Acepta mi súplica.

En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso.

Se les dará de beber un néctar sellado.

Su sello es almizcle, y en ello…

¡Que compitan por ello los competidores!

Ese día se les dará de beber la más pura de las bebidas, procedente de una botella sellada cuyo cuello fue cerrado con la fragancia del almizcle al ser envasada. Esta es, en realidad, la recompensa anhelada por cuya obtención debería esforzarse todo competidor para resultar vencedor. (Sura de Los Defraudadores, versículos 25-26)

El néctar sellado: aquel para quien Allah dispondrá ese día, en Su Grandioso Trono, este banquete servido con una bebida preciosa y sellada, es el amado de toda la creación, el honorable Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz.

Oh Profeta, no sé si Allah ha incluido realmente mi nombre entre la lista de los competidores honrados en la competición por obtener en este mundo esa preciada rareza; por eso, esperar tener un lugar junto a ti en el banquete dispuesto aquel día es, para mí, una vana ilusión.

Oh Allah, acepta de mí este pequeño esfuerzo de traducir al bengalí Ar-Rahīq Al-Majtūm. A cambio, no te pido ningún paraíso ni siquiera ese mantel dispuesto en los aposentos del Paraíso; solo te pido que ese día le hagas concederme este reconocimiento: que pertenezco a tu Mensajero.

—Khadija Akhtar Rezaei

En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso

Todas las alabanzas pertenecen a Allah Ta’ala, Señor de todos los mundos. Él es infinitamente Compasivo, sumamente Misericordioso. Él es el Dueño del Día del Juicio. (Oh Allah,) solo a Ti adoramos y solo de Ti imploramos ayuda. Guíanos por el camino recto. Por el camino de aquellos a quienes has agraciado; no por el camino de aquellos sobre quienes ha recaído Tu ira ni por el de quienes se han extraviado. (Sura Al-Fatiha)

1

Breve trasfondo

Algunas palabras propias y algunas palabras ajenas

Allah Ta’ala dice

Ciertamente, Allah mismo y Sus ángeles bendicen al Profeta Muhammad. ¡Oh, vosotros que habéis creído en Allah!, enviad también sobre él bendiciones y saludos sinceros. (Sura Al-Ahzab, 56)

Hazrat Muhammad Mustafa, que Allah le bendiga y le conceda la paz

En palabras del propio autor

Presentación de la obra

Marzo de 1976. Rabi al-Awwal de 1396 de la Hégira.

En Karachi se celebró la primera Conferencia Mundial Musulmana sobre la Sira. La Liga del Mundo Islámico de La Meca desempeñó un papel importante en esta conferencia. En la sesión de clausura de la conferencia se lanzó un llamamiento extraordinario a todos los escritores del mundo. En este llamamiento, difundido por la Liga, se invitaba a escribir biografías del Mensajero elegido, que Allah le bendiga y le conceda la paz, en las lenguas vivas del mundo. También se anunció que se concederían premios a los cinco primeros vencedores del concurso. Los premios serían, respectivamente, de 50, 40, 30, 20 y 10 mil riales saudíes. El anuncio del concurso se publicó en varios números del periódico Ajbar al-Alam al-Islami, órgano oficial de la Liga del Mundo Islámico. Yo, sin embargo, aún no había tenido noticia de aquel anuncio.

Pasaron varios días. Desde Benarés fui a Mubarakpur, mi pueblo natal. Allí me comunicó la noticia mi primo materno, Maulana Abdur Rahman Mubarakpuri, hijo de Shaykh al-Hadith Maulana Obaidullah Sahib. Me aconsejó participar en el concurso. Mencionando las limitaciones de mis conocimientos, expresé mi incapacidad. Pero Maulana Abdur Rahman no cejaba. Repetía humildemente: «No quiero que participe porque vaya a obtener un premio en el concurso; quiero que, por medio de esto, se realice una buena obra». A pesar de las reiteradas súplicas de mi primo, permanecí en silencio. Pensaba para mis adentros que, desde luego, no participaría en el concurso.

Unos días después, también se publicó la noticia en el órgano quincenal de la Jamiat Ahl-e-Hadith de la India. En cuanto se publicó, una gran parte de los estudiantes de todos los niveles de la Jamia Salafia comenzó a pedirme que participara en el concurso. Pensé para mis adentros que el eco de tantas voces probablemente era un reflejo de la voluntad de Allah. Aun así, permanecí casi firme en mi decisión de no participar en el concurso. Después de algún tiempo disminuyó la insistencia en las peticiones y los consejos. Sin embargo, algunos estudiantes continuaron insistiendo. Algunos incluso empezaron a darme diversos consejos sobre el tema. Con las súplicas, ruegos e insistencia de varios estudiantes queridos, llegó un momento en que mis oídos quedaron completamente hastiados.

Comencé el trabajo, pero a un ritmo muy lento. Cuando me encontraba en la etapa inicial del trabajo, llegaron las vacaciones de Ramadán. Por otro lado, en el anuncio de la Rábita se indicaba que el primer día del siguiente Muharram sería la fecha límite para recibir el manuscrito. Ya habían transcurrido cinco meses y medio. Solo quedaban tres meses y medio. El manuscrito debía prepararse y enviarse por correo dentro de ese plazo para que llegara a tiempo. Mientras tanto, todo el trabajo seguía pendiente. No creía que en tan poco tiempo fuera posible terminar de preparar el manuscrito, revisarlo nuevamente y hacer que lo copiaran. Sin embargo, quienes me instaban a avanzar me decían que continuara el trabajo sin ningún tipo de duda ni vacilación y que, si era necesario, tomara vacaciones. Consideré el periodo vacacional una oportunidad de oro. Todas las vacaciones pasaron como un sueño. Cuando regresaron quienes me animaban, vieron que ya se habían preparado dos tercios del manuscrito. Como no había tiempo para revisarlo, lo entregué para que lo copiaran. Ellos colaboraron aportando los materiales necesarios para completar la parte restante. Después de la reapertura de la yami‘a comenzó la intensa actividad. Por ello, ya no fue posible mantener el mismo ritmo rápido de escritura de las vacaciones. Durante el Eid al-Adha escribía día y noche, y envié el manuscrito por correo certificado doce o trece días antes del comienzo del mes de Muharram.

Pasaron algunos meses. La Rábita confirmó mediante una carta certificada que había recibido el manuscrito y comunicó que este había sido incluido en el concurso por cumplir sus condiciones. Respiré aliviado.

Los días fueron pasando. Entretanto, había transcurrido un año y medio. No había ninguna noticia de la Rábita. Envié dos cartas para preguntar qué estaba ocurriendo, pero no recibí respuesta. Después me sumergí en mi propio trabajo. Casi había olvidado que había participado en un concurso sobre la vida del Profeta. Los días 6, 7 y 8 de julio de 1978, es decir, durante el mes de Sha‘ban del año 1398 de la Hégira, se celebró en Karachi la primera Conferencia Islámica Asiática. Leía con atención las distintas noticias relacionadas con ella. Un día estaba esperando el tren en la estación de Baduhí. El tren llevaba un poco de retraso. Compré el periódico de ese día y comencé a leerlo. Mi mirada se detuvo en una breve noticia. En una de las sesiones de la conferencia islámica que se celebraba en Karachi se habían anunciado los nombres de los cinco ganadores entre los participantes del concurso sobre la vida del Profeta. Entre ellos había un participante indio. Al leer la noticia, me sentí interiormente agitado. Incluso después de llegar a Benarés, intenté sin éxito obtener información detallada.

Era la mañana del 10 de julio de 1978. Yo estaba dormido. Hasta muy entrada la noche había tenido que estar ocupado en diversos asuntos, entre ellos la determinación de los temas de un concurso de debate de la yami‘a. Después de rezar la oración del alba, había vuelto a acostarme. De pronto, un grupo de estudiantes entró haciendo mucho ruido. La alegría brillaba en sus rostros y en sus ojos. Me felicitaban. ¿Qué sucedía? ¿Acaso el oponente se había negado a participar en el debate? No, no era eso. Entonces, ¿qué? Usted ha obtenido el primer lugar en el concurso sobre la vida del Profeta.

¡Oh Allah Todopoderoso, a Ti sea el agradecimiento! ¿Dónde se enteraron ustedes? Esta vez me incorporé desde la posición en que estaba acostado.

El maulana Uzair Shams ha traído esta noticia. Poco después, el propio maulana Shams, que había llegado de la conferencia, me contó los detalles.

El 29 de julio de 1978, correspondiente al 22 de Sha‘ban de 1398 de la Hégira, recibí una carta certificada de la Rábita. Junto con la noticia de que había resultado ganador, se me invitaba a acudir a La Meca para recibir oficialmente el premio en el acto de la Rábita que se celebraría durante Muharram de 1399 de la Hégira. Más tarde, sin embargo, el acto se celebró en Rabi‘ al-Thani en lugar de Muharram.

Gracias a mi participación en el acto, tuve por primera vez la fortuna de visitar los dos santuarios venerables, la tierra del amado Profeta. Llegué a La Meca el día 10 de Rabi‘ al-Thani. Después acudí al acto. Una vez concluidas las formalidades necesarias, el acto comenzó alrededor de las diez de la mañana con la recitación del Corán. El presidente del acto era el juez supremo de Arabia Saudí, el jeque Abdullah ibn Humayd. El príncipe Saud ibn Abd al-Muhsin, gobernador adjunto de La Meca y nieto del rey Abd al-Aziz ibn Saud, llegó como invitado principal para entregar los premios. Más tarde pronunció también algunos discursos. Después habló el jeque Ali al-Mukhtar, secretario general adjunto de la Liga del Mundo Islámico. Explicó con cierto detalle el propósito del concurso. Mencionó cómo habían sido seleccionados los ganadores. Informó de que, tras el anuncio de la Rábita, se habían recibido 1182 manuscritos. En una evaluación preliminar, el comité de selección había elegido 183 manuscritos para el concurso. Se encomendó la selección final a un comité especialmente escogido. El presidente de este comité era el ministro de Educación, el jeque Hasan ibn Abdullah Al al-Sheikh. Sus miembros eran profesores del departamento de Sharía de la Universidad de Yeda y especialistas en la vida del Profeta y en la historia del islam. Sus nombres eran los siguientes: el doctor Ibrahim Ali Sawt, el doctor Abd al-Rahman Fahmi Muhammad, el doctor Muhammad Said Siddiqi, el doctor Fikri Ahmad Ukaz, el doctor Ahmad Sayyid Daraj, el doctor Fayeq Bakr Sawwaf, el doctor Shakir Mahmud Abd al-Mun‘im y el doctor Abd al-Fattah Mansur.

Los expertos de este comité, tras una selección por etapas, declararon que cinco personas eran merecedoras de recibir el premio por estos cinco manuscritos: 1. Ar-Rahīq al-Majtūm (árabe), Safiur Rahman Mubarakpuri, Jamiya Salafiya, Benarés, India — primer puesto; 2. Jatam an-Nabiyyīn (inglés), doctor Majeed Ali Khan, Jamiya Millia Islamia, Delhi, India — segundo puesto; 3. Paygambar-e Azam wa Ajir (urdu), doctor Nasir Ahmad Naser, vicerrector de la Jamiya Islamia, Bahawalpur, Pakistán — tercer puesto; 4. Muntajaun Nukūl fī Sīrat-e Azamīr Rasūl (árabe), jeque Hamed Mahmud ibn Mohammad Mansur Lemud, Guiza, Egipto — cuarto puesto; 5. Sīrat an-Nabī al-Hādī ar-Rahīm (árabe), Ustad Abdus Salam Hashem Hafiz, Medina, Arabia Saudita — quinto puesto.

Después de esta exposición, el subsecretario general, el jeque Ali al-Mujtar, concluyó su discurso agradeciendo a los participantes del concurso.

Después me pidieron que expresara mi reacción. En mi discurso aconsejé a la رابita adoptar ciertas estrategias y métodos de trabajo para difundir el islam en la India. También expliqué cuáles podrían ser posteriormente sus resultados. En nombre de la رابita se aseguró que aceptarían las sugerencias. Después, el emir Saud ibn Abdul Mohsen entregó sucesivamente el dinero del premio y los certificados a los cinco galardonados. Tras la entrega de premios, se declaró clausurado el acto con la recitación del Corán.

El 17 de Rabi al-Zani fui a Medina. En el camino contemplé la llanura de Badr. Visité el bendito mausoleo del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Unos días después, una mañana fui a Jaibar. Vi sus históricas fortalezas por dentro y por fuera. Después de recorrer sus alrededores, regresé por la tarde a Medina. Tras pasar dos semanas en Medina, volví a La Meca. Realicé el tawaf y el sa‘i. Pasé una semana en La Meca. En La Meca y Medina intercambié íntimamente ideas con eruditos distinguidos de todos los niveles, tanto conocidos como desconocidos. Después de pasar un mes en la soñada Arabia Saudita, regresé de nuevo a mi patria, la India.

Después de regresar de Arabia Saudita, muchas personas de las comunidades urduhablantes de India y Pakistán me pidieron que tradujera la obra al urdu. Mientras tanto, habían pasado ya varios días. Me había ocupado de diversos asuntos y no lograba encontrar tiempo de ninguna manera. Ante las continuas peticiones de muchos solicitantes, finalmente emprendí la traducción en medio de mis ocupaciones. Con el tiempo, gracias a la misericordia de Allah, terminé el trabajo de traducción.

Finalmente, considero necesario expresar mi gratitud a los buzurgan de la religión y a los amigos que me animaron y ayudaron en la redacción de esta obra. En particular, recuerdo la sincera colaboración del respetado Ustad Maulana Abdur Rahman Rahmani, del jeque Waziri Sahib y de Hafiz Mohammad Ilyas. Sus consejos y estímulo me ayudaron a redactar el manuscrito a tiempo. Que Allah, Señor de los mundos, les conceda a todos la mejor recompensa. Que Allah acepte esta obra y conceda a todos los relacionados con ella la salvación en este mundo y en el Más Allá.

Safiur Rahman Mubarakpuri

18 de Ramadán al-Mubarak

1404 de la Hégira

para la nueva edición

de la Rabita del Mundo Islámico

el prólogo del secretario general

La Sunna del Profeta es un modelo vivo. Su vigencia perdurará hasta el Día del Juicio. La descripción de este modelo y la redacción de obras sobre él comenzaron desde la aparición del Mensajero de Allah y continuarán hasta el Día del Juicio. El modelo del amado Profeta constituye para los musulmanes un ejemplo práctico y un programa lleno de acontecimientos. Es natural que, a su luz, las palabras y los actos de los musulmanes sean regulados y orientados. La relación del ser humano con Allah, el Señor de los mundos, así como sus relaciones con sus familiares, parientes, hermanos y amigos, deben ajustarse al modelo del Mensajero de Allah.

Allah, el Todopoderoso, dice: «Ciertamente, en el Mensajero de Allah tenéis un excelente modelo para quien espera la misericordia de Allah y el Último Día y recuerda mucho a Allah».

Le preguntaron a Aisha, que Allah esté complacido con ella: «¿Cómo era el carácter del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz?». Ella respondió: «Su carácter era el Sagrado Corán».

Por tanto, quien quiera recorrer el camino de Allah en todos los asuntos de este mundo y del Más Allá y liberarse de este mundo, no tiene otro camino que seguir al Mensajero de Allah. Una persona así debe seguir la vida del Mensajero de Allah con suficiente reflexión y comprensión, y con una fe firme. Debe entender que este es el camino recto del Señor. Nuestro líder y guía, el Mensajero de Allah, nos ha dejado un modelo digno de seguir en todos los aspectos y ámbitos de la vida. En su modelo se encuentra la luz de la guía para los líderes, los militantes, los gobernantes y los gobernados, los guías y los muyahidines. El modelo del amado Profeta es el mejor modelo para la política, el gobierno, la economía, la organización social, las relaciones mutuas, las relaciones nacionales e internacionales y, en suma, para todos los ámbitos de la vida humana.

Los musulmanes se han alejado del camino del Mensajero de Alá y han quedado sumidos en las profundidades insondables de la ignorancia y la decadencia. Ha llegado el momento de que tomen conciencia. La Sira del Profeta debe ocupar el lugar supremo en los planes de estudio de las instituciones educativas, así como en las diversas reuniones y actos de debate. Hay que comprender que no es solo alimento para el pensamiento, sino que constituye el camino para regresar a Allah Todopoderoso. En este modelo se encuentra la fuente de la rectificación y el bienestar de la humanidad. Pues el carácter y las obras del Mensajero de Alá son la manifestación práctica del Libro de Allah Todopoderoso, el Noble Corán. Siguiendo este modelo, el siervo creyente puede convertirse en seguidor de la sharía de Allah, el Señor de los mundos.

Esta obra, titulada Ar-Rahīq al-Makhtūm, es el magnífico fruto del esfuerzo del erudito Sheikh Safiur Rahman. En el año 1396 de la Hégira, participó en el concurso de redacción sobre la Sira del Profeta organizado por la Liga del Mundo Islámico, y esta obra obtuvo el honor de ocupar el primer lugar. Los detalles al respecto se encuentran en la introducción escrita por el antiguo secretario general de la Liga, Sheikh Muhammad Ali al-Harakan.

Esta obra alcanzó una extraordinaria popularidad y recibió grandes elogios. La primera edición, de diez mil ejemplares, se agotó en poco tiempo. El editor, Hasan Hamubi —que Allah lo proteja—, publicó también diez mil ejemplares en la segunda edición.

Con motivo de la publicación de la tercera edición, el editor me pidió que escribiera unas palabras. Por ello, escribiré unas breves líneas. Que Allah Todopoderoso haga de este escrito un medio para obtener Su misericordia. Que, por medio de esta obra, rescate a los musulmanes de todas sus calamidades. Que la comunidad de Muhammad vuelva a ocupar la elevada posición de asumir el liderazgo mundial. Que se haga realidad esta declaración de Allah Todopoderoso: «Sois la mejor comunidad que se ha hecho surgir para el bien de la humanidad: ordenáis lo que está bien, prohibís lo que está mal y creéis en Allah».

Bendiciones y paz sobre el amado Mensajero de Allah.

Doctor Abdullah Omar Nasif

Secretario general

Liga del Mundo Islámico

La Noble Meca

ex secretario general

expresó su opinión:

Allah, el Señor de los mundos, concedió a Su amado Mensajero el مقام de la intercesión y una elevada dignidad. Nos ordenó amarlo. Nos informó que, mediante su obediencia, demostraríamos nuestro amor por Allah, el Altísimo.

Allah, el Señor de los mundos, dice: «Oh, Profeta, diles: “Si amáis a Allah, obedecedme; Allah os amará y perdonará vuestros pecados”».

La prueba del amor a Allah, el Altísimo, es el amor a Su Mensajero. Por esta razón, se siente en el corazón una atracción hacia el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda la paz, y surge la necesidad de establecer una relación estrecha con él. Desde la aparición del islam, los musulmanes han seguido elogiando al Mensajero de Allah y han avanzado con un espíritu verdaderamente competitivo en la difusión y propagación de su sagrada sira. Los escritos, las obras y el carácter del amado Mensajero de Allah constituyen su sira. Aisha, que Allah esté complacido con ella, dijo: «El Noble Corán es su carácter». El Noble Corán es el Libro de Allah, el Altísimo, y la totalidad de las palabras de Allah. Por tanto, la gran personalidad que es el reflejo del Corán es, sin duda, superior y perfecta entre todos los seres humanos. Es la más digna de recibir el amor de toda la creación.

Los musulmanes siempre han dado pruebas de su amor por el Mensajero de Allah. Como parte de esa demostración, en 1396 de la Hégira se celebró en Pakistán la primera Conferencia sobre la Sira. En esta conferencia, la Liga del Mundo Islámico anunció que se concederían cinco premios por la redacción de obras sobre la sira del Profeta, bajo ciertas condiciones. Como premio, se distribuiría entre los ganadores un millón y medio de riales saudíes en efectivo.

Las condiciones son las siguientes:

Uno: la biografía del Profeta debe ser completa. Los acontecimientos históricos deben organizarse cronológicamente, según el momento en que ocurrieron.

Dos: la obra debe ser de gran calidad y no haber sido publicada anteriormente.

Tres: la obra debe incluir los datos precisos de las fuentes bibliográficas utilizadas.

Cuatro: debe incluirse una biografía del autor, exponiendo su trayectoria educativa y mencionando cualquier obra literaria que haya realizado.

Cinco: el texto debe ser claro y legible. Será preferible presentarlo mecanografiado.

Seis: la obra puede estar escrita en árabe y en otras lenguas vivas y modernas.

Siete: se aceptarán manuscritos a partir del 1 de Rabīʿ al-Thānī de 1396 de la Hégira, y la fecha límite para su recepción será el 1 de Muḥarram de 1397 de la Hégira.

Ocho: los manuscritos deberán enviarse en un sobre cerrado a la Secretaría de la Liga del Mundo Islámico en La Meca. La Liga asignará a cada manuscrito un número de registro.

(9) Un comité especializado, integrado por distinguidos ulemas y altamente cualificado, examinará y evaluará los manuscritos.

Como consecuencia de este anuncio de la Liga del Mundo Islámico, se observó un gran entusiasmo entre los escritores amantes del Mensajero y ávidos de conocimiento. Numerosos escritores participaron en el concurso. La Liga del Mundo Islámico también estaba a la espera de recibir manuscritos en árabe, inglés, urdu y otras lenguas.

Nuestros respetados hermanos comenzaron a enviar manuscritos en diversos idiomas. Se presentaron manuscritos en árabe, urdu, inglés, francés y hebreo.

Para examinar los manuscritos recopilados, la Liga del Mundo Islámico formó un comité compuesto por distinguidos ulemas. Los detalles de los galardonados son los siguientes.

(1) Primer premio: el jeque Safiur Rahman Mubarakpuri, Jamia Salafiya, India; 50 mil riales saudíes.

(2) Segundo premio: el doctor Majeed Ali Khan, Jamia Millia Islamia, Nueva Delhi, India; 40 mil riales saudíes.

(3) Tercer premio: el doctor Nasir Ahmed Naser, Pakistán; 30 mil riales saudíes.

(4) Cuarto premio: el ustadh Hamed Mahmud Muhammad Mansur Lemud, Egipto; 20 mil riales saudíes.

(5) Quinto premio: Ustad Abdus Salam Hashim Hafiz, Medina Munawara, Arabia Saudí, 10.000 riales saudíes.

La Liga del Mundo Islámico anunció los nombres de los ganadores de la Primera Conferencia Islámica Asiática, celebrada en Karachi en el año 1398 de la Hégira. La noticia fue enviada a todos los periódicos y agencias de noticias.

La Liga organizó en La Meca, la mañana del 12 de Rabi al-Thani del año 1399 de la Hégira, esta ceremonia para entregar los premios. Amir Saud, secretario del gobernador de La Meca, Amir Fawaz ibn Abd al-Aziz, entregó los premios en su representación.

En la ceremonia de entrega de premios se anunció que los manuscritos galardonados serían impresos y distribuidos sucesivamente en diversos idiomas. Conforme a dicho anuncio, el manuscrito árabe del jeque Safiur Rahman Mubarakpuri fue publicado primero y presentado a los lectores. Él había obtenido el primer premio. Posteriormente también se publicarán los demás manuscritos. Suplico a Allah, Señor de los mundos, que nos conceda la capacidad de dedicar nuestras obras exclusivamente a Su complacencia y que acepte nuestras buenas obras. Sin duda, Él es nuestro mejor protector y nuestro mejor auxiliador.

Jeque Muhammad Ali al-Harakan

Secretario general

La Liga del Mundo Islámico

La Meca, la Honrada

del autor que escribió el libro

su propia presentación

Entre las condiciones del concurso organizado por la Rabita se exigía presentar información sobre los participantes. Por este motivo, a continuación expongo una breve presentación personal.

Safiur Rahman ibn Abdullah ibn Muhammad Akbar ibn Muhammad Ali ibn Abd al-Mumin ibn Zakirullah Mubarakpuri Azmi. En el certificado consta como fecha de nacimiento el 6 de julio de 1943. Sin embargo, tras examinar la cuestión, se comprobó que la fecha real de nacimiento fue a mediados de 1942. Nací en Mubarakpur, localidad de Hosainabad, en el distrito de Azamgarh.

Comencé a estudiar el Corán en 1948. Estudié durante seis años en Mubarakpur. Estudié la lengua árabe, gramática, literatura y otras materias. Después estudié durante dos años en Maunath Bhanjan, a 35 kilómetros de Mubarakpur. En 1956 ingresé en la madraza Foyez-e Aam. Pasé allí cinco años. En esta institución adquirí conocimientos de lengua árabe, gramática, literatura, fiqh, usul al-fiqh, tafsir, hadiz y otras materias.

En enero de 1961 me fue expedido el certificado de finalización de estudios. Mediante la expedición de los certificados de Fazilat fi al-Sharia y Fazilat fi al-Ulum, se me autorizó a ejercer la enseñanza y a emitir fetuas.

Logré obtener buenos resultados en todos los exámenes. También participé en los exámenes de la Junta de Allahabad. En febrero de 1959 me examiné de maulvi y en 1960 de alim. Aprobé ambos exámenes en primera división. Después de mucho tiempo, en febrero de 1976 participé en el examen de Fazil Adab, relacionado con la enseñanza, y en febrero de 1978 en el examen de Fazil Diniyat. En ambos exámenes obtuve la primera división.

Tras graduarme en 1961 en la madraza Foyez-e Aam, primero enseñé en Allahabad y después en Nagpur. En 1963, el director de la madraza Foyez-e Aam me convocó. Enseñé allí durante dos años. Sin embargo, debido a las circunstancias, tuve que marcharme. Al año siguiente desempeñé labores docentes en la Jamia-tur-Rashad de Azamgarh y, en 1966, en la madraza para mujeres Darul Hadiz. Pasé allí tres años. También desempeñé allí importantes funciones como vicedirector. Después presenté mi renuncia y comencé a enseñar en la madraza Fayzul Ulum. Esta madraza está situada en Madhya Pradesh, a 7 kilómetros de Maunath Bhanjan. Desde enero de 1969, además de enseñar, estuve encargado de las labores administrativas de la madraza. Participé en actividades de tabligh de la religión en lugares lejanos. A finales de 1969 asumí la responsabilidad de la enseñanza en la madraza Darut Talim de Mubarakpur, mi lugar de nacimiento. En 1974 comencé a enseñar en la Jamia Salafiya de Benarés y todavía continúo dedicado a impartir educación religiosa en esta institución.

A continuación menciono la lista de algunas de mis obras importantes,

1) Tazkirat-e Shaij al-Islam Muhammad ibn Abd al-Wahhab (árabe), 1972. De esta obra se han publicado cuatro ediciones. 2) Tarij-e Ale Saud (urdu), 1972; de esta obra se han publicado dos ediciones. 3) It haf ul-Kiram, comentario de Bulug al-Maram de Ibn Hayar al-Asqalani (árabe), 1974. 4) Qadianiyat Apne Aine Mein (urdu), 1976. 5) Fitna-e Qadianiyat aur Maulana Sanaullah Amritsari (urdu), 1977. 6) Ar-Raheeq al-Majtum (árabe). 7) Inkar-e Hadiz Haq ya Batil (urdu), 1977. 8) Raym-e Haq o Batil (urdu), 1978. 9) Abray al-Haq was-Sawab fi Mas’alat-e Kashf al-Hijab (árabe), 1978. 10) Tatawwur ash-Shu’ub ad-Diniyya fil-Hind wa Majal at-Da’wat al-Islamiyya Fiha (árabe), 1979. 11) Al-Firqat an-Najiya wal-Firaq al-Islamiyya al-Ujra (árabe), 1988. 12) Islam aur Adam-e Tashahhud (urdu), 1984; también se ha publicado en inglés y hindi. 13) Ahl-e Tasawwuf fi Qarastaniya (urdu), 1986. 14) Al-Ahzab as-Siyasiyya fil-Islam (árabe), 1986. También desempeño la responsabilidad de editor de la revista mensual Muhaddis de Benarés.

Para la publicación de la nueva edición

Prólogo del autor

En la conferencia sobre la Sira celebrada en Pakistán en el año 1396 de la Hégira, la Rabita al-Alam al-Islami convocó un concurso mundial para la redacción de obras sobre la Sira. Su objetivo era promover la unidad de pensamiento y conciencia entre los autores y organizar adecuadamente sus esfuerzos. En mi opinión, fue una iniciativa digna de elogio. Pues, al reflexionar profundamente, se comprende que la Sira del Profeta y el ejemplo de Muhammad son el único tema mediante el cual la vida del mundo musulmán y la felicidad de la sociedad humana pueden alcanzar la plenitud. Miles y miles de bendiciones y saludos sean sobre el amado Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz.

Participar en este bendito concurso fue para mí una gran fortuna. Pero ¿tenía yo la capacidad de arrojar luz sobre la sublime vida del Señor de los primeros y los últimos? En realidad, deseaba obtener una parte de la virtud del amado Habib de Allah, el Altísimo. ¿Pero por qué? Porque quería vivir, en calidad de miembro de la comunidad del Profeta (la paz sea con él), como caminante por su luminosa y hermosa vía principal, en lugar de buscar el camino a tientas en la oscuridad. Después, algún día, abrazaré la muerte siendo precisamente un caminante por ese camino. En la vida del Más Allá, por la bendición de la intercesión del Mensajero de Allah, Allah, el Altísimo, perdonará mis pecados.

Considero necesario decir algo sobre el estilo de redacción de esta obra. Antes de comenzar a escribirla, había decidido no hacerla excesivamente larga, para que el lector no perdiera la paciencia, pero tampoco demasiado breve; más bien, la mantendría dentro de una extensión intermedia. Sin embargo, al leer diversas obras escritas sobre la Sira del Profeta, comprendí que, tras examinar todos los aspectos, mencionaría aquello que me pareciera exacto. Evitaría citar argumentos y pruebas detallados, así como datos y documentos. Si lo mencionara todo, la extensión de la obra aumentaría considerablemente. En esos casos surgiría la duda de si mi exposición analítica era suficiente; el lector se sorprendería o, cuando las afirmaciones de quienes sostienen opiniones diferentes no me parecieran correctas, me limitaría a señalar los argumentos y las pruebas. Eso es, en efecto, lo que estoy haciendo. ¡Oh Allah, el Altísimo!, decreta para mí el bien de este mundo y del Más Allá. Ciertamente, Tú eres Perdonador y Misericordioso. Tú eres el Dueño del Trono Majestuoso; Tú eres Sublime, Tú eres Todopoderoso.

Safiyur Rahman Mubarakpuri

24 de Rayab de 1396 de la Hégira

23 de julio de 1976

El libro en lengua bengalí

sobre su traducción y publicación

Alhamdulillah,

Tras un esfuerzo muy prolongado, hemos logrado poner en manos de los musulmanes de habla bengalí la muy comentada y elogiada biografía del Noble Profeta, Ar-Raheeq al-Makhtum.

Ar-Raheeq al-Makhtum es una expresión utilizada por Allah el Altísimo en el Noble Corán, cuyo significado es «una excelente bebida sellada». En la sura Al-Mutaffifín, Allah el Altísimo ha prometido proporcionar esta bebida en el Paraíso como recompensa a Sus siervos virtuosos. Para Sus seres queridos, no solo la ha guardado en botellas selladas, sino que, al servirla en los recipientes, también la ha perfumado con la fragancia del almizcle.

El Ar-Raheeq al-Makhtum mencionado en el Corán es verdaderamente una de las mayores dádivas para los creyentes; para quienes se ha preparado esta gran provisión, la biografía de su líder, Ar-Raheeq al-Makhtum, es una obra de sira completamente excepcional y de sabor diferente. No cabe duda de que, al escribir una obra semejante, el gran erudito de la sira, el Allama Safiur Rahman Mubarakpuri, realizó una labor extraordinaria; en esencia, estableció mediante ella un estrecho vínculo entre el néctar de la tierra y el néctar del cielo.

No quiero decir nada más por mi cuenta acerca del atractivo mundial y la extraordinaria popularidad de El néctar sellado. Después de la valiosa presentación de la obra por parte del autor, al inicio del libro original, y de los informes de dos secretarios generales de una organización internacional del mundo musulmán como la Liga del Mundo Islámico, en realidad ya no queda nada más que decir al respecto. Si lee una vez estas palabras introductorias antes de adentrarse en el libro, comprenderá fácilmente por qué, entre casi mil doscientos libros en una competición de alcance mundial, esta obra recibió ese raro honor y qué características le hicieron merecedora del reconocimiento como la mejor biografía del Profeta de su época. Parece que los amantes del Profeta de todo el mundo llevaban mucho tiempo esperando una obra biográfica que se elaborara reuniendo los elementos fiables de todas las obras anteriores escritas sobre este tema; en otras palabras, que fuera la esencia de la vasta biblioteca dedicada a la biografía del Profeta. Desde esta perspectiva, la bendita iniciativa del erudito Safiur Rahman Mubarakpuri merece, sin duda, elogios. No hace falta decir que este reconocimiento se confirmó cuando la Liga del Mundo Islámico, en nombre de cientos de millones de musulmanes del mundo, otorgó a su libro el primer premio.

El erudito investigador escribió la obra original en árabe; como es sabido, en árabe también se encuentran los vastos materiales fundamentales de los miles y miles de libros escritos sobre la biografía del Profeta. Cuando la obra original en árabe fue traducida a diversos idiomas, pude percibir plenamente el enorme esfuerzo realizado por los traductores competentes para mantener el nivel de la lengua y del estilo de la obra original. En particular, puedo comprender, aunque sea parcialmente, las dificultades que afrontaron al transcribir en sus propias lenguas los nombres de los compañeros, los nombres de sus tribus y clanes, y los nombres de las innumerables personas y lugares relacionados con la sociedad, el Estado, las guerras, los conflictos y las actividades económicas de Arabia antes y después de la llegada del Profeta. La pronunciación correcta de miles de nombres me ha parecido realmente una tarea difícil. Además, entre nuestros ulemas, eruditos e investigadores lingüísticos existen numerosas discrepancias sobre cómo representar en bengalí las palabras del alfabeto árabe: lo que uno considera una grafía correcta, otro lo rechaza por completo como incorrecto. Como método sencillo en este asunto, he utilizado la pronunciación que me pareció más cercana al original. En la medida de lo posible, intenté seguir un criterio uniforme para los nombres y los lugares a lo largo de todo el libro. Aun así, no diré que haya conseguido escribirlo todo correctamente. Que Allah Todopoderoso perdone mis errores y faltas.

En El néctar sellado se proporcionan los nombres de numerosas obras y sus números de página; también parece necesario aclarar algo al respecto. Los números de página indicados aquí corresponden a las ediciones árabes y urdu. Entre ellas hay muchas obras citadas por el autor que todavía no han sido traducidas al bengalí; incluso en aquellas que sí han sido traducidas, esos números de página no permitirán localizar la información original. Por ejemplo, el autor original cita en muchos lugares de su libro la famosa obra de Sayyid Qutb, el mártir, A la sombra del Corán, pero el volumen y los números de página que indica solo corresponden a la edición árabe. Naturalmente, ninguno de los volúmenes ni de las páginas coincidirá con ellos en la traducción bengalí del Tafsir A la sombra del Corán. Aunque conocíamos este problema, por absoluta fidelidad no modificamos ninguna de las fuentes de información proporcionadas por el autor original.

Como saben, las ediciones árabes de esta valiosa obra biográfica fueron publicadas inicialmente en el mercado mundial por la propia Liga del Mundo Islámico; bajo la supervisión de la Liga, otra institución publicó también el libro, y posteriormente diversas instituciones publicaron traducciones de la obra en distintos idiomas y países del mundo. Siguiendo sus pasos, nosotros también emprendimos la iniciativa de publicar en bengalí este importante libro. Nuestro propósito aquí era dar a conocer esta gran obra a los hablantes de esta lengua. Es necesario recordar que el gran hombre cuya biografía vamos a publicar hoy era el jefe de una caravana cuyos miembros dijeron a sus respectivos pueblos: «Wa ma as’alukum alayhi min ajrin in ajriya illa ala rabbil alamin». No os pido ninguna remuneración por esta tarea; mi recompensa solo está junto a mi Señor.

Por último, expreso mi profundo agradecimiento a todos los relacionados con la oficina de Bangladesh de la Academia del Corán en Londres. Si no hubieran asumido la responsabilidad de distribuir el libro, yo me habría limitado a soñar sentado en Londres, y quizá la obra no habría visto la luz durante muchos años. En especial, no puede olvidarse la ayuda del hermano Shamim. Sin su sincero esfuerzo, no habría sido posible escribir con tanta rapidez este enorme manuscrito. Que Allah Todopoderoso recompense en sus respectivos lugares a todos los demás que me animaron de diversas maneras. Amén.

A mi amado Profeta, incontables bendiciones y saludos.

Khadija Akhtar Rezaei

Rabi al-Awwal de 1419 de la Hégira, julio de 1998

Londres

En el momento de publicar la cuarta edición

Presentación del distribuidor

En 1999, el mes de la Sira del Profeta correspondió a junio-julio en el calendario gregoriano. Por ello, habíamos pensado presentar la traducción bengalí de esta obra, la mejor biografía del amado Profeta de nuestra época, precisamente en el mes vinculado a la memoria del Profeta. A la luz del deseo y la intención de quien tradujo y publicó esta gran obra, habíamos completado todos nuestros preparativos para realizar esta tarea. Sin embargo, como no teníamos control absoluto sobre todas las etapas adicionales que debe atravesar un libro voluminoso desde el manuscrito hasta llegar a las manos del lector, no pudimos presentarlo durante el mes de la Sira del Profeta, es decir, dentro de Rabi al-Awwal. Finalmente, cuando el libro salió a la luz tras superar todos los obstáculos de la industria de la impresión, ya había concluido el mes de la llegada del Profeta a este mundo. Pero Allah, el Altísimo, probablemente, al considerar la intención de estos siervos pecadores, no los dejó decepcionados. Así, aunque esta extraordinaria obra no llegó a publicarse por primera vez en el momento exacto de la aparición del amado Profeta, que era el objetivo previsto, apenas unos días después nos brindó la memorable oportunidad de coincidir con el aniversario de su llegada a Medina.

El 24 de septiembre del mismo año fue el día de la llegada del amado Profeta a Yathrib, es decir, Medina. Tras atravesar los peldaños de 1420 años, en este día bendito presentamos por segunda vez esta obra traducida, rociada con el amor de uno de sus devotos amantes. Cuando publicamos la tercera edición de esta bendita obra, se presentó ante nosotros el momento de Yawm al-Arafa. De pie en las proximidades de Arafat, ese mismo día, él pronunció ante sus casi ciento cincuenta mil nobles Compañeros aquel histórico sermón de la Peregrinación de Despedida, es decir, la gran carta de los derechos humanos, sobre cuyos fundamentos se erige, podría decirse, la civilización y la cultura de toda la humanidad actual.

Hoy, una vez más, cuando hemos comenzado a imprimir su octava edición revisada, ante nosotros se encuentra el bendito mes de Ramadán, el mes en que fue revelado el Corán. ¡Que Allah, el Altísimo, acepte en este sagrado mes esta inestimable obra biográfica del portador del Corán!

Así como Ar-Raheeq Al-Makhtum rompió todos los récords de su época en el escenario mundial y alcanzó la dignidad de ser la mejor obra sobre la Sira, del mismo modo la traducción bengalí de este libro rompió todos los récords del mundo literario de nuestro país y fue honrada con su propia grandeza. Publicamos la segunda edición del libro apenas cincuenta y cinco días después; alhamdulillah, antes de que hayan transcurrido tres años está a punto de publicarse su octava edición. Sin duda, en tiempos recientes esto constituye un honor excepcional no solo en la literatura islámica, sino en toda la historia de la lengua bengalí. Todo este honor excepcional corresponde en realidad al Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él); ninguna persona ni institución tiene mérito alguno en ello. Consideramos que el autor, la traductora, el editor y el distribuidor de este libro no tienen la menor participación en este mérito. Toda la alabanza por la extraordinaria popularidad de esta obra corresponde únicamente a Aquel que envía salutaciones al Profeta junto con Sus propios ángeles.

Cuando se publicó la traducción bengalí del libro, hace tres años, percibimos el amor de la gente por esta gran obra a través de las reseñas, llenas de entusiasta elogio, que varios distinguidos pensadores y eruditos publicaron en las páginas literarias de algunos de los principales diarios del país. En cierto momento, nuestros simpatizantes también hablaron de celebrar un acto de presentación del libro; por eso esperábamos con impaciencia la llegada a Daca de su traductora y editora, la respetable Khadija Akhtar Rezaie. Gracias a Allah, aquel año, cuando ella llegó a Daca por unos pocos días, el 14 de septiembre, de camino para realizar la sagrada peregrinación de la Umra, organizamos el día 18 de ese mes un magnífico festival de presentación del libro en el auditorio del Club Nacional de la Prensa.

En este acto organizado en honor del amado Profeta, el profesor nacional, erudito e intelectual de la literatura bengalí, Syed Ali Ahsan, afirmó en el artículo que había escrito que la traducción de Khadija contiene tanto el resplandeciente orgullo como el compromiso con la lengua materna; Khadija tradujo la obra al bengalí con extraordinaria maestría y una incomparable estructura expresiva, de modo que su traducción parece no ser una traducción, sino una nueva creación. Al mencionar este raro éxito, expresó su deseo de que esta gran obra alcanzara una amplia difusión y expansión. El respetado erudito del país y jatib de la Mezquita Nacional, Maulana Obaidul Haq, calificó la traducción bengalí de Ar-Rahiqul Majtum como un gran mérito de su traductora dentro de la literatura de la sira, y pidió la misericordia de Alá para que esta traducción sirviera como provisión para nuestras vidas. A. Z. M. Shamsul Alam, presidente de Al-Arafa Islamic Bank, valoró así el trabajo realizado por esta escritora expatriada: en tan solo un mes, ninguna otra obra del país había recibido una cantidad semejante de reseñas publicadas en periódicos y revistas como su enorme libro traducido.

El exembajador, destacado periodista y editor del diario Dinkal, Akhtar-ul-Alam, al elogiar ampliamente la traducción de esta mejor obra de sira de la época, comparó el arte de la traducción con el reverso de un chal de Cachemira y expresó la opinión de que, en el libro publicado Ar-Rahiqul Majtum, resulta imposible distinguir cuál es el lado auténtico y cuál el lado imitado del chal de Cachemira. Maulana Ruhul Amin Khan, editor ejecutivo del diario Inqilab, manifestó su alegría al comprobar que la traducción de esta obra imperecedera había sido realizada por las manos adecuadas; según él, la respetada Khadija Akhtar Rezaie hizo que los lectores olvidaran que el libro era, en realidad, una obra traducida. El destacado dramaturgo Ariful Haq describió el libro como un relato completo, ordenado cronológicamente e histórico de la vida del Mensajero de Alá. Señaló asimismo que la traductora posee, junto con la capacidad de crear, la destreza de recrear en su labor de traducción. El destacado actor Obaidul Haq Sarkar calificó Ar-Rahiqul Majtum, junto con Mustafa Charit de Maulana Akram Khan, Bishwa Nabi del poeta Golam Mustafa, la traducida Sirat-un-Nabi y cientos de otras obras de sira, como la mejor obra de sira de la época.

El poeta Al-Mujahidi, editor literario del diario Ittefaq, expresó su agradecimiento a la traductora y al distribuidor por poner en manos de decenas de millones de bengalíes del subcontinente la traducción bengalí de una obra tan excepcional, y deseó que alcanzara una amplia difusión. Además, en un artículo escrito sobre el libro, el valiente escritor y poeta de la literatura bengalí Al Mahmud calificó la reciente obra traducida de la talentosa escritora y narradora de la literatura bengalí contemporánea, la respetada Khadija Akhtar Rezaie, como una nueva construcción. Finalmente, la destacada escritora y exparlamentaria Hafeza Asma Khatun, al reseñar esta obra, exigió que el libro fuera incluido como texto escolar en escuelas, colegios y universidades.

Shah Abdul Hannan, presidente del acto, exdirector de la Junta Nacional de Ingresos y presidente y secretario de Islami Bank Ltd., expresó su agradecimiento a la traductora y al editor por ofrecer la traducción de esta valiosa obra, mundialmente célebre en lengua bengalí. También agradeció a la oficina de Al Qur’an Academy London en Bangladesh por actuar como institución distribuidora. La traductora y editora de la obra, la respetada Khadija Akhtar Rezaie, también estuvo presente en el acto. En un artículo escrito para los distinguidos asistentes, expresó su agradecimiento exclusivamente a Alá Todopoderoso por el éxito general de esta obra. Agradeció a todos los distinguidos eruditos que habían escrito valiosas reseñas sobre el libro en periódicos y revistas, a quienes habían pronunciado discursos en este bendito acto y a quienes habían contribuido a su éxito con su presencia. El poeta Matiur Rahman Mallik leyó su declaración escrita y el artículo del invitado principal del acto, el profesor nacional Syed Ali Ahsan.

También estaba previsto que asistiera como invitado especial a nuestro acto de presentación el internacionalmente renombrado comentarista del Corán, Hazrat Maulana Delwar Hossain Sayeedi. Durante su estancia en Londres, él mismo expresó a la respetada Khadija Akhtar Rezaie su sincero interés en asistir al acto. Aunque no pudo participar por motivos especiales, deseó personalmente el éxito de esta presentación. Además, por la manera en que durante los últimos años dio a conocer entre los millones de hablantes de bengalí dispersos por todos los rincones del mundo nuestras publicaciones Tafsir Fi Zilalil Quran y Tafsir-e Usmani, también rogamos a Alá Todopoderoso por él. Cuando, en la dura llanura de la Resurrección, los hijos de Adán clamen desesperadamente por una sola gota de agua, ¡que Alá Todopoderoso lo sacie con Ar-Rahiqul Majtum y Jatamuhu Miskun, es decir, con una bebida perfumada con almizcle de una botella sellada!

Nos sentimos verdaderamente felices de que, cuando distribuíamos la segunda edición del libro, la propia traductora y editora se encontrara en Daca. Gracias a ello, bajo su cuidadosa supervisión, pudimos, por así decirlo, reorganizar todo el libro desde cero. Una vez más, presentamos ahora la octava edición teniendo en cuenta sus valiosas sugerencias. También pudimos corregir, en la medida de lo posible, los errores y defectos que había aquí y allá. Conviene señalar que, conforme al deseo de la respetada señora, hemos reducido casi a la mitad el precio del libro para que el mayor número posible de personas conozca esta valiosa biografía del amado Profeta.

Ofrecemos un millón de salutaciones al amado ser cuyo elogio resuena por todos los cielos y la tierra.

Al Qur’an Academy London

Centro de Bangladés

¡Oh, nuestro Señor! Envía entre este pueblo a un Mensajero de entre ellos mismos, que les recite Tus versículos, les enseñe Tu Libro y su sabiduría, y los purifique. (Acepta esta súplica, pues) Tú eres Poderoso y Omnisciente. —Sura Al-Báqara, 129

2

Este mundo envuelto en tinieblas: a la espera del alba verdadera

Descripción geográfica de Arabia y ubicación de las distintas naciones

La Sira del Profeta es, en realidad, el reflejo vivo del último Profeta de Allah. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, guía de la salvación de toda la humanidad, la presentó ante el género humano. Por medio de ella, Allah, el Altísimo, sacó a las personas de las tinieblas y las condujo hacia la luz, y las hizo pasar de la servidumbre a los siervos a la adoración de Allah. No es posible presentar una imagen completa de la Sira del Profeta sin realizar una comparación entre la situación anterior y posterior a la revelación del mensaje de Allah, es decir, del mensaje divino. Por ello, antes de comenzar la exposición del tema principal, es absolutamente necesario describir las distintas comunidades de la Arabia preislámica y sus condiciones de vida. Así se obtendrá una idea cabal de la situación en la época de la aparición del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz.

La palabra «árabe» significa literalmente desierto, extensión árida o tierra estéril. Desde tiempos antiguos, este término se ha utilizado para referirse a la península arábiga y a sus habitantes.

Al oeste de Arabia se encuentran el mar Rojo y la península del Sinaí; al este, el golfo Arábigo; al sur, una vasta parte de Irak, y más al sur, el mar Arábigo. Este es, en realidad, una extensa parte del océano Índico. Al norte se encuentran Siria y una parte del norte de Irak. Dentro de estos límites también existen algunas fronteras controvertidas. Su superficie total es de entre un millón y un millón trescientos mil millas cuadradas.

Este país árabe, semejante a una isla, reviste especial importancia desde el punto de vista natural y geográfico. Está rodeado por extensas llanuras y desiertos tanto por dentro como por fuera. Por ello, esta región se encuentra tan protegida. Los demás no pueden extender fácilmente su influencia sobre ella. Por eso se ha observado que los habitantes del territorio central de la Península Arábiga fueron completamente independientes y autosuficientes en todos sus asuntos desde la antigüedad. Sin embargo, estos habitantes de Arabia eran vecinos de las dos grandes potencias del mundo de aquella época. Si no hubiera existido esta barrera natural, los árabes jamás habrían podido repeler los ataques de aquellas dos potencias.

Desde el exterior, la Península Arábiga se encontraba en el centro de todos los continentes del mundo antiguo. Las comunicaciones de Arabia con el mundo exterior eran fáciles tanto por tierra como por mar. La parte noroccidental de la Península Arábiga era la entrada, o puerta, al continente africano. En la parte nororiental se encontraban los pueblos de Europa. Hacia el este estaba la vía de acceso a Irán, Asia Central y el Lejano Oriente. Por esta ruta se podía llegar hasta China y la India. De este modo, todos los continentes estaban vinculados con Arabia. Los barcos que se dirigían a esos continentes anclaban directamente en los puertos árabes.

Debido a esta ubicación geográfica, las regiones norte y oeste de la Península Arábiga eran conocidas como lugares de encuentro de diversos pueblos y como centros de actividad comercial, industrial, literaria, cultural y religiosa.

Los pueblos árabes

Los historiadores han dividido a los pueblos árabes en tres grupos.

I. Los árabes ba’idah

Por árabes ba’idah se entienden aquellas antiguas tribus y comunidades de Arabia que desaparecieron por completo. Ya no se conocen datos detallados suficientes sobre estas tribus y comunidades, como los pueblos de ʿAd, Zamud, Tasm, Jadis y los amalecitas, entre otros.

II. Los árabes ʿaribah

Con esto se hace referencia a las tribus que eran descendientes de Yarub ibn Yashjub ibn Qahtan. También se las denomina árabes qahtaníes.

Tercero: los árabes arabizados

Son las tribus descendientes de Hazrat Ismail, la paz sea con él. También se las denomina árabes adnaníes.

El verdadero hogar de los árabes al-ʿAriba, es decir, de los árabes qahtaníes, estaba en Yemen. Allí se desarrollaron sus familias y las distintas ramas de sus tribus. Entre ellas, dos tribus alcanzaron especial renombre, a saber:

a) Himyar: sus ramas célebres son Zayd al-Jamhur, Khuza’a y los Zakazik.

b) Qahtan: sus ramas célebres son Hamdan, Anmar, Tayy, Madhhij, Kinda, Lajm, Juzam, Azd, Aws, Jazray y los descendientes de Jafna. Tras abandonar su región, establecieron un reino en los alrededores de Siria. Después pasaron a ser conocidos como los gasánidas.

Más tarde, las tribus qahtaníes comunes abandonaron Yemen y se asentaron en distintas regiones de la península arábiga. Emigraron en ese momento, cuando los romanos, después de conquistar Egipto y Siria, establecieron su dominio sobre el comercio marítimo de los yemeníes y también se apoderaron del comercio terrestre. Como resultado, las oportunidades y ventajas comerciales de los qahtaníes quedaron completamente destruidas.

También es posible que los qahtaníes se vieran obligados a emigrar a causa de las disputas y conflictos surgidos entre las tribus qahtaníes y las himyaríes. La razón para pensar así es que las tribus qahtaníes emigraron, mientras que las tribus himyaríes permanecieron firmemente en sus lugares.

Las tribus qahtaníes que emigraron de su tierra pueden dividirse en cuatro grupos, a saber:

Uno) Azad: emigraron por consejo de su jefe, Imrán ibn Amr Muzayqiya. Primero se trasladaron de un lugar a otro en Yemen y enviaron varios grupos para informarse sobre la situación. Después avanzaron hacia el norte y se establecieron de forma dispersa en distintos lugares. Su descripción detallada es la siguiente:

Zalaba ibn Amr: primero se dirigió hacia el Hiyaz y se estableció entre Zalaba y Dhi Qar. Cuando sus hijos crecieron y el clan se fortaleció, se dirigieron hacia Medina y comenzaron a vivir allí. De este linaje descendieron Aws y Jazray. Aws y Jazray eran hijos de Hariza, hijo de Zalaba.

Hariz ibn Amr: era descendiente de Juzaa. Los miembros de este linaje, después de vagar por distintos lugares del Hiyaz, se establecieron en Marr az-Zahrán y posteriormente atacaron Medina. Expulsaron de La Meca a los miembros de la tribu de Banu Yurhum y se establecieron allí.

Imrán ibn Amr: este hombre y sus hijos continuaron viviendo en Omán. Por esta razón se los conoce como Azad de Omán.

Nasr ibn Azad: las tribus vinculadas a este hombre se establecieron en Tihama. Se las conoce como Azad Shanu’a. Yafna ibn Amr: este hombre se trasladó a Siria y vivió allí con toda su familia. Fue el antepasado de los reyes gasánidas. Antes de dirigirse a Siria, permanecieron durante algún tiempo en el Hiyaz, junto a un estanque llamado Gasán.

Dos) las tribus de Lajm y Yudham: entre los descendientes de Lajm, Nasr ibn Rabi’a fue una de las figuras destacadas. Fue el antepasado de los gobernantes que reinaban en Hira, conocidos como la familia de Mundhir.

Tres) la tribu de Banu Tayy: después de la emigración de Banu Azad, esta tribu se dirigió hacia el norte y comenzó a vivir entre dos montañas llamadas Aja y Salma. Estas dos montañas se hicieron famosas por la tribu de Tayy.

Cuarto) la tribu de Kinda: sus miembros se establecieron primero en un lugar llamado Al-Ahsa, en la actual Baréin. Después de algún tiempo se trasladaron a Hadramaut, pero tampoco pudieron permanecer allí. Finalmente, se establecieron en Nayrán y fundaron un gobierno. Sin embargo, ese gobierno tampoco perduró; al cabo de poco tiempo, su nombre y todo rastro de su existencia desaparecieron.

Además de Qahtán, Himyar tenía otra tribu cuyo nombre era Quda’a. Existe discrepancia sobre si esta tribu era de origen himyarí. Abandonaron Yemen y se establecieron en la estepa de As-Samawa, en Irak (para conocer en detalle estas tribus y su emigración, véase Tarij al-Imam al-Islamiya, tomo I, pp. 11-13; Al-Yazirat al-Arab, pp. 231-235. Existe discrepancia respecto a la fecha de estos acontecimientos migratorios. Aquí hemos mencionado la información considerada más aceptable tras tomar en cuenta diversos factores).

Los árabes arabizados: su antepasado fue el señor Abraham, la paz sea con él. En realidad, era habitante de la ciudad de Ur, en Irak. Esta ciudad estaba situada cerca de Kufa, en la ribera occidental del río Éufrates. Los vestigios encontrados durante las excavaciones del Éufrates han permitido conocer mucha información sobre esta ciudad. También han salido a la luz numerosos datos acerca de la familia del señor Abraham, de los habitantes de Ur y de sus creencias religiosas.

El señor Abraham, la paz sea con él, recorrió el país y sus alrededores para predicar la religión. En una ocasión viajó a Egipto. Al oír hablar de Sara, la esposa del señor Abraham, el faraón concibió malas intenciones. Con propósitos deshonestos, hizo llamar a la señora Sara a su corte y luego intentó consumar sus perversos designios. La señora Sara suplicó a Dios. Por la bendición de su súplica, Dios Todopoderoso se apoderó del faraón de tal manera que este comenzó a retorcerse presa de un dolor insoportable. Entonces comprendió que Sara era muy querida por Dios y una mujer virtuosa. Admirado por estas cualidades de la señora Sara, el faraón puso a su hija Agar en manos de la señora Sara (en otras obras se afirma que la señora Agar era una esclava; en realidad, era hija del faraón. Véase Rahmatul lil-Alamin, tomo II, pp. 36-37). La señora Sara casó a la señora Agar con su esposo, el señor Abraham, la paz sea con él (ibíd., tomo II, p. 34; para un relato detallado del acontecimiento, véase Sahih al-Bujari, tomo I, p. 484).

El señor Abraham, la paz sea con él, regresó a Palestina acompañado de la señora Sara y de la señora Agar. Después, Dios, Señor de los mundos, concedió al señor Abraham un hijo del vientre de la señora Agar. Cabe señalar que la señora Sara no tenía hijos. Al niño nacido le pusieron por nombre Ismael. Poco a poco, la señora Sara comenzó a sentir celos de la señora Agar y obligó al señor Abraham (la paz sea con él) a desterrar a la señora Agar junto con el recién nacido. La situación llegó a tal extremo que el señor Abraham, la paz sea con él, tuvo que aceptar, y se dirigió a La Meca con la señora Agar y con Ismael. Dejó a su esposa y a su hijo cerca del lugar donde actualmente se encuentra la Kaaba. En aquel entonces la Kaaba no existía. El lugar donde se levantaría la casa se encontraba elevado, como una pequeña colina. Cuando llegaban las inundaciones, el agua pasaba por ambos lados de aquella colina. Allí, en la parte superior de la Mezquita Sagrada, junto a Zamzam, había un gran árbol. El señor Abraham, la paz sea con él, dejó junto a aquel árbol a su esposa Agar y a su hijo Ismael. En aquel tiempo no había en La Meca ni agua ni asentamientos humanos. Por ello, el señor Abraham, la paz sea con él, dejó un poco de dátiles en un recipiente y algo de agua en un odre. Después regresó a Palestina. Sin embargo, a los pocos días se acabaron los dátiles y el agua. Sobrevino una época de extrema dificultad. En aquel momento de angustia, el manantial de la misericordia de Dios Todopoderoso se manifestó en forma de Zamzam, y durante mucho tiempo sirvió como sustento para la vida de numerosas personas. Su relato detallado es, en términos generales, conocido por todos (Sahih al-Bujari, Kitab al-Anbiya, tomo I, pp. 474-475). Tiempo después, una tribu llegó a La Meca desde Yemen. La historia conoce a esta tribu como el segundo Jurhum, o Jurhum as-Sani. Esta tribu comenzó a vivir en La Meca con el permiso de la madre de Ismael, la paz sea con él. Se dice que anteriormente se había establecido en los alrededores de La Meca. También se menciona que los miembros de esta tribu llegaron a La Meca en busca de Zamzam después de la llegada del señor Ismael, la paz sea con él, y antes de que alcanzara la juventud. Ya transitaban anteriormente por aquella ruta (esta obra, tomo I, p. 475).

El señor Abraham, la paz sea con él, iba ocasionalmente a La Meca para ocuparse de su esposa y de su hijo. Sin embargo, no se sabe cuántas veces realizó estos viajes. Los datos históricos prueban que hizo cuatro viajes de ida y vuelta.

Uno) En el Sagrado Corán, Dios Todopoderoso ha dicho que mostró en sueños al señor Abraham, la paz sea con él, que degollaba a su hijo, el señor Ismael, la paz sea con él. Este sueño era una especie de mandato divino. Padre e hijo se prepararon ambos para cumplirlo. Después de someterse los dos a la voluntad de Dios, el padre tendió a su hijo en el suelo y se dispuso a degollarlo. Entonces Dios Todopoderoso dijo: «¡Oh, Abraham! Has hecho realidad tu sueño. Así recompenso a los virtuosos. Ciertamente, esto fue una prueba manifiesta». Como recompensa por haber superado esta prueba, Dios Todopoderoso concedió al señor Abraham, la paz sea con él, el gran honor del sacrificio ritual (sura As-Saffat, pp. 103-107).

Se menciona en la Biblia que el señor Ismael, la paz sea con él, era trece años mayor que el señor Isaac, la paz sea con él. Por el modo en que se relata en el Corán, se entiende que este acontecimiento ocurrió antes del nacimiento del señor Isaac, pues después de narrar todo el acontecimiento se menciona aquí la buena noticia del nacimiento del señor Isaac.

Este acontecimiento demuestra que el profeta Ibrahim —la paz sea con él— viajó a La Meca al menos una vez antes de que el profeta Ismail —la paz sea con él— alcanzara la juventud. Los detalles de sus otros tres viajes se mencionan en una extensa narración de Sahih al-Bujari (Sahih al-Bujari, vol. 1, pp. 475-476).

2) El profeta Ismail —la paz sea con él— alcanzó la juventud. Aprendió la lengua árabe de los miembros de la tribu de Yuryum. Los miembros de la tribu lo casaron con una de sus hijas. En ese momento falleció Hayar —la paz sea con ella—. Entretanto, el profeta Ibrahim —la paz sea con él— llegó a La Meca para visitar a su esposa y a su hijo. Sin embargo, no pudo encontrarse con el profeta Ismail. Al encontrarse con su nuera, le preguntó por su situación y ella le habló de las dificultades y la escasez que padecían. El profeta Ibrahim le dijo que, cuando llegara Ismail, le pidiera que cambiara el umbral de la casa. El profeta Ismail comprendió el significado del consejo de su padre. Se divorció de su esposa y se casó con otra mujer. Su segunda esposa era hija de Mayaz ibn Amr, jefe de la tribu de Yuryum (Qalb Yazyirat al-Arab, p. 233).

3) Después del segundo matrimonio del profeta Ismail —la paz sea con él—, el profeta Ibrahim —la paz sea con él— volvió a La Meca. Pero tampoco esta vez pudo encontrarse con su hijo. Después de preguntar a su nuera por la situación de la casa y la familia, alabó a Allah, el Altísimo. Al oír de labios de su nuera la alabanza a Allah, el profeta Ibrahim —la paz sea con él— le dijo que, cuando llegara Ismail, le pidiera que conservara en buen estado el umbral de su casa. Después, el profeta Ibrahim —la paz sea con él— regresó a Palestina.

4) La cuarta vez que el profeta Ibrahim —la paz sea con él— llegó a La Meca, encontró a su hijo Ismail —la paz sea con él— sentado a orillas de Zamzam, fabricando flechas. En cuanto se vieron, se abrazaron emocionados. Después de mucho tiempo se habían reunido el padre de corazón tierno y el hijo obediente. Fue entonces cuando padre e hijo construyeron juntos la Kaaba. Excavaron la tierra y levantaron sus muros, y el profeta Ibrahim —la paz sea con él— invitó a toda la humanidad a realizar el hach.

Allah, el Señor de los mundos, concedió al profeta Ismail —la paz sea con él— doce hijos varones con la hija de Mayaz ibn Amr (Qalb Yazyirat al-Arab, p. 230). Sus nombres eran: 1) Nabيت o Niabუტ, 2) Qaidar, 3) Adbail, 4) Mobsham, 5) Meshma, 6) D numa, 7) Maisha, 8) Haddad, 9) Tayma, 10) Yatur, 11) Nafis y 12) Qaidman.

A través de estos doce hijos se formaron doce tribus. Todos ellos vivían en La Meca. Se ganaban la vida comerciando en Yemen, Egipto y Siria. Más tarde, estas tribus se dispersaron por diversas regiones de la península arábiga y fuera de Arabia. Los relatos sobre su situación se han perdido en las profundas tinieblas de los tiempos. Solo se conocen algunos datos sobre los descendientes de Nabیت y Qaidar.

La cultura de los nabateos se desarrolló en la región septentrional del Hiyaz. Establecieron un gobierno poderoso y extendieron su dominio sobre los pueblos vecinos. Petra era su capital. Nadie tenía fuerza suficiente para enfrentarse a ellos. Después llegó la época de los romanos. Los romanos derrotaron a los nabateos. El maulana Sayyid Sulayman Nadwi —que Allah tenga misericordia de él— demostró, tras una larga investigación y un extenso análisis, que los miembros de la dinastía gasánida y los ansaríes, es decir, los aws y los jazray, no eran árabes de origen qahtaní. Más bien, en esta región vivían los descendientes supervivientes de Nabate, hijo de Ismail (Tarij Abd al-Qurán, vol. 2, pp. 77-86).

Los descendientes de Qaidar, hijo del profeta Ismail, comenzaron a establecerse en La Meca y, con el paso del tiempo, aumentaron en número. Más tarde llegó la época de Adnán y de su hijo Maad. La genealogía adnaní se ha conservado correctamente hasta ese punto.

Adnán fue el decimonoveno antepasado del Noble Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Según algunas narraciones, cuando el Noble Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— mencionaba su genealogía, al llegar hasta Adnán se detenía. Decía que los expertos en genealogía transmitían información errónea. (Al-Tabari, Umam al-Muluk, t. 2, pp. 191-194; Al-Alam, pp. 5-6). Sin embargo, también es posible relatar las genealogías completas de estos antepasados. Muchos han calificado la narración anterior como débil. Según estos eruditos, entre Adnán y el Profeta Ibrahim —la paz sea con él— hubo una distancia de cuarenta generaciones.

En resumen, de Nazar, hijo de Maad, surgieron varias familias. Se dice que el mencionado Maad tuvo un solo hijo, llamado Nazar. Nazar tuvo cuatro hijos, y de los descendientes de cada uno de ellos se formó una tribu. Los nombres de esos cuatro hijos eran Iyad, Anmar, Rabia y Mudar. De las tribus de los dos últimos, es decir, Rabia y Mudar, se extendieron numerosas ramas. De Rabia surgieron muchas tribus, entre ellas Asad ibn Rabia, Anaza, Abd al-Qays, Wayil, Bakr, Taglib y Banu Hanifa.

Los descendientes de Mudar se dividieron en dos grandes tribus: (1) Qays Aylam ibn Mudar; (2) Ilyas ibn Mudar.

De Qays Aylam se extendieron las tribus de Banu Sulaym, Banu Hawazin y Banu Gatafan; y de Gatafan, las tribus de Aras, Yuriyán, Ashya y Gani ibn Asthar.

De Ilyas ibn Mudar se extendieron las tribus de Tamim ibn Murra, Budayn ibn Marriqa, Banu Asad ibn Juzayma y Kinana ibn Juzayma. De Kinana surgió la tribu de Quraysh. Sus miembros eran descendientes de Fihr ibn Malik ibn Nadr ibn Kinana.

Con el tiempo, los qurayshíes también se dividieron en diversas ramas. Los nombres de las famosas ramas de Quraysh eran los siguientes: Jumah, Sahm, Adi, Majzum, Taym y Zuhra. La familia de Qusay ibn Filar estaba formada por Abd al-Dar, Asad ibn Abd al-Uzza y Abd Manaf. Estos tres eran hijos de Qusay. Abd Manaf tuvo cuatro hijos, de los cuales se originaron las siguientes cuatro tribus: Abd Shams, Nawfal, al-Muttalib y Hashim. De los descendientes de Hashim, Allah, exaltado sea, escogió a nuestro amado Profeta, Muhammad —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. (Muhadarat al-Jazrami, t. 1, pp. 14-15).

El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Allah, exaltado sea, escogió a Ismail entre los descendientes del profeta Ibrahim —la paz sea con él—. Después escogió a Kinana entre los descendientes de Ismail. De los descendientes de Kinana escogió a Quraysh. Luego escogió a Banu Hashim entre los descendientes de Quraysh. Y de Banu Hashim me escogió a mí». (Sahih Muslim, t. 2, p. 245; Yami al-Tirmidhi).

Abdullah ibn Abbas —que Allah esté complacido con él— narró que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Después de crear a las criaturas, Allah, exaltado sea, me creó entre el mejor de los grupos. Luego escogió las familias y me hizo pertenecer a la mejor de ellas. Por tanto, soy de la más noble de las tribus y, en cuanto a familia o linaje, también pertenezco a la mejor». (Al-Tirmidhi, t. 2, p. 231).

En resumen, cuando la descendencia de Adnán se expandió, sus miembros se dispersaron por diversas regiones de Arabia en busca de alimentos y bebidas. La tribu de Abd al-Qays, varias ramas de Bakr ibn Wá’il y las familias de Banū Tamīm partieron hacia Baréin y comenzaron a establecerse allí. Banū Hanīfa ibn Sa‘d ibn ‘Alī ibn Bakr se dirigió a Yamama y comenzó a establecerse en un lugar llamado Háŷar, en el centro de Yamama.

Las ramas restantes de Bakr ibn Wá’il se establecieron en la región que se extendía desde Yamama hasta Baréin, la costa de Kázima, los alrededores de la península de Irak, Ibla y Ziyad.

Banū Taglib se estableció en la región de la península del Éufrates. Sin embargo, algunas de sus ramas continuaron viviendo junto a Banū Bakr.

Banū Salim estableció sus asentamientos cerca de Medina. Su zona de residencia se extendía desde Wadi al-Qura, pasando por Jaybar y la parte oriental de Medina, hasta dos montañas relacionadas con la Harra de Banū Sulaym.

Los miembros de la tribu de Banū Taqif se establecieron en Taif. Banū Hawazin estableció sus asentamientos al este de La Meca, en los alrededores de la llanura de Awtas. Sus viviendas se encontraban a ambos lados de la ruta entre La Meca y Basora.

Banū Asad continuó viviendo al este de Tayma y al oeste de Kufa. Entre ellos y Tayma vivía una familia de la tribu de Banū Tai; a los miembros de esta familia se les llamaba Bawtar. La distancia entre el lugar de residencia de Banū Asad y Kufa equivalía a cinco días de viaje.

Banū Yubyan vivía en Hawa, cerca de Tayma.

La familia de Banū Kinana continuó viviendo en Tihama. Entre ellos, las familias qurayshíes vivían en La Meca y sus alrededores. Llevaban una vida dispersa y fragmentada. Más tarde apareció Qusay ibn Kilab, quien unió a los qurayshíes y los elevó a una posición de honor, gloria y supremacía (Muhadarát al-Jazrami, tomo 1, pp. 15-16).

Situación administrativa de Arabia

Al abordar la situación de Arabia en la época anterior al islam, se ofrece una breve descripción de su organización administrativa, sus liderazgos y sus ideales religiosos. Esto permitirá comprender con facilidad la situación de Arabia en el momento del surgimiento del islam.

Cuando la luz del islam se difundió por la península arábiga, estaban vigentes dos tipos de sistemas de gobierno. El primero era el de los reyes coronados, que tampoco gozaban de una independencia plena. El segundo era el de los jefes tribales. Estos ejercían el poder de manera semejante a los reyes coronados, pero eran independientes al tomar diversas decisiones. Los verdaderos reyes eran el rey del Yemen, los reyes de la dinastía gasánida de Siria y los reyes de Hira en Irak. Fuera de estos, no había en Arabia ningún otro rey coronado.

La monarquía del Yemen

Entre los árabes de Arabia, el nombre de la antigua tribu yemení era el pueblo de Saba. Según revelan unas antiguas inscripciones descubiertas en Irak, el pueblo de Saba ya estaba establecido allí dos mil quinientos años antes de Cristo. Sin embargo, el comienzo de su desarrollo y progreso tuvo lugar en el siglo XI antes de Cristo. Los principales períodos históricos fueron los siguientes:

1) El período anterior al año 650 a. C. En aquella época, el título de los reyes de Saba era Makrab de Saba. Su capital se encontraba en un lugar llamado Sirwah. Las ruinas de esta capital se hallan a una jornada de viaje al oeste de Ma’rib. El nombre actual de ese lugar es Kharibah. En aquella época se establecieron los cimientos de la famosa presa de Ma’rib. Este fue un acontecimiento destacado en la historia del Yemen. Durante el gobierno de los reyes de Saba en ese período, muchas personas fundaron nuevos asentamientos en diversos lugares, tanto dentro como fuera de Arabia.

2) Desde el año 650 hasta el año 115 a. C. Durante este período, los reyes de Saba abandonaron el título de Makrab, adoptaron el título de rey y eligieron Ma’rib como capital en lugar de Sirwah. Las ruinas de esta ciudad todavía se encuentran a 60 millas al este de Saná.

3) Desde el año 115 a. C. hasta el año 300 d. C. Durante este período, la tribu de Himyar extendió su dominio sobre los reyes de Saba y eligió Raydan como su capital en lugar de Ma’rib. Más tarde, el nombre de Raydan fue cambiado por el de Zafar. Sus ruinas todavía se encuentran en una montaña cerca del Yemen.

En cierta época comenzó la decadencia del pueblo de Saba. Primero, los nabateos extendieron su dominio por la región septentrional del Hiyaz y comenzaron a expulsar a los nuevos pobladores de Saba. Después, los romanos extendieron su dominio sobre Egipto, Siria y la región septentrional del Hiyaz, con lo que se interrumpió el comercio terrestre de los sabeos. Por otra parte, las tribus qahtaníes también se encontraban en una situación económica precaria. En tales circunstancias, las tribus qahtaníes abandonaron su país y se dispersaron en distintas regiones.

4) Desde el año 300 d. C. hasta el comienzo del islam. Durante este periodo continuaron en Yemen las divisiones y el desorden. Hubo revoluciones, guerras civiles e intervención de potencias extranjeras. Así, en cierto momento, Yemen perdió también su independencia. En esa época, los romanos intervinieron militarmente en Adén y, aprovechándose del conflicto entre las tribus himyarí y hamdaní de Abisinia —es decir, del territorio abisinio—, conquistaron Yemen por primera vez en el año 340. Esta ocupación se mantuvo hasta el año 378. Después Yemen recuperó su independencia, pero se produjo una brecha en la famosa presa de Ma’rib. La presa se rompió en el año 450 o 451. El Sagrado Corán denominó esta ruptura una inundación causada por la rotura de la presa. Se menciona en la sura Saba. Fue una catástrofe de gran magnitud. Como consecuencia de esta inundación, muchas poblaciones quedaron devastadas y despobladas, y numerosas tribus se dispersaron por distintos lugares.

En el año 523 d. C. ocurrió otra gran catástrofe. El rey Dhu Nuwas atacó a los cristianos de Yemen e intentó obligarlos a abandonar el cristianismo. Como se negaron, cavaron zanjas y los arrojaron a hogueras encendidas. En la sura al-Buruy del Sagrado Corán se menciona este estremecedor acontecimiento con las palabras: «Destruidos fueron los hombres de las zanjas». Los abisinios se volvieron ansiosos de venganza por este suceso y, con el apoyo de los romanos, lanzaron en el año 515 un nuevo ataque con setenta mil soldados bajo el mando de Aryat, y se apoderaron de Yemen. Tras la conquista, Aryat gobernó Yemen como gobernador del emperador de Abisinia. Al cabo de un tiempo, uno de los comandantes del ejército de Aryat lo asesinó y tomó el poder. Este comandante se llamaba Abraha. Después de asumir el poder, Abraha se fortaleció y logró que el emperador de Abisinia reconociera también su obediencia. Este mismo Abraha intentó posteriormente destruir la Kaaba. Al frente de un grupo de soldados aguerridos y varios elefantes, Abraha dirigió una expedición contra La Meca. Esta expedición se menciona en el Corán, en la sura al-Fil, con el nombre de «los compañeros del elefante».

A raíz de las pérdidas sufridas por los abisinios en el incidente de los compañeros del elefante, los habitantes de Yemen pidieron ayuda al Gobierno persa. Se rebelaron contra los abisinios y, bajo el liderazgo de Ma‘di Karib, hijo de Sayf Dhu Yazan al-Himyarí, expulsaron a los abisinios de su país. Después, como nación independiente y plenamente soberana, proclamaron a Ma‘di Karib rey de Yemen. Esto ocurrió en el año 505.

Después de recuperar la independencia, Ma‘di Karib conservó a cierto número de abisinios para su servicio y para realzar el esplendor de la guardia real. Esta decisión resultó peligrosa. Un día, los abisinios que estaban a su servicio lo engañaron y asesinaron al rey Ma‘di Karib. Como consecuencia, el gobierno de la familia de Dhu Yazan llegó a su fin para siempre. Para aprovechar esta situación, intervino el emperador persa Cosroes. Nombró en Saná a un gobernador de origen persa, y desde entonces se sucedieron los gobernadores persas. El último gobernador, Badhan, abrazó el islam en el año 628. Como resultado, desapareció la dominación persa sobre Yemen y Yemen se convirtió en un Estado islámico. (El maulana Sayyid Sulayman Nadwi expuso detalladamente la historia de todo el pueblo, basándose en la conservación de datos históricos, desde la página 136 hasta el final del primer volumen de su obra Tarij Ard al-Qur’an. El maulana Abul A‘la Maududi también incorporó algunos datos sobre este periodo en las páginas 158-198 del cuarto volumen de Tafhim al-Qur’an.)

El reino de Hira

En Irak y sus regiones circundantes, el dominio persa se había mantenido desde la época de Ciro el Grande, o Sairam Dhu al-Qarnayn (del 575 al 529 a. C.). Nadie tenía fuerza suficiente para enfrentarse a los persas. En el año 326 a. C., Alejandro de Macedonia derrotó por primera vez a los persas y destruyó su poder. Como consecuencia, el Imperio persa quedó dividido en fragmentos. Esta situación de desorden continuó hasta el año 230. Durante este periodo, las tribus qahtaníes abandonaron el país. Los adnaníes que habían emigrado desde una extensa frontera de Irak regresaron entonces a Qarila y, tras luchar contra sus adversarios, se establecieron en una parte de la ribera del Éufrates.

Mientras tanto, después de que Ardashir estableciera el reino sasánida en el año 226, el poder persa comenzó a consolidarse gradualmente. Ardashir apoyó a los persas y rechazó a los árabes que vivían en las fronteras de su país. Como consecuencia, la tribu de Quda‘a partió en dirección a Siria. En cambio, los habitantes árabes de Hira y Anbar aceptaron someterse.

Durante el reinado de Ardashir, la tribu de Rabia ejercía su autoridad sobre Hira, la Badia de Irak y la península. Los Jazirat al-Wazzah gobernaban sobre las tribus de Mudar. Al parecer, los ardeshiríes comprendieron que no era posible gobernar directamente a los habitantes árabes ni impedir que saquearan las fronteras; por ello, lo más sensato era nombrar gobernante a un líder árabe con amplio apoyo popular. Así se obtendrían dos beneficios: en caso necesario, se podría contar con la ayuda de esos árabes contra los romanos y enfrentar a los gobernantes de Irak con los gobernantes árabes pro-romanos de Siria. Bajo los reyes de Hira permanecía una unidad de soldados persas. Estos eran empleados para sofocar las rebeliones árabes en diversos lugares.

En el año 268, Yadhima murió y fue sucedido por Amr ibn Adi ibn Nasr al-Lajmi al-Hadrami. Fue el primer gobernante de la tribu de Lajm. El dominio de los laj­míes sobre Hira continuó ininterrumpidamente hasta la época de Shapur Qobad ibn Firuz. Durante la época contemporánea de Qobad apareció Mazdak, quien era un defensor del reformismo. Qobad y numerosos de sus seguidores enviaron un mensaje al rey Mundhir ibn Mausama, diciéndole: «Acepta también tú esta religión». Mundhir era un hombre de gran prudencia y se negó. Entonces Qobad lo destituyó y confió el gobierno de Hira a Harith ibn Amr ibn Hajar al-Findi, uno de los principales defensores de la doctrina mazdakí.

Después de Qobad, el poder gobernante de Persia pasó a Kisra Nushirwan. Odiaba profundamente esta religión. Mató a Mazdak y a muchos de sus partidarios. Restituyó a Mundhir el gobierno de Hira y convocó a Harith ibn Amr ante sí. Sin embargo, Harith huyó a la región de Banu Kinana, donde pasó el resto de su vida.

Después de Mundhir ibn Maūsama, el gobierno de Hira fue alternándose entre sus descendientes hasta la época de Nu’man ibn Mundhir. Entonces Zayd ibn Adi al-Ibadi presentó ante Kisra una acusación falsa contra Nu’man ibn Mundhir. Kisra Nushirwan se enfureció y convocó a Nu’man ante sí. En lugar de presentarse inmediatamente, Nu’man acudió secretamente a Hani ibn Masud, jefe de Banu Shayban, y dejó bajo su custodia a toda su familia y sus riquezas; después se presentó ante la corte de Kisra. Kisra lo encarceló, y murió estando preso.

Después de encarcelar a Nu’man, Kisra nombró en su lugar a Iyas ibn Qubaysa al-Ta’i como gobernador de Hira y le ordenó reclamar a Hani ibn Masud los bienes que Nu’man había dejado en depósito. Hani, hombre de honor, declaró la guerra. Iyas partió con las tropas de Kisra y un contingente de marzbanes. En el campo de Dhi Qar se libró una feroz batalla entre ambos bandos. Banu Shayban obtuvo la victoria y los persas sufrieron una vergonzosa derrota. Fue la primera vez que los árabes vencieron a los no árabes. Este acontecimiento tuvo lugar poco después del nacimiento del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, nació en el octavo mes del gobierno de Iyas en Hira.

Después de Iyas, Kisra nombró a un gobernador persa en Hira. Sin embargo, en el año 632 se restauró el poder de los laj­míes y un hombre llamado Mundhir ibn Ma’rur asumió el gobierno. Apenas ocho meses después de comenzar su administración, el venerable Jalid, que Allah esté complacido con él, entró en Hira llevando el estandarte del poder del islam.

El reino de Siria

Durante el período en que continuaban las migraciones de las tribus árabes, varias ramas de la tribu de Quda’a llegaron a la frontera de Siria y comenzaron a establecerse allí. Estaban emparentadas con Banu Sulaym ibn Hulwan. Una de sus ramas era Banu Jadh’an ibn Sulaym, que llegó a ser conocida como Yadhayima. Los romanos acogieron a esta rama de Quda’a para protegerla de los saqueos de los beduinos árabes y utilizarla contra los persas. También la acogieron para confiar el gobierno a uno de sus miembros. Así, el gobierno fue confiado a uno de los miembros de esta tribu, y su dominio continuó durante mucho tiempo. Su rey más famoso fue Ziyad ibn Hiyula. Se considera que el reinado de los Yadhayima abarcó todo el siglo II de la era cristiana. Después apareció la dinastía gasánida y terminó el gobierno de los Yadhayima. Los gasánidas derrotaron a Banu Yadhayima y extendieron su dominio. Al ver esta situación, los romanos reconocieron a los gobernantes de la dinastía gasánida como gobernantes de los habitantes árabes de Siria. La capital de la dinastía gasánida era Dawmat al-Yandal. Como marionetas del poder romano, conservaron durante mucho tiempo su autoridad en Siria. Durante el califato de al-Faruq, en el decimotercer año de la Hégira, tuvo lugar la batalla de Yarmuk. En ese momento, el último gobernante de la dinastía gasánida, Jabala ibn Ayham, abrazó el islam. Sin embargo, debido a su arrogancia, no pudo permanecer mucho tiempo en el islam; más tarde cambió de religión y se convirtió en apóstata.

El liderazgo del Hiyaz

Desde el profeta Ismael —que la paz sea con él— comenzó a establecerse población humana en La Meca. Vivió 137 años (Biblia, capítulo del Génesis, pp. 17-25). Mientras estuvo vivo, él fue el líder de La Meca y el custodio de la Kaaba (Qalb-e Yazirat al-Arab, pp. 230-237). Después de su muerte, sus hijos Nabit y Qaidar gobernaron La Meca.

Existe اختلاف respecto a cuál de estos dos gobernó primero y cuál después. Algunos dicen que Nabit gobernó primero y Qaidar después. Otros dicen que Qaidar gobernó primero y Nabit después. Después de ellos, su tío materno Mazaz ibn Yurahmi asumió el poder. Así, el gobierno de La Meca pasó a manos de los yuryamíes. Ellos conservaron ese poder durante mucho tiempo. Puesto que el profeta Ismael —que la paz sea con él— había construido la Kaaba junto con su padre, sus descendientes ocupaban una posición honorable; sin embargo, con el tiempo, el poder y el liderazgo dejaron de corresponderles (Ibn Hisham, tomo I, pp. 111-113; Ibn Hisham solo menciona que Nabit, entre los descendientes del profeta Ismael, ejerció el poder).

Pasaron los años, pero los descendientes del profeta Ismael —que la paz sea con él— no lograron salir de su anonimato. Poco antes de la aparición de Nabucodonosor, el poder de los Banu Yuryam se debilitó y la estrella política de los adnaníes comenzó a brillar en el firmamento político de La Meca. La prueba de ello es que, en la batalla que Nabucodonosor libró contra los árabes en un lugar llamado Irq, no había nadie de la tribu de Yuryam entre los comandantes del ejército árabe (Qalb-e Yazirat al-Arab, p. 230).

En el año 587 a. C., durante la segunda campaña de Nabucodonosor, los Banu Adnan huyeron al Yemen. En aquella época, el profeta de los hijos de Israel era el profeta Abraham —que la paz sea con él—. Él fue a Siria llevando consigo a Maad, hijo de Adnan. Después de que disminuyó el poder de Nabucodonosor, Maad regresó a La Meca. Al llegar, observó que en La Meca solo quedaba un hombre de la tribu de Yuryam, llamado Yuryasham. Yuryasham era hijo de Yulhama. Entonces Maad contrajo matrimonio con Mayana, hija de Yuryasham. De ella nació Nizar (Rahmatun lil-Alamin, tomo II, p. 48).

Llegó un momento en que la situación de los yuryamíes en La Meca se volvió muy mala. Se hallaban afligidos por la opresión de la pobreza. Como consecuencia, trataban abusivamente a quienes acudían a circunvalar la Kaaba e incluso no dudaban en apropiarse de los bienes de la Kaaba (Qalb-e Yazirat al-Arab, p. 231). Los Banu Adnan estaban profundamente descontentos con estas acciones de los Banu Yuryam. Por ello, durante la campaña de los Banu Juzaa contra Marraz Yahran, aprovecharon la codicia de los descendientes de Adnan. Los Banu Juzaa, junto con los Banu Bakr ibn Abd Manaf ibn Kinana, de la tribu de Adnan, declararon la guerra a los Banu Yuryam. Los Banu Yuryam fueron derrotados y expulsados de La Meca. Este acontecimiento tuvo lugar a mediados del siglo cristiano.

Al abandonar La Meca, los Banu Yuryam rellenaron el pozo de Zamzam. En aquella ocasión arrojaron al pozo varios objetos históricos y lo dejaron casi completamente lleno. Muhammad ibn Ishaq escribió que Amr ibn al-Harith Mayaz al-Yurhami —el Mayaz al-Yurhami mencionado en el relato del profeta Ismael y este hombre no son la misma persona— sacó dos gacelas de oro de la Kaaba (Masudi escribió que los persas enviaban riquezas valiosas y obsequios para la Kaaba. Zayd ibn Bak había enviado dos gacelas de oro, joyas, espadas y mucho oro. Amr arrojó todo ello al pozo de Zamzam. Muruy adh-Dhahab, tomo I, p. 205) y extrajo la Piedra Negra, colocada en la esquina de la Kaaba, para enterrarla en el pozo de Zamzam. Después se dirigieron al Yemen llevando consigo a todos los miembros de la tribu de Yuryam. Los Banu Yuryam no podían olvidar el dolor de haber sido expulsados de La Meca y de haber perdido el poder. Un hombre llamado Amr, de la tribu de Yuryam, dijo en un poema compuesto sobre este asunto:

Desde Ajun hasta Safa no queda ningún amigo, ni hay nadie que cuente historias en las reuniones nocturnas. ¿Por qué no hay nadie? Nosotros éramos los habitantes de este lugar; el giro del tiempo nos ha quebrado, y ¡ay, ay!, hoy nos ha dejado completamente desposeídos (Ibn Hisham, tomo I, pp. 114-115).

La época de Hadrat Ismael, la paz sea con él, fue aproximadamente dos mil años antes de Cristo. Según este cálculo, la tribu de Jurhum de La Meca existió durante dos mil cien años. Gobernaron durante casi dos mil años.

Después de que Banu Juzāʿah extendiera su dominio sobre La Meca, continuó gobernando sin contar con Banu Bakr. Sin embargo, miembros de la tribu de Mudar fueron investidos con tres cargos honoríficos. Estos tres cargos eran los siguientes:

1) Conducir a los peregrinos de Arafat a Muzdalifa y dar la orden de partir de Mina el día de Yawm al-Nahr. El día 13 de Dhu al-Hijjah es Yawm al-Nafar, el último día del Hayy. Este honor estaba en manos de Banu Sawm ibn Marib, una familia de Ilyas ibn Mudar. Se les llamaba los Sufa. Los peregrinos no podían apedrear los pilares el día 13 de Dhu al-Hijjah hasta que uno de los Sufa lanzara las piedras. Cuando los peregrinos apedreaban los pilares y partían hacia Mina, los Sufa se situaban a ambos lados de Aqaba, el único camino hacia Mina. Ningún peregrino podía atravesar ese camino hasta que ellos hubieran terminado de pasar. Después de que se marchaban, se permitía el paso a los demás. Después de los Sufa, este raro honor pasó a Banu Saad ibn Zayd Manat, una familia de Banu Tamim.

2) El honor de dirigirse de Muzdalifa a Mina en la mañana del 10 de Dhu al-Hijjah pertenecía a Banu Adnan.

3) Adelantar o retrasar los meses sagrados. Banu Tamim ibn Adi, una rama de la tribu de Banu Kinana, era depositaria de este honor. (Ibn Hisham, volumen 1, pp. 119-122.)

El dominio de la tribu de Banu Juzāʿah sobre La Meca duró trescientos años. (Yaqut, Saʿdah, La Meca.)

Durante este período, las tribus adnaníes salieron de La Meca y del Hiyaz y se extendieron por Nayd, diversas regiones de Irak, Baréin y otros lugares. Algunas ramas de Quraysh permanecieron en los alrededores de La Meca. Eran beduinos. Estaban divididos en grupos separados, y algunas familias dispersas de ellos vivían en Banu Kinana. No desempeñaban ningún papel en el gobierno de La Meca ni en el mantenimiento de la Kaaba. Después apareció Qusay ibn Kilab. (Muhadarāt al-Jazrami, volumen 1, p. 35; Ibn Hisham, volumen 1, p. 117.)

Se cuenta acerca de Qusay que su padre murió cuando él todavía estaba en brazos de su madre. Después, su madre contrajo matrimonio con un hombre de la tribu de Banu Udhrah. Como la tribu de su esposo vivía en Siria, la madre de Qusay se trasladó allí. También llevó consigo a Qusay. Cuando llegó a la juventud, Qusay regresó a La Meca. En aquel tiempo, el gobernador de La Meca era Hulayl ibn Hubshiyyah al-Juzāʿi. Qusay envió una propuesta de matrimonio a Hubba, la hija de Hulayl.

Holail aceptó la propuesta y casó a Hoba. (Ibn Hisham, t. 1, pp. 117-118.) Tras la muerte de Holail, estalló una guerra entre los j uzaítas y los coraichitas por el dominio de La Meca y de la Kaaba. Al vencer en esta guerra, Qusay obtuvo el poder de gobierno y el derecho a encargarse del mantenimiento de la Kaaba.

¿Cuál fue la causa de esta guerra? Se han transmitido tres versiones al respecto.

En primer lugar, después de que aumentara el número de descendientes de Qusay y llegara una gran abundancia de riquezas, aumentaron su posición social y su influencia. Mientras tanto, cuando murió Holail, Qusay pensó que él era más apto que los Banu Juza’a y los Banu Bakr para encargarse del mantenimiento de la Kaaba y gobernar La Meca. También pensó que los coraichitas eran árabes de pura ascendencia ismaelita y los líderes de los demás ismaelitas. Por tanto, solo ellos tenían derecho al liderazgo y a la autoridad. Al considerar todo esto, Qusay consultó con varios hombres de las tribus de Quraysh y Banu Juza’a. Expresó su opinión preguntando si existía algún pacto que impidiera expulsar de La Meca a los Banu Bakr, de la tribu de Banu Juza’a. Todos estuvieron de acuerdo con él y le dieron su apoyo (Ibn Hisham, t. 1, pp. 117-118).

En segundo lugar, al morir, Holail, suegro de Qusay, había dejado estipulado que Qusay se encargaría del mantenimiento de la Kaaba y gobernaría La Meca (Ibn Hisham, t. 1, p. 118).

En tercer lugar, Holail había confiado a su hija Hoba la responsabilidad del mantenimiento de la Kaaba. Abu Ghibshan, de los juzaítas, fue nombrado su representante. Como representante de Hoba, Abu Ghibshan se encargaba del mantenimiento de la Kaaba. Tras la muerte de Holail, Qusay compró a Abu Ghibshan la autoridad sobre el mantenimiento de la Kaaba a cambio de un odre de vino. Sin embargo, la tribu de Juza’a no aprobó esta compraventa. Impidieron que Qusay entrara en la Kaaba. Por ello, Qusay reunió a Quraysh y a los Banu Kinana para expulsar de La Meca a los Banu Juza’a. Todos respondieron al llamamiento de Qusay, y los Banu Juza’a fueron expulsados de La Meca (Rahmatul lil-Alamin, t. 2, p. 55).

En resumen, cualesquiera que fueran las causas, los acontecimientos se desarrollaron así: tras la muerte de Holail, los miembros de la tribu de Sufa quisieron seguir haciendo lo que habían hecho anteriormente. En ese momento, Qusay reunió a los miembros de las tribus de Quraysh y Kinana. A los reunidos junto al camino de Aqaba, Qusay les dijo: «Nosotros somos más dignos de este honor que vosotros» (Ibn Hisham, t. 1, p. 117). Después de estas palabras comenzó un violento enfrentamiento entre ambos bandos, y Qusay arrebató el honor a los suf as. En ese momento, los miembros de las tribus de Banu Juza’a y Banu Bakr, en lugar de solidarizarse con Qusay, se opusieron a él. Entonces Qusay los amenazó. Finalmente, estalló una guerra entre ambos bandos y murieron muchas personas (Qalb Yacirat al-Arab, p. 232). Después de la guerra, conforme a los términos del tratado de paz, Qusay reorganizó la administración de La Meca. Convocó a los coraichitas de las distintas zonas de La Meca y los incorporó a la administración. Además, asignó a cada familia coraichita un lugar determinado para el ramadán. Mantuvo en sus cargos a los encargados de calcular los meses, a los Banu Adwan, de los Safwan, y a los Banu Marra ibn Awf. Qusay consideraba que esto también formaba parte de la religión y que nadie tenía derecho a modificarlo (Ibn Hisham, t. 1, pp. 124-125).

Una de las principales obras de Qusay fue establecer la Dar al-Nadwa a ambos lados de la casa de la Kaaba. Su puerta daba hacia la mezquita. En realidad, la Dar al-Nadwa era el edificio del parlamento de los coraichitas. Su importancia e influencia en la vida social de los coraichitas eran extraordinarias. Esta institución era un símbolo de la unidad de los coraichitas. Allí se resolvían muchos problemas complejos de la sociedad. (Ibíd., t. 1, p. 125; Muhadarate Jazrami, t. 1, p. 36.)

Qusay poseía los siguientes honores y poderes.

1) La presidencia de Dar an-Nadwa. Allí se consultaban muchos asuntos importantes. También se celebraban allí los matrimonios de jóvenes de ambos sexos.

2) Liwā, es decir, el estandarte de guerra, que se ataba en la mano de Qusay.

3) Hiyāba, el mantenimiento de la Kaaba. Esto significaba que Qusay abría la puerta de la Kaaba, y todos los servicios y tareas de mantenimiento de la Kaaba se realizaban bajo su supervisión.

4) Siqāya, dar de beber agua. Se llenaban de agua varios depósitos para los peregrinos. Después, se mezclaban dátiles y pasas con esa agua para endulzarla. Los peregrinos del Hayy bebían de ella en cuanto llegaban a La Meca. (Muhādarāt al-Jazramī, t. 1, p. 36).

5) Rifāda, la hospitalidad a los peregrinos. Esto significaba preparar comida para agasajarlos. Con este fin, Qusay imponía a los qurayshíes una contribución determinada. Ese dinero debía entregarse a los Qusay durante la temporada del Hayy. Qusay hacía preparar con el dinero recaudado comida para los peregrinos. Se servía comida a los peregrinos pobres y necesitados. También se ayudaba a aquellos que no tenían medios para regresar a sus hogares (Ibn Hisham, t. 1, p. 11).

Qusay poseía todos los cargos mencionados. El nombre de su hijo mayor era Abd ad-Dar. El nombre de su segundo hijo era Abd Manaf. El segundo hijo alcanzó una elevada posición de liderazgo y autoridad durante la vida de Qusay. Por ello, Qusay dijo a su hijo mayor, Abd ad-Dar: «Aunque ellos te hayan superado, yo te elevaré a su mismo rango». Después, Qusay designó y legó a Abd ad-Dar la sucesión en todos los cargos. Es decir, le confió la presidencia de Dar an-Nadwa, el mantenimiento de la Kaaba, el transporte del estandarte de guerra, el suministro de agua a los peregrinos y la hospitalidad a los peregrinos. Durante la vida de Qusay, nadie objetaba ninguna de sus palabras o acciones; por el contrario, todos aceptaban todo sin protestar. Por ello, después de su muerte, todos aceptaron sus decisiones sin crítica. Los hijos de Qusay mostraron pleno respeto por el legado de su padre. Después de la muerte de Abd Manaf, sus hijos comenzaron a negociar con sus primos sobre los asuntos mencionados. Criticaban que sus primos monopolizaran los cargos y expresaban su descontento. Como consecuencia, los qurayshíes se dividieron en dos grupos. Estuvo a punto de estallar una guerra entre ambos bandos. Sin embargo, en cierto momento las dos partes propusieron una solución conciliatoria y se repartieron entre sí los distintos cargos. Después, la responsabilidad de dar agua a los peregrinos y de ofrecerles hospitalidad fue confiada a los Banu Abd Manaf. El liderazgo de Dar an-Nadwa y el mantenimiento de la Kaaba quedaron en manos de los hijos de Abd ad-Dar. En cuanto a los cargos obtenidos, los hijos de Abd Manaf organizaron un sorteo. En el sorteo salió el nombre de Hashim, hijo de Abd Manaf. Como resultado, Hashim desempeñó durante toda su vida la responsabilidad de dar agua a los peregrinos y ofrecerles hospitalidad. Después de la muerte de Hashim, su hermano Muttalib asumió esta responsabilidad. Después de Muttalib, la responsabilidad recayó en su sobrino Abd al-Muttalib. Él era el abuelo del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Abbas, hijo de Abd al-Muttalib, obtuvo esta responsabilidad. (Ibíd., t. 1, pp. 129, 132, 178 y 179).

Además, había algunos otros cargos que los qurayshíes se repartían entre sí. Mediante estos cargos, los qurayshíes habían establecido una especie de pequeño gobierno. La administración de ese gobierno se asemejaba en cierta medida al sistema parlamentario de la época actual. El esquema de los cargos era el siguiente:

a) Isār, es decir, la adivinación. Este cargo, que incluía el cuidado de las flechas colocadas junto a los ídolos para conocer el destino, pertenecía a los Banu Yumah.

b) La administración de los recursos: la gestión de los presentes, ofrendas y sacrificios que se ofrecían para acercarse a los ídolos. Además, a los Banu Sahm se les había confiado la responsabilidad de resolver las disputas y los conflictos.

c) La shura; este honor correspondía a los Banu Asad.

d) Ashnaq: la recaudación y distribución del dinero de las indemnizaciones y las multas. La tribu de los Banu Taym ostentaba este cargo.

e) Uqab: llevar la bandera nacional. Este honor estaba encomendado a la tribu de los Banu Umayya.

f) Qubba: la administración de los campamentos militares y el mando de los soldados. Este honor correspondía a los Banu Majzum.

g) Safayat: la supervisión de los asuntos relacionados con los viajes. Esta responsabilidad la desempeñaba la tribu de los Banu Adi. (Tarij Abdul Corán, tomo 2, págs. 104, 105 y 106).

La situación administrativa de las demás regiones de Arabia

Anteriormente se ha hablado de la salida de los árabes qahtaníes y adnaníes de sus tierras, y se ha mencionado que todo el país fue dividido entre estas tribus árabes. Después, la situación de su liderazgo y autoridad era tal que se consideraba que las tribus que vivían en los alrededores de la Kaaba estaban sometidas a Hira. Pero esto era solo nominal; en realidad no era así. Salvo los dos lugares mencionados, los árabes de las demás regiones eran completamente independientes.

Entre todas estas tribus estaba establecido un sistema de jerarquías. Los propios miembros de la tribu designaban a sus dignatarios. Para estos jefes, la tribu constituía una especie de pequeño gobierno. Por medio de ella se garantizaban la seguridad de la existencia política, la resolución de las disputas y los desórdenes tribales, así como la administración y defensa de su territorio.

La posición de los jefes era semejante a la de los reyes de su sociedad. En asuntos de guerra y paz, las decisiones de los jefes eran definitivas. En ninguna circunstancia se producía cambio alguno en esta situación. El poder de estos jefes tribales no era en absoluto inferior al que debía tener un dictador; algunos jefes gozaban de una independencia completa en todos los aspectos. Un poeta lo describió así: «Entre nosotros tienes derecho a una cuarta parte del botín. Además, te corresponden riquezas escogidas. Tú dictaminarás, y también tendrás la propiedad de esos bienes. Asimismo, eres dueño de todo lo que se encuentre en el camino y de lo que quede como excedente después del reparto».

La situación política

Ya se ha hablado del sistema de gobierno y de los gobernantes de la Península Arábiga; por ello, conviene exponer brevemente su situación política.

Los habitantes de las tres zonas fronterizas de la Península Arábiga eran vecinos de países distintos. En esos tres países reinaban la agitación, el desorden y la inestabilidad política. La gente estaba dividida en dos clases: esclavos y señores. Toda clase de oportunidades, autoridad y privilegios estaban en manos de los gobernantes extranjeros. Todas las cargas recaían sobre los esclavos. Dicho claramente, la administración era como una explotación agrícola: la población era considerada una fuente de ingresos para el gobierno. Los gobernantes gastaban esas riquezas en su propia felicidad y bienestar, comodidad, opulencia y lujo. El pueblo se debatía a ciegas, impotente. Los gobernantes continuaban infligiendo toda clase de injusticias y opresión al pueblo, que las soportaba en silencio y sin protestar. No tenía ningún medio para presentar quejas. Debía soportar la deshonra, la humillación y la opresión. Las personas que ocupaban el poder gobernaban como dictadores. Los seres humanos no tenían ningún derecho.

Los pueblos vecinos que se habían establecido junto a estas zonas padecían indecisión. Los miembros de estas tribus cambiaban de decisión según las circunstancias y las necesidades. A veces apoyaban a los iraquíes y otras veces se alineaban con los sirios.

Las tribus que vivían en el interior de Arabia también estaban profundamente fragmentadas. Por todas partes había disputas, conflictos, enfrentamientos, divisiones religiosas heredadas y desorden.

Incluso en medio de toda esta agitación, aquellas personas divididas y dispersas apoyaban, cuando era necesario, únicamente a su propia tribu. En este asunto no prestaban ninguna atención a lo justo o lo injusto. Un poeta, portavoz de una tribu, dijo:

Soy uno de los miembros de la tribu de Gázira. Si ellos toman el camino equivocado, yo también lo tomaré; y si siguen el camino correcto, yo también lo seguiré.

No había en Arabia ningún rey que se identificara con el pueblo. Nadie tenía un refugio ni a alguien en quien confiar y apoyarse en la tristeza, el sufrimiento, los problemas, las crisis y las desgracias.

El gobernante del Hiyaz era considerado con respeto y se le honraba como una figura central. En realidad, el gobernante del Hiyaz era un líder tanto mundano como religioso. Como líder religioso, había establecido su autoridad sobre los árabes. Su gobierno era aceptado sin oposición en la Kaaba y sus alrededores. La atención a quienes acudían a visitar la Kaaba, la satisfacción de sus necesidades, la aplicación de la sharía y la preservación y el desarrollo del sistema parlamentario, entre otras tareas, estaban encomendados a ese gobernante. Sin embargo, aquellos gobernantes eran tan débiles que no tenían la capacidad de asumir la carga de los problemas internos de Arabia, es decir, de resolver todos sus problemas. La prueba de esta debilidad se manifestó durante el ataque de los abisinios.

Las creencias y doctrinas religiosas de los árabes

Debido a la predicación y difusión del mensaje de Ismael —la paz sea con él—, la gente común de Arabia seguía la religión de Abraham. Adoraban únicamente a Alá y creían en el tawhid, es decir, en la unicidad de Dios. Pero, con el paso de los días, fueron olvidando cada vez más las enseñanzas de la religión. Aun así, entre ellos permanecían algunos vestigios de la luz del tawhid y de las enseñanzas de Abraham. Entretanto, apareció en escena Amr ibn Luhay, jefe de la tribu de Banu Juzaa. Desde su infancia, este hombre se había criado en un ambiente religioso y piadoso. Su interés por los diversos asuntos religiosos era extraordinario. La gente común lo miraba con afecto. Lo seguían considerándolo un destacado experto religioso. En cierto momento, este hombre viajó a Siria. Al ver que allí se practicaba la idolatría, pensó que aquello también debía ser realmente una buena obra. Muchos profetas habían aparecido en Siria y allí habían sido revelados libros celestiales. Por tanto, lo que hacía el pueblo sirio debía ser sin duda una obra buena y piadosa. Con este pensamiento, al regresar de Siria trajo consigo un ídolo llamado Hubal y lo colocó dentro de la Kaaba. Después invitó a los habitantes de La Meca a asociar copartícipes a Alá mediante la adoración de ese ídolo. Los habitantes de La Meca respondieron masivamente a su llamada. Al ver que la población de La Meca practicaba la idolatría, la gente de distintas regiones de Arabia la imitó. La gente de la Arabia mayor consideraba sacerdotes a los encargados del mantenimiento de la Kaaba. (Mukhtasar as-Sira, del jeque Muhammad ibn Abd al-Wahhab an-Najdi, p. 12). Por esta razón, imitaron a los habitantes de La Meca en la idolatría. Así comenzó a extenderse la idolatría en Arabia.

Además de Hubal, uno de los antiguos ídolos de Arabia era Manat. Este ídolo había sido colocado en un lugar llamado Mushallal, en la zona de Qudayd, en la costa del mar Rojo. (Sahih al-Bujari, tomo 1, p. 222). Después, en Taif, se colocó un ídolo llamado Al-Lat. En un lugar llamado Najla se colocó un ídolo llamado Al-Uzza y se le adoró. Estos tres eran los ídolos más importantes de Arabia.

Siguiendo a estos ídolos, en poco tiempo se extendió el shirk en el Hiyaz y se desató una fiebre por erigir ídolos. Se dice que un yinn era seguidor de Amr ibn Luhay. Le informó a Amr de que los ídolos del pueblo de Noé —Wadd, Suwa, Yaghuz, Yauq y Nasr— estaban enterrados en Yeda.

Al enterarse de ello, Amr ibn Luhay fue a Yeda y desenterró todos esos ídolos. Después los llevó a La Meca. Durante la temporada del hach, esos ídolos fueron entregados a distintas tribus. Las tribus los llevaron a sus respectivas regiones. De este modo, se colocaron ídolos en cada tribu y, posteriormente, en cada hogar.

Con el paso del tiempo, los politeístas llenaron la Kaaba de ídolos. En el momento de la conquista de La Meca había trescientos sesenta ídolos en la Kaaba. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, rompió aquellos ídolos con sus propias manos. Los golpeaba con un bastón y, de inmediato, el ídolo caía al suelo. Después, por orden suya, todos los ídolos fueron sacados de la Kaaba y quemados. (Mukhtasar as-Sirah, del jeque Muhammad ibn Abd al-Wahhab an-Najdi, pp. 13, 50, 51, 52 y 54). En resumen, el shirk y la idolatría eran las mayores prácticas religiosas de la época de la ignorancia. Al practicar la idolatría, creían que seguían la religión de Abraham.

Entre los politeístas se habían establecido ciertas normas y prácticas particulares de la idolatría. La mayoría de ellas fueron inventadas por Amr ibn Luhay. La gente de La Meca consideraba todas estas acciones de Amr con admiración. No las consideraban una modificación de la religión de Abraham, sino una buena innovación religiosa. A continuación se presentan algunas de las prácticas de idolatría de los politeístas:

Uno) Durante la época de la ignorancia, los politeístas se sentaban con devoción ante los ídolos y buscaban refugio en ellos. Los invocaban a gritos y les pedían ayuda para satisfacer sus necesidades, aliviar sus dificultades y resolver sus problemas. Creían que los ídolos intercederían ante Allah por ellos y harían realidad sus deseos.

Dos) Se realizaban el hajj y el tawaf en honor de los ídolos. Ante ellos se suplicaba con humildad y se les hacía la postración.

Tres) Se presentaban obsequios y ofrendas a los ídolos. A menudo se llevaban los animales destinados al sacrificio al santuario de los ídolos y se los degollaba allí. Sin embargo, se hacía en nombre de los ídolos. Allah, el Altísimo, ha mencionado en el Corán estas dos formas de sacrificio. También se ha declarado ilícito el animal sacrificado sobre el altar de la idolatría.

Allah, el Altísimo, también dice: «No comáis la carne de aquellos animales sobre los que no se ha mencionado el nombre de Allah»; es decir, no comáis nada que haya sido sacrificado en nombre de otro que no sea Allah.

Cuatro) Otra forma de obtener la complacencia de los ídolos consistía en que los politeístas separaban para ellos una parte de sus alimentos y bebidas, de sus cosechas y de sus animales cuadrúpedos. Lo curioso es que también reservaban una parte para Allah. Luego, según las distintas circunstancias, ofrecían a los ídolos la parte reservada para Allah, pero jamás ofrecían a Allah la parte reservada para los ídolos.

Así dice Allah, el Altísimo: «De lo que Allah ha creado de cosechas y animales, ellos destinan una parte a Allah y, conforme a sus propias conjeturas, dicen: “Esto es para Allah y esto es para nuestros dioses”. Lo que corresponde a sus dioses no llega a Allah, mientras que lo que corresponde a Allah llega a ellos. ¡Qué detestable es su juicio!»

Quinto) Habían establecido como una forma de obtener la complacencia de los ídolos que los politeístas hicieran diversos votos respecto a los cultivos que producían y a los animales cuadrúpedos. Así dice Allah, el Altísimo: «Según sus propias conjeturas, dicen: “Estos ganados y cultivos están prohibidos; nadie podrá comer de ellos excepto quien nosotros queramos”. Y no mencionaban el nombre de Allah al prohibir montar sobre el lomo de ciertos animales».

Sexto) Entre estos animales estaban la Bahira, la Saiba, la Wasila y el Hami. Ibn Ishaq dijo que se llamaba Bahira a la cría hembra de la Saiba. Se llamaba Saiba a la camella que paría diez crías hembras sucesivamente, sin que naciera entre ellas ninguna cría macho. A esa camella se la dejaba en libertad; no se montaba sobre su lomo, no se le cortaba el pelo y nadie, salvo los huéspedes, bebía de su leche. La cría que esta camella daba a luz la undécima vez era dejada en libertad junto con su madre y tampoco se montaba sobre ella. Cuando tenía una cría, esta era llamada Saiba.

Se llamaba Wasila a la cabra que paría dos crías hembras cinco veces sucesivas; es decir, que daba diez crías hembras en cinco partos, sin que naciera ninguna cría macho. Después, la cría que estas cabras parían la sexta vez correspondía únicamente a los hombres, y las mujeres no podían comerla.

Se llamaba Hami al camello macho de cuyo semen nacían diez crías hembras consecutivas, sin que naciera entre ellas ninguna cría macho. A este tipo de camello se lo dejaba reservado: no se permitía que nadie montara sobre su lomo ni se le cortaba el pelo. Se lo dejaba vagar libremente entre la manada de camellos y no se le encomendaba ningún otro trabajo. En protesta contra estas formas de culto a los ídolos y costumbres extendidas durante la época de la ignorancia, Allah, el Altísimo, dice en el Corán: «Allah no ha establecido la Bahira, la Saiba, la Wasila ni el Hami; pero los incrédulos inventan mentiras contra Allah, y la mayoría de ellos no comprende».

Allah, el Altísimo, también dice en el Corán: «Y dicen además: “Lo que hay en estos ganados está destinado exclusivamente a nuestros hombres y está prohibido para nuestras mujeres; pero si nace muerto, todos, hombres y mujeres, participan de él”». Él les dará la recompensa por tales afirmaciones. Él es Sabio y Omnisciente.

Se han mencionado otros significados para la clasificación señalada de los animales cuadrúpedos, es decir, la Bahira, la Saiba y otros similares. (Sira de Ibn Hisham, tomo 1, pp. 89-90). La explicación de Ibn Ishaq presenta cierta diferencia respecto a la explicación mencionada.

Hazrat Sa‘id ibn al-Musayyab, que Allah tenga misericordia de él, dijo: «Estos animales eran para sus taguts». (Sahih al-Bujari, tomo 1, p. 499). Se ha narrado en el Sahih al-Bujari que la primera persona que dejó animales en nombre de los ídolos fue Amr ibn Luhay. (La misma fuente).

Los árabes practicaban estos ritos y ceremonias creyendo que los ídolos los acercarían a Allah e intercederían por ellos ante Allah. Allah dice en el Sagrado Corán que los politeístas decían: «Solo los adoramos para que nos acerquen a Allah».

Allah Todopoderoso también dice en el Corán: «Aquellos a quienes invocan aparte de Allah no pueden perjudicarlos ni beneficiarlos. Dicen: “Estos son nuestros intercesores ante Allah”». (18:10)

Los politeístas de La Meca utilizaban las flechas de los azlam, es decir, las flechas de la adivinación. Azlam es el plural de zalamun. Se llama zalam a la flecha que no lleva plumas. Estas flechas utilizadas para la adivinación eran de tres tipos. En un tipo de flechas estaban escritas las palabras «sí» y «no». Este tipo de flechas se utilizaba para asuntos como viajes y matrimonios. Si en la adivinación aparecía «sí», se realizaba el acto previsto; si aparecía «no», se aplazaba durante un año. Al año siguiente se volvían a utilizar las flechas de la adivinación para realizar aquel acto. En las flechas del segundo tipo estaban grabadas palabras como «agua», «diyah» o indemnización, y otras similares.

En las flechas del tercer tipo estaban escritas las palabras «de entre vosotros» o «de fuera de vosotros». Estas flechas se utilizaban cuando había dudas sobre el linaje de alguien: se lo llevaba ante el ídolo Hubal junto con cien camellos.

Esos camellos se entregaban al guardián, el propietario de las flechas. Este reunía las flechas, las mezclaba y las agitaba. Después extraía una flecha. Si en ella estaba escrito «de entre vosotros», aquella persona era considerada un miembro honorable de la tribu. Si en la flecha estaba escrito «de fuera de vosotros», no se consideraba a esa persona miembro del bando enemigo, sino que se le concedía el derecho de vivir normalmente entre la tribu, como uno de los suyos. (Muhadarat al-Jazrami, vol. 1, p. 56; Ibn Hisham, vol. 1, pp. 102-103)

Entre los politeístas existía también otra costumbre muy similar. Consistía en jugar a los juegos de azar y utilizar las flechas del juego. Según las marcas de esas flechas, se sacrificaba un camello y se distribuía su carne. (La regla era que quien jugaba apostaba sacrificaba un camello y lo dividía en diez o veintiocho partes. Después se echaban suertes con las flechas. Algunas flechas tenían una marca de victoria. A la persona cuyo nombre salía en la flecha ganadora se la declaraba vencedora y recibía gratuitamente la carne del camello. A la persona cuyo nombre salía en una flecha sin marca se le hacía pagar el precio de la carne.)

Los politeístas árabes creían en las palabras de los magos y astrólogos. Estos hablaban sobre lo bueno y lo malo del futuro. Algunos afirmaban tener un yinn subordinado que les traía noticias. Otros afirmaban poseer una inteligencia y una perspicacia otorgadas por Dios, gracias a las cuales podían hacer predicciones exactas sobre el futuro. Entre ellos había una clase llamada arrāf. Estos hablaban sobre los robos, recuperaban los bienes robados e identificaban el lugar donde se había cometido el robo. Se llamaba astrólogos a quienes estudiaban el movimiento de las estrellas y, mediante cálculos, predecían los acontecimientos futuros del mundo. (Mir’āt al-Mafātīh, comentario de Mishkāt al-Masābīh, vol. 2, p. 2-3, edición de Lucknow.)

Creer en las palabras de un astrólogo equivale, en realidad, a creer en las estrellas. Los politeístas de La Meca creían en las estrellas y decían: «La lluvia que cae sobre nosotros procede de tal o cual estrella». (Sahih Muslim, comentario de al-Nawawi, Libro de la fe, vol. 1, p. 95)

También realizaban otras prácticas similares para determinar lo bueno y lo malo. Por ejemplo, colgaban un hueso de la rodilla de un conejo. Consideraban de mal agüero ciertos días, meses, hombres y mujeres. Evitaban tocar a los enfermos y consideraban perjudicial verlos. Creían que, después de salir del cuerpo, el alma se convertía en un búho. Creían que el alma del asesinado no descansaba si no se tomaba venganza contra su asesino. Creían que el alma del asesinado vagaba por montañas y llanuras y gritaba: «¡Tengo sed, dadme de beber!». Creían que el alma del asesinado descansaba cuando se recibía la indemnización por el homicidio. (Sahih al-Bujari, vol. 2, pp. 851, 857)

La disputa de los coraichitas sobre la religión de Abraham

Se ha expuesto brevemente el pensamiento, las creencias y las prácticas de la gente durante la época de la ignorancia. Además de todo esto, también observaban parcialmente la religión de Abraham. Es decir, no habían abandonado por completo la religión de Abraham. Circunvalaban la Kaaba, honraban la Kaaba, realizaban el hayy y la umra, permanecían en Arafat y Muzdalifa, y sacrificaban los animales del hady. Sin embargo, habían introducido varias innovaciones en la religión de Abraham. A continuación se mencionan algunos ejemplos.

Una de las innovaciones de los coraichitas era que decían: «Somos descendientes del profeta Abraham, la paz sea con él. Somos los guardianes o encargados del mantenimiento de la Kaaba, los administradores de la Casa Sagrada y los habitantes de La Meca; nadie tiene una posición igual a la nuestra. Nadie posee derechos equivalentes a los nuestros». Por ello se daban el nombre de Hums, es decir, valientes y fervorosos. Decían: «Tenemos una posición tan extraordinaria que no es apropiado que salgamos de los límites de la Kaaba». Durante el hayy no iban a Arafat ni regresaban de allí conforme al ritual establecido. En cambio, permanecían en Muzdalifa y regresaban desde allí. Allah, exaltado sea, corrigió esta innovación diciendo: «Luego, regresad desde el lugar desde donde regresan los demás». (Ibn Hisham, tomo 1, pág. 199; Sahih al-Bujari, tomo 1, pág. 226)

Una de las innovaciones de los idólatras era que decían que, para los Hums, es decir, los coraichitas, no estaba permitido preparar queso ni ghee mientras llevaban el ihram. Tampoco estaba permitido entrar en una vivienda de lana, es decir, en una tienda de mantas, ni buscar sombra en ningún lugar que no fuera una tienda de cuero. (Ibn Hisham, tomo 1, pág. 202)

Otra de sus innovaciones era que no estaba permitido comer los alimentos ni beber las bebidas que quienes venían de fuera de La Meca para realizar el hayy o la umra traían consigo. (La misma fuente)

Otra innovación consistía en que habían ordenado a los habitantes de fuera de La Meca que, al llegar al recinto sagrado, para realizar su primera circunvalación debían usar una vestimenta obtenida de los Hums, es decir, de los coraichitas. Si no encontraban ropa, los hombres circunvalaban desnudos, y las mujeres se quitaban toda la ropa, se ponían una pequeña camisa abierta y circunvalaban. Durante la circunvalación recitaban este poema:

«Hoy quedará al descubierto parte o la totalidad de las partes íntimas. Lo que llegue a verse no lo consideraré un acto ilícito.»

Para poner fin a esta conducta obscena, Allah, exaltado sea, reveló esta aleya: «¡Oh, hijos de Adán! Vestid hermosamente cada vez que oréis». (7:31)

Si algún hombre o mujer procedente de fuera de La Meca realizaba el tawaf con una vestimenta traída de fuera de La Meca, al terminar el tawaf dicha vestimenta era arrojada. Ni esa persona la utilizaba ni la utilizaba ninguna otra (ibíd., tomo I, págs. 202-203; Sahih al-Bujari, tomo I, pág. 226).

Una de las innovaciones de los coraichitas era que, mientras estaban en estado de ihram, no entraban por la puerta de la casa; más bien, hacían un agujero en la parte posterior de la casa, entraban por él y salían por él.

Consideraban este tipo de actos extravagantes como actos de piedad. En el Sagrado Corán, Allah les prohibió actuar de ese modo. Allah dice: «No es ninguna virtud entrar en vuestras casas por la parte trasera; la virtud consiste en que quien adopte la taqwa. Así pues, entrad en las casas por sus puertas. Temed a Allah, para que podáis triunfar».

Este era el panorama de la vida religiosa de los politeístas.

Además, en la Península Arábiga estaban ampliamente difundidos el judaísmo, el cristianismo, el maŷusismo o culto al fuego, y las doctrinas sabeas. A continuación se ofrece una breve explicación de estas doctrinas. Los judíos de la Península Arábiga tuvieron dos épocas. La primera fue el período en que los gobiernos de Babilonia y Asiria conquistaron Palestina. En ese tiempo, los judíos se vieron obligados a abandonar su patria. Como consecuencia de la severa persecución y opresión de esos gobiernos y de la destrucción de los asentamientos judíos, numerosos judíos abandonaron el Hiyaz y se establecieron en la región septentrional de Palestina (Kalbe, La Península Arábiga, pág. 251).

La segunda época fue el período en que, en el año 70 de la era cristiana, los romanos, bajo Tito, conquistaron Palestina. En ese tiempo, debido a la persecución romana de los judíos, estos se establecieron en Tayma y construyeron fortalezas. Como resultado del contacto con estos judíos emigrados, el pensamiento judío se difundió entre los habitantes árabes. Por ello, tanto antes como después de la aparición del islam, los judíos se convirtieron en distintos momentos en una fuerza importante. Las famosas tribus judías existentes en la época de la aparición del islam eran las de Jaybar, Nadir, Mustaliq, Qurayza, Qaynuqa y Samhudi. Ofa wa Ofa menciona en la página 116 de su obra que en aquella época había más de veinte tribus judías (ibíd.).

Los judíos también eran bastante poderosos en Yemen. La doctrina judía se difundió en Yemen por medio de un hombre llamado Tubban Asad Abu Karab. Mientras combatía, este hombre llegó a Yathrib.

Después de llegar a Yathrib, adoptó la doctrina judía y llegó a Yemen acompañado de dos especialistas judíos en religión de los Banu Qurayza. Por medio de ellos, la doctrina judía se difundió y propagó en Yemen. Después de Abu Karab, su hijo Yusuf Dhu Nuwas tomó el poder gobernante de Yemen. Impulsado por el fervor de la doctrina judía, este hombre atacó a los cristianos de Nayran e intentó obligarlos a convertirse al judaísmo. Pero ellos se negaron. Entonces, el enfurecido Dhu Nuwas mandó cavar un enorme foso, le prendió fuego y luego arrojó a aquel foso, entre las llamas ardientes, a personas de todas las categorías: mujeres y hombres, niños y ancianos. En este suceso fueron asesinadas entre veinte y veinticuatro mil personas. El hecho ocurrió en octubre del año 523 de la era cristiana. Este acontecimiento se menciona en la sura al-Buruy del Sagrado Corán (Ibn Hisham, tomo I, págs. 20, 21, 22, 27, 31, 35 y 36).

En las regiones árabes, el cristianismo se difundió por medio de los conquistadores abisinios y romanos. Ya se ha mencionado que los abisinios comenzaron a ejercer su dominio sobre Yemen por primera vez en el año 340. Esta situación se mantuvo hasta el año 378. Durante ese período, los misioneros cristianos continuaron su labor en Yemen. En aquel tiempo, un destacado asceta llamado Faymiyun llegó a Nayrán y predicó el cristianismo entre sus habitantes. Después de comprobar la veracidad del cristianismo, los habitantes de Nayrán lo aceptaron. (Ibn Hisham, tomo 1, págs. 31, 32, 33 y 34)

Las huellas de la masacre de Dhu Nuwas no se habían borrado. Como reacción a este trágico acontecimiento, los abisinios volvieron a conquistar Yemen y Abraha tomó el poder. Este hombre construyó un templo en Yemen. Quería que los creyentes acudieran al templo que él había construido en lugar de ir a la Kaaba de La Meca. Con este propósito, aquel malvado emprendió la destrucción de la Kaaba en La Meca. Por haber mostrado esta repugnante osadía, Allah le impuso un castigo tal que aquel acontecimiento quedó como una lección para todos los que vivieron antes y después.

Por otro lado, debido a que los romanos eran vecinos de las zonas ocupadas, el cristianismo se difundió entre tribus árabes como los Banu Ghassan, los Banu Taglib y los Banu Ta’i. Algunos gobernantes árabes de Hira también se convirtieron al cristianismo.

La mayoría de los seguidores de la religión mazdea o de los adoradores del fuego vivían en las regiones árabes vecinas de Persia, como Irak, Baréin y las zonas costeras del golfo Árabe. Además, después de que Persia estableciera su dominio sobre Yemen, muchas personas adoptaron el mazdeísmo de manera dispersa.

La religión sabea o sabeana. Las inscripciones encontradas durante la excavación y recuperación de antiguos vestigios en Irak y otros lugares indican que el sabeísmo era la religión del pueblo caldeo. Eran descendientes del profeta Ibrahim, la paz sea con él. En la Antigüedad, muchos habitantes de Siria y Yemen seguían esta religión. Sin embargo, cuando el judaísmo y el cristianismo comenzaron a triunfar ampliamente, esta religión desapareció. Aun así, algunos de sus seguidores permanecieron en Irak y en la región del golfo Árabe, mezclados con los mazdeos o entre sus vecinos. (Tarij Ardh al-Qur’an, tomo 2, págs. 193-208)

La situación religiosa general

En el momento de la aparición del islam, las religiones mencionadas estaban presentes en Arabia. Sin embargo, todas estas doctrinas religiosas se encontraban al borde del colapso. Aunque los idólatras se consideraban seguidores de la religión de Ibrahim, en realidad estaban muy alejados de los mandatos y prohibiciones de la religión de Ibrahim.

Los idólatras no tenían la más mínima relación con las enseñanzas que la religión de Ibrahim había impartido para formar un carácter elevado. Estaban sumergidos en el fango del pecado. Desde hacía mucho tiempo, entre ellos existían la inmoralidad, la injusticia y las malas costumbres originadas por la idolatría. Por estas razones, su vida política y religiosa colectiva se había visto gravemente afectada.

Los seguidores de la religión judía se caracterizaban por un orgullo que llegaba hasta el cielo. Los sacerdotes judíos se habían erigido en señores, dejando de lado a Allah. Imponían por la fuerza sus propios deseos a la gente. Habían sometido los pensamientos, las ideas, las convicciones y las palabras de las personas a su propia voluntad. Se dedicaban por completo a obtener poder, riquezas y bienes. Estaban siempre ansiosos por apoderarse de todo ello a cualquier precio. Querían obtener poder y riquezas, aunque para ello tuvieran que destruir la religión. Los politeístas estaban entregados a la incredulidad y a la rebelión contra Dios. Estas malas acciones les servían para satisfacer sus deseos. No vacilaban lo más mínimo en desobedecer las órdenes de Allah.

El cristianismo era una religión idólatra y extravagante. Habían mezclado de manera asombrosa a Allah con el ser humano. Esta religión no ejercía ninguna influencia real sobre los árabes que la seguían, pues sus vidas personales no guardaban ninguna relación con las enseñanzas de la religión. En ninguna circunstancia estaban dispuestos a abandonar su vida dedicada por completo a los placeres. Sus vidas personales, familiares y sociales estaban sumergidas en el fango del pecado.

La vida de los seguidores de las demás religiones de Arabia era como la de los politeístas. Aunque sus religiones diferían entre sí, en su interior eran iguales. No solo lo eran en su forma de pensar, sino también en sus prácticas y costumbres.

Algunos aspectos de la sociedad de la Yahiliyyah

Después de describir la situación política y religiosa de la Península Arábiga, se presenta ahora un breve panorama de su situación económica y moral general.

Situación general

La población árabe vivía dividida en diferentes clases. La situación de cada clase era distinta de la de las demás. En la clase noble, la relación entre hombres y mujeres era bastante buena. Las mujeres de esta clase gozaban de mucha libertad y sus palabras eran tenidas en cuenta. Se las respetaba y protegía tanto que, cuando salían a la calle, se desenvainaban espadas y se derramaba sangre para defenderlas. Cuando alguien se jactaba de su generosidad y valentía, normalmente se dirigía a las mujeres. Si una mujer lo deseaba, podía encender entre ellos el fuego de la guerra y del derramamiento de sangre. A pesar de todo esto, se consideraba que los hombres eran los jefes de la familia y sus palabras se acataban con seriedad. En esta clase, la relación entre hombres y mujeres se establecía mediante el matrimonio, que se celebraba a través de los tutores de las mujeres. Las mujeres no tenían derecho a casarse por sí mismas sin la intervención de un tutor.

Aunque la situación de la clase noble era así, la de las demás clases era completamente distinta. La relación entre hombres y mujeres en esas clases no podía calificarse sino de inmoralidad, desvergüenza, impudicia, obscenidad y adulterio. Aisha —que Allah esté complacido con ella— dijo: «En la época de la Yahiliyyah había cuatro tipos de matrimonio».

El primer tipo era semejante al vigente en la actualidad. Por ejemplo, un hombre enviaba una propuesta a otro para casarse con su hija bajo su tutela. Después de aceptarse la propuesta, el matrimonio se consumaba mediante el pago de la dote.

El segundo tipo consistía en que, después de que una mujer casada quedara purificada de la menstruación, su marido le decía: «Envía una propuesta a tal hombre y entrégate a él». Es decir, cometía adulterio con él. Durante ese tiempo, el marido se mantenía alejado de su esposa y no se acercaba a ella. El marido no volvía con su esposa hasta que hubiera pruebas de que el hombre con quien ella había cometido adulterio había engendrado un hijo en su vientre. Después de que aparecieran señales de embarazo, el marido podía acercarse a ella si lo deseaba. La razón de hacerlo era que el hijo pudiera ser noble y perfecto. Este tipo de matrimonio se llamaba matrimonio de istibdāʿ. También se practica en la India.

En tercer lugar, menos de diez hombres mantenían relaciones adúlteras con una mujer en un mismo lugar. Cuando la mujer quedaba embarazada, los convocaba a todos. En aquella ocasión, ninguno podía ausentarse. Cuando todos estaban presentes, ella decía: «Bien sabéis lo que hicisteis, y ahora este hijo ha nacido de mi vientre. ¡Oh, fulano!, este hijo es tuyo». La mujer podía escoger el nombre de cualquiera, y aquel cuyo nombre mencionara debía aceptar al recién nacido como hijo suyo.

En cuarto lugar, muchos hombres se reunían y acudían a una mujer. Ella no rechazaba ni apartaba a ningún hombre que la deseara. Eran prostitutas. Colocaban una bandera delante de sus casas, de modo que cualquiera podía acudir a ellas libremente y sin impedimentos. Cuando una de esas mujeres quedaba embarazada y daba a luz, todos los hombres que habían mantenido relaciones con ella se presentaban y se convocaba a un experto. Este, según su opinión, atribuía el niño a uno de ellos. A partir de entonces, el niño crecía como hijo de la persona designada, y esta nunca podía negarlo como hijo suyo. Después de la llegada del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Allah abolió todas las formas de matrimonio de la sociedad de la ignorancia y estableció la forma de matrimonio islámico vigente en la actualidad. (Sahih al-Bujari, Kitab an-Nikah, tomo 2, p. 769; Abu Dawud, capítulo «Los tipos de matrimonio»; para una explicación detallada, véase Tafsir Fi Zilal al-Qur’an, tomo 14).

En Arabia, las relaciones entre mujeres y hombres a menudo se determinaban por el filo de la espada. En las guerras tribales, los vencedores capturaban a las mujeres de la tribu derrotada y las mantenían recluidas en sus harenes. Los hijos nacidos de ese tipo de mujeres cautivas no podían erguirse con dignidad en la sociedad. Siempre sentían vergüenza al declarar su identidad.

En la época de la ignorancia, no se consideraba censurable tener varias esposas. Muchos incluso mantenían simultáneamente en casa como esposas a dos hermanas carnales. Después de que el padre se divorciara de una mujer, o tras la muerte del padre, el hijo podía contraer matrimonio con su madrastra. El derecho al divorcio era exclusivamente prerrogativa del hombre. No había un número determinado de divorcios. (Abu Dawud, obras de exégesis, «El divorcio es dos veces», véase).

El adulterio estaba extendido por todos los estratos de la sociedad. Ninguna categoría de mujeres u hombres estaba libre de la vileza y la inmundicia del adulterio. Sin embargo, había algunos hombres y mujeres que, por orgullo de su supuesta superioridad, se abstenían de esa obscenidad. Además, la situación de las mujeres libres era relativamente mejor que la de las esclavas. La situación de las esclavas era la peor. La mayoría de los hombres de la época de la ignorancia no consideraba vergonzoso ni censurable relacionarse con las esclavas. En Sunan de Abu Dawud se menciona que, en cierta ocasión, un hombre se levantó y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Fulano es mi hijo. Durante la época de la ignorancia mantuve relaciones con su madre». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «En el islam no hay lugar para una afirmación de este tipo. El hijo pertenece ahora a aquel cuya esposa o esposo sea reconocida como esa mujer, mientras que para el adúltero está prescrita la pena de muerte por lapidación». Es bien conocida la disputa que tuvo lugar entre Saʿd ibn Abi Waqqas —que Allah esté complacido con él— y ʿAbd ibn Zamʿa acerca de ʿAbd al-Rahman ibn Zamʿa, hijo de la esclava de Zamʿa (Sahih al-Bujari, tomo 2, pp. 999, 1065). En la época de la ignorancia también había distintas clases de relaciones entre padres e hijos. Había personas que decían: «Nuestros hijos son nuestros hijos, como nuestro propio corazón, los que caminan sobre la tierra».

Por otro lado, había personas que, por temor a la deshonra y la pobreza, enterraban vivos a sus hijos. Enterraban a los niños. Mataban a sus hijos durante la infancia.

El Sagrado Corán menciona esto (sura al-An‘am, aleya 101; sura an-Nahl, aleyas 58-59; sura Bani Isra’il, aleyas 31 y 81; y sura al-Anfal). Es difícil decir si esta situación estaba ampliamente extendida. Esto se debe a que los árabes sentían la necesidad de contar con una fuerza humana más numerosa que otras naciones para enfrentarse a los enemigos y defenderse. Puede decirse que eran plenamente conscientes de ello.

Las relaciones entre los hermanos de sangre, con los primos paternos y con los demás miembros de la tribu eran bastante sólidas. Esto se debía a que los árabes vivían y morían apoyándose en la supremacía y el orgullo tribales. Dentro de las tribus existían plenamente la cooperación mutua y la solidaridad. La base del sistema social estaba establecida mediante el sistema de relaciones tribales.

Mantenían la idea de que había que ayudar al hermano, fuera opresor u oprimido. Más tarde, el islam estableció la justicia impidiendo que el opresor continuara con su opresión. En los intentos de dominación y liderazgo, todos los miembros de una tribu salían a luchar en apoyo de uno de sus hombres. Como ejemplo pueden mencionarse los acontecimientos de las tribus Aws-Jazray, Abs-Dhubyan y Bakr-Taghlib, entre otras.

Las relaciones entre las distintas tribus se habían deteriorado tanto que todas sus fuerzas se consumían en guerras mutuas. Debido a cierta influencia de las enseñanzas religiosas y de las costumbres sociales, a veces disminuían el horror y la gravedad de la guerra. En muchas ocasiones, distintas tribus también establecían alianzas bajo ciertas normas vigentes en la sociedad. Además, los meses sagrados resultaban especialmente favorables para instaurar la paz en la vida de los politeístas y para que se ganaran el sustento.

En suma, la situación general se encontraba en un estado de extrema decadencia. La ignorancia era omnipresente. La inmundicia y la depravación habían llegado al extremo. Las personas vivían como animales. Estaba extendida la práctica de comprar y vender mujeres. A menudo se las trataba como si fueran tierra o piedras. Las relaciones mutuas eran débiles y frágiles. Todo cuanto existía bajo el nombre de gobierno o administración se dedicaba a recaudar dinero y bienes de los súbditos para llenar el tesoro, y a movilizar tropas contra los adversarios.

Situación económica

La situación económica estaba subordinada a la situación social general. Al considerar las fuentes de sustento de los árabes, se observa que el comercio era el principal medio para obtener los recursos necesarios para su vida. El intercambio comercial no era posible. La situación de la península arábiga era tal que, salvo durante los meses sagrados, no existía en ningún otro momento un ambiente de paz y seguridad. Por esta razón se sabe que precisamente durante los meses sagrados se celebraban las famosas ferias y mercados árabes de Ukaz, Dhu al-Majaz, Majanna y otros.

En el ámbito industrial, los árabes estaban por detrás de todos los demás países del mundo. La mayoría de las industrias conocidas, como el tejido y el curtido de pieles, se realizaban en los países vecinos: Yemen, Siria, Hira o Irak. En Arabia se practicaban la agricultura y el cultivo de cosechas. En toda Arabia, las mujeres se dedicaban a hilar. Sin embargo, el problema era que los instrumentos para hilar escaseaban debido a los horrores de la guerra. La pobreza era un problema general. La gente se veía a menudo privada de los alimentos y las prendas de vestir necesarios.

Carácter

Es un hecho reconocido que entre los árabes se encontraban hábitos despreciables y censurables, y que realizaban actos que la razón y la conciencia no aprobaban en absoluto. Sin embargo, también poseían ciertas cualidades de carácter verdaderamente asombrosas. A continuación se presentan algunos detalles de esas cualidades.

Uno) Compasión y generosidad. Esta era una cualidad característica de los árabes. En este aspecto se observaba entre ellos un verdadero espíritu de competencia. Estaban tan orgullosos de esta virtud que la mitad de los árabes se habían convertido en poetas. Algunos se elogiaban a sí mismos y otros elogiaban a alguien más. A veces ocurría que, incluso durante un frío intenso y en tiempos de escasez, llegaba un invitado a la casa de alguien. En ese momento, el anfitrión no poseía más que un camello. Para agasajar a su huésped, sacrificaba precisamente ese animal. Gracias a su compasión y generosidad, también asumían grandes indemnizaciones y las pagaban debidamente. De este modo, se enorgullecían de salvar a la gente de la destrucción y del derramamiento de sangre, demostrando su superioridad sobre otros hombres ricos y distinguidos.

Precisamente debido a este tipo de generosidad, se observaba que se enorgullecían de beber vino. Beber vino no era, en realidad, una buena acción, pero el vino les permitía ser generosos y les facilitaba dar limosnas. Esto se debía a que, bajo los efectos de la embriaguez, gastar riquezas y bienes no resulta difícil para una persona. Por esta razón, los árabes llamaban «karam» a la vid, materia prima para elaborar el vino, y «bint al-karam» al vino. Al observar la poesía de los poetas de la época de la Ignorancia, se ve que prestaban gran atención a expresar su orgullo.

Antara ibn Shaddad al-Absí escribió en su Mu‘allaqa: «Después de que disminuyó el intenso calor del sol del mediodía, bebí vino de una copa amarilla decorada. Cuando bebo vino, entrego mis riquezas como donativo. Pero incluso entonces soy consciente de mi honor y mi reputación; no permito que se manche. Incluso después de recobrar la conciencia, no escatimo en generosidad. ¿Qué más puedo deciros sobre la nobleza de mi carácter y mi compasión? Eso no os es desconocido.»

Fue por compasión que los árabes jugaban al juego de azar ampliamente. Creían que era una forma de generosidad, pues después de jugar donaban a los pobres y desdichados lo que ganaban, o lo que quedaba después de cubrir los gastos con sus ganancias. Por ello, el Sagrado Corán no negó que el vino y el juego tuvieran algún beneficio; más bien, afirmó que su perjuicio era mayor que su beneficio. Allah, el Altísimo, dice: «Te preguntan acerca del vino y del juego. Di: “En ambos hay un gran pecado y también beneficios para la gente, pero su pecado es mayor que su beneficio”». (219, 6)

Dos) Cumplimiento de las promesas. Los árabes consideraban el cumplimiento de las promesas parte de la religión. Para cumplir una promesa o mantener su palabra, consideraban insignificantes incluso las pérdidas de vidas y bienes. Para comprender esto, bastan las historias de Hani ibn Mas‘ud al-Shaybaní, Samaw’al ibn Adiya y Hajar ibn Yarara.

Tres) Conciencia del honor propio. Mantener la propia dignidad incluso soportando la injusticia y la opresión era una cualidad característica de la época de la Ignorancia. Como resultado, mostraban valentía y bravura. Su ira era extraordinaria: se enfurecían de repente. Incluso ante la más mínima señal de humillación, salían armados y derramaban sangre. En ese sentido, consideraban insignificante su propia vida.

Cuatro) Una característica de la gente de la época de la ignorancia era que, si se comprometían a realizar algo, no se apartaban de ello bajo ninguna circunstancia. No aceptaban ningún obstáculo. Aunque sus vidas estuvieran en peligro, llevaban a cabo esa tarea.

Cinco) La tolerancia y la sabiduría previsora. Esta también era una noble cualidad de los árabes. Sin embargo, debido a que siempre estaban preparados para la valentía y la guerra, esta cualidad era escasa entre ellos.

Seis) La sencillez propia de los beduinos. Vivían alejados de los recursos de la civilización y mostraban desinterés por ellos. Debido a este estilo de vida sencillo y natural, entre ellos se encontraban la veracidad y la honestidad. Detestaban el engaño y el incumplimiento de las promesas.

Creemos que, además de la posición geográfica que la Península Arábiga ocupaba con respecto al resto del mundo, fueron precisamente las cualidades de carácter mencionadas las que hicieron que fueran elegidos para el liderazgo de la humanidad y la profecía. Aunque, debido a estas cualidades, de repente podían volverse feroces y causar desastres, no se puede negar que eran cualidades humanas naturales sumamente encomiables. Con una ligera corrección, estas cualidades podían demostrar ser enormemente beneficiosas para la humanidad. El islam llevó a cabo esa labor.

Probablemente, entre las cualidades de carácter mencionadas, el sentido del honor y el cumplimiento de las promesas eran, después de mantener los compromisos, las más valiosas y encomiables. Sin estas cualidades y esta fortaleza de carácter, no es posible eliminar el desorden, la discordia y el mal, ni establecer un sistema basado en la justicia y la equidad.

Durante la época de la ignorancia también había otras cualidades de carácter destacables entre los árabes, pero no es necesario examinarlas todas aquí.

Él es quien ha enviado a un Mensajero de entre ellos mismos, perteneciente a su pueblo. Él les recita Sus aleyas, purifica sus vidas de la ignorancia y, sobre todo, les enseña los preceptos de la religión, aunque antes de su llegada estas mismas personas se encontraban sumidas en un extravío manifiesto. (Sura Al-Yumu’a, 2)

3

¿En qué linaje estaba aquel hombre de oro: de Al-Amín al Mensajero?

La genealogía de la familia del Profeta

La genealogía del noble Profeta Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— puede dividirse en tres partes. Los biógrafos del Profeta y los expertos en genealogía coinciden en la exactitud de la primera parte. Respecto de la segunda, existen discrepancias entre los biógrafos: algunos la han respaldado, otros la han rechazado y otros han expresado opiniones diferentes. Esta parte va desde Adnán hacia arriba hasta Abraham —la paz sea con él—. En la tercera parte existen ciertos errores confirmados; esta va desde Abraham —la paz sea con él— hasta Adán —la paz sea con él—. Ya se ha hecho referencia a este asunto. A continuación se tratarán las tres partes con un grado razonable de detalle.

Primera parte

Muhammad ibn Abdullah, ibn Abd al-Muttalib (Shayba), ibn Hashim (Amr), ibn Abd Manaf (al-Mughira), ibn Qusayy (Zayd), ibn Kilab, ibn Murra, ibn Ka’b, ibn Lu’ayy, ibn Ghalib, ibn Fihr —cuyo título era Quraish, nombre por el que se conocía a la tribu—, ibn Malik, ibn al-Nadr Qays, ibn Kinana, ibn Khuzayma, ibn Mudrika (Amir), ibn Ilyas, ibn Mudar, ibn Nizar, ibn Ma’add, ibn Adnán. (Ibn Hisham, vol. 1, p. 20; Talqih Fuhum Ahl al-Azar, pp. 5-6; Rahmatul lil-Alamin, vol. 2, pp. 11, 14 y 52.)

Segunda parte

Desde Adnán hacia arriba. Es decir: Adnán ibn Hamisa, ibn Salaman, ibn Aws, ibn Fuz, ibn Qamwal, ibn Ubayy, ibn Awam, ibn Nashid, ibn Haza, ibn Baldas, ibn Yadl, ibn Tarij, ibn Yahem, ibn Nahesh, ibn Maji, ibn A’idh, ibn Akbar, ibn Ubayd, ibn al-Da’ya, ibn Hamdan, ibn Sunbar, ibn Yasrubi, ibn Yahazan, ibn Yalhan, ibn Arwi, ibn Ay, ibn Zayshan, ibn Aysar, ibn Afnad, ibn Ayham, ibn Maqsar, ibn Nahes, ibn Yarrah, ibn Sumay, ibn Mazi, ibn Awza, ibn Aram, ibn Qaidar, ibn Ismael, ibn Abraham —la paz sea con él—. (Tras investigar, el erudito Mansurpuri añadió esta parte basándose en los relatos del historiador Kalbi y de Ibn Sa’d. Rahmatul lil-Alamin, vol. 2, pp. 14-17. Existen grandes discrepancias en las fuentes históricas respecto de esta parte.)

Tercera parte

Desde el profeta Ibrahim —la paz sea con él— hacia arriba: Ibrahim, hijo de Taraj (Azar), hijo de Nahur, hijo de Shuyaba (Sarug), hijo de Rau, hijo de Fáleg, hijo de Áber, hijo de Shalej, hijo de Arfajshad, hijo de Sem, hijo del profeta Nuh —la paz sea con él—, hijo de Lámec, hijo de Matusalaj, hijo de Ajnuj (según otra opinión, el profeta Idris —la paz sea con él—), hijo de Majlayel, hijo de Cainán, hijo de Anusha, hijo de Shiz, hijo del profeta Adán —la paz sea con él—. (Ibn Hisham, tomo 1, pp. 2 y 4; T alqih al-Fuhum, p. 6; Julasat al-Siyar, p. 6).

El Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— es conocido como descendiente de los hachemíes por su bisabuelo Hashem ibn Abd Manaf. Por ello, es necesario mencionar brevemente a Hashem y a algunos de sus descendientes posteriores.

1) Hashem. Como ya hemos mencionado, se había alcanzado un acuerdo sobre el reparto de los cargos entre los Banu Abd Manaf y los Banu Abd al-Dar. Conforme a este acuerdo, los descendientes de Abd Manaf obtuvieron la responsabilidad de proporcionar agua a los peregrinos y de atender hospitalariamente a los huéspedes. Hashem era un hombre distinguido, respetado y adinerado. Él estableció la costumbre de alimentar con pan desmenuzado y remojado en tharid a los peregrinos de La Meca. Su verdadero nombre era Amr, pero, debido a que desmenuzaba el pan y lo remojaba en el tharid, fue llamado Hashem. Hashem significa «quien desmenuza». Hashem fue el primer hombre que organizó para los qurayshitas dos viajes comerciales al año, uno en verano y otro en invierno. Un poeta lo elogió diciendo: «Él es aquel Amr que alimentaba en La Meca a sus débiles compatriotas, afligidos por el hambre, desmenuzando el pan y remojándolo en el tharid, y que organizó los viajes de invierno y de verano».

Un acontecimiento importante relacionado con Hashem, o Amr, fue que viajó a Siria por negocios. De camino llegó a Medina, donde contrajo matrimonio con Salma bint Amr, de la tribu de los Banu Nayyar, y permaneció allí algún tiempo. Cuando ella quedó embarazada, dejó a su esposa en la casa de sus padres y partió hacia Siria. Al llegar a la ciudad palestina de Gaza, falleció. Mientras tanto, Salma dio a luz a un hijo. Esto ocurrió en el año 497 de la era cristiana. El cabello del niño tenía mechones blancos; por ello, Salma le puso el nombre de Shayba (Ibn Hisham, tomo 1, p. 137; Rahmat al-lil-Alamin, tomo 1, p. 26, y tomo 2, p. 24). En Yathrib, es decir, Medina, Salma crió al niño en la casa de sus padres. Más tarde, este niño sería conocido como Abd al-Muttalib. Durante mucho tiempo, los hachemíes no tuvieron descendencia de este niño. Hashem tuvo en total cuatro hijos varones y cinco hijas. Sus nombres eran los siguientes: Asad, Abu Sayfi, Nadla y Abd al-Muttalib. Los nombres de sus hijas eran Shafa, Jálida, Daifa, Ruqayya y Yinnat. (La misma obra, tomo 1, p. 107).

2) Abd al-Muttalib. Ya se ha mencionado que, después de Hashem, su hermano Muttalib recibió la responsabilidad de proporcionar agua a los peregrinos y hospedar a los huéspedes. También gozaba de gran prestigio entre su familia y su pueblo. Cuando decía algo, nadie se atrevía a ignorarlo. Debido a su generosidad, los qurayshitas le dieron el sobrenombre de Fay yad. Cuando Shayba, es decir, Abd al-Muttalib, tenía diez o doce años, Muttalib tuvo noticias de él. Fue a Medina para traerlo. Al llegar cerca de Medina, es decir, de Yathrib, cuando miró a Shayba, sus ojos se llenaron de lágrimas. Lo abrazó y luego lo sentó detrás de él sobre su camello, emprendiendo el camino hacia La Meca. Sin embargo, Shayba se negó a ir a La Meca sin el permiso de su madre. Cuando Muttalib pidió permiso a la madre de Shayba, Salma se negó a concedérselo. Muttalib le dijo que lo llevaba bajo la autoridad de su padre y que se dirigía hacia la Casa de Allah. Después de oír estas palabras, Salma dio su permiso. Muttalib sentó a Shayba detrás de él sobre su camello y lo llevó a La Meca. Al verlo llegar, los primeros que lo vieron comenzaron a decir entre ellos: «Es su sobrino, el hijo de Hashem». Desde entonces, Shayba creció junto a Muttalib y con el tiempo se hizo joven. Más tarde, Muttalib murió en Yemen. Shayba heredó el cargo que había dejado vacante. Abd al-Muttalib alcanzó entre sus compatriotas tal honor y prestigio que nadie antes había logrado tanto. Su pueblo lo amaba con todo su corazón y le mostraba un respeto extraordinario. (Ibn Hisham, tomo 1, pp. 137-138).

Después de la muerte de Muttalib, Nawfal ocupó por la fuerza algunas tierras de Abd al-Muttalib. Abd al-Muttalib pidió ayuda a varios hombres de los qurayshitas, pero ellos se declararon incapaces, diciendo: «No podemos apoyarte contra tu propio tío». Finalmente, Abd al-Muttalib escribió varios poemas y se los envió a su tío materno, perteneciente a la tribu de los Banu Nayyar. En aquellos poemas solicitaba ayuda. En respuesta, su tío Abu Saad ibn Adi partió con ochenta jinetes y acampó en un lugar llamado Abtah, cerca de La Meca. Abd al-Muttalib lo invitó a ir a su casa, pero Abu Saad dijo: «No, primero quiero reunirme con Nawfal». Entonces Abu Saad se presentó ante Nawfal. En aquel momento, Nawfal estaba sentado conversando con varios notables qurayshitas de La Meca. Abu Saad desenvainó su espada y dijo: «Juro por el Señor de esta Casa que, si no devuelves las tierras de mi sobrino, hundiré esta espada en tu cuerpo». Nawfal dijo: «Está bien, tómala; se las devolveré». Ante los líderes qurayshitas como testigos, Abu Saad devolvió a Abd al-Muttalib sus tierras. Después, Abu Saad fue a la casa de Abd al-Muttalib y, tras permanecer allí tres días, realizó la umra y regresó a Medina.

Después de esto, Nawfal se comprometió a ayudar a los Banu Abd Shams contra los Banu Hashem.

Por su parte, la tribu de los Banu Juzaa observó que los Banu Nayyar habían ayudado de ese modo a Abd al-Muttalib, y dijo: «Abd al-Muttalib es hijo vuestro, pero también es hijo nuestro. Por tanto, tenemos más derecho a ayudarlo». La razón era que la madre de Abd Manaf estaba emparentada con la tribu de los Banu Juzaa. Por ello, los Banu Juzaa fueron a Dar al-Nadwa y expresaron a los Banu Hashem su promesa de ayudarlos contra los Banu Abd Shams y los Banu Nawfal. Esta promesa sería posteriormente la causa de la conquista de La Meca durante la época islámica. Más adelante se ofrecerá una explicación detallada al respecto. (Majtasar Sira al-Rasul, Shayj al-Islam Muhammad ibn Abd al-Wahhab al-Najdi, pp. 41-42).

Debido a su relación con la Kaaba, a Abd al-Muttalib le ocurrieron dos acontecimientos importantes: uno fue la excavación del pozo de Zamzam y el otro, el acontecimiento de la guerra del Elefante.

La excavación del pozo de Zamzam

En resumen, Abd al-Muttalib vio en sueños que se le ordenaba excavar el pozo de Zamzam. Incluso en el sueño le mostraron el lugar. Al despertar repentinamente, comenzó a excavar el pozo de Zamzam. Poco a poco se descubrieron dos cosas. Eran objetos que la tribu de Yuryum había arrojado dentro de Zamzam cuando abandonó La Meca: espadas, joyas y dos gacelas de oro. Abd al-Muttalib colocó una puerta utilizando las espadas recuperadas. También fijó las dos gacelas de oro en la puerta y organizó el suministro del agua de Zamzam a los peregrinos.

Después de que se descubriera el pozo de Zamzam, los coraichitas comenzaron a disputar con Abd al-Muttalib. Exigieron que también se les permitiera participar en la excavación. Abd al-Muttalib dijo: «No puedo hacer eso. Yo he sido designado específicamente para esta tarea». Pero los coraichitas no quisieron aceptarlo. Finalmente, todos acudieron a una mujer adivina de la tribu de Banu Sa’d para que decidiera el asunto. Sin embargo, en el camino vieron algunos signos extraordinarios. Entonces comprendieron que, por disposición divina, la responsabilidad de excavar el pozo de Zamzam había sido otorgada a Abd al-Muttalib. Por eso, los coraichitas que disputaban regresaron desde el camino. En aquel momento, Abd al-Muttalib hizo el voto de que, si Allah le concedía diez hijos y estos alcanzaban la edad suficiente para defenderse por sí mismos, sacrificaría a uno de ellos en nombre de Allah junto a la Kaaba. (Ibn Hisham, tomo 1, págs. 142-147)

El acontecimiento de la guerra del Elefante

En resumen, Abraha ibn Sabah el Abisinio era el gobernador general del Yemen por encargo del rey de Abisinia, el Negus. Abraha observó que los árabes acudían a la Kaaba para realizar el hach. Al verlo, construyó una iglesia en Saná. Quería que los árabes fueran a Saná para realizar el hach, en vez de acudir a La Meca. Al enterarse de ello, un hombre de la tribu de Banu Kinana entró en la iglesia construida por Abraha y defecó en su mihrab. Cuando Abraha recibió la noticia, se enfureció enormemente y avanzó con sesenta mil soldados feroces para destruir la Kaaba. Preparó para sí un elefante enorme. Su ejército contaba con nueve o, según otra versión, trece elefantes. Abraha llegó desde el Yemen a un lugar llamado al-Mugammas y allí organizó sus tropas. Después de entrar en La Meca, cuando llegó a la llanura de Muhassir, entre Muzdalifa y Mina, todos los elefantes se sentaron. A pesar de muchos esfuerzos, no fue posible hacer que el elefante avanzara hacia la Kaaba. Cada vez que intentaban hacerlo avanzar, se sentaba. En ese momento, Allah envió una bandada de aves. Las aves llevaban en sus picos pequeñas piedras. Las arrojaron sobre los soldados, y así el ejército de Abraha quedó destruido como paja triturada. Las aves eran semejantes a las ababil. Cada ave llevaba tres piedras: una en el pico y las otras dos bajo las alas. Las piedras eran del tamaño de guisantes. A quien le caía una de ellas sobre el cuerpo, sus miembros comenzaban a desprenderse y moría. Las piedras no alcanzaron a todos. Sin embargo, cundió tal terror y espanto en el ejército que todos empezaron a huir desordenadamente. Después comenzaron a caer aquí y allá, y murieron. Mientras tanto, el castigo de Allah cayó sobre Abraha: los dedos de sus manos empezaron a desprenderse. Cuando llegó a Saná, su muerte ya estaba cerca. Su hígado se partió y salió al exterior, y murió de manera dolorosa.

Durante este ataque de Abraha, los habitantes de La Meca, atemorizados por sus vidas, se dispersaron por las montañas y las llanuras y se escondieron en las cuevas de las montañas. Cuando el castigo de Allah descendió sobre el ejército, regresaron tranquilamente a sus respectivas casas. (Ibn Hisham, tomo 1, págs. 43, 56)

Según la opinión de la mayoría de los autores de obras sobre la sira, el acontecimiento mencionado ocurrió cincuenta o cincuenta y cinco días antes del nacimiento del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Era el mes de Muharram. El acontecimiento tuvo lugar a finales de febrero o comienzos de marzo del año 571 de la era cristiana. En realidad, Allah realizó este acontecimiento como una introducción en torno a Su Profeta y a la sagrada Kaaba. Por ejemplo, en el año 587, Bajt Nasr conquistó Jerusalén y se apoderó de ella. Antes de eso, en el año 70, los romanos habían conquistado Bayt al-Maqdis. En cambio, los cristianos nunca pudieron ejercer dominio sobre la Kaaba. Aunque, en aquel tiempo, los cristianos eran musulmanes creyentes en Allah, mientras que los guardianes de la Kaaba eran politeístas.

Poco después de que ocurriera el acontecimiento del Año del Elefante, la noticia llegó en breve tiempo a Roma y Persia, conocidas entonces como países avanzados. Esto se debía a que los romanos mantenían estrechas relaciones con La Meca. Por otro lado, los persas vigilaban constantemente a los romanos. Persia, o los persas, observaba todos los acontecimientos relacionados con los romanos y sus enemigos. Por eso vemos que, inmediatamente después de la caída de Abraha, los persas se apoderaron de Yemen. Puesto que, en el mundo de aquella época, Persia y Roma eran conocidas como naciones avanzadas y civilizadas, la atención de toda la humanidad se dirigió hacia la Kaaba. Contemplaron pruebas claras de la dignidad y superioridad de la Casa de la Kaaba. Comprendieron que Allah, el Altísimo, había escogido esa Casa como una Casa sagrada. Por consiguiente, era natural que desde la ciudad de La Meca surgiera alguien proclamando la profecía. Si se reflexiona sobre la aparición del Mensajero de Allah, no resulta en absoluto difícil comprender por qué Allah había ayudado a los politeístas, que se encontraban en el polo opuesto a los musulmanes, contra aquellos otros.

