Prefacio

El islam es, en esencia, un sistema estatal autosuficiente. El propio Noble Profeta del islam, Hazrat Muhammad (s), asumió la sublime responsabilidad de llevar este sistema estatal a la práctica. Durante los largos veintitrés años de su misión profética, puso en práctica, dentro de una estructura estatal plenamente constituida, todas las leyes y normas reveladas acerca de la vida colectiva de los seres humanos. Gobernanza y administración, promulgación de leyes, preservación del orden social, impartición de justicia, defensa del Estado y todas las demás tareas importantes fueron realizadas por él a la luz de esas mismas leyes y normas. Así, en los veintitrés años de su misión profética, estableció los cimientos permanentes del sistema estatal islámico.

Tras el fallecimiento del Noble Profeta, sobre esos mismos cimientos permanentes se erigió el Estado ideal del islam: el Califato Rashidun. Hazrat Abu Bakr, Hazrat Umar, Hazrat Uthman y Hazrat Ali (que Dios esté complacido con ellos), estos cuatro íntimos compañeros del Noble Profeta, organizaron y desarrollaron con el mayor cuidado y afecto este sistema estatal de la tradición profética. No solo eso, sino que extendieron sus fronteras más allá de la península arábiga, por todo Irán y por vastas regiones del Imperio romano. En verdad, ha quedado demostrado de manera irrefutable que, en toda la historia de la humanidad, únicamente este sistema estatal logró escribir un capítulo de esplendor dorado. Por muy sorprendentes que sean los sistemas y métodos inventados por los politólogos modernos, ningún otro sistema ha podido alcanzar un éxito tan vasto como este califato de la tradición profética en la promoción del bienestar de la humanidad. Esto es una verdad histórica.

Por desgracia, este califato de la tradición profética perduró en el mundo apenas treinta años. Después, la maldición de la monarquía y la autocracia cayó sobre toda la nación musulmana. El telón oscuro de la jahiliya cubrió su futuro dorado. Actualmente, sus consecuencias siguen manifestándose en los distintos países del mundo musulmán. Además, en tiempos recientes se le ha añadido una nueva jahiliya llamada democracia, inventada por los judíos y cristianos de Occidente. Sus consecuencias venenosas han arrojado hoy a todo el mundo musulmán al torbellino de una crisis política. Lejos de resolver cualquiera de sus problemas, los sistemas y métodos modernos están generando problemas nuevos y enfermando a toda la sociedad musulmana.

En esta situación, la necesidad de un amplio debate en la sociedad musulmana actual sobre el sistema estatal ideal del islam —el Califato Rashidun— se ha vuelto sumamente urgente. Hoy se ha vuelto absolutamente necesario hacer brillar ante la sociedad musulmana esta verdad: el único remedio para todas las enfermedades políticas de los musulmanes es el califato de la tradición profética, y no ningún otro sistema o método. Precisamente por la urgencia de esta necesidad, el gran pensador y filósofo islámico Hazrat Maulana Muhammad Abdur Rahim (que Dios tenga misericordia de él) escribió la presente obra, titulada «El Califato Rashidun». En este libro no ha dedicado demasiada atención, siguiendo el enfoque convencional, a las biografías de los cuatro califas del islam; más bien, ha procurado exponer con la mayor amplitud posible las características de su gobierno y administración, así como sus aspectos dignos de emulación. Desde este punto de vista, es una obra original en lengua bengalí sobre el Califato Rashidun.

Después de que se publicaran dos ediciones de la obra entre 1975 y 1980, el propio autor revisó ampliamente varias de sus partes. En la presente edición, además de corregirse los errores tipográficos, se han añadido numerosos datos pertinentes. Con ello, la obra ha adquirido aún mayor valor y atractivo. Tenemos la firme convicción de que la presente edición será recibida con mayor aprecio por los lectores de lengua bengalí y contribuirá enormemente a guiar por el camino correcto a las personas descarriadas de este país.

Esta es nuestra humilde súplica: que el Altísimo Allah acepte este servicio religioso del autor y, como recompensa por él, le conceda un lugar en el Firdaus.

Muhammad Habibur Rahman

Presidente

Fundación Maulana Abdul Rahim

Daca, julio de 1995

Palabras iniciales

Naturalmente, surgió en mi mente el impulso de consagrarme a dar forma práctica al sistema integral de vida del islam, durante el proceso de estudiarlo ampliamente, reflexionar sobre él, investigarlo, analizarlo y redactar una obra acerca de él. En particular, la normativa ideal que el Noble Mensajero (s), como último profeta y mensajero de Allah Ta’ala, había presentado, no era simplemente una cuestión de idealismo; más bien, constituía plenamente un programa eficaz para establecer un sistema de vida y una sociedad reales. Todo cuanto recibió de Allah Ta’ala, lo llevó a la práctica. Esa era su forma natural de actuar. Cuando partió para siempre de este mundo, dejó, por un lado, la palabra de Allah —el Sagrado Corán— recopilada con sumo cuidado por sus propias manos, y, por otro, un Estado y una sociedad, fruto de toda una vida de lucha y esfuerzo. El Corán y la Sunna permanecen eternamente resplandecientes ante nosotros en forma de libros, y así permanecerán para siempre. También se conserva en las páginas de la historia una imagen fiel del Estado y la sociedad que él estableció. Sin embargo, puede decirse que su existencia práctica ya no se encuentra actualmente. A pesar de ello, tanto para las personas de conciencia sana y pensamiento sutil del mundo en general como, especialmente, para quienes tienen fe en el islam y en el Mensajero, el Estado y el sistema social establecidos por el Noble Mensajero (s) siguen siendo una de las principales fuentes de inspiración incluso en la época actual. Para ellos, todavía se han convertido en un objetivo ideal, y así permanecerán para siempre; esto es indudable.

El Estado que había establecido el Noble Profeta (s), después de su fallecimiento, recibió un nuevo nombre de acuerdo con su propia declaración: «el Califato Rectamente Guiado». En realidad, el Califato Rectamente Guiado es precisamente aquello que está establecido idealmente por el Corán y la Sunna: el Estado y la sociedad que el Noble Mensajero (s) mismo construyó y dirigió como resultado de su incansable esfuerzo y lucha durante sus veintitrés años de vida profética; el Califato Rectamente Guiado es su continuación, su segundo capítulo. Si el Corán y la Sunna son la semilla, entonces el «Califato Rectamente Guiado» es el árbol completo, adornado con ramas, follaje, flores y frutos. Y la época del Noble Mensajero (s) constituye el tronco de este árbol. En esta etapa decidí emprender un amplio estudio, reflexión e investigación, y hacer resplandecer en lengua bengalí la imagen fiel de todo ello; eso ocurrió hace ahora veinte años. Después, en distintos momentos, escribí y publiqué en forma de artículos cuanto se me había aclarado y los aspectos que se habían hecho claros para mí. Incluso después de organizar su publicación como libro, tuve que seguir escribiendo sobre algunos aspectos para completarlo. Por ello, «el Califato Rectamente Guiado» no llegó a ser una obra escrita de manera continua y unificada, sino una compilación de escritos redactados y publicados —o aún inéditos— en distintos momentos y etapas. No obstante, doy cientos de miles de gracias a Allah Ta’ala al ver que finalmente ha sido posible presentarlo a los lectores en forma de libro.

Esta obra se publicó por primera vez en enero de 1975. Después de agotarse en poco tiempo, se publicó su segunda edición en julio de 1980. Esto es fruto de la infinita misericordia de Allah.

Espero que esta obra, al igual que mis otros libros, sea bien recibida por la comunidad erudita y dé comienzo a una nueva fuente de inspiración en el ámbito del idealismo.

-Muhammad Abdur Rahim

 

(a)

El Noble Mensajero (s) dijo:

********** (árabe)

Quienes de vosotros sigan vivos después de mí verán muchas discrepancias. En tal situación, vuestro deber será seguir mi ejemplo y el de los Califas Rectamente Guiados. Aferraros firmemente a él y no lo abandonéis bajo ninguna circunstancia. (Musnad de Ahmad, Tirmidhi, Ibn Mayah)

(b)

En un largo hadiz qudsí, después de mencionar la identidad y las alabanzas del Noble Mensajero (s), se citaron estas palabras de Allah como descripción de sus compañeros:

******* (árabe)

La comunidad de Muhammad, después de su desaparición, invitará hacia la gran verdad y administrará justicia y equidad conforme a la religión verdadera. Honraré a quienes los ayuden. Ayudaré a quienes oren por ellos. A quienes se opongan a ellos, se rebelen contra ellos o intenten arrebatarles algo de lo que poseen, los rodearé de la máxima desgracia. Haré de los primeros herederos de sus profetas y los convertiré en invitadores hacia Dios. Ordenarán la verdad y la justicia, y prohibirán la injusticia y la mentira. Establecerán la oración, entregarán el azaque y cumplirán sus promesas. Así como inicié el bien por medio de los primeros de ellos, por medio de ellos mismos llevaré ese bien a su culminación. Esto es enteramente un favor Mío: se lo concedo a quien quiero. Y, en verdad, Yo soy el Magnánimo dispensador de favores. (Ibn Abi Hatim, transmitido de Wahb ibn Munabbih, según Ibn Kazir en su exégesis.)

Establecimiento de los fundamentos del Estado islámico

El Profeta universal, Muhammad (la paz sea con él), fue enviado al mundo como el último profeta y mensajero de Dios Altísimo. La responsabilidad que le fue encomendada en el mundo puede resumirse, en la terminología islámica, en una sola expresión: «iqamat al-din». Establecer plenamente la religión de Dios constituía la responsabilidad fundamental del último profeta. De esta frase se desprende claramente que él no inventó la religión, sino que la recibió de Dios. Esta religión descendió sobre él desde Dios mediante la revelación. Por ello, él es el Mensajero de Dios. Además de transmitir fundamentalmente la revelación recibida de Dios, explicar adecuadamente su contenido y hacerla resplandecer mediante su aplicación práctica en su propia vida también formaban parte de su responsabilidad como profeta y mensajero. Pero para el «iqamat al-din» no bastaba con esto: como profeta y mensajero, también tenía el deber de aplicar plenamente las leyes y normas reveladas por Dios tanto en la vida individual como en todos los ámbitos de la sociedad. Por esta razón, el esfuerzo de predicación religiosa que llevó a cabo se materializó y apareció como un Estado plenamente constituido. En este sentido, él fue el primer fundador del Estado islámico y el dirigente absoluto y jefe de Estado de sus habitantes.

Desde la perspectiva de la ciencia política moderna, el resultado de la lucha y el esfuerzo del Noble Profeta (la paz sea con él) contiene la manifestación plena de aquello que se entiende por Estado. El «Estado» es una organización política. Esta organización se constituye con el propósito de satisfacer las necesidades de la vida humana, y se mantiene su existencia intacta y permanente para hacer la vida más beneficiosa y mejor. El «Estado» es el fruto superior de la fuerza humana. Allí donde una gran colectividad de la humanidad posee generalmente un territorio geográfico determinado y la voluntad de una clase específica de numerosas personas, gracias a su fuerza conjunta, puede hacerse efectiva con el propósito de someter a sus opositores, allí existe un Estado. En términos breves, se denomina Estado o «State» a la entidad nacional constituida como organización política de un territorio determinado.

De las definiciones ofrecidas por la ciencia política se demuestra que los siguientes cuatro elementos son los componentes fundamentales del Estado: (1) el pueblo (population), (2) un territorio determinado (Territory), (3) la soberanía (Sovereignty) y (4) el aparato administrativo o gobierno (Government).

Hasta la llegada del Noble Mensajero (la paz sea con él) a Medina, el fruto que había producido su esfuerzo por cumplir la responsabilidad que le había sido encomendada contenía, incluso tras un análisis minucioso desde la perspectiva de la ciencia política, estos cuatro elementos fundamentales en toda su extensión; aunque, por su perspectiva y su concepción fundamental, su naturaleza era completamente distinta de la de todos los demás Estados estudiados por la ciencia política.

El primer establecimiento de los fundamentos del Estado

Después de que el Noble Profeta (la paz sea con él) fuera elegido como Mensajero y Profeta de Allah, comenzó a predicar el ideal revolucionario del din del Islam, primero en secreto y luego públicamente. Esto provocó una intensa reacción en las creencias religiosas, el carácter moral, el sistema económico y la vida social y política de los Quraysh de aquella época. En verdad, como consecuencia de ello, todos sus intereses, esperanzas y aspiraciones se vieron enfrentados a un serio desafío. Por esta razón, los Quraysh sometieron las vidas del Noble Profeta (la paz sea con él) y de los musulmanes que creían en él a insoportables torturas y persecuciones. Finalmente, siguiendo la orden de Allah el Altísimo, decidió abandonar La Meca y dirigirse a Medina. En ese momento, el Noble Profeta (la paz sea con él) recibió dos veces de los musulmanes de Medina que habían acudido con motivo de la peregrinación el juramento de obediencia, la «bay’a»1 {Su significado práctico y terminológico es «juramento de obediencia».} En la historia, estas dos «bay’as» son conocidas como la «Primera bay’a de Aqaba» y la «Segunda bay’a de Aqaba»2{El relato completo de la bay’a de Aqaba es el siguiente: los habitantes de Medina se reunieron en el tercer turno de la noche en un lugar llamado Aqaba, ansiosos por esperar la llegada del Noble Mensajero (la paz sea con él). Poco después, el Noble Profeta (la paz sea con él) se presentó allí acompañado de su tío Abbas (quien aún no había aceptado el Islam). Abbas dijo primero: «¡Oh, miembros de la tribu de Khazraj! Sabéis muy bien que Muhammad (la paz sea con él) es una persona sumamente respetada y honorable entre nosotros. Nosotros somos quienes lo protegemos de sus enemigos. Pero ahora él mismo ha decidido abandonar esta ciudad (La Meca) y unirse a vosotros, pues lo estáis invitando a vuestra ciudad. Si sois capaces de protegerlo plenamente y tenéis el valor de defenderlo de las manos de sus enemigos, hacedlo. De lo contrario, debéis decir que no ahora mismo. Muhammad se encuentra actualmente bajo nuestra protección. No permitáis que ocurra que lo llevéis con vosotros y luego lo entreguéis en manos de sus enemigos». Ellos respondieron: «Hemos escuchado sus palabras. Ahora él es el Mensajero; exponga usted su propuesta. Si desea obtener de nosotros algún compromiso respecto a la ley de Allah o respecto a usted mismo, acéptelo». Después de esto, el Noble Profeta (la paz sea con él) recitó primero algunos pasajes del Noble Corán. Les propuso aceptar la adoración de Allah y no asociarle nada. Luego dijo: «Os tomo el compromiso de que me ayudaréis, apoyaréis y respaldaréis del mismo modo que protegéis a vuestras mujeres y a vuestros hijos». Inmediatamente, tomándole la mano al Noble Mensajero (la paz sea con él), exclamaron: «Sí, por la grandeza de Aquel que os ha enviado con la religión verdadera y correcta, os ayudaremos y protegeremos precisamente como protegemos a nuestras familias». Después todos dijeron al unísono: «Nos comprometemos a escuchar siempre vuestras palabras y a obedeceros, tanto en la aflicción y la desgracia como en la comodidad y la prosperidad, y cualesquiera que sean la necesidad y la escasez; dondequiera que estemos, diremos la verdad en todo momento y circunstancia, no temeremos a nadie ni prestaremos atención a ninguna persecución».

Después le dijeron: «Nos ha surgido una pregunta. ¿No sucederá acaso que, cuando Allah el Altísimo os conceda la victoria, nos abandonéis y os unáis a los miembros de vuestra propia nación?». Al oír esto, el Profeta (la paz sea con él) sonrió levemente y dijo:

*******(árabe)

No, podéis estar tranquilos al respecto. Combatiré contra aquellos contra quienes combatáis. Haré la paz con aquellos con quienes hagáis la paz. Vuestra responsabilidad será mi responsabilidad. Vuestro honor y dignidad serán considerados mi honor y dignidad. Y mi vida y mi muerte estarán junto a vosotros.

En realidad, mediante este diálogo celebrado en Aqaba se concluyó, indirectamente, un pacto social y colectivo. Por medio de él, los habitantes de Medina aceptaron simultáneamente al Noble Mensajero (la paz sea con él) como su líder religioso y político y como autoridad estatal, y él se dirigió a Medina por invitación de ellos. El Noble Profeta (la paz sea con él) se convirtió en su líder absoluto. Está escrito con letras de oro bajo ese nombre. En aquel momento, unos 75 musulmanes en total, incluidos dos mujeres, pertenecientes a las dos principales tribus enfrentadas de Medina, Aws y Khazraj, se unieron y prestaron la bay’a en manos del Noble Mensajero (la paz sea con él). En esta bay’a se comprometieron no solo a aceptar y seguir plenamente el din del Islam, sino también a reconocer el liderazgo integral del Noble Profeta (la paz sea con él), establecer para él un sistema completo de seguridad y estar dispuestos a luchar a muerte contra la parte opositora bajo su liderazgo. No solo eso: invitaron al Noble Profeta (la paz sea con él) a trasladarse a Medina junto con sus compañeros y reiteraron su promesa de proporcionarles allí un lugar donde vivir. Los habitantes de Medina no invitaron al Noble Profeta (la paz sea con él) como un «colono refugiado» (Settler-Asylum), sino como Mensajero y representante de Allah, y como su líder y administrador supremo. El Noble Profeta (la paz sea con él) aceptó esta invitación y anunció allí mismo su decisión de trasladarse a Medina acompañado de sus compañeros. En realidad, el pacto social y colectivo (Social Contract), cuya existencia constituye la primera condición fundamental para el surgimiento de un Estado, tomó forma concreta en esta bay’a de Aqaba recibida por el Noble Profeta (la paz sea con él) de los habitantes representativos de Medina. En verdad, fue mediante esta bay’a como se estableció el primer fundamento del Estado islámico. Aunque esta bay’a se celebró en una cueva montañosa aislada de La Meca, el territorio (Territory) que se le asignó fue Medina. Desde entonces, «Medina» comenzó a ser llamada «Madinat al-Rasul», la Medina del Mensajero, o «Madinat al-Islam», Medina, el centro del Islam. Todas las condiciones esenciales mencionadas en la definición más reciente de un Estado (State) en la ciencia política occidental están aquí plenamente presentes. De la bay’a prestada por los musulmanes de Medina y del diálogo que tuvo lugar entre ambas partes se desprende claramente que, al invitar al Noble Profeta (la paz sea con él) a trasladarse a Medina, asumieron el riesgo de un grave peligro. Estaban completamente dispuestos a soportarlo sin vacilación. En otras palabras, una pequeña ciudad suburbana parecía empujarse a sí misma hacia la hostilidad extrema de todo el país y hacia el boicot económico y social. Naturalmente, eso fue exactamente lo que ocurrió.

Por otra parte, esta bay‘a había adquirido un significado especial y peligroso para los habitantes de La Meca. Pues, aunque los musulmanes se hubieran reunido en otro lugar fuera de La Meca, mediante ella se habían convertido en una fuerza, en un Estado, y en un desafío mortal al kufr y al politeísmo, así como a la anarquía y el desenfreno de los habitantes de La Meca. Es decir, para los habitantes de La Meca no se trataba únicamente de un peligro religioso, sino que se había presentado como un evidente «peligro político». Puesto que Medina se encontraba en una importante ruta comercial que iba desde Yemen hacia Siria, surgió el temor de que, como consecuencia de la transformación de los musulmanes en un Estado allí, esta ruta quedara cerrada para ellos para siempre o, al menos, se volviera peligrosa. Sin embargo, esta ruta era el principal vínculo de la vida económica de los qurayshíes y de los miembros de las demás grandes tribus. Los qurayshíes habían comprendido profundamente sus consecuencias. Por ello, habían decidido de antemano y de forma unánime extinguir para siempre la luz de la vida del Profeta del universo.

En una palabra, esta «bay‘a» fue, por un lado, la piedra angular de la primera organización estatal islámica y, por otro, mediante ella también se establecieron los fundamentos de una organización social ideológica. En efecto, en la Historia Conocida (Known History), cuando se habla de un Estado completamente basado en un ideal, se alude precisamente a este.

El Estado islámico en Medina

Con la hégira del Noble Mensajero (s), conforme a la bay‘a de Aqaba, el Islam se trasladó a Medina. Lo que al principio era una semilla se convirtió entonces en un árbol. Lo que era teoría (Theory) se convirtió entonces en realidad (Practical). Lo que al principio se limitaba a una mera obediencia verbal pasó entonces a ser seguido en las actividades cotidianas y en los asuntos sociales y colectivos, cobrando una forma concreta. Lo que en La Meca había sido un comienzo, en Medina comenzó a avanzar gradualmente hacia la plenitud, atravesando paso a paso las etapas del progreso.

Al llegar a Medina, el Noble Profeta (s) realizó dos importantes tareas desde la primera etapa. La primera fue establecer los cimientos de una mezquita. Esta mezquita no era solamente un lugar para realizar las cinco oraciones diarias; se convirtió en el centro de reunión de la comunidad musulmana. Tomando este lugar como centro, el Noble Profeta (s) comenzó a esforzarse por cultivar y desarrollar, junto con las personas consagradas al Islam, una fuerza social y colectiva basada en un ideal. Alrededor de esta mezquita se dedicó por completo a formar ciudadanos y una dirigencia de trabajadores capaces de administrar un Estado plenamente constituido sobre la base del gran ideal del Islam. Esta mezquita era el edificio de la jefatura del Estado, el cuartel general del comandante supremo (Supreme Commander) y la oficina central de la máxima autoridad administrativa.

La segunda tarea fue establecer una relación de hermandad mutua entre los muhāŷirūn y los ansar. Esto constituía la aplicación práctica de una instrucción explícita del Corán. La instrucción era la siguiente:

*******(árabe)

Los creyentes son hermanos entre sí; por tanto, estableced la reconciliación y el bienestar mutuo entre estos hermanos. Y temed todos juntos a Alá; se espera que recibáis Su misericordia.

El islam llegó como una gran doctrina dinámica y adecuada a su época, portadora del mensaje de la fraternidad común de toda la humanidad. Al establecer la fraternidad mencionada, el Noble Mensajero (s) colocó los cimientos de esa inmensa humanidad universal e inició su desarrollo práctico. Mediante ella, eliminó por completo las limitaciones del lugar, el tiempo y la geografía, las diferencias lingüísticas y las divisiones de linaje, sangre y tribu. Gracias a este vínculo fraternal, también fueron completamente destruidas las distinciones entre los habitantes locales y los foráneos. Tras acabar con todas las diferencias y divisiones materiales y mundanas, el Noble Profeta (s) comenzó a construir una Sociedad de la Fraternidad Universal.

El principio de esta sociedad fraternal era que aquí nadie era inferior ni superior. Nadie era despreciable ni honorable. Nadie era ashraf ni atraf. Nadie era noble ni innoble. Cada persona de esta sociedad no era más que un hermano dotado de igual dignidad y derechos conforme al gran ideal del islam. «Musulmán» era su única identidad. Fuera de ella, no tenían ninguna otra identidad.

En una segunda etapa, el Noble Profeta (s) convirtió este sentimiento de fraternidad en un instrumento eficaz para la reconstrucción y el reasentamiento de la sociedad. Cada hermano de la sociedad que él había formado estaba completamente dispuesto a realizar toda clase de sacrificios necesarios por su otro hermano. Quien tenía algo se lo daría a quien no lo tenía. Pero esto no sería una «donación», ni sería un «favor». Al recibirlo, el beneficiario no se convertiría en alguien favorecido por el donante, ni en un objeto de compasión, humillado y degradado. Era su deber. Uno daría algo a su hermano porque darlo era su deber. El hermano lo recibiría con la intención de ayudar a su hermano a cumplir con su deber. Como resultado, en un tiempo inimaginablemente breve se resolvió con facilidad el difícil y complejo problema de reasentar a la enorme cantidad de personas que habían llegado de La Meca sin bienes y completamente desposeídas. Y no solo eso: en conjunto, la sociedad y el Estado islámicos recién establecidos prosperaron con gran bienestar y adquirieron nuevas fuerzas. Cada ciudadano obtuvo la motivación y la oportunidad de ganarse su propio sustento. Por consiguiente, nadie permaneció como una «carga» o dependiente de otro.

En una tercera etapa, ante el Noble Mensajero (s) se presentó la difícil responsabilidad de construir unidad, cohesión y disciplina desde el seno de la desintegración y el caos. En realidad, era un problema enorme, semejante a una montaña. Los profetas y mensajeros del pasado tampoco habían logrado resolver este problema. Pero el Noble Mensajero (s) tuvo que hacerlo, y lo hizo con un éxito y una capacidad extraordinarios. Su empeño consistía en desgarrar el pecho de la debilidad, la incapacidad y la impotencia para hacer crecer el enorme árbol de la fuerza y la capacidad. Su objetivo era eliminar las disputas y desigualdades mutuas y crear una unidad y una cohesión indestructibles. Su deber era apartar el gélido frío de la muerte, hacer surgir el calor, la vivacidad y la actividad de la vida, y construir un mundo nuevo. Allah, el Altísimo, lo indicó al decir:

********(árabe)

Y descargamos de ti aquella pesada carga que había encorvado tu espalda.

En una cuarta etapa, su deber consistía en «ocuparse del exterior». Hasta entonces, todo lo que había hecho podía llamarse ocuparse de la casa. Pero cumplir la responsabilidad no termina simplemente con ocuparse de la casa. Después de establecer la unidad interna y la seguridad de la sociedad islámica, se presentaron ante él dos tareas para preservarla de manera permanente. Una consistía en garantizar la seguridad de la sociedad islámica frente a los ataques hostiles cotidianos y constantes, prácticamente de cada momento, de la sociedad judía no musulmana que habitaba en el entorno adyacente a la casa. La segunda tarea consistía en adoptar medidas adecuadas y fiables para la restauración completa de este recién construido palacio del Estado islámico frente al ataque total de los enemigos externos y, al mismo tiempo, abrir la gran vía para la amplia difusión del islam por todo el mundo.

En aquella época reinaban en la ciudad de Medina cierta anarquía y desorden. Las dos grandes tribus principales de allí, Aws y Jazrach, estaban divididas en aproximadamente cuatro facciones. Por otro lado, las diez tribus judías eran independientes de ellas. Cientos de años de enemistad las habían convertido en enemigas mortales unas de otras. Por lo general, algunas tribus árabes obtenían la ayuda de los judíos para luchar contra sus enemigos. Otras tribus árabes recibían la ayuda de algunas tribus rivales. Después comenzaba una guerra sangrienta que continuaba de generación en generación y durante siglos. Como consecuencia, una aflicción y un sufrimiento extremos descendían sobre la vida de la gente común de Arabia. Se esforzaban al máximo por liberarse de aquella situación insoportable. Por eso, poco antes de la llegada del Noble Profeta (s) a Medina, una gran parte de los habitantes de Medina había decidido nombrar a Abdullah ibn Ubay ibn Salul como su rey y gobernante. El Noble Profeta (s) estaba informado de la situación de la población de Medina. Para cambiarla, inmediatamente después de recibir el juramento de Aqaba nombró naqibs a doce miembros de las diversas tribus de Medina y, de ese modo, trató de crear reconciliación y unidad entre las tribus enfrentadas y en conflicto mutuo. Sin embargo, cada tribu de aquella sociedad tribal era completamente independiente, poseía el derecho de autoadministración y se gobernaba con plena libertad en sus asuntos internos. Además, allí no existía ningún sistema administrativo ni institución ejecutiva eficaz que mantuviera relacionadas y unidas entre sí a aquellas tribus. A pesar de todo ello, gracias a los esfuerzos de los predicadores del islam enviados por el Noble Profeta (s), muchas personas de entre los habitantes de Medina aceptaron el islam y se incorporaron a la sociedad musulmana, aunque hasta entonces el islam no había podido alcanzar en Medina la condición de fuerza política.

El Noble Profeta (s), al llegar a Medina, redactó una declaración con el propósito de poner fin a aquella situación anárquica.1 {En la historia, esta declaración está registrada con el nombre de «Pacto de Medina». Con esta declaración, Medina adquirió la condición de «ciudad-Estado» (city state). Sobre esa base, se hicieron los mayores esfuerzos para crear especialmente unidad y cohesión entre todas las tribus dispersas y desunidas.}

Es de todos sabido que estas personas jamás habían inclinado la cabeza ante ningún poder estatal (State-power/coercive power). Nunca habían estado sujetas a las normas, la disciplina y la autoridad de un poder central. Mediante esta declaración, el Noble Profeta (s) las organizó y consolidó a todas bajo una ley, es decir, un solo Dios, un solo liderazgo y una misma qibla. Desde el punto de vista de los derechos individuales, la Declaración de Medina (Medina Diclaration) fue una medida revolucionaria. El derecho que antes disfrutaba una persona, una familia o una tribu, tras la entrada en vigor de esta declaración quedó establecido como derecho de todos. Así, por un lado llegó a su fin la anarquía tribal y, por otro, se establecieron los fundamentos del Estado islámico en el verdadero sentido de la palabra.

Según las disposiciones del Pacto de Medina (Medina Pact), todo el poder administrativo (Administrative), legal (Legal) y penal o judicial (Judicial) fue confiado a Hazrat Muhammad (s). Sin embargo, existe una enorme diferencia entre el Profeta Universal y los demás gobernantes del mundo en este aspecto. Él no asumió ese poder amplio y absoluto como un gobernante arbitrario y despótico. No podía atribuirse a su persona, en modo alguno, ni el más mínimo concepto de interés personal, soberanía individual o dominio personal; por el contrario, su política de Estado se basaba en elevados ideales morales y humanitarios. Ni por un instante se consideró soberano (Sovereign), ni se presentó públicamente como tal. La ley que aplicaba a los demás la consideraba aplicable también a sí mismo, igual que a los demás. En realidad, no puede señalarse ningún ejemplo semejante en la historia política del mundo.

El Pacto de Medina está dividido en dos partes. La primera parte consta de 23 cláusulas. Está relacionada por completo con los Muhayirun y los Ansar. La segunda parte se refiere a los derechos y deberes de los judíos de Medina.

Según este pacto, en todos los asuntos de la sociedad y del Estado, la decisión y el veredicto del Noble Profeta (s) eran definitivos. La máxima autoridad judicial también le correspondía a él. Al aceptar la religión del islam, los Muhayirun y los Ansar habían reconocido al Mensajero Noble (s), no solo como líder religioso, sino también como autoridad suprema de la sociedad y del Estado. Por lo tanto, no podía plantearse que tuvieran objeción alguna a un pacto de este tipo. Pero la sociedad judía pretendía tener supremacía cultural sobre toda Arabia. A pesar de ello, que aceptaran un pacto compuesto por cláusulas de esta naturaleza fue un gran milagro de la política de Estado del Profeta Universal.

Cláusulas destacadas del Pacto de Medina

No es posible citar aquí detalladamente las cláusulas del Pacto de Medina. En resumen, se presentan aquí varias de sus cláusulas importantes, junto con una revisión general relacionada con ellas.

El Estado que comenzó a tomar forma a partir de la primera parte de la declaración estaba compuesto por los Muhayirun, los Ansar, las demás tribus vinculadas por pactos y otras personas. Todas estas personas se habían comprometido explícitamente a seguir el liderazgo del Noble Profeta (s), unirse a él y luchar contra los enemigos. A pesar de sus divisiones y diferencias internas, habían formado una unidad (Unit) independiente de toda la sociedad mundial. Todo el pueblo musulmán había asumido una condición completamente igual en derechos y deberes. La guerra y la paz fueron consideradas asuntos estatales y colectivos. El deber militar se volvió obligatorio para todos. El derecho a otorgar garantías de seguridad fue establecido para cada individuo. Todos adquirieron el derecho a pactar, y el pacto de uno pasó a ser obligatorio para todos. Como resultado, comenzó en la organización estatal una edad de oro de plena fraternidad, igualdad y libertad individual.

Conforme a este tratado, nadie tenía derecho a ponerse del lado de los coraichitas de La Meca, ni a prestarles ningún tipo de ayuda o refugio. Además, nadie podía crear obstáculo alguno ni oponerse al avance de los musulmanes contra los coraichitas.

El propio Hazrat Muhammad (s) obtuvo la autoridad de tribunal supremo y definitivo en todos los asuntos.

A partir de entonces, la administración de justicia dejó de ser asunto de una sola persona o de una tribu; por el contrario, adquirió un carácter colectivo y social. Toda la autoridad judicial obtuvo un carácter central. Esta fue también una decisión revolucionaria. Como resultado de ella, la absoluta imparcialidad y la justicia pura pasaron a prevalecer en todas partes. No quedó el menor resquicio para el favoritismo, el nepotismo ni la preferencia por los parientes. Todos los musulmanes quedaron colectivamente obligados a garantizar que nadie oprimiera a otro ni usurpara los derechos de nadie.

La segunda parte del Pacto de Medina estaba enteramente relacionada con los judíos. Toda la comunidad judía, como un conjunto, quedó vinculada al Estado-ciudad de Medina mediante un sistema federal. En la primera cláusula se establecía que, si judíos y musulmanes libraban juntos alguna guerra, cada grupo asumiría sus propios gastos. Ambos gozarían de plena libertad para practicar su propia religión. De este modo, en los asuntos sociales y culturales, los judíos obtuvieron los mismos derechos que los musulmanes. En la responsabilidad de defender el país, unos y otros se convirtieron en aliados. Es decir, contra aquellos contra quienes combatieran los musulmanes, también los judíos estarían obligados a luchar. Con aquellos con quienes los musulmanes celebraran una tregua, también los judíos estarían obligados a celebrarla. Asimismo, en aquel momento, ambos grupos tendrían el deber de prestarse ayuda efectiva en la defensa del país, es decir, en la defensa del Estado-ciudad de Medina. Como resultado de este tipo de tratado, la defensa pasó también a considerarse un asunto central. Después, el Noble Mensajero (s) se convirtió en comandante supremo del ejército conjunto formado por musulmanes y judíos. Este fue otro gran éxito político del Noble Mensajero (s).

El Noble Mensajero (s) no interfería en lo más mínimo en los asuntos estrictamente internos de los judíos. Como resultado, las nubes negras de hostilidad y temor que se habían acumulado en sus corazones se disiparon con suma facilidad. Ellos mismos, llenos de entusiasmo, aceptaron al Noble Mensajero (s) como juez supremo en todos sus asuntos. Quedó completamente prohibido ejercer sobre él cualquier influencia basada en los vínculos familiares. De este modo, fueron borrados por completo todos los vestigios de las falsas normas de la época de la ignorancia. La situación llegó al punto de que los judíos no se limitaron a reconocer al Noble Profeta (s) como su administrador, sino que también convirtieron toda Medina en un «haram» (zona protegida y preservada). Esto fue asimismo una gran muestra de la sabiduría política y la perspicacia del Noble Mensajero (s). (Más tarde, por supuesto, debido a que los judíos se involucraron abiertamente en conspiraciones contra el Estado, finalmente se vieron obligados a exiliarse de Medina.)

Para la defensa y la preservación del Estado-ciudad de Medina, además de establecer una firmeza interna, era indispensable forjar relaciones de alianza con las tribus que vivían en las afueras de la ciudad. Con este propósito, el Noble Profeta (s) recorrió e inspeccionó las regiones occidentales y los distritos fronterizos, y firmó varios tratados con las tribus de aquellas zonas. Como resultado, esas tribus se convirtieron en fuerzas aliadas de los musulmanes en materia de defensa. Posteriormente, las tribus de los alrededores de Medina, en lugar de enemistarse con los musulmanes, se convirtieron en importantes auxiliares.

El paso definitivo

Después de obtener plena seguridad y tranquilidad tanto dentro de Medina como en sus alrededores, el Noble Profeta (s) firmó una tregua de diez años con los coraichitas de La Meca. Puesto que este tratado se concertó en un lugar llamado Hudaibía, pasó a ser conocido en la historia como la «Tregua de Hudaibía». En realidad, el propio Corán Majid calificó este tratado, para los musulmanes, como «Fathum Mubín», es decir, una «victoria clara y resplandeciente». Después de la firma de esta tregua, el Noble Profeta (s) obtuvo una oportunidad libre y sin obstáculos para propagar ampliamente el islam por toda Arabia. Al mismo tiempo, se abrió el camino para expulsar de una vez y por completo a los judíos de Jaybar, centro de su poder. Tras conquistar las inexpugnables fortificaciones de Jaybar, el Noble Profeta (s) pudo conquistar La Meca de manera completamente pacífica y sin derramamiento de sangre. Después de la conquista de La Meca, en el octavo año de la Hégira, el Noble Profeta (s) logró unificar toda la península arábiga bajo el gobierno único y absoluto del islam. De este modo, durante su propia vida, estableció el Estado islámico sobre cimientos firmes.

Es obvio que el Estado establecido por el Noble Mensajero (s) no era un Estado cualquiera. Era, en realidad, la realización plena de un ideal que hasta entonces no existía. La semilla que había sido plantada en secreto, veintiún años antes, en un lugar apartado de la península arábiga, se convirtió más tarde en un árbol majestuoso que cobijó a toda Arabia bajo su fresca sombra y estableció para la humanidad entera un faro permanente (Light House). Hasta la eternidad, desde este faro seguirán irradiándose abundantes haces de luz sobre la vida de los seres humanos, y las personas desorientadas, atormentadas por la opresión y la persecución, continuarán encontrando en él la guía certera hacia la liberación y el bienestar.

Características del Estado establecido por el Profeta

Aquí es necesario mencionar las particularidades y características del sistema estatal establecido por el Noble Profeta (s). A continuación se presentan brevemente.

(1) El Estado establecido por el Profeta fue el primer sistema estatal del mundo construido sobre la base de un pacto y un compromiso social y colectivo (Social Contract). No se encuentra en la historia de la humanidad ningún ejemplo de la fundación de un Estado de este tipo. En el decimotercer año de la profecía, los habitantes de Medina prestaron voluntaria y entusiastamente la bay‘a al Noble Profeta (s), y lo reconocieron, además de como su líder religioso, como líder político y gobernante; con el tiempo, aquello alcanzó su plena madurez en la forma de un sistema estatal integral y total.

(2) La fuente de la soberanía (Sovereignty) de este sistema estatal era exclusivamente la esencia del Dios Altísimo. En aquello que se entiende por soberanía no correspondía parte alguna a nadie, ni siquiera al propio Noble Profeta (s). Muhammad (s), como Mensajero de Allah, promulgaba las leyes y dirigía la administración del Estado sobre la base de las normas coránicas. Precisamente esta cuestión de la soberanía constituye la piedra angular de la diferencia abismal entre el Estado islámico y las demás concepciones estatales del mundo. El Noble Mensajero (s) recibía la revelación de Allah. Esa revelación era la fuente fundamental de la ley. Sin embargo, jamás se presentó a sí mismo como poseedor del derecho de soberanía. Él mismo explicaba la revelación, pero nunca se excluyó de su aplicación. Por el contrario, mediante la revelación, incluso los «errores» de sus propios actos fueron expuestos ante el pueblo. Él mismo se presentó repetidamente ante la gente para que juzgaran sus propios «delitos». Como resultado, quedaron completamente refutadas todas las concepciones y doctrinas que colocaban al «rey» o al «administrador supremo» en el lugar de Allah —como «el rey nunca puede equivocarse», «el rey nunca puede ser acusado», etc.—. Así quedó establecido también que, en un Estado fundado sobre la soberanía absoluta de Allah, ninguna persona puede convertirse en «rey» ni en déspota. Tampoco puede hacerlo ningún partido o grupo. Nadie puede tener el derecho de convertir a los seres humanos en esclavos.

(3) Era un Estado plenamente basado en una ideología (Ideological State). El Noble Profeta (s) fue el primero en la historia en comenzar a gobernar un Estado sobre la base de una constitución escrita (Written Constitution). No era un Estado basado en la ascendencia, la patria, la raza, la lengua ni una mera unidad económica. Era el primer Estado portador y transmisor del ideal de vida islámico, que invitaba a toda la humanidad del mundo al Islam, sin distinción de nación o religión. La plena realización del ideal islámico, el logro de su victoria total y la procuración, por medio de ello, del bienestar general del pueblo constituían el único objetivo de este Estado.

Cabe señalar que el Estado islámico, al contrario que los Estados fascistas o los llamados Estados democráticos de Occidente, no es un objetivo en sí mismo —es decir, no existe por el Estado mismo—; su propósito es alcanzar un objetivo superior y más noble mediante la realización de un ideal. Y ese objetivo consiste en la obediencia plena a Allah y a Su Mensajero, y en alcanzar la máxima complacencia de Allah. Un Estado democrático o nacional secular (Secular) no está sometido a ninguna norma moral superior. El Estado islámico, en cambio, es exactamente lo contrario. En él, todos los asuntos religiosos y científicos se llevan a cabo sobre la base de las normas de Allah.

(4) En el Islam, la religión y el Estado son simplemente dos aspectos inseparables de una misma realidad. La diferencia existe solo en las palabras; en la realidad esencial o en la concepción no hay diferencia alguna. Aquí, lo que es religión es política, y en aquello que es política está contenida la religión. El Islam es, por naturaleza, una religión completa. No existe ningún aspecto de la vida humana ni del universo respecto del cual falten las normas del Islam. El Noble Mensajero (s), como representante de Allah, era simultáneamente el líder indiscutible en todos los aspectos y ámbitos de la vida. La fragmentación y la dualidad de la vida son contrarias al Islam. En realidad, la irreligiosidad estatal o el secularismo son fruto de la reacción contra el papado del siglo XIX. Desde una perspectiva histórica, hoy pertenecen por completo al pasado. En la época actual es imposible la existencia de un Estado basado en ello, pues, aparte del escepticismo, la inestabilidad mental y el utilitarismo (Utilitarianism), no ha podido aportar ninguna otra contribución a la humanidad mundial.

(5) El Estado islámico es, en el verdadero sentido, un sistema estatal eficaz basado en los derechos populares y en la opinión pública. Puesto que todos los asuntos del Estado se llevan a cabo con el apoyo y la aprobación del pueblo, la aplicación de los principios fundamentales del Estado no puede ser eficaz sin consultar a los responsables correspondientes. Este principio fue seguido plenamente por el Noble Mensajero.

La libertad individual, la igualdad y la justicia son los fundamentos esenciales de un sistema estatal basado en los derechos populares. Sin su adecuada aplicación, las aspiraciones del pueblo no pueden hacerse realidad. En el primer sistema estatal islámico establecido por el Noble Mensajero se hizo efectiva por primera vez la verdadera libertad humana. En la proclamación de la profesión de fe islámica, «No hay más dios que Allah y Muhammad es el Mensajero de Allah», está expresada, con una conciencia extraordinaria, la idea revolucionaria de la libertad individual. No es sino una proclamación revolucionaria de que nadie está dispuesto a someterse, ni siquiera en lo más mínimo, a nadie ni a nada excepto a Allah, el Único.

Dentro de los límites establecidos por Allah, el ser humano es completamente libre e independiente en el Estado islámico. Aquí, los derechos de cada persona están claramente definidos. En ninguna circunstancia tiene nadie derecho a arrebatar los derechos de otra persona. Durante la época dorada del islam, nadie era privado de sus derechos fundamentales bajo ninguna circunstancia. Sin una razón basada en la sharía, nunca se imponía a nadie ningún obstáculo ni obligación respecto a expresar y difundir sus opiniones personales, elegir una profesión, celebrar reuniones y asambleas, o desplazarse libremente. Pues, desde la perspectiva del islam, hacerlo no es sino una injusticia manifiesta. Por esta razón, toda persona tenía incluso el derecho a expresar una opinión diferente, discrepando del jefe de Estado, el Noble Mensajero.

La igualdad y la integridad de este Estado se fundan en dos bases. La primera es que todos son descendientes de Adán; por ello, todos los seres humanos son esencialmente iguales. La segunda base es la fraternidad. Todos los musulmanes son hermanos entre sí y completamente iguales.

La justicia es la principal característica de este Estado. La imparcialidad y la neutralidad son sus principios permanentes. El Noble Profeta siempre dictaba sentencia basándose en el principio de la justicia. En el Estado que estableció, la aplicación de la ley era universal. Incluso, durante un proceso judicial, al declarar: «Si Fátima robara, también se le cortaría la mano como castigo», erradicó por completo la corrupción y el favoritismo en la administración de justicia y en la aplicación de la ley.

(6) El Estado islámico era, en el verdadero sentido, un Estado al servicio del pueblo y orientado a su bienestar (Estado del bienestar). En el Estado establecido por el Noble Mensajero no solo se brindaba apoyo económico a la población, sino que también se procuraba activamente garantizar los derechos populares y erradicar la pobreza del pueblo. En este Estado no era en absoluto posible dejar completamente desamparados a quienes habían «perdido en la competencia por obtener riqueza», como ocurre en los Estados capitalistas. Incluso después de abrir por igual ante todos las puertas de las oportunidades y facilidades económicas, asumir plenamente la responsabilidad de la seguridad económica de quienes quedaban rezagados era una característica exclusiva de este Estado. No se limitaba a establecer la seguridad económica: también se trabajaba constantemente y con gran empeño para elevar el nivel moral del pueblo, despertar en sus corazones el temor de Allah y educarlos adecuadamente en la religión y la sharía.

(7) La característica más importante de este Estado era la conciencia intensísima de rendir cuentas ante Allah. Hiciéramos lo que hiciéramos —ya se tratara de un acto personal o del cumplimiento de una responsabilidad nacional y estatal, cualquiera que fuese su naturaleza—, ya se realizara en secreto dentro del propio hogar o públicamente, esta conciencia estaba firmemente presente en la raíz de todo. Y precisamente por ello, en ningún ámbito de este Estado podía producirse ningún acto de desobediencia a Allah, usurpación de los derechos populares, injusticia o persecución. Se concedía tanta importancia a este aspecto que, desde el jefe de Estado hasta el funcionario auxiliar de menor rango, se daba prioridad al nombramiento de la persona más temerosa de Allah. ****** (árabe) «El más temeroso de Allah entre vosotros es el más honorable ante Allah entre vosotros»; este principio era la base de dicha práctica. Pues si los dirigentes del Estado o los responsables gubernamentales no fueran temerosos de Allah, toda la nación se convertiría en extremadamente desobediente. Si no fueran íntegros, era natural que toda la nación se volviera corrupta. Si los dirigentes del Estado, los demás líderes y los funcionarios públicos no fueran corruptos, a la gente común jamás le sería posible corromperse; ni siquiera podría imaginarse tal cosa. Así como esta afirmación es verdadera, también lo es su contraria. Estas características del Estado ideal establecido por el Profeta Universal son históricas. En la historia no se encuentra el nombre de ningún otro Estado que posea características semejantes.

