquiera una luciérnaga de doctrina o filosofía que llevara ante la humanidad el más tenue rayo de esperanza. Su alma clamaba. Pero desde ningún lado respondía nadie siquiera a aquel clamor. Ninguna religión acudía a salvarlo, porque las enseñanzas de los profetas habían desaparecido, hundidas en el abismo de la distorsión y el mal uso. Lo poco que quedaba en nombre de la religión había sido convertido por los círculos religiosos en una mercancía comercial. Se habían aliado con los grupos contemporáneos de opresores y explotadores. Hablemos de la filosofía griega. Hablemos de Confucio y del Manusmriti, o de los Vedas y el Vedanta, del budismo, o de las leyes de Justiniano y Solón: todo había quedado sin vida e inactivo. Desde ninguna dirección se veía un rayo de luz. Siempre que en algún lugar del mundo se presenta una situación en la que las personas quedan encerradas en una jaula de hierro y no aparece ninguna luz de esperanza desde ningún lado, se produce una crisis y un estancamiento en el sistema social. [El Corán ha examinado muy brevemente esta situación histórica de la humanidad, sin que pueda encontrarse comparación alguna: «La corrupción ha aparecido en la tierra y en el mar por causa de lo que las manos de las personas han cometido. Así, Allah quiere hacerles probar parte de lo que hicieron; quizá regresen al camino recto». (Ar-Rum, 41)] Por eso, cuando por todo el mundo apareció la anarquía más terrible y espantosa de la historia, en la oscuridad impenetrable de aquella anarquía se encendió de repente la antorcha luminosa del Profeta universal, el mejor amigo de la humanidad. Esa antorcha desgarró la oscuridad de la catástrofe social de su tiempo e iluminó todo cuanto la rodeaba.
La región más cercana de Arabia era el primer campo de actividad del Mensajero de Dios (s.a.s.). Basta con pensar en la terrible situación que allí imperaba para estremecerse. Si durante la época de Ad y Zamud, o bajo la influencia imperialista de Saba y Yemen, llegó a vislumbrarse por un tiempo algún resplandor de civilización, este también se había extinguido mucho tiempo atrás. El resto de las regiones de Arabia seguía sumido en la profunda oscuridad de la precivilización. El sol de la civilización aún no había salido, y la humanidad todavía no había despertado del sueño de la jahiliyyah primitiva. Por todas partes reinaba una intensa tensión. Se sucedían los conflictos entre las personas, las guerras y el saqueo. La cultura de la jahiliyyah había alcanzado su apogeo mediante la combinación del alcohol, el adulterio y el juego. Los qurayshíes continuaban haciendo un próspero negocio con la administración de la sagrada Kaaba, bajo una religión de politeísmo e idolatría. Los judíos también habían abierto, a porfía, sus comercios de una religión distorsionada. El resto de los árabes estaba sumido en la anarquía del pensamiento. Los prestamistas de La Meca y Taif habían tendido sus redes de negocios usurarios. Las malditas instituciones del comercio de esclavos funcionaban con gran pompa. En resumen, el ser humano había descendido al nivel más bajo de la esclavitud de sus pasiones y vivía como una hiena feroz y como un animal cuadrúpedo. [En la sura Al-Furqan del Corán se dice: «Son como el ganado; más bien, están aún más extraviados que el ganado» (aleya 42).] Los poderosos conducían a los débiles con una cuerda en la nariz, como a rebaños de cabras y ovejas. Los débiles yacían postrados a los pies de los poderosos.
En semejante situación, Muhammad (s.a.s.) salió solo al campo de acción, convocando a un cambio radical y total. En un ambiente tan desesperante, cualquier otro quizá habría huido de la sociedad y de los lugares habitados. No es que en el pasado no hubiera habido en el mundo personas honestas y sensibles, capaces de aborrecer la injusticia; las hubo en gran número. Pero no pudieron enfrentarse a la injusticia ni remediarla. Para proteger sus propias vidas, abandonaban la sociedad y los lugares habitados, se refugiaban en bosques, selvas y cuevas de las montañas, y se convertían en ascetas y monjes. Pero el Mensajero de Dios (s.a.s.) no pensó en salvar su propia vida dejando a la humanidad afligida en una situación de desamparo. Por el contrario, luchó contra la injusticia y la maldad y abrió para toda la humanidad el camino de la liberación. Tomó el timón de la nave de la civilización y la condujo hacia el destino correcto. Para romper el estancamiento que las dos superpotencias beligerantes, Roma e Irán, habían creado en aquella época, apareció como una tercera fuerza. Poco a poco, cuando esta tercera fuerza se sostuvo sobre sus propios pies, desafió tanto a Roma como a Irán. Derribó a los poderosos dirigentes de ambas y liberó a los pueblos de la aterradora jaula de la civilización, dándoles la oportunidad de moverse en un entorno libre [a este respecto, merecen mencionarse algunos hadices: «Fui enviado en la mejor de las épocas entre las diversas épocas de los hijos de Adán» (Bujari); «Alá eligió a Kinana entre los descendientes de Ismael, a Quraysh entre los descendientes de Kinana, a los Banu Hashim entre Quraysh y a mí entre los Banu Hashim» (Muslim); «Cuando Alá creó el mundo, me incluyó en la mejor de las categorías, luego en la mejor de las tribus y después en la mejor de las familias. Por eso soy el mejor como individuo y el mejor como miembro de una familia» (Tirmidhi)]. Se abrió ante los hijos de Adán un camino de liberación, y la caravana humana, rodeada de bandidos, partió hacia la morada del progreso y la prosperidad.
En resumen, el Mensajero de Dios (s.a.s.) apareció como liberador y salvador de todos los habitantes del mundo.
El lugar, la época y el elemento humano de su aparición
Para devolver a la humanidad al camino correcto, el Altísimo Alá, por un lado, escogió la personalidad más excelsa del Mensajero de Dios (s.a.s.); y, por otro, pese a la existencia de las peores circunstancias de aquella época, eligió para él la mejor época, el lugar más adecuado para la predicación y la mejor nación a la que dirigirse primero.
En términos generales, puede considerarse que aquella época era la más adecuada porque el tiempo del sistema social tribal estaba llegando a su fin y se aproximaba la era de la internacionalidad. La historia estaba a punto de entrar en la era de la ciencia después de atravesar unas cuantas vueltas. La época de la aparición del Mensajero de Dios (s.a.s.) marcaba, en realidad, la frontera entre esas dos eras mencionadas. Para inaugurar una época futura más amplia y luminosa, se había vuelto necesario reiterar la predicación de los profetas anteriores, recuperar su fuerza vital, establecer firmemente los cimientos de una civilización basada en la obediencia a Alá y presentar plenamente un sistema social basado en la igualdad y la justicia del islam, para que las épocas posteriores pudieran iluminarse con los rayos de luz de la obra del Mensajero de Dios (s.a.s.). Aquella época también era la más adecuada porque ante los seres humanos no quedaba ya ningún lugar de esperanza ni apoyo; por ello, les resultaba más fácil sentirse impulsados a aceptar el islam.
Si dirigimos la mirada al lugar de la predicación, vemos que, pese a ser Arabia un país árido y desértico, estaba situada en el centro del mundo civilizado de aquella época. Todas las rutas comerciales procedentes de Oriente, Occidente y el Norte convergían en el territorio árabe. Todo el comercio exterior que se desarrollaba entre los distintos países se realizaba por medio de los comerciantes árabes. Había caravanas comerciales que circulaban entre Ammán y Yemen, Saná y La Meca, Yeda y Yanbu, y Medina y Dumat al-Yandal. Estas caravanas no podían desplazarse con seguridad sin el permiso de los dirigentes árabes, es decir, los qurayshíes, y la autorización de las tribus importantes. De este modo, el territorio árabe —en especial La Meca, Taif, Medina, Yanbu y Dumat al-Yandal— mantenía comunicación con todas las regiones de India, China, Irán, Irak, Egipto, Roma y Etiopía. Aquí, cualquier centro de predicación y difusión colectiva habría podido alcanzar mayor éxito que en cualquier otra región. Además, La Meca y Medina tenían la máxima importancia en el mundo árabe. En los ámbitos religioso, comercial y cultural, su liderazgo y autoridad eran irresistibles.
Aunque el atraso de la nación árabe en materia de civilización y cultura, su desenfreno y anarquía, y su penuria económica habían creado algunos problemas, también tenían una gran ventaja. Esta consistía en que el país árabe estaba en gran medida libre de la dominación extranjera. Además, en el ámbito interno tampoco había nadie con suficiente poder para establecer una autoridad política sistemática sobre todo el país y luego, mediante el poder, la autoridad, la ley y la educación, organizar la sociedad según una estructura determinada. Si hubiera existido una persona o un grupo con semejante poder, habría podido acabar con el movimiento islámico, del mismo modo que diversos reyes tiranos del pasado detenían la predicación de los profetas antes de que alcanzara su plenitud. Los qurayshíes tenían considerable influencia y prestigio, y ciertamente se opusieron con todas sus fuerzas. Sin embargo, no ejercían una autoridad política sistemática sobre toda Arabia. Por profunda que fuera su influencia religiosa y comercial, nunca fueron una alternativa a un gobierno bien organizado.
Desde el punto de vista religioso, se observa que en torno a esta región permanecía imborrable el recuerdo de la predicación de los profetas anteriores. Las señales del destino que habían sufrido los pueblos de aquella época también estaban presentes ante los ojos de todos. Al norte se encontraba Ur, la tierra natal de Abraham. Cerca de allí estaban las regiones de Noé, Lot y Salih, la paz sea con ellos. También se encontraban en las proximidades Palestina y Jerusalén, escenario del ascenso y la caída de los Hijos de Israel y lugar de la predicación de Jesús, la paz sea con él. Al sur se hallaban las moradas de Aad y Zamud, la zona de la presa de Ma’rib y el reino de Saba. Al otro lado del mar se encontraba Egipto. Allí Ibrahim e Ismail fortalecieron y consolidaron el centro del tawhid. Allí ofrecieron brillantes ejemplos de adoración y obediencia. ¿Qué otra región podía ser mejor para la obediencia a Allah, el tawhid y la reforma y el desarrollo de la humanidad? Si allí se alzaba la voz de la predicación del islam, existían condiciones propicias para que en la mente de la gente revivieran fácilmente las huellas dejadas por los profetas anteriores.
El elemento humano que había en Arabia era también de la mejor calidad. La característica más notable de este elemento era que las fuentes de su capacidad y aptitud aún no habían sido utilizadas y permanecían intactas. Los árabes todavía estaban libres de las enfermedades destructivas engendradas por las civilizaciones brutales de Roma e Irán. Aunque entre ellos existían defectos derivados de su modo de vida violento, sus buenas cualidades tampoco eran escasas. Por ser beduinos, llevaban en su carácter una sencillez natural. Estaban completamente libres de artificios. Tenían la oportunidad de observar muy de cerca los fenómenos de la naturaleza. Por ello podían percibir las señales de la gran verdad en el universo. El clima caluroso, los embates de las tormentas de arena del desierto, los penosos viajes de día y de noche, la experiencia del hambre y la sed, y los asesinatos y saqueos cotidianos despertaban en ellos audacia y arrojo, y contribuían a avivar el impulso hacia la valentía. Eran exactamente el tipo de grupo de héroes valerosos que se necesitaba para dirigir un movimiento de alcance mundial. Poseían generosidad. Para realizar una tarea tan grande no habrían sido adecuados hombres de naturaleza avara. Los árabes tenían una memoria extraordinaria. No solo memorizaban la sucesión de sus propios linajes, sino incluso la de sus caballos. Personas de este tipo eran las que mejor podían adoptar los principios de un sistema de vida y transmitirlos a los demás. Poseían plenamente el sentido del honor. Por ello, la defensa de su dignidad estaba a su alcance. Su lengua era también de gran calidad, vasta y en desarrollo. Su elegancia y sus recursos retóricos se manifestaban de manera sumamente hermosa. Por eso podían avanzar fácilmente en la difusión del conocimiento y la ciencia. También tendrían mayor éxito al inspirar a otros mediante un discurso revolucionario.
Los árabes eran firmes e inflexibles en sus determinaciones. Incluso cuando seguían un camino injusto, lo hacían con plena tranquilidad de espíritu y una convicción inquebrantable de su conciencia. Afrontaban toda clase de obstáculos y oposición y avanzaban hacia el objetivo que se habían propuesto. Sin embargo, si se los guiaba por el camino de la justicia y la verdad, también en ese ámbito eran constantes e intrépidos. Poseían muchas otras características de este tipo. Sobre esta base no se puede dejar de reconocer que, así como el Mensajero, la paz sea con él, era personalmente el mejor líder y convocador para alcanzar el objetivo, también se le proporcionó la mejor fuerza humana posible.
No solo eso, sino que este recurso humano estaba ansioso por alcanzar el progreso y el desarrollo en todos los aspectos. Entre las personas inteligentes y reflexivas de la sociedad árabe de la época de la ignorancia también había surgido inquietud e insatisfacción en el ámbito religioso. Algunas personas se habían mostrado impacientes y ansiosas por encontrar la gran verdad y obtener la guía del Creador del universo. También había despertado en ellas una nueva conciencia política. En ciudades como La Meca y Medina se habían formado instituciones e infraestructuras políticas. Se estaba configurando, aunque de manera algo desorganizada, el esbozo de una ciudad-Estado con cierto carácter democrático. Además, debido a la escasez de recursos económicos de Arabia, la población se veía obligada a expandirse fuera de las zonas desérticas. Cuando se produce un estancamiento en una civilización existente y el liderazgo queda inactivo, es una norma consuetudinaria y evidente de Allah sentar a un nuevo grupo nómada en el trono de conductor de la civilización. Siguiendo esta norma, Allah hizo caer el poder faraónico y puso en su lugar a los Hijos de Israel en el poder.
Considerando todos estos aspectos, los árabes eran la mayor fuerza humana del mundo de aquella época. Esta fuerza humana era la más adecuada para llevar a cabo una revolución fundamental y total en la sociedad humana.
La kalima revolucionaria
No cabe pensar que el Profeta universal, la paz sea con él, hubiera comenzado la tarea de reformar y reconstruir sin ninguna creencia doctrinal, ideología o plan. No emprendió esta tarea impulsado simplemente por una conciencia vaga, una emoción sin objetivo o un entusiasmo inmaduro. Por el contrario, salió al campo llevando en sus manos la antorcha de la verdad suprema del universo. Durante años reflexionó sobre los problemas de la vida con una mente sumamente sensible. Durante un largo período meditó, en la cámara solitaria de la cueva de Hira, sobre su mundo interior y exterior. Se esforzó mucho por comprender los principios que determinan el bienestar y el malestar de la civilización. Sin embargo, no adoptó medidas prácticas hasta que el Altísimo Allah hubo iluminado su corazón con la luz de la verdad y la verdad suprema se hubo revelado ante él. Esa verdad suprema era que existe un Creador y Señor del universo, y que el ser humano es Su siervo y esclavo. Esta kalima de la verdad fue la semilla de la revolución iniciada por el Profeta universal. De esta semilla nació aquel árbol sagrado de vida recta y civilización pura, cuyas raíces están plantadas muy profundamente en la tierra y cuyas ramas se extienden hasta lo alto del cielo.
Esta kalima proclamada por el Profeta universal era una kalima revolucionaria del más alto nivel. Todos sabemos que esta kalima es: «La ilaha illa Allah». Literalmente es sumamente breve, pero su significado es muy profundo: «No hay ningún ilah aparte de Allah. Él es el único Ilah». Se llama ilah a aquella fuerza o ser al que se puede servir como esclavo; por quien una persona puede sacrificarse desinteresadamente a sí misma y todo cuanto posee; cuya supremacía reconoce y al que adora; a quien alaba, glorifica y ensalza plenamente, declara santo y venera; por quien formula votos; de quien espera toda clase de beneficios; cuyo castigo teme; de quien espera la recompensa por las buenas obras y teme el castigo por las malas; a quien considera su único y absoluto dueño; a quien reconoce como gobernante y legislador; conforme a cuyas órdenes actúa y de cuyos actos prohibidos se abstiene; cuyos principios adopta como fundamento de su vida; cuyas normas sobre lo lícito y lo ilícito aplica sin objeción alguna; a quien considera la fuente de su guía; conforme a cuya voluntad y deseo establece su sistema de vida; honra a quienes Él ama y rechaza a quienes se le oponen; y cuya complacencia se convierte en la meta y el objetivo principal de su vida. En una sola palabra, ilah, estaba contenido todo este amplio significado.
La sociedad humana había arrebatado estos derechos de las divinidades a Allah, el Único, y los había dividido y repartido en fragmentos. Como consecuencia, innumerables divinidades se habían instalado firmemente en los distintos niveles de la sociedad y la civilización. La propia naturaleza y los deseos del ser humano, las costumbres y tradiciones de la familia y la tribu, las tradiciones de la solidaridad basada en la casta, el linaje y la etnia, el dominio de los terratenientes y los sacerdotes, la arrogancia de las familias reales y los consejos, entre otras cosas, se habían convertido en sus divinidades. En nombre de estas divinidades, un sector de la sociedad gobernaba, explotaba y saqueaba a otro. La expresión «La ilaha illallah» («No hay divinidad excepto Allah») asestaba simultáneamente un golpe contundente a la divinidad de todos esos dioses. Quien pronunciaba esta declaración proclamaba, en esencia, lo siguiente: no reconozco ninguna soberanía aparte de la de Allah; no reconozco la autoridad ni la dominación de nadie; no acepto ninguna ley o norma elaborada por nadie; no considero legítimos los derechos sobrehumanos que alguien haya adquirido; no me inclinaré ante nadie; no me preocuparé por la satisfacción o el descontento de nadie; mi vida no se regirá por la señal del dedo de nadie; y toda divinidad aparte de Allah será destruida por completo. En realidad, esta declaración era la proclamación de la verdadera libertad del ser humano.
La segunda parte de esta declaración incluye el compromiso de que el único camino hacia la guía de la humanidad —es decir, hacia su salvación y bienestar— y hacia la reforma y corrección de la civilización y la cultura es el camino mostrado por los profetas y mensajeros enviados por Allah. La única fuente del conocimiento esencial y correcto necesario para la vida es la revelación. De ella puede la conciencia humana conocer los principios del pensamiento. Muhammad (s. a.) es el último profeta y mensajero, quien lleva a su culminación esta sucesión de la misión profética. La guía hacia el camino correcto de la vida debe buscarse en él, y bajo su liderazgo la humanidad entera podrá avanzar por el camino del bienestar y el progreso.
Precisamente por la importancia de esta declaración, aceptarla se convirtió en la primera condición para abrazar el islam. Los almuédanos la recitan en voz alta al llamar a la oración, se la denomina el mejor recuerdo de Allah y se la ha incluido en la oración. En suma, esta declaración se convirtió, en todos los sentidos, en el lema del movimiento islámico.
A quien penetraba en el corazón esta declaración revolucionaria del Mensajero (s. a.), le producía una transformación radical interior. Allí donde esta declaración entraba en la vida de una persona, cambiaba por completo su configuración. De esta semilla nacía una persona nueva, que era criada, cultivada y desarrollada.
El objetivo del Mensajero (s. a.) en la reforma de la sociedad
Para obtener un beneficio verdaderamente genuino de la biografía del Mensajero (s. a.), es indispensable conocer la respuesta a una pregunta importante: ¿hasta dónde llegaba el alcance del cambio que el Mensajero (s. a.) pretendía realizar y cuál era el criterio de su labor? ¿Deseaba introducir un cambio parcial en el sistema social o un cambio total? ¿Se limitaba su llamamiento a una reforma puramente religiosa y moral, o también tenía importancia política? En otras palabras, ¿cuál era el objetivo que perseguía en el ámbito social?
El propio Corán ofrece una respuesta muy clara a esta pregunta. El propósito del llamamiento islámico se ha explicado repetidamente y de diversas maneras. Aquí mencionaré solamente dos versículos. En un pasaje se describe así el propósito del envío de todos los profetas y mensajeros:
﴿لَقَدْأَرْسَلْنَارُسُلَنَابِالْبَيِّنَاتِوَأَنزَلْنَامَعَهُمُالْكِتَابَوَالْمِيزَانَلِيَقُومَالنَّاسُبِالْقِسْطِۖوَأَنزَلْنَاالْحَدِيدَفِيهِبَأْسٌشَدِيدٌوَمَنَافِعُلِلنَّاسِوَلِيَعْلَمَاللَّهُمَنيَنصُرُهُوَرُسُلَهُبِالْغَيْبِۚإِنَّاللَّهَقَوِيٌّعَزِيزٌ﴾
«He enviado a Mis mensajeros únicamente con este propósito y les he revelado el Libro y la balanza, para que la humanidad se establezca sobre la justicia». (Sura al-Hadid: 25)
Esto se ha declarado con un lenguaje absolutamente inequívoco. El único propósito de la predicación del islam es construir la vida humana sobre los fundamentos de la equidad y la justicia, y establecer eficazmente el equilibrio y la justicia en el sistema social. En la parte siguiente de la aleya también se indica el uso de armas de hierro con ese mismo propósito. Es decir, la fuerza militar es asimismo indispensable para aplicar, proteger y desarrollar el ordenamiento jurídico islámico.
El propósito de la aparición del propio Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) como profeta se ha expuesto varias veces con un lenguaje aún más claro. Por ejemplo:
﴿هُوَالَّذِيأَرْسَلَرَسُولَهُبِالْهُدَىٰوَدِينِالْحَقِّلِيُظْهِرَهُعَلَىالدِّينِكُلِّهِوَلَوْكَرِهَالْمُشْرِكُونَ﴾
«Él es Allah, Quien envió a Su Mensajero con la guía y la religión verdadera, para hacerla prevalecer sobre todas las demás religiones y sistemas de vida, aunque ello sea sumamente detestado por los politeístas». (Sura as-Saff: 9)
Es decir, los qurayshíes y los demás politeístas de Arabia ciertamente harían todo lo posible por mantener su sistema de vida jahilí. Cualquier voz que se alzara contra la jahiliya les resultaría necesariamente desagradable. Pero, sin prestar atención a sus preferencias y aversiones y haciendo caso omiso de su oposición, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) debía completar plenamente la tarea de establecer y aplicar el islam. Si ese no hubiera sido el propósito de la predicación del islam, ¿de dónde habrían surgido la disputa, el conflicto, el yihad y la hégira? ¿Por qué se habría formulado el llamamiento a sacrificar la vida y los bienes? ¿Con qué propósito se habría hecho el elevado llamamiento: «Convertíos en auxiliares de Allah»? ¿Con qué propósito se habría formado el «partido de Allah»? ¿Con qué objetivo se habría escogido a los mártires? En realidad, sin comprender profundamente el propósito de la predicación del islam, no se puede entender ni el Corán ni la sira.
Ahora, examinemos los distintos capítulos de la vida del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) e investiguemos cuál era su objetivo anhelado.
Ya en la etapa inicial, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) convocó una reunión de los principales miembros de la tribu de Banu Hashim para presentarles su predicación. Allí dijo brevemente que esta predicación garantizaría el bienestar tanto de este mundo como del Más Allá. Mucho tiempo después, mientras conversaba con una delegación de los qurayshíes, repitió aquella afirmación y dijo:
(Árabe*****************************)
«Si aceptáis la invitación que os presento, en ella se encuentra el bienestar tanto de este mundo como del Más Allá». (Sira de Ibn Hisham, primer volumen, p. 316)
Tomar estas dos sencillas palabras, «el bienestar de este mundo», en el sentido de un bienestar parcial es completamente irracional. En toda invitación hay algún tipo de bienestar parcial. Incluso en todo sistema defectuoso existe algo bueno. En realidad, el bienestar de este mundo significa que la vida mundana llegue a ser hermosa en todos sus aspectos; que el sistema social sea íntegro y perfecto; que se establezca un sistema permanente de justicia, y que se alcance una vida pura y limpia.
En la etapa inicial, cuando ya había comenzado el conflicto con los quraysh, volvieron a celebrarse conversaciones entre ellos y el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Esta vez también dijo:
(Árabe***************************)
«Si me concedéis una sola palabra, por medio de ella dominaréis a toda la nación árabe, y todas las naciones no árabes que existen en el mundo se someterán a vosotros». (Sira de Ibn Hisham, primer volumen, p. 316)
Durante cada feria y en la época del Hayy, también iba de campamento en campamento, a los campamentos de las distintas tribus que llegaban de las diversas regiones de Arabia, y exponía estas palabras a cada jefe tribal. Les decía: «Venid conmigo. Dadme la oportunidad de trabajar y colaborad conmigo, para que pueda presentar claramente al pueblo el mensaje por el que fui enviado al mundo». [Los miembros de la tribu de Banu Amir que habían ido a realizar el Hayy regresaron y contaron: «Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, nos pidió que garantizáramos su seguridad, asumiéramos su responsabilidad y lo lleváramos a nuestra región». (Sira de Ibn Hisham, segundo volumen, p. 34)] Al oír estas palabras y observar la emoción y el entusiasmo del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, el jefe de la tribu de Banu Amir, Bukhayra ibn Firas, quedó tan impresionado que dijo a sus allegados: «Si logro apoderarme de este joven, podré engullir a toda Arabia». Este perspicaz líder árabe había comprendido el objetivo de la invitación del Mensajero de Allah y las posibles consecuencias de sus actividades. Por eso quiso negociar con él. Informó al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, de que estaba dispuesto a colaborar bajo una condición: cuando venciera a sus adversarios y alcanzara el poder, ellos asumirían el poder después de él. No se puede negar que Bukhayra era un hombre de gran previsión. Si el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, hubiera sido simplemente un predicador religioso y exhortador en el sentido limitado, sin ningún objetivo político, habría respondido claramente: «Hermano, yo soy un hombre dedicado a Allah. ¿Qué tengo que ver con una parte del poder? ¿Qué relación tengo con el Estado y el gobierno?». Pero el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, no respondió de ese modo. Dijo:
«El poder y la autoridad están en manos de Allah. Él se los concederá a quien quiera».
Diciendo esto, rechazó de plano las condiciones de Bujaira y la cuestión del reparto del poder. (Sirat Ibn Hisham, volumen 2, pág. 23)
Durante el movimiento dirigido por el Mensajero (s. a. s.), la cuestión de «obtener autoridad sobre los árabes y los no árabes» alcanzó tanta fama que parecía haberse convertido en el lema del movimiento islámico. Hasta los niños lo repetían. Los opositores lo tomaron como motivo de burla. Cada vez que los miembros de Quraysh veían a alguno de los jóvenes de la clase esclava y pobre que había aceptado el islam y sufría bajo la opresión y las torturas de los qurayshíes, lo señalaban y decían: «¿Qué más se puede decir de estos señores? ¡Dicen que van a ser los gobernantes de los árabes y los persas!»
Por mucho que aumentaran el escarnio, la burla, la oposición y la resistencia, los hombres perspicaces de la tribu de Quraysh comprendían, desde lo más profundo de su corazón, que este movimiento no era algo ordinario, sino que necesariamente produciría consecuencias de enorme alcance. En cierta ocasión, los principales dirigentes qurayshíes de La Meca enviaron a Utba para que conversara con el Mensajero de Allah (s. a. s.). Utba lo tentó ofreciéndole un cargo oficial, riquezas y toda clase de beneficios posibles relacionados con los intereses mundanos, con tal de que el Mensajero (s. a. s.) aceptara abandonar de algún modo aquella actividad revolucionaria. Sin embargo, el Mensajero (s. a. s.) le recitó a Utba los primeros versículos de la sura Ha-Mim. Como consecuencia, el rostro de Utba se demudó por completo. Al regresar, dijo: «Esta predicación anuncia un cambio enorme. Se aproxima una revolución y todo en la vida social quedará trastornado. Por eso os aconsejo que no le digáis nada a Muhammad (s. a. s.). Dejadlo hacer lo que está haciendo. No se lo impidáis. Si el pueblo árabe lo mata, os libraréis de él sin más. Y si vence, su reino será vuestro reino, su honor será vuestro honor y seréis los más prósperos del mundo». Es decir, incluso un hombre como Utba había comprendido que detrás de este movimiento se ocultaba un imperio, y que su resultado final no podía ser otro que el poder estatal. Si él lo había percibido, ¿cómo podrían el Mensajero (s. a. s.) y sus compañeros no haberlo percibido? (Sirat Ibn Hisham, volumen 1, pág. 314)
En cierta ocasión, cuando los musulmanes estaban siendo aplastados bajo la rueda de una violencia y una persecución intensísimas, los compañeros del Mensajero (s. a. s.) le contaron sus sufrimientos y le pidieron que suplicara para que pudieran librarse de aquella situación. Primero, el Mensajero (s. a. s.) les explicó que, en la lucha por establecer realmente la religión de Allah, hay que enfrentarse a duras dificultades a cada paso. Quienes habían asumido esa responsabilidad en el pasado habían tenido que soportar sufrimientos y calamidades indescriptibles. Después, con plena certeza, les anunció la buena nueva: «¡Por Allah!, Allah concederá un día la victoria definitiva a esta causa». Luego describió aquella victoria y dijo:
«Un hombre viajará completamente solo desde Saná hasta Hadramaut, sin temer a nadie salvo a Allah». [Sirat Ibn Hisham, volumen 1, pág. 314 (obra original en árabe)] Es decir, se establecerá en la Tierra una sociedad justa y una época de prosperidad, y se instaurará un sistema tan pacífico que, allí donde hoy el robo, el bandolerismo y el asesinato se han convertido en hechos cotidianos, donde los seres humanos son secuestrados a plena luz del día y hasta la castidad de las mujeres es violada públicamente, un viajero podrá desplazarse completamente solo, tranquilo y sin miedo, por cualquier lugar. Nadie se atreverá a tocar su vida, sus bienes ni su honor. En otra ocasión, el Mensajero (s. a. s.) dijo que se acercaba una época en la que la gente viajaría a La Meca sin escoltas de seguridad. [Shibli Numani, Sirat al-Nabi, volumen 2, pág. 3]
La claridad y luminosidad con que aquí se han expresado el objetivo y la finalidad son verdaderamente incomparables.
En cierta ocasión, cuando el Mensajero (s. a. s.) pidió a Uzmán ibn Talha, custodio de la llave de la Kaaba, que abriera la puerta de la Kaaba, Uzmán rechazó su petición. En aquel momento, la situación parecía sumida en una extrema anarquía y era sumamente adversa. Aun así, el Mensajero (s. a. s.) dijo: «No está lejano el día en que esta llave estará en nuestras manos y se la daremos a quien queramos». [Al-Mawahib al-Ladunniyya, Qastallani, volumen 1, pág. 158]
Si se estudia el histórico compromiso o bay‘a que se obtuvo de los ansar de Medina en un lugar llamado Aqaba, se comprende claramente que los ansar también habían percibido cuán extensa y de tan largo alcance sería la oposición y el conflicto provocados por la predicación del islam. También comprendieron que la decisión definitiva de este conflicto tendría lugar más adelante en el campo de batalla. Mediante aquel compromiso, por un lado, los ansar prometieron luchar, si era necesario, contra todo el mundo en apoyo del Mensajero (s. a. s.), y aceptaron incluso la destrucción de sus líderes y la pérdida de sus vidas y bienes. Por otro lado, también obtuvieron del Mensajero (s. a. s.) la promesa de que, cuando Allah le concediera la victoria, no los abandonaría para marcharse. En esta promesa de luchar, en la determinación de sacrificarse y ofrecerse en sacrificio, y en el sueño de la victoria, ¿acaso no se hicieron claros el objetivo y la finalidad del Mensajero? [Sirat Ibn Hisham (árabe), volumen 2, págs. 50-51; Zad al-Ma‘ad (árabe), volumen 1, págs. 50-51]
La parte final de la súplica que se le enseñó antes de emprender el viaje de la hégira dice: «Y concédeme, por parte Tuya, una autoridad que me ayude» [sura Bani Isra’il, aleya 80].
En esta aleya se le aconseja pedir una «fuerza de apoyo». Es decir, se le enseña a pedir autoridad gubernamental, ya que se necesita poder de gobierno para patrocinar esta sagrada misión y hacer realidad este noble objetivo.
Cuando se presionó a su tío Abu Talib para que abandonara su apoyo al Mensajero de Allah y a su misión, le dijo al Mensajero de Allah: «No me causes problemas». La respuesta que el Mensajero de Allah dio en aquella ocasión está escrita con letras de oro en la historia. Dijo: «Aunque me trajeran el sol en mi mano derecha y la luna en mi mano izquierda, no abandonaría este objetivo mío». Las últimas palabras de su respuesta fueron: «O bien Allah hará triunfar este objetivo mío, o moriré mientras trabajo por él». [Sira de Ibn Hisham, tomo 1, pág. 278]
Aquí dijo «hará triunfar», no dijo «lo completará». La idea del conflicto y la confrontación está contenida en la palabra «triunfar». Y de su última frase se comprende que la intensidad de ese conflicto y esa confrontación había alcanzado un nivel que ponía en peligro la vida.
Después de la hégira, Adi ibn Hatim acudió ante el Mensajero de Allah para poner a prueba su personalidad. Intentó conocer su concepción de la da‘wa y observó su conducta desde la perspectiva de un crítico. Al hacerlo, su corazón quedó sobrecogido y cautivado. De acuerdo con la forma de pensar del visitante, le informó de que en el futuro los blancos edificios de Babilonia pasarían bajo la autoridad del islam, que allí habría grandes riquezas y que los musulmanes poseerían un poder y una influencia extraordinarios. También le informó de esta característica de la justa sociedad islámica: «Pronto verás que una mujer partirá sola desde la lejana Qadisiyya, montada en una camella, hacia esta mezquita, y llegará aquí completamente segura». ¿Cómo puede decirse que el Profeta cuya mirada, durante el viaje de la hégira, cuando aparentemente se encontraba en la más absoluta pobreza, vio los brazaletes del emperador persa adornar a Suraka, desconocía el resultado final de su movimiento y el objetivo último del nuevo sistema social que había iniciado? ¿Cómo es posible imaginar que no tenía como objetivo establecer un Estado islámico, que no se hicieron preparativos ni se luchó por ello, y que este Estado fue entregado accidentalmente a la organización del Mensajero de Allah como una simple recompensa? Como mucho, puede decirse que no quiso establecer un Estado y un gobierno con el objetivo exclusivo de satisfacer intereses mundanos y consolidar su poder y dominio personales. Pero ¿cómo puede afirmarse que no se deseaba un Estado islámico para establecer en la práctica la religión de Allah, instaurar la justicia y la equidad, garantizar la liberación de la humanidad y construir la sociedad?
En realidad, el objetivo del Mensajero de Allah no era únicamente lograr una revolución doctrinal y moral; también pretendía, con toda seriedad, realizar una revolución política. Junto con la reforma del individuo, deseaba reformar la sociedad. En otras palabras, el Mensajero de Allah consideraba al ser humano una entidad colectiva, un ser que vive en sociedad, y quería reformarlo junto con todas sus relaciones sociales. No consideró al ser humano aislándolo de la sociedad y reduciéndolo a un simple individuo, ni limitó su da‘wa a la vida personal de las personas. Si se recuerda esto y se fija en el corazón, con toda su amplitud, el propósito y el objetivo de la venida del Mensajero de Allah, se observará una completa continuidad en los acontecimientos de la sira y se hallará la explicación de cada suceso, cada paso y cada iniciativa. De lo contrario, no se desvelarán los misterios de la sira ni se aclarará el mensaje del Sagrado Corán.
Una religión, un movimiento
El alcance de la reflexión es exactamente igual al alcance de la filosofía. El filósofo no tiene una relación directa con el ámbito práctico de la vida ni con los altibajos de la historia. Es cierto que el filósofo toma decisiones a la luz de los acontecimientos y de las circunstancias y el entorno, pero no participa en ningún esfuerzo, lucha o acción eficaz para cambiar el curso de los acontecimientos y las circunstancias. El alcance de lo que se entiende por religión en el sentido estrecho y habitual es algo más amplio y su recorrido algo más largo. Además de proporcionar ciertas creencias doctrinales, ofrece al individuo una educación moral separándolo de la sociedad. Sin embargo, el camino de la religión transcurre al margen del sistema social. No se preocupa por la estructura política del país, tampoco desea cambios profundos en las instituciones sociales ni desafía el sistema de gobierno vigente. La da‘wa religiosa se lleva siempre a cabo mediante sermones, exhortaciones y consejos. El predicador se despide después de ofrecer algunos consejos dulces y agradables. No le preocupa si sus oyentes se encuentran atrapados en alguna situación crítica, si algún grupo conspirador hostil al islam está deformando y confundiendo su mentalidad y su carácter mediante actividades censurables, si los acontecimientos y circunstancias cotidianos han ejercido una influencia negativa sobre su carácter, qué ideologías y corrientes de pensamiento influyen, desde qué aspectos y en qué medida, a favor o en contra de sus buenos consejos, ni si las personas profundamente religiosas y temerosas de Allah formadas por sus enseñanzas religiosas están integradas en algún sistema estatal y social no islámico. No tiene ningún objetivo colectivo. No tiene ningún plan de cambio. No siente la necesidad de sabiduría ni de perspicacia política y propia de un líder. Se hace todo lo posible para crear una honestidad y una rectitud parciales en una pequeña parte de la vida. Después, ya no se preocupa por si en el vasto campo restante la falsedad y las fuerzas del mal siguen ondeando alegremente sus propias banderas.
El Mensajero (s. a.) no era un filósofo cuya responsabilidad pudiera darse por concluida con la simple presentación de algunas ideas elevadas, sin que tuviera que reflexionar sobre la situación real. Tampoco era meramente un predicador que, cerrando por completo los ojos ante la anarquía y el desenfreno generalizados, se dirigiera a las personas únicamente de manera individual, distribuyera dulces y amables consejos y no pensara en absoluto cuáles podrían ser sus consecuencias. Este gran hombre, salvador de la humanidad, adoptó como misión transformar radicalmente la vida humana con plena conciencia social. Por eso se familiarizó con todas las fuerzas que influían en la vida colectiva y la controlaban. Mantuvo vigilados a los dirigentes que conducían la sociedad y la civilización de la jahiliya. Incluso los desafió con argumentos y pruebas. Mantuvo la mirada fija en la continuidad de la historia. Observó cada ola del curso de los acontecimientos y de las circunstancias. Examinó y evaluó cada suceso con perspicacia de líder y sabiduría política, preguntándose en qué aspectos contribuía a alcanzar el objetivo de la reforma y en cuáles resultaba perjudicial. Procuró conocer las capacidades y cualidades de toda clase de personas de la sociedad y, a la luz de ello, intentó comprender de quién y en qué momento podía esperarse qué ayuda para la labor de la da‘wa. Comparaba su propia fuerza y velocidad con las de sus adversarios. Esperaba pacientemente, contando las horas, el momento más apropiado para dar cada paso. En cuanto llegaba el momento adecuado, actuaba con valor. Comprendía perfectamente cómo fluctuaba la opinión pública y, enfrentándose a cada calumnia propagada por sus opositores, debilitaba su influencia. Cuando vio que se había creado un círculo de poesía y discursos contra el islam, estableció otro en respuesta, mediante poetas y oradores públicos islámicos. Ciertamente seguía estrictamente los principios islámicos, pero no de manera ciega. Por el contrario, tenía en cuenta las circunstancias y el entorno, comprendía las exigencias del momento y adoptaba una perspectiva científica. Allí donde encontraba la oportunidad de avanzar, avanzaba. Cuando no consideraba prudente avanzar, se abstenía de emprender la ofensiva. Si se enfrentaba simultáneamente a dos peligros, se protegía de uno y afrontaba el otro. Cuando surgía la necesidad de adoptar medidas militares, las adoptaba sin vacilación. Cuando se presentaba la oportunidad de una tregua, tendía la mano a la paz con un corazón abierto. Sobre todo, en todos estos esfuerzos y actividades no solo preservaba la devoción y la obediencia a Allah, así como los valores morales, sino que también procuraba continuamente su mejora y desarrollo. Si se reúnen y se presentan conjuntamente estas actividades y métodos de actuación, tomados de las páginas del Corán y de la sira (la historia de la vida de Muhammad, s. a.), se hará evidente la diferencia entre la «religión» en el sentido convencional, limitada al culto personal, la recitación devocional y el desarrollo espiritual, y «ad-din», que implica la obediencia a las leyes de Allah en todos los ámbitos de la vida. Se conocerá también cuán enorme es la diferencia entre la exhortación y el consejo, por un lado, y el llamamiento revolucionario, por otro, así como entre la purificación personal del alma y el movimiento social.
Dado que el Mensajero (s.a.s.) dirigió un movimiento para llevar a la práctica un sistema de vida completo e integral, buscó uno por uno a aquellos individuos que eran honestos por naturaleza. Después, a quien la luz de la verdad se le había encendido en el corazón, lo incorporó a una organización, lo formó y lo hizo partícipe de las pruebas de fuego junto a él. Luego, en cada etapa, incorporó bajo su liderazgo la fuerza organizada que se había alcanzado a la lucha contra el sistema falso. Esta lucha se libró tanto en el campo de las ideas como en el campo político y, finalmente, también en el campo de batalla. A quienes se reunieron junto al Mensajero (s.a.s.) no los convirtió en sufíes ni en derviches. Tampoco los formó como ascetas y ermitaños, ni creó en ellos una mentalidad que se limitara a protegerse de la maldad, a temer a las fuerzas falsas vencedoras o a intimidarse ante los poderosos y los ricos. No eran ingenuos hasta el punto de la necedad, ni renunciantes al mundo hasta el punto de la pasividad. Eran intrépidos y valientes, conscientes y sabios, dotados de dignidad y orgullo propio, astutos y prudentes, laboriosos e incansables, avanzados y rápidos. No eran reacios a la acción como los sacerdotes y los santos. Al contrario, estaban siempre activos y poseían toda clase de virtudes y capacidades. Así, aquellas personas de la mejor naturaleza, tras recibir la mejor formación, quedar unidas por los mejores lazos organizativos y reunirse bajo el mejor liderazgo, se transformaron en una fuerza invencible. Por eso, aunque constituían una pequeña minoría, lograron organizar bajo su dirección a las enormes mayorías de toda Arabia. Cuando en La Meca la organización islámica contaba apenas con cuarenta personas, crearon en toda La Meca y sus alrededores una oleada permanente de agitación y entusiasmo. Después, durante años, si hubo algún tema que se discutiera más que ningún otro de casa en casa y de callejón en callejón, fue la actividad de predicación del Mensajero (s.a.s.) y sus compañeros. Cuando llegaron a Medina, aunque los abanderados del movimiento islámico aún no superaban varios cientos y los no musulmanes eran mayoría, se establecieron los cimientos del Estado islámico. La política del Mensajero (s.a.s.) y de su organización islámica no consistía en esperar a que toda la sociedad árabe aceptara el islam o a que se completara la reforma del carácter de la mayoría de la gente para empezar entonces a establecer la sociedad islámica. Su perspectiva tampoco era que primero continuara la labor de predicación, que se reformaran y corrigieran las ideas y las creencias, y que finalmente, algún día, el Estado islámico y el sistema social se formaran por sí solos, o que Allah concediera al islam la victoria como recompensa. Allí se siguió esta verdad permanente de la historia: la gran mayoría del pueblo permanece siempre ignorante e inactiva, mientras que solo una pequeña parte de la sociedad es activa. Una parte de ese sector activo sale al campo con el llamamiento a la reforma y la revolución, mientras que la otra parte se opone a ello. El verdadero conflicto y enfrentamiento se desarrolla entre estas dos partes del sector activo de la sociedad. Cuando ese conflicto se resuelve, el pueblo se vuelve activo por sí mismo. Ellos sabían que, mientras un liderazgo desviado se interpusiera en el camino del pueblo, mientras continuaran los intentos de distorsionar su vida o, al menos, de mantenerlos en la oscuridad de la ignorancia y la pasividad, no podrían aceptar ampliamente ningún llamamiento ni serían capaces de introducir cambios en su vida real. Incluso quienes aceptaban el llamamiento no podían embellecer plenamente su vida en el ambiente impuro creado por líderes y gobernantes corrompidos. Más aún, si se tardaba demasiado en introducir el cambio, a menudo resultaba difícil conservar incluso el nivel al que los llamadores de la verdad habían llegado mediante años de esfuerzo, sacrificio y trabajo. Esto se debe a que el entorno adverso ejerce continuamente presión para empujar a las personas hacia atrás. Por tanto, el curso natural de cualquier movimiento social consiste en seleccionar a las personas de buena naturaleza del sector activo de la sociedad, acumular la mayor fuerza posible y emplearla en el enfrentamiento para quebrar la fuerza del liderazgo adversario. La historia atestigua que todas las revoluciones realizadas hasta ahora han sido llevadas a cabo por minorías activas. Puesto que cualquier llamamiento reformador y constructivo atrae, dentro del sector activo de la sociedad, únicamente a las personas de buena naturaleza, despierta en ellas una emoción y una motivación positivas, y, al formarlas, fortalece su fuerza moral, el adversario acaba siendo derrotado en el enfrentamiento, a pesar de poseer gran fuerza, influencia, autoridad y, en algunos casos, superioridad numérica. Una prueba destacada e irrefutable de ello es la batalla de Badr. Así pues, cuando alrededor del Mensajero (s.a.s.) se reunió un número tan grande de personas de buena naturaleza pertenecientes al sector activo de la sociedad árabe que, animadas por la fuerza moral, eran capaces de luchar contra el liderazgo de la época de la ignorancia y sus partidarios, él no vaciló ni un instante en tomar las medidas necesarias para alcanzar sus objetivos políticos. El significado de la conquista de La Meca es precisamente que, mediante ella, el liderazgo de la época de la ignorancia fue completamente derrocado y eliminado. Al desaparecer así todos los obstáculos que se interponían ante el pueblo, este comenzó a abrazar el islam en grupos. No existe en la historia un solo ejemplo de un pueblo que, bajo un liderazgo apartado de la verdad, haya logrado adaptarse a un sistema estatal y social beneficioso, ni de que una revolución haya podido realizarse, sin conflicto ni enfrentamiento político, únicamente mediante sermones, exhortaciones, predicación y labores de reforma individual. De lo contrario, durante los trece siglos transcurridos desde el Califato Rectamente Guiado, se han realizado enormes esfuerzos en las mezquitas, madrasas y janqahs bajo el nombre de sermones, exhortaciones, predicación, enseñanza y purificación espiritual; y aún hoy los ulemas, sufíes, jeques espirituales, maestros de madrasas y escritores llevan a cabo, mediante la palabra y la escritura, una labor de difusión tan extensa y abundante que resulta difícil incluso imaginarla. Sin embargo, a pesar de ello, no se logró la purificación espiritual del número deseado de personas. La labor de reforma social tampoco avanzó lo suficiente como para cambiar el sistema social y repetir la revolución del Mensajero (s.a.s.). Se entiende claramente que en las ideas, los métodos de acción y la ideología revolucionaria seguidos hasta ahora existía un defecto grave. Ese defecto consistía en que, para cambiar el liderazgo, se evitaba el conflicto y el enfrentamiento políticos y se intentaba predicar y reformar a algunas personas individualmente, separándolas del sistema social en su conjunto. Algunos dicen que establecer la religión y fundar el Estado islámico no era el objetivo principal, sino que surgió de manera repentina como una recompensa de Allah. Pero cuando dicen esto, no solo menosprecian la meritoria contribución y la lucha agotadora del Mensajero (s.a.s.), sino que además las difaman. Piensen un poco: con cuánto esfuerzo esta gran personalidad consiguió, en apenas unos meses, someter a las personas de las distintas comunidades de Medina a un pacto constitucional; cuánto trabajo dedicó a establecer relaciones de alianza y amistad con las tribus vecinas de Medina. Con cuánta habilidad formó un ejército inexpugnable con un reducido número de musulmanes y organizó patrullas militares regulares. Con cuánto esfuerzo bloqueó las rutas comerciales de los coraichitas. Con cuánta firmeza repelió sus agresivos ataques. Con qué astucia desbarató las conspiraciones de los judíos y los hipócritas. Con cuánta prudencia y previsión concertó el tratado de paz de Hudaybiyya. Con qué extraordinaria valentía eliminó una tras otra, hasta sus raíces, todas las bases de la alianza de los judíos, y con qué mente alerta puso fin a las rebeliones regionales de innumerables tribus feroces. Es difícil comprender cómo puede escapar a la atención de estas personas la sorprendente evidencia de visión de estadista, sabiduría, competencia y prudencia políticas, y consumada eficacia que existe en todas estas medidas. Es enteramente cierto llamar a todo esto una recompensa de Allah, pues toda cosa buena es una recompensa de Allah. Pero una persona solo recibe una recompensa cuando se esfuerza por obtenerla con toda la inteligencia y visión de que es capaz. Si alguien, al llamar recompensa de Allah al establecimiento de la religión, pretende negar la lucha, el duro trabajo, la capacidad, la destreza, la sabiduría y la prudencia política del Mensajero (s.a.s.), comete una enorme injusticia. Por desgracia, el aspecto político del Mensajero (s.a.s.) ha quedado tan poco claro que hoy resulta difícil mantener una concepción correcta de su predicación y de sus objetivos. Sin embargo, si este aspecto no está presente al estudiar toda la biografía profética, no es posible comprender la enorme diferencia entre la concepción limitada y estrecha de la religión tradicional y la concepción integral de la religión. El Mensajero (s.a.s.) trajo un sistema de vida completo, es decir, la religión; quiso establecer, sobre la base de esa religión verdadera e impecable, las normas de conducta y de actuación de toda la vida, y vino a hacer efectiva y aplicar la ley de Allah. Por ello debemos comprender que el Mensajero (s.a.s.) vino a dirigir un movimiento de reforma y reconstrucción social y cultural completo e integral. Para dirigir este movimiento poseía la mejor sabiduría propia de un estadista, prudencia, erudición, visión interior y el más alto nivel de conciencia e inteligencia política. Así como nadie es igual al Mensajero (s.a.s.) en ningún otro aspecto, tampoco existe nadie comparable a él en el campo del liderazgo político. Del mismo modo que es un modelo digno de imitación en cada asunto de la vida, su vida es también el único modelo en la lucha y el esfuerzo políticos. El mérito y la contribución del Mensajero (s.a.s.) consisten en que predicó la honestidad, luchó por la victoria de la verdad y la justicia, y estableció una sociedad y un Estado completos. Un trabajo tan grande y vasto no puede caber dentro de una concepción limitada y estrecha de la religión. Por tanto, esto era la religión, es decir, un sistema de vida completo, y no una religión meramente ritual. Era un movimiento integral, no una simple práctica espiritual de ascetismo.
La integridad indivisible de la vida
El gran movimiento de Muhammad (s.a.s.), el libertador de la humanidad, estableció un sistema social y estatal mediante la realización de una revolución sin precedentes. Su característica era que la conciencia y la inspiración de su principio fundamental se extendían por igual a cada ámbito y aspecto de la vida. En todo el sistema social reinaban una completa unidad y armonía. Todas las instituciones estaban teñidas del mismo color y animadas por la misma corriente de pensamiento. El mismo Allah que era adorado entre las cuatro paredes de la mezquita era obedecido en los mercados y en los campos. El mismo Corán que se recitaba en la oración servía de base para resolver los litigios en los tribunales. Los mismos principios morales que se aplicaban en el limitado entorno familiar se seguían también en las actividades internacionales. La misma verdad proclamada desde el púlpito de la mezquita regía la administración del Estado. La misma creencia doctrinal arraigada en el corazón de cada individuo estaba vigente en toda la estructura social. La totalidad de las actividades culturales se desarrollaba de acuerdo con la misma corriente de pensamiento activa en el sistema educativo. Así como se buscaba la complacencia de Allah mediante la oración y el ayuno, ese mismo propósito y objetivo permanecía activo en el campo de batalla, mientras se blandía la espada y se recibían las flechas. Era un sistema integrado bajo cuya autoridad toda la vida humana estaba dirigida por la misma instrucción divina. No regían valores e instrucciones diferentes en cada ámbito de la vida. En este sistema no había contradicciones. Ninguna de sus partes entraba en conflicto con otra. En sus diversos componentes no había complicaciones, ambigüedades, remiendos ni confusión. Por eso, el progreso y la prosperidad que la humanidad alcanzó bajo su amparo con tanta rapidez no tuvieron precedente en la historia.
La fuerza vital de la revolución
La mayor desgracia de la humanidad probablemente sea que, a lo largo de la historia, cada vez que una persona ha tenido la oportunidad de ocupar el trono del poder —ya fuera por la fuerza de la espada, mediante una conspiración, a través de elecciones democráticas o por alguna circunstancia fortuita—, de un modo u otro ha empezado a considerarse no solo gobernante de las personas, sino también su maestro y reformador de la sociedad. Cuando el poder de gobernar se deposita en manos de semejante maestro y reformador autoproclamado, este se instala como dueño absoluto y árbitro supremo del destino. Se considera el mayor pensador del mundo. Desprecia todas las fuentes del conocimiento y, apartando a las personas más conscientes y sabias de la sociedad, adopta indiscriminadamente medidas tales que cada una de ellas termina siendo una espantosa catástrofe. Quieren convertir a las personas en seres verdaderamente humanos mediante métodos violentos y calmarlo todo a golpes de bastón. Estos autoproclamados defensores de la revolución y la reforma a menudo ni siquiera conocen la naturaleza innata del ser humano. Tampoco poseen el conocimiento elemental de las causas que hacen inevitables la destrucción y la reconstrucción de la vida. Nunca intentan descubrir cuál es el método correcto para enseñar la humanidad al ser humano, dónde se encuentra el origen de la corrupción y la confusión, ni desde dónde debe comenzar y dónde debe terminar la labor de su corrección y remedio. En vez de aprovechar las experiencias anteriores, comienzan a adquirir experiencia desde cero. Cierran las puertas al consejo y a la crítica, para que ningún bienintencionado ni ningún amante de la humanidad pueda impedirles avanzar por el camino de sus experiencias destructivas. Solo conocen un remedio universal para todas las enfermedades: la fuerza y la violencia. Es decir, promulgar leyes cada vez más severas y emitir continuamente nuevas normas rigurosas, colocar espías alrededor de las personas y descargar repetidamente sobre ellas su irritación mediante castigos severos. La fuerza vital de la revolución realizada por el Profeta universal (s.a.s.), el libertador de la humanidad, no era la brutalidad ni la coerción; por el contrario, su motor era el deseo del bien y el amor. Él era sumamente compasivo con las personas. Sentía verdadera preocupación y amor por los hijos de Adán. Intentó explicar su predicación mediante este ejemplo: «Vosotros avanzáis como polillas hacia la caverna del fuego, mientras yo intento salvaros de ella, sujetándoos uno por uno». Por eso el Corán lo describió como una misericordia para todos los mundos. Reflexionad un poco: realizó una revolución tan grande y, sin embargo, no se encuentra en ella ni un solo ejemplo de coerción o violencia. Los diez años que el Mensajero (s.a.s.) pasó en Medina transcurrieron enteramente bajo una situación de emergencia extremadamente grave. En cada instante persistía el temor de un ataque. Los qurayshíes lanzaron tres grandes ofensivas. Las pequeñas guerras aquí y allá y los enfrentamientos fronterizos estaban a punto de convertirse en algo cotidiano. Las diversas tribus que vivían fuera de Medina se alzaban en distintos momentos y desde diferentes direcciones para atacar la ciudad. Desde Medina se enviaban pequeños destacamentos para patrullar o eliminar alteraciones del orden. Por la noche se establecían guardias militares. En una palabra, se llevaba una vida semejante a la de un campamento militar. Además, las nuevas conspiraciones de los judíos y los hipócritas hacían insoportable la vida pública. A veces conspiraban para provocar una guerra; otras, para fragmentar la sociedad musulmana y sembrar el conflicto entre los musulmanes; otras, para hacer fracasar el liderazgo del Mensajero (s.a.s.); e incluso, en ocasiones, tramaban asesinar al propio Mensajero (s.a.s.). ¿Qué situación de emergencia podría ser más grave que esta? Sin embargo, el Mensajero (s.a.s.) nunca desempeñó un papel dictatorial. No declaró ningún estado de emergencia. No implantó ninguna norma arbitraria. No encarceló a ninguna persona en virtud de una ley de seguridad. No estableció tribunales sumarios durante el estado de emergencia. No desolló a las personas a latigazos. No impuso multas a nadie. No cargó a ningún ciudadano con obligaciones adicionales a la ley de Allah. Tampoco privó a nadie del derecho a criticar y sostener opiniones diferentes, ni impuso prohibiciones a nadie. Incluso contra un enemigo interno tan peligroso y conspirador como Abdullah ibn Ubayy no tomó ninguna medida. Dependía por completo de la sinceridad y devoción de su predicación y de la pureza de su carácter. No intimidaba a nadie, no despreciaba la humanidad de nadie y tampoco manifestaba arrogancia ni altivez. Al contrario, soportaba con paciencia la arrogancia y la altivez de personas que, aunque exteriormente se jactaban, en realidad eran débiles e indefensas. Por ello conquistaba fácilmente incluso el corazón de sus enemigos; sus compañeros permanecían siempre dispuestos a acoger cualquier ley, nueva o antigua, y sus opositores se consideraban sumamente bajos e insignificantes ante él. Después, cuando inclinaban la cabeza ante su veracidad y sinceridad y aceptaban el islam, comenzaba en ellos una transformación completa y radical.
El amor a Dios que estaba activo en el corazón del Mensajero (s.a.s.) tenía como otra manifestación un profundo amor por la humanidad. Para comprender correctamente este amor suyo por la humanidad, basta considerar estos pocos acontecimientos. Por ejemplo, los habitantes de La Meca no le permitieron vivir en paz ni siquiera después de que se trasladó a Medina. Cuando fueron azotados por la hambruna, él los ayudó enviándoles alimentos y quinientas monedas de oro en efectivo. También puede apreciarse su naturaleza compasiva por el hecho de que perdió el sueño en cuanto oyó los «ayes» de los prisioneros de guerra de Badr y ordenó que se aflojaran sus ataduras. Los seis mil prisioneros de guerra de la tribu de Hawazin fueron liberados por orden del Mensajero (s.a.s.) tras una sola petición; esto fue asimismo un ejemplo resplandeciente de su magnanimidad. Si se desea conocer otra muestra de la compasión humana del Mensajero (s.a.s.), obsérvese su extraordinaria manifestación durante la conquista de La Meca. Este libertador de la humanidad entró en La Meca como un conquistador absoluto. Quienes habían luchado contra él durante veinte años se encontraban ante él completamente indefensos. Cualquier otro habría tomado represalias por cada ataque, habría ordenado una matanza general y no se habría detenido hasta hacer correr ríos de sangre. No se habría marchado sin dejar montañas de cadáveres. Desde el punto de vista de las costumbres universalmente reconocidas de la sociedad árabe, de la moral o de las leyes, los habitantes de La Meca eran culpables de delitos gravísimos. Tanto desde la perspectiva religiosa como política, merecían legítimamente la pena de muerte. Pero, en el momento de la victoria, el corazón del Mensajero (s.a.s.) se enterneció por su amor a la humanidad, y, abarcando con el perdón toda la historia de las persecuciones y tormentos infligidos por los coraichitas, declaró:
«Hoy no hay ninguna acusación contra vosotros. Podéis marcharos. Sois libres e independientes»
Además, para ganarse sus corazones, les entregó riquezas y, en lugar de humillarlos y rechazarlos, les confió diversas responsabilidades y los acogió afectuosamente. Para el Mensajero (s.a.s.) estaba tan claro como la luz del día que una revolución que comienza tomando venganza termina por sí misma, mientras que una revolución que aplica el perdón y la magnanimidad somete incluso a los enemigos y convierte a quienes se resisten en servidores.
Fue únicamente por los excesos de los coraichitas por lo que el Mensajero (s.a.s.) se vio obligado a adoptar medidas tan severas, hasta embotar el filo de sus espadas sedientas de sangre. Después de que ellos le impusieran la guerra, tomó todas las medidas necesarias para proteger al Estado y a la sociedad islámicos. Sin embargo, el Noble Profeta (s.a.s.), inspirado por el amor a la humanidad, ideó una estrategia militar y unas tácticas defensivas que redujeran al mínimo las pérdidas de vidas y el derramamiento de sangre, manteniendo incluso en el campo de batalla la dignidad de la condición humana.
En ninguna otra revolución se encuentran ejemplos tan brillantes y amplios de amor a la humanidad. La revolución del Mensajero (s.a.s.) fue una revolución genuinamente educativa, fundada sobre el deseo del bienestar de la humanidad.
El hombre nuevo
Tenemos ante nosotros innumerables ejemplos de movimientos reformistas, constructivos y revolucionarios. Sin embargo, ninguno de ellos transformó al ser humano. Cada movimiento intentó cambiar únicamente el entorno exterior, dejando a las personas tal como eran. Pero todo cambio de esa índole fracasó por completo en resolver los problemas de la vida humana, porque no logró producir una transformación desde el interior de las personas. El aspecto más asombroso de la hazaña del Profeta del mundo (s.a.s.) fue que las personas cambiaron desde dentro. No se limitaron a cambiar, sino que en sus vidas se produjo una transformación radical. Las bestias adoradoras de los instintos que vagaban bajo forma humana desaparecieron por influencia de una sola profesión de fe. Y, de inmediato, de sus montones de ruinas surgió un grupo de hombres virtuosos, devotos de Dios. El resplandor del carácter de estos hombres nuevos deslumbra los ojos. Pensemos en Umar (r.a.), que había sido un joven pendenciero y bebedor de La Meca: ¡consideremos el cambio que se produjo en su vida! Pensemos también en el cambio extraordinario que se produjo en Fudala. Observemos a Dhu al-Bijadayn, cómo pisoteó su vida de lujo y comenzó a vivir como un derviche. Observemos a Abu Dharr: con qué fervor revolucionario se encendió, se plantó ante la Kaaba, desafió a la yahiliya y fue apaleado por la multitud. Observemos la situación de Ka‘b ibn Malik y Abu Jathima. Contemplemos el heroísmo revolucionario y la fortaleza de esclavas como Lubayna y Sumayya. Fijémonos en Ma‘iz ibn Malik al-Aslami y en la mujer de la tribu de Ghamid. Aprendamos del heroísmo de Ya‘far al-Tayyar ante la corte del Negus. Inspírémonos en la conversación atrevida de Rabi‘ ibn Amir ante la corte del comandante iraní. En medio de esta constelación de estrellas, ¿hay acaso alguien que no resplandezca con la luz de la fe?
Fue mediante la integración de personas así como se formó aquella sociedad entera, y con líderes y trabajadores de ese calibre se estableció aquel sistema estatal honesto y veraz, cuyas órdenes se ponían en práctica en cuanto eran emitidas. Por un lado, se decretó la prohibición de beber alcohol; por otro, de inmediato se arrojaron lejos incluso las copas que ya estaban en los labios, y se rompieron las tinajas de alcohol de la mejor calidad, haciendo que su contenido inundara las calles. Por un lado, se ordenó a las mujeres cubrirse la cabeza y el pecho; por otro, inmediatamente comenzaron a confeccionar y usar pañuelos. Por un lado, llegó el llamado al yihad; por otro, incluso los adolescentes más jóvenes comenzaron enseguida a intentar demostrar que eran aptos para participar en él, poniéndose de puntillas. Por un lado, se pidió ayuda para el yihad; por otro, comerciantes adinerados como Uthmán se presentaron con caravanas enteras de camellos cargados de mercancías, personas sacrificadas como Abu Bakr apilaron ante los líderes del movimiento todos los recursos y bienes de sus hogares, e incluso los jornaleros llevaron y entregaron los dátiles que habían recibido como salario por el trabajo de todo el día. Por un lado, se pidió a los Ansar que ayudaran a reasentar a los emigrantes; por otro, los Ansar dividieron inmediatamente por la mitad sus casas, tierras de cultivo y huertos, dando un ejemplo sin precedentes de fraternidad. Cuando se pidió a los funcionarios y empleados administrativos que trabajaran elevándose por encima de una mentalidad meramente laboral en los cargos de responsabilidad, los funcionarios que desempeñaban el cargo de gobernadores provinciales a cambio de una asignación diaria de un dírham dejaron al mundo asombrado. Cuando se ordenó entregar al comandante los bienes capturados en la guerra, se hizo con tal precisión que cada soldado entregó a su propio comandante incluso una aguja. La historia escribirá con letras de oro el hecho de que, cuando una joya inestimable de los bienes obtenidos en la batalla de Mada’in cayó en manos de un soldado llamado Amir, este, sin dejar que nadie se enterara de ello ni por el menor indicio, recorrió en secreto una larga distancia durante la noche y la entregó a su comandante. Todas estas personas crearon aquel entorno puro y sagrado en el que el delito era algo sumamente raro. Durante toda la década de la vida mecana del Mensajero de Allah, solo un puñado de denuncias llegó a los tribunales. Era una sociedad tan limpia e inmaculada que no se había designado ninguna policía de inteligencia; la conciencia de las personas había sido establecida como su guardiana y supervisora. Esta fue la revolución de Muhammad. Esta revolución no solo cambió el entorno exterior, sino que también transformó la mente y el corazón desde dentro y forjó un nuevo carácter. Por ello, esta revolución logró resolver todos los problemas fundamentales y genuinos de la vida individual y colectiva, y mediante ella se creó un camino para liberarse de la crisis de la civilización contemporánea.
El extraordinario sacrificio personal del Profeta universal
Esta revolución también fue incomparable en otro aspecto. Quien la llevó a cabo, aunque la perfeccionó mediante sacrificios y entregas indescriptibles, no aceptó por ella ninguna recompensa ni retribución. Entregó generosamente todos sus recursos por el bienestar de la humanidad, y, sin embargo, no aceptó ni siquiera la cantidad de compensación que, desde el punto de vista de la razón, la ley, la moral y las normas sociales, no habría sido injusta ni ilícita. Después de realizar una hazaña y una contribución tan grandes, si hubiera aceptado una pequeña compensación, ni la más mínima mancha de egoísmo lo habría tocado. Aun así, no la aceptó. ¿Existe en algún lugar un sacrificio comparable? Consideremos primero el aspecto económico. El Mensajero de Allah sacrificó sus lucrativos negocios, consagró a esta noble causa todo el capital que había obtenido de ellos y, cuando llegó la época del éxito, repartió con sus propias manos abundantes riquezas y bienes, escogiendo para sí una vida de hambre, pobreza y sencillez. No dejó ningún ahorro para su familia, ni siquiera un trozo de tierra; tampoco estableció para ellos ningún derecho económico, ni les dejó un trono de poder permanente como herencia, ni llenó su casa de sirvientes, asistentes, escoltas, animales de transporte de diversos colores o artículos lujosos.
Desde el punto de vista político, se observa que no estableció ninguna prerrogativa para sí mismo, no ejerció poder contra nadie transgrediendo los límites establecidos por Allah y no promulgó leyes autoritarias para elevar su imagen política. En Medina prevalecía constantemente una situación de intensa tensión. Había que hacer frente a las nuevas conspiraciones de los judíos y los hipócritas. Aun así, no arrestó a nadie, no impuso restricciones a la libertad de movimiento de nadie, no emitió ninguna orden que privara a las personas de su libertad individual, no estableció tribunales sumarios ni desolló a nadie azotándolo. Al contrario, concedió a la gente libertad para criticar y expresar sus opiniones, libertad para adoptar una opinión diferente y también el derecho a no aceptar sus excelentes consejos. Estos derechos no eran meramente derechos sobre el papel; la gente los ejercía en la práctica. Muchas veces, el Mensajero de Allah abandonó su valiosa opinión y aceptó una opinión diferente. Cuando quería conceder a alguien un privilegio particular, pedía permiso a sus compañeros. Por ejemplo, cuando su yerno Abul-As cayó prisionero de guerra, Zaynab envió como rescate un collar que había sido un recuerdo de Jadiya. El Mensajero de Allah pidió a sus compañeros permiso para devolver aquel collar. Del mismo modo, cuando las pertenencias de Abul-As fueron llevadas como botín de guerra, también las devolvió con el permiso de sus compañeros. En un lugar llamado Ji‘rana llegó una delegación para solicitar la liberación de los prisioneros de guerra de Hunayn, alegando sus vínculos de parentesco lejano con el Mensajero de Allah. Para entonces, el reparto de los prisioneros de guerra ya se había completado. El Mensajero de Allah aceptó liberar a los prisioneros correspondientes a la parte de su propio clan, Banu Hashim. Pero, respecto a los demás, les dijo que presentaran su solicitud ante la asamblea pública de los compañeros. Cuando los compañeros supieron que el Mensajero de Allah había liberado a los prisioneros de la parte de su propio clan, todos liberaron a sus prisioneros. En situaciones semejantes, él nunca actuaba mediante presión o coerción.
Desde el punto de vista social y de las reuniones, se observa que prefería para sí la igualdad de derechos. No le gustaba ninguna posición privilegiada. En cuanto a la comida y la bebida, la vestimenta y la vivienda, no creó para sí ninguna distinción extraordinaria o propia de la nobleza. Tampoco escogió un lugar especial para sentarse en las reuniones. No le agradaba que la gente se levantara reverentemente ante él ni que se dirigiera a él como señor, señorío o «sir». Durante las guerras y el exilio, para cavar trincheras y construir mezquitas, trabajaba con sus propias manos junto a sus compañeros, hombro con hombro, cortando y transportando tierra, rompiendo piedras y aserrando madera. Permitía al acreedor hablarle con dureza para que no se sintiera cohibido al exigirle el pago de lo que se le debía. Incluso, en una asamblea pública, se ofreció para que se tomara represalia contra él y dijo: «Si he cometido alguna injusticia contra alguien, que venga y tome represalias contra mí».
¿Cuál es nuestra posición?
Esta fue la gran revolución iniciada por el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones sean con él. Se nos ha designado como guardianes y supervisores de esta misma revolución. Esta era aquella gran misión por la cual fuimos convertidos en «testigos» ante la «humanidad» y en una «umma moderada». Este puesto es el más noble y elevado de la umma musulmana. Esta era aquella verdadera palabra cuya responsabilidad fue depositada sobre nuestros hombros. El propósito de habérnosla confiado era que, como representantes del Mensajero de Allah, fuéramos los libertadores de la humanidad hasta el Día del Juicio. Siempre que la vida humana cayera en problemas y crisis, y la civilización humana fuera arrojada a las garras de una profunda anarquía, debíamos ser su apoyo. Pero, en la práctica, no hemos podido serlo. Mostramos negligencia al mantener encendida la antorcha de esta verdadera palabra y, con nuestras propias manos, causamos la ruina de este verdadero ordenamiento. El resultado fue que, cuando los sectores reflexivos de esta época comenzaron a desviarse, ya no fuimos capaces de cumplir con nuestra responsabilidad. Y hoy, precisamente por nuestra incompetencia e incapacidad, toda la vida humana es víctima de crisis y anarquía. Los conflictos y enfrentamientos creados por las doctrinas materialistas contradictorias continúan destruyendo la paz mental de los habitantes del mundo. El liderazgo mundial está en manos de fuerzas alejadas de Allah, y ahora hemos llegado a depender de esas mismas fuerzas. Aunque tropezamos continuamente con circunstancias adversas, no hemos recobrado la conciencia. Aunque hemos sido víctimas de una humillación y una deshonra constantes, no ha surgido en nosotros arrepentimiento ni remordimiento. A pesar de contemplar las discordias, disputas y conflictos del mundo musulmán, así como las lamentables calamidades y desgracias de la humanidad, no hemos podido prestar atención a esta tarea esencial que debemos realizar.
Examinemos con reflexión y discernimiento qué etapa de la historia está atravesando ahora la humanidad y cuál es nuestra posición.
Durante mi breve vida, he visto continuamente a mí mismo, a las personas de mi entorno cercano y a la gente de todo el mundo como víctimas de una situación marcada por la preocupación, la angustia, la inquietud, las crisis y el miedo. Desde los hogares hasta las organizaciones internacionales, he visto por todas partes un ambiente de desconfianza hacia los demás, tensión, hostilidad, conflictos, disputas y enfrentamientos. A lo largo de todo este periodo, me ha parecido que la historia se agita sin cesar como una olla hirviendo sobre un fogón encendido. En esa olla, al igual que los miles de millones de personas del mundo, yo también parezco revolverme como un pequeño grano de arroz o de lenteja. Nuestra Tierra aún no ha logrado recuperarse después de haber sido aplastada por dos guerras mundiales consecutivas y triturada por innumerables guerras regionales. Y, sin embargo, la espada de otra guerra devastadora pende sobre su cabeza. No hay límite para la cantidad de destrucción y saqueos que he presenciado en este breve periodo, para las veces que vi cómo todo quedaba devastado por las violentas sacudidas de las insurrecciones, para los imperios cuyo surgimiento y caída presencié, para los conflictos, conspiraciones y maquinaciones entre ideologías que contemplé, ni para los países y regiones que vi fragmentarse y para los cientos de millones de personas que vi convertirse en desplazados. En este mismo subcontinente, al amanecer de la independencia, vi correr sobre nuestras cabezas un torrente de sangre, y vi cómo en ese torrente eran arrastrados la vida, los bienes, el honor, las valiosas tradiciones y los principios de la gente.
Si se mira por detrás del ostentoso telón de la civilización materialista que se desarrolla en todo el mundo, aparece ante los ojos una escena tan lamentable de la humanidad que el alma de cualquier persona se estremece. Toda la humanidad está atrapada en los tentáculos de un puñado de deseos y pasiones. En todas partes se libra una guerra por la riqueza y el poder. La llama de la conciencia moral de la humanidad se ha extinguido. A medida que se desarrolla la civilización urbana, la delincuencia aumenta a una velocidad vertiginosa. La inestabilidad psicológica se ha intensificado y la paz mental ha desaparecido por completo. En la mente y el carácter de las personas han surgido deformaciones tan fundamentales que ningún aspecto de la vida ha podido librarse de sus efectos nocivos. La filosofía ha perdido la fuerza vital de la verdad. Las creencias de la aqida y las ideologías han perdido el equilibrio. Los valores espirituales han desaparecido. En las leyes estatales no existe la justicia. En la política, el egoísmo y el egocentrismo han sustituido a la mentalidad de servicio. En el ámbito económico han nacido dos clases: explotadores y explotados. Todas las variadas formas de expresión de la belleza en las bellas artes han sido llenadas de estímulos sexuales y gestos de mal gusto. En el mundo de la civilización prevalecen por doquier la contradicción y el conflicto, y toda la historia se ha convertido en un drama aterrador. Se ha logrado un enorme progreso intelectual. Pero la necedad de los inteligentes continúa causándonos un sufrimiento terrible. Se descubren continuamente nuevas ramas del conocimiento y la ciencia. Sin embargo, la ignorancia y la necedad cultivadas por este mismo conocimiento han afligido a los hijos de Adán. Hay abundantes riquezas esparcidas por todas partes. No obstante, la gente continúa sufriendo el tormento del hambre y la privación. Aunque existen miles de organizaciones, entidades políticas, uniones ideológicas y vínculos basados en tratados, no hay relaciones de fraternidad entre las personas; solo existen relaciones propias de bestias feroces. Se pronuncian muchas frases grandilocuentes en favor del desarrollo de la conciencia intelectual, política, moral y cultural. Sin embargo, las tácticas extremas, temerarias y aborrecibles de la opresión y la persecución todavía se aplican contra la humanidad. El mundo entero se ha convertido hoy en una arena de lucha libre. En unos lugares se libra una guerra encarnizada y sangrienta entre el imperialismo y los amantes de la libertad; en otros, entre el comunismo y el capitalismo; en otros, entre la democracia y la dictadura; en otros, entre el individualismo y el colectivismo; y también entre el orientalismo y el occidentalismo.
Vivimos en un mundo así. En esta era de satélites artificiales y misiles, la ciencia, como un genio sometido a las órdenes de la maravillosa lámpara de Aladino, suministra continuamente nuevos depósitos de poder material a cada gesto del ser humano. Los misterios ocultos de la naturaleza, que habían permanecido cerrados desde tiempos inmemoriales, están siendo desvelados con la llave de la ciencia y la tecnología. Los medios de transporte y comunicación, dotados de una velocidad asombrosa, están dando al ser humano un amplio poder de control sobre el espacio y el tiempo. La energía atómica ha sometido a un enorme ejército de monstruos destructivos y lo ha colocado ante el ser humano. Solo esperan un guiño. Por otro lado, la situación del propio ser humano ha llegado al punto de encontrarse más indefenso que nunca dentro del puño de las fuerzas satánicas y destructivas. Estas fuerzas lo han incitado repetidamente a luchar contra sí mismo. A lo largo de las épocas, esas fuerzas han hecho que destruya con sus propias manos sus grandes logros y sus civilizaciones deslumbrantes.
Imaginen una caravana que ha establecido su campamento en la cima de una montaña. Bajo una lujosa tienda, sus integrantes están absortos en los banquetes, el canto, la danza y la bebida. Además, poseen grandes cantidades de mercancías comerciales, dinero en efectivo, vehículos y ganado. Sin embargo, apenas unos cuantos pies por debajo del suelo de su campamento, un terrible volcán se prepara para expulsar lava. Dentro de poco, toda la montaña explotará y, al arder con llamas furiosas, reducirá todo a cenizas. La situación de la caravana de nuestra civilización actual es muy parecida. En el interior de la montaña sobre la que se encuentra en la etapa actual de la historia, se aproxima la erupción de la lava de las crisis y calamidades más terribles.
El destino nos ha enfrentado al desafío de una enorme crisis mundial. No hay posibilidad de apartarnos de esta crisis y huir hacia atrás. Y la civilización actual y los seres humanos que ella ha formado tampoco poseen la capacidad de responder a este desafío. No está surgiendo ninguna nueva filosofía que pueda ofrecer, al menos, un consuelo temporal. No se vislumbra la posibilidad de que se abra ningún camino en ninguna dirección.
Cuando, en este momento crítico de la inestabilidad, miro a mi alrededor, veo que un océano insondable de oscuridad me rodea por todos lados. En ese gran océano, muy lejos, a una distancia de mil cuatrocientos años, alcanzo a ver un punto de luz resplandeciente.
No es otra cosa que la antorcha de las enseñanzas de Muhammad, sallallahu alaihi wa sallam, el mayor amigo de la humanidad, su mayor benefactor y su mayor salvador. Es la lámpara cuya luz, aunque somos sus ummah, hemos perdido entre la basura de nuestros pensamientos extraviados y nuestras acciones desenfrenadas.
Perspectiva para el estudio de la Sira
En mi opinión, el estudio de la biografía del Mensajero tiene un solo propósito: que la antorcha de las enseñanzas del Mensajero vuelva a iluminarnos a nosotros y a todos los habitantes del mundo. Que la sociedad humana encuentre, en la oscuridad de esta época, el camino de la liberación, tal como encontró el camino para superar la crisis del siglo VI de la era cristiana.
Desafortunadamente, rara vez logramos estudiar la biografía del Mensajero con esta perspectiva y esta inspiración deseadas. No nos impulsa la actitud de buscar en la biografía del Mensajero un método de vida y de moldear nuestra vida conforme a él; por el contrario, otras actitudes se han infiltrado en ella y continúan creciendo.
No son pocos los musulmanes que se interesan por estudiar la Sira, es decir, la biografía del Mensajero, únicamente para obtener sawab. (Por supuesto, no se puede negar que todo esfuerzo por acercarse al Mensajero es amado por Allah y que se debe esperar obtener recompensa por ello. Pero ¿cómo se puede negar que el propósito de cada uno de esos esfuerzos también debería ser ordenar la vida de una manera más hermosa?) Se celebran reuniones de Milad con gran pompa y, en muchos casos, se realizan basándose en la creencia de que el alma luminosa del Mensajero se hace presente en esas reuniones y se complace al ver las expresiones de devoción y amor de sus admiradores. En algunos lugares se distribuyen dulces; en otros, se esparcen flores por doquier; en otros, se queman excesivamente incienso, perfumes y resinas aromáticas; y en otros, se realizan decoraciones luminosas variadas: todo ello expresa la misma creencia. La imagen que se refleja en este exceso de devoción hacia el Milad del Profeta o la Sira del Profeta no es la imagen de un ser humano de carne y hueso, sino la de una entidad luminosa y sobrehumana. El cuerpo de esta entidad no proyecta sombra; todas sus actividades son milagrosas, sobrenaturales y extraordinarias; los ángeles realizan todos sus trabajos, y cada uno de sus actos está envuelto en misterio. Es innegable que la categoría moral y espiritual del Mensajero es muchas veces superior a la de toda la humanidad. En su vida hubo muchas cosas sobrenaturales y también tuvo numerosos milagros. A menudo, los ángeles participaban con él en diversas actividades. Pero hay que admitir que esta vida bendita suya fue la vida de un ser humano. Precisamente su grandeza reside en que, siendo humano, presentó el ejemplo de una vida tan incomparable. Todas sus acciones se desarrollaban dentro de los límites de las leyes naturales y de las normas de la sociedad y la civilización. Y en cada centímetro del camino hacia el éxito se ofrecían ejemplos de sacrificio y abnegación. Precisamente porque aquella fue la vida de un ser humano, se ha convertido en un ejemplo digno de imitación para nosotros, y por eso contiene un modelo del que podemos aprender. Puesto que era un ser humano como nosotros, podemos aprender de él firmeza y valentía; podemos aprender la obediencia a los principios y los ideales, así como el sentido de la responsabilidad; podemos adquirir inspiración para servir a la humanidad y generar un fuerte impulso para oponer resistencia a las fuerzas malhechoras. Si la biografía del Mensajero se convierte por completo en un conjunto de milagros y se transforma en una hazaña sobrehumana, ¿qué modelo quedará en ella para la gente común? Ante una personalidad así, las personas pueden quedar atónitas y sobrecogidas, pero no pueden reflejar su influencia en sí mismas. Pueden sentir por él una profunda devoción y respeto, pero no pueden imitarlo ni seguirlo. Por eso se observa que, allí donde surge este tipo particular de devoción, y cuanto más profunda se vuelve, más se aleja la vida real del seguimiento del Profeta. Incluso se llega a una situación en la que quienes están involucrados en los delitos sociales más abyectos realizan demostraciones de una devoción tan barata y consuelan un poco sus corazones inquietos diciéndose:
«No importa en qué nos hayamos convertido: pertenecemos a la ummah de tu amado Profeta».
Por otro lado, en nuestra sociedad ha penetrado otra tendencia procedente de Occidente, llamada culto a la personalidad. Esta tendencia nace principalmente de una actitud y una inspiración nacionalistas. Es una expresión de cierta soberbia nacional que exhibe ante los demás a las personalidades destacadas de la propia nación. El mensaje de esta tendencia es: «Miren cuántas grandes personalidades tenemos, cuántos líderes ilustres y respetables han pasado por nuestra historia, y qué hazañas memorables han dejado, que constituyen nuestro glorioso legado». El rasgo de esta tendencia es que todas estas celebraciones permanecen siempre vacías de contenido. Bajo su influencia, distintos pueblos celebran con gran pompa los aniversarios del nacimiento y de la muerte de diversas personalidades, así como otros días memorables. Sin embargo, en ninguna parte esos días brindan a la nación la oportunidad de aprender de la vida de aquellas grandes personalidades. Las personalidades que se presentan con enorme orgullo como modelos de la humanidad no dejan huella de sus principios e ideales en la vida de quienes las celebran, ni se observa en estos ningún interés por adoptar semejante huella. Bajo esta tendencia, en las festividades que se celebran para mantener viva la memoria del Mensajero (s.a.s.) también se repiten siempre el mismo tipo de palabras. Sin embargo, no se advierte ninguna influencia de ello en la vida de los oradores ni de los organizadores.
La tercera concepción errónea consiste en considerar el mensaje del Mensajero (s.a.s.) como una religión, al igual que las demás religiones, en vez de considerarlo un sistema de vida integral. Quienes están influidos por esta concepción creen que el Mensajero (s.a.s.) vino únicamente para transmitir o enseñar ciertas creencias doctrinales, algunos tipos de culto formal, ciertas súplicas, algunas exhortaciones morales y determinadas instrucciones legales. Su objetivo habría sido formar personas que, individualmente, adoptaran una apariencia y una vestimenta musulmanas, pero que se convirtieran en los mejores servidores de cualquier sistema social inmundo que estuviera vigente. Esta clase de personas solo aprende del Mensajero (s.a.s.) la oración, el ayuno, las obras voluntarias, el recuerdo de Dios y la enseñanza relativa al carácter y la conducta personales. Sin embargo, en las actividades más amplias de la vida colectiva, se convierten sin reparo alguno en auxiliares de toda fuerza de la falsedad y colaboran con todo tipo de malas acciones. Olvidan los innumerables capítulos dorados del sagrado libro de la vida del Mensajero (s.a.s.) y se concentran de tal manera en un solo capítulo que terminan perdiéndose en él. Al observar el modelo de imitación del Mensajero (s.a.s.) que este grupo ha presentado hasta ahora, ni siquiera un joven musulmán instruido, y mucho menos un no musulmán, puede imaginar que el Mensajero (s.a.s.) pueda ser su líder y que de él pueda obtenerse una solución satisfactoria para los problemas más difíciles de la época actual. Esta concepción también se ha convertido en un obstáculo para la correcta comprensión de la persona del Mensajero (s.a.s.) y para seguir su modelo.
La única razón por la que estas concepciones erróneas pueden mantenerse es que el entorno les es favorable. El sistema estatal, social y económico en el que transcurre nuestra vida necesita un tipo particular de persona. Es como una fábrica que requiere un tipo particular de maquinaria. Este sistema social quiere ver entre sus miembros un carácter completamente diferente. Estas actividades solo pueden ser realizadas por personas dotadas de una mentalidad y un carácter completamente distintos. En otras palabras, en las actividades prácticas de hoy no existe ninguna necesidad del modelo de humanidad que se refleja en la vida de Muhammad (s.a.s.). En la organización general de la actualidad no hay demanda alguna de las ideas y acciones que se toman de la vida del Mensajero (s.a.s.). El nivel humano de los ministros, funcionarios, jueces, abogados, líderes, periodistas, generales, soldados, kotwals, alguaciles, recaudadores de impuestos, administradores, terratenientes, agricultores, escritores, literatos y trabajadores que necesita el sistema colectivo del mundo actual es completamente opuesto al nivel humano de aquellas personas que el Mensajero (s.a.s.) formó y presentó en el escenario de la historia. Los padres de hoy crían con cariño y afecto, en cada hogar, a sus hijos conforme a las exigencias del sistema social vigente. Las instituciones educativas forman durante quince o veinte años a diez millones de personas según las necesidades de la sociedad en curso. De acuerdo con las exigencias de la sociedad vigente, cada persona consciente dedica toda su vida a dar una forma particular a su carácter y a su mentalidad. Todo aquello que este sistema social ama, la sociedad lo prepara automáticamente en sus miembros. Y todo aquello que le desagrada y detesta, todos los elementos del entorno se esfuerzan con todas sus fuerzas por erradicarlo y eliminarlo. El tipo de lenguaje que aman el sistema social y el sistema estatal vigentes comienza a circular por sí solo en boca de todos. La ropa que aman empieza a lucirse espontáneamente en el vestir de todos. Con una sola señal suya, incluso de los rostros de las nueras de las antiguas familias pudorosas desaparece el niqab. Se considera conducta honorable aquello que la sociedad vigente quiere hacer pasar por honorable. Y aquello que la sociedad vigente desaprueba se considera indeseable y deshonroso. El arte que le gusta alcanza popularidad, mientras que las actividades que rechaza quedan desatendidas por todos. Esta sociedad crea sus propios valores y obliga a todos a aceptarlos. Todos los demás valores y tradiciones se vuelven débiles e inertes. Algunas personas y familias orgullosas se resisten, haciendo uso de la fuerza, a las imposiciones del entorno. Pero la presión de la privación económica, el atraso cultural y el complejo de inferioridad es tan intensa que, con el tiempo, se debilitan y comienzan a rendirse ante el entorno. Y aunque ellos no se rindan, la generación siguiente queda desalentada. Así, ya sea consciente o inconscientemente, cuando el mundo entero está dedicado a formar su vida y su carácter conforme a las exigencias del entorno, ¿de dónde surgirá entre la gente el impulso de seguir el sublime modelo del Mensajero, aunque ese mundo escriba miles de libros sobre su biografía y organice abundantes sermones y exhortaciones?
La realidad es que para quienes han llegado a un compromiso con algún sistema no islámico y cuyos intereses se han conciliado con las fuerzas de la falsedad, la biografía del Mensajero no ofrece ninguna enseñanza. Tal vez lean los libros de la Sira, asientan con la cabeza y obtengan placer y satisfacción mental. Quizá también aumenten sus conocimientos, pero ¿de dónde obtendrán la inspiración para construir su propia vida a la luz de la Sira o de la biografía del Mensajero? De ningún modo podrán eliminar su inercia y su estancamiento. Pero mi afirmación es que la vida de Muhammad, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él, no es la historia de Sohrab y Rostam, ni un relato de las novelas árabes, ni una ficción sobre un héroe legendario. Su posición nunca es tan baja como para que lo convirtamos simplemente en un recurso para el cultivo de la literatura recreativa o del saber. Su valor y dignidad son tan elevados que no nos permiten utilizar la Sira únicamente para obtener satisfacción mental. Nuestra profunda devoción y respeto por él también nos impiden convertir su historia vital en un medio para satisfacer simplemente el deseo de sentir orgullo nacional.
Todas estas diversas concepciones erróneas están activas conjuntamente en nuestra sociedad y se han convertido en obstáculos en el camino hacia la verdadera meta. Cada año se celebran en nuestro país cientos de reuniones y encuentros sobre el Mawlid al-Nabi y la Sira del Profeta; ¿quién lleva la cuenta? Solo durante el mes de Rabi al-Awwal, el ambiente se llena de sermones, consejos y discursos; se escriben numerosos libros y artículos; se publican ediciones especiales sobre este tema en incontables periódicos y revistas; los poetas escriben una enorme cantidad de poemas, naat y ghazales; los cantantes recorren numerosas reuniones y asociaciones cantando naat, ghazales y qawalis; se difunden numerosos mensajes y declaraciones de dirigentes y jefes de Estado; se distribuyen dulces, se organizan banquetes suntuosos y se gastan grandes sumas en construir arcos, organizar procesiones vistosas y celebrar concentraciones. ¿Quién lleva la cuenta de todo ello? [En algunas regiones, el grado de diversión, júbilo y entretenimiento en los actos organizados con ocasión del Mawlid y la Sira del Mensajero (s.a.s.) aumenta cada vez más. Incluso se cometen abiertamente pecados y se producen alborotos y tumultos. Esto significa que la sociedad ha comenzado a avanzar precisamente en dirección contraria a las enseñanzas y al ejemplo de la vida del Profeta.]
Pero, por otro lado, también es necesario examinar cuál es el verdadero resultado y la utilidad de este enorme gasto de energía y dinero en nombre de un noble objetivo. Coloquemos en un platillo de la balanza todas estas actividades anuales y en el otro los resultados obtenidos, y comprobemos si se está alcanzando el resultado correcto. ¿Cuántas personas se consagran cada año, inspiradas por todas estas nobles actividades, a modelar su vida siguiendo el ejemplo de la vida del Profeta y a reformarla y corregirla? Si cada reunión, cada artículo y cada naat o ghazal produjera un cambio siquiera en una sola persona, imaginen cuánto beneficio podríamos haber obtenido en los últimos doscientos o doscientos cincuenta años. Si no se ha alcanzado el éxito deseado, debemos comprender que existe necesariamente algún defecto en nuestros esfuerzos, y que ese defecto es de naturaleza muy fundamental. No es solo motivo de tristeza que no se haya obtenido el beneficio esperado. Más bien, al ver surgir en nuestra sociedad una tendencia funesta completamente opuesta al ejemplo y a los logros del Mensajero (s.a.s.), uno siente deseos de lamentarse. Hoy también están surgiendo en nuestra sociedad personas que califican el ejemplo del Mensajero (s.a.s.) de obsoleto e inaplicable para esta época. Se burlan de sus enseñanzas y exhortan a rechazar todo el tesoro de la Sira, la Sunna y los hadices. Son personas que intentan separar el Corán de los veintitrés años de movimiento y lucha inolvidables de quien lo presentó, y quieren hacer desaparecer de nuestra visión la persona del Mensajero (s.a.s.) como ejemplo y modelo real de un ser humano perfecto. Más lamentable aún es que, en nombre de la interpretación, el análisis, la libertad de expresión y el ejercicio del pensamiento libre, un grupo de intelectuales a sueldo, privados del conocimiento directo del Corán y los hadices, intenta demostrar que la personalidad, el ejemplo y las contribuciones del Mensajero (s.a.s.) son compatibles con el marco intelectual de la civilización decadente actual, y se atreve a fabricar una imagen completamente nueva del Mensajero (s.a.s.) conforme a los gustos de las potencias mundiales establecidas. Según la comprensión que he adquirido mediante mis estudios y reflexiones, hemos perdido la perspectiva básica correcta para estudiar la Sira, y son precisamente las concepciones erróneas mencionadas las que siguen activas entre nosotros. Por eso, a pesar de las innumerables pruebas y señales de profunda devoción y amor hacia el Mensajero (s.a.s.), y a pesar de las abundantes investigaciones y reflexiones sobre su vida, todavía no ha surgido en el horizonte oriental del mundo musulmán una persona nueva como aquella cuyo modelo completo el Mensajero (s.a.s.) mostró a la humanidad.
La vida del Mensajero (s.a.s.) solo puede reflejarse verdaderamente entre nosotros cuando logremos consagrar nuestra vida al mismo objetivo y a la misma lucha a los que estuvo dedicada toda la vida del Mensajero: realizar una gran obra y hacer realidad una meta. El único medio para construir una vida como seguidores del Mensajero (s.a.s.) es participar en un movimiento y una lucha islámicos del mismo tipo que los que él dirigió. Y solo mediante personalidades formadas como seguidores de ese tipo será posible construir y dirigir nuevamente un movimiento islámico victorioso.
La biografía de Muhammad (s.a.s.) no es simplemente la biografía de un individuo cualquiera, sino el relato de la vida de una fuerza histórica que apareció bajo la forma de un ser humano. No es la historia de un derviche apartado de la vida social, sentado en un rincón de la población y dedicado únicamente a su propia reforma y formación espiritual. Al contrario, es la historia de una persona que fue la fuerza motriz de un movimiento colectivo. No es solo la historia de un hombre, sino la historia de un artífice de hombres. En esta historia de vida se encuentra el relato detallado de la extraordinaria contribución de un constructor de un mundo nuevo. En realidad, la historia de vida del Profeta del mundo se extiende por todas partes: desde la cueva de Hira hasta la cueva de Zawr, desde el recinto de la sagrada Kaaba hasta el mercado de Taif, y desde las habitaciones de las Madres de los creyentes hasta el campo de batalla. Su biografía no quedó limitada a él mismo, sino que embelleció la vida de innumerables personas. Abu Bakr, Umar, Uzmán, Ali, Ammar, Yasir, Jálid, Juwailid, Bilal y Suhaib son todos distintos capítulos de este mismo libro de la Sira. Todos ellos son árboles y plantas del mismo jardín, y en cada hoja y follaje está inscrita la historia de vida del jardinero de este jardín.
Si a esta personalidad más grande y eminente de la Tierra se la presenta, al escribir su biografía, simplemente como un individuo aislado, y siguiendo el método habitual de escribir biografías se ofrece una descripción amplia, minuciosa y cronológica de sus principales logros, sus expediciones más destacadas, su carácter y sus costumbres y hábitos, entonces una Sira de este tipo nunca cumplirá el verdadero propósito de la Sira. La vida del Mensajero (s.a.s.) tampoco es como el agua inmóvil de un estanque, que puede observarse de un solo vistazo situándose en una de sus orillas. Al contrario, es un río caudaloso, con corrientes impetuosas, movimiento y conflictos, olas y espuma, conchas y perlas; gracias a sus aguas, las tierras muertas vuelven a la vida, y para comprender los misterios de este río hay que avanzar junto con su corriente. Por eso, aunque al leer diversos libros sobre la Sira se obtengan informaciones poco comunes, no se generan inspiración ni entusiasmo entre los lectores, no se despiertan las emociones, no llega una nueva oleada de energía al valor y la determinación, no se encienden un nuevo fervor y una nueva inspiración en el gusto por la acción, ni desaparece el estancamiento de nuestra vida. Al leer libros sobre la Sira, quizá por un instante se eleve en el corazón una oleada de devoción y quizá los ojos se inunden de lágrimas, pero no obtenemos aquella chispa de anhelo cuyo calor impulsó a un hombre solitario, sin recursos y sin apoyo, a luchar contra un sistema social falso acumulado durante cientos de años; tampoco alcanzamos aquella fuerza y aquella intensidad de la fe que transformaron a un huérfano indigente en el árbitro del destino de todo el mundo árabe y no árabe.
La realidad es que el Mensajero (s.a.s.) no fue, en el sentido limitado del término convencional, simplemente una persona «extraordinaria» y «famosa», y su Sira, es decir, su biografía, tampoco es únicamente el relato de la vida de una persona «extraordinaria» y «famosa» de ese tipo, como las biografías que se escriben para personajes célebres. La esencia y la personalidad del Gran Profeta están muy por encima de las de tales personas extraordinarias y famosas.
En el mundo han nacido y siguen naciendo muchas personas extraordinarias que presentan a la sociedad alguna buena enseñanza o algún pensamiento constructivo. A estas personas se las llama extraordinarias. También se considera grandes y extraordinarias a quienes investigan y reflexionan sobre la moral y las normas jurídicas. Asimismo, se llama extraordinarias a quienes se consagran a la reforma de la sociedad. Este título de «extraordinario» también se concede a quienes han conquistado países, han dejado un legado de hazañas heroicas, han administrado y gobernado imperios, han dado ejemplos asombrosos de pobreza y privación y han establecido ante la humanidad estándares muy elevados de carácter personal. Sin embargo, cuando estudiamos las biografías de este tipo de personas extraordinarias y célebres, por lo general observamos que toda su fuerza y capacidad parecen haber sido absorbidas por algún aspecto de la vida, mientras que todas las demás ramas parecen haberse secado. Si un aspecto de su vida aparece muy luminoso, el otro parece completamente oscuro. En un extremo, una exageración desmedida; en el otro, una indiferencia absoluta. Pero cada aspecto de la vida del Mensajero (s. a. s.) está plenamente equilibrado con los demás, y cada uno está igualmente adornado de perfección y excelencia. Allí donde impera la gravedad solemne, también resplandece la belleza. Junto a la espiritualidad se encuentra la contribución conjunta de la dimensión material. Al lado de la preocupación por la Otra Vida marcha la reflexión económica. Junto con la religión está también el mundo. Aunque existe una actitud de entrega total, permanece intacto el sentido de la dignidad propia. Junto a la adoración y el servicio a Alá se encuentran el afecto y la ternura hacia los siervos de Alá, así como el respeto por sus derechos. Junto a la estricta disciplina colectiva existe también respeto por los derechos del individuo. Junto a una profunda conciencia y emoción religiosas se encuentra una actividad política integral. Aunque estaba ocupado día y noche en dirigir a la nación, también cumplía esmeradamente las responsabilidades de la vida conyugal. Junto a la ayuda a los oprimidos existían también medidas para resistir a los opresores.
De esta escuela que es la biografía del Mensajero pueden aprender por igual un administrador, un gobernante, un ministro, un funcionario, un patrón, un empleado, un comerciante, un obrero, un juez, un maestro, un soldado, un orador, un dirigente, un reformador, un filósofo y también un literato. Allí existe un modelo igualmente digno de imitación para un padre, un compañero de viaje y un vecino. Una vez que alguien llega a esta escuela, ya no necesita asistir a ninguna otra. En esta única personalidad se encuentra plenamente presente el grado más elevado y excelente de perfección que la humanidad puede alcanzar. Por eso me he visto obligado a llamar a esta persona «el mejor de los hombres» o «el gran hombre». En toda la historia de la humanidad, el «mejor de los hombres» es únicamente él. Podemos convertirlo en una antorcha e iluminar con ella nuestras vidas. Miles de millones de personas en el mundo han recibido luz de él. Muchos están construyendo con él un tesoro de conocimiento. Hoy sus palabras resuenan por todos los rincones de la Tierra. Sus enseñanzas han ejercido una profunda influencia en las civilizaciones y culturas de diversos países. No existe en el mundo ninguna persona que no se haya beneficiado de este hombre eminente en alguna medida. Sin embargo, quienes se han beneficiado de él no lo conocen ni saben quién es.
Era responsabilidad de la nación musulmana, la comunidad que él fundó, dar a conocer la personalidad del Mensajero y difundir ampliamente su mensaje por todo el mundo. Pero esta nación misma se ha alejado mucho de él y de su mensaje. En las páginas de las Escrituras religiosas que los musulmanes conservan hay orientación acerca de todos los aspectos de la vida, pero no parece que la vida de este gran hombre ejerza influencia alguna sobre sus propias vidas. En la vida religiosa, la política, la vida social, la moral, el sistema jurídico y la cultura de esta nación queda muy poca huella del modelo de vida del Profeta. Y lo poco que queda se está deformando al mezclarse con muchas huellas nuevas. En ningún rincón del entorno social de esta nación se encuentra una situación que permita comprender que es representante de los principios, ideales, tradiciones y valores de Muhammad (s. a. s.). Por el contrario, esta nación va mendigando de puerta en puerta ante diversos sistemas descarriados y falsos del mundo, y parece avergonzarse de su gloriosa tradición por temor a cada poder establecido. Han envuelto el Corán en una funda y han convertido la Sira del Mensajero (s. a. s.) en un ramo de flores, dejándolos en lo alto de un estante.
Además, han reducido a Muhammad (s. a. s.) al sentido estrecho de un dirigente religioso y nacional, y se han transformado en una comunidad religiosa y nacional. De este modo han convertido el mensaje y el modelo de vida de esta personalidad universal en una propiedad exclusiva de grupo y de comunidad. Sin embargo, él vino como dirigente de toda la humanidad y con un mensaje y un modelo para toda la humanidad. Su historia de vida debería haberse presentado como una muestra y un modelo de humanidad. Si una persona se formara conforme a ese molde, podría convertirse en un instrumento para el bienestar propio y de toda la humanidad, liberarse de las múltiples redes de problemas y alcanzar una vida pura, inmaculada y libre de obstáculos. En realidad, el mensaje y el modelo de vida del Mensajero (s. a. s.) son una fuente de bien universal, como los rayos del sol, el agua de la lluvia y el aire. Sin embargo, por nuestra ignorancia lo hemos confinado dentro de un círculo grupal. Hoy vemos que personas de todos los países y de todas las religiones se benefician, en mayor o menor medida, de Platón, Sócrates, Darwin, Maquiavelo, Marx, Freud y Einstein, y aprenden de ellos. Ninguna nación o grupo les profesa un odio ciego. Pero no hay medida para la oposición y el odio que existen contra aprender del conocimiento, los ideales y el liderazgo de Muhammad (s. a. s.). La gente piensa: «Muhammad es el dirigente de los musulmanes. Nosotros somos distintos de los musulmanes, y los musulmanes son una nación diferente de la nuestra. Entonces, ¿qué relación tenemos nosotros con el dirigente y guía de los musulmanes?». Lo lamentable es que nuestras propias acciones también han contribuido considerablemente a crear semejante idea y a llevarla a un grado tan anormal. Aunque somos la comunidad de Muhammad (s. a. s.), el amigo de toda la humanidad, hemos dado un ejemplo tan deplorable de imitación suya que precisamente por eso han podido surgir semejantes ideas entre las poblaciones no musulmanas.
A la civilización occidental
La vida del Profeta de toda la humanidad se sitúa entre dos grandes eras de la historia humana. Si, desde el día en que fue investido como profeta, miramos hacia atrás, encontramos el tribalismo, el feudalismo, la monarquía, la veneración de los antepasados y la civilización pagana. Y, al mirar hacia adelante, vemos la era de una civilización internacional, democrática y basada en los descubrimientos e inventos científicos. El inicio de este progreso científico e intelectual fue llevado a cabo por el propio Mensajero (s.a.s.). Junto con ello, por medio de él se entregaron a la humanidad principios que seguirían siendo aplicables hasta el Día de la Resurrección. Al mismo tiempo que se establecían estos principios, se mostró la formación de un tipo de persona capaz de asumir las responsabilidades del futuro. A través de él se estableció, conforme a las necesidades de aquella era aún por venir, un equilibrio inimaginable y milagroso entre el alma y el cuerpo, la moralidad y el materialismo, la emoción y la razón, la fe y las obras, las aspiraciones del individuo y del grupo, y las circunstancias y necesidades existentes. Por medio de él se formó una comunidad humana desapegada del mundo, pero capaz de gobernarlo. Este grupo era, por un lado, incomparable en su obediencia a Alá y, por otro, también estaba a la vanguardia en la acción sobre el mundo material. Por una parte, inclinaban la cabeza ante la verdad con absoluta humildad; por otra, estaban dispuestos a sacrificar por completo sus vidas y bienes para debilitar las fuerzas de la falsedad. Por un lado, se entregaban a la complacencia de Alá; por otro, eran expertos en someter las fuerzas de la naturaleza y utilizarlas. Apenas este grupo entró en los palacios reales de la historia, encendió la luz del conocimiento y la ciencia, abrió las puertas de los descubrimientos y los inventos, y emprendió rápidamente nuevos experimentos para la reconstrucción institucional. Todo el mérito verdadero de sus actividades, de sus progresos, de la expansión del conocimiento y la ciencia, de los descubrimientos y los inventos, y de todas las obras de la civilización y la cultura corresponde a Muhammad (s.a.s.).
Es lamentable que las naciones occidentales, rectoras de esta civilización intelectual y democrática, no pudieran comprender a Muhammad (s.a.s.), su mensaje ni el sistema de vida que trajo. Los intelectuales de Europa no lograron ver ni comprender a aquella gran personalidad cuya contribución meritoria desempeñó un papel brillante en el nuevo ascenso de Occidente, que fue el principal iniciador de la democracia y el internacionalismo, y que dio comienzo a la reforma y al movimiento religiosos. Había muchas razones para ello. Considero conveniente analizar brevemente aquí estas razones:
1. Cuando Muhammad (s.a.s.) apareció con su mensaje, tuvo que enfrentarse tanto al judaísmo como al cristianismo. Ambas religiones atravesaban entonces una era de extrema deformación y decadencia. Ambos pueblos llevaban, con una apariencia de santidad y solemnidad religiosa, una estructura reducida a meros rituales y desprovista de fe y moralidad. En ambos pueblos habían surgido clases y sectas religiosas, y habían abierto por completo negocios de comercio de la religión. La verdadera sustancia del pensamiento y la acción saludables había sido saqueada. Afuera solo colgaban vistosos letreros. Toda la energía se empleaba en mantener la existencia de sus propias sectas y clases, y la única tarea de cada grupo era retener a sus propios miembros. Nadie se ocupaba de perfeccionar la humanidad ni de reformar la sociedad. En semejante situación, la mentalidad de judíos y cristianos se había pervertido tanto que, en lugar de valorar la inestimable personalidad de Muhammad (s.a.s.) y examinar su mensaje y el sistema de vida que presentó, comenzaron a mostrar contra él el colmo de la envidia, la hostilidad y la obstinación. Continuaron oponiéndose y creando obstáculos a su da‘wa. Rompieron sus promesas y lo traicionaron, y quisieron destruir la obra constructiva que había realizado. Incluso conspiraron para matarlo. Después, con las consecuencias naturales de todas aquellas malas acciones, cubrieron de deshonra la vida de ellos mismos y la de sus descendientes. Arruinaron el curso vivo de la historia con su mentalidad sucia y sus ideas viles, y aquella agua corrompida siguió fluyendo hasta las generaciones posteriores. Dejaron a los judíos y cristianos que vinieron después una enorme herencia de odio y hostilidad. La reacción contaminada y cargada de emociones de los judíos y cristianos contemporáneos de Muhammad (s.a.s.) sigue reflejándose hasta hoy en la mente de sus sucesores.
2. Antes del surgimiento del islam, los cristianos gozaban de una clara preeminencia y de un poder arrollador tanto en el ámbito religioso como en el político del mundo humano. No les faltaba el deseo de ampliar esa preeminencia y dominio, y el entorno era favorable para hacerlo realidad. Pero el surgimiento del islam se les presentó a los cristianos como la aparición de una fuerza rival. Cuando esta fuerza se desarrolló gradualmente y se estableció como una potencia mundial efectiva, comenzó a germinar entre ellos una intensa sed de venganza, que fue fortaleciéndose cada vez más. Después, cuando la fuerza islámica empezó a arrebatarles de hecho el poder y el dominio en diversas partes del mundo, su reacción adquirió una forma aún más intensa. En lugar de juzgar con espíritu deportivo la rivalidad abierta entre dos fuerzas iguales en el escenario libre de la historia, los cristianos comenzaron a alimentar una intensa sed de venganza contra los musulmanes; indirectamente, esa venganza estaba dirigida contra el propio Mensajero (s.a.s.) y contra el islam. Esta venganza y hostilidad alcanzaron su extremo durante las Cruzadas. Para cuando se llegó a aquella época, las semillas de la decadencia ya habían sido sembradas incluso entre los propios musulmanes; por ello, los cristianos comenzaron a atribuir al islam y al Mensajero de Alá sus debilidades y desviaciones particulares. Comenzaron a intentar deformar la imagen del Mensajero (s.a.s.) mediante el carácter y las acciones de los musulmanes.
3. Durante la primera parte de este largo período de conflicto y enfrentamiento entre el islam y el cristianismo, los sacerdotes cristianos mantenían al pueblo cristiano completamente bajo su control, mientras que el islam había golpeado precisamente los intereses de grupo de esa clase sacerdotal. Por ello, este grupo creó una idea falsa sobre el Mensajero (s.a.s.) y su mensaje, y comenzó a difundirla por todas partes. Esta propaganda, mantenida durante cientos de años, pervirtió por completo la mente de los occidentales. Por eso hoy se observa que incluso los intelectuales que no profesan ninguna religión y piensan liberados de la influencia del cristianismo, cuando expresan sus opiniones sobre el islam y Muhammad (s.a.s.), no logran elevarse ni un poco por encima de la baja mentalidad de los sacerdotes estrechos de miras y supersticiosos de hace seiscientos años. Basta con hojear unas pocas páginas de los libros escritos por los orientalistas para ver cuánta información falsa y defectuosa se ha añadido de manera vergonzosa y cómo se ha retratado con tanta estupidez la vida del mejor de los seres humanos. Si se encuentran uno o dos ejemplos excepcionales, esa sería otra cuestión. Pero aquí se habla de la práctica general de los occidentales.
4. Los doscientos años transcurridos fueron la era satánica del imperialismo occidental. Durante este período, las naciones musulmanas, como castigo por haberse apartado del islam, desobedecer a Allah y no seguir el ejemplo de Muhammad (s. a. s.), fueron cayendo una tras otra víctimas de la codicia imperialista del Occidente capitalista. En todas partes, esta codicia imperialista occidental se enfrentó a una formidable resistencia por parte de los musulmanes. Detrás de esta resistencia estuvo siempre activa la motivación religiosa. La doctrina del tawhid, es decir, la servidumbre a un solo Allah, que enseña el islam, imparte una enseñanza de libertad e igualdad humana que no permite a los seguidores del islam aceptar la servidumbre ante nadie excepto Allah. Por eso se observa que, detrás de todos los movimientos surgidos entre los musulmanes contra el imperialismo occidental, estuvieron activas la conciencia y la inspiración islámicas. En todas partes se veía a alguna personalidad religiosa asumir el liderazgo, y en todas partes se observaba activa la aspiración a restablecer el sistema de gobierno y el sistema social islámicos. Así, en todos los movimientos de independencia de los países musulmanes se vio una intensa presencia de la motivación religiosa. Y por esta razón nació nuevamente en los corazones de los imperialistas occidentales el odio y la hostilidad contra esta fuerza. Pues esta fuerza se interponía a cada paso en su camino y suscitaba una inspiración invencible. Movidos por esta hostilidad, calificaron el amor de los musulmanes por su religión de locura y presentaron el «clericalismo» como una calamidad terrible. Además, la motivación religiosa de los musulmanes demostró ser tan poderosa que no solo no estaba dispuesta a aceptar la derrota ante la cultura y el pensamiento occidentales, sino que también los enfrentó en cada país. A pesar de emplear durante muchos años todo el poder de la educación, la literatura y la influencia, el imperialismo occidental solo logró convertir en subordinado suyo a un puñado de personas entre las naciones musulmanas. Después, ayudó y apoyó a esos grupos subordinados para colocarlos en el poder y los utilizó ampliamente en la guerra intelectual, cultural y política contra la conciencia islámica de los musulmanes. Como consecuencia, el conflicto de Occidente con el islam y el Mensajero (s. a. s.) fue creciendo progresivamente.
5. Cuando las naciones occidentales lograron convertir a los musulmanes en esclavos, les resultó difícil recibir de ellos, inferiores política, económica y organizativamente, enseñanzas sobre el modo de vida y la filosofía de vida. Igualmente difícil se volvió respetar al Mensajero (s. a. s.), representante y predicador del islam. No solo eso: cuando vieron en los musulmanes todos los signos de que estaban sometidos mentalmente y aterrorizados ante Occidente, esta situación creó un obstáculo aún mayor. Cuando observaron que los musulmanes modernistas formados por ellos comenzaban a modificar y adaptar el islam según la perspectiva occidental, ya no hubo límite. La estima que sentían por el islam y el Mensajero (s. a. s.) disminuyó aún más. La actitud defensiva de los musulmanes causó un enorme perjuicio a la imagen del islam y a la dignidad de Muhammad (s. a. s.).
Por estas cinco razones se ha levantado un enorme muro de hierro entre Muhammad (s. a. s.) y los pueblos de Occidente.
Por eso, hoy el mundo occidental acepta al libertador de toda la humanidad, Muhammad (s. a. s.), únicamente como un líder sectario de los musulmanes, y estudia su vida con una actitud de oposición y de búsqueda de objeciones, en lugar de hacerlo con la perspectiva de comprenderla y explicarla. La imagen que Occidente ha dibujado de esta gran personalidad en su literatura presenta el retrato de un hombre privado del equilibrio mental y de la salud, cuyas actividades eran fruto de la perturbación intelectual de una mente inconsciente y que, avanzando con una espada sedienta de sangre en la mano, iba perpetrando masacres indiscriminadas por dondequiera que pasaba. A aquel a quien todo el mundo conoce, de pies a cabeza, como la compasión, le han atribuido la condición de un adorador del mundo y de un invasor agresivo y ambicioso, y han calificado sus sinceras contribuciones de engaño y artimaña. También han intentado demostrar que todo lo bueno del movimiento islámico era algo tomado de los judíos y los cristianos. De lo contrario, sostienen, Muhammad (s. a. s.) no poseía ninguna cualidad moral especial. Asimismo, han difundido que toda su espiritualidad, religiosidad y actividad no eran más que una exhibición para las apariencias, y que solo mediante recursos teatrales logró someter a las masas y alcanzar sus intereses. Que llamen adorador del mundo y embaucador a cualquier persona del mundo; pero la pregunta es: ¿cómo puede conciliarse el carácter noble, inocente e intachable que se encuentra en toda la biografía del Mensajero con el de esos supuestos embaucadores y adoradores del mundo?
Además, la injusticia aún más grave que se comete contra él consiste en que no se estudia el mensaje fundamental de la predicación del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) con una visión amplia y omn abrangente, desde sus raíces hasta sus ramas y hojas. En lugar de comprender sus principios fundamentales y captar el profundo significado de la filosofía esencial de su pensamiento, se entabla una discusión sobre algunos detalles insignificantes, conforme al método de los sacerdotes polemistas. Por ejemplo, se dice que el honorable Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) legalizó la poligamia, tomó las armas por la religión, convirtió a los prisioneros de guerra en esclavos y esclavas, etcétera. Este enfoque unilateral del estudio y el análisis siempre sirve de vehículo para una mentalidad hostil y prejuiciosa. Con semejante mentalidad no es posible comprender ningún sistema de vida ni ninguna religión. Al contrario, por medio de ella se cierra el camino para comprenderlo todo. Lo verdaderamente importante, lo que hay que conocer y comprender, es la filosofía o ideología fundamental. Lo esencial es determinar hasta qué punto esa filosofía e ideología son verdaderas y correctas, cuánto beneficio aportan a la vida y en qué medida pueden prevenir y reparar los daños de la vida. Después hay que considerar y examinar los principios que se derivan de esa verdad fundamental y de esa ideología, principios sobre cuya base se establecen y administran los distintos aspectos y ámbitos de la vida. Luego hay que observar las normas secundarias o disposiciones particulares derivadas de esos principios, para comprobar si son compatibles con el ideal fundamental. Un hombre se presenta ante usted con una filosofía de vida. Sin examinar esa filosofía de vida, usted entabla una discusión sobre ciertas normas secundarias respecto de las cuales existe en su sociedad una idea particularmente arraigada, y fuera de esa idea usted no puede pensar en absoluto. El resultado es que usted mismo queda sumido en la confusión y arroja también a miles de personas a la confusión y la estrechez de miras. Un hombre ha construido dentro de su propio ser un nuevo modelo integral de humanidad y lo ha presentado ante usted. Antes de comprender ese modelo en su conjunto, usted comienza a discutir una o dos de sus pequeñas partes y cuestiona su validez y legitimidad. Si, en lugar de ello, hubiera comprendido el modelo completo de manera integral, esas partes se le habrían hecho comprensibles por sí solas. Para comprender diversas doctrinas y sistemas de vida, y para examinar a personajes históricos, Occidente suele adoptar el método más científico posible; sin embargo, en el caso del islam y de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), deja completamente de lado ese método científico. Para formarse una opinión o tomar una decisión sobre un jardín, hay que recorrerlo y observarlo en su totalidad. No sirve separar una rama, una hoja, un fruto o una flor de un árbol de ese jardín y observarlo por separado, aislándolo del conjunto. Del mismo modo, observen el vasto jardín que constituyen la biografía y el modelo ejemplar de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y comprendan su estructura global. Entonces podrán comprender por sí mismos cada una de sus ramas, cada uno de sus frutos, flores, brotes y pétalos. Si en una doctrina, ideología, movimiento o personalidad dirigente hay algunas cosas contrarias a su gusto, a sus tradiciones predilectas y a sus costumbres preferidas, eso no puede significar que allí no haya nada bueno ni que todo el conjunto deba ser rechazado por completo. Sus gustos o preferencias no son un criterio universal ni histórico. También puede ocurrir —y así debería ser— que una ideología particular, un movimiento o una personalidad dirigente traiga consigo sus propios criterios del bien y del mal, y que estos sean completamente distintos de los suyos. Por tanto, lo primero que hace falta es poner unos junto a otros los criterios y las medidas para examinarlos, y, al mismo tiempo, evaluar y verificar el valor de la doctrina e ideología fundamentales.
La literatura que el mundo cristiano y los orientalistas han producido hasta ahora sobre el Corán, el islam y Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) está, por un lado, llena de ignorancia y malentendidos y, por otro, impregnada de principio a fin del veneno de una obstinación temeraria. Incluso quienes, mostrando amplitud de miras, han reconocido la verdad y han dado un paso más al emplear un lenguaje parcialmente elogioso, han ocultado aquí y allá, detrás de palabras astutamente escogidas, unos cuchillos de azúcar tan hábiles que el lector no puede evitar quedarse estupefacto ante semejante destreza en el engaño. Por supuesto, pueden encontrarse dos o tres ejemplos brillantes en los que se ha reconocido sinceramente el mensaje y las obras del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Sin embargo, esos autores han recibido muy poco reconocimiento entre los occidentales. Recientemente, cuando se publicó un libro de gran calidad de este tipo, se intentó rebajar su prestigio ante los ojos de los occidentales calificándolo de «partidario de los musulmanes» (Pro-Muhammaden). Lo sorprendente es que, con motivo de la vinculación de los intereses diplomáticos de Occidente con los países musulmanes en la actualidad, se realizan innumerables esfuerzos y gestiones para complacer a los países occidentales. Sin embargo, hasta ahora nadie ha pensado en reparar la injusticia cometida contra el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
No se le exige que apoye, contra el dictamen de su conciencia, la ideología y el sistema de vida presentados por el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Si el dictamen de su conciencia no los acepta, puede discrepar, y hacerlo con firmeza. Lo que se le exige es que no distorsione los hechos violando los principios y criterios que usted mismo ha establecido y respaldado para escribir historia y biografías. No acepte relatos procedentes de fuentes que, por una parte, son unánimemente consideradas poco fiables e inaceptables por los musulmanes y que, por otra, no superan los criterios universalmente reconocidos de la investigación histórica. No omita deliberadamente las buenas causas de un acontecimiento para mencionar en su lugar causas indeseables. Hable con argumentos; no adopte un tono motivado por malas intenciones, insultante, grosero, sarcástico o burlón.
El propósito de este debate no es crear una situación emocional desagradable, sino poner fin a la situación indeseable que ha prevalecido hasta ahora. La primera condición para lograr ese objetivo es que Occidente aclare su propia perspectiva sobre el islam, el Corán y Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y cree un nuevo entorno psicológico constructivo, algo que solo será posible al reconocer el consenso existente entre los occidentales y los musulmanes. Los asuntos en los que existe consenso entre nosotros son los siguientes:
– Cristianos, judíos y musulmanes, estos tres pueblos, adoran a Allah y creen en la vida del Más Allá. Todos tienen similitudes en sus formas de adoración y comparten los mismos valores morales fundamentales.
– La fuente de las enseñanzas religiosas de estos tres pueblos es la revelación, y los musulmanes creen que todos los profetas y mensajeros enarbolaron la bandera de una misma religión y de una misma gran verdad.
Por otra parte, en los aspectos sociales y culturales, occidentales y musulmanes coinciden en los siguientes asuntos:
– La perspectiva religiosa genuina de los musulmanes apoya las medidas mediante las cuales la civilización occidental ha promovido el desarrollo del conocimiento y la ciencia. La ideología islámica puede admitir en su propia sociedad y civilización, junto con la espiritualidad, este materialismo —dentro de límites restringidos—, aunque en este aspecto Occidente ha ascendido a las cumbres más elevadas del progreso. Mientras que las demás religiones se limitan exclusivamente al ámbito personal, el islam es relativamente más liberal porque constituye un sistema social y estatal integral.
– Los principios fundamentales de la democracia sobre cuya base la civilización occidental construyó sus instituciones estatales ya estaban presentes en el pensamiento y la conciencia de los musulmanes. No solo estaban presentes, sino que fue la civilización islámica la primera en darles una forma completa. [Le Bon y Briffault han testimoniado, aunque con reticencia, que el espíritu y la fuerza vital de la democracia llegaron a Occidente procedentes de los musulmanes.] Mucho antes que Occidente, los musulmanes pusieron en práctica la representación popular y las elecciones, la consulta con el pueblo —tanto con las personas especializadas como con la población general— en asuntos estatales y administrativos, el Estado de derecho, los derechos ciudadanos y la igualdad de dignidad y de derechos de todos los ciudadanos en estas materias. Aunque lo hicieron manteniendo la armonía con el entorno social y cultural de su época. Si se considera esta cuestión a la luz de las tensiones y la inestabilidad internacionales, la cooperación de los musulmanes también sería más valiosa para los reformistas occidentales en la búsqueda de una solución. Hay dos razones para ello: primero, si Occidente reflexionara con sinceridad y dedicación, vería que nadie puede contribuir tanto como los musulmanes a la paz mundial. En las creencias de este pueblo, las raíces del amor a la humanidad están arraigadas más profundamente que en ningún otro, y la base moral de la unidad y la solidaridad internacionales está establecida en su esencia con mayor firmeza que en la de cualquier otro pueblo. Si se llegara a ver plenamente realizada esta rara y singular característica de este pueblo, sería posible poner fin a los conflictos y enfrentamientos internacionales. En una palabra, solo el islam puede proporcionar en cantidad suficiente los valores y los elementos morales necesarios para construir el Estado mundial del futuro.
Segundo, cabe esperar que el islam y sus seguidores desempeñen un papel más eficaz en resistir las dos formas extremas del materialismo —el capitalismo y el socialismo— y en conducir a la humanidad por un camino moderado y basado en la justicia.
Después de presentar estos asuntos ampliamente aceptados para la reflexión, queremos decir a la luz de ellos lo siguiente: ¿qué perjuicio habría en que los occidentales cambiaran ahora su perspectiva sobre Muhammad (saw)? ¿Por qué se opondrían a empujar y desgarrar el velo de hostilidad levantado por los sacerdotes y los orientalistas? Hasta ahora se ha experimentado ampliamente con las doctrinas materialistas. Ya no es posible continuar esas experiencias de la misma manera, y esta sabia población occidental no está dando a luz una nueva generación de la que se pueda esperar y aguardar algún tiempo más. Por otra parte, todas las religiones existentes en el mundo, excepto el islam, son de tal naturaleza que prefieren replegarse y permanecer confinadas en una pequeña parte de la vida individual. No están preparadas para avanzar y tomar las riendas de toda la civilización. En una palabra, puede decirse que la humanidad, desde el punto de vista ideológico, ha perdido todo su capital y se encuentra completamente en bancarrota. Solo queda una fuente, de la cual emana un tenue resplandor de esperanza. Si cerramos las puertas de nuestra mente y nos privamos incluso de esa luz, no llegará ninguna orientación desde el planeta Marte.
Por lo tanto, todavía estamos a tiempo de reconocer a Muhammad (saw) como creador de la historia, salvador de la humanidad afligida, guía de una civilización y uno de los más grandes seres humanos. Abramos las ventanas de nuestra mente y nuestro corazón a la luz que emana de él. Intentemos comprenderlo mediante un método científico. No sería apropiado que aceptáramos el islam como una mera religión rival del cristianismo; más bien, debemos aceptarlo como un movimiento, al igual que la democracia, el socialismo y otros movimientos ideológicos semejantes, y como un sistema de vida que somete y pone bajo su control a toda la sociedad y la civilización. También debemos reconocer a Muhammad (saw) como líder de este movimiento y fundador de este sistema social, y admitir su mérito: él inauguró una época extraordinaria y brillante de la historia. Debemos considerar los ideales y principios que presentó en función de hasta qué punto son útiles e indispensables para gobernar un Estado mundial ultramoderno. Debemos examinar el modelo de humanidad que él creó para determinar hasta qué punto resulta adecuado como instrumento y medio para una civilización ideal y perfecta.
Hoy, cuando una oscuridad profunda reina ante nosotros y no se ve arder ni siquiera una chispa en ningún lugar lejano, basta con volver la mirada atrás para ver que en la mano del Mensajero (saw) arde una antorcha, que ha seguido ardiendo de la misma manera durante los últimos catorce siglos, a través de innumerables tormentas y tempestades. ¿Puede acaso conducir a algo bueno negarse a recibir la luz de esta antorcha y vendarse los ojos únicamente por causa de la confusión y la hostilidad que nosotros mismos hemos creado? ¿Sería razonable dejar que la humanidad y la civilización humana se destruyeran en esta terrible oscuridad? Es necesario comprender muy bien qué desafío tan espantoso nos ha lanzado la situación actual y si poseemos la fuerza para responder a él.
Pero la realidad es que los verdaderos culpables somos nosotros mismos. Nosotros no permitimos que el mundo conociera la personalidad, el mensaje y los méritos del Mensajero (saw), ni intentamos conocerlos nosotros mismos. Por eso hoy es necesario dar a conocer nuevamente al Mensajero (saw). Esta tarea será quizá un logro mayor que el descubrimiento de la energía atómica.
Dos palabras sobre esta obra
A pesar de la existencia de obras de gran calidad sobre la sagrada sira o biografía del Mensajero (saw), me he atrevido a emprender esta difícil tarea pese a mi propia incapacidad, únicamente para que la noble persona del Mensajero (saw) vuelva a ser reconocida como la única fuente para comprender el propósito de la vida. Las mejores obras biográficas del Mensajero (saw) reúnen toda la información relacionada con los acontecimientos. Sin embargo, en algunos lugares el lector queda atrapado en discrepancias relativas a las narraciones y, en otros, en profundas discusiones teóricas. En ciertos pasajes se rompe para él el vínculo de continuidad entre los acontecimientos; en otros se le presentan tantos datos minuciosos que no encuentra en ellos un significado claro ni una explicación satisfactoria. A veces se sobresalta ante la abundancia de información teórica y fruto de la investigación, así como de referencias. Y, sin embargo, después de leer volúmenes y volúmenes de libros, no logra ver ante sí un movimiento lleno de entusiasmo. No logra contemplar el ambiente de conflicto creado por la predicación del Mensajero (saw). No logra verse a sí mismo en la época del Mensajero (saw). Al leer los libros de la sira, no siente que también a él se le haya confiado la responsabilidad de ser una ola impetuosa del movimiento dirigido por el Mensajero (saw) y de luchar contra la inmundicia del ambiente que lo rodeaba. También es responsabilidad suya mantener en alto la antorcha ardiente de la gran verdad traída por el Mensajero (saw) y hacer que su luz se expanda tanto que, en el mundo de la civilización y la cultura, esa antorcha se convierta en un sol resplandeciente. Con el objetivo de subsanar esta carencia he emprendido la tarea de escribir esta modesta obra.
Para estudiar la historia he adoptado la perspectiva del Corán. Desde mi punto de vista, el mundo extendido a nuestro alrededor es un mundo inquieto y dinámico. Es un mundo diverso y cambiante. Sobre todo, es un mundo de competencia, conflictos, enfrentamientos, yihad y lucha. Aquí existen tanto la atracción como la repulsión. Aquí hay reacción junto a acción, construcción junto a destrucción y oscuridad junto a luz. Aquí la noche y el día se persiguen mutuamente. La vida y la muerte, el fuego y el agua, el invierno y la primavera están en guerra entre sí. En suma, en cualquier rincón y en cualquier ámbito de este mundo que dirijan la mirada, verán cosas opuestas enfrascadas en un enfrentamiento cara a cara. En un lugar insignificante y diminuto de este universo —es decir, en el planeta llamado Tierra— se encuentra el campo de batalla más terrible de la vida humana. Todo nuestro sistema social y estatal es un vasto océano agitado por las olas. En él, ola contra ola, burbuja contra burbuja y gota contra gota chocan a cada instante. Aquí se libra, desde la antigüedad hasta hoy, una larga lucha entre el haqq y el batil, la verdad y la falsedad, la justicia y la injusticia, el bien y el mal, el zulm y el insaf, el pecado y la virtud. Las riendas de esta lucha están sujetas por el ruh, es decir, el espíritu, y el nafs, es decir, la inclinación perversa. De estas dos fuentes brotan, una tras otra, diversas ideas, creencias y doctrinas, y surgen sistemas colectivos de caracteres variados y disposiciones contrapuestas. Cada concepción, creencia, doctrina, ideología, carácter y sistema nace acompañado de su hermano gemelo, orientado exactamente en sentido contrario. Toda fuerza que nace lo hace llevando consigo la fuerza opuesta y contraria. De esta oposición y disparidad surge un conflicto total que ha convertido toda la historia de la humanidad en una historia de lucha. La historia de esta lucha se encuentra hoy ante nosotros como una historia escrita con nuestra propia sangre.
Desde el amanecer de la civilización humana se libra, en todas las épocas y países, una lucha permanente y total. En algunos lugares se libra con las armas de la razón y, en otros, con armas mortales. En esta lucha, los seres humanos se han dividido en dos bandos y han desempeñado dos papeles. Por un lado, son portadores de la bandera de la anarquía, la injusticia y la falsedad. Por otro, son abanderados de la justicia, la verdad, la honestidad y el bienestar. A veces se convierten en activos lacayos de los villanos de la destrucción y la corrupción. Otras veces avanzan como firmes partidarios de quienes convocan e impulsan obras constructivas. Un tipo de seres humanos semejantes a demonios se entrega con todas sus fuerzas al intento de afligir la vida humana con sufrimientos, miserias y calamidades. En cambio, cierto grupo de personas entrega generosamente todos sus recursos para convertir la Tierra en un paraíso lleno de felicidad, paz y alegría. También hay soldados de la guerra de la vida dispuestos a morir, por cuyas manos se desbordan la mentira, el zulm y la transgresión. Y hay asimismo un grupo de muyahidin irreconciliables que abandona este mundo haciendo resonar el tambor de la victoria de la verdad, la justicia y el insaf.
Estos combatientes de la verdad, la justicia y el insaf son quienes han hecho que la Tierra sea algo más habitable y que la vida humana sea un poco más disfrutable. Todo aquello que hoy se considera digno de cierto aprecio en la sociedad es una contribución de esas personas nobles. Presentaron ante la humanidad un modelo de vida ideal. Establecieron ante nosotros un criterio y un modelo de civilización y cultura. Nos regalaron sublimes objetivos vitales y magníficos principios. Hicieron circular por las venas de la historia la sangre de una tradición eterna e imperecedera. Colocaron en el cielo de la civilización una constelación resplandeciente de valores morales. Dieron a los seres humanos entusiasmo, inspiración, valor y ambición. Para defender los objetivos y los principios, enseñaron el sacrificio, la entrega y la lucha. Gracias a las gloriosas obras y contribuciones de estas personas nobles, la historia se ha vuelto tan valiosa que sus vestigios se consideran dignos de preservación y seguirán siendo apreciados hasta el Día del Juicio como una fuente siempre renovada de inspiración para la acción de la humanidad.
Además, siempre que las fuerzas opresoras y mentirosas del mal han atado a los seres humanos con los tentáculos del gobierno fascista y despótico, dejándolos indefensos, y estos, tras perder el valor, han sido arrojados al profundo abismo de la desesperación, han sido precisamente estos grandes héroes de la historia quienes han avanzado como salvadores de la humanidad. Despertaron a los que dormían, levantaron a los caídos, hicieron beber a los cobardes el elixir vivificante del heroísmo y volvieron a colocar en la primera línea del campo de batalla a quienes habían depuesto las armas, enfrentándolos en combate contra las fuerzas anárquicas y corruptas del mal. En otras palabras, estos grandes héroes pusieron fin al estancamiento de la historia, derritieron el hielo del mar congelado de la civilización, crearon una nueva corriente en el río inmóvil del pensamiento y la acción, y, derrocando la dictadura dura como el acero, restablecieron la libertad y los derechos humanos. Así, la caravana de la humanidad avanzó sin obstáculos por el camino recto y correcto del desarrollo propio.
En la primera fila de la clase virtuosa de la sociedad humana que ha participado en la noble tarea de establecer en la Tierra la verdad, la justicia y el bienestar, así como en la construcción y el progreso, se encuentran los profetas y mensajeros, poseedores de una dignidad incomparable. Asimismo, los siddiqin —quienes aceptan de todo corazón la invitación del islam en cuanto la reciben—, los mártires y los salihin, es decir, las personas rectas, siguen los méritos de esa primera fila y trabajan bajo su liderazgo. Y, entre la sagrada fila de los profetas y mensajeros, la gran figura sobre la que primero se fija irresistiblemente la mirada es Muhammad, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Él es el mayor amigo de la humanidad y el ser humano más beneficioso para ella en toda la historia. Observen a este gran ser humano desde cualquier perspectiva y sus múltiples excelencias y grandezas resplandecerán ante ustedes. Durante los últimos catorce siglos, innumerables personas han abandonado este mundo mientras describían su grandeza y excelencia; no hay forma de contarlas. Pero la realidad es que, hasta hoy, la descripción de su excelencia y grandeza aún no ha alcanzado su plenitud. Nadie sabe quién podrá completar esta tarea en el futuro. Tanto las personas del pasado como muchas del futuro han albergado y albergarán el incontenible deseo de participar al menos en esta noble obra. En cierto momento, ese incontenible deseo se apoderó también de mí. Sentí el deseo de exponer brevemente, de manera especial, este aspecto de la vida del Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz: cuando salió al campo para procurar el bienestar y la reconstrucción de la humanidad, qué clase de abusos y persecuciones tuvo que sufrir; cómo se recompensó durante toda su vida el servicio de un servidor incomparable de la humanidad mediante una oposición ciega y un comportamiento sumamente vil. Y, por otra parte, qué clase de carácter fue mostrando el Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, mientras avanzaba entre semejante tumulto de opresión, persecución, oposición y mal comportamiento. En esta dolorosa historia de la vida del amado Profeta hay enseñanzas tanto para quienes luchan por establecer el gobierno de las personas rectas como para quienes se oponen a esa lucha.
Este es el lugar que ocupa Muhammad, que Allah lo bendiga y le conceda paz, en la historia de la humanidad. La historia atestigua que fue el más grande creador de historia.
Cuando el Mensajero (s. a. s.) apareció para realizar esta obra suprema en beneficio de la humanidad, Satanás reunió todas las persecuciones y torturas infligidas a todos los profetas y mensajeros a lo largo de las distintas épocas, y obligó a este joven huérfano e indefenso a librar una lucha en todos los frentes. La escena de la vida del Mensajero (s. a. s.) era algo así como la de un nadador sin barca que, en medio de una oscuridad total y en un mar agitado por la tormenta, lucha sin cesar contra olas tan altas como montañas. Allí soplaba una tormenta feroz y, en un cielo cubierto de negras nubes, los destellos intermitentes de los relámpagos cegaban los ojos. El rugido de las nubes amenazaba con reventar los oídos. Aun así, el nadador intransigente avanzaba continuamente por su propio camino. ¿Existe en algún otro lugar de la historia un ejemplo de una persecución y una tortura tan terribles, y de una lucha tan intransigente e indomable?
Siempre que se representa el drama de la lucha entre la verdad y la falsedad, y entre la justicia y la injusticia, su carácter fundamental permanece invariable. Cambian los tiempos, cambia el entorno geográfico y también cambian los nombres de los protagonistas. Pero sus papeles concretos nunca cambian. Uno de los papeles es el del invitador a la da‘wa.
Los protagonistas del segundo papel son aquellas personas sinceramente devotas e inocentes de la sociedad que, tan pronto como escuchan el llamado a la verdad, la justicia y la buena conducta, son capaces de reconocerlo por su inclinación natural. Se sienten conmovidas y fascinadas por ese llamado, lo aceptan sin reservas y de todo corazón, y asumen el papel de sus primeros seguidores.
El tercer papel lo asumen quienes discrepan cortésmente. Escuchan el mensaje y reflexionan sobre él. Pero, debido a la falta de conocimiento y conciencia, así como a ciertos obstáculos psicológicos, tardan en comprender la verdad.
Los protagonistas del cuarto papel son los grupos de enemigos extremadamente fanáticos y vociferantes, que, por sus intereses, su posición social y sus hábitos pervertidos, comienzan a oponerse desde el primer día de la manera más temeraria. Su oposición no deja de aumentar cada vez más. El quinto papel lo desempeñan las masas débiles, tan indefensas ante el poder arrollador de las clases superiores de la sociedad que no pueden desempeñar ningún papel valiente y activo. Tampoco poseen, mentalmente, la capacidad de comprender el significado más profundo de ningún llamado. Por eso, normalmente permanecen durante generaciones como espectadores silenciosos del conflicto entre quienes llaman a la verdad y sus enemigos, esperando ver cuál será el destino de cada bando. Cuando uno de los bandos vence, esta corriente multitudinaria fluye hacia el lado de la fuerza victoriosa. Por tanto, el drama de la guerra entre la verdad y la falsedad depende de los actores de dos papeles: el de quienes llaman a la verdad y sus seguidores, y el de los opositores activos y fanáticos. Es absolutamente imposible que se represente el drama del llamado a la verdad sin que los actores de estos dos papeles se enfrenten. Usted alzará la voz por la verdad y la justicia, y las fuerzas defensoras de la falsedad y la injusticia no podrán dejar de levantarse unidas en respuesta: eso es imposible. Usted comenzará a trabajar por el bienestar y el servicio de la humanidad, y resulta inconcebible que todas las fuerzas del mal de la sociedad no se unan y se lancen contra usted, armadas con los terribles instrumentos de los insultos, las calumnias, la propaganda maliciosa, la difamación, las conspiraciones y la violencia.
Eso mismo ocurrió en el caso del Mensajero (s. a. s.). Si se hubiera limitado a pronunciar algunas palabras buenas, a reflexionar sobre cuestiones de bienestar público, a pasar su vida adorando a Allah mediante inclinaciones, postraciones y otros actos realizados según su propia preferencia, a sentarse en soledad entregado al recuerdo y a las alabanzas, e incluso si hubiera continuado pronunciando buenos sermones y consejos, formado una secta de maestros y discípulos, y creado con sus seguidores alguna asociación inofensiva, la sociedad lo habría tolerado. Pero él quería cambiar todo el sistema de vida. Quería reconstruir desde sus cimientos todo el edificio de la sociedad y la civilización. Había recibido la orden de derribar todo el sistema colectivo y reconstruirlo según el mejor diseño. Se disponía a hacer añicos el acuerdo injusto pero firme que se había establecido en la sociedad de aquella época entre los intereses creados y los privilegios. Había sido enviado para formar a las personas conforme a un nuevo marco de creencias y moralidad. Desde el primer día llamó precisamente a esta tarea, y desde el primer día la gente comprendió el significado de su llamado. Precisamente porque comprendieron su significado, surgieron como reacción natural las acciones de oposición de la sociedad jahilí.
Siempre que se analizan, en cualquier época, los opositores al movimiento universal por la verdad y la justicia, se observa que las tácticas y la secuencia de sus acciones negativas han sido siempre las mismas. Al principio se recurría a burlas y sarcasmos de poca monta. Después, en la etapa siguiente, se desencadenaba una ola de insultos, falsas acusaciones, difamación, propaganda maliciosa y la atribución de títulos deshonrosos. Luego comenzaba una campaña concreta de mentiras para crear confusión y malentendidos entre la gente. Cuando la situación se agravaba aún más, por un lado se alegaba que estaban en peligro los intereses y la unidad nacionales, y por otro se intentaba incitar a las masas ignorantes con pretextos religiosos. Entre tanto, también continuaba la lucha de argumentos y se llevaba a cabo una campaña para hostigar al invitador a la da‘wa mediante preguntas y respuestas. Cuando se comprendió que un movimiento peligroso cobraba fuerza progresivamente, se intentó llegar a un acuerdo mediante tentaciones. Al comprobar que todas las intrigas y maniobras habían fracasado, se adoptó el método sumamente despreciable de la violencia. El Mensajero (s. a. s.) y sus compañeros fueron objeto de un boicot social y económico. También se pusieron en práctica conspiraciones de opresión y persecución. Incluso, finalmente, se conspiró para asesinar al Mensajero (s. a. s.). Como tampoco así pudieron detener el movimiento por establecer la verdad y la justicia, declararon la guerra y llamaron al combate abierto. Todas estas etapas aparecieron una tras otra en la vida del Mensajero (s. a. s.). Pero Allah Ta‘ala le concedió un éxito glorioso en cada una de ellas. Finalmente, toda Arabia quedó a los pies del Mensajero (s. a. s.).
En este libro, los acontecimientos de la vida del Mensajero (s. a. s.) se han presentado, basándose en fuentes sumamente fiables y con la debida continuidad, de tal manera que la escena de la terrible lucha que el Mensajero (s. a. s.) libró entre la verdad y la falsedad, y entre el bien y el mal, rompe la inmovilidad de la historia y aparece claramente ante los ojos. Toda su vida transcurrió en esta lucha. Espero que, al leer este libro, el lector sienta que se encuentra muy cerca del Mensajero (s. a. s.). Podrá ver los acontecimientos desarrollarse ante sus propios ojos y contemplar las agitadas oleadas del movimiento islámico danzar en el mundo de su imaginación. Como resultado, no podrá permanecer sentado como un espectador indiferente e imparcial de este conflicto entre la verdad y la falsedad. Al contrario, en su interior despertará una conciencia positiva y se verá obligado a reflexionar sobre cuál es actualmente su posición en la historia de la humanidad y cuál debería ser.
Mi firme esperanza es que de este libro se puedan aprender lecciones de valentía y heroísmo, y que se despierte la motivación para cumplir las responsabilidades y los deberes incluso en las circunstancias más difíciles. Nacerán devoción y amor en el corazón por aquella gran personalidad que fue el mayor servidor de la humanidad y quien más beneficio le proporcionó. El corazón se colmará de gratitud hacia él y la mente se llenará de profundo amor por él. Eso es precisamente lo que desea el islam. Al leer este libro se comprenderá que el portador de la luz de la verdad que hoy ilumina nuestro interior logró hacerla llegar hasta nosotros después de superar durísimas pruebas de fuego, afrontar una oposición feroz, repeler toda clase de ataques y atravesar inmensos mares de sangre y lágrimas. También se comprenderá que el camino de quienes enarbolan la bandera de la verdad y la justicia está lleno de espinas. Si este camino no quedó libre de espinas ni se cubrió de flores siquiera para una personalidad virtuosa como Muhammad (P), ¿para quién habrá de cubrirse de flores? ¿Para quién se preparará un camino corto y cómodo, por el que pueda salir de su habitación segura, sin que siquiera se le cubran de polvo los pies, y llegar directamente al Paraíso? Al leer las conmovedoras historias de la vida del Mensajero (P), desaparece ese malentendido. De lo contrario, la gente permanece indiferente, considerando la obediencia a Dios como una tarea de máximo bienestar. A la luz de la vida del Mensajero (P), debemos reflexionar: si las pruebas de fuego, las calamidades, los obstáculos, los golpes y los ataques que los libros del Corán, el hadiz y la sira mencionan como inevitables en la vida de un creyente verdadero no llegan a nuestra vida, tendremos que reconsiderar si nuestro camino y nuestro destino son correctos. Debemos examinar si lo que consideramos el camino del islam no será, en realidad, el camino de la incredulidad y la yahiliyya. Al estudiar este libro, todo musulmán podrá saber de antemano que, cuando una persona o un grupo de la umma musulmana salga al campo llevando exactamente la invitación y el movimiento del Mensajero (P) y siga al pie de la letra el método de acción que él siguió, no podrán dejar de dirigirse contra él burlas, sarcasmos, calumnias, campañas difamatorias, injurias, conspiraciones, opresión, persecución y ataques violentos. Pues estas son las inevitables recompensas mundanas de esta labor. En medio de todas estas calamidades y adversidades, no es fácil reconocer al convocador de la verdad que actúa en cualquier época, comprender sus palabras y aceptarlas. Esto solo es posible para aquellos afortunados que, mediante el estudio del Corán, el hadiz y la sira del Mensajero, hayan adquirido de antemano una concepción correcta de la lucha eterna entre la verdad y la falsedad. Todo musulmán debe saber que las fuerzas de la falsedad no perdonaron a una esencia tan pura e inocente como la del Mensajero (P), y que quienes más tarde tampoco libraron de la opresión y la persecución a grandes personalidades como el imán Husayn, el imán Malik, el imán Ahmad ibn Hanbal, el imán Abu Hanifa, el venerable Muyáddid Alf-e Sani y Shah Waliullah, seguidores del Mensajero (P), no perdonarán a nadie más. El estudio de la sira del Mensajero (P) nos enseña a distinguir, en cada época, entre el carácter de los convocadores de la verdad y el de sus enemigos. En este libro he expuesto claramente la identidad de quienes participan activamente en el conflicto entre el islam y la incredulidad.
Espero que, mediante el estudio de este libro, tomemos conciencia de la terrible contradicción y discordancia que se han creado entre nuestra fe en la misión profética y nuestra vida práctica. Hoy no queda en el mundo un solo país donde el sistema de vida traído por el Mensajero (P) sea plenamente victorioso y esté en vigor. En todo el mundo musulmán triunfan las monarquías y las dictaduras, que nos mantienen sumergidos a la vez en la oscuridad de la yahiliyya antigua y moderna. Mentalmente estamos sumidos en la yahiliyya de pies a cabeza. También estamos derrotados en el plano económico. Culturalmente, somos conocidos en todo el mundo como una nación de mendigos y, en el ámbito internacional, somos víctimas de la explotación imperialista. Seguimos sufriendo precisamente las consecuencias venenosas de la discordancia entre nuestra fe y nuestro carácter.
En este libro he hecho principalmente un llamamiento a revitalizar la invitación del Profeta universal. Mi objetivo fundamental es que podamos iniciar una transformación en nuestra vida siguiendo exactamente el método de acción mostrado por el Mensajero (P), y que podamos establecer el sistema social de magnanimidad y justicia que este gran líder de toda la humanidad fundó a la luz de los principios del Corán y el hadiz. Ha llegado el momento de que nosotros y nuestra juventud nos sacudamos de encima la carga de la esclavitud mental a la civilización occidental y alcemos la bandera de la rebelión intelectual contra esta era materialista. Hay que sacar la biografía de Muhammad (P) de las páginas del libro y escribirla de nuevo en las páginas de la vida real. Hay que organizar su ideal en forma de un sistema colectivo y situarlo en el lugar de esa tercera fuerza que muestra el camino de la liberación, cuyo lugar sigue vacío en la historia.
Que el Dios Misericordioso acepte este humilde esfuerzo mío y haga realidad su noble propósito.
Amén.
Naím Siddiqi, 1 de diciembre de 1959.
Capítulo: 2
La personalidad de un vistazo
Cuando paseo mis dos ojos por su rostro,
es como el destello de un relámpago en una nube cargada de lluvia. [Este célebre poeta árabe de la época de la ignorancia compuso estos versos pensando en una personalidad a la que apreciaba. Más tarde, en cierta ocasión, Aisha (que Dios esté complacido con ella) los aplicó acertadamente al Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él).]
—Abu Kabir al-Hudhali
Este rostro no puede ser el de un mentiroso.
—Abdullah ibn Salam
Un destello
[Escrito principalmente a la luz de Shama’il al-Tirmidhi.]
Quienes realizan grandes contribuciones meritorias en el mundo, especialmente los profetas (la paz sea con ellos), siempre poseen una personalidad extraordinaria. La verdadera fuente de la fuerza de quienes lideran movimientos y encabezan la reconstrucción de la civilización es su individualidad, formada por la combinación de un tipo especial de pensamiento y carácter. Comprender adecuadamente la personalidad del Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) es también uno de los objetivos fundamentales del estudio de su biografía.
La belleza física ayuda mucho a comprender a cualquier personalidad. Por la constitución del cuerpo humano, desde la cabeza hasta los pies, y por la armonía de sus miembros, se puede entender qué nivel de persona es en los aspectos mental, moral y espiritual. En especial, en el rostro o semblante está escrita toda la historia del carácter y las obras de una persona. Basta con echarle una mirada para poder intuir qué clase de persona refleja ese rostro.
Quienes llegamos al mundo en épocas posteriores somos desafortunados en este aspecto, pues el incomparable rostro del mejor ser humano del mundo no está ante nosotros, ni tenemos la oportunidad de contemplarlo con nuestros propios ojos en este mundo. El destello que alcanzamos a percibir de la belleza física del Mensajero, que la paz sea con él, solo podemos verlo en el espejo de sus palabras y sus obras.
No existe ninguna imagen auténtica ni estatua del Mensajero, que la paz sea con él. Él mismo prohibió hacerlas o conservarlas. Esto se debe a que una imagen es algo tan peligroso que de ningún modo elimina el riesgo de caer en el politeísmo. Si hubiera existido alguna imagen del Mensajero, que la paz sea con él, no habría límite para la cantidad de actos sobrenaturales de los que se le habría considerado origen ni para los nuevos milagros que se le habrían atribuido. También sería difícil imaginar cuántas ceremonias de diversos colores se habrían celebrado en su honor. Incluso no habría sido extraño que comenzara su adoración. En Europa se han creado muchas imágenes imaginarias del Mensajero, que la paz sea con él. Pero ¿qué artista existe que posea una comprensión sutil, amplia y completa de cada aspecto de los pensamientos y las obras del Mensajero, que la paz sea con él, y pueda plasmar plenamente esa comprensión con colores y pinceles? Una imagen imaginaria puede pertenecer a cualquiera, pero no a Muhammad, que la paz sea con él. Se crea la imagen de una personalidad basada enteramente en conjeturas y se la hace pasar por una imagen del Mensajero, que la paz sea con él. Al realizar estas imágenes, no se muestra la más mínima honestidad. Deliberadamente se crean de tal manera que producen la idea de una personalidad débil e incompleta. Para elaborar todas estas imágenes, la concepción de la personalidad se toma de aquellos libros occidentales hostiles que son fruto de la obstinación, la temeridad, el pensamiento retorcido y las ideas irreales. El perjuicio de realizar imágenes o películas sobre los profetas y las personas piadosas consiste en que su verdadero carácter puede perderse tras la pantalla.
Sin embargo, los compañeros del Mensajero, que la paz sea con él, trazaron su retrato perfecto con el mínimo de palabras, y los transmisores nos hicieron llegar esas descripciones en un estado sumamente protegido e inalterado. Aquí presentamos esos retratos verbales para que los lectores puedan contemplar un destello de la personalidad de este gran hombre antes de estudiar su carácter. También podría llamarse una especie de encuentro, o bien una presentación.
La impresión de su sagrado semblante, su constitución física, su porte y su belleza que ha llegado hasta nosotros atravesando la distancia de mil cuatrocientos años refleja la imagen de un hombre que era, al mismo tiempo, extraordinariamente inteligente y perspicaz, un valiente héroe, paciente, firme en sus principios, honesto y justo, generoso y magnánimo, dadivoso, consciente de sus responsabilidades, humilde y solemne, afable y elocuente. Para decirlo con mayor exactitud, en su constitución física se percibía de manera muy notable la huella de la profecía. Su hermoso y bien proporcionado cuerpo era un símbolo de su elevada dignidad. En este contexto, resulta significativa una de las palabras del Mensajero, que la paz sea con él. Él dijo:
«El temor de Dios ilumina y embellece el rostro de la persona».
Puesto que la profecía es el grado supremo de la fe y del temor de Dios, el rostro del profeta no podía dejar de irradiar luz.
Ahora acerquémonos y contemplemos un destello de su deslumbrante rostro, radiante como el sol.
belleza física
«Reconocí al Mensajero (s. a.) apenas lo vi. Su rostro no podía ser el de un mentiroso». (Abdullah ibn Salam) [Él era uno de los más grandes eruditos judíos. Se llamaba Husayn. Cuando el Mensajero (s. a.) llegó a Medina, él fue a verlo y aquí relata la impresión que tuvo al verlo. Abrazó el islam y su nombre islámico pasó a ser Abdullah. (Sīratul Mustafā, Maulana Idris Kandhalvi, tomo I, pp. 341-350)]
«Llegué acompañado de mi hijo. La gente nos indicó: “Ahí está el Mensajero de Allah”. En cuanto me senté cerca de él, me dije interiormente: “En verdad, este es el Profeta de Allah”». —Abu Ramza al-Taymi
«Ten la seguridad de que he visto el rostro luminoso de este hombre, como la luna llena. Él jamás podría ser deshonesto en una transacción contigo. Si una persona así no paga el precio del camello, yo lo pagaré de mi propio bolsillo». —Una dama honorable. [Una caravana comercial había hecho una parada en las afueras de Medina. Por casualidad, el Mensajero (s. a.) se dirigió allí. Escogió un camello y acordó su precio. Después se lo llevó diciendo que enviaría el dinero. Más tarde, los vendedores de camellos comenzaron a inquietarse: «¿Qué hemos hecho al entregar un camello a crédito a un desconocido?». En ese momento, la esposa del jefe de la caravana les dijo las palabras anteriores para tranquilizarlos. Este acontecimiento fue narrado por Tariq ibn Abdullah, miembro de aquella caravana. Poco después, el Mensajero (s. a.) envió dátiles en una cantidad superior al precio acordado. (Sīrat an-Nabī, Shibli Nu’mani, tomo II, p. 380; al-Mawāhib al-Ladunniyya, tomo I, p. 244.)]
«Nunca hemos visto a un hombre tan apuesto. Vimos cómo la luz emanaba de su rostro». —La madre y la tía materna de Abu Qarsana. [Estas dos mujeres fueron con Abu Qarsana ante el Mensajero (s. a.) para prestarle la bay’a (el juramento de lealtad). Al regresar, expresaron esta reacción. (Al-Mawāhib al-Ladunniyya, tomo I, p. 255)]
«Nunca he visto a nadie más apuesto que el Mensajero (s. a.). Parecía como si el sol centelleara». —Abu Huraira
«Si hubieras visto al Mensajero (s. a.), te habría parecido que había salido el sol». —Rubayyi’ bint Mu’awwidh
«Quien veía al Mensajero (s. a.) quedaba atónito desde el primer instante». —Hazrat Alí
«Una vez observaba al Mensajero de Allah (s.a.s.) en una noche de luna llena. En ese momento estaba cubierto con una vestimenta roja. Miraba una vez la luna y otra vez a él. Finalmente llegué a la conclusión de que el Mensajero de Allah (s.a.s.) era más hermoso que la luna». —Hazrat Yabir bin Samura
«En los momentos de alegría, el rostro del Mensajero de Allah (s.a.s.) resplandecía como la luna. Al verlo, percibíamos su alegría». —Ka‘b bin Malik
«Su rostro tenía un resplandor semejante al de la luna». —Hind bin Abi Hala
Rostro
«Redondo como la luna llena». —Bara bin Azib
«Su rostro no era completamente redondo, pero sí casi redondo». —Hazrat Ali
«Frente amplia; cejas arqueadas, finas y espesas; ambas cejas estaban separadas. Entre las dos cejas había una vena prominente que se hacía visible cuando se enojaba». —Hind bin Abi Hala
«En su frente aparecían signos de alegría». —Ka‘b ibn Malik
Complexión
«No era blanco como la cal ni de tez morena. Su color era como el trigo, aunque algo blanquecino». —Hazrat Anas
«Blanco rojizo». —Hazrat Ali
«Blanco, pero de una belleza radiante». —Abu Tufayl
«Blanco y luminoso». —Hind ibn Abi Hala
«Su cuerpo parecía hecho de plata». —Hazrat Abu Huraira
Ojos
«Ojos negros, pestañas largas». —Hazrat Ali
«Las pupilas eran negras, la mirada baja, con una tímida inclinación a mirar por el rabillo de los ojos». —Hind bin Abi Hala
«En el blanco de los ojos había venas rojas; las órbitas eran alargadas y parecían estar delineadas con kohl de nacimiento». —Yabir bin Samura
La nariz
«Algo elevada, con un resplandor radiante en la parte superior; por eso, a primera vista, parecía grande». —Hind bin Abi Hala
Las mejillas
«Ligeras y planas, algo carnosas hacia abajo». —Hind bin Abi Hala
El rostro
«Ancho». —Yabir bin Samura
«Ancha». — Hind ibn Abi Hala
Dientes
«Finos, brillantes. Un resplandor encantador en los dientes frontales». — el honorable Ibn Abbas
«Cuando hablaba, un destello refulgía entre sus dientes». — el honorable Abbas
Barba
«Una barba espesa que cubría todo el rostro». — Hind ibn Abi Hala
Cuello
«Delgado y largo, como si hubiera sido tallado hermosamente, igual que una estatua»
«El cuello era de un color brillante y agradable, como la luna». —Hind bin Abi Hala
Cabeza
«Grande, pero de proporciones equilibradas y tamaño mediano». —Hind bin Abi Hala
Cabello
«Ligeramente rizado». —Abu Huraira
«No era completamente liso ni tampoco muy rizado». —Qatada
«Ligeramente rizado». —Anas
«Abundante; a veces llegaba hasta los lóbulos de las orejas y, en otras ocasiones, hasta el cuello». —Bara bin Azib
«Llevaba la raya en medio» —Hind ibn Abi Hala
«No tenía mucho vello en el cuerpo. Una fina línea de vello se extendía desde el pecho hasta el ombligo» —el honorable Ali y Hind ibn Abi Hala
«Tenía un poco de vello en el cuello, los brazos y la parte superior del pecho» —Hind ibn Abi Hala
Constitución corporal general
«Tenía una constitución robusta. Los huesos de las articulaciones de sus extremidades eran grandes y fuertes» —Hind ibn Abi Hala
«No era corpulento» —el honorable Ali
«No era ni demasiado alto ni bajo; era de estatura mediana» —el honorable Anas (que Allah esté complacido con él)
«Era algo alto. Cuando estaba de pie entre muchas personas, parecía aún más alto» —Bará ibn Azib
«El abdomen no era prominente». —Umm Ma‘bad
«Era más lozano y fuerte que quienes se habían criado en la abundancia de bienes mundanos (a pesar de haber soportado hambre y pobreza)». [Es bien conocido que, cuando fue a realizar la ‘Umrah, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) condujo él solo cien camellos y sacrificó personalmente sesenta y tres de ellos. Confió los restantes a Hayrat ‘Alí (que Allah esté complacido con él). (Al-Mawahib, tomo 1, página 310)]
«Nunca vi a nadie más fuerte que el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)». —Ibn ‘Umar [En La Meca había un luchador profesional llamado Rukana. En cierta ocasión, cuando el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se encontró con él y lo invitó al islam, este le pidió una prueba de la profecía. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) manifestó su deseo de luchar con él, conforme a su afición. Lucharon tres veces, y las tres veces lo derrotó. Además, derrotó en la lucha a varias otras personas, entre ellas a Abu al-Aswad al-Yuhamí. (Al-Hakim, Abu Dawud, al-Tirmidhi y al-Bayhaqi; Al-Mawahib al-Ladunniyyah, tomo primero, pág. 303)]
Hombros y pecho
«El pecho era amplio, y el pecho y el abdomen eran planos». —Hind ibn Abi Hala
«El pecho era amplio». —Al-Bara ibn ‘Azib
«La distancia entre ambos hombros era mayor que la medida ordinaria». —Hind ibn Abi Hala y Al-Bara ibn ‘Azib
«La zona entre ambos hombros era musculosa». —Hayrat ‘Alí
Manos y brazos
«Tenía los brazos largos, las palmas de las manos anchas y los dedos proporcionalmente largos». —Hind ibn Abi Hala
«Nunca he visto seda, ya fuera fina o gruesa, ni ninguna otra cosa tan suave como las manos del Mensajero de Allah». —Hazrat Abbas
Los dos pies
«Las pantorrillas no eran carnosas, sino ligeras y delgadas». —Yabir ibn Samura
«Las palmas de las manos y las plantas de los pies eran carnosas. Las plantas de los pies eran ligeramente hundidas. Eran tan lisas que ni siquiera el agua permanecía sobre ellas». —Hind ibn Abi Hala
«Tenía muy poca carne en los talones». —Yabir ibn Samura
Una imagen de conjunto
Aunque muchos compañeros del Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Alá sean con él) ofrecieron numerosos relatos sorprendentes sobre él, ninguna descripción se compara con la de Umm Ma‘bad. Cuando el Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Alá sean con él) partió de la cueva del monte Zawr para emigrar a Medina, el primer día hizo una parada en la casa de esta noble anciana de la tribu de Juza‘a. El Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Alá sean con él) y sus compañeros estaban sufriendo una sed extrema. Por una gracia especial de Alá, la vieja, demacrada y hambrienta cabra de la anciana dio en ese momento tanta leche que, después de que el Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Alá sean con él) y sus compañeros bebieron hasta saciarse, aún quedó algo de leche. El esposo de Umm Ma‘bad regresó a casa y se quedó sorprendido al ver la leche. Preguntó de dónde había salido. Umm Ma‘bad le relató todo lo sucedido. Entonces su esposo dijo: «Descríbeme el aspecto de ese joven coraichita; veamos si es la persona tan esperada». Entonces Umm Ma‘bad lo describió con palabras magníficas. En aquel momento, Umm Ma‘bad no conocía al Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Alá sean con él), ni sentía hacia él envidia u hostilidad. Describió exactamente lo que había visto. Es mejor consultar esta descripción en el árabe original. [Véase Zad al-Ma‘ad, tomo 1, pág. 307]. Aquí ofrecemos su traducción:
«De rostro puro y amplio, de carácter agradable; no tenía el vientre prominente ni era calvo. Era apuesto y hermoso, con ojos negros, grandes y expresivos; cabello largo y abundante, y una voz grave y majestuosa. De cuello elevado, ojos delineados con kohl, cejas finas y arqueadas, y cabello negro y rizado. De serena dignidad y sincero; visto de lejos, hermoso y cautivador, y de cerca, sumamente dulce y bello. De habla dulce y clara; su conversación estaba libre de palabras innecesarias. Todas sus palabras estaban enlazadas entre sí como las perlas de un collar. De estatura media: nadie lo despreciaba ni lo consideraba insignificante. Apuesto y joven, querido por quienes lo acompañaban constantemente. Cuando hablaba, todos escuchaban en silencio; cuando daba una orden, todos se apresuraban a cumplirla de inmediato. Servido por todos y obedecido por todos; no hablaba menos de lo necesario ni hablaba en exceso». [Zad al-Ma‘ad, tomo 1, pág. 307].
Vestimenta
La personalidad de una persona también se manifiesta a través de su vestimenta. El tamaño, el largo, el ancho, el color, la calidad, la limpieza y otras características semejantes de la ropa revelan qué clase de carácter y mentalidad posee quien la lleva. La información transmitida por los compañeros del Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Alá sean con él) sobre su vestimenta permite conocer en gran medida sus gustos y su mentalidad.
En realidad, el Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Alá sean con él) ofreció una explicación práctica del siguiente versículo acerca de la vestimenta:
﴿يَابَنِيآدَمَقَدْأَنزَلْنَاعَلَيْكُمْلِبَاسًايُوَارِيسَوْآتِكُمْوَرِيشًاۖوَلِبَاسُالتَّقْوَىٰذَٰلِكَخَيْرٌۚذَٰلِكَمِنْآيَاتِاللَّهِلَعَلَّهُمْيَذَّكَّرُونَ﴾
«¡Oh, hijos de Adán! Os hemos proporcionado ropa que cubre vuestras partes íntimas y que embellece vuestra apariencia. Pero la vestimenta de la piedad es la mejor». (Sura Al-A‘raf: 26)
Las demás características de la vestimenta se describen así en la sura An-Nahl:
سَرَابِيلَتَقِيكُمُالْحَرَّوَسَرَابِيلَتَقِيكُمبَأْسَكُمْ
«Él os ha proporcionado camisas y armaduras para protegeros del calor y manteneros a salvo en la guerra». (Sura An-Nahl)
Por tanto, la principal característica de la vestimenta del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) era que cubría la desnudez, producía belleza y era una vestimenta de taqwa, es decir, de temor de Allah y rectitud. En ella se atendían las necesidades, se garantizaba la obediencia a los principios morales y se reflejaba el gusto propio de una persona honorable. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) evitaba estrictamente la arrogancia, la ostentación, el lujo y el deseo de aparentar. Dijo:
«No soy más que un siervo de Allah y visto la ropa apropiada para los siervos». [Al-Mawahib al-Ladunniyya, vol. 1, p. 328]. Prohibió a los hombres vestir prendas de seda. En una ocasión se puso una túnica de seda que había recibido como regalo, pero se la quitó inmediatamente, con inquietud. Consideraba que llevar demasiado largas la túnica, la lungui y el turbante era una señal de arrogancia, y lo detestaba profundamente porque ese tipo de vestimenta era habitual entre las personas arrogantes. [Abu Dawud, An-Nasa’i, Ibn Mayah, At-Tirmidhi, Musnad Ahmad].
También prohibió imitar la vestimenta de otros pueblos, especialmente los tipos específicos de ropa de sus clases sacerdotales y religiosas. [Musnad Ahmad, Abu Dawud]. Impuso esta prohibición para que se conservaran la identidad y el sentido del honor de la comunidad, y para evitar que, al imitar la ropa y la moda, se comenzaran también a imitar el carácter y los ideales. Por ello introdujo un gusto completamente nuevo en cuanto a la indumentaria, la moda y las costumbres dentro del marco de la cultura islámica. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) prestaba especial atención a cómo preservar en la vestimenta la protección frente al clima, el recato, la sencillez, la limpieza y la dignidad. Si contemplamos la vestimenta del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en el contexto de las tendencias culturales contemporáneas, de las necesidades geográficas, culturales y climáticas de Arabia y de las costumbres habituales, quedará claro que aquella vestimenta era un símbolo de un gusto sumamente elevado. Veamos ahora cómo era la vestimenta del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). [Véanse Shama’il at-Tirmidhi, Zad al-Ma’ad y Al-Mawahib al-Ladunniyya].
Le gustaban mucho las túnicas. Sus mangas no eran ni demasiado ajustadas ni demasiado holgadas, sino de un tamaño intermedio. A veces llegaban hasta los codos y otras veces hasta las muñecas. La túnica que vestía durante los viajes, especialmente cuando viajaba para combatir, tenía una longitud y unas mangas relativamente más cortas. La parte de la túnica que cubría el pecho por delante la dejaba abierta cuando lo requería el clima, y también rezaba en ese estado. Al ponerse la túnica, introducía primero el brazo derecho y después el izquierdo. También enseñaba esto a sus compañeros. Dar prioridad a la mano derecha y utilizarla para las buenas acciones era una parte importante de la conducta que enseñó el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
Usó la lungui durante toda su vida. La llevaba ligeramente por debajo del ombligo y hasta un poco por encima de los tobillos. La parte delantera quedaba algo más baja.
Le gustaron los pantalones tipo pijama desde la primera vez que los vio. Sus compañeros también los usaban. En una ocasión compró unos personalmente. (Existe discrepancia sobre si llegó a ponérselos o no). Fueron hallados entre sus bienes dejados atrás. El relato de la compra de los pantalones es bastante interesante. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fue al mercado acompañado por Abu Huraira (que Allah esté complacido con él) y llegó a las tiendas de los vendedores de ropa. Compró los pantalones por cuatro dírhams. En el mercado había un pesador reconocido para pesar las mercancías. Le llevó los pantalones para que los pesara y le dijo: «Pésalos inclinando la balanza». (Es decir, pésalos de modo que el resultado sea superior al peso real). El pesador dijo: «Nunca he oído a nadie decir algo así». Abu Huraira (que Allah esté complacido con él) llamó su atención y le dijo: «¿Acaso no reconoces a tu Profeta?». Cuando el hombre se apresuró a besarle la mano, él se lo impidió y dijo: «Este es un método no islámico». En cualquier caso, hizo pesar los pantalones y se los llevó después de comprarlos. Abu Huraira, sorprendido, preguntó: «¿Acaso se pondrá usted esto?». Probablemente su sorpresa se debía, en primer lugar, a que le asombraba un cambio tan significativo respecto de una antigua costumbre. En segundo lugar, los pantalones eran una prenda persa, mientras que el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) evitaba todo lo extranjero. (Aunque aceptaba los buenos elementos de la cultura de otros pueblos). El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: «Sí, me los pondré. Los usaré en mi patria y en el extranjero, de día y de noche, en toda circunstancia, porque se me ha ordenado cubrir las partes íntimas, y no hay ninguna prenda que las cubra mejor que los pantalones». [Al-Mawahib al-Ladunniyya, vol. 1, pp. 336-337].
Le gustaba mucho llevar un turbante en la cabeza. El turbante no era ni demasiado grande ni demasiado pequeño. Según una narración, medía siete yardas de largo. Dejaba su extremo posterior con una extensión de un palmo. A veces, para protegerse de la intensidad del sol, extendía ampliamente el turbante y su extremo sobre la cabeza. Cuando lo requería el clima, a veces desenrollaba la última vuelta del turbante y se la envolvía alrededor del cuello. Cuando no tenía turbante, se ataba en la cabeza un pañuelo grande. [Según algunos, solo lo hacía cuando estaba enfermo, especialmente cuando le dolía la cabeza]. Por motivos de limpieza, para proteger el turbante de la grasa, usaba sobre el cabello y debajo del turbante una tela especial cuyo nombre árabe era «kanna». Incluso hoy muchas personas usan bajo el gorro un trozo de papel o de celuloide. Ese trozo ciertamente se impregnaba de grasa. Pero estaba tan atento a la limpieza que, según diversas narraciones, nadie vio jamás ese trozo sucio. Además del blanco, a veces llevaba turbantes amarillos (muy probablemente de color terroso o gris ceniza). Durante la conquista de La Meca también usó un turbante negro. Usaba y apreciaba asimismo un gorro de tela debajo del turbante. Según algunas narraciones, este uso del gorro junto con el turbante llegó a convertirse en un estilo particular de la cultura islámica, y el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) declaró que este estilo era una moda especial frente a los politeístas.
A veces usaba únicamente un gorro blanco, sin turbante. El gorro que usaba en casa quedaba ajustado a la cabeza. En cambio, el que llevaba durante los viajes era relativamente alto. También usaba un gorro puntiagudo hecho de tela de tejido tupido.
Llevaba un manto de cuatro yardas de largo y dos yardas y cuarto de ancho. A veces se lo envolvía alrededor del cuerpo; otras, sacaba uno de sus lados directamente por debajo de la axila y lo colocaba sobre el hombro opuesto. A veces también envolvía sus piernas con ese manto mientras estaba sentado, y otras lo doblaba y lo usaba como almohada bajo la cabeza. En ocasiones extendía el manto para recibir a los nobles que acudían a visitarlo. Le gustaba mucho el manto yemení llamado yabara, que llevaba rayas rojas o verdes. En una ocasión hicieron para el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) un manto negro, probablemente de lana. Al ponérselo, empezó a desprender un olor desagradable debido al sudor; por motivos de limpieza, no volvió a usarlo.
Por lo general se ponía la ropa nueva los viernes, alabando y agradeciendo a Allah. No guardaba juegos adicionales de ropa. Remendaba y reparaba sus prendas. Como precaución, de vez en cuando inspeccionaba la casa para comprobar si, debido a relacionarse con la gente común, había llegado algún piojo o chinche. (En las congregaciones de la oración y en las reuniones también acudían a veces personas descuidadas. Incluso el nivel general de esa falta de higiene solo pudo mejorarlo en cierta medida tras muchos años de esfuerzo continuo.)
Por un lado, la pobreza y la sencillez eran algunas de las características principales de su vida. Por otro, también era su responsabilidad combatir el ascetismo. Al ver en cierta ocasión a una persona acomodada llevar una vida excesivamente parecida a la de un pobre, dijo: «A Allah le gusta que se manifieste en la vida de Su siervo el efecto de las bendiciones que Él le ha concedido». [Tirmidhi y Nasai].
De acuerdo con este principio, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) también vestía a veces ropa de buena calidad. Adoptar una vía moderada y equilibrada era su principio, y quería proteger a su comunidad de los excesos y los extremos. En una ocasión llevó también una túnica romana de mangas estrechas. También vistió un conjunto llamativo con rayas rojas. A veces llevaba asimismo una túnica real taylasani persa. [Al-Mawahib al-Ladunniyya]. En una ocasión compró, por el precio de veintisiete camellas, un conjunto de ropa valiosa, se lo puso y rezó vestido con él. Esto constituía, en realidad, una explicación práctica de la aleya coránica: «Di: ¿Quién ha prohibido los adornos de Allah?». (Sura Al-A‘raf). Sin embargo, la regla general era que prefería más la ropa sencilla y sin ostentación.
En cuanto a la ropa, su color preferido era el blanco. Dijo: «La mejor ropa para vosotros al comparecer ante Allah es la ropa blanca». [Abu Dawud, Ibn Majah]. También dijo: «Vestid ropa blanca y amortajad con ropa blanca a vuestros muertos, pues es más pura y más apreciada». [Ahmad, Tirmidhi, Nasai, Ibn Majah].
Después del blanco, su color preferido era el verde. Sin embargo, le gustaba que tuviera rayas de un verde claro. Le disgustaba mucho la ropa de un rojo completamente puro. (No solo en la ropa, sino también en otros objetos, prohibió el color rojo en determinados casos. No obstante, vestía prendas con rayas de un rojo claro. Del mismo modo, también vistió ropa de un amarillo claro, de color terroso.)
El calzado del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) tenía, conforme a la costumbre árabe de la época, la forma de sandalias o zuecos. Tenía dos correas: una pasaba entre el dedo gordo del pie y el dedo contiguo, y la otra entre los dos dedos siguientes. No tenía pelo ni pelaje. Como el calzado de la gente común, medía aproximadamente un codo y dos dedos de largo. A veces se ponía los zapatos de pie y otras veces sentado. Al ponérselos, introducía primero el pie derecho y después el izquierdo; y al quitárselos, sacaba primero el izquierdo y después el derecho. Usaba calcetines de calidad corriente, mediana y excelente. El rey de Abisinia, Nayashi, le regaló unos calcetines negros. Se los puso y realizó sobre ellos el masah. Del mismo modo, Dihya al-Kalbi también le regaló unos calcetines, que llevó hasta que se rompieron.
Usaba un anillo de plata, que también tenía una placa de plata. A veces la placa era de piedra abisinia. Según algunos relatos, el anillo de hierro llevaba un revestimiento de plata. Por otra parte, es bien sabido que no le gustaban los anillos de hierro como joyas. Generalmente llevaba el anillo en la mano derecha, aunque en ocasiones también lo llevó en la izquierda. No lo llevaba en el dedo medio ni en el índice; prefería llevarlo en el dedo contiguo al medio. Colocaba la placa hacia la palma de la mano, no hacia arriba. En la placa estaba grabado: «Muhammad, Mensajero de Allah». Lo utilizaba para sellar sus cartas. Según los historiadores, este anillo se fabricó precisamente para usarlo como sello. Su necesidad era indispensable debido a su posición política.
Vestimenta y arreglo personal
El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) mantenía su cabello muy bien arreglado. Usaba abundante aceite. Se peinaba, se hacía la raya, recortaba el vello sobrante del labio y recortaba la barba con tijeras para mantenerla uniforme en longitud y anchura. También instruía a sus compañeros al respecto. Por ejemplo, reprendió severamente a un compañero al verlo con el cabello despeinado. Él mismo recortó el pelo sobrante de la barba de otro compañero y dijo: «Quien conserve cabello en la cabeza o barba debe mantenerlo arreglado». Le dijo a Qatada: «Mantén bien arreglada la barba». [Abu Dawud].
El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) insistió en este asunto porque muchas veces las personas dedicadas a la religión se vuelven negligentes respecto a la limpieza. En particular, los defensores del sufismo ascético suelen considerar la suciedad como un signo de elevada categoría. Él tomó medidas para eliminar esta confusión. Tanto cuando estaba de viaje como cuando se encontraba en casa, mantenía siempre cerca de sí y junto a la cama siete cosas: un frasco de aceite, un peine, un recipiente para kohl (kohl negro), unas tijeras, un miswak, un espejo y un trozo de madera ligera.
Al acostarse por la noche, se aplicaba kohl tres veces en cada ojo. Al final de la noche, después de satisfacer sus necesidades naturales, hacía la ablución, se cambiaba de ropa y se perfumaba. Le gustaba especialmente un perfume llamado rayhan. También apreciaba la fragancia de las flores de henna. Sus aromas preferidos eran, sobre todo, el almizcle y el sándalo.
En casa esparcía el humo de sustancias aromáticas. En un quemador de perfumes había fragancias de alta calidad, que utilizaba. (A veces, Aisha le aplicaba el perfume con sus propias manos). Es muy conocido que la calle por la que caminaba permanecía perfumada durante mucho tiempo. El propio aire anunciaba que por allí había pasado poco antes aquel mensajero de la primavera eterna. Si alguien le ofrecía una sustancia aromática como regalo, la aceptaba sin falta. Si alguien no aceptaba el perfume que él le ofrecía, se disgustaba. De acuerdo con la particular preferencia de la cultura islámica, para los hombres prefería un perfume cuyo color no fuera visible y cuyo aroma se difundiera en todas direcciones; para las mujeres prefería un perfume cuyo color pudiera verse y cuyo aroma no se propagara.
Manera de caminar
En el modo de caminar del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se reflejaban dignidad, autoestima, cortesía y sentido de la responsabilidad. Caminaba dando pasos firmes. No arrastraba los pies perezosamente. Al caminar, mantenía el cuerpo recogido. Avanzaba sin mirar a derecha ni a izquierda. Levantaba los pies con energía hacia delante. Mientras caminaba, inclinaba ligeramente el cuerpo hacia delante. Parecía que descendía desde un lugar elevado. Hind ibn Abi Hala dijo: «Al verlo caminar, parecía que la tierra se replegaba a su paso». Cuando caminaba deprisa, separaba más los pasos; normalmente, sin embargo, caminaba a un ritmo moderado. Pero, en palabras de Abu Huraira (que Allah esté complacido con él): «Nos resultaba difícil caminar a su lado». Su manera de caminar era la manifestación práctica de la orden de la sura Luqman: «No camines por la tierra con arrogancia».
La conversación
La conversación revela por completo la fe, el carácter y la dignidad de una persona. El tema de la conversación y la elección de las palabras, la estructura de las frases, las variaciones del tono, la manera de hablar y la fuerza de la exposición: todo ello muestra qué clase de personalidad posee quien habla.
La responsabilidad y la posición del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) eran de tal magnitud que, si esa pesada carga se hubiera impuesto a otra persona, esta habría quedado absorta en profundas preocupaciones y habría preferido vivir en soledad. Sin embargo, una de las características distintivas del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) era que, por una parte, soportaba una responsabilidad y una carga de preocupaciones tan enormes como una montaña, y pasaba su tiempo entre diversas inquietudes y angustias; por otra, se relacionaba profundamente con la gente y conversaba con ella día y noche. En su temperamento había seriedad, pero también bromas y humor. Poseía un equilibrio asombroso entre cualidades aparentemente opuestas. Un movimiento de alcance mundial, los problemas de todo un imperio, las numerosas complicaciones de una sociedad y una organización, y la responsabilidad de su propia gran familia constituían para él una carga tan grande como una montaña. Esa carga recaía sobre sus hombros. El imán Hasan, citando a su tío materno Hind ibn Abi Hala, dijo: «El Mensajero de Allah estaba siempre ocupado con diversas tareas. No dejaba de pensar en toda clase de problemas. Nunca podía permanecer ni un solo instante libre de preocupaciones. Guardaba silencio durante largos periodos. No hablaba sin necesidad». [Shama’il al-Tirmidhi, capítulo sobre la manera de hablar del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)].
Pero era un predicador, un invitador y el líder de un movimiento. Por ello, el contacto con la gente era indispensable para llevar a cabo actividades de predicación, enseñanza, reforma, rectificación y gestión política. Y el medio más importante de ese contacto era la palabra. Por eso, participar en toda clase de conversaciones también formaba parte de su costumbre. Zayd ibn Zabit dijo: «Cuando hablábamos de asuntos mundanos, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) también participaba. Cuando hablábamos de asuntos de la otra vida, él también hablaba sobre ellos. Cuando conversábamos sobre comida y bebida, también intervenía. Sin embargo, a pesar de todo ello, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) juró que de su boca no había salido nada salvo la verdad y lo justo. El Corán también atestiguó que él no decía nada inventado por sí mismo».
Al hablar, pronunciaba cada palabra lenta y claramente, de modo que el oyente podía memorizarla con facilidad; incluso era posible contar las palabras a medida que las pronunciaba. Umm Ma’bad, al elogiarlo, dijo: «Sus palabras eran como un collar de perlas». No hablaba más de lo necesario, ni menos; tampoco era excesivamente conciso ni alargaba demasiado sus palabras. Para enfatizar, explicar y facilitar la memorización, repetía tres veces ciertas expresiones y palabras importantes. En algunos asuntos, cuando no consideraba apropiado expresarse abiertamente, hablaba mediante alusiones e insinuaciones. Detestaba las conversaciones indecorosas, obscenas y desvergonzadas. Por lo general, acompañaba sus palabras con una sonrisa. Abdullah ibn Hariz dijo: «Nunca vi a nadie sonreír más que al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)». Esa sonrisa impedía que su seriedad se transformara en dureza y aumentaba su atractivo ante sus compañeros. Mientras hablaba, miraba repetidamente hacia el cielo. Durante sus discursos, para dar importancia a algún asunto, de repente se incorporaba desde una posición reclinada y se sentaba erguido, y repetía varias veces determinadas frases. Cuando quería advertir a sus oyentes sobre algo, golpeaba el suelo con la mano mientras hablaba. También se ayudaba con gestos de las manos y los dedos para explicar algo. Por ejemplo, para mostrar la unión de dos cosas, juntaba los dedos índice y medio. A veces entrelazaba los dedos de ambas manos para expresar firmeza y unidad. Cuando señalaba un objeto o una dirección, movía toda la mano. En ocasiones, mientras estaba sentado reclinado y hablaba de un asunto importante, colocaba la mano derecha sobre el dorso de la izquierda y entrelazaba los dedos. Para expresar asombro, a veces volvía las palmas de las manos hacia arriba. En ocasiones golpeaba con la palma de la mano derecha la parte media del pulgar de la mano izquierda. A veces movía la cabeza y se apretaba los labios con los dientes. Otras veces se golpeaba el muslo con la mano.
Este distinguido hombre, perteneciente a una refinada y honorable familia de la tribu quraysh de La Meca, creció en el entorno de la tribu Banū Saʿd y no solo dominó la lengua más pura de Arabia, sino que, además, la elocuencia del lenguaje de la Revelación refinó aún más la dulzura de su conversación. En verdad, era el hombre más elocuente de Arabia. El nivel literario del lenguaje del Mensajero (s. a. s.) era elevado y excelente, pero al mismo tiempo era comprensible y sencillo. Aunque utilizaba un lenguaje fácil de entender, jamás empleaba palabras vulgares u obscenas, ni le agradaba ningún tipo de lenguaje artificial. En realidad, el Mensajero (s. a. s.) había creado un lenguaje propio para las necesidades de su misión y de su objetivo, y también había desarrollado un estilo de expresión particular. Al explicar una de las afirmaciones del Mensajero (s. a. s.), «La guerra es una estrategia», Thaʿlab dijo que se trataba del lenguaje especial del Mensajero (s. a. s.). Creó numerosos términos, así como muchas expresiones idiomáticas, metáforas y ejemplos nuevos. Introdujo un nuevo método de discurso y abandonó muchas palabras y métodos habituales. En cierta ocasión, varios hombres de la tribu Banū Nahd se presentaron y conversaron largo rato con él. Durante la conversación, los visitantes le dijeron con gran asombro: «Oh, Mensajero de Allah, tú y nosotros somos hijos de los mismos padres y hemos sido criados en el mismo lugar. Sin embargo, hablas un árabe cuyo significado la mayoría de nosotros no puede comprender. ¿Cuál es el secreto?». Él respondió: «Allah mismo me enseñó la lengua y la literatura, y por eso me enseñó la mejor forma de hablar. Además, fui criado en la tribu Banū Saʿd. Ese es el secreto». En cierta ocasión, estaba hablando con un visitante, mientras el noble Abū Bakr lo escuchaba con profunda atención. Le preguntó: «¿Qué te dijo este hombre y qué le respondiste?». El Mensajero (s. a. s.) se lo explicó. Entonces el noble Abū Bakr comenzó a decir: «He recorrido todos los rincones de Arabia y he escuchado las expresiones puras y fluidas de los mejores oradores árabes. Pero jamás he oído de boca de nadie palabras más dulces que las tuyas». También en esta ocasión el Mensajero (s. a. s.) repitió lo mismo: Allah me enseñó la lengua y fui criado en la tribu Banū Saʿd. De manera semejante, en cierta ocasión el noble ʿUmar dijo: «Oh, Mensajero, nunca has estado alejado de nosotros; aun así, ¿cómo es que hablas una lengua más bella y pura que todos nosotros?». Él respondió: «Mi lengua es la lengua de Ismāʿīl. La aprendí especialmente. Yibrīl me la trajo y la arraigó en mi corazón». Es decir, la lengua del Mensajero (s. a. s.) no era el árabe común, sino una lengua profética especial, semejante a la lengua del noble Ismāʿīl. Y la lengua en la que Yibrīl descendía el Corán era también esa misma lengua profética.
Aquí conviene recordar que, cuando las grandes personalidades históricas, especialmente los profetas —quienes llegan con una misión y un objetivo determinados, se enfrentan y entran en conflicto con su entorno, y en cuyo interior siempre prevalece el fervor por la verdad y la justicia— hablan, la grandeza de su propósito y de su objetivo se refleja en sus palabras con profunda significación; su sinceridad y devoción elevan su valor literario, y su excelencia moral las hace más puras.
Una de las características más destacadas del Mensajero (s. a. s.) era que había sido agraciado con el «Jawāmiʿ al-kāmil». Él mismo dijo: [Muslim: Abū Hurayra (r. a.)] («Se me ha concedido el “Jawāmiʿ al-kalim”»). A las frases más breves del Mensajero (s. a. s.), que contienen amplios significados, se las denomina «Jawāmiʿ al-kalim». Nadie podía igualarlo en expresar los significados más amplios con las palabras más breves, y él consideraba esto un don especial de Allah.
A continuación se ofrecen algunos ejemplos de sus Jawāmiʿ al-kalim:
1. (*******) La persona estará el Día del Juicio junto a quien ama.
2. (*******) Hazte musulmán y podrás vivir en paz. [Parte de la carta de invitación enviada al emperador romano Heraclio.]
3. (******) Las obras serán juzgadas según las intenciones.
4. (******) Quien realiza una obra solo obtiene de ella el resultado conforme a su propia intención.
৫। (******) El niño pertenece al lecho en el que nació. Y para el adúltero, la lapidación.
৬। (******) La guerra es una estrategia.
৭। (******) Ver y oír no son lo mismo.
৮। (******) La confianza es esencial para una reunión.
৯। (******) Abstenerse de hacer el mal también es una buena obra.
১০। (******) Quien sirve al pueblo es su líder.
১১। (******) Se siente envidia de toda persona afortunada.
১২। (******) Decir buenas palabras también cuenta como una buena obra.
13. (******) Quien no muestra misericordia no recibe misericordia.
Generalmente, los dichos del Mensajero (P.) se reconocen por su lenguaje, estilo y contenido. En las obras sobre los hadices y la vida del Profeta, sus dichos resplandecen como perlas. La escasez de palabras, la maravillosa armonía entre ellas, la profundidad del significado y la sinceridad capaz de producir un efecto en el corazón son características notables de las palabras del Mensajero (P.). A continuación mencionaré, como ejemplo, uno o dos dichos dotados de todas estas características:
Os aconsejo que temáis siempre a Allah. Exhorto firmemente a escuchar y obedecer las órdenes del dirigente para la organización colectiva, aunque dicho dirigente sea un esclavo negro. Pues quienes de vosotros vivan después de mí se verán envueltos en numerosas discrepancias. En tal situación, vuestro deber es seguir mi camino y el de mis califas rectamente guiados, aferraros firmemente a él y sujetarlo con los molares. ¡Cuidado! Absteneos de introducir nuevas normas en el islam. Pues toda norma nueva es una innovación, y toda innovación es extravío. 24 [24. Mishkat: capítulo sobre aferrarse al Libro y a la Sunna].
Amr ibn Abasa (que Allah esté complacido con él) planteó algunas preguntas al Mensajero (P.), y él dio respuestas muy breves y concisas. ¡Prestad atención a este breve diálogo!
—¿Quiénes estuvieron contigo al principio en esta labor (la predicación y el movimiento islámicos)?
—Un hombre libre (Hazrat Abu Bakr) y un esclavo (Hazrat Zayd).
—¿Qué es el islam?
—Decir buenas palabras y alimentar a los hambrientos.
– ¿Qué es la fe?
– La paciencia y la generosidad.
– ¿De quién es el Islam más excelente?
– Aquel de cuya lengua y manos las personas están a salvo de excesos (es decir, de malas acciones y malas palabras).
– ¿De quién es la fe más excelente?
– De aquel cuyo carácter es bueno.
– ¿Qué tipo de oración es la más excelente?
– Aquella en la que se permanece de pie durante mucho tiempo, con humildad.
– ¿Qué tipo de hégira es la mejor?
– Abandonar para siempre las cosas que desagradan a tu Señor.
– ¿Cuál es la mejor yihad?
– La yihad de aquel cuyo caballo muere en el campo de batalla y que él mismo alcanza el martirio.
– ¿Cuál es el mejor momento (para la adoración)?
– La última vigilia de la noche. [Mishkat, Libro de la fe.]
Una vez le preguntaron qué cosas hacen principalmente inevitable para las personas el Infierno. Él respondió: «La boca y las partes íntimas». [Tirmidhi, narrado por Abu Huraira.] Por la boca se entienden las palabras y la comida. Y por las partes íntimas se entiende la actividad sexual ilícita. Es decir, las malas palabras, el sustento ilícito y la desviación sexual son los mayores medios de destrucción de las personas en el Más Allá. La mayoría de las injusticias, opresiones, disputas y conflictos también nacen de ellos.
Una vez, Hazrat Alí le pidió que explicara sus principios. En respuesta, con un lenguaje sumamente conciso y a la vez tan ornamentado, presentó un retrato tan amplio de su pensamiento, carácter y espiritualidad que constituye un prodigio en la historia del lenguaje humano. Él dijo:
«El conocimiento de Allah es mi capital; la inteligencia, el fundamento de mi religión; el amor, mi base. El anhelo es mi montura; el recuerdo de Allah, mi amigo; la confianza y la fe, mis compañeros; el conocimiento, mi miembro; la paciencia, mi vestimenta; la complacencia de Allah, una gracia inmensa para mí; la humildad, mi honor; el zuhd, es decir, el desapego de los bienes mundanos, mi profesión; la convicción, mi fuerza (según otra pronunciación, mi alimento); la veracidad, mi intercesora. La obediencia es mi protección; la yihad, mi carácter; y la oración, el frescor de mis ojos». [Qadi Iyad: Ash-Shifa.]
En las palabras del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se encuentran muchos ejemplos y parábolas extraordinarios. Con ellos explicaba grandes conceptos a los beduinos. Aquí presentamos uno de ellos:
«El ejemplo del conocimiento y la guía que Allah me ha concedido es como el de una lluvia torrencial que cayó sobre la tierra. La parte más fértil de la tierra absorbió abundantemente el agua; así, las plantas marchitas reverdecieron y surgieron nuevos árboles y vegetación. También había partes duras del suelo que conservaron el agua en su interior, y Allah puso en ellas muchos beneficios para la gente. Él hizo que se irrigaran con esa agua. Después, hizo que esa agua cayera sobre otro terreno cubierto de piedras. Ese suelo no retuvo el agua ni la absorbió en su interior, y tampoco mostró señales de fertilidad. El primer caso es como el de quienes adquieren conocimiento del islam y se benefician de las enseñanzas que Allah me ha encomendado. Ellos mismos adquieren conocimiento del islam y se lo enseñan a otros. El segundo caso es como el de quienes no aceptaron mi invitación ni la guía que Allah envió por medio de mí».
Si hubiera que ponerle un título al modo de hablar del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, podría hacerse con esta frase del Corán: «Invita a la gente con un lenguaje atractivo». En su cautivadora manera de expresarse había sencillez; se mantenía muy alejado de toda artificiosidad. Él decía:
«Los que estarán más alejados de mí el Día de la Resurrección serán aquellos de vosotros que hablan con exageración, hablan demasiado y muestran arrogancia en sus palabras».
Además, detestaba profundamente la palabrería y las conversaciones obscenas. Su reunión siempre estaba llena de alegría y su rostro era el más sonriente, aunque casi siempre se hallaba rodeado de pesadas responsabilidades y adversidades.
Discursos
El discurso es una parte importante de la conversación. El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, había traído para la humanidad un mensaje inmenso y valioso, por lo que los discursos eran indispensables. Los árabes eran de por sí excelentes oradores, y los qurayshíes, en particular, poseían una extraordinaria capacidad oratoria. El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se elevaba muy por encima del ambiente oratorio de los árabes y los qurayshíes. Cuando, por el deber propio de un líder, necesitaba pronunciar un discurso, lo hacía sin demora y con palabras adecuadas a la ocasión. Entonces su lengua se volvía activa, a veces como la suave brisa del amanecer, a veces como una corriente impetuosa y a veces como una espada afilada.
Sin embargo, se abstenía de pronunciar discursos y sermones con demasiada frecuencia. Pronunciaba discursos equilibrados, según las necesidades de la sociedad y su entorno general. Cuando predicaba en la mezquita, permanecía de pie apoyándose en su bastón; y cuando hablaba en el campo de batalla, permanecía de pie inclinado sobre un cañón. A veces pronunciaba discursos sentado sobre el lomo de una bestia de carga. Mientras hablaba, inclinaba ligeramente el cuerpo hacia la derecha y hacia la izquierda. Movía las manos según fuera necesario. Durante sus discursos, a veces juraba diciendo: «Por Aquel en cuya mano está mi vida, o por Aquel en cuya mano está la vida de Muhammad». La emoción de su corazón se reflejaba por igual en su voz y en su rostro, y también producía un efecto en los oyentes. Los discursos de este gran hombre conmovían intensamente el corazón de la gente. Aquí presentaré solamente dos ejemplos. Después de las batallas de Hunayn y Taif, mientras distribuía el botín, el Mensajero (la paz sea con él), conforme a las claras disposiciones del Corán, dio partes bastante grandes a los jefes recién convertidos al islam de La Meca, para ablandar aún más sus corazones y vincularlos más estrechamente al Estado islámico mediante los lazos de la generosidad. Algunos de los ansar reaccionaron con gran indignación. Dijeron:
«El Mensajero (la paz sea con él) dio muchas recompensas a los qurayshíes, pero nos dejó privados de ellas, aunque de nuestras espadas todavía gotea la sangre». Otros dijeron:
«En las desgracias se acuerdan de nosotros, pero el botín lo reciben otros».
Estas palabras llegaron también a oídos del Mensajero (la paz sea con él). Entonces se levantó allí una tienda de cuero y se reunió a los ansar. El Mensajero (la paz sea con él) les preguntó: «¿Habéis dicho todas esas cosas?». Le respondieron: «Lo que has oído es cierto. Sin embargo, no fueron nuestros dirigentes quienes dijeron esas cosas; las dijeron algunos jóvenes». Tras investigar todo el incidente, el Mensajero (la paz sea con él) pronunció el siguiente discurso:
«¿Acaso no es cierto que al principio estabais extraviados y que luego Allah os guio por medio de mí? ¿No estabais divididos, y Allah os unió por medio de mí? ¿No erais pobres, y Allah os hizo prósperos por medio de mí? (A cada pregunta, los ansar respondían: “Sin duda, Allah y Su Mensajero nos han concedido muchos favores”)
«No; también podríais haber respondido diciendo: “Oh, Muhammad, cuando todos te rechazaron, nosotros creímos en ti. Cuando la gente te expulsó, nosotros te dimos refugio. Cuando llegaste sin apoyo, nosotros te ayudamos”. Si respondierais con estas palabras, ciertamente diría que decís la verdad. Pero, ¡oh, ansar!, ¿acaso no os complace que todos los demás se marchen con camellos, cabras y demás, mientras vosotros regresáis a vuestras casas llevando con vosotros a Muhammad (la paz sea con él)?» (Bujari)
Observad los altibajos de sus palabras, la fuerza de un discurso afilado por una emoción delicada y la claridad de su expresión; luego reflexionad sobre cómo el orador suscitó en sus oyentes la inspiración que deseaba. Los ansar exclamaron espontáneamente: «Solo queremos a Muhammad; no queremos nada más».
Además del discurso pronunciado desde el monte Safa al comienzo de la predicación, habló varias veces ante los qurayshíes. Es digno de atención un fragmento de uno de los discursos de aquel período:
«El guía de una caravana nunca proporciona información falsa a la caravana. ¡Por Allah!, aunque estuviera dispuesto a mentirle a todos los demás, no os mentiría a vosotros. Aunque engañara a todos los demás, no os engañaría a vosotros. Juro por Allah, aparte de Quien nadie es digno de adoración, que soy el Mensajero de Allah para vosotros en particular y para toda la humanidad en general. ¡Por Allah!, así como dormís y despertáis del sueño, vuestra muerte y vuestra resurrección después de la muerte son igualmente inevitables. Sin duda, se os pedirá cuentas por vuestras obras y tendréis que recibir la buena recompensa por las buenas acciones y las malas consecuencias por las malas acciones. Después, o será el Paraíso para siempre, o el Infierno para siempre.»
¡Qué estilo de exposición tan sencillo y fluido, y qué apelación tan razonada y emotiva! La buena voluntad del que hacía el llamamiento se desprende de cada palabra. Cada frase está llena de fe y convicción. Este breve discurso también contiene ejemplos. En él están plenamente incluidos los fundamentos del llamamiento al tawhid, la risalah y el Más Allá.
El Mensajero de Allah pronunció otros dos discursos históricos. Uno después de la conquista de La Meca y el otro durante la Peregrinación de Despedida. Ambos discursos tienen un carácter enteramente revolucionario, y en ellos se perciben los ecos de la fe, la moralidad y el poder. El discurso de la Peregrinación de Despedida fue, en cierto sentido, una proclamación del inicio de una nueva era.