Abdul Muttalib tuvo diez hijos varones. Sus nombres eran Hariz, Zubair, Abu Talib, Abdullah, Hamza, Abu Lahab, Gaidak, Makzum, Safar y Abbas. Algunos dijeron que fueron once; el nombre del undécimo era Qazam. Otros dijeron que fueron trece: uno se llamaba Abd al-Kaaba y otro Huyal. Quienes afirmaron que fueron diez hijos dijeron que Muqawwam era otro nombre de Abd al-Kaaba, y que Huyal era otro nombre de Gaidak. Abdul Muttalib no tuvo ningún hijo llamado Qazam. Tuvo seis hijas. Sus nombres eran Umm al-Hakim, cuyo otro nombre era Bayda, Baira, Atiqa, Safiya, Arwa y Umaima. (Talqih al-Fuhum, pp. 8-9; Rahmatul lil-Alamin, vol. 2, pp. 56, 66).

3) Abdullah era el padre del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. La madre de Abdullah se llamaba Fátima. Era hija de Amr ibn Abid ibn Imran ibn Majzum ibn Yaqza ibn Murra. Entre los hijos de Abdul Muttalib, Abdullah era apuesto, de noble carácter y muy querido. Se le llamaba el sacrificado. La razón era que, cuando Abdul Muttalib tuvo diez hijos varones y estos alcanzaron la edad suficiente para defenderse por sí mismos, les informó del voto que había hecho. Después escribió sus nombres en las flechas utilizadas para echar suertes y, una vez escritos, las entregó al custodio del ídolo Hubal. Cuando el custodio echó las suertes, salió el nombre de Abdullah. Abdul Muttalib tomó a Abdullah de la mano, tomó un cuchillo y lo llevó junto a la Kaaba para sacrificarlo. Pero los coraichíes, especialmente Abu Talib, hermano de Abdullah, se opusieron. Abdul Muttalib dijo: «Si os oponéis, ¿cómo cumpliré mi voto?». Ellos le aconsejaron: «Acude a una adivina y pídele que resuelva el asunto». Abdul Muttalib acudió a una adivina. Ella le aconsejó escribir el nombre de Abdullah y el de diez camellos y echar suertes. Le dijo que, si salía el nombre de Abdullah, añadiera otros diez camellos cada vez, hasta que Allah estuviera complacido. Entonces debía sacrificar tantos camellos como indicara el sorteo. Abdul Muttalib regresó y comenzó a echar suertes, es decir, a realizar el sorteo. En los primeros diez camellos no salió el nombre de Abdullah. Luego siguió aumentando la cantidad de diez en diez. Cuando llegaron a cien camellos, salió el nombre de Abdullah. Abdul Muttalib sacrificó cien camellos y los dejó allí. No se impidió el acceso ni a las personas ni a los animales. Hasta entonces, entre los coraichíes y los árabes, la compensación por homicidio era de diez camellos. Después de este acontecimiento, se elevó a cien camellos. El islam mantuvo también esta cantidad. El Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Soy hijo de dos sacrificados: uno es Ismael, la paz sea con él, y el otro es mi padre Abdullah». (Ibn Hisham, vol. 1, pp. 151-155; Rahmatul lil-Alamin, vol. 2, pp. 89-90; Mujtasar Sirat al-Rasul, del jeque Abd al-Wahhab Naydi, pp. 22-23).

Abdul Muttalib escogió a Amina para casarla con su hijo Abdullah. Amina era hija de Wahab ibn Abd Manaf ibn Zuhra ibn Kilab. Se consideraba que esta familia era la más distinguida de los coraichíes por su noble linaje. El padre de Amina era el jefe de la tribu Banu Zuhra por su linaje y nobleza. La señora Amina, después de casarse, dejó la casa de sus padres y se trasladó a la casa de su esposo. Al cabo de unos días, Abdul Muttalib envió a Abdullah a Medina para traer dátiles. Abdullah falleció allí.

Algunos autores de obras sobre la vida del Profeta han escrito que Abdullah viajó a Siria con fines comerciales. Al regresar a La Meca con una caravana comercial de los coraichíes, enfermó, se detuvo en Medina y allí falleció. Fue enterrado en la casa de Nabiga al-Yadi. Tenía entonces veinticinco años. Según la mayoría de los historiadores, el Mensajero de Allah aún no había nacido. Según algunos, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, nació dos meses antes del fallecimiento de su padre. (Ibn Hisham, vol. 1, pp. 156, 158; Fiqh al-Siyar, de Muhammad Gazali, p. 45; Rahmatul lil-Alamin, vol. 2, p. 91).

Al recibir la noticia de la muerte de su esposo, Amina recitó con voz desgarrada por el dolor: «La tierra de Batha ha quedado vacía de un descendiente de Hashim. La muerte lo llamó, y él respondió: “Aquí estoy”. Ahora yace en un lugar entre Rang y Jurush. La muerte ya no ha dejado a ningún hombre como Ibn Hashim. Recuerdo aquella tarde en que la gente lo llevó sobre un féretro. Aunque la muerte ha borrado su existencia, no podrá borrar sus obras. Era muy generoso y misericordioso». (Tabaqat de Ibn Sad, vol. 1, p. 62).

Las cosas que dejó al morir fueron cinco camellos, un rebaño de cabras y una esclava abisinia. El nombre de la esclava era Baraka y su kunya era Umm Ayman. Ella amamantó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. (Mujtasar al-Sira, del jeque Abdullah, p. 12; Talqih al-Fuhum, p. 14; Sahih Muslim, vol. 2, p. 16).

La aparición del Mensajero de Allah y los cuarenta años de su vida sagrada

Su bendito nacimiento

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, nació en La Meca, en el clan de Banu Hashim, un lunes, el 9 de Rabi al-Awwal. Ese mismo año tuvo lugar el acontecimiento de la guerra del Elefante. En aquel entonces se habían cumplido cuarenta años desde la ascensión del emperador Anushirwan al trono. La fecha de nacimiento fue el 20 o el 22 de abril del año 571 de la era cristiana. Sayyid Sulayman Nadwi, Salman Mansurpori y Muhammad Pasha Falaki proporcionaron estos datos tras investigarlos. (Tarij-e Jazram, tomo 1, p. 62; Rahmatul lil-Alamin, tomo 1, pp. 3, 39)

Según una narración de Ibn Sa’d, la madre del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Cuando nació, salió una luz de su cuerpo, y mediante esa luz se iluminaron los palacios de la región de Sham». El imán Ahmad también mencionó una narración casi idéntica, transmitida por al-Irbad ibn Sariya. (Mujtasar al-Sira, jeque Abdullah, p. 12)

Algunas narraciones mencionan que, como preludio de la profecía, cuando nació el Mensajero de Allah se manifestaron ciertos acontecimientos: se derrumbaron catorce pilares del palacio real de Cosroes, se extinguió el fuego de los adoradores del fuego y se destruyó la iglesia de Bahira. Esta fue la narración de al-Bayhaqi. Sin embargo, Muhammad al-Ghazali no respaldó esta narración. (Mujtasar al-Sira, p. 12)

Después de su nacimiento, su madre comunicó a su abuelo, Abd al-Muttalib, la feliz noticia del nacimiento de su nieto. Él se alegró mucho y, lleno de felicidad, lo llevó a la Kaaba, donde suplicó a Allah y le expresó su gratitud. En ese momento le puso el nombre de Muhammad. Conforme a la costumbre árabe, lo circuncidó al séptimo día. Después de su madre, lo amamantó Thuwayba, la esclava de Abu Lahab. En aquel momento, el niño que estaba bajo el cuidado de Thuwayba se llamaba Masruh. Thuwayba había amamantado antes que él a Hamza ibn Abd al-Muttalib y, después de él, a Abu Salama Sama ibn Abd al-Asad al-Majzumi. (Talqih al-Fuhum, p. 4; Mujtasar al-Sira, jeque Abdullah, p. 13)

Ubicación de la tribu de Banu Sa’d

Era costumbre entre los habitantes urbanos de Arabia enviar a sus hijos a mujeres beduinas dedicadas a amamantar, para protegerlos de las enfermedades de las ciudades. Así, los cuerpos de los niños se desarrollaban fuertes y robustos. Además, otro objetivo era que durante el período de lactancia pudieran aprender la lengua árabe pura. Conforme a esta costumbre, Abd al-Muttalib buscó una nodriza y entregó a su nieto al cuidado de Halima bint Abi Dhu’ayb. Esta mujer pertenecía a Banu Sa’d ibn Bakr. Su esposo se llamaba Harith ibn Abd al-Uzza y su kunya era Abu Kabsha. Él también pertenecía a la tribu de Banu Sa’d.

Los hijos de Harith eran, por su relación de lactancia con el Mensajero de Allah, sus hermanos y hermanas de leche. Sus nombres eran Abdullah, Anisa y Hudhafa o Juzama. El sobrenombre de Halima era Shayma, y era más conocida por este nombre. Ella amamantó al Mensajero de Allah. Además de él, Abu Sufyan ibn Harith ibn Abd al-Muttalib, que era primo del Mensajero de Allah, también fue su hermano de leche a través de Halima. Su tío Hamza ibn Abd al-Muttalib también fue confiado para ser amamantado a una mujer de la tribu de Banu Sa’d. Mientras permanecía al cuidado de la señora Halima, esta mujer amamantó también un día al Mensajero de Allah. Por ello, él y Hamza fueron hermanos de leche por dos vínculos: por un lado, a través de Thuwayba, y por otro, a través de esta mujer de la tribu de Banu Sa’d. (Zad al-Ma’ad, tomo 1, p. 19)

Durante el período de lactancia, Hazrat Halima presenció hechos tan extraordinarios de las bendiciones del Noble Profeta que quedó maravillada y atónita. Escuchemos el relato detallado de sus propios labios. Según la narración de Ibn Ishaq, Hazrat Halima dijo: «Salí de nuestra ciudad junto con mi esposo, nuestro bebé de leche y varias mujeres de la tribu de Banu Sa’d. Era un año de hambruna; por todas partes había pobreza y penurias. Yo iba montada en una burra. También teníamos una camella, pero no daba ni una gota de leche. El bebé de leche se retorcía de hambre y no podíamos dormir por la noche. Tampoco había leche en mis pechos, y la camella tampoco daba leche. Pasábamos los días esperando lluvia y alivio. Cuando salimos de casa montados en la burra, esta empezó a caminar tan despacio que todos los miembros de la caravana se irritaron. Fuimos a La Meca en busca de un niño al que amamantar. A todas las mujeres de nuestra caravana se les ofreció aceptar al Mensajero de Allah, pero todas se negaron porque era huérfano, es decir, no tenía padre. Todas esperaban recibir una buena remuneración de la familia del niño. ¿Qué podría dar una madre viuda? Por eso ninguna de nosotras quiso llevárselo.»

Mientras tanto, todas las mujeres de nuestra caravana habían encontrado algún niño, pero yo no había encontrado ninguno. Al regresar, le dije a mi esposo: «No me agrada volver con las manos vacías. Más bien, me llevaré a ese niño». Mi esposo aceptó y dijo: «Tal vez Allah, por medio de él, nos conceda bendiciones». Entonces fui y lo acepté.

Hazrat Halima dijo: «Cuando regresé al campamento con el niño, mis dos pechos estaban llenos de leche. El niño bebió hasta saciarse, y su hermano de leche también bebió hasta saciarse. Después, ambos se durmieron tranquilamente. Antes de eso, mi propio hijo no podía dormir debido al hambre. Mientras tanto, mi esposo fue a ordeñar la camella y descubrió que sus ubres estaban llenas de leche. La ordeñó hasta obtener tanta leche que bebimos cuanto quisimos. Pasamos la noche con gran comodidad. Por la mañana, mi esposo dijo: “¡Por Dios, Halima, has aceptado a un niño lleno de bendiciones!”. Yo respondí: “Eso mismo creo yo”.»

Halima dijo: «Después, nuestra caravana emprendió el viaje. Me monté en la débil burra, con el niño en mi regazo. La burra caminó tan rápidamente que dejó atrás a todas las demás. Las mujeres que me acompañaban se sorprendieron y dijeron: “¡Oh, hija de Abu Dhu’ayb! ¡Qué asunto tan asombroso! Míranos un momento. ¿Es esta la misma burra en la que viniste montada?”. Respondí: “Sí, es la misma”. Ellas dijeron: “Sin duda hay algo especial en ella”.»

Después regresamos a nuestros hogares en la tribu de Banu Sa’d. No sabía si existía alguna otra región más pobre y afectada por la hambruna que la nuestra. Tras nuestro regreso, cuando nuestras cabras iban a pastar, volvían con el vientre lleno y las ubres rebosantes. Las ordeñábamos y bebíamos su leche, mientras que en aquel tiempo nadie más obtenía leche alguna; las ubres de sus animales estaban completamente secas. La gente de nuestra tribu decía a los pastores: «¡Desgraciados! Llevad vuestras cabras a pastar al lugar donde las lleva a pastar la hija de Dhu’ayb». Pero aun así, sus cabras regresaban con el estómago vacío y no se encontraba ni una gota de leche en sus ubres. En cambio, mis cabras regresaban con el vientre lleno y las ubres rebosantes. Así continuamos presenciando la misericordia y las bendiciones de Allah. Cuando el niño cumplió dos años, lo destetamos. Era más robusto y rollizo que los demás niños. Después llevamos al niño junto a su madre. Como habíamos presenciado bendiciones gracias a él, deseábamos que permaneciera con nosotros. Le comuniqué este deseo a su madre. Tras insistirle y suplicarle repetidamente, Bibi Amina volvió a entregarme al niño. (Ibn Hisham, tomo 1, pp. 162-164)

El acontecimiento de la apertura del pecho

Incluso después del destete, el niño Muhammad permaneció con la tribu de Banu Sa’d. Cuando tenía cuatro o cinco años, ocurrió el acontecimiento de la apertura del pecho. (La mayoría de los autores de biografías proféticas sostienen esta opinión. Sin embargo, de la narración de Ibn Ishaq se sabe que el acontecimiento ocurrió cuando tenía tres años. Ibn Hisham, tomo 1, pp. 164-165.)

El relato detallado de este acontecimiento se encuentra narrado en Sahih Muslim por Hazrat Anas. Se narra que Hazrat Yibril acudió ante el Mensajero de Allah. En ese momento, el Mensajero de Allah estaba jugando con unos niños. Yibril lo tendió, le abrió el pecho y extrajo su corazón; luego sacó una parte del corazón y dijo: «Esta es la parte de Satanás que hay en ti». Después colocó el corazón en una bandeja y lo lavó con agua de un recipiente de Zamzam. Luego lo volvió a colocar en su lugar correspondiente. Los otros niños corrieron hacia Bibi Halima y dijeron: «¡Han matado a Muhammad!». Los familiares acudieron corriendo y lo encontraron sentado, con el rostro pálido. (Sahih Muslim, capítulo de Al-Isra, tomo 1, p. 92)

Con el cariño de su madre y los cuidados de su abuelo

Después de este suceso, la señora Halima se atemorizó. Devolvió al niño a su madre. Él permaneció bajo el cariño y la protección de su madre hasta los seis años de edad. (Talqihul Fuhum, p. 7; Ibn Hisham, vol. 1, p. 168)

Mientras tanto, Amina deseó visitar la tumba de su esposo fallecido. Acompañada por su hijo Muhammad, la esclava Umm Ayman y su suegro Abd al-Muttalib, recorrió casi quinientos kilómetros y llegó a Medina. Después de permanecer allí un mes, emprendió el regreso a La Meca. Al llegar a un lugar llamado Abwa, situado a mitad de camino entre La Meca y Medina, la señora Amina enfermó gravemente. Poco a poco, la enfermedad empeoró. Finalmente, falleció en Abwa. (Ibn Hisham, vol. 1, p. 168; Talqisul Tuhum, p. 7; Fiqh al-Sira, al-Ghazali, p. 50)

El anciano Abd al-Muttalib llegó a La Meca acompañado de su nieto. Sentía un profundo amor por su nieto huérfano de padre y madre. Los recuerdos del pasado llenaban de pesar su corazón. Amaba a su nieto huérfano de padre y madre más de lo que había amado a cualquiera de sus propios hijos e hijas. Por ironías del destino, el pequeño Muhammad se encontraba completamente solo en aquella situación; sin embargo, Abd al-Muttalib no le permitía sentirse solo. Lo amaba y honraba más que a todos los demás. Ibn Hisham escribió que se extendía un lecho para Abd al-Muttalib a la sombra de la Kaaba. Todos sus hijos se sentaban alrededor de aquel lecho, pero cuando Muhammad llegaba, se sentaba en él. Era todavía un niño pequeño. Su tío intentaba apartarlo del lecho, pero Abd al-Muttalib decía: «No lo apartéis. Su rango es extraordinario». Después lo sentaba a su lado. Y no solo lo sentaba junto a él, sino que siempre mantenía consigo a su querido nieto. Las actividades del pequeño Muhammad le proporcionaban alegría. (Ibn Hisham, vol. 1, p. 168)

Cuando tenía ocho años, dos meses y diez días, también desapareció la sombra del afecto de su abuelo. Este falleció. Antes de morir, encomendó a su hijo Abu Talib que cuidara especialmente de su sobrino. Abu Talib y Abd Allah eran hijos de la misma madre. (Talqihul Fuhum, p. 7; Ibn Hisham, vol. 1, p. 149)

Bajo el cariño y el afecto de su tío

Abu Talib crió a su sobrino con profundo cariño y afecto. Lo incluyó entre sus propios hijos. Más aún, lo amaba más que a sus propios hijos y lo apoyó durante más de cuarenta años. Abu Talib establecía vínculos de enemistad o amistad con la gente teniendo siempre en cuenta los intereses de su querido sobrino.

En busca de la misericordia de Allah

Ibn Asakir menciona, citando el relato de Jalahama ibn Arifat: «Llegué a La Meca. Había hambre por todas partes, causada por la sequía y la falta de lluvias. Los qurayshíes pidieron a Abu Talib que suplicara lluvia. Abu Talib salió acompañado de un muchacho. El muchacho parecía un sol cubierto por nubes. Había también otros muchachos alrededor. Abu Talib llevó al muchacho frente a la Kaaba y apoyó su espalda contra el muro de la Kaaba. El muchacho puso sus dedos sobre ella. No había ni un solo fragmento de nube en el cielo. Sin embargo, poco después todo el cielo se cubrió de nubes y comenzó a llover torrencialmente. La ciudad y sus alrededores reverdecieron y se volvieron fértiles. Más tarde, aludiendo a este acontecimiento, Abu Talib dijo: “Él es apuesto; de su rostro se espera la misericordia de la lluvia. Él da refugio a los huérfanos y protege a las viudas”». (Mukhtasarus Sirat, Sheikh Abdullah, pp. 15-16)

El sacerdote Buhaira

Cuando el Profeta Muhammad, sallallahu alaihi wa sallam, tenía doce años —según otra opinión, doce años, dos meses y diez días— (Talqihul Fuhum, Ibn al-Yawzi, p. 7), Abu Talib partió con él hacia Siria con fines comerciales. Al llegar a Busra, instalaron una tienda en un lugar. En aquella época, Busra era la capital del reino romano que ocupaba la península arábiga. En esa ciudad vivía un sacerdote llamado Yirjis, conocido como Buhaira. Después de que la caravana instalara sus tiendas, Buhaira salió de la iglesia, se acercó a los integrantes de la caravana y les ofreció hospitalidad. Sin embargo, el sacerdote Buhaira nunca salía de su iglesia. Reconoció al Mensajero de Allah, sallallahu alaihi wa sallam, y, tomándolo de la mano, dijo: «Él es el señor de todos los mundos. Allah Todopoderoso lo enviará como misericordia para todos los mundos». Abu Talib preguntó a Buhaira: «¿Cómo lo supo?». Él respondió: «Cuando ustedes llegaron a esta región, todos los árboles y las piedras de aquí se postraron en honor de este muchacho. No se postran ante nadie salvo ante un profeta. Además, lo reconocí por el sello de la profecía. Junto al hueso blando bajo su hombro hay una marca semejante a una manzana. Hemos visto mencionarlo en nuestras escrituras religiosas».

Después, el sacerdote Buhaira dijo a Abu Talib: «Devuélvelo a La Meca; no lo lleves a Siria. Los judíos podrían hacerle daño». Siguiendo este consejo, Abu Talib envió a su querido sobrino a La Meca acompañado de algunos sirvientes (Mukhtasarus Sirat, Sheikh Abdullah, p. 16; Ibn Hisham, p. 16). En Tirmidhi y otras obras se menciona que regresó a La Meca con Bilal, pero esto es incorrecto. Bilal aún no había nacido. E incluso si ya hubiera nacido, no conocía a Abu Bakr. (Zad al-Ma’ad, vol. 1, p. 17).

La batalla de Fiyar

Cuando el Profeta y Mensajero de Allah, sallallahu alaihi wa sallam, tenía quince años, comenzó la batalla de Fiyar. En esa batalla, por un lado estaban los qurayshíes, junto con los Banu Kinana, y por el otro, los Qays Aylan. El jefe de los qurayshíes y de Kinana era Harb ibn Umayya. Debido a su edad y a la nobleza de su linaje, los qurayshíes lo tenían en gran estima. Los Banu Kinana también lo respetaban. En la primera fase de la batalla, los Qays llevaban ventaja sobre Kinana. Pero antes del mediodía, Kinana pasó a llevar ventaja sobre los Qays. Se la llamó batalla de Fiyar porque en ella se levantaron las prohibiciones tanto del territorio sagrado como de los meses sagrados. El Mensajero de Allah, sallallahu alaihi wa sallam, también participó en esta batalla. Entregaba flechas a sus tíos. (Ibn Hisham, vol. 1, pp. 184-186; Qalb-e Yazirat al-Arab, p. 360; Tarikh al-Jazrami, vol. 1, p. 63)

Hilf al-Fudul

Después de la batalla de Fiyar, en el mes prohibido de Dhu al-Qada, se estableció Hilf al-Fudul. Lo organizaron varias tribus de Quraysh: los Banu Hashim, los Banu al-Muttalib, los Banu Asad ibn Abd al-Uzza, los Banu Zuhra ibn Kilab y los Banu Taym ibn Murra. Todos se reunieron en la casa de Abdullah ibn Yud’an al-Taymi. Eran personas respetadas por todos debido a su edad y nobleza. Se comprometieron mutuamente a impedir cualquier clase de injusticia y opresión que se cometiera en La Meca.

Fuera residente de La Meca o forastero, si alguien sufría una injusticia, se repararía el agravio y se le devolvería su derecho. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) estuvo presente en esta asamblea. Después de recibir la profecía, al mencionar este acontecimiento, decía: «Participé en la casa de Abdullah ibn Jud’an en un pacto por el cual no cambiaría ni siquiera un camello rojo. Si en la época islámica me convocaran para ese pacto, sin duda acudiría». (Ibn Hisham, tomo I, pp. 133-135; Mujtasar as-Sira, jeque Abdullah, pp. 30-31)

La finalidad de este pacto era eliminar toda injusticia de la época de la ignorancia. Se ha dicho que la causa del pacto fue la siguiente: un hombre de Zubayd llegó a La Meca con unas mercancías. As ibn Wa’il las compró, pero no pagó su precio. El vendedor de las mercancías solicitó ayuda a Abd ad-Dar, Majzum, Yamh, Sahm y Adi contra As ibn Wa’il. Sin embargo, nadie prestó atención al asunto. Entonces aquel hombre subió al monte Abu Qubays y recitó en voz alta varios poemas en los que describía la injusticia que había sufrido.

Al oír esto, Zubayr ibn Abd al-Muttalib comenzó a movilizarse y dijo: «¿Por qué no hay nadie que ayude a este hombre?». Gracias a sus esfuerzos, se reunieron las tribus mencionadas. Primero concertaron el pacto y después hicieron que As ibn Wa’il pagara el precio de las mercancías que había comprado. (Mujtasar as-Sira, pp. 30-31)

Una vida de lucha

Durante su juventud, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) no tenía un trabajo determinado. Sin embargo, según diversos relatos, se sabe que pastoreaba cabras. Pastoreaba las cabras de la tribu de Banu Sa’d. (Ibn Hisham, tomo I, pp. 62, 166)

También pastoreaba las cabras de diversas personas de La Meca a cambio de unos pocos quirates como remuneración. (Sahih al-Bujari, tomo I, p. 301) A los veinticinco años viajó a Siria con las mercancías comerciales de la honorable Jadiya, que Allah esté complacido con ella. Ibn Ishaq narró que Jadiya bint Juwaylid era una noble y rica mujer. Compraba mercancías a diversas personas y luego las vendía, quedándose con una parte de las ganancias. Toda la tribu de Quraysh se dedicaba al comercio. Al enterarse de la honestidad, el excelente carácter y la humildad del Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), la señora Jadiya le envió una propuesta para emplearlo en el comercio. Le propuso que llevara consigo a su esclavo Maysara. La señora Jadiya también dijo que le pagaría al Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) una remuneración superior a la que pagaba a los demás. El Mensajero de Allah aceptó la propuesta y viajó a Siria llevando las mercancías comerciales de la señora Jadiya junto con su esclavo Maysara. (Ibn Hisham, tomo I, pp. 187-188)

El matrimonio con la señora Jadiya

Después de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) regresara a La Meca de su viaje comercial, la señora Jadiya observó que esta vez había obtenido muchas más ganancias que antes. Además, escuchó de su sirviente Maysara grandes elogios sobre el excelente carácter, la honestidad, la justicia y demás virtudes del Mensajero de Allah. Al oír todo aquello, se enamoró de él en secreto. Antes de esto, importantes jefes y personas destacadas le habían propuesto matrimonio a la señora Jadiya, pero ella no había aceptado ninguna propuesta. La señora Jadiya confió su deseo secreto a su amiga Nafisa bint Munabbih. Nafisa fue a hablar con el Mensajero de Allah. Él aceptó y consultó con sus tíos. Sus tíos hablaron con los tíos de Jadiya y enviaron la propuesta de matrimonio. Después, se celebró el matrimonio. A esta boda asistieron las personas destacadas de los clanes de Banu Hashim y Mudar.

Este matrimonio se celebró dos meses después de que él regresara de Siria, tras concluir su viaje comercial. El Mensajero de Allah entregó veinte camellos como dote matrimonial. Bibi Jadiya tenía entonces cuarenta años. Era la más distinguida de las mujeres por su inteligencia, belleza, riqueza y nobleza de linaje. Este fue el primer matrimonio del Mensajero de Allah con Bibi Jadiya. Mientras Bibi Jadiya vivió, el Mensajero de Allah no contrajo matrimonio con ninguna otra mujer. (Ibn Hisham, tomo I, pp. 189-190; Fiqh al-Sira, p. 59; Talkhis al-Fuhum, p. 7)

Todos los hijos del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, excepto Ibrahim, fueron hijos de Bibi Jadiya. El primero en nacer fue Qasim. Por ello, al Mensajero de Allah se le llamaba Abu al-Qasim, es decir, el padre de Qasim. Después de Qasim nacieron Zaynab, Ruqayya, Umm Kulzum, Fátima y Abdullah. Abdullah tenía los sobrenombres de Tayyib y Tahir. Todos los hijos varones fallecieron durante su infancia. Las hijas llegaron a la época del islam. Todas abrazaron el islam y obtuvieron el honor de emigrar. Todas, excepto Fátima, fallecieron durante la vida del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Fátima —que Allah esté complacido con ella— falleció seis meses después de la muerte de su padre, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. (Ibn Hisham, tomo I, pp. 190-191; Fiqh al-Sira, p. 60; Fath al-Bari, tomo VII, p. 105. Existen algunas discrepancias en los datos históricos. He mencionado el dato que me pareció más exacto.)

La construcción de la Kaaba y la resolución de la disputa sobre el Hajar al-Aswad

Cuando el Profeta y Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— tenía treinta y cinco años, los qurayshíes comenzaron a reconstruir la Kaaba. La razón de esta iniciativa era que la Kaaba estaba rodeada por cuatro paredes cuya altura apenas superaba la de una persona. En la época de Ismail —que la paz sea con él—, la altura de aquellas paredes era de nueve codos y no había ningún techo encima. Aprovechándose de esta situación, algunos ladrones malhechores robaban los bienes que había en el interior. Además, había transcurrido mucho tiempo desde su construcción: el edificio se había deteriorado y sus paredes se habían agrietado. Por otra parte, ese año se produjo una gran inundación, cuyo torrente se dirigió hacia la Kaaba. Por todas estas razones, existía el temor de que la Kaaba se derrumbara en cualquier momento. Por ello, los qurayshíes comprendieron que era necesario reconstruirla.

En ese momento, los qurayshíes decidieron que para la construcción de la Kaaba solo se utilizaría dinero obtenido por medios lícitos. No se permitiría utilizar las ganancias de la prostitución, el dinero procedente de la usura ni ninguna riqueza obtenida injustamente.

Para reconstruir la Kaaba era necesario derribar el antiguo edificio. Sin embargo, nadie se atrevía a demolerlo. Finalmente, Walid ibn al-Mughira al-Majzumi comenzó a derribarlo. Cuando todos observaron que ninguna desgracia le había ocurrido a Walid, participaron en la demolición. Después de derribar también la parte que había construido Ibrahim —que la paz sea con él—, comenzaron la nueva construcción. A cada tribu le había sido asignada una parte de la obra, y cada tribu comenzó a trabajar en la suya. Un arquitecto romano llamado Baqum supervisaba la construcción. Cuando el edificio alcanzó la altura del Hajar al-Aswad, surgió el problema de quién colocaría esta piedra sagrada. Se trataba de una tarea de gran distinción religiosa. La disputa continuó durante cuatro o cinco días y adquirió tal gravedad que surgió el temor de que se produjera un derramamiento de sangre. Abu Umayya al-Majzumi propuso resolver la disputa de la siguiente manera: todos aceptarían la decisión de la primera persona que entrara al día siguiente, al amanecer, por la puerta de la Mezquita Sagrada. Todos aceptaron la propuesta. A la mañana siguiente, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— fue la primera persona en entrar en la Kaaba. Entonces lo designaron como juez. El Mensajero de Allah extendió una capa en el suelo y colocó la piedra sobre ella con sus propias manos; después pidió a los miembros de las tribus enfrentadas que levantaran la capa por sus bordes y llevaran la piedra hasta su lugar. Así lo hicieron. Una vez que llevaron la capa al lugar designado, el Mensajero de Allah colocó la piedra en su sitio con sus propias manos. Esta decisión fue sumamente sensata e inteligente. Todos los que estaban enfrentados quedaron satisfechos y nadie tuvo ninguna queja.

Mientras tanto, los qurayshíes se quedaron sin suficiente dinero lícito. Por ello, redujeron aproximadamente seis codos la longitud de la Kaaba por el lado norte. Esta parte se denomina Hiyr y Hatim. En ese momento, los qurayshíes hicieron bastante elevada la puerta de la Kaaba, para que solo pudieran entrar en ella las personas a quienes ellos concedieran permiso. Después de elevar las paredes hasta quince codos, erigieron seis columnas en el interior y construyeron un techo encima. Al terminar la construcción, la Kaaba adquirió una forma cuadrangular. En la actualidad, la altura de la Kaaba es de quince metros. La pared del lado donde se encuentra el Hajar al-Aswad y las paredes que quedan frente a ella, es decir, las de los lados norte y sur, tienen una altura de diez metros cada una. El Hajar al-Aswad se encuentra a un metro y medio del suelo. La pared del lado donde está la puerta y la sección frontal tienen una altura de doce metros, frente a las paredes de los lados este y oeste. Debajo del recinto de las paredes, cuya puerta está a dos metros del suelo, hay alrededor una estructura con forma de silla. Tiene una altura de veinticinco centímetros y una longitud de treinta centímetros. Se llama Shadharwan. En realidad, también forma parte de la Kaaba, pero los qurayshíes dejaron suspendida la construcción de esta sección. (Para una descripción detallada, véase Ibn Hisham, tomo I, pp. 192 y 197; Fiqh al-Sira, p. 62; Sahih al-Bujari, tomo I, pp. 1, 2 y 15.)

La vida anterior a la profecía

Las cualidades y características que se encuentran de forma dispersa entre personas de distintas clases estaban presentes de manera singular en el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Era un elevado faro de visión penetrante, amor a la verdad y reflexión. La claridad y madurez de pensamiento, así como la pureza de sus propósitos y objetivos, estaban plenamente presentes en él. Durante largos períodos de silencio recibía la ayuda de Allah en favor de la verdad y la justicia. Con una inteligencia clara, aguda y hermosa, y con un carácter y una perspectiva elevados, reflexionó profundamente sobre la vida humana, especialmente sobre sus diversos problemas. Al contemplar, mediante esa reflexión, las diversas impurezas en las que veía sumergida a la gente, su corazón se llenó de repugnancia. Se sintió profundamente afligido. Se mantuvo apartado de las personas sumergidas en el torbellino de la corrupción. Después de adquirir una comprensión correcta de la vida humana, participaba en la medida de lo posible en el bienestar de la humanidad y, el resto del tiempo, regresaba a su querido mundo de soledad. Nunca tocó el vino, nunca comió carne de animales sacrificados en santuarios y jamás participó en celebraciones, ferias u otras reuniones organizadas para los ídolos.

Desde el principio detestó profundamente a los falsos dioses llamados ídolos. No sentía hacia ninguna otra cosa un odio tan intenso. Tampoco podía soportar que se jurara en nombre de Lat y Uzza. (La prueba de ello se encuentra en el episodio de Buhaira. (Ibn Hisham, tomo 1, pág. 128)

No cabe duda de que el destino había extendido sobre él la sombra de la protección. Cuando su corazón anhelaba obtener algo mundano o surgía en él el deseo de seguir costumbres absurdas y desagradables, Allah, exaltado sea, lo mantenía alejado de todo ello.

En una narración de Ibn Athir se relata que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Nunca deseé hacer, más de dos veces, ninguna de las cosas que hacía la gente de la época de la ignorancia. Y en ambas ocasiones Allah puso un obstáculo».

Después de eso, nunca volvió a surgir en mi corazón el deseo de hacer algo semejante. Entretanto, Allah, exaltado sea, me honró con la profecía. Un día le dije al muchacho que pastoreaba cabras conmigo en las afueras de La Meca: «Si vigilas mis cabras, iré a La Meca y participaré, como los demás jóvenes, en las reuniones nocturnas de conversación». El pastor aceptó. Me dirigí a La Meca. Al llegar cerca de la primera casa, oí el sonido de instrumentos musicales. Cuando pregunté, alguien respondió: «Se está celebrando la boda de fulano con fulana». Me senté para escuchar. Allah, exaltado sea, cerró mis oídos y me quedé dormido. Cuando el calor del sol tocó mi cuerpo, desperté. Entonces regresé junto al pastor, en las afueras de La Meca. Después de que me preguntó, le conté todo. Otro día, tras decirle lo mismo al pastor, llegué a La Meca, pero ocurrió lo mismo que la primera noche. Después de eso, nunca volvió a surgir en mi corazón un deseo equivocado de esa clase». (Hamem Yababi calificó este hadiz de auténtico; Ibn Kathir, en el tomo segundo de su obra Al-Bidaya wa al-Nihaya, pág. 287, lo mencionó como débil.)

En Sahih al-Bujari se narra, según Yabir ibn Abd Allah, que Allah esté complacido con él, que cuando se construyó la Kaaba, el Noble Profeta, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y Abbas estaban rompiendo piedras. Abbas le dijo al Mensajero de Allah: «Quítate el izar y póntelo sobre el hombro; así te protegerás del polvo y la suciedad de las piedras». Al quitarse el izar, cayó al suelo; luego miró hacia el cielo y perdió el conocimiento. Poco después, al recobrarlo, dijo: «¡Mi izar, mi izar!». Entonces volvieron a ponerle el izar. En una narración se menciona que, después de este suceso, nunca volvió a verse su desnudez. (Sahih al-Bujari, capítulo sobre la construcción de la Kaaba, tomo 1, pág. 540)

El Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se distinguía por sus acciones encomiables, su carácter elevado y hermoso y su naturaleza llena de dulzura. Poseía más personalidad que todos los demás, era de carácter más elevado, un vecino más honorable, el de mayor visión penetrante, el más veraz de todos y el de corazón más tierno y mente más pura y limpia. En las buenas obras y las buenas palabras estaba por delante de todos y era el más digno de elogio. Era el primero en cumplir sus promesas. En cuanto a la confianza depositada en él, no tenía igual. Sus compatriotas lo llamaron Al-Amin. Reunía todas las cualidades encomiables. Jadiya, que Allah esté complacido con ella, atestiguó que él llevaba las cargas de los afligidos, tendía una mano de ayuda a los pobres y desdichados, atendía a los huéspedes y ayudaba a establecer la verdad y la justicia. (Sahih al-Bujari, tomo 1, pág. 3)

(Allah, exaltado sea, envió una revelación a Su Mensajero y dijo:) «¡Oh, tú que estás cubierto con un manto (Muhammad)! Levántate, deja tu lecho y advierte a la gente del mundo sobre las consecuencias de no creer; y proclama tú mismo la grandeza de tu Señor». (Sura Al-Muddazzir, 1-3)

4

Extranjero en su propio hogar: trece años de injusticia y persecución

Las distintas etapas de la predicación

En el interior de la cueva de Hira, bajo la sombra de la misión profética

La edad de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, se acercaba a los cuarenta años. Debido a su personalidad pura e inflexible, la distancia mental e intelectual entre él y sus compatriotas aumentó considerablemente. En esas circunstancias, el Mensajero comenzó a amar la soledad. Llevando provisiones de harina de cebada y agua, empezó a pasar el tiempo en la cueva del monte Hira, situada a dos millas de La Meca. Era una cueva pequeña, de cuatro codos de largo y poco menos de dos codos de ancho. No era profunda hacia abajo. Se encontraba junto a un pequeño sendero, en el punto de unión con la meseta superior. Después de que el Noble Mensajero comenzó a acudir a esta cueva, Jadiya también lo acompañaba y se quedaba en algún lugar cercano. El Noble Mensajero pasaba en esta cueva todo el mes de Ramadán. Reflexionaba sobre el mundo visible y sobre las maravillas del poder divino que operaban detrás de él. No podía soportar la idolatría ni la vida impura de sus compatriotas. Sin embargo, no tenía ante sí un camino claro, un método definido ni un programa contrario a la situación imperante, sobre cuya base pudiera vivir y alcanzar tranquilidad y paz mental. (Rahmatul lil-Alamin, tomo 1, p. 47; Ibn Hisham, tomo 1, pp. 235-236; Tafsir Fi Zilalil Qur’an, Sayyid Qutb, mártir, pp. 29, 66). Esta inclinación del Mensajero hacia la soledad era, en realidad, parte de la sabiduría de Allah, exaltado sea. Así, Allah lo estaba preparando para la gran responsabilidad futura. En realidad, es natural que quien se esfuerce por provocar un cambio revolucionario en el curso de la vida mediante la solución de los problemas reales de la existencia humana permanezca durante algún tiempo en soledad, lejos del ruido, el alboroto y el bullicio de su entorno.

De acuerdo con este plan, Allah, exaltado sea, preparaba gradualmente a Su amado Mensajero para cargar con la enorme responsabilidad de la confianza depositada en él y cumplir la histórica misión de transformar el curso de la vida de toda la humanidad. Tres años antes de encomendarle esta responsabilidad, había determinado de antemano que se entregara a la meditación en soledad. En esta reclusión, a veces permanecía absorto en la meditación durante hasta un mes. En su viaje espiritual, reflexionaba profundamente e investigaba los misterios de la creación, para poder cumplir debidamente su responsabilidad cuando recibiera las instrucciones necesarias. (Tafsir Fi Zilalil Qur’an, parte 29, pp. 166-167. Conviene recordar que estas son las páginas de la edición árabe del tafsir. Las páginas de la traducción bengalí publicada por la Academia del Corán de Bangladesh, Londres, pueden no coincidir con ellas.)

La llegada de Gabriel con la revelación

Los cuarenta años son la edad de la plenitud y madurez del ser humano. Los profetas suelen recibir la revelación precisamente a esa edad. Después de que el Noble Mensajero cumplió cuarenta años, los signos de la profecía comenzaron a brillar en el horizonte de su vida. Estos signos se manifestaban mediante sueños. En aquella época, cualquier sueño que veía el Noble Mensajero se hacía realidad con la claridad de la mañana luminosa. Así transcurrieron seis meses. Este periodo constituía la cuadragésima sexta parte del periodo de la profecía, cuya duración total era de veintitrés años. En el tercer año de su retiro en la cueva del monte Hira, Allah, exaltado sea, quiso empapar a los habitantes del mundo con Su torrente de misericordia. Entonces Allah concedió la profecía a Su amado Mensajero. El honorable Gabriel, la paz sea con él, se presentó con varios versículos del Sagrado Corán. (El hafiz Ibn Hayar al-Asqalani escribió que Bayhaqi mencionó que el periodo de los sueños duró seis meses; es decir, que durante seis meses tuvo sueños en distintos momentos. Por tanto, el comienzo de la profecía mediante sueños tuvo lugar en el mes de Rabi al-Awwal, después de cumplir los cuarenta años. Este era el mes del nacimiento del Noble Mensajero. La primera revelación que recibió en estado de vigilia llegó en el mes de Ramadán. (Fath al-Bari, tomo 1, p. 27).)

Según la información obtenida mediante el estudio de las pruebas históricas y de diversos libros, incluido el Corán, se sabe que la primera revelación llegó la noche del lunes 21 de Ramadán. Según el cálculo del mes lunar, en ese momento la edad del Noble Mensajero, el hadrat Muhammad Mustafa Ahmad Mujtaba, que Allah lo bendiga y le conceda la paz, era de 40 años, 6 meses y 12 días.

Su edad en el momento de la revelación

Existe una discrepancia entre los historiadores respecto al mes en que el Noble Profeta recibió la profecía. Según la mayoría de los autores de la sira, el Noble Mensajero recibió la profecía en el mes de Rabi al-Awwal. Algunos han dicho que fue en Ramadán y otros, en Rayab. Véase Mujtasar al-Sira, escrito por el jeque Abdullah, tomo 1, pág. 75. En mi opinión, fue en Ramadán. Lo correcto es decir que la revelación descendió, es decir, que recibió la profecía. Pues Allah ha dicho en el Corán que este fue revelado en el mes de Ramadán. Allah también dice que el Corán fue revelado en la Noche del Decreto. La Noche del Decreto tiene lugar precisamente en el mes de Ramadán. Allah también ha dicho: «Hemos revelado el Corán en una noche bendita y advertimos a la gente del castigo». También existe este argumento a favor de que el Corán fue revelado en Ramadán: el Mensajero se dedicaba a la meditación en la cueva de Hira durante el mes de Ramadán. El hadrat Yibril (la paz sea con él) vino precisamente a la cueva de Hira.

Entre quienes han mencionado que el Corán fue revelado en el mes de Ramadán, también existe discrepancia acerca del día de Ramadán en que fue revelado. Algunos dicen que fue el día siete y otros, el dieciocho. Véase Mujtasar al-Sira, tomo 1, pág. 75; Rahmatul lil Alamin, tomo 1, pág. 49. El erudito Hadrami escribió que el día correcto fue el diecisiete.

(Véase Tarij al-Hadrami, tomo 1, pág. 69, y Tarij al-Tashri al-Islami, págs. 5, 6 y 7). En este asunto he dado preferencia al día 21 de Ramadán. Sin embargo, nadie ha mencionado que el comienzo de la revelación del Corán tuviera lugar el 21 de Ramadán. Mi argumento es que, según la mayoría de los autores de la sira, la aparición del Mensajero tuvo lugar un lunes. También hay prueba de ello en un hadiz narrado por el hadrat Qatada, que Allah esté complacido con él. Él dijo que, cuando preguntaron al Noble Mensajero acerca del lunes, respondió: «En este día nací. En este día recibí la profecía». Sahih Muslim, tomo 1, pág. 368; Musnad Ahmad, tomo 5, págs. 297 y 299; Bayhaqi, tomo 4, págs. 286 y 300; Hakim, tomo 2, págs. 2 y 6. Ese año, los lunes del mes de Ramadán cayeron en los días 7, 14, 21 y 8. Se ha demostrado mediante narraciones auténticas que la Noche del Decreto tiene lugar en las noches impares del mes de Ramadán y que se alterna precisamente en esas noches. Allah ha dicho que el Corán fue revelado en la Noche del Decreto. Al examinar los lunes del año en que recibió la profecía, se puede llegar a la conclusión de que nació el lunes 21 de Ramadán y que recibió la profecía en esa misma fecha.

Escuchemos el relato detallado de este acontecimiento en palabras del hadrat Aisha, que Allah esté complacido con ella. La revelación del Corán fue la aparición de una llama de luz milagrosa; con el resplandor de aquella llama de luz desapareció la oscuridad de la extravío y del descarrío. El curso de la historia cambió a causa de este acontecimiento.

El hadrat Aisha, que Allah esté complacido con ella, dijo: «El inicio de la revelación al Noble Mensajero tuvo lugar mediante sueños. Los sueños que veía se manifestaban como el amanecer luminoso. Después, comenzó a amar la soledad. Permanecía en la cueva de Hira dedicado a la adoración y la devoción, y durante ese período no regresaba a casa durante varios días seguidos. Cuando se le acababan los alimentos y las bebidas, volvía a casa para obtener provisiones. Así continuó hasta que, en cierto momento, el hadrat Yibril (la paz sea con él) se presentó ante él y le dijo: “¡Lee!”. Él respondió: “No sé leer”. El ángel lo abrazó y lo apretó con fuerza contra su pecho, diciendo: “¡Lee!”. Él dijo: “Sentí como si me hubieran exprimido todas las fuerzas”. Entonces el ángel lo soltó y dijo: “¡Lee!”. Él respondió: “Pero yo no sé leer”. El ángel volvió a abrazarme y me apretó contra su pecho.»

Después lo soltó y dijo: «¡Lee!». Por tercera vez lo abrazó contra su pecho, lo apretó con fuerza y dijo: «¡Lee: Iqra bi-ismi rabbika alladhi khalaq!» (Se reveló hasta «Allama al-insana ma lam ya’lam»). Es decir: «Lee en el nombre de tu Señor, que ha creado».

Después de que fueron revelados estos versículos, el amado Profeta regresó a casa. Su pecho palpitaba con fuerza. Le dijo a su esposa, la honorable Jadiya bint Juwaylid: «Cúbreme con una manta, cúbreme con una manta». Jadiya envolvió al amado Profeta en una manta y lo acostó. Su miedo se disipó.

Después de contarle todo abiertamente a Jadiya, el amado Mensajero dijo: «¿Qué me ha sucedido? Temo por mi vida». Jadiya lo tranquilizó y le dijo: «Al-lah no te humillará. Mantienes los derechos de tus parientes, ayudas a los necesitados, atiendes a los huéspedes y colaboras en el establecimiento de la verdad».

Entonces Jadiya llevó al amado Profeta ante su primo Waraka ibn Nawfal. Waraka ibn Nawfal ibn Abd al-Uzza era cristiano en la época de la ignorancia. Sabía escribir en hebreo. Escribía en hebreo tanto del Evangelio como Al-lah le permitía. En aquel tiempo era un anciano encorvado por la edad y había perdido la vista. Jadiya dijo: «Hermano mío, escucha lo que te contará tu sobrino». Waraka dijo: «Sobrino, ¿qué has visto?»

El Mensajero le contó todo lo que había visto. Después de escucharlo, Waraka dijo: «Es el mismo mensajero que acudió al honorable Moisés. ¡Ay, si pudiera estar vivo cuando tu pueblo te expulse!». El Mensajero, sorprendido, dijo: «¿Acaso mi pueblo realmente me expulsará?». Waraka respondió: «Sí. Siempre que alguien ha recibido un mensaje como el que tú has recibido, se le ha declarado hostilidad. Si sigo vivo, sin duda te ayudaré». Poco después, Waraka falleció. Entonces, de repente, cesó la llegada de la revelación [esta narración se menciona con ligeras modificaciones en Sahih al-Bujari, en el capítulo «Cómo fue revelada la revelación» (vol. 1, pp. 2-3)].

De los relatos de al-Tabari e Ibn Hisham se sabe que, incluso cuando cesó la revelación, permaneció algún tiempo en la cueva de Hira y completó el plazo establecido; después regresó a La Meca. El relato de al-Tabari también arroja luz sobre la salida del Mensajero de su casa. El relato es el siguiente.

Al hablar de su estado mental después de recibir la revelación, el noble Mensajero, que Al-lah lo bendiga y le conceda la paz, dijo: «Entre las criaturas de Al-lah, los poetas y los locos eran los que más detestaba. Debido a mi intensa aversión, ni siquiera deseaba levantar la mirada hacia ellos. Después de recibir la revelación, pensé: “¿Dirán los qurayshíes que soy poeta o loco?”. Tras pensar esto, subí a la cima de una montaña con la intención de arrojarme y acabar con mi vida. Incluso subí a una montaña. Cuando había llegado a la mitad de la montaña, de repente se oyó una voz desde el cielo: “¡Oh, Muhammad, eres el Mensajero de Al-lah! Yo soy Jibril!”. Después de oír esta voz, miré hacia el cielo. Vi a Jibril de pie en el horizonte, con forma humana. Dijo: “¡Oh, Muhammad, eres el Mensajero de Al-lah! Soy Jibril”. El Mensajero dijo: “Me quedé paralizado; no podía avanzar hacia él ni retroceder. Mirara hacia donde mirara en el cielo, veía a Jibril. Permanecí allí de pie”. Mientras tanto, Jadiya envió gente a buscarme. Tras buscarme, regresaron a La Meca.

Después de que Jibril se marchó, regresé a mi casa. Me senté apoyado junto al muslo de Jadiya. Ella dijo: «Abul Qasim, ¿dónde estabas? Envié a un hombre a buscarte; fue a La Meca y regresó diciendo que no te había encontrado». Entonces le conté a Jadiya todo lo que había visto. Ella dijo: «¡Oh, primo mío, alégrate y mantente firme! Espero que seas el profeta de esta umma». Después fue ante Waraka ibn Nawfal y le contó todo. Tras escucharlo, él dijo: «Juro por Aquel en cuya mano está la vida de Waraka que ha venido a él el ángel que acudió al honorable Moisés. Muhammad es el profeta de esta umma. Dile que se mantenga firme».

Después, la honorable Jadiya regresó y le transmitió al Mensajero las palabras de Waraka. El amado Profeta llegó a La Meca tras completar el tiempo que debía permanecer en la cueva de Hira. En ese momento, Waraka ibn Nawfal tenía su vida; tú eres el profeta de esta umma. Ha venido a ti el gran ángel que acudió al honorable Moisés». (Hiyab, p. 207; Ibn Hisham, vol. 1, pp. 237-238. Sin embargo, tengo dudas sobre la autenticidad de este relato. El encuentro con Waraka tuvo lugar inmediatamente después de la llegada de la revelación. Tras examinar los hadices mencionados en Bujari, hay que concluir que el encuentro con Waraka tuvo lugar en La Meca, inmediatamente después de recibir la revelación.)

Suspensión temporal de la revelación

¿Durante cuánto tiempo quedó suspendida la revelación en aquella ocasión? Al respecto, Ibn Sa’d cita una narración de Ibn Abbás. En ella se menciona que la revelación quedó suspendida durante algunos días. Considerando todos los aspectos, esta narración parece ser la más correcta. Es conocida la afirmación de que la revelación quedó suspendida durante dos años y medio o tres años, pero este relato no es verídico. No es necesario tratar aquí los argumentos y las pruebas relacionados con este asunto. (En la nota n.º 11 se ha arrojado algo de luz sobre el tema.)

Durante el período en que la revelación estuvo suspendida, el amado Mensajero permanecía triste y preocupado. Se encontraba en un estado de inquietud y ansiedad mental. En una narración de Kitab al-Ta’bir, de Sahih al-Bujari, se relata que, después de que se suspendiera la revelación, el amado Mensajero estaba tan inquieto y preocupado que varias veces subió a la cima de una montaña elevada con la intención de arrojarse desde allí. Sin embargo, después de subir a la montaña, Yibril se le aparecía y le decía: «¡Oh, Muhammad! Tú eres el amado Mensajero de Alá». Al escuchar estas palabras, se detenía; su ansiedad y su inquietud desaparecían. Regresaba a casa con el corazón tranquilo. Al no recibir nuevamente la revelación, volvía a sentirse sereno. Entonces Yibril se presentaba allí y le decía: «¡Oh, Muhammad! Tú eres el Mensajero de Alá». (Sahih al-Bujari, Kitab al-Ta’bir, Ru’ya Salihah, vol. 2, p. 1034.)

El regreso de Yibril con la revelación

El hafiz Ibn Hayar escribió que la razón por la que la revelación quedó suspendida durante cierto tiempo fue que el temor que él había experimentado desapareciera y que en su corazón surgieran de nuevo el deseo y la espera de recibir la revelación. (Fath al-Bari, vol. 1, p. 27)

Después de disiparse el estupor de la sorpresa, la realidad se manifestó ante él y comprendió claramente que se había convertido en el profeta de Alá. También pudo comprender que quien había venido a él era el portador del mensaje de la revelación, el mensajero de las noticias celestiales. Una vez que esta convicción se afianzó en su corazón, comenzó a esperar con interés la revelación. Decidió que debía mantenerse firme y asumir aquella responsabilidad. En esta etapa de su estado mental, Yibril volvió a presentarse ante él. En Sahih al-Bujari se narra, por boca de Yabir ibn Abdulá, que él escuchó del amado Profeta el relato de la suspensión de la revelación. El Mensajero dijo: «Iba caminando cuando, de repente, escuché una voz procedente del cielo. Miré hacia el cielo y vi al mismo ángel que había venido a mí en la cueva de Hira. Lo vi sentado en un trono entre el cielo y la tierra. Me asusté y aparté la mirada. Después llegué a casa y le dije a mi esposa: “Cúbreme con una manta, cúbreme con una manta”. Mi esposa me envolvió en una manta y me acostó. Entonces Alá hizo descender de la sura al-Muddázzir hasta las palabras “y aléjate de la impureza”. Desde aquel acontecimiento, la revelación comenzó a descender con frecuencia». (Sahih al-Bujari, Kitab al-Tafsir, capítulo «Y de la impureza aléjate», vol. 2, p. 733. En esta narración también se menciona que el Mensajero dijo: «Hice retiro espiritual en la cueva de Hira. Cuando completé el retiro, bajé. Después, mientras avanzaba por la llanura, fui llamado. Miré a derecha e izquierda, delante y detrás, pero no vi nada. Miré hacia arriba y vi al mismo ángel». —-. De todos los relatos de los autores de la Sira se sabe que el Mensajero hacía retiro espiritual en la cueva de Hira durante el mes de Ramadán de cada año. En el tercer Ramadán, Yibril vino a él con la revelación. Pasaba todo el mes de Ramadán en retiro espiritual y regresaba a La Meca muy temprano el primero de Shawwal. Al combinar este relato con la narración mencionada, se puede concluir que la primera parte de la sura al-Muddázzir fue revelada diez días después de la primera revelación. Es decir, el período de suspensión de la revelación fue de diez días.)

Las distintas formas de la revelación

Antes de abordar la vida que comenzó para el amado Profeta después de que la revelación descendiera sobre él, es decir, después de que recibiera la profecía, es necesario exponer las distintas formas de la revelación. Esto permitirá obtener una idea clara sobre la misión profética y la profecía. El erudito Ibn al-Qayyim mencionó las siguientes clases de revelación:

1. Sueños verídicos: la revelación de Allah al Mensajero mediante sueños.

2. El ángel le infundía palabras en el corazón sin dejarse ver. Así, el amado Profeta dijo: «Ruh al-Qudus infundió en mi corazón que ninguna persona muere antes de recibir el sustento que le ha sido destinado». Por tanto, temed a Allah y buscad lo bueno. Para obtener el sustento, no lo busquéis mediante la desobediencia a Allah ni renunciéis a la obediencia. En verdad, lo que está junto a Allah no puede obtenerse sino mediante Su obediencia.

3. El ángel adoptaba forma humana y se dirigía a él. El amado Mensajero memorizaba todo cuanto decía. En ocasiones, los Compañeros también podían ver a los ángeles.

4. La revelación llegaba al Mensajero con un sonido resonante, semejante al repique de una campana. Este era el estado más difícil de la revelación. En ese momento, el ángel se reunía con él y, aunque fuera pleno invierno, el amado Profeta comenzaba a sudar. El sudor le caía de la frente. Si estaba montado sobre un camello, este se sentaba en el suelo. En una ocasión, mientras su muslo descansaba sobre el muslo de Zayd ibn Thabit, llegó la revelación; Zayd sintió tal peso que parecía que su muslo iba a quedar aplastado.

5. Veía al ángel en su verdadera forma. En ese estado, la revelación descendía sobre él por voluntad de Allah. Esto ocurrió dos veces. Allah menciona este hecho en la bendita sura An-Naym.

6. La obligación de la oración y otras revelaciones descendieron en el cielo durante la noche del Mi’raj. En aquel momento, el amado Profeta se encontraba en el cielo.

7. Allah hablaba directamente, sin intermediación de un ángel, tal como Allah habló con Moisés, la paz sea con él. La prueba de que Allah habló con Moisés se encuentra en el Corán. La prueba de que Allah habló con el amado Profeta se encuentra en los hadices del Mi’raj.

8. Algunos han mencionado otra modalidad: hablar con Allah cara a cara, sin velo. Sin embargo, existe margen para la discrepancia de opiniones al respecto (Zad al-Ma’ad, tomo 1, pág. 18).

La instrucción para la proclamación

Las instrucciones impartidas al amado Profeta en las primeras aleyas de la sura Al-Muddaththir parecen, a primera vista, breves, sencillas y claras; pero, en realidad, son de gran alcance y poseen una profunda significación. Su eficacia y repercusión en la vida práctica son extraordinarias.

1. El propósito final de la instrucción de advertir es informar a todos sobre las graves consecuencias de las acciones que se cometen en el mundo contra la voluntad de Allah. Esta advertencia debe hacerse de tal manera que el temor al castigo de Allah Todopoderoso suscite en la mente y el corazón de las personas un estado de temor.

2. El propósito final de describir al Señor es que, en la tierra de Allah, permanezca firmemente Su supremacía exclusiva; no se debe permitir que perdure la supremacía de nadie más. Por el contrario, debe abolirse la autoridad y el dominio de todo lo demás. Así, en la tierra de Allah solo se manifestarán y reconocerán Su supremacía y Su gloria.

3. El propósito final de la pureza y limpieza de la vestimenta es mantener limpio todo aspecto, tanto manifiesto como oculto, hasta alcanzar un estado que permita refugiarse bajo la sombra de la misericordia de Allah Todopoderoso. Esto solo puede lograrse mediante Su guía y Su luz. Después de alcanzar la pureza y limpieza mencionadas, el corazón se sentirá atraído hacia Allah, y Su supremacía y Su gloria despertarán en él. Como resultado, las personas de todo el mundo permanecerán cerca de Él, ya sea en la oposición o en la obediencia. Él será el centro de todas las cosas.

4. El propósito final de no esperar una recompensa mayor después de mostrar misericordia o favor a alguien es no considerar excelentes las propias obras ni concederles una importancia excesiva. Por el contrario, se debe continuar esforzándose y trabajando en una obra tras otra. Incluso después de realizar grandes sacrificios y ofrendas, se deben considerar insignificantes. Es decir, ante el recuerdo de Allah y el temor de rendir cuentas ante Él, se deben considerar pequeños y modestos los propios esfuerzos y sacrificios.

5. La última aleya indica que, después de que comenzara la labor de la invitación por parte de Allah, los enemigos causarían sufrimiento mediante la oposición, las bromas, las burlas y las mofas, y harían todo lo posible por asesinar al amado Profeta y a sus compañeros. Él tendría que enfrentarse a todo ello. En tales circunstancias, debía mantener la paciencia con firmeza. Esta paciencia no era por la tranquilidad del corazón, sino por la complacencia de Allah Todopoderoso y por la difusión y expansión de Su religión. Pues Allah Todopoderoso dijo: «wa li-rabbika fasbir», es decir, «ten paciencia por tu Señor».

¡Qué maravilloso! Estas instrucciones son, en su expresión manifiesta, tan sencillas, claras y breves. ¡Qué ligeras y poéticas son las palabras elegidas! Sin embargo, en la práctica, ¡qué amplias y significativas resultan! La aplicación auténtica de estas pocas palabras provocará agitación por todas partes y establecerá firmes lazos de unidad y armonía entre los pueblos de todos los confines del mundo.

Los versículos mencionados también contienen los elementos de la da‘wah y el tabligh. Algunas acciones de los hijos de Adán tienen malas consecuencias. Todos saben que, a cambio de todo lo que hace una persona, no se le da —ni es posible darle— la recompensa completa en este mundo. Por ello, naturalmente debe existir un día en el que se otorgue la recompensa completa por todas las acciones. Ese día se llama el Día de la Resurrección. Una necesidad ineludible de que ese día se otorguen las recompensas es que debe existir una vida distinta de la que llevamos en este mundo.

En otros versículos, Allah el Altísimo exigió a Sus siervos que siguieran el tawhid puro. Dijo que el siervo debía encomendar todos sus deseos y anhelos únicamente a Allah. Debía dar prioridad a la voluntad de Allah sobre los deseos de sus pasiones y sobre los demás deseos humanos. Así puede cumplirse la responsabilidad de la da‘wah y el tabligh. Estos asuntos son los siguientes.

a. El tawhid.

b. La creencia en la Otra Vida.

c. Dar importancia a la tazkiyat al-nafs, es decir, abstenerse de toda clase de obscenidades y pecados, realizar más obras virtuosas y esforzarse por mantenerse firme en ellas.

d. Encomendar todas las propias acciones a Allah el Altísimo.

e. Todo esto debe cumplirse creyendo en la profecía y la misión apostólica del amado Profeta, y siguiendo su extraordinario liderazgo.

Estos versículos contienen mandatos celestiales. Allah, el Señor de los mundos, llamó a Su amado Profeta a avanzar hacia una gran tarea. Le ordenó abandonar el descanso del sueño y entrar en el arduo campo del yihad. Como dijo Allah el Altísimo en los primeros versículos de la sura Al-Muddaththir, solo quien vive para sí mismo puede llevar una vida cómoda; pero quien carga con la responsabilidad de guiar a una enorme comunidad humana, ¿cómo puede dormir tranquilamente? ¿Qué relación tiene con una cama cálida y con una vida cómoda? Sal para realizar esa gran tarea que te espera. Avanza para asumir la enorme carga de responsabilidad que ha sido preparada para ti. Avanza para luchar. Esfuérzate. El tiempo del sueño y del descanso ha pasado. Ahora es el momento de pasar las noches en vela y de realizar un largo esfuerzo. Prepárate para llevar a cabo esta tarea.

Esta instrucción está cargada de una enorme trascendencia. Sacó al amado Profeta de una vida de comodidad y lo arrojó a un océano insondable, lleno de olas. Lo hizo comparecer ante la conciencia de los seres humanos y ante la realidad de la vida.

Después, el amado Mensajero de Alá se puso de pie y permaneció así durante más de veinte largos años. Durante ese tiempo se mantuvo firme e inquebrantable en la lucha de la vida. Renunció a las comodidades y sacrificó su propia felicidad, la de su familia y su tranquilidad. Después de levantarse, permaneció en ese estado. Su tarea consistía en llamar a la gente al camino de Alá. Sin ninguna presión, asumió esta responsabilidad sobre sus hombros. Esta responsabilidad era la de la amāna kubrā en la Tierra, es decir, la carga de una enorme confianza: la carga de toda la humanidad, la carga de toda la doctrina y la fe, y la carga de la lucha en diversos campos. Durante más de veinte años vivió una vida llena de lucha. Desde que recibió la orden celestial, nunca estuvo desatento ni indiferente a ninguna situación o circunstancia. Que Alá Todopoderoso le conceda, de nuestra parte y de parte de toda la humanidad, la mejor recompensa. (Tafsir Fī Ẓilāl al-Qurʾān, Sayyid Qutb mártir, suras al-Muzzammil y al-Muddaththir, parte 29, págs. 168, 167 y 172) (volumen árabe original).

Primera etapa: iniciativa personal

Tres años de predicación secreta

La Meca era el centro de la península arábiga. Allí estaban los guardianes y custodios de la Kaaba. Los árabes también eran los guardianes de los ídolos, a quienes todos los habitantes de Arabia contemplaban con respeto. Por ello, lograr que los esfuerzos de reforma triunfaran en La Meca era mucho más difícil que en cualquier otro lugar. Allí se necesitaba una firmeza de espíritu tal que ninguna aflicción, dificultad, peligro u obstáculo pudiera apartarlos ni un ápice, sino que pudieran permanecer firmes e inquebrantables ante las dificultades y los obstáculos. Por tanto, la estrategia consistía en llevar a cabo primero en secreto la tarea de la predicación y la transmisión, para que no se produjera de repente un alboroto entre los habitantes de La Meca.

Algunos de los primeros soldados del islam

Lo natural era que el Mensajero invitara primero a la religión a quienes eran sus parientes cercanos y con quienes mantenía una relación profunda. Invitaría antes que a nadie a su familia, sus parientes y sus amigos. Por eso, el amado Profeta invitó primero a estas personas, en quienes había percibido señales de receptividad. Además, invitó a aquellos de quienes sabía que lo conocían y respetaban como un hombre veraz, justo, recto y honrado.

A raíz de la invitación del Mensajero de Alá, varias personas aceptaron el islam. Jamás albergaron la menor duda sobre la honestidad, veracidad y generosidad del amado Mensajero. En la historia del islam son conocidos como los sābiqūn al-awwalūn. Entre los primeros de la lista se encuentran la esposa del Mensajero, la Madre de los Creyentes Jadiya bint Juwaylid, y su esclavo liberado Zayd ibn Sābit ibn Sharhabil al-Kalbī. (Había llegado como esclavo cautivo de guerra. Más tarde, Jadiya fue su propietaria y se lo entregó a su esposo. Después, su padre y su tío acudieron para llevárselo, pero él prefirió abandonar a su padre y a su tío y quedarse con el amado Mensajero. Luego, el Mensajero adoptó a su sirviente Zayd como hijo adoptivo, de acuerdo con la costumbre árabe. Después de este suceso, pasó a ser conocido como Zayd Muhammad. Con la llegada del islam terminó la costumbre árabe de la adopción como filiación.); su primo Hadrat Alí ibn Abí Tālib, que en aquel entonces estaba siendo criado en su hogar; y su íntimo amigo Hadrat Abū Bakr al-Siddīq, que Alá esté complacido con todos ellos. Todos ellos aceptaron el islam desde el primer día. (Rahmatul lil-ʿĀlamīn, vol. 1, pág. 50)

Después de aceptar el islam, Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él) se dedicó a propagar el islam. Era una persona querida por todos, de carácter apacible, excelentes modales y espíritu generoso. Debido a su trato excepcional, la gente acudía constantemente a él. En aquel tiempo, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) comenzó a invitar al din a personas dignas de confianza y fiables. Awf, Sa‘d ibn Abi Waqqas y Talha ibn Ubaydullah aceptaron el islam. Ellos fueron soldados de primera línea del islam.

Entre los primeros en aceptar el islam se encontraba también Bilal (que Allah esté complacido con él). Después de él, Abu Ubayda, el digno depositario de la confianza de la comunidad; Amir ibn Salama ibn Abd al-Asad; Arqam ibn Abi al-Arqam; Uthman ibn Maz‘un y sus dos hermanos, Qudama y Abdullah; Ubayda ibn al-Harith; al-Muttalib ibn Abd al-Manaf; Sa‘id ibn Zayd y su esposa, es decir, Fatima bint Jattab, hermana de Umar; Jabbab ibn al-Aratt; Abdullah ibn Masud y varias otras personas aceptaron el islam. En conjunto, estaban relacionados con diversas ramas de la tribu de Quraysh. Ibn Hisham escribió que su número era superior a cuarenta. (Véase el tomo 1, pp. 245-262). Algunos de ellos fueron incluidos entre los Sabiqín al-Awwalín, los primeros adelantados en aceptar la fe.

Ibn Ishaq narró que, después de que aquellos afortunados mencionados aceptaran el islam, grupos de personas buscaron refugio bajo la sombra refrescante del islam. En toda La Meca se comenzó a hablar del islam y este adquirió una amplia difusión. (Sira de Ibn Hisham, tomo 1, p. 262).

Ellos habían aceptado el islam en secreto. El Noble Profeta se reunía con ellos discretamente para enseñarles el islam y guiarlos. Esto se debía a que la labor de predicación se realizaba de manera reservada y discreta. Después de la revelación de las primeras aleyas de la sura Al-Muddázzir, las revelaciones comenzaron a llegar con frecuencia. En aquel tiempo, las aleyas eran breves y poseían una cautivadora musicalidad y poesía. Aquellas aleyas encajaban plenamente con el entorno. En ellas se trataba la tazkiya del alma, es decir, su purificación y embellecimiento, así como las consecuencias perjudiciales de quedar atrapado en las redes ilusorias de este mundo. Además, la descripción del Paraíso y del Infierno se presentaba de tal modo que parecían estar ante los ojos. Estas aleyas hacían recorrer lugares completamente nuevos para aquel entorno.

El mandato de la oración

Entre las primeras cosas que fueron reveladas se encontraba también el mandato de la oración. Muqatil ibn Sulayman dice que, al comienzo del islam, Allah, el Altísimo, estableció dos ciclos de oración por la mañana y dos ciclos de oración por la tarde. Esto se debe a que Allah, el Altísimo, dice: «Prosternadvos ante vuestro Señor, glorificándolo por la mañana y por la tarde».

Ibn Hayar dice que el Noble Mensajero y sus honorables compañeros ya realizaban la oración antes del acontecimiento de la Ascensión. Sin embargo, existe discrepancia sobre si, antes de que las cinco oraciones diarias fueran prescritas, había alguna otra oración obligatoria. Algunos dicen que había una oración obligatoria antes de la salida del sol y otra antes de su puesta.

Harith ibn Usama narró, de Zayd ibn Haritha, en este hadiz, que cuando la revelación llegó por primera vez al Noble Profeta, Gabriel vino y le enseñó primero la manera de realizar la ablución. Después de completar la ablución, arrojó un puñado de agua sobre las partes íntimas. Ibn Maja también narró hadices de este tipo. También se han transmitido hadices semejantes de Baba ibn Azib e Ibn Abbas. En el hadiz narrado por Ibn Abbas se afirma que esta oración estaba entre las obligaciones prescritas en los primeros tiempos. (Mukhtasar al-Sira, jeque Abdullah, p. 88).

Ibn Hisham narró que el amado Mensajero y los nobles Compañeros solían ir a las montañas durante el tiempo de la oración y rezaban en secreto. En una ocasión, Abu Talib vio al Mensajero y a Hadrat Ali —que Allah esté complacido con él— realizando la oración. Les preguntó al respecto. Después de que se lo explicaran, dijo: «Continuad con esta práctica». (Ibn Hisham, tomo I, p. 147).

Información para los coraichitas

Diversos acontecimientos han demostrado que, aunque en aquel momento la labor de predicación se realizaba en secreto, los coraichitas empezaban a percibir algo de ella. Sin embargo, no le dieron ninguna importancia.

El imán Gazali escribió que los coraichitas recibían noticias de las actividades de los musulmanes, pero no les daban ninguna importancia. Probablemente consideraban a Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— una personalidad religiosa de aquellas que hablan del ascetismo y del desapego del mundo. En la sociedad árabe había personas de ese tipo, como Umayya ibn Abi Salt, Quss ibn Sa’ida, Amr y Tufayl, entre otros. Sin embargo, los coraichitas observaron que su actividad parecía ser algo más intensa y diferente. Con el paso del tiempo, los coraichitas fueron prestando una atención cada vez mayor a las actividades religiosas y a la predicación del amado Profeta. (Fiqh al-Sirah, p. 76)

Durante tres años, la labor de la religión se desarrolló en secreto. En ese tiempo se formó un grupo de creyentes. Se mantenían unidos por la fraternidad y la ayuda mutua. Transmitían el mensaje de Allah y trataban de elevarlo a una nueva etapa. Entonces Allah Todopoderoso reveló una revelación y ordenó a Su pueblo. Junto con la invitación a la religión, también se les ordenó enfrentarse a las fuerzas falsas de los coraichitas y exponer los aspectos perjudiciales de sus ídolos.

Segunda etapa: la predicación pública

La primera orden de predicar

A este respecto, la primera orden que Allah Todopoderoso reveló fue: «¡Oh, Profeta! Advierte a tus parientes cercanos sobre el castigo de Allah». Este es un versículo de la sura Ash-Shu’ara. En esta sura se relata primero la historia de Hadrat Musa —la paz sea con él—. Es decir, se explica cómo Hadrat Musa —la paz sea con él— recibió la profecía y cómo, después de emigrar con los Hijos de Israel, el faraón, su pueblo y sus compañeros fueron ahogados en el Nilo. En otras palabras, esta sura presenta las distintas etapas de la predicación que Hadrat Musa —la paz sea con él— dirigió al faraón y a los Hijos de Israel.

Creo que, después de ordenar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, que proclamara abiertamente el mensaje entre su pueblo, se relató la historia del profeta Moisés, la paz sea con él, precisamente para que tuviera un ejemplo ante sí. Después de comenzar a proclamar abiertamente la religión, el profeta Moisés, la paz sea con él, tuvo que enfrentarse a situaciones adversas y soportó toda clase de excesos; así, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y los nobles Compañeros tendrían siempre ante sí un modelo de lo que les esperaba. Por otro lado, esta sura también trata del destino que tuvieron las comunidades que acusaron de mentirosos a los profetas, como el Faraón y su pueblo, el pueblo de Noé, los pueblos de Ad y Zamud, el pueblo de Abraham, el pueblo de Lot y los habitantes de Aykah, entre otros. Probablemente, el propósito era que quienes acusaran de mentiroso al Mensajero de Allah comprendieran cuál sería su destino si persistían en semejante conducta y qué clase de castigo de Allah les sobrevendría. Los creyentes también comprenderían que el buen desenlace les pertenece a ellos, mientras que quienes acusan de mentiroso al profeta no tendrán un buen destino.

La predicación entre los parientes cercanos

Después de la revelación de esta aleya, el Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, reunió como primer paso a los Banu Hashim. Con ellos se encontraba también un grupo de los Banu al-Muttalib ibn Abd Manaf. En total eran cuarenta y cinco personas. Abu Lahab aprovechó la ocasión y dijo: «Mira, estos son tus tíos y tus primos. Habla, pero no te comportes como un necio, y recuerda que tu clan no podrá enfrentarse a toda Arabia. Yo tengo más derecho que nadie a apoderarme de ti. Para ti bastan los miembros de tu linaje paterno. Si persistes en lo que dices, todas las tribus de Quraysh acudirán con sus aliados. ¿Qué ocurrirá entonces? Entre los miembros de tu linaje paterno serás tú quien cause la mayor destrucción». Después de oír estas palabras, el Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, volvió a reunirlos y dijo: «Toda alabanza pertenece a Allah. Lo alabo y a Él solo pido ayuda. Creo en Él y en Él deposito mi confianza. Doy testimonio de que nadie merece ser adorado excepto Allah. Él es Uno y Único, sin asociado». Después, el Mensajero de Allah dijo: «Un guía no puede mentir a los miembros de su familia. Juro por Allah, aparte de Quien no existe ninguna divinidad, que soy el Mensajero de Allah para vosotros en particular y para todos los demás seres humanos en general. ¡Por Allah! Un día moriréis del mismo modo que dormís, y un día seréis resucitados del mismo modo que despertáis del sueño. Después se os pedirán cuentas por vuestras obras. Luego habrá, para la eternidad, o bien el Paraíso o bien el Infierno».

Al oír esto, Abu Talib dijo: «No hace falta decir cuánto me complace ayudarte. Tu consejo es digno de ser aceptado y creo que tus palabras son verdaderas. Aquí están presentes todos los miembros de tu linaje paterno, y yo soy uno de ellos. Por tanto, sigue adelante; no estoy dispuesto a abandonar la religión de Abd al-Muttalib». Abu Lahab dijo: «¡Por Allah! Esto es una mala acción. ¿Has tomado su mano antes que los demás?». Abu Talib respondió: «¡Por Allah! Mientras viva, seguiré protegiéndolo» (Fiqh al-Sira, pp. 77 y 88, obra de Ibn al-Azir).

La predicación desde el monte Safa

Cuando el Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, comprendió con certeza que Abu Talib lo ayudaría en la predicación de la religión de Allah, un día subió al monte Safa y gritó: «¡Ya sabah!», es decir, «¡Ay, la mañana!». En aquella época, cuando era necesario anunciar una noticia terrible, la gente subía a la cima de una montaña y gritaba: «¡Ya sabah, ya sabah!», «¡Ay, la mañana!». Al oír esta llamada, las tribus de Quraysh se reunieron ante él. Los invitó a creer en la unicidad de Allah, en Su Mensajero y en el Día de la Resurrección. Una parte de este acontecimiento fue narrada así en el Sahih de al-Bujari por Abd Allah ibn Abbas, que Allah esté complacido con él.

«Advierte a tus parientes cercanos sobre el castigo de Allah». Después de la revelación de esta aleya del Corán, el Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, subió al monte Safa y llamó: «¡Oh, Banu Fihr! ¡Oh, Banu Adi!». Al oír esta llamada, se reunieron todos los dirigentes de Quraysh. Quien no pudo acudir envió a un representante para enterarse de lo ocurrido. Los qurayshíes se presentaron, y Abu Lahab también estaba con ellos. Entonces él dijo: «Decidme: si os dijera que en la llanura situada al otro lado de la montaña hay un grupo de jinetes ocultos que quiere atacaros, ¿me creeríais?». Todos respondieron: «Sí, te creeríamos, porque nunca te hemos oído decir una mentira». El amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Escuchad: he sido enviado para advertiros de un castigo terrible». Abu Lahab dijo: «¡Que perezcas! ¿Nos has convocado aquí para decirnos esto?». Después de que Abu Lahab pronunciara estas palabras, Allah reveló la sura Al-Lahab. En ella se dice: «¡Que perezcan las dos manos de Abu Lahab y que él mismo perezca!» (Sahih al-Bujari, t. II, pp. 706 y 743; Sahih Muslim, t. I, p. 114).

El imán Muslim mencionó otra parte de este acontecimiento en su obra Sahih. Abu Huraira, que Allah esté complacido con él, narró este hadiz. Dijo: después de que se revelara la aleya «Advierte a tus parientes cercanos sobre el castigo de Allah», el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, hizo una llamada, tanto general como particular. Dijo: «¡Oh, comunidad de Quraysh! Salvaos del Infierno. ¡Oh, Banu Kaab! Salvaos del Infierno. ¡Oh, Fátima, hija de Muhammad! Sálvate del Infierno. Se me ha ordenado protegeros del castigo de Allah. Puesto que existe entre nosotros un vínculo de parentesco, os advertiré de ello tanto como me sea posible» (Sahih Muslim, t. I, p. 385).

La proclamación pública de la da‘wah

Mientras aún resonaban en los alrededores de La Meca las repercusiones de esta llamada, Allah, el Altísimo, reveló este versículo: «Proclama abiertamente lo que se te ha ordenado y apártate de los politeístas» (15:94).

Después, el noble Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) expuso públicamente la inmundicia y los males del politeísmo, y rasgó el velo de la falsedad. Puso de manifiesto el vacío y la futilidad de los ídolos, y reveló su verdadera naturaleza. Continuó explicando, mediante ejemplos, que los ídolos eran inútiles e impotentes. También informó de que quienes adoraban esos ídolos y los establecían como intermediarios entre ellos y Allah se encontraban en un extravío manifiesto.

Al escuchar que se calificaba de extraviados a los politeístas y a los adoradores de ídolos, los habitantes de La Meca quedaron desorientados por la ira. Fue como si un rayo hubiera caído sobre ellos; en su vida tranquila y despreocupada creyeron ver los estragos de una tormenta. Por ello, los coraichitas se levantaron para arrancar de raíz esta revolución surgida de repente, pues amenazaba con erradicar sus costumbres y ritos politeístas.

Los coraichitas se alzaron decididos, pues sabían que negar que alguien distinto de Allah fuera una divinidad y creer en la profecía y en el Más Allá significaba entregarse por completo a la autoridad de la profecía y someterse incondicionalmente a ella. Esto significaba que, además de no tener ningún derecho independiente sobre la vida y los bienes de los demás, tampoco lo tendrían sobre los propios. Significaba que desaparecerían la superioridad y la autoridad religiosa que los habitantes de La Meca ejercían sobre los árabes. Como consecuencia, la voluntad y el deseo de Allah y de Su Mensajero serían definitivos, y ellos no podrían hacer nada según sus propios deseos. Tendrían que apartarse de las atrocidades y abusos que cometían contra las clases bajas y de las acciones despreciables en las que se entregaban mañana y tarde. Los coraichitas comprendían perfectamente el significado de todo esto y, por ello, no podían aceptar una situación tan humillante a sus ojos. Pero no se trataba de esperar ningún bien o beneficio; al contrario, su propósito era involucrarse aún más en el mal. Allah, el Altísimo, dice: «Más bien, porque el ser humano desea continuar entregándose al mal en el futuro» (5:75).

Los coraichitas comprendían todo esto, pero el problema era que tenían delante a un hombre veraz y digno de confianza. Era el mejor ejemplo de rectitud. Durante mucho tiempo, los habitantes de La Meca no habían visto ni oído hablar de un ejemplo semejante entre sus antepasados, y no lograban decidir cómo enfrentarse a una personalidad así. Estaban atónitos, estaban asombrados, y había varias razones fundamentales para semejante asombro.

Después de mucho deliberar, los coraichitas decidieron acudir a Abu Talib, el tío del amado Profeta, y pedirle que apartara a su sobrino de su labor. Para hacer que su demanda pareciera razonable y creíble, prepararon este argumento: invitar a abandonar la adoración de sus divinidades y afirmar que estas no tenían poder para hacer ni el bien ni el mal constituía, en realidad, una ofensa y un grave insulto contra sus divinidades.

Además, esto equivalía a calificar de necios y extraviados a nuestros padres y abuelos, es decir, a nuestros antepasados, pues ellos también vivieron siguiendo la misma religión que nosotros profesamos actualmente. Después de explicarles estas cosas a los coraichitas, lograron hacérselas comprender fácilmente y ellos respondieron con prontitud.

La delegación de Quraysh ante Abu Talib

Ibn Ishaq escribió: Algunos de los principales hombres de Quraysh fueron ante Abu Talib y le dijeron: «Abu Talib, tu sobrino insulta a nuestros dioses, califica nuestra religión de extravío y tacha de necedad nuestro juicio. Declara extraviados a nuestros padres y antepasados. O bien impídele que haga esto, o apártate de entre él y nosotros, pues tú también profesas la misma religión que nosotros. Nosotros nos bastamos para tratar con él».

En respuesta a esta petición, Abu Talib habló con suavidad y desempeñó el papel de mediador. Entonces ellos se marcharon. El Mensajero de Allah continuó transmitiendo la religión de la misma manera y se dedicó a propagarla y difundirla (Ibn Hisham, tomo I, pág. 265).

Reunión urgente para impedir el paso de los peregrinos

En aquel momento surgió otro problema ante Quraysh. Tras varios meses de predicación pública del Islam, llegó la temporada del hajj. Los qurayshíes sabían que en ese momento llegarían a La Meca delegaciones procedentes de diversas regiones de Arabia. Por ello consideraron necesario decir algo sobre el Noble Profeta —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— que impidiera que la predicación del Mensajero de Allah ejerciera influencia alguna en los corazones de los árabes. Se reunieron con Walid ibn al-Mughira para tratar este asunto. Walid dijo: «Primero debéis estar todos de acuerdo, para que no ocurra que uno de vosotros desmienta y descarte como falsa la afirmación de otro. No debe haber ninguna discrepancia entre vosotros». Los visitantes dijeron: «Dinos qué debemos decir». Walid respondió: «Decidlo vosotros; yo escucharé». Entonces algunos dijeron: «Diremos que es un adivino». Walid dijo: «No, no es un adivino. He visto a los adivinos y él no tiene sus características; no habla como ellos, con palabras vacías». Al oír esto, los visitantes dijeron: «Entonces diremos que está loco». Walid respondió: «No, tampoco está loco. He visto a los locos y conozco su naturaleza. Él no se comporta como un loco ni habla incoherentemente como ellos». La gente dijo: «Entonces diremos que es un poeta». Walid respondió: «Tampoco es poeta. Conozco las diversas formas de la poesía, y sus palabras no son poesía». Dijeron: «Entonces diremos que es un hechicero». Walid respondió: «No, tampoco es un hechicero. He visto a los hechiceros y su hechicería. Él no practica encantamientos ni hace magia». Los visitantes preguntaron: «Entonces, ¿qué diremos?». Walid respondió: «¡Por Allah!, sus palabras son sumamente dulces y su significado es muy profundo. Todo lo que digáis, los oyentes lo considerarán falso. Sin embargo, podéis decir de él que es un hechicero: todo lo que ha presentado no es más que magia. Después de escuchar sus palabras, surgen diferencias entre padres e hijos, entre hermanos, entre esposos y esposas, y entre distintas tribus». Finalmente, la delegación de Quraysh estuvo de acuerdo con esto y se marchó de la casa de Walid (Ibn Hisham, tomo I, pág. 271).

Algunas narraciones mencionan también detalladamente que, cuando Walid rechazó todas las propuestas de los visitantes, estos dijeron: «Entonces, presenta una opinión bien meditada». Al oír esto, Walid dijo: «Dadme un poco de tiempo para pensar». Después de reflexionar durante un rato, Walid hizo las observaciones citadas anteriormente (Tafsir Fi Zilal al-Qur’an, Sayyid Qutb, parte 29, pág. 188).

En el contexto del acontecimiento mencionado, Allah hizo descender dieciséis aleyas de la sura Al-Muddázzir acerca de Walid. En estas aleyas puede observarse una representación de la naturaleza del pensamiento de Walid. Allah dice: «Ciertamente, él reflexionó y decidió. ¡Maldito sea! ¿Cómo decidió? ¡Y otra vez maldito sea! ¿Cómo llegó a esa decisión? Luego miró; después frunció el ceño y contrajo el rostro; luego se volvió y mostró arrogancia, y declaró: “Esto no es más que magia transmitida de generación en generación; esto no es sino palabra humana”» (aleyas 18-25).

Una vez adoptada la decisión mencionada, se emprendieron acciones para ponerla en práctica. Algunos idólatras se apostaron en los distintos caminos por los que llegaban los peregrinos del hajj y les advirtieron acerca del Profeta Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— (Ibn Hisham, tomo I, pág. 271).

El primero de todos en esta tarea fue Abu Lahab. Durante la peregrinación, seguía al Mensajero de Allah por los campamentos de los peregrinos y por los mercados de Ukaz, Majanna y Dhul-Majaz. Mientras el Profeta predicaba la religión de Allah, Abu Lahab iba detrás de él diciendo: «No escuchen lo que dice; es un mentiroso y un impío» (Tirmidhi, Musnad Ahmad, tomo III, 492).

El resultado de esta clase de correr de un lado a otro fue que, cuando los peregrinos regresaron a sus hogares, se enteraron de que el Noble Profeta había proclamado su profecía. En resumen, por medio de los peregrinos, la noticia del Mensajero de Allah se difundió por toda Arabia.

Resistencia conjunta

Cuando los coraichitas observaron que su estrategia para impedir que Muhammad predicara la religión no estaba dando resultado, volvieron a deliberar. Para poner fin definitivamente a la predicación de la religión, adoptaron diversos métodos y procedimientos. El resumen de esos métodos y procedimientos es el siguiente:

Primera forma de resistencia

Burlarse de él, ridiculizarlo, mofarse de él y calificarlo de mentiroso. El propósito era quebrantar la moral de los musulmanes. Para alcanzar este objetivo, los politeístas comenzaron a lanzar contra el Noble Profeta acusaciones infundadas e insultos. A veces lo llamaban loco. Así dice Allah: «Esos incrédulos dijeron: “Aquel sobre quien ha sido revelado el Corán es ciertamente un loco”» (6-15).

A veces se le acusaba de ser hechicero y mentiroso. Así dice Allah: «Se asombran de que haya llegado a ellos un amonestador salido de entre ellos, y los incrédulos dicen: “Este no es sino un hechicero, un mentiroso”» (4-38).

Los incrédulos caminaban furiosos delante y detrás del Mensajero de Allah y lo miraban con ojos llenos de ira. Al respecto, Allah dice: «Cuando los incrédulos escuchan el Corán, casi te derriban con sus miradas y dicen: “Ciertamente está loco”» (51-68).

Cuando el Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, iba a algún lugar y delante y detrás de él se encontraban Compañeros nobles débiles y oprimidos, los politeístas se burlaban diciendo: «¿Acaso Allah os ha favorecido?» (53, 6)

En respuesta a sus palabras, Allah dice: «¿Acaso Allah no conoce perfectamente a los agradecidos?» (53, 6)

Así era, en general, la condición de los incrédulos. Allah Todopoderoso la ha descrito en el Corán de la siguiente manera: los criminales se burlaban de los creyentes; cuando pasaban junto a ellos, se guiñaban el ojo y hacían señas, y cuando los veían decían: «Estos están extraviados». Pero no fueron enviados para vigilarlos (29, 33, 83).

La segunda forma de resistencia

Distorsionar las enseñanzas del Mensajero de Allah, sembrar dudas e incredulidad, difundir propaganda falsa y hacer críticas abominables de las enseñanzas de la religión y de quienes la predicaban eran sus actividades habituales. Realizaban estas acciones con tanta insistencia que la gente no tuviera oportunidad de reflexionar sobre las enseñanzas del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Los politeístas decían acerca del Sagrado Corán: «Esto no son sino leyendas de los antiguos, que él ha hecho que le escriban; se las recitan mañana y tarde» (5, 25).

Los incrédulos dicen: «Esto no es sino una mentira que él ha inventado, y gente de otra comunidad le ha ayudado en ello» (4, 25).

Los politeístas también dicen que un ser humano le enseña (103, 16).

Esta era su acusación contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Decían: «¿Qué clase de mensajero es este, que come y camina por los mercados?» (7, 25).

En muchos lugares del Noble Corán se refutan las acusaciones de los politeístas; en algunos se mencionan sus acusaciones y en otros no.

El tercer tipo de resistencia

El Corán se enfrentó a sus incrédulos mencionando los acontecimientos y relatos de los pueblos anteriores. El caso de Nadr ibn al-Háriz fue el siguiente: una vez dijo a los coraichitas: «¡Oh, coraichitas! ¡Por Alá!, os ha sobrevenido una calamidad tal que todavía no habéis encontrado ninguna manera de libraros de ella. Muhammad creció entre vosotros; era el hombre que más os agradaba, el más veraz de todos y el más digno de confianza. Ahora que el cabello junto a sus orejas se ha vuelto blanco, ha venido a vosotros con algo, y vosotros decís que es un hechicero. ¡Por Alá!, no es un hechicero. He visto hechiceros y también sus encantamientos; he escuchado asimismo sus palabras incoherentes. Decís que es un poeta. ¡Por Alá!, tampoco es poeta. He visto poetas y he escuchado sus poemas. Decís que está loco. No, ¡por Alá!, tampoco está loco. He visto locos y he visto la locura de los locos; en él no hay ningún signo de locura. ¡Oh, hombres de Quraysh!, reflexionad profundamente: os ha sobrevenido una enorme calamidad.»

Después, Nadr ibn al-Háriz fue a Hirā y allí aprendió diversos relatos de los reyes, especialmente las historias de Rustam y Alejandro. Luego regresó a La Meca. Cuando el Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— se sentaba en alguna reunión, hablaba de Alá y advertía a la gente sobre Su castigo, él acudía allí y decía: «¡Por Alá!, las palabras de Muhammad no son mejores que mis relatos». Después añadía: «¿Por qué habrían de ser las palabras de Muhammad mejores que las mías?» (Ibn Hisham, t. 1, pp. 299, 300 y 358; Mujtasar as-Siyar, del jeque Abd Allah, pp. 117-118).

También se sabe por el relato de Ibn Abbás que Nadr ibn al-Háriz había comprado y mantenía a varias esclavas. Cuando oía que alguien se sentía atraído por el Noble Profeta —que Alá le bendiga y le conceda paz—, le enviaba una de esas esclavas. Ella le daba de comer y beber y le cantaba. Finalmente, aquella persona dejaba de sentir cualquier interés por el islam. Con respecto a esto, Alá, el Altísimo, reveló esta aleya: «Hay personas que compran palabras vanas para desviar a otros del camino de Alá» (Fath al-Qadīr, t. 4, p. 236).

El cuarto tipo de resistencia

En cierto momento, los coraichitas intentaron tender un puente entre el islam y la ignorancia preislámica. Es decir, que cada parte hiciera algunas concesiones a la otra: el Mensajero de Alá aceptaría algo de los politeístas y los politeístas aceptarían algunos principios del Mensajero de Alá. Alá, el Altísimo, dice al respecto en el Corán: «Quieren que seas flexible, y entonces ellos también serán flexibles» (9:68). En un relato de Ibn Yarir y at-Tabarani se cuenta que los politeístas propusieron al Mensajero de Alá lo siguiente: «Adora a nuestros ídolos durante un año y nosotros adoraremos a tu Señor durante un año». En un relato de Abd ibn Humayd se narra que los politeístas dijeron: «Si aceptas a nuestros dioses, nosotros también adoraremos a tu Dios» (Fath al-Qadīr, escrito por ash-Shawkani, t. 5, p. 508).

Ibn Ishaq dice que, mientras el Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— circunvalaba la Kaaba, se acercaron a él Aswad ibn al-Muttalib ibn Asad ibn Abd al-Uzza, al-Walid ibn al-Mugira, Umayya ibn Jalaf y As ibn Wa’il as-Sahmi. Eran personas destacadas de sus respectivas tribus. Dijeron: «Ven, Muhammad; adoraremos a aquel a quien adoras, y tú adorarás a aquel a quien nosotros adoramos. Así ambos alcanzaremos la misma posición. Si vuestro dios es mejor que nuestro dios, obtendremos de él un beneficio; y si nuestro dios es mejor que vuestro dios, vosotros obtendréis de él un beneficio». Ante estas palabras ridículas, Alá, el Altísimo, reveló la sura al-Kafirun. En ella se declara: «No puedo adorar a aquellos a quienes adoráis» (Ibn Hisham, t. 1, p. 362).

Mediante esta respuesta decisiva se refutó de raíz la ridícula argumentación de los politeístas. La posible razón de las distintas versiones es que este tipo de intento probablemente se llevó a cabo repetidas veces.

Injusticia y persecución

Ya se ha descrito anteriormente lo que hicieron los politeístas, en el cuarto año de la misión profética, para detener la predicación pública del islam. Los politeístas llevaron a cabo estas actividades hostiles de manera gradual y paulatina. Durante semanas e incluso meses no hicieron nada más. Pero cuando observaron que sus actividades no lograban obstaculizar la predicación del islam, volvieron a reunirse y formaron un comité compuesto por veinticinco incrédulos. Estos eran figuras prominentes de la tribu de Quraysh. El jefe de este comité era el tío del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Después de consultarse y deliberar, el comité aprobó una propuesta decisiva contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y sus Compañeros. Decidieron que, en su oposición al islam, no mostrarían ninguna indulgencia ni al causar sufrimiento al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, ni al perseguir a quienes habían aceptado el islam. (Rahmatul-lil-Alamín, tomo I, pp. 59-60)

Después de adoptar esta propuesta, los politeístas resolvieron firmemente llevarla a cabo por todos los medios. Para los musulmanes, especialmente para los débiles, era fácil poner en práctica la decisión de los politeístas. Pero en el caso del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, era difícil. Pues era un hombre extraordinario, dotado de una personalidad única. Todos lo miraban con respeto. Era fácil acercarse a él de una manera respetuosa. Las actividades ofensivas y despreciables contra él eran propias de los bárbaros y los necios. Además de su personalidad, singularidad y agudeza, contaba con la protección de Abu Talib. La influencia de Abu Talib en La Meca era insuperable. Nadie se atrevía a superar individual o colectivamente esa influencia ni a quebrantar el pacto celebrado con él. En esta situación, los qurayshíes vivían días de profunda angustia. Pero la propagación y expansión de esta religión estaba cortando las raíces de su dominio religioso y de su liderazgo y autoridad mundanos. ¿Cuánto tiempo más podrían soportar aquella religión? Finalmente, los politeístas comenzaron a perseguir al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, bajo el liderazgo de Abu Lahab. En realidad, Abu Lahab ya había mostrado anteriormente una actitud hostil hacia el amado Profeta. Incluso antes de que los qurayshíes pensaran en perseguir al Mensajero de Allah, Abu Lahab ya lo había pensado. Ya se han mencionado las palabras que este malvado pronunció en la asamblea de los Banu Hashim y al pie del monte Safa. Según algunas narraciones, después de que el Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, predicara la religión al pie del monte Safa, Abu Lahab levantó una piedra para golpearlo. (Tirmidhi)

Antes de que el Mensajero recibiera la misión profética, Abu Lahab había casado a sus dos hijos, Utba y Utayba, con las dos hijas del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, Ruqayya y Umm Kulzum. Pero después de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recibiera la misión profética y comenzara a predicar la religión, Abu Lahab obligó a sus dos hijos a divorciarse de las dos hijas del Profeta. (Tafsir Fi Zilal al-Qurán, Sayyid Qutb, tomo III, p. 282; Tafsir Tafhim al-Qurán, Maulana Sayyid Abul Ala Maududi, tomo VI, p. 552 [edición urdu])

Después del fallecimiento de Abdullah, el segundo hijo del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, Abu Lahab se alegró tanto que corrió junto a sus amigos y, rebosante de alegría, les decía: «Muhammad se ha quedado sin hijos varones». [Tafsir Tafhim al-Qurán, tomo VI, p. 490 (edición urdu)]

Ya se ha mencionado anteriormente que, durante la temporada de la peregrinación, Abu Lahab seguía al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, por los mercados y las distintas reuniones públicas, intentando demostrar que era un mentiroso. Según el relato de Tariq ibn Abdullah al-Muhabiri, Abu Lahab no se limitaba a tratar de desmentir las palabras del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, sino que también le arrojaba piedras, hasta hacerle sangrar los talones. (Yami‘ at-Tirmidhi)

El verdadero nombre de Umm Yamil, la esposa de Abu Lahab, era Abwa. Era hija de Harb ibn Umayya y hermana de Abu Sufyan. En su hostilidad hacia el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, no era inferior en absoluto a su esposo. Esparcía espinas en el camino por el que transitaba el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, y ante su puerta. Esta mujer despreciable era sumamente vulgar y pendenciera. Insultar al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, difamar, provocar disputas con diversos pretextos, sembrar la discordia y crear situaciones conflictivas eran sus ocupaciones. Por ello, Allah, el Altísimo, dijo en el Corán: «Y su esposa también llevará la leña».

Cuando la esposa de Abu Lahab se enteró de que habían sido revelados versículos censurándola a ella y a su esposo, fue hasta la Kaaba buscando al Mensajero de Allah ﷺ. En ese momento, el Noble Profeta ﷺ se encontraba junto a la Kaaba y con él estaba Abu Bakr as-Siddiq رضي الله عنه. La esposa de Abu Lahab llevaba en la mano un puñado de piedras. Cuando se acercó al Mensajero de Allah ﷺ, Allah Todopoderoso le privó de la vista, de modo que no pudo verlo, aunque sí podía ver a Abu Bakr. Se acercó a Abu Bakr y le preguntó: «¿Dónde está tu compañero? He oído que me ha censurado. ¡Por Allah!, si lo encuentro, le arrojaré estas piedras a la cara. Y mira, ¡por Allah!, yo también soy poeta». Después recitó este poema: «Muzammam —los idólatras no llamaban Muhammad al Noble Profeta ﷺ, sino Muzammam. Muhammad significa “alabado”, mientras que Muzammam significa lo contrario, es decir, “censurado”—: hemos desobedecido a Muzammam y no hemos apoyado su conducta; hemos rechazado su religión con odio y desprecio; no hemos apoyado su conducta y hemos rechazado su religión con odio y desprecio». Luego se marchó.

Abu Bakr as-Siddiq رضي الله عنه le dijo al Profeta ﷺ: «Oh, Mensajero de Allah, ¿acaso ella no pudo verlo?». Él respondió: «No, no pudo verme; Allah Todopoderoso le había quitado la vista con respecto a mí» (Ibn Hisham, tomo 1, págs. 335-336).

Abu Bakr Razza también narró este acontecimiento y añadió que la esposa de Abu Lahab se acercó a Abu Bakr y le dijo: «¡Abu Bakr!, tu compañero me ha censurado». Abu Bakr respondió: «Eso no es cierto. ¡Por el Señor de esta Casa!, él no compone poesía ni recita poesía». La esposa de Abu Lahab dijo: «Tienes razón».

Abu Lahab era vecino y tío del Mensajero de Allah ﷺ; su casa estaba cerca de la casa del Mensajero ﷺ. Otros vecinos también causaban molestias al Mensajero de Allah ﷺ.

Ibn Ishaq dice que entre las personas que molestaban al Mensajero de Allah ﷺ en su propia casa se encontraban Abu Lahab, al-Hakam ibn Abi al-As ibn Umayya, Uqba ibn Abi Muayt, Adi ibn Hamra y Saqafi ibn al-Asda al-Hudhali, entre otros. Todos ellos eran sus vecinos.

Ninguno de ellos aceptó el islam, excepto al-Hakam ibn Abi al-As —quien era el padre del califa omeya Marwan ibn al-Hakam—. Su manera de molestarlo era la siguiente: cuando el Mensajero de Allah ﷺ realizaba la oración, alguno de ellos arrojaba las entrañas de una oveja de tal forma que caían sobre su cuerpo. Asimismo, cuando colocaban una olla sobre el fogón, arrojaban las entrañas de una oveja de modo que caían dentro de la olla. Más tarde, el Mensajero de Allah ﷺ acondicionó un lugar dentro de la casa para poder realizar la oración a salvo.

Después de que arrojaban aquellas entrañas sobre el Mensajero de Allah ﷺ, él las colocaba en el extremo de un palo, se paraba en la puerta y decía: «¡Oh, hijos de Abd Manaf!, ¿qué clase de trato propio de vecinos es este?». Luego arrojaba las entrañas (Ibn Hisham, tomo 1, pág. 416).

Uqba ibn Abi Muayt era un malvado experto en toda clase de perversidades y fechorías. En Sahih al-Bujari se narra, bajo la autoridad de Abdullah ibn Masud رضي الله عنه, que el Profeta ﷺ estaba realizando la oración junto a la Kaaba. Abu Yahl y algunos de sus amigos estaban sentados allí. Entonces uno de ellos dijo a los demás: «¿Hay alguien que pueda traer las entrañas del camello de fulano y, cuando Muhammad se postre, colocárselas sobre la espalda?». Después, Uqba ibn Abi Muayt —este acontecimiento se relata detalladamente en otra narración de Sahih al-Bujari; véase el tomo 1, pág. 534— trajo las entrañas del camello y esperó. Cuando el Profeta ﷺ se postró, se las colgó a ambos lados de los hombros. Yo lo estaba viendo todo, pero no podía decir nada. ¡Qué bueno habría sido que hubiera tenido la fuerza para protegerlo!

El honorable Abdullah ibn Masud (que Dios esté complacido con él) dijo: Entonces los malvados, riendo, se apoyaban unos sobre otros, mientras el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— permanecía postrado sin levantar la cabeza. Al enterarse, la honorable Fátima (que Dios esté complacido con ella) corrió hasta allí y retiró las entrañas. Entonces el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— levantó la cabeza de la postración y dijo tres veces: «Allahumma, ocúpate de Quraysh», es decir: «Oh Allah, encárgate de Quraysh». Al oír esta imprecación, se disgustaron, pues creían firmemente que en esa ciudad sus súplicas eran aceptadas. Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— maldijo mencionándolos por sus nombres: «Oh Allah, apresa a Abu Yahl, a Utba ibn Rabia, a Shayba ibn Rabia, a Walid ibn Utba, a Umayya ibn Jalaf y también a Uqba ibn Abu Muayt».

Probablemente el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— mencionó también los nombres de algunas otras personas, pero el narrador los olvidó. Abdullah ibn Masud (que Dios esté complacido con él) dijo: Vi los cadáveres de todos los incrédulos cuyos nombres había pronunciado el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— al maldecirlos, tendidos en el pozo de Badr (Sahih al-Bujari, Kitab al-Wudu, tomo 1, pág. 37).

Umayya ibn Jalaf tenía la costumbre de insultar y maldecir al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— cada vez que lo veía. Allah, exaltado sea, reveló acerca de él este versículo: «¡Ay de todo difamador, calumniador!». Es decir, se llama así a quien insulta y difama públicamente. Ibn Hisham dice: Humaza es quien insulta abiertamente y hace gestos con los ojos; Lumaza es quien difama a las personas a sus espaldas y les causa daño (Ibn Hisham, tomo 1, págs. 356-357).

Ubai ibn Jalaf, hermano de Umayya, era amigo íntimo de Uqba ibn Abu Muayt. Un día, Uqba se sentó junto al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y escuchó algunas enseñanzas del islam. Al enterarse, Ubai reprendió a Uqba y le ordenó: «Ve y escupe sobre Muhammad». Uqba así lo hizo. En cierta ocasión, Ubai ibn Jalaf pulverizó un hueso viejo y luego sopló el polvo al aire, arrojándolo hacia el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— (Ibn Hisham, tomo 1, págs. 361-362).

Ajlas ibn Shurayq al-Taqafi también estaba muy interesado en causar daño al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. En el Noble Corán se mencionan nueve de sus malos hábitos, y esto permite hacerse una idea de sus actividades. Allah, Señor de los mundos, dice: «Y no obedezcas a quien jura constantemente, al difamador que calumnia a espaldas de los demás, al que va llevando las palabras de unos a otros, al que impide el bien, al transgresor, al pecador, al de carácter áspero y, además, al de mala reputación» (68:10-13).

A veces Abu Yahl acudía al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— para escuchar el Corán, pero se limitaba a escucharlo: no creía, no aceptaba las enseñanzas del islam ni mostraba obediencia a Allah y a Su Mensajero. Por el contrario, hería al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— con sus palabras y obstaculizaba el camino de Allah. Después se pavoneaba orgullosamente por lo que había hecho, como si hubiera realizado una gran hazaña. Allah, exaltado sea, reveló acerca de él los siguientes versículos del Sagrado Corán (Tafsir Fi Zilal al-Qur’an, tomo 29). Allah dice: «No creyó ni hizo la oración; por el contrario, desmintió la verdad y se apartó. Luego regresó junto a su familia, pavoneándose. ¡Ay de ti, ay de ti!» (75:31-35).

Desde el primer día, Abu Yahl intentó impedir que el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— rezara cuando lo vio hacerlo. En cierta ocasión, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) estaba rezando cerca del Maqam Ibrahim, y Abu Yahl pasaba por allí. Le dijo: «Muhammad, ¿acaso no te prohibí hacer esto?». Al mismo tiempo, lo amenazó. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió también con una amenaza. Entonces Abu Yahl dijo: «Muhammad, ¿por qué me amenazas? Mira, mi asamblea es la más grande de toda La Meca». Debido a estas palabras arrogantes de Abu Yahl, Allah, exaltado sea, reveló este versículo: «Que llame a su asamblea» (Tafsir Fi Zilal al-Qur’an, Sayyid Qutb, juz 30, pág. 208). «Yo también llamaré a los ángeles del castigo».

Según una narración, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— agarró el manto de Abu Yahl por el cuello y le dijo: «¡Ay de ti, ay de ti! ¡De nuevo, ay de ti, ay de ti!» (la misma fuente).

Al oír esto, el enemigo de Dios, Abu Yahl, dijo: «¡Oh, Muhammad! ¿Me estás amenazando? ¡Por Dios!, ni tú ni tu Señor podrán hacerme nada. Entre quienes se desplazan entre las dos montañas de La Meca, yo soy el hombre más honorable».

A pesar de la amenaza anunciada en el Sagrado Corán, Abu Yahl no abandonó su conducta insensata; por el contrario, sus maldades aumentaron aún más. En Sahih Muslim se transmite, de Abu Huraira —que Dios esté complacido con él—, que un día Abu Yahl dijo ante los jefes de Quraysh: «¿Acaso Muhammad pone su rostro en el polvo delante de vosotros?». Los jefes de Quraysh respondieron: «Sí». Abu Yahl dijo: «¡Por Lat y Uzza!, si lo veo en ese estado, le romperé el cuello y arrastraré su rostro por el suelo». Después, al ver al Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda paz— realizando la oración, avanzó para romperle el cuello, pero todos vieron que Abu Yahl cayó al suelo gritando y revolcándose, mientras clamaba: «¡Ayuda, ayuda!». Sus conocidos le preguntaron: «Oh, Abul Hakam, ¿qué te ha ocurrido?». Abu Yahl respondió: «Vi entre Muhammad y yo una trinchera de fuego; en aquella terrible trinchera las llamas ardían violentamente». Al oír esto, el Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda paz— dijo: «Si se hubiera acercado a mí, el ángel le habría arrancado los miembros» (Sahih Muslim).

Por un lado, se trataba al Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda paz— con semejante opresión y crueldad; por otro, la gente común de La Meca le profesaba un profundo respeto y amor, y, debido a su grandeza personal, lo veía con extraordinaria estima y honor. Además, contaba con el apoyo y la ayuda de su tío Abu Talib. A pesar de todo ello, se cometían contra él esas atrocidades. La persecución y el tormento de los idólatras contra los musulmanes que se habían refugiado bajo la fresca sombra del islam, especialmente contra los musulmanes débiles, eran aún más terribles. Cada tribu castigaba a quienes de entre sus miembros habían aceptado el islam; y contra quienes no pertenecían a las tribus de La Meca, los hombres desenfrenados y los dirigentes cometían diversas formas de opresión y tortura. Al escuchar los relatos de aquellas crueldades, hasta la persona de corazón más firme se estremecía.

Cuando Abu Yahl se enteraba de que alguna persona noble y respetada había aceptado el islam, la insultaba y humillaba; además, la amenazaba con causarle perjuicios sociales y económicos. Si una persona débil aceptaba el islam, la agarraba y golpeaba, y animaba también a otros a golpearla (Ibn Hisham, tomo 1, p. 320).

Después de que Uthmán ibn Affán —que Dios esté complacido con él— aceptara el islam, su tío lo envolvía en una estera de hojas de palmera datilera y lo ahumaba (Rahmatul lil-Alamín, tomo 1, p. 57).

Después de enterarse de que su hijo Musab ibn Umayr —que Dios esté complacido con él— había aceptado el islam, su madre le prohibió comer y beber, y lo expulsó de la casa. Desde su infancia, Musab había vivido cómodamente, rodeado de bienestar y lujos; pero, debido a las circunstancias, llegó a encontrarse en tal estado que la piel de su cuerpo se había vuelto como la de una serpiente que ha mudado su piel (ibíd., p. 58).

Bilal —que Dios esté complacido con él— era esclavo de Umayya ibn Jalaf. Después de que aceptara el islam, Umayya le ataba una cuerda al cuello y lo entregaba a unos muchachos desenfrenados. Estos lo llevaban por distintos lugares de La Meca, hasta que el cuello se le llenaba de marcas de la cuerda. El propio Umayya también lo ataba y lo cubría de crueles golpes; luego lo obligaba a tumbarse sobre la arena ardiente. Durante ese tiempo lo mantenían hambriento y no le daban nada de comer ni de beber. A veces lo tendían bajo el sol del mediodía, sobre la arena del desierto, y colocaban una pesada piedra sobre su pecho. Entonces le decía: «Te dejaremos aquí hasta que mueras; pero, si quieres vivir, abandona el camino de Muhammad». Sin embargo, aun en aquella situación tan dolorosa, él decía: «Uno, Uno». Al ver la tortura que sufría, Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— se afligió mucho un día; compró a Bilal —según otra versión, a cambio de doscientos dírhams— en lugar de un esclavo negro y lo liberó (Rahmatul lil-Alamín, tomo 1, p. 57; Talqihul fuhum; Ibn Hisham, tomo 1, p. 318).

Ammar ibn Yasir —que Dios esté complacido con él— era esclavo de los Banu Majzum. Después de que él y sus padres aceptaran el islam, comenzaron a infligirles terribles torturas. Los idólatras, bajo el liderazgo de Abu Yahl, los tendían bajo el sol abrasador, en terrenos arenosos, y los atormentaban. En cierta ocasión, mientras los castigaban de ese modo, el Profeta —que Dios le bendiga y le conceda paz— pasaba por allí y dijo: «Oh, familia de Yasir, tened paciencia; vuestro destino es el Paraíso».

Al no poder soportar las torturas, el honorable Yāsir —que Allah esté complacido con él— falleció. El malvado Abū Ŷahl arrojó una lanza contra las partes íntimas de su esposa, la honorable Sumayya —madre del honorable Ammār—, que así alcanzó el martirio. Ella fue la primera mártir del islam. El honorable Ammār seguía siendo torturado sin descanso: a veces lo tendían sobre la arena ardiente; otras, colocaban una pesada piedra sobre su pecho; y otras, lo sumergían en el agua. Los politeístas le decían: «No te dejaremos hasta que insultes a Muhammad y digas palabras elogiosas sobre Lāt y al-‘Uzzā». El honorable Ammār se vio obligado a obedecerlos. Después se presentó llorando ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Entonces Allah, el Señor de los mundos, reveló esta aleya del Sagrado Corán: «Quien reniegue de Allah después de haber creído —salvo quien haya sido obligado a ello mientras su corazón permanece firme en la fe—, sobre él recaerá la ira de Allah y tendrá un castigo terrible» (Ibn Hišām, tomo I, p. 320; Fiqh al-Sīra, Muhammad al-Ghazālī, p. 82. ‘Awfī transmitió parte de esto de Ibn ‘Abbās; véase Tafsīr Ibn Kaṯīr).

El honorable Jabbāb ibn al-Aratt —que Allah esté complacido con él— era esclavo de una mujer llamada Umm Anmār, de la tribu de Juza‘a. Los politeístas lo torturaban de diversas maneras: lo arrastraban por el suelo (Raḥmatul lil-‘ālamīn, tomo I, p. 57; I‘ŷāz al-tanzīl, p. 53), lo tiraban del cabello y le retorcían el cuello. Varias veces lo tendieron sobre brasas ardientes y colocaron una piedra sobre su pecho para impedirle levantarse (ibíd., tomo I, p. 57; Talqīḥ al-fuhūm, p. 60).

Zinnīra —la pronunciación de este nombre es como la de Zinnīra al-Rūmiyya—, Nahdiyya y su hija, y Umm ‘Ubayš eran esclavas. Después de aceptar el islam, sufrieron severos castigos a manos de los politeístas. Ya se han mencionado arriba algunos ejemplos de semejante maltrato. Una esclava de una familia de la tribu de Banū ‘Adī, perteneciente a Banū Mu’ammal, había aceptado el islam. El honorable ‘Umar ibn al-Jattāb —que Allah esté complacido con él— aún no había aceptado el islam. La golpeaba brutalmente y, tras hacer una pausa, le decía: «No te he dejado por compasión hacia ti, sino porque me he cansado» (Raḥmatul lil-‘ālamīn, tomo I, p. 57; Ibn Hišām, tomo I, p. 319).

Finalmente, el honorable Abū Bakr al-Siddīq —que Allah esté complacido con él— compró y liberó también a estas esclavas, al igual que había hecho con el honorable Bilāl y ‘Āmir ibn Fuhayra (Ibn Hišām, tomo I, pp. 318-319).

Los politeístas castigaban a quienes aceptaban el islam incluso de maneras horribles. A algunos Compañeros los envolvían y ataban dentro de pieles sin curtir de camello o de vaca, y los dejaban bajo el sol; a otros les ponían una armadura de hierro y los tendían sobre piedras ardientes. Cuando se enteraban de que alguien había aceptado el islam, los malvados politeístas lo torturaban y atormentaban de diversas maneras. En suma, la lista de las crueles torturas y vejaciones infligidas a quienes habían adoptado la religión elegida por Allah es muy extensa y sumamente dolorosa (Raḥmatul lil-‘ālamīn, tomo I, p. 58).

Dār al-Arqam

Ante esta terrible situación de opresión y tortura, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— indicó a los musulmanes, como medida estratégica, que los nuevos musulmanes no anunciaran públicamente su conversión al islam y que mantuvieran en secreto sus encuentros y relaciones. Pues si los no musulmanes se enteraban de que los musulmanes se reunían con el Mensajero de Allah, obstaculizarían la difusión de las enseñanzas islámicas, y aumentaría gravemente el riesgo de enfrentamientos entre ambas partes. En el cuarto año de la profecía ocurrió un incidente de este tipo. Los honorables Compañeros solían reunirse en un valle para realizar la oración. En cierta ocasión, un grupo de politeístas los vio mientras se encontraban allí. Comenzaron a insultar a los musulmanes y a pelear con ellos. En ese momento, el honorable Sa‘d ibn Abī Waqqās —que Allah esté complacido con él— golpeó a uno de aquellos hombres de tal manera que comenzó a correrle la sangre. Este fue el primer derramamiento de sangre en el islam (Ibn Hišām, tomo I, p. 263; Mujtaṣar al-Sīra, Šayj Muhammad ‘Abd al-Wahhāb).

Si tales enfrentamientos se hubieran repetido y prolongado, la existencia de los musulmanes habría podido desaparecer. Por ello era indispensable adoptar la estrategia del secreto. Conforme a ella, los Compañeros en general mantenían ocultos su conversión al islam, sus actos de adoración, la predicación y todos sus encuentros y relaciones mutuas. Sin embargo, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— realizaba públicamente la predicación de la religión y todos sus actos de adoración; ningún obstáculo pudo impedirle hacerlo. Aun así, mantenía en secreto sus encuentros y conversaciones con los musulmanes. La casa de Arqam ibn Abī al-Arqam al-Majzūmī estaba situada al pie del monte Ṣafā. Como los rebeldes politeístas no acudían allí, desde el quinto año de la profecía el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— designó Dār al-Arqam como centro para la invitación a la religión y para reunirse con los musulmanes (Mujtaṣar al-Sīra, Šayj Muhammad ibn ‘Abd al-Wahhāb al-Naŷdī, p. 61).

La primera hégira a Abisinia

Esta ola de injusticia, opresión y tortura comenzó a mediados o hacia el final del cuarto año de la misión profética. Al principio era insignificante, pero fue aumentando día tras día, hasta alcanzar su punto culminante a mediados del quinto año de la misión profética. La vida de los musulmanes que permanecían en La Meca se volvió imposible. En aquel tiempo crítico y oscuro fue revelada la sura Al-Kahf, en la que se respondía a diversas preguntas planteadas por los politeístas. En los tres relatos mencionados en ella se dieron, por parte de Allah, indicaciones claras sobre el futuro de Sus siervos creyentes. El relato de los Compañeros de la Cueva contiene la enseñanza de que, cuando la religión y la fe se encuentran en peligro, se debe emigrar físicamente del centro de la incredulidad y la injusticia. Allah, el Altísimo, dice: «Y cuando os hayáis apartado de ellos y de aquello que adoran en vez de Allah, refugiaos en la cueva; vuestro Señor extenderá sobre vosotros Su misericordia y dispondrá para vosotros un resultado favorable en vuestros asuntos» (18:16).

Del relato de Moisés y Jidr —la paz sea con ambos— se aprende que el desenlace no siempre se determina conforme a la situación aparente; más bien, en ocasiones resulta ser exactamente lo contrario de lo que muestra la apariencia. Por ello, este relato contiene una sutil indicación de que el desenlace de las injusticias y opresiones que actualmente se cometen contra los musulmanes será completamente opuesto. Si estos politeístas y rebeldes arrogantes no creen, un día serán derrotados y se verán obligados a inclinar la cabeza ante los musulmanes, y se someterán a ellos para que estos determinen su destino.

El relato de Dhul-Qarnayn señala varias de las siguientes enseñanzas:

Uno. La soberanía de la tierra pertenece a Allah; Él hace partícipe de ella a quien quiere de entre Sus siervos.

Dos. El éxito solo se encuentra después de la fe; no se encuentra en el camino de la incredulidad.

Tres. Allah, el Altísimo, hace surgir ocasionalmente de entre Sus siervos a personas que liberan a los oprimidos y afligidos de las garras de los incrédulos Gog y Magog.

Cuatro. Los siervos virtuosos de Allah son los más dignos de convertirse en partícipes de la tierra.

Después de la sura Al-Kahf, Allah, exaltado sea, reveló la sura Az-Zumar. En ella se hace alusión a la hégira y se afirma que la tierra de Allah no es estrecha. Allah, exaltado sea, dice: «Di: “¡Oh, Mis siervos creyentes! Temed a vuestro Señor. Quienes obran bien en este mundo tendrán el bien. La tierra de Allah es amplia. A los pacientes se les concederá una recompensa sin medida”».

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sabía que el rey de Abisinia, Ashama, el Negus, era un gobernante justo y que en su reino nadie sufría injusticia ni opresión. Por ello, el Mensajero de Allah ordenó a los musulmanes emigrar a Abisinia para proteger su religión. Entonces, conforme al plan establecido, el primer grupo de nobles Compañeros emprendió el viaje hacia Abisinia en el mes de Rayab. El grupo estaba compuesto por doce hombres y cuatro mujeres. Uzmán, que Allah esté complacido con él, era su dirigente, y con él iba Ruqayya, que Allah esté complacido con ella, hija del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo sobre ellos: «Después de Ibrahim, que la paz sea con él, y Lut, que la paz sea con él, este es el primer grupo que emigra por la causa de Allah» (Mujtasar as-Sira, del jeque Amanulá).

Avanzaron sigilosamente hacia su destino al amparo de la oscuridad de la noche. Se tomaron estas precauciones precisamente para que los coraixíes no se enteraran. Primero se dirigieron al puerto de Shuayba, en el mar Rojo. Por fortuna, allí encontraron dos barcos mercantes. Embarcaron en ellos y viajaron sanos y salvos a Abisinia. Después de que se marcharan, los coraixíes se enteraron de su partida. En cuanto recibieron la noticia, corrieron hasta la costa, pero los nobles Compañeros, que Allah esté complacido con ellos, ya se habían marchado; por eso regresaron derrotados. Mientras tanto, los musulmanes llegaron a Abisinia y respiraron aliviados (Rahmatul lil-Alamin, t. 1, p. 61; Zad al-Ma‘ad, t. 1, p. 24).

Ese mismo año, durante el mes de Ramadán, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se dirigió al recinto sagrado. Allí se habían reunido los líderes coraixíes. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se presentó inesperadamente y comenzó a recitar la sura An-Naym. Nunca antes tantos idólatras habían escuchado juntos el Corán, pues habían decidido no escucharlo jamás. En palabras del Corán: «Los incrédulos dicen: “No escuchéis este Corán y haced ruido cuando sea recitado, para que podáis vencer”» (26:41).

Cuando el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, comenzó de repente a recitar el Corán con una voz melodiosa, los idólatras quedaron hechizados. Se sintieron cautivados y embelesados por la belleza de su lenguaje y la dulzura de su recitación; en aquel momento no acudió a la mente de ninguno otro pensamiento. Todos quedaron completamente fascinados. Él recitó esta aleya hacia el final de la sura: «Postraos ante Allah y adoradlo». Después de recitarla, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se postró; inmediatamente, los idólatras también se postraron. El efecto y la dulzura de la verdad habían hecho añicos el orgullo de los no musulmanes. Ninguno era consciente de sí mismo y, por ello, se postraron sin darse cuenta (en Sahih al-Bujari se recoge un resumen de este acontecimiento, transmitido por Abdullah ibn Masud y Abdullah ibn Abbas).

Cuando recobraron la conciencia, se quedaron atónitos. Al ver que se habían dedicado precisamente a aquello que intentaban erradicar por todos los medios —la religión que trataban de destruir—, los idólatras que habían estado ausentes los reprendieron. Para librarse de sus reproches, dijeron entonces que Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, había mencionado respetuosamente a sus ídolos. Para demostrar su inocencia, afirmaron: «Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “Ellas son deidades sublimes y se puede esperar su intercesión”».

Pero aquello era una mentira evidente. Habían inventado esa historia para presentar una excusa razonable por el error que habían cometido al postrarse junto al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. No es de extrañar que quienes siempre difundían que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, era un mentiroso y propagaban calumnias contra él recurrieran a palabras inventadas de este tipo para defenderse (después de un análisis detallado del relato mencionado, los especialistas llegaron a esta conclusión).

Los musulmanes que habían emigrado a Abisinia también recibieron la noticia de que los coraixíes se habían postrado. Sin embargo, recibieron una información equivocada: oyeron que los líderes coraixíes se habían hecho musulmanes. Al enterarse, abandonaron Abisinia en el mes de Shawwal para regresar a La Meca. Cuando se encontraban a un día de distancia de La Meca, recibieron la noticia verdadera. Entonces, algunos regresaron a Abisinia, mientras que otros entraron en La Meca sigilosamente o bajo la protección de algún coraixí (Zad al-Ma‘ad, t. 1, p. 24; t. 2, p. 44; Hisham, t. 1, p. 364).

La segunda Hégira a Abisinia

Después, la persecución de los politeístas contra aquellos emigrantes que habían realizado la Hégira y, en general, contra los musulmanes aumentó aún más. Los miembros no musulmanes de sus familias comenzaron a atormentar a los musulmanes de diversas maneras, pues los coraichitas habían recibido la noticia de que el Negus había tratado muy bien a los musulmanes y de que estos habían pasado sus días en Abisinia con gran tranquilidad. Esta noticia acrecentó su resentimiento. Al intensificarse la opresión y la persecución de los coraichitas, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— aconsejó nuevamente a los Compañeros que emigraran a Abisinia. Sin embargo, esta Hégira era más difícil que la primera. En esta ocasión, los politeístas coraichitas estaban alertas; no podían siquiera imaginar que los musulmanes lograrían engañarlos, marcharse a otro lugar y vivir allí a salvo. Pero, como los musulmanes demostraron ser más inteligentes que los no musulmanes, Allah les facilitó el camino hacia Abisinia. Así, los musulmanes emigrantes llegaron ante el rey de Abisinia antes de caer bajo el control de los coraichitas. Esta vez emigró un grupo de ochenta y dos o de ochenta y tres personas. Fue un acontecimiento distinto de la Hégira de Haḍrat Ammar —que Allah esté complacido con él—; en esta Hégira había dieciocho o diecinueve mujeres (Zad al-Ma‘ad, vol. 1, p. 140; Rahmatul lil-Alamin, vol. 1, p. 60). El erudito Mansurpurí menciona que el número de mujeres fue de dieciocho (Rahmatul lil-Alamin).

La conspiración de los coraichitas en Abisinia

Para los coraichitas era causa de una profunda angustia que los musulmanes hubieran partido a otro lugar llevando consigo su vida y su fe. Después de muchas deliberaciones, decidieron enviar a Amr ibn al-As y a Abdullah ibn Rabi‘a a Abisinia en una misión importante.

Estos dos aún no habían aceptado el islam, pero eran muy inteligentes. Los coraichitas enviaron valiosos regalos con estos dos emisarios para entregárselos al rey de Abisinia. Primero le ofrecieron los regalos y después expusieron los argumentos y las razones por las que querían llevarse de vuelta a los musulmanes a La Meca. Dijeron: «Oh, rey, algunos jóvenes necios de nuestro país han huido a tu territorio. Han abandonado la religión de su propio pueblo, pero tampoco han adoptado la religión en la que tú crees; más bien, han aceptado una religión recién inventada. Ni nosotros ni vosotros sabemos nada de esta religión. Sus padres, madres y familiares nos han enviado para que los llevemos de vuelta; no quieren que entreguéis a estos necios de su pueblo a nuestra custodia. Ellos conocen mejor el bien y el mal de los suyos». Los cortesanos también querían que el rey devolviera a los musulmanes.

El Negus pensó que debía examinar profundamente aquel problema y considerar cuidadosamente todos sus aspectos. Mandó llamar a los musulmanes a su corte. Los musulmanes deliberaron entre ellos y decidieron que dirían la verdad sin temor, cualesquiera que fueran las consecuencias. Cuando llegaron a la corte, el Negus preguntó: «¿Cuál es esa creencia religiosa por la que habéis roto vuestros vínculos con vuestro propio pueblo? Tampoco habéis adoptado la religión que yo sigo». Haḍrat Ya‘far ibn Abi Talib —que Allah esté complacido con él—, portavoz de los musulmanes, respondió: «Oh, rey, éramos un pueblo ignorante, entregado a la idolatría. Comíamos la carne de animales muertos, cometíamos pecados, rompíamos los vínculos con nuestros parientes cercanos, tratábamos mal a nuestros vecinos y los poderosos de entre nosotros oprimían a los débiles. Cuando nos encontrábamos en tal situación, Allah envió entre nosotros a un Mensajero. Ya conocíamos su noble linaje, su veracidad, su noble carácter, su honestidad y su confianza. Él nos llamó al camino de Allah y nos explicó que debíamos creer en el Único y adorarlo, y abandonar los ídolos y las piedras que nuestros antepasados adoraban. Nos ordenó decir la verdad, devolver lo confiado, mantener los vínculos con nuestros parientes cercanos, no pecar y abstenernos del derramamiento de sangre. Nos prohibió las obscenidades, la mentira, apoderarnos de los bienes de los huérfanos y calumniar a las mujeres castas y virtuosas. Dijo que debíamos adorar únicamente a Allah y no asociarle a nadie. Nos ordenó realizar la oración, ayunar y entregar el azaque». Después de explicar así estos aspectos del islam, Haḍrat Ya‘far continuó: «Aceptamos como verdadero a aquel Profeta, creímos en él, creímos en la religión que trajo y lo obedecimos. Adoramos únicamente a Allah y no asociamos a nadie con Él. Consideramos prohibidas las cosas que aquel Profeta declaró prohibidas, y lícitas las que declaró lícitas. Por todo ello, nuestro propio pueblo se disgustó con nosotros. Intensificaron su opresión y persecución contra nosotros y trataron de diversas maneras de hacernos volver a la religión anterior. Querían que abandonáramos la adoración de Allah y regresáramos a la idolatría, y que consideráramos lícitas todas las cosas impuras que antes juzgábamos prohibidas. Cuando aumentaron enormemente la opresión contra nosotros, hicieron estrecha la tierra para nosotros y se interpusieron entre nosotros y nuestra fe, partimos hacia vuestro país y, prefiriéndoos a otros, escogimos vivir bajo vuestra protección. También esperábamos que aquí no sufriéramos ninguna injusticia ni opresión».

El Negus dijo: «Recitadme algo del Libro que vuestro Mensajero trajo».

Haḍrat Ya‘far recitó algunos versículos de la primera parte de la sura de Maryam. Al escucharlos, el corazón del Negus cambió y comenzó a llorar sin parar; su barba se empapó de lágrimas. Sus consejeros religiosos también lloraron tanto que las lágrimas resbalaron sobre los libros religiosos extendidos delante de ellos. Entonces el Negus dijo: «Estas palabras proceden del mismo origen que las palabras traídas por Haḍrat Moisés». Después dijo a Amr ibn al-As y a Abdullah ibn Rabi‘a: «Marchaos. No puedo entregar a esa gente a vuestras manos y no toleraré aquí ninguna de vuestras maquinaciones».

Después de la orden del rey, ambos enviados de los quraysh salieron de la corte. Entonces Amr ibn al-As le dijo a Abdullah ibn Rabi’a: «Mañana le diré al rey algo contra ellos con lo que frustraré todas sus artimañas». Abdullah ibn Rabi’a respondió: «No es necesario. Aunque hayan abandonado mis creencias religiosas, siguen siendo miembros de mi tribu». A pesar de ello, Amr ibn al-As se mantuvo firme en su decisión.

Al día siguiente, Amr ibn al-As acudió a la corte del rey y dijo: «¡Oh, rey! Ellos dicen algo extraño acerca de Jesús, hijo de María (la paz sea con él)». Al oír esto, el Negus volvió a convocar a los musulmanes y les preguntó cuál era su opinión acerca de Jesús (la paz sea con él). Esta vez los musulmanes sintieron miedo, pero pensaron: «Confiamos en Allah; suceda lo que tenga que suceder. Ellos dicen la verdad».

En respuesta a la pregunta del Negus, Yafar (la paz sea con él) dijo: «Nosotros decimos acerca de Jesús (la paz sea con él) lo mismo que nuestro Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— nos enseñó. Él dijo que Jesús (la paz sea con él) es el siervo de Allah, Su mensajero, Su espíritu y Su palabra, que Allah Altísimo confió a la virgen pura y casta María (la paz sea con ella)».

Al oír esto, el Negus recogió del suelo un trozo de madera y dijo: «¡Por Dios! Jesús (la paz sea con él) no es más que lo que habéis dicho, ni siquiera más que este trozo de madera». Al oírlo, los consejeros religiosos expresaron su disgusto emitiendo murmullos de desaprobación. El rey dijo: «Aunque murmuréis, lo que estoy diciendo es verdad».

Entonces el Negus les dijo a los musulmanes: «Id; estáis completamente seguros en mi país. Se impondrá una multa a quienes os insulten. No quiero que nadie os haga daño, ni siquiera si a cambio recibiera una montaña de oro».

Después, el Negus les dijo a sus sirvientes: «Devolved a los enviados procedentes de La Meca los regalos que han traído; no los necesitamos. ¡Por Allah! Cuando Él me devolvió a mi país, no me pidió ningún soborno. ¿Por qué habría de aceptar yo un soborno por Su causa? Además, Él —es decir, Allah Altísimo— no aceptó acerca de mí las palabras de otras personas; ¿por qué habría de aceptar yo acerca de Allah las palabras de otras personas?»

Umm Salama (la paz sea con ella), testigo presencial de este acontecimiento, dijo: «Después, ambos enviados de los quraysh regresaron a su país de manera humillante, junto con los regalos que habían llevado. Nosotros permanecimos en el país del Negus bajo la protección de un buen vecino» (Ibn Hisham, tomo 1, págs. 334-338).

Ibn Ishaq mencionó el relato de este acontecimiento; otros autores de la sira escribieron que Hazrat Amr ibn al-As acudió a la corte del Negus después de la batalla de Badr. Algunos, para armonizar ambos relatos, escribieron que Amr ibn al-As acudió dos veces a la corte del Negus para traer de vuelta a los musulmanes. Sin embargo, el relato que Ibn Ishaq menciona sobre la conversación entre el Negus y Yafar después de la batalla de Badr es semejante a la conversación que tuvo lugar después de la emigración de los musulmanes a Abisinia. Además, por la forma en que el Negus formuló sus preguntas, se entiende que solo conversó una vez con los musulmanes, y que eso ocurrió inmediatamente después de la emigración de los musulmanes a Abisinia.

En resumen, las artimañas de los politeístas fracasaron. Comprendieron que toda la hostilidad que pudieran ejercer debían limitarla a sus propios dominios. Sin embargo, entonces comenzaron a considerar un asunto grave. Entendieron claramente que tenían dos caminos para librarse de este peligro: o bien debían impedir por la fuerza la predicación religiosa del Mensajero de Allah, o bien debían eliminarlo por completo. Pero llevar a cabo el segundo plan no era fácil, porque el propio Abu Talib era el protector del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Se alzaba ante la determinación de los politeístas como una cortina de hierro. En esas circunstancias, sintieron nuevamente la necesidad de hablar con Abu Talib.

Amenazas contra Abu Talib

Después de esta propuesta, los dirigentes de Quraysh fueron ante Abu Talib y le dijeron: «Oh, Abu Talib, gozas de prestigio y honor entre nosotros. Te pedimos que detuvieras a tu sobrino, pero no lo hiciste. Debes recordar que no podemos tolerar que se insulte a nuestros padres y antepasados; tampoco podemos soportar que se califique de insensatez nuestro entendimiento, razón, juicio y discernimiento, ni que se señalen defectos en nuestros dioses. Impídeselo y haz que desista. Si fracasas, provocaremos una lucha entre tú y tu sobrino, y en ella morirán muchas personas».

Esta amenaza afectó a Abu Talib. Llamó al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y le dijo: «Sobrino mío, los miembros de tu pueblo han venido a mí y me han dicho estas cosas. Así pues, ten ahora compasión de mí y de ti mismo; no me impongas en este asunto una carga que no pueda soportar».

Al oír esto, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, comprendió que esta vez incluso su tío lo abandonaría y que también se había debilitado en su disposición a ayudarlo. Por ello dijo: «Tío mío, ¡por Allah!, aunque alguien pusiera el sol en mi mano derecha y la luna en mi mano izquierda y me dijera que abandonara esta misión, no podría abandonarla. O bien Allah llevará esta misión a su culminación y yo la haré triunfar, o pereceré mientras la llevo a cabo».

Después de decir esto, el Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, rompió a llorar por la intensidad de la emoción y comenzó a marcharse. El corazón de su tío Abu Talib se conmovió, así que llamó a su sobrino y le dijo: «Ve, sobrino mío, haz lo que quieras. ¡Por Allah!, jamás podré abandonarte, sea cual sea la situación» (Ibn Hisham, tomo I, págs. 265-266).

¡Por Dios!, no podrán acercarse a ti en grupos,

hasta que yo sea sepultado bajo la tierra

Sigue proclamando tu mensaje abiertamente y no tengas más miedo.

Que tus ojos se alegren y que tu corazón se regocije (Majtar al-Sira, jeque Muhammad Abd al-Wahhab al-Najdi, p. 68).

La delegación de Quraysh se presenta nuevamente ante Abu Talib

A pesar de sus amenazas extremadamente graves, cuando los qurayshíes vieron que el Mensajero de Allah continuaba con su misión, comprendieron que Abu Talib no podía abandonar a su sobrino, sino que estaba dispuesto, si era necesario, a romper relaciones con Quraysh y enfrentarse a ellos. Con este pensamiento, los líderes de Quraysh se presentaron ante Abu Talib llevando consigo a Ammar, hijo de al-Walid ibn al-Mughirah, y le dijeron: «Oh, Abu Talib, hemos traído a Ammar. Ammar es un apuesto joven de la tribu de Quraysh. Acéptalo; te ayudará en todo. Tómalo como si fuera tu propio hijo: él será tuyo. Y entréganos a tu sobrino Muhammad, que se opone a la religión de tus padres y abuelos, divide a tu pueblo y califica de insensatez su inteligencia. Lo mataremos, y así será un hombre por otro hombre».

Abu Talib dijo: «¡Qué magnífico trato habéis venido a proponerme! Traéis a vuestro propio hijo y me lo entregáis; yo le daré de comer y de beber, lo criaré y lo haré crecer, mientras que yo os entregaría a mi propio hijo para que lo llevaseis y lo matarais. ¡Por Allah!, eso no puede ser».

Al oír esto, Adi, hijo de Nawfal ibn Mut’im, dijo: «¡Por Dios!, oh, Abu Talib, tu pueblo ha hablado contigo de justicia y tú has querido apartarte de una solución beneficiosa; sin embargo, veo que no quieres aceptar ninguna de sus palabras».

Abu Talib respondió: «¡Por Dios!, no habéis hablado conmigo con justicia; por el contrario, también vosotros, abandonándome, os disponéis a ayudar a la gente contra mí. Está bien, haced lo que queráis» (Ibn Hisham, t. 1, pp. 266-267).

Aunque se consulten diversas obras de la sira, no es posible determinar cuándo tuvieron lugar las dos conversaciones mencionadas. Sin embargo, por las pruebas, indicios y señales, parece que no hubo mucha diferencia entre ellas; ambas conversaciones tuvieron lugar en algún momento hacia mediados del sexto año de la Hégira.

La vil propuesta de asesinar al Mensajero de Allah

Después de que fracasaran ambas conversaciones mencionadas de los líderes de Quraysh, aumentó su hostilidad y se intensificaron aún más la opresión y las torturas. En ese momento, sus despreciables conspiraciones adquirieron una nueva dimensión: propusieron asesinar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Sin embargo, por aquel entonces, la conversión al islam de dos destacados líderes de Quraysh, Hamza, que Allah esté complacido con él, y Umar, que Allah esté complacido con él, multiplicó muchas veces la fuerza del islam. En vez de eliminar de este mundo al Mensajero de Allah, estos dos valientes leones se sometieron al Mensajero de Allah y fortalecieron aún más el islam.

Presento dos ejemplos de la opresión y las torturas infligidas por los politeístas al Mensajero de Allah.

Un día, Utayba, hijo de Abu Lahab, se acercó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dijo: «Wan-naymi idha hawa» y «zumma dana fatadalla», y con ello renuncio a creer en ti. El significado de estos dos versículos de la sura An-Naym es: «¡Por la estrella cuando se pone! Luego se acercó y se aproximó aún más». Después, Utayba comenzó a maltratar al Mensajero de Allah: le rasgó la túnica y le escupió en su noble rostro, aunque el escupitajo no llegó a tocarlo. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo maldijo y dijo: «¡Oh Allah, envía contra él uno de Tus perros!». Esta maldición del Mensajero de Allah se hizo realidad. En una ocasión, Utayba viajaba a Siria con algunos hombres de Quraysh. Al llegar a un lugar llamado Zarqa, levantaron una tienda para pasar la noche. En ese momento vieron un león merodeando. Al verlo, Utayba dijo: «¡Ay de mí, mi destrucción es inevitable! ¡Por Dios, este león me devorará! Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, me ha maldecido. Mirad, estoy en Siria; de lo contrario, él me habría matado mientras estaba sentado en La Meca». Por precaución, sus compañeros de viaje acostaron a Utayba entre ellos. Durante la noche llegó el león, pasó por encima de todos, se acercó a Utayba y le rompió el cuello (Mujtasar as-Siyar, Sheij Abd Allah, p. 135, t. 1; Istiar Dalail an-Nubuwwa y Fawz al-Anuf).

Uqba ibn Abu Muayt era un politeísta célebre. En una ocasión, mientras el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, estaba postrado en oración, un malvado le rodeó el cuello con tanta fuerza que parecía que sus ojos iban a salirse (ibid., Mujtasar as-Siyar, p. 113).

Un relato de Ibn Ishaq permite conocer las conspiraciones de Quraysh. Continuamente conspiraban para eliminar de este mundo al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. En dicho relato se cuenta que, en cierta ocasión, Abu Yahl dijo: «¡Oh hermanos de Quraysh! Observáis que Muhammad no deja de criticar nuestra religión y censurar a nuestros dioses, y que continúa insultando sin cesar a nuestros padres y antepasados. Por eso juro ante Allah que me sentaré con una pesada piedra y, cuando Muhammad se postre, le aplastaré la cabeza con ella. Después estaré preparado para cualquier situación: si queréis, dejadme sin aliados o protegedme; luego, que los Banu Abd Manaf hagan conmigo lo que quieran, no me importa». Al oír esta propuesta, los qurayshíes dijeron: «En ninguna circunstancia te dejaremos sin aliados. Haz lo que te propones hacer».

Por la mañana, Abu Yahl se sentó con una pesada piedra, esperando al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Los qurayshíes se fueron reuniendo uno tras otro y esperaron, ansiosos, para observar las acciones de Abu Yahl. El Mensajero de Allah llegó como de costumbre y comenzó a realizar la oración. Cuando se postró, Abu Yahl avanzó con la piedra, pero al instante regresó aterrorizado, y su mano parecía haberse quedado pegada a la piedra. Algunos hombres de Quraysh se acercaron a él y le dijeron: «¡Abul Hakam! ¿Qué te ha ocurrido?». Respondió: «Iba a hacer lo que había dicho anoche, pero al acercarme vi que un camello se había colocado entre Muhammad y yo. ¡Por Dios, nunca había visto un camello tan grande, con un cuello tan largo y unos dientes semejantes! El camello quería atacarme».

Ibn Ishaq dice: «Se me ha informado que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo que él era Gabriel, que la paz sea con él, bajo la apariencia de un camello. Si Abu Yahl se hubiera acercado, habría sido apresado» (Ibn Hisham, t. 1, pp. 298-299).

Después, Abu Yahl trató al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, de tal manera que, al verlo, Hazrat Hamza —que Allah esté complacido con él— aceptó el islam. Sobre esto hablaremos dentro de poco.

Los demás malvados de Quraysh también querían eliminar de este mundo al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Ibn Ishaq narró, transmitiéndolo de Hazrat Abdullah ibn Amr ibn al-As —que Allah esté complacido con él—, que una vez los idólatras estaban sentados frente a la Kaaba, y yo también me encontraba allí. Mencionaron al Mensajero de Allah y dijeron: «No se puede encontrar otro ejemplo de la paciencia que hemos mostrado con este hombre; en realidad, hemos tenido una paciencia incomparable con él». Mientras se desarrollaba esta conversación, llegó el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Primero besó la Piedra Negra y luego, mientras circunvalaba la Kaaba, pasó junto a los idólatras. Estos lo insultaron con palabras ofensivas, y la huella de aquel insulto apareció en el rostro del Mensajero de Allah. Cuando volvió a pasar junto a ellos durante la circunvalación, volvieron a dirigirle palabras insultantes, y observé en su rostro el efecto de aquellos insultos. Cuando ocurrió lo mismo por tercera vez, la paciencia del Mensajero de Allah llegó a su límite. Se detuvo y dijo: «¡Escuchad, hombres de Quraysh! Juro por Aquel en cuya mano está mi vida que he venido a vosotros con animales para el sacrificio».

Las palabras del Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, impresionaron profundamente a los qurayshíes, y todos guardaron silencio. Incluso los hombres de corazón más duro comenzaron a dirigirse a él con un tono amable y afectuoso. Dijeron: «Abu al-Qasim, vuelve. Por Allah, nunca has sido un necio».

Al día siguiente, los qurayshíes volvieron a reunirse del mismo modo y hablaban del Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. En ese momento llegó él, y apenas se acercó se abalanzaron todos juntos sobre él. Uno de ellos trataba de estrangularlo envolviéndole su manto alrededor del cuello. Hazrat Abu Bakr as-Siddiq —que Allah esté complacido con él— intentaba protegerlo de las manos de aquellos malvados y, llorando, decía: «¿Acaso vais a matar a un hombre que dice: “Mi Señor es Allah”?». Después, los malvados lo soltaron y se marcharon. Abdullah ibn Amr ibn al-As —que Allah esté complacido con él— dijo: «Entre los actos de opresión de los qurayshíes, este fue el más grave de cuantos presencié» (Ibn Hisham, vol. 1, pp. 289-290).

En el Sahih de Bujari se narra, transmitido por Hazrat Urwa ibn az-Zubayr —que Allah esté complacido con él—, que dijo: «Pregunté a Hazrat Abdullah ibn Amr ibn al-As —que Allah esté complacido con él—: “Cuéntame cómo trataron los idólatras al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, de la manera más brutal”. Él respondió: “El Profeta, que Allah lo bendiga y le conceda paz, estaba rezando en el Hatim de la Kaaba cuando llegó Uqba ibn Abi Muayt. Este, nada más llegar, le enrolló su manto alrededor del cuello al Mensajero de Allah y trató de estrangularlo. En ese momento llegó Hazrat Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, agarró a Uqba por ambos hombros, lo apartó de un empujón y dijo: ‘¿Acaso queréis matar a un hombre que dice: “Mi Señor es Allah”?’”» (Sahih de Bujari, vol. 1, p. 544).

Hazrat Asma —que Allah esté complacido con ella— dijo: «Hazrat Abu Bakr as-Siddiq —que Allah esté complacido con él— oyó el grito: “¡Salvad a vuestro compañero!”. En cuanto oyó aquel grito, salió corriendo de nuestro lado. Tenía cuatro trenzas en la cabeza y corrió diciendo: “¿Acaso queréis matar a un hombre que dice: ‘Mi Señor es Allah’?”. Los idólatras dejaron al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, y se abalanzaron sobre Hazrat Abu Bakr. Cuando regresó a casa, cada vez que tocábamos con la mano cualquier parte de su cabello, este se desprendía y quedaba en nuestras manos».

La aceptación del islam por parte de Hazrat Hamza

Mientras el ambiente de La Meca estaba sumido en una opresión y una persecución de ese tipo, de repente apareció un destello de luz: Hazrat Hamza —que Allah esté complacido con él— aceptó el islam. Este acontecimiento tuvo lugar en el mes de Dhul-Hiyya del sexto año desde que el Mensajero de Allah recibió la profecía.

La razón por la que Hazrat Hamza (que Dios esté complacido con él) aceptó el islam fue que un día Abu Yahl insultó y atormentó al Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda paz— cerca del monte Safa. El Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda paz— permaneció en silencio y no dijo nada. Entonces el malvado Abu Yahl arrojó una piedra contra la cabeza del Mensajero de Dios, le abrió una herida y comenzó a brotar sangre. Después, Abu Yahl se dirigió a la asamblea de los qurayshíes frente a la Kaaba y se sentó allí. Una esclava de Abd Allah ibn Judayán presenció la escena. Hazrat Hamza regresaba de cazar, y la esclava le contó todo. Hazrat Hamza se llenó de ira. Era el joven más fuerte de los qurayshíes. Sin demora, avanzó y dijo: «Golpearé a Abu Yahl allí donde lo encuentre». Luego entró directamente en la Kaaba, se acercó a Abu Yahl y le dijo: «¡Oh, el que expulsa gases por el ano! ¿Insultas a mi sobrino, cuando yo también sigo la religión que él predica?». Tras decir esto, golpeó con su arco la cabeza de Abu Yahl con tanta fuerza que le causó una herida grave. Inmediatamente después de este incidente, los miembros del clan de Abu Yahl, los Banu Majzum, y los del clan de Hazrat Hamza, los Banu Hashim, se aprestaron a enfrentarse unos con otros. Abu Yahl los detuvo a todos diciendo: «No le hagan nada a Abu Umarah; en verdad insulté muy gravemente a su sobrino» (Mukhtasar al-Sira, jeque Muhammad ibn Abd al-Wahhab, p. 66; Rahmat li-l-Alamin, t. 1, p. 68; Ibn Hisham, t. 1, p. 292).

Al principio, al no poder soportar que insultaran a un pariente suyo, Hazrat Hamza (que Dios esté complacido con él) se sintió atraído por el Mensajero (que Dios le bendiga y le conceda paz); después, Dios Altísimo abrió su corazón, y se convirtió en un firme defensor del islam. Gracias a él, los musulmanes obtuvieron considerable fuerza y tranquilidad (Mukhtasar al-Sira, jeque Abd Allah, p. 101).

La conversión de Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) al islam

En aquel sombrío ambiente, cargado de nubes negras de injusticia, opresión y persecución, la conversión de Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) al islam fue otro destello de luz. Este acontecimiento tuvo lugar en el mes de Dhul-Hiyya del sexto año de la misión profética, tres días después de la conversión de Hazrat Hamza (que Dios esté complacido con él). El Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda paz— había suplicado por su conversión (Tarij Umar ibn al-Jattab, Ibn al-Yawzi, p. 11).

El imán Tirmidhi narró este acontecimiento de Abd Allah ibn Umar (que Dios esté complacido con él) y lo declaró auténtico; el imán Tabarani lo narró de Ibn Masud y de Hazrat Anas (que Dios esté complacido con él).

El Profeta —que Dios le bendiga y le conceda paz— suplicó: «¡Oh, Dios! Concede la oportunidad de aceptar el islam a quien de Umar ibn al-Jattab y Abu Yahl sea más querido para Ti, y fortalece el islam por medio de él».

Dios Altísimo aceptó esta súplica y Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) aceptó el islam. De los dos mencionados, Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) era el más querido para Dios (Tirmidhi, Manaqib Abi Hafs Umar ibn al-Jattab, t. 2, p. 209).

Al examinar todos los relatos relacionados con la conversión de Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) al islam, se demuestra que el islam fue arraigándose gradualmente en su corazón. Antes de explicar este asunto, considero necesario ofrecer una breve indicación sobre el temperamento, la disposición y las ideas de Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él).

Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) era conocido por su carácter áspero y su temperamento severo. Durante mucho tiempo, los musulmanes sufrieron diversas formas de persecución a manos de él. Parece que en su personalidad se habían combinado rasgos contradictorios: por un lado, respetaba las costumbres y tradiciones heredadas de su padre y su abuelo, y también tenía gran interés por los deportes; por otro lado, observaba con interés la firmeza de los musulmanes en su fe y creencia, así como su paciencia y resistencia frente a la opresión y la persecución. Mediante la reflexión y el razonamiento, a veces pensaba que aquello a lo que se invitaba en el islam probablemente era verdadero, más puro y superior. Por eso, aunque se enfureciera de repente, terminaba calmándose. (El imán al-Gazali hizo este comentario analítico sobre Hazrat Umar; véase Fiqh al-Sira, pp. 92-93).

El resumen de todos los relatos relacionados con la aceptación del islam por parte de Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) es el siguiente:

Una vez, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) tuvo que pasar el día fuera. Se dirigió a la Mezquita Sagrada y entró en la Kaaba, detrás de una cortina. En aquel momento, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, estaba rezando y recitaba la sura Al-Haqqah. Hazrat Umar comenzó a escuchar el Corán y quedó maravillado y profundamente impresionado por su estilo. Se dijo a sí mismo: «Este hombre parece ser un poeta; los coraichitas tienen razón». En ese momento, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, recitó: «Ciertamente, este Corán es un mensaje transmitido a un Mensajero honorable; no es la composición de un poeta. ¡Poco es lo que creéis!». Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Me dije interiormente: “Este hombre parece ser un adivino”». Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recitó: «No son las palabras de un adivino. ¡Poco es lo que meditáis! Es una revelación descendida del Señor de los mundos». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recitó hasta el final de la sura.

Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «En aquel momento, el islam dejó una huella en mi corazón» (Tarij Umar ibn al-Jattab, Ibn al-Yawzi, p. 6; Sira de Ibn Hisham, t. 1, pp. 326-348). Sin embargo, su fe y su amor por la religión de sus antepasados permanecían intactos. Por eso, aunque en lo más oculto y profundo de su corazón ya se hubiera sembrado la semilla del amor por el islam, se mostraba abiertamente vehemente en sus acciones de oposición al islam.

La severidad de su carácter y su hostilidad hacia el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, habían llegado a tal extremo que un día salió con la espada en la mano con la intención de matar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. En el camino se encontró con un hombre de los Banu Zuhra o de los Banu Majzum —según los relatos, se trataba de Nuaym ibn Abd Allah al-Nahham al-Adawi (Ibn Hisham, t. 1, p. 344), de los Banu Zuhra (Tarij Umar ibn al-Jattab, al-Yawzi, p. 17), o de los Banu Majzum (Mujtasar al-Sira, p. 102)—. Al ver su rostro áspero, aquel hombre le preguntó: «Umar, ¿adónde vas?». Él respondió: «Voy a matar a Muhammad». El hombre dijo: «Después de matar a Muhammad, ¿cómo te protegerás de los Banu Hashim y los Banu Zuhra?». Umar respondió: «¿Acaso tú también has abandonado la religión de tus antepasados y te has vuelto impío?». El hombre dijo: «Umar, voy a contarte algo sorprendente: tu hermana y tu cuñado también han abandonado vuestra religión y se han vuelto impíos». Al oír esto, Hazrat Umar, fuera de sí por la ira, se dirigió directamente a la casa de su cuñado. Al llegar, vio que ambos estaban leyendo una hoja en la que estaba escrita la sura Ta-Ha, ante Khabbab ibn al-Aratt. Hazrat Khabbab (que Allah esté complacido con él) acudía a aquella casa para enseñarles el Corán. Al oír los pasos de Hazrat Umar, todos guardaron silencio. La hermana de Hazrat Umar escondió la hoja en la que estaba escrita la sura. Sin embargo, fuera de la casa, Hazrat Umar había oído la recitación del Corán de Khabbab (que Allah esté complacido con él), por lo que preguntó: «¿Qué era ese sonido que estaba oyendo?». Ellos respondieron: «No era nada; estábamos conversando entre nosotros». Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Probablemente ambos os habéis vuelto impíos». Su cuñado respondió: «Está bien, Umar; si una religión distinta de la vuestra fuera la verdadera, ¿qué ocurriría?». Al oír esto, Hazrat Umar se abalanzó sobre su cuñado y lo golpeó brutalmente. Su hermana corrió a apartarlo de su esposo y, finalmente, logró separarlos. De repente, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) abofeteó a su hermana con tanta fuerza que su rostro quedó ensangrentado. Según el relato de Ibn Ishaq, ella recibió un golpe en la cabeza. Su hermana dijo airadamente: «Umar, si una religión distinta de la vuestra fuera la verdadera, ¿qué ocurriría? Doy testimonio de que no hay ninguna divinidad excepto Allah y de que Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, es Su Mensajero». Al oír esto, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) se quedó abatido. Al ver la sangre en el rostro de su hermana, también sintió vergüenza. Dijo: «Está bien, dejadme leer un poco de lo que estabais recitando». Su hermana respondió: «Estás impuro. Solo una persona pura puede tocar este libro. Ve, báñate y regresa». Hazrat Umar fue, se bañó y volvió. Luego se sentó con la parte concreta del libro en las manos y leyó: «En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso». Después dijo: «¡Qué nombre tan grandiosamente sagrado!»

Al oír de boca de Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) aquellas palabras, Hazrat Khabbab (que Allah esté complacido con él) salió de dentro de la casa y dijo: «Alégrate, Umar; esto es el resultado de la súplica que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, hizo la noche del jueves». En aquel momento, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) se encontraba en una casa cercana al monte Safa.

Al oír esto, Umar (que Allah esté complacido con él) llegó frente a aquella casa con la espada en la mano y golpeó la puerta. Un compañero miró por la puerta y vio a Umar con la espada en la mano. Todos se reunieron alrededor. Hamza (que Allah esté complacido con él) preguntó: «¿Qué sucede?». Le dijeron que Umar había llegado. Él dijo: «Umar ha venido; abrid la puerta. Si ha venido con buenas intenciones, será algo bueno; pero si viene con malas intenciones, acabaremos con él usando su propia espada». Mientras tanto, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) estaba dentro, y la revelación descendía sobre él. Después de recibirla, salió a la habitación donde estaba Umar y, sujetándolo por su vestimenta y por una parte de su espada, lo sacudió y dijo: «¡Umar! ¿No desistirás hasta que Allah haga descender sobre ti un castigo humillante como el que hizo descender sobre Walid ibn al-Mugira? ¡Oh Allah, fortalece y honra la religión por medio de Umar ibn al-Jattab!». En cuanto pronunció estas palabras, Umar (que Allah esté complacido con él) aceptó el islam y dijo: «Doy testimonio de que no hay ninguna divinidad excepto Allah y de que tú eres el Mensajero de Allah». Al oír esto, quienes estaban dentro de la casa proclamaron «¡Allah es el más grande!» con tanta fuerza que quienes se encontraban dentro de la Kaaba también pudieron oírlo (Tarij Umar ibn al-Jattab, pp. 7, 10 y 11; Sira de Ibn Hisham, t. 1, pp. 343-344). Nadie en Arabia se atrevía a enfrentarse a él; por ello, cuando los politeístas se enteraron de su conversión al islam, se produjo un gran alboroto entre ellos. Se vieron sumidos en una grave crisis y humillación. Por otro lado, la conversión de Umar elevó entre los musulmanes el orgullo, la fuerza, el honor, el éxito y la alegría. Ibn Ishaq, con su cadena de transmisión, cita el relato de Umar (que Allah esté complacido con él): «Cuando me hice musulmán, pensé: “¿Quién es el mayor enemigo del Mensajero de Allah en La Meca?”. Luego me dije: “Es Abu Yahl”. Entonces fui a la casa de Abu Yahl. Cuando llamé a la puerta, Abu Yahl salió y, al verme, dijo: “¡Bienvenido, bienvenido! ¿Qué te trae por aquí, Umar?”. Respondí: “He venido a informarte de que creo en Allah, en Su Mensajero Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y en todo lo que él ha traído, y lo reconozco como verdadero”. Al oír esto, Abu Yahl, mientras cerraba la puerta, dijo: “¡Que Allah te haga el mal, y también haga el mal a lo que has traído!”» (Ibn Hisham, t. 1, pp. 249-250).