Al realizar un análisis comparativo teniendo presentes estas características del sistema estatal establecido por el Profeta Universal, quedará demostrado que este no puede compararse con ninguno de los demás Estados del mundo, ya sean políticos, los llamados Estados democráticos sin religión, Estados capitalistas o Estados socialistas y comunistas. Ningún tipo de Estado contemporáneo puede igualar a este Estado establecido por el Profeta Universal en términos del bienestar integral de la humanidad. La falta de fundamento científico, la irracionalidad, la inhumanidad y el vacío esencial de los principios sobre los que se basan esos sistemas estatales y de sus grandes pretensiones de beneficiar a la humanidad quedaron demostrados hace mucho tiempo. Su fracaso es universalmente reconocido. En cambio, los principios fundamentales del Estado islámico establecido por el Profeta Universal son tan naturales como eternos e imperecederos. El verdadero bienestar de la persona y de la humanidad en su conjunto solo puede alcanzarse mediante un sistema estatal de este tipo. Ningún otro tipo de Estado puede hacerlo posible.

Hasta el último día de su vida, el Profeta del universo, Hazrat Muhammad (s), dirigió este Estado ideal. «Jilafat Rashida» es el nombre posterior de este mismo Estado y su legítima sucesora.

 

Jilafat Rashida

Después del fallecimiento del Profeta del universo, Hazrat Muhammad (s), los cuatro principales compañeros que asumieron la responsabilidad de dirigir el Estado islámico son llamados en la historia «Julafa-e Rashidun», y el sistema estatal que ellos dirigieron recibe el nombre de «Jilafat Rashida». Aunque el gobierno de los «Julafa-e Rashidun» no duró mucho tiempo, logró alcanzar el máximo honor en la historia del mundo. No solo los historiadores musulmanes, sino incluso los historiadores no musulmanes —y aun los historiadores enemigos de los musulmanes— se han visto obligados a rendir homenaje al período de gobierno de los Julafa-e Rashidun, llamándolo la «edad de oro» de la historia humana. En la presente etapa hablaremos del significado científico y de las características de la «Jilafat Rashida».

Jilafat

El significado lexicográfico de la palabra «jilafat» es «representación». En su sentido práctico, significa «ocupar el lugar de alguien después de que este se haya retirado». La propia palabra demuestra que aquello no es lo original, sino solamente un símbolo de lo original; no el cuerpo, sino la sombra; no la realidad, sino su reflejo en el espejo. En otras palabras, ocupar el lugar de quien desempeñaba originalmente un cargo se denomina jilafat. La palabra «imam» también se emplea en este sentido, y «jalifa» e «imam» expresan dos aspectos distintos de una misma persona. Por ser representante y sucesor del responsable anterior, es jalifa; y por ser la persona que la población de su época debe seguir y la más estimada entre sus contemporáneos, es «imam» y «líder». En realidad, suceder al Profeta y dirigir a toda la umma después de su desaparición es lo que se denomina «jilafat» e «imamat». El Noble Profeta (s) declaró: «Antes de vosotros, los profetas y mensajeros de la tribu de los Hijos de Israel dirigían y gobernaban el Estado; después de la desaparición de un profeta, venía otro profeta y ocupaba su lugar. Pero ahora, después de mí, la sucesión de la profecía ha llegado a su fin (ya nadie será profeta ni mensajero). Después de ello, los califas de entre vosotros serán quienes avancen al frente».

Este hadiz deja claro que representar al Profeta es lo que se denomina jilafat, y que en el islam, después de la profecía, este es el cargo de mayor dignidad, honor y responsabilidad sagrada. Por ello, las disposiciones e instrucciones que los «califas» del islam emitan, basándose en los principios del Corán y la Sunna, para gobernar el Estado y resolver los problemas humanos, deberán ser necesariamente aceptadas por todos. El Noble Mensajero (s) ya había declarado: «Después de mí, seguid a mis califas guiados». Por esta razón, al elegir un jalifa, aunque debe prestarse atención a la perspicacia política y a la competencia administrativa de la persona en cuestión, se debe conceder aún mayor importancia a cuánto logró purificarse a sí misma en compañía del Profeta —o, en ausencia del Profeta, siguiendo su modelo— y a la medida de sus conocimientos espirituales y morales. La elección sucesiva de Hazrat Abu Bakr Siddiq, Hazrat Umar Faruq, Hazrat Uzman Gani y Hazrat Ali Murtaza (que Dios esté complacido con ellos) para el cargo de jalifa ha puesto de manifiesto con toda claridad la profunda importancia y validez del principio mencionado.

En realidad, en el islam, las responsabilidades y deberes de la jilafat son sumamente amplios y universales. Todos los objetivos materiales, religiosos y civilizatorios se alcanzan por medio de ella. Mantener activos y establecidos los trabajos iniciados por el Profeta, protegerlos de toda mezcla y promover su perfeccionamiento: con esta breve frase puede explicarse, en términos generales, la responsabilidad de la jilafat. Si hubiera que expresarlo con una sola palabra compuesta, podría decirse: «Iqamat-e Din». Esta expresión también tiene un significado tan amplio que incluye todo tipo de asuntos de la religión y de la vida mundana. El establecimiento y la práctica de la oración y el ayuno, la peregrinación y el zakat, las leyes y normas, el gobierno y el orden, y el sistema judicial; en una palabra, la realización de todas las tareas civilizatorias y espirituales forma parte de la responsabilidad de la jilafat. La vida pura del Noble Profeta (s) transcurrió precisamente en el cumplimiento de todas estas grandes responsabilidades. Después de él, quienes se convirtieron en sus representantes y sucesores dedicaron por completo toda su vida a hacer realidad este objetivo. Desde la época de la vida del Profeta (s), diversas personas habían sido designadas como responsables de estas tareas. Se habían designado personas por separado para dirigir la oración y recaudar la sadaqa y el zakat. La prevención de las malas acciones, la promoción y difusión de las buenas acciones, y el juicio y resolución imparcial de las disputas y desacuerdos entre la población eran encomendados a personas competentes. También lo eran el enfrentamiento con el enemigo. La responsabilidad de enfrentarse al enemigo, dirigir las tropas y enseñar el Noble Corán estaba confiada a personas distintas. Pero, puesto que todas estas tareas formaban parte de la responsabilidad esencial de la jilafat, era absolutamente necesario que un solo jalifa poseyera individualmente todas las aptitudes y características adecuadas para desempeñarlas. No solo eso: en cuanto a sus cualidades espirituales, era necesario que el jalifa poseyera firmemente una educación y una sabiduría de carácter profético; y el Profeta dejó indicado, mediante gestos y alusiones durante su vida, que designaría como sus sucesores precisamente a aquellos en quienes percibiera ese tipo de capacidad espiritual. Sin embargo, es preciso reconocer que el desorden indeseado, el derramamiento de sangre y el cambio de las circunstancias hicieron fracasar el objetivo esencial de la jilafat apenas cuarenta años después, y que la autoridad fue puesta en manos de personas que no eran dignas de ese importante cargo bajo ningún aspecto. Pero no cabe duda de que, si los califas y gobernantes posteriores hubieran sido elegidos conforme a la guía del Profeta del universo, el rostro de la sociedad humana habría sido completamente distinto.

Al examinar, a la luz de lo que se conoce por el Corán y el hadiz sobre las cualificaciones y características del jalifa, se demuestra sin duda que los «Julafa-e Rashidun» eran los más aptos para convertirse en califas del mundo musulmán. Poseían plenamente las cualidades descritas en el Corán y el hadiz, y por ello el pueblo tenía plena confianza en que podrían dirigir la jilafat conforme a principios correctos. Desde la perspectiva coránica, se consideran indispensables las siguientes cualidades y características para cumplir las responsabilidades de la Jilafat Rashida. Por tanto, después del Noble Profeta (s), quienes manifiesten estas cualidades serán considerados los mejores.

(1) El califa deberá ser un Muhayir de la primera generación, haber participado en el pacto de Hudaybiyya y en las batallas de Badr y Tabuk, y haber estado presente cuando fue revelada la sura an-Nur;

(2) deberá figurar entre aquellos a quienes se anunció la entrada en el Paraíso;

(3) deberá figurar entre las personas de alto rango de la sociedad islámica, como los siddiq y los mártires.

(4) algún dicho, acto o conducta del Noble Profeta (s) deberá demostrar que, si él mismo hubiera designado a alguien como califa, habría designado precisamente a esa persona.

(5) deberá ser posible que las promesas que Allah Altísimo hizo al Mensajero se hagan realidad por medio de su persona.

(6) sus palabras deberán estar fundamentadas en la sharía islámica.

Estas cualidades se encontraban por separado en numerosos Compañeros, pero su plena combinación se dio únicamente en cuatro de ellos. Eran Muhayirun de la primera generación y estuvieron presentes cuando se firmó el pacto de Hudaybiyya; estuvieron a la vanguardia en Badr, Uhud, Tabuk y otras importantes luchas de yihad. Así, no carecían de ninguna de las cualidades indispensables para ser aptos para el califato. Además, respecto de cada uno de ellos se han transmitido, por fuentes fiables, claras y honorables profecías del Noble Mensajero (s). Sobre Abu Bakr as-Siddiq (ra), el Noble Profeta (s) dijo: «Tú serás el primero de mi comunidad en entrar en el Paraíso. En el Hawd al-Kawthar tú serás mi compañero, pues fuiste mi compañero en la cueva de la montaña». Respecto de Umar (ra), se ha transmitido esta declaración del Noble Profeta (s): «Numerosos versículos fueron revelados por el deseo de Umar». Sobre Uzman (ra), el Mensajero (s) dijo: «¿Acaso podría dejar de honrar a aquel a quien incluso los ángeles honran y respetan?». También dijo: «Todo profeta tiene un amigo; en el Paraíso, Uzman será mi amigo». Respecto de Ali (ra), el Noble Profeta (s) declaró: «¿No deseas que tu relación conmigo sea como la de Harún con Moisés? Mañana entregaré el estandarte precisamente a aquel que es amado por Allah y por el Mensajero». Además de esto, el Noble Profeta (s) pronunció muchas otras palabras valiosas sobre sus cualidades y características. Esas palabras demuestran sin lugar a dudas que, a juicio del Profeta, después de su partida ellos eran los más aptos y los que más derecho tenían a ser elegidos para el cargo de califa.

Los principios fundamentales del califato

Para comprender profunda y ampliamente el debate relacionado con el califato, es sumamente necesario examinar su forma de Estado. En este asunto, esta promesa fue declarada en primer lugar para las personas de carácter virtuoso. Por ello, todo ciudadano (musulmán) del Estado posee la dignidad de califa y tiene derecho a iguales oportunidades y facilidades para cumplir las responsabilidades del califato. En este aspecto, las diferencias entre las personas solo podrán establecerse sobre la base del carácter personal, las cualidades humanas y la taqwa —la piedad y el temor de Dios—.

En tercer lugar, siempre que en la historia de la humanidad se ha establecido un califato basado en la soberanía de Alá, solo las personas más virtuosas y piadosas, dotadas de un carácter elevado e ideal, han tenido la oportunidad de convertirse en califas y gobernar el Estado. Y el pueblo común ha podido disfrutar de los derechos fundamentales otorgados por Alá con plena justicia e imparcialidad. No se ha arrebatado ni restringido en lo más mínimo el derecho de nadie, ni se ha creado el menor obstáculo en el curso natural de las actividades de nadie; por el contrario, se ha brindado a cada persona la oportunidad de desarrollar y perfeccionar sus capacidades y talentos naturales por medios conformes a la ley de Alá.

Según las disposiciones del islam, toda persona está obligada a rendir cuentas ante Alá. En este asunto, nadie puede ser colocado en el rango de un ser sobrehumano ni asociado con Alá. Todo ciudadano musulmán tiene el mismo derecho a ser elegido para el cargo de jefe del Estado islámico, califa o «Amir al-Mu’minin». En este sentido, nadie tiene derecho a presentarse como candidato ni a esforzarse por obtener el cargo; del mismo modo, si es elegido por el libre consentimiento de los ciudadanos, todos están obligados a desempeñar la responsabilidad. Después de ser elegido califa, la única diferencia que se produce en su dignidad es que el pueblo le ha confiado sus propios derechos y la dignidad de su califato. Desde la perspectiva del ideal islámico, no es en absoluto cierto que solo él sea califa y que ninguna otra persona lo sea. El poder del califato está enteramente dedicado a preservar el orden social y general de los ciudadanos y a cumplir la responsabilidad de promulgar las leyes indispensables. Para consolidar este poder y mantenerlo bajo un control adecuado, es necesario que se concentre en la persona elegida por el pueblo y considerada la más competente.

Al elegir al califa o jefe del Estado islámico, no basta con considerar únicamente los conocimientos y la inteligencia de la persona, su educación, mentalidad, discernimiento y capacidad organizativa; también debe observarse con especial atención cuán puro, digno de confianza y fiable es su carácter.

El sistema de vida islámico no ha declarado al califa «ma‘sum» o infalible. Tampoco hay razón para considerarlo impecable e incapaz de equivocarse. Todo musulmán puede criticarlo no solo en lo relativo al cumplimiento de sus deberes oficiales y la ejecución de sus funciones, sino también en lo referente a su vida familiar y personal. Ante la ley, su posición será igual a la de un ciudadano común. Puede presentarse una demanda contra él ante un tribunal, y está obligado a comparecer ante el juez del mismo modo que los ciudadanos comunes. Allí no se le concederá ningún trato especial.

Al califa no le desciende ninguna revelación de Alá; por tanto, no puede reclamar ningún estatus especial en lo relativo a la interpretación y aplicación del Corán y la Sunna.

El califa no puede actuar únicamente conforme a su opinión personal; debe realizar todos sus actos después de consultar con la majlis al-shura (Parlamento), formada por personas competentes y hábiles que cuentan con el apoyo del pueblo. Es cierto que las decisiones deben tomarse conforme a la opinión mayoritaria de la majlis al-shura; sin embargo, aun así, la mayoría no constituye un criterio permanente para determinar lo bueno y lo malo, ni lo que debe hacerse y lo que debe evitarse, en el sistema de gobierno del califato. Por ello, el califa puede discrepar incluso de la decisión de la mayoría basándose en el Corán y la Sunna, y puede actuar conforme a aquello que, sobre la base del Corán y la Sunna, llegue a considerar verdadero. No obstante, en todo este ámbito, el pueblo musulmán observará atentamente si el califa actúa en conjunto conforme al Corán y la Sunna o si ejerce el poder estatal según sus propios caprichos. El califa que se encuentre en la segunda situación no tiene derecho a recibir ni un ápice de obediencia del pueblo musulmán; por el contrario, se convierte en deber de este organizar su destitución. También en este aspecto queda claramente manifiesta la diferencia entre la filosofía política y el sistema de gobierno occidentales, por un lado, y la filosofía política islámica y la democracia basada en los derechos del pueblo dentro del califato, por otro: es una diferencia tan grande como la que existe entre el cielo y la tierra.

Los Califas Rectamente Guiados

El período de la historia que se extiende desde el califato de Abu Bakr Siddiq (r. a.) hasta el de Ali (r. a.) es conocido en la historia como la época del «Califato Rashid». Asimismo, se denomina «Julafa Rashidun» a quienes fueron los dirigentes del mundo musulmán desde el año 632 d. C. (11 de la Hégira) hasta el año 661 d. C. (40 de la Hégira). Su número total fue de cuatro y la duración total de sus califatos fue de apenas treinta años. (Por supuesto, Umar ibn Abd al-Aziz (r. a.) también es considerado uno de los «Califas Rashid» por haber sido elegido conforme a las normas del califato islámico y haber podido desempeñar sus responsabilidades.)

Mientras el Noble Profeta (s.) estuvo vivo, la profecía, la legislación, el liderazgo en todos los ámbitos, la administración de justicia, el mando del ejército y todos los cargos importantes del gobierno civil estaban concentrados en su única persona; él solo ejercía la autoridad y el liderazgo sobre todas estas funciones. Después de su fallecimiento, la cuestión de quién lo sucedería se presentó de manera extremadamente apremiante ante la comunidad islámica. Puesto que la profecía había llegado a su fin —después de ello nadie sería profeta—, quien sucediera al Mensajero tendría que cumplir, salvo la profecía y todo lo relacionado con ella, todas las demás responsabilidades como antes. Por esta razón, esta cuestión preocupó y desconcertó aún más a los dirigentes. Nadie podía ser heredero de la profecía del Noble Profeta (s.) ni de su liderazgo natural. Por otra parte, ninguno de sus hijos varones permanecía con vida. Y aunque alguno hubiera vivido, ello tampoco habría resuelto en modo alguno el problema de la elección del califa. Así pues, surgieron de forma compleja estas dos preguntas:

1. ¿De qué familia o tribu debía ser el califa?

2. ¿Cuál debía ser el método para nombrar al califa?

En ningún lugar del Noble Corán se ha reservado específicamente el califato para una dinastía o tribu determinada. En el hadiz, donde se encuentra la afirmación ***** —«El dirigente o califa debe ser nombrado de entre los coraichitas»—, también aparece una instrucción explícita:

«Aunque se designe como gobernante sobre vosotros incluso a un esclavo abisinio, debéis obedecerle». Por tanto, es necesario buscar una manera de armonizar ambas afirmaciones. Con solo reflexionar con una mirada un poco profunda y sutil, se puede comprender que, en esencia, ambos hadices son declaraciones verdaderas, basadas en hechos reales. Es una verdad eterna que, en el islam, el califato no ha sido reservado específicamente para ninguna dinastía, tribu, familia, persona o clase. No cabe duda de que, en todo tiempo y circunstancia, el sistema estatal islámico debe funcionar conforme a este principio; pero también es una verdad histórica innegable que, inmediatamente después de la fundación del Estado por el Noble Profeta (s.), ninguna otra tribu era en lo más mínimo tan competente o capacitada como la tribu de Quraysh para asumir sus responsabilidades. La historia del Califato Rashid y de los períodos posteriores demuestra sin lugar a dudas la veracidad de esto. Por consiguiente, fue completamente razonable que los cuatro califas del Califato Rashid fueran elegidos de entre los miembros de la tribu de Quraysh. De no haber sido así, a nadie de la sociedad árabe de aquel tiempo le habría sido posible desempeñar las responsabilidades del califato con una capacidad y competencia excepcionales. Sin embargo, esto no constituye una norma eterna e inmutable; incluso después del «Califato Rashid», el sistema estatal islámico no reconoce condición alguna que exija que el califa sea descendiente de Quraysh.1 {Cabe señalar que los politólogos islámicos tampoco han mencionado ninguna condición de este tipo.}

En el Corán y el hadiz no se menciona ningún método práctico y explícito para elegir al califa. Parece que el objetivo de la ley eterna del islam no es aceptar permanentemente un método particular y hacer obligatorio para toda la comunidad seguirlo en todo lugar y época, sin importar las circunstancias. Por ello, en lugar de establecer un método específico de elección (forma o proceso), se ha presentado un principio eterno. Se ha dicho: ***** «Los idealistas islámicos resuelven sus asuntos importantes mediante la consulta mutua». Y nadie puede discrepar de que la elección del jefe de Estado o del califa es el asunto nacional y colectivo más importante de la sociedad musulmana, y que debe llevarse a cabo sobre la base de la opinión libre y la consulta del pueblo musulmán. Por tanto, el califa debe ser elegido basándose en la opinión pública: este es el único principio fundamental de la elección islámica. Ahora debemos examinar cómo la comunidad musulmana aplicó este principio en diferentes épocas y circunstancias, y cómo resolvió el problema de la elección.

La elección de los Julafa Rashidun

El principio antes mencionado para la elección del califa fue aplicado a la elección de los Jalifas Rashidún de la siguiente manera:

(1) Después del fallecimiento del Noble Profeta (la paz y las bendiciones sean con él), los ciudadanos responsables de la umma musulmana se reunieron en un lugar llamado «Saqifa de los Banū Sāʿida» (equivalente a un ayuntamiento o edificio del consejo) y, tras un extenso y detallado debate público, eligieron por unanimidad a Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) como califa. Los presentes le prestaron inmediatamente y sin reservas el juramento de obediencia (bayʿa), y, apenas fue elegido califa, pronunció formalmente un discurso sobre las responsabilidades, deberes y directrices políticas del jefe de Estado.

(2) Para la elección de Umar al-Faruq (que Dios esté complacido con él) se adoptó un método distinto. El primer califa, Abu Bakr as-Siddiq (que Dios esté complacido con él), había comprendido, a través de toda su vida islámica, de los acontecimientos importantes de su vida como califa y de su experiencia práctica, que en toda la nación no había nadie más apto que Umar (que Dios esté complacido con él) para ser califa después de él. Umar (que Dios esté complacido con él) había participado estrechamente en todos los acontecimientos de su califato y en sus asuntos gubernamentales y privados más importantes; asimismo, la recopilación y compilación del Noble Corán se habían llevado a cabo gracias exclusivamente a su profundo interés, esfuerzo y consejo. Abu Bakr (que Dios esté complacido con él), basándose en su propia experiencia y tras consultar con los principales compañeros, recomendó ante el pueblo musulmán a Umar al-Faruq (que Dios esté complacido con él) para la elección del siguiente califa. El pueblo musulmán, basándose en la recomendación del primer califa y en su propio juicio imparcial y sincero, eligió precisamente a Umar (que Dios esté complacido con él) como califa y le prestó juramento de obediencia. Apenas fue elegido califa, Umar (que Dios esté complacido con él), al igual que su predecesor, se dirigió al pueblo musulmán y pronunció un discurso de orientación política.

(3) Cuando el segundo califa, Umar (que Dios esté complacido con él), comprendió que el recipiente de su vida estaba a punto de colmarse y que no podría vivir mucho más, consideró necesario elegir a su sucesor y al siguiente califa. Para ello adoptó un método completamente distinto. Designó un «consejo electoral», en la terminología moderna una «comisión electoral», compuesto por seis de los compañeros más eminentes y destacados. Entre otros, también formaban parte de este consejo Uthman y Ali (que Dios esté complacido con él). A su juicio, los seis eran personas aptas para el califato. Ordenó que, dentro de los tres días siguientes a su fallecimiento, el consejo eligiera de entre sus miembros a la persona más apta como califa. El consejo procuró cumplir debidamente su responsabilidad y, para ello, recabó la opinión de los ciudadanos musulmanes cercanos y lejanos. Se acudió a cada casa de Medina y se preguntó la opinión tanto de los hombres como de las mujeres. Tampoco se dejó de consultar a los comerciantes y viajeros llegados de lugares distantes. Así, después de recoger la opinión de la mayoría de los ciudadanos musulmanes y de realizar consultas, Uthman (que Dios esté complacido con él) fue elegido como tercer califa.

(4) Después del martirio del tercer califa, Uthman (que Dios esté complacido con él), el ambiente de Medina quedó oscurecido por la creciente agitación y sedición. Los rebeldes de Egipto, Kufa y Basora provocaron un gran tumulto en Medina. En aquel momento, la mayoría de los principales compañeros se encontraban fuera de la capital, cumpliendo responsabilidades militares y organizativas. En estas circunstancias, tras el martirio de Uthman (que Dios esté complacido con él), el cargo de califa permaneció vacante durante tres días consecutivos. Finalmente, después de largas deliberaciones, Ali (que Dios esté complacido con él) fue elegido califa.

De este análisis se demuestra que, aunque no se siguió un mismo método externo de elección (forma de elección) para el nombramiento y la elección de los Jalifas Rashidún, en cada método se reconoció la opinión pública como base de la elección y en ningún caso se la ignoró. En realidad, este es el espíritu fundamental del verdadero califato, y su aplicación resulta absolutamente indispensable en toda época y circunstancia para proteger los derechos del pueblo y establecer el orden estatal. Además, siempre que se preserve este espíritu fundamental con el debido respeto e importancia, puede adoptarse cualquier método externo para elegir al jefe de Estado. En el islam, la apariencia y la forma externa no tienen una importancia especial; por el contrario, en los asuntos nacionales y civilizatorios, el único objetivo al que debe prestarse atención es su espíritu fundamental.

Características del Califato Rashidún

Cuando, desde la perspectiva de la filosofía de la historia, se examina el sistema de gobierno del Califato Rashidún durante sus treinta años, las siguientes características atraen y fascinan a toda la humanidad:

(1) Durante la época de los Califas Rashidun, el sagrado ejemplo del Profeta Universal se había convertido en una lámpara brillante e inextinguible, cuyos purísimos rayos de luz iluminaban todo el entorno. Su profunda influencia estaba presente en cada acto y pensamiento de los califas. Los cuatro califas eran los predilectos, amigos y distinguidos colaboradores del Profeta Universal. En comparación con los demás Compañeros, fueron ellos quienes disfrutaron en mayor medida de la compañía del Mensajero. Eran los fieles y probados del Venerable, consagrados por entero a su causa. Con la única excepción de Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él), los otros tres califas administraron el sistema del califato manteniendo su capital en Medina, el segundo centro de actividades del Noble Profeta y el lugar de su último lecho.

(2) En el Califato Rashidun no había lugar alguno para derechos, sucesión o preeminencia basados en el linaje, la tribu o la familia de ningún califa. Los cuatro califas procedían de tres familias distintas. En realidad, ellos eran quienes gozaban de la mayor confianza de todo el pueblo musulmán. En la elección sucesiva de estos califas, la idea fundamental de la verdadera representación popular no sufrió el menor menoscabo; por el contrario, fue preservada en todos sus aspectos. Incluso si se hubieran celebrado elecciones generales imparciales según los métodos modernos, no puede haber duda de que solo ellos habrían sido elegidos con la mayor cantidad de votos.

(3) Durante el Califato Rashidun, la base de la elaboración de las leyes eran el Corán y la Sunna. Cuando no se encontraba en ellos ninguna instrucción clara sobre un asunto, se buscaba su solución mediante el iytihad, teniendo en cuenta la correspondencia entre los precedentes prácticos de la época del Mensajero y los acontecimientos análogos; y, en esta materia, todo ciudadano versado en el Corán y el hadiz tenía reconocido el mismo derecho a expresar su opinión. Cuando se alcanzaba el consenso de todos sobre un asunto, se adoptaba una decisión unánime al respecto. En la terminología de la jurisprudencia islámica, esto se denomina iyma. En la sharía islámica, constituye un principio especialmente reconocido por todos. Si surgía una divergencia de opiniones sobre algún asunto, el califa expresaba sin reservas su propio parecer basándose en el Corán y la Sunna, y actuaba conforme a él.

(4) Los Califas Rashidun consultaban a los Compañeros responsables sobre la mayoría de los asuntos. En las cuestiones generales, ellos eran nombrados miembros del Majlis al-Shura conforme a la designación establecida. Sin embargo, el derecho a emitir una opinión no estaba reservado únicamente a los miembros designados.

(5) Durante la época de los Califas Rashidun no había lugar para el esplendor, la pompa ni la ostentación regias. La vida cotidiana de los califas era sumamente sencilla, como la de los ciudadanos comunes. Caminaban solos por las vías públicas; no solo no tenían guardaespaldas, sino que ni siquiera contaban con un simple vigilante de nombre. Toda persona podía presentarse libremente ante el califa. Sus casas y sus enseres eran de una sencillez ordinaria.

(6) Los Califas Rashidun consideraban el bayt al-mal, es decir, el tesoro del Estado, como patrimonio nacional y como un depósito confiado. Nadie podía gastar para sí mismo ni siquiera una sola moneda sin la autorización estatal correspondiente. Además, tampoco gastaban nada del bayt al-mal para sus propias familias y parientes amparándose en su autoridad y en las atribuciones de sus cargos.

(7) Se consideraban servidores del pueblo. En ningún aspecto se tenían por superiores a la gente común. No eran líderes del pueblo únicamente en el ámbito estatal; también dirigían debidamente los asuntos religiosos, como la oración y el hayy.

Durante la época del Califato Rashidun, el liderazgo de los asuntos religiosos y la autoridad sobre los asuntos estatales no estaban separados ni divididos; por el contrario, ambas clases de liderazgo y autoridad estaban concentradas y armonizadas en la persona de un solo califa. En realidad, así como la separación entre religión y política, y el dualismo entre los asuntos religiosos y los estatales, son características de la democracia occidental moderna, la integración de ambos y su completa unificación en una sola dirección constituían la característica del Califato Rashidun.

 

La forma estatal del Califato Rashidun Rashidun

Después de que Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él) fuera elegido califa, un hombre se dirigió a él ******—«¡Oh, califa de Allah!»—, y él exclamó inmediatamente: «Yo no soy el califa de Allah; soy el califa del Mensajero de Allah».

Los historiadores han considerado esta declaración del califa como una prueba irrefutable de su incomparable humildad, propia de su carácter, y de su conciencia de su propia insignificancia. Sin embargo, si se analiza la frase desde la perspectiva de la ciencia política, su profundo significado para el «califato» se hace evidente. En realidad, esta declaración de Hazrat Abu Bakr expresa la forma estatal del califato que había resplandecido en el corazón de los musulmanes durante la primera época.

Han transcurrido cientos de años en el curso del tiempo, tanto antes como después del Profeta universal, Hazrat Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Durante este largo período, cientos y miles de reyes, emperadores y gobernantes han aparecido y se han marchado del escenario del mundo. Sus contemporáneos y el pueblo afirmaban que ellos eran los sucesores de Allah en la tierra. Por ello, sostenían que la reverencia, el honor y la santidad que les correspondían no podían pertenecer a nadie más sobre la faz de la tierra. La arrogancia y la soberbia de los reyes y faraones de Egipto se han convertido en un hecho histórico. El Corán Majestuoso también menciona la afirmación de un faraón *****(en árabe): «Yo soy vuestro señor supremo y más grande». Desde el pasado remoto hasta el presente, la mayoría de los gobernantes han manifestado una mentalidad semejante. Incluso en la época actual, sus ejemplos no son en absoluto escasos. En este asunto, los sacerdotes y clérigos aduladores de cada época no dejaron de completar plenamente todo lo que pudiera faltar. A lo largo de las épocas y en todos los países, convirtieron a los reyes, emperadores y gobernantes en «objetos de veneración» y «dignos de adoración». Egipto, Babilonia, Persia, la India y muchos otros países se encontraban en la misma situación. La mayoría de los reyes y emperadores de esos países, así como las personas investidas del máximo poder, se consideraban a sí mismos en la tierra como «representantes de Dios» o «la sombra de Dios». Sus súbditos pobres e indefensos tampoco dejaban de otorgarles una dignidad semejante.

También en la Europa medieval, los sacerdotes, siguiendo las señales y órdenes de los reyes y emperadores, no sentían el menor reparo en conferirles la máxima dignidad, calificándolos de grandiosos, honorables y santos. Los sacerdotes difundían que ellos habían recibido esa dignidad de Allah. Como resultado, su poder se volvía incontestable, muy por encima de toda pregunta, objeción o crítica y fuera del alcance del pueblo; eran considerados «representantes directos de Dios». Cada palabra salida de sus labios era considerada una «revelación descendida de Dios». Sus órdenes y prohibiciones se tenían por equivalentes a las órdenes y prohibiciones directas de Allah y por obligatorias. Por ello, desobedecerlas, rechazarlas o mostrar hacia ellas la menor falta de respeto se convertía en un pecado gravísimo, y en la práctica resultaba imposible. Esta situación prevaleció hasta el siglo XV —y, entre algunos pueblos, hasta el siglo XVII—. Aunque la Europa de hasta entonces había avanzado mucho en conocimiento y ciencia, civilización y cultura, y artes y habilidades, aún no se había retirado la venda de la fe ciega que habían colocado sobre sus ojos. Más tarde, los precursores de la libertad individual y mental y del igualitarismo alzaron una voz de intensa protesta contra estas costumbres destructoras del ser humano y expoliadoras de la dignidad humana, hicieron estremecer cielo y tierra y se vieron obligados a rebelarse abiertamente contra ellas. Naturalmente, en esta campaña miles de personas tuvieron que sacrificar sus preciosas vidas.

Esta concepción de la santidad del cargo y del gran honor de los reyes y emperadores perduró durante cientos de años entre las naciones del mundo. La Europa actual no se ha liberado de esta concepción desde hace mucho tiempo. En este contexto debe examinarse la humildad y la ausencia de interés personal contenidas en la breve declaración anterior del primer califa, Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él). Cuando un hombre se dirigió a él llamándolo «Jalifatullah» —el califa de Allah o representante de Allah—, él se negó expresamente a aceptarlo y dijo: «Yo no soy el califa de Allah. Podéis llamarme el califa del Mensajero».

La expresión «califa del Mensajero» tampoco manifiesta ninguna ostentación ni poder personal, esplendor, superioridad, grandeza o autoridad absoluta. Su significado fundamental es simplemente suceder al Mensajero Noble (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) como líder de los musulmanes y administrador del Estado, basándose en la ley de Allah y permaneciendo dentro de los límites y fronteras que Él ha establecido. Sin embargo, en los asuntos reservados exclusivamente al Mensajero, no se plantea en absoluto la posibilidad de sucederlo; tal pensamiento o concepto no tiene cabida aquí. La veracidad de estas palabras se hace evidente en un fragmento del primer discurso programático pronunciado después de ser elegido primer califa. Ese fragmento del discurso es el siguiente:

«Es cierto que se me ha confiado esta responsabilidad del califato; pero no me considero en lo más mínimo digno de asumir esta pesada responsabilidad. ¡Por Allah! Mi deseo sincero era que otra persona de entre vosotros asumiera esta responsabilidad. Ahora bien, si alguno de vosotros piensa que yo haré también todo cuanto hizo el Mensajero Noble (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), recordad que tal idea o esperanza carece de fundamento. No hay duda de que el Mensajero Noble (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) era un siervo de Allah. Pero, al mismo tiempo, Allah Altísimo lo había agraciado con el don de la magnífica profecía y la misión apostólica, y había declarado que estaba libre y purificado de toda clase de pecados y faltas».

«Yo también soy siervo de Allah. Pero no soy mejor que ninguno de vosotros. Debéis vigilarme atentamente. Si veis que sigo el camino mostrado por Allah y Su Mensajero, continuad siguiéndome. Pero si me veis desviarme y extraviarme del “Sirat al-Mustaqim”, señaladme mi error y conducidme por el camino correcto, verdadero y recto».

No hace falta decir que, después del fallecimiento del Honorable Mensajero de Allah (s), Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) no asumió por iniciativa propia la responsabilidad de dirigir a la comunidad musulmana y administrar la organización del Estado islámico. Solo emprendió esta tarea después de haber tenido lugar una elección pública en un ambiente abierto y liberal, y de haber obtenido la satisfacción y el apoyo de la mayoría. Del mismo modo que Allah Todopoderoso convirtió a Hazrat Muhammad (s) en profeta y mensajero mediante Su propia elección y designación, Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra), ni los tres califas posteriores, fueron designados por Allah. Tampoco fueron enviados por Allah. Su superioridad ideal y su distinción respecto de los demás seres humanos eran universalmente conocidas y necesariamente reconocidas; pero esa superioridad y distinción no fueron declaradas por Allah. En segundo lugar, no eran sino el resultado inevitable de su taqwa, su piedad y sus virtudes. Tampoco adquirieron esa distinción por causa del califato, como el Mensajero se distinguió por causa de la profecía y la condición de mensajero. En realidad, el cargo de califa es puramente temporal, no divino. No llevaba consigo autoridad sobrenatural ni divina para impartir órdenes e instrucciones; estas debían basarse en la ley revelada por Allah y ser conformes con las enseñanzas y explicaciones del Mensajero. Así como ellos no tenían derecho a emitir ninguna orden contraria a la ley de Allah o incompatible con las enseñanzas y explicaciones del Mensajero, tampoco el pueblo musulmán estaba obligado en absoluto a obedecer semejante orden. El primer califa mismo dejó esto claramente establecido en su primer discurso, diciendo: ******** (árabe)

Obedecedme mientras yo siga obedeciendo a Allah y a Su Mensajero. Pero si yo mismo desobedezco a Allah y a Su Mensajero, entonces no es vuestro deber obedecerme.

Los títulos de los califas posteriores

Después de Hazrat Abu Bakr (ra), Hazrat Umar Faruq (ra) fue nombrado califa. Sin embargo, él no aceptó ser llamado “Khalifat al-Rasul”, “el califa del Mensajero”. Se consultó al respecto con la gente de la comunidad. Finalmente, aceptó ser llamado “Amir al-Mu’minin”, “el dirigente y administrador del pueblo musulmán”. Los dos califas posteriores también recibieron este título. No aceptaron ser llamados con la palabra “califa” porque, si lo hubieran hecho, habrían tenido que ser llamados “Khalifat al-Rasul”, “el califa del Mensajero”. Como consecuencia, en el tratamiento dirigido al califa posterior, esta palabra se habría repetido tres veces o más, y habría resultado sumamente extraña, desagradable al oído, poco refinada y completamente impropia.

Había además otra razón por la que Hazrat Umar (ra) aceptó ser llamado “Amir al-Mu’minin” en lugar de recibir el título de “Khalifat al-Rasul”. Cuando Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) dijo: “No soy el califa de Allah, sino el califa del Mensajero de Allah”, la palabra se utilizó en su sentido lexicográfico —el que ocupa el lugar de otro—, y se dejó claro a la gente que su único rango consistía en suceder al Honorable Mensajero (s) en el cumplimiento de las responsabilidades estatales. Si en aquel momento esta palabra se hubiera utilizado con cualquier otro sentido distinto del lexicográfico, no habría habido ninguna razón para que Hazrat Umar (ra) aceptara utilizar la expresión “Amir al-Mu’minin” en su lugar.

También había otra razón detrás de la adopción del término “Amir al-Mu’minin”. Para entonces, el sistema estatal islámico había provocado una revolución de gran alcance en toda la península arábiga y en otras vastas regiones. El ritmo de esta revolución era tan intenso como amplio y total. La gente de todo el mundo quedó maravillada, asombrada y atónita al contemplar la forma de aquella revolución. Sin embargo, en esta materia, el Libro de Allah y la Sunna del Mensajero solo habían establecido ciertos principios generales; no contenían disposiciones detalladas y minuciosas. En el Corán, por supuesto, la shura —la adopción de la consulta mutua— fue declarada fundamento esencial y método práctico del sistema estatal. Allah Todopoderoso dijo al Honorable Mensajero (s): ******* (árabe) «Oh Profeta, consulta con la gente todos los asuntos nacionales y estatales». Al explicar el modo de proceder de los musulmanes, también se dice en otro lugar: ****** (árabe) «Todos sus asuntos nacionales y estatales se llevan a cabo satisfactoriamente sobre la base de la consulta mutua».

Desde este punto de vista, cada califa del Califato Rectamente Guiado debía llevar a cabo todos los asuntos nacionales y estatales importantes mediante la consulta mutua, a la luz y sobre la base del Corán y la Sunna. Por esta razón, su posición no era esencialmente distinta de la de un comandante militar. Un comandante militar recibe del principal detentador del poder las orientaciones y órdenes fundamentales relativas a todos los asuntos de la guerra. Pero durante la guerra, debe encargarse personalmente y bajo su exclusiva responsabilidad de dirigir a las tropas (Operation), de las actividades del campo de batalla y de todo lo demás. Del mismo modo, en el Califato Rectamente Guiado, los califas debían ocuparse personalmente de todos los asuntos relacionados con el Estado y el país, según las circunstancias del momento, permaneciendo dentro de los límites de la sharía, manteniendo ante sí el ejemplo del Honorable Mensajero (s) y siguiendo el consejo de dirigentes populares idealistas. Si el primer califa había adoptado en algún asunto una política particular a la luz de las circunstancias existentes, no existía obligación alguna de que el segundo, el tercero o el cuarto califa adoptara exactamente la misma política, por mucho que cambiaran las condiciones, el entorno y las circunstancias. Por esta razón, el segundo califa consideró más apropiado adoptar, en lugar de títulos como “Khalifat al-Rasul”, un título completamente nuevo y plenamente acorde con su responsabilidad y rango: “Amir al-Mu’minin”.

Al observar con atención la revolución que Hazrat Abu Bakr (ra) había producido en toda Arabia en el brevísimo período de su califato, queda claro que los ámbitos de la mansedumbre, la suavidad y la indulgencia, por un lado, y los de la severidad y la firmeza, por otro, son distintos; y que, si no se adopta la severidad donde corresponde la severidad, y la mansedumbre y la flexibilidad donde corresponden la mansedumbre y la flexibilidad, ninguna tarea de alcance estatal o nacional puede llevarse a cabo de manera adecuada y correcta. No solo Hazrat Abu Bakr (ra), sino también el éxito y la extraordinaria fuerza de los tres califas posteriores se basaban en esta profunda verdad: eran plenamente capaces de tomar medidas correctas y precisas según las circunstancias.

El sistema político de la Arabia contemporánea

En la época del Noble Mensajero (s), Arabia se había convertido en un escenario de innumerables credos religiosos. Sus regiones septentrional y meridional estaban completamente separadas entre sí. Los habitantes de una parte no tenían relación alguna con los habitantes de la otra. Las condiciones generales de los pobladores de ambas regiones tampoco eran en absoluto semejantes. Yemen estaba bajo el dominio de los iraníes. Allí coexistían el cristianismo y la religión de la idolatría. Su lengua himyarí era totalmente distinta de la lengua de los qurayshíes. Además, Yemen había sido durante varios siglos la cuna de la civilización y la cultura. En cambio, los habitantes del Hiyaz eran el símbolo de la barbarie y del nomadismo. En esta región, solo La Meca, Yathrib (Medina) y Taif merecían ser llamadas «ciudades». Fuera de su ubicación dentro de la vasta región del Hiyaz, no existía entre estas tres ciudades ninguna relación ni semejanza mutua. Naturalmente, entre sus habitantes sí había vínculos de parentesco. Sin embargo, el sistema administrativo de las tres ciudades se basaba enteramente en el tribalismo y estaban separadas unas de otras. En La Meca, junto con el predominio y la difusión de la idolatría, también se favorecía el cristianismo. En Medina, aunque las tribus judías parecían poderosas, los idólatras eran mayoría. Cuando en esta vasta península arábiga resonó el mensaje del tawhid y Allah Ta‘ala quiso extender el din del islam por toda Arabia, también dispuso completamente los medios necesarios para ello. Yemen se liberó de la esclavitud de los persas y, con ello, quedó por completo libre de toda influencia y dominio extranjeros. Después de la conquista de La Meca, el islam comenzó a propagarse con gran rapidez por toda Arabia. Tras el Hiyaz, también se extendió como una inundación por las demás regiones árabes. Así, en muy poco tiempo, toda la península arábiga tuvo el honor de refugiarse bajo la refrescante sombra del islam. Todos los habitantes de esta vasta región abrazaron el mismo ideal. Aunque toda Arabia llegó a ser una y unida en la fe en el Noble Mensajero (s) y en la aceptación del din del islam que él predicó como un sistema de vida completo, cada tribu conservó en su propio territorio plena independencia y soberanía. Sin embargo, todos los habitantes de las distintas regiones estaban igualmente obligados a enviar a la capital, Medina, el zakat, uno de los importantes «pilares» del islam.

La unidad y unicidad del din y de la religión actuaron como el factor que produjo una revolución en el sistema político de los árabes. Las tribus que vivían alrededor de Medina habían celebrado tratados de alianza con el Noble Mensajero (s). Cuando este emprendió la campaña para conquistar La Meca, esas tribus se unieron a la caravana conforme al tratado. Después de la conquista de La Meca, las tribus de allí aceptaron el islam con entusiasmo. Luego también expresaron su deseo de participar en las campañas victoriosas del islam. Participaron debidamente en las batallas de Hunayn y Taif. Cuando el islam se extendió en todas direcciones, el Noble Profeta (s) nombró personas y las envió por todas partes para enseñar el Noble Corán y las cuestiones religiosas a los miembros de las tribus árabes. Junto con la enseñanza del Noble Corán y del din del islam, también se confió a esos funcionarios la responsabilidad de recaudar el zakat. Era completamente natural que esta revolución religiosa, surgida en un tiempo tan breve, produjera también una revolución política en toda la región. Después de que toda Arabia se volviera una y unida en materia de din y religión, era igualmente natural que, en los aspectos político y administrativo, se transformara en una entidad y organización unificadas. Pero los beduinos árabes no conocían en absoluto una revolución política de este tipo. Estaba más allá de su imaginación que, tras la desaparición del Noble Mensajero (s), también debieran reconocer y obedecer de manera semejante a su sucesor. Pensaban que las enseñanzas, el din y el ideal presentados por el Noble Mensajero (s) ya estaban firmemente arraigados en sus mentes, corazones y vidas. Seguirían observando las normas completas del islam. Pero, aun así, en el aspecto político serían completamente independientes. Cada tribu, como antes, permanecería totalmente libre y sin vínculos, exenta de toda influencia del Estado y del gobierno externos.

En realidad, la causa fundamental de que, tras la desaparición del Noble Mensajero (s), se alzaran banderas de rebelión en distintos lugares de la península arábiga fue precisamente la fuerza de esta inflexible concepción de la autonomía y la independencia. Tal era la situación de la mayoría de las tribus árabes. Pero el primer califa, Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra), quería que no se permitiera el menor cambio en la situación en la que las tribus árabes habían quedado sometidas al Estado islámico durante la vida del Noble Mensajero (s). Las tribus árabes, en cambio, esperaban de todo corazón recuperar la independencia política que habían perdido. Fortalecido por el poder de su sincera fe, Hazrat Abu Bakr (ra) permaneció firme en su resolución. Su deseo sincero era que cada musulmán cumpliera sus propias responsabilidades y que todos observaran plenamente el ideal de unidad y cohesión presentado por el islam. Declaró claramente que debían entregarse sin falta los bienes que durante la vida del Mensajero se enviaban a Medina en concepto de zakat, ushr y kharaj. Pero las tribus árabes no estaban dispuestas a hacerlo. Comenzaron a decir abiertamente que la situación del Noble Mensajero (s) era completamente distinta: él era el Mensajero de Allah; recibía revelación; todo musulmán tenía el deber de reconocer su obediencia plena. Pero ahora la situación había cambiado y, en consecuencia, también debía cambiar el sistema político. Sin embargo, esta idea y esta actitud no favorecían en modo alguno la formación de una organización estatal islámica. Hazrat Abu Bakr (ra) eliminó con gran firmeza esta mentalidad anárquica. Gracias al método profundamente prudente y sensato que adoptó en esta etapa, toda Arabia quedó organizada y cohesionada bajo una organización estatal unificada. Unió a todas las tribus en los asuntos de gobierno del país, administración del Estado y guerra y paz. Puso en práctica el principio de consultar a personas de todos los niveles sobre los asuntos importantes. Como resultado, todas las tribus comenzaron a considerarse partícipes en igualdad de condiciones de la administración del Estado islámico. Al poder disfrutar cada persona y cada tribu de igual importancia, dignidad y derechos en todos los ámbitos, se entregaron a la obediencia de la organización estatal con enorme entusiasmo y fervor. El califa era la figura central de esta obediencia. No quedó entre ellos ninguna diferencia de opinión respecto a que obedecer cada una de sus órdenes y prohibiciones era un deber ineludible.