Relaciones sociales generales
Por lo general, quienes realizan grandes obras no tienen tiempo para comunicarse con personas de todos los estratos ni pueden prestar atención a todos los aspectos. Muchos individuos de alto rango desarrollan afición por la soledad y un carácter áspero. Algunos se entregan a la arrogancia y crean para sí mismos un mundo aparte. Pero el Mensajero (s.a.s.) era una excepción en este sentido. A pesar de ocupar el puesto más honorable y de haber realizado hazañas que cambiaron el curso de la historia, mantenía un contacto permanente con personas de todos los estratos. Conservaba relaciones personales con los miembros de la sociedad. En él no había ni rastro de aislamiento de la gente, arrogancia o rudeza. En realidad, el sistema fraternal que había establecido exigía necesariamente que las personas estuvieran unidas entre sí por profundos vínculos mutuos, que se beneficiaran unas a otras y que conocieran los derechos de los demás. Esto es completamente opuesto al tipo de civilización y cultura que está surgiendo en el mundo occidental actual. En esta cultura, nadie mantiene relación alguna con los demás. Esta falta de vínculos se ha convertido ahora en un instrumento destructivo para la humanidad. Por ello, hoy se ha vuelto necesario transformar este entorno bajo el liderazgo de Muhammad (s.a.s.). Observemos al Mensajero (s.a.s.) en el contexto de las relaciones sociales ordinarias.
Su costumbre era saludar primero a toda persona con la que se encontrara por el camino. Si tenía que comunicarle una noticia a alguien, nunca olvidaba enviarle también un saludo. Cuando alguien le transmitía el saludo de otra persona, saludaba por separado tanto a quien lo había enviado como a quien lo había llevado. En una ocasión, al pasar junto a un grupo de niños, los saludó. Cuando visitaba a las mujeres, también las saludaba. Al entrar en casa y al salir de ella, saludaba a sus familiares. También estrechaba la mano de sus amigos y los abrazaba. Después de estrechar la mano, no retiraba la suya hasta que la otra persona retiraba la propia.
Cuando acudía a una reunión, no le agradaba que los compañeros se pusieran de pie en su honor. Se sentaba en un extremo de la reunión. No entraba abriéndose paso entre los presentes. Decía: «Me siento y me levanto del mismo modo que lo hace un siervo común de Allah». Narrado por la honorable Aisha.
No se sentaba extendiendo las rodillas por delante de sus compañeros. Cuando alguien acudía a él, extendía su propia capa para que se sentara sobre ella. No se levantaba ni abandonaba la reunión hasta que el visitante se levantaba por sí mismo.
Nunca planteaba en una reunión asuntos irrelevantes para debatirlos; más bien participaba en el tema que se estaba tratando. La reunión se celebraba después de la oración del alba y conversaba mucho con sus honorables Compañeros. Si surgía alguna historia de la época de la ignorancia, solían reírse bastante con ella. [Narrado por Yabir ibn Samura, que Dios esté complacido con él.] Los Compañeros también recitaban poesía. Cuando en los rostros de los asistentes aparecían señales de fastidio y aburrimiento por algún tema, cambiaba de asunto. Prestaba atención a cada persona de la reunión, para que nadie sintiera que prefería a otro sobre él. Si alguien planteaba una pregunta irrelevante en medio de la conversación, continuaba el debate sin prestarle atención y, al terminar, se ocupaba de esa persona. No apartaba el rostro de su interlocutor hasta que este lo apartaba por sí mismo. Si alguien le hablaba al oído, mantenía la cabeza inclinada hacia él continuamente hasta que terminaba de hablar y apartaba el rostro. No interrumpía a nadie mientras hablaba, salvo que dijera algo manifiestamente injusto. En tal caso, o le señalaba su error, o aparecían signos de descontento en su rostro, o se levantaba y se marchaba. No le gustaba tratar de pie ningún asunto importante. Evitaba los temas desagradables; de lo contrario, su forma habitual de objetar consistía en no mencionar directamente el asunto ni nombrar a la persona, sino insinuarlo de manera general o aconsejar socialmente. Cuando se creaba una situación sumamente embarazosa —lo cual solo ocurría en asuntos islámicos—, adoptaba varios métodos para advertir a sus amigos. Si la persona involucrada acudía a él, no respondía a su saludo o no le prestaba atención. Sin embargo, incluso si llegaba una persona indeseable, la recibía sonriente. Una vez acudió a él un hombre a quien consideraba el peor de su tribu, pero conversó amablemente con él. Cuando Aisha expresó su asombro al verlo, dijo: «Por Dios, el peor de los hombres ante Dios el Día del Juicio será aquel cuya mala conducta hace que la gente deje de relacionarse con él por temor a su maltrato». [Al-Mawahib al-Ladunniyya, pág. 291]
Cuando iba a visitar a alguien, se situaba a la derecha o a la izquierda de la puerta, anunciaba su presencia y pronunciaba el saludo tres veces para pedir permiso para entrar. Si no recibía respuesta al saludo, se marchaba sin molestarse en absoluto. Cuando visitaba a alguien por la noche, saludaba con una voz que pudiera oír quien estuviera despierto, pero que no perturbara el sueño de quien estuviera dormido.
Si alguien le quitaba polvo o paja del cuerpo o de la ropa, le mostraba su gratitud y decía: «Que Dios aparte de ti cualquier cosa desagradable». Aceptaba los regalos y recordaba corresponderlos con otro regalo. Si alguien sufría algún daño causado por él involuntariamente, le concedía el derecho a tomar represalias y, en ocasiones, le ofrecía un regalo a cambio. Si alguien se presentaba ante él con ropa nueva, decía: «¡Qué hermosa, qué hermosa! Úsala todo el tiempo que puedas y úsala hasta que se desgaste». No respondía al maltrato con otro maltrato, sino que perdonaba. Cuando perdonaba las faltas de otros, a modo de señal enviaba su propio turbante para hacérselo saber. Siempre respondía «Labbaik» cuando alguien lo llamaba, ya fuera un miembro de su familia o uno de sus Compañeros.
Visitaba a los enfermos con gran dedicación. Se sentaba junto a su cabecera y preguntaba: «¿Cómo te encuentras?». Ponía la mano sobre la frente y las sienes del enfermo. A veces le acariciaba con afecto el pecho, el abdomen y el rostro. Preguntaba qué había comido el enfermo. Si este manifestaba interés por algo, se lo llevaba, siempre que no fuera perjudicial. Para consolarlo, decía: «No hay motivo para preocuparse; si Dios quiere, pronto te recuperarás». Suplicaba a Dios por su curación. Rogó tres veces por Saad. También visitaba a sus tíos politeístas cuando enfermaban. Incluso visitó a un niño judío enfermo. (Posteriormente, el niño abrazó la fe.) No tenía establecido ningún día ni hora para esta actividad. Siempre que recibía la noticia y disponía de tiempo, iba a visitarlo.
Una vez Yabir enfermó. El Mensajero de Dios, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, acompañado por Abu Bakr, recorrió a pie una larga distancia. (La población de Medina estaba dispersa.) Yabir se encontraba inconsciente. Al verlo, realizó la ablución, roció agua sobre él y suplicó a Dios. El estado del enfermo comenzó a mejorar, hasta el punto de que Yabir pudo hablar y preguntó acerca de las normas relativas a sus bienes.
Era tan compasivo con la humanidad que incluso fue a visitar a Abdullah ibn Ubayy, el líder de los hipócritas, cuando enfermó.
Cuando alguien moría, acudía al lugar. Si recibía la noticia de que alguien estaba agonizando o era llamado, iba y le aconsejaba acerca del monoteísmo y de dirigir su atención hacia Dios. Daba el pésame a los familiares del difunto, les aconsejaba tener paciencia y les prohibía llorar a gritos. Insistía en que se lo amortajara con una tela blanca y ordenaba completar pronto el amortajamiento y el entierro. Acompañaba el cadáver cuando lo llevaban para enterrarlo. Él mismo dirigía la oración fúnebre de los musulmanes y suplicaba por el perdón de sus pecados. Si veía pasar un cadáver, se levantaba de inmediato, aunque fuera el cadáver de un no musulmán. (En algunas narraciones se afirma que el Mensajero de Dios, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, permanecía sentado. Otros dicen que la práctica de levantarse había sido abrogada. [Zad al-Ma’ad, pág. 145].) Aconsejaba a los vecinos que enviaran comida a la familia del difunto. (Hoy sucede lo contrario: en la casa del difunto se organizan banquetes para los demás.) Detestaba que las reuniones formales de duelo se prolongaran durante varios días.
Cuando alguien regresaba de un viaje y quería visitarlo, lo abrazaba y, a veces, le besaba la frente. Cuando iba a despedir a alguien que partía de viaje, le pedía: «Acuérdate de nosotros cuando hagas tus súplicas».
Por el exceso de afecto y cariño, con algunas personas llegaba a mostrarse tan cercano y familiar que las llamaba por formas abreviadas de sus nombres. Por ejemplo, llamaba abreviadamente a Abu Hurayra «Abu Hur» y, en ocasiones, a Aisha «Aish».
El Mensajero (s. a. s.) tenía una relación sumamente afectuosa con los niños. En cuanto veía a un niño, le acariciaba la cabeza, lo mimaba y hacía una súplica por él; y si encontraba a un niño muy pequeño, lo tomaba en brazos. Para entretener a los niños, decía cosas sorprendentes. Por ejemplo, decía: «Los lagartos, hermano, por la noche golpean con los dientes los ojos de los mosquitos». Una vez, mientras besaba a un niño inocente, dijo: «Los niños son las flores del jardín de Allah». Ponía nombres a los niños. A veces los hacía colocarse en fila y organizaba carreras con premios, diciendo: «Veamos quién puede tocarme primero». Los niños corrían hacia él; unos se arrojaban sobre su abdomen y otros sobre su pecho. Bromeaba y reía con los niños. Por ejemplo, a veces decía cariñosamente a Anas: «¡Oh, el de las dos orejas!». Cuando murió el pajarito que Abu Umayr, hermano de Anas, tenía como mascota, este se sentó entristecido. El Mensajero (s. a. s.) fue a su casa y lo llamó: «¡Oh, Abu Umayr! ¿Dónde está tu Nughayr (pajarito)?». En otra ocasión, la madre de un niño llamado Abdullah ibn Bashir envió uvas al Mensajero (s. a. s.) por medio de él. Abdullah se comió todas las uvas por el camino. Cuando después se supo lo ocurrido, el Mensajero (s. a. s.) le tomó cariñosamente de la oreja a Abdullah y le dijo: «ياغدرياغدر«¡Oh, embustero, oh, embustero!». Al regresar de un viaje, si veía por el camino a algún niño, lo hacía subir detrás de él en su montura. Si el niño era pequeño, lo sentaba delante; y si era mayor, detrás. Cuando llegaban los primeros frutos de la temporada, hacía que algún niño fuera el primero en comerlos, acompañándolos con una súplica de bendición. Consideraba que aquel niño llegaría a ser en el futuro un líder del movimiento islámico.
Mostraba un gran respeto por los ancianos. Durante la conquista de La Meca, cuando Abu Bakr as-Siddiq (r. a.) llevó ante el Mensajero (s. a. s.) a su anciano padre ciego para que abrazara el islam, él le dijo: «¿Por qué le has causado molestias? Yo mismo habría ido a verlo».
Mostraba una generosidad tan extrema que, cuando una mujer de Medina, algo trastornada, se acercó y dijo: «Tengo algunas cosas que decirle en privado», él respondió: «De acuerdo, ven; espérame en tal calle y yo iré». Luego fue allí, escuchó sus quejas y necesidades y también las resolvió. [Al-Mawahib al-Ladunniyya, tomo primero, p. 295.] Adi ibn Hatim también presenció un hecho de este tipo y consideró la generosidad del Mensajero (s. a. s.) una señal de su profecía.
Anas (r. a.) trazó un retrato magnífico de cuán afable era el Mensajero (s. a. s.) y de cuán dulce carácter mostraba en sus relaciones con los demás. Dijo:
«Estuve al servicio del Mensajero (s. a. s.) durante diez años. Nunca manifestó la más mínima molestia ni enojo. Hiciera yo cualquier tarea de la manera que fuera, nunca me dijo: “¿Por qué lo hiciste así?”. Y si no la hacía, nunca me dijo: “¿Por qué no hiciste esto?”. Trataba del mismo modo a sus sirvientes, hombres y mujeres. Nunca golpeó a nadie».
Aisha (r. a.) dijo: «Nunca golpeó a ninguna de sus esposas ni a sus sirvientes, hombres o mujeres. Tampoco tomó jamás venganza personal de nadie. Sin embargo, si tomaba alguna medida al combatir en la senda de Allah o al aplicar el castigo establecido para un delito conforme a la ley de Allah, eso era un asunto completamente distinto».
Vida privada
Por lo general, se llama líderes a quienes visten una capa artificial en la vida colectiva, pero se la quitan en cuanto entran en su vida privada. En público hacen alarde de gran nobleza y generosidad, pero al llegar al ámbito doméstico descienden al nivel más bajo de la ruindad. En la sociedad muestran la máxima sencillez y humildad, pero apenas regresan a casa se entregan al lujo y a las comodidades. Pareciera que cuanto mayor es la diferencia y la distancia entre la vida colectiva y la privada de una persona, mayor es su dignidad. Sin embargo, la vida privada y colectiva del Mensajero (s. a. s.) era exactamente igual.
Una persona preguntó a Aisha (que Dios esté complacido con ella): «¿Qué hacía el Mensajero (s. a. s.) en su vida doméstica?». Ella respondió: «El Mensajero (s. a. s.) era como la gente común. Él mismo cuidaba de su ropa —es decir, vigilaba que no la dañaran los insectos—. Él mismo ordeñaba la leche de las cabras y realizaba sus propias tareas. Cuando había que remendar una prenda, la remendaba él mismo; reparaba sus zapatos. Cargaba bultos y alimentaba a los animales. Si tenía algún sirviente, participaba en su trabajo; por ejemplo, molía harina con él. A veces trabajaba solo y nunca sentía vergüenza de ir al mercado. Él mismo compraba y traía las provisiones. Por lo general, llevaba las cosas necesarias envueltas en un solo paño». Algunas personas preguntaron cómo se comportaba el Mensajero (s. a. s.) en la vida doméstica. Aisha respondió: «Su carácter era sumamente humilde y su trato, alegre y sonriente». Su extrema humildad se comprende por el hecho de que «nunca reprendió siquiera a un sirviente». [Al-Mawahib al-Ladunniyya, tomo I, pág. 293]. En el trato afectuoso con su familia, nadie podía compararse con el Mensajero de Dios (s. a. s.). (Sahih Muslim).
En cierta ocasión, respondiendo a una pregunta de Husayn, Ali (que Dios esté complacido con él) dijo: «Cuando el Mensajero (s. a. s.) estaba en casa, dividía su tiempo entre tres tipos de actividades. Dedicaba una parte a la adoración de Dios, otra a su familia y otra al descanso. De cada uno de esos tres períodos reservaba una parte para quienes acudían a visitarlo. Además de las reuniones generales de la mezquita, si algún amigo quería reunirse con él en privado, si llegaba un invitado o si alguien acudía a exponer una necesidad o una queja, les concedía parte de su tiempo de descanso». Así se ve que le quedaba muy poco tiempo para descansar. [Shama’il al-Tirmidhi, capítulo sobre la humildad y sencillez del Mensajero (s. a. s.)].
También era él quien debía procurar el sustento y satisfacer las diversas necesidades de sus esposas. Además, sobre sus hombros recaía la responsabilidad de organizar su educación y formación. Después, por medio de ellas se mantenía la labor de orientar y corregir a las mujeres. Las mujeres acudían con sus distintos problemas y buscaban su solución por medio de las Madres de los Creyentes. Aun así, no permitía que el ambiente del hogar fuera, por un lado, apagado y monótono, ni que, por otro, se volviera artificial. Su hogar era como el de cualquier ser humano, y en él había fluctuaciones naturales de los sentimientos. Allí se derramaban lágrimas y también brillaban sonrisas. Incluso, a veces surgía cierta tensión causada por los celos. Así como había preocupación e inquietud, también llegaban momentos de alegría. Cuando el Mensajero (s. a. s.) llegaba a casa, lo hacía como la fresca brisa del amanecer, y una extraordinaria oleada de serenidad y alegría recorría el hogar. Conversaban. A veces también se contaban historias. Había asimismo bromas y chanzas divertidas. Aisha (que Dios esté complacido con ella) narró un episodio: «En cierta ocasión preparé khamira (un tipo de alimento elaborado con harina y carne picada). Sawda (que Dios esté complacido con ella) también estaba allí. El Mensajero (s. a. s.) estaba sentado entre nosotras dos, en un ambiente de sincera cordialidad. Le dije a Sawda: “Come”. Ella se negó. Volví a insistir, pero siguió diciendo: “No comeré”. Insistí aún más: “Tienes que comer”. Esta vez tampoco aceptó. Le dije: “Si no comes, te untaré esa khamira en la cara”. Sawda mantuvo su negativa. Entonces introduje de verdad la mano en la khamira, tomé un puñado y se lo unté en la cara. El Mensajero (s. a. s.) se rio mucho al verlo. Le dijo a Sawda: “Tú también úntasela en la cara de Aisha, para que queden iguales”. Sawda se la untó inmediatamente en la cara de Aisha. Entonces el Mensajero (s. a. s.) volvió a reírse». [Al-Mawahib al-Ladunniyya, tomo I, págs. 296-297].
En cierta ocasión, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) llegó y vio que Aisha hablaba en voz alta con el Mensajero (s. a. s.). Abu Bakr se enfadó y estuvo a punto de golpearla. El Mensajero (s. a. s.) lo calmó y dijo que no había ninguna disputa entre ellos. Aun así, Abu Bakr se marchó todavía enfadado. Después de que se fue, el Mensajero (s. a. s.) le dijo a Aisha en tono irónico: «¿Viste cómo te protegí?».
Algunas personas consideran que estos altibajos naturales de la vida doméstica están por debajo del ideal islámico. En particular, albergan en su interior una imagen de la vida familiar del Mensajero (s. a. s.) como si allí vivieran algunos seres sobrehumanos, sin emociones, deseos ni pasiones. Sin embargo, aquella familia también era una familia humana. En ella estaban presentes todos los sentimientos humanos. Pero en esa familia no existían la desobediencia a Dios ni el pecado. En ese sentido, era una familia ideal. Por la noche, cuando el Mensajero (s. a. s.) se iba a dormir, mantenía conversaciones normales con su familia: a veces sobre asuntos domésticos y otras sobre los problemas de los musulmanes en general. Incluso, en ocasiones, les contaba historias. Una vez contó a Aisha la historia de Umm Zara. En este relato, once mujeres describen entre sí el carácter y la conducta de sus respectivos esposos. Una de ellas era Umm Zara. Ella describió el encantador carácter de su esposo, Abu Zara. Desde el punto de vista literario, es una historia muy interesante. Al final, el Mensajero (s. a. s.) le dijo a Aisha: «Para Umm Zara, Abu Zara era como yo soy para ti». Del mismo modo, en otra ocasión contó una historia en una reunión. Una de las oyentes exclamó: «¡Esto parece una historia de Khurafa!». Khurafa era un personaje histórico árabe de quien, según la tradición popular, se decía que había escrito numerosas historias sorprendentes. El Mensajero (s. a. s.) preguntó a aquella mujer: «¿Sabes quién era Khurafa?». Luego también le contó la historia de este célebre personaje llamado Khurafa. Los yinn se habían llevado a este hombre de la tribu de Banu Udhra y después lo habían devuelto. [Shama’il al-Tirmidhi].
Durante toda su vida, el Mensajero (s. a. s.) tuvo la costumbre de despertarse al comienzo de la segunda mitad de la noche, realizar la ablución y usar el siwak, y después rezar el taháyyud. [Zad al-Ma’ad]. Al recitar el Corán muy lentamente, a veces permanecía tanto tiempo de pie durante la oración que se le hinchaban los pies. [Tirmidhi, narrado por Ibn al-Musayyab]. Al ver su sufrimiento, los Compañeros le decían: «Dios ya te ha perdonado todos tus pecados anteriores y posteriores. ¿Por qué, aun así, te impones semejante esfuerzo?». El Mensajero (s. a. s.) respondió: «¿Acaso no debo ser un siervo agradecido de Dios?». [Zad al-Ma’ad].
La visión del Mensajero (s.a.s.) respecto a la casa y su mobiliario era que la vida mundana debía vivirse como la de un viajero. Dijo: «Soy como un viajero que descansa durante un rato a la sombra de un árbol y después continúa hacia su destino». Es decir, quienes toman el Más Allá como destino, pasan la vida mundana considerándola únicamente un período para cumplir con sus deberes o ser puestos a prueba, y deben trabajar aquí para alcanzar el objetivo supremo, el Paraíso, ¿qué oportunidad tienen de construir grandes casas elevadas, llenarlas de muebles y disfrutar plenamente de la comodidad y el lujo? Por ello, ni él ni sus compañeros construyeron casas lujosas. Tampoco acumularon muebles en ellas ni aumentaron su decoración y esplendor. Podría decirse que sus casas eran excelentes posadas para viajeros. [Zad al-Ma‘ad] Aquellas casas contaban con buenas medidas para protegerse del frío y del calor, resguardarse de los animales y preservar la intimidad. También disponían de medios para cuidar la salud. El Mensajero (s.a.s.) hizo construir para sus esposas pequeñas habitaciones adyacentes a la Mezquita del Profeta. No tenían otra decoración que la limpieza. Tan intenso era el gusto del Mensajero (s.a.s.) por la limpieza que ordenó estrictamente a sus compañeros mantener limpios los patios de sus respectivas casas. [Tirmidhi]
Entre sus utensilios había algunos completamente sencillos. Por ejemplo, un cuenco de vidrio reforzado con una lámina de hierro. Se utilizaba ampliamente para beber y comer. Lejos de almacenar provisiones, ni siquiera había comida suficiente para satisfacer las necesidades diarias. Su cama era un colchón de cuero relleno de fibras de palmera datilera. También utilizaba una cama de juncos y otra hecha de estera. Esta última se extendía doblada en dos. Una vez la extendieron doblada en cuatro y, por la mañana, preguntó a todos: «¿Qué comodidad había hoy en la cama para que durmiera tan profundamente y perdiera la oración del taháyyud?». Cuando supo lo ocurrido, dijo: «Dejad la cama doblada en dos como antes». También acostumbraba a dormir sobre una estera extendida en el suelo. En cierta ocasión, al ver en su cuerpo las marcas de la madera de la cama, algunos de los compañeros del Mensajero (s.a.s.) —Umar y Abdullah ibn Masud— rompieron a llorar. [Shama’il al-Tirmidhi]
En otra ocasión, al ver que se le habían marcado en el cuerpo las tablas desnudas de la cama sobre las que había dormido, los ojos de Umar se llenaron de lágrimas. Cuando el Mensajero (s.a.s.) le preguntó la razón de sus lágrimas, Umar respondió: «Los emperadores de Roma e Irán viven entregados al lujo, ¡y usted se encuentra en esta situación!». El Mensajero (s.a.s.) dijo: «¡Umar! ¿Acaso no te alegra que ellos se queden con este mundo y nosotros obtengamos el Más Allá?»
Comida y bebida
Los gustos del Mensajero (s.a.s.) en la comida y la bebida eran sumamente sencillos y propios de una persona honorable. Le gustaba especialmente la carne. Prefería sobre todo la carne de la espalda, del muslo y del cuello. También le gustaban mucho los huesos cercanos. Le agradaba asimismo el delicioso plato árabe llamado «zarid», preparado remojando trozos de pan en caldo de carne. Entre sus otros alimentos preferidos estaban la miel, el vinagre y la mantequilla. Le gustaba comer dátiles con leche. (Además, es un alimento muy nutritivo). También consideraba delicioso comer dátiles untados con mantequilla. Como alimento para los enfermos, prefería comidas ricas en calorías y aconsejaba a los demás que las consumieran. Comía con frecuencia harina de cebada tostada. En cierta ocasión le ofrecieron harina de almendras tostadas, pero la rechazó diciendo: «Es el alimento de los ricos». Cuando se cocinaba un guiso en casa, pedía que prepararan una cantidad adicional para el vecino.
Entre las bebidas, lo que más le gustaba era el agua dulce, que hacía traer con especial cuidado desde una distancia de dos días de viaje. También bebía con gusto leche mezclada con agua y jarabe de miel. Le gustaba igualmente el extracto no embriagador de dátiles. Se remojaban dátiles vertiendo agua en un odre o en un recipiente de piedra, y él utilizaba esa bebida durante todo el día. Sin embargo, por temor a que, si se conservaba demasiado tiempo de ese modo, pudiera fermentar y embriagar, la desechaba. Según la narración de Abu Malik al-Ash‘ari, también dijo: «Algunos miembros de mi comunidad beberán vino, pero le cambiarán el nombre». La historia atestigua que, en épocas posteriores, los gobernantes bebían vino llamándolo extracto de frutas.
No le gustaba que cada persona comiera y bebiera por separado. Aconsejaba comer sentados juntos. Consideraba contrario a su carácter humilde comer sentado en sillas y mesas. Del mismo modo, no le agradaba colocar la comida en pequeños cuencos y platillos sobre el mantel. Declaró absolutamente ilícitos los recipientes de oro y plata. Utilizaba recipientes de vidrio, barro, cobre y madera. Después de lavarse las manos sobre el mantel, se sentaba tras quitarse los zapatos. Tomaba la comida con la mano derecha desde el lado que tenía delante. No metía la mano en el centro del recipiente. No tenía la costumbre de comer o beber recostado. A veces se sentaba con ambas rodillas levantadas y otras veces con las piernas cruzadas. Decía «Bismillah» cada vez que llevaba un bocado a la boca. Si un alimento no le gustaba, lo dejaba sin mencionar ningún defecto. No comía la comida demasiado caliente. En ocasiones cortaba con un cuchillo la comida cocinada para comerla. Sin embargo, eso le parecía una actitud artificial y ostentosa, y no le agradaba mucho. [Bujari y Muslim (narrado por Amr ibn Umayya), Abu Dawud y Bayhaqi (narrado por Aisha).] Siempre tomaba el pan y alimentos similares con los dedos, y no permitía que se le pegaran guiso u otros alimentos a ellos. A veces no comía frutas de pie ni mientras caminaba. También comía dos frutas a la vez, por ejemplo, dátiles en una mano y melón en la otra. Tiraba el hueso del dátil con la mano izquierda. Nunca rechazaba una invitación. Si por casualidad otra persona estaba con él —por estar conversando o por cualquier otra razón—, la llevaba consigo, pero pedía permiso al dueño de la casa para ella. Cuando ofrecía comida a un invitado, le decía repetidamente que comiera hasta saciarse, sin avergonzarse ni cohibirse. Por cortesía, se levantaba de la reunión al final de todos. Si los demás terminaban de comer antes, él también terminaba rápidamente y se levantaba con ellos. Al terminar de comer, siempre se lavaba las manos y hacía una súplica dando gracias a Dios y pidiendo bendiciones para el sustento y para el dueño de la casa. Cuando recibía algún alimento como regalo, no dejaba de compartirlo con los amigos presentes y reservaba una parte para los ausentes. Enseñaba a todos a comer con tal cuidado que no se desperdiciara ni un solo grano en la reunión. Al beber agua no hacía ruido al tragar y normalmente bebía apartando el rostro tres veces para respirar. Cada vez comenzaba diciendo «Bismillah» y terminaba diciendo «Alhamdulillah». Por lo general, bebía agua sentado, aunque en ocasiones también bebió de pie. Cuando llegaba una bebida a la reunión, normalmente comenzaba a servirla por la derecha. Cuando terminaba de servir un elemento, desde ese mismo punto comenzaba a servirse el siguiente. Daba prioridad a las personas de mayor edad, pero solo rompía el orden de la derecha después de pedir permiso a quienes tenían derecho a recibirla según ese orden. Cuando ofrecía algo de beber a sus amigos, él bebía el último y decía: «Quien sirve de beber, bebe el último». No le gustaba soplar ni oler los alimentos y las bebidas. Como le desagradaba el mal aliento, nunca le gustaba comer cebolla ni ajo crudos. Ordenó mantener siempre cubiertos los alimentos y las bebidas. Cuando llegaba un alimento nuevo, preguntaba su nombre antes de comerlo. Después del episodio en que le dieron veneno, adquirió la costumbre de que, si un desconocido le ofrecía comida, primero le hacía comer uno o dos bocados.
A pesar de esta sensibilidad tan refinada, la mayor parte del tiempo sufría los azotes del hambre y la pobreza. Sobre este asunto se ofrecerán detalles en el lugar correspondiente. Dijo: «Mi comida y mi bebida son como las de un siervo común de Alá».
Sentarse y dormir
A veces se sentaba con las piernas cruzadas; otras veces se sentaba rodeando ambos muslos con las dos manos, y en ocasiones los envolvía con una prenda, como un manto, en lugar de hacerlo con las manos. Cuando se reclinaba estando sentado, generalmente se apoyaba sobre la mano izquierda. Mientras reflexionaba e investigaba algún asunto, solía hurgar el suelo con un trozo de madera. Por lo general dormía recostado sobre el lado derecho, apoyando la mejilla derecha sobre la palma de la mano derecha. A veces también dormía boca arriba, con una pierna sobre la otra. Sin embargo, prestaba estricta atención a cubrir sus partes íntimas. Detestaba intensamente dormir boca abajo y se lo prohibía a todos. No le gustaba dormir en una habitación oscura en la que no se hubiera encendido una lámpara. No consideraba apropiado dormir bajo un techo abierto. Tenía la costumbre de dormir después de realizar la ablución y, antes de dormir, además de recitar diversas súplicas, recitaba la sura Al-Ijlas, la sura An-Nas y la sura Al-Falaq, y soplaba sobre su cuerpo. Mientras dormía, emitía un suave sonido de ronquido. Cuando por la noche respondía a la llamada de la naturaleza, después de purificarse se lavaba obligatoriamente las manos y el rostro. Tenía un lungui separado para dormir. Se quitaba la camisa y la colgaba.
Necesidades humanas
Como en aquella época no existían letrinas para hacer las necesidades naturales, se dirigía a los campos o a los bosques. Por lo general se alejaba tanto que quedaba fuera de la vista. A veces llegaba a alejarse hasta dos millas. Por ello buscaba un suelo blando, para que no salpicara. Al llegar al lugar para hacer sus necesidades, apoyaba primero el pie izquierdo y luego el derecho. Al sentarse, se quitaba la ropa únicamente después de acercarse mucho al suelo. Se sentaba al amparo de alguna colina, árbol o algo semejante. En esas ocasiones salía llevando zapatos en los pies y una cobertura en la cabeza. No se sentaba de frente ni de espaldas hacia la quibla. Al hacer sus necesidades se quitaba el anillo de la mano (porque en él estaban grabados los nombres de Alá y del Mensajero, que Alá lo bendiga y le conceda la paz). Siempre realizaba la limpieza con la mano izquierda. Al salir del lugar, apoyaba primero el pie derecho y luego el izquierdo.
Consideraba indispensable la privacidad para bañarse. Cuando se bañaba en casa, tendía una cortina de tela. Si se bañaba bajo la lluvia, se ataba un lungui en la cabeza. Al estornudar lo hacía con poco ruido y se cubría la boca con la mano o con una tela.
Viajes
Prefería especialmente los jueves para emprender un viaje o salir de expedición. Hacía avanzar rápidamente la montura. Tenía la costumbre de reanudar el viaje por la mañana desde el lugar de descanso. Durante los viajes participaba siempre en las tareas colectivas que surgían. En una ocasión se estaba preparando una comida. Cuando sus compañeros se repartieron las tareas, él también asumió la responsabilidad de recoger la leña. Todos dijeron: «No necesita esforzarse; nosotros somos suficientes». Él respondió: «No me gusta sentarme entre vosotros con una posición de distinción». [Al-Mawahib al-Ladunniya, tomo 1, pág. 294] Durante los viajes, hacía subir alternativamente a algunos compañeros de infantería en su propia montura. No le gustaba regresar de un viaje por la noche. Cuando regresaba, en vez de ir directamente a casa, iba primero a la mezquita y realizaba una oración nafl. Después de que llegara la noticia a casa, se dirigía allí.
Emociones y sentimientos
No podemos pensar en la humanidad dejando de lado las emociones y los sentimientos. En el Mensajero (s. a. s.) los sentimientos humanos también estaban presentes en su grado más elevado. Era un hombre de sentimientos intensos. Se alegraba con la alegría y sufría con la tristeza y el dolor.
No pertenecía a la categoría de esos supuestos grandes hombres que se afligen por las penas del mundo entero, pero permanecen insensibles e indiferentes ante las penas de su propia familia. Sentía un sincero amor por sus nobles esposas. Bebía agua con Hazrat Aisha (r. a.) del mismo recipiente. Mandaba traer a las muchachas de los ansar para que jugaran con sus esposas. Mientras contemplaba las habilidades deportivas de los negros, Hazrat Aisha (r. a.) se cansó tanto que continuó mirando apoyada en el hombro del Mensajero (s. a. s.). Aun así, cuando él le preguntó: «¿Ya estás satisfecha?», Hazrat Aisha respondió: «No, todavía quiero mirar más». De este modo, disfrutó del espectáculo durante mucho tiempo. (Al-Mawahib al-Ladunniyya, volumen 1, pág. 296.) Para ayudar a Hazrat Safiyya (r. a.) a montar en el camello, adelantó su propia rodilla, y Safiyya (r. a.) subió al camello apoyándose sobre ella. En cierta ocasión, cuando la camella resbaló y cayó, el Mensajero (s. a. s.) y Hazrat Safiyya cayeron al suelo. Hazrat Abu Talha estaba con ellos. Cuando corrió hacia el Mensajero (s. a. s.), este le dijo: «Primero rescata a la mujer». En otra ocasión, cuando el encargado de la caravana hizo avanzar rápidamente a los camellos, el Mensajero (s. a. s.) dijo: «Cuidado, hay recipientes de cristal dentro de recipientes de cristal. Más despacio, cuidado». (Bujari y Muslim; con «recipientes de cristal» se refería a las mujeres.) Precisamente por este amor, en cierta ocasión juró no volver a comer miel. Por ello, el Corán lo reprendió diciendo: «No declares ilícito lo que es lícito». (Los escritores occidentales han atacado la vida conyugal pura e inmaculada del Mensajero (s. a. s.). Sin embargo, en su civilización, algunos de los hombres más responsables y de mayor posición que han nacido no solo han alcanzado un nivel de corrupción en su vida doméstica, sino que también han llevado una vida infame y deshonrosa fuera de ese ámbito. La característica del Mensajero (s. a. s.) era que todos sus sentimientos, emociones y deseos estaban limitados a sus esposas, y aun así estaban adornados con pureza y pulcritud. Satisfacía las exigencias naturales de la manera más correcta, manteniéndolas dentro de los límites de la decencia, y estableció un modo refinado de amor conyugal.)
El afecto y la ternura del Mensajero (s. a. s.) hacia sus propios hijos eran sumamente profundos. Había confiado a Ibrahim a una nodriza de una familia de herreros en las afueras de Medina. Caminaba una gran distancia para visitarlo. Se sentaba en una habitación llena de humo y, tomando a su hijo en brazos, lo acariciaba. Cuando llegaba Hazrat Fatima (r. a.), se ponía de pie para recibirla. A veces iba él mismo a visitarla. Le contaba su situación y escuchaba la de ella. Sentía un gran cariño por sus dos hijos, el imán Hasan y el imán Husayn (r. a.). Los tomaba en brazos, los llevaba sobre sus hombros y se convertía en caballo para que montaran sobre su espalda. Incluso durante la oración les permitía subirse a sus hombros. En cierta ocasión, Hazrat Aqra ibn Habis, al verlo besar a Hazrat Hasan, dijo sorprendido: «Yo tengo diez hijos, pero nunca he tratado así a ninguno de ellos. Sin embargo, usted los besa». El Mensajero (s. a. s.) respondió: «Quien no muestra misericordia y afecto no recibe misericordia ni afecto».
Cuando murió su hijo Ibrahim, sus ojos se llenaron de lágrimas por la aflicción. Otra hija murió también delante de él. La sirvienta Umm Ayman comenzó a llorar a gritos. El Mensajero (s. a. s.) se lo prohibió. Ella dijo: «Pero usted también está llorando». El Mensajero (s. a. s.) respondió: «No está prohibido llorar de esta manera, en silencio o con un sonido suave. La ternura y el afecto del corazón de los que nace este llanto suave son una misericordia de Dios». Cuando se detuvo ante la tumba de su hija Umm Kulthum, las lágrimas también corrían por sus ojos. Incluso ante el cadáver de Hazrat Uthman ibn Mazun tenía los ojos llenos de lágrimas. Lo besó en la frente. (Al-Mawahib al-Ladunniyya, volumen 1, pág. 297.) Al describir la naturaleza de su llanto, dijo: «Los ojos están llenos de lágrimas y el corazón está afligido, pero aun así no pronunciaremos con la boca ninguna palabra que desagrade a Dios. Durante los momentos de dolor y aflicción, solía recitar a menudo:حسبنااللهونعمالوكيلNunca lloraba a gritos; solo exhalaba largos suspiros y de su pecho salía un sonido semejante al de algo hirviendo en una olla.
Cuando ese corazón compasivo elevaba una súplica a Dios, incluso entonces las lágrimas brillaban en sus párpados como perlas. En cierta ocasión pidió a Hazrat Abdullah ibn Masud que recitara el Corán. Cuando llegó a este versículo de la sura de Las Mujeres: «¿Qué harás cuando traigamos de cada comunidad a un testigo y te hagamos testigo contra estos?», un torrente de lágrimas brotó de los ojos del Mensajero (s. a. s.). (La mayoría de los relatos han sido recopilados de Shama’il al-Tirmidhi.)
La fuente del profundo afecto, ternura y compasión que el Mensajero (s. a. s.) sentía hacia toda la humanidad y, especialmente, hacia los miembros de la comunidad musulmana era precisamente la suavidad de su corazón. A pesar de tener un corazón tan tierno y un espíritu tan lleno de emociones, la paciencia y firmeza que el Mensajero (s. a. s.) mostró ante las duras calamidades y desgracias son verdaderamente asombrosas.
El humor
Ya he dicho que el Mensajero (s. a. s.) siempre tenía un rostro sonriente. Dijo: «Incluso mirar a tu hermano con una sonrisa es una buena obra». También se ha transmitido acerca del Mensajero (s. a. s.): «Era sumamente sonriente y siempre alegre».
Una de las principales características de quienes realizan grandes hazañas en el mundo es que hacen soportable la pesada carga de las difíciles responsabilidades de la vida con la ayuda de su sonrisa, y establecen así un lugar para sí mismos en lo más profundo del corazón de sus compañeros. Él hacía bromas tan sinceras que en el corazón de sus compañeros arraigaba un profundo amor por él». Creaba un ambiente alegre en las reuniones mediante sus bromas y su humor. Sin embargo, siempre mantenía el equilibrio. La cantidad de humor en sus conversaciones era igual a la cantidad de sal en la comida. No había en ello ninguna palabra injusta o falsa, ni se hería el corazón de nadie, ni nadie estallaba en carcajadas. Solo provocaba una ligera sonrisa, en la que se veían únicamente los dientes, sin que se vieran la cavidad bucal ni la garganta.
Una vez, Abu Huraira dijo sorprendido: «¡Veo que también bromea con nosotros!». El Mensajero (s. a. s.) respondió: «Sí, lo hago. Pero no digo ninguna palabra injusta ni falsa».
Aquí presentamos algunos ejemplos de las bromas del Mensajero (s. a. s.), conservados en las colecciones de hadices: [La mayoría de los relatos han sido recopilados de Shama’il al-Tirmidhi].
Un mendigo le pidió un camello de carga. El Mensajero (s. a. s.) dijo: «Te daré una cría de camella». El mendigo preguntó sorprendido: «¿Qué haré con ella?». El Mensajero (s. a. s.) respondió: «Todo camello es hijo de una camella, de una u otra manera».
Una anciana se acercó y dijo: «Ruegue por mí para que Allah me conceda el Paraíso». El Mensajero (s. a. s.) bromeó diciendo: «Ninguna anciana podrá entrar en el Paraíso». La anciana se dispuso a marcharse llorando. El Mensajero (s. a. s.) dijo a los presentes: «Decidle que Allah no la llevará al Paraíso en su vejez, sino que la hará joven. Allah ha dicho: “Crearemos de nuevo a las mujeres del Paraíso y las haremos vírgenes y jóvenes de la misma edad”». En resumen, Allah concederá una nueva juventud a quienes entren en el Paraíso.
El Mensajero (s. a. s.) tenía amistad con un beduino llamado Zaher o Zohair. Ayudaba a este amigo beduino en los asuntos relacionados con la ciudad, y el beduino ayudaba al Mensajero (s. a. s.) en los asuntos relacionados con el campo. A veces le ofrecía regalos con sincero afecto. El Mensajero (s. a. s.) insistía mucho y terminaba pagándole el precio de aquellos regalos. Decía: «Zaher es nuestro representante en el campo, y nosotros somos su representante en la ciudad». Un día, Zaher estaba vendiendo algunas de sus mercancías en el mercado. El Mensajero (s. a. s.) se acercó sigilosamente por detrás, le cubrió los ojos con las manos y dijo: «Dime quién soy». Al principio, el beduino se quedó desconcertado, pero enseguida lo comprendió y, rebosante de alegría, comenzó a frotar su cabeza contra el pecho del Mensajero (s. a. s.). Entonces el Mensajero (s. a. s.) bromeó diciendo: «¿Quién comprará a este esclavo?». Zaher respondió: «¡Oh, Mensajero de Allah!, quien compre a un esclavo inútil como yo saldrá perdiendo». El Mensajero (s. a. s.) dijo: «A los ojos de Allah no eres inútil».
Una vez, en una reunión, se comieron dátiles. El Mensajero (s. a. s.), bromeando, iba sacando los huesos de los dátiles y colocándolos delante de Ali. Finalmente, señalando el montón de huesos, dijo: «Por lo que veo, has comido muchos dátiles». Ali respondió: «Yo no he comido dátiles con hueso incluido».
Durante la batalla de la Zanja, en cierta ocasión el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) rió tanto que se le llegaron a ver las muelas. Saíd, el padre de Amir, había disparado una flecha. Un guerrero del bando enemigo era el blanco del ataque. Se cubría el rostro con el escudo con gran rapidez, por lo que la flecha de Sa’d no lograba alcanzarlo de ninguna manera. Finalmente, Sa’d volvió a preparar su arco y su flecha y se quedó esperando una oportunidad. En cuanto el soldado enemigo sacó la cabeza por fuera del escudo, ya no pudo escapar. La flecha de Sa’d se clavó directamente en su frente, y cayó girando la cabeza con tanta fuerza que sus dos piernas quedaron levantadas hacia arriba.
Las generaciones posteriores se sorprendían al escuchar este tipo de bromas suyas. Esto se debía a que siempre se asociaba la religión con una vida austera, y todos sabían que las personas piadosas debían tener el rostro afligido y un carácter serio y severo. Además, al considerar la constante dedicación del Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) a la adoración, su piedad y su extraordinario sentido de la responsabilidad, resultaba difícil comprender cómo una persona tan excepcional había creado en su vida un espacio para el humor y la alegría. Le preguntaron a Ibn Umar (que Allah esté complacido con él) si los compañeros del Mensajero reían. Él respondió: «Sí, reían, aunque en sus corazones había una fe más grande y firme que las montañas». Es decir, el humor y las bromas no son contrarios a la fe ni al temor de Allah. Mientras entrenaban el tiro con arco, corrían de un lado a otro y se revolcaban de risa entre ellos. (Relato de Qatada.)
Ya he mencionado que después de la oración del alba se celebraba regularmente una reunión en la que se hablaba de la época de la ignorancia, y tanto los compañeros como el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) reían mucho. También he hablado anteriormente de las bromas y el humor que compartía con los niños y con sus esposas.
Entretenimiento
Una parte inseparable de una vida equilibrada es el entretenimiento (dentro de los límites permitidos). Si esta faceta también desapareciera, al igual que el humor, la vida se convertiría en una carga. Ninguna sociedad puede soportar durante mucho tiempo un sistema de vida en el que no haya lugar para el entretenimiento. Al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le gustaban ciertas formas de entretenimiento y las practicaba dentro de los límites permitidos.
En lo personal, le gustaba pasear por los jardines. A veces iba solo y otras veces llevaba consigo a sus compañeros; allí también celebraban reuniones.
La natación también formaba parte de sus aficiones. A veces nadaba en un estanque con sus amigos. Para ello formaban parejas de dos personas. Cada pareja nadaba desde cierta distancia hacia la otra. En una ocasión, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) eligió a Abu Bakr como compañero de natación.
Cuando llovía después de varios días de pausa, se bañaba en las fuentes con el lungui atado. A veces, para entretenerse, se sentaba en el borde de un pozo y dejaba colgar los pies en su interior. [Shamā’il de Tirmidhi]
Organizaba competiciones de carreras y de tiro con arco, y participaba en ellas con gran entusiasmo. En tales ocasiones también se reía mucho.
Le gustaba que se tocaran tambores y que las niñas cantaran durante las festividades. Una vez, el día del Eid, dos niñas estaban cantando en casa de Aisha. El Mensajero (s. a. w.) estaba acostado allí mismo. Abu Bakr llegó, vio la escena y las reprendió diciendo: «¿Por qué se realizan estas obras satánicas en la casa del Mensajero de Allah?». Al oírlo, el Mensajero (s. a. w.) dijo: «Déjalas cantar». [Muslim, narrado por Aisha]
También alentaba a tocar el tambor durante las bodas. (Narrado por Aisha y Muhammad ibn Hatib al-Juhami). Aisha dijo: «Una joven de los Ansar se encontraba conmigo. Yo la casé. Con motivo de la boda, el Mensajero (s. a. w.) me dijo: “Aisha, ¿no organizaste música? A los Ansar les gusta la música”». En otra narración (probablemente sobre este mismo acontecimiento) se dice que el Mensajero (s. a. w.) dijo: «Habríais hecho bien en enviar con la novia a un cantante que cantara: “Hemos venido a vosotros; por tanto, sed felices y nosotros también seremos felices”». En una boda de este tipo, unas niñas pequeñas estaban cantando. Amir ibn Sa’d reprendió a algunos de los presentes diciendo: «¡Oh compañeros del Mensajero! ¡Oh guerreros de Badr! ¿Se realizan estas cosas delante de vosotros?». Los compañeros presentes respondieron: «Si quieres, siéntate y escucha; de lo contrario, vete. El Mensajero de Allah nos lo ha permitido».
Como medio de entretenimiento, el Mensajero (s. a. w.) también mostraba interés por la poesía. Sin embargo, evitaba la manera en que los árabes rendían culto a la poesía. La intensa atracción del melodioso tono de la Revelación no le daba muchas oportunidades de sentirse atraído por la poesía. Pero tampoco carecía por completo de gusto poético. Apreciaba mucho la buena poesía por su contenido. Más bien, puede decirse que dio a la sociedad un nuevo gusto en este ámbito y estableció un nuevo criterio de discernimiento. Yabir ibn Samura dijo: «Asistí a más de cien reuniones en presencia del Mensajero (s. a. w.). En esas reuniones se relataban historias de la época de la Ignorancia y los compañeros también recitaban poesía». En una ocasión elogió los dos versos siguientes del poeta árabe Labid: (árabe***********)
«Sabed que todo, excepto Allah, perecerá; todas las bendiciones de este mundo desaparecerán un día».
En una ocasión, durante un viaje, pidió a Shuraid que le recitara cien poemas del poeta Umayya ibn Abi al-Salt. Después comentó: «Este hombre estuvo muy cerca de aceptar el islam». A veces él mismo, especialmente en el campo de batalla, hablaba espontáneamente y sin proponérselo con un estilo semejante al de la poesía. Hacía que Hassan y Ka’b ibn Malik compusieran poemas como respuesta a los poemas de censura que los enemigos del islam recitaban contra el islam. A veces hacía que Hassan se sentara en su púlpito y recitara poesía, y decía: «Este poema es más severo contra el enemigo que una flecha». También dijo: «Así como el creyente combate con la espada, también combate con la palabra». Quiero explicar detalladamente, mediante un artículo aparte sobre la poesía, la literatura y otras cuestiones culturales, cómo el Mensajero (s. a. w.) utilizaba el gusto de las personas para fines constructivos.
Algunas preferencias encantadoras
En este punto quiero mencionar algunos hábitos y preferencias personales del Mensajero (s. a. w.) que no se han incluido bajo ningún otro título.
Siempre realizaba con la mano derecha el acto de dar y recibir cualquier cosa. Cuando había que escribir una carta, hacía que primero se escribiera «Bismillah». Después aparecía el nombre del remitente y, debajo de este, el nombre de la persona a quien se dirigía la carta.
Estaba libre de fantasías y no creía en ningún «buen augurio» ni «mal augurio». Sin embargo, le gustaban los nombres de personas y lugares que tuvieran buenos significados y sonaran agradables. No le gustaban los nombres malos. En particular, durante los viajes elegía como lugares de descanso aquellos cuyos nombres indicaran alegría, bendición o éxito. Del mismo modo, no confiaba ninguna tarea a una persona cuyo nombre significara discordia, lucha o perjuicio. Encomendaba las responsabilidades únicamente a quienes tenían nombres cuyos significados expresaran alegría, éxito y cosas semejantes. Cambió muchos nombres.
—Entre los animales de monta, el caballo era el que más apreciaba. Decía que en los caballos había bienestar y bendición hasta el Día de la Resurrección. Prestaba especial atención a los ojos, la boca y la nariz del caballo, y él mismo los limpiaba con sus propias manos.
—No le gustaban el alboroto ni el tumulto. Amaba la calma, el orden y la puntualidad en todos los asuntos. Incluso respecto a la oración dijo: «No vengáis corriendo; venid con calma y serenidad». Cuando hubo mucho alboroto el día de Arafat, levantó su bastón y ordenó mantener la calma y observar el orden, diciendo: «No hay recompensa en la precipitación». [Al-Bujari y Muslim]
Carácter y conducta
No es posible describir el carácter, la conducta y la moral del Mensajero (s.a.s.) bajo ningún subtítulo, pues toda su vida fue la personificación del buen carácter. Aisha dijo: «Su carácter era el Corán». Anas ibn Malik dijo: «Era el más justo, generoso y valiente de todos».
Era el más justo, pues jamás hizo daño a nadie durante toda su vida —excepto en aquello que había hecho conforme al mandato de Allah— ni tomó represalias por los abusos de otros. Perdonó a todos, incluso a los opresores sin precedentes de La Meca y Taif, así como a todos los hipócritas y malhechores. Era el más generoso: Yabir dijo que el Mensajero de Allah nunca se negó a dar a quien le pidiera algo. Si lo tenía en sus manos, lo daba de inmediato; a veces lo pedía prestado a otra persona para darlo, y si no lo tenía, decía que regresara más tarde o permanecía callado. Era el más valiente. Como prueba de ello, por ahora basta decir que se lanzó completamente solo al campo de batalla con el ideal de la verdad y permaneció firme frente a la oposición y la persecución de todo el pueblo del país. Nunca manifestó miedo ni debilidad, ni siquiera ante las guerras más difíciles. Ya fuera en la cueva del monte Zawr, o en los campos de batalla de Uhud y Hunayn, en todas partes demostró una firme determinación y una fe inquebrantable.
Capítulo: 3
El amigo de la humanidad, la paz sea con él, en la era mequí: frente a una intensa oposición
Esta es una verdad eterna.
Al aceptar esta palabra,
convertíos en mis compañeros. Veréis que,
gracias a su fuerza, toda Arabia será vuestra
se unirá y, bajo su influencia,
todo el mundo quedará sometido a vosotros.
—El amigo de la humanidad, la paz sea con él.
Ahora examinemos el contexto de los acontecimientos. Observemos el crecimiento de aquel árbol florido que se desarrolló en el desierto árido y al que dieron la bienvenida tendiendo espinas a su alrededor.
Este era aquel joven
En una distinguida, noble y tradicional familia de Arabia, en el hogar de una afortunada pareja de carácter puro, nació sin padre un niño excepcional. Se crio y creció en el regazo de la naturaleza, en el ambiente saludable y auténtico de la aldea, alimentándose con la leche de una pobre y virtuosa nodriza. Conforme a un plan especial, mientras corría de un lado a otro por el desierto, se preparaba para afrontar los peligros extremos, las calamidades y los sufrimientos de la vida, y recibió, pastoreando cabras y ovejas, formación para liderar a una nación de alcance mundial. Antes de completar toda su infancia, aquel niño excepcional también fue privado de la sombra afectuosa de su madre. Aunque la personalidad de su abuelo pudo llenar en parte el vacío dejado por sus padres, no pasó mucho tiempo antes de que también perdiera aquel refugio. Finalmente, su tío se convirtió en su tutor. Era como una etapa de preparación para asumir las importantes responsabilidades de la vida bajo la protección del único Amo verdadero, sin depender de ningún refugio terrenal.
Hasta que llegó a la juventud, se veía que aquel muchacho excepcional no se manifestaba como los demás jóvenes, travieso y disoluto, sino con la seriedad propia de los ancianos. Cuando alcanzó la juventud, a pesar de haberse criado en un ambiente sumamente impuro, logró mantenerla inmaculada. En una sociedad donde el amor, el intercambio de miradas lascivas y el adulterio eran motivo de orgullo para los jóvenes, aquel extraordinario joven ni siquiera permitió que su mirada se contaminara. En una sociedad donde había talleres de fabricación de alcohol en cada callejuela y tabernas en cada casa, donde en toda reunión se celebraban animadas veladas de declaraciones públicas de amor a mujeres ajenas y de recitación de poemas sobre la bebida, aquel joven no probó ni una gota de alcohol. Allí donde el juego se había convertido en una especie de ceremonia, aquel joven, puro de pies a cabeza, ni siquiera tocó el juego. Allí donde contar historias de hadas, cantar y tocar instrumentos formaban parte inseparable de la cultura, este habitante de un mundo diferente ni siquiera se acercaba a aquellas prácticas corruptas. En una o dos ocasiones tuvo la oportunidad de asistir a ese tipo de actos de entretenimiento, pero en cuanto llegaba le entraba tal sueño que nunca llegó a ver ni escuchar ninguno de sus espectáculos. En una sociedad donde postrarse ante los ídolos se había convertido en una práctica religiosa, aquel joven de carácter puro, descendiente de Abraham, no inclinaba la cabeza ante nadie salvo ante Allah ni albergaba ideas propias de los politeístas. Incluso una vez, cuando le ofrecieron comer carne cocinada de un animal sacrificado ante un ídolo, se negó a comerla. Mientras los qurayshíes completaban el Hayy durante la temporada de peregrinación sin acudir a la llanura de Arafat, aquel extraordinario joven qurayshí rechazó directamente aquella norma inventada. Mientras los descendientes de Abraham, además de muchas otras transgresiones, deformaban el ideal abrahámico e introducían la abominable innovación de circunvalar la Kaaba desnudos, aquel joven pudoroso no aceptó esa innovación ni por un instante. En un país donde la guerra se había convertido en un juego y el derramamiento de sangre en un espectáculo, aquel joven, abanderado de la dignidad humana, no derramó ni una gota de sangre. Durante su juventud, este joven tuvo que participar en la gran guerra llamada «Harbul Fuyyar». Puesto que la participación de la tribu de Quraysh en aquella guerra era legítima, se unió a ella, pero no golpeó personalmente a nadie.
¿Acaso no es todo? Vean también cuáles eran las inclinaciones de este joven virtuoso y amante de la verdad. Precisamente a la edad en que los muchachos suelen descarriarse, se unió a una asociación reformista llamada «Hilful Fudul», con el objetivo de ayudar a los pobres y oprimidos y acabar con la tiranía de los opresores. Quienes se unían a ella se comprometían a hacer realidad esos objetivos.
Después de recibir la profecía, el Mensajero, la paz sea con él, al recordar aquella asociación, decía:
Aunque me hubieran ofrecido camellos rojos a cambio de aquel compromiso, no habría renunciado a él. Incluso hoy, si alguien me invitara a establecer un acuerdo semejante, estaría dispuesto a hacerlo.»
La magnitud de las cualidades y capacidades de este joven se comprende por este acontecimiento: durante la reconstrucción de la Kaaba, surgió una intensa disputa interna entre los qurayshíes por la reinstalación de la Piedra Negra. La disputa llegó tan lejos que incluso se desenvainaron las espadas y todo quedó dispuesto para el combate. Pero, afortunadamente, este joven tuvo la oportunidad de resolver el conflicto. En medio de la extrema tensión, aquel juez, abanderado de la paz, extendió una capa y colocó sobre ella la piedra llamada la Piedra Negra. Después invitó a los representantes de todas las ramas de la tribu de Quraysh a levantar la capa.
Cuando la manta con la piedra fue levantada y llegó al lugar correspondiente, este joven tomó la piedra y la colocó en su sitio. El alboroto cesó y los rostros de todos se iluminaron de alegría y regocijo.
Cuando este joven entró en el campo de la obtención de riquezas, eligió una profesión tan pura y honorable como el comercio. Los grandes capitalistas del país lo escogían para confiarle sus capitales y realizar negocios. Sin duda, este joven poseía cualidades por las que precisamente lo elegían. Saib, Qays ibn Saib, Hazrat Jadiya y varias otras personas tuvieron, una tras otra, experiencias directas de la incomparable honestidad de este joven, y todos lo honraron unánimemente con el título de «Tayir al-Amín», es decir, «comerciante honesto». Aún se conserva el testimonio de Abd Allah ibn Abi al-Hamsa: antes de la profecía, una vez habló con este joven comerciante honesto y le dijo: «Quédate aquí, volveré». Pero después lo olvidó. Tres días más tarde, cuando Abd Allah pasó casualmente por aquel lugar, vio que el comerciante honesto seguía allí, inmóvil, atado a la cadena de su promesa. Él le dijo a Abd Allah: «Me has causado dificultades. Llevo tres días de pie aquí». —Abu Dawud
Después, observemos que, al elegir a su compañera de vida, este joven no prestó la menor atención a las jóvenes vivaces y coquetas que comenzaban a florecer en la juventud de La Meca, sino que se casó con una mujer cuya principal característica era ser una dama casta, virtuosa y de noble carácter, perteneciente a una familia sumamente ilustre. Esta elección refleja la profundidad de su mentalidad, su naturaleza y su carácter. La propuesta matrimonial la hizo Hazrat Jadiya, quien había quedado impresionada al ver la incomparable honestidad y el carácter puro de este joven. Y el joven aceptó la propuesta de todo corazón.
Además, si para comprobar el carácter y la mentalidad de una persona hay que observar a sus amigos y compañeros, veamos qué clase de personas eran amigas de este joven.
Probablemente, su amistad más profunda y su relación más sincera eran con Hazrat Abu Bakr. No solo tenían la misma edad, sino también una mentalidad semejante. Otro de sus amigos era Hakim ibn Hizam, primo de Hazrat Jadiya. Este hombre era servidor de la Mezquita Sagrada. [Hasta el octavo año de la Hégira no había abrazado la fe. Sin embargo, mantenía una profunda amistad y afecto por el Mensajero. Precisamente por esta amistad, una vez compró una valiosa vestimenta por cincuenta ashrafíes, fue a Medina y se la regaló al Mensajero. Pero el Mensajero, después de insistirle mucho, le pagó el precio de la vestimenta.] También estaba entre sus amigos más destacados un médico llamado Dimad ibn Tha’laba al-Azdi. ¡Qué extraño! En el círculo de amigos de este joven no se ve ni siquiera a una sola persona baja, ruin, de malos hábitos, opresora o pecadora.
Cuando este joven encontraba algún tiempo libre, liberado de sus ocupaciones familiares, comerciales y de otros asuntos mundanos, no lo pasaba en diversiones y entretenimientos. No lo pasaba vagando de un lugar a otro, charlando en reuniones o durmiendo perezosamente. Al contrario, alejándose de todo el bullicio y apartándose de todas las ocupaciones, iba a la recóndita cámara de la cueva de Hira para adorar al Dios único y sin igual, siguiendo las indicaciones de su conciencia y de su naturaleza innata, pura e inmaculada. Para comprender la gran verdad oculta del universo y conocer los misterios invisibles de la vida humana, reflexionaba e investigaba en lo más profundo de su propio ser y de la naturaleza universal. Pensaba en cómo elevar a sus compatriotas y a toda la humanidad, sacándolos de la inmoralidad y la vileza hasta el nivel de los ángeles. ¿Acaso la razón, la conciencia y la intuición humanas no pueden llegar a una conclusión sobre la elevada y sagrada naturaleza de un joven cuya juventud transcurrió dedicada a una reflexión y una investigación tan profundas?
A través de acontecimientos de esta índole en la vida cotidiana, el futuro Profeta universal fue criado y educado ante los ojos de los qurayshíes, en el seno de la sociedad de La Meca; con el tiempo llegó a la juventud y alcanzó la madurez. ¿Acaso esta imagen de su vida no indicaba que este joven era un ser humano extraordinario? ¿Podía alguien concebir de algún modo, respecto de una personalidad que había crecido así, que fuera un mentiroso y un impostor? ¿O que pudiera ser un ambicioso del poder, un egoísta o un empresario de la religión que hubiera convertido la religión en un negocio? ¡Jamás! Los propios qurayshíes reconocieron, una y otra vez, que era un hombre veraz —Sadiq—, digno de confianza y honesto —Amín—, sabio, de alma pura y noble carácter. Incluso sus enemigos dieron testimonio de su inteligencia y de la superioridad de su moralidad, y lo hicieron aun en medio de los conflictos y enfrentamientos más intensos. El propio Corán presenta como testimonio la vida de este gran convocador a la verdad y le ordena decir: (en árabe: ************)
«Ya pasé antes una parte de mi vida entre vosotros; ¿acaso no comprendéis?» (Yunus, 16)
Pero cuando esta brillante joya de la nación asumió el rango de profeta y presentó el mensaje de la verdad, la actitud de aquellos cambió de repente. El valor de su honestidad, veracidad, cortesía, grandeza y nobleza de linaje disminuyó por completo. Aquel que hasta el día anterior había sido la niña de los ojos de la nación, hoy recibió los títulos de enemigo, rebelde y vergüenza de la nación. Aquel a quien hasta el día anterior respetaban incluso los niños, hoy se convirtió en objeto de la ira de todos. ¡El hombre que durante más de cuarenta años se había demostrado intachable se volvió malo a los ojos de los quraysh en cuanto comenzó a transmitir el mensaje de la unicidad de Alá, de la verdad y de la justicia! En realidad, él no era malo. Más bien, la deformidad estaba en los ojos de quienes lo juzgaban entre los quraysh, y sus criterios eran erróneos.
Pero ¿acaso los ojos de los quraysh estaban realmente tan ciegos que no pudieron ver una luna tan luminosa en un ambiente sumido en densas tinieblas? ¿No pudieron reconocer, en una reunión de gente sin carácter, a un líder de conducta íntegra? ¿No pudo atraer su atención un collar de perlas tirado en un basurero? En una sociedad de personas incivilizadas y viles, ¿no pudo este hombre, revestido de pies a cabeza de cortesía y buenos modales, obtener el debido respeto y aprecio? No, no era eso. Los quraysh sabían muy bien qué clase de hombre era Muhammad. Pero, aun sabiéndolo, se habían cubierto los ojos deliberadamente. El egoísmo y la hostilidad los habían dejado ciegos aunque tenían ojos. Como se dice en el Corán: «Tienen ojos, pero no ven con ellos». De quienes se vuelven ciegos teniendo ojos no hay peligro que no pueda ser causado por ellos, ni calamidad que no pueda aparecer.
Las razones de la oposición de los quraysh
Si hoy pudiéramos hablar de algún modo con los quraysh de La Meca, sin duda les preguntaríamos: ¿a qué mala acción incitaba esencialmente el llamamiento que había hecho esa joya de vuestra tribu? ¿Acaso os invitaba a robar y saquear? ¿Acaso os llamaba a matar y saquear? ¿Acaso os presentó algún plan para oprimir, maltratar y explotar a los huérfanos, las viudas y los débiles? ¿Acaso os incitaba a mantener luchas entre vosotros y a provocar conflictos entre las tribus? ¿Acaso quiso formar alguna asociación para acumular riquezas y construir propiedades? ¿Qué dificultad veíais en responder a su llamamiento? ¿Qué calamidad percibíais en su programa? ¿Por qué os empeñasteis tan obstinadamente en oponeros a él?
Aquello que enfurecía a los quraysh y los impulsaba a mantener el sistema errado de la época de la ignorancia y a levantar una resistencia contra el cambio no era ningún defecto del pensamiento ni del carácter del Mensajero, ni había nada gravemente perjudicial en su llamamiento. Tampoco se debía a que su movimiento pareciera conducir a la sociedad ignorante de aquel tiempo hacia el atraso. Más bien, aquello no era sino el egoísmo de los quraysh. En la estructura de la sociedad árabe formada durante cientos de años, los quraysh habían logrado ocupar para sí un puesto de liderazgo supremo. Todos los cargos políticos y religiosos estaban bajo su control. Su dominio en los ámbitos económico y comercial era incontenible. En una palabra, ellos eran los amos y dirigentes de toda la nación árabe. Su liderazgo y dominio indiscutidos solo podían mantenerse dentro de aquella estructura religiosa, cultural y social que venía existiendo desde la época de la ignorancia. Si estaban obligados, consciente o inconscientemente, a conservar su liderazgo y autoridad absolutos, también estaban obligados a proteger su sistema social de la época de la ignorancia contra todo tipo de ataque y decadencia.
Así como la tribu de los quraysh era, en el aspecto social y político, líder y administradora de los árabes, también era sacerdotisa de la religión politeísta árabe, guardiana y servidora de los santuarios religiosos y administradora exclusiva de todas las actividades religiosas. Esta administración religiosa exclusiva y autoridad absoluta respaldaban asimismo su autoridad política y social, y constituían además, por sí mismas, una institución de gran envergadura. Por ello, desde cada región de la península arábiga les llegaban ofrendas y presentes. Por ello eran objeto de profunda veneración y respeto. La gente les besaba los pies. Cuando la religión se convierte en el negocio de una clase o grupo, pierde su inspiración, conciencia y fuerza vital originales, y adopta la forma de un espectáculo puramente ostentoso, lleno de ceremonias diversas. Ya nadie recuerda cuáles son las exigencias fundamentales de la religión. Entonces las tradiciones y ceremonias inventadas adquieren una importancia primordial. El conocimiento y las leyes basados en la revelación dada por Alá desaparecen, y se desarrolla una nueva sharía creada por los comerciantes de la religión. La racionalidad desaparece. La fe ciega y las fantasías ilusorias se extienden por todas partes. Desaparece la costumbre de presentar argumentos con pruebas y evidencias. La emoción y la excitación acallan la razón y el entendimiento. Desaparece el carácter popular y democrático de la religión, y la dictadura de los comerciantes de la religión se instala sobre la sociedad. El conocimiento verdadero se extingue y las palabras sin fundamento alcanzan popularidad. En lugar de la sencilla y clara doctrina de la fe y sus normas, se imponen a cada paso reglas complicadas y enrevesadas. Se arrebata por completo el derecho a sostener opiniones diferentes y se establece libremente la autoridad despótica de un grupo. No queda ni rastro de verdad, honestidad, cortesía ni temor de Dios, y la religión adopta la forma de un negocio fraudulento y multiforme. Siempre que una religión se ha corrompido, lo ha hecho mediante este proceso. En la sociedad ignorante de Arabia, esta corrupción había alcanzado su grado más vil. Sobre esta corrupción se asentaba el trono del sacerdocio religioso de la tribu de los quraysh. Para conservar este trono de poder tan lucrativo, era necesario mantener aquel ambiente y aquella infraestructura religiosa corrompidos. Era indispensable impedir que se alzara contra ellos cualquier protesta o voz discrepante, y que se hiciera cualquier llamamiento a la reforma y la corrección. Por tanto, era completamente natural que la tribu de los quraysh se enfureciera sobremanera ante el llamamiento del islam.
Además, la cultura de los quraysh era una cultura de extrema corrupción moral. El consumo de alcohol, el adulterio, el juego, la usura, el maltrato de las mujeres, enterrar vivas a las niñas, convertir en esclavos a personas libres y oprimir a los débiles: todo ello caracterizaba la cultura de los quraysh. Esta cultura estaba formada por la combinación de malos hábitos acumulados durante cientos de años y de repugnantes costumbres sociales que habían adoptado la apariencia de gloriosas tradiciones nacionales. Para los quraysh no era fácil romper esta jaula de hierro cultural que habían construido con sus propias manos y prepararse para desenvolverse en un entorno nuevo. Comprendieron de inmediato que el llamamiento de Muhammad era enemigo de sus costumbres y tradiciones ancestrales, sus hábitos, deseos, pasiones, artes refinadas y, en suma, de su amada cultura. Por eso, arrebatados por una intensa emoción, se decidieron firmemente a oponerse a aquel llamamiento.
En realidad, por todas estas razones, los dirigentes del sistema social corrompido establecido, los contratistas religiosos y los adoradores de sus pasiones se han unido siempre para alzarse contra el llamamiento de la verdad.
Unas cuantas chispas de fuego en la oscuridad absoluta
Antes de que el Mensajero (s.a.s.) recibiera la profecía, algunos hombres talentosos de Arabia habían comenzado a sentir inquietud. Basándose en las señales divinas reflejadas en los signos naturales presentes en el universo, llegaron a sentir desconfianza y aversión hacia la sociedad, el entorno y la religión pagana imperantes. Este estado hizo que sus corazones se inquietaran y alzaran la voz en una protesta espontánea. Poco antes hemos mencionado los nombres de algunos hombres sensibles; también de lo más profundo de sus almas brotaba un confuso anhelo de cambio.
Un día, la gente de Quraysh se había reunido alrededor de un ídolo para celebrar una festividad. Entonaban himnos a aquella deidad de piedra, le rendían culto, le ofrecían diversos votos y daban vueltas a su alrededor. Precisamente en ese momento, cuatro hombres —Waraqa ibn Nawfal, Abdullah ibn Jahsh, Uthman ibn al-Huwayrith y Zayd ibn Amr—, disgustados por aquella celebración absurda, estaban sentados aparte, en un lugar apartado, celebrando una reunión secreta. Después de jurar que mantendrían en secreto las palabras de los demás, comenzaron a conversar. Su opinión unánime era la siguiente: «Nuestro pueblo sigue una ideología completamente carente de fundamento. Han abandonado la religión de su antepasado Ibrahim. La estatua de piedra que adoran no ve, no oye, no puede beneficiar a nadie ni perjudicarlo. Compañeros, preguntad a vuestra propia conciencia y, por Allah, comprenderéis que no tenéis fundamento alguno. Recorred los países del mundo e investigad si en algún lugar queda un verdadero seguidor de la religión de Ibrahim». [Sira de Ibn Hisham, tomo I, pág. 242] Más tarde, Waraqa ibn Nawfal se hizo cristiano. Abdullah ibn Jahsh se hizo musulmán al principio, impulsado por su inquietud, y después, movido nuevamente por esa misma inquietud, se hizo cristiano. Uthman acudió ante el emperador de Roma y adoptó el cristianismo. Zayd, en cambio, no se hizo ni judío ni cristiano, y también abandonó el paganismo. Dejó de comer la carne de animales muertos, la sangre y la carne de los animales sacrificados en los altares, y comenzó a prohibir a la gente matar a las niñas. Decía: «Adoro al Señor de Ibrahim». [Sira de Ibn Hisham, tomo I, pág. 242] Asma, hija de Abu Bakr, dijo: «Vi al anciano jefe tribal Zayd sentado, apoyado contra la Kaaba. Decía: “¡Oh, pueblo de Quraysh! Por Allah, ninguno de vosotros sigue la religión de Ibrahim salvo yo”». Luego decía: «¡Oh Allah! Si supiera qué norma te agrada, te adoraría conforme a ella. Pero no lo sé». Después colocaba las palmas de las manos en el suelo y se postraba. [Sira de Ibn Hisham, tomo I, pág. 242] Cuando alguien iba a visitarlo, solía recitarle este poema, cuyo significado era: «¿Debe haber un solo Señor o miles? Cuando los problemas de la vida se distribuyen entre varios señores, ¿a cuál de ellos obedeceré?»
«He abandonado por completo a Lat y Uzza. Así actúan las personas firmes y pacientes».
«Sin embargo, seguiré adorando a mi Misericordioso, el Rahman, para que ese Señor indulgente perdone mis pecados».
«Por tanto, mantened firmemente el principio de temer únicamente a Allah; mientras lo mantengáis, no seréis destruidos».
La pobre esposa de Zayd, Safiyya bint al-Hadrami, lo vigilaba constantemente. A veces Zayd quería salir de La Meca en busca de la verdadera religión de Ibrahim. Pero su esposa informaba de antemano a Khattab ibn Nufayl. Y Khattab lo reprendía severamente por abandonar la religión de sus antepasados. Zayd estaba tan entregado a sus convicciones que, apenas entraba en el recinto de la Kaaba, exclamaba:
«¡Oh, verdadero Señor! He venido ante Ti para adorarte con sinceridad y con espíritu de servidumbre». Luego decía también: «Con el rostro dirigido hacia la Kaaba, busco refugio en Aquel ante quien Ibrahim buscaba refugio». [Sira de Ibn Hisham, pág. 248]
Jattab ibn Nufayl maltrataba a Zayd. Finalmente, lo desterró fuera de La Meca. Zayd permaneció en las proximidades de La Meca, cerca de Hira. Después, Jattab nombró como guardias suyos a algunos jóvenes y hombres de mala conducta de la tribu de Quraysh, y les ordenó impedirle entrar en La Meca. A veces Zayd llegaba a La Meca a escondidas. Cuando Jattab y sus compañeros se daban cuenta, lo expulsaban de nuevo. Lo torturaban con gran crueldad, acusándolo de pervertir la religión. Finalmente, harto, abandonó el país y recorrió Mosul, Siria y otros lugares en busca de la religión de Abraham. Por fin encontró a un sabio asceta en la región de Ró lka, en Damasco, y acudió a él para preguntarle por la religión de Abraham. El asceta le dijo: «Hoy ya no encontrarás ni una sola persona que siga esta religión. Sin embargo, pronto aparecerá un profeta que enarbolará el estandarte de esta religión, y aparecerá precisamente en el lugar de donde vienes. Ve y encuéntrate con él». Zayd había examinado a fondo el judaísmo y el cristianismo. Ninguna de esas dos religiones logró atraerlo. Siguiendo el consejo del asceta, se dirigió apresuradamente hacia La Meca. Pero en el camino, en un lugar llamado «Bilad Lajam», unas personas lo mataron. [Sira de Ibn Hisham, (tomo I, págs. 249-250)]
Después de la llegada del islam, Saíd, hijo de este Zayd, y Umar preguntaron al Mensajero de Dios si podían suplicar por el perdón de los pecados de Zayd. El Mensajero de Dios respondió: «Sí, porque el Día de la Resurrección se levantará como una comunidad independiente». Es decir, Zayd aceptó con plena sinceridad toda la guía que una persona puede obtener de su naturaleza pura; después se esforzó intensamente por alcanzar la guía de la revelación. Finalmente, se puso en camino hacia el Mensajero de Dios, pero fue martirizado en ese mismo camino de búsqueda de la verdad.
De este largo relato se comprende que la historia se había vuelto impaciente por tomar un nuevo rumbo y que la conciencia humana se había agitado. Sin embargo, aparte de las vagas señales de la naturaleza, no se vislumbraba ninguna orientación hacia la luz. El ambiente de las prácticas religiosas deformadas y los rituales irracionales había estrangulado la individualidad de las personas. La gente estaba encerrada entre las cuatro paredes del estancamiento. Las personas sensibles se habían detenido, unas, en la morada del cristianismo, porque el ambiente les era favorable; de lo contrario, se habían visto obligadas a abandonar el país. Pero combatir la desviación imperante era sumamente difícil. Entre los cuatro hombres mencionados había surgido una rebelión. De ellos, solo Zayd tuvo el valor de invocar al Dios único sentado en el Santuario Sagrado y condenar el politeísmo ante los qurayshíes. Pero tampoco él pudo hacer mucho más que manifestar su inquietud y protestar, pues no tenía ante sí ningún modelo claro y completo que pudiera adoptar como base de la predicación y del movimiento. Aun así, La Meca se negó a tolerar su existencia.
En la sociedad de la época de la ignorancia, los poetas gozaban de un estatus especial. También ejercían el liderazgo psicológico de la gente. Sus poemas eran la filosofía de la mentalidad y del pensamiento de la sociedad de entonces. La huella de la inquietud de la conciencia social se reflejaba en los poemas de los poetas de la época de la ignorancia inmediatamente anterior al Mensajero de Dios. En esos poemas, a menudo la conciencia humana alzaba la voz en favor de las verdades fundamentales.
Uno de estos poetas fue Umayya ibn Abi as-Salt, destacado jefe de Taif. Presentó buenas concepciones sobre la unicidad de Dios, el Día de la Resurrección y la retribución por las obras. Además, sus poemas contienen bastantes consejos morales. También se rebeló contra el pensamiento politeísta. Sin embargo, no tuvo la fortuna de aceptar la predicación del Mensajero de Dios. Al Mensajero de Dios le gustaban sus poemas y decía: «Este hombre había llegado al umbral de aceptar el islam».
Al observar la agitación mental de personas conscientes de este tipo, parece que el ambiente se había vuelto impaciente por recibir un mensaje nuevo y lleno de vida.
La fuerza revolucionaria que la historia esperaba se manifestó, en el momento oportuno, por medio de Muhammad, la paz y las bendiciones de Dios sean con él. Él no apareció únicamente alzando la voz en una protesta negativa y mostrando su disposición personal y su noble carácter; más bien, apareció con una doctrina y una ideología positivas y universales, para transformar radicalmente a toda la nación y todo el entorno. ¿Cómo podía la poderosa fuerza de la falsedad que dominaba entonces Arabia tolerar semejante «delito» (?)?
La primera época de la predicación: la difusión secreta
En los albores del inicio de la profecía, mientras el Mensajero de Allah (s.a.) se entregaba a la meditación solitaria como preparación, se le mostraban diversos sueños verídicos. A veces escuchaba voces del mundo invisible y, en otras ocasiones, veía ángeles. Finalmente, llegó el primer mensaje desde el Trono de Allah. Gabriel vino y se dirigió a él: (Árabe********)
Esta fue su primera experiencia al recibir la revelación. Sintió como si una carga enorme y aterradora se hubiera asentado sobre su cuello. Al regresar a casa, informó del suceso a su esposa. Ella lo consoló diciéndole que su Señor nunca lo abandonaría. Waraqa ibn Nawfal dijo: «Este es el mensajero de Allah que descendió sobre Moisés (a.s.)». También dijo: «La gente de este país te tratará de mentiroso, te acosará, te expulsará del país y combatirá contra ti. Si sigo vivo ese día, te apoyaré en la causa de Allah». Después, fue encargado oficialmente de transmitir la invitación a la verdad en nombre de Allah. Se le impuso la enorme carga de una gran responsabilidad. Esta invitación fue presentada primero a Jadiya (r.a.), quien obtuvo el honor de ser la primera persona en creer en ella. Después, esta tarea comenzó a desarrollarse lentamente y en secreto. Abu Bakr al-Siddiq (r.a.) era amigo suyo desde la infancia. Ambos tenían un carácter, una mentalidad y unos gustos semejantes. Cuando recibió la invitación a la verdad, la aceptó de inmediato, como si su alma hubiera estado esperando esto desde hacía tiempo. Zayd, el hijo adoptivo del Mensajero (s.a.), también se convirtió en su compañero. Ya había sido influido por su vida y su carácter.
Que estas personas más cercanas creyeran en él era una prueba de su devoción, sinceridad y veracidad. Durante varios años, habían conocido completamente su vida personal y social, así como su interior y su exterior. A nadie le era posible conocer mejor que ellos la vida, el carácter, los pensamientos y la mentalidad del Mensajero (s.a.). Estas personas más cercanas respondieron a su llamamiento desde el mismo comienzo y dieron testimonio de que la veracidad y la sinceridad del que llamaba eran indudables.
Tan pronto como Abu Bakr (r.a.) se convirtió en un soldado del movimiento del Mensajero (s.a.), comenzó a trabajar intensamente entre las personas bajo su influencia. Hizo miembros de este movimiento revolucionario a varias personalidades importantes, entre ellas Umar, Uthman, al-Zubayr, Abd al-Rahman ibn Awf, Sa’d ibn Abi Waqqas y Talha (r.a.). Con extrema cautela, secreto y silencio, fueron extendiendo esta labor. Entre quienes se incorporaron a las filas de los primeros musulmanes durante esta etapa secreta e inicial del movimiento islámico se encontraban, entre otros, Ammar, Khabbab, al-Arqam, Sa’id ibn Zayd —el hijo de Zayd ibn Amr, mencionado anteriormente, que había sido profundamente influido por su padre—, Abd Allah ibn Mas’ud, Uthman ibn Maz’un, Abu Ubayda y Suhayb al-Rumi.
Cuando llegaba la hora de la oración, el Mensajero (s.a.) se dirigía a alguna montaña y regresaba después de rezar en secreto con sus compañeros. Solo realizaba la oración de duha en el recinto de la Kaaba, porque esa oración también era practicada entre los qurayshíes. En cierta ocasión, el Mensajero (s.a.) rezó en un desfiladero acompañado de Ali (r.a.). En ese momento, su tío Abu Talib los vio. Al observar aquella nueva forma de oración, quedó estupefacto y continuó mirándola con profunda atención. Al terminar la oración, preguntó: «¿Qué religión habéis adoptado?». El Mensajero (s.a.) respondió: «Esta era la religión de nuestro antepasado Abraham».
Al oír esto, Abu Talib dijo: «A mí no me es posible adoptar esta religión. Sin embargo, os doy permiso para practicarla. Nadie podrá impediros hacerlo». [Sirat al-Nabi, Shibli Numani, tomo I, p. 192.]
Abu Dharr (r.a.) también creyó durante esta etapa secreta del movimiento islámico. Según el erudito Shibli Numani, ocupaba el sexto o séptimo lugar en la sucesión de los primeros creyentes. También era uno de aquellos que sufrían una profunda inquietud y que, después de abandonar la idolatría, adoraban y recordaban a Allah respondiendo únicamente al llamado de su naturaleza pura y de su conciencia. De algún modo, llegó a conocer la invitación del Mensajero (s.a.). Entonces envió a su hermano para obtener información precisa. Su hermano se entrevistó con el Mensajero (s.a.), escuchó su recitación del Corán y, al regresar, le dijo: «He visto a este hombre que invita a la fe. La gente lo llama apóstata [véase la extraña forma que adopta una sociedad desviada: aquel que vino a enseñar la fe a toda la humanidad es considerado un apóstata. Los comerciantes de la religión de todas las épocas han emitido veredictos de este tipo]. Pero enseña nobles virtudes morales y recita unas palabras maravillosas, completamente distintas de la poesía humana. Su conducta se parece a la tuya». Después, él mismo fue y aceptó el islam.
Este suceso demuestra que, a pesar de mantenerse en secreto, la fragancia de la verdad se extendía de horizonte en horizonte, transportada por el viento. En aquella época también comenzaron a ponerle al Mensajero (s.a.) diversos apodos ofensivos. No obstante, el ambiente seguía siendo más o menos tranquilo y normal, porque los dirigentes qurayshíes aún no habían comprendido la gravedad del peligro que se avecinaba.
Obsérvese también un asunto importante: entre los líderes de primera línea de este movimiento islámico no había ninguno que ocupase un alto cargo nacional o religioso. Por ello, estaban libres de todas las ataduras del interés personal. En la historia, son precisamente los jóvenes de espíritu independiente quienes suelen ocupar las primeras filas para iniciar grandes cambios. Ningún líder ni funcionario de alto rango contribuyó a esta labor.
Los líderes de Quraysh no consideraron que este movimiento islámico, todavía en su etapa clandestina, mereciera la menor atención. Pensaban que no era más que la locura de unos cuantos jóvenes. Decían cosas incoherentes. Al cabo de unos días, recuperarían por sí mismos la razón. ¿Quién tendría el valor de rebelarse contra nosotros? Así, aquellos hombres sentados en el trono del poder estaban tan desorientados por el orgullo de su autoridad que, bajo la sombra de ese trono y sin que lo advirtieran, las semillas de la verdad fueron creciendo poco a poco hasta convertirse en gigantescos árboles de la historia. Los qurayshíes también creían que, puesto que veneraban y adoraban tanto a dioses como Lat, Manat y Uzza, estos protegerían el honor y la religión pagana. Su maldición espiritual acabaría con la rebelión contra los dioses de aquel reducido grupo de monoteístas.
El llamamiento público
Así pasaron tres años. Pero no es costumbre de Allah permitir que una situación permanezca para siempre de la misma manera. Su práctica constante es hacer surgir la verdad para que se oponga a la falsedad y provocar un enfrentamiento entre ambas. Como dice Allah: «Más bien, arrojamos la verdad contra la falsedad, y entonces la verdad la golpea; así, la falsedad desaparece». —Sura Al-Anbiya
Conforme a esta práctica constante de Allah, se emitió la orden: «Proclama lo que se te ha ordenado».
El Mensajero (s.a.s.) reunió toda su determinación y valor, se preparó para la nueva situación potencialmente conflictiva y un día se presentó en la cima del monte Safa. Luego convocó a la gente de Quraysh conforme a una costumbre particular de los árabes. En momentos de peligro, era habitual llamar a la gente en su ayuda mediante una señal sonora especial. Él adoptó ese procedimiento. La gente acudió corriendo. Se congregó una gran multitud. Todos permanecieron escuchando, conteniendo la respiración, para saber qué había ocurrido.
El Mensajero (s.a.s.) preguntó primero: «Si os dijera que un ejército invasor viene corriendo para atacaros desde el otro lado de esta montaña, ¿me creeríais?»
Todos exclamaron a una voz: «Sí, ¿por qué no? Siempre te hemos visto decir la verdad».
—Entonces, ¡oh descendientes de Abd al-Muttalib, oh descendientes de Abd Manāf, oh descendientes de Zuhra, oh hijos de Tamīm, oh descendientes de Majzūm, oh descendientes de Asad!, escuchadme: aceptad al Dios único como vuestro Señor y Dios, o de lo contrario descenderá sobre vosotros un severo castigo. Dicho esto, presentó por primera vez una invitación pública, de manera muy concisa.
Su tío Abu Lahab, apenas oyó aquellas palabras, ardió de ira y dijo: «¡Desgraciado! ¡Que perezcas hoy mismo! ¿Acaso nos convocaste aquí solo para decirnos esto?». Abu Lahab y los demás líderes se marcharon sumamente irritados y enfurecidos.
Cabe señalar que la reacción de Abu Lahab fue considerar la invitación del Mensajero como algo absolutamente insignificante e indigno de ser tomado en serio. En aquel momento no se manifestó ninguna otra reacción. La única queja era: «Nos has molestado sin motivo y nos has hecho perder el tiempo».
El segundo paso de la invitación pública consistió en que el Mensajero organizó un banquete para los miembros de la familia de Abd al-Muttalib. Al banquete asistieron también personalidades importantes como sus tíos Hamza, Abu Talib y Abbas. Después de la comida, pronunció un breve discurso. Dijo: «La ley que he traído es beneficiosa tanto para esta vida como para la otra. ¿Quiénes están dispuestos a ser mis compañeros en esta tarea?». Esto demuestra que, desde el inicio de su invitación, era consciente de que no había venido con una religión separada de la vida mundana, sino con una religión capaz de hacerla próspera y hermosa.
Entre los presentes, que habían escuchado su llamado, comenzó a reinar el silencio. De pronto, un muchacho de trece años rompió el silencio y se puso de pie. Dijo: «Aunque padezco una enfermedad en los ojos, tengo las piernas débiles y solo soy un muchacho, aun así seré tu compañero». Este era Ali (r.a.). Más tarde demostraría ser uno de los pilares de este movimiento.
Nadie respondió, salvo un muchacho. Al ver aquella escena, los presentes estallaron en estruendosas carcajadas. Con aquellas carcajadas, los descendientes de Abd al-Muttalib dieron a entender, indirectamente, lo siguiente: «¿Qué gran revolución podrán realizar juntos esta invitación, quien la presenta y el muchacho que ha respondido?». Todo esto no es más que una broma y una locura. Para responder a este llamado, basta con una carcajada burlona.
Tampoco en este segundo acontecimiento se alteró la calma del ambiente. Pero cuando se dio el tercer paso, surgió la agitación en la sociedad y esta fue intensificándose gradualmente.
Antes de hablar de este tercer paso, parece necesario relatar otro acontecimiento. Como ya he dicho, debido al ambiente adverso, la oración se realizaba en secreto; el Mensajero y sus compañeros salían de la ciudad y oraban en los terrenos elevados o bajos de las montañas, o en las llanuras. Un día, mientras Sa’d ibn Abi Waqqas (r.a.) oraba con otros compañeros en un refugio montañoso, los politeístas los descubrieron. Durante la oración, los politeístas comenzaron a proferir palabras obscenas y a burlarse de cada uno de sus movimientos. Como no recibieron ninguna respuesta, se irritaron y emprendieron un ataque terrorista. En aquel enfrentamiento, Sa’d ibn Abi Waqqas (r.a.) resultó herido por el golpe de espada de uno de los politeístas. Este fue el primer derramamiento de sangre por la causa de Dios en la tierra de La Meca. Fue la primera reacción violenta y desenfrenada de la sociedad de la ignorancia. Esta reacción dejaba entrever que la oposición comenzaba a avanzar por el camino de la violencia.
Creación de un ambiente de provocación y agitación
En el movimiento islámico se reunieron gradualmente cuarenta colaboradores. De este modo, la organización islámica se convirtió en una fuerza real. Ya se había dado la orden de proclamar públicamente la palabra de la verdad. Para cumplir esta orden, un día el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se puso de pie en el recinto de la Kaaba y proclamó la unicidad de Allah. Pero cuando la conciencia religiosa se corrompe, los valores religiosos quedan pisoteados. Por eso, decir en el recinto de aquella casa sagrada, que un día había sido establecida como centro de la difusión del mensaje del tawhid, que Allah es Uno, fue considerado una ofensa contra ese centro. Es verdaderamente sorprendente que la Kaaba Sagrada no fuera profanada por la instalación de tantos ídolos, ni por frotar la frente ante ellos, ni por circunvalarla desnudos, lanzar gritos rituales o dar palmadas. Tampoco se consideraba una ofensa contra la Kaaba sacrificar animales en nombre de las divinidades ni cobrar impuestos por ejercer de sacerdotes y custodios. La ofensa se producía únicamente al mencionar el nombre del verdadero Dueño de aquella casa.
Se alzó una voz: «¡Se ha profanado la Kaaba, se ha mancillado el honor del Santuario Sagrado!». ¡Qué asunto tan terrible! ¡Una acción provocadora, capaz de hacer hervir la sangre! Los politeístas, descontrolados por la intensa agitación y confundidos por la emoción, acudieron corriendo desde todas partes al oír la fórmula del tawhid. Comenzó el alboroto. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) quedó rodeado. Harith ibn Ubay acudió corriendo para proteger al Mensajero al oír el tumulto. Pero murió como mártir al recibir un golpe de espada. En el conflicto entre el islam y la ignorancia preislámica en Arabia, este fue el primer martirio ocurrido con el objetivo de proteger el islam.
En lugar de analizar y decidir sobre el llamamiento presentado de manera sumamente pacífica y razonable, y de responder a los argumentos con argumentos, se respondió a él con emoción ciega y violencia desenfrenada. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no obligó a nadie, por la fuerza de la espada, a aceptar la palabra de la verdad. Sin embargo, las fuerzas opositoras se enfrentaron a él con la espada en la mano. Esta es la principal característica de los defensores egoístas de un sistema falso: responden a los argumentos creando provocación y agitación, y a las pruebas, violencia y terror. Los opositores carecían siquiera de la tolerancia necesaria para reflexionar durante unas semanas, unos días o unos minutos sobre la proclamación hecha en el recinto de la Kaaba. Podrían haber reconocido que Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), al igual que ellos, tenía derecho a profesar alguna religión, doctrina, filosofía o credo; a hablar conforme a ella, y a oponerse a la religión, doctrina o credo de otros. Podrían haber admitido al menos la posibilidad de que hubiera algunos errores entre nosotros y de que la ideología predicada por Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) contuviera un medio para corregirlos. En realidad, entre los dirigentes de cualquier sistema falso desaparece por completo la tolerancia hacia las opiniones ajenas, y se destruye su capacidad de pensar, juzgar y deliberar.
Intente imaginar por un momento cómo era aquel ambiente en el que nuestro amado Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) cumplía su deber, arriesgando la vida por el bienestar terrenal y eterno de todos nosotros, completamente desarmado y sin recurso alguno.
Propaganda calumniosa
Aunque el asesinato de un inocente cometido por los habitantes de La Meca dentro del Santuario Sagrado, símbolo de las sagradas emociones, aspiraciones y esperanzas del profeta Ibrahim y del profeta Ismail (la paz sea con ambos), permitía vislumbrar algo del futuro que se avecinaba, este hecho no marcó el comienzo de la verdadera era de la violencia.
La primera etapa de la oposición transcurre siempre entre bromas, burlas, ridiculización y sofismas, y gradualmente adopta la forma del terror y el matonismo.
Además de la vil bajeza de los insultos, los expertos en propaganda comenzaron también a inventar toda clase de apelativos con el propósito de restar importancia a la prédica del Mensajero (s. a. s.).
Por ejemplo, alguien decía: «No escuchéis lo que dice este hombre, porque es un “apóstata”. Ha abandonado la religión tradicional de nuestros antepasados y él mismo ha inventado una religión absurda y fantasiosa». No atendían a ningún argumento. Cualquiera que quisiera emitía una fatua de incredulidad. A veces decían que se había convertido en un «sabeo» (adorador de las estrellas o de la naturaleza). Puesto que, en la sociedad politeísta de aquella época, ser sabeo era algo indeseable y vergonzoso, calificar a alguien de sabeo se consideraba un insulto, del mismo modo que hoy se llamaría a un musulmán judío, jariyí o ateo. El único recurso de quienes son incapaces de presentar argumentos y pruebas contra la verdad es la propaganda negativa. Y una de las armas de esa propaganda negativa consiste en atribuir malos nombres y apelativos denigrantes. En cada callejón y en cada reunión, los propagandistas de La Meca pregonaban: «Se han vuelto sabeos, han abandonado la religión de sus antepasados y vienen predicando nuevas creencias», y cosas por el estilo. Cuando se desataba semejante tormenta propagandística, estremece pensar cuán opresivo y asfixiante se volvía el ambiente para la gente común, y cuán difícil resultaba encontrar el camino correcto. Tampoco es fácil imaginar la crisis a la que se enfrentaba aquella pequeña caravana de la verdad en semejante entorno. Sin embargo, por peligrosa que sea una situación o un ambiente, no puede bloquear el camino de las personas firmes y decididas. Allah dice:
«Nadie puede impedir la gracia que Allah concede a la gente». (Sura Fátir)
Cuando se responde a los argumentos y las pruebas con una lluvia de insultos, siempre sucede que los argumentos y las pruebas permanecen firmes en su lugar; en cambio, el insulto, aunque se sostenga en la emoción y perdure unos cuantos días, pronto pierde su brillo y se desvanece, y la gente termina sintiendo rechazo y repugnancia hacia él. Por eso, el principio de quienes tienen experiencia en esta tarea consiste en inventar continuamente nuevos insultos.
De acuerdo con este principio, inventaron otro insulto para el Mensajero (s. a. s.): «Ibn Abi Kabsha». «Abi Kabsha» era el nombre de un hombre infame de Arabia. Adoraba la estrella llamada «Shira», en oposición a la orientación religiosa de toda Arabia. El apelativo «Ibn Abi Kabsha» surgió a partir del nombre de aquel Abi Kabsha. Significa «hijo o seguidor de Abi Kabsha». ¡Que Allah nos preserve! ¡Para desahogar su rencor, cuántas cosas llegaron a inventar los exaltados habitantes de La Meca!
Cuando se convierte a la figura central y principal de una prédica o movimiento en blanco de ataques tan viles, el objetivo no es únicamente hacer sufrir a esa persona; el verdadero objetivo es denigrar la doctrina, la ideología y el movimiento cuya expansión creciente alarma a sus adversarios, y perjudicar su imagen. Pero ¿cómo es posible detener con un dique de arena una corriente impetuosa? Los burlones de La Meca veían claramente que, por muchos diques que construyeran con suciedad y desperdicios, estos eran arrastrados como paja por el ímpetu de esta prédica, que avanzaba cada mañana y cada tarde, aunque fuera un poco. Por eso adoptaron una nueva estrategia de propaganda. Inventaron para el Mensajero (s. a. s.) otro apelativo y comenzaron a decir: «Este hombre se ha vuelto loco». ¡Que Allah nos preserve! «Su mente se ha trastornado por la maldición de los dioses. Las cosas que dice no son apropiadas para ninguna persona consciente, ni son palabras fruto de un juicio sutil y reflexivo. Es un hombre aquejado de una enfermedad mental o de histeria. Cuando esta enfermedad se agrava, a veces ve ángeles. A veces sueña con el Paraíso y el Infierno; otras veces cree que alguna revelación o alguna palabra extraña le llega desde el mundo invisible. En realidad, es un hombre con la mente trastornada. No se debe prestar atención a sus palabras. Todos deben mantenerse firmes en su confianza en las creencias religiosas que profesan tradicionalmente». Llamar locos, dementes, necios o tontos a quienes convocan a la verdad para embotar el filo de sus argumentos es una práctica habitual de los seguidores de la falsedad. Se considera inteligentes y sensatas a las personas cuyo hábito es dejarse arrastrar por la corriente de las costumbres sociales vigentes, con el fin de aumentar el bienestar y la prosperidad mundanos y satisfacer su codicia, sus ambiciones y sus deseos. En cambio, en el diccionario de los adoradores del mundo no existe palabra más apropiada que «necios» y «dementes» para quienes, al adoptar un programa de reforma y corrección de la sociedad, ponen en riesgo sus propias vidas.
Estos insultos no se pronunciaban únicamente a espaldas de ellos, sino también cara a cara:
ياايهاالذىنزلعليهالذكرانكلمجنون
«Oh, tú que pretendes haber recibido la revelación, no eres más que un loco» (sura Al-Hiyr, 6).
En realidad, si no se insulta a alguien en su propia cara, no se disfruta verdaderamente del insulto.
Pero cabe reflexionar sobre esto: ¿existe algún caso en que la gente de una sociedad se haya unido para llevar a cabo un movimiento bajo el liderazgo de un loco? ¿Acaso una sociedad de jóvenes de mente sana, carácter honrado y conscientes ha aceptado alguna vez el liderazgo de personas necias? ¿Alguna vez personas sanas e inteligentes han respondido al llamamiento de un demente trastornado? Para responder a estas preguntas, los politeístas de La Meca prepararon otra excusa. [Los occidentales acuñaron el término fanáticos para referirse a las personas piadosas precisamente en el sentido de que son individuos emocionales y mentalmente desequilibrados. Cuando las personas irreligiosas de nuestra sociedad llaman «mullahes» a quienes aman el islam, lo hacen en el sentido de que son ingenuos, desconocen las exigencias de la época y son devotos ciegos de las ideas del pasado. Bajando aún un grado más, los opositores califican a las personas religiosas de ignorantes y necias en materia de política.] Dicen: «Este hombre que pretende ser profeta también domina la magia. Cada vez que alguien viene a entrevistarse con él, lo hipnotiza después de decirle unas pocas palabras y muestra el colmo de su habilidad mágica. Por eso, incluso personas muy inteligentes están cayendo gradualmente en su trampa».
Pero no puede dejar de surgir la pregunta: ¿ha dirigido algún mago, hasta el día de hoy, un movimiento religioso y cultural? ¿Ha utilizado alguna vez un mago o un astrólogo la magia para enseñar la adoración de Allah, el tawhid, la honestidad y la justicia? ¿Existe en la historia algún caso en que una persona de mentalidad semejante a la de un mago haya emprendido, valiéndose de sus poderes mágicos, un movimiento revolucionario para transformar el sistema social y político vigente? ¿Existe en algún lugar algún ejemplo de haber cambiado la mente, el cerebro, el carácter y el alma mediante el poder de la magia? Y ¿qué clase de mago era este, que, en lugar de mostrar trucos mágicos para ganar unas pocas monedas, soportaba la opresión y la persecución de la gente de todo el país, seleccionaba a los mejores miembros de la sociedad y se preparaba para dirigir una gran campaña colectiva? ¿Era esto algún tipo de engaño? En realidad, era una acusación de rutina. En todas las épocas se ha formulado esta acusación contra quienes se dedicaban a la labor de la da‘wah y el tabligh. Por medio de ella se intentaba hacer creer al pueblo que esta da‘wah no tenía ninguna relación con la verdad y que, por ello, tampoco contenía ningún elemento capaz de despertar una atracción espontánea hacia ella. Se pretendía que los argumentos del predicador no tenían la fuerza necesaria para conquistar el corazón de las personas, sino que todo el asunto se basaba en el fraude y las artimañas de la magia. Por eso incluso personas muy inteligentes se ven influidas por la da‘wah y pierden el equilibrio.
Es posible que algunas personas hubieran presentado ante los líderes de Quraysh las palabras recibidas por el Mensajero de Allah, especialmente los versículos del Corán, señalando que contenían un lenguaje de gran belleza retórica. Es posible también que los expertos literarios de aquella época hubieran discutido y reflexionado profundamente sobre ese lenguaje, y que hubieran percibido que aquellas palabras de la revelación eran milagrosas y extraordinariamente influyentes. Por eso, para refutar la idea del carácter milagroso de estas palabras, comenzaron a decir: «¿Qué tiene de milagroso? No es más que una forma de poesía, una práctica artística del lenguaje y una elocuencia literaria. Muhammad (s. a. w.) es un orador de gran talento. Con la fuerza de su elocuencia, algunos jóvenes de mente inmadura se están desviando».
Pero la pregunta es: poetas han aparecido muchos en el mundo. ¿Ha surgido alguna vez en la Tierra un poeta cuyo carácter fuera tan incomparable e intachable como el de Muhammad (s. a. w.) y sus compañeros? ¿Acaso quienes se limitaban a animar las reuniones de poesía pudieron alguna vez realizar actividades religiosas del tipo que se desarrollaba ante los ojos de Quraysh?
Esta pregunta también desconcertaba a Quraysh. En respuesta, difundieron contra el Mensajero de Allah otra calumnia: la de que practicaba la astrología. Los astrólogos seguían ciertas formas de conducta religiosa. Creaban un ambiente misterioso. Pasaban su vida entregados a cuarenta días de meditación, retiro, recitación y fórmulas mágicas. Recopilaban información diversa mediante toda clase de métodos anormales y la expresaban en un lenguaje misterioso y técnico. Se movían entre la gente común como personas extraordinarias. A estos individuos, algo desequilibrados, se les llamaba «kahin». Al llamar así al Mensajero de Allah, pretendían dar a entender que él también había abierto el mismo negocio fraudulento, para que la gente acudiera a hacerse discípula suya y pudiera resolver además sus problemas de subsistencia. (¡Allah nos libre!)
Pero el Corán respondió contundentemente a toda esta propaganda diciendo:
(Árabe*********)
«No es un poeta. Pero vosotros mismos habéis cerrado las puertas de vuestra fe y vuestra creencia. No es un adivino. Pero vosotros no reflexionáis en absoluto». (Sura Al-Haqqah)
Esta es la muy breve evaluación que el Corán hizo de la furia de su desenfreno:
(Árabe********)
«Mira qué clase de proverbios, ejemplos, términos y títulos aplican estas personas en relación contigo». Después de hacer todo esto, sobre cómo de repente se extravían, el Corán dice: (árabe*****) «Se han engañado a sí mismos».
Ahora observen otro intento de difundir la confusión. Quienes afirmaban ser seguidores de la religión del profeta Abraham decían que un yinn acudía a Muhammad (que la paz sea con él) y le enseñaba palabras y discursos extraños. A veces se mencionaba el nombre de un esclavo cristiano romano de La Meca (Yaber, Yabra o Yar b) y se decía que aquel esclavo iba secretamente a escribirle a Muhammad todos esos discursos. Sin embargo, solo acudía de vez en cuando para escuchar las palabras del Mensajero (que la paz sea con él). En una ocasión, un grupo de dirigentes de Quraysh dijo al Mensajero (que la paz sea con él): «Hemos oído que un hombre llamado al-Rahman, de Yamama, te enseña todas estas cosas. ¡Por Dios!, nunca creeremos en ese al-Rahman». [Sira de Ibn Hisham, (en árabe), tomo I, pág. 317] El propósito de toda esta propaganda infundada era hacer creer a la gente que aquello era obra de alguna fuerza extranjera maligna o de alguna persona. Muhammad (que la paz sea con él), convertido en instrumento de esas fuerzas malignas y conspirando en connivencia con ellas, había tramado destruir nuestra religión y nuestro sistema social. Por otra parte, también se intentó hacer creer que aquellas palabras cautivadoras y ornamentadas no eran una manifestación del talento de Muhammad ni un don de Allah. Más bien, mediante ellas, alguna tercera fuerza externa intentaba ejercer influencia sobre ellos. Además, con ello se acusaba al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) de atribuir falsamente una calumnia a Allah. El Corán respondió detalladamente, frustrando todas esas malas intenciones. Sin embargo, su desafío más irrefutable e incontestable fue este: «Traed, si podéis, una sura o varios versículos semejantes al Corán, aun reuniendo los esfuerzos de los yinn y de los seres humanos».
De manera incidental, con ello también se daba a entender que Muhammad (que la paz sea con él) no estaba diciendo nada nuevo ni mostrando ningún mérito extraordinario. En realidad, reunía diversos elementos de algunos relatos antiguos y los presentaba nuevamente con un lenguaje enfático. Esto no era más que una especie de arte de contar historias. Así como los narradores animan una reunión contando historias, Muhammad conquistaba el corazón de sus oyentes relatándoles historias entretenidas. Al calificar la invitación al islam de antiguos cuentos y relatos, se insinuaba mordazmente lo siguiente: ¿cómo podrían resolverse los problemas de esta época mediante esos cuentos anticuados? Los tiempos han cambiado mucho. Los antiguos cuentos de hadas no tienen ninguna utilidad para la gente de la época actual.
Lo curioso es que, por un lado, se acusaba al Mensajero (que la paz sea con él) de predicar una nueva religión completamente opuesta a la religión de sus antepasados. Por otro lado, se denunciaba precisamente el mensaje presentado por ese mismo Mensajero como antiguos cuentos y relatos. Es una costumbre habitual de los intrigantes malintencionados que, sin reflexionar sobre lo anterior ni lo posterior, unas veces señalen un defecto desde un ángulo y otras veces ataquen desde el ángulo opuesto planteando una objeción exactamente contraria. Sin embargo, ni siquiera se dan cuenta de que así están actuando de manera contradictoria.
En esta etapa se abrió un frente mediante los poetas. Abu Sufyan ibn Hariz, Amr ibn al-As y Abdullah ibn Zabari fueron encargados de componer y difundir poemas de intensa condena contra el Mensajero (s. a. s.). Cabe señalar que los poetas ejercían una enorme influencia en la sociedad árabe de la época de la ignorancia. Por así decirlo, desempeñaban el papel de formadores psicológicos y orientadores de la gente. Cada palabra que salía de sus labios dejaba una profunda huella en el corazón de las personas, y era memorizada y difundida. Puede suponerse que, en aquella época, los poetas ocupaban en gran medida una posición semejante a la de los periodistas de nuestros días. Así como hoy un periodista hábil, valiéndose de su pluma y del poder de su periódico, puede causar mucho daño a alguien al ensañarse con él, y puede crear montañas de problemas para una predicación, un movimiento o una organización mediante sus comentarios maliciosos y mordaces, sus burlas indecentes y sarcásticas, sus cartas impropias, la omisión o distorsión de noticias y los titulares engañosos, los poetas árabes desempeñaban exactamente ese mismo papel. Allí había varios poetas encargados de difundir por cada calle y rincón la mala fama y las calumnias contra Muhammad (s. a. s.) y su movimiento, y de envenenar el ambiente con insultos rimados y consignas denigrantes. Se había creado en torno a Muhammad (s. a. s.) una escena exactamente igual a la que se produce cuando se azuza a los perros contra un transeúnte respetable. Sin embargo, el mensaje y el carácter del Profeta Muhammad (s. a. s.), amigo de la humanidad, apagaban y anulaban por completo el efecto mágico de la propaganda maliciosa de los poetas.
Cabe señalar que toda esta campaña de propaganda maliciosa no se llevaba a cabo por un malentendido, sino en el marco de una conspiración cuidadosamente meditada y planificada. Habían decidido por unanimidad y de forma concertada lo siguiente:
«No escuchéis este Corán; al contrario, armad alboroto mientras se recita, quizá así podáis vencer». (Ha-Mim as-Sajda, aleya 26)
Es decir, no prestéis atención alguna a las palabras del predicador ni intentéis comprenderlas. De lo contrario, podría producirse un cambio en vuestra manera de pensar y podrían destruirse vuestras creencias existentes. Cread obstáculos para su difusión armando alboroto y convertidlo en objeto de risa y burla. Así se quebrará la fuerza del Corán y la victoria final será vuestra. A partir de esta aleya puede deducirse cómo es la psicología de las fuerzas opuestas al islam. No quieren escuchar ni comprender, y tampoco quieren permitir que otros escuchen y comprendan. Por eso quieren crear obstáculos provocando tumultos. ¡A nuestro amado líder le tocó enfrentarse precisamente con personas así!
Así se expresaba con veneno As ibn Wa’il as-Sahmi en su intento de dañar la imagen de la predicación y el movimiento del Mensajero (s. a. s.): «Dejad que Muhammad haga lo que está haciendo. Él está sin descendencia. No tiene hijos varones. Cuando muera, nadie recordará siquiera su nombre y os libraréis para siempre de él». Este comentario malicioso se hizo porque los hijos varones del Mensajero (s. a. s.) no habían sobrevivido. En Arabia, aquella observación tampoco carecía de fundamento. Sin embargo, como la gente de antaño, ellos no eran capaces de comprender que los verdaderos hijos de las figuras creadoras de la historia, como los profetas, son sus extraordinarias hazañas históricas. De sus mentes surgen nuevas civilizaciones. Sus compañeros y seguidores avanzan en grupos para preservar la herencia de su predicación y sus enseñanzas, y para revivir su memoria. El inmenso bien que surge de este modo tiene una fuerza y un valor muy superiores a los de innumerables hijos varones. Precisamente como respuesta a este comentario mordaz fue revelada la sura Al-Kawzar. En esa sura se les dice a As y a sus compañeros: «He concedido a Mi Profeta Al-Kawzar; he convertido Al-Kawzar en una fuente de abundante bien para él; le he dado la más excelsa de las dádivas, como el Corán; le he concedido un vasto grupo de creyentes obedientes a Allah y al Mensajero, que ponen en práctica y difunden el islam; y en la otra vida he preparado para él el estanque llamado Al-Kawzar como regalo. Quien tenga permiso para beber una vez de ese estanque no volverá a sentir sed jamás». Después Allah dijo: «Oh, Profeta, en realidad tus enemigos son los que están sin descendencia. Nadie los recordará verdaderamente. Nadie pensará siquiera en quién fue tal o cual persona. No tendrán ningún lugar en la historia».
No parece fuera de lugar presentar aquí una lista de los miserables de La Meca que más se excedían en sus burlas y sarcasmos. Eran Aswad ibn al-Muttalib, de la tribu de Banu Asad; Aswad ibn Abd Yaghuz, de la tribu de Banu Zuhra; Walid ibn al-Mughira, de Banu Majzum; As ibn Wa’il, de Banu Sahm; y Hariz ibn Talatila, de la tribu de Banu Juzaa.
Las controversias sofísticas
Junto con las burlas y sarcasmos, las bromas y mofas, los insultos y la atribución de epítetos indecentes, también comenzó la etapa de las controversias sofísticas. Quienes no querían aceptar una verdad evidente intentaban crear obstáculos suscitando toda clase de disputas falaces entre ellos y el predicador. Cuando uno de estos intentos fracasaba, iniciaban otro con renovado empeño. La vida entera de quienes se entregan a tales esfuerzos se desperdicia en ello, sin que puedan beneficiarse a sí mismos ni prestar un servicio constructivo a los demás. Las preguntas y objeciones planteadas con sinceridad tienen una naturaleza, mientras que las planteadas conspirativamente para bloquear el camino del predicador tienen una naturaleza completamente distinta. A la formulación de estas últimas preguntas y objeciones se la llama controversia sofística. Las controversias sofísticas siempre son un símbolo de infidelidad, malas intenciones y conspiración. La característica de los sofistas es que no quieren aprender nada de la predicación; al contrario, buscan artificialmente en ella alguna desviación. En el Corán se describe así esta actitud: «Buscan en ella una desviación». (Sura Hud: 19)
Por un lado, estos partidarios fanáticos y radicales de la religión de sus antepasados preguntaban repetidamente al Mensajero (s. a. s.): «Si eres un profeta, ¿por qué no tienes contigo una señal o una prueba irrefutable de tu profecía, de modo que nadie pueda hacer otra cosa que reconocerla?»
En otras ocasiones, fingiendo una ingenuidad absoluta, decían: «¿Por qué no se nos hace descender directamente una señal, o por qué no ocurre que podamos ver directamente a nuestro Señor?» (Sura Al-Furqán, aleya 31).
En otras palabras, ¿qué necesidad hay de largas discusiones o debates? Bastaría con que grupos de ángeles descendieran directamente del cielo y caminaran ante nosotros. Y, en vez de que Allah nos enviara noticias por medio de ti y estableciera Su soberanía, podría presentarse Él mismo ante nosotros. Podríamos comprobarlo: «Este es nuestro Allah». Entonces ya no habría discusión.
A veces también decían: «Si todo lo que dices procede realmente de Allah, sería mejor que un libro escrito llegara hasta nosotros ante nuestros propios ojos. Mejor aún sería que tú mismo descendieras del cielo por una escalera, llevando el libro en tus manos. Entonces aceptaríamos, con la cabeza inclinada, que realmente eres un profeta». También planteaban esta pregunta: «¿Por qué el Corán desciende de esta manera, parte por parte? ¿Por qué no desciende todo el Libro de una sola vez?». Sin embargo, el Corán respondió repetidamente y con detalle a cada una de esas preguntas. Ellos estaban irritados precisamente por esas respuestas, porque dejaban al descubierto sus conspiraciones y las hacían fracasar.
Otro de sus sofismas era el siguiente: «Tú eres un ser humano hecho de carne y hueso, igual que nosotros. También tienes hambre, estás obligado a ganarte la vida, vas al mercado, vives con dificultades y sufres toda clase de abusos, sin que nadie te ayude. En estas circunstancias, ¿cómo vamos a creer que eres un siervo amado de Allah y que se te ha encomendado reformar y corregir a los habitantes del mundo? Si fueras una persona distinguida y extraordinaria, un grupo de ángeles marcharía delante de ti como escolta, ordenando a la gente que se apartara del camino. Y si alguien te maltratara —por no hablar de cometer una simple falta de respeto—, esos ángeles le golpearían con sus bastones hasta partirle la cabeza. En tal caso, todos aceptaríamos sin discusión que eres un siervo amado de Allah y un profeta. Deberían descender del cielo tesoros para ti. Deberías vivir con esplendor y pompa reales; deberías tener un palacio de oro como residencia, un canal construido especialmente para ti y un gran huerto de frutales del que pudieras obtener ingresos suficientes para vivir cómodamente. Si hubieras proclamado tu profecía con semejante esplendor y magnificencia, sin duda te habríamos aceptado. Pero nosotros te superamos ampliamente en riqueza y en número. En cambio, tú y tus compañeros sois la gente más pobre y de condición más baja de la sociedad. No tenéis ninguna superioridad sobre nosotros. Así pues, Muhammad, dinos tú mismo: ¿con qué argumento vamos a aceptarte como profeta?»
Por eso, cada vez que el Mensajero (s. a. s.) pasaba por alguna calle, la gente exclamaba: «¿Este es acaso el hombre que Allah ha enviado como Mensajero?». Los matones y terroristas de La Meca, moviendo los dedos y haciendo gestos, decían: «¡Miren! Allah no encontró a nadie más que a este hombre sin recursos para convertirlo en profeta y mensajero. ¡Qué magnífica elección!». Del mismo modo, señalando a los dirigentes y activistas del movimiento islámico, decían: «¿Estos son acaso los hombres eminentes que Allah ha elegido y preferido sobre nosotros?».
También decían: «Si vas a convertirte en líder amenazándonos con el castigo, ¿por qué no lo traes? ¡A ver si haces caer sobre los incrédulos como nosotros una parte del cielo!». Incluso rogaban al propio Allah: «Si esta predicación es verdadera, oh Allah, destrúyenos con un castigo».
Estos pretendidos dueños del monopolio de la religión de sus antepasados decían a veces también: «¡Oh, Muhammad! Si dices que Allah es Todopoderoso, ¿por qué no nos guía hacia el islam haciendo uso de Su poder? Si quiere vernos como personas partidarias del tawhid y rectas, ¿por qué no nos convierte en personas partidarias del tawhid y rectas? Él puede impedirnos adorar ídolos. Puede impedirnos mantener creencias erróneas. Si no lo hace, seguramente aprueba nuestra conducta actual. En estas circunstancias, ¿por qué condenas y criticas nuestra conducta y nuestras costumbres? ¿Quién eres tú?»
También se burlaban del Día del Juicio. Preguntaban con una teatralidad exagerada: «Díganos, ¿cuándo ocurrirá este acontecimiento? ¿No hay un día y una fecha determinados para el Día del Juicio?»
Estos ejemplos han sido recopilados de obras sobre el Corán, los hadices y la historia. A partir de ellos puede imaginarse el ambiente tan degradante al que tuvo que enfrentarse el mayor benefactor de la tierra y el mayor bienhechor de la humanidad. Personas de gustos sumamente bajos lo rodeaban por todas partes, difamándolo y calumniándolo sin cesar. Formulaban preguntas de toda clase con tono polémico y las planteaban una tras otra. Mientras tanto, el Mensajero (s.a.s.) exponía los argumentos a favor de su da‘wah con una calma y serenidad extraordinarias, y con la mayor cortesía y decoro. No respondía con censuras ni reproches. No mostraba interés por la polémica. No se enojaba. Sin embargo, ni por un instante retrocedía de la da‘wah ni de la exposición de sus argumentos.
En el Corán se encuentra una imagen completa del tormento y el sufrimiento psicológico que padeció el Mensajero (s.a.s.) mientras avanzaba a través de aquella devastación de burlas, sarcasmos y sofismas.
Allah, exaltado sea, consoló y reconfortó personalmente al Mensajero (s.a.s.) y le ordenó atravesar esta etapa con paciencia. Dijo: «Sé indulgente, ordena el bien y apártate de los ignorantes». (Sura Al-A‘raf, 199)
Es decir, durante aquella época de opresión y persecución, se ordenó al Mensajero (s.a.s.) hacer tres cosas: no prestar atención a la propaganda maliciosa ni a los insultos, seguir diciendo la verdad en toda circunstancia y no ir detrás de las personas inmorales e ignorantes.
Tanto el Corán como la historia atestiguan que el Mensajero (s.a.s.) atravesó toda la época de opresión y persecución cumpliendo al pie de la letra aquellas tres instrucciones. A pesar de sufrir una angustia extrema, no permitió que cambiara siquiera su manera de expresarse, no dejó que su elevado carácter como propagador de la da‘wah sufriera la menor alteración y no permitió que la agudeza de sus argumentos se debilitara en lo más mínimo.
Que Allah derrame misericordia y bendiciones sobre su alma pura y sobre sus compañeros. Incluso cuando aquellos sofistas presentaban algún argumento agudo, lo refutaba por completo de inmediato, siguiendo las instrucciones de la Revelación, por bajo que fuera.
Argumentos
En medio de sus burlas, calumnias y sofismas, los líderes de Quraysh presentaban ocasionalmente uno o dos argumentos contundentes, aunque eran muy pocos. A continuación se ofrecen algunos ejemplos:
A veces exponían un argumento de este tipo: «Nosotros nunca consideramos que los ídolos sean superiores a Allah. Solo decimos que las grandes personas cuyas almas representan estos ídolos pueden interceder por nosotros ante Allah. Postrándonos ante estos ídolos y ofreciéndoles sacrificios, podemos acercarnos a Allah».
También decían: «Según nosotros, la vida mundana es la única vida; no tendremos ninguna otra, ni seremos resucitados después de morir. Entonces, ¿cómo podemos aceptar una religión que, con la idea de otro mundo, pretende privarnos de nuestros intereses y de la felicidad y tranquilidad de esta vida mundana?»
También argumentaban que, si aceptábamos la invitación de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, permitíamos que se aboliera el sistema religioso y social vigente y consentíamos que se debilitara nuestra supremacía sobre él, seríamos expulsados del país.
De estos dos o tres ejemplos se desprende que, en medio de sus sofismas y artimañas, también presentaban algunos argumentos. Sin embargo, el Corán daba respuestas contundentes que los dejaban completamente refutados.
Terror y matonismo
Junto con las burlas, los insultos y la campaña de difamación, la oposición fanática de los coraichitas fue adoptando gradualmente la forma de matonismo, terror y violencia. Cuando los cabecillas de las conspiraciones hostiles veían que sus burlas y calumnias fracasaban, su siguiente paso era recurrir al matonismo y al terror. Los habitantes de La Meca trataron al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, de una manera tan vil que, si cualquier otro predicador hubiera estado en su lugar, por valiente y enérgico que fuera, habría perdido su entusiasmo e inspiración y se habría sentado desesperado. Pero la cortesía y la solemnidad del Mensajero de Allah seguían avanzando, ignorando toda violencia y matonismo.
Una conducta que se había convertido por completo en algo cotidiano consistía en que los grandes notables y jefes tribales de su barrio esparcían regularmente espinas en su camino, se burlaban y armaban alboroto mientras él rezaba, arrojaban las entrañas de animales sacrificados sobre su espalda cuando se postraba, le enrollaban una manta alrededor del cuello y lo estrangulaban, incitaban a los niños y niñas del barrio a aplaudir y recorrer las calles haciendo estrépito, y lo insultaban a él, al Corán y a Allah mientras recitaba el Corán.
Los más destacados en esta malvada práctica eran Abu Lahab y su esposa. Durante varios años seguidos, esta mujer arrojaba basura y espinas en su camino. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) limpiaba el camino cada día con gran esfuerzo. Esta desdichada lo había atormentado tanto que, para consolarlo, Allah el Altísimo reveló especialmente la sura Al-Lahab y le informó que la morada de aquella pareja malvada sería el Infierno.
Una vez, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) estaba rezando en el recinto de la sagrada Kaaba. En ese momento, Uqba ibn Abu Muayt le enrolló una tela alrededor del cuello y lo estranguló de tal manera que cayó inconsciente. Ese mismo malvado también había arrojado una vez las entrañas de un animal sobre su espalda mientras rezaba.
En otra ocasión, mientras caminaba por la calle, un malvado le arrojó tierra sobre la cabeza. Él regresó silenciosamente a su casa en ese estado. La pequeña Fátima (que Allah esté complacido con ella) lloraba de tristeza e indignación mientras le lavaba la cabeza. Él consoló a su hija diciéndole: «Hija mía, no llores. Allah protegerá a tu padre».
En otra ocasión, mientras rezaba en la Mezquita Sagrada, Abu Yahl y varios otros jefes qurayshíes lo observaron. Entonces, por orden de Abu Yahl, Uqba ibn Abu Muayt fue a buscar las entrañas de un animal y las arrojó sobre el cuerpo del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), tras lo cual todos estallaron en estruendosas carcajadas. Aquel día también la pequeña Fátima le lavó y limpió el cuerpo, y maldijo a Uqba.
«Obedeced al Dios Único, seguid la honestidad y la justicia, y ayudad al huérfano y al viajero»: así se respondió a esta noble exhortación, intentando bloquear el camino del movimiento islámico cubriéndolo de espinas. Arrojando basura, intentaron erradicar por completo la pura invitación al tawhid y a la buena conducta. Al cargar sobre la espalda del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) un peso de entrañas, pensaron que la verdad ya no podría alzar la cabeza. Al ponerle una soga alrededor del cuello, los ignorantes creyeron que esta vez la voz de la revelación quedaría silenciada. A aquel a quien recibieron tendiendo espinas, él no dejó de hacer llover flores. A aquel sobre cuyo cuerpo arrojaron basura, él siguió distribuyendo continuamente perfume y rosas entre la nación. Aquel sobre cuyo cuello cargaron un peso de entrañas eliminó de los hombros de la humanidad el fantasma de la falsedad. Aquel a cuyo cuello pusieron una soga liberó de la garganta de la civilización las cadenas de las costumbres y prácticas falsas. La brutalidad no pudo bloquear ni por un instante el camino de la cortesía. Si los abanderados de la cortesía y la decencia están verdaderamente decididos, entonces el terrorismo y la brutalidad, contrarios a la ley eterna de la historia humana, deben ser erradicados para siempre mediante un castigo tan severo.
El intento de dejar sin apoyo al movimiento islámico
Cuando los opositores de la invitación islámica ven que la situación los ha desbordado por completo, pierden el control e intentan privar al movimiento, a sus dirigentes y a sus militantes de todo tipo de apoyo y patrocinio efectivo de la sociedad. Aunque no puedan hacerlo directamente, quieren volver inactivos a los soldados de la revolución ejerciendo presión indirectamente.
Los habitantes de La Meca querían acabar por completo con el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Pero temían que el fuego de la venganza tribal y del deseo de represalias se encendiera de tal manera que nadie pudiera detener la sucesión de derramamientos de sangre. En un pasado reciente, una guerra devastadora los había dejado tan heridos y maltrechos que no estaban en absoluto dispuestos a arriesgarse de inmediato a otra guerra semejante. Además, existía otra complicación. Entre los Banu Hashim y los Banu Umayya había una antigua rivalidad y enemistad. Los dirigentes de los Banu Umayya, especialmente Abu Lahab, no podían tolerar de ningún modo que alguien de una familia de la tribu de los Banu Hashim se convirtiera en profeta y que, por ello, aquella familia obtuviera el reconocimiento de la sociedad. En una o dos ocasiones, los Banu Hashim incluso habían decidido: «¿Qué daño hay en apoyar abiertamente a Muhammad? Él es uno de los nuestros. Si alcanza grandeza y su religión se extiende, eso traerá beneficio y prosperidad precisamente para nosotros». Pero los dirigentes de los Banu Umayya nunca les permitieron llevar a cabo esa decisión. Es verdad que los Banu Hashim no pudieron hacer nada efectivo, pero no era fácil ponerle la mano encima a uno de sus miembros mientras no lo expulsaran de la tribu. Por otra parte, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) estaba bajo la tutela de su tío Abu Talib. Mientras esa tutela se mantuvo, puede decirse que toda la tribu de los Banu Hashim era su protectora. Por eso sus enemigos pusieron todo su empeño en intentar privar al Mensajero de Allah de su protección. Durante mucho tiempo siguieron presionando a Abu Talib por este motivo, pero fracasaron cada vez.
En cierta ocasión, una poderosa delegación de destacados personajes, como Utba y Shayba, los dos hijos de Rabia, Abu Sufyan ibn Harb, Abu al-Bujtari, Aswad ibn Abd al-Muttalib, Abu Yahl, Walid ibn al-Mugira, Nabih y Munabbih, los dos hijos de Hajjaj ibn Amir, y As ibn Wail, se presentó ante Abu Talib y le dijo:
«¡Oh, Abu Talib! Tu sobrino insulta a nuestros dioses e ídolos, critica nuestra religión, considera necios a nuestros antepasados y los califica de extraviados. Ahora te pedimos que o bien le impidas excederse contra nosotros, o bien nos lo entregues. Pues, en materia de creencias, tú perteneces a nuestro mismo grupo y te opones a él. Si no puedes controlarlo, nosotros sí podremos hacerlo.»
Abu Talib escuchó tranquilamente todo lo que tenían que decir y despidió a la delegación después de convencerla y apaciguarla. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) continuó con su labor como de costumbre, mientras los coraichitas ardían de furia. Lean atentamente el discurso de la delegación. Verán cuán profundas emociones se habían activado en él. Se había formulado una petición sumamente enérgica. Este discurso permite comprender que los enemigos del islam habían preparado una campaña especial para incitar a la población. Habían presentado consignas y acusaciones de tal naturaleza que, apenas fueran escuchadas, la gente estallaría de ira y se enfurecería y exaltaría terriblemente contra el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). La historia es testigo de que, siempre que se ha organizado una guerra contra el islam, necesariamente se han difundido ciertos datos engañosos con el objetivo de provocar a la población.
Uno de esos datos engañosos era que se estaban hiriendo sus sentimientos religiosos y se estaba insultando a sus divinidades.
El segundo era que se estaban criticando los defectos de la religión tradicional y heredada de los antepasados.
El tercero era que se estaba faltando al respeto a los antepasados.
Los politeístas de La Meca ya habían reunido todos esos elementos provocadores. Aunque en la revelación descendida al Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) no se insultaba a las divinidades de los coraichitas; al contrario, se prohibía a los musulmanes insultarlas. Aun así, se intentó enfurecer a la población calificando de insultos los argumentos y las pruebas presentados contra esas divinidades. Él no había faltado al respeto a sus antepasados; solo había dicho que no era en absoluto sensato aferrarse a algo con el simple pretexto de que se había transmitido de generación en generación. Sin embargo, incluso esta afirmación fue considerada una ofensa contra los antepasados. Del mismo modo, todo lo que el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) había dicho para demostrar la racionalidad del tawhid y la irracionalidad del politeísmo, así como el análisis que había hecho de la religión establecida al responder a las propias preguntas de los politeístas, fue presentado como una búsqueda de defectos en la religión tradicional.
En otra ocasión llegó otra delegación. También ellos removieron el mismo asunto y dijeron:
«Oh, Abu Talib, eres el mayor de nosotros en edad y también el más noble y respetado en dignidad y honor. Te pedimos que nos protegieras de la opresión de tu sobrino, pero no hiciste nada. ¡Por Allah!, nos resulta insoportable la manera en que se insulta a nuestros antepasados, se considera necios a nuestros ancestros y se critican nuestros dioses. Si no lo detienes, nos ocuparemos tanto de él como de ti. O sobreviviremos nosotros, o sobrevivirán Muhammad y sus partidarios. [Sira de Ibn Hisham, tomo I, pág. 108]
Abu Talib llamó entonces al Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y le informó de todo lo que había ocurrido. Luego le dijo, suplicándole encarecidamente: «Sobrino, no me impongas una carga que no puedo soportar». En ese momento se enfrentó a una situación en la que incluso su único refugio parecía tambalearse. Aparentemente, había llegado el momento más peligroso para el movimiento islámico. Pero observa con qué profunda sinceridad y firme determinación, inspirado por ellas, dijo:
«Tío, ¡por Allah!, aunque me ofrecieran el sol en mi mano derecha y la luna en mi mano izquierda para que abandonara esta misión, no podría abandonarla. Mi misión cesará el día en que Allah me conceda la victoria en ella; de lo contrario, moriré mientras continúo esforzándome y luchando por ella».
A través de estas palabras del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, podemos escuchar la voz resonante de esa fuerza auténtica que transforma la historia, aplasta toda resistencia y conspiración y alcanza su objetivo. Lo lamentable es que Quraysh no percibió la presencia de esa fuerza. Abu Talib, influido por el efecto mágico de dicha fuerza, dijo: «Ve, sobrino, invita a la gente a aquello que te agrada. Jamás te abandonaré indefenso, sea cual sea la situación».
Algunos días después llegó otra delegación, acompañada de Ammara ibn Walid. Esta vez venían con un plan extraordinario. Le dijeron a Abu Talib: «Mire, este es el joven más robusto y apuesto de la tribu de Quraysh. Acéptelo; su inteligencia y su fuerza le serán de gran utilidad. Adóptelo como hijo y, a cambio, entréguenos a Muhammad. Él se ha rebelado contra la religión de usted y de sus catorce antepasados, ha sembrado la discordia y el desorden entre los habitantes de su tierra y ha considerado necios a sus antepasados. Queremos matarlo. Le damos un hombre a cambio de otro. [Ibn Hisham, tomo I, pág. 279]»
¡Observa la manera de pensar de aquellas personas! Una personalidad tan grandiosa como Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, les parecía una mercancía comercial. ¡Y Abu Talib, en lugar de su tío, parecía un comerciante! Las palabras de la delegación hirieron profundamente los sentimientos de Abu Talib. Él dijo: «Queréis que yo críe y cuide con cariño a vuestro hijo, mientras vosotros tomáis a mi sobrino para degollarlo. Eso jamás puede suceder». Finalmente, el incidente terminó con un intercambio de palabras acalorado. Incluso dentro de la propia delegación surgió una discrepancia.
Entonces Quraysh comenzó a incitar a todas las tribus en las que había musulmanes para que persiguieran a los compañeros del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Comenzaron a someterlos a severas torturas para hacerlos renunciar al islam. Allah protegió únicamente al Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, mediante la protección de Abu Talib. Al ver la actitud de Quraysh, Abu Talib se inquietó y pidió a los Banu Hashim y a los Banu Abd al-Muttalib que garantizaran la seguridad de la vida del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. La gente se reunió y se preparó para proteger a Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Sin embargo, debido a la firme oposición de Abu Lahab, no se pudo llegar a ninguna decisión definitiva.
Más tarde, cuando dos figuras influyentes de entre los enemigos, como Hamza y Umar, se unieron al movimiento islámico, volvió a surgir una intensa hostilidad entre los adversarios. Quedó claro que el movimiento dirigido por Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, comenzaba entonces a entrar en todos los hogares. Por tanto, había que hacer algo. Abu Talib estaba postrado en cama por enfermedad. Ellos acudieron a él. Esta vez su plan consistía en llegar a un acuerdo con el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, según el cual él no intervendría en sus asuntos y ellos tampoco intervendrían en los suyos. Él no tendría relación alguna con su religión, y ellos tampoco tendrían relación alguna con la suya. Llamaron al Mensajero. Después de escuchar las exigencias de Quraysh, dijo:
(Árabe: *********)
«Oh, jefes de Quraysh, aceptad tan solo estas pocas palabras mías y veréis que toda la humanidad, árabes y no árabes por igual, se habrá sometido a vosotros.»
Imaginad por un momento qué ambiente tan letal. ¡Qué espantosa situación, saturada del veneno de las conspiraciones y la oposición! Y, pese a todo ello, qué profunda e inquebrantable confianza albergaba el Mensajero (s. a. s.) en la fuerza y el potencial inherentes a su da‘wah. Era como si, de pie en la profunda oscuridad de la noche, afirmara con absoluta certeza: «El sol saldrá ahora mismo». Y no solo eso: observad también cuán luminosos se presentaban ante él no únicamente los aspectos religiosos de su ideal, sino también sus dimensiones sociales y políticas.
Abu Yahl exclamó de inmediato: «¡Sí, por el juramento a tu padre, no solo una, sino diez palabras serán aceptables!»
Otro dijo: «Por Allah, no parece que este hombre vaya a aceptar nada conforme a lo que ustedes quieren».
Después se marcharon desesperanzados. Sin embargo, de la conversación de la delegación quedaron claras varias cosas. Primero, se vieron obligados a reconocer al movimiento islámico como una fuerza, y que encontrar alguna vía de compromiso y coexistencia era mucho mejor que el vano intento de erradicarlo. Segundo, Quraysh comenzó a comprender su propia impotencia, a pesar de toda su persecución, opresión y conspiración.
Tal era la situación del propio Mensajero (s. a. s.). Por otra parte, también se intentaba dejar sin protección a aquellos de sus compañeros que vivían bajo la tutela de alguna persona.
Por ejemplo, Hazrat Abu Salama también estaba bajo la protección de Abu Talib. Llegaron miembros de su tribu, Banu Makhzum. Dijeron: «Abu Talib, usted no nos entregó a su sobrino; pero ¿qué derecho tiene usted a impedirnos actuar contra un miembro de nuestra tribu?». Abu Talib respondió: «Es mi sobrino y me ha pedido protección. Ustedes lo estaban oprimiendo. Por Allah, o dejan de oprimirlo, o haré lo necesario para protegerlo».
De manera similar, una vez iniciada la emigración a Abisinia, Hadrat Abu Bakr, exasperado por la asfixiante situación de La Meca, abandonó la ciudad y se puso en camino. Después de recorrer cierta distancia, se encontró con un hombre llamado Ibnud Dugunna. Cuando este le preguntó y supo que también estaba emigrando, le dijo: «Las personas como usted no deberían abandonar así su patria. Usted ayuda a sus familiares en las dificultades, alimenta a los hambrientos y viste a los desnudos. Usted mismo hace buenas obras e impulsa a los demás a hacerlas». Así, Ibnud Dugunna llevó de vuelta a Hadrat Abu Bakr, garantizándole personalmente protección, y anunció ante los qurayshíes que Abu Bakr se encontraba bajo su protección. En su casa, se sentaba en el lugar donde hacía la oración y recitaba el Corán con una voz melodiosa. Al mismo tiempo, las lágrimas corrían por sus ojos. Por ello, todo aquel que escuchaba su recitación quedaba conmovido. Poco a poco, el asunto llegó a oídos de los qurayshíes. Estos acudieron ante Ibnud Dugunna y le dijeron: «Al dar refugio a Abu Bakr, nos has causado una verdadera desgracia. Él recita el Corán con una voz melodiosa, y al escucharlo nuestras mujeres y nuestros niños están quedando impresionados. No es necesario que lo protejas. Envíalo a su propia casa. Allí puede sentarse y hacer lo que quiera. Nosotros no vamos a intervenir». Finalmente, Ibnud Dugunna no tuvo más remedio que enviar a Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— a su casa. (Ibn Hisham)
Frente negativo
Los enemigos del islam estaban entregados a toda clase de conspiraciones para hacer fracasar la mayor obra de servicio a la humanidad en la que estaba consagrado el mejor de los hombres, Muhammad —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Pero, a pesar de todo ello, su labor de da‘wa continuaba y se estaban obteniendo algunos de sus frutos. En tales circunstancias, se formó un núcleo activo de propaganda opositora. Bajo su dirección, algunos de los principales dirigentes de La Meca comenzaron a mantenerse cerca del Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Su principal problema era que La Meca constituía el centro de toda Arabia. Por allí transitaban caravanas procedentes de todos los lugares y surgían constantemente nuevas oportunidades para transmitir el mensaje de la verdad. El engaño que los jefes de La Meca podían imponer a los propios habitantes de la ciudad no funcionaba con los forasteros. Además, entre los recién llegados había muchas personas inteligentes y de conciencia limpia. Podían juzgar cualquier mensaje basándose únicamente en la razón y evaluar a quien lo transmitía solo a la luz de sus modales, conducta y carácter, tomando una decisión completamente independiente, sin dejarse influir por ningún prejuicio ni por ningún acontecimiento histórico. No albergaban odio ni hostilidad contra el mensaje y el movimiento de Muhammad —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, ni había razón alguna para que los albergaran. En esas circunstancias, no serviría de nada proteger únicamente a La Meca de la influencia del mensaje de Muhammad —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— si la sociedad árabe fuera de La Meca continuaba siendo influida por él. El Corán anunció de antemano este asunto de la siguiente manera:
(Árabe*******)
«¿Acaso no ven que voy estrechando por todos lados el territorio bajo su dominio?». En este sentido, la época que más les preocupaba era la temporada de la peregrinación. Gentes de las distintas tribus de Arabia se congregaban en La Meca en grupos, guiados por sus jefes. En ese momento, el Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— iba de tienda en tienda, se reunía con los miembros y dirigentes de aquellos grupos y les transmitía el mensaje. Al ver aquello, los líderes del movimiento reaccionario y negativo ardían de rabia. Cuando se aproximó una vez más la temporada de la peregrinación, los dirigentes qurayshíes se reunieron en la casa de Walid ibn al-Mugira y comenzaron a reflexionar profundamente. Walid planteó el problema de esta manera:
«¡Oh, pueblo de Quraysh! Se aproxima la temporada de la peregrinación. Gentes de toda Arabia vendrán aquí en grupos. Todos ellos ya conocen el asunto de este hombre nuestro —Muhammad—. Por eso vendrán movidos por la curiosidad de conocerlo bien. Así que tomad ahora una decisión al respecto. No os enredéis en discrepancias entre vosotros. No debe ocurrir que uno de vosotros desmienta y refute continuamente lo que diga otro».
Los presentes dijeron: «Hablad usted. Establezca usted mismo un plan de acción. Nosotros actuaremos conforme a él».
Pero Walid insistió: «Discutid vosotros; yo escucharé».
Finalmente, comenzó la discusión.
Un grupo dijo: «Nosotros creemos que Muhammad es un adivino. Eso es lo que debemos decir a la gente que viene al Hayy para convencerla».
Walid: «No, por Alá, Muhammad no es un adivino. Hemos visto a muchos adivinos. Muhammad no habla con versos rimados y métricos como los adivinos».
La gente dijo: «Entonces diremos que está poseído por un genio».
Walid: «No, tampoco está poseído por un genio. Cuando una persona está poseída, se le cierra la garganta, le tiemblan las extremidades y sus pensamientos se desordenan; Muhammad no presenta ninguno de esos síntomas».
La gente: «Entonces diremos que es un poeta».
Walid: «No, tampoco creo que sea un poeta. Conocemos poemas de toda clase de métrica. Según eso, tampoco es un poeta».
La gente: «Entonces diremos que es un hechicero».
Walid: No, tampoco es un hechicero. Hemos visto a muchos hechiceros y su magia. Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no practica los métodos de soplar sobre objetos ni de usar amuletos propios de la magia.
La gente: Entonces, oh Abu Abdushshams, díganos usted qué debemos decir para lanzar una campaña de propaganda contra Muhammad.
Walid: ¡Por Allah! Sus palabras son sumamente dulces. Las raíces de sus palabras se extienden muy lejos y sus ramas producen muchos frutos. Esta predicación triunfará sin duda. No podrá ser derrotada. Esta predicación someterá todo lo demás. Cualquier cosa que digáis resultará vana e inútil. Sin embargo, de todo lo que habéis dicho, lo último es lo que resulta algo apropiado. Diréis que es un hechicero. Que en sus palabras hay magia. Que mediante sus palabras provoca discordia y separación entre padres e hijos, entre esposos, entre hermanos, entre individuos y tribus, y entre unas tribus y otras. (Esto se dijo aludiendo a la predicación del islam, pues sobre la base de esta predicación se han formado dos grupos en la sociedad. Sin embargo, la verdadera causa es la conspiración de los enemigos del islam.) Diréis que precisamente por su magia la gente lo mantiene boicoteado. (Sira de Ibn Hisham y Sira de Al-Mustafa, Idris Kandahlawi.)
Observen cómo se conspira para lanzar una campaña de propaganda falsa contra un hombre. Se trama imponer por la fuerza precisamente aquello que la conciencia no puede aceptar. En aquella misma reunión se decidió que un grupo se sentaría en cada entrada de los caminos que conducían a La Meca. Advertirían a cada delegación acerca de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y de su predicación. Se actuó conforme a este plan. Pero el resultado fue el contrario. Toda la información relacionada con el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) llegó a todos los rincones de Arabia. Incluso quienes no sabían nada al respecto se enteraron de que en Arabia había comenzado la predicación de una nueva religión y de que Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) era su abanderado.
Ahora observemos, en el escenario de la historia, las actividades del predicador del islam y de los activistas del movimiento negativo que trabajaban contra él.
Rabi‘a ibn ‘Ubada relata: Yo era entonces un joven. Me hospedaba con mi padre en Mina. Veía al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ir de tienda en tienda, visitando las tiendas de las distintas tribus árabes y diciendo: «¡Oh, gente de tal tribu! Soy el Mensajero enviado por Allah a vosotros. Mi invitación para vosotros es que adoréis únicamente a Allah y no asociéis a nadie con Él. Abandonad los ídolos que adoráis. Creed en mí. Apoyadme y garantizad mi seguridad. Entonces os explicaré detalladamente todo aquello para lo que Allah me ha enviado».
El narrador del suceso dice: Un hombre vestido con un atuendo de Adén seguía al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Cada vez que el Mensajero terminaba de hablar, aquel hombre gritaba inmediatamente: «¡Oh, huéspedes de tal tribu! Este hombre quiere apartaros de Lat y Uzza y llevaros hacia una nueva religión y el extravío. No escuchéis sus palabras ni le obedezcáis.
Al ver esta escena, el joven preguntó a su padre: «¿Quién es el hombre que corre detrás del predicador? Está refutando cada una de sus palabras».
El padre responde: «Es Abu Lahab, el tío de ese hombre».
El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) también acudía a diversas ferias, como la del hach, para obtener algún beneficio de las reuniones sociales. En cierta ocasión, acudió a una feria llamada Dhul-Mayaz e invitó a la gente a aceptar la kalima tayyiba. Abu Yahl lo seguía. Había descendido a tal grado de bajeza que arrojaba polvo y tierra al rostro del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) mientras decía: «No escuchéis sus palabras. Quiere que dejéis de adorar a Lat y Uzza». (Sīrat an-Nabī, Shibli Numani)
Al enterarse de las noticias sobre esta intensificada campaña de propaganda contra ellos, Abu Talib temió que el pueblo árabe comenzara a oponerse de manera coordinada. Por ello, escribió un largo poema y lo colgó en la puerta de la Kaaba. En él, por un lado, se defendía diciendo: «Yo mismo no he aceptado la predicación de Muhammad». Por otro lado, declaraba: «En ninguna circunstancia podré abandonar a Muhammad. Si fuera necesario, sacrificaría incluso mi propia vida por él». La mayoría de los poemas recopilados bajo el nombre de Abu Talib son históricamente débiles. Sin embargo, no cabe duda de que varias de sus partes son auténticas. (Sīrat Ibn Hisham)
Reacciones adversas
Cada vez que llegaba a La Meca alguna persona importante, los enemigos del islam la rodeaban inmediatamente y hacían todo lo posible por protegerla de la influencia del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Pero la mayoría de las veces obtenían el resultado contrario. Me parece necesario mencionar algunos incidentes de este tipo.
Tufayl ibn Amr ad-Dawsī era un hombre noble y un poeta célebre. En cierta ocasión, cuando visitó La Meca, varios dirigentes de los quraysh fueron a verlo. Le dijeron: «Señor Tufayl, nos alegra que haya venido a nuestra ciudad. Sin embargo, durante los días que permanezca aquí, tenga mucho cuidado. Las actividades de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se han vuelto insoportables para nosotros. Este hombre ha destruido nuestra unidad y ha arruinado nuestros intereses. Sus palabras son como magia. Está provocando separaciones entre padres e hijos, entre hermanos y entre esposos. Estamos preocupados por usted y por su tribu, no sea que caigan víctimas de sus engaños. Por eso, lo mejor es que no hable en absoluto con Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ni escuche ninguna de sus palabras».
Tufayl cuenta: «Como no les prometí que no hablaría con Muhammad ni escucharía sus palabras, no dejaron de seguirme. Por eso, cuando iba a la Mezquita Sagrada, me ponía algodón en los oídos. Un día, de repente, vi al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) de pie cerca de la Kaaba, rezando. Me acerqué mucho a él y me quedé de pie allí. Escuché las palabras sumamente dulces que recitaba. Me dije: “¿Acaso soy un niño que aún mama del pecho de su madre? ¡Por Allah!, soy un hombre dotado de razón y entendimiento. Soy poeta y tengo capacidad para distinguir lo bueno de lo malo. Entonces, ¿quién puede impedirme escuchar las palabras de Muhammad? Si lo que predica es bueno, lo aceptaré; y si es malo, lo rechazaré”».
Pasó algún tiempo mientras reflexionaba sobre ello. Al terminar la oración, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se dirigió a su casa. Tufayl fue tras él. Por el camino, le contó todo: qué calumnias habían difundido sobre él y cómo habían intentado mantenerlo alejado del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Al llegar a la casa, le pidió que le explicara detalladamente en qué consistía su predicación. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le explicó el significado del islam y le recitó el Corán. Tufayl dijo: «¡Por Allah!, jamás había escuchado palabras tan hermosas ni había encontrado una predicación tan veraz y precisa. Acepto el islam». Después, fue a su propia tribu y comenzó a predicar el islam. Como resultado, toda su tribu aceptó el islam.
Tofail se convirtió en un predicador tan apasionado que, al regresar a casa y encontrarse con su anciano padre, le dijo de inmediato: «Tú ya no eres de los míos, ni yo soy de los tuyos». Su padre preguntó: «¿Qué dices? ¿Qué te ha ocurrido, hijo?». Tofail respondió: «Ahora he adoptado la religión de Muhammad (la paz sea con él) y he seguido el camino de la obediencia a él». Su padre dijo: «Hijo mío, cualquiera que sea tu religión, esa será también la mía». Inmediatamente se bañó y aceptó el islam. Tofail invitó al islam del mismo modo a su esposa, y ella también aceptó el islam. Después, todo el clan comenzó a responder a la llamada. Más tarde, Tofail se presentó ante el Mensajero (la paz sea con él), le relató todo lo sucedido y, mencionando los diversos defectos morales de su pueblo, le pidió que rogara para que recibieran el castigo. Pero el Mensajero (la paz sea con él) rogó por su guía y rectificación, y ordenó severamente a Tofail que continuara trabajando pacientemente por la reforma de su pueblo y que lo tratara con amabilidad. (Su tendencia a recurrir a la coerción al predicar el islam no era compatible con la metodología islámica de acción). [La biografía de Ibn Hisham, tomo 1, págs. 407-409]
Consideremos otro acontecimiento. Ashá ibn Qays también era un poeta destacado. Tras oír muchas cosas sobre el Mensajero (la paz sea con él), partió hacia La Meca con la intención de aceptar el islam. Incluso había compuesto un poema laudatorio sobre el Mensajero (la paz sea con él). En cuanto Ashá llegó a los límites de La Meca, un politeísta qurayshí (según Ibn Hisham, era Abu Yahl) se acercó, lo rodeó y le preguntó por su propósito. Ashá respondió: «Quiero presentarme ante Muhammad (la paz sea con él) y aceptar el islam». Ambos conversaron largamente sobre el asunto. Para comprobar la disposición de Ashá, aquel politeísta intrigante le dijo: «Mira, Muhammad prohíbe el adulterio». Como Ashá tampoco cedió ante esto, le dijo: «Muhammad (la paz sea con él) también prohíbe beber alcohol». Hablando de esto y de aquello, debilitó la determinación de Ashá. Finalmente logró convencerlo de que se marchara por aquella vez y regresara al año siguiente para aceptar el islam. Ashá regresó, pero antes de poder volver a La Meca el año siguiente, el desdichado murió.
El episodio más divertido fue el de Murd al-Arashi. El pobre había llegado a La Meca con un camello. Había cerrado con Abu Yahl el trato para venderlo, pero Abu Yahl comenzó a retrasar el pago. Obligado por las circunstancias, acudió a varios dirigentes de los qurayshíes y les suplicó que le ayudaran a cobrar el precio del camello. En el recinto de la Kaaba Sagrada se estaba celebrando una reunión de los qurayshíes. Al-Arashi pidió a los dirigentes presentes que alguno de ellos cobrara a Abu Yahl la cantidad que le debía. «Soy un extranjero y se está cometiendo una injusticia contra mí». Nadie entre los asistentes se atrevía a ir ante Abu Yahl para hacer valer el derecho de un extranjero. Por eso señalaron con el dedo y dijeron: «Mira, allí está sentado un hombre (Muhammad, la paz sea con él); ve a él. Él te lo cobrará». En realidad, no era más que una burla, pues todos sabían qué terrible enemistad existía entre Muhammad (la paz sea con él) y Abu Yahl. Al-Arashi acudió al Mensajero (la paz sea con él) y le contó todo lo sucedido. El Mensajero (la paz sea con él) se levantó inmediatamente y dijo: «Ven conmigo». Todos esperaron para ver qué ocurriría. El Mensajero (la paz sea con él) salió del recinto sagrado, se dirigió directamente a la casa de Abu Yahl y llamó a la puerta. Desde dentro preguntaron: «¿Quién es?». Él respondió: «Soy Muhammad. Sal. Tengo algo urgente que decirte».
Abu Yahl salió. Su rostro se había vuelto pálido de miedo. Él dijo: «Paga a este hombre lo que se le debe». Abu Yahl pagó la deuda sin pronunciar palabra. Al-Arashi fue alegremente junto a los hombres que estaban reunidos en el recinto sagrado y les contó todo lo sucedido.
Este hecho ocurrió por la influencia del carácter intachable de Muhammad (la paz sea con él). El propio Abu Yahl lo reconoció y también se lo manifestó a los dirigentes qurayshíes reunidos. Dijo: «Muhammad vino y llamó a la puerta. En cuanto oí su voz, no sé por qué, me asusté». (Ibn Hisham)
Es fácil imaginar qué efecto pudo haber causado este acontecimiento en el propio Al-Arashi y en los habitantes de La Meca.
Gracias a los nuevos musulmanes que habían emigrado a Abisinia, la invitación al islam había llegado a aquella región. Desde allí, veinte cristianos llegaron a La Meca. Se encontraron con el Mensajero (la paz sea con él) en el recinto sagrado. Él conversó con ellos, respondió a sus preguntas, les recitó el Corán y les presentó la invitación al islam. Sus ojos se llenaron de lágrimas y aceptaron la fe sin vacilar. Cuando se levantaron para salir, los qurayshíes estaban reunidos en grupos fuera de la mezquita. Abu Yahl dijo a la delegación de Abisinia: «¡Qué necios sois! ¡Habéis abandonado vuestra religión!». La delegación respondió: «Os saludamos. No queremos entrar en ninguna disputa ni conflicto con vosotros. Nuestro camino es diferente y vuestro camino también lo es. No queremos vernos privados de un bien».
Temiendo que los conspiradores de La Meca opusieran una resistencia contundente, todo el acontecimiento de la segunda alianza de Aqaba se llevó a cabo en la más estricta confidencialidad, en plena oscuridad de la noche. Cuando la delegación procedente de Medina hubo concluido la alianza y llegó al lugar donde se alojaba, los dirigentes qurayshíes acudieron allí mismo para entrevistarse con ellos. El sistema de espionaje de los qurayshíes era tan sólido que, tras enterarse de todo lo sucedido con la alianza, les dijeron: «Queréis llevaros de aquí a Muhammad (la paz sea con él) y, al estrechar su mano, habéis jurado luchar contra nosotros. Escuchad bien: si provocáis una guerra entre nosotros y los árabes, a nuestros ojos no habrá nadie más despreciable que vosotros». Los Ansar intentaron ocultar el asunto. Por ello, de momento, el asunto no avanzó y los Ansar partieron hacia Medina. Sin embargo, los qurayshíes continuaron espiando y acabaron conociendo toda la información. Persiguieron a la caravana de los Ansar y capturaron y llevaron consigo a Sad ibn Ubada y Munzir ibn Amr. Ambos se habían comprometido a predicar el islam entre sus respectivos clanes. Los qurayshíes ataron a los dos con las manos a la espalda y los golpearon brutalmente.
Sa‘d ibn ‘Ubada relató: En nuestra penosa situación llegó un hombre alto y apuesto de los coraichitas. Me dije para mis adentros: «Si hay algún hombre bueno entre esta tribu, probablemente sea este; quizá podamos esperar recibir de él un trato amable». Pero, apenas se acercó, me dio una bofetada tremenda. Entonces comprendí que no se podía esperar ningún buen trato de ellos. Finalmente, uno de ellos me preguntó: «¿No hay entre los coraichitas alguien con quien tengáis algún conocimiento previo, amistad o pacto?». Mencioné los nombres de Zubayr ibn Mut‘im y Hariz ibn Harb. Me aconsejó que los llamara mencionándolos por sus nombres. Así lo hice. Entonces ambos acudieron y nos liberaron.
Estos acontecimientos muestran cuán activos eran los opositores a la predicación islámica.
El frente de la literatura y la música
Nadr ibn al-Háriz era otro de los cabecillas de la campaña contra el islam. Viajaba con frecuencia a Persia por motivos comerciales. De allí traía relatos históricos y literarios sobre los reyes y monarcas no árabes. Después organizaba en La Meca reuniones de literatura recreativa, importada del mundo no árabe, para contrarrestar la literatura revolucionaria del Corán. En esas reuniones invitaba a la gente diciendo: «¿Qué vais a hacer escuchando de Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— los aburridos relatos de ‘Ad y Zamud? Venid a mí, que os contaré historias divertidísimas del país de Rustam e Isfandiyar». Sobre Nadr ibn al-Háriz, el Corán lo describe como un personaje humano singular y dice:
«Hay quienes compran relatos vanos y engañosos para extraviar a la gente sin conocimiento y para burlarse de ella». (Sura Luqmán: 6)
En cierta ocasión, este Nadr ibn al-Háriz pronunció ante Abu Yahl, en una reunión, el siguiente discurso sobre la predicación y el movimiento del Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—:
«¡Oh, pueblo de los coraichitas! Hoy os enfrentáis a algo contra lo cual ninguna estrategia vuestra tendrá éxito en el futuro. Hubo un tiempo en que Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— era un joven querido por todos vosotros. Era más veraz que todos vosotros y más digno de confianza y leal que todos vosotros. Pero, en cuanto alcanzó la madurez y presentó su predicación, comenzasteis a decir: “¡Es un hechicero!”, comenzasteis a decir: “¡Es un adivino!”, comenzasteis a decir: “¡Está loco!”. En realidad, nada de eso es cierto. ¡Oh, pueblo de los coraichitas!, reflexionad un poco más sobre vuestra política, pues, ¡por Allah!, se ha presentado ante vosotros algo de gran importancia». (Sira de Ibn Hisham)
Este discurso de Nadr ibn al-Háriz muestra que consideraba extraordinaria la predicación del Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y que también era consciente de su grandeza moral. Sin embargo, pisoteando su propia conciencia lúcida, urdía astutas conspiraciones diabólicas para oponerse a la predicación del Mensajero. Comprendía perfectamente que, frente al llamamiento sincero de un movimiento positivo y de noble propósito, la literatura recreativa y las actividades culturales podían contener elementos más atractivos para la gente común. Por eso organizaba reuniones de literatura recreativa y estética. Nadr ibn al-Háriz decía: «Puedo contar historias más cautivadoras y entretenidas que Muhammad». Después, cuando narraba historias extranjeras, decía: «¿En qué son mejores las historias de Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— que mis historias?». Por otro lado, se burlaba de los relatos coránicos llamándolos historias de la antigüedad.
Pero no terminó ahí: también compró una esclava experta en canto y música. Invitaba a la gente a comer y, después de la comida, les hacía escuchar el canto y la música de aquella esclava. Cuando se enteraba de que algún joven se había interesado por el islam, llevaba a la cantante ante él y ordenaba a la esclava: «Alimenta bien a este joven y, haciéndole escuchar música, déjalo satisfecho». Después de organizar semejante espectáculo de arte y cultura, decía con orgullo: «¿Es más agradable la predicación de Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), o lo que yo he organizado?» (Sīrat al-Mustafā, Maulana Idris Kandhalvi, tomo I, p. 188)
En realidad, la fuerza vital fundamental del islam es la obediencia a Allah y la moralidad. Esa fuerza vital muere en un ambiente de libre mezcla entre hombres y mujeres y de obscenidad. Un ambiente en el que toda la atención se concentra en la comida, la música, el entretenimiento, las bellas artes y la sexualidad no puede ser apropiado para la predicación islámica. Por eso, Nadr ibn al-Harith comenzó, por un lado, a presentar relatos entretenidos y, por otro, creó reuniones de música, mezcla entre hombres y mujeres y obscenidad.
Pero la literatura de entretenimiento no puede tener éxito en la resistencia contra una predicación constructiva y un movimiento guiado por buenas intenciones; tampoco sirven para nada las bellas artes, es decir, la música y cosas semejantes. Durante unos pocos días hubo algo de alboroto. Después, todo quedó en silencio.
Después de que fracasara la conspiración de Nadr ibn al-Harith, este fue, siguiendo el consejo de los dirigentes de Quraysh, a ver a los sacerdotes judíos de Medina. Les preguntó: «Vosotros sois personas instruidas y nosotros somos ignorantes y analfabetos. Decidnos cómo podemos detener el movimiento islámico y cómo podemos resistir a Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él)». Los eruditos judíos les enseñaron que preguntaran a Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) acerca de Dhul-Qarnayn y de los Compañeros de la Caverna, y que le preguntaran qué es el espíritu. Ellos plantearon esas tres preguntas al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en el momento oportuno, y él les dio respuestas satisfactorias con la ayuda de la revelación. Pero ¿cómo se puede resistir la obstinación de los incrédulos? (Sīrat Ibn Hisham)
Intento de compromiso
Cuando, tras superar la etapa inicial de clandestinidad, el movimiento islámico comenzó a extenderse rápidamente y, más adelante, fracasaron y resultaron inútiles las diversas iniciativas de propaganda maliciosa y violencia, sus adversarios empezaron a comprender que el movimiento islámico era una fuerza invencible y que pronto produciría un gran cambio en el país. Por ello, volvieron a comenzar las iniciativas, preparativos y esfuerzos para encontrar una vía de compromiso y conciliación, y para poner fin a aquel conflicto mediante acuerdos y concesiones entre ambas partes. Pero un movimiento ideológico no tiene tanta flexibilidad como para encontrar un camino intermedio mediante negociaciones y componendas. Aun así, los líderes del foro examinaron también esta estrategia en todos sus aspectos, con la esperanza de obtener alguna ventaja por algún medio.
Por ejemplo, una de sus propuestas de compromiso era que el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no criticara ni censurara a sus dioses y sus ídolos, ni interfiriera en su religión. Aparte de eso, podría pronunciar todas las exhortaciones y consejos morales que quisiera; no habría objeción alguna. Es decir, tendría que retirar de la fórmula fundamental de la predicación la declaración de rechazo de la falsedad. En otras palabras, podría mencionarse el nombre de Allah, pero no se podría decir que no hay otra divinidad aparte de Allah (lā ilāha illā Allāh). No se podría desafiar la falsedad sobre la que se había erigido la civilización existente. Habría que permitir que el mal ambiente y los elementos nocivos de la sociedad permanecieran tal como estaban. La verdad y la justicia tendrían que presentarse de tal manera que no abrieran el camino a la revolución, eliminando de ellas toda inspiración revolucionaria. Habría que desactivar el discurso político del islam. Manteniendo intacto el sistema social, habría que continuar bajo su amparo la labor de reforma espiritual de la sociedad. La idea sería conservar todo: la superioridad de clase y la nobleza de Quraysh, su primacía y liderazgo político y económico, su liderazgo y distinción religiosa, sus intereses creados y los cargos y privilegios adquiridos. Después, haz lo que quieras. Pero si el movimiento islámico hubiera aceptado estas condiciones, habría desaparecido por sí mismo.
También impusieron la condición de que se trajera otro Corán en lugar de este, o de que se hicieran en él modificaciones que satisficieran plenamente nuestras exigencias y nuestra predicación.
ائْتِبِقُرْآنٍغَيْرِهَٰذَاأَوْ
‘Trae otro Corán en lugar de este, o haz cambios en él.’ (Sura Yunus: 15)
La respuesta que se le dio al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en palabras de la revelación fue: ‘No tengo derecho a cambiar este Corán según mis propios deseos. No puedo seguir nada aparte de la revelación que recibo. Si desobedezco a mi Señor, podría tener que sufrir el castigo del terrible Día de la Resurrección. ¿Y quién es más injusto que quien intenta hacer pasar sus propias invenciones como palabras de Allah?’
Para encontrar una vía de compromiso, los opositores al movimiento islámico también exigieron: «Expulsa de tu entorno a las personas de las clases bajas de la sociedad. Si expulsas a quienes hasta ayer eran nuestros esclavos, podremos acudir a ti, sentarnos contigo y escuchar tus consejos. De lo contrario, en las circunstancias actuales no podemos ir a ti ni escuchar tus palabras. Las personas de baja condición nos cierran el paso, mientras que allí están instaladas como grandes líderes a tu alrededor». Refiriéndose a estas personas, se burlaban diciendo: «¡Ellos serán, supuestamente, los herederos de los tronos de los imperios romano y persa!». No es que los politeístas se hubieran vuelto ansiosos por servir al movimiento islámico. Su propósito era, más bien, quebrar el entusiasmo de aquellos jóvenes llenos de vitalidad que corrían como locos, alzando el estandarte de la verdad y la justicia; que sacrificaban todos sus intereses personales y aceptaban con una sonrisa toda clase de peligros y calamidades; y cuyo último aliento estaba dedicado a alcanzar este noble objetivo, para que el movimiento islámico quedara privado de su servicio sincero.
Antes de que esta propuesta engañosa de compromiso pudiera influir en el corazón del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), el Corán le advirtió que se trataba de una artimaña habitual de los enemigos del islam. Se había recurrido a este engaño con todos los profetas anteriores. En la aleya 27 de la Sura Hud se afirma que al profeta Noé (la paz sea con él) también se le presentó exactamente una propuesta de este tipo. En la aleya 52 de la Sura Al-An’am se aconseja al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) que no aleje de su compañía, para complacer a los enemigos del islam, a sus compañeros sinceros que invocan el nombre de Allah por la mañana y por la tarde. En la aleya 215 de la Sura Ash-Shu’ara se dice que debe seguir cuidando con afecto a estos seguidores suyos, llenos de devoción. Incluso en las primeras diez aleyas de la Sura Abasa se reprendió al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) únicamente porque, mientras hablaba con un incrédulo influyente, no le agradó que uno de sus compañeros ciegos le hiciera una pregunta.
En cierta ocasión, los líderes intransigentes de Quraysh estaban deliberando sobre este asunto. En ese momento, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) estaba sentado solo al otro lado. Utba ibn Rabi’a dijo a los líderes de Quraysh presentes en la reunión: «Si están de acuerdo, iré a hablar con Muhammad. Le presentaré varias fórmulas alternativas, de las cuales quizá acepte alguna. Si aceptamos esa propuesta, tal vez ya no quiera enfrentarse ni entrar en conflicto con nosotros». Era claramente una iniciativa de compromiso. Es probable que los qurayshíes hubieran llegado a este punto debido a la conversión de Hamza (que Allah esté complacido con él) al islam y a la rápida expansión del movimiento islámico. Con el consentimiento de todos los presentes, Utba fue a hablar con el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) de la siguiente manera:
‘Oh, sobrino, sabes cuánto respeto te tenemos. Gozas de una posición elevada entre toda la tribu. También por linaje mereces un lugar distinguido.’ Después de ofrecer durante un rato una introducción llena de halagos, pero sin relación con el asunto real, Utba dijo en tono de reproche: ‘Has sumido a la nación en una gran preocupación. Has fragmentado su unidad. Has calificado de necios e idiotas a sus dirigentes. Has señalado defectos en su religión y en sus ídolos. Has declarado incrédulos a sus antepasados. Ahora escucha lo que tengo que decirte. Reflexiona sobre las varias propuestas que te presento. Quizá alguna de ellas te resulte aceptable’. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «De acuerdo. Hable. La escucharé». Entonces Utba presentó una a una las siguientes propuestas alternativas:
‘Si tu objetivo es obtener riquezas, reuniremos para ti tanta riqueza que te convertirás en el más rico de todos nosotros.’
Y si mediante esto deseas obtener liderazgo y poder, estamos dispuestos a nombrarte nuestro líder y jefe. No tomaremos ninguna decisión sin consultar tu opinión.
Si deseas ser rey del país, también estamos dispuestos a convertirte en rey.
Y si la razón es que algún yinn o algo semejante te ha influido, y esos seres invisibles han llegado a dominarte, reuniremos dinero entre todos para proporcionarte tratamiento. Si después te recuperas, será estupendo; de lo contrario, quedará demostrada nuestra incapacidad.
Estas propuestas conciliadoras reflejaban diversas actitudes y concepciones. Los opositores del movimiento islámico solían albergar ideas de este tipo. De estas propuestas se desprende claramente que, a sus ojos, solo había dos posibilidades. En primer lugar, quizá el Mensajero (s.a.s.) no estuviera emprendiendo conscientemente y con plena lucidez una confrontación tan grande con el sistema social de la época de la ignorancia, sino que lo hiciera bajo la influencia de algún espíritu o fantasma, o en un estado de inconsciencia. En segundo lugar, si había emprendido todo aquello consciente y plenamente lúcido, entonces su objetivo debía ser necesariamente obtener un reino o poder. En cualquier caso, después de escuchar todas las propuestas, el Mensajero (s.a.s.) dijo: «Oh, padre de Walid, ¿has terminado de hablar?». Él respondió: «Sí». El Mensajero (s.a.s.) dijo: «Ahora escucha mi discurso». Utba dijo: «De acuerdo, habla; te escucho». El Mensajero (s.a.s.) dejó de lado todas las propuestas y comenzó a recitar desde el principio la sura Ha-Mim Sajda:
«Ha-Mim. Esta es una revelación enviada por el Compasivo, el Misericordioso. Es un Libro cuyos versículos han sido expuestos con claridad. Es un Corán en lengua árabe, para gente que comprende. Este Libro anuncia buenas nuevas a los creyentes y malas nuevas a los incrédulos. Pero la mayoría de ellos se ha apartado y no escucha. Dicen: “Nuestros corazones están cerrados a aquello a lo que nos llamas; en nuestros oídos hay sordera, y entre nosotros y vosotros hay una barrera. Así que tú sigue con tu labor, y nosotros seguiremos con la nuestra”. (Versículos 1-5)
Mientras el Mensajero (s.a.s.) continuaba recitando, Utba permaneció sentado en silencio, inclinado hacia atrás y apoyado sobre sus manos, escuchando con atención. Cuando llegó el versículo de la prosternación, dejó de recitar y se prosternó. Después dijo: «Oh, padre de Walid, ya lo has escuchado; ahora haz lo que consideres mejor».
Después Utba se levantó y se dirigió junto a sus compañeros. Al ver su rostro, dijeron que el semblante de Utba había cambiado. Ya no era como cuando se marchó. Con voz preocupada le preguntaron: «¿Qué ocurre?»
Utba dijo:
‘El asunto es que he escuchado un mensaje como nunca antes en mi vida. ¡Por Alá!, no era poesía, ni magia, ni palabras de un adivino. ¡Oh, pueblo de Quraysh, escuchadme! Lo digo asumiendo toda la responsabilidad: dejad a Muhammad en su situación actual y no lo persigáis. ¡Por Alá!, el mensaje que he escuchado producirá ciertamente grandes resultados. Si los árabes matan a Muhammad, os libraréis de él por medio de otros. Y si se convierte en el rey de Arabia, entonces su reino será vuestro reino y su poder será vuestro poder. Gracias a él, os convertiréis en la nación más afortunada. (Sira de Ibn Hisham, tomo primero, págs. 313-314)
De esta declaración de Utba se pueden conocer varios asuntos importantes. En primer lugar, los grandes oradores y poetas literatos de la Arabia de aquella época se veían obligados a inclinar la cabeza ante la superioridad y la elocuencia extraordinaria del lenguaje del Corán. En segundo lugar, mientras los adversarios no escuchaban directamente de labios del predicador el mensaje fundamental del islam, se dejaban influir por toda clase de calumnias venenosas y permanecían firmes en su oposición. Pero en cuanto alguien tenía la oportunidad de escuchar directamente una parte del mensaje auténtico, su corazón lo aceptaba de inmediato. En tercer lugar, todos los hombres inteligentes de la sociedad politeísta tenían la convicción de que, sobre la base del mensaje de la revelación, tendría lugar necesariamente una gran revolución. Veían detrás de él la imagen de una revolución completa y suponían que, sobre la base de esta palabra, se establecerían un imperio y un sistema social, político y económico.
Pero, al escuchar las palabras de Utba, comenzaron las burlas y las mofas en la asamblea de los qurayshíes, y muchos dijeron: «¡Padre de Walid, parece que Muhammad también te ha hechizado a ti!». Utba respondió: «Ya he expresado mi opinión sobre él. Ahora haced lo que consideréis conveniente».
Pocos días después se hizo otro intento sobre este asunto. Un día, después de la puesta del sol, todos los grandes jefes de Quraysh se reunieron en el recinto de la Kaaba. Entre ellos estaban Utba ibn Rabia, Shayba ibn Rabia, Abu Sufyan ibn Harb, Nadr ibn Haris, Qanada, Abu al-Bujtari, Aswad ibn al-Muttalib, Zam’a ibn al-Aswad, Walid ibn al-Mugira, Abu Yahl ibn Hisham, Abdullah ibn Umayya, A’s ibn Wa’il, Nabih y Munabbih ibn Hayyay (Banu Sahm), y Umayya ibn Jalaf. Mandaron llamar al Mensajero (s.a.). El Mensajero (s.a.) acudió a ellos con el corazón lleno de una nueva esperanza. Pero ellos no dijeron nada nuevo. Repitieron la misma propuesta que anteriormente había sido presentada por Utba ibn Rabia. Al oírla, el Mensajero (s.a.) respondió así: «Lo que decís es completamente distinto de mi asunto. El objetivo del mensaje que os he traído no es obtener riquezas, alcanzar liderazgo o jefatura, ni establecer un reino. Alá me ha enviado a vosotros como profeta y mensajero. Él ha hecho descender sobre mí el Libro y me ha ordenado ser para vosotros un amonestador y un portador de buenas nuevas. Conforme a ello, os he transmitido las instrucciones de Alá y he cumplido con mi responsabilidad de aconsejaros. Si aceptáis lo que he traído, eso garantizará vuestro bienestar en este mundo y en el Más Allá. Y si lo rechazáis, esperaré pacientemente las siguientes instrucciones de Alá hasta que Alá dicte Su veredicto entre vosotros y yo». (Sira de Ibn Hisham, tomo primero, pág. 315)
Al ver, después de escuchar esta respuesta, que no había manera de avanzar, comenzaron a plantear diversas objeciones capciosas. Por ejemplo, dijeron: «Tú sabes que nuestro país es muy estrecho. Aquí hay muy poca agua y la vida es extremadamente difícil. Pide a Alá que retire esas montañas, amplíe nuestro territorio y haga surgir sobre él ríos como los de Irak y Siria. Pídele que devuelva a la vida a nuestros antepasados, especialmente a Qusay ibn Kilab. Que lo devuelva a la vida sin falta, pues era muy veraz y le preguntaremos si tu mensaje es verdadero o falso. Si nuestros antepasados vuelven a la vida uno tras otro y dan testimonio de que tu mensaje es verdadero, y si realizas todo lo que te exigimos, aceptaremos que eres el Mensajero de Alá. Pero si no lo haces, haz que caiga sobre nosotros el castigo». En respuesta a todas estas exigencias imposibles, el Mensajero (s.a.) repitió una y otra vez: «No he sido enviado para eso». Finalmente, cuando el Mensajero (s.a.) regresaba a su casa, su primo materno, Abdullah ibn Ubay, caminó junto a él. Dijo: «Los miembros de tu tribu quisieron ofrecerte ciertos beneficios, pero no aceptaste ninguno. ¡Por Alá!, ahora ya no creeré en ti; ni siquiera si te viera colocar una escalera hasta el cielo y subir por ella. Tampoco creería si te viera con mis propios ojos descender del cielo y cuatro ángeles vinieran contigo para testimoniar tu veracidad. ¡Por Alá!, aunque llegara a creer, no creo en absoluto que me convertiría realmente en tu partidario». (Sira de Ibn Hisham)
Después de eso, el Mensajero (s.a.) regresó a casa profundamente afligido.
Después del viaje a Taif ocurrió otro acontecimiento de este tipo. En aquel tiempo, el Mensajero (s.a.) salió de La Meca y comenzó a predicar y transmitir el mensaje entre las tribus vecinas de Banu Qanda, Banu Hanifa y otras. Cuando fue a predicar a la tribu de Banu Amir, se encontró con Buheiyra ibn Firas, el jefe de aquella tribu. Buheiyra escuchó el mensaje del Mensajero (s.a.). Luego dijo a sus partidarios: «¡Por Alá!, si pudiera hacerme con este joven de la tribu de Quraysh, conquistaría toda Arabia por medio de él». Después preguntó al Mensajero (s.a.): «Si aceptamos este mensaje y tú vences a tus adversarios, ¿pasará a mis manos toda la autoridad del islam después de ti?»
Es digno de reflexión que, apenas recibió el breve mensaje inicial, aquel hombre llegó a la conclusión de que se trataba de un mensaje capaz de crear una revolución. También existía la posibilidad de que triunfara y, si triunfaba, eso contribuiría a satisfacer sus propios intereses. Debido a todas estas ideas, en la mente de Buheiyra surgió una actitud propia de un comerciante. Pero el Mensajero (s.a.) era simplemente un predicador. No había abierto un negocio político. Por eso respondió:
«Esto está sujeto a la voluntad de Alá. Después de mí, Él designará a quien quiera.»
Bujayra dijo:
«¡Muy bien! Hoy lucharemos contra todos los habitantes de Arabia. Después, una vez asegurado tu propio interés, otros aprovecharán las ventajas y oportunidades. Vete. No tenemos ningún interés en este asunto.» (Rahmatul lil-Alamín, primer tomo, pág. 89)
Si el Mensajero (s.a.) hubiera sido un predicador apolítico, o se hubiera dedicado a la purificación moral de la sociedad al estilo sufí o de los pír-murides, habría respondido sencillamente: «Oye, hombre, ¿qué clase de sueños estás teniendo? Esto es una labor reformadora propia de los devotos de Alá. ¿De dónde surge aquí la cuestión del interés personal y de las ventajas? ¿Cómo podría siquiera plantearse la sucesión, el liderazgo o la jefatura?». El propio Mensajero (s.a.) sabía hasta dónde llegaría su movimiento y cuál era su potencial político. Del mismo modo, cualquiera con quien hablaba comprendía también cuál sería el destino final de esta prédica.
La ventaja que las fuerzas opositoras pretendían obtener mediante todos estos variados intentos de compromiso era la siguiente: si el Mensajero (s.a.) aceptaba transigir para encontrar un camino que permitiera al movimiento avanzar con seguridad o para salvar a sus compañeros de la persecución, la fuerza de su prédica como movimiento idealista quedaría destruida. Y si demostraba firmeza intransigente, podrían hacer propaganda diciendo: «Habitantes del país, ved cuánto quisimos ofrecer y cuántos medios buscamos para poner fin a las disputas y los conflictos; pero este hombre es tan obstinado que no aceptó ninguna solución». En realidad, la posición del Mensajero (s.a.) era sumamente delicada. Por eso, al enfrentarse a todas estas fórmulas de compromiso, el Corán
continuó pronunciando advertencias para que el Mensajero (s.a.) mostrara firmeza. Incluso en un pasaje, con un lenguaje sumamente severo, se le ordena protegerse del engaño de los opositores y se le ofrece la garantía de protección por parte de Alá.
En las aleyas 74 y 75 de la sura Bani Israíl, Alá dice:
«Si no te hubiéramos concedido firmeza, no habría sido extraño que te inclinaras un poco hacia ellos. Si eso hubiera sucedido, te habríamos hecho saborear un castigo doble en este mundo y en el Más Allá. Entonces no habrías encontrado a nadie que te ayudara contra Nosotros.»
En suma, mediante una extraordinaria sagacidad, habilidad y paciencia, el Mensajero (s. a. s.) protegió el movimiento de todas estas negociaciones interesadas.
La forma extrema de la violencia
Los enemigos del Islam siempre han sido deshonestos en sus objetivos y débiles e insolventes en sus argumentos. Su verdadero problema ha sido el egoísmo y la obsesión por el poder. En cuanto alguien salía al campo con la misión de llamar al Islam, se alzaban contra él con todas sus fuerzas y respondían a sus argumentos y pruebas con violencia, terrorismo y matonismo. El movimiento islámico actúa mediante la conciencia, la razón y la capacidad de reflexión humanas. Pero los opositores del Islam intentan frenar su avance mediante la ira, el rencor, la agitación y la excitación emocional. Si alguna fuerza emprende siquiera la más mínima actividad para cambiar el sistema social y estatal vigente, tiene que sufrir los golpes de quienes sostienen y protegen dicho sistema. Pero, como la llamada del Islam invita a una transformación profunda y total, los dirigentes del Estado y de la sociedad establecidos sufren una especie de intensa furia enloquecida como reacción a ella. Esta era precisamente la situación que se había producido en La Meca. Aunque la violencia había comenzado desde el mismo inicio de la predicación pública, gradualmente aumentaban la brutalidad de la jahiliyyah y la intensidad de la persecución contra los musulmanes. En cinco o seis años, La Meca se convirtió para quienes habían aceptado el Islam en un horno ardiente. Después del fallecimiento de la venerable Jadiya y del señor Abu Talib, el poder abrasador de aquel horno adquirió una forma aún más intensa y terrible. En mayor o menor medida, nadie pudo librarse de ser quemado en aquel horno. Al ser abrasados, calentados y fundidos en él, se convirtieron en oro puro. Aunque el líder del movimiento, Muhammad (s. a. s.), soportó personalmente la mayor parte del calor de aquel horno, sus compañeros tampoco sufrieron poco. De las terribles torturas infligidas a los nobles Compañeros conocemos muy poco por la historia. Sin embargo, lo poco que sabemos por ella resulta estremecedor. Aquí presento un breve relato de algunas de las torturas perpetradas por los enemigos del Islam.
El Mensajero (s. a. s.) era sometido directamente a toda clase de injusticias a cada instante. Pero el sufrimiento infligido a sus compañeros también hería indirectamente, una y otra vez, su sensible corazón. Veamos ahora qué torturas se infligieron a cada uno.
Jabbab ibn al-Aratt al-Tamimi fue vendido como esclavo durante la época de la jahiliyyah. Una mujer llamada Umm Numar lo compró. Jabbab aceptó el Islam precisamente cuando la casa de al-Arqam era el centro del movimiento islámico y desde allí el Mensajero (s. a. s.) dirigía todas sus actividades organizativas. Los coraichitas extendían brasas encendidas y lo tendían sobre aquel lecho de fuego. Inmediatamente, un hombre se colocaba de pie sobre su pecho para impedirle girarse de lado. Finalmente, las brasas se apagaban bajo su espalda. Más tarde, cuando Jabbab (que Allah esté complacido con él) mostró una vez su espalda a Umar (que Allah esté complacido con él), este vio manchas blancas semejantes a las de la lepra. Por profesión era herrero. Después de aceptar el Islam, cuando reclamaba a diversas personas el dinero que le debían, estas respondían: «Mientras no rompas tu relación con Muhammad (s. a. s.), no recibirás ni un solo centavo». Así se ejercía sobre él una presión económica. Pero este soldado de la verdad respondió: «Eso nunca me será posible».
El negro Bilal era esclavo de Umayya ibn Jalaf. Cuando el sol estaba exactamente sobre la cabeza, lo tendían sobre la arena ardiente del desierto árabe y colocaban una pesada piedra sobre su pecho para impedirle girarse de lado. Umayya le decía: «Renuncia al Islam; de lo contrario, acabarás así». En respuesta, Bilal (que Allah esté complacido con él) gritaba solamente: «Ahad, ahad» («Allah es Uno, Allah es Uno»). Esto hacía que la ira de Umayya aumentara aún más. Le ataba una cuerda al cuello y hacía que los muchachos revoltosos de la ciudad corrieran tras él. Ellos lo llevaban por todas las callejuelas. Pero aquel devoto amante de Allah continuaba proclamando en voz alta «Ahad, ahad» incluso en tal situación. A veces lo envolvían en piel de vaca y otras veces le ponían una armadura de hierro y lo sentaban bajo el sol abrasador. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) lo compró a cambio de otro esclavo y lo liberó.
Ammar ibn Yasir era de origen qahtaní. Su padre, Yasir, había llegado al Hiyaz desde Yemen acompañado de sus dos hermanos para buscar a otro hermano suyo que se había perdido. Más tarde, los dos hermanos regresaron a Yemen. Pero Yasir permaneció en La Meca después de establecer una alianza con Abu Hudhayfa al-Majzumi, y allí contrajo matrimonio. Posteriormente, Yasir y toda su familia aceptaron el Islam. Como Ammar ibn Yasir no tenía ningún aliado en La Meca, era sometido a terribles torturas. Como castigo por haber aceptado el Islam, también lo tendían sobre la arena ardiente. Los coraichitas lo golpeaban hasta dejarlo inconsciente. Sus padres sufrían la misma clase de torturas físicas. Lo sumergían en el agua. También lo tendían sobre brasas ardientes. El Mensajero (s. a. s.) le acariciaba afectuosamente la cabeza, rezaba por él y le anunciaba la buena nueva del Paraíso. Según el relato de Ali (que Allah esté complacido con él), el Mensajero (s. a. s.) decía: «Ammar está lleno de fe desde la cabeza hasta los pies». La madre de Ammar, Sumayya (que Allah esté complacido con ella), fue asesinada por el delito de haber aceptado el Islam.
Abu Yahl la mató personalmente de una manera sumamente brutal, clavándole una lanza. Este fue el primer martirio del Islam. El padre de Ammar, Yasir, también murió mártir a causa de las torturas.
Aceptó el islam junto con Suhayb y Ammar. Lo golpeaban tan brutalmente que llegaba a perder el equilibrio mental. Durante la Hégira, los coraichitas le permitieron emigrar con la condición de que les dejara todas sus pertenencias y medios de subsistencia. Suhayb aceptó gustosamente esta condición y partió hacia Medina con las manos vacías.
Abu Fukayha Suhayli era esclavo de Safwan ibn Umayya. Fue contemporáneo de Bilal en la aceptación del islam. En cierta ocasión, colocaron sobre su pecho una piedra tan pesada que se le salió la lengua. A veces lo encadenaban con grilletes de hierro y lo tendían boca abajo sobre la arena ardiente. Abu Bakr lo compró y lo liberó.
Antes de que Umar aceptara el islam, había en su familia una esclava llamada Lubayna. Umar se cansaba de golpearla con extrema crueldad. Luego decía: «No te he dejado por compasión, sino porque me he cansado».
En la familia de Umar había también otra esclava llamada Zunaira. Por haber aceptado el islam, Umar también la golpeaba con extrema crueldad. En una ocasión, Abu Yahl la golpeó hasta dejarla ciega. Sin embargo, según un relato, Dios Todopoderoso le devolvió poco después la vista por la bendición de la fe. Abu Bakr al-Siddiq también la compró y la liberó.
Dos esclavas llamadas Nahdiyya y Umm Ubays también soportaron una severa persecución por haber aceptado el islam.
Uthman era respetable por su edad y honor, y poseía abundantes riquezas y una alta posición. Aun así, cuando aceptó el islam, su propio tío lo ató con una cuerda y lo golpeó.
Tan pronto como Abu Dharr aceptó el islam, acudió a la Kaaba y proclamó su fe. Inmediatamente, los terroristas de Quraysh se abalanzaron sobre él y lo dejaron tendido a golpes.
Su tío envolvía a al-Zubayr ibn al-Awwam en una estera y le echaba humo por la nariz como castigo por haber aceptado el islam. Pero él decía con plena firmeza: «En ninguna circunstancia volveré a la incredulidad».
Cuando su primo Saíd ibn Zayd aceptó el islam, Hazrat Umar (ra.) lo ató con una cuerda.
Sa’d ibn Abi Waqqas también sufrió torturas insoportables.
Después de aceptar el islam, Abdullah ibn Masud fue el primero en ponerse de pie en el recinto de la Kaaba Sharif y recitar el Corán en voz alta. Apenas comenzó a recitar la sura Ar-Rahmán, los incrédulos se abalanzaron sobre él y empezaron a golpearlo repetidamente en el rostro. Aun así, continuó con la recitación y regresó a su casa con el rostro herido.
Al principio, Uthmán ibn Mazún estaba a salvo porque se encontraba bajo la protección de Walid ibn al-Mugira. Pero, al ver las terribles persecuciones y torturas infligidas a los compañeros del Mensajero (sa.), comprendió: «Cuando mis compañeros sufren semejantes tormentos, ¿por qué habría yo de llevar una vida segura bajo la protección de un politeísta?». Le dijo a Walid ibn al-Mugira: «Renuncio a su protección». Walid trató de convencerlo: «Sobrino, temo que alguien pueda tratarte mal». Él respondió: «No, yo estaré bajo la protección de Allah. No deseo la protección de nadie más que Él». Fue a la Kaaba Sharif y anunció que devolvía la protección de Walid ibn al-Mugira. Luego se sentó en la asamblea de los coraichitas. Allí, el poeta Labid recitaba poemas compuestos por él. Cuando recitó: «Todo excepto Allah es vano», Uthmán dijo: «Tienes razón». Pero cuando Labid recitó el verso siguiente: «Todas las bendiciones son perecederas», Uthmán dijo: «Te equivocas en esto. Las bendiciones del Paraíso nunca perecerán». Labid se enfureció. Miró a su alrededor, buscando quién se había atrevido a señalar su error. Labid dijo: «¡Oh, asamblea de los coraichitas! ¿Quién ha sido tan insolente con vuestro poeta aliado?». Alguien respondió: «Es un necio renegado. No prestes atención a sus palabras». Uthmán no pudo permanecer callado y le respondió de manera contundente. Entonces aquel hombre se levantó y abofeteó a Uthmán con tanta fuerza que le dañó un ojo. Al ver la escena, Walid ibn al-Mugira dijo: «Si hubieras permanecido bajo mi protección, hoy no habrías perdido el ojo de esta manera». Uthmán respondió: «Estoy dispuesto a perder incluso el ojo que me queda sano. Aquel bajo cuya protección estoy es más poderoso y fuerte que tú».
Después de aceptar el islam, Hazrat Abu Dharr al-Gifari, lleno de fervor revolucionario, se dirigió directamente a la Mezquita Sagrada y allí proclamó en voz alta su nueva creencia y doctrina. Los coraichitas, enfurecidos, dijeron: «¡Golpead a este renegado!». Inmediatamente comenzó la paliza. Su intención era matarlo. Pero Abbas, tío del Mensajero (sa.), pasaba casualmente por allí. Dijo: «¡Vaya, este hombre pertenece a la tribu de Gifari! Para comerciar, tenéis que pasar por su territorio. Actuad con un poco de cuidado». Por necesidad, los coraichitas se contuvieron. Al día siguiente, volvió a proclamar su creencia y doctrina islámicas, y nuevamente recibió una paliza colectiva.
Cuando Hazrat Umm Shuraik aceptó el islam, sus familiares la hicieron permanecer bajo el sol abrasador. Durante ese tiempo, le daban miel con pan para comer, pero no le daban agua, para que sintiera más el calor y sufriera un castigo doble. Así transcurrieron tres días seguidos. En medio de aquel sufrimiento extremo, cuando le dijeron que renunciara al islam, sus facultades mentales se habían entumecido. Ni siquiera comprendía qué le estaban pidiendo. Finalmente, los torturadores señalaron hacia el cielo y dijeron: «Niega la unicidad de Allah». Al comprender entonces lo que exigían, ella respondió: «Permanezco firme en mi creencia y doctrina, y seguiré firme».
Después de que Jalid ibn al-As aceptara el islam, su padre lo golpeó hasta abrirle la cabeza. Además, lo castigó haciéndolo pasar hambre.
En resumen, no hubo nadie que no tuviera que afrontar una dura prueba de fuego. Al igual que Hazrat Uthmán, Hazrat Abu Bakr y Talha también fueron atados con cuerdas. Walid ibn Walid, Ayyash ibn Abi Rabia y Salma ibn Hisham fueron sometidos a severas torturas y también se les impidió emigrar. La persecución que Hazrat Umar infligió a su propia hermana y a su cuñado fue igualmente inhumana. Más adelante se ofrecerán los detalles.
Contemplen, por un lado, esta terrible persecución y, por otro, la firmeza de los abanderados del movimiento islámico. Quienquiera que aceptara una vez esta da‘wah, fuera hombre o mujer, esclavo o esclava, ya no retrocedía. La opresión y la persecución no pudieron obligar a una sola persona a abandonar el islam. Vemos que, en el verdadero sentido de la palabra, una inspiración revolucionaria había penetrado hasta la médula de sus huesos. Su incomparable paciencia había hecho fracasar por completo el despotismo opresivo de los qurayshíes. Quien respondía una vez al llamamiento del islam veía nacer en su interior una persona completamente nueva y sentía que una fuerza renovada se infundía en su corazón.
La emigración a Abisinia
Toda calamidad tiene un límite de resistencia. Los abanderados del movimiento islámico estaban afrontando una dura prueba de fuego, y el ejemplo de paciencia que dieron en ella permanecerá, sin duda, eternamente memorable. Pero no se veía ninguna señal de que la opresión y la persecución fueran a cesar. Al contrario, se intensificaban cada vez más. El Mensajero (s. a. w.) se afligía al ver la difícil situación de sus compañeros, pero no tenía poder para hacer nada. Su único apoyo era la confianza en Allah, la fe inquebrantable en la vida futura, la firme esperanza en la victoria definitiva de la verdad y la súplica llena de emoción. El Mensajero (s. a. w.) consolaba a sus compañeros diciéndoles que Allah abriría necesariamente algún camino. Aparentemente, el ambiente de La Meca se estaba volviendo desesperanzador, y no aparecía ninguna señal de que el árbol sagrado del movimiento islámico fuera a dar fruto en aquella tierra árida. A juzgar por la situación, parecía evidente que no había posibilidad de establecer en La Meca los cimientos de un Estado islámico; quizá esa dicha estuviera destinada a alguna otra tierra. La emigración ya había sido incluida anteriormente en la historia del movimiento islámico. Por ello, se suponía que el Mensajero (s. a. w.) y sus compañeros también tendrían que abandonar su patria. Aunque una ideología destinada al bienestar de toda la humanidad nazca dentro de un país y una nación determinados, se eleva por encima de las estrecheces del nacionalismo y el regionalismo, y no permanece limitada a ningún país ni nación. Si los habitantes de una región determinada demuestran ser incapaces, elige otra comunidad para este propósito. Sin embargo, no es la práctica de los profetas abandonar el centro de la da‘wah hasta recibir de Allah un permiso o una orden clara. A pesar de ello, el Mensajero (s. a. w.) veía que el conflicto entre la opresión y la paciencia avanzaba hacia una etapa en la que la capacidad humana de tolerancia podía agotarse. Los musulmanes esperaban ansiosamente la llegada de la ayuda de Allah. En tal situación, aconsejó a sus compañeros: «Marchaos a algún país del mundo. Allah pronto os reunirá en algún lugar». Ellos preguntaron: «¿A qué país iremos?». El Mensajero (s. a. w.) señaló hacia Abisinia. Sabía que el rey de aquel país era relativamente justo y que seguía el ejemplo de Jesús. Pensaba que aquel era el país apropiado para la emigración. Sobre Abisinia dijo: «Es un país de honestidad y justicia». (Sira de Ibn Hisham)
En el quinto año de la profecía, una caravana de once hombres y cuatro mujeres del grupo revolucionario del Mensajero (s. a. w.) partió en la oscuridad de la noche hacia Abisinia, bajo el liderazgo de Uthman ibn Affan. Ruqayya, la noble esposa de Uthman, es decir, la hija del Mensajero (s. a. w.), también lo acompañó en este primer viaje de la emigración. El Mensajero (s. a. w.) comentó acerca de esta noble pareja: «Después del profeta Lot y del profeta Abraham, esta es la primera pareja que abandona su patria por el camino de Allah». (Al-Mawahib al-Ladunniyya, Rahmatul-lil-Alamin)
Cuando los qurayshíes se enteraron de la partida de esta caravana, enviaron inmediatamente hombres para perseguirla. Pero al llegar al puerto de Yeda, descubrieron que, como los emigrantes habían encontrado enseguida una embarcación, ya estaban fuera de su alcance. Estos emigrantes permanecieron muy pocos días en Abisinia (desde Rayab hasta Shawwal). Oyeron el rumor de que los qurayshíes habían aceptado el islam. Por eso regresaron a La Meca. Sin embargo, cuando llegaron cerca de La Meca, se enteraron de que aquel rumor era falso. Entonces surgió un grave problema. Algunos entraron en la ciudad ocultándose y otros con la ayuda de distintas personas. Como consecuencia inevitable de este regreso, comenzaron a sufrir una persecución aún más intensa que antes.
Después, otra gran caravana emigró a Abisinia. En esta caravana había 85 hombres y 17 mujeres. En Abisinia encontraron un entorno seguro y comenzaron a vivir tranquilamente según el modo de vida islámico.
Ahora observen hasta dónde podía llegar el rencor de los enemigos del islam. Se reunieron en una asamblea y deliberaron sobre todo el asunto. Decidieron enviar como embajadores ante el rey de Abisinia a Abdullah ibn Rabia y Amr ibn al-As. Los dos enviados hablarían con el rey y traerían de vuelta a los emigrantes. Para este fin, prepararon valiosos regalos para el Nayashi y sus cortesanos, y los dos embajadores partieron con gran pompa. Al llegar a Abisinia, conspiraron con los cortesanos y los sacerdotes y les ofrecieron sobornos. Les hicieron comprender lo siguiente: «En nuestro país, unas cuantas personas insolentes han provocado un conflicto religioso. Son tan peligrosas para nuestra religión ancestral como lo son para la de ustedes. Después de expulsarlas del país, han venido a refugiarse aquí. No se les debería permitir permanecer aquí. Por ello, ayúdennos». Intentaron impedir que todo el asunto se discutiera ante la corte, que los emigrantes ni siquiera tuvieran la oportunidad de hablar y que el rey, tras escuchar únicamente la versión unilateral de los dos enviados de Quraysh, entregara a los emigrantes en sus manos. Para lograrlo, recurrieron a sobornos y acuerdos secretos. Después de someter subrepticiamente a los cortesanos, se presentaron ante el Nayashi con los regalos. Explicaron así el propósito de su llegada: «Los dirigentes de La Meca nos han enviado para presentar ante su corte esta solicitud: envíe con nosotros a nuestra gente». Los cortesanos y los sacerdotes apoyaron inmediatamente su petición. Pero el Nayashi se negó a actuar basándose en una reclamación unilateral. Declaró en términos inequívocos: «No puedo entregarlos a ustedes sin escuchar el testimonio de los emigrantes».
Al día siguiente, ambas partes fueron convocadas ante la corte. Cuando llegó a los musulmanes la convocatoria del Nayashi, se reunieron para deliberar. Comentaron: «El rey es cristiano, mientras que nosotros diferimos de él en nuestras creencias doctrinales y en nuestras costumbres. En estas circunstancias, ¿qué le diremos?». Después de deliberar, decidieron: «Diremos exactamente todo lo que el Mensajero (s. a. w.) nos ha enseñado; no nos apartaremos de ello ni siquiera el grosor de un cabello. Que suceda lo que tenga que suceder». Piensen en lo firme que era su fe. Mantenerse firmes en la verdad y la honestidad incluso en circunstancias difíciles es el mandato de Allah. Después, cuando los emigrantes llegaron ante la corte, no se postraron ante el Nayashi como exigía la costumbre. Los cortesanos lo objetaron y preguntaron: «¿Por qué no se han postrado?». Yafar, portavoz de los emigrantes, respondió: «No nos postramos ante nadie excepto Allah. Incluso al propio Mensajero (s. a. w.) simplemente le dirigimos el saludo de paz». Observen en qué delicada situación se estaba expresando con tanta audacia el verdadero tawhid. Ante el mismo poder frente al cual sus adversarios ocultaban su verdadera identidad y recurrían a la astucia, ellos demostraron sin temor una firmeza idealista y una lealtad inquebrantable a sus principios.
Esta vez, los dos enviados de La Meca expusieron su acusación: estos emigrantes son fugitivos de nuestro país. Han inventado una nueva religión y, basándose en ella, han provocado un caos desastroso. Por tanto, que nos sean entregados a nosotros. El Nayashi preguntó a los musulmanes: «¿Cuál es vuestro asunto? ¿Habéis adoptado una tercera religión aparte del cristianismo y el paganismo?»
Hazrat Yafar se levantó como portavoz de los musulmanes y solicitó al Nayashi permiso para hacer primero algunas preguntas a los dos enviados de La Meca. Pidió que se le permitiera formularles esas preguntas. Tras obtener el permiso del Nayashi, los interrogó de la siguiente manera:
Hazrat Yafar: ¿Éramos esclavos de alguien en La Meca y hemos huido de nuestros amos? Si fuera así, ciertamente deberíamos ser devueltos.
Amr ibn al-As: No, no sois esclavos; sois libres y nobles.
Hazrat Yafar: ¿Hemos matado injustamente a alguien? Si fuera así, ciertamente deberíamos ser devueltos a los herederos o tutores de la persona asesinada.
Amr ibn al-As: No, no habéis derramado ni una gota de sangre.
Hazrat Yafar: ¿Hemos robado los bienes de alguien? Si fuera así, estamos dispuestos a pagar lo que debemos.
Amr ibn al-As: No, no debéis ni un solo céntimo a nadie.