El imán Ibn al-Yawzi narró, citando a Umar al-Faruq (que Allah esté complacido con él), que cuando alguien aceptaba el islam, los incrédulos de Quraysh lo perseguían y lo golpeaban cruelmente, y la persona golpeada también los golpeaba. Después de aceptar el islam, fui a ver a mi tío materno Adi ibn Hashim y se lo comuniqué. Sin decir una palabra, entró en la casa. Luego fui a ver a un hombre eminente de Quraysh —posiblemente se refería a Abu Yahl—. Después de que mi tío Adi informara de ello a aquel hombre de Quraysh, él también entró en su casa (Tarij Umar ibn al-Jattab, p. 8).

Ibn Hisham e Ibn al-Yawzi narraron que, después de aceptar el islam, Umar (que Allah esté complacido con él) fue ante Yamil ibn Muammar al-Yumahi, un hombre famoso entre los qurayshíes por difundir las noticias. Umar (que Allah esté complacido con él) le informó: «He aceptado el islam». Al oírlo, aquel hombre gritó a voz en cuello: «¡El hijo de al-Jattab se ha convertido en un renegado!». Umar (que Allah esté complacido con él) respondió: «Mientes; me he hecho musulmán». En resumen, la gente se abalanzó sobre Umar y comenzó a golpearlo. Umar estaba siendo golpeado, pero también golpeaba a los demás. Cuando el sol llegó al cenit, se sentó agotado y luego dijo: «Haced lo que queráis. ¡Por Allah!, si fuéramos trescientos, en La Meca permaneceríais vosotros o permaneceríamos nosotros» (la misma obra, p. 8; Ibn Hisham, t. 1, pp. 348-349).

Después, los politeístas atacaron la casa de Umar (que Allah esté complacido con él) con la intención de matarlo. Se narra en Sahih al-Bujari que Umar (que Allah esté complacido con él) se encontraba dentro de la casa, atemorizado y confundido. En ese momento llegó Abu Amr As ibn Wa’il al-Sahmi, vestido con una capa y una prenda de seda yemeníes ornamentadas. Pertenecía a la tribu de Sahm y, en aquella época, era miembro de una tribu aliada de la nuestra. Preguntó: «¿Qué sucede? ¿A qué se debe tanto alboroto?». Umar (que Allah esté complacido con él) respondió: «Me he hecho musulmán y por eso quieren matarme». As dijo: «Eso no es posible». Al oír estas palabras de As, me tranquilicé. En aquel momento había mucha gente reunida alrededor de mi casa. As avanzó atravesando la multitud y les preguntó: «¿Adónde vais todos?». Todos respondieron: «Umar se ha convertido en un renegado; vamos a por él». As dijo: «No hay camino para llegar allí». Al oír esto, todos se marcharon (Sahih al-Bujari, capítulo sobre Umar ibn al-Jattab, t. 1, p. 545). Según el relato de Ibn Ishaq, se habían reunido de tal manera que parecía como si todos hubieran entrado en una sola vestimenta (Ibn Hisham, t. 1, p. 349).

La situación de los politeístas después de la conversión de Umar (que Allah esté complacido con él) al islam era tal como se ha mencionado anteriormente; a partir de este acontecimiento también puede comprenderse la situación de los musulmanes. Muyahid narró, citando a Abdullah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él), que le pregunté a Umar ibn al-Jattab: «¿Por qué recibió el título de al-Faruq?». Él respondió: «Hamza (que Allah esté complacido con él) aceptó el islam tres días antes que yo». Después de relatar el episodio de la conversión de Hamza, Umar continuó: «Entonces acepté el islam y dije al amado Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él): “Oh Mensajero de Allah, tanto si morimos como si vivimos, ¿acaso no estamos en la verdad?”. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: “¡Por supuesto que sí! Juro por Aquel en cuya mano está mi alma que, viváis o muráis, ciertamente estáis en la verdad”. Entonces dije: “En ese caso, ¿por qué hemos de huir?”. Juro por Aquel que te envió con la verdad que saldremos». Luego salimos llevando con nosotros al Mensajero de Allah, en dos filas. En una de ellas estaba Hamza y en la otra, yo. Mientras avanzábamos, el polvo se levantaba como la harina molida en un molino de mano. Entramos en la Mezquita Sagrada. Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Cuando los qurayshíes nos vieron, sintieron un pesar tan grande como nunca antes habían sentido». Ese día, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) me otorgó el título de al-Faruq (Tarij Umar ibn al-Jattab, Ibn al-Yawzi, pp. 6-7).

Ibn Masud (que Allah esté complacido con él) dijo: «Antes de eso, no podíamos rezar cerca de la Kaaba» (Mujtasar al-Sira, Shayj Abdullah, p. 103).

Zuhayr ibn Sinan al-Rumi (que Allah esté complacido con él) dijo: «Después de que Umar al-Faruq (que Allah esté complacido con él) aceptara el islam, este salió de detrás del velo y comenzó a predicarse públicamente. Empezamos a sentarnos en círculo frente a la Kaaba y a circunvalarla. Tomamos represalias contra quienes nos habían tratado injustamente y respondimos a la opresión» (Tarij Umar ibn al-Jattab, Ibn al-Yawzi, p. 13).

Abdullah ibn Masud (que Allah esté complacido con él) dijo: «Desde que Umar aceptó el islam, permanecimos fuertes y honrados» (Sahih al-Bujari, capítulo sobre el islam de Umar ibn al-Jattab, t. 1, p. 545).

Después de que Hamza ibn Abd al-Muttalib y Umar ibn al-Jattab —que Allah esté complacido con ambos— abrazaran el islam, disminuyó la persecución generalizada contra los musulmanes. Los politeístas decidieron afrontar la situación con prudencia y reflexión. Pensaron que, si averiguaban qué quería obtener Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz— mediante la invitación al islam y satisfacían sus deseos, quizá podrían apartarlo de su labor. Pero no sabían que, frente a la invitación a la religión del Mensajero de Allah, todo el universo carece por completo de valor; por ello, naturalmente, fracasaron en sus esfuerzos.

Ibn Ishaq, por medio de Yazid ibn Ziyad, cita el relato de Muhammad ibn Ka’b al-Qurazi: «Me han informado de que un día Utba ibn Rabi’a, uno de los dirigentes del pueblo, presentó una nueva propuesta ante los suyos. En aquel momento, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— se encontraba solo en un lugar de la Mezquita Sagrada. Utba dijo: “Hablad con Muhammad y resolved este asunto; presentadle varias propuestas. Quizá acepte alguna. Cumpliremos cualquier exigencia que plantee”. Al ver que la fuerza de los musulmanes había aumentado después de que Hamza —que Allah esté complacido con él— abrazara el islam, deliberaron entre ellos de esta manera.

Los qurayshíes dijeron: «Abu al-Walid, ve tú y habla con él». Entonces Utba se levantó y se sentó junto al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. Utba dijo: «Sobrino, todos conocen la posición que ocupas entre nuestro pueblo; eres de noble linaje. Sin embargo, estás difundiendo algo que ha provocado división, desorden y discordia entre la gente. Calificas de necedad la sabiduría de los dirigentes de nuestro pueblo, criticas de diversas maneras a sus divinidades, declaras falsas sus creencias religiosas y calificas de incrédulos a sus antepasados. Escúchame: te presentaré varias propuestas. Reflexiona sobre ellas; quizá alguna te resulte aceptable». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— respondió: «Habla, Abu al-Walid; te escucharé».

Utba, también llamado al-Walid, dijo: «Sobrino, si deseas riquezas a cambio de lo que estás predicando, te daremos tanta riqueza que serás el más rico de nosotros. Si deseas prestigio, dilo y te tomaremos como nuestro jefe; no se tomará ninguna decisión sin ti. Si quieres ser rey, dilo también y te aceptaremos como rey. Y si lo que te ha llegado es un genio o un demonio que te posee y no puedes expulsarlo, dínoslo: buscaremos un tratamiento. Te trataremos aunque cueste todo el dinero necesario. A veces sucede que los genios y los demonios ejercen influencia sobre las personas; en tal situación, la persona necesita tratamiento».

Después de escuchar atentamente a Utba, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— dijo: «Abu al-Walid, ¿has terminado de hablar? Escúchame». Entonces el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— comenzó a recitar desde el principio la sura Ha-Mim Sajda: «En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso. Ha-Mim. Esta Escritura ha sido revelada por el Compasivo, el Misericordioso. Es una Escritura cuyos versículos han sido expuestos detalladamente, un Corán en lengua árabe para gente que sabe; anunciador de buenas nuevas y amonestador. Pero la mayoría de ellos se ha apartado y no escucha. Dicen: “Nuestros corazones están cubiertos ante aquello a lo que nos invitas, nuestros oídos están sordos y entre nosotros y tú hay un velo. Haz, pues, lo que tengas que hacer, y nosotros haremos lo que tengamos que hacer”».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— continuó recitando, mientras Utba lo escuchaba sentado cómodamente, apoyando ambas manos detrás de él en el suelo. Cuando recitó el versículo de la prosternación, el Mensajero se levantó y se prosternó. Después dijo: «Abu al-Walid, querías escuchar algo y te lo he hecho escuchar. Ahora tú sabes qué hacer y tu asunto queda en tus manos».

Utba se levantó y fue junto a sus compañeros. Al verlo, estos comenzaron a decirse entre sí: «Por Allah, Abu al-Walid no regresa con el mismo semblante con el que se marchó». Cuando Utba se sentó, sus compañeros le preguntaron: «¿Qué noticias traes?». Él respondió: «Las noticias son que he escuchado unas palabras como nunca antes había escuchado. Por Allah, no son poesía ni fórmulas de hechicería. Escuchadme: dejadlo en su situación. Las palabras que he escuchado darán lugar en el futuro a un acontecimiento de gran importancia. Si los árabes lo matan, otro se encargará de vosotros; pero si vence a los árabes, su honor será vuestro honor, su reino será vuestro reino y su existencia será una causa de buena fortuna para vosotros».

Los qurayshíes dijeron: «Abu al-Walid, la magia de esas palabras también te ha afectado». Utba respondió: «Os he dicho lo que he comprendido acerca de él. Ahora haced lo que consideréis conveniente» (Ibn Hisham, tomo I, pp. 293-294).

En otra narración se cuenta que, cuando el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— recitó el versículo: «Pero si vuelven la espalda, di: “Os advierto de un castigo devastador semejante al castigo de ‘Ad y Zamud”», ‘Utba se levantó inmediatamente, puso su mano sobre la boca del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y dijo: «Te lo suplico por Allah y por los lazos de parentesco: no hagas eso». ‘Utba temía que un castigo como aquel recayera sobre él. Después se levantó, fue junto a sus compañeros y les contó lo mencionado (Tafsir de Ibn Kazir, tomo VI, págs. 15, 160 y 161).

Reunión de Abu Talib con los Banu Hashim y los Banu al-Muttalib

Mientras tanto, la situación había cambiado considerablemente. Abu Talib seguía preocupado y temía por su sobrino debido a los paganos. Repasaba los acontecimientos ocurridos hasta entonces: los paganos lo habían amenazado con enfrentarse a él; habían propuesto llevarse y matar a su sobrino a cambio de ‘Amara ibn al-Walid; Abu Yahl había intentado aplastarle la cabeza con una pesada piedra; ‘Uqba ibn Abi Mu‘ayt había querido estrangularlo enrollándole un manto alrededor del cuello; y Jalid, hijo de Jattab, había salido a matarlo con la espada desenvainada. Al considerar todos estos sucesos, que habían ocurrido sucesivamente, Abu Talib temió un peligro tan grave que su corazón se estremeció.

Comprendió perfectamente que los paganos estaban decididos a matar a su sobrino. En semejante situación, si algún incrédulo lanzaba de repente un ataque contra su sobrino, ¿acaso podrían protegerlo por separado Hamza, ‘Umar o cualquier otra persona?

La preocupación de Abu Talib no carecía de fundamento, pues los paganos estaban decididos a matar al Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Aludiendo a esa determinación suya, Allah, exaltado sea, dice: «¿Acaso han tomado una decisión definitiva sobre algún asunto? Yo soy quien decide» (79:43).

La pregunta es: ¿qué debía hacer Abu Talib en una situación así? Cuando vio que los paganos se habían empeñado en acosar a su sobrino desde todos los frentes, reunió a los descendientes de las dos figuras ilustres de su abuelo, Hashim y al-Muttalib. En aquella reunión exhortó a todos a unirse para proteger a su sobrino y dijo con voz emocionada: «Hasta ahora he asumido solo la responsabilidad que me correspondía; venid, asumámosla todos juntos». Los descendientes de sus dos antepasados respondieron al llamamiento de Abu Talib. Solo su hermano Abu Lahab adoptó una postura diferente: se negó y se unió a los paganos (Ibn Hisham, tomo I, pág. 269; Mujtasar as-Sira, jeque ‘Abdullah, pág. 106).

Boicot total

En el transcurso de cuatro semanas o menos, los paganos sufrieron cuatro grandes golpes: la conversión al islam de Hamza y ‘Umar —que Allah esté complacido con ambos— y, sobre todo, el acuerdo de los Banu Hashim y los Banu al-Muttalib de unirse para proteger al Mensajero de Allah. Esto agitó a los paganos. ¿Cómo no iban a agitarse, si comprendían que, si ahora emprendían cualquier acción para matar a Muhammad —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, el derramamiento de sangre que se produciría para protegerlo teñiría de rojo la llanura de La Meca? Existía la posibilidad de que ellos mismos fueran destruidos. Por ello, abandonaron el plan de matar al Mensajero de Allah y descubrieron una nueva forma de opresión y persecución, más terrible que todas las medidas adoptadas anteriormente.

Ibn Qayyim escribió que se dice que este documento fue redactado por Mansur ibn Ikrima ibn Amir ibn Hashim; según algunos, lo redactó Nadr ibn al-Harith. Sin embargo, la opinión correcta es que lo redactó Baguid ibn…, cuya mano quedó paralizada por haber invocado una maldición contra el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) (Zad al-Ma’ad, tomo 2, pág. 49).

Después de redactarlo, el documento fue colgado en la Kaaba. Como consecuencia, todos los miembros musulmanes y no musulmanes de los Banu Hashim y los Banu al-Muttalib —hombres, mujeres y niños— quedaron confinados en un lugar llamado Shi’b Abu Talib, excepto Abu Lahab. Esto ocurrió en el séptimo año de la misión profética del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz).

Tres años en Shi’b Abu Talib

Durante este boicot, la situación se agravó: se interrumpió el suministro de alimentos. Todo lo que llegaba a La Meca era comprado rápidamente por los paganos, de modo que nada llegaba por medios normales a ninguno de los musulmanes o no musulmanes sitiados. Para sobrevivir, comían hojas de los árboles y pieles. El sufrimiento causado por el hambre era tan intenso que los lamentos de las mujeres y los niños hambrientos podían oírse desde fuera de Shi’b Abu Talib, o barranco de Abu Talib. Las posibilidades de que les llegaran alimentos eran escasas, y lo poco que llegaba lo hacía de manera clandestina. No salían del barranco para comprar lo necesario, excepto durante los meses sagrados. Incluso cuando intentaban comprar los productos que llegaban a La Meca desde fuera, muchas veces no podían hacerlo, porque los paganos elevaban varias veces sus precios.

Hakim ibn Hizam era sobrino de Jadiya (que Allah esté complacido con ella). De vez en cuando enviaba trigo para su tía. En una ocasión, cuando se disponía a enviarle trigo, Abu Yahl trató de impedírselo; pero Abu al-Bajtari tomó partido por Hakim ibn Hizam y consiguió que se enviara el trigo.

Mientras tanto, Abu Talib estaba siempre preocupado por el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Por la noche, después de que todos se acostaban, le decía a su sobrino: «Ve, acuéstate ahora en tu cama». Lo decía para que, si hubiera algún asesino oculto, pudiera identificar dónde se había acostado. Después, cuando todos se dormían, Abu Talib cambiaba el lugar donde dormía su querido sobrino y hacía que su propio hijo, su hermano u otra persona se acostara en la cama de este. Durante la noche, permanecía angustiado y preocupado por su querido sobrino, el Mensajero de Allah, Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz).

A pesar de un asedio tan severo, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y los demás musulmanes salían durante la peregrinación y predicaban el islam a quienes acudían con ese propósito. Ya se ha mencionado anteriormente cómo trataba Abu Lahab al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y a los musulmanes en aquella época. (Abu Talib murió seis meses después de que se rompiera el documento. La información correcta es que murió en el mes de Rajab. Quienes dicen que murió en el mes de Ramadán también sostienen que murió ocho meses y algunos días después del suceso de la ruptura del documento. En ambos casos se demuestra que murió en el mes de Muharram).

El suceso de la ruptura del documento

En estas condiciones transcurrieron tres años completos. Después, en el décimo año de la misión profética, durante el mes de Muharram, ocurrió el episodio de la destrucción del pacto, con lo que terminaron la opresión y la persecución. Algunos miembros de los quraysh, que se oponían a esta medida, emprendieron también acciones para poner fin al bloqueo.

El principal impulsor de la destrucción del documento redactado para establecer este bloqueo inhumano fue un hombre llamado Hisham ibn Amr, de la tribu de Banu Amir ibn Lu’ayy. Hisham ayudaba en secreto, durante la noche, a los desamparados del campamento de Abu Talib, enviándoles alimentos. Primero acudió a Zuhayr ibn Abu Umayya al-Majzumi. La madre de Zuhayr, Atika, era hija de Abd al-Muttalib, es decir, hermana de Abu Talib. Hisham le dijo: «Zuhayr, ¿te parece bien que vosotros comáis y bebáis tranquilamente mientras tu tío y los demás mueren lentamente? ¿Acaso no sabes en qué situación se encuentran?». Zuhayr respondió: «Ay de mí, ¿qué puedo hacer yo solo? Si alguien más se une a mí, puedo emprender la destrucción del documento». Hisham dijo: «Hay otra persona». Zuhayr preguntó: «¿Quién?». Hisham respondió: «Yo». Zuhayr dijo: «De acuerdo, busca entonces a una tercera persona». Al oír esto, Hisham acudió a Mut’im ibn Adi, le expuso la situación de Banu Hashim y Banu al-Muttalib y le pidió ayuda, señalando que eran sus parientes cercanos. Mut’im dijo: «¿Qué puedo hacer yo solo?». Hisham respondió: «Hay otra persona». Mut’im preguntó: «¿Quién?». Hisham dijo: «Yo». Mut’im respondió: «De acuerdo, busca a una tercera persona». Hisham dijo: «Eso también está hecho». Mut’im preguntó: «¿Quién es?». Hisham respondió: «Zuhayr ibn Abu Umayya». Mut’im dijo: «De acuerdo, busca a una cuarta persona». Después, Hisham acudió a Abu al-Bakhtari y le habló del mismo modo que había hablado con Mut’im. Abu al-Bakhtari preguntó: «¿Hay alguien que apoye esta iniciativa?». Hisham respondió que sí y mencionó a Zuhayr ibn Abu Umayya, a Mut’im ibn Adi y a sí mismo. Abu al-Bakhtari dijo: «De acuerdo, busca entonces a un hombre de confianza». Luego acudieron a Jumay ibn Aswad ibn al-Muttalib ibn Asad, hablaron con él sobre la penosa situación de Banu Hashim y Banu al-Muttalib y le pidieron ayuda. Él preguntó si había otros colaboradores. Hisham respondió que sí y le mencionó los nombres de todos. Más tarde, todos los mencionados se reunieron en un lugar llamado Hayun y se comprometieron a destruir el documento. Zuhayr dijo: «Yo seré el primero en plantear el asunto».

Por la mañana, todos se reunieron en la asamblea como de costumbre. Zuhayr se presentó elegantemente vestido y arreglado. Primero dio siete vueltas alrededor de la Kaaba, luego se dirigió a todos y dijo: «¡Escuchad, habitantes de La Meca! Nosotros comemos y bebemos y vestimos nuestras ropas, mientras Banu Hashim está siendo destruido; no se les vende nada ni se les compra nada. ¡Por Dios!, no puedo permanecer callado mientras exista un documento tan inhumano. Quiero que este documento sea destruido».

Al oír esto, Abu Yahl dijo: «Te equivocas. ¡Por Dios!, este documento no puede ser destruido».

Jumay ibn Aswad dijo: «¡Por Dios!, te equivocas. Yo tampoco estaba de acuerdo cuando se redactó este documento, y no estoy dispuesto a aceptarlo». Después, Mut’im ibn Adi dijo: «Vosotros dos tenéis razón. Buscamos refugio en Dios de todo lo que está escrito en este documento».

Hisham ibn Amr también pronunció palabras semejantes.

Al ver esto, Abu Yahl dijo: «¡Ajá, ya lo entiendo! Un acuerdo de este tipo se alcanzó durante la noche; esta conspiración no se preparó aquí, sino en otro lugar».

En aquel momento, Abu Talib también se encontraba cerca. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le había informado de que Allah había enviado una especie de insecto para destruir el documento: había cortado y reducido a pedazos todas las disposiciones relativas a la injusticia y la opresión, y solo habían quedado intactos los lugares donde aparecía el nombre de Allah.

Abu Talib dijo a los quraysh: «Mi sobrino me ha enviado a vosotros para deciros que Allah le ha informado de que ha enviado un insecto que ha destruido vuestro pacto; únicamente ha quedado allí el nombre de Allah. Si esto resulta ser falso, me apartaré de entre él y vosotros, y podréis hacer lo que queráis. Pero si resulta ser cierto, dejaréis de tratarnos injustamente mediante el boicot». Los quraysh aceptaron.

Cuando terminaron las discusiones entre Abu Yahl y los demás sobre este asunto, Mut’im ibn Adi fue a romper el pacto y descubrió que, salvo la parte donde estaba escrito el nombre de Allah, el resto había sido realmente devorado por los insectos. Después de romper el pacto, terminó el boicot, y el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y todos los demás salieron del barranco de Abu Talib. Los incrédulos se sorprendieron ante esta señal extraordinaria, pero su actitud no cambió. Allah, el Altísimo, dice: «Y si ven un milagro, se apartan y dicen: “Esto no es más que magia”».

Los idólatras árabes también rechazaron esta extraordinaria señal de la profecía y avanzaron unos pasos más por el camino de su incredulidad. (El relato del boicot se ha recopilado de las siguientes obras: Sahih al-Bujari, t. 1, pp. 216 y 548; Zad al-Ma’ad, t. 2, p. 46; Ibn Hisham, t. 1, pp. 350-351, 347 y 377; Rahmatul lil-‘Alamin, t. 1, p. 70; Mujtasar as-Sira, del jeque Abdulá, pp. 6, 10 y 110; Mujtasar as-Sira, de Muhammad ibn Abdul Wahhab, pp. 68 y 73.)

La última delegación de los quraysh ante Abu Talib

Después de salir del barranco de Abu Talib, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) reanudó la labor de invitar a la fe y transmitir el mensaje. Aunque el boicot había terminado, los malvados idólatras continuaban poniendo diversos obstáculos a la propagación del islam. Mientras tanto, Abu Talib seguía esforzándose desde hacía mucho tiempo por proteger a su sobrino, pero estaba debilitado por la edad: había superado los ochenta años. Su salud se había deteriorado gravemente tras varios años de penas, dificultades, peligros y calamidades; en particular, el asedio en el desfiladero había agotado por completo sus fuerzas. Apenas unos meses después de salir de allí, cayó gravemente enfermo. En ese momento, los idólatras pensaron que Abu Talib estaba enfermando rápidamente y que su vida podía terminar en cualquier momento. Si después de su muerte cometían algún exceso contra su sobrino, quedarían desacreditados; la gente diría que ahora se aprovechaban de la ausencia de su protector. Por ello, querían llegar a una resolución sobre el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) mientras Abu Talib aún vivía, y no estaban dispuestos a hacer concesiones en este asunto. Tras deliberar entre ellos, una delegación se presentó ante Abu Talib. Era la última delegación de los quraysh que acudía a él.

Ibn Ishaq y otros han narrado que, cuando Abu Talib enfermó, los quraysh temieron que muriera repentinamente. Se decían entre ellos: «Mirad, Hamza y Umar se han hecho musulmanes, y la religión de Muhammad se ha extendido entre todas las tribus de los quraysh. Así que vayamos a Abu Talib y pidámosle que mantenga a su sobrino bajo control; de ese modo podremos llegar a un acuerdo sobre él. Tememos que, si en el futuro la gente común nos critica por cometer algún exceso contra Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz), dirán: “No se atrevieron a hacer nada mientras Abu Talib estaba vivo; ahora han encontrado la ocasión”».

En resumen, la delegación de los quraysh fue a discutir con Abu Talib. Entre los delegados se encontraban también personas prominentes de los quraysh: Abu Yahl ibn Hisham, Umayya ibn Jalaf, Abu Sufyan ibn Harb y otros; en total eran veinticinco. Dijeron: «Oh, Abu Talib, no desconoces la posición que ocupas entre nosotros, ni ignoras la condición en la que pasas actualmente tus días. Tememos que los días de tu vida estén llegando rápidamente a su fin. No desconoces nuestra disputa con tu sobrino. Queremos que lo convoques y llegues con él a un acuerdo. Queremos comprometernos con ciertas condiciones y que él también se comprometa con algunas condiciones. Lo dejaremos seguir su religión, y que él nos deje seguir la nuestra».

Después de escuchar todo esto, Abu Talib mandó llamar a su querido sobrino Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz). Cuando llegó, le dijo: «Mira, sobrino, ellos son los hombres respetados de tu pueblo. Se han reunido por ti y quieren obtener de ti ciertos compromisos». Entonces Abu Talib le expuso la propuesta que ellos habían presentado: querían que no interfirieras en su religión y que ellos tampoco interfirieran en la tuya.

Al oír esto, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo a la delegación de los qurayshíes: «Decidme, si os presentara una propuesta cuya aceptación os convirtiera en reyes de Arabia y pusiera a los no árabes bajo vuestro dominio, ¿qué haríais?». Según otra narración, se dirigió a Abu Talib y dijo: «Les pido que acepten una sola cosa; si la aceptan, toda Arabia quedará sometida a ellos y los demás les pagarán la yizia». En otra narración se cuenta que dijo: «Tío, invítalos a aceptar una cosa; eso será mejor para ellos». Abu Talib preguntó: «¿A qué cosa quieres invitarlos?». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «Quiero invitarlos a aceptar una cosa que, si la aceptan, hará que toda Arabia los siga y establecerá su autoridad incluso sobre los no árabes». En una narración de Ibn Ishaq se dice que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Aceptad solamente una frase; con ello os convertiréis en reyes de Arabia y los no árabes quedarán bajo vuestro control».

En resumen, después de escuchar esta propuesta, la delegación de los qurayshíes quedó desconcertada. Se pusieron a pensar, sorprendidos: si aceptar una sola frase produciría un beneficio tan grande, ¿cómo podían ignorarla? Abu Yahl dijo: «Dinos cuál es esa frase. ¡Por tu padre! Estamos dispuestos a aceptar una frase de ese tipo, y no solo una, sino diez». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Decid: “No hay divinidad excepto Allah”, y abandonad la obediencia y la adoración de todos los demás». Al oír esto, los qurayshíes aplaudieron y dijeron: «¡Muhammad! ¿Acaso vamos a adorar a un solo dios? En verdad, lo que propones es algo muy extraño».

Después se dijeron unos a otros: «¡Por Dios! Este hombre no está dispuesto a aceptar nada de lo que decís. Así que venid, mantengámonos firmes en la religión de nuestros antepasados; luego Allah juzgará entre él y nosotros». Dicho esto, se levantaron y se marcharon. Después de este acontecimiento, Allah reveló acerca de ellos los siguientes versículos: «Por el Corán, lleno de consejos, que tú eres ciertamente veraz; pero los incrédulos están sumidos en la soberbia y la oposición. ¡Cuántas comunidades destruí antes que ellos! Entonces clamaron desesperadamente, pero ya no había posibilidad de escapar. Se sorprenden de que les haya llegado un amonestador salido de entre ellos, y los incrédulos dicen: “Este es un mago, un mentiroso. ¿Acaso ha convertido a todos los dioses en un solo dios? ¡Esto es algo verdaderamente asombroso!”. Sus dirigentes se apartan diciendo: “Marchaos y perseverad en la adoración de vuestros dioses. Esto es algo deliberadamente buscado. No hemos oído algo semejante en ninguna otra religión; esto no es más que una invención”» (Ibn Hisham, t. 1, pp. 7, 4, 419; Mukhtasar al-Sira, jeque Abdullah, p. 91) (38:1-7).

El año de la tristeza y el dolor

El fallecimiento de Abu Talib

La enfermedad de Abu Talib se agravó y, finalmente, falleció. Abu Talib murió en el mes de Rayab del décimo año de la misión profética, seis meses después de que se levantara el bloqueo en el valle. (Sahih al-Bujari, capítulo sobre la historia de Abu Talib, t. 1, p. 548). Según otra narración, falleció en el mes de Ramadán, tres días antes del fallecimiento de la señora Jadiya.

En Sahih al-Bujari se narra, de Mosaib, que cuando se acercaba el momento del fallecimiento de Abu Talib, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— fue a visitarlo. Abu Yahl también se encontraba allí. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Querido tío, di solamente: “No hay divinidad excepto Allah”; con esta declaración podré interceder por ti ante Allah». Abu Yahl y Abdullah ibn Umayya dijeron: «¡Abu Talib! ¿Acaso vas a apartarte de la religión de Abdul Muttalib?». Entonces los dos siguieron hablando con Abu Talib, hasta que sus últimas palabras fueron: «En la religión de Abdul Muttalib». El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Seguiré pidiendo perdón por ti hasta que se me prohíba hacerlo». Entonces Allah reveló este versículo: «No corresponde al Profeta ni a los creyentes pedir perdón por los asociadores, aunque sean parientes, después de que se les haya hecho evidente que serán moradores del Infierno» (9:113).

Allah también reveló acerca de esto el siguiente versículo: «Tú no puedes guiar a quien amas» (Sahih al-Bujari, capítulo sobre la historia de Abu Talib, t. 1, p. 548), «sino que Allah guía a quien quiere, y Él conoce mejor a quienes siguen la guía» (28:56).

No hace falta explicar cómo Abu Talib ayudó y apoyó al Profeta —que Allah le conceda paz y bendiciones—. En realidad, frente a los ataques de los líderes de Quraysh y de los necios de La Meca contra el islam, él era como una fortaleza. Sin embargo, él mismo permaneció firme e inquebrantable en la religión de sus antepasados. Por ello, se narra en Sahih al-Bujari, de Hadrat Abbas ibn Abd al-Muttalib —que Allah esté complacido con él—, que preguntó al Profeta —que Allah le conceda paz y bendiciones—: «¿Qué beneficio obtuvo usted de su tío? Él lo protegía y asumía por usted el riesgo de discutir, enemistarse y enfrentarse con los demás». El Mensajero de Allah —que Allah le conceda paz y bendiciones— respondió: «Él estará en la parte más profunda del Infierno» (Sahih al-Bujari, capítulo sobre el relato de Abu Talib, tomo I, p. 548).

Hadrat Abu Saíd al-Judri —que Allah esté complacido con él— dijo: En cierta ocasión, cuando se mencionó ante el Profeta —que Allah le conceda paz y bendiciones— el asunto de su tío, él dijo: «Tal vez mi intercesión le beneficie algo el Día de la Resurrección. Será colocado en una parte elevada del Infierno, de modo que el fuego solo le llegará hasta las rodillas de ambos pies» (Sahih al-Bujari, capítulo sobre el relato de Abu Talib, tomo I, p. 548).

El fallecimiento de Hadrat Jadiya —que Allah esté complacido con ella—

Dos meses, o apenas tres días, después del fallecimiento del señor Abu Talib, la Madre de los Creyentes, Jadiya al-Kubra —que Allah esté complacido con ella—, dejó este mundo. Falleció en el mes de ramadán del décimo año de la profecía. En aquel momento tenía sesenta y cinco años, mientras que el Mensajero de Allah —que Allah le conceda paz y bendiciones— se acercaba a los cincuenta. (Ibn al-Yawzi menciona que falleció en ramadán en la página séptima de su obra Talqih al-Fuhum, y el erudito Mansurpurí lo menciona en su obra Rahmatul lil-Alamín).

Para el Mensajero de Allah —que Allah le conceda paz y bendiciones—, Hadrat Jadiya —que Allah esté complacido con ella— fue una gracia extraordinaria de Allah. Durante un cuarto de siglo fue la compañera de vida del Mensajero de Allah —que Allah le conceda paz y bendiciones—. En ese tiempo, su corazón se afligía por su amado esposo cuando sufría penas, dificultades y peligros; en los momentos de peligro le infundía confianza, lo acompañaba en la transmisión de la religión y aliviaba sus sufrimientos con su propia persona y sus bienes. El Mensajero de Allah —que Allah le conceda paz y bendiciones— dijo: «Cuando la gente descreía de mí, Jadiya creyó en mí; cuando la gente me desmentía, ella me aceptó como veraz; cuando la gente me privaba de sus bienes, ella me hizo partícipe de los suyos. Allah me concedió hijos a través de ella, y no me concedió hijos a través de ninguna de mis otras esposas» (Musnad de Ahmad, tomo VI, p. 118).

Se narra en Sahih al-Bujari, de Hadrat Abu Huraira —que Allah esté complacido con él—, que Hadrat Gabriel —la paz sea con él— acudió al Profeta —que Allah le conceda paz y bendiciones— y dijo: «Oh Mensajero de Allah, mira, Jadiya está llegando y lleva un recipiente que contiene fuego, comida o bebida. Cuando llegue a ti, salúdala de parte de su Señor y anúnciale la buena nueva de una casa de perlas en el Paraíso, en la que no habrá ruido ni alboroto, y donde nadie será vencido por el cansancio ni el agotamiento» (Sahih al-Bujari, capítulo sobre el equipamiento del Profeta, tomo I, p. 539).

Tristeza, preocupación y dolor

Los dos acontecimientos mencionados ocurrieron con pocos días de diferencia, y el Mensajero de Allah —que Allah le conceda paz y bendiciones— quedó abrumado por la tristeza y el dolor. Además, sus propios compatriotas continuaban sometiéndolo a tormentos, opresión y persecución, pues después del fallecimiento de Abu Talib habían cobrado valor. Comenzaron a perjudicar abiertamente al Profeta —que Allah le conceda paz y bendiciones—. En aquellas circunstancias, el Mensajero de Allah —que Allah le conceda paz y bendiciones— fue a Taif, esperando interiormente que sus habitantes aceptaran la invitación a la religión que él predicaba, le ofrecieran refugio y lo ayudaran frente a la oposición de sus compatriotas.

Pero allí no encontró ningún ayudante ni protector; por el contrario, fue sometido a toda clase de abusos y persecuciones, y recibió un trato tan cruel como jamás habían dado los miembros de su pueblo. Los detalles de esto se mencionarán más adelante.

No sería irrelevante señalar aquí que, del mismo modo que los habitantes de La Meca perseguían y torturaban al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, también sometían a sus compañeros a los mismos abusos. El querido compañero del Mensajero de Allah, el honorable Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), harto de aquellas persecuciones, partió hacia Abisinia. En el camino se encontró con Ibn al-Daghinnah, un hombre influyente de La Meca, quien asumió la responsabilidad de protegerlo y lo llevó de regreso a La Meca. (Akbar Shah Najeebabadi señala que este acontecimiento tuvo lugar ese mismo año; véase Tarikh-e Islam, tomo 1, pp. 372-373; Bujari, tomo 1, pp. 552-553).

Ibn Ishaq ha mencionado que, después del fallecimiento de Abu Talib, los coraichitas persiguieron al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— con una intensidad que nunca se habían atrevido a mostrar durante la vida de Abu Talib. Un necio de los coraichitas se acercó y arrojó tierra sobre la cabeza del Mensajero de Allah. Una de sus hijas acudió corriendo y le limpió la tierra.

Mientras le limpiaba la tierra, ella no hacía más que llorar. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— la consolaba en ese momento y le decía: «Madre, no llores; Allah, el Altísimo, protegerá a tu padre». En ese momento, el Mensajero de Allah también decía: «Los coraichitas no me han tratado de una manera tan cruel como para que yo me sienta afligido, madre». En una situación así falleció Abu Talib (Ibn Hisham, tomo 1, p. 416).

Debido a esta sucesión de abusos y persecuciones, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dio a aquel año el nombre de «Año de la Tristeza» (Amul Huzn), y con ese nombre se hizo famoso en la historia.

Matrimonio con Sawda

Ese año, es decir, en el décimo año de la profecía, durante el mes de Shawwal, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— contrajo matrimonio con Sawda bint Zam’a. Sawda había abrazado el islam en los primeros tiempos de la profecía y también había emigrado a Abisinia durante la segunda emigración. Su esposo se llamaba Sakran ibn Amr, quien también había abrazado el islam en los primeros tiempos. Sawda emigró con él a Abisinia, pero él falleció allí —según otra opinión, murió de camino a La Meca—. Después de que terminara el período de espera de Sawda, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le propuso matrimonio y se casó con ella. Tras el fallecimiento de Jadiya (que Allah esté complacido con ella), Sawda fue la esposa del Mensajero de Allah. Algunos años después, cedió su turno a Aisha (que Allah esté complacido con ella) (Rahmatul lil-Alamin, tomo 2, p. 165; Talqihul Fuhum, p. 6).

La paciencia y la perseverancia de los compañeros que abrazaron el islam en los primeros tiempos

Incluso en aquellos tiempos de terrible adversidad, ¿cómo pudieron los musulmanes mantenerse firmes e inquebrantables? Al reflexionar sobre ello, hasta las personas de carácter fuerte se quedan asombradas. Ante una persecución tan despiadada, los musulmanes demostraron paciencia y perseverancia; al leer los relatos de aquella opresión y persecución, el cuerpo y el espíritu se estremecen. ¿Cuál era esa fuerza fascinante que les permitió permanecer tan firmes? A continuación se ofrece brevemente una explicación al respecto.

1. La belleza de la fe

La primera y más importante razón era la fe en Allah y el conocimiento correcto de Él. La belleza y dulzura de la fe permanecen firmes incluso después de chocar contra una montaña. Quien posee una fe así de sólida y fuerte no concede a ninguna persecución u opresión más importancia que a la espuma que flota sobre el mar. Por eso, el siervo creyente no presta atención a ninguna calamidad ni obstáculo ante la dulzura y el encanto de la fe.

Allah, el Altísimo, dice: «Lo que es basura se desecha, mientras que lo que beneficia a la gente permanece en la tierra» (17:13).

2. Un liderazgo atractivo

El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— era el líder más grande de la comunidad islámica, y más aún, de toda la humanidad. Al contemplar su belleza física, su perfección mental, su carácter digno de elogio, su magnífica personalidad, sus refinados hábitos y su diligencia, surgía espontáneamente el deseo de amarlo y de entregarle todo el corazón. Todas las cualidades que las personas aprecian profundamente se encontraban en él en tal abundancia que nadie más había recibido tantas reunidas en una sola persona. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— ocupaba la posición más elevada en dignidad, excelencia, nobleza y belleza de carácter. Poseía en tal grado cualidades como el perdón, la honradez, la integridad, la veracidad y la paciencia, entre otras, que ni siquiera sus enemigos dudaron jamás de su singularidad y superioridad. Cuando pronunciaba una palabra, incluso sus enemigos sabían que era verdad y que necesariamente se cumpliría. Diversos acontecimientos lo demuestran.

En cierta ocasión, tres hombres de Quraysh se reunieron. Cada uno de ellos había escuchado en secreto la recitación del Corán, pero ninguno había revelado aquello a los demás. Abu Yahl era uno de ellos. Uno de los otros dos le preguntó a Abu Yahl: «Dime, ¿qué opinas de todo lo que has escuchado de Muhammad?». Abu Yahl respondió: «¿Qué he escuchado? La cuestión es que nosotros y los Banū ʿAbd Manāf competíamos entre nosotros en nobleza y dignidad. Cuando ellos alimentaban a los pobres, nosotros también lo hacíamos; cuando daban limosnas, nosotros también las dábamos. Ellos y nosotros éramos rivales, como dos competidores en una carrera de caballos. En esa situación, los ʿAbd Manāf comenzaron a decir: “Entre nosotros hay un profeta al que le llega la revelación desde el cielo”. ¿Cómo podríamos recibir nosotros una revelación semejante? ¡Por Dios!, jamás creeré en ese hombre ni reconoceré que es veraz» (Ibn Hisham, tomo 1, p. 216).

Ya se ha relatado anteriormente que un día los idólatras insultaron al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—; lo hicieron tres veces consecutivas. La tercera vez, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se detuvo y dijo: «¡Oh, Quraysh! He venido a vosotros con animales sacrificados». Al oír esto, los incrédulos comenzaron a intentar complacer al Mensajero de Allah con palabras amables. También se ha mencionado anteriormente que, mientras el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— estaba postrado, varios incrédulos colocaron las entrañas de un camello sobre su cuello. Al terminar la oración, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— invocó una maldición contra quienes habían cometido semejante acto. Al oír aquella maldición, la sonrisa desapareció de los rostros de los incrédulos y quedaron sumidos en una profunda preocupación, pues sabían con certeza que esta vez no escaparían.

También se ha mencionado que, después de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, maldijera a Utayba, hijo de Abu Lahab, este comprendió que no escaparía a las consecuencias. Durante un viaje a Siria, al ver un león, dijo: «¡Por Allah! Muhammad me ha matado desde La Meca».

En el caso de Ubayy ibn Jalaf se relata que este hombre amenazaba repetidamente con matar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. En respuesta a tales amenazas, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le dijo una vez: «No, sino que seré yo quien te mate, si Allah quiere». Después, en la batalla de Uhud, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, tomó una lanza de la mano de otro compañero y la arrojó contra Ubayy, causándole una herida leve cerca del cuello. Más tarde, Ubayy repetía: «Muhammad me había dicho en La Meca: “Te mataré”. Incluso si me hubiera escupido, habría muerto» (Ibn Hisham, tomo 2, pág. 84). Su relato detallado se mencionará más adelante.

En cierta ocasión, Sa‘d ibn Mu‘adh le dijo en La Meca a Umayya ibn Jalaf: «He oído al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, decir que los musulmanes te matarán». Al oír esto, Umayya se asustó muchísimo; ese temor siempre estuvo presente en él, y juraba que nunca saldría de La Meca. Cuando, debido a la insistencia de Abu Yahl, decidió participar en la batalla de Badr, compró el camello más veloz, para poder regresar rápidamente si sospechaba algún peligro. Al partir hacia la batalla, su esposa le dijo: «Abu Safuán, ¿has olvidado lo que dijo tu hermano yathribí?». Umayya respondió: «No lo he olvidado; solo iré con ellos una corta distancia» (Sahih al-Bujari, tomo 2, pág. 563).

Tal era la situación de los enemigos del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. En cuanto a sus compañeros y discípulos, estaban entregados de todo corazón al amado Profeta. El amor de los compañeros por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, era tan intenso como la corriente de agua de un manantial de montaña; así como el hierro es atraído por el imán, los compañeros se sentían atraídos del mismo modo por el Mensajero de Allah.

El poeta dice: «Su rostro era la esencia de todos los cuerpos humanos; su existencia era como un imán para cada corazón».

Precisamente por este amor y esta entrega, los nobles compañeros no podían soportar que alguien siquiera arañara al Mensajero de Allah o que una espina se clavara en su pie; a cambio de ello, estaban dispuestos incluso a que les cortaran la cabeza.

En cierta ocasión, el malvado Utba ibn Rabia golpeó brutalmente a Abu Bakr al-Siddiq, que Allah esté complacido con él, y le dejó el rostro cubierto de sangre. En cierto momento de la feroz paliza, perdió el conocimiento. Al enterarse, los miembros de su clan, Banu Taym, lo envolvieron en una tela y lo llevaron a su casa. Todos habían perdido la esperanza de que sobreviviera. Al final del día recobró el conocimiento y lo primero que preguntó fue: «¿Cómo está el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz?». Al oír esto, los miembros de Banu Taym que estaban presentes expresaron su disgusto. Al marcharse, dijeron a la madre de Abu Bakr: «Vea si puede darle algo de comer». Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, preguntó a su madre, Umm al-Jayr, por el Mensajero de Allah. Ella respondió: «No lo sé, hijo mío». Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, dijo: «Madre, ve a ver a Umm Yamil bint Jattab y tráeme noticias del Mensajero de Allah». Umm al-Jayr fue a ver a Umm Yamil y le dijo: «Abu Bakr quiere preguntarte por Muhammad ibn Abd Allah». Umm Yamil respondió: «No conozco a Abu Bakr ni conozco a Muhammad ibn Abd Allah; sin embargo, si quieres, puedo ir a ver a Bakr». Umm al-Jayr llevó a Umm Yamil junto a su hijo. Al ver el estado de Abu Bakr, Umm Yamil gritó y dijo: «Quienes de tu pueblo te han dejado en este estado son, sin duda, malvados e incrédulos. Espero que Allah, el Altísimo, se vengue de ellos en tu nombre». Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, preguntó por el Mensajero de Allah. Umm Yamil hizo una señal hacia Umm al-Jayr. Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, dijo: «No hay ningún problema». Umm Yamil respondió: «Está bien y se encuentra en la casa de Ibn al-Arqam». Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, dijo: «Juro que no comeré ni beberé nada hasta que me llevéis ante el Mensajero de Allah». Umm al-Jayr y Umm Yamil esperaron. Cuando, después del anochecer, disminuyó el tránsito de personas y la oscuridad se hizo más profunda, Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, se presentó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, apoyándose en los hombros de su madre, Umm al-Jayr, y de Umm Yamil (Al-Bidaya wa al-Nihaya, tomo 3, pág. 30).

Otros hechos asombrosos de amor y entrega se han mencionado en diversos lugares del libro, especialmente en el relato de la batalla de Uhud y en el episodio de Zubayr, que Allah esté complacido con él.

Tres. Conciencia del deber

Los nobles Compañeros sabían perfectamente que no había forma de eludir las responsabilidades encomendadas a los seres humanos de barro, por difíciles que fueran, pues las consecuencias de ignorarlas serían aún más terribles y toda la humanidad sufriría las consecuencias; en comparación con ese perjuicio, estas injusticias, opresiones, peligros y calamidades carecían de importancia.

Cuatro. La fe en el Más Allá

La fe en la vida del Ajirah o del Más Allá los motivaba a ser estrictamente moderados y pacientes en el cumplimiento de las responsabilidades mencionadas. Los nobles Compañeros mantenían una convicción firme e inquebrantable de que un día tendrían que comparecer ante Allah, el Señor de los mundos, y allí rendir cuentas de todas sus obras, grandes y pequeñas; después serían admitidos en el Paraíso lleno de bendiciones o en el Infierno repleto de terribles castigos. Impulsados por esta fe, los nobles Compañeros vivían llenos de esperanza y temor: esperaban la misericordia de Allah, su amado Señor, y temían Su castigo. Allah, el Altísimo, describe así su estado en el Sagrado Corán: «Lo que hacen, lo hacen con el corazón temeroso, porque saben que han de retornar a su Señor».

También creían firmemente que todas las comodidades, placeres, bienestar, tristezas y sufrimientos de este mundo no valían, en comparación con el Más Allá, ni siquiera lo que vale el ala de un mosquito. Su convicción era tan firme e inquebrantable que, frente a ella, todas las desgracias, adversidades, amarguras, tristezas y sufrimientos mundanos les parecían insignificantes.

Cinco. Una situación cada vez más difícil

En los versículos del Corán que iban revelándose gradualmente se exponían de manera atractiva las enseñanzas y los ideales fundamentales del islam. En ellos se fortalecían aún más, ante la humanidad, la vitalidad y la firmeza de la fe de la sociedad islámica, la más honorable y distinguida. Allah, el Altísimo, presentaba diversos ejemplos y enseñaba a los musulmanes la sabiduría y las estrategias, como dice Allah, el Altísimo: «¿Acaso pensáis que entraréis en el Paraíso sin que os haya sucedido lo mismo que a quienes os precedieron? Ellos fueron afligidos por la pobreza y la adversidad, y fueron estremecidos hasta tal punto que el Mensajero y los creyentes que estaban con él exclamaron: “¿Cuándo llegará el auxilio de Allah?”. Ciertamente, el auxilio de Allah está cerca» (214, 2).

Allah, el Altísimo, también dice: «Alif Lam Mim. ¿Acaso piensan las personas que se les dejará tranquilos por decir: “Hemos creído”, sin ser puestos a prueba? Ya pusimos a prueba a quienes les precedieron. Allah ciertamente pondrá de manifiesto quiénes son sinceros y quiénes son mentirosos» (1-3, 29).

Al mismo tiempo, estaban siendo reveladas aleyas que daban respuestas contundentes a las diversas preguntas de los incrédulos politeístas, de modo que ninguna de sus excusas podía sostenerse. Se les había dicho claramente que, si persistían en su extravío y obstinación, el desenlace sería terrible. Como ejemplo, se presentaron acontecimientos y ejemplos históricos de pueblos anteriores, mediante los cuales se expuso la norma de Allah respecto al Mensajero de Allah y los incrédulos; asimismo, se habló de misericordia y perdón, y se indicó el camino recto. Todo esto se dijo para que los incrédulos se apartaran de su extravío y perdición.

En realidad, el Sagrado Corán llevó a los musulmanes a recorrer un mundo diferente y les presentó ejemplos extraordinarios, para que no desfallecieran y para que ningún obstáculo o adversidad pudiera apartarlos del camino de alcanzar la complacencia de Allah.

En estas aleyas también se comunicaron a los musulmanes palabras que les permitían recibir la buena nueva del Paraíso, lleno de misericordia y bendiciones de Allah. En cambio, la imagen de los incrédulos fue presentada de tal manera que supieran que serían llevados ante Allah para el juicio; no tendrían ningún mérito por sus obras en la vida mundana, sino que serían arrastrados y arrojados al Infierno, y se les diría: «Ahora probad el sabor del Infierno para siempre».

Seis. La paciencia firme

Además de todo esto, los musulmanes sabían, no solo desde el comienzo de la persecución, sino incluso desde antes, que aceptar el islam no significaba tener que soportar sufrimientos y penalidades eternamente. Al contrario, el mensaje fundamental de la invitación al islam era poner fin a la época de la ignorancia y desarraigar toda forma de opresión, persecución y sistemas basados en el maltrato. Uno de los objetivos de la invitación al islam era también que los musulmanes extendieran su influencia por la tierra y obtuvieran una victoria política que permitiera guiar a toda la humanidad por el camino de la voluntad y la complacencia de Allah, liberando a las personas de la servidumbre de otras personas para introducirlas en la servidumbre de Allah.

Estas buenas nuevas del Noble Corán eran reveladas unas veces de forma indirecta y otras explícitamente. Por un lado, la situación era tal que, aunque la tierra era vasta, se volvía estrecha para los musulmanes; apenas podían mantenerse, mientras un grupo de personas permanecía constantemente activo tratando de expulsarlos por completo. Por otro lado, se revelaban aleyas para fortalecer la fuerza, el valor y la moral de los musulmanes, en las que se narraban acontecimientos de tiempos antiguos: en épocas anteriores se había negado a los profetas y también se los había sometido a persecución y opresión. La imagen trazada en esas aleyas guardaba un parecido exacto con la situación de los musulmanes y los incrédulos de La Meca. Finalmente, se mencionó cómo, en el pasado, los incrédulos fueron destruidos y los siervos virtuosos de Allah fueron convertidos en herederos de Su tierra. Al final, los incrédulos de La Meca fracasarían y serían derrotados, mientras que los musulmanes y la invitación al islam alcanzarían el éxito. En ese momento también fueron reveladas aleyas en las que se mencionaba claramente la buena nueva de la victoria de los creyentes. Así dice Allah, el Señor de los mundos: «Ya ha sido decretada previamente Mi palabra respecto a Mis siervos enviados: ciertamente, ellos serán auxiliados y Mi ejército será victorioso. Así pues, apártate de ellos por un tiempo, obsérvalos y pronto verán».

«¿Acaso desean apresurar Mi castigo? Cuando el castigo descienda sobre sus moradas, el castigo de los que fueron advertidos será terrible y abominable» (171, 177, 37).

Allah, exaltado sea, también dice: «Ese grupo será pronto derrotado y dará la espalda» (45, 54).

En tal caso, este ejército de numerosas facciones también será ciertamente derrotado (11, 38).

Respecto a quienes emigraron a Abisinia, Allah Todopoderoso dice:

A quienes emigraron por la causa de Allah después de haber sido perseguidos, ciertamente les concederé en este mundo una excelente morada, y la recompensa de la Otra Vida es aún mejor. ¡Si tan solo lo supieran! (42:16).

Después de que los incrédulos preguntaron al Mensajero de Allah por la historia del profeta José, Allah Todopoderoso dijo: «Hay signos para quienes preguntan» (7:12). Es decir, hoy los habitantes de La Meca preguntan por la historia del profeta José y fracasarán del mismo modo que fracasaron los hermanos de José. Su destino será como el de los hermanos de José. Por ello, los habitantes de La Meca deberían aprender de la historia del profeta José y sus hermanos, y comprender cuál es el destino de los opresores. En otro pasaje, al hablar de los profetas, Allah Todopoderoso dice que los incrédulos dijeron a sus mensajeros: «Sin duda os expulsaremos de nuestra tierra, o tendréis que volver a nuestra religión». Entonces su Señor reveló a los mensajeros: «Ciertamente destruiré a los injustos» (13-14, 14).

Cuando la guerra ardía entre Persia y Roma, los incrédulos deseaban que los persas vencieran, mientras que los musulmanes deseaban que vencieran los romanos, porque estos afirmaban creer en Allah Todopoderoso, en los profetas, en la revelación y en los Libros celestiales. Cuando parecía probable que los persas triunfarían, Allah anunció la buena nueva de que, después de unos pocos años, los romanos vencerían. No solo se dio esta buena nueva, sino que Allah Todopoderoso también anunció que, en el momento de la victoria romana, ayudaría especialmente a los creyentes. Estos se alegrarían con esa ayuda. Allah Todopoderoso dice: «Y ese día los creyentes se regocijarán por la ayuda de Allah» (45:30). Más tarde, la victoria y el éxito de los musulmanes en la batalla de Badr demostraron la veracidad de la palabra de Allah.

Además de los anuncios del Corán, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, también anunciaba a los musulmanes buenas nuevas de este tipo en distintas ocasiones. Durante la peregrinación, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, proclamaba su condición de profeta ante la gente en los mercados de Ukaz, Majanna y Dhul-Majaz: «¡Oh, gente! Decid que no hay ninguna divinidad excepto Allah; con ello prosperaréis. Gracias a ello seréis los reyes de Arabia y los demás se someterán a vosotros, y después de la muerte también seréis reyes dentro del Paraíso» (Yami‘ at-Tirmidhi).

Ya se ha mencionado anteriormente que, cuando Utba ibn Rabia intentaba tentar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, con los placeres, lujos y riquezas mundanos, y él le respondió recitándole algunos versículos de la sura Fussilat, Utba predijo entonces que, al final, serían los musulmanes quienes triunfarían.

Ya se ha mencionado anteriormente la respuesta que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dio cuando la última delegación de los coraichíes fue a visitar a Abu Talib. Allí también dijo con plena firmeza: «Creed en la unicidad de Allah; gracias a ello, toda Arabia quedará sometida a vosotros y estableceréis vuestro dominio incluso sobre los no árabes».

Hazrat Jabbab ibn al-Aratt (que Allah esté complacido con él) relata: «Una vez me presenté ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Estaba recostado a la sombra de la Kaaba, usando una capa como almohada. En aquel tiempo sufríamos persecución y humillación a manos de los politeístas. Dije: “¡Oh, Mensajero de Allah!, ¿no podrías suplicar a Allah?”. Al oír esto, se incorporó; su rostro se enrojeció y dijo: “En tiempos anteriores, los creyentes llegaron a sufrir que les arrancaran la carne con peines de hierro, hasta quedarles solamente los huesos. Sin embargo, ni siquiera semejante persecución pudo apartarlos de su fe en la religión de Allah”. Luego dijo: “Allah llevará esta religión a su plenitud. Un jinete viajará desde Saná hasta Hadramaut sin temer a nadie salvo a Allah; aunque sí persistirá el temor del lobo para las ovejas” (Sahih al-Bujari, tomo I, pág. 543).

En otra narración también se menciona: «Pero vosotros os apresuráis» (Sahih al-Bujari, tomo I, pág. 51).

Debe recordarse que estas buenas nuevas no eran ningún asunto secreto; eran de conocimiento general. Tanto los musulmanes como los incrédulos y los infieles conocían estas cosas. Cada vez que Aswad ibn al-Muttalib y sus amigos veían a los nobles compañeros del Profeta, se decían entre sí: “El rey del mundo entero ha llegado a vosotros; muy pronto derrotarán a Cosroes y a César”. Mientras pronunciaban estas palabras, silbaban y aplaudían (Fiqh as-Sirah, pág. 82).

En resumen, todos los abusos, injusticias, persecuciones y tormentos infligidos en aquella época a los nobles compañeros eran insignificantes frente a su certeza de alcanzar el Paraíso y a las buenas nuevas recibidas. Los nobles compañeros consideraban esas persecuciones como un fragmento de nube que desaparecería con una sola ráfaga de viento.

Además, los compañeros proporcionaban regularmente alimento espiritual a los creyentes, ofreciéndoles una comprensión clara de la madurez de su fe; mediante la enseñanza del Corán, procuraban su purificación interior. La formación islámica, el fortalecimiento espiritual, la limpieza mental y la enseñanza de la belleza moral elevaban la determinación de los compañeros. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, convertía las débiles chispas de fe de sus compañeros en llamas radiantes; los sacaba de la oscuridad y los conducía hacia la luz de la guía. Como resultado, sus conocimientos religiosos y su fe se desarrollaron muchas veces más. Abandonando la esclavitud de las pasiones, avanzaban por el camino de obtener la complacencia de Allah; se esforzaban por alcanzar el deseo de ser moradores del Paraíso, por adquirir conocimiento y por realizar un examen de conciencia. Por estas razones, la persecución y los tormentos de los politeístas no creyentes no pudieron apartarlos del camino de su objetivo. Permanecieron firmes e inquebrantables en la paciencia y la perseverancia, y cada uno de ellos se convirtió en un modelo resplandeciente para toda la humanidad.

Tercera etapa: La predicación del islam fuera de La Meca

El Mensajero de Allah en Taif

Al comienzo del décimo año de la profecía —Maulana Najibabadi ofrece información detallada al respecto en la primera parte de Tarikh-e Islam, página 122; en mi opinión, esta es la fecha correcta—, hacia finales de mayo o comienzos de junio del año 619 de la era cristiana, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió hacia Taif. Taif se encuentra a sesenta millas de La Meca. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recorrió a pie la distancia de ciento veinte millas correspondiente al viaje de ida y vuelta. Lo acompañaba su esclavo liberto Zayd ibn Hariza (que Allah esté complacido con él). Por el camino hacia Taif, predicaba el islam, pero nadie aceptó su invitación. Al llegar a Taif, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, acudió ante tres jefes de la tribu de Saqif. Eran hermanos entre sí y se llamaban Abd Yalil, Masud y Habib. Su padre se llamaba Amr ibn Umayr al-Zaqafi. Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó ante ellos, los invitó a obedecer a Allah y a ayudar al islam. En respuesta, uno de ellos dijo en tono burlón: “Que rasgue las cortinas de la Kaaba y lo demuestre, si Allah lo ha hecho Mensajero”. (En la lengua urdu, esta expresión equivale a decir: “Si eres profeta, que Allah me destruya”. Con ello se quería decir que era imposible que alguien como tú fuera profeta, del mismo modo que es imposible atacar la Kaaba.)

Otro dijo: «¿Acaso Allah no encontró a nadie más que a ti?». El tercero dijo: «No quiero hablar contigo en absoluto, porque si eres un profeta, sería peligroso para mí rechazar tus palabras; y si estás inventando mentiras en nombre de Allah, tampoco debería hablar contigo». Al oír esto, el Mensajero de Allah se levantó y dijo: «Si estáis haciendo lo que hacéis, mantenedlo en secreto».

El Mensajero de Allah permaneció diez días en Taif. Durante ese tiempo visitó a todos sus dirigentes, es decir, a los jefes de las tribus, e invitó a cada uno de ellos a la religión. Pero todos dijeron lo mismo: «Sal de nuestra ciudad». No se limitaron a decir eso, sino que incitaron a unos muchachos revoltosos. Cuando él regresaba, aquellos muchachos malvados lo siguieron; insultaban al Mensajero de Allah, aplaudían y armaban alboroto. En poco tiempo se reunieron tantos muchachos y hombres malvados que formaron filas a ambos lados del camino. Luego comenzaron a insultarlo y a arrojarle piedras, hasta que sus dos pies sangraron y sus sandalias se llenaron de sangre. Mientras tanto, Zayd ibn Hariza lo protegía como un escudo, por lo que las piedras lanzadas le golpeaban a él y le causaron varias heridas en la cabeza. Entre gritos y alboroto, los malvados siguieron al Mensajero de Allah, hasta que finalmente buscó refugio en un huerto de Utba, Shayba y Rabi’a, de La Meca. Este huerto estaba a tres millas de Taif. Después de que el Mensajero de Allah se refugiara allí, los malvados se retiraron. Él se sentó a la sombra de una vid, apoyado contra una pared. Cuando se hubo calmado un poco, hizo la súplica célebre como la súplica de los afligidos. Cada palabra de esta súplica muestra cuánto sufría el Mensajero de Allah por el maltrato de los habitantes de Taif y por el hecho de que ni una sola persona hubiera creído; muestra cuán profunda era su tristeza y su dolor. En ella dijo: «¡Oh Allah! A Ti me quejo de mi debilidad, mi impotencia y mi falta de valor ante la gente. ¡Oh Misericordioso, Dador generoso! Tú eres el Señor de los débiles y eres también mi Señor. ¿A quién me has confiado? ¿Me has confiado a un extraño que me tratará con rudeza, o a un enemigo al que has dado poder sobre mis asuntos? Si no estás enfadado conmigo, no me importa ni me aflige nada. Haz que Tu perdón sea amplio y abundante para mí. Busco refugio en la luz de Tu esencia, por medio de la cual se disipan las tinieblas y todo se llena de luz. Todos los asuntos de este mundo y del Más Allá están en Tus manos. Puedes hacer descender sobre mí una maldición o destruirme; aun así, busco Tu complacencia. Todo poder y toda fuerza pertenecen únicamente a Ti; nadie posee poder alguno salvo con Tu fuerza».

Los hijos de Rabi’a, al ver la situación del Mensajero de Allah, sintieron compasión por él; al recordar el parentesco cercano, sus corazones se enternecieron. Pusieron un racimo de uvas en manos de su esclavo cristiano, Addas, y le dijeron: «Llévaselo a ese hombre». Después de que el esclavo Addas entregara el racimo de uvas al Mensajero de Allah, este comenzó a comer diciendo: «Bismillah».

Addas dijo: «La gente de este lugar no suele decir palabras como estas al comer». El Mensajero de Allah le dijo: «¿De dónde eres? ¿Cuál es tu religión?». Él respondió: «Mi hogar está en Nínive y soy cristiano». El Mensajero de Allah dijo: «Eres de la tierra del virtuoso siervo Yusuf». Addas preguntó: «¿Cómo conoces a Yusuf?». El Mensajero de Allah respondió: «Era mi hermano; era un profeta y yo soy un profeta». Al oír esto, Addas se inclinó ante el Mensajero de Allah y besó su cabeza, sus manos y sus pies.

Al ver esto, los dos hijos de Rabi’a se decían entre sí: «Este hombre ha trastornado ahora la mente de nuestros esclavos». Cuando Addas regresó junto a sus amos, ellos le preguntaron: «¿Qué ocurre?». Addas respondió: «En mi opinión, no hay en la Tierra ningún hombre mejor que él. Me ha dicho algo que nadie, salvo un profeta, podría conocer». Los hijos de Rabi’a le dijeron: «Mira, Addas, que este hombre no te aparte de tu fe; tu religión es mejor que la religión de este hombre».

Después de permanecer allí algún tiempo, el Profeta salió del huerto y emprendió el camino hacia La Meca. Se encontraba mentalmente abatido. Cuando llegó a un lugar llamado Mana’il, por orden de Allah vino el ángel Yibril, acompañado por los ángeles de las montañas. Habían venido a pedir permiso al Mensajero de Allah para que, si él lo ordenaba, aplastaran a sus habitantes entre las dos montañas.

El relato de este acontecimiento aparece narrado en Sahih al-Bujari por Aisha. Ella dijo: «Un día pregunté al Mensajero de Allah: “¿Has vivido algún día más duro que el día de Uhud?”. El Mensajero de Allah respondió: “Entre las calamidades que he sufrido por parte de tu pueblo, el día más terrible fue el de Taif. Había llevado la invitación al islam a los hijos de Abd Yalil ibn Abd Kulal, pero no aceptaron mi invitación. Sumido en la tristeza, el dolor y la desesperación, llegué a Qarn al-Tha’alib y allí respiré aliviado. Entonces levanté la cabeza y vi un fragmento de nube sobre mí. Al mirar atentamente, vi allí al ángel Yibril. Me dijo: ‘Allah ha escuchado todo lo que tu pueblo te ha dicho y te ha enviado a los ángeles de las montañas’. Después, los ángeles de las montañas me llamaron, me saludaron y dijeron: ‘¡Oh Mensajero de Allah! Sí, esto es cierto. Si quieres, los aplastaremos entre las dos montañas’”. Aquí, en Sahih al-Bujari, se emplea la palabra al-Ajshabayn, utilizada para referirse a las dos montañas famosas de La Meca, Abu Qubays y Qayqa’an. Estas dos montañas están una frente a la otra, al norte y al sur de la Kaaba; en aquella época, los habitantes de La Meca vivían en la zona situada entre ambas».

El Profeta dijo: «No. Espero que Allah haga surgir de sus descendientes personas que adoren únicamente a Allah y no asocien a nadie con Él» (Sahih al-Bujari, Libro del comienzo de la creación, tomo 1, p. 458).

En esta respuesta del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se perciben su previsión, discernimiento, personalidad incomparable y elevada conciencia humanitaria. En suma, la ayuda invisible llegada desde el cielo tranquilizó su corazón. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— emprendió el camino hacia La Meca. Al llegar a un lugar llamado Wadi Nakhlah, se detuvo. Había dos lugares apropiados para alojarse allí: uno se llamaba al-Sayl al-Kabir y el otro, Jaymah. Ambos contaban con agua, belleza natural y abundante verdor. No se conoce con certeza en cuál de los dos lugares permaneció.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— pasó varios días en Nakhlah. Allí, Allah, el Señor de los mundos, le envió dos grupos de genios. Se hace mención de ellos en dos lugares del Sagrado Corán: la sura al-Ahqaf y la sura al-Jinn.

En la sura al-Ahqaf, Allah dice: «Recuerda cuando dirigimos hacia ti a un grupo de genios para que escucharan la recitación del Corán. Cuando se presentaron ante él, se dijeron unos a otros: “Guardad silencio y escuchad”. Cuando terminó la recitación del Corán, regresaron a su pueblo como amonestadores. Dijeron: “Hemos escuchado la recitación de un Libro que fue revelado después de Moisés; confirma los Libros anteriores y guía hacia la verdad y el camino recto. ¡Oh, pueblo nuestro! Responded al que os llama hacia Allah y creed en él. Allah os perdonará vuestros pecados y os protegerá de un castigo doloroso”» (46:29-31, 46).

En la sura al-Jinn, Allah dice: «Di: “Se me ha revelado que un grupo de genios escuchó atentamente y dijo: ‘Hemos escuchado una recitación maravillosa que guía al camino recto. Por ello hemos creído en ella y nunca asociaremos a nadie con nuestro Señor’”». Su relato continúa hasta el versículo quince de la sura al-Jinn.

Por el estilo de la narración de los versículos citados se entiende que, al principio, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— no sabía que los genios habían acudido; después de ser informado de ello mediante los versículos coránicos, el Mensajero de Allah tuvo conocimiento del asunto. Los versículos coránicos indican que aquella fue la primera visita de los genios. Según diversos hadices, sus visitas continuaron posteriormente.

La llegada de los genios y su aceptación del islam fueron, en realidad, una segunda ayuda procedente de Allah; él recibió esta ayuda de los tesoros de lo invisible. De otros versículos relacionados con este acontecimiento se comprende que Allah dio a Su amado Mensajero la buena nueva del éxito de la invitación al dīn y declaró claramente que ninguna fuerza de la tierra podría mantenerse como obstáculo en el camino del éxito y el avance de la invitación del islam. Allah dice: «Quien no responda al que llama hacia Allah no podrá frustrar el propósito de Allah en la tierra, ni tendrá protectores fuera de Él. Esos están en un extravío manifiesto» (46:32).

Allah relata las palabras de los incrédulos: «Hemos comprendido que no podremos dejar impotente a Allah en la tierra, ni podremos dejarlo impotente escapando» (72:12).

Ante esta ayuda y esta buena nueva, se disiparon la tristeza y el sufrimiento causados por el maltrato de Taif, así como las nubes oscuras del corazón. El Mensajero de Allah resolvió firmemente regresar a La Meca y continuar invitando al dīn con renovado entusiasmo y vigor. En ese momento, Zayd ibn Harithah —que Allah esté complacido con él— dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Cómo irás a La Meca, cuando sus habitantes te han expulsado de ella?». Él respondió: «¡Oh, Zayd! Allah encontrará una salida a la situación que ves. Sin duda, Allah ayudará a Su religión y concederá la victoria a Su Profeta».

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió de Najla y se alojó en la cueva de Hira, cerca de La Meca. Desde allí envió, por medio de un hombre de la tribu de Juzāʿa, un mensaje a Ajnas ibn Shuraik pidiéndole que le concediera protección. Ajnas se excusó diciendo: «Yo pertenezco al bando aliado; alguien del bando aliado no puede asumir la responsabilidad de conceder protección a nadie». Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió el mismo mensaje a Suhayl ibn Amr, pero este también se excusó diciendo: «La protección concedida por los Banu Amir no se aplica a los Banu Ka’b». Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió un mensaje a Mut’im ibn Adi. Mut’im dijo: «Sí, estoy de acuerdo». Luego se armó, reunió a sus hijos y a los miembros de su tribu y, cuando todos estuvieron reunidos, les dijo: «Id armados a la Kaaba, porque he concedido protección a Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz». Después, Mut’im envió un mensaje al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, diciéndole que entrara en La Meca. Al recibir el mensaje, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, entró en La Meca acompañado de Zayd. Mut’im ibn Adi, de pie sobre su montura, proclamó: «¡Oh, pueblo de Quraysh, escuchad! He concedido protección a Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz; que nadie vuelva a molestarlo». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, besó la Piedra Negra y realizó dos rakaas de oración. Después de la oración regresó a su casa. En ese momento, Mut’im ibn Adi y sus hijos, armados, rodearon al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y permanecieron con él hasta que regresó a su casa.

Se cuenta que, en aquel momento, Abu Yahl preguntó a Mut’im: «¿Solo le has concedido protección o también te has convertido en su seguidor, es decir, en musulmán?». Mut’im respondió: «Solo le he concedido protección».

Entonces Abu Yahl dijo: «A aquel a quien tú has concedido protección, también nosotros se la concedemos». (Relatos de este acontecimiento del viaje a Taif: Ibn Hisham, t. 1, pp. 422-429; Zad al-Ma’ad, t. 2, pp. 46-47; Rahmatul lil-Alamin, t. 1, pp. 71-74; Tarikh-e Islam Nazirabadi, t. 1, pp. 123-124).

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, nunca olvidó este favor de Mut’im ibn Adi. Después de la batalla de Badr, cuando los incrédulos de La Meca fueron llevados cautivos, el hijo de Mut’im, el honorable Hubayb —que Allah esté complacido con él—, se presentó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, para interceder por la liberación de algunos prisioneros. Él dijo: «Si Mut’im ibn Adi estuviera vivo hoy y intercediera ante mí por estos hombres malolientes, los liberaría a todos por consideración a él» (Sahih al-Bujari, t. 3, p. 573).

La invitación al islam dirigida a diversas tribus y personas

En el décimo año de la misión profética, durante el mes de Dhu al-Qi’dah, es decir, hacia finales de mayo o comienzos de junio del año 619 de la era cristiana, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a La Meca desde Taif. Allí comenzó, con renovado entusiasmo, a invitar al islam a distintas personas y tribus. Como era la temporada del hach, mucha gente acudía desde lugares cercanos y lejanos para realizarlo, a pie y montada. En ese momento, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, los invitaba al islam. Había estado realizando este tipo de invitación desde el cuarto año de su misión profética.

El imán al-Zuhri dice: «Las tribus a las que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, acudió para presentarles la invitación al islam fueron: Banu Amir ibn Sa’sa’a, Sa’sa’a Muharib ibn Khasfa, Fazara, Nasan, Mayra, Hanifa, Salim, Abs, Banu Nasr, Banu al-Baqa, Kilab, Harith ibn Ajara y Hazarima; pero ninguna aceptó el islam» (al-Tirmidhi, Mujtasar al-Sira, jeque Abdullah, p. 149).

La invitación al islam no fue dirigida a todas esas tribus mencionadas por el imán al-Zuhri una sola vez ni únicamente durante la temporada del hach de un año; por el contrario, se les presentó de diversas maneras y en distintos momentos, desde el cuarto año de la misión profética hasta la última temporada del hach anterior a la Hégira, es decir, durante diez años (Rahmatul lil-Alamin, t. 1, p. 74).

Ibn Ishaq invitó al islam a varias tribus y también mencionó sus respuestas. A continuación se presenta brevemente algo relacionado con ello.

1) Banu Kilab. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se dirigió a una rama de esta tribu, Banu Abd Allah, y los invitó a creer en Allah y en Su Mensajero. Durante la conversación les dijo: «¡Oh, Banu Abd Allah! Allah concedió a vuestro antepasado un nombre ilustre». Sin embargo, los miembros de esta tribu no aceptaron la invitación del Mensajero de Allah.

2) Banu Hanifa. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) fue a sus hogares y los invitó al islam, pero ningún árabe dio una respuesta como la que ellos dieron.

3) Amir ibn Sa’sa’a. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) también invitó a esta tribu al islam. En respuesta, un hombre de la tribu llamado Buhayrah ibn Firas dijo: «¡Por Allah! Si tuviera conmigo a un joven de Quraysh, devoraría a todos los árabes». Luego dijo: «Conteste una pregunta: si aceptamos su religión y usted vence a sus adversarios, ¿pasará entonces el liderazgo a nuestras manos?». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «La autoridad y el dominio están en manos de Allah; Él los concede donde quiere». Al oír esto, aquel hombre dijo: «¡Qué excelente respuesta! Nosotros ofreceríamos nuestro pecho como blanco para las flechas de los árabes con el fin de protegerlo, pero cuando Allah le conceda la victoria, la autoridad y el dominio quedarán en manos de otros. Eso no puede ser; no necesitamos su religión».

Después de que la tribu Banu Amir regresara a su territorio, una anciana se enteró de lo sucedido. Debido a su avanzada edad, no había podido acudir al Hayy. Al escuchar todo, se llevó ambas manos a la cabeza y dijo: «¡Habéis cometido un grave error, oh miembros de Banu Amir! ¿Acaso no hay forma de encontrar a ese hombre? ¡Por Aquel en cuya mano está mi vida! Ningún descendiente de Ismael puede afirmar falsamente ser profeta, ni lo ha hecho jamás. ¡Habéis perdido el juicio!». (Ibn Hisham, vol. 1, pp. 443-448).

La luz del islam fuera de La Meca

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) no solo invitó al islam a diversas tribus y delegaciones, sino también a muchas personas. Muchos de ellos respondieron favorablemente. Poco después de la temporada del Hayy, varias personas aceptaron el islam. A continuación se presenta un breve informe relacionado con ello:

1) Suwayd ibn Samit. Era poeta y poseía gran inteligencia y buen juicio. Era habitante de Yathrib. Debido a su inteligencia, su práctica de la poesía, su nobleza y su linaje, los miembros de su pueblo le habían otorgado el título de al-Kamil. Este hombre llegó a La Meca para realizar el Hayy o la Umrah. El Mensajero de Allah lo invitó al islam. Él dijo: «Quizá yo posea algo semejante a lo que usted posee». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) preguntó: «¿Qué posees?». Él respondió: «La sabiduría de Luqman». El Mensajero de Allah dijo: «Permíteme escucharla». Suwayd se la recitó. Entonces el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Estas palabras son buenas, pero lo que yo poseo es aún mejor. Poseo el Corán, que Allah me ha revelado. Es la luz de la guía». Después, el Mensajero de Allah le recitó al hombre algunos pasajes del Corán. Entonces aceptó el islam y dijo: «¡Qué magníficas palabras!». Aceptó el islam a comienzos del undécimo año de la profecía. Después de aceptar el islam, cuando Suwayd regresó a Medina, comenzó la batalla de Bu’ath, en la que murió como mártir. (Ibn Hisham, vol. 1, pp. 425-427; Rahmatul lil-Alamin, vol. 1, p. 74).

2) Iyas ibn Muadh. Este hombre era habitante de Yathrib y aún era joven. En el undécimo año de la profecía, poco antes de la batalla de Bu’ath, una delegación de los Aws llegó a La Meca con la esperanza de obtener ayuda de los quraysh contra los Khazray. Iyas también estaba con ellos. En aquel momento, el fuego de la enemistad ardía entre ambas tribus. Los Aws eran menos numerosos que los Khazray. Cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— oyó que aquella delegación había llegado, fue a encontrarse con ellos. Al acercarse, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— les dijo: «¿Estaríais dispuestos a aceptar algo mejor que aquello para lo que habéis venido a La Meca?». Ellos preguntaron: «¿Y qué es eso?». El Mensajero de Allah respondió: «Soy el Mensajero de Allah. Allah me ha enviado a Sus siervos para invitarlos a que adoren a Allah y no asocien a nadie con Él. Allah ha hecho descender sobre mí un Libro». Después mencionó el islam y recitó partes del Corán.

Iyas ibn Muadh dijo: «¡Oh, pueblo mío! La invitación que os ha hecho es mejor que aquello para lo que habéis venido aquí». Entonces uno de los miembros de la delegación, Abu al-Hayṣir Anas ibn Rafi, arrojó un puñado de paja al rostro de Iyas y dijo: «Deja esas palabras; por mi vida, hemos venido aquí con otro propósito». Después de eso, Iyas no volvió a decir nada y el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se marchó. Por otro lado, la delegación tampoco logró concertar un pacto de amistad y cooperación con los quraysh. Fracasaron y regresaron a Medina.

3) Abu Dharr al-Ghifari. Un hombre vivía en un lugar alejado de la ciudad. Abu Dharr había oído hablar de la aparición del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— por Suwayd ibn Samit y Iyas ibn Muadh; esta noticia fue la causa de su conversión al islam (así lo escribió Akbar Nadwi; véase Ta’rikh al-Islam, tomo 1, p. 128). La historia de su conversión al islam está relatada detalladamente en Sahih al-Bujari. Según la narración de Abdullah ibn Abbas —que Allah esté complacido con él—, Abu Dharr dijo: «Yo pertenecía a la tribu de Ghifar. Oí que había aparecido un hombre que afirmaba ser profeta. Al enterarme, envié a mi hermano a La Meca y le dije: “Ve a encontrarte con ese hombre”».

«Después tráeme noticias de él». Cuando mi hermano regresó de La Meca, le pregunté: «¿Qué noticias traes?». Él respondió: «¡Por Allah! He visto a un hombre que ordena hacer el bien y prohíbe hacer el mal». Le dije: «No me has traído noticias que me tranquilicen». Entonces tomé algunas provisiones y partí hacia La Meca. Cuando llegué allí, no pude reconocer al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, y tampoco me atreví a preguntar a nadie por él. Bebí agua de Zamzam y permanecí tendido en la Mezquita Sagrada. Alí —que Allah esté complacido con él— me vio y dijo: «Pareces un forastero». Respondí: «Sí». Él dijo: «Ven a mi casa». Fui con él; no me preguntó nada y yo tampoco dije nada.

Por la mañana volví a la Mezquita Sagrada, con la esperanza de preguntar por el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, pero nadie me dijo nada sobre él. Al anochecer, Alí —que Allah esté complacido con él— vino, me vio y dijo: «¿Este hombre todavía no ha encontrado su destino?». Respondí: «Sí, así es; todavía no lo he encontrado». Él dijo: «Ven conmigo». Después me preguntó: «¿Qué te ocurre? Dime, ¿por qué has venido a esta ciudad?». Respondí: «Si mantienes esto en secreto, puedo decírtelo». Él dijo: «De acuerdo». Entonces le dije: «He recibido la noticia de que aquí hay un hombre que afirma ser profeta. Después de enterarme, envié a mi hermano, pero no pudo traerme información detallada; por eso he venido personalmente». Alí —que Allah esté complacido con él— dijo: «Has llegado al lugar correcto. Ven conmigo. Yo entraré allí y tú entrarás conmigo. Si en el camino surge algo que te haga temer a causa de alguna persona, me acercaré a una tienda y fingiré que estoy arreglando mi sandalia; mientras tanto, tú seguirás caminando». Después Alí partió y yo partí con él. Finalmente, cuando entró en una casa, fui con él hasta el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y le dije: «Invítame al islam». El Mensajero de Allah me presentó el islam, y yo lo acepté y me convertí en musulmán. Entonces el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— me dijo: «¡Oh, Abu Dharr! Mantén en secreto tu conversión al islam y regresa a tu pueblo. Nosotros todavía no nos hemos manifestado públicamente; cuando oigas que lo hemos hecho, ven a reunirte con nosotros». Respondí: «Juro por Aquel que te ha enviado con la verdad que proclamaré públicamente mi conversión al islam ante los incrédulos». Después de decir esto, fui hasta la Kaaba. Los quraysh estaban allí, y les dije: «Doy testimonio de que Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— es el siervo y Mensajero de Allah».

Después de esta declaración, los quraysh comenzaron a decirse unos a otros: «¡Levantaos y dadle una lección a este apóstata!». Entonces me golpearon de tal manera que pensé que iba a morir. En ese momento llegó Abbas —que Allah esté complacido con él— y me salvó. Se inclinó un poco para mirarme y luego dijo a los quraysh: «Este hombre pertenece a la tribu de Ghifar, y vosotros pasáis por el territorio de esta tribu cuando vais a comerciar». Al oír esto, los quraysh politeístas me dejaron. Al día siguiente volví allí y ocurrió lo mismo. Esta vez también llegó Abbas —que Allah esté complacido con él— y me rescató (Sahih al-Bujari, capítulo «La historia de Zamzam», tomo 1, p. 499; capítulo «La conversión de Abu Dharr al islam», tomo 1, pp. 544-545).

4) Tufayl ibn Amr al-Dawsi. Este hombre era poeta, distinguido por su inteligencia y sensatez, y jefe de su tribu. Esta tribu ejercía autoridad sobre algunas regiones del Yemen. En el undécimo año de la profecía, cuando llegó a La Meca, los notables de la ciudad lo recibieron y se quejaron ante él del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Dijeron: «Este hombre nos ha sumido en una situación complicada y ha dividido nuestra unidad. Sus palabras tienen una influencia semejante a la magia: han provocado discordia entre hermanos, entre maridos y esposas, y entre padres e hijos. Tememos que, así como nosotros hemos caído en esta desgracia, tú también caigas en ella. Por eso te pedimos que no hables con este hombre en absoluto».

Hazrat Tufayl (que Dios esté complacido con él) relata: Los politeístas de Quraysh intentaron convencerme de muchas maneras. En cierto momento decidí no hablar con el Mensajero de Dios ni escuchar ninguna de sus palabras. Por la mañana, después de dirigirme a la Mezquita Sagrada, me puse algodón en los oídos para no oír nada del Mensajero de Dios. Pero Dios Altísimo había decidido hacerme escuchar algunas palabras de Su Mensajero, Muhammad, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Entonces escuché algunas palabras buenas y me dije: «Soy una persona dotada de razón y entendimiento, un poeta famoso; nada bueno ni malo puede permanecer oculto para mí. ¿Por qué no habría de escuchar sus buenas palabras? Si son aceptables, las aceptaré; y si son malas, no las aceptaré». Pensando esto, permanecí en silencio. Cuando el Mensajero de Dios comenzó a regresar a su casa, lo seguí. Él entró en su casa y yo entré también. Entonces le conté lo que la gente me había advertido acerca de él y que, como precaución, me había puesto algodón en los oídos. Después le dije: «Dígame lo mismo que suele decir a todos». El Mensajero de Dios me invitó al islam y me recitó el Corán. Acepté el islam inmediatamente. ¡Por Dios!, nunca antes había escuchado palabras mejores que aquellas. Allí mismo acepté el islam y di testimonio de la verdad. Entonces el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, suplicó por mí.

La señal que se le concedió a Hazrat Tufayl (que Dios esté complacido con él) fue que, cuando se aproximó a su pueblo, su rostro comenzó a resplandecer como la luz de una lámpara. Él dijo: «¡Oh, Dios!, traslada esta luz a otro lugar; de lo contrario, me criticarán acusándome de que mi rostro se ha desfigurado». Entonces aquella luz fue trasladada al bastón que llevaba en la mano. Hazrat Tufayl (que Dios esté complacido con él) invitó al islam a su padre y a su esposa, y ambos aceptaron el islam. Sin embargo, la gente de su pueblo tardó en aceptar el islam, aunque Hazrat Tufayl (que Dios esté complacido con él) continuó esforzándose sin cesar. Cuando emigró, después de la batalla de la Trinchera (Sahih al-Bujari, capítulo «El relato de Zamzam», vol. 1, p. 499; capítulo «La conversión de Abu Dharr al islam», vol. 1, pp. 544-545), lo acompañaban setenta u ochenta familias de su pueblo. Hazrat Tufayl (que Dios esté complacido con él) desempeñó un papel importante en la propagación del islam. Murió como mártir en la batalla de Yamama (Mishkat al-Masabih).

5) Jammad al-Azdi. Este hombre era originario del Yemen y pertenecía a la tribu de Azd Shanუ’a. Practicaba la recitación de fórmulas de curación y la expulsión de genios y espíritus. Al llegar a La Meca, oyó decir a sus necios habitantes que Muhammad, que Dios lo bendiga y le conceda paz, estaba loco. Fue al Mensajero de Dios con la intención de que quizá pudiera curarse por medio de él. Al encontrarse con el Mensajero de Dios, le dijo: «Sé practicar fórmulas de curación. ¿Necesita usted que lo haga?». El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, respondió: «Ciertamente, toda alabanza pertenece a Dios. Lo alabo y a Él solo pido ayuda. A quien Dios guía, nadie puede extraviarlo; y a quien Dios extravía, nadie puede guiarlo. Doy testimonio de que no hay divinidad excepto Dios; Él es Uno y Único, y no tiene asociado. También doy testimonio de que Muhammad, que Dios lo bendiga y le conceda paz, es Su siervo y Su Mensajero».

Entonces Jammad le dijo al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz: «Repítame sus palabras». El Mensajero de Dios se las repitió tres veces. Jammad dijo: «He escuchado las palabras de magos y adivinos, pero nunca había oído palabras como las que usted ha pronunciado. Según sus palabras, parecen brotar de las profundidades insondables del mar. Extienda su mano; aceptaré el islam estrechando su mano». Después de esto, Jammad al-Azdi aceptó el islam (Sahih Muslim, Mishkat al-Masabih, vol. 2, p. 525).

Seis hombres virtuosos de Medina

En el undécimo año de la profecía, es decir, en julio del año 620 de la era cristiana, durante la temporada del peregrinaje, la invitación al islam comenzó a expandirse eficazmente. En ese momento, aquella invitación se convirtió en un árbol majestuoso, y bajo la sombra de su espeso follaje los musulmanes se liberaron de años de opresión y persecución. Para librarse de la conspiración que los habitantes de La Meca habían iniciado para negar al Mensajero de Dios y apartar a la gente del camino de Dios, el Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, recurrió a una estrategia. Durante ese período acudía de noche a diversas tribus y las invitaba al islam; por eso los politeístas de La Meca no pudieron obstaculizar su camino.

En una etapa de esta estrategia, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, salió una noche acompañado de Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (que Dios esté complacido con él) y Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él), y fue a las casas de miembros de las tribus Banu Yuhal y Banu Shayban ibn Tha’laba, fuera de La Meca, para invitarlos al islam. Ellos respondieron con palabras alentadoras, pero no dieron una respuesta concreta respecto a aceptar el islam. En aquella ocasión tuvo lugar un interesante intercambio sobre genealogía entre Hazrat Abu Bakr al-Siddiq y un miembro de la tribu Banu Yuhal; ambos eran expertos en genealogía (Sahih al-Bujari, capítulo «El relato de Zamzam», vol. 1, p. 499; capítulo «La conversión de Abu Dharr al islam», vol. 1, pp. 544-545).

Después, mientras el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, atravesaba la zona montañosa de Mina, oyó a varias personas conversando (Rahmatul lil-Alamin, vol. 1, p. 84). Se dirigió directamente hacia ellos. Eran seis jóvenes de Medina, relacionados con la tribu de Jazray. Sus nombres y datos eran los siguientes:

1. As’ad ibn Zurarah                     Banu Najjar

2. Awf ibn Harith ibn Rifa’a (Ibn Afra)         Banu Najjar

3. Rafi ibn Malik ibn Ajlan               Banu Zurayq

4. Qutbah ibn Amir ibn Hadidah                   Banu Salamah

5. Uqbah ibn Amir ibn Nabi                Banu Haram ibn Ka’b

6. Harith ibn Abdullah ibn Ri’ab                 Banu Ubayd ibn Ghanam

Estos jóvenes solían escuchar de los judíos de Medina, sus adversarios, que en aquella época aparecería un profeta; también habían oído que aparecería de repente (Zad al-Ma’ad, t. 2, p. 50; Ibn Salam, t. 1, pp. 429-541).

Al acercarse al Mensajero de Allah, él les preguntó quiénes eran. Ellos respondieron: «Somos miembros de la tribu de Jazray». El Mensajero de Allah dijo: «¿Los adversarios de los judíos?». Ellos respondieron: «Sí». El Mensajero de Allah dijo: «Sentaos un momento; quiero deciros algo». Ellos se sentaron y el Mensajero de Allah les habló del Din. Los seis jóvenes se dijeron entre sí: «Este parece ser el profeta del que los judíos nos amenazan». «Debemos asegurarnos de que los judíos no logren imponerse sobre nosotros». Después, aquellos seis jóvenes afortunados aceptaron la invitación del Mensajero de Allah y abrazaron el Islam.

Estos seis eran hombres sensatos de Medina. Poco antes, había tenido lugar una guerra en Medina y el humo de aquella batalla aún no se había disipado; esa guerra los había dejado completamente destrozados. Por ello, esperaban razonablemente que la invitación del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pusiera fin a la guerra. Dijeron: «Hemos dejado a nuestro pueblo en una situación tal que no parece haber una hostilidad semejante entre ningún otro pueblo rodeado de enemigos. Esperamos que Allah, por medio de usted, cree entre ellos un vínculo de amistad. Al regresar a Medina, los invitaremos a seguir la religión que usted predica. También los invitaremos a aceptar la religión que hemos recibido de usted. Si Allah los une por medio de usted, no habrá nadie más honorable que usted».

Al regresar a Medina, estos seis nuevos musulmanes llevaron consigo la invitación al islam. A través de ellos, la llegada del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y la invitación a la religión se difundieron de casa en casa por toda Medina (Ibn Hisham, tomo 1, pp. 428-443).

Matrimonio con Aisha (que Allah esté complacido con ella)

Ese mismo año, es decir, en el mes de Shawwal del undécimo año de la profecía, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, contrajo matrimonio con Aisha as-Siddiqah (que Allah esté complacido con ella). Aisha tenía entonces apenas seis años. En el mes de Shawwal del año anterior a la hégira, Aisha (que Allah esté complacido con ella) pasó a vivir en la casa de su esposo; en aquel momento tenía nueve años (Talqih al-Hukam, p. 10; Sahih al-Bujari, tomo 1, p. 557).

El acontecimiento del Mi‘ray

El éxito de la invitación y la predicación del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, y la persecución y los tormentos infligidos a sus seguidores del islam se encontraban en una etapa intermedia. La luz de las estrellas titilaba en el lejano horizonte cuando ocurrió el misterioso acontecimiento del Mi‘ray. ¿Cuándo tuvo lugar este Mi‘ray? Existen diversas opiniones entre los autores de biografías del Profeta al respecto, por ejemplo:

1) Al-Tabarani afirmó que tuvo lugar en el mismo año en que el Profeta, Señor de los Mensajeros, recibió la profecía.

2) El imán an-Nawawi y el imán al-Qurtubi escribieron que tuvo lugar cinco años después del inicio de la profecía.

Tres) Dieciséis meses antes de la Hégira, es decir, cinco años después del comienzo de la profecía.

Cuatro) En el décimo año de la profecía, el día 27 de Rayab; Allama Mansurpuri adoptó esta opinión.

Cinco) Un año y dos meses antes de la Hégira, es decir, en el mes de Muharram del decimotercer año de la profecía.

Seis) Un año antes de la Hégira, es decir, en el mes de Rabi al-Awwal del decimotercer año de la profecía.

De las opiniones mencionadas, pueden aceptarse como correctas tres. La honorable Jadiya (que Allah esté complacido con ella) falleció antes de que se hicieran obligatorias las cinco oraciones diarias, y todos están de acuerdo en que estas fueron establecidas durante la noche del Mi‘ray. Esto significa que la muerte de la honorable Jadiya ocurrió antes del Mi‘ray. Se sabe que falleció en el mes de Ramadán del décimo año de la profecía; por tanto, el acontecimiento del Mi‘ray tuvo lugar después de ello, no antes. No se ha encontrado ninguna prueba que permita dar preferencia a una de estas tres últimas opiniones sobre las demás. A continuación mencionaremos los relatos relacionados con este asunto transmitidos en el Corán y los hadices (Zad al-Ma‘ad, tomo 2, pág. 49).

Ibn Qayyim escribió que, según el relato auténtico, se sabe que el Profeta, Señor de los Mensajeros, fue llevado corporalmente sobre Buraq, acompañado por el honorable Yibril (la paz sea con él), desde la Mezquita Sagrada hasta Bayt al-Maqdis. Allí, el Noble Profeta hizo una pausa en su viaje y ató a Buraq a un poste junto a la puerta de la mezquita, y dirigió la oración como imán de todos los profetas.

Esa misma noche fue llevado de Bayt al-Maqdis al primer cielo. El honorable Yibril (la paz sea con él) abrió la puerta, y allí el Noble Profeta vio al honorable Adán (la paz sea con él) y lo saludó. El honorable Adán le dio la bienvenida, respondió a su saludo y reconoció su condición profética. En ese momento, Allah Todopoderoso mostró al Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) las almas de los virtuosos a la derecha del honorable Adán (la paz sea con él) y las de los pecadores a su izquierda. Después ascendió al segundo cielo, cuya puerta fue abierta. Allí el Noble Profeta vio al honorable Yahya ibn Zakariya y al honorable Isa ibn Maryam (la paz sea con ambos), los saludó, y ellos respondieron a su saludo y reconocieron su condición profética. Después, el Noble Profeta ascendió al cuarto cielo, donde vio al honorable Idris (la paz sea con él) y lo saludó; este le respondió, lo felicitó y reconoció su condición profética.

Después fue llevado al quinto cielo, donde vio al honorable Harun (la paz sea con él) y lo saludó. Él respondió a su saludo, lo felicitó y reconoció su condición profética.

Después, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) fue llevado al sexto cielo, donde se encontró con el honorable Moisés (la paz sea con él). Él lo saludó; el honorable Moisés le dio la bienvenida y reconoció su condición profética. El Profeta de los mensajeros continuó avanzando. En ese momento, el honorable Moisés comenzó a llorar. Cuando le preguntaron la razón, respondió: «Un profeta que apareció después de mí llevará al Paraíso a más miembros de su comunidad que los que pertenecen a mi comunidad».

Después, el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) fue llevado al séptimo cielo. Allí se encontró con el honorable Abraham (la paz sea con él); lo saludó, y este le respondió, le dio la enhorabuena y reconoció su condición profética.

Entonces, el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) fue llevado a Sidrat al-Muntaha. Llegó tan cerca de Allah que entre ambos había una distancia de dos arcos o menos. En ese momento, Allah, exaltado sea, le concedió todo lo que debía concederle, le reveló lo que quiso y prescribió cincuenta oraciones diarias. Al encontrarse con el honorable Moisés (la paz sea con él) durante el regreso, este le preguntó: «¿Qué te ha ordenado Allah, exaltado sea, hacer?». El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «Me ha ordenado realizar cincuenta oraciones diarias». El honorable Moisés dijo: «Tu comunidad no tiene fuerza para realizar tantas oraciones. Regresa ante Allah y pídele que reduzca el número de oraciones». El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) miró hacia el honorable Gabriel (la paz sea con él), quien le hizo una señal. Entonces regresó y pidió que se redujera el número de oraciones. Al volver a encontrarse con el honorable Moisés durante el regreso, este le preguntó: «¿Qué orden llevas de parte de Allah?». El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) le habló de cuarenta y cinco oraciones diarias. El honorable Moisés dijo: «Regresa». Así, después de regresar repetidamente y reducir el número de oraciones, este llegó finalmente a cinco. El honorable Moisés consideró excesivas incluso estas cinco oraciones diarias y le pidió que regresara para solicitar una nueva reducción. El honorable Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Siento una gran vergüenza; ya no quiero regresar. Me someto a esta orden de Allah». Después de avanzar cierta distancia durante el regreso, se oyó una voz: «He establecido Mi obligación y la he reducido para Mis siervos» (Zad al-Ma‘ad, tomo 2, pp. 47-48).

El sabio Ibn al-Qayyim sostuvo una opinión diferente al respecto. Planteó la pregunta de si el Profeta había visto a Allah, exaltado sea. El imán Ibn Taymiyyah escribió que no se ha encontrado ninguna prueba de que lo viera con los ojos, y que ningún compañero narró tal cosa. En cuanto a lo que se menciona de Abdullah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él), acerca de verlo con los ojos y con el corazón, la primera narración no contradice la segunda. La cercanía y el acercamiento mencionados por el imán Ibn al-Qayyim corresponden a un momento distinto del de la Ascensión. En la sura An-Najm se menciona la cercanía del honorable Gabriel (la paz sea con él), y eso es lo que narró Aisha (que Allah esté complacido con ella). En cambio, respecto a la cercanía mencionada en el hadiz de la Ascensión, la explicación es que se trata de la cercanía de Allah. La sura An-Najm no ofrece una exposición extensa sobre este asunto; más bien, allí se afirma que el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) vio por segunda vez a quien había visto cerca de Sidrat al-Muntaha, y ese era Gabriel (la paz sea con él). El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) vio al honorable Gabriel en su verdadera apariencia dos veces: una vez en la tierra y otra cerca de Sidrat al-Muntaha (Zad al-Ma‘ad, tomo 2, pp. 47-48; Sahih al-Bujari, tomo 1, pp. 50, 455, 456, 470, 471, 481, 548, 549, 550; tomo 2, p. 684; Muslim, tomo 1, pp. 91, 91, 93).

También en ese momento tuvo lugar el acontecimiento de la apertura del pecho —shaq al-sadr o shaq al-sina— del amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Durante este viaje le mostraron varias cosas: le ofrecieron leche y vino, y él escogió la leche. Al ver esto, el honorable Gabriel (la paz sea con él) dijo: «Se te ha mostrado el resultado de la fitrah, la naturaleza innata. Si hubieras aceptado el vino, tu comunidad se habría extraviado».

El Mensajero de Allah vio cuatro ríos: cuatro visibles y cuatro ocultos. Los ríos visibles eran el Nilo y el Éufrates. Su significado probablemente sea que su misión profética se extendería por las regiones fértiles del Nilo y del Éufrates; es decir, que sus habitantes se harían musulmanes generación tras generación. Esto no significa que las fuentes de agua de estos dos ríos se encuentren en el Paraíso.

Vio a Malik, el guardián del Infierno. No sonreía, y en su rostro no había ninguna señal de alegría. También le fueron mostrados al Mensajero de Allah el Paraíso y el Infierno.

Al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) también le fue mostrada la condición de quienes usurpan injustamente los bienes de los huérfanos. Sus labios eran como los labios de los camellos; introducían en sus bocas brasas semejantes a trozos de piedra, y esas brasas salían por sus partes traseras.

El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) también vio a los usureros. Tenían los labios tan grandes que no podían moverlos; mientras llevaban a los seguidores del Faraón al Infierno, estos pisoteaban a los usureros.

También vio a los adúlteros. Delante de ellos había carne fresca y carne podrida y maloliente; sin embargo, dejaban la carne fresca y comían la podrida.

También vio a las mujeres que, pese a tener marido, habían concebido en su vientre el hijo de otro hombre. El amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) observó que los pechos de aquellas mujeres habían sido atravesados con grandes estacas y las habían dejado suspendidas en el aire.

Vio una caravana de La Meca. Uno de los camellos de la caravana se había escapado y les indicó dónde encontrarlo. Había agua en un recipiente cubierto y bebió de ella mientras todos los incrédulos dormían. A la mañana siguiente a la noche del Mi‘ray, este relato se convirtió en una prueba de la veracidad de su afirmación (véase Ibn Hisham, vol. 1, pp. 39, 402 y 406; véase también la explicación de la sura Bani Isra’il en las obras de exégesis). Les informó de que la caravana regresaría en determinado momento y también describió el camello que se había escapado de la caravana y se dirigía hacia La Meca. Más tarde, todo lo que había relatado resultó ser cierto; pero, a pesar de todo ello, el odio de los incrédulos aumentó aún más y se negaron a aceptar sus palabras (Zad al-Ma‘ad, vol. 1, p. 48; véanse también Sahih al-Bujari, vol. 2, p. 684; Sahih Muslim, vol. 1, p. 96; e Ibn Hisham, vol. 1, pp. 402-403).

Se dice que fue entonces cuando el Profeta otorgó a Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él) el título de al-Siddiq, porque, mientras todos los demás habían negado aquello, él creyó todo cuanto se había relatado (Ibn Hisham, vol. 1, p. 699).

Allah Altísimo ha mencionado en el Corán el relato del Mi‘ray.

Esta es la práctica de Allah con respecto a los profetas. Allah Altísimo dice: «Y así mostramos a Abraham el dominio de los cielos y de la tierra, para que fuera de los que tienen certeza».

Allah Altísimo le dijo al profeta Moisés (la paz sea con él): «Entonces te mostraré algunos de Mis grandes signos».

El propósito de mostrarles estas cosas es que puedan creer. Allah Todopoderoso también ha declarado que, al contemplar directamente los signos de Allah, la fe de los profetas se fortalece aún más. Por ello, al invitar a la gente al camino de Allah, pueden soportar sufrimientos, dificultades, torturas y opresiones de tal magnitud que nadie más podría soportarlos. A sus ojos, todas las fuerzas del mundo terrenal parecen insignificantes; por eso no temen a ninguna fuerza. En los grandes libros de la sharía se han tratado detalladamente los pormenores del acontecimiento del Mi‘ray y sus verdaderos misterios. Aquí se mencionan algunos de los principales asuntos.

Cabe señalar aquí que Allah Todopoderoso, después de mencionar el acontecimiento del Mi‘ray en una sola aleya del Corán, describió las malas acciones de los judíos. Luego les informó que este Corán guía hacia el camino recto y correcto. A los lectores del Corán podría parecerles que ambas afirmaciones no están relacionadas, pero en realidad sí lo están. Mediante su forma de expresarse, Allah Todopoderoso indicó que, a partir de entonces, los judíos serían apartados del puesto de liderazgo de la humanidad, pues habían cometido crímenes tan horribles que ya no eran dignos de ejercer el liderazgo. Por consiguiente, esta responsabilidad y honor serían conferidos desde entonces al Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, y ambos centros de la audaz invitación serían puestos bajo su control. En otras palabras, el liderazgo espiritual sería transferido de una comunidad a otra: el liderazgo sería arrebatado a una comunidad cuya historia estaba manchada por la injusticia, la opresión y la traición, y entregado a una comunidad por medio de la cual brotarían manantiales de bondad. El profeta de esta comunidad recibió el Noble Corán mediante la revelación, y el Corán ha otorgado a la humanidad la guía más completa.

Pero ¿cómo se alcanzaría la culminación de este liderazgo? El Profeta del islam recorría las montañas de La Meca, yendo de un lugar a otro para hablar con la gente. Esta es una cuestión. Esta cuestión ha descubierto el velo que cubría otra verdad: la invitación del islam estaba a punto de superar una etapa y entrar en otra. Esta nueva etapa sería diferente de la anterior. Por eso se observa que en algunas aleyas se advierte claramente a los politeístas y se les amenaza severamente. Allah Todopoderoso dice: «Cuando queremos destruir una ciudad, ordenamos a sus personas acomodadas que obren rectamente, pero ellos cometen actos inmorales en ella; entonces se justifica el castigo contra ellos y la destruimos por completo» (sura de Los Hijos de Israel, aleya 16).

Allah Todopoderoso también dice en esta sura: «¡Cuántas generaciones humanas destruí después de Noé! Tu Señor basta como conocedor y observador de los pecados de Sus siervos» (sura de Los Hijos de Israel, aleya 17).

Junto a estas aleyas, también hay otras en las que se presenta el esquema de la futura sociedad islámica de los musulmanes. Ellos establecerán su hogar en una tierra donde todo estará en sus propias manos. Las aleyas mencionadas indican que el Mensajero de Allah pronto encontraría un lugar seguro donde la religión del islam se propagaría y se expandiría debidamente.

En el misterioso acontecimiento del Mi‘ray hay aspectos directamente relacionados con el tema que tratamos; por ello es necesario describirlos. Hemos llegado a la conclusión de que el acontecimiento del Mi‘ray tuvo lugar quizá algún tiempo antes del primer Bay‘at de al-‘Aqaba, o bien entre el primer y el segundo Bay‘at de al-‘Aqaba. Allah Todopoderoso sabe mejor todas las cosas.

El primer Bay‘at de al-‘Aqaba

Ya se ha mencionado que, durante la temporada del Hayy del décimo año de la misión profética, seis hombres de Yathrib aceptaron el islam. Prometieron al Mensajero de Allah que regresarían a su pueblo y transmitirían el mensaje de la misión profética del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. (A una garganta estrecha se la llama ‘Aqaba. En el camino de La Meca a Mina hay que atravesar, en el lado occidental de Mina, un estrecho paso montañoso. Este paso es famoso con el nombre de ‘Aqaba. Como la jamra a la que se lanzan piedras el día diez de Dhul-Hiyya se encuentra en la cabecera de este paso, se la llama Jamrat al-‘Aqaba. Su segundo nombre es Jamrat al-Kubra. Las otras dos jamras se encuentran algo más al este de este lugar, en la llanura de Mina, y las tres jamras están situadas hacia el este. Por ello, la concentración de gente se mantiene siempre en esa dirección; después del lanzamiento de las piedras, ya no circula gente por allí. Por eso, el pacto que realizó el Noble Profeta, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, se denomina Bay‘at de al-‘Aqaba. Actualmente, allí se ha construido una carretera amplia excavando la montaña.)

Como resultado, en la siguiente temporada del Hayy acudieron trece personas ante el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Entre ellas, aparte de Yábir ibn Abd Allah, había otros cinco que también habían acudido el año anterior. Los nombres y la identificación de los siete restantes, aparte de estos, son los siguientes:

1. Mu‘adh ibn al-Harith ibn Afra, Banu Nayyar, Jázray

2. Dhakwan ibn Abd al-Qays, Banu Zurayq, Jázray

3. Ubadah ibn al-Samit, Banu Ghanam, Jázray

4. Yazid ibn Tha‘labah, aliado de Banu Ghanam, Jázray

5. Abbas ibn Ubadah ibn Nadlah, Banu Salim, Jázray

6. Abu al-Haytham ibn al-Tayyihan, Banu Abd al-Ashhal, Aws

7. Uwaym ibn Sa‘idah, Banu Amir ibn Awf, Aws

Los dos últimos de ellos pertenecían a Aws, y todos los demás pertenecían a la tribu de los Jazray (Rahmatul lil-Alamin, tomo 1, p. 85; Ibn Hisham, tomo 1, pp. 431-433).

Todos ellos prestaron juramento de lealtad al Mensajero de Allah cerca de Aqaba, en Mina, respecto de varios asuntos. Más tarde, después del tratado de Hudaybiyyah y durante la conquista de La Meca, se tomó juramento de lealtad a las mujeres sobre estos mismos asuntos. El relato de este juramento de Aqaba aparece en Sahih al-Bujari, transmitido por Ubada ibn Samit. Él dijo que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Venid a prestarme juramento de que no asociaréis a nadie con Allah, no robaréis, no cometeréis adulterio, no mataréis a vuestros hijos, no atribuiréis falsamente a nadie una acusación inventada, me obedeceréis en lo bueno y no desobedeceréis en ningún asunto. Quien cumpla todo esto tendrá su recompensa junto a Allah; y quien incumpla alguna de estas cosas, si es castigado por esa desobediencia, su castigo será una expiación por su pecado. Pero si alguien desobedece y Allah oculta su pecado, su asunto quedará a voluntad de Allah: si quiere, lo castigará, y si quiere, lo perdonará».

Ubada dijo: «Prestamos juramento de lealtad al Mensajero de Allah sobre todos estos asuntos» (al-Bujari, tomo 1, pp. 550-551).

El enviado del Mensajero a Medina y su extraordinario éxito

El juramento de lealtad terminó, y también concluyó la peregrinación. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a Medina, junto con aquellas personas, a su primer enviado. El objetivo de enviarlo era enseñar el islam a los musulmanes e invitar a la religión a quienes aún no habían aceptado el islam. Por ello, el Mensajero de Allah envió a Medina al joven Mus’ab ibn Umayr al-Abdari (que Allah esté complacido con él), uno de los primeros en aceptar el islam.

El honorable Mus’ab ibn Umayr (que Allah esté complacido con él) llegó a Medina y se alojó en la casa del honorable As’ad ibn Zurara (que Allah esté complacido con él). Después, ambos comenzaron con entusiasmo a invitar al islam a los habitantes de Medina. En aquel tiempo, Mus’ab recibió el título de Muqri, que significa maestro o instructor.

Existe un acontecimiento asombroso relacionado con su éxito en la propagación de la religión. As’ad ibn Zurara y Mus’ab se sentaron en un jardín, junto a un estanque llamado Marq, y varios musulmanes se reunieron con ellos. Sa’d ibn Mu’adh y Usayd ibn Hudayr eran los jefes de la tribu de Banu Abd al-Ashhal; todavía no habían aceptado el islam. Cuando se enteraron de la llegada de aquellos musulmanes recién convertidos, Sa’d dijo al otro jefe, Usayd ibn Hudayr: «Ve y averigua qué sucede. Diles: “¿Acaso queréis embaucar a nuestra gente débil, apartarla de su religión y se os prohíbe venir a nuestro barrio?”. As’ad ibn Zurara es mi primo materno; por eso te envío a ti, pues de lo contrario iría yo mismo».

Usayd tomó su lanza y se dirigió hacia ambos. Al verlo acercarse, As’ad dijo a Mus’ab: «Se acerca a ti uno de los jefes del pueblo; ruega en tu interior que Allah tenga misericordia de él». Mus’ab dijo: «Si se sienta, hablaré con él». Cuando Usayd llegó, se enfureció y dijo: «¿Por qué habéis venido a nuestra zona? ¿Acaso queréis embaucar a nuestra gente débil? Si apreciáis vuestra vida, marchaos». Mus’ab dijo: «Siéntese con nosotros y escuche unas palabras. Si le agradan, acéptelas; y si no, no las acepte». Usayd dijo: «Lo que dices es razonable». Luego clavó su lanza en el suelo y se sentó. El honorable Mus’ab (que Allah esté complacido con él) comenzó a hablarle del islam y recitó el Corán. Más tarde dijo: «Antes de que Usayd pronunciara una sola palabra, ya había observado en su rostro el resplandor del islam». Después de escuchar todo, Usayd dijo: «Vuestras palabras son excelentes. ¿Cómo iniciáis a alguien en el islam?». Mus’ab respondió: «Debes bañarte, ponerte ropa limpia, dar testimonio de la kalima tayyiba y realizar dos rak’at de oración». Usayd hizo todo aquello y luego dijo: «En nuestra tribu hay otro jefe. Si él acepta el islam, nadie de nuestra tribu quedará fuera. Voy a enviarlo ahora mismo a vosotros».

Después, Hazrat Usaid fue con su lanza hasta Saad ibn Muadh. Al verlo, Saad dijo: «Este hombre ha regresado con un rostro distinto del que tenía cuando se fue». Saad le preguntó a Usaid: «¿Qué has hecho?». Usaid respondió: «Hablé con ellos, pero no encontré nada objetable. Sin embargo, les prohibí continuar, y dijeron: “Haremos lo que ustedes quieran”. He oído que los miembros de la tribu de Banu Hariza quieren matar a Asad ibn Zurarah. La razón es que él es tu primo materno; quieren romper el pacto que hicieron contigo». Al oír esto, Saad, enfurecido, se dirigió hacia ellos con la lanza en la mano. Al llegar, vio que ambos estaban sentados tranquilamente. Comprendió que Usaid había querido que él hablara con los dos forasteros. Saad se acercó a ellos y les dijo con rudeza: «¿Quieren engañar a nuestros débiles?». Entonces Asad le dijo a Saad: «¡Por Dios, oh Abu Anas! Si no existiera un vínculo de parentesco entre tú y yo, no podrías comportarte así. Han venido a nuestra tierra y están haciendo algo que no nos agrada».

Hazrat Asad ya le había dicho a Hazrat Musab que se acercaba un hombre que era un líder influyente de su tribu; si escuchaba sus palabras, nadie de su pueblo quedaría atrás. Por eso, Hazrat Musab le dijo a Hazrat Saad: «Siéntate y escucha unas palabras; si no te agradan, no tienes que aceptarlas». Hazrat Saad respondió: «Está bien». Dicho esto, clavó su lanza en el suelo y se sentó. Hazrat Musab le presentó el mensaje del islam y recitó el Corán. Más tarde, Hazrat Musab dijo: «Antes de que Saad hablara, ya había observado en su rostro el resplandor del islam». Saad preguntó: «¿Qué hacen después de aceptar el islam?». Musab respondió: «Báñate, ponte ropa limpia, da testimonio de la profesión de fe y luego realiza dos ciclos de oración». Saad ibn Muadh hizo entonces todo eso.

Después de completar las formalidades iniciales de su conversión al islam, Hazrat Saad regresó junto a los miembros de su tribu. Ellos dijeron: «Parece que has regresado con un rostro diferente». Hazrat Saad preguntó: «¿Qué clase de hombre creen que soy, oh Banu Abd al-Ashhal?». Todos respondieron: «Eres nuestro líder y el más sensato y juicioso de todos». Saad ibn Muadh dijo: «Entonces escuchen: mientras no crean en Allah, el Señor de los mundos, y en Su amado Mensajero, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, me será ilícito hablar con ustedes». Antes del atardecer, todos los hombres y mujeres de la tribu habían aceptado el islam. En ese momento, un hombre llamado Usairim aún no había creído. Aceptó el islam el día de la batalla de Uhud, participó en ella y murió como mártir. No llegó a realizar ninguna oración. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo acerca de él: «Con pocas obras obtuvo una recompensa muy grande».

Hazrat Musab y Hazrat Asad ibn Zurarah realizaron la labor de invitar al islam y difundirlo mientras permanecían en la casa de este último. Gracias a esta invitación, varios hombres y mujeres de cada familia de los ansar aceptaron el islam. Antes de la llegada de la siguiente temporada del hach, Hazrat Musab ibn Umair —que Allah esté complacido con él— se presentó en La Meca ante el Mensajero de Allah con la buena noticia del éxito. Expuso ante el amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— información detallada sobre la situación de las tribus de Yathrib, sus estrategias de guerra y defensa, así como sus demás capacidades (Ibn Hisham, vol. 1, p. 435; vol. 2, p. 90; Zad al-Maad, vol. 2, p. 51).

La segunda promesa de Aqaba

En el decimotercer año de la profecía, en junio del año 622 d. C., setenta musulmanes llegaron a La Meca desde Medina para realizar el hach. Llegaron a La Meca junto con los peregrinos politeístas de su propio pueblo. Mientras aún estaban en Medina o durante el trayecto hacia La Meca, se dijeron unos a otros: «¿Hasta cuándo dejaremos al amado Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— en esta situación tan penosa en La Meca?». También hablaron de las adversidades a las que se enfrentaba en La Meca.

Después de llegar a La Meca, se pusieron en contacto secretamente con el amado Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, y se decidió que ambos grupos se reunirían en la primera Jamrah, es decir, en el paso de Jamrat al-Aqaba, en Mina, el día 12 de Dhul-Hiyya, a mediados de los Ayyam al-Tashriq (se llama Ayyam al-Tashriq a los días 11, 12 y 13 del mes de Dhul-Hiyya), para mantener conversaciones secretas en la oscuridad de la noche.

Esta reunión cambió el curso de la historia en el conflicto entre el islam y la idolatría. A continuación se presenta el relato de aquella reunión narrado por un líder de los ansar.

Hazrat Kaab ibn Malik (que Dios esté complacido con él) dijo: «Habíamos partido para realizar el hajj. El amado Profeta fijó un momento para hablar con nosotros en Aqaba, durante los días de tashriq. Finalmente llegó la noche señalada para la conversación. Consultamos con nuestro respetado líder, Abdullah ibn Haram, y le dijimos: “Oh, Abu Yabir, usted es uno de nuestros respetados líderes. Queremos sacarlo de su situación actual; deseamos que se libre del fuego del Infierno para toda la eternidad”. Después lo invitamos al islam y le informamos de lo que habíamos acordado hablar con el amado Profeta, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Él aceptó el islam y fue con nosotros a Aqaba. Fue nombrado naqib». (Ibn Hisham, tomo I, pág. 440).

Hazrat Kaab (que Dios esté complacido con él), al relatar detalladamente el acontecimiento, dijo: «Aquella noche nos acostamos en nuestras tiendas como de costumbre. Después de que transcurrió un tercio de la noche, nos reunimos con el Mensajero de Dios en el lugar previamente acordado. Así como un gorrión sale sigilosamente de su nido, nosotros también salimos de las tiendas de la misma manera. Finalmente nos reunimos en Aqaba. Éramos 75 en total: 73 hombres y 2 mujeres. Las dos mujeres eran Umm Ammara Násiba bint Kaab, de la tribu de Banu Mazin ibn Nayyar, y Umm Mani Asma bint Amr, de la tribu de Banu Salama».

Todos llegamos al valle y esperábamos al amado Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Al cabo de un rato llegó acompañado de su tío Abbas ibn Abd al-Muttalib. Aunque todavía no había aceptado el islam, deseaba el bien de su sobrino. Él fue quien inició la conversación. (Ibn Hisham, tomo I, pág. 440).

Explicación de la delicadeza de la situación

Comenzó la conferencia y se inició la conversación para concretar el apoyo religioso y militar. Abbas, tío del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, habló primero. Quería poner de relieve, a la luz de la situación, la responsabilidad que estaba a punto de ser encomendada. Dirigiéndose a quienes iban a asumir aquella gran responsabilidad, dijo: «Conocéis el valor y la dignidad de Muhammad Mustafa. Hemos mantenido a Muhammad alejado de quienes, entre nuestro pueblo, no apoyan la fe que él ha instaurado. En su propia ciudad, entre los suyos, se encuentra seguro. Ahora quiere ir con vosotros y vivir entre vosotros. Si podéis garantizar su seguridad y protegerlo de los ataques de la parte adversaria, no hay nada más que decir; vosotros sabéis mejor qué responsabilidad habéis asumido. Pero si pensáis abandonarlo, marchaos ahora mismo, pues él está perfectamente seguro en su propia ciudad, entre los suyos, y aquí también goza de honor».

Hazrat Kaab (que Dios esté complacido con él) dijo: «Le dijimos a Hazrat Abbas: “Hemos escuchado sus palabras. Oh, Mensajero de Dios, ahora hable usted; tome de nosotros el compromiso que desee para usted y para su Señor”». (Ibn Hisham, tomo I, págs. 441-442).

El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, comenzó a hablar. Primero recitó el Corán e invitó a la gente hacia Dios; después tuvo lugar el juramento de fidelidad,

Los términos del juramento de fidelidad

El imán Ahmad relató detalladamente el acontecimiento de la bay’a basándose en el relato de Yáber (que Allah esté complacido con él). Yáber (que Allah esté complacido con él) dijo: «Preguntamos: “¡Oh, Mensajero de Allah!, ¿sobre qué asuntos te prestaremos la bay’a?”. Él respondió: “Sobre los siguientes asuntos”».

1. Escucharéis y obedeceréis mis palabras en toda circunstancia, favorable o desfavorable.

2. Gastaréis vuestra riqueza tanto en la prosperidad como en la adversidad.

3. Ordenaréis hacer el bien y prohibiréis hacer el mal.

4. Os levantaréis por la causa de Allah y no retrocederéis por temor a las amenazas de nadie con respecto a Allah.

5. Después de que vayáis con vosotros, me ayudaréis y me protegeréis del mismo modo que protegéis vuestras propias vidas y a vuestros hijos; por ello tendréis el Paraíso (el imán Ahmad ibn Hanbal lo relató con una cadena de transmisión hasan; el imán al-Hakim e Ibn Hibban lo declararon sahih. Véase Ibn Hisham, tomo I).

Ibn Ishaq menciona el relato de Ka’b únicamente en el quinto punto. Allí se dice que el amado Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), invitando hacia Allah mediante la recitación del Corán e insistiendo en el islam, dijo: «Tomo de vosotros la bay’a con la condición de que me protegeréis con aquello con lo que protegéis a vuestros hijos». Al oír esto, Ka’b ibn Ma’rur tomó la mano del amado Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y dijo: «Sí, por Aquel que os envió como profeta verdadero, ciertamente os protegeremos con aquello con lo que protegemos a nuestros hijos. Así pues, ¡oh, Mensajero de Allah!, acepta nuestra bay’a. ¡Por Dios!, somos hijos de la guerra —es decir, nacimos bajo la sombra de la guerra—; las armas son nuestros juguetes, y esta situación se mantiene desde la época de nuestros antepasados».

Ka’b dijo que, mientras hablaba con el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), Abu al-Haytham ibn al-Tayyihan dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él)! Tenemos un pacto con los judíos; cortaremos sus lazos, romperemos nuestra relación con ellos. Después, cuando Allah os conceda la victoria, ¿no nos abandonaréis para regresar con vuestra propia gente?»

Al oír esto, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) sonrió levemente y dijo: «No, eso no será así. Vuestra sangre es mi sangre y vuestra destrucción se considerará mi destrucción. Yo soy de vosotros y vosotros sois de mí. Combatiré a aquellos contra quienes combatáis, y estableceré la paz con aquellos con quienes establezcáis la paz».

Relato de las circunstancias peligrosas de la bay’a

Después de una discusión detallada sobre las condiciones de la bay’a, los presentes quisieron prestar juramento de fidelidad al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). En ese momento, dos musulmanes se pusieron de pie. Habían aceptado el islam durante la temporada del Hayy, a mediados del undécimo año de la profecía y antes del duodécimo. Querían explicar y analizar detenidamente sus responsabilidades, sus deberes y las circunstancias. Deseaban exponer adecuadamente todos los aspectos del asunto antes de prestar la bay’a. Querían saber y comprender hasta qué punto la gente de su pueblo estaba preparada para sacrificarse.

Ibn Ishaq escribió: Después de que la gente se reuniera para prestar la bay’a, Abbas ibn Ubada ibn Nadla dijo: «Sin duda sabéis sobre qué asunto le estáis prestando juramento de fidelidad». Todos respondieron: «Sí, lo sabemos». Abbas dijo: «Le estáis prestando juramento para combatir contra los pueblos negros y rojos. Si pensáis que, cuando se hayan gastado vuestras riquezas y hayan sido asesinados vuestros dirigentes, lo abandonaréis, abandonadlo ahora mismo. Pues abandonarlo en soledad después de llevároslo sería una deshonra para vosotros en este mundo y en el Más Allá. Pero si pensáis que, aun después de sacrificar vuestras riquezas y de que sean asesinados vuestros dirigentes, cumpliréis la promesa que le habéis hecho y seguiréis el camino al que se os llama, entonces lleváoslo. ¡Por Allah!, en ello están el bien y la prosperidad de este mundo y del Más Allá» (Ibn Hisham, tomo I, pág. 442).

Después de estas palabras, todos preguntaron al unísono: «Sacrificaremos nuestras riquezas y asumiremos el riesgo de que sean asesinados nuestros dirigentes, pero ¿qué recibiremos a cambio? Cumpliremos debidamente nuestro compromiso, pero ¿cuál será nuestra recompensa?». El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «El Paraíso». Entonces todos extendieron sus manos, y el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) también extendió la suya. Así se consumó la bay’a (Ibn Hisham, tomo I, pág. 446).

Yabir (que Allah esté complacido con él) dijo: Entre los presentes, As’ad ibn Zurara era el más joven. Entonces As’ad tomó la mano del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y dijo: «¡Habitantes de Medina, esperad un momento! Hemos venido hasta él después de recorrer una distancia capaz de secar el pecho de un camello precisamente porque es el Mensajero de Allah. Llevároslo hoy de La Meca significa declarar la enemistad de toda Arabia, que sean asesinados vuestros dirigentes destacados y que resuenen las espadas. Por tanto, lleváoslo solo si podéis soportar todo esto. La recompensa de esta acción la encontraréis junto a Allah. Pero si vuestras propias vidas os son queridas, dejadlo ahora mismo; esto será una excusa aceptable ante Allah» (Musnad Ahmad).

La consumación de la bay’a

Los términos de la bay’a ya habían sido establecidos y también se había expuesto la gravedad de la situación. Después de que se les insistiera aún más, todos dijeron al unísono: «As’ad ibn Zurara, retira tu mano. ¡Por Allah!, no podemos renunciar a esta bay’a ni anularla» (Musnad Ahmad).

Al recibir esta respuesta, Hazrat As‘ad comprendió claramente que sus compatriotas estaban firmemente decididos y preparados para entregar sus vidas. Mus‘ab ibn ‘Umayr era el destacado predicador de la religión en Medina y, por ello, naturalmente era el líder religioso de quienes prestaban el juramento de lealtad. Así pues, el primero en prestar la bay‘a fue As‘ad ibn Zurara. Ibn Ishaq transmitió que los Banu Najjar dijeron que Abu Umama As‘ad ibn Zurara fue la primera persona que estrechó la mano del amado Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). (Ibn Ishaq transmitió que los Banu Ashhal dijeron que el primero en prestar la bay‘a fue Abu al-Haytham ibn al-Tayyihan; Hazrat Ka‘b ibn Malik dijo que el primero en prestarla fue Bara ibn Ma‘rur; Ibn Hisham, tomo I, p. 447. Considero que se ha llamado bay‘a a las palabras de Abu al-Haytham y Bara pronunciadas antes del juramento; de lo contrario, quien se encontraba entonces delante de todos era Hazrat As‘ad ibn Zurara, por lo que su nombre debería haberse mencionado primero). Después de él, todos los demás prestaron la bay‘a. Hazrat Jabir (que Allah esté complacido con él) dijo: «Nos levantamos uno por uno, y el Mensajero de Allah tomó la bay‘a de cada uno de nosotros; a cambio, nos anunció la buena nueva del Paraíso» (Musnad Ahmad).

Las dos mujeres presentes en aquella asamblea prestaron verbalmente la bay‘a. El amado Mensajero jamás estrechó la mano de una mujer que no fuera de su familia (Sahih Muslim, «La bay‘a de las mujeres», tomo II, p. 131).

Los doce naqib y sus nombres

Después de completarse la bay‘a, el amado Profeta propuso que fueran elegidos doce líderes, que serían los naqib de sus respectivos pueblos. Ellos se encargarían de que las condiciones de la bay‘a fueran cumplidas por los miembros de sus propios pueblos. El amado Profeta pidió a los presentes que indicaran los nombres de doce personas; pocos instantes después de decirlo, fueron elegidos doce naqib: nueve de ellos pertenecían a la tribu de Jazray y tres a la de Aws.

1. As‘ad ibn Zurara ibn ‘Udas 2. Sa‘d ibn Rabi‘ ibn ‘Amr 3. ‘Abdullah ibn Rawaha ibn Tha‘laba 4. Rafi‘ ibn Malik ibn ‘Ajlan 5. Bara ibn Ma‘rur ibn Sakhr 6. ‘Abdullah ibn ‘Amr ibn Haram 7. ‘Ubada ibn Samit ibn Qays 8. Sa‘d ibn ‘Ubada ibn Uaym

9. Mundhir ibn ‘Amr al-Jawni. Estos pertenecían a la tribu de Jazray.

Por otro lado,

1. Usaid ibn Hudayr ibn Sammak 2. Sa‘d ibn Jaythama ibn Harith 3. Rifa‘a ibn ‘Abd al-Mundhir ibn Zubayr. Estos pertenecían a la tribu de Aws. (Algunos mencionan Yunayr en lugar de Zubayr; algunos autores de biografías del Profeta han añadido el nombre de Abu al-Haytham ibn al-Tayyihan en lugar de Rifa‘a).

Después de nombrar a los doce naqib, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) tomó de ellos otro compromiso, pues eran los más responsables. Les dijo: «Vosotros sois responsables y garantes de todos los asuntos de vuestro pueblo, del mismo modo que los hawariyyun (los doce) fueron responsables y garantes por parte de Jesús (la paz sea con él); y yo soy responsable y garante por parte de los musulmanes». Todos respondieron al unísono: «Sí».

El demonio divulga la información del pacto

Cuando el pacto quedó concluido y todos estaban a punto de marcharse, el demonio se enteró de la reunión. No había tiempo para hacer llegar la noticia a los coraix; si les hubiera llegado, se habrían lanzado unidos contra los musulmanes. Por ello, el demonio subió a la cima de una montaña elevada y gritó en voz alta: «¡Oh habitantes de Mina, mirad a Muhammad! Actualmente hay gente sin religión con él; se han reunido para combatir contra vosotros».

El noble Profeta dijo: «Ese es el demonio del desfiladero. ¡Oh enemigo de Allah, escucha! Muy pronto tendré tiempo para ocuparme de ti». Después dijo a la gente que regresara a sus respectivas tiendas (Zad al-Ma’ad, t. 2, p. 51).

Al oír la voz del demonio, Abbas ibn Ubada ibn Nadla dijo: «Juro por Aquel que te envió con la verdad: si lo deseas, mañana mismo nos lanzaremos espada en mano contra los habitantes de Mina». El noble Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Todavía no se me ha ordenado hacer esto. Regresad a vuestro campamento». Después, todos se fueron a dormir (Ibn Hisham, t. 1, p. 448).

Disputa entre los coraix y los líderes de Medina

Cuando los coraix recibieron esta noticia, quedaron desconcertados, pues conocían las consecuencias de gran alcance de una bay’a de ese tipo. A la mañana siguiente, un grupo de destacados hombres de los coraix se dirigió frente a las tiendas de los visitantes de Medina y manifestó su intensa indignación por la reunión y la bay’a de la noche anterior. Dijeron: «¡Oh gente de Jazray! Hemos oído que queréis llevaros de entre nosotros a este hombre. Le prestáis juramento de fidelidad para combatir contra nosotros, aunque nos resulta más detestable combatir contra vosotros que contra cualquier otra tribu árabe» (Ibn Hisham, t. 1, p. 448).

Después de que los coraix de La Meca manifestaran su protesta, los peregrinos no musulmanes procedentes de Medina dijeron: «Lo que decís no es cierto». Juraron que un acontecimiento semejante no podía haber ocurrido. Abdullah ibn Ubay dijo: «¿Es posible que la gente de mi pueblo haya hecho algo tan importante sin contar conmigo? Es algo inconcebible. Ahora estoy en La Meca; incluso si hubiera estado en Medina, no habrían tomado una medida semejante sin consultarme».

No era creíble que la reunión y la bai‘a hubieran tenido lugar en la oscuridad de la noche; por eso, los no musulmanes de La Meca creyeron únicamente en las palabras de los peregrinos no musulmanes de Medina. Los musulmanes se miraron de reojo unos a otros y permanecieron en silencio.

No dijeron ni sí ni no. Al cabo de un tiempo, los líderes de Quraysh comprendieron que en realidad no había ocurrido nada que debiera causar preocupación y finalmente regresaron decepcionados.

La persecución de quienes habían prestado la bai‘a

Los líderes de Quraysh regresaron a La Meca convencidos de que lo que habían oído no era cierto. Sin embargo, como tenían dudas, se impacientaron por obtener información. Finalmente comprendieron que el acontecimiento era cierto: la bai‘a realmente había tenido lugar, y había tenido lugar con toda seguridad. Pero cuando recibieron confirmación de la noticia, los peregrinos de Medina ya habían partido. Algunos no musulmanes salieron en persecución de los viajeros de Medina, pero para entonces la oportunidad se les había escapado. Los jinetes que avanzaban rápidamente vieron a Sa‘d ibn Ubada y a Mundhir ibn Amr. Mundhir avanzó rápidamente, mientras que Sa‘d fue capturado, llevado atado a La Meca y golpeado. Después de llevarlo a La Meca, Mut‘im ibn Adi y al-Harith ibn Harb ibn Umayya lo liberaron, pues las caravanas comerciales de ambos viajaban a Medina bajo la protección de Sa‘d ibn Ubada. Mientras tanto, los peregrinos de Medina expresaron una profunda indignación por la detención de su compañero de viaje, Sa‘d ibn Ubada, y decidieron regresar a La Meca para atacar a los incrédulos de Quraysh. Sin embargo, antes de avanzar hacia La Meca, observaron que Sa‘d ibn Ubada estaba regresando. Después, todos los miembros de la caravana partieron a salvo y llegaron sanos y salvos a Medina (Zad al-Ma‘ad, t. 2, pp. 51-52; Ibn Hisham, t. 1, pp. 448-450).

Esta fue la segunda bai‘a de Aqaba, también llamada la Gran Bai‘a de Aqaba. Esta bai‘a tuvo lugar en un ambiente en el que estaban vivas entre los creyentes la compasión mutua, la cooperación, la confianza, el valor y el espíritu de heroísmo. Los corazones de los creyentes de Medina estaban llenos de amor por sus débiles hermanos de La Meca, y en sus corazones había una firme determinación de ayudarlos. Sentían ira y odio hacia los opresores no creyentes. Aunque no los habían visto, aquellos a quienes habían aceptado como hermanos por la causa de la complacencia de Allah eran verdaderamente hermanos en la religión.

Este tipo de motivación no se debía a ningún atractivo externo, ni existía la posibilidad de que el impulso de este amor desapareciera con el paso del tiempo. Por el contrario, la raíz de este amor era la fe en Allah, la fe en el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y la fe en el Corán de Allah. No existía posibilidad alguna de que esta fe se debilitara o se extinguiera ante ninguna forma de injusticia, persecución, opresión o fuerza. La firmeza de esta fe, es decir, de esta creencia en lo invisible, se manifiesta mediante las obras. Fue precisamente gracias a esta fe que los musulmanes pudieron dejar en el mundo la huella de logros extraordinarios; ejemplos de tales logros no se encuentran en el mundo del pasado, ni existe la misma posibilidad de encontrarlos en el mundo del futuro.

La delegación atemorizada de los musulmanes emigrantes

Con la culminación de la segunda bai‘a de Aqaba, el islam logró establecer los cimientos de una patria propia en medio de las tinieblas de la incredulidad y la ignorancia. Desde el comienzo de la predicación, este fue un importante éxito del islam. El amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) permitió a los musulmanes emigrar a su nueva tierra.

La hégira significa abandonarlo todo y marcharse a algún lugar únicamente para salvar la vida; sin embargo, ni siquiera esa vida está a salvo. Desde el inicio del viaje hasta llegar al destino, la vida puede perderse en cualquier lugar. El viaje comienza hacia un destino impreciso e incierto, y no se puede saber de antemano qué clase de peligros y calamidades habrá que afrontar en el futuro.

Sabiendo y comprendiendo todo esto, los musulmanes comenzaron la hégira. Mientras tanto, los idólatras empezaron a obstaculizar el camino de los musulmanes, porque habían comprendido que, después de la hégira de estos, surgirían para ellos muchos peligros y motivos de preocupación. A continuación se presentan algunos ejemplos de la hégira.

1. El primer emigrante fue Abu Salama (que Allah esté complacido con él). Según el relato de Ibn Ishaq, emigró un año antes del segundo Pacto de al-Aqaba; su esposa y sus hijos estaban con él. Cuando se dispuso a partir, los familiares de su esposa le dijeron: «Tienes más derecho que nosotros a decidir sobre tu propia vida, pero ¿qué será de nuestra hija? ¿Cómo podemos permitir que se vaya contigo, aun sabiendo que la llevarás de ciudad en ciudad? Eso es absolutamente imposible». Los padres de la esposa de Abu Salama la retuvieron. Al enterarse de ello, los padres de Abu Salama se enfurecieron y se llevaron a su nieto. El bebé lactante fue entregado a una nodriza para que lo criara. Antes de eso, en un lugar, ambos bandos habían tirado del niño, y este se había lastimado la mano. En resumen, Abu Salama (que Allah esté complacido con él) se marchó solo a Medina. Por su parte, Umm Salama, separada de su esposo y de su hijo, quedó como enloquecida. El lugar donde su esposo se había despedido de ella y donde le habían arrebatado a su hijo se llamaba Abtah. Cada mañana iba a Abtah y se lamentaba durante todo el día. Así pasó un año. Finalmente, un pariente de Umm Salama dijo a los padres de esta: «¿Por qué no permiten que la pobre mujer vaya junto a su esposo?». Entonces sus padres le dijeron: «Si quieres, puedes ir junto a tu esposo». Umm Salama fue entonces a casa de sus suegros, recuperó a su hijo de manos de la nodriza y partió sola con él hacia Medina. La distancia entre La Meca y Medina era de quinientos kilómetros. Al llegar a un lugar llamado Tan‘im, se encontró con Uthman ibn Abu Talha. Umm Salama le contó todo lo sucedido. Después de escucharla, Uthman partió con ella hacia Medina. Cuando divisó a lo lejos la localidad de Qubá, le dijo: «En esta localidad se encuentra tu esposo; ve allí. Que Allah te bendiga». Después, Uthman regresó a La Meca (Ibn Hisham, tomo 1, pp. 469-470).

2. Cuando Suhayb (que Allah esté complacido con él) quiso emigrar a Medina, los idólatras de Quraysh le dijeron: «Cuando llegaste a nosotros eras un pobre y solitario; después de venir aquí adquiriste muchas riquezas y prosperaste. ¿Ahora quieres marcharte de aquí llevándotelo todo? Eso es absolutamente imposible». Suhayb dijo: «Si abandono todas mis riquezas, ¿me dejaréis marchar?». Ellos respondieron: «Sí». Suhayb dijo: «De acuerdo, que así sea; os dejo todo». Cuando el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) se enteró de ello, comentó: «¡Suhayb ha salido ganando! ¡Suhayb ha salido ganando!» (Ibn Hisham, tomo 1, p. 477).

3. Umar ibn al-Jattab, Ayyash ibn Abi Rabia y Hisham ibn As ibn Wa’il conversaron entre sí y decidieron reunirse por la mañana en cierto lugar y emigrar desde allí a Medina. Después, Umar y Ayyash lograron llegar a la hora convenida, pero Hisham no pudo hacerlo y fue detenido.

Después de que los dos hombres mencionados emigraran y llegaran a Qubá, Abu Yahl y su hermano Hariz llegaron junto a Ayyash. Los tres eran hijos de la misma madre. Los dos hermanos le dijeron a Ayyash: «Nuestra madre ha jurado que no se peinará hasta verte ni se trasladará del sol a la sombra». Al oír esto, el corazón de Ayyash se conmovió por su madre. Al ver su estado, Umar (que Allah esté complacido con él) le dijo: «Escucha, Ayyash: quieren someterte a una prueba respecto a tu religión, así que ten cuidado. ¡Por Allah!, cuando los piojos muerdan la cabeza de tu madre, seguramente se peinará; y cuando el intenso calor del sol de La Meca se vuelva insoportable, ciertamente se pondrá a la sombra». Pero Ayyash no prestó atención a sus palabras. Decidió regresar a La Meca con sus hermanos para cumplir el juramento de su madre. Umar (que Allah esté complacido con él) le dijo: «Ya que insistes en ir, lleva esta camella mía. No te bajes de su lomo; después de ver a tu madre, regresa. Si observas algún comportamiento sospechoso, vuelve rápidamente a Medina».

Ayyash regresó hacia La Meca montado en la camella y acompañado de sus dos hermanos. Después de recorrer cierta distancia, Abu Yahl le dijo: «Hermano mío, mi camello marcha muy despacio; intercambiemos por un rato tu camella y el mío». En cuanto Ayyash hizo que la camella se arrodillara, los dos hermanos lo ataron con una cuerda y lo llevaron a La Meca durante el día, atado y sin posibilidad de defenderse. Después de llevarlo a La Meca, dijeron en voz alta para que todos los oyeran: «¡Oh, habitantes de La Meca! Tratad a vuestros necios exactamente como nosotros hemos tratado a este necio nuestro». (Hisham y Ayyash estaban prisioneros en manos de los incrédulos. Un día, después de que el Mensajero hubiera emigrado, dijo: «¿Quién hay que pueda liberar para mí a Hisham y Ayyash?». Walid ibn Walid asumió esta responsabilidad. Fue secretamente a La Meca y, siguiendo a una mujer que les llevaba comida, descubrió dónde se encontraban. Ambos estaban encerrados en una habitación sin techo. En plena noche, Walid trepó por la pared, entró en la habitación, cortó las ataduras y salió con ellos; luego los montó en su camello y los llevó a Medina. Ibn Hisham, tomo 1, pp. 474-476. Umar (que Allah esté complacido con él) emigró a Medina junto con un grupo de veinte compañeros. Sahih al-Bujari, tomo 1).

Aquí se han presentado tres ejemplos del trato que los idólatras daban a quienes intentaban emigrar. Sin embargo, pese a todos esos obstáculos, los musulmanes continuaron emigrando, llevando la fe en el corazón. Dos meses y algunos días después del segundo Pacto de al-Aqaba, en La Meca no quedaba ningún musulmán aparte del Noble Profeta, Abu Bakr y Ali (que Allah esté complacido con ellos). Estos dos permanecieron en La Meca por orden del Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Había algunos musulmanes a quienes los idólatras retenían por la fuerza. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se preparaba para emigrar a Medina y esperaba la orden de Allah, mientras que Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él) había dejado preparados los pertrechos del viaje (Zad al-Ma‘ad, tomo 2, p. 52).

En el Sahih al-Bujari se narra, por autoridad de Aisha —que Allah esté complacido con ella—, que el amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo a los musulmanes: «Se me ha mostrado el lugar de vuestra emigración: es una región situada entre dos montañas». Entonces los musulmanes comenzaron a emigrar a Medina, y quienes habían emigrado a Abisinia también empezaron a llegar allí. Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— se preparó asimismo para viajar a Medina. El amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— le dijo: «Espera; creo que también se me ordenará emigrar». Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— dijo: «¡Que mis padres sean sacrificados por ti! ¿Esperas emigrar?». El amado Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «Sí». Después Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— comenzó a esperar, con la esperanza de ser compañero de viaje del amado Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Tenía dos camellas, a las que durante cuatro meses alimentaron cuidadosamente con hojas del árbol de bachla (Sahih al-Bujari, capítulo sobre la emigración del Profeta, tomo 1, pág. 553).

La reunión de los qurayshíes en Darun Nadwa

Cuando los politeístas de La Meca vieron que los nobles compañeros habían dejado atrás a sus familias y sus riquezas y habían llegado a la región de Aws y Jazray, quedaron desconcertados y, consumidos por la ira, se agitaron. Nunca antes se habían enfrentado a una situación tan peligrosa. Aquella situación constituía un golpe devastador y un desafío para su idolatría y sus bases económicas.

Los politeístas sabían muy bien que Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— poseía cualidades de liderazgo y de orientación, así como una gran capacidad para ejercer influencia. Tampoco ignoraban el espíritu de sacrificio y valentía que animaba a sus compañeros. La estrategia militar de las tribus de Aws y Jazray, así como su reputación y renombre como guerreros y combatientes, eran de conocimiento general. También era conocida por todos la extraordinaria sabiduría de los líderes perspicaces de ambas tribus: sabían luchar según las circunstancias y, cuando era necesario, también sabían concertar treguas y acuerdos. Tras la amargura de muchos años de guerra civil, las tribus de Aws y Jazray habían comenzado a avanzar hacia una tregua y una alianza cuando fuera necesario; los qurayshíes tampoco desconocían este hecho.

Los politeístas qurayshíes sabían que existía una ruta a lo largo de la costa del mar Rojo, desde Yemen hasta Siria, y que las caravanas comerciales de los qurayshíes transitaban por ella. Esa ruta no estaba muy lejos de Medina. Por tanto, desde el punto de vista económico y militar, la ubicación de Medina era muy importante. El volumen anual del comercio de los habitantes de La Meca con Siria equivalía, según los cálculos de aquella época, a doscientas cincuenta mil monedas de oro; el comercio con Tabara y otras regiones se sumaba a esa cantidad. Por ello, comprendían perfectamente que sus intereses comerciales solo podían protegerse garantizando la seguridad de las rutas comerciales.

De este análisis se comprende cuán graves serían las consecuencias de que los fundamentos de la predicación islámica se consolidaran en Medina y de que los habitantes de Medina se unieran contra los habitantes de La Meca. Los politeístas estaban plenamente informados de estos peligros y comprendían que les aguardaban tiempos difíciles y grandes desafíos. Por ello comenzaron a pensar en un remedio eficaz para enfrentarlos. Sabían que la raíz de todo aquel desorden y agitación era precisamente Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, el abanderado del islam.

Casi dos meses y medio después del Segundo Juramento de Aqaba, el viernes 26 de Safar, 12 de septiembre del año 622 de la era cristiana (esta historia se ha consignado a la luz de los datos añadidos por el erudito Mansurpurí, Rahmatul lil-Alamin, tomo 1, págs. 95, 97 y 102; tomo 2, pág. 471), se celebró por la mañana una reunión. (La narración de Ibn Ishaq demuestra que esta reunión tuvo lugar durante la primera vigilia, es decir, por la mañana. En ella afirma que el ángel Gabriel —la paz sea con él— llevó al amado Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— la noticia de esta reunión y le concedió permiso para emigrar. En el Sahih al-Bujari se menciona la narración de Aisha —que Allah esté complacido con ella— según la cual el amado Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— acudió al mediodía a casa de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— y le dijo: «Se me ha concedido permiso para partir hacia Medina». Los detalles se expondrán más adelante.) En el parlamento de La Meca, Darun Nadwa, se celebró esta reunión, la más detestable y abominable de la historia. Participaron en ella representantes de todas las tribus de los qurayshíes de La Meca. El tema de discusión era idear un plan para eliminar del mundo al abanderado de la predicación islámica y apagar para siempre la luz del islam.

Identidad de los representantes de las tribus que participaron en aquella abominable reunión

1. Abu Yahl ibn Hisham, de la tribu de Banu Majzum

2. Al-Zubayr ibn Mut’im, Tu’ayma ibn Banu Nawfal ibn Abd Manaf

Adi y al-Harith ibn Amir

3. Shayba ibn Rabi’a, Utba ibn Rabi’a

y Abu Sufyan ibn Harb, de Banu Abd Shams ibn Abd Manaf

4. Al-Nadr ibn al-Harith, de Banu Abd al-Dar

5. Abu al-Bujtari ibn Hisham

Jama ibn al-Aswad y

Hakim ibn Hizam                 Banu Asad ibn Abd al-Uzza

6. Nabih ibn Hajjaj y Banu Sahm

Munabbih ibn Hajjaj

7. Umayya ibn Jalaf           Jumah

A la hora previamente acordada, los representantes llegaron a Dar an-Nadwa. En ese momento, Iblís, el demonio, adoptó la apariencia de un anciano y se presentó en el lugar de la reunión. Vestía una túnica. Al verlo en la entrada, la gente le dijo: «¿Quién es usted? No logramos reconocerlo». El demonio respondió: «Soy un hombre de Najd. Al enterarme de vuestro programa, he venido; deseo escuchar lo que vais a decir y espero poder ofreceros algún consejo útil». Los líderes politeístas recibieron al demonio con cuidado y respeto, y lo hicieron sentarse entre ellos.

El complot para matar al Mensajero de Allah

Cuando todos estuvieron presentes, comenzó la deliberación. Después de discutir durante mucho tiempo, se presentaron diversas propuestas. Primero, Abu al-Aswad propuso: «Lo expulsaremos de entre nosotros; no le permitiremos permanecer en La Meca y no nos preocuparemos más por él ni por saber adónde va o qué hace. Así podremos vivir seguros y la solidaridad entre nosotros volverá a ser como antes».

El demonio, bajo la apariencia del jeque de Najd, dijo: «Eso no sirve de nada. ¿Acaso no habéis observado cuán excelentes y dulces son sus palabras? Con facilidad conquista los corazones de la gente. Si permanecéis indiferentes respecto a él, irá a presentarse ante alguna tribu árabe y, después de convertirlos en sus seguidores, os atacará. Luego os derrotará por completo en vuestra propia ciudad y os tratará como le plazca. Por tanto, pensad en alguna otra propuesta».

Abul Bukhtari dijo: «Que lo encadenen con grilletes de hierro y lo encierren en una habitación cerrada, cuya puerta se cierre desde fuera; así morirá dentro de ella, tal como murieron los poetas Zuhayr y Nabigha».

El demonio con apariencia de jeque najdí dijo: «Esta propuesta tampoco es aceptable. Si lo detenéis y lo encerráis dentro de una casa, de algún modo su noticia llegará a sus compañeros. Entonces se unirán, os atacarán y lo liberarán; después, al aumentar el número de sus partidarios, os atacarán de nuevo. En ese ataque vuestra derrota será inevitable. Por tanto, considerad otra propuesta».

Después de rechazarse las dos propuestas mencionadas, se presentó una tercera. Abu Yahl, el criminal más abyecto de La Meca, la formuló y dijo: «Tengo una sola propuesta respecto a él. He observado que nadie se ha acercado siquiera a plantearla». Todos dijeron: «Dinos, Abu al-Hakam, ¿cuál es esa propuesta?». Abu Yahl dijo: «Que se elija a un joven de cada tribu y se entregue a cada uno una espada afilada. Después, esos jóvenes fuertes y armados deberán matarlo atacándolo todos a la vez, de tal manera que parezca que una sola persona le ha asestado el golpe. Así nos libraremos de este hombre. Al matarlo de esta manera, la responsabilidad de su muerte recaerá sobre todas las tribus. Los Banu Abd Manaf no podrán combatir contra todas las tribus, por lo que aceptarán recibir una compensación por el homicidio. Entonces les pagaremos dicha compensación» (Hisham, t. 1, pp. 480-482).

El demonio con apariencia de jeque najdí apoyó esta propuesta, y el parlamento de La Meca alcanzó un consenso sobre ella. Todos regresaron a sus casas decididos a ponerla en práctica de inmediato.

La hégira del Mensajero de Allah

Después de aprobarse la abominable propuesta de asesinar al Mensajero elegido, que Allah le bendiga y le conceda paz, el venerable Yibril se presentó ante el amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, con la revelación. Le informó de la conspiración de los coraichitas y le dijo que Allah, exaltado sea, le había permitido emigrar de La Meca. Al comunicarle el momento de la emigración, el venerable Yibril dijo al amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz: «Esta noche no dormirás en tu lecho de tu casa» (Hisham, t. 1, pp. 480-482; Zad al-Ma’ad, t. 2, p. 52).

Al recibir esta noticia, el Profeta fue a la casa del venerable Abu Bakr justo al mediodía. Su propósito era elaborar con él los planes de la emigración. Aisha dijo: «Justo al mediodía estábamos sentados en la casa de Abu Bakr cuando alguien le dijo: “El Profeta de Allah se acerca con la cabeza cubierta”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, nunca venía a esa hora. Al oír la noticia, Abu Bakr dijo: “Que mi padre y mi madre sean sacrificados por él; seguramente ha venido por un asunto importante”».

Aisha dijo: «Cuando llegó el amado Profeta, pidió permiso para entrar en la casa. Al recibirlo, entró. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo a Abu Bakr: “Haz salir a quienes están contigo”. Abu Bakr dijo: “Solo está tu esposa”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “Se me ha permitido partir”. Abu Bakr preguntó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz: “¿Y yo contigo? ¡Oh, Mensajero de Allah, que mi padre y mi madre sean sacrificados por ti!”. El amado Mensajero dijo: “Sí”» (Zad al-Ma’ad, t. 1).

Después de preparar el plan de la Hégira, regresó a su casa y se puso a esperar la noche (Sahih al-Bujari, capítulo sobre la Hégira del Profeta, vol. 1, pág. 553).

El cerco de la residencia del Mensajero de Allah

Mientras tanto, los principales criminales de los coraichitas se prepararon durante todo el día, conforme a la resolución aprobada por unanimidad en el parlamento de La Meca, Dar al-Nadwa. Entre los criminales más abyectos se eligieron once jefes. Sus nombres eran:

1. Abu Yahl ibn Hisham

2. Hakam ibn As

3. Uqba ibn Abu Muait

4. Nadr ibn al-Harith

5. Umayya ibn Jalaf

6. Jam’a ibn Aswad

7. Tu’ayma ibn Adi

8. Abu Lahab

9. Ubay ibn Khalaf

10. Nubayh ibn Hajjaj

11. Munabbih ibn Hajjaj (Zad al-Ma’ad, tomo 1, p. 52)

Ibn Ishaq dice que, cuando la oscuridad de la noche se hizo más densa, once malhechores permanecieron emboscados alrededor de la casa del Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), esperando a que se acostara para atacarlo todos a la vez.

Los malhechores creían de todo corazón que su despreciable conspiración tendría necesariamente éxito (Ibn Hisham, tomo 1, p. 482). Abu Yahl bromeaba y se burlaba con sus compañeros, diciendo: «Muhammad dice que, si os iniciáis en su religión y lo seguís, seréis reyes de los árabes y de los no árabes; después de morir y resucitar, tendréis un Paraíso semejante a los jardines de Jordania. Si no lo matáis, ellos os degollarán, y después de morir y resucitar seréis quemados en el fuego» (Ibn Hisham, tomo 1, p. 483).

Se había fijado la hora para llevar a cabo la conspiración después de medianoche; por eso esperaban, con los ojos insomnes, la hora señalada. Pero Allah siempre hace prevalecer Su voluntad. Él es el Rey de los cielos y de la tierra; hace lo que quiere. Nadie puede perjudicar a quien Él quiere salvar, ni nadie puede salvar a quien Él quiere apresar. También en ese momento Allah hizo lo que quiso. Dirigiéndose al amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, dijo: «Recuerda cuando los incrédulos conspiraban contra ti: para apresarte, matarte o expulsarte. Ellos conspiraban, y Allah también planeaba; y Allah es el mejor de los que planean» (sura Al-Anfal, aleya 30).

La salida del Mensajero de Allah de su casa

A pesar de los preparativos finales y de todos sus esfuerzos para llevar a cabo su plan, los incrédulos de Quraysh no lograron tener éxito. En aquella situación tan delicada, el amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— le dijo a Ali —que Allah esté complacido con él—: «Ponte esta manta verde hadramí mía (se llama manta hadramí a la fabricada en Hadramaut, en el sur del Yemen) y acuéstate en mi cama; no sufrirás ningún daño a manos de ellos». El amado Profeta dormía por la noche cubierto con esta manta (Ibn Hisham, vol. 1, pp. 482-483).

Después, el Mensajero de Allah salió, tomó un puñado de polvo y lo arrojó hacia los incrédulos. Entonces Allah los cegó y no pudieron ver al Mensajero de Allah. En ese momento, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— recitaba esta aleya del Sagrado Corán: «Hemos colocado una barrera delante de ellos y otra detrás de ellos, y los hemos cubierto, de modo que no pueden ver» (sura Ya-Sin, aleya 9).

El polvo arrojado cayó sobre la cabeza de cada idólatra. Después, fue a la casa de Abu Bakr y ambos salieron por una ventana de aquella habitación; emprendieron el camino hacia Medina por la ruta del Yemen. Tras partir, hicieron una pausa en una cueva del monte Thawr, situado a varias millas de distancia (Ibn Hisham, vol. 1, p. 483; Zad al-Ma’ad, vol. 2, p. 52).

Mientras tanto, los sitiadores esperaban la hora señalada, pero antes de que llegara se enteraron de su propio fracaso. Un desconocido se acercó a los malhechores y les dijo: «¿A quién esperan aquí?». Ellos respondieron: «A Muhammad». El hombre dijo: «No se cumplirá vuestro deseo. ¡Por Allah!, Muhammad os ha arrojado polvo sobre la cabeza y ha pasado delante de vosotros para dirigirse a su casa». Al oírlo, dijeron: «¿Cómo? Nosotros no lo hemos visto». Entonces todos se llevaron las manos a la cabeza y encontraron polvo en ellas; después se sacudieron el polvo y se levantaron.

Después miraron dentro de la casa del amado Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— y vieron que alguien estaba acostado en la cama del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Creyendo que Ali era el Mensajero de Allah, esperaron hasta la mañana. Cuando por la mañana vieron a Ali —que Allah esté complacido con él— salir de la cama, los malhechores quedaron completamente desesperados. Le preguntaron a Ali —que Allah esté complacido con él—: «¿Dónde está el Mensajero de Allah?». Ali respondió: «No lo sé» (Zad al-Ma’ad, vol. 1, p. 52; Ibn Hisham, vol. 1, p. 483).