La forma estatal del califato

¿Cuál es la identidad ideológica del sistema estatal islámico? ¿Qué tipo de sistema de gobierno es? ¿Es acaso una teocracia pura (Theocracy), en la que una persona piadosa gobierna por sí misma o en la que el clero dirige los asuntos del Estado? ¿O es, según la terminología moderna, un gobierno democrático (Democrative) o autocrático (Autocracy)? ¿O es una forma de monarquía? Esta cuestión ha confundido incluso a muchos pensadores de la época actual. Pero quienes poseen siquiera un conocimiento elemental de la historia y de la ciencia política no pueden sentirse en lo más mínimo desconcertados por este tipo de preguntas. Pues no hace falta una erudición especial para comprender que el Califato no es, en modo alguno, un sistema de gobierno papista ni teocrático. No puede encontrarse la más remota relación ni la menor semejanza entre el sistema de gobierno del Califato y el tipo de gobierno que ejercieron y ejercen los faraones de la antigüedad o los reyes y monarcas de otras partes del mundo, incluida la Europa moderna. Tampoco puede calificarse de sistema estatal democrático en el sentido moderno, aunque en él se aplicaban plenamente los valores universales, así como los derechos del pueblo y las oportunidades y facilidades de la libertad individual, cosas que no se encuentran en las democracias irreligiosas de Occidente.

Ningún califa afirmó jamás haber sido designado por Allah, poseer una relación especial con Allah o recibir directamente de Allah una norma o revelación. Consideraban completamente ilícito formular semejante pretensión, pues en realidad carecía por completo de fundamento. Con la muerte del Mensajero Noble (s), la cadena del descenso de la revelación quedó cerrada para siempre. Después de ello, para dirigir la vida, la sociedad y el Estado de los seres humanos en este mundo, solo quedaron dos fundamentos: uno es el Libro de Allah y el segundo es la Sunna del Mensajero. Allah, exaltado sea, reveló el Noble Corán por medio del último Profeta como un código universal y completo para toda la humanidad. Y el Mensajero Noble (s) puso en práctica esa norma de Allah mediante sus actos cotidianos. Según el Corán, las acciones del Mensajero Noble (s) constituyen la explicación práctica del propio Corán. Esta explicación es, al igual que el Corán, eterna y digna de ser seguida para siempre. El califa o gobernante del Estado está obligado a regirse por estas dos normas. Nadie tiene derecho a transgredir ni siquiera en un punto los límites que ellas establecen. La gente común está obligada a obedecer al gobernante del Estado únicamente porque esta obediencia no se debe a cualidades o derechos propios del gobernante. Nadie está obligado a obedecer a otra persona por sus cualidades, dignidad o derechos personales. Si gobierna el Estado conforme a la norma de Allah y a la Sunna del Mensajero, promulgando y haciendo cumplir las leyes, todos están obligados a obedecerlo únicamente por esa razón. Pues esta obediencia es, en esencia, obediencia a Allah mediante el cumplimiento de la norma de Allah. Conviene recordar que nadie posee el derecho exclusivo de interpretar la norma de Allah y la Sunna del Mensajero, ni siquiera el califa. Toda persona versada en el Corán y la Sunna tiene derecho a interpretarlas. No puede aceptarse una interpretación del califa que hasta ahora no haya sido reconocida por ningún otro especialista. Por consiguiente, al gobernante de un Estado islámico le es absolutamente imposible imponer normas inventadas por él mismo en nombre del Corán y la Sunna, pues nadie puede ocultar su falta de fundamento y su falsedad. Nadie está obligado a obedecer una orden del califa que contradiga el Corán y la Sunna. Esto fue proclamado a viva voz en los discursos antes citados de Abu Bakr al-Siddiq (ra). Los califas posteriores también repitieron una y otra vez esta misma idea con sus propias palabras.

Este código de conducta y método de gobierno estatal establecido por el islam no es papismo, pero tampoco democracia, monarquía ni autocracia. Pues en el papismo, los sacerdotes y clérigos ejercen, en nombre de Allah, un gobierno inventado por ellos mismos, y nadie tiene derecho a formular comentario alguno al respecto. En las monarquías y autocracias, el pueblo se ve obligado a permanecer completamente privado de toda clase de derechos humanos y fundamentales. En la llamada democracia, en cambio, prevalece, por la fuerza de la mayoría, la arbitrariedad extrema de los dirigentes de los partidos, de sus figuras influyentes o de la reducida camarilla que ha tomado el poder. En el Califato islámico, gobernantes y gobernados, califa y pueblo, están igualmente obligados a obedecer la norma de Allah y la Sunna del Mensajero; más aún, quien está más adelantado que los demás en esta obediencia se convierte en el califa de ese Estado. Una vez nombrada para el cargo del Califato, ninguna persona puede promulgar siquiera las normas del Corán y la Sunna según su propio capricho. Por ello está obligada a consultar a los expertos en el Corán y la Sunna. En el papismo, por el contrario, los sacerdotes son los dueños del poder absoluto. No están obligados a consultar con nadie sobre ningún asunto. Nadie puede cuestionar ninguna de sus decisiones; más bien, criticar desfavorablemente sus actos no acarrea otra consecuencia que la muerte violenta. Allí la gente común está obligada a llevar la vida de los esclavos más despreciables. En cambio, en el Califato islámico toda persona es libre. Allí no solo se ha concedido el derecho a criticar, sino que también se ha declarado que hacerlo es un deber religioso de cada ciudadano.

Debe recordarse que el Corán y la Sunna son ciertamente la base del Califato islámico; pero en ellos solo se han expuesto los principios fundamentales. Se evitó deliberadamente mencionar los asuntos detallados y minuciosos. Incluso cuando algo semejante aparece mencionado en algún lugar, se debe únicamente a que era indispensable hacerlo; de no haberse mencionado allí, la aplicación del Corán y la Sunna habría sido imposible. Todas las actividades del Califato islámico se realizan sobre la base de esos principios fundamentales. Establecer, a partir de ellos, los detalles y pormenores es responsabilidad de toda la gente, y nadie posee un derecho exclusivo en este asunto. En realidad, precisamente por esta razón, el modelo de vida y de Estado del islam ha podido alcanzar un valor eterno e imperecedero.

Los principios establecidos por el Corán y la Sunna son intemporales. En toda época, circunstancia y país, no solo es posible construir sobre su base una sociedad humana ideal, sino que además es un deber hacerlo. Sin esos principios, el sueño de construir una sociedad ideal jamás puede hacerse realidad. Mientras los musulmanes construyeron al individuo y a la sociedad sobre la base de esos principios y los siguieron en la práctica, la historia constituye una prueba irrefutable de que avanzaron gradualmente, paso a paso, hacia el progreso. Pero tan pronto como esos principios fueron abandonados en el ámbito personal y nacional, y comenzaron a seguirse principios e ideales contrarios a ellos, comenzó su decadencia. La situación real de los musulmanes del mundo actual es un testimonio vivo de ello.

Si se concediera a una clase particular el derecho exclusivo de interpretar el Libro de Allah y la Sunna del Mensajero, el sistema estatal islámico también se convertiría en una «teocracia o sacerdotismo»; pero es de conocimiento general que en el islam no existe el clericalismo ni se reconoce ninguna autoridad exclusiva de una clase particular. Aquí toda persona, según su propia capacidad, tiene derecho a estudiar el Corán y la Sunna, reflexionar e investigar, deliberar y juzgar, y extraer resultados y conclusiones. En este asunto, todos tienen por igual ese derecho, sin distinción. Y no solo eso: se ha ordenado expresamente a todo el pueblo que ejerza este derecho. Por tanto, sobra decir que no existe entre esto y el papismo (Papacy) ni la más remota relación o semejanza.

En el Califato islámico, se ha concedido a todo ciudadano el derecho a criticar públicamente a las autoridades gobernantes. Se ha declarado deber de cada ciudadano mantener una vigilancia atenta sobre sus actos y, si a la luz del Corán y la Sunna se advierte cualquier error o desviación, protestar inmediatamente contra ello y adoptar medidas prácticas para remediarlo. En este sistema de gobierno, quienes dirigen el Estado no pueden promulgar leyes especiales para sí mismos ni tener la oportunidad de disfrutar de privilegios especiales. Durante la época del Califato Rashidun, como consecuencia del estricto cumplimiento de las disposiciones del Corán y la Sunna, la sociedad islámica permaneció completamente libre y purificada de toda conducta indeseable y vergonzosa de este tipo. Entonces, el liderazgo y la autoridad nacionales y estatales, así como todos los bienes y riquezas, eran un gran depósito confiado. La convicción de que incluso la más mínima traición a ese depósito tendría como consecuencia un severo castigo el Día de la Resurrección estaba firmemente arraigada en el corazón de todos, como el acero.

Los cuatro califas del Califato Rashidun conservaron con sumo cuidado los depósitos confiados por la nación y el Estado, aseguraron su correcta distribución y utilización, y ofrecieron ejemplos prácticos de una lealtad impecable, sinceridad absoluta, abnegación y un alto grado de taqwa y piedad. Aunque a los ojos de la gente de nuestro tiempo esto pueda parecer extraño, anormal e inconcebible, esa era la realidad del Califato Rashidun. En verdad, el califato y el liderazgo no pudieron causar la más mínima alteración en su mente ni en su carácter; al contrario, aumentaron, respecto del pasado, el nivel y el grado de su taqwa. La idea de obtener beneficios injustos de los bienes del pueblo, abusar del poder o conceder privilegios especiales a su propio linaje y parientes jamás encontró lugar, ni por un instante, en sus mentes. Desde el momento en que se les confió la pesada responsabilidad del califato, olvidaron por completo su individualidad y a sus familias y linajes, y consagraron todas sus fuerzas a preservar la dignidad de la religión de Allah y a desempeñar debidamente los asuntos estatales y nacionales. Establecer la justicia y la equidad completas en todos los ámbitos y asuntos era el objetivo supremo de su actividad. No había para ellos ocupación más querida que ayudar a los débiles y necesitados.

En un sistema estatal de esta naturaleza no puede existir ni siquiera rastro de despotismo, tiranía u opresión. Un Estado cuyos dirigentes y funcionarios responsables no se consideran superiores a la gente común, sino servidores de todo el pueblo, no puede llamarse ni papado ni autocracia. Tampoco puede encontrarse semejanza alguna entre él y el carácter de los llamados Estados democráticos de la época moderna. Es cierto que, a diferencia de lo que ocurre hoy, los cuatro califas no fueron elegidos entonces sobre la base del sufragio universal de los adultos (Adult suffrage). Dadas las inestables y turbulentas circunstancias en las que cada uno de ellos fue investido como califa, ni siquiera podía imaginarse una elección de ese tipo. A pesar de ello, no cabe la menor duda de que eran las personas que gozaban de mayor confianza en la sociedad de aquel tiempo y de que ellos habrían sido elegidos si se hubiera celebrado una elección de esa naturaleza. En la elección del califa participaban generalmente los miembros de las tribus de los Muhayirun y los Ansar. Debido a las circunstancias de Arabia en aquel momento, tampoco se consideraba necesario consultar al respecto a los miembros de las demás tribus; sin embargo, aquellas elecciones no eran resultado de conspiraciones secretas tribales. En la práctica, los Ansar y los Muhayirun representaban a la población musulmana de casi todas las tribus de la Arabia de entonces. Su opinión era, en términos generales, el veredicto de toda la población musulmana árabe. Tras la desaparición repentina del Mensajero de Allah o de cada uno de los califas posteriores, se creó un vacío; mediante la elección de cada califa, el deber indispensable y más urgente que se presentó ante la nación musulmana fue llenar sin demora ese vacío, dadas las circunstancias apremiantes de aquel momento.

A pesar de ello, cada califa gobernó el Estado después de consultar a las personas que gozaban de la confianza general de la sociedad. Ninguno tomó medida alguna en asuntos importantes para la nación y el Estado basándose únicamente en su opinión individual e irracional. En la elección de los califas, el parentesco o la nobleza del linaje no podían constituir ningún factor. Ninguno de ellos se presentó como candidato a ese cargo. Ninguno emprendió campaña alguna para ganarse a la opinión pública con el fin de ser nombrado para él; por el contrario, cada uno se esforzó por lograr que fuera elegido, en lugar de él mismo, otra persona más cualificada. En este sentido, las conversaciones mantenidas durante la elección del primer califa merecen permanecer para siempre brillando en las páginas de la historia. Aunque al principio de la elección de algunos califas surgieron ciertas diferencias de opinión, posteriormente no quedó rastro de esas discrepancias ni de esa oposición; al contrario, todos aceptaron de corazón aquellas elecciones y cooperaron sinceramente con el califa elegido. Esta característica del principio islámico de elección no tiene comparación. En aquella sociedad no existían un bando permanente de gobierno ni un partido permanente de oposición (Opposition). Todos apoyaban y ayudaban conjuntamente a la justicia y la verdad, y todos se oponían a la injusticia y a las políticas erróneas y protestaban contra ellas. Cuán grande era la importancia que los califas reconocían a la consulta mutua para los derechos del pueblo y el bienestar del Estado queda claramente demostrado por las siguientes palabras del discurso inicial del primer califa:

He sido nombrado vuestro gobernante, pero no soy mejor que vosotros. Si sigo el camino de la justicia, obedecedme y seguidme. Pero si me desvío del camino de la justicia y comienzo a seguir el camino de la injusticia, corregidme y conducidme por el camino recto. Mientras yo obedezca a Allah y a Su Mensajero, vosotros también me obedeceréis; pero si desobedezco a Allah y a Su Mensajero, no es vuestro deber obedecerme.

¿Puede encontrarse en algún lugar de los llamados Estados de la actual era democrática un ejemplo de una relación tan profunda y estrecha entre el gobernante y el pueblo, y de un reconocimiento tan noble y generoso del derecho a orientar y criticar al gobernante? Todo el período de gobierno del Califato Rashidun fue, en términos modernos, nada menos que una época de estado de emergencia (Emergency Period). Sin embargo, durante todo ese largo período nunca se arrebataron los derechos fundamentales del pueblo. El sistema de consulta y shura funcionó siempre de manera adecuada. La base del califato —el Corán y la Sunna— jamás concedió a nadie, bajo ninguna circunstancia, el derecho a disolver la shura-parlamento y asumir poderes especiales (Special power) en sus propias manos.

A juicio de los califas, todos los musulmanes tenían los mismos derechos y la misma dignidad; nadie podía obtener superioridad ni precedencia sobre los demás por razón de su posición o rango material. Con respecto a los antiguos apóstatas, el primer califa había emitido inicialmente la orden de que no se les permitiera participar en las campañas militares, pues todavía no se había alcanzado plena confianza ni seguridad respecto de ellos. Pero, tan pronto como desaparecieron las dudas y sospechas sobre ellos, se les permitió incorporarse a las fuerzas islámicas de muyahidines. Se ordenó a Hazrat Umar Faruq (que Allah esté complacido con él) emplearlos en la campaña de Irán. Esto no es sino un brillante ejemplo de la perspectiva liberal, principista y libre de hostilidad del Califato Rashidun.

La unidad política de Arabia

El primer califa, Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA), consolidó los fundamentos del sistema estatal islámico mediante su sabiduría y previsión, además de sus otras cualidades de discernimiento. Como resultado, a los califas posteriores les resultó muy fácil construir sobre esos cimientos un vasto edificio estatal y convertir toda la península arábiga en una sola unidad política (Unit). Gracias a la política de perdón, tolerancia, sacrificio y abnegación de Hazrat Abu Bakr (RA), se allanó el camino para unificar toda la península arábiga. Después de que se apaciguó la desorganización temporal de los primeros tiempos, los rebeldes y delincuentes obtuvieron su perdón y reconocieron sinceramente la autoridad del Califato. El sistema de shura fortaleció y consolidó aún más la unidad y cohesión política de todo el país. Precisamente por ello, la conquista de Irak y Siria se volvió más fácil.

La mentalidad, la conciencia y la capacidad reflexiva del pueblo árabe de aquella época eran favorables a un sistema estatal basado en la shura y dotado de derechos populares. El surgimiento y la proclamación del islam tuvieron lugar en Arabia. La sharía islámica —el Corán y la Sunna— estaba recopilada en lengua árabe. El último Mensajero fue enviado en Arabia. Tanto si las tribus árabes eran beduinas como urbanas, estaban profundamente ansiosas por la libertad y el autogobierno. Nada les era más querido ni atractivo que eso. Entre los habitantes del desierto se había difundido plenamente el espíritu de igualdad y equidad. La educación y la formación islámicas otorgaron a ese espíritu mayor claridad y madurez, pues el islam presentó el ideal completo de la verdadera igualdad y equidad. El Noble Corán proclamó con voz elevada este mensaje de igualdad y equidad. Según la declaración coránica, la dignidad y el honor no se miden por la nobleza de linaje ni por la abundancia de riquezas, sino por el temor de Allah (taqwa) y el cumplimiento de la religión de Allah. En la época actual se proclama por todas partes el triunfo de la democracia. Sin embargo, los verdaderos valores y principios humanos resplandecieron con toda claridad precisamente durante el Califato Rashidun. Humanidad, fraternidad, amor, libertad e igualdad se pronuncian con voz inflada en la democracia actual, pero su verdadera realización solo puede observarse en todos los ámbitos de la época del Califato Rashidun. Las enseñanzas sagradas del islam habían convertido a cada creyente en un hermano sincero de los demás creyentes y en alguien verdaderamente preocupado por su bienestar. La declaración del Noble Mensajero (S) —que nadie puede ser creyente hasta que desee para su hermano lo que desea para sí mismo— no era una voz común y carente de valor; era una declaración histórica en defensa de los derechos humanos. Ningún Estado puede adquirir un carácter verdaderamente orientado al bienestar público si no lleva a la práctica esta profunda y razonable declaración; y ningún Estado dedicado al bienestar colectivo puede alcanzar el menor éxito mientras no tome esta declaración como una antorcha guía y forme al pueblo para que se preocupe mutuamente por el bienestar de los demás y sea compasivo. En realidad, esta verdad se halla en la raíz del fracaso extremadamente ridículo de los Estados democráticos actuales y del pleno éxito del Califato Rashidun. No hace falta decir que fue precisamente sobre la base de estas valiosísimas palabras del Noble Mensajero (S) como Hazrat Abu Bakr (RA) pudo construir el gran edificio del Estado islámico. Y, mediante la plena observancia de estas palabras en la administración del Estado, los tres califas posteriores pudieron dirigir el gran sistema del Califato Rashidun, completamente opuesto a la concepción contemporánea del Estado mundial, y dejar al mundo entero asombrado y maravillado.

La fuerza inherente de la política estatal islámica

El sistema estatal del Califato Rashidun no permaneció limitado al territorio llamado península arábiga. En muy poco tiempo, atravesó los límites de ese territorio y se extendió en todas direcciones, como una inundación que rompe sus diques, hasta regiones lejanas. Pero ¿fue la expansión de un Estado árabe por vastas tierras no árabes simplemente el resultado de unas cuantas campañas militares? Esta es una cuestión compleja de la historia. Es absolutamente necesario analizar la respuesta a esta pregunta.

En realidad, el islam apareció en el mundo llevando un mensaje revolucionario universal. La amplia difusión y expansión de ese mensaje, junto con la formación de una opinión pública silenciosa favorable a él, creó la asombrosa historia del triunfo del islam y de cómo país tras país buscó refugio bajo su bandera. Estas victorias pueden compararse con recoger de un solo toque un fruto maduro unido al tallo del árbol, o con cortar el cordón umbilical de un recién nacido. El idealismo islámico preparó primero el terreno y allanó el camino; finalmente, fueron eliminados todos los obstáculos y barreras para la creación de la revolución islámica. De este modo fue posible para los musulmanes construir el Estado islámico sobre cimientos firmes en vastas regiones del mundo.

A nadie familiarizado con la etapa inicial de la historia islámica puede ocultársele que el éxito de los muyahidines del islam no fue algo temporal ni accidental. Esta victoria era una parte inseparable de una larga continuidad en el curso de los acontecimientos. En esencia, la revolución que el islam creó en el mundo era inevitable, porque el propio ideal fundamental del islam contenía el vapor ardiente de la revolución. La explosión de esta fuerza invencible era algo completamente natural.

La creencia fundamental del islam —no reconocemos ni tememos a nadie excepto a Allah, no nos inclinamos ni un ápice ante nadie más, y el Noble Mensajero (S) es el Mensajero enviado por Allah y nuestro único guía— fue precisamente esta firme convicción la que otorgó al islam su fuerza conquistadora del mundo. Esta solidez de la fe y la creencia convirtió a la gente común en revolucionaria. En realidad, esta libertad de la mente y del espíritu es una gran contribución del islam. Asimismo, toda forma de coacción en materia de religión e ideología era completamente contraria a la política del Califato Rashidun. Es cierto que se invitó a toda la humanidad a aceptar el islam, pero el islam no obliga a nadie a cambiar sus creencias religiosas. Sin embargo, el islam también espera firmemente que la gente reflexione seriamente sobre su ideal, lo compare y estudie con objetividad sus características frente a las demás religiones e ideologías del mundo. Pues el islam está convencido de que, después de ello, nadie podrá permanecer sin aceptarlo. En realidad, el islam es un sistema de vida completo y plenamente acorde con la naturaleza humana. El islam no tiene ninguna duda de que la sana razón y el entendimiento solo pueden aceptar el islam como un ideal de vida completo.

Este mensaje revolucionario de liberación y libertad del islam se ha presentado como un serio desafío para las demás religiones e ideologías del mundo. Pues es una verdad comprobada de la predicación y el movimiento islámicos que, si se concede libertad para adoptar creencias y normas de conducta, el ideal perfecto e íntegro del islam atraerá poderosamente a personas de todas las clases, y estas abandonarán espontáneamente sus religiones e ideologías erróneas. Y es indudable que, después de ello, las demás religiones e ideologías del mundo sufrirán una muerte prematura. La única razón que subyace a los obstáculos creados en diversos países del mundo para la difusión del ideal íntegro del islam es precisamente esta.

El ideal revolucionario de libertad de conciencia que el islam presentó ante el mundo se aplicó y se hizo realidad plenamente durante la época del Califato Rashidun. En aquella época fueron conquistados muchos países y numerosas poblaciones aceptaron someterse al islam; pero a nadie se le obligó por la fuerza a abandonar su religión, ni se sedujo a nadie para que lo hiciera. Quien aceptaba el islam voluntaria y entusiastamente recibía la misma dignidad y los mismos derechos que todos los demás musulmanes. Por otro lado, a quien deseaba permanecer firme en su religión e ideología anteriores también se le concedía plena libertad para hacerlo. El Califato islámico asumió toda la responsabilidad de garantizar que pudiera vivir practicando su propia religión y disfrutando de seguridad para sus bienes, su honor y su vida. A cambio, se recaudaba de ellos un impuesto especial según sus posibilidades. Este impuesto no era ninguna multa. Era una contribución especial destinada a las medidas que el Estado debía adoptar para garantizarles una seguridad completa. En la terminología árabe se llamaba «yizya». Esta palabra significa compensación o intercambio. En realidad, no era más que el precio de la compensación por las medidas adoptadas por el Califato para proteger su religión, sus bienes, su honor y su vida. Cuando el Califato no podía cumplir con la responsabilidad de garantizar esa seguridad, no solo se suspendía su cobro, sino que también se devolvían los impuestos recaudados anteriormente. Esto está escrito con toda claridad y en letras de oro en las páginas de la historia islámica.

El fundamento de este sistema estatal, establecido por personas creyentes en el Profeta universal, Muhammad, y consagradas a él, se asentaba sobre los elevados principios e ideales de la libertad individual, los derechos humanos fundamentales, la igualdad sin distinción y el amor fraternal y afectuoso. Era un sistema estatal completamente opuesto a la monarquía romana. Por otra parte, incluso el sistema estatal democrático moderno, así llamado, resulta extremadamente pobre e inferior en comparación con él desde la perspectiva del bienestar humano general. En realidad, el objetivo del Califato Rashidun no era convertir a los no árabes en súbditos subordinados de los árabes. Tampoco pretendía liberar a los romanos y persas de la peor esclavitud de su tiempo para encadenarlos y someterlos a la esclavitud árabe; al contrario, su meta suprema era liberar plenamente a la humanidad de toda forma de servidumbre humana y material, y ofrecerle una oportunidad amplia, generosa y abierta de vivir, desarrollarse y prosperar en un entorno de completa libertad, reconociendo únicamente la adoración del Creador y el liderazgo del Mensajero, conforme a las grandes normas del din del islam. El único medio para ello era aferrarse a una fe sincera en el sublime ideal del islam y unirse mediante los lazos de una profunda fraternidad y un amor mutuo y genuino. Durante la época del Califato Rashidun no existía ninguna división de clases entre vencedores y vencidos. Las personas de todas las clases, niveles y categorías gozaban allí plenamente de iguales derechos y dignidad. No había entre ellas ninguna diferencia ni desigualdad basada en la lengua, la tribu o la región. Ni siquiera se permitió que surgiera diferencia alguna entre los no musulmanes de Irak y Siria, ni entre los cristianos de Nayrán y de otras regiones de Arabia. Los musulmanes predicaban el islam entre ellos; pero, aun así, quienes deseaban permanecer firmes en la religión de sus antepasados recibían plena libertad para hacerlo. Durante la época del Califato Rashidun se aplicaban plenamente las dos declaraciones coránicas siguientes sobre la adopción de la religión:

******(árabe)

No hay lugar para la coacción ni la imposición en materia de religión y fe.

Quien acepta la guía se beneficia de ella; su beneficio es para él mismo. Y quien desea permanecer extraviado tendrá que sufrir él mismo el perjuicio y el daño de ello. Oh, Mensajero, diles a las personas: mi tarea consiste únicamente en haceros llegar el mensaje de la verdad; aceptarlo o no aceptarlo es responsabilidad vuestra. No me corresponde ninguna responsabilidad por vuestra guía o vuestro extravío.

 

La administración interna del Califato Rashidun

En el sistema estatal del Califato Rashidun se había llevado a cabo plenamente la realización de la sociedad, la civilización y la cultura islámicas. Era, a la vez, el único Estado rector del desarrollo religioso y material. Su fundamento se asentaba en el din del islam, y su único objetivo en todos sus esfuerzos y empeños era procurar el bienestar integral de la humanidad conforme a los principios categóricos del Corán y a la sunna del Noble Mensajero.

Durante la época del Califato Rashidún, todas las leyes y normas se promulgaban de acuerdo con el Noble Corán y la Sunna del Mensajero. Si los Califas Rashidún se enfrentaban a algún problema o cuestión cuya solución directa no podían obtener del Corán y del hadiz, lo resolvían de la mejor manera teniendo ante sí los luminosos ejemplos de las acciones del Noble Profeta, sin permitir de ningún modo que se transgredieran los principios fundamentales del Corán y de la Sunna del Mensajero.

Según las disposiciones fundamentales del islam, toda la umma musulmana estaba obligada a reconocer y obedecer a los califas. Pero, al mismo tiempo, se sostenía con la máxima firmeza el principio de que no se podía obedecer a ningún califa ni autoridad estatal si ello implicaba oponerse a los mandatos y normas de Alá y del Mensajero. En cuanto al derecho a formular las leyes minuciosas de la vida práctica y real a partir de las fuentes fundamentales del Corán y el hadiz, no se reconocía al califa ninguna preeminencia, distinción ni prioridad. En muchos casos, más bien, el califa consultaba a otros sahabas para conocer sus opiniones o consejos basados en el Corán y el hadiz. También existía plena libertad para discrepar de los califas en este asunto. Más aún, se reconocía plenamente el derecho general a señalar los errores de los dictámenes de los califas y a criticarlos públicamente.

El califa era elegido de acuerdo con la opinión o el consentimiento espontáneo del pueblo. Apoderarse del cargo de califa por la fuerza o mediante una sucesión hereditaria no solo era contrario al sistema estatal islámico, sino que, según las normas islámicas, constituía además un grave delito. Entre los Califas Rashidún no existían la pompa y el esplendor monárquicos ni la tiranía dictatorial. Se consideraban iguales a los ciudadanos. Fuera del califato, no había ni la más mínima diferencia entre ellos y el pueblo en general. Los funcionarios y la gente común tenían libre acceso a la corte del califa, y no había lugar para ningún tipo de impedimento al respecto. Por ello, les resultaba muy fácil conocer directamente la situación general del pueblo y sus carencias y quejas, y remediarlas sin ninguna dilación. Por esta razón puede proclamarse a viva voz que el Califato Rashidún es el primer y único Estado de la historia del mundo en el que los verdaderos derechos populares fueron plenamente protegidos.

El poder judicial

Durante la época de los Califas Rashidún, se consideraba una de las principales responsabilidades del califa garantizar la equidad y la justicia entre las dos partes en disputa. Por ello, al principio ellos mismos se encargaban de casi todos los asuntos judiciales. Naturalmente, para los lugares lejanos nombraban representantes en su nombre. Durante el mandato del primer califa, el gobernador designado para cada ciudad también administraba justicia. Pero el segundo califa hizo que el poder judicial fuera completamente independiente y autónomo durante su califato. Por ello, en cada ciudad se nombraron jueces o cadíes con una posición independiente y honorable. El poder judicial era completamente independiente de la autoridad administrativa y gozaba de una condición autónoma. Los jueces eran plenamente independientes al emitir sus sentencias. El califa les daba instrucciones para que toda sentencia que dictaran se basara íntegramente en el Corán y la Sunna del Mensajero, sin transgredirla en ningún aspecto. El gobernador de la región correspondiente no podía ejercer ninguna influencia ni autoridad sobre el juez. El cadí o juez era nombrado directamente por la autoridad del califa. En muchas ocasiones también se concedía al gobernador de la ciudad correspondiente la facultad de nombrar al juez; aparte de eso, se observaba especial cautela en los nombramientos judiciales. La prueba práctica de ello se encuentra en el siguiente fragmento de una carta de nombramiento emitida por el cuarto califa: «Para resolver los litigios y casos de la gente, nombrad a personas honorables cuyas sentencias el pueblo acepte de corazón y contra las cuales nadie sienta valor o necesidad de protestar. Que estén libres de toda codicia, deseo y resentimiento. Que no se intimiden ni se dejen influir por la posición especial de nadie. En todos los asuntos deberán poseer una profunda y sutil perspicacia, así como agudeza mental. En los asuntos dudosos serán sumamente cautelosos. Al examinar las pruebas razonadas y los testimonios presentados por ambas partes, no se desconcertarán en lo más mínimo; trabajarán con plena cautela, reflexión e investigación para llegar al fondo de cada asunto. Cuando hayan alcanzado una decisión definitiva, no vacilarán lo más mínimo en ejecutarla con total firmeza. No permitirán que ninguna recomendación ni ningún rango o posición se interponga en la ejecución de su sentencia. Aunque nunca sean muy numerosos los hombres de esta clase, el juez deberá estar necesariamente dotado de las cualidades mencionadas. Cuando nombréis a alguien juez, fijadle un salario suficiente; así, sus necesidades de subsistencia no lo obligarán a aceptar sobornos. Además, conviene elevar su consideración en vuestra opinión y en las reuniones de la sociedad, para que nadie se atreva a emprender una campaña contra él.»

Además de los jueces, en cada ciudad siempre había un grupo de personas especialmente versadas en la ley islámica. Cuando los jueces encontraban alguna dificultad o problema en un asunto, solicitaban la ayuda de esas personas.

En aquella época, los hadices del Noble Profeta no estaban recopilados en libros, sino conservados en la memoria de la gente. Una persona conocía un hadiz y otra recordaba uno diferente. Nadie tenía en su memoria, de manera individual, todos los hadices, y esta era una de las grandes dificultades de aquel tiempo. Cuando necesitaban algún hadiz para resolver un asunto presentado ante los jueces, estos preguntaban a distintas personas e intentaban conocer las instrucciones o la práctica del Noble Mensajero respecto al tema en cuestión. Así, dictaban sus sentencias conforme al hadiz del Mensajero que encontraban; pero, cuando no se encontraba ningún hadiz específico, practicaban el iŷtihad teniendo presente el sistema general del islam y su orientación. Por esta razón, a menudo los jueces emitían dictámenes diferentes sobre un mismo asunto concreto. En aquel entonces todavía no se había comenzado a registrar por escrito las decisiones de los jueces. Por consiguiente, la gente de épocas posteriores no tenía ninguna oportunidad de beneficiarse de ellas.

Algunas personas podrían preguntarse si todos los procedimientos judiciales de aquella época dependían únicamente del iŷtihad; pero la realidad no era esa. El principio del iŷtihad se aplicaba únicamente para conocer los detalles de la ley de la sharía y aplicarla a las circunstancias y acontecimientos particulares de cada época. Debe recordarse que las leyes islámicas consistían en un conjunto de principios fundamentales; sus disposiciones detalladas aún no habían sido elaboradas. En realidad, es natural que las normas legales otorgadas para todos los tiempos y para toda la humanidad sean así. Solo de esta manera puede hacerse posible y fácil su aplicación práctica en cada etapa del tiempo y en cada región de la Tierra.

Incluso después del nombramiento de los jueces, no había ningún impedimento para que los califas participaran directamente en la resolución de las disputas y conflictos del pueblo; más bien, en muchos casos ellos mismos resolvían numerosas disputas y conflictos. En esos casos, los jueces designados actuaban únicamente como representantes de los califas.

Departamento de Defensa Nacional

Durante la época del Califato, la autoridad principal para dirigir las guerras o el ejército estaba concentrada en manos del califa. Esto se debía a que esa misma práctica estaba vigente en la época del Noble Profeta (s.a.s.). Él mismo dirigía el ejército. Sin embargo, posteriormente, cuando el ámbito del gobierno comenzó a expandirse considerablemente, se empezó a nombrar por separado a comandantes militares, aunque los califas fueran los más grandes héroes y guerreros. Obedecerlos era necesariamente un deber, del mismo modo que obedecer al propio califa. Una vez terminada la guerra, la única función de los comandantes era supervisar los asuntos militares y entrenar a los soldados para el futuro.

Durante el Califato de Hazrat Abu Bakr Siddiq (r.a.), todo el ejército era voluntario y no remunerado. Sus nombres no estaban registrados en ningún libro de registro. Fue durante el Califato de Hazrat Umar Faruq (r.a.) cuando el departamento militar se organizó de manera ordenada y sistemática, y el nombre de cada soldado quedó inscrito en el registro. Como resultado, se estableció la disciplina en el ejército. Si algún soldado desertaba o se quedaba atrás, era muy fácil detectarlo. En aquella época había un castigo especial para los soldados desertores. En la mezquita del barrio del desertor se hacía pública y se proclamaba su identidad, anunciando: «Este hombre ha huido del campo de la yihad; ha mostrado reticencia a sacrificar su vida por el camino de Allah». En realidad, para un árabe, semejante censura era más terrible que la pena de muerte. Esto se debía a que, entre todas las naciones del mundo, los árabes habían establecido un ejemplo incomparable de valentía y un modelo asombroso de coraje; acusar a alguien de falta de hombría y cobardía y proclamarlo públicamente de ese modo era mucho más duro que la muerte. Después de ello, al implicado ya no le quedaba ningún lugar donde mostrarse en sociedad.

Hazrat Umar (r.a.) fijó salarios procedentes del Bayt al-Mal para todos los soldados. No existía una tarifa salarial determinada. La única medida para establecer el salario de los muyahidines era su excelencia y precedencia en el seguimiento de los ideales islámicos. Sin embargo, al final, Hazrat Ali (r.a.) eliminó también esta diferencia y estableció para todos salarios de igual cuantía.

En el ejército islámico se nombraba a un «jefe» sobre cada diez soldados. En la terminología militar árabe se le llamaba «arif». Los salarios de todos los soldados se confiaban a estos arifes, quienes los distribuían entre los soldados bajo su mando.

Durante la época de los Califas Rectamente Guiados se realizaron grandes avances en la organización del ejército. En la época preislámica, los árabes avanzaban para enfrentarse al enemigo, unas veces en filas y otras de manera dispersa. Al principio, uno o dos héroes de cada bando entablaban un combate singular; después se emprendía un ataque general y, finalmente, se atacaba y se blandían las armas de manera desordenada. Los musulmanes también siguieron esta práctica durante la primera etapa de la yihad islámica. Pero más tarde, cuando comenzaron a enfrentarse a los ejércitos bien organizados de los persas y los romanos, comprendieron claramente que, para hacer frente mediante métodos modernos a aquellos ejércitos organizados y a sus tácticas militares, era indispensable abandonar la antigua práctica. Entonces reorganizaron sus propios ejércitos y comenzaron a utilizar armas completamente modernas. En el campo de batalla, el ejército empezó a formarse cuidadosamente en filas, sin que nadie quedara delante ni detrás. Todo el ejército se dividía aproximadamente en cinco partes. La fuerza situada más adelante se llamaba «Muqaddima» y tenía la responsabilidad de iniciar la batalla. La fuerza central se llamaba «Qalb»; el comandante principal permanecía rodeado por ella. La fuerza situada en el flanco derecho se llamaba «Maymana» y la situada en el flanco izquierdo, «Maysara». La fuerza situada en la retaguardia recibía el nombre de «Saqah».

El ejército dividido en estas cinco subfuerzas se llamaba «Khamis». Cada una de sus partes tenía un «amir», quien dirigía su propia fuerza conforme a las órdenes del comandante principal. El comandante de la caballería era independiente. Para proteger la retaguardia, los soldados musulmanes tomaban medidas especiales, de modo que las tropas enemigas no pudieran atacarlos por detrás en ninguna circunstancia. Para proteger a todo el ejército de los ataques nocturnos, adoptaban disposiciones y planes de acción especiales. El servicio de inteligencia militar de los musulmanes estaba activo de la manera más organizada y sistemática. Por esa razón, podían conocer de antemano la mayoría de las intenciones o planes secretos del enemigo.

Departamento de ingresos fiscales

Desde el califato de Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él), se designaban recaudadores independientes y locales para la percepción de los ingresos fiscales. Por lo general, no se confiaba esta responsabilidad a los gobernadores provinciales. Los ingresos recaudados se gastaban, conforme a las instrucciones del califa, en los sueldos y asignaciones de los soldados y en otras obras públicas destinadas al bienestar general. Dichos fondos se enviaban a la capital central.

Durante el califato se establecían dos tipos de ingresos fiscales: (1) permanentes y (2) temporales. Entre los ingresos permanentes destacaban la zakat, el ushr y la jizya. En cambio, los bienes obtenidos como botín constituían ingresos temporales o ingresos del Estado.

Kharaj

Por lo general, como consecuencia de las conquistas, se permitía que todas las tierras cultivables de los países conquistados permanecieran en manos de sus antiguos propietarios. Sin embargo, se recaudaba como impuesto una parte determinada de las cosechas producidas. En la terminología islámica, esto se denomina «kharaj». Puede considerarse el impuesto sobre las tierras usufructuadas. En algunos casos, también se fijaba un impuesto monetario determinado según la extensión de la tierra.

Ushr

Las tierras cuyos propietarios aceptaban el islam, o cuyos propietarios no estaban sujetos al pago de la jizya por parte de los musulmanes victoriosos, recibían el nombre de tierras ushríes; de sus cosechas se recaudaba, bajo la administración estatal, una décima parte o una vigésima parte. Las tierras que los musulmanes ocupaban por la fuerza o como resultado de una guerra se denominaban tierras «ushríes» y se distribuían exclusivamente entre los musulmanes. Por consiguiente, permanecían en posesión de estos.

Cuando, durante el califato de Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él), Siria e Irak fueron conquistados, preguntó a sus consejeros cómo debía organizarse la distribución de las tierras conquistadas. La mayoría de ellos aconsejó que las tierras fueran distribuidas entre los musulmanes.

Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) había dicho: «En tal caso, se perjudicarían los derechos de las generaciones futuras. Pues, si ahora se distribuyeran las tierras, no quedaría nada para las personas que nacerán en el futuro». Entonces, Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf (que Dios esté complacido con él) dijo: «Los únicos que tienen derecho a recibir las tierras y los esclavos son quienes conquistaron el país con la fuerza de sus brazos; ¿qué derecho podrían tener sobre ellos los demás?». En respuesta, el califa Umar Faruq (que Dios esté complacido con él) dijo: «Eso es cierto, pero recuerda que, como después de mí no habrá muchas posibilidades de nuevas conquistas, los musulmanes no podrán obtener grandes cantidades de riquezas y tierras. En el futuro, muchas conquistas, en vez de traer beneficios, serán más bien una carga difícil de soportar. Si se arrebataran las tierras de Irak y Siria a sus propietarios, se esclavizara a los habitantes vencidos y todo ello se distribuyera entre los musulmanes victoriosos, ¿cómo podría funcionar el sistema de defensa de las fronteras? Pues los musulmanes se ocuparían de la agricultura. Además, quedaría sin atender el sustento de los huérfanos y de las viudas desamparadas».

Después de escuchar este discurso del califa Umar Faruq (que Dios esté complacido con él), todos exclamaron al unísono: «Sin duda, su opinión es verdaderamente correcta e impecable. Si no se mantienen tropas apostadas en las fronteras y en las ciudades, no habrá ningún medio de proteger estas regiones, y los enemigos del islam volverán a apoderarse de estas ciudades». Hazrat Umar dijo: «Este asunto ha quedado claro. Ahora necesito a alguien que asuma la responsabilidad de realizar el levantamiento de todo Irak para determinar el kharaj». Entonces se designó a Umran ibn Hanif para esta tarea. Él la llevó a cabo con gran esfuerzo y, un año antes de que Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) alcanzara el martirio, la cantidad de kharaj recaudada en el Sawad de Kufa había llegado a diez millones de monedas.

Incluso después de la conquista de Siria, los soldados exigieron que las tierras conquistadas fueran distribuidas entre ellos. Pero también entonces Hazrat Faruq al-Azam (que Dios esté complacido con él) disuadió a todos dando la misma respuesta. Como resultado, al igual que en Irak, una enorme cantidad de kharaj procedente de las tierras de Siria continuó acumulándose en el tesoro del Estado.

En realidad, la opinión de Hazrat Umar Faruq (que Dios esté complacido con él) —dejar las tierras agrícolas de las zonas conquistadas en manos de sus antiguos habitantes, en vez de distribuirlas entre los conquistadores, permitirles cultivarlas y recaudar de ellos el kharaj— demostraba una gran previsión. Si entonces no se hubiera adoptado una decisión semejante, la nación musulmana habría olvidado su verdadera responsabilidad, se habría ocupado de los campos y las granjas y habría perdido su capacidad militar. En segundo lugar, tampoco habría sido posible cubrir los gastos necesarios de los soldados islámicos encargados de proteger esa región y de los que combatían en otros países y territorios. Y esa habría sido la pérdida más grave e irreparable. Pues, aprovechando esta oportunidad, los jefes persas y romanos que, al establecerse la dominación musulmana sobre sus países, habían abandonado su patria y buscado refugio en otros lugares, podrían haber vuelto a apoderarse de sus propios países y lanzado feroces ataques contra los musulmanes.

Yizya

En el califato islámico, el dinero que se cobraba a los dhimmíes (ciudadanos no musulmanes protegidos) a cambio de proteger sus vidas, bienes, honor y seguridad recibía en la terminología islámica el nombre de «yizya». Solo se cobraba a los hombres adultos, sanos y fuertes. No se imponía a las mujeres, los niños, los pobres ni los lisiados. Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) concedió estipendios del bait al-mal a muchos dhimmíes pobres. La «yizya» se fijaba según la situación económica de la persona, y su cantidad no era inferior a 12 dírhams ni superior a 28 dírhams. Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) recomendó especialmente a los califas que le sucedieran mostrar benevolencia hacia los dhimmíes, tratarlos con amabilidad, cumplir las promesas, luchar para proteger sus vidas y bienes y no imponerles cargas superiores a sus posibilidades.

Zakat

Durante la época del califato, se estableció el zakat, conforme al Corán y la Sunna, sobre todo tipo de riquezas acumuladas de los musulmanes, el ganado doméstico, los bienes en efectivo y las cosechas de las tierras. Este zakat se recaudaba regularmente y se distribuía entre sus ocho categorías de beneficiarios.

Arancel

Cuando los comerciantes musulmanes exportaban sus mercancías al extranjero, ese país les cobraba un arancel equivalente a una décima parte. Cuando Hazrat Umar (ra) se enteró de ello, ordenó también que se impusiera un arancel de igual proporción sobre las mercancías importadas al Estado islámico. Además, a los comerciantes dimmíes se les cobraba una vigésima parte, y a los comerciantes musulmanes una cuadragésima parte del total de sus bienes. Sin embargo, no se imponía gravamen alguno sobre los bienes cuyo valor fuera inferior a doscientos dírhams.

Moneda

Antes del Islam, en Arabia circulaban monedas iraníes y romanas de oro y plata. Estas mismas monedas continuaron en circulación durante la época del Profeta Noble (s) y del califato de Hazrat Abu Bakr (ra). Después de la conquista de Irán, Hazrat Umar (ra) expresó su deseo de establecer el peso del dírham, pues las monedas iraníes tenían distintos pesos. En suma, durante el Califato Rashidun existía y funcionaba plenamente una forma completa de la administración estatal moderna, y no era inferior a ninguna otra en aspecto alguno.

 

Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (ra)

El primer califa del Estado popular islámico fue Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (ra). En la historia del Islam, después del Noble Mensajero, Hazrat Muhammad (s), ocupa el lugar Hazrat Abu Bakr (ra). También desde el punto de vista de la tradición islámica, después del Mensajero, él fue la primera personalidad destacada. Durante los veintitrés años de su misión, el Noble Profeta (s) presentó el sistema de vida completo del Islam y, al mismo tiempo, hizo añicos la fortaleza de la arraigada ignorancia preislámica de Arabia, estableciendo sobre sus ruinas el luminoso Estado ideal del Islam. Inmediatamente después del fallecimiento del Profeta, Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (ra) protegió la existencia del Estado islámico aplastando la cabeza erguida de las fuerzas contrarrevolucionarias de la ignorancia preislámica. Por ello, junto con el estudio y análisis de la vida del Profeta, es necesario examinar con mayor atención la biografía del primer califa, Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (ra). En el presente artículo no trataré la biografía completa de Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (ra). El único propósito de este artículo es presentar un breve análisis de sus virtudes y características.

En el curso del tiempo, pasado, presente y futuro están tan íntimamente vinculados que no es posible considerar una de sus etapas como mínimamente separada de las demás. Para orientar el camino futuro de cualquier nación, el mejor método consiste en examinar su pasado con una mirada profunda y aguda. Para rescatar a una nación de los errores y desviaciones observados en su vida colectiva, es igualmente necesario poner ante el pueblo su brillante pasado. Así como para diagnosticar y determinar la enfermedad de una persona enferma y prescribir su tratamiento es indispensable examinar minuciosamente su estado anterior a la enfermedad, del mismo modo, para diagnosticar y tratar las enfermedades de una nación, resulta innegable la importancia de estudiar su historia pasada y revisar la vida de las figuras históricas. En la actualidad, la comunidad musulmana del mundo ha llegado al límite extremo de la decadencia. En este momento, el modelo de vida de Hazrat Abu Bakr (ra) sin duda será honrado como guía del camino vital de la comunidad musulmana.

Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (ra) fue el primero entre los hombres en creer que Hazrat Muhammad (s) era verdaderamente un profeta. Esta fe suya le otorgó posteriormente el honor de recibir el título de «Siddiq», es decir, «el veraz» o «el que confirma la verdad». Durante los largos veintitrés años de la misión profética, no dudó lo más mínimo en sacrificar su vida, sus bienes e incluso su honor en el esfuerzo por establecer la religión del Islam; por el contrario, en este aspecto avanzó más que los demás compañeros y que todos los musulmanes. Desde que aceptó el Islam hasta el fallecimiento del Noble Mensajero (s), durante un largo periodo, permaneció constantemente ocupado en ayudar y apoyar a Su Excelencia, propagar la religión del Islam y proteger a los musulmanes de la persecución y opresión de los incrédulos. Daba prioridad a cada instrucción del Mensajero sobre todas sus propias ocupaciones. Por el Mensajero, no tuvo consideración alguna por su propia vida. En cada enfrentamiento directo con los incrédulos, luchó hombro con hombro junto al Mensajero. Además de una firmeza de fe extraordinaria y una inflexibilidad semejante al acero, su elevado carácter constituye un modelo incomparable para todo el mundo musulmán. Por esta razón era una persona sumamente popular; el amor de todos los musulmanes hacia él era extraordinario.

Hazrat Abu Bakr (ra), debido a su rango religioso y a la infinita devoción y veneración que el pueblo le profesaba, recibió del propio Noble Mensajero (s), cuando este yacía enfermo, la orden de dirigir la oración. Fue un acontecimiento de enorme trascendencia. Después del fallecimiento del Mensajero, él mismo fue elegido primer califa del Estado islámico. Tras extensas deliberaciones en la asamblea general de los musulmanes, fue elegido califa por unanimidad. El valioso discurso que pronunció al ser elegido califa no solo constituye un acontecimiento histórico para el mundo musulmán, sino que también es una guía eterna en el ámbito del pensamiento sobre el Estado islámico. A continuación se reproduce íntegramente este discurso. Dirigiéndose a la multitud reunida, dijo con voz solemne:

۰¡Oh, gente! Jamás surgió en mi corazón el deseo de ser dirigente del Estado; nunca ambicioné este cargo. Para obtenerlo, jamás le pedí a Allah, ni en secreto ni abiertamente, que me lo concediera.

۰He aceptado esta responsabilidad únicamente para evitar que se produzca cualquier tipo de desastre en el país.

۰No siento en lo más mínimo paz ni tranquilidad por ejercer el poder del Estado.

۰Se me ha impuesto una responsabilidad tan grande que, si no recibo la ayuda de Allah, no podré cumplirla satisfactoriamente.

۰He sido designado vuestro dirigente, aunque no soy el mejor de entre vosotros.

۰Si sigo el camino recto y correcto, ayudadme y colaborad conmigo. Pero si abandono el camino de la justicia, conducidme por el camino correcto.

۰La veracidad es una confianza depositada, y la mentira es una traición.

০Entre vosotros, quien carezca de influencia será, a mis ojos, una persona influyente; haré que se le restituyan todos sus derechos.

০Y quien sea muy influyente no tendrá ninguna influencia ante mí; si el débil tiene algún «derecho» sobre él, no cejaré hasta que le sea restituido por completo.

۰Cuando la injusticia, el pecado y la desvergüenza se extienden entre un pueblo, el castigo de Allah desciende sobre él.

۰Mientras obedezca a Allah y a Su Mensajero, vosotros también me obedeceréis.

۰Pero si desobedezco a Allah y a Su Mensajero, no será vuestro deber obedecerme.

La audaz labor que Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA) emprendió durante su breve califato para establecer la supremacía del islam no tiene igual en la historia del mundo musulmán. En realidad, durante su califato se consolidaron los cimientos del Estado islámico y este se expandió por una vasta parte del mundo. Este gran Estado se extendió en Asia hasta la India y China, y en África hasta Egipto, Túnez y Marruecos. En suma, este Estado llevó a cabo una labor sumamente importante para el progreso de la civilización y la cultura humanas, cuyos efectos directos perdurarán hasta el último instante del mundo.

Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA) fue el compañero eterno del Noble Mensajero (SAW), un amigo que le consagró su vida y un seguidor sincero y leal. Su corazón era sumamente compasivo. Estaba adornado con cualidades y virtudes incomparables.

Después de ser elegido primer califa, el islam recibió el golpe extremo de las actividades contrarrevolucionarias de los apóstatas, es decir, de quienes habían abandonado el islam. En realidad, en aquel momento surgió una situación delicada ante el Estado islámico. Pero fue únicamente la personalidad incomparable de Abu Bakr (RA) la que protegió este germen del Estado islámico de los golpes de las actividades contrarrevolucionarias y salvó a la población musulmana de las garras de la destrucción y la devastación. Dirigió ejércitos contra los Estados persa y romano y eliminó de raíz a todos los enemigos del islam; después surgió un Estado cuya influencia aún no se ha borrado del panorama mental de las naciones del mundo, ni podrá borrarse jamás.

La historia de la época del califato de Hazrat Abu Bakr (RA) es sumamente asombrosa e inspiradora. Es precisamente a partir de esta historia como los aspectos extraordinarios de su grandiosa personalidad resplandecen ante nosotros. Este gran soldado de la verdad estaba constantemente ocupado ayudando a los pobres y necesitados. Al contemplar los ejemplos de su servicio a los pobres, resulta evidente que no hubo en la faz de la tierra nadie tan compasivo con ellos como él. Por otra parte, sus valerosas iniciativas para propagar el islam y establecer su supremacía despertaron el latido de una nueva vida en el seno de una nación envejecida. Ante el valor, el coraje, la firmeza y la bravura de Hazrat Abu Bakr (RA), incluso el poder combinado del mundo de aquella época era insignificante y despreciable como una brizna de paja. Este gran símbolo de resolución y firmeza no conocía en absoluto la vacilación, el recelo ni la indecisión. Su capacidad y previsión para formarse una idea exacta del talento, la fuerza y la aptitud innatos de las personas, para asignar a cada una tareas diferentes conforme a sus capacidades y talentos, y para obtener de ellas el trabajo correspondiente, eran indiscutiblemente incomparables.

Durante la vida del Noble Mensajero, Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA) vivió como un devoto amante del Mensajero. Cuando los temibles qurayshíes sometían al Noble Mensajero a toda clase de torturas y persecuciones inhumanas, Hazrat Abu Bakr (RA) se interponía ofreciendo su propio pecho para enfrentarlos. Fue él quien aceptó primero la invitación islámica del Mensajero de Allah, y durante la difícil y delicada situación de la hégira permaneció como su fiel compañero, entregándose por completo, en el arduo camino lleno de desiertos y montañas desde la cueva de la montaña de Zawr hasta Medina. En Medina, el Noble Mensajero tuvo que enfrentarse a las conspiraciones de los judíos y a la astucia de los hipócritas; y, como consecuencia de las continuas actividades hostiles de los qurayshíes de La Meca y de los judíos de Medina, toda Arabia se convirtió en adversaria del Mensajero. En aquel momento complejo, Hazrat Abu Bakr (RA) desempeñó importantes funciones como compañero cercano y consejero especial del Noble Profeta. En verdad, el papel que Abu Bakr (RA) asumió para establecer la supremacía del islam y los grandes servicios que prestó en este sentido durante la vida del Mensajero no solo merecen ser escritos con letras de oro en su conjunto, sino que cada uno de ellos bastaría por sí solo para mantener viva para siempre su memoria. En realidad, describir con palabras la grandeza y la dignidad de Hazrat Abu Bakr (RA) es una tarea sumamente difícil. Pues los sacrificios y ofrendas que realizó por la propagación y el establecimiento del islam pertenecen, en esencia, al ámbito del corazón y de la fe. Solo Allah Todopoderoso conoce plenamente el profundo amor que albergaba en su corazón por el islam y por el Noble Mensajero. Los acontecimientos que tuvieron lugar durante el califato de Hazrat Abu Bakr (RA) después del fallecimiento del Mensajero, y las políticas y medidas que adoptó entonces, revelan la aguda perspicacia, la previsión y el profundo y sutil conocimiento del primer califa. Apenas fue elegido califa, los apóstatas alzaron la cabeza, y él se enfrentó a ellos con extrema firmeza, aplastando con mano dura las cabezas de los rebeldes. Después dirigió su atención hacia los imperios persa y romano. Frente al arma de la igualdad que empleó contra estos dos Estados, ellos no poseían ningún medio capaz de protegerlos. Los pueblos de los imperios persa y romano estaban oprimidos bajo la cruel presión del despotismo monárquico. Los súbditos de ambos imperios habían quedado divididos en distintas clases. La maldición de la discriminación y las diferencias de linaje y tribu pesaba sobre ambos pueblos como una enorme roca. Los gobernantes consideraban inferiores a las masas y creían que era su deber privarlas de todo honor, dignidad y derecho. Precisamente en ese momento, Hazrat Abu Bakr (RA) izó la bandera de la justicia, la equidad y la igualdad del islam. Dio instrucciones especiales a los comandantes que atacaban Persia y Roma para que no dejaran escapar de sus manos, ni por un instante, la vara de la justicia, la equidad y la igualdad, y ordenó claramente que trataran con igualdad a todos los habitantes de los países conquistados, sin distinción de nación, religión o linaje. Como resultado, las masas, atormentadas durante siglos por la opresión, la persecución, el sufrimiento y la desigualdad, quedaron fascinadas por la luz de los generosos principios islámicos de igualdad y justicia, y se alzaron con la fuerza de una inundación que rompe sus diques; así, pese a la enorme potencia militar y a las invencibles fuerzas armadas de aquellos dos Estados, se vieron obligadas a aceptar la derrota ante los escasos y desarmados héroes muyahidines musulmanes.

Entre la época de la vida del Noble Mensajero y la segunda etapa del califato, es decir, la época del califato de Hazrat Umar (RA), existe una gran diferencia y una dignidad distintiva en el califato de Hazrat Abu Bakr (RA). La época del Mensajero fue principalmente una etapa de orientación, reforma y corrección. En ella fueron reveladas las sagradas disposiciones de la sharía. Desde Allah descendían continuamente, por medio del Mensajero, leyes y normas destinadas a la guía eterna de la humanidad. En cambio, la época de Hazrat Umar Faruq (RA) fue una etapa de organización. Entonces se elaboraban normas para administrar el Estado recién establecido y llevar a cabo todas sus funciones; asimismo, se creaban diversos departamentos para imponer disciplina en la administración del califato. Aunque el califato del primer califa, Hazrat Abu Bakr (RA), se situó entre las dos etapas mencionadas, las circunstancias extraordinarias y anormales surgidas en aquel tiempo le otorgaron un carácter singular.

Durante el califato de Hazrat Abu Bakr (ra), las calamidades y los desastres que surgieron pusieron a todo el islam ante un grave peligro. La nación unificada formada como resultado de los veintitrés años de esfuerzo y lucha del Noble Profeta (s) estuvo a punto de quedar destrozada por el golpe de un desorden devastador. En realidad, los comienzos de la indisciplina estatal se remontaban ya a la última etapa de la vida del Mensajero. Un impostor llamado Musailama ibn Habib, desde Yamama, reivindicó ser profeta y envió, por medio de un emisario, el mensaje de que se le cediera la mitad de Arabia. Después, otro impostor llamado Aswad Anasi también trató de atraer hacia sí a los habitantes del Yemen mediante demostraciones de magia. Incluso, tras reunir fuerzas, expulsó de la parte meridional del Yemen a los funcionarios designados por el Noble Mensajero (s) y la sometió a su propio gobierno. En aquel momento, el Noble Mensajero (s) se vio obligado a enviar tropas al Yemen para disponer que le aplastaran la cabeza. En verdad, aunque los árabes habían creído en el tawhid y abandonado la idolatría, muchos de ellos no comprendían plenamente la relación inseparable entre la unidad religiosa del islam y la organización del gobierno político. Los árabes eran, por naturaleza, amantes de la libertad; no estaba en su carácter aceptar la subordinación a un Estado organizado de cualquier clase ni continuar obedeciéndolo con cuerpo y alma. Por ello, inmediatamente después de la muerte del Mensajero, diversas tribus de Arabia comenzaron a declarar su rebelión contra el gobierno de Medina. El fuego de la rebelión se extendió con gran rapidez de un extremo al otro de Arabia. Junto a los apóstatas, muchos otros se negaron a pagar el zakat al Bayt al-Mal. Cuando esta noticia llegó a Medina, surgieron entre la gente una enorme preocupación y agitación. En aquella delicada situación, no lograban comprender qué debía hacerse. Algunos compañeros —incluso Hazrat Umar Faruq (ra)— opinaban que, en aquel momento crítico, no debía emprenderse ninguna acción armada contra quienes negaban el zakat; más bien, mientras siguieran pronunciando la profesión de fe, «la ilaha illallah», no convenía declararles la guerra. Consideraban que, si se intentaba someter, además de a los rebeldes, a quienes negaban el zakat, el campo de batalla se haría mucho más amplio, y no parecía que sus consecuencias fueran a ser buenas. Pero el valeroso califa Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra), sin prestar atención a ninguna clase de peligro o temor, manifestó su determinación de declarar abiertamente la guerra también a los rebeldes del zakat, igual que a los rebeldes apóstatas, y ninguna fuerza pudo apartarlo de esta decisión.

En la historia del islam, la importancia de esta guerra emprendida contra los apóstatas es inmensa. En verdad, no sería en absoluto una exageración decir que esta guerra salvó al islam y al Estado islámico de la destrucción eterna. Pues está claro que, si Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra), conforme a la opinión de la mayoría de la gente de Medina, no hubiera emprendido esta yihad contra los apóstatas, la sedición y el desorden no se habrían apaciguado en lo más mínimo. Y si el ejército islámico no hubiera triunfado en esta guerra, la situación se habría deteriorado de manera indescriptible y, como consecuencia, tanto el islam como los musulmanes se habrían enfrentado a una destrucción total.

En vista de esta situación, puede afirmarse sin ninguna duda que Hazrat Abu Bakr (ra) demostró una extraordinaria sagacidad al levantar una poderosa resistencia contra los apóstatas. En realidad, mediante ello cambió el curso de la historia mundial y estableció de nuevo los cimientos de la civilización y la cultura humanas.

Si Hazrat Abu Bakr (ra) no hubiera vencido en esta yihad contra los apóstatas, los musulmanes no solo no habrían podido triunfar frente a los imperios persa y romano, sino que ni siquiera habrían podido avanzar hacia Irak y Siria. Entonces habría sido completamente imposible establecer la civilización y la cultura islámicas sobre las ruinas de aquellos dos grandes Estados enemigos del islam, en lugar de la civilización y la cultura cristianas.

Si no se hubiera organizado esta gran yihad, probablemente Hazrat Umar Faruq (ra) ni siquiera habría considerado necesario aconsejar a Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) que reuniera el Noble Corán en forma de libro.

Además, si no hubiera sido posible destruir desde su germen la rebelión de los apóstatas, Hazrat Abu Bakr (ra) no habría podido dirigir en Medina un gobierno estatal sólido de ninguna clase, y jamás habría sido posible para Hazrat Umar (ra) construir un palacio elevado hasta el cielo sobre los firmes cimientos del Estado islámico dirigido por él.

En realidad, estos grandes acontecimientos revolucionarios tuvieron lugar en el breve plazo de apenas veintisiete meses. Quienes pertenecen a esa corriente no desean conceder especial importancia a este califato de corta duración; por el contrario, cuando hablan de los Califas Bien Guiados, e incluso del Estado islámico, entienden únicamente el califato del segundo califa, Hazrat Umar Faruq (ra), y presentan públicamente solo ese período. Consideran que Hazrat Abu Bakr (ra) no pudo realizar ninguna obra revolucionaria verdaderamente grande en ese breve lapso y que su corto mandato tampoco era suficiente para una obra semejante. Pero, en realidad, esto no es cierto en absoluto. La mayoría de las revoluciones de la historia mundial que han abierto ante la humanidad las puertas de un progreso cada vez mayor se realizaron en un tiempo muy breve. No faltan ejemplos de ello en la historia. La primera base de la revolución estatal islámica surgida en la historia mundial fue establecida por el Noble Mensajero (s). Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) la protegió de los golpes de los ataques contrarrevolucionarios, y Hazrat Umar (ra) la elevó a la etapa más alta del progreso. Por tanto, para comprender debidamente el desarrollado Estado califal de Umar Faruq (ra), es absolutamente necesario examinar detalladamente el período del califato de Hazrat Abu Bakr (ra), su predecesor y sucesor del Noble Profeta (s). Llamaremos la atención de los lectores sobre este aspecto.

 

Las características de Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra)

Como resultado de la predicación y el movimiento islámicos del Profeta universal Hazrat Muhammad (s), se formó una sociedad islámica; después de Hazrat Muhammad (s), la persona más eminente de esa sociedad fue Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra). Su supremacía no solo era reconocida unánimemente por toda la sociedad musulmana durante la vida del Profeta universal, sino que, incluso después de su desaparición, él siguió siendo el hombre más eminente e indiscutido de todo el mundo musulmán. En realidad, en épocas pasadas, en ningún centro de la sociedad islámica y en ningún momento se observó siquiera la menor discrepancia sobre este asunto. Tampoco había lugar para ninguna diferencia de opinión al respecto.

Sin embargo, no puede dejar de reconocerse que muy pocas personas conocían la causa fundamental de la supremacía indiscutida de Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra), así como sus cualidades y características especiales. ¿Cuál fue la verdadera razón por la que, durante la vida del Noble Profeta (s), la atención de todos los musulmanes se dirigió hacia él? Esta es una cuestión sumamente importante para la conciencia musulmana. Es bien sabido, no obstante, que, entre las cualidades que antes del islam se reconocían generalmente en Arabia como criterios de superioridad, Hazrat Abu Bakr (ra) no poseía una distinción especial en ninguno de esos aspectos. Había nacido en la noble y muy respetada tribu de Taym, de los Quraysh. Pero, en la época de la ignorancia, su tribu había gozado de una consideración semejante a la de las demás ramas de los Quraysh, en la medida en que estas eran respetadas por toda la sociedad árabe; además, como comerciante experto, disfrutaba de una considerable solvencia económica, aunque todavía vivían en la tribu de los Quraysh personas más ricas que él. Era una persona digna de la confianza y el respeto de los miembros de su linaje y su tribu. En el sistema social de la sociedad jahilí de los Quraysh, Hazrat Abu Bakr (ra), ni los miembros de su linaje y su tribu, pudieron alcanzar jamás una superioridad o preeminencia igual a la de otras personas. Puesto que, en la época anterior al islam, Hazrat Abu Bakr (ra) no sobresalía especialmente en elocuencia, poesía, adivinación, lucha por el liderazgo y otros aspectos semejantes, no pudo obtener el mismo honor que los demás miembros de la sociedad de entonces. Sin embargo, pese a todo ello, ¿qué cualidades, virtudes y obras de beneficio público hicieron que la sociedad más noble y pura de la historia de la humanidad aceptara a Hazrat Abu Bakr (ra) como su dirigente y primer califa, y depositara en él una confianza absoluta en todos los asuntos de la religión y del mundo? No cabe duda de que esta pregunta es sumamente importante para todo estudiante de la historia y para todo musulmán en general. Pero su importancia es inmensa para quienes hoy desean informar a los musulmanes y al mundo moderno sobre las características de la sociedad islámica, y para quienes se esfuerzan por educar y despertar al pueblo musulmán respecto al carácter ideal del liderazgo. En realidad, puesto que el islam presentó un modelo y un criterio perfectos para la formación de la sociedad y del individuo, y estos llegaron a aplicarse y realizarse, fue posible que los musulmanes tuvieran líderes grandiosos como Hazrat Abu Bakr (ra) y Hazrat Umar (ra).

En el presente artículo se ha intentado responder a la cuestión que aquí se examina. En él se han expuesto las características del carácter de Hazrat Abu Bakr (ra) y sus incomparables obras de beneficio público. Al observar la superioridad y la elevada dignidad que Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) alcanzó como líder en la sociedad islámica perfecta, Hazrat Umar Faruq (ra) dijo con voz profundamente desalentada:

Si esta es la medida correcta de la superioridad y del califato, entonces los califas que vengan después de usted se encontrarán en una situación muy difícil, pues nadie podrá alcanzar su nivel.

Pureza de carácter y naturaleza

Al estudiar la vida de Hazrat Abu Bakr (ra), lo primero que resplandece ante nosotros es la pureza, la depuración y la claridad de su corazón y de su mente. Por esta razón, no tuvo ninguna dificultad ni demora especial en reconocer correctamente el islam y al Noble Profeta (s). En cuanto se le presentó la invitación al islam y la profecía del Hazrat, la aceptó con corazón sincero. Ninguna duda, vacilación ni arrogancia propia de la jahiliya pudo crear el menor obstáculo en su camino. Hazrat Abu Bakr (ra) era una persona honrada y respetada en la sociedad de entonces, y es una verdad psicológica que quien ocupa una posición honorable y de liderazgo debe afrontar obstáculos enormes cuando tiene que aceptar el liderazgo de otra persona. Pero Hazrat Abu Bakr (ra) no tuvo que enfrentarse a ninguna dificultad de ese tipo. Esto demuestra claramente que, aunque era una persona honrada y de liderazgo, su corazón y su mente estaban completamente purificados de la arrogancia del liderazgo y del orgullo por su honor.

Por naturaleza, era una persona muy perspicaz, erudita y dotada de una mirada crítica. Su vida durante la época de la jahiliya demuestra que nunca estaba dispuesto a aceptar un asunto sin someterlo antes al examen y la comprobación de la crítica. Por tanto, tampoco le era posible creer ciegamente en el islam y en la profecía del Hazrat. A pesar de ello, la única razón por la que aceptó el islam sin demora fue que, gracias a su extraordinaria pureza mental y a la claridad de su naturaleza, su mente estaba tan luminosa y resplandeciente como la luz del día respecto a la veracidad del Hazrat y la exactitud de sus palabras. Por eso aceptó el islam como el eco de su propio corazón. Ibn al-Daghina, una figura influyente de la sociedad jahilí, declaró espontáneamente acerca de Hazrat Abu Bakr (ra): «Tú cumples los derechos de tus parientes, dices siempre la verdad, satisfaces las necesidades de los indigentes y ayudas a los heridos, los oprimidos y los afligidos». Es evidente que ninguna clase de impureza puede acumularse en el corazón transparente de una persona así, ni puede tardar un solo instante en reconocer la veracidad del Mensajero y aceptar el islam. Para quien posee un alma tan pura y una mente tan clara, la invitación del Profeta y su rostro resplandeciente son casi equivalentes a un milagro. Apenas escucha la voz de la verdad, su conciencia despierta y su corazón se inclina. El Profeta universal mismo, al dar testimonio explícito de esta cualidad de Hazrat Abu Bakr (ra), dijo:

A todos aquellos a quienes invité al islam les asaltaron cierta duda, vacilación y reserva al aceptar el islam. Pero Abu Bakr ibn Abu Quhafa fue la excepción. Cuando le expuse este asunto, no solo no encontró ningún obstáculo para aceptarlo, sino que tampoco sintió la menor vacilación al respecto.

Hazrat Abu Bakr (RA), gracias a su naturaleza excepcionalmente pura, había reunido a su alrededor a innumerables personas de carácter puro y rectas. Se sentían especialmente atraídas por él debido a las cualidades de su carácter y a su grandeza. Aceptaban de todo corazón sus decisiones en todos los asuntos importantes de la vida. Cuando vieron que Hazrat Abu Bakr (RA) había aceptado el Islam, no pudieron evitar sentirse inspiradas por la decisión de este prudente compañero y líder digno de confianza. Por ello, tampoco tardaron mucho en aceptar el Islam. Personalidades tan eminentes como Hazrat Uthman ibn Affan, Abdur Rahman ibn Awf, Talha ibn Ubaydullah, Saad ibn Abi Waqqas, Zubayr ibn al-Awwam y Abu Ubaydah ibn al-Jarrah aceptaron el Islam por invitación de Hazrat Abu Bakr (RA), y gracias a estos grandes hombres el movimiento islámico se fortaleció enormemente desde su primera etapa. Cada uno de ellos era, por su capacidad y aptitudes, un tesoro incomparable del Islam; y la grandeza y superioridad del gran hombre que los condujo al Islam no pueden describirse por completo con palabras.

Fuerza moral y valor incomparable

La fuerza moral y el valor incomparable de Hazrat Abu Bakr (RA) para proclamar en el mundo la palabra de Allah y enarbolar la bandera de la religión del Islam constituyen algo sin parangón. Es universalmente sabido que era una persona prominente y un comerciante. Para un líder, aceptar el liderazgo de otra persona y poner en peligro su propia posición de liderazgo es una tarea sumamente difícil. Además, aceptar un movimiento cuya adhesión hace que uno sea despreciado y censurado por la gente, y que puede acabar arruinando su propio negocio, depende de un valor y una determinación extraordinarios. Esto se debe a que los intereses materiales, es decir, el sustento y los medios de vida, pueden verse gravemente perjudicados. Una tarea así no puede ser realizada en absoluto por comerciantes comunes y de mentalidad estrecha. Incluso si algún comerciante demostrara una audacia excepcional en este asunto, lo máximo que podría esperarse de él sería que apoyara sinceramente algún movimiento de su propia elección y le proporcionara ayuda financiera en la medida de sus posibilidades; pero aceptar un movimiento en principio con toda la mente y el corazón, luchar plenamente contra las poderosas fuerzas hostiles para establecer efectivamente sus ideales y, además, exponer el propio negocio y los medios de sustento a graves peligros: muy pocos poseen la audacia necesaria para hacerlo. Sin embargo, Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA) demostró plenamente una audacia de esta clase. Por consiguiente, para todos los intrépidos aventureros que se adentraron en este camino lleno de peligros, el único modelo que tenían ante sí era el extraordinario papel revolucionario de Hazrat Abu Bakr (RA).1 {Un ejemplo incomparable de sacrificio económico: Hazrat Abu Bakr (RA) era extremadamente generoso al gastar dinero tanto para establecer como para defender el Islam. En este aspecto, su papel entre toda la comunidad de los nobles compañeros era incomparable y digno de imitación. Cada vez que el Noble Mensajero (SA) exhortaba a los compañeros a realizar un sacrificio económico para alguna empresa, Hazrat Abu Bakr (RA) se adelantaba con la disposición de hacer el mayor sacrificio. Durante la expedición de Tabuk, cuando el Noble Mensajero (SA) pidió a los compañeros que hicieran el máximo sacrificio, solo Abu Bakr (RA) expresó su intención de entregar toda su riqueza por la causa de Allah. Le preguntaron cómo se mantendría su familia si donaba todos sus bienes. Él respondió: «Para ellos, Allah y Su Mensajero son suficientes». El grado de entrega de Hazrat Abu Bakr (RA) por la causa de Allah puede comprenderse profundamente a partir de este incomparable ejemplo de sacrificio económico.—El editor}

Ayuda y apoyo a los oprimidos

En la historia son raros los ejemplos de la enorme contribución que las riquezas de Hazrat Abu Bakr (RA) hicieron para proteger de la persecución de los enemigos del Islam a los oprimidos que seguían el camino de la verdad durante el severo período de pruebas iniciales del movimiento islámico. Personas de la clase de los esclavos, como Bilal Habashi (RA) e Ibn Fuhayra (RA), eran aplastadas por la opresión y la tortura de sus amos y señores, como seres absolutamente indefensos, por el delito de haber aceptado el Islam. Gracias a la benevolencia y generosidad de Hazrat Abu Bakr (RA), lograron liberarse de este insoportable tormento. Para ello, tuvo que gastar una enorme cantidad de dinero. La magnitud de lo que tuvo que gastar en este asunto puede estimarse a partir de un solo hecho. Cuando Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA) aceptó el Islam, tenía ahorrados cuarenta mil dírhams en efectivo; pero doce o trece años después, cuando emigró a Medina, solo le quedaban cinco mil dírhams. Y eso a pesar de que durante todo ese largo período sus negocios habían prosperado enormemente y le habían proporcionado grandes ganancias.2 {La honestidad en la custodia del tesoro público: Así como consideraba el poder administrativo del califato una gran responsabilidad, Hazrat Abu Bakr (RA) consideraba los bienes del Estado una enorme confianza. Como se dedicaba al comercio para ganarse el sustento, al principio no recibía ningún salario ni prestación del tesoro público. Sin embargo, más adelante, debido a que sus actividades comerciales quedaron paralizadas por su ocupación permanente en los asuntos del califato, comenzó a recibir del tesoro público una asignación nominal, como un ciudadano común. Con ella apenas podía mantener a su familia. En esta situación, un día su esposa preparó un dulce ahorrando pequeñas cantidades de algunos alimentos. Cuando el califa, sorprendido, le preguntó, ella le explicó que había estado ahorrando pequeñas porciones de los alimentos de la asignación habitual. Al oírlo, el califa comentó: «Podemos prescindir de la cantidad de alimentos que se ha ahorrado para preparar ese dulce. Por tanto, en el futuro se traerá del Bayt al-Mal una cantidad de alimentos equivalente menos». Este hecho demuestra hasta qué punto era cuidadoso en lo referente a la custodia del tesoro público.—Editor}

Autosacrificio por el Hazrat

Desde los primeros tiempos de la predicación y el movimiento islámicos del Profeta Universal hasta la etapa final de las duras calamidades y tribulaciones, Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) permaneció enteramente dedicado y consagrado a él. Cada vez que los quraysh intentaban infligir cualquier tipo de sufrimiento al Profeta Universal, Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) acudía inmediatamente en su ayuda, poniendo en peligro su propia vida y honor, y avanzaba para hacer frente al peligro inminente. Algunos dirigentes cuya autoridad y liderazgo habían quedado amenazados por el impacto directo de la creciente popularidad y progreso de la predicación islámica se reunieron un día en cierto lugar para deliberar entre sí, y se afanaban en determinar las medidas necesarias para protegerse del peligro que se aproximaba. Todos estaban terriblemente furiosos, irritados y cegados por el rencor. Precisamente en ese momento llegó allí el Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Aquellos enemigos del Islam se abalanzaron repentinamente sobre él. Dijeron: «Tú eres quien censura y reprende nuestra religión y a nuestros dioses que adoramos». El Noble Profeta respondió: «Sí, soy yo quien lo hace». De pronto, un hombre agarró el manto del Profeta y extendió la mano con la intención de golpearlo duramente. En ese instante llegó allí Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él). Comprendió las malas intenciones de aquellos hombres. Asumiendo sobre sí todo el riesgo del peligro, avanzó y exclamó con voz airada: «¿Acaso queréis matar a un hombre solamente porque declara que únicamente Allah es su Señor?»

En el difícil momento de la Hégira, el Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) eligió precisamente a Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) como compañero de viaje. Aquel viaje estaba lleno de peligros, y Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) sabía perfectamente que la vida del Profeta podía estar en peligro en cualquier momento. También sabía que, en aquel viaje, la posibilidad de que su compañero sufriera peligros no era menor que la de que estos recayeran sobre el Profeta. Sin embargo, aun después de comprender claramente todo esto, consideró una inmensa fortuna para sí mismo tener la oportunidad de acompañarlo en aquel viaje y afrontar con él toda clase de peligros, y dio gracias a Allah por ello.

En el camino de La Meca a Medina, esta pequeña caravana buscó primero refugio en una cueva de la montaña llamada «Zawr». Al entrar en ella, Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) ofreció una prueba concreta de su profundo amor por el Profeta. En aquella cueva montañosa, deshabitada y llena de fieras, Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) entró primero y la limpió. Cerró sus innumerables agujeros y aberturas. El Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) estaba descansando en la cueva con la cabeza apoyada sobre la rodilla de Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él). En ese momento, una serpiente venenosa salió por una abertura sin cubrir y mordió el pie de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) quedó atormentado por el veneno, pero, por temor a despertar al Profeta y perturbar su descanso, no hizo el menor movimiento. Sin embargo, el insoportable dolor del veneno lo afligió tanto que dos lágrimas se desprendieron de sus ojos y cayeron sobre la mejilla del Mensajero. Es difícil para nosotros imaginar el amor ilimitado y la sincera devoción y reverencia hacia el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) que permitieron a Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) comportarse de esa manera.

La extraordinaria combinación de firmeza y ternura

En el carácter de Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) se combinaban de manera extraordinaria la firmeza y la ternura. Esta era una de sus principales características y, por ello, armonizaba profundamente con la naturaleza del Profeta. Cuando era necesario adoptar una actitud firme, se mantenía tan duro como el acero, exactamente en la medida requerida. En cambio, cuando era necesario mostrar amabilidad, no daba en absoluto cabida a la ira sin causa ni a un amor propio vacío de contenido. En tales ocasiones era como un metal fundido y derretido. En cierta ocasión, un judío llamado Fajach se burlaba invocando el nombre de Allah; ante ello, en el cuerpo de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) se encendió un intenso fuego de ira. Golpeó a aquel hombre con todas sus fuerzas y dijo: «Si no se hubiera firmado entre vosotros y nosotros un pacto de “no guerra”, ahora mismo te habría cortado la cabeza». Cuando se firmó el tratado de Hudaybiyya, los representantes de los quraysh dijeron al Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), entre burlas y mofas, que sus compañeros abandonarían su compañía en el momento de una grave dificultad. Entonces Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) se enfureció sobremanera y respondió con palabras tan duras que normalmente ni siquiera se esperaría semejante expresión de una persona tan paciente como él. Pero su sentido del honor y la dignidad era tan agudo que aquella respuesta brotó espontáneamente de sus labios. Además, aquel a quien se respondió con palabras tan severas había sido favorecido por Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) durante la época de la ignorancia. Por esa razón, el hombre se vio obligado a soportarlo y aceptarlo.

Por otro lado, cuando durante la batalla de Badr Allah coronó a los musulmanes con la victoria y numerosos jefes infieles fueron hechos prisioneros, él se mostró como un océano insondable de afecto y benevolencia hacia ellos; sin embargo, jamás pudo olvidar ni por un instante que aquellos mismos jefes qurayshíes habían atormentado y oprimido cruelmente a los musulmanes indefensos e inocentes, habían hecho pasar por el rodillo de una opresión inhumana al Profeta Universal Hazrat Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y a sus compañeros, y los habían obligado a abandonar su patria. El propio Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) también había sufrido diversas persecuciones y vejaciones a manos de ellos. Pero soportó todo aquello serenamente por causa del Islam. A pesar de ello, no pudo pensar en tomar ni la más mínima venganza contra aquellos hombres que ahora estaban bajo su poder. Por eso, en lugar de aconsejar al Profeta Universal, como hicieron otros compañeros, que matara a los prisioneros, le aconsejó liberarlos a cambio de un rescate. Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) creía y esperaba que, al recibir aquella inesperada benevolencia de parte de los musulmanes, quizá los jefes infieles se sintieran atraídos hacia el Islam y se esforzaran por obtener la complacencia de Allah.

Visión de largo alcance y discernimiento

El tratado de Hudaybiyya constituye un capítulo importante de la historia islámica. Las circunstancias y las condiciones en las que se concluyó este acuerdo parecían extremadamente desalentadoras y desgarradoras para los musulmanes. Sin embargo, el resultado que finalmente produjo no solo fue enormemente alentador para el islam y los musulmanes, sino que, en realidad, fue para ellos una «victoria manifiesta» (fathun mubin). El papel de Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) en el momento de la firma de este tratado constituye una prueba irrefutable de su sutil previsión, su agudo discernimiento y su extraordinaria lucidez. Ningún sahabí estaba dispuesto a aceptar las condiciones de este tratado. Hazrat Umar Faruq (ra) se oponía tanto a las condiciones en cuestión que se presentó ante el Mensajero y le habló con extrema severidad (por ello, ciertamente, se arrepintió durante toda su vida). Solo Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) apoyó al Mensajero de principio a fin en este asunto. No solo respaldó con todas sus fuerzas este tratado, sino que, haciendo uso de su influencia, tranquilizó también a los demás musulmanes. Gracias a todos estos esfuerzos, finalmente se apaciguó el descontento de Hazrat Umar Faruq (ra).

En realidad, aunque el tratado, de forma manifiesta y a primera vista, era perjudicial para los musulmanes, dañino para su dignidad y portador de indicios de un futuro sombrío, y aunque por esta razón no había una sola persona en toda la comunidad musulmana que lo apoyara o estuviera plenamente convencida de él, Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra), varios años antes de que sus beneficios se hicieran evidentes, contempló con los ojos de su conocimiento sus beneficios de largo alcance. El propio Profeta (s), con la ayuda de la revelación y la inspiración divina, estaba plenamente informado de los beneficios inherentes y de los enormes frutos del tratado de Hudaybiyya, y por ello se mantenía firme, inquebrantable e inconmovible. Pero el apoyo y la firmeza que Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) mostró al respecto sin una ayuda semejante fueron verdaderamente asombrosos. Si esto fue el resultado del efecto espontáneo de la luz de la fe, entonces debe decirse que una fe de tal naturaleza —el grado más elevado de la fe— solo fue alcanzada por Abu Bakr Siddiq (ra). Y, gracias a su perspicacia política y prudencia, no se encontrará realmente parangón para ello en la historia interna del tratado.

Igualmente amado por Allah, el Mensajero y los musulmanes

Hazrat Abu Bakr (ra), debido a su servicio sincero y devoto, era igualmente amado por Allah, el Mensajero y el pueblo musulmán. En realidad, el grado de esta popularidad era tan elevado que, después del Profeta del universo, resulta dudoso que alguien pudiera igualarlo en este aspecto. No se encuentra ningún ejemplo semejante en la historia del islam. Aquí se mencionan algunas de sus causas.

Cuando el Noble Profeta (s) yacía en su lecho de muerte, confió a Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) la responsabilidad de dirigir la oración de la gente. Rechazó con gran firmeza todos los consejos que se le dieron acerca de otras personas para esta función. Por ello, confió la responsabilidad a Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra). Rechazó con gran firmeza todos los consejos que se le dieron acerca de otras personas para esta función. En consecuencia, Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) continuó dirigiendo regularmente la oración. Cierto día, como no pudo llegar a la mezquita a la hora exacta, Hazrat Bilal (ra) pidió a Hazrat Umar Faruq (ra) que dirigiera la oración. Temiendo que la oración se retrasara, Hazrat Umar Faruq (ra) comenzó a dirigirla. Su voz era extremadamente fuerte y llegaba muy lejos. En cuanto el sonido de sus takbires penetró en los oídos del Profeta del universo, que yacía en la habitación sagrada contigua a la mezquita, este se sobresaltó y preguntó: «¿Dónde está Abu Bakr hoy?». Este asunto no agradará ni a Allah ni al pueblo musulmán.

No solo eso: la extraordinaria posición y la confianza de las que Hazrat Abu Bakr (ra) gozaba a los ojos del Profeta del universo también eran incomparables. El Noble Profeta (s) mismo lo expresó claramente en uno de sus dichos:

Entre todos los sahaba, nadie es tan generoso como él. Si hubiera tomado a alguien de la humanidad como amigo íntimo, habría hecho de Abu Bakr (ra) mi amigo. Sin embargo, entre nosotros existen y seguirán existiendo los firmes vínculos de amistad, compañía, hermandad y fe, hasta que Allah vuelva a reunirnos. (Bujari)

La gran posición que Hazrat Abu Bakr (ra) ocupaba ante el Profeta del universo puede comprenderse claramente a partir de la conducta del Mensajero a lo largo de su vida. En La Meca, el Noble Profeta (s) visitaba con frecuencia la casa de Hazrat Abu Bakr (ra). También en Medina, su presencia era indispensable en la mayoría de los asuntos importantes. Un día había invitado a comer en su casa a tres sahaba pobres; pero permaneció retenido hasta muy entrada la noche en la corte del Mensajero por un asunto de especial urgencia, de modo que no pudo regresar a casa a tiempo para atender a sus invitados. El propio Hazrat Umar Faruq (ra) dijo que Hazrat Abu Bakr (ra) era el compañero constante del Profeta del universo. Su ayuda y consejo eran sumamente necesarios en todos los asuntos generales y civilizatorios de los musulmanes. Se le informaba de muchos asuntos secretos. Antes del fallecimiento del Profeta, de todas las puertas que había dentro del recinto de la mezquita, se cerraron todas excepto la puerta de Abu Bakr (ra). Cuando los nobles sahaba veían al Noble Profeta (s) extraordinariamente enojado, se informaban del asunto real por medio de Hazrat Abu Bakr (ra) y, cuando era necesario, pedían perdón.

Rasgos de carácter

Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) estaba dotado por naturaleza de un carácter elevado y noble. Incluso en la época de la ignorancia poseía las virtudes de la pureza, la honestidad, la compasión, la benevolencia, la justicia y la lealtad. En la sociedad de aquel tiempo era un hombre digno de confianza. Aunque vivía como un hombre respetado en una sociedad en la que la bebida, el adulterio y el libertinaje habían adquirido un carácter omnipresente, Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) se mantuvo completamente puro de toda su corrupción y vileza. En realidad, estas cualidades estaban presentes en él por naturaleza. Más tarde, como resultado de la enseñanza moral del Corán y de su estrecha compañía con el Profeta, estas virtudes resplandecieron aún más en su carácter.

La taqwa alcanza su plena madurez en una persona cuando, por un lado, su mente y su corazón están libres de toda clase de pensamientos e ideologías falsas y, por otro, sus miembros se abstienen de toda injusticia y pecado. Después del Profeta del universo, en nadie se manifestó la taqwa de una manera tan evidente como en el carácter de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él).

Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) sentía por naturaleza aversión al liderazgo, la autoridad, el afán de mando, el amor por el mundo y el deseo de honores. Gastó sus riquezas generosa y desinteresadamente en el camino de Allah. Incluso durante el período del califato llegó a tener una deuda de seis mil dírhams. Sin embargo, aun así, no estaba dispuesto a gastar para sí ni siquiera la más mínima cantidad del dinero del pueblo. Por ello, antes de su fallecimiento, dispuso en su testamento que se vendiera su propio huerto para saldar la deuda contraída con el tesoro público, y recomendó que cualquier excedente que quedara se enviara al califa sucesor.

Firmeza y serenidad

La prueba y la calamidad más difíciles de la vida de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) se presentaron en el momento del fallecimiento del Profeta del universo. El afecto y la atracción que sentía por el Profeta podían calificarse como amor. Sin embargo, pese a ello, la paciencia y serenidad ilimitadas que mostró al recibir la noticia del fallecimiento del Profeta no tienen muchos paralelos en la historia. No solo eso: si, en aquel momento crítico del islam, la firmeza inquebrantable y la intensa serenidad de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) no hubieran guiado a los musulmanes por el camino correcto, no cabe la menor duda de que toda la comunidad musulmana habría afrontado una calamidad completa y terrible. En efecto, al recibir la noticia del fallecimiento del Profeta, todos los musulmanes quedaron profundamente afligidos y muchos perdieron por completo el sentido y la orientación. Incluso Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él), un hombre de espíritu vigoroso y mente clara, quedó tan desconcertado que, de pie en la Mezquita del Profeta, comenzó a dirigirse a la gente musulmana diciendo que el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no había fallecido, sino que, así como Hazrat Musa se había marchado junto a Allah durante cuarenta días y después había regresado, Hazrat Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) también se había marchado de manera semejante y volvería. Incluso si alguien decía que el Profeta había fallecido, lo amenazaba abiertamente con matarlo y afirmaba que, cuando el Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) regresara, quienes hubieran pronunciado tales palabras recibirían un severo castigo.

En realidad, es imposible formarse una idea exacta de cuánto más insoportable debió de resultar para los demás compañeros aquella terrible desgracia que había provocado una reacción tan intensa en la mente y el corazón de Hazrat Umar Faruq (que Allah esté complacido con él). Además, puede vislumbrarse en cierta medida la espantosa reacción que la noticia del fallecimiento del Profeta pudo provocar en Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él), el compañero inseparable del Profeta del universo. Especialmente porque se sabe que Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) se inquietaba incluso ante el menor sufrimiento del Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él); basta pensar en cuán devastadora debió de ser para él la noticia de su muerte para que el cuerpo se estremezca. Sin embargo, aun así, resulta verdaderamente asombroso cómo Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) mantuvo la paciencia al escuchar la noticia de la muerte del Profeta del universo, cómo afrontó aquel acontecimiento desgarrador y cómo, a la luz del Corán, salvó al pueblo musulmán de la oscuridad más extrema. En el momento del fallecimiento del Profeta, Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) no se encontraba en la ciudad de Medina. Estaba en un lugar llamado Sanah, cerca de Medina. Al recibir la noticia del fallecimiento, llegó rápidamente a la ciudad. Encontró a toda la gente abrumada por el dolor y la preocupación, y vio a Hazrat Umar Faruq (que Allah esté complacido con él) pronunciando un discurso de pie en la Mezquita del Profeta. No se detuvo ni un instante en ningún lugar: llegó directamente a la casa de Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella), retiró la cubierta del rostro del Profeta, besó su bendito semblante y le dijo: «¡Qué grande y puro fuiste en vida, y qué puro eres hoy, después de la muerte!». Luego se presentó ante la multitud reunida y dijo:

Quienes adoraban a Hazrat Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) deben saber que Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ha muerto. Y quienes adoraban y rendían culto a Allah deben recordar que Allah está vivo y viviente para siempre; Él no muere.

Después recitó este versículo del Noble Corán:

******* (árabe)

Muhammad no es más que un Mensajero. Antes de él han pasado muchos otros Mensajeros. Si él muere o es asesinado, ¿acaso vais a volveros atrás?

Al oír este versículo, Hazrat Umar (ra) comprendió que el fallecimiento del Mensajero era indudable. En cuanto esta convicción se despertó intensamente en su mente y su corazón, cayó al suelo, abrumado por una tristeza indescriptible. Después, él y los demás musulmanes comenzaron a reflexionar profundamente sobre la gravedad y el alcance del asunto, así como sobre sus consecuencias de largo alcance. En verdad, el golpe que el fallecimiento del Hazrat había causado en la conciencia colectiva había privado casi a todos de su capacidad de pensar y discernir. Bajo el azote del discurso de Hazrat Abu Bakr (ra), la densa oscuridad se disipó pronto en el vacío. Incluso una persona con el más mínimo conocimiento de las ciencias sociales puede comprender de qué terrible peligro fue salvada la comunidad musulmana gracias a ello.

Perspicacia y sabiduría políticas

Para demostrar la superioridad de Hazrat Abu Bakr (ra) en perspicacia y sabiduría políticas, basta con un acontecimiento ocurrido inmediatamente después del fallecimiento del Hazrat. El Hazrat había fallecido, y las tareas de amortajamiento y entierro aún no habían concluido. Mientras tanto, los ansar de Medina se habían reunido en la Saqifa de Banu Saida y habían comenzado a examinar y debatir el sistema de gobierno y el califato posteriores al Mensajero. En el curso de esta discusión surgió también la cuestión de quiénes tendrían derecho al califato: ¿los ansar o los muhayirun? Los ansar eran muy conscientes de sus derechos, y los muhayirun tampoco estaban dispuestos a ceder en lo más mínimo. Así se llegó a un punto en que algunos exclamaron: ******* (árabe) «Habrá un emir de entre nosotros y otro emir de entre vosotros». La situación se volvió tan confusa y tensa que, en cualquier momento, podían desenvainarse innumerables espadas afiladas.