Cuando mediante este interrogatorio quedaron claramente manifiestos el estado moral y el nivel de los musulmanes, Hazrat Yafar pronunció el siguiente discurso:
«Oh rey, éramos un pueblo ignorante e inculto. Adorábamos ídolos, comíamos carne de animales muertos, cometíamos adulterio, perjudicábamos a nuestros vecinos, nos oprimíamos y maltratábamos unos a otros, y nuestros fuertes explotaban y oprimían a los débiles. En esas circunstancias nació entre nosotros un hombre cuya honestidad, justicia, veracidad y cortesía ya conocíamos con certeza. Él nos invitó al islam y nos enseñó a abandonar la adoración de las piedras, decir la verdad, detener el derramamiento de sangre, no apropiarnos de los bienes de los huérfanos, servir y ayudar al prójimo, no difamar a las mujeres castas, rezar, ayunar y dar limosnas y caridad. Creímos en él, abandonamos el politeísmo y renunciamos a todas las malas acciones. Por este delito, todo nuestro pueblo se convirtió en nuestro enemigo. Intentaron obligarnos a regresar a aquella misma desviación en la que estábamos antes. En esta situación, hemos huido a vuestro reino para proteger nuestra fe y nuestras vidas. Si nuestro pueblo nos hubiera permitido permanecer en nuestra patria, no habríamos venido. Esta es nuestra verdadera situación.»
Cuando las palabras son verdaderas y quien las pronuncia lo hace con sinceridad y devoción, no pueden dejar de causar impacto en el corazón del oyente. El corazón de un rey piadoso y temeroso de Dios como el Nayashi se enterneció. Dijo: «Mostradme algunos pasajes del Libro que os fue revelado». Hazrat Yafar recitó algunos versículos del comienzo de la sura Maryam. Al escuchar estos versículos de Allah, el corazón del rey se ablandó aún más y sus ojos se llenaron de lágrimas. Exclamó espontáneamente: «¡Por Allah! Este mensaje y el Evangelio proceden de la misma fuente». También dijo: «Muhammad (saw) es precisamente el Mensajero cuya venida había anunciado Hazrat Isa (as). Alabado sea Allah, que me ha permitido vivir en la época de ese Mensajero (saw)». Inmediatamente dictó también la sentencia de que no era posible devolver a los emigrantes. Con esto concluyeron las actuaciones de la corte y los dos enviados regresaron derrotados. Más tarde, ambos decidieron intentarlo una vez más. El Nayashi era cristiano. No era extraño que, al presentar ante la corte las creencias de los musulmanes acerca de Hazrat Isa (as), se encendiera en el rey el fuego de la animadversión religiosa.
Al día siguiente, Amr ibn al-As volvió a presentarse ante la corte. Para incitar al Nayashi, lanzó la calumnia de que aquellos emigrantes albergaban ideas muy negativas acerca de Hazrat Isa (as). El Nayashi volvió a convocar a los musulmanes. Cuando estos comprendieron la situación, quedaron sumidos en la duda: ¿quién sabía cuál sería la reacción del Nayashi si negaban que Hazrat Isa (as) fuera «el hijo de Allah»?
Pero la firmeza de los creyentes les indicó una vez más que debían decir la verdad con palabras inequívocas. Hazrat Yafar dijo en su discurso:
«Nuestro Profeta ha dicho: “Hazrat Isa (as) es siervo de Allah, una señal de Allah y Mensajero de Allah”».
Al oír esto, el Nayashi tomó del suelo un trozo de hierba y dijo: «Hazrat Isa (as) no es más que esto respecto de lo que has dicho: ni siquiera supera la cantidad de esta brizna de hierba». Los sacerdotes, víctimas de la conspiración y sometidos mediante sobornos y regalos, se agitaron mucho en su interior. En cierto momento comenzaron a emitir extraños sonidos por la nariz. Pero el Nayashi no les prestó ninguna atención. Dio instrucciones claras de que todos los regalos fueran devueltos. Los dos representantes de La Meca regresaron completamente derrotados.
La aceptación del islam por Hazrat Umar
Uno de los relatos más conmovedores e importantes de este capítulo sobre la violencia es la historia de la furia de Umar. Cuando el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) recibió la profecía, Umar (que Allah esté complacido con él) tenía veintisiete años. El islam se propagó muy rápidamente por su familia. Su cuñado Saíd fue el primero en aceptar el islam. Influida por él, también su hermana Fátima se hizo musulmana. Otro hombre influyente de la familia de Umar, Nuaym ibn Abdallah, buscó refugio bajo la sombra del islam. Al principio, Umar ni siquiera sabía que el islam se estaba extendiendo de ese modo en su familia. En cuanto se enteró, se llenó de ira y se enfureció contra quienes habían aceptado el islam. A una esclava de su familia llamada Lubaina la golpeaba hasta cansarse por haber aceptado el islam. Después de descansar, volvía a golpearla con renovado empeño.
Finalmente, un día tomó la decisión más terrible: había que acabar con el principal promotor de este movimiento. Según diversas fuentes, en aquella época Abu Yahl había anunciado una recompensa de doscientos camellos para quien lograra matar al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y obtener esa recompensa era uno de los objetivos de aquella decisión. Sin embargo, no parece propio del carácter de Umar (que Allah esté complacido con él) dejarse seducir por una codicia semejante. Parece que quería realizar aquel acto considerándolo un servicio a la religión ancestral. En cualquier caso, partió con su espada. En el camino se encontró con Nuaym ibn Abdallah, quien le impidió continuar. Nuaym le dijo: «Primero averigua qué ocurre con tu hermana y tu cuñado; después ve adonde quieras». Umar (que Allah esté complacido con él) regresó de inmediato y se dirigió a la casa de su hermana. Cuando llegó, Fátima estaba leyendo el Corán. En cuanto oyó el sonido de sus pasos, guardó silencio y escondió las páginas del Corán. Umar (que Allah esté complacido con él) entró en la habitación y preguntó: «¿Qué estabas leyendo?». Su hermana permaneció callada. Umar dijo: «Ya me he enterado: los dos os habéis apartado de la religión. Ahora veréis lo que os hago». Tras decir esto, se abalanzó sobre su cuñado. Cuando su hermana se acercó para proteger a su esposo, también la golpeó. El cuerpo de su hermana quedó cubierto de sangre. Pero Fátima, con los ojos llenos de lágrimas, miró a su hermano y dijo con voz firme:
«¡Umar! Haz lo que quieras, pero nosotros no podemos abandonar el islam».
Una mujer está de pie ante él, con el cuerpo herido, la ropa ensangrentada, los ojos llenos de lágrimas y el corazón rebosante de emoción. Y no se trata simplemente de una mujer, sino de su propia hermana. ¡Y de sus labios salen palabras tan resueltas! Piensen en cómo el islam había infundido una nueva inspiración incluso en una mujer considerada indefensa. Ante una escena tan conmovedora, hasta la formidable fuerza de Umar quedó vencida. La férrea determinación de su resolución de acero se convirtió a mitad de camino en un nudo flojo que se deshizo. Dijo: «Está bien, mostradme un poco lo que estabais leyendo». Fátima fue a buscar las páginas del Corán que había escondido y las trajo. Mientras leía, cuando apareció ante él esta frase: «************», exclamó espontáneamente: «Doy testimonio de que no hay más divinidad que Allah, y doy testimonio de que Muhammad es Su siervo y Su Mensajero». Después de abrazar la fe, se dirigió a la casa de Arqam, centro del movimiento islámico. Allí prestó juramento de fidelidad al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Los musulmanes presentes, embargados por la alegría, proclamaron «¡Allah es el más grande!» con tanta fuerza que todo el ambiente de La Meca resonó. Los abanderados del movimiento islámico salieron de allí y se dispersaron por toda la ciudad de La Meca. Sintieron que su fuerza había aumentado. Inmediatamente después de que Umar (que Allah esté complacido con él) abrazara la fe, comenzaron por primera vez a ofrecer públicamente la oración congregacional en la Kaaba.
Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) gozaba de una posición especialmente distinguida entre los jóvenes de La Meca por su inteligencia y su capacidad para despertar entusiasmo. Su conducta estaba llena de sinceridad y devoción. Durante la época de la ignorancia, la enemistad que albergaba hacia el islam no estaba impulsada por ningún interés personal, sino que la manifestaba sinceramente porque consideraba que era justa. Después, cuando la verdad quedó al descubierto para él y el velo se apartó de su conciencia, levantó la bandera del islam con plena devoción y sinceridad. Aunque su manera de oponerse había sido extremadamente vehemente y apasionada, su aguda inteligencia y su conciencia pura siempre habían ido recibiendo gradualmente la luz de la verdad. Cada acontecimiento que tenía lugar en el ambiente de La Meca influía en su alma, la sacudía y la iba preparando para aceptar el islam. Por un lado, las noticias sobre la predicación del islam llegaban continuamente a sus oídos. Por otro, la mezquina y repugnante mentalidad de sus opositores se hacía cada vez más evidente ante él. Así, por una parte, observaba el carácter puro y honrado del Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y de sus compañeros y, por otra, los aspectos corruptos y oscuros del carácter de los enemigos del islam. Esta observación comparativa influía y conmovía continuamente a este joven de La Meca, dotado de una conciencia lúcida y despierta. Además de estas dos escenas generales y opuestas de la situación, varios acontecimientos particulares también provocaron en él una intensa reacción.
Por ejemplo, Umm Abdallah bint Abi Hashma se estaba preparando para emigrar a Abisinia. Un día, mientras se encontraba en esa situación, Hazrat Umar se presentó ante ellos y dijo: «Umm Abdallah, parece que se están preparando para abandonar La Meca y marcharse a algún lugar». Umm Abdallah respondió: «Sí, eso es lo que vamos a hacer. Nos han causado mucho sufrimiento y nos han perseguido cruelmente. Ahora Allah nos ha abierto un camino para salvarnos». Umar dijo: «Que Allah los acompañe». Umm Abdallah relata: «Nunca vi a Umar tan abrumado por la tristeza como lo estaba entonces. Sintió un profundo dolor al ver que nos preparábamos para partir al exilio». Cuando Umm Abdallah contó a su esposo, Amir ibn Rabi’a, el profundo dolor que Umar había sentido, Amir le preguntó: «Al ver este cambio en Umar, ¿albergas la esperanza de que acepte el islam?». Umm Abdallah respondió: «Sí». Amir dijo: «Cuando acepte el islam aquel a quien has visto, entonces también aceptará el islam el burro de Jattab» (Jattab era el nombre del padre de Hazrat Umar). Umm Abdallah relata que, debido a la crueldad y brutalidad de Umar con respecto al islam, había nacido una desesperanza de ese tipo. (Sira de Ibn Hisham, primer tomo)
Pero ¿quién puede decir que este acontecimiento no asestó un fuerte golpe a la conciencia de Hazrat Umar? De manera semejante, otro relato nos informa de que su corazón se vio influido al escuchar la recitación del Corán por el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Estas son sus propias palabras al respecto:
«Estaba muy alejado del islam. En la época de la ignorancia era adicto al vino y bebía en grandes cantidades. En Hazwarat [en aquel entonces era un mercado de La Meca; actualmente, este terreno forma parte de la Mezquita Sagrada] celebrábamos nuestras reuniones para beber, y allí se congregaban nuestros amigos qurayshíes. Una noche acudí a aquella reunión atraído por mis compañeros. Busqué mucho a mis compañeros allí, pero no encontré a ninguno. Entonces recordé a un vendedor de vino y pensé en ir allí a beber. Pero tampoco lo encontré. Luego pensé en ir a la Kaaba y realizar allí entre sesenta y setenta circunvalaciones. Cuando llegué, vi que el Mensajero estaba rezando. Se encontraba de pie entre el Rincón Negro y el Rincón Yemení, orientado hacia Bait al-Maqdis. De repente sentí el deseo de escuchar un poco lo que este hombre estaba recitando. Me introduje bajo el revestimiento de la Kaaba y, acercándome poco a poco, comencé a escuchar. Entre el Mensajero y yo no había nada salvo el revestimiento de la Kaaba. Cuando escuché el Corán, mi corazón se ablandó y mis ojos se llenaron de lágrimas. En ese preciso momento, el islam entró en mi corazón. [Sira de Ibn Hisham, volumen I, pp. 368-369]»
En la parte restante de este relato se dice que Umar se marchó entonces con el Mensajero y abrazó el islam. Sin embargo, en realidad, el relato mencionado anteriormente es el correcto respecto a su conversión al islam. Al ver la fe, la paciencia y la firmeza de su hermana, su mente y su corazón se orientaron definitivamente hacia el islam. Es muy significativo este pasaje del propio relato de Umar: que fue a escuchar el Corán de labios del Mensajero. Los versículos del Corán que escuchó con sus propios oídos sembraron la semilla de la fe en su corazón. En el contexto de un conflicto y una confrontación que se prolongaban ininterrumpidamente durante años, era muy natural que ocurriera algo así. ¿Cómo podría una personalidad como Umar tomar una decisión sin escuchar con sus propios oídos la invitación del islam?
Muchos otros que se oponían al Corán, incluso grandes dirigentes, acudían secretamente, movidos por la curiosidad, para escuchar esta dulce melodía descendida del cielo. Sin embargo, en las reuniones públicas decían: «Tenemos los oídos sordos». Una vez, cuando el Mensajero estaba recitando el Corán en su casa entrada la noche, Abu Sufyan, Abu Yahl y Ajناس ibn Shurayq se reunieron en secreto alrededor de la casa del Mensajero para escucharlo. Más tarde, al regresar a sus hogares, casualmente se encontraron frente a frente. Entonces comenzaron a reprocharse mutuamente, diciéndose que no debían hacer aquello, pues si la gente común, de entendimiento limitado, los descubría, aquello produciría un efecto negativo en sus corazones. Después de decir esto, se marcharon. Al día siguiente regresaron y volvieron a intercambiar los mismos reproches y consejos. La tercera noche ocurrió de nuevo lo mismo, y finalmente hicieron un juramento muy solemne de que jamás volverían a hacer algo semejante. No obstante, se preguntaron mutuamente qué opinaba cada uno de las palabras que habían escuchado de Muhammad. Cada cual expresó algo. Finalmente, Abu Yahl dijo con voz exaltada: «Siempre hemos rivalizado con los Banu Abd Manaf. Cuando ellos ofrecían hospitalidad, nosotros también; cuando pagaban compensaciones de sangre, nosotros también; cuando practicaban la generosidad, nosotros también. Así llegamos a ser sus iguales y no quedamos rezagados en ningún aspecto. Pero ahora han comenzado a decir que ha surgido un profeta en su tribu. ¿Cómo vamos a aceptar eso? En este asunto no podemos pretender ser sus iguales. Por Dios, no podemos creer en él ni apoyarlo». [Sira de Ibn Hisham, volumen I, pp. 337-338]
En aquella época, el público en general sentía una gran curiosidad e interés por el islam, y eso llevaba incluso a Umar a acudir de vez en cuando ante el Mensajero para escuchar con sus propios oídos la palabra de Dios. He mencionado este episodio precisamente para explicar ese fenómeno.
Otro paso adelante
En resumen, la conversión de Umar al islam fue un acontecimiento enorme. Detrás de este acontecimiento actuaron numerosos factores. Otra razón por la que cobró tanta importancia fue que este hombre buscador de la verdad avanzó precisamente cuando la violencia unilateral contra el islam había alcanzado su punto culminante. Las fuerzas opositoras ejercían la persecución para impedir que la gente abrazara el islam. Pero, en completa contradicción con su propósito, aquella persecución ablandaba los corazones de la gente y los hacía simpatizar con los perseguidos. Una de las pruebas irrefutables de que el islam es la verdad es precisamente esta: cuanto más aumentaban la resistencia violenta y la agresión, más personas dotadas de las mejores mentes y corazones abrazaban el islam. En el período posterior a la emigración a Abisinia, las valiosas joyas de La Meca comenzaron a reunirse en el islam.
¿Cómo podía ser posible que una personalidad como Umar abrazara el islam y no provocara una nueva conmoción? Decidió que desafiaría de una vez a toda la sociedad. Abdullah ibn Umar era entonces apenas un niño. Él relata: «Después de que mi padre Umar abrazó la fe, preguntó quién, entre los qurayshíes, era experto en difundir noticias. Encontró a un hombre llamado Jamil ibn Muammar al-Yumahi. Fue a verlo muy temprano por la mañana. Yo también lo acompañé para ver qué hacía allí. Al llegar, le dijo: “¡Oh, Jamil! ¿Sabes que he abrazado el islam y me he unido al grupo de Muhammad?”. Jamil no dijo una sola palabra, se echó su manto sobre los hombros y se dirigió directamente a la puerta de la Mezquita Sagrada. Luego comenzó a anunciar a voz en cuello: “¡Oh, gentes de Quraysh, escuchad! Umar, hijo de Jattab, se ha convertido en un sabio [apóstata]”. Umar llegó detrás de él y gritó: “¡Jamil se equivoca! No me he convertido en un sabio; me he hecho musulmán. He declarado que no hay otra divinidad aparte de Dios y que Muhammad es Su siervo y Mensajero”. Los qurayshíes se abalanzaron sobre él. Incluso luchó encarnizadamente con su propio padre. Mientras forcejeaban, el sol llegó al punto más alto del cielo. En ese momento apareció un anciano dirigente qurayshí y preguntó qué ocurría. Después de escuchar todo el relato, dijo: “Este hombre ha elegido para sí una creencia y un camino. ¿Qué pretendéis hacer ahora? Pensad: ¿acaso los Banu Adi [el nombre de la tribu de Umar] dejarán indefenso a uno de los suyos en vuestras manos? Dejadlo”. El nombre de aquel jefe era As ibn Wa’il al-Sahmi. Tomó a Umar bajo su protección. (Sira de Ibn Hisham, volumen I, pp. 370-371)»
Al mismo tiempo, Umar encontró otra manera de expresar su entusiasmo y fervor por la fe. La primera noche después de abrazar la fe pensó: ¿quién es el opositor más encarnizado y extremista del Mensajero? Comprendió que no había nadie más encarnizado y extremista que Abu Yahl. Al amanecer se dirigió a la casa de Abu Yahl. En cuanto llamó a la puerta, Abu Yahl salió. Lo recibió y le preguntó el motivo de su visita. Umar le dijo: «He venido a informarle de que he creído en Muhammad y he reconocido como verdad todo lo que él dice». Abu Yahl se limitó a decir: «¡Que Dios te maldiga a ti y a esta noticia tuya!», y cerró la puerta de golpe.
Por otro lado, Umar (r. a.) hizo avanzar un paso el movimiento islámico. A pesar de ser golpeado, inició la oración pública en el recinto de la Kaaba. Hazrat Abdullah ibn Masud dijo: «Antes de que Hazrat Umar abrazara el islam, no podíamos rezar públicamente frente a la Kaaba. Cuando Umar (r. a.) abrazó el islam, luchó contra los qurayshíes y rezó en la Kaaba, y nosotros también rezamos junto a él».
Así, incluso en medio de una intensa violencia, los mejores hombres de entre los enemigos continuaron incorporándose al islam.
La conversión de Hazrat Hamza al islam
El caso de Hazrat Hamza fue casi del mismo tipo. Este joven de La Meca era a la vez inteligente, valiente e influyente. Entre los tíos del Mensajero (s. a.), después de Abu Talib, él era el único que, pese a discrepar, amaba al Mensajero (s. a.). También era apenas dos o tres años mayor que él. Como tenían casi la misma edad, durante la infancia existía entre tío y sobrino una relación muy estrecha y afectuosa.
El incidente. Cerca del monte Safa, Abu Yahl humilló al Mensajero (s. a.) y lo insultó con palabras indecibles. El Mensajero (s. a.) mantuvo la paciencia y no tomó ninguna represalia por aquella humillación. Por casualidad, una esclava presenció el suceso. En ese momento, Hazrat Hamza había salido de caza. Cuando regresó con el arco en la mano, la esclava le contó lo ocurrido y le dijo: «Ay, ojalá hubieras podido ver con tus propios ojos en qué situación se encontraba tu sobrino». Al escuchar el relato, Hamza sintió despertar en él un intenso sentido del honor. Se dirigió directamente a la asamblea de los qurayshíes y se plantó ante Abu Yahl. Golpeó a Abu Yahl en la cabeza con el arco y le preguntó: «¿Has insultado a Muhammad? Si lo has hecho, debes saber que yo también he abrazado su religión y digo lo mismo que él. Si tienes valor, ven a enfrentarte conmigo». Un hombre de los Banu Majzum se levantó en apoyo de Abu Yahl. Pero Abu Yahl lo detuvo y dijo: «Déjalo, he insultado a su sobrino, Hamza, de la manera más obscena». Después de esto, Hazrat Hamza se mantuvo firme en el islam. Los qurayshíes comprendieron que la fuerza del Mensajero había aumentado aún más. (Sira de Ibn Hisham, primer tomo)
El boicot y el confinamiento
Los enemigos del islam quedaron desconcertados al ver el fracaso de todas sus intrigas y planes, el avance del islam y la conversión al islam de grandes personalidades influyentes. En el mes de Muharram del séptimo año de la misión profética, todas las tribus de La Meca se unieron y concertaron un pacto para boicotear a los Banu Hashim. Se estableció que, mientras los Banu Hashim no entregaran a Muhammad (s. a.) en sus manos ni les concedieran el derecho de matarlo, nadie mantendría vínculos familiares con ellos, establecería relaciones matrimoniales, comerciaría ni se relacionaría con ellos, y no permitiría que les llegaran alimentos o bebidas. A pesar de haber hablado varias veces con Abu Talib, este no estuvo dispuesto a renunciar a su tutela del Mensajero (s. a.). Y por esa razón los Banu Hashim tampoco pudieron romper sus relaciones con él. Desesperados por ello, concertaron aquel pacto. En el sistema tribal, aquella decisión era una medida extremadamente grave y definitiva. Toda la tribu de los Banu Hashim quedó confinada, en estado de indefensión, en un valle llamado «Shi‘b Abu Talib». Este confinamiento duró aproximadamente tres años. Al leer el relato de las penurias que soportaron durante ese tiempo, hasta un corazón de piedra se conmovería. Los miembros de los Banu Hashim llegaron a masticar incluso hojas de los árboles, y a hervir pieles secas y asarlas al fuego para comerlas. La situación llegó a tal extremo que, cuando un niño inocente de los Banu Hashim lloraba por los tormentos del hambre, sus desgarradores gritos podían oírse a gran distancia. Los qurayshíes se entregaban al júbilo al escuchar aquellos llantos. Toda la tribu de los Banu Hashim fue arrojada a semejante cautiverio únicamente por ser la tribu del líder del movimiento islámico. El boicot era tan estricto que, en cierta ocasión, Hakim ibn Hizam, sobrino de Hazrat Jadiya, envió algo de trigo por medio de su sirviente. En el camino, Abu Yahl lo vio e intentó arrebatarle el trigo. Justo entonces llegó también Abul Bajtari, y despertó en él cierta compasión humana. Le dijo a Abu Yahl: «Vamos, déjalo». Además, Hisham ibn Amr también enviaba trigo a escondidas.
Este mismo Hisham ibn Amr se convirtió en el primer promotor de la anulación de aquel pacto opresivo. Fue a ver a Zuhayr ibn Umayya y le dijo: «¿Te complace comer, beber, vestirte y casarte, mientras tus tíos maternos se encuentran en tal situación que no pueden comprar ni vender, ni casarse? Si esto les ocurriera a los tíos maternos de Abul Hakam ibn Hisham (Abu Yahl) y tú le pidieras que concertara un pacto semejante, nunca aceptaría tu petición». Al oír esto, Zuhayr dijo: «¿Qué puedo hacer? Soy un hombre solo. Por Dios, si hubiera alguien más conmigo, emprendería la iniciativa para anular este pacto y no cejaría hasta conseguirlo». Hisham dijo: «Ya tienes a la segunda persona». Zuhayr preguntó: «¿Quién es?». Hisham respondió: «Yo mismo». Después, Hisham fue a ver a Mut‘im ibn Adi y lo convenció de la misma manera. Él también respondió, como Zuhayr: «¿Qué puedo hacer yo solo?». Hisham le dijo igualmente: «Estoy contigo». Mut‘im dijo: «Entonces busca a una tercera persona». Hisham respondió: «Ya he encontrado a la tercera persona». Él preguntó: «¿Quién es?». Hisham dijo: «Zuhayr ibn Abi Umayya». Mut‘im dijo: «Ahora hay que encontrar a una cuarta persona». Entonces Hisham habló con Abul Bajtari y con Zamra ibn Aswad.
Cuando el movimiento para abolir el pacto de boicot avanzó eficazmente en secreto, todos se reunieron y determinaron las acciones siguientes. Se decidió que Hisham plantearía públicamente la cuestión. Conforme a ello, Hisham dio siete vueltas alrededor de la Kaaba Sharif. Luego se dirigió a la gente y dijo: «¡Oh, habitantes de La Meca! ¿Es acaso justo que nosotros comamos y vistamos ropa mientras los Banu Hashim se retuercen de hambre y ni siquiera pueden comprar nada?». Entonces expresó así su determinación:
«¡Por Allah!, no descansaré hasta hacer pedazos este pacto opresivo que rompe los lazos de parentesco».
Abu Yahl gritó: «Eres un mentiroso. Nunca podrás romperlo».
Yam‘a ibn al-Aswad respondió a Abu Yahl: «¡Por Allah!, tú eres el mayor mentiroso. No aprobamos este pacto tal como fue redactado». Abu al-Bujtari también exclamó: «Yam‘a tiene razón. No aprobamos este pacto ni lo aceptamos». Mut‘im lo apoyó diciendo: «Vosotros dos tenéis razón. Quien diga lo contrario se equivoca». Como la mayoría continuó expresándose así, Abu Yahl se quedó sentado, con el rostro contraído, y el pacto fue desgarrado. Cuando la gente bajó el pacto de la pared de la Kaaba, descubrió con asombro que las termitas se habían comido todo el documento. Solo quedaban las palabras «Bismika Allahumma». (Sira de Ibn Hisham)
El año de la tristeza
Al terminar el confinamiento, el Mensajero (s.a.s.) volvió a encontrarse, junto con su familia, en un entorno libre. Pero entonces comenzó una época aún más difícil. Transcurría el décimo año de la profecía. El primer acontecimiento doloroso de aquel año fue la muerte de Abu Talib, padre de ‘Ali. De este modo se perdió el último refugio que, hasta entonces, había protegido con gran afecto al Mensajero (s.a.s.) de las garras de sus enemigos y que, sin ceder ante ninguna presión ni provocación, había frustrado todas sus conspiraciones hasta el último momento.
El segundo golpe que recibió el Mensajero (s.a.s.) aquel mismo año fue el fallecimiento de Jadiya (r.a.). Jadiya (r.a.) no solo era la esposa del Mensajero, sino también una de las afortunadas integrantes del primer grupo que abrazó la fe. Incluso antes de que recibiera la profecía, nunca escatimó su simpatía y compasión hacia él. Desde la primera revelación hasta los instantes previos a su muerte, desempeñó el papel de verdadera compañera de vida del Mensajero (s.a.s.) en el camino de la verdad. También gastó una gran cantidad de dinero en apoyo del movimiento islámico. Le ofreció consejos en cada ocasión y le brindó su sincera colaboración. Por ello, algunos han comentado que fue el ministro del Mensajero (s.a.s.). En realidad, esta afirmación es acertada y apropiada.
Por un lado, el Mensajero (s.a.s.) tuvo que soportar estos dos golpes consecutivos. Por otro, al desaparecer estos dos apoyos externos, la oposición adquirió una intensidad aún mayor. A partir de entonces, la oposición, la persecución y la opresión parecieron superar todos los récords anteriores. Pero quizá la voluntad de Allah era que el islam se protegiera a sí mismo, trazara por sí solo su propio camino y aprendiera a sostenerse sobre sus propios pies. Si no se hubieran retirado de este modo los apoyos mundanales, quizá la fuerza vital de la verdad no habría podido hacerse plenamente visible. Precisamente por el surgimiento de esta situación dolorosa e insoportable, aquel año fue denominado el año de la tristeza.
Entonces los qurayshíes comenzaron a comportarse de la manera más bárbara. Empezaron a azuzar contra él a unos jóvenes pendencieros. Estos armaban alboroto. Cuando el Mensajero (s.a.s.) rezaba, daban palmadas. Mientras caminaba por el camino, arrojaban sobre él desechos inmundos. Extendían espinas delante de su puerta. A veces intentaban ponerle una soga al cuello. En ocasiones incluso le ponían las manos encima y lo insultaban públicamente. Le arrojaban tierra al rostro. Algunos de esos seres inhumanos llegaron a cometer una insolencia tan abominable como escupir sobre su rostro luminoso. Una vez, Umm Ŷamil, la esposa de Abu Lahab, llegó hasta la Mezquita Sagrada buscando al Mensajero (s.a.s.) con una piedra en la mano. Pretendía acabar con él de un solo golpe. El Mensajero (s.a.s.) estaba allí mismo, frente a ella, en la Mezquita Sagrada. Pero Allah lo ocultó de sus ojos de tal manera que ella no pudo verlo. Finalmente, regresó desahogando su ira ante Abu Bakr y recitó el siguiente poema: «Hemos rechazado obedecer al hombre censurado, hemos desobedecido sus órdenes y somos hostiles a su religión». En realidad, deformar los nombres y emplear palabras ofensivas son signos de bajeza moral y degradación. Cuando el enemigo desciende al nivel más bajo de la vileza, recurre a estas sucias armas.
Al oír estas cosas, el Mensajero (s.a.s.) decía: «Allah me ha protegido de sus insultos. Ellos insultan a Muḍammam (el censurado), pero yo soy Muhammad. Por eso, sus insultos no me afectan».
De manera semejante, una vez Abu Ŷahl llegó hasta él con la intención de matarlo golpeándolo con una piedra. Pero Allah hizo que Abu Ŷahl se sintiera de pronto tan aterrorizado y atemorizado que no pudo hacer nada.
En una ocasión, los enemigos se abalanzaron en grupo sobre el Mensajero (s.a.s.) y lo sometieron a un trato inhumano. El contexto de este doloroso suceso fue el siguiente: los enemigos del islam estaban sentados en una de sus reuniones y decían: «Hemos mostrado demasiada tolerancia hacia este hombre (Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz). No existe precedente de una tolerancia semejante». Por casualidad, justo en ese momento llegó allí el Mensajero (s.a.s.). Los enemigos le preguntaron: «¿Eres tú quien dice todas esas cosas?». El Mensajero (s.a.s.), con plena firmeza moral, respondió: «Sí, soy yo quien dice todas esas cosas». Entonces, ya no hubo más que hablar: lo atacaron por todos lados. Abdullah ibn Amr ibn al-As narró: «Nunca vi por parte de los qurayshíes un exceso semejante contra el Mensajero (s.a.s.)».
Cuando los atacantes se detuvieron después de un rato, el Mensajero (s.a.s.) volvió a advertirles con aquel valor sobrehumano: «He venido a vosotros con un mensaje: seréis degollados». Es decir, el cuchillo de la opresión y la persecución que estáis pasando por mi garganta será, al final, con ese mismo cuchillo, con el que la ley de Allah —la norma eterna de la historia— os degollará. El reino de vuestra opresión llegará a su fin por completo.
Es difícil precisar el momento exacto de estos acontecimientos. Sin embargo, se puede suponer que ocurrieron cuando la violencia había alcanzado su punto culminante. Es seguro que todos estos sucesos tuvieron lugar justo después de la muerte de Abu Talib.
Hazrat Uthman ibn Affan narró que, en una ocasión, el Mensajero (s.a.s.) estaba realizando el tawaf de la Kaaba Sagrada. Los jefes de Quraysh, Uqbah ibn Abu Muayt, Abu Ŷahl y Umayyah ibn Jalaf, estaban sentados en el Hatim de la Kaaba. Cada vez que el Mensajero (s.a.s.) pasaba delante de ellos, le lanzaban insultos obscenos. Esto ocurrió tres veces. Finalmente, el Mensajero (s.a.s.), con el rostro alterado, dijo: «¡Por Allah! No cesaréis en absoluto hasta que el castigo de Allah descienda inmediatamente sobre vosotros». Hazrat Uthman dijo que, apenas pronunció estas palabras, se apoderó de ellos tal terror que todos comenzaron a temblar de miedo. Después de decir esto, el Mensajero (s.a.s.) emprendió el camino hacia su casa. Hazrat Uthman y los demás también partieron con él. En ese momento, el Mensajero (s.a.s.) se dirigió a sus compañeros y dijo:
«Recibid la buena nueva: Allah ciertamente hará triunfar Su religión, completará Su palabra y ayudará a Su religión. Y pronto Allah hará que estos hombres sean degollados por vuestras manos».
Obsérvese que esta buena noticia fue anunciada en una situación aparentemente caótica. Sin embargo, ¡con qué rapidez y esplendor se demostró su veracidad! Fue como si el movimiento islámico hubiera hecho posible lo imposible.
La invitación al islam en Taif
Es difícil determinar con certeza cuándo ocurrió exactamente este acontecimiento. Algunos lo han mencionado como el contexto del descenso de la sura Al-Muddázzir. Si se acepta esta opinión, habría que situar el acontecimiento en la primera época. Sin embargo, por la naturaleza del suceso, parece que ocurrió hacia el final del período de La Meca.
Un día, el Mensajero (s.a.s.) salió de casa al amanecer. Recorrió las distintas callejuelas de La Meca invitando a la gente al islam. Pero, aunque transcurrió todo el día, no encontró a una sola persona que prestara atención a su mensaje. En aquel entonces, la nueva estrategia adoptada por los opositores del islam consistía en que todos se escabullían en cuanto veían acercarse al Mensajero (s.a.s.). Porque escuchar sus palabras provocaba complicaciones. Si se le oponían o entablaban un debate, su mensaje se difundía aún más. Esta estrategia resultó bastante eficaz. Aunque se encontró con una o dos personas, estas respondieron con burlas o actos de violencia. Al regresar a casa, después de que todo el día hubiera sido en vano, llevaba el corazón lleno de decepción y abatimiento. Cuando alguien se dispone a beneficiar y desear el bien de una persona, y esta intenta matar a quien le ofrece ese beneficio y le desea el bien, el corazón del benefactor queda abrumado por un dolor insoportable; exactamente así se encontraba el corazón del Mensajero (s.a.s.).
A partir de la experiencia de aquel día especial, comenzó a arraigar en la mente del Mensajero (s.a.s.) la idea de que el suelo de La Meca se estaba volviendo estéril para la invitación al islam y que ya había dado todo el fruto que podía dar. El deterioro progresivo de la situación posterior demostró que esta idea era correcta. Las últimas personas con potencial ya se habían congregado alrededor del Mensajero (s.a.s.). Probablemente, desde aquel mismo día se fue fortaleciendo en su mente la idea de que debía salir de La Meca para continuar su labor. En realidad, es natural que un predicador perspicaz y sabio piense así. Cuando ha realizado una labor de invitación tan amplia en su centro inicial que todas las personas aptas para la misión allí han aceptado la invitación y no queda nadie salvo los obstinados y testarudos, no permanece allí desperdiciando sus fuerzas; más bien, busca nuevos campos, cambia de entorno y adquiere nuevas experiencias.
Al enfrentarse a una situación de este tipo, el Mensajero (s.a.s.) decidió trabajar en los alrededores de La Meca. Eligió Taif como nuevo campo para la invitación. Llevó consigo a Zayd ibn Haritha. Eligió Taif como nuevo campo para la invitación. Un día partió a pie desde La Meca acompañado de Zayd ibn Haritha. A todas las tribus cuyas viviendas encontró por el camino les transmitió la invitación a la religión de Allah. Entre la ida y el regreso transcurrió aproximadamente un mes.
Taif era un lugar de clima relativamente fresco, densamente arbolado, fértil y exuberante, lleno de jardines, huertos y campos de cultivo. Sus habitantes eran muy prósperos y felices, y estaban entregados al exceso de placeres, comodidades y lujos. Cuando las personas poseen riqueza y abundancia, por lo general olvidan a Allah y se dedican a satisfacer los deseos de sus pasiones. Tal era la situación de los habitantes de Taif. Entre los habitantes de La Meca, al menos era natural que existiera cierta reserva moral debido a sus responsabilidades religiosas y de gobierno del país. Pero los habitantes de Taif eran absolutamente desvergonzados. Además, la práctica de la usura había borrado por completo su sentido de humanidad. Viajar a semejante lugar significaba que el Mensajero (s.a.s.) se dirigía a un sitio aún peor que La Meca.
Muhammad (s.a.s.), el más entrañable amigo de toda la humanidad, llegó a Taif y se reunió primero con los jefes de la tribu de Saqif. Eran tres hermanos: Abd Yalil, Masud y Habib. Cada uno de ellos tenía por esposa a una mujer de la tribu Banu Yumah, perteneciente al linaje de Quraysh. Por ello, esperaba que pudieran tratarlo con cierta cortesía. El Mensajero (s.a.s.) fue a sentarse con ellos, los invitó a dirigirse hacia Allah con las mejores palabras, les explicó detalladamente la invitación y les pidió ayuda y colaboración para establecer la verdadera religión de Allah. Pero vean qué respuesta dieron estos tres hombres:
Uno de los hermanos dijo: «Si de verdad ha sido Dios quien te ha enviado, entonces hay que entender que quiere profanar la cubierta de la Kaaba».
El segundo hermano: «¡Qué extraño! ¿No encontró Dios a nadie más apto que tú para convertirlo en Su Mensajero?»
El tercer hermano: «¡Por Dios!, no hablaré contigo. Porque si realmente eres el Mensajero de Dios, como afirmas, sería una enorme falta de respeto responder a alguien como tú. Y si has mentido atribuyéndole algo a Dios, entonces no tienes la dignidad necesaria para que se hable contigo».
Cada una de sus palabras se clavaba en el pecho del Mensajero como una flecha envenenada. Escuchó con suma paciencia aquellas palabras desgarradoras y les pidió por todos los medios que mantuvieran esas palabras entre ellos y no incitaran al público repitiéndoselas.
Pero hicieron exactamente lo contrario. Soltaron contra el Mensajero a los jóvenes más viles y pendencieros de la ciudad, así como a sirvientes y esclavos, y les dijeron: «Id y expulsad a este hombre de la población». Una gran multitud de jóvenes pendencieros avanzó insultándolo por delante y por detrás, armando alboroto y arrojándole piedras. Le lanzaban piedras apuntando a sus rodillas, para causarle más dolor. A causa de los golpes, a veces quedaba inmóvil y se sentaba. Pero los rufianes de Taif lo agarraban de los brazos, lo ponían de pie y volvían a apedrearle las rodillas; luego aplaudían y estallaban en carcajadas. La sangre brotaba abundantemente de sus heridas. Así, tanto el interior como el exterior de sus sandalias quedaron teñidos de sangre. La gente se congregó para contemplar aquel espectáculo extraordinario. De ese modo, los rufianes lo sacaron de la ciudad y lo llevaron cerca de un viñedo. El viñedo pertenecía a Utba y Shayba, hijos de Rabia. Completamente exhausto, el Mensajero se sentó apoyado contra una vid. Los dueños del viñedo lo observaban y también habían presenciado parcialmente el maltrato al que había sido sometido.
Allí rezó dos rak‘at y pronunció la siguiente súplica conmovedora:
«¡Oh, Allah! A Ti únicamente te expreso mi queja por mi debilidad, mi falta de recursos y mi impotencia ante la gente. Tú eres el Señor de los pobres y los desvalidos. Tú eres mi Dueño. ¿A quién quieres encomendarme? ¿A un rival que me odia o a un enemigo? Pero si no estás disgustado conmigo, no me importa nada. Sin embargo, recibir paz y seguridad de Tu parte es más amplio y preferible para mí. Busco refugio en Tu luz y Tu belleza del temor de caer bajo Tu ira o en Tu castigo; por medio de ellas se disipan todas las tinieblas y se resuelven todos los problemas de este mundo y del Más Allá. No deseo nada salvo Tu complacencia. No es posible obtener fuerza de ningún lugar sino de Ti».
Mientras tanto, llegaron los dueños del viñedo. Sus corazones se habían llenado de compasión. Llamaron a su esclavo cristiano, Addas, y le enviaron uvas en una bandeja. Addas se sentó delante del Mensajero con las uvas. Cuando el Mensajero extendió la mano hacia ellas diciendo «Bismillah», Addas dijo: «¡Por Dios!, la gente de esta ciudad nunca dice cosas así». El Mensajero preguntó: «¿De qué ciudad eres y cuál es tu religión?». Él respondió: «Soy cristiano y soy de Nínive». El Mensajero dijo: «Veo que eres de la ciudad del siervo virtuoso de Allah, Yunus ibn Matta». Addas, asombrado, preguntó: «¿Cómo conoces a Yunus ibn Matta?». El Mensajero respondió: «Es mi hermano. Él también fue profeta y yo también soy profeta». Al oír esto, Addas comenzó a besar las manos y los pies del Mensajero. Uno de los hijos de Rabia se irritó al ver aquella escena. Cuando Addas regresó, comenzó a reprenderlo: «¿Qué estabas haciendo? Estabas a punto de arruinar tu propia religión». Addas respondió con profunda emoción: «¡Oh, mi señor! No hay nada mejor que este hombre en toda la tierra. Me ha dicho algo que nadie, salvo un profeta, podría conocer».
En realidad, después de la muerte de su tío Abu Talib, el Mensajero (s.a.) quedó aparentemente en La Meca completamente sin apoyo ni refugio. El poder y la influencia de sus enemigos habían aumentado considerablemente. Por eso pensó que quizá en Taif encontraría a algunos siervos de Allah que lo acompañaran. Sin embargo, fue precisamente allí donde surgió una situación semejante. Desde allí se dirigió a Najla y permaneció allí. Después regresó y llegó a la cueva de Hira. Desde allí envió un mensaje a Mut’im ibn Adi, uno de los principales promotores de la anulación del pacto de boicot, diciendo: «¿Puede usted concederme protección?». Una característica tradicional del carácter nacional árabe era que, cuando alguien solicitaba protección, se le concedía, aunque fuera un enemigo. Mut’im aceptó la petición del Mensajero (s.a.). Ordenó a sus hijos que recorrieran armados los alrededores de la Kaaba y garantizaran la seguridad de Muhammad (s.a.). Él mismo fue, llevó al Mensajero (s.a.) consigo a La Meca y, montado en un camello, anunció: «He concedido protección a Muhammad (s.a.)». Los hijos de Mut’im, vigilándolo con las espadas desenvainadas, llevaron al Mensajero (s.a.) al recinto sagrado y luego lo acompañaron hasta su casa.
La historia no ha podido ofrecernos un relato completo de la terrible situación que padeció el Mensajero (s.a.) en Taif. En cierta ocasión, Aisha (r.a.) le preguntó: «Oh, Mensajero de Allah, ¿alguna vez has afrontado un día más difícil que el de Uhud?». Él respondió: «Aunque tu pueblo me haya causado muchos otros sufrimientos, el día más doloroso para mí fue aquel en Taif en que invité a Abd Yalil [al Islam]. Él lo rechazó y me hizo sufrir tanto que, con enorme dificultad, logré llegar a un lugar llamado Qarn al-Zaalib y salvarme de algún modo». (Al-Mawahib al-Ladunniyya, tomo I, pág. 56).
Zayd ibn Haritha, quien, después de que el Mensajero (s.a.) quedara exhausto e inconsciente por los golpes de la persecución, lo había llevado sobre sus hombros fuera de la ciudad, dijo con el corazón afligido: «Pida a Allah que lance una maldición contra ellos». El Mensajero de Allah (s.a.) dijo: «¿Por qué habría de lanzar una maldición contra ellos? Aunque no crean en Allah, cabe esperar que sus descendientes posteriores adoren sin duda al único Allah».
Durante este viaje, llegó Gabriel y dijo: «Los ángeles encargados de las montañas se encuentran ante usted. Si usted lo indica, unirán esas dos montañas, entre las cuales se encuentran La Meca y Taif». Como consecuencia, ambas ciudades serían aplastadas y destruidas. Pero el gran Profeta, amigo de la humanidad, no aceptó.
Fue precisamente en una situación tan desesperanzadora cuando los yinnes llegaron, escucharon la recitación del Corán del Mensajero (s.a.) y abrazaron la fe ante él. De este modo, Allah Todopoderoso informó al Mensajero (s.a.): «Aunque todos los seres humanos del mundo rechazaran la invitación al Islam, en el mundo que he creado hay muchos seres dispuestos a ayudarte».
Un presagio de días auspiciosos
La experiencia de Taif fue tan desgarradora que, al atravesarla, el Mensajero (s.a.) llegó al límite extremo del dolor y la aflicción. Solo después de alcanzar ese límite, Allah abrió para la humanidad las puertas del éxito. El sistema social contemporáneo había relegado aparentemente al Mensajero (s.a.) al nivel más bajo. Y, como consecuencia inevitable, su rango fue elevado al nivel más alto ante Allah.
Cada vez que Allah Todopoderoso enviaba a Sus profetas y hacía estallar el conflicto entre la verdad y la falsedad, sometía ese conflicto a una norma definida. La norma era que, cuando la falsedad llegaba al límite extremo de la injusticia, la persecución y la violencia contra los soldados de la verdad; cuando los muyahidines perseguidos atravesaban, uno tras otro, todos los grados de la injusticia y la opresión con la máxima paciencia y perseverancia, y superaban incluso el último momento de extrema dificultad, solo entonces se acercaba el momento de la ayuda invisible de Allah. Los caminos que conducen al Paraíso están llenos de espinas. Cuándo llega la buena noticia del éxito para quienes recorren este camino, el Corán lo expone así:
«Las calamidades, las desgracias y las adversidades cayeron sobre ellos, y quedaron completamente desconcertados. Hasta el punto de que el Mensajero y los creyentes que lo acompañaban exclamaron: “¿Cuándo llegará la ayuda de Alá?”. (Al llegar a esta situación, se les anunció la buena nueva:) “Escuchad: la ayuda de Alá está cerca”». (Al-Báqara: 214)
Después de la experiencia de Taif, el Mensajero (la paz sea con él) parecía haber superado esta última prueba. Conforme al decreto de Alá, era inevitable que comenzara ahora una nueva era, y se acercaba también el momento de anunciar esta buena nueva. Precisamente con el propósito de anunciarla, el Mensajero (la paz sea con él) fue honrado con el Mi‘raj.
En realidad, el significado del Mi‘raj es que el Mensajero (la paz sea con él) fue elevado al grado más alto de proximidad y cercanía con Alá, el Altísimo. El Soberano del universo, en cuya representación el Mensajero (la paz sea con él) había soportado durante varios años toda clase de sufrimientos, calamidades y adversidades, y había pasado ese tiempo librando una batalla ideológica e intelectual contra diversas fuerzas del mal, convocó a Su mensajero a Su presencia para honrarlo con Su más excelsa distinción. A aquel heroico combatiente que, al emprender la lucha por exhortar a su propio pueblo a aceptar las verdades fundamentales relativas a la vida y al universo, había soportado golpe tras golpe desde todas direcciones, se le concedió mediante el Mi‘raj la oportunidad de contemplar de cerca esas verdades. Al último Profeta, consagrado por entero al esfuerzo supremo por procurar el bienestar integral de toda la humanidad, se le concedió el raro honor de presentarse en uno de los grandes y antiquísimos centros de este movimiento (Bait al-Maqdis) y, desde allí, ascender al mundo superior para reunirse con los antiguos dirigentes de este movimiento.
A los profetas anteriores se les concedía la oportunidad de recibir una gracia especial mediante la contemplación de las verdades invisibles y el acceso a la cercana presencia de Alá. En el Corán se dice, por un lado, acerca del profeta Abraham (la paz sea con él), que se le hizo contemplar el reino de los cielos y de la tierra… Por otro lado, el profeta Moisés (la paz sea con él) fue convocado al monte Tūr. Allí, desde detrás de un árbol luminoso, Alá, el Altísimo, conversó con él proclamando: «Yo soy Alá». En otra ocasión, en un ambiente igualmente íntimo, se le otorgaron las disposiciones de la sharía. En resumen, todos los grandes profetas tuvieron la oportunidad de realizar, de una u otra manera, un Mi‘raj. Sin embargo, el Mi‘raj del Mensajero (la paz sea con él) fue completo.
Entre el acontecimiento de Taif y la Hégira no ocurrió ningún acontecimiento más importante y singular que el Mi‘raj. Cuando él comunicó la noticia de este acontecimiento, se produjo un gran revuelo en La Meca. Describió abiertamente todo lo que había visto aquella noche y en cada lugar. Ofreció una imagen completa de la forma de Bait al-Maqdis. También describió señales inequívocas observadas durante el trayecto, que más tarde se demostraron exactas.
La revelación especial que descendió en aquel momento afortunado de íntima cercanía es la que hoy poseemos en forma de la sura Bani Isra’il. Esa sura comienza precisamente con el acontecimiento del Mi‘raj, y toda ella está impregnada de la inspiración del Mi‘raj. Merecen especial atención las siguientes declaraciones de dicha sura:
1- Al presentar la instructiva historia de Bani Isra’il, se ha explicado que la ley de Alá lleva incluso a las personas y grupos más poderosos ante el tribunal de la rendición de cuentas y, cuando se desvían, hace que sean derrotados por medio de otra persona o grupo obediente. Por otro lado, también se ha enseñado que, al llegar a la era de la victoria y el éxito, ellos tampoco deben comenzar a comportarse como Bani Isra’il.
2- En un entorno sumamente adverso se declaró con voz inequívoca: «La verdad ha llegado y la falsedad ha sido derrotada» (versículo 89); es decir, la oscuridad desaparecerá entonces y llegará el amanecer.
3- Alá también le hizo saber que los habitantes de La Meca intentarían expulsarlo de La Meca. Pero, después de expulsarlo, no podrían vivir tranquilos durante mucho tiempo (versículo 76). La súplica que Alá le enseñó para la hégira decía así: «¡Oh, mi Señor! Hazme entrar por la puerta de la verdad y hazme salir por la puerta de la verdad (del entorno actual), y concédeme, como ayuda proveniente de Ti, autoridad para gobernar». (Versículo 80). Al incluir en esta súplica la petición de autoridad para gobernar, se anunció indirectamente la buena nueva de que el período posterior a la hégira sería una era de dominio y gobierno.
4- En los versículos 22 al 29 se exponen conjuntamente los principios fundamentales iniciales del sistema de vida islámico, para que sobre la base de esos principios se construyan una nueva sociedad y una nueva civilización.
Cuando el Mensajero, la paz sea con él, contemplaba el futuro llevando en su corazón estas declaraciones de la revelación anterior a la ascensión nocturna, probablemente veía descender del cielo una enorme corriente de luz. Si en aquel aterrador ambiente de La Meca hubiera habido, en su lugar, otro líder materialista, quizá se habría desesperado y habría suspendido todo su programa y sus actividades. Pero, aunque estaba envuelto en la oscuridad de un entorno sumamente adverso y desesperanzador, el Mensajero, la paz sea con él, mantenía la firme convicción de que el amanecer se acercaba. Una ráfaga de aquella brisa del amanecer parecía haberle susurrado también al oído que el sol de la nueva aurora saldría no en otro lugar, sino precisamente en Medina. Pues los jóvenes de allí habían comenzado a abrazar el movimiento islámico con plena satisfacción y sinceridad.
Al final de la vida mequí, el Mensajero, la paz sea con él, fue a preguntarle a Taif si podía portar la antorcha de la verdad. Taif respondió: «Para esta tarea, soy aún menos apta que La Meca». Al oír esta respuesta desalentadora, mientras el Mensajero, la paz sea con él, estaba absorto pensando en establecer el programa de acción siguiente, Yathrib dijo: «Estoy dispuesto a convertirme en Madinat an-Nabi (la ciudad del Profeta). Alzaré la antorcha de la verdad e iluminaré el mundo entero. En mi seno se cultivarán las leyes de la verdad y la justicia. En mi regazo se desarrollará una nueva historia». Taif, aunque estaba cerca, se alejó. Yathrib, aunque estaba lejos, se acercó.
En el undécimo año de la profecía, el día en que seis revolucionarios procedentes de Yathrib se comprometieron con el Mensajero, la paz sea con él, Yathrib se había acercado aún más. Después de conversar y deliberar ampliamente, el juramento que prestaron de seguir el monoteísmo del islam y sus normas morales fue denominado el Primer Juramento de Al-‘Aqaba. Después, durante la peregrinación, llegó de Medina otro grupo más numeroso. También ellos, en una reunión secreta celebrada en la oscuridad de la noche, realizaron el Segundo Juramento de Al-‘Aqaba. Fue un pacto inspirado enteramente por una conciencia política. En él se decidió que el Mensajero, la paz sea con él, emigraría a Medina, y se reflejó tal espíritu de sacrificio total que los ansar de Medina declararon estar dispuestos a luchar contra el mundo entero por el Mensajero, la paz sea con él.
Probablemente la sura Yusuf fue revelada durante el período comprendido entre el viaje a Taif y la hégira. En esta sura se narra la historia de vida de otro profeta, José, y se anuncia una buena nueva al Mensajero, la paz sea con él; asimismo, se advierte a sus enemigos sobre sus actos inhumanos de tortura y persecución, y se les informa de su lamentable destino.
¡Adiós, La Meca!
El último recurso de un sistema social inestable y en decadencia suele ser la violencia, el terrorismo, la tortura y la opresión. Si aun así no es posible someter al adversario, los opositores a la reforma se deciden a asesinar al principal dirigente del movimiento revolucionario. Los habitantes de La Meca ya estaban impacientes de rabia y ansiosos por acabar con él, pero no habían podido hacerlo. Ahora había llegado el momento decisivo. El conflicto estaba atravesando una etapa crítica. Se aproximaba el momento de resolverlo definitivamente. La situación había llegado a tal punto que las dos fuerzas rivales, después de separarse y distinguirse por completo, habían quedado absolutamente apartadas una de otra. En materia de creencias y mentalidad, se había trazado una frontera clara. Un bando había quedado al otro lado de esa frontera y el otro, de este lado. Ninguno de los dos tenía ya posibilidad de cruzarla. El movimiento islámico era ahora una fuerza bien organizada y cohesionada. Su disciplina colectiva permanecía firme y su nivel moral era extraordinariamente elevado. Sus argumentos eran muy agudos y su atractivo, excepcionalmente cautivador. La opresión y la persecución ejercidas contra sus dirigentes y miembros tenían la capacidad de conquistar el corazón del pueblo. El pequeño retoño de la verdad se había convertido en un gigantesco árbol. Lo que hasta ayer era para los dirigentes de la sociedad jahilí una amenaza meramente hipotética, hoy era una realidad. La presencia surgida les exigía: si tenéis capacidad para hacer frente a esta amenaza, hacedle frente. De lo contrario, en la inundación de luz de la nueva era que se aproxima, vuestra religión, vuestros cargos y títulos, y todas vuestras tradiciones jahilíes serán arrastrados. Después tendréis que inclinar vuestras cabezas altivas ante Muhammad y su ideología. Los dirigentes de la jahiliya podían oír este desafío de la historia y se sentían cada vez más inquietos. Por eso, al llegar a esta etapa, los enemigos sedientos de sangre del Mensajero, la paz sea con él, se prepararon mentalmente para una terrible conspiración contra él.
La Meca, que para los compañeros del movimiento islámico se había convertido en un horno ardiente, había alcanzado de por sí el grado máximo de calor. La persecución y la opresión se habían vuelto insoportables. Los hombres bestiales de Quraysh habían pasado el rodillo de vapor de su injusticia sobre los portadores del estandarte de la verdad, haciendo insoportable su vida y quebrando su paciencia. Esto significaba claramente que, en aquellas circunstancias, se avecinaba un cambio importante, que era inevitable que surgiera una vía de liberación y que se había vuelto ineludible añadir un nuevo capítulo a la historia. Quraysh había cerrado ante ellos la puerta de una enorme fortuna. Habían demostrado ser indignos de convertirse en los pioneros del movimiento islámico. En semejante ambiente psicológico, después de que ocurrió el Mi‘ray, cuando el Mensajero (s.a.s.) anunció las buenas nuevas de un futuro brillante y, mediante alusiones e indicios, aseguró que se abriría el camino de la hégira y que después comenzaría la era del poder, surgieron entre los musulmanes nuevas esperanzas y entusiasmo. Quienes habían sido víctimas de la violencia hallaron consuelo y aumentó su ánimo. Luego, cuando el Mensajero (s.a.s.) vio que se acercaba aquel momento prometido, sus emociones y sentimientos alcanzaron su cumbre. Comprendió, por inspiración de lo oculto, que el lugar de aquella futura hégira sería Medina. Por un lado, lo demostraban claramente las circunstancias, especialmente los dos acontecimientos de la promesa de ‘Aqaba; por otro, la información recibida del Altísimo Allah. En tales circunstancias, el Mensajero (s.a.s.) permitió a sus compañeros marcharse a Medina, y los Compañeros comenzaron a partir uno tras otro. Poco a poco, muchos se fueron. Barrio tras barrio quedó vacío. En cierta ocasión, Abu Yahl, al ver las casas vacías de la tribu de Banu Yahsh junto con otros dirigentes destacados de Quraysh, comentó:
«Esto es obra de nuestro sobrino (Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz). Ha roto nuestra unidad. Ha hecho pedazos nuestra sociedad. Ha provocado divisiones entre nosotros». (Sira de Ibn Hisham, tomo 2, pág. 114) A pesar de haber enviado a sus compañeros a Medina, el Mensajero (s.a.s.) no abandonó el centro de su misión. Esperaba el permiso de Allah. En La Meca ya no quedaba ningún musulmán, salvo un pequeño número de personas a quienes los de Quraysh mantenían detenidas o impedían partir mediante amenazas e intimidación. Sin embargo, entre sus compañeros más cercanos, el honorable Abu Bakr y el honorable ‘Ali aún se encontraban en La Meca. En esa situación, cuando Quraysh comprendió que los musulmanes ya habían encontrado un lugar de refugio y que todos se habían marchado uno tras otro, pensó: «Muhammad (s.a.s.) pronto escapará de nuestras manos. Después adquirirá fuerza fuera de nuestro alcance y se vengará de todo lo ocurrido en el pasado». Entonces todos se reunieron en el lugar de reunión pública de La Meca, Dar al-Nadwa, y comenzaron a deliberar sobre qué medida adoptar contra Muhammad. Se propuso encerrarlo en una prisión hecha de hierro y mantener la puerta cerrada. Se objetó que era un hombre cuyas palabras saldrían incluso de una habitación cerrada de hierro; había que buscar otro medio. Uno de los miembros de la asamblea propuso expulsarlo de La Meca. «Lo que le ocurra después no nos incumbe». Pero también se objetó esta propuesta. Algunos dijeron: «¿Acaso no conocéis sus cautivadoras palabras? ¿No sabéis con qué dulzura habla? Precisamente eso es lo que ha provocado que sea tan ampliamente aceptado por el pueblo. Si adoptamos esta medida, no os libraréis de su influencia. Ejercerá una influencia total sobre los árabes y, gracias a su elocuencia, los convertirá a su propia doctrina. Luego, acompañado por todo el pueblo árabe, os atacará, os arrebatará las riendas del poder y después os tratará como le plazca». Entonces el astuto Abu Yahl ideó una estrategia muy ingeniosa. Dijo: «Hay que escoger de cada tribu de La Meca a un joven fuerte y poderoso, entregarles una espada a cada uno y hacer que todos ataquen juntos y maten a Muhammad (s.a.s.). Así podremos librarnos de sus garras. De este modo, la responsabilidad por el asesinato de Muhammad y el precio de sangre se repartirán entre todas las tribus. La tribu de Banu Hashim no podrá vengarse por sí sola de tantas tribus, ni se atreverá a hacerlo». En fin, esta estrategia agradó a todos, y la reunión conspirativa concluyó con una decisión unánime. El Corán examinó esta reunión de la siguiente manera:
«Y recuerda cuando los incrédulos tramaban apresarte, matarte o expulsarte. Ellos urden sus planes según su conveniencia, pero Allah dispone un plan en respuesta. Allah es el mejor de los planificadores». (Sura de Al-Anfal, 30)
Ante nosotros se extiende aquella noche oscura, envuelta en misterio. Al mediodía, el Mensajero (s.a.s.) fue a la casa de su amado y más íntimo compañero, Hazrat Abu Bakr Siddiq (r.a.). Al llegar, le comunicó en secreto: «He obtenido permiso para realizar la hégira». Hazrat Abu Bakr (r.a.) pidió permiso para ser su compañero de viaje. En realidad, ya había recibido ese permiso antes de solicitarlo. Abrumados por la alegría de alcanzar tan gran dicha, los ojos de Hazrat Abu Bakr se llenaron de lágrimas. Para la hégira, ya había alimentado y engordado adecuadamente dos camellas. Se las mostró al Mensajero (s.a.s.) y le dijo: «Acepte como regalo la que prefiera de estas dos». Sin embargo, después de insistirle mucho, el Mensajero (s.a.s.) compró por su precio la camella llamada Yáida. Al caer la noche, el Mensajero (s.a.s.), siguiendo la indicación de Allah, no durmió en su propia casa. Ordenó a su otro amado compañero, Hazrat ‘Ali, que durmiera tranquilamente en su lecho. Asimismo, le confió los depósitos que la gente le había encomendado y le pidió que los devolviera por la mañana a sus respectivos dueños. ¿Cuántos ejemplos de una moralidad tan elevada habrá en la historia? Mientras un grupo conspiraba para asesinarlo, él estaba preocupado por devolver personalmente los depósitos de sus propios asesinos. Después, el Mensajero (s.a.s.) se dirigió a la casa de Hazrat Abu Bakr Siddiq. Hazrat Asma, hija de Abu Bakr, cortó rápidamente su cinturón en dos partes; con una ató el paquete de comida y con la otra cerró la boca del odre de agua. Aquellos dos viajeros del camino de la verdad partieron en la oscuridad de la noche.
Hoy es el día en que el mayor benefactor y más sincero bienqueriente de toda la humanidad, el Mensajero (s.a.s.), es expulsado de su hogar sin haber cometido absolutamente ningún delito. Hoy ha emprendido el viaje mientras se despide de aquellas callejuelas por las que creció caminando, por las que realizó miles de viajes para proclamar en alto el mensaje de la verdad, y en las que recibió incontables insultos y soportó persecuciones. Hoy le toca despedirse del sagrado centro espiritual del Haram Sharif, donde se postró muchas veces, donde suplicó muchas veces por el bienestar, la felicidad y la paz de su pueblo, donde recitó el Corán muchas veces, y donde, tanto en esa plaza como en aquel único refugio cuya seguridad estaba garantizada, fue muchas veces maltratado por sus adversarios y oyó palabras desgarradoras. Hoy va a ofrecer su último saludo a la ciudad que conserva los sagrados recuerdos y las obras de Hazrat Ibrahim e Ismail (a.s.), la ciudad cuyo cielo y cuyo aire aún resuenan con sus súplicas.
Que al hacerlo su corazón se haya desgarrado, que sus entrañas se hayan hecho pedazos y que sus ojos se hayan desbordado en lágrimas es completamente natural. Pero, puesto que ese sacrificio era necesario para obtener la complacencia de Allah y alcanzar el objetivo de su vida, el mejor de los seres humanos tampoco dudó en ofrecerlo.
Hoy parece que su alma ha abandonado el cuerpo de La Meca. Parece que la fragancia ha desaparecido de las flores de los jardines de La Meca. Sus manantiales parecen haberse secado. Porque las personas rectas y de buen carácter han salido del seno de su sociedad.
La planta joven de la invitación a la verdad nació en la tierra de La Meca. Pero a los habitantes de La Meca no les estaba destinado tener la dicha de recoger sus frutos. Esa dicha la obtuvieron los habitantes de Medina y los habitantes de todo el mundo. Hoy los habitantes de La Meca fueron empujados y relegados, mientras se abrió un lugar en la primera fila para los habitantes de Medina. A quienes se consideraban grandes, nobles y aristócratas, se les hizo descender a un nivel inferior. Y a quienes eran considerados relativamente inferiores, hoy se les asignó precisamente un lugar más elevado y superior.
El Mensajero (que Allah le bendiga y le dé paz), tras lanzar una última mirada, dijo a La Meca:
«¡Por Allah! Eres la mejor tierra de Allah y la más amada por Allah. Si no me hubieran expulsado de aquí por la fuerza, jamás te habría abandonado». (Tirmidhi)
Poco después llegó a la cueva del monte Zawr.
El propio Mensajero (que Allah le bendiga y le dé paz) determinó qué ruta debían seguir. También fue él quien contrató a Abdullah ibn Uraiqit como guía, mediante un salario acordado. Pasó tres días en la cueva. Abdullah, hijo de Abu Bakr, llevaba por la noche todas las noticias de La Meca. Amir ibn Fuhayra, esclavo de Abu Bakr, llevaba durante todo el día su rebaño de ovejas a pastar alrededor de la cueva y, al anochecer, lo acercaba a ella, para que Abu Bakr y el Mensajero (que Allah le bendiga y le dé paz) pudieran tomar la leche que necesitaban.
Mientras tanto, los coraichitas mantuvieron rodeada durante toda la noche la casa del Mensajero (que Allah le bendiga y le dé paz). Además, cerraron todos los accesos de la ciudad. Pero cuando de pronto descubrieron que la persona que tanto deseaban capturar se les había escapado, sintieron que el suelo desaparecía bajo sus pies. Al ver a Ali en el lecho del Mensajero (que Allah le bendiga y le dé paz), se derrumbaron, profundamente decepcionados; lo reprendieron duramente para desahogar su rabia y se marcharon. Enviaron gente a buscar por todas partes, pero no encontraron ninguna pista. Un grupo, tras correr de un lado a otro, llegó justo ante la entrada de la cueva del monte Zawr. Desde el interior podían verse incluso sus pies. Es difícil describir con palabras lo terriblemente delicado que fue aquel momento. Abu Bakr se angustió al pensar que, si aquellos hombres entraban en la cueva, todo el movimiento islámico quedaría amenazado. En una situación así, Abu Bakr experimentó precisamente los sentimientos que era natural que surgieran en cualquier ser humano dotado de una naturaleza humana normal. Sin embargo, como Allah había hecho ciertas promesas al Mensajero (que Allah le bendiga y le dé paz) y le había asegurado Su ayuda y protección, él sabía con certeza que Allah nos mantendría a salvo. Aun así, del mismo modo que Musa había recibido mediante la revelación el mensaje tranquilizador «no temas», también llegó un mensaje semejante al Mensajero (que Allah le bendiga y le dé paz). Dijo a su compañero Abu Bakr: «No te preocupes; Allah está con nosotros». Y así ocurrió: quienes habían llegado hasta la entrada de la cueva se dieron la vuelta desde allí.
Después de permanecer tres días en la cueva, el Mensajero (que Allah le bendiga y le dé paz) salió acompañado de Abu Bakr y del guía Amir ibn Fuhayra. Para impedir que los espías de los coraichitas los siguieran, tomaron la larga ruta costera en lugar del camino habitual. Mientras tanto, en La Meca se anunció que quien lograra matar o capturar a cualquiera de los dos —Muhammad (que Allah le bendiga y le dé paz) o Abu Bakr— recibiría cientos de camellos como recompensa. Muchos se pusieron a buscarlos. Suraka ibn Ya’sam recibió la noticia de que dos hombres semejantes habían sido vistos en el camino costero. Partió a caballo, blandiendo una lanza. Cuando se acercó y Suraka comenzó a perseguirlos a toda velocidad, las dos patas delanteras de su caballo se hundieron de repente en la tierra. Después de intentarlo sin éxito dos o tres veces, Suraka pidió perdón y también solicitó un salvoconducto escrito. Esto significa que comprendió que, por medio de aquellos hombres, estaba a punto de comenzar una nueva era. Se le entregó el salvoconducto por escrito. Aquel salvoconducto resultó útil el día de la conquista de La Meca. En ese momento, el Mensajero (que Allah le bendiga y le dé paz) también dio a Suraka la buena noticia, diciéndole: «¡Oh, Suraka! Mira qué honor tendrás el día en que lleves los brazaletes del emperador de Persia». Esta profecía se cumplió durante la conquista de Persia, en la época del califato de Umar. Por entonces, Zubayr ibn Awam regresaba de Siria con una caravana comercial. En el camino se encontró con el Mensajero (que Allah le bendiga y le dé paz) y Abu Bakr, y les obsequió a ambos vestiduras blancas.
Durante este viaje, Buraida al-Aslami también se encontró con ellos acompañado de setenta hombres. En realidad, habían salido atraídos por la recompensa. Pero, en cuanto se presentó ante ellos, Buraida cambió. Cuando, durante el intercambio de nombres, el Mensajero (s.a.s.) le anunció la buena noticia diciéndole: «Tu parte ya ha sido determinada» (es decir, ya estaba determinado que tú también contribuirías al establecimiento del islam), Buraida aceptó el islam junto con sus setenta compañeros. Después, Buraida dijo: «Cuando el Mensajero (s.a.s.) entre en Medina, debería llevar un estandarte delante de él». El Mensajero (s.a.s.) dio su consentimiento, ató su propio turbante a la punta de una lanza y se lo entregó a Buraida. Ondeando este estandarte, la caravana entró en Medina.
*******
«Ciertamente, seréis puestos a prueba mediante la pérdida de vidas y bienes. Y escucharéis muchas palabras dolorosas de ambos grupos: la Gente del Libro y los politeístas. Si permanecéis firmes ante estas pruebas y os abstenéis de la indecencia, sin duda eso será una hazaña de valentía». (La familia de Imrán, 186)
*******
«Fuisteis con respecto a mí tan maleducados como pueden serlo los parientes de un profeta con respecto a él. Vosotros me desmentisteis, mientras que otros dieron testimonio de mi veracidad. Vosotros me expulsasteis de mi patria, mientras que otros me dieron refugio entre ellos. Vosotros combatíais contra mí, mientras que otros me ayudaron».
—Discurso del Mensajero (s.a.s.) dirigido a los cadáveres de los politeístas en el campo de Badr.
Capítulo: 4
El amigo de la humanidad (s.a.s.) en el período medinense: el cambio del curso de la historia
«Al amanecer, Umm Ahmad me vio salir bajo la protección de la persona a quien temo aun sin haberla visto, y comenzó a decir: “Si tienes que marcharte, no vayas a Yatrib; llévanos a otro lugar.”
Le respondí: “Ahora Yatrib es nuestro destino. Hacia donde el Misericordioso Allah quiera llevar a Su siervo, hacia allí parte el siervo.”
No hay manera de contar cuántos queridos compañeros y simpatizantes hemos dejado atrás, ni cuántas mujeres afligidas hemos visto derramar lágrimas.
Tú piensas que abandonamos nuestra patria para adquirir la capacidad de vengarnos de quienes nos expulsaron. Sin embargo, tenemos otro objetivo.
De un lado estamos nosotros, y del otro están aquellos amigos nuestros que se han apartado del camino de la verdad y han provocado disturbios empleando contra nosotros las armas de la persecución.
Uno de estos dos bandos enfrentados ha tenido la fortuna de enarbolar el estandarte de la verdad y ha sido guiado por el camino recto. El otro está a punto de enfrentarse al castigo de Allah.
Aunque por los lazos de sangre son nuestros parientes cercanos, donde no existe una relación sincera basada en la unidad de ideales y objetivos, el vínculo de sangre por sí solo no tiene valor.
Llegará un día en que vuestra unidad se haga añicos. Vuestra existencia colectiva quedará completamente fragmentada. Entonces sabrás muy bien cuál de nuestros dos grupos está en el camino de la verdad.”»
(Resumen del poema sobre la emigración de Abu Ahmad ibn Yahsh)
La época mecana de la vida del honorable Muhammad, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, el mayor amigo de la humanidad y creador de la historia más grande del mundo, fue la época de la predicación y la difusión de los ideales. La época medinesa fue la época de asumir el poder de gobierno. En La Meca se formaron personas, mientras que en Medina se estableció un sistema colectivo. En La Meca se prepararon los materiales, y en Medina se construyó el edificio.
Debido a esta diferencia, la concepción de la gente común que estudia superficialmente el Corán, la vida del Profeta y la historia del islam es que el supuesto período de pruebas del movimiento islámico y de su predicador transcurrió únicamente en La Meca. En Medina no hubo una oposición tan intensa y violenta, ni existió allí un ambiente tan insoportable de persecución constante como en La Meca. Al menos, se cree que durante la época medinesa la oposición y la hostilidad adoptaron la forma de espadas desenvainadas y pasaron al campo de batalla. Se suponía que había terminado la época del comportamiento ruin y vil por parte de los enemigos. Pero la realidad fue lo contrario. Es cierto que, durante la época medinesa, el principal grupo opositor, los coraixíes, desafiaba abiertamente cara a cara en el campo de batalla. Pero tampoco puede negarse que, a medida que el movimiento islámico se fortalecía, surgieron nuevos enemigos. En sus malas acciones, estos enemigos no eran inferiores en nada a los habitantes de La Meca. Sus constantes conspiraciones acosaron y pusieron en dificultades al Mensajero (s.a.s.) y a sus compañeros desde el principio hasta el final, y no dejaron de intentar nada para obstaculizar la labor del renacimiento.
Una regla constante de la historia es que, cuanto más avanzan las labores de reforma, corrección y renacimiento, más frenéticamente se dejan llevar por la hostilidad los grupos contrarios a la reforma y reacios a la acción, empeñados en destruirlas y aniquilarlas. Finalmente, cuando alguien, tras ser rescatado del patíbulo de la persecución, salta de repente al trono del poder, el odio y el deseo de venganza de la falsedad traspasan todos los límites. La fundación en Medina de una nueva sociedad islámica y de un Estado pacífico de bienestar dio lugar precisamente a una situación de este tipo.
El entorno diferente de Medina
Desde el punto de vista histórico, es una realidad de enorme importancia que el entorno político y religioso de Medina era completamente distinto del de La Meca. Por ello, la planta del islam, que en La Meca ni siquiera podía crecer en un entorno sumamente hostil, en cuanto fue trasplantada a Medina se desarrolló rápidamente, extendió sus hojas y ramas, y comenzó a dar fruto.
La primera diferencia era que toda la población de La Meca y sus alrededores estaba profundamente vinculada entre sí. Eran tribus de una misma religión, unidas por pactos mutuos, y los coraixíes ejercían sobre ellas un control y dominio completos. En cambio, en Medina y sus alrededores vivían dos comunidades de naturaleza completamente distinta, entre las cuales reinaban el conflicto, las disputas y la tensión.
Medina era la antigua ciudad llamada «Yathrib», fundada por los judíos. A medida que su población se multiplicó gradualmente allí, se establecieron nuevos asentamientos judíos alrededor de Medina. Junto a ellos, también se construyeron pequeñas fortalezas militares. De este modo, toda la región quedó bajo la influencia religiosa y política de los judíos.
El segundo grupo estaba constituido por los Ansar. Su verdadera tierra de origen era Yemen. Eran descendientes de Qahtan. Los supervivientes de la devastación general causada por la célebre inundación de Yemen se dispersaron en distintas direcciones. En aquella época, los dos hermanos Aws y Jazrach, de la tribu de Qahtan, llegaron a Medina y se establecieron allí. Posteriormente, es posible que también llegaran otras personas. Sin embargo, fue a través de estos recién llegados como se produjo la afluencia de nuevos habitantes a esta región. Después, la población comenzó a multiplicarse y, gradualmente, surgió una nueva fuerza. Al principio quisieron vivir apartados de la sociedad y la cultura judías. Pero, presionados por la influencia y el poder de la comunidad judía, que ya se había consolidado allí, se vieron obligados a concertar con ellos un pacto de alianza. Esta alianza basada en el pacto se mantuvo adecuadamente durante mucho tiempo. Sin embargo, cuando los judíos percibieron que el creciente poder de los Ansar se había convertido en una amenaza para su influencia y prestigio, rompieron la relación de alianza.
Entre los judíos apareció un jefe libertino llamado Fityun. Haciendo alarde de su poder, decretó que toda muchacha que se casara en su territorio debía convertirse primero en compañera de lecho de su noche de placer antes de poder entrar en la vida conyugal. Esto basta para comprender hasta qué punto habían llegado la decadencia moral y la perversión de los judíos: habían aceptado aquel decreto sin oponer resistencia. Pero, a causa de esa orden satánica, un día se levantó el sentido del honor de los Ansar. La hermana de Malik ibn Adzlan iba a casarse. Precisamente el día en que llegó el novio, Fityun pasó completamente desnudo delante de Malik. Cuando Malik lo reprendió, él respondió que al día siguiente tendría que enfrentarse a una situación aún más vergonzosa. Enardecido, Malik mató a Fityun y huyó a Siria. Allí gobernaba el rey gasánida Abu Yabala. Cuando se enteró de lo ocurrido, atacó Medina, mató a los principales dirigentes judíos y recompensó a Aws y Jazrach. Estos acontecimientos debilitaron el poder de los judíos y fortalecieron el de los Ansar.
En resumen, la relación de los Ansar con los judíos estuvo siempre llena de conflictos y enfrentamientos, pero, al carecer de un ideal o una meta, la unidad interna de los Ansar no pudo establecerse sobre una base sólida. Sus disputas y discordias mutuas consumieron y destruyeron su fuerza como la carcoma. Como resultado, finalmente estalló incluso una guerra llamada Buaz entre las tribus de Aws y Jazrach, en la que murieron muchas personalidades importantes de ambos bandos. Así volvieron a quedar debilitados frente a los judíos. Obligados por esta situación, poco tiempo antes habían solicitado establecer una alianza con los coraichitas. Sin embargo, por diversas razones, aquella iniciativa fracasó.
Por otra parte, una de las razones del dominio y la superioridad social de los judíos era su autoridad religiosa. Poseían la Torá. En virtud de ello, eran portadores de una legislación religiosa propia; tenían una doctrina y un patrimonio ideológico particulares, ciertos principios de conducta, algunas leyes y normas religiosas, determinadas tradiciones y normas propias para la práctica del culto. En este aspecto, los Ansar, por así decirlo, no poseían nada. Dependían de los judíos en todos estos asuntos. Recibían instrucción de su Bayt al-Maqdis (el centro de enseñanza religiosa de los judíos en aquella época). Incluso si el hijo de algún ansarí no sobrevivía, este hacía el voto de que, si el niño vivía, lo convertiría al judaísmo. Entre los Ansar existía, por este motivo, un sentimiento de inferioridad. Al ver menoscabados su sentido del honor y su orgullo, se sentían constantemente incómodos en lo más íntimo. Todos estos datos muestran que en el entorno de Medina reinaban la discordia y el conflicto entre los judíos y los Ansar, y que su relación mutua estaba marcada por una profunda rivalidad.
Cabe mencionar que los judíos solían jactarse ante los Ansar diciendo: «Pronto llegará el último Profeta. Cuando llegue, nos uniremos a él y ya veréis lo que hacemos con vosotros». Debido a estas amenazas y profecías de los judíos, los Ansar también comenzaron a contar los días mientras esperaban al Profeta anunciado. Decidieron en su fuero interno que, cuando apareciera aquel Profeta, serían los primeros en unirse a su grupo. Y así ocurrió. Quienes habían hecho la profecía quedaron privados de ella. Los judíos acabaron siendo derrotados por aquellos a quienes habían querido derrotar. (Sira del Profeta: Shibli Nomani)
Al considerar este entorno y este trasfondo de Medina, se comprenderá por qué el ambiente de entonces resultó más favorable al movimiento islámico que el de La Meca.
El movimiento islámico en Medina
La Meca había escuchado durante trece largos años la llamada del islam. También había conocido cuáles eran los argumentos que la respaldaban. Además, ante sus ojos resplandecían el carácter y la trayectoria de una personalidad incomparable, iluminada por la luz del islam. Los abanderados del islam, aun siendo aplastados bajo las ruedas de la tiranía y la opresión, proclamaban: «Ahad, Ahad» («Dios es Uno, Dios es Uno»). A pesar de todo, el ambiente general de La Meca rechazó esta llamada desde el principio hasta el final.
Pero tan pronto como la predicación llegó a Medina, de allí se elevó el grito de «¡Labbayk!» («Aceptamos»). El primer joven de Medina en abrazar el islam fue Suwaid ibn Samit. Era a la vez un poeta talentoso, un hábil jinete y un valiente guerrero. Jóvenes de este tipo suelen convertirse en soldados de los movimientos revolucionarios, participar en toda iniciativa de desarrollo y construcción, y consagrar a ella todo cuanto poseen. Cuando este joven llegó a La Meca, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se reunió con él como de costumbre y lo invitó al islam. Suwaid dijo: «Tengo algo de este tipo; se llama la “Sahifa de Luqman”». Incluso le recitó una parte. Después, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, le recitó el Corán. He aquí lo que significa una conciencia libre de precipitación y de odio. Suwaid exclamó inmediatamente: «¡Esto es aún más hermoso!». Después de eso, la invitación del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, quedó profundamente arraigada en su corazón. Pero, lamentablemente, poco después de regresar de La Meca fue asesinado por los jazarayíes. Muchos han dicho que, en el momento de ser asesinado, era musulmán y pronunciaba el grito «¡Allahu akbar!» («¡Allah es el más grande!»). (Sira de Ibn Hisham, tomo II, pp. 67-68)
El nombre del segundo joven de Medina que fue influido por la invitación al islam fue Iyas ibn Muadh. Este hombre era miembro de una delegación de Medina. La delegación había llegado a La Meca con la esperanza de concertar un tratado de alianza con los coraichitas contra los jazarayíes y obtener su ayuda. El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, transmitió la invitación al islam a los miembros de la delegación y les recitó el Corán. Iyas ibn Muadh apenas era un adolescente. Dijo: «Compañeros míos, esto es mejor que aquello por lo que habéis venido». El jefe de la delegación, Abu al-Husair, le arrojó inmediatamente tierra al rostro. Con ello quería decir: «¿Qué problema estás creando ahora en medio de todo esto?». Luego añadió: «No hemos venido para eso». Abu al-Husair estaba ansioso por obtener la ayuda de los coraichitas. Sabía que, si aceptaban la invitación de Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, el camino para obtener la ayuda de los coraichitas quedaría completamente cerrado. Iyas guardó silencio, pero la invitación al islam penetró en su corazón. La delegación regresó a Medina. Lamentablemente, este joven consciente también murió poco después, víctima de la batalla de Buaz.
En el undécimo año de la misión profética, se celebró una extensa conversación en una reunión con la delegación que había llegado de Medina. Después de escuchar la invitación del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, comenzaron a decirse entre sí: «Sabed con certeza que este hombre es precisamente el Profeta de quien los judíos os han estado hablando. No permitamos ahora que los judíos se conviertan antes que nosotros en aliados de este Profeta». Entonces Allah abrió sus corazones y todos afianzaron el islam en ellos. Después comenzaron a decir:
«Hemos roto nuestras relaciones con nuestro pueblo. Probablemente no exista otra nación con tanta enemistad, discordia y conflicto entre sus miembros como la nuestra. Es posible que Allah vuelva a unir a nuestro pueblo por medio del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Cuando regresemos junto a ellos, los invitaremos a seguir la religión del Mensajero de Allah y expresaremos ante ellos la misma actitud que hemos manifestado ante él respecto de esta religión. Si entonces Allah les concede unanimidad sobre esta religión, él se convertirá en el hombre más poderoso». (Sira de Ibn Hisham)
La invitación que los habitantes de La Meca habían considerado causa de división, los habitantes de Medina la reconocieron desde el primer momento como la base de su unidad. El primer grupo de Medina, organizado en La Meca para izar la bandera del movimiento islámico, estaba compuesto por seis personas:
(1) Abul Haizan ibn Bin Ham (2) Asad ibn Zurarah (3) Auf ibn Hariz (4) Rafi ibn Malik Azlan (5) Qutba ibn Amir (6) Jabir ibn Abd Allah.
Después de que estas personas regresaron a Medina, crearon allí un nuevo entusiasmo y un nuevo despertar. La invitación al islam ganó popularidad y comenzó a extenderse ampliamente. Entre las familias de los ansar no había ninguna en la que no se hablara de Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él.
El primer juramento de Al-Aqaba
Al año siguiente, es decir, en el duodécimo año de la misión profética, doce personas llegaron desde Medina y prestaron el juramento de fidelidad. Este juramento es conocido como el «Juramento de las Mujeres». Se le dio este nombre porque en él solo se asumieron compromisos sobre cuestiones fundamentales y no se incluyó ningún asunto relacionado con guerras o combates. El contenido de este compromiso de fe era el siguiente:
«No asociaremos a nadie con Allah, no robaremos, no cometeremos adulterio, no mataremos a nuestros hijos, no difundiremos deliberadamente acusaciones falsas contra nadie y no desobedeceremos a Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— en ninguna buena obra».
Cuando este grupo partió hacia Medina, el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— nombró a Mus’ab ibn Umayr para llevar a cabo allí la labor de predicación del islam. Le encomendó enseñar el Corán a los musulmanes, impartirles las enseñanzas del islam y brindarles un conocimiento detallado y correcto de esta religión. También dirigía allí la oración y enseñaba los ideales islámicos y los principios del carácter islámico. (Sira de Ibn Hisham)
La conversión al islam de dos líderes
As’ad ibn Zurara, propietario de la casa donde se alojaba Mus’ab, el predicador del islam designado por el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, partió un día con Mus’ab hacia las zonas habitadas por las tribus de Banu Abd al-Ashhal y Banu Zafar para llevar a cabo una misión de predicación. Llegaron a las inmediaciones de las viviendas de Banu Zafar, junto al pozo llamado Marak. En ese momento, varias personas que habían aceptado el islam se reunieron con ellos. Los dos líderes de Banu Abd al-Ashhal, Sa’d ibn Mu’adh y Usayd ibn Hudayr, todavía seguían la religión de su tribu, es decir, eran politeístas. Sa’d ibn Mu’adh ya estaba furioso por las actividades de predicación dirigidas por As’ad ibn Zurara y Mus’ab. Al enterarse de la llegada de aquellos dos hombres, le susurró a Usayd: «Estos dos han venido para engañar y desviar a los débiles de entre nosotros. Ve y prohíbeles que vuelvan a nuestras casas. Si As’ad ibn Zurara no fuera mi primo materno, no te lo diría: yo mismo me enfrentaría a él». Cuando comenzó la reunión de predicación, Usayd, siguiendo las instrucciones de Sa’d ibn Mu’adh, se acercó a ambos con una lanza en alto. Tras detenerse unos instantes, les habló con rudeza: «¿Con qué propósito habéis venido aquí? Estáis extraviando a nuestros débiles. Si queréis salvar la vida, abandonad inmediatamente nuestro territorio». Mus’ab respondió amablemente: «¿Por qué no se sienta un momento y nos escucha con atención? Si después le agrada lo que oye, lo aceptará; de lo contrario, lo rechazará». Al oír esto, Usayd se calmó un poco. Dejó la lanza en el suelo y se sentó tranquilamente junto a As’ad y Mus’ab. Mus’ab comenzó a hablar y le recitó el Corán. Antes de que Usayd dijera una sola palabra, ellos habían percibido por la expresión de su rostro que estaba dispuesto a aceptar el islam. Finalmente, Usayd exclamó: «¡Qué hermosas y cautivadoras palabras!». Y preguntó: «¿Qué procedimiento seguís cuando alguien acepta el islam?». Ambos respondieron: «Ve, báñate, purifícate, lava tus ropas, luego da testimonio de la verdad y realiza la oración». Usayd, que poco antes permanecía de pie apuntándoles con una lanza, tenía ahora clavada en el pecho la lanza vivificadora del islam. Se levantó, se bañó, se purificó y regresó para realizar dos rak’as de oración. Al terminar, dijo: «Hay otra persona conmigo. Si él también se une a vuestro grupo, nadie más de la tribu se opondrá. Iré a llamarlo ahora mismo. Es Sa’d ibn Mu’adh». Inmediatamente fue hacia Sa’d con la lanza en la mano. Allí se había reunido una asamblea. Al ver a Usayd desde lejos, Mu’adh dijo a sus compañeros: «Juro por Allah que Usayd no tiene ahora el mismo rostro con el que se marchó». Luego le preguntó a Usayd: «Dime, ¿cómo has venido?». Usayd respondió con sencillez: «He hablado con ambos. Juro por Allah que no he percibido ningún motivo de temor por su parte. Les he prohibido que siguieran adelante. Y haremos lo que tú digas». Entonces, para provocar a Sa’d, añadió: «Banu Haritha quiere matar a As’ad ibn Zurara. Aunque As’ad es pariente tuyo, quieren hacerlo para humillarte». Sa’d se enfureció, temiendo una agresión por parte de Banu Haritha. Arrancó la lanza de las manos de Usayd y se dirigió hacia As’ad y Mus’ab. Sin embargo, al llegar, vio que ambos estaban sentados tranquilamente. Mu’adh relató: «Comprendí de inmediato que Usayd me había enviado allí astutamente para que escuchara directamente la conversación de aquellos dos. Lo reprendí mucho en mi interior y me detuve ante ambos. Le dije a As’ad ibn Zurara: “Habéis venido a hablarnos de cosas que detestamos”». Mus’ab respondió amablemente: «Cálmate un poco y escucha lo que tenemos que decir. Si después te agrada, acéptalo; de lo contrario, no te presentaremos aquello que detestas». Sa’d se calmó y dijo: «Has hablado con justicia». Cuando Sa’d se sentó, Mus’ab le expuso el mensaje del islam y le recitó el Corán. También aquí se repitió lo ocurrido con Usayd. Antes de que Sa’d dijera nada, los signos de su aceptación del islam ya se manifestaban en su rostro. En pocos instantes, el segundo líder aceptó el islam.
Cuando Sa’d ibn Mu’adh regresó con una «nueva vida», los miembros de la asamblea tribal lo vieron desde lejos y dijeron que el rostro de Sa’d había cambiado. Apenas llegó, Sa’d les dijo: «Oh, gente de Banu Abd al-Ashhal, ¿cuál es vuestra opinión sobre mí?». Todos respondieron: «Eres nuestro jefe. Tu opinión es más madura que la nuestra. Eres el más virtuoso y beneficioso de todos nosotros». Sa’d dijo: «Entonces sabed que, mientras no creáis en Allah y en Su Mensajero, me estará prohibido hablar con vuestros hombres y mujeres». Después de eso, ¿qué más podía ocurrir? Todos los hombres y mujeres de la tribu aceptaron el islam unánimemente.
Cuando la fuerza del movimiento islámico aumentó enormemente gracias a estos dos líderes, también se intensificaron las campañas de predicación, y el islam se extendió de casa en casa y de tribu en tribu.
El Segundo Juramento de Al-Aqabah
Mientras tanto, llegó la temporada del hajj. Esta vez, un gran número de musulmanes fue de Medina a La Meca, porque el islam se estaba extendiendo ampliamente en el territorio de Medina. Estos nuevos musulmanes medinenses, animados por el entusiasmo de su nueva religión, acudieron con motivo del hajj y, evitando la mirada de los qurayshíes, se reunieron en la oscuridad de la noche con su amado líder, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. Una vez más, se les tomó el juramento de lealtad. Sin embargo, el juramento de esta ocasión era mucho más avanzado que el de la «Bay’at al-Nisā». En el primer juramento solo había una cláusula de carácter político: «No desobedeceremos las órdenes justas de Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz—». Pero esta vez se incluyó una declaración política, asumiendo todos los riesgos. A la luz de este juramento, ayudar a Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz— significaba entrar en guerra contra los qurayshíes y contra toda la nación árabe. En realidad, el segundo juramento se realizó teniendo precisamente en cuenta este significado. Durante las conversaciones, aquellos soldados yathribíes del movimiento islámico, comprendiendo plenamente las posibilidades futuras, dijeron: «Tendremos que anular todos los pactos que tenemos con los habitantes de Yathrib (es decir, los judíos). Después de anularlos, no vaya a ocurrir que, cuando Allah te conceda la victoria, regreses con tu propio pueblo y nos abandones». En respuesta a este temor, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— sonrió levemente y dijo: «Vuestra sangre es mi sangre, vuestro enemigo es mi enemigo; yo soy de los vuestros y vosotros sois de los míos. Combatiré contra aquellos contra quienes combatáis y haré la paz con aquellos con quienes hagáis la paz». Abbás ibn Ubada dijo: «¡Oh, descendientes de Jazray! ¿Sabéis qué promesa estáis haciendo a Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz—? Es la promesa de luchar contra los habitantes de toda la Tierra». Los miembros de la delegación respondieron con plena conciencia de su responsabilidad: «Nos comprometemos a continuar prestándole nuestra ayuda y apoyo, aunque ello suponga la destrucción de todos nuestros bienes y la muerte de nuestros jefes tribales». Debido a la naturaleza especial de este juramento, pasó a llamarse «Bay’at al-Harb», o «Juramento militar». Una de sus condiciones fundamentales era: «Escucharemos y obedeceremos cada una de las instrucciones del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, estemos en la pobreza o en la abundancia, en la felicidad o en la tristeza, cualquiera que sea nuestra situación. Daremos prioridad a las órdenes del Mensajero sobre nosotros mismos y no disputaremos con nuestros dirigentes ni con quienes tienen responsabilidades. Si alguien nos censura o nos reprende por la religión de Allah, no le prestaremos atención».
Este juramento puede considerarse, en realidad, la piedra angular del Estado islámico. Asimismo, puede calificarse como el preludio de la Hégira. Mediante este juramento, los futuros ciudadanos del futuro Estado islámico aceptaron voluntaria y gustosamente el liderazgo político de Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. Además, por medio de él quedó establecido el sistema de obediencia.
Con ello no solo se tomó un juramento, sino que también se establecieron las bases de un sistema colectivo de disciplina y orden. El líder del movimiento islámico, siguiendo el parecer de la organización ciudadana, nombró a doce responsables regionales (naqib). Nueve de ellos fueron designados entre los miembros de Jazray y tres entre los de Aws. Se ordenó a estos naqib: «Vosotros sois responsables de todos los asuntos de vuestras respectivas tribus, del mismo modo que los discípulos de Jesús —la paz sea con él— eran responsables, y del mismo modo que yo mismo soy responsable de mi grupo». Ellos eran representantes directos del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. Con su nombramiento, comenzó de manera ordenada la construcción de una sociedad organizada.
Cuando la noticia llegó a oídos de los qurayshíes, comenzaron a golpearse el pecho. Para entonces, la delegación ya había partido de La Meca. Enviaron hombres para investigar. Sa’d ibn Ubada y Mundhir ibn Amr fueron capturados y llevados ante ellos. Los qurayshíes descargaron sobre ellos su rabia. Pero ¿de qué servía ya aquello? (Sira de Ibn Hisham, tomo 2.)
Una nueva oleada del movimiento en Medina
Cuando esta delegación regresó a Medina con renovado vigor y entusiasmo, la labor de la da‘wa comenzó a desarrollarse ampliamente y de forma pública. Cuando los jóvenes salen al campo como promotores de un cambio, la población anciana no puede resistir mucho tiempo su enfrentamiento. Para comprender cuál será el futuro de un movimiento, hay que saber si depende de la población anciana o si por sus venas circula la sangre de los jóvenes. En La Meca y, especialmente, en Medina, casi todos los que marcharon al frente llevando la bandera del movimiento islámico se encontraban en la juventud. Para hacerse una idea de cuánto hizo esta joven generación para impulsar el movimiento islámico, considero necesario relatar un episodio interesante.
En la tribu de Banu Salama vivía un anciano llamado Amr ibn al-Yamuh. Había llevado a su casa y colocado allí una estatua de madera llamada Manat. El anciano la adoraba y se dedicaba a limpiarla día y noche. Dos jóvenes de Banu Salama, Muadh ibn Yabal y Muadh ibn Amr, habían aceptado el islam y se habían convertido en miembros activos del movimiento islámico. El segundo era precisamente hijo del anciano en cuestión. Cada noche, en la oscuridad, ambos se levantaban, revolcaban primero en el barro la estatua del anciano y después la arrojaban cabeza abajo al hoyo donde los habitantes de Banu Salama echaban todos sus desechos. Por la mañana, el anciano gritaba: «¿Quién ha atentado durante la noche contra mi dios?». Luego salía en busca de su dios perdido. Cuando lo encontraba, lo lavaba, lo limpiaba y lo colocaba de nuevo en su lugar. La noche siguiente se repetía el mismo incidente. El anciano volvía a gritar y protestar. Un día, irritado, Amr colgó su propia espada del cuello de la estatua. Le dijo: «¡Por Allah! No sé quién te hace esto. Si tienes aunque sea un poco de fuerza, intenta defenderte; aquí te dejo esta espada». Llegó la noche y Amr se quedó dormido. Los dos protagonistas de aquella comedia aparecieron durante la noche. Descolgaron la espada del cuello de la estatua. Luego buscaron un perro muerto, lo ataron con una cuerda al cuello de la estatua y la arrojaron a un pozo cerrado que solía estar lleno de excrementos y orina humanos. Por la mañana, Amr vio que su dios había desaparecido otra vez. Después de buscarlo y contemplar el estado lamentable en que se encontraba, experimentó un profundo cambio interior y aceptó el islam. Esto demuestra el cambio radical que se había producido en Medina.
El nuevo centro del movimiento
El líder del movimiento islámico siempre se preguntaba: si el movimiento no pudiera mantenerse en La Meca y el cruel liderazgo mequí no estuviera dispuesto a permitir la oportunidad de construir un «nuevo mundo», ¿en qué otra región de la Tierra podrían emplearse todas las fuerzas para comenzar esta labor constructiva? Su primera mirada se dirigió hacia Abisinia, y por eso envió allí a sus compañeros. Aunque el rey Negus hizo todo lo que pudo para ayudar a los oprimidos de La Meca, el vergonzoso papel de los sacerdotes cristianos allí no pasó inadvertido para los musulmanes. Bajo la influencia omnipresente de aquellos, no era fácil que el islam se desarrollara allí. Además, habría sido necesario comenzar desde cero la predicación entre los habitantes locales. Y al realizar esta labor en tierra extranjera, habría que enfrentarse a diversos obstáculos insuperables. Por eso se buscaba otro territorio. Cuando Medina respondió de buen grado a la invitación al islam, el Mensajero de Dios, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él, vio una luz de esperanza. El primer juramento de Al-Áqaba reforzó aún más esta esperanza. Después, tras permanecer allí durante algún tiempo y trabajar, durante la peregrinación y poco antes del segundo juramento de Al-Áqaba, Hazrat Musab ibn Umair presentó un informe en el que ofrecía detalles sobre los musulmanes de Medina, informaba de su fuerza y capacidad, y anunciaba la buena noticia de que ese año acudiría a la peregrinación un gran número de musulmanes. Este informe impulsaba al Mensajero de Dios, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él, a una profunda reflexión. El rápido crecimiento de la fuerza y del número de musulmanes en Medina era muy alentador. Allí no tenían que afrontar obstáculos tan graves por parte de los judíos como los que sufrían en La Meca por parte de los coraixíes. Los habitantes de Yathrib se preocupaban mucho por sus compañeros de La Meca. Los habitantes de Yathrib disponían de muchas ventajas: tenían campos, granjas y jardines. El Mensajero de Dios, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él, pensaba: ¿no sería mejor que los musulmanes de La Meca se trasladaran a Medina, se libraran de la opresión de los coraixíes y cumplieran con las exigencias del islam? Por ello expresó esta idea a los miembros de la delegación que habían venido a realizar la peregrinación, y el juramento que se celebró después tuvo lugar precisamente sobre la base de este contexto. (Vida de Muhammad, Muhammad Husayn Haykal)
Desde el regreso de Abisinia, uno o dos musulmanes a la vez se dirigían a Medina con el permiso del Mensajero de Dios, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él. Pero después del segundo juramento de Al-Áqaba, el ritmo se aceleró, y quedó prácticamente decidido que Medina sería el destino de la segunda Hégira.
Los notables de La Meca veían que el movimiento islámico había establecido una nueva base sólida. A sus ojos, el futuro parecía sumamente aterrador. Comprendían muy bien que, si ahora el islam echaba raíces en Medina, se convertiría, fuera de su alcance, en una fuerza invencible. Luego, un día, se lanzaría contra ellos y tomaría represalias, hasta el último centavo, por sus acciones del pasado. También temían que, dado que la ruta comercial hacia Siria pasaba por Medina, el nuevo centro islámico de Medina pudiera bloquear ese camino. Así, la economía y el comercio de los coraixíes de La Meca sufrirían una muerte ruinosa. Interiormente, estaban desconcertados por un profundo pánico y una intensa angustia. No sabían qué hacer. Día y noche permanecían absortos en la preocupación de que Muhammad, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él, y todo su grupo escaparan de sus manos. Precisamente por esta preocupación, finalmente planearon asesinar al Mensajero de Dios, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él. Una fuerza histórica había surgido de su propia casa y les pertenecía más que a cualquier otra persona del mundo. Con sus propias malas acciones convirtieron en «ajena» a aquella fuerza y se volvieron sus propios enemigos. Por eso, cuanto más se fortalecía después, tanto más se transformaba para ellos en una calamidad mortal.
Por eso, cuando el primer emigrante partió hacia Medina, los habitantes de La Meca lo maltrataron. Se trataba de Abu Salama Abd Allah ibn Abd al-Asad al-Majzumi. Estaba partiendo con su esposa y sus hijos montados en un camello cuando, precisamente en ese momento, los hombres del clan paterno de su esposa, Banu Mugira, acudieron apresuradamente y arrebataron a Abu Salama las riendas del camello de su esposa, Umm Salama. Dijeron: «No podemos permitir que nuestra hija Umm Salama se convierta en una vagabunda contigo». Ante un suceso tan cargado de emoción, los miembros del clan de Abu Salama se enfurecieron. Dijeron a Banu Mugira: «Si nos arrebatáis la esposa de nuestro hombre, no permitiremos que nuestro hijo permanezca en su regazo». Así, el marido, la esposa y el niño quedaron separados unos de otros. Abu Salama se marchó a Medina en esas condiciones. Cada mañana, Umm Salama acudía al lugar situado en las afueras de la ciudad y lloraba desconsoladamente. Después de que transcurriera aproximadamente un año, un hombre se compadeció de ella y, tras convencer a Banu Mugira, envió a Umm Salama a Medina montada en un camello junto con su hijo pequeño. La mujer partió sola. Por la gracia de Dios, casualmente se encontró en el camino con Uthman ibn Talha, quien la acompañó hasta las afueras de Medina.
Es decir, después de la amarga experiencia de la emigración a Abisinia, la política de los habitantes de La Meca pasó a ser la siguiente: no se permitiría que los musulmanes escaparan de sus manos. Si alguien quería emigrar, su clan y su familia quedarían como rehenes en manos de los mequíes. Al principio esta política era algo flexible, pero gradualmente se volvió más severa. Incluso los emigrantes tardíos, Hazrat Umar, Ayyash ibn Abi Rabi’a e Hisham ibn As ibn Wa’il, tuvieron que partir con tal secreto que permanecían en constante temor de ser arrestados en cualquier momento. Hazrat Umar y Ayyash lograron huir rápidamente como pudieron. Pero Hisham fue capturado y sometido a torturas. Hazrat Umar y Ayyash llegaron sanos y salvos a Medina. Sin embargo, desde La Meca partió tras ellos un grupo conspirador. Sus miembros eran Abu Yahl ibn Hisham y Harith ibn Hisham. Ambos se encontraron con Ayyash y le dijeron: «Tu madre está agonizando. Ha jurado que no se peinará ni permanecerá bajo el sol abrasador hasta ver tu rostro». Sus compañeros intentaron convencer a Ayyash de que aquello no era más que una artimaña: «Si caes una vez en la red de astucias de los mequíes, te obligarán a abandonar el islam». El adinerado Ayyash también cayó en la tentación de recuperar una parte de sus bienes. Al enterarse de este deseo, Hazrat Umar le dijo: «Soy más rico que tú y te daré la mitad de mis bienes. No vayas con ellos». Pero Ayyash no escuchó nada de lo que le dijo. Hazrat Umar le dijo: «Si tienes que ir, llévate mi camella veloz; dondequiera que sientas algún peligro, monta en ella y escapa». Pero los conspiradores mequíes tramaron tal estratagema que Ayyash ni siquiera pudo escapar conduciendo la camella por otro camino. Lo ataron fuertemente. Al llegar a La Meca, dijeron a los demás: «Tratad a todos los que quieran emigrar de la misma manera que nos tratasteis a nosotros».
Después, el honorable Umar (r.a.) escribió personalmente una carta a Hisham ibn al-As. En ella citó la célebre aleya: «¡Oh, Mis siervos que habéis cometido excesos contra vosotros mismos! No desesperéis de la misericordia de Allah». Hisham leyó la carta en un lugar llamado Mitu’a, cerca de La Meca, y reflexionó repetidamente sobre ella. Cuando comprendió que aludía precisamente a él, partió sin demora montado en un camello. Sin embargo, existe un relato aún más auténtico: después de que el Mensajero (s.a.s.) emigrara a Medina, un día comenzó en su reunión una conversación sobre aquellos dos prisioneros. El Mensajero (s.a.s.) dijo: «¿Quién me ayudará a liberar a Ayyash ibn Abi Rabi’a y a Hisham ibn al-As?». Walid ibn al-Mughira anunció que estaba dispuesto. Por orden del Mensajero (s.a.s.), Walid partió hacia La Meca. Al acercarse sigilosamente a la zona habitada, vio a una mujer que llevaba comida. Le preguntó: «¿Adónde vas?». Ella respondió: «Aquí hay dos prisioneros. Voy a llevarles comida». Walid comenzó a seguirla. Los dos estaban encarcelados en una habitación sin techo. Al anochecer, saltó el muro y llegó hasta ellos. Luego colocó una piedra debajo de las cadenas y las cortó con su espada. Después sacó a ambos, los montó en camellos y todos huyeron juntos.
La mayoría de los emigrantes que habían logrado llegar a Medina habían dejado en manos de los habitantes de La Meca todos sus bienes y medios de subsistencia.
Pero, a pesar de que la emigración era una empresa tan dolorosa, hombres y mujeres por igual continuaron abandonando sin vacilación su patria para cumplir con su deber religioso. No hay paralelo para este logro milagroso de la da‘wa islámica: haber encendido con fuerza, mediante la inspiración islámica, incluso a las mujeres analfabetas de la sociedad árabe bárbara de hace cientos de años.
Al impedir la partida de los emigrantes, los qurayshitas manifestaban una actitud de extrema intolerancia. En cambio, la persona con quien estaban tratando mostraba una grandeza como la de una montaña y una generosidad y magnanimidad como las del mar. Era la encarnación de la paciencia, la tolerancia, la solemnidad y la firmeza de espíritu. Por eso permaneció firme en el centro de la da‘wa. Era su deber demostrar que, hasta el último momento, se había esforzado por cumplir su responsabilidad de todas las maneras posibles. Continuaba cumpliendo pacientemente con su deber hasta que se cumpliera la voluntad de Allah respecto a los habitantes de La Meca. Era como el intrépido capitán de un barco que se hunde, quien solo debe abandonar la nave al final, después de haber puesto a salvo en otro barco a todos los tripulantes y pasajeros.
Solo cuando no quedó nadie más, salvo aquellos a quienes los qurayshitas retenían por la fuerza y quienes no podían marcharse por algún interés o beneficio particular, recibió de Allah, el Altísimo, permiso para emigrar. Abandonó La Meca únicamente cuando sus habitantes ya no estaban dispuestos a verlo con vida. Cuando se acercó el momento de su viaje, salió de allí sin temor y a salvo, atravesando un cerco de espadas sedientas de sangre.
Medina: el momento de la espera
A medida que aumentaba el número de emigrantes, la animación de Medina crecía. El resplandor de la da‘wa islámica se extendía por todas partes. Con la expansión del islam, aumentaban cada vez más el amor y la atracción hacia el Mensajero del islam. Especialmente desde el segundo juramento de Al-Aqaba, los habitantes de Medina permanecían a cada instante mirando hacia el camino de La Meca. Era como un campo lleno de cultivos que espera la llegada de las nubes para que llueva. Era como si todos los materiales de construcción estuvieran apilados, esperando que llegara el constructor del edificio de la humanidad y comenzara con ellos la obra.
También se difundió por Medina, llevado por el viento, el rumor de que Muhammad (s.a.s.) había partido de La Meca y avanzaba por la ruta de la emigración. Al oír esta noticia, como era natural, la expectación alcanzó su punto máximo en Medina y los momentos de espera se volvieron insoportables.
Incluso de los labios de los niños pequeños se oía continuamente: «El Mensajero (s.a.s.) viene, el Mensajero (s.a.s.) viene». Cada mañana, la gente salía de sus casas, se reunía fuera de la ciudad y esperaba. Cuando el sol del verano llegaba al cenit y el calor se volvía insoportable, regresaban a sus casas lamentándose. El día en que el Mensajero (s.a.s.) llegó realmente, la gente, después de reunirse como de costumbre, también estaba regresando a sus casas. De pronto, un judío, al divisarlo desde lo alto de una fortaleza, anunció la buena nueva: «¡Oh habitantes de Yatrib! Mirad, ha llegado aquel gran hombre al que estáis esperando». ¡Y entonces toda la ciudad estalló en gritos de «Allahu Akbar»! La gente corrió apresuradamente. La mayoría de los ansar salió armada.
Se instaló por primera vez en Quba, una localidad suburbana situada a tres millas de Medina. La familia de Amr ibn Awf lo recibió con alegría y tuvo el honor de hospedarlo. En realidad, aquella casa era una base central del movimiento islámico. Para la mayoría de los emigrantes, se convirtió en su primera morada. Algunos compañeros emigrantes todavía se encontraban allí. Ali también, después de entregar los depósitos que le habían sido confiados, se reunió allí con su amado líder y la caravana. Permaneció allí catorce días. La gente empezó a acudir en grupos para visitarlo. Su deseo de ver con sus propios ojos a aquel cuya prédica ya habían aceptado de todo corazón no tenía límites. Todos se congregaban con la esperanza de contemplar su rostro, escuchar sus dulces palabras y recibir su súplica. No faltaba nada: los saludos, las visitas, las conversaciones, las súplicas ni las reuniones.
En Quba, el Mensajero (s.a.s.) colocó con sus propias manos los cimientos de una mezquita. Todos los musulmanes participaron en su construcción. La personalidad más destacada de la historia de la humanidad comenzó a transportar grandes piedras como un trabajador común. Mientras trabajaban, también entonaban un canto:
********
«Verdaderamente triunfan quienes construyen mezquitas, recitan el Corán y pasan la noche en vigilia para adorar».
Esta mezquita no era simplemente un conjunto de ladrillos, piedras y otros materiales; más bien, desde el Profeta (s.a.s.) hasta el musulmán común, todos habían dado muestras del máximo entusiasmo. Por eso, el Corán dijo acerca de esta mezquita:
*********
«Es una mezquita cuyos cimientos fueron establecidos sobre la taqwa».
El Mensajero (s. a. s.) llegó a Quba el jueves 8 de Rabí al-Awwal del undécimo año de la profecía. Catorce días después, partió con su comitiva hacia Medina. Desde Quba hasta Medina, los ansar se habían alineado a ambos lados del camino para darle la bienvenida. Los familiares maternos del Mensajero (s. a. s.) se habían apostado especialmente armados. Las mujeres se reunieron en los tejados y comenzaron a cantar canciones de bienvenida:
********
Los niños pequeños iban de un lado a otro en grupos, cantando mientras tocaban los tambores:
*******
En respuesta al cariño de aquellos niños, el Mensajero (s. a. s.) les mostró un afecto especial. Habló con ellos y les preguntó: «¿Me queréis?». Ellos respondieron: «¡Sí!». El Mensajero (s. a. s.) dijo: «Yo también os quiero». (Sirat al-Nabí)
¡Imaginad por un momento qué agitación se produjo en Medina cuando le correspondió vivir aquel momento histórico! Pensad un poco en las escenas que se sucedían en sus callejuelas y en los sentimientos y la conmoción que se propagaban por el aire.
La fortuna de la casa de Abu Ayyub al-Ansari resplandeció al convertirse en residencia temporal. El Mensajero (s. a. s.) permaneció allí durante siete meses.
Obras de desarrollo y construcción
Después de descansar un poco y recuperar las fuerzas tras el cansancio del viaje, el Mensajero (s. a. s.) comenzó las obras de desarrollo y construcción. La primera tarea que se emprendió fue la construcción de una mezquita. Se compró un terreno abandonado perteneciente a dos niños huérfanos, y el propio Hazrat Abu Ayyub pagó su precio. Sobre este terreno se establecieron los cimientos de la Mezquita del Profeta. La mezquita no tenía importancia únicamente como lugar de oración, sino que se estaba erigiendo como centro y fuente del Estado y la civilización islámicos. La Mezquita del Profeta se estaba construyendo simultáneamente como sede del gobierno, sala de consultas, residencia oficial para huéspedes del gobierno, biblioteca pública y edificio para conferencias nacionales. También esta obra de construcción despertó en Medina un entusiasmo semejante al de Quba. ¿Podía existir algún musulmán que no participara en ella con todo su corazón y su alma? El propio Mensajero (s. a. s.) transportaba piedras y barro. Al ver esta escena, un compañero, profundamente emocionado, exclamó: «Si el Profeta de Allah se dedica a esta tarea de tal manera y nosotros nos quedamos sentados observando, todas nuestras buenas obras quedarán anuladas».
En medio de la intensa actividad de la obra no había lugar para palabras vanas. Al contrario, todos, incluido el Mensajero (s. a. s.), alzaban juntos la voz:
********
«La felicidad de la otra vida es la verdadera felicidad; de lo contrario, la vida carece de sentido. ¡Oh Allah, concede Tu misericordia a los Ansar y a los emigrantes!» (Sira de Ibn Hisham, tomo 2)
Esta motivación y esta súplica fueron los verdaderos materiales con los que se construyó la Mezquita del Profeta. Junto a la mezquita también se construyó para el Mensajero (s. a. s.) una habitación hecha de ramas y barro. Él comenzó a vivir en esa habitación.
Con la llegada del Mensajero (s. a. s.) a Medina, la da‘wah comenzó a expandirse por sí sola. En esos siete meses, el movimiento islámico había reunido compañeros entregados de cada hogar y de cada tribu. Únicamente en las familias de Khatma, Waqif, Wa’il y Umayya, de la tribu de Aws, permanecía la oscuridad del shirk. (Sira de Ibn Hisham, tomo 2)
La expansión de la labor de da‘wah era la tarea constructiva más importante. El Mensajero (s. a. s.) ya realizaba la da‘wah individualmente. Pero el discurso con el que inició la da‘wah colectiva fue el siguiente:
«¡Oh gente! Procurad adquirir a tiempo algo para vosotros. Sabed que todos vosotros habréis de morir un día. Cada uno dejará a sus seres queridos de tal manera que ellos no tendrán motivo de queja. Después, su Señor se dirigirá a él de tal modo que no habrá ningún intérprete entre ambos. Se le preguntará: “¿Acaso no llegó a ti Mi Mensajero? ¿Y acaso el Mensajero no te transmitió Mi mensaje? ¿Acaso no te concedí bienes y favores? Entonces, ¿qué has acumulado para ti?”. Luego mirará a derecha e izquierda, pero no verá nada. Después dirigirá la mirada hacia delante, pero no verá ante sí más que el Infierno. Por tanto, quien pueda, que procure salvarse del fuego del Infierno aunque sea dando a cambio un dátil. Quien ni siquiera pueda hacer eso, que se proteja aunque sea pronunciando una buena palabra. Porque la recompensa de las buenas obras se recibe multiplicada de diez hasta setecientas veces. ¡Que la seguridad, la misericordia y las bendiciones de Allah desciendan sobre vosotros!»
(Sira de Ibn Hisham, tomo 2)
Y otro sermón colectivo fue el siguiente
«Toda alabanza pertenece a Allah. A Él lo alabo y de Él imploro ayuda. Todos buscamos refugio en Allah contra el mal de nuestras propias inclinaciones y contra las malas consecuencias de nuestras obras. A quien Allah guía, nadie puede extraviarlo; y a quien Él priva de la guía, nadie puede guiarlo. Doy testimonio de que nadie merece ser adorado ni obedecido excepto Allah, Único y sin asociados. Sin duda, el Libro de Allah es el mejor de los discursos. Quien haya recibido de Allah el amor por el Corán en su corazón, a quien Él haya hecho entrar en el islam después de la incredulidad y que prefiera el Corán a todos los demás discursos producidos por los seres humanos, alcanzará el éxito. Este es el mejor y más influyente de los discursos. Amad solamente aquello que Allah ama y amad sinceramente a Allah. No mostréis negligencia en el camino de Allah ni dejéis que vuestro corazón se endurezca por ello. Puesto que Allah elige de Su creación las cosas mejores, ha distinguido las mejores obras, los mejores siervos y los discursos más puros. De todo cuanto ha concedido a los seres humanos, una parte es lícita y otra ilícita. Adoptad, pues, la servidumbre de Allah y no asociéis a nadie con Él. Protegeos de Su ira como corresponde. Convertid en obras ante Allah todas las buenas palabras que pronunciáis con vuestra boca. Estableced entre vosotros vínculos de amor mediante la misericordia de Allah. Ciertamente, Allah se disgusta cuando se incumple una promesa hecha a Él. Que la paz sea con vosotros». (Sira de Ibn Hisham, tomo 2)
Los relatos de su discurso que se han transmitido por diversas vías son muy breves. Los sermones del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) solían ser concisos. Sin embargo, observen cuántas declaraciones de gran alcance se han incorporado en él. En él se habla, por así decirlo, de todos los problemas. Contiene la invitación al islam, hace hincapié en las enseñanzas del Corán, exhorta a distinguir entre lo lícito y lo ilícito, y enseña a establecer una hermandad basada en ideales.
Al examinar estos dos sermones se comprende cómo se transmitía la invitación colectiva. Por un lado, se invitaba a adoptar los ideales fundamentales. Por otro, a la luz de esos mismos ideales, se orientaba a la sociedad para resolver sus diversos problemas.
Establecimiento de los fundamentos del Estado islámico
El tercer paso, y posiblemente la tarea políticamente más importante, fue establecer un consenso entre los judíos, los politeístas y los musulmanes de Medina para gobernar el Estado. Con el propósito de establecer una sociedad de carácter político, se redactó un documento escrito, semejante a una constitución escrita. Con toda propiedad se lo ha llamado la primera constitución escrita del mundo. No deseo discutir aquí las cláusulas de esta constitución. Sin embargo, presentaré un resumen de algunas de sus partes más importantes. Lo que el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) logró mediante este pacto constitucional escrito fue lo siguiente:
– En la sociedad recién formada de Medina, la soberanía de Allah y Su ley adquirieron la importancia de fundamento principal.
– El poder y la autoridad supremos en materia política, legislativa y judicial quedaron en manos de Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él.
– Mediante este pacto constitucional, se estableció legal y formalmente el Estado islámico y comenzó el proceso de aplicación del sistema de vida islámico. [Toda persona que se presenta en el campo con un objetivo definido piensa siempre, ante todo, en establecer su propio Estado. Obsérvese cuán desprovista de medios materiales externos y de recursos de apoyo estaba la organización islámica de Arabia. Obsérvese también la situación llena de problemas de algunas personas que, tras llegar a un entorno desconocido y extraño como el de Medina, se habían quedado sin hogar ni tierras. Luego, considérese con qué rapidez se estableció el Estado islámico y cómo su Constitución entró en vigor en cuestión de pocos meses. Unir tan pronto en una sola organización a pueblos enfrentados por motivos religiosos y étnicos fue realmente un acontecimiento sumamente asombroso en la historia.]
Al considerar la complejidad de las circunstancias de aquella época, puede estimarse que esto fue un logro extraordinario. Detrás de ello se percibe la acción de una incomparable sabiduría política y una gran habilidad para el diálogo y la negociación. Este pacto constitucional, así como otros pactos y transacciones, nos permite saber que el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, no era simplemente un derviche sufí, sino que poseía una capacidad experta y una aguda perspicacia para gestionar y llevar a cabo con precisión los asuntos colectivos, y estaba plenamente capacitado para desempeñar todas esas responsabilidades.
El sistema de hermandad
En aquel entonces, uno de los grandes problemas de la sociedad de Medina era el reasentamiento de los emigrantes. La gente iba abandonando sus hogares uno tras otro. Era necesario alojarlos en aquella localidad de tamaño mediano, habitada apenas por unos pocos miles de personas. En realidad, se trata de un problema que, cada vez que ha aparecido en la historia, ha resultado embarazoso. No existe ningún precedente en la historia del mundo de que la sociedad de Medina y su jefe de Estado resolvieran este problema con semejante capacidad, prudencia e inteligencia. No se promulgó ninguna ordenanza, no se impuso ninguna ley, no fue necesario asignar oficialmente tierras ni otros recursos, no se impusieron restricciones fijando un número determinado de refugiados y no se recurrió a la fuerza. Un problema tan complejo se resolvió en apenas unos días mediante un simple llamamiento moral. El Profeta universal, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, estableció de manera verdaderamente nueva una hermandad basada en la fe, los ideales y los objetivos, y creó una relación fraternal entre cada uno de los Ansar y uno de los emigrantes. Cada ansarí dividía por igual sus bienes, sus casas, sus jardines y sus tierras de cultivo, y se los entregaba a su compañero en ideales. Algunos incluso llegaron a estar dispuestos a divorciarse de una de sus varias esposas para casarla con su hermano en la fe. Por su parte, los emigrantes demostraron tal dignidad que decían: «Muéstranos las tierras de cultivo o el mercado; podremos ganarnos la vida comerciando o trabajando».
Los emigrantes solteros, especialmente aquellos jóvenes que querían dedicarse a adquirir educación islámica en lugar de formar una familia, residían en la «Suffa», es decir, un patio de la Mezquita del Profeta. Esta se convirtió en una institución importante para las labores de formación. La sociedad islámica era la responsable de los Compañeros que vivían en la Suffa. El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se ocupaba personalmente de atender sus necesidades y permanecía activo en ello.
De nuevo, el conflicto y la confrontación
No pretendo mencionar aquí todos los acontecimientos sucesivos de la historia del islam y de la vida del Profeta (sira). Solo he querido mostrar brevemente cómo la generación del movimiento islámico llegó de La Meca a Medina y comenzó a dar origen a una nueva generación. Cómo era el entorno y qué tipo de nuevas actividades comenzaron en él con la llegada de una fuerza eficaz. Cómo los soldados de la verdad avanzaron para despertar a una sociedad dormida y desempeñaron un papel eficaz y positivo en la formación de su carácter. Según la ley histórica, era inevitable que, al aparecer un papel positivo, surgiera también algún papel negativo. Junto a la actividad constructiva, la activación de una fuerza destructiva era una consecuencia inevitable de las leyes naturales. Cuando la verdad se hace activa en el campo, es inevitable que también comience la actividad en el campo de la falsedad. La aparición del villano junto al héroe se vuelve inevitable. Al ver la nueva sociedad que se estaba estableciendo en Medina, Satanás sentía una terrible inquietud y malestar. Quería poner en acción a algunos de sus trabajadores más leales. Y encontró a los villanos, y los hizo comparecer en escena. En La Meca, el movimiento islámico había caído en manos de los supuestos seguidores de Abraham, mientras que en Medina se enfrentó a intrigantes que vestían el sagrado manto de Moisés. Así como los custodios de la Kaaba habían tratado al movimiento islámico, los seguidores de Bayt al-Maqdis comenzaron a tratarlo de la misma manera.
La posición y el papel históricos de los judíos
Es un hecho trágico de la historia del islam y de la yahiliyya que, desde siempre, hayan sido precisamente los círculos religiosos quienes, con el mayor fervor y entusiasmo de fe, se han dedicado a resistir los esfuerzos por establecer el islam. Allí donde los círculos religiosos deberían haber respondido al primer llamado de la verdadera religión y haberse colocado en primera fila, salvo contadas excepciones, han sido ellos los primeros en rechazarlo. Al principio, los círculos religiosos son servidores y abanderados de la religión. Pero, gradualmente, cuando han creado una posición de autoridad y han vinculado ciertos intereses propios con la religión, convierten la religión en su subordinada y, poco a poco, se atribuyen ciertos derechos permanentes en nombre de ella. Obligan a las masas piadosas a aceptar determinadas reivindicaciones basadas en su clase y, finalmente, establecen para sí ciertas recompensas honoríficas especiales. En la época de decadencia moral de sus seguidores, toda religión atraviesa siempre estas etapas. En esta fase, la religión se convierte en un negocio sumamente lucrativo y adquiere la forma de un bien inmueble transmisible por herencia. En esta etapa, la predicación y la exhortación religiosa se convierten en mercancía, el conocimiento religioso en medio de subsistencia y las fetuas, transformadas en productos vendibles, adquieren un valor de mercado propio. El cargo religioso se convierte en una escalera hacia el liderazgo espiritual y el poder. Una vez que los líderes religiosos alcanzan este nivel, su mentalidad comercial los obliga a pensar en cada asunto de la siguiente manera: ¿se mantienen nuestros intereses?, ¿no estará alguien arrebatándonos nuestra posición? Cuando una mentalidad mercantil entra en el ámbito de la religión con estas cualidades y características, comienzan a manifestarse en ellos los siguientes rasgos:
– No toleran que nadie sostenga una opinión diferente y no pueden cooperar con otros en aras de un objetivo superior.
– No reconocen ningún error, equivocación o debilidad propios, ni están dispuestos a corregirlos.
– No pueden abandonar el cargo de liderazgo ni el trono desde el que ejercen influencia para cumplir, bajo el liderazgo, las instrucciones o el llamado de otra persona, la responsabilidad que se les encomiende.
La nación judía había alcanzado el extremo de todas estas características. Nunca pudo aceptar que pudiera existir la verdad fuera de los límites de su propia clase. Ni siquiera admitía que alguien pudiera ser guiado por el camino recto sin someterse a su autoridad, ni que el cargo de liderazgo pudiera corresponder a alguien distinto de ellos.
Se opusieron tanto los coraichitas de La Meca como los judíos de Medina. Ninguno de los dos grupos escatimó esfuerzos en su oposición. Sin embargo, existe una enorme diferencia entre sus respectivos papeles opositores. Al comparar ambos papeles, vemos que la verdadera fuerza motriz de la oposición de los coraichitas era la arrogancia y el orgullo. En cambio, los corazones de los judíos estaban dominados por la venganza, el rencor y la envidia. Los coraichitas padecían la enfermedad de la conciencia de nobleza y superioridad, mientras que los judíos sufrían el mal de la inferioridad. Por ello, entre los coraichitas predominaban la actitud de rechazo abierto y la disposición al enfrentamiento, mientras que en la oposición de los judíos predominaban las intrigas tortuosas y el engaño. Entre los coraichitas había una arrogancia heroica, mientras que en el carácter de los judíos había una vileza cobarde. Allí donde la oposición de los coraichitas tenía un carácter directamente agresivo, los judíos destacaban por sus alianzas secretas, conspiraciones, engaño e hipocresía. En La Meca solo había dos comunidades: los musulmanes y los infieles. Pero en Medina surgió también una tercera fuerza, la de los hipócritas, entre esas dos fuerzas de musulmanes e infieles. Este análisis ha dejado claro hasta qué punto la falsa religiosidad y la piedad religiosa deformada pueden ser más bajas y viles que la incredulidad, el politeísmo y la yahiliyya abiertamente extremistas, y desempeñar un papel mucho más abominable en la oposición a la verdad y la justicia.
También vemos que, en este conflicto entre la incredulidad y la religiosidad, la religiosidad deformada y egoísta de los judíos proporcionó un apoyo y una cooperación plenos a las fuerzas de los infieles y politeístas de La Meca frente al islam. Sin embargo, por grandes que fueran las diferencias, debería haber sentido mayor simpatía por los abanderados de la adoración del Dios único y de la moralidad. Al menos habría sido tolerable que los judíos hubieran mantenido, en su oposición al islam, una posición completamente separada de la de los infieles y los politeístas. Pero, incluso después de escuchar el solemne llamado: «Venid, acordemos una palabra común entre nosotros y vosotros», decidieron, dejando de lado el pensamiento y las obras religiosas puras del más noble de los seres humanos, Muhammad, y de sus compañeros, convertirse en aliados de personas viles como Abu Yahl y Abu Lahab. Otro papel histórico y eterno de la falsa religiosidad y la piedad religiosa deformada es que ni siquiera en el campo de batalla está dispuesta, bajo ninguna circunstancia, a apoyar al bando religioso. Por el contrario, inevitablemente se pone del lado de los enemigos de la religión. Se convierte en aliada de los incrédulos, los ateos y los pecadores. No estoy hablando de las pocas personas excepcionales. Incluso en los momentos de mayor deformación, se encuentran algunas excepciones de este tipo dentro de cualquier grupo. Aquí solo tratamos los asuntos generales de principio.
Esta era la vergonzosa posición de los judíos. Salían de sus bases secretas armados con todas las armas del conocimiento y la práctica religiosa; en el frente subversivo y negativo apuntaban sus armas contra el islam y permanecían al acecho, mientras que, en la práctica, brindaban todo tipo de apoyo a los incrédulos y politeístas. Lanzaban insultos obscenos y palabras hirientes contra el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y contra los Compañeros, dirigentes y activistas del movimiento islámico; se burlaban y mofaban, y los hostigaban planteando preguntas nuevas constantemente. Desataban una tormenta de calumnias y propaganda maliciosa, y realizaban labores de espionaje. A veces intentaban provocar conflictos y enfrentamientos entre los musulmanes, emitían veredictos declarando que eran incrédulos e impíos, conspiraban para asesinar al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y cometían traiciones terribles durante la guerra y en tiempos de crisis. No dejaron de hacer nada que estuviera a su alcance para perjudicar al islam. Sin embargo, desde el principio hasta el final permanecieron atrapados en una idea gravemente equivocada. Las personas de carácter negativo involucradas en actividades subversivas siempre han caído en este tipo de error. (Pero las generaciones posteriores tampoco aprenden de ello.) Su error consistía en creer que quienes no respetan ningún principio ni ideal, no tienen ningún programa constructivo y descienden al nivel más bajo de degradación moral pueden detener cualquier movimiento idealista y constructivo. En realidad, su papel es semejante al de los murciélagos que, por odio a los rayos del sol naciente, baten sus alas en el vacío en un intento inútil de crear una oscuridad artificial; al de algunos mosquitos y moscas que zumban para impedir el avance de un ejército armado; o al de un obstinado que, al ver la luna llena, le escupe.
Quienes carecen de valor propio, quienes no poseen ningún ideal vivo, cuyo carácter no ofrece ningún modelo para la sociedad humana contemporánea y de quienes la humanidad no puede esperar ningún servicio constructivo, no pueden obtener ningún éxito duradero para sí mismos simplemente obstaculizando el avance de los demás. Quienes no tienen más recursos que el estancamiento, la inactividad, el fanatismo, la perversión y la subversión pueden crear obstáculos en el camino de un grupo activo dedicado a labores reformadoras y constructivas, pero, en cualquier caso, no pueden conferir valor ni dignidad a sí mismos. Al final, este tipo de personas no obtiene más que fracaso y humillación. Pero cuando una comunidad trastornada se deja arrastrar por la corriente gregaria de las reacciones emocionales y pierde su capacidad de discernimiento, deja de pensar en las consecuencias y continúa avanzando ciegamente. La comunidad judía trastornada también, cegada por el complejo de inferioridad y la envidia, se enfrentó al islam.
Al comparar el carácter de los musulmanes de Medina con el de los judíos, también se comprende que, cuanto más elevado es el carácter de quienes responden al llamado de los abanderados de la verdad y la justicia, mayor es igualmente la degradación del carácter de sus opositores. Así como un movimiento positivo embellece y armoniza a la humanidad, una reacción negativa intenta deformarla y destruirla en la misma medida.
Por un lado, el dirigente de la sociedad islámica tenía ante sí planes constructivos sumamente amplios y de gran alcance. Por otro, afrontaba el problema de reasentar y brindar asistencia económica a los refugiados que continuaban llegando. Además, existía a cada instante el temor de un ataque por parte de los coraichitas de La Meca, y era indispensable asegurar una defensa sostenible para impedirlo. Por encima de todos estos problemas, había otro problema gravísimo: dentro del recién constituido Estado de Medina y de la sociedad en desarrollo, un numeroso grupo de enemigos internos, intrigantes y traidores, semejantes a Hāmān, llevaba a cabo diversas actividades confusas y divisorias. Debemos reflexionar sobre cuán delicadas y complejas debieron de ser las responsabilidades del Profeta universal en una situación así. Probablemente nos resulte difícil siquiera imaginar cuántos tipos de problemas ocupaban día y noche aquella única mente. Quizá ni siquiera podamos abarcar al pensar en ello la magnitud de la situación desesperada en que se encontraba una pequeña organización islámica y un movimiento que apenas atravesaba sus primeras etapas. La historia ha atribuido exclusivamente a los judíos la responsabilidad de crear todas estas complicaciones. Esta responsabilidad recae con toda justicia sobre la comunidad judía, que se proclamaba contratista exclusiva de la pureza, la espiritualidad, el conocimiento de Allah y el temor reverencial de Allah; una comunidad que afirmaba creer en Allah, venerar a Abraham y Moisés, y seguir la Torá.
Al principio, los judíos albergaban grandes esperanzas respecto al Mensajero (s.a.w.) y al islam. Veían que los seguidores de esta religión recién surgida estaban enfrentados con los descendientes de Hazrat Ismael —es decir, con los qurayshíes, según el traductor—; que veneraban y respetaban a los profetas a quienes los judíos veneraban; que también veneraban sus Escrituras, y que habían adoptado como su propia qibla la de ellos, es decir, Bayt al-Maqdis. Por ello habían llegado a pensar que, poco a poco, podrían incorporar a Muhammad (s.a.w.) y a sus compañeros a la comunidad judía. Los judíos no pensaban así por justicia ni por amor a la verdad; aquello era, más bien, un cálculo puramente comercial. Creían que pronto podrían someter a su obediencia a aquellos desposeídos y desarraigados. Con esa esperanza, concertaron un pacto con los musulmanes sin demasiadas discusiones y aceptaron la organización política que estaba siendo establecida en Medina. Pensaban que aquella fuerza política en desarrollo ya estaba en sus bolsillos y que su autoridad religiosa y espiritual la rodeaba por todas partes. Los judíos no tenían ninguna iniciativa, esfuerzo, reflexión ni conciencia orientados a comprender la verdad y la justicia, reformar el pensamiento y el carácter o procurar la salvación en la otra vida. En la mente de aquellos desdichados solo dominaba el interés de grupo. Creían que la presa se estaba reuniendo ante sus puertas en Medina. Por eso permanecían al acecho, tendiendo trampas y redes para capturarla. A sus ojos, los musulmanes eran un banco de peces que flotaba desde el mar hacia la orilla. Y los pescadores judíos habían llegado a la playa con todos los aparejos necesarios, preparados para atraparlos en las redes de la hipocresía religiosa. Pero, con la experiencia de tan solo unos pocos días, sus fantasías quiméricas comenzaron a desvanecerse. Los musulmanes les hicieron comprender que no eran una presa tan fácil. Eran una fuerza tan sólida que el propio cazador acababa convirtiéndose en presa en sus manos. Vieron que gradualmente estaba surgiendo un Estado islámico de espíritu revolucionario. Aquel Estado comenzó a hacerse fuerte como una fortaleza. En pocos días, los judíos comprendieron que el Estado cuya fundación también habían contribuido a establecer mediante el pacto constitucional, lejos de ser una marioneta en sus manos, no les ofrecía siquiera la posibilidad de introducir un dedo en sus asuntos. Pronto sufrieron un fracaso rotundo en su sueño de ocupar en aquel Estado una posición de autoridad. Fracasaron una y otra vez en sus intentos de ejercer influencia sobre sus diversas instituciones y actividades. Todas las conspiraciones que tramaron para someter al presidente del Estado, a sus demás funcionarios y a los ciudadanos que confiaban en sus principios fueron desbaratadas. Más aún, desde la primera etapa ocurrió algo tan adverso para ellos que sus propios hombres comenzaron a someterse a los principios expuestos por el Mensajero (s.a.w.). Esta «peligrosa» corriente revolucionaria arrastró no solo a los judíos comunes e iletrados, sino incluso a diversas personalidades destacadas. Solo entonces recobraron la conciencia. Comprendieron que su próspero negocio de espiritualidad estaba a punto de quebrar y que sus preciadas presas se les escapaban una tras otra. Los judíos se estremecieron al ver las funestas consecuencias del pacto que habían firmado. En virtud de dicho pacto, por una parte estaban obligados a obedecer las leyes del Estado musulmán; por otra, habían concertado con los musulmanes un pacto de alianza defensiva. Y, en tercer lugar, veían que todo aquello por lo que habían actuado se estaba convirtiendo en un espejismo.
Por eso, en su interior comenzó a acumularse una lava de intenso rencor, que de vez en cuando empezaba a erupcionar desde el cuerpo de su sociedad. En particular, el episodio del cambio de la qibla dejó al descubierto la actitud vengativa de la sociedad judía. Primero adoptó la forma de propaganda calumniosa. Después se transformó en actividades de sabotaje. Finalmente se manifestó como traición. Examinemos, pues, las actividades contra el islam surgidas como reacción a esta actitud durante el período medinense, actividades que padecieron el mayor bienhechor de la humanidad y sus compañeros, y contra las cuales el Estado islámico tuvo que esforzarse duramente para preservar su existencia.
Conducta intolerante
A la luz de las grandes responsabilidades que debía asumir el recién establecido Estado islámico de Medina, el papel de los ciudadanos de aquel Estado era de suma importancia. En especial, la pérdida de cualquiera de los militantes de primera línea era dolorosa para el Mensajero (s.a.w.) y sus compañeros. Abu Umama As’ad ibn Zurarah, encargado de propagar el islam entre la tribu de Banu Nayyar, era precisamente uno de esos militantes. Sin embargo, falleció en una etapa muy temprana. Como consecuencia, se perdió un soldado capaz del islam. Este hecho ya era por sí mismo doloroso para el Mensajero (s.a.w.). Además, los grupos hostiles al islam de Medina duplicaron su aflicción mediante una propaganda engañosa. Los judíos y los hipócritas que los seguían comenzaron a decir: «¡Ya lo veis! Si Muhammad (s.a.w.) fuera realmente un profeta, ¿acaso moriría en un momento tan inoportuno un colaborador suyo tan activo?». Es decir, no pusieron límite alguno a su regocijo por su muerte. El corazón sensible del propio Mensajero (s.a.w.), continuamente herido por los golpes de la tristeza y las desgracias desde todos los frentes, tampoco pudo permanecer en silencio ante aquella calumnia. Dijo: «La muerte de Abu Umama es una muerte terrible para los judíos y los hipócritas árabes. Andan diciendo que, si Muhammad (s.a.w.) fuera un profeta, no moriría su compañero. Sin embargo, ni yo mismo puedo protegerme de la voluntad de Allah, ni puedo proteger a ninguno de mis compañeros». (Sira de Ibn Hisham, tomo II)
Este pequeño episodio basta para comprender cuánto rencor se había acumulado en el corazón de los enemigos. Los miembros de la tribu de Banu Nayyar acudieron al Mensajero (s.a.w.) y le dijeron: «Ahora, desígnanos a otro responsable». Como los Banu Nayyar eran parientes del Mensajero (s.a.w.), para consolarlos les dijo: «Sois mis tíos maternos; estoy con vosotros en todo y yo mismo soy vuestro responsable».
Debido a las condiciones sobre cuya base los judíos habían firmado el pacto, no podían impedir el desarrollo y la expansión del movimiento islámico. Ante sus propios ojos, la gente común y sus personalidades más destacadas se reunían bajo la bandera del islam. Mientras tanto, sus líderes espirituales, sus piadosos ascetas y sus muftíes contemplaban el proceso como espectadores silenciosos. Incluso, finalmente, el islam comenzó a entrar en sus propios hogares. Como sus propios miembros, especialmente las personas notables, continuaban abrazando el islam, la paciencia de aquella comunidad, poseedora de una mentalidad de explotación religiosa, no podía sino agotarse por completo. Además, la capacidad de toda revolución para extender su influencia suele ser tan irresistible que, para enfrentarse a quienes intentan resistirla con una actitud negativa, los jóvenes de sus propias familias terminan formándose en ese ideal revolucionario. Por eso, los hijos entran en conflicto con sus padres, las nueras con sus suegras, las hijas con sus madres, los nietos con sus abuelos y abuelas, y los esclavos con sus amos.
Cuando las prácticas religiosas de los ancianos son víctimas del ataque interno de un movimiento joven, los ancianos pierden el control a causa de la ira. En esta etapa, su paciencia y tolerancia se agotan por completo. La historia repitió también en Medina esta costumbre inmemorial. Ya he dicho con qué fuerza se alzaba en Medina la bandera de la victoria del islam y con qué rapidez resonaban de casa en casa los tambores de la victoria del nuevo ideal. Al contemplar este cambio inimaginable, los judíos se impacientaban de rabia. Especialmente cuando los jefes de diversas tribus y las personalidades célebres e influyentes respondían al verdadero llamamiento del islam, todo el cuerpo de la sociedad judía se estremecía bajo la influencia de la envidia y el complejo de inferioridad. Por ejemplo, el día en que Abu Qays Abi Anas aceptó el islam ante sus propios ojos, nadie habría sido capaz, probablemente, de expresar con palabras la agitación que sacudió los corazones de los judíos. Era un anciano muy conocido. Ya en la época de la ignorancia había comenzado a apartarse de la corriente habitual de la sociedad. Impulsado únicamente por su sabiduría natural y por el dictado de su conciencia, abandonó la idolatría, consideró obligatorio bañarse después de mantener relaciones conyugales y se mantenía alejado de las esposas menstruantes. Al principio se sintió atraído por el cristianismo, pero pronto se detuvo. Construyó una mezquita en su propia casa y se abstuvo de entrar en ella en estado de impureza. Decía abiertamente: «Adoro al Dios de Ibrahim». Este hombre, aquejado por la vejez, era muy valiente al decir la verdad. En la época de la ignorancia proclamaba la grandeza de Allah. Expresaba sus sentimientos mediante poemas. Algunos de sus poemas están recopilados en los libros de historia y de la sira. Era natural que una persona de intelecto tan agudo, honrada y respetable fuera reconocida como una figura distinguida y eminente en la sociedad.
No es extraño que los judíos discutieran con él y trataran de atraerlo a su lado. Pero nadie salvo el propio Mensajero de Allah podía satisfacer la necesidad y el gusto por la verdadera religión que su naturaleza pura y libre de perturbaciones había creado en él. Cuando el Mensajero de Allah llegó a Medina, se acercó el momento de su dicha. Se incorporó al movimiento islámico y se convirtió en un verdadero seguidor del islam. Es posible imaginar hasta cierto punto, haciendo uso de la imaginación, cuál pudo ser la reacción de los judíos ante este acontecimiento.
Sin embargo, todo lo ocurrido hasta entonces había sucedido fuera de los límites de su propio círculo social. El verdadero acontecimiento que provocó una conmoción tuvo lugar cuando el islam penetró en el seno mismo de la sociedad judía. Entre esos acontecimientos, el que destruyó por completo el equilibrio mental de la comunidad judía fue la revolución interior de uno de sus más grandes teólogos. La historia atestigua que, entre las personalidades destacadas, ya pertenezcan al mundo secular o al religioso, la proporción de quienes aceptan la verdad suele ser muy reducida. No obstante, en todos los círculos hay personas de carácter honrado. Cuando el sol de la verdad difunde su resplandor, no cierran los ojos ni se esconden en la prisión de la obstinación y el odio. Al contrario, abren las ventanas de la mente y el corazón para que entren los luminosos rayos de luz. Aunque muy pocas personas de las filas de los notables y eruditos se incorporan al movimiento revolucionario islámico, quienes lo hacen se convierten en bienes de enorme valor, pues tienen que llegar después de romper las grandes cadenas del interés personal y del rango. En la sociedad judía hubo un hombre extraordinario de esta clase: Abdullah ibn Salam. Su nombre antes del islam era Husayn. Era un erudito de alto rango y un líder religioso temeroso de Allah. Pertenecía a la tribu de Banu Qaynuqa. Después de encontrarse con el Mensajero de Allah, aceptó el islam, invitó a su familia a abrazarlo y los animó a ello. Finalmente, toda la familia aceptó el islam. Escuchen el relato de su conversión al islam, narrado por un pariente suyo que lo oyó de él: «Cuando escuché por primera vez la noticia de la llegada del Mensajero de Allah, averigüé su nombre, sus cualidades y la fecha de su llegada, pues estábamos esperándolo. Por eso me alegré interiormente al oír la noticia, pero no dije nada en voz alta. Permanecí callado hasta que él llegó a Medina. Cuando llegó al asentamiento de Banu Amr ibn Awf, en Quba, vino un hombre y me anunció su llegada. En ese momento estaba trabajando en lo alto de una palmera datilera. Mi tía Jalida bint al-Harith estaba sentada abajo. Apenas escuché la noticia de su llegada, exclamé en voz alta: “¡Allahu akbar!”. Al oír mi exclamación, mi tía dijo: “¡Que Allah te destruya! Aunque hubieras oído la noticia de la llegada de Moisés ibn Imrán, no habrías manifestado semejante alegría”. Respondí: “¡Querida tía! Por Allah, él es hermano de Moisés ibn Imrán y sigue su misma religión. Ha traído la misma ley que trajo Moisés ibn Imrán”. Mi tía dijo: “¡Sobrino mío! ¿Es este el profeta del que se nos ha dicho que vendrá antes del Día de la Resurrección?”. Respondí: “Sí, él es precisamente ese profeta”. Después llegué hasta el Mensajero de Allah y acepté el islam. Luego fui con mi familia y los invité también a abrazarlo. Así, todos aceptaron el islam. (La sira de Ibn Hisham, tomo II)»
Como este erudito recién convertido al islam conocía las debilidades de los judíos y estaba familiarizado con su mentalidad hostil y su carácter vil, también sabía cuál sería su reacción ante su conversión al islam. Cuando los grupos y las comunidades se forman sobre la base del egoísmo, el carácter se degrada tanto que, en vez de llamar bueno a lo bueno y malo a lo malo, se llama bueno a lo malo propio y malo a lo bueno del adversario. Aunque la vaca del propio establo sea negra, se la llama blanca; y aunque la vaca del establo ajeno sea blanca, se la llama negra. Incluso, en cuanto la vaca blanca del propio establo rompe el corral y sale, se la califica de negra. En todas las épocas, el carácter de este tipo de religiosos ha sido el mismo. Mientras una persona permanece con ellos, o al menos mientras no surja el temor de que sus actividades perjudiquen sus intereses comerciales, sus virtudes son reconocidas abiertamente. Más aún, a veces se exageran y se alaban sin medida su conocimiento y la grandeza de su carácter. Pero, con un pequeño cambio de las circunstancias, si el papel de una personalidad de ese calibre demuestra ser perjudicial para el negocio religioso de alguien, su opinión cambia de inmediato. A quien antes era un erudito ahora se le llama ignorante. A quien antes era creyente ahora se le llama infiel, pecador y muchas otras cosas. A quien antes era considerado servidor de la nación ahora se le llama descarriado. A quien antes era objeto de devoción y respeto ahora se convierte en víctima de insultos. Abdullah ibn Salam conocía todas estas bajezas y vilezas del carácter de los judíos, dueños de una naturaleza pervertida. Él levantó el velo que cubría esas bajezas y vilezas. Planeó en secreto una especie de representación y mantuvo oculta su conversión al islam. En el momento oportuno se presentó ante el Mensajero (s.a.s.) y le dijo: «Los judíos son una comunidad partidaria de la falsedad. Para desenmascarar su naturaleza perturbada, déjeme sentado detrás de una cortina en su casa. Después, manteniéndome fuera de su vista, pregúnteles qué opinan de mí. Entonces verá qué concepto tienen de mí sin saber que me he convertido al islam. Si se enteran de mi conversión, me calumniarán, me difamarán y me atribuirán defectos». El Mensajero (s.a.s.) hizo exactamente eso. Sentó a Abdullah ibn Salam detrás de una cortina en su casa. Mientras tanto, llegaron los líderes judíos y comenzó la conversación. Hicieron diversas preguntas y se les respondieron. Finalmente, el Mensajero (s.a.s.) preguntó: «¿Qué clase de hombre es Hasín ibn Salam, uno de los vuestros?». Ellos respondieron: «Es nuestro jefe y el hijo de nuestro jefe. Es un hombre noble entre nosotros y un gran erudito». Después de que lo colmaron de elogios, Abdullah ibn Salam salió de detrás de la cortina y les dijo: «Oh comunidad judía, temed a Dios y aceptad la religión que ha traído Muhammad (s.a.s.). Pues, por Dios, sabéis muy bien que él es el Mensajero enviado por Dios. Habéis visto escrito en la Torá el nombre sagrado de Muhammad (s.a.s.) y sus cualidades. Por eso doy testimonio de que él es el Mensajero de Dios. Creo en él, lo tengo por veraz y lo reconozco». Los judíos quedaron sumamente desconcertados ante aquella escena y dijeron inmediatamente: «Eres un mentiroso». Después comenzaron a censurar y difamar a Abdullah ibn Salam. A quien apenas unos segundos antes habían calificado de gran hombre y erudito, empezaron a llamarlo mentiroso. Abdullah le dijo al Mensajero (s.a.s.): «¿No le había dicho que son una comunidad partidaria de la falsedad? Están afectados por la arrogancia, la mentira y la mala conducta». De esta manera dramática, Abdullah ibn Salam anunció la conversión al islam de toda su familia. Imaginen la terrible reacción que este acontecimiento debió provocar en la mente y el corazón de los judíos. (Sira de Ibn Hisham, tomo 2, pp. 138-139)
Poco tiempo después, el día de la batalla de Uhud, ocurrió algo parecido con el célebre erudito y respetado personaje Mukhayriq. Era un hombre rico entre los judíos. Poseía numerosos palmerales. Al contemplar, a la luz de su conocimiento, las cualidades del Mensajero (s.a.s.), lo reconoció. Casualmente, llegó el día de Uhud, que era sábado. En una reunión dijo: «Oh comunidad judía, por Dios, sabéis que ayudar a Muhammad (s.a.s.) es un deber ineludible para vosotros». Quería decir que, frente a los politeístas de La Meca, era un deber religioso ayudar al grupo de los musulmanes. La respuesta de los judíos puso de manifiesto una imagen repugnante de su engaño y su malvada mentalidad. Dijeron: «Pero hoy es sábado». Al oír esta respuesta, Mukhayriq dijo con voz enérgica: «No tenéis ningún sábado». Después tomó las armas, se dirigió al campo de Uhud y se unió al Mensajero (s.a.s.). Antes de partir, se despidió de su familia y les dijo: «Si hoy muero, entregaré todos mis bienes al Mensajero (s.a.s.). Él los gastará como considere conveniente, conforme a la orden de Dios». En efecto, aquel soldado abnegado murió ese día. El Mensajero (s.a.s.) recibió y gastó todos sus bienes. Sin embargo, existe cierta discrepancia sobre si Mukhayriq se había convertido al islam.
La reacción secreta que la hipocresía de los judíos manifestaba ante esta campaña victoriosa del movimiento islámico se hace evidente a través de un episodio interesante. La Madre de los Creyentes, Safiyya bint Huyayy ibn Akhtab, relata: «Yo era más querida para mi padre —el jefe judío Huyayy— y mi tío que todos los demás hijos. Ambos me llevaban siempre consigo. Cuando el Mensajero (s.a.s.) llegó a Medina y se instaló en Quba, mi padre Huyayy ibn Akhtab y mi tío Yasar ibn Akhtab fueron a verlo muy temprano. Regresaron al atardecer. Parecían muy cansados y agotados. Caminaban muy despacio. Como de costumbre, fui hacia ellos sonriendo levemente. Pero, debido al cansancio, ni siquiera repararon en mí. Mi tío Abu Yasar preguntó a mi padre: “¿Es él, entonces, esa persona —el Profeta prometido—?”. Mi padre respondió: “Sí, por Dios”. Mi tío volvió a preguntar: “¿Lo has reconocido? ¿Estás seguro?”. Mi padre respondió: “Sí”. Mi tío preguntó: “¿Cuál es ahora tu actitud hacia él?”. Mi padre respondió: “Solo enemistad. Mientras viva, por Dios, seguiré siendo su enemigo”».
Esta era la verdadera actitud mental de los judíos. Sabían muy bien que quien había venido a ellos era un convocador a la verdad y un profeta. Cada una de sus palabras daba testimonio de su veracidad. Toda su personalidad hacía manifiesta su dignidad. Su rostro reflejaba las señales de su profecía. No solo lo sabían y lo comprendían, sino que también lo reconocían verbalmente en reuniones secretas. Sin embargo, en lugar de adoptar el camino de la fe y la obediencia, se resolvían a oponerse y mostrar hostilidad. Esta era la costumbre arraigada de los judíos. ¿Quién no sabe que, cuando sale el sol, se derrama una inundación de luz? Los seres humanos y los animales tienen ojos, por eso pueden contemplar este fenómeno. Pero incluso las hojas de hierba, aunque no tengan ojos, perciben que ha ocurrido el acontecimiento que sucede cada día al final de toda noche oscura. Hasta el calor, la tibieza, las partículas inertes de la tierra, las gotas de agua y las ráfagas de viento llegan a saber que ha aparecido el mensajero de la luz. El amanecer es un acontecimiento tan revolucionario que hasta el murciélago y el mudo llegan a saberlo. Pero la perversidad de su naturaleza consiste en que, después de salir el sol, los ojos de todos los demás seres vivos se abren, mientras que los ojos del búho y del murciélago se cierran. Más aún, para ellos, la señal misma del amanecer consiste en que los rayos del sol les queman los ojos y los obligan a cerrarlos. Nadie puede ser tan ciego que, cuando los profetas de Allah aparecen ante él con un conocimiento y un carácter de nivel milagroso, no perciba que ha aparecido una personalidad extraordinariamente importante y grandiosa. Estas personas ven, saben y comprenden, y aun después de todo ello mantienen los ojos cerrados. Y si, pese a todo, la luz entra en sus ojos, se atan una venda sobre ellos; se los cubren con las manos, esconden el rostro en la arena, cierran las puertas y ventanas de la habitación y colocan sobre ella una cortina negra. Existe un proverbio: se puede despertar a quien duerme, pero no a quien finge estar despierto. Del mismo modo, se puede impartir conocimiento al ignorante. Pero a quien, aun sabiendo, finge no saber, no es posible sacarlo del mundo de la ignorancia. Esta era la situación de la mayoría de la nación judía y de sus grandes eruditos. El Corán también mencionó esta deformación suya y dijo: ********
«Es decir, conocen y reconocen al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) con la misma certeza con que conocen y reconocen a sus propios hijos.»
Al ver la elevada dignidad del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y cómo la gente común se apresuraba hacia su nueva predicación, los líderes judíos ardían de envidia, y la intensa intolerancia y estrechez de miras en el mundo de sus corazones no hacía más que aumentar.
Una lluvia de sofismas y preguntas absurdas
Cuando en la mente de los religiosos hipócritas y perturbados nace la hostilidad contra una predicación activa, un movimiento en desarrollo o un gran predicador, y esa hostilidad se fortalece gradualmente, cierran las puertas del diálogo que genera comprensión y abren el camino de la disputa. Las preguntas y dudas que se suscitan mediante la discusión no se plantean jamás con el propósito de comprender algo, sino con el propósito de no comprenderlo. En otras palabras, «no lo aceptaré»: esa es la fuente de inspiración de sus disputas. Pero el objetivo de la controversia no se limita a esto; también consiste en apartar a la gente sencilla del camino natural de la búsqueda de la verdad y arrojarla al abismo de las dudas, para que se aleje de los argumentos simples y claros, quede atrapada en la red de complejas cuestiones teóricas y, en lugar de examinar el valor racional y el efecto moral de la predicación, continúe dando vueltas por los callejones sin salida de problemas enrevesados. Los eruditos hipócritas tienen plena confianza en que el movimiento islámico jamás podrá exterminarlos. Lo que temen es perder a la gente común. Por eso fabrican grilletes de preguntas retorcidas para mantenerla aferrada a su apoyo. Los eruditos judíos hipócritas también estaban ocupados en estas mismas maquinaciones.
Después de que Abdullah ibn Salam se incorporó al movimiento islámico, los judíos concentraron todos sus esfuerzos en provocar controversias. Comenzaron a lanzar contra el movimiento islámico flechas de debates retorcidos y complejos. Pero las actividades de esta vergonzosa guerra tampoco se iniciaron desde una base abierta, sino desde la base secreta de los hipócritas. Hombres camaleónicos, cubiertos con el ostentoso atuendo de la piedad, asistían a las reuniones del movimiento islámico y, en el curso de la conversación, fruncían los labios y planteaban todo tipo de preguntas, aparentando ser extremadamente sencillos, inocentes e ingenuos.
En una reunión le preguntaron al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «Si Allah creó todo el universo, ¿quién creó a Allah, el Altísimo?». ¿Han visto la perversidad de sus corazones? Los judíos afirmaban creer en Allah. Creían en Sus profetas y eran portadores de las señales de Sus libros. Ya conocían a Allah y Sus atributos. Sin embargo, cuando el islam convocó precisamente hacia ese Allah, surgieron en sus mentes preguntas sumamente complejas acerca de Allah. Por la forma de sus preguntas, aparentemente parecía que, si obtenían la respuesta, se les abriría el camino para avanzar. Pero la perversidad de la pregunta dejaba claro que su propósito no era alcanzar la guía, sino mostrar a la gente una vía de escape para privarla de la guía. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió a esta pregunta retorcida de una manera muy sencilla. Es decir, les recitó la sura Al-Ikhlas con un método sumamente simple y claro: «Di: Él es Allah, Uno. Allah es Autosuficiente. No engendra ni fue engendrado, y no hay nadie semejante a Él». (Hayat-e Muhammad: Muhammad Husayn Misri)
Permítanme llevarlos a otra reunión interesante. En cierta ocasión, algunos célebres eruditos judíos acudieron a una reunión del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y dijeron: «Respóndanos cuatro preguntas. Entonces aceptaremos su predicación y le obedeceremos». El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «La responsabilidad de cumplir vuestra promesa recaerá sobre vosotros; preguntad lo que queráis». Antes de que aparezcan las preguntas, deténgase el lector a pensar qué clase de preguntas cabría esperar de personas inteligentes para comprender la verdadera naturaleza del movimiento islámico. Debieron haber preguntado sobre sus principios fundamentales, indagado acerca de los valores morales del islam y preguntado por el sistema político y económico y sus métodos de aplicación. Debieron haber preguntado qué debía hacerse para convertirse en musulmán. Pero no sentían ningún interés por estas cuestiones. Para exhibir la grandeza de su conocimiento e inteligencia, plantearon una tras otra las siguientes preguntas:
1- ¿Por qué los niños, aunque se forman a partir del semen del padre, se parecen físicamente a la madre?
2- ¿Cómo era el sueño del Mensajero ﷺ?
3- ¿Qué cosas había declarado ilícitas para sí mismo Israel (Jacob, la paz sea con él), y por qué?
Se dice que estas preguntas se plantearon para comprobar si el movimiento islámico era correcto. Solamente la cuarta pregunta tenía alguna relación directa con la invitación y el movimiento islámicos. Sin embargo, su naturaleza también era la misma. La cuarta pregunta era: ¿Qué es el espíritu?
El Mensajero ﷺ respondió tranquilamente a cada una de las preguntas. En respuesta a la última, dijo: «Sabéis muy bien que el espíritu es Jibril, y él es quien viene a mí».
Quizá el lector esperaba que, después de recibir estas respuestas, hubieran abierto sus corazones al islam. No, nunca. Al escuchar las últimas palabras del Mensajero ﷺ, dijeron: «Pero, oh Muhammad ﷺ, Jibril es nuestro enemigo. Cada vez que viene, trae para nosotros un mensaje de gran mal». Esto significaba que, cada vez que Jibril venía de parte de Allah con la pretensión de ser el portador del estandarte de la religión de Allah, se hacía inevitable un conflicto y un enfrentamiento, se producían diversos daños y pérdidas, y la situación llegaba incluso hasta la yihad. No nos llevamos bien con él. Si la enemistad de este ángel no se interpusiera como un obstáculo, sin duda nos convertiríamos en tus colaboradores y seguiríamos tu ejemplo y tus enseñanzas. Es decir, la invitación, el movimiento y el mensaje son todos correctos. Pero, debido al ángel que Allah ha involucrado en este asunto, nuestra seguridad se ha visto destruida. Por eso, mientras esté presente ese Jibril, no podemos acercarnos».
El Mensajero ﷺ les respondió con las palabras del Corán de tal manera que quienes las escucharon jamás pudieron olvidarlas. Dijo: «Di: “Quien sea enemigo de Jibril, que sepa que él ha hecho descender el Corán, por mandato de Allah, en lo más profundo de tu corazón. Este Corán confirma las Escrituras celestiales anteriores y es guía y una buena nueva para los creyentes —no un mensaje de enemistad, calamidades ni derramamiento de sangre—”». (Sira de Ibn Hisham, tomo 2)
Se inició otro debate cuando, en cierta ocasión, el Mensajero ﷺ habló sobre los profetas y mencionó el caso del noble Salomón, la paz sea con él. Esto dio lugar a muchos comentarios entre los judíos. Empezaron a decir: «¿Habéis oído las cosas sorprendentes que dice Muhammad ﷺ? Afirma que Salomón, el hijo de David, también era profeta. ¡Por Allah!, no era más que un simple hechicero —que Allah nos libre—». El Corán refutó estas necedades diciendo que la hechicería es incredulidad. El noble Salomón no incurrió en incredulidad. La historia difundida sobre el pozo de Babilonia no es sino una maquinación de Satanás. (Sira de Ibn Hisham)
El cambio de la qibla
En los primeros tiempos del movimiento islámico, los judíos habían observado muchos indicios que les habían hecho albergar la esperanza de que, poco a poco, esta fuerza histórica quedaría bajo su control. En el Corán se menciona la gloria universal de los Hijos de Israel. Por ejemplo: «Os he dado preferencia sobre todos los pueblos del mundo». Además, el Corán expresó su apoyo a la profecía de sus profetas y a sus sagradas escrituras. Mediante la invitación: «Venid a una palabra común entre nosotros y vosotros», se había exaltado la doctrina central de la religión.
Además, el Mensajero de Allah (s. a.) prefería algunas costumbres de los judíos frente a las de los politeístas. Por ejemplo, los politeístas dejaban crecer un mechón de cabello, mientras que los judíos no lo hacían. En este asunto, se opuso a los politeístas y tomó partido por los judíos. En aquellas cuestiones sobre las que no había llegado ninguna instrucción de Allah en el Corán, el Mensajero (s. a.) seguía las prácticas de los judíos y los cristianos. (Al-Bujari, capítulo sobre la vestimenta). Los judíos de Medina ayunaban el día de Ashura. El Mensajero (s. a.) también ayunaba ese día y prefería que los musulmanes ayunaran. Cuando llevaban a enterrar el cadáver de un judío, él se ponía de pie. Sobre todo, la qibla de la oración de los musulmanes era Bayt al-Maqdis. Todas estas cosas demostraban claramente que el islam estaba más cerca de la Gente del Libro que de los politeístas. La realidad era que los dirigentes religiosos y espirituales egoístas de los judíos habían distorsionado por completo la estructura fundamental de la religión judía. Y aquella estructura distorsionada también se había vuelto inerte. Sin embargo, la religión que Moisés (a. s.) había traído era exactamente el islam. Todos los demás profetas fueron también portadores, convocadores y propagadores del islam. Únicamente había algunas pequeñas diferencias en las disposiciones de la ley religiosa durante la época de cada profeta. Muhammad (s. a.) presentó ese mismo islam ante todo el mundo. No lo presentó solamente como una teoría, sino que también lo hizo efectivo en forma de leyes y normas prácticas. Precisamente debido a esta relación doctrinal, el Mensajero (s. a.) también esperaba que los judíos comprendieran gradualmente la actividad islámica, que la acogieran al comprenderla y que consideraran esta labor como algo que ellos mismos debían realizar. Un día se alegrarían de que se izara la bandera en nombre de Allah, de que la vida colectiva de la sociedad y del Estado se construyera sobre la base de los principios morales enseñados por los profetas y de que los valores fundamentales de la ley religiosa de la Torá fueran revitalizados de nuevo. Basándose en esta esperanza, el Corán presentó su llamamiento de tal manera que las identidades partidistas y grupales no tenían ninguna importancia para él; la verdadera importancia correspondía a los principios y las acciones, es decir, al ideal y al carácter, así como a la creencia y la práctica. Sea judío, cristiano, adorador de las estrellas o musulmán, si una persona cree debidamente en Allah, en la ley de Allah, en el llamamiento de Sus profetas y en el ajuste de cuentas y la responsabilidad del Día del Juicio, y después demuestra que ha convertido toda su vida en una vida de buenas obras, entonces eso es verdaderamente lo deseado y anhelado. No es el nombre, sino la acción, lo esencial. No es el letrero, sino el camino auténtico, lo verdaderamente deseable. No importa con quién se relaciona una persona ni a qué partido o grupo pertenece. Lo que realmente importa es cómo es su carácter y cómo puede garantizarse el bienestar colectivo de la humanidad. Sin embargo, así como las esperanzas del movimiento islámico tampoco se cumplieron por parte de los judíos, los objetivos de estos tampoco se cumplieron por parte del movimiento islámico.
En medio de esta tensión, de repente se produjo un cambio revolucionario en el movimiento islámico. Este cambio fue el acontecimiento del cambio de la qibla. En todas las épocas, la naturaleza fundamental del movimiento islámico había consistido en querer preservar las características distintivas de su propia existencia y estar decidido a mantener viva, en cada musulmán, su singularidad ideológica y doctrinal. Durante la permanencia en La Meca, Bayt al-Maqdis había sido establecido como qibla precisamente con este propósito: que el grupo portador de la bandera del ideal islámico fuera consciente de su dignidad y posición distintivas. Como resultado, hasta la Hégira, los musulmanes sintieron plenamente su diferencia y singularidad frente a los politeístas durante un largo período. Los politeístas también comprendieron que ellos y los musulmanes eran portadores y transmisores de dos ideales completamente distintos. Esta conciencia y esta percepción quedaron expresadas en la breve frase: «Para vosotros, vuestra religión, y para mí, mi religión»; en ella se declaró claramente que vuestro camino es distinto y nuestro camino es distinto. No hay ninguna semejanza entre nosotros y vosotros.
Después de trasladarse a Medina, si existía algún peligro que amenazara la singularidad de los musulmanes, procedía de las comunidades judía y cristiana de aquel lugar. Allí se hizo necesario proteger la especificidad y singularidad del movimiento islámico frente a la mezcla con la religión inerte de los judíos y los cristianos, así como salvar a la sociedad musulmana del peligro de disolverse mentalmente en la sociedad judía. En Medina había desaparecido la necesidad que había surgido durante la época de La Meca de establecer temporalmente Bayt al-Maqdis como qibla. La relación de los corazones de los musulmanes era más estrecha con la qibla establecida por Abraham (a. s.). El propio Mensajero (s. a.) era descendiente de Abraham, y los primeros luchadores del movimiento islámico también pertenecían a este linaje. Aquel arreglo temporal para preservar la singularidad se había vuelto innecesario. Por eso, el corazón veraz del Mensajero (s. a.) esperaba y anhelaba este cambio.
En realidad, mediante la promulgación de la orden de cambiar la qibla, Allah, el Altísimo, destituyó definitivamente a los Hijos de Israel del liderazgo mundial. En su puesto designó a la comunidad de Muhammad. El centro de la actividad encaminada a alcanzar el bienestar y el éxito de toda la humanidad, que hasta entonces había estado en Bayt al-Maqdis, fue trasladado ahora a la Kaaba Sagrada. Los musulmanes fueron descritos como una comunidad moderada, es decir, la comunidad central del movimiento islámico mundial. Se les confió la gran responsabilidad de dar testimonio de la verdad ante la humanidad y el liderazgo de toda la humanidad.
Durante dieciséis meses después de la Hégira a Medina, se continuó rezando orientándose hacia Bayt al-Maqdis. El acontecimiento tuvo lugar en Rayab o Shaabán del segundo año de la Hégira. Ibn Saad narra que el Mensajero (s. a.) había ido como invitado a la casa de Bishr ibn Bara ibn Ma’rur (r. a.). Cuando llegó allí el momento de la oración del mediodía, se puso de pie para dirigir la oración comunitaria. Se realizaron dos ciclos. En el tercer ciclo, descendió la siguiente aleya mediante la revelación:
«Vemos cómo vuelves tu rostro hacia el cielo. Por eso, te orientaremos hacia una qibla que te agrade. Así pues, vuelve tu rostro hacia la Mezquita Sagrada. Y dondequiera que estéis, volved vuestro rostro hacia ella al rezar». (Sura de Al-Baqara: 144)
Tan pronto como escuchó esta orden, el siervo más obediente de Allah volvió el rostro hacia la Kaaba mientras realizaba la oración. Inmediatamente después, todos los orantes que lo seguían volvieron también el rostro hacia la nueva qibla. Bayt al-Maqdis está situado directamente al norte de Medina, y La Meca, al sur. Cambiar la qibla en medio de la oración significaba que el imán tuvo que desplazarse desde delante de los seguidores que oraban detrás de él directamente hacia atrás, y que las filas de los orantes tuvieron que girar directamente hacia atrás. Después, la noticia se difundió ampliamente por Medina y las aldeas circundantes. Bara ibn Azib, que Allah esté complacido con él, narró que, cuando la gente estaba inclinada en la oración en una mezquita, les llegó la noticia. En cuanto la escucharon, volvieron el rostro hacia la Kaaba en esa misma posición. Según la narración de Anas ibn Malik, la noticia llegó al clan de Banu Salama al día siguiente, durante la oración del amanecer, cuando habían completado una rak‘a y se encontraban en la segunda. Al oír en ese momento el anuncio del pregonero, todos volvieron inmediatamente el rostro hacia la nueva qibla. (Tafhim al-Qur’an, sura Al-Baqarah, nota 146)
El Corán advirtió de antemano a los musulmanes acerca del alboroto que estaba a punto de producirse a raíz de este cambio: «Pronto los ignorantes desatarán una tormenta de propaganda, preguntando: “¿Por qué razón cambiaron los musulmanes la qibla?”». Se plantearían toda clase de preguntas, surgirían extrañas reacciones psicológicas y las relaciones entre los distintos grupos étnicos se verían afectadas negativamente. Para que los musulmanes pudieran mantenerse firmes ante la inminente tormenta de propaganda, el Corán les explicó de antemano el significado del cambio de la qibla. Les hizo saber que el propósito inicial de establecer Bayt al-Maqdis como qibla era quebrar y hacer añicos el ídolo del nacionalismo árabe, pues los árabes no estaban dispuestos a reconocer importancia alguna a nada que estuviera fuera del círculo de su propia identidad étnica. Y ahora, el propósito de volver el rostro desde Bayt al-Maqdis hacia la Kaaba era también quebrar y destruir el ídolo de la supremacía israelita. Una tarea se había realizado antes; la segunda se realizó ahora. Los adoradores del nacionalismo árabe ya habían sido depurados. Ahora les tocaba ser depurados a los adoradores del nacionalismo israelita. De este modo, la sociedad quedaría purificada del desgaste corrosivo llamado hipocresía. Después, en la sociedad islámica solo permanecerían aquellos para quienes la orden de Allah y la Sunna del Mensajero tuvieran la máxima importancia. El cambio por el que avanzaba entonces el movimiento islámico liberaría a los seguidores leales del Mensajero de toda mezcla con personas carentes de ideales, y separaría a estas últimas de aquellos creyentes sinceros que creen que tanto el Oriente como el Occidente pertenecen a Allah y que Allah es el verdadero centro de la obediencia; de quienes conocen esta profunda verdad: que la verdadera piedad no consiste simplemente en volver el rostro hacia Oriente o hacia Occidente, sino que la verdadera piedad es la fuerza vital activa en el interior de estas formalidades externas de la sharía. Esta fuerza vital consiste en creer en Allah, en el Último Día, en los ángeles, en el Libro de Allah y en Sus profetas, y en gastar los bienes por la causa de Allah. Por tanto, lo que debe recibir la máxima importancia al establecer la formalidad externa de vuestra qibla es:
Avanzad hacia las buenas obras y las acciones benéficas; no temáis a ninguna fuerza opositora al cumplir las grandes órdenes revolucionarias y transformadoras de Allah. Temed únicamente a Allah.
Al anunciar la orden del Señor del universo, el Corán ya había declarado que este acontecimiento les parecería difícil y penoso a todos, excepto a los creyentes firmes en su convicción. Cuando se produjera el tumulto a causa de ello, muchos se alarmarían. Cuando el debate se extendiera por cada callejón, los débiles se sentirían mareados y sus emociones experimentarían una agitación intensa. Escuchad ahora algunos ejemplos de los comentarios que se hicieron sobre el cambio de la qibla.
Los politeístas dijeron: «¡Miren! Ahora Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y sus seguidores han recuperado algo de sensatez. Puesto que han aceptado nuestra Kaaba como qibla, poco a poco también regresarán a nuestra religión».
Los judíos dijeron: «El líder del islam, en su oposición a nosotros, se ha desequilibrado tanto por la hostilidad que incluso ha abandonado la qibla de los profetas. Si fuera un profeta, no habría abandonado esta qibla».
Los hipócritas comenzaron a decir: «No se entiende cuál es la qibla correcta de Muhammad. Parece que ha comenzado un juego con la qibla. Se vuelve el rostro hacia donde se quiere. Viéndolo bien, parece que toda la religión del islam es un juego de caprichos».
Y quienes tenían una fe firme dijeron: «Hemos escuchado la orden, la hemos obedecido y hemos creído en ella. Todo esto ha venido de nuestro Señor». (Zād al-Maʿād, tomo II)
Este último grupo de creyentes cayó bajo la tormenta de la propaganda. Desde todos los lados comenzaron a llover preguntas, sofismas, burlas y sarcasmos. En cada reunión se discutía lo mismo; en cada callejón se formaban corrillos para susurrar sobre el mismo asunto, y a cada instante tenían lugar acaloradas disputas. Esto es normal en cualquier movimiento revolucionario. Ante cada cambio importante y cada paso contrario a las ideas tradicionales de la gente se producen disturbios de este tipo. En tales situaciones, sus militantes, alarmados y desorientados, muchas veces llegan incluso al límite de la exaltación. Precisamente ante este temor se les aconsejó que la paciencia y la oración eran el mejor medio para superar todas estas situaciones críticas. Sobre los propagandistas se dijo que la búsqueda de la verdad nunca era su objetivo. Nunca quedarían satisfechos ni tranquilos mediante argumentos y pruebas. Su propósito al preguntar era únicamente desconcertar. Mientras no abandonéis vuestros ideales y principios fundamentales para seguirlos, nunca estarán satisfechos.
La responsabilidad de presentar argumentos y pruebas decisivos en respuesta a los sofismas sin sentido recaía sobre el movimiento islámico. Para cumplir con esa responsabilidad se expusieron argumentos sumamente contundentes e irrefutables, y ante el pueblo se explicó en un pasaje de la sura Al Imrán la grandeza y superioridad de la sagrada Kaaba. Se proclamó:
“La primera Casa establecida para la humanidad es la que está en La Meca, bendecida y convertida en guía para todos los mundos. En ella hay signos evidentes; allí está el lugar donde Abraham se detuvo para adorar. Quien entra en ella está a salvo. La peregrinación a esta Casa es un deber que corresponde a quien pueda llegar hasta ella. Y quien se niegue a cumplir esta orden debe saber que Dios es independiente de todos los habitantes del mundo.” (Aleyas 96-97)
Por la propia Biblia se sabía que, cuatrocientos cincuenta años después de Moisés, Salomón hizo construir Bayt al-Maqdis. Fue durante el reinado de Salomón cuando se estableció como quibla. En cambio, según relatos unánimes tanto históricos como religiosos, la Noble Kaaba fue construida por Abraham entre ochocientos y novecientos años antes que Moisés. La Kaaba no solo es más antigua en el tiempo, sino que en su sagrado entorno también hay signos de enorme importancia. A ella está vinculada una tradición sumamente valiosa del islam. En cada uno de sus rincones está grabada la historia de haber mantenido en alto la bandera de la verdad y la justicia. Además, allí se conservan los elementos relacionados con el culto de Abraham. Este lugar sigue siendo una fuente de inspiración monoteísta. Una prueba irrefutable de que este centro de culto ha sido aceptado y elegido también por Dios es que, alrededor de esta Casa construida en medio de un desierto árido, se ha formado un enorme asentamiento humano y la gente llega allí desde lugares muy lejanos. Otra prueba resplandeciente de su elevada dignidad es que todo tipo de sustento llega espontáneamente a los habitantes de este desierto árido y sin vegetación. Lo más importante es que, en la sociedad de los belicosos beduinos de Arabia, esta sagrada Casa ha permanecido durante cuatro mil años como una isla de paz y seguridad. Quienquiera que entre en su recinto protegido encuentra a salvo y seguros su vida, sus bienes y su honor. Por el contrario, hasta los sedientos de sangre llegan a la sombra de esta Casa, envainan sus espadas y apagan el fuego de su rencor. El asesino y el bandido, en cuanto entran en su recinto, se convierten en ciudadanos amantes de la paz. Por eso, es justo derecho de esta Casa ser el centro espiritual de cualquier movimiento que salga al campo llevando la misión de Abraham. ¿Qué hay en ello que sea contrario a la religión o a la razón, para que se propaguen tantos susurros por las calles y los callejones?
Si como resultado de este razonamiento se llegó a alguna conclusión correcta, fue por parte de la gente común. Los judíos consideraron el cambio de la quibla como una medida de hostilidad definitiva por parte de los musulmanes, pues con ello se habían desvanecido todas sus esperanzas. El sueño que habían albergado de poder someter a los musulmanes había quedado destruido. Comprendieron que no era fácil subyugar a los musulmanes. Por su parte, los musulmanes también pudieron ver claramente toda la suciedad que había en el corazón de los judíos. Todos los aspectos oscuros de su mentalidad quedaron expuestos ante ellos. Con personas de una mentalidad tan abyecta ya no era posible mantener la buena opinión sobre cuya base se habían establecido relaciones con ellos. Los musulmanes comprendieron con claridad que, también en Medina, el movimiento islámico tendría que mantenerse dependiendo de sus propias fuerzas. Era inútil esperar ayuda o cooperación de los comerciantes de la religión y de la piedad. Más bien, día tras día se fue intensificando el temor de que los judíos bloquearían el camino del movimiento islámico con una mentalidad aún más vil que la de los incrédulos y politeístas de La Meca. Sin embargo, pese a este temor, la conducta del Mensajero, la paz sea con él, y de sus compañeros mantuvo siempre el nivel de moralidad propio de quienes llaman al islam. No trataron a los judíos, hipócritas y demás grupos hostiles del mismo modo en que ellos actuaban. Frente a los sofismas, las burlas, los sarcasmos y los comportamientos ruines, los musulmanes no se rebajaban. Cuando tenían que decir algo, se limitaban a expresar únicamente palabras razonables, de manera cortés e inteligente. Recibían sus excesos con paciencia y generosidad, manteniendo una actitud magnánima.
Pero, aun así, la tensión que hasta entonces había permanecido contenida en sus corazones terminaba desbordándose como una inundación que rompe sus diques.
Barbarie y vulgaridad
Quienes no tienen objetivos, propósitos ni programas constructivos, por lo general tampoco permiten que nadie realice una obra constructiva. La única razón es que eso demostraría ante el mundo su propia inutilidad. Tal era también la situación de los judíos de Medina. Llevaban mucho tiempo establecidos en Medina, pero no habían demostrado capacidad para hacer nada que elevara el nivel moral de las personas de condición humilde. No habían dado ningún paso para mejorar la mentalidad de la gente, corregir su carácter, enseñarles cortesía y disciplina, ni instruirlos en una vida de paz y seguridad. Lejos de poder rescatar a la humanidad caída, ni siquiera habían logrado protegerse a sí mismos de la degradación. Todas las enfermedades sociales y morales del mundo habían penetrado hasta su médula, y no habían podido establecer tratamiento alguno para ninguna de ellas. En tales circunstancias, cuando surgió ante ellos una nueva fuerza y esta comenzó a encender en las mentes y los corazones de la gente las lámparas de principios, ideales y creencias inspiradoras, emprendió la tarea de curar todas las enfermedades sociales y de formar con renovado vigor una nueva nación, y comenzó a formar el carácter de las personas conforme a un objetivo sagrado y a intentar construir, con la ayuda de esas personas, una sociedad pacífica y justa, los judíos se enfurecieron. Comenzaron a idear toda clase de esfuerzos viles para hacer fracasar este movimiento constructivo. Cuando una fuerza negativa y destructiva se empeña en oponerse a alguien, deja de lado la civilización, la decencia y los buenos modales. Aprende a comportarse de la manera más vergonzosamente bárbara e incivilizada. Los judíos también comenzaron a adoptar una conducta extrema y semejantemente bárbara.
Aquí se mencionan dos o tres ejemplos inolvidables de las malas acciones y la conducta impropia que la comunidad judía, ampliamente conocida como sucesora de los profetas, seguidora del Libro de Allah y maestra de la ley de Allah y emisora de fatwas, comenzó a cometer movida por la hostilidad y el rencor. Esta comunidad judía no consideraba piadoso ni temeroso de Dios a nadie salvo a sí misma. Sin embargo, su moral había llegado a tal estado que, cuando se encontraba con el Mensajero (s.a.s.), en lugar de decir «As-salamu alaikum», decía «As-sammu alaikum», que significa: «Que mueras». Trataban así a aquel gran hombre que trabajaba para revivir la religión traída por Abraham, Moisés, Jacob, José, Isaac e Ismael (la paz sea con ellos); que estaba dedicado a reavivar la verdadera esencia de la Torá; y que luchaba por restablecer la ley y los mandamientos de Allah. Más aún, la verdad es que él estaba cumpliendo precisamente la responsabilidad que los judíos habían olvidado y completando la tarea que ellos habían dejado inconclusa. En cierta ocasión, algunos de ellos llegaron a la casa del Mensajero (s.a.s.) y se comportaron como matones, empleando la expresión mencionada. Incluso Aisha reaccionó duramente contra esta conducta desde detrás de la cortina. Se enfadó tanto que no pudo dejar de responder. Dijo: «Desgraciados, que muráis». Al oírla, el Mensajero (s.a.s.) dijo: «Aisha, sé un poco más amable». Aisha dijo: «¿No has oído lo que han dicho?». El Mensajero (s.a.s.) respondió: «Sí, lo he oído, pero yo solo contesté: “Wa alaikum”, es decir, “y a vosotros también”. Eso es suficiente».
Otros dos vergonzosos ejemplos de conducta incivilizada han quedado preservados para siempre en el Corán. Obsérvese:
En primer lugar, se presentaban ante el Mensajero (s.a.s.) y, durante las conversaciones, cuando sentían la necesidad de decir: «Espere un momento, dénos la oportunidad de entender lo que se está diciendo», utilizaban la palabra ambigua «rayina». En árabe, el significado aparente de esta palabra es: «Dénos un momento, escuchen lo que tenemos que decir o préstenos un poco de atención». Pero en hebreo, la principal lengua religiosa de los judíos, una palabra parecida y de pronunciación casi idéntica se empleaba con el significado de: «Escucha, que te quedes sordo». Además, también en árabe existían palabras derivadas de una raíz casi idéntica y de pronunciación muy similar, de las que se obtenían significados sumamente desagradables. Por ejemplo, de «rayya» procedía una palabra, «ar-rayya», que significaba «persona vil». No era nada difícil transformar esta palabra en la forma «rayayena» (cuyo significado sería «nuestra persona vil», según el traductor). Del mismo modo, la palabra «rayana» se empleaba con el significado de volverse ignorante y necio. Incluso la palabra «rayena», pronunciada con una ligera torsión de la lengua, podía convertirse en «rayiyana», cuyo significado sería «oh, nuestro pastor». Los principales líderes religiosos judíos, ataviados con túnicas y turbantes, lanzaban así, con gran astucia, flechas de palabras insultantes. ¿De dónde iba a obtener la gente común semejante dominio de la literatura y la lengua? Era una maniobra de grandes eruditos expertos. Salían de sus casas bien preparados, después de reflexionar e investigar cuidadosamente qué formas de conducta incivilizada podían emplear aquel día. La historia conserva un relato claro sobre uno de esos eruditos embusteros llamado «Zayd ibn Tabut». Este rabino judío hipócrita también hizo una enorme contribución al establecimiento de un detestable ejemplo de lanzar frases inmorales e indecentes. Exteriormente llevaban la etiqueta de personas muy educadas y refinadas. Pero, al mirar en lo profundo de sus corazones, se veía que había una mentalidad propia de matones. Entre ellos sabían que se estaban burlando del mejor hombre de su época. Sin embargo, si alguien protestaba, decían: «Hermano, ¿acaso nos has tomado por maleducados? Estamos hablando con suficiente respeto y cortesía; solo te pedimos que nos des la oportunidad de comprender y de explicar».
En segundo lugar, en medio de las conversaciones, los eruditos judíos, sucesores de los profetas, a veces se dirigían al Mensajero (s.a.s.) diciendo: «Isma gair musma’in». El significado aparente de esta expresión es: «Escuche un momento; usted es una persona tan respetable que no se le puede decir nada sin su deseo o permiso». Pero su mentalidad intrigante le daba otro significado: «Tú no eres digno de que se te haga escuchar palabra alguna. ¡Que Allah te deje sordo y te prive del sentido del oído!»
Obsérvese qué gente, poseedora de una mentalidad tan sucia y repugnante, se levantó para oponerse a Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él.
En tercer lugar, cuando los creyentes se sentaban en la reunión del Mensajero (s.a.s.), escuchaban y comprendían algo, decían con sinceridad y devoción, siguiendo la orden de Allah: «Sami’na wa ata’na», es decir, «Hemos escuchado y hemos obedecido». Pero los portadores de la Torá actuaban de manera sumamente teatral en tales ocasiones. Primero decían en voz alta: «Sami’na», es decir, «Sí, hemos oído». Después, en lugar de «ata’na» («hemos obedecido»), torcían ligeramente la lengua y decían «asayna», que significaba: «Hemos rechazado tu orden y hemos decidido desobedecerla». También aquí surgía la misma complicación: si alguien protestaba, mostraban su irritación y decían: «¿Acaso nos consideráis personas tan despreciables? ¿Nos acusáis de eso llevados por vuestro exceso de oposición? ¿Es que no tenéis ninguna costumbre de mostrar respeto a los eruditos y sabios de fuera de vuestro círculo? ¿No estáis dispuestos a considerar educada y honorable a ninguna persona aparte de vosotros mismos?»
Cabe preguntarse: ¿lograron causar algún daño al movimiento del Mensajero (s.a.s.) mediante semejante conducta vil? ¿Lograron borrar la existencia del grupo islámico gracias a su vileza y bajeza? En realidad, mediante insultos y palabras hirientes no se puede arrancar ni un solo pelo de ninguna fuerza constructiva. El adversario solo obtiene de ello el placer de dejar salir el vapor acumulado de su mente negativa, destructiva y fanática. Cuando estas figuras religiosas se marchaban después de realizar semejantes hazañas en la reunión del Profeta, seguramente regresaban a sus propias reuniones y se jactaban: «Hoy hemos vuelto después de decirle palabras duras al señor Profeta». Sentados entre sus propios discípulos, seguramente demostraban su capacidad diciendo: «Hemos dado la vuelta a una palabra y hemos extraído e impuesto toda clase de significados. Gracias a nuestro conocimiento de la lengua y la gramática, y a nuestra destreza en la retórica, hemos librado guerras enormes».
La enseñanza que se obtiene de todas estas malas acciones de los líderes religiosos judíos es que, cuando los líderes religiosos caen en la decadencia, surge principalmente entre ellos la sucia enfermedad de la tergiversación verbal. En segundo lugar, pierden la capacidad de considerar las exigencias y necesidades de la humanidad, la cortesía, la decencia y las buenas maneras. En tercer lugar, nace una vergonzosa contradicción entre sus actos externos e internos. En cuarto lugar, aparece en ellos una especie de cobardía que les impide expresar abiertamente los sucios impulsos de su mente. Más bien, siguen colocando una etiqueta de decencia y cortesía sobre su mentalidad baja y repugnante. Estos signos son una prueba irrefutable de la inutilidad de cualquier corriente de pensamiento y mentalidad. En particular, allí donde se encuentren expresiones ásperas e indecentes, no puede existir ninguna relación con la verdad y la justicia. Así como el aroma que sale de una olla de comida recién cocinada revela claramente la naturaleza del alimento y la calidad de sus especias, del mismo modo, cada palabra de una persona y su manera de hablar son una medida de su carácter y personalidad. Si de la olla de la mente de alguien emana el hedor de las expresiones indecentes y los malos modales, no se puede esperar en absoluto que en su interior se esté formando un carácter noble, fruto de la combinación de conceptos puros y una actitud propia de una persona honorable. Cuando vean a alguien emplear expresiones indecentes y comportarse mal con quien sostiene una opinión diferente, comprendan que también ha sido derrotado por su adversario en la lucha de los argumentos y vencido en la lucha moral. Ahora esta persona derrotada simplemente está vomitando el veneno de su interior mediante insultos. Y quienes vomitan el veneno de su interior no tienen ninguna importancia en la historia. Se limitan a difamar, mientras la caravana dedicada a la predicación constructiva continúa avanzando.
Esto no era todo. Cuando en Medina se estableció el azán, como también constituía una innovación religiosa contraria a las normas religiosas tradicionales de los judíos, estos sufrían muchas dificultades a causa del azán. Sobre todo, cuando veían que las palabras y frases del azán exponían plenamente todo el llamado revolucionario del islam y su ideología fundamental, y que la proclamación del azán cinco veces al día con voz alta y melodiosa era un medio de difusión sumamente eficaz e influyente. Este sonido llegaba cinco veces al día a los oídos de sus mujeres, niños y esclavos. Imaginen por un momento qué silencio reinaría en el cielo y el aire de Medina cuando este sonido sin precedentes era pronunciado por la melodiosa voz de Bilal. Quizá los corazones de todos, musulmanes y no musulmanes por igual, se sintieran atraídos. Sin duda percibían especialmente la diferencia entre el sonido del azán y el de las campanas y los tambores. Tal vez también naciera en los corazones de su pueblo algún sentimiento hacia él. El sonido de los tambores y las campanas no era más que un sonido. No contenía palabras ni significado. En cambio, el sonido del azán era un conjunto de frases que resonaban con significados fáciles de comprender. El sonido de los tambores y las campanas no expresaba ningún sentimiento humano, mientras que en el llamado del azán se reflejaban las emociones y sentimientos de las personas. Después de comprender esta diferencia, los judíos deberían haber reconocido que el azán era el medio relativamente más eficaz y superior para invitar a la verdadera adoración. Pero, en lugar de reconocerlo, se enfurecieron. Comparaban de maneras extrañas la voz del que pronunciaba el azán, la imitaban y, deformando las palabras, hacían gestos ridículos. La envidia y los celos los habían reducido, a aquellos falsos religiosos, al nivel de bufones. Pero ¿cómo podía impedirse mediante la burla, la mofa y las payasadas la labor que realizaba el azán?
La insolencia de los judíos llegó a tal extremo que incluso hicieron objeto de ella al propio Alá. Por ejemplo, en lugar de aceptar el significado sencillo del versículo coránico «¿Quién está dispuesto a concederle un préstamo a Alá?», comenzaron a burlarse diciendo: «Ahora Alá también se ha vuelto pobre. Incluso Él ha empezado a pedir préstamos a Sus siervos». Pocos ejemplos hay de una desvergüenza y una insolencia tan abominables hacia Alá. Del mismo modo, allí donde el Corán presenta como ejemplos a los mosquitos, las moscas y otras cosas pequeñas semejantes, y utiliza su existencia como argumento, los judíos encontraban la oportunidad de desencadenar una tormenta de burlas y sarcasmos. Decían: «¡Qué extraño es también el Alá de los musulmanes! Incluso al poner ejemplos, no encuentra nada más que criaturas insignificantes como los mosquitos y las moscas. Y ¿cómo puede ser el Libro de Alá un Corán en el que se mencionan todas esas cosas insignificantes?». Vean qué respuesta contundente recibieron, en las palabras de Alá:
«Alá no se avergüenza de poner como ejemplo un mosquito o algo aún más pequeño. Quienes están dispuestos a aceptar la verdad comprenden, al ver estos ejemplos, que esto es la verdad y que procede de su Señor. Pero quienes no están dispuestos a aceptarla siguen diciendo al escucharlos: “¿Qué relación tiene Alá con ejemplos de este tipo?”» (Sura Al-Baqara, 26)
Una exigencia ridícula
La insolencia de los judíos adoptó la forma de una exigencia de pruebas y acabó convirtiéndose en una situación absurda y ridícula. Comenzaron a decirle al Mensajero: «¿Por qué Alá no nos habla?» (Al-Baqara, 117). Es decir: «¿Por qué Alá te envía ángeles en secreto y te transmite Su mensaje también en secreto? Que Alá descienda al mundo, se muestre ante nuestros ojos y nos diga cara a cara: “Este es Mi mandato; cumplidlo, y este es Mi profeta; obedecedlo”. Si ni siquiera quiere hacer eso, que al menos envíe alguna señal clara e irrefutable que, una vez contemplada, impida a cualquiera negar que tú eres Su profeta y que el Corán es Su palabra».
También especificaron cuál debía ser esa señal irrefutable, para poder quedar satisfechos y contentos. Se sabe por los libros de historia y de la vida del Profeta que esta exigencia cobró gran importancia entre los judíos. Durante mucho tiempo se siguió discutiendo sobre ella y se planteó repetidamente ante el Mensajero.
Escuchen primero cómo surgió esta afirmación. La cuestión era que, antes de la llegada del Mensajero, los judíos de Medina invocaban deliberadamente la pronta aparición de un profeta para atemorizar a Aws y Jazrach. Pero en cuanto el Mensajero apareció como profeta, cambiaron de inmediato su actitud y se empeñaron en negarlo y desobedecerlo. Este cambio repentino suscitó preguntas entre la gente. Las personas acudían a ellos y preguntaban: «¿Qué ocurre? Antes eran ustedes mismos quienes suplicaban y predecían que vendría un profeta. ¡Y ahora son ustedes mismos quienes se han enfurecido contra el profeta que ha aparecido!». En particular, en una asamblea, destacados líderes como Muaz ibn Yabal y Bishr ibn Bara ibn Marur dijeron abiertamente a los dirigentes judíos: «¡Oh comunidad judía! Teman a Dios e inclinen la cabeza. Pues ustedes mismos pedían a Dios la aparición de Muhammad para obtener fuerza contra nosotros. Nosotros éramos politeístas. Ustedes eran quienes nos informaban de que ese profeta había aparecido y también describían sus cualidades». Es fácil imaginar cómo tales conversaciones dejaban al descubierto la hipocresía de los judíos. Sin duda comprendían cuál era la opinión de la gente sobre ellos. Para proteger su reputación de religiosidad y piedad, se volvió indispensable que buscaran algún tipo de escudo. ¿Cuál era ese escudo? Para conocerlo, escuchen la respuesta a la pregunta anterior de boca de Salam ibn Mishkam, un dirigente judío de los Banu Nadir. Él dijo: «Muhammad no trajo consigo ninguna prueba mediante la cual pudiéramos reconocerlo como profeta. Por lo tanto, Muhammad no es la persona de la que les hablábamos». (Sira de Ibn Hisham, tomo II)
Ibn Silviya al-Fatuyuni también le dijo directamente al Mensajero exactamente lo mismo. Es decir, hacía falta una señal definitiva. Y correspondía precisamente a los judíos determinar cuál sería esa señal. Que exigieran la señal que quisieran. Del mismo modo, la gente también les preguntaba acerca del compromiso que se había obtenido de los profetas anteriores de reconocer al último profeta. Pero ellos eludían la respuesta diciendo una cosa u otra. En una ocasión, el judío Malik ibn al-Qatíd lo declaró claramente: «¡Por Dios!, no se nos tomó ningún compromiso respecto de Muhammad». (Sira de Ibn Hisham, tomo II)
Para ellos no había ninguna señal en el sagrado mensaje del Corán ni en las pruebas irrefutables; no había ninguna señal en el carácter del Mensajero; no había ninguna señal en el movimiento que transformaba radicalmente la vida; no había ninguna señal en el grupo en crecimiento de los soldados de la verdad. Tampoco había ninguna señal capaz de despertar su conciencia en los sacrificios y la entrega de sus vidas que un reducido número de musulmanes ofrecía al enfrentarse a las poderosas fuerzas de la tiranía y la persecución. Solo querían acontecimientos asombrosos o divertidos.
Escuchen ahora qué tipo de señales o milagros exigían.
Rafi ibn Huraymala y Wahab ibn Zayd acudieron al Mensajero y, durante la conversación, le dijeron:
«¡Oh Muhammad! Haz descender del cielo para nosotros un libro completo por escrito; lo leeremos, y haz brotar ante nosotros un manantial. Solo entonces te seguiremos y daremos testimonio de tu veracidad». (Sira de Ibn Hisham, tomo II)
Este mismo Rafi ibn Huraymala también exigió: «¡Oh Muhammad! Si eres el Mensajero de Dios, como afirmas, pídele a Dios que nos hable de tal manera que podamos oírlo». (Sira de Ibn Hisham, tomo II)
En otra asamblea, varios dirigentes judíos, entre ellos Fajjas y Abd Allah ibn Sabur, hablaban con el Mensajero. Dijeron: «¡Oh Muhammad! ¿Acaso es cierto que ningún genio ni ser humano te enseña este Corán?». El Mensajero respondió: «Ustedes saben muy bien que este Corán proviene de Dios y que yo soy el Mensajero de Dios. También encuentran esta verdad escrita en su Torá». Ellos dijeron: «¡Oh Muhammad! Digas lo que digas, lo cierto es que, cuando Dios envía a un mensajero, Él realiza todo lo que ese mensajero desea, y el mensajero recibe de Dios la capacidad de hacer realidad todo cuanto quiere. Por tanto, haz descender del cielo un libro escrito que podamos leer y conocer». (Sira de Ibn Hisham, tomo II)
Los judíos encontraron un escudo. Ya no tenía ninguna importancia para ellos preguntarse cuál era el mensaje del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él; qué decía; cuáles eran sus argumentos y pruebas; cómo se formaba la vida mediante su mensaje; qué clase de carácter forjaban sus enseñanzas; o qué tipo de sistema cultural se construía mediante sus esfuerzos constructivos. Todas estas preguntas se volvieron irrelevantes para ellos. Entonces, su principal exigencia pasó a ser: «Haz que descienda un Libro del cielo». Ahora habían encontrado una excusa para hacer callar a todos. Si alguien decía algo al respecto, respondían categóricamente: «Estamos dispuestos a creer. Pero ve y dile a Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, que muestre alguna señal. Los siervos predilectos de Allah siempre consiguen de Él lo que piden. ¿Qué clase de Mensajero es este, si Allah no atiende sus peticiones? ¡Oh, gente! Dejad de lado todas estas conversaciones divisivas. Id a ver a algún siervo predilecto de Allah». Todo esto no era más que una evasión.
Las actividades shylokianas de los judíos
Es de todos sabido que, cuando la presión de los emigrados comenzó a aumentar sobre los limitados recursos y medios de apoyo de Medina, y las personas sin recursos ni refugio se dedicaron a reconstruir su vida económica, la pobreza y el hambre se extendieron ampliamente entre la mayoría de los activistas del movimiento islámico. En esta prueba de pobreza y hambre, el propio líder del movimiento islámico y su familia participaron en la misma medida que sus compañeros comunes. Más bien, la parte principal de la prueba recayó sobre él. Las desgracias nunca llegan solas. Junto con las penalidades de la pobreza y el hambre, las enfermedades también se propagaron entre los emigrados. El nuevo clima no resultó tolerable para los forasteros. Comenzaron a enfermar uno tras otro. Además de la escasez de alimentos, una fiebre dolorosa que se propagaba como una epidemia dejó a los emigrados reducidos a los huesos e incapacitados para realizar esfuerzos económicos. Por un lado, el movimiento islámico se enfrentaba continuamente a nuevos problemas y oposiciones. El Estado islámico recién constituido necesitaba ser reconstruido en todos sus aspectos. Llegaban amenazas de toda clase por parte de los enemigos externos e internos. Las personas capaces de trabajar iban quedando postradas en cama. No había provisiones suficientes de alimentos ni de ropa. La fuerza con la que este pequeño grupo revolucionario superó semejante situación fue la fuerza de la fe en Allah, del amor por el objetivo y del sentido de hermandad mutua. En realidad, la fe y la hermandad constituyen la fuerza central de las personas y organizaciones que realizan grandes obras históricas. Esta fuerza mantenía firmes incluso a quienes eran físicamente débiles y reducía considerablemente el efecto de la escasez de recursos. En medio de todo ello, la enfermedad epidémica generalizada debilitó en gran medida la lucha que se libraba contra el entorno adverso. En aquel momento también se difundió el rumor de que los judíos de Medina habían practicado magia y que los musulmanes ya no podrían permanecer allí. Para hacerse una idea de cuán crítica era la situación en ese momento, escuchen las declaraciones de algunos compañeros del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él.
El venerable Abu Bakr se retuerce de dolor en el lecho de enfermo y expresa su preocupación recitando un poema:
******
«Cada cual permanece con su propia familia, pero la muerte está más cerca que los cordones de sus zapatos».