De la casa a la cueva de Thawr

El amado Mensajero emigró la noche del 12 de septiembre, correspondiente al 27 de Safar, a mediados del año 622 de la era cristiana. Su compañero de viaje era su camarada más fiel, Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—. Ambos avanzaron rápidamente con el propósito de cruzar los límites de La Meca antes del amanecer (Rahmatul lil-Alamín, vol. 1, p. 95). Este mes del viaje se considerará el decimocuarto año de la profecía si se calcula el inicio del año a partir de Muharram; pero, si se toma como inicio del año el mes en que recibió la profecía, Safar corresponderá al decimotercer año de la profecía. La mayoría de los autores de biografías comenzaron el cómputo del año desde Muharram, mientras que algunos adoptaron ambos métodos; por ello, presentaron de manera confusa la fecha de la Hégira. Nosotros hemos mencionado el cómputo del inicio del año desde Muharram.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— sabía que los malvados de Quraysh lo buscarían con todos sus esfuerzos y que, naturalmente, avanzarían por el camino que conducía a Medina. Por ello, el amado Profeta tomó la dirección opuesta, hacia Yemen. El camino a Medina se encontraba al norte de La Meca, mientras que el de Yemen estaba al sur. Después de recorrer cinco millas, el amado Profeta llegó al pie de una montaña conocida como el monte Zawr, una montaña muy elevada y de difícil ascenso, llena de piedras. Al atravesarlas, ambos pies del amado Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— quedaron ensangrentados. Se dice que caminaba apoyándose en los talones para ocultar sus huellas; por ello, sus pies resultaron heridos.

Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— subió primero una parte de la montaña y ayudó al amado Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— a ascender. Después, ambos se refugiaron en una cueva situada en la cima de la montaña. Esta cueva es famosa en la historia con el nombre de cueva de Zawr (Rahmatul lil-Alamín, vol. 1, p. 95; Mujtasar al-Sira, del jeque Abdullah, p. 1677; Ibn Hisham, vol. 1, p. 482).

En la cueva del monte Zawr

Al llegar cerca de la cueva, Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— le dijo al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—: «Espere un poco. Si hay algo dentro de la cueva, yo me enfrentaré a ello; que me ocurra a mí lo que tenga que ocurrir». Después entró en la cueva y la limpió. Había varios agujeros, que tapó rasgando su tahband. Quedaban dos agujeros; los cubrió presionándolos con los pies y llamó al amado Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— para que entrara. El amado Profeta entró y se quedó dormido con la cabeza apoyada en el regazo de Abu Bakr. Entretanto, algo mordió o picó a Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, pero no se movió por temor a despertar al amado Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Sus ojos se llenaron de lágrimas por el dolor del veneno y, cuando una lágrima cayó inadvertidamente sobre el rostro del amado Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, este despertó. Le preguntó a Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—: «¿Qué te ocurre?». Él respondió: «Algo me ha mordido».

Al oírlo, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— tomó un poco de saliva y la aplicó sobre el lugar de la mordedura; de inmediato desapareció el dolor del veneno. (Este relato se ha transmitido de Umar ibn al-Jattab —que Allah esté complacido con él—. En esta transmisión también se menciona que, tiempo después, reaparecieron los efectos de aquel veneno y que falleció precisamente por sus consecuencias. Véase Mishkat, vol. 2, p. 556, capítulo «Las virtudes de Abu Bakr»).

Ambos permanecieron allí durante tres días: viernes, sábado y domingo (Fath al-Bari, vol. 7, p. 336). Durante ese tiempo, Abdullah, hijo de Abu Bakr, también pasaba allí las noches. Aisha —que Allah esté complacido con ella— dijo que Abdullah era un joven muy inteligente: se marchaba de donde estaban ambos al final de la noche, pero por la mañana se le veía en La Meca, de modo que cualquiera que lo viera pensaría que había pasado la noche allí. Durante el día escuchaba todas las conversaciones y conspiraciones contra ambos y, cuando caía la oscuridad de la tarde, iba a la cueva de Zawr para llevarles esas noticias.

Por otra parte, Amir ibn Fuhayra, esclavo liberado de Abu Bakr, llevaba a pastar las cabras. Cuando la oscuridad de la noche se hacía profunda, iba con las cabras hasta donde ellos se encontraban y las ordeñaba para ellos; ambos bebían la leche hasta saciarse. Muy temprano, Amir partía con las cabras. Así lo hizo durante las tres noches (Sahih al-Bujari, vol. 1, pp. 553-554). Además, Amir ibn Fuhayra borraba, conduciendo las cabras por aquel camino, las huellas que Abdullah ibn Abu Bakr dejaba al dirigirse a La Meca (Ibn Hisham, vol. 1, p. 486).

La expedición de los coraichitas

Cuando los coraichitas comprendieron claramente que el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, se les había escapado, se volvieron como dementes. Primero descargaron su ira contra Ali, lo arrastraron hasta la Kaaba e intentaron obtener de él alguna información (Rahmatul lil-Alamín, vol. 1, p. 99), pero no lograron nada. Después fueron a la casa de Abu Bakr. Asma bint Abi Bakr abrió la puerta y le preguntaron: «¿Dónde está tu padre?». Ella respondió: «No lo sé». Al oír esto, el malvado Abu Yahl abofeteó a Asma con tanta fuerza que se le desprendió el pendiente de la oreja (Ibn Hisham, vol. 1, p. 487).

Después, los líderes de los coraichitas se reunieron en una asamblea urgente y decidieron emprender una búsqueda total para capturar al Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, y a Abu Bakr, que Allah esté complacido con él. Establecieron una estricta vigilancia en todos los caminos que salían de La Meca y anunciaron que quien llevara vivo o muerto a Muhammad, que Allah lo bendiga y le conceda paz, y a Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, o a uno de los dos, recibiría cien camellos como recompensa (Sahih al-Bujari, vol. 1, p. 554). Tras difundirse este anuncio entre la gente, muchos salieron por todas partes. Incluso los expertos en rastrear huellas comenzaron a buscarlos y recorrieron las montañas, las llanuras y todos los terrenos elevados y bajos; pero, a pesar de todo ello, no obtuvieron ningún resultado.

Los perseguidores llegaron incluso cerca de la cueva del monte Zawr, pero Allah, el Rey de todo el mundo, lleva a término Su voluntad. Anas, que Allah esté complacido con él, narró en Sahih al-Bujari que Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, dijo: «Estaba con el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, en la cueva. Al levantar la cabeza, vi los pies de aquellas personas. Dije: “¡Oh, Mensajero de Allah! Si alguno de ellos se inclinara un poco y mirara hacia aquí, nos vería”. El amado Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, dijo: “Abu Bakr, guarda silencio. No somos aquí solamente dos; Allah es el tercero que está con nosotros”». En otra narración se relata que el amado Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, dijo: «Abu Bakr, ¿qué piensas de dos personas cuyo tercero es Allah?». (Sahih al-Bujari, vol. 1, pp. 516 y 558). Aquí debe recordarse que la inquietud de Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, no se debía a su propia seguridad; estaba preocupado por el amado Profeta, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Podía ver los pies de los malvados y se puso angustiado. Dijo: «Si muero, morirá un solo Abu Bakr; pero si usted muere, perecerá toda la comunidad». En ese momento el Mensajero dijo: «No temas, Abu Bakr. Allah Todopoderoso está con nosotros».

En resumen, los perseguidores se marcharon justo cuando la distancia entre el Mensajero de Allah y los malvados era de apenas unos pocos pasos.

En el camino hacia Medina

La búsqueda emprendida por los hombres ávidos de la recompensa, bajo el liderazgo de los coraichitas de La Meca, resultó infructuosa. Tras buscar durante tres días consecutivos, quedaron cansados y decepcionados, y su entusiasmo por la búsqueda comenzó a apagarse. Al observar esta situación, el amado Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, y Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, partieron hacia Medina. Ya habían acordado con Abdullah ibn Urayqit al-Laythi, experto en los distintos caminos, que llevaría a ambos a Medina a cambio de una remuneración. Aunque este hombre seguía la religión de los coraichitas, era digno de confianza; por eso también se le habían entregado las monturas. Se le había indicado que, después de tres días, acudiera con dos monturas ante la cueva de Zawr. En la noche del lunes, correspondiente al 1 de Rabi al-Awwal, es decir, el lunes por la noche del 16 de septiembre de 622 de la era cristiana, Abdullah ibn Urayqit llegó con las monturas. Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, le mostró sus dos camellas y dijo: «¡Oh, Mensajero! Elige una de estas dos». El Mensajero respondió: «Sí, pero a cambio de su precio».

Mientras tanto, Asma bint Abi Bakr, que Allah esté complacido con ella, trajo una pieza para extender sobre el camello, pero olvidó traer la cuerda para atarla. Al prepararse para partir, después de colocar la pieza sobre el lomo del camello, se dieron cuenta de que había dejado atrás la cuerda. Entonces se quitó la faja, la rasgó en dos partes, ató una de ellas la pieza al lomo del camello y se ciñó la otra alrededor de la cintura. Por ello recibió el sobrenombre de Dhat an-Nitaqayn, «la de las dos fajas» (Sahih al-Bujari, vol. 1, pp. 553-555; Ibn Hisham, vol. 1, p. 486).

Después partieron el amado Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—; Amir ibn Zuhayra también los acompañaba. El guía, Abdullah ibn Uraiqit, partió con ellos hacia Medina por la ruta costera.

Después de salir de la cueva de Zawr, Abdullah avanzó primero una gran distancia hacia Yemen, es decir, hacia el sur. Luego se dirigió hacia el oeste y viajó siguiendo la costa del mar. Más tarde tomó una ruta que la gente común desconocía, y avanzó por ella hacia el norte, junto a la costa del mar Rojo; por ese camino transitaba muy poca gente.

Ibn Ishaq menciona los lugares que el Mensajero de Allah atravesó por esta ruta. Dice que, cuando el guía partió con ellos, pasó por la zona baja de La Meca; después de avanzar por la costa, giró hacia la zona baja de Asfan, pasó por Zaniyat al-Murra, luego por Laqaf y atravesó la extensa llanura de Laqaf. Después llegó a la vasta región de Hiyaz y desde allí, pasando por el desvío de Muyáhir, se dirigió a una tierra verde y fértil. Luego entró en la llanura de Dhi Kishra y se dirigió hacia Yudadat; desde allí llegó a Aŷd. Después atravesó Yuzalam, pasando junto a la extensa región de Tahan; de allí continuó hacia Abadi y luego partió en dirección a Faya. Después descendió en Aŷr; más tarde pasó por el lado derecho de Raquba y llegó a Laniyat al-Aŷr, donde descendió al valle de Rim. Finalmente llegó a Quba. Ibn Hisham (Ibn Hisham, tomo 1, págs. 491-492).

Algunos acontecimientos del camino

1) En Sahih al-Bujari se transmite de Abu Bakr al-Siddiq —que Allah esté complacido con él— que dijo: «Después de salir de la cueva de Zawr, viajamos durante toda la noche y continuamos hasta el mediodía del día siguiente. Precisamente a mediodía no había ningún viajero en el camino. En ese momento vimos una extensa llanura alargada en la que no daba el sol, así que descendimos allí. Con mis propias manos nivelé un lugar para que durmiera el amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y después extendí allí una manta. Luego le dije al amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—: “Oh, Mensajero de Allah, acuéstese y descanse; yo vigilaré los alrededores”. El Profeta se acostó y yo observé en todas direcciones. De pronto vi que se acercaba un pastor con varias cabras y que venía hacia la sombra de la llanura. Le dije: “¿Tienen algo de leche tus cabras?”. Respondió: “Sí”. Le pregunté: “¿Puedo ordeñar una?”. Respondió: “Sí”. Entonces tomó una cabra y la trajo. Le dije: “Límpiale un poco la ubre de la tierra, la paja y el pelo”. Después de limpiarla, ordeñó un poco de leche en una copa. Yo tenía un recipiente de cuero que había reservado para las abluciones del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y para que bebiera agua. Me acerqué al amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y lo encontré dormido, así que no consideré apropiado despertarlo. Al cabo de un rato se despertó. Mezclé un poco de agua con la leche, de modo que la parte inferior del recipiente se enfrió, y le dije: “Beba esta leche”. Bebió y quedó complacido. Después dijo: “¿Todavía no ha llegado la hora de partir?”. Respondí: “¿Por qué no?”. Y entonces volvimos a partir». (Sahih al-Bujari, tomo 1, pág. 556).

2) Durante este viaje, Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— se sentaba detrás del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. La mirada de los viajeros se dirigía primero hacia él, porque su rostro mostraba señales de vejez, mientras que, en comparación, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— parecía más joven. Cuando alguno de los viajeros preguntaba: “¿Quién es ese que va delante de usted?”, Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— respondía: “Él me guía”. El que preguntaba entendía que se refería a que lo guiaba por el desierto, pero, en realidad, Abu Bakr al-Siddiq —que Allah esté complacido con él— se refería al camino de la virtud y del bien. (Sahih al-Bujari, tomo 1, pág. 556).

3) Durante este viaje, el amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— hizo una breve parada en la tienda de Umm Ma’bad al-Juzaiyya. Esta mujer era muy inteligente y estaba sentada en el patio de su casa; ofrecía a los viajeros que pasaban tanta comida y bebida como podía. El amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— le preguntó: “¿Tienes algo?”. La mujer respondió: “Si tuviéramos algo, no seríamos negligentes en atenderlos como huéspedes. Tenemos algunas cabras, pero están en los pastizales lejanos y ahora es época de sequía”.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— observó que había una cabra atada a un lado de la casa. Dijo: “Umm Ma’bad, ¿por qué está aquí esta cabra?”. Umm Ma’bad respondió: “Esta cabra está muy débil; no puede caminar”. El amado Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: “Si me das permiso, ¿puedo ordeñarla?”. La mujer respondió: “Sí; si ve que tiene leche, ordéñela, por supuesto”. Entonces el amado Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— puso la mano sobre la ubre de la cabra, pronunció el nombre de Allah e hizo una súplica. Inmediatamente la cabra extendió las patas y se puso de pie; su ubre estaba llena de leche. El amado Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— tomó un recipiente grande y ordeñó la cabra en él. El recipiente quedó lleno de leche, suficiente para que un grupo de personas bebiera hasta saciarse. Después de ordeñarla, el recipiente se llenó de espuma. Dio de beber a sus compañeros y Umm Ma’bad bebió también. Luego volvió a ordeñar la cabra en el mismo recipiente y, tras dejarlo lleno de leche en la casa de Umm Ma’bad, el Mensajero de Allah partió hacia su destino.

Poco después, el esposo de la mujer regresó a casa con un rebaño de cabras. Aquellas cabras también estaban débiles y, agotadas por el camino, jadeaban. Abu Ma‘bad, el esposo de Umm Ma‘bad, se quedó asombrado al ver la leche. Preguntó: «¿De dónde has obtenido la leche?». Ella respondió: «He llevado al pasto todas las cabras que daban leche; en casa no había ninguna cabra que pudiera ordeñarse». Umm Ma‘bad dijo: «Ha venido a nosotros un hombre lleno de bendiciones; su descripción era así y su aspecto era de esta manera». Después de escucharlo todo, Abu Ma‘bad dijo: «¡Este parece ser precisamente el hombre a quien los coraichitas están buscando! Bien, descríbeme un poco su aspecto y sus cualidades». Umm Ma‘bad describió al Mensajero —que Dios le bendiga y le conceda paz— de una manera sumamente atractiva y cautivadora. Al escuchar la forma de su descripción, parecía que el oyente pudiera verlo ante sus propios ojos. Estos detalles se mencionarán al final de la obra. Después de oír los grandes elogios del visitante, él dijo: «¡Por Dios! Este es el hombre de los coraichitas de quien la gente ha hablado. Deseo ser uno de sus compañeros más queridos; si encuentro alguna manera, sin duda lo haré».

Mientras tanto, algunas palabras llegaban en forma de versos a través del aire de La Meca. No se podía ver a quien recitaba el poema; su significado era el siguiente:

Que Dios recompense a esos dos

que hicieron una parada en la casa de Umm Ma‘bad

Se detuvieron sanos y salvos, emprendieron el viaje y volvieron a triunfar

Él es el compañero de Muhammad

¡Ay, Qusay, de entre vosotros

obtuvieron un éxito sin precedentes y el liderazgo que Dios había arrebatado

¡Qué afortunada es aquella mujer de Banu Ka‘b!

Bendita sea aquella morada para los creyentes.

Preguntad a la mujer por la cabra y por el recipiente.

Incluso aquella cabra dará testimonio; id a ver a la cabra.

Hadhrat Asma (que Allah esté complacido con ella) dijo: «No sabíamos en qué dirección se había marchado el Mensajero de Allah. De repente, un genio llegó a La Meca y recitó estos poemas. La gente, llena de entusiasmo, no podía encontrar al genio; corrían detrás de la voz y la escuchaban. Finalmente, aquella voz se desvaneció en las zonas elevadas de La Meca. Al oír el poema, comprendimos en qué dirección se había marchado el amado Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Quedó claro que se encontraba en el camino hacia Medina». (Zad al-Ma‘ad, t. 2, pp. 53-54. Considerando la ubicación de la tribu de Banu Juza‘a, se entiende que este suceso ocurrió el segundo día después de que el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) partiese hacia Medina).

Cuarto: Durante el trayecto, Suraqa ibn Malik siguió al amado Profeta y a Hadhrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). El relato de Suraqa es el siguiente: «Estaba sentado en una reunión de mi pueblo, Banu Mudlij, cuando un hombre llegó y se detuvo ante nosotros; después de un rato, se sentó. El hombre dijo: “¡Oh, Suraqa! Hace un momento vi a varios hombres cerca de la costa. Creo que uno de ellos es Muhammad y su compañero”. Suraqa dijo: “Comprendí que eran ellos, pero, para ocultar mis intenciones al hombre que había dado la noticia, le dije: ‘No, no son ellos. A quienes viste también los hemos visto nosotros; pasaron ante nuestros ojos’”. Después permanecí sentado un rato en la reunión. Luego entré en la casa y pedí a mi esclava que sacara mi caballo. Cuando lo sacó, le dije: “Llévalo detrás de la colina y espera allí; yo iré”. Después tomé unas flechas y salí por detrás de la casa. Sujetando un extremo de las flechas y arrastrando el otro por el suelo, llegué hasta mi caballo. En cuanto monté, el caballo comenzó a llevarme al galope. Finalmente alcancé a aquellos hombres en la zona costera. De repente, el caballo empezó a saltar y caí de su lomo. Volví a montarlo, extendí la mano hacia el carcaj y saqué una flecha de adivinación para saber si podría ponerlos en peligro; pero la flecha que salió era de las que yo detestaba. Observé que el Mensajero de Allah recitaba el Corán serenamente y con profunda concentración, sin prestar atención a nada. Abu Bakr al-Siddiq se volvía para mirarme. De repente, las dos patas delanteras de mi caballo se hundieron en el suelo hasta las rodillas. Caí del caballo. Lo reprendí, y el caballo intentó levantarse; con gran dificultad logró sacar las patas. Al levantarlas, de las huellas de sus patas se elevó un polvo semejante al humo. Consulté de nuevo las flechas del destino, y otra vez salió una flecha que yo no quería. Entonces los llamé con voz normal y ellos se detuvieron. Me acerqué a ellos montado en mi caballo. En cuanto hice que se detuvieran, de pronto sentí que el Mensajero de Allah sería el vencedor. Entonces le dije: “Tu propio pueblo ha ofrecido una recompensa por tu vida”. Asimismo, le informé de las intenciones de los habitantes de La Meca. Quise ofrecerle algunas provisiones para el camino, pero no aceptó nada ni me hizo ninguna pregunta; solo dijo: “Guarda en secreto nuestro asunto”. Le dije: “Escríbeme un salvoconducto”. El Mensajero de Allah ordenó entonces a Amir ibn Fuhayra que escribiera unas palabras en un trozo de cuero como salvoconducto para mí, y me lo entregó. Después, el Mensajero de Allah continuó su camino». (Sahih al-Bujari, t. 1, p. 554. El lugar de origen de Banu Mudlij se encontraba cerca de Babeg. Cuando Suraqa los siguió, el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) ascendía desde Qudayd. Según Zad al-Ma‘ad, t. 2, p. 53, parece que este suceso ocurrió el tercer día después de su partida de la cueva de Zawr).

Existe un relato de Hadhrat Abu Bakr sobre este suceso. Dijo: «Después de partir, la gente del pueblo nos buscaba, pero nadie nos vio excepto Suraqa ibn Malik ibn Ju‘shum. Suraqa se acercó montado en su caballo. Yo dije: “¡Oh, Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)! Un hombre nos sigue y ya se ha acercado”. Inmediatamente, el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “La tahzan, innallaha ma‘ana”, es decir: “No temas; Allah está con nosotros”». (Sahih al-Bujari, t. 1, p. 516).

Al regresar a La Meca, Suraqa vio que la búsqueda aún continuaba. Al ver a algunas personas dirigirse hacia el lugar donde había visto al Mensajero de Allah, Suraqa les dijo: «La tarea que teníais allí ya está cumplida». Así, quien al comienzo del día era uno de los perseguidores, al final del día se había convertido en un hombre digno de confianza. (Sahih al-Bujari, t. 1, p. 516).

5) En el camino, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se encontró con Buraida al-Aslami. Este hombre era el jefe de su pueblo y, atraído por la recompensa anunciada por los qurayshíes, también había salido en busca del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y de Abu Bakr, que Allah esté complacido con él. Sin embargo, en cuanto habló con el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, su corazón cambió; aceptó el islam allí mismo junto con setenta hombres de su tribu. Después, se quitó el turbante, lo ató a su lanza y comenzó a agitarlo mientras anunciaba la buena nueva: «Está llegando el rey de la paz, pionero de la reconciliación y precursor de quien llenará la tierra de justicia y equidad» (Rahmatul lil-Alamín, tomo 1, p. 101).

6) En el camino hacia Medina, el amado Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se encontró con Zubair ibn al-Awwam, que Allah esté complacido con él. Él regresaba de Siria con una caravana comercial de musulmanes y ofreció algunos artículos como regalo al amado Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y a Abu Bakr, que Allah esté complacido con él (Sahih al-Bujari, tomo 1, p. 554).

La estancia en Quba

El lunes 4 de Rabi al-Awwal del decimocuarto año de la profecía, es decir, el 1 de la Hégira, correspondiente al 23 de septiembre del año 622 de la era cristiana, el amado Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, llegó a Quba (Rahmatul lil-Alamín, tomo 1, p. 102). En esa fecha, el amado Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, había cumplido exactamente cincuenta y tres años. Según quienes calculan el inicio de la profecía tomando el año de la Guerra del Elefante como el año 41, el 9 de Rabi al-Awwal, en esa fecha se habían cumplido trece años de su profecía. En cambio, según quienes consideran que su profecía comenzó en Ramadán del año 49, en esa fecha su edad profética era de doce años, cinco meses y doce días, o veintidós días.

El venerable Urwa ibn Zubair, que Allah esté complacido con él, relata que los musulmanes de Medina habían sabido que el amado Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, había partido de La Meca; por ello, acudían cada día a un lugar llamado Harra, fuera de Medina, y esperaban allí. Cuando el sol del mediodía se volvía insoportable, regresaban. Un día, después de una larga espera de ese modo, todos habían vuelto a sus casas. En ese momento, un judío había subido a una colina para atender un asunto personal y, de repente, divisó un dosel hecho de tela blanca. Lleno de alegría, comenzó a gritar: «¡Escuchad, musulmanes, escuchad! Aquel por quien esperabais cada día está llegando». Apenas oyeron esto, los musulmanes acudieron corriendo y salieron, armados, para recibir a su amado líder (Sahih al-Bujari, tomo 1, p. 555).

Ibn al-Qayyim dice que, en cuanto se hizo el anuncio, se produjo un gran alboroto entre los Banu Amr ibn Awf y se escucharon exclamaciones de takbir. Los musulmanes recibieron al Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y comenzaron a congregarse a su alrededor. En ese momento, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, permanecía en silencio, mientras descendía sobre él esta aleya del Corán: «Pero si os apoyáis mutuamente contra el Profeta, sabed que Allah es su Protector, y también Gabriel y los creyentes rectos; además, los ángeles son sus auxiliares» (sura At-Tahrim, aleya 4).

El venerable Urwa ibn Zubair, que Allah esté complacido con él, relata que, después de reunirse con la gente, el amado Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, avanzó con ellos hacia la derecha y se dirigió a las casas de los Banu Amr ibn Awf. Era lunes y el mes era Rabi al-Awwal. Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, permanecía de pie para recibir a los recién llegados, mientras el amado Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, estaba sentado en silencio.

Los ansar que no habían visto anteriormente al Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, saludaban a Abu Bakr, que Allah esté complacido con él. Cuando los rayos del sol, que descendían oblicuamente, alcanzaron el cuerpo del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, Abu Bakr se puso de pie para protegerlo del sol con una capa. Así, todos pudieron reconocer al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él (Sahih al-Bujari, tomo 1, p. 555).

Multitudes acudieron a Medina para recibir al Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Fue un día histórico; la tierra de Medina jamás había presenciado antes una escena semejante. También los judíos fueron testigos de la llegada del Profeta prometido. En la Biblia se menciona que Allah hará que llegue desde el sur, y que el Santo llegará desde el monte Parán (Biblia, capítulo de Habacuc, p. 3).

El Mensajero se alojó en Medina en la casa de Kulzum ibn al-Hidam; según otra opinión, en la de Saad ibn Jaizama. Sin embargo, la primera información es más fiable.

Mientras tanto, Ali —que Allah esté complacido con él— permaneció tres días en La Meca, entregó a sus propietarios los depósitos que le habían confiado y luego llegó a Medina (Zad al-Maad, vol. 1, p. 54; Ibn Hisham, vol. 1, p. 493; Rahmatul lil-Alamin).

El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— permaneció en Quba durante cuatro días en total (esta es la narración de Ibn Ishaq; véase Ibn Hisham, vol. 1, p. 494, narración que también aceptó el erudito Mansurpurí, Rahmatul lil-Alamin, vol. 1, p. 102). Sin embargo, una narración de Sahih al-Bujari afirma que el amado Mensajero permaneció allí veinticuatro noches (vol. 1, p. 61); otra menciona algo más de diez noches (vol. 1, p. 555), y una tercera habla de catorce noches (vol. 1, p. 560). Ibn Qayyim aceptó esta última narración, pero explicó que el amado Profeta llegó a Quba un lunes y partió de allí un viernes (Zad al-Maad, vol. 2, pp. 54-55). Si el lunes y el viernes se consideran pertenecientes a dos semanas distintas, serían diez días en total, sin contar los días del trayecto, y doce días incluyendo el tiempo del viaje; en tal caso, ¿cómo podrían ser catorce días? Según otra opinión, permaneció allí los lunes, martes, miércoles y jueves; algunos dicen que fueron diez días y otros que permaneció en Quba veinticuatro días, sin contar el día de la partida ni los varios días del trayecto. Durante ese tiempo colocó los cimientos de la mezquita de Quba y realizó allí la oración. Esta fue la primera mezquita construida después de recibir la profecía, y sus cimientos se establecieron sobre la piedad. El viernes del quinto, duodécimo o vigésimo sexto día, montó su cabalgadura por orden de Allah. Antes de partir, envió aviso a la tribu de sus tíos maternos, los Banu Nayyar, y ellos se presentaron armados con espadas. Partió hacia Medina acompañado de ellos. Al llegar al asentamiento de los Banu Salim ibn Awf, llegó el momento de la oración del viernes. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— realizó la oración del viernes en aquel poblado, y cien fieles estuvieron presentes en la congregación (Sahih al-Bujari, vol. 1, pp. 555 y 560; Zad al-Maad, vol. 2, p. 55; Ibn Hisham, vol. 1, p. 494; Rahmatul lil-Alamin, vol. 1, p. 102). La mezquita todavía se encuentra allí.

La entrada del Mensajero de Allah en Medina

Después de realizar la oración del viernes, el amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— se dirigió a Medina. Desde ese día, Yatrib pasó a llamarse Madinat al-Rasul, es decir, la ciudad del Mensajero, abreviado como Medina. Este día fue histórico e inolvidable. Por todas partes se oían alabanzas a Allah, y los niños de los ansar, rebosantes de alegría, cantaban esta canción:

Desde aquella montaña del sur, se alzó sobre nosotros la luna llena

Dar gracias a Allah es deber de todos nosotros

Cumplir Tus mandatos y obedecerte es deber de todos nosotros; Allah Todopoderoso te ha enviado (Esta traducción del poema fue realizada por Alama Mansurpurí. Alama Ibn Qayyim escribió que este poema fue recitado cuando el Mensajero regresó de Tabuk. Al afirmar que el poema solo fue recitado cuando el Profeta —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— entró en Medina, dijo que esa afirmación era errónea (Zad al-Ma’ad, t. 3, p. 10). Sin embargo, aunque Alama Ibn Qayyim la consideró errónea, no pudo aportar pruebas razonadas fiables. Por otro lado, Alama Mansurpurí dio preferencia a la opinión de que este poema fue recitado al entrar en Medina, y afirmó que poseía pruebas razonadas y confiables al respecto. Véase Rahmatul lil-Alamín, t. 1, p. 106).

Los ansar no eran ricos ni adinerados, pero todos deseaban que el Profeta se alojara en sus casas. Los habitantes de las zonas por las que pasaba sujetaban las riendas de la camella del Profeta —que Allah le conceda paz y bendiciones— y le suplicaban que fuera a sus hogares. Pero el Mensajero de Allah —que Allah le conceda paz y bendiciones— les dijo: «Dejad libre el camino de la camella; ella ha recibido una orden de Allah». Entonces la camella comenzó a avanzar a voluntad y se detuvo en el lugar donde actualmente se encuentra la Mezquita del Profeta. El Mensajero de Allah —que Allah le conceda paz y bendiciones— no bajó de la camella; esta avanzó un poco, luego regresó al lugar anterior y se sentó. Aquel era el barrio de los antepasados maternos del Profeta, es decir, el barrio de los Banu Nayyar. Al dejar la camella al designio de Allah, se detuvo en el territorio de los Banu Nayyar, mostrando respeto por los antepasados maternos; el Mensajero de Allah —que Allah le conceda paz y bendiciones— también lo deseaba en su fuero interno. Entonces los miembros de la tribu de los Banu Nayyar comenzaron a rogarle e insistirle que fuera a sus respectivas casas. Abu Ayyub al-Ansari se adelantó, tomó la brida de la camella y la llevó a su casa. Después, el Mensajero —que Allah le conceda paz y bendiciones— dijo: «El hombre permanece junto a la silla de montar de su camella». Entonces Hazrat As’ad ibn Zurarah se acercó y tomó la brida de la camella; desde ese momento, esta quedó bajo su control (Zad al-Ma’ad, t. 2; Rahmatul lil-Alamín, t. 1, p. 106).

Se narra en el Sahih de Bujari, transmitido por Hazrat Anas —que Allah esté complacido con él—, que el Profeta —que Allah le conceda paz y bendiciones— dijo: «¿Cuál de nuestras casas está más cerca?». Hazrat Abu Ayyub al-Ansari respondió: «La mía, oh Mensajero de Allah. Esta es mi casa y esta es mi puerta». El Mensajero de Allah dijo: «Ve y prepara para nosotros la qaylula, es decir, el descanso del mediodía». Abu Ayyub dijo: «Venid ambos; Allah bendecirá» (Sahih de Bujari, t. 1, p. 556).

Unos días después llegaron también la esposa del Mensajero de Allah —que Allah le conceda paz y bendiciones—, la Madre de los Creyentes Hazrat Sawda, sus dos hijas Fátima y Umm Kulzum, Usama ibn Zayd y Umm Ayman. Abdullah ibn Abu Bakr llevó a todos ellos a Medina junto con la familia de Hazrat Abu Bakr. Hazrat Aisha —que Allah esté complacido con ella— también estaba con ellos. Una de las hijas del Profeta —que Allah le conceda paz y bendiciones—, Hazrat Zaynab, permaneció junto a Hazrat Abu al-As, quien entonces no le permitió partir; ella llegó después de la batalla de Badr (Zad al-Ma’ad, t. 2, p. 55).

Hazrat Aisha —que Allah esté complacido con ella— dijo: «Después de que el querido Mensajero —que Allah le conceda paz y bendiciones— llegó a Medina, Hazrat Abu Bakr y Hazrat Bilal enfermaron de fiebre. Fui a verlos y dije: “Padre, ¿cómo te encuentras? Bilal, ¿cómo te encuentras?”. Cuando Hazrat Abu Bakr tenía fiebre, recitaba este poema:

Todos los miembros de la familia dicen: «Buenos días».

Nadie piensa que su muerte está más cerca que los cordones de sus zapatos.

Cuando Hazrat Bilal se recuperó un poco, recitó con su melodiosa voz:

Si supiera que pasaría la noche en las afueras de La Meca, donde por todas partes habría hierba izjir y yalil, no sé si podría llegar a la fuente de Marjinna ni si lograría ver los montes de Sama y Tufayl.

Aisha, que Allah esté complacido con ella, dijo: «Me acerqué al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y le comuniqué la noticia. Él dijo: “¡Oh Allah! Haz que Medina nos sea tan querida como nos era La Meca; haz, más bien, que el ambiente y el clima de Medina sean más saludables que los de La Meca; bendice aquí nuestros cereales y aleja de aquí la enfermedad hacia al-Yuhfa”» (Sahih al-Bujari, vol. 1, pp. 588-589). Allah aceptó la súplica de Su amado Profeta y la situación cambió.

Hasta aquí quedó completada una parte de la vida del amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, así como el período mequí de la predicación islámica.

Si les concedo autoridad en la tierra (política), establecerán la oración, ordenarán el bien y, ciertamente, el desenlace final de todos los asuntos está en manos de Allah (sura al-Hajj, 41).

5

Los diez años de Yathrib: un rey con apariencia de faqir

Las distintas etapas de la vida medinense

La situación general de Medina en el momento de la Hégira

1) En primer lugar, los musulmanes tuvieron que afrontar la sedición, el desorden y las adversidades internas; al mismo tiempo, los enemigos externos atacaron Medina con el propósito de aniquilarla. Esta etapa continuó hasta el tratado de Hudaybiyya, en el mes de Dhul Qa‘da del sexto año de la Hégira.

2) En segundo lugar, concertaron una tregua con los politeístas. La conquista de La Meca, en el mes de Ramadán del octavo año de la Hégira, puso fin a esta etapa intermedia. Durante ella, se presentó la invitación al islam a los gobernantes de diversos países.

3) En tercer lugar, la gente comenzó a entrar en la religión de Allah en grupos. Durante esta etapa, representantes de diversas comunidades y tribus acudieron a Medina. Esta etapa concluyó al final de la vida del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, es decir, en el mes de Rabí al-Awwal del undécimo año de la Hégira.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, tuvo que establecer relaciones con tres grupos en los que predominaban las diferencias. Estos eran:

1) El grupo de los nobles compañeros, que habían recibido una excelente formación del Mensajero elegido por Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y que estaban siempre dispuestos a sacrificar sus bienes y sus vidas por la causa de Allah.

2) Los politeístas, vinculados a los antiguos y auténticos habitantes de Medina, que todavía no habían abrazado la fe.

3) En cuanto a la comunidad judía y a los nobles compañeros, los problemas que el amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, tuvo que afrontar eran los siguientes: la situación de Medina era completamente distinta de la de La Meca. Aunque en La Meca eran seguidores de una misma profesión de fe y su objetivo era común, estaban dispersos en diferentes familias; vivían atemorizados, eran débiles y sufrían humillaciones; no tenían ningún poder, pues todo el poder estaba en manos de sus enemigos. En La Meca, los musulmanes no poseían ninguno de los elementos sobre los que se construye una sociedad en el mundo. ¿Sobre qué base podrían los musulmanes construir una sociedad? Por eso se observa que las suras del Corán reveladas en La Meca solo describían la invitación al islam. En ese período fueron reveladas normas que cada persona podía practicar individualmente.

En cambio, desde el primer día después de llegar a Medina, los musulmanes tenían en sus manos las riendas del poder y nadie ejercía autoridad sobre ellos. Debían afrontar numerosas leyes y normas relativas a la cultura, la economía, la política, la guerra y los tratados, entre otros asuntos. Era el momento de establecer el modelo práctico de una nueva sociedad musulmana, es decir, una sociedad islámica, y de alcanzar el pleno desarrollo de una vida elevada mediante la observancia de lo lícito y lo ilícito y la manifestación de un carácter noble. Aquella sociedad sería una sociedad ejemplar, libre de ignorancia y desconocimiento; en ella no quedaría ningún rastro de la sociedad de la yahiliyya. Sería una sociedad completamente singular. Había llegado el momento de demostrar en la práctica la realidad de los diversos sufrimientos, persecuciones y opresiones que los musulmanes habían soportado durante diez años por la causa de la invitación al islam.

Una sociedad de este tipo no puede construirse en un día, un mes o un año; más bien, requiere un largo período durante el cual puedan impartirse gradualmente las instrucciones y completarse la formulación y aplicación de las leyes. La responsabilidad de formar y orientar a los musulmanes, así como de poner en práctica las instrucciones y las leyes, recaía directamente sobre el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz.

Allah Altísimo dice: «Él es quien envió a uno de ellos como Mensajero entre los iletrados, para que les recitara Sus aleyas, los purificara y les enseñara el Libro y la sabiduría, aunque antes se encontraban en un extravío manifiesto» (sura Al-Yumu‘a, aleya 2).

En cuanto a los nobles Compañeros, su estado era tal que siempre permanecían atentos al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y encontraban satisfacción en cumplir debidamente cualquier orden que él impartiera. Allah Altísimo dice: «Cuando se les recitan Sus aleyas, estas aumentan su fe».

Estos asuntos no forman parte del tema que tratamos aquí; por ello, los abordaremos en el lugar correspondiente, según sea necesario.

Los asuntos surgidos de la relación de los musulmanes con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, tienen como cuestión principal aquí la invitación al islam y la misión profética de Muhammad. Sin embargo, esto tampoco era un asunto pasajero y entusiasta, sino una cuestión independiente y permanente. Además, había otros asuntos que requerían atención inmediata; en resumen, eran los siguientes:

Entre los musulmanes había dos tipos de personas. Un grupo vivía tranquilamente entre sus tierras, sus casas y sus bienes; eran los miembros de las tribus de los Ansar, entre quienes existía una enemistad heredada de generación en generación. Junto a ellos había otro grupo: los emigrantes. Estos estaban privados de las ventajas mencionadas; habían llegado a Medina con las manos vacías, de una u otra manera. No tenían un lugar donde alojarse ni trabajo con el que satisfacer el hambre, y tampoco poseían dinero ni ninguna otra cosa que les permitiera establecerse por sí mismos. El número de estos emigrantes dependientes de la ayuda ajena aumentaba día tras día, pues se había proclamado en el Corán que quienes creyeran en Allah y en Su Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, debían emigrar a Medina. Ya se sabía que en Medina no había mucha riqueza ni medios importantes de ingresos y sustento; por ello, el equilibrio económico de Medina se deterioró. En aquel momento crítico, los enemigos del islam sometieron a Medina a un boicot económico, lo que redujo las importaciones y agravó aún más la situación.

Había también otro grupo: los habitantes no musulmanes de Medina. Su situación no era mejor que la de los musulmanes. Algunos no musulmanes politeístas se hallaban entre la indecisión y la duda, y vacilaban en abandonar la religión de sus antepasados; sin embargo, no albergaban ninguna hostilidad ni animosidad contra el islam y los musulmanes. Personas de este tipo abrazaron el islam al poco tiempo y se convirtieron en verdaderos musulmanes.

Por otro lado, había politeístas que albergaban en lo más íntimo de su corazón un intenso odio y hostilidad contra el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, y contra los musulmanes, pero no tenían el valor de enfrentarse a ellos cara a cara ni de combatirlos. Más bien, debido a las circunstancias, mostraban afecto hacia el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, y fingían ingenuidad. El más destacado de ellos era Abdullah ibn Ubayy. Cabe señalar que, después de la batalla de Bu‘az, las tribus de Aws y Jazray habían acordado convertirlo en su líder.

Antes de esto, estas dos tribus nunca habían llegado a un acuerdo sobre ningún otro asunto. Mientras los miembros de las tribus Aws y Jazray se preparaban para proclamar rey a Abdullah ibn Ubayy, habían confeccionado una magnífica corona. Fue entonces cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a Medina. Cuando la atención de la gente se dirigió hacia el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en lugar de hacia Abdullah ibn Ubayy, Abdullah pensó que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le había arrebatado su reino. Por ello, albergaba en secreto un intenso odio hacia el amado Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. A pesar de ello, después de la batalla de Badr, Abdullah comprendió que la situación no estaba a su favor. Si permanecía aferrado al politeísmo, también se vería privado de los beneficios mundanos; por eso declaró públicamente que había aceptado el islam, aunque en su interior era un incrédulo y no desaprovechaba ninguna oportunidad de perjudicar a los musulmanes. Sus compañeros eran aquellos que soñaban con ocupar altos cargos bajo el liderazgo de este hipócrita, pero se vieron privados de esas oportunidades. Por ello, también estaban siempre dispuestos a perjudicar a los musulmanes. Ejecutaban los planes del líder hipócrita, Abdullah, y para este fin incorporaban a su grupo a algunos jóvenes musulmanes ingenuos de Medina y los utilizaban como títeres.

La tercera categoría estaba formada por los judíos de la región. Estos se habían refugiado en el Hiyaz, agotados por la opresión de los asirios y los romanos. En realidad, eran hebreos; después de refugiarse en el Hiyaz, por sus costumbres, su forma de hablar y su vestimenta parecían árabes. Incluso los nombres de sus tribus y de sus personas eran como los de los árabes, y habían establecido vínculos matrimoniales con ellos. Sin embargo, a pesar de todo eso, no podían olvidar el orgullo de su linaje. Se enorgullecían de ser israelitas, es decir, judíos. Consideraban a los árabes muy inferiores y los insultaban llamándolos ummiyyun. Con este término querían decir ignorantes, necios, salvajes, inferiores e intocables. Creían que las riquezas de los árabes eran lícitas para ellos y que podían disfrutarlas y utilizarlas como quisieran. Allah el Altísimo dice: «Dicen: “No tenemos ninguna obligación respecto a los iletrados”» (La familia de Imrán, aleya 75).

Es decir, no se nos puede reprochar que disfrutemos y utilicemos las riquezas de los ummiyyun. Entre estos judíos no se observaba ninguna actividad para predicar y difundir su religión. La adivinación, la magia y los conjuros formaban parte de sus creencias y rituales religiosos; mediante todo ello se consideraban eruditos sabios y líderes espirituales.

Los judíos eran hábiles para adquirir riquezas. Comerciaban con alimentos, dátiles, vino y ropa. Importaban alimentos, ropa y vino, y exportaban dátiles; además, se dedicaban a muchas otras actividades. Obtenían de los árabes ganancias dos o tres veces superiores en las mercancías comerciales. No solo eso, también practicaban la usura: prestaban dinero con interés a los jeques y jefes árabes. Estos gastaban generosamente el dinero prestado en los poetas que los elogiaban, con el fin de alcanzar fama. Por su parte, a cambio de prestar dinero con interés, los judíos exigían diversos bienes como garantía; así, en pocos años se convertían en propietarios de esas propiedades.

Los judíos eran expertos en las conspiraciones y en encender el fuego de la guerra. Sembraban sutilmente las semillas de la enemistad entre las tribus vecinas. Siempre estaban dispuestos a incitar a una tribu contra otra y lanzarlas al combate, aunque quienes se enfrentaban entre sí no se daban cuenta de ello ni en lo más mínimo. Después, el conflicto y la hostilidad persistían entre las tribus enfrentadas. Cuando advertían que el fuego de la guerra comenzaba a apagarse, los judíos volvían a actuar. Lo sorprendente era que, después de instigarlas unas contra otras, permanecían sentados tranquilamente y contemplaban la destrucción de los árabes; incluso entonces les prestaban dinero a un interés elevado. No querían que la guerra terminara por falta de capital. De este modo, los judíos obtenían un doble beneficio: por un lado, mantenían segura a su comunidad y, por otro, mantenían próspero el negocio de la usura. Ganaban dinero calculando intereses sobre los intereses.

Las tres principales tribus judías de Medina

1) Banu Qaynuqa. Eran aliados de la tribu de Jazray y vivían dentro de Medina.

2) Banu Nadir.

Tres) Banu Qurayza. Estas dos tribus eran aliadas de la tribu de Aws y vivían en las afueras de Medina.

Durante mucho tiempo, entre las tribus de Aws y Jazray ardió el fuego de la guerra. En la batalla de Buaz, ambas participaban en el combate apoyando a sus respectivas tribus aliadas. Los judíos albergaban hostilidad hacia el islam, y esto era natural: la disposición propia de esa clase de enemistad había existido en su carácter desde hacía mucho tiempo. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— no descendía de ellos, por lo que su orgullo aristocrático no encontraba ninguna consideración. Si el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— hubiera surgido de entre ellos, se habrían sentido tranquilos. Además, la invitación del islam era una invitación firme, que ofrecía a las personas la oportunidad de olvidar la enemistad y unirse en lazos de hermandad mutua, así como de observar la justicia, la honestidad y la distinción entre lo lícito y lo ilícito. Esto significaba que ahora surgirían cordialidad y armonía entre las tribus enfrentadas de Yathrib. Como consecuencia, disminuirían las actividades comerciales de los judíos y quedarían privados de la riqueza basada en la usura, que constituía el principal fundamento de su economía. Incluso existía el temor de que aquellas tribus tomaran conciencia de sí mismas y recuperaran los bienes que los judíos habían adquirido sin dar nada a cambio; es decir, que recuperaran los huertos y las tierras de distintas tribus que los judíos habían ocupado mediante sus negocios usurarios.

Desde el comienzo de la predicación del islam en Yathrib, los judíos habían tenido en cuenta todas estas cosas. Por ello, desde la llegada del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, los judíos de Medina albergaban una intensa hostilidad hacia el islam y los musulmanes. Sin embargo, no manifestaron esa hostilidad de inmediato, sino algo más tarde. En un relato transmitido por Ibn Ishaq se encuentra una mención clara de esta situación.

Ibn Ishaq escribió: «Recibí un relato de la Madre de los Creyentes, Safiyya bint Huyayy ibn Akhtab (que Allah esté complacido con ella). Ella dijo: “Yo era la más querida entre los hijos de mi padre y de mi tío; él me amaba más que a todos los demás hijos. Después de que el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegó a Medina, se alojó con los Banu Amr ibn Awf, en la localidad de Quba. Al enterarse de ello, Huyayy ibn Akhtab (que Allah esté complacido con él) y su tío Yasir fueron a ver al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— muy temprano por la mañana y regresaron al ponerse el sol. Ambos estaban sumamente cansados.”»

Como de costumbre, corrí hacia ellos, pero estaban tan absortos en sus pensamientos que no repararon en mí. Escuché que mi tío Yasir y mi padre conversaban así:

—¿Es él?

—Sí, por Allah.

—¿Lo has reconocido bien?

—Sí.

¿Qué opinión tiene ahora sobre él?

—Hostilidad; por Dios, mientras viva (Ibn Hisham, tomo I, pp. 518-519).

También se encuentra una prueba de ello en una narración mencionada en Sahih al-Bujari, en la que se relata la conversión al islam de Abdullah ibn Salam,

Abdullah era un erudito judío de gran categoría. Al enterarse de la llegada del Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, a Medina, acudió inmediatamente ante él y le formuló algunas preguntas cuyas respuestas nadie salvo un profeta podía conocer. En cuanto recibió del Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, las respuestas a esas preguntas, abrazó el islam. Después le dijo al Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él: «Los judíos son expertos en difamar a los demás. Si les pregunta acerca de mí, después de enterarse de mi conversión al islam dirán lo contrario de lo que hayan dicho». El Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, mandó llamar de inmediato a varios judíos y les preguntó: «¿Qué clase de persona es Abdullah ibn Salam entre vosotros?». Ellos respondieron: «Es el más sabio de nosotros y el hijo del más sabio de nosotros». En otra narración se dice: «Es nuestro jefe y el hijo de nuestro jefe». Entonces el Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, les preguntó: «¿Qué diríais si os enterarais de que Abdullah ibn Salam se ha hecho musulmán?». Los judíos dijeron dos o tres veces: «¡Que Allah lo proteja!». En ese momento Abdullah salió y proclamó en voz alta: «Doy testimonio de que no hay divinidad excepto Allah y doy testimonio de que Muhammad es el Mensajero de Allah». Es decir: «Doy testimonio de que no hay nadie digno de adoración excepto Allah y de que Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, es Su Mensajero». Al oír esto, los judíos dijeron: «Este es el peor de nosotros y el hijo del peor de nosotros», y comenzaron a decir aún más cosas malas sobre él. Abdullah, que Allah esté complacido con él, dijo: «¡Oh comunidad judía! Temed a Allah. Juro por Allah, aparte de Quien no hay ninguna divinidad, que sabéis perfectamente que él es el Mensajero de Allah y que ha venido con la verdad». Pero los judíos respondieron: «Estás mintiendo» (Sahih al-Bujari, tomo I, pp. 459, 556 y 561).

Esta fue la experiencia que tuvo el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, con los judíos en los primeros tiempos de su llegada a Medina.

Todo lo mencionado hasta ahora se refería a la situación interna de Medina. Fuera de Medina, los mayores enemigos de los musulmanes eran los coraichitas. Durante diez años habían infligido un sufrimiento ilimitado a los musulmanes de La Meca; mediante intrigas, conspiraciones, persecución y opresión habían hecho insoportable la vida de los musulmanes y no habían dejado pasar ninguna oportunidad de hacerles daño. Después de que los musulmanes emigraran a Medina, los incrédulos se apoderaron de sus casas, tierras y bienes, y atormentaban de diversas maneras a cualquiera que se interpusiera entre los musulmanes y sus familias. No solo eso, sino que se entregaron a una terrible conspiración para asesinar al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y erradicar por completo la predicación del islam, para lo cual emplearon todos sus recursos. Incluso después de que los musulmanes llegaran a Medina, situada a quinientos kilómetros de distancia, los incrédulos no abandonaron sus conspiraciones. Los coraichitas eran vecinos de la Casa Sagrada y habían ocupado la posición de liderazgo religioso entre los árabes. Por ello utilizaron su influencia, presionaron a las distintas tribus de La Meca, las incitaron contra los musulmanes y sometieron a Medina a un boicot político. Como consecuencia, disminuyó la llegada de mercancías a Medina, mientras que el número de emigrados que llegaban allí aumentaba día tras día. En realidad, se creó una situación semejante a la de un estado de guerra entre los incrédulos de La Meca y los musulmanes residentes en Medina. Culpar a los musulmanes de esta situación sería una enorme insensatez.

Del mismo modo que los incrédulos de La Meca habían usurpado las casas y los bienes de los musulmanes y les habían infligido abusos, persecución y opresión, los musulmanes también tenían legítimamente derecho a hacer algo semejante. Del mismo modo que los no musulmanes habían obstaculizado la vida normal de los musulmanes, estos también tenían legítimamente derecho a crear obstáculos y barreras semejantes. Según las acciones de los no musulmanes, estos merecían recibir una respuesta adecuada a sus actos; así, su conspiración para expulsar por completo a los musulmanes no tendría éxito.

Tras la llegada del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, a Medina, se enfrentó a estos problemas y, ante ellos, adoptó una perspectiva propia de un líder profético: mostró benevolencia hacia quienes la merecían y dispuso el castigo para quienes eran dignos de él. Sin embargo, es cierto que la misericordia y la benevolencia superaron con mucho la severidad del castigo. Así, en pocos años, el liderazgo y la autoridad pasaron a manos de los musulmanes. Este asunto se analizará detalladamente más adelante.

Primera etapa: establecimiento del nuevo orden social

Como se ha mencionado anteriormente, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó el viernes 12 de Rabí al-Awwal del primer año de la Hégira, correspondiente al 27 de septiembre del año 622 de la era cristiana, frente a la casa de Abu Ayyub al-Ansari, que Allah esté complacido con él, perteneciente a la tribu de Banu Nayyar. En ese momento decía: «Si Allah quiere, este será nuestro lugar de descanso». Después se trasladó a la casa de Abu Ayyub al-Ansari, que Allah esté complacido con él.

Construcción de la Mezquita del Profeta

Después, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, comenzó la construcción de la Mezquita del Profeta. Determinó como lugar para la mezquita el sitio donde su camella se detuvo. El terreno pertenecía a dos muchachos huérfanos. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, compró el terreno a un precio justo y comenzó la construcción de la mezquita. Él mismo transportaba ladrillos y piedras para la mezquita, mientras recitaba:

«Oh Allah, no hay vida sino la vida del Más Allá; perdona a los ansar».

«y a los muhajirun. Esta carga no es como la carga de Jaibar».

«Esto es más beneficioso y más puro para nuestro Señor».

Los compañeros recitaban con entusiasmo al mismo tiempo que el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—:

Ra’inā qadānā wan-nabiyyu ya‘mal,

Lādhāka minnāl-amānu wal-mudallal,

es decir: «¡Oh Allah!, verdaderamente la vida es la vida del Más Allá; perdona a los ansar y a los emigrados. Esta carga no es la carga de Jaibar; esta carga pertenece al Señor y es pura. Si nosotros permaneciéramos sentados mientras el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— trabaja, seríamos responsables de obrar en el extravío».

En aquel terreno había varias tumbas de politeístas; algunas partes estaban desiertas y eran irregulares, y también había algunas palmeras y otros árboles. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— excavó las tumbas de los politeístas, niveló las zonas irregulares, cortó las palmeras y los demás árboles y los colocó orientados hacia la qibla. Cabe señalar que en aquel tiempo la qibla era Bayt al-Maqdis.

Las dos jambas de la puerta de la mezquita eran de piedra; sus paredes estaban construidas con ladrillos sin cocer y barro. Sobre el techo se extendieron ramas y hojas de palmera, y se instalaron tres puertas. Desde la pared frontal de la qibla hasta la pared posterior había una longitud de cien codos; la anchura era menor, y los cimientos tenían aproximadamente tres codos de profundidad.

El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— construyó varias chozas sencillas cerca de la mezquita. Las paredes de estas habitaciones estaban hechas de hojas y ramas de palmera; eran las viviendas de las esposas del amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Una vez terminadas, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se trasladó allí desde la casa de Abu Ayyub al-Ansari (Sahih al-Bujari, pp. 71, 555 y 560; Zād al-Ma‘ād, vol. II, p. 56).

La mezquita construida no servía únicamente para realizar la oración; también era una universidad en la que los musulmanes aprendían los principios fundamentales del islam y la guía.

Era una asamblea tal que en ella personas de diversas tribus, desgarradas por los conflictos tribales, el odio y la hostilidad, convivían en un ambiente de armonía y cordialidad mutuas. Esta mezquita era un centro desde el cual se dirigían todos los asuntos del Estado recién constituido, y desde allí se enviaban hombres a diversas expediciones. Además, esta mezquita desempeñaba la función de un parlamento: en ella se celebraban las sesiones del Majlis al-Shura y del Majlis al-Intizamiya.

Además, esta mezquita era el refugio de aquellos muháyirun y desamparados que no tenían casa, familia ni ningún otro apoyo.

La práctica del adhan comenzó desde la primera etapa de la Hégira. Este adhan era como una melodía extraordinariamente dulce, cuyos acordes hacían resonar todos los horizontes. A este respecto se menciona el episodio de la visión en sueños de Hazrat Abdullah ibn Zayd (que Allah esté complacido con él). Para más detalles, véanse Tirmidhi, Sunan Abi Dawud, Musnad Ahmad y Sahih Ibn Juzayma.

Establecimiento de la fraternidad entre los musulmanes

El Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— estableció, mediante la construcción de la Mezquita del Profeta, un centro de reunión mutua, unión y afecto. Del mismo modo, realizó una obra extraordinaria en la historia de la humanidad: creó la fraternidad entre los ansar y los muháyirun. El erudito Ibn Qayyim escribió: «Después, el Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— estableció el vínculo de fraternidad entre los muháyirun y los ansar en la casa de Hazrat Anas ibn Malik. En aquel momento estaban presentes noventa compañeros en total: la mitad eran muháyirun y la otra mitad, ansar. La esencia del vínculo fraternal era que cada uno compartiera la tristeza y la alegría del otro y que, después de su muerte, heredara los bienes del otro en lugar de sus parientes cercanos. Esta norma de herencia estuvo vigente hasta la batalla de Badr. Después, Allah, exaltado sea, reveló en el Noble Corán el siguiente versículo: “Los parientes cercanos tienen más derecho unos sobre otros”».

Después de la revelación de este versículo, quedó abolida la ley de herencia sobre los bienes entre los ansar y los muháyirun, pero el vínculo de fraternidad permaneció intacto. Se dice que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— estableció otro vínculo de fraternidad únicamente entre los muháyirun; sin embargo, solo está documentado el vínculo fraternal mencionado en primer lugar. Es evidente que los muháyirun ya estaban muy unidos entre sí debido a la fraternidad islámica, la fraternidad de origen y los lazos de parentesco, por lo que no necesitaban ningún otro tipo de vínculo fraternal. Pero la situación de los muháyirun y los ansar era diferente (Zad al-Ma’ad, tomo II, pág. 56).

Sobre el propósito de este vínculo fraternal, el imam Gazali —que Allah tenga misericordia de él— escribió: «Entre los objetivos de este vínculo estaban poner fin a las costumbres de la época de la ignorancia, realzar la belleza del islam y eliminar las diferencias de raza, tribu y región. Con ello se dejó claro que el único criterio de superioridad o inferioridad es la taqwa, y no cualquier otra cosa».

El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— no adornó este vínculo fraternal con palabras vacías, sino que lo definió como un compromiso obligatorio que debía cumplirse y observarse, relacionado con la vida y los bienes. No se limitaba a saludos y felicitaciones pronunciados verbalmente, sin ningún resultado; por el contrario, este vínculo fraternal despertaba el espíritu de sacrificio, compasión ante el sufrimiento, cordialidad y armonía. Por ello, el vínculo fraternal llenó a la nueva sociedad de Medina de una actividad valiosa y luminosa (Fiqh al-Sira, págs. 140-141).

En Sahih al-Bujari se narra que, después de que los emigrantes llegaron a Medina, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— estableció un vínculo de hermandad entre Abd al-Rahman ibn Awf —que Allah esté complacido con él— y Sa’d ibn al-Rabi —que Allah esté complacido con él—. Entonces Sa’d ibn al-Rabi —que Allah esté complacido con él— le dijo a Abd al-Rahman —que Allah esté complacido con él—: «Soy el más rico de los ansar. Toma la mitad de mis bienes. Tengo dos esposas; míralas y dime cuál prefieres. Me divorciaré de ella y, cuando termine su período de espera, te casarás con ella». Al oír esto, Abd al-Rahman —que Allah esté complacido con él— dijo: «Que Allah bendiga a tu familia y tus bienes. ¿Dónde está el mercado aquí?». Le indicaron el mercado de Banu Qaynuqa. Cuando regresó del mercado, vieron que llevaba algo de queso y mantequilla clarificada. Después, iba y venía regularmente del mercado todos los días. Un día, cuando regresó, se observaron en su cuerpo señales de azafrán. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le preguntó la causa. Abd al-Rahman —que Allah esté complacido con él— respondió: «Oh, Mensajero de Allah, me he casado». El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— preguntó: «¿Cuánto diste como dote?». Abd al-Rahman respondió: «Una tola y cuarto de oro» (Sahih al-Bujari, capítulo sobre el establecimiento del vínculo de hermandad entre los emigrantes y los ansar, vol. 1, pág. 553).

Se narra un hadiz de Abu Hurayra —que Allah esté complacido con él— que los ansar solicitaron al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—: «Distribuye entre nosotros y nuestros hermanos los palmerales que poseemos». El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— no aceptó. Entonces los ansar dijeron: «En ese caso, que los emigrantes trabajen en nuestros palmerales y les daremos una parte de los frutos producidos». El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— aprobó esto, y nosotros actuamos conforme a ello.

Esto permite comprender cómo los ansar honraron a los emigrantes. También revela el amor de los ansar por sus hermanos emigrantes, su sincera sencillez y su espíritu de sacrificio. Los emigrantes concedían gran importancia a esta conducta de los ansar (Sahih al-Bujari, vol. 1, pág. 312); no aceptaron de ellos ningún beneficio adicional, sino únicamente la ayuda necesaria para reanimar un poco su frágil economía.

Este vínculo de hermandad entre los ansar y los emigrantes fue una prueba de una excepcional visión política y prudencia; el establecimiento de esta relación fraternal constituyó una solución excelente a los problemas que afrontaban los musulmanes en aquel momento.

El compromiso de cooperar en favor del islam

Además del vínculo de hermandad mencionado, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— redactó otro pacto para los musulmanes. Por medio de él se destruyeron los fundamentos de todos los conflictos, enfrentamientos y disputas tribales de la época de la ignorancia, y tampoco se dejó lugar alguno para las costumbres y usos de aquella época. Las cláusulas de dicho pacto eran las siguientes:

Este documento se establece por parte del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— entre los qurayshíes de Yathrib, sus subordinados y quienes están vinculados a ellos, y los creyentes y musulmanes que participan en el yihad:

1) Todos ellos constituyen una comunidad distinta de todas las demás personas.

Dos) Los emigrantes de Quraysh se rescatarán mutuamente conforme a su costumbre anterior; entre los creyentes devolverán justamente a los prisioneros, y, según cada tribu de los auxiliares, los creyentes pagarán justamente el rescate de sus propios prisioneros.

Tres) Los creyentes no privarán a ninguno de los suyos, en materia de rescate o liberación mediante pago, de las donaciones y los regalos conforme a la costumbre establecida.

Cuatro) Todos los musulmanes sinceros se opondrán a quienes cometan excesos; todos los creyentes se opondrán a quienes, entre ellos, cometan injusticias y abusos, pecados, disturbios, desórdenes o sedición.

Cinco) Los creyentes se unirán contra el injusto; esta decisión no cambiará aunque el injusto sea hijo de un creyente.

Seis) Ningún creyente matará a otro creyente bajo la acusación de haber matado a un incrédulo.

Siete) Ningún creyente se alzará contra otro creyente para ayudar a un incrédulo.

Ocho) Todos estarán bajo la protección de Allah, y todos estarán obligados a respetar incluso el compromiso otorgado por una persona común.

Nueve) Se ayudará a los judíos que adopten nuestro ideal; recibirán el mismo trato que los demás musulmanes, no sufrirán ninguna injusticia ni abuso, y no se ayudará a nadie contra ellos.

Diez) El pacto entre los musulmanes será común: ningún musulmán hará un acuerdo con otra persona en la yihad por la causa de Allah, excluyendo a los demás musulmanes; por el contrario, todos llegarán a un tratado o acuerdo sobre la base de la igualdad y la justicia.

Once) En la yihad por la causa de Allah, todos los musulmanes serán considerados uno solo respecto a la sangre derramada.

Doce) Ningún musulmán podrá conceder a ningún incrédulo de Quraysh protección para su vida y sus bienes ni asilo, ni podrá pedir a ningún creyente que conceda a un incrédulo protección para su vida y sus bienes o asilo.

Trece) Si una persona mata a un creyente y se demuestra su culpabilidad, se le aplicará la ley del talión; es decir, será ejecutada por haber cometido el delito de asesinato. Sin embargo, si el asesino logra satisfacer a los familiares del fallecido mediante el pago de una indemnización, no se aplicará la ley del talión.

Catorce) Si todos los creyentes llegan a un consenso sobre algún asunto, nadie podrá oponerse a él.

Quince) No será lícito para un creyente ayudar a ningún alborotador o innovador; nadie podrá dar refugio a una persona que provoque disturbios. Si alguien le da refugio o le ayuda, el Día de la Resurrección caerá sobre él la maldición de Allah, y en la vida mundana no se le aceptará ninguna de sus obligaciones religiosas ni de sus actos voluntarios de adoración.

Dieciséis) Cuando surja entre vosotros una discrepancia sobre cualquier asunto, deberéis resolverla conforme a las instrucciones de Allah, el Altísimo, y de Su Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz (Ibn Hisham, tomo I, p. 503).

La nueva estructura del sistema social

Gracias a esta previsión y sabiduría, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, estableció los cimientos de una nueva sociedad. Sin embargo, la forma externa de la sociedad se desarrolló y se manifestó en torno al Mensajero de Allah; su personalidad cautivadora era el centro de toda atracción. Sus enseñanzas, su formación, los elementos para forjar un carácter moral, el amor, los ejemplos de fraternidad, la adoración y la obediencia hicieron que los musulmanes alcanzaran una nueva vida.

Un compañero preguntó al Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él: «¿Cuál es el mejor islam?», es decir, ¿qué práctica es la mejor dentro del islam? El Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, respondió: «Darás de comer a los demás y saludarás con el saludo de paz a todos, tanto a los conocidos como a los desconocidos» (Sahih Bujari, vol. 1, pp. 6, 9).

Hazrat Abdullah ibn Salam (que Allah esté complacido con él) dijo: «Después de que el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, llegó a Medina, me presenté ante él. Al ver su rostro puro, comprendí de inmediato que aquel no era el rostro de un mentiroso. Entonces, sus primeras palabras ante mí fueron: “¡Oh, gente! Seguid ofreciendo el saludo de paz, dad de comer, mantened los vínculos de parentesco y rezad por la noche, cuando todos estén dormidos; entraréis a salvo en el Paraíso”» (Tirmidhi, Ibn Mayah, Darimi, Mishkat, vol. 1, p. 168).

El Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, decía: «No entrará en el Paraíso aquel cuyo vecino no esté a salvo de su maldad y de sus actos destructivos» (Sahih Muslim, Mishkat, vol. 2, p. 422).

Él decía: «Es buen musulmán aquel de cuya lengua y cuyas manos los musulmanes están a salvo» (Sahih Bujari, vol. 1, p. 6).

Él decía: «Ninguno de vosotros será creyente hasta que desee para su hermano aquello que desea para sí mismo» (Sahih Bujari, vol. 1, p. 6).

Él decía: «Todos los creyentes son como un solo cuerpo: si le duele el ojo, todo el cuerpo siente ese sufrimiento; y si le duele la cabeza, todo el cuerpo siente el dolor» (Muslim, Mishkat, vol. 2, p. 422).

Él decía: «El creyente es para el creyente como un edificio: una parte de él fortalece a la otra» (Bujari, Muslim y Mishkat, vol. 2, p. 422).

Él decía: «No alberguéis odio ni rencor unos contra otros, no seáis hostiles ni disputéis, no os deis la espalda unos a otros; sed siervos de Allah y hermanos. No es lícito para un musulmán mantenerse alejado de su hermano durante más de tres días» (Sahih Bujari, tomo 2, pág. 896).

Él decía: «El musulmán es hermano del musulmán. Que un musulmán no oprima a otro musulmán ni lo entregue al enemigo. A quien satisfaga la necesidad de su hermano, Allah satisfará su necesidad; a quien alivie la aflicción y la preocupación de un musulmán, Allah le aliviará una de sus aflicciones el Día de la Resurrección; y a quien oculte la falta de un musulmán, Allah ocultará sus faltas el Día de la Resurrección» (Bujari, Muslim y Mishkat, tomo 2, pág. 422).

Él decía: «Sed misericordiosos con los habitantes de la tierra y el Señor de los cielos será misericordioso con vosotros» (Sunan de Abu Dawud, tomo 2, pág. 335; Tirmidhi, tomo 2, pág. 14).

Él decía: «No es creyente quien come hasta saciarse mientras su vecino, que está a su lado, permanece hambriento» (Bayhaqi, Mishkat, tomo 2, pág. 424).

Él decía: «Insultar a un musulmán es una conducta de un impío, y luchar contra un musulmán es kufr» (Bujari, tomo 2, pág. 893).

Él decía: «Retirar del camino aquello que causa daño forma parte de la sadaqa; esta acción es una de las ramas más importantes de las ramas de la fe» (Bujari, Muslim y Mishkat, tomo 1, págs. 12 y 167).

El Profeta ﷺ exhortaba a dar sadaqa y limosnas, y describía sus virtudes con tanta insistencia que el corazón se inclinaba hacia ellas por sí mismo. Él decía: «La sadaqa extingue los pecados, del mismo modo que el agua extingue el fuego» (Ahmad, Tirmidhi e Ibn Majah; Mishkat, tomo 1, pág. 14).

Él decía: «A quien vista a un musulmán desnudo, Allah lo vestirá en el Paraíso con vestiduras verdes; a quien alimente a un musulmán hambriento, Allah le dará de comer frutos en el Paraíso; y a quien dé de beber a un musulmán sediento, Allah le dará de beber en el Paraíso una bebida pura» (Abu Dawud, Tirmidhi y Mishkat, tomo 1, pág. 169).

Decía: «Protegeos del Fuego aunque sea dando como caridad un trozo de dátil; y si ni siquiera tenéis esa posibilidad, protegeos del Fuego mediante una buena palabra» (Bujari, t. 1, p. 190; t. 2, p. 890).

Al mismo tiempo, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— exhortó a mantenerse alejados de la mendicidad; enseñó la paciencia, la perseverancia y la frugalidad, y describió la mendicidad como una marca en el rostro del mendigo y como otras formas de herida (véanse Abu Dawud, Tirmidhi, Nasa’i, Ibn Maya, Darimi y Mishkat).

Sin embargo, declaró exentos de esa clase de humillación a quienes mendigan únicamente por encontrarse en una situación de extrema necesidad.

Describió las distintas virtudes de cada clase de adoración y mencionó las diferentes recompensas que Allah ha preparado por ellas.

Informaba a los musulmanes sobre la revelación que recibía del cielo y les ayudaba a vivir conforme a ella; les recitaba esa revelación y, después de escucharla de él, los musulmanes se la recitaban nuevamente. Como resultado, además de inteligencia, discernimiento y reflexión, surgían en ellos un sentido profético de responsabilidad y una conciencia respecto a la misión de transmitir el mensaje de la verdad.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— creó una senda de extraordinario progreso en la forma de vida de los musulmanes, desarrolló las capacidades otorgadas por Dios a las personas y aportó belleza a sus acciones, pensamientos y conciencia. Gracias a las enseñanzas del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, los compañeros se convirtieron en las mejores personas después de los profetas y alcanzaron en la historia de la humanidad la cumbre de la excelencia. Hazrat Abdullah ibn Mas‘ud —que Allah esté complacido con él— dijo: «Quien desee seguir una orden, que siga las órdenes de los muertos, pues respecto a los vivos existe el temor de la discordia».

Los compañeros eran los allegados del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, las mejores personas de la comunidad de Muhammad, piadosos, dotados de profundo conocimiento y los más humildes. Allah, el Señor de los mundos, eligió a estas personas como amigos y compañeros de Su amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y como personas aptas para la tarea de establecer la religión. Por ello, es necesario conocer sus cualidades y su excelencia, seguirlos, imitarlos y obedecerlos, y asimilar tanto como sea posible la belleza de su carácter y el relato de sus vidas, pues se encontraban en la guía y en el Sendero Recto (Razín, Mishkat, t. 1, p. 32).

Nuestro profeta, Hazrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, era un ejemplo de virtud y nobleza tan extraordinario que los corazones se sentían espontáneamente atraídos hacia él y surgía el deseo de sacrificar la propia vida por él. Por ello, los compañeros se apresuraban a cumplir las palabras que brotaban de sus labios puros, y entre ellos parecía comenzar una competencia para poner en práctica exactamente todo cuanto decía en busca de guía y orientación.

Gracias a esfuerzos de este tipo, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, logró establecer en Medina una sociedad que, a la luz de la historia, fue la más exitosa. Dio soluciones a los problemas de aquella sociedad de tal manera que quienes se debatían en el torbellino de la oscuridad encontraron alivio; mediante una educación elevada y unos ideales nobles, esa sociedad logró superar todos los obstáculos de la época y cambiar el curso de la historia.

El pacto con los judíos

Después de la Hégira, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, estableció los fundamentos de una nueva sociedad entre los musulmanes mediante ideas y creencias, la política y los esfuerzos coordinados. Después, tomó la iniciativa de establecer relaciones con los no musulmanes. El Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, quería que todas las personas vivieran en paz y felicidad, y que los habitantes de Medina y de las zonas circundantes estuvieran bajo una administración justa y saludable. Mediante la generosidad y la justicia, promulgó una ley cuyo equivalente no puede encontrarse en el mundo actual, sumido en conflictos y agitación.

Como ya se ha mencionado, los habitantes de los alrededores de Medina eran judíos. Aunque secretamente eran hostiles a los musulmanes, no lo manifestaban abiertamente. Por ello, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, llegó a un pacto con ellos. En virtud de dicho pacto, se concedió a los judíos libertad para practicar su religión y seguridad para sus vidas y bienes, pero no se les dejó ninguna posibilidad de imprudencia política.

El pacto con los judíos se estableció a la luz del pacto mutuo entre los musulmanes. Sus cláusulas eran las siguientes:

Uno. Los judíos de Banu Awf, al unirse a los musulmanes, serán considerados una misma ummah. Los judíos y los musulmanes practicarán cada uno su propia religión, y los demás judíos, aparte de Banu Awf, gozarán de los mismos derechos.

Dos. Los judíos serán responsables de todos sus gastos, y los musulmanes serán responsables por separado de sus propios gastos.

Tres. Todos combatirán conjuntamente a quienes luchen contra cualquiera de las partes incluidas en este pacto.

Cuarto. Todos los partícipes de este pacto procurarán el bienestar mutuo; sin embargo, ese deseo de bienestar y la cooperación deberán basarse en la justicia, no en la injusticia.

Quinto. Nadie será considerado culpable por causa de su aliado.

Sexto. Se ayudará a los oprimidos.

Séptimo. Mientras dure la guerra, los judíos también compartirán con los musulmanes los gastos de la guerra.

Octavo. Para los partícipes de este pacto, estarán prohibidos en Medina los disturbios, los desórdenes y el derramamiento de sangre.

Noveno. Si surgiera un nuevo problema o una disputa entre quienes están incluidos en este pacto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo resolverá conforme a la ley de Allah.

Décimo. No se concederá protección a los coraichitas ni a quienes los ayuden.

Undécimo. Si alguien ataca Yathrib, todas las partes se ayudarán mutuamente para hacer frente a ese ataque; cada parte asumirá la responsabilidad de defender su propio sector.

Doce. Mediante este pacto no se dará refugio a ningún opresor ni criminal (Ibn Hisham, tomo 1, págs. 503-504).

Después de la celebración de este pacto, se constituyó un Estado que comprendía Medina y las zonas circundantes. La capital de ese Estado era Medina, y el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, era su gran dirigente. La autoridad principal estaba en manos de los musulmanes. Así, Medina se convirtió en el centro del Estado islámico. Posteriormente, en interés de la paz y la estabilidad, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, celebró pactos similares con otras tribus.

 

Conflicto armado

Las conspiraciones de los qurayshíes contra los musulmanes

Ya se ha expuesto anteriormente la opresión y persecución infligidas a los musulmanes por los incrédulos de La Meca. También se ha mencionado qué tipo de conspiraciones tramaron los incrédulos contra ellos cuando los musulmanes comenzaron a emigrar. Como consecuencia de esta opresión y persecución contra los musulmanes, los incrédulos incluso cometieron el delito de confiscar sus bienes y riquezas. Su necedad, en vez de disminuir, no hacía más que aumentar. Al ver que los musulmanes escapaban de su control y habían encontrado un refugio seguro en Medina, aumentó aún más la ira de los incrédulos. Abdullah ibn Ubayy todavía no había adoptado la apariencia del islam. En Medina, Abdullah ibn Ubayy era el líder de los ansar. Los politeístas de La Meca le escribieron una carta amenazadora. En aquel tiempo, Abdullah gozaba de una considerable influencia y prestigio en Medina. Incluso, si el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, no hubiera ido a Medina, sus habitantes lo habrían aceptado como su rey. En su carta amenazadora, los politeístas de La Meca escribieron a Abdullah ibn Ubayy y a sus aliados politeístas: «Habéis dado refugio a nuestros enemigos; por ello juramos que tendréis que combatir contra ellos o expulsarlos de Medina. Si no lo hacéis, caeremos sobre vosotros con todas nuestras fuerzas, mataremos a vuestros hombres combatientes y violaremos el honor de vuestras mujeres». [Abu Dawud, capítulo sobre las noticias de al-Nadir]

Intercambio de cartas con Abdullah ibn Ubayy

Inmediatamente después de recibir esta carta, Abdullah ibn Ubayy se preparó para cumplir las órdenes de los politeístas de La Meca. Ya había surgido en el corazón de Abdullah ibn Ubayy un intenso odio contra el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, pues se había arraigado en su mente la idea de que el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, le había arrebatado la corona del reino de Medina. Justo después de recibir la carta de los politeístas de La Meca, Abdullah ibn Ubayy y sus aliados de Medina se prepararon para combatir contra el Mensajero amado. Al enterarse de ello, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, fue hasta Abdullah y le dijo: «Parece que te has dejado influir bastante por la amenaza de los qurayshíes. Escucha: los qurayshíes de La Meca no podrán causaros más daño del que vosotros mismos os disponéis a causaros. ¿Acaso queréis luchar vosotros mismos contra vuestros propios hijos y hermanos?». Al oír estas palabras del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, los partidarios de Abdullah que se habían preparado para la guerra se dispersaron. [Abu Dawud, capítulo sobre las noticias de al-Nadir]

Al dispersarse sus partidarios y aliados, Abdullah ibn Ubayy se abstuvo de combatir por el momento. Sin embargo, mantuvo sus contactos con los qurayshíes. Pues este malvado nunca dejó pasar ninguna oportunidad de involucrarse en cualquier conflicto entre musulmanes e incrédulos. Además, mantenía contactos con los judíos para obtener fuerza contra los musulmanes, de modo que los judíos lo ayudaran cuando fuera necesario. Pero el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, extinguía una y otra vez, mediante estrategias inspiradas por Dios, el fuego de la discordia y el desorden [Sahih al-Bujari, tomo 2, págs. 655, 656, 916 y 924].

Prohibición de la entrada de los musulmanes en la Mezquita Sagrada

Después, el venerable Sa‘d ibn Mu‘adh (que Allah esté complacido con él) viajó a La Meca para realizar la ‘umrah y se alojó como huésped de Umayyah ibn Jalaf. En aquel entonces, el venerable Sa‘d (que Allah esté complacido con él) aún no había abrazado el islam. Le dijo a Umayyah: «Quiero circunvalar la Kaaba tranquilamente, sin que nadie me moleste». Umayyah salió al mediodía llevando consigo al venerable Sa‘d. Durante la circunvalación se encontraron con Abu Yahl. Al ver a Sa‘d realizando la circunvalación con profunda concentración, Abu Yahl le dijo a Umayyah: «Abu Safwán, ¿quién es este hombre que te acompaña?». Umayyah respondió: «Es Sa‘d ibn Mu‘adh». Abu Yahl se dirigió directamente al venerable Sa‘d y le dijo: «Veo que estás realizando la circunvalación con gran devoción. Sin embargo, vosotros habéis dado refugio a los impíos y habéis expresado también vuestra intención de ayudarles y apoyarles. ¡Por Dios!, si no fueras huésped de Abu Safwán, no se te permitiría regresar sano y salvo a Medina». Al oír esto, el venerable Sa‘d (que Allah esté complacido con él) dijo en voz alta: «Escucha: si intentas impedirme realizar la circunvalación, no permitiré que tu caravana comercial pase cerca de Medina. Y eso será un asunto muy grave para ti» [Sahih al-Bujari, Kitab al-Magazi, t. 2, p. 563].

Amenazas de los coraichitas contra los emigrantes

Los coraichitas enviaron un mensaje a los musulmanes: «No penséis que, tras marcharos de La Meca, estaréis a salvo. Por el contrario, una vez que lleguemos a Medina, acabaremos con vosotros» [Rahmatul lil-‘Alamin, t. 1, p. 116].

Esto no era solo una amenaza. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, fue informado por diversas fuentes de las conspiraciones y las malas intenciones de los coraichitas. Por ello, a veces pasaba toda la noche despierto y otras veces dormía bajo la vigilancia de los nobles compañeros. En el Sahih de Bujari se narra, transmitido por la venerable Aisha (que Allah esté complacido con ella), que una tarde, después de llegar a Medina, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¡Qué bueno sería que alguno de mis compañeros virtuosos vigilara aquí por mí!». Apenas terminó de decirlo, se oyó el tintineo de unas armas. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, preguntó: «¿Quién está ahí?». Se respondió: «Sa‘d ibn Abi Waqqas». Preguntó: «¿Por qué has venido?». El recién llegado respondió: «¡Oh, Mensajero de Allah! Al surgir de repente en mi corazón una preocupación por vuestra seguridad, he venido a vigilaros». Al oír esto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, hizo una súplica por él y se acostó [Muslim, t. 2, capítulo sobre las virtudes de Sa‘d ibn Abi Waqqas; y Bujari, t. 1, p. 404].

Debe tenerse presente que la vigilancia no se estableció únicamente para algunas noches concretas. Por el contrario, se mantuvo de forma continua. Se narra de la venerable Aisha (que Allah esté complacido con ella) que, durante la noche, se establecía vigilancia para el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Después fue revelado el siguiente versículo del Noble Corán: «Allah te protegerá de la gente». Tras la revelación de este versículo, el amado Profeta sacó la cabeza por la ventana y dijo: «¡Oh, gente! Regresad; Allah me ha garantizado la seguridad» [Jami‘ al-Tirmidhi, Abwab al-Tafsir, t. 2, p. 130].

El temor a la inseguridad no se limitaba únicamente al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Se aplicaba a todos los musulmanes. Se narra del venerable Ubayy ibn Ka‘b (que Allah esté complacido con él) que, después de que el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, y sus compañeros llegaran a Medina, los ansar les ofrecieron refugio. Esto provocó la indignación de toda Arabia contra ellos. Por ello, los ansar de Medina no pasaban la noche sin armas, y también las tenían consigo por la mañana.

Permiso para combatir

La inseguridad procedente de los no musulmanes constituía una amenaza especial para la existencia de los musulmanes de Medina. En otras palabras, era un enorme desafío para su supervivencia. Por ello, los musulmanes comprendieron claramente que los qurayshíes no cejarían en su determinación de perjudicarlos. Fue entonces cuando Allah, el Señor de los mundos, permitió a los musulmanes combatir. Sin embargo, esta guerra no fue declarada obligatoria. En ese momento, Allah el Altísimo reveló en el Corán el siguiente versículo: «Se ha concedido permiso para combatir a quienes son combatidos, porque han sido oprimidos. Ciertamente, Allah tiene poder para ayudarlos».

Después de este versículo fueron revelados algunos otros versículos. En ellos se mencionaba que este permiso para combatir no se concedía simplemente por combatir, sino que su objetivo era arrancar de raíz la falsedad y establecer la verdad y la justicia. Así dijo Allah el Altísimo: «Si les damos autoridad en la tierra, establecerán la oración, pagarán el zakat, ordenarán lo reconocido y prohibirán lo reprobable; y a Allah pertenece el desenlace de todos los asuntos». (Sura Al-Hajj, versículo 81)

Este permiso fue revelado en Medina después de la Hégira, no en La Meca. Sin embargo, resulta difícil determinar el momento exacto de su revelación.

Se había concedido permiso para combatir, pero la situación favorecía a los qurayshíes idólatras. Por ello, los musulmanes necesitaron adoptar algunas estrategias. Extendieron los límites de su control hasta las caravanas comerciales de los qurayshíes. Ese límite comprendía la ruta entre La Meca y Siria. El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, adoptó dos planes para ampliar la zona bajo control musulmán.

1) Concertar pactos de no agresión con las tribus que habitaban junto a las rutas de las caravanas comerciales que viajaban entre La Meca, Siria y Medina.

2) Enviar caravanas para patrullar esa ruta.

En relación con el primer plan, es importante señalar que entre los pactos concertados anteriormente con los judíos, que ya se han mencionado, se incluye un pacto de no agresión similar con la tribu de Juhayna. Esta tribu vivía a tres manzilas de Medina, es decir, a 51 millas. Además, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, concertó pactos con varias otras tribus. Sus detalles se mencionarán en el momento oportuno.

El segundo plan presentado por el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, estaba relacionado con la guerra; todos los asuntos relativos a él también se tratarán en su lugar correspondiente.

Sariyya y Ghazwah [según la terminología de los autores de la Sira, se denomina sariyya a aquellas expediciones militares en las que el Noble Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no participó personalmente, hubiera combate o no. En cambio, ghazwah se denomina a aquellas expediciones militares en las que el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) participó personalmente, hubiera combate o no].

Después de que los versículos del Sagrado Corán permitieran combatir, comenzaron las expediciones sucesivas de los musulmanes para llevar a cabo los dos planes mencionados. Destacamentos armados comenzaron a patrullar. El objetivo era vigilar la situación, en general, en los caminos de los alrededores de Medina y, en particular, en los caminos de los alrededores de La Meca. Al mismo tiempo, debían concertar pactos de no agresión con las tribus asentadas en las inmediaciones de esos caminos. De este modo, sería posible inculcar en los corazones de los politeístas, los judíos y los beduinos de los alrededores de Medina la convicción de que los musulmanes eran ahora suficientemente fuertes y habían superado su anterior debilidad e impotencia. Además, por este medio sería posible atemorizarles ante la arrogante audacia de los coraichitas. Se les haría comprender que las consecuencias de los pensamientos y la ira que habían manifestado serían terribles. Al ver amenazada su economía en el lodazal de insensatez en el que se revolcaban, se inclinarían hacia los pactos y los acuerdos. Abandonarían sus intenciones de irrumpir en los hogares de los musulmanes y exterminarlos, obstaculizar el camino de Allah y oprimir a los musulmanes débiles. Como resultado, los musulmanes podrían difundir con total libertad la invitación al tawhid en la península arábiga.

A continuación se ofrece una breve exposición de estas sariyyas y ghazawat:

Uno) Sariyya Siful Bahr [Siful Bahr significa «costa marítima»]

Ramadán del primer año de la Hégira, correspondiente a marzo del año 623 d. C.

El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) nombró comandante de esta expedición a Hamza ibn Abdul Muttalib (que Allah esté complacido con él). En la llanura de Rabigh, los acompañantes de Abu Sufyan en esta caravana eran doscientos. Ambos bandos se lanzaron flechas mutuamente, pero el incidente no llegó a convertirse en una batalla [Rahmatul-lil-Alamin].

En esta sariyya, dos hombres de entre los habitantes de La Meca se unieron a los musulmanes. Uno de ellos era Miqdad ibn Amr al-Bahrani y el otro Utbah ibn Ghazwan al-Majani (que Allah esté complacido con ambos). Los dos habían abrazado el islam en secreto. Se habían unido a los politeístas con la intención de marcharse con los musulmanes si se encontraban con ellos durante el trayecto.

Dos) Sariyya Kharrar [nombre de un lugar cercano a Yahfar]

Mes de Dhul Qa‘dah del primer año de la Hégira, correspondiente a mayo de 623.

El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— nombró a Hazrat Sa‘d ibn Abi Waqqas como su comandante y envió bajo su mando a veinte musulmanes entregados para localizar una caravana de los incrédulos. La caravana partió a pie. Viajaban de noche y se ocultaban durante el día. La mañana del quinto día llegaron a Jarrar y recibieron la noticia de que la caravana comercial de los Quraysh había abandonado Jarrar el día anterior.

Su estandarte era blanco y lo llevaba Hazrat Miqdad ibn Amr —que Allah esté complacido con él—.

Tres) Ghazwa de Abwa [Uddan es el nombre de un lugar situado entre La Meca y Medina. Se encuentra a 29 millas después de Rabigh, en el camino hacia allí. Abwa es otro lugar cercano a Uddan]

Safar del segundo año de la Hégira, correspondiente a agosto de 623.

En esta expedición, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— partió acompañado por setenta Muháyirun. En aquella ocasión, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— nombró en Medina como su representante a Hazrat Sa‘d ibn Ubadah —que Allah esté complacido con él—. El objetivo de esta expedición era interceptar el paso de una caravana comercial de los Quraysh. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegó hasta Uddan, pero no ocurrió ningún incidente desagradable.

En vísperas de esta expedición, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— celebró un tratado de alianza con Amr ibn Majshi Yamiri, jefe de la tribu de Banu Yamrah. El contenido del tratado era el siguiente: «Escrito por Muhammad, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, para Banu Yamrah: estarán seguros en cuanto a sus vidas y sus bienes. Si alguien los ataca, se les ayudará contra dicho ataque. Sin embargo, si comienzan una guerra contra la religión de Allah, este compromiso no se mantendrá. Mientras el mar moje sus costas, la vigencia de este tratado permanecerá intacta. Cuando el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— los llame para pedirles ayuda, deberán acudir». [Al-Wahab al-Ladunniya, tomo 1, pág. 75]

Esta fue la primera expedición militar en la que participó el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Regresaron después de pasar quince días fuera de Medina.

Cuatro) Ghazwat Buwat

El mes de septiembre de 623, correspondiente a Rabi al-Awwal del segundo año de la Hégira.

En esta expedición, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— partió acompañado de doscientos compañeros. El objetivo de la expedición era perseguir la caravana comercial de los qurayshíes. En esta caravana había cien hombres de Quraysh, entre ellos Umayya ibn Jalaf, y dos mil quinientos camellos. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegó hasta un lugar llamado Buwat, situado en la zona de Ghazwat [Buwat y Ridhwi son dos montañas de la región montañosa de Junayna. En realidad, son dos ramificaciones de una montaña. Se encuentran en la ruta de La Meca a Siria, a 48 millas de Medina]. Sin embargo, no ocurrió ningún incidente desagradable. El estandarte de esta expedición era blanco y lo portaba Hazrat Sa’d ibn Abi Waqqas —que Allah esté complacido con él—.

Antes de esta expedición, Hazrat Sa’d ibn Mu’adh —que Allah esté complacido con él— fue nombrado gobernador de Medina.

Cinco) Ghazwat Safwan

Septiembre de 623, correspondiente a Rabi al-Awwal del segundo año de la Hégira.

La causa de esta expedición fue que un grupo de personas, dirigido por un pagano llamado Karz ibn Jabir al-Fihri, atacó los pastizales de Medina y robó varias cabezas de ganado. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— persiguió a los saqueadores acompañado de setenta compañeros. Sin embargo, no encontraron a Karz ni a sus compañeros. Regresaron sin ningún tipo de enfrentamiento. Algunos denominan esta batalla la primera batalla de Badr. El estandarte era blanco. Hazrat Ali —que Allah esté complacido con él— lo portaba.

Durante esta expedición, Hazrat Zayd ibn Haritha —que Allah esté complacido con él— fue designado gobernador de Medina.

Seis) La expedición de Dhu al-Ushayra

Yumada al-awwal y Yumada al-thani del segundo año de la Hégira, correspondientes a noviembre y diciembre de 623

En esta expedición acompañaron al Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, entre ciento cincuenta y doscientos emigrados. No se obligó a nadie a participar en ella. Solo había treinta camellos para montar, y todos se turnaban para cabalgar. La expedición se llevó a cabo para perseguir una caravana de politeístas que había partido de La Meca rumbo a Siria. La caravana transportaba abundantes bienes de los coraichitas. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, persiguió esta caravana hasta un lugar llamado Dhu al-Ushayra [Ushayra, nombre de un lugar cercano a Yalbur]. Sin embargo, los infieles se habían marchado varios días antes. Cuando esta misma caravana regresó de Siria, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, intentó capturarla, pero logró escapar hacia La Meca. Como consecuencia de este incidente, posteriormente tuvo lugar la batalla de Badr.

También en esta expedición el estandarte era blanco. Hamza, que Allah esté complacido con él, lo llevó.

Según Ibn Ishaq, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió para esta expedición hacia el final de Yumada al-awwal y regresó en Yumada al-thani. Por ello, existe discrepancia entre los autores de biografías sobre la fecha exacta de esta expedición.

Durante esta expedición, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, celebró un pacto de no agresión con los Banu Mudlay y sus aliados, los Banu Yamra.

Durante esta expedición del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, asumió la responsabilidad de administrar Medina Abu Salama ibn Abd al-Asad al-Majzumi, que Allah esté complacido con él.

Siete) La incursión de Nakhla

Rayab del segundo año de la Hégira, correspondiente a enero de 624

En esta expedición, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió un grupo de doce muháyirun bajo el mando de Abd Allah ibn Yahsh —que Allah esté complacido con él—. Había un camello por cada dos soldados. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— entregó una carta al comandante y le indicó que la leyera después de completar dos días de viaje. Al cabo de dos días, Abd Allah ibn Yahsh —que Allah esté complacido con él— abrió y leyó la carta. En ella estaba escrito: «Después de leer esta carta, dirigiros a Najla, situada entre La Meca y Taif, y apostad allí para esperar una caravana de los quraysh. Asimismo, mantenme informado de las noticias».

Abd Allah —que Allah esté complacido con él— informó a sus compañeros sahaba del contenido de la carta y dijo: «No estoy obligando a nadie. Quienes anhelen el martirio pueden seguir adelante. Aunque me quede solo, continuaré avanzando».

Después de escuchar las palabras de Abd Allah ibn Yahsh —que Allah esté complacido con él—, partieron hacia Najla. Durante el trayecto desapareció el camello de Saad ibn Abi Waqqas —que Allah esté complacido con él— y Utba ibn Ghazwan —que Allah esté complacido con él—. Ambos compañeros viajaban por turnos sobre aquel camello. Debido a su pérdida, los dos quedaron rezagados.

Tras recorrer una larga distancia, Abd Allah ibn Yahsh —que Allah esté complacido con él— llegó a Najla. Allí supo que por aquel camino había pasado una caravana comercial de los quraysh. La caravana transportaba pasas, cuero y otros bienes. En ella se encontraban Uzman y Nawfal, los dos hijos de Abd Allah ibn al-Mugira, así como Amr ibn al-Hadrami, liberto de al-Mugira, y Hakim ibn Kaysan. Los musulmanes deliberaron entre sí sobre qué debían hacer. Era el último día del mes de Rayab. Rayab es uno de los meses sagrados en los que está prohibida la guerra. Si luchaban, profanarían la santidad del mes sagrado. Pero si no atacaban, aquella caravana de los quraysh entraría en los límites de Medina. Después de deliberar, decidieron atacar. Los sahaba siguieron a la caravana comercial de los quraysh y lanzaron una flecha contra Amr ibn al-Hadrami, quien cayó abatido y murió. Los demás capturaron a Uzman y a Hakim. Nawfal huyó y no fue posible capturarlo. Después, los sahaba llegaron a Medina con ambos prisioneros y los bienes. De los bienes obtenidos apartaron una quinta parte como botín. [Así lo mencionan los autores de las biografías. Sin embargo, el problema es que la orden del Noble Corán sobre tomar como botín una quinta parte de los bienes obtenidos en la guerra fue revelada durante la batalla de Badr. Al leer la ocasión de la revelación de ese versículo, se comprende que antes de dicha orden los musulmanes no conocían la disposición relativa al botín.] Este fue el primer botín, el primer muerto y los primeros prisioneros de la historia del islam. Después de escuchar todo lo sucedido, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Yo no os ordené combatir en un mes sagrado». No permitió ningún exceso con respecto a los bienes incautados ni a los prisioneros.

Este incidente dio a los no musulmanes la oportunidad de difundir la propaganda de que los musulmanes habían declarado lícito el mes que Allah había hecho sagrado. Se lanzaron toda clase de calumnias al respecto. Finalmente, Allah, exaltado sea, reveló un versículo en el que dijo: «Lo que hacen los idólatras es mucho más criminal y reprobable que las acciones de los musulmanes».

Allah, exaltado sea, dice: «Te preguntan acerca de combatir en el mes sagrado. Di: Combatir en él es un pecado muy grave. Pero impedir el acceso al camino de Allah, negarlo, impedir el acceso a la Mezquita Sagrada y expulsar de ella a sus habitantes es aún más grave ante Allah. La sedición es más grave que matar». (Sura al-Baqara, aleya 217)

A través de esta revelación quedó claro que las críticas de los incrédulos contra los musulmanes eran inútiles. Pues los idólatras habían violado todas las prohibiciones al combatir contra el islam y oprimir y maltratar a los musulmanes. Cuando confiscaron los bienes de los musulmanes emigrados y tramaron asesinar al Mensajero, ¿acaso tuvieron en cuenta la santidad de La Meca, es decir, la del recinto sagrado de la ciudad? ¿Acaso estas conspiraciones tuvieron lugar en algún sitio fuera de La Meca? Si no fue así, ¿por qué de repente levantaron tanto la voz sobre la santidad de La Meca? En realidad, la oleada de propaganda de los idólatras surgió de una evidente desvergüenza y de un descaro manifiesto.

Al revelarse esta aleya, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, liberó a ambos prisioneros y pagó también la compensación por la muerte del hombre asesinado. [Las obras de las que se recopilaron los relatos de las mencionadas ghazwat y sariyya son: Zad al-Ma’ad, tomo 2, pp. 83-85; Ibn Hisham, tomo 1, pp. 591-605; Rahmatul lil-Alamin, tomo 1, pp. 115-116, tomo 2, pp. 21215-216, 468-470.]

En las obras mencionadas se observa cierta divergencia de opiniones. He adoptado el análisis del erudito Ibn Qayyim y del erudito Mansurpurí.]

Se ha expuesto lo referente a las ghazwat y sariyya que tuvieron lugar antes de la batalla de Badr. En ninguno de estos acontecimientos hubo saqueos, asesinatos ni devastación. Sin embargo, el primer ataque fue llevado a cabo por los politeístas. Este ataque fue dirigido por Kurz ibn Jabir al-Fihri. Antes de ello, los politeístas también habían cometido diversos excesos.

Por otra parte, tras la sariyya dirigida por Abdullah ibn Yáhash, el temor se apoderó de los politeístas: quedaron atrapados precisamente en la red en la que temían caer. Comprendieron que el liderazgo de Medina estaba dotado de una conciencia sumamente alerta. Desde Medina vigilaba las actividades comerciales de los qurayshíes. Si los musulmanes lo deseaban, podían atravesar y superar una distancia de trescientas millas, llegar a su territorio y hacer cuanto quisieran. Para ellos eran posibles los asesinatos, los saqueos y todo lo demás. Incluso después de hacer todo eso, podían regresar sanos y salvos a Medina. Los politeístas comprendieron que el comercio con Siria se enfrentaba a un nuevo peligro. Pero, aun sabiéndolo y comprendiéndolo todo, no abandonaron su insensatez. En lugar de concertar acuerdos de paz, es decir, pactos de no agresión, como los de Yuayna y Banu Damra, optaron por expresar su ira. Se esforzaron por hacer realidad la amenaza de entrar en las casas de los musulmanes y exterminarlos. Fue esta ira la que los reunió en la llanura de Badr.

Poco después del incidente de la sariyya dirigida por Abdullah ibn Yáhash, Allah, Señor de los mundos, hizo obligatorio el yihad para los musulmanes en el mes de Shaabán del segundo año de la Hégira. A este respecto, Allah el Altísimo reveló varias aleyas. Por ejemplo: «Combatid por la causa de Allah contra quienes combaten contra vosotros, pero no transgredáis. Allah no ama a los transgresores. Matadlos dondequiera que los encontréis y expulsadlos de donde os expulsaron. La persecución es peor que el asesinato. No combatáis contra ellos junto a la Mezquita Sagrada hasta que ellos os combatan allí. Si os combaten, matadlos; esa es la retribución de los incrédulos. Pero si cesan, Allah es indulgente y misericordioso. Combatid contra ellos hasta que cese la persecución y la religión de Allah quede establecida. Pero si cesan, no habrá hostilidad salvo contra los opresores». (Sura al-Baqara, aleyas 190-193)

Casi al mismo tiempo fueron reveladas otras aleyas de naturaleza similar, en las que se explica el método de combatir. Por ejemplo: «Cuando os enfrentéis a los incrédulos en combate, golpeadlos en el cuello. Cuando los hayáis vencido por completo, atadlos firmemente. Después, o bien liberadlos por gracia, o bien a cambio de un rescate. Continuad el yihad hasta que la guerra deponga sus armas. Así debe ser. Si Allah quisiera, podría castigarlos directamente, pero quiere probar a unos de vosotros por medio de otros. A quienes mueran por la causa de Allah, Él nunca hará que sus obras se pierdan. Los guiará y rectificará su estado. Los hará entrar en el Paraíso que les ha dado a conocer. ¡Oh, creyentes! Si ayudáis a Allah, Él os ayudará y afirmará vuestros pasos». (Sura Muhammad, aleyas 4-7)

Después, Allah el Altísimo censuró a quienes comienzan a temblar de corazón al oír la orden de combatir. Allah el Altísimo dice: «Pero cuando se revela una sura clara que contiene la orden de combatir, ves a quienes tienen una enfermedad en el corazón mirarte como quien se desmaya por miedo a la muerte. ¡Desgraciado es su destino!». (Sura Muhammad, aleya 20)

En realidad, hacer obligatorio el yihad, exhortar a ello y ordenar prepararse para él era una exigencia de las circunstancias de aquel tiempo. Para un comandante que observaba atentamente la situación de aquella época, es decir, que vigilaba las circunstancias, era natural ordenar una preparación bélica total. ¿Cómo no iba a ordenar el yihad Allah el Todopoderoso, conocedor de todo lo manifiesto y lo oculto? Las circunstancias de aquel tiempo exigían un conflicto sangriento entre la verdad y la falsedad, es decir, entre la verdad y la mentira, para que la diferencia entre ambas quedara claramente manifiesta. El ataque de Abdullah ibn Yáhash fue como echar leña al fuego de la ira de los incrédulos.

De las aleyas del Corán se comprendía que se acercaba el momento de un enfrentamiento sangriento. Los musulmanes saldrían victoriosos de este enfrentamiento. Es digno de señalar que Allah Todopoderoso ordena a los musulmanes: «Así como los incrédulos os expulsaron del lugar, expulsadlos vosotros también de allí». Asimismo, se ordenó a los musulmanes capturar a los prisioneros, exterminar a los adversarios y llevar la guerra a su desenlace. También se afirmó que los musulmanes forman parte de una nación victoriosa y triunfante. Esta indicación significaba que, al final, los musulmanes obtendrían la victoria. La razón de expresarlo mediante una alusión era que quienes sentían un intenso deseo de combatir por la causa de Allah pudieran demostrarlo en la práctica.

En aquel tiempo, es decir, en el mes de Shaabán del segundo año de la Hégira, correspondiente a febrero de 614 de la Hégira, Allah Todopoderoso ordenó a los musulmanes que eligieran la Kaaba como quibla en lugar de Bayt al-Maqdis y que cambiaran la dirección de la oración hacia la Kaaba. Como consecuencia de este cambio, quedaron identificados los hipócritas que se ocultaban bajo la apariencia de musulmanes. Estos se separaron de los musulmanes. De este modo, también se indicó a los traidores y desleales que comenzaría una nueva era. Los musulmanes asumirían el control de su propia quibla. Que la quibla permaneciera bajo el dominio del enemigo sería algo sorprendente. Esforzarse por liberarla sería un deber de fe de los musulmanes.

Después de todas estas órdenes e indicaciones del Sagrado Corán, creció la conciencia de fe en los corazones de los musulmanes. Se sintieron animados por el impulso del yihad por la causa de Allah, y aumentó muchas veces en sus corazones el deseo de librar una batalla decisiva contra los enemigos.

La batalla de Badr

La primera campaña militar decisiva del islam

En la descripción de la campaña militar emprendida en Ushayra mencionamos que la caravana comercial de los coraichitas, que viajaba de La Meca a Siria, logró escapar por muy poco de la expedición emprendida por el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Cuando esta misma caravana regresaba de Siria a La Meca, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— emprendió otra iniciativa. Envió hacia el norte a Hazrat Talha ibn Ubaydullah y a Said ibn Zayd —que Allah esté complacido con ambos— para recabar información sobre la caravana. Ambos Compañeros llegaron primero a un lugar llamado Hawra, se apostaron allí y esperaron el paso de la caravana comercial de Abu Sufyán. En cuanto la caravana atravesó aquel lugar, los dos Compañeros se apresuraron hacia Medina y comunicaron el asunto al Mensajero elegido —que Allah le bendiga y le conceda paz—.

Esta caravana transportaba muchas riquezas de los habitantes de La Meca. Sobre mil camellos llevaba diversas mercancías comerciales por valor de cincuenta mil dinares. Cincuenta mil dinares equivalían al valor de doscientos sesenta y dos kilogramos y medio de oro. Para proteger estas mercancías, solo había cuarenta hombres en la caravana.

Para los habitantes de Medina, esta era una oportunidad de oro. Por el contrario, la pérdida de estas mercancías supondría para los habitantes de La Meca un enorme perjuicio militar, político y económico. Por ello, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— anunció a los musulmanes de Medina que la caravana comercial de los coraichitas venía cargada de grandes riquezas. «Salid al encuentro de esta caravana. Es posible que Allah Todopoderoso os conceda todas esas riquezas como botín de guerra».

Aunque se proclamó el anuncio, no era obligatorio unirse a la expedición. El asunto se dejó a la iniciativa, el entusiasmo y el interés personales, pues al momento del anuncio no se había previsto que, en lugar de enfrentarse a la caravana, tendría lugar un sangriento enfrentamiento con los coraichitas en Badr. Al no tenerse tal expectativa, muchos compañeros se quedaron en Medina. Pensaban que esta expedición del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sería como las anteriores. Por estas razones, tampoco se criticó a quienes no participaron en esta batalla.

Número de soldados del ejército islámico y distribución de responsabilidades

Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió rumbo a Badr, lo acompañaban algo más de trescientos compañeros. Según algunos, eran 313; según otros, 314, y según otros, 317. De ellos, 82 —según otras opiniones, 83 o 86— eran emigrados, y todos los demás eran auxiliares. Entre los auxiliares, 61 pertenecían a la tribu de Aws y 70 a la de Jazray. Tampoco habían hecho preparativos especiales para la batalla. En todo el ejército solo había dos caballos: uno pertenecía a Zubair ibn al-Awwam, que Allah esté complacido con él, y el otro a Miqdad ibn al-Aswad al-Kindi, que Allah esté complacido con él. Había 70 camellos, y en cada uno se turnaban para montar dos o tres hombres.

En uno de los camellos se turnaban para montar el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, Ali, que Allah esté complacido con él, y Mardsad ibn Abu Mardsad al-Ghanawi.

Al principio, la administración de Medina y la responsabilidad de dirigir las oraciones fueron confiadas a Abdullah ibn Umm Maktum, que Allah esté complacido con él. Sin embargo, cuando el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a un lugar llamado Rauha, envió a Abu Lubaba Abd al-Mundhir, que Allah esté complacido con él, como administrador de Medina. La formación del ejército se organizó de modo que un grupo estuviera compuesto por emigrados y el otro por auxiliares. Ali ibn Abu Talib, que Allah esté complacido con él, portaba el estandarte de los emigrados, y Saad ibn Muaz, que Allah esté complacido con él, el de los auxiliares. El estandarte común de ambos grupos era blanco. La responsabilidad de portarlo fue confiada a Musab ibn Umair al-Abdi. Zubair ibn al-Awwam, que Allah esté complacido con él, era el comandante del ala derecha, y Miqdad ibn Amr, que Allah esté complacido con él, del ala izquierda. Estos dos eran los guerreros más expertos de todo el ejército. Qais ibn Abi Saa, que Allah esté complacido con él, también fue nombrado uno de los comandantes principales. El propio Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, asumió la responsabilidad de comandante supremo.

Marcha hacia Badr

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llevó consigo a este ejército incompleto desde Medina por la carretera principal hacia La Meca y llegó a Bi’r Rauha, el pozo de Rauha. Desde allí avanzó un poco más y continuó por el camino de la derecha, dejando a la izquierda la ruta hacia La Meca. En el trayecto atravesó primero Naziyah y después el valle de Rahqan. Más tarde, siguiendo el camino rural de Safra, llegó finalmente a la llanura de Darrah. Al llegar a Safra, envió a dos hombres de la tribu local de Yuhaina a la región de Badr para recabar información sobre la caravana de los coraichitas. Eran Bashish ibn Amr y Adi ibn Abu Zaghba.

Envío a La Meca de noticias sobre la situación peligrosa

Abu Sufyan encabezaba la caravana comercial de los coraichitas y avanzaba con extrema cautela. Sabía que el camino hacia La Meca era peligroso. Por eso, preguntaba a cada caravana por las condiciones de la ruta. Durante el trayecto, Abu Sufyan se enteró de que Muhammad —que Allah lo bendiga y le conceda paz— había convocado a la gente de Medina para atacar la caravana de los coraichitas. Al recibir esta noticia, envió a La Meca a Jamzam ibn Amr al-Ghifari a cambio de una gran suma de dinero. Al llegar, este instó a los habitantes de La Meca a proteger la caravana comercial. Jamzam llegó a La Meca a gran velocidad y, conforme a la costumbre de los árabes, se puso de pie sobre el lomo de un camello, rasgó sus ropas y anunció a gritos la noticia urgente. Dijo: «¡Oh, coraichitas, escuchad! ¡La caravana, la caravana! Muhammad y sus compañeros se preparan para atacar las mercancías que tenéis con Abu Sufyan. Creo que los alcanzaréis. ¡Ayuda, ayuda, ayuda!»

Preparativos de los habitantes de La Meca para la guerra

Al enterarse de la noticia del peligro, los notables de La Meca acudieron corriendo desde todas partes. Decían: «¿Acaso Muhammad ha pensado que la caravana de Abu Sufyan es como la caravana de Ibn al-Hadrami? ¡No, de ninguna manera! Hay que hacerle comprender que nuestro asunto es diferente». Todos los hombres capaces de La Meca se prepararon para la guerra. Algunos se prepararon personalmente y otros enviaron a alguien en su lugar. Entre los notables de La Meca, nadie salvo Abu Lahab dejó de prepararse para participar en esta guerra. Abu Lahab envió en su lugar a uno de sus deudores. Los coraichitas también incorporaron al ejército a jóvenes de diversas tribus de los alrededores. Entre las tribus coraichitas, ninguna se quedó atrás, salvo Banu Adi. Nadie de la tribu de Banu Adi participó en esta guerra.

Número de soldados del ejército enemigo

Al principio, el ejército de La Meca contaba con mil trescientos hombres. Tenían cien caballos y seiscientas armaduras. Había muchos camellos, pero no fue posible determinar su número exacto.

El comandante del ejército era Abu Yahl ibn Hisham. Nueve notables de los coraichitas asumieron la responsabilidad de organizar el abastecimiento de alimentos: un día se sacrificaban nueve camellos y al día siguiente diez, y así sucesivamente.

Cuando el ejército de La Meca estaba a punto de partir, los coraichitas recordaron de repente que mantenían una enemistad y estaban en guerra con la tribu de Banu Bakr. Esta podía atacarlos por la retaguardia. ¡Así quedarían atrapados entre dos fuegos! Como resultado de las deliberaciones y el análisis de esta cuestión, la expedición militar de los coraichitas estuvo a punto de ser suspendida. Justo entonces, el maldito Iblís apareció adoptando la apariencia de Suraqa ibn Malik ibn Ju’shum al-Mudlaji, uno de los jefes de la tribu de Banu Kinana, y dijo a los líderes coraichitas: «Yo soy vuestro amigo. Os garantizo que Banu Kinana no hará nada censurable mientras estéis ausentes».

El avance del enemigo

El ejército de La Meca salió entonces al camino. ¿Cómo salió? Allah, Exaltado sea, dice que avanzaron con orgullo, exhibiendo su poder ante la gente y apartándola del camino de Allah. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo que salieron llevando sus armas, con aversión hacia Allah y descontento con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Estaban impacientes por la ira de vengarse. Rechinando los dientes, decían: «¿Cómo se atrevieron Muhammad y sus compañeros a siquiera mirar la caravana comercial de La Meca?»

En resumen, avanzaban con gran rapidez hacia el norte, es decir, hacia la llanura de Badr. Tras atravesar las llanuras de Usfán y Qudayd, llegaron a un lugar llamado Yuhfa. Allí recibieron un nuevo mensaje enviado por Abu Sufyan: «Salisteis para proteger la caravana y vuestros bienes. Puesto que Allah lo ha protegido todo, ya no tenéis necesidad de continuar; regresad ahora».

La desaparición de la caravana comercial

Abu Sufyan avanzaba con gran cautela mientras conducía la caravana comercial. Recogía información de todas partes y vigilaba la situación. Al acercarse a la llanura de Badr, avanzó un poco más, se encontró con Majdi ibn Amr y le preguntó por el ejército de Medina. Majdi respondió: «No he visto nada especial, pero sí vi a dos hombres. Hicieron que sus camellos se arrodillaran junto a una colina y luego sacaron agua del pozo y se marcharon». Abu Sufyan avanzó, examinó los excrementos que habían dejado los camellos y luego revisó las semillas de dátil, tras lo cual dijo: «Sin duda, estos dátiles son de Yathrib». Inmediatamente después, corrió hacia su caravana y comenzó a avanzar hacia el oeste, siguiendo la costa del mar. La carretera principal que conducía a la llanura de Badr quedó a su izquierda. Así, Abu Sufyan salvó su caravana comercial de caer en manos del ejército de Medina. Mientras se dirigía a La Meca por una ruta segura, envió un mensaje a los soldados que habían salido de La Meca: «Regresad. No hay ningún riesgo de que la caravana comercial sea atacada; estoy regresando sano y salvo a La Meca».

La desunión y las discrepancias del ejército enemigo

Al recibir esta noticia, los soldados ordinarios de La Meca se disponían a regresar. Pero Abu Yahl se opuso. Dijo con extrema arrogancia: «¡Por Dios! No regresaremos sin ir a la llanura de Badr y permanecer allí durante tres días. Durante ese tiempo sacrificaremos camellos, invitaremos a la gente a comer, beberemos vino y las esclavas cantarán para entretenernos. Así, la noticia de nuestro viaje se difundirá por toda Arabia y el relato de nuestra expedición permanecerá brillante en la memoria de todos para siempre». Un destacado dirigente llamado Ajnas ibn Shuraik dijo a Abu Yahl: «Vamos, regresemos a La Meca». Pero Abu Yahl no prestó atención a sus palabras. Al no poder convencerlo, Ajnas regresó a La Meca con trescientos soldados de sus seguidores, junto con los miembros de la tribu de Banu Zuhra. Ningún miembro de Banu Zuhra participó en la batalla de Badr. Más tarde, la tribu de Banu Zuhra elogió la inteligencia y la prudencia de Ajnas ibn Shuraik, y su prestigio quedó establecido permanentemente dentro de la tribu.

Después de que los miembros de la tribu de Banu Zuhra se marcharan, Abu Yahl, de la tribu de Banu Hashim, dijo con voz airada: «Nadie podrá regresar hasta que nosotros hayamos regresado».

Después de que los miembros de Banu Zuhra se marcharan, mil hombres permanecieron con Abu Yahl. Partieron hacia la llanura de Badr. Al llegar allí, levantaron sus tiendas detrás de una colina. Esta colina se encontraba al sur de Badr.

Una situación delicada para el ejército musulmán

Mientras el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y sus compañeros atravesaban la llanura de Safrán, recibieron, por medio del mensajero de Medina, información sobre la situación más reciente. Después de obtener noticias detalladas sobre los qurayshíes, comprendió, con su visión previsora, que un enfrentamiento sangriento con ellos se había vuelto inevitable. Por tanto, ahora debían avanzar con valentía. Pues si se dejaba al ejército de La Meca sin desafío, con el tiempo aumentaría el poder de los qurayshíes y su victoria sería celebrada y comentada por todos. Esto incrementaría considerablemente su influencia en el ámbito político. En cambio, la voz de los musulmanes se debilitaría, e Islam quedaría sin vida ni fuerza. Los enemigos del Islam, así como quienes no habían tenido la oportunidad de conocerlo y comprenderlo bien, adoptarían una actitud de odio hacia él y, finalmente, se convertirían en sus enemigos.

Además, no había ninguna garantía de que las desenfrenadas tropas de La Meca no marcharan hacia Medina. Tampoco dejarían escapar la oportunidad de entrar en las casas de los musulmanes en Medina y someterlos a abusos y persecuciones. Si el ejército de Medina mostraba la menor actitud de indulgencia y regresaba a Medina pensando en preservar la paz, sin enfrentarse al enemigo, todo lo mencionado se habría vuelto inevitable. Además, dejar a los incrédulos sin desafío habría tenido un efecto negativo sobre la gloria y la dignidad del Islam.

La reunión del consejo consultivo

A la luz de la situación, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— convocó una reunión del consejo consultivo. En la reunión se examinó la situación política más reciente y se solicitaron las opiniones de los comandantes y de los soldados comunes. Algunos musulmanes comenzaron a temblar al oír hablar del enfrentamiento sangriento. Sobre ellos dijo Allah, el Altísimo, en el Sagrado Corán: «Es como cuando tu Señor te hizo salir justamente de tu casa, aunque a un grupo de los creyentes le disgustaba. Parecía que eran conducidos hacia la muerte mientras la contemplaban». (Sura Al-Anfal, versículos 5-6)

Se solicitaron las opiniones de los líderes. Abu Bakr y Umar —que Allah esté complacido con ambos— expresaron una actitud admirable. Sus palabras manifestaron su completa devoción al amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Después se levantó Miqdad ibn Amr —que Allah esté complacido con él— y dijo: «Oh Mensajero de Allah, mantente firme en el camino que Allah te ha mostrado; nosotros estamos contigo. Por Allah, no te diremos lo mismo que los Hijos de Israel dijeron a Moisés —la paz sea con él—. Cabe mencionar que los Hijos de Israel dijeron a Moisés —la paz sea con él—: “Oh Moisés, no entraremos allí mientras ellos permanezcan allí. Así pues, ve tú y tu Señor y combatid; nosotros nos quedaremos sentados aquí”». (Sura Al-Ma’idah, versículo 24)

Más bien diremos: “Combate tú y tu Señor, y nosotros también combatiremos contigo”. Por el Ser sublime que te envió con la verdad, aunque nos llevaras hasta Barq al-Ghimad, llegaríamos allí contigo, combatiendo durante todo el camino.

Al oír las palabras de Miqdad —que Allah esté complacido con él—, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— lo elogió y rogó por él.

Después de escuchar la opinión de los emigrados, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda la paz, consideró necesario conocer la opinión de los ansar, pues ellos eran mayoría y sobre ellos recaería la mayor parte de la responsabilidad de la guerra. Sin embargo, conforme al juramento de Al-Áqaba, no estaban obligados a salir de Medina para combatir. Después de escuchar las opiniones de Abu Bakr, Umar y Miqdad —que Dios esté complacido con ellos—, el amado Profeta se dirigió a los ansar y dijo: «Aconsejadme». Sa‘d ibn Mu‘adh, comandante de los ansar —que Dios esté complacido con él—, dijo: «Oh, Mensajero de Dios, ¿quieres conocer nuestra opinión?». El Profeta, que Dios lo bendiga y le conceda la paz, respondió: «Sí». Sa‘d ibn Mu‘adh dijo: «Hemos creído en ti y te hemos considerado veraz. Hemos dado testimonio de que todo lo que has traído es verdad y hemos pactado contigo obedecerte. Así pues, avanza hacia donde consideres mejor. Por Aquel que te envió con la verdad, si quisieras lanzarte al mar llevándonos contigo, también nos lanzaríamos y ninguno de nosotros se quedaría atrás. No tendremos objeción alguna aunque mañana nos conduzcas a enfrentarnos con el enemigo. No albergamos ninguna duda. Somos expertos en la guerra. Puede que Dios Todopoderoso manifieste por medio de nosotros tal valentía que tus ojos se alegren al contemplarla. Llévanos contigo. Que Dios Todopoderoso bendiga nuestro camino».

Según una narración, Sa‘d ibn Mu‘adh —que Dios esté complacido con él— dijo al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda la paz: «Quizá piensas que los ansar te ayudarán dentro de su propio territorio y que consideran esto su responsabilidad y deber. Por eso respondo en nombre de los ansar y digo: ve adonde quieras, establece relaciones con quien desees y toma de nuestros bienes cuanto quieras. Lo que tomes nos será más querido que la parte que dejemos atrás. En este asunto aceptaremos tu decisión como definitiva. Por Dios, aunque avances hasta Barka al-Gimad, iremos contigo; y si quisieras lanzarte al mar llevándonos contigo, también nos lanzaríamos al mar contigo».

Al oír estas palabras de Sa‘d ibn Mu‘adh —que Dios esté complacido con él—, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda la paz, se alegró mucho. Dijo: «Avancemos, y avancemos con alegría. Dios Todopoderoso me ha prometido uno de los dos grupos. Por Dios, es como si ya estuviera viendo el lugar donde caerán abatidos».

Después, el Profeta, que Dios lo bendiga y le conceda la paz, avanzó desde Zafrān. Tras atravesar varios pasos montañosos, llegó a un lugar llamado Asfar. Dejando a su derecha el monte llamado Heman, acampó después cerca de la llanura de Badr.

Iniciativa para recabar información en secreto

Después de acampar allí, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda la paz, salió a recabar información acompañado de Abu Bakr —que Dios esté complacido con él—, su compañero en la cueva de Zawr. Observaban desde lejos las tiendas de los soldados de La Meca. En ese momento se encontraron con un anciano árabe. El Profeta, que Dios lo bendiga y le conceda la paz, le preguntó acerca de los coraixíes y de los compañeros de Muhammad. Preguntó por ambos ejércitos porque no quería revelar su identidad. Pero el anciano se mostró inflexible y dijo: «Decidme quiénes sois y a qué grupo pertenecéis; de lo contrario, no diré nada». El Profeta, que Dios lo bendiga y le conceda la paz, respondió: «Dinos lo que te hemos preguntado y después te diremos quiénes somos». El anciano dijo: «Si Muhammad y sus compañeros me han informado con la verdad, hoy deberían encontrarse en tal lugar». Al decir esto, mencionó precisamente el lugar donde estaban los compañeros. Luego añadió: «Los coraixíes salieron tal día. Si el informante me ha dicho la verdad, hoy deberían encontrarse en tal lugar». Y mencionó exactamente el lugar donde se encontraban Abu Yahl y sus compañeros.

Cuando el anciano terminó de hablar, pidió conocer la identidad del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda la paz, y de su compañero. El Profeta, que Dios lo bendiga y le conceda la paz, respondió: «Hemos surgido de la misma agua». Dicho esto, se marchó. El anciano empezó a murmurar: «¿De qué agua? ¿Del agua de Irak?»

Información importante sobre el ejército de La Meca

A última tarde de ese día, el Profeta envió un grupo de exploradores para recabar información sobre la posición del enemigo y otras noticias. En este grupo se encontraban tres jefes de los emigrantes: el honorable Alí, el honorable Zubayr ibn al-Awwam y el honorable Sa‘d ibn Abi Waqqas. Estos tres ilustres compañeros, acompañados por algunos otros compañeros, salieron a recoger información sobre el ejército de Quraysh. Primero se dirigieron al estanque de Badr. Allí había dos esclavos sacando agua para el ejército de Quraysh. Los compañeros los apresaron y los llevaron ante el Mensajero de Allah. En ese momento, el Profeta estaba rezando. Los compañeros preguntaron a los esclavos capturados acerca de Quraysh. Ellos respondieron: «Somos gente de Quraysh. Nos enviaron para sacar agua». A los compañeros no les agradó esta respuesta. Habían supuesto que aquellos hombres pertenecían a Abu Sufyan, pues aún albergaban una débil esperanza de apoderarse de la caravana comercial. Los compañeros golpearon severamente a ambos esclavos. Debido a la intensidad de los golpes, se vieron obligados a decir: «Sí, somos hombres de Abu Sufyan». Al oír esto, quienes los golpeaban dejaron de hacerlo.

Después de la oración, el Mensajero de Allah dijo ásperamente a los compañeros: «Cuando decían la verdad, los golpeasteis; y cuando dijeron una mentira, los dejasteis libres. ¡Por Allah!, ambos han dicho la verdad. Son gente de Quraysh».

Entonces el Profeta dijo a los esclavos: «Bien, decidme ahora algo sobre Quraysh». Ellos respondieron: «Quraysh se encuentra detrás de la colina que se ve al final de la llanura». El Profeta preguntó: «¿Cuántos hombres son?». Ellos respondieron: «No lo sabemos». El Profeta preguntó: «¿Cuántos camellos sacrifican cada día?». Respondieron: «Un día, nueve; y otro día, diez». Al oír esto, dijo: «Su número estará entre novecientos y mil hombres». Después, el Profeta preguntó: «¿Quiénes de las personalidades destacadas de Quraysh se encuentran entre ellos?». Respondieron: «Utba y Shayba, los dos hijos de Rabia; Abu al-Bajtari ibn Hisham; Hakim ibn Hizam; Nawfal ibn Juwaylila; al-Harith ibn Amir; T可能ima ibn Adi; al-Nadr ibn al-Harith; Yumu‘a ibn al-Aswad; Abu Yahl ibn Hisham; y Umayya ibn Jalaf». Además, ambos esclavos mencionaron los nombres de algunos otros. El Mensajero de Allah dijo a los compañeros: «La Meca ha puesto ante vosotros a sus grandes figuras».

La lluvia de misericordia y el avance de los musulmanes

Aquella misma noche, Allah, Señor de los mundos, hizo llover. La lluvia cayó torrencialmente sobre los incrédulos, dificultando su avance. Para los musulmanes fue una lluvia de misericordia. Gracias a ella, tuvieron la oportunidad de purificarse de la suciedad causada por Satanás; la arena bajo sus pies se endureció, creando una superficie excelente para caminar, y sus corazones se fortalecieron.

Después, el Mensajero de Allah avanzó acompañado por los jefes musulmanes. El Profeta se esforzaba por llegar al estanque de Badr antes que los politeístas. En ese momento, el honorable Hubab ibn al-Mundhir, como un comandante perspicaz y previsor, le dio un consejo. Primero preguntó: «Oh, Mensajero de Allah, ¿has venido a reunirte aquí por una orden de Allah, de modo que no haya posibilidad de avanzar ni retroceder? ¿O has elegido este lugar como estrategia militar?». El Mensajero de Allah respondió: «Es sencillamente por una razón estratégica». Al oír esto, el honorable Khabbab dijo: «No considero conveniente permanecer en este lugar. Debemos avanzar más y tomar el control del estanque más cercano a la posición de Quraysh. Mantendremos vigilados los demás estanques. Cuando comience la batalla, beberemos agua, mientras que Quraysh sufrirá por falta de ella». El Mensajero de Allah dijo: «Has dado un consejo acertado». Luego continuó avanzando con los soldados. A medianoche llegó cerca del estanque más próximo al enemigo y levantó allí su tienda. Después, los compañeros construyeron un depósito y cerraron todos los demás estanques.

El centro de mando

Después de que los compañeros establecieron su posición cerca del estanque, el honorable Sa‘d ibn Mu‘adh presentó una propuesta. Dijo que los musulmanes podían construir un puesto de mando para su líder. De ese modo, si —que Allah no lo permita— en lugar de la victoria sufrían una derrota o surgía alguna otra situación de emergencia, podrían estar preparados de antemano. Tras esta conversación, el honorable Sa‘d dijo al Profeta: «Oh, Mensajero de Allah, queremos construir para ti un lecho especial. Permanecerás allí. Pondremos también tu montura junto a ti. Después nos enfrentaremos al enemigo. Si Allah nos honra y nos concede la victoria sobre el enemigo, será preferible para nosotros que permanezcas en ese lugar. Pero si somos derrotados, podrás montar y dirigirte hacia quienes han quedado atrás. Oh, Profeta de Allah, detrás de ti se encuentran personas que te aman más que nosotros. Nuestro amor por ti no es tan grande ni tan profundo como el de ellos. Si supieran que te enfrentarías a la batalla, jamás se habrían quedado atrás. Allah te protegerá por medio de ellos; serán quienes procuren tu bienestar y combatirán junto a ti».

Al oír esto, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— elogió a Sa‘d —que Allah esté complacido con él— y suplicó por él. Los musulmanes prepararon para el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— una camilla sobre una colina elevada al noreste del campo de batalla. Desde allí se podía contemplar todo el campo de batalla. Se encargó a un grupo de jóvenes ansaríes, bajo el mando de Sa‘d ibn Mu‘adh —que Allah esté complacido con él—, vigilar al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—.

Despliegue del ejército para la batalla

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— organizó las filas del ejército y se dirigió al campo de batalla. [Yami‘ at-Tirmidhi, Abwab al-Yihad, t. 1, p. 201]. Allí señaló con la mano y dijo que, al día siguiente, si Allah quería, este sería el lugar donde moriría fulano y este otro sería el lugar donde moriría mengano.

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— pasó la noche allí, junto a la raíz de un árbol. Los compañeros también pasaron la noche tranquilos y serenos, sin preocupación. Sus corazones estaban llenos de confianza; pasaron el tiempo con paz y certeza. Esperaban poder ver por la mañana con sus propios ojos la prueba de las buenas nuevas de su Señor Todopoderoso. Allah, el Altísimo, dice: «Recordad cuando Él os envolvió en somnolencia como una seguridad proveniente de Él y os hizo descender agua del cielo para purificaros con ella, apartar de vosotros la impureza de Satanás, fortalecer vuestros corazones y afirmar vuestros pies». (Sura Al-Anfal, aleya 11)

Era la noche del 17 de Ramadán del segundo año de la Hégira. Él había partido de Medina el día 8 o el 12 de ese mes. [Mishkat, t. 2, p. 543]

Desacuerdos entre los enemigos

Los coraichitas pasaron la noche en sus tiendas, al otro lado de una colina, en el extremo más alejado de Badr. Por la mañana, se reunieron en la llanura de Badr, a este lado de la colina. Un grupo de hombres avanzó hacia el estanque del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Le dijeron al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— que no les impidiera acercarse. Más tarde se comprobó que todos los que bebieron agua del estanque del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y combatieron contra él murieron. El único que sobrevivió fue Hakim ibn Hizam. Posteriormente, Hakim aceptó el islam y se convirtió en un buen musulmán. Siempre que juraba, solía decir: «La-lladhī najjānī min yawmi Badrin», es decir: «Por Aquel que me salvó el día de Badr».

Después de observar la concentración de tropas musulmanas, los coraichitas enviaron a Umayr ibn Wahb al-Yumahí para evaluar su fuerza. Umayr dio una vuelta y regresó diciendo: «El número de soldados musulmanes será de trescientos, más o menos. Iré a comprobar si tienen alguna fuerza de apoyo». Tras alejarse bastante a caballo, Umayr regresó y dijo: «Los musulmanes no han dejado ninguna fuerza de apoyo a su retaguardia. Sin embargo, he observado algo: los camellos de Yathrib han traído consigo una muerte segura. Toda su fuerza depende de las espadas. ¡Por Allah! Por lo que he comprendido, parece que ninguno de ellos morirá sin matar antes a uno de vosotros. Si matan a vuestros hombres destacados, quedaréis privados de vuestros compañeros más importantes. Por tanto, lo más conveniente es que reflexionéis cuidadosamente antes de hacer cualquier cosa».

En ese momento, otro grupo de personas contrarias a la guerra comenzó a alzarse abiertamente contra Abu Yahl. Pero Abu Yahl estaba firmemente decidido a combatir. Los opositores a la guerra querían regresar a La Meca sin luchar. Hakim ibn Hizam, por ejemplo, no quería combatir. Comenzó a ir de un lado para otro. Primero acudió ante Utba ibn Rabi‘a y le dijo: «Oh, Abu al-Walid, usted es una de las figuras principales de los coraichitas, y todos aceptan su autoridad sin objeciones. Haga una buena obra; gracias a ella, la gente hablará de usted durante mucho tiempo. Utba preguntó: “¿Qué obra es esa, Hakim?”. Hakim respondió: “Haga que todos regresen y asuma la responsabilidad de pagar la compensación por la muerte de su aliado, Amr ibn Hadrami, asesinado en la expedición de Najla”. Utba dijo: “Estoy de acuerdo. Tómame como garante por mi parte. Amr ibn Hadrami era mi aliado, y la responsabilidad de compensar su muerte recae sobre mí. Yo repondré todo lo que se haya perdido de sus bienes».

Después, Utba le dijo a Hakim ibn Hizam: «Ve ante el hijo de Hanzaliyya —la madre de Abu Yahl se llamaba Hanzaliyya—, es decir, Abu Yahl. Él está echando todo a perder; es quien está detrás de la incitación de la gente».

Después, Utba ibn Rabi‘a se puso de pie y, como si pronunciara un discurso, dijo: «Oh, coraichitas, no obtendréis ningún mérito especial luchando contra Muhammad y sus compañeros. ¡Por Dios!, si ellos os matan, veréis los rostros de personas a las que no querríais ver muertas. Pues mataréis a vuestros primos paternos, a vuestros primos maternos o a otros miembros de vuestra propia tribu. Si otros árabes matan a Muhammad y a sus compañeros, vuestro deseo se habrá cumplido; pero si surge cualquier otra situación, recordad que caeréis en manos de Muhammad y sus compañeros, quienes han guardado en la memoria todo lo que les ocurrió en el pasado. Así que vámonos; mantengámonos neutrales».

Hakim ibn Hizam fue ante Abu Yahl y observó que estaba limpiando su armadura. Hakim dijo: «Oh, Abu al-Hakam, Utba me ha enviado ante usted con este mensaje». Abu Yahl respondió: «¡Por Dios!, el corazón de Utba se ha acobardado al ver a Muhammad y a sus compañeros. Pero yo no regresaré a La Meca bajo ninguna circunstancia. No regresaremos a La Meca hasta que Dios Todopoderoso decida entre Muhammad y nosotros. Utba ha dicho todo eso porque se ha llenado de miedo ante Muhammad y sus compañeros. Además, su propio hijo está con ellos; por eso intenta atemorizaros respecto a ellos». Cabe señalar que el hijo de Utba, Hudhayfa, había aceptado el islam mucho tiempo antes y había emigrado a Medina. Cuando Utba se enteró de que Abu Yahl había dicho de él: «¡Por Dios!, el corazón de Utba se ha acobardado», dijo: «Abu Yahl pronto sabrá de quién se ha acobardado el corazón: del mío o del suyo». Abu Yahl se asustó al enterarse de la reacción de Utba. Para que aquello no se prolongara, mandó llamar a Amir ibn Hadrami, hermano de Amr ibn Hadrami, asesinado en la expedición de Najla. Cuando Amir llegó, Abu Yahl le dijo: «Vuestro aliado Utba quiere hacer regresar a la gente, aunque vosotros veis con vuestros propios ojos la injusticia cometida contra vosotros. Levantaos, pues; proclamad a voz en cuello que se os ha hecho una injusticia y que sois los oprimidos, y contad de nuevo a todos el asesinato de vuestro hermano». Al oír esto, Amir se levantó, se descubrió las nalgas y comenzó a gritar: «¡Ay, Amr! ¡Ay, Amr! ¡Ay, Amr!». Al escuchar aquellos gritos, todos se reunieron y el deseo de combatir se intensificó enormemente en sus corazones. Todos se comprometieron a vengarse de los musulmanes. El llamamiento de Utba fracasó. Así, el entusiasmo venció a la sensatez y fracasaron los esfuerzos por evitar la guerra.

Los dos ejércitos frente a frente

Los no musulmanes salieron en grupos, y ambos ejércitos comenzaron a situarse frente a frente. En ese momento, el Mensajero de Allah —Allah le bendiga y le conceda la paz— dijo: «Oh, Allah Todopoderoso, los coraichitas han salido, con total arrogancia, para enfrentarse a Ti y desmentir a Tu Mensajero. Oh, Allah Todopoderoso, hoy necesitamos enormemente la ayuda que nos prometiste. Oh, Allah Todopoderoso, destrúyelos hoy y dispérsalos».

Al ver a Utba sobre su camello rojo, el Mensajero de Allah —Allah le bendiga y le conceda la paz— dijo: «Si hay bondad en alguno de los miembros de su pueblo, está en el jinete de ese camello. Si los demás siguieran su consejo, encontrarían el camino recto».

En ese momento, el Mensajero de Allah —Allah le bendiga y le conceda la paz— formó a los musulmanes en filas. Entonces ocurrió algo extraordinario.

El Profeta tenía una flecha en la mano y con ella enderezaba las filas. En ese momento, la punta de la flecha tocó ligeramente el abdomen de Sawad ibn Ghaziyya. Él se había adelantado un poco respecto a la fila. «Sawad, ponte derecho», le dijo. Sawad respondió de inmediato: «¡Oh, Mensajero de Allah! Me has causado dolor; permíteme tomar represalias». El Profeta apartó la túnica de su abdomen y dijo: «Adelante, toma represalias». Sawad abrazó al amado Profeta y besó su vientre bendito. El Profeta le preguntó: «Sawad, ¿qué te impulsó a hacer esto?». Sawad respondió: «¡Oh, Mensajero de Allah! Tú has visto todo lo que está a punto de suceder. Mi único deseo es que tu cercanía sea el último recuerdo de mi vida. Que el contacto de mi cuerpo con tu cuerpo purificado sea el último acontecimiento de mi vida». Al oír esto, el Profeta oró por Sawad.

Después de enderezar las filas, el Profeta dijo a sus compañeros que nadie debía comenzar la batalla sin recibir una orden de su parte. Luego les impartió instrucciones específicas sobre la estrategia de combate. Dijo: «Cuando los paganos se acerquen a vosotros en formación, disparadles flechas. Prestad atención para no desperdiciarlas» [Sahih al-Bujari, tomo II, pág. 568]. «No empleéis las espadas hasta que os hayan rodeado» [Sunan de Abu Dawud, tomo II, pág. 13]. Después, el Profeta se dirigió al centro de la posición acompañado de Abu Bakr. Saad ibn Muadh, junto con los soldados encargados de la guardia, quedó destinado a proteger al amado Profeta.

Por otro lado, la situación de los paganos era la siguiente: Abu Yahl suplicó a Allah que decidiera entre ellos. Dijo: «¡Oh, Allah! Destruye hoy al grupo de entre nosotros que haya roto más los vínculos de parentesco y cometido más errores. ¡Oh, Allah! Ayuda hoy al grupo de entre nosotros que sea más amado y grato para Ti». Más tarde, aludiendo a estas palabras de Abu Yahl, Allah, el Señor de los mundos, dijo: «Pedisteis una decisión, y esta ha llegado a vosotros. Si desistís, será mejor para vosotros; pero si volvéis a hacerlo, Nosotros también os castigaremos. Aunque vuestro grupo sea más numeroso, no os servirá de nada, y Allah está con los creyentes» (sura al-Anfal, aleya 19).

El primer impulso de la batalla

El primer instigador de esta batalla fue Aswad ibn Abd al-Asad al-Majzumi. Era un hombre sumamente malvado y depravado. Al salir al campo de batalla, dijo: «Juro por Allah que beberé el agua de su estanque. Y si no puedo hacerlo, destruiré ese estanque o daré la vida por ello».

Tras decir esto, Aswad avanzó. Por su parte, Hamza ibn Abd al-Muttalib, uno de los compañeros del amado Profeta, salió a su encuentro. Ambos se enfrentaron cerca del estanque. Hamza golpeó con la espada de tal manera que la pierna de Aswad, el incrédulo, fue cercenada por debajo de la rodilla y quedó separada de su cuerpo. Él cayó pesadamente al suelo. De la pierna amputada comenzó a brotar un torrente incesante de sangre, que fluía hacia sus compañeros. Aswad avanzaba arrastrándose hacia el estanque. Al llegar cerca de él, quería beber su agua y cumplir su juramento. En ese momento, Hamza volvió a golpear a Aswad. Como consecuencia del golpe, este cayó dentro del estanque y murió.

Comienza la batalla general

La muerte de Aswad ibn Abd al-Asad fue el primer acontecimiento de la batalla de Badr. Después de su muerte, el fuego de la batalla se extendió. Tres destacados guerreros salieron de las filas del ejército de Quraysh. Eran miembros de la misma tribu: Utba y Shayba, los dos hijos de Rabi’a, y Walid, hijo de Utba. Apenas salieron de la formación, desafiaron al adversario a enfrentarse con ellos. Avanzaron tres jóvenes de los Ansar. Eran Awf, Muawwidh y Abd Allah ibn Rawaha. Los dos primeros eran hijos de Hariz, y su madre se llamaba Afra. Los qurayshíes preguntaron: «¿Quiénes sois?». Ellos respondieron: «Somos los Ansar de Medina». Los qurayshíes dijeron: «Sin duda sois adversarios nobles, pero no tenemos ninguna disputa con vosotros. Queremos a nuestros primos». Entonces los tres jóvenes de Quraysh gritaron: «¡Oh, Muhammad! Envíanos a nuestros parientes de sangre». El Mensajero de Allah dijo: «Ubayda ibn al-Hariz, Hamza y Ali, avanzad». Cuando estos avanzaron, los tres jóvenes de Quraysh fingieron no reconocerlos y les preguntaron quiénes eran. Ellos se identificaron. Los tres jóvenes de Quraysh dijeron: «Sí, sois adversarios nobles». Entonces comenzó el combate individual. Ubayda ibn al-Hariz se enfrentó a Utba ibn Rabi’a; Hamza se enfrentó a Shayba, y Ali se enfrentó a Walid ibn Utba [Ibn Hisham, Musnad de Ahmad. La narración de Abu Dawud presenta algunas diferencias. Mishkat, tomo II, pág. 343].

Hazrat Hamza (que Allah esté complacido con él) y Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) redujeron a sus respectivos adversarios, pero entre Hazrat Ubayda ibn al-Harith (que Allah esté complacido con él) y su adversario Utba se intercambiaron golpes. Ambos se hirieron gravemente. Entretanto, Hazrat Hamza y Hazrat Ali, después de acabar con sus respectivos adversarios, acudieron en ayuda de Hazrat Ubayda, se abalanzaron sobre Utba y acabaron con él. Después llevaron consigo a Hazrat Ubayda. El pie de Hazrat Ubayda (que Allah esté complacido con él) había sido cortado y había perdido el habla; no volvió a pronunciar palabra. Al cuarto o quinto día, mientras los musulmanes regresaban a Medina y atravesaban la llanura de Safra, Hazrat Ubayda (que Allah esté complacido con él) falleció. Hazrat Ali solía decir: «Este versículo fue revelado acerca de nosotros». Allah, el Altísimo, dijo: «Estos son dos grupos enfrentados que disputan acerca de su Señor». (Sura Al-Hajj, aleya 19)

La desgracia de los politeístas ya había comenzado. Habían perdido de una vez a tres guerreros destacados. Desconcertados por la ira, todos se abalanzaron juntos sobre los musulmanes.

Por otro lado, los musulmanes suplicaban ayuda a su Magnífico Señor y afrontaban con firmeza los ataques de los incrédulos. Pronunciando las palabras «Ahad, Ahad» —«Uno, Uno»—, contraatacaban a los incrédulos idólatras y les infligían grandes pérdidas.

La súplica del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) en la llanura de Badr

Mientras tanto, después de formar las filas de los emigrantes, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) suplicaba con voz angustiada ayuda a Allah, el Todopoderoso, el Señor y Sustentador. Decía: «¡Oh Allah, cumple la promesa que nos hiciste! ¡Oh Allah, te suplico la ayuda que nos has prometido!»

Cuando comenzó la intensa batalla entre ambos bandos, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) suplicó ante Allah: «¡Oh Allah, Señor de los mundos! Si hoy este grupo de musulmanes es aniquilado, no quedará nadie en el mundo que Te adore. ¡Oh Allah, acaso deseas que, después de hoy, ya nadie Te adore?»

El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) hacía esta súplica con extrema humildad y sumisión, con voz afligida. En cierto momento de su angustiosa súplica, su manto cayó de ambos hombros. Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) le acomodó el manto al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) y dijo: «¡Oh Mensajero de Allah, detente ya! Has suplicado a tu Señor con una angustia extrema». Entretanto, Allah, el Altísimo, ordenó a los ángeles: «Recordad cuando tu Señor inspiró a los ángeles: “Estoy con vosotros; fortaleced, pues, a los creyentes. Infundiré el temor en los corazones de quienes no creen; golpeadles en los hombros y en todo el cuerpo”». (Sura Al-Anfal, aleya 12)

Entretanto, Allah, el Altísimo, reveló a Su amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz): «Os ayudaré con mil ángeles que vendrán uno tras otro». (Sura Al-Anfal, aleya 9)

El descenso de los ángeles

En ese momento, Gabriel (la paz sea con él) acudió ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Él levantó rápidamente la cabeza y dijo: «Abu Bakr, alégrate: Gabriel ha llegado, avanzando entre el polvo». Según el relato de Ibn Ishaq, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Abu Bakr, alégrate: la ayuda de Allah ha llegado hasta vosotros». Gabriel avanzaba delante del caballo, sujetando sus riendas. El polvo se elevaba.

Después, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) salió de la habitación. Llevaba puesta su armadura. Mientras avanzaba hacia delante con actitud enérgica, decía: «Este grupo será pronto derrotado y dará la espalda huyendo». (Sura Al-Qamar, aleya 45)

Después, cuando el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) arrojó un puñado de polvo contra los incrédulos, dijo: «Shāhatil-wujūh», es decir: «¡Que sus rostros queden cubiertos!». Tras decir esto, arrojó el polvo contra los incrédulos. Aquel polvo entró en los ojos, la boca, la nariz y la garganta de todos ellos. No quedó ninguno fuera. Sobre esto, Allah, exaltado sea, dice: «Y no fuiste tú quien arrojó cuando arrojaste, sino que fue Allah quien arrojó». (Sura Al-Anfal, aleya 17)

El contraataque

Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) ordenó el contraataque y exhortó a combatir, diciendo: «¡Avanzad! Juro por Aquel en cuya mano está el alma de Muhammad que cualquiera de vosotros que combata junto a ellos con firmeza, considerando virtuosa esta acción, avanzando sin retroceder y muera, recibirá sin duda el Paraíso de Allah, exaltado sea». Para estimularlos a combatir contra los incrédulos, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo también: «¡Alzad vuestro empeño por alcanzar ese Paraíso cuyo horizonte y extensión son iguales a los del cielo y la tierra!». Al oír estas palabras del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), Umayr ibn Hammam dijo: «¡Magnífico, magnífico!». El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) le preguntó por qué había dicho aquello. Respondió: «Oh, Mensajero de Allah, no lo dije por otra razón; esperaba poder estar también entre los habitantes de ese Paraíso». El Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Tú también estás entre los habitantes de ese Paraíso». Entonces Umayr ibn Hammam sacó algunos dátiles y comenzó a comerlos. De pronto, exclamó con entusiasmo: «Comer estos dátiles requiere mucho tiempo. ¿Por qué habría de prolongar tanto mi vida?». Tras decir esto, arrojó los dátiles, combatió contra los no creyentes y alcanzó el martirio.

Cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) ordenó el contraataque, disminuyó la intensidad del ataque enemigo. También decayó su entusiasmo y ardor. Esto resultó útil para consolidar la posición de los musulmanes, pues cuando los nobles Compañeros recibieron la orden de contraatacar y su fervor alcanzó su punto máximo, atacaron con gran ímpetu. En ese momento desordenaron las filas de los incrédulos y avanzaron decapitándolos. Al ver que el propio Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) había llegado al campo de batalla con la armadura puesta, el entusiasmo de los Compañeros aumentó aún más. El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) había dicho: «Pronto serán derrotados y huirán dando la espalda».

Inspirados por el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), los Compañeros combatieron con enorme valentía. En ese momento, los ángeles también ayudaron a los musulmanes (Muslim, t. 2, p. 139; Mishkat, t. 2, p. 331).

Según una narración de Ibn Sa‘d, transmitida por Ikrima (que Allah esté complacido con él), aquel día las cabezas de los hombres caían cercenadas, pero no se podía saber quién las había cortado. También se veían manos humanas cercenadas, separadas de sus cuerpos, sin que pudiera saberse quién las había cortado.

Hazrat Abdullah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) dijo: «Un musulmán ansarí perseguía a un idólatra. De repente, se oyó sobre aquel idólatra el sonido de un golpe de látigo, mientras alguien decía: “¡Ve, avanza!”. El Compañero observó que el idólatra había caído de bruces. Tenía marcas de golpes en la nariz y la boca, y el rostro cubierto de sangre. Se veía claramente que había sido golpeado con un látigo, aunque no se podía ver quién lo había golpeado. Aquel Compañero ansarí relató el suceso al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “Has dicho la verdad. Esto fue una ayuda del tercer cielo”». [Muslim, t. 2, p. 93]

Abu Dawud al-Mazini dijo: «Perseguía a un idólatra para matarlo. Antes de que mi espada llegara a su cuello, su cabeza cercenada cayó rodando al suelo. Comprendí que otro había matado a aquel incrédulo».

Un ansarí llevó detenido a Hazrat Abbas ibn Abd al-Muttalib. Abbas aún no había aceptado el islam. Dijo: «¡Por Allah! Este hombre no me apresó ni me trajo cautivo. Me apresó y me trajo cautivo un hombre de cabeza rapada. Aquel hombre apuesto iba montado en un caballo pío. Ahora ese hombre no se ve entre toda esta gente». El ansarí dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Yo fui quien lo apresó». El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «¡Cállate! Allah os ha ayudado mediante un ángel honorable».

La huida de Iblis del campo de batalla

Ya se había mencionado que el maldito Iblis había venido adoptando la apariencia de Suraqa ibn Malik ibn Yasham al-Mudliji. Aún no se había separado de los idólatras. Pero, al ver la intervención de los ángeles contra los paganos, echó a correr para huir. Entonces al-Harith ibn Hisham lo agarró, creyendo que aquel hombre era realmente Suraqa ibn Malik. Pero Iblis le asestó un violento puñetazo en el pecho. Él cayó al suelo y, entretanto, Iblis escapó. Los idólatras comenzaron a decir: «¿Adónde vas, muchacho? ¿Acaso no dijiste que nos ayudarías y que no te alejarías de nosotros?». El muchacho respondió: «Estoy viendo algo que vosotros no veis. Temo a Allah; ciertamente, Él es severo en el castigo». Después, Iblis fue al mar y se ocultó.

La derrota de los incrédulos

Al cabo de poco tiempo, los signos evidentes del fracaso y la desesperación comenzaron a aparecer en el ejército de los no musulmanes. Ante el intenso ataque de los musulmanes, quedaron dispersos. El desenlace de la batalla se hizo evidente. Los incrédulos de Quraysh comenzaron a retirarse y la desesperación se apoderó de sus corazones. Los musulmanes mataban a algunos, herían a otros y apresaban a otros. Así, los incrédulos sufrieron una derrota manifiesta.

Al ver que los incrédulos de Quraysh se dispersaban, Abu Yahl, el líder de los malhechores, intentó detener aquella derrota. Para animar a sus seguidores, gritó: «No perdáis el valor por la huida de unos muchachos. Los muchachos estaban aliados con Muhammad. No perdáis el ánimo al ver que Utba, Shayba y Walid han sido muertos. Se precipitaron. ¡Por Lat y Uzza! No regresaremos hasta que los atemos con cuerdas. Mirad, no matéis a ninguno de ellos; capturadlos. Después les haremos probar las consecuencias de sus malas acciones».

Abu Yahl pronto probó las consecuencias de su arrogancia, pues al cabo de poco tiempo su gente comenzó a dispersarse ante el contraataque de los musulmanes. Abu Yahl todavía se encontraba cercado junto con algunos de sus seguidores. Alrededor del malhechor Abu Yahl había una guardia de flechas y espadas. El intenso ataque de los combatientes musulmanes deshizo aquella guardia. Los musulmanes observaron que Abu Yahl estaba montado en un caballo. La muerte se acercaba a él paso a paso.

El asesinato de Abu Yahl

Hazrat Abdur-Rahman ibn Awf, que Allah esté complacido con él, dijo: «El día de la batalla de Badr me encontraba entre las filas de los musulmanes. De repente observé que a mi derecha y a mi izquierda había dos jóvenes ansaríes. Mientras me preguntaba por su presencia, uno de ellos me dijo en secreto: “Tío, muéstranos quién es Abu Yahl”. Le dije: “Sobrino, ¿qué harás con él?”. Respondió: “He oído que Abu Yahl insulta al amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. Juro por Aquel en cuya mano está mi vida que, si vemos a Abu Yahl, no nos separaremos de él hasta que muera él o muramos nosotros, aquel cuya muerte haya sido decretada primero”. Hazrat Abdur-Rahman, que Allah esté complacido con él, dijo: “Me quedé asombrado al oír esto. El otro joven ansarí también me dijo en secreto exactamente lo mismo. Unos momentos después vi a Abu Yahl desplazándose entre la gente. Les dije a ambos jóvenes ansaríes: ‘Ahí está vuestra presa, aquel por quien me preguntasteis’”. En cuanto oyeron esto, los dos jóvenes ansaríes se abalanzaron sobre Abu Yahl y lo mataron. Luego ambos se acercaron al amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, preguntó: “¿Quién de vosotros ha matado a Abu Yahl?”. Ambos respondieron: “Yo, yo”. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, preguntó: “¿Habéis limpiado la sangre de vuestras espadas?”. Respondieron: “No”. Al ver las espadas de ambos, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “Los dos lo habéis matado”. Sin embargo, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, entregó las pertenencias abandonadas de Abu Yahl a Muadh ibn Amr ibn Yamh. Los dos jóvenes se llamaban Muadh ibn Amr ibn Yamh y Muawwidh ibn Afra. Sahih al-Bujari, vol. 1, p. 444; vol. 2, p. 568; Mishkat, vol. 2, p. 352. En otras narraciones, el nombre del segundo joven aparece como Muawwidh ibn Afra. Ibn Hisham, vol. 1, p. 635. Las pertenencias abandonadas de Abu Yahl fueron entregadas a uno de ellos porque Muadh o Muawwidh ibn Afra posteriormente murió como mártir en aquella batalla. La espada de Abu Yahl fue entregada a Hazrat Abdullah ibn Masud, que Allah esté complacido con él, porque él separó la cabeza de Abu Yahl de su cuerpo. Véase Sunan Abi Dawud, vol. 2, p. 373».

Ibn Ishaq narró que Muadh ibn Amr ibn Yamh dijo: «Abu Yahl se encontraba dentro de una impenetrable guardia de flechas y espadas de los incrédulos. Los incrédulos decían que nadie debía poder llegar hasta Abu Yahl. Al oír esto, identifiqué a Abu Yahl y permanecí cerca de él. En cuanto tuve la oportunidad, lo ataqué. Le asesté un golpe tan fuerte que su pierna quedó cortada por debajo de la rodilla y separada del cuerpo. Su pierna salió volando como un dátil caído de una palmera. Mientras yo golpeaba a Abu Yahl, su hijo Ikrimah me hirió con la espada a la altura del hombro. Se me hizo difícil seguir luchando. Dejé la mano cortada detrás de mí y continué blandiendo la espada con la otra mano. Esto también me dificultaba mucho la lucha. Entonces coloqué bajo mi pie la parte amputada de la mano y, de un tirón, la separé del resto del brazo». Hazrat Muadh ibn Amr ibn Yamh, que Allah esté complacido con él, permaneció con vida hasta el califato de Hazrat Uzmán, que Allah esté complacido con él. «Después le asestaron a Abu Yahl un golpe tan fuerte que el enemigo de Allah Todopoderoso y de Su Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, cayó allí mismo. Abu Yahl aún no había exhalado su último aliento; seguía respirando. Después, Hazrat Muawwidh ibn Afra murió como mártir mientras combatía.

Al terminar la batalla, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Id a ver quién encuentra el destino de Abu Yahl». Entonces los compañeros comenzaron a buscar a Abu Yahl.

Hazrat Abdullah ibn Masud, que Allah esté complacido con él, encontró a Abu Yahl en un estado en el que todavía respiraba. Puso el pie sobre el torso de Abu Yahl, lo agarró por la barba para cortarle la cabeza y dijo: «¡Enemigo de Allah! ¿Acaso Allah Todopoderoso finalmente te ha humillado y deshonrado?». Abu Yahl respondió: «¿Cómo me ha deshonrado? ¿Acaso hay alguien de rango más elevado que aquel a quien habéis matado? ¿Quién es más grande que él? ¡Ojalá me hubiera matado alguien distinto de un joven!». Luego preguntó: «Dime, ¿quiénes han vencido hoy?». Hazrat Abdullah ibn Masud, que Allah esté complacido con él, respondió: «Allah Todopoderoso y Su Mensajero». Abdullah ibn Masud, que Allah esté complacido con él, mantenía el pie apoyado sobre el hombro de Abu Yahl. Abu Yahl le dijo: «¡Pastor de cabras! Has llegado a un lugar muy elevado». Cabe mencionar que Hazrat Abdullah ibn Masud, que Allah esté complacido con él, pastoreaba cabras en La Meca.

Después de esta conversación, Abdullah ibn Masud, que Allah esté complacido con él, cortó la cabeza de Abu Yahl, la llevó ante el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Esta es la cabeza de Abu Yahl, el enemigo de Allah». El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Sí, ciertamente. Juro por Allah, aparte de quien no existe ninguna divinidad, que sí, es verdad; aparte de Él no existe ninguna divinidad. Sí, es verdad; aparte de Él no existe ninguna divinidad». Después, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Allah Todopoderoso es grandísimo. A Él pertenece toda alabanza. Ha demostrado la verdad de Su promesa, ha ayudado a Sus siervos y, Él solo, ha derrotado a todas las facciones».

Entonces, el Profeta y Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Vamos. Muéstrenme su cadáver». Llevamos al Profeta y Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— hasta el cadáver de Abu Yahl. Él dijo: «Este es el Faraón de esta comunidad».

Algunas manifestaciones asombrosas de la fe

Ya se han mencionado las acciones de Hazrat Umayr ibn Hammam y de Awf ibn Hariz ibn Afrá, capaces de reavivar la fe. En realidad, durante esta expedición se observaron a cada paso escenas en las que se manifestó la fuerza de la fe y la madurez de los principios. En esta expedición, padres e hijos se enfrentaron, y hermanos se enfrentaron entre sí. Las espadas fueron desenvainadas por una cuestión de principios, y los oprimidos y maltratados se enfrentaron a los injustos y opresores, extinguiendo el fuego de la ira. Por ejemplo:

1) Hazrat Abdullah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) narró que el Profeta y Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo a los compañeros: «Sé que algunos hombres de varias tribus, incluido Banu Hashim, han sido llevados por la fuerza al campo de batalla. No tienen relación alguna con nuestra guerra. Por tanto, si un hombre de Banu Hashim cae frente a alguno de ustedes, no lo maten. Si Abu al-Bakhtari ibn Hisham cae frente a alguno de ustedes, no lo maten. Si Abbas ibn Abd al-Muttalib cae bajo el control de alguno de ustedes, tampoco lo maten, pues ha sido llevado por la fuerza». Al oír esto, Hazrat Abu Hudhayfa (que Allah esté complacido con él), hijo de Utba, dijo: «Nosotros matamos a nuestros propios padres, hijos, hermanos y miembros de nuestra tribu, ¿y dejaremos libre a Abbas? ¡Por Allah!, si me encuentro frente a Abbas, le pondré el freno de la espada». Cuando esta noticia llegó al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, le dijo a Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él): «¿También se golpea con la espada el rostro del tío del Mensajero de Allah?». Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) respondió: «Oh, Mensajero de Allah, déjame; le cortaré el cuello a este hombre, pues se ha convertido en un hipócrita».

En tiempos posteriores, Hazrat Hudhayfa (que Allah esté complacido con él) solía decir: «Por lo que dije aquel día, nunca encontré sosiego ni pude sentirme tranquilo. Siempre tenía miedo. Solo pensaba que mi martirio podía ser la expiación por aquella imprudente declaración». Finalmente, Hazrat Hudhayfa (que Allah esté complacido con él) fue martirizado en la batalla de Yamama.

2) Se ordenó no matar a Abu al-Bakhtari porque, en La Meca, este hombre nunca había causado el menor daño al Profeta y Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Nunca se había oído de su parte ninguna palabra desagradable contra el islam, contra Allah ni contra Su amado Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Además, fue uno de los principales participantes en la revocación del boicot contra Banu Hashim y Banu al-Muttalib.