Por un lado, se encontraba esta difícil situación. Por otro, los principales muhayirun, entre ellos Hazrat Umar y Hazrat Abu Ubaida (ra), estaban absortos en profundas deliberaciones en la Mezquita del Profeta sobre la situación posterior al fallecimiento del Hazrat. En ese momento, Hazrat Abu Bakr (ra), acompañado de Hazrat Ali (ra), estaba ocupado organizando el amortajamiento y entierro del Hazrat. Entretanto, alguien comunicó a Hazrat Umar Faruq (ra) la noticia de la reunión convocada en la Saqifa de Banu Saida. También le informó de los discursos de los dirigentes de los ansar. Al recibir esta noticia, mandó llamar afuera a Hazrat Abu Bakr (ra). Hazrat Abu Bakr (ra) manifestó que estaba ocupado. Pero cuando se le informó de la gravedad de la situación, comprendió claramente que, si no se lograba controlarla de inmediato, existía un grave riesgo de que la comunidad musulmana se fragmentara por completo. Pensando en el futuro del islam y de la comunidad musulmana, pospuso una tarea tan importante como el amortajamiento y entierro del Mensajero. Después, con el propósito de intentar salvar a la nación musulmana de la inminente destrucción, se dirigió a la Saqifa de Banu Saida acompañado de Hazrat Umar y Abu Ubaida (ra).

Al llegar a la Saqifa de Banu Saida, primero intentó evaluar toda la situación y comprender su verdadera naturaleza. Percibió claramente que la vehemencia de algunos discursos había herido profundamente el ánimo de los presentes. El estado de ánimo de muchos se había deteriorado gravemente. Sin embargo, ni siquiera al contemplar aquella situación se desanimó en lo más mínimo. Comenzó a controlar la situación y a eliminar los malentendidos entre la gente. Cuando Hazrat Umar Faruq (ra) quiso hablar primero, Abu Bakr Siddiq (ra) lo detuvo, pues comprendió que, en aquella situación tensa, un discurso de Hazrat Umar Faruq (ra) podía hacerla aún más confusa. Después, él mismo se puso de pie y comenzó a hablar. Su discurso fue sumamente solemne, conmovedor, emotivo y enriquecido con ornamentos de lenguaje elevado. Su exposición se basó enteramente en la justicia, la razón y la argumentación. Conmovió profundamente a la asamblea presente y ablandó sus corazones. Algunos de los ansar quisieron responder a aquel discurso, pero no era posible hacerlo en absoluto si se quería mantener la calma. Todo cuanto podía decirse en elogio de los ansar lo dijo de la mejor manera, y al mismo tiempo presentó su propio punto de vista sobre la situación existente con argumentos sumamente irrefutables. Como resultado, toda la niebla, todos los temores y todo el laberinto de dudas se desvanecieron en un instante. Cuando vio que la situación se había calmado y que todo el estrépito de la discordia y el conflicto se había disipado, propuso, como un estadista de la más alta categoría: «Hazrat Umar y Hazrat Abu Ubaida ibn al-Yarrah (ra) están entre los mejores de vosotros; dad la baya a quien de ellos queráis».

Hazrat Umar (ra), en cuanto escuchó esta propuesta, decidió cuál era su deber. Antes de que el nombre de cualquier otra persona se convirtiera en tema de discusión, extendió con suma prontitud mental la mano hacia Hazrat Abu Bakr (ra) y dijo:

Extienda la mano; prestaremos bay‘a precisamente a usted. El Mensajero Noble (s) lo había designado a usted como su sustituto para dirigir la oración. Por esta razón, usted es la persona más apta para convertirse en califa de la comunidad musulmana. Al prestarle bay‘a a usted, en realidad tendremos la oportunidad de prestar bay‘a al mejor de entre los seres queridos del Mensajero.

Hazrat Abu Ubaydah (ra) avanzó y, dirigiéndose a Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra), dijo:

Usted es el mejor de todos los muyahidines. Usted fue el único compañero del Noble Profeta (s) en la cueva de Zawr. La oración es la obligación más importante de los musulmanes, y en ella usted es el representante y sustituto del Noble Mensajero (s). Por tanto, mientras usted esté presente, nadie excepto usted puede ocupar el cargo de califa.

En realidad, al expresar de esta manera sus pensamientos los dos principales líderes de los muyahidines, se representó a toda la comunidad musulmana. Propusieron y apoyaron elegir como califa a una persona que, en la sociedad de aquel momento, era verdaderamente la más digna de confianza, competente y excelente. Finalmente, Hazrat Abu Bakr (ra) aceptó asumir la importante responsabilidad de la nación. En cuanto los presentes comprendieron su consentimiento, se apresuraron, llenos de entusiasmo, a prestarle bay‘a. En verdad, esta reunión de la Saqifa de Banu Sa‘ida fue de suma importancia en la historia del islam. No cabe la menor duda de que, si en aquel momento Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra) no hubiera demostrado una inteligencia extraordinaria, gran presencia de ánimo, discernimiento, firmeza inquebrantable y una inflexibilidad dura como el acero, la comunidad islámica se habría hecho pedazos de inmediato.

La aptitud para suceder al Profeta de toda la humanidad

Aquel a quien Hazrat Abu Bakr (ra) sucedió no era una persona común; era el último profeta, honrado por el Altísimo Allah Ta‘ala con el mayor honor. Allah mismo lo guiaba directamente enviándole la revelación. Lo ayudaba constantemente por medio de los ángeles. Establecía su autoridad mediante milagros. Su carácter y todas sus virtudes se habían desarrollado directamente bajo la influencia de la instrucción y la crianza de Allah. Por ello, no había en él, desde ningún punto de vista, ni la menor imperfección ni defecto; al contrario, era un ser humano que había alcanzado el grado supremo de una perfección plenamente desarrollada. Cumplir adecuadamente la responsabilidad de suceder a un guía de tan sublime y grandiosa dignidad no es en absoluto una tarea fácil. Por muy bajo que sea el nivel de la balanza con que se pese a la persona responsable de tiempos posteriores ante la mirada cautivada por la belleza y la grandeza integrales del Profeta, aun así dicha balanza será tan elevada y excelsa que muy pocas personas tendrían el valor de pesarse en ella, y superar plenamente esa prueba sería también sumamente difícil. En particular, cuando quienes realizan esa evaluación poseen ellos mismos la capacidad de ser pesados según criterios cada vez más elevados, la tarea se vuelve todavía más difícil. Hazrat Abu Bakr (ra) sucedió al hombre más eminente de la humanidad y al gran guía dotado de una personalidad extraordinaria precisamente después de superar una norma tan difícil, y lo dejó expresado con claridad en su primer discurso de orientación política. A continuación se presenta la parte principal del discurso que pronunció inmediatamente después de ser elegido califa:

¡Oh, pueblo! He sido designado vuestro califa, aunque no soy mejor que vosotros. Por tanto, si obro correctamente, ayudadme y cooperad conmigo. Y si cometo un error, corregidme y conducidme por el camino correcto. ………… El débil entre vosotros será poderoso ante mí. Haré que reciba sus derechos de manos de quienes se los hayan arrebatado. En cambio, el poderoso será débil ante mí. Haré que devuelva los bienes ajenos que haya tomado por la fuerza. ……… Mientras obedezca a Allah y a Su Mensajero, vosotros también me obedeceréis. Pero si desobedezco a Allah y a Su Mensajero, entonces no es vuestro deber obedecerme.

En este discurso, Hazrat Abu Bakr (RA) describió con palabras claras las metas y los objetivos de su gobierno. También estableció los límites del ejercicio del poder. Asimismo indicó cómo debía tratarse con él si llegaba a transgredir siquiera mínimamente esos límites. Al mismo tiempo, puso de relieve esta gran verdad: como dirigente de un Estado islámico, era plenamente responsable de seguir el camino mostrado por el Noble Mensajero (SA), y el pueblo musulmán estaba obligado a obedecerle exactamente mientras él mismo obedeciera al Mensajero de Allah; pero, si se apartaba de ello aunque fuera en lo más mínimo, la comunidad islámica no solo tendría derecho a negarse a obedecerle, sino también a declarar abiertamente su rebelión contra él. En realidad, no era algo ordinario que quien había asumido la responsabilidad de suceder al mejor de los profetas, Hazrat Muhammad (SA), invitara a todos, en aquella época, a confrontar sus propias palabras y acciones con las palabras y acciones del Profeta. Y presentar semejante desafío ante personas que conocían directamente y a la perfección las palabras y acciones del Noble Mensajero, y que poseían plenamente el valor y la capacidad de criticar incluso a una personalidad de enorme rango, era sin duda un acto de extraordinaria audacia. Sin embargo, Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA) mostró realmente esa audacia, y la historia es testigo irrefutable de que cumplió, en la medida de lo posible, con la responsabilidad de suceder al Profeta universal. Para demostrar la veracidad de esto, resulta significativo citar una frase de Hazrat Umar (RA), el mejor de los hombres después de Hazrat Abu Bakr (RA). Al contemplar, fascinado y abrumado, sus extraordinarias hazañas, dijo con voz cargada de pesar:

Si este es el modelo y la medida real del servicio al islam y a los musulmanes que usted ha establecido, entonces ninguno de quienes vengan después de usted tendrá el valor de alcanzar una dignidad igual a la suya.

Cuando Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA) fue nombrado califa, no recibió la responsabilidad de dirigir un Estado bien organizado y sólidamente estructurado. La verdad es que, después de la era de la profecía, tuvo que establecer desde sus cimientos el gobierno islámico. Por eso, todos los problemas, complicaciones y obstáculos que podían surgir ante un Estado recién fundado se alzaban frente a él como montañas. No todos los gobernantes son capaces de resolver adecuadamente semejantes complejidades. Solo quienes han recibido de Allah una capacidad especial para gobernar un Estado pueden llevar a cabo correctamente esa tarea. El primer califa, Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA), poseía por naturaleza esa capacidad. Por ello, inmediatamente después de la muerte del Profeta universal, cuando la comunidad musulmana se enfrentó a problemas extremadamente difíciles, Hazrat Abu Bakr (RA) logró resolverlos todos de manera satisfactoria gracias a su inmensa competencia y habilidad. La forma en que, en muy poco tiempo, pudo afrontar todas las amenazas y desafíos internos y externos del Estado islámico, así como la extraordinaria destreza que mostró en los asuntos administrativos, constituye sin duda un ejemplo excepcional en la historia del gobierno. No es posible exponer aquí detalladamente este tema; sin embargo, pueden señalarse brevemente algunos aspectos.

(1) Ya hemos hablado anteriormente de la reacción que produjo entre los ansar la muerte del Profeta universal y de cómo Hazrat Abu Bakr (RA), mediante una profunda inteligencia y una gran presencia de ánimo, logró controlar toda aquella situación adversa y caótica. Aunque, después de que los ansar prestaran el juramento de fidelidad al califato a Hazrat Abu Bakr (RA) en Saqifa Banu Saida, no se temía ninguna acción rebelde por parte de los ansar, se consideraba que la negativa de su líder, Saad ibn Ubada, a prestar el juramento podía tener consecuencias graves. Algunas personas incluso aconsejaron adoptar inmediatamente una política represiva contra él. Pero Hazrat Abu Bakr (RA), considerando aquello una emoción y un entusiasmo pasajeros, optó por ignorarlo. Desde el principio comprendió que, si se adoptaban medidas de resistencia contra Saad, toda la tribu de los ansar podía sublevarse; mientras que, si no se hacía nada, nadie permanecería a su lado salvo su propia sombra. En las circunstancias de entonces, esta opinión de Hazrat Abu Bakr (RA) pareció equivocada a primera vista; pero el curso posterior de los acontecimientos demostró que la opinión de Hazrat Abu Bakr (RA) era absolutamente correcta. Además, cualquier medida adoptada en contra de su decisión en aquellas circunstancias habría tenido consecuencias sumamente graves.

(2) Después del fallecimiento del Venerable Profeta, surgieron en la familia del Noble Mensajero (SA) muchas ideas erróneas sobre Hazrat Abu Bakr (RA) y su gobierno. Como consecuencia, también comenzaron a agravarse varias complicaciones políticas. La relación entre los miembros de la familia del Mensajero y el pueblo musulmán era sumamente delicada, emotiva y sensible. Hazrat Abu Bakr (RA) tampoco era en absoluto insensible a este respecto. Pero por encima de todas esas relaciones estaba su profundo sentido del deber, cuya preservación le hacía responsable ante Allah y ante el pueblo. El intenso conflicto interno que esta doble corriente de sentimientos provocó en Hazrat Abu Bakr (RA) puede comprenderse claramente a partir de algunos de sus discursos de aquella época. No podía emplear con Hazrat Fatima (RA), Hazrat Ali (RA) y Hazrat Abbas (RA) las habituales maniobras políticas, pues hacerlo habría sido completamente contrario a las emociones de los musulmanes y, desde el punto de vista político, habría adoptado una forma sumamente peligrosa. Además, como hombre prudente y previsor, él mismo no podía desearlo. Por otro lado, tampoco le era posible apoyar sus puntos de vista sobre el califato y otros asuntos, pues creía que, si lo hacía, actuaría contra la sharía. Sobre todo, el hecho de que algunos miembros de la familia del Mensajero aún no hubieran prestado el juramento de fidelidad a Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA) estaba perjudicando considerablemente la dignidad del califato. Además, en una situación semejante, no era en absoluto improbable que los enemigos del islam provocaran en cualquier momento una grave catástrofe. Todo esto era tan claro como la luz del día; sin embargo, Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA), del mismo modo que no hizo nada contrario a las emociones populares, adoptó la política que, según la sharía, debía adoptarse. En este sentido, lo más tranquilizador era que el líder de la tribu de Banu Hashim en esta disputa era Hazrat Ali (RA), quien podía discrepar en cualquier asunto; pero era indudable que no podía provocar ningún tipo de catástrofe. Precisamente por ello, Hazrat Abu Bakr (RA) adoptó una política de inmensa generosidad. Y la historia es testigo de que la política que siguió estaba plenamente basada en la razón y en la verdad.

(3) Cuando Hazrat Abu Bakr (RA) fue nombrado califa, la situación general del país era sumamente grave. Desde el exterior existía a cada instante el temor de un ataque de los romanos; y, en el ámbito interno, en casi toda Arabia, salvo La Meca, Medina y Taif, se había extendido una ola de apostasía del islam y de negativa a pagar el zakat. Además, en diversos lugares comenzaron a alzar la cabeza quienes pretendían falsamente la profecía y quienes ambicionaban riquezas y propiedades. Su número de partidarios aumentaba a ojos vistas. Por otra parte, las batallas de Tabuk y Mu’ta habían dado inicio a un conflicto interminable entre los musulmanes y los romanos. Estos estaban dispuestos en todo momento a atacar a los musulmanes; y, debido a la retirada musulmana en la batalla de Mu’ta, su audacia había aumentado aún más. En semejante situación, cuando se difundió la noticia del desorden interno del califato y del estallido de rebeliones en las principales regiones del país, era evidente que podían atacar Medina en cualquier momento. En realidad, ambos peligros ya estaban presentes, y desde el mismo momento en que Hazrat Abu Bakr (RA) fue nombrado califa tuvo que enfrentarse a ellos. Es fácil comprender con qué extraordinario valor y coraje, y con qué incomparable prudencia e inteligencia, afrontó ambos peligros en aquella situación y obtuvo una victoria decisiva.

Tan pronto como fue nombrado califa, hizo partir en primer lugar al ejército que estaba preparado para atacar a los romanos. En realidad, mientras el Santo Profeta (SAW) aún vivía, se había decidido enviar este ejército bajo el mando de Hazrat Usama ibn Zayd; pero, debido a la repentina enfermedad del Profeta, la partida se había aplazado por el momento. Tras el fallecimiento del Profeta, un gran número de compañeros comenzó a oponerse al envío de este ejército. Algunos argumentaban que, en una situación tan peligrosa en los frentes interno y externo, enviar un ejército fuera de la capital sería un acto de imprudencia. Otros objetaban que el mando estuviera en manos de Hazrat Usama, nacido de una familia de esclavos. Pero Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA) permaneció firmemente aferrado a su principio, sin vacilar ante todos estos obstáculos y circunstancias adversas. Declaró con claridad: «No puedo arriar el estandarte que el propio Santo Profeta izó». En respuesta a las propuestas de quienes sostenían una opinión contraria, dijo: «Aunque perros y chacales me despedazaran, aun así no podría anular el plan y la decisión del Mensajero. ¿Cómo podría destituir a aquel a quien el Mensajero nombró?»

En suma, a pesar de todos estos obstáculos y circunstancias adversas, Hazrat Abu Bakr (RA) hizo partir finalmente al ejército bajo el mando de Hazrat Usama. En verdad, fue como consecuencia de la inmensa firmeza y fortaleza de ánimo del Jalifat al-Mu’minin que descendió la infinita misericordia de Allah. El ejército enviado bajo el mando de Usama regresó a Medina después de obtener una victoria grandiosa y gloriosa. Como resultado, los enemigos internos quedaron profundamente sorprendidos y aterrorizados, y los enemigos externos también se llenaron de miedo y preocupación. Cuando las tribus rebeldes de Arabia recibieron la noticia del envío de este ejército contra los romanos, no pudieron evitar estremecerse al reconocer la enorme fuerza interna del Estado centrado en Medina. Por otra parte, Heraclio quedó sumamente ocupado en proteger las fronteras de su Estado. En una palabra, Hazrat Abu Bakr (RA) mató dos pájaros de un tiro; y es innegable que su plan alcanzó un éxito pleno.

Una vez eliminado el peligro de la agresión externa, Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA) empleó las fuerzas restantes y aplastó con gran firmeza la rebelión y la contrarrevolución internas, aunque algunos miembros de un grupo influyente de compañeros eran partidarios de adoptar una política indulgente y no recurrir a la severidad en este asunto. Decían: quienes se identifican como musulmanes no deben ser combatidos ni privados de la protección de sus vidas y bienes únicamente porque se nieguen a pagar el zakat. Pero Hazrat Abu Bakr (RA) no pudo aceptar en modo alguno este punto de vista. Declaró claramente: en el islam, la oración y el zakat son actos de adoración de igual rango; por tanto, si se puede combatir para establecer la oración, ¿por qué no se puede luchar contra quienes no pagan el zakat? Proclamó: «Por Allah, combatiré contra cualquiera que establezca una diferencia entre la oración y el zakat —que rece y no pague el zakat— y contra quienes se nieguen hoy a entregar siquiera una cuerda de aquello cuyo zakat se entregaba en tiempos del Mensajero». Y añadió: «Aunque nadie me acompañe en esta lucha, combatiré solo».

Como resultado de la actitud inflexible e inquebrantable de Hazrat Abu Bakr (RA), surgieron en los corazones de todos los musulmanes un nuevo impulso para la acción y un renovado entusiasmo; y, en muy poco tiempo, toda forma de rebelión y contrarrevolución fue desarraigada del Estado del califato. Lo más digno de recordar a este respecto es que, pese a la enorme amplitud de la rebelión, al cerco de numerosos problemas complejos en torno al gobierno de Medina y, sobre todo, a que un gran número de sus propios allegados favorecía una política indulgente hacia los rebeldes, Hazrat Abu Bakr (RA) no cedió ni un ápice; por el contrario, rechazó todas las propuestas de conciliación y de adopción de una política indulgente. Solo quienes poseen discernimiento pueden comprender cuánta confianza en sí mismo y cuánta confianza inquebrantable en Allah se necesitan para adoptar una medida tan terrible. En verdad, si en aquel momento crítico Hazrat Abu Bakr (RA) no hubiera mostrado semejante firmeza y, atemorizado ante la rebelión y la contrarrevolución crecientes, hubiera depuesto las armas ante los rebeldes y los apóstatas, no cabe la menor duda de que hasta el nombre del sistema estatal islámico habría sido borrado de las páginas de la historia. Y si eso hubiera ocurrido, la historia de la civilización mundial se habría escrito hoy de manera completamente distinta; más aún, el curso mismo de la civilización mundial se habría visto obligado a detenerse: de ello no hay duda. Gracias a la firmeza de su actuación y a sus medidas idealistas e inquebrantables, la poderosa corriente que llegó a la civilización islámica durante el gobierno de Hazrat Abu Bakr (RA) comenzó, en apenas dos años y cuarto de su mandato, a inundar toda Arabia, a regar el vecino reino de Irak y a extenderse por otros países. En toda la historia mundial no se encuentra ejemplo alguno de que una civilización nueva haya alcanzado, de manera tan repentina y en tan poco tiempo, semejante amplitud, expansión y progreso.

En verdad, solo cuando una persona dotada de un carácter tan noble como el de Hazrat Abu Bakr (RA) dirige un Estado, es posible alcanzar no solo el progreso y el bienestar general de los millones de habitantes de ese Estado, sino también la prosperidad y el prestigio del islam.

 

El califato de Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA)

La noble vida del primer califa, Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él), está colmada de numerosas gestas resplandecientes. En particular, la pirámide de esfuerzos y sacrificios, que alcanzó el cielo y fue erigida durante el breve período de dos años y cuarto de su califato, permanecerá imperecedera e inmaculada hasta el Día de la Resurrección. Inmediatamente después del fallecimiento del Profeta del universo, todo el territorio árabe —y, con él, el mundo islámico— estuvo a punto de quedar envuelto en la oscuridad impenetrable de la jahiliya. Numerosas tribus importantes e influyentes se rebelaron contra el gobierno islámico. Los falsos pretendientes a la profecía izaron las banderas de la rebelión en diversas regiones. Quienes se negaban a pagar el zakat no solo dejaron de entregarlo, sino que también lanzaron amenazas de saquear Medina Munawwara, la sede del califato. En una palabra, puede decirse que, cuando el poderoso sol del islam comenzaba a ponerse, de repente su luminosa llama quedó a punto de extinguirse, como una lámpara sin aceite en la última parte de la noche. Sin embargo, gracias a la visión de futuro, el valor y la firmeza, la agudeza política y la extraordinaria paciencia y perseverancia del gran califa, sucesor del Mensajero, la lámpara del islam no solo fue salvada de la extinción definitiva, sino que iluminó toda Arabia con aquella brillante antorcha de la guía. Por ello hay que decir que, después de la desaparición del Profeta del universo, la gran persona que salvó de la destrucción el establecimiento del sistema de vida islámico y ante quien el mundo musulmán tiene una deuda impagable fue el primer califa, Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él).

Durante el califato del segundo califa, Hazrat Umar Faruq (que Allah esté complacido con él), se realizaron muchas grandes gestas y se resolvieron satisfactoriamente numerosas cuestiones difíciles y complejas. Incluso los vastos imperios romano e iraní quedaron hechos añicos bajo el impacto de la avalancha islámica. Esta es una verdad histórica absoluta que nadie puede negar. Pero ¿quién hizo posible preservar los cimientos del califato islámico, despertar en el corazón y la mente de toda la umma islámica el irresistible ímpetu de la revolución y el sacrificio, y organizar y establecer la disciplina del califato divino? Y, por encima de todo, ¿quién salvó a la sociedad y al Estado islámicos de la tormenta devastadora? En respuesta a todas estas preguntas solo puede pronunciarse el nombre de Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él). En el presente artículo intentaremos exponer el examen y la evaluación de las actividades desarrolladas durante el califato de Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) y de la expansión del islam hasta alcanzar el cielo.

Carácter consultivo del califato

Es innegable que Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) estableció el primer fundamento del califato islámico conforme al modelo de la profecía. En primer lugar, su elección se celebró sobre la base de la opinión pública manifiesta. Además, detrás de cada una de las numerosas obras importantes y decisivas que realizó estaba el veredicto espontáneo de los más eminentes compañeros, dignos de la confianza del pueblo musulmán y considerados sus representantes naturales. Por esta razón, nunca permitió que los compañeros pertenecientes a esa categoría se alejaran de la sede del califato. El Noble Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había incluido el nombre de Hazrat Umar Faruq (que Allah esté complacido con él) entre quienes debían marchar con el ejército de Usama. Sin embargo, el primer califa no le permitió salir de Medina para una tarea aún más importante; él mismo obtuvo dicha autorización de Usama.

Cuando surgió la necesidad de atacar Siria, primero presentó el asunto para su consulta ante la distinguida asamblea de los compañeros. Después de un debate detallado, una propuesta de Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) fue aceptada por unanimidad. Del mismo modo, se consultó sobre la declaración de la yihad contra quienes se negaban a pagar el zakat. Es cierto, naturalmente, que en aquel momento la asamblea de la shura no estaba organizada de manera tan adecuada como durante el califato de Umar Faruq (que Allah esté complacido con él); pero, aun así, nunca se descuidó la consulta de las opiniones y decisiones de los compañeros más destacados en ningún asunto nacional, estatal o religioso de importancia.

Sistema de disciplina interna

Después de determinar la naturaleza y la forma del Estado, era sumamente necesario mejorar la administración y la disciplina internas del país, distribuir los cargos importantes y seleccionar adecuadamente a sus titulares. Durante el califato de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), la conquista de territorios y la expansión del Estado apenas habían comenzado; por ello, su califato debe considerarse limitado a la península arábiga. Dividió la península arábiga en varias provincias y distritos. Medina, La Meca, Taif, Saná, Nayrán, Hadramaut, Baréin y Dumat al-Yandal, entre otros, eran provincias independientes. En cada provincia se nombraba un administrador —en el lenguaje actual, un gobernador—. Entre sus deberes se incluía el cumplimiento de toda clase de responsabilidades estatales. También en la sede del califato se nombraba un jefe para cada departamento. Como ejemplo, puede mencionarse que Hazrat Abu Ubayda (que Allah esté complacido con él) había sido nombrado ministro de Finanzas antes de ser designado comandante del ejército en Siria; Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) era juez, y Hazrat Uthman y Hazrat Zayd ibn Thabit (que Allah esté complacido con ellos) eran funcionarios del nivel de secretarios de la corte del califato.

Al seleccionar gobernantes y funcionarios, Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) siempre daba prioridad a personas que, en la época del Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), habían ocupado cargos equivalentes, y procuraba confiar cada tarea a quien ya la había desempeñado anteriormente. Como resultado, casi nunca tuvo que afrontar dificultades derivadas del nombramiento de personas incompetentes e inexpertas en ningún departamento.

Cuando Hazrat Abū Bakr (r. a.) nombraba a alguien para un cargo de responsabilidad, generalmente lo hacía comparecer ante él, le explicaba detalladamente sus responsabilidades y deberes, y le aconsejaba, con un lenguaje sumamente influyente y conmovedor, que observara la taqwā, la justicia y la equidad en todos los asuntos. A continuación se menciona una parte de los consejos que dio al nombrar a ʿAmr ibn al-ʿĀṣ y al-Walīd ibn ʿUqbah (r. a.) como recaudadores del zakāt:

Temed a Allah en público y en privado. A quien teme a Allah, Allah le crea un camino y un medio para obtener sustento que nadie podría imaginar. A quien teme a Allah, Allah le perdona sus pecados y le concede el doble, o incluso más, de la recompensa por sus buenas obras. Procurar el bienestar de la gente y servirla es, sin duda, una de las mejores obras de taqwā.

Avanzáis por un camino tan importante que, en lo relativo al establecimiento de la religión y al fortalecimiento del Califato, no hay lugar para la menor negligencia, exceso ni descuido. Por tanto, abandonad el detestable hábito del desaliento y la indiferencia.

Al nombrar a Yazīd ibn Abī Sufyān gobernador de Siria, se dirigió a él con estas palabras:

¡Oh, Yazīd! Tienes numerosos parientes cercanos; mediante tu autoridad estatal puedes brindarles muchas oportunidades para obtener beneficios personales. Pero debes saber que este es precisamente mi mayor temor. El Noble Profeta (s. a. s.) dijo:

Si el gobernante de los musulmanes nombra a alguien, sin que tenga derecho a ello y únicamente por afecto, como funcionario con autoridad sobre los musulmanes, la maldición de Allah recaerá sobre él. Allah no aceptará ninguna excusa ni expiación de su parte; finalmente lo arrojará al Infierno.

Vigilancia estricta sobre los gobernantes

Por muy buenas y debidamente establecidas que estén las leyes y normas del Estado, si no se mantiene una estricta vigilancia sobre los gobernantes responsables y no existe un sistema adecuado y libre para la crítica aguda del pueblo, todo el sistema de gobierno está destinado a desmoronarse, y las esperanzas y aspiraciones naturales del pueblo respecto de las autoridades están destinadas a quedar frustradas. Por esta razón, a pesar de las nobles cualidades del primer califa —su natural modestia, humildad, indulgencia y paciencia, entre otras—, en determinadas circunstancias tuvo que emprender, mediante una especial severidad, examen y escrutinio, y una crítica intensa, la difícil tarea de distinguir lo genuino de lo adulterado y el bien del mal. En los asuntos personales, la extrema humildad y la amistad eran sus rasgos naturales; pero, al mismo tiempo, en los asuntos religiosos, administrativos y relacionados con el Califato, no toleraba la menor falta ni negligencia. Por ello, cuando observaba cualquier defecto indeseable entre los gobernantes, imponía su castigo adoptando la máxima severidad.

La moderación en la aplicación de los castigos

Hazrat Abu Bakr (RA) trataba personalmente a los delincuentes con extrema amabilidad y compasión. Durante la vida del Noble Profeta (PBUH), un hombre le confesó que había cometido adulterio. Él, compadecido, le aconsejó arrepentirse y no divulgar aquel pecado; pero, como el delincuente no estaba dispuesto a sustraerse al castigo prescrito por la sharía, se presentó ante el Noble Profeta (PBUH), confesó voluntariamente su delito y aceptó aquel castigo.

Durante el califato, esta misma naturaleza de Hazrat Abu Bakr (RA) siguió manifestándose. Ashyās bin Qays, quien afirmaba falsamente ser profeta, fue arrestado y llevado ante él. Finalmente, se arrepintió y pidió que le perdonaran la vida. Hazrat Abu Bakr (RA) no solo lo liberó, sino que también concertó su matrimonio con su propia hermana. En realidad, desde el punto de vista político, la principal responsabilidad del califa era proteger el carácter moral y la vida y los bienes del pueblo. Aunque hasta entonces no se había establecido permanentemente ningún departamento de policía, este servicio seguía funcionando conforme al sistema instituido por el Noble Profeta (PBUH). Por supuesto, Hazrat Abdullah bin Masud (RA) fue nombrado responsable de los departamentos de vigilancia y seguridad, y también se establecieron castigos para ciertos delitos específicos. En este asunto, tuvo que consultar y ejercer el iŷtihād sobre la base del Corán y el hadiz en la distinguida asamblea de los sahaba, que tenía la categoría de un parlamento islámico.

En resumen, el primer califa prestaba especial atención a garantizar la paz y la seguridad de la vida pública y a mantener las vías públicas libres y seguras de todo tipo de peligro. Si alguien creaba siquiera el menor obstáculo o impedimento para esta labor, le imponía un castigo severo y ejemplar. Sin embargo, jamás transgredía en ningún lugar los límites de los castigos establecidos por la sharía.

El departamento financiero del califato

En la época del Noble Profeta (PBUH) no existía ningún sistema ordenado y bien organizado para administrar el departamento financiero. En cuanto recibía riquezas de diversas fuentes, hacía que fueran distribuidas entre las personas necesitadas. Durante el califato de Hazrat Abu Bakr (RA), no se introdujo ningún cambio en este sistema. Ya en el primer año de su califato, entregó veinte dírhams per cápita a los esclavos liberados, a hombres y mujeres y a personas de todas las clases, altas y bajas. Cuando un sahabi objetó aquella igualdad en la distribución de la riqueza, él respondió: «La diferencia entre la dignidad y los méritos de las personas es innegable; pero ¿qué relación puede tener eso con dar más o menos en la distribución de la riqueza?». Hacia el final de su califato se estableció formalmente un bayt al-mal; pero nunca llegó a acumularse allí una gran cantidad de bienes o dinero. Por ello, no surgió la necesidad de adoptar ninguna medida para custodiarlo y vigilarlo. En cierta ocasión, cuando un sahabi le preguntó al respecto, respondió: «Para protegerlo, basta con un solo candado». Después de su fallecimiento, se inspeccionó, bajo el liderazgo de Hazrat Umar Faruq (RA), el bayt al-mal situado en un lugar llamado Sanai, y se comprobó que solo quedaba un dírham en él. Al verlo, el pueblo exclamó: «¡Que Allah tenga misericordia de Abu Bakr!»

La organización militar

Durante la época del Noble Profeta (PBUH) no existía un ejército bien organizado y disciplinado. En cuanto se oía el llamado a la guerra, toda la comunidad musulmana se reunía ante el Noble Profeta (PBUH), llena de gran entusiasmo por participar en ella. Durante el califato de Hazrat Abu Bakr (RA), en términos generales, esta misma práctica continuó. No obstante, él introdujo un nuevo sistema: cuando enviaba un ejército a una expedición específica, dividía a todos los soldados en varias unidades y nombraba un comandante para cada una de ellas. Así, la práctica de nombrar un amīr al-umarā o «comandante en jefe» también comenzó durante el mandato del primer califa, y Hazrat Khalid bin Walid fue el primero en ser designado para este importante y sumamente honorífico cargo.

En verdad, gracias a que el ejército fue organizado y desplegado de este modo, a los combatientes musulmanes les resultó sumamente fácil enfrentarse al bien organizado ejército de los romanos.

Formación del carácter y sistema de adiestramiento de los soldados

Cada guerra y combate librado durante la época del Noble Profeta (s) y del Califato Rectamente Guiado tuvo como único propósito obtener la complacencia de Allah y defender el Estado islámico. Por esta razón, se prestaba entonces especial atención a mejorar el carácter moral de las personas que se habían consagrado a este propósito. Como resultado, el ejército islámico llegó a ser superior al de todo el mundo en cuanto a carácter moral. Después del Noble Profeta (s), Hazrat Abu Bakr (RA) también prestó especial atención a este aspecto en el adiestramiento militar. Cuando enviaba tropas a expediciones especiales, avanzaba con el comandante durante una larga distancia y lo despedía después de darle valiosos consejos. Al enviar tropas a la expedición de Siria, aconsejó al comandante de la siguiente manera:

Encontrarás a personas que se han consagrado al culto de Allah. No las ataques. Además, os doy los siguientes diez consejos: no matéis a ninguna mujer, niño ni anciano; no cortéis los árboles frutales; no dejéis despoblada ninguna localidad ni zona habitada. No sacrifiquéis cabras ni camellos salvo por necesidad de alimento. No incendiéis los palmerales. No os apropiéis de ningún bien del botín, y no seáis cobardes ni pusilánimes.

Adquisición de pertrechos de guerra

Hazrat Abu Bakr (RA) puso en práctica un plan específico para adquirir pertrechos de guerra. De todo lo que ingresaba en el fondo estatal procedente de diversas fuentes, destinaba una parte considerable al transporte y a la compra de armas. Toda la parte de los bienes del botín que el Noble Corán había asignado a Allah, al Mensajero y a los parientes cercanos se destinaba a cubrir estas necesidades militares. Después de atender las demás necesidades urgentes, el Noble Profeta (s) destinaba a este fin los bienes restantes.

El primer califa designó en un lugar llamado «Baqi» un pastizal especial para la cría de camellos y caballos. Allí se estableció la cría de miles de animales estatales. Los animales estatales recaudados como sadaqa y zakat se mantenían allí.

Supervisión de los centros militares

A pesar de estar abrumado por diversas preocupaciones y dolores debido a la debilidad propia de la vejez, el muy honorable Abu Bakr as-Siddiq (que Allah esté complacido con él) visitaba y supervisaba personalmente los campamentos militares, y, si advertía entre los soldados alguna deficiencia o desviación, ya fuera en el aspecto material o espiritual, se encargaba de corregirla de inmediato. Con motivo de una expedición concreta, se reunió un gran número de soldados en un lugar llamado Jurf. El muy honorable Abu Bakr as-Siddiq (que Allah esté complacido con él) fue a inspeccionarlos. Cuando llegó a la tienda situada en el lugar llamado Banu Fuzara, los muyahidines se pusieron de pie para mostrarle su respeto. Allí observó entre los soldados procedentes de distintas tribus un sentimiento de orgullo por su nobleza y superioridad mutuas. Mediante sus consejos, trató de contener la nobleza de linaje y tribal, así como la envidia y la hostilidad recíprocas, y de despertar en todos la tolerancia islámica y el sentido de hermandad.

Resistencia a las prácticas no islámicas

La principal causa de que la doctrina religiosa y el sistema de vida predicados por los profetas se hayan deformado con el paso del tiempo es la progresiva difusión y aceptación de las innovaciones religiosas entre la gente. Como consecuencia, los sistemas basados en esas innovaciones ocupan el lugar de la religión original y la verdadera religión desaparece. Durante la época del muy honorable Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), no se observó ningún inicio significativo de innovaciones religiosas en la sociedad islámica. No obstante, siempre que algo semejante aparecía en algún lugar o momento, él se apresuraba a tratar de eliminarlo.

El papel del muy honorable Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) con respecto al Corán y al hadiz

En las batallas libradas contra los falsos pretendientes a la profecía, murieron como mártires numerosos muyahidines que eran hafices del Corán. En particular, en la sangrienta batalla de Yamama, fueron tantos los hafices del Corán que alcanzaron el martirio que los Compañeros encargados de la responsabilidad comenzaron a temer que el Noble Corán pudiera perderse. Por ello, surgió con urgencia la necesidad de recopilar, compilar y organizar de inmediato el Noble Corán.

En realidad, las aleyas y suras del Noble Corán fueron reveladas en momentos determinados y en relación con acontecimientos específicos, y, por orden del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), eran escritas inmediatamente por determinados Compañeros. Estaban claramente escritas sobre hojas de palmera datilera, piel de camello, huesos, piedras y madera. Por orden del muy honorable Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), fueron reunidas y organizadas, dándoseles la forma de un libro completo y sistemático. Desde la perspectiva islámica, resulta fácil comprender qué gran hazaña fue esta.

El papel del muy honorable Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) con respecto al hadiz se caracterizó por una extrema cautela. Declaró claramente que no era correcto transmitir un hadiz sin tener plena certeza de su autenticidad y sin estar libre de toda clase de dudas. Él mismo nunca aceptaba un hadiz si no encontraba varios corroboradores y testigos del mismo.

Creación de un departamento de derecho islámico

Para llevar a cabo la importante labor de investigación, indagación y análisis jurídico sobre la ley islámica, Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) estableció un departamento especial. Hazrat Umar, Hazrat Uthman, Hazrat Ali, Hazrat Abdur Rahman ibn Awf, Hazrat Muaz ibn Yabal, Hazrat Ubayy ibn Kaab, Hazrat Zayd ibn Zabit (que Allah esté complacido con ellos) y otros eminentes sabios y pensadores fueron encargados de esta tarea. También era responsabilidad de ellos responder a las fetuas consultadas por la gente.

La difusión del islam

Una de las responsabilidades sumamente importantes del califa, representante del Mensajero, era difundir los ideales islámicos. Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) había prestado especial atención a este asunto desde el principio. En realidad, las brillantes estrellas del firmamento islámico fueron fruto de los incansables esfuerzos de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), cuya vida estaba consagrada a la verdad. Sin embargo, después de que se le confiara la pesada carga del califato, naturalmente se manifestó en él una mayor inclinación y actividad en este sentido. Como resultado, todo el territorio árabe resonó con la poderosa llamada a difundir el islam. Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) ordenó a los muyahidines enviados por todas partes que difundieran el islam. Envió delegaciones especiales para hacer llegar el mensaje del islam a las tribus árabes dispersas por las distintas regiones. Ellos cumplían esta tarea con plena concentración y sincera devoción. Como consecuencia, todos los idólatras y cristianos, tanto de lugares cercanos como lejanos, abrazaron el islam. Las tribus árabes de Irak, Arabia y las zonas fronterizas con Siria respondieron a la invitación islámica de Hazrat Jalid (que Allah esté complacido con él).

Cumplimiento de las promesas del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)

Pagar las deudas contraídas durante la época del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y cumplir debidamente las promesas y compromisos que él había hecho también era una de las responsabilidades del califato. Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) realizó estas tareas en cuanto tuvo la primera oportunidad. En particular, después de que, a raíz de la conquista de Baréin, se obtuviera una gran cantidad de riquezas, anunció públicamente que, si alguien tenía algo que reclamar al Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), o si alguna de sus promesas había quedado incumplida, podía recibir de él su cumplimiento.

Trato hacia la familia y los parientes del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)

Aunque al principio surgió cierto malentendido con la familia y los parientes cercanos del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en torno al huerto de Fadak, él siempre los trató con gran afecto, compasión y respeto. Prestaba una atención especial a garantizar el bienestar y la tranquilidad de las Madres de los Creyentes y a satisfacer todas sus necesidades. Además, cumplió con pleno respeto y devoción todos los encargos que el Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había dejado respecto de otras personas.

Protección de los derechos de los súbditos dhimmíes

Durante la época de la profecía, Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) protegió debidamente todos los derechos de aquellos no musulmanes a quienes se había concedido refugio en el Estado islámico y con quienes se habían establecido tratados especiales mediante acuerdos escritos. Del mismo modo, durante su califato concedió a los súbditos no musulmanes dhimmíes de los países conquistados derechos casi iguales a los de los súbditos musulmanes. El tratado firmado con los habitantes cristianos de Hira decía lo siguiente:

Sus monasterios y sus iglesias no serían destruidos, ni sería derribado ningún palacio construido para ofrecer refugio en caso de necesidad. No se les impediría hacer sonar las campanas ni tocar las trompetas. Durante sus festividades especiales, no se les prohibiría sacar procesiones con cruces.

Aquí solo se han mencionado algunos puntos de aquel extenso tratado. En él puede verse un brillante ejemplo de tolerancia hacia otras religiones en el sistema estatal islámico.

Durante el gobierno del primer califa, la cuantía de la yizia y de los impuestos generales era sumamente baja. Además, solo se imponían a las personas que tenían capacidad económica. De los siete mil habitantes de la región de Hira, mil quedaron exentos de todo tipo de impuesto de yizia, mientras que al resto se le impuso un impuesto anual de apenas diez dírhams por persona. El tratado mencionado también estipulaba que, si algún dhimmí envejecía, quedaba incapacitado o se empobrecía, no se le cobraría ningún impuesto; además, se dispondría su manutención con fondos del bayt al-mal. ¿Puede encontrarse en la historia del mundo algún ejemplo de una administración de los súbditos tan imparcial y de un trato tan generoso?

 

Rasgos del carácter de Umar Faruq (que Allah esté complacido con él)

El Profeta del mundo, Hazrat Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), había formado, como resultado de la sincera devoción de toda su vida, una sociedad plenamente idealista y de elevado carácter. Cada miembro de la sociedad que él formó era, en cuanto a idealismo y carácter moral, elevado como la cima de una montaña, inquebrantable frente a la injusticia y la falsedad, y, a ojos de sus adversarios, sumamente invencible e inexpugnable. Esto era plenamente cierto y aplicable a casi todos los compañeros. Sin embargo, es innegable que entre ellos existían diferencias considerables en cuanto a dulzura, severidad, humildad, modestia y tolerancia. Esta diferencia se reconoce como una realidad derivada de las variaciones naturales de temperamento. En este contexto, cuando examinamos el carácter personal de Hazrat Umar Faruq (que Allah esté complacido con él), ante nosotros se alza la asombrosa imagen de un extraordinario hombre de hierro. En realidad, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) estableció en la sociedad islámica un modelo luminosísimo de personalidad infinitamente vigorosa, ardiente, intrépida e inquebrantable. En el vasto cielo del califato islámico era semejante a una luna resplandeciente. Su papel en el ámbito del califato fue sumamente firme y eminente.

Esta firmeza del carácter de Umar se manifestó desde los primeros años de su vida. En la sociedad de la época preislámica era conocido como un héroe extraordinario. Cuando era un joven guerrero de veintisiete años, en ese preciso momento surgió el sol del islam en el desierto de Arabia. Desde las cumbres de las montañas de La Meca resonó el estremecedor mensaje de la unicidad divina. Para Umar Faruq, aquel mensaje era completamente nuevo y desconocido. Al escucharlo, se enfureció y se agitó intensamente. Por ello, cada vez que se enteraba de que alguien había aceptado el islam, se convertía en su encarnizado enemigo. Cuando una esclava de su propio clan aceptó el islam, la golpeó de una manera increíblemente brutal. Además, cada vez que recibía noticias de que alguien había aceptado el islam, avanzaba con paso altivo para destruirlo. Pero lo verdaderamente sorprendente es que, pese a todos aquellos golpes, no logró preparar a una sola persona para que abandonara el islam. Finalmente, decidió acabar con el propio Profeta del mundo. Un día, colgándose del hombro una espada afilada y bien templada, partió con paso decidido para cumplir ese propósito. Pero, cuando en el camino oyó que su propia hermana y su cuñado habían aceptado el islam, fue como si un rayo hubiera caído sobre él. Corrió inmediatamente hacia ellos y golpeó a su hermana y a su cuñado con tal violencia que de sus cuerpos comenzó a brotar abundante sangre. A pesar de todo, en sus corazones no apareció ni la más mínima debilidad en su fe en el islam. Más aún, se dirigieron a Umar Faruq y le dijeron: «Haz lo que quieras. Pero apagar en nuestros corazones la antorcha resplandeciente de la fe en el islam está más allá de tus fuerzas».

Al contemplar la inquebrantable firmeza de aquellos nuevos musulmanes, Umar Faruq (que Allah esté complacido con él) quedó sobrecogido de asombro. Se quedó perplejo tratando de comprender por qué ellos se mostraban tan entregados y sacrificados por el islam, y por el toque de qué piedra filosofal un hombre incivilizado y desobediente llegaba a convertirse en un verdadero ser humano. Finalmente, también él se vio obligado a inclinar la cabeza ante los firmes principios y la visión del islam. La conversión al islam de un héroe extraordinario como él provocó una enorme conmoción en las dos sociedades enfrentadas de la Arabia de entonces. La sociedad de los infieles quedó tanto asombrada como abatida; en cambio, en la pequeña sociedad islámica se observó una marea juvenil de entusiasmo y fervor. En aquel tiempo, los musulmanes eran extremadamente débiles, impotentes e indefensos. No solo les resultaba imposible llevar abiertamente una vida islámica y cumplir los ritos necesarios, sino que incluso declararse musulmanes se había convertido para ellos en motivo de grave peligro. En particular, les era absolutamente imposible adorar a Allah en la Casa de Allah. Con la conversión al islam de un héroe intrépido como Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él), la situación cambió de repente. Cuando proclamó públicamente que se había hecho musulmán, la sociedad de los infieles se volvió sumamente hostil y furiosa contra él. Su tío materno, el influyente líder infiel As ibn Wa’il, quiso ofrecerle protección, pero, debido a su habitual ardor y valentía, él se negó a aceptar su amparo. Pues, después de creer en la palabra revolucionaria del islam, «la ilaha illallah», aceptar la protección de un infiel o de una fuerza infiel no es en absoluto digno de una persona con sentido del honor. Además, fue a la Kaaba acompañado por los musulmanes y allí realizó la oración. En realidad, esto fue posible únicamente gracias al valor del heroico Umar. Por ello, en la corte de la profecía recibió el título de Faruq (el que distingue entre la verdad y la falsedad).