Mientras tanto, el venerable Bilal se agita de un lado a otro en el lecho de enfermo y, a pesar de estar afligido por un intenso dolor, continúa recitando un poema cuyo significado es el siguiente:
«Ahora se evocan los recuerdos de las llanuras, las montañas y los manantiales de La Meca. ¿Podré pasar alguna vez una noche en aquella llanura donde crecen las hierbas azjhar y yulayl? ¿Podré volver a sumergirme alguna vez en las aguas del manantial de Mayanna y volver a contemplar las montañas de Shama y Tufayl?»
Amer cantaba: «He encontrado la muerte antes de probar su sabor. La muerte del cobarde cae sobre él desde arriba». Sufría un dolor físico tan intenso que parecía haber escuchado los pasos de la muerte antes de que esta llegara».
Hazrat Shaddad también estaba enfermo. El Mensajero (s. a.) fue a visitar a este compañero suyo. El enfermo, atormentado por el dolor, dijo: «Quizá me beneficiaría beber agua de Bathhan». El Mensajero (s. a.) dijo: «Vete. ¿Quién te lo impide?». El enfermo preguntó: «¿Y qué será de la hégira?». El Mensajero (s. a.) lo consoló diciéndole: «Vete. Adondequiera que vayas, seguirás siendo un emigrado».
Después del tratado de Hudaybiyyah, cuando los musulmanes fueron a La Meca, sus cuerpos estaban muy debilitados debido a que enfermaban repetidamente. Al ver aquel estado, los habitantes de La Meca se burlaban de ellos diciendo: «No volváis otra vez a Medina». Por causa de esta burla, y siguiendo la orden del Mensajero (s. a.), los musulmanes caminaban con actitud heroica.
Por estas razones, el Mensajero (s. a.) decía: (********)
«Es decir, la hégira no es un juego de niños, sino una tarea sumamente difícil. En cierta ocasión, un beduino se presentó ante el Mensajero (s. a.) y aceptó el islam. Pero, en cuanto llegó a Medina, tuvo fiebre. Consideró el islam un mal augurio, lo abandonó y se marchó. Ante este suceso, el Mensajero (s. a.) dijo: «Medina es como el horno del orfebre: expulsa la escoria y separa el oro puro»». (Bujari). Es decir, quienes se ofrecen para realizar la gran tarea del movimiento deben enfrentarse a pruebas a cada paso. Solo los creyentes sinceros superan esas pruebas. Los pretendientes de una fe falsa e hipócrita se separan en una u otra etapa. Por eso, esta fase de la prueba de fuego de Medina desempeñaba el papel del horno del orfebre. (Uswa-e-Sahaba, Maulana Abdul Salam Nadwi)»
Fue entonces cuando el Mensajero (s. a.) suplicó a Allah con voz afligida: «¡Oh Allah! Haz que Medina nos resulte tan querida como hiciste que nos resultara La Meca, o aún más. Bendice para nosotros sus alimentos y sus cosechas. Y traslada hacia Mahya la epidemia que ha llegado a Medina»». (Sira de Ibn Hisham, tomo II)
Por otro lado, la pobreza y el hambre habían creado una situación sumamente angustiosa. No hace falta decir cuán difícil era llegar a un nuevo lugar, establecer allí las bases de una vida económica y disponer los medios para obtener un sustento lícito, y todo ello en unas circunstancias en las que a cada momento aparecían ante el movimiento nuevos y diversos gastos. Los libros de historia y de la sira están llenos de relatos dolorosos sobre la situación catastrófica que los soldados de la verdad tuvieron que atravesar durante aquel período.
Hazrat Abu Talha describió así aquel período de calamidad:
Desesperados por los tormentos del hambre, fuimos al Mensajero (s. a. w. s.) en busca de ayuda. Le contamos toda la situación y le mostramos el abdomen: debido a que habíamos ayunado varios días consecutivos, nos habíamos atado una piedra al vientre (con el propósito de prevenir cierto tipo de inflamación producida en el estómago). Al ver esto, aquella persona más grandiosa de la historia de la humanidad también se descubrió el abdomen y mostró que allí no había una, sino dos piedras atadas. Al contemplar aquella escena, nosotros, que estábamos relatando nuestras propias desgracias, sentimos consuelo en el corazón. (Shama’il de Tirmidhi, capítulo sobre la vida del Profeta)
En cierta ocasión, en una situación semejante, llegó Abu Bakr (r. a.) y quiso describir su propia desgracia para recibir consuelo. Sin embargo, pensando que eso aumentaría innecesariamente la aflicción del Mensajero (s. a. w. s.), guardó silencio. Poco después llegó Umar (r. a.). Él también padecía la misma calamidad. Cuando le preguntaron el motivo de su llegada, lo dijo abiertamente: estaba desorientado por el hambre. Al oírlo, el Mensajero (s. a. w. s.) dijo: «Mi situación es igual». Decidieron que los tres irían juntos a visitar a Abu al-Haytham, un Compañero relativamente acomodado, dueño de un huerto. Cuando llegaron a su casa, vieron que el pobre hombre había ido él mismo a traer agua porque no tenía sirviente. Al regresar y ver a los visitantes, los abrazó con gran alegría. Después los llevó al huerto y les ofreció dátiles. Comieron los dátiles, bebieron agua y regresaron tras hacer una súplica por Abu al-Haytham. (Shama’il de Tirmidhi)
Sa’d ibn Abi Waqqas relató en cierta ocasión: «Yo fui el primer miembro del movimiento islámico por cuya mano se derramó la sangre de un enemigo del islam, y también fui el primero en lanzar una flecha en el campo de la yihad. Combatimos en tal situación que, de tanto comer hojas de los árboles y frutos de acacia, se nos llagaba la boca y defecábamos como los camellos y las cabras». [Este relato también procede de Shama’il de Tirmidhi. Aunque corresponde a un período algo posterior, ofrece una idea general de la crisis económica de Medina.]
Abu Huraira, compañero íntimo del Mensajero (s. a. w. s.), relató: «En cierta ocasión caí inconsciente por el hambre entre el púlpito de la Mezquita del Profeta y la habitación de Aisha. La gente, pensando que estaba poseído por un yinn, me presionaba el cuello con los pies (como tratamiento). Pero no estaba poseído por ningún yinn; simplemente me encontraba así por el hambre. (Véase Shama’il de Tirmidhi, capítulo sobre la vida del Profeta). Abu Huraira también relató que una vez iba caminando con Umar. Mientras avanzábamos, conversábamos sobre la explicación de una aleya. De repente caí al suelo inconsciente. Esto ocurrió a causa del hambre.»
En una situación así, aunque el Mensajero (s. a. w. s.) gastaba inmediatamente los bienes que llegaban al bait al-mal para aliviar el hambre de los Compañeros, la crisis era tan extensa que ni los ingresos del bait al-mal ni las generosas donaciones de los emigrantes y los ansar acomodados eran suficientes. Además de los emigrantes comunes que padecían hambre, la residencia permanente de los ashabi suffa (los Compañeros indigentes que permanecían continuamente en la Mezquita del Profeta) también necesitaba una enorme cantidad de ayuda. Los huéspedes llegaban sin cesar. Los beduinos acudían en cualquier momento para abrazar el islam, visitar al Profeta y preguntar por las normas de la sharía; los necesitados venían uno tras otro a pedir ayuda. Y también continuaba la llegada sucesiva de emigrantes. En tales circunstancias, ¿hasta dónde podía hacer frente el bait al-mal? Cuando aumentaba la presión de las necesidades de los Compañeros y de los indigentes, el Mensajero (s. a. w. s.) solicitaba ayuda, y cada uno entregaba sinceramente cuanto podía. A veces se tomaban préstamos. No era posible obtener muchos préstamos de los musulmanes, por lo que había que acudir a los ricos judíos. Los judíos eran prestamistas expertos en la usura; sus redes usurarias se extendían por toda la región. Pero el propósito con el que prestaban dinero a Muhammad (s. a. w. s.) y a sus Compañeros era más terrible que la usura: pretendían someterlos mediante el poder del dinero y de la ayuda. Con esa mentalidad, al reclamar los préstamos asumían por completo el carácter de Shylock y actuaban de manera humillante. La situación de los politeístas era también semejante. El propio Mensajero (s. a. w. s.) y sus Compañeros tuvieron que afrontar estas amargas experiencias. Muchos episodios de este tipo están registrados en los libros de historia y de la sira. Quienes dedicaron sus vidas al bienestar de la humanidad soportaron tantos sufrimientos. Incluso en circunstancias tan extremas, la fe de los soldados del islam y su lucha por alcanzar su objetivo no experimentaron la menor debilidad.
El Mensajero (s. a. w. s.) había ordenado a su compañero íntimo y asistente personal Bilal que gastara generosamente los bienes recibidos en el bait al-mal para las necesidades del movimiento islámico y de sus soldados. Bilal así lo hacía. En cierta ocasión llegaron noventa mil dírhams y fueron amontonados sobre una estera. Sentado allí mismo, el Mensajero (s. a. w. s.) distribuyó aquel dinero entre los necesitados. No quedó ni un solo dírham. Después de terminar la distribución, cuando llegó una persona que pedía ayuda, ordenó tomar un préstamo para ella. Abu Huraira relató que una vez había un montón de dátiles delante de Bilal. El Mensajero (s. a. w. s.) preguntó: «¿De quién son estos bienes?». Bilal respondió: «Los he reservado para una necesidad desconocida del futuro». El Mensajero (s. a. w. s.) dijo: «¿Sabes que, por retener estos bienes de esta manera, el humo del Infierno podría alcanzarte el Día del Juicio? Distribúyelos también. ¡Oh, Bilal!, no temas nada de parte del Dueño de todo poder». Bilal relató que cierta vez un politeísta de Medina fue a verlo y le dijo: «Tengo muchos bienes; toma de ellos cuando los necesites». Bilal comenzó a pedirle préstamos. Un día, mientras Bilal hacía la ablución y se preparaba para llamar a la oración, aquel prestamista llegó de repente con varios comerciantes y comenzó a gritar: «¡Eh, abisinio!». Bilal se acercó a él. El hombre se enfureció y empezó a reprenderlo. Le advirtió que el mes estaba llegando a su fin y que, si no devolvía el préstamo a tiempo, lo convertiría en esclavo, conforme a la costumbre de la época de la ignorancia árabe. Entonces volvería a su condición anterior. Bilal dijo: «Ante aquel trato humillante, me sentí tan avergonzado como cualquier otra persona honorable». Después de la oración de la noche, Bilal acudió al Mensajero (s. a. w. s.) para informarle de aquel lamentable suceso. Al no ver ninguna manera de pagar la deuda, expresó su intención de desaparecer y dijo que regresaría cuando se hubiera dispuesto el pago. Pero antes de que Bilal pudiera llevar a cabo su intención, el Mensajero (s. a. w. s.) lo mandó llamar a la mañana siguiente. Al llegar, vio cuatro camellos cargados de mercancías que habían llegado de parte del gobernador de Fadak. Llamaron al acreedor, le devolvieron el préstamo y distribuyeron debidamente los bienes restantes.
Abu Hadr al-Aslami, un soldado del movimiento islámico, quedó endeudado con un judío. Para pagar la deuda no poseía nada salvo la ropa que llevaba puesta. Abu Hadr pidió al judío un plazo adicional, pero aquel prestamista con aspecto de Shylock no estuvo dispuesto a concederle ni un solo día. Sujetó a Abu Hadr, lo llevó ante el Mensajero (s. a. w. s.) y dijo: «Disponga el pago de lo que se me debe». El Mensajero (s. a. w. s.) dijo a Abu Hadr: «Paga la deuda». Abu Hadr presentó sus excusas. Pero, al ver la actitud inflexible del prestamista, el Mensajero (s. a. w. s.) dijo: «Devuelve la deuda como puedas». El Compañero volvió a decir: «La batalla de Jaibar es inminente. Espero que, al regresar de allí, me sea posible pagar». El Mensajero (s. a. w. s.) le ordenó nuevamente, con severidad, que se librara de aquella calamidad. Finalmente, el judío se marchó después de quitarle a Abu Hadr la ropa que llevaba puesta. Abu Hadr se quitó el turbante y se lo ató alrededor de la cintura. Obsérvese la forma de opresión del prestamista judío por una deuda tan pequeña: no se conformó hasta quitarle al deudor la ropa que llevaba puesta.
Hazrat Yabir ibn Abdullah era otra figura destacada del movimiento islámico. Era habitante de Medina y gozaba de una situación bastante holgada. Sin embargo, de vez en cuando se veía obligado, por necesidad, a pedir un préstamo a cierto prestamista judío. En una ocasión, debido a que la cosecha de dátiles no fue buena, no pudo devolver el préstamo a tiempo y obtuvo una prórroga hasta la siguiente cosecha. Pero la siguiente cosecha también fue mala. El prestamista ya no quiso concederle más tiempo. Finalmente, él también acudió ante el Mensajero (s. a. s.) para contarle su difícil situación. El Mensajero (s. a. s.) fue a la casa del judío acompañado de algunos compañeros. Le pidió que concediera a Yabir un poco más de tiempo. Pero el judío se negó. El Mensajero (s. a. s.) estuvo un rato yendo de un lado a otro y luego regresó para hablar nuevamente con el judío. Pero el corazón de piedra del prestamista no se ablandó. Después, el Mensajero (s. a. s.) durmió durante un breve tiempo. Al despertar, volvió a hacerle la misma petición. Esta vez tampoco cedió. Finalmente, el Mensajero (s. a. s.) fue al palmeral de Yabir y le dijo: «Cosecha los dátiles». Cuando los dátiles fueron cosechados, se encontró una cantidad inesperadamente grande. Se pagó la deuda y aún sobró algo (Sirat al-Nabi, Shibli Nu’mani).
La armadura personal del Mensajero (s. a. s.) estaba empeñada con cierto judío. Hasta el momento de su fallecimiento no llegó a reunir suficiente dinero para rescatarla (Sirat al-Nabi, Shibli).
En cierta ocasión, un beduino acudió al Mensajero (s. a. s.) y comenzó a apremiarlo para que pagara una deuda. Conforme a su temperamento, habló de manera sumamente exaltada. Los compañeros le hicieron notar con quién estaba hablando y qué gran personalidad era. Él respondió: «Yo solo estoy reclamando lo que se me debe». El Mensajero (s. a. s.) dijo a sus compañeros: «Debéis apoyarlo, pues eso le corresponde». Luego ordenó que se le pagara lo que se le debía y le dio algo más de lo que le correspondía (Sirat al-Nabi, Shibli).
El relato de Zayd ibn Zuhayna permite comprender mejor esta crisis. Era un erudito judío y estaba verificando, a la luz de diversos indicios, la veracidad de la afirmación del Mensajero (s. a. s.) de ser profeta. Él relató que un beduino acudió a entrevistarse con el Mensajero (s. a. s.). Dijo: «Mi tribu se ha hecho musulmana. Cuando los invitaba al islam, les decía: “Si aceptáis el islam, Alá os concederá abundantes riquezas”. Pero, por desgracia, ha ocurrido lo contrario y ha sobrevenido una hambruna. Si ahora no se les ayuda, existe el temor de que abandonen el islam». El Mensajero (s. a. s.) miró interrogativamente a Hazrat Ali. Hazrat Ali (r. a.) respondió: «En este momento no hay nada». Zayd ibn Zuhayna dijo: «Tomad de mí ochenta mithqales de oro. A cambio, me entregaréis dátiles en la temporada». El acuerdo quedó cerrado. El Mensajero (s. a. s.) tomó el oro y se lo entregó al beduino. Un día, cuando aún faltaban dos o tres días para el vencimiento del plazo fijado, el Mensajero (s. a. s.) había ofrecido, junto con algunos compañeros, la oración fúnebre de una persona y estaba de pie junto a un muro. Entonces Zayd agarró con gran brusquedad la camisa y el manto del Mensajero (s. a. s.) y dijo: «¡Oh, Muhammad! ¿Por qué no pagas mi deuda? ¡Por Alá! Conozco perfectamente qué clase de gente sois los descendientes de Abd al-Muttalib. Estáis acostumbrados a no pagar las deudas».
Hazrat Umar (r. a.) miró fijamente a Zayd. Luego dijo: «¡Enemigo de Alá! ¡Por Alá, si no temiera que el Mensajero me reprendiera, te habría cortado la cabeza!». El Mensajero (s. a. s.) le dijo a Hazrat Umar: «¡Umar! En este caso debías haberme aconsejado que pagara la deuda debidamente y, por otro lado, haberle recomendado a este hombre que reclamara su deuda de manera cortés». Luego dijo: «Ve y págale lo que se le debe. Y, en lugar de reprenderlo, dale además veinte sa’ de dátiles».
En realidad, este episodio fue la última prueba de la profecía del Mensajero (s. a. s.) por parte de Zayd ibn Zuhayna. Este le reveló su identidad a Hazrat Umar y, tomándolo como testigo, abrazó el islam. Después donó la mitad de sus bienes a la comunidad musulmana. Este Zayd ibn Zuhayna gozaba de una posición especialmente respetada entre los prestamistas judíos. Sin embargo, su relato también muestra en qué grave crisis económica se encontraban el movimiento islámico y sus miembros, cuántos préstamos tenían que contraer debido a la crisis y cuán duro era el trato que debían soportar por parte de los acreedores.
Por un lado, los judíos y los ricos politeístas empleaban el arma de la usura contra el movimiento islámico. Por otro, intentaban impedir que los musulmanes gastaran sus bienes por la causa de Alá, para que el movimiento se debilitara debido a la escasez económica. Con este fin, por una parte se burlaban de los versículos que exhortaban a dar por la causa de Alá. Decían: «Mirad esto: el propio Alá de los musulmanes se ha declarado en quiebra y ha tenido que pedir un préstamo». A veces también decían: «La mano de Alá está encadenada». Estas palabras, difundidas por los judíos, también eran pronunciadas por boca de los hipócritas y contaminaban todo el ambiente. Por otra parte, se acercaban a los musulmanes acostumbrados a dar y les decían: «¡Oye! ¿Por qué desperdiciáis vuestros bienes? ¿Qué beneficio obtenéis de alimentar y mantener a unos cuantos mendigos de La Meca? Cuidad de vuestros hijos. Invertid vuestros bienes en el comercio y los negocios. ¿De dónde habéis sacado un destino de inversión tan insensato para vuestra riqueza?». Respecto de estos judíos e hipócritas que dirigían tales campañas de propaganda se ha dicho en el Corán que, ******** «es decir, enseñan a la gente a ser avara». Estos acudían a sentarse con los ansar y, adoptando el aspecto de quienes desean su bien, decían: «No derrochéis así vuestro dinero. Eso os hará caer en la pobreza y la necesidad. Por tanto, no gastéis tanto dinero en el movimiento islámico. Intentad comprender qué llegará a ocurrir con la situación» (Sirat Ibn Hisham).
Mientras tanto, entre los miembros de la quinta columna, títeres de los judíos, se susurraba: «Dejad de gastar dinero en los compañeros del Mensajero (s. a. s.), para que se dispersen por aquí y por allá» (sura al-Munafiqun, aleya 7).
¡Qué plan astuto y de tan largo alcance era aquel! Por un lado, se pretendía cortar la fuente de la disposición y el entusiasmo por gastar en el camino de Alá. Por otro, se intentaba aplastar el movimiento islámico mediante la opresión propia de los prestamistas, al estilo de Shylock. Si este plan hubiera tenido éxito, la revolución islámica habría podido ser derrotada sin enfrentarse a ella en los campos de la fe, la razón, las obras y el carácter. Pero, puesto que el asunto estaba relacionado con Alá, Omnisciente y Todopoderoso, mediante Su sutil providencia quedaron frustradas las conspiraciones de los enemigos del islam.
El punto central de este relato es el carácter y la actitud de paciencia ejemplar del Mensajero de Alá y de sus nobles Compañeros, que se manifestaron en respuesta a la vil persecución de sus adversarios. Ni siquiera en circunstancias de extrema anarquía y sufrimiento permitieron que sus elevados estándares morales descendieran lo más mínimo. Es imposible abarcar, siquiera con la imaginación, cuán grandes y resplandecientes ejemplos de humanidad fueron.
La quinta columna formada por los judíos
Los miles de testimonios de la historia humana demuestran que, siempre que se ha dirigido con sinceridad y dedicación un movimiento en favor de la honestidad y del bienestar de la humanidad, y este ha avanzado hacia la victoria, entre las fuerzas reaccionarias que se le oponen siempre hay un grupo que entabla un enfrentamiento abierto y emplea las armas de su tiempo, luchando hasta el último momento. El otro grupo está compuesto por personas anárquicas y subversivas que, debido a su bajeza y degradación moral, descienden a los niveles más bajos de cobardía y engaño, y se consagran a tender redes de conspiración desde el escondite secreto de la hipocresía. La conducta reaccionaria de los politeístas de La Meca correspondía al primer grupo, mientras que los judíos de Medina y sus aliados pertenecían al segundo.
Puesto que el movimiento islámico había adquirido la forma de un Estado, este Estado crecía ante los ojos de todos y personas conscientes, activas y laboriosas se unían a él desde todas partes, por lo que las fuerzas opositoras sufrían una terrible reacción de inferioridad y espíritu vengativo. Sin embargo, no tenían ningún medio para expresar la agitación que reinaba en su interior ni para influir en la situación. Frente a la doctrina y los ideales islámicos, los judíos no poseían ninguna teoría constructiva, racional, sencilla, atractiva para el pueblo y capaz de despertar entusiasmo. Solo tenían algunas creencias inertes y vacías, capaces de detener el curso de la historia y producir parálisis y estancamiento en la naturaleza humana. El movimiento islámico había reunido una fuerza humana dotada de un elevado carácter moral, y los judíos no contaban con otra fuerza humana de carácter moral equivalente que pudiera resistir ante ella. La fuerza humana de que disponían estaba, moralmente, por debajo incluso del nivel mínimo de humanidad deseable. No les quedaba ninguna motivación ni fuerza impulsora capaz de elevarlos de aquel estado degradado. El ser humano nuevo formado por la invitación coránica a reconstruir la humanidad no podía ser enfrentado por el ser humano de molde antiguo creado por el judaísmo. Por mucha confusión y enemistad que provocaran mediante la propaganda, la fuerza judía se veía obligada a retroceder cada vez más en el terreno de la argumentación. Por mucho que se consideraran a sí mismos, las fuerzas de la historia estaban del lado del movimiento islámico. En el campo de la realidad, los judíos recibían constantemente golpes impetuosos. La sociedad humana contemporánea los dejaba atrás y avanzaba ondeando la bandera del sistema de vida islámico. En el ámbito político, los judíos deseaban destruir la revolución islámica, pero el pacto de alianza les tenía las manos atadas. Ante esta realidad, quedaron completamente impotentes e indefensos. Y el sentimiento de esa impotencia e indefensión, al unirse a los rasgos fundamentales de su carácter, adoptó la forma de cobardía. En un ambiente de indefensión y cobardía, la actitud competitiva activa en la mente humana siempre conduce, por el camino de la envidia y el rencor, al escondite secreto de la hipocresía. Por ello, en lugar de atacar de frente a su adversario, lanza golpes secretos por la espalda. En vez de un robo abierto, trama robos furtivos. Ese fue el papel cobarde que adoptó la comunidad judía.
La situación real creó dos factores favorables para la aparición de la despreciable camarilla de hipócritas. Primero, la actitud vengativa de la camarilla judía y de sus aliados. Como esta actitud carecía de capacidad para lanzar un ataque directo, el escondite secreto de la hipocresía cobró actividad. Segundo, al ver el creciente poder del islam, muchas personas comenzaron a entrar por esta vía furtiva para labrarse su propio futuro.
Fueron precisamente las mentes judías las que inauguraron esta vía furtiva. Sus líderes prominentes, ocultando su actitud hostil, se pusieron el manto del islam y comenzaron a entrar en la organización islámica. Las siguientes personalidades destacadas de Banu Qaynuqa entraron en el islam como una «quinta columna»:
(1) Sa‘d ibn Hanif, (2) Zayd ibn Lusit, (3) Nu‘man ibn Awf ibn ‘Amr, (4) Rafi‘ ibn Huraymala, (5) Rifa‘ ibn Yazid ibn Tabut, (6) Salsala ibn Barham, (7) Kinana ibn Zurayya.
Entre ellos, Zaid bin Lusait era el hombre que había provocado una pelea con Hazrat Umar en el mercado de Banu Qainuqa. Además, cuando se perdió la camella del Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), se burló diciendo: «¡Por un lado, él suele informar de las noticias del cielo, pero no sabe dónde está ahora su camella!». En respuesta, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «No sé nada aparte de lo que Allah me hace saber. Ahora Allah me ha informado sobre la camella. Está en tal pradera y la cuerda de su cabestro se ha enganchado en un árbol». Cuando los Compañeros salieron a buscarla, vieron con sus propios ojos exactamente aquella situación.
Rafi bin Huraimala era un hipócrita de tan alto rango que, el día en que murió, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Hoy ha muerto uno de los principales líderes de los hipócritas». Rifa bin Zaid bin Tabut era también uno de ellos. Cuando regresaban de la batalla de Banu al-Mustaliq, se levantó una tormenta y la gente se asustó. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) los tranquilizó diciendo: «Esta tormenta ha venido para castigar a cierto líder de los hipócritas». Al llegar a Medina, todos supieron que Rifa había muerto precisamente a causa de aquella tormenta. (Sira de Ibn Hisham, tomo II)
Lo curioso es que todos los que se unieron a las filas de los hipócritas eran de edad avanzada y acomodados. Eran egoístas y de corazón de piedra. Los jóvenes, por lo general, eran compañeros del movimiento islámico. Solo se encuentra a un joven, Qais bin Amr bin Sahl, entre la quinta columna.
Este círculo no era tan reducido. En realidad, aquellos pocos individuos eran los líderes y comandantes de la quinta columna. También reclutaban nuevos hipócritas entre sus conocidos. Además, buscaban entre los musulmanes a los débiles, los influían y los utilizaban; sembraban entre ellos dudas y sospechas, y en las reuniones de los musulmanes añadían burlas y sarcasmo a los asuntos importantes, deteriorando el ambiente. Iban a la mezquita, escuchaban todas las discusiones importantes y luego informaban de ellas en sus propias reuniones. Por la noche celebraban reuniones conspirativas, elaboraban nuevos planes perjudiciales y los ejecutaban por nuevos medios. La conducta extravagante creada por los hipócritas era bien conocida por el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y los musulmanes debido a su propia anormalidad. Al mismo tiempo, mediante la revelación, se iban identificando en cada nivel sus pensamientos, actividades y conspiraciones, e incluso los signos particulares de sus conciencias inclinadas al delito. En cierta ocasión, el comportamiento de aquellos cabecillas hipócritas se volvió insoportable en la Mezquita del Profeta. En la reunión general, aquel grupo se había sentado completamente separado y conversaba en susurros aparte. Al ver aquella escena, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) les ordenó salir de la mezquita. Algunos estaban tan unidos entre sí que fueron expulsados mientras se tomaban de las manos y se abrazaban.
El liderazgo central de este grupo de hipócritas estaba concentrado en la persona de Abdullah ibn Ubay. Este hombre fue el principal villano de la trama de la calumnia contra Hazrat Aisha. El odio, la hostilidad y el deseo de venganza contra la revolución islámica estaban mezclados en su médula. Escuchen de labios de Hazrat Usaid bin Hudair la causa fundamental de este odio y hostilidad incurables. Durante la batalla de Banu al-Mustaliq, le dijo al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) acerca de Abdullah bin Ubay:
«¡Oh, Mensajero de Allah! Sé un poco indulgente con la aflicción emocional de este hombre. Cuando usted llegó honorablemente a Medina, ya habíamos completado todos los preparativos para sentarlos en el trono real. Se estaba haciendo una corona para él. Su llegada echó por tierra todos sus planes. El pobre hombre simplemente está desahogando su rencor». (Tafhim al-Qur’an, introducción de la sura An-Nur)
Aquellos cuyos planes son frustrados por una predicación o un movimiento, y cuyos intereses fracasan incluso después de haber llegado al umbral del éxito, pasan toda la vida inquietos, con el pecho lleno de veneno. Un rival derrotado de esa clase nunca puede perdonar a su oponente. Ese era también el caso respecto al islam. Abdullah ibn Ubay cargó desde el primer día con el amargo recuerdo de su fracaso y lo llevó durante toda su vida. Al principio aceptó el islam para poder hacerse un lugar dentro de esta nueva fuerza y ascender gradualmente desde su interior hasta el nivel supremo del poder y el liderazgo. Pero, dentro de este sistema, quienquiera que desee avanzar debe hacerlo necesariamente por el camino de la fe y las obras. Por eso, Abdullah ibn Ubay no tenía otra opción que mantenerse como hipócrita. Al principio, su hipocresía permaneció oculta. Pero un día, aquella sucia enfermedad de su corazón salió accidentalmente a la luz pública.
Un día, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fue a visitar al Compañero enfermo Sa’d bin Ubada. Fue montado en un asno. Detrás de él iba sentado Usama bin Zaid. Este mismo Usama narró que, en el camino, Abdullah bin Ubay estaba sentado celebrando una reunión en cierto lugar. A su alrededor estaban sentados únicamente miembros de su propia tribu. Al ver pasar por allí al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), volvió el rostro con fastidio. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se acercó a él y lo saludó. Después se detuvo un momento, recitó una parte del Corán, lo invitó al islam, le recordó a Allah y le advirtió sobre su ira. Abdullah bin Ubay permaneció sentado en silencio y conteniendo la respiración. Pero cuando el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) terminó de hablar y se marchó, gritó con un lenguaje sumamente grosero e indecente: «¡Eh, tú! Este método tuyo de hablar no es correcto. Quédate en tu propia casa. A quien vaya a ti, dile lo que quieras decirle. A quien no vaya a ti, no lo molestes. No vayas a la casa de nadie, ofreciéndote voluntariamente, para darle una invitación que no le agrada». ¡Miren cómo está lleno de veneno cada palabra! ¡Qué lenguaje tan sucio y doloroso, y qué emociones tan provocadoras!
En realidad, estas palabras no pertenecían personalmente a Abdullah bin Ubayy. Eran la expresión venenosa de una ignorancia pagana en decadencia contra la era de prosperidad y felicidad que se aproximaba.
El Mensajero (s. a. s.) escuchó esas habladurías ruines desde su elevada y honorable posición. Al oírlas, quizá en su noble corazón surgió compasión en lugar de ira.
También estaba presente en la reunión Abdullah bin Rawaha, miembro del grupo musulmán. Su sentido del honor lo impulsó a cumplir con su deber. Respondió al líder hipócrita con voz firme: «¿Por qué no habría de venir el Mensajero (s. a. s.)? Nosotros lo queremos. Él vendrá a nuestras casas y a nuestras reuniones. Lo amamos, y por medio de él Allah nos ha honrado».
Después de vivir esta experiencia por el camino, el líder de la humanidad, Sa‘d bin Ubada, fue a visitarlo. Al ver una expresión inusual en el rostro del Mensajero (s. a. s.), Sa‘d le preguntó la causa. El Mensajero (s. a. s.) le relató lo sucedido. Sa‘d también describió el contexto y dijo: «Cuando Allah lo trajo a Medina, nosotros estábamos preparando una corona para él. Pero usted, al llegar, destruyó el sueño de su reinado». Quería explicar que su reacción era natural y que lo mejor era no darle importancia.
Este hombre continuó actuando en el escenario de la historia como el principal villano de todo el drama de la hipocresía. Él era su principal instigador. Contaba con las bendiciones de grandes líderes. Detrás de ellos había grupos de hipócritas conscientes y musulmanes inmaduros. Y detrás de todos estaban los beduinos ignorantes e ingenuos. Cada medida reaccionaria emprendida contra el movimiento islámico contaba, sucesivamente, con la contribución de estas diversas clases. En el trasfondo de todas las oposiciones y resistencias que los musulmanes enfrentaron en Medina, y de todas las conspiraciones a las que tuvo que hacer frente el Mensajero (s. a. s.), desempeñó un papel enorme esta fuerza deformada y destructiva de los hipócritas influidos por los judíos. Aunque el liderazgo de todas las actividades hostiles estaba en manos de los judíos, en realidad el papel principal detrás de todos los acontecimientos negativos organizados para bloquear el camino del Mensajero (s. a. s.) correspondía a aquellos hipócritas que actuaban como títeres de los judíos.
Actividades de propaganda difamatoria
Cuando un entorno anárquico y reacio al trabajo se ve enfrentado a un movimiento reformista y constructivo, se lanza con todas sus fuerzas contra sus dirigentes y activistas. Ellos mismos no quieren hacer nada, ni sienten responsabilidad alguna ante Allah ni ante el pueblo. Por eso emplean con suma facilidad toda su energía y talento en actividades negativas. Estas personas rodean por todos lados, como fantasmas, a los dirigentes y activistas de los movimientos reformistas y constructivos, e intentan descubrir sus defectos con un telescopio. Analizan minuciosamente cada una de sus palabras, acciones y acontecimientos. Luego, en cuanto encuentran la menor desviación o defecto, comienzan a proclamar a voz en cuello: «¡Oh, gente! Mirad, están entregados al extravío, la desviación y la incredulidad. Tal acción contradice a los antiguos sabios; es una ofensa contra los grandes imanes y una crítica a los grandes venerables». Cuando, impulsados por una oposición ciega, se desea perjudicar a una persona buena y a su labor beneficiosa para la sociedad, por un lado se señalan los defectos y errores de cada buena obra; por otro, aunque quienes trabajan cometan el más pequeño error, se hace una montaña de un grano de arena, se expone públicamente y se incita a la opinión pública contra ellos. La mayor oportunidad para los saboteadores surge cuando ocurre un hecho contrario a las ideas equivocadas, supersticiones y malas costumbres de la gente común, aunque sea correcto y justo. Es bien sabido que los movimientos reformistas, constructivos y revolucionarios tienen que oponerse a muchas cosas populares. Por eso, para la propaganda hostil siempre se encuentra algún pretexto. El Mensajero (s. a. s.) y los nobles Compañeros se enfrentaron precisamente a esta situación por parte de los judíos. Cada mañana y cada tarde surgía algún alboroto y se difundía alguna calumnia.
La acusación de ambición por el poder
En todas las épocas, los adversarios han difamado a quienes enarbolan el estandarte de la verdad, intentando manchar su sinceridad y devoción con algún interés personal, acusándolos de ser ambiciosos de poder y de querer alcanzar una posición elevada. Se formuló esta misma acusación contra Moisés y Aarón: que querían apoderarse del trono del Estado. Contra Jesús se difundió la calumnia de que quería convertirse en rey de los judíos. Cuando llegó la delegación de Najrán, los judíos acusaron al Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— de poner en peligro la vida de tantas personas únicamente para apropiarse de la posición que había tenido Jesús —la paz sea con él—. Decían que quería que los cristianos y los demás comenzaran a adorarlo. Obsérvese que el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— jamás hizo semejante afirmación ni dio siquiera indicio de desear un trono o un cargo. Sin embargo, de la fértil imaginación de sus adversarios surgió y fue inventada la acusación de que el propósito de Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— era lograr que lo adoraran como a Jesús —la paz sea con él—. ¿Que no lo afirmó con sus labios? ¿Y qué importa? Seguramente albergaba esa pretensión en su corazón; aunque no hoy, algún día en el futuro sin duda la formularía: eso era lo que, según ellos, indicaban los hechos. Precisamente porque habían inculcado esas divagaciones en los oídos de la delegación najraní, uno de sus miembros, Abu Nafi‘ al-Qarzi, preguntó abiertamente al Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—: «¿Quieres que los musulmanes te adoren como los cristianos adoran a Jesús —la paz sea con él—?». Otro miembro preguntó: «¿Quieres que te rindamos culto y adoración, y nos invitas a ello?». Él respondió: «Busco refugio en Allah de adorar a alguien aparte de Allah o de invitar a otros a adorar a alguien aparte de Él. Allah no me envió ni me ordenó con ese propósito» (Sira de Ibn Hisham, tomo II). En ese momento, el Corán también declaró claramente: «No es propio de ningún ser humano que Allah le conceda el Libro, la sabiduría y la profecía, y luego diga a la gente: “Sed siervos míos en vez de siervos de Allah”».
Acusación de profanar los símbolos religiosos universalmente reconocidos
Después de que el líder de la humanidad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— emigrara a Medina, en La Meca comenzó a reavivarse el deseo de venganza y se pensaba continuamente en organizar un ataque contra Medina. Sus espías rondaban los alrededores de la ciudad. Habían comenzado a intercambiar correspondencia con los judíos de Medina, y sus unidades militares llegaban de vez en cuando hasta las fronteras del Estado islámico. En respuesta, el Estado islámico también estableció un sistema de patrullas. Unidades militares y civiles realizaban patrullas y vigilaban los movimientos de los espías y de las unidades militares de los coraichitas. Mediante estas actividades, Medina quería hacerles entender a los coraichitas que no estábamos dormidos. Al mismo tiempo, se les advertía que, si destruían el ambiente de paz, se cerrarían las rutas por las que transitaban sus caravanas comerciales.
En el marco de este sistema de patrullas, en el mes de Rayab del segundo año de la Hégira, el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— envió una unidad de ocho hombres para investigar los movimientos y los planes futuros de los coraichitas. No se autorizó a esta unidad a emprender ninguna acción militar. Sin embargo, se encontró frente a una pequeña caravana comercial de los coraichitas. La tensión durante el encuentro llegó a tal punto que la unidad militar del Estado islámico atacó y mató a uno de ellos. A los demás los arrestó y los llevó a Medina junto con sus mercancías. Como este suceso ocurrió de noche, al final de Rayab y al comienzo de Shaabán, los coraichitas de La Meca, por un lado, y los judíos y los hipócritas de Medina, por otro, aprovecharon la ocasión para desencadenar una campaña de propaganda. Vincularon categóricamente el incidente con el sagrado mes de Rayab y comenzaron a agitar al pueblo diciendo: «Quieren ser los siervos predilectos de Allah, pero no dudan en derramar sangre incluso durante los meses sagrados» (Tafhim al-Qur’an).
El resultado de esta campaña de propaganda fue muy perjudicial para los musulmanes. Esta pequeña y nueva fuerza ya estaba rodeada por enemigos y peligros por todos lados. Para ella, el apoyo de cualquier persona y de cualquier sector tenía un valor enorme. Era muy peligroso que en Arabia se extendiera la idea de que estaban violando la santidad de los meses sagrados. Pues la estabilidad del sistema religioso y económico de Arabia dependía precisamente de que se mantuviera esa santidad. Existía el riesgo de que incluso los partidarios de los musulmanes se convirtieran en sus adversarios. Además, como este asunto estaba relacionado con los sentimientos religiosos, tan sensibles para el pueblo, podía servir de motivo para la provocación. En particular, esta propaganda podía destruir la confianza que se tenía en los musulmanes respecto a su temor de Allah, su religiosidad y su responsabilidad moral. El incidente de Najla también fue considerado censurable por el propio Estado islámico por otra razón: el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— no había autorizado a esta unidad a entablar ningún combate. A pesar de no haber recibido las instrucciones correspondientes, la unidad había emprendido una acción que podía frustrar el objetivo mismo del sistema de patrullas del Estado islámico y perjudicar el plan elaborado para alcanzar dicho objetivo. Se actuaba con extrema cautela para poner en práctica ese plan. Puesto que el incidente de Najla había sido enteramente una acción ilegal y contraria a las normas, el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— interrogó severamente a los implicados, los castigó y se negó a aceptar a los prisioneros detenidos como prisioneros de guerra y a depositar sus mercancías en el tesoro público, el bait al-mal.
El Estado islámico adoptó, conforme a sus propias normas y disciplina, las medidas que correspondía tomar respecto a esta acción contraria a las reglas. Pero, frente a la campaña de propaganda que los adversarios iniciaron a causa de ella, el Estado islámico respondió con una contestación más racional, moralmente influyente y clara, aunque contundente. Allah mismo hizo que, mediante la revelación, el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— diera la siguiente respuesta:
«Te preguntan acerca de combatir durante el mes sagrado. Di: “Combatir en él es un grave pecado. Pero apartar a la gente del camino de Allah, negarlo, impedir que los siervos de Allah entren en la Mezquita Sagrada y expulsar de allí a sus habitantes es un pecado mucho más grave ante Allah. Y la sedición es más grave que matar”» (Al-Baqara, 217).
De esto se comprende claramente que, influidos y desconcertados por la intensa campaña propagandística de los opositores del islam, los musulmanes preguntaron cuál era, desde la perspectiva del islam, la situación de combatir durante los meses sagrados. Quienes albergaban una idea desequilibrada sobre la honestidad y el amor a la paz, y quienes se alarmaban ante la menor oposición, se inquietaron especialmente: «¿Acaso no estamos perdiendo el verdadero espíritu del islam y el temor de Dios? ¿No estamos alejándonos de nuestro objetivo fundamental, sometidos a un amor excesivo por la política, y apartando así nosotros mismos a la gente?». El desconcierto de estas personas era extraordinario y la tranquilidad de sus corazones se estaba viendo perturbada. Esta mentalidad estaba especialmente activa detrás de la pregunta. En este contexto, también se dio una respuesta contundente a los opositores del islam. Allah dijo que los politeístas de La Meca, culpables de graves delitos como impedir a la gente seguir el camino de Allah, desobedecer a Allah, impedir la entrada al Recinto Sagrado a quienes acudían a él, hostigar a sus habitantes y expulsarlos del Recinto Sagrado, ¿con qué autoridad se presentaban ahora fingiendo ser defensores del honor de los meses sagrados? Implícitamente también se dijo a los judíos y a los hipócritas: «Durante todos esos actos de opresión y persecución cometidos por los habitantes de La Meca, así como durante sus acciones que profanaban la santidad de los símbolos religiosos, vosotros permanecisteis callados, y aún hoy guardáis silencio al respecto. ¿Y ahora, tomando como pretexto un incidente aislado ocurrido en Nakhla, os habéis convertido en defensores tan celosos de la santidad religiosa? Además, las autoridades del Estado islámico no habían dado permiso para realizar esa acción. El incidente ocurrió, más bien, debido al error de algunas personas. El gobernante del Estado se negó a aprovechar sus beneficios y castigó a los implicados».
El análisis histórico de este incidente permite comprender cómo los enemigos del islam permanecen al acecho, esperando atacar en cuanto se cometa el más mínimo error. Tan pronto como alguien incurre en la menor equivocación, la difunden por todo el mundo, recubriéndola con los colores de su propia interpretación.
En un lugar donde a cada instante se intenta sembrar confusión, malas sospechas y provocación en todos los asuntos, es fácil imaginar la preocupación y la angustia en que vivían el pequeño Estado islámico rodeado de enemigos, el movimiento revolucionario fundado por él y su dirigente. Todo el ambiente estaba repleto de dudas, sospechas, interrogantes y objeciones confusas. Sin embargo, obstáculos de este tipo nunca han podido impedir la victoria de una organización idealista y de carácter íntegro.
La acusación de buscar intereses personales bajo el amparo de la religión
Ya he dicho que los sabios judíos habían provocado un gran alboroto, de manera completamente irracional, ante cada medida reformadora aplicada por el islam. Una reforma importante estaba relacionada con la posición y los derechos del hijo adoptivo, es decir, del hijo considerado como tal. También en torno a este asunto se llevó a cabo una intensa campaña de propaganda adversa.
De acuerdo con las antiguas concepciones religiosas y sociales, en Arabia se mantenía una importante costumbre tradicional: casarse con la mujer divorciada de un hijo adoptivo —es decir, de un hijo considerado como tal— era igualmente ilícito que casarse con la esposa divorciada de un hijo biológico. Para abolir esta costumbre, Allah Todopoderoso, conforme a Su propio plan, hizo que el curso de los acontecimientos se desarrollara de una manera extraordinariamente sorprendente y lo condujo a un desenlace revolucionario. El hecho fue que Zayd ibn Haritha se convirtió en esclavo cuando apenas tenía diez años. El Mensajero de Allah (que Allah lo bendiga y le conceda paz) lo crió con tanto cariño y cuidado que, en su hogar, alcanzó la posición de hijo adoptivo. Más tarde, el padre y el hermano de Zayd llegaron para llevárselo, y el Mensajero (que Allah lo bendiga y le conceda paz) le dio permiso para marcharse. Pero entretanto Zayd había llegado a amar tan profundamente al Mensajero (que Allah lo bendiga y le conceda paz) que no pudo aceptar la ruptura de aquella relación y se negó a irse con su padre. Aunque Zayd se había convertido en esclavo por las circunstancias, en realidad era hijo de una familia árabe noble. Por ello, algunos dirigentes de La Meca propusieron casarlo con Zaynab, prima del Mensajero de Allah (que Allah lo bendiga y le conceda paz). Sin embargo, el hermano de Zaynab no aceptó aquel matrimonio, porque este no alcanzaba los criterios y estándares que regían en Arabia para casarse. Desde la perspectiva de la mentalidad de la ignorancia, aún quedaba en la frente del honorable Zayd la marca de la esclavitud. Además, su falta de recursos y de medios de subsistencia se consideraba otro defecto. El islam consideró necesario cambiar también esta mentalidad. El Mensajero (que Allah lo bendiga y le conceda paz), amigo de la humanidad, intentó eliminar del camino del matrimonio la barrera de la discriminación basada en el linaje y convertir a toda la sociedad islámica en una familia unida. Gracias a su esfuerzo, el muro de esta discriminación se derrumbó por completo y el término «kufú», o igualdad familiar, adquirió un nuevo significado. Cambió con gran énfasis la perspectiva de los musulmanes. Les enseñó que, al casarse, debían considerar ante todo el carácter y la piedad religiosa de la novia. Los demás aspectos debían tenerse en cuenta en una etapa posterior. En una ocasión también dijo que, si en lugar de la piedad religiosa y la moral establecíais otro criterio, se producirían en la sociedad una gran anarquía y desorden. Así, la idea de «kufú» que llegó a difundirse era que la elección del compañero o compañera de vida debía hacerse considerando quién podía ser el mejor compañero según el verdadero objetivo y propósito de la vida, y con quién podía desarrollarse la mayor armonía y afinidad en gustos y mentalidad. Innumerables matrimonios, más bien la mayoría de ellos, comenzaron a celebrarse de hecho conforme a esta nueva perspectiva. El episodio del matrimonio del honorable Abu Talha permite apreciar hasta dónde llegó esta transformación mental y social. Abu Talha, mientras aún era incrédulo, pidió en matrimonio a la honorable Umm Sulaym (que Allah esté complacido con ella). Pero Umm Sulaym ya había aceptado el islam. Ella respondió: «Tú todavía eres incrédulo y yo he aceptado el islam. ¿Cómo pueden unirse dos vidas mutuamente opuestas? Si aceptas el islam, no aceptaré de ti otra dote matrimonial que tu aceptación del islam». Esta respuesta permite comprender que la propuesta de matrimonio también era deseable para la honorable Umm Sulaym. Sin embargo, el islam había creado una mentalidad tan revolucionaria que ella se obligó a sí misma a rechazarla. Al mismo tiempo, lo animó a aceptar el islam. Finalmente, Abu Talha aceptó el islam. Se casaron y, verdaderamente, el islam quedó establecido como su dote. (Muwatta del imán Malik y Uswa al-Sahabiyyat, Mawlana Abdus Salam Nadwi, que Allah tenga misericordia de él.)
En resumen, estaban cambiando los gustos y los criterios respecto al matrimonio. Sin embargo, aún quedaban algunos obstáculos. Por eso, el hermano de Hazrat Zaynab no aceptó el matrimonio propuesto. El Mensajero (PBD) también quería que se celebrara. Pero cuando una mentalidad meramente propia de la ignorancia preislámica se interpuso en su camino, este fue señalado como indeseable ante Allah y Su Mensajero. En la sura Al-Ahzab se lo criticó de manera indirecta. En la aleya 35 se dice: «Para los hombres musulmanes y las mujeres musulmanas, los hombres creyentes y las mujeres creyentes……………….. Allah ha preparado perdón y una enorme recompensa». El mensaje central de esta aleya es que los hombres y las mujeres musulmanes que poseen la ideología islámica, la mentalidad islámica y el carácter del islam son completamente iguales y afines entre sí. Existe cercanía y afecto entre ellos, y ambos merecen ser valorados por el otro. Por lo tanto, no es deseable que la discriminación y las diferencias de linaje, ni las ideas propias de la ignorancia preislámica sobre nobleza y aristocracia, se conviertan en un obstáculo entre ellos. Pero la insinuación no se limitaba a eso. La aleya siguiente es aún más severa. En ella se dice que, cuando Allah y Su Mensajero (PBD) toman una decisión sobre un asunto, ningún hombre ni mujer creyente tiene derecho a dar importancia a sus propias preferencias y aversiones, ni a sus criterios personales, en oposición a esa decisión. «Quienes desobedecen a Allah y a Sus Mensajeros se han extraviado y se han alejado profundamente» (Al-Ahzab, 36). Es decir, cuando se facilita el establecimiento de una relación matrimonial entre un hombre musulmán y una mujer musulmana, crear obstáculos dando importancia a las antiguas ideas de la ignorancia preislámica constituye una forma de arbitrariedad contra la guía y la decisión de Allah y Su Mensajero. Este tipo de arbitrariedad termina convirtiéndose en extravío. De este modo, en esta aleya se asestó un golpe muy contundente, y alcanzó precisamente su objetivo. Al escuchar estas aleyas, el hermano de Zaynab comprendió la insinuación y aceptó el matrimonio. Esto significó que se rompieron las cadenas de los criterios propios de la ignorancia preislámica sobre ser noble o innoble, de linaje distinguido o no distinguido, por nacimiento.
Mediante este acontecimiento, Allah Ta’ala decidió también abolir la concepción errónea arraigada sobre los hijos adoptivos. Más adelante, la situación llegó a tal punto que el esposo y la esposa no lograron llevarse bien. La diferencia real que existía entre ambos afectó a la relación. Al Mensajero (PBD) comenzaron a llegarle una queja tras otra. Pero, en vez de mejorar, la relación siguió deteriorándose. Finalmente, Zayd empezó a expresar al Mensajero (PBD) su deseo de divorciarse. El Mensajero (PBD) se angustió mucho, porque estaba desmoronándose un matrimonio que se había celebrado con el propósito de establecer en la sociedad un ejemplo revolucionario. Además, el propio Mensajero (PBD) había contribuido significativamente a este matrimonio con su estímulo y consejo. Él era el tutor de Zayd, por lo que tenía una gran responsabilidad en este asunto. Intentó repetidamente mantener el matrimonio y disuadir a Zayd de divorciarse. Pero, al final, todos esos esfuerzos fracasaron. Zayd se divorció de ella. Finalmente, surgió la necesidad de que él mismo se casara con Zaynab. La sharía no imponía ningún impedimento en este caso. Sin embargo, debido a las antiguas ideas de la ignorancia preislámica, se temía que la gente quedara atónita y que, al mismo tiempo, los opositores obtuvieran otro recurso para su propaganda calumniosa. Pero el plan de Allah era que la erradicación de la concepción errónea sobre los hijos adoptivos, heredada de la época de la ignorancia preislámica, se llevara a cabo de forma sumamente clara y transparente por medio del propio Mensajero (PBD), para que la raíz de esta mala costumbre fuera arrancada por completo. En el Corán, Allah Ta’ala hizo pública su preocupación oculta. Dijo: «Allah hará público aquello que ocultas en tu corazón. Tú temes a la gente, cuando deberías temer más a Allah» (Al-Ahzab, 37). Con un tono de suave reproche, se dice que ocultas en tu corazón algo que Allah está decidido a sacar a la luz. Temes a la gente; es decir, a Allah no le agrada que se oculte, por temor a las ideas propias de la ignorancia preislámica de la sociedad, algo que la ley de Allah ha declarado lícito. Es necesario que esto salga a la luz, «para que no haya ninguna restricción sobre los creyentes respecto a las esposas de sus hijos adoptivos cuando estos las hayan repudiado» (Al-Ahzab, 37). Es decir, el propósito era eliminar para siempre de los musulmanes las antiguas restricciones arraigadas en la sociedad respecto a los hijos adoptivos. Para romper esta cadena de la ignorancia preislámica, se asestó así el golpe definitivo: Allah Ta’ala tomó personalmente una iniciativa especial y casó al Mensajero (PBD) con Hazrat Zaynab.
En cuanto ocurrió este acontecimiento, se produjo un gran alboroto en los círculos de Medina opuestos al islam. Comenzaron a hacer propaganda diciendo: «¿Lo ven? ¡Vaya espectáculo de religiosidad y pureza! ¡Resulta que él se casó con la esposa de su hijo adoptivo!». Al mismo tiempo, inventaron toda clase de historias para hacer que el relato resultara sensacional y atractivo. Los judíos maliciosos y los hipócritas comenzaron entonces a difundir también el rumor de que —¡Dios nos libre!— «en realidad se había enamorado de su nuera; por eso la obligó a divorciarse y luego se casó él mismo con ella». [Cabe señalar que algunos orientalistas hostiles de la época moderna han tomado literalmente de la historia todas las sucias calumnias lanzadas por los acérrimos enemigos del movimiento islámico de aquel entonces. Este acontecimiento también se ha convertido en un asunto ampliamente aceptado por esos eruditos e investigadores, quienes lo han presentado en sus libros de una manera aún más sensacionalista. Según ellos, el Mensajero de Allah (PBD) vio de repente a Zaynab y se enamoró de ella. Hay que reflexionar un poco: ¿es coherente con el conjunto de su carácter esta ofensa, según la cual un hombre que pasó toda su vida en un esfuerzo constante y una actividad incesante, con una juventud completamente intachable, y que no pudo disfrutar de un solo momento de descanso, al alcanzar el máximo grado de madurez moral se volvió tan frágil que quedó trastornado de amor con una sola mirada? Además, Hazrat Zaynab era prima hermana del Mensajero (PBD), y había crecido jugando y riendo delante de él desde la infancia. Su existencia no era algo nuevo para el Mensajero (PBD). También es un hecho que él mismo había realizado grandes esfuerzos para casarla con Zayd y que era el tutor de Zayd en ese matrimonio. Ante estos hechos irrefutables, ¿puede encontrarse realmente algún fundamento para esta historia inventada, creada por los judíos y los hipócritas de Medina y que nuevamente los orientalistas están utilizando contra el islam? Según los propios criterios de quienes se proclaman defensores del racionalismo (Rationalism) y la investigación (Research), ¿supera esta historia ficticia su examen?
Y ese matrimonio no fue un matrimonio cualquiera: se celebró directamente en el cielo. Según ellos, hizo que se revelaran revelaciones a voluntad para crear el contexto de ese matrimonio. Anteriormente se habían difundido muchas campañas hostiles sobre cuestiones doctrinales y jurídicas. Pero, en relación con este acontecimiento, sí se lanzó una propaganda verdaderamente sucia y se atacó la grandeza moral del Mensajero (PBD). Es bien sabido que el ataque más grave contra cualquier movimiento reformador y constructivo puede lanzarse precisamente en el plano moral. Si los opositores de una misión propagan sobre su líder que es un libertino, que no duda en recurrir a cualquier medio para satisfacer los deseos de su pasión y que no respeta ningún estándar moral, no puede haber un golpe más perjudicial que ese. Es fácil imaginar cuánta propaganda sucia difundieron los enemigos en Medina en torno a este acontecimiento y cuántos días de sufrimiento psicológico atravesó este supremo bienqueriente de la humanidad.
Parece que esta campaña difamatoria de los judíos resultaba sumamente embarazosa incluso para los musulmanes inocentes y de corazón sencillo. Tal vez, mientras transitaban por los caminos, los hostigaban diciéndoles toda clase de cosas absurdas e intentaban sembrar en sus corazones diversas dudas y sospechas. Algunos musulmanes inmaduros quizá se desconcertaban por ello. Los hipócritas infiltrados entre ellos, fingiendo ser amigos, tal vez difundían muchas afirmaciones disparatadas. En esta situación, Allah estableció firmemente en la mente de los musulmanes varias cuestiones, para consolarlos y educarlos. Les informó que no había ninguna restricción sobre el Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, respecto de aquello que Allah le había hecho lícito. (Sura Al-Ahzab, 38). También les hizo saber claramente que el propósito de esta medida era que no hubiera impedimento para que los musulmanes se casaran con las mujeres divorciadas por sus hijos adoptivos. (Sura Al-Ahzab, 37). Asimismo, declaró que Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, no es padre de ninguno de vuestros hombres. (Sura Al-Ahzab, 40). Finalmente, dirigiéndose al propio Mensajero, dijo: «No sigas a los incrédulos ni a los hipócritas, y no te aflijas por sus calumnias. Confía en Allah; Allah es suficiente». (Sura Al-Ahzab, 40). Así se respondió, de manera sumamente serena y decorosa, a aquella vil y repugnante campaña difamatoria que los judíos habían lanzado con objetivos extremadamente bajos.
Otra campaña difamatoria repugnante
De este hecho se comprende que, cuando Satanás no encuentra ninguna oportunidad de dañar atacando directamente los ideales y objetivos del movimiento islámico, lo incita a golpearlo por la espalda. Y, a juicio de Satanás, la mejor manera de atacar por la espalda es mancillar la personalidad y el liderazgo de su dirigente. Por eso, en una etapa se lanzó contra el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, la abominable acusación de estar seducido por el poder, y en otra, la de actuar por egoísmo. Después, esta campaña de difamación avanzó aún más y convirtió en objetivo a la familia del máximo dirigente del movimiento islámico. Sin embargo, aquella familia había sido establecida como modelo central, en el plano social y moral, para toda la humanidad y para toda la umma musulmana. Alrededor de esa familia se estaba construyendo la estructura de la sociedad islámica. Por ello, golpear el centro de esa familia era la manera más eficaz de destruir dicha estructura. Finalmente, las fuerzas subversivas tampoco dudaron en asestar este último golpe. El doloroso relato de este ataque hostil se conserva, para extraer enseñanzas, en las obras del Corán, los hadices, la historia y la sira, con el nombre de «el incidente de la calumnia» (el ifk), es decir, «el relato de la calumnia contra Aisha».
Antes de exponer los datos del incidente principal, considero necesario analizar cómo pudo producirse una devastación tan terrible causada por una calumnia tan abominable en la sociedad honrada y virtuosa creada por el movimiento islámico y en el seno de un grupo organizado y debidamente formado. ¿Por qué brecha penetró esta espantosa tormenta en la fortaleza protegida de la organización islámica y cómo tuvo la oportunidad de provocar, aunque fuera durante algún tiempo, un horror extremo?
Un entorno propicio para crear confusión
Para crear sabotaje y desorden dentro del sistema social islámico, Satanás necesita necesariamente un tipo especial de entorno propicio. Ya sea que dicho entorno surja por alguna deficiencia en la disciplina y la moral de la sociedad, o que nazca de las imposiciones de las circunstancias y del entorno, en cuanto se crea una oportunidad para generar confusión, la conspiración de Satanás puede resultar parcialmente eficaz. Conforme al orden natural establecido por Allah, siempre quedan algunas brechas para que Satanás actúe, por muy ideal que sea la sociedad. En realidad, en la naturaleza humana existen ciertas debilidades que permiten la entrada de la confusión y de elementos indeseables. Tampoco es posible garantizar, respecto de la sociedad establecida por el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, que las fuerzas anárquicas no tendrán ninguna oportunidad de actuar en su interior. Así como una persona, por muy saludable que sea, puede padecer ocasionalmente fiebre, tos y resfriado, también la sociedad más pura puede verse afectada por enfermedades. Lo que cabe esperar de una sociedad sana y vigorosa es que se dedique constantemente a prevenir las enfermedades y destruir sus gérmenes. Pero no puede esperarse que en ella jamás se produzca ningún brote. El entorno más favorable para Satanás en cualquier sociedad es el de las consultas secretas y los susurros. Ese entorno surge cuando, dentro de un sistema colectivo, en lugar de expresar abiertamente opiniones, consejos, críticas y preguntas ante toda la comunidad, distintas personas se reúnen por separado para mantener consultas secretas. El Corán denomina a este fenómeno «naywa». En realidad, la naywa consiste en comenzar a recorrer un camino peligroso en la vida colectiva. Cuando las personas sienten reparo en actuar abiertamente, hay que comprender que necesariamente existe algo detrás. En lugar de la transparencia, esta tendencia a las consultas secretas y los susurros termina transformándose en conspiración y connivencia.
Desgraciadamente, dentro del movimiento dirigido bajo la supervisión del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, los hipócritas, bajo el liderazgo de los judíos, crearon este ambiente de susurros y no dejaron de incomodar a los dirigentes y activistas del movimiento. El Corán también comenzó a corregir a quienes estaban creando este ambiente y a advertir a los dirigentes de la organización islámica. El Corán dice:
«¿Acaso no ves a aquellos a quienes se les prohibieron las consultas secretas que vuelven a repetir esa práctica prohibida? Se reúnen secretamente para hablar entre ellos de pecados, hostilidad y desobediencia al Mensajero. (Sura Al-Muyadala, 8)
«¡Oh, creyentes! Cuando os consultéis en privado, no traméis malas acciones, arrogancia ni desobediencia al Mensajero. Más bien, consultaos para actuar con honestidad y temor de Dios». (Sura Al-Muyádala-1)
«Las conversaciones secretas son una obra satánica destinada a hostigar a los creyentes. Sin embargo, nada puede perjudicarlos sin el permiso de Alá». (Sura Al-Muyádala-10)
«Estos conspiradores secretos pueden ocultarse de la vista de la gente, pero no pueden ocultarse de la mirada de Alá. Cuando, en la oscuridad de la noche y en privado, dicen cosas que desagradan a Alá, Él está con ellos». (Sura An-Nisá-108)
«Cuando tres personas se reúnan para una consulta secreta, Alá será el cuarto; y cuando se reúnan cinco, Alá estará ciertamente con ellos, estén donde estén». (Sura Al-Muyádala-7)
«Dicen de palabra: “Obedeceremos (las decisiones colectivas y las órdenes del líder)”. Pero cuando salen de tu presencia, un grupo de ellos pasa la noche conspirando contra tus palabras. Y Alá registra sus planes». (Sura An-Nisá-8)
Estos versículos han dejado claro, sin ambigüedad, que las personas pueden conversar libremente entre sí, en privado o públicamente, para garantizar el apoyo, la obediencia, la aplicación y la estabilidad de los principios establecidos sobre los cuales funcionan colectivamente la sociedad, el Estado y la organización islámicos, así como de las decisiones sociales y las tradiciones del grupo que están vigentes. Pero desobedecerlos, discrepar de ellos, frustrarlos, organizar una rebelión contra ellos, plantear objeciones y conspirar o susurrar en secreto, apartándose unos de otros con el fin de hacerlos fracasar, es un pecado tan abominable que destruye el carácter y el destino de esas personas y somete a todo el sistema social a la incomodidad y a numerosos problemas. Satanás es el verdadero instigador de la rebelión secreta y de los susurros. El Corán ha advertido a la organización islámica contra esta instigación.
Uno de los temas de las consultas secretas y los susurros era «desobedecer la orden del Mensajero». En realidad, este era el tema central. En el entorno de Medina sometido al movimiento islámico, no existía en absoluto la posibilidad de convertir al propio movimiento, así como a sus ideales y objetivos, en objeto de propaganda difamatoria, ni de tomar ninguna medida de rebelión contra la desobediencia a Alá y contra Su Libro. Lo máximo que los hipócritas podían hacer para crear confusión era entablar disputas con el liderazgo del movimiento islámico y provocar agitación contra el líder supremo. La manera más eficaz y sencilla de destruir un movimiento moral puede ser difamar a su personalidad más destacada.
A este respecto, ya he dicho que anteriormente se habían lanzado acusaciones de egoísmo y de codicia por el poder. Pero, en realidad, esto no se limitó a formular acusaciones concretas; más bien, una campaña de difusión de rumores (Whispering campaign) y una «guerra fría» adquirieron un carácter permanente.
Por ejemplo, cuando posteriormente se establecieron formalmente el sistema del zakat y el de distribución, se lanzó contra el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones sean con él, la ruin acusación de que malversaba a su antojo los fondos depositados en el Bayt al-Mal. La realidad era que, cuando comenzó a recaudarse regularmente el zakat y el ushr de todos los bienes acumulados, capitales comerciales, ganado y productos agrícolas, enormes riquezas empezaron a reunirse en un mismo centro y a distribuirse por manos del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones sean con él. Al ver aquel inmenso cúmulo de riquezas, los codiciosos se relamían. Querían que, como en la época de la ignorancia, esas riquezas siguieran concentradas en manos de los adinerados como ellos. Pero el sistema económico establecido por el movimiento islámico orientaba la riqueza hacia los pobres. Los ricos estaban profundamente descontentos con ese cambio revolucionario. No podían atacar directamente el sistema económico islámico, que, en lugar de llenar sus bolsillos, les exigía por ley el «zakat», al que llamaban «multa». Para desahogar su resentimiento, convertían al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones sean con él, en blanco de sus ataques. Decían que gastaba las riquezas en sus partidarios y familiares, y que daba especialmente con gran liberalidad a los muháyires. En otras palabras, lo acusaban de favorecer a su familia y a sus parientes con los fondos del tesoro público del Estado islámico. Decían que arrebataba, en nombre de Allah, las riquezas duramente ganadas por la gente común y que destinaba esos fondos a ampliar su influencia, prestigio y dominio. En cualquier sistema de gobierno, las acusaciones contra los gobernantes relacionadas con los fondos del tesoro público adquieren una gravedad considerable. Pero, especialmente en un sistema social religioso y moral, donde el tesoro se considera propiedad de Allah y cada uno de sus ingresos y gastos se administra en nombre de Allah y conforme a Sus leyes, acusaciones de este tipo pueden provocar una agitación terrible.
Lo digno de reflexión es que esta calumnia se dirigía contra aquel hombre ejemplar que había declarado legalmente ilícito el dinero del zakat y de la sadaqa no solo para sí mismo y su familia, sino para todo el clan de Banu Hashim. Tal vez no exista en toda la historia de la humanidad otro ejemplo comparable de una persona tan desinteresada. Sin embargo, incluso sobre la frente de aquella luminosa personalidad, unos individuos insignificantes de carácter abyecto se atrevieron a arrojar la mancha de la calumnia.
El Corán describió así la identidad de esas personas: causaban dolor al Mensajero, la paz y las bendiciones sean con él, con sus palabras repugnantes (sura At-Tawba). Es decir, en lugar de hablar abiertamente y en un ambiente libre sobre los problemas colectivos del movimiento, intentaban desacreditar la personalidad de su más grande líder. El propio Corán presentó un ejemplo de este intento de desacreditación. La situación era que las actividades y la conducta de los hipócritas dentro de la sociedad islámica constituían algo tan incongruente que resultaban sumamente irritantes para los creyentes. Estos se sentían muy incómodos al observar semejante conducta. Además, era difícil adoptar medidas legales contra ellos, pero también resultaba penoso tolerarla en silencio. ¿Qué podían hacer los pobres musulmanes? Conforme a las exigencias de la comunidad, se veían obligados a informar al Mensajero, la paz y las bendiciones sean con él, sobre las actividades indecorosas de los hipócritas. Así, cada hipócrita iba quedando identificado gradualmente en la sociedad, y el Mensajero reaccionaba hacia él de una manera particular. Al principio, esa reacción era sumamente indulgente, pero después se volvía progresivamente más severa. En tales circunstancias, quienes padecían la enfermedad de la hipocresía, sintiéndose desatendidos y acorralados, empezaron a decir: —¡Dios nos libre! El Mensajero de Allah no tiene discernimiento; cree todo lo que oye de cualquiera. Personas insignificantes, que no poseen ninguna personalidad en comparación con nosotros, van ante el Mensajero, la paz y las bendiciones sean con él, y le cuentan lo que quieren sobre nosotros, y él cree inmediatamente todo lo que le dicen. Por culpa de esta debilidad del líder supremo estamos sufriendo perjuicios. Hoy se nos llama hipócritas y conspiradores, mientras que aquellos muchachos esclavos que ayunaban el otro día se han convertido en sus compañeros más cercanos.
Probablemente como reacción a una situación de este tipo, en cierta ocasión un grupo de hipócritas se reunió con el Mensajero, la paz y las bendiciones sean con él, para mantener una conversación privada. Durante la reunión, uno tras otro, los hipócritas se levantaban de repente y decían: «Tengo algo que hablar con usted en privado». Por cortesía, el Mensajero de Allah mantenía abierta esta posibilidad para todos. Pero aquella representación de conversaciones privadas tenía un propósito diferente. Con ella, los hipócritas querían imponer su prestigio sobre los musulmanes comunes y dar la impresión de que eran personas extraordinariamente importantes, una especie de VIP. Querían hacer creer: «Nosotros hablamos personalmente con el líder supremo, y solo en el nivel más alto». Su segundo objetivo era obtener artificialmente la cercanía del Mensajero, la paz y las bendiciones sean con él, y, creando en la medida de lo posible una mala opinión sobre los creyentes sinceros, aliviar un poco la situación de abandono y acorralamiento en la que se encontraban, situación que ellos mismos habían provocado con sus malas acciones. Pero la cortesía del Mensajero de Allah había creado para los hipócritas una oportunidad ilimitada de hacer perder el tiempo, y Allah, exaltado sea, la anuló mediante la siguiente orden:
«¡Oh, creyentes! Cuando queráis reuniros con el Mensajero, la paz y las bendiciones sean con él, para hablar en privado (disponiendo de un tiempo especial), dad una sadaqa antes de la conversación». —Al-Muyadala, 12
Con esta orden, la determinación de los hipócritas extremadamente avaros quedó quebrantada y cesaron sus repetidas conversaciones en tiempos especiales. Sin embargo, habían comenzado todo aquello basándose en la idea de que el líder del movimiento era muy ingenuo. Por eso pensaban: «Enfrentándonos a los sinceros, también nosotros intentaremos influirlo poniendo diversas cosas en sus oídos y atraerlo a nuestro lado». Pero no podían imaginar que, aunque era confiado con los creyentes sinceros, era sumamente cauteloso con los conspiradores. En cualquier caso, resulta fácil comprender que quienes, desde el seno de la organización islámica, difundían palabras tan despectivas contra su máximo líder no podían albergar un amor y una obediencia adecuados hacia la disciplina. Y precisamente esa obediencia y ese amor mantienen activos y laboriosos a los miembros del grupo. En una organización religiosa y moral, quienes se dedican a la propaganda maliciosa y a los susurros contra el liderazgo, en realidad están empeñados en intentar destruir dicha organización.
Cuando el movimiento islámico estaba tomando un giro revolucionario, pasando de la etapa de la dawah y la predicación a la etapa del yihad, apareció un gran número de hipócritas. Cuando se produce un giro de este tipo, en todos los movimientos algunas personas quedan desconcertadas y pierden el equilibrio. En tales circunstancias, solo pueden mantener el equilibrio los militantes que ya han sido informados de antemano hacia dónde se dirigen y qué etapas deberán atravesar en el camino. De lo contrario, la situación de todos los movimientos del mundo suele ser que, cuando aparece ante ellos un gran giro y deben saltar de una etapa a otra, quienes no comprenden de antemano ese cambio se vuelven incapaces e inactivos. En acontecimientos históricos de este tipo, muchas veces incluso buenos militantes se ven atrapados en dificultades y pierden el ánimo. Eso fue precisamente lo que ocurrió en el movimiento islámico. Cuando el movimiento pasó de la etapa de la predicación a la etapa de la lucha, algunas personas perdieron el equilibrio mental. En particular, quienes no estaban preparados para soportar la insoportable carga del yihad se convirtieron en hipócritas para siempre. Tuvieron que afrontar este destino porque no habían preparado de antemano su mente y su corazón para aquella situación.
En el Corán se ha dicho que, en los primeros tiempos, a un grupo de personas se le ordenó: «Contened vuestras manos». Es decir, mientras transmitíais la invitación al islam, soportad la injusticia y los excesos, y no entréis en conflicto. Limitaos a actividades como establecer la oración y pagar el azaque (sura an-Nisá, 77). Pero, en aquella etapa, esta orden no les agradaba. En la etapa posterior, cuando a esas mismas personas se les ordenó combatir por la causa de Dios, de inmediato llegaron a temer tanto a la gente que su actividad se detuvo por completo. Su reacción mental fue tal que dijeron a Allah: «¡Oh Allah! ¿Por qué nos has impuesto el combate? Podríamos haber seguido transmitiendo la invitación durante algunos días más, purificando nuestro carácter mediante la oración y el azaque, y continuando con la recaudación de fondos y las actividades constructivas. No se había satisfecho la exigencia de una sola etapa y, antes de que llegara el momento, ¡nos impusiste el trabajo de otra etapa!»
Pero estaban indefensos. No podían discutir con Allah ni impedir que Su orden se ejecutara. Ante ellos solo estaba la persona del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Por eso nunca pudieron perdonarlo. Huyeron de cada lucha y, en cada situación delicada, recurrieron a todo tipo de pretextos. Se vengaron plenamente del líder del movimiento islámico por las responsabilidades que Allah les había impuesto.
Cuando cualquier movimiento entra en conflicto, sus abanderados golpean al enemigo, pero también reciben golpes. Un golpe tiene éxito y otro fracasa. El resultado a veces es el esperado y otras veces es decepcionante. En la historia del mundo no se ha encontrado ningún campo de batalla en el que siempre triunfe únicamente una de las partes. Incluso la parte vencedora paga el precio de la victoria sacrificando muchas vidas; muchos resultan heridos y numerosos bienes son destruidos. Los hipócritas que actuaban en el movimiento islámico de Medina no tenían fe en la idea de que «con toda dificultad viene ciertamente la facilidad» (……………). Ante cada pérdida y cada golpe, gritaban que aquello había ocurrido por falta de sabiduría y discernimiento del líder del movimiento —¡Dios nos libre!—. El surgimiento de su propaganda filosófica, que los apartaba de la acción, se presenta así en el Corán:
«Si les sobreviene un éxito, dicen: “Esto procede de Allah”; pero si sufren algún daño, dicen: “Esto se debe a ti” (al Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él)» (sura an-Nisá, 78).
Es decir, atribuían al Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, cada golpe recibido en los diversos enfrentamientos, cada pérdida y daño sufrido, cada sacrificio que resultaba necesario y todos los esfuerzos y planes que no daban los resultados esperados. La idea era que el islam, el movimiento islámico y la disciplina de la organización islámica eran excelentes, pero que quien los dirigía era incompetente. También mostraban cierta apariencia de temor de Dios al decir que todo el éxito alcanzado era un don de Allah, como si su propaganda no fuera únicamente filosófica, sino también piadosa. Pero este temor de Dios lleno de hipocresía no pudo mostrar ni siquiera la más mínima obediencia ni buena voluntad hacia un líder como el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, aunque el islam ordenó mostrar ambas cosas incluso ante el liderazgo de un esclavo negro. ¿Qué mayor autoengaño puede haber que este intento fallido de acercarse a Allah mostrando desobediencia al Mensajero de Allah y al más grande líder del movimiento islámico? ¿Y qué instrumento más terrible podría reunir una persona para provocar su propia destrucción?
Cabe señalar que el éxito que reconocían como un don de Allah no lo admitían por gratitud ni como reconocimiento de una bendición; con ello querían decir que los aspectos favorables que surgían de vez en cuando debido a las circunstancias y los beneficios que ocasionalmente se obtenían de las guerras y los enfrentamientos no tenían ninguna relación con la perspicacia ni el discernimiento del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, sino que eran simples acontecimientos fortuitos creados por Allah. [En la exégesis Tafsir Muzihul Corán también se ha expuesto lo mismo al explicar el versículo correspondiente de la sura an-Nisá. Cuando la estrategia de guerra demostraba ser acertada y se obtenía la victoria, los hipócritas decían: «Esto ha sucedido casualmente por parte de Allah». No reconocían la habilidad militar del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Y si se producía una derrota, atribuían la culpa a la incompetencia del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él.]
Es fácil comprender cuánto sufrimiento moral debía soportar el máximo líder del movimiento islámico, puesto que, en cada momento de dificultad, estaban presentes dentro del propio movimiento aquellos supuestos compañeros que expresaban críticas, burlas y desprecio. A cada paso decían: «Por culpa de este líder ha surgido ahora tal desgracia, hemos tenido que sufrir tal golpe y ha caído una calamidad desde aquel lado», y cosas por el estilo. Después de conocer el resultado de cada acontecimiento importante, se sentaban como si fueran expertos y comentaban: «No se debió hacer tal cosa; habría sido mejor hacer tal otra», y así sucesivamente.
Además de esta mentalidad ruin, antes de cada guerra y enfrentamiento pronunciaban todo tipo de disparates, como: «Tememos que, sin saber cuándo, también nosotros caigamos víctimas de alguna calamidad» (al-Máida, 52). Es decir, el movimiento se está dirigiendo de manera tan incompetente que en cualquier momento puede verse abocado a una catástrofe. ¿Por qué vamos a arriesgar inútilmente nuestras vidas?
Durante la batalla de Uhud, precisamente por esta mentalidad, los hipócritas se lamentaron diciendo: «Si hubiéramos tenido alguna participación en el mando, no habríamos muerto aquí» (Al Imran, aleya 154; véase Tafhim al-Qur’an). Quienes sostenían esta mentalidad albergaban una clara desconfianza hacia el liderazgo y la prudencia del Mensajero (s. a. s.). Se consideraban los más inteligentes. Y aquel que durante tantos años había venido dirigiendo el movimiento conforme a la guía de la revelación, aunque fuera un profeta, a sus ojos no era nada. Si sentían tal incomodidad incluso ante el liderazgo directo del Profeta, solo Dios sabe qué suerte habría corrido cualquier compañero bajo el liderazgo de este grupo, que se consideraba poseedor de una habilidad y una prudencia exclusivas.
Todos estos ejemplos permiten comprender que, en lugar de oponerse directamente al movimiento islámico, se consideró más eficaz convertir la personalidad del Mensajero (s. a. s.) en blanco de los ataques y recurrir a agresiones indirectas; y eso fue precisamente lo que se hizo. En las reuniones secretas de consulta se preparaban toda clase de objeciones y campañas de difamación contra el máximo dirigente del movimiento, y se examinaban continuamente nuevas medidas con el fin de desobedecerlo y rebelarse contra él.
La complejidad del sistema moral dentro de la organización islámica
El sistema organizativo del movimiento islámico era, de principio a fin, un sistema moral. Este entorno constituía el campo más amplio y favorable para la actividad de Satanás. En particular, dos de sus aspectos favorecían a quienes sembraban la confusión. Una complejidad especial del sistema moral consiste en que, mientras los hechos claramente censurables no aparecen bajo la forma de pruebas fehacientes, la organización no puede tomar ninguna medida contra ellos; y quienes se sienten perturbados tampoco pueden exponer públicamente el confuso trasfondo de la situación antes de que se manifieste el resultado final. La norma moral del islam prohíbe a los miembros de la sociedad islámica albergar malas sospechas unos de otros. Una persona justa está obligada a ofrecer, en la medida de lo posible, una buena interpretación de cada acto sospechoso de sus compañeros. Después, incluso si tras examinar toda la información sobre un hecho indeseable llega a albergar una mala sospecha en lo más profundo de su corazón, debe esperar largo tiempo para ver si aparece alguna información contraria capaz de refutarla.
No es posible iniciar un proceso formal contra alguien ni hacer comparecer al implicado ante el banquillo de los acusados basándose únicamente en una sospecha, por firme que sea. Por todas estas razones, los musulmanes devotos de Medina, aunque observaban las primeras actividades de los facciosos y anarquistas ocupados en consultas secretas como indicios indeseables, se veían obligados a contemplarlas en silencio. Sin embargo, solo cuando la sedición comenzaba a dar sus frutos como era de esperar, el sistema moral de la sociedad les permitía hablar contra ella y les brindaba la oportunidad de activar la organización colectiva.
La segunda complejidad del sistema moral era que, si alguien presentaba acusaciones contra el máximo dirigente de la organización y contra los demás responsables, la situación de estos se volvía sumamente delicada. Por un lado, la autoridad administrativa del grupo estaba en sus manos, y solo ellos tenían capacidad para acabar con toda sedición, es decir, con la anarquía y la confusión. Por otro lado, ellos mismos podían convertirse en víctimas de la sedición, de modo que, si los dirigentes adoptaban medidas disciplinarias contra los agitadores antes de que estos quedaran desenmascarados ante la población musulmana, eran los propios dirigentes quienes terminaban siendo acusados de censurar las críticas y la disidencia. Se los declaraba culpables de haber derrotado por medios autoritarios a quienes alzaban la voz de la verdad. Del mismo modo que puede decirse, en el caso de una persona, que la cortesía es su mayor fortaleza, pero también su mayor debilidad, así puede decirse, en el caso de un grupo, que el sistema moral es también su mayor complejidad. La única solución a esta complejidad consiste en que la conciencia colectiva del grupo esté tan alerta y despierta, y que su carácter colectivo sea tan firme y sólido, que no permita que dentro del grupo permanezca nada contrario a su propia disposición o naturaleza. En el ámbito del grupo, nadie debe estar dispuesto a prestar oído a murmullos, susurros, rumores o consultas secretas contrarios a la disciplina colectiva, ni nadie debe atreverse a difundir de un lado a otro ninguna cuestión de ese tipo que haya llegado a sus oídos. Sin embargo, es difícil que un grupo alcance íntegra y plenamente este criterio supremo y excelente, y que, tras alcanzarlo, logre mantenerse siempre a su altura. Ninguna sociedad humana puede quedar completamente libre y purificada de personas que piensan mal con la mente, incitan al mal y tientan a otros con asuntos perversos mediante la palabra, o escuchan con el oído esas cosas indeseables. Satanás no deja de participar, de una u otra manera, en lo que las personas piensan, dicen y escuchan.
Los hipócritas se beneficiaron plenamente de esta flexibilidad y amplitud del sistema moral y disfrutaron de sus ventajas. Pero al final no pudieron escapar de las garras de su poderosa fuerza. En palabras del Corán, el resumen de todas sus actividades era este: «No obtuvieron lo que pretendían». Sin embargo, sin duda perturbaron a la organización islámica y la sumieron en el desorden.
En este ambiente de consultas secretas, difusión de rumores, murmullos y susurros, la personalidad del principal dirigente del movimiento islámico se convirtió desde el principio en blanco de ataques, y se lanzaron ataques uno tras otro. En semejante ambiente, si la fortuna favorecía a los facciosos sediciosos y saboteadores, para ellos no habría sido en absoluto imposible provocar una catástrofe difundiendo calumnias cada vez más tortuosas y abyectas. Para aprovechar este entorno flexible y para que los hipócritas lo utilizaran hábilmente, la segunda cosa que Satanás necesitaba era un consumado villano cuyo cerebro fuera sumamente creativo y diestro para idear intrigas tortuosas, y que tuviera el valor de arrojar una brasa encendida sobre el montón de pólvora creado por quienes participaban en las consultas secretas. Un consumado villano de esta clase ya estaba preparado en la persona de Abdullah ibn Ubayy. El corazón de este hombre estaba completamente colmado de un sentimiento de su propia personalidad y dignidad. ¿Y por qué no habría de estarlo? En vísperas de la Hégira, se estaban preparando para colocar sobre su cabeza la corona del reino de Medina. Solo la presencia de Muhammad (s. a. s.) echó por tierra sus esperanzas. Dejando de lado la realeza, debido a su propio carácter ni siquiera obtuvo un rango en la primera fila de la organización islámica, mucho menos en la segunda o la tercera. Este suceso produjo en su mente una reacción sumamente amarga y venenosa, y de esa reacción comenzaron a nacer a cada instante nuevas sediciones y nuevas conspiraciones. Satanás no actúa demasiado directamente dentro de los seres humanos. Necesita a sus subordinados, los demonios humanos. Y para mantener activos a esos demonios humanos contra la religión de Dios, necesita un dirigente adecuado, un dirigente experto en conspiraciones. Satanás encontró ya preparado a un dirigente conspirador tan adecuado. Además, era un hombre que pertenecía al propio círculo del movimiento islámico. Por un lado, este hombre había declarado aceptar el movimiento dirigido por el Profeta; por otro, no dejaba de enfrentarse continuamente a ese mismo movimiento.
Este arrogante villano intrigante, experto en aprovechar cualquier oportunidad para golpear, extrajo en un momento histórico una brasa ardiente del horno de la envidia que ardía en su pecho y la arrojó al sagrado hogar familiar del Mensajero (s.a.s.). Apenas la arrojó, toda la sociedad comenzó a arder psicológicamente.
El propio relato de Aisha
En las principales obras de hadiz, historia y biografía del Profeta se han registrado relatos detallados y fidedignos sobre la tormenta que atravesó el alma de Aisha durante aquella terrible calamidad. Todos estos relatos proceden de los propios labios de Aisha y de otros narradores. En este momento tengo a mi disposición obras autorizadas como Zad al-Ma’ad (vol. 2, págs. 113-115) y la Sira de Ibn Hisham (vol. 2, págs. 342-347). Sin embargo, puesto que el autor de Tafhim al-Qur’an presentó del modo más hermoso esta dolorosa historia de Aisha, citaré aquí su versión:
«Al llegar a Medina enfermé y permanecí en cama cerca de un mes. Por la ciudad se propagaban rumores que contenían aquella calumnia. Incluso habían llegado a oídos del propio Mensajero (s.a.s.). Sin embargo, yo no sabía nada. Lo que me resultaba extraño era que, cuando él enfermaba, solía prestarme una atención especial, pero esta vez no lo hacía: al entrar en la casa, solo me preguntaba: “¿Cómo te encuentras?”. No decía nada más. Al ver esto, sospechaba que seguramente había ocurrido algo. Finalmente, le pedí permiso para irme con mi madre, para que ella pudiera cuidarme mejor. Una noche salí para responder a la llamada de la naturaleza. Hasta entonces no había letrinas en nuestra casa, así que solíamos ir al descampado. También me acompañaba la madre de Mistah. Era prima de mi madre (según otros relatos, Abu Bakr al-Siddiq (r.a.) había asumido la tutela de todos los miembros de esta familia. Sin embargo, a pesar de tan gran favor, Mistah se había unido a quienes difundían calumnias contra Aisha). Mientras nos dirigíamos al descampado, la madre de Mistah tropezó por el camino. Inmediatamente exclamó involuntariamente: “¡Que Mistah perezca!”. Yo le dije: “¿Qué clase de madre eres, que maldices a tu hijo? Además, él participó en la batalla de Badr”. Ella respondió: “¿Acaso no has oído lo que ha hecho?”. Entonces me contó todo lo sucedido. Me explicó claramente qué cosas estaban difundiendo los calumniadores acerca de mí. Entre los musulmanes que, aparte de los hipócritas, se habían visto involucrados en aquella calumnia destacaban Mistah, el célebre poeta Hassan ibn Thabit y Hamna bint Jahsh (hermana de Zaynab bint Jahsh, la Madre de los Creyentes). Al oír este relato, se me heló la sangre y hasta olvidé la necesidad natural por la que había salido. Regresé directamente a casa y pasé toda la noche llorando». (En el relato de Ibn Hisham se añade también: «Llorando, sentí que mi corazón estaba a punto de partirse».)
Por un lado, Aisha se retorcía presa de una intensa angustia mental. Por otro, los rumores seguían circulando por toda la ciudad como de costumbre. Solo su padre y su esposo podían ofrecer la defensa más contundente en favor de Aisha. Pero cuando personas malvadas difunden una calumnia semejante, cuanto más cercana es una persona, más se ve envuelta en dificultades. Por eso, su padre y su esposo quedaron mudos y comenzaron a ser alcanzados por las flechas de la difamación lanzadas desde todos los lados.
Para Muhammad (s.a.s.), el más grande amigo y benefactor de la humanidad, aquellos momentos se habían vuelto insoportables tanto en el plano personal como desde la perspectiva de los intereses de la organización. Cualquier persona noble, consciente y responsable podía comprender la situación del Mensajero (s.a.s.). Él soportó con gran paciencia y pasó mucho tiempo en silencio. Pero tampoco era posible dejar indefinidamente en suspenso un asunto tan delicado en las circunstancias presentes. Se había vuelto inevitable tomar alguna decisión. Por ello, el Mensajero (s.a.s.) inició una investigación imparcial. Llamó a dos de sus compañeros más cercanos, Ali (r.a.) y Usama ibn Zayd, y les pidió su opinión. Usama (r.a.) dijo: “¡Oh, Mensajero! Ella es su noble esposa. No encontramos en ella nada salvo el bien. Todo lo que se está difundiendo son rumores falsos y sin fundamento”. (Sira de Ibn Hisham). Ali (r.a.) expresó su opinión desde otra perspectiva. Dijo: “¡Oh, Mensajero! No faltan mujeres. Puede tomar otra esposa en lugar de Aisha. Pero llame a la sirvienta e interróguela”. En realidad, la intención de Ali era que, antes que seguir sufriendo por la angustia del Mensajero (s.a.s.), sería mejor tomar otra esposa y que lo preferible sería divorciarse de la esposa en torno a la cual se había producido semejante alboroto. De hecho, debido al vínculo especial de parentesco que lo unía a él, Ali concedió más importancia a la angustia personal del Mensajero (s.a.s.) que a la dimensión de aquel asunto para el movimiento. Por ello, le aconsejó liberarse de su agitación mental.
Aun así, el Mensajero (s.a.s.) aceptó la segunda parte del consejo de Ali. Llamó a la sirvienta. Ali le dio una bofetada y la reprendió severamente, diciéndole: “Dirás la verdad delante del Mensajero (s.a.s.)”. Ella respondió: “Juro por Dios que no sé nada de ella salvo el bien. Solo he visto un defecto en Aisha: cuando yo salía después de preparar la masa, le decía que la vigilara un momento. Pero ella se quedaba dormida y las cabras venían y se comían la masa” (Sira de Ibn Hisham). Con esta declaración espontánea, la sirvienta ofreció una defensa tan perfecta de Aisha que ninguna otra declaración podía añadir mucho más. Retrató la verdadera imagen de una muchacha tan sencilla e ingenua que la conciencia y la razón humanas no podían imaginar en ella nada malo. A continuación, el segundo paso que dio el Mensajero (s.a.s.) fue convocar una reunión general y pronunciar un discurso. Después de comenzar alabando a Dios, dijo con voz profundamente dolorida:
«¿Cuál es el propósito de quienes me hacen sufrir hablando de mi familia y difundiendo cosas falsas acerca de ella? Juro por Dios que no sé de los miembros de mi familia nada salvo el bien. También sé que es una buena persona aquel a quien han involucrado en esta calumnia. Nunca ha entrado en mi casa durante mi ausencia». (Sira de Ibn Hisham, vol. 3)
Según otra narración, al principio el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «¿Hay alguien que pueda liberarme de quien me está haciendo sufrir por causa de mi familia?». (Zad al-Ma‘ad, tomo II)
Al oír esto, Usaid ibn Hudair, jefe de la tribu de Aws, se levantó y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Si esas personas pertenecen a nuestra tribu, les daremos su merecido. Y si son de los Jazray, dé usted la orden. ¡Por Allah!, el castigo apropiado para gente así es cortarles la cabeza».
Inmediatamente, desde el otro lado, Sa‘d ibn Ubada, jefe de los Jazray, protestó: «Estás mintiendo. ¡Por Allah!, no les cortaremos la cabeza. Oh, ya entiendo: has dicho eso porque crees que son de los Jazray». Usaid ibn Hudair se enfureció mucho por la respuesta de Sa‘d. Probablemente comprendió que un grupo en el que los delincuentes, anarquistas y conspiradores reciben el apoyo y el patrocinio de alguna figura dirigente no puede liberar a la sociedad de la delincuencia. Personas como Abdullah ibn Ubayy surgen siempre en todos los movimientos. Pero un grupo fuerte y consciente de sí mismo no permite que gente así permanezca en sus filas, sino que la expulsa. Sin embargo, si un conspirador logra obtener el amparo y el apoyo de personas influyentes dentro de una organización, los enemigos internos, como Vibhishana, son alimentados y protegidos, y la sociedad acaba perjudicada por ellos. Al comprender esta amarga verdad, Usaid dijo: «No soy yo quien miente, sino tú. ¡Por Allah!, solo porque eres un hipócrita estás defendiendo a los hipócritas». (Sira de Ibn Hisham)
La razón de que se creara aquel ambiente amargo era que se estaban urdiendo continuamente conspiraciones para provocar tensión entre Aws y los Jazray. Por eso, a raíz de una pequeña frase, surgió la tensión y estuvo a punto de estallar una pelea. Al gran líder que había establecido buenas relaciones entre ambas tribus no le agradó que, por su causa, volviera a destruirse la unidad de las dos tribus, construida tras años de esfuerzo. Bajó del púlpito, calmó a ambos grupos y la reunión llegó a su fin. (Sira de Ibn Hisham)
La experiencia de aquella debilidad del grupo aumentó aún más la angustia del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En realidad, esto era consecuencia del fuego de la antigua división y enemistad que Abdullah ibn Ubayy había encendido durante la batalla de Banu Mustaliq.
¡Escuchen de boca de la propia Aisha el desenlace de la historia, que transformó la tragedia en comedia!
«El rumor de esta calumnia siguió circulando por toda la ciudad durante aproximadamente un mes. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) continuó sufriendo una intensa aflicción. Yo no dejaba de llorar. Mis padres se hallaban sumidos en la mayor preocupación, ansiedad y agitación. Finalmente, un día vino el Mensajero y se sentó junto a mí. Durante todo ese tiempo no se había sentado ni una sola vez cerca de mí. Abu Bakr y Umm Ruman (la madre de Aisha) supusieron que aquel día iba a tomarse una decisión definitiva. Por eso, ambos se acercaron y se sentaron también. El Mensajero dijo: “Aisha, me han llegado todas estas noticias sobre ti. Si eres inocente, espero que Allah haga saber tu inocencia. Y si has cometido algún pecado, arrepiéntete ante Allah y pídele perdón. Cuando un siervo reconoce su pecado y se arrepiente, Allah lo perdona”. Al escuchar esto, se me secaron las lágrimas. (De una persona inocente cabe esperar precisamente este tipo de reacción.—N. del S.)»
Le dije a mi padre: «Responda a las palabras del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)». Él respondió: «Hija mía, no alcanzo a comprender qué debo decir». Le dije a mi madre: «Diga usted algo». Ella también respondió: «Tampoco alcanzo a comprender qué debo decir». Entonces dije: «Una noticia ha entrado en sus oídos y de inmediato ha quedado arraigada en sus corazones. Ahora, si digo que soy inocente —y Allah es testigo de que soy completamente inocente—, no me creerán. Pero si confieso en vano algo que no he hecho —y Allah es testigo de que no lo he hecho—, sí me creerán. En ese momento intenté recordar el nombre del profeta Jacob, pero no pude. (Cuando una persona inocente queda desconcertada al ser víctima de una grave calumnia, es natural que ocurran accidentes de este tipo en su mundo psicológico.—N. del S.) Finalmente dije: “¿Qué más puedo decir en esta situación? Solo diré lo que dijo el padre de José: ‘La paciencia perfecta’”. (Jacob pronunció estas palabras cuando sus hijos le dieron el falso relato de que un tigre había devorado a José.—El traductor.) Dicho esto, me volví hacia el lado contrario y me acosté. (Cuando se calumnia a una persona inocente, en ella surge, además de la impotencia, una actitud desafiante; eso es lo que aquí se pone de manifiesto.—N. del S.) En aquel momento pensaba para mis adentros: “Allah conoce mi inocencia. Sin duda revelará la verdad”. Sin embargo, hasta entonces ni siquiera podía imaginar que descendería una revelación en mi defensa que sería recitada hasta el Día de la Resurrección. Nunca me consideré de una dignidad tan elevada como para que Allah mismo hablara en mi defensa. Pero pensaba que el Mensajero tendría algún sueño y que, por medio de él, Allah le haría saber que yo era inocente. De repente, el Mensajero experimentó una transformación como la que solía producirse durante la revelación, y, aun en la estación del intenso frío, el sudor comenzó a brotar de su rostro gota a gota, como perlas. Todos guardamos silencio. Yo estaba completamente tranquila. Pero mis padres se encogían de miedo de tal manera que, si en aquel momento se les hubiera hecho un corte en cualquier parte del cuerpo, probablemente no habría salido sangre. Temían que Allah anunciara quién sabe qué noticia. Cuando el estado del Mensajero volvió a la normalidad, vimos que estaba sumamente feliz. Lo primero que dijo, con una sonrisa en el rostro, fue: “Aisha, recibe mis felicitaciones. Allah ha declarado tu inocencia”. Después, el Mensajero recitó diez aleyas. Mi madre me dijo: “Levántate y expresa tu gratitud al Mensajero de Allah”. Yo respondí: “No expresaré mi gratitud ni a él ni a ustedes. Solo estoy agradecida a Allah, que ha declarado mi inocencia. Ustedes ni siquiera negaron esta calumnia”.» (Tafhim al-Qur’an, sura An-Nur) En las palabras de Aisha se manifiesta únicamente un reproche cargado de un intenso sentido del honor propio; obsérvenlo. ¿Podría ser este el discurso de una conciencia culpable? Cada palabra de este relato declara que se trata del informe genuino, espontáneo y exacto del sufrimiento y el dolor de una persona inocente.
La vindicación por la Revelación
La Revelación descendió de inmediato para disipar esta tormenta de propaganda y la crisis que había provocado. La sura que fue revelada para resolver esta crisis se llama «An-Nur» (La Luz). Este nombre encaja maravillosamente con la situación real, pues esta sura fue revelada precisamente para disipar la oscuridad creada por una grave crisis social y llenar de luz el ambiente. En esta sura se examinan la organización y la sociedad musulmanas, se identifican sus debilidades y se ofrecen orientaciones morales y legales para liberarlas de forma permanente de todas ellas.
El comienzo del mensaje de esta impactante sura resulta estremecedor. Se dice:
«Esta es una sura que Yo he revelado, cuya observancia he hecho obligatoria como deber (para la sociedad islámica) y en la que he expuesto instrucciones claras. Quizá podáis beneficiaros de ella». (Aleya 1)
Ahora llega la contundente declaración de la sura An-Nur dirigida a la sociedad:
«Quienes inventaron esta calumnia son un grupo de entre vosotros mismos. … Cada uno ha cargado con una parte del pecado proporcional a su participación en esta calumnia. Y quien asumió la mayor parte de la responsabilidad recibirá un castigo terrible». (Aleya 11)
¡Qué terrible reprimenda, cargada de ironía! Una acusación sin testigos ni pruebas, que carecía por completo de indicios válidos, se propagó con la fuerza de una tormenta; y no surgió de un enemigo o rival externo, sino del interior mismo de un grupo musulmán formado durante muchos años. Tampoco fue el tropiezo repentino de una o dos personas. Durante todo un mes, un grupo continuó provocando una crisis psicológica extrema. La sura An-Nur declara que en vuestro entorno colectivo existen debilidades tales que sus propios constructores pueden emprender su destrucción. En este entorno hay resquicios por los que la mentira y la falsedad pueden infiltrarse en la sociedad y la organización de los soldados de la verdad. Se afirma que no se trató simplemente de un caso aislado de calumnia, sino de una corriente continua de pecado. De esa corriente, unos llenaron un barril, otros llenaron una jarra y otros tomaron solamente cuanto cabía en la palma de la mano. Así, cada cual acumuló para sí tanto pecado como fue su participación. Después se alude al principal instigador de esta fechoría, es decir, Abdullah ibn Ubayy, quien encendió el primer fuego y luego, avivándolo continuamente, lo convirtió en un incendio devastador.
En la sura An-Nur se plantea la siguiente pregunta:
«Cuando oísteis esto por primera vez, ¿por qué los hombres y las mujeres creyentes no pensaron bien de sí mismos y por qué no dijeron de inmediato: “Esto es una calumnia terrible”?» (Aleya 12)
Es digno de observar cuán intensa es la exhortación moral contenida en estas palabras y cuán severo es el reproche dirigido al sentido del honor y a los sentimientos propios de los creyentes. Es decir, ¿cómo pudo el simple hecho de que una noble mujer de la sociedad islámica se separara accidentalmente de la caravana y que un miembro respetado de esa misma sociedad la encontrara en el camino y la llevara consigo convertirse en fundamento siquiera para albergar la más mínima sospecha? Si cualquier otro hombre y mujer de entre vosotros hubiera sufrido accidentalmente una situación semejante, ¿acaso necesariamente se habrían entregado a una conducta tan vil? ¿Es así como concebís vuestro propio carácter? ¿Es vuestra sociedad tan baja que, en cuanto dos de sus miembros se separan por accidente, no dejan escapar la menor oportunidad de cometer adulterio? Si no podéis concebir semejante bajeza respecto de vosotros mismos, ¿qué derecho teníais a albergar una sospecha tan abominable sobre una de las mejores mujeres de vuestro grupo y uno de sus miembros más destacados?
En realidad, la gran mayoría de los miembros de esta sociedad mantuvo su superioridad moral incluso durante esta crisis. De lo contrario, si este veneno hubiera tenido la oportunidad de propagarse por todo el cuerpo social y la sociedad en su conjunto hubiera sido incapaz de oponerle resistencia psicológica, aquel golpe habría desgarrado toda su existencia. En este caso, Abu Ayyub al-Ansari mostró la reacción más correcta. Cuando su esposa le informó de aquel sucio rumor, él dijo: «Madre de Ayyub, si tú hubieras estado en ese lugar en vez de Aisha, ¿habrías hecho algo semejante?». Ella respondió: «¡Por Allah, jamás!». Abu Ayyub al-Ansari dijo: «Entonces Aisha es mucho mejor que tú. Yo también digo que, si hubiera estado en el lugar de Safwan, ni siquiera se me habría ocurrido semejante pensamiento. Y Safwan es un musulmán mejor que yo». (Sira de Ibn Hisham, tomo III)
En la sura An-Nur se pregunta a quienes difundieron esta sucia calumnia: ¿por qué no reaccionasteis como Abu Ayyub al-Ansari?
Después, la sura An-Nur planteó la cuestión desde una perspectiva jurídica:
«¿Por qué no presentaron cuatro testigos como prueba de su acusación? Ante Allah, ellos son los mentirosos». (Aleya 13)
Es decir, manchar la reputación de un hombre o de una mujer no es una simple broma, sino un delito grave, y en una sociedad viva es sumamente necesario adoptar medidas legales contra ello. Decir, cuando a uno le plazca, que un ciudadano honrado e inocente ha asesinado, robado o cometido adulterio no es un asunto trivial que pueda pasarse por alto diciendo que lo hecho, hecho está. Esto exige el máximo sentido de la responsabilidad. Una vez formulada una acusación de este tipo, se vuelve indispensable aportar pruebas y presentar testigos conforme a la ley. Quienes acusan, sin haberlo visto con sus propios ojos, a dos personas respetadas y honorables de la sociedad islámica tienen el deber de aportar las pruebas testimoniales de la calumnia formulada. De lo contrario, según la ley, ellos mismos son mentirosos y delincuentes.
Después, observad cómo la sura An-Nur identificó los defectos de los miembros débiles de la sociedad islámica:
«Reflexionad sobre qué gravísimo error estabais cometiendo al transmitir esta mentira de boca en boca, y al pronunciar con vuestra boca aquello de lo que no teníais ningún conocimiento. Lo considerasteis un asunto insignificante, cuando ante Allah era algo grave. ¿Por qué, apenas lo escuchasteis, no dijisteis que era injusto que pronunciáramos semejante cosa? ¡Gloria a Allah! ¡Esto no es sino una calumnia abominable!» (aleyas 15-16)
Es una enorme debilidad de cualquier sociedad u organización que en su seno se propaguen fácilmente rumores infundados e irresponsables. Esto constituye una debilidad aún mayor para una organización fundada para la reforma moral del mundo entero y bajo cuyo liderazgo se desarrolla un movimiento social y político. Una persona escucha algo con sus oídos, lo cree inmediatamente de todo corazón y lo difunde con su boca; después pasa de una boca a otra, sin que nadie verifique su veracidad, sin que nadie haga distinción alguna y sin que esta cadena termine en ningún lugar. Cada cual puede decir libremente lo que quiera contra quien quiera y difundir cualquier calumnia sin encontrar obstáculo alguno. En una sociedad así, la honra de nadie puede estar segura. Si en una sociedad ni siquiera el propio Mensajero (s. a. s.), Aisha la Veraz (r. a.), Abu Bakr el Veraz (r. a.) y personas como Safwan están a salvo de la calumnia difundida por un hipócrita, ¿de quién podría estar segura la honra?
Por eso, en la sura An-Nur se dice con tono de severa reprimenda:
«Quienes difaman a las mujeres castas e ingenuas serán maldecidos en este mundo y en el Más Allá, y tendrán un castigo doloroso.» (aleya 23)
En esta aleya se ha trazado el retrato moral de Aisha. Una mujer creyente y de conducta intachable, que ni siquiera tiene idea de qué es el adulterio ni de cómo se comete, y a cuya imaginación no puede llegar que alguien sea capaz de calumniarla por ese motivo. Este retrato de una mujer ingenua y agraviada ha conmovido moralmente el corazón de toda persona.
Es lamentable que entre aquellos creyentes sinceros, obedientes al Mensajero de Allah y fieles al movimiento islámico, que se habían dejado arrastrar por aquel impetuoso y contagioso torrente, hubiera también una personalidad que había prestado valiosos servicios al movimiento islámico y había enriquecido su patrimonio literario y espiritual. Se trataba de Hassan ibn Thabit (r. a.). Hassan también pasó a estar entre quienes quedaron incluidos en la reprimenda y el reproche de la sura An-Nur. Y, sin embargo, ocupaba una posición muy elevada en la organización islámica y ante el Mensajero (s. a. s.). En diversas ocasiones, el Mensajero (s. a. s.) le aconsejaba especialmente que respondiera con poesía y literatura a los ataques de los poetas y literatos de la época de la ignorancia, y que asumiera la tarea de explicar e interpretar el islam. En cierto momento, Hassan (r. a.) tuvo incluso la singular fortuna de que el propio Mensajero (s. a. s.) lo sentara en su púlpito y le pidiera que entonara el himno nacional del movimiento islámico. Aisha (r. a.) comprendía tanto esta dignidad suya que, una vez superado aquel período de tensión, siempre lo trató con respeto. A veces le recordaban que aquel hombre había participado en la difusión de calumnias contra ella. Entonces Aisha, elevándose al más alto grado de generosidad y magnanimidad, decía: «Dejadlo. Él siempre ha dado respuestas contundentes a los poetas enemigos del islam, en nombre del Mensajero (s. a. s.) y del movimiento islámico, y ha hecho valiosas contribuciones en el campo de la poesía».
Sea como fuere, el hecho es que esta extraordinaria personalidad del movimiento islámico quedó atrapada en la red de engaños tendida por los hipócritas. Aunque desempeñó aquel papel con sinceridad y creyendo que era justo, resultó sumamente perjudicial para el movimiento. Al observar su conducta, cualquiera puede aprender que, por firme que sea el carácter de una persona, no puede estar segura de que jamás caerá en una confusión, sean cuales sean las circunstancias. Del mismo modo, por elevada que sea la posición de otra persona, nadie puede garantizar que nunca sufrirá un error de juicio en ningún asunto. Toda persona, grande o pequeña, es en cada instante un objetivo de las maquinaciones de Satanás. Más aún, Satanás se muestra especialmente empeñado en tender redes de conspiración alrededor de toda persona importante y dirigente. Por eso, el principio fundamental que el movimiento islámico sigue en todas las épocas es que la verdadera lealtad del grupo debe dirigirse a los principios y al ideal, no a la persona.
Atrapar en una trampa a una personalidad destacada del movimiento islámico fue un enorme éxito para Abdullah ibn Ubayy y sus secuaces. Impulsados por la astucia propia de los hipócritas, llevaban a cabo sus maquinaciones, mientras que Hassan ibn Thabit se esforzaba sinceramente por hacer triunfar su conspiración. No sería impropio decir que, para el movimiento, la sinceridad y la ingenuidad de Hassan fueron aún más destructivas que la hipocresía de Abdullah ibn Ubayy. Esto se debe a que una acción emprendida con sinceridad y buenas intenciones suele ser mucho más eficaz para causar daño que una acción impulsada deliberadamente por malas intenciones.
Hassán ibn Zabit no comprendió en favor de quién estaba actuando ni qué punto de vista estaba difundiendo. Ni siquiera se daba cuenta de las ideas y los propósitos de quiénes estaba haciendo realidad, a favor de qué sector de la sociedad iban sus actos ni a qué grupo de la organización estaba fortaleciendo. Que en este caso no haya podido demostrar la perspicacia y la sabiduría propias de un creyente fue, probablemente, resultado de la voluntad de Allah.
La relación de Abdullah ibn Ubayy con la sociedad islámica era débil y distante. Sus actividades hostiles podían tolerarse. Pero Hassán ibn Zabit era uno de los miembros cercanos de la organización islámica. Por eso su conducta hostil resultaba insoportable. Todos sentían como si una de nuestras propias espadas nos estuviera hiriendo. Cuando una situación así aparece en cualquier movimiento u organización, la paciencia está a punto de agotarse. Probablemente eso fue lo que ocurrió. Sin embargo, la estricta disciplina moral de la organización islámica mantenía controladas las emociones. Solo hubo un hombre que no pudo contenerse: Safwán ibn Muattal. Perdió el control por dos razones. Primero, se estaba difamando a Aisha, a quien consideraba como a su propia madre. Segundo, aquella calumnia lo involucraba precisamente a él. Safwán era un combatiente de Badr, un servidor leal del movimiento islámico y conocido por su franqueza. Además, hasta entonces no se había visto en su carácter rastro alguno de pecado; y, como un muchacho tímido, sin dirigir siquiera una mirada a Aisha ni pronunciar una sola palabra durante todo el trayecto, la había llevado con plena cautela desde el lugar donde se había quedado atrás hasta la siguiente posición del ejército islámico. Por eso la ira se apoderó de él.
Safwán había escuchado algunos versos del poema que Hassán había escrito describiendo la calumnia lanzada por los hipócritas. El lenguaje era de Hassán, pero el contenido y la mentalidad eran los de los hipócritas.
Safwán discutió con Hassán. En cierto momento lo golpeó con la espada. Zabit ibn Qays intervino para detenerlo, ató a Safwán y lo llevó a la casa de los Banu Harith. Finalmente, el asunto llegó ante el Mensajero. Convocó a Hassán y a Safwán. Safwán dijo: «Oh, Mensajero, este hombre me ha herido y ha pronunciado contra mí palabras extremadamente obscenas. Por eso, al no poder contener mi ira, lo golpeé». El Mensajero calmó a Hassán, explicándole la situación con palabras amables, y dispuso que se pagara a Safwán la diyah (indemnización) por la herida de espada. (Sira de Ibn Hisham, tomo III)
Era natural que Safwán se excitara. Por eso Hassán cedió. Allah lo protegió de albergar deseos de venganza y de pensar en hacer después algo aún más perjudicial para el movimiento.
Más tarde, Hassán cayó en un profundo arrepentimiento, que se reflejó en uno de sus poemas. Mediante este poema intentó limpiar la calumnia que se había lanzado contra Aisha. Dijo:
«Ella es una mujer casta y recatada, por encima de toda sospecha. Está libre de atentar contra el honor de las mujeres ingenuas. Es una mujer virtuosa y de buena conducta. Allah purificó su naturaleza y la libró del pecado. Nada de lo que se ha dicho hasta ahora puede atribuírsele. Yo solo dije aquellas cosas porque me dejé engañar por las mentiras urdidas por un calumniador chismoso». (Sira de Ibn Hisham, tomo III)
Junto con esto, la sura An-Nur presenta a los musulmanes una teoría social en forma de principio normativo:
«Las mujeres de mala conducta son para los hombres de mala conducta, y los hombres de mala conducta son para las mujeres de mala conducta; y las mujeres puras son para los hombres puros, y los hombres puros son para las mujeres puras. Ellos están libres de las palabras que se les atribuyen falsamente». (Versículo 26)
Es decir, para el matrimonio normalmente se busca una pareja igual en los aspectos moral y psicológico. La persona elige a quien encuentra un carácter semejante al suyo. En particular, quienes consagran toda su vida a un propósito y objetivo determinados buscan también para la vida matrimonial una pareja que pueda ayudarles y colaborar con ellos en la consecución de ese propósito y objetivo. ¿Cómo puede ignorarse esta verdad, adquirida a través de la experiencia universal, de que la unidad de carácter y mentalidad, así como la afinidad de pensamiento y perspectiva, son las que pueden asegurar la armonía y el entendimiento de cualquier pareja? De no ser así, desde el principio hasta el final persistirán los conflictos, las disputas y la discordia. Este versículo invita a quienes difundieron la calumnia a comprender la verdad y les pregunta: ¿acaso no veis que la noble mujer que el gran líder del movimiento islámico había elegido para su vida matrimonial, con quien mantenía un profundo vínculo afectivo y cuya afinidad y armonía de perspectiva y pensamiento constituían un modelo ideal, era acaso tan solo una muñeca adornada, cuyo adorno se desprendió en un instante y de la cual no quedó más que una muñeca inerte?
Era la hija mimada de una familia pura e intachable, cuyos padres se contaban entre los primeros abanderados del movimiento islámico. Su infancia transcurrió en el entorno convulso de ese movimiento; al convertirse en esposa del Mensajero, fue ella quien tuvo la mayor oportunidad de beneficiarse de su carácter resplandeciente, quien tuvo el privilegio especial de recibir la formación del Mensajero y cuya habitación se iluminó muchas veces con la luz de la revelación. ¿Podía ser de tal naturaleza el carácter de una mujer criada y formada en un entorno tan puro que una calumnia tan abominable pudiera aplicársele? Antes de que se difundiera esa calumnia, ¡ni sus padres, ni el Mensajero, ni la comunidad musulmana en general habían podido siquiera imaginar semejante idea sobre ella! ¿Cómo podía un carácter puro, cultivado y desarrollado durante años en un ambiente familiar resplandeciente de pureza, limpieza y honestidad, cometer de repente un acto tan abominable, cuyos primeros indicios jamás se habían manifestado ante nadie? ¿Cómo podía imaginarse que un magnífico árbol frutal, después de dar frutos dulces durante mucho tiempo, comenzara de pronto a dar frutos agrios?
La ley entró en vigor
La ciudadela del corazón de los musulmanes resplandeció bajo el torrente de luz de la sura An-Nur, la opinión pública avanzó con mente concentrada hacia un objetivo definido y la sociedad islámica respiró aliviada al superar un largo período de agitación. La sura An-Nur trajo consigo la ley relativa al hadd al-qadhf (castigo por la calumnia). Además de arrepentirse sinceramente y confesar su delito, los difamadores tenían pruebas y testimonios en su contra. Se sometieron a la ley islámica y, tras recibir ochenta latigazos cada uno, conservaron la pureza de su conciencia. Mistah, Hassan ibn Thabit y Hamna bint Jahsh fueron los tres que padecieron este castigo. Pero el verdadero culpable escapó de las garras de la ley. Sin embargo, ante la opinión pública quedaron completamente al descubierto su carácter vil y sus repugnantes maquinaciones, y la sociedad islámica lo dejó de lado, privándolo por completo de toda importancia.
Todos cometen errores. Ningún ser humano es infalible, salvo los profetas. Pero al examinar los dos personajes opuestos del episodio de Adán, se observa que, después de cometer un pecado, ante el pecador se abren dos caminos: uno es el camino elegido por Satanás, el camino impulsivo de aferrarse al pecado con mayor firmeza. El segundo es el camino elegido por Adán, conforme a una naturaleza sana y recta: arrepentirse después de cometer la falta y enmendarse. Abdullah ibn Ubayy y sus compañeros adoptaron el camino satánico. Hassan, Mistah y Hamna, en cambio, siguieron el camino de la purificación interior.
Una bendición disfrazada
Reavive un poco con los ojos de la imaginación el curso de los acontecimientos y, por un instante, trasládese al ambiente convulso de la calumnia que durante un mes sacudió Medina. Ante usted surgirá una situación terrible y dolorosa. Aquel movimiento que, reuniendo militantes uno a uno, se había transformado en una pequeña caravana revolucionaria; aquel movimiento que, tras recorrer un largo y difícil camino, había construido en Medina un pequeño refugio de paz llamado Estado islámico; aquel movimiento que había querido ofrecer refugio en ese remanso de paz a una humanidad afligida, abrasada por el fuego de décadas de agitación y anarquía: si desde el propio interior de ese movimiento naciera un tumulto destructivo, no podría haber nada más preocupante. Sobre todo en una situación en la que aquel Estado islámico se enfrentaba por todos lados a los ataques de sus enemigos, corría el riesgo de sufrir en cualquier momento una agresión militar desde alguna de sus direcciones y estaba rodeado por las actividades perjudiciales de una parte considerable de sus propios habitantes no musulmanes.
Pero el Corán la consoló diciéndole que no había necesidad de alarmarse ni preocuparse: «No consideréis este suceso perjudicial para vosotros; en realidad, es un medio para vuestro bien» (An-Nur, 11).
En realidad, cuando los movimientos idealistas y revolucionarios se ven afectados por calamidades y disturbios que provocan inestabilidad y ansiedad mental, estos terminan convirtiéndose en causas de un bien y un progreso mayores, de reforma y construcción, y de generación de fuerza y capacidad de respuesta, tanto si tales calamidades se originan claramente en su interior como si proceden del exterior. Así como los diversos ascensos y descensos, accidentes y adversidades sirven de ayuda para el progreso de las personas ambiciosas y capaces, del mismo modo, para los movimientos dotados de capacidad de pensamiento y acción, las situaciones de oposición y anarquía allanan el camino hacia el progreso y la estabilidad. Toda organización que se mantiene consciente y alerta respecto de sus metas y objetivos, que desarrolla una mentalidad colectiva, cuyo carácter moral e intelectual alcanza la madurez, cuyas riendas del liderazgo están siempre en manos de personas activas, vigilantes, perspicaces y sabias, cuyos miembros mantienen una vigilancia atenta sobre todas las fuerzas hostiles y anárquicas, están dispuestos a luchar con todas sus fuerzas contra cualquier posible conflicto o adversidad, y cuya opinión pública no permite que ninguna doctrina contraria al islam se establezca dentro de la organización, obtiene algún beneficio de cada ataque y oposición hostiles.
Incluso esta sucia campaña de calumnias y propaganda maliciosa benefició en varios aspectos al gran Estado y a la organización islámica de Medina, que como consecuencia se volvió más fuerte y consciente que antes.
Los líderes y miembros de este movimiento resplandeciente de honestidad y justicia llegaron a conocer, mediante una amarga experiencia directa, todas estas peligrosas y profundas debilidades de la humanidad. No se puede adquirir ni siquiera la más mínima noción de ellas sentándose en una janqa de devotos y discípulos, mucho menos llegar a conocerlas, ni tampoco se puede preparar a las personas para hacerles frente. Este suceso dejó al descubierto muchas brechas en la vida colectiva, por las que podían penetrar desde dentro toda clase de defectos destructivos. A través de él, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y sus compañeros identificaron, entre los miembros de los distintos niveles de la organización, quiénes estaban afectados por la enfermedad de la hipocresía, quiénes poseían una fe débil, quiénes tenían conocimientos superficiales y un temperamento dominado por las emociones, quiénes se desviaban pese a estar motivados por buenas intenciones y quiénes, por su ingenuidad, caían víctimas de los engaños de los enemigos. En particular, quedó claramente demostrado hasta dónde podía llegar el pequeño grupo que el líder hipócrita y conspirador había creado dentro de la organización islámica.
Después de conocer, mediante la experiencia real, estos puntos débiles de la transformación interna de la sociedad islámica, se creó un ambiente psicológico que permitió, por un lado, establecer un sistema de formación basado en nuevas directrices morales y, por otro, instaurar normas sociales capaces de proteger a los musulmanes de diversos defectos de carácter. En tercer lugar, se promulgó un estricto decreto que contenía nuevas leyes y normas penales, garantizando el bienestar colectivo permanente de la humanidad.
Este suceso sacudió la conciencia colectiva de la sociedad islámica de Medina y la despertó. Golpeando sus sentimientos, despertó su moralidad y activó su sentido colectivo del honor. Después de librarse de esta perturbadora agresión de las fuerzas hipócritas, cada miembro de aquella sociedad se volvió más vigilante y firme que antes.
Durante este suceso, quien sufrió la mayor injusticia, junto con Aisha, fue el propio Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Sin embargo, la generosidad, magnanimidad, paciencia y tolerancia que mostró mediante su conducta solemne, serena y libre de emociones desbordadas llenan a la gente de asombro. Este suceso ofrece un ejemplo instructivo a quienes, después del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, asuman el liderazgo del movimiento y la organización islámicos. Para ofrecer a toda la humanidad una sociedad basada en la fraternidad, soportó un extremo sufrimiento mental. Aquel que había aparecido para proteger el honor y la dignidad de todas las personas recibió de la sociedad contemporánea esta respuesta: mancharon su honor y dignidad con la calumnia. Si cualquier otra persona hubiera sido víctima de una situación semejante, habría aplastado a sus opositores o se habría retirado a un rincón de su casa, sumida en la más profunda desesperación. Pero él, convertido en la personificación de la paciencia y la tolerancia, continuó cumpliendo con su deber.
Actividades provocadoras
Los judíos de Medina, por un lado, orgullosos de su fuerza consolidada y, por otro, impulsados por necesidades políticas, habían celebrado un pacto constitucional con el Mensajero (s. a. s.) y habían quedado bajo la administración del Estado islámico. Probablemente no habían comprendido a tiempo esta nueva fuerza política. Tampoco habían percibido las posibilidades de su brillante futuro. No podían imaginar que esta fuerza se desarrollaría con tanta rapidez y que, con la ayuda de unos cuantos refugiados sin bienes ni medios y de los ansar de Medina, se convertiría, únicamente mediante la fe y el carácter, en una fuerza capaz de dirigir el curso de la historia. Pensaban que aquellos musulmanes expulsados de su patria, como hojas secas caídas de los árboles, serían aniquilados al primer golpe de las calamidades y desgracias que pudieran sobrevenir. Y aunque de algún modo sobrevivieran, no serían capaces de construir una sociedad poderosa. Sin embargo, bajo el efecto del poder milagroso de la fuerza vital revolucionaria de la Kalima Tayyiba, aquellas pocas personas construyeron una sólida estructura política incluso en un entorno extremadamente hostil. No solo eso: en pocos meses los judíos comprendieron que el Estado islámico era un sol naciente ante el cual la lámpara de su influencia y prestigio habría de parpadear hasta extinguirse. En particular, al ver que los musulmanes regresaban de la batalla de Badr a Medina no solo sanos y salvos, sino ondeando la bandera de la victoria, los judíos quedaron tan atónitos que seguramente se vieron obligados a reconsiderar todo el asunto.
El tratado de paz celebrado con el Mensajero (s. a. s.) había convertido a los judíos en aliados y ciudadanos legítimos del Estado islámico. Pero en sus corazones ardían con furia la rebelión y la envidia.
Esta posición contradictoria terminó conduciéndolos por el camino de la conspiración y la anarquía. Cuando tenían la oportunidad, y si no la tenían, creándola, intentaban por todos los medios destruir la unidad social de los musulmanes, incitarlos, paralizar de una u otra manera la administración y el orden público, crear situaciones críticas y debilitar el liderazgo del Mensajero (s. a. s.). Los subordinados de los judíos se ocultaban dentro de la sociedad islámica disfrazados de hipócritas. Junto con personas de fe débil entre los ansar, llevaban a cabo los planes de los judíos. Finalmente, aquellos enemigos maliciosos y propensos a la corrupción idearon una perversa estratagema. Componían poemas obscenos sobre las mujeres musulmanas, los recitaban en voz alta y los difundían. Intentaban dañar su reputación. Debido a la práctica de esta poesía indecente, sus mentes se formaron de tal manera que no conservaban ningún respeto por un valor social fundamental como la castidad. Un día, esta mentalidad desvergonzada de los judíos se manifestó de la siguiente manera: varios jóvenes judíos se comportaron completamente como matones. En Medina vivía una tribu judía llamada Banu Qaynuqa. Una mujer árabe musulmana fue a comprar a su mercado. El comerciante primero la importunó y luego la desnudó en pleno mercado. Después de cometer esta vileza, él y sus compañeros, en lugar de avergonzarse, comenzaron a burlarse y mofarse aún más de ella. La mujer gritó y pidió ayuda a la manera árabe. Al oír sus gritos, se despertó el sentido del honor de un joven árabe, quien, perdido por la intensa excitación, mató inmediatamente al judío malvado. Los conspiradores obtuvieron precisamente lo que querían. Estuvo a punto de estallar un enfrentamiento entre los musulmanes árabes y los judíos. Al enterarse, el Mensajero (s. a. s.) llegó sin demora al lugar de los hechos. Reprendió a la tribu de Banu Qaynuqa por su despreciable conducta y también les advirtió: «¡Oh, comunidad judía! Enmendaos antes de que os ocurra lo mismo que les ocurrió a los qurayshíes (en la batalla de Badr)».
Según el relato de Ibn Sa’d, como la tribu de Banu Qaynuqa albergaba una intensa hostilidad y una actitud obstinada, respondió en tono exaltado: «¡Oh, Muhammad! No te creas dueño del mundo por haber matado a unos cuantos qurayshíes. Eran débiles e inexpertos en el arte de la guerra. ¡Por Allah!, si alzas tu espada contra nosotros, comprenderás que nosotros somos los verdaderos combatientes. Nunca antes te habías encontrado con gente como nosotros». (Sira de Ibn Hisham, tomo II)
Hasta entonces, los miembros de las tribus Aws y Jazrach de Medina estaban muy por detrás de los judíos en los aspectos político, económico e intelectual. Sin embargo, el movimiento islámico había creado en ellos el impulso de una nueva vida, y el esfuerzo y empeño constantes por alcanzar un objetivo sagrado los habían unido entre sí y con los muháyirun mediante lazos de unidad. Al ver el favorable cambio en su destino, los judíos se enfurecieron interiormente. Un anciano judío, famoso por su astucia, llamado Shas ibn Qays, observaba con gran preocupación este cambio de situación. Su pecho estaba lleno de envidia y odio contra los líderes y activistas del movimiento islámico. En una ocasión vio con sus propios ojos una reunión de los compañeros del Mensajero (s. a. s.). En aquella reunión, algunos miembros de Aws y Jazrach conversaban entre sí. Al ver su mutua simpatía y armonía, y la unidad creada por el islam, su corazón pareció arder hasta convertirse en cenizas. ¿Dónde había quedado el alboroto de las peleas de la época de la ignorancia y dónde estaba ahora aquella dulce escena de unidad? El anciano judío se dijo para sus adentros: «¡Ah, ya entiendo! ¡Así que ahora esta ciudad se ha convertido en una sola, al reunirse y mezclarse los descendientes de Qayla (Qayla era el nombre de la abuela de las tribus Aws y Jazrach)! Si se unen así, para nosotros será imposible vivir tranquilos». Finalmente, los miembros de su tribu tramaron una conspiración y convirtieron en instrumento a un joven judío para que actuara conforme a ella. Le instruyeron: «Ve, siéntate en las reuniones de los musulmanes y, mezclándote estrechamente con ellos, recuérdales la batalla de Bu’az y las guerras anteriores que se libraron entre Aws y Jazrach». El agente judío cumplió muy bien la misión que se le había encomendado. En una ocasión, los miembros de Aws y Jazrach estaban sentados juntos en una reunión. En el curso de la conversación comenzaron a hablar del oscuro capítulo de la época de la ignorancia. Poco a poco surgieron entre ellos disputas, altercados y mutuos desprecios; comenzó una competencia por humillarse unos a otros, que se transformó en excitación. Finalmente, los combatientes exaltados de ambos bandos se situaron frente a frente, como si fueran a librar una nueva guerra para demostrar quién era más fuerte. Se oyó gritar: «¡Traed las armas, las armas!». En ambas tribus, Aws y Jazrach, se produjo una gran agitación. Incluso se fijaron el lugar y el momento del combate. Los hombres exaltados salían, todos armados. En ese momento, el Mensajero (s. a. s.) llegó al lugar acompañado de varios muháyirun. Entonces pronunció el siguiente discurso:
«¡Oh, musulmanes! Recordad a Allah. Allah os ha guiado por el camino del islam; mediante él ha aumentado vuestro honor, ha arrojado de vuestros cuellos las cadenas de la época de la ignorancia, os ha liberado de la incredulidad y os ha unido mediante lazos de afecto y amor mutuos. Y, aun después de eso, habéis empezado a proclamar consignas de la época de la ignorancia en mi misma presencia. ¿Qué significa esto?»
Al escuchar este breve discurso, la gente comprendió que todo aquello era en realidad una sedición y una perversa conspiración urdida por Satanás. Los enemigos del islam habían creado todas aquellas confusiones. Se arrepintieron, inclinaron la cabeza y regresaron obedientemente con el Mensajero.
Un incidente de este tipo ocurrió de camino a la batalla de Banu al-Mustaliq. Los hipócritas subordinados a los judíos, bajo el liderazgo de Abdullah ibn Ubayy, provocaron un peligroso grado de tensión entre los Ansar y los Muhayirun. Ya hemos mencionado este incidente. También en aquella ocasión, el Mensajero de Allah (s. a. s.) logró controlar la situación con gran rapidez y discernimiento.
Entre todas estas conspiraciones, la más organizada y perversa fue el incidente de la Mezquita de Dirar. El verdadero instigador de esta conspiración era un falso asceta llamado Abu Amir, de la tribu de los Jazrach. Antes de que el Mensajero (s. a. s.) llegara a Medina, gozaba de bastante influencia gracias a su conocimiento de las antiguas Escrituras celestiales y a su vida de asceta. Cuando el Mensajero (s. a. s.) llegó a Medina y se convirtió en refugio para personas de todas las clases, la influencia y el prestigio de Abu Amir quedaron reducidos a cero. Por ello guardaba en su interior un profundo resentimiento. Además, la imagen del futuro que el resultado de la batalla de Badr le mostró lo dejó impaciente y agitado. Un día comenzó a incitar a los dirigentes de Quraysh en La Meca a luchar en Uhud; por otro lado, conspiró con otros dirigentes politeístas de Arabia, incitó a los propios Ansar a rebelarse contra el Mensajero (s. a. s.) e incluso invitó al emperador romano Heraclio a atacar Medina. (Tafsir de Ibn Kazir, tomo 4)
Incitó a los hipócritas a establecer un centro alternativo para enfrentarse al Mensajero (s. a. s.). Sobre la base de este plan se construyó la Mezquita de Dirar. Los constructores de este centro de actividades contrarias al islam presentaron al Mensajero (s. a. s.) una petición en tono dramático: «Hemos construido esta mezquita para los débiles y discapacitados que no pueden desplazarse muy lejos para rezar. Además, durante las noches oscuras y en tiempos de tormentas y lluvias, los vecinos podrán reunirse aquí fácilmente. Vaya a inaugurarla y bendígala». En ese momento, el Mensajero (s. a. s.) se disponía a partir hacia Tabuk. Aplazó el asunto hasta su regreso de Tabuk. A su regreso, fue advertido mediante la revelación:
«Quienes construyeron una mezquita para causar daño, cometer kufr, sembrar la discordia entre los musulmanes y convertirla en un puesto de acecho para quienes anteriormente habían combatido contra Allah y Su Mensajero, y juran diciendo: “Solo pretendíamos hacer el bien”, Allah atestigua que son mentirosos. No reces jamás en la mezquita que ellos construyeron. Sin embargo, la mezquita cuyos cimientos fueron establecidos desde el primer día sobre la piedad —es decir, la Mezquita de Quba— es más digna de que reces en ella. En ella hay muchos que desean purificarse. Allah ama a quienes buscan purificarse». (At-Tawba, 107-108)
De aquí puede extraerse la lección de cómo una pequeña semilla de rencor da origen a un enorme árbol venenoso, y de cómo las fuerzas del kufr utilizan incluso una mezquita como base para oponerse al movimiento islámico. Obsérvese cómo las fitnas creadas para perjudicar al islam se presentan cubiertas con la etiqueta de la religión y del temor de Allah. No hay forma de contar cuántos grupos y subgrupos, cuántas khanqahs, mezquitas, madrasas, editoriales y publicaciones periódicas siguen siendo creados y mantenidos hoy ante nosotros, al igual que la Mezquita de Dirar, con malas intenciones. La afirmación de sus constructores también es la misma: «Solo estamos actuando con buenas intenciones».
Si esta mezquita hubiera sido construida realmente con el propósito de adorar a Allah, y si su objetivo hubiera sido facilitar la oración en congregación a los musulmanes discapacitados y débiles, esta necesidad se habría presentado a la consideración del Mensajero (s. a. s.). Entonces, el dirigente de la sociedad islámica habría decidido la construcción de la mezquita. Al igual que las demás mezquitas, también habría sido construida mediante la participación colectiva de los musulmanes. Pero, en lugar de ello, algunas personas deliberaron en secreto, elaboraron un plan oculto sin conocimiento de la organización islámica ni de su dirigente y construyeron a escondidas una mezquita separada para sí mismas. Y eso a pesar de que la Mezquita de Quba ya existía cerca. Esto significa claramente que detrás de esta obra, realizada bajo el manto del temor de Allah, necesariamente había algún tipo de manipulación. La revelación descendió, descubrió esa manipulación y la expuso ante la sociedad. Si, dentro de una organización que trabaja por un objetivo concreto, algunas personas intentan formar su propio subgrupo y elaboran y ejecutan planes separados al margen del método y del programa colectivos, entonces, por mucho que exageren sus discursos para hacer creíble su temor de Allah y por muy atractiva que sea su apariencia, el resultado no puede ser otro que perjudicar a la sociedad islámica, incitar al kufr y crear discordia.
Finalmente, este impuro centro, construido bajo el sagrado nombre de mezquita, fue quemado y reducido a cenizas por orden del Mensajero (s. a. s.), para que junto con él desapareciera también su abominable historia. (Sira de Ibn Hisham, tomo 4)
En resumen, el grupo judío, que se atribuía el monopolio de la guía de Allah y se consideraba heredero de los profetas y mensajeros, no dejó escapar ninguna oportunidad de provocar conflictos. Pero aún más destructivas que todas estas perturbadoras actividades fueron sus conspiraciones, que emprendían durante cada batalla para perjudicar el sistema de defensa islámico. Más adelante describiremos estas actividades.
Obstaculizar el sistema judicial
El buen funcionamiento de cualquier sistema de gobierno depende de que cumpla correctamente dos tareas. En primer lugar, su sistema de defensa debe ser sólido. En segundo lugar, su sistema judicial debe funcionar adecuadamente y sus leyes y normas deben aplicarse. La primera tarea consiste en proteger al país de las agresiones externas, y la segunda, en mantenerlo a salvo de los problemas internos. Sin embargo, el gobierno del Mensajero de Allah (s. a. s.) tuvo que enfrentarse a la resistencia de los judíos y los hipócritas en el cumplimiento de ambas tareas. Aquí queremos mencionar cómo esas dos fuerzas de resistencia obstaculizaron el sistema judicial del Estado islámico y qué intrigas urdieron para debilitar la administración civil. Si a la administración civil de un Estado recién nacido ni siquiera se le permite establecerse, no puede controlar sus problemas internos ni enfrentarse a las potencias exteriores. En tal situación, surge el temor de que su existencia sea destruida desde su mismo germen. La historia ofrece innumerables ejemplos de que, allí donde conquistadores o revolucionarios establecieron un nuevo gobierno, al principio tuvieron que recurrir a una severidad y un uso de la fuerza extraordinarios para establecer la administración civil. Pero el gobierno del Mensajero (s. a. s.) estaba fundado en una ideología moral y un sistema judicial que no dejaban lugar a una severidad extraordinaria o ajena a la ley. Por ello, la quinta columna de Medina tuvo la oportunidad de recurrir en cierta medida a la astucia y la hipocresía.
En el pacto constitucional bajo cuya autoridad los musulmanes emigrados, los ansar y las tribus judías se habían integrado en una única entidad política del Estado islámico de Medina, se había reconocido que la máxima autoridad política y judicial (Autoridad final) recaería en manos de Muhammad (s. a. s.). Ese documento aún se conserva y contiene las dos cláusulas explícitas siguientes:
(Árabe *******)
Después de la celebración de este pacto constitucional, las tribus judías signatarias quedaron legal, moral y políticamente obligadas a cooperar plenamente en el buen funcionamiento del sistema legal y judicial del Estado islámico y a mostrar completa obediencia a la administración dirigida por el Mensajero (s. a. s.). Fue un logro extraordinario e inestimable del Mensajero (s. a. s.) llevar a una sociedad desorganizada y caótica al marco de una disciplina civil ordenada, basada en el imperio de la ley; asimismo, la aplicación imparcial de los principios naturales y eternos de la justicia para erradicar el crimen y la delincuencia fue una medida sumamente beneficiosa. Gracias a ella, un entorno de paz, pureza y seguridad resultó provechoso también para los judíos, al igual que para los demás. Además, instaurar la ley de Allah era también un objetivo nacional de los judíos. Aparentemente, los judíos habían aceptado voluntaria y gustosamente las responsabilidades de este pacto constitucional. Sin embargo, cada vez que percibían que alguna ley del Estado islámico iba a perjudicar sus intereses o que alguno de sus miembros iba a resultar afectado, negaban por completo, política, legal y moralmente, las responsabilidades que les habían sido confiadas en virtud del pacto, y desatendían totalmente los intereses generales de la sociedad y de la humanidad. En cierta ocasión, un judío casado cometió adulterio con otra mujer judía casada. El incidente llegó a oídos de los jefes judíos. Se reunieron para deliberar y enviaron a un hombre ante el Mensajero (s. a. s.) para preguntarle qué castigo podía imponerse por una mala acción de esa índole. Ya habían deliberado y decidido que, si Muhammad (s. a. s.) ordenaba aplicar el «tahmiyah» que se practicaba en su sociedad —embadurnar de negro el rostro y pasear por la zona a la persona sobre el lomo de un asno—, aceptarían a Muhammad (s. a. s.) como rey y obedecerían sus órdenes. Pero si ordenaba la «lapidación» conforme a la ley del Libro de Allah, eso demostraría que era un profeta —en cuanto a conocimiento correcto, valor sincero y obediencia al mandato de Allah—, y en tal caso no obedecerían las órdenes de Muhammad (s. a. s.). Pues entonces desaparecería también la poca influencia y autoridad de líderes que aún les quedaba. En cualquier caso, el mensajero llegó y transmitió el mensaje de los dirigentes judíos. Estos principales dirigentes judíos también propusieron que lo aceptarían como juez. Su propuesta contradecía el pacto constitucional, porque, según dicho pacto, el Mensajero (s. a. s.) era permanentemente el juez supremo de Medina. Probablemente por esa razón el Mensajero (s. a. s.) se levantó y se dirigió directamente al centro religioso de los judíos. Allí dijo: «Llamad a vuestros sabios». De inmediato trajeron a Abdullah ibn Suriyya. Según algunos relatos, Abu Yasar ibn Akhta y Wahb ibn Yahuda también formaban parte del grupo junto con Abdullah. Durante la conversación, todos unánimemente calificaron a Abdullah ibn Suriyya como el hombre más versado en la Torá. El Mensajero (s. a. s.) llamó a Abdullah ibn Suriyya aparte, primero le hizo recordar el temor de Allah y, evocando la época dorada de la historia de los hijos de Israel, le preguntó: «¿Sabes que en la Torá se ordena lapidar —matar a pedradas— a una persona casada que comete adulterio?». Él respondió: «Sí, por Allah». La información que el Mensajero (s. a. s.) había conocido mediante la revelación recibió apoyo incluso de sus adversarios. Pero en la asamblea pública, los jefes y sabios judíos comenzaron a entablar discusiones incoherentes. Insistían en que, según nuestra ley religiosa, el tahmiyah era el castigo por adulterio. Conforme al significado de este término, a los adúlteros judíos se les embadurnaba el rostro de negro, se les montaba sobre un asno y se les paseaba por la localidad. Habían dejado de lado la disposición de la Torá sobre la lapidación —matar a pedradas—. Cuando la enfermedad del adulterio se extendió entre ellos y hasta personas de las clases superiores se vieron implicadas, la sociedad, en vez de defender la ley religiosa, comenzó a ayudar a los culpables y a reducirles el castigo. Los dirigentes judíos de Medina temieron que, si se restablecía la disposición de la Torá sobre la lapidación, nadie estaría a salvo: hoy se castigaría a uno y mañana a otro. Por eso querían abolir la disposición del castigo de lapidación. Así que, obligadamente, el Mensajero (s. a. s.) les pidió públicamente que trajeran la Torá. Trajeron la Torá y un sabio judío leyó el pasaje correspondiente. En aquella copia de la Torá, el versículo relativo a la lapidación se conservaba intacto. Por eso, aquel malvado sabio cubrió con la mano el versículo correspondiente y leyó el anterior y el posterior. Abdullah ibn Salam —un célebre sabio judío que había aceptado el islam— se adelantó de un salto, le apartó la mano y, señalándoselo al Mensajero (s. a. s.), dijo: «¡Oh, Mensajero! ¡Mire, aquí está el versículo relativo a la disposición de la lapidación!». [En el Evangelio escrito por Yuhanna (Juan) hay una prueba clara de que en la Torá original estaba consignada la disposición de la lapidación para la mujer adúltera casada. Véase esta declaración del versículo 8:5 de Juan:
«Moisés nos ordenó en la Torá que matáramos a pedradas a mujeres de esta clase». A pesar de la mezcla introducida por los comentaristas, juristas y tergiversadores judíos en las versiones corrientes de la Torá, en algunos casos se menciona el castigo de muerte y de muerte por lapidación por adulterio. Por ejemplo: «Si un hombre es sorprendido cometiendo adulterio con una mujer casada, ambos deberán morir». (Libro de Deuteronomio, capítulo, versículos 21-22)
«Si una muchacha virgen se une a alguien y otro hombre la encuentra en la ciudad y mantiene relaciones sexuales con ella, llevaréis a ambos a las afueras de la ciudad y los lapidaréis hasta la muerte». (Deuteronomio, capítulo 22, versículo 23). También en el versículo 26 se decreta la pena de muerte para quien viola por la fuerza. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) reprendió severamente a aquel erudito judío por esta falsificación y, diciendo: «Soy el primero en restaurar la aplicación de la ley de Allah y de las disposiciones de Su Libro», impuso al delincuente correspondiente la pena de raym prescrita en la Torá. (Sira de Ibn Hisham, tomo 2; Sahih Muslim, capítulo sobre la aplicación de la lapidación a los protegidos judíos; Zad al-Ma’ad, tomo 3)
Esta era la maniobra de los eruditos judíos de aquella época. Ocultando bajo el brazo la ley de Allah, promulgaban leyes falsas inventadas por ellos. Y con semejante carácter intentaban obstruir el camino del Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), decidido a aplicar la ley de Allah en su forma original e inalterada. Refiriéndose precisamente a ellos, el Corán dijo: «Mientras no pongáis en práctica la Torá, el Evangelio y las disposiciones reveladas por Allah, no tenéis ninguna base». Es decir, mientras exista una contradicción tan grave entre vuestra creencia y vuestras acciones, seréis una comunidad carente de sentido e importancia. Uno de los principales signos de la corrupción generalizada de los judíos era que su sociedad se había dividido permanentemente en clases altas y bajas, y la igualdad ante la ley había desaparecido por completo. Había leyes diferentes para los poderosos y para los débiles. Por ejemplo, entre los Banu Nadir y los Banu Qurayza existía un sistema desigual de diya (compensación económica pagadera como sanción por un homicidio, en concepto de represalia), debido a la diferencia entre su debilidad y su fuerza. Si alguien de los Banu Nadir mataba a una persona de los Banu Qurayza, se aceptaba una diya de cien wasaq; en cambio, si alguien de los Banu Qurayza mataba a una persona de los Banu Nadir, se aceptaban cincuenta wasaq. Después de la llegada del Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) a Medina y del establecimiento del sistema islámico de justicia, cuando un miembro de los Banu Nadir mató a uno de los Banu Qurayza, la parte del homicida se negó a pagar el doble de diya y exigió que se aceptara la igualdad. Ahora habían cobrado fuerza gracias al apoyo de la ley islámica. La tensión de la disputa fue aumentando hasta tal punto que ambos clanes estuvieron a punto de entrar en guerra. Finalmente, ambos clanes acordaron llevar su disputa ante el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y aceptar su decisión.
El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), conforme a las instrucciones del Corán, abolió para siempre esta desigualdad en la diya e hizo que fuera igual para todos. (Tafsir de Ibn Kazir, tomo 2; Sira de Ibn Hisham, tomo 2). Al mismo tiempo, el Corán advirtió así a quienes modifican el sistema de justicia de Allah:
«Quienes no juzgan conforme a lo que Allah ha revelado son incrédulos». (Al-Ma’ida)
Aunque solo los judíos de Medina hubieran sido un obstáculo para la aplicación del sistema de justicia y del código penal (hudud) del islam, ya habría sido suficiente. Pero el problema era que la desigualdad imperaba en el conjunto de la sociedad árabe. Había una ley para la clase poderosa y otra para los débiles y la gente común.
Durante la conquista de La Meca, una mujer llamada Fátima, del clan de Banu Majzum, fue detenida por robo. Como pertenecía a un clan poderoso, los qurayshíes se inquietaron por su arresto. Ni siquiera podían imaginar que a una mujer tan noble se le aplicaría el mismo castigo legal establecido para todo el mundo. Tras deliberar, decidieron que debían suplicar al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) para que la liberara. Pero surgió un problema: ¿quién haría la súplica? Después de pensarlo mucho, enviaron a Usama ibn Zayd para que intercediera. En cuanto Usama expuso su petición, el rostro del Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) palideció. Dijo: «¿Has venido a interceder para que se deje sin efecto uno de los castigos establecidos por Allah?». Con solo oír estas palabras, Usama lo comprendió. Pidió perdón. Finalmente, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se dirigió a la gente reunida y dijo:
«Una de las causas de la destrucción de las naciones anteriores a vosotros fue que, cuando una persona poderosa cometía un delito, fingían no verlo aunque lo hubieran visto. Juro por Allah que, si mi propia hija Fátima robara, también le cortaría la mano». (Sahih Muslim: capítulo sobre la prohibición de interceder contra la aplicación del código penal)
Una actitud semejante se manifestó en el caso de otra mujer llamada Umm Hariza. Esta mujer le había roto un diente a alguien. Cuando el caso fue llevado ante el tribunal del Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), él ordenó aplicar el qisás (diente por diente). Al oír esta decisión, Umm Rabi —probablemente la hermana de la culpable, aunque los relatos no son claros al respecto— se sorprendió y preguntó al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «¿También se le aplicará el qisás a ella? ¡Juro por Allah que eso no es posible!». El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «¡Oh, Umm Rabi! El qisás es una disposición de Allah». Pero la mujer siguió diciendo: «¡Juro por Allah que no es posible tomarle el qisás!». No podía comprender cómo se le podía romper el diente a una delincuente de semejante categoría.
Por otra parte, en la práctica ambas partes llegaron a un acuerdo respecto a la diya. De este modo, también se cumplió la ley del qisas —en cuyo caso también había posibilidad de recurrir a la diya— y, al mismo tiempo, se mantuvo lo que Umm Rabi había dicho. Por eso, el Mensajero (s.a.) bromeó diciendo: «Hay siervos de Allah que, cuando juran algo, Allah mismo se encarga de que su juramento se cumpla». (Sahih Muslim, capítulo sobre el qisas)
Los judíos no solo obstaculizaban la labor del sistema judicial islámico. Allí donde tenían la oportunidad, dentro de toda la administración civil, intentaban crear desorden. Un ejemplo notable fue el siguiente: después de la conquista de Jaibar, a petición de los judíos de Jaibar, se les permitió permanecer como aparceros en sus tierras a cambio de la mitad de la cosecha. Cuando el recaudador del gobierno islámico fue a cobrarles por primera vez la parte que correspondía al gobierno, intentaron sobornarlo. Afectados por la terrible enfermedad de la corrupción, procuraban también implicar en ella a los funcionarios de la nueva administración. Este recaudador era Abd Allah ibn Rawaha. El honrado recaudador enviado por el Mensajero (s.a.) estaba muy por encima de lo que los judíos de Jaibar habían imaginado. Les dijo claramente: «¡Oh enemigos de Allah! ¿Acaso queréis hacerme comer alimento ilícito?». (Sirat an-Nabi, Shibli Numani)
Él dijo: «El Mensajero (s.a.) no me envió a vosotros para que me apropiara de vuestros bienes. Más bien, me envió para repartirlos equitativamente entre vosotros y los musulmanes. Si estáis de acuerdo, calcularé la cosecha y os dejaré la mitad; y, si queréis, vosotros mismos podéis calcularla y entregarnos la mitad».
Después, Ibn Rawaha calculó que el total era de cuarenta mil wasaq y tomó veinte mil wasaq como la parte correspondiente a los musulmanes. Ante esta justa distribución, algunos judíos mezquinos se enfurecieron y dijeron que era una injusticia. Sin embargo, la gente amante de la justicia reconoció que aquello era lo equitativo. Abd Allah ibn Rawaha continuó desempeñando esta responsabilidad durante toda su vida. (Bujari, capítulos sobre muzara’a y shirkah)
En suma, al transformar una sociedad semiorganizada en un Estado regido por normas y poner en práctica los principios de justicia otorgados por Allah, la nación judía, que se consideraba desde antiguo la única legítima depositaria de la religión y la civilización, en vez de colaborar con el Mensajero (s.a.), continuó obstaculizándolo a cada paso y emprendió el imperdonable intento de arrancar de raíz el sistema islámico desde sus primeros tiempos.
Intentos de provocar discordia en la familia del Mensajero
Los enemigos del islam que vivían en Medina también intentaron sembrar confusión en la familia del Mensajero (s.a.). Desde su perspectiva, esta era la forma más eficaz de provocar disputas y conflictos entre la familia del Mensajero (s.a.) y sus compañeros cercanos. Si triunfaba la conspiración para involucrar al líder del movimiento islámico en disputas domésticas, las consecuencias podrían haber sido sumamente destructivas. Las mujeres comunes de Medina ya solían ir y venir a la casa del Mensajero (s.a.). Después, contaban a todo el mundo cuanto veían, conforme a la psicología propia de las mujeres. Así, los hipócritas y las personas depravadas podían enterarse perfectamente de qué clase de hambre y pobreza reinaban en la familia del Mensajero (s.a.). Las esposas del Mensajero (s.a.) pertenecían a familias nobles y sus gustos no eran inferiores a los de nadie. Sin embargo, la situación económica de esta familia era muy inferior al nivel de vida al que estaban acostumbradas, aunque el Mensajero (s.a.) estuviera sinceramente satisfecho con ella. Junto con el Mensajero (s.a.), sus esposas también soportaban con paciencia aquella situación. Comprendían perfectamente que, dadas las penosas circunstancias por las que atravesaba el arquitecto del nuevo mundo, no podía esperarse una felicidad y una paz completas. Pero, aun así, las personas siguen siendo personas. El ser humano siempre está rodeado por sus emociones, sentimientos y esperanzas naturales. Es cierto que las esposas del Mensajero (s.a.) ocupaban un elevado rango en cuanto a fe y carácter, y que ofrecieron al mundo ejemplos extraordinarios de paciencia, tolerancia y solidaridad. No obstante, por ser miembros de una misma familia, no era extraño que en ocasiones se vieran influidas, aunque fuera ligeramente, por una mentalidad de rivalidad mutua. Además, la tradición de devoción y obediencia al esposo, que se observaba estrictamente entre las mujeres de Quraysh, no estaba tan arraigada entre las mujeres de Medina. Más bien, las mujeres de Medina mostraban bastante firmeza ante sus esposos. Por ejemplo, cierta vez, cuando un hombre tan poderoso como Umar reprendió a su esposa mientras se encontraba en Medina, ella le respondió de inmediato y con firmeza. Umar, sorprendido, dijo: «¿Me has respondido en mi propia cara?»
En ese momento pudo percibir que el ambiente de Medina ya había ejercido una influencia considerable sobre las tradiciones y la mentalidad de La Meca en la vida conyugal de los musulmanes.
Esta situación era evidente para los hipócritas y las personas de mala conducta, y aprovecharon la oportunidad para conspirar. Utilizaron a varias mujeres como espías para encender el fuego de la discordia y la confusión dentro de la familia del Mensajero, (s.a.). Una de esas mujeres se llamaba Umm Yaldah. Su tarea consistía en incitar a las esposas del Mensajero (s.a.). Fue mediante las conspiraciones de este tipo de mujeres espías que fue posible difundir calumnias contra Aisha (que Allah esté complacido con ella).
Como resultado de tales conspiraciones de personas de mala conducta, ocurrieron sucesivamente varios incidentes que podrían haber sido muy perjudiciales. Sin embargo, gracias a la ayuda de Allah, al carácter del Mensajero (s.a.), al apoyo de los Compañeros destacados y a la cortesía de sus esposas, los problemas se resolvieron oportunamente.
El incidente más peligroso de todos fue la petición de las esposas de aumentar la asignación para su manutención. Como consecuencia de esta petición tuvo lugar el «īlā» (el abandono temporal de la intimidad con sus esposas por parte del Mensajero). Fue una gracia especial de Allah que Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) y Umar (que Allah esté complacido con él) apoyaran al Mensajero (s.a.) con absoluta sinceridad y, en vez de animar a sus dos hijas, las reprendieran severamente. Entonces llegó de parte de Allah Todopoderoso el siguiente desafío:
«¡Oh, Profeta! Di a tus esposas: “Si desean la vida mundana y sus lujos, entonces (estos no se encuentran en esta casa); venid, os proporcionaré una provisión para la partida y os dejaré marchar dignamente. Pero si desean a Allah, a Su Mensajero y la vida del Más Allá, sepan que Allah ha preparado una enorme recompensa para las mujeres virtuosas”». (Sura Al-Ahzab)
En realidad, se habían dejado dos caminos abiertos ante las esposas del Mensajero (s.a.). Podían elegir cualquiera de ellos. Gracias a su propia nobleza, las esposas se volvieron inmediatamente conscientes de la situación. El Mensajero (s.a.) comunicó primero esta decisión de Allah a Aisha (que Allah esté complacido con ella), quien, debido a su influencia, prestigio y extraordinarias capacidades intelectuales, había encabezado esta petición. Y Aisha fue la primera en declarar: «No quiero nada excepto a Allah y a Su Mensajero». Después, una tras otra, todas las demás esposas renunciaron sinceramente a sus exigencias.
Si en una familia rodeada de enemigos surge en algún momento la discordia como consecuencia de las continuas conspiraciones de personas malintencionadas y de las actividades perniciosas de mujeres espías de la peor calaña, no sería algo extraño. Al contrario, que esta familia haya permanecido a salvo a pesar de tantas conspiraciones es precisamente un signo de la firmeza, la unidad y la nobleza de sus miembros.
Ahora comprendan cuántas clases de redes de conspiración se estaban tendiendo alrededor del Mensajero (s.a.).
La conspiración para asesinarlo
Cuando el llamado a la verdad se convierte en un movimiento, sus fuerzas hostiles, al oponerse injustamente, continúan hundiéndose cada vez más en la vileza y la bajeza. Finalmente, cuando son derrotadas incluso en el plano argumentativo frente al mensaje fundamental, y fracasan también en sus campañas para sembrar la confusión y ejercer la violencia, el odio, la hostilidad, la obstinación y la ruindad que han cultivado durante toda su vida generan en ellas una mentalidad criminal, homicida y propia de bandidos. Al llegar a esta etapa, se disponen a asesinar al líder del movimiento islámico. Si tales enemigos conspiradores llegan a ocupar el trono del poder y la autoridad, ejercen persecución política contra sus adversarios y, esgrimiendo la espada de la ley, representan una farsa de juicio para asesinar a los servidores de la humanidad. En cambio, quienes están privados del poder eligen directamente el camino conspirativo del asesinato. El liderazgo pagano de La Meca había elegido precisamente este último camino. Y ahora los falsos líderes religiosos de Medina también eligieron este sucio camino.
Era el cuarto año de la Hégira. Amr ibn Umayya al-Damri mató a dos hombres de la tribu de Amir. El Mensajero de Allah ﷺ acudió a los miembros de la tribu de Banu Nadir para pagar la diya por aquel homicidio y recordarles sus responsabilidades respecto al tratado de paz. Los habitantes del lugar hicieron que el Mensajero de Allah ﷺ se sentara bajo la sombra de un muro. Luego comenzaron a deliberar en secreto: alguien subiría y lo mataría arrojándole una enorme piedra sobre la cabeza. Amr ibn Yahsh ibn Ka’b asumió esa responsabilidad. Al percibir las malas intenciones de ellos, el Mensajero de Allah ﷺ se levantó y se marchó antes de que pudieran actuar. (Sira de Ibn Hisham, tomo 2; Rahmatul-lil-Alamin, de Qadi Sulayman Mansurpurí; La vida política del Noble Mensajero, del doctor Muhammad Hamidullah)
El padre del célebre líder judío Ka’b ibn al-Ashraf pertenecía a la tribu de Tay, mientras que su madre era hija del adinerado líder judío Abu Rafi ibn Abi al-Huqayq. Debido a esta doble relación, Ka’b ibn al-Ashraf ejercía una influencia semejante sobre los árabes y los judíos. Por un lado, era rico y, por otro, un poeta famoso. Su pecho estaba lleno de veneno contra el islam. (Fath al-Bari) En otra narración se afirma que, por una parte, Ka’b había invitado al Mensajero de Allah ﷺ y, por otra, había dado instrucciones a varias personas para que lo mataran en cuanto llegara. Aunque esta narración es algo débil en cuanto a su cadena de transmisión, parece creíble a la luz del rencor de Ka’b y de sus verdaderas actividades.
Cuando el Mensajero de Allah ﷺ renovó el tratado con Banu Qurayza, Banu Nadir le envió un mensaje: «Traerá usted a tres hombres y nosotros presentaremos también a tres eruditos. Exponga su postura ante esta asamblea. Si nuestros eruditos apoyan sus palabras, todos creeremos en usted». El Mensajero de Allah ﷺ partió. Sin embargo, durante el camino descubrió que los judíos se estaban preparando para asesinarlo. Por ello regresó.
La conquista de Jaibar
Durante la batalla de Jaibar, una mujer judía llamada Zaynab bint al-Harith (esposa de Salam ibn Mishkam) asó y cocinó la carne de una oveja y le mezcló veneno. Después preguntó qué parte de la oveja le gustaba más al Mensajero de Allah ﷺ. Al enterarse de que prefería la carne de la pata delantera, añadió allí una cantidad aún mayor de un veneno muy potente. Luego envió aquella carne como regalo al Mensajero de Allah ﷺ y a sus compañeros. El Mensajero de Allah ﷺ se llevó a la boca un bocado de carne (quizá incluso tragó una parte) y lo escupió inmediatamente. Después dijo: «Esta carne me está informando de que está envenenada». Entonces no comió más ni permitió que sus compañeros comieran. Más tarde, cuando llamaron a aquella mujer judía y la interrogaron, confesó. En realidad, detrás de este suceso había una conspiración conjunta de muchos judíos. Cuando el Mensajero de Allah ﷺ los convocó a todos y habló con ellos ante la gente reunida, todos confesaron. Sin embargo, dijeron astutamente: «Queríamos comprobar si usted era un profeta verdadero: si lo era, descubriría la verdad; de lo contrario, nos libraríamos de usted». (Sira del Profeta, de Shibli Nomani, tomo 1; fuente: Fath al-Bari)
Entre los compañeros presentes en aquel banquete también se encontraba Bara ibn Ma’rur. Aunque sintió la intensidad del veneno al llevarse el bocado a la boca, no lo arrojó por temor a incurrir en una falta de respeto. Murió a causa de aquel único bocado. (Zad al-Ma’ad, tomo 2; Shama’il de Tirmidhi; Asahhus-Siyar)
Tras regresar de Tabuk, el corazón de los hipócritas quedó abrasado por la ira ante la victoria de los musulmanes. Estos enemigos ocultos esperaban que los musulmanes fueran derrotados. Pero, al fracasar esa esperanza, conspiraron para asesinar al Mensajero de Allah ﷺ. Doce personas participaron en esta conspiración. Sus nombres eran: Abdullah ibn Ubayy, Sa’d ibn Abi Sarh, Abu Fatir al-Arabi, Amir, Abu Amir al-Rahib, Jallas ibn Suwayd, Majma ibn Jariya, Malih al-Taymi, Hasan ibn Numayr, Tuwayma ibn Ubayriq, Abdullah ibn Uyayna y Murra ibn Rabi.
En la reunión de la conspiración, Jallás dijo: «Esta noche no dejaremos a Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) hasta arrojarlo desde la montaña, aunque Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y sus compañeros sean mejores que nosotros. Pero parece que nosotros nos hemos convertido en cabras y ellos en nuestros pastores; nosotros, en necios, y ellos, en inteligentes».
También dijo: «Si Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) es veraz, entonces nosotros somos peores que los asnos». (Sira de Ibn Hisham, tomo II)
Abdullah dijo: «Si permanecéis despiertos esta noche, viviréis en paz durante toda vuestra vida. Matar a este hombre es vuestra única tarea de hoy».
Murra dijo: «Si matamos solamente a un hombre, todos quedaremos a salvo».
Entre aquellos doce, uno de los grandes «méritos» de Hasan ibn Numayr era haber saqueado los bienes destinados a la caridad.
Otro de ellos, Abu Amir el Monje, tenía la apariencia de un sufí, un asceta y un hombre desapegado del mundo. Sin embargo, había sido el instigador de la mezquita de Dirar. Conspiraba contra el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) junto con los gobernantes de Roma y de Gassan. Su hipocresía y su perversidad se reflejaban en sus vestiduras de apariencia piadosa.
Se decidió que, cuando el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) pasara por la montaña, lo arrojarían por el precipicio. Conforme a este plan, aquellos doce conspiradores comenzaron a caminar detrás del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Cuando llegó cerca de la montaña, les dijo a todos que quienes quisieran ir por el ancho camino de la llanura podían hacerlo por allí. Él continuó por su propio sendero montañoso. Muchos de los compañeros tomaron el camino llano, pero los conspiradores permanecieron junto al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). La mirada del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) era, por naturaleza, tan penetrante que llegaba hasta lo más profundo del corazón y percibía incluso los sentimientos ocultos. Los hipócritas habían crecido ante sus propios ojos. ¿Quién, pues, podía conocer a los hipócritas mejor que él? Además, Allah le advirtió de esta conspiración mediante señales de lo oculto. Continuó por el sendero montañoso acompañado de Hudhayfa ibn al-Yamán y Ammar ibn Yasir. Le indicó a Ammar que caminara delante, sujetando las riendas del camello del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y a Hudhayfa que caminara detrás. Cuando llegaron al lugar señalado, el grupo de conspiradores apareció dando saltos. Era una noche oscura y, además, los malhechores llevaban máscaras. En cuanto oyó sus pasos, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ordenó a sus dos compañeros que apartaran a quienes venían detrás. Hudhayfa se lanzó hacia ellos y, al ver sus camellos, les disparó una flecha a la barbilla de uno de ellos. Al ver a Hudhayfa, pensaron que la conspiración había sido descubierta. Entonces huyeron hacia atrás y se mezclaron con los musulmanes comunes.
Cuando Hudhayfa regresó, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ordenó: «A partir de aquí, haced caminar rápidamente a los camellos». Luego le preguntó a Hudhayfa: «¿Los reconociste?». Hudhayfa respondió: «Reconocí las monturas de fulano y mengano, pero no reconocí a las personas». El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) preguntó: «¿Comprendiste sus intenciones?». Él respondió negativamente. Después, el propio Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le informó: «Querían arrojarme desde la montaña».
A la mañana siguiente, el Mensajero (s.a.s.) hizo llamar uno por uno, mencionándolos por su nombre, a aquellos doce conspiradores. Les expuso lo que cada uno había dicho acerca de sus intenciones en la reunión donde se había tramado la conspiración y preguntó a cada uno por la razón de ello.
Las respuestas de todos fueron curiosas. Por ejemplo, Hasan ibn Numayr dijo: «Yo no creía firmemente que usted llegara a saber todo esto. Pero hoy comprendí que usted es verdaderamente el Mensajero de Alá. Hasta ahora no había sido un musulmán sincero. Hoy acepto el islam con plena devoción».
Cada uno presentó excusas y pretextos de esa clase. Algunos pidieron perdón. El Mensajero (s.a.s.) los perdonó a todos. (Asahhus-Siyar, Maulana Abdur Rauf Danapuri)
Varios relatos sumamente fiables indican que el Mensajero (s.a.s.) solo informó en secreto a Huzayfa de los nombres de los culpables implicados en este suceso. No los denunció ante los musulmanes en general. Además, existen ciertas discrepancias respecto de algunos de aquellos doce. Muchos también afirman que, en el caso de dos o tres de ellos, posteriormente no volvió a observarse ningún indicio de hipocresía.
Sin embargo, el hecho fundamental está históricamente demostrado en su lugar. Eso mismo es lo que se afirma en el Corán: «No pudieron llevar a cabo lo que se proponían».
No se encuentra en ningún otro lugar de la historia un ejemplo de semejante magnanimidad por parte del Mensajero (s.a.s.). Organizó una revolución al servicio de la humanidad, con el sudor de su frente y el esfuerzo de todo su ser. Sin embargo, en el momento verdaderamente delicado del conflicto y la confrontación, varios malhechores planearon asesinarlo para desarraigar toda su obra y tomaron medidas para ejecutar su plan. Todos sus actos criminales fueron descubiertos y ellos mismos confesaron. No obstante, este gran hombre los perdonó sin vacilar, pese a la magnitud de su delito. Al Mensajero (s.a.s.) también se le dijo: «Ordene a las tribus de cada uno de estos criminales que les corten la cabeza y se las traigan para entregárselas». Pero el Mensajero (s.a.s.) respondió: «No me gusta que los árabes digan que Muhammad (s.a.s.) combatió contra el enemigo acompañado por algunos hombres y que, después de obtener la victoria, comenzó a matar a sus propios compañeros». (Tafsir de Ibn Kazir, volumen 2). Con estas palabras, el Mensajero (s.a.s.) quiso explicar que, si se tomara una represalia semejante, la fuerza esencial del movimiento islámico no podría conservar sus propias características. Por eso soportaba incluso que su vida corriera peligro y que tuviera que hacer frente continuamente a nuevas conspiraciones y actos de sabotaje. Pero no le agradaba que se empleara la fuerza para mantener la situación bajo control ni que, ante cualquier desorden, se lo eliminara por medio del poder y la ley. Al gobernar y administrar la sociedad humana hay que demostrar mucha sabiduría, discernimiento y perspicacia; hay que tener en cuenta numerosos intereses y beneficios, y aplicar desde distintos ángulos muchos métodos para corregir las dificultades y las desviaciones. Una de las razones por las que la revolución islámica es más difícil que las demás revoluciones materiales es que debe preservarse a cada instante su delicada y sensible esencia moral, para que su pureza no sea empañada por ningún malentendido común ni por ninguna propaganda adversa.
Entre los episodios de ataques personales contra el Mensajero (s.a.s.), también destaca el ataque de magia llevado a cabo por los judíos. Aunque los atacantes públicos sean enemigos, actúan como hombres valientes. Incluso si se desea matar a alguien, lo justo es desafiarlo abiertamente y atacarlo después. Pero los judíos carecían de ese valor y de esa noble audacia. Por eso adoptaron el camino cobarde y demoníaco de las conspiraciones secretas y tortuosas. Descender aún más bajo y atacar a alguien empleando magia, hechizos y encantamientos es propio de quienes caen al nivel más bajo de la cobardía y la brutalidad. En el colmo de la envidia y la ira, aquellos judíos inhumanos no dudaron en cometer también este acto abominable contra el Mensajero (s.a.s.).
Un hombre llamado Labid ibn Asim, de la tribu de Banu Ruzaic, era aliado de los judíos y un musulmán hipócrita. El ataque de magia se llevó a cabo por medio de él. Un joven judío, atraído por el Mensajero (s.a.s.) debido a su bondad innata, estaba a su servicio. Algunos judíos lo obligaron a conseguir cabellos de la cabeza del Mensajero (s.a.s.) y dientes de su peine. Recitaron encantamientos sobre aquellos cabellos, les hicieron doce nudos y los colocaron en un pozo llamado Dharwán.
Según diversos hadices, como consecuencia de esta práctica de magia, el Mensajero de Allah (s. a. s.) experimentó una extraña alteración: pensaba que había hecho algo aunque no lo hubiera hecho. También se observó su efecto en su atracción natural hacia sus esposas. A través de la revelación fue informado de esta práctica de magia. Se extrajo aquel cabello y volvió a la normalidad. (Tafhim al-Qur’an, tomo 2, nota 114)
A propósito de este acontecimiento existe un debate sobre si la magia puede afectar a un profeta. Una opinión sostiene que no puede afectarlo en absoluto. Aplicando esta postura, un grupo que niega los hadices ha calificado de poco fiable toda la ciencia del hadiz. Sin embargo, así como el cuerpo humano de un profeta puede verse afectado por enfermedades, heridas, veneno y otras cosas, sus facultades mentales también pueden verse beneficiadas o perjudicadas por actividades ocultas y manifiestas. Por ejemplo, al ver la magia de los hechiceros del Faraón, el Muy Honorable Moisés experimentó una reacción mental: al ver que sus cuerdas adoptaban forma de serpientes, sintió miedo: (árabe********)
«Moisés sintió miedo en su interior». (Sura Taha: 67) Sin embargo, cuando se dice que la magia no produce cierto efecto sobre los profetas, se quiere decir que no puede perjudicar su actividad profética. Nadie puede establecer control sobre su mente y su intelecto, ni ellos pueden perder el control sobre su fuerza de voluntad.
Sin prestar atención a este debate, no hay impedimento para reconocer que los judíos realmente llevaron a cabo un ataque de magia contra el Mensajero de Allah (s. a. s.). Este delito suyo es un hecho demostrado de manera irrefutable.
Cuando conocemos estos acontecimientos, comprendemos por qué los musulmanes vivían preocupados y en alerta por la vida del Mensajero de Allah (s. a. s.) durante el período medinense. Si alguna vez tenía que salir de su casa por la noche, sus compañeros se llenaban de una enorme preocupación. Precisamente debido a esta situación, el Muy Honorable Talha ibn Barra, durante la enfermedad que precedió a su muerte, dejó como testamento: «Si muero por la noche, no informéis al Mensajero de Allah (s. a. s.)». Pues su vida corría peligro por parte de los judíos. «Que Allah no lo permita, no sea que al acudir a mi oración funeraria sufra alguna agresión a manos de los enemigos». En alguna ocasión, cuando por una circunstancia el Mensajero de Allah (s. a. s.) quedaba fuera de la vista de sus compañeros, estos se alarmaban y salían a buscarlo.
Un famoso hadiz de Abu Huraira, en el que se afirma que el Paraíso está garantizado para quien dé testimonio de la unicidad de Allah, refleja en cierta medida esta situación. Abu Huraira dijo:
«Estábamos sentados alrededor del Mensajero de Allah (s. a. s.). En aquella reunión también estaban el Muy Honorable Abu Bakr y el Muy Honorable Umar. El Mensajero de Allah (s. a. s.) se levantó y se marchó a algún lugar, pero tardó mucho en regresar. Nos embargó una profunda preocupación, temiendo que, al no estar ninguno de nosotros con el Mensajero de Allah (s. a. s.), pudiera sufrir algún daño. Todos salimos inquietos en su búsqueda. Yo fui el primero en alarmarme; por eso salí inmediatamente a buscarlo». (Mishkat, Kitab al-Iman, capítulo 3)
En su búsqueda, el Muy Honorable Abu Huraira llegó al jardín de un ansarí de los Banu Nayyar. Recorrió todo el perímetro de la pared para ver si había alguna puerta. Pero quizá la pared era larga y, debido al miedo y a la prisa, no pudo encontrar un camino más cercano. Finalmente vio que por debajo de la pared salía un pequeño canal de agua. Se encogió mucho —según su propio relato, se hizo un ovillo como un zorro— y entró en el jardín por el canal, atravesando la pared. Al ver allí al Mensajero de Allah (s. a. s.), se tranquilizó. Después Abu Huraira conversó con él. Fue entonces cuando el Mensajero de Allah (s. a. s.) anunció aquella célebre buena nueva.
Al leer el relato de un distinguido compañero, se puede comprender cómo era el ambiente de Medina debido a las continuas conspiraciones de los judíos y los hipócritas para asesinar al Mensajero (s. a. s.), y en qué situación de peligro se encontraba su vida. Sin embargo, allí la confianza en Dios era tan grande que, en cierta ocasión, debido a todos esos temores y angustias, los nobles compañeros organizaron una guardia alrededor del Mensajero (s. a. s.). Pero, como Dios le había prometido al Mensajero (s. a. s.) que (árabe********)
«Dios te protegerá de los hombres». (Sura al-Ma’idah: 67), él mismo sacó la cabeza desde el interior de la tienda y dijo a los guardias:
«Marchaos. Dios mismo ha asumido la responsabilidad de mi protección». (Tafsir de Ibn Kathir, tomo 2)
Esta fe también inspiró al Mensajero (s. a. s.) a liberar a otro criminal que había venido con la intención de asesinarlo y había sido detenido. Él dijo: «Dejadlo ir, pues, aunque hubiera querido matarme, no habría podido hacerlo». (Tafsir de Ibn Kathir)
Piensen por un momento: ¡qué magnánimo era el gran arquitecto del palacio de la humanidad, que, a pesar de que por todas partes se sucedían las conspiraciones para asesinarlo, permanecía firme e inquebrantable como una montaña! En Medina, varias arañas parecían tejer continuamente sus telas para atrapar a este audaz tigre.
Mientras tanto, el volcán de La Meca se volvía cada vez más explosivo. En las entrañas de La Meca, la lava de la brutalidad y la ferocidad cobraba cada vez más fuerza. En vísperas de la Hégira se había urdido una gran conspiración colectiva para asesinar al Mensajero (s. a. s.), y después de la Hégira aquella conspiración adoptó la forma de grandes guerras de agresión. Pero el fracaso de todas aquellas agresiones abiertas los impulsaba a tramar conspiraciones secretas para asesinarlo.
En la batalla de Badr, el pequeño grupo musulmán del Mensajero (s. a. s.) dio a los hijos de la ignorancia una lección tan severa que no pudieron olvidar su dolor durante mucho tiempo. No hubo ninguna familia de La Meca que no perdiera en aquella batalla a alguno de sus jóvenes escogidos o de sus jefes. Sin embargo, en aquel momento también resultaba aún más vergonzoso lamentarse por haber sido derrotados por un puñado de musulmanes revolucionarios, sin apoyo ni recursos. Por eso, los dirigentes qurayshíes hicieron emitir una orden que prohibía cualquier duelo por los muertos de Badr. En aquella batalla habían muerto los tres hijos de al-Aswad. Aunque el dolor estaba a punto de partirle el corazón, no podía dejar escapar ni el más leve sonido de sus labios. Un día oyó el sonido de un llanto procedente de una casa vecina y envió a su sirviente: «Ve y averigua si se ha concedido permiso para llorar». El sirviente investigó y regresó informando que una mujer lloraba porque había perdido su camello. Al oír aquello, al-Aswad ya no pudo contener sus emociones. Espontáneamente, recitó un poema. Este poema goza de especial estima en la literatura árabe. A continuación se ofrece la traducción de tres de sus versos:
«¿Esa mujer llora porque ha perdido un camello y se le ha quitado el sueño? No llores por el camello. Si tienes que llorar, llora por el infortunado suceso de Badr. Si tienes que llorar, llora por Aqil. Si tienes que llorar, llora por el valeroso y leonino Harith».
En aquel desolador ambiente de La Meca, Umayr ibn Wahb y Safwan ibn Umayya estaban sentados en un lugar, llorando por los muertos de Badr. Safwan dijo: «Ya no hay ningún placer en seguir viviendo». Umayr dijo: «Si no estuviera endeudado y no tuviera que preocuparme por mis hijos, iría ahora mismo a matar a Muhammad ﷺ. Mi hijo también sigue cautivo en Medina». Safwan asumió la responsabilidad de sus hijos y de sus deudas. Umayr regresó inmediatamente a su casa, untó veneno en su espada y partió rumbo a Medina. Al llegar a Medina, Umar comprendió sus intenciones por la expresión de su rostro y, sujetándolo por el cuello, lo llevó ante el Mensajero ﷺ. El Mensajero ﷺ le dijo a Umar: «Déjalo». Luego lo llamó y le preguntó: «¿Con qué propósito has venido?». Él respondió: «He venido a obtener la liberación de mi hijo». Le preguntó: «¿Por qué llevas esa espada?». Umayr respondió: «¿Y qué tiene de malo?». Le preguntó: «¿Para qué sirvió la espada en Badr?»
Entonces el Mensajero ﷺ reveló el secreto que guardaba en su corazón y lo puso delante de él. Dijo: «Tú y Safwan os sentasteis en una habitación y conspirasteis para matarme. Pero Allah no permitió que vuestra conspiración tuviera éxito».
Al oír aquello, Umayr quedó perplejo. Dijo: «¡Juro por Allah que usted es verdaderamente un profeta! Nadie conocía este asunto excepto Safwan y yo».
Umayr regresó a La Meca como musulmán. Predicó el islam con valentía y logró que muchas personas se hicieran musulmanas. (Sira de Ibn Hisham, tomo 2)
En el momento de la conquista de La Meca, Fudala ibn Umayr, movido también por el deseo de venganza, decidió en secreto matar al Mensajero ﷺ. El Mensajero ﷺ estaba dando vueltas alrededor de la Kaaba. De pronto apareció Fudala. Cuando se acercó, el Mensajero ﷺ lo llamó: «¿Quién es? ¿Fudala?». Él respondió: «Sí, Fudala». El Mensajero ﷺ le dijo: «¿Qué intención has tramado en tu interior?». Fudala, desconcertado, respondió: «Nada; simplemente estoy recordando a Allah».
Al oír su respuesta, el Mensajero ﷺ sonrió y dijo: «Pide perdón a Allah». Al decir esto, puso la mano sobre el pecho de Fudala. Inmediatamente, su ánimo se serenó. Fudala cuenta: «Después de que el Mensajero ﷺ retirara la mano de mi pecho, en toda la creación de Allah no había nadie más querido para mí que el Mensajero ﷺ». Después de esta revolución psicológica, Fudala regresó a su casa. (Sira de Ibn Hisham, tomo 2)
El que llegó decidido a matar al conquistador no solo de La Meca, sino de toda Arabia, regresó con una vida nueva. El que había venido para asestar un golpe se marchó, en cambio, con el bálsamo para curar sus propias heridas.
Los coraichitas, los judíos y los hipócritas, todos ellos, urdieron conspiraciones según sus propias posibilidades. Pero Allah cumplió Su promesa y protegió hasta el final a Su siervo y Mensajero.
El objetivo de todas estas conspiraciones no era simplemente matar a una persona; todos ellos querían destruir el movimiento islámico entero. Querían enviar al sepulcro aquel radiante amanecer de la verdad y la justicia, cuya aparición anunciaba la hora de la muerte para la oscuridad. Querían estrangular y matar aquel extraordinario e incomparable sistema social nuevo que pretendía, por primera vez, infundir el pulso de la vida, la igualdad, la libertad y la dignidad humana en cientos de miles de personas oprimidas y perseguidas durante siglos.
La traición destructiva
Las actividades subversivas de las fuerzas hostiles al islam en Medina que he mencionado anteriormente constituyen, desde el punto de vista moral y legal, delitos de la peor índole. Si por ellos se hubieran aplicado las medidas punitivas más severas, a la luz de la religión y de la política habría sido la forma suprema de justicia. Sin embargo, el Mensajero (s.a.s.) actuó con extrema calma y paciencia. Un movimiento cuyo objetivo fundamental es la reforma y reconstrucción moral de la humanidad no puede depender por completo de las armas del poder y de la ley. Por mucha vileza y brutalidad que los seres humanos manifiesten, el movimiento islámico nunca pierde la esperanza en la naturaleza humana; por el contrario, avanza basándose en un optimismo a largo plazo. Su verdadera fuerza reside en enseñar, explicar y educar, no en castigar ni amenazar. Ningún sistema estatal puede preservar su propia existencia sin aplicar, en alguna medida, el poder del gobierno y la fuerza de la ley. Pero la transformación del carácter y la mentalidad de las personas no se logra con la espada ni con el bastón, sino mediante la apelación moral y la razón. En este ámbito, la moderación resulta más eficaz que la ira, y la paciencia y la tolerancia, más que la venganza y el espíritu vengativo. El Mensajero (s.a.s.), el mayor amigo de la humanidad, quiso iluminar el escenario de la historia con la luz de la buena conducta moral y vencer los excesos y las tortuosas conspiraciones de sus enemigos mediante el más alto grado de paciencia. En la historia no se encuentra un ejemplo de perdón tan grande como el que él mostró en esta ocasión. Tras alcanzar, mediante años de esfuerzo y dedicación, cierto grado de éxito, algunas personas intentaron destruirlo provocando disturbios y desórdenes. Intentaron paralizar la ley, el orden y la administración. Tramaron conspiraciones para asesinarlo y lo hostigaron de las formas más ruines. Sin embargo, en medio del estruendo de la calamidad y las conspiraciones, este jefe de Estado del primer y joven Estado islámico del mundo, creado según su propio modelo, condujo su barca con suma serenidad hasta un lugar seguro, ofreciendo una leve sonrisa a las olas.
A pesar de todo, las fuerzas hostiles no cesaron antes de llegar al límite extremo de la inclinación al delito y la conducta pecaminosa. No se rebelaron ni traicionaron una sola vez, sino repetidamente, y lo hicieron abiertamente, con la máxima insolencia. No mostraron el menor respeto por el Estado del que se habían convertido en ciudadanos mediante un pacto constitucional y al que, tanto religiosa como políticamente, tenían el deber ineludible de obedecer. La traición y la rebelión son actos cuyo castigo nunca fue, ni lo es hoy, inferior a la privación de la ciudadanía y la pena de muerte. Pero quien había venido a cambiar el destino de la civilización mostró una paciencia extrema incluso ante crímenes tan graves y enormes. Siguió esforzándose hasta el último momento para que surgiera en las fuerzas hostiles un sentido de cortesía, despertara su capacidad de pensar, regresaran al camino de la razón y, aunque no se corrigieran a la primera ni a la segunda, lo hicieran a la tercera. Pero quienes habían sido conducidos por el camino torcido no abrieron los ojos, salvo unas pocas excepciones, hasta caer en el abismo del fracaso.
Presento aquí algunos ejemplos destacados de traición destructiva, mediante los cuales se comprenderá por qué sendero tan difícil y espinoso deben avanzar quienes establecen los principios de la verdad y la justicia.
Es bien sabido que los siervos creyentes y sinceros que, en la reunión del segundo pacto de al-Aqabah, dieron su palabra al Mensajero (s.a.s.) estrechando su mano, lo hicieron plenamente conscientes de que la llegada del Mensajero (s.a.s.) a Medina y el establecimiento allí del centro del movimiento islámico significaban inevitablemente la guerra. Este acontecimiento se convertiría, por diversas razones, en un enorme desafío para los coraichitas, quienes, desbordados por la emoción y la agitación, tomarían las armas. Por ello estaba claro que la vida del Mensajero (s.a.s.), la existencia de la comunidad que él había establecido y la protección de los demás centros del movimiento islámico dependían por completo, con la ayuda de Allah, de la colaboración de los habitantes de Medina. Con este propósito, el Mensajero (s.a.s.) obtuvo el compromiso de los representantes de los ansar y de sus jóvenes activos, y con este mismo propósito, durante el primer año de la hégira, concluyó tratados también con todas las tribus judías. En conjunto, los ansar cumplieron su compromiso hasta el último momento de sus vidas. Pero los depositarios del Libro de Allah, los herederos de los profetas y sus seguidores violaron repetidamente los tratados que ellos mismos habían concertado.
El primer y más notable caso de traición fue el siguiente: los coraichitas de La Meca, considerando que el hipócrita Abdullah ibn Ubayy era la persona más adecuada, le enviaron una carta secreta. Por medio de esta carta lanzaron un llamamiento general con el fin de someter a su influencia a todas las personas de Medina inclinadas a las malas acciones, desenfrenadas y débiles de fe. En la carta escribieron:
«Habéis dado refugio a nuestro hombre (es decir, a Muhammad, s.a.s.). Juramos por Allah que o lo matáis o lo expulsáis de Medina. De lo contrario, todos juntos os atacaremos, os mataremos y convertiremos a vuestras esposas en compañeras de placer. (Sunan de Abu Dawud)»
Si Abdullah ibn Ubayy hubiera sido un hombre honrado y creyente, esta carta habría llegado inmediatamente al Mensajero (s. a. s.), y él habría deseado sinceramente que se organizara el sentido del honor de todos los habitantes de Medina para hacer frente a la amenaza de Quraysh. Pero la traición estaba arraigada en su naturaleza. Decidió firmemente cumplir las aspiraciones de Quraysh para vengarse de haber perdido su poder. Sabía que entre los habitantes de Medina había un gran número de malhechores opuestos al movimiento islámico. Sin embargo, el contenido secreto de esta carta pronto salió a la luz y el propio Mensajero (s. a. s.) se enteró del asunto. Él mismo fue hasta Abdullah ibn Ubayy y le explicó: «Son vuestros propios hijos, sobrinos y sobrinos por parte de hermana quienes, en la plenitud de su juventud, llevan el estandarte del islam. Si surgiera alguna situación indeseable, verás que serán vuestros propios hijos quienes se alzarán contra vosotros. Tendréis que luchar contra vuestros propios hijos». Abdullah ibn Ubayy comprendió el asunto y abandonó su plan. Cabe señalar que, después de la batalla de Badr, los qurayshíes enviaron nuevamente una carta semejante a Abdullah ibn Ubayy.
En un momento sumamente delicado, este líder intrigante cometió un acto de traición extrema. Cuando, debido a las reiteradas violaciones de sus pactos y a las actividades subversivas de la tribu judía de Banu Nadir, se les dio un ultimátum para abandonar Medina en un plazo de diez días, y Banu Nadir comenzó a prepararse para ello, Abdullah ibn Ubayy les envió un mensaje: «¡Cuidado! No obedeceréis esta orden ni abandonaréis vuestras casas».
«Os ayudaré con dos mil hombres. Por un lado, la tribu judía de Banu Qurayza os ayudará; por otro, la tribu árabe politeísta de Ghatafan ya es vuestra aliada». El resultado de esta promesa fue que Banu Nadir informó al Mensajero (s. a. s.): «No podemos marcharnos de aquí. Haga usted lo que quiera». Finalmente, el Gobierno islámico se vio obligado a adoptar medidas militares para hacer cumplir su propia orden.
Después, este hombre traicionó abiertamente en el momento sumamente delicado y decisivo de la batalla de Uhud. En cuanto el ejército musulmán salió de Medina y llegó a un lugar llamado Shuta, él regresó a Medina acompañado de trescientos hipócritas. Este acto equivalía a apuñalar por la espalda al ejército musulmán. Dijo: «¿Por qué vamos a dar nuestras vidas inútilmente cuando no se actúa conforme a nuestra opinión y el poder está concentrado en manos de otros?». Abdullah ibn Ubayy era partidario de luchar desde el interior de Medina, sin salir fuera de ella. (Asahhus-Siyar, de Abdur Rauf Danpuri)
El segundo implicado en la conspiración traicionera fue Abu Amir. Ya he presentado anteriormente su historia al hablar de la mezquita de Dirar. Enfurecido al conocer la noticia de la victoria del Mensajero (s. a. s.) en la batalla de Badr, este intrigante viajó a La Meca, se entrevistó con Abu Sufyan y lo incitó a vengarse. De este modo, también contribuyó a encender el fuego de la batalla de Uhud. Él mismo participó en la guerra apoyando al ejército de Quraysh. Creía que, siguiendo su consejo, la tribu de Aws abandonaría el apoyo al islam y se pondría del lado de Quraysh. Llamó a los awsíes en el campo de batalla, pero la respuesta que recibió disipó su error. Dejando de lado a los demás, su propio hijo, Hanzala, estaba dispuesto a sacrificar su vida con absoluta devoción, obedeciendo las órdenes del Mensajero (s. a. s.). Después de Uhud, fue ante el emperador romano Heraclio para incitarlo a atacar Medina. Mientras tanto, también dio en secreto a los hipócritas la siguiente seguridad: «Manteneos preparados; voy a traer fuerzas de apoyo». Este hombre hizo cavar fosas cerca de Hunayn para causar daño al Mensajero (s. a. s.). El Mensajero (s. a. s.) cayó en una de ellas y sufrió bastante dolor. (Asahhus-Siyar y Sirat an-Nabi, Shibli)
El tercer traidor fue Ka’b ibn Ashraf. También se ha hablado anteriormente de él. Por un lado, creó en Medina una fuerza de agentes a sueldo, pagándoles regularmente; por otro, incitaba a los habitantes de La Meca a atacar Medina. Para este propósito, utilizaba ampliamente su influencia, prestigio, riqueza y talento poético. Instigados por él, Abu Sufyan y otros se aferraron al revestimiento de la Kaaba y juraron vengarse.
En aquel ambiente lleno de conspiraciones, los musulmanes se vieron obligados a adoptar medidas especiales de defensa. El propio Mensajero (s. a. s.) permanecía despierto por la noche y ordenaba a sus Compañeros que montaran guardia por turnos durante la noche. En una ocasión de aquel periodo, dijo en una reunión: «Que hoy monte guardia un hombre competente». Al oírlo, Sa’d ibn Abi Waqqas se armó y permaneció de guardia toda la noche. En aquella época, los Compañeros dormían con sus armas desde el atardecer hasta la mañana. Probablemente fue entonces cuando dijo:
«Montar guardia durante un día por la causa de Allah es mejor que el mundo entero y todos los medios de sustento que contiene». (Mishkat)
También dijo: «Vigilar durante un día y una noche por la causa de Allah es mejor que ayunar un mes y pasar un mes entero rezando durante la noche». (Ibíd.)
Sobre esta labor de vigilancia, también dijo que su recompensa continúa aumentando hasta el Día de la Resurrección y que además protege del tormento de la tumba. (Riyad as-Salihin)
Los miembros encubiertos de esta quinta columna de Medina encontraban durante la yihad la mejor oportunidad para apuñalar por la espalda al movimiento islámico. De los diez años que el Mensajero (P.B.) pasó en Medina, la mayor parte transcurrió en guerras y conflictos. Pero cada vez que el enfrentamiento entre la verdad y la falsedad adoptaba plenamente la forma de una guerra —y esto ocurrió repetidamente, con breves intervalos—, los judíos y los hipócritas comenzaban a conspirar. Además de la crisis económica, estas guerras y las actividades de los traidores enemigos internos se combinaban para crear una dura prueba para los defensores del Estado islámico.
Ya hemos mencionado, al hablar del episodio de Uhud, que cuando el ejército islámico se dirigía al campo de batalla, el cabecilla de la conspiración, Abdullah ibn Ubayy, regresó a Medina con trescientos combatientes. Si, en lugar de los nobles Compañeros del Mensajero (P.B.), cualquier otra fuerza materialista se hubiera visto sometida a una situación semejante, habría perdido el valor y se habría retirado inmediatamente del combate. Pues mientras el ejército enemigo contaba con tres mil hombres, el ejército musulmán que marchaba para enfrentarlo tenía apenas mil en total. De estos, otros trescientos regresaron. Y entre los setecientos restantes también había hipócritas encubiertos. En esas circunstancias, los muyahidines de Banu Salama y Banu Hariza comenzaron a pensar en regresar. Sin embargo, siguiendo el consejo de los Compañeros, recuperaron el valor y permanecieron en el campo de batalla. La fe en Allah, la convicción de la superioridad del islam, la confianza en el triunfo de la fuerza moral y la dependencia de la ayuda invisible: todo ello constituía el verdadero capital del ejército islámico. Por eso, ninguna debilidad permaneció en sus corazones. Con plena determinación, se pusieron en marcha hacia el campo de Uhud. Luego, cuando en el campo de Uhud se produjo una situación crítica y se difundió el rumor del martirio del Mensajero (P.B.), los hipócritas propusieron que se suplicara a Abdullah ibn Ubayy, tomándolo de las manos y los pies, que regresara y obtuviera la protección de Abu Sufyan. Para corregir algunos errores de los musulmanes en aquel campo, Allah permitió una especie de derrota. A propósito de ella, los hipócritas comenzaron a decir: «Si él hubiera sido un profeta, no habría sido derrotado». Decían que la situación era igual a la de los demás reyes y soberanos del mundo: a veces victoria y a veces derrota. Como consecuencia de esta propaganda, surgieron algunas dudas y vacilaciones en ciertos musulmanes. Algunos comenzaron a pensar: «¿Cómo es posible que, incluso habiendo ido a combatir por la causa de Allah bajo el liderazgo del Profeta de Allah, hayamos tenido que sufrir una derrota?». Como respuesta, el Corán dijo: «Esta desgracia es obra vuestra», es decir, fue el resultado de vuestros propios errores.
Después, al comienzo, durante o al final de cada batalla, los enemigos ocultos continuaban cometiendo actos de traición. Allí donde no era posible hacer nada en la práctica, se intentaba debilitar al movimiento islámico mediante propaganda maliciosa.
La quinta columna mostró sus mayores maquinaciones durante la batalla de la Trinchera. En la batalla de Badr, la fuerza de los qurayshíes había quedado gravemente debilitada. Para vengarse, lanzaron un ataque tras realizar enormes preparativos, y tuvo lugar la batalla de Uhud. Pero se vieron obligados a regresar sin completar su victoria. En el quinto año de la Hégira rodearon Medina con un enorme ejército formado por sus propias fuerzas, los conspiradores de Medina y contingentes incitados de diversas tribus. Esta fue la batalla decisiva. Después de ella, el poder de los qurayshíes y de los demás enemigos quedó completamente destruido. A partir de entonces, los musulmanes abandonaron la política de defensa propia y adoptaron una política ofensiva para neutralizar a los enemigos del islam. En realidad, el camino hacia la conquista de La Meca quedó abierto el mismo día en que terminó la batalla de la Trinchera.
Entre los grupos intrigantes que más contribuyeron a provocar esta lucha decisiva se encontraban los judíos de Banu Nadir. Los que se habían establecido en Jaibar vigilaban la situación y permanecían al acecho, esperando una oportunidad. Cuando supieron que los musulmanes habían sufrido una grave calamidad en la batalla de Uhud y que los qurayshíes, aunque no habían obtenido una victoria completa, habían demostrado un poder considerable, decidieron actuar y acelerar el curso de la historia. Los célebres jefes de Banu Nadir —Salam ibn Abi al-Huqayq, Salam ibn Mishkam, Huyayy ibn Ajtab, Kinana ibn al-Rabi y otros— salieron y llevaron consigo a Hawza ibn Qays, Abu Imara y otros miembros de Banu Wa’il. Al llegar a La Meca, instigaron a los qurayshíes a atacar Medina y les aseguraron su apoyo total. Después fueron ante Banu Ghatafan y también los incitaron. Luego recorrieron las demás tribus. Los qurayshíes organizaron a las otras tribus. Así, diez mil soldados sitiaron Medina. (Asahhus-Siyar, Sira de Ibn Hisham)
Antes de que comenzara la batalla, Huyayy ibn Ajtab conspiró con Ka’b ibn Asad y consiguió que Banu Qurayza rompiera el pacto que había establecido con el Mensajero (P.B.). (Sira de Ibn Hisham) Al enterarse de la noticia, los musulmanes se sintieron sumamente preocupados. Temieron que Banu Qurayza pudiera atacar en cualquier momento. Para proteger a los niños y a las mujeres, el Mensajero (P.B.) asignó a trescientos soldados. Mientras tanto, los hipócritas comenzaron a difundir rumores destinados a crear incertidumbre y miedo, y muchos de ellos empezaron a huir de las posiciones con el pretexto de proteger a sus familias. Iniciaron así una campaña de propaganda, diciendo: «Por un lado, Muhammad (P.B.) nos hace soñar con conquistar los imperios de Roma y Persia; por otro, nuestra situación es tal que ni siquiera podemos alejarnos para hacer nuestras necesidades con seguridad». (Sira de Ibn Hisham)
Una vez ocurrió que, durante una batalla, cuando no se había dispuesto una protección satisfactoria para el lugar donde se alojaban las mujeres, se vio a un judío merodeando sospechosamente por sus alrededores. Hazrat Safiyya bint Abd al-Muttalib tomó un trozo de madera, se acercó a él y lo mató. (Sira de Ibn Hisham)
Esta era la situación más preocupante para los soldados del movimiento islámico. Sin embargo, habían recibido la ayuda especial de Allah Todopoderoso. En primer lugar, la nueva estrategia defensiva de la trinchera; en segundo lugar, la asombrosa habilidad de Nu‘aym ibn Mas‘ud para romper la alianza entre los coraichitas y los Banu Qurayza; en tercer lugar, la firme actitud propia de los muyahidines del Mensajero, de sus dirigentes bien entrenados y de toda la comunidad musulmana; y, en cuarto lugar, el repentino huracán enviado por Allah expulsaron a las fuerzas enemigas del campo de batalla a golpes.
Otro acontecimiento de este tipo fue la expedición de Tabuk. En aquella ocasión, la quinta columna de Medina, dedicada a las intrigas, mostró algunos ejemplos superiores de sus hábiles maniobras. El emperador romano Heraclio estaba enfurecido desde que recibió, de parte del Mensajero, una carta que contenía la invitación al islam. Mientras tanto, los cabecillas de la conspiración también llegaron a la corte del emperador e intentaron incitarlo. De pronto se recibió la noticia de que aquel Heraclio había enviado un enorme ejército de cuarenta mil soldados para atacar Medina.
En Medina reinaba entonces una situación anormal. Era época de hambruna, aunque los frutos habían madurado en los árboles. El clima era extremadamente caluroso. Había que enviar un gran número de soldados muy lejos, mientras que la situación financiera del gobierno era débil. Había una escasez desesperante de los equipos necesarios, camellos, caballos y provisiones. Por ello, al ejército expedicionario de Tabuk se le llamó «Yaish al-Usra», es decir, «el ejército de la penuria». Al ver esta situación y estimar que había pocas probabilidades de obtener botín —bienes obtenidos en la guerra—, los hipócritas adoptaron una política de desobediencia. Se quedaron en sus casas, alegando toda clase de falsos pretextos. Por otro lado, también se conoce esta expedición como «Gazwa-e Fadiha», es decir, «la expedición que desenmascaró a los hipócritas». De Jad ibn Qays se conserva un ejemplo sorprendente de los diversos pretextos y objeciones ridículos que presentaban los hipócritas. Se acercó al Mensajero y le dijo: «La gente sabe que tengo cierta debilidad por las mujeres. Temo que, al ver a las hermosas mujeres romanas, me sienta tentado. Por eso, permítame quedarme en casa». Estos hipócritas no solo se abstenían de partir al yihad, sino que también decían a los demás: «¡Vamos, quedaos en casa invocando a Allah! ¿Os habéis vuelto locos para querer ir al yihad con un calor tan abrasador?». En la casa de un judío llamado Suwaylim se reunían para sus deliberaciones. A quienes acudían allí se les prohibía ir al yihad. Finalmente, aquel lugar de reunión fue completamente clausurado.
Por su parte, el siempre activo Abdullah ibn Ubay formó en un lugar llamado Saniyat al-Wada un ejército separado, compuesto por judíos e hipócritas, con el propósito de llevar a cabo planes malintencionados. Este ejército también era muy numeroso. Sin embargo, no pudo marchar junto al Mensajero.
Después de que el ejército emprendiera la marcha, provocaron otra confusión. El Mensajero había dejado en Medina a Hazrat Ali como representante personal para encargarse de su familia. Al ver esto, los hipócritas comenzaron a difundir propaganda maliciosa: «Hoy en día, Muhammad ya no está complacido con Ali. Por eso no lo llevó consigo». El sentido del honor de Hazrat Ali recibió un duro golpe; se armó inmediatamente y se reunió con el Mensajero, a quien informó de las actividades provocadoras de los hipócritas. El Mensajero lo tranquilizó, lo convenció de regresar a Medina y le dijo que existía el riesgo de que aquella gente provocara algún desorden allí.
Después de llegar a Tabuk, los hipócritas que acompañaban a la expedición —algunos hipócritas siempre participaban en las campañas militares para provocar algún desorden— comenzaron a intimidar a los muyahidines musulmanes diciéndoles: «Habéis tomado a los temibles guerreros del ejército romano por árabes. Mañana, cuando todos seáis capturados como esclavos, comprenderéis cuán equivocada era vuestra idea». Cuando se les pidió explicaciones por aquella propaganda engañosa, dijeron: «Solo estábamos bromeando; no era nada importante». (Véase Asahahus Siyar, págs. 361-385.)
El ejército romano ni siquiera llegó al campo de batalla. Sin embargo, por medio de esta expedición, por un lado, los romanos comprendieron que Medina estaba plenamente alerta y era capaz de enfrentarse a ellos; por otro, como las regiones llamadas Ayla, Jabriya y Dumat al-Yandal quedaron bajo la influencia del poder musulmán, disminuyó el riesgo de una invasión externa.