Sin embargo, a pesar de todas estas virtudes, el día de Badr se encontró frente a frente con Mujazzir ibn Balvir. Abu al-Bakhtari iba acompañado por uno de sus compañeros. Ambos combatían uno junto al otro. Al ver a Abu al-Bakhtari, Hazrat Mujazzir le dijo: «Oh, Abu al-Bakhtari, el Profeta y Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— ha prohibido matarte». Abu al-Bakhtari respondió: «¡Por Dios!, entonces moriremos los dos». Después, ambos entablaron combate con Hazrat Mujazzir. Hazrat Mujazzir (que Allah esté complacido con él) se vio obligado a matar a los dos.

3) Desde la época de la ignorancia en La Meca, Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf (que Allah esté complacido con él) y Umayya ibn Jalaf habían mantenido una profunda amistad. El día de la batalla de Badr, Umayya estaba de pie sosteniendo de la mano a su hijo Ali. Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf (que Allah esté complacido con él) pasaba delante de él. Llevaba varias armaduras arrebatadas a los enemigos. Umayya le dijo: «¿Puedo serte útil? Yo soy mejor que tus armaduras. Nunca había visto una escena como la de hoy. ¿No necesitan ustedes leche?», es decir, quien me capturase recibiría como rescate o fidya muchas camellas lecheras. Al oír esto, Hazrat Abd al-Rahman arrojó las armaduras, apresó a Umayya y a su hijo Ali, y avanzó con ellos.

Hazrat Abd al-Rahman (que Allah esté complacido con él) dijo: Yo avanzaba entre Umayya y su hijo cuando Umayya preguntó: «¿Quién era aquel hombre de entre vosotros que llevaba plumas de avestruz sujetas al pecho?». Respondí: «Era Hamza ibn Abd al-Muttalib». Umayya ibn Jalaf dijo: «Este es el hombre que ha causado nuestra destrucción».

Hazrat Abd al-Rahman (que Allah esté complacido con él) dijo: Yo llevaba a ambos cuando Hazrat Bilal (que Allah esté complacido con él) vio a Umayya conmigo. Cabe recordar que Umayya había torturado cruelmente a Hazrat Bilal (que Allah esté complacido con él) en La Meca. Al ver a Umayya, Hazrat Bilal dijo: «¡Oh, Umayya ibn Jalaf, jefe de los incrédulos! Quizá yo viva o quizá él viva». Después gritó en voz alta: «¡Oh, ansar de Allah! ¡Mirad, aquí está Umayya ibn Jalaf, jefe de la incredulidad! Ahora quizá yo quede o quizá él quede». Hazrat Abd al-Rahman (que Allah esté complacido con él) dijo: Para entonces, la gente nos había rodeado. Yo intentaba protegerlo, pero uno de los sahabah levantó su espada y golpeó en la pierna a Ali, hijo de Umayya. Inmediatamente, cayó desplomado. Entonces Umayya lanzó un grito tan fuerte que jamás había oído uno igual. Le dije: «¡Huye, huye!». Pero hoy no hay escapatoria. ¡Por Dios!, hoy no puedo ayudarte en nada.

Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf (que Allah esté complacido con él) dijo: Los sahabah, exaltados, rodearon a Umayya y a su hijo Ali y los mataron golpe tras golpe. Después, Abd al-Rahman (que Allah esté complacido con él) dijo: «Que Allah tenga misericordia de Hazrat Bilal. También perdí mis armaduras, y en cuanto a los prisioneros que había capturado, él me hizo desviarme hacia otro asunto».

El erudito Ibn Qayyim escribió en Zad al-Ma’ad que Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf (que Allah esté complacido con él) le dijo a Umayya ibn Jalaf: «Siéntate agachado». Él se sentó. Hazrat Abd al-Rahman se inclinó sobre el cuerpo de Umayya y lo cubrió. Sin embargo, los sahabah lo mataron atacándolo con sus espadas desde abajo. El golpe de la espada de uno de los sahabah también cortó la pierna de Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf [Zad al-Ma’ad, tomo 2, p. 89; Sahih al-Bujari, Kitab al-Wakala, tomo 1, p. 308. Este episodio se menciona allí con mayor detalle].

4) Hazrat Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él) mató a su tío materno, As ibn Hisham ibn al-Mughira.

5) Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él) llamó a su hijo Abd al-Rahman, que en aquel entonces era politeísta, y le dijo: «¡Malvado! ¿Dónde están mis armas?». Abd al-Rahman respondió: «No queda nada, salvo las armas, el caballo veloz y aquella espada que disipa la confusión de la vejez».

6) Mientras los musulmanes capturaban a los politeístas, el Mensajero de Allah (que Allah lo bendiga y le conceda paz) se encontraba en la habitación preparada para él. Hazrat Sa’d ibn Mu’adh (que Allah esté complacido con él) montaba guardia con la espada en alto. El Mensajero de Allah (que Allah lo bendiga y le conceda paz) observó que el rostro de Hazrat Sa’d (que Allah esté complacido con él) estaba sombrío. Le dijo: «Sa’d, parece que no te agrada lo que hacen los musulmanes». Él respondió: «Sí, oh Mensajero de Allah. Esta es nuestra primera batalla contra los no musulmanes. Allah Todopoderoso nos ha dado la oportunidad de combatir en esta guerra. Por eso considero más apropiado matarlos y exterminarlos que dejarlos libres».

7) En esta batalla, la espada de Hazrat Ukasha ibn Mihsan al-Asadi se rompió. Se presentó ante el Profeta (que Allah lo bendiga y le conceda paz), y el Profeta (que Allah lo bendiga y le conceda paz) le dio un trozo de madera y le dijo: «Ukasha, lucha con esto». En cuanto Ukasha enderezó con la mano aquel trozo de madera, este se convirtió en una espada afilada y reluciente. Entonces comenzó a luchar con ella. Entretanto, los musulmanes obtuvieron la victoria. A aquella espada se le dio el nombre de «Awn», es decir, «ayuda». Permaneció con Hazrat Ukasha, quien la utilizó en diversas batallas. Durante el califato de Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él), murió como mártir mientras combatía contra los apóstatas. Incluso entonces, la espada estaba con él.

(8) Tras la batalla, Hazrat Musab ibn Umair Abdari (que Allah esté complacido con él) pasaba junto a su hermano Abu Uzair ibn Umair Abdari. Abu Uzair luchaba contra los musulmanes. En ese momento, un compañero ansarí le cortó la mano. Hazrat Musab le dijo a aquel compañero: «Afianza tu mano mediante este hombre. Su madre es muy rica. Probablemente te pagará un buen rescate». Entonces Abu Uzair le dijo a su hermano Musab: «¿Es este tu consejo respecto a mí?». Hazrat Musab (que Allah esté complacido con él) respondió: «Sí, no tú; este ansarí es mi hermano».

(9) Cuando se ordenó arrojar los cadáveres de los politeístas al pozo, estaban arrastrando hacia él el cadáver de Utba ibn Rabia. En ese momento, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) miró el rostro de Hudhayfa, hijo de Utba. Observó que Abu Hudhayfa estaba sombrío y serio; parecía completamente abatido. El Profeta, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), le dijo: «Hudhayfa, ¿quizá sientes pesar por tu padre?». Él respondió: «Sí, Mensajero de Allah. No siento ninguna conmoción en mi corazón por mi padre ni por su muerte. Sin embargo, pensaba que mi padre tenía sensatez, inteligencia y visión de futuro. Por eso esperaba que, gracias a su inteligencia, juicio y previsión, buscara refugio bajo la sombra del islam. Pero ahora, al ver su destino y comprobar que su vida terminó en la incredulidad, me siento muy afligido». El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) suplicó por Hazrat Hudhayfa (que Allah esté complacido con él) y habló bien de él.

Número de bajas de ambos bandos

La batalla de Badr terminó con la victoria de los musulmanes y la derrota de los incrédulos. En esta batalla murieron como mártires catorce musulmanes: seis emigrados y ocho ansaríes. Los incrédulos sufrieron enormes pérdidas: setenta fueron muertos y setenta fueron hechos prisioneros. Eran figuras destacadas y jefes de sus tribus.

Después de que terminó la batalla, el Profeta, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), se detuvo junto a los muertos y dijo: «Todos vosotros erais personas importantes. No creísteis en mí, mientras que muchos otros sí creyeron en mí. Me dejasteis solo y sin ayuda, mientras que muchos otros me ayudaron. Me expulsasteis, mientras que muchos otros me dieron refugio». Después, el Profeta, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), ordenó arrastrar los cadáveres de los muertos y arrojarlos al interior de uno de los pozos de Badr.

Se ha narrado de Hazrat Abu Talha (que Allah esté complacido con él) que, por orden del Profeta, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), el día de Badr fueron arrojados a un pozo inmundo de Badr los cadáveres de veinticuatro grandes jefes de Quraysh. En aquella época, cuando se vencía a un pueblo, era costumbre permanecer tres días en el campo de batalla. Después de pasar tres días en el campo de Badr, prepararon la montura del Profeta, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Luego él partió a pie y los compañeros lo siguieron. De repente, se detuvo a orillas del pozo. Después comenzó a dirigirse a varias personas, diciendo: «¡Oh, hijo de fulano! ¡Oh, hijo de fulano! Si hubierais obedecido a Allah, el Altísimo, y a Su Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), ¿no habría sido mejor para vosotros? Nosotros hemos comprobado la veracidad de la promesa que Allah, el Altísimo, nos hizo; ¿habéis comprobado vosotros la veracidad de la promesa que nuestro Señor hizo?». Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) preguntó: «Mensajero de Allah, ¿a qué habláis con unos cuerpos que no tienen alma?». El Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: «Juro por Aquel en cuya mano está el alma de Muhammad que vosotros no oís mejor que ellos lo que estoy diciendo». En otra narración se afirma: «No oís más que ellos; pero ellos no pueden responder» [Bujari, Muslim, Mishkat, tomo 2, pág. 345].

Noticias de la derrota en La Meca

Tras la derrota, los politeístas de La Meca huyeron hacia ella aterrorizados y en completa confusión. Avergonzados y totalmente desconcertados, no sabían cómo entrar en La Meca.

Ibn Ishaq dice que el primer hombre que entró en La Meca llevando la noticia de la derrota de los coraichitas se llamaba Haythumán ibn Abdolá al-Juzá‘í. La gente le preguntó por las noticias del frente. Él dijo: «Han muerto Utba ibn Rabia, Shayba ibn Rabia, Abu’l-Hakam ibn Hisham, Umayya ibn Jalaf y otros tantos jefes». Al oír los nombres de los principales coraichitas entre los muertos, Safwán ibn Umayya, que estaba sentado en el Hatim de la Kaaba, dijo: «Miren, ahí están sentados en el Hatim de la Kaaba. ¡Por Dios!, yo mismo vi cómo mataban al padre y al hermano de alguien».

Abu Rafi, esclavo del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—, relata: «En aquel tiempo yo era esclavo de Abbas. El islam había entrado en nuestra familia. Abbas —que Allah esté complacido con él— había aceptado el islam, y yo también me había hecho musulmán. Abbas —que Allah esté complacido con él— había mantenido en secreto su conversión. Abu Lahab no había participado en la batalla de Badr. Al enterarse de la victoria de los musulmanes en Badr, Abu Lahab quedó abatido. Nosotros sentimos que habíamos adquirido nuevas fuerzas y honor. Yo era un hombre débil. Fabricaba flechas y, sentado en la habitación de Zamzam, afilaba sus puntas. Estaba fabricando flechas con toda concentración. Umm al-Fadl estaba sentada junto a mí. Nos alegrábamos mucho por la victoria en la batalla. Entonces Abu Lahab llegó arrastrando los pies, casi cojeando, y se sentó cerca de la habitación. Su espalda estaba vuelta hacia la mía. En ese momento llegó Abu Sufyan ibn Harb ibn Abd al-Muttalib. Abu Lahab le dijo: “Ven aquí; por mi vida, tú tienes noticias”. Abu Sufyan se sentó frente a Abu Lahab, mientras varias personas permanecían de pie. Abu Lahab dijo: “Habla, sobrino; ¿qué noticias hay de la gente?”. Abu Sufyan respondió: “Ninguna. Nos enfrentamos con aquella gente y dejamos nuestros hombros en sus manos. Nos mataban como querían y nos hacían prisioneros como querían. ¡Por Dios!, aun así no culpo a la gente. En realidad, nos enfrentamos con hombres que montaban caballos moteados entre el cielo y la tierra. ¡Por Dios!, no dejaban nada intacto, y nada podía resistir frente a ellos».

Abu Rafi dice: «Levanté con mis propias manos el borde de la tienda y luego dije: “¡Por Dios!, eran ángeles”. Al oír esto, Abu Lahab me dio una fuerte bofetada en la cara. Me aferré a él, pero me levantó y me arrojó al suelo. Después comenzó a golpearme. Yo era débil. Mientras tanto, Umm al-Fadl se levantó y empezó a golpear a Abu Lahab con una vara de la tienda. Abu Lahab resultó herido. Mientras lo golpeaba, Umm al-Fadl le decía: “¿Lo has considerado débil porque no tiene amo?”. Abu Lahab se marchó humillado. Apenas siete días después de este suceso, Abu Lahab contrajo la peste y murió de esa enfermedad. En Arabia se consideraban muy nefastas las bubas de la peste. Después de su muerte, el cadáver de Abu Lahab permaneció abandonado durante tres días, y ni siquiera sus hijos se acercaron a él. Nadie se encargó de enterrarlo. Al tercer día, sus hijos pensaron que, si dejaban el cadáver allí, la gente los censuraría y los criticaría. Entonces empujaron el cadáver con un palo hasta arrojarlo a un hoyo y luego cerraron la abertura lanzando piedras desde lejos».

Cuando llegó a La Meca la noticia de la derrota de los coraichitas en la batalla de Badr, su ánimo se ensombreció. No organizaron ninguna ceremonia de duelo en memoria de los muertos. Pensaban que, si lo hacían, los musulmanes los criticarían, y no estaban dispuestos a darles ninguna oportunidad de criticarlos.

Se relata un suceso curioso. En la batalla de Badr murieron tres hijos de Aswad ibn Abd al-Muttalib. Por ello, quería llorar en memoria de sus hijos. Aswad era ciego. Una noche oyó el llanto de una mujer que se lamentaba. Al escucharla, envió rápidamente a su esclavo para que averiguara si se había concedido permiso para expresar el duelo. «¿Acaso los coraichitas están llorando a sus muertos? Entonces lloraría un poco al menos por Abu Hakima, uno de mis tres hijos, pues mi pecho arde». El esclavo regresó y dijo que la mujer se lamentaba por su camello perdido. Al oír esto, Aswad no pudo contenerse y comenzó a recitar los siguientes versos.

La mujer llora: «¡Ay, ha perdido el camello! Por el dolor del camello, parece que sus ojos no conocen el sueño».

«No llores por el camello, aunque se haya perdido; llora pensando en Badr, ¡oh, desdichada!»

«Hays, Majzum y Abu Walid eran el alma de la tribu; por Aqil y por Hariz, derrama lágrimas de tus ojos».

Eran leones entre los leones; eran héroes.

Aunque menciones los nombres de todos, llora por ellos; ¡ay, Hakima!, ¿cómo puedo explicarlo?

El duelo por Abu Hakima no es en modo alguno comparable al suyo; un hombre desconocido se convirtió hoy en jefe en la batalla de Badr.

La buena noticia de la victoria llega a Medina

Después de que la victoria de los musulmanes se hubo completado, el amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió mensajeros para comunicar rápidamente la buena noticia a los habitantes de Medina. Hazrat Abdullah ibn Rawaha y Hazrat Zayd ibn Haritha —que Allah esté complacido con ambos— fueron enviados para anunciar la noticia en dos zonas de Medina.

Antes de esto, los judíos y los hipócritas habían creado conmoción en Medina difundiendo propaganda falsa. Incluso se había difundido la noticia de que el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, había muerto. Al ver que Hazrat Zayd ibn Haritha llegaba montado en la camella del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, llamada Qaswa, un hipócrita exclamó: «En verdad, Muhammad ha muerto. ¡Mirad, ahí está su camella! Conocemos esta camella. ¡Mirad, ahí está Zayd ibn Haritha! Ha huido después de ser derrotado en la batalla. Está tan aturdido que no encuentra qué decir». Cuando llegaron ambos mensajeros, los musulmanes los rodearon y comenzaron a escuchar el relato detallado. Después de oírlo todo y quedar seguros de la victoria, los musulmanes se llenaron de alegría. El ambiente de Medina resonó con los gritos de «Nara-e Takbir, Allahu Akbar». Los musulmanes que no habían ido al campo de Badr con el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, partieron hacia Badr para recibir al amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz.

Hazrat Usama ibn Zayd dice: «Cuando, después de enterrar a Hazrat Ruqayya —la hija del Profeta y esposa de Hazrat Uthman, que Allah esté complacido con ambos—, estábamos nivelando la tierra sobre la tumba, nos llegó la noticia de la victoria de los musulmanes en la batalla de Badr. Hazrat Ruqayya estaba enferma. Para atenderla, el amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, me había dejado en Medina junto con Hazrat Uthman».

Sobre el botín (los bienes obtenidos en la guerra)

Después de que terminó la batalla, el Mensajero permaneció tres días en la llanura de Badr. Antes de emprender el camino hacia Medina, surgió una disputa entre los musulmanes acerca del botín de guerra. Cuando comenzaron a discutir sobre el asunto, el amado Profeta ordenó que todo lo que cada uno tuviera fuera llevado ante él. Los compañeros así lo hicieron. Entonces el amado Profeta resolvió este problema mediante la revelación.

Hazrat Ubada ibn Samit (que Allah esté complacido con él) dijo: «Salimos de Medina con el Profeta y llegamos a Badr. Se libró una batalla con aquellas personas y Allah Todopoderoso derrotó a los enemigos. Después, un grupo comenzó a perseguir a los incrédulos; capturaban a algunos y mataban a otros. Otro grupo empezó a reunir el botín, mientras que otro permanecía constantemente alrededor del amado Profeta. Temían que los enemigos pudieran engañarlo y causarle algún daño. Por la noche, quienes habían recogido el botín comenzaron a decirse: “He reunido esta cantidad; todo esto es mío y no daré a nadie su parte”. Los que habían perseguido a los enemigos dijeron: “Nosotros expulsamos a los enemigos de todas estas pertenencias; por tanto, nos pertenecen”. Los compañeros que estaban encargados de proteger al amado Profeta dijeron: “Temíamos que los enemigos, aprovechando un momento de descuido del amado Profeta, pudieran hacerle daño. Por eso nos dedicábamos a garantizar su seguridad”. Ante esta disputa, Allah Todopoderoso reveló el siguiente versículo: “Te preguntan acerca del botín. Di: ‘El botín pertenece a Allah y al Mensajero. Temed, pues, a Allah y obedeced a Allah y al Mensajero, si sois creyentes’”. (Sura Al-Anfal, versículo 1).»

Después, el Mensajero de Allah repartió aquel botín de guerra entre los musulmanes [Musnad Ahmad, tomo 5, pág. 323; Hakim, tomo 2, pág. 326].

El ejército musulmán camino de Medina

Después de pasar tres días en la llanura de Badr, el Mensajero emprendió el cuarto día el camino hacia Medina. Con ellos iban los prisioneros de los quraysh de La Meca y también el botín. Se encomendó a Hazrat Abdullah ibn Ka’b la responsabilidad de supervisarlos. Después de atravesar la llanura de Safra, el amado Profeta se detuvo en una colina situada entre Darb y Nazia. Allí se separó una quinta parte de los bienes capturados y el resto se repartió equitativamente entre los musulmanes. En la llanura de Safra, el Profeta ordenó matar a Nadr ibn al-Harith. Durante la batalla de Badr, este hombre portaba el estandarte de los quraysh y era uno de los peores criminales. También era uno de los principales instigadores de la hostilidad contra el islam. Por orden del Profeta, Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) mató a Nadr ibn al-Harith.

Después llegaron a Ubquz Jabia. Allí el Mensajero de Allah ordenó matar a Uqba ibn Abu Muayt. Era uno de los principales enemigos del islam y solía causar daño al Profeta. Ya se ha mencionado anteriormente algo acerca de él. Este mismo hombre había colocado las entrañas de un camello sobre los hombros del Mensajero de Allah mientras este oraba, y había intentado matarlo envolviéndole un manto alrededor del cuello. Hazrat Abu Bakr as-Siddiq (que Allah esté complacido con él) apareció repentinamente y rescató al Mensajero de Allah de las manos de aquel malvado. Cuando el Mensajero de Allah ordenó matar a aquel malhechor, este dijo: “Oh, Muhammad, ¿quién quedará para los hijos?”. Él respondió: “El fuego”. [Sunan Abu Dawud, Sharh Awn al-Ma’bud, tomo 3, pág. 12].

Después, Hazrat Asim ibn Thabit al-Ansari (que Allah esté complacido con él) o Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) decapitó a Uqba.

Desde el punto de vista militar, era necesario matar a estos dos malhechores, pues eran criminales de guerra.

Delegación de bienvenida

Cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llegó a un lugar llamado Rawaha, se encontró con los musulmanes que habían acudido para recibirlo. Al enterarse por boca de los mensajeros de la noticia de la victoria de los musulmanes, habían salido de Medina para felicitar y dar la bienvenida al Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). Cuando lo felicitaron, Hazrat Salama ibn Salama (que Allah esté complacido con él) dijo: «¿Por qué han venido a felicitarnos? Nosotros nos enfrentamos a unos ancianos encorvados, semejantes a camellos». Al oír esto, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) sonrió y dijo: «Sobrino, precisamente esas personas eran los líderes de la tribu».

Entonces Usaid ibn Juzair (que Allah esté complacido con él) dijo: «Oh Mensajero de Allah, toda alabanza pertenece a Allah, quien te ha concedido el éxito y ha alegrado tus ojos. ¡Por Allah! No sabía que te enfrentarías al enemigo; yo pensaba que habías salido en busca de una caravana. Si hubiera sabido que habría un enfrentamiento con el enemigo, jamás me habría quedado atrás». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Has dicho la verdad».

Los prisioneros de guerra llegaron un día después de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llegara a Medina. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) recomendó a los compañeros que los trataran bien. Como consecuencia de esta recomendación, los nobles compañeros comían dátiles ellos mismos, pero daban pan a los prisioneros. Cabe señalar que en Medina el pan tenía más valor e importancia que los dátiles.

El asunto de los prisioneros de guerra

Después de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llegó a Medina, consultó con los nobles compañeros acerca de los prisioneros de guerra restantes. Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) dijo: «Oh Mensajero de Allah, ellos son nuestros primos y parientes. En mi opinión, deberías liberarlos a cambio de una fidya, es decir, un rescate. Lo que se obtenga de este modo podrá utilizarse para fortalecer nuestra posición contra los incrédulos. También es posible que Allah los guíe y que vengan a apoyarnos».

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) pidió la opinión de Hazrat Umar ibn al-Jattab. Él dijo: «Difiero de la opinión de Abu Bakr. Creo que deberías entregarme a tal pariente mío para que yo lo decapite. Del mismo modo, entrega a Aqil ibn Abi Talib a Hazrat Ali, y Ali lo decapitará. Asimismo, entrega a tal hermano de Hamza a Hamza, y Hamza lo decapitará. Así Allah sabrá que no sentimos ninguna compasión por los incrédulos. Todos estos prisioneros de guerra son figuras destacadas entre los líderes de los incrédulos».

Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Después de escuchar a ambos, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) aceptó el consejo de Hazrat Abu Bakr y no aceptó el mío. Por consiguiente, se tomó la decisión de aceptar una fidya de los prisioneros. A la mañana siguiente, muy temprano, fui ante el Mensajero de Allah y vi que él y Abu Bakr estaban llorando. Dije: “Oh Mensajero de Allah, dígame por qué lloran. Si hay una razón para llorar, lloraré yo también; y si no la hay, lloraré por causa de su llanto”. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “Lloro por lo que se les ha impuesto a tus compañeros debido a haber aceptado la condición de pagar una fidya”. Después de decir esto, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) señaló un árbol cercano y dijo: “El castigo de ellos me ha sido mostrado más cerca que este árbol”. [Tarij de Umar ibn al-Jattab, Ibn al-Yawzi, pág. 36]. Allah reveló este versículo: “No es propio de ningún profeta tomar prisioneros hasta que haya sometido completamente a los enemigos en el país. Deseáis los bienes de este mundo, mientras que Allah desea el bien de la Otra Vida. Allah es Poderoso, Sabio. Si no hubiera existido una disposición previa de Allah, os habría alcanzado un gran castigo por lo que habéis tomado”. (Sura al-Anfal, versículos 76-68)

La disposición anterior que Allah Todopoderoso menciona en la aleya citada es una instrucción de la cuarta aleya de la sura Muhammad. Allí Allah Todopoderoso dice: «Después, o concededles una gracia o exigid un rescate».

Puesto que esta aleya permitía tomar un rescate de los prisioneros de guerra, los Compañeros nobles no fueron castigados por haber decidido exigir un rescate por los cautivos; más bien, fueron reprendidos. Y fueron reprendidos precisamente porque habían dispuesto tomar un rescate de unos incrédulos que no solo eran prisioneros de guerra, sino también criminales graves. Incluso la legislación moderna no los dejaría libres sin presentar cargos contra ellos. El castigo por los cargos presentados contra criminales de esta clase podría ser la pena de muerte o la cadena perpetua.

Como la decisión se había tomado de acuerdo con la opinión de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, se exigió un rescate a los politeístas. La cantidad del rescate era de mil dirhams, tres mil dirhams y hasta cuatro mil dirhams. Los habitantes de La Meca sabían leer y escribir, mientras que los habitantes de Medina no estaban tan familiarizados con la lectura y la escritura. Por ello, también se estableció que quienes no pudieran pagar el rescate enseñarían a leer y escribir a diez niños cada uno en Medina. Cuando los niños hubieran aprendido bien, la enseñanza serviría como rescate para los prisioneros.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, movido por una misericordia especial hacia algunos prisioneros, no aceptó rescate de ellos y los liberó sin más. Eran Mutálib ibn Hantab, Saifi ibn Abu Rifa’a y Abu ‘Azzah Yumahi. Este último fue capturado de nuevo en la batalla de Uhud y posteriormente ejecutado. Más adelante se ofrece un relato detallado sobre ello.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— liberó a su yerno Abu al-As con la condición de que no obstaculizara el camino de Zaynab —que Allah esté complacido con ella—, hija del Profeta.

La razón era que Zaynab había enviado algunos bienes como rescate por Abu al-As ibn al-Rabi’. Entre ellos había también un collar. El collar pertenecía a Jadiya —que Allah esté complacido con ella—. Cuando Zaynab —que Allah esté complacido con ella— fue enviada a la casa de Abu al-As, Jadiya se lo había regalado a su hija como obsequio de despedida. Al verlo, los ojos del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se llenaron de lágrimas y la emoción le cerró la voz. Consultó a los Compañeros sobre la liberación de Abu al-As. Los Compañeros aprobaron respetuosamente la propuesta de su amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Entonces liberó a su yerno Abu al-As con la condición de que este liberara a Zaynab —que Allah esté complacido con ella—. Tras ser liberada, Zaynab emigró a Medina. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a La Meca a Zayd ibn Hariza y a otro Compañero de los ansar. Les ordenó que permanecieran en las afueras de La Meca o en un lugar llamado Yazz, y que, cuando Zaynab se dirigiera hacia ellos, la llevaran consigo. Estos dos Compañeros fueron a La Meca y llevaron a Zaynab a Medina. El relato de la emigración de Zaynab es muy largo y conmovedor.

Entre los prisioneros de guerra también estaba Suhayl ibn Amr. Era un orador célebre. Umar —que Allah esté complacido con él— dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Ordena que le rompan los dos dientes delanteros a Suhayl ibn Amr; así se le trabará el habla y, siendo un orador tan elocuente, no podrá hacer una propaganda eficaz contra ti». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— rechazó esta propuesta, pues mutilar las partes del cuerpo de una persona se considera mutilación según la terminología islámica. Sobre esto se pedirá cuenta en el difícil Día de la Resurrección.

Sa’d ibn Nu’man —que Allah esté complacido con él— había salido para realizar la umra. En ese momento, Abu Sufyan lo capturó. El hijo de Abu Sufyan, Amr, era prisionero de guerra. A cambio de que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— entregara a Amr a Abu Sufyan, este liberó a Sa’d.

Análisis del Noble Corán

Allah, el Altísimo, reveló la sura Al-Anfal acerca de la batalla de Badr. En realidad, esta es la revisión y evaluación de Allah sobre la batalla de Badr, completamente distinta de la evaluación de cualquier otro rey, comandante militar o persona del mundo. A continuación se ofrece una breve exposición sobre la revisión y evaluación de Allah. [En el Tafsir Fi Zilal al-Qur’an, escrito por Sayyid Qutb, mártir, [en el volumen de la sura Al-Anfal], se ha presentado un análisis valioso al respecto].

Allah, el Señor de los mundos, comienza señalando la estrechez de miras y la debilidad de carácter de los musulmanes. Esta estrechez y debilidad estaban presentes en ellos y se hicieron bastante manifiestas después de la batalla. Allah las menciona porque quería liberar a los musulmanes de ellas. Así podrían alcanzar la plenitud de la fe.

Después, menciona la ayuda de Allah y la ayuda invisible en esta batalla. El propósito era que los musulmanes no se dejaran engañar por su propio valor y heroísmo. Pues eso habría provocado que surgiera el orgullo en sus corazones; pero Allah quiere que en los musulmanes se manifiesten las cualidades de confiar en Allah y obedecer al Mensajero.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, emprendió esta terrible y sangrienta campaña con un gran propósito y objetivo; después se mencionan las cualidades y características morales indispensables al respecto. A continuación, se ofrecen a los politeístas, hipócritas, judíos y prisioneros de guerra consejos tan elevados que puedan inclinar la cabeza ante la verdad y convertirse en seguidores de ella.

Después se explican los principios fundamentales relativos al botín de guerra.

Aquí también se explican las normas de la guerra y de la paz. No hay manera de negar su indispensabilidad y necesidad en la proclamación islámica. Estas explicaciones y principios se proporcionan para que los musulmanes puedan distinguir entre la guerra anterior al islam y la guerra posterior al islam. Además, para que puedan alcanzar una posición superior en cuanto a los valores morales y de carácter. De este modo, los habitantes del mundo podrán saber que el islam no es solamente un ideal, sino que también proporciona a sus seguidores una formación práctica conforme a los principios y normas que el islam predica.

Después se mencionan varias disposiciones relativas a los principios del Estado islámico. A través de ellas se comprende claramente la diferencia entre los musulmanes bajo la autoridad del Estado islámico y los musulmanes que se encuentran fuera de sus límites.

Más acontecimientos

En el mes de Ramadán del segundo año de la Hégira se hicieron obligatorios el ayuno y la sadaqat al-fitr. También en ese período se determinó la cantidad de la zakat, es decir, el nisab. Entre los emigrados había algunos que eran muy pobres. Su problema de sustento era grave. Para ellos era difícil ir de un lugar a otro en busca de algo que calmara el hambre. Las disposiciones relativas a la sadaqat al-fitr y a la zakat los liberaron de las penurias de alimento y vestido.

Los musulmanes celebraron el Eid por primera vez en el mes de Shawwal del segundo año de la Hégira. Esta celebración tuvo lugar después de la clara victoria en la batalla de Badr. Después de coronar a los musulmanes con la victoria y el honor, Allah, el Señor de los mundos, les concedió la oportunidad de celebrar este Eid. El Eid trajo a los musulmanes un honor y una fortuna extraordinarios. La escena de la oración de aquel Eid era sumamente conmovedora. Los musulmanes salieron al campo proclamando en voz alta la alabanza de Allah, el takbir, el tasbih y el tawhid. En aquel momento, sus corazones estaban colmados por las bendiciones y la ayuda que Allah les había concedido.

Estaban deseosos de obtener aún más la complacencia de Allah. Inclinaban sus cabezas para expresar su gratitud a Allah. Allah, el Señor de los mundos, mencionó esa bendición en este versículo del Sagrado Corán. Dice: «Recordad cuando erais pocos y débiles en la tierra, y temíais que la gente os arrebatara de repente. Entonces Él os dio refugio, os fortaleció con Su ayuda y os proporcionó cosas buenas como sustento, para que fuerais agradecidos». (Sura Al-Anfal, aleya 26)

Actividades militares posteriores a la batalla de Badr

La batalla de Badr fue el primer enfrentamiento armado y decisivo entre los musulmanes y los politeístas. En ella, los musulmanes obtuvieron una «victoria manifiesta», es decir, un triunfo claro. Todo el mundo árabe fue testigo de esta victoria. Quienes quedaron atormentados por la angustia a causa del resultado de esta batalla fueron precisamente los que sufrieron directamente por su derrota. Eran los politeístas. Además, había otro grupo que consideraba la victoria de los musulmanes y el hecho de que alcanzaran una posición elevada como una amenaza para su existencia religiosa y económica. Eran los judíos. Cuando los musulmanes vencieron en la batalla de Badr, estos dos grupos, es decir, los politeístas y los judíos, estallaron de ira y rencor contra los musulmanes. Como dice Allah, exaltado sea: «Encontrarás que los más encarnizados en la enemistad contra los creyentes son los judíos y los politeístas». (Sura Al-Ma’ida, aleya 82)

Pero algunos habitantes de Medina simpatizaban con ambos grupos. Cuando comprendieron que no les quedaba otro camino para conservar su honor, adoptaron el islam de manera ostensible. Eran Abdullah ibn Ubayy y sus amigos. No sentían menos ira contra los musulmanes que los judíos y los politeístas.

Además de estos, había un cuarto grupo. Eran los beduinos árabes que vivían en los alrededores de Medina. No sentían inclinación alguna ni por el islam ni por la incredulidad. Eran saqueadores y bandidos. También se sintieron afligidos por el éxito de los musulmanes en la batalla de Badr. Temían que, si se establecía un gobierno fuerte en Medina, se cerraría el camino a sus saqueos. Por ello, también surgió en sus corazones odio contra los musulmanes, y se convirtieron en enemigos de estos.

De este modo, los musulmanes se encontraron frente a problemas provenientes de cuatro frentes. Sin embargo, cada uno de esos cuatro grupos adoptó un método diferente respecto a los musulmanes. Cada grupo siguió un camino distinto para alcanzar sus objetivos y propósitos. Pensaban que así podrían lograr su meta.

En Medina, un grupo de enemigos adoptó la apariencia del islam. Aunque hablaban del islam públicamente, en secreto recurrieron a conspiraciones, intrigas y a fomentar disputas y discordias entre ellos. Un grupo de judíos manifestó abiertamente su enemistad y su ira contra el islam. Mientras tanto, los habitantes de La Meca comenzaron a amenazar con vengarse del golpe demoledor que habían recibido. Además de amenazar abiertamente con tomar venganza, comenzaron a prepararse para la guerra. Era como si les dijeran a los musulmanes: «Llegará el día, un día resplandeciente; oiremos los lamentos y veremos las lágrimas».

Un año después, los qurayshíes de La Meca, tras prepararse para la guerra, partieron rumbo a Medina.

En la historia del islam, esta expedición es conocida como la batalla de Uhud. Aquella batalla tuvo algunas repercusiones adversas sobre la fama y la gloria de los musulmanes.

Para hacer frente a todas estas amenazas, los musulmanes adoptaron algunas medidas importantes. Estas medidas ponen de manifiesto el liderazgo, la capacidad y las cualidades del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda la paz). También permiten comprender que el liderazgo de Medina permanecía siempre atento y alerta ante los peligros provenientes de todas direcciones. Incluso se elaboraron varios planes para hacer frente a los enemigos. Aquí trataremos brevemente este asunto.

Uno. La batalla con Banu Sulaym

Después de la batalla de Badr, el servicio de información de Medina recibió primero la noticia de que los miembros de Banu Sulaym, una rama de la tribu de Ghatafan, habían reunido tropas para atacar Medina. Al recibir esta noticia, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda la paz) emprendió inesperadamente una expedición contra ellos con doscientos muyahidines y llegó al lugar llamado Qudār, donde tenían su campamento. [En realidad, Qudār es un ave de color gris. Aquí, sin embargo, se refiere a un asentamiento de la tribu de Banu Salim. Está situado en la carretera principal que conduce de La Meca a Siria.]

La tribu de Banu Sulaym no estaba preparada para un ataque sorpresa de ese tipo. Huyeron desconcertados, dejando atrás quinientos camellos. Los musulmanes se apoderaron de todos ellos. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda la paz) distribuyó cuatro quintas partes de esos camellos. Cada uno recibió dos camellos. Durante esta expedición, los musulmanes también capturaron a un esclavo llamado Yasar. Más tarde, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda la paz)) lo liberó. Después de permanecer tres días en la zona de Banu Salim, regresó a Medina.

Este acontecimiento tuvo lugar en el mes de Shawwal del segundo año de la Hégira, apenas siete días después del regreso de la batalla de Badr. Durante esta expedición, se confió la administración de Medina a Saba ibn Arfata o, según otra versión, a Abdullah ibn Umm Maktum (que Allah esté complacido con él).

2) La conspiración para asesinar al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)

Después de que fracasara una vez la conspiración para asesinar al Mensajero de Allah y de que los politeístas fueran posteriormente derrotados en la batalla de Badr, ardieron de ira. Toda La Meca se encendió contra el Mensajero de Allah. Finalmente, dos jóvenes miserables decidieron acabar precisamente con el Mensajero de Allah, fuente de toda inspiración.

Esto ocurrió unos días después de la batalla de Badr. Entre los miembros de Quraysh había un malhechor llamado Umayr ibn Wahb al-Jumahi. Este criminal solía hostigar de diversas maneras al Mensajero de Allah en La Meca. Su hijo, Wahab ibn Umayr, había sido capturado por los musulmanes en la batalla de Badr. Un día, este Umayr estaba sentado en el recinto de la Kaaba conversando con Safwan ibn Umayya. Hablaban del doloroso suceso de arrojar los cadáveres de los muertos en la batalla de Badr a un pozo sucio de Badr. Safwan dijo: «¡Por Dios! No hay ningún placer en seguir viviendo después de su ausencia». Umayr respondió: «¡Por Dios! Has dicho la verdad. Mira, si no estuviera endeudado y no tuviera que preocuparme por mi familia, iría a Medina y acabaría con Muhammad. Pero no tengo medios para pagar mis deudas, mi familia quedaría expuesta a la ruina en mi ausencia y, además, tengo una excusa: mi hijo está cautivo en manos de ellos».

Al escuchar todo aquello, Safwan pensó para sí: «¡Qué excelente oportunidad!». Le dijo a Umayr: «Escucha, yo me encargaré de pagar tus deudas; las pagaré en tu nombre. Y cuidaré de tu familia como si fuera la mía. Me ocuparé de ellos durante toda mi vida; mientras yo tenga algo, nunca les faltará nada».

Umayr dijo: «De acuerdo. Pero que este asunto nuestro permanezca en secreto». Safwan respondió: «Sí, permanecerá en secreto».

Después, Umayr afiló su espada y la impregnó de veneno. Partió hacia Medina y, al cabo de un tiempo, llegó allí. Mientras hacía que su camello se arrodillara frente a la Mezquita del Profeta, Umar ibn al-Jattab vio que estaba allí. Él estaba hablando ante una reunión de musulmanes sobre el honor que Allah les había concedido mediante la batalla de Badr. En cuanto vio a Umayr, dijo: «¡Este miserable es un enemigo de Allah! Sin duda has venido con alguna mala intención».

Después, Umar (que Allah esté complacido con él) se presentó ante el Mensajero de Allah y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! El enemigo de Allah, Umayr, ha venido con la espada colgada». El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Tráelo ante mí». Cuando Umayr llegó, Umar (que Allah esté complacido con él) le presionó la espada contra el cuello. Les dijo a algunos ansar: «Entrad donde está el Mensajero de Allah y quedaos allí sentados. Permaneced atentos a las actividades de este malvado contra el amado Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), pues no se puede confiar en él». Después, Umar (que Allah esté complacido con él) llevó a Umayr al interior de la mezquita. Al observar la forma en que Umar (que Allah esté complacido con él) sujetaba a Umayr, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Suéltalo, Umar». Luego le dijo a Umayr: «Acércate». Umayr se acercó al Mensajero de Allah y dijo: «Que tengáis una buena mañana». El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Allah nos ha enseñado una forma de saludar que es mejor que vuestras palabras: “As-salamu alaykum”. Este es el saludo de los habitantes del Paraíso».

Entonces el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo: «Oh, Umayr, ¿por qué has venido?». Él respondió: «He venido por el prisionero que tenéis. Sed indulgentes con mi prisionero».

El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo: «Entonces, ¿por qué llevas una espada al cuello?». Él respondió: «¡Que Allah haga perecer esta espada! ¿De qué nos serviría ya?».

El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo: «Dime sinceramente por qué has venido». Él respondió: «Ya te lo he dicho: he venido para hablar sobre el prisionero de guerra». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo: «No, no es así. Tú y Safwan estabais sentados en el Hatim de la Kaaba, lamentándoos por los muertos de Quraysh arrojados al pozo. Entonces dijiste: “Si no tuviera deudas y no tuviera familia a mi cargo, me marcharía de aquí y mataría a Muhammad”. Al oír esto, Safwan se hizo cargo de tus deudas y de tu familia, con la condición de que tú mataras a Muhammad. Pero recuerda que Allah se interpone entre vosotros y yo».

Umayr dijo: «Doy testimonio de que tú eres el Mensajero de Allah. Oh, Mensajero de Allah, solíamos negar y rechazar como mentira las noticias del cielo que nos traías y la revelación que descendía sobre ti. Pero este asunto es algo de lo que nadie estuvo presente allí salvo Safwan y yo. Por eso juro por Allah que nadie, excepto Allah, pudo haberte informado de ello. Alabado sea Allah, que me ha guiado al islam y me ha conducido hasta este lugar». Dicho esto, Umayr pronunció la profesión de fe. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo a sus nobles compañeros: «Enseñad a vuestro hermano la religión, enseñadle el Corán y liberad a su prisionero». (Ibn Hisham, tomo I, págs. 660).

Mientras tanto, Safwan iba diciendo por La Meca: «Escuchad la buena noticia: en pocos días ocurrirá algo que nos hará olvidar las penas y sufrimientos de Badr». Safwan preguntaba a quienes llegaban de Medina por la noticia que esperaba. Finalmente, recibió de alguien la noticia de que Umayr había aceptado el islam y se había hecho musulmán. Al oírla, Safwan juró que jamás volvería a hablar con Umayr ni le haría ningún favor. Por su parte, Umayr, después de aceptar el islam, llegó a La Meca y comenzó a invitar a la gente al islam. Gracias a su invitación, muchas personas buscaron refugio bajo la fresca sombra del islam. (Ibn Hisham, tomo I, págs. 661, 662 y 663).

Tres) La batalla de Banu Qaynuqa

Ya se han mencionado anteriormente las condiciones del tratado que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, había concertado con los judíos después de llegar a Medina. El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se esforzaba al máximo y esperaba que las cláusulas del tratado se cumplieran. Por esta razón, por parte de los musulmanes no se tomó la más mínima medida que pudiera constituir una violación del tratado. Sin embargo, desde una perspectiva histórica, los judíos, traicioneros y desleales, no tardaron en volver a sus antiguas costumbres. No escatimaron esfuerzos para extender conspiraciones entre los musulmanes, provocar la guerra, fomentar disturbios y difundir el caos. A continuación se menciona un ejemplo.

La traición de los judíos

Ibn Ishaq narró que había un judío llamado Shasah ibn Qays. Era tan anciano que, al verlo, parecía que uno de sus pies ya estaba en la tumba. Su enemistad y odio hacia los musulmanes eran ilimitados. En cierta ocasión, pasaba cerca de las tribus de Aws y Jazray. Allí, miembros de ambas tribus estaban sentados conversando. Ya no existía entre ellos la antigua enemistad; al contrario, se veía una unión y un afecto extraordinarios. Al ver aquella situación, el anciano judío se afligió mucho. Comenzó a decir: «¡Vaya, vaya! Aquí veo reunidos a los nobles de la familia de Banu Qayla. Después de que estos nobles se han unido, nosotros hemos quedado marginados». El anciano judío iba acompañado de un joven. Le dijo: «Habla con ellos sobre la batalla de Buaz y algunos acontecimientos anteriores, y recítales algunos de los poemas que se declamaron en ambos bandos durante la guerra». El judío hizo precisamente eso. Como resultado, entre los miembros de las tribus de Aws y Jazray comenzaron poco a poco las discusiones. Los musulmanes presentes empezaron a disputar y a proclamar la superioridad de unos sobre otros. Un representante de cada bando se arrodilló y comenzó a jactarse de los éxitos de su propia tribu. Uno de ellos dijo: «Si queréis, todavía podemos reavivar aquella guerra», es decir, estamos preparados para la guerra que tuvo lugar anteriormente. Al oír esto, ambos bandos se enfurecieron y dijeron: «Vamos, preparémonos. La batalla será en un lugar llamado Habrā. Vamos. ¡Tomad las armas, tomad las armas!». Los musulmanes de ambos bandos partieron armados hacia Habrā. Cuando estaba a punto de comenzar una batalla sangrienta, la noticia llegó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Se apresuró a llegar al lugar acompañado de los Compañeros emigrados y dijo: «¡Oh musulmanes! ¡Ay, ay, por Allah! ¿Vais a volver a la ŷāhiliyyah mientras aún estoy vivo? ¿Después de aceptar el islam seguís actuando así? Mediante el islam os habéis liberado de las costumbres de la ŷāhiliyyah y de la incredulidad, y vuestros corazones se han llenado de afecto mutuo».

Al escuchar las palabras del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, los Compañeros ansar comprendieron que habían caído en el engaño de Satanás y que habían sido víctimas de la provocación del enemigo. Al pensar en ello, comenzaron a llorar. Los miembros de las tribus de Aws y Jazray se abrazaron mutuamente. Después regresaron a sus hogares obedeciendo al Mensajero de Allah, de tal manera que Allah apagó el fuego de la conspiración del judío Shasah ibn Qays, enemigo de los musulmanes. [Ibn Hisham, vol. 1, pp. 555-556].

Este es un ejemplo de los esfuerzos despreciables y perversos de los judíos para sembrar la división y la discordia entre los musulmanes. Este acontecimiento muestra cómo los judíos obstaculizaban el camino de la predicación del islam. Con ese propósito, los judíos elaboraron diversos planes. Difundían propaganda falsa. Por la mañana fingían aceptar el islam y por la tarde volvían a convertirse en incrédulos. Lo hacían para sembrar dudas y desconfianza respecto al islam en el corazón de las personas débiles de espíritu. Si tenían una relación económica con alguien y esa persona se hacía musulmana, dejaban de entregarle el dinero. Y si tenían una deuda pendiente con él, lo acosaban continuamente, mañana y tarde, hasta atormentarlo. Si aquel nuevo musulmán era su acreedor, no le pagaban lo que le debían, sino que se apropiaban injustamente de su dinero. Si, aun así, el musulmán reclamaba su dinero, el judío conspirador decía: «La obligación de pagarte lo que te debía existía mientras creyeras en la religión de tus antepasados. Has cambiado tus creencias religiosas; por tanto, ahora no puede existir ningún vínculo entre tú y yo, ni hay razón para que exista». [Los exegetas han mencionado, en los comentarios de diversas suras, incluida la sura Al Imrán, casos de este tipo de despreciables actividades judías. En particular, esta descripción resulta muy interesante en el tafsir Fī Ẓilāl al-Qurʾān del mártir Sayyid Qutb].

Conviene señalar que los judíos habían comenzado este tipo de actividades incluso antes de la batalla de Badr. Actuaban así violando el pacto celebrado con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Sin embargo, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y sus nobles Compañeros soportaban todo en silencio, esperando que los judíos recibieran la guía. También deseaban mantener un ambiente de paz y seguridad en la región.

La violación del pacto por parte de Banu Qaynuqa

Cuando los judíos observaron que Allah, el Señor de los mundos, había concedido a los musulmanes una gran ayuda en el campo de Badr, y que su honor e influencia se habían extendido por todas partes, comenzaron a mostrar hostilidad hacia el islam y los musulmanes. Iniciaron abiertamente la traición mediante declaraciones públicas y se empeñaron en causar daño a los musulmanes.

El más envidioso y perverso de ellos era Ka’b ibn al-Ashraf. Más adelante hablaremos de él. De las tres tribus judías, la peor era Banu Qaynuqa. Vivían dentro de Medina, y su barrio era conocido por su nombre. Se dedicaban a la herrería, la orfebrería y la fabricación de utensilios. Por ello siempre disponían de abundante equipo militar. Entre ellos había setecientos hombres arrogantes y fuertes, capaces de combatir. Eran la tribu judía más valiente de Medina. Fueron los primeros en violar el pacto con los musulmanes. Este es el relato del acontecimiento:

Cuando Allah, el Señor de los mundos, concedió la victoria a los musulmanes en la batalla de Badr, la hostilidad de los judíos superó todos los límites. Continuaron con sus actos perversos, sus actividades despreciables y sus provocaciones. Cuando los musulmanes acudían al mercado, los judíos les dirigían comentarios burlones y se mofaban constantemente de ellos. De ese modo les causaban sufrimiento psicológico. Su insolencia había llegado a tal extremo que incluso acosaban a las mujeres musulmanas.

Poco a poco, la situación se volvió crítica. La arrogancia y la obstinación de los judíos superaron todos los límites. En ese momento, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, reunió un día a los judíos, les ofreció una exhortación y los invitó al Islam. También les advirtió sobre las malas consecuencias de sus actos opresivos. Pero esto hizo que aumentaran sus acciones viles y despreciables.

Abu Dawud y otros transmitieron de Abdullah ibn Abbas —que Allah esté complacido con él— que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, derrotó a los qurayshíes el día de Badr. Después regresó a Medina y convocó una reunión de los judíos en el mercado de Banu Qaynuqa. En esa reunión les dijo: «¡Oh comunidad judía! Abrazad el Islam antes de que os sobrevenga un golpe como el que cayó sobre los qurayshíes». Ellos respondieron: «¡Oh Muhammad! Tienes una idea equivocada sobre nosotros. Os enfrentasteis a gente inexperta e ignorante de la tribu de Quraysh, y por eso os habéis creído capaces de todo. Los vencisteis únicamente porque eran inexpertos. Si lucháis contra nosotros, entonces sabréis lo que es un hombre de verdad. Nosotros somos valientes. Como aún no habéis caído en nuestras manos, tenéis una idea equivocada de nosotros». En respuesta a estas palabras, Allah, el Señor de los mundos, hizo descender esta aleya.

«Di a quienes niegan la fe: “Pronto seréis derrotados y seréis reunidos en el Infierno. ¡Qué pésimo lugar de reposo!”. En el encuentro de dos grupos hay un signo para vosotros: un grupo combatía por la causa de Allah y el otro era incrédulo. Estos los veían con sus propios ojos como el doble de su número. Allah fortalece con Su auxilio a quien quiere. Ciertamente, en ello hay una lección para quienes tienen entendimiento». [Sunan Abu Dawud, vol. 3, p. 112; Ibn Hisham, vol. 1, p. 552] (Sura Al Imran, aleyas 12-13)

En resumen, la respuesta de Banu Qaynuqa significaba una declaración abierta de guerra. Sin embargo, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, contuvo su ira y mantuvo la paciencia. Los musulmanes también tuvieron paciencia y esperaron el futuro.

Después de que el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, invitara a los judíos al Islam y les advirtiera sobre sus consecuencias, su arrogancia aumentó aún más. A los pocos días comenzaron actividades terroristas en Medina. Como resultado, cavaron su propia tumba y cerraron para sí mismos todos los caminos de la vida.

Ibn Hisham transmitió de Abu Awn que una mujer árabe llegó al mercado de Qaynuqa para vender leche. Después de venderla, la mujer se sentó por alguna necesidad en la tienda de un orfebre judío. El judío le pidió que descubriera su rostro, pero ella se negó. Entonces el orfebre ató un extremo de la ropa de la mujer a su espalda sin que ella se diera cuenta. Cuando la mujer se levantó, sus partes íntimas quedaron al descubierto. Todos los judíos estallaron en risas. Humillada de esa manera, la mujer comenzó a gritar y llorar. Al oír su llanto, un musulmán preguntó qué había ocurrido. Al enterarse de todo, atacó al judío, fuera de sí por la ira, y lo mató. Cuando los judíos vieron que uno de los suyos había sido asesinado y que el asesino era un musulmán, atacaron en grupo y también mataron al musulmán. Los familiares del musulmán asesinado comenzaron a gritar y llorar, y se quejaron ante todos los musulmanes contra los judíos. Como consecuencia, entre los musulmanes y los judíos de la tribu de Banu Qaynuqa se desató el clamor de guerra. [Ibn Hisham, vol. 2, pp. 47-48].

El asedio, la rendición y la expulsión

Después de este incidente, la paciencia del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a su límite. Encomendó la administración de Medina a Abu Lubaba ibn Abd al-Mundhir. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, entregó personalmente el estandarte de los musulmanes a Hamza ibn Abd al-Muttalib y partió con un grupo de musulmanes hacia Banu Qaynuqa. Al ver al Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, los judíos cerraron la puerta principal de la fortaleza. El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, la sitió por todos sus lados. Era viernes, 15 de Shawwal del segundo año de la Hégira. El asedio continuó durante quince días, es decir, hasta el primer día de Dhu al-Qi’da. Entonces Allah puso en los corazones de los judíos temor de los musulmanes. La costumbre de Allah es que, cuando quiere derrotar a un pueblo, pone en sus corazones temor de su adversario. La tribu de Banu Qaynuqa se rindió bajo la condición de que aceptarían la decisión del Mensajero de Allah. La decisión del Mensajero de Allah respecto a sus vidas, bienes, mujeres y niños sería definitiva. Después, por orden del Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, los judíos fueron atados.

Apenas un mes antes, el hipócrita Abdullah ibn Ubayy, que se había revestido con la apariencia del islam, dio en esta ocasión un ejemplo de su afecto por los judíos. Con una súplica hipócrita, pidió al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— que perdonara a los judíos. Dijo: «Oh, Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, sé indulgente con mis aliados». Cabe señalar que los Banu Qaynuqa eran aliados de la tribu de los Jazrach. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— aún no había tomado ninguna decisión. El líder hipócrita repitió su petición. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— apartó el rostro de él. Entonces el malvado hipócrita agarró la manga de la túnica del Mensajero de Allah. Él se molestó y dijo: «Suéltame». Pero el hipócrita siguió suplicando. Dijo: «No te soltaré hasta que anuncies tu indulgencia hacia mis aliados. ¿Matarás en una sola mañana a cuatrocientos jóvenes desarmados y a trescientos jóvenes con armadura, que me han salvado de tantos peligros? ¡Por Allah!, temo enormemente las vicisitudes del tiempo».

Finalmente, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— aparentemente accedió a la petición de Abdullah ibn Ubayy. Dispuso que se les perdonara la vida a los judíos. Sin embargo, ordenó que no pudieran permanecer en Medina ni en sus alrededores. Entonces los judíos partieron hacia Siria, llevándose todo cuanto les fue posible transportar. Allí, al cabo de poco tiempo, murieron muchos judíos.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— confiscó los bienes abandonados por los judíos. De ellos, reservó para sí tres cañones, dos armaduras, tres espadas y tres lanzas. Separó una quinta parte del resto de los bienes. La tarea de recoger el botín fue encomendada a Muhammad ibn Maslama. [Zad al-Ma‘ad, vol. 2, pp. 71 y 91; Ibn Hisham, vol. 2, pp. 47, 48 y 49].

Cuatro) La batalla de Sawiq

Por un lado, Safwan ibn Umayya estaba implicado en conspiraciones junto con los judíos y los hipócritas. Por otro, Abu Sufyan también continuaba tramando sus propias intrigas. Quería hacer algo en muy poco tiempo que permitiera preservar el honor y la reputación de su pueblo y mostrar su fuerza. Abu Sufyan había jurado que no realizaría el baño ritual obligatorio hasta luchar contra Muhammad. Para cumplir su juramento, partió con doscientos jinetes y acampó al pie de una montaña llamada Naib, situada en la llanura de Qanat. Se encontraba a doce millas de Medina. Abu Sufyan no se atrevió a atacar Medina directamente. Sin embargo, realizó una acción que bien podía calificarse abiertamente de saqueo y bandolerismo.

El relato de lo ocurrido es el siguiente: al amparo de la oscuridad de la noche, Abu Sufyan llegó a las afueras de Medina y fue a casa de Huyayy ibn Ajtar, a quien pidió que abriera la puerta. Huyayy se negó a abrirla por temor a las consecuencias. Entonces Abu Sufyan acudió a Salam ibn Mishkam, otro jefe de los Banu Nadir. Este hombre era el tesorero de la tribu de los Banu Nadir. Abu Sufyan pidió permiso para entrar. Salam ibn Mishkam le permitió entrar y le ofreció hospitalidad: le dio de comer, le sirvió vino y le informó detalladamente de la situación de Medina. Después, Abu Sufyan se apresuró a reunirse con sus compañeros y envió a un grupo de hombres armados a atacar un lugar llamado Arid, en las afueras de Medina. Aquellos malhechores de la tribu de Quraysh cortaron allí varias palmeras y prendieron fuego a otras. Después encontraron en un campo de cultivo a un ansarí y a su aliado, los mataron y huyeron a toda velocidad hacia La Meca.

Al recibir esta noticia, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— persiguió rápidamente a Abu Sufyan y a sus compañeros. Pero los malhechores huyeron por el camino de La Meca a una velocidad aún mayor. Para aligerar su carga, fueron arrojando muchas cosas por el camino. Los musulmanes se apoderaron de esos objetos. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y sus compañeros persiguieron a Abu Sufyan hasta Qarqarat al-Kudr y luego regresaron. Los musulmanes recogieron diversos objetos abandonados, entre ellos sawiq, y volvieron a Medina. Esta expedición recibió el nombre de batalla de Sawiq. En árabe, sawiq significa «harina tostada». El suceso tuvo lugar en el mes de Dhu al-Hiyya del segundo año de la Hégira, apenas dos meses después de la batalla de Badr. Durante esta expedición, la administración de Medina quedó encomendada a Abu Lubaba ibn Abd al-Mundhir. [Zad al-Ma‘ad, vol. 2, pp. 90-91; Ibn Hisham, vol. 2, p. 593].

Cinco) La batalla de Dhu Amr

Después de la batalla de Badr, esta fue la mayor expedición militar. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dirigió esta expedición. Se llevó a cabo en el mes de Muharram del tercer año de la Hégira. La razón fue que el servicio de inteligencia de Medina informó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, de que un gran grupo de las tribus de Banu Tha‘laba y Muharib se estaba uniendo para atacar Medina. Inmediatamente después de recibir esta noticia, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó a los musulmanes que se prepararan. La expedición estuvo compuesta por cuatrocientos muyahidines, tanto jinetes como hombres a pie. En aquella ocasión, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dejó a Uthman, que Allah esté complacido con él, como su representante en Medina.

En el camino, los muyahidines arrestaron a un hombre llamado Jabbar, de la tribu de Banu Salim, y lo llevaron ante el Mensajero de Allah. Él lo invitó al islam, y el hombre aceptó el islam. Después, aquel hombre los guio por el camino hasta el territorio enemigo, al Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, y a los Compañeros.

Mientras tanto, al enterarse de la expedición militar de los musulmanes, los enemigos se dispersaron por las zonas montañosas cercanas. El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, continuó avanzando y llegó con los muyahidines hasta el lugar donde se encontraban los enemigos. Allí había un lugar conocido como «Dhi Amr». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, permaneció allí algunos días después del mes de Safar del tercer año de la Hégira, con el fin de ejercer influencia sobre los beduinos y hacerles comprender el poder de los musulmanes; después regresó a Medina. [Ibn Hisham, tomo II, pág. 46; Zad al-Ma‘ad, tomo II, pág. 91. Se dice que un hombre llamado Ghawath al-Maharibi intentó asesinar al Mensajero de Allah durante esta expedición. Sin embargo, en realidad el intento no tuvo lugar durante esta expedición, sino durante otra. Véase Bujari, tomo II, pág. 593].

Seis) El destino de Ka‘b ibn al-Ashraf

Este hombre odiaba intensamente a los musulmanes. Su hostilidad hacia ellos y el dolor que le causaban sus actividades eran constantes. Este hombre molestaba al Mensajero de Allah y recorría públicamente el territorio invitando a combatir contra él.

Estaba relacionado con la rama Banu Nabhan de la tribu de Tayy. La tribu de su madre se llamaba Banu Nadir. Este hombre era rico e influyente. En Arabia era famoso por su belleza física. También era conocido como un poeta célebre. Su fortaleza se encontraba al sur de Medina, detrás del asentamiento de la tribu de Banu Nadir.

En cuanto oyó la noticia de la victoria de los musulmanes en la batalla de Badr y de la matanza de los líderes coraichitas, exclamó: «¿De verdad ha ocurrido algo así? Ellos eran la élite de los árabes y sus reyes. Si Muhammad realmente los ha matado, entonces el interior de la tierra será mejor que su superficie». Es decir, para nosotros es mejor morir que seguir viviendo.

Después de recibir con certeza la noticia de la victoria de los musulmanes, el enemigo de Allah, Ka‘b ibn al-Ashraf, comenzó a difamar al Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, y a los musulmanes, así como a elogiar a los enemigos del islam. Como esto no le bastó, llegó a La Meca para reunirse con los coraichitas y se alojó como huésped de Muttalib ibn Abu Wada‘ah al-Sahmi, intentando encender el fuego de la agitación en los corazones de los politeístas. Recitó poemas compuestos por él mismo para incitar a los coraichitas a luchar contra el Mensajero de Allah. También recitó poemas en elogio de los coraichitas muertos. Durante la estancia de Ka‘b en La Meca, Abu Sufyan le preguntó: «¿Cuál de nuestras dos religiones prefieres? ¿Cuál de estos dos grupos está guiado?». Ka‘b ibn al-Ashraf respondió: «Vosotros estáis mejor guiados y sois mejores que los musulmanes». En ese momento, Allah, el Altísimo, reveló este versículo.

«¿Acaso no has visto a aquellos a quienes se les concedió una parte de la Escritura? Creen en el yibt y en el tagut, y dicen acerca de los incrédulos: “El camino de estos es más recto que el de los creyentes”». (Sura An-Nisa, aleya 51)

Después de realizar estas acciones en La Meca, Ka‘b ibn al-Ashraf regresó a Medina. Al llegar, comenzó a recitar poesías de carácter obsceno sobre las esposas de los honorables compañeros. Además, decía todo lo que se le ocurría, y de ese modo causaba sufrimiento a los musulmanes.

En estas circunstancias, exasperado, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo un día: «¿Quién se encargará de Ka‘b ibn al-Ashraf? Este hombre ha causado daño a Allah, el Altísimo, y a Su Mensajero».

En respuesta a este llamamiento del Mensajero de Allah, se levantaron Muhammad ibn Maslama, ‘Ubbad ibn Bishr, Abu Na’ila, cuyo nombre era Salqan ibn Salama, al-Harith ibn Aws y Abu ‘Abbas ibn Yabar (que Allah esté complacido con él). Abu Na’ila, cuyo nombre era Salqan ibn Salama (que Allah esté complacido con él), era hermano de leche de Ka‘b ibn al-Ashraf. Muhammad ibn Maslama fue designado líder de este grupo.

El resumen de las diversas narraciones sobre el asesinato de Ka‘b ibn al-Ashraf es el siguiente: cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Ha causado daño al Mensajero. ¿Quién puede encargarse de Ka‘b ibn al-Ashraf?», Muhammad ibn Maslama se levantó inmediatamente y dijo: «Estoy presente, oh Mensajero de Allah».

«¿Quieres que lo mate?». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «Sí». Él dijo: «Entonces, permíteme decirle algunas cosas». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «Sí, puedes hacerlo».

Después, Muhammad ibn Maslama (que Allah esté complacido con él) fue hasta Ka‘b ibn al-Ashraf y le dijo: «Ese hombre nos pide limosna. En realidad, esta petición nos ha puesto en dificultades».

Ka‘b dijo: «¡Por Allah!, sufriréis aún más».

Muhammad ibn Maslama (que Allah esté complacido con él) dijo: «Puesto que ya hemos seguido su camino, no parece apropiado abandonarlo ahora. Es necesario ver cuál será el desenlace de este seguimiento. En cualquier caso, les pido prestado un wasq de alimentos».

Ka’b dijo: «Déjame algo en prenda».

Muhammad ibn Maslama (que Allah esté complacido con él) dijo: «¿Qué cosa aceptarías?». Ka’b dijo: «Deja en prenda a tus mujeres ante mí».

Muhammad ibn Maslama (que Allah esté complacido con él) dijo: «¿Cómo sería eso posible? Usted es el hombre más apuesto de Arabia».

Ka’b dijo: «Entonces deja en prenda a tus hijas».

Muhammad ibn Maslama (que Allah esté complacido con él) dijo: «¿Cómo sería eso posible? Sería motivo de vergüenza para mí. La gente diría que fulano dejó a sus propias hijas en prenda ante mengano a cambio de una pequeña cantidad de alimentos. Sí, puedo dejar mis armas en prenda ante usted».

Después, ambos acordaron que Muhammad ibn Maslama llevaría sus armas a Ka’b ibn Ashraf.

Abu Na’ila hizo algo parecido. Era hermano de leche de Ka’b. Fue a casa de Ka’b y conversó un rato con él sobre poesía. Escuchó algunos poemas y recitó otros. Después dijo: «Hermano, he venido a verte por un asunto. Quiero hablarte de ello, pero es confidencial. Después de que te lo cuente, ¿guardarás el secreto?»

Ka’b respondió: «Sí, así lo haré».

Abu Naila, aludiendo al Mensajero de Allah, dijo: «La llegada de este hombre se ha convertido en una prueba para nosotros. Toda Arabia se está convirtiendo en nuestro enemigo. Todos nuestros caminos se han cerrado. Nuestras familias están a punto de ser destruidas. La vida se ha vuelto insoportable. Nuestros hijos pasan los días en medio de un terrible sufrimiento». Después, Abu Naila dijo algo imitando la voz de Muhammad ibn Maslama. Mientras hablaba, añadió: «Tengo algunos amigos que comparten mi opinión. Quiero traerlos ante usted. Tenga compasión de ellos también vendiéndoles algunas mercancías».

Muhammad ibn Maslama y Abu Naila avanzaban con éxito hacia su objetivo mediante la conversación, pues después de aquella negociación no habría ningún problema en que fueran a la casa de Ka’b llevando sus armas.

Tras tomar las medidas iniciales, en la noche de luna llena del día 14 de Rabi al-Awwal del tercer año de la Hégira, aquel pequeño grupo se presentó ante el Mensajero de Allah con un objetivo común. El Mensajero los acompañó hasta Baqi al-Gharqad. Después les dijo: «Id, en el nombre de Allah. ¡Oh Allah, ayúdalos!». El Mensajero regresó a su casa y se ocupó de la oración y la súplica.

Mientras tanto, cuando los compañeros llegaron frente a la casa, Abu Naila llamó a Ka’b en voz alta. Al oír la voz, Ka’b se levantó, y su esposa, recién casada con él, le preguntó: «¿Adónde vas a estas horas de la noche? Escucho una voz de la que parece brotar sangre».

Ka’b respondió: «Son mi hermano Muhammad ibn Maslama y mi hermano de leche Abu Naila. Incluso si se llamara a un hombre noble para enfrentarse a una lanza, respondería a esa llamada».

Después, Ka’b salió. Un agradable aroma emanaba de su cabeza.

Abu Naila les decía a sus compañeros: «Cuando venga, comenzaré a oler su cabello sujetándolo por la cabeza. Cuando veáis que he tomado el control de su cabeza, atacadlo y matadlo». Después de que Ka’b llegó, conversaron durante un rato sobre diversos asuntos. Entonces Abu Naila (que Allah esté complacido con él) dijo: «Nunca he olido una fragancia tan embriagadora como la de esta noche». Al oír aquello, el corazón de Ka’b se llenó de orgullo. Dijo: «Tengo conmigo a la mujer más fragante de Arabia, la que más utiliza perfumes». Respondieron: «Sí, sí, por supuesto». Abu Naila puso la mano en el cabello de Ka’b, aspiró su fragancia y permitió que sus compañeros también lo olieran. Al cabo de un rato, Abu Naila (que Allah esté complacido con él) dijo: «Hermano, quiero olerlo una vez más». Ka’b respondió con plena seguridad: «Sí, sí». Abu Naila volvió a aspirar la fragancia del cabello de Ka’b. Ka’b estaba entonces muy complacido y completamente despreocupado.

Después de caminar un poco más, Abu Nayla volvió a expresar su deseo de oler el cabello de la cabeza de Ka‘b ibn Ashraf. Ka‘b dijo: «Está bien». Al decir esto, se inclinó un poco, y Abu Nayla tomó el control de su cabeza y dijo a sus compañeros: «Ahora, acabad con este enemigo de Allah». Muhammad ibn Maslama actuó de inmediato y, tomando su arma, le asestó un golpe tan fuerte que el enemigo de Allah murió allí mismo. Después de atacarlo, gritó con tanta fuerza que se produjo un gran alboroto en los alrededores. Se encendieron las luces de todas las casas y todos se inquietaron. Pero no ocurrió nada.

Durante el ataque contra Ka‘b ibn Ashraf, la espada de uno de los compañeros alcanzó accidentalmente el cuerpo de al-Harith ibn Aws (que Allah esté complacido con él) y le causó una herida. La sangre le brotaba del cuerpo. Al regresar, cuando llegaron a un lugar llamado Hujra Ariz, se dieron cuenta de que al-Harith no estaba con ellos. Entonces esperaron allí. Al cabo de un rato, al-Harith llegó. Con él, llegaron a un lugar llamado Baqi‘ al-Garqad y proclamaron en voz alta el takbir. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, también oyó esas proclamaciones de takbir. Comprendió así que la expedición había tenido éxito. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, también proclamó «Allahu akbar». Dijo: «Aflahat al-wuyuh», es decir: «Que estos rostros prosperen». Los compañeros respondieron: «Wa wayhuka ya Rasulullah», es decir: «Y también tu rostro, oh Mensajero de Allah». Inmediatamente después de estas palabras, los participantes en la expedición colocaron ante el Mensajero de Allah la cabeza cortada de Ka‘b ibn Ashraf. Por el asesinato de Ka‘b, el líder de los malhechores, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, alabó a Allah y aplicó saliva sobre la herida de al-Harith. Con ello, este se curó, y nunca volvió a sentir dolor en aquel lugar. [Las obras de las que se ha tomado el relato detallado de este acontecimiento son: Ibn Hisham, tomo II, pp. 51 y 57; Sahih al-Bujari, tomo I, pp. 341 y 425, y tomo II, p. 577; Sunan Abi Dawud, tomo II, pp. 42 y 43; Zad al-Ma‘ad, tomo II, p. 91].

Los judíos se amedrentaron al enterarse del asesinato de Ka‘b ibn Ashraf. Comprendieron claramente que quienes fueran responsables de quebrantar la paz y violaran los pactos establecidos, si no se comportaban correctamente después de recibir consejo, no escaparían a que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, empleara la fuerza contra ellos. Por ello, aunque oyeron la noticia del asesinato de Ka‘b ibn Ashraf, no manifestaron ninguna reacción. Con su conducta dieron a entender que cumplían las condiciones del tratado de paz. Tampoco volvieron a intentar demostrar su fuerza. Puede decirse que la serpiente venenosa se deslizó silenciosamente hacia su madriguera. De este modo desapareció el temor de que los enemigos internos de Medina volvieran a levantar la cabeza.

Después de eso, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dispuso de tiempo para hacer frente a las amenazas de peligro procedentes del exterior de Medina.

Siete) La expedición de Bahran

Fue una importante expedición militar. En ella participaron trescientos muyahidines. Con este ejército, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió en el mes de Rabi‘ al-awwal del tercer año de la Hégira hacia una región llamada Bahran. Era un lugar de la región de Farah, perteneciente al Hiyaz. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y los muyahidines que lo acompañaban permanecieron allí durante los meses de Rabi‘ al-thani y Yumada al-awwal. Después regresó a Medina. No tuvo que enfrentarse a ningún combate. [Ibn Hisham, tomo II, pp. 50 y 51; Zad al-Ma‘ad, tomo II, p. 91. Se han mencionado diversas razones para esta expedición. Se dice que llegó a Medina la noticia de que la tribu de Banu Salim había hecho grandes preparativos para atacar Medina y sus alrededores. También se dice que el Mensajero de Allah había salido en busca de una caravana de los qurayshíes. Ibn Hisham menciona esta razón, y también Ibn Qayyim expresa la misma opinión. La primera razón no ha sido objeto de discusión; la otra es la creíble. Esto se debe a que la tribu de Banu Salim no vivía en la región de Farah, sino en Nayდ. Esta región se encontraba muy lejos de Farah].

Ocho) La expedición de Zayd ibn Hariza

Esta fue la última expedición victoriosa de los musulmanes antes de la batalla de Uhud. Se llevó a cabo en Yumada al-thani del tercer año de la Hégira. El relato detallado del acontecimiento es el siguiente:

Después de la batalla de Badr, los Quraysh no tenían tranquilidad. Luego llegó el verano. En esa época se enviaban caravanas comerciales a Siria. La preocupación por la seguridad de las caravanas comerciales también se convirtió en una fuente de ansiedad para ellos. Ese año, Safwan ibn Umayya, jefe de la caravana comercial que se dirigía a Siria, dijo a los Quraysh: «Muhammad y sus compañeros han vuelto peligrosa la ruta que utilizamos para nuestras expediciones comerciales. No sé cómo enfrentarnos a ellos. No van a ningún lugar salvo a la costa marítima. Los habitantes de la costa han establecido buenas relaciones con ellos. La gente común está de su parte. No sé qué camino debemos tomar. Por otro lado, si nos quedamos en casa, nuestro capital se agotará. Al final no nos quedará nada. Esto se debe a que nuestro sustento en La Meca depende del comercio de dos temporadas: con Siria en verano y con Abisinia en invierno».

Después de la pregunta de Safwan, comenzaron a reflexionar sobre el asunto. Aswad ibn Abd al-Muttalib le dijo a Safwan: «Abandona la ruta de la costa marítima y toma el camino hacia Irak. Esta ruta es mucho más larga. Tendrás que ir a Siria pasando por Nayad». Los Quraysh desconocían esta ruta, situada al este de Medina. Aswad ibn Abd al-Muttalib aconsejó a Safwan que se pusiera en contacto con Furāt ibn Hayyān, relacionado con la tribu de Bakr ibn Wā’il, y que lo contratara como guía para el viaje propuesto.

Tras esta decisión, la caravana comercial de los Quraysh, bajo el mando de Safwan ibn Umayya, avanzó por la nueva ruta. Sin embargo, los detalles del plan de este viaje llegaron a Medina. ¿Cómo llegó esta información? Esto fue lo que ocurrió: Salit ibn Nu‘mān se reunió con Nu‘aym ibn Mas‘ud en una reunión en la que se bebía vino. El primero, es decir, Salit, ya había aceptado el islam en aquel entonces, pero el segundo, es decir, Nu‘aym, aún no lo había aceptado. El vino todavía no había sido prohibido. En aquella reunión, Nu‘aym, embriagado, le reveló a Salit todos los detalles del viaje comercial de los Quraysh. Salit partió inmediatamente hacia Medina y comunicó toda la información al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz.

Al recibir esta información, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se preparó de inmediato para atacar la caravana de los Quraysh. Envió una fuerza de cien jinetes bajo el mando de Zayd ibn Haritha, que Allah esté complacido con él. Zayd, que Allah esté complacido con él, avanzó rápidamente y encontró la caravana en un lugar llamado Qaradah. Acababan de llegar allí. Mientras se disponían a detenerse junto a un estanque, un ataque repentino los dejó desconcertados. Safwan ibn Umayya y sus compañeros no pudieron pensar en otra cosa que no fuera huir.

Los musulmanes nombraron a Furāt ibn Hayyān guía de la caravana. También se ha mencionado que otros dos hombres fueron arrestados. Los musulmanes se apoderaron de diversos bienes comerciales. El valor de esas mercancías rondaba los cien mil dirhams.

Al llegar a Medina, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, tomó una quinta parte de los bienes. El resto fue distribuido entre los muyahidines. Furāt ibn Hayyān aceptó el islam a manos del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz. [Ibn Hisham, t. 2, pp. 50-51; Rahmatul lil-‘Alamin, t. 2, p. 219].

Después de la batalla de Badr, este fue el acontecimiento más desgarrador para los Quraysh incrédulos. Como resultado, su sufrimiento mental aumentó muchas veces. Entonces tenían dos caminos ante ellos.

Podían olvidarlo todo y llegar a un acuerdo de paz con los musulmanes; o, de lo contrario, revitalizarse con un nuevo entusiasmo, entrar en guerra contra los musulmanes y aplastar por completo su poder, para que no pudieran volver a levantar la cabeza en el futuro. Los principales Quraysh de La Meca eligieron precisamente el segundo camino. Después de perderlo todo en la expedición comercial, su deseo de venganza aumentó muchas veces. Para entrar en conflicto con los musulmanes, los Quraysh comenzaron a prepararse con todos sus medios para entrar en sus hogares y atacarlos. Además de los acontecimientos anteriores, la frustración por el fracaso de la expedición comercial fue también una de las causas de la batalla de Uhud.

La batalla de Uhud

Los preparativos de los coraichitas para la venganza

Los habitantes de La Meca tuvieron que soportar la derrota y la humillación en la batalla de Badr, así como el dolor por la muerte de muchos de sus dirigentes. Por ello, quedaron fuera de sí de ira contra los musulmanes. Sin embargo, los dirigentes de Quraysh prohibieron a los familiares de los muertos expresar duelo y lamentarse por ellos. También se les prohibió apresurarse a pagar el rescate de los prisioneros de guerra. No querían que los musulmanes conocieran la profundidad de su duelo ni su sufrimiento. Después de la batalla de Badr, los incrédulos decidieron conjuntamente que librarían otra guerra contra los musulmanes para aliviar la angustia que llevaban dentro. En esa guerra también se apaciguaría su ira. Inmediatamente después de tomar esta decisión, comenzaron los preparativos para la guerra contra los musulmanes. Entre los dirigentes de Quraysh, Ikrima ibn Abi Yahl, Safwan ibn Umayya, Abu Sufyan ibn Harb y Abdullah ibn Ziyad fueron los principales responsables de estos preparativos bélicos.

La caravana de Abu Sufyan, que había sido la causa de la batalla de Badr, logró ser retirada por Abu Sufyan junto con sus mercancías. Todas las mercancías de aquella caravana fueron reservadas para la guerra. A sus propietarios se les dijo: «Oh, miembros de Quraysh, escuchad: Muhammad os ha asestado un duro golpe. Por tanto, ayudad con estas mercancías a combatir contra él. Ha matado a vuestros jefes elegidos. Si volvemos a luchar, quizá podamos vengarnos». Los coraichitas respondieron a este llamamiento y aceptaron donar todas sus mercancías para la guerra. Su cantidad ascendía a mil camellos y cincuenta mil dinares. Los camellos fueron vendidos para financiar los preparativos bélicos. Al respecto, Allah, el Señor de los mundos, hizo descender esta aleya: «Los incrédulos gastan sus riquezas para apartar a la gente del camino de Allah, y seguirán gastándolas. Después, eso les causará pesar. Luego serán vencidos y quienes hayan descreído serán reunidos en el Infierno». (Sura Al-Anfal, aleya 3,6).

Después, los coraichitas hicieron un ferviente llamamiento al alistamiento voluntario. Se animó a personas de distintas tribus a luchar contra los musulmanes. Se pidió a todos que se reunieran bajo la bandera de Quraysh. También se ofrecieron diversos incentivos. Un poeta llamado Abu Uzza había sido capturado en la batalla de Badr. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— lo había liberado sin exigirle rescate. Se le había hecho prometer que en el futuro no realizaría ninguna acción contra el islam ni contra los musulmanes. Pero, después de regresar a La Meca, Safwan ibn Umayya lo convenció diciéndole: «Ve a las distintas tribus y exalta a sus miembros contra los musulmanes mediante poemas incendiarios. Si regreso sano y salvo de la guerra, te daré abundantes riquezas o asumiré la manutención de tus hijas». Seducido por este ofrecimiento, Abu Uzza rompió el compromiso que había contraído con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Fue a distintas tribus y comenzó a incitar a la gente contra los musulmanes mediante poemas que despertaban su entusiasmo. Los dirigentes de Quraysh también incorporaron a sus filas a otro poeta, Musafá ibn Abd Manaf Yuhami. Así, el entusiasmo y el fervor de los incrédulos por luchar contra los musulmanes continuaron creciendo.

Al cumplirse el año, los preparativos bélicos de los coraichitas quedaron completos. Sumando a sus aliados, además de sus allegados, el número de soldados llegó a tres mil. Los dirigentes de Quraysh opinaron que también debían llevar a la guerra a cierto número de mujeres hermosas. En consecuencia, llevaron al campo de batalla a quince mujeres hermosas. Se justificó su presencia en el campo de batalla diciendo que, impulsados por el deseo de proteger su seguridad y su honor, los combatientes demostrarían mayor valentía y disposición al sacrificio. Se prepararon tres mil camellos y doscientas cabalgaduras para llevarlas a la guerra. [Sin embargo, en la obra Fath al-Bari se menciona que el número de caballos era de cien (tomo 7, p. 346)]. Para mantener los caballos más activos, no se permitió que nadie montara sobre ellos durante todo el trayecto hasta el campo de batalla. Además, entre las armas destinadas a la protección se incluyeron tres mil armaduras.

Abu Sufyan era el comandante en jefe del ejército. A Jalid ibn al-Walid se le confió el mando de la caballería de apoyo. Ikrima ibn Abu Yahl fue nombrado su ayudante. Conforme a la norma establecida, el estandarte de guerra fue entregado a la tribu de Banu Abd al-Dar.

La marcha de los no musulmanes hacia Medina

Tras estos preparativos, este ejército de La Meca partió hacia Medina. Estaban casi enloquecidos de ira, deseosos de vengarse de los musulmanes. La magnitud de su ira puede deducirse del derramamiento de sangre y del horror de la batalla.

Hadrat Abbas (que Allah esté complacido con él) vigilaba los preparativos bélicos de los coraichitas. En cuanto supo que habían partido hacia Medina, envió rápidamente a un mensajero para informar detalladamente al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz).

El mensajero enviado por Hadrat Abbas (que Allah esté complacido con él) recorrió en tan solo tres días los quinientos kilómetros que separan La Meca de Medina. Apenas llegó a Medina, entregó al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) la carta de Hadrat Abbas (que Allah esté complacido con él). En ese momento, el amado Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se encontraba en la mezquita de Quba, en Medina.

Hadrat Ubay ibn Ka’b (que Allah esté complacido con él) leyó en voz alta al amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) la carta de Hadrat Abbas (que Allah esté complacido con él). Tras ordenar a Hadrat Ubay (que Allah esté complacido con él) que mantuviera en secreto el contenido de la carta, el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) celebró una consulta urgente con los líderes de los ansar y los muháyirun.

Medidas urgentes para hacer frente a la situación

A partir de entonces, los musulmanes de Medina comenzaron a llevar armas consigo para hacer frente a cualquier situación indeseable. Incluso durante la oración no dejaban las armas apartadas.

Se encargó a varios ansar proteger la seguridad del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Entre ellos se encontraban Hadrat Sa’d ibn Mu’adh (que Allah esté complacido con él), Usayd ibn Hudayr (que Allah esté complacido con él) y Sa’d ibn Ubadah (que Allah esté complacido con él). Armados, permanecían toda la noche vigilando la casa del amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz).

También se apostó a varios musulmanes en las distintas entradas de Medina. Estaban preparados para hacer frente a cualquier ataque repentino. Asimismo, se apostaron varios pequeños grupos en los caminos de las afueras de Medina para vigilar los movimientos del enemigo.

La presencia de los incrédulos cerca de Medina

El ejército de La Meca continuó avanzando hacia Medina. Al llegar a un lugar llamado Abwa, Hind bint Utba, esposa de Abu Sufyan, propuso que buscaran la tumba de Amina, la madre del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y la despedazaran. Sin embargo, los líderes de Quraysh no aceptaron llevar a cabo la abominable conspiración de aquella mujer. Consideraron que las consecuencias de tal acto serían terribles.

Los incrédulos continuaron su marcha desde Abwa. Al llegar cerca de Medina, atravesaron la llanura de Aqiq. Después se desviaron un poco hacia la derecha y acamparon en un lugar llamado Aynayn, cerca del monte Uhud. Aynayn era una tierra fértil situada cerca de la llanura de Qanat, al norte de Medina. Esto ocurrió el viernes 6 de Shawwal del tercer año de la Hégira.

Reunión del consejo de la shura

Los informantes musulmanes transmitían a Medina noticias detalladas sobre los movimientos de los no musulmanes. También llegó a Medina la noticia de que habían establecido su campamento. En ese momento, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, convocó una reunión del consejo de la shura. En ella se deliberaría sobre las decisiones urgentes relativas a la defensa de Medina. Al principio, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, informó a los compañeros del sueño que había visto. El amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Juro por Allah que he visto algo bueno. Vi que sacrificaban algunas vacas. Vi en mi espada ciertas señales de derrota. También vi que introducía mi mano en una armadura». Luego, al explicar el significado de las vacas sacrificadas, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo que varios compañeros serían martirizados. Respecto a las señales de derrota en la espada, dijo que alguien de su familia sería martirizado. Y, al explicar la armadura segura, dijo que se refería a la ciudad de Medina.

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, expresó su opinión sobre la estrategia de defensa interna: los musulmanes no saldrían de la ciudad, sino que permanecerían dentro de Medina. Que los incrédulos permanecieran en sus tiendas; si entraban en Medina, los musulmanes lucharían contra ellos en sus callejuelas. Las mujeres los atacarían desde los tejados. Esta opinión era la correcta. Incluso el líder hipócrita, Abdullah ibn Ubayy, manifestó su acuerdo con ella. La razón por la que este hipócrita coincidió con la opinión del amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, no era que le agradaran su opinión y su estrategia defensiva; más bien, la prefería porque así podría abstenerse de combatir sin que nadie lo comprendiera. Pero la voluntad de Allah, el Señor de los mundos, era diferente. Él quería que, por primera vez, aquel hombre fuera identificado y humillado ante los musulmanes comunes, y que quedara al descubierto su incredulidad, oculta bajo el manto del islam. Además, quería que los musulmanes supieran, en su momento de crisis, cuántas serpientes venenosas se ocultaban en sus propias mangas.

Varios compañeros destacados que no habían podido participar en la batalla de Badr aconsejaron al amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, que saliera al campo de batalla para enfrentarse a los incrédulos. Mostraron un gran entusiasmo por participar en el yihad. Algunos compañeros dijeron: «Oh Mensajero de Allah, anhelábamos este día y también suplicábamos a Allah, el Señor de los mundos, por él. Hoy Allah nos ha concedido esa oportunidad. Ha llegado el momento de lanzarnos a la batalla. Así pues, oh Mensajero de Allah, avanza contra el enemigo y no pienses que tenemos miedo».

Entre quienes expresaron tal entusiasmo y fervor se encontraba también el tío del amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz: Hamza ibn Abd al-Muttalib. En la batalla de Badr había demostrado un valor y una bravura extraordinarios. Dijo al amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz: «Juro por el Ser puro que te reveló el Corán que no probaré alimento alguno antes de combatir contra los incrédulos en campo abierto, fuera de Medina» (Sira al-Halabiyya, tomo II, p. 14).

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— retiró su propia opinión ante la opinión de la mayoría de los Compañeros. Finalmente, se decidió enfrentar a los incrédulos en campo abierto, fuera de Medina.

Organización del ejército islámico y marcha hacia la batalla

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dirigió la oración del viernes. Al terminar la oración, pronunció un sermón y exhortó a la gente. Dijo: «Solo mediante la paciencia y la firme determinación será posible obtener la victoria». Al mismo tiempo, ordenó a los musulmanes que se prepararan para enfrentarse al enemigo. Al escuchar esto, una corriente de alegría recorrió los corazones de los musulmanes.

Cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— realizó la oración de la tarde, vio que se había reunido un gran número de personas. También habían llegado algunas personas de las afueras de Medina. Después de la oración, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— entró en el interior. Abu Bakr y Umar —que Allah esté complacido con ambos— estaban con él. Le pusieron un turbante al amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y lo vistieron. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— se puso una armadura debajo y otra encima de la ropa; luego, llevando su espada y equipado con otras armas, se presentó ante todos.

Todos esperaban la llegada del amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. De repente, Sa‘d ibn Mu‘adh y Usayd ibn Hudayr —que Allah esté complacido con ambos— dijeron a los Compañeros: «Están llevando al amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— al campo de batalla contra su voluntad. Lo están obligando. Por tanto, déjenle este asunto al amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—». Al oír esto, todos se sintieron avergonzados. Cuando el amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— salió, todos le dijeron: «Oh, Mensajero de Allah, no estuvo bien que nos opusiéramos a usted. Haga lo que considere mejor. Si considera más conveniente que permanezcamos en Medina, estamos de acuerdo. Haga, pues, lo que estime conveniente». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Cuando un profeta se pone la armadura, no es apropiado que se la quite hasta que Allah, Señor de los mundos, haya decidido entre él y sus enemigos». [Musnad de Ahmad, an-Nasa’i e Ibn Ishaq].

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dividió a los soldados en tres grupos, de la siguiente manera:

1) El contingente de los emigrantes. Su estandarte fue entregado a Mus‘ab ibn Umayr —que Allah esté complacido con él—.

2) El contingente de la tribu Aws de los ansar. Usayd ibn Hudayr —que Allah esté complacido con él— fue puesto al mando de este contingente.

3) El ejército de la tribu de los Jazray. Hadrat Hubab ibn al-Mundhir (que Allah esté complacido con él) estaba al mando de este ejército.

El número total de soldados musulmanes era de mil. Entre ellos, cien llevaban armadura y cincuenta iban a caballo. [Ibn Qayyim escribió esto en la página 92 del segundo volumen de Zad al-Ma’ad. Hafiz Ibn Hayar dice que es un error. Musa ibn Uqba afirmó categóricamente que no se utilizó ningún caballo en la batalla de Uhud. Waqidi escribió que solo había dos caballos: uno estaba con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y el otro con Abu Yabda (que Allah esté complacido con él). Fath al-Bari, volumen VII, página 350].

Según otro relato, no había ni un solo soldado a caballo.

Durante la batalla, se confió a Hadrat Abdullah ibn Umm Maktum (que Allah esté complacido con él) la responsabilidad de dirigir las oraciones de los compañeros que permanecían en Medina; después, se ordenó a los soldados musulmanes partir. Los soldados musulmanes marcharon hacia el norte. Hadrat Sa’d ibn Muadh (que Allah esté complacido con él) y Hadrat Sa’d ibn Ubadah (que Allah esté complacido con él) avanzaban delante del amado Profeta, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), llevando puesta la armadura.

Al llegar a un lugar llamado Zaniyat al-Wada, se divisó un destacamento militar. Estaba equipado con excelentes armas y separado del ejército entero. Cuando el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) les preguntó quiénes eran, respondieron que eran aliados de la tribu de los Jazray y judíos [Ibn Sa’d narró este acontecimiento. En este relato también se menciona que eran judíos de la tribu de Banu Qaynuqa. Sin embargo, esta información no es correcta, pues los miembros de la tribu de Banu Qaynuqa fueron expulsados de Medina pocos días después de la batalla de Badr]. Pero querían luchar junto a los musulmanes contra los incrédulos de La Meca. Cuando se preguntó si se habían hecho musulmanes, se informó al amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) de que no se habían hecho musulmanes ni tenían intención de hacerlo. El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) rechazó aceptar la ayuda de los judíos contra los incrédulos.

Inspección del ejército

Al llegar al lugar llamado Shaiján, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) inspeccionó a los soldados musulmanes. Tras la inspección, fueron enviados de regreso los menores de edad y quienes no eran aptos para la guerra. Los que fueron enviados de regreso fueron: Hadrat Abdullah ibn Umar (que Allah esté complacido con él), Hadrat Usama ibn Zayd (que Allah esté complacido con él), Hadrat Usayd ibn Zuhayr (que Allah esté complacido con él), Zayd ibn Zabit (que Allah esté complacido con él), Hadrat Zayd ibn Arqam (que Allah esté complacido con él), Hadrat Usama ibn Aws (que Allah esté complacido con él), Hadrat Abu Sa’id al-Judri (que Allah esté complacido con él), Hadrat Zayd ibn Hariza al-Ansari (que Allah esté complacido con él) y Hadrat Sa’d ibn Hibbab (que Allah esté complacido con él). En esta lista también suele mencionarse a Hadrat Bara ibn Azib (que Allah esté complacido con él). Sin embargo, según el Sahih de Bujari, está demostrado que participó en la batalla de Uhud.

A pesar de su corta edad, se permitió a Hadrat Rafi ibn Jadich (que Allah esté complacido con él) y a Hadrat Samura ibn Yundub (que Allah esté complacido con él) participar en el yihad. La razón era que Hadrat Rafi ibn Jadich (que Allah esté complacido con él) era especialmente hábil como arquero. Después de que se le concediera permiso, Hadrat Samura ibn Yundub (que Allah esté complacido con él) dijo: «Yo soy más fuerte que Rafi. Puedo derribarlo en la lucha». Cuando se informó de ello al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), ordenó que ambos lucharan. En aquella lucha, Hadrat Samura ibn Yundub (que Allah esté complacido con él) derribó realmente a Hadrat Rafi. El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) también permitió participar a Hadrat Samura (que Allah esté complacido con él).

Pasar la noche en un lugar situado entre Uhud y Medina

Al anochecer ya se encontraban en un lugar llamado Shayjain. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— decidió pasar allí la noche después de realizar las oraciones del magrib y del isha. El honorable Muhammad ibn Maslamah al-Ansari —que Allah esté complacido con él— era el jefe de los guardias apostados alrededor de las tiendas de los musulmanes. Él había dirigido el asesinato del judío Ka’b ibn al-Ashraf. Safwan ibn Abdullah ibn Qays —que Allah esté complacido con él— fue designado para vigilar al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—.

La traición de los hipócritas

La conspiración del líder hipócrita Abdullah ibn Ubayy estaba a punto de tener éxito. Al ver la retirada de él y de sus compañeros, los grupos de Banu Harithah, de la tribu de Aws, y de Banu Salamah, de la tribu de Jazray, también comenzaron a vacilar. Pensaron en regresar. Pero, como Allah, el Señor de los mundos, despertó la conciencia de la fe en los corazones de los miembros de estas dos tribus, permanecieron firmes en su decisión de combatir. Sobre esto, Allah, el Señor de los mundos, dice: «Cuando dos grupos de los vuestros estuvieron a punto de acobardarse, aunque Allah era su protector. En Allah deben confiar los creyentes».

Cuando los hipócritas decidieron regresar a Medina, el honorable Abdullah ibn Haram —que Allah esté complacido con él—, padre de Yabir —que Allah esté complacido con él—, quiso hacerles comprender cuál era su deber en aquella delicada situación. Intentó hacer volver a los hipócritas que querían regresar y, tras seguirlos durante un trecho, les dijo: «Regresad todavía y combatid por la causa de Allah». Pero ellos respondieron: «Si hubiéramos sabido que ibais a combatir, no nos habríamos marchado». Al oír esto, el honorable Abdullah ibn Haram —que Allah esté complacido con él— dijo: «¡Oh, enemigos de Allah! El castigo de Allah caerá sobre vosotros. Recordad que Allah no dejará que Su Profeta dependa de vosotros».

Respecto de aquellos hipócritas, Allah, el Altísimo, reveló esta aleya: «Y para que se conociera a los hipócritas, se les dijo: “Venid, combatid en la causa de Allah o defended”. Dijeron: “Si hubiéramos sabido que habría combate, ciertamente os habríamos seguido”. Aquel día estaban más cerca de la incredulidad que de la fe. Dicen con sus bocas lo que no hay en sus corazones, pero Allah conoce perfectamente lo que ocultan». (Aal Imran, aleya 167)

Al pie del monte Uhud

Después del regreso de los hipócritas, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— avanzó hacia el enemigo acompañado de los setecientos musulmanes restantes. El enemigo se encontraba al otro lado del monte Uhud. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— se dirigió a sus compañeros y dijo: «¿Puede alguien indicar un camino por el que no tengamos que dar un gran rodeo para llegar a nuestro destino?»

Al oír esto, Abu Jaitzuma (que Allah esté complacido con él) se adelantó y dijo: «Estoy dispuesto para esta tarea, oh Mensajero de Allah». Después avanzó por un camino más corto. Dejando al enemigo al oeste, los musulmanes avanzaron por ese camino a través de las tierras de la tribu de Banu Hariza. Al recorrerlo, pasaron por el jardín de un hombre llamado Marba ibn Qayza. Este hombre era ciego por un lado y un hipócrita por otro. Al percibir la llegada de los musulmanes, comenzó a arrojarles polvo. En ese momento le decía al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz): «Si eres el Mensajero de Allah, recuerda que no tienes permiso para entrar en mi jardín». Los musulmanes quisieron matarlo, pero el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «No lo matéis. Es ciego tanto de corazón como de ojos».

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) continuó avanzando hasta llegar a la ladera del monte Uhud, situada en el límite de la llanura, y allí estableció el campamento. Delante estaba Medina y detrás se alzaba la elevada montaña de Uhud. En aquel momento, el ejército enemigo se encontraba entre los musulmanes y Medina.

Plan de defensa

Al llegar allí, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dispuso y organizó a los soldados. Desde el punto de vista militar, los dividió en varias filas. Formó una unidad de arqueros, cuyo número era de cincuenta, y puso al frente de ella a Abd Allah ibn Yabir ibn Nu’man al-Ansari (que Allah esté complacido con él). Los apostó en un desfiladero situado al sur del valle de Qanat. Este desfiladero se encontraba a ciento cincuenta metros al sudeste de la posición del ejército musulmán. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo al jefe de los arqueros: «Lanzaréis flechas contra los enemigos que monten a caballo y los mantendréis alejados de nosotros. Cuidad de que no puedan atacarnos por la retaguardia. Tanto si vencemos como si somos derrotados, permaneceréis firmes en vuestra posición. Vigilad que no pueda llegarnos ningún ataque desde el lugar que ocupáis». [Ibn Hisham, tomo II, pp. 65-66]. Después, dirigiéndose a todos los arqueros, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Protegeréis nuestra retaguardia. Aunque veáis que estamos siendo abatidos, no acudáis en nuestra ayuda. Y aunque veáis que estamos recogiendo el botín, no participéis con nosotros». [Ahmad, Tabarani y Hakim lo transmitieron de Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él). Véase Fath al-Bari, tomo VII, p. 350].

Según el relato mencionado en Sahih al-Bujari, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Aunque veáis que los gorriones nos están picoteando, no abandonéis vuestro puesto hasta que yo os llame. Y aunque veáis que estamos derrotando a los enemigos y que en algún momento los hemos aniquilado, tampoco abandonéis vuestro puesto hasta que yo os llame». [Sahih al-Bujari, Libro de la yihad, tomo I, p. 426].

Con estas estrictas instrucciones militares, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) apostó a los soldados arqueros y cerró el desfiladero, pues los enemigos podían llegar desde el lado opuesto de aquel paso y atacar fácilmente a los musulmanes.

De entre los soldados restantes, se asignó a Mundhir ibn Amr (que Allah esté complacido con él) al flanco derecho, y se nombró a Zubayr ibn al-Awwam (que Allah esté complacido con él), con Miqdad ibn al-Aswad (que Allah esté complacido con él) como ayudante. También se encargó a Zubayr (que Allah esté complacido con él) impedir el avance de la caballería dirigida por Jalid ibn al-Walid. Jalid nunca había abrazado el islam. Además de esta formación, se apostó en la vanguardia a un grupo de Compañeros distinguidos y escogidos. Su fama por su valentía y coraje era tan grande que se consideraba que cada uno de ellos bastaba para enfrentarse a mil enemigos.

Este plan de despliegue del ejército del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) demostraba una estrategia sutil y una gran sabiduría militar. Revelaba su habilidad y perspicacia en el mando militar y en la táctica de guerra. También demostraba que ningún comandante competente y perspicaz podría elaborar, en materia de estrategia bélica, un plan superior al del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Después de observar las tropas enemigas, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) escogió el mejor lugar para la posición de los musulmanes. Al situarse frente a la montaña, protegió la retaguardia y el flanco derecho de los ataques enemigos. Apostó una eficaz unidad de arqueros en el lugar al que se temía que llegaran los enemigos desde la izquierda para lanzar su ataque. Al escoger una zona elevada detrás de ellos, estableció que, si —que Allah no lo permita— eran derrotados, no tendrían que huir ni sufrir bajo la persecución del enemigo, sino que podrían refugiarse en el campamento. En tal situación, si los enemigos atacaban para apoderarse del campamento, sufrirían una desastrosa derrota. Por otra parte, se obligó a los enemigos a permanecer en un lugar donde, aunque vencieran, no podrían obtener grandes beneficios de su victoria. Y si los musulmanes vencían, los incrédulos no podrían salvarse de la persecución de los musulmanes. Asimismo, al situar en la vanguardia a un grupo de Compañeros distinguidos, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) compensó también la desventaja numérica desde el punto de vista militar. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) completó esta importante tarea de organizar el ejército la mañana del sábado 7 de Shawwal del segundo año de la Hégira.

Las palabras del Mensajero de Allah (s. a. s.) dirigidas a los responsables

Entonces el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, anunció: «No comenzaréis la batalla hasta que yo lo ordene». Ese día llevaba puestas dos armaduras. Dijo a los compañeros: «Cuando os enfrentéis al enemigo, demostrad valentía y coraje». Al principio, mientras despertaba entre los compañeros el entusiasmo, el fervor y el espíritu de yihad, el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, desenvainó una espada afilada y dijo: «¿Quién puede desenvainar esta espada y cumplir con su derecho?». Al oírlo, varios compañeros se adelantaron para recibir la espada. Entre ellos estaban Ali ibn Abi Talib, Zubayr ibn al-Awwam y Umar ibn al-Jattab —que Allah esté complacido con ellos—. Abu Dujana Sammak ibn Jajsha —que Allah esté complacido con él— se adelantó y preguntó: «Oh, Mensajero de Allah, ¿cuál es su derecho?». El amado Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, respondió: «Golpearás con esta espada los rostros de los enemigos de tal manera que queden deformados». Abu Dujana —que Allah esté complacido con él— dijo: «Oh, Mensajero de Allah, quiero tomar esta espada y cumplir con su derecho». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, puso la espada en manos de Abu Dujana —que Allah esté complacido con él—.

Abu Dujana —que Allah esté complacido con él— era un soldado entregado por completo. Durante la batalla caminaba con el pecho erguido. Tenía una banda roja. Cuando se la ataba, todos entendían que lucharía hasta la muerte. Tras recibir la espada que le había dado el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se ató la banda a la cabeza y comenzó a caminar con el pecho erguido entre los soldados musulmanes y los incrédulos. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «A Allah, el Señor de los mundos, no le agrada este modo de caminar, pero esta prohibición no se aplica en este caso».

Organización de los soldados llegados de La Meca

Los politeístas formaron a sus soldados en filas. Su comandante era Abu Sufyan. Estableció su centro en medio de las tropas. A la derecha estaba Jálid ibn al-Walid y a la izquierda, Ikrima ibn Abu Yahl. Safwan ibn Umayya estaba al mando de la infantería, y Abdullah ibn Rabia fue designado para enfrentarse a los arqueros.

Un pequeño grupo de los Banu Abd al-Dar llevaba el estandarte de guerra. Los Banu Abd al-Dar habían obtenido este honor cuando los honores heredados de Qusay ibn Kilab, de los Banu Abd Manaf, fueron distribuidos entre las tribus. Desde el comienzo, nadie se atrevía a suscitar disputa alguna al respecto. Sin embargo, Abu Sufyan les recordó la situación a la que se habían enfrentado los quraysh después de que su abanderado, Nadr ibn al-Harith, fuera capturado en la batalla de Badr. Al recordarles aquello, Abu Sufyan les dijo, con la intención de provocar la ira de los abanderados: «Oh, Banu Abd al-Dar, vosotros llevabais nuestro estandarte el día de la batalla de Badr. Pero visteis qué situación tuvimos que afrontar entonces. En realidad, el estandarte de guerra es el alma de la batalla. Cuando cae el estandarte, los soldados comunes pierden el paso. Esta vez, o protegeréis bien nuestro estandarte, o dejaréis de llevarlo. Nosotros mismos nos encargaremos de portarlo». El propósito de Abu Sufyan con estas palabras se cumplió. Al escuchar su discurso incendiario, una intensa ira se apoderó de los Banu Abd al-Dar. «¿Entregaremos el estandarte a vosotros? Cuando comience la lucha mañana, veréis lo que hacemos». Al día siguiente, cuando comenzó la batalla, todos los hombres de los Banu Abd al-Dar sostuvieron el estandarte con firmeza y devoción. Sin embargo, al final todos fueron llegando uno tras otro al Infierno.

Las maniobras políticas de los quraysh

Poco antes de comenzar la batalla, los quraysh intentaron sembrar la división y la discordia entre las tropas musulmanas. Abu Sufyan envió un mensaje a los ansar: «Si os apartáis de entre nosotros y nuestro primo Muhammad, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, no os atacaremos, pues no tenemos necesidad de luchar contra vosotros». Pero ¿cómo podía triunfar una maniobra diplomática de ese tipo ante una fe frente a la cual ni siquiera las montañas pueden mantenerse firmes? Los ansar respondieron a Abu Sufyan con dureza y le hicieron escuchar también algunas palabras ásperas.

Después de acercarse unos a otros, los coraixitas recurrieron a otra artimaña. Abu Amir, el impío títere de los incrédulos, se presentó ante los musulmanes. El nombre de este hombre era Abd Amr ibn Sayfi. Era conocido como el monje. Sin embargo, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo llamó impío. Este hombre había sido el jefe de la tribu de Aws durante la época de la ignorancia. Tras la aparición del islam, este se convirtió para él en una espina clavada en la garganta. Comenzó a mostrar una abierta hostilidad contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Al salir de Medina, llegó hasta los coraixitas en La Meca y los incitó y animó a combatir. También aseguró a los incrédulos que las tribus de mi pueblo que habían aceptado el islam acudirían corriendo al campo de batalla al verme.

Junto con los habitantes de La Meca, aquel hombre llamado Abd Amr se presentó primero ante los musulmanes y convocó a los miembros de su propio pueblo. Tras revelar su identidad, dijo: «¡Oh, miembros de la tribu de Aws! Soy Abu Amir». Al oír esta presentación, los miembros de la tribu de Aws respondieron: «¡Oh, impío! ¡Que Allah, el Señor de los mundos, no permita que tus ojos conozcan la alegría!». Al oír esto, Abu Amir dijo: «¡Oh, pueblo mío! Os habéis vuelto malos después de mi partida». Cuando comenzó la batalla, aquel hombre combatió encarnizadamente del lado de los incrédulos y contra los musulmanes. Lanzó numerosas piedras contra los muyahidines musulmanes.

De este modo, también fracasó el segundo intento de los coraixitas de sembrar la discordia entre los musulmanes. Esto demuestra cuán intenso era el temor que los politeístas sentían hacia los musulmanes, a pesar de su superioridad numérica y de contar con abundantes armas, y cuánto más pequeños e insignificantes se consideraban frente a la personalidad de los musulmanes.

El papel de las mujeres no musulmanas

Las mujeres coraixitas también participaron en la batalla. Las dirigía Hind bint Utba, la esposa de Abu Sufyan. Estas mujeres recorrían las filas de los soldados combatientes, tocando panderos y animándolos. Además de inspirarlos a luchar, les pedían que demostraran su destreza lanzando lanzas y utilizando espadas y flechas. Dirigiéndose a los portaestandartes, recitaban en verso:

«Mirad, Banu Abd al-Dar,

mirad, vosotros sois la gloria de la posteridad,

mostrad vuestra destreza en el manejo de la espada.»

animando a los miembros de su propio pueblo a luchar, decía a veces:

«Si avanzáis, os abrazaré

y os estrecharé contra mi pecho.

Os prepararé una cama blanda;

si os retiráis, me sentiré ofendido

y me alejaré de vosotros».

La primera chispa de la batalla

Después, ambos grupos se enfrentaron y comenzó la batalla. Por parte de los quraysh, Talha ibn Abu Talha al-Abdari avanzó al frente. Este hombre era considerado el guerrero más destacado entre los quraysh. Los musulmanes lo llamaban la rana del ejército. Montado sobre un camello, Talha desafió a los musulmanes a enfrentarse con él. Los musulmanes comunes vacilaban, pensando en su extraordinaria valentía. De repente, Hazrat Zubayr (que Allah esté complacido con él) avanzó y, en un abrir y cerrar de ojos, saltó como un tigre sobre el camello de Talha. Al instante sometió a Talha y saltó al suelo. Talha también cayó al suelo. Hazrat Zubayr (que Allah esté complacido con él) desenvainó la espada y degolló a Talha.

El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, quedó embargado de alegría al contemplar el valor sin límites de Hazrat Zubair (que Allah esté complacido con él) y exclamó: «¡Allahu akbar!». Los musulmanes también gritaron en voz alta: «Nara-e takbir, Allahu akbar». Después, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, elogió a Hazrat Zubair (que Allah esté complacido con él) y dijo: «Cada profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, tiene un hawarí; mi hawarí es Zubair». El autor de la Sira Halabiyya ha registrado estas palabras. En otro lugar se ha mencionado la declaración del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) acerca de Hazrat Zubair (que Allah esté complacido con él) recogida en el Hadiz Sharif.

Comienza la batalla general y los incrédulos sufren una derrota

Después, el fuego de la batalla se extendió por todas partes. En todo el campo se sucedieron ataques indiscriminados y contraataques. El estandarte de los coraixitas se encontraba en el centro del campo de batalla. Tras la muerte de su comandante, Talha ibn Abu Talha, los miembros de los Banu Abdud-Dar se turnaron para portar el estandarte. Pero todos fueron cayendo uno tras otro. Después de la muerte de Talha, su hermano Uthman ibn Abu Talha tomó el estandarte y avanzó diciendo:

«La responsabilidad de quien porta el estandarte es difícil

que la lanza se manche de sangre o se quiebre»

Hazrat Hamza ibn Abdul Muttalib (que Allah esté complacido con él) atacó a Uthman. Hazrat Hamza (que Allah esté complacido con él) golpeó con su espada el hombro de Uthman con tal fuerza que, tras cortar el brazo junto con el hombro, la espada llegó hasta cerca del ombligo. Cuando retiró la espada, podían verse sus entrañas.

Después de la muerte de Uthman, Abu Saad ibn Abu Talha avanzó. Hazrat Saad ibn Abu Waqqas (que Allah esté complacido con él) le lanzó una flecha. La flecha se clavó en su garganta y, al salirle la lengua, Abu Saad murió al instante. Algunos autores de obras sobre la vida del Profeta han escrito que, cuando Abu Saad avanzó y desafió a un combate, Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) salió a enfrentarlo. Aunque ambos se golpearon una vez, Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) permaneció ileso. Abu Saad, sin embargo, murió.

Después de la muerte de Abu Saad, Musaffa ibn Abu Talha tomó el estandarte. Pero Hazrat Asim ibn Thabit ibn Abu Aflah (que Allah esté complacido con él) lo mató disparándole una flecha.

Después de que Musafá fuera muerto, su hermano, es decir, Kilab ibn Talha, hijo de Talha, avanzó llevando el estandarte. Hazrat Zubair ibn al-Awwam —que Allah esté complacido con él— se presentó ante él y, tras un breve enfrentamiento, también lo envió junto a su padre.

Después tomó el estandarte Yilas ibn Abu Talha, sobrino de Musafá y de Kibal. Hazrat Talha ibn Ubaidullah —que Allah esté complacido con él— lo mató lanzándole una lanza. Según otra narración, Yelas fue muerto por Hazrat Asim ibn Zabit ibn Aflah —que Allah esté complacido con él— mediante una flecha.

Seis miembros de la misma familia fueron muertos sucesivamente. Eran hijos y nietos de Abu Talha Abdullah ibn Uzmán ibn Abdud-Dar. Todos perdieron la vida mientras llevaban y defendían el estandarte de los politeístas.

Después, otro hombre de la tribu de Banu Abdud-Dar, llamado Artat ibn Shuraibil, levantó el estandarte. Pero Hazrat Ali ibn Abu Talib —que Allah esté complacido con él— o, según otra opinión, Hazrat Hamza ibn Abdul-Muttalib —que Allah esté complacido con él— lo mató. Luego Shuraih ibn Qariz alzó el estandarte. Kinana mató a Kuzmán. Kuzmán era un hipócrita y había venido a combatir impulsado por la defensa de su honor, no por el islam.

Después de Shuraih, Abu Zaid Amr ibn Abd Manaf al-Abdari levantó el estandarte. Pero Kuzmán también lo mató. Luego levantó el estandarte un hijo de Shurahbil ibn Hashem al-Abdai. Pero él también murió a manos de Kuzmán.

Los diez hombres de la tribu de Banu Abdud-Dar que habían levantado el estandarte de los politeístas murieron todos uno tras otro. Después no quedó nadie con vida que pudiera levantarlo. Sin embargo, en ese momento un esclavo suyo llamado Muwab tomó el estandarte y combatió con mayor valentía que sus anteriores amos portadores del estandarte. Finalmente le cortaron ambas manos una tras otra. Pero, apoyándose sobre las rodillas y sosteniendo el estandarte con el pecho y los hombros, continuó manteniéndolo en alto. Finalmente también fue muerto por Kuzmán. En ese momento dijo: «¡Oh Allah! Ahora ya no he dejado ninguna excusa». Después de que aquel esclavo, es decir, Muwab, fuera muerto, el estandarte cayó al suelo y no quedó nadie con vida capaz de levantarlo. Por eso permaneció en el suelo.

Mientras en un lado se combatía en el lugar donde se llevaba el estandarte de los politeístas, en otras partes del campo se libraban feroces combates. En los corazones de los musulmanes ardía con fuerza el fervor de la fe. Por eso se abalanzaban sobre los infieles como una corriente impetuosa. Proclamaban: «Amta, amta», es decir: «¡Muerte, muerte!»

Hazrat Abu Dujana —que Allah esté complacido con él— se había atado una cinta roja en la cabeza y, llevando la espada del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, estaba cumpliendo el derecho de aquella espada. Mientras combatía, avanzaba cada vez más lejos. A todo infiel contra el que luchaba lo eliminaba de este mundo. Fue despejando fila tras fila de las filas de los infieles.

Hazrat Zubair ibn al-Awwam (que Allah esté complacido con él) dijo: «Cuando le pedí una espada al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no me la dio. Me sentí muy triste. Pensé para mis adentros: “Soy hijo de Hazrat Safiyya (que Allah esté complacido con ella), la tía paterna del amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz; pertenezco a la tribu de Quraysh y fui yo quien le pidió la espada antes que Abu Dujana, pero no me la dio a mí, sino a Abu Dujana. Por Allah, observaré qué clase de valentía demuestra Abu Dujana con esa espada”. Desde entonces, permanecí siguiendo a Abu Dujana. Primero, Abu Dujana se ató una cinta roja en la cabeza. Al verlo, los ansar dijeron: “Abu Dujana ha sacado la cinta de la muerte”. Después avanzó hacia el campo de batalla recitando estos versos:

«Al pie de aquella montaña hice un pacto con mi amigo:

jamás permaneceré detrás de las filas,

avanzaré al frente y blandiré la espada de Allah».

Mientras recitaba estos versos, Abu Dujana mataba a todo aquel que encontraba ante sí. Un incrédulo recorría el campo de batalla matando a los musulmanes heridos. Este hombre y Hazrat Abu Dujana (que Allah esté complacido con él) se fueron acercando cada vez más. Deseé en mi fuero interno que Allah hiciera que ambos se enfrentaran. Al poco rato, se produjo el enfrentamiento. Ambos se atacaron mutuamente. Primero, el idólatra atacó a Hazrat Abu Dujana (que Allah esté complacido con él), quien detuvo el golpe con su escudo. La espada del idólatra quedó atrapada en el escudo. Entonces Hazrat Abu Dujana (que Allah esté complacido con él) arrojó al pagano al Infierno de un solo golpe de espada. [Ibn Hisham, tomo II, págs. 58-69].

Después, Hazrat Abu Dujana (que Allah esté complacido con él) siguió avanzando, abriendo brecha entre fila tras fila. En cierto momento llegó hasta la líder de las mujeres de Quraysh. Él no sabía que eran mujeres. Dijo: “Vi a una persona que animaba a los guerreros a demostrar aún mayor valentía. La tomé como objetivo. Pero cuando quise atacarla con la espada, lanzó un grito de muerte. Al oír aquel grito, Hazrat Abu Dujana (que Allah esté complacido con él) comprendió que era una mujer. Dijo: ‘Pensé: no mancharé esta espada matando con ella a una mujer, pues es la espada del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz’”.

Aquella mujer era Hind bint Utba, la esposa de Abu Sufyan. Hazrat Zubair (que Allah esté complacido con él) dijo: “Vi que Hazrat Abu Dujana (que Allah esté complacido con él) levantó la espada sobre la cabeza de Hind, pero volvió a bajarla. Entonces dije: ‘Allah, el Altísimo, y Su Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, saben mejor’”. [Ibn Hisham, tomo II, pág. 69].

Mientras tanto, Hazrat Hamza (que Allah esté complacido con él) luchaba como un tigre enfurecido. Con un valor y una valentía incomparables, atravesaba las filas enemigas y avanzaba hacia delante. Ante él, grandes y renombrados guerreros quedaban aniquilados como hojas arrastradas por la tormenta de primavera. Gracias a su admirable participación en la destrucción de los idólatras, se había convertido en un terror para los incrédulos en el campo de batalla. Al ver aquello, algunos idólatras no se atrevieron a enfrentarse con él cara a cara y lo atacaron a traición, como cobardes y pusilánimes. A consecuencia de aquel ataque, Hazrat Hamza, Sayyid al-Shuhada (que Allah esté complacido con él), cayó al suelo.

El martirio de Hazrat Hamza (ra.), el León de Dios

El nombre del asesino de Hazrat Hamza (ra.) era Wahshi ibn Harb. Relataremos el martirio de Hazrat Hamza (ra.) con las palabras de su asesino, Wahshi. Después de aceptar el islam, dijo: «Yo era esclavo de Zubayr ibn Mut’im. Su tío, Tu’ayma ibn Adi, había muerto en la batalla de Badr. Antes de que los coraichitas partiesen para la batalla de Uhud, Zubayr ibn Mut’im me dijo: “Si puedes matar a Hamza, el tío de Muhammad, en venganza por la muerte de mi tío, serás liberado”. Tras recibir esta propuesta, partí con los coraichitas hacia la batalla de Uhud. Yo era habitante de Abisinia. Al igual que los abisinios, era muy hábil lanzando lanzas. Rara vez mi lanza erraba el blanco. Cuando la batalla se extendió por todas partes, comencé a buscar a Hazrat Hamza (ra.). Al cabo de un tiempo lo vi. Avanzaba destrozando a los hombres que tenía delante, como un camello indómito. Ningún obstáculo podía resistir ante él. Nadie podía siquiera plantarse frente a él.»

Juro por Dios que me estaba preparando para atacar a Hazrat Hamza (ra.) y me encontraba oculto detrás de una piedra o de un árbol, cuando Siba ibn Abd al-Uzza pasó por delante de mí y llegó hasta él. Hazrat Hamza (ra.) rugió y le dijo a Siba: «¡Hijo del que circuncida las partes íntimas, toma esto!». Al decirlo, asestó tal golpe de espada en el cuello de Siba que su cabeza se separó del cuerpo de tal manera que parecía como si nunca hubiera tenido cabeza sobre los hombros. Entonces levanté mi lanza y la arrojé contra Hazrat Hamza (ra.). La lanza le atravesó por debajo del ombligo y salió por detrás, entre sus dos piernas. Cayó e intentó levantarse, pero no pudo. Lo dejé sufriendo hasta que exhaló su último aliento. Finalmente murió. Me acerqué a él, extraje la lanza y fui a sentarme entre los coraichitas. No tenía intención ni necesidad de herir a nadie salvo a Hazrat Hamza (ra.). Lo maté únicamente para obtener mi libertad. Después, al regresar a La Meca, fui liberado. [Ibn Hisham, tomo II, pp. 69-72. Sahih al-Bujari, tomo II, p. 583. Wahshi aceptó el islam después de la batalla de Taif. Con la misma lanza con la que mató a Hazrat Hamza (ra.), mató a Musaylima el Mentiroso en la batalla de Yamama, durante el califato de Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (ra.). También participó en la batalla de Yarmuk contra los romanos.]

El éxito de los musulmanes

El martirio de Hazrat Hamza (ra.), el León de Dios y el León del Mensajero, causó a los musulmanes una pérdida grave e irreparable. A pesar de ello, los signos del éxito de los musulmanes en la batalla se hicieron claramente visibles. Hazrat Abu Bakr, Hazrat Umar, Hazrat Ali, Hazrat Zubayr, Hazrat Mus’ab ibn Umayr, Hazrat Talha ibn Ubaydullah, Hazrat Abd Allah ibn Jahsh, Hazrat Sa’d ibn Mu’adh, Hazrat Sa’d ibn Ubadah, Hazrat Sa’d ibn al-Rabi y Hazrat Nadr ibn Anas (ra.) combatieron con tal valentía y bravura que los infieles quedaron aterrorizados, su moral se quebró y su fuerza y valor se debilitaron.

Del lecho nupcial al campo del yihad

Entre los muyahidines entregados había uno llamado Hazrat Handhala (ra.). Aquel día se presentó en el campo del yihad con un honor sin igual. Era hijo de Abu Amir el Monje. Más tarde, Abu Amir recibió el sobrenombre de el Impío. Su identidad ya ha sido mencionada anteriormente. Hazrat Handhala (ra.) se había casado recientemente. Cuando se hizo el llamamiento al yihad, se encontraba en el lecho nupcial. En cuanto recibió el llamamiento al yihad, partió para combatir. Cuando la batalla se extendió ampliamente, Hazrat Handhala (ra.) atravesó con ímpetu las filas de los infieles y llegó hasta Abu Sufyan. Se disponía a atacar al comandante de los infieles, pero Dios, el Señor de los mundos, había decretado su martirio. En el momento en que levantó la espada para atacar a Abu Sufyan, Shaddad ibn Aws lo vio y lanzó un ataque repentino contra Hazrat Handhala (ra.). Así alcanzó el martirio.

La hazaña de los arqueros

Los arqueros que el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— había apostado en Jabal ar-Rumat con una misión específica desempeñaron un papel importante para asegurar la victoria y el éxito de los musulmanes en la batalla. Los no musulmanes de La Meca lanzaron sucesivamente tres ataques, bajo el liderazgo de Jálid ibn al-Walid y con la ayuda de Abu Amir al-Fasiq, con el objetivo de quebrar el ala izquierda del ejército islámico y derrotar a los musulmanes. Pero los musulmanes frustraron sus intentos. Los acribillaron con una lluvia de flechas. [Véase Fath al-Bari, tomo VII, pág. 346].

La derrota de los politeístas

Durante un tiempo se libró una feroz batalla. Este reducido contingente de musulmanes cubría todo el campo de batalla. Finalmente, la moral de los politeístas se quebró. Entre ellos comenzó a surgir la idea de retirarse. Empezaron a dispersarse hacia la derecha, la izquierda, delante y detrás. Los musulmanes combatían contra tres mil soldados. Daban muestras de fe, certeza, valentía y arrojo, demostrando su destreza en el manejo de la espada.

Ante el imparable ataque de los musulmanes, los incrédulos quedaron desconcertados. Sin saber qué hacer, comenzaron a huir. Al ver el lamentable destino de los portaestandartes del ejército, nadie se atrevía ya a sostener el estandarte. Su moral se quebró. Todas las grandes declaraciones que habían hecho sobre vengarse de los musulmanes, recuperar su dignidad y su honor, y demás, quedaron completamente desbaratadas.

Ibn Ishaq escribió que Allah hizo descender Su ayuda sobre los musulmanes y cumplió la promesa que les había hecho. Los musulmanes masacraron con sus espadas a los politeístas de tal manera que estos huyeron lejos, incluso después de abandonar el campamento. En resumen, sufrieron una derrota lamentable. Hadrat Abdullah ibn az-Zubayr (que Allah esté complacido con él) relató que su padre dijo: «¡Por Allah!, observé a Hind bint Utba y a las mujeres que la acompañaban; se les veían las rodillas. Huían corriendo, levantándose las prendas. No había ningún obstáculo, grande o pequeño, que impidiera capturarlas». [Ibn Hisham, tomo II, pág. 77].

Se ha transmitido en Sahih al-Bujari, de Hadrat al-Bara ibn Azib (que Allah esté complacido con él), que dijo: «Cuando nos enfrentamos a los incrédulos, se produjo entre ellos un gran alboroto. Vi a las mujeres huir rápidamente hacia la zona montañosa, levantándose las prendas por encima de las rodillas. Se les veían la mayor parte de las piernas». En medio de aquella confusión y tumulto, los musulmanes atacaban con sus espadas a los politeístas, recogían sus bienes y los perseguían.

El error suicida de los arqueros

Justo cuando el reducido número de musulmanes estaba inscribiendo en las páginas de la historia una victoria extraordinaria contra los habitantes de La Meca, la mayoría de los arqueros cometió un terrible error. Sin embargo, el éxito de los musulmanes en esta batalla no fue en absoluto inferior al de la batalla de Badr. Pero el terrible error de los arqueros cambió por completo el curso de la batalla. Los musulmanes sufrieron graves pérdidas. A causa de este error, quedó empañada la imagen que los musulmanes habían adquirido gracias a la victoria en la batalla de Badr.

Ya se ha mencionado que el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) había ordenado a los arqueros permanecer firmes e inamovibles en sus posiciones tanto en caso de victoria como de derrota. Sin embargo, a pesar de las instrucciones del amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), al ver que los demás musulmanes estaban recogiendo el botín, los arqueros no pudieron contener su codicia. Algunos dijeron a otros: «¡El botín, el botín! Vuestros compañeros han vencido; ¿qué esperáis todavía?»

Después de que surgieran tales voces entre los arqueros, su comandante, Hazrat Abdullah ibn Zubayr (que Allah esté complacido con él), les recordó las instrucciones del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y dijo: «¿Acaso habéis olvidado lo que os ordenó el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)?» Pero la mayoría de los arqueros no prestó atención a las palabras de Hazrat Abdullah (que Allah esté complacido con él). Dijeron: «¡Por Allah! Nosotros también iremos junto a ellos y sin duda tomaremos parte del botín». [Esto se narra de Hazrat Bara ibn Azib (que Allah esté complacido con él) en Sahih al-Bujari; véase la página 826].

Entonces, cuarenta arqueros abandonaron sus responsabilidades y comenzaron a recoger el botín. En cambio, Hazrat Abdullah ibn Jabir (que Allah esté complacido con él) y sus nueve compañeros permanecieron apostados en guardia. Cumplían su deber con firme determinación. Decían: «Solo nos iremos de aquí si el Profeta y Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) nos lo ordena; de lo contrario, sacrificaremos nuestras vidas».

El ejército musulmán bajo el control del enemigo

Jalid ibn al-Walid había llegado tres veces a este paso montañoso y había regresado tras ser rechazado. Esta vez no dejó escapar aquella oportunidad de oro. En poco tiempo, Jalid mató a Abdullah ibn Jabir (que Allah esté complacido con él) y a sus compañeros, y atacó a los musulmanes por la retaguardia. Los compañeros de Jalid ibn al-Walid lanzaron gritos en voz alta. Al oírlos, los incrédulos derrotados se enteraron del cambio en la situación del campo de batalla y reanudaron el ataque contra los musulmanes con renovado ímpetu. Mientras tanto, una mujer llamada Asrah bint Aqlamah, de la tribu de Banu al-Harith, alzó en alto la polvorienta bandera de los incrédulos. Los incrédulos que estaban dispersos comenzaron a reunirse a su alrededor. Se llamaron unos a otros. Así, en poco tiempo, los incrédulos comenzaron a luchar unidos contra los musulmanes. Estos quedaron entonces rodeados por ambos lados, por delante y por detrás. Parecía que se encontraban entre las muelas de un molino.

La firme decisión y la valiente acción del Mensajero de Allah

En aquel crítico momento de la crisis, solo nueve Compañeros permanecían junto al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Observaban la valentía de los Compañeros y los movimientos del enemigo. [La prueba de ello es este versículo, en el que Allah, el Altísimo, dice: «El Mensajero os llamaba desde detrás de vosotros»]. De pronto, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) vio la montura de Jalid ibn al-Walid. Entonces se presentaban ante el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dos alternativas: marcharse a un lugar seguro con sus nueve compañeros y dejar a los Compañeros que estaban bajo el control del enemigo a su suerte; o arriesgar su propia vida, llamar y reunir a los Compañeros dispersos, formar una sólida línea defensiva y abrirse paso fuera del cerco de los incrédulos hasta llegar a un lugar relativamente elevado.

En aquel difícil momento de la prueba, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) demostró un valor y una valentía incomparables. Desechando la idea de dirigirse a un refugio seguro para salvar su propia vida, decidió ponerla en peligro para proteger la vida de los Compañeros.

Al ver la caballería de Jalid ibn al-Walid y a sus compañeros, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— llamó a los Compañeros en voz alta: «¡Oh, siervos de Allah, venid aquí!». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— sabía que esta voz llegaría a los oídos de los incrédulos antes que a los de los musulmanes. Y así ocurrió. Al oír la voz del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—, los incrédulos comprendieron que Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— se encontraba allí mismo. Al comprenderlo, un grupo de incrédulos llegó hasta el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— antes que los musulmanes. Los demás incrédulos comenzaron a rodear rápidamente a los musulmanes. A continuación, expondremos por separado las acciones de ambos ejércitos.

Confusión entre los musulmanes

Después de quedar atrapado en el cerco de los incrédulos, un grupo de musulmanes quedó completamente desconcertado. La preocupación por salvar sus propias vidas también cobró gran importancia entre ellos. Por ello, comenzaron a huir del campo de batalla. No sabían qué estaba ocurriendo detrás de ellos. Algunos de ellos llegaron a Medina, otros se refugiaron en la montaña y otro grupo se dirigió hacia la retaguardia y se mezcló con los incrédulos. Ya no era posible distinguir quién era incrédulo y quién musulmán. Como consecuencia, los musulmanes comenzaron a matar a musulmanes. Se narra de Aisha —que Allah esté complacido con ella— en Sahih al-Bujari que, el día de Uhud, los politeístas habían sido derrotados. Entonces Iblis gritó: «¡Oh, siervos de Allah, regresad!». Al oírlo, los hombres de las filas delanteras retrocedieron y se mezclaron unos con otros. Hudhayfa —que Allah esté complacido con él— observó que su padre, al-Yamán, estaba siendo atacado. Dijo: «¡Oh, siervos de Allah, este es mi padre!». Pero, por Allah, la gente no dejó de golpearlo hasta que finalmente lo mataron. Entonces Hudhayfa —que Allah esté complacido con él— dijo: «Que Allah, el Señor de los mundos, nos perdone». Urwa —que Allah esté complacido con él— dijo: «Por Allah, Hudhayfa —que Allah esté complacido con él— permaneció siempre firme en el bien. En ese estado se encontró con Allah». [Sahih al-Bujari, tomo I, pág. 539; Fath al-Bari, tomo VII, págs. 325, 362 y 363. Además de Bujari, algunas narraciones mencionan que el Noble Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— quiso pagar una compensación por la muerte del padre de Hudhayfa —que Allah esté complacido con él—. Pero Hudhayfa —que Allah esté complacido con él— dijo: «He entregado esa compensación como sadaqa a los musulmanes». Por ello, aumentaron la importancia y la consideración de Hudhayfa —que Allah esté complacido con él— ante el Profeta Noble —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Véase Mujtasar al-Siyar, escrito por Abd al-Wahhab al-Najdi, pág. 246.]

En resumen, entre este grupo surgieron una confusión y un desorden extremos. Muchos quedaron atónitos y no comprendían hacia dónde dirigirse. En ese momento, un hombre anunció en voz alta que Muhammad había sido asesinado. Con ello también se desvaneció la moral que aún les quedaba a los musulmanes. Algunos musulmanes, al oír este anuncio, dejaron de combatir, desalentados, y arrojaron al suelo las armas que llevaban. Algunos llegaron incluso a pensar que debían reunirse con el líder hipócrita, Abd Allah ibn Ubayy, y pedirle que obtuviera para ellos garantías de seguridad de Abu Sufyan.

Poco después, Anas ibn al-Nadr —que Allah esté complacido con él— pasó junto a aquellos hombres. Observó que varios Compañeros estaban sentados en silencio. Les preguntó: «¿A quién estáis esperando?». Respondieron: «El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ha sido asesinado». Anas ibn al-Nadr —que Allah esté complacido con él— dijo: «Entonces, ¿de qué os servirá seguir vivos? Levantaos y entregad también vuestras vidas por la misma causa por la que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— entregó la suya». Después dijo: «¡Oh, Allah, Señor de los mundos, busco refugio ante Ti de todo lo que estos —es decir, estos musulmanes— han hecho». Tras decir esto, avanzó hacia el frente. Al avanzar, se encontró con Saad ibn Muadh —que Allah esté complacido con él—. Este le preguntó: «¡Oh, Abu Umar! ¿Adónde vas?». Anas —que Allah esté complacido con él— respondió: «¡Qué puedo decirte sobre la fragancia del Paraíso! ¡Oh, Saad, percibo la fragancia del Paraíso más allá de la montaña de Uhud!». Después de decir esto, Anas —que Allah esté complacido con él— siguió avanzando y cayó mártir mientras combatía contra los incrédulos. Al terminar la batalla, ya no era posible identificarlo. Su hermana lo reconoció por las falanges de sus dedos. Su cuerpo puro había recibido ochenta heridas de lanzas, puntas afiladas y espadas. [Zad al-Maad, tomo II, págs. 92-93; Sahih al-Bujari, tomo II, pág. 579.]

Thabit ibn al-Dahdah —que Allah esté complacido con él— se dirigió a los musulmanes y dijo: «Si Muhammad Mustafa —que Allah le bendiga y le conceda paz— ha sido asesinado, Allah, el Señor de los mundos, sigue vivo. Él es eterno. Combatid por vuestra religión. Allah, el Señor de los mundos, os ha concedido la victoria y la ayuda».

Después de este llamamiento, un grupo de ansar se preparó nuevamente para el yihad. Thabit —que Allah esté complacido con él—, acompañado por ellos, atacó al ejército de Jalid ibn al-Walid y, mientras combatía, terminó siendo asesinado por Jalid ibn al-Walid. Fue muerto por una lanzada. Al igual que él, sus compañeros ansar también alcanzaron el martirio mientras combatían. [Al-Sira al-Halabiyya, tomo II, pág. 22.]

Un Compañero de los muhajirun pasaba junto a un Compañero de los ansar cubierto de sangre. El Compañero de los muhajirun dijo: «¡Hermano! ¿Ha sido asesinado el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—?». El ansari respondió: «Aunque Muhammad haya sido asesinado, él ya ha transmitido la religión de Allah. Ahora es responsabilidad vuestra combatir para proteger esa religión». [Zad al-Maad, tomo II, pág. 99.]

Con palabras de este tipo, llenas de ánimo y entusiasmo, el ejército islámico recobró su vigor. En lugar de arrojar las armas y solicitar garantías de seguridad al incrédulo Abu Sufyán, mediante la mediación del líder hipócrita Abdullah ibn Ubayy, empuñaron nuevamente sus armas. Después comenzaron a intentar abrirse paso a través del inexpugnable cerco de los incrédulos para llegar hasta su mando central. En ese momento se difundió la noticia de que el informe sobre el martirio del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) era un rumor infundado. Esto multiplicó muchas veces el valor y la moral de los musulmanes, quienes, mediante una lucha encarnizada, lograron romper el cerco de los incrédulos y llegar hasta su posición fortificada.

Un tercer grupo del ejército islámico solo pensaba en proteger al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). En cuanto se enteraron del cerco de los incrédulos, corrieron hacia el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Entre estos Compañeros se encontraban Hazrat Abu Bakr, Hazrat Umar y Hazrat Ali, entre otros. También ellos estaban en la primera línea del campo de batalla, pero cuando la vida del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) quedó en peligro, corrieron hacia él para protegerlo.

La sangrienta batalla alrededor del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)

Al mismo tiempo que los nobles Compañeros estaban siendo aplastados por el cerco de los incrédulos, semejante a una piedra de molino, también se libraba una sangrienta batalla alrededor del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Ya se ha mencionado que, al comienzo del cerco de los incrédulos, solo había nueve Compañeros alrededor del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Cuando llamó a los musulmanes diciendo: «Venid hacia mí; yo soy el Mensajero de Allah», aquella llamada llegó a los oídos de los incrédulos antes que a los de los musulmanes. Así reconocieron al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), pues en aquel momento los incrédulos se encontraban muy cerca de él. Por ello se lanzaron contra el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) y ejercieron una presión terrible antes de que los musulmanes pudieran reunirse. En ese momento, los incrédulos se enfrentaban a los nueve Compañeros que rodeaban al Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), quienes repelían el ataque. En aquel enfrentamiento, los Compañeros dieron una muestra extraordinaria de amor, heroísmo y valor por el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz).

Se narra en Sahih Muslim que, el día de Uhud, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) quedó separado durante un tiempo junto con aquellos nueve Compañeros. Entre ellos había siete ansar y dos emigrados. Cuando los atacantes se acercaron mucho al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), el amado Profeta dijo: «¿Quién hay aquí que pueda protegerme de ellos? Para él habrá un lugar en el Paraíso». O bien dijo: «Esa persona será mi compañero en el Paraíso». Entonces un Compañero ansar avanzó y cayó mártir mientras combatía. Después, los politeístas se acercaron aún más al amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Uno tras otro, siete Compañeros ansar alcanzaron el martirio en la lucha defensiva. El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo a los dos Compañeros qurayshíes emigrados que estaban con él: «No hemos hecho justicia a nuestros compañeros». (Sahih Muslim, capítulo sobre la batalla de Uhud, tomo II, p. 107.)

El último de los siete Compañeros ansar mencionados fue Hazrat Ammara ibn Yazid ibn Sakan. También él, mientras combatía, quedó cubierto de heridas y finalmente cayó. Poco después, un grupo de Compañeros llegó hasta el Noble Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). Apartaron a Hazrat Ammara de los incrédulos y lo llevaron ante el Noble Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). El Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) le permitió recostarse sobre su propio muslo. En esa posición, entregó su último aliento. Su martirio, con el cuerpo tocando los pies del amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), puede expresarse en lenguaje poético así: «¡Que mi muerte sea sobre tus pies! Ese es el único deseo de mi corazón; no deseo nada más».

Después de que Hazrat Ammara ibn Yazid cayó, solo quedaban junto al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dos Compañeros qurayshíes. Se narra en Sahih al-Bujari y Sahih Muslim que Hazrat Abu Uthman dijo: «Cuando el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) estaba combatiendo, en aquella lucha no había nadie con él excepto Hazrat Talha ibn Ubaydullah». (Sahih al-Bujari, tomo I, p. 527; tomo II, p. 581.)

Aquel era el momento de mayor crisis en la vida del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), y para los incrédulos constituía una oportunidad de oro. En realidad, los incrédulos no mostraron ninguna negligencia al aprovecharla. Lanzaron un ataque total contra el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), decididos a acabar con él. En ese momento, Utba ibn Abu Waqqas arrojó piedras contra el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). A causa de aquel golpe, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) cayó al suelo. Se le rompió el diente ruba’i del lado derecho de la mandíbula inferior. (Los dos dientes delanteros, superior e inferior, de las encías superior e inferior se llaman zanaya; los dientes situados a su derecha e izquierda se denominan ruba’i). También se le partió el labio inferior. Abdullah ibn Shihab al-Zuhri avanzó y golpeó en la frente al amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Un malvado llamado Abdullah ibn Qamiah se acercó y golpeó con tanta fuerza el hombro del amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) con su espada que, posteriormente, este sintió durante un mes el dolor de aquel golpe. Sin embargo, el golpe no logró atravesar la armadura de hierro que protegía su cuerpo. El malvado Ibn Qamiah levantó la espada y golpeó por segunda vez al amado Profeta. El golpe alcanzó el hueso situado bajo el ojo derecho, y dos eslabones quedaron clavados en su rostro. (Se trata de un casco de hierro o de piedra, utilizado durante la guerra para proteger la cabeza y el rostro. Por el golpe de la espada, los dos eslabones del casco quedaron clavados en el rostro del amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), debajo del ojo derecho. ¡Gloria a Allah!).

Inmediatamente, aquel malvado dijo: «¡Toma esto! Soy Qamiah, es decir, el hijo del que rompe». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, mientras se limpiaba la sangre de su noble rostro, dijo: «Que Allah te haga pedazos». [Allah aceptó esta súplica del Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). Ibn Ayaz narró que, después de regresar a casa al terminar la batalla, Ibn Qamiah salió en busca de sus cabras. Vio que una de ellas estaba en una montaña. Subió a la montaña para bajar la cabra. De repente, una cabra montés lo arrojó al pie de la montaña de una cornada. Fath al-Bari, tomo VII, pág. 373. En la narración de al-Tabarani se menciona que se envió una cabra contra Ibn Qamiah. La cabra despedazó a Ibn Qamiah de una cornada. Fath al-Bari, tomo VII, pág. 366].

Se narra en Sahih al-Bujari que le rompieron al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— el diente rubāʿī y le hirieron la cabeza. En ese momento, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— se limpiaba la sangre que le corría por el rostro y decía: «¿Cómo podrá triunfar el pueblo que ha herido el rostro de su propio Profeta y le ha roto los dientes, cuando él los está llamando al camino de Allah, Señor de los mundos?». Después de que el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— pronunciara estas palabras, Allah, Señor de los mundos, reveló este versículo [Sahih Muslim, tomo II, pág. 108]: «No tienes decisión alguna en este asunto: Él los perdonará o los castigará, porque son injustos». (Al Imran, aleya 128)

En la narración de al-Tabarani se menciona que ese día el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «¡Que descienda un severo castigo de Allah sobre el pueblo que ha ensangrentado el rostro de su propio Profeta!». Poco después dijo: «¡Oh Allah, Señor de los mundos, perdona a mi pueblo, pues no sabe lo que hace!». [Fath al-Bari, tomo VII, pág. 323].

También se narra en Sahih Muslim que el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— repetía: «¡Oh Señor, perdona a mi pueblo, pues no sabe lo que hace!». [Sahih Muslim, capítulo sobre la batalla de Uhud, tomo II, pág. 108].

También se menciona en la obra Ash-Shifa de Qadi Iyad: «¡Oh Allah, guía a mi pueblo, pues no sabe lo que hace!». [Kitab ash-Shifa bi-ta’rif huquq al-Mustafa, tomo I, pág. 81].

Sin duda, los incrédulos querían matar al amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Sin embargo, Talha y Sa’d ibn Abi Waqqas —que Allah esté complacido con ambos— frustraron los esfuerzos de los incrédulos mediante un sacrificio incomparable, una valentía extraordinaria y un coraje excepcional. [Sahih al-Bujari, tomo I, pág. 407]. Ambos eran excelentes arqueros de Arabia. Disparando flechas, mantuvieron alejados del amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— a los incrédulos. La destreza y habilidad de Sa’d ibn Abi Waqqas —que Allah esté complacido con él— se demuestra por el hecho de que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— no dijo de ningún otro Compañero, en ninguna circunstancia, que sus padres fueran sacrificados por él, es decir, que le fueran ofrecidos como muestra de devoción. [Sahih al-Bujari, tomo I, pág. 407; tomo II, págs. 580-581].

La valentía de Talha —que Allah esté complacido con él— se conoce por un hadiz narrado en Sunan an-Nasa’i. En ese hadiz, Jabir —que Allah esté complacido con él— menciona el ataque de los incrédulos contra el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, cuando solo unos pocos Compañeros se encontraban junto al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Jabir —que Allah esté complacido con él— dice que, cuando los politeístas rodearon al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, este dijo: «¿Quién está dispuesto a combatir contra ellos?». Talha —que Allah esté complacido con él— respondió: «Yo». A continuación, Jabir menciona cómo los ansar avanzaron y fueron cayendo mártires uno tras otro. Ya hemos mencionado anteriormente este relato citando Sahih Muslim.

Jabir —que Allah esté complacido con él— dice que, después de que los ansar cayeran mártires, Talha —que Allah esté complacido con él— avanzó y él solo hizo frente valerosamente a once hombres. En cierto momento, la espada de un incrédulo alcanzó su mano y le cortó un dedo. Inmediatamente pronunció las palabras «Is si». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Si hubieras pronunciado entonces las palabras “bismillah”, los ángeles de Allah te habrían elevado ante todos». Jabir —que Allah esté complacido con él— dice que después Allah hizo que los incrédulos se retiraran. [Fath al-Bari, tomo VII, pág. 361; Sunan an-Nasa’i, tomo II, págs. 52-53].

En varias obras se ha narrado, según al-Hakim, que el día de Uhud Talha recibió treinta y nueve o treinta y cinco heridas en el cuerpo. Dos de sus dedos, incluido el dedo índice, quedaron paralizados. [Fath al-Bari, tomo séptimo, página 361].

El imán Bujari narró de Qays ibn Abi Hazim que este dijo: «Observé que la mano de Talha —que Alá esté complacido con él— había quedado paralizada. Con esa mano protegió al Mensajero de Alá —que la paz y las bendiciones de Alá sean con él— el día de Uhud». [Sahih Bujari, tomo primero, páginas 527 y 581].

En el Tirmidhi Sharif se ha narrado que el Mensajero —que la paz y las bendiciones de Alá sean con él— dijo aquel día: «Quien quiera ver a un mártir caminando sobre la faz de la tierra, que mire a Talha ibn Ubaydullah —que Alá esté complacido con él—». [Tirmidhi].

Abu Dawud at-Tayalisi narró de Aisha —que Alá esté complacido con ella— que Abu Bakr as-Siddiq —que Alá esté complacido con él— solía decir, al hablar sobre la batalla de Uhud, que el mérito exclusivo de la batalla de aquel día correspondió a Talha. [Fath al-Bari, tomo séptimo, página 361]. Es decir, en aquella batalla fue él quien cumplió en mayor medida la responsabilidad de proteger al Mensajero de Alá —que la paz y las bendiciones de Alá sean con él—. Abu Bakr —que Alá esté complacido con él— también dijo acerca de Talha —que Alá esté complacido con él—:

«Oh, Talha, los jardines del Paraíso se han vuelto obligatorios para ti.

Allí, en tu morada, hay huríes de grandes ojos, innumerables. [Mujtasar Tarij Dimashq, tomo séptimo, página 82; Hashiya Sharh Yawahir adh-Dhahab, página 114].

En aquel momento crítico, Alá, el Señor de los mundos, envió ayuda desde lo invisible. Sa’d —que Alá esté complacido con él— dijo: «El día de Uhud vi junto al Mensajero de Alá —que la paz y las bendiciones de Alá sean con él— a dos hombres vestidos de blanco. Luchaban valientemente en defensa del Profeta —que la paz y las bendiciones de Alá sean con él—. Nunca había visto a esos dos hombres antes ni después». Según otra narración, aquellos dos eran Yibril —que la paz sea con él— y Mika’il —que la paz sea con él—. [Bujari, tomo segundo, página 580].

Los compañeros se reúnen junto al Profeta

El accidente mencionado ocurrió repentinamente en muy poco tiempo. Los Compañeros escogidos del Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, quienes habían estado combatiendo en las primeras filas desde el comienzo de la batalla, acudieron apresuradamente junto al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— poco después de percibir el cambio de la situación y escuchar su llamado. Intentaban evitar que ocurriera algo desagradable. Sin embargo, antes de que estos Compañeros llegaran junto al Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, él ya había sido gravemente herido. Para entonces, seis Compañeros ansar habían alcanzado el martirio, y el séptimo, cubierto de heridas, había caído exhausto. Sa‘d —que Allah esté complacido con él— y Talha —que Allah esté complacido con él— continuaban luchando denodadamente para proteger al amado Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz— de los ataques de los incrédulos. En cuanto llegaron, los Compañeros respondieron contundentemente al ataque total de los incrédulos contra el Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. En aquel momento demostraron un valor y una valentía incomparables. El primero en acudir junto al amado Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz— fue Abu Bakr as-Siddiq —que Allah esté complacido con él—.

Ibn Hibban narró en su obra Sahih, citando a Aisha —que Allah esté complacido con ella—, que Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— dijo: «El día de Uhud, todos los Compañeros se alejaron del Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz—; es decir, salvo sus guardaespaldas, todos se dirigieron a las primeras filas para combatir. Después del incidente en que los incrédulos lo rodearon, fui el primero en acudir corriendo junto al Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Al llegar, vi a un hombre luchando para proteger al Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Me dije: “Sin duda, eres Talha —que Allah esté complacido con él—. ¡Que mis padres sean sacrificados por ti!”. En ese momento, Abu Ubaida ibn al-Yarrah —que Allah esté complacido con él— llegó corriendo hasta mí. Ambos nos acercamos al Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Observamos que Talha —que Allah esté complacido con él— yacía delante del Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: “Levantad a vuestro hermano. Él se ha asegurado el Paraíso”. Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— dijo: “Al llegar, vimos también que un eslabón afilado de la cota de malla del amado Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz— se había clavado debajo de su ojo. Quise extraerlo, pero Abu Ubaida —que Allah esté complacido con él— dijo: ‘Por Allah, dejad que lo extraiga yo’. Entonces sujetó un eslabón con los dientes y empezó a sacarlo lentamente, para que el Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz— sintiera menos dolor. Finalmente logró extraerlo, pero se le cayó un diente de la mandíbula inferior. Quise extraer el segundo eslabón, pero Abu Ubaida —que Allah esté complacido con él— dijo: ‘Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, te conjuro por Allah: déjame extraerlo’. Entonces extrajo también el segundo eslabón, y otro diente de su mandíbula inferior se le rompió. Después, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: ‘Atended a vuestro hermano Talha. Él se ha asegurado el Paraíso’. Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— dijo: ‘Después nos ocupamos de Talha —que Allah esté complacido con él—. Había recibido más de ochenta heridas en el cuerpo’» [Zad al-Ma‘ad, tomo II, pág. 95].

Esto basta para comprender con qué valentía, sacrificio y coraje luchó Talha —que Allah esté complacido con él— aquel día.

En aquel momento crítico, un grupo de Compañeros entregados en cuerpo y alma al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— llegó junto a él. Sus nombres eran: Abu Dujana, Mus‘ab ibn Umair, Ali ibn Abi Talib, Sahl ibn Hunayf, Malik ibn Sinan —padre de Abu Sa‘id al-Judri—, Ummu Ammara Nusaiba bint Ka‘b Mazini, Qatada ibn Nu‘man, Umar ibn al-Jattab, Hatib ibn Abi Balta‘a y Abu Talha —que Allah esté complacido con él—.

El violento ataque de los enemigos contra los musulmanes

Mientras tanto, el número de enemigos alrededor del Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz— aumentaba, y sus ataques se intensificaban. En cierto momento, el Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz— cayó en un foso y se hirió la rodilla. Abu Amir, el perverso, había excavado varios fosos de ese tipo para perjudicar a los musulmanes, movido por sus inclinaciones satánicas. Después de que el Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz— cayera en el foso, Ali —que Allah esté complacido con él— le tomó de la mano, mientras Talha ibn Ubaidullah —que Allah esté complacido con él— lo abrazó y lo ayudó a subir.

Nafi ibn Yabir dijo: «Escuché decir a un Compañero emigrado: “Estuve presente en la batalla de Uhud. Observé que se lanzaban flechas contra el Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz— desde todas direcciones. Él se encontraba en medio de las flechas, pero los Compañeros recibían aquellas flechas. También observé que Abdullah ibn Shihab az-Zuhri decía: ‘¡Decidme dónde está Muhammad! Esta vez, o yo permanezco o él permanece’. Sin embargo, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— estaba junto a él, y en aquel momento no había nadie más cerca. En cierto momento, Ibn Shihab avanzó, por lo que Safwan lo reprendió. Ibn Shihab respondió: ‘Por Allah, no lo vi; fue protegido de nuestras miradas’. Después, cuatro de nosotros salimos decididos a matar a Muhammad —que Allah lo bendiga y le conceda paz— (¡Allah nos libre!). Sin embargo, no pudimos siquiera acercarnos a él”» [Zad al-Ma‘ad, tomo II, pág. 97].

Un sacrificio y un valor sin precedentes

En aquel momento, los musulmanes demostraron un valor y un sacrificio extraordinarios, cuyos ejemplos ya no se encuentran en la historia. Hazrat Abu Talha (que Allah esté complacido con él) se plantó con el pecho erguido delante del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Para proteger al amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) de las flechas lanzadas por los enemigos, Hazrat Abu Talha se colocó algo más elevado. Hazrat Anas (que Allah esté complacido con él) relata que, el día de Uhud, los musulmanes comunes, tras ser derrotados, huían de un lado a otro en lugar de acudir junto al amado Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Hazrat Abu Talha (que Allah esté complacido con él) tomó un escudo y se colocó delante del amado Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), formando una barrera defensiva. Era un arquero experto y disparaba las flechas con gran destreza. Aquel día rompió dos, o quizá tres, arcos. Cuando alguien pasaba junto al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) llevando un arco, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) decía: «Dáselo a Abu Talha». Cuando el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) levantaba la cabeza para mirar a la gente, Hazrat Abu Talha (que Allah esté complacido con él) le decía: «Que mis padres sean sacrificados por usted; no levante la cabeza para mirar. ¡Dios no lo permita!, una flecha podría clavarse en su cuerpo sagrado. Mi pecho está frente a su pecho». (Sahih Bujari, tomo segundo, página 97).

También se narra de Hazrat Anas (que Allah esté complacido con él) que Hazrat Abu Talha (que Allah esté complacido con él) formó una barrera defensiva con un escudo delante del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Hazrat Abu Talha (que Allah esté complacido con él) era un arquero experto. Después de que disparaba una flecha, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) levantaba la cabeza para ver dónde había impactado. (Sahih Bujari, tomo primero, página 406).

Hazrat Abu Dujana (que Allah esté complacido con él) se acercó y se colocó delante del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), de frente a él, ofreciendo su propia espalda como escudo. Las flechas lanzadas por los enemigos se clavaban en su espalda, pero él no se movía ni un poco.

Hazrat Hatib ibn Abi Balta’a (que Allah esté complacido con él) persiguió a Utba ibn Abi Waqqas. Utba golpeaba con enorme fuerza el cuerpo del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) con su espada. Hazrat Hatib (que Allah esté complacido con él) le arrebató a Utba la espada y el caballo, y luego lo mató. Hazrat Sa’d ibn Abi Waqqas (que Allah esté complacido con él) buscaba la oportunidad de matar a su hermano Utba, pero Hazrat Hatib (que Allah esté complacido con él) obtuvo ese honor.

Hazrat Sahl ibn Hunayf (que Allah esté complacido con él) también era un destacado arquero. Prestó el juramento de fidelidad hasta la muerte al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Combatió con gran heroísmo en el campo de batalla.

El propio Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) también disparaba flechas. Se narra de Hazrat Qatada ibn al-Nu’man (que Allah esté complacido con él) que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) disparó una flecha con su arco. A causa de ello, una de las puntas del arco se rompió. Más tarde, Hazrat Qatada ibn al-Nu’man (que Allah esté complacido con él) tomó aquel arco y lo conservó consigo. Aquel día, Hazrat Qatada (que Allah esté complacido con él) recibió un golpe tan fuerte en el ojo que este se salió de su rostro. El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) introdujo de nuevo el ojo en su lugar con su mano sagrada. Posteriormente, entre sus dos ojos, aquel era el que se veía más hermoso. La visión de aquel ojo era también más aguda.

Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf (que Allah esté complacido con él) recibió un golpe muy fuerte en el rostro mientras combatía. Como consecuencia, se le rompieron los dientes frontales. Recibió entre veinte y veintidós heridas. También fue herido en una pierna, por lo que quedó cojo.

Hazrat Abu Sa’id al-Judri (que Allah esté complacido con él) relata que Malik ibn Manan succionó y limpió la sangre del rostro del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le dijo: «Escúpela». Él respondió: «Juro por Allah que no la escupiré». Después, se volvió y continuó combatiendo. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Si alguien desea ver a un hombre del Paraíso, que mire a Malik ibn Manan». Después, él continuó combatiendo hasta alcanzar el martirio.

El papel de las mujeres musulmanas en la batalla de Uhud también fue excepcional. La compañera del Profeta, Umm ʿAmmāra Nusayba bint Kaʿb (que Allah esté complacido con ella), demostró un valor extraordinario. Mientras combatía junto a varios musulmanes, llegó hasta Ibn Qum’a. Cuando Ibn Qum’a la golpeó con la espada, sufrió una herida en el hombro. Ella también golpeó varias veces a Ibn Qum’a con su propia espada. Sin embargo, como Ibn Qum’a llevaba una armadura, ninguno de sus golpes le alcanzó. Umm ʿAmmāra recibió doce heridas mientras combatía.

Musʿab ibn ʿUmayr (que Allah esté complacido con él) demostró un valor y una valentía extraordinarios. Resistió los ataques de Ibn Qum’a y de otros contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Él sostenía el estandarte del islam. Los soldados enemigos golpearon su mano derecha con tal fuerza que se la cortaron. Entonces tomó el estandarte del islam con la mano izquierda. Pero, a causa del ataque de los enemigos, también le cortaron la mano izquierda. Entonces abrazó el estandarte contra su pecho con los brazos y lo mantuvo en alto. En esa posición alcanzó el martirio. Su asesino fue ʿAbdullah ibn Qum’a. Este malvado confundió a Musʿab (que Allah esté complacido con él) con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. El rostro de Musʿab guardaba cierto parecido con el del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Después de matar a Musʿab (que Allah esté complacido con él), Ibn Qum’a fue junto a los incrédulos y gritó: «¡Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, ha sido asesinado!». [Ibn Hisham, tomo II, pp. 73, 80 y 83; Zād al-Maʿād, tomo II, p. 97].

La noticia del martirio del Profeta y su repercusión

Cuando Ibn Qum’a difundió la noticia de que el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, había sido asesinado, en un instante llegó tanto a los musulmanes como a los incrédulos. Era un momento sumamente delicado. Como consecuencia, se quebró la moral de los compañeros que combatían lejos del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Muchos quedaron completamente desconcertados. Los compañeros se dispersaron y quedaron desorientados. Se produjo una confusión extrema. Sin embargo, hubo una ventaja: el ataque de los incrédulos se detuvo temporalmente, pues creían que habían cumplido su objetivo principal. Muchos politeístas dejaron de atacar a los musulmanes y desahogaron su sed de venganza diabólica sobre los cuerpos de los mártires. Cortaban los miembros de los mártires.