Hazrat Umar (RA) permaneció en La Meca durante aproximadamente seis o siete años, desde que abrazó el islam hasta la Hégira. Durante ese período, soportó sin dificultad, junto con los demás, las inhumanas persecuciones, opresiones y torturas infligidas a los musulmanes por los incrédulos. En realidad, si los primeros musulmanes no hubieran poseído una incomparable abnegación por el islam, una extraordinaria firmeza moral y una inquebrantable fortaleza de carácter, les habría resultado sumamente difícil conservar la fe mientras eran triturados en el molino de las satánicas torturas de los incrédulos.

La primera batalla del islam tuvo lugar en el campo de Badr. El agudo discernimiento, el espíritu abnegado y la inquebrantable firmeza que Hazrat Umar (RA) mostró en esta batalla quedaron escritos con letras de oro en la historia del islam. Por el islam, no estuvo dispuesto a perdonar ni siquiera a un pariente muy cercano. En el campo de batalla, su tío materno, ‘As, murió por el golpe de su propia espada. No sintió la menor vacilación al clavar el arma en el pecho de aquel pariente tan cercano. Este sacrificio por el islam fue, en verdad, incomparable.

En la batalla de Badr, los musulmanes obtuvieron una gloriosa victoria y, como consecuencia, unos setenta jefes incrédulos fueron hechos prisioneros por los musulmanes. Cuando comenzó el debate sobre el trato que debía dárseles, Hazrat Umar Faruq (RA) expresó claramente su opinión y dijo: «Lo aconsejable es matarlos, y cada uno de nosotros debe degollar con su propia mano a su propio pariente».

En el sexto año de la Hégira, el Noble Profeta (SAW) partió hacia La Meca con mil cuatrocientos musulmanes, con la intención de realizar el hayy. Al llegar a un lugar llamado Dhul-Hulayfa, supo que los qurayshitas de La Meca no permitirían de ningún modo que los musulmanes entraran en la ciudad aquel año. En esas circunstancias, se difundió el rumor de que Hazrat Uthman (RA) había sido martirizado. En aquel momento, el Noble Profeta (SAW) tomó de los compañeros la bay‘a de sacrificarse. Hazrat Umar (RA) estuvo entre los primeros en prestarla. Finalmente, cuando se firmó el tratado de paz con los qurayshitas, una de sus condiciones le pareció claramente inaceptable a Umar Faruq (RA), y asestó un golpe tremendo a su agudo sentido del honor y a su naturaleza valerosa. Se presentó de inmediato ante el Mensajero y le preguntó: «Si realmente estamos establecidos en la verdad, ¿qué necesidad hay de concertar una tregua con la falsedad con tanta mansedumbre y sumisión?»

La batalla de Hunayn tuvo lugar en el mismo año de la conquista de La Meca. Hazrat Umar (RA) combatió en ella con extrema firmeza. En el noveno año de la Hégira, cuando se difundió la noticia de que el emperador romano iba a atacar Medina, a petición del Noble Profeta (SAW), Hazrat Umar Faruq (RA) llevó la mitad de todos sus bienes y la ofreció al servicio del Mensajero.

Al recibir la noticia del fallecimiento del Profeta del mundo, toda la comunidad musulmana estuvo a punto de derrumbarse, consumida por un intenso dolor. Por otra parte, pensando que los hipócritas de carácter taimado podían aprovechar la ocasión para intentar provocar una grave calamidad, Hazrat Umar Faruq (RA) se puso de pie en la mezquita del Profeta y comenzó a pronunciar un vehemente discurso: «A quien diga que el Profeta del mundo ha fallecido, le cortaré la cabeza». En realidad, esto no era más que la manifestación concreta del ardor y la bravura innatos de Hazrat Umar (RA).

La naturaleza ardiente e inflexible que se observaba constantemente en el carácter de Hazrat Umar (RA) produjo cierta reacción desfavorable en algunos compañeros. Por ejemplo, cuando Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA), al acercarse al final de su vida, se inquietó pensando en el nombramiento del siguiente califa, expresó personalmente su opinión favorable a investir a Hazrat Umar (RA) para ese cargo. Gracias a su larga experiencia vital, sin duda había comprendido que, después de su desaparición, Umar Faruq (RA) era la persona más adecuada para el califato. Cuando comunicó esta opinión a Hazrat Abdur Rahman ibn Awf (RA), este dijo: «Por Dios, él es aún mejor de lo que usted opina de Umar Faruq. Pero lo preocupante es que su naturaleza es sumamente vehemente y severa» (Tabari). En respuesta, Hazrat Abu Bakr (RA) dijo: «La razón es que en mí había excesiva mansedumbre y humildad. Pero cuando la responsabilidad recaiga sobre él mismo, abandonará muchos de sus hábitos y rasgos de carácter. ¡Oh Abu Muhammad! Mi experiencia me dice que, cuando me enfadaba con alguien, Umar era precisamente quien intentaba apagar el fuego de mi ira y me aconsejaba adoptar una actitud moderada» (Al-Islam wa al-Hadaratu al-Arabiyya).

Hazrat Abu Bakr (RA) también tuvo que rendir cuentas ante el pueblo acerca de la naturaleza severa de Hazrat Umar Faruq (RA). Cuando su opinión sobre el califa que lo sucedería se hizo pública entre la gente, algunos acudieron a preguntarle: «Si nombra sucesor a una persona de naturaleza tan severa como Umar, ¿qué responderá ante Dios cuando llegue ante Él?». Hazrat Abu Bakr (RA) refutó con gran sutileza la opinión equivocada de aquellos y dijo: «Me presentaré ante Dios y diré que escogí como califa al mejor y más excelente de la comunidad posterior».

En verdad, la posición que Hazrat Abu Bakr (ra) ocupaba ante el Noble Profeta (s) era la misma que Hazrat Umar Faruq (ra) ocupaba ante Hazrat Abu Bakr (ra). (Muqaddima de Ibn Jaldún, p. 206). Por ello, la declaración antes mencionada de Hazrat Abu Bakr (ra) es completamente cierta.

Después de que Hazrat Umar (ra) fue investido como califa, las primeras palabras que salieron de sus labios y llegaron a los oídos del pueblo musulmán fueron estas: «Árabes, vuestro deber es seguir al guía como un camello atado con una cuerda sigue a su conductor. Pero lo importante es saber adónde y de qué manera os lleva el conductor. En cuanto a mí, puedo decir lo siguiente: ¡Por Dios, el Señor de la Kaaba, ciertamente os conduciré por el camino recto!»

Inmediatamente después de que concluyera el entierro de Hazrat Abu Bakr Siddiq (ra), él se sacudió la tierra de las manos y se puso de pie para pronunciar un discurso. Dirigiéndose a la multitud musulmana reunida, dijo:

¡Pueblo musulmán! Dios os ha unido a mí. Y, después de mis dos antiguos compañeros, me ha mantenido con vida y me ha dejado aquí. ¡Juro por Dios que resolveré todos los asuntos que se presenten ante mí! Y respecto de todo aquello que permanezca oculto para mí, me esforzaré con pleno sentido de la responsabilidad y devoción a Dios. En verdad, si la gente me trata con bondad y benevolencia, yo también la trataré del mismo modo. Pero si alguien adopta una conducta mala e indeseable, entonces también le impondré un castigo severo».

Este discurso de Hazrat Umar (ra), en el que estableció sus principios, fue la guía para el desempeño de las funciones de su califato. La opinión clara de los hombres experimentados es que actuó enteramente conforme a estas palabras. No se apartó de ellas ni en lo más mínimo, ni por defecto ni por exceso.

El propio Hazrat Umar (ra) solía suplicar a Dios:

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¡Oh Dios! Por naturaleza soy un hombre de carácter severo; hazme afable y compasivo. Soy débil; dame fuerza. Soy avaro; hazme generoso. (Al-Islam wa al-Hadarah al-Arabiyyah)

Después de que Hazrat Umar (r.a.) fue nombrado califa, emprendió el envío de un gran número de soldados para fortalecer la campaña de Irak. Aunque durante varios días consecutivos hizo llamamientos con este propósito en asambleas públicas, pronunció un discurso conmovedor e inspirador. Como resultado, el pueblo musulmán se preparó, en grupos, para unirse a la yihad. En la etapa final de esta lucha continua, los musulmanes se enfrentaron abiertamente con Irán. Sin embargo, fueron derrotados y, de los nueve mil soldados, solo quedaron tres mil. Al recibir la noticia de esta derrota, Hazrat Umar Faruq quedó sumamente disgustado y enfurecido. Entonces pronunció un ardiente discurso exhortando al sacrificio por el islam, y este encendió un fuego entre las tribus árabes. Incluso numerosos ciudadanos cristianos se prepararon para lanzarse al campo de batalla a luchar junto a los musulmanes en esta guerra.

Durante el califato de Hazrat Umar Faruq (r.a.) se obtuvieron extraordinarias victorias para el islam. En aquella época, la bandera del islam ondeó en Egipto, Siria, Irak, Armenia, Irán, Palestina, Azerbaiyán, Argelia y Trípoli. En verdad, antes de él no se había visto ningún ejemplo semejante de conquista de países, ni tampoco después. Ninguna de las flechas que lanzó dejó de alcanzar su objetivo. Ninguna bandera que izó fue jamás abatida.

La vida de los musulmanes era para él lo más preciado. Nombraba comandantes a hombres que gozaban de un especial prestigio en la sociedad de su tiempo por su conocimiento, inteligencia y prudencia. Durante la batalla de Nahavand, escribió a Numan ibn Makran:

He sabido que los enemigos no musulmanes se están reuniendo en grupos en la ciudad de Nahavand para enfrentarse con vosotros. Tan pronto como recibas esta carta, marcha con los musulmanes que se encuentren cerca de ti, bajo la sombra de la orden, la ayuda y la misericordia de Allah. No los conduzcas por caminos escarpados y difíciles, pues ello les causaría grandes penalidades. No interfieras en ninguno de sus derechos legítimos; de lo contrario, se disgustarán y se rebelarán. Tampoco los hagas entrar en caminos de bosques densos. Debes saber que, para mí, un solo musulmán es más querido y valioso que cien mil monedas de oro.

Para llevar al éxito estas campañas de conquista de países sin precedentes, envió innumerables soldados a diversas batallas; pero cuando recibía la noticia del martirio de algún soldado o comandante en la guerra, lágrimas ardientes de dolor brotaban sin cesar de sus dos ojos y fluían copiosamente, hasta el punto de que ni siquiera dejaban de correr cuando, al mismo tiempo, le comunicaban la buena noticia de la conquista de algún vasto país.

Hazrat Umar (r.a.), al igual que los dos grandes hombres que lo precedieron —el Noble Mensajero y Abu Bakr al-Siddiq—, fue un abanderado de la justicia y la honestidad. Sus palabras también eran semejantes a las de ellos. Cuando envió a Muslimah al-Ashyai con el propósito de someter a los kurdos rebeldes, le dijo:

Partid invocando el nombre de Allah y combatid con todas vuestras fuerzas, en el camino de Allah, contra quienes se rebelan contra Él. Si llega a producirse un enfrentamiento directo con vuestros hermanos politeístas, presentadles primero tres propuestas. Invitadlos a aceptar el islam. Si aceptan el islam, deponen las armas y están dispuestos a quedarse en sus hogares, será vuestro deber recaudar el zakat de sus bienes. Si están dispuestos a unirse a vosotros para luchar contra los infieles, sus derechos y dignidad serán iguales a los vuestros. Pero si se niegan a aceptar el islam, exigidles obediencia y el pago del jaray. No les impongáis una carga superior a sus fuerzas y capacidades. Si no están dispuestos a pagar el jaray, combatid contra ellos. Allah os ayudará contra ellos.

Hazrat Umar Faruq (r.a.) no estaba dispuesto a tolerar la más mínima afición a la comodidad, lujo o pompa entre los gobernadores provinciales y los funcionarios de los distintos departamentos. Se esforzaba con toda su energía por mantener una completa unidad e igualdad entre gobernantes y gobernados. Sus esfuerzos de protección no tenían fin, para impedir que la civilización lujosa y el carácter desenfrenado de los no árabes llegaran a afectarles. Escribió claramente al gobernador Hazrat Utba ibn Farqad (r.a.): Debes abstenerte del lujo, la pompa, los placeres, las costumbres y prácticas politeístas, y las vestiduras de seda.

Exigía a los gobernadores recién nombrados el compromiso de no montar caballos turcos —pues en aquella época se consideraba un lujo extremo—, de no nombrar porteros y de mantener siempre abiertas y accesibles sus puertas para los necesitados y las personas con alguna necesidad. Si alguien contravenía esto, lo destituía de inmediato.

Hazrat Sa’yad construyó un enorme palacio en la ciudad de Kufa. Hazrat Umar (ra) ordenó incendiarlo y reducirlo a cenizas. En Egipto, Hazrat Kharija ibn Hudhafa construyó una vivienda de varios pisos. Al enterarse, Hazrat Umar (ra) envió la orden de destruirla, pues, además de otras ilegalidades, existía el temor de que con ello se vulnerara la intimidad del vecino. (Kitab al-Jaraj)

Durante el Hajj, cuando se encontraba en La Meca, Umar al-Faruq (ra) hacía un anuncio público invitando a cualquiera que tuviera alguna queja contra los gobernadores a presentársela directamente. Un hombre acusó a un gobernador de haberlo golpeado sin motivo con cien latigazos. Él respondió: «Tú golpearás al gobernador en cuestión con cien latigazos». Es fácil imaginar cuán difícil era esta decisión. El gobernador implicado se estremeció al oírla. Se puso de pie y dijo: «Si se hace esto, la dignidad del gobernador quedará destruida y la administración dejará de funcionar». Hazrat Umar (ra) dijo: «Aun así, es indispensable establecer este ejemplo de justicia, porque el propio Noble Profeta (s) hizo precisamente eso».

Al enterarse de que Hazrat Khalid ibn al-Walid (ra) había gastado una gran cantidad de dinero sin que existiera una necesidad nacional o general, Hazrat Umar (ra) envió la orden de destituirlo. Dijo: «Si Khalid gastó este dinero de sus propios recursos, sin duda lo desperdició; y si gastó dinero del tesoro público, se excedió en sus atribuciones y traicionó el depósito confiado».

Hazrat Umar (ra) desempeñó las funciones del califato siguiendo las huellas de los grandes hombres que lo precedieron. Dijo: «Mis dos compañeros ya han partido antes que yo. Ambos siguieron el mismo camino y método. Si yo actuara en contra de ellos, para mí significaría adoptar un camino completamente diferente». En verdad, esto parece un eco de las palabras del Profeta del mundo: «Si después de mí hubiera de haber otro profeta, Umar habría sido ese profeta».

La firmeza y la actitud inflexible que se observaban en el carácter de Umar al-Faruq (ra) fueron explicadas correctamente por el propio Noble Profeta (s). Dijo: «Nadie de mi comunidad es tan firme y severo como Umar en los asuntos de Allah».

Otro dijo: «Umar es generoso con la verdad, pero extremadamente avaro con la injusticia y la falsedad».

En realidad, Hazrat Umar (ra) no era un esclavo ciego de su naturaleza; no es en absoluto cierto que adoptara la severidad en algún asunto simplemente por una inclinación natural hacia ella. Por el contrario, tenía una concepción muy clara de la severidad y la bondad, y en esta cuestión su mente y su entendimiento estaban siempre despiertos. Por eso él mismo declaró claramente:

Los asuntos del califato no pueden cumplirse debidamente mientras no se adopte una severidad que no llegue al grado de la opresión. Tampoco debe mostrarse indulgencia en asuntos cuya base se sustenta en la debilidad. (Kitab al-Jaray)

Y esta severidad estaba completamente limitada a los asuntos de la sharía: los derechos de Allah y los derechos de Sus siervos. Pero, en los asuntos personales, Umar al-Faruq (que Allah esté complacido con él) jamás mostró ni un ápice de severidad. Al contrario, en ese aspecto era más tierno y compasivo que la cera. Esto mismo se desprende de uno de los propios discursos de Umar al-Faruq (que Allah esté complacido con él). En ese contexto, dijo:

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¡Por Allah!, cuando mi corazón se enternece por Allah, se vuelve más tierno y suave que la espuma del agua. Y cuando, en lo concerniente a la religión de Allah y a la sharía, se vuelve firme y severo —según lo requiere la ocasión—, se torna más duro e impenetrable que una piedra.

En verdad, la estricta política que Hazrat Umar Faruq (ra) adoptó para cumplir con la responsabilidad del califato era absolutamente indispensable desde el punto de vista de la administración del Estado. La destitución de Hazrat Khalid ibn al-Walid, la severidad con los gobernadores y la extrema rigurosidad en la aplicación de las normas islámicas, entre otras medidas, formaban parte de la enorme responsabilidad propia del califato de Hazrat Umar (ra). Todo cuanto hizo lo hizo para cumplir con la difícil responsabilidad del cargo de califa. Pues, de no haberlo hecho, una responsabilidad tan delicada e importante como la del califato no habría podido cumplirse en modo alguno. Y, Dios no lo permita, si Hazrat Umar tampoco hubiera cumplido con la responsabilidad del califato ni hubiera establecido un ejemplo práctico del sistema estatal islámico, la desaparición del sistema de vida islámico habría sido inevitable.

Sin embargo, su severidad, inflexibilidad e implacabilidad en el cumplimiento de la responsabilidad del califato constituían solamente un aspecto del carácter de Umar. El otro aspecto era su contribución sin igual en la manifestación de la misericordia, la compasión y el perdón. En la sociedad de aquel tiempo, entre todas las criaturas de Allah dotadas de conciencia, nadie tenía más derecho que los esclavos a recibir misericordia y compasión. Inmediatamente después de asumir la responsabilidad del califato, Hazrat Umar Faruq (ra) liberó por completo a todos los esclavos árabes. Al mismo tiempo, promulgó una disposición constitucional que establecía: «Un árabe nunca podrá ser esclavo o siervo de nadie». Conforme a la organización social y económica de aquella época, liberar a todos los esclavos no árabes era una tarea sumamente difícil. A pesar de ello, puso en vigor muchas leyes y disposiciones beneficiosas para ellos. Incluso estableció asignaciones o estipendios oficiales para ellos, al igual que para sus amos.

Hazrat Umar (ra) había tratado a los dhimmíes y a los no musulmanes con una cordialidad y un respeto tales que ni siquiera los musulmanes de nuestra época tratan así a otros musulmanes. Hasta el último momento de su vida estuvo especialmente atento a este asunto. Al mismo tiempo, nunca escatimaba en mostrar perdón y benevolencia en general.

El segundo califa no se limitaba a realizar obras de bienestar público únicamente a nivel gubernamental. También se dedicaba constantemente, a título personal, al bienestar de la humanidad. Visitaba casa por casa a los muyahidines que habían partido hacia el campo de la yihad y se informaba del estado de sus familias. Si surgía alguna necesidad para alguien, se encargaba de inmediato de satisfacerla. Cuando encontraba en algún lugar a personas hambrientas, disponía sin demora lo necesario para alimentarlas. Durante el califato de Umar Faruq (ra), se estableció una plena igualdad y equidad entre ricos y pobres, indigentes y acaudalados. Había dado estrictas instrucciones a los funcionarios responsables para que no mostraran ni el más mínimo trato discriminatorio entre la población. Él mismo no apreciaba ninguna forma de adulación ni de elogios y alabanzas. Cuando compareció como acusado ante el tribunal de Medina, el juez se levantó para honrar al califa de los musulmanes. Al verlo, dijo inmediatamente: «Este es el primer acto de injusticia que cometes en este caso». En aquel entonces, el mundo entero temblaba ante el poder y la autoridad del califa; pero, debido a la política de igualdad que había adoptado, los embajadores de los Estados extranjeros no podían reconocer fácilmente al Emir de los Creyentes. Era un hombre dotado de un sentido extremadamente agudo del honor y la dignidad. Antes de que fueran revelados los versículos relativos al velo, no solo las mujeres musulmanas comunes, sino tampoco las esposas del Noble Profeta (s) observaban el velo. Sin embargo, incluso entonces él no podía aprobar aquella ausencia de velo ni la libre circulación de las mujeres.

Base fundamental del carácter faruquí

Las sublimes cualidades morales de Hazrat Umar Faruq (ra) estaban establecidas sobre una base sumamente sólida. Él había adquirido esa base gracias a la estrecha y más íntima compañía de Hazrat Muhammad (s), quien estableció el más elevado estándar moral. En lo personal, estaba adornado con nobles virtudes y era la encarnación viva del carácter profético. En el espejo de su carácter se reflejaban en grado máximo la sinceridad, la sumisión a Allah, la indiferencia hacia el disfrute de los placeres mundanos, el dominio de la lengua y del corazón, la justicia, la veracidad, la humildad y una vida sencilla y sin ostentación. Estas nobles cualidades estaban tan firmemente arraigadas en su carácter que, cuando alguien entraba en contacto con él, dejaban una profunda huella también en el carácter de esa persona. Muchos compañeros procuraban con gran entusiasmo relacionarse con él para aprender de su persona la verdadera taqwa y la piedad. El propio Rasul-e-Karim (s) dijo acerca de él:

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Allah había establecido firmemente la verdad en el rostro y el corazón de Umar. Él era quien distinguía claramente entre la verdad y la falsedad.

Su influencia se reflejó plenamente también en el carácter de los funcionarios del gobierno durante el califato faruquí.

La intensidad del temor de Allah

La fuente principal de la firmeza de carácter de Umar (ra) era su firme convicción en el poder y la fuerza de Allah. Permanecía dedicado a la oración hasta altas horas de la noche, con extrema humildad y el corazón lleno de temor. Al recitar los versículos del Corán que describen la grandeza y la majestad de Allah, se conmovía profundamente y rompía en un llanto incontenible. Su corazón era tan tierno y sensible que, una vez, cuando comenzó a recitar la sura Yusuf durante la oración del alba, se conmovió tanto que, llorando, se vio obligado a terminar todo el Corán antes de inclinarse en rukú.

Temía muchísimo el ajuste de cuentas del Día de la Resurrección. Solía decir a menudo: «Aunque el Día de la Resurrección lograra salvarme de algún modo del castigo del Infierno, me consideraría muy afortunado si mis buenas y malas acciones quedaran igualadas». Una vez tomó en la mano una brizna de hierba y comenzó a decir con voz cargada de tristeza: «¡Ay, si pudiera estar libre de responsabilidades como esta brizna de hierba! ¡Ay, si nunca hubiera nacido!». Por temor a Allah, su corazón y su mente permanecían siempre llenos de temor y preocupación. Por eso solía decir: «Si desde lo alto se anunciara que todas las personas del mundo entrarían en el Paraíso excepto una, aun así mi corazón quedaría atormentado por la angustia y el temor de que quizá esa persona desgraciada resultara ser yo».

Amor y obediencia al Mensajero

Para alcanzar la limpieza y purificación de la mente y el corazón, así como las mejores y más sinceras cualidades de carácter, es absolutamente indispensable adquirir un amor sincero por el Profeta del mundo, Hazrat Muhammad (s), fuente original del noble carácter, y una devoción genuina para seguir su Sunna. En verdad, un corazón que no está lleno de amor por el Mensajero y un paso que no sigue el excelente ejemplo del Noble Mensajero (s) no pueden alcanzar las bendiciones de este mundo y del Más Allá. Hazrat Umar Faruq (ra) fue un verdadero y devoto amante del Mensajero. Amaba al Noble Mensajero (s) más que a su propia vida, sus bienes, sus hijos y sus familiares. Por esta razón, no pudo aceptar de inmediato ni fácilmente el fallecimiento del Noble Profeta (s).

El aspecto más brillante del carácter de Hazrat Umar (ra) era su seguimiento literal del Noble Mensajero (s) a cada paso. En todos sus actos —comer y beber, vestirse, sentarse y levantarse, ir y venir, hablar y conversar— seguía con devoción el modelo del Profeta. El Noble Mensajero (s) vivió su vida entre la necesidad, el ayuno y la pobreza. Por ello, aunque Hazrat Umar (ra) era soberano de los vastos imperios de Roma y Persia, llevaba una vida como la de un hombre sumamente pobre. En cierta ocasión, su hija, la Madre de los Creyentes, Hazrat Hafsa (ra), le dijo: «Ahora Allah Ta‘ala le ha concedido comodidad y abundancia. Por tanto, ya no debería abstenerse de usar mejores vestidos y consumir alimentos excelentes». Él respondió: «¿Has olvidado la vida de sufrimiento y pobreza que llevó el Noble Mensajero? ¡Por Allah!, yo seguiré a mi “líder” con la esperanza de que, en el Más Allá, Allah me conceda felicidad y comodidad».

Siempre procuraba realizar exactamente del mismo modo cualquier acto que hubiera visto hacer al Noble Mensajero (s). Cuando alguien, al observar su manera de actuar, le preguntaba la razón, respondía francamente: «Lo hice así porque vi al Noble Mensajero (s) realizar este acto exactamente de esta manera».

Un intenso sentido de la responsabilidad

Hazrat Umar (ra) tenía un sentido sumamente intenso de sus responsabilidades y deberes. Se consideraba responsable de todo lo relacionado con el pueblo y, por mucho sufrimiento que implicara cumplir con esa responsabilidad, lo soportaba sin quejarse. Soportaba el máximo esfuerzo y sacrificio por todos los bienes de los musulmanes o del Estado cuya custodia se le confiaba. Si se producía cualquier daño al Bayt al-Mal, lo compensaba, y si se perdía algo, no dudaba lo más mínimo en asumir personalmente todo el trabajo necesario para encontrarlo.

Hazrat Ali (ra) relata: «Un día vi a Hazrat Umar (ra) avanzar rápidamente montado en un camello y le pregunté: “¡Amir al-Mu’minin!, ¿adónde va?”. Él respondió: “Se ha perdido un camello recaudado como zakat y he salido a buscarlo”. Le dije: “Al actuar así, está haciendo muy difícil el cumplimiento de sus responsabilidades a los califas que vendrán después de usted; es decir, si usted soporta semejante esfuerzo en el desempeño de la responsabilidad del Califato, quienes sean califas después de usted también tendrán que esforzarse del mismo modo”. Al oír esto, dijo:

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¡Oh, padre de Hasán! No me reprendas. Por Aquel que envió a Muhammad (s) como profeta, si una camella muriera a orillas del río Éufrates, incluso por eso Umar sería llamado a rendir cuentas el Día del Juicio.

En verdad, no cabe duda de que solo quien posee un sentido ilimitado de la responsabilidad y una fe sincera e inquebrantable en la rendición de cuentas del Día del Juicio puede hablar así y esforzarse y soportar semejantes dificultades para proteger los bienes del Estado.

Hazrat Umar (ra) recorría de noche las zonas habitadas para conocer la verdadera situación del pueblo. Durante tres noches consecutivas oyó llantos procedentes de la misma casa. Después llamó a sus moradores y quiso saber la causa del llanto del niño. La madre del niño dijo: «Como no se asigna una prestación para el niño del Bayt al-mal hasta que se deje de amamantarlo, estamos intentando destetarlo de inmediato, aunque todavía es lactante. Esa es la verdadera causa del llanto del niño».

Al enterarse de esto, ordenó inmediatamente que se anunciara:

********(árabe)

No os apresuréis a destetar a los niños. Desde ahora asignaremos alimento a todos los hijos de los musulmanes.

Al mismo tiempo, envió instrucciones claras para que esta disposición se aplicara de inmediato en todo el Estado islámico.1 {Un ejemplo excepcional del sentido de la responsabilidad: En este contexto, merece mencionarse aquí otro acontecimiento histórico. Una noche muy avanzada, el califa Umar (ra), acompañado por Ibn Abbas (ra), fue a visitar una zona rural distante de Medina. Mientras atravesaban un barrio, oyeron el llanto de unos niños procedente de una choza ruinosa cercana. Miraron dentro de la choza y vieron a una anciana que había colocado sobre el fogón una olla llena de agua y estaba encendiendo el fuego; alrededor de ella, los niños lloraban atormentados por el hambre. La mujer se detenía de vez en cuando para consolarlos: «Tened un poco más de paciencia; la comida estará lista enseguida». Pero, al final, la comida no estuvo lista. Después de llorar durante mucho tiempo hasta quedar exhaustos, los niños finalmente se durmieron. La mujer también suspiró profundamente y se dijo a sí misma: «Bueno, al menos hemos sobrevivido esta noche». Al ver aquella situación desgarradora, el califa Umar (ra) y su compañero se acercaron a la mujer. En respuesta a sus preguntas, ella dijo: «En mi familia no hay ningún hombre que pueda trabajar y mantenernos; yo tampoco puedo ganar lo suficiente para llevar alimento a la boca de mis hijos. Por eso, desde hace varios días, pongo al fuego una olla llena solo de agua y consuelo así a mis hijos hambrientos». Al preguntarle más, supieron que hasta entonces no había llegado a ellos ninguna ayuda alimentaria del Bayt al-mal del Estado. Al escuchar aquel relato conmovedor, el califa y su compañero regresaron rápidamente a Medina y abrieron la puerta del almacén del Bayt al-mal. Luego, él mismo se echó al hombro un saco de harina y otro de azúcar, y partió hacia la casa de la pobre mujer. En ese momento, Ibn Abbas (ra) le pidió al califa que le permitiera cargar al menos uno de los sacos sobre su hombro. El califa rechazó su petición con palabras inequívocas y dijo: «¡Ibn Abbas! Hoy has venido a aliviar mi carga; pero, cuando el Día del Juicio se me acuse por este fracaso en el cumplimiento de mi responsabilidad, no vendrás a aliviar la carga de mis pecados». Este acontecimiento es una prueba evidente de cuán intenso era el sentido de la responsabilidad del segundo califa. —Editor}

Es deseable que esta humanidad, compasión y sensibilidad ante el sufrimiento ajeno se manifiesten claramente en el carácter de los gobernantes de Estados basados en los ideales islámicos.

Hazrat Umar (ra) era, en verdad, como un padre afectuoso y cariñoso para cada persona débil y huérfana de la sociedad. La justicia y la equidad eran sus principales características. Reconocía igual importancia a la libertad y a la igualdad. 1 {Intransigencia en la cuestión de la libertad: La actitud de Hazrat Umar (ra) respecto de la libertad humana, es decir, de los derechos humanos fundamentales, era intransigente. No era partidario de menoscabar en lo más mínimo la libertad de nadie sin una razón razonable y legal. También impartía estrictas instrucciones a los gobernantes al respecto. A pesar de ello, una vez llegó ante el califa una denuncia contra el gobernador de Egipto, según la cual este había encarcelado a algunas personas por mera sospecha, sin ninguna razón razonable ni legal. El califa hizo llamar de inmediato al gobernador y le preguntó la razón. El gobernador no pudo dar una respuesta satisfactoria. Entonces el califa lo reprendió diciendo: «A estas personas sus madres las habían dado a luz libres. ¿De dónde obtuviste el derecho de mantenerlas sometidas?». En verdad, hasta el último momento de su vida, el califa Umar (ra) permaneció firme en este sólido principio. Nadie pudo apartarlo de él ni un ápice. —Editor}

Permanecía junto a los débiles y los miskines de la sociedad y trabajaba por el bienestar general de la humanidad. Esta política suya no se aplicaba únicamente a los musulmanes. Tampoco hacía la menor distinción respecto de los ciudadanos no musulmanes leales al Estado islámico. Había impartido instrucciones a los administradores de todos los niveles para que los trataran con justicia y siguieran los principios de la equidad. Insistía en que se evitara todo tipo de injusticia y opresión contra ellos. En este sentido, merece especial mención una de sus propias declaraciones históricas. Dijo:

********(árabe)

El bienestar de la responsabilidad que Allah Altísimo me ha confiado depende principalmente de tres cosas. Estas son: proteger debidamente la amanah, es decir, la confianza; asumirla con firmeza; y gobernar y administrar justicia conforme a las normas reveladas por Allah.

Acerca de los bienes del Estado, dijo:

*******(árabe)

Sabed que el bienestar de estos bienes del Estado reside únicamente en tres formas de utilizarlos: deben recibirse legítimamente, conforme al derecho; deben entregarse legítimamente, es decir, como cumplimiento de un derecho; y debe cesar toda recepción o entrega por medios ilícitos. Para la persona de fe débil, basta con hacer realidad la justicia en el gobierno y en la administración de justicia.

En los procedimientos judiciales se preparaba con todo su corazón y con todas sus palabras para establecer la justicia. Cuando dos partes en disputa se presentaban ante él para obtener justicia, extendía ambas rodillas y suplicaba al Dios Altísimo diciendo:

¡Oh Allah!, ayúdame en este asunto, pues cada una de las dos partes podría desviarme de mi religión —si no administro justicia—.

Aversión al lujo y satisfacción con poco

En realidad, la codicia y el deseo de placeres materiales son la causa principal de la inmoralidad, la falta de carácter y la corrupción. Por eso, Hazrat Umar Faruq (RA) los detestaba por naturaleza. Sus contemporáneos reconocían unánimemente que, en cuanto a la aversión al lujo y la satisfacción con poco, había superado a todos. Cuando el Mensajero Noble (SA) quería darle algo, él decía: «¡Oh Mensajero! Hay muchas personas más necesitadas que yo; ellas tienen más derecho a recibirlo». El cuerpo de Hazrat Umar (RA) nunca tocó una vestimenta suave y fina. Una kurta remendada por todas partes, un turbante de tela vieja y gastada y unos zapatos rotos: eso constituía su atuendo durante toda la vida. Vestido así, se reunía con los embajadores de César y Cosroes y con los representantes de países cercanos y lejanos. Al ver la baja calidad de sus alimentos, la gente quedaba asombrada y desconcertada. Él decía: «¿Creéis que soy incapaz o reacio a comer alimentos excelentes y sabrosos? ¡Por Allah!, si no fuera por el temor al Día del Juicio, yo también me entregaría al lujo y a los placeres de la comida como vosotros». También ordenaba estrictamente a los funcionarios encargados de los deberes gubernamentales que se abstuvieran de semejantes lujos y placeres.

La satisfacción con poco era una cualidad natural suya. Tras ser nombrado califa, durante varios años consecutivos no aceptó ni una sola moneda del Bayt al-Mal. Mientras tanto, toda su familia estaba siendo devastada por la necesidad, las penurias y la pobreza. Al ver su situación, los honorables Compañeros dispusieron que se le concediera del Bayt al-Mal una asignación suficiente para obtener alimentos y ropa muy sencillos. Sin embargo, Hazrat Umar (RA) aceptó recibirla con la condición de que «seguiré recibiendo la asignación exactamente mientras sea necesario; en cuanto mi situación económica mejore, dejaré de tomarla». Entonces Rubay ibn Ziyad Harami dijo: «¡Amir al-Mu’minin! Debido a la dignidad que Allah Todopoderoso le ha concedido, usted tiene más derecho que nadie en el mundo a llevar una vida de lujo, comodidad, felicidad y disfrute». Hazrat Umar (RA) respondió con voz airada: «No soy más que el depositario de la confianza del pueblo. ¿Acaso puede ser lícito traicionar un depósito?». Un día, al ver que comía alimentos de baja calidad, Hazrat Utba (RA) le dijo: «¡Amir al-Mu’minin! Si gastara algo más en comida y ropa, la riqueza de los musulmanes no disminuiría por ello». Hazrat Umar (RA) respondió: «Es muy lamentable que intentes tentarme con la comodidad material y el lujo».

En efecto, después de asumir la responsabilidad del califato, Hazrat Umar (RA) adoptó una extrema cautela respecto a su modo de vida, pues cualquier pequeño error o falta suyo que se manifestara en ese momento podía convertirse en causa de que la corrupción se arraigara en el carácter de todo el pueblo musulmán.

 

El califato de Hazrat Umar Faruq (RA)

Durante los diez años de gobierno de Hazrat Umar Faruq (RA), el califato islámico alcanzó su máximo esplendor y un progreso sin precedentes. En esa época, dos poderosos Estados, Roma y Persia, quedaron bajo el dominio de los musulmanes. En realidad, la historia es incapaz de ofrecer un ejemplo de la revolución que un reducido grupo de habitantes del desierto produjo en tan poco tiempo. Alejandro Magno, Gengis Kan y Timur Lang se dispusieron a conquistar el mundo entero y lo devastaron; pero nada puede compararse con las conquistas y la expansión territorial durante el gobierno del segundo califa. Los primeros mencionados, como una tormenta destructora, surgieron de un lado, crearon una inundación de opresión, sometimiento y derramamiento de sangre, y luego se alejaron hacia el otro. Tras conquistar la ciudad de Tiro, en el reino sirio, Alejandro asesinó cruelmente a mil ciudadanos. Además, no vaciló en convertir a treinta mil ciudadanos en esclavos y venderlos.

Pero durante el gobierno de Hazrat Umar Faruq (RA), en los países, ciudades y poblaciones sobre los que se izó la bandera del califato islámico, no puede encontrarse ni un solo ejemplo de opresión, sometimiento o persecución. El ejército islámico había recibido órdenes específicas de no intervenir de ninguna manera contra los niños, los ancianos ni las mujeres. Mucho menos se permitía la matanza indiscriminada y generalizada: a los soldados islámicos se les prohibía estrictamente incluso talar los árboles verdes y frondosos. Todos quedaban fascinados y atraídos al contemplar los extraordinarios ejemplos de equidad, justicia y cortesía que los gobernantes musulmanes establecían en las regiones conquistadas. Por ello, consideraban el gobierno del califato islámico una extraordinaria misericordia y rezaban sinceramente para que esa misericordia descendiera de inmediato sobre sus países y pueblos. Incluso, llevados por su profunda gratitud, no dudaban en prestar una ayuda y una colaboración especiales a los musulmanes victoriosos. Durante la conquista de Siria, fueron los propios habitantes no musulmanes de Siria quienes, espontáneamente, proporcionaron información y noticias a los musulmanes. En el momento de la conquista de Irak, la población no árabe de la región construyó espontáneamente puentes para los soldados islámicos, reunió información secreta sobre el adversario y les dio la oportunidad de prepararse para hacer frente a la situación. Ante todas estas circunstancias, resulta evidente que no puede establecerse comparación alguna entre Hazrat Umar Faruq (RA) y esos sanguinarios como Alejandro Magno y Gengis Kan.

El derramamiento de sangre de Alejandro y Gengis quizá haya producido algún resultado temporal en la sociedad de entonces; pero, sin duda, un Estado cuya base se funda en la opresión, la tiranía y las luchas sangrientas no puede aportar ningún beneficio duradero a la sociedad humana en general. Esta afirmación resulta plenamente aplicable, sobre todo, a la luz de los acontecimientos mencionados. En la actualidad, ni siquiera se encuentran vestigios de los nombres de esos héroes conquistadores del mundo. Sin embargo, en el vasto Estado islámico que estableció Umar al-Faruq (que Dios esté complacido con él), se desarrollaron plenamente las nobles cualidades de la justicia, la equidad, la tolerancia, la igualdad, la fraternidad, la generosidad y la compasión. Por esta razón, en la historia universal, el califato faruquí es justamente denominado una edad de oro y la época del verdadero bienestar de la humanidad.

La estructura estatal del califato

Aunque el sistema de gobierno califal del islam se inició ya en tiempos de Abu Bakr al-Siddiq (que Dios esté complacido con él), y sus bases fueron establecidas durante su breve gobierno, en realidad fue durante el mandato del segundo califa, Umar al-Faruq (que Dios esté complacido con él), cuando comenzó a formarse un sistema estatal sólido y bien organizado. Fue entonces cuando la forma desarrollada del califato cautivó y atrajo a los pueblos del mundo. Durante su gobierno, no solo los dos grandes imperios de César y Cosroes pasaron a estar bajo el dominio de los musulmanes, sino que, además, el Estado y el gobierno del califato islámico tuvieron la oportunidad de desempeñar plenamente sus funciones, con la dignidad y las responsabilidades que les correspondían. En realidad, en el califato faruquí estaban presentes, de manera apropiada, casi todos los aspectos y departamentos propios de un Estado moderno y desarrollado.

Durante el califato de Umar (que Dios esté complacido con él), la bandera del islam ondeaba sobre toda la región comprendida desde las fronteras del subcontinente indio hasta Egipto y Siria. En esta vasta región vivían pueblos diversos y personas que hablaban distintas lenguas. El empeño de Umar (que Dios esté complacido con él) estaba dirigido a formar, en todos los aspectos, a los musulmanes árabes y no árabes como una sola nación y con una sola mentalidad. La visión islámica de la vida y la corriente de la fe habían unido a los habitantes de esta inmensa región en un mismo vínculo; sin embargo, la dinámica de su vida tribal continuaba fluyendo con el mismo ímpetu de antes. En algunos casos, la mentalidad yahilí de odio y hostilidad intentaba volver a levantar la cabeza. Pero la firme adhesión de Umar al-Faruq (que Dios esté complacido con él) a sus ideales y sus principios se esforzaba a cada instante por eliminar la acumulada basura de la yahiliya. Umar (que Dios esté complacido con él) quería formar a los habitantes de todo el Estado islámico como una nación de un solo corazón, una sola mente y un solo objetivo, y organizarlos y prepararlos para la lucha contra los enemigos del islam. Asimismo, mantenía una mirada sumamente atenta para que los musulmanes que, por diversas razones de trabajo, iban a vivir entre otros países y pueblos del mundo no perdieran sus características y su identidad, mezclándose por completo con otras naciones. Purificó por completo toda Arabia de la impureza de las personas enemigas del islam. Gracias a su especial previsión, emprendió la reforma y el desarrollo de la agricultura para consolidar los cimientos del sistema estatal islámico y promover el progreso económico de los musulmanes. Por ello, prohibió dentro del Estado islámico la compraventa y la distribución de tierras agrícolas. Además, advirtió a los musulmanes sobre la adopción de las costumbres, normas de conducta, usos, civilización y cultura de otros pueblos. En general, aconsejaba e instruía a todos para que modelaran su vida conforme a la vida del Noble Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él).

La estructura del califato faruquí

El califato de Umar al-Faruq (que Dios esté complacido con él) era plenamente un Estado basado en los derechos del pueblo. Durante su gobierno, todos los problemas del país se presentaban ante el Majlis al-Shura. Cada asunto se resolvía definitivamente teniendo en cuenta el Corán, la Sunna y las prácticas adoptadas por el primer califa. En el Majlis al-Shura, las decisiones se tomaban unas veces por unanimidad y otras sobre la base de la opinión de la mayoría. Los siguientes compañeros eran sus principales miembros del Majlis al-Shura: Uthman (que Dios esté complacido con él), Ali (que Dios esté complacido con él), Abdurrahman ibn Awf (que Dios esté complacido con él), Muadh ibn Jabal (que Dios esté complacido con él), Ubayy ibn Kaab (que Dios esté complacido con él) y Zayd ibn Thabit (que Dios esté complacido con él).

Además de este Majlis al-Shura, existía también una asamblea general para asesorarlo y resolver asuntos importantes del Estado. A ella asistían, además de todos los compañeros emigrados y auxiliares, los jefes tribales. Esta asamblea general se convocaba en momentos de especial importancia y crisis. En otras circunstancias, para la gestión de los asuntos cotidianos, él debía depender únicamente de las decisiones del Majlis al-Shura, y sus resoluciones se consideraban definitivas. Aparte de estas dos asambleas, funcionaba entonces otra, que podría denominarse «Majlis al-Jassa». Solo participaban en ella los compañeros emigrados.

Por Estado basado en los derechos del pueblo se entiende aquel Estado y gobierno en el que cada ciudadano tiene la oportunidad de disfrutar de todos sus derechos, y en el que cada persona puede expresar su propia opinión y comunicarla a los demás. Todas estas características estaban plenamente vigentes en el califato de Umar (que Dios esté complacido con él). Allí cada individuo podía reclamar sus propios derechos con plena libertad.

Después de ser elegido califa, Hazrat Umar Faruq (que Allah esté complacido con él) pronunció un importante discurso en el que declaró los principios fundamentales de su califato y dijo claramente:

*********(árabe)

Mi derecho sobre vuestros bienes es igual al derecho reconocido al administrador de los bienes de un huérfano. Si me encuentro en una situación rica y holgada, no tomaré nada; pero si soy pobre, tomaré la cantidad necesaria conforme a la costumbre. 1 {Otra narración dice así: ****(árabe): «Tomaré lo mínimo que necesito».}

¡Oh, pueblo! Tenéis ciertos derechos sobre mí, y es vuestro deber exigírmelos. Primero, es mi deber impedir que los ingresos del Estado y los bienes obtenidos como botín se gasten inútilmente; segundo, es mi deber mejorar el nivel de vuestra subsistencia y proteger las fronteras. También tenéis el derecho de exigir que nunca os arroje al peligro.

En otro discurso dijo: «Quienquiera de vosotros que vea en mí una desviación de los principios, que intente guiarme por el camino correcto». Uno de los oyentes presentes se levantó y dijo: «Juro por Allah que, si viera en ti alguna desviación de los principios, la corregiría con esta espada de filo afilado».

Al oír esta respuesta, Hazrat Umar expresó su gratitud y dijo: «Allah ha creado en esta nación personas capaces de corregir sus desviaciones de los principios. Por ello doy gracias a Allah».

Este discurso no es simplemente un conjunto de consignas atractivas y palabras enérgicas; en realidad, constituye el manifiesto o programa de principios del califato islámico. El califa Faruq al-Azam (que Allah esté complacido con él) observaba estos principios con gran firmeza. Así, cuando Amir al-Mu’minin cayó enfermo, ni siquiera tomó del Bayt al-Mal una pequeña cantidad de miel para usarla como medicina, únicamente porque no se había solicitado previamente el permiso del pueblo. Solo aceptó tomarla después de presentarse en la Mezquita del Profeta y pedir públicamente permiso a la multitud reunida. ¿Puede la historia de los grandes gobernantes del mundo ofrecer un ejemplo semejante?

Hazrat Umar Faruq concedió al pueblo plena libertad para criticar. Por ello, incluso un ciudadano común no dudaba lo más mínimo en criticar al califa. No solo los ciudadanos varones disfrutaban de esta oportunidad; las mujeres tampoco se quedaban atrás en este aspecto. Cuando una mujer objetó la opinión del califa sobre la determinación de la dote matrimonial y exclamó: «¡Oh, Umar, teme a Allah!», Umar Faruq (que Allah esté complacido con él) comprendió su propio error, lo abandonó y aceptó sin reservas la opinión de aquella mujer, conforme al Corán y la Sunna. En realidad, en la raíz del éxito sin precedentes del califato de Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) se encontraban precisamente esta clase de justicia y equidad.