Durante esta expedición, en dos lugares, el Mensajero prohibió al ejército musulmán beber agua de los depósitos situados junto al camino. Sin embargo, algunos hipócritas quebrantaron la prohibición y pusieron de manifiesto la enfermedad de sus corazones.
Durante esta misma expedición se urdió, en un paso montañoso, un complot fallido para asesinar al Mensajero. Ya he relatado anteriormente los detalles de este suceso.
A pesar de tanta traición y conspiración por parte de los hipócritas, el Mensajero regresó victorioso de esta expedición y siguió perdonándolos sin vacilar. Tres de los fieles compañeros del Mensajero, Ka‘b ibn Malik, Hilal ibn Umayya y Murara ibn Rabí, se quedaron en Medina por pereza. Confesaron su falta. Aun así, tuvieron que permanecer apartados de la sociedad durante cincuenta días, a la espera de la orden de Allah. Superaron plenamente esta prueba y su arrepentimiento fue aceptado. Pero los hipócritas decían: «¡Qué tontos son! Si hubieran presentado cualquier excusa, como nosotros, el asunto habría quedado resuelto. Se han metido innecesariamente en problemas. Ahora que disfruten de las consecuencias».
Esto permite comprender las situaciones tan difíciles a las que tuvieron que enfrentarse el Estado islámico y el movimiento islámico. ¡Cuántas traiciones y conspiraciones tuvo que soportar, a manos de los seguidores hipócritas de Moisés y de los hipócritas que ellos habían creado, aquel que había mostrado a la humanidad el camino del bienestar!
Pero la expansión del Estado islámico no se detuvo por ello; al contrario, continuó creciendo. La fe sincera floreció espléndidamente, mientras que la traición y la hipocresía fueron arrancadas de raíz.
Las despreciables actividades vengativas de los quraysh
En los primeros tiempos en Medina, antes de que comenzaran las guerras, Sa‘d ibn Mu‘adh, destacado líder de la tribu de Aws, fue a La Meca para realizar la umra. Como Sa‘d mantenía desde hacía muchos años una antigua relación con Umayya ibn Jalaf, se alojó en su casa. Acompañado por Umayya, comenzó a realizar el tawaf alrededor de la Kaaba. Por casualidad, Abu Yahl se presentó allí. Llamó a Umayya y le preguntó: «¿Quién es ese hombre que está contigo?». Umayya respondió: «Sa‘d». Abu Yahl dijo entonces a Sa‘d, con tono airado: «Vosotros habéis dado refugio a esos apóstatas, ¿no es así? Me resulta insoportable que personas como tú pongan los pies en el recinto de la Kaaba. Si no estuvieras bajo la protección de Umayya, hoy no regresarías vivo». (Sirat an-Nabi, de Shibli Nu‘mani, primer volumen, con referencias a Sahih Muslim y al-Bujari)
Obsérvese que la venganza política había llevado la arrogancia del líder qurayshí a tal extremo que estaba dispuesto a prohibir a los siervos de Allah la entrada en Su Casa. ¡Quería privarlos de una forma de culto como el hajj! Como si la Kaaba también fuera propiedad de ellos. En realidad, habían convertido la administración de la Mezquita Sagrada en un instrumento de su poder político. Para el Mensajero y para aquellos de sus compañeros que habían sido obligados a emigrar, las puertas del Santuario Sagrado ya estaban cerradas. Pero al declarar abiertamente a Sa‘d ibn Mu‘adh indigno de entrar en el Santuario Sagrado, Abu Yahl dejó al descubierto de la manera más repugnante la injusticia de su posición. Por su parte, Sa‘d ibn Mu‘adh no era ningún asceta carente de dignidad. En su interior estaba plenamente activo el sentido islámico del honor, y comprendía el significado del poderío político de Medina. Dio una respuesta tan breve que ante los ojos de Abu Yahl y de la comunidad qurayshí apareció un peligro terrible. Sa‘d dijo: «Si nos impedís realizar el hajj, nosotros bloquearemos vuestra ruta hacia Medina (la ruta comercial)». En otras palabras, era una amenaza de bloqueo económico contra los quraysh. Esta amenaza alarmó a todos los habitantes de La Meca. Posteriormente, la política de Medina se estableció siguiendo esta declaración de Sa‘d. Como resultado, los quraysh, completamente sin alternativa, se dispusieron a emprender una prueba definitiva de fuerzas.
Abu Yahl ciertamente había pronunciado aquellas palabras impulsado por la excitación, pero esta amenaza indeseada asestó un golpe terrible a su influencia y autoridad. El Sagrado Corán criticó severamente su monopolio sobre el Haram Sharif, pues valiéndose de este poder prohibían a los siervos de Allah entrar en la Casa de Allah. Allah dice:
«¿Y quién es más injusto que aquel que impide que se mencione a Allah en las mezquitas de Allah y se esfuerza por dejarlas desiertas?» (Al-Baqarah, 114)
«Te preguntan sobre combatir en el mes sagrado. Di: “Combatir en él es una injusticia. Pero impedir que la gente siga el camino de Allah, negarlo, impedir que los siervos de Allah entren en la Mezquita Sagrada y expulsar de ella a sus habitantes es una injusticia aún mayor”» (Al-Baqarah, 217)
«¿Por qué no habría Allah de castigarlos cuando impiden el acceso a la Mezquita Sagrada, si no son sus legítimos mutawallíes?»
Estas declaraciones del Corán se difundieron gradualmente por toda Arabia, y la imagen religiosa de los coraichitas fue debilitándose cada vez más.
Durante el tratado de Hudaybiyyah (en el mes de Dhul-Qa’dah del sexto año de la Hégira), los coraichitas intensificaron aún más su labor de impedir que la gente acudiera a la Mezquita Sagrada. Tras recibir una indicación de Allah el Altísimo, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, emprendió el viaje hacia La Meca con el único propósito de realizar la Umrah. No se había declarado ninguna guerra. Los sahaba partieron voluntariamente para realizar la Umrah. También llevaron consigo los animales destinados al sacrificio. Sin equiparse con armas para fines militares, la caravana emprendió el viaje llevando únicamente armas ordinarias para la autodefensa. En un lugar llamado Dhul-Hulayfah, conforme al conocido rito, marcaron los camellos destinados al sacrificio y les colocaron guirnaldas alrededor del cuello. Al ver aquello, cualquiera podía comprender de inmediato que esos camellos eran llevados para ser sacrificados en el Haram Sharif y que no transportaban fuerzas militares. En el camino, por medio del mensajero Bishr ibn Sufyan al-Ka’bí, se supo que los coraichitas se estaban preparando para una guerra total y que no permitirían de ninguna manera el acceso al Haram Sharif. Al llegar a Hudaybiyyah, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, envió un mensaje diciendo: «No hemos venido a luchar, sino a realizar la Umrah». Budayl ibn Warqa, de la tribu de Banu Juza’ah, intentó mediar. Después, Urwah ibn Mas’ud logró avanzar algo en las conversaciones. Luego llegó corriendo para mediar un hombre de Banu Kinana llamado Hulayys. Cuando vio con sus propios ojos una enorme caravana de camellos enguirnaldados pastando en el campo, quedó profundamente impresionado. Al regresar y expresar a los coraichitas su reacción, ellos lo desalentaron cruelmente diciéndole: «¡Hombre, eres un aldeano! ¿Qué entiendes tú de estas cosas?». Hulayys quedó muy afligido. Entonces dijo:
«¡Oh, coraichitas! Esto no es un pacto entre vosotros y nosotros. Tampoco hemos establecido relaciones de amistad sobre esa base. ¿Con qué argumento se impedirá entrar en la Casa de Allah a quienes han venido para exaltar su dignidad? ¡Por Allah!, permitid que Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, haga lo que desea hacer. De lo contrario, nos llevaremos de vuelta a toda nuestra gente».
A aquel hombre le había agradado la política sencilla y transparente del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Su capacidad para distinguir el bien del mal había comenzado a funcionar, y su conciencia se había activado contra las injusticias de los coraichitas. Finalmente, para tranquilizarlo y preservar sus sentimientos, le dijeron: «Nuestro propósito es hacer que acepten algunas condiciones razonables. Guarda un poco de silencio». Después se impusieron unas condiciones tales que, por lo menos, la Umrah del sexto año de la Hégira del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y sus compañeros quedó efectivamente aplazada por un año. (Tafsir de Ibn Kathir, tomo 4; Sira de Ibn Hisham, tomo 3; Asahhus-Siyar)
En esta etapa, vean cómo el Sagrado Corán desenmascaró la mentalidad ruin de los guardianes de la Kaaba:
«Ellos son quienes adoptaron la política de negar la verdadera religión, impidieron que fuerais a la Mezquita Sagrada y no permitieron que los animales destinados al sacrificio llegaran al lugar donde debían ser sacrificados». (Al-Fath, 25)
La intervención y alteración por parte de los qurayshíes de las prácticas y tradiciones religiosas que se habían observado unánimemente desde la época del profeta Abraham menoscabó gravemente su imagen. Mediante pura necedad y obstinación, crearon en toda Arabia una opinión pública adversa sobre sí mismos. La gente comprendió que entre los qurayshíes no había ni rastro de honestidad, piedad o cortesía, y que todo cuanto hacían lo hacían simplemente por testarudez.
La mayor prueba de que el deseo de venganza de los qurayshíes había descendido al nivel más bajo de la brutalidad es que, para satisfacer su resentimiento, hicieron que dos hijas del Mensajero de Allah fueran divorciadas de sus esposos. Esto fue un golpe terriblemente venenoso dirigido directamente al corazón del libertador de la humanidad.
Las honorables Ruqayya y Umm Kulzum estaban casadas con Utba y Utayba, los dos hijos de Abu Lahab. Conforme a la costumbre establecida, esta relación con la familia del pariente más cercano existía desde antes de la profecía. El extremadamente iracundo Abu Lahab no poseía ni siquiera la mínima cortesía que le permitiera mantener las diferencias ideológicas por encima de las relaciones personales y no mezclar los derechos de parentesco con la disputa. Su odio y animosidad siempre fueron excesivamente intensos, y sus actos eran sumamente viles y ruines. Cuando, debido a sus abominables acciones, fue revelada la sura Al-Lahab y en ella se pronunció la maldición «¡Que perezcan las dos manos de Abu Lahab!», se enfureció. El significado de la destrucción de sus dos manos era que, aunque realizara toda clase de actos hostiles y perjudiciales, no podría causar el menor daño al movimiento islámico, y que la fuerza de la honestidad quebraría y reduciría a polvo sus dos manos. Al comprender este significado, se inflamó de ira. Comenzó a presionar a sus dos hijos, diciéndoles que ya no podía ser lícito en modo alguno que mantuvieran en casa a las hijas de Muhammad (s.a.s.); tenían que divorciarse de ellas. La honorable Ruqayya pasaba el tiempo en su hogar sumida en una extrema angustia. Utba se divorció de ella por indicación de su padre. Más tarde, ella se casó con el honorable Uzmán. Los demás jefes de los qurayshíes también hicieron grandes esfuerzos para incitar a Abu Lahab y lograr que sus dos hijos cometieran aquella acción abominable. Conversaban entre sí diciendo que últimamente las actividades para hostigar a Muhammad (s.a.s.) habían disminuido bastante, por lo que era necesario inventar algo nuevo. Decidieron que había que hacer que sus hijas se divorciaran de sus esposos. Así, al menos, se podría crear algún problema para Muhammad (s.a.s.). Le dijeron a Utba, hijo de Abu Lahab, que le conseguirían a cualquier muchacha de los qurayshíes que quisiera, con la única condición de que repudiara a la hija de Muhammad (s.a.s.). Utba no tardó en divorciarse. Utayba mostró aún más arrogancia. Después de divorciarse de la honorable Umm Kulzum, se presentó ante el Mensajero de Allah (s.a.s.) como un matón. Luego dijo con extrema insolencia: «He negado tu religión, me he divorciado de tu hija; tú tampoco me amas y yo tampoco te aprecio». Después, con la máxima falta de respeto, extendió la mano, tiró de una parte de la túnica del Mensajero de Allah (s.a.s.) y la rasgó. El joven yerno no solo se divorció de la inocente y educada muchacha por orden de su padre envidioso, sino que además se comportó como un matón, de modo que, abrumado por el dolor, el Mensajero de Allah (s.a.s.) pronunció espontáneamente esta súplica: «¡Oh Allah, envía contra él a una de Tus fieras!». Cuando Abu Talib se enteró de lo ocurrido, dijo: «Ahora ya nadie podrá salvarte de esta súplica de mi sobrino». Más tarde, mientras Utayba pasaba la noche en Siria con una caravana comercial, un tigre apareció desde algún lugar en la oscuridad de la noche y, escogiendo su presa entre toda la caravana, le devoró precisamente la cabeza. (Al-Mawahib al-Ladunniyya, tomo I, pág. 197)
Después de la muerte de la honorable Ruqayya, el Mensajero de Allah (s.a.s.) casó también a esta segunda hija suya, Umm Kulzum, con el honorable Uzmán. Por ello, él fue conocido como «Dhun-Nurayn».
Los conspiradores qurayshíes presionaron al esposo de Zaynab, la tercera hija del Mensajero de Allah (s.a.s.), Abu al-As, del mismo modo que habían presionado a Utba, hijo de Abu Lahab, y también intentaron tentarlo diciéndole: «Si te divorcias de la hija de Muhammad (s.a.s.), te daremos cualquier muchacha hermosa que desees». Abu al-As poseía brillantes muestras de nobleza. Dijo: «¡Qué vergüenza! Jamás puede suceder que abandone a mi esposa. No quiero que ninguna otra mujer entre en mi casa en lugar de Zaynab». Más tarde, el Mensajero de Allah (s.a.s.) elogiaba la firmeza de carácter de Abu al-As. Como recompensa por su buena conducta, le mostró una gran benevolencia en dos ocasiones. La primera fue cuando Abu al-As llegó entre los prisioneros de guerra de Badr: el Mensajero de Allah (s.a.s.) devolvió el collar que la honorable Zaynab había enviado como rescate y lo liberó sin exigir rescate alguno. La segunda fue cuando sus mercancías comerciales habían sido repartidas entre los musulmanes como botín de guerra; por indicación del Mensajero de Allah (s.a.s.), todos sus bienes le fueron devueltos intactos. (Sira de Ibn Hisham, tomo II, pág. 296)
Después de la batalla de Badr, cuando el Mensajero de Allah (s.a.s.) liberó a Abu al-As sin rescate, como muestra de especial benevolencia, obtuvo de él, durante la conversación, la promesa de que le permitiría a la honorable Zaynab viajar a Medina. Esta promesa se mantuvo oculta a la gente en general. Cuando llegó el momento fijado para la partida de la honorable Zaynab hacia Medina, fueron enviados dos compañeros: el honorable Zayd ibn Hariza y otro hombre de los ansar. El Mensajero de Allah (s.a.s.) les ordenó que se apostaran en un lugar llamado Yaziy, situado a ocho millas de La Meca, y que, cuando Zaynab llegara allí, se la llevaran. Por su parte, Abu al-As preparó a Zaynab y arregló sus pertenencias. Cuando su cuñado, Kinana ibn ar-Rabí, la hizo montar en un camello al amanecer y emprendió el viaje, los qurayshíes se enteraron de lo sucedido. Aquellos salvajes pensaron: «Sería una vergüenza que la hija de Muhammad (s.a.s.) saliera sana y salva de entre nosotros de esta manera». Algunos hombres fueron tras ellos y los alcanzaron en Dhū Tuwa. Un tal Habbār ibn al-Aswad lanzó una flecha contra el palanquín de Zaynab. La honorable Zaynab estaba embarazada. Al ser alcanzada por la flecha, quedó gravemente herida y sufrió un aborto. En ese instante, cuando su cuñado blandió el arco y las flechas y lanzó un grito, aquel cobarde matón de La Meca huyó rápidamente.
Al cabo de unos instantes, también llegó Abu Sufyan. Desde lejos llamó a los atacantes y les dijo: «Escuchadme». Le dijo a Kinana ibn Rabia: «¿Por qué emprendisteis un viaje llevando públicamente a esta mujer, cuando sabes muy bien qué ambiente de hostilidad prevalece? Debido a Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), este ambiente indeseable pesa sobre nosotros. Una acción así, emprendida al mediodía, hace que la gente de La Meca se sienta humillada. Juro por mi vida que no tenemos intención alguna de detener el viaje de la hija de Muhammad. Ahora regresad con ella. Llevadla en secreto en alguna otra ocasión».
Esto demuestra hasta qué extremo los habitantes de La Meca recurrían a la vileza más abyecta para causar sufrimiento y hostigar al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En sus corazones, los lazos de parentesco no tenían ninguna importancia. No sentían la menor vergüenza al maltratar a una mujer. Ni siquiera poseían el discernimiento necesario para considerar la opresión como opresión. A sus ojos, la humanidad ya no tenía ningún valor ni derecho. (Sira de Ibn Hisham, tomo II, Asahhus Siyar)
Escuchad ahora otro acontecimiento. Este episodio revela la sed de sangre extrema de los enemigos del islam. Como parte del sistema que el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había establecido para enviar grupos de maestros a las zonas cercanas a Medina con el fin de difundir las enseñanzas del islam, poco después de la batalla de Uhud, en el mes de Safar, envió un grupo de seis hombres a petición de las tribus de Adal y Qara (Banu Hudhayl). Detrás de aquella petición se ocultaba una terrible conspiración. Cuando los seis enviados del Mensajero llegaron a un lugar llamado Raji, cuatro de ellos fueron martirizados. Los otros dos, Hazrat Khubaib y Zayd ibn Dathina, fueron capturados y enviados a La Meca. (Más adelante se relatarán los demás detalles del incidente de Raji y de los otros grupos de maestros.) Los quraishíes tenían dos prisioneros de Banu Hudhayl. A cambio de ellos, fueron liberados aquellos dos hombres. Hudhayr ibn Ihab al-Tamimi tomó a Hazrat Khubaib para entregárselo a Utba ibn Harith ibn Amir, a fin de que pudiera vengar a Harith. Khubaib había matado a este Harith en la batalla de Badr. Por su parte, Safwan ibn Umayya compró a Zayd ibn Dathina para vengar a su padre, Umayya ibn Khalaf.
Después de sufrir una vergonzosa derrota en el campo de batalla a manos de un reducido número de musulmanes carentes de ayuda y recursos, aquellos que alardeaban orgullosamente de su valentía y virilidad querían ahora satisfacer su sed de venganza matando a estos dos indefensos prisioneros. Aunque estas dos valiosas personalidades de la sociedad islámica fueron martirizadas, la comparación de los caracteres de ambos bandos que este hecho puso de manifiesto se extendió por las venas mismas de la historia.
Safwan entregó a Zayd ibn Dathina a su esclavo Fustas y le ordenó llevarlo a Tan’im, fuera del Haram, y matarlo. Para disfrutar del espectáculo de aquella entretenida escena, los quraishíes habían reunido allí a una multitud. Entre ellos se encontraba el propio Abu Sufyan. Abu Sufyan se acercó y preguntó a Zayd: «Si ahora te dejáramos libre y pudieras regresar para vivir feliz junto a tus hijos, y a cambio matáramos a Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), ¿cómo te parecería?». Ante Zayd, la muerte sonreía; sin embargo, desde las alturas inimaginables de la fe, respondió:
«Juro por Allah que no aceptaríamos ni siquiera que una espina se clavara en el cuerpo de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) allí donde se encuentra, a cambio de quedar libres y poder regresar a vivir con nuestras familias».
Al oír esta respuesta, Abu Sufyan quedó atónito. Dijo: «Nunca he visto en ningún lugar un amor como el que los compañeros de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) sienten por él». Después, este ejemplo viviente de lealtad y sinceridad fue entregado a la espada. Aunque Zayd fue martirizado, ¿quién puede saber en cuántos recuerdos permanece resplandeciente su carácter y cuántas almas han clamado contra la opresión y la brutal ferocidad de los quraishíes? (Sira de Ibn Hisham, Asahhus Siyar)
Hazrat Khubaib permaneció prisionero durante algún tiempo más. El ejemplo de fe y carácter moral que ofreció durante su cautiverio tuvo, entre otros, este resultado: Mabiya, la esclava de Hudhayr ibn Ihab, posteriormente se incorporó a la sociedad islámica. Fue de ella de quien se conocieron los detalles del cautiverio de Khubaib. Mabiya relató que, cuando se acercaba el momento de la ejecución de Khubaib, un día pidió una navaja para afeitarse. Se la entregaron. Pero entonces vi una escena que hizo que se me hundiera el suelo bajo los pies. Vi que Khubaib sostenía la navaja en la mano y que mi hijo pequeño estaba sentado en su regazo. No hace falta explicar qué temor puede surgir cuando un niño del bando enemigo queda al alcance de un prisionero que está a punto de ser ejecutado injustamente y que, además, tiene en la mano un arma adecuada. Khubaib comprendió mi temor y me aseguró: «En ninguna circunstancia mataré a este niño inocente». Después apartó al niño de su regazo. ¿Acaso un carácter tan noble no brilló como una antorcha en el ambiente ensombrecido de La Meca?
Después lo llevaron a Tan‘im para crucificarlo. Al llegar allí, pidió permiso y realizó con profunda concentración la última oración nafl de su vida. De este modo, estableció un ejemplo extraordinario y glorioso para quienes marchan hacia el campo del martirio, un ejemplo que se sigue hasta nuestros días.
Después de terminar rápidamente la oración, dijo: «No penséis que la estoy prolongando por miedo a la muerte». Luego hizo la siguiente súplica:
«¡Oh Allah! Hemos transmitido el mensaje de Tu Mensajero. Informa también al Mensajero de la clase de opresión que se está cometiendo contra nosotros. ¡Oh Allah! Reduce el número de estos enemigos, destrúyelos sumiéndolos en discordias y conflictos, y no dejes con vida a ninguno de estos feroces animales humanos».
Jubaib fue crucificado. Finalmente, Abu Mugira le clavó una lanza y apagó la llama de su vida. Instantes antes de morir, pronunció varios versos de poesía. El más famoso de ellos es el siguiente:
(Árabe********)
«Cuando me matan por ser musulmán, no me importa en absoluto el sufrimiento que padezca al morir». (Sira de Ibn Hisham, tomo III)
Al matar a estos dos hombres, los coraichitas quizá pensaron que habían debilitado considerablemente la fuerza del islam. Pero no podían siquiera imaginar cuánto había aumentado cada gota de la sangre derramada de estos oprimidos mártires los frutos de la fe. Junto con todas estas abominables acciones de venganza, también exponemos la traición política de los coraichitas, cometida al violar el pacto de Hudaybiyya. En este tratado histórico se había acordado que cualquiera de las tribus árabes que quisiera convertirse en aliada de los coraichitas podría hacerlo, y que cualquiera que quisiera convertirse en aliada de los musulmanes también podría hacerlo. Las tribus gozarían de plena libertad en este asunto. Nadie podría imponer nada a nadie por la fuerza. Conforme a esta disposición, Banu Bakr estableció inmediatamente una alianza con los coraichitas, y Banu Juzaa con los musulmanes.
Desde la época preislámica, entre aquellas dos tribus se había mantenido un funesto ciclo de venganzas sucesivas a raíz de un asesinato. Mientras tanto, se habían producido varios asesinatos entre ambas tribus. La última ocasión de vengarse correspondía a Banu Bakr, y se estaban preparando para ello. En ese momento, el movimiento islámico, al provocar las conmociones más intensas de la historia, atrajo hacia sí la atención de todas las tribus. Como consecuencia, aquellas tribus suspendieron temporalmente sus conflictos internos, se unieron y se alzaron contra esta nueva predicación. La unidad externa que la oposición y el odio al movimiento islámico habían generado entre ellas comenzó a perder fuerza después del pacto de Hudaybiyya. Empezaron a recordar sus antiguas disputas. Banu Wayl era una rama de Banu Bakr. Varios hijos de un hombre de Banu Wayl, Aswad ibn Razan, habían sido asesinados por la tribu de Banu Juzaa. Para vengar aquel asesinato, el jefe de Banu Wayl, Nawfal ibn Muawiya, movilizó a toda la tribu. Aprovechando la tregua que había resultado del pacto de Hudaybiyya, atacaron a Banu Juzaa. La primera víctima de este ataque fue un inocente miembro de Banu Juzaa que se encontraba cerca de un estanque llamado al-Watir. Al ver esta inesperada violación del tratado, los demás miembros de Banu Juzaa huyeron despavoridos. Los atacantes los persiguieron y también los mataron.
Los qurayshíes, haciendo caso omiso de las obligaciones derivadas del tratado de Hudaybiyya, suministraron armas a los Banu Bakr y, además, continuaron negociando secretamente un acuerdo con los Banu Khuza’a al amparo de la noche. Los Banu Khuza’a buscaron refugio en el Haram Sharif (el recinto de la Kaaba) y llamaron al jefe de los Banu Bakr: «¡Oh, Naufal! Mira, ahora hemos entrado en el Haram Sharif. ¡Por el amor de Allah, detén el ataque!». Pero ellos se habían cegado por la embriaguez de la victoria. Naufal dijo: «Hoy no existe ningún Allah. ¡Oh, Banu Bakr! Tomad una venganza completa. ¿Acaso vais a olvidar vengar vuestra humillación por respeto al honor del Haram Sharif?». Finalmente, los Banu Bakr derramaron sangre incluso después de entrar en el Haram Sharif. Algunos miembros de los Banu Khuza’a, tras salvar la vida con grandes dificultades, fueron a esconderse en la casa de Budail bin Wabra y de su esclavo Rafi.
Los qurayshíes habían hecho esto bajo el impulso de una intensa agitación surgida de la rivalidad tribal. Pero fue tal su insensatez que recibieron inmediatamente las consecuencias nefastas de su acto. Este acontecimiento provocó la conquista de La Meca. Los qurayshíes no habían considerado en absoluto que, frente al poder creciente del movimiento islámico, sus propias fuerzas avanzaban hacia una decadencia extrema, tanto moral como política. Por eso debieron haber procedido con la máxima cautela. A causa de este incidente, en la sociedad árabe regida por tribus no pudieron evitar la amplia condena de su violación de la promesa. Su reputación quedó gravemente dañada. Además, las acciones de extrema opresión perpetradas por los Banu Bakr con el respaldo de los qurayshíes, y los espantosos tormentos sufridos por los Banu Khuza’a, alertaron a todas las tribus árabes de que el liderazgo qurayshí era incapaz de garantizar la paz y la justicia. Asimismo, en este incidente se mancillaron tradiciones de cientos de años y se pisotearon de manera vergonzosa la grandeza del nombre de Allah y la santidad del Haram Sharif, lo que provocó una gran inquietud y malestar en la opinión pública. En estos disturbios, los qurayshíes, al respaldar a la parte opresora, echaron por tierra su propio honor y dignidad. Quizá los qurayshíes pensaban que, si destruían a los Banu Khuza’a, aliados del Estado islámico, podrían satisfacer en cierta medida su sed de venganza contra Muhammad (s. a. s.). Pero no reflexionaron que, al actuar así, estaban destruyendo con sus propias manos la unidad de las tribus protectoras del sistema social de la ignorancia preislámica. Incluso estaban empujando a algunas tribus vecinas a buscar refugio en Medina.
En realidad, el destino de todo sistema social anticuado y de todo liderazgo viejo que carece tanto de ideales y objetivos superiores como de valores morales y una cultura constructiva, y cuyo único recurso es el objetivo negativo de reprimir y destruir toda fuerza constructiva y reformadora, suele ser este: su propia inteligencia lo conduce por el camino de la insensatez; su propia fuerza lo arroja al profundo abismo de la debilidad; su propio sentido de la nobleza lo convierte en víctima de la extrema humillación y el deshonor; y su propio progreso hace inevitable su atraso, del mismo modo que su desarrollo hace inevitable su decadencia.
Amr bin Salim, de la tribu de los Banu Khuza’a, partió hacia Medina y, al llegar ante el Mensajero (s. a. s.), le relató la conmovedora historia de la opresión y los abusos sufridos a manos de los Banu Bakr y los qurayshíes. El Mensajero (s. a. s.) estaba sentado en una reunión en la mezquita. Allí, Amr bin Salim, conforme a la costumbre árabe tradicional, expresó su dolorosa historia mediante un poema desgarrador:
(Árabe********)
«¡Oh Allah! Le recordaré a Muhammad el tratado que se había celebrado entre nuestras antiguas familias y la suya. ¡Oh Profeta, ayúdenos y convoque a los siervos de Allah para que se reúnan en nuestra ayuda! Salga al campo con un ejército enorme, como las olas del mar que levantan grandes masas de espuma. Porque los qurayshíes han violado su tratado. Nos atacaron cerca de Watir, en la oscuridad de la noche. Nos atacaron mientras dormíamos. Nos golpearon mientras estábamos inclinados y postrados en oración».
Se respondió: «¡Oh, Amr bin Salim, recibirás ayuda!»
Ahora los qurayshíes comprendieron qué acto tan destructivo habían cometido. Abu Sufyan se apresuró a ir a Medina con el propósito de reactivar el tratado. Pero el ambiente allí era tal que, cuando Abu Sufyan fue a la casa de su hija y se disponía a sentarse sobre la cama, ella la retiró y dijo: «Esta es la cama del Mensajero de Allah. Usted no puede sentarse en ella siendo un politeísta impuro». Abu Sufyan regresó derrotado y, pocos días después, vio que un enorme ejército había llegado a La Meca. (Sirat Ibn Hisham, tomo 4; Asahhus Siyar; Siratun Nabi, de Shibli Nomani, tomo 1)
De estos acontecimientos ha quedado claro que, en este conflicto histórico, cada paso, cada conspiración, cada acción de represalia y cada acto de venganza de la fuerza negativa del liderazgo de la Yahiliya la debilitó progresivamente. Por el contrario, la fuerza positiva y constructiva, el movimiento islámico, fue adquiriendo cada vez más fuerza y avanzando.
Por otro lado, observemos la conducta del Mensajero (la paz sea con él): la guerra se libraba entre ambos bandos. En ese momento, el gobernante de Yamama abrazó el islam y suspendió permanentemente el suministro de alimentos hacia La Meca. Precisamente entonces había hambruna en La Meca. Muhammad (la paz sea con él), el salvador de la humanidad, pensando en la gente pobre, solicitó personalmente que se reanudara el suministro de alimentos desde Yamama y envió de sus propios recursos quinientas monedas de oro para los pobres de La Meca. Esta magnanimidad conmovió profundamente a la población de La Meca. Según una narración, los habitantes de La Meca escribieron ellos mismos al Mensajero (la paz sea con él): «Tú ordenas no romper los lazos con los familiares, pero has roto esos lazos con nosotros». Algunos también escribieron: «Estás matando a los padres con la espada y a los hijos con el hambre». (Sira de Ibn Hisham, tomo IV; Asahhus-Siyar; La vida política del Noble Mensajero, Dr. Hamidullah)
Capítulo 5
Las actividades militares del amigo de la humanidad: principios, estrategia, acontecimientos y enseñanzas
Ya aparezca el movimiento islámico desde el valle del Sinaí o desde la base de Farán, su camino siempre ha de atravesar la lucha armada.
El movimiento revolucionario del islam conquistaba los corazones de las personas mediante la fuerza de la razón, construía una sociedad fraternal en oposición al desenfreno tribal, organizaba a los grupos humanos desunidos y creaba un Estado democrático y constitucional en lugar de una sociedad anárquica que se negaba a obedecer la ley. El movimiento islámico infundía una nueva inspiración en las latentes capacidades intelectuales de las personas.
Encendía la antorcha del conocimiento en la oscuridad de la Yahiliya, reavivaba la fuerza vital perdida de la devoción a Allah y volvía a encender la lámpara apagada de los valores morales. Mostraba el camino paradisíaco de la justicia social a un mundo hastiado del antiguo sistema social de la Yahiliya y a las clases explotadas y oprimidas social y económicamente; y en su seno crecía el mejor ejemplo de la humanidad.
Frente a ella se encontraba aquella Yahiliya, que no poseía ningún ideal inspirador, que preservaba la anarquía y el caos, que gobernaba la sociedad sobre la base del egoísmo, que había convertido la religión en objeto de burla y cuyo nombre servía de base para negocios sagrados. Incluso los valores morales antiguos que aún quedaban en la sociedad estaban siendo destruidos por aquella Yahiliya. En resumen, se había convertido en un obstáculo para la libertad, la seguridad, la justicia y el progreso. Precisamente por esta debilidad, al retroceder cada vez más, iba quedando desorientada. Sus argumentos y pruebas se habían agotado. El arma de su ferocidad se había embotado. Sus conspiraciones estaban fracasando y sus hombres se estaban convirtiendo en las personas más viles.
Los principales cabecillas de la yahiliya habían asestado, en efecto, un golpe devastador al expulsar de La Meca a Muhammad (P) y a sus compañeros. Sin embargo, muy pronto comprendieron que el apoyo que el Mensajero (P) había obtenido de los ansar mediante el juramento de fidelidad de Aqaba significaba que Medina se convertiría ahora en una sólida base del movimiento islámico, que allí se establecería un gobierno y que la sociedad islámica se transformaría en una fuerza cuyo avance ya nunca podrían detener.
Además, cuando, tras llegar a Medina, el Mensajero (P) concertó acuerdos políticos con los judíos y las demás tribus de Medina, la amenaza para los qurayshitas aumentó aún más. Inmediatamente después, el Mensajero (P) comenzó a organizar la fuerza defensiva. Al mismo tiempo, empezó a enviar destacamentos como patrullas para vigilar las fronteras del Estado de Medina y supervisar los movimientos del enemigo en las zonas cercanas. Esto hizo que surgieran ante los ojos de los qurayshitas muchas otras temibles amenazas. Su ruta comercial hacia Siria pasaba precisamente cerca de Medina. Como consecuencia, apareció el temor de que todo su sistema comercial quedara paralizado. De hecho, cuando Abu Yahl impidió a Saad ibn Muadh realizar la umra, lo amenazó claramente: si lo hacía, cerrarían sus rutas comerciales. El Mensajero y sus compañeros habían estado anteriormente atrapados en las redes de los qurayshitas. Pero ahora él se había liberado de su dominio. Antes se limitaba a predicar la da‘wa; ahora también ocupaba el trono del poder. Antes era un oprimido y había adquirido el hábito de soportar en silencio toda injusticia. Pero ahora estaba capacitado para reparar y resistir la injusticia. En realidad, después de atravesar las distintas etapas de oposición a la predicación del islam, la fase a la que habían llegado los qurayshitas no podía desembocar en otra cosa que no fueran guerras y hostilidades. Tras haber ejercido las formas más crueles de persecución contra los dirigentes del movimiento islámico y haber planeado el asesinato del Mensajero (P), inevitablemente se había formado en ellos una mentalidad asesina y sedienta de sangre. Por otra parte, si el pequeño capital que el Mensajero (P) había acumulado en Medina con la intención de inaugurar una nueva era era saqueado, eso significaría que todo el éxito alcanzado hasta entonces quedaría arruinado y que se frustraría por completo la esperanza de que el Estado islámico prosperara y floreciera. Para el desarrollo y la defensa de este Estado era sumamente importante tener en cuenta el curso del tiempo. Si cada amenaza no se percibe en el momento adecuado y no se adoptan a tiempo medidas para remediarla, no puede imaginarse una ineptitud e incapacidad mayores por parte de un liderazgo. Del mismo modo, también es esencial que cada medida se adopte en el momento óptimo para ella y, dentro de ese momento óptimo, lo antes posible. De lo contrario, el tiempo, que avanza a la velocidad del rayo, jamás espera a nadie. Toda predicación y todo movimiento no pueden limitarse a observarse a sí mismos; deben compararse con la fuerza del adversario para determinar quién avanza o se retrasa, cuándo y en qué medida. El Noble Profeta (P), gran amigo de toda la humanidad, y sus prudentes compañeros sabían perfectamente que, después de la hégira, el yihad era ahora la etapa siguiente e inevitable. Comprendían que, para sobrevivir, tendrían que vivir luchando contra los qurayshitas. Por eso, inmediatamente después de reasentar a los muháyirun y consolidar el equilibrio de la nueva fuerza de Medina, el Mensajero (P), como jefe de un Estado, dedicó toda su atención a la defensa.
La perspectiva islámica sobre la guerra y el yihad
Aquí considero necesario exponer brevemente un principio fundamental. Ese principio es que, así como la existencia de la policía y de los tribunales para combatir el delito en cualquier Estado constituye un proceso natural, del mismo modo la yihad es una función natural de todo Estado. Sin embargo, para un Estado joven, una sociedad recién establecida y un gobierno creador de una época independiente, atravesar un período riguroso de yihad no solo es natural, sino también inevitable. Especialmente cuando un nuevo sistema social se construye sobre la base de una ideología revolucionaria, es inevitable que las antiguas fuerzas contrarias a la revolución se unan y se alcen contra él. Frente a las fuerzas hostiles a una revolución de este tipo, la mera defensa no basta; más bien, ninguna revolución puede conservar sus fronteras y su posición actuales sin destruirlas. Por consiguiente, la doctrina islámica de la yihad no es un mecanismo puramente defensivo, que obligue a enfrentarse a alguien únicamente cuando este lanza un ataque. Por el contrario, el islam también ordena que, por un lado, quienes convocan a la revolución islámica estén dispuestos, si es necesario, a sacrificar por completo sus vidas y sus bienes para proteger cada centímetro del territorio de su Estado, todos sus recursos y la vida y el honor de sus ciudadanos. Por otro lado, deben derrocar a las fuerzas contrarias a la revolución para llevarla a su culminación, rescatando a los miles de millones de siervos de Allah de la opresión, la explotación, la ignorancia, la miseria económica y la degradación moral. Un Estado establecido sobre la base de un ideal revolucionario no tiene otra alternativa que realizar esta tarea. [A este respecto, considero muy importante señalar aquí que, cualquiera que sea el nivel en que se realicen las labores reformadoras y constructivas, para llevarlas a cabo resulta inevitable recurrir de algún modo a la fuerza. Así como los padres emplean, junto con los argumentos, los buenos consejos, la educación y la formación, también la fuerza por el bien de sus hijos, y los gobiernos la emplean por el bienestar de los habitantes del país, del mismo modo los abanderados de una revolución constructiva y reformadora se ven obligados a emplear cierta fuerza. Puede preguntarse: en la época de la ignorancia de Arabia, cualquiera que fuera la estructura y el método del sistema de gobierno tribal vigente, y cualquiera que fuese la situación en que viviera la población bajo él, ¿qué derecho tenían otros a cambiarlo? ¿Puede considerarse en absoluto legítimo organizar una revolución con fines reformadores y constructivos, llevarla después a su culminación y emplear la fuerza para ello? Si se toma mínimamente en serio esta pregunta, ¿con qué fundamento se concederá a un padre o a una madre el derecho de inculcar en la mente de sus hijos determinadas ideas, enseñarles por la fuerza cierto tipo de modales, conducta y costumbres, o imponerles por la fuerza una conciencia moral particular? ¿Y cómo se concederá a un gobierno el derecho de emplear la fuerza para impedir a los ciudadanos determinadas acciones y obligarlos a realizar otras? ¿Con qué derecho aplicará medidas correctivas contra la ignorancia, las malas acciones, la suciedad y la deshonestidad moral, y eliminará los obstáculos de quienes impidan aplicar esas medidas? No puede imaginarse ningún ámbito en el que las labores reformadoras y constructivas no encuentren obstáculos y no sea necesario emplear la fuerza para eliminarlos. Si se concede libertad absoluta a las fuerzas obstructivas, no será posible realizar ninguna labor reformadora o constructiva. La propia naturaleza humana se opone con todas sus fuerzas a cada labor reformadora y constructiva. Cuando se lleva a cabo una revolución constructiva para rescatar a un país o a una nación de su estado de decadencia y conducirlo por el camino del bienestar, la naturaleza humana, es decir, las inclinaciones innatas, la buena voluntad y la conciencia, presentan las mayores pruebas y testimonios a su favor. Son precisamente estos testimonios los que forman la opinión pública favorable a esa revolución. Entonces resulta imprescindible responder a la siguiente pregunta: puesto que las exigencias de la naturaleza humana son ambiguas, ¿cuál es el método irrefutable para determinar si una revolución es constructiva y reformadora, o engañosa y destructiva? La respuesta es que ese método irrefutable es el ideal transmitido por el Gran Profeta (la paz sea con él): la ley de Allah. Para distinguir cuál de las innumerables palabras grandilocuentes de los seres humanos es beneficiosa y cuál perjudicial, el camino infalible es el que muestra la revelación. Llevar a la nación árabe de la anarquía a un sistema estatal bien organizado, unir a una nación dividida en tribus y transformarla en una sola entidad nacional, adornar a millones de personas con el conocimiento y el buen carácter, y ofrecerles una nueva era de poder, seguridad y justicia constituye una obra tan grandiosa y sagrada que, si no fuera legítimo emplear la fuerza para realizarla, no quedaría en la historia de la humanidad ningún otro ámbito justo y legítimo para emplear la fuerza.] Si Allah concede la oportunidad, trataremos este tema detalladamente en el volumen del libro en el que se pretende analizar de forma pormenorizada las campañas militares de la época del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
A este respecto, desde Occidente se ha planteado, con una mentalidad sumamente tortuosa, una polémica engañosa. Y, como consecuencia de ello, la parte occidentalizada de los musulmanes que han olvidado su propia identidad también ha caído en un grave extravío. Los objetores han interpretado las campañas militares como si se hubieran utilizado ataques militares para imponer una religión a las personas por la fuerza. Sin embargo, no se trataba simplemente de una cuestión religiosa. Era un movimiento revolucionario total. Esta revolución había comenzado la tarea de reconstruir la humanidad a cambio de numerosos y valiosos sacrificios de vidas y bienes, y los opositores egoístas a la revolución querían aniquilarla antes de que alcanzara el éxito pleno. El objetivo aquí era fundar un Estado. Para establecerlo, sus constructores soportaron durante trece años una persecución extrema; después abandonaron sus hogares, sus tierras y todas sus propiedades, y, convertidos completamente en desposeídos, se recluyeron en un pequeño territorio donde pudieran vivir conforme al modo de vida que habían elegido y mostrar a toda la humanidad el camino de la paz y la seguridad.
Se estaban llevando a cabo los preparativos para inaugurar con gran pompa este nuevo capítulo dorado de la historia. Pero los judíos de Medina, los hipócritas, los coraichitas de La Meca, las tribus subordinadas a ellos y varios grandes gobernantes del exterior, todos juntos, querían destruir esta iniciativa desde su mismo comienzo. No querían dar a los revolucionarios musulmanes la oportunidad de llevar esta revolución a la cumbre dorada del éxito. Es cierto que la religión del islam constituía una parte importante del movimiento islámico —aunque en un sentido distinto del significado deformado de la religión que hoy se ha hecho común—, pero el movimiento se formó mediante la unión de muchas otras partes importantes. Por eso vemos que el Estado islámico de Medina garantizaba a los no musulmanes plena libertad religiosa dentro de los límites de la religión. No empuñó la espada para imponer esa religión, sino en defensa del movimiento, del sistema integral de vida y de los intereses del Estado islámico. Su verdadero problema era asegurar la estabilidad y el desarrollo saludable de su propia sagrada estructura política, pues en ello residía el bienestar de toda la nación árabe y de toda la humanidad. El ámbito del conflicto de la lucha total de los musulmanes era político. Comenzaban a adquirir una nueva y sorprendente experiencia de hacer política sobre los fundamentos morales de la honestidad y el temor de Dios. Y precisamente esta noble tarea era la que los coraichitas, los judíos y las tribus beduinas querían frustrar. En semejante situación, ¿cómo pudo siquiera plantearse esta cuestión absurda: si el Mensajero, la paz sea con él, y sus compañeros habían utilizado la espada para predicar la religión? ¿Cómo pudo surgir siquiera la pregunta de si las expediciones militares del Mensajero, la paz sea con él, fueron defensivas u ofensivas? Sin embargo, nuestros musulmanes susceptibles aceptaron discutir estas cuestiones. Al aceptar los injustos y absurdos argumentos de los occidentales, pensaron que así podrían borrar de las páginas de su propia historia ciertas supuestas manchas de ignominia. Habiendo perdido toda confianza en sí mismos, comenzaron a presentar humildes excusas ante los orientalistas. Interiorizaron una concepción completamente errónea y limitada del islam y también deformaron la doctrina de la yihad. La situación de sus maestros occidentales es esta: las guerras abominables libradas por sus líderes religiosos para satisfacer meros intereses personales y por sus reyes para expandir sus reinos siguen siendo consideradas hasta hoy un motivo de gloria en su poesía y su literatura. Siempre consideran motivo de orgullo las injustas medidas adoptadas para esclavizar a diversos países independientes. Si sus crímenes de piratería naval contribuían a la creación de colonias, convertían a sus autores en héroes. Pero si el Estado islámico de Medina, rodeado de amenazas por todos lados, se entregaba con completo desinterés a la lucha para preservar su nuevo sistema de gobierno y su sistema social, resistir a varias fuerzas destructivas y dotarse de bienes tan escasos como la unidad, la disciplina, la paz, la seguridad, la justicia, la libertad y la democracia, los intelectuales más destacados de Occidente seguían trabajando incansablemente para redactar una acusación contra él y demostrar su culpabilidad. Ya se acerca el momento de llevar ante el tribunal de la historia el proceso contra todos estos acusadores y sus partidarios. Ha llegado el momento de preparar el pliego de cargos que desenmascare sus engaños y fraudes. Para satisfacer esta necesidad nacional, los jóvenes estudiantes de historia y de la ciencia de la sira deben presentarse para asumir esta responsabilidad.
La doctrina de la yihad en el islam no se fundamentó en absoluto en el concepto convencional de defensa. Sin embargo, es defensiva en el sentido de que su objetivo es preservar el Estado islámico y la sociedad islámica; preservar el ideal sobre cuya base se ha establecido el sistema jurídico islámico. Su objetivo es resistir a toda fuerza subversiva efectiva que quiera destruir los logros alcanzados por la revolución islámica y obstaculice su plena realización, así como derrocar por completo todo sistema de gobierno tiránico que se interponga en el camino del desarrollo y el progreso de la civilización y del bienestar de la humanidad.
La concepción coránica de la guerra
No hay aquí espacio para un análisis detallado. Sin embargo, es necesario prestar atención a algunos pasajes sumamente importantes del Corán:
«Se ha concedido permiso para tomar las armas a aquellos contra quienes se hace la guerra, porque han sido víctimas de la opresión. Dios tiene pleno poder para ayudarlos. Han sido expulsados de sus hogares injustamente, solo por decir: “Dios es nuestro único Señor”. Si Dios no hubiera hecho que unos pueblos —que son cabecillas de la corrupción y el extravío— fueran derrocados del poder por medio de otros —que enarbolan la bandera de la construcción y la reforma—, habrían sido destruidos los monasterios de los ascetas, las iglesias de los cristianos, los lugares de culto de los judíos y las mezquitas de los musulmanes, en las que se menciona mucho el nombre de Dios. Dios ayudará únicamente a quienes colaboran en la causa de Dios. Ciertamente, Dios es Todopoderoso y Victorioso en todos los sentidos para ayudarlos. Son aquellos que, si les damos autoridad en la tierra, establecen la oración, pagan el azaque, ordenan el bien y prohíben el mal; y a Dios pertenece el desenlace final de todos los asuntos». (Corán, 22:39-41)
«Combatid en la causa de Dios —para aplicar y preservar Su justa ley— contra quienes os combatan. Pero no transgredáis. [No hay aquí espacio para tratar detalladamente el tafsir. Sin embargo, es necesario señalar brevemente que la prohibición de transgredir significa que, al reprimir a quienes buscan el desorden y la anarquía, no se debe emplear la fuerza también contra quienes buscan la paz. Segundo, las operaciones militares no deben prolongarse más allá de los límites de la necesidad absoluta. Tercero, durante la guerra deben observarse las normas morales del islam y las leyes de la guerra]».
Dios no ama a quienes transgreden. Matadlos dondequiera que los encontréis y expulsadlos de donde os expulsaron, porque la fitna —la resistencia y el impedimento para establecer la verdad y la justicia— es peor que matar. No combatáis contra ellos en los alrededores de la Mezquita Sagrada. Pero si ellos os combaten allí, combatidlos también. Y si realmente entran en combate contra vosotros dentro de los límites del Santuario Sagrado, combatidlos también, sin vacilación ni reparo. Así se debe castigar a estos incrédulos —los enemigos de la revolución islámica—. Pero si desisten, Dios es, ciertamente, Perdonador y Misericordioso. De lo contrario, combatidlos hasta que desaparezca todo obstáculo del camino para establecer la ley islámica y todo el sistema de vida se someta a la ley de Dios. Pero si cesan de obstaculizar, no se tomará ninguna otra medida contra ellos. Excepto contra los opresores». (Corán, 2:190-193)
«¿Qué os pasa, que no combatís por la causa de Allah y, especialmente, para proteger de la opresión a aquellos hombres, mujeres y niños indefensos que suplican: “¡Señor nuestro! Sácanos de esta ciudad cuyos habitantes son opresores; envíanos, de Tu parte, a alguien que nos proteja y envíanos, de Tu parte, a alguien que nos ayude!”» (Sura an-Nisa: 75)
«Pero si después rompen el pacto y se burlan de vuestra religión —demostrando así que están decididos a conspirar—, combatid a los líderes de esas fuerzas contrarias al islam. Para ellos, sus pactos y compromisos no tienen ningún valor. Quizá así desistan. ¿Acaso no combatiréis contra quienes quebrantan sus pactos, conspiran para expulsar al Mensajero (de Medina) y fueron los primeros en atacaros?» (Sura at-Tawba: 12)
«Si no salís a combatir (por la yihad), Allah os castigará con un castigo doloroso y pondrá a otros en vuestro lugar; no podréis causarle ningún perjuicio. Allah tiene poder sobre todas las cosas.» (Sura at-Tawba: 39)
En el Corán hay muchos otros versículos dignos de estudio sobre la concepción islámica de la yihad y la estrategia bélica seguida por el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Pero de ellos solo he citado los versículos que son sumamente claros y de los cuales pueden extraerse únicamente los principios fundamentales. Los temas explicados en estos versículos son los siguientes:
1. En general, los musulmanes habían sufrido persecución durante años, y el golpe final de la opresión colectiva fue la expulsión del Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y de sus compañeros de La Meca. Desde el principio, la parte adversaria había actuado de manera opresiva, pues no les permitía a los musulmanes vivir en sociedad. No quería permitir que las personas sinceras reconocieran a Allah como su Señor y Sustentador y construyeran su vida sometidas a Sus mandatos. Les había arrebatado la libertad y el derecho de profesar creencias y opiniones, expresar un pensamiento independiente, invitar a la gente hacia la verdad y formar organizaciones. Durante varios años consecutivos, asestaron brutales y violentos golpes contra los musulmanes revolucionarios, inocentes, nobles, amantes de la paz y pacientes, haciendo insoportable su vida en su propia patria.
2. El islam ofrece a sus opositores la máxima oportunidad para comprender su mensaje y cambiar su conducta, y precisamente con ese propósito hace que sus seguidores atraviesen una larga etapa de paciencia y tolerancia. Pero nunca puede aceptar que esos seguidores pacientes permanezcan eternamente como oprimidos y perseguidos, mientras aumentan la arrogancia y el orgullo de los opresores. El propósito del islam no es proporcionar víctimas fáciles para alimentar a un reducido número de bestias humanas violentas en la sociedad. Forma a los pacientes precisamente para que eliminen a los opresores y abran para la humanidad el camino de la liberación.
3. Erradicar las fuerzas destructivas que practican la persecución, la opresión, la injusticia y la explotación es una tarea social y cultural de enorme importancia y necesidad. Pues si estos grupos anárquicos no son apartados del poder y la autoridad mediante la fuerza, y se les permite actuar libremente de manera permanente, todos los valores de honestidad, justicia, amor por la paz y devoción a Allah están destinados a ser destruidos.
4. La ideología revolucionaria del islam pretende, cuando es necesario, utilizar la fuerza de las armas para arrebatar el poder de manos de quienes patrocinan el desorden, la ignorancia, las malas acciones, la corrupción, la injusticia y la opresión. Después pretende confiar el poder a personas que establezcan la obediencia a Allah, la oración y el sistema del zakat, promuevan y desarrollen la honestidad y la justicia, y se opongan a la injusticia y la falsedad.
5. «Combatid contra quienes combaten contra vosotros»: esto no significa que debáis adoptar medidas defensivas únicamente después de que los enemigos os hayan atacado. Lo que aquí se señala es que no hay necesidad de ir tras aquellos enemigos del islam que no participan activamente en la oposición y la resistencia. Pero contra quienes obstaculizan constantemente vuestra labor y, mediante ataques, se empeñan en destruiros a vosotros, así como vuestro sistema social y estatal, no hay más opción que tomar las armas. No es necesario permanecer a la espera del momento en que ataquen efectivamente al Estado islámico. Por el contrario, allí donde se les encuentre desprevenidos, se les puede eliminar. También se ha presentado un argumento claro e irrefutable en apoyo de esto: el derramamiento de sangre no es, en sí mismo, una buena acción. Sin embargo, llevar a cabo actividades destructivas contra el movimiento, la organización, la sociedad y el Estado islámicos, provocar disturbios y desórdenes, y establecer bloqueos y resistencias constituye una injusticia muchas veces mayor. Si se permite que los enemigos del islam continúen con estas acciones, acabarán desarraigando por completo el islam. Por ello, para protegerse de una injusticia mayor, es indispensable emprender y adoptar activamente medidas de yihad armada. Esta lucha armada debe proseguirse empleando todas las fuerzas hasta que quienes crean resistencia y bloqueo en el camino de la verdad y la justicia sean completamente eliminados y la religión completa de Alá quede establecida en todos los ámbitos de la vida.
6. Por una parte, se ha ordenado estrictamente mostrar el debido respeto por los lugares, tiempos y ritos sagrados de la religión; pero, por otra, también se ha protegido a los musulmanes de la falsa idea de piedad religiosa según la cual, aunque los enemigos pisoteen el honor y la dignidad de todas esas cosas sagradas y continúen degollando musulmanes, estos no deben emitir ni siquiera un sonido y han de dejarse degollar dócilmente, sin resistencia, dando prioridad a la obligación de respetar la santidad de los lugares y meses prohibidos y sagrados. Se ha dicho que, si atacan profanando la dignidad de un lugar o de un tiempo, ese ataque debe ser rechazado con todas las fuerzas.
7. La responsabilidad religiosa y moral de los musulmanes no se ha limitado a proteger sus propias vidas, bienes y honor; si en cualquier otra región personas débiles e indefensas están siendo aplastadas por la opresión y se muestran desesperadas por liberarse de las garras de los opresores, es deber del Gobierno islámico responder a su clamor. Es decir, a la fuerza islámica se le ha encomendado liberar y rescatar a toda la humanidad. Su deber más amplio y fundamental es preservar los mejores valores de la religión y de la civilización.
8. Celebrar acuerdos para eliminar la opresión y la injusticia es también un medio pacífico. El Mensajero, la paz y las bendiciones de Alá sean con él, aplicó plenamente este medio. Sin embargo, respecto a quienes rompen los acuerdos y las promesas, el Corán ha dado la firme instrucción de que deben ser castigados mediante el uso de la fuerza. En particular, quienes rompen sus promesas, conspiran para destruir el centro islámico, derrocar el sistema o la administración establecidos, destruir el orden vigente y crear la anarquía, y dan la primera provocación, deben ser considerados, aunque no hayan declarado abiertamente la guerra, como autores de una declaración de guerra con cada una de esas acciones; no se les puede permitir continuar con ellas sin resistencia.
9. En este contexto, se ha pedido al Gobierno musulmán que preste especial atención a lo siguiente: el verdadero objetivo de la actividad militar no es matar o herir a la población civil inocente y desarmada, sino eliminar a los principales cabecillas de las fuerzas kufríes y opuestas a la revolución islámica.
10. Se ha advertido sobre las terribles consecuencias de la negligencia y la indiferencia en el cumplimiento de la obligación de la yihad, diciendo que, si sois negligentes con la yihad, todo vuestro Estado, Gobierno y poder serán destruidos. Si no avanzáis valerosamente, los adversarios se abalanzarán sobre vosotros y, tras expulsaros y pisotearos, establecerán su propio gobierno. Entonces os quedaréis mirando con los ojos abiertos y no podréis emitir ni siquiera un sonido. Pensad en el doloroso castigo que tendréis que soportar en una situación semejante.
La naturaleza de las guerras y los conflictos islámicos
A la luz de la discusión anterior, no es posible comprender la forma y la naturaleza de las guerras y los conflictos entre los organizadores de la revolución islámica y sus enemigos sin entender bien la teoría islámica de la yihad. Lo fundamental que debe comprenderse es que dos fuerzas históricas de Arabia se enfrentaron en guerra. Una de ellas quería liberar al pueblo de la opresión y el terror del régimen jahilí, falso y tiránico, y crear una nueva era de paz, seguridad y justicia. La otra fuerza, empeñada en mantener intacto el sistema social jahilí tradicional, se había dedicado frenéticamente a destruir el movimiento islámico. No solo era imposible cualquier tipo de acuerdo o compromiso permanente entre sus ideales y objetivos, sino que tampoco había posibilidad de convivencia entre ambas partes mediante negociaciones o intercambios. La situación era esta: «O permaneceréis vosotros, o permaneceremos nosotros». O, según el conocido proverbio inglés, también podría decirse así: «Mátalo tú primero, o él te matará a ti». En gran medida, la situación era como la de un agricultor trabajador que, después de cultivar con mucho esfuerzo un terreno baldío, creó en él un huerto de árboles frutales. Junto a aquella zona había un bosque, de donde venían animales salvajes que amenazaban con destruir el huerto. En tal situación, si no tomaba medidas contra los animales salvajes, su huerto quedaría arrasado. Y si quería protegerlo, tendría que ser implacable con los animales salvajes. Siempre que ha ocurrido una revolución total en la historia, la creación de situaciones intransigentes de este tipo se ha vuelto inevitable. Una vez comprendido bien este asunto, ya no hace falta entrar en el debate sobre si las guerras islámicas fueron o no defensivas. También queda cerrado el camino a la absurda calumnia de que los musulmanes obligaron a la gente a aceptar el islam mediante la espada. Ni siquiera es necesario examinar por separado cada batalla, identificar sus causas inmediatas y tranquilizar a quienes se entregan deliberadamente a la calumnia asegurándoles que el Gobierno islámico se vio obligado a librar aquella guerra porque no tenía otra opción. Esta responsabilidad fundamental recae precisamente sobre la parte contraria.
Hoy, cuando vemos que algunos de nuestros eruditos anteriores se esforzaron enormemente para examinar las causas de diversas guerras, especialmente la batalla de Badr, y para trazar una imagen particular de las circunstancias, no logramos comprender por qué esos analistas tan minuciosos no entendieron una verdad tan sencilla, cuya sola mención habría resuelto el asunto y hecho innecesario cualquier otra explicación o análisis. Al leer sus valiosas obras sobre la vida del Profeta, se obtiene la impresión de que el derecho a emitir el veredicto final sobre cuál fue o no fue la verdadera causa corresponde a los occidentales. Como si nosotros solo tuviéramos derecho a presentar nuestra defensa ante ellos, y nada más». Queremos cambiar este método de juzgar y analizar. La autoridad suprema y definitiva para comprender y explicar nuestra religión, nuestra historia y la vida de nuestro Profeta nos corresponde a nosotros, y no a nadie más. El criterio y la medida que nuestra religión y nuestro Mensajero nos han dado para la investigación, el pensamiento y el juicio constituyen el mejor criterio para comprenderlo todo. Nosotros somos quienes tenemos mayor derecho a evaluar nuestra propia situación. Sean personas de Occidente, del Norte, del Sur o de cualquier otra dirección, no les corresponde enseñarnos nuestra religión ni nuestra historia. Más bien, deberían aprender de nosotros cuál es el significado de cada elemento de nuestra religión y de nuestra historia. Analizar el significado de las acciones de nuestro pasado y explicar el sentido de nuestra terminología es responsabilidad nuestra, y no de nadie más. Para evaluar nuestra religión, nuestra historia y la historia de la vida de nuestro Profeta, no aceptamos los criterios elaborados por la antigua Iglesia cristiana ni los creados por la civilización materialista moderna. No estamos dispuestos a someter nuestra historia y nuestra tradición al examen de esos criterios inválidos.
Naturaleza de las actividades militares de Medina
Las actividades militares del Estado islámico no pueden considerarse un enfrentamiento entre dos imperios ni un conflicto entre dos sectas religiosas. Aquí no existía ningún plan de conquista mundial como los de Alejandro y Napoleón, ni había ambición alguna de arrebatar la independencia a países independientes y establecer colonias, como hicieron Holanda, Francia e Inglaterra. El conflicto se desarrollaba entre personas del mismo país y de la misma nación: una de las partes se esforzaba desinteresadamente por llevar a cabo un programa concreto destinado a reconstruir la nación, mientras que la otra se empeñaba en destruir su existencia con el propósito de hacerlo fracasar. Contra esta revolución, la más pura, inmaculada y justa de la historia, las tribus de los coraichitas, los judíos y los beduinos, arrastradas por la corriente de una ciega y meramente negativa emotividad colectiva, tramaron las peores maldades, crímenes, conspiraciones y planes de asesinato. Después de años de actividades obstinadas, solo les quedaba dar un último paso: salir al campo mediante una agresión armada abierta y, si era posible, poner fin definitivamente a este conflicto. Los coraichitas marcharon al frente y los demás los siguieron. Pero al final fueron ellos mismos quienes dejaron de existir. Estas guerras se asemejaban, aunque no completamente, en gran medida a los conflictos que tuvieron lugar en Rusia desde la Revolución de Febrero hasta antes de la Revolución de Octubre, o a los enfrentamientos entre monárquicos y revolucionarios durante la Revolución francesa. También podrían compararse con la guerra civil estadounidense. Las guerras de La Meca y Medina fueron, en esencia, una especie de guerra civil. La primera causa de esta guerra civil fue que, por un lado, el Mensajero, abandonando la ciega imitación del sistema pagano heredado de sus antepasados, adoptó, por orden de Allah, un programa recto; por otro lado, los coraichitas no querían permitirle actuar conforme a su libertad de conciencia y de opinión. Los cabecillas de la yahiliyya querían privar por la fuerza y mediante métodos violentos a los jóvenes de sus opiniones y creencias independientes, nacidas de una conciencia despierta. Y esa conciencia despierta estaba decidida a conquistar su derecho natural y a concedérselo también a los demás.
La naturaleza de las actividades militares del Estado islámico inicial de Medina se entiende claramente al observar las estadísticas de bajas correspondientes a sus diez años de actividad militar. No queda más remedio que admitir que el Mensajero siguió una política de derramamiento mínimo de sangre. Con un número insignificante de bajas, estableció un Estado en un territorio de un millón de millas cuadradas. Hasta alcanzar la etapa del éxito definitivo de la revolución, murieron en total 255 musulmanes como mártires y 759 infieles. (Rahmatul lil-Alamin, Qadi Suleimán Mansur Puri, tomo 2, pág. 265). Para abrir el camino del bienestar a cientos de millones de personas, solo fue necesario matar a 750 opositores. Quienes fabrican calumnias deberían examinar sus propias ideas a la luz de estas estadísticas y situarlas en el contexto de la historia. Si estas guerras se hubieran librado con el propósito de propagar una religión, no solo se habrían cometido atrocidades tan abominables como las perpetradas por judíos y cristianos, sino que en cada guerra se habría matado a un número mucho mayor de personas. Si el Mensajero hubiera entrado en guerra impulsado por la ambición de conquistar el mundo, podría haber hecho correr torrentes de sangre por los desiertos de Arabia, tal como lo hicieron sin reparos los grandes comandantes militares. Incluso si se hubiera tratado de un enfrentamiento entre dos Estados rivales, habría habido muchas más bajas. Del mismo modo, aunque el número de prisioneros de guerra era de 6.564, solo dos de ellos fueron condenados a muerte por sus crímenes probados. En total, 6.347 prisioneros fueron liberados. El autor de Rahmatul lil-Alamin afirma, después de mucha investigación, que no se conoce con claridad el destino de apenas 215 prisioneros. Tal vez se llegue a saber posteriormente. Es muy probable que abrazaran el islam y se integraran en la sociedad musulmana. En realidad, en Medina una sociedad y un Estado islámicos en desarrollo tuvieron que hacer frente a obstáculos internos, y estalló un conflicto entre habitantes emparentados del mismo territorio. En un periodo muy breve, todo quedó resuelto mediante tres o cuatro grandes batallas y un número ínfimo de bajas. En realidad, aquella resolución se estaba produciendo, en mayor medida, dentro del ámbito de la opinión pública.
Cabe reflexionar: si en lugar del Mensajero hubiera habido otro comandante militar, ¿habría sido posible que ordenara a sus soldados en el campo de Badr que no mataran a los guerreros de los Banu Hashim, porque no habían venido voluntariamente, sino obligados; que no mataran a Abbas ibn Abd al-Muttalib ni a Abu al-Bujtari ibn Hisham? (Abu al-Bujtari fue asesinado por error). ¿Puede imaginarse que el gobernante victorioso de Medina, perturbado por la angustia de los prisioneros de Badr, no pudiera dormir y fuera durante la oscuridad de la noche a aflojarles las ataduras? ¿No resulta desconcertante que, precisamente mientras continuaba la guerra, respondiera a la petición de los habitantes de La Meca, liberara de Yamama un cargamento de cereales bloqueado y lo enviara a La Meca, y además enviara de su propio patrimonio quinientas monedas de oro a los habitantes de La Meca afectados por la hambruna? Más aún, si el hombre cuyo estandarte de victoria ondeaba en el cielo el día de la conquista de La Meca hubiera sido alguien distinto de Muhammad, y su objetivo hubiera sido otro que la victoria del islam, ¿habría podido olvidar la dolorosa historia de quince o veinte años de brutal persecución y proclamar: «Hoy no se os reprocha nada; id, sois libres»? Jamás. Si hubiera sido cualquier otro, las calles y callejones de La Meca habrían quedado inundados con la sangre de los coraichitas.
En realidad, aunque no lo deseaba, el Mensajero (s.a.) tuvo que entrar en el campo de batalla, pues este camino pasaba precisamente por el campo de martirio. Sin embargo, en lugar de conquistar territorios, quería conquistar los corazones de las personas. En vez de someter sus cuerpos mediante la espada, quería conquistar sus mentes mediante la razón y sus corazones mediante un carácter bello y natural. Su verdadera batalla se libraba en el campo de la opinión pública. En ese campo, sus enemigos fueron derrotados continuamente. En realidad, el conflicto en el que el Mensajero (s.a.) tuvo que enfrentarse a los enemigos de la revolución islámica, la guerra armada fue apenas una parte muy pequeña.
La estrategia militar del Mensajero (s.a.)
El principio fundamental de la estrategia militar del Mensajero (s.a.) era dar prioridad a dejar indefenso al enemigo antes que derramar su sangre, hasta que este cooperara o abandonara la resistencia. El Dr. Hamidullah Siddiqi, destacado investigador del subcontinente que analizó diversos aspectos de la sagrada vida del Mensajero (s.a.), describió así su estrategia militar:
«En realidad, el Mensajero de Allah (s.a.) prefería obligar al enemigo antes que destruirlo». (Ahde Nabawi ke Maydanhaye Jang, pág. 44)
En otro lugar escribió:
«El objetivo de la política del Mensajero (s.a.) no era destruir a los coraichitas, sino dejarlos completamente intactos, pero incapaces y derrotados». (Ahde Nabawi Me Nizame Hukmaran, pág. 249)
El autor demostró de manera impecable esta opinión suya mediante una descripción detallada de las tácticas empleadas por el Mensajero (s.a.) y un análisis del desarrollo de los acontecimientos. Como parte de esta estrategia, el Mensajero (s.a.) adoptó las siguientes medidas prácticas:
«Desarrolló rápidamente sus fuerzas defensivas en cuanto a número, organización, esfuerzo, preparación militar y formación moral; después las mantuvo siempre activas como una máquina y, mediante ellas, mantuvo aterrorizados y consternados a sus adversarios.
Bloqueó las rutas comerciales de los habitantes de La Meca y los dejó debilitados.
Mediante acuerdos y tratados, fue separando gradualmente a diversas tribus de sus enemigos y las incorporó a su bando.
Para las expediciones militares empleó diversas estrategias. A veces adoptó la táctica de atacar por sorpresa, sin dar al enemigo la oportunidad de prepararse, como en la conquista de La Meca. En ocasiones confundió a sus adversarios tomando rutas inesperadas y manteniendo en secreto el destino de la expedición, como en la batalla contra los Banu al-Mustaliq. Algunas veces preparó de antemano el plan de batalla a su favor, como en la batalla de Badr, y otras adoptó una nueva estrategia defensiva de la que el enemigo no tenía experiencia previa, como en la batalla de la Zanja.
Todo el sistema de defensa del Estado de Medina durante sus diez años constituye un claro ejemplo del principio fundamental mencionado. Además, cuando relacionamos con ello la visión magnánima y generosa del Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, una visión no inspirada en el espíritu de un conquistador, sino animada por una motivación misionera, y que, en lugar de la ira y la hostilidad propias de un comandante invasor, era símbolo de la profunda benevolencia y compasión propias de un maestro espiritual, las objeciones y acusaciones formuladas desde diversos sectores parecen completamente infundadas. Sin embargo, al intentar justificarlas, los occidentalizados han llegado a distorsionar todo el curso de los acontecimientos. Para expresar la actitud de reforma y rectificación de la humanidad que estaba activa en el corazón del Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, señalaremos algunos acontecimientos.
Cuando la opresión y la persecución alcanzaron su punto culminante en La Meca y la hostilidad de los qurayshíes adoptó una forma sumamente agresiva, los principales instigadores de aquel terrorismo y aquella violencia infernales fueron dos: Abu Yahl y Umar ibn al-Jattab. Ningún político mundano habría podido evitar adoptar una actitud de extrema indignación hacia enemigos tan encarnizados ni dejar de desear en su fuero interno su destrucción. Pero, aunque se consumía continuamente en el fuego de la violencia, el Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, suplicaba con voz afligida que Allah concediera a por lo menos uno de aquellos dos la gracia de aceptar el Islam. Esta súplica demuestra que este amigo de la humanidad daba prioridad a la reforma de sus enemigos sobre su destrucción y mantenía buenas esperanzas respecto de ellos hasta el último momento. Su súplica fue respondida cuando Umar aceptó el Islam.
El segundo acontecimiento fue que los habitantes de Taif humillaron y hirieron al Mensajero por haber deseado su bienestar. De un abanderado de la política mundana, en una situación así, no cabría esperar otra cosa sino que su corazón se cerrara para siempre ante ellos y que, si pudiera, arrasara inmediatamente toda la ciudad. De lo contrario, permanecería irritado y enfadado con ellos durante el resto de su vida y, en la primera oportunidad que tuviera al alcanzar el poder, destruiría una ciudad tan incivilizada. El compañero del Mensajero, profundamente afligido por aquella persecución en Taif, pensó precisamente de esa manera y le dijo: «Maldice a esos animales en forma humana». Incluso Yibril, para poner a prueba sus sentimientos ocultos, le informó de que, si daba la señal, los ángeles de las montañas estaban preparados para aplastar La Meca y Taif entre las montañas. Pero el Mensajero dijo: «No; ellos se han extraviado por ignorancia. Aunque no abracen la fe, sus descendientes aceptarán la invitación a la verdad y se someterán al Dios Único».
El tercer acontecimiento tuvo lugar en el campo de Uhud. Cuando, a causa de algunos errores, los musulmanes sufrieron una derrota como señal de advertencia de parte de Allah, y el propio Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, resultó gravemente herido, se creó una atmósfera de extrema amargura. En aquellas circunstancias, algunos compañeros, visiblemente afligidos y con aparente razón, le pidieron al Mensajero: «Ruega a Allah contra los idólatras, para que la maldición de Allah caiga sobre ellos». Él respondió: «No fui enviado como alguien que maldice. Fui enviado como mensajero y anunciador de buenas nuevas». Dicho esto, rogó por sus enemigos: «¡Oh Allah! Guía por el camino recto a los miembros de mi pueblo, pues no saben». Es decir, a pesar de haber recibido golpe tras golpe de manos de los qurayshíes, había nacido en él el deseo de que no fueran destruidos. Al contrario, incluso en estado de guerra expresaba abiertamente el deseo de que alcanzaran la guía.
Durante la expedición de Jaybar, para conquistar la fortaleza de Qamus, el Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, entregó un estandarte especial al venerable Ali y le dijo:
«Oh, Alí, si por medio de ti хотя sea una persona encuentra la guía, eso será una bendición enorme para ti».
Es decir, el objetivo principal no es causar daño físico al enemigo ni derramar sangre, sino lograr que cambien, tanto como sea posible, las mentes y los corazones de las personas, y que adopten el nuevo sistema de vida; eso es lo prioritario.
Hemos tomado estos pocos acontecimientos únicamente como ejemplos; de lo contrario, no faltan pruebas que ponen claramente de manifiesto la perspectiva fundamental del Mensajero (s. a.). Los belicistas suelen ser extremadamente impacientes e irascibles. En cambio, vemos al Amigo de la humanidad, el Mensajero (s. a.), sumamente sereno, decidido y ambicioso. En su política, en lugar del uso de la fuerza, actúan la estrategia y la benevolencia. ¿Qué prueba milagrosa más grande de habilidad y perspicacia política puede haber que el hecho de que, inmediatamente después de llegar a Medina, estableciera los cimientos del Estado islámico mediante conversaciones y consultas con personas de diversos niveles? Probablemente no exista en toda la historia de la humanidad otro ejemplo de la fundación de un Estado de esta manera, sin derramar una sola gota de sangre por una doctrina revolucionaria. Esta fue la única revolución verdaderamente sin derramamiento de sangre (Bloodless), en cuyos fundamentos no se derramó ni una sola gota de sangre humana ni cayó un solo cadáver. Un acontecimiento tan desconcertante refleja por sí mismo la extraordinaria característica de la profecía.
Tampoco debe olvidarse que todas las actividades militares del Estado islámico se dirigieron exclusivamente contra los coraichitas y las tribus judías, que lo habían arrastrado por la fuerza al campo de batalla. Todos los demás árabes, aparte de los coraichitas y los judíos, estaban ocupados en su vida normal. Salvo en unas pocas zonas, no hubo guerra en ningún lugar de Arabia. Más bien, el pueblo árabe en general observaba en silencio los objetivos, el carácter y la capacidad política y militar de ambas fuerzas. Cuando la fuerza musulmana hubo demostrado su superioridad en todos los aspectos, delegaciones de diversas regiones y tribus se presentaron y abrazaron el islam. Tampoco pasó inadvertido para ninguna persona reflexiva el hecho de que todas las grandes batallas —Badr, Uhud y Jandaq— fueron los propios enemigos quienes, como invasores, acudieron a librarlas en los alrededores de Medina. De este modo, fueron ellos quienes obligaron al Mensajero (s. a.) a someter las fuentes del poder enemigo. Por ello, para debilitar el poder de los coraichitas y de sus subordinados, desde Medina solo se emprendió una campaña decisiva; y, después de la conquista de La Meca, las batallas de Hunayn y Taif acabaron por completo con el poder del adversario. Por otro lado, los centros de poder de los judíos también fueron eliminados con la mínima pérdida de vidas.
Un gran malentendido
Debido a la larga lista de campañas militares que aparece en los libros de hadices, biografía del Profeta e historia bajo los nombres de «ghazwa» y «sariya», no solo los no musulmanes, sino incluso muchos musulmanes, caen en un grave malentendido. Sin embargo, «ghazwa» y «sariya» son términos técnicos específicos de los libros de hadices y magazi (la historia militar del islam). Cada uno de estos dos términos tiene un significado particular. Siempre que se enviaba una unidad militar —aunque estuviera compuesta solo por dos hombres— para diversos fines, como una campaña militar defensiva, una patrulla o vigilancia, la represión de rebeldes y criminales, la difusión de la enseñanza y la predicación, o la celebración de tratados, se la llamaba «sariya». En cambio, la unidad militar en la que participaba personalmente el Mensajero (s. a.) se llamaba «ghazwa». Tanto si una unidad de este tipo llegaba a verse implicada en un enfrentamiento real o en cualquier otra actividad como si no, se la denominaba sariya o ghazwa en ambos casos. Dejando de lado las campañas menores, solo quedan unas pocas grandes campañas militares destacables: Badr, Uhud, Ahzab o Jandaq, Jaybar y La Meca (incluida Hunayn). Cabe señalar que el único motivo por el que se envió a Tabuk y a las regiones adyacentes el «ejército de la dificultad» («campaña difícil») fue el temor a un ataque por parte del gobierno extranjero de Siria, y su naturaleza era completamente distinta. Ahora trataré brevemente estas campañas militares.
Lo primero que llama la atención es cómo comenzó el conflicto. Para responder a esta pregunta, examinaré primero la posición y el papel de ambas partes.
La mentalidad agresiva de los coraichitas
La mentalidad de los qurayshíes se puede identificar claramente a partir de un solo acontecimiento. Cuando conspiraron para asesinar colectivamente al Mensajero (s. a. s.), los dirigentes de La Meca expresaron abiertamente su mentalidad durante la deliberación. Se presentó una propuesta: que encerraran al Mensajero (s. a. s.) en una prisión de hierro, con la puerta cerrada con llave, para que muriera retorciéndose en su interior. Al escuchar esta propuesta, un anciano llegado de Naydy —el jeque Naydi— dijo: «Si lo encarceláis, su predicación se extenderá hasta horizontes lejanos atravesando las puertas cerradas de la prisión de hierro, y ejercerá influencia sobre sus compañeros. Incluso no sería extraño que ellos lo sacaran de allí. Entonces superarían vuestro número, os derrotarían y prevalecerían sobre vosotros». Otra propuesta fue: «Expulsaremos a Muhammad (s. a. s.) del país. ¿Qué nos importa adónde vaya o dónde se quede después de ser expulsado? Bastará con que desaparezca de nuestra vista; entonces normalizaremos nuestras relaciones y conservaremos nuestro afecto mutuo». (Sira de Ibn Hisham, tomo 2, pág. 94). El análisis que hizo el jeque Naydi para rechazar esta propuesta fue sumamente importante y fue aceptado por la asamblea. El jeque Naydi dijo:
«No, ¡por Dios!, esto no os conviene en absoluto. ¿Acaso no percibís la dulzura y la elegancia de su lenguaje, con las cuales consolida su influencia en los corazones de la gente? ¡Por Dios!, si hacéis eso, de ninguna manera os libraréis de su poder. Puede encontrar refugio en cualquier tribu de Arabia, luego influir sobre la gente mediante sus palabras; las personas pueden convertirse en sus seguidores y, acompañado por ellos, puede arremeter contra vosotros, entrar en vuestro territorio, arrebataros el poder y trataros como le plazca. Por tanto, adoptad otra estrategia». (Sira de Ibn Hisham, tomo 2, pág. 94)
Al leer estas palabras del jeque Naydi, se puede imaginar cuán astuto y taimado era. No se equivocó en absoluto al comprender la personalidad del Mensajero (s. a. s.). Asimismo, de todas estas deliberaciones queda claro que los notables de La Meca, a la luz de trece años de experiencia, habían comenzado a considerar la personalidad, el carácter, el mensaje y la dulzura moral del Mensajero (s. a. s.) como un peligro político particular y una amenaza mortal. Su arrogancia llegó entonces a tal extremo que no estaban dispuestos a tolerar que este libertador de la humanidad permaneciera con vida en algún territorio del mundo y pudiera continuar allí su labor de predicación. De lo contrario, sabían que algún día tendrían que rendir cuentas por la opresión que habían ejercido y por el crimen de haber expulsado a los jóvenes musulmanes de sus hogares. Además, la manera en que se pusieron de acuerdo para asesinar al Mensajero (s. a. s.), la intensa persecución emprendida para capturarlo cuando logró escapar con vida y la proclamación de una gran recompensa demuestran irrefutablemente que, si hubiera estado en sus manos, no habrían querido permitirle vivir ni un solo instante. Su existencia se había convertido en una amenaza para ellos y su vida, en un desafío. No había ninguna razón para que el Mensajero (s. a. s.) no llegara a conocer inmediatamente esta actitud de los qurayshíes.
Retrocedamos un poco más en este acontecimiento. Durante el segundo juramento de al-Aqaba, el venerable Abbas advirtió a los ansar: «Si podéis alcanzar el objetivo con el que invitáis al Mensajero (s. a. s.), y podéis hacer frente a la oposición que se le ofrecerá, entonces será correcto que asumáis la difícil responsabilidad que habéis aceptado». Además, estas palabras introductorias de aquel juramento eran muy significativas: «Me protegeréis del mismo modo que protegéis a vuestros hijos y a vuestras familias». Entonces resulta notable la respuesta de los ansar: «Tenga la seguridad de que somos gente de guerra». Después plantearon esta pregunta: «A causa de usted se anularán muchos de nuestros pactos; ¿no sucederá luego que sufriremos todas estas dificultades por usted, usted vencerá y después nos abandonará para regresar con su propia familia?». Y fue muy significativo que el Mensajero (s. a. s.) les asegurara: «Yo soy de vosotros y vosotros sois míos». Luego, la profunda importancia de la advertencia que Abbas ibn Ubada al-Ansari dirigió a sus compañeros también resulta evidente: «Estáis asumiendo el riesgo de luchar contra todos los seres humanos, blancos y negros, del mundo entero. Tened cuidado: que no ocurra que, al ver destruidas muchas de vuestras riquezas y asesinados a los dirigentes de vuestras tribus, entreguéis al Mensajero (s. a. s.) en manos del enemigo. Reflexionad bien y decididlo todo ahora mismo».
El significado de todas estas conversaciones es que, a la luz de la situación creada por los qurayshíes, no solo el Mensajero (s. a. s.) y el venerable Abbas, sino también los ansar llegados de lugares muy lejanos, comprendieron sin ambigüedad que el juramento que iban a prestar equivalía a una declaración de guerra.
Un demonio escuchó a escondidas las conversaciones de la reunión de aquel juramento y se lo comunicó a los qurayshíes. Después, los principales dirigentes de Quraysh fueron visitando las residencias de los ansar y les decían: «Hemos oído que os habéis reunido con Muhammad (s. a. s.) y que queréis sacarlo de aquí. También hemos oído que habéis estrechado la mano con él y pactado luchar contra nosotros. Sin embargo, no hay otra tribu árabe contra la que nos desagrade tanto luchar como contra vosotros». Es decir, si los ansar sacaban al Mensajero (s. a. s.) de La Meca y le ofrecían refugio seguro entre ellos, los habitantes de La Meca lo considerarían una declaración de guerra. Si los habitantes de Medina realmente lo hacían, en ese caso quedaba claro cuál era la posición del liderazgo de Quraysh. Así se anunció anticipadamente la declaración de guerra. Sin embargo, algunas personas no conocían este acontecimiento. Quienes lo conocían lo mantuvieron en secreto.
Después, cuando los ansar que habían prestado el juramento abandonaron La Meca, los qurayshíes deliberaron sobre el asunto. Finalmente decidieron que era necesario perseguirlos. La caravana de peregrinos de Medina logró marcharse sin incidentes. Sin embargo, los habitantes de La Meca capturaron a Saʿd ibn Ubada y a Mundhir ibn Amr y los golpearon. Este acontecimiento también muestra cuán insoportable les resultaba que el Mensajero (s. a. s.) saliera ileso de La Meca y cuánta ira sentían contra quienes se habían comprometido a ofrecerle un refugio seguro.
Asimismo, el intento de los qurayshíes de hacer regresar a los emigrantes de Abisinia y de impedir inicialmente la emigración de quienes se dirigían a Medina demuestra que tampoco estaban dispuestos a permitir que el movimiento islámico echara raíces en ningún otro territorio. Estaban decididos a frustrar cualquier posibilidad de ese tipo.
De todos estos acontecimientos queda tan claro como la luz del día que, incluso antes de la Hégira, los qurayshíes habían lanzado un desafío de guerra contra cualquier fuerza que ofreciera refugio al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y permitiera que los frutos del movimiento islámico germinaran en su territorio. Los organizadores de la revolución islámica no eran tan ingenuos como para ignorar este desafío.
Finalmente, la noticia de esta declaración no escrita de guerra llegó por escrito de La Meca a Medina mediante una carta conspiratoria. En esta carta, que llegó a manos de Abdullah ibn Ubay, el cabecilla de los traidores de Medina, se amenazaba a todos los ansar y judíos de Medina con estas palabras: «O expulsáis voluntariamente a Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) de Medina, o atacaremos Medina, os mataremos y convertiremos a vuestras esposas en concubinas».
Después, aliándose con los judíos, los qurayshíes comunicaron directamente a los musulmanes: «No os alegréis por haber podido salir sanos y salvos de La Meca. Iremos a Medina y os haremos pagar».
Fue entonces cuando Abu Yahl impidió a Saad ibn Muadh realizar la circunvalación de la Kaaba y declaró abiertamente: «No me gusta que vosotros pongáis los pies en el recinto de la Kaaba».
A pesar de ello, durante ese período continuaron saliendo de La Meca pequeños destacamentos para cometer actos de depredación y saqueo. En cuanto el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se enteraba, enviaba grupos de patrulla como medida de respuesta. En varias ocasiones, estos grupos de patrulla de Medina divisaron aquellos destacamentos de La Meca. Pero, en cuanto percibían la presencia de las fuerzas musulmanas, huían.
En el decimotercer mes después de la Hégira ocurrió un suceso sensacional. Kirz ibn Yaber al-Fihri llegó a Medina, cometió un saqueo y se llevó arreando desde los pastizales de Medina los animales de crianza del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), los camellos del Estado y los animales de otras personas. El objetivo manifiesto de este acto era demostrar: «Podemos venir desde una distancia de trescientas millas y saquear así las propiedades de vuestro Estado». (Sira de Ibn Hisham, vol. 2, p. 238; Asahhus-Siyar, p. 125; Rahmatul lil-Alamin, vol. 1, p. 140).
El propio Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) persiguió a los saqueadores al frente de un pequeño destacamento y dejó a Zayd ibn Hariza como gobernador interino de Medina. Aunque llegó hasta el valle de Safwan, cerca de Badr, no pudo alcanzarlos. Este acto fue una insolencia del enemigo que no podía tolerarse de ningún modo. Los funcionarios de un gobierno que posean siquiera un poco de valentía y coraje, y que tengan el menor respeto y amor por su independencia y su patria, no pueden soportar semejante atrevimiento. Aunque se trataba de un saqueo, desde el punto de vista político equivalía a una agresión. Ante Medina se perfiló entonces la era inevitable de la guerra y un futuro bañado en sangre.
Había una razón grave por la que el ataque de La Meca contra Medina se retrasó hasta el segundo año de la Hégira. Si no hubieran tenido que afrontar ningún obstáculo, los qurayshíes habrían atacado antes y no habrían dado al nuevo Estado islámico de Medina tiempo para prepararse para la defensa. Entre La Meca y Medina se encontraba el territorio de la tribu de Banu Kinana. Los qurayshíes mantenían con ella una enemistad muy antigua. En primer lugar, se temía que Banu Kinana no permitiera en absoluto que los qurayshíes atravesaran su territorio. Y, aunque les permitiera pasar, existía un segundo temor: al ver La Meca desprotegida, Banu Kinana podía atacarla. Como mínimo, se temía que, en un momento delicado, cortara las comunicaciones entre La Meca y las fuerzas qurayshíes que atacaran Medina. Suraqa ibn Malik al-Madlaji al-Kinani era el jefe de esa región intermedia. Cuando supo que los qurayshíes no podían atacar Medina debido a estos temores, se ofreció voluntariamente, fue a La Meca y les aseguró su colaboración. Como consecuencia de este pacto se produjo la batalla de Badr.
Por consiguiente, queda claro que los qurayshíes no estaban esperando ningún ataque por parte de los musulmanes ni buscaban ninguna oportunidad para emprender una agresión militar. Entre ellos, la actitud y la determinación agresivas estaban plenamente activas. (Rahmatul lil-Alamín)
El sistema de defensa de Medina
Examinemos ahora la situación de la segunda parte.
Cuando examinamos la situación del Mensajero (s.a.) y de su organización revolucionaria, encontramos por todos lados testimonios y pruebas de que la guerra era lo más indeseable para ellos. Para empezar, eran un grupo desamparado, sin recursos ni medios de subsistencia, que había llegado a un lugar desconocido; además, la mitad de sus integrantes había quedado económicamente devastada y se esforzaba por sí misma en su rehabilitación. Por otra parte, ante los organizadores de la revolución islámica se habían presentado simultáneamente los programas de transformar un entorno nuevo para adecuarlo a la revolución islámica, establecer vínculos de hermandad entre las distintas tribus, proporcionarles formación moral y psicológica y, sobre todo, fundar un nuevo Estado islámico y organizar la administración de todos sus departamentos. Cada uno de estos programas exigía atención y esfuerzo constantes durante un largo período. Un pequeño grupo rodeado de problemas tan difíciles jamás podía desear la guerra. Pero, por otro lado, tenían una inmensa misión para toda la humanidad. Su objetivo sagrado era garantizar el bienestar de todos los seres humanos del mundo. Para iluminar toda la civilización encendiendo la antorcha de la mayor verdad de la vida —el señorío y la soberanía del único Alá—, habían sacrificado todas las comodidades y la paz de sus propias vidas. Avanzaban adquiriendo las cualidades arriesgadas y difíciles de la paciencia y de dar prioridad a los demás. La gran verdad del islam era el único capital de sus vidas. Eran muy pocos en número y el Estado de Medina era completamente nuevo. Todo su futuro estaba ligado a aquel pequeño capital. El interés natural que sentían por preservar aquel Estado era como la ansiedad y el intenso deseo de una gallina que, al ver un halcón volando en el cielo, olvida todo lo demás y cubre a sus polluelos con sus plumas y alas. Incluso con sus cuerpos resecos y demacrados, estaban dispuestos a enfrentarse a las montañas. Olvidando todo placer, alegría e interés personal, sentían una intensa pasión y energía por quebrar las alas de toda fuerza que mirara con hostilidad los objetivos y propósitos de sus vidas. Aunque habían llegado al aire vivificante y a los jardines de Medina, y al incomparable ambiente de hermandad, nunca olvidaron ni por un instante el dolor y el sufrimiento de La Meca para dormir despreocupadamente y respirar aliviados. Su mirada nunca se apartó, ni por un momento, de las espadas de los peces gordos de La Meca, pues no había ninguna garantía de cuándo serían víctimas de un ataque por sorpresa. Ni el Mensajero (s.a.) mostró negligencia alguna al adoptar medidas defensivas, ni sus compañeros fallaron en el cumplimiento de su deber. No eran ascetas ni ermitaños; al contrario, eran personas sumamente perspicaces y laboriosas que querían construir un mundo nuevo. A personas creadoras de historia como ellos no les faltaban el ingenio ni la inteligencia necesarios para responder a la fuerza de sus adversarios mediante el empleo de una fuerza contrapuesta.
La estrategia defensiva del Mensajero (s.a.)
Veamos ahora qué estrategias defensivas adoptó el Mensajero (s.a.).
Los emigrantes que llegaron a Medina junto al Mensajero (s.a.) no eran personas que buscaran únicamente un lugar de paz y seguridad para sí mismas. Tampoco habían abandonado su patria con el propósito de satisfacer ambiciones económicas. Por el contrario, habían llegado con un objetivo más elevado y noble. Sin olvidar ese objetivo, no se dedicaron a asegurar su propio bienestar ni a satisfacer ambiciones económicas. El Mensajero (s.a.) los reasentó de manera organizada y estableció entre ellos y los ansar una hermandad social y económica. Después, los incorporó a la disciplina organizativa mediante un centro cultural basado en la mezquita. Inició de inmediato su formación mental, práctica y moral mediante la adoración, los sermones, la enseñanza del Corán y otros métodos, y extendió y desarrolló esta labor con gran rapidez y celeridad. Al mismo tiempo, los unió mediante la administración estatal. Así, aquellos emigrantes desprovistos de recursos, al unirse con los ansar, se convirtieron en una fuerza invencible, y esta fuerza siguió fortaleciéndose progresivamente. En otras palabras, fueron preparados dando prioridad al poder humano.
De manera relacionada, es muy importante comunicar aquí un dato significativo. Se trata de que Medina, al igual que La Meca, era un lugar sumamente adecuado desde el punto de vista defensivo. Además, la ubicación geográfica de Medina era tan excelente que se encontraba justo frente a importantes lugares de Siria e Irak. Estaba situada junto a la mejor ruta comercial de Arabia y a apenas 70 u 75 millas del mar. La ciudad constituía una sólida fortaleza de defensa natural. Un poco de vigilancia, la organización de sus habitantes y una estrategia defensiva apropiada podían hacerla aún más fuerte. La ciudad de Medina se extendía por una llanura de aproximadamente diez millas de largo y diez de ancho, con pequeños asentamientos de distintas tribus dispersos a cierta distancia unos de otros. Esta zona era llamada «el vientre de Medina» y «haram», es decir, zona prohibida. En medio de esta llanura irregular se encuentra el monte llamado Sala y varios montes pequeños más. Los dos montes de Ír y Sur la rodean. En los asentamientos tribales había sólidas líneas naturales de defensa llamadas ayam y atam. En cierta época, este tipo de fortificaciones llegó a ser hasta de cien.
La parte de Medina conocida como «Medinat an-Nabí» estaba situada en el centro de la ciudad. En ella se encontraban la Mezquita del Profeta, las viviendas de la familia del Profeta y la capital. Al sur había densos jardines; hacia el sudeste, las aldeas de Qubá y Awali, junto con sus huertos. Al este, desde Qubá hasta Uhud, se extendían de este a oeste los barrios judíos. También al suroeste había numerosos asentamientos y jardines. Cerca de la puerta llamada Babush-Shami, en la antigua muralla de Medina, se encontraba la tribu de Banú Sa‘ida (en cuyo patio cubierto se llevó a cabo el nombramiento del primer califa). Frente a ella, sobre el monte Sala, vivía la tribu de Banú Haram. Al noroeste había numerosos jardines, desde las orillas de Wadi al-Aqiq hasta Bir Ruma; al sur se alzaban altas montañas, y entre numerosas tierras elevadas y llanuras discurrían senderos difíciles. Al este y al sur de Medina había terrenos pedregosos. Aquellos terrenos no eran adecuados para establecer campamentos militares ni servían como campo de batalla. Solo por el norte la vía de acceso a la ciudad estaba abierta desde el punto de vista militar. Por ello, los qurayshíes eligieron esa dirección para librar las batallas de Badr y Uhud. Sin embargo, atacar Medina desde el norte era militarmente complicado para las tropas de La Meca, y resultaba favorable para Medina.
Pero, para aprovechar la posición de Medina y las ventajas de su entorno, era indispensable someter a toda su población a una disciplina común. Con este propósito, el segundo gran mérito del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fue que, mediante la celebración de un pacto, reunió bajo una misma disciplina a los judíos, a las tribus de Aws, Jazray y otras tribus, pese a sus diferencias religiosas, culturales y económicas. Convertir en pocos meses a personas enfrentadas entre sí, en un entorno completamente desconocido, en miembros de una misma unidad política, es decir, en ciudadanos de un Estado, fue una brillante muestra de su perspicacia y capacidad políticas. Una muestra aún mayor de su habilidad fue que la constitución escrita de esta unidad política, o Estado, otorgaba con absoluta claridad al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) todas las facultades de impartir justicia, elaborar leyes, dirigir la guerra y ejercer la crítica, y reflejaba en ella el principio fundamental de la soberanía de Allah. Todos los participantes en este documento político se comprometieron a que los politeístas y judíos que se unieran a las tribus árabes serían seguidores de los musulmanes y los ayudarían en tiempos de guerra. Tampoco protegerían las vidas ni los bienes de los qurayshíes de La Meca, ni impedirían que los musulmanes atacaran a los qurayshíes. También se estableció que la guerra y la paz serían asuntos colectivos. Cualquier guerra sería una guerra de todos, y participar en las operaciones militares sería indispensable y obligatorio para todos. Sin embargo, cada aliado sufragaría por sí mismo los gastos de la guerra que le correspondieran. Con los judíos se acordó inequívocamente que, con quienes los musulmanes hicieran un pacto de conciliación y paz, también los judíos harían un pacto de conciliación y paz. Participarían en pie de igualdad en la defensa de Medina. Si alguien atacaba a los musulmanes, los judíos los ayudarían; y, en respuesta, si alguien atacaba a los judíos, los musulmanes los ayudarían. (Ahde Nabaví mein Nizame Hukmrani, Dr. Hamidullah Siddiqi)
Las cláusulas pertinentes del documento constitucional de Medina muestran que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) percibía claramente el riesgo de una agresión militar por parte de los qurayshíes y adoptaba, en el plano político, las medidas preventivas adecuadas para hacerle frente.
Proclamar Medina como haram, es decir, ciudad segura o «City of Peace», fue una medida sumamente importante. Esta decisión también quedó registrada en aquel documento constitucional. Su significado religioso era que todo el entorno era sagrado y que sus habitantes tenían el deber ineludible de respetarlo. Su significado político era que, del mismo modo que los qurayshíes estaban protegidos en una ciudad segura, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) proporcionó también a los ciudadanos del Estado de Medina un lugar seguro donde vivir. Por tanto, en este aspecto, la situación de La Meca y Medina era equivalente. Con ello se lanzó a los habitantes de La Meca el desafío implícito de que, si violaban la santidad de Medina y cometían abusos contra sus habitantes, tampoco podrían permanecer indemnes dentro del recinto de seguridad y santidad de La Meca.
El cinturón de seguridad de Medina también había delimitado los límites de la sede del Gobierno islámico o de la capital. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) prestó especial atención a fijar permanentemente esos límites. Ordenó a Ka‘b ibn Malik que construyera altos minaretes en los cuatro confines de Medina. Conforme a esta orden, construyó pilares simbólicos en distintos lugares: sobre la colina de Dhat al-Jaish (que, según se dice, se encuentra junto al monte Hufaira, situado en medio de Baida, en el camino entre La Meca y Medina), en Hushairib (unido a Dhat al-Jaish), sobre el monte Majiz (en el camino a Siria), en Hufaiya (en la selva al norte de Medina), en el lugar llamado Dhul Ushair (situado en las inmediaciones de Hufaiya) y en el monte Taim (al este de Medina). Sus ruinas aún existen. Este cinturón delimitado medía aproximadamente un manzil de largo y un manzil de ancho. (Ahde Nabaví ke Maidanha-ye Jang, Dr. Hamidullah Siddiqi, pp. 11-12)
Después de establecer el orden interno de Medina, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dirigió inmediatamente su atención a las tribus vecinas. Viajó varias veces por la zona suroccidental de Medina y por las regiones situadas a orillas del mar Rojo. Su primer viaje fue a un lugar llamado Dhuán, situado a siete millas de Abwa, en el camino hacia La Meca. Allí estableció una alianza con los Banú Hamza. De manera similar, concertó rápidamente tratados con las tribus que vivían en los alrededores de Yanbu. En esta importante región política obtuvo, durante el primer año de la Hégira, la cooperación de la tribu de Yuhaina; a comienzos del segundo año, la de Banú Damra, Banú Zur‘a y Banú Rabia; y hacia el final del segundo año, la de Banú Mudlay. Con algunas tribus incluso se firmaron tratados de defensa conjunta, según los cuales, aunque ellas fueran atacadas, los musulmanes las ayudarían, y si los musulmanes eran atacados, ellas ayudarían a los musulmanes. En algunos tratados solo se impuso la obligación de no mantener amistad con los enemigos del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En otros, solo se obtuvo el reconocimiento de la neutralidad: si un enemigo combatía contra el Estado islámico, la tribu pactante permanecería neutral. Esto demuestra que la sabiduría política del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) poseía una considerable flexibilidad. (Ahde Nabaví ke Maidanha-ye Jang)
Este ambiente de amistad abrió el camino a la propagación del islam entre todas estas tribus; y no hace falta explicar que, como consecuencia de ello, en esas tribus surgieron numerosos partidarios y activistas del movimiento islámico.
Más tarde, esta estrategia política del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se convirtió en un principio independiente, y con ese propósito viajó a cada región. Ya fuera para una expedición militar o para una misión de patrulla, cada vez que salía de Medina, la ampliación de las relaciones de amistad formaba siempre parte de sus objetivos. No ofreceré aquí los detalles; habrá ocasión de hacerlo más adelante. Baste decir brevemente que establecer relaciones de amistad era un medio sumamente eficaz para debilitar al enemigo, impulsar el movimiento islámico, fortalecer la propia política de defensa y ampliar las fronteras del Estado.
Junto con todas estas estrategias, el Mensajero (la paz sea con él), convocante de la revolución islámica, y sus compañeros comprendieron cabalmente esta realidad: la existencia de la pequeña isla que habían encontrado para mantener apenas la cabeza fuera del agua en medio de un mar azotado por las tormentas estaba siempre amenazada. Por ello, debían invertir el curso de la tormenta y calmar el mar; de lo contrario, aquella isla también desaparecería para siempre en el mar como una burbuja. Se transformaron con extrema rapidez en una fuerza militar. Comprendían con tanta precisión las nuevas y constantes exigencias del movimiento islámico ante las circunstancias cambiantes que desarrollaban de inmediato en sí mismos las capacidades necesarias para avanzar a nuevas etapas. Cuando en Medina se hizo el llamamiento al yihad, no vacilaron ni por un segundo en pasar de su condición anterior a su nuevo papel. Ninguno de ellos pensó jamás: «Somos predicadores y oradores; ¿qué relación tenemos con la guerra? Eso es asunto de los políticos mundanos y de los conquistadores de Estados. ¿Acaso corresponde esto a reformadores como nosotros? ¡La política y el gobierno, o la guerra, no pueden ser tarea de los predicadores de la religión!»
La tarea de los predicadores consiste en quedarse allí soportando los golpes y dar el máximo ejemplo de paciencia. Si el grupo islámico de Medina hubiera pensado así, el movimiento islámico habría terminado allí mismo. No habría hecho falta ninguna fuerza externa para acabar con él.
Estos pocos Compañeros eran expertos en predicar su religión y, al mismo tiempo, los soldados más entregados y abnegados en la defensa del Estado islámico establecido sobre sus fundamentos. Adoptaron medidas inmediatas para transformarse en soldados bien organizados. Medina, que había sido una ciudad segura, una escuela y un centro de cultivo de la civilización islámica, se convirtió también en una sólida base militar.
Por voluntad de Allah, el Mensajero (la paz sea con él) asumió la responsabilidad de un comandante militar. Desempeñó esta responsabilidad con tal excelencia que, tan solo para tratar este tema, podrían escribirse innumerables libros voluminosos.
La organización de las patrullas y su propósito
El gran jefe de Estado de Medina comenzó a enviar contingentes militares para patrullar las zonas circundantes apenas cuatro o seis meses después de la Hégira. Antes de la batalla de Badr fueron enviados los siguientes contingentes:
1. Se envió hacia un lugar llamado Saiful Bahr un grupo de 30 soldados bajo el mando del comandante Hamza ibn Abd al-Muttalib. Su propósito era observar los movimientos del enemigo. Abu Yahl había salido de Medina con trescientos hombres, pero al ver a los musulmanes apostados regresó. (Esto ocurrió en Ramadán del año 1 de la Hégira.)
2. Se envió un contingente de 60 hombres bajo el mando de Abu Ubayda ibn al-Harith para conocer la situación militar de los habitantes de La Meca. En un lugar llamado Saniyyat al-Marra se encontraron con 200 hombres del enemigo, bajo el mando de Ikrima o de Abu Sufyan. Este contingente patrulló y regresó sano y salvo. (Esto ocurrió en Shawwal del año 1 de la Hégira.)
3. Se envió hasta al-Yuhfa, para realizar patrullas, un destacamento de 80 hombres bajo el mando de Sa‘d ibn Abi Waqqas. Regresaron sin llevar a cabo ningún ataque. (Dhu al-Qa‘da, año 1 de la Hégira)
4. El Mensajero (que la paz sea con él) marchó personalmente hacia la región de al-Abwa con 70 hombres. La ruta comercial de Quraish pasaba precisamente por al-Abwa. El Mensajero (que la paz sea con él) celebró un tratado con Amr ibn Fahshi Zamri y regresó sin ningún enfrentamiento. (Safar, año 2 de la Hégira)
5. El Mensajero (que la paz sea con él) se dirigió personalmente hacia Buat con 200 soldados (la zona de las montañas de Rajvi, cerca de Yanbu‘). En el camino se encontró con una caravana de Quraish de cien hombres, dirigida por Umayya ibn Jalaf. Sin embargo, no se produjo ningún desafío. (Esto ocurrió en Rabi‘ al-Awwal, año 2 de la Hégira)
6. Cuando Kirz ibn Jabir al-Fihri saqueó y se llevó el ganado de Medina, el Mensajero (que la paz sea con él) lo persiguió con 70 soldados. Kirz escapó con vida. Sin embargo, esta persecución demostró que Medina era una fuerza siempre alerta y permanentemente activa. (Rabi‘ al-Awwal, año 2 de la Hégira)
7. El Mensajero (que la paz sea con él) partió hacia Dhu al-Ushayra con una fuerza de 150 hombres (cerca de Yanbu‘, entre La Meca y Medina) y allí celebró tratados con Banu Mudlij y Banu Damra. (Yumada al-Thani, año 2 de la Hégira).
8. Se envió hacia Nakhla, para realizar una patrulla, un destacamento de 125 hombres bajo el mando de Abdullah ibn Jahsh. Esta fuerza entabló un enfrentamiento con una fuerza de Quraish. (Rayab, año 2 de la Hégira)
Todas estas expediciones militares no eran enviadas con el propósito de entablar combates. Más bien, en Nakhla se produjo un enfrentamiento debido a la influencia de las circunstancias inmediatas, en contra de la política establecida por Medina; el Mensajero (que la paz sea con él) expresó su descontento, liberó a los prisioneros y pagó la compensación por sangre por el hombre muerto. Estas expediciones tenían otros objetivos aún más importantes. Por ejemplo:
Vigilar las fronteras del Estado de Medina, supervisar los movimientos del enemigo y hacer saber a Quraish y a las demás tribus que en Medina se había establecido ya un gobierno regular y que Medina era su capital. Que los voluntarios del grupo revolucionario musulmán conocieran bien las zonas circundantes, sus poblaciones y las condiciones existentes en ellas, así como los caminos y los depósitos de agua. Adquirir formación en el mando militar, en el cumplimiento de las responsabilidades como comandantes, en la distribución mutua de responsabilidades, en la división del tiempo, en la elaboración de estrategias y en la toma rápida de decisiones. Pues sin ello no puede funcionar ningún sistema de defensa. Además, se pretendía hacer saber a Quraish que su economía había quedado bajo el control de Medina. Cuando quisieran, los musulmanes podían bloquear sus rutas comerciales e impedir el paso de sus caravanas. Cabe señalar que el Mensajero (que la paz sea con él) había viajado en su infancia a Busra y Medina, y nuevamente a Siria durante su juventud. En ese período había comprendido la importancia geográfica y política de Medina y se había familiarizado con las rutas comerciales de Quraish. Sobre la base de esta experiencia adquirida previamente, no tuvo ninguna dificultad para idear la política de intimidación y presión. Por otra parte, al ser el Mensajero (que la paz sea con él) uno de los miembros de Quraish y, en particular, un comerciante, conocía la principal fuente de ingresos de Quraish. Sin contar el comercio con Taif, Yemen y Nayrán, Quraish obtenía cada año doscientas cincuenta mil ashrafíes únicamente de sus negocios con Siria e Irak. (Tafhim al-Qur’an)
Estas tropas eran enviadas conforme a un programa de entrenamiento cuyo objetivo era capacitar a los soldados para dirigir operaciones militares, de modo que pudieran moverse y actuar como una máquina bajo un mando centralizado, recibieran adiestramiento para marchar en formación, aprendieran a utilizar banderas y diversos símbolos militares, y adquirieran la capacidad de cumplir, incluso en circunstancias difíciles, con la oración, el ayuno y las demás disposiciones de la sharía. Asimismo, estableció un sistema eficaz de recopilación de información. Gracias a ello, podía mantenerse al tanto de la situación en La Meca, las tribus de los alrededores y las zonas fronterizas. También organizó la protección y vigilancia de la capital y de las oficinas centrales del gobierno.
Esta era la situación en ambos frentes, a causa de la cual los coraichitas decidieron desencadenar la batalla de Badr.
Dos razones reales
No cabe duda de que la situación estaba completamente preparada para una guerra. El saqueo perpetrado por Kirz ibn Yabir al-Fihri constituyó, sin lugar a dudas, un desafío bélico para Medina. Ningún gobierno vivo y vigilante puede interpretar de otra manera que como un ataque la intrusión criminal de forasteros dentro de sus propias fronteras. Además, tuvo lugar el incidente de Najla. Aunque aquel episodio fue semejante a un enfrentamiento fronterizo, de los que suelen producirse entre soldados de dos países sin autorización de los gobiernos ni de los comandantes, los habitantes de La Meca obtuvieron con él una magnífica oportunidad para lanzar una campaña de propaganda. Armaron un gran alboroto, diciendo: «¡Ya lo veis! ¡Los abanderados de la nueva religión han pisoteado incluso la santidad de los meses sagrados!». Mientras tanto, el Mensajero, la paz sea con él, liberó a los prisioneros capturados en aquel incidente, pagó el precio de sangre por el hombre muerto y, en su calidad de jefe del gobierno del Estado islámico, se eximió de toda responsabilidad por lo ocurrido. Al mismo tiempo, el Corán refutó la propaganda de los habitantes de La Meca, declarando que, ciertamente, la guerra y el combate durante los meses sagrados no son algo bueno, pero que impedir a la gente aceptar la religión de Allah, expulsarla del recinto sagrado y obstaculizar la labor de reforma de la humanidad es peor que la guerra y la matanza. Si los musulmanes empuñaban las armas para extirpar esas malas acciones, ello sería una obra beneficiosa. Un aspecto positivo del incidente de Najla fue que los coraichitas recuperaron la cordura. Comprendieron que aquellos a quienes habían expulsado dejándolos sin nada, y a quienes consideraban una presa fácil, eran capaces de responder a una piedra con otra piedra. Aun así, los propagandistas de La Meca utilizaron el incidente de Najla como combustible para avivar el fuego de la ira.
Tres necesidades de los coraichitas
Los coraichitas se enfrentaban a tres grandes problemas para atacar Medina. Primero, obtener la cooperación de los Banu Kinana. Segundo, conseguir combatientes para la guerra. Tercero, sufragar los gastos de la guerra. Ya he mencionado anteriormente cómo se resolvió el primer problema. El segundo se resolvió de la siguiente manera: los coraichitas concertaron un pacto con los Ahbash. Cerca de La Meca hay una montaña llamada Hubashi. Las tribus Banu Nadir, Banu Malik, Mutayirin y otras que vivían cerca de esa montaña establecieron relaciones de alianza entre sí. Fueron denominadas Ahbash. Los Ahbash poseían una capacidad guerrera muy superior a la de los habitantes de La Meca. No solo combatían por razones de alianza, sino también como soldados mercenarios. Sin embargo, debido a la premura, no fue posible llevarlos consigo a la batalla de Badr. Al ver el resultado de la batalla de Badr, los dirigentes coraichitas tuvieron que arrepentirse de este error. Por otra parte, los coraichitas ya habían llegado a un acuerdo con la tribu judía Banu Mustaliq, compuesta por doce ramas. (Rahmatul lil-Alamín)
El tercer problema se resolvió de este modo: los habitantes de La Meca proporcionaron un enorme capital a la caravana comercial de los coraichitas que se dirigía a Siria con fines mercantiles. Incluso las amas de casa entregaron sus propias joyas y otros ahorros. Según el testimonio de Abu Sufyan, no había en La Meca ni una sola mujer ni un solo hombre que no hubiera participado en esta empresa. (Sirat al-Nabi, Shibli, vol. 1, pág. 292). El objetivo era invertir el máximo capital para obtener la mayor cantidad posible de ganancias y utilizar esas ganancias para hacer la guerra y destruir el Estado islámico de Medina.
La caravana comercial era la vanguardia del ejército
No hace falta decir que, además de los demás preparativos bélicos —cuyas noticias el Mensajero de Dios, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él, recibía de inmediato—, la adopción de esta estrategia significaba que aquella caravana comercial de los coraichitas era, en realidad, la vanguardia de una expedición militar. Dicho de otro modo, aquella caravana había salido para procurarse espadas de oro con las que degollar al movimiento islámico. Cuando la situación es así, incluso hoy ningún gobierno civilizado del mundo permitiría que su adversario transitara con seguridad por las rutas terrestres, marítimas y aéreas cercanas a sus fronteras. Los aviones son derribados a tiros, los barcos son interceptados o destruidos con torpedos, los bienes son confiscados, se interrumpe el servicio postal y se suspenden las transacciones comerciales. ¿Por qué se exige únicamente al Estado islámico de Medina esta petición sin precedentes: que debía conceder a su adversario libertad para clavarle un cuchillo en el pecho? Y, por no concederla, ¿por qué se califica de saqueo su actividad defensiva? Cuando todos saben que, debido a la ausencia de una alianza basada en un tratado, las rutas comerciales atravesaban precisamente las zonas sometidas a la autoridad de Medina, ¿por qué habría sido razonable que el gobierno islámico permitiera al enemigo transitar por su propio territorio?
No hay ninguna necesidad de justificar el interés que se manifestaba en Medina por atacar esta caravana. No existe ninguna razón válida para considerar ese acto, en ninguna medida, un pecado político o defensivo. Si los musulmanes tenían intención de atacar esta caravana, dicha intención era completamente justa. Si en la mente de Abu Sufyán había surgido un temor de ese tipo, era enteramente natural. En un ambiente cargado de semejante temor, a causa de alguna medida tomada en Medina, se difundió de antemano el rumor de que se estaban haciendo preparativos para atacar la caravana. Por su parte, Abu Sufyán ya había examinado la situación en Medina cuando se dirigía a Siria, y al regresar avanzaba con sumo cuidado. Después de observar la situación, cuando percibió que se estaban produciendo actividades misteriosas y que el peligro era inminente, envió un mensajero a La Meca para pedir ayuda militar y cambió la ruta de la caravana. Al llegar a La Meca, el mensajero, siguiendo la manera particular de los árabes, cortó las orejas de su camello, le hendió la nariz, dio la vuelta a la montura colocada sobre su lomo, rasgó su ropa y, conforme a la costumbre tradicional, comenzó a gritar desnudo: «¡Oh habitantes de La Meca! Salid para salvar vuestra caravana de las garras de Muhammad, que la paz y las bendiciones de Dios sean con él. No tardéis tanto que la caravana sea destruida antes de que lleguéis». Los gritos de aquella conocida representación teatral provocaron una intensa agitación en toda La Meca. En poco tiempo se formó un enorme ejército. En él estuvieron presentes personalmente todos los dirigentes ancianos, excepto Abu Lahab, y todos estaban armados. El objetivo de los jefes del ejército no era solamente rescatar la caravana y llevarla de vuelta; por su actitud parecía que querían aniquilar a las fuerzas musulmanas en la primera oportunidad y librarse para siempre de aquella molestia.
Si en aquel momento la fuerza musulmana hubiera mostrado la más mínima debilidad, se hubiera quedado quieta y no hubiera emprendido ninguna actividad militar, no solo habría permitido que la caravana llegara sana y salva a La Meca, sino que además el ejército de Quraysh habría entrado en la zona de Medina, habría hecho alarde de su fuerza y habría regresado sin peligro. El resultado habría sido que la influencia y el prestigio de aquel joven Estado islámico desaparecerían por completo. La arrogancia y el orgullo de los hipócritas y de las fuerzas judías de Medina aumentarían aún más; a los ojos de las tribus vecinas, el Estado islámico dejaría de tener cualquier importancia y, lejos de poder ampliar sus alianzas, apenas lograría proteger la vida, los bienes y el honor de sus escasos ciudadanos. Una fuerza envuelta en conflictos y enfrentamientos debe atravesar muchas etapas y, pese a la escasez de su población y sus recursos y a sus graves dificultades, tiene que aceptar con enorme valentía el desafío de las circunstancias. Oportunidades de este tipo se presentan muy pocas veces. Cuando llegan, si no se aprovechan adecuadamente ni se cumplen con valentía las responsabilidades del momento, uno se ve obligado a retroceder de manera tan lamentable que, aunque transcurran muchos años, ya no es posible remediarlo. Más aún, a veces sucede que, si se queda rezagado respecto al tiempo, toda la empresa fracasa para siempre. Cuando llega un momento de esta clase de conflicto histórico, no se toman decisiones ni se planifican campañas atendiendo únicamente al número de soldados y a la cantidad de armas, municiones y provisiones. Más bien, se considera si, al quedar rezagados respecto al curso de los acontecimientos, la corriente de la historia no pasará por encima de ellos. En realidad, es precisamente en situaciones así cuando se pone a prueba la calidad del liderazgo y se determina también la capacidad de los seguidores. En Medina había llegado un momento histórico de ese tipo. Si el pequeño Estado islámico hubiera poseído una fuerza suficiente, no habría debido permitir que la caravana siguiera su camino a salvo, ni habría sido razonable que dejara de dar al ejército de Quraysh una lección ejemplar. Pero realizar ambas cosas al mismo tiempo estaba más allá de sus posibilidades. Por eso, la decisión de Allah fue que uno de los dos debía ser derrotado. Allah quiso que, si se producía una batalla, esta tuviera lugar de tal manera que demostrara que la verdad era verdad y la falsedad, falsedad, y que arrancara de raíz la incredulidad.
El Mensajero (s.a.s.) recibía, mediante su propio sistema de espionaje, información sobre los movimientos tanto de la caravana como del ejército. Finalmente convocó un consejo consultivo en el valle de Zafarán. Expuso ante el consejo la situación completa y preguntó si el ejército musulmán tenía la fuerza y el valor necesarios para asumir un riesgo considerable. [Entre los escritores de la sira de nuestro tiempo ha surgido una intensa controversia sobre si el Mensajero (s.a.s.) convocó en Medina una reunión especial de los Muhayirun y los Ansar y salió a combatir contra el ejército de Quraysh, dejando de lado la caravana, o si, al salir de Medina, lo hizo con la intención de atacar la caravana y, al llegar después al valle de Zafarán y enterarse de que esta había tomado otra ruta, convocó allí una reunión de emergencia y decidió luchar contra el ejército de Quraysh. La razón de esta controversia es la infame acusación formulada por los orientalistas de que el gobierno de Medina —¡Dios nos libre!— intentaba resolver la crisis económica mediante el saqueo. Por ello, contraviniendo por completo los libros de exégesis, hadices e historia, se ha intentado demostrar que el Mensajero (s.a.s.) no salió con un ejército para atacar la caravana, sino que permaneció en Medina, deliberó allí y decidió luchar contra el ejército de Quraysh. El principal defensor de esta perspectiva fue el maulana Shibli Numani. Él considera que el Corán también respalda su opinión. Sin embargo, ni el Corán, ni las narraciones fiables, ni el curso de los acontecimientos apoyan su postura, y la acusación que dio origen a esta controversia tampoco es correcta. En el lugar correspondiente trataremos esta cuestión detalladamente, si Dios quiere. En realidad, la segunda perspectiva es la correcta.] Él mismo tenía el valor y la determinación de poner todas las fuerzas disponibles al servicio de una lucha a vida o muerte. Ante el consejo consultivo presentó las dos posibilidades: por un lado estaba el ejército de Quraysh y, por otro, la caravana comercial. Propuso atacar a una de las dos. Un gran número de compañeros apoyó la propuesta de atacar la caravana. Según la indicación coránica, entre ellos había personas partidarias de tomar el camino relativamente más fácil, para quienes el interés económico tenía bastante importancia. El Mensajero (s.a.s.) volvió a plantear la pregunta. Esto significaba que no era partidario de atacar la caravana. Al comprender la insinuación, entre los Muhayirun, Abu Bakr, Umar y Miqdad ibn Amr aseguraron su apoyo incondicional y dijeron: «Por dondequiera que usted avance, siguiendo la orden de Dios, nosotros estaremos con usted. No nos quedaremos sentados, como los Hijos de Israel, diciendo: “Ve tú y tu Señor a luchar; nosotros nos quedaremos aquí sentados”». El Mensajero (s.a.s.) repitió nuevamente su pregunta. Con ello quería conocer la opinión de los Ansar. En el pacto de Aqaba solo se les había exigido comprometerse a repeler cualquier ataque contra Medina. Ellos habían salido con el Mensajero (s.a.s.) únicamente para atacar la caravana. Pero las circunstancias posteriores hicieron inevitable una guerra total. Por eso necesitaba conocer su actitud. Al comprender su propósito, Sa‘d ibn Mu‘adh, en nombre de los Ansar y lleno de fervor de fe, dijo: «Actúe según su voluntad. Estamos dispuestos incluso a lanzarnos al mar con usted».
Finalmente, el día 12 de Ramadán del segundo año de la Hégira, el gobernante del Estado de Medina (s.a.s.) salió de la ciudad en persona acompañado por más de trescientos soldados combatientes: 86 Muhayirun, 170 de la tribu de Jazray y 61 de la tribu de Aws, en total 317 hombres, aunque la cifra comúnmente aceptada es de 313. El Mensajero (s.a.s.) partió con tal prudencia que parecía tener la intención de atacar en ambas direcciones. Una de sus miradas estaba dirigida hacia la caravana, para que Abu Sufyan comprendiera que el camino era peligroso. La otra estaba dirigida hacia el ejército de Quraysh. Sin embargo, era necesario saber en qué dirección se encontraba la caravana, en cuál el ejército y cuál era la distancia entre ambos. Tampoco se sabía si existía la posibilidad de que se reunieran, ni si la caravana se había detenido atrás o había avanzado hacia la costa. Finalmente, al llegar a un lugar llamado Safra, envió a Bishbish ibn Amr al-Yuhani y a Adi ibn al-Ragba hacia Badr para buscar información sobre la caravana. Él mismo llegó al valle de Zafarán. Se supo que la caravana había abandonado la ruta de Badr y había avanzado por el largo camino de la costa, alejándose mucho. Por consiguiente, el Mensajero (s.a.s.) se dirigió hacia Badr.
Mientras tanto, después de llegar a la zona costera y sentirse a salvo, Abu Sufyan envió un mensaje al ejército de Quraysh: «Yo y mi caravana ya estamos fuera de peligro. Por tanto, regresad». Pero Abu Yahl estaba entonces entregado a un sueño muy distinto. Se empeñó en ir a Badr y atacar a los musulmanes. Los jefes de las tribus de Majra y Adi habían sido llevados para proteger la caravana de un posible ataque musulmán. Por eso presionaron para regresar. Cuando no se escucharon sus palabras, volvieron con sus propios hombres. Hakim ibn Hizam y Utba intentaron hacer que Abu Yahl desistiera de la guerra. Pero Abu Yahl se enfureció al oír sus ruegos. Insultó duramente a quienes defendían la paz y, al mismo tiempo, provocó las emociones de Amir, hermano de Hazrami, muerto en el incidente de Najla. Amir armó un gran alboroto y provocó una conmoción. Finalmente, el ejército de Quraysh, equipado con un enorme despliegue bélico, llegó al campo de Badr.
El Mensajero (s.a.s.), siguiendo el consejo de los compañeros, ocupó una posición relativamente más ventajosa y, tras elaborar un plan de batalla apropiado, decidió cómo se desplegaría el ejército. Recopiló información secreta sobre el número de soldados enemigos y sus figuras importantes. Cuando llegó a conocer la identidad y los nombres de cada combatiente del ejército de Quraysh, dijo a sus compañeros: «La Meca ha puesto ante vosotros sus entrañas y sus riñones». El ejército enemigo contaba con mil combatientes. De ellos, seiscientos llevaban armadura y cien iban a caballo. Disponían también de innumerables camellos, grandes cantidades de armas y provisiones. Para entretener a los soldados había numerosas vasijas de vino y grupos de cantantes. Lanzar al campo de batalla a poco más de trescientos hombres desprovistos de recursos para enfrentarse a ellos era una audacia inconcebible. Un ejército no está compuesto únicamente de soldados y armas, sino también de muchos otros elementos. El Mensajero (s.a.s.) sabía perfectamente que entre los soldados que estaba enviando al campo en una proporción de «uno contra tres» actuaban el ardor y la energía propios de los oprimidos; poseían una confianza inquebrantable en la verdad y pureza de sus respectivas convicciones, y eran superiores en firmeza organizativa y moral. Entre ellos se había extendido la conciencia de que la cuestión no consistía simplemente en ganar o perder una batalla, sino en si todo el movimiento sobreviviría o sería destruido. Todo su pasado, presente y futuro se había concentrado en el campo de Badr. Sobre todo, tenían una fe absoluta en la ayuda de Dios. Esa ayuda de Dios era, a sus ojos, la verdadera fuerza decisiva. Entonces la ayuda de Dios pareció hacerse inminente, probablemente cuando el Mensajero (s.a.s.), con los ojos llenos de lágrimas, la voz suplicante y un lenguaje cargado de dolor, hizo una súplica:
«Oh Alá, estos son los coraich, que vienen corriendo, embriagados por la arrogancia de su nobleza, con el único propósito de apartar a Tus siervos de obedecerte y de tratar de mentiroso a Tu Mensajero. Oh Alá, envía ahora la ayuda que me prometiste. Oh Alá, destrúyelos mañana mismo». Luego también dijo: «Oh Alá, si hoy perecen estas pocas vidas, ya nadie Te adorará hasta el Día de la Resurrección». Cuando una personalidad como el Mensajero de Alá presenta en el campo de batalla todo el capital de su movimiento y golpea las puertas del Trono de Alá con una súplica tan conmovedora, ¿cómo podría no descender un ejército de ángeles? Por eso, en ese momento llegó verdaderamente la buena nueva de la victoria.
Resultados de la batalla de Badr
Quizá toda la historia de la humanidad se había concentrado en el pequeño campo de Badr. Las dos fuerzas que impulsaban esa historia, completamente animadas por su propia conciencia y motivación, se enfrentaron allí. Un bando estaba cegado por la furia para proteger la religión heredada de sus antepasados, las antiguas costumbres y tradiciones, el liderazgo y los intereses económicos. En el otro lado había una inundación de luz que se extendía hasta el horizonte, la cual quería difundir por todos los ámbitos de la vida humana el nuevo amanecer que resplandecía desde el cielo de Medina, y para la cual atravesar el pecho de la oscuridad de la ignorancia era un deber sagrado. En esta batalla, padres e hijos, tíos y sobrinos, hermanos, suegros y yernos olvidaron sus vínculos de sangre y se enfrentaron para defender sus respectivos ideales de vida. En este contexto, los ansar, aun sabiendo que podían convertirse en blanco de las flechas y espadas de toda Arabia, apoyaron de todo corazón al Mensajero de Alá. Fue una prueba extremadamente difícil. Los queridos compañeros del Mensajero superaron esta prueba y demostraron que eran abanderados sinceros y desinteresados del movimiento islámico. Por sus resultados inimaginables, esta batalla no tiene igual en la historia de la humanidad. Puede decirse que fue otro ejemplo histórico de un ejército de elefantes derrotado por una bandada de aves ababil. La batalla tuvo lugar el 17 de Ramadán. Veintidós valientes combatientes del ejército islámico entregaron sus vidas por su ideal y demostraron ser testigos fieles de la verdad suprema. Por otro lado, mataron a setenta combatientes enemigos y, sin permitir que ninguno de los suyos cayera prisionero, capturaron además a otros setenta como prisioneros de guerra. También se apoderaron de una gran cantidad de bienes del botín. Utba, Shaiba, Abu Yahl, Abul Buhtari, Zam’a ibn al-Aswad, As ibn Hisham, Umayya ibn Jalaf, Munabbih ibn al-Hayyach y muchos otros jefes coraichíes famosos cayeron bajo las espadas de los muyahidines musulmanes. Las filas de los soldados enemigos que luchaban bajo su mando quedaron completamente destrozadas. En realidad, ya en esta primera batalla se quebró la columna vertebral de los coraich y quedó pulverizado el orgullo de su poder. Como consecuencia de esta batalla, el movimiento islámico pudo de pronto erguir la cabeza y dirigir la mirada hacia el nuevo mundo del futuro. Por eso, el Corán denominó el día de la batalla de Badr «Yawm al-Furqan», es decir, la piedra de toque que separa y distingue la verdad de la falsedad. En realidad, esta batalla decidió si el sistema de la ignorancia, tan querido por los coraich, permanecería y era digno de perdurar, o si el islam presentado por Muhammad tendría derecho a sobrevivir. Por eso, el Corán afirmó en su análisis que, entre aquellos dos ideales, solo tiene derecho a perdurar el ideal que posee una prueba irrefutable de la legitimidad de su propia permanencia. Y el pueblo, cualquiera de los dos ideales que quiera adoptar, lo adoptará sobre la base de la prueba. Después, si quiere, será arrojado al profundo abismo de la destrucción; y si quiere, se elevará a las sublimes alturas del islam.
A los prisioneros se les dejó libres tras pagar un rescate de cuatro mil dirhams por persona. (A algunos jefes se les exigió un rescate aún mayor.)
De este modo, los coraich tuvieron que pagar una multa de más de doscientos cincuenta mil dirhams. Este golpe económico debilitó aún más su poder. En el plano político, la repercusión de este resultado inesperado de Badr —desde la perspectiva de los coraich— fue que la importancia y el prestigio del movimiento islámico y del Estado islámico de Medina aumentaron considerablemente a los ojos de las tribus árabes. Esta fuerza pasó a ser digna de ser considerada como el centro de las esperanzas y expectativas del futuro. (Según un relato,) algunas tribus judías de Medina se incorporaron al pacto constitucional de Medina después de la batalla de Badr, y no antes. Un gran número de habitantes de Medina abrazó el islam después de esta batalla. Fue después de la batalla de Badr cuando el islam se convirtió, en el verdadero sentido de la palabra, en un Estado islámico reconocido por todos y amado por el pueblo. El Altísimo Alá dice: «Recordad aquel tiempo en que erais muy pocos en número. En la tierra se os consideraba débiles y temíais que la gente pudiera exterminaros. Entonces Alá os proporcionó un refugio, os fortaleció con Su ayuda y os concedió un sustento bueno, para que fuerais agradecidos». (Sura al-Anfal, 26)
En realidad, esta aleya deja claros los dos grandes períodos del movimiento islámico en todas las épocas. Uno es el período de escasez numérica, debilidad y temor. El otro es el período de fuerza, poder, victoria, éxito y prosperidad económica. Así como el primer período es natural e inevitable en el islam, también lo es el segundo. Ese es el resultado lógico de un comienzo de este tipo. Pero la concepción del islam que mantiene permanentemente al individuo y a la nación en el primer estado, los satisface y conforma únicamente con él y no les abre ningún camino para avanzar hacia una época luminosa en el futuro, no es el islam enseñado por el Mensajero de Alá; esa concepción surge, más bien, de la desviación y la deformación de dicho islam.
En este momento se desafió a los incrédulos, con una exhortación, diciendo: «Si pedíais una decisión clara, aquí tenéis: la decisión ha llegado ante vosotros. Ahora desistid; eso será mejor para vosotros. Pero si volvéis a cometer esa insensatez, Nosotros volveremos a daros vuestro merecido». …» (Sura al-Anfal, 19). Después, dirigiéndose a la nación musulmana, se dijo: «Ved que ni siquiera se plantea la cuestión de aflojar el lazo que sujeta la cintura del enemigo. Más bien, no cejéis hasta dejar paralizadas e inertes las manos de quienes iniciaron la guerra contra vosotros: “Combatidlos hasta que desaparezcan la sedición, el desorden y la anarquía, y todos se sometan únicamente a Alá”». (Al-Anfal, 39). Es decir, el establecimiento de la religión no puede alcanzar su plenitud sin apagar por completo el fuego de la guerra que encendieron los coraich.
La diferencia entre las dos fuerzas
La razón por la que Allah, exaltado sea, denomina la batalla de Badr «Yawm al-Furqan», es decir, «el día de distinguir y separar la verdad de la falsedad»; por la que se dijo: «Aquí tenéis, la decisión ha llegado»; por la que se afirma en la sura Al Imran que en el enfrentamiento de ambos ejércitos hay una lección para vosotros; y por la que se declara que en ello hay una enseñanza para quienes poseen discernimiento, es, en realidad, que mediante el choque de estos dos ejércitos quedó patente una enorme diferencia ideológica y moral. Un ejército entró en una lucha a vida o muerte, olvidando los intereses y objetivos mundanos, así como las diferencias tribales y genealógicas, únicamente para procurar el verdadero bienestar de la humanidad por el camino de Allah; mientras que el otro avanzó impulsado por el deseo de preservar su liderazgo, dominio, nobleza de linaje, intereses políticos y ciego apasionamiento. El primer ejército llegó al campo con humildad ante Allah, entregado a la oración, la inclinación y la postración, y buscando la complacencia de Allah. Un ejército avanzaba disfrutando de grandes banquetes, reuniones de bebida, veladas de música y cantos, y bailes de danzarinas. El otro, en cambio, acudió al campo pese a su inferioridad numérica y escasez de armas, pero en una posición mucho más firme y poderosa en cuanto a fe, unidad, disciplina y carácter. Un ejército era numeroso y estaba bien equipado, pero era extremadamente débil e inútil en términos de fuerza moral. Entonces Allah decidió entre ambos la victoria y la derrota con tal claridad que hasta los ciegos pudieron ver qué bando merecía ser aniquilado y cuál merecía sobrevivir, floreciente y glorioso. Algunos acontecimientos harán aún más evidente esta diferencia.
En aquel momento, dos jóvenes musulmanes llamados Abu Hudhayfa ibn al-Yaman y Abu Hiyal se dirigían desde La Meca hacia Medina. En el camino, los incrédulos les cerraron el paso y les dijeron: «No os permitiremos ir a ayudar a Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él». Ellos fueron puestos en libertad después de comprometerse a no participar en la batalla. Cuando llegaron ante el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, le contaron todo lo ocurrido. Debido a la escasez de efectivos, la situación de los musulmanes era tan delicada que incluso la ayuda de una hormiga habría sido considerada valiosa. Aun así, el Mensajero decidió: «Debéis cumplir sin falta la promesa con la que habéis venido. Allah mismo nos ayudará». ¿Cuántos ejemplos tan gloriosos como este pueden encontrarse en la historia?
El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, cavó una fosa y enterró en ella los cadáveres de los líderes de Quraysh muertos en la batalla de Badr. No permitió que se profanara ninguno de los cadáveres.
En cuanto al botín, es decir, los bienes obtenidos en la guerra, la costumbre establecida era que aquello que cayera en manos de alguien pasara a ser suyo. Debido a esta costumbre, en cuanto aparecían señales de victoria surgían el desorden, el saqueo y las disputas. Pero el Corán estableció una nueva norma respecto a los bienes del botín. El principio fundamental de esta norma era que todo el botín pertenecía a Allah y a Su Mensajero. Por tanto, su distribución correspondía al Gobierno islámico. Conforme a esta nueva norma, todos los bienes del botín se amontonaban delante del comandante. Después, se reservaba una quinta parte para cubrir las necesidades colectivas del Estado islámico y el resto se distribuía entre los soldados.
En el sistema de la yahiliyyah, los prisioneros de guerra quedaban a merced del bando vencedor. Por lo general, eran objeto de injusticia, torturas y malos tratos, y se los convertía en esclavos y esclavas. Incluso en la época civilizada actual se trata brutalmente a los prisioneros de guerra. Sin embargo, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, otorgó a los prisioneros de guerra una nueva dignidad. Ordenó que se los tratara con comodidad. Algunos compañeros, al cumplir esta orden, comían dátiles ellos mismos y daban a los prisioneros alimentos de primera calidad hasta saciarlos. Abu Umayr, hermano de Mus’ab ibn Umayr y prisionero de guerra en Badr, relató que los ansaríes en cuya casa estaba retenido comían dátiles ellos mismos y le daban a él buenos alimentos. Este trato le causaba mucha vergüenza. A los prisioneros que carecían de ropa suficiente se les proporcionaba ropa. Como Al-Abbas era un hombre relativamente alto, ninguna camisa le quedaba bien. Por ello, el líder hipócrita Abdullah ibn Ubayy le envió su propia camisa. Como muestra de reciprocidad por aquel favor, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, entregó su propia camisa para amortajar a Abdullah. Entre los prisioneros también estaba Suhayl ibn Amr, quien solía pronunciar discursos vehementes contra el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Umar, que Allah esté complacido con él, aconsejó que le rompieran los dientes frontales, para que en el futuro no pudiera hablar con fuerza en sus discursos. Cualquier otra persona quizá no habría dudado en tratar lo peor posible a un prisionero indefenso que estuviera bajo su custodia. Pero el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Si mutilo alguna parte del cuerpo de alguien, aunque sea profeta, Allah me castigará mutilando esa misma parte de mi cuerpo».
La fuerza vencedora suele embriagarse de orgullo y volverse sumamente indecente y grosera. Sin embargo, no se encuentra ningún rastro de semejante conducta vergonzosa entre el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y sus compañeros. Incluso cuando el Mensajero recibió la noticia de la muerte de Abu Yahl y le llevaron su cabeza, alabó a Allah.
Cuando la fuerza vencedora marchó hacia Medina, tampoco se organizó ninguna música ni se celebró ninguna fiesta al llegar a la ciudad. Simplemente, los corazones de todos se llenaron de gratitud. Todos expresaron su agradecimiento basándose en la convicción de que aquella victoria era una recompensa de Allah.
Para que los soldados musulmanes, en lugar de embriagarse con la sensación de poder, se esforzaran por eliminar sus propias debilidades mentales y morales, su comandante, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, llamó su atención a la luz de los versículos del Corán. Mediante una revisión crítica de sus actividades militares, señaló los aspectos indeseables. Así se despertó en ellos el entusiasmo por realizar una labor más constructiva y reformadora.
Aunque aquí no es posible analizar detalladamente todas las actividades militares, he prestado algo más de atención a la primera batalla. El propósito es que, mediante esto, el lector pueda adquirir la perspectiva sin la cual no es posible comprender las batallas posteriores. (Fuentes: Tafhim al-Qur’an — Sayyid Abul A’la Maududi, introducción y notas de la sura Al-Anfal; Sirat an-Nabi, de Shibli Nomani; Asahhus-Siyar; Ahde Nabawi ke Maydanhaye Jang; Hadith-e Difa).
Después de la batalla de Badr
Aunque en la batalla de Badr un pequeño contingente del Estado islámico, bajo el liderazgo del Mensajero de Allah, derrotó a los coraixíes y les dio una lección apropiada, al mismo tiempo se volvió inevitable una secuencia continua de conflictos y enfrentamientos en el futuro. Una vez que la espada de La Meca salió de su vaina, solo quedó un medio para establecer la paz: había que hacer pedazos esa espada y paralizar también la mano que la empuñaba. Un enemigo herido suele ser vengativo como una serpiente a la que le han cortado la cola. Aunque había quedado claro como la luz del día que el liderazgo coraixí había descendido casi a cero por la pérdida de sus jefes siempre diligentes, inteligentes y prudentes, que su futuro económico se enfrentaba a una amenaza y que su influencia y prestigio, adquiridos durante largo tiempo, habían comenzado por primera vez a ser derrocados, también es un principio evidente de la historia que quienquiera que posea el poder y la hegemonía religiosa, política o económica lucha con todas sus fuerzas hasta el último momento para protegerlos. En particular, las personas o clases que han adquirido dominio sobre la sociedad generación tras generación no quieren, mientras les quede vida, permitir que se establezca en ella ninguna fuerza cuyo desarrollo y crecimiento haga inevitable el fin de su liderazgo. Luchan con todas sus fuerzas por sobrevivir hasta el último instante de su vida. Por eso el Mensajero de Allah comprendió perfectamente la gran responsabilidad que la victoria de Badr había impuesto en materia de defensa del Estado islámico. Sabía que los coraixíes intentarían mantener en alto su estandarte militar utilizando toda su influencia y prestigio religiosos y políticos, sus antiguos lazos de amistad y todo su poder económico. Después de haber salido por primera vez de La Meca ondeando ese estandarte, no podía regresar a ella y sentarse tranquilamente dejándolo humillado en el suelo. En esta situación, el convocador de la labor constructiva y reformadora, y portador del estandarte de la verdad y la justicia, se vio obligado, además de realizar una labor constructiva, a mantener a su pequeño grupo constantemente alerta y preparado para guerras nuevas en todo momento. Por eso, después de la batalla de Badr, el Mensajero de Allah tuvo que dirigir continuamente actividades militares. Apenas siete días después de regresar de Badr, tuvo que emprender una expedición militar hacia un lugar llamado Maul Kabar. Se había recibido la noticia de que algunos miembros de las tribus Banu Sulaym y Banu Ghatafan habían reunido fuerzas con la intención de luchar. Sin embargo, el adversario no apareció. Después de mantener el asedio durante tres días, regresó. Más tarde volvió a recibirse la noticia de que aquellos hombres se estaban reuniendo. Para someterlos, Ghalib ibn Abdullah partió con un destacamento militar. Hubo algunos enfrentamientos menores y los anarquistas huyeron. Mientras el Mensajero de Allah se encontraba fuera de Medina con motivo de la batalla de Badr, los Banu Qaynuqa rompieron el pacto y provocaron un gran tumulto. Pero tampoco era posible ignorar un acontecimiento tan grave. Ignorarlo habría significado exponer Medina a la destrucción en el futuro. Por ello, en el mes de Shawwal del segundo año de la Hégira, el Mensajero de Allah emprendió contra ellos una especie de operación policial mediante la fuerza militar, y se recurrió al arbitraje conforme a su voluntad. De acuerdo con ese arbitraje, este grupo fue expulsado de Medina.
Dos meses después de la batalla de Badr, en el mes de Dhul-Hiyya, Abu Sufyan llegó a la región de Medina con doscientas personas. Quiso reunirse en secreto con Salam ibn Mishkam para conspirar con el fin de provocar una guerra. Pero, al no encontrar ninguna posibilidad de éxito, destruyó algunos árboles y arbustos en un lugar llamado Arid, mató a un ansarí y huyó. El Mensajero de Allah lo persiguió hasta Qarquarat al-Kudr. Sin embargo, la banda de saqueadores logró escapar. Mientras huían, abandonaron algunos sacos de harina de cebada para aligerar su carga, y estos cayeron en manos del ejército musulmán. Por esta razón, esta expedición pasó a ser conocida como la incursión de Sawiq. Pasaron en Medina los pocos días restantes de Dhul-Hiyya. Pero en el mes de Muharram del tercer año de la Hégira se supo que los Banu Tha’laba y los Banu Muharib se estaban reuniendo para atacar. A finales de ese mes, el Mensajero de Allah partió hacia Nayrab y permaneció en aquella región durante casi todo el mes de Safar. Los enemigos no salieron a enfrentarse y ellos regresaron sin ningún combate. El propósito de permanecer allí tanto tiempo era ampliar las relaciones de amistad en aquella zona, para impedir que los coraixíes tuvieran acceso a la ruta comercial por ese lado. Esta expedición también es conocida como la incursión de Dhu Amar y la incursión de Anmar.
En el mes de Rabi al-Thani surgió el temor de un ataque por parte de los coraixíes. Por ello, dejando en Medina a Ibn Umm Maktum como su sustituto, el Mensajero de Allah llegó hasta Buhran para repeler un posible ataque y estableció un campamento militar para proteger la frontera hasta Yumada al-Ula. También regresó de allí sin ningún enfrentamiento. En el tercer año de la Hégira volvió a salir una caravana comercial de los coraixíes. Se llevaron a cabo actividades militares preventivas a lo largo de su posible ruta. Zayd ibn Haritha llegó al lugar en Yumada al-Thani con cien soldados. El guía de la caravana, Qurat ibn Hayyan, fue capturado y se incorporó al grupo musulmán. Se incautó a la caravana plata por valor de cien mil dirhams.
Así, la situación fue avanzando gradualmente hacia la batalla de Uhud.
La segunda gran batalla: Uhud
Siempre que en la historia de la humanidad se produce un conflicto entre dos fuerzas ideológicas, una positiva y otra negativa, de las cuales una quiere conducir a la humanidad por el camino del bienestar y el progreso, mientras la otra quiere mantener el sistema normativo seguido por los antepasados, en este tipo de enfrentamientos se observa un enorme entusiasmo y fervor en ambos bandos. En el conflicto entre el islam y la ignorancia preislámica que tuvo lugar en la batalla de Uhud también se manifestó ese mismo entusiasmo. De todas las pérdidas irreparables que los coraixíes sufrieron en la batalla de Badr, la económica fue una de las más graves. Tuvieron que pagar más de doscientos cincuenta mil dirhams únicamente en rescates por los prisioneros. Además, aumentaron los gastos debido a que las caravanas debían recorrer un camino más largo, y las ganancias disminuyeron aún más. Por otra parte, el comercio quedó permanentemente amenazado para el futuro. Los musulmanes habían confiscado plata por valor de cien mil dirhams a la caravana comercial de los coraixíes. Todo el tráfico y transporte de mercancías del comercio internacional entre la India y Europa pasaba por las rutas de Yemen y La Meca, y específicamente por las rutas controladas por los coraixíes de La Meca. Estos, mediante su sistema de acuerdos y prácticas contractuales, imponían un impuesto de protección y obtenían enormes ingresos. Sin contar los ingresos comerciales de Taif y otras regiones, los coraixíes obtenían anualmente doscientos cincuenta mil ashrafíes únicamente por la ruta de Siria. Ahora se cernían sobre el cielo de La Meca las nubes de una terrible parálisis económica. En semejante situación, el deseo de vengarse de Badr comenzó a madurar en su interior.
Los preparativos para la nueva guerra comenzaron con gran rapidez. Las ganancias obtenidas de la caravana siria fueron recaudadas íntegramente y depositadas en el fondo militar. Poetas célebres como Amr Yamhi y Musaf aprovecharon plenamente su talento poético y avivaron el fuego de la guerra. Las mujeres de La Meca, desconsoladas por la pérdida de sus hermanos e hijos, comenzaron a hacer juramentos extraños. Algunas, por ejemplo, juraron beber la sangre de los mártires musulmanes en la próxima batalla, y cosas por el estilo. En efecto, mujeres destacadas de las grandes familias nobles comenzaron a marchar hacia el campo de batalla junto con el ejército qurayshí. Entre ellas se encontraban Hind (hija de Utba, esposa de Abu Sufyan y madre del emir Muawiya), Umm Hakim (esposa de Ikrima, hijo de Abu Yahl), Fatima (hermana de Jálid), Barza (hija de Masud al-Zaqafi, líder de Taif), Rita (esposa de Amr ibn al-As), Hannas (madre de Musab ibn Umayr), entre otras.
Además de preparar a sus voluntarios, los qurayshíes tampoco olvidaron llevar consigo esta vez a los ahabish. Asimismo, enviaron a Amr ibn al-As, Abd Allah ibn al-Zubayr, Hira ibn Abi Wahab, Musayf ibn Abd Manaf y Amr ibn Abd Allah al-Yamhí para animar y exhortar a diversas tribus árabes a luchar contra Medina. Así obtuvieron una fuerza enorme. Un ejército de tres mil soldados, entre ellos setecientos hombres con armadura y doscientos jinetes, ya resultaba aterrador por sí mismo. Tras un año entero de preparativos, esta enorme fuerza militar partió de La Meca. Al llegar a los pastizales de Medina, engordaron tranquilamente sus animales alimentándolos con hierba y hojas, y después de pasar varios días en el camino, llegaron a Uhud el miércoles y establecieron allí su campamento. Al-Abbas, tío del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, era sinceramente leal y devoto de él, además de partidario del movimiento islámico. Permanecía en La Meca con un permiso especial para vigilar la situación interna de los enemigos. Envió rápidamente mensajeros para informar al Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, de aquellos preparativos de los qurayshíes. Además, mediante su propia red especial de inteligencia, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, supo el 5 de Shawwal que el ejército qurayshí había llegado cerca de Medina. También supo que sus animales habían acabado con todo el pasto de los campos de Arid. Asimismo, recibió informes que le proporcionaron una idea precisa del número de soldados del ejército qurayshí y de su fuerza y capacidad. De inmediato se estableció una guardia nocturna en Medina. Por la mañana, pidió consejo a los Compañeros. La mayoría de los dirigentes de los muhayirun y los ansar propusieron enfrentarse al enemigo dentro de la ciudad. Sin embargo, los jóvenes que no habían podido participar en la batalla de Badr, impulsados por un entusiasmo desbordante, mostraron mayor interés en salir de la ciudad para combatir. Después de conocer ambos puntos de vista, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se dirigió a su casa y regresó vestido con una armadura. Esto dejó claro que había aceptado la propuesta de combatir fuera de Medina. Abd Allah ibn Ubay también era partidario de luchar dentro de Medina. Todos sabían que mantenía conexiones secretas con los qurayshíes. Antes de esta segunda gran batalla, la de Uhud, los qurayshíes ya habían establecido una relación de complicidad con él. Como el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, conocía este asunto, aceptó en silencio el segundo punto de vista sin discutirlo. El viernes, después de la oración del viernes, partieron bajo su liderazgo mil soldados musulmanes. Abd Allah ibn Ubay también marchó con ellos. Después de que rechazaran su primera propuesta, presentó otra malintencionada: que se abriera un frente de batalla independiente. Cuando el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, rechazó también esta propuesta, aquel intrigante quedó decepcionado. Desde un lugar llamado Shawt, hizo que trescientos soldados se separaran y regresó con ellos. Su acusación era: «Cuando no se toma en cuenta nuestra opinión y no tenemos ninguna participación en el poder de gobernar el Estado, ¿por qué hemos de participar en guerras y combates?». Este acto de traición también afectó a otros. Por ejemplo, las tribus Banu Salima y Banu Hariza estuvieron a punto de regresar abatidas. Pero los sabios dirigentes musulmanes las convencieron, las tranquilizaron y fortalecieron su moral.
Antes de salir de Medina para entrar en el campo de batalla, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, examinó el estado de los soldados. Varios adolescentes, encendidos también por el espíritu del yihad, partieron para la batalla. El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, les ordenó regresar. Aun así, no escatimaron esfuerzos para participar en aquella batalla. El joven Rafi ibn Jadich intentó demostrar que era apto para combatir poniéndose de puntillas para aparentar mayor estatura. El otro joven, Samura, derrotó a Rafi en la lucha y demostró su propia fuerza. Debido a que la nueva generación había sido criada en un ambiente de pureza y sinceridad, pudieron surgir en ella tal firmeza de carácter y tal disposición al sacrificio. Aunque el yihad no era obligatorio para las mujeres musulmanas, al ver la situación sumamente delicada del movimiento, también entre ellas surgió espontáneamente una oleada de emoción. Finalmente, Aisha, Umm Salit (madre de Abu Said al-Judri), Umm Sulaym (madre de Anas) y Umm Ammara, junto con varias otras mujeres, partieron con el ejército musulmán. Hicieron una contribución notable en el campo de batalla. El ejército musulmán contaba en total con setecientos soldados, de los cuales cien llevaban armadura. Iban a enfrentarse a un ejército bien equipado y doce veces superior en número, fortalecidos únicamente por la fuerza de la fe.
El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, trazó un magnífico plan para el campo de batalla, dejando el monte Uhud a sus espaldas. Entregó el estandarte islámico a Musab ibn Umayr. Zubayr ibn al-Awwam fue nombrado comandante de una división, y Hamza fue designado comandante de los soldados sin armadura. En la retaguardia, en el desfiladero del monte Aynayn (Jabal al-Rumat), se apostaron cincuenta soldados arqueros. Abd Allah ibn Jubayr fue nombrado su líder. Los qurayshíes también, a la luz de la experiencia de Badr, adoptaron la estrategia bélica ordenada seguida por los musulmanes. El grupo de combatientes de la derecha (la maymana), el grupo de combatientes de la izquierda (la maysara), la caballería y los arqueros fueron organizados por separado, cada uno bajo el mando de un comandante distinto.
Como inicio de la batalla, catorce mujeres qurayshíes, dirigidas por Hind, comenzaron a tocar tambores y cantar canciones de guerra. La fuerza de la melodía de aquellas canciones para despertar el entusiasmo bélico puede percibirse por el poema siguiente:
(Árabe******)
(Árabe******)
«Somos hijas de las estrellas, de andar grácil; si avanzáis, os estrecharemos contra nuestro pecho, pero si retrocedéis, nos separaremos de vosotros para siempre». Mientras de un lado se sucedían aquellas insinuaciones poéticas, amorosas, sensuales y excitantes, del otro no había nada salvo el deseo de obtener la complacencia de Allah.
De repente apareció en el campo de batalla un falso santón llamado Abu Amir. Los ansar conocían bien su impostura. Se parecía a la cultura ignorante, idólatra y profundamente degenerada de los coraichitas. En cuanto lo vieron, los musulmanes exclamaron: «¡Oh, pecador! ¡Te conocemos!». Es muy raro encontrar en la historia de la humanidad un caso como este: Hanzala, hijo de Abu Amir, pidió al Mensajero (s. a. s.) permiso para atacar a su propio padre. Pero la misericordia y la compasión del Mensajero (s. a. s.) no se lo concedieron. No consideró apropiado que un padre muriera a manos de su hijo. Después, Talha comenzó a lanzar gritos desafiantes. Hadrat Ali avanzó de inmediato y apagó la llama de su vida. Luego se acercó su hijo Uthman, recitando poemas sobre su propia valentía. Detrás de él cantaba un grupo de cantoras. La espada de Hadrat Ali acabó con él también en un instante. Entonces comenzó una encarnizada batalla.
Todo el ejército musulmán compensó su inferioridad numérica y la escasez de equipo con fervor y entusiasmo de fe. Los heraldos de un futuro luminoso luchaban así contra las tinieblas de la ignorancia. Entre ellos, la lucha desesperada de Hadrat Hamza, Hadrat Ali y Hadrat Abu Dujana era la más espectacular. Finalmente, los adoradores de la ignorancia fueron derrotados y sus cantoras huyeron. El ejército musulmán comprendió que había vencido. Por eso comenzó a apoderarse de sus armas, provisiones y demás pertenencias, con el propósito de dejar al enemigo sin recursos para el futuro. La disciplina del campo de batalla se quebró y se extendió el caos. Los soldados dejaron de prestar atención a las instrucciones del mando central. Lo más peligroso fue que los arqueros abandonaron incluso el paso montañoso más vulnerable. Se les había ordenado estrictamente que, ocurriera lo que ocurriera, victoria o derrota, no se apartaran de aquel lugar bajo ninguna circunstancia. Las palabras del Mensajero (s. a. s.) habían sido: «Aunque veáis que los pecadores despedazan y devoran la carne de nuestros cuerpos, no os moveréis de aquí».
Pero los musulmanes olvidaron todas aquellas instrucciones y se apresuraron a recoger los frutos de la victoria. Tuvieron que sufrir las consecuencias terriblemente funestas de aquella precipitación. La victoria que habían obtenido se transformó en derrota. En el ejército de los coraichitas todavía había guerreros sagaces y temibles como Jalid ibn al-Walid. Al observar desde lejos el desorden del campo de batalla, tomó a varios jinetes y lanzó un ataque sorpresa desde detrás de la montaña, atravesando aquel paso montañoso que había quedado sin vigilancia. Después, más guerreros del ejército coraichita se sumaron al ataque. Al ver de repente espadas sobre sus cabezas, en medio de la alegría de la victoria, los musulmanes se dieron cuenta del peligro. Mientras tanto, los enemigos reunieron tropas para atacar personalmente al Mensajero (s. a. s.). Él comenzó a llamar a los musulmanes mientras corría de un lado a otro: «¡Oh, siervos de Allah! ¡Venid a mí!». Pero los soldados musulmanes no podían oír nada. Al cabo de un tiempo, solo quedaron once compañeros a su alrededor. Aprovechando la ocasión, Abdullah ibn Qumayya golpeó con su espada el rostro sagrado del Mensajero (s. a. s.). Su casco se rompió y varios fragmentos se le clavaron en la mandíbula. En otra acometida de los enemigos, cayó en una zanja y sufrió también algunas heridas. Es raro que la historia registre un ejemplo de unos pocos compañeros que lucharan con semejante intrepidez para salvar la vida del líder central del movimiento islámico. En aquel enfrentamiento devastador, que el Mensajero (s. a. s.) permaneciera firmemente de pie, se defendiera con gran destreza y llegara a herir con una lanza a Ubai ibn Jalaf en el cuello fue una muestra extraordinaria de valentía. Sin embargo, como en aquel momento el Mensajero (s. a. s.) resultó herido y, tras caer en una zanja, desapareció de la vista, y como el compañero Yumair ibn Umayr, cuyo rostro se parecía al suyo, fue martirizado, los adversarios tuvieron la oportunidad de difundir el rumor de que el Mensajero (s. a. s.) había muerto. Esto propagó aún más la agitación y la desesperación entre los musulmanes. Este rumor produjo dos tipos de consecuencias. Hadrat Umar (que Allah esté complacido con él) arrojó sus armas y dijo: «Si el Mensajero (s. a. s.) ha sido martirizado, ¿qué sentido tiene seguir luchando?». El amor que sentía por el Mensajero (s. a. s.) era tan intenso que, a sus ojos, después de perder una joya tan preciosa como él, por grande que fuera la victoria obtenida, ya no parecía una victoria. Al oírlo, Ibn al-Nadr, padre de Anas al-Ansari, dijo: «¿Qué haremos viviendo después del Mensajero (s. a. s.)?». Luego luchó con tal ferocidad que fue martirizado tras recibir unas ochenta heridas. Debido a aquella situación caótica, algunos musulmanes fueron heridos o muertos incluso a manos de sus propios hermanos. El padre de Huzayfa murió martirizado a manos de los mismos musulmanes.
Después, la situación comenzó a cambiar. Cada soldado musulmán estaba rodeado de espadas en su posición y anhelaba ver al Mensajero (s. a. s.). El primero en divisarlo fue Hadrat Kaab ibn Malik. Llamó a todos y les informó de que el Mensajero (s. a. s.) estaba vivo. Cuando la buena noticia llegó a todos, comenzaron a correr hacia el centro. Al disminuir la multitud de enemigos, el Mensajero (s. a. s.) subió a la cima de la montaña. Cuando Abu Sufyan avanzó hacia allí, los compañeros lo rechazaron arrojándole piedras. Entonces los enemigos se alarmaron, temiendo que la victoria que habían obtenido por sorpresa volviera a escapárseles. Por eso, el ejército de La Meca comenzó a retirarse rápidamente.
Abu Sufyan subió a una montaña cercana e intentó obtener información segura sobre el Mensajero (s. a. s.). A grandes voces, llamó por su nombre al Mensajero (s. a. s.), a Abu Bakr y a Umar, y preguntó si alguno de ellos seguía vivo.
Desde aquel lado no se dio ninguna respuesta por razones estratégicas. Entonces exclamó: «Todos han muerto».
Hadrat Umar (que Allah esté complacido con él) ya no pudo permanecer callado. Dijo: «¡Oh, enemigo de Allah! Todos estamos vivos». Abu Sufyan lanzó un grito de guerra:
«¡Húbal, mantén la cabeza bien alta!»
Desde este lado se lanzó un eslogan como respuesta:
«¡Allah es eternamente todopoderoso y supremo!»
Abu Sufyan volvió a gritar:
«Nosotros tenemos a Uzza con nosotros; vosotros no tenéis a Uzza»
Desde este lado se respondió:
«Allah es nuestro Señor; vosotros no tenéis ningún señor.»
En realidad, mediante aquellos pequeños eslóganes cobraron voz las dos ideologías cuyo enfrentamiento había provocado una conmoción tan grande en la historia. En esta batalla, 70 musulmanes fueron martirizados y 40 resultaron heridos. Por otro lado, solo fue posible matar a 30 hombres del ejército enemigo. El valiente guerrero Hamza, tío del Mensajero (s.a.s.), su primo materno Abd Allah ibn Yahas; entre los ilustres compañeros, Musab ibn Umayr, Hanzala ibn Abi Amir y Rafi ibn Malik ibn Adlan —estos tres últimos participaron en ambos juramentos de Aqaba—; Abd Allah ibn Amr al-Jazrayi, Amr ibn Yamuh y varios compañeros veteranos de Badr regaron con su propia sangre el árbol de la verdad más sublime del mundo.
Finalmente, cuando el ejército musulmán recuperó el control de sí mismo y restableció firmemente su comunicación con el alto mando, los soldados enemigos se retiraron rápidamente y abandonaron el campo de batalla. Así, quedó al descubierto la debilidad oculta tras la máscara de la victoria repentina, y el ejército musulmán recuperó la confianza en sí mismo.
Los musulmanes ciertamente habían sufrido debido a un tropiezo propio, pero no habían sido derrotados ni su fuerza se había quebrantado. Por ello, siguiendo las instrucciones del Mensajero (s. a. s.), una fuerza de setenta muyahidines persiguió al ejército qurayshí. Por otro lado, cuando Abu Sufyan llegó a Rawha y observó la situación, se arrepintió profundamente. Comprendió que, por haberse apresurado, había dejado en el mismo campo de batalla los frutos de la victoria obtenida en Uhud. El objetivo de destruir el poder de Medina seguía sin cumplirse. Entonces comenzó a pensar en recuperar el objetivo perdido. Pero ya era demasiado tarde: la oportunidad se le había escapado. Era como cuando a un ladrón se le ocurre una idea después de haberse marchado. El Mensajero (s. a. s.) ya había previsto ese peligro. En lugar de regresar a Medina, avanzó con todo su ejército hasta Hamra al-Asad, a ocho millas de Medina. Mientras tanto, Ma‘bad, jefe de la tribu de Juza‘a —que, aunque no había aceptado el islam, era un firme partidario del gobierno islámico—, fue personalmente a intimidar a Abu Sufyan: «Muhammad (s. a. s.) viene con un enorme ejército». Al escuchar esta noticia, Abu Sufyan se aterrorizó y se marchó rápidamente.
Algunos aspectos destacados de la batalla de Uhud
Ahora prestaremos atención a los aspectos particularmente notables de esta batalla:
(1) La disciplina es la verdadera fuerza de todo movimiento. Su importancia es máxima y fundamental en toda clase de guerras y conflictos. La cualidad moral sobre la que se funda la disciplina se llama paciencia. Es decir, permite mantenerse firme e inquebrantable sin preocuparse por el miedo ni por las pérdidas y ganancias. En aquel momento, la organización islámica aún se encontraba en formación y todavía no había adquirido una experiencia amplia, especialmente para fortalecer el carácter islámico en el campo de batalla. Esto se debía a que antes de Uhud solo se había librado una batalla. Ninguna organización humana, al construir una nueva sociedad sobre la base de un ideal, puede alcanzar el éxito pleno y la madurez sin quedar absolutamente libre de tropiezos. Sin embargo, mediante este pequeño tropiezo, Allah dio a los musulmanes una lección práctica que no podía arraigarse únicamente mediante consejos. A través de esta lección también quedó claro que la ley natural de Allah Todopoderoso funciona de manera completamente imparcial e indiferente. Si se viola esta ley, ni siquiera una persona sumamente recta escapa al castigo.
Al analizar esta batalla, el Corán criticó severamente los errores y debilidades que aún existían entre los musulmanes. Les ordenó tener paciencia. (Al Imrán, 125). Les ordenó abandonar la codicia desmedida por las riquezas, que incita a las transacciones usurarias y provoca impaciencia por obtener botín en el campo de batalla. Les hizo comprender indirectamente que, con una mentalidad usurera y codiciosa, no es posible tener paciencia, mantener la disciplina ni librar una lucha histórica para alcanzar un objetivo superior. Aprovechando este contexto mental, la usura fue declarada completamente ilícita. (Al Imrán, 130). Se les dijo que solo pueden llevar el estandarte de la revolución islámica quienes, sin quedar cegados por la usura ni por el apego a las riquezas, gastan sus bienes en nobles objetivos y, en lugar de dejarse arrastrar por las emociones, las controlan. (Al Imrán, 134). También se les hizo saber que quien trabaje para obtener intereses mundanales, todo cuanto reciba en este mundo constituirá su beneficio final; en el Más Allá no tendrá nada que recibir. En cambio, quien desee procurar el bien del Más Allá aun perjudicando sus intereses mundanales recibirá la justa recompensa por sus obras. (Al Imrán, 145). También se les explicó que no debían quedarse abatidos y preocupados después de haber recibido un solo golpe. Si hoy habían recibido un golpe, al día siguiente los enemigos también habían recibido uno de sus manos. En todo conflicto y enfrentamiento habrá altibajos, victorias y derrotas. Pero podían estar seguros de que la victoria final sería suya. (Al Imrán, 139-140). Después se les advirtió en términos inequívocos que la complacencia de Allah y el Paraíso no son mercancías baratas. Solo pueden alcanzar esta dicha quienes son capaces de sacrificar su vida y sus bienes por la causa de Allah y demostrar paciencia y firmeza. Solo mediante estas difíciles pruebas es posible separar y seleccionar a los creyentes sinceros y a quienes son dignos de dar testimonio de la verdad. (Al Imrán, 140-142). Al criticar la reacción de extrema desesperación provocada por el rumor del martirio del Mensajero (s. a. s.) en el campo de Uhud, se declaró claramente que Muhammad (s. a. s.) no es Allah, sino únicamente un Mensajero. Así como murieron los profetas y mensajeros anteriores, Muhammad (s. a. s.) también tendrá que partir algún día de entre vosotros. Por tanto, ¿cómo podría ser legítimo que, tras su desaparición, guardaseis todos los programas de la lucha y el movimiento islámicos y os quedaseis sentados con los brazos cruzados? (Al Imrán, 144). En realidad, aquella desesperación había surgido precisamente por el amor profundo y exclusivo al Mensajero (s. a. s.). También se dijo que debíais formaros siguiendo el ejemplo de quienes, habiendo combatido junto a los profetas anteriores, sacrificaron sus vidas y no estuvieron dispuestos a inclinar la cabeza ante la falsedad. Pues Allah ama precisamente a los pacientes de esa clase. (Al Imrán, 146). Después de impartir estas enseñanzas fundamentales, el Corán describió la dolorosa situación que el ejército musulmán tuvo que sufrir por quebrantar la disciplina:
«Allah cumplió la promesa de ayuda que os había hecho. Al principio, por mandato de Allah, vosotros mismos los estabais matando. Pero después, cuando mostrasteis debilidad y discrepasteis entre vosotros, en cuanto Él os mostró aquello que deseabais, desobedecisteis la orden de vuestro líder. Pues algunos de vosotros anhelaban este mundo y otros deseaban el Más Allá. Entonces Él os hizo retroceder ante los incrédulos para poneros a prueba. Aun así, Allah os perdonó, porque Allah es muy bondadoso con los creyentes.»
Recordad cuando huíais sin siquiera tener la presencia de ánimo para volver la mirada hacia alguien, mientras el Mensajero (s. a. s.) os llamaba desde atrás. Entonces Allah os hizo sufrir una pena tras otra como consecuencia de lo que habíais hecho, para que aprendierais una lección para el futuro y no os afligierais por lo que perdierais ni por las desgracias que os sobrevinieran. Allah está bien informado de todo cuanto hacéis.» (Al Imrán, 152-153)
Observad y reflexionad sobre esta crítica y este análisis, expresados por boca del Mensajero (s. a. s.), acerca de la actividad y el papel del ejército musulmán en la batalla de Uhud, y pensad cuán diferentes son la naturaleza y el tono de esta crítica de los de los gobernantes y comandantes militares del mundo, ávidos de imperios. En ella no se concedió a los soldados permiso ilimitado para hacer lo que quisieran; tampoco se intentó sumirlos en el autoengaño, ni se escatimó esfuerzo alguno para interpretar erróneamente los acontecimientos. Fue una crítica severa y contundente, sin contemplaciones. El temor de Allah era el principio rector de esta crítica, y la formación moral constituía su objetivo.
(2) En esta batalla, la forma en que los pocos compañeros del Mensajero (s. a. s.) demostraron su disposición a arriesgar la vida, su amor y su sincera actitud de sacrificio seguirá inspirando a la ummah musulmana, hasta el Día del Juicio, a sacrificar sus vidas y bienes por la causa de Alá. En realidad, sea cual sea el movimiento, la personalidad de su primer convocador y máximo líder constituye su principal fuerza. Sin embargo, en el movimiento islámico se exige un profundo amor por el convocador y el líder. Especialmente cuando la personalidad de un profeta y mensajero ocupa ese puesto, es sumamente necesario tener hacia él la máxima disposición al sacrificio personal. El movimiento islámico no puede avanzar en ninguna circunstancia dejando de lado a su convocador y líder. La fuerza, el poder y la influencia del movimiento y de su convocador llegan a ser completa e idénticamente uno. El grupo que ignora a su convocador y líder, lo priva de influencia o lo califica simplemente de «uno de los nuestros», y pretende hacer triunfar únicamente los principios del movimiento, es un grupo completamente ciego e irreflexivo. Para un movimiento, tanto los principios como el liderazgo son elementos inseparables e indispensables. La fe firme y la convicción inquebrantable en los principios e ideales, así como el profundo amor y la disposición al sacrificio por el líder, dependen mutuamente y se complementan. Los compañeros del Mensajero (s. a. s.) estaban siempre dispuestos a entregarlo todo, sus vidas y bienes, por su persona y su personalidad. La primera razón era que él era el Mensajero (s. a. s.). La segunda era que sabían y comprendían que su existencia era el alma de todo el movimiento. Por ello sacrificaban sus vidas para proteger la suya, acrecentar su honor y dignidad y extender su influencia y prestigio. En el campo de batalla de Uhud dieron una prueba irrefutable de su amor puro y sincero por el Mensajero (s. a. s.).
Cuando los enemigos comenzaron a atacar en grupos, el Mensajero (s. a. s.) gritó: «¿Quién está dispuesto a sacrificar su vida por mí?». Al oír esta voz, Ziyad ibn Sakan avanzó acompañado por varios ansaríes, y uno tras otro siete amantes del Mensajero entregaron sus vidas. Cuando llevaron a Ziyad, agonizante, ante el Mensajero (s. a. s.), este extendió la cabeza con gran esfuerzo y tocó los pies del Mensajero. Cuando Abdullah ibn Qumaiya hirió con la espada al Mensajero (s. a. s.), la compañera Umm Ammara saltó y se colocó delante de él, recibiendo una profunda herida en el cuello. Precisamente porque ella se interpuso, el golpe no logró matar al Mensajero (s. a. s.). Abu Duyana cubrió al Mensajero (s. a. s.) con su propio cuerpo, como si fuera un escudo. Su cuerpo quedó atravesado por innumerables flechas. Talha detuvo con la mano la espada del enemigo, y una de sus manos cayó al suelo, cortada. Abu Talha se colocó delante del Mensajero (s. a. s.) con un escudo y golpeó con él con tanta fuerza que rompió dos o tres arcos. Un musulmán sencillo e ingenuo llegó allí por casualidad mientras comía dátiles. Al ver la situación, también sintió el impulso de luchar. Preguntó al Mensajero (s. a. s.): «Si muero luchando, ¿cuál será mi destino?». El Mensajero (s. a. s.) respondió: «El Paraíso». Él dijo: «Entonces, comer estos dátiles me hará perder demasiado tiempo». Dicho esto, arrojó los dátiles, comenzó a combatir con gran ímpetu y, al poco tiempo, pasó a formar parte de la caravana de los mártires. Ninguna fuerza puede detener un movimiento en el que está activa una pasión tan intensa por su líder. Sa‘d ibn Rabi‘ también ofreció un ejemplo excepcional. Puesto que el Mensajero (s. a. s.) sentía un profundo afecto por sus compañeros y prestaba atención y cuidado a cada uno de ellos, al terminar la batalla preguntó por el estado de cada uno. Preguntó: «¿Dónde está Sa‘d ibn Rabi‘?». Al buscarlo, descubrieron que yacía a un lado, agonizando. En sus últimos momentos ofreció al Mensajero (s. a. s.) un saludo, amor y el regalo de una súplica, y recomendó a sus compañeros: «Si, mientras todos vosotros seguís vivos, los enemigos llegan siquiera a tener la oportunidad de tocar al Mensajero (s. a. s.), Alá no aceptará ninguna excusa ni alegación vuestra». No prestaba atención a sus propios dolores y sufrimientos, no pensaba en sus seres queridos ni en el futuro de sus bienes; todos sus pensamientos estaban centrados únicamente en el movimiento islámico y en su convocador.
(3) El ejército antim islámico de La Meca profanó los cadáveres de los mártires musulmanes para manifestar su vil mentalidad. En particular, sus mujeres, para cumplir sus votos, abrieron en canal los cadáveres, les cortaron la nariz y las orejas, hicieron collares con ellas y se los pusieron al cuello. Hind, esposa de Abu Sufyan y jefa del contingente femenino, dio el peor ejemplo de barbarie. Desfiguró el rostro de Hamza, le abrió el pecho, sacó su hígado y lo mordió. También fue desfigurado el rostro de Abdullah ibn Yajsh. El propio Abu Sufyan comenzó a golpear con su arco el rostro de Hamza, diciendo: «Toma, disfruta ahora». Por otro lado, el Mensajero (s. a. s.) advirtió severamente al ejército musulmán que no profanara los cadáveres de los enemigos ni desfigurara sus rostros. En los principios del movimiento islámico, la enseñanza de preservar la dignidad humana ocupa un lugar de especial importancia. El islam no permite a sus seguidores responder con una conducta vil cuando otra persona actúa vilmente.
Cuando Abu Sufyan oyó hablar de aquellas acciones de sus hombres, las celebró con satisfacción. Sin embargo, cuando uno de sus compañeros las criticó, se dio cuenta de la gravedad del asunto. Pensó que, al realizar tales actos, quizá recibieran piedras en lugar de ladrillos y perdieran influencia y prestigio ante la opinión pública. Cuando Abu Sufyan llegó a la montaña al final de la batalla, impulsado por ese sentimiento dijo: «Estos hechos no ocurrieron con mi autorización. Sin embargo, tampoco me afligen».
Hoy no es fácil determinar si este comportamiento brutal de las fuerzas antim islámicas dañó su imagen ante la opinión pública. Sin embargo, se conoce un episodio: al ver a Abu Sufyan golpear con su arco el rostro del cadáver del mártir Hamza, un politeísta llamado Yalis ibn Yuwan al-Kinani dijo a los miembros de su propia tribu: «¡Oh, Banu Kinana! ¿Veis cómo el gran jefe de Quraysh trata a su propio primo?». Al oír esto, Abu Sufyan tomó conciencia de la situación.
(4) En el episodio de Abu Duyana puede observarse un destello del comportamiento refinado y civilizado en el campo de batalla que el Mensajero (s. a. s.) enseñaba a los musulmanes. Mientras Abu Duyana avanzaba destrozando una tras otra las filas de soldados enemigos, Hind, la mujer que había mordido el hígado de Hamza, apareció ante él. Hind participaba en la batalla y sentía una hostilidad extremadamente venenosa contra los musulmanes. Por tanto, matarla no habría sido una falta. Abu Duyana también levantó la espada, apuntando a su cabeza. Pero inmediatamente se sobresaltó y bajó la espada, pensando que no era apropiado quitarle la vida a una mujer con la espada que le había dado el Mensajero (s. a. s.).
(5) La manera en que las mujeres musulmanas demostraron fe, valentía, paciencia y lealtad al movimiento islámico durante la batalla de Uhud muestra que el movimiento dirigido por el Mensajero (s. a. s.) no mantuvo inactivas a las mujeres; al contrario, las activó, las formó y aprovechó sus capacidades. Veamos algunos ejemplos.
Ya hemos hablado hace poco de Umm Ammara: aunque era una mujer, se colocó como un escudo para proteger al Mensajero (s. a. s.).
Cuando Safiya, hermana de Hamza, llegó desde Medina al campo de batalla de Uhud tras oír aquellos desgarradores acontecimientos, el Mensajero (s. a. s.) le dijo a Zubayr, hijo de Hamza: «No permitas que se acerque al cadáver de tu padre, pues no podrá soportar lo que verá». Safiya dijo: «He oído todo. Este sacrificio no es gran cosa en el camino de la verdad y la justicia». Se le dio permiso. Safiya contempló el cadáver con gran paciencia, rogó por el perdón y se marchó.
Para Hind al-Ansari, esposa de Amr ibn Yamuh y madre de Jallad al-Badri, aquello fue una prueba de fuego. Tanto su padre como su esposo habían alcanzado el martirio. Sin embargo, soportando con gran dificultad todos aquellos golpes, solo preguntaba una y otra vez: «¿Está a salvo el Mensajero de Allah (s. a. s.)?». Cuando se cercioró de que estaba bien, exclamó espontáneamente: «Oh, Mensajero, si usted está sano y salvo, ninguna otra desgracia es insoportable».
Mujeres nobles y recatadas, como Aisha, Umm Sulaym y Umm Sulayt, también corrían durante la calamidad, llenaban los odres de agua y se la daban de beber a los soldados heridos. Al oír la falsa noticia de la derrota de los musulmanes y del martirio del Mensajero (s. a. s.), Fátima también acudió a Uhud. Lavó las heridas del Mensajero (s. a. s.) y se las vendó.
(6) Cuando el Mensajero, amigo de la humanidad (s. a. s.), entregó su propia espada a Abu Dujana, Abu Dujana se ató un pañuelo rojo a la cabeza y avanzó hacia las filas enemigas balanceando la espada y caminando con un contoneo. Al ver aquella escena, el Mensajero (s. a. s.) dijo: «Allah detesta mucho esta manera de caminar, pero la aprueba en una situación como esta». De este modo explicó algo importante. Desde la perspectiva del islam, mostrar arrogancia en las actividades ordinarias de la vida es sumamente indeseable. Pero durante el enfrentamiento con los enemigos, manifestar orgullo y altivez es muy recomendable. La humildad es algo excelente. Sin embargo, incluso en el campo de batalla, mostrar humildad ante el enemigo aplicando indebidamente una buena norma moral es un acto de extrema necedad. Esa mentalidad religiosa necia utiliza torpemente ciertos valores morales con un propósito contrario, en nombre del amor a la verdad. Con esta sola frase, el Mensajero (s. a. s.) eliminó esa mentalidad. No solo en el campo de batalla: la poesía y la elocuencia también eran consideradas uno de los principales medios de propaganda política de aquella época. Él hacía que los poetas y oradores musulmanes manifestaran orgullo y altivez. Del mismo modo, durante la Umrat al-Qada, el Mensajero (s. a. s.) ordenó a los compañeros que mostraran su fuerza permaneciendo dispersos, y al correr entre Safa y Marwa les indicó que levantaran las piernas y caminaran con el pecho erguido antes de echar a correr. Más tarde, esto se convirtió en una sunna, es decir, una tradición. En aquella ocasión rogó diciendo: «Que Allah favorezca a quien hoy muestre su fuerza ante los incrédulos». En realidad, mostrar humildad en cualquier etapa de un conflicto puede acarrear consecuencias destructivas. Quien no sabe aplicar correctamente los valores y principios morales, comprendiendo las diferencias de lugar, tiempo y circunstancia, padece una especie de locura. Con semejante locura podrá funcionar cualquier cosa, pero el movimiento islámico no puede avanzar.
(7) La honestidad y la veracidad son fuerzas que atraen poderosamente a las personas. En Medina vivía un joven honesto llamado Umar ibn Zamit. Su trato con los musulmanes era de apoyo y simpatía, pero todavía no había aceptado el islam. La batalla de Uhud despertó su conciencia dormida. Abrazó la fe y, sin decirle nada a nadie, tomó su espada, se incorporó a la batalla y alcanzó el martirio. Poco antes de morir, unos hombres de la tribu de Banu Abd al-Ashhal lo reconocieron. Cuando le preguntaron por sus circunstancias, respondió: «Lucho por la verdad y la justicia, por amor a Allah y a Su Mensajero». El Mensajero (s. a. s.) anunció la buena nueva de que entraría en el Paraíso aunque no hubiera rezado ni una sola oración en su vida. Otro ejemplo es el de Mukhayriq, miembro de la tribu judía de Banu Za‘laba. Al seguir la verdadera religión judía, decidió luchar del lado del Mensajero (s. a. s.). No se limitó a decidir luchar él mismo, sino que también convocó a los demás judíos a combatir. Sus correligionarios judíos alegaron como excusa religiosa que aquel sábado estaba prohibido salir a combatir. Pero Mukhayriq dijo: «Hoy no hay sábado». Finalmente llegó solo al campo de batalla, luchó y entregó su vida. Un ejemplo completamente distinto es el de Qizman. El Mensajero (s. a. s.) había anunciado de antemano que él sería de los habitantes del Infierno. Se unió a los musulmanes y combatió encarnizadamente contra el ejército de Quraish. Al encontrarlo herido después de la batalla, la gente lo elogió: «Has demostrado un valor y una bravura extraordinarios». Él respondió: «Solo luché para defender el honor de nuestra nación». El desdichado soldado se suicidó, incapaz de soportar el dolor de sus heridas. Allah hizo que combatiera contra los incrédulos, y también permitió que muriera, pero su destino fue el Infierno. Que Allah proteja a los creyentes de un final tan lamentable.
(8) Ya hemos señalado que, en aquel momento, las fuerzas negativas de la ignorancia estaban embriagadas de una enorme arrogancia y sumamente estimuladas por el afán de mantener en pie el sistema de la incredulidad. Aunque los portaestandartes de Quraish iban cayendo uno tras otro y nadie podía permanecer firme en su puesto, nuevos hombres avanzaban para ocupar su lugar. Finalmente, cuando un hombre llamado Sawwar levantó el estandarte, recibió un golpe de espada tan fuerte que le cortó ambas manos. En cuanto cayó el estandarte, él se desplomó boca abajo sobre él y exhaló su último aliento repitiendo: «He cumplido con mi deber». Durante un rato, el estandarte permaneció en el suelo. Finalmente, una mujer llamada Umra bint Alqama avanzó heroicamente y lo levantó. Esto demuestra que, con la aparición de una fuerza revolucionaria positiva, incluso en el bando conservador puede mantenerse durante algún tiempo el entusiasmo. Eso fue lo que ocurrió en Uhud. Allí, la fuerza conservadora y permanente de la incredulidad de La Meca mostró su último despliegue de poder y arrogancia.
(9) En esta batalla se vieron muchas escenas desgarradoras de la pobreza y la carencia material del bando musulmán. Había en total setenta cadáveres de mártires, pero incluso prepararles sudarios era difícil. Para cubrir el cadáver de Musab ibn Umayr solo había tela suficiente para la parte de la cabeza; los pies tuvieron que cubrirse con hierba de ajzjar. Más tarde, cada vez que los musulmanes recordaban aquella situación, se les llenaban los ojos de lágrimas. Esta circunstancia permite comprender lo difícil, involuntario pero inevitable, que fue para el Estado islámico de Medina librar aquella guerra, y que no les era posible participar en ella de ningún modo salvo por la presión de las circunstancias y la obligación. Pero cuando se vieron obligados a hacerlo, compensaron todas las carencias con su firme convicción en su concepción de la vida, su profundo amor por su gran objetivo y la sincera compañía del Mensajero (s. a. s.).
(10) El Corán, además de advertir y hacer conscientes a los musulmanes de todos sus defectos y debilidades y aconsejarles que se concentren en corregirlos, también desarrolla en ellos cualidades propias de los soldados. Les enseña que, en el campo de batalla, la fuerza moral es la verdadera fuerza decisiva. La parte más importante de esta fuerza moral es la paciencia. También se les enseña que, en la lucha entre la verdad y la falsedad, deben dejar completamente de lado los sentimientos familiares, tribales y nacionales, así como los intereses mundanos, y dar prioridad únicamente a la complacencia de Allah, al triunfo de la verdad y la justicia y al éxito en la otra vida. El Corán también arraiga en sus corazones la convicción de que la decisión sobre la victoria y la derrota está, en toda circunstancia, absolutamente en manos de Allah. Solo Su ayuda puede hacer victoriosa a una fuerza. Por eso, siempre deben conceder la máxima importancia a Su ley y a Su complacencia. Esto mismo se les enseñó en forma de súplica en las aleyas 27 y 28 de la sura Al Imrán:
«Di: ¡Oh Allah, Soberano de toda soberanía! Tú concedes el dominio a quien quieres y se lo quitas a quien quieres; honras a quien quieres y humillas a quien quieres. El bien está en Tus manos. Ciertamente, Tú eres Todopoderoso. Haces que la noche entre en el día y que el día entre en la noche; haces salir lo vivo de lo muerto y lo muerto de lo vivo, y concedes sustento sin medida a quien quieres».
Se les libró del temor a la muerte enseñándoles que la muerte llegará inevitablemente, en el momento fijado y con el permiso de Allah. Por tanto, descuidar el cumplimiento del deber para salvar la vida no prolongará su existencia. Deben continuar actuando mirando a la muerte de frente. Junto con estas valiosas enseñanzas, también se les enseñó que la muerte de quienes entregan su vida por Allah al dar testimonio de la verdad no es como la muerte de la gente común. Su muerte es sumamente honorable. Por eso, no los consideren ni los llamen muertos como a los demás fallecidos. Reciben una nueva vida de parte de su Señor; sus almas reciben un sustento luminoso; se regocijan con los valiosos dones y recompensas de Allah y están seguros y satisfechos respecto de sus compañeros de ideales. De este modo se hizo manifiesto el elevado significado del martirio. Como consecuencia, el significado de la muerte ocurrida por la causa de Allah cambió tanto que, en lugar de temerle a la muerte, se empezó a rogar por ella. En este sentido, el Rasul, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, prohibió lamentarse por la muerte de los mártires llorando con lamentos melodiosos, gritando o golpeándose el pecho. Cuando surge un movimiento revolucionario fiel a la verdad, establece una terminología particular acorde con ese movimiento, incorpora en ella significados especiales y transforma el sentido de las ideas habituales. De todas estas enseñanzas se comprende que, en el islam, la guerra no es una actividad mundana o material. Más bien, es pura adoración de Allah y una exigencia religiosa genuina.
(11) Algunos hipócritas se habían quedado en el campo de batalla. Así como antes de la batalla habían contribuido considerablemente, en un momento sumamente delicado, a sembrar el desorden entre los musulmanes y quebrantar la unidad de la organización, después de la batalla también difundieron muchos rumores, diciendo que, si se hubieran hecho ciertas cosas, no habría ocurrido semejante desastre. También decían que, si hubieran tenido alguna participación en el liderazgo, la batalla de Uhud no habría terminado así. El grupo de arqueros que estaba en el desfiladero de atrás tampoco tenía buenas intenciones. Cuando en Medina se les preguntó por qué habían abandonado sus posiciones, presentaron diversas excusas insostenibles. Al escuchar aquellas excusas, el Rasul, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Nada de eso. En realidad, albergaban la falsa sospecha de que yo los traicionaría y no les entregaría lo que les correspondía». Para disipar esta falsa sospecha, el Corán dijo: «No es propio esperar de ningún profeta que traicione» (Al Imrán, 161).
(12) Cuando los enemigos hirieron al Rasul, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, uno de los compañeros le aconsejó: «Ruega contra estos crueles para que Allah los destruya». El Rasul respondió: «No fui enviado como una maldición para los habitantes del mundo, sino como una misericordia para ellos». Luego suplicó: «¡Oh Allah, guía a mi pueblo por el camino recto! Ellos no saben» —no me conocen, ni conocen mi meta y mi propósito, ni la realidad de la vida y del mundo—. Ya hemos dicho que en esta respuesta y en esta súplica se manifestó la perspectiva del Rasul, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, desde la cual consideraba a sus opositores. Es evidente que no albergaba ningún deseo de venganza personal. No quería destruirlos, sino reformarlos. Si tomó las armas en respuesta a sus acciones militares, lo hizo únicamente porque se vio obligado a ello, pues no tenía otra alternativa.
Después de Uhud
Aunque los musulmanes fueron inicialmente victoriosos en la batalla de Uhud y después sufrieron un revés temporal, al final la balanza comenzó a inclinarse de su lado. En particular, el hecho de que los coraichitas se retiraran dejando incompleta la victoria, que el ejército musulmán los persiguiera y que Abu Sufian, pese a haber pensado regresar una vez más, se marchara a La Meca, contribuyó a elevar el ánimo del ejército musulmán. En realidad, el ejército coraichita se marchó dejando la batalla suspendida, sin haber llegado a una decisión final. Ninguno de los dos bandos pudo derrotar claramente al otro. El significado de una situación así suele ser: «El resto se verá más adelante». En nombre de los coraichitas, Abu Sufian se retiró después de lanzar un desafío explícito: «El año próximo volveremos a enfrentarnos en el campo de Badr». Así como la batalla de Badr produjo una resolución definitiva, la batalla de Uhud no llegó a ninguna conclusión final. La decisión definitiva quedó aplazada para un momento posterior.
Aunque el ejército musulmán no resultó victorioso, tampoco fue derrotado. Sin embargo, la influencia que la batalla de Badr había ejercido en las zonas circundantes había disminuido en cierta medida, y las esperanzas y aspiraciones de las tribus politeístas conservadoras comenzaron nuevamente a girar en torno a las fuerzas de la ignorancia. El comportamiento rebelde de algunas fuerzas malignas y propensas al crimen comenzó otra vez a levantar la cabeza. Las tribus indisciplinadas de los alrededores de Medina reanudaron con arrogancia sus actividades rebeldes. Pero la organización de los musulmanes era tan cohesionada y eficiente, y su liderazgo tan firme, que repelía de inmediato cada actividad hostil y encauzaba gradualmente la situación por la vía correcta. Así se hizo saber al pueblo que el gobierno islámico estaba plenamente activo y que no escatimaría esfuerzos para mantener la ley y el orden, proteger la vida y los bienes de los ciudadanos y preservar la integridad del Estado. Aun así, tomó algún tiempo restablecer la autoridad del Estado islámico.
Entre las fuerzas rebeldes que comenzaron a levantar cabeza después de la batalla de Uhud, Talha bin Juwaylid y Salma bin Juwaylid, de Qutun, fueron quienes iniciaron las actividades subversivas. Instigaron a la tribu de Banu Asad a emprender actividades rebeldes contra Medina. La opinión más fundada es probablemente que se había planeado una especie de saqueo armado. La noticia de este plan se conoció en cuanto apareció la luna de Muharram del cuarto año de la Hégira. Inmediatamente se envió una fuerza de ciento cincuenta guerreros, bajo el mando de Abu Salama al-Majzumi, para repeler este peligro. En cuanto llegaron a Qutun, la banda de salteadores se dispersó. El Gobierno islámico confiscó los rebaños que habían abandonado y los distribuyó entre los voluntarios. El día 5 de Muharram llegó desde otra dirección la noticia de que Khalid bin Sufyan, de la tribu de Banu Juzayl, había reunido una fuerza para atacar Medina. Se envió a Abdullah bin Anis al-Yuhani al-Ansari para enfrentarse a ellos. Abdullah puso fin a la rebelión y regresó llevando la cabeza de Khalid. Como recompensa por la hazaña heroica que había realizado completamente solo, el Mensajero (s. a. s.) le entregó su propio bastón.
Dos o tres semanas después ocurrió nuevamente un incidente. A comienzos del mes de Safar, miembros de las tribus de Adal y Qara llegaron a Medina tras urdir una conspiración. Le solicitaron al Mensajero (s. a. s.): «Algunas personas de entre nosotros se han hecho musulmanas. Envíe a algunos hombres para enseñarles y educarlos». El Mensajero (s. a. s.) envió a diez hombres instruidos y virtuosos (este número se ofrece según el relato del Sahih al-Bujari; según los relatos de los historiadores y biógrafos, eran siete). Su comandante era Mursad ibn Abu Mursad. Apenas llegaron a Raji, el lugar donde residía Banu Hudhayl, mataron a todos excepto a Khubayb y Zayd. A estos dos los vendieron a los coraichitas de La Meca. Los coraichitas los mataron crucificándolos. Ya hemos hablado anteriormente de este suceso. Este acontecimiento deja bastante claro cuánto habían aumentado la insolencia y la audacia de los adversarios después de la batalla de Uhud. Varios hombres valiosos de un pequeño grupo viajaron como maestros y fueron martirizados cruelmente en el camino. Es difícil describir con palabras el enorme golpe que esto supuso para el corazón del Mensajero (s. a. s.). Aquellos a quienes habían ido a impartir conocimientos sobre el islam, esas bestias con forma humana, no solo no aprendieron nada de ellos, sino que los asesinaron cruelmente sin que hubieran cometido delito alguno. Pero esto no fue el final. El mismo mes ocurrió el incidente más grave en Bi’r Ma’una. Abu Bara Amir ibn Malik llegó de la región de Najd y se entrevistó con el Mensajero (s. a. s.). El Mensajero (s. a. s.) lo invitó al islam. Él no aceptó la invitación, pero tampoco la rechazó. Sin embargo, con gran sinceridad le aconsejó: «Envíe a un grupo de sus compañeros a Najd. Es de esperar que la gente acepte el islam». El Mensajero (s. a. s.) expresó su preocupación respecto de Najd. El incidente de Raji había ocurrido apenas unos días antes. Abu Bara asumió la responsabilidad de protegerlos. Se había vuelto necesario, por razones de mayor interés político, ampliar la influencia y la autoridad del Gobierno islámico en la región de Najd; por eso, confiando en las palabras de Abu Bara, el Mensajero (s. a. s.) envió un grupo de setenta hombres (este es el número citado en Bujari; según Ibn Ishaq, eran cuarenta). Entre ellos había memorizadores del Corán, recitadores y predicadores de primer nivel. Su líder era Mundhir ibn Amr. Cuando esta delegación encargada de la invitación al islam llegó al lugar llamado Bi’r Ma’una, Haram ibn Milhan llevó desde allí una carta del Mensajero (s. a. s.) a Amir ibn al-Tufayl, jefe de la tribu de Banu Amir. Antes incluso de leer la carta, Amir ibn al-Tufayl hizo una señal a uno de sus hombres para que asesinara a Haram. Después proclamó entre los Banu Amir: «Estéis donde estéis, venid a atacar a la delegación llegada de Medina». Pero los Banu Amir no quisieron romper la promesa hecha a Abu Bara. Entonces invitó a las ramas de la tribu anárquica de Banu Sulaym: Rayyan, Dhakwan, Usayya y Banu Lihyan. Cuando estuvieron preparados, rodearon a la delegación de Medina encargada de la invitación al islam. Los miembros de la delegación dijeron: «No hemos venido a luchar. Tampoco queremos quedarnos aquí. Deseamos continuar avanzando. Por tanto, no nos ataquéis». Pero los asesinos no escucharon nada de lo que decían y mataron a sesenta y nueve hombres, que fueron martirizados. El septuagésimo miembro, Ka‘b ibn Zayd, se ocultó entre los cadáveres con el cuerpo cubierto de sangre y, sobreviviendo apenas, logró llegar a Medina e informar al Mensajero (s. a. s.) de todo lo ocurrido. Piensen en lo dolorosa que fue esta prueba para un grupo joven rodeado de enemigos. Sesenta y nueve de sus hombres, bien instruidos y capaces, alcanzaron simultáneamente el martirio de la manera más cruel. Tras este hecho tan sensible, el Mensajero (s. a. s.) quedó profundamente afligido y sumido en el duelo. Durante un mes, en la oración del alba, hizo una súplica contra los asesinos de sus queridos compañeros por causa de este acontecimiento desgarrador. El término técnico para esta súplica es Qunut al-Nazila.
Observen también la conducta del Gran Profeta (s. a. s.), salvador de toda la humanidad, frente a las atrocidades de estos monstruos. Amr ibn Umayya, el único superviviente entre los setenta delegados, vio durante su regreso a Medina a dos hombres durmiendo a la sombra de un árbol. Como le parecieron cómplices de los asesinos, los mató. Su suposición era errónea: ambos pertenecían a una tribu aliada. El Mensajero (s. a. s.) pagó una compensación de sangre por su muerte. Pues el Mensajero (s. a. s.) había realizado tantos sacrificios precisamente para poner fin al reinado de la opresión imperante y establecer el reinado de la justicia.
Si Medina no hubiera permanecido internamente estable, no habría sido posible resolver todas estas complicaciones externas. Sin embargo, aquí existían algunas fuerzas malévolas y conspiradoras, muy influyentes gracias a sus tierras, riquezas y grandes fortalezas. Desde el interior del Estado islámico urdían conspiraciones sumamente traicioneras y obstaculizaban cada acción de los musulmanes. En particular, las tribus judías, pese a haber firmado el pacto relativo a la unidad de Medina, realizaban diariamente actividades rebeldes. La tribu que poseía la base más poderosa entre ellas era Banu Nadir. Dominados por la obstinación y la terquedad, avanzaban temerariamente. Después de los incidentes de Uhud, Raji‘ y Bi’r Ma‘una, su insolencia había aumentado tanto que incluso intentaron abiertamente asesinar al Mensajero (la paz sea con él) en un momento tan delicado. (Ya he mencionado este asunto anteriormente). Cuando, después de sus delitos pasados, los judíos tampoco tuvieron reparos en emprender nuevamente este intento abierto de sabotaje, se volvió inevitable adoptar una medida definitiva contra ellos. El Mensajero (la paz sea con él) hizo todo lo posible por evitar declararles la guerra y causar pérdidas de vidas. [Porque, en primer lugar, el movimiento islámico no es por naturaleza violento ni extremista. Además, el asunto concernía a personas vinculadas a un grupo particular del mundo. El movimiento islámico debía desarrollar su actividad precisamente en la zona bajo la influencia de ese grupo. De lo contrario, sus crímenes eran tan atroces que ni siquiera tenían derecho a seguir con vida]. Por ello, les envió únicamente un aviso de revocación de su ciudadanía, dándoles un ultimátum para abandonar Medina en un plazo de diez días. También les hizo saber que, si no se marchaban, serían tratados como enemigos. ‘Abdullah ibn Ubayy, jefe de los hipócritas, los incitó a luchar contra el Mensajero (la paz sea con él), prometiéndoles ayuda suficiente. Banu Nadir, dejándose llevar por su instigación, desafió al Gobierno islámico diciendo: «No nos importa vuestro ultimátum. Haced lo que queráis». Así pues, en el mes de Rabi‘ al-Awwal del cuarto año de la Hégira, el Mensajero (la paz sea con él) salió de expedición al frente del ejército musulmán y sitió a Banu Nadir. ‘Abdullah ibn Ubayy no cumplió su promesa y nadie acudió en su ayuda. Impotentes, abandonaron su asentamiento. Por gracia del Mensajero (la paz sea con él), no solo salvaron la vida, sino que también pudieron llevar consigo sus pertenencias valiosas, cargadas sobre camellos. Incluso en aquel ambiente de extrema tensión, surgieron de entre Banu Nadir dos afortunados que, además de comprender lo irracional e injusto de la conducta de su propia tribu, reconocieron la verdad y legitimidad de la invitación del Mensajero (la paz sea con él) y aceptaron el islam. Eran Yamín ibn ‘Umayr y Abu Sa‘d ibn Wahb.
En aquella ocasión, el ejército musulmán se vio obligado a cortar algunos árboles y arbustos. No era un asunto particularmente grave. Sin embargo, los propagandistas occidentales también han encontrado aquí material para su propaganda maliciosa. Se trataba de una actividad militar inevitable. Incluso hoy, algunos ejércitos deben realizar este tipo de acciones en determinadas circunstancias para construir caminos, destruir bases secretas del enemigo y atender otras necesidades. A veces incluso la policía tiene que llevar a cabo actividades semejantes para capturar delincuentes. Es necesario derribar edificios e intervenir cuando hace falta en campos, granjas y huertos.
Incluso en circunstancias de extremo peligro, al someter a los malhechores, el Mensajero (la paz sea con él) no solo redujo sus propios problemas, sino que también mantuvo intactos su prestigio y su imagen ante quienes lo rodeaban. Comprendieron que el poder y la autoridad del Gobierno islámico permanecían plenamente vigentes.
Abu Sufyan salió para lanzar un ataque con un ejército poderoso, de acuerdo con la fanfarronería que había mostrado en el campo de Uhud. Esta vez su ejército contaba con dos mil soldados de infantería y cincuenta jinetes. En cuanto recibió la noticia, el Mensajero (la paz sea con él) también llegó al campo de Badr con mil quinientos soldados de infantería y diez jinetes. Estableció allí el campamento y esperó durante ocho días seguidos al ejército qurayshí. Pero Abu Sufyan llegó a un lugar llamado Dahran o ‘Usfan, situado a solo una jornada de marcha de La Meca, y regresó. La razón fue que, debido a la falta de lluvias, aquel año no le parecía adecuado para la guerra. Al enterarse del regreso de Abu Sufyan, finalmente el Mensajero (la paz sea con él) volvió a Medina.