Control de la situación de los musulmanes

Después del martirio de Musʿab ibn ʿUmayr (que Allah esté complacido con él), el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, puso el estandarte en manos de ʿAlī (que Allah esté complacido con él). ʿAlī (que Allah esté complacido con él) combatió valerosamente. Otros compañeros presentes allí también ofrecieron una resistencia y contraatacaron con un valor y una valentía incomparables. Después de algún tiempo de combate, surgió la posibilidad de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lograra abrirse paso hasta los compañeros que se encontraban cerca. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, avanzó para alcanzar un refugio seguro junto a los compañeros. En ese momento, Kaʿb ibn Mālik (que Allah esté complacido con él) fue el primero en reconocerlo. Gritó de alegría: «¡Oh musulmanes, buenas noticias para vosotros! ¡Él es el Mensajero de Allah!». El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, le indicó que guardara silencio, para que los enemigos no lo reconocieran. Pero los musulmanes ya habían oído aquella voz, y poco después los compañeros comenzaron a acercarse al amado Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. En poco tiempo se presentaron treinta compañeros.

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, comenzó a dirigirse hacia la posición de la montaña, es decir, hacia el campamento de los musulmanes. Si el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegaba al campamento, los objetivos de los incrédulos fracasarían; por ello, hicieron esfuerzos desesperados para bloquear su camino. Pero el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, avanzó rodeado por varios compañeros entregados. En ese momento, un malvado llamado ʿUthmān ibn ʿAbdullah ibn al-Mughīra avanzó hacia el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, diciendo: «O quedaré yo o quedará él». Sin embargo, no pudo avanzar mucho, porque su caballo cayó en un hoyo excavado por Abū ʿĀmir al-Fāsiq. Entretanto, al-Hārith (que Allah esté complacido con él) lanzó un grito de guerra, se abalanzó sobre él y le asestó un golpe tremendo con la espada en la pierna, enviándolo al Infierno. Después de quitarle las armas, al-Hārith (que Allah esté complacido con él) llegó junto al Noble Mensajero. Mientras tanto, un soldado enemigo llamado ʿAbdullah ibn Jābir golpeó con la espada el hombro de al-Hārith (que Allah esté complacido con él). Pero los musulmanes lo apresaron. Inmediatamente después, Abū Dujāna (que Allah esté complacido con él), que llevaba una cinta roja en la cabeza, se lanzó sobre ʿAbdullah ibn Jābir y lo decapitó de un golpe de espada.

Contemplad el prodigio del poder divino: incluso en una batalla de vida o muerte como aquella, los musulmanes sentían sueño. Según las palabras del Sagrado Corán, esto era una señal de tranquilidad concedida por Allah. Abū Talha (que Allah esté complacido con él) dijo: «Durante la espantosa batalla de Uhud, yo era uno de aquellos a quienes les entraba sueño. Debido a la somnolencia, la espada se me cayó varias veces de la mano. La situación llegó a tal punto que la espada se caía y yo la recogía. Esto ocurrió varias veces». [Sahih al-Bujari, tomo II, p. 582].

En resumen, mediante un esfuerzo desesperado, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y un reducido número de Compañeros lograron llegar al campamento musulmán situado en el desfiladero de la montaña. Así, la estrategia militar de Jalid ibn al-Walid quedó eclipsada ante la estrategia militar del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz).

La muerte de Ubai ibn Jalaf

Ibn Ishaq narró que, después de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llegara al desfiladero, Ubai ibn Jalaf avanzó diciendo: «¿Dónde está Muhammad? O yo viviré o él vivirá». Los Compañeros dijeron al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz): «Oh, Mensajero de Allah, ¿debemos atacarlo?». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) tomó una pequeña lanza de manos de Háriz (que Allah esté complacido con él) y avanzó hacia él. Fue como cuando una mosca se posa sobre el cuerpo y este da una ligera sacudida, haciendo que la mosca salga volando. Entonces el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) se enfrentó a Ubai. Entre el casco y la armadura de Ibn Umayya había un pequeño espacio descubierto junto al cuello. El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) lanzó la lanza apuntando a ese lugar. Ubai cayó del caballo, pero logró recuperarse y regresó junto a los miembros de su tribu.

Tenía una pequeña herida junto al cuello. La lesión tampoco era grave y no había salido sangre. Sin embargo, comenzó a gritar: «¡Por Allah, Muhammad me ha matado!». La gente le dijo: «¡Qué tonterías dices! Tu herida no es grave; parece apenas un rasguño». Ubai respondió: «Él me había dicho en La Meca: “Te mataré”. (El hecho fue que, cuando Ubai se encontraba con el Noble Mensajero en La Meca, le decía con orgullo: “Oh, Muhammad, tengo un caballo llamado Awd. Cada día le doy tres sa‘, es decir, siete kilos y medio de alimento. Un día te mataré montado en ese caballo”. El Noble Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondía: “Más bien podría ocurrir lo contrario. Si Allah quiere, yo te mataré a ti”.) Por tanto, ¡por Allah!, mi vida se extinguirá». Finalmente, este declarado enemigo de Allah murió en un lugar llamado Sarif, de camino a La Meca. (Ibn Hisham, tomo II, p. 84; Zad al-Ma‘ad, tomo II, p. 97). Abu al-Aswad narró de Urwa (que Allah esté complacido con él) que Ubai bramaba como una vaca y decía: «¡Por Aquel en cuya mano está mi vida! Si los habitantes de Dhu al-Ma‘az hubieran sentido el dolor y el sufrimiento que estoy experimentando, todos habrían muerto». (Mukhtasar Sirat al-Rasul, Shayj Abd Allah, p. 250).

La sinceridad de Talha

Cuando el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) regresaba hacia la montaña, apareció un lugar elevado. El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) no podía subir; por un lado, su cuerpo se había vuelto pesado, pues llevaba dos armaduras, y además estaba gravemente herido. Talha ibn Ubaidullah (que Allah esté complacido con él) se arrodilló y ayudó al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) a subir, llevándolo sobre sus hombros. De ese modo, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) superó aquel lugar elevado. Después dijo: «Talha se ha asegurado el Paraíso». (Ibn Hisham, tomo II, p. 86).

El último ataque del enemigo

Después de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se refugiara a salvo dentro del desfiladero, los enemigos hicieron un último intento por derrotar a los musulmanes. Ibn Ishaq dice que, después de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) entrara en el desfiladero, un grupo de no musulmanes, dirigido por Abu Sufyan y Jalid ibn al-Walid, intentó subir. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) suplicó: «Oh, Allah Todopoderoso, ¡no permitas que suban!». Entonces Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él) y un grupo de Compañeros emigrados combatieron contra ellos y los hicieron descender al pie de la montaña. (Ibn Hisham, tomo II, p. 86).

Cuando algunos soldados enemigos subieron, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo a Sa‘d —que Allah esté complacido con él—: «¡Hazlos retroceder!». Sa‘d dijo: «¿Cómo podré hacerlo yo solo?». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— repitió estas palabras tres veces. Entonces Sa‘d —que Allah esté complacido con él— sacó una flecha de su carcaj y la lanzó contra uno de los enemigos. Aquel malvado murió allí mismo. Sa‘d —que Allah esté complacido con él— dijo: «Después lancé aquella flecha. Conocía a ese hombre, y murió allí mismo. Con esa flecha maté a otro hombre. Entonces los soldados enemigos descendieron. Dije: “Esta es una flecha bendita”». Luego guardé la flecha en mi carcaj. Mientras tanto, los enemigos ya habían descendido. Más tarde, aquella flecha permaneció en poder de Sa‘d —que Allah esté complacido con él— y, después de él, sus hijos la conservaron. Zād al-Ma‘ād, tomo II, p. 95

La mutilación de los cuerpos de los mártires

Este fue el último ataque de los soldados enemigos contra el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Hasta entonces no habían comprendido claramente cuál era la situación del amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Sin embargo, daban por hecho que había muerto. Por ello, regresaron a su campamento y comenzaron a prepararse para volver a La Meca. En ese momento, algunos hombres y mujeres politeístas comenzaron a mutilar los cuerpos de los mártires. Cortaron sus partes íntimas, orejas, narices y otros miembros. A algunos les abrieron el vientre. Hind bint ‘Utba, esposa de Abu Sufyan, abrió el pecho de Hamza —que Allah esté complacido con él—, sacó su hígado y comenzó a masticarlo. Como no pudo tragarlo, lo escupió. Además, ensartó las narices y orejas cortadas formando collares y se los puso alrededor del cuello y en los pies, como si fueran adornos. Ibn Hisham, tomo II, p. 90

La iniciativa de los musulmanes para librar la última batalla

Hacia el final ocurrieron dos hechos que muestran claramente cuán firmemente decididos estaban los musulmanes entregados a continuar luchando hasta el último momento. También muestran cuán inmenso era su deseo de entregar la vida para obtener la complacencia de Allah, el Señor de los mundos.

El primer hecho: Ka‘b ibn Malik —que Allah esté complacido con él— dijo: «Yo era uno de ellos. Observé que los mártires estaban siendo profanados ante los musulmanes. Me detuve un momento y avancé. Vi a un hombre corpulento, cubierto con una armadura, pasar por encima de los cuerpos de los mártires. Otro musulmán avanzaba hacia aquel hombre. Miré a ambos y evalué mentalmente sus fuerzas. Me pareció que las armas del incrédulo eran mejores que las del musulmán. Esperé a ver qué ocurría entre ellos. Al cabo de un rato, ambos entablaron combate. Aquel musulmán golpeó al incrédulo con su tahbari con tal fuerza que el incrédulo quedó partido en dos y cayó al suelo. El musulmán enmascarado se quitó la máscara y dijo: “¡Oh, Ka‘b! ¿Qué te parece lo que he hecho?”. Yo soy Abu Dujana». Al-Bidaya wa an-Nihaya, tomo IV, p. 17

El segundo hecho: después de la batalla, algunos musulmanes llegaron desde el campo de batalla a Medina. Anas —que Allah esté complacido con él— dijo: «Vi a ‘Aisha bint Abu Bakr —que Allah esté complacido con ella— y a Umm Sulaym —que Allah esté complacido con ella—; se habían remangado la ropa por encima de los tobillos, llevaban odres de agua y daban de beber con ella a los musulmanes». Sahih al-Bujari, tomo I, p. 403; tomo II, p. 581

‘Umar —que Allah esté complacido con él— dijo: «El día de Uhud, Umm Sulayt —que Allah esté complacido con ella— nos traía odres llenos de agua». Sahih al-Bujari, tomo I, p. 403

Entre las mujeres que habían llevado agua también se encontraba Umm Ayman (que Allah esté complacido con ella). Al ver que los musulmanes derrotados entraban en Medina, les arrojaba polvo al rostro y decía: «Aquí tenéis instrumentos para hilar; ahora entregadnos vuestras espadas». [En aquella época, las mujeres árabes hilaban a cambio de dinero. Muchas llevaban diversos adornos hechos de hilo, al igual que las pulseras que llevan las mujeres de nuestro país. Aquí puede expresarse en términos propios de nuestro país así: «Poneos estas pulseras y entregadnos las espadas».] Después llegó rápidamente al campo de batalla y comenzó a dar agua a los heridos. Un hombre llamado Hibban ibn Arqa lanzó una flecha contra Umm Ayman (que Allah esté complacido con ella). Al caer Umm Ayman, se le descubrió el velo. Al ver aquello, el enemigo de Allah soltó una carcajada. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) estaba observando lo ocurrido. Se sintió muy apenado. Entonces entregó una flecha a Sa‘d ibn Abi Waqqas (que Allah esté complacido con él) y le dijo: «Lánzala». Sa‘d lanzó la flecha. La flecha de Sa‘d (que Allah esté complacido con él) atravesó la garganta de Hibban, y este cayó de espaldas. También a él se le descubrió el velo. Al ver esto, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) rio una vez con ganas. Después dijo: «Sa‘d ha vengado a Umm Ayman. Que Allah, el Señor de los mundos, acepte su súplica». [As-Sirat al-Halabiyya, tomo segundo, página 22]

Después de refugiarse en el desfiladero

Después de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se refugiara en el desfiladero de la montaña, Ali (que Allah esté complacido con él) trajo agua de Mijras en su escudo. Mijras es una especie de pozo hecho de piedra. Se dice que Mehram era un manantial de Uhud. Ali (que Allah esté complacido con él) llevó aquella agua y se la ofreció al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) para que bebiera. Sin embargo, como percibió cierto olor, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) no bebió el agua; se lavó la herida del rostro y se echó un poco de agua sobre la cabeza. En aquel momento, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) decía: «Que Allah descargue un severo castigo sobre quien haya ensangrentado el rostro del Mensajero de Allah». [Ibn Hisham, tomo segundo, página 85]

Sahl (que Allah esté complacido con él) dijo: «Vi quién lavó la sangre del rostro del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), quién vertió el agua y quién lo curó. Fátima (que Allah esté complacido con ella), la querida hija del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), le lavaba la herida. Ali (que Allah esté complacido con él) vertía el agua. Fátima observó que, aun después de echar agua, la sangre seguía manando y no se detenía de ningún modo. Entonces tomó un trozo de esterilla, lo quemó en el fuego y aplicó aquellas cenizas sobre la herida del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). La sangre se detuvo de inmediato». [Sahih al-Bujari, tomo segundo, página 584]

Mientras tanto, Muhammad ibn Maslama (que Allah esté complacido con él) trajo agua fría y dulce. El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) bebió de aquella agua y rogó por su bienestar. [As-Sirat al-Halabiyya, tomo segundo, página 30]

Debido al dolor de las heridas, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) realizó sentado la oración del mediodía. Los compañeros también realizaron la oración sentados detrás de él. [Ibn Hisham, tomo segundo, página 87]

La jactancia de Abu Sufyan

Los politeístas incrédulos de La Meca se preparaban para regresar. Abu Sufyan subió entonces al monte Uhud y preguntó: «¿Se encuentra Muhammad entre vosotros?». Nadie respondió. Volvió a decir: «¿Se encuentra entre vosotros el hijo de Abu Quhafa?». Nadie respondió. Preguntó nuevamente: «¿Se encuentra entre vosotros Umar ibn al-Jattab?». Esta vez tampoco respondió nadie. El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) había prohibido responder. Abu Sufyan no preguntó por nadie más aparte de esos tres, porque sabía muy bien que mediante ellos se estaban difundiendo y expandiendo el islam. Al no recibir respuesta, Abu Sufyan murmuró para sí: «Bien, ya nos hemos librado de esos tres». Al oírlo, Umar (que Allah esté complacido con él) no pudo contenerse y dijo: «¡Eh, enemigo de Allah! Todos aquellos cuyos nombres has mencionado están vivos. Allah todavía te ha reservado instrumentos más horribles para tu humillación». Al oír esto, Abu Sufyan dijo: «A vuestros muertos les han mutilado horriblemente los miembros. Yo no ordené que se hiciera eso, pero tampoco me disgusta». Después gritó: «¡Gloria a Hubal!»

El Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «¿Por qué no respondéis?». Los nobles Compañeros dijeron: «¿Qué hemos de responder?». El Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Decid: Allah es grandioso y todopoderoso».

Abu Sufyan gritó en voz alta: «Nosotros tenemos a Uzza, y vosotros no la tenéis».

El Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «¿Por qué no respondéis?». Los Compañeros preguntaron: «¿Qué hemos de responder?». El Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Decid: “Allahu mawlana wa-la mawla lakum”». Es decir: «Allah es nuestro Señor, y vosotros no tenéis ningún señor».

Entonces Abu Sufyan dijo: «¡Qué magnífica hazaña! Hoy es el día de vengar la batalla de Badr. La guerra es como un cubo». (A veces vence un bando y a veces el otro, del mismo modo que, al sacar agua con un cubo, unas veces tira de él una persona y otras veces lo hace otra.)

Hazrat Umar —que Allah esté complacido con él— respondió: «No son iguales. Los nuestros que han muerto están en el Paraíso, mientras que los vuestros que han muerto están en el Infierno».

Entonces Abu Sufyan dijo: «¡Oh, Umar, acércate un poco!». El Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Ve y mira qué dice». Hazrat Umar —que Allah esté complacido con él— se adelantó. Abu Sufyan dijo: «¡Oh, Umar! Te pregunto, poniéndote bajo juramento por Allah: ¿hemos logrado matar a Muhammad?». Hazrat Umar —que Allah esté complacido con él— respondió: «¡Por Allah, no lo habéis logrado! Al contrario, ahora él está escuchando tus palabras». Abu Sufyan dijo: «Umar, para mí eres un hombre más veraz que Ibn Qommar». (Ibn Hisham, segundo volumen, páginas 93-94; Zad al-Ma’ad, segundo volumen, página 94; Sahih al-Bujari, segundo volumen, página 579.)

Otro compromiso para Badr

Ibn Ishaq —que Allah esté complacido con él— dice que, cuando Abu Sufyan y sus compañeros se marchaban, dijeron: «Queda el compromiso de volver a luchar el año próximo en Badr». El Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo a uno de los Compañeros: «Diles: “De acuerdo, está bien; eso queda acordado entre vosotros y nosotros”». (Ibn Hisham, segundo volumen, página 94.)

Observar los movimientos del enemigo

Después, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó a Alí ibn Abu Talib —que Allah esté complacido con él— que siguiera a los incrédulos y le dijo: «Ve detrás de ellos. Observa qué hacen. ¿Cuál es su próxima intención? Si van montados en caballos y camellos, debes entender que se dirigen hacia La Meca. Si van montados a caballo y conducen los camellos, debes entender que vienen hacia Medina». Luego dijo: «Juro por Aquel en cuyas manos está mi vida que, si han partido por el camino de Medina, iremos a Medina y nos enfrentaremos a ellos». Alí —que Allah esté complacido con él— dijo: «Después seguí a los incrédulos y observé que regresaban a La Meca montados en caballos y camellos». [Ibn Hisham, tomo segundo, página 64. El hafiz Ibn Hayar escribió en la página 347 del tomo séptimo de Fath al-Bari que Sa’d ibn Abu Waqqas —que Allah esté complacido con él— había partido para conocer las intenciones de los politeístas.]

Atención a los mártires y a los heridos

Después de que los incrédulos se marcharon, los musulmanes comenzaron a buscar a los mártires y a los heridos. Zayd ibn Zabit —que Allah esté complacido con él— dijo: «El día de Uhud, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— me envió a buscar a Sa’d ibn ar-Rabi’ —que Allah esté complacido con él—. Me indicó que, si encontraba a Sa’d, le transmitiera su saludo y le preguntara cómo se sentía. Zayd —que Allah esté complacido con él— dijo: “Lo encontré después de buscar entre los cadáveres de los mártires. Cuando me acerqué, lo vi agonizando. Su cuerpo había recibido setenta heridas de lanzas, flechas y espadas. Le dije: ‘Oh, Sa’d, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— te saluda y pregunta cómo te sientes’. Sa’d ibn ar-Rabi’ —que Allah esté complacido con él— dijo: ‘Transmite mi saludo al Mensajero de Allah. Dile que percibo el aroma del Paraíso. Y di a mis hermanos ansar que, si los enemigos logran llegar hasta el Mensajero de Allah aunque os quede el tiempo de un parpadeo, no tendréis ninguna excusa ni argumento válido ante Allah’”. Inmediatamente después de decir esto, falleció. [Zad al-Ma’ad, tomo segundo, página 96]

Entre los heridos también encontraron a Usayrim, cuyo nombre era Amr ibn Zabit —que Allah esté complacido con él—. Todavía conservaba algo de vida. Anteriormente se le había invitado al islam, pero no había aceptado aquella invitación. Algunos, sorprendidos, dijeron: «¿Cómo llegó Usayrim hasta aquí? Le habíamos invitado al islam, pero no lo había aceptado». Le preguntaron: «¿Cómo has llegado aquí? ¿Has venido por amor al islam o para fortalecer a tu propio pueblo?». Él respondió: «He venido por amor al islam. He creído en Allah, el Señor de los mundos, y en Su amado Mensajero, y he participado en la batalla en apoyo del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Ya podéis ver en qué estado me encuentro». Después de esto, falleció. Cuando preguntaron al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— por él, respondió: «Está entre la gente del Paraíso». Abu Huraira —que Allah esté complacido con él— dijo: «Sin embargo, no había realizado ni una sola oración por Allah». [Zad al-Ma’ad, tomo segundo, página 94; Ibn Hisham, tomo segundo, página 90] (Después de aceptar el islam, murió antes de que llegara el momento de ninguna oración.)

Entre los heridos también encontraron a un hombre llamado Kuzman. Había combatido en esta batalla del lado de los musulmanes y había matado a siete u ocho politeístas. Su cuerpo estaba cubierto de numerosas heridas. Lo llevaron al barrio de Banu Zufar. Los musulmanes le dieron la buena noticia. Él dijo: «Juro por Allah que solo combatí por el honor de mi tribu. Si no hubiera tenido la preocupación de proteger el honor de mi tribu, no habría combatido». Cuando el dolor de sus heridas se hizo intenso, Kuzman se degolló y se suicidó. Cuando mencionaron su caso al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, él dijo: «Es uno de los habitantes del Infierno». [Zad al-Ma’ad, tomo segundo, páginas 97-98; Ibn Hisham, tomo segundo, página 88] Este suceso confirmó la veracidad de una predicción del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—.

Todos los que combaten por la patria o por cualquier otro objetivo que no sea elevar la palabra de Allah tendrán un final como el de Kuzman. Incluso si combaten bajo la bandera del islam junto al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— o junto a sus nobles compañeros, tendrán que afrontar este mismo destino.

Entre los muertos también había un judío de la tribu de Banu Za’lám. Él dijo a los miembros de su tribu: «Juro por Allah que sabéis que es vuestro deber ayudar a Muhammad». Los judíos respondieron: «Hoy es sábado». Aquel judío dijo: «Para vosotros no hay sábado». Después, tomó su espada y las demás provisiones necesarias y partió hacia el campo de batalla. Al partir, dijo: «Si muero en la batalla, Muhammad será el dueño de mis bienes y riquezas. Él hará con ellos lo que quiera». Después murió combatiendo del lado de los musulmanes en el campo de batalla. Al oír todo esto, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Era un buen judío». [Ibn Hisham, tomo segundo, página 88]

En ese momento, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) también inspeccionó los cuerpos de los mártires y dijo: «Yo daré testimonio a favor de ellos». En verdad, a quien resulta herido por la causa de Allah, Allah Todopoderoso lo resucitará el Día del Juicio mientras la sangre siga manando de sus heridas. El color de esa sangre será como el de la sangre, pero de ella emanará el aroma del almizcle. [Ibn Hisham, tomo segundo, pág. 98]

Algunos compañeros trasladaron a Medina los cuerpos de sus compañeros mártires cercanos. Cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se enteró, ordenó que los cuerpos de aquellos mártires fueran enterrados en el mismo lugar donde habían alcanzado el martirio. Dijo: «Quitadles las armas y las vestiduras de piel a los mártires y enterradlos sin lavarlos». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) ordenó que los cuerpos de dos o tres compañeros fueran enterrados en una misma tumba. También ordenó que los cuerpos de dos compañeros fueran amortajados y enterrados en una misma mortaja. Después de envolver a dos compañeros en una misma mortaja, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) preguntaba cuál de los dos sabía más del Noble Corán de memoria. A aquel a quien los compañeros señalaban, ordenaba que lo colocaran en la parte inferior de la tumba. Decía: «Yo daré testimonio de ellos el Día del Juicio». Abdullah ibn Amr ibn Haram (que Allah esté complacido con él) y Amr ibn Yamuḥ (que Allah esté complacido con él) fueron enterrados en una misma tumba, pues entre ambos había una estrecha amistad. [Zad al-Ma‘ad, tomo segundo, pág. 98; Sahih al-Bujari, tomo segundo, pág. 584] No se encontraba el cuerpo de Hanzala (que Allah esté complacido con él). Después de buscarlo, lo encontraron en un lugar; el agua goteaba de su cuerpo. El cuerpo estaba algo elevado sobre el suelo. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo a los compañeros: «Los ángeles lo están lavando». Después dijo: «Preguntad a su esposa qué ocurrió». Cuando le preguntaron, ella relató lo sucedido. Desde entonces, Hanzala (que Allah esté complacido con él) fue llamado Ghasil al-Malaika, es decir, aquel a quien los ángeles lavaron. [Zad al-Ma‘ad, tomo segundo, pág. 94]

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) quedó profundamente abatido al ver el estado de su tío Hamza. Llegó Safiyya (que Allah esté complacido con ella), la tía paterna del Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Quería ver a Hamza (que Allah esté complacido con él). Pero el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo a Zubayr (que Allah esté complacido con él), hijo de Safiyya: «Llévala de vuelta. No debe ver el estado de su hermano». Pero Safiyya (que Allah esté complacido con ella) dijo: «¿Por qué? Sé que los miembros de mi hermano han sido mutilados. Hamza (que Allah esté complacido con él) estaba en el camino de Allah. Por tanto, aceptamos lo que ha ocurrido. Esperaré pacientemente, si Allah quiere, con la esperanza de obtener recompensa». Después se acercó a Hamza (que Allah esté complacido con él), lo vio, recitó «En verdad, pertenecemos a Allah y a Él regresaremos», suplicó por él y pidió perdón para él. Entonces el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) ordenó: «Enterrad a Hamza (que Allah esté complacido con él) junto con Abdullah ibn Yahahsh». Este era sobrino de Hamza (que Allah esté complacido con él) y hermano suyo de leche.

Abdullah ibn Mas‘ud (que Allah esté complacido con él) relató que nunca se vio al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llorar por Hamza (que Allah esté complacido con él) como lloró en aquella ocasión. El Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) colocó a Hamza (que Allah esté complacido con él) orientado hacia la quibla. Luego se situó junto a su oración fúnebre y lloró de tal manera que pudimos oír el sonido de sus sollozos. [Esta es una narración de Ibn Shazan. Véase Mujtasar al-Siyar li al-Shaij Abdullah, pág. 355.]

La situación de los mártires era verdaderamente desgarradora. Hadrat Jabbab ibn Aratt (que Allah esté complacido con él) dijo: «No se encontró otra mortaja para Jabbab que una sábana con el borde negro». Cuando se cubría la cabeza con esa sábana, quedaban descubiertos los pies; y cuando se cubrían los pies, quedaba descubierta la cabeza. Finalmente, se dejaron los pies al descubierto y se cubrieron con hierba idhjir [un tipo de hierba aromática. En muchos lugares se cocina mezclándola con el té]. [Musnad Ahmad, Shifat, tomo primero, pág. 140]

Abdurrahman ibn Awf (que Allah esté complacido con él) alcanzó el martirio. Él era mejor que yo. Fue amortajado con una sola sábana. Cuando se le cubría la cabeza con ella, quedaban descubiertos los pies; y cuando se le cubrían los pies, quedaba descubierta la cabeza. Jabbab (que Allah esté complacido con él) también relató esta situación de su mortaja. Sin embargo, añadió que, al ver su estado, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) nos decía: «Cubridle la cabeza con la sábana y poned hierba ukhijr sobre sus pies». [Sahih al-Bujari, tomo segundo, págs. 579-584]

La súplica del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) ante Allah

En la narración del imán Ahmad se relata que, después de que los politeístas se retiraran el día de Uhud, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo a los compañeros: «Alineaos; voy a alabar un poco a mi Señor». Después dijo: «¡Oh Allah, Señor de los mundos! Toda alabanza te pertenece. Nadie puede restringir lo que Tú haces amplio, ni ampliar lo que Tú restringes. A quien Tú extravías, nadie puede guiarlo; y a quien Tú guías, nadie puede extraviarlo. Lo que Tú retienes, nadie puede concederlo; y lo que Tú concedes, nadie puede retenerlo. Lo que Tú alejas, nadie puede acercarlo; y lo que Tú acercas, nadie puede alejarlo. ¡Oh Allah, Señor de los mundos! Extiende sobre nosotros Tu bendición, Tu misericordia, Tu favor y Tu sustento».

¡Oh, Al-lah! Te pido una bendición permanente que nunca termine. ¡Oh, Al-lah Altísimo! Te pido ayuda en los días de pobreza y seguridad en los días de temor. ¡Oh, Al-lah! Busco refugio en Ti contra el mal de todo cuanto nos has dado y contra el mal de todo cuanto no nos has dado. ¡Oh, Al-lah! Fortalece nuestra fe y embellece nuestros corazones. Haz que no nos gusten la incredulidad, la perversidad y la desobediencia, e inclúyenos entre los guiados. ¡Oh, Al-lah! Concédenos morir siendo musulmanes y resucitarnos en el Más Allá siendo musulmanes. Mantennos alejados de la humillación, las sediciones y la corrupción. Inclúyenos entre Tus siervos virtuosos. ¡Oh, Al-lah! Trata con severidad y arroja al castigo a todos los incrédulos que desmientan a Tu profeta y aparten a la gente de Tu camino. ¡Oh, Al-lah! Mata también a los incrédulos a quienes se les ha dado el Libro.» [Bujari, Al-Adab al-Mufrad; Musnad Ahmad, tomo III, pág. 324.]

El regreso a Medina

Después de enterrar a los mártires y suplicar a Al-lah, el Mensajero de Al-lah —que Al-lah le bendiga y le conceda paz— emprendió el camino hacia Medina. Del mismo modo que los compañeros habían demostrado entrega y sacrificio en el campo de batalla, los familiares de los mártires también demostraron el mismo sacrificio y paciencia.

De camino a Medina, el Profeta —que Al-lah le bendiga y le conceda paz— se encontró con Hamna bint Yahsh —que Al-lah esté complacido con ella—. Su hermano, Abdul-lah ibn Yahsh —que Al-lah esté complacido con él—, había sido martirizado en la batalla. Al recibir la noticia del martirio, Hamna recitó «inná lillahi» y suplicó por el perdón de su hermano. Después le comunicaron el martirio de su tío materno, Hamza ibn Abdul-Muttalib —que Al-lah esté complacido con él—. Ella volvió a recitar «inná lillahi» y suplicó por el perdón. Luego le comunicaron el martirio de su esposo, Musab ibn Umayr —que Al-lah esté complacido con él—. Al oírlo, gritó y comenzó a llorar desconsoladamente. El Mensajero de Al-lah —que Al-lah le bendiga y le conceda paz— dijo: «El esposo ocupa un lugar especialmente elevado para la mujer». [Ibn Hisham, tomo II, pág. 98]

Los compañeros se encontraron con una mujer de la tribu de Banu Dinar. Su esposo, su hermano y su padre también habían sido martirizados. Le comunicaron la noticia de sus martirios. Al oírla, preguntó: «¿Qué noticias hay del Mensajero de Al-lah —que Al-lah le bendiga y le conceda paz—?». Le dijeron que estaba bien. La mujer dijo: «Quiero verlo un momento». Los compañeros le señalaron al Profeta —que Al-lah le bendiga y le conceda paz—. La mujer rompió inmediatamente en sollozos y dijo: «Kullu musibatin ba‘duka jalalun», es decir: «Mientras usted esté presente, toda calamidad es insignificante». [Ibn Hisham, tomo II, pág. 99] En ese momento, la madre de Sad ibn Muadh —que Al-lah esté complacido con él— corrió hacia el Mensajero de Al-lah —que Al-lah le bendiga y le conceda paz—. En aquel momento, Sad —que Al-lah esté complacido con él— sostenía las riendas del caballo del amado Profeta —que Al-lah le bendiga y le conceda paz—. Dijo: «¡Oh, Mensajero de Al-lah! Esta es mi madre». El Mensajero de Al-lah —que Al-lah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Bienvenida». Después, el Profeta —que Al-lah le bendiga y le conceda paz— detuvo el caballo en honor de aquella mujer. Cuando ella se acercó, el Profeta —que Al-lah le bendiga y le conceda paz— le comunicó el martirio de uno de sus hijos, Amr ibn Muadh, y le pidió que tuviera paciencia. La mujer dijo: «Después de verlo a usted en buen estado, toda calamidad me parece insignificante». Entonces el Mensajero de Al-lah —que Al-lah le bendiga y le conceda paz— suplicó por los mártires de Uhud y dijo: «¡Oh, Umm Sad! Alégrate y anuncia a las familias de los mártires la buena noticia de que todos sus mártires están juntos en el Paraíso y de que se ha aceptado su intercesión por sus familiares». La mujer dijo: «¡Oh, Mensajero de Al-lah! Suplica por las familias de los mártires». El Profeta —que Al-lah le bendiga y le conceda paz— dijo: «¡Oh, Al-lah Altísimo! Alivia el dolor de su duelo, recompénsalos por su calamidad y protege a todos los demás». [As-Sirat al-Halabiyya, tomo II, pág. 47.]

El Mensajero de Al-lah en Medina

El domingo por la tarde, 7 de Shawwal del tercer año de la Hégira, el Mensajero de Al-lah —que Al-lah le bendiga y le conceda paz— llegó a Medina. Le entregó su espada a Fátima —que Al-lah esté complacido con ella— y le dijo: «Lava la sangre que ha quedado en esta espada. ¡Por Al-lah! Hoy esta espada ha demostrado ser verdadera para mí». Alí —que Al-lah esté complacido con él— también pidió a Fátima —que Al-lah esté complacido con ella— que lavara la sangre de su espada. Añadió: «¡Por Al-lah! Esta espada ha demostrado ser verdadera para mí». Entonces el Mensajero de Al-lah —que Al-lah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Has demostrado valentía en la batalla, pero recuerda que Suhayl ibn Hunayf y Abu Dujana —que Al-lah esté complacido con ellos— también combatieron valientemente». [Ibn Hisham, tomo II, pág. 100]

En la batalla de Uhud fueron martirizados 70 musulmanes. La mayoría de los transmisores coincide en esta cifra. Entre los mártires, 65 eran ansar. De ellos, 41 pertenecían a la tribu de Jazrach y 24 a la tribu de Aws. También murió un judío. Los emigrados mártires fueron solamente cuatro. ¿Cuántos murieron entre los incrédulos de Quraysh? Según el historiador Ibn Ishaq, murieron 22 de ellos. Sin embargo, a la luz de los relatos de la batalla de Uhud mencionados por los expertos en guerra y los autores de biografías, así como de los informes sobre los muertos en las distintas etapas, se observa que no murieron 22 personas, sino 37. Al-lah Altísimo sabe mejor acerca de esto. [Ibn Hisham, tomo II, pág. 122; Ghazwat Uhud, pág. 180]

La situación de emergencia en Medina

Tras regresar de Uhud, durante la noche del 8 de Shawwal del tercer año de la Hégira, los musulmanes atravesaron una situación de emergencia. Aunque todos estaban agotados por la batalla, pasaron toda la noche recorriendo las calles de Medina y vigilando sus entradas. También se ocuparon de garantizar especialmente la protección del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), pues temían peligros procedentes de distintas direcciones.

La batalla de Hamra al-Asad

El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) pasó toda la noche reflexionando sobre la situación surgida a raíz de la batalla.

Temía que, si los enemigos pensaban que, a pesar de ser superiores en número en el campo de batalla, no habíamos obtenido ningún beneficio, seguramente se sentirían avergonzados. Como consecuencia, podrían regresar desde el camino de La Meca y atacar Medina. Por ello, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) decidió que había que perseguir a las tropas de La Meca.

Los historiadores de la biografía profética escriben que, a la mañana siguiente de la batalla de Uhud, es decir, la mañana del 8 de Shawwal del tercer año de la Hégira, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) anunció que debían partir para enfrentarse al enemigo y que solo podrían acompañarnos quienes habían participado en la batalla de Uhud. El hipócrita Abdullah ibn Ubay pidió permiso, pero el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) no se lo concedió. Los musulmanes, heridos físicamente, afligidos por la pérdida de sus familiares y angustiados por el temor, se sometieron al llamamiento del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Jabir ibn Abdullah (que Allah esté complacido con él) no había podido asistir a la batalla de Uhud. Pidió permiso y, al presentarse ante el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), dijo: «Oh, Mensajero de Allah, deseo acompañarte en todas las batallas. En la batalla de Uhud, mi padre me dejó para que cuidara de mis hijas; por eso no pude ir a la batalla». El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) le concedió permiso. Conforme al plan, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) partió con los musulmanes y, tras llegar a un lugar llamado Hamra al-Asad, situado a ocho millas de Medina, estableció allí el campamento.

En ese momento, Ma‘bad ibn Ma‘bad al-Khuza‘i se presentó ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y aceptó el islam. Antes de eso, se había mantenido firme en el politeísmo, pero deseaba el bienestar del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Existía un pacto de alianza entre las tribus de Juza‘a y Banu Hashim. Debido a ese pacto, él era bienintencionado con el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Le dijo al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz): «Me ha apenado profundamente ver las dificultades que usted y sus compañeros han sufrido en el campo de batalla. Deseaba de todo corazón que usted estuviera bien». Después de expresar su compasión de ese modo, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le dijo a Ma‘bad (que Allah esté complacido con él): «Ve junto a Abu Sufyan, destruye su entusiasmo y desanímalo».

Se confirmó el temor del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) de que los politeístas pudieran volver a partir hacia Medina. Al llegar a un lugar llamado Rawha, situado a treinta y seis millas de Medina, los politeístas comenzaron a reprocharse unos a otros. Un grupo le decía al otro: «No habéis hecho nada. Los dejasteis escapar incluso después de debilitarlos. Todavía quedan demasiados de ellos, y eso volverá a causarnos problemas. Regresemos y acabemos completamente con ellos».

Quienes habían propuesto esto aparentemente no conocían bien la fuerza de ambos bandos. Por ello, Safwan ibn Umayya, uno de los responsables, se opuso a esta opinión y dijo: «No hagáis eso. Temo que incluso aquellos musulmanes que no participaron en la batalla de Uhud se alcen contra nosotros. Por tanto, volvamos a La Meca satisfechos de haber sido nosotros quienes obtuvimos la victoria. De lo contrario, si atacamos Medina, nos veremos en dificultades». Sin embargo, la mayoría de los infieles no aceptó esta opinión y se mantuvo firme en su decisión de atacar Medina. Antes de que partiesen hacia Medina, Ma‘bad ibn Ma‘bad al-Juza‘i llegó allí. Abu Sufyan no sabía entonces que Ma‘bad había buscado refugio bajo la apacible sombra del islam. Le preguntó: «Ma‘bad, ¿qué noticias traes de atrás?». Ma‘bad respondió astutamente: «Mahoma —que Allah le bendiga y le conceda paz— ha salido con sus compañeros en vuestra persecución. Son tan numerosos que nunca antes había visto un ejército tan grande. Todos arden de ira contra vosotros. Esta vez también se han unido quienes no participaron en la batalla de Uhud. Se sienten avergonzados por todo lo que perdieron en aquella batalla. Ahora están tan enfurecidos contra vosotros que nunca antes había visto una ira semejante».

Abu Sufyan dijo: «Hermano, ¿qué estás diciendo?»

Ma‘bad dijo: «Sí, lo digo de verdad. Creo que veréis la caballería antes de marcharos de aquí. La vanguardia del ejército aparecerá detrás de esta colina».

Abu Sufyan dijo: «¡Por Allah! Hemos jurado que lanzaremos un contraataque contra ellos y los aniquilaremos».

Ma‘bad dijo: «No hagáis eso. Os lo digo por vuestro propio bien».

Al oír estas palabras, la moral de los infieles se quebró. Consideraron que lo más conveniente era regresar a La Meca. Sin embargo, para desanimar al ejército musulmán y evitar enfrentarse con él, Abu Sufyan ideó una estratagema. Llamó a los hombres de una caravana de Banu ‘Abd al-Qays que se dirigía hacia Medina y les dijo: «¿Podéis transmitir un mensaje mío a Mahoma? Si lo hacéis, os prometo que, cuando lleguéis a La Meca, os daré en el mercado de ‘Ukaz tantas pasas como pueda transportar esta camella».

Los hombres de Banu ‘Abd al-Qays aceptaron cumplir la petición de Abu Sufyan.

Abu Sufyan dijo: «Decidle a Mahoma que hemos decidido lanzar un contraataque con el propósito de aniquilarlo a él y a sus compañeros».

Al recibir esta noticia de aquellos hombres de la caravana, la fe de los musulmanes se fortaleció aún más. Dijeron: «Allah es suficiente para nosotros y es el mejor de los que disponen de los asuntos».

Gracias a esta fuerza de la fe, los musulmanes partieron hacia Medina con las bendiciones y el favor de Allah. Ningún mal pudo alcanzarlos. Siguieron la complacencia de Allah, Señor de los mundos. Ciertamente, Allah posee misterios inconmensurables. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se dirigió el domingo a Hamra al-Asad. Permaneció allí el lunes, el martes y el miércoles, es decir, los días 9, 10 y 11 de Shawwal del tercer año de la Hégira. Después regresó a Medina. Antes de que regresara a Medina, Abu Azzah Yumahi cayó bajo su control. Este hombre había sido capturado por los musulmanes en la batalla de Badr. Sin embargo, debido a su pobreza y al gran número de hijas que tenía, fue liberado sin pagar rescate. Había prometido no ayudar a nadie contra el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Pero no cumplió su palabra. Por medio de sus poemas, continuó incitando a la gente contra Allah, el Mensajero y los honorables Compañeros. Esto ya se ha explicado anteriormente. Después también participó en la batalla de Uhud contra los musulmanes. Tras ser arrestado y llevado ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, dijo: «Muhammad, perdona mi error. Ten piedad de mí. Déjame libre por consideración a mis hijas. Prometo que no volveré a hacer algo semejante en el futuro». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «Ya no puede ser que regreses a La Meca, te pases la mano por el rostro y digas: “Muhammad, lo he engañado por segunda vez”. El creyente no recibe dos veces la picadura del mismo agujero». Entonces el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó a Zubayr —según otra versión, a Asim ibn Zabit—, y ellos separaron del cuerpo la cabeza de aquel traidor.

De este modo también fue muerto otro espía de La Meca. Se llamaba Muawiya ibn Mugira ibn Abu al-As. Era el abuelo materno de Abd al-Malik ibn Marwan. El día de Uhud, después de que los politeístas de La Meca abandonaran la ciudad, este hombre permaneció en Medina. Por mediación de su primo, el honorable Uzmán —que Allah esté complacido con él—, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le concedió protección con la condición de que solo pudiera permanecer en Medina tres días como máximo. Si después de ese plazo seguía siendo visto en Medina, sería ejecutado. Tras la partida de los emigrantes musulmanes a la batalla de Uhud, Muawiya ibn Mugira permaneció en Medina más de tres días para espiar para los coraixíes. Cuando los emigrantes musulmanes regresaron, intentó escapar. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó a Zayd ibn Hariza y a Ammar ibn Yasir. Ambos Compañeros persiguieron a Muawiya, lo capturaron y lo mataron. [Las obras de las que se han tomado los detalles de la batalla de Uhud y de Hamra al-Asad son: Ibn Hisham, tomo 2, pp. 60-129; Zad al-Maad, tomo 2, pp. 91-109; Fath al-Bari, tomo 7, pp. 345-377; y Mujtasar al-Sira, pp. 242-257.]

Análisis de la victoria y la derrota en la batalla de Uhud

Después del relato detallado de la batalla de Uhud, es necesario señalar lo siguiente: a la luz de todo lo expuesto, ¿cómo debe determinarse la victoria o la derrota? A partir del desarrollo de los acontecimientos de esta batalla, ¿puede declararse que los musulmanes vencieron o que fueron derrotados? En realidad, el campo de batalla estuvo en manos de ellos de esa manera. Las pérdidas humanas fueron mayores del lado musulmán, y fueron terribles. Una parte de los musulmanes fue ciertamente derrotada y huyó. En ese momento, el curso de la batalla favorecía a los incrédulos. Pero, a pesar de todo ello, existen ciertos hechos por los que de ningún modo puede decirse que los incrédulos vencieran en la batalla de Uhud. Es evidente que las tropas de La Meca no pudieron apoderarse del campamento musulmán. Una gran parte de las tropas de Medina no huyó, a pesar de la terrible conmoción y el desorden. Se reunieron junto al gran comandante, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, con un valor y una firmeza ilimitados. El número de musulmanes no había disminuido tanto como para que las tropas de La Meca pudieran perseguirlos. Además, ni un solo musulmán fue capturado por los incrédulos. Estos tampoco pudieron apoderarse de ningún botín. Más aún, no se prepararon para librar una tercera batalla contra los musulmanes, aunque el ejército musulmán todavía permanecía en su campamento. Los incrédulos ni siquiera permanecieron un día en el campo de batalla. En aquella época, los vencedores solían permanecer al menos tres días en su campamento del campo de batalla. Esto se consideraba un signo esencial de la victoria, pues tenía como objetivo demostrar que esta había quedado consolidada. Sin embargo, los incrédulos recogieron apresuradamente sus pertenencias y abandonaron el campo de batalla. Tampoco se atrevieron a entrar en Medina, saquear sus riquezas o arrestar a sus ciudadanos, aunque la ciudad de Medina se encontraba a poca distancia del campo de Uhud y en aquel momento sus medidas de seguridad tampoco eran importantes.

El resumen de todo esto es que las tropas coraixíes de La Meca lograron desconcertar a los musulmanes al aprovechar una oportunidad temporal, pero, después de someter al ejército musulmán a su control, no pudieron aplicar la estrategia militar esencial de matar o capturar a todos para obtener una ventaja. Por el contrario, las tropas musulmanas lograron superar todas las consecuencias de sus pérdidas temporales. Existen muchos ejemplos de vencedores que han sufrido este tipo de pérdidas temporales. Por tanto, debido a la situación temporalmente difícil de los musulmanes, de ninguna manera puede considerarse vencedores a los incrédulos en la batalla de Uhud.

La rápida huida de Abu Sufyan hacia La Meca, sin iniciar una tercera fase de la batalla, demuestra que temía que, si el combate comenzaba de nuevo, sus tropas sufrirían inevitablemente grandes pérdidas. El papel de Abu Sufyan en la batalla de Hamra al-Asad constituye una prueba de ello.

En estas circunstancias, en lugar de decir qué bando venció o fue derrotado en la batalla de Uhud, podemos calificarla de batalla indecisa. Ambos bandos obtuvieron beneficios y sufrieron pérdidas desde sus respectivas perspectivas. La batalla terminó sin que ninguno huyera del campo de batalla ni dejara su campamento desprotegido para que el enemigo lo controlara. Una batalla de este tipo se denomina batalla indecisa. Precisamente en relación con esto, Allah, Señor de los mundos, dice: «No desfallezcáis en la persecución de ese pueblo enemigo. Si sufrís, ellos también sufren como vosotros, pero vosotros esperáis de Allah lo que ellos no esperan. Allah es Omnisciente y Sabio». (Sura an-Nisa, aleya 104)

En este versículo, Allah, Señor de los mundos, compara a un ejército con el otro en cuanto a causar sufrimiento y experimentarlo. Esto significa que ambos grupos se encontraban en igualdad de condiciones y ninguno había vencido al otro.

La valoración del Corán sobre esta batalla

Posteriormente, el Corán arrojó luz sobre cada aspecto de esta batalla. Tras analizarla, identificó todas las causas que habían llevado a los musulmanes a sufrir una pérdida tan grande. El Corán señaló claramente cuáles eran las debilidades de los creyentes y de la mejor comunidad durante esta campaña. A esta comunidad se le había concedido la distinción de ser la mejor comunidad. También se identificaron las debilidades existentes entre los diversos grupos de esta comunidad.

Además, el Sagrado Corán mencionó el papel de los hipócritas y expuso abiertamente su situación. Se reveló la hostilidad oculta en sus corazones contra Allah y Su Mensajero, y sus máscaras quedaron al descubierto. También se pusieron de manifiesto las provocaciones que los hipócritas y sus aliados judíos habían instigado entre los musulmanes sencillos e ingenuos. Después se expusieron los objetivos y propósitos subyacentes de esta batalla.

Sobre esta batalla fueron revelados cincuenta versículos de la sura Al Imrán. En primer lugar, se mencionó la situación inicial de la batalla. Allah, el Señor de los mundos, dice: «Y recuerda cuando saliste de tu familia al amanecer para disponer a los creyentes en sus posiciones para el combate; Allah es Omnioyente, Omnisciente». (Sura Al Imrán, versículo 121)

Finalmente, se explicó de manera ordenada el resultado y la sabiduría de esta campaña. Allah, el Señor de los mundos, dice: «Allah no dejará a los creyentes en la situación en que os encontráis hasta distinguir lo malo de lo bueno. Allah no os informa de lo oculto, pero elige de entre Sus mensajeros a quien quiere. Así pues, creed en Allah y en Sus mensajeros. Si creéis y adoptáis la taqwa, tendréis una gran recompensa». (Sura Al Imrán, versículo 179)

La sabiduría divina inherente a esta batalla

El erudito Ibn Qayyim trató ampliamente el tema mencionado. (Zad al-Ma’ad, tomo 2, págs. 99-108

(El mártir Sayyid Qutb también presentó en esta etapa un análisis conmovedor en su magnífico tafsir «A la sombra del Corán». Véase el tomo 4 de la traducción bengalí.)

Los ulemas dicen que en la crisis y las dificultades que los musulmanes afrontaron en la batalla de Uhud había una sabiduría de Allah. Entre ellas estaba advertir a los musulmanes sobre las malas consecuencias de sus actos. Los arqueros incumplieron la orden que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, les había dado de permanecer firmes en sus posiciones. Por eso tuvieron que afrontar la calamidad. También se pretendía mostrar al Profeta la ley divina según la cual primero se afrontan pruebas y después se alcanza el éxito. Si los musulmanes siempre resultaran victoriosos, entre los creyentes entrarían personas que no fueran verdaderos creyentes. Como consecuencia, no sería posible distinguir entre el veraz y el mentiroso. Por otro lado, si siempre sufrieran derrotas, fracasaría el propósito mismo de la llegada del Profeta de Allah. Por ello, debido a la sabiduría de Allah, se produjeron ambas situaciones, para que pudiera distinguirse entre la verdad y la falsedad. Pues la hipocresía de los hipócritas permanecía oculta entre los musulmanes. Después de que este hecho salió a la luz y se reconoció a los hipócritas por sus palabras y sus actos, los musulmanes comprendieron que tenían enemigos dentro de sus propios hogares. Así, se mantuvieron alerta respecto a ellos y se prepararon para enfrentarlos.

Otra sabiduría era que, cuando la ayuda tarda en llegar, a menudo se rompe el dique de la paciencia. Después de ser puestos a prueba, los musulmanes tuvieron paciencia. En cambio, entre los hipócritas se desató el alboroto y comenzaron a lamentarse.

Otra sabiduría era que Allah Todopoderoso ha reservado para los creyentes, en el Paraíso —morada de honor—, ciertos grados a los que no es posible ascender por medios ordinarios. Por ello se han dispuesto algunos medios de aflicción y calamidad, para que los creyentes puedan elevarse a esos grados de honor.

Otra sabiduría era conceder a los awliya, es decir, a los amigos de Allah, el rango superior del martirio.

Otra sabiduría era que Allah, el Señor de los mundos, quiso que Sus enemigos fueran destruidos y, por ello, creó también los medios de su destrucción. En la incredulidad, la injusticia, la opresión y el hecho de causar daño a los honorables awliya, habían mostrado una arrogancia y una transgresión ilimitadas. Como consecuencia de sus actos, Allah, complacido con la paciencia y la perseverancia de los creyentes, purificó a los creyentes y destruyó a los incrédulos. [Fath al-Bari, tomo 7, p. 347]

Las expediciones militares posteriores a Uhud

La derrota aparente en la batalla de Uhud tuvo un profundo efecto en la reputación de los musulmanes. Su influencia disminuyó a los ojos de los enemigos del islam. Como resultado, aumentaron los problemas internos y externos de los creyentes. Creció el temor de que Medina fuera atacada desde todas direcciones. Los judíos, los hipócritas y los beduinos comenzaron a mostrar una hostilidad abierta. Todos los grupos empezaron a intentar perjudicar a los musulmanes. Incluso expresaron la expectativa de que, si lo deseaban, podían aniquilar por completo a los musulmanes. Así, antes de que transcurrieran dos meses desde la batalla de Uhud, los miembros de la tribu de Banu Asad emprendieron preparativos para atacar Medina. En el mes de Safar del cuarto año de la Hégira, las tribus de Adal y Qarah tramaron una conspiración que causó el martirio de diez compañeros. Ese mismo mes, como consecuencia de la traición del jefe de la tribu de Banu Amir, setenta compañeros alcanzaron el martirio. Este suceso es conocido como el incidente de Bi’r Ma’una. En ese período, los miembros de la tribu de Banu Nadir también comenzaron a mostrar una hostilidad abierta. En el mes de Rabi al-Awwal del cuarto año de la Hégira, intentaron asesinar al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Por otro lado, la audacia de la tribu de Banu Ghatafan había aumentado tanto que, en el mes de Yumada al-Awwal del cuarto año de la Hégira, planearon atacar Medina.

En resumen, la influencia de los musulmanes quedó debilitada tras la batalla de Uhud, por lo que durante mucho tiempo estuvieron expuestos a amenazas. Sin embargo, gracias a la capacidad de gestión del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, los musulmanes recuperaron su dignidad e influencia. El primer paso del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— en este sentido fue perseguir a los politeístas hasta Hamra al-Asad. Esto contribuyó en gran medida a restaurar el honor de los emigrantes musulmanes. Esta acción militar dejó atónitas a las fuerzas contrarias al islam, especialmente a los hipócritas. Después, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— emprendió gradualmente acciones militares de tal naturaleza que los musulmanes no solo recuperaron la dignidad que habían perdido, sino que incluso la acrecentaron. En las páginas siguientes trataremos este tema.

1) La expedición de Abu Salama

Después de la batalla de Uhud, la tribu de Banu Asad ibn Juzayma fue la primera en alzarse contra los musulmanes. Llegó a Medina la noticia de que Talha y Salama, los dos hijos de Juwaylida, estaban organizando, junto con su tribu y otros compañeros, un ataque de la tribu de Banu Asad contra el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. En poco tiempo, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— reunió un ejército compuesto por ciento cincuenta ansar y emigrantes. A Abu Salama —que Allah esté complacido con él— se le otorgó el mando de aquel ejército. Antes de que la tribu de Banu Asad pudiera iniciar la expedición, Abu Salama —que Allah esté complacido con él— lanzó contra ellos un ataque tan sorpresivo que huyeron dispersándose. Ni siquiera llegó a producirse un enfrentamiento directo. Los musulmanes se apoderaron de sus camellos y ovejas, y regresaron sanos y salvos a Medina con el botín. Los musulmanes partieron la noche en que apareció la luna de Muharram del cuarto año de la Hégira. Después de regresar a Medina, Abu Salama —que Allah esté complacido con él— cayó gravemente enfermo. El dolor de la herida que había sufrido en la batalla de Uhud se agravó y, pocos días después, falleció. [Zad al-Ma’ad, tomo 2, p. 108]

Abdullah ibn Unays —que Allah esté complacido con él— regresó el día 23 de Muharram, después de haber permanecido dieciocho días fuera de Medina. Al volver, había matado a Jalid y traía consigo su cabeza. Cuando se presentó ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y colocó la cabeza delante de él, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— le entregó un bastón y dijo: «Este será una señal entre tú y yo el Día de la Resurrección». Cuando se acercó el momento de su muerte, encomendó que enterraran aquel bastón junto con su cuerpo. [Zad al-Ma’ad, tomo 2, p. 109; Ibn Hisham, tomo 2, pp. 619-620.]

2) El incidente de Raji

En el mes de Safar del cuarto año de la Hégira, varias personas de las tribus de Adal y Qara se presentaron ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y solicitaron que, puesto que entre ellos se estaba practicando algo del islam, enviara allí a algunos compañeros para enseñarles el Corán y la religión. En consecuencia, según Ibn Ishaq, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— envió con ellos a seis compañeros, mientras que según Sahih al-Bujari fueron diez. Según Ibn Ishaq, nombró jefe del grupo a Murshed ibn Abi Murshed al-Ghanawi; según el relato de Sahih al-Bujari, el jefe fue Asim ibn Thabit, abuelo materno de Asim ibn Umar ibn al-Jattab. Cuando llegaron junto al manantial llamado Raji, perteneciente a la tribu de Huzayl, situado entre Rabigh y Yeda, las personas mencionadas de Adal y Qara instigaron a Banu Lihyan, una rama de la tribu de Huzayl, para que los atacara.

Cien arqueros de aquella tribu comenzaron a buscar a los compañeros.

3) La expedición de Abdullah ibn Unays

El 5 de Muharram del cuarto año de la Hégira llegó a Medina la noticia de que Jalid ibn Sufyán al-Huzalí estaba reuniendo tropas para atacar a los musulmanes. El Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, envió a Abd Allah ibn Unays —que Allah esté complacido con él— para emprender una expedición contra él.

Abd Allah ibn Unays —que Allah esté complacido con él— permaneció fuera de Medina durante dieciocho días. Durante ese tiempo, ellos incitaron contra él a los Banú Lihyán, una rama de la tribu de Hudhail. Como resultado, unos cien arqueros de los Banú Lihyán se abalanzaron sobre ellos. Los Compañeros se refugiaron en una colina. Los arqueros los rodearon y dijeron: «Os damos nuestra palabra de que, si bajáis, no mataremos a ninguno de vosotros». Ibn Unays —que Allah esté complacido con él— se negó a bajar y comenzó a combatirlos junto con sus compañeros. Bajo una intensa lluvia de flechas, siete Compañeros alcanzaron el martirio. Otros tres seguían vivos. Eran Jubaib —que Allah esté complacido con él—, Zayd ibn Dazina —que Allah esté complacido con él— y otro hombre. Los arqueros de los Banú Lihyán renovaron su promesa y les pidieron que bajaran. Sin otra alternativa, los tres Compañeros bajaron. En cuanto los tuvieron bajo su control, ataron a los tres Compañeros. Entonces el tercer hombre mencionado dijo: «Ya habéis quebrantado vuestra promesa desde el principio; de ningún modo iré con vosotros». Entonces intentaron arrastrar consigo al Compañero del Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Al fracasar también en esto, lo mataron. Llevaron a Jubaib y a Zayd ibn Dazina a La Meca y los vendieron. Estos dos Compañeros habían matado a los jefes incrédulos de La Meca el día de Badr. Jubaib —que Allah esté complacido con él— permaneció cautivo durante algunos días. Después, los malhechores de La Meca decidieron matarlo y lo llevaron a un lugar llamado Tan‘im, fuera del Santuario. Cuando se disponían a crucificarlo, dijo: «Dejadme. Rezaré dos rak‘at». Los politeístas lo dejaron. Él rezó dos rak‘at. Después de concluir la oración, dijo: «Por Allah, si no temiera que dijerais que hago lo que hago por miedo, habría prolongado más la oración». Luego dijo: «Oh Allah, cuéntalos uno por uno; después dispérsalos y destrúyelos, y no dejes a ninguno de ellos». Después, Jubaib —que Allah esté complacido con él— recitó un poema:

«Todos ellos me rodearon en grupos.

Se reunieron tribu tras tribu, sin que faltara ninguno.

No quedó mujer ni niño; acudieron en grupos.

Me llevaron bajo un gran árbol.

Hoy estoy lejos de mi patria y sin ayuda,

a Ti elevo mi súplica, Señor de los mundos!»

Oh, Dueño del Trono, concédeme un corazón paciente

Concédeme siempre, Señor, valor de cuerpo y espíritu.

Ellos dijeron: «Es mucho mejor morir que convertirse en incrédulo»

Mis dos ojos sollozan y gimen sin lágrimas.

Voy a morir siendo musulmán; ¿qué miedo puedo tener?

Cuando muera en el camino de Alá, no deseo que se indique la dirección.

Mi martirio es por el beneplácito de Alá el Altísimo.»

Cuando terminó de recitar el poema de Jubaib (que Alá esté complacido con él), Abu Sufian le dijo: «¿Quieres que, a cambio de que renuncies a tu familia, capturemos a Muhammad, lo decapitemos y tú regreses con tus familiares?». Jubaib (que Alá esté complacido con él) respondió con firmeza: «Juro por Alá que ni siquiera aceptaría que una espina se clavara en el pie de Muhammad (que la paz y las bendiciones de Alá sean con él) a cambio de estar con mi familia, aunque él sufriera el dolor de esa espina sentado en el lugar donde se encuentra».

Después, los politeístas enemigos de Allah crucificaron a Hazrat Khubaib (que Allah esté complacido con él) y designaron a unos hombres para vigilar su cadáver. Hazrat Amr ibn Umayya llegó durante la noche, retiró el cadáver y le dio sepultura. Hazrat Khubaib (que Allah esté complacido con él) había sido asesinado por Uqba ibn al-Harith. En la batalla de Badr, Hazrat Khubaib (que Allah esté complacido con él) había matado a su padre.

En Sahih al-Bujari se menciona que Hazrat Khubaib (que Allah esté complacido con él) fue el primer hombre piadoso que estableció la práctica de rezar dos rakʿat justo antes de ser ejecutado. Mientras estaba cautivo en manos de los incrédulos, se le vio comiendo uvas frescas. Sin embargo, en aquella época ni siquiera había dátiles disponibles en La Meca.

El otro compañero capturado, Hazrat Zayd ibn Dathina (que Allah esté complacido con él), fue comprado por Safwan ibn Umayya, quien lo mató en represalia por la muerte de su padre.

Hazrat Asim (que Allah esté complacido con él) ya había sido abatido por una lluvia de flechas disparadas por los incrédulos. Los qurayshíes de La Meca enviaron hombres para traer aunque fuera una parte del cuerpo de Hazrat Asim (que Allah esté complacido con él), pues en la batalla de Badr había matado a uno de los líderes destacados de los incrédulos. Pero Allah Todopoderoso protegió su cadáver enviando un enjambre de abejas. Por ello, los incrédulos no pudieron llevarse ni siquiera una pequeña parte del cuerpo puro de Hazrat Asim (que Allah esté complacido con él). En realidad, Hazrat Asim (que Allah esté complacido con él) había rogado a Allah que ningún politeísta pudiera tocarlo y que él tampoco tocara a ningún politeísta. Más tarde, al enterarse de este suceso, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) solía decir: «Allah, el Señor de todos los mundos, protege a Su siervo creyente incluso después de su muerte, del mismo modo que lo protege durante su vida». [Ibn Hisham, tomo 2, pp. 69-79; Zad al-Maʿad, tomo 2, p. 209; Sahih al-Bujari, tomo 2, pp. 568, 569 y 585]

4) El trágico suceso de Bi’r Maʿuna

En el mismo mes en que ocurrió el suceso de Rajiʿ tuvo lugar también el suceso de Bi’r Maʿuna. Este acontecimiento no fue menos doloroso que el de Rajiʿ. Su breve relato es el siguiente: Abu Bara Amir ibn Malik se presentó ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en Medina. Ostentaba el título de «Malā’ik al-Asinna», es decir, jugador de lanzas. Después de presentarse ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo invitó al islam. Sin embargo, no aceptó el islam, aunque tampoco dijo que le desagradaba. Dijo: «Oh, Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), si envías a tus compañeros a los habitantes de Nayr, creo que aceptarán la invitación al islam». El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: «Temo por mis compañeros a causa de los habitantes de Nayr». Abu Bara dijo: «Estarán bajo mi protección». Después de esto, según el relato de Ibn Ishaq, el Mensajero de Allah envió con Abu Bara a cuarenta compañeros. Sin embargo, el relato mencionado por el imán al-Bujari en Sahih al-Bujari, según el cual eran setenta compañeros, es el correcto. Se nombró emir de aquellos setenta compañeros a Mundhir ibn Amr. Pertenecía a la tribu de Banu Saida y llevaba el título de «Mutahammil al-Mawt». Todos aquellos setenta compañeros poseían amplios conocimientos en diversos asuntos del islam y eran sumamente piadosos. Durante el día cortaban leña y con el dinero obtenido compraban alimentos para los habitantes de Ahl al-Suffa; ellos mismos recitaban el Corán y también se lo enseñaban a otros. Por la noche pasaban el tiempo suplicando y rezando ante Allah, el Señor de todos los mundos. Mientras avanzaban como predicadores del islam, aquellos setenta compañeros llegaron al estanque de Maʿuna. Este estanque se encontraba entre Banu Amir y Harra Banu Sulaym. Apenas llegaron allí, enviaron, por medio de Haram ibn Milhan, hermano de Umm Sulaym, la carta que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había enviado a Amir ibn Tufayl, un encarnizado enemigo del islam. Aquel malvado ni siquiera abrió la sagrada carta del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), sino que hizo una señal a uno de sus hombres. Este golpeó con tanta fuerza a Hazrat Haram ibn Milhan (que Allah esté complacido con él) por la espalda con una lanza, que la punta salió por delante. Al ver la sangre, Hazrat Haram ibn Milhan (que Allah esté complacido con él) dijo: «¡Allah es el más grande! ¡Por el Señor de la Kaaba, he triunfado!»

Poco después, el acérrimo enemigo de Allah, el malvado e incrédulo Amir ibn Tufayl, convocó a los miembros de su tribu, Banu Amir, para atacar a los demás compañeros. Pero, debido a que Abu Bara los protegía, no respondieron al llamado de Amir. Desesperado por ello, Amir convocó a los miembros de la tribu de Banu Sulaym. Tres ramas de Banu Sulaym —Usayya, Baal y Dhakwan— respondieron a su llamado y rodearon a los nobles compañeros. Los compañeros también combatieron en respuesta, pero casi todos fueron martirizados. Solo Hazrat Kaʿb ibn Zayd al-Najjar (que Allah esté complacido con él) quedó con vida. Fue retirado herido de entre los compañeros martirizados. Permaneció con vida hasta la batalla de la Zanja. Hazrat Amr ibn Umayya al-Damri estaba solo, pastoreando los camellos de Hazrat Mundhir ibn Uqba Amir (que Allah esté complacido con él). Al ver aves volando sobre el lugar, llegaron allí. Hazrat Mundhir (que Allah esté complacido con él) murió luchando junto a sus compañeros. Hazrat Amr ibn Umayya al-Damri fue capturado. Pertenecía a la tribu de Mudar. Al saberlo, Amir ibn Tufayl le cortó algunos cabellos de la parte superior de la frente y lo liberó en nombre de su madre. La madre de aquel malvado había hecho anteriormente el voto de liberar a un esclavo.

Hazrat Amr ibn Umayya al-Damri llegó a Medina con esta noticia desgarradora. El martirio de setenta compañeros destacados recordaba precisamente la calamidad de Uhud. En la batalla de Uhud había existido la posibilidad de que hubiera bajas en ambos bandos durante el enfrentamiento, pero aquí los compañeros de corazón sencillo fueron víctimas de una desvergonzada traición. Al regresar, Hazrat Amr ibn Umayya al-Damri llegó a un lugar llamado Qarqara, cerca de la llanura de Qanat, y se detuvo bajo la sombra de un árbol. También habían llegado allí dos hombres de la tribu de Banu Kilab. Después de que ambos se durmieran, Hazrat Amr ibn Umayya mató a los dos. Creía que estaba vengando el asesinato de sus compañeros. Sin embargo, aquellos dos hombres llevaban una carta de protección del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), aunque Hazrat Amr no lo sabía. Cuando llegó a Medina y comunicó el suceso al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), este dijo: «Has matado a dos hombres cuya indemnización debo pagar necesariamente». Después, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se dedicó a recaudar el dinero de la indemnización entre los musulmanes y sus aliados judíos. La batalla de Banu Nadir tuvo lugar precisamente a causa de este suceso, sobre el cual se hablará más adelante.

El Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, quedó tan profundamente afligido y herido por los sucesos de Bi’r Ma‘una y Raji‘ —al-Waqidi escribió: «El Mensajero de Allah recibió noticias de ambos sucesos, Raji‘ y Ma‘una, la misma noche»— que no puede expresarse con palabras. [Ibn Sa‘d narró de Anas (que Allah esté complacido con él) que el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no se afligió ni entristeció por ningún otro suceso tanto como por el de Bi’r Ma‘una. Mujtasar al-Sira, Sheij Abdullah, pág. 260] Entre ambos sucesos solo transcurrieron unos cuantos días. Durante un mes, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, invocó maldiciones contra los pueblos y tribus que habían cometido semejante traición cruel contra los nobles compañeros. En Sahih al-Bujari se narra de Anas (que Allah esté complacido con él) que el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, invocó maldiciones durante treinta días contra quienes habían martirizado a los compañeros en Bi’r Ma‘una. Después de la oración del alba, invocaba maldiciones contra Ba‘al, Dhakwan, Lihyan e Isaiya, y decía: «La gente de la tribu de ‘Asiyya ha desobedecido a Allah, el Altísimo, y a Su Mensajero». Allah, el Altísimo, hizo descender unos versículos del Corán para aliviar el dolor de Su Mensajero por este asunto. Posteriormente, ese versículo fue abrogado, es decir, quedó derogado. El contenido de aquella declaración del Sagrado Corán era: «Informa a nuestros compatriotas de que nos encontramos con nuestro Señor en una situación en la que Él estaba complacido con nosotros y nosotros estábamos complacidos con Él».

Después de la revelación de este versículo, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, dejó de invocar maldiciones. [Sahih al-Bujari, tomo 2, págs. 586, 587 y 588]

Cinco) La batalla contra los Banu Nadir

Ya se ha mencionado anteriormente que los judíos ardían de odio contra el islam y los musulmanes. Sin embargo, no eran guerreros valientes, sino conspiradores y maquinadores. Por ello, en vez de combatir, manifestaban odio y hostilidad. A pesar de los pactos y compromisos establecidos con los musulmanes, buscaban toda clase de pretextos para causarles daño y oprimirlos. Después de la expulsión de la tribu de Banu Qaynuqa y del asesinato de Ka‘b ibn al-Ashraf, el valor de los judíos disminuyó. Atemorizados, permanecieron callados. Pero después de la batalla de Uhud recobraron su valor. Comenzaron a mostrar abiertamente su enemistad y su traición contra los musulmanes. Los hipócritas de Medina se aliaron secretamente con los politeístas de La Meca, y los judíos continuaron ayudando a los politeístas. [Sunan Abi Dawud, comentario ‘Awn al-Ma‘bud, tomo 3, págs. 116-117]

Aunque el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, lo sabía todo, mantuvo la paciencia. Pero después de los incidentes de Raji‘ y Ma‘una, su valor aumentó considerablemente y adoptaron el plan de acabar con el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. El relato del suceso es el siguiente: el Mensajero de Allah, Muhammad Mustafa, que Allah lo bendiga y le conceda paz, fue junto con varios de sus compañeros a visitar a los judíos. Conversó con ellos acerca de la indemnización por la muerte de dos hombres asesinados de Banu Kilab, a quienes Hadrat ‘Amr ibn Umayya al-Damri había matado por error. Según el tratado celebrado con los judíos, estos estaban obligados a contribuir a la indemnización por los asesinatos mencionados. Cuando el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, les habló de ello, respondieron: «Oh, Abu al-Qasim, así lo haremos. Quédate aquí con tus compañeros; nosotros nos encargaremos». Después de esto, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, se sentó apoyado contra una pared de los judíos y esperó. Hadrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), Hadrat ‘Umar (que Allah esté complacido con él), Hadrat ‘Ali (que Allah esté complacido con él) y varios otros compañeros se encontraban entonces con el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz.

Cuando los judíos se alejaron un poco, Satanás se apoderó de ellos. Satanás les presentó su futura desgracia como si fuera buena fortuna. Los judíos conspiraron entre sí: «Esta es una oportunidad excelente; vamos a matar a Muhammad». Preguntaron: «¿Quién está dispuesto a matar al Mensajero de Allah arrojándole una pesada piedra de molino desde el otro lado de la pared?». Un judío llamado ‘Amr ibn Yash aceptó. Otro judío llamado Sallam ibn Mishkam dijo: «¡Cuidado! No hagas algo así. ¡Por Allah!, el Mensajero de Allah se enterará de tus intenciones; Allah, el Altísimo, se lo hará saber. Además, se violará el compromiso que tenemos con los musulmanes». Pero los judíos malvados y desgraciados no prestaron atención a sus palabras y permanecieron decididos a llevar a cabo sus malas intenciones.

Mientras tanto, Allah, el Señor de los mundos, envió a Yibril (la paz sea con él) junto a Su amado Mensajero. El Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, se levantó rápidamente de aquel lugar y partió hacia Medina. Los nobles compañeros lo siguieron y le dijeron: «Oh, Mensajero de Allah, te marchaste tan deprisa que no pudimos entender nada». El Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, informó a los compañeros sobre la conspiración de los judíos intrigantes.

Después de regresar a Medina, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, envió a Muhammad ibn Maslama a la tribu de Banu Nadir y les notificó: «Salgan inmediatamente de Medina. Ya no podrán permanecer aquí con nosotros. Se les conceden diez días; después, cualquiera que sea encontrado será decapitado». Al recibir esta notificación, los judíos no encontraron otra opción que la expulsión y comenzaron a prepararse para un viaje de varios días. Sin embargo, el líder hipócrita ‘Abdullah ibn Ubayy les envió un mensaje: «Permanezcan firmes en sus posiciones; no abandonen sus hogares. Tenemos bajo nuestro control dos mil guerreros que entrarán en sus fortalezas. Ellos saldrán con ustedes. No nos dejaremos influir por ninguna amenaza contra ustedes. Si se combate contra ustedes, los ayudaremos. Además, las tribus de Banu Qurayza y Banu Ghatafan son sus aliadas y también los ayudarán».

Los judíos cobraron ánimo al recibir este mensaje enviado por el hipócrita Abdullah ibn Ubayy. Decidieron que lucharían antes que ser expulsados. El líder judío Huyayy ibn Akhtab esperaba que el líder de los hipócritas cumpliera su palabra. Por ello, envió un mensaje al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz): «No abandonaremos nuestras casas. Haga usted lo que tenga que hacer».

Para los musulmanes, este desafío era delicado y, desde una perspectiva histórica, complejo e importante. En aquella época de cambios, las consecuencias de entablar un conflicto con los enemigos no eran seguras. Una situación peligrosa podía surgir en cualquier momento. Toda Arabia se alzaba contra los musulmanes. Dos delegaciones musulmanas de predicación habían sido asesinadas brutalmente. Los judíos de la tribu de Banu Nadir eran tan poderosos que no era fácil obligarlos a entregar sus armas. Además, asumir el riesgo de enfrentarse a ellos era peligroso. Después de la tragedia de Bi’r Ma‘una y de los acontecimientos dolorosos anteriores, los musulmanes se habían vuelto mucho más conscientes de crímenes como el asesinato y la traición. Tales crímenes los habían afligido y exasperado profundamente. Por eso decidieron que, puesto que Banu Nadir había conspirado para asesinar al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), debían combatirlos, sin importar cuál fuera el resultado. Así, tan pronto como el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) recibió el mensaje de Huyayy ibn Akhtab, los nobles Compañeros se prepararon para la batalla exclamando: «Allah es el más grande». En ese momento se confió a Abdullah ibn Umm Maktum la responsabilidad de atender Medina. Luego, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), acompañado por los Compañeros, partió hacia el asentamiento de Banu Nadir. La bandera fue entregada a Ali ibn Abi Talib (que Allah esté complacido con él). Al llegar al territorio de Banu Nadir, los sitiaron.

Mientras tanto, Banu Nadir se refugió en el interior de sus fortalezas y quedó sitiado. Cerraron las puertas de las fortalezas y comenzaron a lanzar flechas y piedras. Utilizaban como escudo los densos palmerales. En cierto momento, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) ordenó que se cortaran y quemaran las palmeras. Aludiendo a ello, el famoso poeta Hassan ibn Thabit (que Allah esté complacido con él) escribió:

«Para los jefes de Banu Lu’ayy, eso es cosa corriente:

las llamas arderán con furia sobre los canales de Buwayba».

Buwayba era una zona rodeada de palmerales pertenecientes a la tribu de Banu Nadir. Aludiendo a esto, Allah, el Señor de los mundos, dice: «Cortasteis palmeras y dejasteis en pie algunas sobre sus troncos, y todo ello fue con permiso de Allah». Por eso, al presentar un ejemplo relacionado con este acontecimiento, Allah, el Señor de los mundos, dijo: «Se parecen al demonio, que dice al ser humano: “¡No creas!”. Pero cuando este no cree, el demonio dice: “No tengo nada que ver contigo. En verdad, temo a Allah, el Señor de los mundos”» (sura de al-Hashr, aleya 16).

El sitio no se prolongó. Duró seis o siete noches, o, según otra opinión, quince noches. Durante ese tiempo, Allah infundió en los corazones de los judíos temor hacia los musulmanes y su moral quedó quebrantada. Aceptaron entregar voluntariamente las armas y enviaron un mensaje al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) diciendo: «Estamos dispuestos a abandonar Medina». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) aprobó la propuesta de los judíos. También aprobó que se llevaran consigo, aparte de las armas, todos los bienes que pudieran transportar y que abandonaran Medina con sus familias. Tras recibir esta autorización del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), Banu Nadir entregó las armas y comenzó a derribar con sus propias manos las casas para embalar y llevarse los bienes necesarios. Se las ingeniaron para llevarse consigo tantas puertas y ventanas como pudieron. Algunos incluso se llevaron las vigas de los techos y los postes de las paredes. Después montaron a las mujeres y a los niños sobre camellos y abandonaron Medina. La mayoría de los judíos se refugió en Jaybar. Entre ellos se encontraban los notables judíos Huyayy ibn Akhtab y Salam ibn Abi al-Huqayq, que fueron a Jaybar. Un grupo partió en dirección a Siria. Sin embargo, Yamin ibn ‘Amr y Abu Sa‘id ibn Wahb aceptaron el islam. Por ello, los musulmanes ni siquiera tocaron sus pertenencias.

De acuerdo con las condiciones, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) tomó bajo su control las armas, las tierras, las casas y los palmerales de la tribu de Banu Nadir. Entre las armas había 50 armaduras, 50 yelmos y 340 espadas.

Los jardines, las tierras y las viviendas de la tribu de Banu Nadir eran propiedad exclusiva del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Él tenía plenos derechos para conservarlos para sí o donarlos a quien quisiera. Por eso, no separó de esos bienes una quinta parte como se hace con el botín de guerra. Esto se debía a que Allah, el Señor de los mundos, había concedido estos bienes a Su amado Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) como fay. Los musulmanes no habían obtenido estos bienes mediante el combate. Debido a sus prerrogativas y derechos especiales, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) entregó esos bienes únicamente a los muhajirun que habían emigrado en la primera etapa. A dos compañeros ansaríes, Abu Dujana y Sahl ibn Hunayf (que Allah esté complacido con ellos), se les concedió parte de los bienes debido a su pobreza. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) reservó una pequeña parte para sí. Con esos bienes reservados, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) cubría los gastos de todo el año de sus esposas.

Esta expedición contra Banu Nadir tuvo lugar el 4 de agosto del año 625 de la era cristiana. Allah, el Altísimo, reveló íntegramente la sura Al-Hashr con motivo de este acontecimiento. En ella se expone la perversidad de los judíos y se desenmascara la verdadera naturaleza de los hipócritas.

Después de explicar las normas relativas al fay, se elogia a los muhajirun y a los ansar, y también se afirma que, como táctica bélica, está permitido talar los árboles del enemigo y prenderles fuego. Tal acción no constituye corrupción en la tierra. Después se exhorta a los creyentes a adquirir taqwa y a prepararse para la Otra Vida. Finalmente, Allah, el Señor de los mundos, concluye la sura manifestando Su propia alabanza y gloria, y describiendo Sus nombres y atributos.

Por eso, el venerable Abd Allah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) dijo que era apropiado llamar a esta sura «Sura de Banu Nadir». [Ibn Hisham, t. 2, pp. 183-187; Zad al-Ma’ad, t. 2, pp. 209, 110; Sahih al-Bujari, t. 2, pp. 584, 568]

Seis) La batalla de Najd

En la batalla contra Banu Nadir, los musulmanes lograron un éxito encomiable sin afrontar ningún sacrificio ni penuria. Como resultado, el poder de los musulmanes en Medina se hizo aún más firme y consolidado. Los hipócritas se desesperaron y sus rostros se ensombrecieron. Ya no se atrevían a emprender abiertamente ninguna acción contra el islam. Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se esforzó por informarse sobre aquellos beduinos que, desde la batalla de Uhud, habían mantenido a los musulmanes en graves dificultades. Habían atacado con extrema crueldad a los predicadores y propagadores del islam, acabando con sus vidas. Más tarde, su osadía aumentó tanto que incluso comenzaron a considerar atacar Medina.

Pocos días después de que terminara la batalla contra Banu Nadir, mientras el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) aún se encontraba en Medina, recibió la noticia de que las tribus Banu Muharib y Banu Za’laba, pertenecientes a Banu Ghatafan, habían comenzado a reunir beduinos para combatir contra los musulmanes. Inmediatamente después de recibir esta noticia, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) decidió emprender una expedición a Najd. Tras atravesar las llanuras de Najd, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) y los musulmanes avanzaron una gran distancia. El objetivo de esta expedición era infundir temor en el ánimo de aquellos beduinos de duro carácter, para que no se atrevieran a repetir sus anteriores actividades contra los musulmanes.

Los beduinos, acostumbrados y experimentados en el saqueo, el pillaje, el bandolerismo y la temeridad, huyeron aterrorizados y se refugiaron en las montañas apenas oyeron la noticia de esta repentina expedición de los musulmanes. Después de imponer su influencia sobre aquellos saqueadores, los musulmanes emprendieron el camino de regreso a Medina.

Los historiadores que mencionan las batallas han señalado en esta etapa una batalla específica. Se la denomina la batalla de Riqāʿ del cuarto año de la Hégira. Según las pruebas disponibles, se entiende que en aquel momento tuvo lugar una batalla en el interior de Nayd. Esto se debe a que la situación de Medina era, en cierta medida, semejante. Abu Sufyan había amenazado, al regresar de la batalla de Uhud, con librar una batalla en la llanura de Badr al año siguiente, y los musulmanes habían aceptado el desafío de esa amenaza. Ahora se aproximaba nuevamente el momento señalado. No era sensato dejar Medina desprotegida para participar en otra gran batalla semejante a la de Badr, permitiendo que los beduinos continuaran con su imprudencia y arbitrariedad. Más bien, antes de partir hacia una batalla tan terrible como la que tuvo lugar en la llanura de Badr, era necesario asestar un golpe a los excesos de los beduinos, para que, al pensar en ese golpe, en el futuro ni siquiera se les ocurriera atacar Medina.

Parece que la batalla que tuvo lugar en el cuarto año de la Hégira, en Rabīʿ al-Thānī o Jumādā al-Awwal, no fue la batalla de Dhāt al-Riqāʿ. Según las pruebas y la información disponibles, una batalla de ese tipo no tuvo lugar en aquel momento. Esto se debe a que en la batalla de Dhāt al-Riqāʿ estuvieron presentes Abu Hurayra y Abu Musa al-Ashʿari, que Allah esté complacido con ambos. Abu Hurayra abrazó el islam pocos días antes de la batalla de Jaybar. Abu Musa al-Ashʿari se presentó al servicio del Mensajero de Allah precisamente en Jaybar.

La segunda prueba de que la batalla de Dhāt al-Riqāʿ tuvo lugar bastante tiempo después del cuarto año de la Hégira es que en ella el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, realizó la oración del temor. La oración realizada en estado de guerra se denomina oración del temor. Una de sus modalidades consiste en que la mitad de los soldados rece detrás del imam mientras permanece equipada con sus armas, y que la otra mitad, también armada, vigile al enemigo. Después de una rakʿa, la segunda mitad se coloca detrás del imam y la primera se adelanta para vigilar al enemigo. El imam completa la segunda rakʿa, y ambos grupos del ejército completan sus respectivas oraciones por turnos. Existen otras modalidades de esta oración compatibles con ello, que se realizan según las circunstancias de la guerra. Véanse los libros de hadices para una explicación detallada. La oración del temor se realizó por primera vez en la expedición de Asfān. No hay duda de que la expedición de Asfān tuvo lugar después de la batalla de la Zanja. La batalla de la Zanja tuvo lugar a finales del quinto año de la Hégira. En realidad, la expedición de Asfān fue un acontecimiento relacionado con el viaje a Hudaybiyya. El viaje a Hudaybiyya tuvo lugar a finales del sexto año de la Hégira. Después de regresar de allí, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, partió hacia Jaybar. Esto también demuestra que la batalla de Dhāt al-Riqāʿ tuvo lugar después de la batalla de Jaybar.

Siete) La segunda batalla de Badr

Después de asegurarse de la situación de los enemigos que rodeaban Medina y de silenciar las fechorías de los beduinos, los musulmanes comenzaron a prepararse para combatir contra su gran enemigo, los coraichitas. El año estaba llegando rápidamente a su fin y también se aproximaba con rapidez la fecha fijada en el momento de Uhud. Era necesario combatir contra el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, y su pueblo, para demostrarles que los musulmanes no eran débiles. Además, en esta batalla se consideraría digno de sobrevivir al grupo guiado y obediente al Creador del universo. Las circunstancias también estarían a su favor.

En el mes de Shaʿbān del cuarto año de la Hégira, es decir, en enero del año 626, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, partió hacia Badr con el propósito de librar la batalla planeada, dejando a ʿAbdullah ibn Rawāha a cargo de Medina. Lo acompañaban mil quinientos muyahidines y diez caballos. El estandarte del ejército fue entregado a ʿAlī, que Allah esté complacido con él. Al llegar a la llanura de Badr, el Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, y los musulmanes se quedaron esperando al enemigo.

Por su parte, Abu Sufyan partió con un grupo de dos mil soldados politeístas y cincuenta jinetes, y acampó junto al famoso estanque llamado Majna, en Mar al-Zahrān, situado a una jornada de distancia de La Meca. Sin embargo, desde el momento en que salió de La Meca, Abu Sufyan estaba profundamente atemorizado y perturbado. «¿Qué beneficio hemos obtenido hasta ahora de combatir contra los musulmanes?», se preguntaba Abu Sufyan mientras evaluaba sus experiencias pasadas. Al pensar en el valor y la abnegación de los musulmanes, Abu Sufyan no se atrevía a avanzar. Cuando llegó al lugar llamado Mar al-Zahrān, su moral quedó completamente destruida. Comenzó a buscar un pretexto para regresar a La Meca. Finalmente les dijo a sus compañeros: «Escuchad, compañeros: solo se puede combatir cuando hay abundancia. Hay mucho pasto; así, los animales comerán a gusto y vosotros beberéis su leche. Pero ahora es la estación seca. Por eso, yo regreso; vosotros también regresad».

Todos los soldados del grupo de los coraichitas parecían estar abatidos por el miedo. Después de las palabras de Abu Sufyan, nadie pudo presentar un nuevo argumento. Ninguno conservaba el deseo de combatir contra los musulmanes. Por ello, todos emprendieron el regreso.

Mientras tanto, los musulmanes esperaron durante ocho días en Badr a las tropas enemigas. Durante ese tiempo, vendieron mercancías comerciales y convirtieron un dirham en dos. Al cabo de ocho días, los musulmanes regresaron a Medina alegres y con porte triunfal.

En aquel momento, la situación favorecía completamente a los musulmanes. Esta batalla es conocida como la batalla prometida, la segunda batalla de Badr, la otra batalla de Badr o la pequeña batalla de Badr. [Ibn Hisham, t. 2, p. 209; Zad al-Ma‘ad, t. 2, p. 112]

La batalla de Dumat al-Yandal

El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresó de Badr. Por todas partes reinaba un ambiente de paz y tranquilidad. En toda la región se extendían las buenas noticias de la victoria del islam, junto con una atmósfera serena, apacible y perfumada. El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, sintió la necesidad de prestar atención hasta a los confines de Arabia. También era necesario hacerlo, pues así los musulmanes mantendrían un firme control sobre la situación, y tanto amigos como enemigos comprenderían y reconocerían ese hecho.

Después de la pequeña batalla de Badr, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, permaneció seis meses en Medina en paz y tranquilidad. Después se le informó de que las tribus de los alrededores de Dumat al-Yandal, cerca de Siria, estaban saqueando y despojando a las caravanas que pasaban. También habían preparado un gran grupo para atacar Medina. Ante estas noticias, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió con mil musulmanes, dejando a Saba ibn Arfata al-Gifarí como su sustituto en Medina. Este hecho tuvo lugar el 25 de Rabi al-Awwal del quinto año de la Hégira. Para guiarlos por el camino, llevaron consigo a un hombre llamado Madhkur, de la tribu de Banu Adhra.

Durante esta expedición, la costumbre del Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, era viajar de noche y ocultarse durante el día. Se adoptaba esta táctica para lanzar ataques sorpresa contra los enemigos. Al llegar a Dumat al-Yandal, se supo que se habían trasladado a otro lugar. Se apoderaron de sus rebaños y pastores, aunque algunos lograron escapar.

Los habitantes de Dumat al-Yandal también huyeron en todas las direcciones que pudieron. Cuando los musulmanes llegaron a la llanura de Dumat al-Yandal, no encontraron a ninguno de los habitantes locales. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, permaneció allí varios días. Se enviaron destacamentos a distintos lugares de los alrededores, pero no encontraron a nadie. Después de algunos días, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresó a Medina. Durante esta expedición se concertó un tratado con Uyayna ibn Hisn. Dumat al-Yandal es una ciudad situada en la frontera de Siria. Desde allí, Damasco está a cinco jornadas y Medina a quince noches de viaje.

Gracias a medidas tan bien meditadas y a planes tan sabios, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, logró difundir a lo lejos la gloria, la fuerza y el ideal de paz del islam. El curso de los acontecimientos empezó a favorecer a los musulmanes, y las crisis y problemas internos y externos comenzaron a disminuir, aunque durante algún tiempo ambos tipos de problemas habían rodeado a los musulmanes. Como resultado de estas expediciones victoriosas, los hipócritas guardaron silencio. Una tribu judía fue expulsada, mientras que otra prometió comportarse como un buen vecino. El poder de los coraichitas también se debilitó. Los musulmanes obtuvieron la oportunidad de difundir las sublimes enseñanzas del islam y transmitir el mensaje de la religión de Allah, el Señor de los mundos.

La batalla del Foso

Como resultado de las actividades militares de los musulmanes durante más de un año, se estableció la paz en Yazirat al-Arab, es decir, la península arábiga. La influencia y el poder de los musulmanes se extendieron por todas partes. Durante ese tiempo, los judíos fueron objeto de diversas formas de humillación y deshonra debido a su conducta despreciable, sus conspiraciones y sus traiciones. Sin embargo, no recobraron el juicio ni aprendieron lección alguna. Tras su exilio de Jaibar, los judíos esperaron para ver cuál sería el desenlace del conflicto entre los musulmanes y los idólatras. Pero la situación se inclinaba cada vez más a favor de los musulmanes, y el triunfo del islam se proclamaba en lugares cada vez más remotos. Al ver esto, los judíos comenzaron a consumirse de envidia. Reanudaron sus conspiraciones y empezaron a prepararse para asestar el golpe final contra los musulmanes. Querían exterminarlos por completo. Pero no tenían el valor de enfrentarse directamente a ellos; por eso, para alcanzar su objetivo, urdieron un plan terrible.

El relato del acontecimiento es el siguiente: veinte jefes y líderes de la tribu de Banu Nadir se presentaron ante los coraichitas en La Meca. Los instigaron a combatir contra el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y les dijeron que ellos también les prestarían toda la ayuda posible. Los coraichitas aceptaron. Durante la batalla de Uhud, los coraichitas habían prometido combatir al año siguiente en Badr, pero no pudieron hacerlo. Por ello pensaron que, mediante una nueva acción militar, podrían preservar su reputación y fama, además de cumplir la promesa que habían hecho anteriormente.

Después, la delegación judía se dirigió a Banu Gatafán y los animó a participar en la guerra, al igual que había hecho con los coraichitas. Ellos también se prepararon. Luego, estos representantes de los judíos recorrieron diversas tribus de Arabia, incitándolas contra los musulmanes y convocándolas a la guerra. Así, mucha gente se preparó para combatir. En resumen, los políticos judíos se aliaron con éxito con los infieles y prepararon a numerosas personas para luchar contra el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, su predicación y los musulmanes.

A continuación, conforme al plan establecido, los coraichitas, los kinanitas y las demás tribus vecinas que habitaban en Tihama partieron desde el sur hacia Medina. Su comandante era el líder infiel Abu Sufyan. La fuerza combinada contaba con cuatro mil hombres. Cuando llegaron a Marr az-Zahrán, los miembros de la tribu de Banu Sulaim se unieron a ellos. Mientras tanto, desde el este partieron las tribus de Gatafán, Fazara, Murra y Ashya.

El comandante de la tribu de Fazara era Uaina ibn Husain. El comandante de Banu Murra era Hariz ibn Auf, y el comandante de Banu Ashya era Masara ibn Rajil. También se les unieron numerosos hombres de Banu Asad y de otras tribus.

En el día señalado, todas estas personas partieron hacia Medina conforme al plan anunciado previamente. En poco tiempo, un enorme ejército de diez mil soldados se reunió junto a Medina. Era tan numeroso que ni siquiera toda la población de Medina, incluidos mujeres y niños, igualaba su número. Si ese gran ejército hubiera atacado Medina por sorpresa, se habría creado una situación peligrosa para los musulmanes. Tampoco habría sido extraño que los hubieran exterminado por completo. Sin embargo, el líder de los musulmanes en Medina estaba sumamente alerta y era consciente de la situación. Tomaba decisiones según la gravedad de las circunstancias. Los espías encargados de proporcionar información al Estado islámico informaron oportunamente al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— de que las tropas de diversas tribus habían partido hacia Medina.

Al recibir esta noticia, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se reunió con destacados compañeros en la asamblea de consulta y comenzó a deliberar sobre la estrategia para defender Medina. Tras examinar las propuestas, se aprobó por unanimidad una sugerencia de Salman el Persa —que Allah esté complacido con él—. Salman —que Allah esté complacido con él— presentó su propuesta de la siguiente manera: «Oh Mensajero de Allah, cuando nos sitiaban en Persia, cavábamos trincheras alrededor de toda la ciudad».

Era una propuesta de defensa bien meditada. El pueblo árabe no estaba familiarizado con semejante estrategia. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, aprobó la propuesta y comenzó inmediatamente las labores de excavación. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, supervisaba personalmente el trabajo. Él mismo participó en la excavación de la trinchera. En Sahih al-Bujari se narra, según Sahl ibn Sa‘d (que Allah esté complacido con él), que estábamos con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, en la trinchera; la gente excavaba y nosotros llevábamos la tierra sobre los hombros para arrojarla lejos. En aquella ocasión, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo: «La vida del Más Allá es, en verdad, la vida verdadera. Oh Misericordioso, perdona a los ansar y a los emigrados». [Sahih al-Bujari, capítulo sobre la batalla de la trinchera, tomo 2, pág. 588]

En otra narración, transmitida por Anas (que Allah esté complacido con él), se cuenta que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se dirigió hacia la trinchera y vio que, en una mañana fría de invierno, los emigrados y los ansar estaban ocupados excavándola. No tenían esclavos que hicieran ese trabajo en su lugar. Al ver el cansancio y el hambre de sus compañeros, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo:

«Oh Allah, la vida es ciertamente la vida del Más Allá

Perdona a los emigrados y a los ansar, oh Misericordioso».

Los ansar y los emigrados respondieron:

Mientras tengamos vida

En manos de Muhammad prestamos el juramento de lealtad para el yihad».[Al-Bujari, tomo 1, pág. 397; tomo 2, pág. 588.]

En Sahih al-Bujari se narra, según Bara ibn Azib (que Allah esté complacido con él), que vio al Mensajero de Allah excavando tierra durante la batalla de la trinchera. Su cuerpo estaba cubierto de polvo. Tenía mucho cabello. En ese estado, excavaba la tierra y decía:

«Sin ti no habríamos recibido la guía, oh Rey de reyes

no daríamos el zakat ni rezaríamos.

Danos paz, para que nuestros corazones permanezcan firmes; cuando haya batalla, mantén firmes nuestros pasos.

Contra nosotros incitaron a la gente

sabemos que en la sedición nuestras cabezas no se inclinarán.»

Al-Bará’ dijo que el Mensajero de Alá (la paz y las bendiciones de Alá sean con él) pronunciaba las palabras finales con firmeza. En otra narración, los dos últimos versos del poema aparecen así:

Si ellos cometen injusticias y quieren sumirnos en la sedición

seremos de aquellos que no inclinan la cabeza. (Bujari, vol. 2, p. 589)

Los musulmanes trabajaban, por un lado, con gran entusiasmo y fervor, y por otro soportaban un hambre intensa. Al pensar en ello, el corazón se estremece. Hazrat Anas (que Allah esté complacido con él) dijo: Se llevaba algo de cebada a quienes cavaban la trinchera y también se llevaba algo de grasa calentada. Ellos comían precisamente ese alimento insípido y desabrido. [Bujari, tomo 2, pág. 588]

Abu Talha (que Allah esté complacido con él) dijo: Le hablamos al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, de nuestra hambre, y mostramos una piedra que llevábamos atada al abdomen bajo la ropa. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, nos mostró dos piedras atadas a su abdomen. [Yami‘ at-Tirmidhi, Mishkat, tomo 2, pág. 448]

Durante la excavación de la trinchera también se manifestaron varios signos de la profecía. En Sahih Bujari se menciona que, al ver al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, debilitado por el hambre, Hazrat Yabir ibn Abd Allah (que Allah esté complacido con él) sacrificó un cabrito. Su esposa preparó pan con un sa‘ de cebada, aproximadamente dos kilos y medio. Después le dijo en secreto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, que fuera a su casa con algunos de sus compañeros cercanos. Sin embargo, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió acompañado de todos los compañeros que participaban en la excavación. Eran mil compañeros. Después, todos los compañeros comieron pan y carne hasta saciarse, mientras la olla de carne aún hervía a borbotones sobre el fogón. Todo el pan que se preparaba era servido, pero no se terminaba. Se preparaba un pan tras otro. [Sahih Bujari, tomo 2, págs. 588, 4898]

La hermana de Hazrat Nu‘man ibn Bashir llevó algunos dátiles cerca de la trinchera. Los había llevado para que comieran su hermano y su tío materno. Cuando los llevaba al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, los tomó, extendió una estera y los esparció sobre ella. Después llamó a los compañeros que participaban en la excavación para que comieran. Los compañeros comenzaron a comer. Cuanto más comían, más aumentaban los dátiles. Todos comieron hasta saciarse y se fueron a trabajar; aun así, los dátiles seguían cayendo fuera de la tela extendida. [Ibn Hisham, tomo 2, pág. 218]

En aquel momento ocurrió un hecho aún más asombroso que los dos acontecimientos mencionados. El imán Bujari narró este acontecimiento a partir de Hazrat Yabir (que Allah esté complacido con él). Hazrat Yabir dijo: Estábamos excavando la trinchera cuando, de repente, apareció una gran roca. Pero no lográbamos moverla de ningún modo. Entonces informamos de ello al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Él dijo: «Voy a ir». En aquel momento el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llevaba una piedra atada al abdomen. Golpeó aquella roca dentro de la trinchera con un pico. Inmediatamente, la roca se convirtió en un montón de polvo y arena. [Sahih Bujari, tomo 2, pág. 588]

Hazrat Bara ibn Azib (que Allah esté complacido con él) dijo: Durante la excavación de la trinchera se presentó un enorme obstáculo. Al golpearlo con el pico, el golpe rebotaba y el pico regresaba. Le informamos de este asunto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Él tomó el pico, dijo «Bismillah» y golpeó. Un fragmento de la roca se desprendió. Dijo: «Allahu Akbar, se me han entregado las llaves de la región de Sham, es decir, de Siria. Por Allah, ahora puedo ver allí el palacio rojo». Después dio un segundo golpe y salió otro fragmento. Dijo: «Por Allah, ahora puedo ver el palacio blanco de Mada’in». Luego dio un tercer golpe y dijo: «Bismillah». Con ello se desprendió el resto de la roca. Dijo: «Allahu Akbar, se me han entregado las llaves del Yemen. Ahora puedo ver la puerta de Saná». [Sunan an-Nasa’i, tomo 2, pág. 56]

Ibn Ishaq también mencionó una narración similar procedente de Hazrat Salman al-Farisi (que Allah esté complacido con él).

La ciudad de Medina está abierta por el norte y rodeada por montañas y palmerales en sus otros tres lados. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, era un experto estratega militar, perspicaz y experimentado. Sabía que los no musulmanes atacarían Medina precisamente desde el norte. Por ello, excavó la trinchera únicamente en el lado norte. [Ibn Hisham, tomo 2, pág. 219]

Los musulmanes continuaron con constancia la excavación de la zanja. Excavaban durante todo el día y regresaban a sus casas al anochecer. La excavación de la zanja quedó terminada, conforme al plan, antes de que el ejército de los incrédulos llegara a las afueras de Medina. [Ibn Hisham, tomo 2, págs. 220-221]

Los coraichitas llegaron con cuatro mil soldados y establecieron su campamento en Majma al-Asyal, entre Rawma, Jarf y Jagabar, en Medina. Por otro lado, los Gatafán y sus aliados de Nayad llegaron con seis mil soldados y establecieron su campamento en la zona de Yanb Naqmi, al este de Uhud.

Allah, el Altísimo, dice: «Cuando los creyentes vieron a las fuerzas confederadas, dijeron: “Esto es lo que Allah y Su Mensajero nos habían prometido, y Allah y Su Mensajero dijeron la verdad”. Y esto no hizo sino aumentar su fe y su obediencia». (Sura Al-Ahzab, aleya 22)

Pero cuando los hipócritas y los débiles de corazón los vieron, se estremecieron de miedo. Allah, el Señor de los mundos, dice: «Y los hipócritas y aquellos cuyos corazones estaban enfermos decían: “Lo que Allah y Su Mensajero nos habían prometido no es más que un engaño”». (Sura Al-Ahzab, aleya 12)

Para enfrentarse al ejército confederado de los no musulmanes, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— preparó un ejército de diez mil soldados. Adoptaron una posición defensiva, dando la espalda al monte Sala y frente a la fortaleza. Delante de ellos estaba la zanja o foso. La contraseña de los musulmanes era: «Ha-Mim, la insarun», es decir, que no se les prestara ayuda. La responsabilidad de Medina fue confiada a Abd Allah ibn Umm Maktum. Las mujeres y los niños fueron alojados en las distintas fortalezas y casas protegidas.

Los no creyentes llegaron a Medina y descubrieron que una zanja profunda y ancha se interponía entre ellos y Medina. En consecuencia, permanecieron sitiándola. Cuando partieron hacia Medina, no habían imaginado que encontrarían un obstáculo semejante ni estaban mentalmente preparados para ello. Comentaban que una estrategia defensiva de ese tipo era completamente nueva para los árabes. Como no habían previsto una táctica defensiva tan innovadora, los incrédulos quedaron desconcertados.

Al llegar cerca de la zanja, los no creyentes, cegados por la ira, quedaron desorientados. Habían pensado que derrotarían fácilmente a los musulmanes. Mientras tanto, los musulmanes vigilaban los movimientos de los incrédulos y no les permitían acercarse a la zanja. Cuando se aproximaban, les disparaban flechas. Como resultado, los no creyentes quedaron en una situación muy difícil. No se atrevían a acercarse a la zanja, y tampoco podían imaginarse rellenarla echando tierra.

¿Cómo podían los soldados coraichitas imponer un sitio junto a la zanja y esperar indefinidamente sin obtener ningún resultado? Eso era contrario a sus costumbres y a su honor. Un grupo de ellos cruzó la zanja o foso por un lugar estrecho. Después, algunos de ellos comenzaron a cabalgar de un lado a otro entre la zanja y Sala. Entre ellos estaban Amr ibn Abd, Ikrima ibn Abu Yahl, al-Darrar ibn al-Jattab y otros. El venerable Ali —que Allah esté complacido con él— salió acompañado de varios musulmanes. Tomó el control del lugar por el que habían entrado y les cerró la vía de regreso. Entonces Amr ibn Abd desafió a Ali —que Allah esté complacido con él—, llamándolo a un combate cuerpo a cuerpo. El León de Allah, Ali —que Allah esté complacido con él—, le dijo algo que enfureció a Amr, quien saltó del caballo. Después de matar al caballo, se presentó frente a Ali —que Allah esté complacido con él—. Era un gran guerrero. Se entabló entre ambos un violento combate. Cada uno atacaba al otro para someterlo. Finalmente, Ali —que Allah esté complacido con él— acabó con él. Los demás politeístas huyeron corriendo hacia el otro extremo de la zanja. Estaban aterrorizados. Ikrima, hijo de Abu Yahl, huyó dejando atrás su lanza.

Los politeístas intentaron por todos los medios cruzar la trinchera o rellenarla para abrir un camino. Pero los musulmanes no les permitían acercarse a la trinchera. Los repelían lanzándoles flechas y apuntándoles con lanzas, de tal manera que todos sus intentos fracasaron.

Debido a la intensidad de este enfrentamiento, los nobles Compañeros dejaron de realizar varias oraciones en su debido momento. En Sahih al-Bujari y Sahih Muslim se narra, por autoridad de Yabir (que Allah esté complacido con él), que Umar (que Allah esté complacido con él) llegó el día de la batalla de la Trinchera y, tras criticar duramente a los incrédulos, le dijo al Mensajero de Allah ﷺ: «¡Oh, Mensajero de Allah! Hoy he realizado la oración cuando el sol ya estaba poniéndose». El Mensajero ﷺ respondió: «Y yo todavía no he realizado la oración». Entonces los Compañeros hicieron la ablución después de que el Mensajero ﷺ realizara la suya. El Mensajero ﷺ realizó la oración de Asr, cuando el sol ya se había puesto, y después realizó la oración de Magrib.

El Mensajero ﷺ se sintió muy afligido por haberse visto obligado a recuperar la oración de Asr. Suplicó contra los politeístas. En Sahih al-Bujari se narra, por autoridad de Ali (que Allah esté complacido con él), que el Mensajero ﷺ dijo el día de la batalla de la Trinchera: «¡Oh Allah! Llena de fuego sus casas y sus tumbas, junto con todos los politeístas. Por causa de ellos tuvimos que realizar la oración de Asr cuando el sol ya se había puesto». [Sahih al-Bujari, tomo 2, pág. 590]

Se narra en el Musnad de Ahmad y en el Musnad de al-Shafi‘i que los politeístas no permitieron al Mensajero ﷺ realizar a su debido tiempo las oraciones de Zuhr, Asr, Magrib e Isha. El Mensajero ﷺ realizó estas oraciones juntas. El imán al-Nawawi dijo, acerca de la aparente discrepancia entre las narraciones de estos hadices, que todas ellas son correctas. La batalla de la Trinchera duró varios días: un día ocurrió una situación y otro día, otra distinta.

De estos hadices se entiende que los politeístas se esforzaron durante varios días por cruzar la trinchera y atacar Medina, mientras que los musulmanes repelían sus intentos. La trinchera se interponía entre ambos grupos. Por ello no hubo oportunidad de un enfrentamiento sangriento cuerpo a cuerpo; más bien, se lanzaron flechas unos contra otros.

Varios hombres de ambos bandos murieron a causa de las flechas. Sin embargo, su número fue de diez. Entre los politeístas muertos, dos —o quizá uno— perdieron la vida por golpes de espada.

Una flecha se clavó en el cuerpo de Sa‘d ibn Mu‘adh (que Allah esté complacido con él), hiriéndolo gravemente. La flecha fue disparada por un politeísta llamado Hibban ibn al-‘Ariqa, un hombre perteneciente a los coraichitas. Después de ser herido, Sa‘d (que Allah esté complacido con él) suplicó: «¡Oh Allah! Tú sabes que no hay pueblo cuyos miembros hayan rechazado a Tu Mensajero ﷺ y lo hayan expulsado de sus hogares, y contra el cual me sea más amado combatir por Tu causa, que este pueblo. ¡Oh Allah! Creo que has llevado a su etapa final la guerra entre nosotros y ellos. ¡Oh Allah! Si aún queda guerra contra los coraichitas, mantenme con vida para esa guerra, a fin de que pueda combatir contra ellos. Pero si has puesto fin a mi combate contra los incrédulos, no permitas que la herida que he sufrido sane; haz que esta herida sea la causa de mi muerte. [Sahih al-Bujari, tomo 2, pág. 591]». Al final de su súplica dijo: «¡Oh Allah! No me hagas morir hasta que mis ojos se alegren con respecto a Banu Qurayza». [Ibn Hisham, tomo 2, pág. 227]

En resumen, los musulmanes se enfrentaban, por un lado, a los problemas del campo de batalla, mientras que, por otro, continuaban las despreciables actividades de conspiración y maquinación. Los conspiradores intentaban introducir veneno en el cuerpo de los musulmanes. Hu­yay ibn Ajtab, el malvado dirigente de la tribu de Banu Nadir, acudió ante los miembros de la tribu de Banu Qurayza y se presentó ante su jefe, Ka‘b ibn Asad. Este Ka‘b ibn Asad era precisamente el mediador que había concertado el pacto en nombre de Banu Qurayza. Este hombre había pactado con el Mensajero ﷺ que lo ayudaría en tiempos de guerra. Ya se ha tratado anteriormente este asunto.

Huyayy llegó y llamó a la puerta de Ka‘b. En cuanto Ka‘b vio a Huyayy, le abrió la puerta. Después de entrar, Huyayy dijo: «¡Oh, Ka‘b! He traído para ti la gloria de la época y un mar embravecido. He reunido a todos los qurayshíes, junto con sus jefes, en Rumat al-Majma‘ al-Asyal. También he reunido a los miembros de la tribu de Banu Gatafán, junto con todos sus jefes, en Yanb Nakim, cerca de Uhud. Me han prometido que no abandonarán ese lugar hasta exterminar por completo a Muhammad y a sus compañeros».

Ka‘b dijo: «¡Por Dios! Has venido con la humillación de mi época y una nube cargada de lluvia. De esa nube solo relampaguea y se oyen truenos, pero no queda nada bueno en ella. ¡Ay de ti, Huyayy! Déjame en mi situación. No he visto en Muhammad más que sinceridad y lealtad». Sin embargo, Huyayy comenzó a acariciar la cabeza y el cuerpo de Ka‘b y, abrazándolo con fingida emoción, empezó a manifestarle un amor sincero. De este modo, finalmente logró que Ka‘b aceptara. No obstante, Huyayy tuvo que comprometerse a que, si los qurayshíes se veían obligados a regresar sin haber acabado con Muhammad, él entraría con Ka‘b en su fortaleza y aceptaría el mismo destino que le aguardara. Después de la promesa de Huyayy, Ka‘b ibn Asad rompió el pacto que había concertado con el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y violó el tratado celebrado con los musulmanes, participando en la guerra contra ellos del lado de los idólatras. Ibn Hisham, tomo II, pp. 220-221

Después de esto, los judíos de Banu Qurayza comenzaron a prepararse para combatir contra los musulmanes. Ibn Ishaq dice que Safiyya bint Abd al-Muttalib se encontraba dentro de la fortaleza llamada Fari‘, perteneciente a Hassan ibn Zabit. Hassan también estaba allí con las mujeres y los niños. Safiyya —que Allah esté complacido con ella— relata: «Un judío pasó cerca de nosotros y comenzó a rondar la fortaleza. Esto ocurrió cuando Banu Qurayza había violado el tratado celebrado con el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y había entrado en guerra contra él. En aquel momento no había nadie entre nosotros y los judíos que habían roto el pacto que pudiera garantizar nuestra seguridad. El Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— estaba ocupado, junto con sus compañeros, enfrentándose al ejército enemigo aliado. Si alguien nos atacaba, el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— no podía acudir a nosotros. Entonces llamé la atención de Hassan y le dije: “¡Oh, Hassan! Un judío está rondando la fortaleza. Sospecho que incitará a los demás judíos contra nosotros. El Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y los compañeros están tan ocupados con otros asuntos que no podrán venir aquí. Ve, pues, y mátalo”. Hassan ibn Zabit respondió: “Sabes que no soy hombre para ese tipo de tarea”. Entonces Safiyya —que Allah esté complacido con ella— continuó relatando: «Me até una tela alrededor de la cintura, tomé un palo, salí de la fortaleza, me acerqué al judío y lo golpeé brutalmente hasta matarlo. Después regresé a la fortaleza y le dije a Hassan: “Ve y quítale las armas y demás pertenencias”. Como era un hombre, no le quité las armas. Hassan —que Allah esté complacido con él— respondió: “No necesitamos sus armas ni sus pertenencias”». 18

El acto de valentía de la tía paterna del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— para proteger a las mujeres y los niños musulmanes tuvo un gran efecto. Los judíos pensaron que dentro de la fortaleza había una fuerza de apoyo musulmana. Por ello, no se atrevieron a enviar a nadie más cerca de aquella fortaleza, aunque allí no había ningún soldado.

Sin embargo, para demostrar su solidaridad con los soldados idólatras de Quraysh, les suministraban regularmente alimentos. En cierto momento, los musulmanes se apoderaron de veinte camellos de aquellas provisiones.

En resumen, tan pronto como el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— recibió la noticia de que los judíos habían roto su promesa, prestó atención al asunto. Primero quiso verificar su autenticidad, para que quedara clara la verdadera actitud de Banu Qurayza. Si se demostraba que habían violado las condiciones del tratado celebrado, se adoptarían las medidas militares necesarias conforme a ello.

Por ello, el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— envió a varios compañeros: Sa‘d ibn Mu‘adh —que Allah esté complacido con él—, Sa‘d ibn ‘Ubadah —que Allah esté complacido con él—, ‘Abdullah ibn Rawahah —que Allah esté complacido con él— y Khawwat ibn Jubayr —que Allah esté complacido con él—. El Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— les dijo: «Id y comprobad lo que se está diciendo acerca de Banu Qurayza, y luego informadme de ello mediante una señal. Pero si se trata de un rumor, proclamad públicamente que permanecen firmes en el tratado celebrado con ellos».

Los compañeros fueron a ver a los miembros de la tribu de Banu Qurayza y observaron que proferían palabras insultantes contra el Mensajero de Allah y los musulmanes. Decían: «¿Y quién es el Mensajero de Allah? No existe ningún tratado entre nosotros y Muhammad». Al oír esto, los compañeros regresaron. Cuando llegaron ante el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, solo le dijeron mediante una señal: «Adal y Qaraha». Es decir, Banu Qurayza estaba cometiendo una traición del mismo tipo que la que las tribus de Adal y Qaraha habían cometido contra la delegación musulmana.

18. Ibn Hisham, tomo 2, pág. 228

Aunque quiso hacérselo entender mediante señas, los demás Compañeros lo comprendieron. Como consecuencia, todos se enfrentaron a una situación terrible.

En realidad, la situación que tenían entonces los musulmanes ante sí era sumamente compleja. A sus espaldas se encontraba la tribu de Banu Qurayza. Si los atacaban, no había nadie que pudiera contener el ataque. Al frente estaba el ejército combinado de los incrédulos. Tampoco podían permitirse desatenderlos. No se había dispuesto ninguna medida para proteger a las mujeres y los niños musulmanes, que se encontraban al alcance de los judíos traidores. Por estas razones, el estado psicológico de los musulmanes se había vuelto sumamente delicado. Allah, el Altísimo, describió así aquella situación: «Cuando vinieron contra vosotros desde arriba y desde abajo, cuando vuestros ojos se desorbitaron y vuestros corazones llegaron a vuestras gargantas, y cuando albergabais toda clase de pensamientos acerca de Allah. Allí los creyentes fueron puestos a prueba y fueron sacudidos violentamente». (Sura al-Ahzab, versículos 10-11)

En aquel momento, algunos hipócritas también comenzaron a actuar. Decían entre ellos: «Muhammad nos había prometido que disfrutaríamos de los tesoros de César y de Cosroes, pero ahora nos encontramos en una situación en la que incluso salir para orinar o defecar implica arriesgar la vida». Algunos hipócritas acudían a los dirigentes de su grupo y les decían: «Nuestras casas están expuestas ante el enemigo. Dadnos permiso para regresar a nuestros hogares. Nuestras casas están fuera de la ciudad».

La situación llegó a tal punto que los miembros de la tribu de Banu Salama comenzaron a vacilar. Pensaban en retirarse. Allah, el Altísimo, dice acerca de ellos: «Y los hipócritas, aquellos cuyos corazones estaban enfermos, decían: “Allah y Su Mensajero no nos han prometido sino engaño”. Y un grupo de ellos dijo: “¡Oh, habitantes de Yathrib! No hay lugar para vosotros aquí; regresad”. Y un grupo de ellos pedía permiso al Profeta diciendo: “Nuestras casas están desprotegidas”. Pero no estaban desprotegidas; en realidad, solo pretendían huir». (Sura al-Ahzab, versículos 12-13)

Mientras la situación era así por un lado, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) permaneció acostado, envuelto en su manto. Al verlo tendido así durante tanto tiempo, la inquietud de los Compañeros aumentó aún más. Después de un rato, una nueva inspiración surgió en el corazón del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Se levantó diciendo «¡Allah es el más grande!» y declaró: «¡Oh musulmanes! Recibid la buena noticia de la ayuda y la victoria de Allah».

A continuación, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) adoptó un plan para hacer frente a la situación existente. Envió a un grupo de musulmanes para garantizar la seguridad. Temía que, al ver a los musulmanes desprevenidos, los judíos lanzaran de repente un ataque contra las mujeres y los niños musulmanes. Sin embargo, era necesario adoptar una medida decisiva que permitiera separar entre sí a los distintos grupos enemigos. Para lograr este objetivo, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) pensó en llegar a un acuerdo con los dos jefes de Banu Ghatafan, Uyaina ibn Hisn y al-Harith ibn Awf.

Mediante ese acuerdo, se entregaría a Banu Ghatafan un tercio de las cosechas producidas en Medina. Si se les ofrecía una concesión semejante, los judíos se retirarían. Como resultado, los musulmanes podrían enfrentarse mejor a los enemigos qurayshíes. Se llegó a debatir una propuesta de ese tipo. Pero cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) consultó con dos destacados Compañeros, Sa’d ibn Mu’adh y Sa’d ibn ‘Ubadah, ellos expresaron una opinión diferente. Dijeron: «Oh Mensajero de Allah, si Allah, el Altísimo, te ha dado esta orden, la aceptaremos sin objeción. Pero si quieres hacerlo solo por nosotros, te decimos que no lo necesitamos. Cuando nosotros y ellos adorábamos ídolos, ellos no podían esperar de nosotros ni un solo grano, salvo mediante la hospitalidad y el comercio. Ahora Allah, el Altísimo, nos ha concedido honor y dignidad. ¿En estas circunstancias vamos a darles nuestras riquezas? ¡Por Allah!, solo les daremos nuestras espadas». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo que la opinión de ambos Compañeros era acertada y añadió: «Yo había pensado otra cosa. Toda Arabia se ha unido para levantarse contra vosotros. Al pensar en ello, solo por vosotros quise hacer esto».

Después, por voluntad de Allah, comenzó a desintegrarse el bando enemigo. Surgieron fisuras en su unidad y su filo se embotó. Nuaim ibn Masud ibn Amir al-Ashyai, de la tribu de Banu Gatafán, se presentó discretamente ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! He abrazado el islam, pero todavía no se lo he revelado a la gente de mi pueblo. Ordéname lo que desees». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— respondió: «No puedes emprender una acción militar contra ellos, pero provoca divisiones entre ellos tanto como puedas y destruye su moral. La guerra es una estratagema».

Después de escuchar esta instrucción, Nuaim —que Allah esté complacido con él— fue sin demora a Banu Qurayza. En otro tiempo había mantenido una relación muy estrecha con ellos. Al llegar, les dijo: «Ustedes saben que los amo y que existe entre nosotros una relación especial». Ellos respondieron: «Sí». Nuaim dijo: «Entonces escuchen: mi opinión sobre los qurayshitas difiere de la de ustedes. Esta zona es su propio territorio. Aquí están sus casas, sus riquezas y sus familias. No pueden abandonarlo todo. Los hombres de Qurays y de Gatafán han venido a combatir contra los musulmanes, y ustedes les han ofrecido apoyo y solidaridad. ¿Qué han hecho? ¿Qué tienen aquí Qurays y Gatafán? No tienen aquí casas, riquezas ni familias. Si encuentran una oportunidad, tomarán alguna medida; de lo contrario, recogerán sus pertenencias y se marcharán. Después, ustedes se quedarán solos frente a Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. Entonces él tomará de ustedes la venganza que quiera». Al oír esto, los miembros de Banu Qurayza se alarmaron y dijeron: «Nuaim, dinos, ¿qué podemos hacer ahora?». Nuaim respondió: «Pidan a los qurayshitas que les entreguen algunos hombres como rehenes. Si se niegan, no participen en absoluto en la guerra junto a ellos». Los miembros de Qurayza dijeron: «Has hablado con verdad y sensatez».

Después, Nuaim —que Allah esté complacido con él— se dirigió directamente a los líderes de Qurays. Les dijo: «No ignoran el amor que les tengo ni mi sinceridad al desear su bienestar». Al oír a Nuaim, respondieron: «Sí». Nuaim dijo: «Entonces escuchen: los judíos se sienten avergonzados por haber roto el tratado celebrado con Muhammad. Actualmente han acordado por escrito que tomarán como rehenes a algunos de ustedes y se los entregarán a Muhammad. Después restablecerán sus relaciones con él. Por tanto, si los judíos les piden algunos hombres como rehenes, no se los entreguen bajo ninguna circunstancia». Después, Nuaim —que Allah esté complacido con él— fue también a los hombres de la tribu de Gatafán y les dijo lo mismo, sembrando sus sospechas contra Qurays. Como resultado, en plena noche, los qurayshitas enviaron un mensaje a los judíos: «Nuestra situación no es buena; nuestros caballos y camellos están muriendo. Vengan, pues, ataquemos juntos a Muhammad. Ustedes ataquen por aquel lado y nosotros lo haremos por este». Los judíos respondieron: «Hoy es sábado, como saben. ¿Qué castigo recibieron en el pasado quienes violaron las disposiciones de la ley religiosa sobre este día? Además, no participaremos en la guerra mientras no nos entreguen algunos de sus hombres como rehenes». Cuando el mensajero regresó y comunicó la respuesta de los judíos, Qurays y Gatafán dijeron: «¡Por Allah! Nuaim decía la verdad». Luego enviaron a los judíos este mensaje: «¡Por Dios! No podemos enviarles ningún rehén. Ataquen ahora mismo desde su posición; nosotros atacaremos desde aquí». Al oír esto, los miembros de Banu Qurayza dijeron: «Nuaim sí decía la verdad». Así surgió la desconfianza entre ambos bandos. La desesperanza se apoderó también de los soldados de cada grupo y aparecieron fisuras entre las tropas aliadas.

En aquel momento, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— y los musulmanes alzaron las manos para suplicar a Allah, Señor de los mundos. Los musulmanes suplicaban: «¡Oh, Allah! Protégenos y líbranos de nuestra aflicción».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— suplicaba: «¡Oh, Allah! Tú has revelado el Libro y pronto ajustarás las cuentas. Derrota a esas tropas. ¡Oh, Allah, derrótalas y hazlas temblar!» [Bujari, Kitab al-Yihad, vol. 1, p. 411; Kitab al-Maghazi, vol. 2, p. 590].

Allah, Señor de los mundos, aceptó las súplicas de Su amado Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda la paz— y de los musulmanes entregados. Después de que la alianza de los politeístas comenzara a desintegrarse y surgieran entre ellos la desesperanza y la desconfianza mutua, Allah envió contra ellos un viento tempestuoso. El viento volcó sus tiendas, esparció sus pertenencias y arrancó las estacas de las tiendas. Nada quedó en su lugar. Junto con ello, Allah envió un grupo de ángeles. Como consecuencia, los corazones de los incrédulos temblaron violentamente y la poderosa influencia de los musulmanes se dejó sentir en sus corazones.

En aquella noche fría y azotada por el viento, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— envió a Hudhayfa ibn al-Yamán para traer noticias de los incrédulos. Al llegar, comprobó que los politeístas se preparaban para huir. Hudhayfa —que Allah esté complacido con él— regresó e informó al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. Por la mañana se vio que todo el campo estaba vacío. Allah había obligado a las tropas enemigas a retirarse sin obtener beneficio alguno. Así, Allah cumplió la promesa que había hecho a Su amado Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda la paz— y a los musulmanes. Honró a Sus amados siervos, los ayudó y derrotó a las tropas de los incrédulos. Después de que los incrédulos se retiraran, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— regresó a Medina.

Según el relato correcto, la batalla de la Zanja tuvo lugar en el mes de Shawwal del quinto año de la Hégira. Los politeístas mantuvieron sitiados a los musulmanes durante un mes o aproximadamente un mes. Al revisar todos los datos, se observa que el sitio comenzó en Shawwal y terminó en el mes de Dhu al-Qada. Ibn Sad dice que el día en que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— regresó de la Zanja era miércoles. Todavía faltaban siete días para que terminara el mes de Dhu al-Qada.

La batalla del Foso, o de la Trinchera, en realidad no fue una batalla de derrota; por el contrario, los musulmanes triunfaron en ella. En esta batalla no hubo prácticamente ningún enfrentamiento sangriento. Aun así, fue una batalla decisiva en la historia del islam. En ella, la moral de los politeístas quedó completamente quebrantada, y quedó claro que ninguna fuerza de Arabia podría aniquilar la fuerza que estaba desarrollándose en Medina. En el futuro, a los politeístas no les sería posible reunir más soldados de los que habían reunido en la batalla del Foso; tampoco les había sido posible hacerlo entonces. Por eso, al regresar de la batalla del Foso, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo: «Ahora seremos nosotros quienes los ataquemos; ellos ya no podrán atacarnos. Ahora nuestro ejército marchará contra ellos». (Sahih al-Bujari, tomo II, pág. 590)

La batalla de Banu Qurayza

Después de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, regresara del Foso, se encontraba en cierto momento en la casa de Umm Salama, durante la hora de la oración del mediodía. En ese momento, Yibril, la paz sea con él, llegó y dijo: «Oh Mensajero de Allah, has dejado las armas, pero los ángeles todavía no las han dejado. Siguiendo a la gente, yo también he venido a ti. Levántate y marcha con tus compañeros hacia Banu Qurayza. Yo iré delante de vosotros. Haré temblar sus fortalezas y llenaré sus corazones de miedo y terror». Dicho esto, Yibril, la paz sea con él, partió con los ángeles.

Mientras tanto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, hizo que un compañero anunciara que quienes pudieran oír el anuncio y estuvieran dispuestos a obedecer debían ir a Banu Qurayza para realizar allí la oración de la tarde. Después de confiar la responsabilidad de cuidar Medina a Abd Allah ibn Umm Maktum, que Allah esté complacido con él, y de entregar el estandarte a Ali, que Allah esté complacido con él, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, partió hacia Banu Qurayza. Cuando Ali, que Allah esté complacido con él, llegó cerca de las fortalezas de Banu Qurayza, los judíos de aquella tribu comenzaron a insultar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz.

Poco después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, llegó allí acompañado por los compañeros emigrados y los auxiliares. Primero se detuvo junto a un estanque llamado Ana. Al oír el anuncio de la guerra, los musulmanes también partieron hacia la tribu de Banu Qurayza. Durante el camino llegó la hora de la oración de la tarde. Algunos dijeron: «Se nos ordenó ir a Banu Qurayza para realizar allí la oración de la tarde; la realizaremos al llegar». Ellos hicieron la oración de la tarde después de la oración de la noche. Otros compañeros, al llegar la hora de la oración de la tarde mientras estaban en el camino, la realizaron allí mismo. Dijeron que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, les había ordenado realizarla en Banu Qurayza únicamente para insistir en que se apresuraran a llegar. Cuando este asunto fue planteado ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, no censuró a ninguno de los dos grupos.

En resumen, los nobles compañeros, divididos en distintos grupos, llegaron a Banu Qurayza y se reunieron con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Después sitiaron las fortalezas de Banu Qurayza. Los compañeros eran tres mil y tenían treinta caballos. Cuando el asedio se volvió intenso, Ka’b ibn Asad, el jefe de los judíos, presentó tres propuestas ante todos ellos.

1) Aceptar el islam, entrar en la religión de Muhammad y, mediante ello, proteger sus vidas, bienes y familias. «Por Allah, ya os ha quedado claro que Muhammad es verdaderamente un profeta y un mensajero, y que él es el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda la paz, cuya venida se menciona en vuestros libros.»

2) Matar con sus propias manos a sus familias y lanzarse con las espadas, con todas sus fuerzas, contra los musulmanes. Después, tendría que producirse la victoria o la derrota. Incluso podría ocurrir que todos fueran muertos en la batalla.

Tercero: engañar al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y a los compañeros, y lanzarse contra ellos el sábado, pues estarían seguros de que ese día no habría ningún combate.

Algunos judíos no aceptaron ninguna de las tres propuestas mencionadas. Irritado por ello, Ka‘b ibn Asad dijo: «Desde que nacisteis del vientre de vuestra madre, ninguno de vosotros ha pasado siquiera una noche con sensatez y buen juicio».

Después de rechazar las tres propuestas, a los Banu Qurayza solo les quedaba un camino: entregar las armas ante el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y poner en sus manos la decisión sobre su destino. Sin embargo, antes de entregar las armas, los judíos expresaron su deseo de consultar con algunos de sus aliados musulmanes. Pensaban que, mediante esa consulta, quizá podrían obtener alguna indicación de los musulmanes sobre las consecuencias de entregar las armas. Con ese propósito, enviaron una propuesta al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—: «Por favor, envíanos a Abu Lubaba. Queremos consultarle algo». Abu Lubaba era aliado de los judíos. También tenía su huerto y a su familia en la zona de los judíos. Cuando Hazrat Abu Lubaba (que Allah esté complacido con él) llegó allí, las mujeres y los niños judíos corrieron hacia él y comenzaron a llorar desconsoladamente. Al ver aquella situación, sus propios ojos se llenaron de lágrimas. Los judíos le dijeron: «Abu Lubaba, ¿quieres que entreguemos las armas y nos sometamos al juicio de Muhammad?». Él respondió: «Sí». Acto seguido, señaló su garganta. Con ese gesto quería decir: «Podéis entregar las armas, pero después de entregarlas seréis degollados». En cuanto hizo aquel gesto, Hazrat Abu Lubaba recordó que había traicionado a Allah, el Altísimo, y al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Al recordar esto, en lugar de regresar junto al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, se dirigió directamente a la Mezquita del Profeta. Luego se ató a una de las columnas de la Mezquita del Profeta y juró que nadie, excepto el propio Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, desataría sus ataduras con sus manos puras. También prometió que nunca volvería a entrar en el territorio de los Banu Qurayza. Mientras tanto, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, al ver que el enviado Abu Lubaba tardaba en regresar, se preguntaba qué habría ocurrido. Después de enterarse de todo, dijo: «Si hubiera regresado junto a mí, habría suplicado a Allah por su perdón. Pero, puesto que ha hecho lo que ha hecho, ahora no podré desatarlo hasta que Allah, el Altísimo, acepte su arrepentimiento».

A pesar del gesto de Abu Lubaba, los judíos decidieron entregar las armas ante el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Pensaron que aceptarían cualquier decisión que él tomara. Sin embargo, los Banu Qurayza podrían haber soportado durante mucho tiempo el asedio si lo hubieran querido. Disponían de abundantes provisiones, suficiente agua y sólidas fortalezas. En cambio, los musulmanes sufrían en campo abierto un frío tan intenso que congelaba la sangre, además del hambre. Debido a las numerosas batallas libradas incluso antes de la batalla del Foso, estaban agotados física y mentalmente. Pero la batalla contra los Banu Qurayza fue, en realidad, una guerra psicológica. Allah, el Altísimo, había infundido en los judíos un profundo respeto por los musulmanes. Su moral se había quebrado. Entonces, una sola proclamación de Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) los dejó completamente abatidos. Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) y Hazrat Zubayr ibn al-Awwam avanzaron hacia la zona habitada por la tribu de los Banu Qurayza. Luego Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) proclamó con gran valentía: «¡Escuchad, emigrantes creyentes, escuchad! ¡Ya no hay más demora! ¡Por Allah, esta vez beberé lo mismo que bebió Hazrat Hamza (que Allah esté complacido con él), o conquistaré la fortaleza!»

Al escuchar aquella valiente determinación de Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él), los Banu Qurayza no tardaron más. Se entregaron en manos del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y dijeron: «Haced lo que consideréis conveniente». El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— ordenó: «Atad a los hombres». Bajo la supervisión de Muhammad ibn Maslama al-Ansari, ataron las manos de todos los hombres. Las mujeres y los niños fueron separados. Los miembros de la tribu de Aws comenzaron a suplicar insistentemente al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—: «Recordáis cómo tratasteis a los Banu Qaynuqa. Los Banu Qaynuqa eran aliados de nuestros hermanos, los Banu Jazray, y estos también son nuestros aliados. Por tanto, tratadlos favorablemente». El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «¿Estaríais satisfechos si uno de los vuestros tomara una decisión sobre ellos?». Ellos respondieron: «Sí, sí, por supuesto». El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Sa‘d ibn Mu‘adh tomará la decisión sobre este asunto». Los miembros de la tribu de Aws respondieron: «Estamos satisfechos con ello».

Después, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— mandó llamar a Hazrat Sa‘d ibn Mu‘adh. Él se encontraba en Medina. No había podido venir con los emigrantes musulmanes. Durante la batalla del Foso, una flecha lanzada por un soldado enemigo le había cortado una vena del brazo. Lo llevaron montado en un burro ante el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. En cuanto entró en la zona de los Banu Qurayza, los judíos lo rodearon y comenzaron a decirle: «¡Oh, Sa‘d! Ten compasión de tus aliados y toma una decisión beneficiosa para ellos. El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— te ha nombrado juez». Hazrat Sa‘d permaneció en silencio y no respondió. Finalmente, harto de las súplicas que le llegaban de todas partes, dijo: «Ha llegado el momento de que Sa‘d no tema, por causa de Allah, la mirada furiosa de ningún poderoso». Al oír esto, algunos hombres corrieron inmediatamente a Medina y difundieron la noticia de que los prisioneros serían ejecutados.

Cuando Hazrat Sa‘d se acercó al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, este dijo a los judíos: «Avanzad hacia vuestro jefe». Cuando Hazrat Sa‘d (que Allah esté complacido con él) se presentó ante el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, este le dijo: «¡Oh, Sa‘d! Ellos han aceptado someterse a tu decisión». Hazrat Sa‘d (que Allah esté complacido con él) preguntó: «¿Mi decisión será aplicable a ellos?». Todos respondieron: «Sí». Él preguntó: «¿También será aplicable a los musulmanes?». Ellos respondieron: «Sí». Preguntó: «¿También será aplicable a quien está aquí presente?». Lo dijo señalando al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Sin embargo, no se atrevía a mirar directamente el rostro resplandeciente del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, por lo que pronunció estas palabras mirando hacia otro lado. El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— respondió: «Sí, también será aplicable a mí». Hazrat Sa‘d (que Allah esté complacido con él) dijo: «Entonces declaro que mi decisión sobre ellos es la siguiente: los hombres serán ejecutados, las mujeres y los niños serán hechos prisioneros, y sus bienes serán distribuidos». El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Has dictado sobre ellos la misma decisión que Allah, el Altísimo, estableció sobre los siete cielos».

El veredicto de Sa’d ibn Mu’adh (que Allah esté complacido con él) fue sumamente justo y equitativo. Pues, además de la terrible traición que los Banu Qurayza habían cometido contra los musulmanes en el momento más crítico de su vida o muerte, estaban decididos a exterminarlos, lo consiguieran o no. Habían almacenado mil quinientas espadas, dos mil lanzas, trescientas armaduras y quinientos escudos para utilizarlos contra los musulmanes. Después de la victoria, los musulmanes recuperaron todas esas armas.

Después de este veredicto, por orden del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, los Banu Qurayza fueron llevados a Medina y retenidos en la casa de la hija de Hariz, de la tribu de los Banu Nayyar. Aquella mujer era hija de un hombre llamado Hariz, de la tribu de los Banu Nayyar. Luego se cavó una zanja en el mercado de Medina. Después de excavar la profunda fosa o zanja, llevaron en grupos a los judíos atados y, tras decapitarlos, arrojaron sus cuerpos a ella. Cuando comenzó la matanza en masa, algunos judíos preguntaron a su jefe, Ka’b ibn Asad: «¿Cuál es su reacción ante el trato que estamos recibiendo?». Él respondió bruscamente: «¿Es que no entendéis nada? ¿No veis que quien es llevado no regresa? Y no dejan de llamar a otros. Los están matando; simplemente los llaman para matarlos». En resumen, todos los judíos que tenían las manos atadas fueron ejecutados en Medina. Su número oscilaba entre seiscientos y setecientos.

Como resultado de esta acción, fueron exterminadas aquellas serpientes venenosas de la traición. Habían roto el firme pacto que tenían con los musulmanes. Para acabar con ellos, habían cometido un grave crimen de guerra al colaborar con los enemigos en un momento delicado. La pena de muerte era el único castigo para un crimen tan grave. No se cometió ninguna injusticia contra ellos.

Junto con la destrucción de los Banu Qurayza, Huyayy ibn Ajtab, el demonio de los Banu Nadir y uno de los principales culpables de la batalla de la Trinchera, llegó también al desenlace de sus actos. Este hombre era el padre de Safiyya (que Allah esté complacido con ella), una de las Madres de los Creyentes. Después de que los qurayshíes y los Banu Gatafán se retiraran, el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y los musulmanes sitiaron a los Banu Qurayza. Cuando estos fueron sitiados, Huyayy ibn Ajtab también quedó sitiado, pues durante la batalla de la Trinchera había prometido a Ka’b ibn Asad que permanecería con ellos en sus momentos de dificultad, cuando lo incitó a traicionar a los musulmanes. Ahora estaba cumpliendo su promesa. Cuando fue llevado ante el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, se vio que había rasgado su vestimenta un dedo de ancho por todos sus lados. La había rasgado así para poder ceñírsela con fuerza. Al presentarse ante el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, dijo: «Escuchad: no me arrepiento de haber sido hostil hacia vosotros. Pero quienes luchan contra Allah son derrotados». Luego se dirigió a todos y dijo: «¡Oh, gente! No hay motivo para lamentarse por el decreto de Allah. Esto no es sino lo que estaba escrito en el destino: una gran matanza que Allah, Exaltado sea, había decretado para los hijos de Israel». Después se sentó y fue decapitado.

En este incidente también fue ejecutada una mujer de los Banu Qurayza. Esta mujer había matado a Jallad ibn Suwayd arrojándole una piedra de molino para triturar trigo. Fue ejecutada en represalia por ese asesinato.

El Mensajero ordenó que se ejecutara a todo aquel a quien ya le hubiera crecido vello por debajo del ombligo. Como Atiyya al-Qurazi aún no tenía vello por debajo del ombligo, fue dejado en libertad. Más tarde abrazó el islam y ennobleció su vida bajo su protección.

Zabit ibn Qays (que Allah esté complacido con él) pidió que Zubayr ibn Bata y su familia le fueran entregados como donación. El Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— aprobó esta petición. Entonces Zabit ibn Qays dijo a Zubayr: «El Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— te ha entregado a ti y a tu familia. Os estoy liberando; desde ahora sois libres». Cuando Zubayr ibn Bata se enteró de que habían matado a sus compatriotas, dijo a Zabit ibn Qays: «Zabit, te lo suplico por el favor que te hice en otro tiempo: haz que me reúna también con mis amigos». Después fue ejecutado. El hijo de Zubayr ibn Bata, Abd al-Rahman, no fue ejecutado; posteriormente abrazó el islam. Umm al-Mundhir Salma bint Qays, de la tribu de los Banu Nayyar, pidió al Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— que le entregara a Rifa’a, hijo de Samaw’al al-Qurazi. El Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— también aceptó esta petición y le entregó a Rifa’a. Umm al-Mundhir lo mantuvo con vida. Más tarde, Rifa’a abrazó el islam.

Aquella noche, antes de la entrega de las armas, varias personas abrazaron el islam, por lo que se garantizó la seguridad de sus vidas, bienes y familias. Esa noche salió un hombre llamado Amr. Este hombre no había participado en la traición de los Banu Qurayza. Muhammad ibn Maslama (que Allah esté complacido con él), comandante de los guardias, lo reconoció y, tras identificarlo, lo dejó marchar. Más tarde, aquel hombre desapareció y nunca volvió a saberse nada de él.

El Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, apartó un quinto de los bienes de Banu Qurayza y distribuyó todo lo demás entre los musulmanes. Concedió tres partes a los jinetes: una para el jinete y las otras dos para su caballo. A quienes habían llegado a pie se les concedió una parte. Los prisioneros y los niños fueron enviados a Nayad bajo el mando de Sa‘d ibn Zayd al-Ansari, y a cambio de ellos se compraron armas y caballos.

El Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, eligió para sí a Rayhana bint ‘Amr ibn Junafa entre las mujeres de Banu Qurayza. Según el relato de Ibn Ishaq, esta mujer permaneció con el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, hasta su fallecimiento. [Ibn Hisham, tomo 2, pág. 245]

Al-Kalbi narró que el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, liberó a Rayhana y contrajo matrimonio con ella. La señora Rayhana, que Allah esté complacido con ella, falleció después de que el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, regresara de la Peregrinación de Despedida. Fue enterrada en Jannat al-Baqi. [Tanqih al-Fuhum, pág. 12]

Después de que tuvo lugar el episodio de Banu Qurayza, se acercó el momento de que fuera aceptada la súplica del piadoso siervo de Allah, Sa‘d ibn Mu‘adh, que Allah esté complacido con él. Esto ya fue mencionado al tratar la batalla de la Trinchera. La herida de Sa‘d, que Allah esté complacido con él, se abrió. En ese momento se encontraba en la Mezquita del Profeta. El Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, instaló allí una tienda para él, de modo que pudiera ser atendido de cerca. La señora Aisha, que Allah esté complacido con ella, dijo: cuando la herida se abrió, había varias tiendas de Banu Sheffar en la mezquita. Al ver el flujo de sangre de Sa‘d, se sobresaltaron y dijeron: «Oh, habitantes de las tiendas, ¿qué sucede? Algo viene desde vuestro lado hacia nosotros». Al observarlo, se comprobó que la sangre de Sa‘d ibn Mu‘adh, que Allah esté complacido con él, fluía sin cesar. Finalmente, Sa‘d ibn Mu‘adh, que Allah esté complacido con él, falleció a causa de aquella herida. [Sahih al-Bujari, tomo 2, pág. 591]

Se narró de Yabir, que Allah esté complacido con él, en Bujari y Muslim, que el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, dijo: «Con la muerte de Sa‘d ibn Mu‘adh, que Allah esté complacido con él, el Trono del Misericordioso se estremeció». [Sahih al-Bujari, tomo 1, pág. 536; Muslim, tomo 2, pág. 294; Yami‘ al-Tirmidhi, tomo 2, pág. 225]

El imán al-Tirmidhi narró un hadiz de Anas, que Allah esté complacido con él, y lo calificó de sahih. En ese hadiz se relata que, cuando levantaron el féretro de Sa‘d, la gente dijo: «Qué ligero es su féretro». El Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, dijo: «Los ángeles están llevando su féretro». [Yami‘ al-Tirmidhi, tomo 2, pág. 225]

Durante el asedio de Banu Qurayza, un musulmán alcanzó el martirio. Una mujer de Banu Qurayza le arrojó a este compañero una piedra de molino para moler trigo. Además, Abu Sinan ibn Muhsin, hermano de ‘Ukasha, falleció durante el asedio.

Abu Lubaba, que Allah esté complacido con él, pasó seis noches consecutivas atado a una de las columnas de la Mezquita del Profeta. Cuando llegaba la hora de la oración, su esposa lo desataba y, después de la oración, volvía a atarlo. Una mañana, seis días después, llegó al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, la revelación de que la expiación de Abu Lubaba había sido aceptada. En ese momento, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, se encontraba en la casa de la señora Umm Salama, que Allah esté complacido con ella. Abu Lubaba, que Allah esté complacido con él, dijo: «La Madre de los Creyentes, la señora Umm Salama, que Allah esté complacido con ella, se situó en la puerta de su casa y me dijo: “Oh, Abu Lubaba, alégrate; Allah Altísimo ha aceptado tu arrepentimiento”». Al oír esto, los compañeros se acercaron para desatarlo, pero él no aceptó. Dijo: «Nadie desatará mis ataduras excepto el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz». El Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, desató a Abu Lubaba cuando se dirigía a realizar la oración del alba.

Este asedio tuvo lugar en el mes de Dhul Qa‘dah. El asedio se mantuvo durante 25 días completos.[Ibn Hisham, tomo 2, pp. 237-238. Para una descripción detallada de la batalla, véanse Ibn Hisham, tomo 2, pp. 233-273; Sahih al-Bujari, tomo 2, pp. 590-591; Zad al-Ma‘ad, tomo 2, pp. 72-73, 74; y Mujtasar al-Siyar, del jeque Abdul-lah, pp. 287-290]

Allah, exaltado sea, reveló numerosos versículos en la sura Al-Ahzab del Noble Corán acerca de Banu Qurayza y la batalla de la Zanja. En ellos se examinan diversos aspectos de ambas batallas. Se describe la situación de los creyentes y los hipócritas. Se menciona la discordia y la cobardía entre los distintos grupos enemigos. También se explica el desenlace de la traición de la Gente del Libro.

Expediciones militares después de las batallas de la Zanja y de Banu Qurayza

1) El asesinato de Salam ibn Abu al-Huqayq

La kunya de Salam ibn Abu al-Huqayq era Abu Rafi‘. Este hombre era uno de los peores criminales de entre los judíos, pues conspiraba contra los musulmanes y ayudaba a sus enemigos con riquezas y alimentos. Además, había causado daño al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Por estas razones, después de que los musulmanes se libraran de Banu Qurayza, varios sahabas de la tribu de Jazrach solicitaron permiso para matar a Abu Rafi‘. Anteriormente, varios sahabas de la tribu de Aus habían participado en el asesinato de Ka‘b ibn al-Ashraf, por lo que los sahabas de Jazrach deseaban también realizar una hazaña semejante. Por ello, solicitaron al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, permiso para matar a Abu Rafi‘.[Fath al-Bari, tomo 7, p. 343]

El Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, concedió permiso a los sahabas, pero les ordenó expresamente: «No matéis a mujeres ni a niños». Después, un grupo compuesto por cinco sahabas partió para cumplir su misión. Todos estos sahabas pertenecían al clan Banu Salima de la tribu de Jazrach. Y fue nombrado comandante de ellos el honorable Abdullah ibn Atik.

Este pequeño grupo partió en dirección a Jaibar, pues allí se encontraba la residencia fortificada de Abu Rafi‘. Cuando los sahabas llegaron a Jaibar, el sol ya se había puesto. Todos regresaban a sus casas con sus pertenencias. Abdullah ibn Atik dijo a sus compañeros: «Esperad aquí; yo voy a intentar entrar poniendo alguna excusa al guardia de la puerta». Entonces se dirigió allí. Al acercarse a la puerta, se sentó cubriéndose la cabeza con un paño, de tal manera que parecía que se había sentado para orinar. El guardia le gritó: «¡Oh, siervo de Allah! Si quieres entrar, entra; voy a cerrar la puerta».

El honorable Abdullah ibn Atik relató: «Entré y permanecí oculto. El guardia, creyendo que todos habían entrado, cerró la puerta y dejó la llave colgada de un poste. Después de un buen rato, cuando todo quedó completamente silencioso, me levanté, tomé la llave y abrí la puerta. Abu Rafi‘ vivía en una habitación del piso superior. Allí se celebraban reuniones de entretenimiento. Cuando los asistentes se marcharon, comencé a subir. Cada vez que abría una puerta, la cerraba por dentro. Pensé que, aunque alguien se percatara de mi llegada, mataría a Rafi‘ antes de que pudiera venir. Finalmente llegué cerca de Abu Rafi‘, pero él estaba acostado en una habitación con sus hijos. La habitación estaba oscura y no se podía distinguir dónde estaba Abu Rafi‘. Lo llamé. Él preguntó: “¿Quién llama?”. Me dirigí rápidamente hacia el lugar de donde provenía la voz y lo golpeé con la espada. Pero, debido a la gran agitación en la que me encontraba, no logré hacer nada; el golpe falló el blanco. Entonces Abu Rafi‘ gritó. Salí rápidamente de la habitación y, cambiando la voz, dije: “Abu Rafi‘, ¿qué ruido he oído?”. Él respondió: “¡Que tu madre perezca! Un hombre acaba de golpearme con una espada en la habitación”».

Abdullah ibn Atiq relata: «Esta vez fui hasta Abu Rafi y lo golpeé de nuevo. El golpe no falló su objetivo, y Abu Rafi quedó cubierto de sangre. Pero todavía no había logrado matarlo. Por eso introduje la punta de la espada en su abdomen. La afilada punta atravesó su vientre y llegó hasta su espalda. Pensé para mis adentros que lo había matado. Después de esto comencé a salir. Abrí una puerta y salí. Al abrir otra puerta, puse el pie en la escalera. Creí que ya había llegado abajo, pero me equivocaba. Caí repentinamente al suelo. Era una noche de luna llena. Me torcí el tobillo. Me quité el turbante y me vendé bien el pie. Después regresé y me senté junto a la puerta. Pensé para mis adentros que no me iría de allí hasta saber con certeza si había logrado matar a Abu Rafi».

Después del canto del gallo, al amanecer, un hombre subió al tejado de la casa y comenzó a proclamar en voz alta: «Anuncio la muerte de Abu Rafi, destacado comerciante y habitante del Hiyaz».

Abdullah ibn Atiq relata: «Entonces fui junto a mis compañeros y les dije: “Huid; por voluntad de Allah, Abu Rafi ha llegado al lugar donde recibirá el resultado de sus actos”. Después llegamos ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y le conté todo lo sucedido. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) me dijo: “Extiende tu pierna”. Extendí mi pierna, y él la tocó ligeramente con la mano. De inmediato sentí como si nunca hubiera tenido dolor alguno en el pie».[Sahih al-Bujari, tomo 2, pág. 577]

Esta es la versión transmitida por Sahih al-Bujari. En la narración de Ibn Ishaq se menciona que cinco sahabas entraron en la casa de Abu Rafi y que todos participaron en su asesinato. El que golpeó el cuerpo de Abu Rafi se llamaba Abdullah ibn Unays. Esta narración también menciona que, después de matar a Abu Rafi durante la noche, se fracturó el hueso del tobillo de Abdullah ibn Atiq. Los otros sahabas lo llevaron y se ocultaron junto a un estanque situado al lado de la muralla de la fortaleza. Mientras tanto, los judíos encendieron fuego y acudieron corriendo desde todas partes. Después de buscar por mucho tiempo sin encontrar a nadie, regresaron junto al cadáver. Cuando los sahabas regresaban, llevaron a Hazrat Abdullah ibn Atiq, sosteniéndolo entre varios, ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).[Ibn Hisham, tomo 2, págs. 284-285]

Esta expedición militar tuvo lugar en el mes de Dhul-Qa‘dah o Dhul-Hiyyah del quinto año de la Hégira.[Rahmatul lil-Alamin, tomo 2, pág. 223]

Después de las batallas del Foso y de Qurayza, y una vez ejecutada la sentencia de muerte contra los criminales de guerra, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) emprendió nuevas iniciativas. Comenzó campañas contra aquellas tribus y personas que obstaculizaban el camino de la paz y la estabilidad. Sin tomar medidas contra ellos, la esperanza de alcanzar la paz habría sido completamente remota.

Dos) La sariyyah de Muhammad ibn Maslamah

Esta fue la primera expedición militar después de las batallas del Foso y de Qurayza. En ella participó un grupo compuesto por treinta sahabas.

Este contingente fue enviado a Riyā, en la zona de Bakrat, en el interior de Najd. Fue enviado el 10 de Muharram del sexto año de la Hégira. Entre Riyā y Medina había una distancia de siete noches. El objetivo era una rama de la tribu de Banū Bakr ibn Kilāb. Cuando los musulmanes los persiguieron, todos los enemigos huyeron. Los musulmanes se apoderaron de varios animales cuadrúpedos, entre ellos cabras, y llegaron a Medina cuando aún faltaba un día para terminar Muharram. También capturaron y llevaron consigo a Thumāma ibn Uthāl al-Hanafī, jefe de la tribu de Banū Hanīfa. Thumāma había salido disfrazado, siguiendo las instrucciones del falso profeta Musaylima el Mentiroso, para asesinar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz. [Sīrat Halabiyya, t. 2, p. 297]

Pero los musulmanes capturaron a Thumāma, lo ataron a una columna de la Mezquita del Profeta y lo dejaron allí. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, vino y le preguntó: «Thumāma, ¿qué tienes que decir?». Él respondió: «Oh Muhammad, tengo algo bueno que decir. Si me matas, matarás a un hombre cuya sangre es abundante. Si me concedes tu favor, favorecerás a alguien que no es desagradecido. Y si quieres riquezas, dime qué cantidad necesitas». Después de oír estas palabras, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, lo dejó en esa situación. Al volver por segunda vez, le hizo la misma pregunta, y Thumāma dio la misma respuesta. Después, al venir por tercera vez, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, le hizo la misma pregunta, y él dio la misma respuesta. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, ordenó: «Liberad a Thumāma». Y fue liberado. Thumāma se dirigió entonces a un palmeral situado junto a la Mezquita del Profeta, se bañó y se purificó. Después fue ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y aceptó el islam. Tras aceptar el islam, dijo: «Por Allah, en toda la tierra no había rostro humano más detestable para mí que el suyo. Pero hoy no hay rostro humano más querido para mí que el suyo. Por Allah, en todo el mundo no había religión más detestable para mí que su religión, pero hoy no hay religión más querida para mí que su religión. Sus jinetes me capturaron cuando me disponía a realizar la umra». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, le dio la buena nueva y le ordenó realizarla. Cuando llegó ante los qurayshíes, ellos le dijeron: «¡Thumāma, te has vuelto apóstata!». Él respondió: «No; he aceptado el islam a manos de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Escuchad: no os llegará ningún grano de Yamāma hasta que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, lo permita. Yamāma es para los habitantes de La Meca como un campo de cultivo». Al llegar a su tierra, Thumāma (que Allah esté complacido con él) suspendió la exportación de trigo a La Meca. Esto puso a los qurayshíes en una situación muy difícil. Por ello escribieron al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, apelando a los lazos de parentesco y pidiéndole que solicitara a Thumāma levantar la prohibición de exportar trigo a La Meca. El misericordioso Profeta, Muhammad al-Mustafā, que Allah le bendiga y le conceda la paz, así lo hizo. [Zād al-Maʿād, t. 2, p. 119; Mukhtaṣar al-Siyar, del jeque ʿAbdullah, pp. 292-293]

3) La expedición de Banū Liḥyān

Fueron los miembros de la tribu de Banū Liḥyān quienes engañaron a diez Compañeros y los llevaron a un lugar llamado Rajīʿ; allí mataron a ocho y vendieron a los otros dos a los habitantes de La Meca. Estos mataron cruelmente a ambos. Sin embargo, como el territorio de Banū Liḥyān estaba cerca de La Meca y existía una fuerte hostilidad entre los qurayshíes y los musulmanes, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, no consideraba conveniente acercarse tanto a los enemigos. Entretanto, se habían producido divisiones entre los distintos grupos de los qurayshíes; su determinación para oponerse a los musulmanes se había debilitado considerablemente y también habían aceptado la situación tal como se presentaba. Por ello, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, consideró que había llegado el momento de vengar, a manos de Banū Liḥyān, la muerte de los mártires de Rajīʿ. En el mes de Rabīʿ al-Awwal o de Jumādā al-Awwal del sexto año de la Hégira, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, partió hacia la tribu de Banū Liḥyān con doscientos Compañeros. Dejó en Medina como su sustituto a ʿAbdullah ibn Umm Maktūm. A los demás se les dijo que se dirigía a Siria. Primero llegó al valle de Batn Gharān, situado entre los lugares de Umaz y ʿUsfān. Allí habían sido asesinados los Compañeros. El Mensajero suplicó allí a Allah por ellos. Mientras tanto, al enterarse de la llegada del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, los miembros de Banū Liḥyān huyeron a las zonas montañosas. Por eso no fue posible capturar a ninguno de ellos. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, permaneció allí dos días y envió a los Compañeros, divididos en pequeños grupos, a distintas zonas. Pero no encontraron rastro de nadie. Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, fue a un lugar llamado ʿUsfān y desde allí envió a diez Compañeros jinetes a un lugar llamado Kurāʿ al-Ghamīm. Fueron enviados para informar a los qurayshíes de su llegada. Tras permanecer fuera un total de catorce días, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, regresó a Medina.

Al regresar de esta expedición, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, envió sucesivamente varias expediciones militares. A continuación se presentan brevemente.

4) La expedición de Ghamr

En Rabīʿ al-Awwal o Rabīʿ al-Thānī del sexto año de la Hégira, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, envió a cuarenta Compañeros en una expedición a un lugar llamado Ghamr. Ghamr es el nombre de un estanque perteneciente a la tribu de Banū Asad. La expedición estuvo dirigida por Muhammad ibn Maslama (que Allah esté complacido con él). Al enterarse de la llegada de los musulmanes, los enemigos huyeron. Los musulmanes llevaron a Medina doscientas camellas de los enemigos.

5) La expedición de Dhū Qissa (1)

En Rabi al-Awwal o Rabi al-Thani del sexto año de la Hégira, una fuerza de diez Compañeros, bajo el mando de Muhammad ibn Maslama, partió hacia un lugar llamado Dhu’l-Qissa. Este lugar se encontraba en la zona habitada por la tribu de Banu Tha‘labah. El número de enemigos era de cien. Estos huyeron y se ocultaron. Cuando los Compañeros se quedaron dormidos, los enemigos lanzaron un ataque repentino y mataron a nueve de ellos. El único comandante del grupo, Muhammad ibn Maslama, sobrevivió. Regresó a Medina herido.

Seis) Sariyya de Dhu’l-Qissa (2)

Después del martirio de los miembros de la expedición dirigida por Muhammad ibn Maslama, en Rabi al-Thani del sexto año de la Hégira, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a un grupo de Compañeros hacia Dhu’l-Qissa, confiando el mando a Abu Ubayda. Esta fuerza, compuesta por cuarenta Compañeros, partió hacia el lugar donde habían sido martirizados los nueve Compañeros mencionados anteriormente. Caminaron durante toda la noche y llegaron a Dhu’l-Qissa. Apenas llegaron, comenzaron a buscar a los enemigos. Este grupo enemigo de Banu Tha‘labah huyó rápidamente hacia una zona montañosa. Los musulmanes no pudieron encontrar su rastro. Solo lograron capturar a un hombre, quien también abrazó el islam. En esta expedición, los musulmanes se apoderaron de numerosos animales, entre ellos varias cabras.

Siete) Sariyya de Jamum

Esta expedición militar fue enviada a la zona llamada Jamum, bajo el mando de Zayd ibn Haritha, en Rabi al-Thani del sexto año de la Hégira. Jamum es el nombre de un abrevadero de la tribu de Banu Sulaym, situado en Mar al-Zahran, en la actual llanura de Fátima. Al llegar allí, Zayd capturó a una mujer llamada Halima, de la tribu de Muzayna. La mujer informó a los muyahidines de la ubicación de un lugar perteneciente a Banu Sulaym. Desde allí, los musulmanes obtuvieron numerosos animales, incluidas cabras, así como prisioneros. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— liberó a aquella mujer y se casó con ella.