La organización interna del califato de Faruq

Hazrat Umar (RA) dividió todo el Estado islámico en un total de ocho provincias: La Meca, Medina, Siria, Basora, Kufa, Egipto y Palestina. Estas regiones eran consideradas entonces entidades independientes y provincias separadas. Además, las tres provincias de Jorasán, Azerbaiyán y Persia también quedaron incluidas en su califato. Para cada provincia se nombraron por separado funcionarios de alto rango, como un gobernador, secretarios jefes de los departamentos civil y militar, un recaudador principal, un director de la policía, un tesorero principal y un juez principal.

Por lo general, las personas eran nombradas para estos cargos de responsabilidad siguiendo el consejo de la Majlis al-Shura. La principal tarea del califa consistía en mantener una vigilancia atenta y rigurosa sobre los gobernadores de las provincias y formar su carácter, conducta, costumbres y hábitos conforme a los ideales islámicos. El califa Umar (RA) cumplió esta tarea con especial eficacia. Era un guardián siempre alerta del Estado islámico. No estaba dispuesto en absoluto a tolerar la más mínima desviación de los ideales islámicos en la administración. Al nombrar gobernadores y funcionarios para cargos de responsabilidad, les exigía el compromiso de observar estrictamente los ideales islámicos y de no aceptar ninguna influencia del lujo ni de la civilización de la época de la ignorancia. Asimismo, elaboraba una lista completa de todos sus bienes; si más adelante observaba un aumento anormal de la riqueza de alguno de ellos, la comparaba y verificaba con la lista elaborada previamente. Si veía que los bienes de alguien habían aumentado injustificadamente, confiscaba la mitad de ese incremento para el Bayt al-Mal.

El califa Umar (RA) prestaba especial atención a que los gobernantes y los funcionarios de alto rango no sobrepasaran sus límites en ningún lugar. Por ello, durante cada peregrinación del Hayy hacía un anuncio público: si alguien tenía alguna queja contra un funcionario del Gobierno, debía ponerla inmediatamente en conocimiento del califa. Al mismo tiempo, había establecido un sistema adecuado para la reparación debida de todas las quejas, de modo que ninguna quedara simplemente en la etapa de una denuncia, sino que se adoptaran medidas prontas para remediar cada una de ellas.

El califa de los musulmanes insistía especialmente en que las puertas de los gobernantes permanecieran siempre abiertas al pueblo. Si veía que surgía el menor obstáculo en el camino para que las súplicas del pueblo llegaran a los oídos de los gobernantes, lo eliminaba de inmediato. Siempre exhortaba a los funcionarios responsables del Gobierno a mantenerse constantemente diligentes en el cumplimiento de sus deberes cotidianos. En este sentido, el consejo que envió a Hazrat Abu Musa al-Ashari (RA) debe considerarse una valiosísima guía para los funcionarios públicos de todos los tiempos y países. Escribió:

*******(árabe)

Después, debes saber que el método correcto de trabajo consiste en no dejar para mañana el trabajo de hoy. Si actúas así, se acumularán muchas tareas ante ti. Como consecuencia, quedarás desorientado bajo la presión del trabajo. No sabrás qué hacer, qué tareas realizar ni cuáles dejar, y finalmente arruinarás todo el trabajo.

Preservación del nivel moral del pueblo

Además de ocuparse de los gobernantes, el califa trabajaba sin descanso y con especial dedicación para preservar el carácter moral y la dignidad religiosa de la población general del Estado islámico. En realidad, así como él mismo era la encarnación de la moral islámica, se esforzaba con todas sus fuerzas por formar de manera semejante, colectivamente, a toda la nación musulmana y, individualmente, a cada musulmán. En aquella época, la gloria tradicional de la nobleza de linaje y el orgullo personal estaban profundamente arraigados en los árabes; entre el amo y el sirviente existía una diferencia entre lo humano y lo inhumano. Sin embargo, el segundo califa había eliminado por completo la vergüenza y la acumulación de inmundicias de todo aquello mediante el curso de las enseñanzas islámicas y de la corriente del pensamiento moral. Él mismo hacía que los pobres, los necesitados y los esclavos se sentaran a comer con él cuando tomaba sus alimentos. Dijo: «Que la maldición de Allah recaiga sobre quienes consideran vergonzoso y humillante comer junto con los esclavos, los pobres y los necesitados». En verdad, hasta hoy no puede encontrarse en la historia del mundo otro ejemplo de un gobernante tan igualitario.

En la sociedad de aquella época, los poetas y la poesía ejercían una gran influencia sobre la gente. El califa Umar había prohibido, mediante la promulgación de un decreto estatal, que los poetas compusieran poemas obscenos e injuriosos contra las personas. Prestaba especial atención a que el fuego de la envidia y del odio entre la gente no ardiera con tal intensidad que redujera a cenizas el sólido edificio de la fraternidad musulmana, y a que el pueblo no olvidara los objetivos e ideales nacionales para entregarse al confort, el esplendor, el lujo y los placeres.

En suma, había puesto especial cuidado en proteger a los musulmanes de toda forma de decadencia moral y en adornarlos con un carácter moral elevado. Nunca escatimó esfuerzos para establecer una igualdad y una fraternidad completas entre los miembros de la sociedad y despertar en ellos el sentido del honor y de la responsabilidad. También procuraba mantener siempre alertas a los gobernadores provinciales al respecto.

Sistema de administración y disciplina interna

Después de la conquista de Siria e Irán, cuando surgió la exigencia de repartir las tierras agrícolas de las regiones conquistadas entre los soldados victoriosos, el califa la rechazó. Tras un debate detallado en la sesión del Majlis de la Shura, se adoptó una decisión conforme a la opinión de Umar al-Faruq.

Durante el califato de al-Faruq se realizó el catastro de una vasta extensión de Irak, y todas las tierras cultivables de la región fueron distribuidas entre el pueblo. Se estableció un sistema para recaudar de ellos el ushr y el jaray. Se comenzó a recaudar impuestos en Siria y Egipto. La recaudación de derechos aduaneros sobre el comercio fue una decisión de iytihad del califa Umar al-Faruq, y fue durante su gobierno cuando se inició por primera vez en el sistema estatal islámico. Es evidente que esto armoniza plenamente con la ciencia económica del islam.

El segundo califa realizó un censo de todo el mundo musulmán. Durante su gobierno se establecieron tribunales ordinarios y tribunales penales propiamente dichos en los distritos. Se fijaron las normas y reglamentos necesarios para el poder judicial. Se establecieron salarios elevados para los jueces, de modo que no tuvieran el menor motivo para tolerar sobornos o cohechos. Además, se abrió entonces un departamento de fatwas para resolver diversos asuntos complejos.

Para garantizar la paz y la seguridad internas del país, estableció un cuerpo de policía. Cuando nombró y envió al venerable Abu Bakr como máximo funcionario de policía de Baréin, le dio instrucciones especiales para que, además de garantizar la paz y la seguridad, vigilara atentamente el carácter moral de la población. Se ordenó a la fuerza policial que prestara especial atención a que los comerciantes no engañaran en lo más mínimo a los compradores mediante las medidas y los pesos, que nadie construyera casas en las vías públicas, que no se impusiera una carga insoportable a los animales de carga y que no se produjeran ni se compraran o vendieran bebidas alcohólicas. En realidad, el deber fundamental de la policía era vigilar atentamente que el interés público y las disposiciones de la sharía no sufrieran el menor perjuicio y que, por el contrario, la dignidad de ambos quedara plenamente protegida.

Antes de Faruq al-Aʿzam (que Dios esté complacido con él), no existía ninguna prisión en Arabia. Él fue quien estableció por primera vez una prisión en la Noble Meca. Más tarde, también se establecieron prisiones semejantes en los centros de los distritos.

Establecimiento del Bayt al-Mal

Antes del califato de Faruq, no existía ninguna institución permanente destinada a almacenar los bienes del Estado. Todo lo que se recaudaba se gastaba inmediatamente en asuntos necesarios o en ayudar a los necesitados. Aunque Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) había destinado una casa para establecer el Bayt al-Mal, esta permanecía cerrada casi todo el tiempo; en aquel entonces no había en ella bienes que pudieran almacenarse. Cuando falleció, al registrar el Bayt al-Mal, solo se encontró en él una moneda. Probablemente en el año 15 de la hégira, Umar (que Dios esté complacido con él) comprendió por primera vez la necesidad de establecer el Bayt al-Mal y, con la aprobación del consejo de la shura, construyó a gran escala un palacio del Bayt al-Mal en Medina. Después de establecerse el Bayt al-Mal en la capital, se establecieron otros semejantes en los centros de los distritos. En cada lugar se nombró un funcionario independiente para este departamento. De los ingresos anuales de los Bayt al-Mal filiales, después de cubrir los gastos locales, todo excedente se enviaba al Bayt al-Mal central, en Medina la Resplandeciente. Estas pocas palabras bastan para hacerse una idea exacta de las responsabilidades y los gastos del Bayt al-Mal: solo los salarios y estipendios asignados a los habitantes de la capital ascendían a treinta millones de dírhams. Para llevar las cuentas del Bayt al-Mal se estableció debidamente un departamento independiente, junto con los diversos libros contables necesarios. En Arabia todavía no se utilizaba de manera organizada ningún cómputo de los años; Umar Faruq (que Dios esté complacido con él) subsanó esta carencia instituyendo el calendario de la hégira en el año 16 de la hégira.

Construcción de viviendas y obras públicas

A medida que el Estado islámico iba adquiriendo una extensión cada vez mayor, también aumentaban las obras de construcción de diversos edificios. Durante el gobierno de Umar (que Dios esté complacido con él), no existía ningún departamento independiente para llevar a cabo esta labor. A pesar de ello, bajo la responsabilidad de los gobernadores provinciales y de los funcionarios de alto rango, esta tarea continuó avanzando de manera adecuada. En cada lugar se construyeron edificios gubernamentales para alojar a los funcionarios, así como puentes, caminos y mezquitas para el bienestar y la comodidad de la población. Del mismo modo, por necesidades militares, se construyeron fortalezas, campamentos y cuarteles, y se levantaron edificios del Bayt al-Mal o de la tesorería para custodiar el tesoro estatal. La política de austeridad de Umar (que Dios esté complacido con él) en los asuntos del Estado merece una mención especial. A pesar de ello, los palacios del Bayt al-Mal generalmente se construían de forma más sólida y majestuosa.

Debido a la relación especial entre La Meca y Medina, era necesario que las comunicaciones y los desplazamientos entre ambas ciudades fueran sumamente fáciles y seguros. Umar (que Dios esté complacido con él) construyó numerosos puestos de vigilancia policial, posadas y fuentes a lo largo del extenso camino de Medina a La Meca.

Para mejorar la agricultura y aumentar la producción, el califa hizo excavar pozos o canales en todo el país y estableció un sistema adecuado de riego. Con el fin de abastecer de agua dulce a Basora, se excavó un canal desde el río Tigris. Este canal tenía una longitud aproximada de nueve millas. En este contexto, merecen especial mención el Nahr Maqal, el Nahr Mayad y el Nahr Amir al-Muʾminin.

Construcción de ciudades

Cuando los musulmanes, como una fuerza conquistadora del mundo, salieron del árido y polvoriento desierto de Arabia para entrar en el mundo exterior, quedaron cautivados por los paisajes verdes, frondosos y hermosos de otros países. Para cumplir la responsabilidad de difundir y establecer los ideales islámicos, se vieron obligados a establecerse muy lejos de la capital, Medina, con el fin de desempeñar diversas funciones oficiales en nombre del Estado islámico. Como resultado, fundaron diversas ciudades y poblaciones en los países vecinos. Durante el califato de Hazrat Umar Faruq (RA), se establecieron ciudades famosas en la historia, como Basra, Kufa, Fustat y Mosul. Al principio, solo ochocientas personas comenzaron a vivir en Basra; pero en poco tiempo el número de habitantes llegó aproximadamente a ciento veinte mil. Como centro del conocimiento y las ciencias islámicas, esta ciudad siguió siendo durante un siglo motivo de orgullo para los musulmanes. La ciudad de Kufa surgió cuando cierto gobernador árabe de Irak reconstruyó la capital. Allí se construyeron viviendas capaces de albergar a cuarenta mil personas. Por orden de Hazrat Umar (RA), sus calles fueron construidas con una anchura de cuarenta codos. La mezquita congregacional construida allí podía acoger simultáneamente a cuarenta mil musulmanes para la oración. La importancia histórica de esta ciudad como centro del conocimiento y las ciencias es universalmente reconocida.

La historia de la construcción de la ciudad de Fustat es sumamente conmovedora. Hazrat Amr ibn al-As (RA), conquistador de Egipto, estableció una base militar entre el río Nilo y el monte Muqattam. En ese momento, por casualidad, una paloma construyó un nido en su tienda. Cuando Hazrat Amr (RA) estaba a punto de abandonar aquel lugar, dejó la tienda debidamente levantada, preocupado por no perturbar de ningún modo la tranquila vida del nido de aquella visitante celestial. Con el tiempo, la ciudad de Fustat se desarrolló alrededor de aquella tienda. Un viajero del siglo IV escribió sobre esta ciudad:

Esta ciudad es el centro de Occidente que rivaliza con Bagdad y el orgullo del islam. En ninguna otra mezquita del mundo musulmán se celebran tantas reuniones para debatir sobre el conocimiento y las ciencias como en su mezquita congregacional. En su puerto marítimo permanecen anclados más barcos que en cualquier otro lugar del mundo.

La ciudad de Mosul está situada en el punto de encuentro entre Oriente y Occidente; precisamente por esta razón recibió su nombre esta ciudad construida en un entorno completamente rural. Es un ejemplo real de la transformación de una aldea remota en una gran ciudad. Por orden de Hazrat Umar (RA), allí se construyó una enorme mezquita congregacional. Después de la conquista de Alejandría, Hazrat Amr ibn al-As (RA) dejó cierto número de soldados en la costa del mar, pues existía el temor de un ataque de los enemigos romanos por vía marítima. Con el tiempo, allí se desarrolló una gran colonia.

Organización militar

Cuando el islam pasó a ser dueño de un reino aún más extenso que el Imperio romano, y los vastos reinos de César y Cosroes quedaron bajo su dominio, se volvió indispensable establecer una organización militar bien estructurada. En el año 15 de la Hégira, Hazrat Umar (RA) adoptó una política eficaz al respecto y comenzó a intentar formar a todo el mundo musulmán como una nación militar. En la primera etapa, comenzó el trabajo con los musulmanes ansar y muhajirun. A cada uno se le asignó un salario conforme a su rango. Un aspecto especialmente digno de atención en este asunto es que, cualquiera que fuese el salario asignado a una persona, se fijaba también una asignación de igual cuantía para sus esclavos.

Poco después, esta política adquirió una escala aún más amplia. Se incluyó también en ella a la gente de todas las tribus y clanes de Arabia. Finalmente, se establecieron asignaciones incluso para los niños lactantes. Esto significaba que todo niño del mundo árabe era considerado, desde el día de su nacimiento, un soldado del ejército islámico.

La atención vigilante de Hazrat Umar (RA) estaba especialmente dirigida a proporcionar entrenamiento a los soldados; incluso se difundieron decretos especiales y enfáticos para impedir que nadie de las zonas conquistadas abandonara la vida militar y se dedicara a la agricultura o al comercio. Pues, de haber ocurrido eso, existía un grave peligro de que desaparecieran la aptitud militar, el talento, la valentía y el arrojo de los muyahidines musulmanes.

Durante el gobierno del segundo califa se prestaba especial atención a la salud de los soldados; al establecer sus campamentos se tenía muy en cuenta el clima. En primavera se enviaba a los soldados a regiones verdes y frondosas. Se habían establecido centros militares en las afueras de casi todas las grandes ciudades. También se había reforzado especialmente el departamento de inteligencia militar para obtener información secreta de los campamentos enemigos. En realidad, las normas y principios militares que Hazrat Umar Faruq (que Dios esté complacido con él) estableció hace mil trescientos años no solo no han sufrido el menor cambio en sus principios fundamentales después de casi mil quinientos años, sino que hasta hoy tampoco ha sido posible añadirles nada. Las afiladas espadas de los árabes nunca estuvieron dispuestas a depender del favor de nadie para obtener la victoria; no obstante, Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) logró aplicar con especial mérito la estrategia bélica de enfrentar al bando enemigo con sus propios pueblos hermanos, una importante norma de la táctica militar. Como resultado, innumerables valientes guerreros de pueblos no árabes, romanos y griegos se incorporaron al ejército islámico y lucharon contra los miembros de sus propias naciones; este hecho permanecerá para siempre en la memoria de la historia.

La labor de propagación del islam

Hazrat Umar Faruq (que Dios esté complacido con él) llevaba a cabo con especial atención la labor de predicar y establecer la religión. Para convertir a la gente al islam, nunca empleó la espada ni el poder del Estado; más bien, intentaba hacerlos musulmanes cautivándolos y atrayéndolos mediante las características del modo de vida islámico, su incomparable belleza y su conmovedora esencia interior. Cuando invitó a su esclavo a aceptar el islam, este se negó claramente a aceptarlo. Entonces dijo: «La ikrāha fī d-dīn»: «No puede haber coacción alguna para aceptar la religión del islam».

Al encontrarse frente a un incrédulo en el campo de batalla, le ofrecía la invitación a aceptar el islam por última vez y como la oportunidad final. Pues incluso si alguien aceptaba el islam en aquel preciso momento, combatir contra él se volvía ilícito. Esta era la última tentativa de los musulmanes para evitar la guerra y el derramamiento de sangre. Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) había formado a todos los musulmanes como encarnaciones vivientes de la moral islámica. Por ello, allí por donde avanzaban, el efecto de su carácter moral y de su trato amable se hacía patente, y las gentes que buscaban la verdad, fascinadas y maravilladas, abrazaban el islam. Cuando el embajador del emperador romano llegó al campamento militar islámico y vio la vida sencilla, la franqueza y el trato generoso del comandante, aceptó espontáneamente el islam. Un hombre influyente de Egipto quedó tan impresionado al oír de boca de la gente acerca de las cualidades de los musulmanes que aceptó el islam de inmediato junto con dos mil personas.

Después de propagar el islam, la tarea más importante era educar a los propios musulmanes en las enseñanzas islámicas y establecer de manera práctica la civilización y la cultura islámicas. En esta etapa, los esfuerzos de Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) habían comenzado de manera especial desde la época del primer califa. Es universalmente conocida la iniciativa de Umar Faruq (que Dios esté complacido con él) para publicar en forma de libro el Noble Corán, fuente del islam y su único fundamento original. Al convertirse en califa, organizó con todas sus fuerzas una amplia enseñanza del Corán. Se fijaron salarios honorables para los maestros designados con este propósito. Se enviaron a Siria varios Compañeros eminentes para enseñar el Corán. Por todas partes comenzaron ampliamente los estudios coránicos, con el fin de estudiar el Noble Corán de manera completamente auténtica y exacta.

Después del Corán, en el sistema de vida islámico ocupa el lugar la sunna de los hadices. En cuanto al servicio a los hadices, tampoco tuvieron límite los sinceros esfuerzos de Hazrat Umar Faruq (que Dios esté complacido con él). Hizo registrar numerosos hadices del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), los envió a los gobernadores de las provincias y ordenó que se difundieran entre el pueblo. Además, envió a diversos Compañeros a regiones como Kufa, Basora y Siria para enseñar los hadices.

Hazrat Umar Faruq (que Dios esté complacido con él), sin embargo, observaba una cautela especial al aceptar hadices. Sabía muy bien que, aunque a juicio de los estudiosos del hadiz todos los Compañeros eran dignos de confianza y fiables, ninguno de ellos estaba por encima de las características y cualidades humanas. Por esta razón, advirtió especialmente a la gente contra la narración excesiva de hadices, y exhortó a todos los interesados a que se fijaran primero en el Corán y aceptaran los hadices después.

Después de los hadices viene el fiqh. El califa Umar (que Dios esté complacido con él) exponía personalmente cuestiones de fiqh en diversos sermones y enviaba ocasionalmente por escrito las cuestiones jurídicas necesarias a los gobernadores de regiones lejanas. Cuando surgían desacuerdos sobre algún asunto, lo presentaba ante la asamblea pública de los Compañeros y procuraba resolverlo por consenso. Al nombrar a los funcionarios superiores de los distritos, prestaba especial atención al conocimiento y la experiencia de las personas en materia de normas y leyes islámicas, y contrataba a juristas con salarios elevados para difundir ampliamente la ley islámica por todo el mundo musulmán. En resumen, durante el gobierno del segundo califa se estableció un sistema eficaz para la enseñanza y difusión generalizadas de las ciencias y los conocimientos islámicos. Durante su gobierno se construyeron mezquitas por todas las regiones y se nombraron en ellas imanes y almuédanos. Para comodidad de la gente, se amplió considerablemente el Santuario Sagrado. También se amplió mucho la Mezquita del Profeta. Cada año realizaba personalmente la peregrinación del hach y se ocupaba directamente de proporcionar toda clase de comodidades y facilidades a los peregrinos.

Obras de bienestar público general

Cuando en el año 18 de la hégira apareció en Arabia una hambruna devastadora, Umar (RA) quedó profundamente preocupado, alarmado y consternado. Durante ese tiempo, él mismo renunció a toda clase de placeres, comodidades y alimentos exquisitos. Al ver a su propio hijo comiendo fruta, el califa se enfadó y le dijo: «Todo el país está hambriento y se retuerce por los tormentos del hambre, ¿y tú estás saboreando frutas dulces y nutritivas?». El esfuerzo denodado que realizó entonces para aliviar los sufrimientos y las dificultades del pueblo ha quedado para siempre en la historia. En aquel tiempo gastó generosamente todos los bienes del Bait al-Mal e importó alimentos de todas partes para distribuirlos entre quienes padecían la hambruna. Organizó adecuadamente la lactancia y la crianza de los niños huérfanos, y procuró medios de subsistencia para los pobres y necesitados. Sin embargo, esta medida no estaba destinada en general a todos los pobres y necesitados, sino específicamente a quienes eran incapaces de ganarse el sustento; para ellos, y solo para ellos, se había establecido.

La extraordinaria política administrativa de Umar (RA) consistía en imponer un impuesto adicional sobre la cosecha de uvas, porque en aquella época constituía el alimento exclusivo de los ricos, mientras que imponía un impuesto relativamente menor sobre los dátiles, ya que eran el alimento de la población relativamente pobre y común.

Umar (RA) estaba especialmente informado incluso de los pormenores de la situación interna de las zonas remotas del país, y nada podía permanecer desconocido para él ni fuera de su vista. Incluso si en el entorno cerrado de la vida familiar de la gente surgía alguna conducta indebida contraria a la sharía, o si alguien se hallaba abrumado por el cruel golpe de la necesidad y la pobreza, tampoco eso permanecía desconocido para el califa Umar Faruq (RA). Por ello, nombró en todo el país a personas encargadas de informar y de elaborar reportes. El historiador al-Tabari escribió:

******(árabe)

Umar Faruq (RA) no permanecía ignorante de ningún asunto. Le enviaban por escrito informes detallados sobre quienes se habían rebelado en Irak y sobre quienes habían sido recompensados en Siria.

El servicio de inteligencia de Umar (RA) llegó a conocer, mediante una carta suya, los detalles de la vida secreta y lujosa de un gobernador. Al ser informado de ello, el califa lo destituyó y le escribió: «No puedo tolerar tu actual forma de vida».

La justicia y la equidad

El aspecto más notable del califato de Faruq fue su imparcialidad, su justicia recta y su equidad sin favoritismos. Durante su gobierno no podía cometerse ni un ápice de injusticia.

La histórica justicia y equidad de Faruq al-Azam (ra) no se limitaban únicamente a los musulmanes; las puertas de su justicia estaban abiertas y permanecerían eternamente abiertas también para los ciudadanos no musulmanes, como los judíos, los cristianos y los mazdeístas. Cuando Hazrat Umar (ra) vio a un anciano no musulmán pidiendo limosna y le preguntó la razón, este respondió: «Se me ha impuesto la yizya, aunque soy un hombre pobre». Hazrat Umar (ra) lo llevó a su casa, le dio cierta ayuda en efectivo y escribió al encargado del Bayt al-Mal: «Asigna una pensión a todos los pobres dhimmíes de este tipo que haya. ¡Por Allah!, no puede ser justicia que, después de que estos hayan trabajado durante su juventud, no se garantice su sustento en la vejez». En verdad, el califato de Umar Faruq (ra) constituye para siempre un brillante modelo para aliviar el sufrimiento de los seres humanos del mundo.

 

Rasgos del carácter de Hazrat Uthman (ra)

Hazrat Uthman (ra) fue el tercer califa del Califato de los Rashidun. En su carácter personal estaban plenamente presentes todas las cualidades propias de un califa rectamente guiado. Por naturaleza era casto, digno de confianza, veraz, justo, paciente y auxiliador de los pobres. A pesar de vivir en una sociedad profundamente entregada a la bebida durante la época de la Yahiliyya, nunca había probado el alcohol. La sagrada compañía del Noble Mensajero (s) hizo que su carácter moral se volviera aún más puro, limpio y resplandeciente.

En verdad, el temor de Allah es la fuente fundamental del carácter moral. De quien no siente temblar su corazón por temor de Allah no puede decirse que haya pecado alguno que sea incapaz de cometer. Hazrat Uthman (ra) permanecía siempre tembloroso y con los ojos llenos de lágrimas por temor de Allah. Al ver una tumba, se agitaba profundamente. A menudo citaba al Noble Mensajero (s) y decía: «La tumba es la primera etapa de la vida del Más Allá. Si esta etapa se atraviesa con facilidad y seguridad, cabe esperar que todas las etapas posteriores también se atraviesen fácilmente. Pero si el peligro aparece precisamente en ella, todas las etapas siguientes se volverán difíciles».

Hazrat Uthman (ra) acompañó al Noble Mensajero (s) en casi todas las guerras del islam y, en toda circunstancia, estuvo dispuesto a sacrificarse por él. También en la vida cotidiana permanecía siempre atento, vigilante y activo para aliviar las penas y dificultades del Noble Mensajero (s). Se mostraba sumamente cuidadoso al expresarle su respeto, devoción y honor personales. La mano con la que había tocado la mano del Noble Mensajero (s) al prestar la bay’a al islam nunca permitió que se manchara ni siquiera con una mínima impureza. Durante su califato, dispuso debidamente lo necesario para atender las necesidades de la familia del Noble Mensajero (s), a fin de que no tuviera que afrontar ninguna privación ni dificultad.

La consecuencia inevitable de su devoción y profundo respeto sinceros, de su amor lleno de entrega y de su afecto genuino por el Noble Mensajero (s) era que se esforzaba con todas sus fuerzas por seguirlo en cada asunto, grande o pequeño. No escatimaba esfuerzos para imitar exactamente al Noble Mensajero (s) incluso en sus palabras, actos y movimientos cotidianos. Tal como había visto al Noble Mensajero (s) realizar la ablución, rezar y tratar a los difuntos, él también realizaba exactamente esas acciones de la misma manera. Si veía a alguien hacer algo en contra de la sunnah del Noble Mensajero (s) o de una forma distinta, inmediatamente lo objetaba y preguntaba al interesado: «¿Acaso no viste con tus propios ojos al Noble Mensajero (s) hacer esto?». En verdad, esta imitación literal del Noble Mensajero (s) era una de sus principales características como sahabí idealista.

La modestia y la humildad eran una cualidad particularmente destacada de Hazrat Uthman (ra). Los historiadores y los autores de biografías han mencionado su modestia concediéndole una importancia especial. Se ha relatado que el propio Noble Mensajero (s) también concedía un honor especial a esta modestia suya.

Hazrat Uthman (ra), debido a su timidez natural, a la debilidad propia de la vejez y a haber sido criado en una familia de ilimitada comodidad y bienestar, estaba acostumbrado a vestir buenas prendas y a consumir alimentos excelentes. No poseía, como Hazrat Umar Faruq (ra), resistencia al sufrimiento ni dureza natural. Pero no hay razón alguna para pensar que, por ello, llevara una vida de ostentación y lujos. La verdad es que, aunque era dueño de una inmensa riqueza, nunca adoptó en lo más mínimo un nivel de vida propio de un rico. Por eso, la vida de lujo y ostentación le resultaba sumamente desagradable.

Era, por naturaleza, sumamente humilde y carente de orgullo. A pesar de que muchas personas estaban empleadas para atender los asuntos de su familia, él realizaba personalmente todas sus tareas y no sentía por ello vergüenza ni humillación alguna. En su vida privada no sabía qué era la tacañería. Era la persona más acaudalada de Arabia en aquella época. Por ello, la generosidad constituía el principal adorno de su carácter. Gastaba sus riquezas no en procurarse comodidad y bienestar, sino exclusivamente en el bienestar general de la gente. En la sociedad de aquel tiempo, nadie podía igualarlo en cuanto a la cantidad de sus riquezas gastada en la causa del islam.

Todos los pozos de agua de Medina eran salobres. Solo de un pozo llamado «Ruma» se obtenía agua dulce; pero su propietario era un judío. Con el propósito de satisfacer las necesidades de la población, Hazrat Uthman (ra) compró dicho pozo por veinte mil dírhams y lo constituyó como waqf para el público. Cuando, debido al rápido aumento del número de musulmanes en la ciudad, se hizo indispensable ampliar la Mezquita del Profeta, realizó este trabajo esencial gastando una enorme suma de dinero. Del mismo modo, durante la batalla de Tabuk, gastó dinero de sus propios fondos para armar y organizar a mil muyahidines. Entretanto, la indigencia y la pobreza de los musulmanes de aquel tiempo los afligían y preocupaban cruelmente. En una palabra, puede decirse que Uthman (ra) era una persona de generosidad incomparable. Aunque se trataba de riquezas de propiedad privada, bajo su administración fueron gastadas ampliamente en beneficio del pueblo en general. La ostentación capitalista y lujosa, así como la mancha de la explotación y la opresión, no pudieron contaminar en lo más mínimo su propiedad privada.1 {El paradigma de la generosidad: En materia de benevolencia o generosidad, Hazrat Uthman (ra) tenía una prodigalidad increíble. Cada uno de los episodios de sus donaciones y limosnas parecía sacado de un cuento de hadas. Cierta vez, un hombre necesitado acudió a Hazrat Uthman (ra) esperando recibir ayuda. Cuando el hombre llegó cerca de la casa de Hazrat Uthman (ra), lo encontró (a Uthman) absorto, recogiendo grano tras grano de mostaza del suelo. Al contemplar aquella escena, el visitante quedó profundamente decepcionado. Considerando a Uthman (ra) un avaro miserable, se dispuso a marcharse. De pronto, Uthman (ra) vio al visitante. Lo llamó, le pidió que se acercara y le preguntó por qué se iba de aquella manera. El hombre le contó todo lo sucedido de principio a fin. Al escuchar sus palabras, Uthman (ra) esbozó una leve sonrisa. Casualmente, en ese momento llegaron y se detuvieron allí siete camellos cargados de mercancías. Uthman (ra) entregó al visitante los camellos junto con todas las mercancías. El hombre quedó completamente atónito y comenzó a expresar una y otra vez su arrepentimiento por la mala opinión que había tenido de Uthman (ra).—El editor}

Hazrat Uthman (ra) era la encarnación de la paciencia y la tolerancia. Por grandes y graves que fueran las penas, las dificultades y las calamidades, las hacía pedazos con las afiladas armas de la paciencia, la perseverancia y la tolerancia, y permanecía firme como una montaña frente a toda adversidad.

Su modo de vida era sumamente ordenado, moderado y sobrio. Aunque durante el día estaba profundamente ocupado cumpliendo las responsabilidades del califato, pasaba la mayor parte de la noche absorto en la oración y la devoción espiritual. Muchas veces permanecía despierto toda la noche y recitaba el Corán completo en una sola rak‘a. Este tipo de acontecimiento ocurrió muchas veces en su vida. Hazrat Uthman (ra) fue uno de los pocos compañeros que habían aprendido a leer y escribir en la época de la ignorancia, antes del islam. El propio Noble Profeta (s) reconoció y elogió su capacidad y competencia en esta labor. Por ello, fue designado, junto con otros, para escribir la revelación. Cada vez que descendía una revelación sobre el Noble Mensajero de Allah (s), se tomaban medidas adecuadas y fiables para dejarla por escrito. Hazrat Uthman (ra) tenía una especial maestría en esta tarea.

Sin embargo, aunque era competente en la escritura, no tenía tanta capacidad para los discursos y la oratoria. Después de ser elegido califa, subió por primera vez al mimbar, pero, en lugar de pronunciar un discurso formal, se limitó a decir:

Mis dos califas predecesores, Abu Bakr y Umar (ra), venían preparados de antemano. Yo también vendré preparado en el futuro. Pero considero que vosotros necesitáis más un imán (líder) competente en la acción que un imán capaz de pronunciar discursos.

Después de decir estas pocas palabras, descendió del mimbar. Naturalmente, después de eso pronunció discursos y alocuciones en distintas ocasiones, según lo exigía la necesidad, y en ellos también quedó suficientemente demostrada su capacidad. Sus discursos eran muy breves, profundos en conocimiento y de gran calidad.

En un hadiz narrado por Hazrat Uzmán (RA) se dice: «Leer y enseñar el Noble Corán es una obra de mérito sumamente excelente». Él mismo actuó conforme a este hadiz hasta los últimos momentos de su vida. Probablemente por esta razón pasaba la mayor parte de su tiempo recitando el Noble Corán. También era hafiz del Corán completo. Mantenía una profunda relación de corazón con el Corán. Incluso en los últimos momentos de su vida, cuando los rebeldes armados lo habían rodeado por todos lados, se apartó de todo lo demás y se sumergió en la recitación del Corán con profunda concentración.

Como había sido escriba de la revelación, poseía una incomparable pericia en el conocimiento relacionado con el Corán. Demostró especial habilidad y agudeza mental al presentar pruebas tomadas del Corán sobre diversos asuntos complejos y al extraer de él las disposiciones de la sharía. Su contribución a la protección del Noble Corán frente a las conspiraciones de sus opositores permanecerá eternamente imborrable. Al narrar hadices, observaba una cautela mayor que la de los demás compañeros. Por esta razón, solo narró 146 hadices del Noble Mensajero (SAW). Naturalmente, esta cautela era en gran medida una cuestión personal; surgía de su gusto y perspectiva individuales. Por ello, aunque todos fueran compañeros del mismo Profeta, existía una enorme diferencia entre ellos en cuanto al número de hadices narrados, y esto era completamente natural.

Aunque Hazrat Uzmán (RA) no figuraba entre los grandes muytáhides como Hazrat Abu Bakr (RA), Hazrat Umar Faruq (RA) y Hazrat Alí (RA), realizó iytihad en numerosos asuntos de la sharía. Estos iytihad, así como diversas conciliaciones y veredictos, han sido mencionados en las obras islámicas. Su conocimiento en diversos campos era incomparable. Cada año realizaba personalmente el hayy y desempeñaba la responsabilidad de amir del hayy. Incluso después de asumir el califato, nunca dejó de realizar el hayy ni una sola vez. Las opiniones y decisiones judiciales que emitió en distintas ocasiones sobre asuntos de la sharía seguirán siendo para siempre un patrimonio sumamente valioso desde la perspectiva de la interpretación práctica de la ley islámica. En diversas cuestiones de iytihad discrepó con otros compañeros. Sin embargo, permanecía firme en las opiniones que emitía basándose en el Corán, los hadices y la razón, debido a su sólida confianza en sí mismo. Como Hazrat Uzmán (RA) era un comerciante próspero y exitoso, poseía una especial competencia en aritmética. Por ello, su dominio de la ciencia de la distribución de herencias, conocida como ilm al-faraid, era universalmente reconocido. Debe reconocerse también su contribución, junto con la de Hazrat Zayd ibn Zabit (RA), a la formulación de los principios fundamentales de esta ciencia. Los compañeros consideraban que, si no se establecía correctamente esta disciplina antes de la desaparición de estos dos expertos en la ciencia de las herencias, dicha ciencia desaparecería por completo.

 

El califato de Hazrat Uzmán (RA)

Cuando Hazrat Uzmán (RA) tenía treinta y cuatro años, comenzó en la ciudad de La Meca la predicación de la religión del islam. A la luz de las normas y costumbres sociales, las prácticas y conductas, y la perspectiva religiosa de los árabes de aquella época, la invitación al tawhid le resultó al principio completamente desconocida. A pesar de ello, debido a su pureza personal, su búsqueda de la verdad y su sentido de la justicia, se preparó para aceptar la invitación a la religión del islam.

La aceptación del islam

Hazrat Abu Bakr (RA) aceptó el islam en la primera etapa misma de la misión profética. Inmediatamente después se dedicó a la propagación del islam. Primero comenzó a transmitir la invitación islámica entre sus amigos y conocidos. Mantenía una relación estrecha y se conocía con Hazrat Uzmán (RA). Un día le expuso la invitación islámica. Después de escuchar todo, Hazrat Uzmán (RA) sintió una intensa atracción hacia esta gran verdad y se dispuso a presentarse ante el Noble Profeta (SAW) para aceptar el islam. Cuando se encontró con el Noble Profeta (SAW) en el camino, este también invitó a Uzmán a aceptar el islam con palabras conmovedoras. En relación con este acontecimiento, Hazrat Uzmán (RA) dijo: «En cuanto escuché aquellas palabras pronunciadas por el Noble Mensajero (SAW), mi corazón se estremeció intensamente. Entonces, espontáneamente, comencé a recitar la fórmula de la shahada y acepté el islam estrechando mi mano con la del Noble Mensajero (SAW)».

Hazrat Uzmán (RA) pertenecía a una de las familias más poderosas de La Meca, la familia omeya. Toda esa familia era una rival acérrima y adversaria del clan del Noble Mensajero (SAW), los Banu Hashim. Los omeyas estaban especialmente atemorizados por el éxito y las victorias crecientes del Noble Mensajero (SAW), pues existía un fuerte temor de que, como consecuencia de ello, todo el liderazgo y la preeminencia pasaran de manos de los omeyas a las de los Banu Hashim. En la sociedad tribal de aquella época, solo quienes conocen la religión y el carácter del tribalismo pueden comprender fácilmente cuán terrible era este asunto. Pero el espejo del corazón de Hazrat Uzmán (RA) estaba limpio y libre de la impureza y las manchas del odio familiar y tribal; por eso, pese a todos los obstáculos y dificultades, no le resultó imposible aceptar el islam. Cuando aceptó el islam, el número total de musulmanes era apenas de treinta y cinco o treinta y seis.

Después de que él abrazó el islam, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), por iniciativa propia, celebró el matrimonio de su hija, Hazrat Ruqayya (que Allah esté complacido con ella), con Hazrat Uthman (que Allah esté complacido con él).

La Hégira

Al ver la expansión progresiva y el creciente poder del islam en la ciudad de La Meca, la sociedad de los politeístas se llenó de preocupación y consternación. Su ira y descontento fueron aumentando cada vez más. Como consecuencia, Hazrat Uthman (que Allah esté complacido con él), pese a sus virtudes personales y a su honor y prestigio de linaje, se vio obligado a soportar torturas inhumanas por causa del islam. Para obligarlo a renunciar al islam, su tío lo ataba personalmente y lo golpeaba cruelmente. Nadie de entre sus parientes estuvo dispuesto a adelantarse para rescatarlo de aquella situación. La intensidad de las torturas que sufría fue aumentando gradualmente. Finalmente, se hicieron insoportables para Hazrat Uthman (que Allah esté complacido con él). Por último, siguiendo la indicación del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), emprendió la Hégira con su familia hacia Abisinia (Etiopía), acompañado de una caravana. Únicamente por la verdadera religión y el verdadero ideal, aquella caravana abandonó a sus compatriotas y partió hacia un destino desconocido.

Durante mucho tiempo después de que partieron rumbo a Abisinia, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no pudo recibir ninguna noticia sobre ellos. Por ello se encontraba sumamente preocupado y angustiado. Cuando, al cabo de unos días, recibió la noticia de que habían llegado a su destino, exclamó espontáneamente:

******* (árabe)

«De entre esta comunidad, Uthman fue la primera persona que emigró con toda su familia».

Hazrat Uthman (que Allah esté complacido con él) permaneció varios años en Abisinia. Poco después de su regreso de allí, se completaron los preparativos para emigrar a Medina. Entonces Uthman (que Allah esté complacido con él) también se trasladó a Medina con toda su familia. Hazrat Uthman (que Allah esté complacido con él) se vio obligado a abstenerse, debido a las circunstancias, de participar en la batalla de Badr, el primer enfrentamiento entre el islam y la incredulidad. Durante aquella batalla, su esposa, Ruqayya (que Allah esté complacido con ella), hija del Noble Profeta, cayó gravemente enferma. Por ello, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no le permitió ir a la batalla y le ordenó que se encargara de cuidar y atender a la enferma. Sin embargo, pasó toda su vida abrumado por aquella aflicción. Nunca pudo olvidar, ni siquiera por un instante, el dolor de no haber podido participar en la primera batalla del islam.

Pero en todas las batallas que tuvieron lugar después de aquella, acompañó al Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) con pleno valor y bravura. En el sexto año de la Hégira, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) partió hacia La Meca con sus compañeros, con el propósito de visitar la Kaaba. Cuando la caravana fue detenida en un lugar llamado Hudaybiyya, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió a Uthman (que Allah esté complacido con él) a La Meca como embajador, encargándole hablar con los politeístas incrédulos. En La Meca, los politeístas incrédulos lo sitiaron. Como durante varios días no se recibió ninguna noticia sobre él, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y los musulmanes se sintieron profundamente preocupados. Entonces se difundió por todas partes el rumor de que Hazrat Uthman (que Allah esté complacido con él) había sido martirizado. En cuanto escuchó esta noticia, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) tomó el juramento de fidelidad a los mil cuatrocientos compañeros que lo acompañaban, con el propósito de vengar aquel hecho. En la historia del islam, este acontecimiento es conocido como la «Bay‘at al-Ridwan», el compromiso de sacrificio supremo por alcanzar la complacencia de Allah, y ha quedado inscrito con letras de oro.

Elección como califa

Después de Hazrat Abu Bakr Siddiq (RA), Hazrat Umar Farooq (RA) desempeñó durante diez largos años la responsabilidad del califato islámico. Cuando resultó herido por la puñalada de un asesino desconocido, al final de su vida constituyó una junta de seis miembros para elegir al califa siguiente. Hazrat Ali, Hazrat Uthman, Hazrat Zubair, Hazrat Talha, Hazrat Saad, Hazrat Saad ibn Aqqas y Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf (RA) fueron los honorables miembros de esta junta. También se ordenó a la junta completar la elección del califa en un plazo de tres días. Una vez concluidos el amortajamiento y el entierro de Hazrat Umar Farooq (RA), se prestó atención a la elección del califa. Durante dos días se ocuparon en conversaciones y deliberaciones sobre el asunto, intercambio de opiniones, consulta de la opinión pública y otras tareas semejantes. Al tercer día, por propuesta de Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf (RA), Hazrat Uthman (RA) fue elegido califa. Entre los compañeros del Profeta reunidos, Hazrat Ali (RA) fue el primero en prestar la bay’a a su mano. Después, la gente presente se abalanzó para prestar la bay’a. Así, el día 4 del mes de Muharram del año 24 de la Hégira, por consenso general, Hazrat Uthman (RA) fue investido como califa y asumió la administración del califato rashidun.

Desempeño de la responsabilidad del califato

Durante su califato, Hazrat Umar Farooq (RA) conquistó Siria, Egipto y Persia y los incorporó al Estado islámico organizado. Además, introdujo un reglamento administrativo para el gobierno, el orden y la administración. Por ello, para Hazrat Uthman (RA) resultó relativamente fácil desempeñar la responsabilidad del califato. En esta tarea siguió simultáneamente la flexibilidad, la dulzura y la compasión de Hazrat Siddiq, así como la competencia administrativa, la prudencia y la firmeza de Hazrat Umar Farooq (RA). Durante un año mantuvo sin cambios el sistema administrativo anterior. Conforme a la decisión del califa precedente, nombró a Hazrat Saad ibn Aqqas (RA) gobernador de Kufa. Este fue el primer nombramiento realizado por el califa Hazrat Uthman (RA). Sin embargo, posteriormente, en el año 26 de la Hégira, también lo destituyó.

Durante el primer año del califato de Uthman, Trípoli, Argelia y Marruecos fueron conquistados. Como consecuencia, se abrió el camino para el avance de los musulmanes hacia España. Durante el califato de Hazrat Umar Farooq (RA) ya se habían llevado a cabo varias expediciones militares contra Chipre. En el año 28 de la Hégira, bajo el liderazgo de Hazrat Amir Muawiya, se izó la bandera de la victoria musulmana sobre esta importante isla situada en el mar Mediterráneo. Así, durante el califato de Hazrat Uthman (RA), el territorio del Estado islámico se amplió y extendió enormemente. En esa época se estableció el gobierno del califato islámico en Kabul, Hira, Sistán y Nishapur.

Los primeros seis años del duodécimo año del califato de Hazrat Uthman (RA) transcurrieron en completa paz, orden y regularidad. Una vasta región formada por numerosos países quedó incorporada al califato islámico. Los ingresos del bait al-mal aumentaron enormemente. El extraordinario desarrollo de la agricultura, el comercio y la administración trajo una prosperidad sin precedentes a la vida del pueblo. Una contribución destacada del califato de Hazrat Uthman (RA) fue fortalecer progresivamente el sistema administrativo del vasto imperio del islam y, mediante una inteligencia aguda, una gestión impecable y una política de gobierno acertada, sofocar la actitud y las actividades rebeldes de los pueblos conquistados y establecer una vida pacífica.

Como califa, Hazrat Uthman (RA) tuvo que sofocar numerosas rebeliones. Durante su gobierno se alzó en Egipto el estandarte de la rebelión; los habitantes de las regiones de Armenia y Azerbaiyán dejaron de pagar el jarach, y los habitantes de Jorasán también levantaron la cabeza en rebelión. Estas rebeliones fueron el resultado de la explosión de los vapores venenosos del odio y el deseo de venganza que ardían en el corazón de los pueblos conquistados. Sin embargo, Hazrat Uthman (RA) logró sofocarlas con especial cautela y prudencia. Gracias a una política que combinaba firmeza y suavidad, los habitantes de todas estas regiones aceptaron la obediencia al califato islámico.

Las campañas de conquista marítima fueron una contribución especial del califato de Hazrat Uthman (RA). Debido a la política de precaución de Hazrat Umar (RA), durante su época no había sido posible comenzar a enviar a los musulmanes en expediciones por las peligrosas rutas marítimas. Pero la audacia de Hazrat Uthman (RA) hizo posible superar fácilmente el temor al peligro. Como resultado de su impecable estrategia militar, la enorme flota naval del emperador romano, compuesta por quinientos buques de guerra, fue obligada a sufrir una derrota decisiva.