En el mes de Muharram del cuarto año de la Hégira (según otra opinión, en Yumada al-Ula), en cuanto se supo que dos ramas de la tribu Banu Gatafán, Banu Muharib y Banu Za‘labah, estaban preparándose para atacar Medina, el Mensajero (la paz sea con él) salió al frente de un ejército de cuatrocientos (según otra opinión, setecientos) combatientes voluntarios. Es cierto que se había preparado un ejército para enfrentarse a las fuerzas musulmanas, pero en la práctica no fue capaz de combatir. En esa misma época ocurrió lo siguiente: un politeísta llamado Gurs salió de su casa después de declarar ante su tribu: «No regresaré a casa hasta haber matado a Muhammad (la paz sea con él)». Cuando llegó, el Mensajero (la paz sea con él) estaba descansando solo bajo un árbol. Su espada colgaba de una rama. Gurs tomó aquella espada con la mano, la levantó y dijo: «Dime, ¿quién puede salvarte ahora?». El Mensajero (la paz sea con él) respondió con completa serenidad: «Allah puede salvarme».
Dumat al-Yandal era un punto de encuentro de las caravanas comerciales, y allí también actuaban predicadores cristianos y judíos, así como agentes de inteligencia política. Por otro lado, como Banu Nadir y otros se habían refugiado en lugares como Jaibar, estos se habían convertido en centros desde los cuales urdían diversas conspiraciones contra Medina. En particular, tiene gran importancia política el hecho de que Ukaydir, un dirigente cristiano vinculado a la alianza entre los qurayshíes de La Meca y los judíos de Jaibar, comenzara a hostigar las caravanas que transportaban cereales para Medina. El Mensajero (la paz sea con él) supo que los enemigos querían reunir sus fuerzas en Dumat al-Yandal y atacar Medina. En el mes de Rabi‘ al-Awwal del quinto año de la Hégira, el Mensajero (la paz sea con él) partió inmediatamente hacia aquel lugar con mil soldados. En cuanto llegó la noticia de que el ejército musulmán marchaba hacia Dumat al-Yandal, los enemigos se dispersaron. El Mensajero (la paz sea con él) no consideró necesario avanzar más. Trabajó en el camino para conseguir aliados. En esta etapa se concluyó un pacto con ‘Uyaynah ibn Hisn. Más tarde, en el séptimo año de la Hégira, el honorable ‘Abd al-Rahman ibn ‘Awf emprendió una misión política de invitación religiosa, y la tribu de Kalb adoptó una actitud positiva hacia el Estado islámico de Medina. Después, durante la expedición de Tabuk, en el noveno año de la Hégira, el estandarte de la victoria del Estado islámico fue izado sobre aquella región.
Esta vez se recibió la noticia de que Banu al-Mustaliq se estaba preparando para atacar. Aunque se envió a Burayda al-Aslami para investigar, se confirmó que la noticia era cierta. Por consiguiente, el Mensajero (la paz sea con él) emprendió una acción militar el día 3 de Sha‘ban. Llegó con gran rapidez a Muraysi‘, donde había un estanque. Hariz ibn Dirar, jefe de Banu al-Mustaliq, estaba dispuesto a combatir. Pero, como el Mensajero (la paz sea con él) llegó allí por sorpresa, sus soldados se dispersaron. Solo permanecieron los miembros de su propia tribu. Al primer ataque, el ejército de Hariz fue completamente derrotado. Se capturó una gran cantidad de animales como botín, y todos los hombres y mujeres de la tribu se convirtieron en prisioneros de guerra. Entre esos prisioneros se encontraba una mujer llamada Yuwairiya. Ella recitó ante el Mensajero (la paz sea con él) el testimonio de fe y dijo: «He venido siendo musulmana». El Mensajero (la paz sea con él) se casó con ella con su consentimiento. Como resultado, el ejército musulmán liberó a todos los prisioneros de Banu al-Mustaliq, diciendo: «No podemos mantener cautivos a los familiares del Mensajero (la paz sea con él)».
Fue precisamente en esta guerra cuando los hipócritas, al ver la victoria del islam, se enfurecieron. Primero provocaron una disputa por el agua e intentaron crear discordia entre los emigrados y los auxiliares. Durante el regreso, continuaron incitando a los auxiliares a expulsar a los emigrados de Medina. En esta expedición, Hazrat Aisha también fue víctima de una calumnia porque se separó de la caravana. Ya he relatado anteriormente todos estos acontecimientos.
Todos estos pequeños acontecimientos ocurrieron después de la batalla de Uhud y antes de la batalla del Foso. El Estado islámico tuvo que adoptar estas medidas para preservar su propia existencia, mantener la ley y el orden y continuar el proceso constitucional. Salvo los acontecimientos relacionados con la delegación de maestros, en todos los demás casos a veces solo se enviaban tropas a la frontera y otras veces se adoptaban simples medidas policiales. Los enfrentamientos militares propiamente dichos fueron muy escasos y de dimensiones muy reducidas. Si se les diera una importancia innecesaria y se describieran detalladamente, podrían crear una impresión equivocada en la mente del lector. La verdadera situación era que la sociedad árabe estaba dividida en diversas tribus grandes y pequeñas. Cada tribu, e incluso las ramas de las tribus, constituía una unidad administrativa y política independiente dentro de su propia esfera. A veces una tribu se rebelaba, mientras otra se disponía a atacar o saquear. Cuando se detenían las fechorías de una, otra volvía a levantar la cabeza. En tales circunstancias, cada vez que se intentaba establecer una administración central, no había ninguna posibilidad de éxito sin correr el riesgo de enfrentamientos y conflictos con las numerosas tribus grandes y pequeñas, dispersas aquí y allá.
La tercera gran batalla: el Foso
Aunque en la batalla de Uhud los coraixíes habían tenido, por una circunstancia fortuita, la oportunidad de darles una lección a los musulmanes y, aparentemente, habían vengado así su derrota de Badr, comprendieron muy bien que en realidad no habían regresado del campo de Uhud como vencedores. También entendieron que, con su poder actual, no eran capaces de derrotar al Estado islámico de Medina. Por eso se retiraron de Uhud con la determinación de librar otra batalla después de un año, tras realizar mayores preparativos y reunir más soldados. Abu Sufyan también había expresado esta determinación. Sin embargo, cuando transcurrió un año y salieron de La Meca con tropas y pertrechos, regresaron debido a las circunstancias desfavorables. Existía una gran diferencia entre los coraixíes y el Estado islámico. Esta diferencia consistía en que el bando pagano de los coraixíes era, en cuanto a su vitalidad, estancado y débil; carecía de toda capacidad de desarrollo y crecimiento. Al contrario, algunas de sus fuerzas se separaban constantemente de él y pasaban al lado del Estado islámico. La fuerza islámica de Medina era una fuerza idealista, dedicada a la predicación y orientada hacia las masas. Por eso estaba siempre activa, ocupada en su labor, en desarrollo y expansión. Debido a esta diferencia fundamental, el paso del tiempo estaba demostrando ser beneficioso para Medina. En todos los aspectos —la formación moral y la purificación del carácter, las relaciones de alianza basadas en tratados, la fuerza defensiva, el aumento del número de habitantes y la expansión de la posesión territorial— Medina iba creciendo, expandiéndose y fortaleciéndose progresivamente. El Estado islámico había logrado prácticamente cerrar las rutas comerciales de los coraixíes. Como consecuencia, La Meca estaba siendo arrojada a una crisis económica. Aunque el Estado islámico había sufrido muchas dificultades durante los dos años posteriores a la batalla de Uhud, había progresado considerablemente. En cambio, como la guerra que los coraixíes habían pospuesto durante un año se había retrasado, ahora les exigía acumular una fuerza agresiva aún mayor. Para los coraixíes solos no era fácil proporcionar tanta fuerza como necesitaban. Sin embargo, los diversos enemigos del Estado islámico, obligados por las circunstancias, habían encontrado el camino de la unidad mutua. Los judíos expulsados de Medina que se habían establecido en Jaibar y Wadi al-Qura se esforzaban enormemente por incitar a los coraixíes a atacar Medina. Comenzaron sus actividades hostiles creando obstáculos de diversas maneras en el camino de las caravanas que transportaban cereales para Medina. Cuando aquellos judíos exiliados conocieron el resultado de la batalla de Uhud y oyeron hablar de la determinación de Abu Sufyan de lanzar un nuevo ataque, su entusiasmo y energía no tuvieron límites. Prometieron a los poderosos Banu Gatifán toda la cosecha de dátiles de Jaibar correspondiente a un año completo, así como una parte determinada en el futuro, y los incitaron a atacar Medina. Una vez completada esta tarea, enviaron una delegación a La Meca. Entre los miembros de esta delegación se encontraban los destacados líderes judíos Salam ibn Abi al-Huqayq, Salam ibn Mishkam, Huyayy ibn Ajtab, Kinana ibn al-Rabi (Banu Nadir), Hawdha ibn Qays y Abu Ammara (Banu Wail), entre otros. Aseguraron a los coraixíes: «Si lanzáis el ataque, os prestaremos toda nuestra ayuda y apoyo hasta que Muhammad quede completamente aniquilado». Esta delegación regresó de La Meca habiendo logrado plenamente su objetivo y, durante el viaje de regreso, también se reunió con los Banu Gatifán y otras tribus. Los coraixíes también mantuvieron consultas con sus aliados y partidarios, y convocaron a los ahabish para que les ayudaran. En resumen, esta vez las fuerzas paganas reunieron partidarios de todas partes de Arabia.
Cuatro mil soldados partieron de La Meca bajo el mando de Abu Sufyan. Entre ellos había tres mil caballos y mil camellos. Cuando este ejército llegó a Marr al-Zahran, varias tribus, entre ellas los Banu Sulaym, Banu Asad, Fazara, Ashya y Banu Murra, algunos de los principales aliados de los coraixíes, salieron de sus respectivas regiones y se unieron al ejército coraixí. Los Banu Gatifán partieron bajo el liderazgo de Uyayna ibn Hisn. Existe discrepancia sobre cuál fue el número total de hombres del ejército coraixí. Según algunos, eran entre seis y siete mil; según otros, diez mil; y según otros, veinticuatro mil. Sin embargo, la mayoría sostiene que eran diez mil, y esta es la opinión predominante.
Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se encontraba de viaje en Dumat al-Yandal, se enteró de estos preparativos. Por eso regresó rápidamente. Se reunió el consejo consultivo y se decidió que el ataque sería repelido desde Medina. Para la defensa de la ciudad, se aceptó el consejo de Salman al-Farsi de cavar una zanja o foso siguiendo el método iraní. Una ventaja de ello era que esta novedosa estrategia defensiva podía poner en dificultades a los invasores árabes. Además, lo que habría podido lograrse mediante un muro alto y sólido podía realizarse simplemente con esfuerzo físico. Con este método, un pequeño número de soldados podía contener a una fuerza enemiga numerosa. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, salió personalmente a caballo para determinar el trazado del foso. La ciudad de Medina estaba rodeada por viviendas y jardines cercados por muros en tres de sus lados. Por ello, no era necesario cavar un foso en esos tres lados; solo hacía falta en el lado norte, que estaba abierto. Se decidió unir Harra Sharqiyya y Harra Gharbiyya —la llanura pedregosa oriental y la llanura pedregosa occidental— mediante un foso semicircular que llegara hasta el extremo occidental del monte Sila. La excavación de esta sección se realizó bajo dirección militar. Sin embargo, algunas tribus ampliaron el foso por iniciativa propia para proteger sus viviendas. Como resultado, el foso se prolongó hacia el sur, pasando por el lado occidental del lugar de oración del Eid —la mezquita de Ghamama—, y se extendió una gran distancia en dirección a Quba. Los tres mil muyahidines musulmanes a quienes posteriormente se confió la responsabilidad de combatir directamente desempeñaron el papel de trabajadores voluntarios en la excavación. Se formaron grupos de diez hombres y a cada grupo se le asignó cavar diez codos de foso. El foso tenía aproximadamente diez codos de ancho, pues algunos jinetes enemigos murieron al caer dentro cuando intentaban saltarlo con sus caballos. Su profundidad tampoco debió de ser inferior a cinco codos. Su longitud era de tres millas y media. Resulta asombroso pensar cómo los voluntarios musulmanes pudieron completar una obra tan grande en apenas tres semanas. Tuvieron que excavar y trasladar aproximadamente trescientos ocho mil yardas cúbicas de tierra. En cuanto a las herramientas, algunos instrumentos para cortar y excavar la tierra se habían tomado prestados de los Banu Qurayza en virtud de un acuerdo. Debido a la falta de cestas, incluso personas como Abu Bakr y Umar, que Allah esté complacido con ambos, transportaban la tierra en sus mantos y faldones, por no hablar de los musulmanes comunes. A lo largo del foso se construyeron, en distintos puntos, altas plataformas de observación. Desde ellas se podían supervisar simultáneamente todas las secciones del foso.
Apenas se había completado, como se pudo, la excavación del foso, cuando en el mes de Shawwal del quinto año de la Hégira el ejército enemigo coaligado llegó a las afueras de Medina. Las tropas de los coraichitas, Kinana y Ahabis acamparon cerca del pozo de Ruma, próximo al valle de Aqiq. Los Ghatafan y los Banu Asad establecieron sus campamentos al este, extendiéndose desde un lugar llamado Yanbu Naqma, cerca de Wadi an-Numan, hasta el monte Uhud. Por su parte, el ejército musulmán estableció su campamento central dejando el monte Sila a sus espaldas. En el lugar donde se levantó el campamento del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, todavía existe hoy la mezquita de al-Fath como recuerdo de aquel acontecimiento.
Aunque los enemigos del islam estaban formados en filas y eran muy numerosos, este foso o zanja se convirtió para ellos en un problema completamente nuevo. Nunca habían visto una línea defensiva semejante y desconocían por completo aquella estrategia. Sus caballos y camellos solo podían operar hasta el borde exterior del foso. Uno o dos jinetes, impulsados por un entusiasmo excesivo, intentaron saltarlo y murieron al caer dentro. Venían corriendo desde distintas direcciones, pero los soldados del ejército musulmán se plantaban inmediatamente frente a ellos sin mostrar la menor negligencia y hacían retroceder a los enemigos que lanzaban flechas. Las espadas y las lanzas eran completamente inútiles. Cada día ambos bandos intercambiaban algunos disparos de flechas. Cansado del asedio de varios días, el ejército enemigo realizó un poderoso ataque. Atacó unas veces desde aquí y otras desde allí, pero no obtuvo ningún resultado. Finalmente, Umar ibn Abd Wudd, célebre y veterano jinete guerrero del ejército coraichita, se lanzó enfurecido. Incitó a Ikrima, hijo de Abu Yahl, a Hubayra ibn Abu Wahb y a Dirar ibn al-Jattab, y tomó consigo a algunos hombres de Banu Kinana. Finalmente, al encontrar un lugar adecuado, hizo saltar su caballo al otro lado. Tras él, uno o dos de sus compañeros también atravesaron el foso, mientras todos los demás permanecieron en el borde. Una vez dentro, desafió a los musulmanes a combatir. Ali, que Allah esté complacido con él, avanzó para enfrentarlo y, tras recibir él un golpe leve, lo envió al Infierno. Aquel día fue tan difícil para el ejército musulmán que, al repeler a los enemigos que llegaban desde distintas direcciones, se dejaron pasar cuatro oraciones.
La prolongación del asedio era preocupante para los musulmanes. Pero también los enemigos estaban inquietos. Después de muchas consultas, se decidió que, para lanzar un ataque definitivo, había que inducir a la tribu judía de Banu Qurayza a romper el tratado firmado con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y atacar desde dentro. A petición de Abu Sufyan, Huyayy ibn Ajtab asumió esta responsabilidad. Se reunió con Ka’b ibn Asad, jefe de los Banu Qurayza, y expuso su propuesta. Ka’b se negó al principio. Dijo: «Siempre he visto a Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, cumplir sus promesas. Por tanto, romper el pacto con él sería una acción sumamente inhumana». Pero Huyayy ibn Ajtab insistió repetidamente con toda energía y dijo: «Hemos venido con incontables soldados. Toda la nación árabe se ha unido a nosotros. Todo el ejército está embriagado por el deseo de la sangre de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz. No debemos dejar escapar esta oportunidad. Ha llegado el momento final del islam». En resumen, la estrategia de incitación tuvo éxito. La noticia llegó inmediatamente a oídos de los musulmanes. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, investigó la veracidad del asunto, y la investigación confirmó que era cierto. Cuando un grupo de los compañeros dio testimonio de que el asunto era verdadero, de los labios del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, solo se escuchó: «¡Allah es el más grande! Hasbunallahu wa ni’mal wakil». («Allah es suficiente para nosotros; ¡qué excelente Protector!»)
La extensión del campo de batalla, la prolongación del asedio, la escasez de soldados, la falta de equipamiento, la intensidad del hambre, junto con la falta de sueño, la huida de los hipócritas del campo de batalla mediante toda clase de excusas absurdas y el hecho de que, por la excesiva intensidad de las ocupaciones, incluso se dejaran pasar las oraciones: nada de esto era una prueba ordinaria. Además, cuando el temor a una traición se extendió dentro de Medina y se creó una situación en la que los Banu Qurayza, capaces de proporcionar más de mil quinientos hombres combatientes, habían asumido inesperadamente el papel de un enemigo interno semejante a una calamidad doméstica, resulta difícil imaginar hoy cuál podía ser el estado mental de los tres mil muyahidines dispuestos a morir. Abu Bakr as-Siddiq, que Allah esté complacido con él, relató que, después de conocer la noticia, se extendió entre nosotros el temor de que nuestras casas pudieran ser atacadas y nuestras mujeres y niños fueran agredidos. Debido a este temor, subíamos repetidamente a la montaña para comprobar si había ocurrido algo. Cuando veíamos nuestras casas tranquilas, dábamos gracias a Allah. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió una fuerza de trescientos muyahidines para garantizar la seguridad de Medina. Así es como el Corán describe la situación de aquel momento:
«Recordad cuando los enemigos avanzaron contra vosotros desde arriba y desde abajo; cuando vuestros ojos quedaron inmóviles y vuestros corazones llegaron hasta vuestras gargantas, y comenzasteis a albergar toda clase de pensamientos acerca de Allah».
(Al-Ahzab-10)
En realidad, la dura prueba que soportaron los musulmanes en este acontecimiento no tuvo parangón en ninguna de las dos grandes batallas anteriores. Es cierto que en la batalla de Uhud sufrieron dolores indescriptibles, pero todo ocurrió en un solo día. En cambio, las penalidades de esta ocasión fueron prolongadas, y los invasores no eran solamente los coraichitas, sino muchos otros también. Al ver el sufrimiento de los musulmanes, el Mensajero (s.a.s.) ideó una estrategia: había que apartar del campo de batalla a alguna parte del ejército enemigo mediante esfuerzos y negociaciones conciliatorias. Hizo llamar a dos jefes de los Banu Guitfan, extremadamente ávidos de riquezas, y conversó con ellos. Les propuso llegar a un acuerdo entregándoles una tercera parte de la producción total de Medina, y se llegó a un entendimiento; incluso se preparó un borrador del tratado. Sin embargo, antes de firmarlo, consideró necesario consultar a Saad ibn Muadh y Saad ibn Ubada (los jefes de Aws y Jazray). Les explicó a ambos: «Os encontráis rodeados por un número tan grande de enemigos que no es fácil rechazarlos. Por ello, no queda otra alternativa para debilitar la fuerza del enemigo». El orgullo de ambos se despertó. Dijeron: «Oh, Mensajero, cuando aún éramos incrédulos, estas tribus ni siquiera podían apoderarse de nuestras riquezas de este modo. Y ahora que hemos aceptado el islam y somos más fuertes que antes, ¿vamos a entregar así nuestros bienes en sus manos? ¡Por Dios!, eso nunca puede suceder. No necesitamos un acuerdo semejante». El Mensajero (s.a.s.) se alegró enormemente al escuchar esta respuesta. Cuando entregó el borrador del tratado al honorable Saad, este lo rompió.
A pesar de todo, la complejidad de la situación permanecía intacta. Allah hizo surgir de repente una solución. Fue un acontecimiento asombroso y la más brillante prueba de la integridad moral e intelectual del movimiento islámico. En aquel momento catastrófico, Nuaym ibn Masud avanzó de repente. Se presentó ante el Mensajero (s.a.s.) y dijo: «Oh, Mensajero, me he hecho musulmán». Después de decirlo, recitó públicamente la profesión de fe y declaró su creencia sincera. Luego dijo: «Puesto que los enemigos todavía no saben que he aceptado el islam, si me dais permiso, puedo hacer algo para romper la alianza entre los coraichitas y los Banu Qurayza». El Mensajero (s.a.s.) le dio permiso. Nuaym fue a ver a los Banu Qurayza. Después de conversar inicialmente con ellos, les dijo: «Si se obtiene la victoria, será algo bueno. Pero pensad qué ocurrirá si os toca la derrota. Si sois derrotados, los coraichitas y los Guitfan se marcharán todos, y vosotros seréis los únicos objetivos del ataque de Muhammad (s.a.s.). Por tanto, decid a los coraichitas y a los Guitfan que dejen con vosotros a algunos de sus hombres como rehenes. Si cumplen esta condición, colaborad con ellos; de lo contrario, separaos de ellos». Después Nuaym fue a ver a los dirigentes coraichitas. Les dijo: «Tengo cierta información que considero necesario comunicaros. Los Banu Qurayza han cambiado de opinión. Pronto tendréis pruebas de ello. Os pedirán que les entreguéis algunos hombres como rehenes». Entonces los coraichitas comunicaron a los Banu Qurayza: «Ya no podemos soportar este prolongado asedio. Si colaboráis con nosotros, lanzaremos un ataque decisivo». Los Banu Qurayza exigieron que les dejaran algunos hombres como rehenes. Esta vez los coraichitas creyeron las palabras de Nuaym. Perdieron toda confianza en los Banu Qurayza. Como resultado de esta estrategia, el panorama de la guerra cambió por completo.
A causa de la ruptura de la unidad de los enemigos del islam, comenzaron a sentir un agotamiento extremo. Había pasado casi un mes desde que habían salido de sus hogares. Sus actividades habían sufrido grandes pérdidas y ya habían gastado mucho dinero, sin obtener ningún beneficio. Además, el problema del abastecimiento de un ejército tan enorme y de sus animales se volvió crítico. Una gran parte de los suministros de los coraichitas cayó en manos de un destacamento musulmán en el camino. Por otra parte, el clima también se volvió desfavorable. El frío llegó a ser insoportable. En acontecimientos históricos de este tipo, la influencia de los factores naturales suele ser muy grave. Una mínima señal de la voluntad de Allah resuelve definitivamente el problema. La historia atestigua que, al unirse los factores naturales, a menudo inclinan la balanza de la verdad en situaciones sumamente delicadas. Una noche se desató de repente una tormenta tan fuerte que las tiendas de los invasores fueron arrancadas, los fogones se apagaron, las ollas y los utensilios quedaron completamente desparramados y los animales se asustaron. En una palabra, su entusiasmo y su ánimo se congelaron por completo. Aterrorizados, comenzaron a pensar en abandonar la guerra y huir. Sobre esta ayuda invisible, Allah dice:
«Recordad el favor de Allah cuando se reunieron ejércitos contra vosotros; entonces envié contra ellos un viento y ejércitos invisibles que no podíais ver». (Sura Al-Ahzab, 9)
Al ver el terror y la desesperación generalizados entre los soldados, Abu Sufyan comprendió que ya no podían resistir por mucho tiempo. Así que, de repente, abandonaron Medina y se marcharon. El Mensajero (s.a.s.) dijo: «Ahora ha terminado la época de los ataques de los coraichitas». Es decir, habían puesto a prueba la fuerza de su propio poder individual en Badr y Uhud. En la batalla del Foso, lanzaron un ataque unido llevando consigo aliados de toda Arabia. Ese ataque también fracasó. Puesto que en el futuro ya no les sería posible reunir una fuerza tan grande, ¿cómo podrían los coraichitas volver a combatir? En las guerras posteriores haría falta una fuerza aún mayor.
En esta guerra hubo muy pocas bajas en ambos bandos. En el ejército musulmán fueron aún menos: murieron como mártires seis personas en total. Sin embargo, entre ellos se encontraba una personalidad extraordinaria como el honorable Saad ibn Muadh. Fue herido por una flecha y falleció unos días después.
Algunas lecciones importantes de la batalla del Foso
Las enseñanzas de esta guerra son las siguientes:
1- El factor que más fortaleció la fe fue el entusiasmo y el fervor, hasta el sacrificio de la vida, de los voluntarios musulmanes. No solo demostraron una paciencia extraordinaria y una firmeza inquebrantable en conjunto ante aquella situación aterradora, sino que también realizaron la excavación de la trinchera de tal manera que parecía que un ejército de yinn hubiera tomado la tierra y le hubiera dado la vuelta. Llevaron a cabo esta tarea mientras cantaban himnos islámicos.
(Árabe********)
«Somos aquellos que, habiendo jurado lealtad a Muhammad estrechando su mano, hemos prometido continuar haciendo yihad durante toda la vida».
Otro grupo entonó:
(Árabe********)
«Los enemigos nos han atacado para apartarnos del camino de la verdad. Pero no lo aceptamos». En especial, «no lo aceptamos, no lo aceptamos». Cuando esta expresión se cantaba al unísono y con voz potente, el aire y el cielo resonaban con una resolución inconmovible».
Una de las razones de su entusiasmo y fervor era que todo lo que habían logrado hasta entonces, tras luchar durante toda la vida, se encontraba amenazado. El movimiento islámico y el Estado islámico de Medina eran lo más querido para ellos. Consideraban un privilegio sacrificar por ello todos sus bienes y sus vidas. La sagrada lucha y dedicación por alcanzar el bienestar absoluto de la humanidad en este mundo y en el Más Allá constituían la tarea más querida de sus vidas. La segunda razón principal era que su amado líder no solo estaba físicamente presente con ellos en el lugar de trabajo, sino que también participaba activamente en cada tarea. En cuanto comenzó la excavación, el Mensajero (s. a. s.) salió de su casa hacia el lugar de trabajo, y se levantó una tienda para que permaneciera en una montaña cercana. Actualmente, en ese lugar se encuentra establecido el Masŷiduz Zubab. El propio Mensajero (s. a. s.) era miembro de uno de los grupos formados por diez personas cada uno. Es bien sabido que Hazrat Salmán el Persa era capaz de trabajar diez veces más que cualquier otra persona. Por eso, cada grupo trataba de incorporarlo. El Mensajero (s. a. s.) resolvió esta disputa diciendo: «Salmán es miembro del grupo de nuestra familia». De este modo, también se honró a Hazrat Salmán y se eliminó el riesgo de conflictos entre los distintos grupos. El Mensajero (s. a. s.) realizó tanto el trabajo de excavar la tierra como el de transportarla. Incluso, cuando la azada chocaba con una roca dura, él mismo acudía para romperla. Se ha narrado que rompió con sus propias manos dos piedras de ese tipo.
2. Ya he mencionado antes cuán intensa era la pobreza, la escasez y la penuria de los musulmanes durante esta guerra. Las herramientas para cavar fueron tomadas prestadas de los Banu Qurayza. Ni siquiera había cestas para transportar la tierra. Por eso, cada uno utilizaba su propia ropa. Además, había una terrible escasez de alimentos. Puesto que tres mil hombres estuvieron ocupados cavando durante dos o tres semanas seguidas y luego combatieron durante otras dos o tres semanas, mientras toda actividad agrícola y comercial estaba paralizada, era inevitable que surgiera una crisis económica. Los muyahidines musulmanes trabajaron hasta quedar empapados de sudor y, aun así, ayunaron durante tres días consecutivos. Todos soportaron esto con una sonrisa, porque el líder de los musulmanes, el Mensajero (s. a. s.), también participaba en ese ayuno. Más aún, soportó un hambre mayor que la de los demás. Cuando alguien vino a mostrar que, debido a los dolores del hambre, se había atado piedras al estómago, el Mensajero (s. a. s.) apartó su ropa y mostró que él se había atado dos piedras. La cualidad del sacrificio y la entrega permanece mientras todos los miembros del grupo participen en ella. Pero si algunas personas se consideran por encima del sacrificio e intentan cargar únicamente sobre los demás la responsabilidad de sacrificarse y entregarse, esta cualidad comienza a desaparecer de todo el grupo. En especial, los líderes y responsables de los grupos islámicos deben procurar ser los primeros en esta cualidad, más que todos los demás.
3. En general, mantener el orden en la sociedad es de por sí una exigencia indispensable del movimiento islámico. Pero en el campo de batalla, sin una disciplina total, no es posible enfrentarse eficazmente al enemigo. El Mensajero (s. a. s.) enseñó la disciplina militar desde la primera guerra. Para la batalla del Foso, la experiencia se había ampliado considerablemente. Por ello, el aspecto disciplinario estaba bastante consolidado en esa batalla. La excavación del foso se llevó a cabo con plena disciplina y mediante una distribución de tareas. Además, para supervisar el trabajo y mantener el control del campo de batalla, se construyeron puestos de observación en distintos lugares y se establecieron turnos de guardia. Incluso se determinaron contraseñas para que los muyahidines musulmanes pudieran reconocerse entre sí. Cuando el grupo que había investigado la traición de los Banu Qurayza regresó y presentó un informe que respaldaba la acusación, también lo hizo mediante un código. Los miembros del grupo investigador solo dijeron: «Adal y Qara». Es decir, así como la gente de Adal y Qara había traicionado al grupo de maestros, los Banu Qurayza también lo habían hecho. A pesar de todo esto, en una ocasión, debido a un error en la oscuridad de la noche, dos grupos de muyahidines musulmanes llegaron a enfrentarse y un hombre alcanzó el martirio. Desde el comienzo hasta el final de la excavación, ninguno de los musulmanes sinceros abandonó su puesto de trabajo sin pedir permiso al Mensajero (s. a. s.).
4. El camino que el Mensajero (s. a. s.) encontró para concertar un acuerdo de compromiso con los Banu Ghatafan demuestra que, si alguna vez es necesario retroceder un poco o mostrarse algo flexible para proteger al movimiento islámico de una oposición peligrosa y debilitar la fuerza del enemigo, eso no sería algo tan inconcebible. Al verse involucrado en un conflicto prolongado, puede ser necesario realizar ocasionalmente transacciones conciliatorias con los diversos tipos de personas con quienes se entra en contacto. El movimiento islámico puede afrontar muchas necesidades complejas, y para satisfacerlas debe demostrar sensatez y sabiduría. La capacidad de comprender la situación y encontrar en ella el mejor camino debe ser una cualidad indispensable de todo liderazgo competente y perspicaz. Los principios y los ideales son una cosa, y los métodos de acción son otra. En los principios y los ideales no hay ningún margen para la flexibilidad ni para el compromiso. En los métodos de acción, sí lo hay. Quienes desean aplicar siempre la misma fórmula a los métodos de acción, del mismo modo que a los principios, a menudo no logran realizar ninguna hazaña significativa en la historia.
Es evidente que el Mensajero había buscado de antemano una solución al problema de los ansar de Medina, por temor a que se alarmaran pensando que una calamidad insoportable había caído sobre ellos; por eso quería llegar a un acuerdo con los Ghatafan. Pero cuando los dos líderes de Aws y Jazray demostraron firmeza, se sintió reconfortado.
5. Antes de dar forma definitiva a esta propuesta de acuerdo, el Mensajero (s. a. s.) consolidó el principio de la consulta al consultar a los líderes de los ansar. Incluso en el campo de batalla, no tomó por sí solo ninguna decisión importante.
6. Na‘im ibn Mas‘ud desempeñó su papel para sembrar la discordia entre los enemigos con el permiso del Mensajero (s. a. s.). El Mensajero le dio permiso para ello basándose en el principio: «La guerra es una forma de engaño». Esto demuestra que, dentro de los límites morales inviolables, pueden emplearse diversas estrategias en los conflictos y las guerras. Más bien, en determinadas circunstancias pueden llegar a ser inevitables. En situaciones extremadamente peligrosas y arriesgadas, si uno se limita a observar en silencio y pasivamente, con ingenuidad, sin recurrir a ninguna estrategia, puede producirse un desastre enorme. Si no se considera débil el relato de Ibn Ishaq, Na‘im ibn Mas‘ud realizó una hazaña extraordinaria con gran éxito, sin decir una sola mentira ni transgredir ningún límite moral.
7. El compañero Salman al-Farisi, perteneciente al grupo del Mensajero (s. a. s.), relata: mientras cavábamos, encontramos una enorme roca que no pude romper de ninguna manera. El Mensajero estaba cerca. Tomó de mis manos el pico y comenzó a golpearla repetidamente. Después del primer golpe dijo: «El Yemen ha sido conquistado para mí». Tras dar el segundo golpe, dijo: «Siria y Marruecos se han inclinado ante mí». La tercera vez dijo: «La región oriental —Irán— ha quedado bajo mi dominio». Esta profecía es muy importante por dos razones. En primer lugar, demuestra que el Mensajero (s. a. s.) tenía desde el principio hasta el final una idea clara de las etapas del éxito del movimiento islámico. Y, en apoyo de esa convicción, también recibía revelación de Dios. En segundo lugar, incluso en un entorno de extrema adversidad, cuando la fuerza se hallaba en su nivel más bajo y las calamidades habían alcanzado su grado más grave, mantuvo la certeza de que la victoria del islam era inevitable.
Más aún, no podemos dejar de decir que, desde la época de La Meca hasta la época de Medina, las palabras del Mensajero (s. a. s.) sobre cómo el mundo árabe y el mundo no árabe serían lamentablemente derrotados por el islam se pronunciaron tantas veces y fueron tan ampliamente repetidas que llegaron a convertirse en un lema permanente del movimiento islámico. Hablaré detalladamente de este tema en otro lugar. En distintos momentos de calamidad, un hipócrita llamado Mu’attab ibn Qushayr, burlándose de esta profecía, decía: «Por un lado, Muhammad (s. a. s.) nos entrega las llaves de los imperios romano y persa; por otro, nuestra realidad es tal que ninguno de nosotros puede siquiera salir de casa para ir al retrete por miedo».
8—Aunque, debido a las circunstancias especiales de esta guerra, las mujeres y los niños habían sido enviados al interior de la fortaleza, también en esa ocasión las mujeres musulmanas desempeñaron un papel destacado. Una mujer llamada Rashida llegó al campo de batalla con algunos medicamentos y materiales para vendajes, y atendió mucho a los heridos. También vendó la herida de Hazrat Sa‘d ibn Mu‘adh. Se vio a un joven judío merodeando cerca de uno de los campamentos de mujeres. La tía paterna del Mensajero (que la paz y las bendiciones sean con él), Hazrat Safiya, se encontraba allí. Hazrat Hassan ibn Thabit había sido dejado allí debido a su enfermedad. Hazrat Safiya le dijo a Hassan que atrapara a aquel hombre y le diera una paliza. Cuando el enfermo Hassan manifestó que no podía hacerlo, la audaz Hazrat Safiya tomó ella misma un trozo de madera, lo golpeó y lo mató. Después le cortó la cabeza y la arrojó fuera de la fortaleza, para que los demás malhechores escarmentaran. Después de este incidente, ningún enemigo se atrevió a acercarse por aquel lado. En la fortaleza donde se encontraba Hazrat Aisha también estaba la madre de Hazrat Sa‘d ibn Mu‘adh. Hazrat Aisha salió de la fortaleza y, al oír pasos, miró y vio a Sa‘d ibn Mu‘adh avanzando con porte heroico hacia el campo de batalla, con una lanza en la mano. Mientras caminaba, recitaba ensimismado un poema:
«Espera un poco, que otro joven se una a la batalla,
cuando la muerte es inevitable,
¿qué necesidad hay de temerla?»
Cuando la madre de Sa‘d oyó el poema de su hijo, dijo en voz alta: «Vete pronto, Sa‘d. Ya llegas muy tarde». Poco después, cuando Sa‘d fue alcanzado por una flecha y murió como mártir a causa de esa herida, el sentido del poema de Sa‘d se hizo realidad.
¡Han visto la emoción de una madre musulmana!
9—Los musulmanes devotos, sumidos en las espeluznantes circunstancias de la batalla de la Zanja, al contemplar aquel torbellino de peligros y calamidades, en lugar de sentirse atemorizados, exclamaron espontáneamente: «Esta es exactamente la situación que Allah y Su Mensajero nos habían anunciado de antemano que tendríamos que afrontar». En realidad, así como no es posible que la verdad triunfe en este mundo sin atravesar situaciones tan llenas de peligros, tampoco es posible alcanzar el Paraíso en la otra vida. En la sura Al-Ahzab se elogia a estos creyentes entregados. Ellos son la verdadera fuerza vital y el verdadero capital del movimiento.
10—Todos saben que el Mensajero (que la paz y las bendiciones sean con él), con el fin de establecer a los musulmanes en una civilización propia, inculcó profundamente en sus mentes el principio de que la imitación de pueblos ajenos es indeseable en los ámbitos social y cultural. En su lugar, deben formarse nuevos valores culturales a la luz de sus propios ideales. Cada corriente cultural debe reconstruirse de acuerdo con las propias preferencias islámicas. Sin embargo, cuando vemos que el Mensajero (que la paz y las bendiciones sean con él) aceptó abiertamente la estrategia defensiva iraní de construir una zanja, comprendemos que el intercambio de medios y recursos materiales, tecnología, ingeniería e información técnica debe mantenerse abierto a toda la humanidad. No es necesario considerar que los medios y recursos, las tecnologías, los conocimientos de ingeniería, la información técnica y los métodos que sean eficaces en una determinada época deban aplicarse exactamente del mismo modo en todas las épocas, culturas y circunstancias. Tampoco es necesario llamar a todas estas cosas sharía o sunnah. En estos asuntos, se deben adoptar de otras naciones y culturas los elementos necesarios. Desde la perspectiva del islam, es un deber indispensable para un Estado islámico y su liderazgo utilizar los medios y recursos más influyentes de su tiempo, impulsar a su pueblo en las ciencias técnicas y la tecnología, aprender de otros las tecnologías más exitosas y desarrollar también sus propias innovaciones.
Desde la batalla de la Trinchera hasta la conquista de La Meca
Durante los dos años transcurridos entre la batalla de la Trinchera y la conquista de La Meca tuvieron lugar varias importantes iniciativas políticas y pequeñas campañas militares. Es muy importante prestarles atención para mantener presente la continuidad de los acontecimientos.
La tribu de Banū Qurayẓa fue el peor ejemplo de la degeneración moral y psicológica del pueblo judío. Las malas costumbres y las malas acciones formaban parte de su naturaleza y constituían un rasgo generalizado de su carácter. Aunque se habían vinculado mediante un pacto constitucional con el Estado islámico y eran ciudadanos suyos, continuaban urdiendo toda clase de conspiraciones y provocando disturbios. Sin embargo, su acto de extrema traición fue romper abiertamente el pacto durante la batalla de la Trinchera y aliarse con los enemigos invasores. En ninguna época ni país puede considerarse injusto u opresivo imponer la pena de muerte a quienes participaron en este crimen. No dejaron ningún esfuerzo por destruir al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, al grupo islámico, al movimiento islámico y al Estado islámico de Medina. Por ello no había ninguna razón para no imponerles el castigo que merecían. Después de que se marcharan los ejércitos de los invasores Quraysh y sus aliados, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y los voluntarios musulmanes abandonaron por la mañana las posiciones de la Trinchera y regresaron a sus respectivas casas. El Mensajero dejó las armas y se bañó. Justo entonces recibió una revelación: «Marcha hacia Banū Qurayẓa». Los muyahidines aún no se habían quitado siquiera la ropa de guerra cuando fueron llamados a una nueva campaña. El ejército musulmán sitió a aquella tribu traidora. El asedio se prolongó ininterrumpidamente durante veinticinco días. Incluso en aquel momento crítico, ellos insultaron al Mensajero de Allah desde lo alto de la fortaleza. Finalmente, Banū Qurayẓa se puso nerviosa. Su jefe, Kaʿb ibn Asad, presentó varias propuestas a los musulmanes para librarse de la angustia, pero el ejército musulmán no aceptó ninguna. Finalmente, obligados por las circunstancias, se rindieron incondicionalmente al Estado islámico. Tras conversar con ellos y con su consentimiento, el Mensajero de Allah nombró árbitro a Saʿd ibn Muʿādh. Ambas partes otorgaron a Saʿd la autoridad para tomar una decisión. Saʿd dictaminó, conforme a las disposiciones de la Torá, el libro de los judíos, que fueran ejecutados todos los varones jóvenes de Banū Qurayẓa. De este modo se quebrantó el poder militar y político de un grupo conspirador. Cabe señalar que, incluso en un momento de semejante amargura extrema, un miembro de Banū Qurayẓa, ʿUmar ibn Saʿd, aceptó el islam. Este hombre virtuoso había advertido repetidamente a Banū Qurayẓa que no rompieran el pacto, pero ellos no prestaron atención a sus palabras.
Después de este acontecimiento, Abū Rāfiʿ ʿAbdullāh ibn Abū al-Ḥuqayq —también llamado Sallām—, uno de los más feroces conspiradores enemigos del islam, fue asesinado a manos de varios jóvenes jazaŷríes de Siria. Se había esforzado mucho en reclutar soldados para los incrédulos durante la batalla de la Trinchera.
Cuando Muḥammad ibn Maslama al-Anṣārī se encontraba realizando una patrulla fronteriza acompañado de treinta jinetes, estalló un enfrentamiento entre él y Thumāma ibn Uthāl, jefe de la región de Naŷd. Al ver que Thumāma se dirigía hacia Medina, aquel comandante lo arrestó y lo llevó ante el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Le dijo al Mensajero: «Oh, Muḥammad, si me matas, sabrás que has matado a alguien que merecía morir. Y si me dejas libre, sabrás que has dejado libre a alguien que sabe apreciar la benevolencia. Y si deseas riquezas y bienes, se te dará la cantidad que pidas». El Mensajero de Allah lo dejó marchar con honores. Conmovido por aquella benevolencia, aceptó el islam. Después de convertirse al islam, reconoció francamente: «Antes de hoy, para mí no había rostro más aborrecible que el de Muḥammad, que Allah lo bendiga y le conceda paz; pero hoy no hay rostro más querido para mí que el suyo». Así se abrió el camino al islam en una región política tan importante como Naŷd. Este mismo Thumāma fue a La Meca y desafió a los Quraysh diciéndoles: «A partir de ahora no recibiréis ni un solo grano de cereal».
El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se presentó con doscientos jinetes para castigar a los miembros de la tribu de Raŷīʿ, responsables de haber asesinado al grupo de siete maestros, entre ellos Ḫubayb. Sin embargo, ellos huyeron y el Mensajero regresó sin que hubiera ningún enfrentamiento. Como maniobra política, el Mensajero de Allah envió a diez hombres hasta Qurān Naʿīm para realizar una patrulla, de modo que los Quraysh comprendieran que Medina se encontraba extremadamente alerta.
A una jornada de viaje de Medina, en dirección a la región de Banū Ghaṭafān, había un estanque llamado Dhū Qirad. Cerca de allí se encontraba el pastizal de los camellos y el ganado del gobierno de Medina. Un hombre de ʿUsfān estaba encargado de pastorearlos. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, envió a un sirviente llamado Rabāḥ para investigar la situación. Salama ibn al-Akwaʿ era el responsable militar. Él también se dirigía al centro. Por la mañana, mientras se encontraban aún en camino, ʿUyayna ibn Ḥiṣn al-Fazārī —o ʿAbd al-Raḥmān ibn ʿUyayna— y un grupo de bandidos que lo acompañaba saquearon los camellos y comenzaron a llevárselos. Los bandidos mataron al pastor del gobierno y también secuestraron a su esposa. Al ver aquella escena de asesinato brutal y saqueo, Salama ibn al-Akwaʿ se volvió hacia Medina y gritó en voz alta «¡Oh, compañeros!», y envió a Rabāḥ a pedir ayuda. Mientras tanto, él mismo salió solo en persecución de los bandidos. Avanzó gritándoles desde atrás y disparando flechas, derribando a los bandidos uno tras otro. Cada vez que uno caía alcanzado por una flecha, gritaba: «Yo soy Ibn al-Akwaʿ. Hoy es el día de la prueba: veremos quién ha mamado más leche del pecho de su madre». El camino era montañoso y había árboles y vegetación alrededor. Cada vez que los bandidos miraban hacia atrás, él se ocultaba y les disparaba flechas. Es decir, estaba aplicando tácticas de guerra de guerrillas. En una ocasión los dejó tan desorientados lanzándoles piedras que primero abandonaron los camellos secuestrados y después comenzaron a arrojar sus mantas y armas para aligerar la carga. Por su parte, desde Medina enviaron inmediatamente a Miqdād ibn ʿAmr en ayuda de Salama, y luego el propio Mensajero de Allah partió al frente de un contingente. Cuando varios soldados musulmanes se aproximaron mucho a los bandidos, estos comenzaron a correr aún más deprisa. Entre aquellos soldados musulmanes se encontraba Mihrāy ibn Naḍla, conocido como Ajram, a quien quizá había embargado el deseo del martirio. Cuando se alejó mucho persiguiendo solo a los bandidos, estos comenzaron a combatir contra él. Ajram cayó mártir. Después, Abū Qatāda mató a un bandido importante. Hazrat Salama ibn al-Akwaʿ continuó persiguiéndolos y regresó tras apoderarse de los caballos. Al encontrarse con el Mensajero de Allah, le dijo: «Si me hubieras dado cien soldados, habría acabado con todos ellos». El Mensajero respondió: «Puesto que Allah ya te ha concedido la victoria, sé ahora moderado». Observad el heroísmo y la valentía de estos compañeros. Parecía que una corriente eléctrica recorría a cada uno de ellos. Su papel y su carácter eran completamente distintos de los de los simples alborotadores. Luchaban con todas sus fuerzas por un objetivo claro. Amaban tanto ese objetivo que podían arriesgar la vida sin que se les prometiera ninguna recompensa, y en cualquier batalla en la que entraban no dejaban de enfrentarse al adversario cara a cara.
Una patrulla salió a custodiar la frontera bajo el mando de ʿUkkāsha ibn Ḥiṣn al-Azdī. Se había difundido el rumor de que la tribu de Banū Asad se estaba reuniendo para atacar Medina. Cuando el ejército musulmán llegó a la región concernida, los conspiradores abandonaron sus casas y desaparecieron. Los soldados musulmanes se apoderaron de doscientos camellos de sus pastizales y los llevaron consigo.
En el mes de Rabi al-Awwal del sexto año de la Hégira, fue enviado al clan de Banu Tha‘laba un grupo educativo y dedicado a la da‘wah, dirigido por Muhammad ibn Maslama. Cuando llegaron al lugar llamado Dhu Qussah, fueron martirizados durante la noche mientras dormían. Solo sobrevivió el líder del grupo, Muhammad ibn Maslama, aunque gravemente herido. Un musulmán lo llevó sobre sus hombros hasta Medina. En el mes de Rabi al-Thani, Abu Ubayda, que Dios esté complacido con él, partió durante la noche con veinticuatro soldados para castigar a los culpables y lanzó el ataque muy temprano por la mañana. Los anarquistas huyeron y todos sus bienes y recursos fueron confiscados.
Zayd ibn Haritha marchó con una patrulla hacia Jamuh, situado cerca de Batn Nakhlah. Allí se encontraba el asentamiento de Banu Sulaym. Eran dos facciones enfrentadas entre sí, y no dejaban pasar ninguna oportunidad de perjudicarse mutuamente. Además, una mujer llamada Halima había realizado labores de espionaje sobre ellos. La patrulla llevó a cabo un ataque ligero, capturó a algunos de ellos y se apoderó de parte de su ganado. Más tarde, el Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, liberó a todos los prisioneros, pues Halima había proporcionado información falsa.
Zayd ibn Haritha, acompañado por un pequeño destacamento de catorce hombres además de él, se dirigió al estanque de Banu Salmah para castigar a los culpables de Dhu Qussah. Los culpables huyeron y se confiscaron veinte camellos. Ya hemos tratado anteriormente la importancia política, económica y militar de Dumat al-Jandal. Este lugar, de una importancia central extraordinaria, seguía estando en peligro. Aunque el Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, le había prestado atención inicialmente, regresó sin alcanzar el objetivo deseado. Esta vez, se envió a Abd al-Rahman ibn Awf a Dumat al-Jandal para realizar labores de da‘wah. Gracias a sus sinceros esfuerzos, primero se convirtió al islam el dirigente cristiano de la gran tribu local, Asim ibn Amr al-Kalbi, y, junto con él, toda la tribu cristiana. El jefe de la tribu casó a su propia hija, Tamadur, con Abd al-Rahman ibn Awf. De este modo, consolidó sus relaciones políticas con el Estado islámico.
Llegó a Medina la noticia desde Fadak de que la tribu de Banu Sa‘d ibn Bakr había reunido fuerzas militares para ayudar a los judíos de Khaybar a perjudicar al gobierno islámico. Ali partió con doscientos soldados, avanzando con gran cautela. Viajaban de noche y se ocultaban durante el día. En el camino fue apresado un mensajero de Banu Sa‘d que se dirigía a Khaybar. Llevaba un mensaje para los judíos de Khaybar según el cual solo recibirían ayuda si entregaban a Banu Sa‘d todos los dátiles de Khaybar. Ali lanzó un ataque sorpresa y desbarató al enemigo. Ellos huyeron. El ejército musulmán no sufrió ninguna pérdida; además, se llevó consigo los animales de Banu Sa‘d. Ocurrió también un incidente: Zayd ibn Haritha viajó a Siria para comerciar, llevando su propio capital y el de otros compañeros. Al regresar, Banu Badr asaltó su caravana en Wadi al-Qura. Como los miembros de la caravana eran pocos, los bandidos mataron a nueve personas, hirieron a una y se apoderaron de todas las mercancías. Finalmente, dos meses después, se envió un destacamento bajo el mando de Abu Bakr para castigar a los culpables. Varios de los bandidos fueron muertos y los demás huyeron.
Algunas personas de las tribus de Ukl y Uraynah llegaron a Medina y se hicieron musulmanas. Sin embargo, enfermaron debido al nuevo clima. Fueron mantenidas fuera de Medina y tratadas bajo la supervisión del gobierno. Cuando se recuperaron, atacaron al pastor del gobierno, le introdujeron varillas de hierro candentes en los ojos y luego lo asesinaron cruelmente antes de huir con los animales. El Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, envió un grupo de veinte jinetes, bajo el mando de Qarz ibn Khalid al-Fihri, para capturarlos y llevarlos de vuelta. Fueron arrestados y recibieron un castigo ejemplar por haber abandonado el islam, cometido bandolerismo y asesinato, librado una guerra y perpetrado actos de crueldad. Se tomó de ellos una represalia justa. De lo contrario, si cualquiera se atreviera a cometer semejante insolencia contra un gobierno organizado y respaldado por el pueblo, todo estaría condenado a convertirse en una farsa y ninguna administración podría funcionar ni siquiera durante un solo día.
El acontecimiento más importante de aquella época, y el que ejerció la influencia más profunda y de mayor alcance sobre la situación política y defensiva, fue el tratado de Hudaybiyyah. En el mes de Dhu al-Qi‘dah del sexto año de la Hégira, el Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, estableció su campamento en un lugar llamado Hudaybiyyah. Allí concluyó un tratado de paz con los quraysh, asegurándose así frente al mayor de sus enemigos y creando amplias oportunidades para realizar labores de da‘wah y de construcción. Además, se hizo más fácil expulsar a los anarquistas de las regiones cercanas a Medina.
El Mensajero (s. a. s.) regresó de Hudaybiyya a Medina durante el mes de Dhul-Hiyyah y, pocos días después, partió hacia Khaybar el día 7 de Muharram. Khaybar era una base política sumamente activa contra el Estado islámico y también un centro de conspiraciones militares. Los judíos de Khaybar no solo habían adoptado una actitud hostil contra el Estado islámico durante la batalla de Uhud, sino que también habían desempeñado un papel muy activo de oposición durante la batalla de la Zanja. La batalla de Khaybar fue realmente una guerra extraordinaria y de gran envergadura. Sin embargo, la he considerado una expedición relativamente ordinaria porque no fue una guerra del nivel de Badr, Uhud o la Zanja, ni formó parte de su misma secuencia. Fue una operación militar de naturaleza diferente. Puesto que el llamamiento del movimiento islámico aún no había entrado en la etapa internacional, y en la primera fase de este llamamiento no se había dirigido a otros pueblos y grupos religiosos, como los coraichitas y los árabes, no estalló ningún conflicto con los judíos de Khaybar por no aceptar el llamamiento; el conflicto surgió a causa de sus delitos políticos. Por eso fueron tratados como adversarios en una guerra política. Cuando fueron derrotados en la guerra, su territorio fue declarado territorio conquistado y se les concedió la condición de súbditos. El Mensajero (s. a. s.) aplicó este tipo de trato únicamente en Khaybar, y en ningún otro lugar. En cualquier caso, una vez que dejó de existir el peligro procedente de los coraichitas, ya no quedó ningún obstáculo para atacar Khaybar. Solo se permitió participar a quienes actuarían impulsados por el fervor del yihad, únicamente para obtener la complacencia de Allah. Cabe señalar que también algunas mujeres musulmanas se unieron a esta expedición sin informar al Mensajero (s. a. s.). Cuando él lo supo, expresó su descontento y les preguntó: «¿Por qué habéis venido?». Cuando ellas explicaron que habían venido para servir a los combatientes musulmanes, él dio su consentimiento. Incluso más tarde les concedió una parte del botín de guerra. El Mensajero (s. a. s.) nombró gobernador provisional de Medina a Siba bin Arafa y partió acompañado de mil cuatrocientos soldados. Al llegar a un lugar llamado Raji, estableció el campamento. Cuando los soldados musulmanes aparecieron de repente ante los judíos de Khaybar, estos huyeron y se refugiaron en las fortalezas. Entonces comenzó la guerra. El combate continuó mediante el intercambio de flechas desde ambos lados. Finalmente, los musulmanes obtuvieron la victoria. La batalla comenzó con el ataque a la fortaleza de Natat. Después se sitió la fortaleza de Sa‘b. Un judío llamado Murahhab desafió a los musulmanes. Amir ibn al-Akwa‘ cayó mártir en el combate cuerpo a cuerpo contra él. A pesar de ello, el asedio tuvo éxito. La fortaleza más fuerte era la de Qamus. El Mensajero (s. a. s.) se abstuvo de participar en la batalla debido a un intenso dolor de cabeza. Mediante un anuncio especial, envió a Ali (que Allah esté complacido con él) a esta expedición. El héroe judío Murahhab avanzó entonando un canto de guerra. Muhammad ibn Maslama avanzó con el deseo de vengar la muerte de su hermano y cortó la pierna de Murahhab. Entonces la espada de Ali (que Allah esté complacido con él) lo envió al Infierno. Después de Murahhab llegó su hermano Yasir. Zubayr ibn al-Awwam salió a enfrentarse con él y acabó con él. Tras veinte días de asedio, esta fortaleza, la más importante de todas, cayó en manos de los musulmanes. Como la fortaleza fue conquistada bajo el liderazgo de Ali (que Allah esté complacido con él), se le conoce como «el conquistador de Khaybar». Cuando los judíos huyeron de esta fortaleza, Safiyya, hija de Huyayy ibn Ajtab, el célebre enemigo judío del islam, fue capturada junto con dos de sus primas. Como era hija de un jefe tribal distinguido, el Mensajero (s. a. s.), después de consultar con los compañeros, la tomó bajo su protección familiar. Luego los judíos se reunieron en la fortaleza de Az-Zubayr. Después de permanecer sitiados allí durante tres días, salieron y entablaron una batalla encarnizada. Diez judíos murieron y varios musulmanes cayeron mártires. Finalmente, la fortaleza fue conquistada. Quedaban entonces tres fortalezas: Al-Qutayba, Al-Watih y As-Salim. Toda la fuerza humana y económica de los judíos se concentró en esas tres fortalezas. El ejército musulmán mantuvo el asedio durante catorce días. Finalmente, se decidió lanzar piedras mediante máquinas de asedio. Cuando los sitiados se enteraron, ya no les quedó ninguna alternativa. Entablaron negociaciones. Después de las conversaciones, se decidió que solo podrían marcharse con vida. Sin embargo, cuando solicitaron que se les permitiera trabajar en los campos y jardines y permanecer allí, el Mensajero (s. a. s.) mostró generosidad y dio su consentimiento. Se llegó a un acuerdo con ellos a cambio de la mitad de la producción agrícola. Cuando los habitantes de Fadak se enteraron de este acuerdo, también solicitaron uno igual. A ellos se les concedió el mismo tipo de acuerdo. Durante estos acontecimientos, dos jóvenes judíos, Huyaysa y Muhaysa, aceptaron el islam.
Durante el asedio de la fortaleza de Natat, un pastor negro llamado Aswad, que se encontraba entre los habitantes de Khaybar, experimentó un cambio interior. Preguntó a los judíos: «¿Contra quién se está combatiendo?». Ellos respondieron: «Contra un hombre que afirma ser profeta». Al oír esto, sintió curiosidad y acudió al Mensajero (s. a. s.) para preguntarle: «¿Cuál es vuestro llamamiento?». El Mensajero (s. a. s.) le explicó detalladamente el tawhid del islam. La mente y el corazón de Aswad se abrieron al islam. Preguntó: «Tengo a mi cargo los rebaños de cabras y ovejas de los judíos. ¿Qué debo hacer con ellos?». El Mensajero (s. a. s.) podría haber tomado las cabras y ovejas de los judíos y haberlas incorporado a las provisiones de los soldados musulmanes. Pero, en aquella situación, ordenó al pastor Aswad que mantuviera la confianza depositada en él. Siguiendo las instrucciones del Mensajero, llevó las cabras y las ovejas cerca de la fortaleza y las hizo entrar lanzándoles piedras. Luego regresó junto al Mensajero (s. a. s.) y preguntó: «Si muero luchando, ¿qué me sucederá en la otra vida?». El Mensajero (s. a. s.) le respondió: «Obtendrás el Paraíso». Combatió con sinceridad y alcanzó el martirio.
Un beduino recién convertido al islam participó en la batalla de Khaybar. Cuando se le asignó su parte del botín, dijo: «¡Oh, Mensajero! No te he seguido por codiciar estas cosas; he venido para entregar mi vida en el camino de la verdad y obtener el Paraíso». El Mensajero (s. a. s.) le dio la buena noticia de que también alcanzaría ese objetivo. Después, él también entró en combate y alcanzó el martirio.
Poco después de la conquista de Khaybar, cuando, inesperadamente, el venerable Yafar ibn Abi Talib (hermano del venerable Ali), regresó de Abisinia acompañado de muchos de sus compañeros y se reunió con el Mensajero (s. a. s.) y los demás hermanos musulmanes, la alegría por la victoria de Khaybar se multiplicó.
Huyyach ibn Alat as-Sulami, propietario de las minas de la región habitada por los Banu Sulaym, se había convertido al islam durante el asedio de Khaybar. Antes de que se completara la conquista de Khaybar, pidió permiso al Mensajero (s. a. s.), se dirigió rápidamente a La Meca y comunicó al venerable Abbas, que se encontraba allí, la buena noticia anticipada de la conquista de Khaybar.
Una vez resuelto el asunto de Jaibar, el ejército musulmán partió hacia Wadi al-Qura. También era un infame bastión de los enemigos del islam. Allí vivían tanto judíos como algunos árabes. Apenas llegaron los musulmanes, comenzaron a lanzar piedras desde el frente, y un esclavo llamado Mudáim resultó herido. Por parte del Mensajero (s.a.s.), se les invitó repetidamente al islam. Sin embargo, uno tras otro salían del otro bando para desafiar a la batalla y morían en combate cuerpo a cuerpo contra los soldados musulmanes. Así llegaron, sucesivamente, once hombres. Esta situación continuó hasta la noche. A la mañana siguiente, se obtuvo la victoria definitiva. Después, siguiendo los ejemplos anteriores, también se asignó a los habitantes de Wadi al-Qura labores agrícolas y de cultivo, y se nombró como gobernante a uno de ellos. Cuando los judíos de Tayma se enteraron del acuerdo establecido allí, manifestaron voluntariamente su deseo de pactar, y también ellos fueron empleados en labores agrícolas en sus propias tierras.
Como resultado de esta campaña victoriosa, entre las extensas y fértiles tierras que quedaron bajo control de los musulmanes, las tierras de Fadak y Jaibar fueron convertidas en tierras estatales (State Land). Con los ingresos obtenidos de estas tierras, los gobernantes del Estado cubrían las necesidades de las personas que dependían de ellos y de los pobres de la sociedad. Después del fallecimiento del Mensajero (s.a.s.), surgieron algunas discrepancias precisamente sobre estas tierras estatales. Sin embargo, Abu Bakr as-Siddiq (r.a.) y los Compañeros perspicaces las mantuvieron, como correspondía, como tierras estatales. Las demás tierras fueron entregadas a la propiedad de los musulmanes, y sus cosechas fueron distribuidas entre ellos.
Un destacamento de patrulla, bajo el mando de Umar (r.a.), fue enviado para advertir a los Banu Hawazin. Como resultado, los Banu Hawazin se dispersaron.
Se recibió la noticia de que un judío llamado Bashir ibn Wariq —o Usayr ibn Razam— estaba incitando a los Banu Ghatafan a combatir. Abdullah ibn Rawaha partió con un destacamento y, tras persuadir a Bashir de algún modo, logró convencerlo de que fuera a Medina para conversar con el Mensajero (s.a.s.). Como los musulmanes eran treinta, él también tomó por precaución a treinta hombres, y cada camello fue montado conjuntamente por un judío y un musulmán. En la oscuridad de la noche, apenas Bashir puso la mano sobre la espada de Abdullah, este se sobresaltó, saltó del camello, desenvainó la espada y se enfrentó a él. Al ver a ambos líderes en esa situación, sus respectivos compañeros también comenzaron a luchar, y finalmente los treinta y un judíos fueron asesinados uno tras otro.
Era el mes de Muharram del séptimo año de la Hégira. Se supo que cuatro tribus —los Banu Ghatafan, los Banu Muharib, los Banu Tha’laba y los Banu Anmar— se estaban preparando para atacar Medina. El Mensajero (s.a.s.) salió de campaña acompañado por cuatrocientos musulmanes combatientes. Los enemigos implicados en la conspiración del ataque se dispersaron. Esta expedición se conoce como la expedición de Dhat ar-Riqa.
Después del tratado de Hudaybiyya, las rutas comerciales quedaron abiertas para los musulmanes. Sin embargo, cuando Abu Jandal escapó de La Meca tras liberarse de la detención de los coraichitas, una cláusula severa de aquel tratado le impidió ir a Medina, por lo que permaneció en una montaña siria situada junto a la costa. Más tarde, Abu Basir y otros musulmanes comenzaron a unirse a él. De este modo, en territorio sirio llegó a formarse prácticamente un ejército musulmán. Atacaron una caravana de los coraichitas y se apoderaron de sus mercancías. Pero cuando el Mensajero (s.a.s.) les ordenó devolverlas, obedecieron inmediatamente. Entonces los coraichitas comprendieron y lamentaron haber sufrido perjuicio por haber incluido una cláusula tan severa en el tratado de paz. Más tarde, el Mensajero (s.a.s.) convocó a Abu Jandal a Medina.
Cuando los Banu Maluh mataron a los compañeros de Bashir ibn Suwaid, Abdullah al-Layzi partió con un destacamento para advertirles. Se produjo un breve enfrentamiento y fueron confiscados algunos bienes del enemigo.
El enviado del Mensajero (s.a.s.), Dihya al-Kalbi, regresaba a Medina desde la corte del emperador romano Heraclio llevando regalos y presentes. Hunayd ibn Iwaz al-Yafari lo asaltó y le arrebató todos los regalos. Se envió un destacamento, bajo el mando de Zayd ibn Hariza, para castigar a Hunayd por haber llevado a cabo semejante vil ataque contra el Estado islámico. Hunayd murió en el enfrentamiento. Sin embargo, sus compañeros se arrepintieron y aceptaron el islam.
Banu Kilab se estaba preparando para rebelarse. Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Dios esté complacido con él) partió con tropas para sofocar la rebelión. Tras el enfrentamiento, las tropas enemigas fueron derrotadas y huyeron.
Cuando surgió el temor de una rebelión en la región de Yuhaina, enviaron a Usama ibn Zayd al frente de un contingente militar para controlar la situación. Primero intentó persuadirlos, pero finalmente se produjo un enfrentamiento. En ese momento, cuando Hazrat Usama perseguía a Suhayk ibn Mirdas, este recitó la profesión de fe. Sin embargo, Usama creyó que, al verse derrotado, estaba fingiendo para salvar la vida. Por ello, lo mató. Más tarde, al enterarse del suceso, el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) quedó profundamente afligido, pues su verdadero propósito era reformar a las personas, no matarlas.
Bashir ibn Sa’d al-Jazrayi fue enviado con un pequeño contingente para castigar a los habitantes de Faza y Azra, que habían ayudado a los judíos de Jaibar. El adversario fue derrotado tras un breve enfrentamiento.
Tras recibir información de que Banu Sulaym se estaba preparando para atacar Medina, enviaron a Ibn Abi al-Awja con cincuenta soldados. También en este caso, el enemigo era más numeroso.
Atacaron y martirizaron a todo el contingente musulmán. Solo el comandante logró llegar a Medina herido. Cuando también enviaron a Ka’b ibn Umair al-Ansari con un contingente sumamente reducido para sofocar la rebelión de Banu Quzaya, estos martirizaron a todo el grupo musulmán. Ningún compañero logró regresar con vida.
Banu Hawazin había ayudado a varias fuerzas opositoras al islam. Se supo que se estaban preparando para atacar a cinco jornadas de Medina. Se envió un pequeño contingente bajo el mando de Shuja ibn Wahb al-Asadi. Sin embargo, no tuvieron que entablar ningún combate.
La batalla de mayor envergadura que se libró en este período fue la batalla de Mu’ta. Tuvo lugar en el mes de Yumada al-Awwal del octavo año de la Hégira. Sin embargo, como esta batalla se libró completamente contra una potencia extranjera, hablaré de ella por separado al tratar la expedición de Tabuk.
Se supo que Qays ibn Rifa’a estaba reuniendo tropas para atacar. Para observar la situación, enviaron a Abu Hadraya al-Aslami con un grupo de solo dos hombres. Mediante una hábil estratagema, logró atemorizar y dispersar a las tropas enemigas, y se apoderó también de sus animales. No se produjo ningún enfrentamiento.
Se recibió la noticia de que los Banu Qudama se estaban preparando para atacar Medina tras aliarse con otros. Amr ibn al-As partió para enfrentarlos con trescientos soldados. Este lugar, llamado Dhat al-Salasil, está situado justo después de Wadi al-Qura. Durante muchos años, este lugar había sido peligroso para el Estado islámico. Al llegar al sitio indicado, se supo que las fuerzas enemigas eran mucho más numerosas. Amr ibn al-As envió un mensajero para solicitar más soldados. Doscientos soldados más llegaron de inmediato bajo el mando de Abu Ubaida ibn al-Yarrah. Tan pronto como se inició el ataque, los soldados enemigos huyeron. Se capturó parte del ganado que habían dejado atrás.
Una vez, mientras Abu Qatada y Muhallam ibn Yusama realizaban una patrulla, Amir ibn al-Azbat al-Ashyai se encontró casualmente con ellos acompañado de varias personas. Los hombres los saludaron como lo hacen los musulmanes. Pero Muhallam consideró su saludo una táctica de autodefensa y, creyéndolos enemigos, los mató a todos. A raíz de este incidente, el Corán los reprendió de la siguiente manera:
Se dijo: «Cuando salgáis a patrullar, identificad a la gente y no consideréis sin motivo que alguien es no musulmán si os saluda». El Mensajero (s.a.) advirtió severamente. Más tarde, el jefe de la tribu de Nihte acudió para exigir el precio de sangre por el hombre asesinado. El Mensajero (s.a.) entregó inmediatamente cincuenta camellos y, tras persuadirlo con insistencia, logró que aceptara recibir los cincuenta restantes más adelante.
En el mes de Rayab del octavo año de la Hégira, siguiendo las instrucciones del Mensajero (s.a.), Abu Ubaida ibn al-Yarrah partió hacia Saiful Bahr con tres soldados; patrulló únicamente hasta la costa, pasó varios días en la zona litoral y luego regresó. Probablemente, el objetivo era vigilar las rutas y hacer comprender a los coraichitas que últimamente Medina había concentrado su atención en esa dirección. Cabe señalar que, después de que los coraichitas violaran el tratado de Hudaybiyya, estas actividades de los musulmanes abrieron el camino a la conquista de La Meca.
La cuarta gran expedición: la conquista de La Meca
Hasta ahora he descrito los grandes ataques de los coraichitas y de las demás fuerzas contrarias al islam. De este relato ha quedado claro que, en todas estas batallas —Badr, Uhud y la Trinchera—, fueron las fuerzas de la ignorancia las que acudieron a Medina para emprender la agresión, y todos los enfrentamientos tuvieron lugar en los alrededores del Estado islámico de Medina. En todos ellos, el gobierno de Medina adoptó un papel meramente defensivo. Después de la batalla de la Trinchera, el Mensajero (s.a.), guiado por su visión política y su sabiduría, predijo con absoluta precisión que las campañas agresivas de los coraichitas habían llegado a su fin. También dio a entender que, a partir de entonces, si Dios quería, nosotros atacaríamos a los coraichitas. Durante el intervalo en que se concertó el tratado de Hudaybiyya y los coraichitas dejaron de atacar a los musulmanes, el Mensajero (s.a.) aprovechó la oportunidad para, por un lado, someter con mano firme a los rebeldes traidores de Medina y, por otro, destruir los sólidos centros de poder que los judíos habían establecido al norte y convertido en focos de conspiraciones militares. Además, rechazó con tal rapidez y severidad cada pequeña rebelión, preparación militar y conspiración de las distintas tribus que el entorno de Medina quedó en gran medida seguro y despejado. Durante este intervalo, desde la batalla de la Trinchera hasta la conquista de La Meca, el formidable poder del Estado islámico se extendió por todas partes, y el islam obligó a todos a reconocer su existencia política. Todos comenzaron a comprender que nadie tenía capacidad para derrocar o resistir a esta fuerza naciente de la verdad, la justicia y la equidad. Personas de todas las clases comprendieron que el liderazgo y la autoridad del futuro ya no estaban en manos de los coraichitas, sino que habían pasado a manos de Muhammad (s.a.).
Ahora solo queda un medio para liberarse completa y permanentemente de las manos del enemigo: desarraigar el verdadero centro del enemigo y apagar en su propia casa la lámpara del liderazgo de la ignorancia. Por ello, para completar la lucha defensiva, era inevitable y necesario emprender tarde o temprano una campaña ofensiva. Fue consecuencia de sus propios actos que los coraichitas violaran el tratado de Hudaybiyya y derribaran por sí mismos el muro de paz y seguridad existente entre ambas partes.
Ya hemos mencionado que entre los Banu Bakr y los Banu Juzaa existía enemistad desde hacía tiempo, y que continuaba la interminable cadena de venganzas y represalias mutuas. Pero, entretanto, el movimiento islámico apareció súbitamente como un problema alarmante. Los coraichitas y las demás tribus politeístas se vieron obligados a unirse con el único propósito de oponerse al movimiento islámico. El fuego de su enemistad mutua quedó temporalmente sofocado. Finalmente, cuando se concertó el tratado de Hudaybiyya, los Banu Juzaa aprovecharon una de sus cláusulas para establecer una alianza con el Mensajero (s.a.). Por su parte, los Banu Bakr establecieron una alianza con los coraichitas. Pasaron algunos días en silencio. Pero al final estalló el polvorín de la antigua enemistad. Los Banu Bakr consideraron aquella época de reconciliación una oportunidad de oro, pues no había temor de conflicto por ningún otro lado. Mataron a un miembro de la tribu de los Banu Juzaa. Después lanzaron un poderoso ataque y perpetraron una amplia campaña de torturas y abusos. Ni siquiera perdonaron a los miembros de los Banu Juzaa que se habían refugiado en el Santuario Sagrado, ni dejaron de atacarlos mientras estaban entregados al culto. Los coraichitas les prestaron todo su apoyo en este derramamiento de sangre de los Banu Bakr. Con esta medida insensata pisotearon el tratado de Hudaybiyya. En nombre de los Banu Juzaa, Amr ibn Salim acudió al Mensajero (s.a.) para quejarse de las atrocidades de los Banu Bakr. Después, Budayl ibn Warqa acudió con una delegación y expuso los detalles de la opresión. A la luz del tratado de alianza, se volvió indispensable que el Mensajero (s.a.) ayudara a los Banu Juzaa. El Mensajero (s.a.) presentó a los coraichitas tres exigencias para normalizar la situación: primera, pagar a los Banu Juzaa una compensación económica por las personas asesinadas; segunda, abandonar el apoyo a los Banu Bakr; tercera, como alternativa a las dos primeras exigencias, declarar cancelado el tratado de Hudaybiyya. Los coraichitas ya habían perdido el equilibrio. Por eso anunciaron que aceptaban cancelar el tratado de Hudaybiyya. Sin embargo, después se arrepintieron de ello.
Entonces los dirigentes de Quraysh cayeron en la preocupación. Ya habían perdido la capacidad de luchar. En varias batallas habían muerto sus valiosos guerreros y su poder militar había sufrido daños irreparables. Su economía también estaba completamente arruinada. Los judíos que los ayudaban se encontraban casi al borde de la destrucción. En cambio, mediante sus actividades de dawa, el Estado islámico de Medina había ampliado tanto su influencia que incluso alrededor de La Meca se había formado un círculo de tribus que lo apoyaban. También se había ampliado el ámbito de las alianzas. Asimismo, al reprimir severamente a las fuerzas anárquicas y rebeldes, se estaba estableciendo la paz y el orden en una vasta región mediante la construcción de un nuevo sistema administrativo. A partir de entonces, para Quraysh no solo era difícil emprender una ofensiva, sino incluso defenderse. El tratado de Hudaybiyya era su único escudo protector. Pero ellos mismos anularon también esa protección, como si hubieran invitado a Medina diciéndole: «Venid y castigadnos por nuestros actos».
Finalmente, Abu Sufyan, el mayor dirigente incrédulo de La Meca, partió desconcertado hacia Medina con el propósito de renovar el tratado. Allí se enfrentó a una situación tan desfavorable que probablemente jamás la había imaginado. Apenas entró en la casa de su hija, la Madre de los Creyentes, Umm Habiba, y se dispuso a sentarse en la cama, cuando ella corrió, retiró la cama y dijo: «Usted no puede sentarse en la cama sagrada del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, mientras siga siendo politeísta». Después fue visitando uno por uno a destacados dirigentes musulmanes como Abu Bakr, Umar y Ali, y pidió ayuda a cada uno de ellos. Incluso pidió a Fátima que intercediera ante el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Cuando tampoco tuvo éxito, pidió a Fátima, que Allah esté complacido con ella, que le permitiera solicitar la intercesión del pequeño Hasan. Como nada dio resultado, sin otra alternativa y siguiendo el consejo de Ali, anunció en la asamblea general de los musulmanes una declaración unilateral de coexistencia en su propio nombre, y regresó a La Meca sin esperar ninguna respuesta del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Cuando los habitantes de La Meca le preguntaron por su viaje y oyeron hablar de la declaración unilateral de coexistencia, todos dijeron: «Ali, que Allah esté complacido con él, se ha burlado de ti». Obsérvese cómo incluso la inteligencia y el discernimiento de las personas negativas que se encaminan a la perdición se deterioran.
El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, anunció sin demora que se formara un grupo de voluntarios musulmanes. También ordenó que se fabricaran armas en su propia casa. Sin embargo, no permitió que nadie supiera hacia dónde se dirigiría esta vez la expedición militar. Ni siquiera Aisha llegó a saberlo, aunque ella misma había fabricado con sus propias manos armas para el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. No obstante, la mayoría quizá suponía que esta vez se atacaría La Meca, pues no había ninguna razón para llevar a otro lugar un ejército tan numeroso.
La familia de Hatib ibn Abi Balta, veterano de Badr, todavía estaba rodeada por los incrédulos en La Meca, y ninguna tribu había asumido la responsabilidad de protegerla. Por ello, con el propósito de velar por ellos, envió a Quraysh una carta secreta que contenía todos los detalles de los preparativos de Medina, para que, en recompensa por este favor, se abstuvieran de causar cualquier daño a su familia durante la conquista de La Meca. Al mismo tiempo, estaba convencido de que, pese a proporcionar aquella información secreta, la victoria del ejército musulmán estaba asegurada y que su carta no podía causar un daño importante al islam. Este suceso demuestra que, bajo la presión de las circunstancias externas y del estado mental, incluso una persona sumamente honrada puede cometer a veces un grave desliz. El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, conoció por medio de la revelación la existencia de esta carta. Los espías que envió interceptaron, en un lugar llamado Rawdat Jaj, a una mujer que se dirigía a La Meca y recuperaron de ella la carta. El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, perdonó una falta tan grave únicamente porque Hatib era un compañero sincero, creyente y honrado, veterano de Badr, y porque aquel desliz había surgido de su debilidad humana.
El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, partió de Medina el día 10 de Ramadán al frente de un enorme ejército de diez mil soldados. Como extraordinario y hábil comandante, avanzó por un camino tan sinuoso que la patrulla de Quraysh que había salido para observar no encontró el menor rastro del ejército musulmán en ninguna parte. Mientras ellos vagaban de un lado a otro, el ejército musulmán llegó a las afueras de La Meca, dejando a todos atónitos.
Cuando el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, llegó a Juhfa, su tío Abbas acudió con toda su familia y se reunió con él. Después, al llegar a Abwa, Abu Sufyan ibn al-Harith ibn Abd al-Muttalib —primo hermano del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y hermano de leche suyo por medio de Halima— y Abd Allah ibn Umayya —primo materno del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y hermanastro de la Madre de los Creyentes Umm Salama— se presentaron y solicitaron permiso para entrevistarse con él. Aunque era un pariente cercano, había causado tanto sufrimiento al Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, al oponerse al islam, que este se negó a recibirlo. Abu Sufyan dijo desesperado: «Si no obtengo el perdón, me iré con mis hijos a los abrasadores desiertos de Arabia, y todos moriremos juntos de hambre y sed». Umm Salama intercedió por su hermano. Entonces Ali les aconsejó a ambos que pidieran perdón con las palabras de los hermanos de Yusuf. Así que fueron y dijeron:
«¡Por Allah! Allah te ha favorecido por encima de nosotros, y nosotros fuimos culpables». Al oír estas palabras, el corazón del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se conmovió. Él también repitió la respuesta de Yusuf:
«Hoy no se os hará ningún reproche. Que Allah os perdone. Él es el más misericordioso de quienes tienen misericordia».
Cuando llegaron a Mar az-Zahran y establecieron el campamento militar, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), buscando el bien mayor, ordenó que cada soldado encendiera por la noche un fuego separado para sí. Cuando líderes prominentes como Abu Sufyan ibn Harb, Hakim ibn Hizam y Budayl ibn Waraqah salieron a observar la situación, quedaron estupefactos al ver, desde la montaña, diez mil fogatas encendidas. Pensaron: «¡Qué calamidad! Un ejército tan enorme ha llegado a las puertas de La Meca». Al-Abbas pasaba cerca de ellos. Al reconocer la voz, llamó a Abu Sufyan y conversó con él. Al-Abbas dijo: «Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ha llegado hoy con todo su ejército. Hoy los coraichitas no tienen escapatoria». Abu Sufyan preguntó: «¿Qué forma hay ahora de salvarse?». Al-Abbas dijo: «Monta conmigo en mi mula. Ve y habla con el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él)». Mientras la mula avanzaba, los soldados preguntaban a cada paso: «¿Quién va?». En cuanto Al-Abbas se identificaba, le abrían paso. Cuando se acercaron, Umar lo vio y, al reconocer a Abu Sufyan, exclamó en voz alta: «¡Oh, Abu Sufyan, hoy has caído en nuestras manos!». Dicho esto, se apresuró a acudir ante el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) para pedir permiso para matarlo. Al-Abbas también hizo correr rápidamente a la mula. Umar llegó primero y expuso su posición, mientras Al-Abbas decía: «He traído a Abu Sufyan bajo mi protección».
En ese momento tuvo lugar la siguiente conversación entre Abu Sufyan y el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él):
El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «Dime, Abu Sufyan, ¿todavía no crees que no hay ninguna divinidad sino Allah?»
Abu Sufyan: «Si hubiera otra divinidad, hoy nos habría protegido».
El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «¿Acaso tienes alguna duda de que soy el Mensajero de Allah?»
Abu Sufyan: «Sobre eso todavía tengo algunas dudas».
Al comprender la debilidad psicológica de Abu Sufyan, Al-Abbas le dijo: «¡Vamos, deja eso y abraza directamente el islam!». Para la mañana, el principal líder de La Meca se había convertido en musulmán, obligado por la presión de las circunstancias. Mientras tanto, el campamento del ejército islámico había retenido a Abu Sufyan con tanta astucia, antes de que el ejército llegara a La Meca, que él ni siquiera se dio cuenta de que, por la mañana, las fuerzas musulmanas habían marchado por el camino de Qada para entrar en la ciudad. Por orden del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), Al-Abbas llevó a Abu Sufyan a lo alto de una montaña y lo hizo ponerse de pie allí, para que pudiera contemplar de un vistazo al ejército musulmán. Primero avanzaron los Banu Ghifar; después, uno tras otro, los Yuhayna, los Buzaym y los Sulaym; y, por último, las tropas de los ansar, cada una portando su propia bandera. Abu Sufyan preguntaba por la identidad de cada contingente. Cuando Sa’d ibn Ubada pasó delante de él, exclamó, animado por el entusiasmo propio de un soldado: «Hoy es el día de la batalla encarnizada»; «hoy es el día de abrir el recinto de la Kaaba». Detrás de aquella emoción particular y de aquel lema especial había una larga historia de conflictos y enfrentamientos. Finalmente, el animal que transportaba al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) pasó adelante con extrema sencillez y naturalidad. Delante de él, az-Zubayr ibn al-Awwam llevaba la bandera. Cuando el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) oyó el lema de Sa’d ibn Ubada, sin demorarse un instante tomó la bandera de sus manos y se la entregó a su hijo. Luego dijo: «Hoy es el día de la grandeza de la Kaaba, y el día de la rectitud y del cumplimiento de las promesas». Con estas palabras, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dejó clara la política de su celebración de la victoria. Dio a entender que su triunfo estaría, de principio a fin, iluminado por la gloria de la misericordia y el perdón. Entonces se proclamó: «Quien entre en la Mezquita Sagrada, quien se refugie en la casa de Abu Sufyan y quien no porte armas tendrá la vida a salvo. Sin embargo, quien cometa un delito castigable recibirá su castigo». El propio Abu Sufyan avanzó por La Meca proclamando esto en voz alta. Al oír que la proclamación del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) salía de sus labios, su esposa Hind bint Utbah le agarró del bigote y comenzó a gritar: «¡Oh, Banu Kinana, matad a este desgraciado! ¿Qué está diciendo?». Hind comenzó a insultar a Abu Sufyan.
Al oírla, la gente se congregó. Abu Sufyan le explicó que ya no servía de nada decir esas cosas. Ya nadie tenía poder para detener el avance de Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Después, cuando el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) entró en la ciudad, lo hizo con la cabeza humildemente inclinada, justo al contrario de los vencedores de todo el mundo. Su frente parecía rozar el lomo de la montura. Mientras tanto, recitaba de memoria la sura Al-Fath.
Por su parte, Ikrima ibn Abi Yahl, Safwan ibn Umayya y Suhayl ibn Amr reunieron en la montaña llamada Jandama a algunos matones necios de los coraichitas y los incitaron a cometer diversos actos de maldad. Himás ibn Qays ibn Jálid también se unió a ellos. Dos compañeros, Karz ibn Yabir al-Fihrí y Junays ibn Jálid ibn Rabí, se habían separado del ejército y avanzaban por un camino distinto. Aquellos matones asesinaron a ambos. Cuando Hazrat Jálid se enteró del suceso, los expulsó de inmediato. En total murieron doce personas. Algunos, incluido Himás, huyeron. En la ciudad apareció otro pequeño grupo de resistencia de ese tipo. Al enterarse, el Mensajero (s. a. s.) convocó, por medio de Hazrat Abu Huraira, a las fuerzas de los ansar. Les mostró aquella escena y dijo: «¿Veis sus tonterías?». Es decir, por un lado, corrían ríos de misericordia y perdón, y la fuerza victoriosa no quería derramar ni una sola gota de sangre; pero, por otro, aquellas personas de naturaleza perversa estaban obligando al ejército victorioso a tomar las armas. Sin otra alternativa, el Mensajero (s. a. s.) ordenó: «Si intentan ofrecer resistencia, que sean completamente exterminados». Al enterarse de esta orden del Mensajero (s. a. s.), Abu Sufyan acudió apresuradamente y dijo con voz suplicante: «¡Oh, Mensajero de Allah (s. a. s.)! El poder de los coraichitas ya ha sido destruido. No permitas que llegue a suceder que su nombre y toda huella de ellos desaparezcan de la faz de la tierra». Entonces se lanzó un ataque leve, y con ello los malhechores fueron derrotados y se dispersaron.
Al ver aquella clemencia del Mensajero (s. a. s.), algunos de los ansar comenzaron a murmurar: «¡Mirad! Al final, el amor por su tribu ha prevalecido sobre el Mensajero (s. a. s.)». En realidad, debido a la intensidad de su amor por el Mensajero (s. a. s.), siempre estaban angustiados por el temor de que, después de la conquista de La Meca, él los abandonara, comenzara a vivir con los habitantes de La Meca y ellos fueran privados de la compañía de su persona más querida. Al enterarse de esta preocupación de los ansar, el Mensajero (s. a. s.) les dijo: «¡Por Allah! Lo que teméis no es verdad. Soy siervo y Mensajero de Allah. Emigré hacia Allah y hacia vosotros. Ahora vosotros sois mis compañeros en la vida y en la muerte». Al oír estas palabras, los corazones de los ansar se llenaron de emoción. Se disculparon por su suposición, y el Mensajero (s. a. s.) aceptó sus disculpas.
La gente preguntó: «¿Dónde se alojará usted en la ciudad? ¿O acaso en su casa paterna?». El Mensajero (s. a. s.) respondió con una voz profundamente dolida: «¿Qué casa nos ha dejado Aqil para que podamos alojarnos en ella?». El estandarte del Mensajero (s. a. s.) fue colocado en Huyun (Jannat al-Mualla), y se decidió que él permanecería allí. Primero fue al histórico lugar de Jaif, donde había pasado los días del asedio junto con todo su clan. Después llegó al Haram Sagrado acompañado por algunos de sus compañeros más cercanos. Besó la Piedra Negra. Con el arco en la mano, se acercó a cada uno de los ídolos instalados en el Haram Sagrado y comenzó a proclamar en voz alta: «Ha llegado la verdad y la falsedad ha desaparecido. La falsedad tenía que desaparecer». Uno tras otro, los ídolos fueron cayendo al señalarles con el arco. Luego hizo traer la llave de la Kaaba y ordenó abrir la puerta. En el interior había imágenes de Hazrat Ibrahim y Hazrat Ismail (la paz sea con ellos), y ambos sostenían flechas de adivinación. Ordenó borrar todo aquello y dijo: «¡Que Allah destruya a los incrédulos!». Ambos habían sido profetas de Allah y nunca habían practicado juegos de azar. Después, siguiendo la orden del Mensajero (s. a. s.), también fueron destruidos los demás ídolos que habían sido instalados durante mucho tiempo en los alrededores. Luego se dedicó durante un rato a la oración y al recuerdo de Allah. Frente a la Mezquita Sagrada se había congregado una enorme multitud. La gente esperaba ansiosa escuchar el veredicto sobre su destino. El Mensajero (s. a. s.) se dirigió a ellos con un discurso:
«No hay más divinidad que Allah, el Único. No tiene asociado alguno. Ha demostrado la verdad de Su promesa. Ha ayudado a Su siervo. Él solo ha derrotado a todos los ejércitos de los incrédulos. Hoy pongo bajo mis pies toda arrogancia, toda nobleza basada en la estirpe, toda reclamación de venganza de sangre y toda reclamación económica. Sin embargo, permanecerán vigentes los cargos de custodia de la Kaaba Sagrada y de suministro de agua a los peregrinos».
«¡Oh, coraichitas! Ahora Allah ha hecho añicos toda la arrogancia de la época de la ignorancia y todo el orgullo de la nobleza de linaje que teníais. Pues todos los seres humanos son descendientes de Adán, y Adán fue creado de tierra». Luego recitó un versículo del Corán:
«¡Oh, humanidad! Os hemos creado de un varón y una hembra, y os hemos dividido en pueblos y tribus únicamente para que os conozcáis unos a otros. Pero ante Allah, el más honrado de vosotros es el más piadoso y prudente. Ciertamente, Allah es Omnisciente y está bien informado de todas las cosas».
Después hizo un anuncio legal:
«Allah ha declarado ilícitos la compra y la venta de bebidas alcohólicas».
Después, el Mensajero (s.a.s.) preguntó:
«¿Sabéis cómo os trataré hoy?»
Al escuchar estas palabras, probablemente ante los ojos de los coraichitas desfiló, como una película, la negra historia de dos décadas de opresión, persecución, violencia y barbarie que habían perpetrado. Tal vez sus conciencias estuvieron a punto de quebrarse de remordimiento. Quizá, con una sensación de absoluta impotencia y arrepentimiento, exclamaron:
«Como un hermano noble y el hijo de un hermano noble». En respuesta, el Mensajero (s.a.s.) proclamó:
«Hoy no hay ningún reproche contra vosotros. Id, sois libres».
Teniendo presente la historia de opresión, persecución y guerras agresivas de los coraichitas, ¿podría alguien esperar una respuesta semejante? Sin embargo, quien conociera la misericordia y compasión del Mensajero (s.a.s.) habría esperado precisamente esa respuesta de él. Cualquier otra persona habría entrado en La Meca con arrogancia, habría tomado venganza por cada suceso, habría matado selectivamente a los opositores que en el pasado hubieran cometido el menor exceso, habría perpetrado una matanza en la ciudad conquistada y habría saqueado indiscriminadamente los bienes de la gente y la castidad de sus mujeres. Pero, puesto que el conquistador era el mayor amante y salvador de la humanidad, trató de conquistar también los corazones de las personas al mismo tiempo que tomaba posesión del territorio. Incluso pidió a los emigrantes que renunciaran a la propiedad de sus propias casas y bienes. Cuando, al comienzo del movimiento islámico, pidió a Uzman ibn Talha que abriera la puerta de la Kaaba, este se negó rotundamente; sin embargo, después de la conquista de La Meca, entregó la llave de la Kaaba a ese mismo Uzman, para que permaneciera en sus manos hasta el Día del Juicio. Luego, el Mensajero (s.a.s.) centró su atención en el pasado y recordó a Uzman una conversación de antaño: «Un día esta llave estará bajo mi control. Se la daré a quien yo quiera». ¿Cómo habría podido Uzman tener la suficiente previsión para comprender el sentido de aquellas palabras? Por eso dijo: «Probablemente todos los coraichitas habrán muerto antes de que llegue ese día». El Mensajero (s.a.s.) dijo: «No, ese día será un verdadero día de honor para los coraichitas». Al considerar esta conversación, surge la idea de que, si hubiera sido cualquier otra persona en lugar del Mensajero (s.a.s.), seguramente habría quitado la llave de la Kaaba a Uzman y se la habría entregado a otra persona para demostrar el poder de su autoridad. Pero el Mensajero (s.a.s.) rechazó incluso la petición de una persona tan cercana como el honorable Alí, en nombre de los Banu Hashim, para apoderarse de la llave de la Kaaba, y permitió que permaneciera para siempre en manos de sus antiguos custodios. Cuando, al entregar la llave, el Mensajero (s.a.s.) recordó en tono de broma a Uzman ibn Talha aquella conversación de muchos años atrás, este dijo: «Sin duda, usted es el Mensajero de Allah». El Mensajero (s.a.s.) dijo: «Hoy es el día de la bondad y del cumplimiento de las promesas».
Después, por orden del Mensajero (s.a.s.), el honorable Bilal (r.a.) subió a la Kaaba y pronunció el adhan. Este adhan fue como una proclamación del triunfo de la revolución islámica. De aquel techo de la Kaaba, donde se había considerado un delito pronunciar el nombre de Allah para los siervos de Allah, y por oponerse a cuya injusticia el Mensajero (s.a.s.) y sus compañeros habían soportado una opresión y persecución ilimitadas, hoy resonaba el adhan. Y ninguna fuerza de la Tierra podía impedirlo. En ese momento, dirigentes de alto rango como Abu Sufyan ibn Harb, Itab ibn Usaid y Hariz ibn Hisham estaban sentados en un rincón cercano a la Kaaba, reflexionando sobre su derrota. Itab dijo con resentimiento: «Ha sido bueno que mi padre Usaid no haya vivido para oír el sonido de este adhan». Poco después, el Mensajero (s.a.s.) se acercó a ellos y les repitió palabra por palabra todo lo que habían dicho. Esto avergonzó a aquellos dirigentes principales de los coraichitas.
Después, para expresar su gratitud por la conquista de La Meca, el Mensajero (s.a.s.) fue a la casa de Umm Hani, se bañó y rezó ocho rak‘at.
Al día siguiente de la conquista, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) pronunció otro discurso desde la montaña de Safa. Primero alabó a Allah. Luego describió brevemente la dignidad del Santuario Sagrado, la confirmó para siempre y explicó sus normas y reglamentos. Cabe mencionar que, incluso con ocasión de una conquista revolucionaria tan grande, la norma eterna de seguridad para las vidas y los bienes en La Meca solo fue infringida durante un día, y ello por absoluta necesidad. Pues, sin el consentimiento del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), algunos matones insensatos de La Meca mataron a dos soldados musulmanes y obligaron a las autoridades a erradicarlos. Una vez terminada esta obligación sumamente breve, desde el segundo día el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) anunció la restauración de la dignidad y la santidad del Santuario Sagrado.
Ya se había proclamado una amnistía general. Aquella proclamación impresionó y cautivó tanto al pueblo que nadie conservó deseo alguno de resistir. Sin embargo, respecto de ciertos delitos concretos, anunció expresamente, mencionando sus nombres, que debían ser ejecutados dondequiera que fueran encontrados. Cabe señalar que, para conquistar La Meca y restablecer allí la ley y el orden, durante algunos días estuvo vigente la ley marcial. Es decir, toda la autoridad estaba concentrada en manos de las autoridades militares. (En una zona donde se desarrolla una guerra, antes de restablecerse plenamente el orden civil ordinario, conforme a la ley islámica se establece en manos de las autoridades militares una administración temporal algo más estricta. En este tipo de administración, algunas leyes y normas son algo distintas de las de la administración civil ordinaria. En mi opinión, esta clase de administración es la que en la terminología moderna se denomina ley marcial o gobierno militar. Por lo general, la ley marcial, bajo cualquier gobierno civilizado, y especialmente desde la perspectiva del islam en una zona en guerra, solo se establece durante un breve periodo, dentro de los límites de una necesidad inevitable, y además únicamente sobre los enemigos no musulmanes derrotados. En la actualidad, gobernar durante un periodo largo e indefinido, en nombre de la ley marcial, privando a los habitantes del propio país de sus derechos civiles por decisión del ejército, constituye un sistema de gobierno completamente distinto. El sistema que hemos denominado «ley marcial» durante la conquista de La Meca no guarda ninguna semejanza con la ley marcial de nuestros días. La ley marcial y el gobierno militar habituales en esta época son totalmente indeseables desde la perspectiva del islam.) Y el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), en su calidad de comandante, ordenó que ciertos delincuentes fueran ejecutados allí donde se los encontrara. En la terminología moderna, esto equivale a una orden de «disparar al verlo». La lista de delincuentes incluía los nombres de varios hombres y mujeres. Pero la amnistía general del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) salvó la vida incluso a la mayoría de ellos. Como máximo, cuatro delincuentes fueron condenados a muerte. Una opinión bien fundamentada sostiene que solo se ejecutó a un delincuente. Se llamaba Abd al-Uzza ibn Hanzal. Primero se hizo musulmán. Fue enviado, junto con otro compañero musulmán, a recaudar el zakat y las limosnas. En el camino discutió con su compañero, lo mató y huyó con los animales destinados a la limosna. Además, estaba implicado en numerosos delitos penales.
Safwan ibn Umayya fue otro delincuente grave de este tipo. Era un acérrimo enemigo del movimiento islámico. Primero huyó y llegó a Yeda cuando se dirigía al Yemen. Umayr ibn Wahb al-Yumahi obtuvo del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) el perdón para él y lo trajo de vuelta desde Yeda. Más tarde abrazó el islam.
Ikrima ibn Abu Yahl también había huido al Yemen. Su esposa, Umm Hakim bint al-Harith, hija del hermano de Abu Yahl, se hizo musulmana y obtuvo personalmente del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) el perdón para su esposo. Después fue al Yemen y lo trajo consigo. Cuando Ikrima se enteró de que había sido perdonado, quedó asombrado: ¡el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había perdonado incluso a un enemigo tan acérrimo como él! Se presentó ante él y abrazó el islam.
Abdullah ibn Sa’d ibn Abi Sarh había sido musulmán en otro tiempo y había tenido incluso la oportunidad de ser escriba de la revelación. Pero apostató y comenzó a colaborar con los enemigos. Incluso difundía la afirmación de que la revelación llegaba en realidad a él, y que Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) la escuchaba de él y se la hacía escribir. Su delito era gravísimo. Sin embargo, debido a las reiteradas intercesiones de Uthman, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), como máxima autoridad, lo perdonó. Después del perdón, permaneció musulmán.
Miqyas ibn Sababa se infiltró en la comunidad islámica como espía. Después asesinó engañosamente a un compañero y huyó. La causa de este asesinato fue que el hermano de Miqyas había muerto accidentalmente a manos de aquel compañero ansarí. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) pagó por ello la diya, es decir, una compensación económica. A pesar de ello, asesinó al compañero ansarí. Además de apostatar y actuar con engaño, podía haber sido condenado a muerte únicamente por este asesinato.
Habbar ibn al-Aswad fue el hombre que, además de otras actividades contrarias al islam, atacó a Zaynab, la hija del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), el día de la emigración, causándole tanto sufrimiento que ella sufrió un aborto. Al principio permaneció fugitivo. Después se presentó por iniciativa propia, confesó humildemente su delito y expresó un profundo arrepentimiento ante el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Al mismo tiempo, abrazó el islam. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) anunció: «He perdonado a Habbar».
Wahshi, el asesino de Hamza, se presentó ante el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y abrazó el islam. Él escuchó de su boca los detalles del asesinato de Hamza y lo perdonó. Sin embargo, le aconsejó: «No te presentes ante mí, pues eso revive el recuerdo». Incluso después de abrazar el islam, este hombre no logró librarse de diversos pecados, especialmente del consumo de alcohol.
El célebre poeta pagano Abdullah bin Zibyar solía enemistarse con el islam y provocar a la gente utilizando el arma de la poesía. Cuando se presentó ante el Mensajero (s. a. s.) y aceptó el islam, fue perdonado.
El poeta Ka’b bin Zuhayr también había escrito muchos poemas denigrantes contra el islam y el Mensajero (s. a. s.). En el noveno año de la Hégira, acudió con su hermano y se entrevistó con el Mensajero (s. a. s.). Después aceptó el islam y, como compensación, compuso en favor del islam un extraordinario poema histórico titulado «Banat Su’ad». El Mensajero (s. a. s.) no solo lo perdonó, sino que además le regaló su propio manto.
En una ocasión, mientras se encontraba en La Meca, el Mensajero (s. a. s.) estaba realizando el tawaf alrededor de la Kaaba. En ese momento, Fudala bin Umayr se acercó furtivamente con la intención de asesinarlo. El propio Mensajero (s. a. s.) se acercó a él y le reveló su intención. Fudala, al quedar descubierto de ese modo, sintió una enorme vergüenza. Él le pidió que buscara el perdón y le pasó la mano por el pecho. De inmediato, su mundo cambió. No se encuentra en ningún otro lugar un ejemplo semejante de perdón a un criminal que albergaba la intención de asesinar.
Entre las mujeres, la mayor criminal era Hind bint Utba. No solo se había opuesto activamente al islam, sino que incluso había mutilado el cadáver de Hamza y había llegado a masticar su hígado. Se presentó ante el Mensajero (s. a. s.) llevando un niqab para ocultar su rostro. Obligada por las circunstancias, había acudido para aceptar el islam. Sin embargo, aun en esa situación, le hizo al Mensajero (s. a. s.) preguntas extrañas con gran descaro. La conversación que mantuvo con el Mensajero (s. a. s.) fue la siguiente:
Hind: Oh, Mensajero de Allah, ¿qué compromisos nos ha exigido?
El Mensajero (s. a. s.): No asociar a nadie con Allah.
Hind: Ese compromiso no se lo exigió a los hombres. Aun así, lo aceptaré.
El Mensajero (s. a. s.): No robar.
Hind: A veces tomo dos o cuatro dírhams de los bienes de mi esposo, Abu Sufyan. No sé si esto también está permitido o prohibido.
El Mensajero (s. a. s.) no matará a sus propios hijos.
Hind: Nosotras los criamos durante su infancia. Cuando crecieron, ustedes mismos los mataron en el campo de batalla de Badr. Ahora, qué será de ellos, eso lo saben ustedes.
No hace falta decir qué clase de conversión al islam era aquella. Si cualquier otra persona hubiera mostrado semejante arrogancia e insolencia al hablar, no lo habría tolerado. Ella simplemente se aprovechó de la infinita paciencia del Mensajero (s. a. s.).
Qartana era esclava de Ibn Hanzal. Solía cantar canciones satíricas contra el Mensajero (s. a. s.). Huyó durante la conquista de La Meca. Más tarde se arrepintió y abrazó el islam.
En las narraciones de los hadices y de la sira se encuentran considerables discrepancias acerca de varias mujeres y hombres. Sin embargo, no existe información cierta de que ninguno de ellos recibiera la pena de muerte.
Sin embargo, en la historia no se encuentra, en la vida de ningún otro conquistador, un ejemplo de haber proclamado una amnistía general para enemigos tan acérrimos en un momento de victoria tan completa.
Una victoria mayor que la conquista del territorio de La Meca fue que el Mensajero (s. a. s.) se sentara en un lugar elevado del monte Safa mientras la gente abrazaba el islam en grupos. Además de aceptar los principios fundamentales del tawhid y la risalat, se les hacía comprometerse especialmente a abstenerse de ciertas malas acciones y costumbres habituales. Estos eran algunos de los compromisos específicos de la bay’a:
* No asociaré a nadie con Allah, ni en Su esencia, ni en Sus atributos, ni en Su adoración ni en Sus derechos.
* No robaré, no cometeré adulterio, no mataré injustamente a nadie, no mataré a niñas pequeñas ni calumniaré a nadie.
* Obedeceré, en la medida de mis posibilidades y en las buenas obras, las órdenes del Mensajero (s. a. s.).
Después de permanecer en La Meca quince días, o uno o dos días menos o más, cuando el Mensajero (s. a. s.) partió, dejó encargado a Hazrat Muadh ibn Yabal de enseñar a la gente el sistema de vida islámico, la doctrina y las creencias islámicas, el carácter islámico, la ley islámica y la cultura islámica. Durante ese breve período, completó el establecimiento del sistema judicial islámico mediante la aplicación personal de los castigos islámicos. Cuando se comprobó el robo cometido por una mujer llamada Fátima bint Abu al-Asad, rechazó las recomendaciones de muchas personas y llevó a cabo aquel acto histórico de amputarle la mano. Después de las victorias en las batallas de Hunayn y Taif, el Mensajero (s. a. s.) regresó a La Meca, nombró a Itab ibn Usaid gobernador adjunto y le fijó una asignación diaria de un dírham.
Enseñanzas importantes de la conquista de La Meca
1. La conquista de La Meca es el acontecimiento más importante de la historia del movimiento islámico. Después de esta victoria, fueron eliminados todos los obstáculos para el establecimiento del islam. La Meca era el centro del antiguo liderazgo de la yahiliyyah en Arabia. Mientras este centro no cayera, no había manera de que la revolución islámica avanzara. Cuando fue arriada la bandera del liderazgo de la yahiliyyah, la sociedad basada en la yahiliyyah ya no pudo subsistir, y tampoco quedó posibilidad de que la gente se congregara alrededor de la yahiliyyah.
La conquista de La Meca eliminó muchas complicaciones para la gente. Muchas tribus no habían podido avanzar hacia el islam simplemente porque mantenían relaciones de amistad con los coraichitas, o bien dependían económicamente de ellos o estaban endeudadas con ellos. Algunas se hallaban indefensas ante su predominio social y el poder de su autoridad religiosa. Cuando terminó el dominio de los coraichitas, ¿quién podía ya cerrarles el paso? Su camino quedó abierto.
En ciertos sectores de la sociedad de la yahiliyyah se había extendido la idea de que en La Meca solo podía permanecer victorioso aquel a quien Allah ayudara. Quien no estuviera establecido en el camino de la verdad no recibiría la ayuda de Allah, ni resonaría en La Meca su tambor de la victoria. Esta idea y creencia se fortaleció aún más, especialmente después del ataque de Abraha. La gente empezó a pensar que los coraichitas eran el pueblo amado por Allah. La gente decía, sin intervenir en el conflicto del Mensajero (s. a. s.) con los coraichitas:
«Dejen a Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) y a su tribu en su situación. Si él triunfa sobre ellos, entonces habrá que entender que es verdaderamente un profeta». Basándose en esta convicción, después de la conquista de La Meca, las multitudes comenzaron a dirigirse hacia el islam como una marea desbordada. No solo los habitantes de La Meca, sino también personas de las tribus de las zonas circundantes acudían en grupos y abrazaban el islam con alegría. Comenzaron a considerar la posibilidad de servir al movimiento islámico y de convertirse en seguidores de Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) como su mayor fortuna.
Después de esto, el terreno quedó completamente despejado y libre de obstáculos para la difusión de la invitación y las enseñanzas del islam. Entonces todo musulmán pudo dedicarse a la labor de propagar el islam. Ya no quedó nadie que pudiera poner impedimentos.
2. Cuando el Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) emprendió la campaña hacia La Meca, desde el principio adoptó una estrategia que evitara por completo cualquier derramamiento de sangre. Continuó su marcha sin revelar a nadie su objetivo. Llegó repentinamente a las afueras de La Meca, sin dar a Quraysh ninguna oportunidad de prepararse ni de recibir ayuda de ninguna parte. Así, la fuerza enemiga, que ya se había debilitado de antemano, quedó completamente desconcertada por esta sorpresa. La derrota psicológica de Abu Sufyan había comenzado incluso antes. Mediante una estrategia adecuada, se procuró atemorizarlo a él antes que a nadie. Como Abu Sufyan se sometió, ya no quedó posibilidad alguna de resistencia por parte de los demás. El hecho de que el Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) destituyera a un comandante únicamente por pronunciar consignas algo provocadoras y exaltadas también tuvo este propósito. Quería convencer a los habitantes de La Meca de que aquel día era el día de restablecer la dignidad de la Kaaba, es decir, un día de paz y seguridad completas.
3. Olvidó por completo todos los actos de barbarie de los encarnizados enemigos del islam que, durante más de dos largas décadas, habían infligido las peores persecuciones al Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él), a sus queridos compañeros y a sus familiares; se habían burlado de ellos, les habían arrojado residuos repugnantes, habían colocado obstáculos en su camino, los habían detenido, habían conspirado para asesinarlos, los habían expulsado de su patria y los habían atacado sin provocación, y proclamó una amnistía general. No es difícil comprender el propósito de sustituir la dureza por un trato flexible y amable. Él no era un conquistador mundano para quien bastara someter a algunas personas mediante la fuerza y la coerción y convertirlas en esclavas de sus órdenes mediante amenazas y la fuerza del bastón. Era el abanderado de una invitación, una misión, un movimiento moral y un sistema de gobierno y de sociedad sagrado y puro. Si hubiera obligado a la gente, sujetándola y atándola, a someterse a él, no habría alcanzado aquel objetivo. Necesitaba un grupo de personas cuya mente y corazón hubieran cambiado. Y el cambio de la mente y el corazón solo es posible mediante el perdón, la compasión, la benevolencia y la ternura. Su objetivo solo podía alcanzarse si los habitantes de La Meca aceptaban comenzar una nueva vida, avergonzados y arrepentidos de su pasado. Para quien tenía como meta y lema realizar una revolución verdadera, idealista y constructiva, no habría sido apropiada ninguna otra política propia de un conquistador.
El Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) también concedía importancia a otra realidad. Esta era que, hiciera Quraysh lo que hiciera en el pasado, era el grupo más experimentado y apto para dirigir a la nación árabe. Entre las tribus dispersas por toda Arabia, constituía una especie de vínculo firme; si se la destruía, no sería fácil encontrar un sustituto. En principio, es una verdad indiscutible de la doctrina islámica, y es imprescindible aceptarla: quien está más adelantado en la fe y la honestidad es también el más apto para el liderazgo. Pero, además de la fe y la honestidad, las capacidades mentales y prácticas necesarias para dirigir son también una exigencia racional evidente. Para esta tarea se necesitan influencia y prestigio, experiencia en la administración y el mando militar, conocimiento estratégico, conciencia del bienestar y sabiduría; se requiere habilidad para utilizar el lenguaje y otras capacidades, así como conocimiento de la psicología general de las personas. Lo más importante es que quienes ejercen el liderazgo solo pueden triunfar cuando su superioridad ha sido reconocida previamente por el pueblo y sus raíces se encuentran profundamente arraigadas en la opinión pública. Ningún liderazgo puede sostenerse en el vacío. La aptitud de Quraysh para el liderazgo había sido rechazada desde la perspectiva islámica porque seguía el camino de la ignorancia. Pero, cuando ese liderazgo abrazó el islam y adquirió las cualidades de la fe y la honestidad, se convirtió en un recurso de enorme valor. La política que el Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) estableció para tratar con Quraysh después de la victoria se basó precisamente en el propósito de que el Estado islámico y el movimiento islámico pudieran obtener de Quraysh dirigentes y administradores competentes y experimentados. Si se los hubiera sometido y aplastado mediante la fuerza y un trato humillante, no habrían podido satisfacer esta necesidad.
4. Al entrar en La Meca como vencedor, el Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) ofreció un ejemplo de temor de Dios que no puede esperarse de ningún estadista mundano. Entró como vencedor, pero no sonaron tambores ni timbales, no hubo demostraciones de orgullo y arrogancia ni discursos jactanciosos sobre grandes méritos; por el contrario, el pueblo contempló una escena completamente opuesta. Se inclinó la cabeza ante Dios, obedeciendo la orden de entrar «en estado de postración». Se entonaron cánticos en alabanza de Dios. Si se pronunció alguna consigna, también fue una consigna sobre la grandeza y supremacía de Dios. La llamada a la oración, la oración y las súplicas inundaron de luz el ambiente de La Meca. No se buscó ningún beneficio mundano personal; por el contrario, incluso los bienes de los emigrantes que Quraysh había tomado por la fuerza y mediante opresión y persecución fueron dejados en posesión de Quraysh. Es lamentable que algunos críticos faltos de conciencia hayan calificado los aspectos piadosos del movimiento islámico del Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) de mero egoísmo y de una acción premeditada. Algunos incluso intentaron demostrar abiertamente que se trataba de una farsa para aparentar ante la gente. (¡Dios nos libre!) No reflexionaron entonces que, cuando quienes representan una farsa para aparentar alcanzan un éxito total, se les cae la máscara y queda al descubierto su verdadera naturaleza. Dios no lo permita, si aquello hubiera sido una maniobra política, la conquista de La Meca habría creado una oportunidad para que el contenido oculto saliera a la luz y, de pronto, se habría visto que quienes se desgañitaban diciendo «¡Dios es el más grande, Dios es el más grande!» comenzaban a exhibir su propia grandeza. Sin embargo, la situación fue tal que, en su primer discurso después de la victoria, el Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) declaró que todo el mérito del éxito pertenecía a Dios. Dijo que Dios había ayudado a Su siervo y le había concedido la victoria.
5. Durante la conquista de La Meca, el Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) no solo perdonó los delitos políticos, sino también ciertos delitos penales de algunas personas por los que habría sido necesario imponerles la pena de muerte. A la luz de estos ejemplos, hay que considerar la situación de la época moderna desde una perspectiva jurídica y determinar hasta qué punto debe concederse al jefe de Estado de un Estado islámico la facultad de reducir las penas o conceder el perdón.
La culminación de la conquista de La Meca
Si, junto con la conquista de La Meca, no se hubiera sometido también a las aguerridas tribus que vivían en los alrededores de La Meca, antiguas aliadas y colaboradoras de los quraysh, y poseedoras de una influencia, autoridad y poderío casi similares, la conquista de La Meca no habría sido considerada una victoria en el verdadero sentido de la palabra; y, aun si lo hubiera sido, no habría resultado duradera. Banu Hawazin, la gente de Taif y Banu Saqif habían contribuido enormemente a reforzar el poder y la autoridad propios del liderazgo pagano de La Meca. En cierto modo, eran distintas ramas de un mismo árbol. Frente a los árabes comunes, estas tribus vecinas de La Meca también gozaban del rango de líderes. Sin embargo, ante los quraysh ocupaban una posición de liderazgo de segundo nivel. Sus relaciones políticas de alianza con La Meca eran bastante antiguas, y sus relaciones económicas eran estrechas y profundas. También eran aliados en las necesidades militares y, desde el punto de vista cultural, pertenecían a un nivel elevado. Que la conquista de La Meca se completara sin derramamiento de sangre fue sencillamente algo milagroso. De lo contrario, Banu Hawazin, Banu Saqif y la gente de Taif habrían acudido conjuntamente a defender a los quraysh. Si eso hubiera ocurrido realmente, en la historia de La Meca se habría librado una guerra extremadamente sangrienta. Pero el plan del Mensajero (s. a. s.) fue tan hábil y magistral que los habitantes de La Meca no recibieron ninguna ayuda de los alrededores. Se encontraron completamente solos y por sorpresa frente al ejército musulmán.
Los líderes de la tribu de Hawazin habían previsto de antemano lo que iba a suceder. Comprendían que aún quedaba por cumplirse el desenlace final del conflicto iniciado en Badr. La ruptura del tratado de Hudaybiyyah por parte de los quraysh, las nuevas condiciones enviadas por el Mensajero (s. a. s.), el regreso del emisario que llevaba la propuesta y el fracaso posterior de Abu Sufyan en su intento de renovar el tratado: la sucesión de estos acontecimientos no era un buen augurio. Por ello, los líderes de Hawazin estuvieron ocupados durante todo el año reuniendo fuerzas. Se pusieron en contacto con diversas tribus y crearon un ambiente de agitación contra el islam. Pero cuando llegó el momento, interpretaron erróneamente las actividades misteriosas del Mensajero (s. a. s.). Banu Hawazin pensó que el Mensajero (s. a. s.) estaba realizando todos sus preparativos bélicos con ellos como objetivo. Por eso concentraron el ejército en su propio territorio y comenzaron a prepararse con gran pompa.
Pero el curso de los acontecimientos tomó un rumbo distinto del que habían previsto. Completaron sus preparativos bélicos y permanecieron en sus posiciones. Mientras tanto, un acontecimiento histórico tan grandioso como la caída de La Meca se produjo con suma facilidad. La reacción de las demás tribus ante la conquista de La Meca fue que sus miembros comenzaron a acudir en grupos al Mensajero (s. a. s.) para abrazar el islam. Pero la reacción de Banu Hawazin y Banu Saqif fue diferente. Por una parte, estaban organizados gracias a su abundante fuerza humana, su poder económico y su capacidad militar. Por otra, al haber mantenido continuamente una actitud hostil contra el movimiento islámico, habían desarrollado un temperamento tan temerario que se vieron obligados a llevar su programa hasta sus últimas consecuencias. Reunieron tropas en Awtas, o Hunayn, entre Taif y La Meca, para librar su batalla final. Solo Banu Ka’b y Banu Kilab adoptaron una postura completamente neutral.
Al enterarse de los preparativos de Banu Hawazin, el Mensajero (s. a. s.) envió a Abdullah ibn Abi Hadrad como espía y obtuvo información precisa. Entonces llegó el momento de prepararse para la guerra. Para cubrir las necesidades militares, el Mensajero (s. a. s.) tomó prestados tres mil dírhams de Abdullah ibn Rabi’ah y armas, especialmente cien corazas, de Safwan ibn Umayyah, un destacado líder de La Meca. Esto permite deducir que el Mensajero (s. a. s.) no partió con ningún preparativo militar extraordinario. Desde el principio no tenía intención de derramar sangre. Solo tuvo que organizar nuevos preparativos en el propio lugar de los acontecimientos. ¡Qué hecho sin precedentes! El conquistador que había derrotado por completo a los quraysh podría haberles exigido por la fuerza dinero y armas. Sin embargo, aun ocupando una posición tan elevada, prestaba tanta atención a la moralidad que todo cuanto tomó lo tomó únicamente en calidad de préstamo. Esta conciencia moral es precisamente una característica del movimiento islámico.
En el mes de Shawwal del octavo año de la Hégira, doce mil soldados musulmanes partieron de La Meca. Esta vez surgió en ellos la actitud siguiente: «Ahora somos el ejército que ha conquistado La Meca. Nuestro número es enorme. También nuestro armamento es mayor que en cualquier otro momento anterior». No hace falta decir que una actitud tan arrogante puede debilitar a una persona. Era una debilidad humana. No tenían presente que eran soldados de aquel Soberano del universo, que no tolera ni un ápice de arrogancia. La arrogancia y la vanidad son como un muro de hierro entre el ser humano y Allah. A causa de ellas, no queda posibilidad de recibir la ayuda de Allah. Sin embargo, la ayuda de Allah constituye el alma de toda lucha islámica. Durante un breve período, esa vanidad recibió un castigo tan severo que se convirtió en un recuerdo histórico. El Corán convirtió este acontecimiento en una fuente de enseñanza permanente.
Lo sucedido fue que esta vez se incorporó al ejército musulmán desde La Meca un grupo de soldados de una clase nueva. También se habían alistado jóvenes recién convertidos al islam en la fuerza de vanguardia dirigida por Jalid ibn al-Walid. Estaban tan exaltados por la emoción que ni siquiera habían podido equiparse con las armas necesarias. Además, había dos mil hombres de La Meca, los tulaqa, es decir, los liberados, que ciertamente eran leales al gobierno islámico, pero cuyo carácter islámico todavía no se había formado correctamente. Por otro lado, los hombres del bando contrario eran sumamente expertos en el arte de la guerra; especialmente en el tiro con arco, nadie en toda Arabia podía igualarlos. Ya habían ocupado las mejores posiciones del campo de batalla y habían apostado en secreto contingentes de arqueros en cada montaña, en las hendiduras de las montañas y en los pasos.
Al comienzo del ataque, cuando empezaron a llover flechas desde todas direcciones, la fuerza de vanguardia se dispersó. Al mismo tiempo, los soldados musulmanes se asustaron y se desbandaron. Llegó un momento en que no había nadie junto al Mensajero (s. a. s.); estaba completamente solo. Fue uno de los escasos y delicados momentos de la vida militar del Mensajero (s. a. s.), en el que volvieron a manifestarse la firmeza de su resolución, su valentía, su confianza en sí mismo y su dependencia de Allah. Con enorme valor llamó a sus compañeros y, tras bajar del lomo de su montura, comenzó a decir con voz solemne:
«Soy verdaderamente un profeta; no hay en mí ni el menor rastro de mentira.
Yo soy, bien lo sabéis, el nieto de Abdul Muttalib.»
Hazrat Abbas gritó desde cerca: «¡Oh, ansar! ¡Oh, vosotros que prestasteis juramento sentados bajo el árbol!». Al oír aquella voz, los musulmanes dispersos acudieron corriendo desde todas partes y se reunieron alrededor del valerosísimo líder, el Mensajero (s. a. s.). Entonces combatieron con tal heroísmo que, en cuestión de instantes, el curso de la batalla cambió. Setenta hombres del enemigo murieron. Cuando murió su abanderado, la moral de todo su ejército se quebró. Una parte del ejército incrédulo derrotado se refugió en la fortaleza de Awtas. Abu Amir al-Ashari fue allí con un pequeño grupo. Los enemigos eran varios miles. Abu Amir al-Ashari cayó mártir, pero su grupo obtuvo la victoria.
Taif era un lugar sumamente fortificado, pues estaba rodeado de murallas. Estas habían sido reparadas y allí se habían almacenado con antelación provisiones suficientes para todo el año. También había una gran cantidad de armas. El verdadero objetivo del Mensajero (s. a. s.) era apoderarse de este centro estratégico. Sin embargo, adoptó una estrategia mediante la cual privó primero a los habitantes de Taif de la ayuda de Banu Hawazin. Pero los derrotados se habían reunido precisamente allí. El ataque contra Taif se realizó desde una dirección por la que sus habitantes ni siquiera habían imaginado que pudiera producirse. Primero, Hazrat Jalid partió al frente de un contingente. Más tarde, el propio Mensajero (s. a. s.) llegó con todo el ejército. Fue la primera ocasión en que se utilizaron cañones y tanques para derribar una fortaleza. (Cabe señalar que el Mensajero (s. a. s.) había enviado a varios guerreros musulmanes a Yuras para recibir entrenamiento en el manejo de armas pesadas destinadas a derribar fortalezas. Yuras era un centro de fabricación de ese tipo de armamento. Probablemente, dicho centro estaba bajo el control de los judíos). Pero, mientras desde el interior se lanzaba una intensa lluvia de flechas contra los soldados, también comenzaron a arrojarse barras de hierro al rojo vivo para dañar las armas empleadas contra la fortaleza. Muchos guerreros musulmanes resultaron heridos y tuvieron que retirarse.
Ante esta situación, el Mensajero (s. a. s.) pidió la opinión de Nawfal ibn Muawiya. Él dio una respuesta ingeniosa: «El zorro se ha metido en su madriguera. Si se mantiene el esfuerzo, acabará siendo sometido; y si se lo deja en su situación, tampoco hay que temer un daño considerable». Basándose en este sabio consejo, el Mensajero (s. a. s.) consideró que, puesto que toda Arabia había quedado bajo el islam, los habitantes de Taif no podían permanecer como disidentes. Si se los obligaba a someterse de inmediato, se producirían dos perjuicios. Si, en cambio, se los dejaba, las circunstancias despertarían entre ellos el impulso de prestar obediencia voluntariamente. Las puertas de sus corazones se abrirían a la ideología revolucionaria del islam. Por ello, retiró el asedio por el bien supremo tanto del islam como de los habitantes de Taif. Esto constituye una prueba contundente del cuidado con que el Mensajero (s. a. s.) evitaba el derramamiento de sangre. Sus compañeros dijeron: «¡Oh, Mensajero! Ruega contra los habitantes de Taif». El Mensajero oró: «¡Oh, Allah, guía a Saqif por el camino recto y únelos a nosotros!». Elevó esta oración por los habitantes de Taif, que un día lo habían apedreado hasta hacerlo sangrar. Esta oración también refleja su corazón compasivo, que no era partidario de emplear la fuerza en ningún lugar salvo cuando resultaba absolutamente necesario. Sin embargo, ese corazón jamás escatimó el perdón ni la misericordia.
En Yirana se obtuvieron como botín de guerra veinticuatro mil camellos, cuarenta mil cabras y cuatro mil uqiyas de plata. Conforme a las disposiciones del Corán, una quinta parte de ello fue depositada en el bait al-mal para las clases necesitadas de la sociedad y para las necesidades colectivas. El resto se distribuyó entre todos los soldados. Así, la obtención del botín era, por un lado, un excelente medio para debilitar la fuerza económica y militar del enemigo; por otro, permitió por primera vez distribuir libremente las riquezas acumuladas durante cientos de años y creó la posibilidad de eliminar la antigua desigualdad económica entre las tribus ricas y pobres.
El Corán ha establecido, para la distribución de los fondos del zakat, una partida denominada «captación de los corazones» o «ta’lif al-qulub». (Su significado técnico es alcanzar el objetivo proporcionando los recursos necesarios a aquellas personas que, por el bien mayor del islam y de los musulmanes, deben ser predispuestas a la tolerancia o a la simpatía hacia el islam y los musulmanes —Nota del traductor—). En virtud de esta partida, el Mensajero (s. a. s.) entregó generosamente abundantes riquezas a los habitantes de La Meca y a sus dirigentes. El propósito era aliviar el dolor de sus corazones. Habían sido arrojados de la cima del poder político al abismo, y todo el entorno social había cambiado por completo para ellos. En aquellas circunstancias, no había en el mundo nadie más desamparado e indefenso que ellos. Aunque eran personas cercanas al Mensajero (s. a. s.), permanecían en las últimas filas, mientras los ansar y los muhajirun ocupaban las posiciones de su mano derecha y su mano izquierda. Es fácil comprender cómo debían de sentirse. El tribunal de Allah había pronunciado la sentencia de un pleito iniciado hacía dos largas décadas. En aquel pleito, los coraixitas habían perdido pese a haber agotado todos los recursos. Por eso, aquel día no había nadie más desdichado que ellos. Si no se hubiera hecho nada para aliviar la vergüenza de su derrota y su frustración, de esa desesperanza habría surgido una y otra vez un deseo reprimido de venganza, y, aunque de mala gana, habrían continuado saboteando internamente los objetivos y propósitos del Estado islámico bajo la apariencia de una obediencia fingida. Dirigentes coraixitas de primer rango, como Abu Sufyan, Hakim ibn Hizam, Nadr ibn Harith, Safwan ibn Umayya, Aqra ibn Umayya y Aqra ibn Harith, recibían ahora donaciones precisamente de aquel a quien durante muchos años habían insultado, llamado mentiroso, ridiculizado, causado sufrimiento físico, sitiado, intentado matar, obligado a abandonar su hogar y, aun después de que emigrara, atacado agresivamente sin permitirle vivir un solo instante en paz y seguridad. ¿Dónde y cuándo se ha visto una escena tan extraordinaria? ¿Cuántos ejemplos semejantes de servicio a la humanidad pueden encontrarse en la historia?
Al ver que un mar tan impetuoso de generosidad y magnanimidad se abatía sobre los dirigentes coraixitas, algunos ansar reaccionaron con cierto disgusto. En algunos de ellos comenzaron a aflorar sentimientos mezquinos. Pensaron que quizá el Mensajero (s. a. s.) los trataba con tanta consideración y nos desatendía por favoritismo hacia sus parientes y por apego a su patria. Algunos llegaron a decir abiertamente: «Cuando se trata de luchar arriesgando la vida para defender el islam, somos nosotros quienes estamos en primera línea, y nuestras espadas todavía gotean sangre. Sin embargo, a la hora de repartir donaciones y regalos, los coraixitas han recibido prioridad sobre nosotros».
Quienes albergaban semejantes pensamientos no consideraron necesario reflexionar sobre el hecho de que el Mensajero (s. a. s.) no estaba entregando esas donaciones y regalos a los miembros de su propia familia. Tampoco se los estaba dando a sus parientes cercanos, los muhajirun, ni aceptaba nada para sí mismo. En tales circunstancias, si había tratado a los coraixitas de una manera algo especial, sin duda debía de haber detrás de ello un beneficio mayor.
Cuando el asunto llegó a oídos del Mensajero, la paz sea con él, se levantó una tienda y allí se convocó a los ansar. El Mensajero, la paz sea con él, les dirigió un breve discurso conmovedor. (Este discurso ya ha sido citado anteriormente.) La última frase del discurso fue la siguiente: «¡Oh, ansar! ¿Acaso no os agrada que los demás se lleven camellos y cabras, mientras vosotros os lleváis a Muhammad, la paz sea con él?». Mientras escuchaban el discurso, las lágrimas de los ansar les empapaban la barba. Al oír la última frase, exclamaron a gritos: «Para nosotros, Muhammad, la paz sea con él, es suficiente». Después, les explicó con palabras amables las razones por las que era necesario ganarse el corazón de los coraichitas.
Mientras tanto, seis mil prisioneros de guerra aguardaban que se decidiera su destino. El Mensajero, la paz sea con él, esperó durante dos semanas por si alguien venía a interceder por ellos. Por esa razón también había pospuesto el reparto del botín. Pero, como no vino nadie, se efectuó el reparto. Después del reparto, un grupo de personas notables de la tribu de su madre de leche, Halima Sa’diya, vino a visitarlo. Su líder, Zuhayr, habló con gran emoción acerca de los prisioneros de guerra de su tribu:
«Entre las mujeres que están cautivas aquí, en los cobertizos, hay tías paternas y tías maternas suyas. ¡Por Dios!, si algún rey de Arabia hubiera mamado la leche de una mujer de nuestra tribu, esperaríamos mucho de él. Pero de usted esperamos aún más».
El Mensajero, la paz sea con él, les explicó: «Yo mismo esperé durante mucho tiempo por si venía alguien a reclamarlos. Como finalmente no vino nadie, me vi obligado a repartirlos. Ahora mismo pongo en tus manos a los prisioneros que fueron asignados a los miembros de los Banu Hashim. En cuanto a los demás, pronunciarás tu discurso después de la oración, ante la mayor reunión de musulmanes». Después de la oración, Zuhayr pronunció su discurso. El Mensajero, la paz sea con él, dijo: «Solo puedo asumir la responsabilidad por mi tribu, los Banu Hashim. Pero intercedo ante todos los musulmanes». Inmediatamente, todos los ansar y los emigrados exclamaron: «También liberamos nuestra parte». Solo a los Banu Sulaym y a los Banu Fazara les pareció algo insólito liberar gratuitamente a los prisioneros de guerra capturados entre los enemigos vencidos, y comenzaron a vacilar. Finalmente, el Mensajero, la paz sea con él, consiguió liberar también a los prisioneros restantes, entregando seis camellos por cada cautivo. Así, los seis mil prisioneros de guerra fueron liberados. El Mensajero, la paz sea con él, también proporcionó ropa a muchos de ellos. Aquí ocurrió algo que estaba más allá de la imaginación de los conquistadores comunes: los prisioneros fueron liberados sin rescate. Pues su verdadero objetivo no era matar a la gente ni convertirla en esclava. Su verdadero objetivo era establecer la verdadera religión y preparar para ella los corazones de las personas.
Una vez concluida esta tarea, realizó la umra, nombró a Itab ibn Usayd gobernador de La Meca y partió hacia Medina.
Después de la conquista de La Meca
En mi opinión, con la batalla de Hunayn, posterior a la conquista de La Meca, las fuerzas subversivas y hostiles al islam fueron completamente erradicadas desde dentro. Después de esta batalla, el destino de Arabia quedó definitivamente determinado por la ley islámica. Ya no quedó ninguna oportunidad para que nadie avanzara en otra dirección. Aun así, hubo que emprender algunas pequeñas operaciones militares para someter a los malhechores dispersos y restablecer la ley y el orden. Sin embargo, no fueron acontecimientos particularmente importantes.
La tribu de Banu Tamim incitó a varias otras tribus a suspender el pago de los impuestos al Gobierno islámico. Se trataba de un acto contra el Estado. Uyayna ibn Hisn fue enviado con cincuenta jinetes. En cuanto comenzó el ataque, los Banu Tamim huyeron. Algunos fueron hechos prisioneros y llevados a Medina; después fueron liberados.
La tribu de Jath’am, habitantes de la región de Tabala, se preparó para rebelarse. Se envió un destacamento de veinte soldados, bajo el mando de Qataba ibn Amir, para someterlos. Los rebeldes huyeron. Algunos fueron capturados, pero posteriormente el Mensajero (s. a. s.) los liberó. Hazrat Dahhak fue enviado a los Banu Kilab. Lo acompañaba Asid ibn Salma, también de la misma tribu. Este grupo era principalmente una delegación para la predicación y la enseñanza. Los miembros de la tribu tomaron las armas contra ellos. El padre de Asid murió. No se conocen más detalles sobre este hecho.
En cierta ocasión se supo que algunos piratas abisinios se habían reunido en Yeda. Cuando Abdulá ibn Hudhafa al-Qurashi (o Alqama ibn Muyázzaz) partió al frente de una fuerza de trescientos soldados, los piratas huyeron.
En el mes de Rabi al-Thani del noveno año de la Hégira, Hazrat Ali (r. a.) fue enviado a la tribu de Banu Tai al frente de ciento cincuenta jinetes, con la orden de destruir su gran templo. Aquí es necesario analizar brevemente la cuestión. El Estado islámico de Medina era un Estado basado en ideales. Aunque este Estado podía tolerar que, a nivel individual, alguien sostuviera una creencia opuesta a los principios doctrinales fundamentales sobre los que se había establecido, ¿cómo podía permitir que funcionara una institución social contraria a esos principios, es decir, a la creencia en el monoteísmo, la misión profética y la otra vida? También hay que recordar que, en el sistema religioso y cultural de la Arabia prehistórica, los ídolos de aquella región eran fuentes vivas de inspiración. Tan solo imaginar la existencia de esos ídolos provocaba una efusión emocional y un entusiasmo que incitaban a los miembros de la sociedad de la ignorancia a combatir contra el Gobierno islámico. En nombre de esos ídolos se habían librado grandes guerras. En este contexto excepcional, mantener los templos de la época de la ignorancia como instituciones colectivas y permitir repetidamente que el pensamiento pagano creara inestabilidad y agitación no habría sido en absoluto razonable. En realidad, esos ídolos eran símbolos de una mentalidad particular y manifestaciones de un sistema de vida falso. Por tanto, la destrucción del templo de la tribu de Banu Tai no puede considerarse una interferencia en la libertad religiosa de una minoría religiosa reconocida; más bien, fue una medida inevitable para liberar el entorno de una tendencia que amenazaba la existencia del Estado islámico. Además, el asunto no se limitaba únicamente al plano ideológico. Impulsada por sus creencias paganas, la tribu había comenzado también a albergar cierta actitud rebelde. La idea de enfrentarse a Medina había madurado considerablemente entre sus miembros. La prueba irrefutable de ello es que Adi ibn Hatim, hijo de Hatim Tai y miembro de su célebre familia, había reunido por iniciativa propia numerosos animales de carga y armas con ese propósito. No era extraño que muchos otros miembros de la tribu hubieran hecho preparativos semejantes a los de Adi.
En cualquier caso, Hazrat Ali (r. a.) llegó al lugar llamado Quls y lanzó el ataque por la mañana. Adi ibn Hatim huyó a Siria con el propósito de reunir fuerzas y traerlas consigo. Los miembros de la tribu ofrecieron una resistencia limitada. Su templo fue destruido. La hermana de Adi y varias personas más fueron capturadas y llevadas a Medina; también se incautaron algunos animales y armas. La hermana de Adi relató al Mensajero (s. a. s.) su dolorosa historia. Dijo: «Mi padre ha muerto. Mi guardián me abandonó y huyó. Soy anciana y débil, y no tengo capacidad para hacer nada. Tenga piedad de mí; que Allah tenga piedad de usted». El Mensajero (s. a. s.) le proporcionó, conforme a su deseo, un animal de carga y la dejó marchar. Cuando la mujer volvió a casa, informó a su hermano sobre el carácter bondadoso y el comportamiento del Mensajero (s. a. s.). Dijo: «He visto que se comporta exactamente como nuestro padre: cuando viene fulano, se le muestra tal bondad; cuando viene mengano, se le manifiesta tal generosidad, y así sucesivamente. Abandona la idea de luchar contra el Mensajero (s. a. s.). Ve tú mismo y comprobarás cuánto beneficio obtendrás». Poco después, Adi ibn Hatim llegó a Medina y aceptó el islam.
Dos guerras internacionales
La principal tarea que se había completado durante la vida del Mensajero (s. a. s.) era consolidar la unidad interna del país y llevar a su plenitud la revolución islámica; pero, al invitar al islam a los gobernantes de los países vecinos, inició la etapa internacional del movimiento. Envió emisarios a distintos países. Uno de ellos se llamaba Hariz ibn Umayr al-Azdi. Fue enviado ante el gobernante cristiano de Siria. Sin embargo, el gobernante cristiano, Shurahbil ibn Amr al-Gassani, asesinó al emisario del Mensajero (s. a. s.) en el camino. Este acto constituía una violación tan abominable de la naturaleza humana fundamental y del derecho internacional vigente de la época que, si un Gobierno la toleraba en silencio, no le quedaba ningún honor ni dignidad. Por eso, en el octavo año de la Hégira, el Mensajero (s. a. s.) envió hacia Siria un ejército de tres mil soldados bajo el mando de su esclavo liberado, Zayd ibn Hariza. Este acontecimiento puso de manifiesto cómo un hombre elevado desde la condición de esclavo llegó a convertirse en comandante y cómo se estableció un precedente de la revolución islámica. El Mensajero (s. a. s.) también nombró comandante, en la última expedición de su vida, a Usama, hijo de este Zayd ibn Hariza. Para despedir a este ejército, el Mensajero (s. a. s.) lo acompañó personalmente hasta Zaniyat al-Wada. Cuando el ejército llegó al lugar llamado Muán, se supo que el emperador romano Heraclio había viajado a Siria y que cerca de cien mil soldados cristianos de la región se encontraban con él. Hasta entonces se había estado considerando la propuesta de que el ejército musulmán regresara a Medina; pero, tras examinar la situación más reciente, se rechazó la propuesta y se decidió combatir confiando en Allah. En cuanto avanzaron, se encontraron en un lugar llamado Masharif con una enorme fuerza enemiga y se entabló una encarnizada batalla. Zayd ibn Hariza murió como mártir. Después, Hazrat Yafar tomó el estandarte. Cuando le cortaron la mano derecha, lo sostuvo con la izquierda; y cuando también le cortaron la izquierda, lo apretó contra el pecho. Finalmente alcanzó el martirio tras recibir noventa heridas. Luego, conforme a la sucesión indicada por el Mensajero (s. a. s.), Abdulá ibn Rawaha se convirtió en el portador del estandarte. Cuando él también murió como mártir, por decisión unánime el mando recayó en Jalid ibn al-Walid. Combatió con tal audacia que nueve espadas se rompieron una tras otra en sus manos. Finalmente, los soldados enemigos se vieron obligados a retirarse. Hazrat Jalid condujo de regreso al ejército a salvo. En total, doce personas murieron como mártires en esta batalla. Entre los mártires se encontraban personalidades valiosas.
Los musulmanes consideraron provisionalmente suficiente esta victoria, porque el número de soldados enemigos era muy superior, el lugar era extranjero y la situación, completamente desconocida. Era difícil organizar el abastecimiento y no había esperanza de recibir soldados adicionales. Por ello, este ejército regresó a Medina. El Mensajero (s. a. s.) y los musulmanes salieron de Medina para recibirlo. Cuando algunos, en tono de broma, llamaron a este ejército «los fugitivos», el Mensajero (s. a. s.) dijo: «No, no son fugitivos; son los que regresan, es decir, volverán a combatir». En reconocimiento a la hazaña que Hazrat Jalid (r. a.) realizó en esta batalla, recibió el título de «Saifulá», es decir, «la espada de Allah».
En esta etapa, la segunda expedición fue la expedición de Tabuk.
Después de la conquista de La Meca, transcurría el mes de Rayab del noveno año de la Hégira. Una caravana procedente de Siria informó que las tropas del emperador romano se estaban preparando para atacar Medina. El Imperio romano se extendía entonces por casi la mitad del mundo. Poco antes, ese imperio también había derrotado a Irán. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y los musulmanes habían convertido el Estado islámico de Medina en un faro de luz para difundir por todo el mundo la luz de la fe y la honestidad. No podían permitir que ese Estado islámico, construido con tanto esfuerzo, fuera destruido, pues ese Estado era su religión y su vida mundana, sus bienes, sus familiares y todo lo demás. Por ello, se hicieron preparativos inmediatos. Se decidió lanzar un ataque sorpresa antes de que las tropas del César entraran en territorio árabe, para impedir que pudieran causar allí destrucción. Era una época de calor intenso, una hambruna terrible y una pobreza lamentable. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, pidió contribuciones para la guerra. Los musulmanes respondieron a esta petición de una manera tan memorable que seguirá inspirando valiosamente a toda la humanidad. Uthmán, que Allah esté complacido con él, donó 900 camellos, 100 caballos y mil dinares. Abd al-Rahmán ibn Awf, que Allah esté complacido con él, entregó 40.000 dírhams. Úmar, que Allah esté complacido con él, aportó más de la mitad de sus bienes. Abu Bakr as-Siddiq, que Allah esté complacido con él, vació toda su casa y entregó cuanto poseía. En la competencia de donaciones, su balanza se inclinó más que la de todos los demás. Sin embargo, probablemente el mayor sacrificio lo hizo un jornalero ansarí pobre, quien dividió en dos la paga que había ganado transportando agua durante todo el día: dejó la mitad para su familia y llevó la otra mitad al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. El Mensajero de Allah ordenó distribuir lo que él había entregado junto con todos los bienes valiosos aportados por los demás. Las mujeres musulmanas donaron incluso sus joyas al fondo de la yihad.
Treinta mil soldados, acompañados por diez mil caballos, partieron hacia la expedición de Tabuk. En un lugar llamado Zaniyat al-Wida, en las afueras de Medina, se completaron la organización de las tropas, el nombramiento de los comandantes y la distribución de los estandartes. Al llegar a Tabuk, se supo que los enemigos habían abandonado su intención de atacar Arabia. En realidad, alguien les había dado la falsa noticia de que el Profeta de Medina, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, había muerto —¡Allah nos libre de ello!—. Por eso pensaron que se había presentado una oportunidad de oro para atacar. Pero cuando supieron que el Profeta seguía vivo y que Medina también seguía en pie, sus ambiciosas aspiraciones agresivas quedaron paralizadas. En cualquier caso, los resultados políticos de esta expedición militar fueron muy satisfactorios. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, mantuvo el campamento militar en Tabuk durante un mes. Durante ese tiempo, las iniciativas para extender la influencia política en todas direcciones avanzaron con éxito. El gobernador de Aylah acudió a entrevistarse con él y, al aceptar pagar la yizia, inició relaciones conciliatorias. Los habitantes de Yaraba y Adhruh también acudieron, pagaron la yizia y reconocieron su sometimiento. El problema de Dumat al-Yandal había sido importante para el Mensajero de Allah durante mucho tiempo. Envió a Jálid ibn al-Walid, con más de cuatrocientos soldados, ante Ukaidir, el gobernante de Dumat al-Yandal. Este se encontraba cazando con su hermano. Su hermano murió y Ukaidir fue capturado. Se concluyó con él un tratado sobre la base del pago de la yizia. El Mensajero de Allah lo nombró gobernador, en representación del gobierno de Medina, de Dumat al-Yandal, Aylah, Tayma y Tabuk, y le entregó un documento escrito con ese nombramiento. Según algunos relatos, Jálid tomó hábilmente, sin combate, la fortaleza de Dumat al-Yandal y obtuvo valiosos tesoros. Cuando el Mensajero de Allah regresó de Tabuk, fue recibido en Medina con una recepción espléndida. Ya he mencionado anteriormente, en un capítulo, las conspiraciones que los hipócritas tramaron en relación con esta expedición. Un gran número de hipócritas —aproximadamente ochenta— se quedó en Medina. Cuando se les preguntó por qué no habían ido a Tabuk, inventaron toda clase de excusas. El Mensajero de Allah los perdonó. Sin embargo, también se habían quedado algunos creyentes sinceros. Abu Jaitzama fue considerado uno de ellos. Aunque se había quedado en Medina, pronto recuperó la conciencia. Unos días después de la partida del Mensajero de Allah, un día de calor intenso, fue a descansar con su esposa bajo la fresca sombra de los árboles. Allí había dispuesto que rociaran agua y había preparado comida. De repente se dio cuenta de la situación y dijo a su esposa: «¡Ay! El Mensajero de Allah sufre bajo el sol, entre el polvo y el calor, mientras yo, Abu Jaitzama, estoy comiendo deliciosos manjares con mi hermosa esposa bajo una sombra fresca. ¡Esto no es justo de ninguna manera! Juro por Allah que no entraré en las habitaciones de mis esposas. Que preparen mi viaje». Hizo traer un camello, montó en él y partió; después de recorrer una larga distancia, alcanzó al ejército. Pero tres creyentes —Kaab ibn Málik, Hilal ibn Umayya y Murara ibn ar-Rabí—, pese a intentarlo una y otra vez, no pudieron partir. Cuando el Mensajero de Allah les preguntó por qué no habían ido, respondieron con franqueza: «Hemos cometido una falta». El Mensajero de Allah les ordenó mantenerse apartados de la sociedad y alejados de sus esposas hasta que llegara la siguiente instrucción de Allah. Fue una forma de castigo semejante al encarcelamiento en aislamiento. No les pusieron cadenas en las manos ni en los pies, ni los encerraron en celdas separadas. Quedar repentinamente aislado y solo, separado de la vida colectiva, es un castigo muy severo; y más aún cuando todas las restricciones debe imponérselas el propio acusado. Sin embargo, dieron un ejemplo excepcional de obediencia, que quedaría escrito con letras de oro en la historia. Cuando el gobernante cristiano gasánida se enteró del asunto, consideró que se le presentaba una magnífica oportunidad psicológica y escribió a Kaab ibn Málik: «Vuestro profeta os ha tratado injustamente, aunque sois personas muy valiosas. Si venís con nosotros, aumentaremos vuestra dignidad». Aquello fue una prueba difícil. Pero Kaab arrojó la carta al fuego. Finalmente, después de cincuenta días completos, descendió la revelación anunciando que, debido a su sinceridad y devoción, su arrepentimiento había sido aceptado. Medina se llenó de alegría. Desde todas partes, la gente acudió corriendo para felicitar y dar la buena noticia a aquellos tres. Kaab, embargado por la alegría de que su arrepentimiento hubiera sido aceptado, entregó en caridad la mayor parte de sus bienes. Así era el carácter de las personas formadas por el movimiento islámico.
Durante el viaje a Tabuk falleció Abdullah Dhul-Biyadain. Este joven era muy querido por el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Había abrazado el islam con un fervor verdaderamente revolucionario. La invitación al islam le había llegado cuando aún era joven y su corazón había sido influido por ella. Pero, por temor a su tío, mantuvo ocultos sus sentimientos. Finalmente, cuando el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, regresó después de conquistar La Meca, le dijo a su tío: «Querido tío: durante muchos años he estado esperando que despertara en tu corazón la conciencia islámica. Pero has permanecido tal como eras. Ahora, permíteme hacerme musulmán».
El tío de corazón de piedra respondió: «Si aceptas la predicación de Muhammad (s.a.s.), te privaré de todas tus propiedades y bienes. Incluso te quitaré la ropa que llevas puesta». Abdullah dijo: «Tío, puede hacer lo que quiera. La idolatría ya no me agrada. Por eso, ahora me haré musulmán sin falta. Quédese con todos sus bienes». Dicho esto, se quitó incluso la ropa que llevaba puesta. Su madre le dio una manta para cubrirle el cuerpo. La dividió en dos: con una mitad hizo un lungui y con la otra cubrió la parte superior de su cuerpo. En ese estado se presentó ante el Mensajero (s.a.s.) en Medina y se unió al grupo de los Ahl al-Suffa. Este joven revolucionario, lleno de entusiasmo por la yihad, partió con el Mensajero (s.a.s.) hacia Tabuk. Allí enfermó de fiebre y falleció. Su amortajamiento y entierro se realizaron en la oscuridad de la noche. Bilal (r.a.) sostuvo en alto una lámpara. El propio Mensajero (s.a.s.), Abu Bakr y Umar (r.a.) bajaron a la tumba. El Mensajero (s.a.s.) les dijo: «Tened en cuenta el honor de vuestro hermano». Con sus propias manos, el Mensajero (s.a.s.) colocó ladrillos en su tumba. Después suplicó: «¡Oh, Allah! Hasta esta tarde he estado complacido con él. Que Tú también estés complacido con él».
Al ver el gran honor concedido a Abdullah, Ibn Masud (r.a.) exclamó con pesar: «¡Ojalá pudiera estar yo en esa tumba!»
Evaluación
En este capítulo he descrito todas las medidas militares adoptadas por el gobierno islámico de Medina. Si se recuerdan estas guerras y conflictos, así como las circunstancias que hicieron inevitables tales acciones, no cabe negar que, aunque el Mensajero (s.a.s.) estaba decidido a evitar los enfrentamientos y dedicarse a una labor constructiva, los enemigos del Islam lo arrastraron al campo de batalla por pura fuerza. A aquel gran hombre, que en lugar de buscar el trono del poder solo deseaba establecer la verdad y la justicia; que, en vez de crear influencia y prestigio mediante la fuerza de la espada, quería conquistar el mundo entero por medio de la razón y el carácter; que, en lugar de la venganza, adoptó el camino del perdón, y en lugar de la violencia y la coerción, el trato justo y la buena conducta; que, en vez de la espada que derrama sangre, instauró el principio de resolver los asuntos mediante la pluma que redacta tratados, no le permitieron vivir un solo instante en paz durante ocho o nueve años. Incluso en semejantes circunstancias, uno no puede dejar de maravillarse al pensar cómo el Mensajero (s.a.s.) logró realizar aquella extraordinaria labor constructiva que cambió el curso de la historia. Si Dios quiere, expondré en un capítulo aparte de este libro los detalles de la labor constructiva del Mensajero (s.a.s.).
En realidad, el Mensajero (s.a.s.) fue, en este sentido, el mayor amigo benefactor de la humanidad, pues encontró, incluso en medio de la espada, su propio camino singular para llevar primero a toda Arabia y después al mundo entero el mensaje de paz y seguridad. Rompió las defensas de los enemigos más rebeldes y estableció y perfeccionó las normas de la justicia y la verdad. Si hubiera sido cualquier otra persona, al oír el desafío bélico del enemigo se habría desviado de su camino recto. En tal caso, aunque el recuerdo del sistema de vida islámico no hubiera desaparecido de la historia, a lo sumo lo habríamos visto presente en la vida personal de los seres humanos; no habríamos podido imaginarlo como un sistema social y estatal. El Islam habría sobrevivido, como las demás religiones del mundo, únicamente como una religión espiritual y moral limitada a la vida privada. No habría tenido ninguna relación con la sociedad ni con el Estado. Bajo un Islam de ese tipo, por muy elevados y piadosos que fueran los santos y los virtuosos que se formaran, todos se habrían convertido en colaboradores sumamente obedientes y sumisos de cualquier sistema estatal incrédulo, falso, tiránico y explotador. En ese caso, la sociedad humana no habría recibido del Mensajero (s.a.s.) ninguna inspiración para erradicar la opresión social, la explotación y la corrupción.
Cabe destacar cuánto sufrimiento, injusticia y persecución soportó el Mensajero (s.a.s.) para garantizar el bienestar y la prosperidad de los habitantes del mundo y de la umma musulmana; con cuánta valentía y heroísmo aceptó los desafíos de sus enemigos y sometió a las fuerzas opresoras y corruptas; unió a las tribus dispersas, las liberó del liderazgo de la ignorancia, las instruyó y las purificó. Creó un ambiente de paz, estableció el imperio de la ley, edificó la sociedad sobre los fundamentos de la hermandad y la justicia, e inauguró una era democrática al hacer que el sistema estatal se basara en la consulta.
También es una muestra de la máxima prudencia y eficacia del Mensajero (s.a.s.) que, aunque libró tantas guerras y envió tantos ejércitos, en ellas se derramó la menor cantidad posible de sangre y se perdieron el menor número posible de vidas. Establecer por primera vez un Estado unitario e idealista en un territorio tan vasto como Arabia, derramando tan poca sangre, es un acontecimiento asombroso en la historia de la humanidad.
La realidad es que hoy todos nosotros, sepamos o no la verdad, estamos en deuda con su benevolencia. Si él no se hubiera alzado contra la opresión junto con un pequeño grupo de personas, jamás habríamos obtenido los principios para alcanzar el éxito en la vida, los valores culturales y la tradición moral que recibimos de él; nunca habríamos tenido la noble concepción de la humanidad que estableció ante nosotros mediante su ejemplo, ni el marco supremo y equilibrado de la civilización y la cultura que construyó y nos mostró. El amanecer de una nueva era en el mundo comenzó a cambio de la sangre de aquellos compañeros excelentes y queridos que el Mensajero (s.a.s.) sacrificó para alcanzar el objetivo sagrado. ¡Que Allah derrame Su misericordia sobre Muhammad (s.a.s.) y sus seguidores!
Capítulo 6
La luz se extendió por todas partes
La fuerza vital del avance del movimiento islámico
En este mundo, muchos se han apoderado de numerosos territorios por la fuerza de la espada. Muchos reinos y dictaduras se han establecido únicamente mediante la fuerza de las armas y del poderío militar. Muchas disputas relacionadas con intereses también se han resuelto en el campo de batalla. Sin embargo, todo movimiento revolucionario del mundo siempre debe decidir su destino dentro del ámbito de la opinión pública. Mientras el corazón de las personas no esté interiormente dispuesto a apoyar espontáneamente una convocatoria y no acepte formar su carácter y su mentalidad conforme a ella, obtener apoyo mediante la simple coerción no puede resultar beneficioso. Al contrario, se convierte en la causa de su destrucción más grave. Por eso, la naturaleza y el espíritu esenciales de todo movimiento idealista son apelativos y educativos. Entre sus dirigentes actúan el afecto, la ternura y la inspiración propios de un mentor y de un anciano respetable. Desde la perspectiva de un movimiento idealista, la vida es como una institución educativa y todas las personas de la sociedad son como alumnos de esa institución. Para garantizar el bienestar integral de estos alumnos, corregir a los malhechores y proteger de las malas influencias a las personas respetables y moderadas de la sociedad, también es necesario adoptar ocasionalmente medidas punitivas. Pero el ambiente general siempre es un ambiente de afecto, ternura y compasión hacia los alumnos, y aun en las medidas punitivas del maestro predomina una actitud propia de un mentor. Los siervos puros de Allah que aparecieron en la tierra en distintas épocas de la historia llevando el mensaje de la verdad y la convocatoria a la honestidad descendieron, pese a su renuencia, al campo de batalla para erradicar la maldad, la corrupción y la deshonestidad, y utilizaron parcialmente la espada como instrumento educativo. Sin embargo, su labor en conjunto continuó siempre exactamente con la actitud de un mentor y de un maestro afectuoso, siguiendo un método puramente educativo. La verdadera guerra que libraron la hicieron con el arma del razonamiento, en el vasto y amplio campo de batalla de la opinión pública. Su principio fue siempre que, si alguien quería alcanzar una nueva vida, debía alcanzarla mediante el razonamiento; y si alguien, privado de la vida, prefería escoger la muerte para sí mismo, debía morir también a la luz del razonamiento.
Al examinar las acciones militares del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), se verá que, desde Badr hasta la conquista de La Meca —incluida la conquista de Khaybar—, hubo en total cinco grandes batallas. En realidad, todas ellas fueron defensivas. Las tres primeras tuvieron lugar porque los enemigos lanzaron una agresión y atacaron Medina. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) llevó tropas desde Medina y emprendió por iniciativa propia, como máximo, dos expediciones: una, la de la conquista de La Meca —incluida la batalla de Hunayn—, y la otra, la de la conquista de Khaybar.
Y en esas dos expediciones se produjo la resolución definitiva. Desde el punto de vista temporal, entre la batalla de Badr y la conquista de La Meca hubo un intervalo total de seis años. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dedicó en total veintitrés años a su gran labor educativa, de difusión, constructiva y reformadora. De ellos, solo seis años fueron un período en el que, junto con la labor educativa, tuvo que hacer frente a la actitud y la conducta belicosas de sus opositores. Incluso haciendo la estimación más exagerada, parece que en todas las guerras juntas no se enfrentaron al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) más de quince mil personas, y que, apartando del camino únicamente a 759 de ellas, cientos de miles de árabes se reformaron por completo. Diez años son un período sumamente breve en la historia. Convertir en tan poco tiempo un desierto como Arabia en una institución educativa orientada al verdadero bienestar de la vida humana; incluir en ella a tribus y personas dispersas, extremadamente indisciplinadas, violentas y pendencieras; alcanzar después el éxito al impartirles una elevada educación moral y no limitarse a educarlas, sino convertirlas en maestros y profesores para toda la humanidad: esto es, probablemente, la mayor prueba práctica, tangible y milagrosa de la profecía del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
Por tanto, está fuera de toda duda y controversia que, por grande que haya sido la contribución de la guerra y la lucha armada a la resolución del conflicto entre el movimiento revolucionario del islam y la ignorancia preislámica, la contribución de la opinión pública fue la mayor, y su ámbito fue el verdadero escenario de la resolución. Si lo expresamos en términos algo espirituales, podemos decir que conquistar los corazones de las personas fue la verdadera victoria y el verdadero éxito del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Si conquistó a millones de hombres y mujeres de Arabia, conquistó sus corazones, y lo hizo con las armas del razonamiento y del carácter. ¿Cómo fue posible que, en poco tiempo y pese a los nuevos obstáculos que surgían constantemente desde todas partes, hiciera seguidores del islam a un número enorme de descendientes de Adán dispersos en una extensión de entre un millón y un millón doscientas mil millas cuadradas? La realidad es que, si la convocatoria es verdadera y correcta, si el movimiento está dirigido al bienestar de la humanidad y si sus abanderados son sacrificados y sinceros, entonces la oposición y la resistencia se convierten en una ayuda aún mayor para la caravana revolucionaria. Cada obstáculo llega a ser un guía del camino.
Por eso, aunque la verdad suele comenzar con una minoría, termina conquistando a la mayoría. Veamos ahora qué fuerzas utilizó el movimiento islámico para alcanzar rápidamente el éxito al obtener aceptación y popularidad ante la opinión pública.
La fuerza de las pruebas y los argumentos
La mayor fuerza del movimiento islámico era la fuerza de sus pruebas y argumentos. Si, en lugar del movimiento islámico, el Mensajero (la paz sea con él) hubiera establecido algún sistema de pir y murid, habría paralizado la razón y la conciencia de sus oyentes. Si hubiera instituido, como las demás religiones existentes, una religión limitada exclusivamente a la vida individual, habría incrementado la inclinación y el interés de la gente por las fantasías irreales y las ideas sin fundamento; y si hubiera establecido un sistema de enseñanza de una filosofía espiritual ascética, habría cerrado por completo sus ojos, oídos y bocas. Pero el movimiento islámico que estableció el Mensajero (la paz sea con él) necesitaba personas conscientes, capaces de construir y administrar adecuadamente toda una civilización sobre la base de la obediencia a Allah. Por eso, cuando el movimiento islámico se encontraba todavía únicamente en la etapa de la invitación, despertó la conciencia y la razón latentes de las personas. Las estimuló a abrir los ojos para ver y los oídos para escuchar. Las animó a investigar y reflexionar sobre el universo. Les enseñó a examinar minuciosamente la situación interna del ser humano y la de su entorno. Agudizó y dinamizó su pensamiento planteando continuamente nuevas preguntas. Rompió las cadenas de la imitación ciega. Eliminó las costumbres y prácticas sin sentido. Acabó con la adoración del pasado y con la obediencia ciega a las tradiciones y costumbres heredadas de los antepasados. Descubrió el método para crear seres humanos conscientes y reflexivos a partir de personas tan insensatas como animales. Sacudió a los miembros de la clase ciega, muda y sorda para hacerlos conscientes, y eliminó el óxido de su razón y su conciencia. En una palabra, el mayor mérito del movimiento islámico es que pone fin al estancamiento intelectual impuesto a las personas por la jahiliyyah. Como resultado, presenta las verdades fundamentales de la vida ante quienes han despertado y tomado conciencia de su razón, los influye mediante sus argumentos agudos y consolida en ellos una fe inquebrantable en esas verdades.
Cuando el movimiento islámico presentó a Allah como el único Creador, Dueño, Proveedor, Legislador y Guía hacia el camino recto, lo hizo con argumentos tan firmes que las armas de las fantasías infundadas e irreales contrarias a ello quedaron embotadas e ineficaces. Despertó la capacidad de discernimiento de las personas y las invitó a observar y extraer enseñanzas de las maravillosas creaciones de los cielos y la tierra, de la rotación de los planetas y las estrellas, de la transformación de las estaciones y del clima, de las leyes de la lluvia y el viento, del nacimiento, desarrollo y crecimiento de las plantas, de la reproducción y crianza de los animales y las aves, de la diversidad de los grupos humanos, del ascenso y la caída de las civilizaciones, y de las profundidades de su propio ser. Verán que en todas partes operan leyes firmes. En cada parte del universo creado existe un gobierno ordenado y bien regulado. Cada acontecimiento, grande o pequeño, tiene un objetivo, una finalidad y un desenlace determinados. Toda clase de cosas aparentemente opuestas trabajan unas con otras como colaboradoras y complementarias. En la totalidad de la creación reina una especie de armonía y unidad. Muchas cosas están vinculadas dentro de una sola. Todo se mueve y se desarrolla. En ninguna parte hay estancamiento ni inmovilidad. Cada cosa avanza hacia la perfección. Cada medio y cada relación de causa y efecto produce algún resultado importante. Luego, cada resultado se convierte a su vez en un medio para otro resultado. Las leyes, el orden, la armonía, la cooperación, la concordia y el proceso de desarrollo y evolución del mundo natural no surgieron espontáneamente bajo la forma de un accidente fortuito. Las cosas no elaboran sus propios planes, no se crean a sí mismas ni cooperan entre sí mediante consultas mutuas. Al contrario, Allah, el Creador supremo, siempre activo, autoexistente, soberano, omnisciente y lleno de sabiduría, es quien actúa como su único director, administrador, gobernante y legislador. Todas las fuerzas y materias del universo están ocupadas glorificándolo. Todas las cosas se postran ante Él. Toda la creación está sometida a Sus leyes naturales. Desde el gigantesco sol hasta las partículas y átomos más diminutos, cada cosa inclina la cabeza ante Él. El islam también afirmó que, si en esta inmensa fábrica de una creación tan grandiosa hubiera habido varios dueños y administradores, habría estallado un conflicto entre ellos, y la cooperación mutua, la unidad y la concordia que veis reinando por todas partes del universo no podrían haberse mantenido de ningún modo. En cada página del enorme libro de la naturaleza del universo están registrados testimonios irrefutables, no solo de Su existencia, sino también de Su unicidad y de Sus atributos.
El movimiento islámico también dejó claro, mediante pruebas y argumentos, que este universo está completamente sujeto a las leyes y normas de Allah, y que cada uno de sus átomos y partículas es ante Él «musulmán», es decir, un siervo sometido. Ninguna criatura tiene posibilidad de adoptar ante Allah otro papel que no sea el de obedecerle, servirle y someterse a Él. Si el ser humano obedece a Allah, se integrará con el universo entero. Su sociedad y su civilización se convertirán igualmente en símbolos de seguridad y cooperación, tal como ocurre en el mundo material. Pero si desobedece a Allah y se convierte en incrédulo, su sociedad y su civilización quedarán desajustadas, discordantes y desconectadas de la naturaleza del universo, y la armonía, la unidad y la cooperación que existen en los cielos y en la tierra no existirán en la sociedad humana. Precisamente gracias a ello, todas las criaturas del mundo han alcanzado el progreso, la perfección y el desarrollo en medio de la paz y la seguridad. Para el ser humano, el único camino hacia la paz y la seguridad en este mundo es someterse a la religión de Allah y a la ley de Allah. El ser humano es creación de Allah y se cría y sustenta con la provisión que Él le concede; cada órgano de su cuerpo, y cada átomo y partícula de sus órganos, está sujeto, como musulmán, a la firme cadena de obediencia a las leyes naturales de Allah. Por tanto, si existe para el ser humano algún camino recto y correcto de vida, es el camino de servir y obedecer a Allah. El ser humano es siervo y esclavo de Allah por nacimiento, y el sentimiento y la conciencia de esa servidumbre han sido cultivados en su mente desde siempre.
El movimiento islámico también estableció, con la misma firmeza y energía y mediante pruebas y argumentos irrefutables, que toda criatura necesita recibir de Allah guía y dirección. Esto se debe a que Él es quien determina el destino de todas las cosas y quien establece las órbitas y los movimientos de cada objeto que se desplaza por el espacio. Él es quien dota a las distintas cosas de diferentes características. Asigna a cada fuerza la tarea que le corresponde. Determina el modo de actuar de cada criatura. Al igual que las demás criaturas, el ser humano depende de la guía de Allah del mismo modo que depende de la luz, el aire y el agua. Allah estableció el sistema de la revelación para comunicar Su guía a Su creación. Para la materia inanimada, esta revelación es la compulsión natural; para las plantas, la capacidad de crecimiento espontáneo; y para los seres vivos, los procesos instintivos. Pero, puesto que el ser humano es un ser dotado de conciencia, razón y discernimiento, para él se ha establecido la forma completa de la revelación, mediante la cual se apela a su razón, su discernimiento y su conciencia.
El movimiento islámico también hizo aceptable esta parte de su llamamiento ideológico mediante la fuerza de la razón: puesto que en este universo rige la ley de causa y efecto, es inevitable que las acciones morales del ser humano tengan una consecuencia y un resultado dentro del alcance de esta ley universal. Al mostrar la ley de la retribución que opera en la historia, demostró que las actividades sociales humanas también están necesariamente sujetas a ella. Asimismo, mostró que, en la limitada vida terrenal del ser humano, no se manifiesta el fruto completo de sus acciones bajo una ley de retribución limitada. Incluso, muchas veces, una sola línea de acción tampoco llega a su culminación. Además, en numerosas ocasiones el ser humano tiene que soportar resultados completamente opuestos. Por tanto, cabe esperar de este sistema de justicia de Allah que, después de la vida terrenal, surja una nueva vida y que entonces el ser humano tenga que recibir el fruto completo de sus actos. La exigencia lógica de la justicia de Allah, activa en todas partes, es que cada cual reciba un resultado acorde con sus obras. Así presentó el concepto de la vida después de la muerte, el juicio del Más Allá y el castigo y la recompensa.
Para demostrar irrefutablemente todas estas verdades fundamentales, el islam expuso toda la historia pasada de la humanidad. Narró la historia de cada nación y mostró que las naciones y los grupos que aceptaron esas verdades y construyeron su vida sobre ellas alcanzaron el éxito. En cambio, quienes las rechazaron abandonaron este mundo humillados y deshonrados. Las mentes y los corazones de quienes aceptaron esas verdades se iluminaron y sus caracteres resplandecieron. Pero quienes se opusieron a ellas cayeron en la decadencia. Mostró que quienes, en cada época y ante cada nación, presentaron el llamamiento a esta gran verdad poseían esencialmente la misma disposición y el mismo carácter. No se limitaron a presentarlo, sino que se esforzaron por hacerlo triunfar y establecerlo con plena devoción y sinceridad, ofreciendo los mayores sacrificios de sus vidas y bienes.
Este llamamiento fundamental del movimiento islámico fue expuesto detalladamente en el Corán junto con todas sus pruebas irrefutables. Fue presentado repetidamente con un estilo de exposición admirable. Al mismo tiempo, las objeciones, las burlas y las mofas de sus adversarios fueron respondidas con un lenguaje sereno y natural. En algunos pasajes se ofrecieron consejos; en otros, advertencias; en otros, amenazas; en otros, reproches; en otros, desafíos; y en otros, se ablandaron los corazones mediante la ternura y la humildad. En resumen, las mentes y los corazones de las personas fueron rodeados de tal manera y con tan diversos estilos que no se dejó ninguna vía de escape a los inteligentes y conscientes.
En realidad, si la victoria se hubiera de alcanzar únicamente por la fuerza de la espada, ¿qué necesidad habría de conceder tanta importancia a la presentación de pruebas y argumentos, hasta el punto de que esta ocupa más de dos tercios del Corán?
La verdad es que a los oyentes les resultaba difícil siquiera resistir ante los afilados argumentos del movimiento islámico. Los afortunados los aceptaron con el corazón abierto. En cambio, quienes no los aceptaron por la perversidad de su entendimiento, tras perder la competencia de los argumentos, emprendieron una resistencia violenta. El movimiento que lleva a sus oyentes a esta etapa no puede dejar de triunfar finalmente.
La fuerza de los llamamientos propios de quien desea el bien
Los argumentos del Corán no son solamente argumentos; junto a ellos se añadieron llamamientos destinados a ablandar los corazones, atraer a los que huían y acercarlos, y abrir los corazones cerrados. Estos llamamientos del movimiento islámico derretían como cera incluso a las personas de corazón pétreo. Basta abrir el Corán para ver cómo, en cada una de sus frases, el calor de la emoción se mezcla con la luz de la razón. Por eso incluso los enemigos más implacables del islam se convirtieron en servidores de la verdad. Además, su calidad literaria era tan elevada y estaba dotada de un poder tan mágico que dejó atónitos incluso a los más destacados poetas y literatos árabes de aquella época. A continuación citamos algunos de sus llamamientos más claros, comprensibles y capaces de conquistar los corazones:
«(Oh, Profeta, diles de mi parte:) Oh, siervos Míos que habéis obrado injustamente contra vosotros mismos, no desesperéis de la misericordia de Allah. Ciertamente, Allah perdona todos los pecados. Él es, en verdad, el Indulgente, el Misericordioso. Volveos hacia vuestro Señor y someteos a Él antes de que os llegue el castigo y no encontréis ayuda alguna. Y seguid la mejor guía que os ha sido enviada por vuestro Señor, antes de que os llegue repentinamente el castigo sin que os deis cuenta. Entonces alguien dirá, lamentándose: “¡Ay de mí por mi negligencia respecto a lo que hice ante Allah y por haberme burlado!”. O dirá, desesperado: “Si Allah me hubiera guiado, habría sido de los piadosos”. O, cuando vea el castigo, dirá: “¡Ojalá tuviera otra oportunidad! Entonces sería de los virtuosos”». (Sura az-Zumar, 50-58)
En estas pocas aleyas se exponen brevemente aquellas verdades fundamentales que formaban parte de la invitación del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En ellas se presentan argumentos, y junto a ellos hay también un llamamiento capaz de enternecer el corazón. Contienen buenas nuevas y también advertencias. En el Corán hay muchas exhortaciones variadas de este tipo. El ser humano, creado de barro, no podía resistir la fuerza de un lenguaje tan revolucionario, especialmente cuando llamamientos semejantes llegaban cada mañana, cada mediodía y cada tarde. Durante veintitrés años continuó llegando así el torrente de la revelación. Veamos algunos llamamientos más de este tipo:
«¡Oh, hijos de Adán! ¿Acaso no os advertí que no adoraseis a Satanás? Él es, ciertamente, vuestro enemigo declarado. ¿Acaso no os dije que me adoraseis a Mí? Pues este es el camino recto. Sin embargo, él ha extraviado a muchos de vosotros. ¿Aun así no vais a emplear vuestro entendimiento?» (Sura Ya-Sin: 60-62)
«(¡Oh, Profeta!) Di: “¡Oh, gente! La verdad ha venido a vosotros procedente de vuestro Señor. Así pues, quien siga la guía, la seguirá para su propio bien; y quien se extravíe, no hará sino abrir el camino de su propia perdición. Yo no soy responsable de vuestro bien ni de vuestro mal”» (Sura Yunus: 108)
También se apeló a los mejores sentimientos de quienes habían abierto un frente de oposición. Ya fueran idólatras o gente del Libro, se exhortó de la mejor manera a las mejores personas de cada grupo y se intentó activar sus mejores sentimientos. Incluso se invitó a los hipócritas a reformarse. A continuación se presentan por separado los ejemplos de esta etapa.
Discurso dirigido a los idólatras de La Meca
«Allah presenta el ejemplo de una ciudad. Sus habitantes vivían sus días en felicidad y paz, y recibían sustento en abundancia desde todas partes. Luego sus habitantes mostraron ingratitud por las bendiciones de Allah, y por ello Él les hizo probar, como consecuencia de sus obras, el hambre y la inseguridad. Había surgido entre ellos un profeta, pero lo declararon mentiroso. Entonces el castigo se apoderó de ellos. En verdad, eran injustos.» (Sura an-Nahl: 112-113)
Discurso dirigido a la gente del Libro
«¡Oh, gente del Libro! Mi Mensajero ha venido a vosotros. Este Mensajero os revela muchas de las cosas que ocultáis y os dispensa de muchas otras. Han venido a vosotros, procedentes de Allah, una luz y un Libro claro. Por medio de él, Allah guía hacia los caminos de la paz a quienes siguen Su complacencia; los saca de las tinieblas y los lleva, conforme a Su mandato especial, a la luz, y los guía por el camino recto.» (Sura al-Maida: 16)
«¡Oh, Profeta! Di: ¡Oh, Gente del Libro!, no excedáis injustamente los límites en vuestra religión. No sigáis los deseos de quienes se han extraviado, han hecho extraviarse a otros y se han apartado del camino recto». (Sura Al-Maida: 77)
«¡Oh, Gente del Libro! Después de una larga interrupción en la sucesión de la llegada de los profetas y mensajeros, Mi Mensajero ha venido a vosotros. Él expone claramente la verdad auténtica, para que no podáis decir: “No vino a nosotros ningún advertidor ni portador de buenas nuevas”. Ahora ha venido a vosotros un advertidor y un portador de buenas nuevas». (Sura Al-Maida: 19)
«Decreté en el Libro acerca de los Hijos de Israel que sembraríais la corrupción en la tierra dos veces y os comportaríais con una soberbia extrema. Por eso, ¡oh, Hijos de Israel!, cuando llegó el momento de la primera promesa, envié contra vosotros a Mis siervos guerreros, que se dispersaron por las ciudades. En verdad, la promesa debía cumplirse. Después os concedí otra oportunidad frente a ellos, os fortalecí con bienes e hijos y aumenté vuestro número. (Os concedí nuevamente una oportunidad para que) si hacíais el bien, lo hicierais en vuestro propio beneficio, y si hacíais el mal, también lo hicierais en vuestro propio perjuicio. Luego, cuando llegó el momento de la segunda promesa, (para que ellos) pudieran desfigurar vuestros rostros (con la marca del dolor y la humillación), entrar en la mezquita (de Bayt al-Maqdis) tal como habían entrado la primera vez y causar destrucción allí donde extendieran su dominio, (entonces disfrutasteis plenamente de sus consecuencias). (Ahora, con el surgimiento de la prédica de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, se os ha presentado otra oportunidad definitiva; por eso) vuestro Señor quiere tener misericordia de vosotros. Pero si volvéis a actuar como antes, Yo también volveré a castigaros como antes. Y (en la otra vida) he hecho del Infierno la morada de los desobedientes». (Sura Bani Israil: 4-8)
«(¡Oh, Profeta!) Di: ¡Oh, Gente del Libro!, venid y aceptemos aquello que es una palabra indiscutible entre vosotros y nosotros. Esta palabra consiste en que no adoraremos ni obedeceremos las órdenes de nadie excepto Allah, no asociaremos a nadie con Él y no nos tomaremos unos a otros como señores en lugar de Allah». (Ali Imrán: 64)
Discurso dirigido a los cristianos
«Encontrarás que quienes dicen: “Somos cristianos” son, en cuanto al amor por los musulmanes, los más cercanos a ellos (que los judíos). Esto se debe a que entre ellos hay muchos eruditos y ascetas que no son soberbios. Cuando escuchan el mensaje revelado al Mensajero, verás que sus ojos se llenan de lágrimas. Dicen: “¡Oh, Señor nuestro! Hemos creído; inscribe, pues, nuestros nombres junto con los de los testigos de la verdad”». (Al-Maida)
Discurso dirigido a los hipócritas
«¿Acaso no ven que son puestos a prueba una o dos veces cada año? Aun así, no se arrepienten ni escarmientan. Y cada vez que se revela una sura, se miran unos a otros y preguntan: “¿Os está observando alguien?”. Luego se marchan. Allah ha desviado sus corazones, porque no emplean el entendimiento. Sabed que ha venido a vosotros un Mensajero salido de entre vosotros. Cualquier sufrimiento que os aflige le causa pesar. Está profundamente preocupado por vosotros. Con los creyentes es muy compasivo y misericordioso». (Sura At-Tauba: 126-128)
El Corán está lleno de muchas otras declaraciones conmovedoras de este tipo. Es difícil terminar de enumerar cuántas palabras sorprendentes, capaces de arraigarse firmemente en el corazón, despertar la conciencia y estimular y agudizar el entendimiento, se encuentran dispersas página tras página del Corán. En verdad, por los versículos mencionados puede percibirse cuán poderoso es el Corán como libro y cuán imponente es la llamada a la verdad. Cuando estos intensos rayos de luz de la verdad descendieron uno tras otro, a las personas de mente equilibrada les resultaba completamente imposible aferrarse a la oscuridad del pensamiento y de la acción. Cuando el razonamiento se une a una apelación cargada de emoción, la combinación de estas fuerzas produce una espada de doble filo capaz incluso de cortar la piedra. Además, junto al Corán, las palabras del Mensajero (s.a.) también provocaron continuamente una profunda conmoción en forma de diversos sermones y alocuciones en reuniones. Estas palabras se han conservado en las colecciones de hadices. Nadie más en el mundo ha podido pronunciar, en frases tan breves, palabras de tan amplio significado, tan influyentes y capaces de despertar a la gente. Los discursos revolucionarios de los poetas, escritores y oradores del movimiento islámico también provocaron una intensa conmoción en el corazón del pueblo. Incluso hoy, basta leer los poemas islámicos de Hasan ibn Zabit y Ka‘b ibn Malik, de aquella época, para comprender las tremendas olas que levantaron en el océano de las emociones populares. En suma, la palabra de la verdad era la verdadera fuerza irresistible, ante la cual la falsedad no tenía capacidad alguna para mantenerse. El verdadero sentido de la eterna declaración coránica «La erradicación de la falsedad es inevitable» reside precisamente aquí.
El poder de la crítica
La llamada del movimiento islámico no se limitó a combinar el razonamiento con la apelación, sino que, junto con la apelación, también formuló una crítica intensa. En la ideología sufí solo se emplea un método de da‘wa: el método de pedir, apelar, halagar y suplicar. Cuando la da‘wa se limita a la purificación de la estrecha vida individual de la persona y ni siquiera se plantea la reforma y reconstrucción de la vida colectiva, ¿qué necesidad hay de otro método aparte de la humilde súplica? En las ideologías sufíes y en las religiones centradas en el individuo, solo se procura enseñar a los discípulos algunas creencias de ‘aqida y ciertas cualidades personales, y aconsejarles que se protejan de las fuerzas del mal. Pero en ellos no nace ningún impulso para luchar contra las fuerzas colectivas organizadas del mal y la criminalidad, ni para enfrentarse al entorno corrompido. Que los opresores, sentados en los tronos del liderazgo y la autoridad, continúen ejerciendo con arrogancia la explotación y el terror, y que la humanidad siga siendo sacrificada en sus altares: ¿qué pueden hacer los derviches sufíes, enloquecidos por Allah, ante estos problemas mundanos? En un sistema espiritual tan estrecho, la mayor virtud de una persona consiste en apartarse de los asuntos mundanos y de los problemas de la política. Debe comportarse con la misma humildad y adulación ante todos. Con los musulmanes seguirá repitiendo «Allah, Allah», y con el brahmán, «Ram Ram». Será amable con todos y no tratará con dureza a nadie. Puesto que esta ideología no contiene ningún plan para hacer que la gente se enfrente a conflictos y luchas, sino que pretende apartarla de las actividades sociales y civilizatorias para instalarla en lugares apartados y en las khanqahs, no se plantea en absoluto la cuestión de la crítica. Porque la crítica crea conflicto y tensión en el mundo mental. Por eso, desde la perspectiva de una espiritualidad estrecha y de una religiosidad limitada al ámbito personal, criticar a alguien se considera una acción relativamente censurable. Se considera casi una acción contraria a la taqwa, pues perturba la paz del alma.
Pero en la fábrica de pensamiento de quienes llevan una ideología y una da‘wa que emprenden la revolución de la civilización, la crítica es tan importante como el razonamiento y la apelación. No basta con establecer la verdad; también es necesario erradicar la falsedad. Pues sin la desaparición de la falsedad, el establecimiento de la verdad tampoco puede alcanzarse plenamente. Aquí, creer en Allah y rechazar al tagut son interdependientes. No se puede hacer una cosa sin la otra. Del mismo modo, ordenar el bien no resulta eficaz si no se impide el mal. Aquí, antes de decir «illa Allah» hay que decir «la ilaha».
Cada vez que surge el movimiento islámico, critica severamente la civilización y la cultura vigentes, el entorno social y los sistemas político y económico, y especialmente las ideas, creencias y valores establecidos, con el propósito de cambiar la forma de pensar del pueblo. No puede dejar de desenmascarar a las clases dominantes en los ámbitos religioso, político y económico, que mantienen al pueblo atrapado en las redes de su servidumbre mientras llevan una vida de comodidad. No tiene otra opción que revelar al pueblo común la verdadera identidad de quienes concentran en sus manos el liderazgo y la autoridad de la vida colectiva. Mientras no se llame injusticia a la injusticia, falsedad a la falsedad y error al error, no surge la exigencia de verdad y justicia ni nace el deseo de cambio. Examinen la da‘wa y la trayectoria de cualquier profeta. Verán que no solo se criticaron las malas ideas y las circunstancias de la sociedad, sino que cada profeta acudió personalmente a los palacios de los poderosos gobernantes de su tiempo y los declaró desviados. En el movimiento islámico se ha dicho, acerca de la estructura vigente del sistema social, que en cada país y nación existen algunos «grandes peces criminales» que logran sus propios fines mediante la política del engaño. (Sura Al-An‘am, 124). No es posible reformarlos mientras se los mantenga en sus cargos.
Cuando el islam surgió en Arabia con el propósito de abolir el sistema social de la yahiliya y abrir un nuevo capítulo dorado en la historia, criticó implacablemente toda forma de mentira, opresión y deshonestidad. En aquella época, toda clase de personas que se habían impuesto sobre la sociedad como guardianes, partidarios y colaboradores del sistema social de la yahiliya y del entorno tagutí, y que se habían empeñado en silenciar esta da‘wa, promotora del bienestar de la humanidad, para proteger su posición y sus intereses creados, fueron desenmascaradas por el islam con un valor inaudito; sus malas acciones, ocultas bajo ropajes deslumbrantes, fueron expuestas por completo. Así, la verdadera identidad de las fuerzas kufr contrarias a la humanidad comenzó a hacerse clara para la sociedad, y la conciencia se extendió en la opinión pública. Al mismo tiempo, el deseo de cambio se volvió cada vez más intenso. La crítica del movimiento islámico crea y desarrolla entre el pueblo movilizado la capacidad de pensar correctamente, comprender, examinar y sopesar, realizar análisis comparativos y observar. Este aspecto de la da‘wa es precisamente el que distingue entre la verdad y la falsedad, entre el bien y el mal, y entre la justicia y la injusticia. Por medio de él se establece la diferencia entre la guía y el extravío. Los miembros del movimiento islámico soportaban en silencio la opresión y la persecución de las fuerzas de la falsedad. Pero no dejaron de arrancar el hermoso revestimiento que ocultaba el carácter abominable de los opresores. Sus actividades no se desarrollaban al margen de la acción social y política. Nunca aseguraron a los dirigentes sociales y religiosos del sistema de la yahiliya: «Seguid tranquilamente en vuestros cargos y continuad trabajando conforme a vuestros planes. Nosotros somos personas devotas de Allah. No interferiremos en vuestras actividades ni obstaculizaremos vuestros intereses. Solo repetiremos el nombre de Allah y enseñaremos a la gente Su kalima». Si hubieran pronunciado humildemente ante los dirigentes contrarios al islam algunas palabras aduladoras, asegurándose así la liberación de su opresión, nunca habrían podido pronunciar esta kalima revolucionaria, orientada a establecer la justicia social.
El movimiento islámico cumplió por primera vez esta amarga responsabilidad por boca de su principal convocador, cuya boca era santa. Con el arma del lenguaje de la revelación realizó una operación en el órgano enfermo de la sociedad. Esta crítica no se limitó únicamente a los ideales y principios fundamentales, sino que también abarcó a las fuerzas influyentes que ofrecían resistencia y a todos los bandos adversarios. Esta crítica se realizaba en el contexto de los acontecimientos cotidianos, y el análisis de las acciones cometidas por el bando enemigo se hacía de inmediato. Así se creó la conciencia colectiva. Si esta labor no se hubiera realizado, quizá habría sido posible formar a algunas personas piadosas, encantadoras y virtuosas; tal vez el mundo contemporáneo las habría colmado de elogios, y quizá incluso en el futuro su recuerdo habría maravillado a la gente. Pero el entorno social habría permanecido igualmente cubierto por la oscuridad de la yahiliyyah. Nunca se habría creado entre los musulmanes una conciencia revolucionaria ni una disposición combativa. El islam habría permanecido confinado en la cueva de Hira. Y jamás le habría sido posible conquistar Arabia y volver a entrar en La Meca.
El Mensajero, libertador de la humanidad, al criticar en el lenguaje del Corán a los dirigentes de la sociedad contemporánea, no solo demostró que eran indigentes en cuanto a argumentos y pruebas, sino que también reveló ante los habitantes del mundo que personas poderosas, sentadas en grandes puestos de autoridad y liderazgo, seguían ejerciendo dominio sobre la sociedad pese a tener un carácter sumamente sucio y aborrecible. Como resultado de esta crítica, el pueblo comprendió que no había ninguna posibilidad de que la belleza, el orden y la armonía regresaran a la vida pública mientras, con la cooperación del movimiento islámico, no se apartara a esas despreciables fuerzas del mal del liderazgo y la autoridad activos.
Cuando el islam criticó a los qurayshíes y a los politeístas, desenmascaró todo: su cultura pagana, sus supersticiones y fantasías, sus ridículas prácticas y costumbres religiosas, su carácter vil y degradado, y la arrogancia y jactancia de sus dirigentes. Para mostrar la impotencia de sus ídolos predilectos, puso como ejemplo que, aun reuniéndose todos, esos ídolos no podían crear ni siquiera una mosca. Más aún, si una mosca les arrebataba algo, tampoco eran capaces de recuperarlo. El Corán quebrantó el orgullo y la arrogancia que sentían por ser herederos del profeta Ibrahim al exponer repetidamente ante ellos toda la historia de su vida y revelar su verdadera identidad. El Corán dijo que los qurayshíes, sin acercarse siquiera a la gran obra a la que Ibrahim había consagrado toda su vida, por la cual había abandonado su hogar, había pateado el trono sacerdotal reservado para él, había sido acusado de rebelión ante Nimrod y recibido la estremecedora sentencia de morir quemado en el fuego, y después, por la inmensa gracia de Allah, había escapado del fuego y marchado al exilio como emigrante por Allah, para finalmente establecer en un desierto despoblado un centro para su prédica y la adoración de Allah —centro que vosotros habéis convertido en un medio para obtener ganancias y ejercer el sacerdocio religioso—, no tenían derecho alguno a hacer alarde de ser sus herederos. ¿Con qué derecho, sumidos de pies a cabeza en el politeísmo y la yahiliyyah, se presentan como herederos de aquel gran convocador del monoteísmo y pronuncian su nombre? El Corán mostró cómo habían inventado una ley religiosa propia para declarar unas cosas lícitas y otras ilícitas; cómo habían establecido reglas extrañas para ofrecer diversos objetos en los altares de los ídolos; cómo habían otorgado incluso a los juegos de azar y las apuestas el rango de santidad religiosa; cómo huían avergonzados cuando nacía una niña; cómo, con crueldad ilimitada, enterraban vivas a sus hijas; y cómo no sentían la menor vergüenza al llamar hijas de Allah a los ángeles. Al presentar ante ellos cada una de sus acciones absurdas y ridículas, el Corán dijo: os enorgullecéis de custodiar la Mezquita Sagrada y la Casa de la Kaaba, aunque, debido a vuestra incredulidad y vuestro politeísmo, no sois dignos de ello. Apartáis a la gente del camino de Allah y de la Kaaba Sharif, expulsáis a vuestros propios hermanos de su patria y creáis obstáculos en el camino del islam.
Cuando el Corán criticó a la Gente del Libro, enumeró sus acciones a lo largo de cientos de años y dijo: habéis causado sufrimiento al profeta Moisés a cada paso, le habéis desobedecido una y otra vez, una y otra vez habéis tomado el camino del extravío y la distorsión, os habéis entregado a disputas y conflictos, habéis provocado disturbios, habéis adorado al becerro, habéis huido del yihad, habéis derramado la sangre unos de otros, habéis exiliado a vuestros familiares, habéis cometido injusticias y agresiones contra ellos, habéis distorsionado el Libro de Allah, habéis ocultado la verdad, habéis colocado a ascetas y eruditos en el lugar de Dios, e incluso habéis escrito con vuestras propias manos palabras inventadas, afirmando que eran la palabra de Allah. Habéis obtenido dinero ilícito engañando a la gente; vosotros mismos no seguís el camino de Allah ni permitís que otros lo sigan; y cuando alguien quiere trabajar por el bienestar de la humanidad, en vez de ayudarlo, le ponéis obstáculos. Antes de la llegada de Muhammad, anunciabais a todos, basándoos en la promesa escrita en el Libro de Allah, que se acercaba el momento de la llegada del último profeta. Pero cuando ese profeta llegó realmente, todos os alineasteis contra él. Los musulmanes son más cercanos a vosotros en muchos aspectos: reconocen a vuestros profetas y todos los Libros anteriores. Sin embargo, vosotros mantenéis relaciones íntimas con los politeístas. Aunque teníais el Libro de Allah, persististeis en todas estas malas acciones.
Aunque un asno cargue sobre su lomo montones del Libro de Allah, no le presta ninguna atención; vosotros os comportáis del mismo modo. Si fuerais sinceros en vuestra afirmación, estableceríais en vuestra vida el Libro de Allah, la Torá. Mientras sigáis despreciando el Libro de Allah, carece de todo valor vuestra afirmación de que sois los siervos predilectos de Allah. Vuestro carácter se ha degradado tanto que, si se os confiara siquiera una moneda, sería sumamente difícil recuperarla. Por esta conducta habéis sido víctimas de la ira de Allah, y se os han impuesto la humillación y la miseria.
Después, cuando se criticó a los hipócritas, se llevó a cabo un análisis psicológico exhaustivo de ellos. Se les señalaron sus defectos y se les dijo: miráis cada cosa con una perspectiva torcida; cuando os reunís en privado, criticáis desfavorablemente la situación y los acontecimientos del movimiento islámico; cuando aparecéis en público, cambiáis de actitud; os comunicáis mediante gestos y señas; a veces guardáis silencio y, otras, al oír noticias de guerras y combates, vuestros ojos se abren desmesuradamente de miedo. A veces os escabullís furtivamente. Cuando estáis con los musulmanes habláis de una manera, y cuando estáis con los incrédulos, de otra. En todos los asuntos, vuestra actitud difiere de la actitud colectiva de los musulmanes. Si otros extraen enseñanzas para su vida de las palabras de la revelación y encuentran consuelo en ellas, vosotros os irritáis mucho. Para los demás, la persona del Mensajero (s. a. s.) es objeto de la máxima devoción, reverencia y amor. Sin embargo, vosotros preferís manteneros alejados de él. Los demás rezan con entusiasmo, mientras que vosotros acudís a la oración con tal desgana que parece que os han llevado a la fuerza, atados. Los demás musulmanes están ansiosos por sacrificarlo todo por el islam; vosotros, en cambio, no gastáis en el camino de Alá y además impedís que otros lo hagan. Los demás van a combatir movidos espontáneamente por su fervor de fe; vosotros siempre queréis únicamente salvar la vida e intentáis huir con toda clase de excusas endebles. Lo que alegra a los demás os disgusta, y aquello por lo que los demás sufren os causa alegría. No tenéis ninguna afinidad con los musulmanes comunes. Así fue como el movimiento islámico identificó a los hipócritas.
De los poetas de la Yahiliya que escribían poemas llenos de propaganda y calumnias contra el islam, y que difundían difamaciones contra el propio Mensajero (s. a. s.), se ofreció una descripción muy breve, pero completamente veraz y realista, de modo que incluso un árabe común podía comprender de inmediato el grado de su degradación moral. Sobre los poetas de la Yahiliya se dijo que únicamente los descarriados los siguen. Debido a su falta de principios, vagan de un lado para otro y no actúan conforme a las buenas palabras que pronuncian.
El movimiento islámico también identificó a ciertos individuos de carácter especialmente despreciable de aquella época mediante descripciones literarias de altísimo nivel, y procuró despertar con ellas la conciencia pública, para que cualquiera pudiera observarlos, comprenderlos y reconocerlos por sí mismo en el mundo real. En un caso mostró a un individuo que deja atónita a la gente con su excesiva grandilocuencia, pero que, en el ámbito de la acción, olvida por completo sus propias bellas palabras y provoca constantemente nuevos disturbios y destrucción en la sociedad humana. En otro caso mostró a alguien embriagado por el orgullo de su nobleza tribal y de caudillo, y extremadamente preocupado por las muestras de respeto. En el Día de la Resurrección recibirá un castigo severo. En otro lugar se presentó aquel carácter humano que, por la intensidad de su avidez, se ha vuelto como un perro: tanto si lo persiguen como si no, mantiene la lengua fuera. Todos estos caracteres estaban ampliamente presentes en la sociedad. Gracias a esta crítica, al pueblo no le resultó en absoluto difícil comprender su bajeza y vileza.
Esta crítica no era meramente teórica, sino que estaba vinculada a conflictos y enfrentamientos reales. Desde la tribuna del movimiento islámico se dirigían palabras a las fuerzas opositoras. El orador sabía a quién se dirigía, y los oyentes también sabían de quién se hablaba. La crítica no se hacía desde el cielo mediante un micrófono, sino que se difundía por boca del Mensajero (s. a. s.). Los musulmanes la propagaban por todos los rincones de la sociedad. Por ello, sus emociones y sentimientos también quedaban incluidos, y sus almas se fundían completamente con ella. Esta crítica se formulaba en consonancia con el curso de los acontecimientos reales, y los oyentes la relacionaban con la historia que estaba sucediendo. El pueblo comprendía que aquellas eran precisamente las palabras del movimiento revolucionario constructivo que había surgido recientemente entre ellos. Esta crítica desafiaba el antiguo sistema social y golpeaba justamente a quienes se oponían a la revolución. El pueblo tenía la oportunidad de escuchar las declaraciones de ambas partes y de comparar sus respectivas posiciones. Así se formó su conciencia.
La razón y las pruebas pueden ayudar a la comprensión, pero no estimulan las emociones. La apelación conmueve las emociones y crea calidez en la da‘wah. Sin embargo, la apelación no genera una lucha eficaz en la historia. Solo la crítica es una fuerza que, al actuar combinada con la razón y la apelación, hace que todos los elementos de la civilización se activen simultáneamente. Solo la crítica provoca agitación en la vida social.
En resumen, el movimiento islámico, por medio de Muhammad (s. a. s.), empleó estos tres tipos de recursos —la razón, la apelación y la crítica— y los utilizó incesantemente durante veintitrés años. Estas tres fuerzas hicieron comprender a los adversarios que eran débiles en el plano de la razón, atrasados en suscitar emociones hacia su objetivo y muy bajos en cuanto a carácter. Por ello, entre los adversarios aumentaron inconscientemente tanto el reconocimiento de la superioridad de los musulmanes como el sentimiento de su propia inferioridad. Por otro lado, el pueblo examinó minuciosamente a ambas partes desde todos los ángulos y pudo comprender la diferencia entre ellas. Esta era la verdadera fuerza del movimiento islámico, y fue precisamente ella la que conquistó el corazón de millones de habitantes de Arabia. Si la da‘wah y el movimiento islámicos no hubieran estado centrados en la verdad, si no hubieran podido atraer el corazón del pueblo, si no hubieran podido impulsar a los dirigentes y militantes del movimiento a entrar en la lucha entre la verdad y la falsedad, y si no hubieran podido obtener, mediante la razón, la apelación y la crítica, el reconocimiento de su fuerza y poder, los musulmanes no habrían podido triunfar ni siquiera en el terreno de la estrategia política, ni habrían podido obtener la victoria en el campo de batalla. Las victorias alcanzadas también en todos esos campos se debieron a que, en el vasto escenario de la opinión pública, el avance del islam estaba orientado de manera extraordinaria hacia la victoria.
La fuerza moral de los musulmanes
Cualquier da‘wah que sea meramente verbal y carezca de fuerza moral, por cautivadora que sea y por muy mágico que pueda parecer temporalmente su efecto, termina desvaneciéndose en el aire como una espiral de humo. No se puede influir en la historia únicamente con palabras. Solo con palabras jamás se ha producido una revolución. Las palabras solo producen algún efecto cuando las acciones les confieren cierto significado. La magia del lenguaje puede crear una espuma hermosa y burbujas coloridas como las del jabón, pero ninguna de esas burbujas es capaz de mover de su sitio ni siquiera una partícula de tierra. Al contrario, desaparecen inmediatamente.
Cuando el argumento llega sin conducta, cuando el llamamiento carece de sinceridad y cuando la crítica está moralmente vacía, no puede influir en las personas. Es la fuerza moral la que hace que un movimiento sea influyente y eficaz. El testimonio de las palabras, sin el testimonio de las obras, resulta infructuoso. En realidad, «que una persona diga lo que no hace es causa de una intensa abominación ante Allah».
El llamamiento del movimiento islámico no era un llamamiento meramente teórico o basado en argumentos. El llamamiento del islam era enteramente una invitación a la acción. Había venido para formar un nuevo tipo de persona. Desde el primer día comenzó a trabajar en la formación de esa persona que anhelaba. La forma de pensar, las cualidades morales y la conducta cautivadora de estas personas hicieron que sus argumentos adquirieran verdadera importancia, que su llamamiento resultara realmente atractivo y que sus críticas fueran eficaces. Estas nuevas personas creadas por el movimiento islámico eran, por sí mismas, un argumento irrefutable. Ellas mismas eran el llamamiento más poderoso. La totalidad de su ser constituía una crítica encarnada y absoluta contra el antiguo sistema social, las personas de naturaleza bestial, el ambiente corrompido de la jahiliyyah, la sociedad estancada y su liderazgo incompetente. La jahiliyyah no tenía respuesta alguna para este argumento vivo, este llamamiento vivo y esta crítica viva. Ante estos argumentos vivos, la jahiliyyah era completamente impotente. Esa nueva persona, cuyo ejemplo más completo era el propio Mensajero (s.a.s.) y bajo cuya inspiración se estaban formando muchas otras, era una verdad real e irrefutable. Incluso cerrar los ojos ante esa verdad demostraba la intensidad de su luz. Quienes negaban y rechazaban esa verdad y entablaban combate contra ella también proclamaban su superioridad mediante su propia conducta. En La Meca, esta nueva persona desarrolló su dimensión individual, y al llegar a Medina mostró su dimensión colectiva.
El movimiento islámico y el Mensajero (s.a.s.) nunca descuidaron la tarea fundamental de formar a esta nueva persona; el islam tampoco olvidó esta tarea por el entusiasmo de reformar a los demás. Aquí se daba más importancia a la purificación interior que a la reforma de los demás. La autocrítica era más importante que criticar a otros. Antes de producir cambios en el exterior, consideraba mucho más urgente producir cambios en el propio interior.
Era una sociedad cuya visión no reconocía ningún objetivo más elevado o noble que ganar dinero, comer y beber. Cada una de sus reuniones era una taberna, un lugar de juego y un club de baile. Allí, la valentía solo se empleaba en riñas, asesinatos, saqueos y venganzas. Allí donde la sociedad se había convertido en una jungla, y en aquella jungla las fieras con forma humana vagaban rugiendo mientras las personas honorables y débiles se convertían en sus presas fáciles, apareció el Mensajero (s.a.s.) acompañado de un grupo de personas honestas, puras y civilizadas. Desde el primer día, este grupo se hizo muy visible en la sociedad y atrajo la atención de todos. La gente contemplaba asombrada estos nuevos ejemplos de humanidad y los percibía, en todos los aspectos, diferentes y distinguidos de todos los demás miembros de la sociedad. Su aparición, desarrollo y crecimiento tuvieron lugar completamente ante los ojos de la gente. El pueblo observó muy bien su formación y educación desde el principio hasta el final.
Personas de todas las clases sociales veían cada mañana y cada tarde cómo la profesión de fe del islam atraía, uno tras otro, a hombres excelentes. De repente, cada persona, obligada por la presión de su propia conciencia, se rendía ante este movimiento revolucionario. Aquel que pocos días antes había librado una guerra total contra Muhammad (s.a.s.) inclinaba súbitamente la cabeza, como si alguien lo hubiera hechizado. Y en todo aquel que aceptaba el islam comenzaba a producirse de inmediato un cambio favorable. Sus amistades y enemistades cambiaban. Se producía una revolución en sus hábitos y gustos. Sus ocupaciones adquirían una naturaleza diferente. Los asuntos que antes le interesaban cambiaban, y surgía en él interés por otros nuevos. Al mismo tiempo, se transformaba en una persona sumamente activa. En su interior surgía una nueva fuerza. Sus capacidades y talentos latentes despertaban. Su conciencia cobraba vida con una nueva inspiración. En él comenzaba a desarrollarse un carácter virtuoso. La persona que pasaba de incrédula a musulmana parecía hacer surgir de su interior a un ser humano completamente nuevo. Ella misma sentía: «Soy completamente diferente y nueva respecto de mi entorno». Y el entorno, al verla, también percibía que había cambiado. El asesino terrorista que aceptaba el islam se convertía en protector de la vida. El ladrón aceptaba el islam y se convertía en una persona digna de confianza; el adúltero aceptaba el islam y se convertía en protector del honor de las mujeres. El bandido aceptaba el islam y se convertía en la encarnación de la paz y el entendimiento. La persona irascible y de carácter torcido, al llegar bajo la sombra del islam, se convertía en alguien paciente, humilde y afable. El usurero se convertía en generoso. El necio y carente de inteligencia demostraba un gran talento y capacidad. Quien procedía de los estratos sociales más bajos ascendía a las alturas de la nobleza, como si fuera una criatura de otro mundo. Parecía no estar hecho de tierra, sino formado de algún otro elemento.