Ocho) Sariyya de Gaysh

En esta expedición había 117 soldados. También esta expedición fue enviada con el mismo objetivo, bajo el mando de Zayd ibn Haritha, en Yumada al-Awwal del sexto año de la Hégira. En ella, los musulmanes se apoderaron de las mercancías de una caravana comercial de los qurayshíes. La caravana viajaba bajo el mando de Abu al-As, yerno del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Abu al-As aún no había abrazado el islam. No fue posible capturarlo. Huyó rápidamente, llegó a Medina y buscó refugio junto a su esposa, Zaynab. Después pidió a su esposa que solicitara a su padre, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, que dispusiera la devolución de las mercancías incautadas de la caravana. Zaynab informó a su padre de la petición de su esposo. A raíz de la petición de Zaynab, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— indicó a los Compañeros que devolvieran las mercancías, sin ejercer ninguna presión sobre ellos. Los nobles Compañeros devolvieron todos los bienes. Abu al-As regresó a La Meca con aquellas mercancías, entregó a los qurayshíes todos sus bienes y luego volvió a Medina, donde abrazó el islam. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— entregó nuevamente a Zaynab a Abu al-As conforme a su matrimonio anterior. [Véase Sunan Abi Dawud.]

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— no renovó el matrimonio de su hija con su yerno, ya que aún no había sido revelado el versículo que prohibía a las mujeres musulmanas convivir con esposos no musulmanes. Sin embargo, existe un hadiz según el cual el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— volvió a celebrar el matrimonio de Zaynab y Abu al-As. Este hadiz no es correcto ni por su contenido ni por su cadena de transmisión. [Tuhfat al-Ahwadhi, tomo 2, págs. 195-196] Es débil desde ambos aspectos. Quienes citan este hadiz débil hacen afirmaciones sorprendentemente contradictorias. Dicen que Abu al-As abrazó el islam hacia el final del octavo año de la Hégira, poco antes de la conquista de La Meca. También mencionan que Zaynab falleció a comienzos del octavo año de la Hégira. Sin embargo, estas dos afirmaciones contradictorias no pueden aceptarse. Pues, en tal caso, cuando Abu al-As abrazó el islam y emigró a Medina, Zaynab ya no estaba viva. En esas circunstancias, ¿cómo pudo ser entregada a Abu al-As mediante el matrimonio anterior o mediante un nuevo matrimonio?

El célebre escritor Hazrat Musa ibn Uqba (que Allah esté complacido con él) mencionó que este acontecimiento tuvo lugar en el séptimo año de la Hégira a manos de Abu Basir y sus compañeros. Sin embargo, esta información no es correcta según ningún hadiz, ya sea auténtico o débil.

9) La sariyya de Taraf o Taraq

Esta expedición fue enviada a la región de Taraf o Taraq, situada en el territorio de los Banu Tha‘laba, bajo el mando de Hazrat Zayd ibn Haritha (que Allah esté complacido con él), en Yumada al-Thani. Hazrat Zayd (que Allah esté complacido con él) iba acompañado de quince sahaba. Los beduinos huyeron en cuanto recibieron la noticia, pues temían que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— estuviera llegando. Hazrat Zayd (que Allah esté complacido con él) se apoderó de cuatro camellos y regresó a Medina cuatro días después.

10) La sariyya de Wadi al-Qura

En esta expedición había doce soldados. También su comandante era Hazrat Zayd ibn Haritha (que Allah esté complacido con él). En el mes de Rayab del sexto año de la Hégira partió hacia Wadi al-Qura. El objetivo era vigilar los movimientos del enemigo. Sin embargo, los habitantes de Wadi al-Qura los atacaron. En el enfrentamiento, nueve sahaba alcanzaron el martirio. Tres sahaba, entre ellos Hazrat Zayd, sobrevivieron. [Véase Rahmatul lil-Alamin, tomo 2, pág. 226; Zad al-Ma‘ad, tomo 2, págs. 120, 121 y 122; y la nota marginal de Talqihul Fuhum lil-Athar, págs. 28 y 29.]

11) La sariyya de Jabat

Se llevó a cabo en el mes de Rayab del octavo año de la Hégira. Sin embargo, al considerar el desarrollo de los acontecimientos, parece que tuvo lugar antes del Tratado de Hudaybiyya. Hazrat Yabir (que Allah esté complacido con él) relata que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió trescientos jinetes bajo el mando de Hazrat Abu Ubayda ibn al-Yarrah. El objetivo era localizar una caravana comercial de los coraichitas. Durante esta expedición padecimos un hambre extrema; incluso comimos hojas de los árboles. Por eso la expedición recibió el nombre de Jabat. Se llama jabat a las hojas arrancadas de los árboles. Después, agobiados por el hambre extrema, sacrificamos nueve camellos, tres cada vez. Abu Ubayda (que Allah esté complacido con él) no permitió sacrificar ningún otro camello. Más tarde, desde el mar llegó a la orilla un enorme pez llamado ‘anbar. Durante quince días nos alimentamos de él y utilizamos su aceite.

Con ello nuestra salud volvió a la normalidad. Hazrat Abu Ubayda (que Allah esté complacido con él) levantó una espina del lomo de aquel enorme pez. Se apartó al hombre más alto de entre los soldados y el camello más alto de entre los camellos. Luego se sentó al hombre alto sobre el camello y se le indicó que pasara por debajo de la espina. Montado en el camello, aquel hombre pasó sin dificultad por debajo de la espina. Habíamos conservado una parte de aquel pez. Al llegar a Medina, hablamos de ello con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Él dijo: «Esto es el sustento que Allah os ha proporcionado. Si aún tenéis una parte de este pez, dadme también de comer». Enviamos parte del pez a la casa del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Aquí concluye el relato detallado del acontecimiento. [Sahih al-Bujari, tomo 2, págs. 625 y 626; Sahih Muslim, tomo 2, págs. 145 y 146.]

Ya se ha mencionado que, por la secuencia de los acontecimientos, se entiende que esto ocurrió antes del Tratado de Hudaybiyya. Esto se debe a que, después de dicho tratado, los musulmanes no intentaron apoderarse de las caravanas comerciales de los coraichitas.

La expedición de Banu al-Mustaliq

Esta expedición no fue grande desde el punto de vista militar. Sin embargo, antes de ella ocurrieron ciertos acontecimientos que provocaron agitación y conmoción en la sociedad islámica. Por un lado, esto dejó al descubierto la verdadera naturaleza de los hipócritas y, por otro, se revelaron ciertas leyes y normas gracias a las cuales la sociedad islámica adquirió características y una identidad propias en cuanto a su dignidad. La sociedad islámica alcanzó una estructura y una fisonomía particulares. Primero mencionaremos la ghazwa, es decir, la expedición militar, y después expondremos detalladamente sus acontecimientos.

Según los relatos de los biógrafos de la vida del Profeta, esta expedición tuvo lugar en el mes de Shaabán del quinto o del sexto año de la Hégira. Como argumento se ha señalado que el incidente de la calumnia tuvo lugar durante el regreso de esta expedición militar; es decir, que se lanzó una falsa acusación contra Aisha. Este acontecimiento ocurrió después del matrimonio del Mensajero de Allah con Zaynab y de la revelación de la norma del velo para las mujeres musulmanas. Zaynab se casó a finales del quinto año de la Hégira, es decir, en los meses de Dhul Qadah o Dhul Hiyyah. Existe consenso en que esta expedición militar tuvo lugar en el mes de Shaabán. Por tanto, pudo haber sido en Shaabán del sexto año de la Hégira, y no en Shaabán del quinto. En cambio, quienes sitúan esta expedición en Shaabán del quinto año de la Hégira argumentan que, según el hadiz relativo a la calumnia, Saad ibn Muadh murió después de la expedición militar contra Banu Qurayza, a finales del quinto año de la Hégira. Por ello, sostienen que su presencia durante el incidente de la calumnia demuestra que esta expedición tuvo lugar en el quinto año, y no en el sexto.

La primera postura responde que la mención de Saad ibn Muadh en el hadiz de la calumnia se debe a un error del narrador. En efecto, este hadiz fue transmitido de Aisha por Ibn Utba. La cadena de transmisión es: de Aisha a Abdullah ibn Utba, y de Abdullah ibn Utba a al-Zuhri. En ella aparece mencionado Usayd ibn Hudayr en lugar de Saad ibn Muadh. El imán Abu Muhammad ibn Hazm dice que esta es, sin duda, la versión auténtica y que la mención de Saad ibn Muadh es una invención. (Véase Zad al-Maad, tomo II, pág. 115). Aunque el argumento de la primera postura parece bastante sólido y por ello al principio también estuve de acuerdo con ella, al reflexionar se comprende que la base de esta explicación es que el matrimonio del Mensajero de Allah con Zaynab tuvo lugar a finales del quinto año de la Hégira. A este respecto no existe ninguna prueba clara, aparte de algunas alusiones. Sin embargo, diversos relatos auténticos demuestran que Saad ibn Muadh, que murió en el quinto año de la Hégira, estuvo presente durante el incidente de la calumnia y después. Resulta difícil calificar esos relatos de imaginarios. Por tanto, lo cierto es que el matrimonio de Zaynab tuvo lugar a finales del cuarto año o a comienzos del quinto año de la Hégira. Eso es lo que se afirmará posteriormente. El incidente de la calumnia y la expedición militar contra Banu al-Mustaliq tuvieron lugar en Shaabán del quinto año de la Hégira. En el curso de los acontecimientos, el Mensajero de Allah supo que Harith ibn Abi Dhirar, jefe de Banu al-Mustaliq, se dirigía a combatir contra los musulmanes junto con su propia tribu y otras tribus árabes. Para verificar la veracidad de esta noticia, envió a Burayda ibn al-Hasib al-Aslami. Este fue y conversó con Harith ibn Abi Dhirar. A su regreso, informó al Mensajero de Allah de todo lo sucedido.

Después de conocer todos los detalles y cerciorarse de ellos, el Mensajero ordenó a los nobles compañeros que se prepararan. La expedición se emprendió de inmediato. Los compañeros partieron el día dos del mes de Shaabán. En esta expedición acompañaron al Mensajero de Allah algunos hipócritas que nunca antes habían participado en otra batalla. El Mensajero confió la responsabilidad de administrar Medina a Zayd ibn Haritha —según otra opinión, a Abu Dharr, y según otra, a Numayl ibn Abdullah al-Laythi—. Al enterarse de la partida del Mensajero de Allah, Harith ibn Abi Dhirar y sus compañeros se llenaron de temor. También recibieron la noticia de que el espía que habían enviado había sido asesinado. Los miembros de las distintas tribus que acompañaban a Harith se dispersaron. Cuando el Mensajero de Allah llegó frente al estanque de Muraysi —nombre de un estanque de la tribu de Banu al-Mustaliq, situado en la costa, en la zona de Qudayd de Muraysi; véase Sahih al-Bujari, Kitab al-Atq, tomo I, pág. 345; Fath al-Bari, tomo VII, pág. 431—, la tribu de Banu al-Mustaliq se preparó para combatir. El Mensajero de Allah y los compañeros también se prepararon.

El comandante de todo el ejército islámico era Abu Bakr al-Siddiq. La bandera de los ansar fue entregada a Saad ibn Ubada. Durante un tiempo intercambiaron flechas. Después, siguiendo la orden del Mensajero de Allah, los nobles compañeros atacaron conjuntamente y obtuvieron la victoria. Murieron algunos politeístas. Las mujeres y los niños fueron hechos prisioneros. También pasaron a manos de los musulmanes los rebaños, incluidos los camellos. Entre los musulmanes solo murió un hombre. Además, fue un ansar quien lo hirió por error, al tomarlo por un miembro del bando enemigo.

Los biógrafos de la vida del Profeta solo han escrito esto acerca de esta batalla. El erudito Ibn al-Qayyim rechazó estos relatos por considerarlos imaginarios. Escribió que en esta expedición no hubo combate; más bien, se atacó a los enemigos y se tomaron como botín las mujeres, los niños y los rebaños. En Sahih al-Bujari se menciona que, cuando el Mensajero de Allah atacó a Banu al-Mustaliq, ellos estaban desprevenidos; es decir, no estaban preparados para un ataque de ese tipo. Véase el hadiz. (Sahih al-Bujari, Kitab al-Atq, tomo I, pág. 345; Fath al-Bari, tomo VII, pág. 431).

Entre los prisioneros también se encontraba Juwayriya (que Allah esté complacido con ella). Era hija de al-Harith ibn Abi Dirar, jefe de la tribu de Banu al-Mustaliq. Pertenecía a Thabit ibn Qays. Juwayriya obtuvo de Thabit un contrato de mukataba. [Se llama «mukataba» al acuerdo por el cual un esclavo o una esclava se compromete con su propietario a pagar una cantidad determinada para obtener su libertad.] Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) la liberó a cambio de la cantidad acordada y se casó con ella. Debido a este matrimonio, los musulmanes liberaron a cien familias de Banu al-Mustaliq. Todos ellos abrazaron el islam. Fueron liberados por ser parientes políticos del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). [Zad al-Ma’ad, tomo 2, pp. 112-113; Ibn Hisham, tomo 2, pp. 289-290, 294-295]

Este es el relato de la batalla. Es necesario mencionar también los demás acontecimientos ocurridos durante ella. Entre estos acontecimientos destaca especialmente el incidente de la calumnia. El responsable de este incidente fue el líder de los hipócritas, Abdullah ibn Ubayy. Este hipócrita y sus amigos difundieron dicha calumnia. Por ello, primero se expondrá brevemente su vergonzoso papel en la sociedad islámica y después se relatarán detalladamente los hechos.

El papel de los hipócritas antes de la batalla de Banu al-Mustaliq

Ya se ha mencionado varias veces que Abdullah ibn Ubayy era, en general, enemigo del islam y de los musulmanes, y especialmente del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Las tribus de Aws y Jazray se habían unido confiando en su liderazgo. Incluso se habían preparado los actos para su investidura. Se estaba fabricando una corona para colocarla sobre la cabeza de Abdullah ibn Ubayy. Fue entonces cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llegó a Medina con el resplandor de su luz revolucionaria. Como consecuencia, la atención de todos los sectores de la población de Medina se apartó de Abdullah. A partir de entonces, este hombre comenzó a pensar que el Mensajero de Allah le había arrebatado su reino.

La venganza y la ira de Abdullah ibn Ubayy se manifestaron desde el comienzo de la emigración del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). En aquel momento todavía no había mostrado lealtad externa al islam. Aunque más tarde manifestó exteriormente su adhesión al islam, su actitud no cambió. Antes de mostrar esa adhesión externa al islam, un día el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) iba montado en un asno para visitar a Sa’d ibn Ubada, que estaba enfermo.

En el camino, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) pasó junto a una reunión de gente. Entre ellos también se encontraba el futuro hipócrita Abdullah ibn Ubayy. Se cubrió la nariz con su manto y dijo: «No levantéis polvo sobre nosotros». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) estaba recitando la Palabra Sagrada de Allah a los presentes. Abdullah ibn Ubayy dijo: «Quédate sentado en tu casa y no vengas a molestarnos en nuestra reunión». [Ibn Hisham, tomo 2, pp. 584, 587; Sahih al-Bujari, tomo 2, p. 924; Sahih Muslim, tomo 2, p. 109]

Esto ocurrió antes de que mostrara su adhesión externa al islam. Después de la batalla de Badr, Abdullah ibn Ubayy abrazó el islam al observar hacia dónde soplaba el viento. Sin embargo, incluso después de abrazar el islam, este hombre despreciable siguió siendo enemigo de Allah, de Su amado Mensajero y de los musulmanes. No escatimó ningún esfuerzo en crear desorden en la sociedad islámica y debilitar la voz del islam. Continuó realizando gradualmente actos contrarios al islam. Mantenía relaciones sinceras y estrechas con los enemigos del islam. Abdullah ibn Ubayy intervino de manera sumamente censurable en el asunto de la tribu de Banu Qaynuqa. Esto ya se ha explicado anteriormente. Del mismo modo, este malhechor hizo todo lo posible durante la batalla de Uhud para sembrar entre los musulmanes la división, el desorden, la desesperanza y la anarquía. Esto también se ha relatado anteriormente.

Después de abrazar el islam, este hipócrita se levantaba todos los viernes en la mezquita del Profeta, antes de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) pronunciara el sermón, y decía: «¡Oh, gente! Él es el Mensajero de Allah entre vosotros; Allah os ha otorgado dignidad y honor por medio de él. Por tanto, ayudadlo, fortalecedlo, escuchadlo y obedecedlo». Después de decir estas palabras, se sentaba. Pero su desvergüenza y obstinación llegaron a tal extremo que, incluso en el primer viernes después de la batalla de Uhud, comenzó a decir lo mismo. Sin embargo, todos conocían su papel contrario al islam en la batalla de Uhud. Esta vez, mientras hablaba, los musulmanes tiraron de sus ropas desde distintos lados y le dijeron: «¡Enemigo de Allah, siéntate! Después de lo que has hecho, no es apropiado que pronuncies palabras como estas». Ante semejante oposición, salió altivamente, dando grandes zancadas. Mientras se marchaba, murmuraba: «Me levanté para ayudarlos y parece que hubiera cometido un delito. ¿Acaso he dicho algo malo?». En la puerta se encontró con un hombre de los ansar. Este le dijo: «¡Que perezcas! Regresa. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) suplicará a Allah que te perdone». Él respondió: «¡Por Dios! No quiero que suplique a Allah que me perdone». [Ibn Hisham, tomo 2, p. 105]

Además, Abdullah ibn Ubay estableció relaciones con la tribu de Banu Nadir y, junto con ellos, continuó conspirando secretamente contra los musulmanes.

Del mismo modo, Abdullah ibn Ubay y sus compañeros continuaron tramando diversos planes para sembrar el desorden entre los musulmanes e influir en ellos durante la batalla de Jandaq. Allah Todopoderoso dice al respecto en la sura Al-Ahzab: «Y un grupo de ellos dijo: “¡Oh, habitantes de Yathrib! No hay lugar para vosotros aquí; regresad”. Y otro grupo le pidió permiso al Profeta, diciendo: “Nuestras casas están desprotegidas”, aunque no estaban desprotegidas. En realidad, su intención era huir. Si el enemigo hubiera entrado por distintos lados de la ciudad y les hubiera pedido que se rebelaran, ciertamente lo habrían hecho, sin demorarse. Ya antes habían pactado con Allah que no darían la espalda. Y sobre el pacto concertado con Allah se les pedirá cuentas. Di: “La huida no os beneficiará en nada si huís por temor a la muerte o al asesinato; aun así, disfrutaríais muy poco”. Di: “¿Quién podrá protegeros de Allah si Él quiere causaros un mal? Y si quiere concederos misericordia, ¿quién podrá perjudicaros?”. No encontrarán, fuera de Allah, ningún protector ni auxiliador. Allah conoce perfectamente quiénes de vosotros impiden a los demás participar en el combate y dicen a sus hermanos: “Venid con nosotros”. Participan poco en la batalla, y cuando lo hacen es por avaricia respecto a vosotros. Cuando llega el peligro, los ves mirándote con los ojos desorbitados, como alguien que se desmaya por miedo a la muerte. Pero cuando el peligro desaparece, os hieren con sus lenguas afiladas, movidos por la codicia de los bienes. No han creído; por eso Allah ha invalidado sus obras. Y eso es fácil para Allah. Creen que los ejércitos aliados no se han marchado y que, si estuvieran entre los beduinos nómadas, seguirían preguntando por vuestras noticias. Y aunque permanecieran con vosotros, combatirían muy poco”.» (Sura Al-Ahzab, versículos 13-20).

En estos versículos se presenta plenamente el perfil de las ideas, pensamientos, acciones, estado psicológico y egoísmo de los hipócritas; en suma, se expone por completo su carácter oportunista.

A pesar de todo ello, los judíos, los hipócritas y los idólatras —es decir, todos los enemigos del islam— comprendieron perfectamente que la causa de la victoria del islam no era la fuerza material ni la abundancia de armas. Esta victoria residía, en realidad, en la obediencia a Allah y en los valores morales. Gracias a ella, toda la sociedad islámica y todas las personas relacionadas con el islam alcanzaban el éxito. Estos enemigos del islam también sabían que la fuente de todos esos éxitos se encontraba en la personalidad del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, cuyo carácter y personalidad constituían un modelo incomparable.

Después de intentarlo durante cinco años, todos estos enemigos del islam comprendieron que no era posible destruir con las armas a los seguidores de esta religión. Por ello, probablemente llegaron a la conclusión de que podían lanzar una amplia campaña propagandística contra esta religión difamándola en el ámbito moral. Para tal fin, escogieron precisamente al Mensajero de Allah. Como los hipócritas vivían entre los musulmanes y residían en Medina, tenían la oportunidad de relacionarse fácilmente con ellos. Por eso podían herir con facilidad los sentimientos de los musulmanes. Así pues, los hipócritas asumieron por sí mismos la responsabilidad de esta campaña propagandística. El jefe de los hipócritas, Abdullah ibn Ubay, tomó personalmente a su cargo dicha campaña.

Este plan y esta conspiración se manifestaron en una ocasión cuando, después de que Zayd ibn Haritha, que Allah esté complacido con él, se divorciara de Zaynab, que Allah esté complacido con ella, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se casó con ella. La costumbre de los árabes era considerar al hijo adoptivo como un hijo propio y considerar a su esposa tan ilícita como la nuera de un hijo biológico. Por ello, después de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, contrajera matrimonio con Zaynab, que Allah esté complacido con ella, los hipócritas emprendieron una campaña contra él. En ello encontraron dos temas sumamente eficaces para su propaganda difamatoria.

En primer lugar, Zaynab, que Allah esté complacido con ella, era la quinta esposa del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Sin embargo, el Sagrado Corán no permitía a un musulmán tener más de cuatro esposas. Entonces, ¿cómo podía ser lícito este matrimonio del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz?

En segundo lugar, Zaynab, que Allah esté complacido con ella, era la esposa de Zayd, que Allah esté complacido con él, el hijo adoptivo del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Por ello, según la costumbre de los árabes, casarse con la esposa de un hijo adoptivo era un delito grave y un pecado enorme. Los propagandistas difundieron mucha propaganda en este asunto y también propagaron toda clase de rumores. Incluso decían que Muhammad había visto a Zaynab de repente y que, al quedar tan impresionado por su belleza, se había enamorado de ella en ese mismo instante. Después de enterarse de ello, su hijo adoptivo Zayd dejó libre el camino de Zaynab para Muhammad.

Los hipócritas difundieron esta historia de tal manera que las discusiones y críticas relacionadas con ella continuaron durante algún tiempo. Esta propaganda influyó tanto en los musulmanes sencillos e ingenuos que, finalmente, Allah el Altísimo reveló unos versículos sobre el asunto, en los que se dio una respuesta adecuada. La importancia del tema se comprende por el hecho de que, al comienzo de la sura Al-Ahzab, Allah, el Señor de los mundos, lo menciona diciendo: «¡Oh, Profeta! Teme a Allah y no obedezcas a los incrédulos ni a los hipócritas. Allah es Omnisciente, Sapientísimo». (Sura Al-Ahzab, aleya 1)

Aquí se alude a las actividades de los hipócritas y se presenta brevemente su perfil. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— soportaba sus actividades con paciencia, tolerancia y mansedumbre. Los musulmanes comunes también pasaban sus días con paciencia, protegiéndose de las actividades de los hipócritas, pues sabían que Allah el Altísimo los humillaría y deshonraría de diversas maneras. Así dice Allah el Altísimo: «¿Acaso no ven que cada año sufren una o dos calamidades? Aun así, no se arrepienten ni escarmientan». (Sura At-Tawbah, aleya 126)

Las actividades de los hipócritas durante la expedición contra Banu Mustaliq

Los hipócritas también participaron en la expedición militar contra Banu Mustaliq. Allah el Altísimo describió en Su Libro lo que hicieron durante aquella expedición: «Si hubieran salido con vosotros, no habrían hecho sino aumentar vuestra confusión y se habrían apresurado a sembrar la discordia entre vosotros». (Sura At-Tawbah, aleya 47)

Durante esta expedición tuvieron dos oportunidades de expresar el resentimiento acumulado que albergaban contra los musulmanes. Provocaron una gran agitación y desorden entre ellos y difundieron calumnias abominables contra el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. El resumen de los dos incidentes es el siguiente:

1) La expulsión del más vil de los hombres

Después de concluir la expedición militar contra Banu Mustaliq, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se encontraba junto al estanque de Muraysi’. En ese momento, algunas personas fueron al estanque a sacar agua. Entre ellas se encontraba un sirviente de Umar —que Allah esté complacido con él— llamado Yahya al-Gifari. Mientras iba a buscar agua, comenzó a discutir con Sinan ibn Wabr al-Yuhani, y ambos llegaron a las manos. Entonces al-Yuhani gritó: «¡Oh, ansar, ayudadme!». Yahya también gritó: «¡Oh, emigrantes, ayudadme!». Al enterarse, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— acudió y dijo: «¿Estoy entre vosotros y aun así gritáis como en los días de la ignorancia? Dejadlo; eso es repugnante».

Al enterarse de lo ocurrido, Abdullah ibn Ubayy estalló de ira. Dijo: «¿Acaso han hecho algo así? ¿Se ha convertido en nuestro rival y enemigo en nuestro propio territorio? Al ver nuestra situación, se confirma la veracidad del antiguo proverbio: “Cría y engorda a tu propio perro para que pueda morderte y despedazarte”. Escuchad: cuando lleguemos a Medina, el más honorable de nosotros expulsará de Medina al más vil». Luego, dirigiéndose a los presentes, dijo: «Esta desgracia la habéis provocado vosotros mismos. Le permitisteis vivir en vuestra ciudad y le disteis una parte de vuestros bienes. Ved que, si dejáis de darle todo lo que poseéis, abandonará vuestra ciudad y se marchará a otro lugar».

En ese momento también se encontraba allí el joven Compañero Zayd ibn Arqam. Fue y le contó todo a su tío, y su tío informó al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. En ese momento también estaba presente Umar. Dijo: «Oh, Mensajero de Allah, dile a Ubbad ibn Bishr que lo mate». El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Umar, ¿cómo sería posible? ¿Acaso Muhammad mataría a sus propios compañeros? Anuncia, más bien, que nos marcharemos de aquí». No era el momento habitual para partir hacia ningún lugar. El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, nunca emprendía un viaje en una hora semejante. Cuando los Compañeros comenzaron la marcha, se acercaron al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, lo saludaron y dijeron: «¿Hoy ha partido usted a una hora inusual?». Él dijo: «¿Sabes lo que ha dicho vuestro compañero?». Usayd dijo: «¿Qué ha dicho?». Él respondió: «Ha dicho que, cuando lleguemos a Medina, el más honorable expulsará de Medina al más despreciable». Usayd dijo: «Oh, Mensajero de Allah, si quieres, expúlsalo de Medina. ¡Por Allah!, él es el despreciable y usted es el honorable». Después añadió: «Oh, Mensajero de Allah, trátalo con indulgencia. ¡Por Allah!, Allah te trajo entre nosotros en un momento en que su propio pueblo estaba preparando una corona de perlas y joyas para su ceremonia de coronación. Por eso cree que usted le ha arrebatado su reino».

Después, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, continuó caminando sin detenerse desde aquella mañana hasta la tarde, y hasta que el sol estuvo muy alto al día siguiente. Luego, en cuanto hizo una pausa en el viaje y todos apoyaron sus cuerpos en el suelo, se quedaron dormidos profundamente. Eso era precisamente lo que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, quería. No quería que los Compañeros se sentaran cómodamente a charlar.

Mientras tanto, Abdullah ibn Ubay se enteró de que Zayd ibn Arqam había revelado todo lo ocurrido. Entonces se presentó ante el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y comenzó a jurar. Decía: «Lo que usted ha oído no es cierto; jamás dije tales cosas. Ni siquiera pronuncié palabras semejantes». Los Ansar presentes dijeron: «Oh, Mensajero de Allah, Zayd todavía es muy joven. Quizá oyó mal. Zayd no pudo recordar bien lo que dijo Abdullah. Por eso usted ha creído todo lo que oyó acerca de Abdullah ibn Ubay».

El honorable Zayd ibn Arqam —que Allah esté complacido con él— dijo: «Después de eso quedé tan afligido como nunca antes lo había estado. Permanecí en casa, consumido por la tristeza. Entonces Allah, Exaltado sea, reveló la sura Al-Munafiqun. En esa sura, Allah dio testimonio diciendo: “Dicen: No gastéis en quienes están junto al Mensajero de Allah hasta que se marchen”».

Allah, Exaltado sea, también dice: «Dicen: Cuando regresemos a Medina, expulsaremos de ella al más poderoso al más débil».

El honorable Zayd —que Allah esté complacido con él— dijo: «Después de que fue revelado este versículo, el Mensajero de Allah envió a alguien para llamarme. Me recitó el versículo revelado y luego dijo: “Allah ha dado testimonio de la veracidad de tus palabras”». [Sahih al-Bujari, vol. 1, p. 499; vol. 2, pp. 227, 228 y 229; Ibn Hisham, vol. 2, pp. 290, 291 y 292.]

El hipócrita también tenía un hijo llamado Abdullah. Él era completamente distinto de su padre. Era un Compañero sumamente piadoso y de noble carácter. Rompió sus relaciones con su padre y fue a apostarse, espada en mano, en la puerta de Medina. Cuando llegó allí su padre, Abdullah ibn Ubay, le dijo: «¡Por Allah!, mientras el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, no dé permiso, no podrás avanzar ni un solo paso. El Mensajero de Allah es honorable y tú eres despreciable». Después, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, fue allí y permitió al líder de los hipócritas entrar en Medina. Este mismo Abdullah había dicho al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él: «Oh, Mensajero de Allah, si quieres matarlo, dímelo. ¡Por Allah!, cortaré su cabeza y la presentaré ante ti». [Ibn Hisham, Mujtasar as-Sira, jeque Abdullah, p. 277]

Dos) El incidente de la calumnia

Otro aspecto importante de esta expedición fue el incidente del «ifk», es decir, la calumnia contra el honor. El relato de este suceso es el siguiente: cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) emprendía un viaje, sorteaba entre los nombres de sus esposas. A aquella cuyo nombre salía la llevaba como compañera de viaje. Cuando partió para esta batalla, salió el nombre de Aisha (que Allah esté complacido con ella).

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) la llevó consigo. Durante el regreso, hicieron una parada en un lugar. Ella había tomado prestado ese collar de su hermana. Al notar que no lo tenía, fue inmediatamente a buscarlo. Mientras tanto, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y los Compañeros emprendieron el camino hacia Medina. Quienes colocaban el howdah de Aisha (que Allah esté complacido con ella) sobre el lomo del camello pensaron que ella se encontraba dentro. Por eso levantaron el howdah, lo pusieron sobre el camello y lo sujetaron. No se les ocurrió que el howdah no era muy pesado. Aisha (que Allah esté complacido con ella), que aún era joven, era delgada y ligera. Como varios hombres levantaban el howdah, no se dieron cuenta de que no había nadie dentro. Si lo hubieran levantado solo uno o dos, quizá habrían notado su ligereza.

En resumen, cuando Aisha (que Allah esté complacido con ella) regresó al lugar tras buscar el collar, vio que todos se habían marchado y que el campamento estaba vacío. Entonces se sentó, pensando que, al no encontrarla, seguramente alguien volvería a buscarla. Ciertamente, Allah hace lo que quiere. Aisha (que Allah esté complacido con ella) se recostó y, al cabo de un rato, se quedó dormida. Al oír: «Ciertamente, pertenecemos a Allah y a Él regresaremos. ¿La esposa del Mensajero de Allah?», Aisha (que Allah esté complacido con ella) se despertó. Quien había pronunciado esas palabras era Safwan ibn al-Muattal (que Allah esté complacido con él). Dormía profundamente; aquel Compañero dormilón también se había quedado rezagado. En cuanto vio a Aisha (que Allah esté complacido con ella), la reconoció, pues la había visto antes de que se revelara la norma del velo. Pronunció «Ciertamente, pertenecemos a Allah» y llevó su montura hasta Aisha (que Allah esté complacido con ella), para que ella se sentara en ella. Aisha (que Allah esté complacido con ella) montó. Safwan no pronunció una sola palabra aparte de «Ciertamente, pertenecemos a Allah», ni le hizo ninguna pregunta. En silencio, tomó las riendas del camello y caminó hasta alcanzar la caravana.

Era exactamente el mediodía. Toda la caravana estaba descansando en ese momento. Al ver llegar así a Safwan, los Compañeros comenzaron a conversar y a hacer comentarios. El enemigo de Allah, Abd Allah ibn Ubayy, encontró una oportunidad para exteriorizar la malicia que llevaba dentro. Tuvo la ocasión de avivar aún más el fuego de odio y envidia que ardía débilmente en su corazón. Comenzó a difundir calumnias contra la esposa del Mensajero de Allah. Sus compañeros también empezaron a propagar diversos rumores, tratando de ganarse su favor. Después de llegar a Medina, exageraron la historia y extendieron ampliamente la calumnia. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) lo oyó todo y permaneció en silencio; no dijo nada al respecto. Durante varios días tampoco llegó ninguna revelación. Ante esta situación, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) consultó con sus Compañeros más cercanos sobre separarse de Aisha (que Allah esté complacido con ella). Ali (que Allah esté complacido con él) insinuó que se separara de ella y se casara con otra mujer. Usama (que Allah esté complacido con él) y algunos otros Compañeros dijeron: «Oh, Mensajero de Allah, no divorcies a Aisha; no prestes atención a las palabras de los enemigos». Entonces el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se puso de pie en el púlpito de la Mezquita del Profeta y llamó la atención de los Compañeros para que lo libraran del daño causado por Abd Allah ibn Ubayy. Al oír estas palabras del Mensajero de Allah, Sad ibn Muadh expresó su deseo de matar a Abd Allah ibn Ubayy. A Sad ibn Ubadah (que Allah esté complacido con él) no le agradó aquello. Era el jefe de la tribu de Jazray, y Abd Allah pertenecía a su propia tribu. Por eso se despertó en él el espíritu tribal. Sad ibn Muadh y Sad ibn Ubadah comenzaron a discutir, y los miembros de ambas tribus se enfurecieron. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) calmó a ambos bandos después de exhortarlos largamente, y luego guardó silencio.

Mientras tanto, Aisha (que Allah esté complacido con ella) enfermó apenas regresó del viaje. Permaneció en cama durante un mes. No sabía nada de la calumnia que se había difundido sobre ella. Sin embargo, a veces pensaba que, a diferencia de lo que hacía durante sus enfermedades anteriores, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) no le mostraba esta vez la misma compasión. Después de recuperarse, Aisha salió una noche al campo con Umm Mistah para hacer sus necesidades. Por casualidad, Umm Mistah tropezó al enredarse el pie en su manto y cayó. Entonces maldijo a su propio hijo.

Cuando Aisha (que Allah esté complacido con ella) la reprendió por ello, Umm Mistah dijo: «Mi hijo es cómplice del delito de difundir la calumnia». Tras decir esto, le contó a Aisha (que Allah esté complacido con ella) la calumnia que se había difundido sobre ella. Para conocer todos los detalles, Aisha (que Allah esté complacido con ella) pidió permiso para ir a casa de sus padres. Después de recibirlo, fue a su propia casa. Al enterarse allí de todo, comenzó a llorar desconsoladamente. Pasó llorando dos noches y un día. Durante ese tiempo no se secó los ojos ni durmió. Sentía que el pecho se le partiría de tanto llorar. En ese estado llegó el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Tras recitar el testimonio de fe, dijo en un discurso: «Oh, Aisha, me han llegado ciertos rumores sobre ti. Si eres inocente de ello, Allah Altísimo pronto lo manifestará. Pero, si —que Allah no lo permita— has cometido algún pecado, pide perdón a Allah y arrepiéntete. Cuando el siervo reconoce su pecado y se arrepiente ante Allah, Allah Altísimo acepta su arrepentimiento».

Al oír esto, Aisha (que Allah esté complacido con ella) dejó de llorar. Ni una sola lágrima apareció en sus ojos. Les pidió a sus padres que respondieran, pero ellos no sabían qué contestar. Entonces Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Juro por Allah que sé que, de tanto oírlo, estas palabras han quedado grabadas en sus mentes. Ustedes consideran que son verdaderas. Ahora, aunque diga que soy inocente, no me creerán; y si admito la culpa, me creerán. Allah sabe perfectamente que soy inocente. En estas circunstancias, mi situación y la de ustedes es como la del padre del profeta José (que Allah esté complacido con él), Jacob (que Allah esté complacido con él), cuando dijo: “La paciencia es lo mejor; y Allah es mi único auxilio frente a lo que ustedes afirman”».

Después de decir esto, Aisha (que Allah esté complacido con ella) se apartó y se acostó. Justo entonces comenzó a descender la revelación sobre el Mensajero. Cuando terminó el difícil estado que acompañaba al descenso de la revelación, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) sonreía discretamente. Lo primero que dijo fue: «Oh, Aisha, Allah Altísimo ha declarado tu inocencia». Su madre le dijo alegremente: «Aisha, ve junto al Mensajero de Allah». Aisha (que Allah esté complacido con ella) respondió con fingido resentimiento: «No iré; solo alabaré a Allah».

Los versículos revelados acerca de este incidente forman parte de la sura An-Nur. En dicha sura comienzan con el versículo décimo.

Después, por la acusación de difamación, cada uno de estos tres compañeros —Mistaḥ ibn Uṯāṯa, Ḥassán ibn Ṯābit y Ḥamna— recibió ochenta azotes. [Según la ley de la sharía islámica, si alguien acusa a otra persona de adulterio y no puede demostrarlo, el difamador debe recibir ochenta azotes.]

La espalda del líder hipócrita, Abd Allah ibn Ubayy, se libró del castigo. Sin embargo, él ocupaba el primer lugar en la propagación de aquella calumnia. Aquel malvado había desempeñado el papel principal en este asunto. ¿Por qué no se le impuso ningún castigo?

La razón es que aquellos que fueron castigados recibirán el perdón en la otra vida en lugar de ese castigo. Este castigo sirve como expiación para ellos. Puesto que Allah Todopoderoso ha declarado que castigará severamente a Abd Allah ibn Ubayy en la otra vida, no se le impuso ningún castigo. O bien, por la misma razón por la que no fue ejecutado, no se le impuso ningún castigo. [Sahih al-Bujari, vol. 1, p. 364; vol. 2, pp. 696, 697 y 698; Zad al-Ma’ad, vol. 2, pp. 113, 114 y 115; Ibn Hisham, vol. 2, pp. 297-307]

Así, al cabo de un mes, se disipó de la atmósfera de Medina la nube negra de la sospecha, la duda y la inquietud mental. Abd Allah ibn Ubayy quedó tan humillado que aquel malvado nunca volvió a levantar la cabeza. Ibn Ishaq dice que, después de eso, cuando se excedía, eran los miembros de su propia tribu quienes lo reprendían severamente. Al ver esta situación, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le dijo un día a Umar (que Allah esté complacido con él): «Umar, ¿qué te parece? Mira, si aquel día lo hubieras matado, muchas personas arrogantes se habrían deshecho en críticas. ¿Y hoy? Si ahora se ordenara que fueran ellos mismos quienes lo mataran, esos mismos críticos lo matarían». Umar (que Allah esté complacido con él) respondió: «Juro por Allah que he comprendido que el criterio del Mensajero de Allah es mejor que el mío». [Ibn Hisham, vol. 2, p. 293]

Expediciones militares posteriores a la batalla de Banu al-Mustaliq

1) Sariyya de Diyar Banu Kilab (zona de Dumat al-Yandal)

Esta expedición se llevó a cabo en el mes de Sha’ban del sexto año de la Hégira, bajo el liderazgo de Abd al-Rahman ibn Awf (que Allah esté complacido con él). El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) hizo que Abd al-Rahman se sentara delante de él, le puso personalmente el turbante en la cabeza y le recomendó actuar correctamente durante el combate. Le dijo: «Si aceptan tu autoridad, te casarás con la hija de su rey». Al llegar a Dumat al-Yandal, Abd al-Rahman ibn Awf (que Allah esté complacido con él) los invitó al islam durante tres días consecutivos. Finalmente, abrazaron el islam. Después, Abd al-Rahman (que Allah esté complacido con él) contrajo matrimonio con Tamadur bint al-Asbag. Esta mujer fue la madre de Abu Salama, hijo de Abd al-Rahman. Su padre era el jefe de la tribu y su rey.

2) Sariyya de Diyar Banu Sa‘d (región de Fadak)

Esta expedición se llevó a cabo bajo el liderazgo de Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él) en el mes de Sha‘ban del sexto año de la Hégira. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recibió la noticia de que un grupo de miembros de la tribu Banu Sa‘d se preparaba para ayudar a los judíos contra los musulmanes. Al recibir esta noticia, envió a Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él) con doscientos hombres. Viajaban de noche y se ocultaban durante el día. Finalmente, capturaron a un espía. Este confesó que habían ofrecido ayudar a los judíos a cambio de dátiles de Jaybar. El espía también informó de que los miembros de Banu Sa‘d se encontraban reunidos en cierto lugar. Hazrat Alí lanzó un ataque sorpresa durante la noche y se apoderó de quinientos camellos y dos mil cabras. Los miembros de Banu Sa‘d lograron huir con sus mujeres y niños. Su jefe se llamaba Abar ibn Alim.

3) Sariyya de Wadi al-Qura

Esta expedición se llevó a cabo bajo el liderazgo de Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él) o de Hazrat Zayd ibn Hariza (que Allah esté complacido con él), en el mes de Ramadán del sexto año de la Hégira. La causa fue que una rama de la tribu Banu Fazara, recurriendo al engaño, conspiró para asesinar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Por ello, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Hazrat Salama ibn al-Akwa‘ dijo: «Yo también estaba con él en esta expedición». Después de realizar la oración del alba, atacamos por orden de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él).

Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) mató a varios hombres. Vi a un grupo de personas, entre las cuales había mujeres y niños. Temía que pudieran escapar hacia las montañas. Pensando en ello, avancé y disparé una flecha entre ellos y la montaña. Con ello les corté el paso. Entre ellos había una mujer llamada Umm Qirfa. Llevaba puesta una vieja piel. La acompañaba su hija joven, que era una de las muchachas más hermosas de Arabia. Las conduje ante Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), y él me entregó la muchacha. Nunca le descubrí la ropa. Más tarde, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, reclamó la custodia de la muchacha a Salama ibn al-Akwa‘ y la envió a La Meca. A cambio de esta muchacha, fueron liberados varios musulmanes detenidos en La Meca. Sahih Muslim, tomo II, pág. 89. También se ha mencionado que esta expedición militar tuvo lugar en el séptimo año de la Hégira.

Umm Qirfa era una mujer demoníaca. Esta mujer estaba implicada en una conspiración para asesinar al Mensajero de Allah. Con ese propósito, había preparado a treinta jinetes de su tribu. En esta expedición recibió su merecido: los treinta jinetes fueron asesinados.

4) Sariyya de Uraniyayn

Esta expedición se llevó a cabo en el mes de Shawwal del sexto año de la Hégira, bajo el liderazgo de Hazrat Karz ibn Jabir al-Fihri (que Allah esté complacido con él). [Este es el mismo Karz ibn Jabir al-Fihri que, antes de la batalla de Badr, participó en la expedición militar de Safwan y atacó los rebaños de Medina. Más tarde aceptó el islam y alcanzó el martirio durante la conquista de La Meca.] La razón fue que algunas personas de las tribus de ‘Ukl y ‘Urayna llegaron a Medina, aceptaron el islam y permanecieron allí. Sin embargo, no pudieron soportar el clima de Medina junto con varios camellos. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, los envió con varios camellos a un pastizal y les ordenó que bebieran la leche y la orina de los camellos. Después de recuperarse, mataron a los pastores de camellos enviados por el Mensajero de Allah, se llevaron los camellos y desaparecieron. Tras haber aceptado el islam, volvieron a la incredulidad. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió en su búsqueda un grupo de veinte compañeros bajo el liderazgo de Karz ibn Jabir al-Fihri. Suplicó contra aquellos ingratos y apóstatas, diciendo: «Oh Allah, ciega sus caminos y hazlos más estrechos que un anillo».

Los Compañeros los persiguieron y los capturaron. Como castigo por haber matado a los pastores musulmanes, además de otras penas, les cortaron las manos y los pies. Luego fueron abandonados en una zona llamada Harra. Allí cavaban la tierra repetidamente y sufrían las consecuencias de sus actos. [Zad al-Ma‘ad, tomo 2, pág. 122] En Bujari y en otras obras, este suceso también se narra de Hadrat Anas (que Allah esté complacido con él). [Sahih Bujari, tomo 2, pág. 602]

En aquella ocasión, Hadrat Amr ibn Umayya al-Damri partió hacia La Meca para matar a Sufyan, pues Abu Sufyan había enviado a un beduino a Medina para asesinar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Sin embargo, ninguno de los dos pudo cumplir su objetivo.

Los biógrafos del Profeta también han escrito que, durante esta expedición, Hadrat Amr ibn Umayya al-Damri mató a tres incrédulos. También trajo consigo el cadáver de Hadrat Khubaib (que Allah esté complacido con él). Sin embargo, el martirio de Hadrat Khubaib (que Allah esté complacido con él) tuvo lugar el día de la expedición de Raji‘ o varios meses después. El suceso de Raji‘ ocurrió en el mes de Safar del cuarto año de la Hégira. Por tanto, ambos sucesos corresponden a viajes distintos; pero no comprendo por qué los biógrafos del Profeta los mencionaron de manera tan desordenada, creando confusión. Ellos han presentado ambos sucesos como pertenecientes al mismo viaje. También es posible que, en realidad, ambos sucesos hubieran tenido lugar durante el mismo viaje. Sin embargo, los biógrafos del Profeta pudieron haberse equivocado al establecer el año y haber indicado el sexto año de la Hégira en lugar del cuarto.

Allama Mansurpuri (que Allah tenga misericordia de él) también se ha negado a reconocer este suceso como una expedición militar o sariyya. Allah Todopoderoso sabe mejor todas las cosas.

Todas estas expediciones militares se llevaron a cabo después de Al-Ahzab y Banu Qurayza. En ninguna de ellas tuvo lugar un enfrentamiento grave ni una batalla. En algunas expediciones hubo ataques y enfrentamientos menores. El objetivo de estas expediciones era atemorizar e influir en los enemigos.

Al revisar todo, se observa que la situación cambió rápidamente después de la batalla de Al-Ahzab. La moral de los enemigos del islam se quebró. Los enemigos abandonaron también la esperanza de destruir la prédica del islam y empañar su gloria. Sin embargo, después del tratado de Hudaybiyya se produjo un cambio notable en la situación. En realidad, este tratado fue una manifestación de la fuerza del islam. Gracias a él quedó claro que en el mundo árabe ya no quedaba ninguna fuerza capaz de detener el avance del islam, y que la victoria del islam era inevitable.

El tratado de Hudaybiyya

Preparativos para la umra

La situación del mundo árabe se había vuelto casi favorable para los musulmanes. Los signos del éxito de la predicación islámica y de una gran victoria comenzaban a manifestarse gradualmente. Los politeístas habían mantenido cerradas durante seis años las puertas de la Mezquita Sagrada para los musulmanes. Ya se había iniciado el esfuerzo preliminar para obtener el reconocimiento del derecho de los musulmanes a adorar en aquella mezquita sagrada.

En Medina la Iluminada, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— recibió en sueños la visión de que él y los honorables Compañeros habían entrado en la Mezquita Sagrada. También soñó que había tomado la llave de la Kaaba y que, junto con los Compañeros, realizaba el tawaf alrededor de la Kaaba y cumplía la umrah. Después, algunos Compañeros se cortaban el cabello y otros solamente se cortaban las uñas. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— les contó a los Compañeros este sueño. Al escucharlo, se alegraron mucho. Esperaban interiormente que ese año pudieran ir a La Meca. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— también les informó de que realizaría la umrah. Después de decirles esto, los honorables Compañeros comenzaron a prepararse para el viaje.

Anuncio de la partida de los musulmanes

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— anunció en Medina y sus alrededores que viajaría con quienes lo acompañaran a La Meca. La mayoría de los árabes dudaba. Entretanto, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— limpió sus ropas. Encargó la administración de Medina a Abdullah ibn Umm Maktum, o, según otra versión, a Namila al-Layzí, que Allah esté complacido con él. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— montó su camella llamada al-Qaswa y partió hacia La Meca el primero de Dhu al-Qi‘dah del sexto año de la Hégira. Lo acompañó su esposa, la honorable Umm Salama, que Allah esté complacido con ella. Entre los Compañeros viajaron mil cuatrocientos, o, según otra versión, mil quinientos. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llevó armas propias de un viajero; no llevó ninguna otra arma aparte de una espada envainada.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y los musulmanes avanzaban hacia La Meca. Al llegar a un lugar llamado Dhu al-Hulayfa, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— preparó su hady. Se le hizo una incisión en la joroba del camello como señal. Se puso el ihram para la umrah. Lo hizo precisamente para que todos pudieran estar seguros de que iba únicamente a realizar la umrah y que no tenía intención de combatir. Se envió delante de la caravana a un espía de la tribu de Juza‘ah para conocer la actitud de los qurayshíes. Al llegar a un lugar llamado ‘Usfan, el espía regresó e informó: «He visto a Ka‘b ibn Lu’ayy. Está reuniendo a miembros de su tribu aliada, los Ahābish, para enfrentarse a usted. También están reuniendo gente de otros lugares. Están decididos a luchar contra usted e impedirle entrar en La Meca». Al recibir esta noticia, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— consultó a los Compañeros. El hady es el animal que los peregrinos del hayy y de la umrah sacrifican en La Meca o en Mina. En la época de la ignorancia, si el animal era una oveja o una cabra, se le ataba al cuello un trozo de tela como señal; si era un camello, se le hacía una incisión en la joroba para marcarlo con sangre. Nadie causaba daño a estos animales. La ley islámica conservó esta práctica.

Él dijo: «¿Cuál es vuestra opinión? ¿Debemos dirigirnos a las zonas de las tribus que se han preparado para ayudar a los qurayshíes y atacarlas? Aunque permanezcan tranquilas, el horror de la guerra las rodeará. Si huyen, quizá, con la voluntad de Allah, podamos cortar el cuello de alguno de ellos. ¿O queréis que marchemos hacia la Casa de la Kaaba y combatamos contra quienes intenten impedirnos el paso?». Al oír esto, el honorable Abu Bakr al-Siddiq, que Allah esté complacido con él, dijo: «Allah y Su Mensajero saben mejor. Nosotros hemos venido con el propósito de realizar la umrah, no a luchar contra nadie. Sin embargo, combatiremos contra quienes se interpongan entre nosotros y la Casa de Allah». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «De acuerdo, marchemos». Después, todos avanzaron hacia La Meca.

Intento de impedir que los musulmanes llegaran a la Casa de Allah

Por su parte, los qurayshíes, al enterarse de la partida del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, celebraron una reunión de consulta y decidieron que debían mantener a los musulmanes alejados de la Casa de Allah a cualquier precio. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— continuó el viaje después de pasar junto a los Ahābish. Entonces llegó un hombre de la tribu de Banu Ka‘b y dijo: «Los qurayshíes se han apostado en un lugar llamado Dhu Tuwa. Khalid ibn al-Walid está apostado en Qurā‘ al-Ghamim con una fuerza de doscientos jinetes. Este lugar se encuentra en la carretera principal hacia La Meca». Khalid ibn al-Walid intentó impedir el avance de los musulmanes. Colocó a sus tropas en un lugar desde el cual ambos bandos podían verse mutuamente.

Mientras los musulmanes realizaban la oración del mediodía, Jálid observó que estaban inclinándose y postrándose. Al terminar la oración, Jálid comentó: «Durante la oración estaban desprevenidos. Si hubiéramos atacado en ese momento, habríamos podido someterlos». Entonces Jálid decidió que, cuando los musulmanes se pusieran de pie para la oración de la tarde, debían atacarlos por sorpresa. En ese momento, Allah ordenó la oración del temor. Aunque Jálid ibn al-Walid lo deseaba, no pudo atacar a los musulmanes.

Esfuerzos por evitar un enfrentamiento sangriento

Mientras tanto, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— abandonó la carretera principal de Qura al-Gamim y avanzó por otro camino. Aquel camino atravesaba una zona montañosa. Es decir, giró a la derecha y el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— pasó por entre Hamsh por un camino que conducía a un lugar llamado Zaniyat al-Marar. Desde Zaniyat al-Marar se dirigieron a Hudaybiyya. Este lugar estaba cerca de La Meca. Al ver que los musulmanes se dirigían desde Qura al-Gamim por otro camino, es decir, que habían cambiado de ruta, Jálid marchó rápidamente a La Meca con sus compañeros para informar a los qurayshíes de la nueva situación.

Mientras tanto, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— continuó su viaje. Al llegar a un lugar llamado Zaniyat al-Marar, la camella se sentó. La gente dijo: «¡Halla, halla!», pero la camella permaneció sentada. El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Esta camella no tiene por costumbre sentarse así. La ha detenido Aquel que detuvo al elefante». Luego dijo: «Juro por Aquel en cuya mano está mi alma que ellos no me pedirán nada que implique mostrar respeto por algo prohibido por Allah sin que yo lo acepte». Entonces, cuando el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— urgió a la camella a levantarse, esta se puso en pie. Después, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— cambió ligeramente el rumbo y acampó junto a un estanque en Hudaybiyya. El estanque no contenía mucha agua. Tras sacar pequeñas cantidades, el agua se acabó al poco tiempo. Los compañeros informaron al Mensajero de Allah de que tenían sed. Él sacó una flecha de su carcaj y ordenó que la arrojaran al estanque. Los compañeros hicieron lo que les indicó. Después, el agua comenzó a brotar continuamente del estanque y la dificultad de los compañeros por falta de agua desapareció.

La llegada de Budayl ibn Warqa

Mientras el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— permanecía allí con plena confianza, Budayl ibn Warqa, de la tribu de Juzaa, llegó acompañado de varios hombres de su tribu para reunirse con el Mensajero de Allah. Entre los habitantes de la región de Tihama, los miembros de esta tribu eran bienintencionados hacia el Mensajero de Allah y los musulmanes. Budayl dijo: «He venido de ver a Kaab ibn Huway, que mantiene bajo su control el estanque de Hudaybiyya, que tiene suficiente agua. Está acompañado de mujeres y niños. Está decidido a luchar contra vosotros y a impediros llegar a la Casa Sagrada». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «No hemos venido a luchar contra nadie. La guerra ha debilitado a los qurayshíes y les ha causado graves pérdidas. Si quieren, acordaré con ellos un plazo y se apartarán de entre nosotros y mi gente. Si quieren, pueden desentenderse del asunto en el que se ha implicado la gente; de lo contrario, alcanzarán la paz. Pero si no aceptan ningún acuerdo que no sea la lucha, juro por Aquel en cuya mano está mi alma que lucharé contra ellos por la religión mientras haya vida en mi cuerpo, o hasta que se cumpla la voluntad de Allah».

Budayl dijo: «Transmitiré vuestro mensaje a los qurayshíes». Después fue ante los qurayshíes y dijo: «Vengo de estar con ellos. He oído algo de ellos; si queréis escucharlo, puedo contároslo». Los necios dijeron: «No necesitamos escucharos. No queremos oír nada de ellos». Algunos sensatos dijeron: «Escuchemos qué ha dicho». Budayl les relató todo. Entonces los qurayshíes enviaron como representante a Muqarriz ibn Hafs. Al verlo, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Este hombre es un traidor». Muqarriz llegó y conversó con el Mensajero de Allah; este le repitió las mismas palabras que antes había dicho a Budayl. Muqarriz regresó e informó de todo a los qurayshíes.

El envío de los emisarios de los qurayshíes

Entonces un hombre llamado al-Halis ibn Alqama, de la tribu de Banu Kinana, dijo: «Déjenme ir con ellos». Los coraixíes le dieron permiso. Al verlo, el Noble Profeta dijo a los compañeros: «Este hombre es fulano. Pertenece a un pueblo que honra los animales del hady. Por tanto, hagan que el rebaño se ponga de pie». Los compañeros hicieron que el rebaño se pusiera de pie y lo recibieron diciendo: «Labbaik». Al ver aquello, el hombre dijo: «¡Gloria a Allah! No es apropiado impedirles regresar de la Casa de Allah». Sin decir nada más, se dirigió directamente al campamento de los coraixíes y dijo: «He visto los animales del hady, es decir, los animales traídos para ser sacrificados con el propósito de obtener la complacencia de Allah. Llevan atados trozos de tela alrededor del cuello y a muchos se les ha marcado la joroba haciéndola sangrar. Por tanto, no considero apropiado impedirles llegar a la Casa de Allah». Después, entre él y los coraixíes se produjo una discusión tan acalorada que se enfureció.

En ese momento intervino Urwa ibn Masud al-Zaqafi y dijo: «Él les ha presentado una propuesta. Acéptenla y déjenme ir con él». Los coraixíes le dieron permiso. Se acercó y comenzó a hablar con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) repitió las mismas palabras que había dicho a Budail y a sus compañeros. Al escucharlas, Urwa dijo: «Oh, Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz), dime: si exterminaras a tu propio pueblo, ¿has oído hablar de algún árabe anterior a ti que hubiera exterminado por completo a su propio pueblo? Si surgiera una situación diferente, ¡por Dios!, he visto rostros y personas tan desconcertadas que me parece que te abandonarían y huirían. Al oír esto, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) le dijo: “Ve y chupa el prepucio colgante de al-Lat. ¿Acaso vamos a abandonar al Mensajero de Allah y huir?”. Urwa preguntó: “¿Quién es este hombre?”. Los compañeros respondieron: “Es Abu Bakr (que Allah esté complacido con él)”. Entonces Urwa se dirigió a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) y dijo: “Mira, por Aquel en cuya mano está mi alma, una vez me favoreciste. Si no hubiera sido por aquello y yo no tuviera pendiente aquella compensación, sin duda te habría respondido de la misma manera”.

Después, Urwa continuó hablando con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Mientras hablaba, tocaba la barba del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Mugira ibn Shuba (que Allah esté complacido con él) estaba de pie junto al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), con una espada en la mano. Cada vez que Urwa extendía la mano hacia la barba del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), Mugira le apartaba la mano con la empuñadura de la espada y le decía: «Mantén tu mano alejada de la barba del Mensajero de Allah». En cierto momento, Urwa levantó la cabeza y preguntó quién era Mugira. Los compañeros respondieron: «Mugira ibn Shuba (que Allah esté complacido con él)». Urwa dijo: «¡Traidor! ¿Acaso no hice gestiones por ti?». El hecho fue que Mugira ibn Shuba estaba con algunas personas. Después de matarlas, llegó a Medina llevando consigo sus riquezas. Al presentarse ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), abrazó el islam. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Acepto que te hayas hecho musulmán, pero no tengo ninguna relación con esas riquezas». A raíz de este asunto, Urwa tuvo que hacer gestiones. A eso se refería ahora. Cabe señalar que Mugira era sobrino de Urwa.

Después, Urwa comenzó a observar la estrecha relación de los compañeros con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Al cabo de un rato regresó a La Meca y dijo a sus compañeros: «¡Oh, pueblo mío! He estado ante emperadores como César, Cosroes y el Negus. ¡Por Allah!, nunca he visto a ningún rey recibir de sus compañeros tanta veneración como la que he visto que Muhammad recibe. ¡Por Allah!, cuando escupe, alguien extiende la mano para recoger su saliva y se la unta en el rostro y el cuerpo. Cuando da una orden, todos se apresuran a cumplirla. Cuando comienza a realizar la ablución, sus compañeros se precipitan para recoger el agua que deja. Cuando empieza a hablar, sus compañeros bajan la voz. Por exceso de respeto, no lo miran directamente. Un hombre así les ha presentado una buena propuesta. Les pido que acepten esta propuesta».

Cuando los jóvenes belicosos de los coraixíes se dieron cuenta de que los ancianos estaban ocupados con la fórmula para resolver el conflicto mediante un acuerdo, tramaron provocar una guerra. Decidieron dirigirse sigilosamente por la noche al campamento de los musulmanes y comenzar un alboroto que encendiera las llamas de la guerra entre ambas partes. Luego se pusieron en marcha para llevar a cabo su plan. En la oscuridad de la noche, entre setenta y ochenta jóvenes descendieron del monte Tan’im e intentaron entrar furtivamente en el campamento de los musulmanes. Sin embargo, el comandante de las tropas musulmanas, Muhammad ibn Maslama (que Allah esté complacido con él), los arrestó a todos y los llevó ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). El compasivo Profeta los perdonó y los dejó libres a todos, con el fin de llevar a buen término el objetivo de la tregua. Al respecto, Allah, Señor de los mundos, dice: «Él contuvo sus manos de vosotros y vuestras manos de ellos en el valle de La Meca, después de haberos dado la victoria sobre ellos» (sura Al-Fath, 24).

La partida de Uthman (que Allah esté complacido con él) hacia La Meca

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) consideró necesario enviar un emisario a La Meca para explicar claramente a los coraixíes el propósito de su llegada. Para esta misión llamó a Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él). Umar expresó su incapacidad, diciendo: «Oh, Mensajero de Allah, si los no musulmanes me maltrataran, ni un solo miembro de la tribu Banu Ka’b en La Meca acudiría en mi apoyo. En mi opinión, Uthman es la persona adecuada para esta misión. Te pido que lo envíes. Los miembros de su tribu se encuentran en La Meca y él podrá explicar debidamente a los coraixíes el propósito de nuestra llegada». Entonces el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llamó a Uthman y le ordenó ir ante los coraixíes, diciéndole: «Ve y diles que no hemos venido a luchar, sino únicamente a realizar la umra. Invítalos al islam». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) también dijo a Uthman (que Allah esté complacido con él) que transmitiera palabras de consuelo a los hombres y mujeres creyentes de La Meca. Debía decirles que Allah, exaltado sea, pronto establecería el islam como una fuerza victoriosa en La Meca. Entonces, por ser creyentes, ya no tendrían que adorar a Allah en secreto. Uthman (que Allah esté complacido con él) partió llevando el mensaje del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). En un lugar llamado Baldah se encontró con algunos hombres de los coraixíes. Ellos le preguntaron: «¿Adónde vas?». Uthman (que Allah esté complacido con él) respondió: «El Mensajero de Allah, Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz), me ha enviado a vosotros con este mensaje». Los coraixíes dijeron: «Ya hemos oído el mensaje que traes. Atiende tus propios asuntos». Entretanto, Sa’id ibn al-As se levantó y dijo a Uthman (que Allah esté complacido con él): «¡Bienvenido!». Después ensilló su propio caballo, hizo que Uthman (que Allah esté complacido con él) montara y lo llevó a su residencia en La Meca. Allí Uthman (que Allah esté complacido con él) explicó el mensaje del Mensajero de Allah a los líderes de los coraixíes. Los coraixíes le propusieron que circunvalara la Kaaba, pero él rechazó la propuesta. No quiso circunvalar la Kaaba antes que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz).

El rumor del martirio de Uthmán —que Allah esté complacido con él— y la Bay‘at ar-Ridwán

Uthmán —que Allah esté complacido con él— cumplió la misión que se le había encomendado. Sin embargo, los qurayshíes lo retuvieron con ellos. Probablemente querían llegar, mediante consultas mutuas y a la luz de la situación surgida, a una decisión concreta. Después enviarían una respuesta al mensaje que Uthmán —que Allah esté complacido con él— había llevado. Como Uthmán —que Allah esté complacido con él— tardaba mucho en regresar, se difundió entre los musulmanes el rumor de que había sido asesinado. Cuando se informó de ello al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, dijo: «No nos marcharemos de aquí sin combatir contra los qurayshíes». Después de decir esto, invitó a los compañeros a prestarle la bay‘a. Los nobles compañeros, mostrando gran entusiasmo, le prestaron juramento de que nadie huiría del campo de batalla. El primero en prestar la bay‘a fue Abu Sinan al-Asadi. Salama ibn al-Akwa‘ —que Allah esté complacido con él— prestó la bay‘a tres veces: al principio, a mitad del proceso y al final. El Mensajero de Allah tomó una de sus manos con la otra y dijo: «Esta mano es la de Uthmán». Cuando terminó la recepción de la bay‘a, llegó Uthmán —que Allah esté complacido con él— y también prestó juramento. Un hombre llamado Jadd ibn Qays no participó en la bay‘a. Era un hipócrita.

El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— recibió esta bay‘a bajo un árbol. Umar —que Allah esté complacido con él— sostenía la mano del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Ma‘qil ibn Yasar —que Allah esté complacido con él— apartaba algunas ramas del árbol que se inclinaban sobre el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Respecto a esta bay‘a, Allah, exaltado sea, reveló en el Noble Corán el siguiente versículo: «Ciertamente, Allah se complació con los creyentes cuando te prestaron juramento bajo el árbol» (sura al-Fath, aleya 18).

Las condiciones del histórico tratado de paz

Los qurayshíes comprendieron la delicadeza de la situación. Entonces enviaron rápidamente a Suhayl ibn Amr para negociar un tratado de paz. Le insistieron a Suhayl en que el Mensajero de Allah debía regresar ese año, pues los árabes podían decir que había entrado por la fuerza en su ciudad. Al ver a Suhayl, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo a sus compañeros: «Vuestro asunto se os ha facilitado». El envío de este hombre significa que los qurayshíes desean un tratado de paz. Suhayl se acercó al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y conversó con él durante bastante tiempo. Después se redactaron las condiciones del tratado, que fueron las siguientes:

1) El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— regresará este año sin entrar en La Meca. El año próximo, los musulmanes vendrán a La Meca y permanecerán allí tres días. El año próximo, los musulmanes vendrán a La Meca y permanecerán allí tres días. Llevarán consigo armas para su propia defensa. Las espadas permanecerán envainadas. Nadie los molestará.

2) Ambas partes cesarán las hostilidades durante diez años. Durante ese tiempo, la gente vivirá tranquila y segura. Nadie levantará la mano contra nadie.

3) Quienes deseen unirse a la doctrina de Muhammad —que Allah lo bendiga y le conceda paz— podrán hacerlo, y quienes deseen permanecer en la doctrina de los qurayshíes podrán permanecer en ella. La tribu que se una a otra será considerada parte de esa tribu. Por tanto, si se comete una agresión contra una tribu, deberá considerarse también una agresión contra los miembros de la tribu que se haya unido a ella.

Cuarto) Si algún miembro de los coraichitas va junto a Muhammad sin el permiso de sus líderes, es decir, huyendo, él deberá devolverlo. Pero si alguno de los compañeros de Muhammad busca refugio entre los coraichitas, estos no tendrán que devolverlo.

Una vez redactado el borrador del tratado, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llamó a Hazrat Ali, el León de Dios —que Allah esté complacido con él—, y le dictó las condiciones para que las escribiera. Al principio, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le indicó que escribiera «Bismillahir Rahmanir Rahim», es decir: «En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso». Suhail dijo: «Nosotros no sabemos qué significa “Rahman”. Mejor dile que escriba así: “Bi-ismika Allahumma”, es decir: “En Tu nombre, oh Allah”». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó a Hazrat Ali —que Allah esté complacido con él— que lo escribiera de ese modo. Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— comenzó a dictar: «El Mensajero de Allah, Muhammad, ha concertado un tratado sobre las siguientes condiciones». Al oír esto, Suhail dijo: «Si supiéramos que eres el Mensajero de Allah, no te habríamos impedido circunvalar la Kaaba ni habríamos combatido contra ti. Escribe “Muhammad ibn Abdullah”». Él respondió: «Aunque no lo reconozcáis, soy el Mensajero de Allah». Luego dijo a Hazrat Ali —que Allah esté complacido con él—: «Escribe “Muhammad ibn Abdullah” y borra las palabras “el Mensajero de Allah”». Hazrat Ali —que Allah esté complacido con él— no aceptó hacerlo, así que el Mensajero de Allah borró las palabras con su propia mano. Después se registraron por completo las condiciones del tratado.

Una vez concluido el tratado, la tribu de Banu Khuza’a se alió con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. En realidad, los miembros de esta tribu ya eran aliados de Banu Hashim en tiempos de Abdul Muttalib. Esto se ha explicado al comienzo del libro. Entrar en una alianza o adoptar una alianza significa reconocer la antigua amistad y consolidar los vínculos de alianza. Por otro lado, la tribu de Banu Bakr se alió con los coraichitas.

El regreso de Abu Jandal

Mientras se escribían las condiciones del tratado, Abu Jandal, hijo de Suhail, llegó allí arrastrando sus cadenas. Venía de La Meca y se arrojó entre los musulmanes. Suhail dijo: «Respecto a él, seré el primero en hacer cumplir contigo esta condición. Devuélvelo». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «El tratado aún no ha concluido». Suhail respondió: «Si no devuelves a Abu Jandal, no concertaré ningún tratado contigo». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo a Suhail: «Está bien, déjalo libre por consideración a mí». Suhail dijo: «Ni siquiera por consideración a ti puedo dejarlo libre». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— volvió a suplicarle: «¡Déjalo libre, por favor!»

Suhail dijo: «No, no puedo hacerlo». Entonces abofeteó a Abu Jandal y comenzó a tirar del cuello de su camisa para llevárselo de regreso a La Meca. Abu Jandal gritó: «¡Oh musulmanes! ¿Acaso voy a regresar otra vez junto a los politeístas? Me harán sufrir una prueba por mi religión». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Abu Jandal, ten paciencia y considera la paciencia una causa de recompensa. Allah te proporcionará, a ti y a los demás musulmanes débiles que te acompañan, una salida y un lugar de refugio. Estamos concertando un tratado con los coraichitas. Nosotros hemos contraído un compromiso con ellos en nombre de Allah, y ellos han contraído un compromiso con nosotros en nombre de Allah. Por tanto, no podemos violar las condiciones del tratado».

Hazrat Umar —que Allah esté complacido con él— se dirigió rápidamente hacia Abu Jandal. Mientras caminaba a su lado, le decía: «Abu Jandal, ten paciencia; ellos son politeístas, idólatras. Su sangre es como la sangre de los perros». Mientras decía esto, Hazrat Umar —que Allah esté complacido con él— acercaba su propia espada a Abu Jandal. Hazrat Umar —que Allah esté complacido con él— relató posteriormente: «Esperaba que Abu Jandal tomara la espada de mi mano y acabara con su padre». Pero Abu Jandal no lo hizo. Finalmente, se hicieron efectivas las condiciones del tratado.

Sacrificio y corte del cabello al considerar concluida la umrah

Después de hacer que se escribieran las condiciones del tratado, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Levantaos y sacrificad cada uno vuestro animal». Ninguno de los Compañeros se levantó. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— repitió tres veces la misma frase y dio la misma orden, pero nadie mostró interés alguno. Entonces le expuso lo sucedido a la Madre de los Creyentes, la honorable Salma —que Allah esté complacido con ella—. La esposa del Profeta dijo: «Oh, Mensajero de Allah, si consideras necesario sacrificar el animal destinado al sacrificio, ve tú mismo, sacrifícalo sin decirle nada a nadie y después llama a tu barbero para que te afeite la cabeza». Siguiendo el consejo de la Madre de los Creyentes, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— sacrificó su animal destinado al sacrificio y dispuso que le afeitaran la cabeza. Al poco rato, los Compañeros, imitando al Mensajero de Allah, sacrificaron cada uno su animal. Después comenzaron a cortarse mutuamente el cabello. Algunos se lo afeitaron por completo y otros se lo recortaron y lo dejaron corto. Todos estaban serios y preocupados. El estado de ánimo de cada uno era tan malo que parecía que, por la intensidad de su angustia, iban a matarse unos a otros. En aquella ocasión, las vacas y los camellos fueron sacrificados, cada uno en nombre de siete personas. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— sacrificó uno de los camellos de Abu Yahl. El animal llevaba un aro de plata en la nariz. El propósito de esto era que, al recibir la noticia, los politeístas se consumieran de rabia impotente. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— rogó una vez por el perdón de ellos. Durante este viaje, Allah, Señor de los mundos, reveló una disposición referente a Ka‘b ibn Ujra: quien, debido a una dificultad, se afeite la cabeza mientras se encuentra en estado de ihram deberá ofrecer una expiación mediante ayuno, limosna o el sacrificio de un animal.

Negativa a devolver a las mujeres emigradas

Algunas mujeres creyentes llegaron desde La Meca hasta el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Sus familiares exigieron que fueran devueltas conforme al tratado de Hudaybiyyah. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— rechazó esta exigencia. Argumentó que la disposición escrita en el tratado establecía que cualquier hombre de los nuestros que acudiera a vosotros debía ser devuelto, cualquiera que fuese la religión en la que creyera. En él no se mencionaba a las mujeres. [Sahih al-Bujari, tomo I, pág. 307] Por consiguiente, las mujeres quedaban fuera del alcance de esta condición del tratado. Después, Allah, Señor de los mundos, reveló esta aleya: «Oh, creyentes, cuando las mujeres creyentes emigren hacia vosotros, examinadlas. Allah conoce perfectamente su fe. Si comprobáis que son creyentes, no las devolváis a los incrédulos. Ellas no son lícitas para los incrédulos, ni los incrédulos son lícitos para ellas. Devolvedles a ellos lo que hayan gastado. No incurrís en falta si os casáis con ellas, siempre que les entreguéis sus dotes. No mantengáis los vínculos matrimoniales con las mujeres incrédulas». (Sura al-Mumtahana, aleya 10)

Después de la revelación de esta aleya, cuando una mujer creyente emigraba, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— recibía su juramento de fidelidad. A este respecto, Allah, Señor de los mundos, dice: «Oh, Profeta, cuando las mujeres creyentes acudan a ti para prestarte juramento de que no asociarán nada con Allah, no robarán, no cometerán adulterio, no matarán a sus hijos, no inventarán ni difundirán conscientemente calumnias y no te desobedecerán en lo que es correcto, acepta su juramento y pide a Allah que las perdone. Allah es Indulgente, Misericordioso». (Sura al-Mumtahana, aleya 12)

Las mujeres que emigraban prestaban juramento conforme a las condiciones de la aleya mencionada. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— les decía: «He aceptado vuestro juramento de fidelidad». Después no las devolvía.

Conforme a esta disposición, los musulmanes se divorciaron de sus esposas no musulmanas, es decir, incrédulas. En aquella época, el honorable Umar —que Allah esté complacido con él— tenía dos esposas incrédulas. Se divorció de ellas. Una de ellas se casó con Muawiya y la otra con Safwan ibn Umayya.

Resumen de las condiciones del tratado

Este es el tratado de Hudaybiyyah. Si se reflexiona profundamente sobre sus condiciones, se comprende que fue una gran victoria para los musulmanes. Hasta entonces, los coraichitas ni siquiera reconocían la existencia de los musulmanes. Estaban decididos a aniquilarlos y esperaban que, tarde o temprano, esta fuerza acabara desapareciendo. Además, como los coraichitas ocupaban la posición de liderazgo en los asuntos religiosos y mundanos de la península arábiga, se esforzaban con todas sus fuerzas por obstaculizar la predicación islámica entre la gente común. Si se juzga desde esta perspectiva, basta reflexionar un poco sobre el tratado para comprender que constituyó el reconocimiento de los musulmanes y la declaración de que los coraichitas ya no tenían capacidad para destruir su fuerza. El análisis psicológico de la tercera cláusula del tratado muestra que los coraichitas habían fracasado en el cumplimiento de las responsabilidades que habían recibido en los ámbitos religioso y mundano. Ahora están absortos únicamente en sus propios intereses. No tienen preocupación ni interés alguno por los demás. Es decir, toda la península de

Incluso si toda la población de Arabia adopta el islam, a los coraichitas no les importa en absoluto. No intervendrán de ninguna manera en este asunto. Teniendo en cuenta la determinación de los coraichitas y el objetivo de esta, ¿no constituye esto una derrota manifiesta para ellos? Desde la perspectiva de los musulmanes, ¿no es esto una victoria manifiesta para ellos? El objetivo del sangriento conflicto que tuvo lugar entre los seguidores del islam y sus enemigos era que las personas obtuvieran plena libertad y autonomía en materia de fe y religión. Es decir, mediante su libre voluntad, quien quisiera se haría musulmán y quien quisiera permanecería incrédulo. Ninguna fuerza se interpondría en el camino de la realización de esa voluntad. El objetivo de los musulmanes nunca fue apoderarse de las riquezas de los incrédulos, empujarlos hacia la muerte ni convertirlos al islam por la fuerza. El objetivo de los musulmanes era precisamente el que el erudito Iqbal expresó de la siguiente manera:

«El propósito del siervo creyente es el martirio;

no busca gloria ni botín».»

Al observarlo, se comprende que, mediante el tratado de Hudaybiyya, los musulmanes lograron plenamente sus objetivos y propósitos. La importancia y el significado de este éxito son mucho mayores que los de una victoria militar. Gracias a esta libertad, los musulmanes pudieron alcanzar un éxito extraordinario en la predicación y la difusión del islam. Hasta la celebración de este tratado, el número de soldados musulmanes nunca había superado los tres mil; en el plazo de dos años, en vísperas de la Conquista, había aumentado a diez mil.

La segunda cláusula del tratado también forma parte de una victoria manifiesta, pues no fueron los musulmanes, sino los incrédulos, quienes iniciaron la guerra. Como dice Allah, el Altísimo: «Ellos fueron quienes comenzaron primero contra vosotros».

Mediante las expediciones militares, los musulmanes quisieron apartar a los coraichitas de su conducta insensata, es decir, de sus intentos de impedir el camino de Allah, y de su obstinación. La exigencia de los musulmanes era obtener derechos iguales en las relaciones mutuas. Ambas partes actuarían por igual en sus respectivos ámbitos, disfrutarían de los mismos derechos y expresarían libremente sus opiniones. Pero los no musulmanes no lo concedieron. Finalmente, incluyeron en el tratado la condición de suspender la guerra durante diez años. Esto significa que ya no crearían obstáculos en el camino de Allah. Significa también que quienes habían iniciado la guerra habían quedado débiles, impotentes y completamente derrotados.

Al examinar lo expuesto en la primera cláusula del tratado, se observa que en realidad constituye un indicio del éxito de los musulmanes, y de ningún modo un fracaso. Los incrédulos habían prohibido a los musulmanes acudir a la Kaaba; mediante esta cláusula se anunció precisamente el levantamiento de esa prohibición. Sin embargo, en esta cláusula había algo que podía consolar a los incrédulos: lograron mantener a los musulmanes alejados durante un año de su amado Baytullah. Pero, aun sin decirlo, se comprende que se trataba de un éxito temporal y carente de valor.

Al examinar más detenidamente el tratado de Hudaybiyya, se comprende que los coraichitas concedieron tres ventajas a los musulmanes y obtuvieron para sí mismos una sola. Esa ventaja se menciona en la cuarta cláusula del tratado. Pero era muy insignificante y carente de valor, y no perjudicaba en nada a los musulmanes. Pues es sabido que, mientras los musulmanes siguieran siendo musulmanes, no huirían de Medina hacia La Meca. Solo podrían huir si apostataban o cambiaban de religión. La apostasía podía ser manifiesta o secreta, de cualquier tipo. Cuando un musulmán apostata, deja de ser necesario para los musulmanes. Entonces, para ellos es beneficioso que salga de la sociedad islámica en vez de permanecer en ella. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— aludió a esto cuando dijo: «A quien nos abandone y huya hacia los asociadores, Allah lo ha apartado». (Sahih Muslim, El tratado de Hudaybiyya, vol. 2, p. 105). En cuanto a las personas de La Meca que se habían hecho musulmanas o que llegarían a hacerlo, las condiciones del tratado no les otorgaban ninguna ventaja. Por tanto, no tenían ninguna posibilidad de obtener refugio en Medina. Pero ¿acaso no se convirtió en un gran refugio? En aquel tiempo, los habitantes de Medina ni siquiera conocían el nombre del islam. Incluso hoy, alguna parte del mundo abrirá sus brazos a los musulmanes. Aludiendo a esto, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— dijo: «A quien de ellos venga a nosotros, Allah les proporcionará amplitud y una salida».

A primera vista, los qurayshitas se beneficiaron de este acuerdo, pero en realidad era una muestra de su miedo, preocupación, pánico, inquietud y derrota psicológica. Esto demuestra que estaban paralizados por el temor respecto de su sistema social basado en los ídolos. Sentían que el cuerpo de su sociedad se sostenía sobre una condición frágil y carente de esencia, capaz de derrumbarse en cualquier momento. Por ello, era indispensable reforzar las medidas de seguridad para protegerlo. Por otro lado, el hecho de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) aceptara con tanta generosidad la condición de no reclamar la devolución de ningún musulmán que buscara refugio entre los qurayshitas demuestra que confiaba plenamente en la madurez y solidez de la sociedad islámica. Una condición de este tipo no ocasionaría ningún perjuicio.

La duda de Umar (que Allah esté complacido con él)

Se examinaron desde distintos ángulos las condiciones del Tratado de Hudaybiyyah. Entre sus condiciones había dos aspectos que causaron una gran perturbación mental a los musulmanes. Primero, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) había dicho que iría a la Noble Kaaba y realizaría el tawaf, pero regresaba sin haberlo realizado. Segundo, él era el Mensajero de Allah y estaba en la verdad. Allah Todopoderoso había prometido hacer triunfar Su religión. Entonces, ¿por qué el Mensajero de Allah se dejó influir y aceptó someterse al concertar el tratado? Estos dos asuntos suscitaban diversas dudas y preguntas, y habían herido tanto los sentimientos de los musulmanes que estos quedaron abatidos por la tristeza y la preocupación. Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él) fue probablemente quien sufrió la mayor angustia mental. Acudió al Mensajero de Allah y le dijo: «Oh, Mensajero de Allah, ¿acaso no estamos nosotros en la verdad y ellos en la falsedad?». El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «Sí, por supuesto». Él preguntó: «¿Acaso nuestros muertos no estarán en el Paraíso y los muertos de ellos no serán habitantes del Infierno?». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «Sí, por supuesto». Entonces dijo: «¿Por qué, pues, cedimos en lo relativo a la religión, aceptamos semejantes condiciones y caímos en esta situación, cuando Allah Todopoderoso aún no ha decidido entre nosotros y ellos?». El Mensajero de Allah respondió: «Oh, Umar, hijo de al-Jattab, yo soy el Mensajero de Allah; por tanto, no puedo desobedecer a Allah. Allah me ayudará y jamás permitirá que perezca». Él preguntó: «¿Acaso no nos dijiste que iríamos a la Noble Kaaba y realizaríamos el tawaf?». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «Sí, ¿acaso no lo dije?». Él preguntó: «Pero ¿dije que lo lograríamos este mismo año?». Respondió: «No». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Escucha, entonces: ciertamente iréis a la Kaaba y realizaréis su tawaf».

Sin embargo, Umar (que Allah esté complacido con él), disgustado, acudió a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) y le contó lo que le había dicho al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Abu Bakr le dio la misma respuesta que el Mensajero de Allah había dado a Umar (que Allah esté complacido con él). Después, Abu Bakr añadió: «Mantente firme en la obediencia al Mensajero de Allah hasta la muerte».

Más tarde, Allah, Señor de los mundos, reveló en la sura al-Fath los versículos que comienzan así: «Ciertamente, te hemos concedido una victoria manifiesta». En esta sura, el Tratado de Hudaybiyyah es mencionado como una victoria manifiesta para los musulmanes. Después de que fueran revelados estos versículos, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) mandó llamar a Umar y se los recitó.

Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Oh, Mensajero de Allah, ¿esto es una victoria?». El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «Sí, es una victoria». Al oír esto, el corazón de Umar (que Allah esté complacido con él) se tranquilizó y regresó.

Más tarde, cuando Umar (que Allah esté complacido con él) comprendió su error, se sintió profundamente avergonzado. Dijo: «Por miedo a causa del error que cometí y de las palabras que pronuncié aquel día, realicé muchas buenas obras: di caridad regularmente, ayuné, ofrecí la oración y liberé esclavos. Ahora espero el bien». (Fath al-Bari, tomo VII, pp. 339-439; Sahih al-Bujari, tomo I, pp. 598-600 y 717; Sahih Muslim, tomo II, pp. 104-105; Ibn Hisham, tomo II, pp. 308 y 322; Zad al-Ma’ad, tomo II, pp. 122-127; Mujtasar al-Sira, del jeque Abdullah, pp. 207-305; Tarij Umar ibn al-Jattab, compuesto por Ibn al-Yawzi, pp. 39-40.)

La solución al problema de los musulmanes débiles

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a Medina y se sintió tranquilo. En ese momento, un musulmán llamado Abu Basir huyó desde La Meca a Medina, agobiado por la persecución y los abusos de los incrédulos. Abu Basir pertenecía a la tribu de los Zaqif. Esta tribu era aliada de los coraichitas. Los coraichitas enviaron a dos hombres a Medina para reclamar el regreso de Abu Basir. Les dijeron: «Cumplan la condición del tratado que se ha establecido entre nosotros y ustedes». El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió al recién llegado Abu Basir a La Meca con ellos. Cuando los tres llegaron a un lugar llamado Dhul-Hulayfa, comenzaron a comer dátiles. Entonces Abu Basir dijo a uno de los dos hombres: «¡Por Allah!, tu espada parece muy hermosa». El hombre, lleno de alegría, respondió: «Sí, así es. La he probado varias veces». El honorable Abu Basir dijo: «Déjame verla un poco; yo también quiero examinarla». El hombre puso la espada en manos de Abu Basir, y este lo mató inmediatamente.

El otro hombre huyó a Medina y entró en la Mezquita del Profeta. Al verlo, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, comentó: «Este hombre ha visto una desgracia». El hombre se presentó ante el Mensajero de Allah y dijo: «Han matado a mi compañero, y también me matarán a mí». En ese momento, Abu Basir regresó y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Allah ha cumplido tu promesa. Tú me enviaste de vuelta con ellos, y después Allah me liberó de sus manos». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¡Que su madre lo pierda! Si encuentra algún compañero, encenderá el fuego de la guerra». Al oír esto, Abu Basir comprendió que ahora sería entregado a los incrédulos. Por ello, salió de Medina y se dirigió a una zona costera. Mientras tanto, Abu Yandal ibn Suhayl huyó de La Meca y se reunió con Abu Basir. Todos los coraichitas que abrazaban el islam se unían a Abu Basir. Allí se formó un grupo. Después, saqueaban las caravanas comerciales de los coraichitas que viajaban a Siria y golpeaban brutalmente a los hombres de las caravanas. Los coraichitas, exasperados, apelaron al parentesco y solicitaron al Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz: «Llámalos junto a ti. A partir de ahora, cualquier hombre de La Meca que abrace el islam y acuda a ti estará a salvo. No plantearemos ninguna reclamación contra ellos». Entonces el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, convocó a Medina a los musulmanes que se encontraban en la zona costera. [Véase la nota n.º 3].

La conversión al islam de destacados miembros de los coraichitas

A comienzos del séptimo año de la Hégira, después del tratado, el honorable Amr ibn al-As, Jalid ibn al-Walid y Uzman ibn Talha abrazaron el islam. Cuando se presentaron ante el Mensajero de Allah, él dijo: «La Meca nos ha entregado a los hombres más ilustres de su pueblo». [Existe discrepancia sobre la fecha en que los compañeros mencionados abrazaron el islam. En varias obras de Asma al-Rijal se menciona el octavo año de la Hégira. Sin embargo, todos saben que Amr ibn al-As abrazó el islam en la corte del Negus. Esto ocurrió en el octavo año de la Hégira. Al regresar de Abisinia, Amr se encontró con Jalid y Uzman ibn Talha, y los tres se presentaron juntos ante el Mensajero de Allah y abrazaron el islam. Esto demuestra que ellos también abrazaron el islam a comienzos del séptimo año de la Hégira. Allah, el Altísimo, sabe mejor todas las cosas.]

En realidad, el tratado de Hudaybiyya fue el comienzo de un cambio en la vida del islam y de los musulmanes. Los coraichitas eran los más firmes, obstinados y belicosos en su hostilidad hacia el islam. Al pasar del campo de batalla al ámbito de la paz, se quebró una de las tres alas de la alianza formada en la época de la batalla de la Trinchera, es decir, los coraichitas, los Gatafan y los judíos. Los coraichitas eran el principal sostén de la idolatría en toda la península arábiga, y el fervor de la idolatría pareció asimismo extinguirse. También comenzó a cambiar el ámbito de su conducta hostil. Por eso se observa que, después del tratado, la tribu de Gatafan no llevó a cabo ninguna acción especialmente hostil. Y, si hizo algo, fue únicamente por instigación de los judíos.

Después de ser expulsados de Medina, los judíos convirtieron Jaibar en el centro de sus conspiraciones y maquinaciones. Allí sus demonios engendraban nuevas intrigas. Se dedicaban a encender el fuego de la sedición. Incitaban a los beduinos de los alrededores de Medina y conspiraban para destruir al Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, y a los musulmanes, o para causarles algún daño grave. Por estas razones, después del tratado de Hudaybiyya, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se concentró primero en extirpar de raíz el centro de las fechorías de los judíos.

En resumen, con la nueva era de paz que comenzó después del tratado de Hudaybiyya, los musulmanes obtuvieron una importante oportunidad para invitar al islam, difundirlo y transmitir la religión. Por ello, durante ese período su actividad en el campo de la invitación y la transmisión se multiplicó. Esta actividad de predicación llegó a superar la actividad bélica. Ese período puede dividirse en dos partes.

Antes de abordar la actividad bélica, conviene tratar primero la actividad de invitación y transmisión. Esto se debe a que la labor de transmisión merece prioridad y constituye también la verdadera tarea del islam. Precisamente para difundir y extender esta labor de transmisión, los musulmanes soportaron tantos peligros, calamidades, disturbios, guerras, conflictos y desórdenes.

Cartas a los reyes y gobernantes

Hacia el final del sexto año de la Hégira, después de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) regresara de Hudaybiyya, envió cartas a diversos reyes y gobernantes, invitándolos al islam. Cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) quiso enviar estas cartas, le dijeron que los reyes solo las aceptarían si llevaban un sello. Por ello, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) mandó fabricar un anillo de plata, en el que se grabaron estas tres palabras: Muhammad, Mensajero y Allah. «Allah» estaba escrito en la primera línea, «Mensajero» en la segunda y «Muhammad» en la tercera. [Sahih al-Bujari, vol. 2, p. 872]

Después de escribir las cartas, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) envió a varios sahabas experimentados, junto con ellas, a diferentes lugares. Envió a estos mensajeros el 1 de Muharram del séptimo año de la Hégira, unos días antes de partir hacia Jaybar. [Rahmatul lil-Alamin, vol. 1, p. 171] A continuación se expone lo relacionado con ello.

1) Al rey de Abisinia, llamado el Nayashi

El verdadero nombre del Nayashi era Ashama ibn al-Yabar. Después de escribir la carta, el Mensajero de Allah la envió por medio de Amr ibn Umayya al-Damri hacia el final del sexto año de la Hégira o al comienzo del séptimo. Alama al-Tabari también ha mencionado el contenido de la carta. Sin embargo, al examinarlo detenidamente, se comprende que esta no es la carta escrita después del tratado de Hudaybiyya. Parece ser la carta que el Mensajero de Allah entregó a Yafar al-Tayyar cuando este emigró a Abisinia durante el período de La Meca, para que se la entregara al Nayashi. Esto se debe a que, al final de la carta, se menciona a los emigrantes de la siguiente manera: «He enviado a tu presencia a mi primo Yafar, junto con un grupo de musulmanes. Cuando lleguen ante ti, acógelos bajo tu protección y no los sometas a ningún tipo de coacción».

El imam al-Bayhaqi también menciona, transmitida por Abd Allah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él), otra carta que el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) envió al Nayashi. El contenido de la carta era el siguiente: «Esta carta es de parte del profeta Muhammad para Ashama, rey de Abisinia. La paz sea con quien siga la guía y crea en Allah, el Altísimo, y en Su Mensajero. Doy testimonio de que no hay nadie digno de adoración excepto Allah, el Único. Él no tiene esposa ni hijo. También doy testimonio de que Muhammad es el siervo y Mensajero de Allah. Te invito al islam, pues soy el Mensajero de Allah. Acepta, por tanto, el islam y estarás a salvo. ¡Oh, gente de la Escritura!, venid a una palabra común entre nosotros y vosotros: que no adoremos sino a Allah, que no asociemos a nadie con Él y que no tomemos a nadie, aparte de Allah, como señor. Si alguien se niega a aceptar esta creencia, decidle: “Sed testigos de que soy musulmán”. Si no aceptas esta invitación, cargarás con todos los pecados de los cristianos de tu pueblo».

El doctor Muhammad Hamidullah, de París, también ha mencionado el contenido de otra carta. Esta ha sido encontrada. Esta carta aparece, con una diferencia de una palabra, en la obra Zad al-Ma’ad, escrita por el eminente Ibn Qayyim. El doctor se esforzó considerablemente por verificar la autenticidad del contenido de la carta.

El doctor Hamidullah incluyó en su obra una fotocopia de esta carta, publicada en la época moderna. Su traducción es la siguiente: En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso.

«De parte de Muhammad, el Mensajero de Allah, para el Negus Azhar, rey de Abisinia. La paz sea con quien sigue la guía. Alabo ante usted a Allah, el Altísimo, aparte de quien no hay ninguna divinidad. Él es el Santísimo, la Fuente de paz, quien concede seguridad y tranquilidad, y el Protector y Guardián. Doy testimonio de que Jesús, hijo de María, es el espíritu de Allah y Su palabra. Allah, exaltado sea, lo depositó en María, pura y casta. María quedó embarazada por el espíritu y el soplo de Allah, del mismo modo que Allah, exaltado sea, creó a Adán con Sus propias manos. Nos invitamos mutuamente a creer en Allah, el Único e Inigualable, y a obedecerle. Asimismo, le invito a la unidad: a que me obedezca y crea en todo lo que he traído. Pues soy el Mensajero de Allah; le invito a usted y a sus ejércitos a creer en Allah, el Señor de los mundos, el Todopoderoso. He transmitido el mensaje y he aconsejado. Por tanto, acepte mi transmisión y mi consejo. Finalmente, la paz sea con quien sigue la guía.» En La vida política del Mensajero de Allah, del doctor Muhammad Hamidullah, pp. 108, 109, 122, 123, 124 y 125. En Zād al-Maʿād, en lugar de las últimas palabras, «quien sigue la guía», aparece «quien acepta el islam». Véase Zād al-Maʿād, vol. 3, p. 60.

El doctor Muhammad Hamidullah afirmó categóricamente que esta es la carta que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió al Negus después del Tratado de Hudaybiyya. Al examinar las cadenas de transmisión relacionadas con esta carta, no hay motivo para dudar de la veracidad de esta afirmación. Sin embargo, no se encuentra ninguna prueba de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, enviara esta carta después del Tratado de Hudaybiyya. Más bien, la carta que el imán al-Bayhaqi menciona en la narración de Abdullah ibn Abbas parece concordar más con las descripciones de las cartas dirigidas a los demás reyes. Esto se debe a que, junto con las cartas recopiladas por el imán al-Bayhaqi, aparece el versículo coránico que contiene el tratamiento «¡Oh, gente de la Escritura!». Este tipo de versículo también aparece en las cartas recopiladas por otros imanes. En la carta recopilada por el imán al-Bayhaqi se menciona el nombre del rey de Abisinia: Ashama. En la carta recopilada por el doctor Hamidullah no se menciona ningún nombre. En estas circunstancias, creo que la carta del doctor es, en realidad, la carta que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, escribió al sucesor de Ashama después de su muerte. Probablemente por eso no aparecía ningún nombre en la carta.

No tenemos ninguna prueba sobre este asunto. Más bien, la base son aquellas evidencias internas que pueden extraerse del contenido de la carta. Sin embargo, resulta sorprendente en el caso del doctor Hamidullah que, en la carta citada por al-Bayhaqi y narrada por Abdullah ibn Abbas, haya identificado con plena certeza como carta del Mensajero de Allah la carta que fue escrita al sucesor de Ashama después de la muerte de este. O bien, en la carta escrita a Ashama, su nombre aparece claramente escrito.

En resumen, Amr ibn Umayya al-Damri entregó la carta del Mensajero de Allah al Negus. El Negus se la llevó a los ojos, bajó del trono y descendió. Después aceptó el islam a manos de Yafar ibn Abi Talib. En respuesta a la carta enviada por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió una carta a Medina. El contenido de esa carta es el siguiente.

En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso.

De parte del Negus Ashama para Muhammad, el Mensajero de Allah.

Oh, Profeta de Allah: que la paz, la misericordia y las bendiciones de Allah desciendan sobre usted. De parte de Allah, aparte de quien nadie merece ser adorado. Después de esto, oh, Mensajero de Allah, he recibido su carta. En ella menciona a Jesús. Juro por Allah, Dueño de los cielos y de la tierra, que Jesús no fue más de lo que usted ha mencionado. Él fue tal como usted lo ha descrito. De esta declaración del Negus, es decir, Ashama, acerca de Jesús, se demuestra que la carta fue enviada con el nombre de Ashama mencionado en ella. He comprendido todo lo que me ha escrito y estoy hospedando a su primo y a sus compañeros. Doy testimonio de que usted es el verdadero y sincero Mensajero de Allah. Le presto juramento de fidelidad a usted y también a su primo, y he aceptado el islam por su mano para Allah, el Señor de los mundos. Zād al-Maʿād, vol. 3, p. 61.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, también pidió al Negus que enviara a Yafar y a los demás emigrantes que se encontraban en Abisinia. En consecuencia, el Negus organizó su regreso al país de los compañeros en dos barcos, junto con Amr ibn Umayya al-Damri. En uno de los barcos iban Yafar, Abu Musa al-Ashari y algunos otros compañeros. Primero llegaron a Jaibar y desde allí se dirigieron a Medina. En el otro barco, la mayoría eran niños y adolescentes; llegaron directamente desde Abisinia a Medina. Zād al-Maʿād, vol. 3, p. 61.

Cabe señalar que el Negus falleció en el noveno año de la hégira, después de la batalla de Tabuk. El Mensajero de Allah informó a los compañeros de su muerte el mismo día en que falleció y organizó una oración fúnebre en ausencia por él. Posteriormente, el Mensajero de Allah también escribió una carta al rey que sucedió al Negus, pero no se sabe si aceptó el islam. [Misma obra, misma página.]

2) En nombre del rey de Egipto, Muqawqis—

El Mensajero de Allah también escribió una carta a Juraij ibn Mata, gobernante de Egipto y Alejandría. [El erudito Mananpuri trató este asunto en la página 178 de su obra Rahmat lil-Alamin. El doctor Hamidullah mencionó en su obra La vida política del Mensajero de Allah que el nombre de este rey era Bani Yamin.] El título de Juraij era Muqawqis. El contenido de la carta era el siguiente—

«En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso.

De parte del siervo de Allah y Su Mensajero, Muhammad, para Muqawqis, el gobernante de los coptos. Paz sobre quien sigue la guía.

Te invito al islam. Acepta el islam y vivirás en paz. Si aceptas el islam, Allah, el Altísimo, te concederá una doble recompensa. Pero si no aceptas el islam, cargarás también con el pecado de los habitantes coptos. ¡Oh, coptos!, venid a una palabra común entre nosotros y vosotros: que no adoremos sino a Allah, que no asociemos a nadie con Él y que ninguno de nosotros tome a otro como señor en lugar de Allah. Si se apartan de esta invitación, decidles: «Sed testigos de que somos musulmanes».[En el tercer volumen de la obra Zad al-Ma’ad, página 61, se menciona que esta carta fue descubierta en un pasado reciente. Se observa una diferencia de solo dos palabras entre la descripción de la fotocopia impresa por el doctor Hamidullah y la versión citada de Zad al-Ma’ad. Véase La vida política del Mensajero de Allah, pp. 136-137.]

Para entregar esta carta fue elegido Hatib ibn Abi Balta’a. Cuando llegó a la corte de Muqawqis, dijo: «Antes que vos hubo en esta tierra un gobernante que se consideraba el Señor Supremo. Allah, el Altísimo, lo convirtió en un ejemplo para las generaciones anteriores y posteriores. Primero, por medio de él, se tomó venganza contra otros; después, él mismo se convirtió en objeto de venganza. Por tanto, aprended de la historia de otros, para que no ocurra que otros aprendan de vuestra historia».

Muqawqis respondió: «Tenemos una religión y una creencia que no podemos abandonar, hasta que encontremos una religión y una creencia mejores que ellas».

Hazrat Hatib (que Dios esté complacido con él) dijo: «Os invito al islam. Dios ha considerado suficiente esta religión en lugar de todas las religiones anteriores. Después de que el Profeta de la religión elegida por Dios, es decir, el islam, invitara a la gente a la religión, los coraichitas se convirtieron en sus principales enemigos. Los judíos también comenzaron a mostrar hostilidad y a conspirar. Los cristianos estaban muy cerca. ¡Por Dios! Así como Hazrat Musa había anunciado la buena nueva de Hazrat Isa, del mismo modo os invitamos al Corán, tal como vosotros invitáis a los seguidores de la Torá al Evangelio. Cada profeta es indispensable para el pueblo al que ha sido enviado».

Habéis alcanzado la época del Profeta recién llegado; por tanto, obedecedle. No os pedimos que abandonéis la religión del Mesías; más bien, en esencia, os invitamos precisamente a esa misma religión.

Muqauqis dijo: «He investigado acerca de ese profeta y he oído que no ordena ningún acto reprobable ni prohíbe hacer nada que sea bueno. No es un mago extraviado ni un astrólogo mentiroso. Al contrario, he observado en él esta señal de la profecía: revela los asuntos ocultos e informa sobre las cosas desconocidas. Reflexionaré aún más sobre su invitación».

Muqauqis tomó la carta del Mensajero de Allah, la colocó en un estuche de marfil, lo cerró, lo selló y se lo entregó a una de sus esclavas. Después llamó a su escriba de lengua árabe y le dictó la siguiente carta para el Mensajero de Allah:

«En el nombre de Allah, el Compasivo, el Misericordioso. De Muqauqis, gran soberano de los coptos, para Muhammad ibn Abd Allah. La paz sea contigo. He leído tu carta. He comprendido el contenido de tu carta y tu invitación. Sé que todavía queda por venir un profeta. Yo había supuesto que aparecería en Siria. He honrado a tu enviado. Te envío dos esclavas y también te regalo una mula para tu montura. La paz sea contigo».

Muqauqis no escribió nada más. Tampoco aceptó el islam. Las esclavas que envió se llamaban María al-Qibtiyya y Shirin. La mula se llamaba Duldul. Vivió hasta la época de Muawiya (que Dios esté complacido con él). [Zad al-Ma’ad, tomo 3, pág. 61] El Noble Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) tomó a María para sí. Del vientre de María nació Ibrahim, hijo del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Shirin fue entregada al poeta Hassan ibn Thabit al-Ansari.

Tres) En nombre del emperador persa Cosroes Parviz—

El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) también envió una carta al emperador persa Kisra; era la siguiente:

«En el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso—

De parte del Mensajero de Alá, Muhammad, para Parvez, rey de Persia.»

La paz sea con quien sigue la guía y cree en Alá Todopoderoso y en Su Mensajero. Él es Uno y Único; no tiene asociado alguno. Muhammad es Su siervo y Su Mensajero. Te invito a creer en Alá, pues he sido enviado por Alá a toda la humanidad. Mi misión consiste en advertir a quienes están vivos sobre el resultado final y en hacer que la verdad se cumpla contra los incrédulos. Por tanto, acepta el islam y vivirás en paz; pero si te niegas, cargarás también con los pecados de todos los adoradores del fuego.

Para llevar esta carta fue elegido el noble Abd Allah ibn Hudhafa as-Sahmi (que Alá esté complacido con él). Él entregó la carta al gobernador de Baréin. No se sabe si el gobernador de Baréin envió la carta por medio de algún emisario o si envió al propio Abd Allah ibn Hudhafa. En cualquier caso, después de que le leyeran la carta a Parvez, este la rompió y dijo con arrogancia: «Uno de mis súbditos comunes ha escrito su propio nombre antes que el mío». Cuando el Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda la paz— recibió esta noticia, dijo: «Que Alá haga pedazos su reino». Y ocurrió tal como había dicho el Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda la paz—.

El emperador escribió a Badhan, su gobernador del Yemen: «Envíame de allí a dos hombres fuertes para que vayan al Hiyaz, capturen a ese hombre y me lo traigan». Para cumplir la orden del emperador, Badhan envió a dos hombres ante el Mensajero de Alá, junto con su carta. Los dos enviados fueron a Medina, ante el Mensajero de Alá. Uno de ellos dijo: «El Shahanshah ha escrito una carta y ha ordenado a Badhan que usted sea llevado ante su corte. El rey Badhan nos ha enviado a usted; por tanto, venga con nosotros». Ambos visitantes pronunciaron también algunas palabras amenazantes. El Mensajero, que Alá le bendiga y le conceda paz, dijo tranquilamente: «Venid a verme mañana».

Mientras tanto, la rebelión y las disputas familiares de Cosroes Parvez de Persia habían adquirido una gravedad extrema. Las tropas persas seguían sufriendo una derrota tras otra a manos de los soldados del César. Finalmente, disgustado y enfurecido, el hijo del emperador, Shirway, mató a su propio padre y tomó el poder. Era la noche del martes. El día 10 de Yumada al-Awwal del séptimo año de la Hégira [Fath al-Bari, vol. 8, p. 127], el Mensajero de Alá, que Alá le bendiga y le conceda paz, recibió esta noticia mediante la revelación. Al día siguiente, cuando los dos enviados acudieron ante el Mensajero de Alá, él les comunicó la noticia. Ellos dijeron: «¿Qué disparates está diciendo? Incluso palabras menos graves las hemos considerado una ofensa contra usted. ¿Acaso hemos de escribirle al rey lo que usted ha dicho?». El Mensajero, que Alá le bendiga y le conceda paz, respondió: «Sí, escribidlo. Escribid también que mi religión y mi gobierno llegarán allí donde ha llegado vuestro rey. Es más, llegarán incluso a lugares más allá de los cuales no podrán avanzar ni los camellos ni los caballos. Informadle también de que, si se hace musulmán, le será entregado todo cuanto esté bajo su control y nosotros lo convertiremos en rey de su pueblo».

Después, ambos enviados fueron de Medina al Yemen, ante Badhan, y le informaron de todo. Poco después llegó al Yemen una carta en la que se comunicaba que Shirway había matado a su padre y había ascendido al trono. En su carta, el nuevo emperador también ordenaba a Badhan, gobernador del Yemen, que no molestara hasta nueva orden al hombre sobre el que había escrito su padre.

A causa de este acontecimiento, Badhan y todos sus compatriotas persas que se encontraban entonces en el Yemen abrazaron el islam y se hicieron musulmanes. [Muhadirat al-Jazarmi, vol. 1, p. 147; Fath al-Bari, vol. 8, pp. 127-128; Rahmat lil-Alamin]

Cuarto) En nombre del emperador romano César—

En Sahih al-Bujari se menciona el relato de esta carta en un hadiz extenso. El contenido de la carta que el Mensajero escribió al emperador romano Heraclio es el siguiente:

Comienzo en el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso.

De parte de Muhammad, siervo de Allah y Su Mensajero, para el gran Heraclio de Roma.

La paz sea con quien sigue la guía. Si aceptas el islam, vivirás en paz. Si aceptas el islam, recibirás una doble recompensa. Si rechazas, cargarás también con los pecados de tus súbditos. ¡Gente del Libro! Venid a una palabra común entre nosotros y vosotros: que no adoremos ni obedezcamos a nadie aparte de Allah; que no asociemos a nadie con Él; y que no nos tomemos unos a otros como señores aparte de Allah. Si se apartan, decidles: «Sed testigos de que soy musulmán». [Sahih al-Bujari, tomo 2, págs. 4-5]

Para entregar esta carta, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda la paz— designó a Dihya al-Kalbi. Le ordenó que entregara la carta al gobernador de Basora. El gobernador de Basora se la haría llegar al emperador Heraclio. El relato de lo ocurrido después ha sido transmitido en Sahih al-Bujari por Abdullah ibn Abbas —que Allah esté complacido con él—. Él dijo que Abu Sufyan ibn Harb le contó que el emperador Heraclio lo invitó a su corte junto con un grupo de hombres de Quraysh. Conforme a las condiciones de la tregua de Hudaybiyya, esta caravana había viajado a Siria para comerciar con mercancías. La caravana se presentó ante el emperador Heraclio en su corte de Ilia, es decir, Bayt al-Maqdis. [En aquel tiempo, el emperador Heraclio había viajado de Hims a Bayt al-Maqdis. Había ido allí para agradecer a Allah Todopoderoso la victoria obtenida en la guerra contra Persia. Véase Sahih Muslim, tomo 2, págs. 4-5. Según se desprende del relato, después del asesinato de Cosroes Parviz, los romanos pactaron con el emperador persa con la condición de recuperar los territorios que habían perdido. Persia también devolvió la cruz que, según la creencia de los cristianos, era aquella en la que Jesús —la paz sea con él— había sido crucificado. Para colocar en su lugar la cruz recuperada tras este tratado y agradecer a Allah Todopoderoso la gran victoria, el emperador Heraclio viajó en el año 629 de la era cristiana, séptimo año de la Hégira, a Ilia, es decir, Bayt al-Maqdis.] El emperador los mandó llamar. En aquel momento, muchos personajes distinguidos del país estaban presentes en la corte.

El emperador Heraclio hizo llamar a su intérprete en presencia de la delegación comercial de La Meca. Luego preguntó, por medio del intérprete: «En cuanto al parentesco con aquel que afirma ser profeta, ¿quién de vosotros es el más cercano a él?». Abu Sufyan dijo: «Entonces informé al rey de que yo era el más cercano a él». Heraclio dijo: «Acercaoslo». Y sentad a sus compañeros detrás de él. Después Heraclio dijo a su intérprete: «Le preguntaré a este hombre acerca de quien afirma ser profeta. Si miente al responder alguna pregunta, decid a sus compañeros que lo contradigan inmediatamente». Abu Sufyan dijo: «Juro por Allah que, si no hubiera temido adquirir fama de mentiroso, sin duda habría mentido acerca de él».

Abu Sufyan dijo: «Después de hacerme acercar y sentar, Heraclio me preguntó primero: “¿Cuál es la posición de linaje de ese hombre entre vosotros?”»

Yo: Es de noble linaje.

Heraclio: ¿Acaso alguien entre vosotros había dicho antes algo semejante a lo que él dice?

Yo: No.

Heraclio: ¿Hubo algún emperador entre sus antepasados?

Yo: No.

Heraclio: ¿Lo han seguido los nobles o la gente débil?

Yo: La gente débil.

Heraclio: ¿Está aumentando su número o disminuyendo?

Yo: Sigue aumentando.

Heraclio: Después de aceptar esta religión, ¿alguien ha apostatado de ella?

Yo: No.

Heraclio: Antes de decir lo que dice, ¿alguien lo había acusado alguna vez de mentir?

Yo: No.

Heraclio: ¿Traiciona?

Yo: No, señor. Sin embargo, actualmente estamos ligados a él por un pacto. No sabemos qué hará al respecto. Abu Sufyan dice: «Salvo por esta única frase, no tuve oportunidad de añadir nada por mi propia cuenta».

Heraclio: ¿Habéis combatido contra él?

Yo: Sí.

Heraclio: ¿Cómo era la guerra entre vosotros y él?

Yo: La guerra entre nosotros y él se alterna como un balde: a veces él nos derrota y a veces nosotros lo derrotamos.

Heraclio: ¿Qué os ordena hacer?

Yo: Dice: «Adorad únicamente a Allah y no asociéis a nadie con Él». Ordena la veracidad, la piedad, la pureza, la limpieza y el buen trato con los parientes cercanos, tal como solían ordenar vuestros padres y antepasados.

Entonces Heraclio dijo a su intérprete: «Dile a este hombre que, cuando pregunté por el linaje del pretendiente a la profecía, respondió que pertenecía a un linaje noble. Lo habitual es que los profetas sean enviados de entre personas de linaje noble. Le pregunté si alguien de entre vosotros había afirmado algo semejante antes que él. Respondió que no. Si simplemente estuviera repitiendo las palabras de otra persona, diría que este hombre no hace más que repetir lo que otro ha dicho. Pregunté si alguno de sus antepasados había sido rey. Respondiste que no. Si alguno de sus antepasados hubiera sido rey, diría que este hombre reclama el reino de sus antepasados. Pregunté si, antes de esto, lo habíais acusado de mentir respecto a lo que afirma. Respondiste que no. Por tanto, quien no miente acerca de las personas no puede mentir acerca de Allah, el Todopoderoso. También pregunté si los ricos lo seguían o si lo seguían los débiles. Respondiste que lo seguían los débiles. En realidad, los débiles son los primeros en seguir a los profetas. Pregunté si alguien había apostatado después de abrazar su religión y su fe. Respondiste que no. Así ocurre, en realidad, cuando la vitalidad de la fe penetra en el corazón. Pregunté si os traiciona. Respondiste que no. Así son, en realidad, los profetas: no rompen sus promesas ni traicionan. Pregunté qué os ordena hacer. Respondiste que os ordena adorar a Allah, no asociar a nadie con Él, prohíbe la idolatría y ordena la oración, la veracidad, la piedad, la pureza y la limpieza. Si es verdad todo lo que has dicho, pronto será dueño incluso del territorio que se encuentra bajo mis dos pies. Yo sabía que este profeta aparecería, pero no imaginaba que surgiría de entre vosotros. Si pudiera soportar las dificultades necesarias para llegar hasta él, iría a él y le lavaría los pies.»

Después, Heraclio pidió la carta del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y la leyó. En cuanto Heraclio terminó de leerla, comenzó allí un alboroto y se oyeron voces elevadas. Heraclio dio órdenes respecto a nosotros y fuimos expulsados. Al salir, dije a mis compañeros: «El asunto del hijo de Abu Qabsha se ha vuelto bastante serio. Por lo que veo, hasta el rey de Banu al-Asfar, es decir, de los romanos, le tiene miedo». Desde entonces mantuve siempre la convicción de que la religión del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, triunfaría. Después de eso, Allah, el Señor de los mundos, encendió en mí la luz del islam.

Este relato de Abu Sufyan muestra el efecto que tuvo en el emperador romano Heraclio la carta enviada por el Mensajero de Allah. Otro efecto de esta carta fue que el emperador Heraclio entregó una considerable cantidad de riquezas y bienes a Dihya al-Kalbi, que Allah esté complacido con él, el portador de la carta del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Mientras Dihya, que Allah esté complacido con él, regresaba a Medina con aquellos bienes, algunas personas de la tribu de Judham los asaltaron en un lugar llamado Husma y se llevaron todo. Al llegar a Medina, Dihya, que Allah esté complacido con él, no fue a su casa, sino que acudió primero ante el Mensajero de Allah y le contó todo lo sucedido. Después de escucharlo, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a quinientos Compañeros en una expedición contra Husma, bajo el mando de Zayd ibn Hariza, que Allah esté complacido con él. Zayd, que Allah esté complacido con él, lanzó un ataque sorpresa contra la gente de la tribu de Judham y mató a varios de ellos. Después condujo a Medina sus rebaños y sus mujeres. Entre los animales había mil camellos y cinco mil cabras. Entre los cautivos había cien mujeres y niños.

Ya existía un tratado de conciliación entre el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y la tribu de Yuzam. Por ello, uno de los jefes de dicha tribu, Zayd ibn Rifa’a, acudió apresuradamente ante el Mensajero de Allah para presentar su protesta y suplicar justicia. Zayd ibn Rifa’a había aceptado el islam mucho tiempo antes junto con varias personas de la tribu de Yuzam. Cuando atacaron a Hadrat Dihya al-Kalbi, intentaron protegerlo. Por esta razón, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, aceptó su protesta y su súplica, y devolvió a los prisioneros y los bienes del botín. Muchos autores de la Sira han mencionado que este acontecimiento tuvo lugar antes del Tratado de Hudaybiyya. Sin embargo, eso es erróneo, pues la carta al emperador César Heraclio fue enviada después del Tratado de Hudaybiyya. Por ello, el eminente erudito Ibn Qayyim escribió que este acontecimiento tuvo lugar, sin duda, después del Tratado de Hudaybiyya. [Zad al-Ma’ad, vol. 2, p. 122; Hashiya Talqih al-Fuhum, p. 29]

Cinco) A nombre de Mundhir ibn Sadi:

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, escribió una carta a Mundhir ibn Sadi y también lo invitó al islam. Mundhir era el gobernador de Baréin. Esta carta fue enviada por medio de Hadrat Ala ibn Hadrami. En respuesta, Mundhir escribió al Mensajero de Allah: «Oh, Mensajero de Allah, he leído tu carta a los habitantes de Baréin. Algunas personas han apreciado el islam, lo han considerado una religión de pureza y lo han aceptado, mientras que muchas otras no lo han apreciado. Aquí también hay judíos y adoradores del fuego. Indícame qué debo hacer con ellos». La carta que el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, escribió en respuesta es la siguiente.

En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso.

De parte de Muhammad, el Mensajero de Allah, a Mundhir ibn Sadi. La paz sea contigo. Alabo ante ti a Allah, aparte de quien nadie merece ser adorado. Doy testimonio de que Muhammad es el siervo de Allah y Su Mensajero.

Después, te recuerdo que tengas presente a Allah. Recuerda que quien haga buenas obras las hará en beneficio propio. Quien obedezca a mis enviados y acate sus órdenes será considerado obediente a mí. Quienes traten bien a mis enviados serán considerados como quienes me han tratado bien. Mis enviados te han elogiado. He aceptado tu intercesión respecto a tu pueblo. Por tanto, deja a los musulmanes en el estado de fe en el que han entrado al islam. He perdonado a los culpables; perdónalos tú también. Mientras sigas el camino recto, no te destituiré. Los que profesan la religión judía y los que practican la adoración del fuego deberán pagar la yizia. [Zad al-Ma’ad, vol. 3, pp. 61-62. Esta carta fue descubierta recientemente. El doctor Hamidullah publicó una fotocopia de ella. Existe una diferencia de una palabra entre el texto de Zad al-Ma’ad y el de la fotocopia. En la fotocopia aparece «La ilaha illa huwa», mientras que en Zad al-Ma’ad aparece «La ilaha gayruhu».]

Seis) A nombre del gobernador de Yamama:

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió la siguiente carta a Hawza ibn Ali, gobernador de Yamama.

Comienzo en el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso.

Carta de parte del Mensajero de Allah, Muhammad, dirigida a Hawza ibn Alí.

La paz sea con quien sigue la guía. Debes saber que mi religión se extenderá hasta donde llegan los camellos y los caballos. Por tanto, acepta el islam y estarás a salvo. Todo cuanto esté bajo tu autoridad se conservará para ti.

Salit ibn Amr al-Amiri fue designado como enviado para entregar esta carta. El honorable Salit llegó a la corte de Hawza, gobernador de Yamama, llevando la carta sellada. Hawza lo recibió como huésped y le dio la bienvenida. El honorable Salit leyó la carta al gobernador. Este dio una respuesta ambigua. Después escribió una respuesta al Mensajero de Allah. La respuesta fue la siguiente.

«La bondad y la excelencia de aquello a lo que invitas son incuestionables. Tengo influencia sobre los árabes. Por tanto, asígname alguna responsabilidad y te obedeceré».

El gobernador Hawza también entregó algunos regalos al enviado del Mensajero de Allah. Entre esos regalos había vestimentas valiosas. El honorable Salit llevó aquellos objetos ante el Mensajero de Allah y le informó de todo.

Después de leer esta carta, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, comentó: «Aunque me pidiera un solo palmo de tierra, no se lo daría. Él mismo será destruido, y también será destruido todo cuanto esté bajo su autoridad».

Después de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresara de la conquista de La Meca, el honorable Gabriel —la paz sea con él— le informó de que Hawza estaba agonizando.

Entonces el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo a los Compañeros: «Escuchad: en Yamama aparecerá un mentiroso y, después de mí, será asesinado». Un Compañero preguntó: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Quién lo matará?». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «Tú y tu compañero».

Más tarde, las palabras del Mensajero de Allah demostraron ser ciertas.

Siete) Al gobernador de Damasco, Ghassani:

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió la siguiente carta a Harith ibn Abi Shamir al-Ghassani, gobernador de Damasco.

En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso.

De parte del Mensajero de Allah, Muhammad, para Harith ibn Abi Shamir.

La paz sea con quien sigue la guía, cree y reconoce la verdad. Te invito a creer en Allah, el Único, sin asociado alguno. Acepta la invitación al islam. Tu reino permanecerá firmemente establecido para ti.

Esta carta fue enviada por medio del Compañero Suja ibn Wahab, perteneciente a la tribu de Asad ibn Juzaima. Después de entregarle la carta a Harith, este dijo: «¿Quién puede arrebatarme mi reino? Pronto voy a lanzar un ataque contra él». Este desdichado no aceptó el islam.

8) En nombre del rey de Omán

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, escribió también una carta al rey de Omán, Yifar, y a su hermano Abd. El nombre de su padre era Yalandi. El contenido de la carta era el siguiente:

En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso,

De parte de Muhammad, hijo de Abdullah, para Yifar y Abd, hijos de Yalandi.

La paz sea con quien siga la guía. Después de esto, os invito a ambos al islam. Aceptad el islam y estaréis a salvo, pues soy el Mensajero de Allah para toda la humanidad. Actúo para advertir a quienes están vivos sobre las consecuencias de sus actos y para demostrar la veracidad de la palabra de Allah a los incrédulos. Si ambos aceptáis el islam, conservaréis el poder de gobernar. Pero si os negáis, vuestro reino llegará a su fin. Vuestra tierra quedará bajo los cascos de los caballos. La profecía prevalecerá sobre vuestro reino.»

Para entregar esta carta fue elegido el honorable Amr ibn al-As. Él relata: Partí hacia Omán y me encontré con Abd. De los dos hermanos, Abd era de carácter afable. Le dije: «He venido ante usted y su hermano como enviado del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz». Él respondió: «Mi hermano es mayor y superior a mí tanto en edad como en autoridad. Por eso le llevaré ante él; él mismo leerá la carta que ha traído». Después de esto, Abd dijo: «Bien, ¿a qué nos invita?»

Yo: Invitamos a adorar a Allah. Él es Uno y Único, y no tiene asociado alguno. Decimos que debéis abandonar a quien se adore aparte de Allah y atestiguar que Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, es el siervo y Mensajero de Allah.

Abd: Oh, Amr, usted es hijo del jefe de su pueblo. Dígame, ¿qué hizo su padre? ¿Será la conducta de su padre digna de ser seguida por nosotros?

Yo: Falleció antes de creer en Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz. Siento muchísimo que, si hubiera aceptado el islam y creído en el Mensajero de Allah, habría sido algo verdaderamente maravilloso. Yo mismo era incrédulo, pero Allah, el Señor de los mundos, me guió al islam.

Abd: ¿Cuándo comenzaste a seguirlo?

Yo: No hace mucho.

Abd: ¿Dónde aceptaste el islam?

Yo: Ante el Negus. El Negus también se hizo musulmán.

Abd: ¿Qué hizo con su reino después de que sus compatriotas aceptaran el islam?

Yo: Lo conservó, y los demás también lo siguieron.

Abd: ¿También lo siguieron los sacerdotes de las iglesias y los demás?

Yo: Sí, todos lo hicieron.

Abd: ¡Oh, Amr! Reflexione sobre lo que está diciendo. Recuerde que, para una persona, no hay vicio peor que la mentira.

Yo: No estoy mintiendo. Nosotros tampoco consideramos lícito mentir.

Abd: Creo que el emperador Heraclio no sabe que Najashi aceptó el islam.

Yo: Por supuesto que lo sabe.

Abd: ¿Cómo lo supo?

Yo: Najashi pagaba impuestos a Heraclio, pero, después de reconocer mediante el islam la veracidad de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo: «Juro por Allah que, a partir de ahora, aunque Heraclio me pida siquiera un dírham, no se lo daré». Cuando esta noticia llegó a la corte de Heraclio, su hermano Yanak le dijo: «¿Acaso dejará libre a un siervo suyo que se niega a pagar el jarach? ¿También aceptará que abandone su religión y adopte la religión de otro?». Heraclio respondió: «Este hombre ha preferido una religión y la ha adoptado; ¿qué puedo hacerle? ¡Por Dios! Si no fuera por el deseo de conservar el reino, yo también haría lo mismo que hizo Najashi».

Abd: Amr, reflexione sobre lo que está diciendo.

Yo: Por Allah, estoy diciendo la verdad.

Abd: Bien, dígame: ¿qué acciones ordena realizar y qué acciones prohíbe?

Yo: Allah Todopoderoso ordena obedecerle y prohíbe desobedecerle. Ordena hacer el bien y tratar correctamente a los familiares. Prohíbe la injusticia, la opresión, la transgresión, el adulterio, beber alcohol y adorar piedras, ídolos y cruces.

Abd: Todo lo que él ordena hacer son buenas acciones. Si tuviera la certeza de que mi hermano seguiría mi ejemplo, montaríamos y correríamos hacia Medina para creer en Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Pero mi hermano siente un fuerte apego a su reino, y dudo que, por miedo a perderlo, acepte la obediencia a otra persona.

Yo: Si acepta el islam, el Mensajero de Allah lo mantendrá en el trono. Sin embargo, tendrá que hacer una cosa: recaudar la sadaqa de los ricos y distribuirla entre los pobres.

Abd: Eso sí que es una gran obra. Ahora dígame, ¿qué es la sadaqa?

Yo mencioné los detalles de la sadaqa que el Mensajero de Allah había establecido sobre los distintos bienes. Cuando llegué al tema de los camellos, dijo: «Oh, Amr, ¿también se cobrará la sadaqa de esos rebaños nuestros que pastan por sí mismos en los pastizales?»

Yo: Sí.

Abd: Por Allah, no sé si la gente de nuestro país aceptará esto, considerando la vastedad del país y la abundancia de camellos.

Amr ibn al-As relata: Pasé varios días en la entrada de la corte real. Abd fue a hablar con su hermano sobre mi asunto. Un día me mandó llamar y entré. Los guardias me agarraron del brazo. Abd dijo: «Suéltenlo», y entonces me soltaron. Cuando quise sentarme, los guardias no me lo permitieron. Miré al rey y él dijo: «Diga, ¿qué desea?». Le entregué una carta en un sobre sellado. Rompió el sobre y leyó la carta. Después de leerla por completo, se la entregó a su hermano. Observé que Abd, el hermano del rey, era un hombre de carácter relativamente más afable que el rey.

El rey preguntó: «Diga, ¿qué trato había dado Quraysh?»

Yo: Todos han aceptado obedecerle. Algunos por amor a la religión y un par de ellos por temor a la espada.

El rey: «¿Qué clase de gente está con él?»

Yo: Hay gente de toda clase. Han aceptado el islam con entusiasmo y lo han preferido a todas las demás creencias religiosas. Mediante la guía de Allah y la orientación de su conciencia, comprendieron que hasta entonces habían estado extraviados. Hasta donde sé, en esta región usted es el único que aún no ha aceptado el islam. Si no acepta el islam y no sigue a Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, la gente que venga montada en caballos y camellos lo hará pedazos y acabará con su vigor. Por tanto, acepte el islam y vivirá en paz. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, lo mantendrá como gobernante de su pueblo. Ningún agresor entrará en su territorio.

El rey dijo: «Venga a verme mañana».

Después regresé junto al hermano del rey.

Abd dijo: «Amr, creo que mi hermano abrazará el islam si no siente un fuerte deseo por el trono».

Al día siguiente quise volver a presentarme ante el rey, pero no me dieron permiso para entrar. Regresé y se lo comuniqué a su hermano. Su hermano me llevó ante él. El rey dijo: «He reflexionado sobre la invitación que me has presentado. Si confío el reino a alguien cuyo ejército aún ni siquiera ha llegado, seré conocido en Arabia como el más débil y cobarde. Pero si sus tropas llegan aquí, les quitaremos las ganas de combatir».

Dije: «De acuerdo, regresaré mañana».

Después de asegurarse de que me marcharía, el rey conversó en privado con su hermano. El rey le dijo: «En comparación con aquellos a quienes este profeta ha vencido, nosotros no somos nada. A todos aquellos a quienes ha enviado su mensaje les ha llegado la invitación y la han aceptado».

A la mañana siguiente volvieron a convocarme ante el rey. Tanto el rey como su hermano abrazaron el islam. Creyeron en el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Se me encargó recaudar la sadaqa y resolver los litigios entre demandantes y demandados. En este asunto, ambos me prestaron suficiente ayuda y apoyo. [Zad al-Ma’ad, vol. 3, págs. 62-63]

Por el relato y la naturaleza de este acontecimiento, parece que el Mensajero de Allah envió cartas a ambos después de enviarlas a los demás reyes. Es probable que estas cartas fueran enviadas después de la conquista de La Meca.

Mediante estas cartas, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, hizo llegar su invitación a la mayor parte del mundo. En respuesta, algunos creyeron, mientras que otros permanecieron firmes en la incredulidad. Sin embargo, el efecto de estas cartas fue que incluso la atención de quienes habían incurrido en la incredulidad se dirigió hacia este asunto, y el nombre del Mensajero de Allah y la religión que predicaba se convirtieron para ellos en algo conocido.

Actividad militar después del Tratado de Hudaybiyyah

La expedición de Dhu Qarad

Esta expedición se llevó a cabo contra una parte de los Banu Fazara. Ellos habían atacado los rebaños del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, emprendió esta expedición junto con los Compañeros para vengar precisamente aquel ataque.

Después del tratado de Hudaybiyyah y antes de la expedición de Jaybar, esta fue la primera y única expedición. El imán Bujari, que Allah tenga misericordia de él, menciona que se llevó a cabo apenas tres días antes de la expedición de Jaybar. Se ha transmitido un relato detallado de este acontecimiento por medio del imán Salama ibn al-Akwa, que Allah esté complacido con él. También se menciona en Sahih Muslim. Los autores de la sira han escrito que este acontecimiento tuvo lugar antes del tratado de Hudaybiyyah. Sin embargo, eso no es correcto. Más bien, el relato mencionado en las recopilaciones de hadices es el auténtico. [Sahih Bujari, capítulo sobre la expedición de Dhat Qarad, tomo 2, p. 603; Sahih Muslim, capítulo sobre la expedición de Dhu Qarad, tomo 2, pp. 113, 114 y 115; Fath al-Bari, tomo 7, pp. 460, 461 y 462; Zad al-Ma‘ad, tomo 2, p. 120]

El relato de la participación de Salama bint al-Akwa, que Allah esté complacido con ella, en esta expedición aparece en su propia narración. El relato del acontecimiento es el siguiente: Salama, que Allah esté complacido con ella, dice: «El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió al pastizal los camellos de sus monturas, confiándoselos a su sirviente Rabah. Yo también estaba con ellos, junto con el caballo de Abu Talha. De repente, al amanecer, Abd al-Rahman al-Fazari atacó los camellos, mató al pastor y se los llevó. Le dije a Rabah: “Rabah, toma este caballo, entrégaselo a Abu Talha e informa al Mensajero de Allah de lo ocurrido”. Después subí a una colina, me volví hacia Medina y grité tres veces: “¡Ya sabahah!”, es decir: “¡Qué terrible ataque matutino!”. Inmediatamente salí en persecución de los atacantes. Les disparaba flechas mientras recitaba:

«Soy hijo de al-Akwa; hoy es el día de la venganza»

No soy otro sino hijo de al-Akwa; hoy se demostrará quién mamó la leche de su madre.

Salama ibn al-Akwa dice: «Continué disparándoles flechas. Cuando algún jinete se acercaba para contraatacarme, me ocultaba detrás de un árbol. Desde allí le disparaba y lo hería. Cuando entraron en un estrecho sendero de la montaña, subí a la montaña y comencé a arrojarles piedras. Así continué persiguiéndolos sin cesar. Finalmente logré recuperar y poner bajo mi control todos los camellos del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Aun así, continué persiguiéndolos. Para aligerar su carga, arrojaron treinta mantas y más de treinta lanzas, y siguieron avanzando. Cada vez que dejaban algo atrás, reunía junto a ello algunas piedras como señal. Lo hacía para que el Mensajero de Allah y sus compañeros pudieran reconocer el camino. Después se sentaron a comer al mediodía en una curva estrecha de una posición fortificada. Yo también me senté en un lugar. Cuatro de ellos se acercaban hacia mí y podía oír lo que decían. Les dije: “¿Me conocéis? Me llamo Salama ibn al-Akwa. Si comienzo a perseguir a cualquiera de vosotros, lo alcanzaré fácilmente. Pero si vosotros me perseguís, jamás podréis atraparme”. Al oírme, los cuatro se retiraron. Yo permanecí sentado en mi lugar. Poco después vi que los jinetes del Mensajero de Allah se aproximaban entre los árboles. El primero era Ajram; detrás de él venían, respectivamente, Abu Qatada y Miqdad ibn al-Aswad. De repente se entabló un enfrentamiento entre Abd al-Rahman y Ajram. Ajram hirió el caballo de Abd al-Rahman. Encolerizado, Abd al-Rahman mató a Ajram con una lanza. Entretanto, Abu Qatada llegó junto a Abd al-Rahman y lo hirió con su lanza. Los demás atacantes huyeron. Corrí rápidamente tras ellos. Poco antes de la puesta del sol, se desviaron hacia una posición fortificada donde había un estanque llamado Dhu Qarad. Estaban sedientos y querían beber allí, pero los mantuve alejados del estanque. Como resultado, no pudieron beber ni una sola gota de agua. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y los nobles Compañeros llegaron junto a mí después de la puesta del sol. Dije: “Oh, Mensajero de Allah, todos ellos están sedientos. Si me das cien Compañeros, podré apoderarme de sus caballos, incluso de sus monturas, y traeré ante ti las cabezas de todos ellos”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “Hijo de al-Akwa, ya los has vencido; ahora sé un poco más moderado”. Después dijo: “Ahora están siendo agasajados por los Banu Ghatafan”.»

Al comentar esta expedición, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Hoy, nuestro mejor jinete es Abu Qatada, y nuestro mejor soldado de infantería es Salama». El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, me concedió dos partes: una correspondiente a un soldado de infantería y otra a un jinete. Cuando regresábamos, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, me honró. Me llevó a Medina sentado detrás de él sobre la camella llamada Adba.

Durante esta expedición militar, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) confió la responsabilidad de Medina a Hazrat Abdullah ibn Umm Maktum. Hazrat Miqdad ibn Amr (que Allah esté complacido con él) portaba el estandarte de esta expedición.

Las batallas de Khaybar y Wadi al-Qura

Mes de Muharram del séptimo año de la Hégira. La ciudad de Khaybar está situada a 60 u 80 millas de Medina. Era una ciudad bastante grande. Allí había fortalezas y campos de cultivo. El clima no es muy saludable. Actualmente es una localidad.

Como consecuencia del Tratado de Hudaybiyyah, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) quedó completamente seguro respecto a los quraysh, la más poderosa de las tres fuerzas de la batalla de la Trinchera. Las otras dos ramas eran los poderosos judíos y varias tribus de Najd. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) consideró necesario ajustar también las cuentas con ellos. Así sería posible obtener seguridad en todas direcciones. Se establecería un ambiente de paz y estabilidad en toda la región. Como resultado, los musulmanes podrían dedicarse a transmitir el mensaje de Allah y a invitar a Su religión, dejando de lado los enfrentamientos sangrientos.

Khaybar era realmente un centro de conspiraciones y complots de los judíos. Este lugar también era el centro de los preparativos militares de los judíos contra los musulmanes. Por ello, los musulmanes dirigieron primero su atención hacia allí.

¿Era Khaybar realmente un centro de conspiraciones y complots? A este respecto, hay que recordar que fueron los habitantes de Khaybar quienes incitaron y reunieron contra los musulmanes a todos los grupos de politeístas en la batalla de la Trinchera. Fueron ellos quienes impulsaron a los miembros de la tribu de Banu Qurayza a cometer una traición. Fueron ellos quienes establecieron relaciones con los hipócritas, la quinta columna de la sociedad islámica, y con Banu Ghatafan y los beduinos durante la batalla de la Trinchera. Ellos mismos también se estaban preparando para luchar contra los musulmanes. Hostigaban y molestaban a los musulmanes de diversas maneras. Fueron ellos quienes conspiraron para asesinar al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Por todas estas razones, los musulmanes se vieron obligados a emprender una expedición militar. Fue necesario eliminar a Salam ibn Abu al-Huqayq y Usayr ibn Zarim, que dirigían a los conspiradores. En realidad, la responsabilidad y el deber de los musulmanes con respecto a los judíos eran aún mayores que esto. Sin embargo, se estaba retrasando el cumplimiento de este deber, porque los quraysh eran un adversario más poderoso, organizado, belicoso y feroz que los judíos.

No era posible enfrentarse a los judíos ignorando a los quraysh. Después de establecer la paz con los quraysh, se creó la situación propicia para ocuparse de los judíos. Ahora se acercaba el día en que tendrían que rendir cuentas.

La marcha hacia Khaybar

Ibn Ishaq narró que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresó de Hudaybiyyah y permaneció en Medina durante todo el mes de Dhul-Hiyyah y algunos días del mes de Muharram. Después, durante los días restantes de Muharram, partió hacia Jaibar.

Los exégetas han escrito que la conquista de Jaibar fue una promesa de Allah. Él dijo: «Allah os había prometido un abundante botín de guerra del que seríais los dueños. Y Él os lo había adelantado». (Sura Al-Fath, aleya 20)

Con el hecho de que Él os lo había adelantado se alude al tratado de Hudaybiyyah. Y por el abundante botín de guerra se alude a Jaibar.

Número de soldados musulmanes

Los hipócritas y quienes tenían una fe débil se quedaron en sus casas en lugar de acompañar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en el viaje a Hudaybiyyah. Por ello, Allah, Señor de los mundos, ordenó a Su Mensajero al respecto y dijo: «Cuando partáis para recoger el botín de guerra, los que se quedaron atrás dirán: “Dejadnos ir con vosotros”. Quieren cambiar la promesa de Allah. Di: “No nos acompañaréis en absoluto. Allah ya lo ha declarado anteriormente”. Dirán: “Más bien sentís rencor contra nosotros”. Pero apenas comprenden». (Sura Al-Fath, aleya 15)

Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió hacia Jaibar, anunció que solo podrían acompañarlo aquellos que tuvieran un interés genuino en el yihad. Como consecuencia de este anuncio, solo tuvieron la oportunidad de ir quienes habían participado en el Pacto de Ridwan bajo el árbol de Hudaybiyyah. Eran mil cuatrocientos.

Durante esta expedición, la responsabilidad de administrar Medina fue encomendada a Siba ibn Arfata al-Gifarí. Por otro lado, Ibn Ishaq dice que fue encomendada a Numayla ibn Abdullah al-Layzí. Sin embargo, según los investigadores y especialistas, la primera versión es más fiable. [Fath al-Bari, tomo VII, pág. 465; Zad al-Ma’ad, tomo II, pág. 133]

En ese momento, Abu Huraira, que Allah esté complacido con él, también había llegado a Medina. Siba ibn Arfata, que Allah esté complacido con él, estaba realizando la oración del alba. Después de la oración, Abu Huraira, que Allah esté complacido con él, se acercó a él. Siba le proporcionó provisiones. Abu Huraira, que Allah esté complacido con él, partió hacia Jaibar para reunirse con el Noble Profeta. Al llegar, se enteró de que Jaibar había pasado a estar bajo el dominio de los musulmanes. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, consultó con los musulmanes y entregó a Abu Huraira y a sus compañeros su parte del botín.

Las actividades de los hipócritas en favor de los judíos

En aquella ocasión, los hipócritas se esforzaron considerablemente por ayudar a los judíos. El líder de los hipócritas, Abdullah ibn Ubayy, ya había enviado un mensaje a Khaybar: «Muhammad se dirige hacia vosotros; manteneos alerta. Preparaos y no tengáis miedo. Sois numerosos y tenéis muchas armas. Los compañeros de Muhammad no son muchos y, además, carecen de recursos; las armas que poseen son muy escasas». Al recibir esta noticia, los habitantes de Khaybar enviaron a Kinana ibn Abi al-Huqayq y a Hawza ibn Qays a la tribu de Banu Ghatafan para solicitar su ayuda. La tribu de Banu Ghatafan era aliada de los judíos de Khaybar y apoyaba a sus aliados contra los musulmanes. Los judíos también prometieron a Banu Ghatafan que, si lograban vencer a los musulmanes, le entregarían la mitad de toda la producción de Khaybar.

Descripción de las condiciones del camino

En el camino hacia Khaybar, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— atravesó la montaña de Aysr. También se la conoce como la montaña de Asr. Después de cruzar la llanura de Sabha, llegó a la llanura de Rayi. Sin embargo, este Rayi no era el mismo lugar donde ocho Compañeros fueron martirizados a manos de Banu Lihyan debido a la traición de las tribus de Adal y Qarah.

Desde Rayi, el asentamiento de la tribu de Banu Ghatafan se encontraba a una distancia de un día y una noche de viaje. Banu Ghatafan también se había puesto en marcha hacia Khaybar respondiendo al llamado de los judíos. Después de que se marcharan, se oyó un alboroto detrás de ellos. Pensaron que los musulmanes habían atacado a sus familias y sus rebaños. Por ello regresaron y dejaron Khaybar libre para los musulmanes.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— pidió que acudieran dos Compañeros conocedores del camino. Uno de ellos se llamaba Husayl. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— les pidió que le indicaran una ruta adecuada por la que se pudiera entrar en Khaybar desde la dirección de Siria, en lugar de desde Medina. Así se cerraría a los judíos la vía de escape hacia Siria. Por otro lado, la posible ayuda de Banu Ghatafan también llegaría por ese lado. En tal situación, los musulmanes quedarían entre Banu Ghatafan y los judíos, y aunque llegara la ayuda de Banu Ghatafan, no podría alcanzar a los judíos.

Uno de los guías dijo: «Oh, Mensajero de Allah, yo os conduciré por el camino que deseáis». El guía comenzó a avanzar delante de ellos. Al llegar a una encrucijada, dijo: «Oh, Mensajero de Allah, cada uno de estos cuatro caminos converge en Khaybar. Podéis llegar allí tomando cualquiera de ellos». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— preguntó los nombres de los caminos. Husayl respondió: «Uno se llama Hazn, el segundo Shash, el tercero Hatib y el cuarto Marhab». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— prefirió el último nombre, es decir, Marhab. Considerando el significado de los nombres de los otros tres caminos, los descartó. Finalmente, se decidió tomar el camino de Marhab.

Algunos acontecimientos ocurridos durante el camino

1) Hazrat Salama ibn Akwa (que Allah esté complacido con él) relata: Partimos hacia Khaybar junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Se decidió viajar durante la noche. Un hombre se acercó a Amir y le dijo: «Amir, recítanos algo». Amir era poeta. Bajó de su montura y comenzó a recitar los siguientes versos.

«Si no hubieras existido, oh Allah,

no habríamos recibido guía,

no habríamos rezado ni dado el zakat.

Por Ti sacrificamos esta vida,

perdónanos,

mantendremos firmes los pies al enfrentarnos a los enemigos.

Danos paz, oh Allah, el Altísimo».

Cuando se lanza el grito de guerra, ¿acaso no tiembla el enemigo, oh corazón?

En esto hemos adquirido confianza.»

Al oír este poema, el Mensajero de Allah quiso saber quién era el poeta. Le informaron de que era Amir ibn Aqwa. El Mensajero de Allah dijo: «Que Allah tenga misericordia de él». Uno de los compañeros comentó: «Entonces, el martirio de Amir es inevitable**». Pero nosotros deseábamos disfrutar de su compañía** durante más tiempo. [Sahih al-Bujari, capítulo de la batalla de Khaybar, tomo 2, p. 603; Sahih Muslim, capítulo de la batalla de Dhu Qarad, tomo 2, p. 115]. Los nobles compañeros sabían que, durante una batalla, cuando el Mensajero de Allah pedía especialmente el perdón para algún compañero, este se convertía en mártir. [Sahih Muslim, tomo 2, p. 115]. Eso fue lo que ocurrió con Amir, que Allah esté complacido con él, en la batalla de Khaybar. Por eso los compañeros dijeron: «Si hubiera pedido por su longevidad, lo habríamos tenido entre nosotros durante mucho más tiempo».

2) En la llanura de Sahba, muy cerca de Khaybar, el Mensajero de Allah realizó la oración de Asr. Después comió. Solo se sirvió sattu. Por orden suya, el sattu fue preparado para comerlo. Luego él mismo comió y también permitió que los compañeros comieran. Después de la comida se levantó para la oración de Magrib. En ese momento no renovó la ablución; solamente se enjuagó la boca. Los compañeros hicieron lo mismo. [Sahih al-Bujari, tomo 2, p. 603]. Después realizó la oración de Isha.

El ejército islámico en las afueras de Khaybar

La noche anterior a la batalla, los musulmanes pasaron la noche en las afueras de Khaybar. Los judíos ni siquiera lo supieron. La costumbre del Mensajero de Allah era que, cuando llegaba de noche ante un pueblo, esperaba y no se acercaba a ellos antes del amanecer. Aquel día realizó la oración del Fayr muy temprano, cuando aún quedaba algo de oscuridad. Después, los musulmanes montaron sus animales y avanzaron hacia Khaybar. Muchos de los habitantes de Khaybar habían salido hacia los campos y las granjas, llevando azadas sobre los hombros. Al ver de repente a los soldados musulmanes, comenzaron a gritar y a huir. Mientras gritaban, decían: «¡Por Dios! Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, ha llegado con sus tropas». [Al-Maghazi, al-Waqidi, la batalla de Khaybar, p. 112; Sahih al-Bujari, capítulo de la batalla de Khaybar, tomo 2, pp. 603-604].

Al ver aquella situación, el Mensajero de Allah dijo: «¡Allah es el más grande! Khaybar está perdida. ¡Allah es el más grande! Khaybar está perdida. Cuando descendemos en el campo de un pueblo, la mañana se vuelve funesta para los atemorizados de ese pueblo». [Sahih al-Bujari, capítulo de la batalla de Khaybar, tomo 2, pp. 603-604].

El Mensajero de Allah determinó un lugar para que las tropas acamparan. Hubbab ibn al-Mundhir se acercó y preguntó: «Oh, Mensajero de Allah, ¿has decidido permanecer aquí por orden de Allah o por una decisión estratégica?». Él respondió: «Lo he decidido por una razón estratégica». Al oír esto, Hubbab, que Allah esté complacido con él, dijo: «Este lugar está muy cerca de la fortaleza de Najat. Todos los combatientes de Khaybar se encuentran en esa fortaleza. Ellos podrán conocer por completo nuestra situación, mientras que nosotros no podremos conocer la suya. Así podrán aplicar sus estrategias contra nosotros; sus flechas nos alcanzarán, mientras que nuestras flechas no llegarán hasta ellos. También persistirá plenamente el peligro de que nos lancen un ataque sorpresa durante la noche. Además, este lugar está rodeado de palmerales y se encuentra en una zona baja. Por eso, habría sido mejor establecerse en un lugar donde no existieran estos problemas». El Mensajero de Allah dijo: «Tu opinión es correcta». Después, el Mensajero de Allah pidió a los compañeros que se detuvieran. Luego dirigió esta súplica ante Allah, el Señor de los mundos: «Oh Allah, Tú eres el Señor de los siete cielos y de todo aquello sobre lo que esos cielos extienden su sombra; el Señor de las siete tierras y de todo lo que hay sobre ellas y debajo de ellas; el Señor de los demonios y de aquellos a quienes han extraviado. Te pedimos el bien de esta población, el bien de sus habitantes y el bien de todo lo que hay en ella. Y buscamos refugio en Ti contra el mal de esta población, el mal de sus habitantes y el mal de todo lo que hay en ella».

Entonces el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Avanza en el nombre de Allah». [Debido a esta enfermedad ocular, se quedó rezagado y después se reunió con todos].

Preparativos para la batalla y las fortalezas de Jaibar

La noche en que el Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— entró en los límites de Jaibar, dijo: «Mañana entregaré el estandarte a un hombre que ama a Allah y a Su Mensajero, y a quien Allah y Su Mensajero también aman». Todos los nobles compañeros se presentaron ante el Mensajero de Allah. Todos deseaban en secreto recibir el estandarte. El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «¿Dónde está Ali ibn Abi Talib?». Los compañeros respondieron: «Oh, Mensajero de Allah, tiene una afección en los ojos». El Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Traedlo». Entonces trajeron a Ali —que Allah esté complacido con él—.

El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— aplicó un poco de saliva sobre sus ojos y suplicó por él. Ali —que Allah esté complacido con él— se recuperó por completo, como si nunca hubiera padecido una enfermedad ocular. Después entregaron el estandarte a Ali —que Allah esté complacido con él—. Él dijo: «Oh, Mensajero de Allah, lucharé contra ellos hasta que sean como nosotros». El Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Ve tranquilamente y, cuando llegues a su campo, invítalos al islam. Infórmales sobre los derechos que Allah ha hecho obligatorios para ellos en el islam. Si Allah guía por medio de ti aunque sea a uno de ellos, eso será mejor para ti que una gran cantidad de camellos rojos». [Sahih al-Bujari, capítulo sobre la batalla de Jaibar, pp. 605-606. Algunos relatos indican que, después de fracasar repetidamente los intentos de conquistar una de las fortalezas de Jaibar, se entregó el estandarte a Ali. Pero eso es cierto.]

El asentamiento de Jaibar estaba dividido en dos partes. En una de ellas se encontraban las cinco fortalezas mencionadas a continuación: 1) Hisn Na‘im. 2) Hisn Sa‘ba ibn Mu‘adh. 3) Hisn Qil‘a Zubayr. 4) Hisn Ubayy. Y 5) Hisn Nizar.

De las cinco fortalezas mencionadas, la zona que comprendía las tres primeras era llamada «Natat». La zona que comprendía las otras dos fortalezas era conocida como «Shiq».

El asentamiento de la segunda parte de Jaibar era conocido como Kotayra. Comprendía tres fortalezas: primero, Hisn Qamús. Los habitantes de esta fortaleza pertenecían a la tribu de los Banu Nadir y residían en la fortaleza de Abu al-Huqayq, perteneciente a los Banu Nadir. Segundo, Hisn Atiyh. Tercero, Hisn Salalim.

Además de las ocho fortalezas mencionadas, en Jaibar también había otras fortalezas y edificios. Sin embargo, eran relativamente pequeños. No estaban tan protegidos como las fortalezas mencionadas anteriormente en cuanto a fortaleza y medidas de seguridad.

Solo se combatió en las fortalezas de la primera zona. Tres de las demás fortalezas fueron entregadas a los musulmanes sin luchar, aunque contaban con guerreros.

Inicio del conflicto y conquista de la fortaleza de Na’im

De las ocho fortalezas mencionadas, la primera en ser atacada fue la fortaleza de Na’im. Estas fortalezas eran consideradas, por su ubicación y valor estratégico, la primera línea de defensa de los judíos. El dueño de esta fortaleza era un formidable judío llamado Marhab, considerado un guerrero con la fuerza y capacidad de mil hombres.

Hazrat Ali ibn Abi Talib (que Allah esté complacido con él), acompañado por los soldados musulmanes, se dirigió frente a esta fortaleza e invitó a los judíos al islam. Ellos rechazaron la invitación al islam. Bajo el liderazgo de su rey Marhab, salieron a enfrentarse a los musulmanes.

Al llegar al campo de batalla, un guerrero llamado Marhab desafió a un combate individual cuerpo a cuerpo. En el relato de Salama ibn al-Akwa se menciona lo siguiente: Cuando llegamos a Jaibar, Marhab, el rey de los habitantes de Jaibar, avanzó blandiendo su espada y haciendo alarde de ella. En su voz recitaba con arrogancia este poema:

«Jaibar sabe que yo soy Marhab,

sin igual, equipado con armas, un héroe en la estrategia de guerra,

pongo mi experiencia en práctica; cuando estalla, arde en el fuego de la batalla.»

Para enfrentarse a él avanzó mi tío Hazrat Amer (r. a.). Recitó:

«Jaibar conoce mi nombre: Amer

un valiente guerrero armado y preparado para la batalla».

Después de enfrentarse, cada uno golpeó al otro. La afilada espada de Marhab golpeó el escudo de mi tío Amer. Mi tío también intentó golpear desde abajo al judío Marhab, pero la espada era corta. Cuando quiso golpearlo en el muslo, la espada rebotó y le golpeó su propia rodilla. Finalmente, murió a causa de ese golpe. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) levantó dos de sus dedos sagrados y dijo: «Él tiene dos tipos de recompensa». Hazrat Amer (r. a.) era un muy hábil combatiente y muyahid. Pocos héroes árabes como él han aparecido en el mundo. [Sahih Muslim, capítulo sobre la batalla de Jaibar, tomo 2, p. 122; Ghazwat Dhi Qarad, tomo 2, p. 115; Sahih Bujari, capítulo sobre la batalla de Jaibar, tomo 2, 603]

Después de que Hazrat Amer (r. a.) resultara herido, Hazrat Ali (r. a.) avanzó para enfrentarse a Marhab. Recitaba estos versos:

«¿Sabes quién soy? Mi madre me llamó

Haydar

Soy tan temible como un tigre del bosque

¡Hanbo, mi golpe es más contundente!»

Después, Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él) asestó a Marhab un golpe en el cuello tan fuerte que aquel miserable judío murió allí mismo. La victoria se obtuvo por mano de Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él). (Existen discrepancias acerca de quién mató a Marhab. También hay discrepancias sobre la fecha en que murió y sobre la fecha en que fue conquistada aquella fortaleza. Hay diferencias entre el modo en que lo narran Sahih al-Bujari y Sahih Muslim. El relato anterior se ha presentado conforme a Sahih al-Bujari.)

Durante la batalla, cuando Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él) se acercó a una de las fortalezas de los judíos, un judío le preguntó desde lo alto de la fortaleza: «¿Quién eres?». Hazrat Alí (que Allah esté complacido con él) respondió: «Soy Alí ibn Abu Talib». El judío dijo: «Por el Libro revelado a Hazrat Moisés, habéis sido exaltados». Entonces Yaser, el hermano de Marhab, avanzó y dijo: «¿Quién hay que se enfrente conmigo?». Hazrat Zubair (que Allah esté complacido con él) aceptó el desafío.

Al ver esta escena, Hazrat Safiyya (que Allah esté complacido con ella), madre de Hazrat Zubair (que Allah esté complacido con él), dijo: «¡Oh Mensajero de Allah!, ¿será asesinado mi hijo?». El Mensajero de Allah respondió: «No; al contrario, tu hijo lo matará». Finalmente, Hazrat Zubair (que Allah esté complacido con él) mató a Yaser.

Después tuvo lugar una encarnizada batalla cerca de la fortaleza de Na’im. Los demás judíos no se atrevieron a enfrentarse a los musulmanes. Algunas obras mencionan que esta batalla duró varios días y que los musulmanes tuvieron que esforzarse considerablemente. Aun así, los judíos no lograron derrotar a los musulmanes. Por ello, abandonaron secretamente la fortaleza y huyeron a la fortaleza de Sa’yab. Entonces los musulmanes tomaron fácilmente la fortaleza de Na’im.

Conquista de la fortaleza de Sa’yab ibn Muadh

Después de la conquista de la fortaleza de Na’im, la fortaleza de Sa’yab era la segunda fortaleza inexpugnable en cuanto a seguridad y solidez. Los musulmanes atacaron esta fortaleza bajo el liderazgo de Hazrat Hubab ibn al-Mundhir al-Ansari (que Allah esté complacido con él) y la mantuvieron sitiada durante tres días. Al tercer día, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) hizo una súplica especial para conquistarla.

Ibn Ishaq narra que los miembros de Banu Saham, una rama de la tribu de Aslam, se presentaron ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y le dijeron: «Estamos completamente agotados y no tenemos nada». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) suplicó al Misericordioso: «¡Oh Allah, Altísimo!, Tú conoces su situación. Sabes que no tienen fuerzas y yo no tengo nada que darles. ¡Oh Allah, Altísimo!, ayúdanos a conquistar una fortaleza de los judíos cuya conquista sea para nosotros la más beneficiosa y en la que haya la mayor cantidad de provisiones y grasa». Después de esta súplica del Mensajero de Allah, los compañeros atacaron. Allah, Señor de los mundos, concedió a los musulmanes el honor de conquistar la fortaleza de Sa’yab ibn Muadh. En ninguna otra fortaleza de Jaibar había tantas provisiones y grasa como en esta. (Ibn Hisham, tomo II, pág. 232)

Después de hacer la súplica, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dio instrucciones a los musulmanes con respecto a esta fortaleza. Los miembros de la tribu de Banū Aslam fueron los primeros en cumplirlas. Frente a la fortaleza se libró una encarnizada batalla entre ambos bandos. Aun así, fue posible conquistarla ese mismo día, antes de la puesta del sol. Los musulmanes obtuvieron en aquella fortaleza armas arrojadizas y tanques de madera. [Aquí se ha utilizado la palabra «dabbāba». Esta palabra significa «tanque». Las personas podían entrar en el interior de un vehículo cerrado y protegido, hecho de madera, acercarse a las murallas de la fortaleza y protegerse de los ataques del enemigo. Además, estaba dispuesto para abrir grandes brechas en las murallas.]

En el relato de Ibn Ishaq se menciona aquí una descripción de una lucha encarnizada. Después de conquistar la fortaleza, los musulmanes sacrificaron asnos y pusieron grandes ollas sobre los hornos. Al enterarse de ello, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) prohibió comer carne de asnos domésticos.

La conquista de la fortaleza de Zubayr

Después de conquistar las fortalezas de Nāʿim y Ṣaʿbā, los judíos salieron de todas las fortalezas de Najāt y se reunieron en la fortaleza de Zubayr. Era una fortaleza segura y bien protegida. El camino para subir a esta fortaleza, situada en la cima de una montaña, era extremadamente escarpado. No era posible subir llevando ninguna montura, e incluso ascender a pie resultaba muy difícil. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) mantuvo la fortaleza bajo asedio durante tres días. Entonces se acercó un judío bondadoso y dijo: «Oh, Abū al-Qāsim, aunque mantengas la fortaleza sitiada durante un mes, los judíos no se preocuparán. Sin embargo, su manantial de agua está abajo. Por la noche vienen a beber y llevan consigo el agua que necesitan para todo el día. Si puedes cortarles el suministro de agua, se someterán». Al recibir esta información, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) les cortó el suministro de agua. Entonces los judíos se alarmaron. Bajaron y entablaron una encarnizada batalla. En ella, varios musulmanes alcanzaron el martirio y murieron diez judíos malvados. Finalmente, esta fortaleza también cayó.

La conquista de la fortaleza de Ubāy

Después de la caída de la fortaleza de Zubayr, los judíos fueron a reunirse en la fortaleza de Ubāy. Los musulmanes también sitiaron aquella fortaleza. Esta vez, dos judíos orgullosos de su fuerza desafiaron sucesivamente a sus adversarios. Ambos fueron muertos por los musulmanes. El asesino del segundo judío fue el famoso guerrero y compañero del Profeta, Abū Dujāna Sammāk ibn Kharasha al-Anṣārī (que Allah esté complacido con él), quien llevaba una banda roja. Después de matar al segundo judío, entró rápidamente en la fortaleza.

Los compañeros también entraron con él y atacaron al adversario. Después de un breve periodo de encarnizada lucha, los judíos comenzaron a retirarse de la fortaleza. Finalmente, todos se reunieron en la fortaleza de Nizar. La fortaleza de Nizar era la última fortaleza de la primera parte de Jaybar.