Método de gobierno del Califato Rashidun

El método de gobierno del Califato Rashidun comenzó como un sistema estatal basado en la consulta. Hazrat Umar Faruq (ra) hizo este sistema aún más firme y organizado. Hazrat Uthman (ra) también lo mantuvo durante la primera parte de su califato. Sin embargo, en la etapa final, la rebelión de los Banu Umayya provocó muchos desórdenes en él. Hazrat Uthman continuó esforzándose al máximo para impedirlos y, con ese propósito, aceptaba sin vacilar cualquier consejo beneficioso que le ofrecieran las personas responsables.

Cabe señalar que, en el sistema estatal del Califato, toda persona gozaba del derecho absoluto a proteger sus derechos fundamentales y a criticar públicamente las políticas y actuaciones de los gobernantes. Ni siquiera al propio califa se le había otorgado autoridad para privarla de ese derecho en lo más mínimo. Es innegable que, hacia el final del califato de Hazrat Uthman (ra), el sistema basado en la consulta había comenzado a resquebrajarse un tanto. A pesar de ello, no se permitió que los derechos del pueblo fueran menoscabados en lo más mínimo.

En materia de administración interna, quienes ocupan cargos de responsabilidad en el gobierno suelen estar más capacitados que las personas irresponsables para expresar opiniones mejores y más acertadas. Por esta razón, incluso en la actualidad se crean órganos consultivos de este tipo en diversos países civilizados y desarrollados. Hazrat Uthman (ra), al percibir esta necesidad hace mil cuatrocientos años, estableció una asamblea consultiva de este tipo, integrada por funcionarios gubernamentales responsables. Por lo general, se solicitaban propuestas escritas a los miembros de este órgano. Cuando por primera vez aparecieron desórdenes y trastornos en la administración y el mantenimiento del orden en la región de Kufa, se solicitaron propuestas escritas a los miembros de la asamblea con el propósito de erradicarlos. También en la capital central se convocaban ocasionalmente sesiones de este tipo de asamblea. En el año 24 de la Hégira se celebró en la capital una sesión de esta asamblea con el propósito de reformar y mejorar la situación general de todo el país; a ella asistió la mayoría de los funcionarios responsables capaces de expresar opiniones en este nivel.

Para hacer más activa y firme la administración, era sumamente necesario dividir y reorganizar todo el país en provincias y distritos. Hazrat Umar Faruq (ra) había dividido toda la región de Siria en tres provincias distintas: Damasco, Jordania y Palestina. Hazrat Uthman (ra) puso todas esas regiones bajo un solo gobernador y las convirtió en una enorme y extensa provincia. Esta reorganización provincial resultó muy eficaz desde el punto de vista del gobierno y del mantenimiento del orden. Al final, cuando todo el país se había convertido en escenario de desorden y anarquía, los distritos vinculados con Siria permanecieron completamente libres de aquella calamidad.

Hazrat Uthman (ra) creó un nuevo cargo de comandante militar. Hasta entonces, el gobernador provincial era también responsable de comandar el ejército estacionado en la región correspondiente. Era inevitable que esto ocasionara grandes dificultades en el desempeño de las funciones.

En el método de gobierno del Califato Rashidun, el califa es el jefe del Estado. Está investido de la máxima autoridad en la administración. Una de las tareas principales y más importantes del califa es vigilar atentamente a todos los gobernantes y funcionarios administrativos subordinados. Hazrat Uthman (ra) era por naturaleza una persona compasiva y de carácter apacible. En el ámbito personal, era la encarnación misma de la paciencia, la tolerancia, el perdón y la perseverancia. Pero en lo relativo al gobierno del país y al correcto cumplimiento de los asuntos del Estado, era sumamente estricto e implacable. Interrogar a los funcionarios, investigar sus actividades y, cuando se detectaban faltas, corregirlas con mano firme constituían su política habitual. Si en este ámbito se descubría una falta semejante incluso en un funcionario respetado, no dudaba ni por un instante en destituirlo. A sus ojos, el despilfarro y la malversación de los bienes del Bait al-Mal, así como la vida lujosa de los gobernantes, eran delitos imperdonables.

Hazrat Uthman (ra) creó un «comité central de investigación» con el propósito de controlar la maquinaria administrativa del país y corregir sus defectos, y lo enviaba por todas partes fuera de la capital. El comité recorría toda la región, observando directamente las actividades de los funcionarios administrativos y la situación de la población. Además, con el fin de informarse de primera mano sobre la situación general del país, Hazrat Uthman (ra), los viernes, antes de comenzar el sermón desde el mimbar, preguntaba a la gente presente por la situación de las distintas regiones del país. Escuchaba con especial atención lo que decían. Asimismo, se había anunciado públicamente a todos los habitantes del país que, si alguien tenía alguna queja contra un administrador, debía presentarla ante el califa durante el Hayy. Esto se debía a que, en ese momento, todos los funcionarios responsables del Califato islámico estaban obligados a presentarse en La Meca. De este modo, durante el califato de Hazrat Uthman (ra) funcionaba un sistema ordenado para escuchar personalmente las quejas de la gente y proporcionarles reparación.

Cabe señalar que Hazrat Umar Faruq (ra) no introdujo ningún cambio en la administración general, el sistema de gobierno y disciplina, ni en las instituciones establecidas por él en los distintos departamentos gubernamentales. Por el contrario, Hazrat Uzman (ra) las hizo aún más organizadas y sólidas. Como consecuencia, se logró un progreso notable en la recaudación de impuestos. Además, la cantidad recaudada en las nuevas regiones conquistadas aumentó muchas veces. Por ello, los fondos destinados a los gastos del Bait al-Mal se enriquecieron considerablemente respecto al pasado, y se distribuyeron grandes sumas entre la población en forma de becas y subsidios. Durante el califato de Hazrat Uzman (ra), cuanto más se expandía el territorio del califato, mayor era la amplitud de las obras de desarrollo y reconstrucción. En ese período se construyeron numerosos edificios para las distintas oficinas de los gobiernos provinciales. Paralelamente, continuaron a gran escala las obras de construcción de caminos, puentes y mezquitas. También se establecieron numerosas hospederías públicas para los viajeros de largas distancias.

Era absolutamente indispensable hacer más accesibles y cómodos todos los caminos de acceso a la capital, a fin de asegurar el buen funcionamiento de la administración y facilitar el tránsito de la población. Hazrat Uzman (ra) tomó las medidas pertinentes para ello. Además, por iniciativa suya se establecieron puestos de policía en el camino entre Medina y Nayad, y se cavaron pozos para obtener agua dulce. De vez en cuando, las aguas de las inundaciones procedentes de la región de Jaibar llegaban a Medina y la anegaban y sumergían. Como resultado, los habitantes de la ciudad sufrían graves perjuicios. Incluso existía el temor de que, por esa causa, la Mezquita del Profeta se derrumbara. Por este motivo, Hazrat Uzman (ra) hizo construir una enorme presa cerca de Medina. Desde la perspectiva del bienestar público, esta presa de «Mahzur», construida por Hazrat Uzman (ra), fue una de sus contribuciones destacadas.

La participación de Hazrat Uzman (ra) en la ampliación y reconstrucción de la Mezquita del Profeta fue muy amplia y competente. En tiempos del Noble Profeta (s), compró los terrenos contiguos con este propósito y los donó como waqf para la mezquita; además, durante su propio califato, volvió a realizar esta obra. En aquel momento surgió una necesidad especial de ampliar la mezquita; pero los propietarios y habitantes de las casas vecinas no estaban dispuestos de ningún modo a ello, por temor a verse privados de la proximidad de la mezquita. Hazrat Uzman (ra) continuó esforzándose sin cesar para convencerlos y obtener su consentimiento. Así transcurrieron cinco largos años. No estaba dispuesto a adquirir los terrenos mediante ningún tipo de coacción ni con ayuda del aparato administrativo. En el año 29 de la Hégira, se consultó especialmente a los Compañeros sobre este asunto. Después de ello, Hazrat Uzman (ra) pronunció un discurso ante la gente el viernes de la oración del viernes, con una voz profundamente emotiva. En su discurso explicó especialmente el problema causado por el aumento del número de orantes y la estrechez de la mezquita. Tras escuchar el discurso, la gente se mostró dispuesta, con alegría y espontáneamente, a ceder sus casas.

Hazrat Uzman (ra) mejoró y amplió aún más la organización que Hazrat Umar Faruq (ra) había establecido para el departamento militar. Fue él quien, por primera vez, separó el departamento militar del departamento administrativo y lo constituyó como una entidad independiente. Por iniciativa suya, en cada centro importante las fuerzas militares quedaron bajo la autoridad de un oficial militar especial. De este modo, se estableció un sistema eficaz para atender con gran rapidez cualquier necesidad de enviar tropas a lugares remotos. En ese período también se establecieron bases militares en las regiones de Trípoli, Chipre, Tabaristán y Armenia.

Durante el califato de Hazrat Uzman (ra), se concedió especial importancia a la cría y conservación de caballos y camellos. Con este propósito, se crearon vastas zonas de pastoreo en todo el territorio bajo su gobierno. También se prepararon numerosas zonas de pastoreo en los alrededores de la capital y se dispuso agua cerca de ellas.

La labor de propagación de la religión

El califa es, en esencia, el sucesor y representante del Noble Profeta (s), y el responsable de cumplir todas las responsabilidades colectivas. Su principal deber es servir debidamente a la religión y difundirla ampliamente. Hazrat Uzman (ra) permanecía siempre atento a esta responsabilidad y era especialmente cumplidor de sus deberes. A los no musulmanes que eran capturados y llevados tras participar directamente en la yihad, él mismo les explicaba la religión, les mostraba su belleza y los invitaba a aceptar el Islam. Como resultado, cientos de personas tuvieron la gran oportunidad de abrazar el Islam e incorporarse a la sociedad musulmana.

Además de difundir el Islam entre los no creyentes, también tomó amplias medidas para la educación y formación religiosa de la propia población musulmana. Él mismo informaba al pueblo sobre las cuestiones religiosas urgentes. Cuando el mandato religioso sobre algún asunto no le resultaba claro, consultaba a otros Compañeros expertos, actuaba conforme a ello e instruía también a la gente a seguirlo. En este asunto no daba cabida a ningún tipo de duda o vacilación.

Cuando la necesidad lo exigía, el hazrat Uzmán (ra) no dudaba en introducir nuevas disposiciones basadas en los principios fundamentales del Islam. Cuando la población de Medina aumentó enormemente, se consideró que un solo llamado a la oración del viernes, realizado dentro de la mezquita frente al imam, ya no era suficiente. Por ello, instituyó la práctica de realizar otro llamado a la oración del viernes antes de este, desde un lugar elevado.

En esta etapa, la mayor contribución del hazrat Uzmán (ra) fue una iniciativa incomparable para proteger para siempre el Noble Corán de toda clase de divergencias y alteraciones. En las campañas de Armenia y Azerbaiyán se habían reunido muyahidines de Egipto, Siria, Irak y otras regiones. La mayoría de ellos eran neomusulmanes, de origen no árabe y no dominaban la lengua árabe. El hazrat Hudhaifa ibn al-Yamán (ra) también participó en esta yihad. Él mismo observó diferencias y discrepancias sumamente graves en la forma y el modo en que los muyahidines musulmanes participantes en ambas campañas recitaban el Corán. Se comprobó que los habitantes de cada región recitaban el Corán según su propio criterio y consideraban esa forma y modo como la única manera correcta de recitarlo. Al terminar la guerra, se presentó en Medina ante el califa, el hazrat Uzmán (ra), y le expuso detalladamente todo el asunto. Expresó su profunda preocupación y dijo que, si no se eliminaban de inmediato por completo aquellas divergencias y diferencias y no se establecía una recitación del Corán en una forma y modo unificados, la sociedad musulmana acabaría provocando, respecto al Libro de Alá, múltiples divisiones y disputas, al igual que los cristianos romanos. Al llamar la atención del hazrat Uzaifa (ra), el hazrat Uzmán (ra) comprendió claramente la urgencia de la cuestión. Hizo traer de la residencia de la Madre de los Creyentes, la hazrat Hafsa (ra), el ejemplar original del Noble Corán; luego hizo preparar numerosas copias de él por el hazrat Zaid ibn Zabit (ra), el hazrat Abdulá ibn Zubair (ra) y el hazrat Saad ibn al-As (ra), y las envió a diversas regiones musulmanas, ordenando a todo el pueblo que adoptara y siguiera aquel texto como la versión definitiva del Noble Corán. Al mismo tiempo, hizo destruir todas las copias del Corán que la gente había transcrito individualmente.

En verdad, si el hazrat Uzmán (ra) no hubiera tomado esta medida, no cabe la menor duda de que los seguidores de la Torá, el Evangelio y los demás Libros celestiales, que se habían sumido en graves divergencias y discrepancias respecto a ellos, habrían llevado también a la comunidad del último Profeta a semejante división y discrepancia, y el Noble Corán habría sufrido igualmente una suerte parecida. Por ello, esta gran obra del hazrat Uzmán (ra) quedará escrita para siempre con letras de oro en la historia del Islam.

 

Vida y rasgos de carácter del hazrat Alí (ra)

Vida temprana

El hazrat Alí (ra) era primo hermano del Profeta universal, el hazrat Muhammad (s). En el año en que el Noble Profeta (s) recibió la profecía, el hazrat Alí tenía apenas diez años. Su padre, Abu Talib, era padre de numerosos hijos. Debido a las dificultades económicas y a la situación provocada por la hambruna, se encontraba encorvado bajo la insoportable carga de la pobreza. Al ver esta situación, el Noble Profeta (s) consultó con su otro tío, el hazrat Abbas (ra), sobre cómo aliviar la penosa carga de Abu Talib. El Noble Profeta (s) le dijo: «Debemos compartir por igual la pobreza y las aflicciones de nuestro tío». Conforme a este consejo, el hazrat Abbas (ra) asumió la responsabilidad de criar a Yafar, hijo de Abu Talib, y el Noble Profeta (s) tomó personalmente sobre sus hombros toda la responsabilidad de criar al hazrat Alí.

En verdad, la contribución de Abu Talib al Noble Profeta (s) fue única. Era el jefe de los Banu Hashim, y la preeminencia, influencia y autoridad de los Banu Hashim sobre todas las tribus de Quraysh eran extraordinarias. El servicio y mantenimiento de la Casa de la Kaaba, así como todas las responsabilidades relacionadas con ella, estaban encomendados a los Banu Hashim. Por esta razón, la preeminencia y el liderazgo de Abu Talib estaban establecidos como una institución permanente en la sociedad árabe de aquella época. El liderazgo religioso de toda Arabia estaba vinculado a esta familia. El Noble Profeta (s) había quedado huérfano antes de nacer. Por ello, poco después de su nacimiento fue criado en el afectuoso regazo de su tío Abu Talib y llegó a la juventud. Tras recibir la profecía, se dedicó a propagar la invitación al tawhid gracias al firme apoyo y la protección de este último. Después, Abu Talib ofreció su pecho ante cada golpe de persecución y opresión procedente de las fuerzas de la incredulidad, y así protegió a su sobrino frente a los ataques de los incrédulos. Debido a este apoyo y patrocinio suyo, los mushrikes de Quraysh se entregaron a una hostilidad extrema contra todo el clan de Abu Talib y lo sometieron, por todos los medios posibles, a injusticias, torturas y persecuciones. Una forma culminante de su opresión y violencia se manifestó cuando todos los mushrikes de La Meca decidieron colectivamente romper toda relación con esta familia y, finalmente, esta se vio obligada a refugiarse en una cueva de la montaña. Pero Abu Talib, jefe y líder de esta familia defensora de la verdad, sin dejarse abatir en lo más mínimo, soportó en silencio toda clase de oposición y persecución.

Aceptación del Islam

Este hijo de Abu Talib, Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él), llegó a ser conocido desde su infancia como compañero y allegado del Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda la paz). Por ello, después de recibir la profecía, tuvo la oportunidad de presenciar con sus propios ojos las asombrosas escenas de transformación que se produjeron en la vida del Noble Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda la paz). Cuando, en respuesta a las preguntas del propio Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) acerca de esta transformación, el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda la paz) le explicó la religión del tawhid y lo invitó a creer en ella, él abrazó inmediatamente la fe en el din del Islam con corazón resuelto y lleno de entusiasmo.

En las obras de hadices se han mencionado los nombres de muchas personas respecto de quién fue el primero en creer en el Noble Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda la paz). La conclusión definitiva de los sabios musulmanes es que, entre quienes creyeron primero siendo aún niños, Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) fue el primero.

Después de aceptar el Islam, los trece años de la vida de Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) transcurrieron en La Meca, en la estrecha compañía del Noble Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda la paz). Puesto que permanecía constantemente junto al Noble Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda la paz), tuvo abundantes oportunidades de participar con él en todos los asuntos: las reuniones de consulta, las asambleas de enseñanza y formación, las sesiones de debate con los incrédulos politeístas y las ceremonias de adoración del Dios único; en una palabra, en todo. En la primera etapa de su misión profética, cuando el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda la paz) se consagraba a la adoración del Dios único con suma discreción y oculto de las miradas, Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) también tenía la oportunidad de estar presente. A pesar de este secreto, Abu Talib vio una vez a su hijo y a su sobrino ocupados en una forma especial de adoración y les preguntó: «¿Qué estáis haciendo vosotros dos?». Entonces el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda la paz) explicó el significado de la religión del tawhid y de la adoración de Allah. Abu Talib, después de escuchar todo, dijo: «Está bien; no hay nada malo en ello. Podéis hacerlo, pero para mí no será posible».

Durante tres años consecutivos después de recibir la misión profética, el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda la paz) se abstuvo de presentar públicamente la invitación al din del Islam. Durante ese tiempo, continuó realizando toda la labor de propagación de la religión con especial discreción. Al mismo tiempo que presentaba la invitación religiosa a personas escogidas, también cumplía la responsabilidad de formar sus mentes, corazones y caracteres conforme a los ideales religiosos. En el cuarto año, descendió sobre él la orden de Allah, el Altísimo:

******(árabe)

Advierte y prevén a los miembros más cercanos de tu clan acerca del castigo del Más Allá por la incredulidad y el politeísmo.

Al recibir esta orden de Allah, el Altísimo, el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda la paz) subió a la cima del cercano monte Safa y, ante una gran multitud de personas de su propio clan, proclamó por primera vez en voz alta la invitación a la religión del tawhid. Después de esto, el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda la paz) siguió esforzándose de diversas maneras para invitar a los miembros de su familia y de su clan a creer en la religión verdadera. Incluso, en una ocasión, le ordenó a Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) organizar un banquete con este propósito.

Colaboración en la propagación de la religión

Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) no tendría entonces más de catorce o quince años. Sin embargo, pese a su corta edad, organizó con gran habilidad un magnífico banquete para los miembros de su clan y de su familia. Todos los interesados estuvieron presentes en el banquete. Cerca de cuarenta personas participaron en él. Casi todos los jefes influyentes de la tribu de Quraysh se reunieron allí. Al terminar la comida, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se puso de pie y, mediante un breve discurso, invitó a los presentes a aceptar la religión del Islam. En ese contexto, trató de animarlos a colaborar con él en la enorme responsabilidad de propagar la religión que Dios Altísimo le había encomendado. Al concluir el discurso del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), la voz de Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) fue la primera en resonar en la asamblea. Exclamó con voz intrépida: «Soy joven en edad. Mi incapacidad física también es indescriptible. Pero, a pesar de ello, en esta gran misión seré su compañero, su compañero inseparable y su ayudante dispuesto a sacrificar la vida». Al oír estas palabras, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Tú eres mi hermano y mi heredero».

Después de que hubieron transcurrido aproximadamente trece años de la misión profética en La Meca, Dios Altísimo ordenó al Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) emigrar a Medina acompañado de todos los musulmanes. En consecuencia, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) indicó a los musulmanes de La Meca que se trasladaran uno tras otro a Medina. Así surgió el temor de que la ciudad de La Meca quedara vacía de musulmanes. Al ver esta situación, los incrédulos y politeístas se alarmaron y atemorizaron especialmente, pensando que los musulmanes podían organizarse en algún lugar fuera de la ciudad, adquirir una gran fuerza y atacarlos. Por este temor, resolvieron de antemano exterminar al «enemigo». Dios Altísimo informó oportunamente de ello al Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) mediante la revelación y le ordenó emigrar sin demora. Él salió de su casa después de dejar a Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) acostado en su propio lecho, y partió hacia Medina acompañado de Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Dios esté complacido con él).

Los incrédulos y politeístas mantuvieron sitiada y rodeada durante toda la noche la casa del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), con el propósito de matarlo y provocar así la puesta eterna del resplandeciente sol del Islam. Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) era entonces apenas un joven de veintidós o veintitrés años. Aunque estaba enterado de la mortífera conspiración de los incrédulos, durmió tranquilamente en el lecho del Mensajero, con infinita valentía. Por la mañana, las fuerzas enemigas entraron en la casa y descubrieron que el Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) estaba ausente, mientras que un joven dispuesto a sacrificar su vida por él yacía inconsciente en su mismo lecho, firmemente decidido a ofrecerse en sacrificio. Entonces, al comprender el fracaso definitivo de su expedición conjunta y el éxito inevitable del Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), quedaron afligidos, avergonzados y desesperados.

Vida de intensa actividad en Medina

Después de esto, Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) permaneció en La Meca durante dos o tres días. Tras devolver debidamente los depósitos de la gente que le habían sido confiados, conforme a las instrucciones del Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), también abandonó La Meca y emprendió el viaje hacia Medina.

Después de llegar a Medina, Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) participó directamente, en primer lugar, en la construcción de la Mezquita del Profeta. Siguiendo las instrucciones del Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), colocó sus cimientos y, junto con los demás compañeros, completó su construcción.

Cuando comenzó la difícil vida de intensa actividad del Profeta del mundo, Hazrat Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) permaneció a su lado como una sombra, con absoluta devoción y un valor indomable. Participó con plena responsabilidad en casi todas las guerras y expediciones de combate del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). El heroísmo que mostró en esas ocasiones no tuvo igual. En la batalla de Badr, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) partió de Medina acompañado de trescientos trece compañeros dispuestos a sacrificar la vida. Al frente de la caravana ondeaban dos banderas negras como símbolo del avance del ejército musulmán. Una de ellas era llevada en la mano de Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él). Al llegar al lugar llamado Badr, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) envió una audaz unidad de incursión, bajo el mando de Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él), para observar los movimientos del enemigo. En la batalla de Uhud, cuando el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) resultó herido y cayó en una zanja, los soldados enemigos avanzaron rápidamente hacia él. En ese momento, Hazrat Musab ibn Umair (que Dios esté complacido con él) fue el primero en luchar contra ellos hasta alcanzar el martirio. Inmediatamente después, Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) avanzó, tomó la bandera y, demostrando el máximo heroísmo en la lucha defensiva, cambió el rumbo de la batalla.

También en la expedición contra Banu Qurayza la bandera ondeaba en manos de Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él); y, después de conquistar la fortaleza de los judíos conforme a las instrucciones del Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), rezó allí la oración de la tarde. Tras recibir en Hudaybiyya la noticia del martirio de Hazrat Uzman (que Dios esté complacido con él), Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) también participó en el juramento de sacrificio que se tomó a los compañeros. Más tarde, cuando se redactó y firmó el tratado de paz con los politeístas de La Meca, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) le ordenó precisamente a él que lo escribiera. En la batalla de Jaybar, Hazrat Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) y Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) dirigieron las dos primeras expediciones. Sin embargo, ninguna de ellas logró la victoria. Finalmente, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) confió a Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) la responsabilidad de conquistar las inexpugnables fortalezas de Jaybar. Luchó con gran vigor y alzó la bandera victoriosa del Islam sobre las fortalezas de Jaybar. También en la expedición para conquistar La Meca entró en la ciudad como vencedor, llevando la bandera de las fuerzas de vanguardia. Después de regresar de la batalla de Tabuk, el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) envió a La Meca a Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Dios esté complacido con él) como «comandante de la peregrinación» para el Hayy de aquel año. Después de su partida, fue revelada la sura «Barā’at» (At-Tawba). Los compañeros presentes en Medina, después de escuchar la sura de principio a fin, expresaron la opinión de que sería muy conveniente recitarla ante los musulmanes reunidos durante el Hayy. El Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), comprendiendo también su importancia, envió a La Meca a Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) para cumplir esta responsabilidad.

Entre las diversas delegaciones que el Noble Profeta (s) envió a distintas regiones con el propósito de difundir el islam, el envío de una delegación a Yemen revistió una importancia especial. Hazrat Khalid ibn Walid (ra) intentó durante seis largos meses de diversas maneras, pero no logró tener éxito. Finalmente, en el décimo año de la Hégira, el Noble Profeta (s) decidió enviar a Hazrat Ali (ra) con esta responsabilidad. En cuanto Hazrat Ali (ra) llegó a Yemen, comenzó una transformación radical de la situación allí. Explicó a sus habitantes las enseñanzas, la grandeza y las características del islam, y como resultado miles de personas abrazaron el islam.

En el mes de Rabi al-Awwal del undécimo año de la Hégira, el Noble Profeta (s) falleció. Este doloroso acontecimiento sumió a todo el mundo musulmán en una aflicción profunda. Los miembros de la familia del Profeta quedaron sumidos en la mayor angustia y tristeza. El corazón de cada uno quedó desgarrado y sus ojos se convirtieron para siempre en torrentes de lágrimas. Hazrat Ali (ra) era una figura importante dentro de la familia del Profeta. Tanto por la cercanía de su relación personal como por sus vínculos familiares y de parentesco, este dolor se volvió insoportable para él. Además, la orfandad de Fátima (ra), la hija del Profeta, le infligió una herida dolorosa en el corazón. Quedó terriblemente abatido y durante mucho tiempo rompió toda relación con la sociedad y el Estado, permaneciendo recluido en su hogar. En ese período, le resultaba completamente imposible mostrar el menor interés o curiosidad por cualquier actividad que no fuera sobrellevar su propio dolor, consolar a Hazrat Fátima (ra) y organizar el Noble Corán. Cuando, algún tiempo después, Hazrat Fátima (ra) también falleció, se reanimó, por así decirlo, y se presentó ante el primer califa, Abu Bakr Siddiq (ra), para prestar en su mano el juramento de fidelidad al califato.

Después de Hazrat Abu Bakr (ra), durante su califato, Hazrat Umar Faruq (ra) consultaba a Hazrat Ali (ra) sobre todos los asuntos complejos e importantes. Hazrat Ali (ra), por su parte, le ofrecía consejo en cada asunto con gran devoción y sinceridad. Se le propuso asumir el mando del ejército en la campaña de Nihavand, pero se negó a aceptar. Más tarde, cuando Umar (ra) partió hacia Bayt al-Maqdis, dejó a Hazrat Ali (ra) como sustituto interino en la capital y le confió todas las responsabilidades del califato. Después de Umar (ra), hacia el final del califato de Hazrat Uthman (ra), cuando surgieron disturbios y desórdenes en todo el país, Hazrat Ali (ra) ofreció consejos especiales y eficaces para sofocarlos, señaló las causas fundamentales de la agitación y mostró los medios para corregirlas y eliminarlas.

El califato de Hazrat Ali (ra)

Elección del califa

Tras el martirio de Hazrat Uthman (ra), el cargo del califato permaneció vacante durante tres días. En ese momento, la atención del pueblo se concentró en Hazrat Ali (ra) como próximo califa. Muchas personas le rogaron que asumiera esta responsabilidad. Aunque al principio rechazó claramente la propuesta, finalmente accedió a asumirla ante las reiteradas peticiones de los sahaba emigrados y auxiliares.

El relato de la elección de Hazrat Ali (ra) como califa está ampliamente consignado en la historia de la ciencia política islámica. El pueblo se presentó ante Hazrat Ali (ra) y dijo:

*******(árabe)

Prestaremos el juramento de obediencia en tus manos; extiende tu mano. Pues ahora es absolutamente necesario nombrar entre nosotros a un emir y gobernante. Y tú eres más digno y más apto para este cargo.

Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él) respondió:

*******(árabe)

No tenéis ningún derecho a decir ni hacer nada en este asunto. Se trata de una decisión que deben tomar conjuntamente los musulmanes de la primera generación, capacitados para ofrecer consejo y que participaron en la batalla de Badr. Aquel a quien ellos acepten como califa será el califa. Así pues, venid, reunámonos todos y deliberemos sobre el asunto.

Al oír estas palabras, la gente se marchó de su presencia. Pero poco después regresaron y comenzaron a presionarlo para que aceptara su juramento de obediencia. Entonces Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él) dijo:

******(árabe)

Si lo que queréis es que yo sea califa y reciba de vosotros el juramento de obediencia, entonces id a la Mezquita del Profeta; allí se tomará la decisión definitiva sobre este asunto.

Es evidente que mi elección como califa y la prestación del juramento de obediencia por ese motivo no pueden llevarse a cabo en secreto. Necesariamente deben realizarse sobre la base de la satisfacción espontánea y la aprobación del pueblo musulmán.

Después, tras la propuesta, el apoyo espontáneo y la aprobación de todos los musulmanes reunidos en la Mezquita del Profeta, Hazrat Ali (r.a.) fue elegido como el siguiente califa, y el lunes 21 de Dhul-Hiyyah, en presencia de una gran multitud islámica en la Mezquita del Profeta, se recibió de su mano la bay‘a general del califato. Fue investido como el cuarto califa del Califato Rashidun.

Cuando Hazrat Ali (r.a.) asumió sobre sus hombros la responsabilidad del califato, todo el mundo musulmán se había convertido en un escenario de extrema anarquía, rebelión y revolución. Es cierto que el primer califa, Hazrat Abu Bakr Siddiq (r.a.), también tuvo que enfrentarse a una agitación y una rebelión semejantes; pero existía una enorme diferencia entre ambas situaciones. El peligro al que se enfrentó Hazrat Abu Bakr Siddiq (r.a.) consistía en un enfrentamiento entre la incredulidad y la apostasía, por un lado, y el islam, por el otro. Toda la comunidad islámica apoyaba y respaldaba al califa en aquel conflicto. Sus adversarios seguían la falsedad, la codicia y las malas inclinaciones; sus opiniones carecían de estabilidad y firmeza. En cambio, aquellos cuya oposición tuvo que afrontar Hazrat Ali (r.a.) no solo eran musulmanes, sino que entre ellos se encontraban numerosos compañeros y hasta Hazrat Aisha Siddiqah (r.a.), esposa del Noble Mensajero (s.a.s.). ¿Qué puede llamarse esto sino la suprema ironía del destino?

Sin embargo, pese a todos estos peligros, disturbios, calamidades, rebeliones y revoluciones, Hazrat Ali (r.a.) mantuvo firmemente las riendas del califato con gran determinación y audacia. En aquel tiempo mostró el máximo grado de paciencia, perseverancia y sano juicio, y, aun observando signos de fracaso en diversos ámbitos, no estuvo dispuesto a tolerar la menor desviación de la plena fidelidad, el idealismo inquebrantable y los principios fundamentales de la sharía islámica y de la política de Estado. Si hubiera estado dispuesto a tolerar siquiera una mínima desviación de los principios y del idealismo, quizá habría sido considerado exitoso desde el punto de vista de la política estatal; pero no cabe duda de que el gran ideal de la religión del islam habría sido menoscabado, abandonado y rechazado. Y protegerlo era precisamente la primera y más importante responsabilidad del califa rashid y del sucesor del Noble Mensajero (s.a.s.).

Hazrat Ali (r.a.) como califa

En la administración del gobierno del califato, Hazrat Ali (r.a.) estaba decidido a seguir los pasos de Hazrat Umar Faruq (r.a.) y no estaba dispuesto en absoluto a introducir ningún cambio fundamental en el sistema establecido entonces. Los judíos que Hazrat Umar Faruq (r.a.) había expulsado de todo el Hiyaz y reasentado en un lugar llamado Nayrán acudieron ante Hazrat Ali (r.a.) y, con voz muy apesadumbrada y humilde, solicitaron permiso para regresar a sus antiguos hogares. Pero Hazrat Ali (r.a.) rechazó claramente su petición y dijo: «¿Quién podría ser más sensato, perspicaz y acertado en sus decisiones que Hazrat Umar (r.a.)?»

La tarea más importante en la administración interna del país es controlar a los funcionarios responsables y observar atentamente sus actividades y conducta. Hazrat Ali (r.a.) mantenía siempre fija su atención en este asunto especial. Cada vez que nombraba a alguien para un cargo de responsabilidad, le impartía valiosos y beneficiosos consejos. Además, en distintas ocasiones, hacía investigar específicamente las actividades y la conducta de esos funcionarios. En una ocasión, nombró a Hazrat Kaab ibn Malik (r.a.) para esta importante tarea y le dio las siguientes instrucciones:

********(árabe)

Parte con un grupo de tus compañeros y recorre cada distrito de Irak, observando atentamente el trabajo de los funcionarios, así como su carácter, sus costumbres y su conducta. Reprimía con mano firme el despilfarro y la extravagancia de los funcionarios públicos, así como sus irregularidades en el manejo de los fondos estatales. Exigía especialmente a los funcionarios que devolvieran a tiempo los préstamos tomados del Bayt al-Mal. En este asunto no estaba dispuesto a mostrar ni la menor indulgencia o favoritismo hacia sus parientes cercanos.

Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él) introdujo reformas especiales y políticas de desarrollo en el departamento de recaudación fiscal. A pesar de su absoluta firmeza en la recaudación de impuestos, se preocupaba constantemente por el bienestar general de la población y por mejorar sus condiciones generales. Siempre adoptaba una política compasiva hacia las personas incapaces y pobres.

En verdad, Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él) era, para la gente, una manifestación real y un símbolo resplandeciente de la infinita misericordia de Allah. Durante su califato, las puertas del Bayt al-Mal estatal permanecían siempre abiertas para los pobres y necesitados de la sociedad. Todo lo que se acumulaba y reunía en el Bayt al-Mal lo distribuía sin demora y con generosidad entre los necesitados y quienes tenían derecho a recibirlo. Trataba con gran bondad y compasión a los ciudadanos no musulmanes del país. Incluso las actividades de quienes mostraban tendencias rebeldes y conspiraban eran toleradas con suma paciencia y indulgencia. En la región de Persia se observó una excelente reacción favorable a esta generosa política seguida por el califa.

El propio Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él) era un comandante militar muy competente y experimentado. Su visión de futuro y discernimiento en los asuntos militares no tenían igual. Por ello, pudo introducir numerosas innovaciones en la administración militar del Estado islámico.

La erudición de Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él)

Desde su infancia, Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él) tuvo la oportunidad de adquirir directamente conocimiento y formación en la escuela de enseñanza de la profecía. Gracias a la profunda relación y estrecha intimidad que mantenía con el Mensajero de Allah (la paz sea con él), disfrutó de mayores oportunidades que todos los demás de su generación. En el hogar, fuera de él y durante los viajes al extranjero, pudo gozar de la más estrecha compañía del Noble Profeta (la paz sea con él); por ello, le resultó muy fácil adquirir un conocimiento detallado de los diversos aspectos del Din del Islam. El Noble Profeta (la paz sea con él) también concedió especial importancia a impartirle este conocimiento. Él mismo le enseñó el Noble Corán y le explicó el verdadero significado de sus diversos versículos. Por esta razón, en comparación con los demás nobles compañeros, su erudición era mucho más amplia y profunda. El Noble Mensajero (la paz sea con él), aludiendo a esta erudición suya, dijo:

******(en árabe)

«Yo soy la ciudad del conocimiento y Alí es especialmente su puerta».

Aunque, como hadiz, estas palabras no sean aceptables desde el punto de vista de la cadena de transmisión y otros criterios, su realidad debe ser reconocida. Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él) aprendió a leer y escribir en su infancia, y su nombre también figura en la lista de los escribas de la revelación. Conforme a las instrucciones del Noble Mensajero (la paz sea con él), numerosos decretos estatales, así como el tratado de Hudaybiyyah, fueron redactados de puño y letra de Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él).

La fuente principal del conocimiento y la ciencia islámicos es el Noble Corán. Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él) tuvo la fortuna de sumergirse en el gran océano de este Corán. Entre los pocos compañeros que memorizaron por completo el Noble Corán durante la vida del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), Hazrat Alí era uno de ellos. Poseía una especial pericia para saber en qué contexto y en qué momento había sido revelada cada sura y cada aleya del Corán. Él mismo lo afirmó. Por ello, es considerado uno de los más elevados intérpretes del Corán. En las grandes obras de tafsir redactadas posteriormente se han citado especialmente sus explicaciones. Ordenar el Noble Corán según la secuencia de su revelación fue una de sus contribuciones particulares. Asimismo, su extraordinaria capacidad y talento para extraer del Noble Corán las leyes y normas necesarias para la vida práctica, así como para practicar el ijtihad a fin de conocer las directrices y decisiones del islam sobre diversas cuestiones complejas, son universalmente reconocidos. Cuando los miembros de la secta jariyí se negaron, en un sentido estrictamente literal, a aceptar a cualquier persona como árbitro para resolver una disputa mutua, y presentaron como prueba la aleya coránica *****(árabe): «Nadie puede ser árbitro salvo Allah», él demostró lo irracional e irrelevante de tal argumento y dijo: «¿Qué duda puede haber de que Allah es el Juez supremo? Pero, cuando Allah Altísimo mismo ha ordenado que se nombre a una persona de la comunidad como árbitro para resolver la disputa mutua entre marido y mujer, diciendo:

*******(árabe)

Cuando temáis que surja discordia entre ambos, enviad un árbitro de parte de él y otro de parte de ella.

Entonces, si para resolver las disputas mutuas de la nación y del pueblo musulmán se designa y acepta a alguien de la propia comunidad, ¿por qué habría de ser eso injusto o contrario al Corán? La soberanía de Allah y Su autoridad suprema sobre todas las cosas serán necesariamente ejercidas y realizadas por medio de alguna persona. ¿Acaso el asunto de las disputas y desacuerdos mutuos de toda la nación musulmana es menos importante que el de un hombre y una mujer? En realidad, se han citado tantas valiosas narraciones de Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él) al explicar e interpretar el significado de las aleyas y del tafsir del Corán, que, si se reunieran, podrían formar una enorme obra.

Ciertos propagandistas embaucadores del sufismo difunden que el Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), además de los conocimientos y enseñanzas fundamentales sobre la religión del islam, enseñó a Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él) otros conocimientos que hoy reciben el nombre de «sufismo». También propagan que Hazrat Alí fue el «padre fundador» de la disciplina del sufismo. Sin embargo, una declaración suya citada en un hadiz auténtico demuestra de manera concluyente cuán falsa y carente de fundamento es esta calumnia. La gente le preguntó: «¿Posee usted algún conocimiento además del Corán?». Él respondió: «Juro por el Ser sublime que hace brotar los árboles al hendir la semilla y el hueso, y que insufla la vida en el interior de los cuerpos: no tengo ante mí nada aparte del Corán. Sin embargo, Allah concede a quien quiere la capacidad, la comprensión, la fuerza, la aptitud y el talento para entender el Corán. Además de esto, poseo algunos hadices». (Bujari, Musnad de Ahmad)

El juramento con el que Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él) comenzó sus palabras tiene un significado especial. De sus palabras se entiende que las aleyas del Corán son como el hueso y la semilla. Su significado, sentido profundo y esencia son como el árbol que surge de ese hueso y esa semilla. Y son como la vida que permanece oculta en el cuerpo. Es decir, así como de una pequeña semilla o hueso puede surgir un enorme árbol con ramas y ramificaciones —que en esencia estaba oculto dentro de esa semilla o hueso—, y así como de la fuerza vital que permanece oculta en el cuerpo se manifiestan todas las acciones y actividades humanas, también de las palabras del Corán, que son como el cuerpo, pueden extraerse abundantes significados y sentidos.

En verdad, las propias palabras de Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él) demuestran que poseía una especial maestría en las verdades y la filosofía del Corán.

También en el ámbito del hadiz, el saber y la erudición de Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él) eran extraordinarios, vastos y profundos como un océano inmenso. Desde su infancia pasó treinta años completos en compañía y estrecha cercanía del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Por esta razón, después de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), él era el mayor experto en el conjunto de las leyes y normas del islam y en las palabras del Mensajero. Además, después del fallecimiento del Noble Profeta, fue quien vivió hasta una edad más avanzada entre todos los grandes compañeros. Durante casi treinta años después del Noble Mensajero, se mantuvo constantemente ocupado difundiendo el Corán, los hadices, la religión y la sharía. Incluso durante el gobierno de los tres primeros califas, esta responsabilidad recayó sobre él. También durante su propio califato, a pesar de las numerosas sediciones, disturbios y guerras sangrientas, esta corriente de difusión del conocimiento nunca se detuvo; por el contrario, continuó fluyendo sin interrupción. Por ello, tuvo más oportunidades que los tres primeros califas para transmitir hadices. A pesar de todo ello, era sumamente prudente y estricto en la transmisión de hadices. Por esta razón, el número de hadices transmitidos por él no fue muy elevado. En las obras escritas solo se han citado 586 hadices a través de su autoridad. Hazrat Alí también fue uno de los compañeros que acostumbraban a escribir los hadices durante la época de la profecía. Se refería a la colección de hadices que había escrito con el nombre de «Sahifa» y guardaba esta «Sahifa» dentro de la vaina de su espada. De estos hadices se conocen normas sobre muchos asuntos importantes de la vida práctica.

Su competencia y talento en materia de fiqh e ijtihad eran reconocidos por todos. Los grandes compañeros —incluso quienes se oponían a él— sentían la necesidad de conocer de él las disposiciones de la sharía sobre diversos asuntos. La principal razón de su especial dominio en este campo era que él mismo preguntaba al Noble Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) sobre muchas cuestiones y adquiría así conocimiento.

Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) como juez

Es cierto que Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) pasó la mayor parte de su vida en Medina, pero durante todo el período de su califato permaneció en Kufa. Por esta razón, sus opiniones sobre el fiqh y el ijtihad alcanzaron mayor difusión en Irak. La base de la escuela hanafí, después de Hazrat Abdullah ibn Masud (que Dios esté complacido con él), se estableció precisamente sobre las opiniones de Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) y las decisiones que él adoptó. Debido a esta cualidad de Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él), su competencia para juzgar casos y litigios conforme a la sharía y emitir decisiones era también reconocida por todos. Hazrat Umar Faruq (que Dios esté complacido con él) dijo:

********(árabe)

Entre nosotros, el más competente como juez es Hazrat Ali, y el más versado en el Corán es Ubayy ibn Ka’b.

Hazrat Abdullah ibn Masud (que Dios esté complacido con él) dijo: «Solíamos decir entre nosotros que la persona con mayor capacidad judicial en Medina era Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él).

El propio Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) confiaba muchas veces a Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) la responsabilidad de administrar justicia. Cuando el Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) lo nombró juez del Yemen, él quiso quedar exento de aceptar esa responsabilidad, alegando su propia falta de competencia e incapacidad. Entonces el Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo:

Allah, el Altísimo, mantendrá tu lengua en el camino correcto y hará firme y paciente tu corazón.

El propio Hazrat Alí (ra) también dijo:

Después de eso, nunca experimenté ninguna duda ni vacilación al administrar justicia.

El Noble Profeta (s) le había enseñado numerosos principios y procedimientos para administrar justicia. En cierta ocasión le dijo:

¡Oh, Alí! Cuando te sientes a resolver la disputa entre dos personas, no tomes una decisión después de escuchar únicamente a una de ellas, sino que aplaza tu decisión hasta haber escuchado la declaración de la segunda.

En los juicios, interrogar a las dos partes del caso y a los testigos, así como formularles preguntas sobre el asunto, estaba establecido como una parte indispensable de la política de justicia imparcial de Hazrat Alí (ra), para alcanzar una convicción firme y libre de dudas. Si el confesor no permanecía firme en su confesión incluso después de ser interrogado y examinado repetidamente, él no lo castigaba basándose en dicha confesión. Si, después de intimidar y atemorizar a los testigos de diversas maneras, no los encontraba firmes en sus declaraciones testimoniales, no emitía ningún veredicto basándose en ese testimonio. Al juzgar casos relacionados con homicidio, distinguía entre un accidente y la intención de matar (motivo).1 {1. Conciencia para establecer la justicia: Hazrat Alí (ra) permanecía siempre consciente con el objetivo de asegurar el establecimiento de la justicia en la sociedad. Consideraba un crimen abominable el abuso del poder estatal para influir en el sistema judicial. Al establecer la justicia, no permitía ninguna discriminación entre musulmanes y no musulmanes. A este respecto, cabe mencionar aquí un acontecimiento histórico. En cierta ocasión, un judío robó la armadura de hierro de Amir al-Mu’minin, Hazrat Alí (ra). Aunque ocupaba el cargo de máxima autoridad del país, no tomó directamente ninguna medida policial al respecto; por el contrario, presentó una denuncia ante el tribunal conforme al procedimiento establecido. El juez del tribunal le ordenó presentar dos testigos en apoyo de su denuncia. Hazrat Alí (ra) presentó como testigos a sus dos hijos, el imán Hasan y el imán Husayn (ra). Sin embargo, como eran parientes cercanos del acusador, el juez no aceptó su testimonio y, en cambio, desestimó el caso. Ofendido por este hecho, el judío acusado confesó por sí mismo su delito, pronunció la santa profesión de fe y se unió a la comunidad del islam. —El editor}

Los veredictos judiciales de Hazrat Alí (ra) eran considerados ejemplos de la ley. Por esta razón, los sabios los registraron por escrito. Sin embargo, en épocas posteriores, personas malintencionadas introdujeron en ellos diversas distorsiones. Como resultado, quedaron completamente inutilizados en el ámbito del derecho y la justicia.

La austeridad en la vida personal

Hazrat Alí (ra) pasó su vida personal practicando una austeridad sumamente rigurosa. A pesar de estar afligido por los despiadados golpes de la pobreza, nunca se dejó abatir ni por un instante. No sentía la menor vergüenza en ganarse el sustento trabajando y realizando labores pagadas por día, según el tiempo y las oportunidades disponibles. Incluso después de ocupar el trono del califato, no se produjo el más mínimo cambio en su austeridad. Al ver sus alimentos extremadamente sencillos, la gente quedaba atónita y desconcertada. Él decía a la gente: «El califa de los musulmanes solo tiene derecho a recibir dos recipientes del tesoro público estatal. En uno comerá él junto con su familia. Y presentará el otro ante el pueblo».

No había ningún sirviente adicional para realizar las tareas de su hogar. La hija del Profeta y Emperador hacía personalmente todos los trabajos. En cuanto a las riquezas materiales, Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él) era un hombre sin bienes. Pero en cuanto a riqueza espiritual, poseía una inmensa fortuna. Ningún suplicante podía alejarse de su puerta con las manos vacías. Incluso no vacilaba lo más mínimo en entregar sin reparo a un mendigo hambriento el alimento preparado para ellos mismos.

— Fin —