¿Cómo podían quienes poseían todas estas extraordinarias cualidades y características —dedicados con absoluta devoción al culto de Allah, locos de amor por el Mensajero, servidores incondicionales de la verdad, promotores de las buenas obras, llamadores al bien, enemigos de la injusticia y la falsedad, acérrimos opositores de la opresión, humildes en la inclinación y la postración, recitadores del Corán con profunda concentración, entregados durante el día a la lucha, dedicados por la noche a un diálogo sincero con Allah, alimentadores de los pobres, anfitriones de los viajeros, servidores de los huérfanos y las viudas, abstinentes de las reuniones frívolas y los juegos ilícitos, que se protegían del lujo y la diversión, contenidos ante las discusiones inútiles, símbolos de una vida ordenada y limpia, animada por la solemnidad y el sentido del honor, solitarios entre la multitud y expatriados en su propia tierra— no convertirse en el centro de atención de los habitantes de toda Arabia?
Estos soldados desinteresados, portadores del estandarte del islam y dedicados a hacer realidad el gran compromiso de establecerlo, eran trabajadores permanentes y no remunerados del movimiento. Estaban acostumbrados a ignorar por completo sus intereses mundanos en busca del bienestar de la otra vida. Por su sagrado objetivo, no vacilaban en sacrificar todas las capacidades de su mente, todas las fuerzas de su cuerpo, hasta el último dinero de sus bolsillos e incluso, cuando era necesario, sus propias vidas y las de sus hijos. No tenían preocupación por el sustento, ni prestaban atención a su seguridad física, ni pensaban en dormir por la noche, ni encontraban tiempo para atender a sus esposas e hijos, ni tenían oportunidad de jugar o entretenerse. Su única profesión, su única ocupación, su único entretenimiento y su único medio de diversión era la lucha por hacer triunfar y establecer el islam. Escuchaban con una sonrisa los insultos de sus enemigos, soportaban valerosamente los ataques fascistas, ayunaban con alegría y marchaban al exilio con una sonrisa. Cuando se necesitaba paciencia, mostraban el máximo grado de paciencia; cuando surgía la necesidad de entrar en combate, combatían con ánimo firme; se tendían sobre la arena ardiente mientras repetían: «¡Ahad, Ahad!»; subían al patíbulo mientras recitaban poemas emotivos; y, aun después de caer heridos, su espíritu alado pronunció por última vez:
*****ÁRABE*****
«¡Por el Señor de la Kaaba, he triunfado!»
¿Cómo no habría de ser incontenible el avance de quienes poseen semejante carácter moral y desempeñan semejante papel? ¿Cómo no habría de inclinarse el mundo ante ellos?
Este carácter musulmán estableció en todos los ámbitos ejemplos tan inolvidables que quedarán escritos con letras de oro en la historia de la nación musulmana hasta el Día del Juicio. El maestro de este carácter, al despedirse del lugar de la ejecución, se aseguró de que los depósitos confiados a él fueran devueltos a sus propios asesinos. Quienes habían adquirido este carácter, después de cometer el delito de adulterio, se presentaron voluntariamente y confesaron su crimen, y obtuvieron del tribunal islámico la sentencia de muerte para sí mismos, a fin de presentarse puros ante Allah. Apenas unos minutos después de aceptar el islam, cuando una hermosa joven lo invitó a ser su compañero de diversión, él rechazó la invitación con repugnancia, diciendo: «No puedo desobedecer a Allah y a Su Mensajero». Durante una expedición de yihad, cuando el ejército musulmán pasó cerca de las viviendas de la tribu de Uzd, un soldado musulmán tomó de allí un recipiente para satisfacer una necesidad urgente. Pero el carácter musulmán mismo lo obligó a devolverlo. En una sociedad donde cada día se producían cientos de ejemplos semejantes, cada día tenía que producirse un terremoto.
¿Acaso la gente común de aquella sociedad no quedó atónita al contemplar el ejemplo de sacrificio establecido por los ansar, quienes dividieron en dos partes iguales sus casas y bienes, conservaron la mitad para sí y entregaron la otra mitad a sus hermanos emigrantes? ¿Podía aquella asombrosa igualdad no atraer al corazón de la gente, una igualdad que se manifestaba cuando un esclavo insignificante se situaba en la misma fila que los nobles, los pobres junto a los ricos y los desplazados junto a los habitantes originarios de Medina? Todos recibían importancia; todos obtenían honor y dignidad; se valoraba la opinión de cada uno y se daba a cada cual la oportunidad de asumir responsabilidades y demostrar su capacidad. Era como una familia cuyos miembros compartían por igual las alegrías y las tristezas, y participaban por igual en el pensamiento, la conciencia y las obras. Cuando llegaba el hambre, el líder era quien participaba más en ella. Cuando llegaba la prosperidad, el líder era quien menos participaba de ella. La sociedad quedó impresionada al ver matrimonios entre quienes, desde la perspectiva de la ignorancia preislámica, eran considerados superiores e inferiores. La gente común de la sociedad preislámica no podía dejar de sentirse atraída por el método sencillo y natural que el islam había ideado para aligerar la pesada carga de las costumbres y tradiciones. ¡Qué vida tan amorosa, ligera, sencilla y pacífica! En verdad, era una «hayatan tayyiba», una vida pura.
La sociedad también fue testigo del surgimiento de distintos talentos y capacidades entre los musulmanes. Vio cómo, con una rapidez extraordinaria, se desarrollaban las facultades intelectuales de quienes aceptaban el islam. Toda Arabia observó, asombrada, que unos alcanzaban la excelencia en el derecho, otros en la agricultura, otros en el comercio, otros en el arte de la guerra, otros en la administración y otros en la diplomacia; en suma, cada uno adquiría una nueva personalidad al sobresalir en algún campo.
Al describir este carácter, el Corán explicó repetidamente tanto a los enemigos del islam como al pueblo: «Ved qué hermoso y excelente modelo de humanidad surge del ideal de la verdad. Así es posible alcanzar la paz y la seguridad». El islam presentó este carácter como una prueba de su propia veracidad. Después lo comparó una y otra vez con el carácter preislámico, y también con el carácter de la Gente del Libro y de los hipócritas. Al colocar ambos uno junto al otro, les mostró: «Decid vosotros mismos cuál es mejor». Así se realizaba la comparación en el terreno de la realidad. Además, en todos los ámbitos de la vida se llevaba a cabo espontáneamente una observación comparativa.
Las situaciones de conflicto y enfrentamiento producen simultáneamente dos resultados notables. Cuando las personas se ven envueltas en disputas y conflictos, el carácter de algunas se fortalece, mientras que el de otras se quiebra y se hunde. El movimiento islámico hizo todo lo posible para que, al verse envuelto en conflictos y enfrentamientos, el carácter de los musulmanes se volviera más hermoso, equilibrado y depurado. Gracias a las rigurosas medidas de formación, purificación y enseñanza, el carácter musulmán mejoró progresivamente. Por el contrario, el carácter preislámico se encaminó gradualmente hacia la decadencia en medio de los conflictos, hasta hundirse finalmente y quedar destruido. Al carácter musulmán se le enseñó repetidamente la paciencia. En él se cultivaron la fuerza de la tolerancia y la capacidad de permanecer firme en los principios. A veces se impartían instrucciones estrictas: «No os excitéis al caer en la provocación». Otras veces se aconsejaba: «No os enredéis con los abanderados de las fuerzas de la ignorancia preislámica; no desesperéis; responded al mal comportamiento con buen comportamiento; contemplad la opresión y los excesos con espíritu de perdón; no seáis injustos con nadie por enemistad; no esperéis reformar a los mundanos ni desperdiciéis vuestro tiempo siguiéndolos; no os dejéis intimidar por la abundancia y el esplendor de los enemigos; no toméis decisiones apresuradas». Se observaba cada una de sus fluctuaciones psicológicas y, de inmediato, se les explicaba qué sería beneficioso para ellos. El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, prestó personalmente atención a cada miembro de su comunidad y desarrolló el carácter musulmán, según la ocasión adecuada, unas veces aconsejando, otras reprendiendo, otras expresando descontento y otras expresando satisfacción. A quien veía dotado de determinadas capacidades y con un temperamento particular, le daba consejos conforme a sus necesidades. Y a quien veía poseedor de ciertas debilidades, le planteaba precisamente las exigencias del islam que correspondían a ellas. Además, criticó severamente, después de cada acontecimiento importante, la conducta que la comunidad musulmana había mostrado en sus actividades colectivas. Ya se tratara de las batallas de Badr y Uhud, del tratado de Hudaybiyya, del cambio de la qibla o del incidente de la calumnia, después de cada acontecimiento histórico importante exponía al pueblo, por un lado, los detalles de las actividades de los enemigos y, por otro, criticaba sin reservas a su propia comunidad, señalaba sus errores y deficiencias y explicaba cómo remediarlos. Si sus compañeros cometían alguna injusticia contra sus enemigos, no intentaba ocultarla ni demostrar que era correcta. Por el contrario, reconocía el error ante el enemigo y, si alguien había sido matado injustamente, pagaba una indemnización. Reprendió a los compañeros por el incidente de Najla. Cuando el venerable Jalid mató por sospecha, durante la batalla, a un hombre que recitaba en voz alta la profesión de fe, pensando que no la pronunciaba sinceramente sino para salvar la vida, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, desaprobó aquella acción y se negó a asumir responsabilidad por ella. El islam no calificó de impecables e infalibles a los compañeros restantes, aparte del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Solo los describió colectivamente como puros, honestos y susceptibles de rectificación. En términos generales, afirmó que el carácter musulmán era claramente superior, más noble y más desarrollado que el carácter preislámico.
Luchar contra el liderazgo establecido, la autoridad y el entorno imperante no es ningún juego. Es una tarea que requiere mucho tiempo. En ella hay que afrontar numerosas pérdidas y daños, y trabajar con una mente muy fría y sin exaltación. Las fuerzas del entorno adverso intentan tirar hacia atrás, agarrando por la cintura, a quienes avanzan, y quieren desviar nuevamente a quienes buscan la reforma. Procuran encontrar resquicios para influir en sus mentes, de modo que puedan introducir otra vez en ellas, de algún modo, sus falsas creencias, costumbres, tradiciones y hábitos, y encontrar algún camino hacia la esclavitud mental y el compromiso que les permita seguir avanzando. Cuando, en medio de la lucha contra un entorno adverso, la fuerza y el valor de las personas poderosas quedan aplastados y hasta los sinceros comienzan a retroceder, el ser humano se prepara para abandonar las ideas revolucionarias y adoptar las antiguas. Aunque no abandone los principios ni las creencias, se dispone a aceptar la influencia extranjera en las costumbres culturales, la conducta y la vestimenta. En cuanto se abre una brecha tan pequeña, el entorno existente comienza a ensancharla gradualmente y, al final, introduce en la persona todo lo suyo. Si no puede completar su obra en la época de una generación, la completa en la de la siguiente. Sin embargo, al formar el carácter musulmán, el movimiento islámico tuvo plenamente en cuenta este peligro. Por eso dio a ese carácter una firmeza de acero y adoptó todas las medidas posibles para preservarlo. Por un lado, le enseñó a desarrollar una fuerza invencible para enfrentarse a los adversarios del islam —«ashiddā’u ‘alal-kuffār»— y, por otro, a ser compasivo y misericordioso con los demás —«ruhamā’u baynahum»—. Prohibió estrictamente imitar a los extranjeros, someterse mentalmente a ellos y mantener con ellos relaciones secretas de intimidad. Precisamente con el objetivo de crear entre los musulmanes esta estabilidad mental y firmeza, se invitó a los nuevos musulmanes a emigrar a Medina. Y si en algún lugar se reunía un número considerable de personas y estas prestaban una bay‘a «al estilo beduino» —es decir, una bay‘a en la que no se imponía la condición de emigrar—, se les ordenaba mantenerse alejados de los politeístas y no establecer con ellos relaciones de amistad ni matrimoniales. Debían formar su propia sociedad. Al mismo tiempo que se ordenaba obedecer a los padres no musulmanes, también se decía que, si los padres ordenaban abandonar el islam, jamás debía obedecérseles. No se puede obedecer a nadie contra el islam. La firmeza de este carácter era tal que no se dejó influir al contemplar la espléndida civilización de Irán ni sufrió complejo de inferioridad al ver la vida lujosa de Roma. Los musulmanes se presentaron en las grandes cortes reales con sus modales beduinos, pisando valiosas alfombras y sin inclinar la cabeza, y expusieron sus ideas con plena valentía. Una vez que este carácter fue fortalecido y estabilizado por completo en el plano mental y elevado por encima de todo complejo de inferioridad, también en los campos de batalla estableció ejemplos inolvidables de valentía y firmeza. El mundo contempló asombrado que, aunque este carácter fuera inferior en número y careciera de equipamiento suficiente, no era posible destruirlo ni detener su avance.
A pesar de que innumerables enemigos fanáticos expresaban en público sarcasmos, burlas, insultos, censuras y difamaciones, en su fuero interno seguramente envidiaban este carácter musulmán y consideraban a los musulmanes mejores que ellos mismos. Lamentaban no poder formar parte también de aquel grupo. En distintas ocasiones, los opositores lo reconocieron. Después de la batalla de Uhud, cuando Abu Sufyan, de pie sobre la montaña, preguntó a Umar: «¿Ha sido asesinado Muhammad?», Umar respondió: «Por Dios, está vivo y escucha lo que decís». Entonces Abu Sufyan dijo: «Aunque Abu Qayma ha dicho que Muhammad ha sido asesinado, nosotros os consideramos más veraces que él». De manera semejante, después del tratado de Hudaybiyya, lo que el enviado de Quraysh, Urwa ibn Mas‘ud, observó dentro de la comunidad musulmana y la forma en que lo relató a los dirigentes de Quraysh demuestra que los no musulmanes siempre reconocían la superioridad moral de los musulmanes. El relato que Abu Sufyan, pese a ser un acérrimo adversario del islam, ofreció ante el emperador de Roma sobre Muhammad y su movimiento también atestigua que, a pesar de su hostilidad, los enemigos reconocían abiertamente la superioridad de Muhammad y del islam. Cuando el recaudador de impuestos de Medina fue a cobrar el tributo a los judíos de Jaybar, estos, al observar la exactitud de su distribución, dieron testimonio de que aquella era la verdadera justicia sobre la que se sostienen el cielo y la tierra.
Continuamente, por todos los rincones de Arabia, se hablaba de la asombrosa situación y realidad de la recién formada sociedad musulmana. Se conversaba sobre el líder del movimiento y sus miembros. En resumen, cada vez que dos personas se reunían, el buen nombre y la fama de Muhammad, de la sociedad islámica, del movimiento islámico y del gobierno de Medina se convertían en el primer y principal tema de conversación.
Esta fuerza moral del movimiento islámico hacía eficaces y fructíficos sus argumentos y su llamamiento. Era el reconocimiento popular de la superioridad del carácter musulmán, y este reconocimiento general hacía que personas de todos los estratos se sometieran al islam. A continuación menciono algunos ejemplos de cómo la irresistible atracción del islam atraía a la gente de todas partes.
Comencemos por el período de La Meca. Cuando el célebre poeta Tufayl al-Dawsī llegó a La Meca, los qurayshíes le prohibieron reunirse con el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Finalmente, él mismo se entrevistó con él y aceptó el islam después de escuchar apenas unos cuantos versículos. ʿAmr ibn ʿAbasa vino a entrevistarse con el Mensajero de Allah tras oír hablar de su buena reputación y abrazó el islam. Damād ibn Thaʿlaba, amigo del Mensajero de Allah desde la infancia, vino como consejero y aceptó el islam después de escuchar unas pocas palabras de boca del Mensajero. Abū Dharr, un joven perteneciente a una tribu nómada de bandidos, llegó a La Meca tras oír hablar de la excelencia del islam y, protegiéndose como pudo del ambiente hostil, se reunió con el Mensajero de Allah, escuchó su predicación y aceptó la verdad. De pronto surgió en su interior una intensa emoción y fue ante la Kaaba para proclamar el mensaje de la verdad. Después sufrió el castigo por el «delito» de amar la verdad. Así, todos los que empezaban a integrarse en el movimiento islámico se convertían en predicadores dentro de sus propios círculos de influencia. Gracias a la predicación de algunos, toda su tribu se hacía musulmana. Suwayd ibn Ṣāmit se entrevistó con el Mensajero de Allah y quedó profundamente impresionado por él. Asimismo, ʿIyās ibn Muʿādh llegó desde Medina, se convirtió en partidario de la predicación del Mensajero de Allah y creó en Medina una opinión pública favorable al islam. Una delegación de veinte cristianos llegó desde Najrán, adquirió conocimiento del islam del Mensajero de Allah y, a pesar de los numerosos esfuerzos de los qurayshíes por impedirlo, partió llevando la luz del islam en sus corazones. Algunos yemeníes abrazaron el islam por medio de quienes habían emigrado a Abisinia, y a través de ellos el propio rey Negus vio iluminado su corazón con la luz de la fe. Los miembros de las tribus Aws y Jazray de Medina ya estaban abrazando el islam rápidamente antes de la llegada del Mensajero de Allah. Después de que el Mensajero de Allah emigrara a Medina, ya no quedó una sola casa a la que no hubiera llegado la luz del islam. Lo asombroso es que el célebre erudito judío ʿAbdullah ibn Salām quedó tan impresionado al escuchar un breve y sencillo sermón del Mensajero de Allah que finalmente aceptó el islam. Aquel sermón decía: «Oh, gente, difundid la paz entre la sociedad, alimentad a las personas, mantened buenas relaciones con vuestros parientes consanguíneos y rezad durante la noche, cuando la gente duerme». Del mismo modo, el monje cristiano Abū Qays Ṣirma ibn Abī Anas respondió al llamamiento del movimiento islámico. Zubayr ibn Muṭʿim había venido para liberar a los prisioneros de guerra de Badr. En esa ocasión, obtuvo la guía al escuchar varios versículos de boca del Mensajero de Allah. Abū Rāfiʿ, esclavo de los qurayshíes, llegó a Medina como emisario y abrazó el islam. No quería regresar. El Mensajero de Allah le explicó que no se podía retener a un emisario: «Regresa primero a La Meca; después, si lo deseas, ven a Medina». Abū Rāfiʿ regresó a La Meca y más tarde emigró nuevamente a Medina. Cuando se atacó a los Banū Qurayẓa por sus delitos, ʿAmr ibn Saʿd, uno de ellos, abrazó el islam.
El líder de Yamāma, Thumāma ibn Uthāl al-Ḥanafī, llegó como prisionero y, cautivado por el trato del Mensajero de Allah, abrazó el islam. La batalla de Uḥud estaba en curso. Precisamente en ese momento, ʿAmr ibn Thābit, de la tribu de Banū ʿAbd al-Ashhal, abrazó el islam e inmediatamente acudió al campo de batalla, donde combatió y alcanzó el martirio. En las difíciles circunstancias de la batalla del Foso, Nuʿaym ibn Masʿūd se integró en el movimiento islámico. Abū al-ʿĀṣ llegó a Medina y, de manera completamente inesperada, anunció su conversión al islam. Al ver los preparativos bélicos de los judíos de Jaybar, un pastor llamado Aswad preguntó contra quién y dónde se libraría la batalla. Cuando supo que se estaban preparando para luchar contra Muḥammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, abrazó el islam. Ḥālid y ʿAmr ibn al-ʿĀṣ abandonaron las filas de los qurayshíes y abrazaron el islam durante el período comprendido entre la tregua de Ḥudaybiyya y la batalla de Muʾta. Se habían cansado de luchar desde las fortalezas de la ignorancia. Por eso, el movimiento islámico los atrajo de inmediato. Fuḍāla llegó durante la conquista de La Meca, y Shayba durante la batalla de Ḥunayn, con la intención de matar al Mensajero de Allah. Sin embargo, ellos mismos fueron heridos por la espada de la verdad. Cuando miembros de las tribus Hawāzin y Banū Saʿd llegaron y abrazaron el islam, el Mensajero de Allah recordó a Mālik ibn ʿAwf y expresó la esperanza de que él también abrazara el islam. Al enterarse de la actitud del Mensajero de Allah, Mālik ibn ʿAwf acudió en secreto y abrazó el islam. Cuando el ejército musulmán venció a la tribu de Ṭayy, la hija de Ḥātim al-Ṭāʾī llegó a Medina como cautiva. Pidió al Mensajero de Allah que la tratara con bondad. El Mensajero de Allah aceptó su petición, le proporcionó una montura y la despidió. Ella informó de todo a su hermano ʿAdī ibn Ḥātim, que estaba furioso contra el islam, y le aconsejó que se presentara en Medina. ʿAdī llegó y, después de examinar la situación con sus propios ojos, comprendió que el Mensajero de Allah era verdaderamente el Mensajero de Allah; entonces abrazó el islam. El poeta Kaʿb ibn Zuhayr, que había combatido mediante sus poemas contra el islam y contra el Mensajero de Allah, acudió voluntariamente a Medina y abrazó el islam. Después compuso y recitó el célebre poema histórico «Bānat Suʿād». Consideremos también el caso de ʿAbdullah Dhū al-Bijādayn. Aunque este joven había sido influido por el islam, lo mantuvo oculto durante algún tiempo por temor a su tío. Cuando comprendió que no había esperanza de obtener el permiso de su tío, se despidió de él, de sus riquezas, de las ropas que le había dado y de su ambiente familiar; se puso una manta, llegó a Medina y abrazó el islam. Munqidh ibn Ḥabbān, un comerciante de la tribu de ʿAbd al-Qays de Baréin, llegó en un viaje comercial y permaneció varios días en Medina. El Mensajero de Allah tenía el plan de expandir el movimiento islámico en el extranjero. Conforme a ese plan, se acercó personalmente a Munqidh, se reunió con él y lo invitó al islam. Munqidh abrazó el islam. Cuando regresó a su casa e invitó a su padre, su padre también abrazó el islam. Más tarde, la gente común de su tribu también abrazó el islam. También hubo muchas personas que renunciaron a reinos, posiciones de liderazgo y altos cargos, y adoptaron la servidumbre de Allah.
Estos ejemplos muestran cómo el terreno se volvió gradualmente favorable y fértil para el islam. Primero uno, luego dos o cuatro, después cientos y finalmente miles de personas abrazaron el islam, hasta que se formó todo un mundo.
En cierta etapa se produjo una rápida y generalizada oleada de conversiones al islam, en grupos sucesivos. Aquí menciono únicamente a algunas personalidades destacadas que habían tomado la iniciativa en sus respectivos entornos. Cuando uno de ellos aceptaba el islam, se convertía también en predicador en su propia tribu y región. Con sus palabras y sus actos atraían a muchas otras personas, e incluso a tribus enteras. Además, la actividad del propio centro de predicación de Medina y la de los activistas internacionales impulsó a muchas personas a aceptar inmediatamente el islam, o las convirtió en sus partidarias y simpatizantes. Esta clase de simpatía también resultó sumamente beneficiosa para el movimiento islámico. Estos partidarios y simpatizantes podían hablar en favor del islam incluso mientras permanecían entre sus opositores, y al escuchar sus palabras nadie encontraba un obstáculo de hostilidad o estrechez de miras. Había personas de este tipo entre los qurayshíes, los judíos y los beduinos, y fueron principalmente ellas quienes, durante la tregua de Hudaibiyya, impulsaron a los qurayshíes a firmar el tratado. Una persona de este tipo prohibió a Abu Sufyan regresar y volver a atacar a los musulmanes después de la batalla de Uhud. Otra persona de este tipo se opuso a que se impidiera el envío de un cargamento de alimentos a ellos mientras el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— estaba prisionero en el desfiladero de Abu Talib (Shi‘b Abu Talib). Fueron personas de este tipo las que pusieron fin a aquel injusto tratado de boicot. Mukhayriq, que siendo judío entregó su vida por los intereses del movimiento islámico, también era una persona de este tipo. En suma, junto a los conversos al islam comenzó a formarse también un grupo de partidarios y simpatizantes de esta clase. Este grupo contribuyó en cierta medida a allanar el camino del éxito de la revolución islámica. La mayoría de ellos tuvo posteriormente la dicha de aceptar el islam. En resumen, los grupos de propagadores directos e indirectos de la revolución islámica se habían extendido por toda Arabia. Medina era la fuente de inspiración de todos ellos. Recibiendo fuerza de ella, los buscadores de la verdad dispersos por todas partes llevaban la luz de la palabra del islam a sus propios círculos. Medina era como el sol, y los diversos planetas y satélites extendidos a gran distancia a su alrededor recibían de ella la luz que iluminaba su entorno.
Aquí he presentado brevemente algunos ejemplos que muestran cómo una sola persona o un pequeño grupo podía influir en una tribu o una región entera. Un ejemplo, posiblemente el más grande y brillante, es el del joven medinense Suwayd ibn Samit, quien fue a La Meca, recibió del Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— la luz de la kalima tayyiba, y después muchas personas de Medina fueron influidas por él. De este modo, Medina se convirtió en cierto momento en el centro del movimiento islámico. Aunque Tufayl al-Dawsi no pudo influir rápidamente en toda su tribu debido a su temperamento, gracias a él el movimiento islámico llegó a ser conocido en Yemen. Influida y alentada por los emigrantes a Abisinia, la tribu de Ash‘ar aceptó el islam sin que nadie más la motivara. Mediante la predicación de Damad ibn Tha‘laba, toda su tribu aceptó el islam. Cuando el venerable Abu Dharr al-Ghifari regresó de La Meca, iniciado en la ideología revolucionaria del islam, la mitad de los miembros de su tribu aceptó el islam gracias a su predicación. La otra mitad, después de que el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— llegara a Medina
se hizo musulmana. Después, desde la tribu de Ghifar el islam penetró también en la tribu de Aslam, y poco a poco toda la tribu fue iniciada en el islam. Por medio de Munqidh ibn Hayyan se produjo la expansión del islam en Baréin. Algún tiempo después, Munqidh llegó a Medina acompañado por catorce compañeros. En suma, el asunto parece justamente como la afirmación del Evangelio que dice: «El reino de Allah —es decir, la invitación a la verdad— es como la levadura. Si una mujer mezcla un poco de levadura con la harina, toda la harina se convierte en levadura».
Dondequiera que llegaba el islam y algunas personas lo aceptaban, allí se formaba inevitablemente una sociedad. La mezquita no era únicamente un lugar para la oración, sino también el centro de todas las actividades culturales del islam. Servía a la vez como institución educativa, lugar de consulta, espacio de reunión social y casa de huéspedes. En realidad, la mezquita constituía el símbolo del movimiento islámico, y su existencia en toda la región equivalía a proclamar que aquel lugar se había convertido en «una fortaleza del islam». Por eso el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— ordenaba a las tribus que acababan de hacerse musulmanas que construyeran mezquitas. También ordenaba a los soldados que dejaran de usar las armas en cualquier zona donde se oyera la llamada a la oración. Esta orden equivalía, en realidad, a alentar la construcción de más mezquitas. En los asentamientos musulmanes, la gente construía mezquitas como un medio adecuado para propagar su nuevo ideal revolucionario. Desde allí se proclamaba la doctrina islámica mediante la llamada a la oración y se impartía formación en la organización islámica mediante la oración en congregación. Gracias al estímulo del Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, las mezquitas comenzaron a construirse ya durante su vida. En Baréin se construyó una mezquita desde el comienzo. Después de la Mezquita del Profeta, allí se celebró la primera oración del viernes. Las mezquitas eran instituciones de la comunidad y funcionaban bajo tutela gubernamental. Quienes eran enviados desde Medina para desempeñar cargos administrativos en una región se convertían también en los imanes de las mezquitas de esa región. Las tribus que permanecían fuera de la administración de Medina consultaban al Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— sobre el nombramiento del imán de sus mezquitas. Después nombraban al imán conforme a los criterios establecidos por el Mensajero. En todos los lugares donde el Mensajero había permanecido durante una guerra o un viaje, había rezado o había ocurrido algún acontecimiento importante, se construyeron numerosas mezquitas.
La fuerza de los tratados y el entendimiento
Junto con la amplia labor de predicación y transmisión del mensaje realizada entre la población mediante los métodos directos mencionados anteriormente, también se adoptaron otras importantes medidas de apoyo. Una de ellas fue la expansión de la influencia política de Medina. Esta expansión se llevó a cabo en gran medida mediante tratados y relaciones de alianza. La ampliación por parte del Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— del ámbito de influencia del gobierno mediante tratados y acuerdos, así como la extraordinaria atención que prestó a este asunto, muestran claramente que deseaba evitar la guerra y los conflictos tanto como fuera posible y crear por todas partes un ambiente de paz y seguridad, para que la labor de predicación pudiera realizarse adecuadamente en un entorno tranquilo y la tensión militar no se interpusiera. Cuando se volvió inevitable adoptar medidas militares para proteger el islam, el Estado islámico y la paz, no sufrió ninguna vacilación. Sin embargo, si era posible librarse de la guerra y los conflictos, y mediante la paz y el entendimiento era posible garantizar la protección política del Estado, su estabilidad y un entorno sin obstáculos para la predicación del islam, nunca abandonaba la vía de los tratados y el entendimiento. El propio Estado islámico no se estableció mediante el poder de la espada, sino gracias a la fuerza de un pacto constitucional. Después, para la defensa del Estado y la expansión de su influencia, utilizó las relaciones de alianza tan ampliamente que, en comparación, la proporción de las medidas militares fue insignificante.
No es fácil construir relaciones basadas en tratados y alianzas. Especialmente cuando existen diferencias religiosas y hostilidad política, cuando fuerzas enfrentadas intervienen en el asunto y cuando este se relaciona, en general, con tribus y personas completamente desconocidas entre sí, se requiere una extraordinaria habilidad política. Es necesario conocer la situación, la mentalidad y la fuerza de los interlocutores; comprender el equilibrio de poder existente en un momento determinado entre las distintas partes de la sociedad; observar la influencia y el prestigio de los grupos opositores; identificar condiciones aceptables para cada una de las partes; hacer que las conversaciones sean psicológicamente eficaces, y cumplir muchas otras condiciones indispensables. En realidad, no se encuentra en ninguna parte un ejemplo de la perspicacia política, la capacidad de liderazgo y la aptitud diplomática que el Mensajero (s.a.s.) demostró en este ámbito. No se encuentra tal ejemplo porque, al establecer relaciones tan duraderas, el Mensajero (s.a.s.) no permitió que se perjudicara ni en lo más mínimo el ideal islámico, sus propios principios morales o su dignidad política. De otro modo, debido a la grave destrucción de la moral que suele producirse en el ámbito diplomático, la palabra «diplomacia» ha adquirido mala fama. La política misma se ha convertido hoy en un asunto indeseable. Se dice que la política no tiene carácter ni una última palabra. La política es como un tanque que, por dondequiera que avanza, aplasta todos los valores humanos a su paso. Pero el Mensajero (s.a.s.) transformó por completo el significado de la diplomacia y la política. No solo liberó y purificó estas dos actividades de toda inmundicia, sino que infundió en ellas la fuerza vital de la honestidad y la adoración. Hoy, al leer en los libros sobre la conducción de actividades políticas y diplomáticas conforme a los principios islámicos, alcanzar en ellas un éxito extraordinario y, mediante ellas, unir a las tribus dispersas y congregarlas a su alrededor, todo parece fácil. Pero solo quien realizaba realmente esas tareas en el desierto de Arabia sabía cuán difíciles eran.
En este proceso de alianzas basadas en tratados, no solo se facilitó una expansión más amplia del islam mediante la circulación de los predicadores musulmanes, la libre interacción con la población y la creación de oportunidades ilimitadas para el contacto directo de los miembros de las tribus aliadas con Medina, sino que también contribuyó a ampliar la influencia del movimiento islámico de otra manera: gracias a ello, la perspicacia política y la previsión del liderazgo islámico conquistaron la confianza de la población. Por mucha devoción y afecto que el pueblo sienta por las personas piadosas formadas por conceptos religiosos y espirituales limitados, y por mucha confianza que deposite en su santidad, nunca les confía las riendas del liderazgo y la autoridad de la vida colectiva. El liderazgo y la autoridad de la vida colectiva siempre se han confiado a quienes, según la opinión de la gente, poseen capacidad y competencia para asumir responsabilidades colectivas. A veces ocurre incluso que el pueblo, colmando de elogios a un grupo, dice que sus miembros son personas muy buenas, que hacen muchas obras buenas, que sirven al pueblo, etcétera. Pero con esos elogios quiere dar a entender que esas buenas personas son completamente incompetentes para los asuntos del mundo. Al escuchar los elogios de la gente, los miembros de esta clase suelen caer en la errónea idea de que la opinión pública está muy a su favor. Si la organización musulmana de aquella época hubiera formado personas de tal carácter que, aunque fueran sumamente piadosas y temerosas de Dios en el aspecto religioso, fueran incapaces de demostrar cualquier aptitud para los problemas políticos y sociales del mundo, la reacción del pueblo habría sido: son buenas personas, dicen cosas buenas y tratan bien a la gente. Pero el pueblo nunca habría podido esperar que ellas fueran capaces de establecer un nuevo sistema, gobernar el Estado y dirigir la sociedad. El movimiento islámico no vino para formar personas devotas de Allah que, como individuos, fueran únicamente devotas de Allah, buenas y sencillas, pero que no poseyeran la habilidad política necesaria para ejercer autoridad en la vida colectiva; personas a las que el pueblo no reconociera como aptas para un liderazgo alternativo y superior, ni de las que pudiera esperar la construcción de un futuro más luminoso. Cuanto más devotos y temerosos de Allah eran los líderes y activistas musulmanes formados por el movimiento islámico, tanto mayor era también su perspicacia y competencia políticas. Dejaron constancia de su excelencia en este ámbito mediante sus propias obras. De este modo, la población contemporánea fue quedando gradualmente impresionada por la capacidad de liderazgo del Mensajero (s.a.s.) y de las fuerzas musulmanas que actuaban bajo su dirección; Medina continuó siendo el centro de sus esperanzas y, como consecuencia, sus corazones fueron abriéndose cada vez más al islam. En suma, la invitación a la religión y la expansión de la influencia política —estas dos tareas dependían mutuamente una de otra, y la fuerza vital conjunta de ambas impulsó al movimiento islámico hacia un avance irresistible. Teniendo presente esta verdad fundamental, examinemos las relaciones de amplio alcance basadas en tratados que estableció el Mensajero (s.a.s.). Las estableció con gran rapidez, aunque en aquel entonces las comunicaciones eran sumamente precarias.
1. El pacto de Aqaba
En lo que respecta a las relaciones basadas en pactos, ante todo debe mencionarse el Pacto de al-Aqabah. Este pacto fue a la vez un compromiso religioso y una promesa política. En la primera reunión de al-Aqabah, un grupo de jóvenes entusiastas de Medina reconoció, al estrechar la mano del Mensajero (saw), que creía en su misión profética. En la segunda reunión también se incluyó la promesa de obedecer el liderazgo político del Mensajero (saw). En el camino de La Meca a Mina hay elevadas paredes paralelas a las montañas, a ambos lados del camino. A un furlong de Mina, en la montaña del lado izquierdo, se puede ver un pequeño valle semicircular. Este es el lugar protegido donde, en el silencio y la oscuridad de la noche, se celebró el Pacto de al-Aqabah. Debido a la presencia de los judíos en Medina, los Ansar tenían un conocimiento general de la religión revelada y de la sucesión de los profetas. Conocían las profecías relativas al último Profeta prometido. También recordaban que los judíos solían amenazarlos diciéndoles: «Cuando llegue ese último Profeta prometido, nos uniremos a él y os derrotaremos». Así, por un lado, entre los Ansar había surgido el anhelo de la guía divina y, por otro, había nacido inconscientemente el deseo de que, cuando llegara aquel Profeta prometido, ellos fueran los primeros en creer en él. Además, estaban cansados de la prolongada rivalidad y los conflictos mutuos entre Aws y Jazray, y esperaban una oportunidad de paz y seguridad. Sin embargo, el problema era que, debido al antiguo ambiente de rivalidad, las dos tribus no estaban dispuestas a aceptar el liderazgo de la otra. Necesitaban imperiosamente una tercera fuerza. Por todas estas razones, cuando los habitantes sensatos y amantes de la paz de Medina conocieron directamente al Mensajero (saw) y tuvieron la oportunidad de escuchar su invitación, sus corazones se llenaron de entusiasmo y anhelo por aceptarla. Las noticias sobre su misión profética ya les habían llegado. Mediante el diálogo directo llegaron a una decisión definitiva. La influencia del hermoso rostro y la personalidad del Mensajero (saw), unida a su discurso de invitación, dio forma final a aquella revolución mental. Aquel fue un momento histórico: algunos Ansar, durante la primera promesa de fidelidad, habían partido de Medina con el propósito de establecer relaciones amistosas con los coraichitas. Si este objetivo se hubiera cumplido, la historia del movimiento islámico habría sido completamente distinta. Pero en el último momento cambiaron de parecer. Apartaron de sus corazones la idea de los coraichitas y decidieron establecer contacto con aquel sol naciente de La Meca que, desde el oriente del horizonte de la historia, proyectaba nuevos rayos de luz e iluminaba el horizonte.
En la primera promesa de fidelidad, el Mensajero (saw) obtuvo de ellos el compromiso respecto de varios asuntos doctrinales y morales. Se comprometieron a no asociar a nadie con Allah, no robar, no cometer adulterio, no matar a sus hijos, no lanzar acusaciones calumniosas contra nadie y no desobedecer las órdenes del Mensajero (saw) en lo relativo a las buenas obras.
En la segunda promesa de fidelidad, los Ansar añadieron lo siguiente: «Escucharemos y obedeceremos las órdenes del Mensajero (saw) en toda circunstancia, tanto si la situación es favorable como si está llena de peligros; tanto si una orden nos agrada como si nos desagrada, o si va en contra de nuestra opinión. No entraremos en conflicto con nuestro líder y no temeremos la censura de ningún censor».
Mediante este breve compromiso quedó establecida la relación política entre Muhammad (saw) y los Ansar, y este grupo se convirtió abiertamente en un partido político. Aceptaron plenamente el liderazgo del Mensajero (saw) como digno de seguimiento e imitación. También prometieron no entrar en conflicto con los dirigentes ni emprender ninguna acción para arrebatarles su posición. Se estableció el principio de la consulta de modo que, en cada asunto, se presentara aquello que fuera correcto y justo. En cuanto a la lucha por establecer la religión de Allah, se comprometieron a cumplir, incluso ignorando las críticas del mundo entero, todas las responsabilidades y deberes que se les impusieran. Era un compromiso tal que, desde ese momento, cualquier territorio que quedara bajo la autoridad de este grupo, si no estuviera sometido a ninguna otra autoridad política y el liderazgo y el poder estuvieran completamente concentrados en sus manos, haría que el grupo se convirtiera inmediatamente en un Estado.
Junto con estos asuntos, también se estableció que, después de que el Mensajero (saw) emigrara a Medina, los Ansar que habían pactado lo protegerían exactamente como protegían a sus propias esposas e hijos. En otras palabras, quedó establecido un pacto de unidad defensiva entre el Mensajero (saw) y el grupo islámico de Medina. Desde este punto de vista, el valor político del Pacto de al-Aqabah aumentó aún más y adquirió un carácter «revolucionario».
Después, por নির্দেশ del Mensajero (saw), fueron nombrados doce representantes o naquib de la organización islámica de los Ansar de Medina, quienes responderían ante el Mensajero (saw). Además de la difusión y expansión de la invitación islámica, se les encomendaron responsabilidades políticas. Según el relato de Abdullah ibn Abu Bakr, el Mensajero (saw) dijo a estos naquib: «Seréis responsables de vuestro pueblo del mismo modo que los discípulos auxiliares de Jesús eran responsables ante él. Y yo también soy responsable de mi pueblo, es decir, los habitantes de La Meca». (Sirat Ibn Hisham, vol. 2, pp. 36-57; Ahde Nabawi ke Maydanha-ye Jang, Dr. Hamidullah Siddiqi, pp. 7-10).
Después del nombramiento de los naquib, la estructura administrativa que se creó en Medina no era solamente religiosa, sino que también se había vuelto política y revolucionaria. La exigencia espontánea y natural de una estructura semejante era que se transformara en un Estado lo antes posible, o más bien en la primera oportunidad. Y así sucedió en la realidad: apenas unos meses después de la emigración del Mensajero (saw), se establecieron los fundamentos del Estado islámico.
Esto demuestra que el movimiento islámico, tras completar la etapa inicial de la invitación, entró en la etapa estatal mediante un pacto, y no mediante el uso de la fuerza militar.
2. El pacto constitucional
El segundo pacto más importante en la historia del movimiento islámico dirigido por el Mensajero (s.a.s.) fue el pacto que estableció los fundamentos del Estado islámico de Medina. Probablemente, en toda la historia del mundo no se haya fundado ningún Estado sin emplear, en mayor o menor medida, la fuerza; y la fundación de un Estado ideológico resulta aún más difícil. Esto se debe a que sus principios fundamentales suelen provocar una extraordinaria agitación en todo el entorno, y cuando se intenta establecerlo en un ambiente desconocido, con la colaboración de personas diversas, es inevitable que surja una situación sumamente conflictiva. Este pacto constitucional de Medina presenta un ejemplo incomparable de la sabiduría política, la prudencia y la capacidad propia de un líder del Mensajero (s.a.s.). Entre las partes de este pacto se incluían los emigrantes, los individuos musulmanes, politeístas y judíos de las dos principales tribus de los Ansar, Aws y Jazray, así como las tribus judías desgarradas por conflictos y enfrentamientos mutuos.
En realidad, el Mensajero (s.a.s.) conocía Medina desde su infancia, pues era la tierra de sus tíos maternos. Había ido allí y se había quedado durante su niñez. Después, como llamado a proclamar el islam, durante los dos o tres últimos años de su vida en La Meca, una vez establecido el contacto con Medina, había investigado desde una perspectiva política la situación excepcional de aquel lugar. Tras emigrar a Medina, también desapareció la poca carencia que aún tenía de información directa y reciente sobre las relaciones mutuas de sus habitantes y otros asuntos. En aquel entonces, la población total de Medina era de aproximadamente cinco mil personas, y casi la mitad eran judíos. Entre esos habitantes, el número de musulmanes, incluidos los Ansar y los emigrantes, no superaba los quinientos. Con este grupo minoritario activo, siempre alerta, consciente y bien organizado, el Mensajero (s.a.s.) puso bajo su liderazgo a los cinco mil habitantes. Las dos principales tribus de los Ansar estaban divididas en doce subtribus y entre ellas existía un largo conflicto histórico. Los habitantes comunes también estaban desgarrados por enfrentamientos y conflictos. Esto se debía a que tanto la población árabe como la judía permanecía dividida en dos grupos, y siempre surgían disputas entre ambas partes por algún asunto. De este modo, todas las comunidades estaban extenuadas por las guerras, las luchas y las discordias, y anhelaban la paz. Para satisfacer esta sed universal de paz, se había vuelto urgente la necesidad de un liderazgo constructivo. Poco antes se habían estado haciendo preparativos para coronar a Abd Allah ibn Ubayy con el fin de llenar el vacío de liderazgo. Pero, al escuchar de repente acerca del Mensajero (s.a.s.) y de su llamamiento, la atención de los Ansar se dirigió hacia él.
La situación de los judíos también había llegado a tal punto que sus dos grandes grupos estaban divididos internamente en diez subtribus y eran rivales entre sí.
Estos judíos, asentados lejos de la tierra de sus antepasados, estaban angustiados por el temor de que su existencia llegara a desaparecer. Luego, cuando de repente el Mensajero (s.a.s.) incorporó a los Ansar a su propia causa y sus antiguas relaciones de alianza con los judíos comenzaron a romperse, estos sintieron como si el suelo se les retirara bajo los pies. En esta situación, el Mensajero (s.a.s.), bajo la guía de la revelación de Allah, hizo todo lo posible por ganarse el corazón de los judíos y atraer sus sentimientos positivos. Como resultado de este esfuerzo, el ambiente se volvió propicio para establecer un consenso político. El hecho de que el Mensajero (s.a.s.) conociera a los habitantes de Medina de todas las clases, estuviera familiarizado con sus intereses, problemas y psicología, y lograra conducirlos a todos hacia un mismo objetivo en tan poco tiempo, lo elevó políticamente a una posición tan alta que incluso al reflexionar sobre ello quedamos desconcertados. El grupo musulmán ya poseía, bajo el liderazgo de Muhammad (s.a.s.), una organización sumamente sólida y firme en materia de creencias y moralidad. Además, el juramento de Aqaba lo había convertido en un grupo político revolucionario. Y, por ser un grupo idealista, también tenía de manera espontánea la capacidad de desarrollarse y evolucionar; por eso alcanzó fácilmente la máxima importancia en Medina. Las tribus de los Ansar no tenían una ideología alternativa ni liderazgo, pues la mayoría de sus jefes ya se había incorporado al movimiento islámico. Aunque entre esas tribus había no pocos politeístas o judíos, no estaban involucrados en ninguna actividad opositora. Permanecían en silencio y seguían a los musulmanes dirigentes. Una o dos tribus árabes o judías no tenían una importancia comparable frente a los musulmanes. Esta composición de los habitantes de Medina concordaba plenamente con el plan de acción del Mensajero (s.a.s.). Por ello, tras resolver los problemas iniciales, construyó la infraestructura política en apenas unos meses. Según el análisis de los orientalistas europeos, el pacto en cuestión constaba de cincuenta y tres cláusulas. A la luz de los registros históricos, ha surgido una discrepancia sobre un aspecto de este pacto. Algunos dicen que fue redactado íntegramente en el primer año de la Hégira. Según otros, una parte fue redactada en ese año y la otra después de la batalla de Badr. Es decir, desde la perspectiva de los historiadores occidentales, constaba de dos partes separadas: las cláusulas 1 a 23 y las cláusulas 24 a 47. Si aceptamos esta segunda opinión, también en ella podemos apreciar una muestra de la sabiduría y prudencia políticas del Mensajero (s.a.s.). Primero construyó la infraestructura política con los emigrantes y todos los Ansar, incluidos los no musulmanes. Después, las tribus judías pudieron haberse sentido débiles y vulnerables al mantenerse aisladas. Pero políticamente habían caído por completo en una situación de no pertenecer ni a un lugar ni a otro. Luego, cuando vieron que los musulmanes regresaban victoriosos del campo de Badr, algo que nunca habían esperado, quizá pensaron que todavía debían ocupar, mientras estaban a tiempo, un lugar apropiado en la infraestructura de Medina.
El comentario del doctor Hamidullah Siddiqi sobre este pacto constitucional es que no tiene precedente en la historia. Fue redactado con una competencia política de altísimo nivel y en un lenguaje documental sumamente cuidadoso. En él, el Mensajero (s.a.s.) obtuvo de personas de todas las clases y comunidades el reconocimiento de los valores ideológicos y políticos que deseaba establecer. Parece pertinente analizar aquí sus declaraciones más importantes, para poder determinar correctamente el valor y la importancia política de este documento.
Este documento comienza con «Bismillāh al-Raḥmān al-Raḥīm». Su encabezamiento dice: «Este documento escrito ha sido promulgado por el profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz».
Así, desde su comienzo quedaron establecidos los fundamentos de la ideología política básica del islam. Los musulmanes fueron establecidos como el elemento central de la infraestructura política formada sobre la base de este documento. Así se declara al principio:
«Los quraysh y los habitantes de Yathrib son creyentes y musulmanes, así como quienes los siguen, quienes se adhieren a ellos y quienes participan con ellos en la yihad (para establecer las relaciones entre todos ellos)»
En ella se menciona como elemento central del Estado a los creyentes procedentes de La Meca y a los creyentes de Medina. Los demás obtendrán la ciudadanía como sus seguidores. Al hacer que las tribus judías fueran partes del pacto y emplear la expresión «junto con los creyentes», se las incluyó políticamente en la misma umma (de los artículos 25 al 35).
También se afirma que «los creyentes son hermanos unos de otros» (artículo 15). Se declaró que todos los musulmanes serían partes iguales en la guerra y en la paz (artículo 17). Se ordenó estrictamente a los musulmanes que permanecieran unidos en la aplicación del qisás (la ejecución del asesino) y que nunca dieran refugio al asesino. Sin embargo, nadie debía excederse, y quien lo hiciera debía ser objeto de represalias (artículos 19, 21 y 32). Ningún creyente puede matar a un creyente en lugar de un incrédulo. Tampoco puede ayudar a un incrédulo contra un creyente (artículo 14). Incluso el musulmán más humilde puede conceder refugio a cualquier persona, y todos deben asumirlo como una responsabilidad encomendada por Allah (artículo 15). Cuando surja una discrepancia, habrá que recurrir a Allah y a Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, para que dicten sentencia (artículo 23). Es deber de los creyentes temerosos de Allah unirse para combatir todo vicio, delito y opresión (artículo 13). En la parte inicial se repite, para avivar la inspiración ideológica de la Constitución, que determinadas tribus musulmanas deben observar la «justicia» y la «equidad» en asuntos como el rescate, y hacerlo «en el sentido comúnmente aceptado de estos términos entre los musulmanes» (artículos 3 a 12). En esta Constitución se incluyó el importantísimo término islámico «fi sabilillah» (por la causa de Allah) (artículo 19). Del mismo modo, se incluyeron los tres términos «opresión», «pecado» y «buenas obras» (artículo 36). La Constitución también establece que los creyentes temerosos de Allah y moderados siguen el camino más recto (artículo 20). La afirmación «es derecho del oprimido recibir ayuda» presenta un principio islámico auténtico, que es también un principio humanitario universal. Se obtuvo el reconocimiento de todas las partes a este principio, y se declaró asimismo que Allah ayudaría a quien observara las disposiciones de esta Constitución con la máxima sinceridad y lealtad (artículos 42, 46 y 47).
Véase también con qué claridad se resolvieron en este documento las cuestiones políticas. Se mencionó como territorio inicial del Estado islámico el área central de aproximadamente cien millas cuadradas correspondiente a la zona residencial de los firmantes del documento, es decir, la ciudad de Medina (cuya descripción geográfica ya se ha ofrecido), y se la declaró también zona sagrada (artículo 39). Se anunció de antemano que quienes, entre la comunidad judía, se convirtieran en nuestros seguidores recibirían ayuda y los mismos derechos, junto con todos los derechos civiles. La disposición en la que se afirmó esto refleja sabiduría y prudencia políticas. Por una parte, esta disposición alentaba a aceptar el islam y, por otra, ofrecía una solución a cualquier crisis política (artículo 16). Se declaró que todos los firmantes de este pacto constituían una sola unidad política: *********** (artículo 1). La mayor muestra de sabiduría y prudencia políticas es su artículo 23, que otorgó exclusivamente a Allah y a Su Mensajero Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, la autoridad para resolver cualquier discrepancia; y, si se producía cualquier disputa, conflicto o asesinato, también debía presentarse ante Allah y Su Mensajero Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él (artículo 42). No se podía impedir que se tomara represalia por una agresión o un asesinato (artículo 36). La responsabilidad por la opresión del opresor y por el delito del asesino recaería únicamente sobre el propio delincuente o su familia (antes recaía sobre toda su tribu y clan), y no sobre ninguna otra persona (artículos 25 y 26). Se consideró que cada tribu era la unidad básica de la estructura política, y sobre esa base se establecieron los cimientos del gobierno central.
En materia de defensa, se estableció que, si Yathrib era atacada, sería obligatorio que las partes firmantes se ayudaran mutuamente (artículo 44). Si alguien entraba en guerra con cualquiera de las partes firmantes del pacto, sería deber de todos los firmantes ayudar sinceramente a la parte atacada (artículo 37). Mediante una disposición, este documento también confirió al Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, la autoridad sobre la defensa. Estableció que nadie emprendería ninguna actividad militar sin el permiso del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él (artículo 36). Las demás partes no tendrían ninguna responsabilidad en la lucha religiosa particular de una de ellas (artículo 45). Cuando se invitara a una de las partes a concertar una tregua, las demás también concertarían la tregua con ella (artículo 45). Para eliminar definitivamente cualquier posibilidad de alianza con los quraysh, se hizo aceptar a todos que ningún ciudadano politeísta no musulmán de Medina ofrecería protección a las vidas y bienes de los quraysh, ni obstaculizaría a ningún creyente en este asunto (artículo 20). No se daría refugio a los quraysh ni a quien les ofreciera refugio (artículo 43). En cuanto a los gastos militares, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, añadió sabiamente la disposición de que cada parte sufragara por sí misma los gastos de su propia guerra (artículos 37 a 44). Pues sabía que los judíos serían reacios a aportar su parte y que, si se ponía un fondo común en sus manos, malversarían sus recursos.
En el ámbito económico, por una parte, la responsabilidad de pagar la compensación económica por un homicidio y el rescate de los prisioneros de guerra se asignó, conforme a la costumbre vigente en Arabia, a la tribu de la persona correspondiente. Del mismo modo, la carga de la deuda de quien hubiera perdido la capacidad de pagarla se convirtió en una responsabilidad colectiva.
En cuanto a la libertad religiosa, se estableció que los musulmanes conservarían la religión de los musulmanes y los judíos, la religión de los judíos (artículo 25). En realidad, la comunidad musulmana constituía una sola unidad tanto en el aspecto religioso como en el político, y sobre ella recaía una doble responsabilidad. Sin embargo, en lo que se refería exclusivamente a las relaciones políticas, se concedió a todas las partes asociadas la libertad de seguir su propia religión. (Sira de Ibn Hisham, tomo II, pp. 119-123; Ahde Nabawi ka Nezame Hukmrani, Dr. Hamidullah Siddiqui, pp. 76-111).
Ahora revisen las disposiciones mencionadas, artículo por artículo, como resumen conciso del documento, y reflexionen sobre cómo el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, estableció con tanta habilidad y prudencia su ideal como fundamento de la Constitución del Estado islámico multinacional de Medina, consolidando su liderazgo y autoridad en todos los ámbitos, tanto militar como judicial. Determinó que hacer frente a los quraysh era responsabilidad colectiva de todos y logró que todos aceptaran cumplirla. Además, cerró de antemano numerosos caminos que podían conducir a peligros potenciales. Cabe señalar que este pacto tenía el rango de un documento constitucional. Ninguno de sus firmantes tenía derecho a separarse de él o romperlo cuando quisiera. Si lo hacía, perdería precisamente los derechos civiles que había adquirido, dentro de los límites de este Estado islámico, como resultado de dicho pacto. Por esta razón, contra las tribus judías que posteriormente pisotearon por completo este pacto se adoptaron exactamente las medidas que merecen los rebeldes y los traidores.
A este respecto, es necesario comprender aquí el significado de que la hégira fuera obligatoria a la luz de esta evidencia. Uno de los objetivos principales de que la hégira fuera obligatoria era que la nación musulmana sobre la cual se había fundado el Estado islámico de Medina se fortaleciera aún más. Es cierto que, si en el sistema tribal de Arabia los musulmanes hubieran permanecido dispersos, uno o dos aquí y allá, su destino podría haber sido que, después de ofrecer cierta resistencia y librar algunos conflictos, acabaran un día disolviéndose en el sistema social de la ignorancia o muriendo víctimas de la opresión y la persecución. Por esta razón también era indispensable reunir y organizar a todos los musulmanes. Pero, además, para la estabilidad del Estado islámico de Medina, era necesario que todos los musulmanes dispersos acudieran desde todas partes y se congregaran en Medina. Más tarde, cuando ninguna de estas dos necesidades subsistía, se anunció: «Una vez alcanzada la victoria completa, ya no hay necesidad de la hégira». Es decir, cuando toda la península arábiga se convirtió en el «territorio del islam» (Dar al-Islam), quedó sometida a la autoridad de Medina y no permaneció en ninguna región ningún bloqueo ni impedimento para quienes abrazaban el islam, se retiró la obligación de emigrar a Medina.
Sobre la base de este pacto se estableció el Estado islámico de Medina y se consolidó el liderazgo de Muhammad (s.a.s.). Por primera vez, los musulmanes tuvieron la oportunidad de predicar libremente el islam en una zona de cien millas cuadradas habitada por cinco mil personas. Allí, el poder político del islam también servía espontáneamente de apoyo a la labor de predicación. Además, la presencia del gobierno islámico ayudó a los musulmanes a extender la predicación por los alrededores de Medina.
3. Pactos con diversas tribus
Mientras se esforzaba por convertir Medina en una unidad política y establecer los cimientos del Estado islámico, el Mensajero (s.a.s.) también procuró organizar a las tribus de los alrededores. En dos o tres ocasiones envió delegaciones compuestas por sus nobles Compañeros. En el duodécimo mes de la hégira, es decir, en el mes de Safar, el Mensajero (s.a.s.) se dirigió personalmente a Waddan (un lugar situado en el camino de Medina a La Meca). Allí concertó un pacto con la tribu de Banu Hamza o Banu Damra. Por parte de esa tribu, firmó el pacto Amr ibn Fahshi al-Damri. (Ibn Hisham, tomo II, pp. 4-223; Zad al-Ma‘ad, tomo I, p. 334; Rahmatul-lil-Alamin, tomo I, p. 138).
Antes de esto, un grupo de emigrantes había llegado hasta el lugar cercano llamado ‘Is, creando así un ambiente favorable para establecer relaciones de amistad. (Rasul-e Akram ki Siyasi Zindagi, Dr. Hamidullah Siddiqi, p. 359). Después, en el mes de Rabi‘ al-Awwal del segundo año de la hégira (el decimotercer mes desde la hégira), el Mensajero (s.a.s.) volvió a visitar la región de Bu‘ath (una de las montañas de Yuhayna, en la zona de Yanbu‘). También se celebraron conversaciones fructíferas con sus habitantes y se establecieron relaciones amistosas. (Rahmatul-lil-Alamin, tomo I, p. 139; Zad al-Ma‘ad, p. 139). Después, en Yumada al-Thani, visitó Dhul Ushayra (en la zona de Yanbu‘). Allí mantuvo durante largo tiempo conversaciones con Banu Mudlay y sus aliados, Banu Damra, y también concertó un pacto con ellos. (Ibn Hisham, tomo II, p. 239; Rahmatul-lil-Alamin, tomo I, p. 139).
Algunos historiadores antiguos opinan que, como resultado de estos pactos, aquellas tribus y regiones se convirtieron efectivamente en parte de la estructura estatal de Medina. La prueba es que algunas disposiciones y términos de dichos pactos coinciden con los del pacto constitucional (es decir, el pacto de Medina). Pero, aunque no se acepte esta opinión respecto de la etapa más temprana de la historia profética, no cabe duda de que, posteriormente, la tribu de Yuhayna fue de las primeras en aceptar el islam. Una gran delegación de mil personas llegó a Medina, se entrevistó con el Mensajero (s.a.s.) y ofreció garantías de cooperación. También participaron en diversas guerras. El registro de los vínculos del Estado islámico con las distintas ramas de esta tribu lo demuestra. Por ejemplo, el Mensajero (s.a.s.) otorgó por escrito a Banu Yurmuz (una rama de Yuhayna) un salvoconducto de paz y seguridad. A otra rama de Yuhayna, Banu Shamak o Shak, le asignó de manera permanente todo su territorio como feudo. Del mismo modo, concedió también un feudo a Awsaya ibn Harmal al-Yuhani, cerca de su residencia, en Dhul Mirrar. Cuando, debido al pacto de Hudaybiyya, Abu Basir y sus compañeros ya no pudieron ir a Medina, emigraron de La Meca y se establecieron en esta zona costera. No es extraño que jefes como Awysara los ayudaran y que, con la asistencia de los habitantes locales, opusieran resistencia a las caravanas de los coraixíes. (Siyasi Zindagi, Dr. Hamidullah Siddiqi).
Las relaciones siguieron avanzando y, gracias al contacto mutuo, la labor de predicación continuó. El resultado fue que las tribus, en conjunto, se convirtieron en portadoras de la bandera del movimiento islámico. Conocemos el relato de la conversión al islam de Uqba al-Yuhani. Hacia el final de la vida del Mensajero (s.a.s.), se firmó un nuevo tratado de paz con Banu Yurmuz, Banu al-Harqa y Amr ibn Ma‘bad. En él se impusieron las mismas condiciones que a las demás tribus musulmanas: debían cumplir correctamente la oración y el zakat, entregar debidamente una quinta parte del botín, romper relaciones con los enemigos del islam y abandonar los intereses de las deudas. Ya en la época de la profecía se había construido en Medina una mezquita que llevaba el nombre de la tribu de Yuhayna. Esto demuestra que un gran número de miembros de Yuhayna se hicieron musulmanes y acudieron a Medina.
Banu Gifar fue una de las tribus en las que un gran número de personas había abrazado el islam mucho tiempo antes. Esta tribu estuvo influida por uno de sus miembros y joven ejemplar, Abu Dharr al-Gifari. Cerca de la época de la batalla de Badr, firmaron un pacto con el Mensajero (s.a.s.). La idea central de este pacto era: «Son musulmanes y sus responsabilidades y obligaciones son como las de los musulmanes». Aunque una parte del pacto tenía en consideración a los miembros no musulmanes de la tribu, en mi opinión, esta tribu se había convertido de hecho en parte de la estructura social de Medina. Por tanto, no hay razón para no considerar su territorio bajo la jurisdicción de Medina.
Una rama de Banu Damra era Banu Ghifar y otra era Banu Abd ibn Adi. Esta última tribu vivía dentro de los límites del Haram Sharif. Aunque esta rama mantenía por obligación relaciones de conciliación con los coraichitas, estableció relaciones de alianza con el Gobierno musulmán. Salvo en un solo asunto, establecieron relaciones de alianza con el Mensajero (s. a.) en todos los demás asuntos. El asunto excluido era combatir contra los coraichitas.
La tribu Banu Ashya era una rama de la tribu Banu Gatafán. Ellos también vivían en las regiones cercanas a la carretera comercial. Cuando el bloqueo de la carretera detuvo por completo el comercio de los coraichitas, su economía resultó perjudicada, pues estas tribus se ganaban la vida atendiendo a las caravanas comerciales. Obligada por la crisis económica, su delegación llegó a Medina. Después, antes de la batalla de la Zanja, aceptaron el islam y firmaron un tratado. En su nombre firmó el tratado Nuaym ibn Masud. Nuaym ibn Masud se incorporó al movimiento islámico durante la batalla de la Zanja. Por eso, en el momento del tratado, toda la tribu no había aceptado el islam. Aun así, la naturaleza del tratado puede comprenderse a partir de una sola frase. La frase decía:
*********** «Se estableció una relación de amplio alcance basada en la ayuda y el deseo del bien». Una rama de esta tribu, Banu Amir, obtuvo del Mensajero (s. a.) una licencia de derecho exclusivo para ayudar a las caravanas durante sus paradas. También se concedió un feudo a uno de los jefes de la tribu Banu Amir antes de la batalla de la Zanja.
Ahora mencionaré las alianzas que se establecieron después de la batalla de la Zanja. La tribu Juzaa descendía de Qahtán, de Yemen, y tenía muchas ramas. Vivían dispersos en los alrededores de La Meca. Salvo Banu al-Mustaliq, la mayoría de las ramas de esta tribu mantenía buenas relaciones con los musulmanes. Una de las razones principales era que Abd al-Muttalib mantenía relaciones amistosas con ellos. Aprovechando el Tratado de Hudaybiyya, esta tribu abandonó abiertamente a los coraichitas y estableció una alianza con el Gobierno islámico de Medina. Gracias a esta alianza, por un lado, la tribu informó al Mensajero (s. a.) sobre los preparativos de los coraichitas para la batalla de los Confederados, es decir, la batalla de la Zanja. Por otro lado, antes de la conquista de La Meca, el Mensajero (s. a.) les envió una carta asegurándoles que no sufrirían ningún inconveniente. También les informó de que Banu Kilab y Banu Hawazin habían aceptado el islam. Sin embargo, antes de que llegara el momento, estas dos tribus fueron víctimas de la opresión y persecución de Banu Bakr, y precisamente esa opresión y persecución se convirtió en la causa de la conquista de La Meca.
Banu Aslam era una rama de la tribu Juzaa. Por el salvoconducto concedido por el Mensajero (s. a.) y conservado a nombre de ellos, se entiende que habían aceptado el islam relativamente pronto y se habían sometido al Estado islámico. Algunos de ellos emigraron a Medina y se establecieron allí. El Mensajero (s. a.) también concedió un feudo a su jefe, al-Husayn ibn Aws. Esto demuestra tanto la solidez de la relación de alianza como la integración de las zonas vinculadas con Medina.
Al norte de Tabuk vivían las tribus de Juzam, Qudaa y Adhra, que habían causado bastantes problemas al Gobierno islámico con sus actividades hostiles. Habían saqueado todos los bienes del enviado de Medina. Después se emprendió una acción punitiva contra ellos. Por error, algunas personas inocentes también se vieron afectadas por esta acción. Llegaron a Medina para presentar su queja y se les pagó una indemnización. De este modo, también se abrió el camino para establecer relaciones. Entre las cartas del Mensajero (s. a.) que se han conservado hay una dirigida a Rifaa ibn Zayd al-Yudhami. En ella se presenta un ultimátum extremadamente severo. La carta, dirigida a este jefe, advierte a toda su tribu que acepte la invitación al islam y se una al grupo de Alá y Su Mensajero; de lo contrario, si rechazaba la invitación, podría vivir en seguridad durante dos meses. Finalmente, la situación evolucionó de tal manera que, después de que el Mensajero (s. a.) regresara de Tabuk, en el noveno año de la Hégira, Malik ibn Amir al-Yudhami llegó a Medina, se entrevistó con el Mensajero y obtuvo un salvoconducto. En este salvoconducto solo se mencionan condiciones apropiadas para las tribus musulmanas; es decir, habían aceptado el islam. Del mismo modo, durante una de las expediciones, un jefe de la tribu Qudaa, Barida ibn al-Jasir, se encontró con el Mensajero (s. a.) fuera de Medina y obtuvo un salvoconducto al prometerle que su tribu aceptaría el islam.
En el sexto año de la Hégira, el Mensajero (s. a.) envió a Abd al-Rahman ibn Awf en una misión de invitación a la tribu Kalb. El resultado fue exactamente el que había esperado. Con el propósito de manifestar su obediencia y consolidar la relación, el jefe de aquella tribu casó a su propia hija con Abd al-Rahman ibn Awf. Del mismo modo, el Mensajero (s. a.) emitió un salvoconducto a nombre de Haritha ibn Butun, el jefe recién convertido al islam de la tribu Malb, situada en los alrededores de Dumah al-Yandal. También se firmó un tratado de paz con Ukaidir, gobernante de Dumah al-Yandal. Sin embargo, existe discrepancia sobre si había aceptado el islam o si había podido conservar su cargo de jefe al aceptar pagar la yizia sin aceptar el islam. Más tarde se rebeló y murió a manos de Jalid. Después, su fortaleza y sus tierras fueron entregadas a la autoridad del jefe kalbí Haritha ibn Qutun.
Antes de que los habitantes de Taif aceptaran el islam en su totalidad, Sard ibn Abd Allah al-Yamani se incorporó al movimiento islámico. El Mensajero (s. a.) le concedió el mando militar para dirigir las operaciones en aquella región. Con el permiso del Mensajero (s. a.), sitió la fortaleza de Yaras. Como resultado de este asedio se firmó un tratado de paz y Abu Sufyan fue nombrado gobernador de Taif.
En el octavo año de la Hégira, Amr ibn al-As llevó la carta de invitación del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) a los Banu Izad, una tribu que residía en la ciudad de Omán. Dos hombres llamados Ubayd y Yafar eran sus jefes. Los Banu Izad aceptaron el islam.
Más adelante hablaremos de las tribus que, durante el Año de las Delegaciones, enviaron voluntariamente delegaciones para aceptar el islam o, al menos, prestar obediencia al Gobierno de Medina.
Además, allí donde, como resultado de las expediciones militares, algún grupo manifestaba su deseo de prestar obediencia o concertar una tregua, se le brindaba inmediatamente esa oportunidad. La política permanente del Estado de Medina consistía en que, siempre que una persona en guerra expresara su deseo de pactar una tregua, se respetaba su voluntad. Varias tribus, después de entrar en el campo de batalla, aceptaron la subordinación y el sometimiento políticos; otras abrazaron el islam. El caso de los judíos de Jaibar y de las zonas circundantes es digno de mención a este respecto. Después de ser derrotados, cuando quisieron permanecer allí, se les permitió hacerlo bajo condiciones establecidas.
Al examinar todos estos acontecimientos, no queda más remedio que reconocer que evitar los conflictos y establecer relaciones amistosas constituía la política más importante de las actividades del Gobierno de Medina. Existía un departamento dedicado a ello. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y sus compañeros realizaron numerosas gestiones y viajes para este propósito. Estas actividades son una prueba palpable de la actitud pacífica del Estado islámico. Además, aunque conocía las exigencias y necesidades de un Estado ideológico en este asunto, el Mensajero mostró tal amplitud de miras al formular sus políticas que aceptó incluso una mera amistad política por parte de las tribus que no habían abrazado el islam. En varios casos, también nombró por iniciativa propia a gobernantes o jefes no musulmanes, o los mantuvo en sus cargos. El objetivo era reducir al mínimo la posibilidad de conflicto. Más tarde, a la luz de muchas experiencias amargas, hubo que decidir que, al menos en el territorio que constituía el núcleo del hogar del movimiento islámico, era necesario liberarlo de elementos hostiles para mantener sagrado y pacífico su entorno. De lo contrario, su traición acabaría provocando la ruina.
Al examinar las relaciones de amistad que se han descrito, se observa que, allí donde llegó el islam, el Estado de Medina obtuvo espontáneamente la lealtad política de sus habitantes. Del mismo modo, allí donde se establecieron relaciones de amistad política, la bandera del islam se izó poco después. La razón es clara. Cuando las tribus tuvieron mayores oportunidades de relacionarse con los musulmanes de Medina, quedaron maravilladas al contemplar con sus propios ojos las extraordinarias características del modo de vida islámico; y los miembros del movimiento islámico encontraron entre ellas un entorno pacífico para realizar labores de invitación al islam. Precisamente gracias a esta unión de religión y política fue posible teñir con el color del islam un territorio de entre un millón y un millón doscientas mil millas cuadradas en apenas unos años.
La tregua de Hudaybiyya
En la historia del movimiento islámico dirigido por el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), la tregua de Hudaybiyya fue un acontecimiento que produjo el cambio más importante en el curso de los acontecimientos. Gracias a él, el movimiento islámico tuvo la oportunidad de expandirse de un salto hasta alcanzar una dimensión universal. Este acontecimiento demostró la máxima previsión y sagacidad política del Mensajero: logró inducir con suma facilidad a un enemigo en guerra, de los más viles y crueles, a llegar a un acuerdo y le ató las manos durante varios años.
Cuando los judíos exiliados por los delitos de rebelión y traición se dirigieron a Jaibar, Tayma y Wadi al-Qura y establecieron allí sus bases, Medina se encontró frente a dos enemigos a la vez. La alianza entre los qurayshíes y los judíos había llevado a un gran número de tropas agresoras a apostarse frente a Medina. Tras superar felizmente la batalla de la Trinchera, el complejo problema que se presentó ante el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fue cómo romper la alianza entre aquellos dos enemigos. En la situación existente, si se lanzaba un ataque hacia La Meca, los judíos de Jaibar y los Banu Gatifan podían atacar Medina. El Mensajero pudo deducir con absoluta precisión que, de los dos enemigos, era posible desbaratar de un solo golpe la base judía de Jaibar. Al mismo tiempo, sería posible inducir fácilmente a los qurayshíes de La Meca a concertar una tregua. En realidad, el poder de los qurayshíes se había vuelto hueco por dentro. Por mucho que alardearan externamente, no tenían gran capacidad de resistencia. Además, el Mensajero contaba con algunos partidarios en La Meca y sus alrededores. Algunas de sus medidas habían fortalecido aún más a esos partidarios. Durante los días de hambruna, el Mensajero había enviado alimentos y dinero en efectivo a La Meca, con lo que había ganado una enorme popularidad entre la población pobre de la ciudad. Por eso Abu Sufyan dijo: «Ahora Muhammad quiere desviar de este modo a nuestra gente». El Mensajero había adoptado también otra medida: se había casado con Umm Habiba, hija de Abu Sufyan, el principal dirigente de La Meca. Este matrimonio produjo importantísimos beneficios políticos. En cualquier caso, fuera como fuese, era necesario adoptar una medida más, y el Mensajero estaba haciendo todo lo posible para lograrlo.
Por otra parte, también existía un gran problema: los musulmanes llevaban casi seis años fuera de La Meca. El asunto no se limitaba únicamente al amor por la patria, sino que también estaba relacionado con la Kaaba Sagrada, centro de la prédica del profeta Abraham (a. s.). Los musulmanes estaban renovando precisamente esta prédica abrahámica. Por eso, no les era posible permanecer separados para siempre de este centro ideológico. Los coraichitas aún no les permitían ir a La Meca y, aparentemente, la resolución de este conflicto requeriría mucho tiempo. Por ello, los sentimientos de los musulmanes se habían vuelto cada vez más inquietos y acalorados. Se había vuelto necesario declarar que la comunidad islámica tenía derecho al Haram Sagrado.
Mientras tanto, el Mensajero (s. a. w.) recibió en sueños una indicación de realizar el Hayy. Tan pronto como recibió esta indicación, gracias a su incomparable sabiduría, adoptó el mejor programa en el momento más oportuno y lo llevó a cabo de la mejor manera. Decidió realizar la Umrah durante los meses sagrados del Hayy, acompañado por un gran grupo. Solo llevó consigo a quienes quisieron ir voluntariamente. Un total de mil cuatrocientos musulmanes lo acompañaron. Nombró a Numayla ibn Abdullah al-Layzi responsable del gobierno de Medina y dejó en Medina a una gran parte de los musulmanes para protegerla. Llevó consigo setenta camellos destinados al sacrificio. No se llevaron armas de guerra. El viaje comenzó en completo silencio. Al llegar a Dhul Hulayfa, se marcaron los animales destinados al sacrificio.
Este viaje era, por una parte, un viaje religioso. Por otra, incluía naturalmente un importante aspecto político. A lo largo de toda la vida del Mensajero (s. a. w.) encontramos esta combinación y convergencia de religión y política. Además, es completamente lícito incluir actividades mundanas o políticas en un viaje para realizar el Hayy. Por eso, este viaje de peregrinación se presentó como un enorme desafío para los coraichitas. Si no se detenía a estos peregrinos del Haram Sagrado, eso significaría que La Meca quedaría abierta para los musulmanes para siempre. Además, era muy probable que la llegada del Mensajero (s. a. w.) y sus compañeros al Haram Sagrado produjera una profunda impresión en los habitantes de la ciudad. La llegada de estos promotores de la revolución islámica habría revitalizado el movimiento islámico en el corazón de los habitantes de La Meca. La gente también diría que el extraordinario poder de los coraichitas había llegado a su fin. Esto quedó aún más claro posteriormente, por las palabras del representante de La Meca, Suhayl ibn Amr, durante las conversaciones sobre el tratado de paz. Él dijo: «Si les permitimos entrar en la Kaaba Sagrada, todos los árabes dirán que hemos abierto el camino por miedo a su poder».
El Mensajero (s. a. w.) ya se había enterado de todo por el camino. Un espía de la tribu de Juzáah llamado Bashir ibn Sufyan llegó al lugar llamado Usfan e informó que los coraichitas estaban preparando la resistencia. Habían jurado que nunca permitirían que Muhammad (s. a. w.) entrara en La Meca. Para impedirle el paso, Jalid había llegado con un grupo de jinetes hasta Qurāʾ al-Ghamīm. Al oír esto, el Mensajero (s. a. w.) dijo: «Esta es la desgracia de los coraichitas. Su fuerza se ha agotado por combatir continuamente. ¿Qué inconveniente habrían tenido en apartarse y dejarme solo para llegar a un entendimiento con todos los árabes? Si los árabes me hubieran matado, sus deseos se habrían cumplido. Y si yo hubiera triunfado, entonces podrían haber aceptado todos el islam, si hubieran querido. De lo contrario, conservarían su fuerza y podrían combatir entonces. Si no me conceden esta oportunidad, ¡por Allah!, lucharé hasta el último momento con la verdad suprema con la que Él me envió: o esta verdad suprema triunfará, o me cortarán la cabeza». Con estas palabras, dejó entrever la posibilidad de una tregua, presentó también un ultimátum y señaló la situación cada vez más debilitada de los coraichitas.
Por otra parte, aunque lograran impedir el paso de la caravana de peregrinos, la reputación de los coraichitas quedaría dañada. Se difundiría la mala fama de que habían impedido el ejercicio de un derecho religioso. Y, si lanzaban el primer ataque, también serían acusados de haber violado las normas de los meses sagrados. Todos sabían que, por parte del Mensajero (s. a. w.), se había mostrado pleno respeto por la santidad del Haram Sagrado y que ellos viajaban desarmados únicamente para realizar la Umrah. El hecho de que no llevaran armas y que los animales destinados a su sacrificio estuvieran marcados demostraba qué tipo de viaje estaban realizando. Puede decirse que los coraichitas se encontraban rodeados por una situación extremadamente compleja. En aquel momento delicado, su máximo líder, Abu Sufyan, se hallaba ausente. Por mucho que los coraichitas fanfarronearan, solo el Mensajero (s. a. w.) tenía la perspicacia necesaria para comprender que no tenían otra opción que concertar una tregua. La perspicacia de una estimación exacta es capaz de cambiar la situación. Así se aprecia el verdadero valor de la sabiduría y la percepción de un hombre de acción.
Movidos por su antigua obstinación y terquedad, los coraichitas reunieron rápidamente a las tribus aliadas, especialmente a los ahabish, en un lugar llamado Baldah.
De inmediato comenzaron las gestiones diplomáticas. El primero en acudir a entrevistarse con el Mensajero (s. a. s.) fue Budayl ibn Warqa, jefe de la tribu de Juzáa, que simpatizaba con el islam, acompañado por varios compañeros importantes. El Mensajero (s. a. s.) le dijo: «Hemos venido únicamente para visitar la Kaaba. No es nuestra intención combatir. Los coraichitas están embriagados por el deseo de luchar, aunque la guerra no les traerá más que pérdidas. ¿Qué perjuicio habría si los coraichitas pactaran una tregua con nosotros por algunos años?». Así, el Mensajero (s. a. s.) expuso desde el principio su verdadera posición. Budayl fue a hablar con los coraichitas y les dijo: «No os apresuréis. Muhammad (s. a. s.) no ha venido a combatir; ha venido solamente a realizar la visita». Los jóvenes malhumorados no estaban dispuestos a escuchar nada, pero los ancianos escucharon todo. Después enviaron a Ulais ibn Alqama, líder de los Ah abish. Cuando vio pastar en el campo la manada de animales destinados al sacrificio, cambió de actitud. Fue ante los coraichitas y les dijo abiertamente que no estaba bien impedir el paso a aquellos peregrinos; nosotros tampoco hemos venido con ese propósito. Tranquilizaron al líder de los Ah abish diciéndole: «Al menos danos la oportunidad de conseguir que acepten nuestras condiciones». Luego los coraichitas enviaron como representante a Urwa ibn Masud al-Zaqafi. Urwa llegó y dijo: «¡Oh, Muhammad! Si destruyes a los miembros de tu propia tribu, eso no será una acción digna de elogio. Has reunido y traído contigo a toda clase de rufianes; cuando te abandonen dentro de unos días, quedarás solo». Al oír esto, Hazrat Abu Bakr Siddiq se enfureció y reprendió a Urwa con cierta dureza. Según la costumbre árabe de hablar con familiaridad, cada vez que Urwa acercaba la mano a la barba del Mensajero (s. a. s.), Hazrat Mugira ibn Shuba apartaba su mano de un golpe con la punta afilada de su espada. El Mensajero (s. a. s.) expuso también su posición ante Urwa. Urwa regresó profundamente impresionado por el ambiente que había presenciado. Al volver, dijo: «Nunca he visto en la corte de ningún rey o soberano una muestra de amor y obediencia al líder como la que he visto. Los compañeros de Muhammad (s. a. s.) no vacilan en dar la vida por él. Están dispuestos a morir con una señal de su mano. Nadie se atreve siquiera a hablar en voz alta delante de él». La reacción de Urwa permite comprender que la profunda devoción y obediencia del grupo hacia su líder constituyen la verdadera fuente de fuerza del movimiento islámico. El amor y la obediencia son la verdadera fuente de fuerza del movimiento islámico. Al unirse, el amor y la obediencia generan una fuerza invencible. Cuando existe un ambiente así dentro de un grupo, debilita y atemoriza a sus adversarios. Aquí no reina simplemente el ambiente de una institución democrática, donde todos se ocupan de refutar los argumentos de los demás. El presidente tampoco mantiene una relación afectuosa con los miembros, ni estos sienten un vínculo cordial hacia el presidente. Se considera suficiente obedecer externamente la constitución y los reglamentos. Resulta repulsivo imaginar la atmósfera mezquina que existe en los grupos donde se profieren insultos contra el líder, se habla mal de él, se le censura, se susurran rumores y se urden constantemente nuevas conspiraciones. El ambiente interno de la organización islámica es un ambiente de benevolencia, obediencia, devoción y amor. Aquí se reconoce la importancia de la personalidad de cada miembro. Sin embargo, el líder permanece como centro del amor de todos. De lo contrario, no se crearía entre ellos un ambiente de misericordia y amor, ni la organización islámica se convertiría en una muralla de acero. En el campo de Hudaybiyya, estas características de la organización islámica se manifestaron plenamente. Por eso aquella escena impresionó profundamente a Urwa, y él expresó precisamente esa reacción ante los principales dirigentes de La Meca.
Con el propósito de continuar este proceso de diálogo, el Mensajero (s. a. s.) envió a Jarrash ibn Umayya ante los coraichitas. El ambiente anárquico y desenfrenado de La Meca ya era de por sí evidente. Los alborotadores mataron el camello en el que Jarrash había llegado a La Meca, y él mismo regresó con gran dificultad, salvando la vida. Después enviaron a Hazrat Uthman (r. a.). Un grupo de alborotadores había salido a observar la situación. Provocaron a los musulmanes por todas partes y les arrojaron flechas y piedras. Fueron arrestados, pero el Mensajero (s. a. s.) los liberó en aras de un bien mayor. En resumen, los belicosos coraichitas intentaban provocar una guerra de una manera u otra. Pero Allah «contuvo las manos de ambas partes». Así, el ambiente de paz permaneció intacto y triunfaron los esfuerzos por preservarla. Los coraichitas retuvieron a Hazrat Uthman (r. a.), y su regreso se retrasó mucho. Debido a los acontecimientos funestos e indeseables, el ambiente era tal que se extendió el rumor de que Hazrat Uthman (r. a.) había sido martirizado. El Mensajero (s. a. s.) reunió inmediatamente a los musulmanes y les hizo prometer que lucharían hasta la muerte si era necesario. Dijo: «Si el hecho es cierto, no regresaremos a casa sin luchar contra ellos». La vida de Hazrat Uthman se había vuelto aquel día sumamente valiosa, pues, en palabras del Mensajero (s. a. s.), la situación era esta: «Uthman ha ido a cumplir la misión que Allah y Su Mensajero le han confiado». El Mensajero llamó a una de sus propias manos «la mano de Uthman», puso sobre ella la otra mano en su nombre y dijo: «Prestad juramento». Sus compañeros ya estaban profundamente conmovidos. Con toda sinceridad, acudieron presurosos, uno tras otro, para prestar la baya y el juramento. Aquel momento repentino era propicio para fortalecer la fe y formar el carácter, y en ese instante los musulmanes se elevaron a un nivel tan alto que el Mensajero (s. a. s.) dijo: «Hoy sois los mejores de entre todos los seres humanos del mundo». Gracias al fervor de la fe y a la sinceridad de aquel momento, obtuvieron la complacencia de Allah. Solo un hipócrita, Jif ibn Qays, quedó privado de la dicha de aquel momento. En la vida de los soldados de la verdad se presentan muchos momentos semejantes, y las almas de los sinceros extraen de ellos nuevas fuerzas. Los mil cuatrocientos musulmanes recibieron inmediatamente la recompensa de haber prometido luchar hasta la muerte, sin que se derramara una sola gota de sangre. Al enterarse, los coraichitas devolvieron de inmediato a Hazrat Uthman, pues ellos también querían evitar la lucha.
Desde La Meca llegó Mikraz ibn Hafs. Ved cuán hábil era el Mensajero (s. a. s.) para conocer a las personas. Lo reconoció desde lejos y dijo: «Ahí viene un embaucador». Es decir, dejó claro que con aquel hombre no sería posible resolver nada de manera adecuada.
Finalmente, los coraichitas enviaron a Suhayl ibn Amr. Al verlo, el Mensajero (s. a. s.) comprendió que ya estaban dispuestos a pactar una tregua. Se entablaron conversaciones urgentes sobre las condiciones. Finalmente llamaron a Hazrat Ali (r. a.) para redactar el tratado.
El tratado se estaba redactando en un momento tan delicado que cualquier palabra podía provocar una explosión de tensión. Al comienzo del tratado, cuando el Mensajero (s. a. s.) ordenó escribir «Bismillahir Rahmanir Rahim», Suhayl dijo: «¿Qué significa eso de “el Misericordioso, el Compasivo”? Según nuestra costumbre, escribid solamente “Bismika Allahumma” (¡Oh, Allah, en Tu nombre!)». El Mensajero (s. a. s.) aceptó también esta exigencia. Luego dijo: «Escribe: “El siguiente tratado ha sido celebrado entre Muhammad, el Mensajero de Allah, y Suhayl ibn Amr”». Suhayl objetó: «Si te reconociera como el Mensajero de Allah, ¿acaso lucharía contra ti? Escribe únicamente tu nombre y el de tu padre». Hazrat Ali ya había escrito «Muhammad, el Mensajero de Allah». Ahora no pudo tachar las palabras «el Mensajero de Allah», pues consideró que hacerlo sería una grave falta de respeto. El Mensajero (s. a. s.) tomó el documento, tachó personalmente aquellas palabras y escribió en su lugar: «Muhammad ibn Abdallah».
Al ver todas estas insolencias de Suhayl, los compañeros del Mensajero (s. a. s.) se sentían agitados por la indignación. Sin embargo, por respeto al Mensajero (s. a. s.), mantenían la compostura. Entonces comenzaron a redactarse las siguientes condiciones:
– Ambas partes observarán una tregua y un acuerdo de paz durante diez años.
– Los musulmanes regresarán este año y vendrán el año próximo a visitar la Kaaba. Entonces permanecerán solamente tres días en el recinto sagrado, llevando espadas envainadas.
– Las tribus árabes podrán establecer una alianza con cualquiera de las dos partes, según lo deseen.
– Las caravanas comerciales de los qurayshíes gozarán de plena seguridad al atravesar los límites de Medina.
– Si alguno de los qurayshíes se marcha a Medina sin permiso, será devuelto. Pero si algún musulmán viene a La Meca, no será devuelto.
Esta última condición provocó una terrible inquietud entre los musulmanes. Si se observa todo el ambiente psicológico, se comprenderá que era natural que surgieran entre ellos semejante inquietud y agitación. En primer lugar, en aquella etapa un acuerdo de compromiso de ese tipo era un acontecimiento sumamente insólito. Los qurayshíes habían expulsado de sus hogares a tantas personas, habían impuesto la guerra a los musulmanes, aún no les permitían entrar en el recinto sagrado y les impedían llevarse los animales destinados al sacrificio. Para los musulmanes era muy doloroso establecer de manera tan repentina una tregua y un entendimiento con aquellos politeístas opresores y agresores. Hasta entonces habían aprendido, respecto de los incrédulos, un principio: «Entre nosotros y vosotros se ha creado una enemistad y un odio permanentes, y continuarán hasta que creáis en el Dios único», y también: «Combatidlos hasta que desaparezcan la sedición y la anarquía, y la obediencia quede consagrada por completo a Dios». Solo conocían esta fórmula directa: la palabra o el mensaje de Dios debía estar por encima, y la palabra de los incrédulos, por debajo. No sabían que pudiera haber lugar para un compromiso entre la verdad y la falsedad. En realidad, si se adopta un ideal de manera puramente teórica y filosófica, la cuestión es distinta. Pero si hay que llevarlo al mundo de la realidad y luchar por él, es necesario tomar diversas medidas teniendo en cuenta el tiempo, las oportunidades y la situación de las fuerzas propias y enemigas. No es posible avanzar siempre con los ojos cerrados, al mismo ritmo y en línea recta. En algunos lugares hay que detenerse; en otros, desviarse un par de pasos; y en otros, retroceder un par de pasos para buscar un camino nuevo. Para derrotar sucesivamente a distintos tipos de enemigos, a veces se vuelve inevitable llegar a un compromiso temporal con cada uno de ellos. Esta amplia realidad histórica solo era visible ante el Mensajero (s. a. s.); la visión de la comunidad musulmana no alcanzaba tan lejos. Además, cuando ante ellos se tacharon las palabras «En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso» y «el Mensajero de Dios», no podían dejar de desencadenarse tempestades en sus emociones. Y cuando se impusieron aquellas condiciones desiguales e injustas, les resultó difícil conservar la paciencia y la serenidad. Los qurayshíes tampoco sabían qué grandes problemas intentaba resolver el Mensajero (s. a. s.) mediante aquel acuerdo. Los musulmanes tampoco lo comprendían. Durante la actividad de los grandes movimientos, a veces llegan momentos delicados en los que aumenta la distancia mental entre el grupo y el líder respecto a la comprensión de los problemas futuros. La mirada del líder se dirige muy lejos, mientras que el grupo piensa en asuntos relativamente más inmediatos. Estos son precisamente los casos críticos, y solo en estos casos excepcionales una democracia excesivamente reglamentista puede resultar peligrosa. En tales circunstancias, únicamente un liderazgo que goce de la máxima confianza y cooperación de la opinión pública, y que no tenga alternativa, puede cumplir adecuadamente con su responsabilidad y deber. Un liderazgo sincero y firme de este tipo lleva al grupo hacia importantes éxitos únicamente mediante la fuerza moral que posee. Y el grupo solo puede convencerse de la legitimidad de las decisiones y medidas adoptadas por el líder al observar el curso posterior de los acontecimientos y las circunstancias.
El problema surgió cuando, precisamente en aquella difícil situación, Abu Yundul, hijo del representante de los qurayshíes, Suhayl, llegó desde La Meca con grilletes. Había sido golpeado y torturado. Se presentó ante el Mensajero (s. a. s.) y sus compañeros. Suhayl ibn Amr dijo: «Según las condiciones propuestas, Abu Yundul es la primera persona que usted debe devolver». El Mensajero (s. a. s.) respondió: «El acuerdo aún no ha sido firmado. Por tanto, dejemos el caso de Abu Yundul fuera de su alcance». Suhayl dijo: «Entonces no puede haber ningún acuerdo». Después, el Mensajero (s. a. s.) explicó con palabras amables: «Está bien, déjalo ir conmigo a Medina por consideración hacia mí». Suhayl no accedió. Obligado por las circunstancias, el Mensajero (s. a. s.) aceptó esta injusta exigencia en aras de un interés mayor. Entonces Abu Yundul se dirigió a los musulmanes reunidos y dijo: «Hermanos musulmanes, me estáis devolviendo a los politeístas. Ellos me torturarán para hacerme renunciar a la fe». La súplica de Abu Yundul era sumamente capaz de provocar agitación en aquel ambiente. Pero el Mensajero (s. a. s.) dio entonces un ejemplo incomparable de serenidad. Explicó amablemente a Abu Yundul: «Hemos aceptado una condición en el acuerdo. Ahora no podemos quebrantarlo. Dios Altísimo abrirá un camino de liberación para ti y para los demás oprimidos. Ten un poco de paciencia». La inquietud y la agitación de los musulmanes iban alcanzando gradualmente su punto culminante. Toda la agitación contra los qurayshíes que se había acumulado en el corazón de los musulmanes parecía haberse concentrado únicamente en Hazrat Umar, dejándolo desorientado. No se trataba de ningún interés personal de Hazrat Umar. Lo que lo agitaba era su amor por la verdad y su orgullo islámico. En medio de esta inquietud, primero mantuvo con Hazrat Abu Bakr y después con el Mensajero (s. a. s.) el siguiente diálogo:
Hazrat Umar (r.a.): «Oh, Rasulullah, ¿acaso no eres el Mensajero de Allah?»
Rasulullah (s.a.w.): «Por supuesto. Soy el Mensajero de Allah.»
Hazrat Umar: «Entonces, ¿acaso no somos musulmanes?»
Rasulullah (s.a.w.): «¿Por qué no lo seríais?»
Hazrat Umar: «Entonces, ¿acaso ellos no son politeístas?»
Rasulullah (s.a.w.): «¿Por qué no lo serían?»
Hazrat Umar: «Entonces, ¿por qué vamos a concertar un tratado cediendo en lo referente al islam?»
Rasulullah (s.a.w.): «Soy el siervo de Allah y Su Mensajero. No he desobedecido ninguna de Sus órdenes. Allah tampoco me privará de Su ayuda.»
Hazrat Umar guardó silencio en ese momento, ciertamente. Pero su agitación emocional no se calmó durante mucho tiempo. Se redactó el tratado y Hazrat Umar lo firmó como testigo, dejando así un ejemplo inolvidable de obediencia. Aunque no estaba satisfecho con las condiciones, mediante su firma expresó su actitud de que, una vez que el Mensajero de Allah ﷺ había tomado una decisión, no se podía rebelar contra ella.
Después de la firma del tratado de Hudaybiyyah, el Mensajero ﷺ ordenó a los compañeros ofrecer el sacrificio y afeitarse la cabeza. Pero, debido a la inquietud, la tristeza y el dolor, nadie se movió. Dio la orden por segunda vez, pero tampoco surtió efecto. La dio por tercera vez, y aun entonces la situación permaneció igual. Esto permite comprender qué tipo de crisis mental y estancamiento se habían producido incluso dentro del grupo formado bajo la propia dirección del Mensajero ﷺ. Este acontecimiento también muestra cuán diversas pueden ser las situaciones que surgen en el ámbito de la actividad humana. Al ver ese estado, el Mensajero ﷺ, profundamente afligido, se retiró a su tienda. Se quejó ante la Madre de los Creyentes, Hazrat Umm Salama: «¿Qué les ha ocurrido a estas personas, que no han cumplido la orden que les di?». Hazrat Umm Salama, que Allah esté complacido con ella, lo consoló y le dijo: «Están afligidos por el cumplimiento de las condiciones del tratado. Salga, ofrezca usted mismo el sacrificio y aféitese el cabello». El Mensajero ﷺ se levantó, salió, ofreció el sacrificio y se afeitó el cabello. Esta acción práctica restableció la obediencia de todos los miembros de la comunidad. Sin embargo, la situación seguía siendo tal que parecía que iban a devorarse unos a otros. En cualquier caso, fue algo temporal y pasajero, y pronto desapareció.
De esto se comprende que el Mensajero ﷺ no dudó en afrontar situaciones extremadamente difíciles para avanzar desde la guerra hacia la creación de un ambiente de entendimiento y reconciliación, y que incluso sacrificó para ese fin las emociones más profundas, puras y sinceras de su amado grupo.
Mediante este tratado obtuvo varias ventajas muy importantes. En primer lugar, se creó la oportunidad de una libre interacción entre los musulmanes, los politeístas y los árabes en general. La gente comenzó a ir y venir. Parientes que durante muchos años no se habían visto tuvieron la oportunidad de reunirse y convivir. Los musulmanes pudieron conocer y disipar las confusiones que los politeístas habían difundido en La Meca acerca del Mensajero ﷺ y de los musulmanes. Comenzaron a responder a las preguntas de la gente. Tuvieron la oportunidad de informar al público sobre sus progresos espirituales, mentales, morales, materiales e intelectuales. Se empezó a hablar abiertamente de la invitación al Islam de casa en casa. Durante este período de paz posterior al tratado, el Islam se expandió con tanta rapidez que, en los apenas dos años posteriores al tratado de Hudaybiyyah, muchas más personas aceptaron voluntaria y gustosamente el Islam que todas las que se habían convertido durante los dieciocho o diecinueve años anteriores en conjunto. Incluso jóvenes de gran capacidad y valor, como Jalid ibn al-Walid y Amr ibn al-As, se incorporaron al grupo islámico después de este tratado.
La segunda ventaja obtenida fue que, al quedar libres de las guerras y los conflictos, los musulmanes pudieron concentrarse en la reforma mental y moral de la comunidad y en la reorganización administrativa del Estado. Después de alcanzar la seguridad en el frente interno, también surgió la oportunidad de invitar a los gobiernos extranjeros al Islam.
La tercera ventaja fue que el gobierno de Medina quedó libre de preocupaciones por parte de los Quraysh para eliminar la rebelión judía de Jaybar. Inmediatamente después del tratado de Hudaybiyyah, el gobierno islámico pudo resolver este problema.
La cuarta ventaja fue que todas las tribus de Arabia quedaron libres. Cada tribu que lo deseara podía apoyar y cooperar con el gobierno de Medina. Se abrió así una nueva puerta, a través de la cual muchas personas podían entrar en el Islam o ayudar y colaborar con los musulmanes. Los Quraysh, sin embargo, no podían impedirlo. La tribu de Banu Khuza’a aprovechó esta oportunidad para establecer relaciones con el gobierno islámico.
También pertenece al ámbito de la cuarta ventaja el hecho de que, apenas un año después, los musulmanes fueron a La Meca con gran pompa para visitar la Kaaba y, conforme a la profecía del Corán, lo hicieron en un ambiente de absoluta ausencia de temor.
Por lo tanto, puede afirmarse sin la menor duda que haber inducido a enemigos tan acérrimos como los coraichitas a firmar un tratado fue el milagro político más notable del Mensajero (s.a.s.). Al ceder aparentemente en cierta medida respecto de una condición, el Mensajero (s.a.s.) obtuvo éxitos y ventajas que los coraichitas ni siquiera podían imaginar en aquel momento. ¿Podían acaso imaginar que la fortaleza militar de sus partidarios judíos, Jaibar, caería muy pronto y que los coraichitas quedarían aislados? Por otro lado, ¿quién podía prever que el islam atraería a un número tan enorme de personas, que extendería tanta influencia incluso en la propia ciudad de La Meca y que la fuerza de los coraichitas descendería por debajo de su nivel actual? En realidad, este tratado otorgó al islam la capacidad revolucionaria de conquistar La Meca en apenas unos años.
Durante el regreso a Medina, fue revelada en el camino la sura Al-Fath, en la que, al revisar los acontecimientos pasados y anunciar las oportunidades futuras, Allah dio a los musulmanes la buena nueva de que pronto triunfarían en una guerra (la batalla de Jaibar), en la que obtendrían abundantes bienes del botín, y que después alcanzarían éxitos y victorias inimaginables, que hasta entonces estaban completamente fuera de su alcance. También se dice que, aunque incluso en ese momento habrían podido derrotar a los politeístas de La Meca y estos ciertamente habrían huido, entre ellos había muchos hombres y mujeres que habían aceptado el islam sin que los coraichitas lo supieran y que, en secreto, eran partidarios de los musulmanes. Si estallaba la guerra, se verían obligados a enfrentarse a vosotros, y vosotros los atacaríais porque no podríais reconocerlos. Por ello, fue una gracia especial de Allah que protegiera a ambos bandos del enfrentamiento. En particular, cuando los incrédulos habían mostrado de manera extremadamente insolente su orgullo ignorante, no habían tolerado siquiera las palabras «el Compasivo, el Misericordioso» y «el Mensajero de Allah», y habían actuado con una obstinación extrema en el asunto de Abu Yundal. Cuando una de las partes adopta un camino tan tortuoso, la otra tampoco puede mantener una actitud apacible y moderada. Pero que Allah Todopoderoso hiciera descender serenidad sobre el Mensajero (s.a.s.) y los musulmanes, les diera control sobre sus emociones y los mantuviera firmes en el temor de Allah y la moderación, fue una gracia de Allah. Vosotros erais dignos de comportaros así frente a los politeístas. De lo contrario, si también os hubierais dejado llevar por la excitación, habría estallado el enfrentamiento y se habría perdido la oportunidad y el éxito que se estaban alcanzando con facilidad.
La sura Al-Fath comienza con las palabras: «En verdad, te hemos concedido una victoria manifiesta»: «Te he concedido una victoria clara». Umar preguntó sorprendido: «¿Es realmente una victoria manifiesta?». El Mensajero (s.a.s.) respondió: «Sí, es una victoria manifiesta». En realidad, la tranquilidad y satisfacción de la razón y la conciencia no llegaron sino mucho después, a la luz del curso de los acontecimientos. En aquella ocasión, Umar, debido a la expresión emocional que manifestó por su sincero apoyo al islam, permaneció durante mucho tiempo realizando actos voluntarios de adoración y pidiendo perdón a Allah. Esa es una señal de sinceridad. Por otro lado, Abu Bakr permanecía firme y sereno incluso en medio de la agitación general. Esta diversidad de temperamentos entre los miembros de una organización humana le proporciona una estructura y un equilibrio particulares. En un extremo se encuentra la gravedad siddiqí, y en el otro, el ardor y la firmeza faruqíes.
Escuchad ahora cómo la misma cláusula que añadieron al tratado y que casi los hizo tocar las palmas de alegría por la victoria terminó causando su ruina. En primer lugar, a causa de ella comenzó a aumentar el número de quienes aceptaban secretamente el islam en La Meca, pues, según el tratado, tenían cerrado el camino hacia Medina. Por ello, la fuerza de los coraichitas comenzó a debilitarse desde dentro. Por otro lado, ocurrió un acontecimiento grave. Abu Basir, que había aceptado el islam, logró escapar de alguna manera de La Meca y llegar a Medina. Los coraichitas enviaron a dos hombres para llevarlo de vuelta. El Mensajero (s.a.s.), firme en el principio de cumplir el tratado, devolvió a Abu Basir. También consoló a Abu Basir diciéndole que Allah abriría para él algún camino. Sin otra opción, Abu Basir regresó. En el camino, logró dominar a uno de los dos hombres enviados por los coraichitas, lo mató con su propia espada y volvió de nuevo a Medina. El segundo hombre también acudió a Medina para presentar una queja. Abu Basir explicó al Mensajero (s.a.s.): «Usted cumplió su promesa y me entregó al enemigo. Pero yo no quería poner en peligro mi fe cayendo en manos de los politeístas. Por eso actué bajo mi propia responsabilidad. Usted no tiene ninguna responsabilidad por ello. Allah me salvó». El Mensajero (s.a.s.) dijo: «Si este hombre logra reunir a algunas personas, provocará una guerra». Abu Basir pensó que quizá volverían a enviarlo a La Meca. Por eso salió secretamente de Medina, llegó a un lugar llamado Isa, situado en la costa, y se estableció allí. Después, Abu Yundal también llegó allí. Luego otros comenzaron a salir de La Meca y dirigirse a la costa. Gradualmente se formó allí un grupo de setenta hombres. Tenían un conflicto ideológico con los habitantes de La Meca y, además, debido a que habían sufrido personalmente opresión y persecución, albergaban deseos de venganza. Tampoco eran ciudadanos del Estado de Medina, de modo que no estaban obligados a cumplir el tratado. Constituían un «frente islámico independiente». Comenzaron a lanzar ataques guerrilleros contra las caravanas comerciales de los coraichitas. Esto puso a los coraichitas en una situación difícil. Finalmente, ellos mismos solicitaron que se eliminara del tratado aquella cláusula que tanto apreciaban. Después, el Mensajero (s.a.s.) convocó a aquellos jóvenes a Medina. Entretanto, también quedó abierto el camino para la emigración de los nuevos musulmanes desde La Meca.
Surgió un problema grave cuando Umm Kulzum, hija del destacado jefe de La Meca Uqba ibn Abi Muayt, emigró a Medina. Sus dos hermanos, Ammara y Walid, se presentaron para llevarla de vuelta. El asunto fue llevado ante el Mensajero (s.a.s.). Por orden de Allah, se negó a devolver a Umm Kulzum. Entregar una mujer musulmana al enemigo no era lo mismo que entregar a un hombre musulmán. La negativa del Mensajero (s.a.s.) tenía un valor moral. Por eso, cuando los dos hermanos regresaron tras fracasar, los coraichitas aceptaron el asunto. Como, al mismo tiempo que adoptaba esta negativa conforme a las instrucciones de la sura Al-Mumtahana, el Mensajero (s.a.s.) había tomado también otras decisiones —por ejemplo, que todo musulmán debía divorciarse de su esposa incrédula que permaneciera en La Meca y que ambas partes debían entregar la dote—, en conjunto los coraichitas consideraron favorable esta decisión.
Este fue aquel histórico tratado de Hudaibiyya, que por sus resultados constituyó una gran victoria. Inducir a los coraichitas a concertar este tratado y superar todas sus complejas etapas fue una muestra de la perspicacia política y la sabiduría propia de un líder del Mensajero (s.a.s.). Gracias a él, los musulmanes de las generaciones posteriores seguirán obteniendo enseñanzas hasta el Día del Juicio. Este tratado es un ejemplo incomparable de la habilidad política del Mensajero (s.a.s.) y una de sus extraordinarias hazañas.
La umra compensatoria
En el tratado de Hudaybiyya se había acordado que los musulmanes regresarían ese año y volverían al siguiente para realizar la visita. Conforme a ello, en el séptimo año de la Hégira, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) partió hacia La Meca acompañado de sus compañeros. Aunque este viaje fue inicialmente religioso, en una segunda etapa adquirió un carácter político. Como consecuencia, produjo un profundo impacto en el ambiente; por ello, la influencia del islam no solo aumentó en La Meca, sino que la entrada libre de los musulmanes en la ciudad difundió un efecto psicológico sorprendente por toda Arabia.
Partieron dos mil personas con cien caballos y sesenta —según otra opinión, ochenta— camellos. Las armas fueron llevadas envainadas. Conforme al tratado, los coraichitas se vieron obligados a abrir por completo el Santuario Sagrado durante tres días. Algunos opositores fanáticos abandonaron la ciudad y se marcharon a montañas lejanas para no presenciar aquella escena. Pero los habitantes comunes de La Meca, mujeres y niños, permanecían de pie formando filas, contemplando cómo la fuerza revolucionaria islámica realizaba la umra.
Al entrar, Abd Allah ibn Rawaha avanzaba sujetando las riendas de la montura del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) mientras entonaba un canto revolucionario. Las palabras de aquel canto eran las siguientes:
«En el nombre de Aquel cuya religión es la única religión, entramos. En el nombre de Aquel cuyo Mensajero es Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), entramos.»
«¡Oh hijos de los incrédulos, apartaos de su camino! El Misericordioso Allah ha enseñado en Su Libro:
La lucha que se libra por Su causa es la mejor de las luchas. ¡Oh, mi Señor!, creo en Tus palabras.»
A través del canto mismo se estaba difundiendo la invitación al islam. Sin embargo, durante muchos años La Meca había estado privada de escuchar aquella invitación. También se hablaba en él del yihad. Asimismo, se pronunciaba el tan amado nombre de Allah, «el Misericordioso», algo que los coraichitas no podían tolerar en absoluto. También se proclamaba la misión profética de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). A las fuerzas contrarias al islam se les decía con palabras significativas: «Apartaos del camino del Mensajero y dejad de obstaculizarlo». Aquel día no había nadie en La Meca capaz de poner obstáculos. El tratado de Hudaybiyya les había atado las manos y cerrado la boca.
El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ordenó a los miembros de su grupo caminar con el pecho erguido y la cabeza alta, y realizar el tawaf separados unos de otros, para desmentir la propaganda de que los emigrados se habían debilitado por el hambre y la fiebre. Pues aquel día era necesario intimidar al enemigo. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Que Allah conceda Su misericordia a quien hoy muestre su fuerza ante los incrédulos». Con este propósito, caminaba con humildad y lentitud desde el Rincón Yemení hasta tocar y besar el Rincón Negro, y mientras permanecía en ese tramo, los espectadores no podían ver a quienes realizaban el tawaf. Después daba una ligera carrera en el tramo siguiente, y era en esa parte donde podían verse los que realizaban el tawaf. De ello se entendió que, para impedir que se manifieste ante los adversarios cualquier tipo de debilidad de los muyahidines del islam, incluso si es meramente física, hay que esforzarse por ocultarla; más bien, se debe atemorizar a los adversarios mediante la ostentación y la demostración de fuerza. Esta es una estrategia importante de la política islámica. Es una estrategia tan importante que se tuvo en cuenta incluso en el Santuario Sagrado y durante el tawaf. Esta demostración de fuerza no debe definirse como orgullo ni arrogancia. Por el contrario, es una obra meritoria. En una situación así, si se muestra humildad, el resultado será opuesto. Todas estas pequeñas pruebas demuestran cuán profundamente observaba el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) las necesidades políticas de su época y cuánta importancia concedía a satisfacerlas. Esta política no era necesaria para su posición personal, sino para establecer la justicia y los principios islámicos. Por ello, era una obra enteramente religiosa, y cada una de sus actividades constituía un acto de adoración.
Piensen qué clase de pensamientos e ideas debían agitarse en las mentes de las mujeres, los hombres y los niños de La Meca cuando contemplaban aquella asamblea de los predicadores de la verdadera religión. Seguramente pensaban: hoy se encuentra ante nosotros el fruto del mismo islam cuyo inicio tuvo lugar en La Meca. Luego, lugares históricos como la cueva de Hira, la cueva de Zawr, la casa de Arqam, el barranco de Abu Talib y la casa de an-Nadwa parecían erguirse ante ellos y decirles: «¡Mirad qué grande y noble es este grupo de piadosos! ¡Qué inferiores y miserables habéis quedado vosotros en comparación con ellos!»
Cada mota de polvo de las callejuelas de La Meca decía: «Este es el grupo de los pacientes a quienes atormentasteis durante años sin motivo alguno. Mirad adónde han llegado hoy desde donde estaban». La explanada de la Kaaba parecía sacar a la luz, uno tras otro, los recuerdos de la primera proclamación pública de la profesión de fe de Abu Dharr al-Gifari y de su linchamiento, de Bilal pronunciando «¡Ahad, ahad!» en los desiertos de La Meca mientras sufría torturas insoportables, y de la conspiración de Dar an-Nadwa para asesinar al Mensajero (s. a. s.), y decía: «¡Mirad cuánto cambio ha producido hoy en todas partes la predicación de aquel gran hombre que fue víctima de vuestras torturas y conspiraciones!». Trece años de historia hacían descender torrentes de recuerdos desde todos los lados. Quizá las almas de los seres queridos perdidos en Badr y Uhud aparecían ante ellos vestidas con ropajes rojos y les suplicaban: «¡Oh, habitantes de La Meca, despertad también vosotros, transformaos, avanzad y dejaos llevar por esta corriente de bendiciones que fluye!»
Por un lado, la gente quedó impresionada al contemplar el culto de los musulmanes. Por otro, también quedó maravillada al ver su integridad moral. Pues una cantidad tan enorme de personas permaneció durante tres días en la ciudad de La Meca. Sin embargo, pese a la extrema hostilidad, ni la vida ni los bienes de ningún habitante de La Meca sufrieron el menor daño. Tal como los politeístas habían cerrado con llave sus casas y se habían marchado, estas permanecieron intactas y seguras.
Entre los partidarios del islam que permanecían en La Meca ocultando su fe, seguramente los ojos se les llenaron de alegría al contemplar aquella escena y sus emociones cobraron nuevas fuerzas. En ellos se reavivó una nueva esperanza. Los opositores, en cambio, se sintieron completamente acorralados. Ante sus ojos apareció un futuro oscuro.
Aquella asamblea de piadosos permaneció durante tres días en la ciudad de La Meca. El cuarto día, Suhayl ibn Amr y Khуaytib ibn Uzza acudieron ante el Mensajero (s. a. s.) y dijeron: «Ya han pasado tres días. Ahora abandonad mi territorio». El Mensajero (s. a. s.) estaba conversando entonces con algunos ansar. Sa’d ibn Ubada no pudo soportar la manera en que hablaba Suhayl. Dijo: «¡Maldito seas! Este territorio no es tuyo ni tampoco de tu padre. ¡Nosotros nunca nos iremos!». Para apaciguar el ambiente tenso, el Mensajero (s. a. s.) adoptó un tono algo jocoso. En aquel tiempo se había casado con la Madre de los Creyentes, Maymuna. Aludiendo a ello, dijo: «Mirad, aquí he celebrado un matrimonio. ¿Qué tiene de malo organizar un banquete con ese motivo? Nosotros comeremos y vosotros también participaréis». Pero esto no cambió en absoluto la aspereza de su humor. Ellos dijeron: «No necesitamos ningún banquete. Marchaos». ¿Qué más podía decir? Vio que todo el ambiente se estaba echando a perder. Debido a su obstinación, el Mensajero (s. a. s.) ordenó a su grupo ponerse en marcha. Cuando estaban a punto de partir, la pequeña hija de Hamza ibn Abd al-Muttalib llegó corriendo de repente, gritando «¡Ya Amin, ya Amin!» («¡Tío, tío!»), y se abrazó al Mensajero (s. a. s.). ¡Qué escena tan desgarradora! El Mensajero (s. a. s.) llevó consigo a la niña y la confió a su tía materna. Esta tía era la esposa de Zayd ibn Hariza.
Cabe recordar que, durante el regreso de Hudaybiyya, le preguntaron al Mensajero (s. a. s.): «Usted había dicho que iríamos al Haram Sharif y realizaríamos el tawaf. Pero eso no ocurrió». El Mensajero (s. a. s.) respondió: «¿Cuándo dije que realizaría el tawaf precisamente este año?». En realidad, aunque habría sido posible ir al Haram Sharif y realizar el tawaf en el año del tratado de Hudaybiyya, es decir, en el sexto año de la Hégira, no se habría hecho con la magnificencia de este año, sino en medio de un derramamiento de sangre. Realizar la umra en un ambiente normal y con magnificencia es una obra sumamente bendita.
Cuando más tarde este acontecimiento fue objeto de conversaciones entre las demás tribus de Arabia, puede afirmarse sin ninguna duda que la opinión pública había cambiado respecto al pasado. La gente seguramente comprendió que los musulmanes habían entrado ahora con el pecho erguido y la cabeza alta en el mismo lugar de La Meca del que habían sido expulsados. Los mismos coraichitas que habían borrado a los musulmanes de la faz de la tierra demostraron su propia incapacidad al pactar con ellos. Por tanto, el pueblo llegó sin duda a la conclusión de que el futuro del país estaría bajo el control del Estado de Medina. Con ello aumentó aún más la aceptación del islam ante la opinión pública. En una palabra, puede decirse que la Umrat al-Qada también contribuyó al desarrollo y crecimiento del islam.
El impacto de la yihad en la opinión pública
Ya hemos demostrado con gran contundencia que el verdadero enfrentamiento entre el movimiento islámico y la jahiliya no tuvo lugar en el campo de batalla, sino en el ámbito mucho más amplio de la opinión pública. Ese enfrentamiento se prolongó durante dieciocho o veinte años, y fue precisamente en ese ámbito más amplio donde se produjo la decisión final. Sin embargo, esto no significa que la yihad armada no tuviera ninguna contribución en la consecución de dicha decisión final.
Un discurso de dawah poderoso es, sin duda, algo importante y necesario para la reforma, la rectificación y la reconstrucción. Pero hasta hoy no se ha producido ninguna revolución en la vida colectiva cuyos impulsores no hayan sido capaces de demostrar también, en el terreno práctico, su firmeza, superioridad y capacidad de victoria, ni de emplear eficazmente la fuerza en el momento necesario para eliminar los obstáculos del camino y acabar con la resistencia motivada por malas intenciones. La religión solo está relacionada con una pequeña parcela de la vida humana. Si se desea vivir ocupándose únicamente de la religión, no se necesita ninguna actividad que vaya más allá de los sermones, la exhortación y la formación espiritual. Sea cual sea el sistema estatal y social que exista por encima de las personas, y funcione como funcione la actividad social y económica, siempre puede haber espacio para inculcar algunas buenas creencias en la mente de la gente. Se les pueden enseñar diversas prácticas devocionales, fórmulas, letanías y súplicas, y también se les puede adornar en cierta medida con virtudes como la humildad, la modestia, la misericordia y la compasión. Las heridas que se producen en la conciencia al desenvolverse dentro de una sociedad y un sistema estatal partidarios de la falsedad y basados en la explotación y la opresión, y al ganarse el sustento y procurar los propios intereses por los caminos profundamente contrarios a la humanidad creados por ese sistema, reciben diversos vendajes mediante el proceso individualista de reforma y rectificación del método sufí y las instituciones de la relación entre maestro y discípulo que este ha creado. Las religiones que construyen una pequeña morada de paz y seguridad dentro de los peores sistemas sociales son, en realidad, producto de la tendencia evasiva del ser humano. Después de cometer grandes delitos y perpetrar atrocidades en la vida colectiva, la persona satisface a su dios y a su conciencia agitada mediante la fuerza de su religión personal y su espiritualidad. Pero la religión que no se contenta con añadir el recuerdo de Allah y la meditación a las leyes elaboradas por los seres humanos, sino que pretende controlar y dirigir la vida entera, no puede cumplir su cometido mediante simples sermones y exhortaciones centrados en las súplicas, la práctica espiritual en un rincón apartado y una actividad limitada de servicio a la gente; para ella es necesario romper la jaula de la falsedad, resistir a la tiranía y establecer los cimientos de una nueva civilización basada en la paz y la justicia. Introducir cambios en la vida colectiva sin oposición es imposible. Y para eliminar los obstáculos, los sermones y las exhortaciones por sí solos no son suficientes. Aquellos cuyos intereses arraigados son derrocados y cuya estructura social establecida es modificada emplean todas sus fuerzas en actividades destructivas. El sueño de reformar la sociedad nunca puede hacerse realidad mientras algún movimiento no los aparte del camino mediante el uso de la fuerza.
Cuando apareció el Islam y golpeó los cimientos del sistema social jahilí de Arabia, basado en una concepción fundamental de la vida, los defensores y portadores de ese sistema comprendieron desde el principio que se trataba de un golpe total. El golpe se había asestado para derribar todo el edificio y construir uno nuevo. Por eso se opuso una resistencia total al movimiento islámico y se crearon obstáculos en su camino. Siempre que surge una dawah y un movimiento de revolución fundamental y cambio total de este tipo, la sociedad suele dividirse en tres grupos. Una parte avanza mucho más rápido que su tiempo y es capaz de vislumbrar un futuro muy lejano. Sus integrantes suelen ser las personas más inteligentes y activas de la sociedad. Son el grupo menos numeroso y van aceptando gradualmente la dawah revolucionaria. Frente a ellos se encuentra la clase que dirige el antiguo sistema y representa grandes intereses. Esta clase se activa sin demora. Recluta un gran número de partidarios entre las clases sometidas a su influencia. De estas dos clases, la primera es la minoría en expansión, y la última, la mayoría en retroceso y dividida. Entre ambas clases se prolonga un conflicto duradero. Las dos clases activas llegan a las arenas ideológica y política y comienzan un combate cuerpo a cuerpo. Mientras tanto, la gente común permanece fuera como espectadora silenciosa, esperando ver quién vencerá, quién será derrotado y cuál será el resultado final del juego. Los miembros más inteligentes y activos de esta tercera clase también se incorporan gradualmente a la lucha. Sin embargo, la gran mayoría espera el resultado final. Muchos de ellos son adoradores ciegos del sistema antiguo. Ni siquiera pueden imaginar que el viejo sistema que tanto aman pueda ser derrotado. Mientras no vean señales de su destrucción, no puede producirse en ellos ningún cambio mental. Dentro de esta clase también hay muchas personas que se sienten influidas por los argumentos y las cualidades morales de la nueva fuerza. Algunas incluso desean que la nueva fuerza triunfe, pero temen a la antigua fuerza establecida. Otras quieren avanzar, influidas por la dawah revolucionaria, pero el antiguo liderazgo las mantiene atadas de tal manera que ni siquiera se atreven a moverse. Tampoco son pocas las personas que consideran válido el resultado que sea victorioso entre las dos ideologías y creen falsa la que resulte derrotada. Esta forma de pensar se extiende aún más entre la población, especialmente cuando la dawah es la del Islam. Esta disposición mental de la población se convierte en un obstáculo para aceptar una dawah reformadora y organizadora. A medida que disminuye o aumenta la intensidad del conflicto, esta disposición mental va cambiando, y el avance de la dawah se ve obstaculizado o se desarrolla con facilidad en la misma proporción. Por tanto, el camino solo se abre a los abanderados de cualquier nueva dawah cuando pueden mostrar suficiente firmeza en el conflicto y asestar golpes poderosos, contundentes y efectivos a quienes se resisten. Entonces la población llega a pensar, por un lado, que no es imposible derrocar al antiguo liderazgo y romper las viejas cadenas, y, por otro, puede albergar esperanzas respecto de la nueva fuerza, al considerar que posee la capacidad de golpear a las fuerzas opresoras y jahilíes. Cuando una ideología de este tipo se difunde en el ámbito de la opinión pública, la mente de la gente queda completamente abierta a una dawah reformadora y constructiva.
El Gobierno islámico de Medina respondió con valentía y firmeza a las amenazas militares de los judíos y los coraichitas, pero su propósito no era convertir al Islam a algunas personas en el campo de batalla mediante la fuerza de la espada. Su propósito era que, al mismo tiempo que se defendía de la resistencia beligerante, aumentara el valor de la gente común y naciera en ella la confianza en la fuerza revolucionaria de Medina. Ese era su único propósito. Su objetivo era suscitar en la población la esperanza de obtener un futuro brillante de los ideales islámicos y la convicción de que el sistema jahilí no podía mantener indefinidamente su inestabilidad.
Cuando se libró por primera vez la batalla de Badr, las miradas de todos se concentraron desde todas partes en este pequeño rincón de la tierra, para ver quién perdería y quién vencería. Cuando todos vieron que un reducido grupo de soldados musulmanes, que ni siquiera disponía del mínimo equipo militar, derrotó de manera humillante a un enorme ejército tres veces más numeroso que ellos y aniquiló a los principales dirigentes de La Meca, incluido Abu Yahl, aquel desconcertante acontecimiento no pudo sino causar conmoción en toda Arabia. Se habló de ello en todos los hogares y produjo una profunda impresión en la opinión pública. Por primera vez, aquel acontecimiento hizo surgir la esperanza de que la fuerza islámica de Medina no estaba formada simplemente por personas que, después de recibir golpes durante toda su vida, se habían convertido en ascetas y ermitaños para obtener la complacencia de Al-lah y la paz del alma, sino que, tarde o temprano, esa fuerza transformaría por completo el rostro del país.
Después, como la batalla de Uhud quedó en una situación de «nadie pudo imponerse; quedaron igualados», la reacción ante ella fue moderada. Luego tuvo lugar la batalla de la Zanja. La sociedad árabe vio cómo enormes ejércitos acudían desde todas direcciones como una devastadora inundación. Sin embargo, después de mantener Medina sitiada durante aproximadamente un mes, se dispersaron de tal manera que parecían un montón de tierra que alguien hubiera deshecho soplando. Este acontecimiento hizo nacer en la opinión pública la convicción de que las raíces de la fuerza musulmana eran tan firmes que ni siquiera un ataque conjunto de los enemigos podía causarle daño.
Junto con todas estas grandes batallas, Medina también prestó la debida atención a los pequeños liderazgos tribales. Estos liderazgos locales eran satélites del liderazgo jahilí extendido por todo el país, y no era posible liberar al pueblo de su influencia sin cortar uno tras otro todos esos satélites. Algunos de ellos fueron arrastrados por el ímpetu de la predicación. A los restantes se los separó mediante relaciones basadas en tratados y alianzas. Cada vez que alguno de los que quedaban levantaba la cabeza, el Gobierno islámico dirigía inmediatamente su atención hacia allí y lo aplastaba sin demora. Contra los ladrones rebeldes, los bandidos y los conspiradores saboteadores se adoptaron medidas tan oportunas como recibir con flechas de fuego al demonio que intenta escuchar a escondidas en las puertas del cielo. En los alrededores de Medina se mantuvieron plenamente el orden y la ley, y se creó un ambiente de paz impenetrable. De lo contrario, si las tribus beduinas dispersas por todas partes hubieran encontrado la menor brecha, la experiencia del gobierno bien organizado de Medina habría sido destruida desde su mismo comienzo. Al revisar los registros históricos, se puede comprender que todo el período comprendido entre el primer año de la Hégira y la conquista de La Meca estuvo lleno de nuevas rebeliones, anarquía y sabotaje. Ayer se había producido una concentración militar en un lugar, y hoy una banda de ladrones levantaba la cabeza en otro. Un día un grupo saqueaba en una zona, y al día siguiente una banda de atacantes desconocidos aparecía en otro extremo de Medina, dañando las vidas y los bienes de ciudadanos inocentes antes de desaparecer. Mientras en un lugar se tramaba el estallido de una guerra, en otro se elaboraba un plan rebelde. Pero Medina se mantenía muy alerta. En algún lugar patrullaban los guardias; en otro se enviaban tropas, y en otro partía un grupo policial para mantener normalizados el orden y la seguridad.
En conjunto, esta situación hizo nacer entre los árabes la idea de que la fuerza musulmana no era una fuerza muda, sorda y ciega, sino un gobierno vivo, vigilante y activo. Este gobierno libraba una lucha en todas direcciones contra numerosos enemigos al mismo tiempo, y tarde o temprano lograría la victoria.
Después, cuando se quebró el poder de los judíos en Medina y, en el momento oportuno, también fueron destruidas las fortalezas de los enemigos de Jaibar, no es difícil imaginar cómo la opinión pública avanzó gradualmente, a través de todos estos acontecimientos, hacia la aceptación de la predicación.
Después, el resonante acontecimiento de la conquista de La Meca sacudió a la nación árabe de un extremo al otro y la despertó del sueño de la jahiliya. El movimiento islámico, llamando con el adhan del renacimiento, proclamó: «Levantaos, todo se ha iluminado». Entonces, hasta el más ciego podía comprender que la jahiliya se enfrentaba a la destrucción. En efecto, la jahiliya fue destruida ante los ojos de todos. Al mismo tiempo, todos comprendieron que también había llegado a su fin la época del antiguo liderazgo jahilí de los coraichitas. Incluso un beduino necio comprendió que la ley traída por Muhammad, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, era la única ley que garantizaba el conocimiento, el carácter, la vitalidad, la fuerza, el progreso, la reconstrucción, la paz, el orden y la justicia. El pueblo abrió las ventanas de su mente y de su corazón para que la luz del movimiento islámico pudiera entrar.
Estas actividades militares no eran actividades puramente militares; a través de ellas también se difundía la predicación del islam. Las batallas no eran simples combates de flechas y espadas, sino también luchas por la fe, el ideal y el carácter. En estas batallas, los musulmanes introdujeron un nuevo lema: «Allahu akbar». Incluso en el campo de batalla formaban filas para inclinarse y postrarse. Aunque lanzaban ataques contra el enemigo con todas sus fuerzas, tampoco dejaban de inclinar la cabeza ante él como muestra de su obediencia exclusiva a Al-lah. Además, las normas y la disciplina de estas guerras eran de un tipo novedoso. Al campo de batalla llevaban la convicción de alcanzar el martirio, el Paraíso, la complacencia de Al-lah y la vida eterna. Movido por el anhelo de todo ello, cada soldado musulmán avanzaba mirando a la muerte a los ojos y entregaba su vida, sonriente, para alcanzar su objetivo. También poseían un extraordinario carácter militar. Los demás combatían al ritmo de la música y los instrumentos; los soldados abnegados del movimiento islámico marchaban al son del lema del tawhid. Los demás demostraban su valentía bebiendo alcohol; los soldados musulmanes se estimulaban para la lucha bebiendo el sagrado elixir del sentido del deber. Los demás mostraban su heroísmo por la codicia del botín de guerra; los seguidores del Mensajero, la paz y las bendiciones de Al-lah sean con él, se revolcaban en los campos ensangrentados únicamente con la esperanza de obtener la complacencia de Al-lah. Los demás atacaban impulsados por el orgullo de la nación, la tribu y el linaje; pero los soldados de Al-lah luchaban solamente por la verdad, la justicia y el islam. Los demás perpetraban, durante los combates, una destrucción extrema, bestial y cruel. Quemar al enemigo en el fuego, matarlo atado, profanar los cadáveres, beber alcohol en los cráneos de los muertos, masticar sus hígados, degollar a mujeres y niños, abrir el vientre de las embarazadas y otras acciones bárbaras eran sus prácticas habituales. Pero la fuerza islámica llevó al campo un ejército sin precedentes, cuyos miembros respetaban incluso durante la lucha los límites morales de la humanidad. Nunca mataban a nadie de manera inhumana. No profanaban los cadáveres. No demostraban su valentía maltratando a mujeres y niños. Por el contrario, soportaban con paciencia el comportamiento injusto de los enemigos desprovistos de moral en tales situaciones y daban de su parte un ejemplo de conducta excelente. Los demás trataban a los prisioneros como animales; pero el ejército musulmán los mantenía como hermanos junto a sus propios ciudadanos. Los demás celebraban tratados y luego los violaban; pero la fuerza musulmana respetaba los tratados incluso en los momentos más delicados y aunque tuviera que soportar pérdidas extremas. Cuando concedía refugio a alguien o asumía la responsabilidad por alguien, cumplía debidamente con esa responsabilidad. Los demás entraban en las poblaciones conquistadas y sometían a los civiles a opresión y tortura; pero la fuerza musulmana declaró ilícito que sus soldados entraran en las casas para matar a un ciudadano, saquear o apropiarse de los bienes personales de alguien, e incluso recaudar por la fuerza contribuciones de los civiles enemigos. Para los demás, la guerra era una actividad mundana; pero el islam declaró que esta actividad era un acto de adoración de alto rango.
Por orden del Mensajero (s. a. s.), también se predicaba el islam al enemigo en el campo de batalla. Se dejaban abiertas tres alternativas ante el enemigo: aceptar el islam y convertirse en hermanos; reconocer la subordinación política; o enfrentarse en el campo de batalla. En cambio, los demás no presentaban ninguna invitación ideológica semejante. De su parte solo quedaban abiertas dos opciones: rendirse ante nosotros o acudir al campo de batalla.
Esta enorme diferencia entre ambos bandos se hacía muy evidente en el campo de batalla. Al comprenderla, toda la nación árabe quedaba fascinada e impresionada. Es decir, por un lado, la organización islámica de Medina se desarrollaba rápidamente y, por otro, demostraba mediante su propio carácter la verdad y superioridad de sus ideales; estos dos tipos de éxito se reflejaban en la opinión pública árabe por medio de las campañas militares. En la misma medida en que estos dos tipos de éxito facilitaban el camino de la invitación a la verdad, la gente continuaba aceptando el islam. Este éxito se intensificó después del tratado de Hudaybiyyah. Por ello, durante ese período la gente avanzó hacia el islam con mayor rapidez. Después de la conquista de La Meca, este éxito asumió plenamente la forma de una victoria. Así, toda Arabia quedó incorporada de una vez a este movimiento reformador. La rapidez con que la gente aceptó el islam durante estas dos épocas permite comprender qué gran obstáculo constituía el liderazgo qurayshí en el camino del pueblo. En cuanto ese obstáculo desapareció, se produjo una revolución mental. Allí donde una clase dominante, beneficiaria de intereses establecidos, se instala de ese modo como obstáculo, la influencia de los sermones y exhortaciones, de la invitación y la difusión del islam entre el pueblo no puede alcanzar una amplitud semejante. Para transformar el ambiente general es necesario eliminar este tipo de barreras. Y para ello hay que mantener una lucha política total. La culminación de la invitación y difusión del islam depende precisamente de la lucha política.
El propio gobierno enseñaba la revolución
Después, las regiones que habían quedado bajo la autoridad del gobierno islámico de Medina mediante la aceptación del islam por parte de las tribus correspondientes, el establecimiento de relaciones basadas en tratados o el reconocimiento de la subordinación política no eran dejadas tal como estaban. Por el contrario, se les hacía llegar una invitación detallada al islam y sus enseñanzas, y se adoptaban medidas eficaces para capacitarlas. No se trataba de conquistar una región blandiendo el bastón y haciendo una demostración de fuerza, para luego conducir a la gente como ganado, sin cambiarla ni reformarla desde dentro. Si todo se hubiera hecho pinchando con la espada y todos los cambios se hubieran impuesto por la fuerza del bastón, aquella tiranía solo habría durado unos cuantos días. Después, la gente se habría rebelado. Y si la insatisfacción y la protesta popular hubieran estallado una vez, todos los logros alcanzados se habrían destruido. En realidad, el recurso a la fuerza ocupaba en el movimiento islámico una proporción menor que cualquier otro método, mientras que la invitación, la enseñanza y la capacitación constituían la parte principal.
Todo gobierno basado en una ideología se orienta esencialmente a la difusión, y en todas sus actividades da prioridad al objetivo de que el pueblo comprenda de corazón y acepte sinceramente la creencia y el ideal sobre los que se fundamenta su sistema de vida. Todos los departamentos de ese gobierno, además de cumplir sus funciones específicas, deben asumir también esa responsabilidad central. Un gobierno de este tipo rechazará todo aquello que perjudique su ideal fundamental. Asimismo, aceptará incluso aquello que no le reporte beneficios si contribuye a arraigar su ideología fundamental en la mente y el corazón del pueblo. Su objetivo más importante es que la gente se identifique con el nuevo ideal y permanezca sinceramente comprometida con él; que haga lo que debe hacerse y elimine aquello que deba ser eliminado.
Por un lado, el gobierno islámico de Medina continuó enviando grupos de invitación y difusión a las regiones circundantes incluso en las situaciones bélicas más difíciles. En al menos cuatro ocasiones, los asesinos dieron muerte como mártires a quienes habían salido de Medina para realizar labores de invitación. No es en absoluto reducido el número de compañeros que fueron martirizados tras sufrir terribles torturas mientras realizaban esta tarea. De hecho, fue superior al número total de mártires musulmanes de las batallas de Badr, Uhud y la Trinchera. Ni siquiera en situaciones extremadamente delicadas y conflictivas se mostró negligencia en el cumplimiento de este deber fundamental. Por el contrario, se mantuvo pese a numerosos sacrificios y renuncias. Algunos compañeros recibían capacitación durante cierto tiempo en Medina y luego eran destinados a la labor de invitación entre sus propias tribus. Algunos de esos compañeros fueron: (1) Tufayl ibn Amr al-Dawsi (tribu de Daws), (2) Amurah ibn Masud (tribu de Thaqif), (3) Amir ibn Shahr (Hamdán), (4) Dimam ibn Tha‘labah (Banu Sa‘d), (5) Munqidh ibn Habban (Baréin), (6) Thumamah ibn Uthal (Nay. d). Además, se enviaban predicadores especialmente designados a determinadas tribus o personas. Por ejemplo, se envió a Ali a Hamdán, Hudhaymah y Madhhij; a al-Mughirah ibn Shu‘bah a Nayrán; a Dhabar ibn Nathnis a los persas residentes en Yemen; a Muhaysah ibn Masud a Fadak; a Ahnaf a la tribu de Sulaym; a Jalid ibn al-Walid a La Meca; a Amr ibn al-As a Omán; y a Muhajir ibn Abi Umayyah ante Harith ibn Filal, príncipe de Yemen.
Sin embargo, el gobierno islámico obtuvo de sus funcionarios civiles una labor de invitación y difusión mucho mayor. Los funcionarios del gobierno islámico no se consideraban empleados profesionales ni aceptaban sus cargos con el propósito de ganar dinero. Su único objetivo era exaltar la palabra y las leyes de Dios y guiar a la gente por el camino del bien. Esta tarea no podía encomendarse simplemente a personas ávidas de un salario. Solo podían realizarla los servidores desinteresados de la revolución islámica. No ambicionaban ningún cargo ni vivían obsesionados con los grados y los ascensos. El cargo y la responsabilidad los llamaban, y cumplían funciones superiores con un salario mínimo. Bastará un solo ejemplo. Attab ibn Usayd fue nombrado gobernador de La Meca con un salario de un dírham diario. Él mismo dijo en un discurso: «Que Dios mantenga hambriento a quien, aun recibiendo un dírham diario, permanezca hambriento». (Ibn Hisham). Antes que cualquier otra cosa, eran convocadores de su querida creencia y su ideal. Aquellos a quienes el gobierno de Medina nombraba gobernadores, jueces, recaudadores de impuestos o funcionarios del departamento financiero se convertían, en sus respectivos ámbitos de trabajo, en predicadores del tawhid, maestros de las enseñanzas islámicas y formadores en moralidad. Cuando se les explicaban sus responsabilidades departamentales, el Mensajero (s. a. s.) también les recordaba esta responsabilidad fundamental. Cuando Muadh ibn Yabal fue enviado a Yemen con responsabilidades financieras, administrativas y judiciales, también se le dijo: «Enseña el Corán al pueblo y enséñale las normas del islam». Después se le explicó especialmente el método de invitación conforme a las necesidades de la Gente del Libro. Se le dijo: «Invítalos primero al tawhid. Si lo aceptan, enséñales la oración. Después enséñales el zakat». En la mayoría de los casos, estos funcionarios eran también imanes de la oración en sus respectivas sedes. Sin embargo, en las grandes poblaciones, donde era imposible no distribuir las responsabilidades, se nombraban imanes separados para la oración junto con los funcionarios administrativos. Así, Attab ibn Usayd fue nombrado en La Meca, Uthman ibn Abi al-As en Taif y Abu Zayd al-Ansari en Omán.
El número de funcionarios civiles era muy elevado. Por eso no se proporciona su lista. Sin embargo, al observar este número y las regiones en las que fueron designados, se comprende el importante papel que desempeñó el departamento civil del Gobierno islámico —el servicio civil— en la difusión de la invitación al islam. Además, durante el cumplimiento de sus responsabilidades, estos propagadores no eran simplemente funcionarios en el sentido habitual. Permanecían muy, muy lejos de la impiedad ante Allah, la ostentación, la opresión y los excesos, mantenerse alejados del pueblo, la indiferencia ante las necesidades de la gente, ahuyentar a todos los demás a gritos cuando salían a la calle, rodearse de un número excesivo de porteros y escoltas, construir grandes palacios, saquear, aceptar sobornos, vivir rodeados de aduladores, desperdiciar el dinero público y conceder recompensas a su antojo, organizar reuniones de bebidas alcohólicas y celebrar veladas de música y danza. Estos funcionarios civiles eran funcionarios de un tipo completamente distinto. Su gobierno constituía una experiencia novedosa para el pueblo. De bajos salarios, vida sencilla, cumplidores honestos de sus responsabilidades, bondadosos con sus súbditos, defensores de la justicia y la equidad, y temerosos de Allah, estos funcionarios y empleados conquistaban los corazones de la gente con su propio carácter. Cuando invitaban a la gente a la religión, esa invitación penetraba hasta lo más profundo del corazón de quienes la escuchaban. Hazrat Abu Musa al-Ashari fue nombrado administrador de las regiones de Zubayd y Adén. Todos sus habitantes se hicieron musulmanes muy rápidamente gracias a su invitación. De manera similar, Yarir ibn Abd Allah al-Bajali fue designado para hacerse cargo de la dinastía gobernante del Yemen. Ejerció una influencia tan grande que todos ellos se unieron al movimiento islámico. Y, lleno de alegría por ello, liberó a cuatro mil esclavos.
En resumen, los departamentos civiles del Gobierno llevaban a cabo incansablemente la labor de invitación y difusión con gran concentración y dedicación. El resultado de esta amplia labor de invitación y educación fue que, incluso entre las poblaciones de las regiones más remotas de Arabia, se produjo no solo una revolución política, sino también una revolución mental, acompañada de una transformación radical en el plano moral. Finalmente, toda la estructura social de Arabia adquirió una forma completamente nueva.
La prosperidad económica del pueblo
Una gran parte de los habitantes beduinos de Arabia era generalmente pobre. La mayoría de las tribus del desierto eran nómadas. Aparte del escaso sustento obtenido de sus animales domésticos, sus principales medios de vida eran el bandolerismo armado y el saqueo. También había algunas tribus beduinas con asentamientos permanentes muy alejados de las ciudades. Sin embargo, ellas también eran sumamente pobres. Los jeques y jefes de estas tribus monopolizaban para sí la mayor parte de los beneficios de las actividades económicas y privaban de ellos a la gente común. Por ciudades se entendían La Meca, Medina, Taif, Saná, Hadramaut y otras semejantes. No eran grandes ciudades y su población era muy reducida. No obstante, en conjunto sus habitantes eran acomodados y prósperos. También entre ellos existían clases altas y bajas. La clase alta explotaba a la clase baja. Además de dominar el comercio y la cultura en Medina, los judíos habían tendido una red de negocios basados en la usura. Del mismo modo, los grandes ricos de La Meca y Taif practicaban también la usura, junto con otros medios de obtener riquezas. Algunas familias de la clase alta llevaban una vida de extremo lujo. La música, la bebida, los amoríos y el adulterio constituían algunas de las características de su cultura. En cambio, las privaciones de la gente común de Arabia no tenían límite alguno.
Impulsados por la necesidad, llegaban incluso a comer carne de animales muertos. No hacían distinción alguna entre lo puro y lo impuro, ni entre lo lícito y lo ilícito. Cuando ni siquiera podían resolver los problemas de alimentación, vestido y vivienda, hablar de educación, salud y otros problemas superiores resultaba totalmente fuera de lugar. Para curarse, rezaban a los dioses y diosas, recurrían a la magia y acudían a astrólogos y faquires. La educación estaba sumamente limitada. Las actividades educativas se restringían a un puñado de personas de las familias urbanas de alta posición. Allí, uno de los problemas fundamentales y reales era el de la alimentación. Un pueblo cuya gran mayoría permanece constantemente angustiada por la pregunta «¿qué comeremos?» no puede recibir conocimientos sobre asuntos más elevados y nobles, ni puede realizar obras memorables por una causa superior. Sin remediar la privación de quienes sufren privaciones económicas, nadie puede hacer que participen ampliamente en un movimiento solo mediante sermones, exhortaciones y buenos consejos. Aunque una ideología tome el poder por la fuerza de las armas, si no puede resolver los problemas económicos básicos de la gente, el pueblo común nunca estará dispuesto a aceptar consejos de mera reforma y reconstrucción moral. Al contrario, considerará tales esfuerzos de reforma, corrección y reconstrucción como una calamidad y se afanará por liberarse de ellos. El sistema de vida islámico podrá conquistar a la humanidad únicamente cuando, además de garantizar la felicidad y la prosperidad en la Otra Vida, las garantice también en este mundo, y pueda resolver los problemas económicos junto con la reforma y la corrección moral. Emprender un movimiento centrado únicamente en los problemas económicos equivale a empujar a la humanidad hacia la destrucción moral; del mismo modo, separar la reforma moral de las exigencias y necesidades económicas de la vida equivale a hacer fracasar el esfuerzo de reforma moral. El islam satisface ambas necesidades al mismo tiempo. El movimiento dirigido por el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, por un lado iluminaba el corazón con la luz de la fe y enriquecía el alma con valores morales, y por otro establecía también el mejor sistema para proporcionar alimento al estómago. Desde el principio, la norma moral más concisa del islam incluía el mandato de «it‘ām al-masākīn», es decir, alimentar a los pobres. Además, ayudar a los huérfanos, las viudas y los viajeros era obligatorio para todo musulmán.
Arabia era un país de baja productividad. Todos los recursos —minerales, industria y ganado— estaban limitados y concentrados en manos de determinadas clases. Poner estas fuentes de riqueza al alcance de la gente común era un problema sumamente complejo. Sin resolverlo, no era posible resolver los demás grandes problemas de la vida. Las normas económicas del islam —que fueron reveladas gradualmente— bastaban, en una situación normal, para mantener la riqueza en circulación entre todas las clases de la sociedad. Pero, incluso antes de aplicar estas normas, el acceso a esas fuentes de riqueza constituía el problema más complejo. Solo mediante la actividad de la yihad fue posible resolverlo de manera tan adecuada; por ningún otro medio alternativo habría sido posible alcanzar una solución tan exitosa.
Desde la antigüedad hasta la era moderna, apoderarse de las armas y el equipo de los enemigos derrotados como botín ha sido considerado un derecho universalmente reconocido. Para poner fin a una guerra, privar al adversario de sus armas, equipo y suministros es una estrategia más eficaz e infalible que matar personas. Además, debilitar la economía militar del adversario es también una de las medidas más exitosas. El islam mantuvo el derecho al botín y, por ello, impuso restricciones morales específicas. Aquí no nos es posible abordar ninguna discusión teórica. Sin embargo, al aplicar efectivamente este compromiso, los ejércitos islámicos liberaron y pusieron en circulación las riquezas acumuladas en diversos lugares. Las riquezas de los judíos y usureros, extraídas mediante la explotación del pueblo, entraron en circulación conforme a las normas del botín. Las riquezas acumuladas de la tribu de Saqif quedaron fuera de su dominio y se dispersaron por toda Arabia. Del mismo modo, los ejércitos musulmanes arrebataron a los líderes y jefes adinerados de las tribus rebeldes de los alrededores de Medina —que conspiraban para crear la anarquía— una gran parte de sus riquezas, y la pusieron en circulación mediante una distribución justa.
En cuanto a los bienes obtenidos en la guerra (botín), la costumbre de la época de la ignorancia era que cada cual tomara lo que encontrara en el campo de batalla y se marchara. Algunos robaban, otros se apropiaban de los bienes mediante engaños, y cuanto más grande y poderoso era alguien, mayor y mejor era la porción que tomaba haciendo valer su poder. La estrategia militar islámica dio origen a una moralidad completamente novedosa. Según este principio, todos los bienes obtenidos en la guerra se reunían primero hasta el último centavo. No se dejaba atrás ni siquiera una aguja. Después se distribuían por orden del comandante. El veinte por ciento de estos bienes iba al tesoro islámico, es decir, al Bayt al-Mal. La parte principal se entregaba a los pobres y necesitados. Así comenzó una circulación libre de la riqueza del país. Posteriormente, a medida que se fueron estableciendo las normas financieras, su flujo quedó sujeto a regulación.
Después, el Estado islámico recaudó ingresos de los propietarios de tierras, ganado y capital comercial: en forma de zakat si eran musulmanes, y de jaraÿ y yizia si no lo eran. De estos ingresos, especialmente del zakat, destinó una gran parte a las clases pobres. Cada año, una gran cantidad de cereales, dátiles y animales criados pasaba de los ricos a los pobres.
Además, la solución de los problemas económicos no se logró únicamente mediante la fuerza de la ley. También se buscaron soluciones por medios morales. El Mensajero (s.a.s.) presentó al mundo una experiencia sumamente exitosa de fraternidad económica (Economic Brotherhood), junto con la igualdad social, en la sociedad central de Medina. Todos los árabes podían ver cómo, después de aceptar el islam, los expulsados de sus hogares, los esclavos que lo habían perdido todo, los beduinos agotados por el hambre y un grupo de jóvenes embriagados de amor por Alá experimentaban de la noche a la mañana una transformación asombrosa. Por un lado, se situaban hombro con hombro junto a los grandes notables de la sociedad y desafiaban con un valor inconcebible a adversarios extremadamente arrogantes y altaneros. Por otro, todas sus penas, sufrimientos, carencias y quejas desaparecían. Encontraban refugio, trabajo, armas, animales para el transporte y también se casaban y formaban un hogar. El efecto благéfico de esta fraternidad islámica no se limitó a Medina, sino que se extendió gradualmente en todas direcciones, hasta que un día toda Arabia disfrutó de sus beneficios.
El pueblo de Arabia contempló y percibió desde lejos este incomparable nuevo sistema de igualdad social y fraternidad económica como el mismísimo paraíso terrenal. También sabía que la llave del tawhid era suficiente para entrar en ese paraíso. En tales circunstancias, si en el corazón de personas aplastadas durante generaciones bajo las peores formas de explotación social y económica nacía el deseo de entrar en ese paraíso, ¿qué tenía de extraño?
El Mensajero (s.a.s.), atento a los problemas de la gente común de Arabia, demostró personalmente una generosidad y una caridad del más alto grado. Como estadista, adoptó igualmente una política de extrema liberalidad y magnanimidad. Nunca permitió que se acumulara riqueza alguna en su propiedad personal. Por el contrario, la distribuía lo antes posible entre los necesitados, tanto de la localidad como de fuera. Nunca permitió que quedara dinero en el Bayt al-Mal; siempre que se presentaba una persona necesitada, le daba todo lo que podía. Para el Mensajero (s.a.s.), lo verdaderamente importante eran las personas. Consideraba la riqueza servidora de la humanidad. Incluso ocurrió muchas veces que, al no tener nada en el Bayt al-Mal ni en su propia posesión, pidió un préstamo para dárselo a quien solicitaba ayuda. (Shama’il al-Tirmidhi)
Al enterarse de su fama de generosidad, los habitantes necesitados de las aldeas y los beduinos del desierto acudían a Medina desde lugares lejanos y regresaban satisfechos por sus donaciones ilimitadas. Es bien sabido que cierta vez llegó un beduino, tiró de la capa del Mensajero (s.a.s.) y le dijo descaradamente: «¡Oh, Muhammad (s.a.s.)! Toda esta riqueza pertenece a Alá. No tienes que darme nada de la propiedad de tus padres. Vamos, carga mi camello hasta llenarlo». El Mensajero (s.a.s.), océano de misericordia, guardó silencio por un momento y luego dijo serenamente: «Tienes razón; toda esta riqueza pertenece a Alá, y yo soy Su siervo». Después ordenó que dieran a aquel beduino un camello cargado de cebada y otro cargado de dátiles. Se marchó muy contento. En otra ocasión llegó de Bahréin una cantidad de ingresos tan grande como nunca antes había llegado a Medina, ni siquiera una fracción semejante. El Mensajero (s.a.s.) la amontonó en el patio de la Mezquita del Profeta. Luego comenzó a entregarla, uno por uno, a quienes iban llegando. Después se sacudió la ropa, se levantó y regresó a casa. Este tipo de donaciones ocurría con frecuencia en Medina, y la gente que llegaba de distintas regiones se beneficiaba de ellas. Estas personas regresaban a sus respectivas tierras y relataban la generosidad del Estado islámico; y, abrumadas por tales relatos, ¡quién podría contar cuántas personas abrazaban el islam!
Daré otro ejemplo de la generosidad del Noble Profeta (s.a.s.). Un hombre llegó, describió su penosa situación económica, rompió a llorar y pidió ayuda. El Mensajero (s.a.s.) le entregó un rebaño de cabras que pastaba en una montaña cercana. Al recibir esta donación inesperada, el hombre, fuera de sí de alegría, regresó a su tribu y comenzó a decir: «¡Haceos musulmanes! Muhammad (s.a.s.) hace donaciones tales que al pobre no le queda ninguna aflicción». (Al-Mawahib al-Ladunniyya). Safwan ibn Umayya dijo: «El Mensajero (s.a.s.) me regaló trescientas cabras. Como resultado, mi estado de ánimo cambió de tal manera que antes no había nadie más antipático para mí que él, y ahora no hay nadie más querido para mí». En este contexto se recita el siguiente verso:
«Él es quien, al dar
llega a quedarse él mismo sin nada
no teme hacerlo, por muchas que sean las personas que acudan a él
y sigan acudiendo».
El resultado de esta fama universal de generosidad fue que, cuando regresaba después de repartir el botín de Hunaín, se le acercó un beduino, lo abrazó y le dijo: «Dame algo también a mí». El Mensajero (s.a.s.), perturbado, se apoyó en un árbol y permaneció de pie. Luego expresó su incapacidad diciendo: «Si tuviera tantos camellos como árboles hay en este bosque, os los repartiría todos. Nunca me veríais ser avaro, ni veríais en mí intención alguna de decir cosas irreales o falta de valor». (Sahih al-Bujari)
Las personas mezquinas pueden calificar esta generosidad como un intento de conquistar corazones con dinero y de ganar partidarios mediante sobornos. Pero la realidad no es en absoluto esa. Rescatar a quienes han caído en la penuria económica y liberarlos de su complejo de inferioridad es una de las exigencias principiales e ideológicas del islam. Las clases de la sociedad humana que, debido a la opresión y explotación de las clases superiores, sufren una pobreza tan extrema que ni siquiera tienen la oportunidad de prestar atención a las necesidades ideológicas más elevadas y nobles de la vida; quienes han caído en una crisis tan lamentable, reciben incluso la misericordia de Allah. La mayoría de los árabes era víctima de una situación de ese tipo. Necesitaban alimentos y ropa tanto como la kalima tayyiba. Gracias a la fraternidad económica del islam, los habitantes de Medina tuvieron probablemente, por primera vez, la oportunidad de elevarse por encima de las necesidades básicas del cuerpo, pensar en las necesidades espirituales de la vida y cultivar nobles valores morales. La reforma económica allanó el camino para la expansión del islam. El pleno desarrollo del sistema económico islámico se alcanzó más tarde, cuando se aplicaron todas sus leyes, normas y principios. Pero, al ver sus primeros indicios, el pueblo comenzó a mirar a Medina con esperanza. Comprendió que de allí no recibiría solamente la luz de la verdad, sino también la solución a los problemas económicos.
Las relaciones de largo alcance de un estadista
Sean cuales sean el propósito y la meta de una persona, y por elevado que sea el trabajo idealista que realice, la amplitud de sus relaciones personales puede ayudarla considerablemente a alcanzar el éxito. Desde las actividades ordinarias hasta la revolución idealista, en las diversas tareas colectivas de los distintos niveles, son muy pocas las personas que pueden triunfar si su trato humano común es muy limitado y si son hogareñas y antisociales. Los vínculos de parentesco por linaje y sangre, las relaciones matrimoniales, la amistad y la camaradería, el compartir las alegrías y las penas, las visitas recíprocas, los saludos y las conversaciones, y cosas semejantes, aumentan la capacidad de una persona para ejercer influencia. Las relaciones personales cambian inconscientemente el curso de muchas grandes obras idealistas, y por su causa incluso llegan a tomarse numerosas decisiones políticas. En una palabra, puede decirse que, en general, tiene éxito al liderar a las personas quien posee un amplio círculo de relaciones, lo amplía y extiende por iniciativa propia y satisface las exigencias de cada relación.
Desde esta perspectiva, cuando observamos la sublime personalidad del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, vemos que el ámbito de todos sus tipos de relaciones era sumamente amplio. Asimismo, vemos que sus amistades y relaciones personales comunes también se expandían continuamente. No se observa que en algún momento deseara apartarse de ninguna de estas relaciones, ni se percibe en él, como en una personalidad espiritual de alto rango, aversión o desprecio por mantener relaciones con la gente común. Por el contrario, mantenía todas las relaciones de manera admirable, cumplía sus derechos y demandas, y las conservaba firmes. Mostraba tal respeto incluso por los vínculos de parentesco más lejanos que, cuando el ejército musulmán conquistó Egipto, le ordenó tratar bien a sus habitantes. Dijo: «La madre de Ismael, la paz sea con él, Hagar, la paz sea con ella, era egipcia. Por tanto, se os ha encomendado proteger los vínculos de parentesco consanguíneo». Estas relaciones personales tan amplias del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, contribuyeron al desarrollo del movimiento islámico y al aumento de la influencia de la da‘wah islámica.
Es necesario presentar una breve descripción de estas relaciones. Así se comprenderá cómo contribuyeron al movimiento islámico y cómo facilitaron la revolución islámica. Dividiremos sus relaciones en varias categorías:
1. Relaciones genealógicas
La genealogía del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, es la siguiente:
Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, (1), hijo de Abd Allah (2), hijo de Abd al-Muttalib (3), hijo de Hashim (4), hijo de Abd Manaf (5), hijo de Qusay (6), hijo de Kilab (7), hijo de Murra (8), hijo de Ka‘b (9), hijo de Lu’ayy (10), hijo de Ghalib (11), hijo de Fihr (12), hijo de Malik (13), hijo de al-Nadr (14), hijo de Kinana (15), hijo de Juzayma (16), hijo de Mudraka (17), hijo de Ilyas (18), hijo de Mudar (19), hijo de Nizar (20), hijo de Ma‘add (21), hijo de Adnan (22), hijo de Udd (23), hijo de Muqawwam (24), hijo de Najjur, hijo de Tayrah, hijo de Ya‘rub, hijo de Yashjub, hijo de Nabith, hijo de Ismael, hijo de Ibrahim.
El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, informó que los nombres posteriores a Adnan hasta Ismael, la paz sea con él, no son muy fiables. Los historiadores han expresado opiniones diferentes acerca de esos nombres. La relación del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, con Adnan se encuentra en el vigésimo primer nivel genealógico. La diferencia temporal es de 1158 años. La relación del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, con las tribus árabes converge en uno u otro nivel.
Ukk, hijo de Adnan y hermano de Mu‘ad, fue a una región llamada Gassán, en Yemen, estableció allí un reino y se casó con una mujer de la tribu ash‘arí. El islam se extendió muy rápidamente en esa región. Numerosas delegaciones de distintas zonas del Yemen acudieron ante el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y aceptaron el islam. Entre ellas se encontraba también una delegación de los ash‘aríes. Nizar, antepasado número 20, tuvo cuatro hijos. Entre ellos, los descendientes de Anmar se establecieron en Nayad y Hiyaz. Los descendientes de Iyad vivieron en Tugur y sus alrededores. Mudar, antepasado número 19, y Rabi‘a se establecieron en la región central de Arabia.
Pasemos ahora a conocer aquellas tribus famosas que pertenecían al mismo linaje que el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y cuyos nombres están registrados en las obras de la sira, la historia y los hadices:
Banu Tamim: descendientes de Tamim ibn Mard ibn Udd ibn Tanja ibn Ilyas (18).
Banu Ghatafan: descendientes de Ghatafan ibn Ghatafan ibn Saad ibn Ilyas (18).
Banu Zubyan: Zubyan ibn Buayz ibn Rayesh ibn Ghatafan, descendientes de Ilyas.
Banu Hawazin: descendientes de Hawazin ibn Mansur ibn Ikrama ibn Hasfan ibn Qays Aylan ibn Ilyas.
Banu Saad: descendientes de Saad ibn Bakr ibn Hawazin… Ilyas.
Banu Thaqif: descendientes de Thaqif ibn Hawazin… Ilyas.
Banu Sulaym: descendientes de Sulaym ibn Mansur… Ilyas.
Banu Hudhayl: Hudhayl ibn Mudrikah (17).
Banu Hawán: Hawún ibn Juzayma (n.º 16).
Wayshí: Waysh ibn Qaraha ibn Hawún ibn Juzayma.
Azalí: Azal ibn Qara……………… hasta Juzayma.
Banu Asad: Asad ibn Juzayma……………. hasta Juzayma.
Banu Názar: Názar ibn Kinana (n.º 15).
Banu Kinana: el mismo.
Banu Mustáliq: Mustáliq (Juzayma) ibn Abd Manat ibn Kinana (n.º 15).
Al-Ahabish: Ahabish ibn Kinana.
Banu Malik: Malik (n.º 13), hijo de Nadar, hijo de Kinana.
Quraysh: Fehr o Quraysh (n.º 12), hijo de Malik.
Banu Muharib: Muharib, hijo de Fehr.
Banu Taym: Taym, hijo de Ghalib (n.º 11), hijo de Fehr.
Banu Awf: Awf, hijo de Lu’ay (n.º 10), hijo de Ghalib.
Banu Amir: Amir, hijo de Lu’ay.
Banu Harith: Harith, hijo de Lu’ay.
Banu Hasis: Hasis, hijo de Ka’b (n.º 9), hijo de Lu’ay.
Banu Sahm: Sahm ibn Ka’b.
Banu Jumah: Jumah ibn Ka’b.
Banu Adi: Adi ibn Ka’b.
Banu Kilab: Kilab (n.º 7) ibn Murrah (n.º 8).
Banu Taym: Taym ibn Murrah (n.º 8)
Banu Makhzum: Makhzum ibn Murrah.
Banu Qusay: Qusay (n.º 6) ibn Kilab.
Banu Zuhrah: Zuhrah ibn Kilab.
Asadí: Asad bin Abd al-Uzza bin Kusai (n.º 6).
Muttalibí: Muttalib bin Abd Manaf (n.º 5).
Banu Umayya: Umayya bin Abd al-Shams bin Abd Manaf.
Nawfilíes: Nawfil bin Abd Manaf.
Banu Hashim: Hashim bin Abd Manaf.
Esta extensa genealogía se prolonga hasta tal punto que muchos compañeros cercanos de alto rango del Mensajero (s.a.s.) están relacionados con ella. Por ejemplo, la genealogía de Hazrat Umar (r.a.) se remonta a Jarrah bin Adi bin Kaab (n.º 9), y Hazrat Abu Ubaida está relacionado genealógicamente con Jarrah bin Adi. Hazrat Amina, madre del Mensajero (s.a.s.), era descendiente de Wahb bin Abd Manaf bin Zuhra bin Kilab (n.º 7). Hazrat Abu Bakr descendía de Taym, hermano del mismo Kilab bin Murra. Saad bin Abi Waqqas, uno de los diez compañeros incluidos entre los Ashara Mubashshara, es decir, aquellos a quienes se les anunció el Paraíso durante su vida, estaba relacionado con el Mensajero (s.a.s.) por medio de Malik bin Uhaib bin Manaf. Uthman bin Talha, custodio de las llaves de la Kaaba Sagrada, descendía de Abd al-Dar bin Kusai (n.º 6). Otro de los Ashara Mubashshara, Hazrat Zubair bin Awwam, era descendiente de Khuwailid bin Asad bin Abd al-Uzza bin Kusai (n.º 6). Del mismo modo, Hazrat Jadiya Tahira era hija de Khuwailid bin Asad bin Abd al-Uzza bin Kusai. Waraka bin Nawfal bin Khuwailid era su hermano. Los tres hijos de Harith bin Muttalib bin Abd Manaf (n.º 5), Abu Ubaida —mártir de Badr—, Tufail y Hadiz, fueron compañeros célebres. La genealogía del imán Shafií también está vinculada con Muttalib. Hazrat Uthman era descendiente de Umayya bin Abd al-Shams bin Abd Manaf.
Existe desacuerdo sobre cuántos tíos tuvo el Mensajero (s.a.s.). No se conocen los datos de dos de ellos. Un tío murió mucho tiempo antes. Entre sus tíos, las siguientes personas son especialmente destacables. Estuvieron relacionadas con la historia del islam, y sus relatos también se han conservado.
Un tío, Harith, murió antes del surgimiento del islam. Sus cuatro hijos, Nawfal, Abd Allah, Rabia y Abu Sufyan, aceptaron el islam y desempeñaron papeles importantes en la historia islámica. Al renunciar a exigir venganza o compensación por el asesinato de Rabia bin Harith, el Mensajero (s.a.s.) declaró por primera vez, durante la conquista de La Meca: «Quedan abolidas desde hoy todas las exigencias de venganza o compensación por los asesinatos de la época de la ignorancia».
Uno de sus tíos era Abu Talib, quien cumplió plenamente con la responsabilidad de proteger al Mensajero, la paz sea con él. Aunque permaneció fuera del movimiento islámico, lo ayudó con todo su corazón y con todas sus fuerzas. Hoy no habrá nadie que no conozca los nombres de los dignos hijos de Abu Talib: el honorable Ali, Ya‘far y Aqil. Las dos hijas de Abu Talib, Umm Hani y Jumana, también abrazaron el islam. La honorable Umm Hani alcanzó especial renombre con motivo del suceso del Mi‘ray.
Uno de sus tíos era el honorable Hamza, quien alcanzó el martirio en la batalla de Uhud. Hind trató su cadáver con extrema crueldad. Este tío fue precisamente quien protestó enérgicamente contra la conducta malvada de Abu Yahl hacia el Mensajero, la paz sea con él, y abrazó el islam asumiendo un enorme riesgo.
Uno de sus tíos era el honorable Abbas. Desde el principio desempeñó un papel semejante al de un protector. En particular, desempeñó un papel importante en las conversaciones sobre el juramento de fidelidad de Aqaba. Advirtió a los ansar sobre la gran responsabilidad que habían asumido. Además, permaneció en La Meca e informó al Mensajero, la paz sea con él, sobre la situación. Cuando pasó aquel período delicado de conflictos y enfrentamientos, declaró su conversión al islam y partió hacia Medina.
Uno de sus tíos, Zubayr, falleció antes de la aparición del islam. Era un hombre sumamente bondadoso y participó activamente en la fundación de Hilf al-Fudul.
Uno de sus tíos era Abu Lahab. Este tío no solo era un opositor acérrimo del islam, sino también un comandante activo del bando enemigo. Su esposa también era una feroz enemiga del islam y se apresuraba más que nadie a causar personalmente sufrimiento al Mensajero, la paz sea con él. Abu Lahab sufrió un desenlace sumamente ejemplar. Murió de peste. Durante tres días su cadáver permaneció tendido y fue pudriéndose. Nadie se acercó a él. Finalmente, arrojaron piedras desde el otro lado de un muro para cubrir el cadáver, y aquel montón de piedras se convirtió en su tumba. La esposa de Abu Lahab murió miserablemente al quedar atrapada una soga alrededor de su cuello. Los dos hijos varones de Abu Lahab murieron siendo incrédulos, mientras que otros dos adoptaron la obediencia al Mensajero, la paz sea con él, durante la batalla de Hunayn. Su hija Dura tuvo la dicha de abrazar el islam.
Entre las tías paternas del Mensajero, la paz sea con él, estaba Umm Hakim Rayda, esposa de Qusayr ibn Rabi‘a, descendiente de Abd Manaf. Su hijo Amir abrazó el islam el día de la conquista de La Meca. El hijo de Amir, Abdullah ibn Amir, también fue un compañero y, durante el califato del honorable Uzmán, fue nombrado gobernador de Jorasán. Arwa, hija de esta misma Umm Hakim, fue la madre del honorable Uzmán. Otra tía paterna era Umaima. Estaba casada con Yahsh ibn Rباب. Una de sus hijas, Umm Habiba, fue esposa de Abdurrahman ibn Awf. Su otra hija, Hamna, se casó primero con Mus‘ab ibn Umair y después con Talha ibn Abdullah. Los dos hijos nacidos de este segundo matrimonio, Muhammad e Imran, se convirtieron en valientes soldados del movimiento islámico. Abdullah ibn Yahsh alcanzó el martirio en la batalla de Uhud y fue enterrado junto a su tío materno, el honorable Hamza. La tercera tía paterna era Atika, quien tuvo un sueño antes de la batalla de Badr. A propósito de este sueño, en los círculos de los coraichitas se burlaron de ella diciendo: «Ahora también las hijas de Banu Hashim han comenzado a reclamar la profecía». La cuarta tía paterna era la honorable Safiya. Su primer matrimonio fue con Hariz ibn Harb ibn Umayya, y el segundo, con Awwam ibn Juwaylid. De este matrimonio nació Zubayr, uno de los miembros de los Diez a quienes se prometió el Paraíso. Saib ibn al-Awwam también era hijo suyo. Saib participó en numerosas luchas por la fe. Al ver el cadáver del honorable Hamza y contemplar el trato inhumano que recibió, dio un extraordinario ejemplo de paciencia. La quinta tía paterna, Barra, era esposa de Abd al-Asad ibn Hilal. Abu Salama era hijo suyo. Este Abu Salama fue el primer esposo de la Madre de los Creyentes, Umm Salama. Otra tía paterna, Arwa, estaba casada con Umair Uhayb. Cuando su hijo Tulaib le comunicó que había abrazado el islam, ella, profundamente emocionada, dijo: «Tu primo materno es quien más merece tu servicio y ayuda. ¡Por Dios!, si nosotras las mujeres tuviéramos tanto poder como los hombres, lo protegeríamos y daríamos a sus enemigos la respuesta que merecen».
Detrás de estas palabras también actuaban el fervor de la fe y el afecto sincero de una tía paterna. Existen además otros aspectos de los vínculos de parentesco del Mensajero, la paz sea con él. Sin embargo, aquí hemos expuesto únicamente aquellos vínculos familiares suyos que estaban relacionados de una u otra manera con el movimiento islámico. Es cierto que, debido al carácter fundamental e ideológico del conflicto y el enfrentamiento, la situación era sumamente difícil y compleja. En este sentido, los coraichitas habían establecido un sólido bando opositor durante mucho tiempo. Pero estos vínculos de parentesco comenzaron a ejercer influencia desde dentro. En términos generales, Banu Hashim mostró un comportamiento más comprensivo que los demás. Precisamente por el parentesco, al ver la opresión de Abu Yahl, la sangre le hirvió al honorable Hamza, quien abandonó la ignorancia y se convirtió en compañero del Mensajero, la paz sea con él. Durante el boicot, cuando Abu Yahl impidió que llegaran alimentos a Abu Talib en el barranco, Abul Bajtari protestó contra ello. El honorable Abbas permaneció silenciosamente en La Meca y prestó su apoyo. Incluso en las reuniones de los coraichitas, de vez en cuando algunos mostraban parcialidad hacia el Mensajero, la paz sea con él, debido al parentesco. Algunos opinaban que quizá tuviera éxito al salir de La Meca y trabajar entre los árabes. También se decía que, en tal caso, su éxito sería el éxito de los propios coraichitas. Después de años de obstinación, cuando La Meca fue conquistada, la gente calificó al Mensajero, la paz sea con él, de «hermano noble e hijo de un hermano noble». Este parentesco también ejerció influencia de otra manera. Cuando uno de los parientes cercanos del Mensajero, la paz sea con él, llegó como prisionero de guerra y por la noche comenzó a gemir y lamentarse por sus ataduras, él perdió el sueño. Cuando hubo hambruna en La Meca, su corazón se enterneció y envió alimentos y ayuda en efectivo. Después de conquistar La Meca, hizo generosas donaciones a sus habitantes.
2. Los vínculos maternos en Medina
La madre del padre del Mensajero (s. a. s.), el señor Abdullah, era Fátima bint Umar, descendiente de la célebre tribu medinense de Banu Nayyar. Incluso antes que ella, su bisabuelo Hashim se había casado con una mujer de la tribu de Jazray llamada Hind bint Amr ibn Zalaba. Por esta razón, el padre del Mensajero (s. a. s.), Abdullah, mantenía una relación muy estrecha con Medina. Casualmente, durante un viaje comercial, su padre falleció en Medina y allí fue sepultado. La madre del Mensajero (s. a. s.), Amina, lo llevó consigo a Medina cuando tenía apenas cinco años, con el propósito de visitar a sus parientes y la tumba de su esposo. Allí permanecieron un mes. Se alojaron en Darun Nabega. Cuando, después de emigrar, llegó a Medina, recordó aquel acontecimiento de cuarenta y siete años atrás. En algunas reuniones solía decir: «En la casa de mis tíos maternos había una niña llamada Anisa que era mi compañera de juegos. Un pájaro se posaba en la fortaleza y los niños y las niñas lo espantaban. Mi madre se sentaba en tal lugar de aquella habitación, y la tumba de mi padre estaba en tal otro». El Mensajero (s. a. s.) también informó que había aprendido a nadar muy bien en un estanque de Banu Nayyar. Durante el regreso a La Meca de aquel viaje, su madre falleció en un lugar llamado Abwa.
No hace falta decir que, más tarde, cuando comenzaron a estrecharse los vínculos entre Medina y el movimiento islámico, esta relación tuvo sin duda una influencia en ello. Los habitantes de Medina, especialmente los de Banu Nayyar, lo consideraban un pariente cercano, y Banu Nayyar estaba especialmente entusiasmado por recibirlo. Las niñas pequeñas de aquella tribu le dieron la bienvenida cantando.
3. La relación de lactancia
Después de su nacimiento, el Mensajero (s. a. s.) mamó durante unos días de Sawbia, la esclava de Abu Lahab. Halima Sa’diya, de Banu Hawazin, tuvo el honor de convertirse en su nodriza permanente. La hija mayor de Halima, Hadhafa (apodada Ash-Shamma), cuidó del Mensajero (s. a. s.) durante su infancia. Cuando Hadhafa llegó cautiva tras la batalla de Hunayn, dijo a los guardias: «Soy la hermana de vuestro líder». Cuando la llevaron ante el Mensajero (s. a. s.), él la recibió con alegría. Extendió su manto delante de ella. Profundamente conmovido, le dijo: «Si quieres, puedes quedarte aquí conmigo; y si quieres, serás llevada hasta tu tribu». Cuando ella expresó su deseo de ir con su tribu, el Mensajero (s. a. s.) la despidió con abundantes regalos. Ella también aceptó el islam.
Precisamente apelando a esta relación de lactancia, la tribu de Banu Hawazin solicitó la liberación de sus cautivos después de la batalla de Hunayn. Él liberó inmediatamente a todos los cautivos de Banu Hashim y, siguiendo su ejemplo, los Compañeros también liberaron a sus respectivos cautivos.
4. El matrimonio de sus propias hijas
Zaynab se casó con Abu al-As en La Meca. La madre de Abu al-As era hermanastra de Jadiya. Es decir, el Mensajero (s. a. s.) era su tío materno. Zaynab aceptó el islam y emigró a Medina. Después, su esposo Abu al-As también aceptó el islam y llegó a Medina. Su relación anterior se mantuvo. Entre marido y mujer existía un profundo afecto. Incluso cuando los habitantes de La Meca lo presionaron para que se divorciara de ella, Abu al-As no se divorció de Zaynab. Por esta razón, mientras aún era incrédulo, Abu al-As fue liberado sin pagar rescate, con el permiso de los musulmanes, y se le devolvieron los bienes comerciales que le habían sido confiscados.
Ruqayya también se casó con Uzmán en La Meca. Esta pareja fue la primera en emigrar junta. Cuando Ruqayya murió en el segundo año de la Hégira, en el tercer año de la Hégira el Mensajero (s. a. s.), por orden de Allah, casó también a Umm Kulzum con Uzmán. Debido a que se casó sucesivamente con dos hijas, fue llamado «Zunnurayn». El Mensajero (s. a. s.) casó a Fátima con Ali. A excepción de Abu al-As, estos dos destacados dirigentes del movimiento islámico, además de ser compañeros cercanos del Mensajero (s. a. s.) por vínculos de linaje, también eran sus parientes cercanos por vínculos matrimoniales. Este parentesco ayudó a llevar a cabo la gran labor del movimiento islámico.
5. Las relaciones matrimoniales del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)
Puesto que los filósofos occidentales intensamente hostiles al islam han planteado muchas objeciones acerca de las relaciones matrimoniales del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), cierto sector de los nuestros se siente avergonzado y baja la cabeza ante este hecho. Piensan: el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) contrajo tantos matrimonios, y el islam permitió la poligamia; ¿dónde esconderemos esta vergüenza? Por ello, deseo ofrecer una explicación sobre este asunto mediante una breve exposición.
Lo primero que debemos tener firmemente presente es que la primera época de la historia humana fue una época de expansión demográfica. Vemos que dicha época se prolongó hasta el tiempo del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En aquel entonces, vastas extensiones de tierra permanecían despobladas e incultas. También quedaban abiertos los campos para producir los medios de subsistencia. Por consiguiente, era completamente natural que el impulso hacia el crecimiento de la población fuese muy fuerte entre la humanidad. Por eso, cualquiera que sea la civilización o religión de aquella época que se examine, la poligamia estaba ampliamente extendida. Las normas de la sharía procedentes de Allah también la permitieron. Solo se encuentran uno o dos profetas que contrajeron varios matrimonios y abandonaron la vida familiar para dedicarse permanentemente a la propagación de la religión. La mayoría de los profetas, sin embargo, llevaron una vida familiar, y lo hicieron plenamente. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) vivió en la etapa final de aquella época de crecimiento demográfico y poligamia. Fue precisamente en su tiempo cuando, por primera vez, llegó de parte de Allah la orden de limitar el número de matrimonios múltiples. Mediante esta orden de limitación, el máximo de matrimonios simultáneos se fijó en cuatro; al mismo tiempo, se impuso la estricta condición de la justicia y se alentó el matrimonio con una sola mujer. Sin embargo, siguen existiendo y existirán varias razones para la poligamia. Por ejemplo, la primera razón es que el islam desea poner fin por completo al libertinaje sexual y al adulterio, y ha establecido castigos severos para ello. En un sistema así, era necesario mantener la posibilidad de contraer varios matrimonios para quienes poseen un deseo sexual más intenso. El resultado de ignorar esta necesidad real en los países occidentales ha sido que se creó la posibilidad de mantener numerosas amantes junto a una sola esposa. Además, se implantó la prostitución y se extendió tanto que ahora resulta difícil librarse de ella. Incluso se desarrolla un desenfreno de adulterio consentido bajo el nombre de «amor libre», que, en comparación, hace que el sistema islámico de poligamia parezca ciertamente muy superior. La segunda razón es que, en determinadas circunstancias, el deseo de tener hijos obliga a contraer más de un matrimonio. La tercera razón es que una esposa puede sufrir una enfermedad crónica. En tal situación, el esposo puede satisfacer sus necesidades naturales sin divorciarse de la esposa enferma y arrojarla a la desgracia. La cuarta razón es que, muchas veces, la política tribal y familiar, el fortalecimiento del poder, la continuidad de las venganzas, los problemas de herencia y la rehabilitación de huérfanos y viudas pueden resolverse mediante el matrimonio. Existen muchos ejemplos de que, tanto en la antigüedad como en la época moderna, la poligamia ha resultado eficaz en ocasiones como único medio para alcanzar la estabilidad política del Estado. Los matrimonios que contrajo el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se celebraron precisamente con base en un permiso especial de Allah.
En segundo lugar, la mayoría de los matrimonios del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no tuvieron como objetivo satisfacer deseos sexuales, sino el bienestar del movimiento islámico, del país y de la nación. Estos matrimonios fueron principalmente políticos. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo personalmente: «No necesito ninguna mujer» (Darimi); es decir, el simple impulso sexual no me incita a tomar esposa. En realidad, en el sentido estricto, solo contrajo dos matrimonios: uno con Jadiya y el segundo con Aisha. Detrás de los demás matrimonios actuaban ciertas necesidades sociales sumamente imperiosas. Para satisfacerlas, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) asumió un enorme peso sobre su vida sumamente ocupada y su economía extremadamente modesta, y realizó un sacrificio por la humanidad.
Aquí debe observarse que el joven que hasta los veinticinco años dio un ejemplo incomparable de continencia, decoro y pudor —y lo hizo en una sociedad donde el alcohol y el adulterio se habían convertido en rasgos de la cultura—, ese joven que, al cumplir veinticinco años, eligió, en lugar de una joven en plena juventud conforme a las preferencias hedonistas comunes, a una viuda de cuarenta años únicamente porque ello contribuía más a alcanzar el objetivo de su vida, y que después pasó los veinticinco mejores años de su vida con esa misma mujer hasta cumplir cincuenta años: ¿puede sostenerse sobre él una opinión tan baja como la que sostienen quienes formulan objeciones? También debe observarse que el periodo de mayor número de matrimonios de su vida se situó entre los cincuenta y cinco y los cincuenta y nueve años, y que en un país cálido como Arabia, a esa edad los impulsos sexuales comienzan a apaciguarse. Por otra parte, obsérvese la edad de sus esposas: salvo dos de ellas, todas tenían más de veinte años al casarse. Y cinco tenían entre treinta y seis y cincuenta años. La pregunta es: ¿acaso faltaban jóvenes y hermosas muchachas para el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)?
Quienes plantean objeciones de este tipo deberían haber considerado qué enorme responsabilidad había cargado sobre sus propios hombros. No tenía ni un instante de tranquilidad durante el día ni un instante de descanso durante la noche. Él dio a la humanidad la magnífica y beneficiosa norma del pudor y la cobertura (norma que también provoca que los europeos arruguen la nariz) y enseñó a las personas a controlar la mirada y el corazón. La mayor parte de su tiempo transcurría pensando en los problemas de la sociedad y del Estado, y durante las horas de recogimiento nocturno sus pies se hinchaban mientras rezaba. ¿Cómo pueden pensarse semejantes disparates acerca de una persona así?
Además, en él no se observa ninguno de los rasgos de carácter de los reyes, monarcas hedonistas y conquistadores. Tampoco era un opresor ni un déspota. No tenía interés en el alcohol, la música, el canto ni las prendas valiosas. Por el contrario, purificó a la sociedad humana de todos esos placeres hedonistas. No proporcionó a sus esposas medios de lujo y comodidad ni las adornó con seda y joyas de oro. Al contrario, transmitió también a ellas todas las características de su propia vida ascética. Nunca las colmó de atenciones y afecto hasta el punto de que obtener su satisfacción tuviera prioridad sobre los intereses del movimiento o exigiera abandonar incluso el principio más pequeño. Por el contrario, en tales casos las reprendía severamente. En cierta ocasión, cuando exigieron mejorar su nivel de manutención, les dijo abiertamente: «Si podéis permanecer conmigo en esta pobreza, quedaos; de lo contrario, estoy dispuesto a dejaros marchar». ¿No refutan conjuntamente todas estas circunstancias esa objeción absurda?
Las necesidades especiales que estuvieron detrás de los múltiples matrimonios del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fueron las siguientes: una característica del sistema social tribal es que el círculo de la nobleza de linaje es muy limitado y sus fronteras se mantienen muy firmes. La mentalidad tribal distingue intensamente entre los propios y los extraños. En semejante situación, para unir entre sí a numerosas tribus dispersas, además de una ideología de alcance universal se necesitaba que la personalidad del líder fuese querida y considerada propia, si no por todos, al menos por la mayoría de las tribus importantes. En Arabia era absolutamente imposible que alguien realizara en la práctica una labor reformadora y constructiva si no pertenecía a una tribu prestigiosa. Sin embargo, para llevar esa labor al éxito se necesitaban relaciones intertribales, y en ciertos casos las relaciones matrimoniales resultaron eficaces para satisfacer esta necesidad política.
Tomemos, por ejemplo, el caso de la Madre de los Creyentes, Hazrat Yuwayriya. Ella pertenecía a la tribu de Banu al-Mustaliq. Toda la tribu era muy poderosa y notoria por sus robos y saqueos. El propio padre de Hazrat Yuwayriya era un temible jefe de bandidos. Desde el primer día, esta tribu inició una hostilidad encarnizada contra el gobierno islámico. No estaba dispuesta a respetar ninguna disciplina ni a aceptar ningún tratado de paz. Por el contrario, siempre estaba preparada para oponerse ferozmente al gobierno islámico en todos los asuntos. Finalmente, esta fuerza fue sometida mediante una acción militar. Hazrat Yuwayriya llegó como cautiva. Después, cuando se casó con el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz), todos los cautivos de aquella tribu fueron liberados. Los soldados musulmanes pensaron que ahora eran parientes de la familia política del Mensajero de Allah y que no podían mantenerlos cautivos. ¡Miren la bendición de este matrimonio! Todos los miembros de la tribu abandonaron el bandidaje y se volvieron pacíficos y obedientes de la ley y el orden, porque el gobernante de Medina era ahora su pariente cercano. En tales circunstancias, ya no podían continuar haciendo esas cosas.
Consideremos de manera semejante el caso de la Madre de los Creyentes, Hazrat Maymuna. La región de Nayad era políticamente muy importante, pues por ella pasaba una ruta comercial hacia Irak utilizada por los qurayshíes. Sin embargo, allí la predicación del islam estaba demostrando ser completamente ineficaz. Sus habitantes habían asesinado a un grupo de predicación compuesto por setenta miembros. Además, la gente de Nayad había conspirado varias veces contra el islam. Hazrat Maymuna era hermana de la esposa del jefe de Nayad. En cuanto se casó con el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz), el ambiente cambió y Nayad comenzó a quedar bajo la influencia de Medina. Además, varias de sus hermanas se casaron con jefes sumamente respetados.
Lo mismo puede decirse del caso de la Madre de los Creyentes, Umm Habiba. Ella era hija de Abu Sufyan, el principal jefe de los qurayshíes. Después de este matrimonio, Abu Sufyan ya no acudió al campo de batalla para luchar contra los musulmanes. Este matrimonio no solo atenuó la intensidad de la hostilidad de Abu Sufyan, sino que también facilitó considerablemente la conquista de La Meca.
Consideremos asimismo el caso de Hazrat Safiyya. Ella era hija de Huyayy ibn Ajtab, un destacado jefe judío. Después de que se casó con el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz), la intensidad de la oposición de los judíos se apaciguó de tal manera que ya no se atrevieron a levantar cabeza. Con el permiso del Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz), Hazrat Safiyya también ayudaba económicamente a sus parientes judíos.
Entre las diversas razones que estuvieron en el trasfondo del matrimonio de Hazrat Hafsa se encontraba también la siguiente: de los destacados compañeros a quienes el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) había convertido en sus consejeros más cercanos para formar la sociedad islámica, cuatro eran los principales. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) se casó con Hazrat Aisha, hija de Abu Bakr; casó a su propia hija Fátima con Hazrat Ali; casó sucesivamente a dos de sus hijas con Hazrat Uthman; y él mismo se casó con Hafsa, hija de Hazrat Umar. No era posible dejar a Hazrat Umar fuera de este círculo de parentesco. De este modo, vinculó estrechamente a los futuros dirigentes.
Hazrat Sawda bint Zam’a era hija de los Banu Nayyar de Medina. Su primer matrimonio fue con Sakran ibn Amr. El hermano de Sakran era Suhayl ibn Amr, representante de los qurayshíes en el tratado de Hudaybiyya. Cuando Sakran murió, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) se casó con su cuñada viuda, Sawda, que tenía cincuenta años, para estrechar sus relaciones con Suhayl. Después del fallecimiento de Hazrat Jadiya, este matrimonio también puso fin a la soledad del Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz).
Al establecer vínculos matrimoniales, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) también tuvo en cuenta el cumplimiento de otra necesidad ineludible: promover, junto con la labor de predicación entre los hombres, una labor de predicación realizada por mujeres entre las mujeres, y formar para ello algunas dirigentes y activistas. Para satisfacer esta necesidad manteniendo el sistema islámico del pudor y la separación, era necesario que contrajera varios matrimonios, y era indispensable encomendar a sus esposas la difusión de la predicación y la enseñanza del islam entre las mujeres. Precisamente en este contexto, el Corán prestó especial atención a las esposas y las hijas del Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). Hazrat Aisha, Hazrat Hafsa y Hazrat Umm Salama adquirieron la capacidad de dirigir la difusión de la predicación y de la enseñanza religiosa entre las mujeres. Las demás esposas se presentaron ante la sociedad femenina como modelos ejemplares desde el punto de vista moral.
En algunas ocasiones, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) también tuvo que casarse para consolar a la otra parte. Por ejemplo, después de insistirle mucho, casó a su prima Hazrat Zaynab bint Yahsh con Zayd ibn Haritha. Con ello se pretendía romper los estrechos límites de la aristocracia de linaje. Pero, por desgracia, este matrimonio fracasó y terminó en divorcio. No hace falta explicar cuánto afectó esto a Hazrat Zaynab, y el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) se sintió en cierta medida responsable. La mejor solución a este problema era que el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) se casara con Zaynab. Sin embargo, en este caso existía el obstáculo de una superstición pagana equivocada. En aquella sociedad, al hijo adoptivo se le consideraba igual que a un hijo biológico. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) había otorgado a Zayd ibn Haritha la condición de hijo propio. Por eso se consideraba ilícito y contrario a las costumbres casarse con su exesposa. Allah abolió esta costumbre y casó a Zaynab con el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz).
Hace un momento describí la conveniencia política del matrimonio con Umm Habiba bint Abu Sufyan. Pero detrás de aquel matrimonio también había un deseo de consolar un corazón afligido. Ella se había casado con Ubaydullah y emigró con él a Abisinia. Allí su esposo se hizo cristiano, se volvió adicto al alcohol y murió. Umm Habiba permaneció firme en el islam. Sin embargo, durante su exilio, la apostasía y la muerte de su esposo fueron para ella un golpe devastador. Por eso, el Mensajero (s.a.s.) envió a Amr ibn Umayya al-Damri ante el Negus como enviado especial y, por medio de él, le hizo llegar una propuesta de matrimonio. Umm Habiba se alegró tanto que recompensó con sus propias joyas a la esclava real que le llevó la buena noticia. El propio rey Negus celebró el matrimonio. Umm Habiba nombró como su representante a su primo materno Khalid ibn Sa’id. El propio Negus entregó una dote de cuatrocientos dinares y organizó un banquete. Según algunos relatos, el matrimonio volvió a celebrarse en Medina y se ofreció una comida nupcial.
De manera similar, Umm al-Masakin Zaynab bint Khuzayma ibn al-Harith al-Hilaliyya (de Banu Bakr) era la esposa de Abdullah ibn Jahsh, primo paterno del Mensajero (s.a.s.). Después de que él muriera como mártir en la batalla de Uhud, el Mensajero (s.a.s.) se casó con ella. Fue un asunto puramente familiar; además de consolar un corazón afligido, también se tuvo en cuenta el aspecto familiar.
El Mensajero (s.a.s.) contrajo un total de once matrimonios. Los relatos que mencionan un número mayor no son fiables. Entre ellas, Jadiya falleció antes de la Hégira (en el décimo año de la profecía), y Zaynab bint Khuzayma falleció apenas tres meses después de su matrimonio, en el tercer año de la Hégira. En la última etapa de la vida del Mensajero (s.a.s.), nueve esposas seguían vivas simultáneamente. Una de ellas, Sawda, había superado la extrema vejez y se encontraba por encima del deseo físico. Después, debido a una prohibición proveniente de Allah, el Mensajero (s.a.s.) no volvió a casarse. Jurídicamente, tenía una excepción en un asunto respecto de los musulmanes comunes. A los musulmanes comunes se les ordenaba divorciarse de cualquier esposa que excediera el número de cuatro. Pero al Mensajero (s.a.s.) se le permitió conservar a sus esposas adicionales. La razón de esta excepción era que, por necesidades religiosas, sus esposas habían sido llamadas Umm al-Mu’minin y habían quedado incluidas en la categoría de esposas prohibidas para otros. Si entonces el Mensajero (s.a.s.) se hubiera divorciado de alguna de ellas, habría quedado completamente sin amparo.
Ahora observen la importancia política de los matrimonios del Mensajero (s.a.s.). Para mostrar la amplitud de las relaciones de afinidad que, gracias a estos matrimonios, el Mensajero (s.a.s.) estableció, por un lado, con las tribus de La Meca y los emigrantes, y, por otro, con las tribus en general, mencionaré los nombres de las tribus relacionadas:
(1) Banu Asad ibn Abd al-Uzza (2) Banu Amir (3) Banu Tamim (4) Banu Adi (5) Banu Makhzum (6) Banu Umayya (7) Banu Asad ibn Khuzayma (8) Banu Mustaliq (9) las comunidades judías árabes (10) Banu Kilab (11) Banu Kinda.
Si se examinan las zonas de estas tribus desde una perspectiva geográfica, se comprende que la personalidad del Mensajero (s.a.s.) se había convertido, en realidad, en una personalidad intertribal. Para las grandes tribus, asumió la forma de una figura central y llegó a ser capaz de satisfacer la necesidad de una unidad universal que había surgido para el movimiento islámico. Estas relaciones matrimoniales destruyeron las tendencias rebeldes desde su mismo origen. Incluso pusieron fin a muchas enemistades que se habían prolongado durante generaciones. Ahora debería reflexionarse: si la poligamia resulta útil, en el entorno tribal árabe, para alcanzar el sistema de justicia, el sistema de seguridad y la fraternidad mundial que toda la humanidad desea, ¿por qué no habría de practicarse? ¿Y cuál es entonces la razón de tanto alboroto al respecto?
En realidad, un examen minucioso mostrará que fue un enorme sacrificio y una gran entrega por parte del Mensajero (s.a.s.): con el objetivo de beneficiar a la humanidad, además de sus innumerables ocupaciones, en la última etapa de su vida cargó sobre sus hombros una responsabilidad conyugal tan grande y, en medio de su pobreza, cumplió con tanta dificultad las obligaciones de mantener a su familia. Ninguna persona sensata podría siquiera imaginar que, después de casarse en las circunstancias generales mencionadas, alguien pudiera pasar su vida en diversiones; más aún, que pudiera vivir siquiera un momento de descanso. Por eso dije que el Mensajero (s.a.s.), al contraer tantos matrimonios por el bien de su noble meta y propósito, dio en realidad una muestra de enorme sacrificio y entrega.
En suma, las relaciones personales de alcance universal que el Mensajero (s.a.s.) estableció por este medio facilitaron y aceleraron el camino hacia el éxito político y la victoria del movimiento islámico, y facilitaron que la gente avanzara hacia el islam.
El avance espontáneo de las masas
Como cualquier movimiento revolucionario e idealista, el movimiento dirigido por el Mensajero (P) puede dividirse en dos grandes etapas. En la primera, el movimiento islámico iba de puerta en puerta llamando a la gente. En la segunda, la gente avanzó por iniciativa propia y espontáneamente, llamó a la puerta del islam y dijo: «Queremos entrar». Esta última fue la etapa de expansión. Cuando llegó esta etapa, toda resistencia llegó a su fin y todas las actitudes negativas abandonaron el campo. Sin embargo, hasta alcanzar esta etapa, el Mensajero (P) y sus compañeros sufrieron grandes dificultades y trabajaron incansablemente. Por un lado, demostraron en el campo de la predicación teórica que la fuerza de las pruebas y los argumentos estaba de nuestro lado. Por otro, establecieron de manera irrefutable, en la práctica y en el campo de la moral, que el modelo de humanidad y hombría creado por el islam era el modelo supremo. En tercer lugar, también demostraron, por su capacidad, perspicacia y habilidad políticas, que sabíamos cómo relacionarnos con la sociedad contemporánea. En cuarto lugar, incluso en el campo de batalla demostraron que sabíamos cómo derribar los muros de la resistencia y expulsar a los opresores. El Mensajero (P) y sus compañeros sacudieron y estremecieron profundamente los corazones de la gente, atrajeron sus emociones hacia su causa, acogieron en su seno a las almas afortunadas que abrazaron sus convicciones, incorporaron a las tribus amantes de la paz a acuerdos de reconciliación y paz, y despejaron el camino al quebrar el poder de los enemigos que deseaban la guerra. Solo después de hacer todo esto llegó el momento en que la gente acudió desde todas partes hacia Medina, centro de una nueva esperanza.
Esta etapa o época comenzó con el «‘Amul Wufud», o «año de la llegada de las delegaciones», es decir, con el año en que llegaron delegaciones de diversas regiones y tribus de Arabia para aceptar el islam, prometer lealtad política o simplemente investigar y comprender la situación. En aquel tiempo, en todas partes había sed de islam y se había producido una gran respuesta y agitación. Este período se extendió durante tres años desde la conquista de La Meca, es decir, a lo largo de los años noveno y décimo de la Hégira. Puede decirse que fue la temporada de la cosecha sembrada por el Mensajero (P), libertador de toda la humanidad. Aunque quisiéramos ser breves, este capítulo de la vida del Profeta es tan importante que no podemos dejar de hablar de las delegaciones. La llegada de las delegaciones, sus conversaciones y sus reacciones contenían enseñanzas sumamente importantes. Este relato también mostrará cómo las multitudes acudieron ante el Mensajero (P). En diversos libros de la sira se menciona que el número de delegaciones que llegaron a Medina osciló entre un mínimo de quince y un máximo de ciento cuatro. Describiremos las más importantes de todas ellas y, entre estas, ofreceremos detalles sobre solo algunas. Cabe señalar que, aunque la llegada de las delegaciones comenzó de manera generalizada en el octavo año de la Hégira, después de la conquista de La Meca, la llegada de una o dos delegaciones ya había comenzado en el quinto año de la Hégira. Por eso comenzaremos desde entonces:
1. La delegación de la tribu de Muzayna
Esta era una tribu muy grande. Tras remontarse un poco en el linaje, este se unía al de los coraichitas. El célebre compañero Nu‘man ibn Muqarrin pertenecía a esta tribu. En el quinto año de la Hégira, unos cuatrocientos miembros de esta tribu se presentaron ante el Mensajero (P) y abrazaron el islam. Probablemente fue la primera delegación que llegó a Medina. Al regresar de Medina, se les proporcionaron abundantes dátiles como provisiones para el viaje.
2. La delegación de la tribu de Banu Tamim
Esta delegación también llegó en los primeros tiempos con gran pompa. Entre sus integrantes se encontraban los principales líderes de la tribu: Aqra‘ ibn Habis, Zabarkan, Amr ibn al-Ahtam, Nu‘aym ibn Yazid y Uyayna ibn Hisn al-Fazari. Su llegada produjo en Medina un ambiente festivo y gran agitación. Al entrar en la mezquita, se dirigieron de manera bastante descortés hacia las habitaciones del Mensajero (P) y gritaban: «¡Oh, Muhammad, Muhammad (P)! ¡Sal!». Con motivo de este incidente fue revelada la sura Al-Huyurat y se enseñó a los musulmanes la conducta cortés y refinada. Aunque habían salido de sus hogares con la intención de abrazar el islam, aún conservaban en su carácter el orgullo de la nobleza árabe. Expresaron el deseo de que se celebrara una competición abierta entre los oradores y poetas de ambas partes. En realidad, era propio de las tribus de la clase noble árabe no aceptar el liderazgo de alguien mientras no reconocieran que los superaba en inteligencia, capacidad y talento. Por eso, pensando que esta propuesta de competencia intelectual sería beneficiosa, el Mensajero (P) la aceptó.
El célebre orador de la tribu de Banu Tamim era Atarid ibn Hayir. Pronunció un elocuente discurso en el que elogió la superioridad, el prestigio, la riqueza y la fuerza numérica de su propia tribu. Al final del discurso dijo: «Que quienes pretendan ser nuestros iguales demuestren cualidades y talentos semejantes».
A instancias del Mensajero (s. a. s.), se levantó para pronunciar un discurso de réplica un orador del movimiento islámico, Zabit ibn Qays. En un discurso entusiasta, expuso la superioridad cualitativa del movimiento islámico, presentó con fuerza el aspecto de su llamamiento y lo calificó como la principal fuente de gloria de la sociedad islámica.
Después, el célebre poeta de Banu Tamim, Zabarqan ibn Badr, recitó un poema. Uno de sus versos decía:
«Somos los mejores. Nadie es igual a nosotros. Entre nosotros hay reyes. Construimos templos.»
En ese momento no estaba presente el poeta revolucionario del movimiento islámico, Hassán ibn Zabit. Lo mandaron llamar. El Mensajero (s. a. s.) dijo: «Levántate, Hassán, y responde al poema de este poeta». El poema que Hassán recitó como respuesta fue citado por Ibn Hisham. La delegación reconoció que el poema y el orador del Mensajero (s. a. s.) eran superiores a su propio orador y poeta. Después, toda la delegación abrazó el islam.
3. La delegación de Banu Abd al-Qays
La predicación del islam en Baréin ya había comenzado por medio de Munqidh ibn Hayyán. Gradualmente, el islam empezó a extenderse. En el quinto año de la Hégira, llegó a Medina una delegación de trece personas. Cuando, en respuesta a la pregunta del Mensajero (s. a. s.), dijeron que pertenecían a la tribu de Rabi’a, él los recibió con alegría. Ellos dijeron: «Somos habitantes de una región muy lejana. En el camino viven los idólatras de Mudar. No es seguro para nosotros desplazarnos salvo durante los cuatro meses sagrados. Por eso, indíquenos unas cuantas normas concretas que podamos cumplir nosotros y todos los miembros de nuestra tribu». El Mensajero (s. a. s.) les ordenó afirmar la unicidad de Dios, rezar, ayunar y entregar en la causa de Dios una quinta parte del botín; les prohibió fabricar vino y, mencionando por su nombre los cuatro tipos de recipientes utilizados para ello en Baréin, impuso una prohibición sobre estos. La delegación quedó asombrada ante el preciso conocimiento que el Mensajero (s. a. s.) tenía de las prácticas sociales no islámicas de Baréin. Un dirigente de un movimiento transformador radical no puede llevar adelante su labor si no posee un conocimiento detallado de la región abarcada por su llamamiento. El Mensajero (s. a. s.) había adquirido ese conocimiento mediante sus propios viajes y a través de las personas que llegaban a La Meca y Medina desde regiones remotas.
En esta delegación había también un cristiano llamado Yarud ibn al-‘Ala. Dijo: «Sigo una religión diferente. Si la abandono y adopto su religión, ¿puede garantizarme seguridad? (Es decir, ¿no me sobrevendrá ningún peligro en la otra vida?)». El Mensajero (s. a. s.) respondió: «Sí, te garantizo seguridad, porque la religión a la que os invito es mejor que la vuestra». Yarud se hizo musulmán inmediatamente. Sus compañeros de la misma religión también abrazaron el islam.
4. La delegación de la tribu de Banu Sa’d
Esta tribu envió a Medina a Dimam ibn Za‘laba como su representante. Este representante, montado en un camello y con el porte de los beduinos, entró en la Mezquita del Profeta y preguntó a los Compañeros: «¿Quién de entre vosotros es descendiente de Abdulmuttalib?». Todos señalaron al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Se acercó y dijo: «Oh, descendiente de Abdulmuttalib. Voy a hacerte algunas preguntas directamente; no te molestes». El Mensajero de Allah le dio permiso. Haciéndole jurar repetidamente, le preguntó acerca del tawhid, la misión profética, la oración, el ayuno y otras cuestiones: «¿Enseñas todo esto?». El Mensajero de Allah respondió una por una. Después de recibir todas las respuestas, dijo: «Me llamo D imam ibn Za‘laba. Mi tribu me ha enviado. Me voy. Acepto exactamente todo lo que me has dicho: ni un poco menos ni un poco más. A mi tribu también le informaré solamente de esto». Luego partió montado en su camello. Después de que se fue, el Mensajero de Allah dijo: «Si este hombre ha dicho la verdad, entrará en el Paraíso».
Al regresar a su tribu, predicó con gran fervor y dijo: «¡Oh, pueblo! He creído en Allah y en Su Mensajero. Lat y Uzza no tienen ningún valor». La gente intentó asustarlo: «¡Cuidado! Por hablar así, quizá las divinidades te maldigan y termines enloquecido o contraigas lepra». D imam respondió: «¡Por Allah! Ellas no pueden beneficiar ni perjudicar en nada». Antes del anochecer, toda la tribu había aceptado el islam.
5. Delegación de la tribu Ash‘arí (Yemen)
Los Ash‘aríes eran una tribu noble del Yemen. Abu Musa al-Ash‘arí (que Allah esté complacido con él) pertenecía a esta tribu. Durante el período de La Meca, la invitación al islam ya les había llegado por medio de Tufayl ibn Amr al-Dawsí y de los emigrantes de Abisinia. Tres hombres, influenciados por estas invitaciones, partieron hacia Medina con la intención de emigrar, aprender las enseñanzas de la religión del Mensajero de Allah y apoyar el movimiento islámico.
El viaje era por mar. En el camino, el barco quedó atrapado por vientos adversos y atracó en la costa de Abisinia. Allí se encontraron con el primer grupo de emigrantes. Después de permanecer allí unos días, partieron hacia Medina junto con Yafar y algunos abisinios recién convertidos al islam. Llegaron ante el Mensajero de Allah durante la conquista de Jaybar, en el séptimo año de la Hégira. Estaban tan emocionados que, apenas llegaron a los límites de Medina, comenzaron a cantar:—
«Mañana mismo nos reuniremos con nuestro amado Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y sus compañeros».
Al enterarse, el Mensajero de Allah dijo a sus compañeros: «Se acercan a vosotros algunas personas procedentes del Yemen; probablemente sean personas de corazón muy tierno. Los yemeníes son firmes en la fe y hábiles en la estrategia».
Después se reunieron con ellos, conversaron y celebraron una sesión de preguntas y respuestas. La aceptación del islam por parte de aquellos hombres provocó una nueva conmoción de entusiasmo en Medina.
6. Delegación de la tribu de Daws (Yamán)
Ya hemos mencionado que Tufayl al-Dawsí abrazó el islam en los primeros tiempos de La Meca. Al regresar a su tribu, comenzó a realizar una intensa labor de predicación; su padre y su esposa aceptaron el islam de inmediato. Los demás miembros de la tribu también se vieron influidos en cierta medida. Sin embargo, la degradación moral y la fornicación se habían extendido ampliamente por la tribu. Debido al excesivo fervor y entusiasmo de Tufayl, su labor de predicación no progresó mucho. Por ello se entrevistó con el Mensajero (s. a. s.), le expuso diversas quejas contra la tribu y le pidió que suplicara por ellos. El Mensajero (s. a. s.) le aconsejó predicarles con dulzura y amabilidad, y suplicó a Alá por la rectificación de la tribu de Daws. Cuando Tufayl regresó y reanudó la predicación, se abrió un nuevo camino. En el quinto año de la hégira, la luz del islam entró en muchos hogares. En el séptimo año de la hégira, ochenta familias de esta tribu emigraron a Medina. Entre estos emigrantes también había personalidades como Abu Huraira.
7. Delegación de la tribu de Sudá
Zayd ibn Hariza al-Sudá fue el primero de esta tribu en aceptar el islam y, al regresar a su tribu, realizó una considerable labor de predicación. En el octavo año de la hégira, una delegación de quince personas acudió a entrevistarse con el Mensajero (s. a. s.) en nombre de toda la tribu. Sa‘d ibn Ubada se encargó de su hospitalidad. No solo dispuso su comida, sino también su vestimenta. Ellos se comprometieron ante el Mensajero (s. a. s.) a unirse al movimiento islámico y expresaron su disposición a prestarle apoyo también en nombre de la tribu. Después del regreso de esta delegación, la labor de predicación avanzó rápidamente. Durante la peregrinación de despedida, cerca de cien miembros de esta tribu acudieron a La Meca.
Esta fue la descripción de las delegaciones que llegaron antes de la conquista de La Meca. Después de la conquista de La Meca, comenzaron a llegar multitudes desde todas partes. A continuación se ofrece una breve descripción de las delegaciones que llegaron a La Meca en los años noveno y décimo de la hégira:
8. Delegación de la tribu de Saqif (Taif)
Cuando el Mensajero (s. a. s.) regresó a Medina de su viaje de la conquista, Urwa ibn Masud al-Saqafí se presentó ante él, abrazó el islam y expresó su determinación de difundirlo entre la tribu de Banu Saqif. En vista de la arrogancia característica de la tribu de Saqif, el Mensajero (s. a. s.) le aconsejó actuar con cautela y expresó su temor de que ellos intentaran matarlo. Urwa tenía una gran confianza en su propia influencia y prestigio. Por ello, después de rogarle encarecidamente, obtuvo del Mensajero (s. a. s.) permiso para realizar la labor de predicación. Apenas regresó de Medina, se situó en el tejado de su casa y anunció que había aceptado el islam. Sin embargo, contrariando sus expectativas, vio que le disparaban flechas desde todas direcciones. Fue alcanzado por una de ellas y murió como mártir. Banu Saqif ciertamente cometió este acto de extrema crueldad, pero también recibió un fuerte estremecimiento en su conciencia. Se vieron obligados a analizar la situación con serenidad. Aproximadamente un mes después convocaron una reunión. Tras examinar allí la realidad de la situación, reflexionaron sobre la siguiente cuestión: ¿seremos capaces de enfrentarnos solos a toda la nación árabe, que ya se ha sometido al islam? Finalmente decidieron enviar un emisario a Medina. Pero, en lugar de un solo emisario, enviaron una delegación completa. Formaron parte de ella Uzman ibn Abil As, As ibn Awf, Bahaz ibn Jafsha (representante de Banu Malik), Hakam ibn Umar y Shurahbil ibn Gaylán (representante de las tribus aliadas). Abd Yalil, jefe de Taif, fue a Medina como líder de la delegación. Cabe recordar que, doce años antes, el mismo Abd Yalil era el hombre que ni siquiera había querido escuchar la predicación del Mensajero (s. a. s.) y que había instigado contra él a los jóvenes holgazanes de la ciudad, hasta hacer que lo hirieran gravemente.
Después de que el Mensajero (s. a. s.) regresara de Tabuk a Medina, esta delegación llegó a Medina. Se instaló para ellos un campamento cerca de la Mezquita del Profeta. Jalid ibn Said fue designado mediador entre ambas partes.
Este interlocutor presentó condiciones cada vez más extrañas. Una de ellas era que su ídolo Lat no fuera destruido durante tres años. Luego fueron reduciendo gradualmente ese plazo hasta dejarlo en un mes. En aquel momento, sus corazones no querían aceptar que no fuera más que una piedra inerte. También expresaron el temor de que, si su ídolo llegaba a saber que iba a ser destruido, pudiera matar a todos los habitantes del país. Umar había permanecido en silencio escuchando la conversación, pero en ese momento ya no pudo seguir callado. Le dijo a Abd Yalil: «¿Qué clase de palabras tan necias estás diciendo? Esas divinidades vuestras no son más que piedras». Abd Yalil respondió, exaltado: «¡Hijo de Jattab! No hemos venido a hablar contigo; estamos hablando con el Mensajero de Dios». Como el Mensajero no aceptó ninguna de aquellas condiciones, ellos finalmente propusieron que, si el ídolo debía ser destruido, no fueran ellos quienes lo destruyeran. El Mensajero aceptó esta condición. Después, Abu Sufyan ibn Harb y al-Mugira ibn Shu‘ba fueron encargados de destruir el ídolo. A continuación, exigieron quedar exentos de la oración. El Mensajero respondió: «No hay ningún bien en una religión en la que no existe la oración».
Uno de los miembros de la delegación también solicitó: «¡Mensajero de Dios! Permítenos la fornicación; no podemos hacer otra cosa que practicarla». Luego dijeron: «Déjanos abierta la posibilidad de dedicarnos a los negocios con interés y permítenos también beber alcohol».
La actitud era como si el Mensajero hubiera abierto una tienda: cada uno compraría lo que necesitara y dejaría el resto. En respuesta a estas exigencias, el Mensajero les recitaba versículos del Corán y les explicaba que eran disposiciones del propio Dios Todopoderoso, no normas inventadas por nadie. Cuando aquellas condiciones injustas fueron rechazadas, la delegación deliberó y llegó a la conclusión de que, si no aceptaban la ley islámica, algún día tendrían el mismo destino que los habitantes de La Meca. Por ello, se sometieron a regañadientes y se redactó el tratado. El Mensajero solo les concedió cierta indulgencia en dos asuntos: primero, no se les exigiría pagar el zakat durante algún tiempo; y segundo, no se les obligaría a participar en la yihad. Sin embargo, cuando el islam comenzó a arraigar firmemente en sus corazones, empezaron a cumplir espontáneamente, una tras otra, todas las exigencias. No hace falta decir que eso era precisamente lo que el Mensajero esperaba.
Uthman ibn Abi al-As, uno de los miembros de la delegación, era un joven devoto. En su tiempo libre estudiaba y adquiría un conocimiento detallado del islam y de sus normas. Él fue nombrado emir. Al regresar a Taif, al principio adoptaron teatralmente una actitud de extrema oposición y dijeron: «Muhammad nos ha impuesto condiciones completamente inaceptables. Por tanto, preparaos para la guerra». Durante dos días reinó un ambiente de terrible tensión. Finalmente, los habitantes de Taif comenzaron a decir por iniciativa propia: «¿Cómo vamos a luchar contra Muhammad? Toda Arabia funciona ahora según sus órdenes. Id y aceptad todo lo que diga». Después de crear así el ambiente adecuado, la delegación reveló la verdad. Dijeron: «En realidad, hemos encontrado a Muhammad elevado a un nivel muy alto en piedad, honradez, veracidad y misericordia. Nuestro viaje ha sido sumamente fructífero».
Abu Sufyan y al-Mugira fueron enviados a Taif junto con la delegación para destruir el ídolo. Cuando comenzaron a destruirlo, hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, esperaron con el aliento contenido para ver qué les ocurriría a quienes estaban ocupados en aquella tarea. Algunas mujeres incluso rompieron a llorar de miedo. Pensaban que quizá el cielo se desplomaría sobre la tierra. Algunas de ellas recitaron versos y dijeron: «Llorad por esos cobardes que han entregado sus propios ídolos a manos del enemigo y no han podido ofrecer ninguna resistencia».
En aquella misma Taif que un día, al igual que La Meca, había lapidado y dejado ensangrentado al Mensajero, hoy, por indicación suya, su sistema de la ignorancia estaba siendo hecho añicos ante sus propios ojos.
Cabe señalar que Taif, al igual que La Meca, era un antiguo bastión del sistema de la ignorancia. Después de establecer el asedio, el Mensajero decidió levantarlo por una sola razón: en medio del ambiente islámico que se extendía por todo el país, los Banu Thaqif no podrían sobrevivir construyendo para sí una isla separada. Entonces, ¿qué necesidad había de derramar sangre? Si La Meca se había sometido ante la verdad, ¿cuánto tiempo podría Taif, subordinada a La Meca, seguir sin inclinar la cabeza? Si en lugar del Mensajero hubiera habido otro conquistador belicista, habría reclutado tropas y, al menos por defender su propio honor, habría llevado la victoria militar hasta el final, haciendo correr ríos de sangre en Taif. Pero como el Mensajero no apreciaba el derramamiento de sangre salvo cuando era inevitable, levantó el asedio y dejó inconclusa la campaña. Su propósito era que, más adelante, cuando los Thaqif observaran la situación con la cabeza fría, eligieran voluntariamente el camino de la obediencia; y eso podía resultar mucho más eficaz para una revolución constructiva y reformadora. Y así ocurrió posteriormente.
9. La delegación de Banu Hanifa
Eran habitantes de la región de Yamama. La invitación al islam les había llegado por medio de Zumama bin Uzal. Después llegaron a Medina, se entrevistaron con el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y aceptaron el islam.
El famoso falso profeta Musailima el Mentiroso también había venido con este grupo. Comenzó a decir muchas cosas absurdas. En cierto momento dijo: «Si Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) decide nombrarme su sucesor, aceptaré el islam». En realidad, aquel hombre se había vuelto codicioso al contemplar el extraordinario éxito de la profecía de Muhammad. Pensaba que sería posible hacer pasar algunas declaraciones literarias por revelación y que, después, si reclamaba la profecía, eso resultaría creíble. Pero no comprendía de dónde obtendría la fuerza de carácter que había permitido avanzar durante veinte años, superando montañas de toda clase de oposición. Precisamente por estas reflexiones se le ocurrió una idea comercial. Su propuesta era: «Haz un acuerdo comercial conmigo; de lo contrario, abriré yo mismo una tienda de la profecía».
El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) comprendió su mentalidad. Tenía en la mano una espiga de dátiles. Señalándola, dijo: «Ni siquiera quiero aceptar la lealtad de alguien a cambio de darle esta espiga». Es decir, el islam no es una tienda mediante la cual alguien pueda obtener una oportunidad de ganancia personal. Quien venga, que venga aceptando la verdad como verdad. No se puede imponer ninguna condición.
La delegación regresó derrotada. Al volver, Musailima realmente proclamó ser profeta. En su religión, la oración quedaba dispensada, y el alcohol y la fornicación eran lícitos.
10. La delegación de la tribu de Banu Ta’i
La delegación de la tribu de Ta’i se presentó bajo el liderazgo de Zaid al-Jayl. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) les presentó la invitación al islam. Toda la delegación, incluido su jefe, aceptó de todo corazón aquella invitación. Zaid al-Jayl era a la vez poeta y orador. Además, era un valiente guerrero. Al elogiarlo, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «De todas las personas de Arabia que han sido elogiadas ante mí, al conocerlas en la realidad las he encontrado inferiores a lo que se decía de ellas. Zaid al-Jayl es la excepción, pues he encontrado en él más virtudes de las que había oído elogiar».
Adi ibn Hatim también era jefe de esta tribu. Religiosamente, era cristiano. En su corazón se habían acumulado una intensa hostilidad y odio contra el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Se estaba preparando para la guerra. Pero, cuando de repente el ejército musulmán llegó a la región de Yamama, huyó a Siria. Cuando su hermana fue capturada y llevada a Medina, quedó profundamente impresionada por el trato del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y por la integridad moral general de los demás. Ella insistió a Adi para que fuera a Medina y se entrevistara con el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Según algunos, Adi había ido a Medina junto con los representantes de la tribu de Ta’i. Al llegar a Medina, buscaba resolver una cuestión: ¿era Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) un rey o un profeta? En Medina se encontró con el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en la mezquita. Luego este salió de la mezquita y condujo a Adi hacia su propia casa. En el camino, una anciana quiso hablar con el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Él le dedicó bastante tiempo y escuchó atentamente lo que tenía que decir. Al llegar a casa, se sentó en el suelo y sentó a Adi sobre un cojín. Al ver estas dos cosas, Adi quedó convencido de que él era el Mensajero de Allah, y no simplemente un rey terrenal. Después, las palabras del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo convencieron aún más.
A través de la conversación, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) comprendió qué otras dificultades había en la mente de Adi. Después las aclaró una por una. En el mundo hay un tipo de personas que perciben rápidamente la verdad, pero quieren asegurarse de que existen posibilidades reales suficientes de que triunfe y de que puedan obtenerse resultados pronto. Adi era una persona de ese tipo. Al comprender ese estado de ánimo, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le dijo: «Quizá vaciles en aceptar el islam porque ves que actualmente los seguidores del islam son pobres. Por Allah, no está lejos el día en que brotarán fuentes de riqueza entre los musulmanes y habrá tal abundancia que no se encontrará a nadie que quiera recibirla. Y si dudas al ver que los musulmanes son pocos y sus enemigos numerosos, debes saber que, por Allah, se acerca el día en que una mujer viajará sola, montada en un camello, desde Qadisiyya con el propósito de visitar esta mezquita, y llegará completamente segura. Tal vez no te sientas motivado a aceptar el islam porque ves que los no musulmanes tienen mayor poder e influencia. Pero, por Allah, pronto oirás con tus propios oídos que los musulmanes han tomado los palacios de Babilonia». Cuando las dudas de Adi se disiparon en este sentido, se entregó de inmediato al movimiento islámico. De la conversación anterior se desprenden varios datos importantes:
– El islam no solo llama a la reforma y la rectificación moral, sino que su programa también incluye la prosperidad económica y la revolución política. No concibe el bienestar del Más Allá separado de la felicidad y la prosperidad terrenales.
– El Mensajero (s. a. s.) tenía una visión anticipada del futuro más lejano del movimiento islámico. Desde el principio tenía claro qué etapas debían atravesarse y hasta dónde había que llegar.
– Es sumamente importante que el movimiento islámico asegure al pueblo que existe una posibilidad considerable de alcanzar un éxito real y que la revolución islámica deseada no es una fantasía irrealizable, sino una realidad inevitable, como el amanecer del dīn venidero. Si no se logra hacer esto, una gran parte del pueblo permanecerá al margen, aunque sepa que la invitación al islam es una verdad absoluta.
– Si el movimiento islámico alcanza la etapa culminante de éxito y perfección, su resultado inevitable será el siguiente: (1) gracias al enorme desarrollo de los medios económicos y a la garantía de una distribución justa de sus beneficios, no existirá ninguna persona necesitada ni dependiente de otros; (2) en el plano político se formará un gobierno tan poderoso, digno y estable que los enemigos no lo considerarán fácil de conquistar. Por el contrario, este gobierno será capaz de quebrar todo el orgullo de sus opositores; (3) la paz y la seguridad internas alcanzarán tal nivel que, aunque una mujer viajara sola de un extremo del país al otro y pasara cerca de zonas habitadas, su vida, sus bienes y su honor no se verían amenazados de ninguna manera. Estas son las características fundamentales de un sistema estatal islámico.
11. La delegación de Banu al-Harith
Esta delegación procedía de la región de Nayrán. En estas zonas, el noble Jálid ibn al-Walid fue personalmente, en el décimo año de la hégira, para transmitir la invitación al islam. Les dijo: «Si aceptáis el islam, tendréis seguridad». Ellos aceptaron la invitación. Jálid permaneció allí durante algunos días para enseñarles las creencias y los preceptos del islam, y comunicó por carta al Mensajero (s. a. s.) la noticia del éxito. Desde Medina se respondió por carta: «Ahora regresa y trae contigo a algunos hombres respetados de esa tribu». Esta orden fue cumplida de inmediato. [Ibn Hisham ha citado íntegramente esta carta del noble Jálid. En ella, el noble Jálid explica la razón de su permanencia y remite a la orden del Mensajero (s. a. s.). En cierto momento dice: «Les estoy enseñando el Libro de Allah del islam y la Sunna del Mensajero (s. a. s.)». Después vuelve a decir: «Estoy haciendo esto siguiendo la orden del Mensajero (s. a. s.)». Luego escribe nuevamente: «Les estoy enseñando el islam, el Libro de Allah y la Sunna del Mensajero (s. a. s.)». Al leer esta carta, me pareció que todas las pruebas de este tipo transmitidas de la época de los compañeros del Profeta establecen la Sunna del Mensajero (s. a. s.) como una fuente fundamental del islam y consideran obligatorio aceptarla.]
Este grupo observaba algunos valores morales nobles incluso en la época de la ignorancia. Cuando la delegación llegó, el Mensajero (s. a. s.) les preguntó casualmente: «Siempre vencéis en la lucha contra el enemigo y nunca sois derrotados. ¿Cuál es la razón?». Ellos respondieron: «No emprendemos voluntariamente ninguna acción agresiva contra nadie ni iniciamos ninguna injusticia por nuestra propia parte. Cuando tomamos una decisión colectiva de luchar, nadie se aparta de ella ni provoca división; por el contrario, mantenemos la unidad». El Mensajero (s. a. s.) aprobó esta estrategia.
Qays ibn Hasín, una personalidad destacada de la delegación, fue nombrado jefe de la tribu.
12. La delegación de Najrán
El gran benefactor de la humanidad, el Noble Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, también realizó muchas labores de predicación islámica mediante la escritura. Invitó por carta a determinadas personas o grupos, y envió una carta de ese tipo también a los cristianos de Najrán. En ella los invitó brevemente con estas palabras:
«Comienzo en el nombre de Allah, Dios de Ibrahim, Ishaq y Yaqub. Os invito a abandonar la servidumbre a los siervos de Allah y a someteros a Allah, y a renunciar al dominio de los siervos de Allah para someteros al dominio de Allah. Si no queréis aceptar esta invitación, debéis pagar la yizia —es decir, prestar obediencia política—. Si también rechazáis esto, se os declara la guerra». El obispo comenzó a temblar de miedo en cuanto leyó la carta. Primero consultó con varios dirigentes. Después convocó a toda la población de la región. Había setenta y tres poblaciones en el territorio, y su población era tan numerosa que en cualquier momento podían movilizarse cien mil combatientes. Los principales dirigentes cristianos pensaban que quizá él fuera el último Profeta cuya llegada había sido anunciada entre los descendientes de Ismail. Después de una consulta general, se decidió que una delegación de los principales dirigentes cristianos iría a Medina, hablaría con el autor de la carta y examinaría la situación. Shurahbil, Abdullah y Habbar fueron designados para integrar la delegación. Esta fue la primera delegación que prestó obediencia política, prometió pagar tributo y regresó después de recibir, a cambio, un decreto o documento oficial que garantizaba su seguridad y sus derechos.»
Cuando la delegación regresó con el documento de garantía de seguridad, el obispo y los principales jefes avanzaron un largo trecho para recibirla. En el camino, entregaron el documento al obispo, quien comenzó a leerlo mientras avanzaba. Su primo Bashir ibn Muawiya también se puso a leerlo con tanta atención que cayó del camello. Al caer, exclamó involuntariamente: «¡Que perezca aquel por cuya causa hemos caído en tantas desgracias!». Era evidente que se refería al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Por eso el obispo le dijo severamente: «¿Qué estás diciendo? ¡Por Allah, él es el Profeta enviado por Allah!». ¿Y qué ocurrió entonces? Apenas oyó estas palabras, Bashir experimentó una transformación. Dijo: «Entonces, ¡por Allah!, me presentaré ahora mismo ante él». El obispo trató de alcanzarlo, arreando su camella detrás de él, y le decía: «¡Escúchame! Comprende el significado de mis palabras. Las dije con un propósito especial». Bashir no escuchó nada de lo que decía. Respondió: «Eres un obispo. Lo que has dicho no puede ser falso». Firme en su determinación, Bashir llegó hasta el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, aceptó el islam y no se detuvo hasta entonces; luego se estableció en Medina. Más tarde, Allah le concedió el honor del martirio.
También se relata un episodio casi idéntico en relación con Karz ibn Alqama.
Cuando la delegación regresó a Najrán junto con los jefes locales, otro derviche cristiano de vida ascética, que había renunciado al mundo, quedó profundamente impresionado al escuchar todo lo sucedido. Al enterarse de la aparición del nuevo Profeta, también se dirigió emocionado a Medina. Le ofreció al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— como regalo una copa, una manta y un bastón, expresándole así su devoción, respeto y amor. Después, tras prometer que regresaría con el permiso del Mensajero de Allah, volvió a Najrán. Sin embargo, no pudo regresar durante la vida del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—.
El obispo de Najrán, Abu al-Harith, muy estimado por el rey de Constantinopla y ampliamente famoso entre los cristianos, fue nuevamente a Medina con una delegación. Formaban parte de ella el muftí y juez cristiano Ayham, Abd al-Masih Akir y otros veinticuatro dirigentes destacados. Cabe señalar que este obispo era originalmente un árabe descendiente de los Banu Bakr ibn Wa’il. Pero, después de convertirse al cristianismo, progresó tanto en conocimiento religioso y devoción que llegó a ser el dirigente más digno de confianza de los cristianos.
Pasaron varios días en Medina. Como querían rezar en la Mezquita del Profeta conforme a su religión cristiana, algunos compañeros intentaron impedírselo, pero el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— les dio permiso.
Con su llegada, los judíos locales se volvieron sumamente activos y, entrometiéndose innecesariamente en el asunto, plantearon diversas disputas capciosas. Se debatió sobre la Trinidad y el rango de Jesús (la paz sea con él). En cada cuestión se les respondió con versículos del Corán. Al mismo tiempo, avivaron entre los judíos la sospecha de que el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) quería reemplazar a Jesús (la paz sea con él) y hacer que la gente lo adorara. Como respuesta, y por mandato de Allah, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) les recitó versículos del Corán, aclarando que nunca se ha permitido a quien Allah concede el Libro, la autoridad de gobierno y la profecía decirle a la gente: «Convertíos en mis siervos en lugar de ser siervos de Allah». Después surgió también entre los miembros de la delegación judía el debate sobre la religión que seguía Abraham (la paz sea con él). Los judíos afirmaban que era judío, mientras que los cristianos afirmaban que era cristiano (¡Allah nos libre!). El Corán resolvió este debate con un lenguaje sumamente sencillo y de manera irrefutable: «¡Oh, gente del Libro!, ¿por qué discutís inútilmente acerca de Abraham, si la Torá y el Evangelio fueron revelados después de él? (De estos dos libros surgieron las dos naciones: judíos y cristianos). Él no fue judío ni cristiano, sino un musulmán sincero. Nunca fue idólatra. Los más dignos de seguir la doctrina de Abraham son únicamente el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y quienes creyeron en él». El propio rango de Jesús (la paz sea con él) se destaca en el Corán mediante estas palabras: «Para Allah, el ejemplo de Jesús es como el de Adán (la paz sea con él)».
Entre los miembros de la delegación de Najrán quizá existía cierta actitud inflexible respecto a sus creencias religiosas. Muchas veces, incluso con buenas intenciones, las personas permanecen aferradas a antiguas concepciones. Sin embargo, la conspiración malintencionada de los judíos había complicado aún más la situación. Las disputas capciosas innecesarias y la obstinación que de ellas se derivaba estaban obstaculizando la aceptación de la verdad. Por ello, el Corán les presentó una vía extrema para resolver el asunto: la «mubáhala». Se ordenó al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) que les dijera: «Venid, llamemos a nuestras esposas y a nuestros hijos, y salgamos nosotros mismos al campo. Luego pidamos a Allah que decida entre nosotros y hagamos que Su maldición recaiga sobre los mentirosos». En realidad, cuando se acusa de mentir a una persona veraz, nada puede resultarle más doloroso que eso. En una situación así, Allah, exaltado sea, estableció este método de resolución: que ambas partes pidieran públicamente el juicio de Allah ante la gente. Al día siguiente, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) salió de su casa acompañado de su querida hija Fátima, su yerno Alí y sus nietos inocentes. Para los habitantes de Medina fue una experiencia extraordinaria y un acontecimiento enorme que un predicador de la verdad hubiera llevado a toda su familia al lugar de la mubáhala. ¡Qué firmeza tenía su fe! Los miembros de la delegación cristiana se alarmaron, pensando: «Si realmente es un profeta, en esta mubáhala desaparecerá hasta el último rastro de nosotros». Sin continuar con el debate, propusieron la lealtad política y dejaron también en manos del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) la determinación de la cantidad de la yizia. Al día siguiente se redactó un decreto según el cual los cristianos disfrutarían de plena libertad religiosa y de autonomía social. Sus personas y bienes permanecerían tal como estaban. Ninguno de sus derechos vigentes sería alterado. No se efectuaría ningún cambio entre sus sacerdotes religiosos (obispos y monjes). Tampoco se privaría a nadie de la propiedad ni de los derechos sobre los bienes religiosos. No se les exigiría responsabilidad por los delitos de la época de la ignorancia. El ejército musulmán no entraría en sus tierras. No se obligaría a su pueblo a realizar trabajos, como hacen los reyes y gobernantes mundanos. Debía hacerse justicia entre el opresor y el oprimido. Si alguien consumía usura, nadie asumiría su responsabilidad. Nadie cargaría con las consecuencias del pecado de otro. Sobre una población tan numerosa se estableció anualmente un impuesto de solo dos mil uqiyas en prendas de vestir.
El relato relacionado con estas dos delegaciones de Najrán se ha mezclado un poco. El mayor revuelo debió de producirse con la llegada de la segunda delegación. Sin embargo, probablemente fue la primera delegación la que recibió el decreto de garantías del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), pues en el segundo decreto predominan los asuntos religiosos sobre los políticos. Este se dirigía principalmente a los sacerdotes religiosos. En dicho decreto se garantizaba a los habitantes de Najrán el máximo grado de libertad religiosa y la no interferencia en el sistema cristiano. Este decreto demuestra que, en el ámbito político, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) solo exigía la lealtad al gobierno y se daba por satisfecho con obtenerla. No impedía que ninguna comunidad practicara su religión ni imponía por la fuerza a nadie las creencias de la doctrina islámica. Por el contrario, concedía a las minorías el mayor grado posible de libertad religiosa. El movimiento islámico procuraba cambiar la fe y las opiniones en el plano individual únicamente mediante la fuerza de los argumentos, pero aplicaba sus normas colectivas mediante el poder político. Obsérvese que en el primer decreto la usura quedaba fuera de la protección, pues constituía una práctica ilegal y delictiva. La religión no era siquiera su verdadero tema de discusión, ya que se trataba de algo aún más amplio que la religión. Este decreto promulgado por el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) conserva para siempre la categoría de ley que la comunidad debe cumplir. El decreto demuestra también cuán tolerante es el islam con las minorías que practican otras religiones. No es posible presentar un ejemplo de otra ley, sistema o civilización del mundo que haya mostrado semejante tolerancia hacia las minorías.
Cuando la segunda delegación se disponía a partir de Medina, pidió al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) que enviara con ellos a uno de sus funcionarios de confianza para llevar a cabo la recaudación de la yizia. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió a Ubayda ibn al-Yarrah y le otorgó el título de «amín de la umma», es decir, «el hombre de confianza de la comunidad». Además de recaudar el impuesto, Abu Ubayda realizó todos los esfuerzos posibles para difundir la invitación islámica en aquella región. Como resultado, muchas personas aceptaron el islam.
Cabe señalar aquí que los habitantes de Najrán estaban divididos en dos grandes grupos:
cristianos y ummíes (analfabetos). Los cristianos resolvieron el asunto comprometiéndose a la lealtad política. Los ummíes, en cambio, aceptaron el islam. Probablemente, la primera delegación llegó a finales del noveno año de la Hégira y la segunda, a comienzos del décimo año de la Hégira.
13. La delegación de Banú Asad
La tribu llamada Banū Asad era aliada de los qurayshíes en todas sus actividades militares. En el noveno año de la Hégira, una delegación de esta tribu acudió ante el Mensajero (s.a.s.) y le informó que había abrazado el islam. Sin embargo, en la forma de comunicarlo quedaban algunos vestigios de la arrogancia característica de los árabes. Adoptando un tono de jactancia, le dijeron al Mensajero (s.a.s.): «Usted no nos envió ningún grupo de predicadores. Nosotros abrazamos el islam por iniciativa propia». Para corregir esta actitud, le llegó al Mensajero (s.a.s.) la revelación: «No me presentéis vuestra aceptación del islam como un favor. Al contrario, es un favor de Allah que os haya guiado por el camino del islam». Después, esta delegación quiso conocer la norma islámica sobre intentar adivinar el destino y predecir el futuro mediante las aves, así como sobre identificar mercancías lanzándoles piedras —es decir, después de fijar el precio, el jefe lanzaba desde lejos una piedra hacia las mercancías u objetos, y escogía para sí la mercancía que la piedra alcanzaba—. El Mensajero (s.a.s.) se opuso a estas prácticas. Finalmente, preguntaron si estaba permitido escribir cartas. El Mensajero (s.a.s.) respondió: «Eso lo inició uno de los profetas. ¿Qué conocimiento podría ser mejor que ese?»
Durante el califato de Abu Bakr al-Siddiq, un hombre de esta tribu llamado Talha ibn Juwaylid afirmó falsamente ser profeta.
14. La delegación de Banū Fazāra
Banū Fazāra era una tribu poderosa y arrogante. Uno de sus miembros, Uyayna ibn Hisn, se reunió con el Mensajero (s.a.s.) junto con una delegación, cuando este regresaba de Tabuk, y abrazó el islam. El Mensajero (s.a.s.) les preguntó por la situación general de la región. Ellos informaron que el país sufría una hambruna. A causa de ella, los cultivos, el ganado y los huertos habían quedado destruidos, y los niños se habían debilitado y demacrado por la desnutrición. Pidieron al Mensajero (s.a.s.) que hiciera una súplica. El Mensajero (s.a.s.) suplicó por la lluvia, y su súplica fue aceptada.
15. La delegación de Banū ʿĀmir
Era una rama de la célebre tribu árabe de Qays ʿAylān. Tenía tres jefes destacados: Amer ibn Tufayl, Arbad ibn Qays y Jabbār ibn Salma. Los dos primeros de estos tres jefes eran ambiciosos y ansiaban posiciones de poder. En particular, Amer ya había dejado constancia de numerosos actos perversos. Esta vez también habían venido tras urdir una terrible conspiración para asesinar al Mensajero (s.a.s.). La delegación se presentó ante el Mensajero (s.a.s.) y se dirigió a él llamándolo «sayyidunā» (mi señor). El Mensajero (s.a.s.) desaprobó aquella forma de hablar y dijo: «El sayyid, o señor, es solo Allah, y nadie más». Después, cuando pronunciaron algunas otras palabras aduladoras, el Mensajero (s.a.s.) volvió a advertirles: «Al hablar, debemos tener cuidado para que Satanás no nos desvíe». ¡Qué esmerado esfuerzo por protegerse de la adulación! Amer ibn Tufayl consideraba el movimiento del Mensajero (s.a.s.) nada más que una política para obtener poder y un intento de construir un imperio. Por ello, como era de esperar, plantearon las siguientes condiciones para negociar:
1. Usted gobernará a los beduinos y me permitirá gobernar la ciudad.
2. De lo contrario, desígneme gobernante después de usted.
3. O bien atacaré Medina junto con los Gatifán.
Amir ya le había dicho a Arbad: «Yo mantendré ocupado al Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) conversando; tú aprovecharás la oportunidad para llevar a cabo el plan». Sin embargo, bajo la influencia de la solemne presencia del Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz), este se quedó aturdido, inmóvil y de pie. Ambos regresaron tras fracasar. Al comprender sus intenciones, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) suplicó: «¡Oh Allah! ¡Protégeme de su daño!». Poco después, Amir murió víctima de la peste, y Arbad bin Qays quedó reducido a cenizas al ser alcanzado por un rayo.
16. Delegación de la tribu de Banu Uzra
En el mes de Safar del noveno año de la Hégira, doce hombres de esta tribu se presentaron ante el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). Hamza bin Nu‘man se encontraba entre ellos. Al presentarse, dijeron: «Somos descendientes de Uzra». Uzra era hermano de Qusay por parte materna. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) los recibió con gran alegría, diciéndoles: «Ahlan wa sahlan». Todos abrazaron el islam de todo corazón. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) les anunció la buena noticia de que el dominio del Imperio romano en Siria desaparecería y que Heraclio huiría. Les prohibió consultar a los astrólogos acerca del futuro y les ordenó abandonar todos los sacrificios, excepto el sacrificio enseñado por el honorable Abraham. Al partir, entregó a la delegación provisiones para el viaje, conforme a la costumbre.
17. Delegación de la tribu de Bali
La zona donde estaba asentada esta tribu era muy importante. En el mes de Rabi al-Awwal del noveno año de la Hégira, sus representantes acudieron ante el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) junto con su líder, Ruwayfi bin Zabit, y abrazaron el islam. Permanecieron tres días en Medina. Después, al emprender el regreso, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) les proporcionó dátiles y gastos para el viaje.
18. Delegación de la tribu de Kinda
Era una tribu importante de la región del Yemen. Entre sesenta y ochenta miembros de esta tribu llegaron a Medina vestidos con valiosas telas de seda, bajo el liderazgo del honorable Ashayas bin Qays. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) les preguntó: «¿Os habéis hecho musulmanes?». Ellos respondieron: «Sí». El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo con asombro: «Entonces, ¿por qué habéis venido vestidos con esta seda?». La delegación se quitó inmediatamente las prendas de seda, las rasgó en pedazos y ofreció un extraordinario ejemplo de firmeza en la fe.
19. La delegación de la tribu de Azd
Banu Azd era una tribu y habitaba en Yemen. Su delegación acudió a la corte del Mensajero (s. a. s.), bajo el liderazgo de Saad bin Abdulá al-Azdí, y abrazó el islam. Hazrat Sard fue nombrado emir de la tribu.
20. La delegación de Jarsh
En aquel entonces, la mayor parte de Yemen ya había quedado incorporada al Estado islámico. Sin embargo, también había personas rebeldes que conspiraban en secreto. La ciudad de Jahash también estaba bajo el control de los rebeldes. Un grupo de fuerzas musulmanas, bajo el liderazgo de Hazrat Sard al-Azdí, impuso un largo asedio y derrotó a los rebeldes. Después de que Jarash cayó en manos de las fuerzas musulmanas, su delegación acudió a Medina.
21. La delegación de Hamadán
Esta delegación estaba compuesta por ciento veinte personas. Entre sus integrantes se encontraban destacados notables locales, como Malik bin Namit, Abu Zawr, Malik bin Anfa al-Salmaní, Umair bin Malik al-Jariqí (o Amr ibn Malik) y Zimam bin Malik. Malik bin Namit elogió al Mensajero (s. a. s.) recitando poesía ante él. El Mensajero (s. a. s.) lo nombró emir de los musulmanes de la tribu. Al principio, Hazrat Jálid fue enviado a la región de Hamadán para realizar una misión de invitación al islam, pero durante seis meses no se obtuvo ningún resultado. Entonces el Mensajero (s. a. s.) envió a Hazrat Alí (r. a.) con una carta. Al llegar allí, Hazrat Alí leyó la carta ante una asamblea pública. La gente abrazó inmediatamente el islam. Cuando Hazrat Alí informó por carta al Mensajero (s. a. s.) de lo sucedido, este se postró para agradecer a Alá y, al levantar la cabeza, dijo: «As-salāmu alā Hamadān» (Que la paz descienda sobre Hamadán).
22. La llegada del enviado de Farwa al-Yudamí
Farwa era el gobernador nombrado por el Imperio romano para la región de Muán. Esta región comprendía partes tanto de Siria como de Arabia. Cuando recibió la invitación al islam, se convirtió a esta religión, poniendo en peligro tanto su cargo como su vida. También envió un enviado para informar al Mensajero (s. a. s.) de su conversión al islam y le mandó como regalo una mula blanca. Al enterarse de la noticia, el gobierno romano lo arrestó y lo ejecutó crucificándolo en un lugar llamado Afra. Alá había concedido a este siervo suyo una fe tan firme que, levantándose del asiento del gobernador, se dirigió entre risas al madero de la crucifixión y permaneció de pie ante él.
23. La delegación de la tribu de Tujib
Uno de los malhechores de esta misma tribu, Kinana ibn Bishr, fue el asesino de Uzmán (que Allah esté complacido con él). El nombre de otra tribu, muy parecido a este, es Tajwab, cuyos orígenes se remontan a la dinastía himyarí. Ibn Bilham, el asesino de Alí (que Allah esté complacido con él), pertenecía a esta última tribu.
Esta era una rama de la tribu de Kinda, en Yemen. Sus miembros habían abrazado el islam anteriormente y habían organizado sus vidas conforme a sus exigencias. Una delegación de trece personas llegó a Medina llevando consigo bienes y animales destinados al zakat. Al llegar, dijeron: «Hemos traído la parte de nuestros bienes que corresponde a Allah». El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Llevad de vuelta estos bienes y distribuidlos entre los habitantes de vuestra región». Ellos respondieron: «Hemos traído únicamente lo que quedó después de entregarlo a los habitantes del lugar». Al oír esto, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) exclamó espontáneamente: «¡Oh, Mensajero de Allah! Nunca ha llegado a Arabia una delegación como la de Tujib». El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «La guía está en manos de Allah, el Altísimo. A aquel para quien desea el bien, le llena el corazón de fe».
Plantearon algunas preguntas al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y regresaron junto a los miembros de su tribu llevando consigo las respuestas por escrito.
En esta delegación había un joven de los Banu Ubaydi. La delegación lo había dejado encargado de vigilar sus pertenencias y animales. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo llamó especialmente. Él dijo: «Solo tengo una petición: ruega por el perdón de mis pecados». El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) rogó especialmente por él. Más tarde, cuando en Yemen se produjo una oleada de abandono del islam, este joven mantuvo a toda su tribu firme en el islam.
El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) también les dio a los miembros de esta delegación los gastos del viaje de regreso como regalo.
24. La delegación de los Banu Saad Hudhaym (Quda’a)
Varios miembros de esta tribu acudieron al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) formando una delegación y abrazaron el islam. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)…
Por orden suya, Hazrat Bilal (r. a.) les entregó a aquellos miembros algo de plata para sus gastos de viaje. Después de su regreso, toda la tribu abrazó el islam.
25. La aceptación del islam por la delegación de la tribu Bahra
Esta también era una tribu particular de la región del Yemen. Una delegación de trece personas llegó a Medina y abrazó el islam. Después de permanecer allí varios días y adquirir los conocimientos necesarios sobre las normas islámicas, regresaron. A ellos también se les entregaron gastos de viaje conforme a la costumbre.
26. La delegación de la tribu Dhí Marrá
Trece miembros de esta tribu llegaron a Medina bajo el liderazgo de su jefe, Hariz ibn Auf. Al identificarse, informaron al Mensajero (s. a. s.): «Somos descendientes de Luay ibn Gálib y tenemos con usted un vínculo de parentesco». El Mensajero (s. a. s.) les preguntó acerca de su región. Ellos le describieron la terrible situación provocada allí por la hambruna y le pidieron que hiciera una súplica. El Mensajero (s. a. s.) suplicó de inmediato. Al regresar a su tribu, descubrieron que el mismo día en que el Mensajero (s. a. s.) había hecho la súplica, había llovido y la tierra se había cubierto de cultivos verdes. Permanecieron varios días en Medina para adquirir los conocimientos necesarios del islam y luego partieron. Se les entregaron gastos de viaje.
27. La delegación de la tribu Jawlán
Esta delegación, compuesta por diez personas, ya había abrazado la fe y se presentó ante el Mensajero (s. a. s.) con gran devoción y sinceridad. En la época de la ignorancia adoraban a un ídolo llamado «Amr ibn Uns». Informaron que ahora solo los ancianos adoraban a aquel ídolo y que, en cuanto regresaran, destruirían su estatua. También relataron cuán grandes sacrificios se ofrecían antiguamente en nombre de aquel ídolo y qué ceremonias se celebraban. Durante su estancia adquirieron los conocimientos necesarios sobre la vida islámica. Al partir, se les entregaron gastos de viaje.
28. La delegación de la tribu Muhárib
Antes de aceptar el islam, esta tribu era extremadamente malhumorada y de conducta inmoral. En los primeros tiempos, cuando el Mensajero (s. a. s.) iba de tribu en tribu invitando al islam, también llevó su invitación a esta tribu. Pero ellos se comportaron de manera sumamente irrespetuosa. Un grupo de diez personas se arrepintió y se presentó ante el Mensajero (s. a. s.). En cierta ocasión, durante una reunión, el Mensajero (s. a. s.) reconoció a un hombre y lo miró atentamente. El hombre lo comprendió y, tomando la iniciativa, dijo: «Oh, Mensajero, probablemente me has reconocido. Una vez te encontraste conmigo en el mercado de Ukaz. En aquella ocasión me comporté muy injustamente contigo y rechacé tu invitación de una manera sumamente irrespetuosa. ¡Oh, Mensajero de Allah! Entre mis compañeros, nadie era un enemigo más acérrimo tuyo que yo. Pero alabado sea Allah, que me ha concedido la fe y la obediencia». Después le pidió al Mensajero (s. a. s.) que suplicara a Allah que perdonara los errores y faltas de su vida anterior. El Mensajero (s. a. s.) le dijo: «Al aceptar el islam, todos los pecados cometidos durante el estado de incredulidad son perdonados».
29. La delegación de la tribu de Ghassán
Aunque Ghassán era una tribu árabe por linaje, debido a que había adoptado el cristianismo gobernaba la región árabe en nombre del emperador romano. En el décimo año de la Hégira, tres miembros de esta tribu llegaron a Medina y aceptaron el islam de manos del Mensajero (s. a. s.). Informaron que los miembros de su tribu no aceptarían el islam si para ello tenían que renunciar a los cargos y privilegios de los que disfrutaban entonces. El Mensajero (s. a. s.) les dio provisiones para el viaje y los despidió. Al regresar, volvieron a invitar a su pueblo, pero también esto resultó infructuoso. Los tres mantuvieron en secreto su conversión al islam debido a la presión de las circunstancias. Uno de ellos se encontró con Abu Ubaida durante la batalla de Yarmuk y expresó su firme confianza en el islam. Los otros dos habían muerto antes.
30. La delegación de la tribu de Salman
Una delegación compuesta por siete personas de esta tribu, entre ellas Habib ibn Umar, llegó a Medina. En respuesta a sus preguntas, el Mensajero (s. a. s.) dijo que realizar la oración a su debido tiempo es la mejor de las buenas acciones. Ellos también describieron la situación de hambruna y pidieron una súplica. El Mensajero (s. a. s.) suplicó. Más tarde se supo que aquel mismo día había llovido en su región.
31. La delegación de la tribu de Banu Isa
Ellos también eran habitantes de la región del Yemen. Su tribu llegó igualmente en el décimo año de la Hégira. Preguntaron: «Hemos oído de los predicadores del islam que quien no emigra no ve aceptado su islam. Nuestra situación es que el ganado doméstico constituye nuestra única fuente de sustento. Es difícil emigrar llevándolo con nosotros. Por eso, si debemos emigrar, venderemos nuestros animales y nos marcharemos». ¡Contemplad su fervor y su inspiración en la fe! Bastaba una señal para que estuvieran dispuestos a abandonar su tierra natal y todos sus bienes y marcharse. El Mensajero (s. a. s.) dijo: «Permaneced donde estéis y continuad temiendo a Allah». En los primeros tiempos, cuando era necesario fortalecer el centro del islam y preparar personas para llevar a cabo la labor de invitación en todo el país, se hizo obligatorio emigrar y trasladarse al centro. Esa etapa ya había pasado. Ahora era deseable que la fuerza del movimiento se extendiera por todo el país y que la invitación se desarrollara en cada región; por eso, la emigración ya no era necesaria. A esta segunda etapa corresponde también la instrucción: «Después de la victoria, ya no hay obligación de emigrar».
32. La delegación de la tribu de Ghamed
En el décimo año de la Hégira, una delegación compuesta por diez personas de la tribu de Gámid llegó a Medina. Todos aceptaron el islam. El Mensajero (s. a. s.) ordenó a Ubayy ibn Ka‘b que les enseñara el Corán. Después, los despidió entregándoles los gastos del viaje.
33. La delegación de la tribu de Banū al-Muntafiq
De esta tribu llegaron a Medina dos delegados llamados Nahīk ibn ʿĀsim y Laqīt ibn ʿĀmir. Cuando llegaron a la Mezquita del Profeta, el Mensajero (s. a. s.) estaba pronunciando el sermón. Al terminar el sermón, Laqīt se puso de pie y formuló algunas preguntas sobre la Resurrección, el Paraíso y el Infierno. El Mensajero (s. a. s.) le respondió detalladamente. Después también hizo algunas preguntas sobre los profetas y los pueblos anteriores. Al preguntarle si el Mensajero (s. a. s.) poseía conocimiento de lo oculto o de lo invisible, respondió directamente que solo Allah posee el conocimiento de lo oculto.
34. La delegación de la tribu de ʿAbd al-Qays
Ya he mencionado a la delegación de la tribu de ʿAbd al-Qays, que llegó en el quinto año de la Hégira. La segunda delegación de esta tribu llegó a Medina en el décimo año de la Hégira. Estaba compuesta por cuarenta miembros.
35. Tāriq ibn ʿAbdullah y sus compañeros
En cierta ocasión, Tāriq ibn ʿAbdullah había visto al Mensajero (s. a. s.) invitar a la gente al islam en el mercado de al-Majāz. En aquel momento, su propio tío paterno, Abū Lahab, lo seguía corriendo y decía a la gente: «No lo escuchéis; es un mentiroso» (¡que Allah nos proteja!). Más tarde, este mismo Tāriq ibn ʿAbdullah llegó a Medina desde Rabdha con varios compañeros para comprar dátiles. El Mensajero (s. a. s.) pasó cerca del lugar donde se había instalado Tāriq. Le preguntó quién era y cuál era el propósito de su llegada. Después, compró de él un camello a cambio de dátiles. Se comprometió a enviarle de inmediato los dátiles correspondientes al precio del camello. Luego Tāriq y sus compañeros comenzaron a preocuparse, pensando: «Hemos entregado el camello a crédito sin conocerlo realmente. ¿Quién sabe si recibiremos el precio?». Una noble mujer que viajaba con la caravana de Tāriq dijo: «He visto el rostro resplandeciente de este hombre. Jamás puede ser un estafador. Si no paga el precio del camello, yo lo pagaré». Poco después, un hombre llegó con dátiles. Separó una cantidad determinada de dátiles como pago del camello y entregó además otros dátiles como regalo. De este modo, el Mensajero (s. a. s.) se ganó el corazón de la caravana. Más tarde, cuando llegaron a la ciudad, el Mensajero (s. a. s.) estaba pronunciando un sermón en la mezquita y exhortando a dar limosnas. Así se allanó el camino para invitarles al islam.
36. ʿAmr ibn Maʿdī Karib, delegado de la tribu de Banū Zubayd
Cuando la tribu de Banu Yubaydid oyó la predicación relacionada con el islam, acudió a su jefe, Amr ibn Ma‘dikarib, y le dijo: «Hemos oído que en el Hiyaz ha aparecido un profeta llamado Muhammad (s. a.). Ve e investiga un poco. Comprueba si la noticia es verdadera o falsa. Si, en tu opinión, es realmente un profeta, todos creeremos en él». Amr ibn Ma‘dikarib fue y aceptó el islam. Sin embargo, después del fallecimiento del Mensajero (s. a.), apostató.
37. El enviado de la dinastía de Himyar
Himyar era una familia real. De su parte llegó un enviado con una carta. En ella se comunicaba que Hars ibn Abd Kilal, Nu‘aym ibn Abn Kilal, Nu‘man Dhu Ru‘ayn, Ma‘afir y Hamdan habían aceptado el islam. El Mensajero (s. a.) redactó una respuesta detallada a esa carta y envió otra a la familia real de Himyar. En ella expuso las enseñanzas y normas fundamentales del islam. Dejó consignadas las instrucciones de recaudar el zakat de los musulmanes y la yizia de los no musulmanes. Además, en apoyo de la libertad religiosa de la población, escribió que a quienes desearan seguir siendo judíos o cristianos no se les podía cambiar la religión por la fuerza. También escribió en la carta: «Se envía a Dhu Ru‘ayn Dhu Yazan a nuestros representantes Mu‘adh ibn Yabal, Abdullah ibn Zayd, Malik ibn Ubadah, Uqbah ibn Namr, Malik ibn Murrah y algunas otras personas. El líder de este grupo es Mu‘adh ibn Yabal. Este grupo transmitirá mis instrucciones y recaudará el zakat y la yizia».
38. La delegación de la tribu de Nija
Nija también era una tribu del Yemen. Según la mayoría de las narraciones, fue la última delegación, que llegó a Medina en el mes de Muharram del undécimo año de la Hégira. El número de miembros de esta delegación era de doscientos. En realidad, todos ellos habían aceptado el islam de manos de Hazrat Mu‘adh ibn Yabal. Después de aceptar el islam, llegaron a Medina por su intenso deseo de encontrarse con el Mensajero (s. a.). Al llegar, le informaron de su aceptación del islam. Uno de los miembros de la delegación le preguntó acerca de la interpretación de un sueño suyo y, después de una breve estancia, regresó.
Las delegaciones mencionadas continuaron llegando de manera tan constante y en cantidades tan numerosas que el verdadero significado del fragmento de la sura An-Nasr —«la gente entra en la religión de Allah en grupos»— se hizo evidente. La realidad es que todo ser humano siente una inclinación natural y espontánea hacia el islam. Además, el Mensajero (s. a.) presentó el islam mediante los argumentos incomparables e irrefutables del Corán y un estilo de expresión capaz de conquistar la mente y el corazón. Al mismo tiempo, con su vida pura y su carácter ejemplar, ofreció una imagen tan completa de la verdad del islam que la gente no podía dejar de adoptarlo y sentirse influida por él. Ante la gente común solo quedaba un obstáculo en el camino de aceptar el islam: el antiguo liderazgo de la yahiliya. Cuando este obstáculo fue eliminado y se supo con certeza que la fuerza islámica de Medina era invencible, y que no había temor de que causara ningún perjuicio a la humanidad, sino que constantemente producía un beneficio genuino, sus pechos se abrieron a la verdad y la justicia. Desde lo más profundo de sí mismos sintieron una intensa sed de sumergirse en esta luz de la verdad. Y, agitados por esa sed, corrieron hacia Medina, donde la saciaron.
Así, una inundación de luz se extendió por todas partes y la oscuridad desapareció.
El comienzo de la predicación internacional
El grupo formado por el Mensajero (s.a.), que tuvo la fortuna de dirigir el movimiento islámico, no limitó su campo de acción al ámbito nacional y doméstico; más bien, era una «khaira ummah», es decir, una comunidad excelente, que había surgido para el bienestar de la humanidad de todo el mundo y de todos los tiempos. En otras palabras, fue enviado para guiar a toda la humanidad hacia la aplicación de los principios de la verdad, la honestidad, la justicia, la equidad y la fraternidad. Su objetivo final y supremo no era únicamente reformar a los árabes, organizarlos y unirlos en el ámbito estatal; su objetivo era establecer un Estado islámico y, utilizando todos los medios disponibles, invitar a todas las naciones y países del mundo a aplicar las normas islámicas. En aquella época monárquica, miles de millones de siervos de Allah eran aplastados bajo el yugo de la esclavitud a pequeñas clases y familias; no tenían libertad de juicio, ni solvencia económica, ni derechos políticos. ¿Cómo podía un movimiento reformista permanecer indiferente ante la situación oprimida y aplastada de esas personas? En la carta escrita al emperador persa, el propio Mensajero (s.a.) dejó claramente expuesto el alcance internacional de su da‘wa al afirmar: «Soy el mensajero o enviado de Allah para la gente de todo el mundo».
En realidad, Allah Todopoderoso hizo que el inicio de la era internacional para una humanidad dividida en innumerables identidades nacionales regionales y sometida a monarcas y sacerdotes religiosos tuviera lugar precisamente por medio del Mensajero (s.a.). Una sola palabra de verdad y justicia se extendió con enorme rapidez por los tres continentes del mundo organizado de aquella época, pasando por alto todas las divisiones geográficas, genealógicas, lingüísticas y políticas. El último Profeta, Muhammad (s.a.), fue encargado de esta da‘wa internacional justamente cuando no faltaba mucho para la aparición de la pólvora, la imprenta y la energía de vapor. El mundo entero estaba a punto de convertirse en una sola ciudad gracias a los nuevos medios y recursos. En el vasto escenario de la historia mundial, quinientos o setecientos años no constituyen un período particularmente importante. El Mensajero (s.a.) apareció en un momento en que, apenas unos siglos después, las fronteras del mundo estaban destinadas a unirse entre sí en el plano material. Antes de la llegada de ese momento se inició la da‘wa internacional para establecer las verdaderas normas del Islam, en el momento apropiado. Su propósito era que, a medida que la humanidad se acercara cada vez más en el plano material, también quedara cada vez más unida por un mismo vínculo en los aspectos mental, ideológico y moral. Ese período intermedio no habría sido suficiente para expandir la da‘wa y preparar a las naciones del mundo para la nueva era. Es cierto que, en aquella época, el curso de la era internacional escapó al control de las fuerzas revolucionarias musulmanas y cayó en las garras de las fuerzas materialistas. Pues, aunque hasta entonces la fuerza islámica había conservado en la historia una imagen influyente, ya no pudo mantener el vigor y el entusiasmo de su da‘wa revolucionaria. A pesar de ello, la nueva era recibió del movimiento islámico el respeto por la humanidad, la igualdad humana, la conciencia democrática, la debida valoración del conocimiento científico intelectual y experimental, el deseo de conquistar la naturaleza, el respeto por los tratados y derechos internacionales, la libertad de expresar opiniones y hablar, la conciencia de los derechos de las minorías, los principios fundamentales de la justicia y otros valores superiores. Estas cosas sufrieron distorsión y falta de claridad al quedar sometidas a la mentalidad materialista. Sin embargo, todo lo bueno y beneficioso que se encuentra en la civilización moderna es una contribución del Mensajero (s.a.) al conjunto de la humanidad. Algunos escritores orientalistas sinceros también han reconocido este hecho.
Por consiguiente, el movimiento islámico, conforme a su propia naturaleza fundamental, exige que su da‘wa se extienda por todo el mundo sin quedar confinada a los límites de Arabia. Al mismo tiempo, era también una necesidad práctica que el Islam se expandiera fuera de Arabia. De lo contrario, no habría sido posible que en Arabia perdurara un gobierno basado en los ideales islámicos. En tal caso, un Estado islámico habría quedado rodeado por todos lados de Estados no islámicos. En particular, los imperios romano y persa dirigían constantemente miradas codiciosas hacia el territorio árabe. Algunos territorios árabes estaban bajo su dominio y también compraban a ciertas tribus árabes y las utilizaban. Además, el conflicto entre Medina y el gobierno romano ya había comenzado.
La rapidez con la que el Mensajero (s.a.) llevó adelante el movimiento islámico resulta asombrosa para nosotros. En apenas 13 años completó la tarea de formar, mediante la da‘wa inicial, el grupo de activistas encargado de dirigir el movimiento. Después, en 8 años, completó efectivamente la tarea de establecer el Estado islámico. Luego, durante los dos años restantes de su vida, llevó la da‘wa a los Estados e imperios vecinos.
El tratado de Hudaybiyya, concluido en el sexto año de la Hégira, le proporcionó un descanso de los conflictos y enfrentamientos internos del país y le brindó la oportunidad de ampliar la labor de la da‘wa fuera de Arabia. Poco después de completar la Umrat al-Qada, el primero de Muharram del séptimo año de la Hégira, el Mensajero (s.a.) invitó por medio de emisarios a los gobernantes de los Estados vecinos a aceptar el Islam. En la época actual resulta especialmente digno de consideración preguntarse por qué el Mensajero (s.a.) invitó a los gobernantes al Islam en vez de dirigirse a los pueblos de los demás países. La razón es clara. En aquella época, los súbditos no tenían absolutamente ningún derecho frente a los reyes. No poseían ninguna libertad fundamental que pudieran utilizar para tomar por sí mismos decisiones sobre sus propios asuntos. Además, aquellos reyes no estaban dispuestos de ningún modo a permitir que personas de otros países acudieran, se relacionaran con ellos y los apartaran de su religión vigente. Su poder político estaba fundamentado precisamente en sus creencias religiosas. Gobernaban sus países con la ayuda de los líderes religiosos. Y cuando no se pretendía únicamente cambiar la religión, sino transformar por completo a las personas —cambiando sus gustos, criterios y valores— y despertar entre quienes aceptaban la da‘wa del Islam una actitud rebelde contra el sistema vigente y un deseo revolucionario de establecer un nuevo orden, ¿cómo iban a permitir los reyes que el Islam se propagara silenciosamente entre sus súbditos? Los gobernantes monárquicos de aquella época se habían erigido en señores con autoridad absoluta sobre el mundo, y sin su permiso ni siquiera podía moverse una hoja de un árbol. Por eso el Mensajero (s.a.) presentaba directamente la da‘wa del Islam a los gobernantes y, en sus cartas de invitación, los calificaba de representantes de sus pueblos y les confiaba la responsabilidad del bienestar y el perjuicio de sus súbditos. El Mensajero (s.a.) se dirigía a los distintos reyes y grandes reyes como «líderes» de sus respectivas naciones. Al emperador persa y a al-Muqawqis les dijo claramente: «Si no aceptas el Islam, tendrás que cargar tú solo con las consecuencias de los pecados de toda tu nación».
Al escribir cartas a los reyes y monarcas, por un lado observaba las costumbres y prácticas habituales: mandó fabricar un anillo para sellar y grabó en él las palabras «Muhammad, el Mensajero de Dios». Por otro lado, introdujo su propio estilo y método. Comenzaba cada carta con «Bismillāh al-Raḥmān al-Raḥīm». Escribía su propio nombre como remitente y el nombre de la persona a quien enviaba la carta. Después exponía el mensaje con un lenguaje mínimo, sumamente medido y prudente. El lenguaje diplomático que adoptó para sus cartas, considerando el contexto de aquella época, revela ante nosotros de tal manera la superioridad intelectual del Mensajero (s. a. s.) que quedamos asombrados. Por ejemplo, en todas esas cartas empleaba muy brevemente la frase: «Acepta el islam y tendrás paz». Esto también podía significar: «Obedece y tendrás paz». El sentido de «tendrás paz» es que este es el único camino o medio para alcanzar la paz. También tenía otro significado: contenía una amenaza implícita. Es decir, si no aceptabas el islam o no obedecías, te esperaba el peligro. Apenas dos palabras, pero de un significado muy amplio. Del mismo modo: «Si no aceptas el islam, tendrás que sufrir las consecuencias del pecado de toda la nación». Esta frase también tenía un doble sentido. Uno era religioso: tú serías el responsable ante Dios. El otro era político: sufrirías sus consecuencias políticas ya en este mundo. El Mensajero (s. a. s.) no empleaba este tipo de frases de doble sentido para que el mensaje quedara oscuro y se diera ocasión a interpretaciones erróneas —¡Dios nos libre!—. Más bien, en una misma frase se transmitían simultáneamente ambos significados. Expresar un significado tan amplio con tan pocas palabras es una muestra de la «balāgha», o superioridad retórica y lingüística, del Mensajero (s. a. s.). Además, al escribir a cada gobernante empleaba un lenguaje adecuado a su religión y a su entorno y circunstancias particulares. Es decir, no aplicaba un lenguaje estereotipado en todos los casos. Asimismo, enviaba a cada gobernante un emisario que conociera la lengua de aquel país. [Algunos de los Compañeros habían viajado por diversos países por motivos comerciales y habían aprendido varias lenguas. A algunos otros, el Mensajero (s. a. s.) les ordenó expresamente que aprendieran lenguas extranjeras.]
El principal objetivo de enviar estas cartas era transmitir la invitación al islam. Pero, además, mediante ellas hacía comprender a los gobernantes de los países vecinos que Arabia ya no era un territorio desprotegido y abierto a cualquiera como antes. Más bien, era un país administrado por un gobierno bien organizado, capaz de plantear y afrontar toda clase de desafíos. Ese gobierno no temía las amenazas ni las intimidaciones de nadie. Allí estaba activo un gobierno poderoso, competente y siempre vigilante.
Ahora describiré brevemente cómo se enviaron las cartas de invitación a los distintos gobernantes extranjeros y cuáles fueron sus resultados.
1. Por medio de Amr ibn Umayya al-Damri (r. a.), el Mensajero (s. a. s.) envió una carta de invitación escrita al Negus, el rey de Abisinia, Asama —o Ashama— ibn Abjar. En la carta se mencionaba especialmente a los emigrantes que habían llegado anteriormente a Abisinia, en particular a Hazrat Ya‘far al-Tayyar. Se ordenaba que los emigrantes fueran protegidos. Después, se invitaba al propio rey y, por medio de él, también a los cortesanos del reino, a aceptar el islam.
El Negus ya estaba influido por el islam. Aceptó públicamente el islam ante Hazrat Ya‘far y también envió al Mensajero (s. a. s.) una carta con un relato detallado de ello. Envió como emisario a su propio hijo, Arha. También informó que, si el Mensajero (s. a. s.) le ordenaba presentarse personalmente, estaba dispuesto a hacerlo. [Probablemente este no era el mismo Negus ante quien se habían presentado los emigrantes, quien se había hecho musulmán y por quien el Mensajero (s. a. s.) había realizado en Medina la oración fúnebre en ausencia. Asama ascendió al trono después de él. En cualquier caso, existen discrepancias sobre la identidad de esta persona.]
2. Por medio de Alā ibn al-Hadrami, el Mensajero (s. a. s.) envió una carta de invitación a Mundhir ibn Sawa, recaudador de impuestos del emperador de Irán y gobernador de Bahréin. Mundhir aceptó el islam, y al mismo tiempo una gran parte de sus súbditos también lo aceptó. En su carta de respuesta informó de su propia conversión al islam y señaló que una parte de sus súbditos estaba preparada para aceptarlo. También informó que algunos súbditos no querían aceptar el islam, sino que deseaban seguir siendo judíos o cristianos. Desde Medina se envió otra carta indicando que quienes quisieran seguir siendo judíos o cristianos podían permanecer en su religión. Sin embargo, debían pagar el impuesto de la yizya.
3. Yafal y Abd eran los dos hijos de Jifar, rey de Omán. Se les envió una carta de invitación por medio de Amr ibn al-As. Amr ibn al-As se entrevistó primero con el hermano menor, Abd. Abd mantuvo una larga conversación sobre el asunto. Se enteró por él de que el Negus se había hecho musulmán; aun así, su pueblo no lo había depuesto del trono y los obispos y sacerdotes tampoco habían podido impedírselo. Incluso el emperador romano, después de conocer el suceso, no tomó ninguna medida. Al contrario, después de aceptar el islam, el Negus también había dejado de pagar tributo a Heraclio. Abd conoció de Amr ibn al-As las principales enseñanzas del Mensajero (s. a. s.). Después de aquella conversación, nació en Abd el deseo de aceptar el islam. Pero comenzó a lamentarse diciendo: «Ojalá mi hermano mayor también aceptara el islam y pudiéramos ir juntos a Medina para aceptarlo; eso sería mejor». Después se celebró la audiencia. En presencia de los dos hermanos, el emisario de Medina abrió la carta sellada. Ambos hermanos la abrieron y la leyeron; luego se formularon varias preguntas. En respuesta, Amr dijo: «Los coraichitas aceptaron la obediencia al Mensajero (s. a. s.) obligados por las circunstancias. Y el grupo del Mensajero (s. a. s.) está formado por personas que se han reunido a su lado después de reflexionar y comprender bien». A pesar de ello, el rey Jifar siguió indeciso. Pero sus dos hijos aceptaron el islam, al igual que un gran número de súbditos de aquel reino.
4. Mundhir ibn Harith ibn Abu Shimar era el gobernante cristiano de Damasco. Desde Medina, Shurahbil ibn Amr llevó una carta de invitación. Él también consideró el movimiento del Mensajero (s. a. s.) como una cuestión de política mundana y puso como condición que la mitad del gobierno islámico le perteneciera. Después, su vida se acortó rápidamente. Cuando el Mensajero (s. a. s.) recibió un informe sobre él, dijo: «Aunque pidiera un palmo de tierra o la extensión de un dátil, no estoy dispuesto a concedérselo». Cada palmo de la tierra sobre la que se establece el Estado islámico es un depósito sagrado.
5. Yarīḥ ibn Mīttā, conocido como al-Muqawqis, era el rey cristiano de todo Egipto, incluida Alejandría. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él) envió como emisario a su corte a Hatib ibn Abi Balta’a. Este le entregó la carta y también habló con él. El discurso que pronunció oralmente fue tan intrépido y audaz que permite comprender qué clase de personalidades de carácter firme y mentalidad decidida formó el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él) según el molde del islam. Para advertir a al-Muqawqis, Hatib dijo: «Anteriormente nació en esta tierra un hombre que proclamó con arrogancia: “Yo soy vuestro señor supremo”. Finalmente, fue destruido al ser alcanzado por la ira de Allah. Como gobernantes posteriores de esta tierra, debéis aprender de la suerte de vuestros predecesores. No permitáis que sean otros quienes aprendan al observar vuestro destino». Después, tras demostrar con argumentos y pruebas la superioridad del islam, dijo: «Os invito a aceptar la religión verdadera y original de Jesús (la paz sea con él). No es una religión nueva». Aunque al-Muqawqis no estaba dispuesto a aceptar el islam, mostró gran respeto por la carta del Profeta (la paz y las bendiciones sean con él), la guardó en una caja de marfil y la conservó en el tesoro. Luego envió al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él) varios obsequios, entre ellos la famosa mula llamada Duldul. En respuesta a la carta, escribió: «Sé que aún está por llegar el último profeta; sin embargo, creo que nacerá en Siria».
6. Heraclio era el emperador de la parte oriental del Imperio romano. Su capital era Constantinopla. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él) le envió una carta de invitación al islam por medio de Dihya ibn Jalifa al-Kalbi. Dihya se reunió con él en Bayt al-Maqdis. Heraclio organizó una ceremonia grandiosa y espléndida en honor del enviado de Medina, y le hizo numerosas preguntas detalladas sobre el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él). Además, ordenó que llevaran ante él a cualquier persona de La Meca que se encontrara en la región. Por casualidad, en aquel momento se hallaba allí Abu Sufyan, líder del bando opositor al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él), de viaje comercial. Lo llevaron a la corte junto con todos sus compañeros de comercio. Heraclio les dijo: «Voy a hacerle algunas preguntas a Abu Sufyan; si responde incorrectamente a alguna, indicádmelo». Abu Sufyan dijo: «Si no hubiera temido que mis compañeros descubrieran mis mentiras, habría aprovechado esta oportunidad para inventar algunas cosas». Pero Allah dispuso las circunstancias de tal manera que incluso de boca del enemigo más acérrimo del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él) salieron palabras verdaderas. Heraclio preguntó por el nacimiento del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él), su familia, su carácter, la condición de sus compañeros más cercanos, la rapidez de su progreso, la situación de los musulmanes en la guerra, las enseñanzas del islam y varios otros asuntos. Tras conocer las respuestas que Abu Sufyan dio a todas sus preguntas, Heraclio dijo: «Abu Sufyan, si lo que has dicho es verdad, este hombre llegará un día a ser dueño incluso del lugar donde estoy sentado. ¡Ah, si pudiera presentarme ante ese profeta y lavarle los pies!». Después se leyó la carta del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él). Los cortesanos expresaron un gran descontento, pues ya se habían alarmado al observar el estado mental de Heraclio. Expulsaron rápidamente a los representantes de La Meca.
Como resultado de la conversación con Heraclio, el propio Abu Sufyan quedó impresionado por la superioridad del islam.
7. Cosroes II era el emperador de Irán y adorador del fuego. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él) envió a Abdullah ibn Rawaha (que Allah esté complacido con él) como emisario para entregarle una carta de invitación al islam. Cosroes II, llevado por su extrema arrogancia, hizo pedazos la carta del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él), diciendo: «¿Cómo se atreve uno de nuestros súbditos a hacer algo así?». El desdichado Cosroes no sabía que el mundo árabe estaba al borde de una gran revolución y que allí se estaba desarrollando una poderosa fuerza ideológica. Cosroes II ordenó a su gobernador en Yemen, Badhan: «Arresta inmediatamente al autor de la carta y tráemelo». Badhan envió un destacamento para arrestar y traer al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él). Cuando el destacamento llegó a Taif, los principales dirigentes de la ciudad se alegraron mucho. Pensaron que finalmente sería erradicado el enemigo de su amado sistema social de la época de la ignorancia (Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él). El destacamento llegó a Medina y su jefe informó a Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) de que habían venido, por orden del emperador persa, a arrestar al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él). El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él) les dijo: «Venid a verme de nuevo mañana por la mañana». Cuando regresaron a la mañana siguiente, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él) les informó: «Esta noche Allah ha hecho que vuestro emperador sea asesinado por su propio hijo. Id y averiguad si la noticia es cierta». Después de conocer la veracidad de la noticia y la grandeza de las enseñanzas y el carácter del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él), Badhan pasó a formar parte de la hermandad islámica. Siguiendo su ejemplo, muchos otros miembros de la corte y habitantes de la región abrazaron la fe.
Al oír que el emperador persa había despedazado su carta, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él) dijo: «En realidad, él ha hecho pedazos su propio imperio». Parece que la decisión de Allah Todopoderoso fue pronunciada por boca del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él), pues en apenas diez o quince años un imperio antiguo, sólido, vasto y extremadamente lujoso, con cuatro o cinco mil años de historia, fue derrotado por el islam. En realidad, fueron las luchas y conflictos internos los que acabaron destruyendo aquel imperio.
Además, entre los gobernantes de otros pequeños reinos a quienes llegó la invitación al islam se encontraba Farwa ibn Umar, gobernador del Imperio romano, quien perdió tanto su cargo como la vida como consecuencia de haber aceptado el islam. El segundo fue Tamama, gobernante de Nayran, que aceptó el islam en el sexto año de la Hégira. El tercero fue Yabala al-Gassani, que aceptó el islam en el séptimo año de la Hégira. El cuarto fue Ukaidar, gobernante de Dumat al-Yandal, que aceptó el islam. El quinto fue Dhu al-Kila al-Himyari, rey de la tribu de Himyar. Afirmaba ser dios y ordenaba a sus súbditos postrarse ante él. Finalmente, también él aceptó el islam. Durante el gobierno de Umar al-Faruq (que Allah esté complacido con él), abandonó el reino y llegó a Medina para vivir como un asceta. Lleno de alegría por haber aceptado el islam, liberó a dieciocho mil esclavos y esclavas.
De los acontecimientos mencionados se sabe que esta lucha escrita por la causa de la predicación islámica produjo resultados sumamente importantes y contribuyó mucho a la expansión y el desarrollo del islam. En primer lugar, gracias a ella, la predicación del islam se convirtió en un asunto de debate y consideración en los Estados vecinos. En segundo lugar, un número considerable de gobernantes en el poder abrazó el islam gracias a estas cartas, en una época en que los musulmanes estaban muy atrasados en el plano cultural. Esto demuestra que el islam es una religión verdadera y natural. Junto con estos gobernantes que abrazaron el islam, también sus súbditos se inclinaron hacia él. Incluso quienes no aceptaron el islam después de recibir las cartas del Mensajero (s.a.s.) quedaron profundamente impresionados. Además, el comienzo de la era internacional mediante el envío de cartas contribuyó considerablemente a crear un ambiente favorable dentro del país. El mayor beneficio de esta misión fue que, desde el principio, se abrió ante los musulmanes un amplio campo de acción y se les fijó un objetivo enorme y de largo alcance, tanto a nivel nacional como internacional. Como resultado, incluso después de que se estableciera un Estado islámico en toda Arabia, los muyahidines musulmanes no se detuvieron, no se entregaron al lujo y el placer, ni pensaron que ya habían hecho todo lo que debían hacer. Al contrario, sus aspiraciones y anhelos aumentaron aún más. Al encomendar a sus compañeros actividades diplomáticas, el Mensajero (s.a.s.) les proporcionó una excelente preparación para asumir las responsabilidades de los días venideros. Se presentaban en entornos desconocidos, en ámbitos sociales y culturales suntuosos y ante solemnes cortes reales, donde adquirían experiencia en conversaciones y discursos en asambleas públicas. Tuvieron una oportunidad de oro para comprender la psicología de los gobernantes y administradores de su tiempo. Además, la lealtad, firmeza, fortaleza, comprensión de la superioridad del ideal y sencillez con que manifestaron su valentía y audacia al proclamar la verdad agudizaron aún más sus capacidades y talentos, y hicieron más vigoroso y luminoso su carácter.
La gloria de completar esta incompleta misión de predicación internacional iniciada por el Mensajero (s.a.s.) correspondió a sus compañeros sucesores y al grupo que él había formado.
La última reacción rebelde
Cuando una revolución atraviesa todas las etapas del conflicto y la confrontación, tritura el orgullo de la antigua dirigencia y llega a la edad dorada del éxito definitivo, algunas personas mezquinas comienzan a consumirse interiormente de envidia ante ese éxito. Luego, en cuanto encuentran la oportunidad, manifiestan su última insolencia e intentan, sin conseguirlo, levantar un dique de arena frente a la inundación de la revolución. La revolución islámica también se enfrentó a una situación indeseada de este tipo. Cuando desapareció el poder de los coraixíes, los judíos y las dirigencias locales, y la gente comenzó a avanzar hacia el islam, apareció una última reacción rebelde bajo una forma completamente nueva. Algunas personas pensaron: «¿Qué clase de cosa es esta? Un hombre apareció proclamando ser profeta, un puñado de personas lo apoyó, entabló conflictos y enfrentamientos, y luego ese mismo hombre se sentó como gobernante de toda Arabia. ¿Qué daño habría en que nosotros también pusiéramos a prueba este método?». Especialmente cuando estas personas veían que las enormes riquezas del zakat se dirigían hacia Medina, sus corazones se llenaban de codicia. Conocían a quienes, entre los musulmanes, no se habían hecho musulmanes sinceramente, sino obligados por la presión de las circunstancias, y en cuyos corazones ardía una actitud hostil. Decidieron unirlos y jugar su última carta. Sabían perfectamente que ya no era posible iniciar ningún movimiento apoyándose en las ideas de la época de la ignorancia y las doctrinas politeístas, pues las creencias relativas a la unicidad de Allah, la revelación, la profecía y la otra vida habían cubierto por completo todo el entorno. Por eso también intentaron engañar a la gente abriendo una tienda, adornando sus mercancías falsificadas con todas esas etiquetas. Pero aquellos necios no sabían que, para poner en circulación una nueva moneda en el mercado, no basta con imprimir un diseño falso, sino que también se necesita metal genuino. El metal utilizado en la moneda del islam —es decir, la fuerza humana formada por el islam— era por naturaleza absolutamente puro y auténtico («El mejor de vosotros en la época de la ignorancia es también el mejor en el islam», dijo el Mensajero (s.a.s.)). Además, durante diez o veinte años había sido purificado de la herrumbre, quemándolo repetidamente en el horno. Sin embargo, las personas egoístas generalmente no son perspicaces. Solo ven sus intereses preferidos y no prestan ninguna atención al sacrificio y la entrega realizados para alcanzar algo. En resumen, la eterna verdad de la historia volvió a hacerse realidad también en el caso del movimiento islámico: en la sociedad, son precisamente las personas de la clase más vil las que actúan para hacer fracasar todo movimiento popular y orientado al bienestar público, así como a toda gran personalidad. Es necesario presentar una breve exposición sobre estos intrigantes conspiradores que se alzaron contra el movimiento islámico dirigido por el Mensajero (s.a.s.).
1- Ya hemos explicado anteriormente que cierto Musailima ibn Habib, apodado Musailima el Mentiroso, es decir, el falso Musailima, llegó a Medina junto con una delegación. Al contemplar el esplendor de la capital del Estado islámico, despertó en él una intensa fascinación por el poder. Escribió una carta al Mensajero (s.a.s.), exigiendo compartir el poder del Gobierno islámico, e incluso lo amenazó. El Mensajero (s.a.s.) rechazó tajantemente su exigencia. Impaciente por ello, se proclamó profeta. Ya era literato. Imitando el estilo de las aleyas del Corán, componía frases con palabras rimadas y se las recitaba a los nómadas analfabetos del desierto. Como algunas personas aún mantenían vínculos con la época de la ignorancia y todavía no habían alcanzado una madurez suficiente en la educación islámica, y como aún quedaban ciertos resentimientos y sentimientos de orgullo regionales y tribales, no le faltaron algunos seguidores. Además, en su revelación inventada se habían declarado exentos el rezo y se habían legalizado el adulterio y el juego; por ello, los miembros de la clase pecadora acudieron en masa a su lado. La fuerza que creó contra el movimiento islámico fue destruida por completo durante el gobierno del venerable Abu Bakr.
2- Una mujer vecina de Musailima también se proclamó profetisa. Musailima se reunió con esta mujer, llamada Sajah, y mediante conversaciones secretas ambos establecieron una alianza. En cierto momento, su existencia terminó disolviéndose en la de Musailima. La literatura obscena de Musailima arrastró a Sajah en una ola de sexualidad. Más tarde, cuando Musailima murió luchando contra los musulmanes, Sajah se arrepintió y permaneció fiel al islam hasta el final de su vida.
3. Después del Peregrinaje de Despedida, Aswad al-Ansi se rebeló en la fértil y políticamente importante región del Yemen, proclamando ser profeta. Su verdadero nombre era Dhu al-Jimar Abhala ibn Ka’b. Consiguió algunos seguidores de la tribu de Madhhaj. Su influencia se extendió también por la región de Najrán. La principal causa de su creciente influencia eran sus hechizos y prácticas mágicas. Hizo asesinar a algunos funcionarios no militares del Gobierno islámico y a trabajadores dedicados a la predicación, y expulsó a varias personas de su propia región. El Mensajero (s.a.w.) envió instrucciones a los funcionarios de las zonas cercanas para que reunieran fuerzas y sofocaran la rebelión. Después de hacer asesinar a un musulmán de origen iraní, se apoderó por la fuerza de su hermosa esposa. Esta mujer era una creyente de fe firme. Con su ayuda, el Gobierno islámico pudo derrotar a Aswad. Este intrigante fue eliminado apenas dos o tres días antes del fallecimiento del Mensajero (s.a.w.), y sus colaboradores también fueron exterminados. Sin embargo, la influencia de la desviación que había difundido se extendió desde Hadramaut hasta Taif, y solo pudo ser completamente erradicada durante la primera parte del califato de Abu Bakr.
5. En la mente de Laqit ibn Malik al-Azdi, sucesor de Hawdha ibn Ali, gobernante de Omán, también comenzaron a agitarse toda clase de pensamientos de extravío.
Todas estas fuerzas del mal pudieron levantar la cabeza en distintas regiones gracias únicamente al apoyo de los antiguos adoradores de la ignorancia pagana de las zonas circundantes, de los hipócritas, de los inclinados al crimen, de los viejos aficionados al adulterio, al alcohol, al juego y a la usura, de quienes deseaban volver al antiguo tribalismo en lugar de la fuerza unificada del islam, de quienes se negaban a pagar el zakat, de quienes se sentían secretamente resentidos al ver que los bienes del zakat eran enviados a Medina y de personas fascinadas por pequeños liderazgos. Estas fuerzas del mal organizaron a aquellos viejos pecadores egoístas, y las fuerzas agonizantes de la ignorancia pagana hicieron un último intento por restablecer su dominio.
Pero el liderazgo creado por el Mensajero (s.a.w.) reprimió con mano firme a todas estas fuerzas del mal incluso en una situación extremadamente peligrosa, y sometió a todos los habitantes de Arabia a los lazos de una disciplina inquebrantable.
La mayor asamblea del movimiento islámico
El hajj es un acto de adoración de alto rango en el islam. La Noble Kaaba y su sagrado recinto, que fueron el centro de la predicación de Abraham; el Noble Santuario, en cada una de cuyas partículas están grabados recuerdos de enorme valor en la historia del islam; cuyo aire resuena con las súplicas de Abraham e Ismael (a.s.); y cuyo entorno entero está impregnado de los recuerdos de la vida y las obras del propio Mensajero (s.a.w.): esa Noble Kaaba se convirtió, mediante el hajj, para siempre en el centro mundial de la predicación y el movimiento islámicos. Para todo musulmán capaz, es obligatorio presentarse al menos una vez en la vida en este centro durante los días establecidos del hajj, cumplir sus ritos, revivir la sunna del sacrificio de Abraham, estudiar las historias de vida de los profetas anteriores y aprender de ellas, establecer vínculos con los hermanos y hermanas musulmanes llegados de todo el mundo y, apartándose de todas las demás direcciones, entregarse a Allah con absoluta humildad. La orden que estableció el hajj como obligatorio fue promulgada en el noveno año de la Hégira.
Ese mismo año, el Mensajero (s.a.w.) nombró a Abu Bakr al-Siddiq (r.a.) amir del hajj, es decir, jefe de la delegación de peregrinos, y lo envió a La Meca junto con trescientos Compañeros para que dirigiera la realización del hajj. A propósito de este hajj, mencionaré varios asuntos importantes, pues este acontecimiento es sumamente importante en la historia del movimiento islámico, tanto desde el punto de vista religioso como político.
Además de nombrar a Abu Bakr al-Siddiq (r.a.) como amir, también se confió otra responsabilidad a Ali (r.a.). Debía recitar ante la asamblea del hajj los primeros cuarenta versículos de la sura At-Tawba y transmitir a la gente las proclamaciones urgentes reveladas por Allah. La primera proclamación decía que a quienes, manteniéndose en el antiguo sistema de la ignorancia pagana y el politeísmo, habían protegido sus intereses mediante tratados con el Mensajero (s.a.w.) o con el Estado islámico, se les concedían otros cuatro meses. Transcurrido ese plazo, todos los tratados de este tipo quedarían anulados por orden de Allah.
Durante estos cuatro meses, ellos debían decidir qué curso de acción seguirían: si renunciarían a la ciudadanía del Estado islámico, si combatirían o si vivirían como musulmanes en el Estado islámico. Es decir, también era necesaria una declaración pública para anular los pactos de ese tipo, mediante los cuales el Estado islámico ya no podía mantener entidades independientes dentro de sus fronteras y satisfacer sus propias demandas y necesidades. Además, el plazo de cuatro meses concedido a las partes contrarias era suficiente. También se les había dado la oportunidad de que cualquier politeísta que quisiera comprender el islam durante ese período pudiera ir y regresar con seguridad a Medina. Asimismo, a los politeístas que habían cumplido honestamente el pacto se les concedió este beneficio adicional: sus pactos no serían anulados después de cuatro meses, sino que permanecerían vigentes hasta el plazo establecido. La verdadera presión recaía sobre aquellos politeístas que habían mantenido una hostilidad extrema y librado guerras contra el islam; que, al entablar conflictos, habían violado todas las normas morales; que habían incumplido repetidamente sus promesas y habían quebrantado todas las reglas de humanidad, cortesía y decoro. Eran los politeístas que habían impedido a la gente seguir el camino de la verdad, que habían intentado encontrar defectos en la religión de Alá, que habían procurado expulsar al Mensajero de Alá de su casa y que siempre habían iniciado los ataques y provocado guerras y enfrentamientos.
El segundo anuncio establecía que, en el futuro, ningún politeísta sería nombrado administrador de la Kaaba. El tercer anuncio establecía que, en el futuro, ningún politeísta podría entrar en los límites del Santuario Sagrado. Al respecto, Ali —que Alá esté complacido con él— comunicó también, en nombre del Mensajero de Alá —la paz y las bendiciones de Alá sean con él—, que desde entonces nadie podría circunvalar la Kaaba desnudo. El cuarto anuncio establecía que los cuatro meses sagrados prohibidos, fijados por Alá, permanecerían vigentes y que nadie tenía derecho a efectuar en ellos el menor cambio. También se hizo saber, de paso, que, por mucho que les disgustara a los politeístas, Alá había enviado a Su Mensajero al mundo precisamente para establecer plenamente y hacer victoriosa esta religión Suya.
Algunos dicen toda clase de cosas extravagantes y absurdas acerca de esta responsabilidad adicional que recibió Ali —que Alá esté complacido con él—. Sin embargo, el asunto se limitaba a lo siguiente: el Mensajero de Alá —la paz y las bendiciones de Alá sean con él— había designado a Abu Bakr —que Alá esté complacido con él— como emir y lo había dejado en su lugar, mientras que había enviado a Ali como representante personal, secretario personal o emisario, para comunicar un importante anuncio religioso y político. Quienes tienen una comprensión correcta de la administración del gobierno saben que, en ciertos casos, no hay otra alternativa que adoptar una medida así. Incluso cuando un gobierno cuenta con un gobernador, puede ser necesario enviar un emisario separado para una necesidad especial.
Ahora describiremos aquella inmensa asamblea del Hayy, en la que el Mensajero de Alá —la paz y las bendiciones de Alá sean con él— participó personalmente y donde un océano de miembros del movimiento islámico permanecía escuchando sus palabras con la mirada fija en su rostro. Cuando, en el décimo año de la Hégira, el Mensajero de Alá —la paz y las bendiciones de Alá sean con él— decidió realizar el Hayy, se anunció la noticia en todas las regiones. Las caravanas de los heroicos combatientes de la revolución islámica comenzaron a reunirse en Medina desde todas direcciones. En este viaje, todas las Madres de los creyentes acompañaron al Mensajero de Alá —la paz y las bendiciones de Alá sean con él—. Se puso el ihram en Dhul Hulayfa, y allí mismo entonó el histórico talbiya que brota del alma de todos los peregrinos que comparecen ante la presencia de Alá. Este talbiya era: «Labbayka Allahumma labbayk…». Es decir: «Aquí estamos, oh Alá, aquí estamos. Toda alabanza es Tuya, toda bendición es Tuya, todo el dominio es Tuyo; no tienes asociado alguno».
Durante el trayecto, cada vez que tenían que subir o bajar una montaña, todos entonaban al unísono: «Labbayka, labbayka».
Al acercarse a La Meca, hizo una breve pausa en Zu Tuwa. Después entró en La Meca acompañado por aquel inmenso océano de musulmanes. Primero realizó la circunvalación ritual. Luego fue a Safa y Marwa. Desde allí, volviéndose hacia la Kaaba, proclamó la unicidad de Alá. El nueve de Dhul Hiyya llegó a Wadi Namira. Después del mediodía llegó a la llanura de Arafat. Allí subió a una colina y, sentado sobre el lomo de su camella llamada Qaswa, pronunció el sermón. Los recitadores estaban de pie alrededor y repetían cada frase. De ese modo, cada palabra pronunciada por el Mensajero de Alá —la paz y las bendiciones de Alá sean con él— llegaba a los oídos de todos los presentes.
Ese día, un sentimiento extraordinario dominaba el corazón del Mensajero de Alá —la paz y las bendiciones de Alá sean con él—. Ante él se encontraban los frutos de toda una vida de esfuerzo: ciento cuarenta y cuatro mil musulmanes, o, según otra versión, ciento veinticuatro mil.
El manifiesto internacional del movimiento islámico
En ese momento, el Mensajero (s.a.s.) pronunció dos sermones. El primero, el 9 de Dhul-Hiyyah, desde el monte de Arafat. El segundo, el 10 de Dhul-Hiyyah, en Mina. En algunas narraciones, el contenido de ambos sermones se ha mezclado.
Estos dos sermones poseen una importancia extraordinaria por varias razones. En primer lugar, el Mensajero (s.a.s.) pronunció un sermón ante la mayor congregación islámica, en un momento en que el retoño de la palabra de la verdad que él había plantado se había convertido en un enorme árbol y comenzaba a dar frutos. Alcanzar un éxito tan grande después de atravesar una época de intensa oposición constituye por sí mismo una gran prueba de la vida y del carácter. Si en aquellas circunstancias hubiera sido, en vez del Mensajero (s.a.s.), una persona mundana y un conquistador que hubiera obtenido únicamente éxitos y victorias políticas, se habría entregado a todos los placeres y lujos, y, llevado por la vanidad y la arrogancia, habría terminado colocándose en el trono de Dios. Si cualquier otra persona egoísta que no fuera el Mensajero (s.a.s.) hubiera llegado a esa posición, habría arrojado lejos todo el manto de la religiosidad y se habría presentado bajo una forma diferente. Pero se observa en el Mensajero (s.a.s.) aún más humildad que antes y una gratitud hacia Allah mayor que antes. En segundo lugar, como el Mensajero (s.a.s.) había comprendido, mediante su sabiduría y perspicacia, que aquella era la última oportunidad que tendría para hablar ante una congregación musulmana tan grande, ofreció en este sermón un testamento que contenía instrucciones de despedida, cuyas palabras eran todas valiosas. En tercer lugar, después de haber alcanzado este grado de plenitud en los asuntos del Estado, aquel era el momento adecuado para presentar, en nombre del movimiento islámico, un mensaje o manifiesto dirigido a toda la humanidad. Por ello, cumplió esta responsabilidad de la manera más perfecta. En cuarto lugar, estos dos sermones son una muestra de la máxima elocuencia del Mensajero (s.a.s.) y figuran entre sus discursos más hermosos y ricos en recursos retóricos. Gracias a ellos resulta fácil comprender la grandeza y la excelencia de esta noble y santa personalidad.
Cabe señalar que una parte de estos dos sermones está relacionada con situaciones y problemas internos específicos, mientras que otra contiene un manifiesto internacional. El propio discurso principal deja clara esta división.
El sermón de Arafat
-Toda alabanza pertenece a Allah. Solo a Él alabamos. Solo de Él pedimos ayuda. Solo a Él pedimos que perdone nuestros pecados. Solo ante Él presentamos nuestro arrepentimiento. Buscamos refugio en Él contra las actividades perjudiciales de nuestras pasiones y contra nuestras propias acciones injustas. A quien Allah ayuda a seguir el camino recto, nadie puede desviarlo. Y a quien Allah no concede la oportunidad de recibir la guía, nadie puede conducirlo por el camino recto y correcto.
-Declaro que no hay ninguna divinidad excepto Allah. Él es Uno y Único. No tiene ningún asociado. Muhammad (s.a.s.) es Su siervo y Su Mensajero.
-¡Oh, siervos de Allah! Os aconsejo y os exhorto a servir y obedecer únicamente a Allah.
-Comienzo mi discurso con palabras de bondad.
-¡Oh gente! Escuchad atentamente mis palabras. Os lo explico con claridad, pues no creo que vuelva a encontrarme con vosotros en este lugar después de este año.
-¡Oh gente! La vida y los bienes de cada uno de vosotros son inviolables para los demás. Observad esta norma hasta que lleguéis ante vuestro Señor. Vuestro mes, vuestra ciudad y vuestro día son igualmente sagrados.
-Sabed que os he transmitido el mensaje. ¡Oh Allah, sé testigo!
-Quien tenga algo en depósito de otra persona, que se lo entregue a su dueño.
-Queda abolida toda usura de la época de la ignorancia. La primera usura que abolí fue la de mi tío Abbas.
-Quedan abolidas todas las reclamaciones de venganza por los asesinatos de la época de la ignorancia. La primera reclamación de sangre que abolí fue la de Amir ibn Rabi’a. Quedan abolidos todos los cargos, títulos y honores de la época de la ignorancia. Solo permanecerán los cargos de custodio de la Kaaba y de suministrar agua a los peregrinos.
-El castigo por el asesinato intencionado es la pena de muerte. La compensación por el asesinato involuntario es de cien camellos. Exigir más de cien camellos en este caso sería una práctica de la época de la ignorancia.
-¡Oh gente! Después de que el islam se haya establecido, Satanás ya no espera que se le obedezca en esta tierra. Sin embargo, si le obedecéis en los pecados que consideráis leves, también se alegrará de ello.
-¡Oh gente! Alterar los meses sagrados es una forma aún mayor de incredulidad. Los incrédulos se extravían todavía más al considerar un año sagrado y otro permitido, adelantándolos y retrasándolos para completar de algún modo el número establecido.
-Ciertamente, el tiempo, siguiendo su ciclo, ha regresado hoy a su punto inicial, donde se encontraba el día en que Allah creó los cielos y la Tierra. Es decir, para Allah los meses son ciertamente doce. Desde que Allah creó los cielos y la Tierra, el número de meses ha quedado escrito así en Su decreto oculto. Cuatro de ellos son sagrados. Tres son consecutivos: Dhul-Qa’dah, Dhul-Hiyyah y Muharram. El otro es independiente: el mes de Rajab, situado entre Yumada al-Thani y Shaabán.
-Sabed que he transmitido el mensaje. ¡Oh Allah, sé testigo!
-¡Oh gente! Vuestras mujeres tienen ciertos derechos sobre vosotros.
Vosotros también tenéis ciertos derechos que os corresponden sobre ellas. Es vuestro deber no permitir que nadie, salvo vosotros, entre en vuestro dormitorio. No es apropiado que vuestras esposas permitan entrar en la casa, sin vuestro permiso, a una persona que no os agrada. Las esposas no deben cometer actos desvergonzados ni obscenos. Si lo hacen, Allah os ha permitido separaros temporalmente de ellas para corregirlas. Si después se comportan obedientemente, es vuestra responsabilidad proporcionarles el sustento conforme a las normas. Ciertamente, las mujeres están bajo vuestra autoridad. No pueden hacer por sí mismas todo lo que contribuye a su bienestar. Las habéis tomado como compañeras bajo la custodia de Allah y disfrutáis de sus cuerpos conforme a la ley de Allah. Por tanto, temed a Allah en lo relativo a las mujeres y educadlas y formadlas de la mejor manera.
-Sabed que he transmitido mi mensaje. ¡Oh Allah, sé también testigo!
-¡Oh gente! Los musulmanes son hermanos entre sí. No es lícito que un hermano tome los bienes de otro sin su consentimiento.
-¡Cuidado! He transmitido el mensaje. ¡Oh Allah! Sé también testigo.
-Después de mí, no abandonéis esta hermandad islámica para adoptar una vida propia de incrédulos y comenzar a degollaros unos a otros.
-Os dejo algo que, si os aferráis a ello, no os extraviaréis. Es el Libro de Allah.
-Atención, he transmitido el mensaje. ¡Oh Allah, sé también testigo!
-Se os preguntará acerca de mí. Decid, ¿qué diréis? La gente exclamó al unísono: “Damos testimonio de que usted ha transmitido el mensaje y ha hecho todo lo que debía hacerse por el bienestar de la umma. Ha levantado todos los velos que cubrían la verdad y nos ha entregado el depósito de Allah”.
-¡Oh Allah, sé testigo! ¡Oh Allah, sé testigo! ¡Oh Allah, sé testigo!
-Que quienes están presentes transmitan estas palabras a quienes están ausentes. Tal vez algunos de los ausentes las recuerden y las conserven mejor que algunos de los presentes.
-¡Oh gente! Allah, el Altísimo, ha establecido para cada heredero su parte fija de la herencia. No está permitido legar más de un tercio de los bienes.
-El hijo pertenece a aquel cuyo lecho le dio nacimiento. Y para el adúltero, las piedras.”
Quien reconozca como padre a alguien que no sea su propio padre, o quien, siendo esclavo, reconozca como amo a alguien que no sea su señor, ¡sobre él recaerá la maldición de Allah, de los ángeles y de toda la humanidad! El Día del Juicio no se aceptará de él ninguna compensación.
Que la misericordia y la paz de Allah desciendan sobre vosotros.
El sermón de Mina
¡Oh, gente! Después de mí no vendrá ningún nuevo profeta, ni después de vosotros surgirá ninguna nueva umma. Así pues, escuchad con atención y adorad a vuestro Señor. Realizad las cinco oraciones diarias. Ayunad durante Ramadán. Dad con entusiasmo el zakat de vuestros bienes. Cumplid el Hajj y obedeced a vuestros líderes y responsables, para que podáis entrar en el Paraíso de Allah.
Lo que el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, expuso en estos dos sermones como manifiesto internacional está más allá del pensamiento y la imaginación humanos. Más aún, ningún otro manifiesto ha podido realmente formar seres humanos de tan elevada calidad como este. En él se proclamó la revolucionaria doctrina de la unicidad de Allah. La servidumbre a Allah y la adoración fueron presentadas como la fuerza motriz fundamental del sistema de vida islámico. En él se declaró inviolable la vida y los bienes de los musulmanes entre sí, y se estableció como indispensable la pena de muerte por asesinato. Se anunció la decisión de abolir la práctica jahilí de la usura. Se anuló la cadena ininterrumpida de venganzas y contravenganzas de la época preislámica. Se eliminaron los rangos y títulos de la época de la ignorancia. En él se definieron los derechos del esposo y la esposa. Se fortalecieron los fundamentos del sistema familiar. Al declarar a las mujeres un depósito confiado por Allah, se ordenó tratarlas bien. En él se declaró obligatoria la relación de hermandad entre los seguidores del Islam. El Libro de Allah fue denominado fundamento del sistema de vida islámico. Sobre la base de la unicidad de Allah y de la unidad del padre de la humanidad, se presentó el concepto de unidad humana. Las diferencias geográficas y genealógicas fueron señaladas como carentes de valor, y la honestidad y el temor de Allah como criterios de honor y nobleza.
Siempre que el movimiento islámico se desarrolle y el sistema islámico se establezca, en cualquier lugar de la Tierra, su fundamento se asentará precisamente sobre estas ideologías firmes e inquebrantables. Este manifiesto es el manifiesto fundamental del Islam, y se puede convocar a la humanidad hacia él. Cualquier estructura de vida que se construya en oposición a este manifiesto será no islámica, y ningún musulmán genuino puede aceptarla. Podemos convertir este manifiesto en la piedra de toque para evaluar las actividades de cualquiera de nuestros dirigentes y valorar a su luz cada medida de nuestros gobiernos. En el espejo de este manifiesto también podemos contemplar nuestro propio rostro, así como los demás sistemas sociales no islámicos.
Este es el último sermón de nuestro amado Profeta. Él pronunció este sermón precisamente para nosotros. Este sermón es el testamento del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Después de exponer cada una de sus partes importantes, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo con voz llena de emoción: «He transmitido el mensaje de Allah». Al leer estas palabras, deberíamos volvernos prudentes y conscientes. Deberíamos arrepentirnos de nuestra conducta hasta el momento, arrojar las cadenas de la servidumbre al sistema no islámico y convertirnos en seguidores del modelo de vida del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. También deberíamos avanzar para hacer realidad la misión por la que el Mensajero soportó tantas dificultades y persecuciones, una misión para cuyo cumplimiento no existe paralelo de paciencia y perseverancia.
El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, cumplió el Hajj de manera ordenada y pacífica. Se reunió con todos los musulmanes que estaban realizando el Hajj. La gente le hizo muchas preguntas. Después concluyó este viaje sagrado mediante el tawaf de despedida.
Esta era la escena de la culminación del islam. La entusiasta y espontánea reunión de ciento cincuenta mil personas dio testimonio de que el movimiento islámico había obtenido la verdadera victoria en la lucha por la opinión pública y en el esfuerzo por transformar el interior de los corazones. Y fue precisamente esta transformación interna la que trajo una revolución al mundo exterior en su conjunto.
Después del fallecimiento del Mensajero (s.a.s.)
Hasta aquí hemos presentado los resultados del movimiento dirigido por el Mensajero (s.a.s.). Poco tiempo después, él falleció. Pero los musulmanes que él había formado y educado continuaron con esta labor, y el movimiento islámico se extendió por un territorio inmenso en apenas diez o quince años.
Por la manera en que el Mensajero (s.a.s.) participó en la Peregrinación de Despedida, por la forma en que se dirigió a sus compañeros y por el lenguaje con que les dejó sus últimas instrucciones y les hizo sus peticiones, se podía comprender que el Mensajero (s.a.s.) se había despedido colectivamente de todos. Durante el regreso, mientras hacía una parada junto al estanque llamado Ghadir Khumm, pronunció otro discurso dirigido a sus compañeros más destacados. En este discurso, su actitud de despedida se hizo aún más evidente. Su lenguaje era también tal que hacía llorar al escucharlo. Primero alabó a Allah, como era su costumbre. Luego dijo:
«¡Oh gente! Soy un ser humano. Quizá muy pronto venga a mí el enviado de Allah y yo responda a su llamado. Os dejo dos cargas de responsabilidad. Una de ellas es el Libro de Allah. En él se encuentran la guía hacia el camino recto, la luz y la sabiduría». Después pronunció varias palabras de exhortación y advertencia acerca del Corán. Luego dijo: «La segunda carga son los miembros de mi familia. Os exhorto, por Allah, a que recordéis a Allah con respecto a los miembros de mi familia».
Para eliminar los extravíos de quienes, al calificar a los profetas de seres sobrehumanos y no humanos, habían abierto diversos caminos de desviación, él se describió a sí mismo como un ser humano. Los profetas que durante toda su vida lucharon por extirpar el politeísmo y establecer la unicidad de Allah; por una cruel ironía del destino, los exagerados calificaron precisamente a esos profetas como hijos de Allah y los consideraron parte de Allah y seres eternos. Antes de que se acercara el momento de su partida, el Mensajero (s.a.s.) advirtió a sus compañeros diciendo: «Soy un ser humano». Por tanto, la ley de Allah también se aplicará a mí, como a los demás seres humanos. Después les ordenó con firmeza seguir el Corán y lo calificó como una carga de responsabilidad. Esto se debía a que los parientes cercanos del Mensajero (s.a.s.) habían sido testigos directos de su vida y depositarios de sus valiosas enseñanzas. En este sentido, eran para la comunidad una fuente de la enseñanza islámica. Por otro lado, él no les dejó ninguna riqueza y encomendó su futuro a Allah. Por eso era evidente que, después del Mensajero (s.a.s.), los musulmanes tendrían una enorme responsabilidad respecto de ellos. Sin embargo, debido a su intenso sentido del honor, no hizo ninguna declaración explícita sobre este asunto y se limitó a insinuarlo.
En este mismo discurso, o quizá en algún otro posterior, el Mensajero (s.a.s.) dijo también algo a los musulmanes en general y a los nobles Compañeros, en vista de una necesidad extraordinaria. El asunto era que algunos Compañeros enviados al Yemen con el honorable Alí habían tenido cierto desacuerdo con él sobre una cuestión. En realidad, durante la realización de grandes tareas, a veces surgen situaciones tan difíciles que, junto con las diferencias de temperamento, aparecen también divergencias de opinión. En ocasiones, debido al intercambio de palabras amargas o acaloradas, el resentimiento o el descontento se acumula en el corazón, aunque sea temporalmente. Es absolutamente imposible que una organización creada por seres humanos, ya se haya organizado exclusivamente para una labor puramente islámica o aunque su dirección esté en manos de personas intachables como los profetas, quede libre de todas las debilidades propias de la naturaleza humana. Las diferencias de opinión y los conflictos emocionales pueden aparecer incluso en una sociedad completamente honesta, sincera, pura y perfecta. Por eso, para llevar a cabo grandes tareas se necesitan personas magnánimas, tolerantes, pacientes y generosas, capaces de convivir y adaptarse aun cuando surjan discrepancias. También en la organización de los nobles Compañeros surgían ocasionalmente conflictos. Pero, gracias a su extraordinaria tolerancia, la cooperación continuaba a pesar de esas disputas. Aunque surgieran amargura y tensión, eran temporales. En este caso también se había producido una situación de ese tipo. En particular, el efecto del desacuerdo había sido tan intenso en el corazón del honorable Buraida que presentó una queja contra el honorable Alí ante el Mensajero (s.a.s.). Sin embargo, que surgiera una acusación contra una personalidad de primer rango como el honorable Alí, que se prolongara, se convirtiera en una aflicción personal y después fuera presentada como queja ante el Mensajero (s.a.s.) era un asunto bastante complejo. Al escuchar la queja, el Mensajero (s.a.s.) se afligió y el color de su rostro cambió. En este contexto, siguiendo su costumbre habitual y sin mencionar el nombre de nadie, dijo: «Aquel de quien soy amigo, Alí también es su amigo. ¡Oh Allah!, sé amigo de quien sea amigo de Alí y sé enemigo de quien sea enemigo de Alí».
Todos saben que, en el movimiento al que el Mensajero (s.a.s.) había entregado todo cuanto poseía, el honorable Alí también había sacrificado todo cuanto tenía. Era el promotor de la misma predicación, el abanderado de la misma misión, un seguidor del mismo pensamiento y un caminante por el mismo sendero; además, era un pariente tan cercano que no era posible establecer entre ambos la más mínima separación. ¿Cómo era posible amar a uno de esos dos y sentir hostilidad hacia el otro? Esa era precisamente la relación que existía entre el Mensajero (s.a.s.) y sus compañeros más cercanos. Toda la organización estaba profundamente unida por los lazos de la hermandad en la fe, el ideal y el objetivo. En particular, entre sus miembros de la primera fila, a quienes el Mensajero (s.a.s.) había formado especialmente, no había ninguna posibilidad de hacer distinciones, amar a unos y guardar resentimiento contra otros. El Mensajero (s.a.s.) se había afligido porque, si en el grupo que había formado durante años el vínculo de la hermandad era tan débil, si se albergaban descontento y resentimiento contra sus figuras principales y las diferencias de opinión daban lugar a un resentimiento personal duradero, ¿cómo podrían los musulmanes avanzar hacia un objetivo tan grandioso?
En ese momento, el Mensajero de Allah (s. a. s.) veía que se acercaba la hora de su partida. Estaba absorto en el pensamiento de que ahora toda la carga de las responsabilidades iba a depositarse sobre los hombros de esta organización. En el futuro, los musulmanes tendrían que seguir, en lugar del Mensajero de Allah (s. a. s.), a esta línea de liderazgo, en la que él había incluido a sus compañeros más leales y formado durante mucho tiempo, y a cada uno de cuyos miembros amaba profundamente. Por eso pronunció aquellas palabras con un lenguaje sumamente severo, con el propósito de advertirles. Es sorprendente que algunas personas hayan extraído de esas mismas palabras una doctrina sobre el nombramiento del califa posterior al Mensajero de Allah (s. a. s.). No comprendo cómo llegaron a esa conclusión.
Esta discusión surgió de manera puramente incidental. De lo contrario, nuestro verdadero propósito era poner de manifiesto que, durante todo el viaje del Hayy de la Despedida, el Mensajero de Allah (s. a. s.) sentía que su viaje al Más Allá estaba ya próximo. A la luz de ese sentimiento, continuó dando diversas instrucciones y haciendo importantes legados.
Desde el comienzo del mes de Safar del undécimo año de la Hégira, el alma pura del Mensajero de Allah (s. a. s.) comenzó a prepararse para emprender el viaje al Más Allá. Un día se dirigió a Uhud y, postrándose, suplicó por los mártires de Uhud. Al regresar, pronunció nuevamente el siguiente discurso:
«¡Oh, gente! Me despediré de vosotros antes que vosotros de mí y daré testimonio ante Allah acerca de vosotros. ¡Por Allah! Desde aquí mismo estoy viendo el Estanque de Kawzar; me han sido entregadas las llaves de la conquista de diversos imperios. (Es decir, como resultado de la llamada al Islam, diversos territorios serán conquistados.) No temo que, después de mí, os convirtáis en politeístas. Lo único que temo es que caigáis en conflictos y enfrentamientos por intereses mundanos.»
Después, a medianoche, fue al cementerio de Baqi, pidió perdón por los habitantes de las tumbas y dijo: «Yo también me reuniré pronto con vosotros». Luego, un día, reunió especialmente a sus compañeros más distinguidos y les dirigió el siguiente discurso:
«¡Oh, musulmanes! ¡Mis felicitaciones para vosotros! Que Allah os cubra con Su misericordia, aparte de vosotros las aflicciones de vuestro corazón, os conceda sustento, os ayude, os haga prosperar y os otorgue paz y seguridad. Os ordeno temer a Allah, os encomiendo a Su cuidado y os exhorto a estar atentos respecto de Él, pues soy un amonestador manifiesto. Mirad: no actuéis con arrogancia ni altivez entre los siervos de Allah en las tierras de Allah. Allah, el Altísimo, me ha dicho a mí y a vosotros: “He destinado aquella morada del Más Allá a quienes no desean actuar con arrogancia ni sembrar la corrupción en la tierra. Y el éxito en la otra vida pertenece únicamente a los piadosos”. Que la paz sea con todos vosotros y con todos aquellos que, tras aceptar el Islam, están incluidos en mi bai‘at.»
Después de regresar del cementerio de Baqi, comenzó a sentir un leve dolor de cabeza. El día 29 de Safar, al ir y volver del funeral de una persona fallecida, el dolor de cabeza empeoró. Durante la fase inicial y leve de la enfermedad, acudió durante once días a la Mezquita del Profeta y dirigió personalmente la oración. Al agravarse la enfermedad, permaneció una semana acostado en la cama de su habitación. Después, cuando la enfermedad empeoró aún más, pidió permiso a todas sus demás esposas y se trasladó a la habitación de Aisha.
Aunque avanzaba poco a poco hacia la muerte a causa de la enfermedad, no olvidó la responsabilidad del movimiento islámico. La expedición destinada a las batallas de Tabuk y Mu’ta aún no se había completado. Existía el temor de que los enemigos cobraran ánimo ante la menor muestra de negligencia. Por eso, en esas circunstancias, el 26 de Safar ordenó a los musulmanes prepararse para la expedición contra Roma. Al día siguiente nombró comandante de esa expedición a Usama ibn Zayd. Le dijo: «Ve, invocando el nombre de Allah, llega al lugar donde tu padre alcanzó el martirio y dirige un ataque contra quienes desobedecen a Allah». Con sus propias manos confeccionó un estandarte y se lo entregó a Barida ibn Jusaiب al-Aslami. Como era joven y, además, hijo de Zayd, el esclavo liberado y ahijado del Mensajero de Allah (s. a. s.), algunas personas comenzaron a murmurar sobre el nombramiento de Usama: ¿por qué se había nombrado comandante a este adolescente, habiendo tantos grandes Ansar y Muhayirun? Cuando el asunto llegó a oídos del Mensajero de Allah (s. a. s.), quedó profundamente afligido y, a pesar de su intenso sufrimiento, se vendó la cabeza y acudió a la mezquita. Luego pronunció un discurso semejante al de Gadir Jum, en el que dijo:
«He oído que habéis dicho varias cosas sobre Usama. Anteriormente también objetasteis que su padre fuera nombrado comandante. Sin embargo, ¡por Allah!, él era digno de ese cargo. Y su hijo también es digno de él. Zayd ibn Hariza era para nosotros el más querido de todos, y ahora su hijo Usama es para nosotros el más querido de todos.»
Anteriormente —cinco días antes de su fallecimiento— se bañó vertiéndose sobre la cabeza siete odres de agua. Cuando el baño alivió un poco su cuerpo, lo llevaron a la mezquita sosteniéndolo. Allí pronunció su último sermón ante la reunión de los compañeros. Dijo:
«Los pueblos que os precedieron adoraban las tumbas de los profetas y de los hombres piadosos. No hagáis eso. Después de mi fallecimiento, no convirtáis mi tumba en un lugar de adoración. Es inevitable que la terrible ira de Allah descienda sobre quienes adoren las tumbas de los profetas. Os prohíbo hacer esto. Os he transmitido el mensaje verdadero. ¡Oh Allah, sé Tú mismo testigo de ello!»
Después dirigió la oración y, al terminarla, volvió a decir:
«Os advierto con respecto a los Ansar. Ellos eran como la vestimenta de mi cuerpo y el sustento de mi camino. Han cumplido con su responsabilidad. Ahora queda que vosotros cumpláis los derechos que ellos tienen sobre vosotros. Otros prosperarán, pero los Ansar permanecerán donde estaban. Valorad a los Ansar que sean rectos y dignos, y perdonad a quienes cometan errores. Allah, Altísimo, había dado a Su siervo la opción de aceptar este mundo y sus placeres, o aceptar lo que hay para él junto a Allah. Pero el siervo eligió lo que Allah había destinado para él.»
Todo lo que el Mensajero de Allah decía durante su enfermedad expresaba, por lo general, una actitud de despedida. Pero las últimas frases del sermón citado contenían una indicación muy clara. El noble Abu Bakr lo comprendió de inmediato y comenzó a llorar desconsoladamente.
Llegó un momento en que incluso fue incapaz de asistir a la oración comunitaria. Entonces ordenó al noble Abu Bakr que dirigiera la oración en su lugar. Como la enfermedad se agravaba cada vez más, aumentó la inquietud entre los musulmanes. Mientras la gente, angustiada, continuaba yendo repetidamente alrededor de la Mezquita del Profeta, el Mensajero de Allah llegó a la mezquita apoyándose en los hombros del noble Ali y del noble Fadl ibn Abbas, y se sentó en el escalón más bajo del púlpito. Allí pronunció su último sermón, diciendo:
«¡Oh gente! Me he enterado de que teméis por mi muerte. ¿Acaso alguno de los profetas que han venido al mundo ha vivido eternamente? Yo también debo ir ante Allah, y vosotros también debéis ir. Os encomiendo que tratéis bien a los primeros que emigraron, y que los emigrantes se traten bien entre sí.» Después recitó la sura al-Asr y dijo: «Todas las cosas suceden conforme a la voluntad de Allah. No os apresuréis en aquello que requiere demora. Allah no se apresura simplemente porque alguien prefiera la premura. Os encomiendo que tratéis bien a los Ansar. Ellos hicieron de Medina su patria antes que vosotros y consideraron aceptar la fe como su responsabilidad. ¿Acaso no compartieron con vosotros sus cosechas? ¿Acaso no ampliaron sus casas para daros alojamiento? ¿Acaso no os dieron prioridad, aun pasando por alto sus propias necesidades? Yo me iré antes. Vosotros vendréis después y os reuniréis conmigo. Os prometo encontrarnos en el estanque de Kawthar.»
Estos discursos se han relacionado con distintos momentos según las diversas narraciones. Sin embargo, existe la opinión de que todas estas declaraciones formaban parte de un mismo discurso. Probablemente, esta opinión sea la correcta.
El lunes [existe una amplia discrepancia sobre la fecha de su fallecimiento. En algunas narraciones se menciona el día 1, en otras el 2, en otras el 12 y en otras el 13 de Rabīʿ al-Awwal. No obstante, la fecha más conocida es el 12 de Rabīʿ al-Awwal], la salud del Mensajero (s. a. s.) se normalizó un poco por última vez. Se limpió los dientes con un miswāk, levantó la cortina, miró una vez a los Compañeros reunidos y sonrió ligeramente. Pocos instantes después, dijo tres veces:
(**********)
Al mismo tiempo, partió hacia el encuentro con el Altísimo, con la cabeza apoyada en el regazo de Aisha. «En verdad, pertenecemos a Allah y a Él regresaremos».
Hoy partió de este mundo aquella gran personalidad que había otorgado una nueva vida a la humanidad y que había soportado terribles sufrimientos para liberar la caravana de la humanidad de las garras de los bandidos y mantenerla en el camino recto, sin haber buscado recompensa alguna en la vida mundana.
Es difícil siquiera imaginar cuán doloroso fue este acontecimiento trágico para los compañeros más cercanos del Mensajero (s. a. s.), quienes habían permanecido a su lado durante toda su vida. Aquellos que obtenían nueva fuerza e inspiración con tan solo contemplar al Mensajero (s. a. s.) seguramente vieron cómo el cielo y la tierra daban vueltas ante sus ojos. Quizá les pareció que toda la historia de la humanidad se había trastornado por completo. Uthmán quedó mudo y Alí quedó silencioso. Umar perdió el equilibrio mental. Y Abd Allah ibn Unays incluso murió de dolor.
Este terrible acontecimiento luctuoso ya era, por sí mismo, una montaña de dolor. Además, ocurrió en una situación extremadamente peligrosa. Por un lado, existía el temor de una agresión por parte del Imperio romano, y por eso el ejército de Usama estaba partiendo. Por otro lado, se había desatado una oleada de apostasía y de negativa a pagar el zakat. En tercer lugar, el movimiento islámico, al invitar a los Estados vecinos a aceptar el islam, también les había lanzado cierta amenaza. En el ámbito interno existía asimismo el problema de que la cuestión reprimida de la hipocresía podía volver a levantar cabeza. Sin embargo, el Mensajero (s. a. s.) había formado a los musulmanes de manera tan ordenada y perfecta que estos controlaron de inmediato sus emociones y calmaron sus corazones perturbados. Superaron y dejaron atrás la desesperación y la inquietud, y concentraron sus mentes en cumplir sus grandes responsabilidades. Para los seguidores del Mensajero (s. a. s.), tras su fallecimiento, una responsabilidad mucho mayor que llorar la muerte de una persona como él consistía en garantizar la estabilidad y la seguridad de este movimiento y de este sistema estatal, que en una situación semejante podía desintegrarse con la más mínima negligencia. La desaparición repentina de quien durante muchos años se había convertido en la fuerza vital de todo el movimiento y era objeto de la plena confianza y del profundo amor de todos los Compañeros podía crear de inmediato un vacío sumamente peligroso. Si ese vacío no se llenaba a tiempo, podían producirse consecuencias terribles. La organización musulmana formada por el Mensajero (s. a. s.) demostró así una conciencia de la responsabilidad y una firmeza de carácter sin precedentes: llenó inmediatamente aquel vacío y no permitió que los lazos de la disciplina se relajaran en absoluto. No hubo disputas ni conflictos sobre quién sucedería al Mensajero (s. a. s.), ni se desenvainaron espadas, ni se produjo alboroto alguno. En el recinto de Saqīfat Banī Sāʿida, las principales personalidades de la comunidad musulmana se sentaron a deliberar y, tras una breve discusión, eligieron a Abu Bakr al-Siddiq como primer califa, dentro de la democracia shurā del islam, es decir, un sistema basado en la consulta. Más tarde, en la asamblea general de los musulmanes celebrada en la Mezquita del Profeta, aquella decisión fue aprobada por unanimidad.
Después del fallecimiento del Mensajero (s. a. s.), son muy pocos los ejemplos que pueden encontrarse en la historia de la humanidad de la firmeza, perspicacia y competencia que Abu Bakr demostró al expandir la gran labor de دعوت del Mensajero y completar la tarea inconclusa que este había iniciado, así como de la manera en que Umar, Uthmán, Alí y los demás Compañeros destacados lo apoyaron. Este hombre formado por el Mensajero (s. a. s.) demostró que él era el modelo supremo de la humanidad. En altruismo, competencia y perspicacia, no tenía igual. Ni siquiera en las situaciones más difíciles olvidaba sus responsabilidades y deberes.
La historia atestigua que el grupo formado por el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y sus líderes llevaron el movimiento islámico a todos los rincones del mundo en pocos años, y que no se observó una diferencia significativa en el ritmo de esta labor durante la vida del Mensajero y después de ella.
¡Oh Allah, envía bendiciones y paz sobre Muhammad!
Si hoy la existencia de los musulmanes se mantiene en la Tierra, ello es fruto del incansable esfuerzo de esta gran personalidad. Si el mensaje de la verdad y la justicia permanece activo en nuestras mentes y corazones, ello es fruto del esfuerzo de este ser puro. Si él dejó algún ideal y programa para el bienestar y la prosperidad de la humanidad, ese es el resultado de la devoción y la lucha de Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Si hoy surge en nuestros corazones el anhelo de revitalizar el movimiento islámico, surgirá gracias al recuerdo sagrado del sacrificio y la perseverancia de este amado Profeta. Esto solo puede conocerse mediante el método del movimiento islámico y la formación práctica impartida por este guía enviado por Allah, el Altísimo. Si hoy alguien quiere enseñar a la humanidad los valores morales y los principios eternos del éxito, tendrá que aprenderlos del propio Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Si no hubiera llegado al mundo un predicador, maestro, formador y líder como el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, habría sido imposible liberar a la Tierra de la profunda oscuridad de la ignorancia y la necedad. Por eso puede decirse que el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, fue la fuerza vital fundamental de toda la revolución islámica.
Por la extraordinaria y excepcional hazaña de que el Gran Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se convirtió, por el bien de nosotros y de toda la humanidad, en objetivo de una terrible hostilidad; de que soportó sufrimientos insoportables al luchar contra la falsedad; de que entregó todo cuanto poseía a este camino sin aceptar ninguna recompensa; de que después creó una nueva era de la historia, una civilización sagrada y una gran nación o comunidad internacional, y abrió nuevos mundos de conocimiento, ciencia y pensamiento, toda la humanidad está en deuda con este gran amigo y benefactor suyo. Somos incapaces de ofrecer siquiera la mínima compensación por un beneficio tan inmenso. Por eso, ¡oh Allah, el Altísimo!, te suplicamos que aceptes nuestra actitud de gratitud y que, desde los ilimitados tesoros de Tu misericordia, le concedas en nuestro nombre una recompensa digna de esta contribución extraordinaria. Haz descender misericordia, bendiciones y paz sobre el alma del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él; eleva su rango, y concede nuevamente la victoria y la expansión a su predicación y a su movimiento, y permite que un número aún mayor de Tus siervos se beneficie y prospere mediante las bondades y los frutos de la ley islámica. También te suplicamos que concedas al autor y a todos los siervos musulmanes la capacidad de llevar el sagrado depósito de la predicación del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y les otorgues la fortuna de transmitirlo a toda la humanidad. Haz que el movimiento islámico iniciado por el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, vuelva a convertirse en una verdad viva y concreta. Concédenos a todos la fortuna de desempeñar un papel apropiado en la lucha por completar la obra emprendida por el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, mediante la implantación en la Tierra del sistema de justicia que presentó. Pues esta es la mejor manera de expresar gratitud por su beneficio.
(*******)
La obra aún está incompleta
Es una gracia de Allah que haya concedido a un siervo insignificante como yo la oportunidad de realizar esta gran obra, permitiéndome presentar una visión de la biografía y los logros de vida de Su siervo más grandioso. En esta labor estoy profundamente en deuda con mis dignos predecesores, que escribieron obras sumamente valiosas sobre este tema. Además, estoy profundamente en deuda con dos investigadores de nuestra época: Maulana Sayyid Abul A‘la Maududi y el doctor Hamidullah Siddiqi, M. A., Ph. D. De ambos recibí una perspectiva orientada al movimiento, que me reveló muchos aspectos nuevos de la biografía del Profeta. Espero que, al leer este libro, el lector encuentre material para nuevas reflexiones. También estoy agradecido al respetado editor por haberme proporcionado una motivación y un estímulo especiales para realizar esta obra. Que Allah recompense de la mejor manera a todos estos amigos que han infundido motivación y entusiasmo.
Las circunstancias por las que ha atravesado esta obra hasta ahora han sido sumamente lamentables. Muchas veces emprendí el trabajo, pero largos intervalos crearon obstáculos en el camino. A menudo pasaron meses y meses sin que se escribiera ni una sola letra. Sin embargo, alguna fuerza invisible me otorgó repetidamente fuerza y ánimo. Un día me vino de repente este pensamiento: posiblemente sea voluntad de Allah que, puesto que deseo presentar a la gente del mundo la biografía de ese gran ser, deba adquirir al menos una centésima, o una milésima, de sus experiencias. De lo contrario, ¿de dónde brotaría la vitalidad de la escritura? Después de que surgió esta idea, mi fuerza de voluntad se fortaleció tanto que, siempre que pude, hice avanzar la obra cuanto me fue posible. La mayor parte de la segunda mitad del libro tuve que escribirla acostado en la cama. Por eso espero que Allah acepte esta obra y la convierta en un medio para mi salvación y mi bienestar.
Según el plan propuesto, aún queda mucho por hacer en la presente obra en comparación con lo que deseo realizar. Probablemente llegará a abarcar dos o tres volúmenes. En realidad, por ahora solo he presentado una extensa exposición. En cierto sentido, es bastante detallada, pues contiene gran parte del relato de la vida de lucha del Mensajero (la paz sea con él). Sin embargo, en algunos aspectos es concisa, ya que también se han dado en ella indicios sobre ciertos temas importantes de la vida del Profeta. Por ello, temo que algunos puedan llegar a malinterpretarla. Es necesario señalar el trabajo que aún queda por realizar.
El trabajo restante es el siguiente:
-Descripción del entorno geográfico y cultural en el que nació el Mensajero (la paz sea con él).
-Análisis de la misión y los objetivos del Mensajero (la paz sea con él): qué cambios fundamentales quería introducir en la vida humana, así como la naturaleza de su misión y el alcance de su campo de acción.
-La sabiduría propia de un líder, la perspicacia y la sagacidad política del Mensajero (la paz sea con él).
-¿Qué clase de personas surgieron como resultado de la misión del Mensajero (la paz sea con él)?
-¿Cómo colaboraron las mujeres en la lucha del Mensajero (la paz sea con él)?
-Tengo la intención de presentar, en un volumen independiente, un relato de toda la labor reformadora del Mensajero (la paz sea con él) de tal manera que pueda resultar útil en la época moderna. Será necesario exponer, mediante diversos artículos, los nuevos principios, métodos eficaces y la gradualidad con los que el Mensajero (la paz sea con él) estructuró los distintos aspectos de la vida. Entre ellos se encuentran la manifestación de la estrategia divina, el establecimiento de las bases de un sistema educativo para los jóvenes y los mayores de la sociedad, la formación del carácter colectivo, el desarrollo y la reforma económicos, el sistema de defensa y su estabilidad y solidez, la reconstrucción de la infraestructura política, la reorganización de la sociedad y la cultura, la implantación de un sistema islámico de justicia, la formación del liderazgo, el establecimiento de relaciones internacionales y el análisis teórico y práctico de otras medidas reformadoras.
-Descripción detallada de la defensa y las actividades militares del Gobierno islámico del Mensajero (s. a.).
-También existe la posibilidad de escribir un volumen separado en respuesta a las objeciones de quienes las plantean. Ofrecer una perspectiva propia de un investigador para resolver las discrepancias sobre los acontecimientos, las personalidades y las fechas importantes.
-Las fuentes para escribir la biografía del Profeta y una revisión crítica de los trabajos realizados hasta la fecha sobre este tema.
-También existe la intención de preparar varios mapas importantes, cuya presencia facilitaría la comprensión de los acontecimientos. En este ámbito ya se han realizado varios trabajos valiosos en el país. Existe la intención de desarrollarlos aún más. Incluso puede que se prepare un mapa separado sobre la biografía del Mensajero (s. a.) y el movimiento islámico. Se pretende reunir en un mapa mural los diversos datos escritos en el libro.
-Existe la intención de traducir este libro al menos al inglés, bengalí, árabe y hindi. Se espera que así aumente aún más su utilidad. Que Allah conceda la capacidad de llevar a cabo este proyecto y, mediante Su especial misericordia, cree las condiciones propicias y disponga los recursos necesarios para ello.
Naim Siddiqui
Marzo de 1960
Apéndice-1
Acontecimientos de la vida del Profeta: orden cronológico
Los temas tratados en el libro se han ordenado, en líneas generales, cronológicamente. Sin embargo, en los detalles no se ha seguido este orden, sino que se han reunido acontecimientos de distintos periodos según el tema. Pero en la historia y en la ciencia de la biografía, la continuidad cronológica de los acontecimientos tiene una importancia fundamental. Para satisfacer esta necesidad, el siguiente esquema se incluye como apéndice del libro, de modo que, de un solo vistazo, puedan contemplarse todos los acontecimientos importantes de la vida del Profeta.
Las razones por las que existen discrepancias respecto a los días y las fechas de diversos acontecimientos importantes son las siguientes:
Los acontecimientos anteriores a la misión profética del Mensajero (s.a.s.) suelen fecharse según el “Año del Elefante”, es decir, el “año del ataque del ejército de los elefantes contra la Kaaba”, o según el año del nacimiento del Mensajero (s.a.s.), y estos años se correlacionan con el calendario cristiano. Aunque el año 1 del Año del Elefante y el año 1 del nacimiento del Mensajero (s.a.s.) son, en términos generales, el mismo año, el primer día del Año del Elefante fue el día del ataque de los elefantes (es decir, el jueves 17 de Muharram). En cambio, el año del nacimiento del Mensajero (s.a.s.) comienza 50 o 55 días, es decir, aproximadamente dos meses, después del comienzo del Año del Elefante. Los historiadores y narradores han ignorado por completo esta diferencia entre ambos cómputos, o bien no han indicado a cuál de los dos años se refieren. Como resultado, un año comienza en Rabi al-Awwal, mientras que el año lunar habitual comienza en Muharram. De este modo, la confusión en el cálculo aumenta. Por ejemplo, si se considera que el comienzo del año del nacimiento fue el mes de Muharram, la Hégira tuvo lugar en el decimocuarto año del nacimiento. Pero si se considera que el año comienza en Rabi al-Awwal, la Hégira tuvo lugar en el decimotercer año del nacimiento. Los historiadores han registrado ambos cómputos.
Durante su califato, el noble Umar (r.a.) instauró oficialmente el calendario islámico de la Hégira el jueves 20 de Yumada al-Thani del año 17 de la Hégira. Antes de ello, el calendario de la Hégira no se utilizaba de manera regular, ni era habitual fechar los acontecimientos conforme a él. Por esta razón, en las colecciones de hadices auténticos no se encuentra indicación del año de la Hégira en que ocurrió cada acontecimiento. Tras la adopción del calendario de la Hégira, la ordenación cronológica de los acontecimientos anteriores comenzó a realizarse según dicho calendario.
Además, el año lunar cuyo cómputo comienza con la Hégira puede contarse de dos maneras. Una consiste en comenzar el cómputo del año desde Rabi al-Awwal, el mes de la Hégira. La otra consiste en contar el año de la Hégira comenzando desde Muharram, el primer mes del año lunar habitual. Esto significa que el primer año de la Hégira se contará como diez meses, desde Rabi al-Awwal hasta Dhu al-Hiyya. Los expertos en hadices, los autores de biografías proféticas y los historiadores han contado el año de la Hégira de ambas maneras. Sin embargo, rara vez se ha indicado claramente cómo se realizó el cómputo del año.
Además, en las distintas narraciones, el día mencionado junto con la fecha no siempre concuerda con ella. Se toma como base el dato que resulte más fiable de los dos, o aquel respecto al cual exista consenso en las narraciones, y a partir de él se calcula y determina el otro.
El problema más complejo surge al intentar armonizar los calendarios y los distintos sistemas de cómputo de los años. Esto se debe a que las obras históricas no especifican ningún calendario o sistema de cómputo concreto. Esta variación de los calendarios se acentúa también porque, además de los distintos años solares, en ocasiones el propio calendario cristiano tenía simultáneamente más de un sistema vigente: uno solar y otro lunar. Asimismo, las normas de los calendarios cristiano y de otros calendarios fueron modificándose con el tiempo. Ahora bien, al intentar, varios siglos después, hacer coincidir los días y las fechas mediante cálculos, surgen posibilidades de discrepancia desde diversos puntos de vista.
Algunos acontecimientos y actividades no fueron narrados ni siquiera en los hadices importantes con sus días y fechas exactos. A la luz del Corán y los hadices, solo se sabe con certeza que un acontecimiento ocurrió antes o después de otro. Sin embargo, respecto de ciertos acontecimientos —como la autorización del tayammum, la declaración de la prohibición del matrimonio por tiempo determinado, es decir, el matrimonio mut‘a, la aplicación de la norma del hiyab y diversos tratados, batallas y envíos de contingentes militares—, las narraciones de los hadices se contradicen incluso al establecer una mera sucesión cronológica aproximada sin determinar las fechas.
Puede aceptarse, en términos generales, que es difícil presentar detalladamente todos los acontecimientos importantes de la vida del Mensajero, con fechas exactas y verificadas. Incluso entre los grandes autores de obras sobre la sira, los exégetas, los especialistas en hadices y los juristas —acostumbrados a investigar información de reconocido prestigio— se encuentran amplias discrepancias sobre las fechas, y existen largos debates a favor y en contra de la perspectiva de cada uno.
Al escribir esta obra actual sobre la sira, después de estudiar e investigar tanto como me fue posible estas discrepancias y los cálculos del calendario, y de reflexionar profundamente sobre ellos, he establecido una opinión concreta en la «cronología de los acontecimientos tratados» y he mencionado brevemente las discrepancias más importantes. No habría sido apropiado abrumar al lector exponiendo detalladamente todas las opiniones divergentes, ni había aquí espacio para ello. Si se emprendiera esa tarea, tendría que realizarse por separado. En nuestra «cronología de los acontecimientos», los acontecimientos anteriores a la Hégira se han indicado según el año del ‘Am al-Fil (el año de la invasión del ejército de elefantes) o según el año del nacimiento del Mensajero; de lo contrario, en algunos lugares, al expresarlos en años de la profecía, se ha tomado la edad del Mensajero como criterio para determinar el tiempo.
(1) Fecha de nacimiento del Mensajero—
(Lunes de primavera —hay consenso sobre el día de la semana—, día 9 de Rabi al-Awwal, año 1 del Elefante, (50 días después del ataque del ejército de elefantes), correspondiente al 22 de abril de 571 d. C., al 1 de Jyeshtha del año 628 de la era Vikram, al amanecer (después de la salida del sol). Según la opinión más difundida, fue el 12 de Rabi al-Awwal.)
(Al-Tabari e Ibn Jaldún mencionan el 12 de Rabi al-Awwal, mientras que Abu al-Miqdad menciona el 10 de Rabi al-Awwal. Pero, puesto que existe consenso sobre que fue lunes, y el lunes cae precisamente el 9 de Rabi al-Awwal, Muhammad Talat Beg (historiador árabe) y el cadí Sulayman Mansur Puri, después de realizar una minuciosa investigación sobre los cálculos del calendario, se inclinaron por el 9 de Rabi al-Awwal. El célebre astrónomo egipcio Mahmud Pasha afirmó, basándose en pruebas y argumentos científicos, que la fecha del nacimiento del Mensajero fue el 9 de Rabi al-Awwal, correspondiente al 20 de abril de 571 d. C. El erudito Shibli Numani también apoyó esta opinión. Sin embargo, según el sistema gregoriano, el día resulta ser el 22 de abril. Bajo este sistema, el nuevo calendario cristiano entró en vigor a partir de septiembre de 1752. Según las reglas del calendario antiguo, ese día quedó fijado en el 19 de abril del año juliano 5284. También existe discrepancia sobre si el nacimiento del Mensajero tuvo lugar 55 o 50 días después del ataque del ejército de elefantes; aparentemente, la opinión de que fueron 50 días después parece ser la correcta.)
El maulana Abdur Rauf Danapuri, autor de Asahahus Siyar, menciona el 8 o el 12 de Rabi al-Awwal, pero no expone los argumentos del debate. Algunos mencionan el 1 de Muharram y, en cuanto a la fecha cristiana, el 12 o el 15 de febrero. Según Ibn Ishaq, el Mensajero nació después de que hubiera transcurrido la noche del 12 de Rabi al-Awwal. En mi opinión, la fecha del 9 de Rabi al-Awwal es la más digna de consideración.)
(2) Inicio del período de lactancia: a los 4 meses de edad (dos o tres días después de su nacimiento, bebió durante algunos días la leche de Thuwaybah, esclava de Abu Lahab. Pasó el período habitual de lactancia en la casa de su nodriza Halimah. Esta casa estaba situada en el interior del desierto.
(3) Fallecimiento de la madre del Mensajero (s.a.s.) —a los 6 años de edad
(4) Fallecimiento del abuelo del Mensajero (s.a.s.) —a los 8 años, 2 meses y 10 días de edad
(5) Primer viaje a Siria (con su tío Abu Talib) —a los 12 años y 2 meses de edad (durante este viaje tuvo lugar el encuentro con el monje cristiano Bahira)
(6) Primera participación en la guerra de Fuyar —a los 15 años o algo más de edad
(7) Segunda participación en la guerra de Fuyar —algún tiempo después de la primera. Se desconoce la fecha
(8) Incorporación a la organización reformista Hilf al-Fudul —a los 16 años de edad
(9) Segundo viaje a Siria, como comerciante —a los 22 o 25 años de edad
(10) Matrimonio con Jadiya —a los 25 años, 2 meses y 10 días de edad
(11) Comienzo de los acontecimientos misteriosos: 7 años antes de la profecía
(12) Elección como árbitro: a los 35 años de edad
(13) Recepción de la profecía: a los 40 años y 11 días de edad. 9 de Rabi al-Awwal del año 41 del nacimiento, correspondiente al lunes 12 de febrero de 610 d. C.
Durante la restauración de la Kaaba surgió una disputa sobre la reinstalación de la Piedra Negra. Todos lo reconocieron como digno de confianza y aceptaron que fuera el árbitro. Él resolvió la disputa de manera excelente. También existe un amplio desacuerdo respecto a esta fecha. Según una opinión, tenía 40 años, 6 meses y 16 días según el calendario lunar, y 39 años, 3 meses y 16 días según el calendario solar. La proclamación divina de la profecía descendió en la cueva del monte Hira. Según algunos, la fecha fue el 25 de Ramadán; según otros, el 13 de Rabi al-Awwal. Según el calendario cristiano, también se han señalado el 12 de febrero y el 6 de agosto de 610 d. C. Sin embargo, todas estas discrepancias surgieron de la complejidad de los cálculos calendáricos. Otra causa de la confusión es que, incluso en los relatos de los hadices, hay dos versiones sobre el momento de la proclamación de la profecía y el descenso del Corán. En Zad al-Ma’ad aparece escrito el día 8, pero según los cálculos del calendario, el lunes corresponde al día 9. La proclamación de la profecía tuvo lugar de la siguiente manera: Hazrat Yibril se presentó ante él dentro de la cueva y dijo: «Reciba la buena noticia. Usted es el Mensajero de Allah, y yo soy Yibril». Al ver a Hazrat Yibril de aquella manera, manifiestamente, él se asustó un poco, y Hazrat Jadiya lo consoló.
(14) Establecimiento de la oración obligatoria (dos ciclos obligatorios y dos de la oración de la tarde): el día de la recepción de la profecía, 9 de Rabi al-Awwal.
(15) Comienzo del descenso del Corán: 18 de Ramadán, año 1 de la profecía, viernes (por la noche)
Correspondiente al 17 de agosto de 610 d. C.
(16) Comienzo de la predicación secreta: del año 1 al año 3 de la profecía.
En esta etapa fue revelada la sura Al-Alaq. Tabari registró ambas fechas, el 17 y el 18. Sin embargo, según el cálculo del calendario, el 18 de Ramadán cayó en viernes. La casa de Akram Majzumí, situada en el monte Safa, se convirtió en el centro del movimiento islámico. En ese período, aproximadamente 40 personas aceptaron el islam. Se salía fuera de la ciudad para realizar la oración en secreto.
(17) Proclamación de la profecía (primer discurso) — año 3 de la profecía (hacia el final)
(18) Primer período de oposición (burla, ridiculización, propaganda difamatoria y algunas persecuciones) — se extendió del año 1 al año 5 de la profecía.
(Las conversaciones de la delegación de los coraich para presionar a Abu Talib continuaron. Se idearon diversas estrategias para oponerse.)
(19) Segundo período de intensa oposición (opresión y persecución generalizadas) — del año 5 al año 7 de la profecía
(20) Emigración a Abisinia — mes de Rayab del año 45 del nacimiento, años 5 y 6 de la profecía
(21) Hamza y Umar aceptaron el islam — año 6 de la profecía
(Umar aceptó el islam tres días después de Hamza. Según algunos, Hamza aceptó el islam en el segundo año de la profecía.)
(22) El confinamiento y el bloqueo del clan del Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), los Banu Hashim, en el valle montañoso llamado Shi’b Abi Talib: 1 de Muharram, séptimo año de la misión profética, cuadragésimo séptimo año de vida, martes.
(23) Fin del confinamiento y del bloqueo: finales del noveno año de la misión profética o comienzos del décimo año de la misión profética.
(24) El «Año de la Tristeza»: fallecimiento de Abu Talib y de Jadiya (que Allah esté complacido con ella): décimo año de la misión profética.
(25) Viaje a Taif: Yumada al-Thani, quincuagésimo año de vida, décimo año de la misión profética.
(Abu Talib falleció, y Jadiya (que Allah esté complacido con ella) falleció en el mes de Ramadán, 3 o 5 días después de su muerte.
Según otra opinión, el 26 o 27 de Shawwal, décimo año de la misión profética.)
(26) Mi’raj: 27 de Rajab, quincuagésimo año de vida, décimo año de la misión profética, lunes (por la noche).
(27) Se hicieron obligatorias las cinco oraciones diarias: 27 de Rajab, quincuagésimo año de vida, décimo año de la misión profética, lunes (por la noche).
(28) El inicio del islam en Medina — Dhul-Hiyya, año 50 del nacimiento, año 10 de la profecía
(Ayas ibn Muadh fue el primero en aceptar el islam.)
(29) La aceptación del islam por parte de 6 habitantes de Medina — Dhul-Hiyya, año 51 del nacimiento, año 11 de la profecía
(30) El primer juramento de Al-Aqaba (12 personas) — Dhul-Hiyya, año 52 del nacimiento, año 12 de la profecía
(31) El segundo juramento de Al-Aqaba (75 personas) — Dhul-Hiyya, año 53 del nacimiento, año 13 de la profecía
(32) La Hégira — la noche del 26 de Safar
(En el momento de este acontecimiento, la edad del Mensajero (s.a.s.) había superado los 53 años y entraba en su año 54; asimismo, habían transcurrido 13 años de la profecía y entraba en el año 14.)
a. De La Meca a la cueva del monte Zawr — año 53 del nacimiento, año 13 de la profecía
b. Inicio del viaje desde la cueva del monte Zawr: lunes, 1 de Rabi al-Awwal, correspondiente al 15 de septiembre de 621 d. C.
c. Llegada a Quba: 8 de Rabi al-Awwal, 53.º año de nacimiento, 13.º año de la profecía, correspondiente al lunes 23 de septiembre de 622 d. C.
d. Viaje de Quba a Medina y entrada en Medina: 12 de Rabi al-Awwal, 1.er año de la Hégira, 14.º año de la profecía, viernes
(Celebró la oración del viernes en el territorio de la tribu de Banu Salim. Según algunos, permaneció 14 días en Quba.)
(33) Colocación de los cimientos de la Mezquita del Profeta: Rabi al-Awwal, 1.er año de la Hégira
(34) Aumento de las rak‘ahs de las oraciones obligatorias: Rabi al-Awwal, 1.er año de la Hégira
(Se hicieron obligatorias cuatro rak‘ahs para las oraciones del mediodía, de la tarde y de la noche.
Se celebró una reunión de hermandad en la casa de Hazrat Anas. En ella estuvieron presentes, en presencia del Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, 90 ansar y muháyirun.)
(35) Hermandad formal entre los Muhayirun y los Ansar: los primeros tres meses del año 1 de la Hégira.
(36) Fundación del Estado islámico y celebración del pacto constitucional mutuo entre los habitantes de Medina: mediados del año 1 de la Hégira.
(37) Inicio de la implementación del sistema de defensa: al comienzo del séptimo mes de la Hégira.
(Para realizar ejercicios militares y patrullar, se enviaron sucesivamente tres contingentes militares: (1) en el séptimo mes, un contingente de 30 hombres, bajo el liderazgo de Hamza, llegó hasta Saiful Bahr. (2) En el octavo mes, Shawwal, una fuerza de 60 u 80 hombres, bajo el liderazgo de Ubayda ibn al-Harith, avanzó hasta Rabigh. (3) En el noveno mes, Dhul Qadah, un contingente de 20 hombres, bajo el liderazgo de Saad ibn Abi Waqqas, llegó hasta Jaibar. Después, el Mensajero, la paz y las bendiciones sean con él, se dirigió personalmente con un grupo hasta Waddan. No he podido aceptar la afirmación de que, debido a estas circunstancias prácticas, el famoso versículo que autorizaba el yihad fue revelado en el año 2 de la Hégira. En realidad, en el año 2 de la Hégira se tomó la decisión de emprender el yihad armado. Antes de eso, se evitaba entrar en combate. Sin embargo, para implementar el sistema de defensa, necesariamente tuvo que ser revelado algún versículo. Por eso creo que el versículo que autorizaba el yihad fue revelado antes de la Hégira. Su propósito era que la actitud de la comunidad musulmana pasara de la era de la paciencia en la predicación a la futura era del yihad, y que, tan pronto como llegaran a Medina, comenzaran a organizar e implementar el sistema de defensa.)
(38) Llegada de Aisha al harén junto con el Mensajero: Shawwal, año 1 de la Hégira.
(39) Conversión al islam de dos personalidades destacadas: el antiguo erudito judío Abdullah ibn Salam y el monje cristiano Abu Qays Sarha: año 1 de la Hégira.
(40) Autorización del yihad (autorización para adoptar medidas militares activas): 12 de Safar, año 2 de la Hégira, es decir, un año, dos meses y un día después de la Hégira.
(41) Primer viaje militar y político del Mensajero, la paz y las bendiciones sean con él, realizado personalmente: expedición de Waddan, en el duodécimo mes de la Hégira.
(42) Alianzas basadas en tratados con tribus externas: Banu Zamra, los habitantes de Buat y Banu Mudlij, de Safar a Yumada al-Thani del año 2 de la Hégira.
(También se sabe por los relatos de los historiadores que Majdi al-Yuhani, líder de la tribu de Yuhaina, mantenía relaciones de alianza con Medina incluso antes de dirigir una expedición contra la tribu de Banu Zamra.)
(43) El saqueo de Qaraz ibn Jabir al-Fihri (la primera actividad agresiva del enemigo), en Rabi al-Awwal del año 2 de la Hégira.
(44) El incidente de Nakhla (el primer enfrentamiento fronterizo con un destacamento musulmán), a finales de Rayab del año 2 de la Hégira.
(Un incrédulo llamado Amr ibn Hadrami fue asesinado. Dos prisioneros, junto con camellos y bienes, fueron llevados a Medina. El Mensajero, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, expresó su desaprobación por este enfrentamiento.)
(45) Salman al-Farisi abrazó el islam, en el año 2 de la Hégira.
(46) Se estableció la práctica del adhan, en el año 2 de la Hégira.
(47) La zakat se hizo obligatoria, en el año 2 de la Hégira.
(48) Cambio de la qibla: 15 de Sha’bán, año 2 de la Hégira, lunes.
(49) Se hizo obligatorio el ayuno del mes de Ramadán: 1 de Ramadán, año 2 de la Hégira, miércoles.
(Dado que, según la mayoría de los relatos, el día de la batalla de Badr, es decir, el 17 de Ramadán, fue viernes, según los cálculos el 1 de Ramadán debería haber sido miércoles.
Por ello, descartamos el relato que dice que el 1 de Ramadán fue domingo.)
(50) Se establecieron la oración del Eid al-Fitr en congregación y la obligación de entregar la fitra: 1 de Shawwal, año 2 de la Hégira
(51) Batalla de Badr (la primera batalla regular): 8 de Ramadán, año 2 de la Hégira, miércoles, o 12 de Ramadán
—Viaje a Medina
—Batalla
(El problema complejo es que, aunque existe un amplio acuerdo sobre el día y la fecha de la batalla, en cuanto a la fecha de la partida de Medina, algunos dicen que fue el día 12 y otros que fue el día 8 de Ramadán. Quienes escriben que fue el día 8 señalan que ese día era lunes. Sin embargo, si el día 17 fue viernes, el día 8 de ninguna manera pudo ser lunes. Por eso, en el relato del 8 de Ramadán hemos indicado que fue miércoles, y en el del 12 de Ramadán, que fue sábado. No obstante, si se acepta como correcta la narración que señala que el 17 de Ramadán fue martes, entonces los días 1 y 8 de Ramadán tendrían que haber sido domingo.)
—Regreso a Medina con aspecto victorioso
(52) Matrimonio de Hazrat Alí y Fátima —después de la batalla de Badr, año 2 de la Hégira.
(53) Sitio de Banu Qaynuqa —desde mediados de Shawwal hasta la primera parte de Dhul Qa’da, año 2 de la Hégira.
(54) Matrimonio del Mensajero ﷺ con Hafsa, hija de Hazrat Umar —año 3 de la Hégira.
(55) Matrimonio de Hazrat Uzmán y Umm Kulzum (hija del Mensajero ﷺ) —año 3 de la Hégira.
(56) Primera prohibición de las bebidas alcohólicas —año 3 de la Hégira.
(57) Muerte de Ka’b ibn Ashraf —año 3 de la Hégira.
(58) Nacimiento del imán Hasan — año 3 de la Hégira.
(59) Batalla de Uhud: partida de Medina el 5 de Shawwal, año 3 de la Hégira, después de la oración del viernes. 6 de Shawwal: sábado.
-batalla
-Persecución de las fuerzas de Abu Sufyan hasta Hamra al-Asad — 7 de Shawwal, domingo.
(60) Primera orden de abandonar la usura — inmediatamente después de la batalla de Uhud.
(Véase la sura Al Imrán, aleya 130.)
(61) Instrucciones relativas a los bienes de los huérfanos — inmediatamente después de la batalla de Uhud.
(62) Leyes relativas a la herencia — año 3 de la Hégira, después de la batalla de Uhud.
(63) Leyes del matrimonio, derechos del esposo y la esposa, y prohibición de casarse con mujeres politeístas — año 3 de la Hégira.
(64) Matrimonio del Mensajero ﷺ con Zaynab bint Juzaima رضي الله عنها — hacia el final del año 3 de la Hégira.
(Quedó viuda en la batalla de Uhud.)
(65) El incidente de Rajī (el martirio de un grupo de predicación compuesto por diez miembros) — Safar, año 4 de la Hégira.
(66) La batalla contra los Banu Nadir — Rabī al-Awwal, año 4 de la Hégira.
(67) Fallecimiento de la Madre de los Creyentes Zaynab bint Juzaima — primera parte del cuarto año de la Hégira.
(Falleció apenas dos o tres meses después del matrimonio.)
(68) Entrada en vigor de la norma del hiyab — 1 de Dhu al-Qi‘dah, año 4 de la Hégira, viernes.
(69) Entrada en vigor de la prohibición definitiva del alcohol — año 4 de la Hégira.
(70) Segunda expedición de Badr — Dhul-Qa‘dah, año 4 de la Hégira.
Abu Sufyan no acudió a combatir conforme a su desafío; no hubo batalla.
(71) Expedición de Dumat al-Yandal — Rabi‘ al-Awwal, año 5 de la Hégira.
(72) Expedición contra Banu al-Mustaliq — 3 de Sha‘ban, año 5 de la Hégira.
(73) Establecimiento de la norma del tayammum — durante el viaje a Banu al-Mustaliq.
(74) Matrimonio del Mensajero ﷺ con Juwayriya — Sha‘ban, año 5 de la Hégira.
(75) Incidente de la acusación calumniosa contra Aisha — Sha‘ban, año 5 de la Hégira.
(76) Institución de las disposiciones relativas al adulterio, a la acusación de adulterio y a las acusaciones mutuas de adulterio entre los cónyuges, así como de las disposiciones detalladas sobre el recato —año 5 de la Hégira— (después del incidente de la calumnia contra Aisha).
(77) Batalla de al-Ahzab o del Foso —Shawwal o Dhu al-Qi’dah, año 5 de la Hégira—.
(Llegó a Medina un numeroso grupo de 70 u 80 familias musulmanas).
(78) Llegada a Medina de una delegación de la tribu de Daws —año 5 de la Hégira—.
(79) Expulsión de los Banu Qurayza —Dhu al-Hiyyah, año 5 de la Hégira—.
(80) Matrimonio del Mensajero, que la paz sea con él, con la venerable Zaynab bint Jahsh —año 5 de la Hégira—.
(81) Aceptación del islam por Thumama ibn Uthal al-Hanafi, jefe de Nayّd —año 6 de la Hégira—.
(82) Tratado de Hudaybiyyah —Dhu al-Qi’dah, año 6 de la Hégira—.
(83) Regreso de Hudaybiyyah a Medina — Dhu al-Hiyya, año 6 de la Hégira.
(84) Conversión al islam de Jálid ibn al-Walid y Amr ibn al-As — Dhu al-Hiyya, año 6 de la Hégira.
(85) Inicio de la predicación internacional (envío de cartas a los jefes de Estado y de gobierno) — miércoles, 1 de Muharram del año 7 de la Hégira.
(86) Batalla de Jaybar — Muharram, año 7 de la Hégira.
(87) Matrimonio del Mensajero (s. a. s.) con Safiyya — Muharram, año 7 de la Hégira
(88) Regreso de los emigrantes de Abisinia — durante la conquista de Jaybar, año 7 de la Hégira.
(89) Establecimiento de un campamento musulmán independiente en un lugar llamado Sayf al-Bahr — comienzos del año 7 de la Hégira.
(Según las condiciones del tratado de Hudaybiyyah, el Mensajero (s. a. s.) no podía dar refugio en Medina a los musulmanes perseguidos de La Meca. Por ello, varios musulmanes perseguidos, entre ellos Abu Yandal y Abu Basir, huyeron de La Meca y se reunieron en Sayf al-Bahr.)
(90) Ataque guerrillero contra la caravana de Quraish desde la ruta de los jóvenes de Saiful Bahar —Safar, año 7 de la Hégira.
(91) Umrat al-Qada —Dhu al-Qi‘dah, año 7 de la Hégira.
(92) Se establecieron las normas relativas al matrimonio y al divorcio —año 7 de la Hégira.
(93) Matrimonio del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, con Maymuna —en La Meca, año 7 de la Hégira.
(94) Jabalah al-Ghassani abrazó el islam —año 7 de la Hégira.
(95) La batalla de Mu’tah —Jumada al-Ula, año 7 de la Hégira.
(96) Los politeístas de La Meca rompieron el tratado de Hudaybiyyah —Rajab, año 8 de la Hégira.
(97) Expedición a La Meca:
-Salida de Medina: 10 de Ramadán, miércoles, 8 de la Hégira.
-Entrada triunfal en La Meca: 20 de Ramadán
(También se sabe por fuentes confiables que el Mensajero (s. a. s.) permaneció en Medina hasta el 18 de Ramadán. Según esto, la fecha de entrada en La Meca debería ser el 29 o el 30 de Ramadán.)
-Envío de una fuerza bajo el mando de Jalid para destruir el templo de al-Uzza, situado en Najla: 25 de Ramadán, 8 de la Hégira.
-Envío de una fuerza bajo el mando de Amr ibn al-As para destruir el templo de Suwa: Ramadán, 8 de la Hégira.
-Envío de una fuerza bajo el mando de Sa’d al-Ashhali para destruir el templo de Manat: Ramadán, 8 de la Hégira
-Estancia en La Meca: hasta el 9 de Shawwal.
(Según otra narración, hasta el 18 de Shawwal.)
-Batalla de Hunayn -Shawwal, año 8 de la Hégira.
-Asedio de Taif -de Shawwal a Dhu al-Qi’dah, de 18 a 20 días.
(Según el relato de Maklul, el asedio duró 40 días.)
-Después de distribuir el botín en Ji’ranah, la ‘umrah de Ji’ranah -Dhu al-Qi’dah, año 8 de la Hégira.
(98) Ley sobre la abolición definitiva de la usura -en el momento de la conquista de La Meca, año 8 de la Hégira.
(Se anularon todas las reclamaciones de usura -Al-Baqarah: 278)
(99) Llegada a Medina de la delegación de Sada -año 8 de la Hégira.
(100) Fallecimiento de la honorable Zaynab, hija del Mensajero (s. a. s.) -año 8 de la Hégira.
-Fallecimiento de Ibrahim, el honorable hijo del Mensajero (s. a. s.) -año 8 de la Hégira.
(101) El sistema del zakat. Primer nombramiento de recaudadores del zakat -Muharram, año 9 de la Hégira.
(102) La batalla de Tabuk -Rayab, año 9 de la Hégira, correspondiente a noviembre del año 635 d. C.
-Inicio de la marcha desde Medina -jueves.
(103) La disposición sobre la yizia -durante la expedición de Tabuk.
(Según una narración, se estableció en el octavo año de la Hégira, antes de Tabuk.)
(104) Incendio de la mezquita de Dirar -después del regreso de la batalla de Tabuk.
(105) Conversión al islam de Ukaidir, gobernante de Dumat al-Yandal -año 9 de la Hégira.
(106) El perdón solicitado por Ka‘b ibn Zuhayr y su conversión al islam —año 9 de la Hégira.
(Presentación del poema titulado «Banat Su‘ad».)
(107) Varias delegaciones que llegaron a Medina ese año:
—La delegación de los ‘Udhra —Safar, año 9 de la Hégira.
—La delegación de Bali —Rabi‘ al-Awwal, año 9 de la Hégira.
—La delegación de Khawlan —Sha‘ban, año 9 de la Hégira.
—La delegación de Thaqif —año 9 de la Hégira.
(108) El Hayy se hizo obligatorio —9 de Dhul-Hiyyah, año 9 de la Hégira.
El primer Hayy bajo el liderazgo de Abu Bakr al-Siddiq.
(En diversos hadices se menciona que el Hayy se hizo obligatorio en los años 6, 7, 8, 9 y 10 de la Hégira. Sin embargo, en mi opinión, la narración del noveno año es la más preponderante. Algunos sostienen que, debido al uso del calendario de los incrédulos, este Hayy se celebró en el mes de Dhu al-Qa‘dah. Pero esta opinión es débil.)
(109) Declaración, por medio de Ali, de la ruptura de relaciones con los politeístas y de la anulación de todos los tratados sin plazo determinado —10 de Rabi‘ al-Thani; Dhu al-Hiyyah, año 10 de la Hégira. (También existe discrepancia respecto a si la declaración de ruptura tuvo lugar el Día de Arafah o el Día del Sacrificio, es decir, el 9 o el 10 de Dhu al-Hiyyah. A la luz del Corán y los hadices, considero más preponderante la opinión del 10 de Dhu al-Hiyyah.)
(110) La delegación de los Muhárib —año 10 de la Hégira.
(La mayoría de las demás delegaciones también llegó a Medina en los años 9 y 10 de la Hégira. Sin embargo, resulta difícil determinar con exactitud el momento de su llegada.)
La delegación de los Mohámedes —Sha‘ban, año 10 de la Hégira.
La delegación de los Khawlan —Sha‘ban, año 10 de la Hégira.
La delegación de los Naysan —Ramadán, año 10 de la Hégira.
La delegación de Banu Harith ibn Ka‘b — Shawwal, año 10 de la Hégira.
La delegación de Salām — Shawwal, año 10 de la Hégira.
(111) El Mensajero (s. a. s.) realizó un i‘tikaf de veinte días durante el último Ramadán — Ramadán, año 10 de la Hégira.
(112) Correspondencia entre Musaylima al-Kadhdhab y el Mensajero (s. a. s.) — año 10 de la Hégira.
(113) La Peregrinación de Despedida:
—Salida de Medina — 26 de Dhu al-Qa‘dah, año 10 de la Hégira, sábado, entre las oraciones de dhuhr y asr.
(También hay discrepancias respecto a la fecha en este asunto. Sin embargo, lo que he adoptado es lo más fiable.)
—Estancia en Dhu al-Hulayfa — la noche entre el sábado y el domingo.
-Ponerse el ihram: domingo (a la hora del zuhr).
-Estancia en Dhu Tuwa: domingo por la noche, 4 de Dhul-Hiyya, año 10 de la Hégira.
-Salida de Dhu Tuwa hacia La Meca: 5 de Dhul-Hiyya, después de la oración del fayr.
(Entrada del Mensajero (s.a.s.) en La Meca desde la dirección de la Thaniyat al-Ulya.)
-Entrada en la Mezquita Sagrada: 5 de Dhul-Hiyya, al mediodía.
(Entrada del Mensajero (s.a.s.) por la puerta de Banu Abd Manaf.)
-Estancia fuera de La Meca hasta el 8 de Dhul-Hiyya
(Todos los compañeros permanecieron con el Mensajero (s.a.s.) y pasaron la noche en Mina.)
-Viaje a Mina: jueves 8 de Dhul-Hiyyah, al mediodía.
-Viaje de Mina a Arafat: viernes 9 de Dhul-Hiyyah, después del amanecer.
(Entrada por el camino de Namira, en el extremo oriental de Arafat.)
-Pronunciamiento del sermón o discurso del Hayy: viernes 9 de Dhul-Hiyyah, después del mediodía.
(Pronunciamiento del discurso desde el lomo de la camella llamada Qaswa.)
-Permanencia en Arafat: viernes 9 de Dhul-Hiyyah, después de las oraciones del mediodía y de la tarde.
(Allí, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, suplicó a Allah entre lágrimas hasta el magrib.)
-Viaje de Arafat hacia Muzdalifa: 9 de Dhul-Hiyyah, después del magrib.
(Regreso por la ruta de Mázbín.)
-Desde Muzdalifa
Viaje a Mash‘ar al-Haram – el 10 de Dhul-Hiyya, después de la oración del faŷr.
(Aquí, el Mensajero (s.a.s.) hizo dhikr y du‘a entre lágrimas.)
-Viaje desde Mash‘ar al-Haram hacia Mina – el 10 de Dhul-Hiyya, antes del amanecer.
-Lanzamiento de piedras – el 10 de Dhul-Hiyya, después del amanecer hasta el mediodía.
(En ese momento, el sol se había vuelto abrasador.)
-Sermón en Mina (el día del sacrificio) – el 10 de Dhul-Hiyya, antes del mediodía.
-El sacrificio ritual, después del sermón.
(De los cien camellos destinados al sacrificio, sacrificó personalmente sesenta y uno. Entregó los restantes a Hazrat Ali. Después se afeitó la cabeza.)
-Viaje de Mina a La Meca: después de afeitarse la cabeza, el 10 de Dhul-Hiyya.
(Al llegar a La Meca, realizó el tawaf de la Kaaba antes de la oración del mediodía.)
-Regreso de La Meca a Mina: el último día.
(Pasó la noche en Mina.)
-Segundo sermón de Mina: el 11 de Dhul-Hiyya.
(El contenido de este sermón se menciona en Abu Dawud.)
-Viaje de Mina a Muhassab o Abtah — martes 13 de Dhul-Hiyya.
(Por la noche fue desde La Meca y realizó la circunvalación de despedida.)
-Regreso de La Meca — la noche entre el 13 y el 14 de Dhul-Hiyya.
(114) Llegada de la delegación de Nakhāʿ — a mediados de Muharram, año 11 de la Hégira.
(La última delegación que llegó durante la vida del Mensajero (s. a.).)
(115) Orden de partida para el ejército de Usama — 26 de Safar, año 11 de la Hégira.
(La última expedición militar por orden del Mensajero (s. a.).)
(116) Inicio de la enfermedad mortal del Mensajero (s. a.) — a finales de Safar del año 11 de la Hégira (probablemente el 29 de Safar).
(Según la opinión fiable, la duración de la enfermedad fue de 13 días.)
(117) Agravamiento extremo de la enfermedad (permaneció siete días en la habitación de Aisha hasta su fallecimiento).
(118) La última oración en congregación y el último sermón en la Mezquita del Profeta: la oración del mediodía del jueves, cinco días antes de su fallecimiento.
(En diversos hadices se mencionan varios sermones. Sin embargo, probablemente dijo todas esas cosas en este mismo sermón.)
(119) Fallecimiento: antes del mediodía del lunes 12 de Rabi al-Awwal, año de la Hégira.
(Todos están de acuerdo en que fue lunes. Sin embargo, hay discrepancias respecto a la fecha. Algunos han dicho que fue el día 1, otros el día 2 y otros incluso el día 13.)
(120) Entierro (se preparó la tumba en la habitación de Aisha): la noche entre el 13 y el 14 de Rabi al-Awwal.
(El verdadero problema es que está demostrado de manera concluyente que el 9 de Dhul-Hiyya fue viernes. Si se hace el cálculo basándose en ello, es muy poco probable que el 12 de Rabi al-Awwal haya sido un día distinto del lunes. Solo sería posible si tres meses lunares consecutivos hubieran tenido treinta días. Sin embargo, algunos dicen que, aunque sea raro, es posible. Además, debido a las condiciones meteorológicas, también es posible que hubiera una diferencia de un día en la observación de la luna entre La Meca y Medina.)
Apéndice 2
Los acontecimientos que ocurrieron por primera vez y antes que todos los demás
– Inicio de la profecía: 9 de Rabí al-Awwal, año de nacimiento o edad: 41 años.
– Inicio de la revelación del Corán: sura Al-Alaq, 18 de Ramadán, primer año de la profecía.
– Los primeros en aceptar el islam y unirse como colaboradores del Mensajero (s.a.s.).
1. Tanto entre hombres y mujeres conjuntamente como exclusivamente entre las mujeres, la primera fue Hazrat Jadiya (r.a.).
2. Entre los hombres adultos, independientes, dotados de conocimiento maduro y conscientes, Hazrat Abu Bakr (r.a.).
3. Entre los jóvenes, Hazrat Alí (r.a.).
4. Entre la clase de los esclavos: Hazrat Zayd ibn Hariza (esclavo del Mensajero, y posteriormente liberado).
—La primera mujer que aceptó el islam después de Hazrat Jadiya: Lubaba bint al-Harith. Ella era la esposa de Hazrat Abbas.
—El primero en aceptar el islam durante la predicación centrada en la casa de Hazrat Arqam: Hazrat Aqil ibn Bukayr.
—El primer centro del movimiento islámico: Dar al-Arqam (la casa de Hazrat Arqam), situada en el monte Safa.
—El primer discurso público: en el monte Safa, en el tercer año de la misión profética.
La primera aleya que enfureció a los incrédulos—
(*******)
—El primer sahabí que, después del Mensajero, hizo público su propio islam fue Hazrat Jabbab ibn al-Aratt al-Tamimí.
– La primera familia islámica plenamente constituida: la familia de Hazrat Abu Bakr Siddiq.
– La primera mujer que creció desde su infancia en el regazo de padres musulmanes: Hazrat Aisha (ra.).
– El primer homicidio involuntario cometido por fervor islámico: un incrédulo murió a manos de Hazrat Sa’d ibn Abi Waqqas. Esto ocurrió así: los musulmanes habían salido fuera de La Meca para rezar. Cuando los incrédulos comenzaron a molestarlos, Hazrat Sa’d les arrojó un hueso. El hueso golpeó a un incrédulo, que murió inmediatamente.
– Según las palabras del Mensajero (s. a. s.), después de Hazrat Abraham y Hazrat Lot (a. s.), la primera pareja musulmana que emigró por la causa de Allah fue la hija del Mensajero, Ruqayya, y su yerno, Hazrat Uthman (ra.), quienes emigraron a Abisinia.
– La primera bandera izada en la historia del movimiento islámico: la bandera izada por Hazrat Buraida al-Aslami. En ese momento, él se dirigía a realizar la Hégira.
– El compañero que fue el primero en aceptar el Islam recitando públicamente y en voz alta la profesión de fe frente a la Kaaba y que fue víctima de una paliza colectiva por parte de los incrédulos fue Hazrat Abu Dharr al-Ghifari (ra.).
– El primero que proclamó firmemente su conversión al Islam fue Hazrat Umar (ra.).- La persona cuya conversión al Islam hizo que comenzaran por primera vez las oraciones en la Kaaba: Hazrat Umar (ra.).
– La persona cuya conversión al Islam hizo que los incrédulos percibieran por primera vez que el movimiento islámico se había fortalecido fue Hazrat Hamza (ra.).
– El primer líder musulmán de Medina que fue golpeado por los incrédulos de La Meca: Hazrat Sa‘d ibn Mu‘adh (ra.).
– El primer musulmán en alcanzar el martirio en el Haram: Hazrat Harith ibn Abi Hala.
– La primera mujer musulmana en alcanzar el martirio bajo una tortura extrema: Hazrat Sumayya (ra.), esposa de Hazrat Yasir y madre de Hazrat Ammar.
– La primera persona que intentó anular el pacto de boicot de los incrédulos contra los Banu Hashim: Hisham ibn Amr ibn Rabi‘a.
– El primer musulmán cuyo ojo fue sacrificado por la causa del islam: Hazrat Uthman ibn Maz‘un (ra.). Cuando objetó, en la asamblea de los coraichitas, contra un poema de Labid contrario al islam, le perforaron un ojo.
– El primer musulmán en emigrar a Medina: Hazrat Abu Muslima (ra.).
– El primer apóstata o renunciante al islam: Ubayd ibn Jahsh, que había emigrado a Abisinia. Allí se hizo cristiano.
– El primero en lanzar una flecha en defensa del islam: Hazrat Sa‘d ibn Abi Waqqas (ra.). En el ejército dirigido por Abd al-Harith, disparó una flecha contra el enemigo. Sin embargo, nadie resultó muerto ni herido por ello.
– El primero en empuñar la espada en defensa del islam: Hazrat Zubair ibn al-Awwam.
– El primer muháyir en la segunda emigración a Abisinia: Hazrat Ya‘far ibn Abu Talib.
– El primer joven de Medina influido por la predicación del Mensajero de Allah: Suwaid ibn Samit.
– El primer sahabí ansarí que falleció en Medina después de la Hégira: Kulsum ibn al-Hadam, en cuya casa de Quba el Mensajero de Allah permaneció varios días después de la Hégira.
– El primer asesinato individual, de una mujer, cometido por motivos de honor islámico: Asma bint Marwan al-Jatamiyya. Esta mujer incitaba constantemente a los miembros de su tribu contra el Mensajero de Allah y difundía calumnias. Finalmente, su hermano, Hazrat Umayr ibn Adi al-Jatamí, que había aceptado el islam, la mató en un estado de agitación. (Ramadán, año 2 de la Hégira).
– El primer asesinato individual, de un hombre, cometido por motivos de honor islámico: el judío Abu Gafala. Se dedicaba a difundir graves falsedades contra el Mensajero de Allah y los musulmanes. Hazrat Alim ibn Umayr, un ansarí, lo mató en un estado de agitación.
– Primer nombramiento de un maestro islámico en Medina: el Mensajero de Allah envió a Hazrat Musab ibn Umayr (con la colaboración de Ibn Umm Maktum) a Medina junto con la delegación de los ansar. (Año 14 de la misión profética).
El primer sahabí ansarí en prestar juramento en el Segundo Juramento de Aqaba: Bara ibn Marur.
– La primera reunión colectiva para enseñar el Corán en Medina se celebró en la mezquita de Banu Rizi. (Probablemente no era una mezquita completa, sino únicamente un lugar para rezar.
– Primera construcción de una mezquita completa: la mezquita de Quba, construida entre los días 8 y 11 de Rabi al-Awwal del año 1 de la Hégira.
– La primera oración del viernes dirigida por el Mensajero (s.a.s.) se celebró el 12 de Rabi al-Awwal del año 1 de la Hégira, en la zona de la tribu de Banu Salim. Asistieron cien personas a la oración.
– Primer caso en Medina de la conversión simultánea de una tribu entera al islam: Banu Abd al-Ashhal. Solo una persona de esta tribu abrazó el islam algún tiempo después.
– Primer destacamento militar que salió a patrullar en representación del Estado islámico: el destacamento formado bajo el mando de Hazrat Hamza patrulló hasta Saiful Bahr en el séptimo mes después de la Hégira.
– Primer portador de la bandera en el marco del sistema de defensa islámico: Abu Mirthad al-Ghanawi.
– Primera acción militar y política directa del Mensajero (s.a.s.): la expedición de Waddan o Abwa. Tuvo lugar en el duodécimo mes después de la Hégira.
– Primer gobernador interino nombrado por el Mensajero (s.a.s.) en Medina: Sa’d ibn Ubadah (r.a.), durante la expedición de Waddan.
– El honor de ser el primero en izar una bandera en la montura del Mensajero (s.a.s.) correspondió a Hazrat Hamza, durante la expedición de Waddan.
– El primero en llevar a cabo una acción agresiva contra el Estado islámico en nombre de los coraichitas: el saqueo perpetrado por Qaraz ibn Yabir al-Fihri (Rabi al-Awwal, H. 2).
– El primer enfrentamiento fronterizo en el que murió un miembro del bando enemigo: un incrédulo murió alcanzado por una flecha de Waqid ibn Abdullah al-Tamimi, miembro de la patrulla que vigilaba la región de Najla. (Rayab, H. 2)
– El primer caso en que el botín y los prisioneros fueron llevados a Medina: el incidente mencionado anteriormente en la región de Najla.
– Inicio del adhan: en el año 2 de la Hégira.
– Primer adhan en la Kaaba Sagrada: pronunciado por Hazrat Bilal durante la conquista de La Meca.
– Primer hombre que afirmó falsamente ser profeta: Musailima el Mentiroso.
– Primera carta escrita de salvoconducto, otorgada por el Mensajero (s.a.s.): para Suraqa ibn Ya’sham, durante el viaje de la Hégira.
– La primera constitución federal escrita y oficial del mundo: redactada y promulgada por el Mensajero (s. a. s.) en Medina, en el año 1 de la Hégira.
– El primer tratado de amistad del Estado islámico fuera de Medina: con Amr ibn Fahshi al-Zamri, líder de los Banu Zamra, o con la tribu de los Banu Zamra.
– Los primeros mártires crucificados por haber aceptado el islam: Hadrat Jubaib ibn Adi y Zayd ibn Dasna, en Tan’im (cerca de La Meca).
– La primera actividad rebelde y traicionera de los judíos en Medina: el enfrentamiento entre judíos y musulmanes provocado por los Banu Qaynuqa al desnudar públicamente a una mujer musulmana en el mercado.
– El primer campamento islámico de liberación: el campamento establecido por Hadrat Abu Basir y Abu Jandal en Sayful Bahr.
– La primera persona que aceptó el islam durante la conquista de La Meca: Abu Sufyan ibn al-Harith ibn Abd al-Muttalib.
– La primera batalla oficial: la batalla de Badr (Ramadán, año 2 de la Hégira).
– La primera batalla en la que participaron juntos los ansar y los emigrantes: la batalla de Badr.
– Los tres primeros muyahidines combatientes del ejército musulmán en el campo de batalla de Badr: Hazrat Ali, Hazrat Hamza y Hazrat Ubayda ibn al-Harith ibn Abd al-Muttalib.
– El primer enemigo muerto en la batalla de Badr: Aswad ibn Abd al-Asad.
– El primer mártir en la batalla de Badr: Mihya, el liberto de Hazrat Umar ibn al-Jattab.
– El primer mensajero que llevó a Medina la buena noticia de la victoria en Badr: Zayd ibn Hariza (r. a.).
– La primera oración del Eid al-Fitr: el 1 de Shawwal del año 2 de la Hégira.
– El primer enviado del Estado islámico asesinado en el camino: Harith ibn Umayr al-Azdi. Shurahbil ibn Amr al-Gassani, gobernante de Siria, lo asesinó.
– El primer título de valentía otorgado por el Mensajero: el título de «Sayfullah», concedido a Hazrat Jalid ibn al-Walid (batalla de Mu’ta, año 8 de la Hégira).
– El primer uso de un sello en la correspondencia y los documentos oficiales: el 1 de Muharram del año 7 de la Hégira.
– El primer caso de arbitraje político bajo la ley islámica: tuvo lugar en el año 5 de la Hégira entre el Estado islámico y Banu Qurayza.
– El primer sahabí nombrado como árbitro en la era islámica: Hazrat Sa’d ibn Muadh.
– El primer regalo real enviado al Mensajero (s.a.s.): el regalo enviado por el rey Najashi.
– La primera persona entre los politeístas árabes cuyo regalo aceptó el Mensajero (s.a.s.): Abu Sufyan, durante la época del tratado de Hudaibiyah.
– El primer antiguo esclavo nombrado comandante: Zayd ibn Haritha, durante la batalla de Muta.
– La primera batalla en la que se separó un quinto para el Bayt al-Mal: la batalla de Banu Qaynuqa o la de Banu Qurayza.
– El primer caso de matar a un incrédulo que había pronunciado la Kalima Tayyiba: Nahik ibn Mardus fue muerto a manos de Usama ibn Zayd durante la expedición contra Yuhayna (Ramadán, año 7 de la Hégira).
– La primera vez que una gran mayoría de los musulmanes se vio temporalmente afectada por la indecisión: durante el tratado de Hudaibiyah.
– El primer hombre muerto a manos del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él): Hariz ibn al-Zamma (en la batalla de Uhud).
– El primer mártir destinado al Paraíso que no tuvo la oportunidad de realizar ni una sola oración ni ayunar: Hazrat Usayrim (que Allah esté complacido con él). Este hombre de la tribu de Banu Abd al-Ashhal abrazó el islam el día de la batalla de Uhud, participó inmediatamente en la yihad y alcanzó el martirio.
– El primer mártir que estableció la sunna de realizar una oración antes de morir: Hazrat Hubayb (que Allah esté complacido con él).
– El primer mártir del incidente de Bi’r Ma’una: Haram ibn Milhan (que Allah esté complacido con él), tío materno de Hazrat Anas.
– La primera Salat al-Jawf (oración del miedo) se realizó en la batalla de Usfan o de Dhat al-Riqa.
– El primer hombre que, pese a tener tres flechas clavadas en el cuerpo, no abandonó la oración: Abbad ibn Bishr (en la batalla de Dhat al-Riqa).
– El primer apóstata de Medina: Hariz ibn Suwayd ibn Samit. Aunque participó como musulmán en la batalla de Uhud, posteriormente apostató. Después de matar a Mujazzir ibn Ziyad al-Balawi, huyó a La Meca. Más tarde, cuando regresó a Medina, fue detenido y ejecutado.
– El primer musulmán muerto por error a manos de otro musulmán en el campo de batalla: Hisham ibn Isaba (a manos de Ubada ibn Samit).
– El primer espía del bando enemigo que fue capturado y ejecutado: durante la batalla de Banu al-Mustaliq.
– El primer joven musulmán que pidió al Mensajero de Allah permiso para matar a su propio padre hipócrita: Talha ibn Abd Allah ibn Ubayy.
– La primera persona que informó sobre el incidente de la calumnia contra Aisha: la madre de Mistah ibn Uthatha.
– Los primeros testigos en defensa de la castidad de Aisha: entre los hombres, Usama ibn Zayd; entre las mujeres, Barira; y entre las esposas del Mensajero de Allah, Zaynab bint Yash.
– La primera aplicación del castigo establecido por la sharía por acusación de adulterio: contra Hassan ibn Thabit, Mistah ibn Uthatha e Himna bint Yash.
– La primera batalla en la que los musulmanes dejaron varias oraciones consecutivas sin realizar: la batalla de la Trinchera.
– El primer esfuerzo diplomático exitoso para debilitar la fuerza del enemigo: se llevó a cabo durante la batalla de la Trinchera, por medio de Nuaym ibn Masud.
– El primer arquero musulmán que derrotó en solitario a un grupo de bandidos: Salama ibn al-Akwa.
– Primer caso de recitación espontánea de poesía por boca del Mensajero (s.a.s.): cuando el ejército musulmán se dispersó en la batalla de Hunayn, el Mensajero quedó solo. Entonces, montado en su mula blanca, comenzó a recitar en voz alta:
(*************)
Es decir: «Sin duda, soy un profeta. Soy descendiente de Abdul Muttalib».
– Primer nombramiento de funcionarios del departamento del zakat: Muharram del noveno año de la Hégira.
– Primer ejército musulmán que utilizó cañones para derribar una fortaleza: durante la expedición de Taif.
– Primer intercambio de prisioneros de guerra entre el Gobierno islámico de Medina y los habitantes de La Meca: Sa’d ibn Abi Waqqas y Utba ibn Ghazwan fueron liberados a cambio de los dos prisioneros capturados conjuntamente durante la expedición de Nakhla, Attab ibn Abdul্লাহ y Hakam ibn Qaysar.
– Primera batalla en la que se asignaron caballos a los emigrantes: la batalla de Banu Qurayza.
– Primera orden de cobrar la yizia: fue revelada poco antes de la batalla de Tabuk.
– Primer acuerdo sobre la cuestión del yizia: con el gobernante de Dumat al-Yandal, durante la expedición de Tabuk.
– Primer acuerdo para el pago de una cantidad considerable de yizia: los cristianos de Nayrán se comprometieron a entregar anualmente al gobierno islámico dos mil prendas y a prestar equipo militar cuando fuera necesario.
– La primera y única persona que no experimentó ninguna duda ni vacilación durante la tregua de Hudaybiyya: Abu Bakr al-Siddiq (que Dios esté complacido con él).
– La primera persona que consoló al Mensajero (s. a. s.) cuando los musulmanes dudaban sobre ofrecer el sacrificio y afeitarse el cabello después del tratado de Hudaybiyya: la Madre de los Creyentes, Umm Salama (que Dios esté complacido con ella).
– El primer poeta que recibió un premio del Mensajero (s. a. s.): después de la conquista de La Meca, Ka’b ibn Zuhayr se presentó y recitó el poema titulado «Banat Su’ad» para pedir perdón, y el Mensajero (s. a. s.) le regaló su propio manto.
– La primera recitación del «Qunut al-Nazila» por parte del Mensajero (s. a. s.): después de los desgarradores incidentes de Raji y Bi’r Ma’una. En estos dos incidentes, los enemigos mataron a los miembros más capacitados de las delegaciones de predicación y enseñanza. (H. 4)
– Primera llegada de mujeres musulmanas al campo de batalla: en la batalla de Uhud (H. 3).
– El primer gobernante que abrazó el islam: Ashama ibn Abjar, rey de Abisinia.
– La primera persona a quien el Mensajero (saw) elogió diciendo que era aún más noble de lo que había oído sobre su reputación fue Zayd al-Jayr, jefe de la tribu de Tayy, cuyo nombre anterior era Zayd al-Jayl.
– El primer converso no árabe al islam que fue crucificado y ejecutado por aceptar el islam fue Farwa Yudhami, gobernador romano de Arabia del Norte destinado en un lugar llamado Muzan.
– El primer politeísta que desafió a un combate cuerpo a cuerpo en la batalla de Uhud fue Talha.
– El primer musulmán que aceptó el desafío de combate cuerpo a cuerpo en la batalla de Uhud fue Hazrat Ali.
– El primer enemigo abatido en la batalla de Uhud fue Talha.
– La primera manifestación de orgullo que agradó al Mensajero (saw) fue la de Abu Dujana, quien caminó con el pecho henchido de orgullo después de recibir la espada del Mensajero (saw) en la batalla de Uhud.
– El primer hach de la historia del islam se realizó en el noveno año de la Hégira, bajo el liderazgo de Hazrat Abu Bakr Siddiq.
– La primera batalla fuera de Arabia fue la batalla de Mu’ta (Yumada al-Thani, año 8 de la Hégira).
– El primer hombre que llegó a Medina desde la tribu Saqif de Taif con el propósito de aprender las enseñanzas del islam: Urwa ibn Masud al-Saqafi.
Apéndice 3
Crecimiento progresivo de la fuerza humana del movimiento islámico
– Los primeros colaboradores de la organización islámica del Mensajero (s. a. s.): (1) Hazrat Jadiya, (2) Hazrat Abu Bakr, (3) Hazrat Ali, (4) Hazrat Zayd ibn Hariza (que Allah esté complacido con ellos).
– Las cinco primeras personas que aceptaron el islam como resultado de los esfuerzos de invitación de Hazrat Abu Bakr: (1) Hazrat al-Zubayr ibn al-Awwam, (2) Hazrat Uzman ibn Affan, (3) Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf, (4) Hazrat Talha ibn Ubayd Allah, (5) Hazrat Saad ibn Abi Waqqas.
– Las primeras 46 personas que aceptaron el islam durante los tres primeros años de la invitación: (1) Jabbab ibn al-Aratt al-Tamimi, (2) Saíd ibn Zayd (aceptó el islam incluso antes del movimiento centrado en Dar al-Arqam), (3) Fátima bint al-Jattab, (4) Lubaba bint al-Harith (la primera mujer que aceptó el islam después de Hazrat Jadiya), esposa de Hazrat Abbas, (5) Abd Allah ibn Masud (según algunos, fue la sexta persona que aceptó el islam), (6) Uzman ibn Mazun (la decimocuarta persona que aceptó el islam), (7) al-Arqam ibn Abi al-Arqam al-Majzumi (la undécima o duodécima persona que aceptó el islam; según otra opinión, la séptima). Según Ibn Hayar, aceptó el islam en Dar al-Arqam junto con Uzman ibn Mazun, Ubayda ibn al-Harith, Abd al-Rahman ibn Awf y Abu Salama, (8) Abu Salama ibn Abd al-Asad al-Majzumi, (9) Abu Ubayda ibn Amir al-Yarrah (aceptó el islam antes que Hazrat Umar), (10) Qudama ibn Mazun, (11) Ubayda ibn al-Harith ibn Abd al-Muttalib, (12) Yafar ibn Abi Talib, (13) Asma bint Umais, (14) Abd Allah ibn Yahay, (15) Abu Ahmad ibn Yahay, (16) Saib ibn Uzman ibn Mazun, (17) al-Muttalib ibn Azhar, (18) Ramla bint Abi Awf, esposa de al-Muttalib ibn Azhar, (19) Umayr ibn Abi Waqqas (hermano de Saad ibn Abi Waqqas), (20) Asma bint Abi Bakr, (21) Aisha bint Abi Bakr, (22) Hazrat Ayyash ibn Abi Rabia (hermano de Abu Yahl), (23) Asma (esposa de Ayyash), (24) Sulayt ibn Amr (según el relato de Hazrat Abu Bakr, era musulmán desde antes de la época de Dar al-Arqam), (25) Masud ibn Rabia (aceptó el islam antes de la época de Dar al-Arqam), (26) Junays ibn Hudhafa, (27) Amir ibn Rabia, (28) Hatib ibn al-Harith al-Yumahi, (29) Fátima bint Muhallal, esposa de Hatib, (30) Jattab ibn al-Harith, (31) Fukaija, esposa de Jattab, (32) Muammar ibn al-Harith (aceptó el islam antes que Hazrat Umar y fue él quien enseñó el Corán a su hermana. Según al-Waqidi, ocupaba el décimo lugar; según Ibn Juzayma, después del trigésimo octavo), (33) Nuaim ibn Abd Allah, miembro de Banu Adi (la cuarta o quinta persona que aceptó el islam, pero ocultó su fe por temor a su padre), (34) Jálid ibn Saíd ibn al-As (según el imán al-Zuhri, ocupaba el cuadragésimo cuarto lugar), (35) Amina (o Hamina) bint Jalaf, esposa de Jálid ibn Saíd, (36) Hatib ibn Amr, (37) al-Waqid ibn Abd Allah, aliado de Banu Adi, (39) Jálid ibn Hizam (sobrino de Hazrat Jadiya), (40) Amir ibn Malik (fue el primero en prestar juramento de fidelidad en Dar al-Arqam), (41) Aqil ibn Bukayr (ocupaba el trigésimo quinto o trigésimo sexto lugar), (42) Jálid ibn Bukayr, (43) Amir ibn Bukayr, (44) Ammar ibn Yasir (aceptó el islam junto con su padre, Yasir), (45) Sumaya (madre de Ammar), (46) Suhayb ibn Sinan al-Rumi, liberto de Ibn Yadán.
– Número de los primeros emigrantes a Abisinia: 12 hombres y 4 mujeres (16 en total).
– Número total durante la segunda emigración a Abisinia: 83 personas. En ese momento, el número de quienes permanecieron en La Meca sería, como mínimo, igual al de quienes emigraron a Abisinia. Por tanto, el número total superaría las ciento cincuenta personas.
– El número total de los primeros abanderados de la prédica islámica en Medina era de 8 personas. Ellos fueron los primeros en prestar juramento de fidelidad al Mensajero (s.a.s.): (1) Barra ibn Ma’rur, (2) Ka’b ibn Malik, (3) Abd al-Haytham Malik ibn al-Tayhan, (4) As’ad ibn Zurarah, (5) Rafi’ ibn Malik, (6) Qutbah ibn Amir, (7) Uqbah ibn Amir y (8) Jabir ibn Abd Allah. (Según el relato ampliamente conocido, seis personas prestaron el primer juramento de fidelidad en Aqaba. Según al-Waqidi, As’ad ibn Zurarah y Dhakwan ibn Abd al-Qays habían aceptado el islam antes del primer juramento de fidelidad de Aqaba.
– Participantes en el segundo juramento de fidelidad de Aqaba: participaron un total de 12 personas. Los ansar mencionados anteriormente, excepto Jabir ibn Abd Allah, regresaron y trajeron consigo a otras 5 personas. Los recién llegados fueron: (1) Mu’adh ibn al-Harith, (2) Awf ibn al-Harith, (3) Dhakwan ibn Abd al-Qays, (4) Yazid ibn Tha’laba y (5) Uwaymir ibn Malik.
– Participantes en el segundo juramento de fidelidad de Aqaba: esta vez, un total de 73 hombres y mujeres aceptaron el islam.
– (En el momento del tercer juramento de fidelidad de Aqaba) Número total de musulmanes al final del período de La Meca: además de los 83 emigrantes de Abisinia y los 73 ansar que prestaron el juramento de fidelidad en Aqaba, había algunos musulmanes en La Meca. Del mismo modo, podía haber algunos musulmanes en Medina que quizá no hubieran asistido al peregrinaje del decimotercer año de la profecía. Así, el número total aproximado podía ser de unos 250. Si además se incluye a los nuevos musulmanes de Najrán, Gifar (aproximadamente la mitad de la tribu de Gifar aceptó el islam en poco tiempo) y Yemen, el número total de musulmanes en Arabia no habría sido inferior a 300.
– Número aproximado de musulmanes en Medina inmediatamente después de la Hégira: es bien sabido que cien musulmanes participaron en la primera oración del viernes celebrada en la zona de la tribu de Banu Salim. Si se cuenta a las mujeres y los enfermos que no pudieron participar, la población musulmana de Medina debía ser, como mínimo, de 300 personas. También es bien sabido que, en los primeros tiempos, el Mensajero (s.a.s.) convocó una reunión para establecer la hermandad entre los ansar y los emigrantes, en la que participaron 90 personas. La mitad de ellas pertenecía a cada uno de los dos grupos. Probablemente, en aquella reunión solo se incluyó a los ansar acomodados, capaces de alojar al menos a un emigrante dentro de sus posibilidades económicas. Las mujeres no participaron en ella. Por tanto, esta reunión también lleva a pensar que la estimación anterior es correcta.
– Número aproximado de musulmanes en Medina en el momento de la batalla de Badr: todos saben que el islam se extendió con gran rapidez entre los ansar de Medina y que no encontró obstáculos en las tribus de Aws y Jazray. También es bien sabido que, durante el período comprendido entre la Hégira y la batalla de Badr, continuaron llegando emigrantes, de uno en uno o de dos en dos, y que su número total no era insignificante. En la expedición de Bu’ath había 200 emigrantes con el Mensajero (s.a.s.). Del mismo modo, en la expedición de Dhu al-Ushayrah su número se aproximaba a entre 150 y 200. En estas primeras expediciones, el Mensajero (s.a.s.) utilizaba únicamente a los emigrantes.
Porque, según el juramento de fidelidad de Aqaba, los ansar solo estaban obligados a participar en tareas defensivas dentro de Medina. No hace falta decir que, si el número de emigrantes que participaron en la batalla era de 200, el número total debía ser algo mayor. Puede estimarse en al menos 250. [En general, en cualquier población, la proporción de hombres aptos para el servicio militar suele ser de una cuarta o una quinta parte. Sin embargo, la situación de los emigrantes de Medina era diferente por dos razones. En primer lugar, en la sociedad tribal árabe normalmente todo hombre era combatiente, y las excepciones eran muy escasas. Además, debido a la motivación religiosa y revolucionaria de los emigrantes, vivían constantemente en medio del enfrentamiento entre la vida y la muerte. Puede decirse que prácticamente no había excepciones. Por otra parte, los emigrantes no habían llevado consigo a todas sus familias. La presencia de mujeres también era reducida y la mayoría de los ancianos se había quedado en La Meca. Por estas dos razones hemos formulado esta estimación.] El número de ansar debía ser el doble. Es decir, el número total podía ser de entre 700 y 800 personas. [Según diversos relatos históricos, el Mensajero (s.a.s.) realizó tres censos en Medina. En el primero había 500 personas; en el segundo, entre 700 y 800; y en el tercero, algo más de 1.000. Creemos que el primer censo pudo realizarse durante el reasentamiento de los emigrantes o al comienzo de la adopción de medidas defensivas. Posteriormente, al emprender alguna acción importante —por ejemplo, interceptar la caravana comercial qurayshí que regresaba de Siria—, pudo haberse comprobado de nuevo la fuerza disponible. Probablemente, el tercer censo se realizó un año después, ante la amenaza de represalias de Abu Sufyan.]
Algunos pueden confundirse al ver el número de combatientes musulmanes en la batalla de Badr. Sin embargo, según nuestra investigación, cuando el Mensajero (s.a.s.) salió de Medina con 314 compañeros, no esperaba ningún enfrentamiento bélico formal. Su verdadero objetivo era interceptar la caravana comercial. Además, como hubo que organizarlo todo con rapidez, la cantidad de monturas y armas era muy reducida. En cambio, los habitantes musulmanes de Medina podían haber dispuesto de varias veces más monturas y armas. También era posible reunir más combatientes que el número que se había movilizado. La prueba de ello es que en la batalla de Badr participaron en total 86 emigrantes, mientras que anteriormente, en algunas expediciones de patrulla, el número total de emigrantes había llegado a 200. Por tanto, nuestra estimación es que, aproximadamente en la época de la batalla de Badr, la población musulmana total de Medina rondaba entre 700 y 800 personas. De ellas podían reunirse entre 400 y 500 combatientes. Sin embargo, toda la fuerza militar no pudo participar en la batalla de Badr, porque no se había ordenado la participación de toda la fuerza militar. Solo una fuerza salió inmediatamente con el Mensajero (s.a.s.) para alcanzar un objetivo limitado.
La expedición contra los Banū Qaynuqāʿ también demuestra la veracidad de esta suposición. Inmediatamente después de la batalla de Badr, esta tribu judía impía y bárbara fue sitiada, y, tras ser derrotada, accedió a abandonar Medina. Se sabe que la fuerza combatiente de esta tribu estaba compuesta por 600 jóvenes. Puede suponerse que, para mantenerlos sitiados durante 15 días y derrotarlos, el ejército musulmán necesitó al menos entre 400 y 500 combatientes.
– Población musulmana total en el mundo entero en la época de la batalla de Badr (aproximadamente): si sumamos a los setecientos u ochocientos habitantes de Medina los emigrantes que se encontraban en Abisinia y los musulmanes dispersos existentes en Nayrán, Yemen, la tribu de Ghifār, Baréin y otras regiones y tribus, probablemente la fuerza total sería de mil personas o algo más.
– Número de musulmanes en las distintas batallas y expediciones: [Para calcular la fuerza de los movimientos islámicos de épocas posteriores, habrá que conocerla a la luz del número de participantes en las guerras y expediciones.]
– Batalla de Uhud: 650, o según otra opinión, 700 [después de que se marcharan los trescientos compañeros hipócritas de Abdullah ibn Ubayy…..]
– Segunda expedición de Badr- (no hubo batalla) 1510.
– Expedición de Dūmat al-Jandal (no hubo batalla) 1000.
– Batalla del Foso- 3000.
– Viaje a Hudaybiyyah- 1400.
– Batalla de Jaybar: 1.420 (incluidas 20 mujeres).
– Batalla de Mu’ta: 3.000.
– Expedición a La Meca: 10.000.
– Batalla de Hunayn y asedio de Ta’if: 12.000.
– Expedición de Tabuk: 30.000.
– Compañeros del Hayy de despedida: 124.000; según otra opinión, 144.000. [En algunas narraciones se menciona una cifra mayor.]
– Al analizar la creciente fuerza humana del movimiento islámico, también debe tenerse presente que las mujeres estuvieron incluidas desde el comienzo en la lucha revolucionaria del Mensajero (s.a.w.). Ellas también cumplieron sus respectivos deberes para cambiar el curso de la historia. También estuvieron incluidas en la prueba de fuego de La Meca. Muchas de ellas fueron compañeras de viaje durante la hégira. Incluso colaboraron en el yihad previsto. Más aún, es un motivo de gran honor para las mujeres que la primera persona en creer en el Mensajero (s.a.w.), en consolarlo y en brindarle apoyo total fuera una mujer, es decir, Jadiya. En realidad, la transformación fundamental y total que el Mensajero (s.a.w.) se había propuesto realizar no habría podido hacerse efectiva sin la colaboración de las mujeres. Si el ámbito familiar permanece separado de una lucha, el ritmo del trabajo se vuelve excesivamente lento. El movimiento islámico dirigido por el Mensajero (s.a.w.) obtuvo plenamente de las mujeres, al igual que de los hombres, inspiración, dinero, trabajo y sacrificio. En realidad, este tema requiere un artículo independiente. Sin embargo, por el momento lo dejaré pendiente. Aquí solo quiero mostrar brevemente cuál era la proporción de mujeres en el movimiento islámico. De las primeras 56 personas que aceptaron el islam durante los tres primeros años, 12 eran mujeres. Durante la primera y la segunda hégira a Abisinia, sus números fueron respectivamente 5 y 17; en la asamblea del tercer juramento de Aqaba también hubo dos mujeres ansaríes. Entre quienes emigraron a Medina antes que el Mensajero (s.a.w.), también había al menos diez mujeres.
[Fin]