La conquista de la fortaleza de Nizar

Esta fortaleza también estaba bien protegida y era segura. Los judíos estaban firmemente convencidos de que los musulmanes no podrían entrar en ella, por mucho que se esforzaran. Por eso reunieron allí a las mujeres y los niños, en lugar de llevarlos a otra fortaleza.

Los musulmanes impusieron un severo asedio a esta fortaleza y ejercieron presión sobre los judíos. Como la fortaleza estaba situada en una zona montañosa elevada, los musulmanes no pudieron avanzar para entrar en ella. Los judíos tampoco se atrevían a salir de la fortaleza para enfrentarse a los musulmanes. Sin embargo, continuaban resistiendo ferozmente, lanzando flechas y piedras desde lo alto.

Como era difícil conquistar la fortaleza de Nizar, el Mensajero de Allah ordenó desplegar máquinas de asedio. También se lanzaron varios proyectiles, que abrieron brechas en los muros de la fortaleza. Los musulmanes entraron por esas brechas. Después se libró una encarnizada batalla entre ambos bandos dentro de la fortaleza. Los judíos fueron derrotados en la batalla. Al igual que en las demás fortalezas, los judíos huyeron sigilosamente también de esta, dejando a las mujeres y los niños a merced de los musulmanes para salvar sus propias vidas.

Con la conquista de esta sólida fortaleza, los musulmanes conquistaron la primera mitad de Jaibar, es decir, las zonas de Najat y Shaqq. Allí también había varias fortalezas pequeñas. Sin embargo, tras la caída de esta fortaleza, los judíos evacuaron las demás fortalezas y huyeron hacia Qatiba, la segunda parte de Jaibar.

La conquista de la segunda parte de Jaibar

Después de conquistar las zonas de Nataat y Shaqq, el Mensajero de Allah partió hacia las zonas de Qatiba, Atiha y Salalim. Salalim era la fortaleza del famoso judío Abu al-Huqayq, de los Banu Nadir. Entretanto, todos los judíos que habían huido de las zonas de Nataat y Shaqq también habían llegado allí y habían cerrado las puertas de la fortaleza.

Hay discrepancias en las obras que relatan los acontecimientos bélicos sobre cuál de las tres fortalezas de esta zona fue escenario de la batalla. En el relato de Ibn Ishaq se menciona claramente que se combatió para conquistar la fortaleza de Qamus. El propio relato permite entender que esta fortaleza fue conquistada mediante la lucha. Tampoco hubo aquí negociaciones por parte de los judíos para rendirse. [Ibn Hisham, tomo 2, pp. 331, 336 y 337]

Al-Waqidi escribió explícitamente que las tres fortalezas de esta zona fueron entregadas a los musulmanes mediante negociaciones. Es posible que, después de cierta lucha, se entablaran negociaciones para la entrega de la fortaleza de Qamus. En cuanto a las otras dos fortalezas, fueron entregadas a los musulmanes sin combate.

Después de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a esta zona, es decir, a Kutaiba, sitió severamente a sus habitantes. El asedio continuó durante catorce días. Los judíos no salían de su fortaleza. Entonces el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó desplegar máquinas de guerra. Cuando los judíos comprendieron que su destrucción era inevitable bajo la lluvia de proyectiles, se presentaron para negociar una tregua con el Mensajero de Allah.

Las negociaciones de la tregua

En primer lugar, Ibn Abul Huqaiq envió un mensaje al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, preguntando: «¿Puedo acudir ante usted para hablar?». El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «Sí». Tras recibir permiso, Abul Huqaiq propuso una tregua con la condición de que se perdonara la vida a todos los soldados que se encontraban en la fortaleza y que sus esposas, hijos e hijas permanecieran con ellos; es decir, que no fueran hechos prisioneros como esclavos y esclavas de los musulmanes. Entregarían al Mensajero de Allah todos sus bienes —oro, plata, tierras, caballos, armaduras y demás— y saldrían llevando únicamente la ropa que vestían. [En Sunan Abu Dawud se menciona que el Mensajero de Allah aceptó con la condición de que los judíos pudieran llevar consigo en sus monturas tantos bienes como les fuera posible. Véase Abu Dawud, tomo II, apartado sobre Jaibar, pág. 76.] Al escuchar la propuesta, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Si ocultáis algo, Allah, Exaltado sea, y Su Mensajero no serán responsables de ello». Los judíos aceptaron esta condición y se concluyó la tregua. De este modo, la conquista de Jaibar quedó definitivamente consolidada.

La traición y su castigo

Violando las condiciones de la tregua, los dos hijos de Abul Huqaiq ocultaron una gran cantidad de riquezas. Ocultaron una piel que contenía los bienes y las joyas de Huyayy ibn Ajtab. Huyayy ibn Ajtab había llevado consigo aquellas joyas cuando los Banu Nadir fueron expulsados de Medina.

Ibn Ishaq escribió que Kinanah ibn Abul Huqaiq fue llevado ante el Mensajero de Allah. Estaba en posesión del tesoro de los Banu Nadir. Sin embargo, cuando el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo interrogó, lo negó categóricamente. Cuando le preguntaron dónde estaba escondida la riqueza, respondió que no lo sabía. Más tarde, un judío acudió y declaró: «He visto a Kinanah deambulando cada día por una zona abandonada». Al recibir esta información, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo a Kinanah: «Si se encuentra un tesoro en tu poder, te mataremos. Dime: ¿aceptas esto?». Kinanah respondió: «Sí, acepto». Entonces el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó excavar la zona abandonada indicada. Allí se encontró parte de la riqueza. En respuesta a las preguntas del Mensajero de Allah sobre el resto de los bienes, declaró que no sabía nada. El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, entregó a Kinanah a Hadrat Zubair, que Allah esté complacido con él, y le dijo: «Castígalo para que, de algún modo, todo lo que tenga llegue a nuestras manos». Hadrat Zubair, que Allah esté complacido con él, castigó severamente a Kinanah. Este estuvo al borde de la muerte, pero aun así no habló. Después, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, entregó al malhechor a Muhammad ibn Maslamah, quien lo mató en venganza por el asesinato de su hermano Mahmud ibn Maslamah. Cabe mencionar que Mahmud estaba sentado a la sombra de un árbol cerca de la fortaleza de Na’im, cuando aquel malvado judío, Kinanah, arrojó de repente una piedra de molino desde arriba y lo mató.

Ibn Qayyim narró que el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, hizo matar a los dos hijos de Abul Huqaiq, pues el primo de Kinanah testificó contra ambos que habían ocultado riquezas.

Después, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, tomó cautiva a Safiyya, hija de Huyayy ibn Ajtab. Ella estaba bajo la autoridad de Kinanah ibn Abul Huqaiq. Todavía era recién casada. Fue entregada en ese mismo estado. [1616]

Distribución de los bienes del botín

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— decidió expulsar a los judíos de Jaibar. Esto también fue incluido en el tratado. Pero los judíos dijeron: «Oh, Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, permítenos permanecer en esta tierra; nosotros nos encargaremos de administrarla. Conocemos esta región mejor que vosotros».

Por otra parte, el Mensajero de Allah no disponía de un número suficiente de esclavos que pudieran cultivar y cuidar estas tierras. Los honorables compañeros tampoco eran suficientes para realizar esta tarea. Por estas razones, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— entregó las tierras de Jaibar a los judíos en aparcería, con la condición de que los musulmanes recibieran la mitad de la cosecha producida. Los judíos tendrían esta concesión mientras el Mensajero de Allah lo deseara, y los expulsaría cuando así lo decidiera. Después, nombró a Abdullah ibn Rawaha supervisor de las tierras de Jaibar.

La distribución de Jaibar se realizó de la siguiente manera: el total de las tierras se dividió en 36 partes. Cada parte estaba compuesta por cien porciones. Así, el total de las tierras quedó dividido en 3.600 porciones. La mitad, es decir, 1.800 porciones, correspondió a los musulmanes. Al igual que los musulmanes comunes, el Mensajero de Allah también recibió una sola porción. Las 1.800 porciones restantes fueron reservadas por el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— para las necesidades generales de los musulmanes y para afrontar cualquier problema imprevisto. El motivo de dividirlas en 1.800 porciones era que las tierras de Jaibar constituían un don especial de Allah para quienes habían participado en Hudaybiyyah.

Este don se aplicaba tanto a los presentes como a los ausentes. El número de participantes en Hudaybiyyah era de 1.400. Cuando llegaron a Jaibar, llevaron consigo 200 caballos. También se asignaba una porción por cada caballo, además de la correspondiente a su jinete. La porción del caballo era el doble de la de un soldado. Por esta razón, Jaibar se dividió en 1.800 porciones. Como resultado, cada jinete recibió tres porciones, lo que sumó 600 porciones, mientras que los 1.200 soldados de infantería recibieron 1.200 porciones. [Zad al-Ma‘ad, tomo 2, pp. 137-138]

Un hadiz de Sahih al-Bujari ofrece un relato de la abundancia del botín obtenido en Jaibar. Marbi ibn Umar —que Allah esté complacido con él— dijo: «Hasta la conquista de Jaibar no habíamos comido hasta saciarnos». Aisha —que Allah esté complacido con ella— dijo: «Después de la conquista de Jaibar, nos dijimos unos a otros: “A partir de ahora podremos comer dátiles hasta saciarnos”». [Sahih al-Bujari, tomo 3, p. 609]

Después de que el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— regresara a Medina, los emigrantes devolvieron a los ansar los palmerales que estos les habían entregado, pues en Jaibar habían obtenido la propiedad de riquezas y palmerales. [Zad al-Ma‘ad, tomo 2, p. 128; Sahih Muslim, tomo 2, p. 96]

Llegada de algunos compañeros

En esta expedición, el honorable Yafar ibn Abi Talib se presentó ante el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Lo acompañaban los musulmanes ash‘aríes, es decir, el honorable Abu Musa al-Ash‘ari —que Allah esté complacido con él—, junto con sus amigos y compañeros.

El honorable Abu Musa al-Ash‘ari —que Allah esté complacido con él— dijo: «Mientras me encontraba en Yemen, recibí la noticia de la llegada del Mensajero de Allah. Mis dos hermanos y yo embarcamos en una nave junto con cincuenta hombres de nuestra tribu para dirigirnos a la presencia del Mensajero de Allah. Sin embargo, la nave nos llevó hasta Abisinia. Allí nos encontramos con el honorable Yafar —que Allah esté complacido con él— y sus compañeros. Ellos nos informaron de que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, los había enviado y les había ordenado permanecer en Abisinia, y nos dijeron: “Permanezcan ustedes también con nosotros”. Así lo hicimos. Después de que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, conquistara Jaibar, nos presentamos ante él. Él también nos concedió una parte. Aparte de nosotros, ningún otro musulmán ausente de Jaibar recibió una parte de Jaibar. Solo quienes participaron en la batalla recibieron una parte del botín. Los marineros de nuestra nave también recibieron una parte, junto con el honorable Yafar y sus compañeros. El botín fue distribuido entre todos ellos». (Al-Bujari, volumen 1; Fath al-Bari, volumen 4).

El matrimonio con la honorable Safiyya

Como se mencionó anteriormente, después de que su esposo fuera ejecutado bajo la acusación de traición, la honorable Safiyya pasó a formar parte de las mujeres cautivas. Una vez reunidas las cautivas, el honorable Dihya ibn Jalifa al-Kalbi —que Allah esté complacido con él— pidió una esclava al Mensajero de Allah. El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, le dijo: «Ve y elige una». Dihya escogió a la honorable Safiyya. Entonces un hombre se acercó y dijo: «Oh, Mensajero de Allah, has elegido para Dihya a la dirigente de las tribus de Banu Qurayza y Banu Nadir, cuando ella solo es digna de ti». El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Llama a ambos y tráelos». Ambos se presentaron. El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, le dijo al honorable Dihya: «Elige alguna otra esclava». Cuando el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, invitó a la honorable Safiyya al islam, ella lo aceptó con alegría. Después, él liberó a la honorable Safiyya, hizo de su liberación su dote y se casó con ella. De camino a Medina, la honorable Umm Sulaym —que Allah esté complacido con ella— arregló a la honorable Safiyya. A la mañana siguiente, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, ofreció a los compañeros una comida de dátiles, mantequilla clarificada y harina tostada. (Sahih al-Bujari, volumen 1, pág. 54; Zad al-Ma‘ad, volumen 2, pág. 137). Al ver una marca en el rostro de la honorable Safiyya, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, preguntó por su causa. La honorable Safiyya dijo: «Oh, Mensajero de Allah, antes de que fueras a Jaibar soñé que la luna caía del cielo en mi regazo. Cuando por la mañana le conté este sueño a mi esposo, él me abofeteó y dijo: “¿Acaso deseas obtener al rey de Medina?”». (Sahih al-Bujari; Zad al-Ma‘ad; Ibn Hisham).

El incidente de la carne envenenada

Después de la conquista de Jaibar, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se estableció allí. En ese momento, Zaynab, hija de Hariz y esposa de Salam ibn Mishkam, le envió como regalo carne asada de oveja. La mujer había averiguado previamente qué parte de la oveja le gustaba más al Mensajero de Allah. Al enterarse, puso una gran cantidad de veneno en la parte que él prefería, y también en las demás partes. Luego colocó aquella carne envenenada delante del Mensajero de Allah. El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se llevó a la boca un trozo de la parte que prefería, pero lo escupió después de masticarlo. Entonces dijo: «Este hueso que ves me informa de que contiene veneno». Llamaron a Zaynab y la interrogaron, y ella lo confesó. Él dijo: «¿Por qué hiciste esto?». La mujer respondió: «Pensé que, si este hombre era un rey, nos libraríamos de su gobierno; y si era un profeta, se le informaría de que yo había puesto veneno». Al escuchar esta confesión franca, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, perdonó a la mujer.

En aquel momento, también se encontraba con el Mensajero de Allah el honorable Bishr ibn al-Bara ibn Ma‘rur. Comió un bocado y murió a causa del envenenamiento.

Existe discrepancia acerca de si el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, perdonó o mató a aquella mujer. La manera de conciliar las distintas narraciones es la siguiente: aunque al principio el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, la perdonó, después de la muerte del honorable Bishr ordenó que fuera ejecutada en aplicación de la ley de represalia. (Zad al-Ma‘ad, volumen 2, pág. 139; Fath al-Bari, volumen 7, pág. 497; Ibn Hisham, volumen 2, pág. 337).

Los fallecidos en la batalla de Jaybar

En esta expedición murieron como mártires, en distintos momentos, 16 personas. Entre ellos había 4 coraichitas, uno de la tribu de Ashya, uno de la tribu de Aslam, uno de los habitantes de Jaybar y 9 ansaríes.

Según otra narración, en esta expedición murieron como mártires 18 personas en total. El erudito Mansurpurí escribió que fueron 19. Sin embargo, en otro lugar menciona que los autores de biografías proféticas registraron 15. Tras investigar, encontré los nombres de 23 personas. El nombre de Yanif ibn Waila solo lo menciona al-Waqidí. Por su parte, al-Tabarí menciona el nombre de Yanif ibn Hanif. Bashar ibn Bara ibn Marur falleció después de la batalla por haber comido carne envenenada. Existen dos narraciones acerca de Bashar ibn Abd al-Mundir. Una afirma que murió como mártir en la batalla de Badr, mientras que otra sostiene que murió como mártir en la batalla de Jaybar. En mi opinión, la primera narración es la más fiable. [Zad al-Ma‘ad, tomo 2, pág. 139; Fath al-Bari, tomo 7, pág. 497; Ibn Hisham, tomo 2, pág. 337] En cuanto a los judíos muertos, fueron 93.

Fadak

Al llegar a Jaybar, el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, envió a Muhayyisa ibn Masud para invitar a sus habitantes al islam. Sin embargo, los habitantes de Fadak tardaron en aceptar el islam. Después de que Jaybar pasara a estar bajo el dominio de los musulmanes, esta situación tuvo repercusión entre los habitantes de Fadak, quienes enviaron una delegación al Mensajero de Allah y le propusieron un acuerdo con la condición de entregarle la mitad de las cosechas producidas, tal como se había hecho en Jaybar. El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, aceptó la propuesta. De este modo, las tierras de Fadak quedaron asignadas especialmente al Mensajero de Allah, pues los musulmanes no marcharon en expedición contra Fadak; es decir, Fadak no fue conquistada por la fuerza de las espadas. [Ibn Hisham, tomo 1, pág. 337]

Wadi al-Qura

Al concluir la expedición de Jaybar, el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, partió hacia Wadi al-Qura. Allí también había un grupo de judíos, al que se unió otro grupo de árabes. Cuando los musulmanes llegaron, los judíos los recibieron disparándoles flechas. Ya estaban formados en filas. Uno de los siervos del Mensajero de Allah murió alcanzado por las flechas de los judíos. Los compañeros dijeron: «¡Que el Paraíso sea para él!». El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «¡De ninguna manera! Juro por Aquel en cuya mano está mi vida que la capa que ese siervo robó del botín de la batalla de Jaybar, antes de que este fuera repartido, lo está rodeando como fuego». [Sahih al-Bujari, tomo 2, pág. 607]

Después, el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, organizó a los compañeros para la batalla. Sa‘d ibn Ubadah fue nombrado comandante. Se entregó un estandarte a Hubab ibn al-Mundir y otro a Ubadah ibn Bashar. Después, el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, invitó a los judíos a aceptar el islam. Ellos no aceptaron. Uno de ellos avanzó para combatir. Por parte de los musulmanes avanzó Zubair ibn al-Awwam —que Allah esté complacido con él— y mató al judío. Cuando avanzó otro judío, Zubair también lo mató. Cuando avanzó un tercero, Ali —que Allah esté complacido con él— salió a enfrentarlo y también lo mató. Así, fueron muriendo sucesivamente 11 judíos. Cada vez que moría un judío, el Mensajero de Allah invitaba a los demás judíos a aceptar el islam.

Cuando llegaba la hora de la oración, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) rezaba junto con sus nobles Compañeros y después se enfrentaba a los judíos para invitarlos al islam. Así, mientras continuaban combatiendo, cayó la tarde. A la mañana siguiente, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) volvió a presentarse con sus Compañeros para enfrentarse a los judíos. El sol aún no se había elevado mucho cuando los judíos se rindieron y entregaron los bienes del botín.

El Mensajero de Allah permaneció cuatro días en Wadi al-Qura. Distribuyó entre sus Compañeros las riquezas obtenidas como botín de guerra. Sin embargo, dejó las tierras y los palmerales a los judíos. Respecto a ello, se estableció un acuerdo semejante al que se había pactado con los judíos de Jaibar. [Zad al-Ma’ad, tomo 2, pp. 146-147]

Tayma

Los judíos de Tayma se enteraron de la derrota y rendición de los judíos de Jaibar, Fadak y Wadi al-Qura, o de la región de Qura. Después enviaron por iniciativa propia una delegación para proponer un tratado de paz. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) aceptó su propuesta. [La misma obra, la misma página] El Mensajero de Allah también hizo redactar un acuerdo al respecto. El acuerdo estipulaba lo siguiente: «Este documento procede del Mensajero de Allah, Muhammad, para los Banu Tayma. Se les garantiza protección. Deberán pagar la yizia. No se cometerán abusos contra ellos ni serán expulsados del país. Este acuerdo se considerará permanente». Las palabras del documento fueron escritas por Jálid ibn Sa’id (que Allah esté complacido con él).

El regreso a Medina

Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) emprendió el camino hacia Medina. Durante el regreso, al llegar cerca de una llanura, los Compañeros pronunciaron en voz alta el takbir. Decían: «Allahu Akbar, Allahu Akbar, la ilaha illa Allah». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «No es necesario que lo digáis tan fuerte. No estáis invocando a un sordo ni a un ausente; más bien invocáis a Aquel que oye y está cerca».

Durante el regreso, tras viajar toda la noche, descansaron en un lugar al final de la noche. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le había dicho a Bilal: «Permanecerás despierto y nos despertarás a la hora de la oración del fayr». Bilal (que Allah esté complacido con él) se sentó apoyado en su montura, orientado hacia el este. Sin embargo, debido al cansancio del viaje, también se quedó dormido en un momento dado. Nadie pudo despertarse a la hora de la oración. El Mensajero de Allah fue el primero en despertar. Despertó a sus Compañeros y avanzó un poco desde aquel lugar. Después realizó la oración del fayr con sus Compañeros. Se dice que este hecho ocurrió durante el segundo viaje. [Ibn Hisham, tomo 2, p. 340]

Al observar la secuencia de los acontecimientos de Jaibar, se ve que el Mensajero de Allah regresó hacia el final del mes de Safar del séptimo año de la hégira, en el mes de Rabi al-Awwal.

La expedición de Abán ibn Saíd

El Mensajero de Allah ﷺ sabía perfectamente que dejar Medina desprotegida después de que terminaran los meses sagrados no era señal de previsión ni de sabiduría. En los alrededores de Medina había muchos beduinos que esperaban que los musulmanes se descuidaran para dedicarse al saqueo y al bandidaje. Por ello, cuando el Mensajero de Allah ﷺ partió para la campaña de Jaibar, envió hacia Nayad una fuerza militar bajo el mando de Abán ibn Saíd (que Allah esté complacido con él), con el fin de mantener atemorizados a los beduinos. Cuando Abán ibn Saíd regresaba después de cumplir su misión, se encontró con el Mensajero de Allah en Jaibar. Para entonces, Jaibar ya había sido conquistada.

Esta pequeña expedición militar fue enviada en el mes de Safar del séptimo año de la Hégira. Este acontecimiento aparece mencionado en Sahih al-Bujari. [Bujari, capítulo sobre la batalla de Jaibar, tomo II, pp. 608-609]. Sin embargo, el hafiz Ibn Hayar al-Asqalani escribió: «No he podido encontrar información sobre esta expedición militar». [Fath al-Bari, tomo VII, p. 491].

La expedición de Zat ar-Riqá

Después de poner bajo su control a dos de las tres fuerzas de la trinchera, el Mensajero de Allah ﷺ tuvo la oportunidad de ocuparse de la tercera fuerza. Estos eran beduinos. Vivían en tiendas en las llanuras de Nayad. El saqueo era la fuente de su sustento.

Los beduinos no eran habitantes de ningún asentamiento ni ciudad. No vivían en casas ni en fortalezas. Por esta razón, a diferencia de los habitantes de La Meca y de Jaibar, era difícil controlarlos y extinguir por completo el fuego de su bandidaje. Lo necesario era realizar acciones que simplemente los atemorizaran.

Con el propósito de influir en todos estos beduinos y dispersar a los beduinos reunidos en los alrededores de Medina, el Mensajero de Allah ﷺ dirigió una expedición de carácter educativo. Esta expedición es conocida como la expedición de Zat ar-Riqá.

Los biógrafos del Profeta han mencionado que esta expedición se realizó en el cuarto año de la Hégira. Sin embargo, el imán al-Bujari (que Allah tenga misericordia de él) señaló que tuvo lugar en el séptimo año de la Hégira. El hecho de que Abu Huraira (que Allah esté complacido con él) y Abu Musa al-Ashari (que Allah esté complacido con él) participaran en esta expedición demuestra claramente que ocurrió después de la batalla de Jaibar. Abu Huraira aceptó el islam en Medina después de que el Mensajero de Allah ﷺ hubiera partido para la campaña de Jaibar. Después fue a Jaibar y se encontró allí con el Mensajero de Allah ﷺ. Para entonces, la conquista de Jaibar ya había concluido. Abu Musa al-Ashari también llegó desde Abisinia a Jaibar, ante el Mensajero de Allah ﷺ, en algún momento posterior a la conquista de Jaibar.

El resumen de cuanto han mencionado los autores de la biografía del Profeta acerca de esta expedición es el siguiente: al enterarse de que dos ramas de los Banu Ghatafán, Banu Thaʿlaba y Banu Muhárib, se habían reunido, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) confió la administración de Medina a Hazrat Abu Dharr al-Ghifari —según otra versión, a Hazrat Uzmán ibn Affán—. Después partió hacia Naydd al frente de cuatrocientos —según otra versión, setecientos— Compañeros. Al llegar a un lugar llamado Najla, situado a dos días de viaje de Medina, se encontraron con un grupo de hombres de Banu Ghatafán, pero no llegaron a combatir. Sin embargo, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) realizó allí la oración del temor.

En Sahih al-Bujari se narra, por autoridad de Hazrat Abu Musa al-Ashari, que dijo: «Salimos con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Éramos seis y solo teníamos un camello. Nos turnábamos para montarlo. Como caminábamos tanto, se nos llenaron los pies de ampollas. Mis dos pies resultaron heridos y me lastimé las uñas. Por ello nos vendamos los pies. “Dhatur-Riqa” significa “el de las vendas”, porque durante esta expedición nos vendamos los pies». [Sahih al-Bujari, capítulo de la expedición de Dhatur-Riqa, tomo II, pág. 592; Sahih Muslim, capítulo de Dhatur-Riqa, tomo II, pág. 118]

En Sahih al-Bujari se narra, por autoridad de Hazrat Yabir, que dijo: «Durante la expedición de Dhatur-Riqa estábamos con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). La costumbre era que, cuando llegábamos bajo un árbol que daba sombra, dejábamos esa sombra para el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). En cierta ocasión, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) descansaba bajo un árbol frondoso y los Compañeros se habían dispersado en distintas direcciones. Después de colgar su espada de una rama y mientras descansaba, se quedó dormido. Hazrat Yabir dice: “Todos nosotros también nos quedamos dormidos”. Entretanto, llegó un politeísta, tomó la espada del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y le dijo: “¿Me tienes miedo?”. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió con voz firme: “No, en absoluto”. El politeísta preguntó: “¿Quién te protegerá de mí?”. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: “Allah, el Altísimo”».

Hazrat Yabir dice: «El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) nos llamó. Fuimos hacia él y vimos a un desconocido sentado con una espada en la mano. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “Yo estaba acostado cuando este hombre tomó mi espada y luego me preguntó: ‘¿Quién te protegerá de mí?’. Yo respondí: ‘Allah me protegerá’. Este es el hombre”. Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) no le dirigió ninguna palabra áspera.

En la narración de Abu Awana también se menciona que, apenas el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Allah, el Altísimo, me protegerá», la espada cayó de la mano del hombre. Entonces el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) tomó la espada y le dijo: «Ahora dime, ¿quién te protegerá?». El hombre respondió: «Confío en vuestra misericordia». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Da testimonio de que no hay ninguna divinidad excepto Allah y de que Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz) es Su Mensajero». El hombre dijo: «Te prometo que no lucharé contra ti ni ayudaré de ninguna manera a quienes luchen contra ti». Hazrat Yabir menciona que después el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dejó libre al hombre. Este regresó junto a su pueblo y dijo: «Vengo a vosotros de parte del mejor de los hombres». [Mukhtasar as-Sira, del jeque Abdullah an-Naydi, pág. 264; Fath al-Bari, tomo VII, pág. 416]

En una narración de Sahih al-Bujari se menciona que se hizo el llamamiento para la oración y que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dirigió dos rakʿat a un grupo de Compañeros. Después, estos se retiraron y él dirigió otras dos rakʿat a otro grupo de Compañeros. Así, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) realizó cuatro rakʿat, mientras que los Compañeros realizaron dos. [Sahih al-Bujari, tomo I, págs. 407-408; tomo II, pág. 593] Por la secuencia de esta narración se entiende que esta oración se realizó inmediatamente después del acontecimiento mencionado.

En la narración de Sahih al-Bujari se menciona que el nombre de aquel hombre era Ghawrath ibn al-Harith. Esta narración fue transmitida por Musaddad, quien la recibió de Abu Awana, y Abu Awana la recibió de Abu Bishr. [Sahih al-Bujari, tomo II, pág. 593]

Ibn Hayar al-Asqalani dice que, al detallar este acontecimiento, al-Waqidi afirmó que el nombre de aquel beduino era Dathur y que había abrazado el islam. Sin embargo, de las palabras de al-Waqidi se entiende que los dos acontecimientos tuvieron lugar en momentos distintos. Estos dos hechos ocurrieron durante dos expediciones diferentes. Allah sabe mejor. [Fath al-Bari, tomo VII, pág. 428]

Al regresar de esta expedición, los nobles Compañeros capturaron a una mujer politeísta. Al enterarse de ello, el esposo de aquella mujer juró que haría derramar la sangre de uno de los Compañeros. Llegó durante la noche para cumplir su juramento. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— había encargado a Ubbad ibn Bishr y a Ammar ibn Yasir proteger a los musulmanes de los enemigos. Cuando llegó aquel hombre, Ubbad estaba realizando la oración. En ese momento, el enemigo le disparó una flecha. Sin abandonar la oración, la arrancó de un tirón. El hombre disparó una segunda flecha y después una tercera. Cada vez, él se quitó la flecha. Tras terminar la oración pronunciando el saludo final, despertó a su compañero y le informó de todo. Su compañero, Ammar ibn Yasir, sorprendido, le dijo: «¿Por qué no me despertaste?». Él respondió: «Estaba recitando una sura, y no quería terminar la oración antes de concluirla». [Zad al-Ma‘ad, tomo II, pág. 112. Para conocer detalles sobre esta batalla, véanse Ibn Hisham, tomo II, págs. 203 y 209; Zad al-Ma‘ad, tomo II, págs. 110, 111 y 112; Fath al-Bari, tomo VII, págs. 417 y 428.]

Esta batalla fue muy eficaz para influir y atemorizar a los beduinos árabes de corazón endurecido, es decir, a los nómadas. Al examinar las expediciones posteriores, se observa que, después de esta campaña, las tribus de Gatafán no se atrevieron a levantar la cabeza. Poco a poco se debilitaron y perdieron sus fuerzas, hasta que finalmente abrazaron el islam. Algunas de estas tribus árabes fueron vistas junto a los musulmanes durante la conquista de La Meca y la batalla de Hunayn. También se les concedió una parte del botín. Después del regreso de la conquista de La Meca, se enviaron funcionarios del Estado islámico para recaudar de ellos el zakat, y ellos pagaron debidamente el zakat. En suma, gracias al proceder del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, las tres fuerzas que se habían alzado contra los musulmanes durante la batalla del Foso quedaron completamente destrozadas. Como resultado, la paz y la seguridad se extendieron por toda la región. Después, algunas tribus provocaron disturbios en distintos lugares, pero los musulmanes las sometieron fácilmente. Tras esta expedición comenzó a abrirse para los musulmanes el camino hacia la conquista de grandes ciudades y países, pues, después de ella, la situación interna del país pasó a favorecer al islam y a los musulmanes.

Algunas sariyyas del séptimo año de la Hégira

Poco después de regresar de la expedición mencionada, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— permaneció en Medina durante el mes de Shawwal del séptimo año de la Hégira, y en ese período envió a los Compañeros en varias sariyyas. A continuación se ofrece el relato de algunas de ellas.

1. La sariyya de Kudayd

Safar o Rabi al-Awwal del séptimo año de la Hégira

Esta sariyya fue enviada bajo el mando de Ghalib ibn Abd Allah al-Laythi a la zona de Kudayd, para castigar a los miembros de la tribu de Banu Maluh por sus actos. Banu Maluh había asesinado a los compañeros de Bishr ibn Suwayd. Esta expedición fue enviada para vengar aquel asesinato. Los Compañeros enviados lanzaron un ataque sorpresa durante la noche y mataron a varias personas. Los enemigos los persiguieron con un gran contingente para enfrentarse a los musulmanes, pero cuando se acercaron a ellos comenzó a llover. Poco después se produjo una inundación. Como las aguas quedaron entre ambos grupos, los enemigos no pudieron acercarse. Así, los musulmanes recorrieron a salvo el resto del camino.

2. La sariyya de Hasmi

El mes de Yumada al-Thani del séptimo año de la Hégira

Esto se ha tratado en el capítulo titulado «La carta del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) a los líderes del mundo».

3. La sariyya de Turba

El mes de Sha‘ban del séptimo año de la Hégira

Esta sariyya fue dirigida por Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él). Lo acompañaban treinta Compañeros. Viajaban de noche y se ocultaban durante el día. Cuando la gente de la tribu de Banu Hawazin se enteró de ello, huyó. Entonces, Umar (que Allah esté complacido con él) y sus compañeros regresaron a Medina.

4. La sariyya en la región de Fadak

Sha‘ban del séptimo año de la Hégira

Un grupo de treinta Compañeros salió de expedición bajo el liderazgo de Bashir ibn Sa‘d al-Ansari (que Allah esté complacido con él). Fue enviado para dar una lección a la gente de la tribu de Banu Murra.

Hazrat Bashir llegó a su territorio y se llevó ovejas, cabras y otros rebaños. Por la noche, los enemigos llegaron y los rodearon. Los musulmanes lanzaron flechas. En cierto momento, Bashir y sus compañeros se quedaron sin flechas. Entonces, los enemigos fueron matando uno tras otro a los musulmanes desarmados. Solo Bashir sobrevivió. Lo llevaron herido a Fadak, donde permaneció entre los judíos. Dos meses después, cuando sus heridas sanaron, regresó a Medina.

5. La expedición de Maifa’a

El mes de Ramadán del séptimo año de la Hégira

Esta expedición fue enviada bajo el mando de Ghalib ibn Abdullah para dar una lección a las tribus de Banu Awal y Banu Abd ibn Tha’laba. Según otra narración, fue enviada para dar una lección a los miembros del clan Harqat de la tribu de Yuhayna. El número de musulmanes era de ciento treinta. Atacaron conjuntamente a los enemigos y mataban a todo aquel que intentaba levantar la cabeza. Después, se llevaron los rebaños, incluidas ovejas y cabras. En esta misma expedición, Hazrat Usama ibn Zayd (que Allah esté complacido con él) mató a un hombre llamado Nuhayek ibn Mirdas, aunque este había pronunciado «No hay más dios que Allah». Al enterarse de ello, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «¿Por qué no le abriste el pecho para saber si decía la verdad o mentía?»

6. La expedición de Jaibar

El mes de Shawwal del séptimo año de la Hégira

Esta expedición fue emprendida por treinta compañeros. Hazrat Abdullah ibn Rawaha (que Allah esté complacido con él) estuvo al mando. La razón fue que, según otra opinión, Bashir ibn Yaram había reunido a miembros de la tribu de Banu Ghatafan para atacar a los musulmanes. Los musulmanes aseguraron a Usayr que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) lo nombraría gobernador de Jaibar. Gracias a esta promesa, Usayr y sus treinta compañeros aceptaron ir a Medina con los musulmanes. Cuando llegaron a un lugar llamado Qarqarat, surgió un malentendido entre ambas partes. Como consecuencia, Usayr y sus compañeros perdieron la vida.

7. La expedición de Yemen, Azab

El mes de Shawwal del séptimo año de la Hégira

Jabar es el nombre de una zona de Banu Ghatafan, o, según otra opinión, de Banu Fazara y Banu Azara. El venerable Bashir ibn Ka’b al-Ansari fue enviado allí con trescientos musulmanes. Fueron enviados para enfrentarse a un gran contingente enemigo que se había reunido para atacar Medina. Los musulmanes viajaban de noche y se ocultaban durante el día. Al enterarse de la llegada del venerable Bashir, que Allah esté complacido con él, los enemigos huyeron. El venerable Bashir, que Allah esté complacido con él, llevó muchos animales a Medina. Además, capturó a dos hombres y los llevó a Medina. Cuando fueron presentados ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, abrazaron el Islam.

8. Expedición de Gaba

El imán Ibn Qayyim incluye esta expedición entre las sariyyas, es decir, las campañas militares enviadas exclusivamente con los nobles Compañeros, que tuvieron lugar en el séptimo año de la Hégira, antes de la Umrah de compensación. En resumen, un hombre de la tribu de Jashm ibn Muawiya llegó a Gaba acompañado de numerosas personas. Quería reunir a Banu Qays para combatir contra los musulmanes. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió al venerable Abu Hadráw con tan solo dos hombres. El venerable Hadráw adoptó una estrategia militar tal que los enemigos fueron derrotados y numerosos camellos y cabras pasaron a manos de los musulmanes. Zad al-Ma’ad, vol. 2, págs. 149-150; Rahmat li-l-Alamin, vol. 2, págs. 229-231; Talqih al-Fuhum, pág. 31; Mujtasar al-Siyar, del jeque Abd Allah al-Najdi, págs. 322-324

Realización de la Umrah de compensación

El imán Hakim afirmó que está claramente demostrado que, después de avistarse la luna de Dhu al-Qadah, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó a los nobles Compañeros prepararse para realizar la Umrah de compensación. También indicó que ninguno de los Compañeros que habían estado presentes en el tratado de Hudaybiyyah debía ausentarse. Salvo quienes habían alcanzado el martirio después del tratado, todos los demás Compañeros, así como algunos que habían estado ausentes durante el tratado, se prepararon para realizar la Umrah. El número de Compañeros, sin contar a las mujeres y los niños, era de dos mil. Fath al-Bari, vol. 7, pág. 500

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dejó a Abu Ruhm al-Ghifari como su sustituto en Medina. Llevaron consigo sesenta camellos y confiaron su cuidado a Najia ibn Yundub al-Aslami. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y los nobles Compañeros asumieron el ihram para la Umrah en Dhu al-Hulayfa y entonaron la talbiyah. Temiendo una traición de los coraichitas, los musulmanes llevaron armas consigo. Entre ellas había escudos, flechas, lanzas y espadas. Al llegar a la llanura de Ya’yay, dejaron todas las armas bajo el mando de Aws ibn Qawli al-Ansari y continuaron avanzando. Los musulmanes llevaban sus espadas envainadas. Fath al-Bari, vol. 7, pág. 500; Zad al-Ma’ad, vol. 2, pág. 151

Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, entró en La Meca, montaba su camella llamada al-Qaswa. Los musulmanes levantaban sus espadas envainadas, llevaban al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en medio de ellos y entonaban: «¡Aquí estoy, oh Allah, aquí estoy!»

Los politeístas de La Meca salieron de sus casas para presenciar el espectáculo y subieron al monte Qayqa‘an, situado al norte. Se decían entre sí: «Se acerca a vosotros un grupo de hombres a quienes la fiebre ha dejado postrados en Medina».

Al oír esto, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo a sus compañeros que corrieran vigorosamente tres veces. Sin embargo, entre el Rincón Yemení y la Piedra Negra debían avanzar a un ritmo normal. No se les ordenó correr las siete veces completas de los siete circuitos. La razón era esperar obtener la misericordia y las bendiciones de Allah, y el propósito era mostrar a los politeístas la fuerza de los musulmanes. [Sahih al-Bujari, vol. 1, p. 218; vol. 2, pp. 610-611; Sahih Muslim, vol. 1, p. 412] Además, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó a sus compañeros practicar el idtiba‘. Esto consiste en dejar descubierto el hombro derecho, pasar el manto por debajo de la axila derecha y envolverlo desde abajo, dejando el otro extremo del manto sobre el hombro izquierdo, tanto por delante como por detrás.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— avanzó por el camino del desfiladero montañoso de La Meca. Los politeístas se habían alineado para verlo. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— continuaba pronunciando la talbiya. Al llegar a la Mezquita Sagrada, tocó la Piedra Negra con su bastón. Después realizó el tawaf, y los musulmanes también lo realizaron. En ese momento, ‘Abdullah ibn Rawaha —que Allah esté complacido con él— caminaba delante del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— con la espada en alto, recitando estos versos:

«¡Hijos de los incrédulos, dejad libre su camino!

La misericordia de Allah lo rodea.

Su mención está en el Libro del Misericordioso, el Compasivo.

Esos folios son recitados continuamente.»

«¡Oh Allah, he creído en sus palabras!»

En el camino de Allah ofreceré mi aliento en sacrificio.

Obedeciendo la orden de Allah, asestaré un golpe semejante.

Los cráneos saldrán volando y ya no quedará noticia del amigo.

En el relato de Anas (que Allah esté complacido con él) también se menciona que, al escuchar la recitación del poema, Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él) dijo: «¡Oh, hijo de Rawaha! ¿Se está recitando poesía en el Santuario ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)?». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Oh, Umar, déjalo recitar. Su efecto contra ellos es más eficaz que las flechas». [Yami at-Tirmidhi, vol. 2, pág. 107]

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y los musulmanes corrieron tres vueltas. Al verlos, los politeístas dijeron: «Pensábamos que aquellos a quienes la fiebre de Medina había debilitado; sin embargo, vemos que tienen más fuerza que muchos otros». [Sahih Muslim, vol. 1, pág. 412]

Después de terminar el tawaf, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) realizó el sa’i entre Safa y Marwa. En ese momento, su hady, es decir, el animal destinado al sacrificio, estaba detenido cerca del monte Marwa. Al concluir el sa’i, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Este es el lugar del sacrificio, y todo lugar de La Meca es un lugar de sacrificio». Después, todos sacrificaron sus animales al pie del monte Marwa. Tras el sacrificio, se rasuraron allí mismo la cabeza. Los nobles compañeros siguieron al amado Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Luego, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) envió a algunos compañeros a Yayaz para custodiar las armas, y ordenó que, una vez que regresaran quienes estaban custodiándolas allí, fueran enviados para realizar su umra.

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) permaneció tres días en La Meca. La mañana del cuarto día, los politeístas dijeron a Ali (que Allah esté complacido con él): «Dile a tu compañero que se marche, pues el plazo ha terminado». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) salió de La Meca y se estableció en un lugar llamado Sarif.

Cuando partía de La Meca, la hija de Hamza (que Allah esté complacido con él) lo seguía diciendo: «¡Tío, tío!». Ali (que Allah esté complacido con él) la llevó consigo. Surgió una disputa entre Ali (que Allah esté complacido con él), Ya’far (que Allah esté complacido con él) y Zayd (que Allah esté complacido con él) acerca de quién se encargaría de criarla, pues cada uno afirmaba tener mayor derecho a hacerlo. Finalmente, el Mensajero de Allah decidió a favor de Ya’far, porque la tía materna de la niña era la esposa de Ya’far.

Durante la realización de esta ʿumrah, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— contrajo matrimonio con Maymuna bint al-Harith al-ʿAmiriyya. Antes de que el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegara a La Meca, envió a Yaʿfar ibn Abi Talib a Maymuna con este propósito. Maymuna confió esta responsabilidad a Abbas, pues él era su cuñado. Su esposa, Umm al-Fadl, era hermana de Maymuna. Abbas —que Allah esté complacido con él— casó a Maymuna con el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Se encargó a Abu Rafiʿ traer a Maymuna. Después de que el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegó a un lugar llamado Sarif, Maymuna fue llevada ante él. [Zad al-Maʿad, tomo 2, p. 152]

¿Por qué esta ʿumrah recibió el nombre de ʿumrah al-Qada? La razón es que esta ʿumrah era la ʿumrah compensatoria correspondiente a la época del tratado de Hudaybiyya. Esta ʿumrah se realizó conforme al tratado de Hudaybiyya. Esta es la explicación más digna de consideración. [Zad al-Maʿad, tomo 1, p. 172; Fath al-Bari, tomo 7, p. 500] Además, esta ʿumrah recibe cuatro nombres: ʿumrah al-Qada, ʿumrah al-Qadiya, ʿumrah al-Qisas y ʿumrah al-Sulh. [Fath al-Bari, tomo 7, p. 500]

Algunas otras expediciones

1. Expedición de Abu al-Awja

Mes de dhu al-hiyya del séptimo año de la Hégira

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a cincuenta compañeros, bajo el mando de Abu al-Awja, a la tribu de Banu Salim para invitarla al islam. Después de recibir la invitación al islam, dijeron: «No necesitamos aquello a lo que nos invitáis». Luego entablaron una batalla encarnizada. El comandante Abu al-Awja resultó herido en esta batalla. Finalmente, los musulmanes regresaron llevando cautivos a dos soldados enemigos.

2. Expedición de Ghalib ibn Abd Allah

Mes de safar del octavo año de la Hégira

Doscientos compañeros fueron enviados, bajo el mando de Ghalib ibn Abd Allah, a la zona de Fadak, al lugar donde habían sido asesinados los compañeros de Bashil ibn Sa‘d. Se apoderaron de los rebaños del enemigo y mataron a varios soldados enemigos.

3. Expedición de Dhat Atlah

Rabí al-Awwal del octavo año de la Hégira

El relato de esta expedición es el siguiente: los miembros de la tribu de Banu Quda‘a habían reunido a numerosas personas para atacar a los musulmanes. Al recibir esta noticia, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió a quince compañeros bajo el mando de Ka‘b ibn ‘Umair. Los nobles compañeros los invitaron al islam, pero, en lugar de aceptarlo, comenzaron a disparar flechas contra los compañeros. Como resultado, estos fueron martirizados. Solo uno de los compañeros fue rescatado con vida de entre los muertos. [Rahmatul lil-‘Alamín, vol. 2, pág. 231]

4. Expedición de Dhat Irq

El mes de Rabí al-Awwal del octavo año de la Hégira

La razón de esta expedición fue que los miembros de la tribu de Banu Hawazin causaban molestias repetidamente. Por ello, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió a veinticinco compañeros bajo el mando de Shuja‘ ibn Wahab al-Asadi. Estos condujeron consigo los rebaños del enemigo. Sin embargo, no hubo ningún enfrentamiento. [Ibíd., Talaqihul Fuhum, pág. 33]

La batalla de Mu’ta

Mutah es una localidad cercana a la región de Balqa, en Jordania. Desde este lugar, la distancia hasta Bayt al-Maqdis es de apenas dos manzils. La batalla de Mutah tuvo lugar precisamente aquí.

De todas las batallas en las que participaron los musulmanes durante la vida del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), esta fue la más sangrienta. Esta batalla abrió el camino para la conquista de los países dominados por los cristianos. Tuvo lugar en Yumada al-Awwal del octavo año de la Hégira, es decir, en el año 629 d. C., o en el mes de septiembre.

Causa de la batalla

La causa de esta expedición fue que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) envió a Hariz ibn Umayr al-Azdi con una carta para el gobernador de Bosra. En aquel entonces, Shurahbil ibn Amr al-Gassani, gobernador del César de Roma, estaba destinado en la región de Balqa. Este malhechor arrestó al enviado del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), lo ató fuertemente y lo asesinó. Cabe recordar que matar a un embajador o a un enviado ordinario es un delito grave. Se considera equivalente a una declaración de guerra, e incluso más grave que eso.

Por esta razón, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) quedó profundamente afligido al enterarse del asesinato de su enviado. Ordenó preparar tropas para apostarlas en aquella región. En consecuencia, se reunieron tres mil soldados. (Zad al-Ma‘ad, tomo 2, pág. 155; Fath al-Bari, tomo 7, pág. 511). Antes de esto, los musulmanes no habían reunido tres mil soldados en ninguna batalla, salvo en la batalla del Foso.

Instrucciones del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) a los comandantes

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) nombró a Zayd ibn Hariza (que Allah esté complacido con él) comandante de este ejército. Después dijo que, si Zayd moría, Ja‘far asumiría el mando, y si Ja‘far moría, Abdullah ibn Rawaha (que Allah esté complacido con él) sería nombrado comandante. (Sahih al-Bujari, tomo 2, pág. 611).

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) preparó una bandera blanca para el ejército musulmán y se la entregó a Zayd ibn Hariza. (Mukhtasar al-Sirah, del jeque Abdullah, pág. 327). Encomendó a los soldados que, al llegar al lugar donde había sido asesinado Hariz ibn Umayr, invitaran al islam a los habitantes de la zona. Si aceptaban el islam, estaría bien; pero si no lo aceptaban, debían pedir ayuda a Allah y combatir contra ellos. También dijo: «En el nombre de Allah, por la causa de Allah, combatid contra los incrédulos. No traicionéis ni cometáis deslealtad; no matéis a ninguna mujer, niño o anciano, ni a ningún asceta que se encuentre en una iglesia. No cortéis palmeras ni ningún otro árbol, y no destruyáis ningún edificio». (Rahmatul lil-Alamin, tomo 2, pág. 271).

La partida del ejército islámico

Cuando estaba a punto de partir el ejército islámico, los musulmanes comunes saludaron y se despidieron de los comandantes designados por el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. En ese momento, uno de los comandantes, el venerable Abdullah ibn Rawaha —que Allah esté complacido con él—, estaba llorando. Cuando le preguntaron la razón de su llanto, respondió: «Por Allah, no lloro por apego a este mundo ni por la relación que tengo con vosotros. Al oír al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— recitar un versículo del Noble Corán, lloro por temor al Infierno; lloro por temor al Infierno». En ese versículo, Allah, exaltado sea, dice: “Y ninguno de vosotros dejará de pasar por él; esto es una decisión ineludible de vuestro Señor”. (Sura de Maryam, aleya 71)

No sé cómo regresaré después de ser presentado ante el Infierno. Los musulmanes dijeron: «Que Allah, exaltado sea, os acompañe con seguridad. Que Allah, exaltado sea, os proteja y os haga regresar a nosotros con el botín». Entonces el venerable Abdullah recitó estos versos:

«Para pedir el perdón del Misericordioso

para los golpes de la espada que hacen brotar los sesos,

para la mano del que arroja la lanza, que desgarra intestinos y entrañas,

para recibir la fuerza de golpear y desgarrar

pido ayuda. Por el lado de mi tumba

Quienes vayan dirán: «Este es el gazí»

a quien Allah ha guiado y

quien ha recibido la guía

Después, los soldados musulmanes partieron. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) acompañó al ejército hasta Zaniyat al-Wadá y se despidió de los soldados (Ibn Hisham, vol. 2, pp. 373-374; Zad al-Ma’ad, vol. 2, p. 156; Mujtasar al-Sira, p. 327).

La crisis del ejército musulmán

Avanzando hacia el norte, los soldados musulmanes llegaron a una zona llamada Maán. Este lugar se encontraba en el territorio jordano vinculado con el Hiyaz. El ejército musulmán se estableció allí. Los espías musulmanes llegaron con la noticia de que el césar de Roma había reunido cien mil soldados romanos en Maab, en la región de Balqá. Además, bajo su estandarte se habían congregado otros cien mil soldados de las tribus de Lajm, Yudham, Balqayn, Bahra y Bali. Estos últimos cien mil constituían un ejército formado por diversas tribus árabes.

La reunión del consejo consultivo

Los musulmanes ni siquiera habían imaginado a qué formidable ejército se enfrentarían. En aquella región remota se encontraron realmente ante una situación crítica. Ante ellos se planteó claramente la cuestión: ¿se enfrentarían, con tres mil soldados, a doscientos mil? Sorprendidos y preocupados, los musulmanes deliberaron durante dos noches. Algunos opinaron que debían escribir al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) para informarle de la situación surgida. Entonces quizá enviaría tropas adicionales o daría alguna otra instrucción. En ese caso, podrían seguir dicha instrucción.

Hazrat Abdullah ibn Rawaha (que Allah esté complacido con él) rechazó firmemente esta propuesta. Dijo: «¡Oh, gente! Esto que queréis evitar es precisamente el martirio por el que habéis salido. Recordad que nuestro criterio para enfrentarnos al enemigo no se basa en el ejército, la fuerza ni la superioridad numérica. Luchamos por esa religión mediante la cual Allah, el Señor de los mundos, nos ha honrado. Por tanto, avancemos. Sin duda obtendremos una de dos bendiciones: quizá obtengamos la victoria o alcancemos el martirio y nuestra vida quede ennoblecida. Finalmente, se tomó una decisión conforme a la opinión de Abdullah ibn Rawaha.

Avance del ejército musulmán

Después de pasar dos noches en la zona llamada Ma’an, el ejército musulmán avanzó hacia el enemigo. En un lugar de Balqa llamado Masharif, se encontraron frente a las tropas de Heraclio. Cuando el enemigo avanzó aún más, los musulmanes se reunieron en un lugar llamado Mu’ta. Después, las tropas fueron dispuestas para la batalla. En el flanco derecho fue situado Qutba ibn Qatada al-Uzri, y en el izquierdo, Obada ibn Malik al-Ansari (que Allah esté complacido con él).

El martirio de los comandantes del ejército

En el lugar llamado Mu’ta estalló el enfrentamiento entre ambos bandos y se libró una batalla sumamente encarnizada. Apenas tres mil soldados musulmanes se enfrentaron en una guerra desigual contra doscientos mil soldados no musulmanes. Esta batalla fue asombrosa. La gente del mundo la contempló con absoluto asombro. Cuando continúa la valentía de la fe, también ocurren acontecimientos tan extraordinarios.

El primero en tomar el estandarte fue Hazrat Zayd ibn Haritha (que Allah esté complacido con él), uno de los más queridos por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Alcanzó el martirio demostrando un valor extraordinario. No se ha observado una muestra de valentía semejante en nadie que no fuera musulmán.

Después del martirio de Hazrat Zayd, Hazrat Ja’far ibn Abu Talib tomó el estandarte. Él también continuó luchando con un valor incomparable. En cierto momento de la intensa batalla, saltó del lomo de su caballo de color blanco y negro y comenzó a golpear a los enemigos. Cuando los golpes del enemigo le cortaron la mano derecha, comenzó a luchar con la izquierda. Sostuvo así el estandarte hasta alcanzar el martirio.

Se cuenta que un soldado romano lo golpeó con una espada de tal manera que su cuerpo quedó partido en dos. Allah, el Altísimo, le concedió dos alas en el Paraíso. Con la ayuda de esas alas, vuela por el Paraíso adondequiera que desea. Por ello recibió los títulos de «Ja’far al-Tayyar» y «Ja’far Dhu al-Janahayn». Tayyar significa «el que vuela», y Dhu al-Janahayn significa «el de las dos alas».

El imán Bujari menciona, por medio de Nafi, una narración de Abdullah ibn Umar (que Allah esté complacido con él). Él dijo: «El día de la batalla de Muta, después de que Hazrat Ya‘far alcanzara el martirio, conté las marcas de las heridas en su cuerpo. Tenía cincuenta heridas de flechas y espadas. Ninguna de ellas se encontraba en la parte posterior de su cuerpo».6[Fatḥ al-Bari, tomo 7, p. 512. Existe una diferencia en el número mencionado en ambas narraciones. La diferencia se reconcilia de la siguiente manera: el número es de 90, incluyendo las heridas de flecha.]

En otra narración se relata que Abdullah ibn Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Estuve con los musulmanes en la batalla de Muta. Busqué a Ya‘far ibn Abi Talib y lo encontré entre los muertos. Vi en su cuerpo más de noventa heridas de lanzas y flechas».7[La misma obra, la misma página]. Se ha narrado de Nafi que en la narración de Ibn Umar también se menciona: «Observé que todas estas heridas se encontraban en la parte frontal de su cuerpo».8[Fatḥ al-Bari, tomo 7, p. 512. Existe una diferencia en el número mencionado en ambas narraciones. La diferencia se reconcilia de la siguiente manera: el número es de 90, incluyendo las heridas de flecha.] Después de que Hazrat Abdullah ibn Rawaha (que Allah esté complacido con él) alcanzara el martirio en una batalla heroica, tomó el estandarte, montó a caballo y avanzó hacia delante. Tras cierta vacilación, recitó este poema:

«Oh, alma mía, alegre o afligida, sea como sea,

enfréntate. Ellos han encendido el fuego de la batalla,

han alzado las lanzas. ¿Por qué, desde el Paraíso,

quieres mantenerte alejada?»

Después, Hazrat Abdullah ibn Rawaha (que Allah esté complacido con él) continuó luchando con gran valentía. Su primo le entregó un hueso con carne adherida. Dio un mordisco y lo arrojó. Luego, mientras seguía luchando, alcanzó el martirio.

La espada de Allah

Después del martirio de Abdullah ibn Rawaha, un compañero llamado Zabit ibn Arqam, de la tribu de Banu Azlan, tomó el estandarte. Dijo: «¡Oh, musulmanes! Designad como comandante a alguien apto». Cuando los compañeros le pidieron al propio Zabit que asumiera el mando, él respondió: «No soy apto para esta tarea». Entonces los compañeros nombraron comandante a Jálid ibn al-Walid (que Dios esté complacido con él). Después de que tomó el estandarte, comenzó una encarnizada batalla. En Sahih al-Bujari se narra del propio Jálid ibn al-Walid (que Dios esté complacido con él) que dijo: «El día de la batalla de Mu’ta, nueve espadas se rompieron en mi mano. Después de eso, solo me quedó una pequeña espada yemení».9 [Sahih al-Bujari, capítulo sobre la batalla de Mu’ta, tomo 2, p. 611]

En otra narración se menciona, según sus propias palabras: «El día de la batalla de Mu’ta, nueve espadas se rompieron en mi mano. Después de eso, solo me quedó una pequeña espada yemení».10 [Misma obra, p. 612]

Mientras tanto, el Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— recibió mediante la revelación las noticias del campo de batalla antes de que le llegaran por medio de la gente. Dijo: «Zayd tomó el estandarte y fue martirizado. Después, Yáfar tomó el estandarte y fue martirizado. Después, Abdullah ibn Rawaha tomó el estandarte y también fue martirizado». En ese momento, los ojos del Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— se llenaron de lágrimas. Dijo: «Después tomó el estandarte una de las espadas de entre las espadas de Dios». Por medio de su combate, Dios Todopoderoso concedió la victoria a los musulmanes.11 [Misma obra, p. 611].

Fin de la batalla

A pesar de su valentía, bravura y espíritu de entrega, fue un hecho asombroso que solo tres mil soldados musulmanes resistieran frente a doscientos mil soldados no musulmanes. La valentía que Jálid ibn al-Walid (que Dios esté complacido con él) demostró en ese momento no tiene parangón en la historia.

Existe una considerable divergencia entre las narraciones acerca del desenlace de esta batalla. Después de leer todas las narraciones, se sabe que, hacia el final del primer día de combate, Jálid (que Dios esté complacido con él) se mantuvo firme frente a los soldados romanos. En ese momento estaba pensando en una nueva estrategia militar que permitiera influir en los romanos. El objetivo de esa estrategia era hacer retroceder gradualmente a los musulmanes. Sin embargo, había que procurar que, bajo ninguna circunstancia, los romanos pudieran perseguirlos. Pues, si los romanos los perseguían, sería muy difícil escapar de sus garras.

A la mañana siguiente, Jálid (que Dios esté complacido con él) reorganizó y redistribuyó las tropas. Trasladó los soldados del flanco derecho al izquierdo y los del flanco izquierdo a la retaguardia. Al observar estos cambios, los enemigos comenzaron a decirse entre sí que los musulmanes habían recibido refuerzos y que su fuerza había aumentado en comparación con antes.

Después de cambiar la disposición de las tropas, Jálid (que Dios esté complacido con él) hizo retroceder gradualmente a los musulmanes. Los soldados romanos no avanzaron para atacar a los musulmanes, porque pensaban que estos los estaban engañando: los llevarían al desierto y luego los derrotarían mediante un contraataque. Con esta idea, los soldados romanos no persiguieron a los musulmanes, sino que regresaron a su propio territorio. Mientras tanto, los musulmanes continuaron retrocediendo hasta llegar a Medina.12 [Fath al-Bari, tomo 7, pp. 513-514; Zad al-Ma’ad, tomo 2, p. 156.]

Número de bajas

En la batalla de Mu’ta, doce musulmanes alcanzaron el martirio. No se conoce el número de bajas entre los romanos. Sin embargo, al leer el relato de la batalla se comprende que sufrieron numerosas bajas. Esto se debe a que tan solo en manos del honorable Jálid se rompieron nueve espadas. Por ello, es fácil estimar el número de bajas entre los soldados enemigos.

El impacto de la batalla de Mu’ta

Aunque no fue posible llevar a cabo la expedición de Mu’ta con el propósito de vengarse, como resultado de esta batalla la fama y reputación de los musulmanes se extendieron ampliamente. Todo el mundo árabe quedó atónito de asombro. Esto se debió a que los romanos eran la mayor potencia de aquella época. Los árabes consideraban que enfrentarse a los romanos equivalía a un suicidio. Por tanto, no era en absoluto sencillo que tres mil soldados alcanzaran una gloriosa victoria mediante un enfrentamiento valeroso contra doscientos mil soldados, sin sufrir pérdidas significativas. El pueblo árabe llegó a comprender que los musulmanes eran completamente distintos de todas las potencias conocidas hasta entonces. La ayuda de Allah estaba con los musulmanes. Su líder, Muhammad Mustafa, que Allah le bendiga y le conceda paz, era sin duda el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Por esta razón, se observa que, después de la batalla de Mu’ta, varias tribus conocidas por su obstinación y arrogancia, y que eran enemigas acérrimas de los musulmanes, buscaron refugio bajo la sombra del islam. Entre las tribus más destacadas se encontraban Banu Salim, Ashya, Gatafán, Yibán y Fazarah.

Fue precisamente como consecuencia del sangriento enfrentamiento que comenzó con los romanos en vísperas de la batalla de Mu’ta que, posteriormente, la gloria de las victorias musulmanas se extendió por tierras lejanas.

La expedición de Dhat al-Salasil

Al enterarse del papel de cooperación desempeñado por diversas tribus árabes junto a los soldados romanos en la batalla de Mu’ta, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, consideró necesario adoptar una medida que llevara a los romanos y a las tribus árabes a extender la mano de la amistad hacia los musulmanes y a no pensar en reunir tropas de ningún tipo contra ellos en el futuro.

Con este propósito, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, escogió al honorable Amr ibn al-As, que Allah esté complacido con él. Su abuela era una mujer de la tribu de Bala. Después de la batalla de Mu’ta, en Yumada al-Thani del octavo año de la Hégira, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió al honorable Amr ibn al-As, que Allah esté complacido con él. Se dice que, mediante los espías, se recibió la noticia de que la tribu de Banu Quda’a había preparado numerosas tropas en las afueras de Medina para lanzar un ataque. Por estas razones, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a Amr ibn al-As, que Allah esté complacido con él.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— había ordenado que, al pasar por las zonas de Balí, Adhra y Balqín, el ejército musulmán pidiera ayuda a sus habitantes. El ejército musulmán viajaba durante la noche y se ocultaba durante el día. Cuando llegaron cerca del enemigo, descubrieron que este era muy numeroso. Entonces, Amr envió a Rafi‘ ibn Makiz al-Yuhani al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— con una carta solicitando ayuda. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió doscientos soldados bajo el mando de Abu Ubayda ibn al-Yarrah —que Allah esté complacido con él—. Entre ellos se encontraban Abu Bakr, Umar y destacados dirigentes de los ansar y los muháyirun. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó al comandante Abu Ubayda —que Allah esté complacido con él— que se reuniera con Amr ibn al-As y que ambos colaboraran estrechamente, sin discrepar en ningún asunto. Después de que Abu Ubayda llegara al lugar, quiso asumir el mando de todo el ejército. Pero Amr ibn al-As dijo: «El comandante soy yo; usted ha venido con tropas de apoyo». Abu Ubayda aceptó esto. A partir de entonces, también Amr ibn al-As, jefe del ejército, dirigió la oración.

Después de que llegaran las tropas de apoyo, alcanzaron la zona de Quda‘a y se dirigieron a un lugar distante de allí. En cierto momento estuvieron a punto de enfrentarse con el enemigo. Sin embargo, ante la inminencia del ataque de los musulmanes, estos huyeron rápidamente.

Después, Awf ibn Malik al-Ashya‘i fue enviado como emisario al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Le relató al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— el regreso seguro de los musulmanes y los pormenores de la expedición.

Yatí al-Salasil es un lugar situado frente a la llanura de Wadi al-Qura. Se encuentra a diez días de distancia de Medina. Ibn Ishaq dice que los musulmanes acamparon junto a un estanque llamado Salasil, perteneciente a la tribu de Yudham. Por eso esta expedición recibió el nombre de Yatí al-Salasil. 13 [Ibn Hisham, t. 2, pp. 623-626; Zad al-Ma‘ad, t. 2, p. 157]

La expedición de Jadra

El mes de Sha‘ban del octavo año de la Hégira

La razón de esta expedición fue que la tribu de Banu Gatafan estaba concentrando tropas en un lugar llamado Jadra, en la zona de la tribu de Muharib, en el interior de Nayდ. Para someterlos, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a quince compañeros bajo el mando de Abu Ubayda. Esta tropa mató a algunos enemigos, capturó a otros y obtuvo bienes del botín. La tropa enviada en esta expedición permaneció quince días fuera de Medina, bajo el mando de Abu Ubayda. 14 [Rahmat li-l-Alamin, t. 2, p. 233; Talqih al-Fuhum, p. 33].

Dijo: «(A pesar de haber obtenido la victoria,) hoy no habrá represalia contra vosotros; que Allah os perdone (por vuestra conducta pasada), (pues Él es el mejor de los misericordiosos)».

(Sura Yusuf: 92

 

6

A las puertas de la gran victoria: hoy no hay venganza

La conquista de La Meca

El imán Ibn Qayyim escribió: «Esta es la gran victoria mediante la cual Allah, el Altísimo, honró a los guardianes de Su religión. Además, liberó Su ciudad y Su Casa —la Casa que había convertido en medio de guía para la gente del mundo— de las manos de los incrédulos y los idólatras. Como consecuencia de esta victoria, una oleada de alegría se extendió entre los habitantes de los cielos. Gracias a esta victoria, la gente comenzó a entrar en la religión de Allah en grupos, y el rostro del universo resplandeció de felicidad». 1 [Zad al-Ma‘ad, tomo 2, p. 160]

La causa de la expedición

En la exposición sobre el tratado de Hudaybiyya se mencionó que una de sus cláusulas establecía que cualquiera podía, si lo deseaba, aliarse con el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— o con los qurayshíes.

Quien se uniera a uno de los dos grupos sería considerado parte de ese grupo. Si alguien lo atacaba o cometía cualquier otra forma de agresión, se consideraría un ataque contra dicho grupo.

Mediante este tratado, la tribu de Banu Juza’a quedó vinculada al Mensajero de Allah por lazos de alianza. La tribu de Banu Bakr quedó vinculada por la alianza con los qurayshíes. De este modo, ambas tribus quedaron protegidas una de la otra. Sin embargo, desde la época de la ignorancia preislámica habían existido disputas y conflictos entre ambas tribus en distintas ocasiones. Más tarde, con la aparición del islam y después del tratado de Hudaybiyya, ambas tribus enfrentadas habían quedado a salvo y tranquilas respecto una de la otra. La tribu de Banu Bakr consideró una oportunidad ventajosa este tratado y se preparó para vengarse de la antigua enemistad contra Banu Juza’a. Nawfal ibn Muawiya al-Dili atacó a la tribu de Banu Juza’a el día 8 del mes de Shaabán, junto con un grupo de Banu Bakr. En aquel momento, los miembros de Banu Juza’a se encontraban junto a un estanque llamado Watir. En el ataque sorpresa murieron varios miembros de Banu Juza’a. Después también se produjo un enfrentamiento entre ambos bandos. Los qurayshíes ayudaron con armas a Banu Bakr en este ataque. Algunos qurayshíes aprovecharon la oscuridad de la noche, se mezclaron con Banu Bakr y también atacaron al adversario. Los agresores persiguieron a los miembros de Banu Juza’a y los llevaron cerca del Santuario. Allí los hombres de Banu Bakr dijeron: «¡Oh, Nawfal! Ahora entraremos en el Santuario Sagrado. ¡Por vuestro dios y por vuestra adoración!». En respuesta, Nawfal dijo: «Hoy no hay ningún dios; tomad vuestra venganza. ¡Por mi vida!, podéis cometer robos en el Santuario Sagrado, pero ¿no podéis vengaros?»

Mientras tanto, los miembros de la tribu de Banu Juza’a llegaron a La Meca y se refugiaron en las casas de Budayl ibn Warqa al-Juza’i y de Rafi, un esclavo liberado de este último. Amr ibn Salim al-Juza’i salió de allí, se dirigió a Medina y se presentó ante el Mensajero de Allah. En aquel momento, él se encontraba en la Mezquita del Profeta con sus compañeros. Amr ibn Salim dijo: «¡Oh, Señor! Apelo ante Muhammad, el Mensajero de Allah, a su pacto y al antiguo compromiso de su padre (2: se alude al compromiso mantenido desde tiempos remotos entre Banu Juza’a y Banu Abd al-Muttalib). ¡Oh, Mensajero! Vosotros erais los descendientes y nosotros éramos los progenitores (3: se alude a que Habba, la esposa de Qusayy, es decir, la madre de Abd Manaf, era hija de la tribu de Banu Juza’a. Por ello, toda la familia del Profeta fue considerada descendiente de Banu Juza’a). Después aceptamos la obediencia y nunca desobedecimos. ¡Que Allah os guíe! Prestadnos toda la ayuda; llamad a los siervos de Allah y ellos acudirán en vuestra ayuda. Entre ellos también estará el Mensajero de Allah, hermoso como la luna llena naciente. Si se comete una injusticia contra él, su rostro se enrojece y adquiere una expresión severa. Iréis al encuentro de un ejército formidable, que avanzará como las olas espumosas de un mar agitado. Sabed con certeza que los qurayshíes han violado el pacto concertado con vosotros y han quebrantado su compromiso. Tendieron una trampa para mí en un lugar llamado Kuda y pensaron que no pediría ayuda a nadie. Sin embargo, son viles y pocos en número. Atacaron de noche, en la oscuridad, en un lugar llamado Aṭar, y nos mataron mientras estábamos inclinados y postrados. Es decir, habíamos aceptado el islam y, aun así, fuimos asesinados.»

Después de escuchar esta denuncia, el Mensajero de Allah dijo: «¡Oh, Amr ibn Salim, has sido auxiliado!». Entonces apareció en el cielo un fragmento de nube. El Mensajero de Allah dijo: «Esta nube ha aparecido como buena noticia del auxilio a Banu Ka’b».

Después, una delegación de la tribu de Banu Juza’a, encabezada por Budayl ibn Warqa al-Juza’i, llegó a Medina e informó al Mensajero de Allah de quiénes habían sido asesinados. También le informaron de cómo los qurayshíes habían ayudado a la tribu de Banu Bakr. Después regresaron a La Meca.

Intento de renovar el tratado

Lo que habían hecho los qurayshíes y sus aliados constituía una violación manifiesta y una traición al tratado de Hudaybiyya. No podía alegarse ninguna justificación válida para ello. Los propios qurayshíes comprendieron muy pronto que habían violado el tratado. Pensando en las consecuencias de esta traición, convocaron un consejo. En aquella reunión se decidió por unanimidad enviar a su líder, Abu Sufyan, a Medina para renovar el tratado de Hudaybiyya.

El Mensajero de Allah ya había informado a sus compañeros de las acciones que emprenderían los qurayshíes después de violar el tratado. Había dicho: «Es como si viera a Abu Sufyan llegando a Medina para consolidar el tratado y prolongar su vigencia».

Mientras tanto, cuando Abu Sufyan llegó a un lugar llamado Usfan, en dirección a Medina, se encontró con Budayl ibn Warqa. Budayl viajaba de Medina a La Meca.

Abu Sufyán pensó que Budayl venía del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Aun así, le preguntó: «¿De dónde vienes, Budayl?». Budayl respondió: «Fui con los Juza’a a aquella costa». Abu Sufyán preguntó: «¿Acaso no fuiste a ver a Muhammad?». Budayl respondió: «No». Después de que Budayl tomara el camino de La Meca, Abu Sufyán dijo: «Si Budayl estuvo en Medina, entonces debió de alimentar a su camello con dátiles de Medina». Luego Abu Sufyán fue al lugar donde Budayl había hecho arrodillarse a su camello, removió los excrementos que este había dejado y encontró allí huesos de dátiles de Medina. Entonces dijo: «Juro por Allah que Budayl fue a ver a Muhammad».

En resumen, Abu Sufyán fue a Medina y se dirigió a la casa de su hija, Umm Habiba. Abu Sufyán iba a sentarse en el lecho del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Al verlo, Umm Habiba (que Allah esté complacido con ella) recogió de inmediato el lecho. Abu Sufyán dijo: «Hija mía, ¿no me consideraste digno de este lecho o no consideraste este lecho digno de mí? Desde que te separaste de mí, te has vuelto mala».

Umm Habiba (que Allah esté complacido con ella) respondió: «Este es el lecho del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y usted es un politeísta impuro». Abu Sufyán dijo: «¡Por Dios! Desde que te separaste de mí, te has vuelto mala».

Después, Abu Sufyán salió de allí, fue a ver al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y habló con él. El Mensajero de Allah no le respondió. Abu Sufyán fue a ver a Abu Bakr y le pidió que hablara con el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) se negó. Abu Sufyán fue entonces a ver a Umar (que Allah esté complacido con él) y le pidió que hablara con el Mensajero de Allah sobre el asunto de ellos. Umar respondió: «¿Por qué habría de interceder por vosotros ante el Mensajero de Allah? Juro por Allah que, aunque no encontrara nada más que un trozo de madera, combatiría contra vosotros con ese trozo». Después, Abu Sufyán fue a ver a Ali (que Allah esté complacido con él). Fátima (que Allah esté complacido con ella) estaba allí, y también Hasan, que entonces era pequeño y estaba aprendiendo a caminar. Abu Sufyán dijo: «¡Oh, Ali! Mi parentesco contigo es el más estrecho. He venido por una necesidad. He venido desesperado y no quiero regresar desesperado. Intercede un poco por mí ante Muhammad». Ali (que Allah esté complacido con él) respondió: «Abu Sufyán, siento compasión por ti. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ha tomado una decisión sobre un asunto, y no podemos hablar con él al respecto». Abu Sufyán miró a Fátima (que Allah esté complacido con ella) y dijo: «¿Puedes ordenar a este hijo tuyo que proclame protección para la gente y se convierta para siempre en el jefe de los árabes?». Fátima respondió: «Juro por Allah que mi hijo aún no está capacitado para hacer una proclamación que lo convierta en líder de la gente. Además, nadie puede conceder protección en presencia del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él)».

Después de que todos sus esfuerzos fracasaran, todo se oscureció ante los ojos de Abu Sufyán. Con el corazón agitado por la duda y la voz temblorosa, dijo a Ali (que Allah esté complacido con él): «Abul Hasan, veo que el asunto se ha complicado. Así que dime alguna salida». Ali respondió: «Juro por Allah que no conozco nada beneficioso para ti. Tú eres el jefe de la tribu de Kinana. Levántate y proclama protección para la gente, y después regresa a tu país». Abu Sufyán preguntó: «¿Crees que eso será beneficioso para mí?». Ali (que Allah esté complacido con él) respondió: «No, no lo creo. Sin embargo, no parece haber otra salida». Entonces Abu Sufyán se puso de pie en la mezquita y proclamó: «¡Oh, gente! Declaro protección para vosotros». Luego montó en su camello y regresó a La Meca.

Cuando llegó ante los qurayshíes, estos lo rodearon y le preguntaron por las noticias de Medina. Abu Sufyán respondió: «Hablé con él, pero no me respondió. Fui ante el hijo de Abu Quhafa, pero no encontré nada bueno en él. Fui ante Umar ibn al-Jattab, y me pareció el enemigo más implacable. Fui ante Ali, y me pareció el más afable. Me dio un consejo y actué conforme a él. No sé si será beneficioso». La gente preguntó: «¿Cuál fue ese consejo?». Abu Sufyán respondió: «Ali me aconsejó que proclamara protección, y finalmente eso hice».

Los qurayshíes dijeron: «¿Acaso Muhammad declaró válida tu proclamación de protección?». Abu Sufyán respondió: «No, no lo hizo». Los qurayshíes dijeron: «¡Que perezcas! Ali simplemente se burló de ti». Abu Sufyán respondió: «Juro por Allah que no tenía otra salida».

Según el relato de al-Tabarani, los preparativos para la expedición a La Meca se conocieron cuando, tres días antes de que llegara la noticia de la traición de los qurayshíes, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) pidió a Aisha (que Allah esté complacido con ella) que preparara su equipaje. Sin embargo, le aconsejó mantener el asunto en secreto. Después, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) preguntó a Aisha (que Allah esté complacido con ella): «Hija mía, ¿para qué son estos preparativos?». Aisha respondió: «No lo sé, padre». Abu Bakr dijo: «No es momento de luchar contra los romanos. Entonces, ¿hacia dónde pretende dirigirse el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él)?». Aisha respondió: «No lo sé, padre». En la mañana del tercer día llegó Amr ibn Salim al-Juzai acompañado de cuarenta jinetes. Recitó varias líneas de poesía, por lo que los oyentes comprendieron que los qurayshíes habían traicionado el pacto. Después llegó Budayl y luego Abu Sufyán. Así, los Compañeros comprendieron la situación. Entonces el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo a los Compañeros que debían marchar a La Meca. Inmediatamente hizo esta súplica: «¡Oh Allah! Dispón que los espías y los qurayshíes no reciban la noticia de nuestra marcha. Haz que no comprendan ni sepan nada hasta que nos acerquemos a los habitantes de La Meca».

Para mantener el secreto, en el mes de Ramadán del octavo año de la Hégira, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió una sariya de ocho Compañeros bajo el mando de Abu Qatada ibn Rabi a un lugar llamado Batn Azam. Este lugar se encuentra entre Dhi-Khashab y Dhi al-Marrar. Está a una distancia de treinta y seis millas de Medina.

El propósito de enviar este pequeño destacamento era que quienes entendieran comprendieran que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se dirigiría al lugar mencionado. Esta noticia se difundiría por todas partes. Cuando el pequeño destacamento llegó al lugar indicado, recibió la noticia de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, había partido en dirección a La Meca. Al enterarse, ellos también se unieron a la caravana del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz.⁴ Esta era la sariya que se encontró con Amir ibn Abtat. Amir saludó conforme al rito islámico. Sin embargo, debido a una antigua enemistad, Mihlam ibn Juthama mató a Amir y se apropió de su camello y de sus demás bienes. Entonces fue revelado este versículo del Corán: «No digas a quien te saluda: “No eres creyente”». Después, los honorables Compañeros solicitaron al Mensajero de Allah que suplicara el perdón para Mihlam ibn Juthama. Cuando Mihlam se presentó ante el Mensajero de Allah, este dijo: «¡Oh Allah, que Mihlam no sea perdonado!». Repitió estas palabras tres veces. Al oírlas, Mihlam se levantó y se limpió los ojos con su ropa. Ibn Ishaq dice que los miembros de la tribu de Mihlam afirmaron que, posteriormente, el Mensajero de Allah suplicó el perdón para Mihlam. Véase Zad al-Ma’ad, tomo II, pág. 151.

Mientras tanto, Hatib ibn Abi Balta’a intentó informar a los qurayshíes de los planes del Mensajero de Allah, escribiéndoles una carta. Contrató a una mujer, a cambio de dinero, para que llevara la carta a los qurayshíes de La Meca. La mujer ocultó la carta dentro de su moño y partió hacia La Meca. Entonces Allah informó de ello a Su amado Mensajero. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llamó a Ali, Miqdad, Zubayr y Abu Marthad al-Ghanawi y les dijo: «Id los cuatro a Rawda Khakh. Allí encontraréis a una mujer montada en un camello. Lleva consigo una carta. Esta carta ha sido enviada a los qurayshíes». Los cuatro Compañeros llegaron a Rawda Khakh y encontraron a la mujer. Le preguntaron: «¿Llevas alguna carta contigo?». La mujer lo negó. Los Compañeros registraron el palanquín del camello, pero no encontraron la carta. Entonces Ali dijo: «Juro por Allah que el Mensajero de Allah no ha mentido, y nosotros tampoco mentimos. O nos entregas la carta o te desnudaremos». Al oír esto, la mujer dijo: «De acuerdo, volveos un momento». Cuando los Compañeros se volvieron, la mujer se soltó el moño, sacó la carta y se la entregó. Ellos llevaron la carta al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Al hacer que la leyeran, comprobó que decía: «De parte de Hatib ibn Abi Balta’a para los qurayshíes». Con ella se había informado a los qurayshíes de la campaña del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, contra La Meca.⁵ El imán Suhayli ha mencionado acontecimientos de diversas batallas y ha citado el contenido de la carta. En ella estaba escrito: «Dicho esto: ¡Oh qurayshíes! El Mensajero de Allah se dirige hacia vosotros con un ejército. Aunque acudiera solo, Allah lo ayudaría y cumpliría la promesa que le hizo. Así pues, preocupaos por vuestra propia situación. Y la paz sea con vosotros».

Al-Waqidi escribió que Hatib les envió este mensaje a Suhayl ibn Amr, Safwan ibn Umayya e Ikrima: «El Mensajero de Allah ha anunciado a la gente que habrá una guerra. No sé si se dirigirá contra vosotros o hacia otro lugar. Deseo que esto sea considerado un favor que os he hecho».

Le preguntaron al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz: «Hatib, ¿qué significa esto?». Hatib respondió: «No os apresuréis a juzgarme. Juro por Allah que tengo fe en Allah y en Su Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz. No he apostatado ni ha habido cambio alguno en mí. La cuestión es que no pertenezco a la tribu de Quraysh. Vivía oculto entre ellos y actualmente mi familia se encuentra allí. No tengo con los qurayshíes ningún vínculo de parentesco que haga que se ocupen de mi familia. Por eso pensé en hacerles un favor, para que protegieran a mi familia. Todos los demás que están contigo y se dirigen a La Meca tienen allí parientes; esos parientes protegerán a sus familias». Al oír las palabras de Hatib, Umar dijo: «¡Oh Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz!, permíteme cortarle la cabeza. Este hombre ha traicionado a Allah y a Su Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz. Se ha convertido en un hipócrita». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Mira, él participó en la batalla de Badr. ¡Oh Umar!, ¿cómo puedes saberlo? Tal vez Allah se haya dirigido a quienes participaron en la batalla de Badr diciéndoles: “Haced lo que queráis; os he perdonado”». Al oír esto, los ojos de Umar se llenaron de lágrimas. Dijo: «Allah y Su Mensajero saben mejor». ⁶ Sahih al-Bujari, tomo I, pág. 422.

Así fue como Allah, el Señor de los mundos, hizo que los espías fueran descubiertos. Como resultado, ninguna información sobre los preparativos militares de los musulmanes pudo llegar a los qurayshíes.

El ejército musulmán se dirige hacia La Meca

El 10 de Ramadán del octavo año de la Hégira, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió hacia La Meca. Lo acompañaban diez mil Compañeros. Abu Ruhm al-Gifari fue designado para encargarse de Medina.

Después de avanzar algo más allá de Yuhfa, se encontraron con el tío del Mensajero de Allah, el venerable Abbas. Había abrazado el islam y emigraba a Medina con toda su familia. Al llegar a un lugar llamado Abwa, se encontró con su primo paterno Abu Sufyan ibn al-Harith y su primo materno Abdullah ibn Umayya. El Mensajero de Allah volvió el rostro. Ambos le habían causado muchos sufrimientos y solían componer poemas para difamarlo. Al ver esto, Umm Salama le dijo al Mensajero de Allah: «No es apropiado que tu primo paterno y tu primo materno sean las personas más despreciables ante ti».

Ali le dijo a Abu Sufyan ibn al-Harith y a Abdullah ibn Umayya: «Id ante el Mensajero de Allah y decidle lo mismo que los hermanos de José le dijeron a él. Sin duda, al Mensajero de Allah no le agradará que la respuesta de otra persona sea mejor que la suya». Los hermanos de José le dijeron: «¡Por Allah! Ciertamente Allah te ha preferido sobre nosotros, y nosotros fuimos ciertamente culpables». (Sura de José, aleya 91)

Abu Sufyan ibn al-Harith hizo eso. Al oír esta aleya, recitó después ante el Mensajero algunos versos de poesía, cuyo significado es: «Por tu vida, cuando levanté el estandarte con la intención de hacer que el jinete de Lat triunfara sobre el jinete de Muhammad, mi estado era como el de un viajero perdido en la noche. Pero ahora ha llegado el momento de que sea guiado; ahora soy digno de recibir la guía. En lugar de mi propia pasión, un guía me ha guiado y me ha mostrado el camino de Allah, aunque hasta entonces siempre había ignorado este camino».

Al oír esto, el Mensajero de Allah, emocionado, le dio una palmada en el pecho a Abu Sufyan y le dijo: «Me ignoraste en todos los asuntos». 7[Más tarde, Abu Sufyan ibn al-Harith se convirtió en un buen musulmán. Se dice que, después de abrazar el islam, por vergüenza no levantaba los ojos para mirar al Mensajero. El Mensajero de Allah también lo amaba y le anunciaba la buena noticia del Paraíso. Decía: «Espero que Abu Sufyan sea como Hamza». Cuando llegó el momento de su muerte, dijo: «No lloréis por mí. Desde que abracé el islam, no he pronunciado ninguna palabra que pudiera considerarse un pecado». (Zad al-Ma’ad, tomo 2, pp. 162-163)]

El ejército musulmán en Marr al-Zahran:

El Mensajero de Allah continuó su viaje. Él y todos los nobles Compañeros estaban ayunando. Al llegar al manantial de Qudayd, situado entre Asfan y Qudayd, el Mensajero de Allah rompió el ayuno. 8[ Sahih al-Bujari, tomo 2] Al verlo, los Compañeros también rompieron el ayuno.

Después comenzaron nuevamente el viaje. Durante la primera vigilia de la noche llegaron a Marr al-Zahran, es decir, la llanura de Fatima. Por orden del Mensajero de Allah, los Compañeros encendieron fuegos por separado. Se cocinaba en diez mil fogones. El Mensajero de Allah encargó al venerable Umar la tarea de vigilar.

Abu Sufyan ante el Mensajero de Allah:

Después de acampar en Mar al-Zahran, el honorable Abbas —que Allah esté complacido con él— salió a recorrer los alrededores montado en la mula blanca del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Quería, si encontraba a alguien, enviar noticias a La Meca, para que los coraichitas acudieran al Mensajero y solicitaran protección antes de que entrara en La Meca.

Mientras tanto, Allah había impedido que llegara cualquier tipo de noticia a los coraichitas. Por eso, los habitantes de La Meca no pudieron enterarse de nada. Sin embargo, pasaban los días dominados por el miedo y la preocupación. Abu Sufyan había salido e intentaba averiguar si podía obtener alguna noticia nueva. En aquel momento había salido acompañado de Hakim ibn Hazam y Budayl ibn Warqa para tratar de recoger información.

El honorable Abbas —que Allah esté complacido con él— dijo: «Iba montado en la mula del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. De repente, oí la conversación de Abu Sufyan y Budayl ibn Warqa. Abu Sufyan decía: “Por Allah, nunca antes había visto tantos fuegos y un ejército tan numeroso como los de hoy”. Budayl ibn Warqa respondió: “Por Allah, son los Banu Juza’a. La guerra los ha dejado completamente derrotados”. Abu Sufyan dijo: “Los Banu Juza’a no pueden tener tantos fuegos ni un ejército tan enorme”».

El honorable Abbas —que Allah esté complacido con él— dijo: «Al reconocer la voz de Abu Sufyan, pregunté: “¿Eres tú, Abu Hanzala?”. Abu Sufyan reconoció mi voz y dijo: “¿Eres tú, Abul Fadl?”. Respondí: “Sí”. Abu Sufyan preguntó: “¿Qué ocurre? Que mis padres sean sacrificados por ti”. Respondí: “El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ha llegado con todo su ejército. ¡Qué desastrosa situación para los coraichitas!”. Abu Sufyan dijo: “¿Qué se puede hacer ahora? Que mis padres sean sacrificados por ti”. Respondí: “Si te encuentran, te cortarán la cabeza. Monta detrás de mí en esta mula. Te llevaré ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y obtendré protección para ti”. Entonces Abu Sufyan montó en la mula y se sentó detrás de mí. Sus otros dos compañeros regresaron».

El honorable Abbas —que Allah esté complacido con él— dijo: «Partí llevando conmigo a Abu Sufyan. Cada vez que nos acercábamos a un grupo, la gente preguntaba: “¿Quién va ahí?”. Pero al verme montado en la mula del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, decían: “Es el tío del Mensajero de Allah, montado en su propia mula”. Pasábamos junto a Umar ibn al-Jattab. Él preguntó: “¿Quién es?”. Dicho esto, se acercó a mí. Al ver a Abu Sufyan detrás de mí, dijo: “¿Abu Sufyan? ¿El enemigo de Allah? Alabado sea Allah, Abu Sufyan ha caído en nuestras manos sin ningún enfrentamiento”. Después de decir esto, el honorable Umar corrió hacia el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Yo también apresuré la marcha de la mula. Bajé de ella y me dirigí hacia el Mensajero de Allah. Entretanto, llegó el honorable Umar —que Allah esté complacido con él—. En cuanto llegó, dijo: “Oh, Mensajero de Allah, ahí está Abu Sufyan. Permíteme cortarle la cabeza”. El honorable Abbas —que Allah esté complacido con él— dijo: “Oh, Mensajero de Allah, yo le he concedido protección a Abu Sufyan”. Después toqué la cabeza del Mensajero de Allah y dije: “Por Allah, esta noche nadie podrá hablarte en privado salvo yo”. Cuando el honorable Umar insistió repetidamente en pedir permiso para matar a Abu Sufyan, dije: “Detente, Umar. Si Abu Sufyan perteneciera a los Banu Adi ibn Ka’b, no hablarías así”. El honorable Umar dijo: “Detente, Abbas. Por Allah, que tú hayas aceptado el islam me complace más que el islam de mi padre, Jattab, y la única razón es que tu aceptación del islam complace más al Mensajero de Allah que la aceptación del islam por parte de mi padre, Jattab».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Abbas, lleva a Abu Sufyan a tu tienda y tráemelo por la mañana». Siguiendo la orden del Mensajero de Allah, llevé a Abu Sufyan a mi tienda. Por la mañana, lo llevé ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. El Mensajero de Allah dijo: «Abu Sufyan, ¡ay de ti! ¿Todavía no ha llegado para ti el momento de comprender que no hay ninguna divinidad excepto Allah?». Abu Sufyan respondió: «Que mis padres sean sacrificados por ti. ¡Cuán generoso, magnánimo y misericordioso eres! He comprendido perfectamente que, si hubiera alguna divinidad aparte de Allah, de nada serviría en este momento».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Abu Sufyan, ¿todavía no ha llegado para ti el momento de comprender que yo soy el Mensajero de Allah?». Abu Sufyan respondió: «Que mis padres sean consagrados a ti. ¡Qué noble eres y qué misericordioso eres con tus parientes! Aún albergo algunas dudas sobre la cuestión que me has planteado». El honorable Abbas —que Allah esté complacido con él— dijo: «¡Acepta el islam antes de que llegue el momento de que te corten la cabeza! Da testimonio de que nadie merece ser adorado excepto Allah y de que Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— es el Mensajero de Allah». Después de que el honorable Abbas dijera esto, Abu Sufyan aceptó el islam y dio testimonio de la verdad.

El honorable Abbas dijo: «Oh, Mensajero de Allah, Abu Sufyan es un hombre de posición honorable, así que solicito que se le conceda algún honor». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «Está bien. Quien entre en la casa de Abu Sufyan estará a salvo; quien cierre por dentro la puerta de su propia casa estará a salvo; y quien entre en la Casa Sagrada también estará a salvo».

El ejército islámico hacia La Meca:

La mañana del 17 de Ramadán del octavo año de la Hégira, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió de Marraz Zahrán en dirección a La Meca. Le dijo a su tío, Hadrat Abbas, que dejara a Abu Sufyan de pie al pie de la montaña de la llanura. Así, Abu Sufyan podría ver a los soldados de Allah que pasaran por aquel camino. Hadrat Abbas hizo lo que se le había ordenado. Mientras tanto, las distintas tribus avanzaban con sus estandartes. Cada vez que pasaba una tribu, Abu Sufyan preguntaba: «Abbas, ¿quiénes son?». Hadrat Abbas respondía, por ejemplo: «Son los Banu Salim». Abu Sufyan decía: «¿Qué relación tengo yo con los Banu Salim?». Cuando pasaba otra tribu por el camino, Abu Sufyan preguntaba: «¿Quiénes son estos?». Hadrat Abbas respondía: «Son de la tribu de Muzayna». Abu Sufyan decía: «¿Qué relación tengo yo con la tribu de Mazniya?». Una tras otra, todas las tribus pasaron delante de Abu Sufyan. Cada vez que pasaba una tribu, preguntaba quiénes eran y, después de conocer su identidad, decía: «¿Qué relación tengo yo con ellos?». Después avanzaron el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, junto con los emigrados y los ansar. Solo se veían cascos de hierro. Abu Sufyan dijo: «¡Subhan Allah! ¿Quiénes son estos?». Hadrat Abbas respondió: «Avanza el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, acompañado de los ansar y los emigrados». Abu Sufyan dijo: «¿Quién tiene fuerzas para luchar contra ellos? Abu’l-Fadl, el reino de tu sobrino se ha vuelto formidable». Hadrat Abbas respondió: «Abu Sufyan, esto es la profecía». Abu Sufyan dijo: «Sí, ahora eso es lo que se dirá».

En ese momento ocurrió otro hecho. Hadrat Sa’d llevaba el estandarte de los ansar. Al pasar delante de Abu Sufyan, Hadrat Sa’d dijo: «Hoy es el día del derramamiento de sangre y de los golpes. Hoy se hará lícito lo sagrado. Allah ha decretado hoy la humillación de los coraichitas». Después, cuando pasó el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, Abu Sufyan dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah, que Allah te bendiga y te conceda paz!, ¿has oído lo que ha dicho Sa’d?». El Mensajero de Allah preguntó: «¿Qué ha dicho Sa’d?». Abu Sufyan respondió: «Ha dicho esto y aquello». Al oírlo, Hadrat Uthman y Hadrat Abdurrahman ibn Awf dijeron: «¡Oh, Mensajero de Allah, que Allah te bendiga y te conceda paz!, tememos que Sa’d inicie una matanza entre los coraichitas». El Mensajero de Allah dijo: «No; hoy es el día en que se honrará la Kaaba. Hoy es el día en que Allah concederá honor a los coraichitas». Entonces el Mensajero de Allah envió a un compañero para que tomara el estandarte de manos de Hadrat Sa’d y se lo entregara a su hijo Qays. De este modo, parecía que el estandarte seguía en manos de Hadrat Sa’d. En otra narración se menciona que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, entregó el estandarte a Hadrat Zubayr.

A las puertas de los coraichitas:

Después de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pasara delante de Abu Sufyan, Hadrat Abbas dijo: «Abu Sufyan, ahora ve junto a tu pueblo». Abu Sufyan llegó rápidamente a La Meca y gritó con voz fuerte: «¡Oh, coraichitas! Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, ha venido contra vosotros con tantos soldados que es imposible enfrentarse a ellos. Por tanto, quien entre en la casa de Abu Sufyan estará a salvo». Al oír esto, la esposa de Abu Sufyan, Hind bint Utba, se levantó, se acercó y, tirando del bigote de Abu Sufyan, dijo: «¡Matad a este viejo! ¡Que perezca este viejo que trae malas noticias!»

Abu Sufyan dijo: «¡Que perezcáis! Mirad, no dejéis que esta mujer os engañe respecto a salvar vuestras vidas. Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, ha venido con un ejército tan enorme que de ningún modo es posible enfrentarse a él. Por tanto, quienes entren en la casa de Abu Sufyan estarán a salvo». La gente dijo: «¡Que Allah te destruya! ¿Cuántos de nosotros podremos entrar en tu casa?». Abu Sufyan respondió: «También estarán a salvo quienes cierren por dentro las puertas de sus casas. Y quienes entren en la Mezquita Sagrada también estarán a salvo». Al oír esto, la gente comenzó a correr hacia sus casas y hacia la Mezquita Sagrada, es decir, hacia la Kaaba. Sin embargo, los intrigantes coraichitas incitaron a algunos alborotadores y revoltosos, diciéndoles: «Os hemos empujado al frente. Si los coraichitas obtienen algún éxito, nos uniremos a ellos. Si resultáis heridos, os daremos todo lo que nos pidáis». Como líderes de aquellos necios alborotadores y revoltosos que se prepararon para luchar contra los musulmanes fueron designados Ikrima ibn Abi Yahl, Safwan ibn Umayya y Suhayl ibn Amr. Bajo el mando de estos tres, un grupo de coraichitas se reunió en Khandama. Entre ellos se encontraba también un hombre de la tribu de Banu Bakr llamado Hammas ibn Qays. Anteriormente se dedicaba a reparar armas. Un día, mientras reparaba sus armas, su esposa le preguntó: «¿Para qué es esta preparación?». Hammas respondió: «Para enfrentarme a Muhammad y a sus compañeros». Al oírlo, su esposa dijo: «¡Por Allah! Nadie puede enfrentarse a Muhammad y a sus compañeros». Hammas dijo: «¡Por Allah! Espero poder traer a algunos de sus compañeros como esclavos tuyos. Si hoy vienen a enfrentarse a nosotros, no tendré excusa para no combatirlos. Tengo armas completas: lanzas afiladas y espadas de doble filo». Este hombre también estuvo presente en la batalla de Khandama.

En Dhi Tuwa

Mientras tanto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió de Marraz Zahrán y llegó a Dhi Tuwa. En ese momento mantenía la cabeza inclinada con humildad y gratitud debido al honor que Allah le había concedido. En Dhi Tuwa organizó a sus tropas. Colocó a Jalid ibn al-Walid a su derecha. Allí se encontraban las tribus de Aslam, Sulaym, Ghifar, Muzayna y varias otras tribus árabes. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó a Jalid ibn al-Walid que entrara por la zona baja de La Meca. Le dijo a Jalid: «Si alguno de los coraichitas se interpone, mátalo. Después, ve a Safa y reúnete conmigo».

Dejó a Hazrat Zubayr ibn al-Awwam a la izquierda. Él llevaba el estandarte del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, le ordenó entrar en la zona elevada de La Meca, es decir, Kuday, plantar en Hajun el estandarte que le había entregado y esperar allí hasta su llegada.

Hazrat Abu Ubayda estaba encargado de dirigir a quienes habían venido a pie. El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, le ordenó avanzar por el extremo del valle y descender con ellos en La Meca.

Entrada del ejército islámico en La Meca:

Después de recibir las instrucciones del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, los comandantes se dirigieron con sus respectivos soldados a los lugares asignados.

Los paganos que se encontraban en el camino de Hazrat Jalid y sus compañeros fueron enfrentados y abatidos. Qarz ibn Yabir al-Fihri y Junays ibn Jalid ibn Rabi’a, compañeros de Hazrat Jalid, alcanzaron el martirio. Ambos se habían separado del ejército y habían tomado otro camino. Allí fueron asesinados. En Jandama, los rebeldes de Quraysh se enfrentaron a Hazrat Jalid y sus compañeros. Durante un rato hubo un enfrentamiento entre ambos bandos. En él murieron doce paganos. Este suceso llenó de terror los corazones de los coraichitas. Hammad ibn Qays, decidido a combatir contra los musulmanes, corrió a su casa y cerró la puerta. Le dijo a su esposa: «Mantén la puerta cerrada; no la abras». Su esposa le dijo: «¿Dónde ha quedado aquella jactancia tuya?». Hammad ibn Qays respondió: «¡Ay de mí! Safwan e Ikrima han huido precipitadamente. Fuimos recibidos con espadas desenvainadas. Aquellas espadas cortaban cuellos y cabezas de tal manera que no se oía nada salvo los desgarradores gritos de los muertos y el alboroto».

Después de enfrentarse a los enemigos en Jandama, Hazrat Jalid, que Dios esté complacido con él, recorrió distintas zonas de La Meca, llegó a Safa y se reunió con el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz.

Mientras tanto, Hazrat Zubayr, que Dios esté complacido con él, avanzó al frente, plantó el estandarte del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, cerca de la mezquita de Fath, en Hayul, y construyó una cúpula para que él se alojara. Después permaneció allí hasta que llegó el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz.

Entrada en la Casa Sagrada y retirada de los ídolos:

Después, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— entró en la Mezquita Sagrada, la noble Casa de Allah, acompañado por los ansar y los emigrados. Primero besó la Piedra Negra. Luego realizó el tawaf alrededor de la Kaaba. En ese momento llevaba un bastón en la mano.

En aquel momento había trescientas sesenta estatuas alrededor de la Kaaba y sobre su techo. El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— las golpeaba con el bastón que llevaba en la mano mientras recitaba: «Ha llegado la verdad y se ha desvanecido la falsedad; ciertamente, la falsedad está destinada a desaparecer».

También recitaba este versículo del Sagrado Corán: «Ha llegado la verdad y el movimiento de la falsedad ha llegado a su fin».

El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— realizó el tawaf montado en su camella y, como no se encontraba en estado de ihram, realizó únicamente el tawaf. Después de terminarlo, llamó a Uzmán ibn Talha —que Allah esté complacido con él— y tomó de él la llave de la Kaaba. Luego, siguiendo las instrucciones del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, se abrió la Kaaba. Al entrar, vio numerosas imágenes. Entre ellas había imágenes del profeta Ibrahim y del profeta Ismail. En sus manos sostenían flechas para la adivinación. Al ver aquella escena, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «¡Que Allah destruya a todos estos idólatras! Por Allah, estos dos profetas jamás utilizaron flechas para la adivinación». El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— también vio dentro de la Kaaba una paloma de madera. La rompió con sus propias manos. Por orden suya, las imágenes fueron destruidas.

La oración en la Kaaba y el discurso dirigido a los coraichitas:

Después, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— cerró desde dentro la puerta de la Kaaba. Usama y Bilal permanecieron dentro. Tras cerrar la puerta, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— se dirigió hacia la pared situada frente a la puerta y se colocó a tres codos de ella. En ese momento había dos columnas a la izquierda, una a la derecha y tres detrás. En aquella época había seis columnas o pilares en la Kaaba. Luego rezó allí. Al terminar la oración, recorrió el interior de la Kaaba y proclamó en todas sus partes el takbir y las palabras del tawhid. Después volvió a abrir la puerta de la Kaaba. Los coraichitas se habían congregado delante, es decir, en la Mezquita Sagrada, y esperaban para ver qué haría el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Sujetando con ambas manos las dos hojas de la puerta, pronunció un discurso dirigido a los coraichitas. En él dijo: «No hay ninguna divinidad excepto Allah. Él es Uno y Único, y no tiene copartícipe. Ha cumplido Su promesa. Por medio de Sus siervos, Él solo ha derrotado a todas las fuerzas opositoras. Escuchad: aparte de la custodia de la Kaaba y de dar de beber a los peregrinos, todo otro honor o mérito queda bajo mis dos pies. Recordad que la responsabilidad o la indemnización por cualquier tipo de homicidio es de cien camellos, cuarenta de los cuales deben estar preñados».

¡Oh, coraichitas! Allah ha eliminado de entre vosotros la ignorancia y la arrogancia de los padres y los abuelos. Todas las personas son descendientes de Adán, y Adán fue creado de tierra. Luego recitó este versículo: «¡Oh, seres humanos! Os hemos creado de un hombre y una mujer. Después os hemos dividido en pueblos y tribus para que os conozcáis unos a otros. En verdad, el más honorable de vosotros ante Allah es el más piadoso. Allah lo sabe todo y está perfectamente informado».

Hoy no hay reproche:

Entonces dijo: «¡Oh, qurayshíes! ¿Cómo creéis que os trataré?». Todos respondieron: «Creemos que nos tratarás bien. Eres misericordioso, hijo de un hermano misericordioso». Entonces dijo: «Pues os digo lo mismo que el profeta Yusuf (la paz sea con él) dijo a sus hermanos: “Lā tathrība ‘alaykumu l-yawm”. Hoy no hay reproche contra vosotros. Todos sois libres».

La llave de la Kaaba:

Después, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se sentó en la Mezquita Sagrada. La llave de la Kaaba estaba en manos de Hazrat Ali. Él dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él)! Así como tenemos el honor de dar agua a los peregrinos, confíanos también la responsabilidad de custodiar la Kaaba. Que Allah, el Altísimo, tenga misericordia de ti». Según otra narración, quien hizo esta petición fue Hazrat Abbas. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) preguntó: «¿Dónde está Uzman ibn Talha?». Lo llamaron. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Uzman, toma esta llave. Hoy es el día de la lealtad». Según la narración de Tabaqat Ibn Sa’d, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Toma esta llave para siempre. Nadie os la arrebatará sino un opresor. ¡Oh, Uzman (que Allah esté complacido con él)! Allah, el Altísimo, os ha nombrado custodios de Su Casa. Por tanto, comed de lo que encontréis en la Casa de Allah».

El llamado a la oración de Bilal desde el tejado de la Kaaba:

Había llegado la hora de la oración. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ordenó a Bilal que subiera al tejado de la Kaaba y pronunciara el llamado a la oración. En ese momento, Abu Sufyan ibn Harb, Attab ibn Asid y Habith ibn Hisham estaban sentados en el patio de la Kaaba. No había nadie más allí. Attab dijo: «Allah, el Altísimo, ha concedido a Asid el honor de no tener que escuchar esto. De lo contrario, habría tenido que oír algo desagradable». Al oírlo, Harith dijo: «Escucha, por Allah, si llego a saber que él está en la verdad, me convertiré en uno de sus seguidores». Abu Sufyan dijo: «Mira, no diré nada. Si digo algo, por Allah, estas piedras me enterrarán». Entonces el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se presentó ante ellos y dijo: «Sé todo lo que acabáis de decir». Después les repitió sus palabras. Ante este hecho extraordinario, Harith y Attab dijeron: «Damos testimonio de que eres el Mensajero de Allah. Por Allah, no había nadie con nosotros que pudiera oír nuestras palabras. Decimos que se te han dado a conocer nuestras palabras».

La oración de la victoria o del agradecimiento:

Ese día, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fue a la casa de Umm Hani, hija de Abu Talib, y se bañó. Después realizó allí una oración de ocho ciclos.

Era la hora de la oración de Duha. Por ello, algunos dijeron que era la oración de Duha, y otros dijeron que era la oración de agradecimiento después de la conquista o la victoria. Umm Hani había dado refugio a sus dos cuñados. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Umm Hani, también concedo protección a aquellos a quienes tú has dado refugio». La razón de estas palabras era que Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) quería matar a los dos cuñados de Umm Hani. Umm Hani era hermana de Hazrat Ali. Había escondido a sus dos cuñados y había cerrado la puerta. Cuando el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) llegó allí, Umm Hani le habló del problema de sus cuñados, y el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) hizo el comentario mencionado anteriormente.

Algunos enemigos señalados:

El día de la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) incluyó a nueve criminales notorios y señalados en la lista de los que debían ser ejecutados. Se ordenó que fueran matados incluso si se ocultaban bajo las cortinas de la Kaaba. Eran:

1. Abd al-Uzza ibn Jatál 2. Abdullah ibn Sa‘d ibn Abi Sarh 3. Ikrima ibn Abi Yahl 4. Hariz ibn Nufayl ibn Wahb 5. Maqis ibn Sababa 6. Habbab ibn Aswad 7. Las dos esclavas de Ibn Jatál, que difamaban al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) mediante poesías 9. Sarah, que era una esclava de los descendientes de Abd al-Muttalib. Difamaba al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz); además, la carta de Hátib enviada a La Meca fue encontrada precisamente en su poder.

Uzmán ibn Affán (que Allah esté complacido con él) llevó a Abdullah ibn Sa‘d ibn Abi Sarh ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y le pidió que le perdonara la vida. El Mensajero de Allah le perdonó y aceptó su conversión al islam. Sin embargo, antes de ello permaneció en silencio durante un rato. Deseaba que entretanto alguno de los compañeros matara a Abdullah, pues este hombre ya había abrazado el islam una vez y había emigrado a Medina, pero después había apostatado, es decir, había renegado de su religión, y había huido de regreso a La Meca. No obstante, después de abrazar el islam por segunda vez, permaneció firme e inquebrantable en él.

Ikrima ibn Abi Yahl había huido por el camino hacia Yemen. Su esposa pidió al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) que le perdonara la vida. El Mensajero de Allah lo aprobó. Entonces, la mujer siguió el camino de su esposo y lo hizo regresar. Ikrima se presentó ante el Mensajero de Allah y abrazó el islam; su islam demostró ser sincero.

Ibn Jatál estaba colgado, agarrado a las cortinas de la Kaaba. Un compañero acudió ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y le informó de ello. Él dijo: «Matadlo». Aquel compañero fue y lo mató.

Maqis ibn Sababa fue asesinado por Numayla ibn Abdullah. Maqis había abrazado el islam al principio, pero después apostató y también mató a un compañero de los ansar. Luego regresó junto a los politeístas de La Meca.

Hariz solía causar muchos perjuicios al Mensajero en La Meca. Ali (que Allah esté complacido con él) lo mató.

Habbab ibn Aswad empujó con tanta fuerza a Zaynab, la hija del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), durante su emigración, que ella cayó desde el howdah sobre un terreno duro. Como consecuencia, sufrió un aborto espontáneo. El día de la conquista de La Meca, este hombre huyó. Después regresó convertido al islam. Más tarde, su islam demostró ser sincero.

Una de las dos esclavas de Ibn Jatal fue ejecutada. Se intercedió ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) por la otra, y ella aceptó el islam.

También se pidió clemencia para Sarah, la mensajera de la carta de Hatib, y ella aceptó el islam.

A los otros cinco se les concedió el perdón y aceptaron el islam.

 Ibn Hayar escribió que, con respecto a aquellos cuyos nombres habían sido incluidos en la lista de ejecución, Abu Ma’shab menciona además a otra persona: Harith ibn Talal al-Juza’i. Alí (que Allah esté complacido con él) lo ejecutó.  El imán al-Hakim también menciona en esta lista a Ka’b ibn Zuhayr. La historia de Ka’b es famosa. Más tarde acudió, aceptó el islam y compuso poemas elogiando al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz).  En esta lista también figuraban Wahshi ibn Harb y Hind bint Utbah, la esposa de Abu Sufyan. Más tarde aceptaron el islam.  La esclava de Ibn Jatal, Arnab, fue ejecutada.  También fue ejecutada Umm Sa’d. Así lo menciona Ibn Ishaq. Según este cómputo, el número de hombres era ocho y el de mujeres, seis. También es posible que Arnab y Umm Sa’d fueran el nombre de la misma esclava, diferenciándose únicamente en el laqab y la kunya.

 Aunque Safwan ibn Umayya no había sido incluido en la lista de ejecución, como era un destacado líder de Quraysh, temía por su vida. Por ello había huido. Umayr ibn Wahb al-Yumahi se presentó ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y solicitó protección para él. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le concedió protección. Como señal de seguridad, le entregó a Umayr su propio turbante. Cabe mencionar que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llevaba puesto ese turbante cuando entró en La Meca. Umayr fue en busca de Safwan. En ese momento, Safwan se disponía a embarcarse para huir por mar desde Yeda hacia Yemen. Umayr lo trajo de allí. Cuando Safwan acudió ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), pidió un plazo de dos meses, pero el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le concedió cuatro meses. Después, Safwan aceptó el islam. Su esposa ya se había hecho musulmana. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) mantuvo a ambos en su primer matrimonio.

 Fudala era un criminal. Mientras el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) realizaba el tawaf, se acercó y se quedó de pie junto a él con la intención de asesinarlo. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le informó de la conspiración que albergaba en su mente. Fudala quedó completamente asombrado. Inmediatamente recitó: «No hay divinidad excepto Allah; Muhammad es el Mensajero de Allah».

Discurso del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) al día siguiente de la conquista de La Meca:

Al día siguiente de la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah se puso de pie para pronunciar un sermón. Después de alabar debidamente a Allah, dijo: «¡Oh, gente! Allah Todopoderoso determinó que La Meca fuera una ciudad sagrada el mismo día en que creó los cielos y la tierra. Por ello, la santidad de esta ciudad permanecerá intacta hasta el Día de la Resurrección. No es lícito para ninguna persona que crea en Allah y en el Día del Juicio derramar sangre o cortar un árbol en esta ciudad. Si alguien pregunta cómo es que el Mensajero de Allah derramó sangre aquí, dile que Allah había dado permiso a Su Mensajero, pero vosotros no habéis recibido ese permiso. Y a mí se me permitió derramar sangre únicamente durante un tiempo determinado. Así como en el pasado estuvieron prohibidos aquí el derramamiento de sangre y las matanzas, también lo estarán en el futuro. Quienes están presentes deben comunicar esta noticia a quienes están ausentes.»

En otra narración se menciona además que no deben cortarse las plantas espinosas de aquí, que no debe ahuyentarse la caza y que no deben recogerse los objetos abandonados que se encuentren en el camino. Sin embargo, podrá recogerlos quien anuncie públicamente sus características. Aquí tampoco debe arrancarse la hierba. Cuando Al-‘Abbas mencionó la hierba izjir, el Mensajero de Allah dijo: «Sí, la hierba izjir puede arrancarse». Ese día, algunos miembros de la tribu de Banu Juza‘a habían matado a un hombre de la misma tribu. Al respecto, el Mensajero de Allah dijo: «¡Oh, miembros de Juza‘a! Absteneos de matar. Si matar hubiera sido beneficioso, habría ocurrido antes; ya se han producido muchas muertes. Habéis matado a un hombre cuya indemnización pagaré sin duda. A partir de ahora, si alguien mata a una persona, los familiares del fallecido podrán, si quieren, matar a uno de los asesinos, o bien aceptar una indemnización.»

Según otra narración, después de esta proclamación del Mensajero de Allah, un hombre del Yemen llamado Abu Shah se levantó y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Haz que escriban esta proclamación para mí». Él ordenó que la escribieran. 10 [Sahih al-Bujari, tomo 1, pp. 22 y 216]

La inquietud de los ansar:

Después de la conquista de La Meca, los ansar comentaban entre sí: «¿Permanecerá el Mensajero de Allah en La Meca después de haber conquistado su tierra natal?». En ese momento, el Mensajero de Allah estaba levantando las manos y suplicando en el monte Safa. Al terminar la súplica, preguntó: «¿De qué hablabais entre vosotros?». Los ansar lo negaron. Después de preguntárselo repetidamente, le expusieron su inquietud. El Mensajero de Allah dijo: «¡Dios nos libre! Ahora estaré con vosotros en la vida y en la muerte.»

El juramento de lealtad:

Después de que Allah, Señor de los mundos, concediera a Su amado Mensajero y a los musulmanes la conquista de La Meca, la verdad quedó clara para sus habitantes. Comprendieron que no había camino hacia el éxito fuera del islam. Por ello, acudieron ante el Mensajero de Allah para prestarle juramento de lealtad con el propósito de convertirse en seguidores del islam. El Mensajero de Allah se sentó sobre Safa y comenzó a recibir el juramento de lealtad de la gente. Umar se encontraba debajo del Mensajero de Allah y obtenía los compromisos de la gente. Los presentes se comprometieron ante el Mensajero de Allah a escucharlo y obedecerlo tanto como les fuera posible.

En el Tafsir de Madarek se menciona que, después de recibir el juramento de lealtad de los hombres, el Mensajero de Allah también lo recibió de las mujeres. Umar se encontraba abajo y, por orden del Mensajero de Allah, recibía el juramento de lealtad y les transmitía sus palabras a las mujeres.

En ese momento, Henda, la esposa de Abu Sufyan, se presentó con una vestimenta diferente. En realidad, temía que el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) la reconociera por el trato que había dado al cadáver de Hamza (que Allah esté complacido con él). El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) estaba tomando el juramento de fidelidad diciendo: «No asociaréis a nadie con Allah». Umar (que Allah esté complacido con él) repitió aquellas palabras y dijo: «Mujeres, no asociaréis a nadie con Allah». Después, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «No robaréis». Al oír esto, Henda dijo: «Abu Sufyan es sumamente avaro. Si tomo algo de sus bienes, ¿qué ocurrirá?». Abu Sufyan estaba presente y dijo: «Todo lo que tomes será lícito para ti». El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) sonrió y luego dijo: «Entonces, ¿eres tú Henda?». La esposa de Abu Sufyan respondió: «Sí, oh Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Perdona todo lo que ha ocurrido». El Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Que Allah te perdone».

Después, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «No cometeréis adulterio». Al oír esto, Henda dijo: «¿Acaso una mujer libre puede cometer adulterio?». Luego él dijo: «No mataréis a vuestros propios hijos». Henda respondió: «Yo los crié durante su infancia, pero cuando crecieron, los hombres de ustedes los mataron. Por tanto, usted y ellos saben mejor lo que ocurrió con ellos».

Cabe mencionar que el hijo de Henda, Hanzala ibn Abu Sufyan, había muerto el día de la batalla de Badr. Al escuchar las palabras de Henda, Umar (que Allah esté complacido con él) rió a carcajadas. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) también sonrió.

Después, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «No calumniaréis a nadie». Henda dijo: «Juro por Allah que la calumnia es algo muy malo. Usted verdaderamente enseña la guía y el noble carácter». Después, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «No desobedeceréis al Mensajero de Allah en ningún asunto establecido». Henda respondió: «Juro por Allah que no me he sentado en esta reunión con la intención de desobedecerle».

Después de regresar, Henda destruyó los ídolos que había en su casa. Mientras los rompía, decía: «Estábamos engañados acerca de vosotros». 11 [Madābik al-Tanzil.]

La permanencia del Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en La Meca:

El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) permaneció diecinueve días en La Meca. Durante ese tiempo, orientó a la gente sobre la enseñanza del islam, el temor reverencial de Allah y la guía. En ese período, siguiendo las instrucciones del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), Abu Ubayd al-Jazari (que Allah esté complacido con él) volvió a erigir los pilares del recinto sagrado.

Durante el período mencionado, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) invitó al islam y envió a varios lugares varios sariyyas, es decir, pequeñas unidades militares. De este modo, todos los ídolos fueron destruidos. Por orden del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), alguien proclamó: «Quien crea en Allah y en el Más Allá no debe conservar ningún ídolo en su casa; por el contrario, debe destruirlo».

Envío de destacamentos y delegaciones:

1. Después de la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió, el día 25 de Ramadán del octavo año de la Hégira, una expedición bajo el mando de Jálid ibn al-Walid —que Allah esté complacido con él—. La expedición fue enviada para eliminar a Uzza. Uzza se encontraba en Najla. Los coraichitas y todas las tribus de Banu Kinana adoraban este ídolo. Era su ídolo más importante. La tribu de Banu Shaibán se encargaba de su custodia. Jálid llegó a Najla con treinta jinetes y destruyó el ídolo. Al regresar, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le preguntó: «¿Viste algo?». Él respondió: «No, nada». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Entonces no destruiste sino el ídolo».

Jálid volvió a partir, blandiendo la espada desnuda. Esta vez vio que hacia él avanzaba una mujer negra, desnuda y calva. Jálid la golpeó entonces con la espada, y la mujer quedó partida en dos. Después, Jálid regresó e informó de ello al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Él dijo: «Sí, esa era Uzza. Ahora ha perdido toda esperanza de ser adorada en vuestro país».

2. Ese mismo mes, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a Amr ibn al-As para destruir otro ídolo llamado Suwa. Se encontraba a tres millas de La Meca. La tribu de Banu Hudhail lo adoraba en la zona de Ruhat. Cuando Amr llegó allí, el sacerdote le preguntó: «¿Qué quieres?». Él respondió: «He venido, por orden del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, a destruir este ídolo». El sacerdote dijo: «No podrás hacerlo». Él preguntó: «¿Por qué?». El sacerdote respondió: «Se te impedirá desde lo invisible». Amr dijo: «¡Ay de ti! ¿Acaso este ídolo ve? ¿Acaso oye? ¿Sigues aún aferrado a la mentira?». Luego destruyó el ídolo y ordenó a sus compañeros que registraran el santuario. Pero no encontraron nada. Por orden de Amr, también destruyeron el santuario. Después preguntó al sacerdote: «¿Qué te parece ahora?». El sacerdote respondió: «He creído en Allah, el Único, sin asociado».

3. Ese mismo mes fueron enviados veinte soldados bajo el mando de Sad ibn Zayd al-Ashhali. Fueron a destruir el ídolo Manat. Este ídolo se encontraba en una zona llamada Mashal, cerca de Qudayd. Las tribus de Gasan, Aws y Jazrach lo adoraban. Cuando Sad llegó allí, el sacerdote preguntó: «¿Qué quieres?». Él respondió: «Quiero destruir a Manat».

El sacerdote dijo: «Tú sabes lo que haces, y tu tarea también lo sabe». Sad vio entonces salir a una mujer negra, calva y de aspecto espantoso. Se golpeaba el pecho y gritaba: «¡Ay, ay!». El sacerdote dijo: «Manat está llamando a algunos de tus desobedientes». Entretanto, Sad partió a Manat en dos con su espada. Después destruyeron el santuario. Sin embargo, no encontraron nada allí.

4. Ese mismo mes, después de regresar de destruir a Uzza, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a Jálid —que Allah esté complacido con él— a Banu Jadhima. Fue enviado para invitarlos al islam. Jálid —que Allah esté complacido con él— partió con trescientos cincuenta hombres de los emigrados, los ansar y la tribu de Banu Sulaym. Al llegar ante Banu Jadhima, los invitó al islam. En lugar de decir «aslamna», es decir, «hemos aceptado el islam», dijeron «saba’na, saba’na», es decir, «hemos abandonado nuestra religión». Entonces Jálid comenzó a matarlos y apresarlos. Después entregó un prisionero a cada uno de sus compañeros y les ordenó matarlos. Abd Allah ibn Umar y sus compañeros se negaron a obedecer la orden del comandante. Cuando se informó de este incidente al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, levantó ambas manos hacia el cielo y dijo dos veces: «¡Oh Allah! Me desentiendo ante Ti de lo que ha hecho Jálid». 12 [Sahih al-Bujari, vol. 1, p. 450]

Por orden de Jálid, los hombres de la tribu de Banu Sulaym mataron a sus prisioneros. Los ansar y los emigrados no mataron a los suyos. Después de este incidente, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a Ali —que Allah esté complacido con él— para pagar la compensación por los muertos y reparar las demás pérdidas que habían sufrido. A raíz de este suceso, Jálid y Abd al-Rahman ibn Awf —que Allah esté complacido con él— tuvieron una fuerte disputa verbal. Al enterarse, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Jálid, detente. Abstente de decir nada contra mis compañeros. ¡Por Allah! Aunque el monte Uhud se convirtiera en oro y gastaras todo ello por la causa de Allah, no alcanzarías siquiera el rango de la adoración de uno solo de mis compañeros durante una mañana o una tarde». 13 [Ibn Hisham, Sahih al-Bujari, Fath al-Bari, Sahih Muslim, Zad al-Ma’ad.]

La batalla por la conquista de La Meca fue verdaderamente la batalla decisiva, y la conquista de La Meca fue la verdadera victoria, que desmoronó por completo el poder y la arrogancia de los politeístas. Ya no quedó ningún lugar para el politeísmo ni la idolatría en la península arábiga. Pues, aparte de los musulmanes y los politeístas, la gente común observaba el asunto con enorme curiosidad, deseando saber cuál sería el desenlace de este conflicto. La gente común sabía perfectamente que solo la fuerza establecida sobre la verdad sería capaz de afirmar su dominio sobre la Kaaba. Su convicción se fortaleció aún más por el acontecimiento de Abraha y su ejército de elefantes, ocurrido medio siglo antes. Los árabes de aquella época habían presenciado con sus propios ojos cómo el ejército de elefantes que avanzaba con la intención de atacar la Casa de Allah había sido destruido y aniquilado.

Cabe recordar que el Tratado de Hudaybiyyah fue el comienzo o el preludio de la conquista de La Meca. Como resultado de este tratado, manantiales de paz y seguridad comenzaron a fluir por todas partes. Las personas tuvieron la oportunidad de hablar abiertamente unas con otras. Intercambiaban opiniones y debatían acerca del islam. También quienes habían aceptado el islam en secreto en La Meca tuvieron la oportunidad de intercambiar opiniones sobre la religión. Como consecuencia, muchas personas abrazaron el islam. Hasta entonces, en las distintas guerras, el número de musulmanes no había superado los tres mil. Sin embargo, en el momento de la conquista de La Meca, su número era de diez mil.

En esta batalla decisiva, los ojos de la gente se abrieron. Incluso el último velo que cubría sus ojos fue retirado. Ya no quedó ningún obstáculo para aceptar la religión del islam. Tras la conquista de La Meca, el sol de los musulmanes comenzó a brillar en el cielo político y religioso de la ciudad. Tanto la autoridad religiosa como el dominio mundano pasaron por completo a manos de los musulmanes.

La situación favorable que se había creado para los musulmanes como consecuencia del Tratado de Hudaybiyyah alcanzó su plenitud tras la conquista de La Meca. A partir de entonces, la etapa siguiente pertenecía únicamente a los musulmanes y la situación quedó bajo su control exclusivo. Después de eso, ante las distintas tribus árabes solo quedó un camino: acudir con delegaciones, aceptar el islam y difundir por todas partes la invitación a la religión. Y, en realidad, eso fue lo que ocurrió durante los dos años siguientes.

Tercera etapa: la batalla de Hunayn

Esta fue la última etapa de la vida profética del Mensajero de Allah. Esta etapa de su vida fue el reconocimiento de los esfuerzos y sacrificios que había realizado durante casi veintitrés años de arduo trabajo.

Durante este largo período, la conquista de La Meca fue el logro más importante del Profeta. Esta victoria produjo un cambio trascendental en la situación y transformó el entorno y las circunstancias de Arabia. Fue un puente entre las épocas anterior y posterior. A los ojos del pueblo árabe, Quraysh era el protector y defensor de la religión. Toda Arabia estaba sometida a ellos en este aspecto. La derrota de Quraysh significaba que la idolatría había sido arrancada de raíz de toda la tierra árabe para siempre.

La última etapa mencionada se divide en dos partes: una, el esfuerzo y el combate; dos, la llegada apresurada de diversos pueblos y tribus para aceptar el islam. Ambas situaciones estaban estrechamente relacionadas entre sí.

La batalla de Hunayn

La conquista de La Meca se produjo mediante una campaña repentina. Esto dejó atónita de asombro a la población de Arabia. Las tribus vecinas no tenían fuerza para hacer frente a esta inesperada campaña. Por ello, se unieron algunas tribus poderosas, arrogantes y rebeldes, así como algunos hombres de Banu Bilal. Estas tribus estaban vinculadas a Qays ʿAylān. Consideraban que rendirse ante los musulmanes era contrario a su honor. Por eso acudieron a Malik ibn ʿAwf al-Naṣrī y decidieron atacar a los musulmanes.

La partida del enemigo y su llegada a Awtas

Después de tomar la decisión, todos los no musulmanes reunidos partieron bajo el mando de Malik ibn ʿAwf para combatir contra los musulmanes. Llevaron consigo a sus familias y sus rebaños. Llegaron a la llanura de Awtas. Awtas es una llanura de la región de Banu Hawāzin, cerca de Hunayn. Sin embargo, esta llanura es distinta de Hunayn. Hunayn es otra llanura, situada cerca de Dhū al-Majāz. Desde allí, pasando por ʿArafāt, la distancia hasta La Meca es de más de diez millas. 1 [Fatḥ al-Bārī, vol. 8, pp. 27, 42]

La concentración de las tropas enemigas

Después de llegar a Awtas, los hombres se presentaron ante el comandante Malik ibn ʿAwf. Entre ellos se encontraba el veterano experto en asuntos militares Durayd ibn al-Ṣimma. Este hombre estaba encorvado por el peso de la edad. Tenía experiencia en numerosas guerras. En otro tiempo había sido un guerrero valiente. Ahora no podía hacer otra cosa que relatar su experiencia y ofrecer consejos basados en ella. Preguntó a Malik: «¿En qué llanura os encontráis?». Le respondieron: «En la llanura de Awtas». Dijo: «Este es un lugar adecuado para concentrar las tropas. Pero oigo rebuznos de asnos, camellos y caballos, el llanto de los niños y las voces de las mujeres». Le informaron de que el comandante Malik ibn ʿAwf había llevado consigo, junto con los soldados, a sus familias y sus rebaños. Cuando Durayd preguntó la razón, le respondieron que cada guerrero lucharía valientemente motivado por sus esposas, hijos e hijas y sus rebaños, que tenía consigo.

Al escuchar esta respuesta de Malik ibn ʿAwf, Durayd dijo: «¡Por Dios! Eres un pastor de ovejas. ¿Puede algo retener a un hombre derrotado? Mira: si vences en la guerra, solo te beneficiarán las espadas y las lanzas. Pero si eres derrotado, quedarás humillado, porque nada de la esposa, los hijos, la familia y los rebaños del guerrero vencido quedará a salvo». Durayd preguntó por los jefes de las distintas tribus. Después de escuchar todo, dijo al comandante: «Oh, Malik, no has obrado bien al traer contigo a las familias y los rebaños de la tribu de Hawāzin. Envíalos a un lugar seguro, a su propia zona. Después, montad a caballo y luchad contra los impíos. Si vencéis, los que queden atrás vendrán a unirse a vosotros. Si sois derrotados, ellos estarán a salvo».

El comandante Malik ibn ʿAwf rechazó este consejo y dijo: «¡Por Dios! No puedo hacerlo. Te has hecho viejo y tu inteligencia también ha envejecido. Quizá la tribu de Hawāzin me obedezca; de lo contrario, me apoyaré en mi espada y me suicidaré». En resumen, Malik no quiso que el nombre de Durayd ni su consejo participaran en esta guerra. Los hombres de la tribu de Hawāzin dijeron: «Seguimos firmes en nuestra obediencia a ti». Durayd dijo: «No estoy con esta guerra. No tengo ninguna responsabilidad en ella. ¡Ay! Si hoy fuera joven, si tuviera edad para correr de un lado a otro, entonces dirigiría los caballos como una cabra de tamaño mediano y de largo pelaje».

Los espías del enemigo

Malik ibn Awf envió a dos espías para recabar información sobre los musulmanes. Regresaron antes de llegar a su destino. Se encontraban inmovilizados. Cuando los llevaron ante el comandante, este les dijo: «¡Que perezcáis! ¿Qué os ha sucedido?». Ellos respondieron: «Vimos varios caballos moteados y algunos hombres, y después de eso quedamos en este estado».

Por un lado, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recibía distintos informes sobre los enemigos. Le dijo a Abu Hadrad al-Aslami: «Ve, quédate entre ellos y tráenos información sobre su situación». Él así lo hizo.

La ruta de La Meca a Hunayn

El domingo 6 de Shawwal del octavo año de la Hégira, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió de La Meca rumbo a Hunayn. Era el decimonoveno día desde su llegada a La Meca. Lo acompañaban doce mil soldados. De ellos, diez mil habían venido de Medina a La Meca, mientras que los dos mil restantes partieron de La Meca. La mayoría de esos dos mil habitantes de La Meca eran conversos recientes al islam. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, tomó prestadas de Safwan ibn Umayya cien armaduras junto con sus armas. Nombró gobernador de La Meca a Attab ibn Asid.

Después del mediodía, llegó un compañero y dijo: «Subí a tal montaña y vi que los Banu Hawazin habían venido a luchar con sus familias. También habían traído sus rebaños». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sonrió y dijo: «Si Allah quiere, mañana estos serán parte del botín de los musulmanes». Durante la noche, Hazrat Anas ibn Marthad cumplió la función de guardia.

Durante el camino, los compañeros vieron un árbol de azufaifo llamado Dhatu Anwat. Los politeístas de La Meca solían colgar sus armas en este árbol, sacrificar animales junto a él y celebrar una feria debajo. Algunos compañeros le dijeron al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz: «Haz para nosotros un árbol como el que ellos tienen, llamado Dhatu Anwat». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Allah es el más grande. Juro por Aquel en cuya mano está mi vida: habéis dicho lo mismo que dijo al profeta Musa el pueblo de Musa. Ellos dijeron: “Haz para nosotros una divinidad, como ellos tienen divinidades”. Veo que estáis siguiendo exactamente el camino de los pueblos anteriores». 3 (Tirmidhi, Fitān; Musnad Ahmad, tomo 5, p. 281).

Algunas personas, al ver la gran cantidad de soldados, dijeron: «Hoy no seremos derrotados de ninguna manera». Al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, tampoco le agradó esta afirmación.

El ataque sorpresa de los musulmanes:

La noche del martes 10 de Shawwal, el ejército islámico llegó a Hunayn. Malik ibn Awf había llegado antes a aquel lugar y, en la oscuridad de la noche, había dispersado secretamente a sus soldados por distintos puntos. Se les había ordenado que, en cuanto llegaran los musulmanes, les dispararan flechas y, poco después, atacaran todos juntos.

Mientras tanto, muy de madrugada, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) desplegó a los soldados en distintos lugares. Al amanecer, los soldados musulmanes entraron en la llanura de Hunayn. No sabían nada acerca del ejército enemigo. Mientras los soldados musulmanes, ignorantes de que el enemigo estaba emboscado, se establecían tranquilamente, de repente comenzó a lloverles una lluvia de flechas. Poco después, los enemigos se abalanzaron todos juntos sobre los musulmanes. Los musulmanes comenzaron a dispersarse, desconcertados. Aquello fue una derrota evidente. Abu Sufyan, recién convertido al Islam, dijo: «No se detendrán hasta llegar al otro lado del mar». Yabala o Kalda ibn Yunayd dijo: «Miren, hoy la magia ha sido anulada». Ibn Ishaq narró esto. Al-Bara ibn Azib dijo: «En Sahih al-Bujari se menciona que los Banu Hawazin eran arqueros. Cuando atacamos, huyeron. Entonces comenzamos a recoger el botín. Entretanto, los enemigos nos recibieron con una lluvia de flechas». 4 [Sahih al-Bujari, capítulo sobre el día de Hunayn]

En Sahih Muslim se ha transmitido de Anas (que Allah esté complacido con él) que Anas dijo: «Conquistamos La Meca. Después emprendimos la campaña de Hunayn. Los politeístas llegaron en filas magníficamente ordenadas. Nunca había visto una formación tan disciplinada: primero, la fila de los jinetes; después, la de los que iban a pie; detrás de ellos, las mujeres; detrás de estas, las ovejas y las cabras; y luego, los rebaños. Éramos muy numerosos. A la derecha de nuestras tropas estaba Jalid (que Allah esté complacido con él). Pero nuestros jinetes comenzaron a ocultarse detrás de nosotros y, poco después, huyeron. Los árabes también huyeron. También huyeron aquellos a quienes ustedes conocen». 5 [Fath al-Bari, tomo 8, pág. 8]

Cuando los Compañeros comenzaron a dispersarse, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), llamando hacia la derecha, dijo: «¡Oh, gente! Vengan hacia mí; yo soy Muhammad, hijo de Abdullah». En aquel momento, junto al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), no había nadie excepto algunos emigrados y los Compañeros de su clan. 6 [Según la narración de Ibn Ishaq, eran nueve o diez. El Profeta dijo que doce permanecieron firmes junto al Mensajero de Allah. Los Compañeros se habían marchado en busca de un refugio seguro. Ochenta permanecieron firmes junto al Mensajero de Allah. Nosotros no dimos la espalda. Al-Tirmidhi narró el hadiz transmitido por Abdullah ibn Umar. Él dijo: «Vi que mi propia gente dio la espalda el día de Hunayn. No había ni siquiera cien Compañeros junto al Mensajero de Allah»].

En aquel momento crítico, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) demostró un valor y un coraje incomparables. Avanzaba hacia los enemigos y gritaba en voz alta: «Anā al-nabiyyu lā kadhib, anā ibn Abd al-Muttalib», es decir: «Yo soy el Profeta, no miento; soy hijo de Abd al-Muttalib».

En aquel momento, Abu Sufyan y al-Abbas (que Allah esté complacido con él) sujetaban la mula del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), para impedir que avanzara hacia delante. Entonces el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le dijo a su tío al-Abbas que comenzara a llamar a la gente en voz alta. Al-Abbas tenía una voz potente. Al-Abbas dijo: «Grité con voz elevada: “¿Dónde están los que estuvieron junto al árbol, los que participaron en el pacto de Ridwan?”». Al oír mi voz, los Compañeros comenzaron a acudir corriendo, como corren los terneros al oír el mugido de una vaca. Los Compañeros dijeron: «¡Aquí estamos!». 7 [Sahih Muslim, tomo 2, pág. 100]

Cuando los Compañeros comenzaron a acudir corriendo, y se reunieron alrededor del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) cien Compañeros, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se enfrentó al enemigo. Comenzó la batalla.

Después se llamó a los ansar. Poco a poco, este llamamiento quedó limitado a los Banu Harith ibn al-Jazray. Mientras tanto, los compañeros comenzaron a regresar con la misma rapidez con la que habían abandonado el campo de batalla. En poco tiempo comenzó una encarnizada batalla. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— miró hacia el campo de batalla y dijo: «Ahora la caldera se ha calentado». Luego tomó un puñado de polvo y, diciendo «¡Shahatul wuyuh!», lo arrojó contra los enemigos. Esto significa: «¡Que se desfiguren los rostros!». A causa del polvo arrojado, los ojos de cada enemigo quedaron cubiertos de polvo. Dando la espalda, comenzaron a huir para salvar la vida.

La derrota de los enemigos

Inmediatamente después de que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— arrojara el polvo, el curso de la batalla cambió y los enemigos fueron derrotados. Setenta incrédulos de la tribu de los Taquif fueron muertos. Todas las armas, riquezas, provisiones, bienes, mujeres, niños y rebaños que habían llevado cayeron en manos de los musulmanes.

Allah, el Señor de los mundos, dice al respecto: «Allah os ha ayudado en muchas ocasiones, y especialmente el día de la batalla de Hunayn, cuando os llenasteis de orgullo por vuestro gran número, pero este no os sirvió de nada; y, a pesar de su amplitud, la tierra se estrechó para vosotros, y luego disteis la espalda y huisteis. Después Allah hizo descender Su sosiego sobre Su Mensajero y sobre los creyentes, y envió un ejército que vosotros no visteis, y castigó a los incrédulos. Esa es la retribución de los incrédulos». (Sura At-Tawba, versículos 25-26)

Persecución de los enemigos en su retirada:

Después de un breve enfrentamiento entre ambos bandos, los politeístas emprendieron la huida. Tras la derrota, un grupo de enemigos avanzó hacia Taif. Otro grupo se dirigió hacia Najla y otro avanzó por el camino de Awtas. En el enfrentamiento entre ambos bandos, Abu Amir al-Ashari —que Allah esté complacido con él—, uno de los compañeros, alcanzó el martirio. Él estaba al mando de un grupo.

Un grupo de compañeros persiguió a los no musulmanes que se dirigían hacia Najla. Durayn ibn Summa fue capturado. Rabiya ibn Rafi —que Allah esté complacido con él— lo mató.

El grupo más numeroso de los enemigos derrotados avanzó hacia Taif. Después de reunir el botín, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— partió hacia Taif.

Botín de guerra

La descripción del botín de guerra es la siguiente: 6.000 prisioneros de guerra, 24.000 camellos y más de 40.000 cabras. 4.000 uqiyyas de plata, es decir, 160.000 dírhams. Su peso era unos cuantos kilos menos de 6 quintales. El Mensajero de Allah ordenó reunir todos los bienes. Reunió todas las riquezas en un lugar llamado Yiarana y las puso bajo el control de Mas‘ud ibn Amr al-Ghifari (que Allah esté complacido con él). No fueron distribuidas hasta que terminó la expedición de Taif.

Entre los prisioneros también se encontraba Shayma bint al-Harith al-Sa‘diyya. Ella era la hermana de leche del Mensajero de Allah. Después de llevarla ante el Mensajero de Allah y de que ella se identificara, él la reconoció por una señal. Entonces el Mensajero de Allah la trató con gran respeto. Extendió su manto para que se sentara. Atendiendo a los deseos de Sa‘diyya, le mostró clemencia y la devolvió a su tribu.

La batalla de Taif

Esta batalla fue, en realidad, parte de la batalla de Hunayn. La mayoría de los derrotados de las tribus Hawazin y Thaqif se habían dirigido a Taif y se habían ocultado allí junto con su comandante, Malik ibn Awf al-Nasri. Por eso, el Mensajero de Allah partió hacia Taif.

Primero se enviaron mil soldados bajo el mando de Khalid ibn al-Walid; después, el Mensajero de Allah partió personalmente. En el camino atravesó Nakhla, Imaniya y Manzil. En un lugar llamado Liyya había una fortaleza de Malik ibn Awf. Por orden del Mensajero de Allah, aquella fortaleza fue destruida. Luego, continuando la marcha, llegaron a Taif, y el Mensajero de Allah sitió la fortaleza de Taif.

El asedio se prolongó. Según el relato de Anas (que Allah esté complacido con él) transmitido en Sahih Muslim, este asedio duró 40 días. Algunos autores de biografías proféticas también mencionan 20 días. Unos mencionan 10 días, otros 15 y otros 18. 8[ Fath al-Bari, vol. 8, p. 45]

Durante el asedio, ambos bandos se lanzaron flechas y piedras. Durante el primer asedio de los musulmanes, se dispararon flechas continuamente contra ellos. Cuando los musulmanes iniciaron el asedio al principio, se lanzaron desde el interior de la fortaleza tantas flechas contra ellos que parecía que una plaga de langostas hubiera extendido su sombra. Varios musulmanes resultaron heridos y 12 fueron martirizados. Por ello, los musulmanes trasladaron sus tiendas un poco más lejos.

Para hacer frente a esta situación, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) instaló una máquina lanzaproyectiles y disparó varios proyectiles contra la fortaleza. Esto provocó grietas y abrió un agujero en el muro. Los compañeros arrojaron piedras contra ellos a través de ese agujero. Sin embargo, los enemigos lanzaron flechas como una lluvia, y varios musulmanes murieron como mártires.

Como estrategia para someter a los enemigos, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ordenó cortar y quemar las vides. Alarmada, la tribu de Thaqif le pidió que desistiera de ello, apelando a Allah el Altísimo y a los lazos de parentesco. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) aceptó su petición.

Durante el asedio, un pregonero anunció por parte del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «Todo esclavo que descienda de la fortaleza y venga a nosotros será libre». Como resultado, treinta hombres salieron de la fortaleza y se unieron a los musulmanes. 9[Ṣaḥīḥ al-Bujārī, tomo 2, pág. 260]

Entre los esclavos que llegaron se encontraba también Abu Bakrah. Subió al muro de la fortaleza y, mediante una rueda giratoria, se descolgó hacia abajo y se rindió ante los musulmanes. En árabe, al-ghurāb se llama bakrah. Por ello, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dio al esclavo recién llegado el sobrenombre de Abu Bakrah. Conforme a lo anunciado, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) liberó a los esclavos que habían venido a rendirse ante los musulmanes y los puso bajo la responsabilidad de treinta compañeros, diciéndoles: «Proporcionadles el equipo necesario». Este hecho resultó sumamente grave para los enemigos que se encontraban en la fortaleza.

El asedio se prolongó y no se veía ninguna señal de rendición por parte de los enemigos. Habían almacenado dentro de la fortaleza alimentos para un año. En ese momento, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) consultó a Nawfal ibn Muawiya al-Daylī. Nawfal dijo: «El zorro se ha metido en su madriguera. Si prolonga el asedio, podrá capturarlos; y si se retira, ellos no podrán causarle ningún daño». Al oír esto, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) decidió poner fin al asedio. Umar (que Allah esté complacido con él) anunció entre los compañeros que, si Allah quería, regresarían al día siguiente. Los compañeros criticaron este anuncio. Dijeron: «¿Qué significa esto? ¿Regresaremos sin conquistar Taif?». Al escuchar la opinión contraria de los compañeros, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «De acuerdo, id a combatir mañana por la mañana». Al día siguiente, los compañeros fueron a combatir, pero no obtuvieron otro resultado que regresar heridos. Al ver esta situación, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Si Allah quiere, regresaremos mañana». Los compañeros de todos los rangos expresaron su satisfacción con esta decisión. Comenzaron tranquilamente a recoger sus pertenencias. Al ver esto, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) empezó a sonreír suavemente.

Mientras los nobles compañeros regresaban, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «ʿĀ’ibūna, tā’ibūna, ʿābidūna li-rabbinā ḥāmidūn». Es decir: «Sois quienes regresan, quienes se arrepienten, quienes adoran y quienes alaban a vuestro Señor».

Los compañeros dijeron: «Oh Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), invoca una maldición contra la gente de Thaqif». Él dijo: «Oh Allah, guía a Thaqif y tráelos».

Distribución del botín en Jiʿrana

Después de levantar el asedio de Taif, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se abstuvo de repartir el botín almacenado en Ji’rana. La razón de esta demora era que deseaba devolverles todo a los miembros de la tribu de Hawazin si regresaban y se arrepentían. Sin embargo, aun después de esperar, nadie llegó. Entonces el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— comenzó a distribuir el botín. Los jefes de las distintas tribus y los dirigentes de La Meca esperaban ansiosamente recibir parte del botín. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— entregó cantidades suficientes del botín a todos aquellos musulmanes recién convertidos. 10[Para que permanecieran firmes en el islam]

A Abu Sufyan ibn Harb se le entregaron cuarenta uqiyya, es decir, aproximadamente seis kilos de plata, y cien camellos. Abu Sufyan dijo: «¿Y mi hijo Yazid?». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le entregó a Yazid una cantidad similar. Abu Sufyan dijo: «¿Y mi hijo Muawiya?». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— también le entregó una cantidad similar. En total, únicamente a Abu Sufyan y a sus dos hijos se les entregaron dieciocho kilos de plata y trescientos camellos.

A Harith ibn Kalda se le entregaron cien camellos. A los jefes tribales, tanto de Quraysh como de otras tribus, se les dieron cien, cincuenta o cuarenta camellos, según el caso. Entre la gente se difundió la noticia de que Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— daba tanto que no temía caer en la pobreza. Después de que se difundiera esta noticia, los beduinos acudieron, rodearon al Mensajero de Allah y lo llevaron junto a un árbol. Debido a la presión de la multitud, su manto quedó enganchado en el árbol. Él dijo: «¡Oh, gente! Devolvedme mi manto».

Juro por Aquel en cuya mano está mi vida que, aunque tuviera tantos cuadrúpedos como árboles hay en Tihama, los repartiría todos. Después veréis que no soy avaro, ni temeroso, ni mentiroso. 11[Al-Shifa, capítulo del juez, tomo 1, pág. 86]

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se acercó a su propio camello, se puso de pie junto a él, arrancó algunos pelos y los mostró, diciendo: «¡Oh, gente! No tengo ninguna parte de vuestros bienes de fay. Ni siquiera tengo una cantidad equivalente a estos pelos de camello que veis. Solo existe el jums, es decir, una quinta parte del botín de guerra, que se distribuye per cápita; ese jums también se os devuelve a vosotros».

Se entregó a los musulmanes recién convertidos, a quienes el Corán denomina «aquellos cuyos corazones han de ser reconciliados». Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo a Zayd ibn Thabit que reuniera el botín y a los soldados en un solo lugar y calculara su distribución. Así lo hizo. De este modo, a cada soldado le correspondieron cuatro camellos y cuarenta cabras. Los guerreros distinguidos recibieron doce camellos y doce cabras cada uno.

En esta distribución, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— adoptó una estrategia especial. Pues en el mundo hay muchas personas que no siguen el camino de su conciencia, sino el de su estómago. Del mismo modo que se puede conducir a un animal hacia un lugar seguro colgando delante de él un puñado de hierba fresca y retrocediendo, mediante la distribución de los bienes mencionados se intentó conquistar el corazón de los musulmanes recién convertidos, para que tuvieran la oportunidad de aprender la fe y desarrollaran amor por el islam. 12[Muḥammad al-Ghazali, Fiqh al-Sira, págs. 298-299]

El estado psicológico de los ansar

Al principio no se comprendió la estrategia política del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— al distribuir el botín de guerra. Por ello, algunas personas lo criticaban. En particular, los ánsares se sintieron afligidos, pues no se les había dado nada. Sin embargo, habían sido llamados en un momento de crisis y se habían presentado rápidamente. Entonces combatieron junto al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— de tal manera que una derrota aparente se convirtió en victoria. Pero, al distribuir el botín, observaron que las manos de quienes habían huido durante la crisis estaban llenas, mientras que las suyas estaban vacías. 13[La misma obra, la misma página]

Ibn Ishaq narró, citando a Abu Saíd al-Judri —que Allah esté complacido con él—, que cuando el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dio grandes donaciones a los líderes tribales de Quraysh y de las tribus árabes, sin dar nada a los ánsares, estos se sintieron afligidos. Murmuraron entre ellos. Algunos llegaron a decir abiertamente: «¡Por Allah! El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— se ha unido a su propio pueblo». Sa’d ibn Ubadah —que Allah esté complacido con él— fue ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y dijo: «Oh, Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, los ánsares no están satisfechos con lo que has hecho respecto al botín de guerra. Te critican. Dicen que solo has distribuido los bienes entre tu propio pueblo y que has dado especialmente a las tribus árabes, mientras que no has dado nada a los ánsares». El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— preguntó: «Oh, Sa’d, ¿cuál es tu opinión al respecto?». Él respondió: «Oh, Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, yo también pertenezco a mi pueblo». El Profeta amado dijo: «Ve y reúne a la gente de tu pueblo en un solo lugar». Sa’d así lo hizo. Llegaron algunos emigrados y también se les permitió sentarse. Llegaron otras personas, pero fueron rechazadas. Después informaron al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— de que ya estaban presentes. Entonces fue hacia ellos.

Después de alabar a Allah como correspondía, el Profeta amado dijo: «¡Oh, ánsares! ¿Es vuestro descontento la causa de vuestras críticas? ¿Acaso no acudí a vosotros cuando estabais extraviados? Entonces Allah, exaltado sea, os guió. Eráis pobres y dependientes, y Allah, exaltado sea, os concedió riquezas. Él unió vuestros corazones. ¿Acaso no es cierto todo esto?». Ellos respondieron: «Sí, oh, Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, has dicho la verdad. Allah, exaltado sea, y Su Mensajero —que Allah lo bendiga y le conceda paz— nos han mostrado una gran bondad». Él dijo: «¿Por qué los ánsares no responden?». Ellos dijeron: «¿Qué podemos responder? Allah, exaltado sea, y Su Mensajero —que Allah lo bendiga y le conceda paz— nos han mostrado una gran bondad». Él dijo: «Si quisierais, podríais decir: “Viniste a nosotros cuando te habían desmentido, y nosotros creímos en ti. Te habían dejado solo, sin amigos, y nosotros te ayudamos. Te habían rechazado, y nosotros te dimos refugio. Eras necesitado, y nosotros aliviamos tu aflicción”».

El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: «¡Oh, ánsares! En vuestro interior os habéis disgustado por una cosa insignificante de este mundo. Mediante esa cosa he reconciliado los corazones de algunas personas para que se hagan musulmanas. A vosotros os he dejado con el Islam que habéis abrazado. ¡Oh, ánsares! ¿Acaso no estáis satisfechos con que los demás regresen a sus hogares llevando camellos y cabras, mientras vosotros regresáis a los vuestros llevando con vosotros al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—? Por Aquel en cuya mano está mi alma, si no hubiera ocurrido la emigración, yo también habría sido uno de los ánsares. Si toda la gente siguiera un camino y los ánsares siguieran otro, yo seguiría el camino de los ánsares. ¡Oh, Allah, ten misericordia de los ánsares, de sus hijos y de sus nietos!»

Al escuchar el discurso del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, la gente lloró tanto que sus barbas se empaparon. Decían: «Estamos satisfechos con que el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— permanezca en nuestra parte». Después, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— se marchó y los compañeros regresaron a sus respectivos lugares. 14[Ibn Hisham, tomo 2, pp. 499-500; Sahih al-Bujari, tomo 2, pp. 620-621[

Llegada de la delegación de Hawazin

Después de distribuir el botín, una delegación de la tribu de Hawazin acudió, ya convertida al Islam, ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Eran catorce personas. Zuhayr ibn Surad era su líder. También se encontraba entre ellos Abu Barqan, tío de leche del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Llegaron y solicitaron que se devolvieran los prisioneros de guerra y los bienes. Hablaron de tal manera que los corazones de todos se enternecieron. 15[Ibn Ishaq dice que nueve personas destacadas de las tribus de la delegación formaban parte de ella. Aceptaron el Islam, prestaron juramento de fidelidad y hablaron con Allah y Su Mensajero. Dijeron: «Oh, Mensajero de Allah, entre aquellos a quienes has tomado prisioneros se encuentran nuestras madres y hermanas, nuestras tías paternas y maternas. Esto es humillante para nuestro pueblo». (Fath al-Bari, tomo 8, p. 33). Cabe señalar que con «madres», «hermanas» y otras expresiones se aludía a las madres, tías paternas, tías maternas y hermanas de leche del Mensajero de Allah. El portavoz de la delegación era Zuhayr ibn Surad. Existe desacuerdo respecto a Abu Barqan. Algunos lo mencionan como Abu Marwan y Abu Sarwan]. El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: «Podéis ver a las personas que están con nosotros. Yo prefiero la verdad. Decidme sinceramente: ¿amáis más a vuestros hijos y descendientes o a vuestros bienes?»

Ellos respondieron: «Para nosotros, el honor familiar tiene mayor valor». El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: «De acuerdo. Después de que ofrezca la oración del mediodía, os levantaréis y diréis: “Hacemos del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— nuestro intercesor ante los creyentes, y de los creyentes nuestros intercesores ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—”. Por tanto, devolvednos a nuestros prisioneros».

Después de la oración del mediodía, dijeron eso. El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: «Mi parte y la de los Banu Abd al-Muttalib son para vosotros. Ahora mismo consultaré a los demás». Inmediatamente, los ansar y los emigrados se pusieron de pie y dijeron: «Todo lo que poseemos es también para el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—». Entonces Aqra ibn Habis se levantó y dijo: «Lo que me pertenece a mí y a los Banu Tamim no es para usted». Uyayna ibn Hisn dijo: «Lo que me pertenece a mí y a los Banu Fazara no es para usted». Abbas ibn Mirdas dijo: «Lo que me pertenece a mí y a los Banu Sulaym tampoco es para ustedes». Un hombre de la tribu de Banu Sulaym se levantó y dijo: «No, al contrario: todo lo que poseemos es para el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—». Al oír esto, Abbas ibn Mirdas dijo: «Me habéis humillado».

El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: «Mirad, ellos han venido a abrazar el islam. Por eso he retrasado el reparto de sus cautivos. Así pues, quienes tengan cautivos deben devolverlos. Eso será lo mejor. Quien quiera conservar su parte correspondiente, que devuelva también a los cautivos. En el futuro, cuando se obtengan bienes de fay, se les dará a cambio seis veces esa cantidad». La gente dijo: «Estamos dispuestos a entregar todo con gusto por el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—». El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: «No sé quién está de acuerdo y quién no».

Después dijo: «Más bien, regresad y enviadme a vuestro jefe». Entonces los compañeros devolvieron a los niños y las mujeres cautivos. A Uyayna ibn Hasan le había correspondido una anciana; al principio no quiso devolverla, pero después también la devolvió. El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— despidió a cada cautivo regalándole un manto copto.

La umra y el regreso a Medina

Después de repartir el botín, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— asumió el ihram en Yirana para realizar la umra y la llevó a cabo. Después nombró a Attab ibn Asid gobernador de La Meca.

Muhammad al-Ghazali dice: «Cuando, durante esta victoria, Allah Todopoderoso coronó su cabeza con la corona de la gran victoria, ¡qué diferencia había entre aquel momento y el momento en que llegó a esta ciudad ocho años antes!»

Había llegado a esta ciudad como alguien que esperaba encontrar seguridad. En aquel entonces era desconocido y extraño, y albergaba dudas en su corazón. En ese momento, los habitantes locales le otorgaron honor, le dieron refugio y le ayudaron; siguieron la luz que él había traído consigo. No solo eso, sino que por él consideraron insignificante toda forma de hostilidad de los demás. Los mismos que, ocho años antes, después de su emigración a Medina, habían recibido al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, son quienes hoy vuelven a recibirlo. Hoy La Meca está en la palma de su mano y bajo su control. El pueblo de La Meca ha depositado a los pies del misericordioso Profeta —que Allah lo bendiga y le conceda paz— su arrogancia y su ignorancia. Él les perdonó todas las injusticias de los días pasados y les concedió, mediante el islam, honor y éxito.

Allah Todopoderoso dice en el Noble Corán: «Ciertamente, quien obra con veracidad y paciencia, sepa que Allah Todopoderoso no deja perder la recompensa de quienes hacen el bien». (16. Fiqh al-Sira, pág. 306. Para conocer en detalle la conquista de La Meca y la batalla de Taif, véanse Zad al-Ma’ad, tomo 2, págs. 160-201; Ibn Hisham, tomo 2, págs. 389-501; Sahih al-Bujari, tomo 2, págs. 612-623; y Fath al-Bari, tomo 8, págs. 3-85.)

Las expediciones posteriores a la conquista de La Meca

Tras regresar a Medina después de este largo y exitoso viaje, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— permaneció allí durante algún tiempo. Durante este período, recibió a diversas delegaciones, envió funcionarios para administrar el gobierno y envió predicadores para difundir la religión.

Asimismo, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se enfrentó a quienes, aun después de que la superioridad del islam había quedado demostrada, no pudieron aceptarlo y, por el contrario, mostraban arrogancia y obstinación de diversas maneras. A continuación se relatan esos acontecimientos.

Envío de recaudadores para el zakat

En la exposición anterior quedó claro que, después de la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— regresó a Medina hacia el final del octavo año de la Hégira. Inmediatamente después de la aparición de la luna de Muharram del noveno año de la Hégira, el Profeta Mustafá —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió recaudadores para recoger el zakat de diversas tribus. A continuación se presenta su lista.

Nombre del recaudador — tribu a la que fue enviado

1. Uyayna ibn Hisn — Banu Tamim

2. Yazid ibn Husayn — Aslam y Ghifar

3 Ubbad ibn Bashir al-Ashhali, Sulaym y Muzayna

4 Rafi ibn Makith, Yuhayna

5 Amr ibn al-As, Banu Fazara

6 al-Dahhak ibn Sufyan, Banu Kilab

7 Bashir ibn Sufyan, Banu Ka’b

8 Ibn al-Lutbiyyah, Azd, Banu Zabyan

9 Muhajir ibn Abi Umayya, la ciudad de Saná

10 Ziyad ibn Labid, Hadramaut

11 Adi ibn Hatim al-Ta’i y Banu Asad

12 Malik ibn Nuwayra, Banu Hanẓala

13 Zibrqan ibn Badr, una parte de Banu Sa’d

14 Qays ibn Asim, otra parte de Banu Sa’d

15 Alá ibn Hadrami, Baréin

16 Alí ibn Abu Talib, Nayrán

A estos compañeros se les envió como recaudadores durante el mes de Muharram del noveno año de la Hégira. Para entonces, los miembros de las tribus de las zonas correspondientes ya habían aceptado el islam. Muchos partieron a comienzos del mes de Muharram y muchos otros lo hicieron después. Esto permite hacerse una idea de la amplitud del éxito de la predicación del islam después del Tratado de Hudaybiyya. Tras la conquista de La Meca, la gente comenzó a refugiarse en el seno del islam en grupos.

Varias sariyyas de este período

Se enviaron recaudadores para cobrar el zakat a las distintas tribus. Sin embargo, a pesar de la paz y el orden en varias regiones de la Península Arábiga, en algunos lugares surgieron disturbios. Se enviaron tropas para sofocarlos. A continuación se relatan algunas de estas expediciones.

(1) La expedición de Uyayna ibn Hisn al-Fazari

Muharram del noveno año de la Hégira

Uyayna fue enviado al frente de cincuenta jinetes contra la tribu de Banu Tamim. La razón era que Banu Tamim incitaba a varias tribus y las disuadía de pagar la yizia. En esta expedición no participó ningún emigrado ni ningún ansar.

Uyayna ibn Hanan marchaba de noche y se ocultaba durante el día. Después de avanzar de ese modo, llegó al lugar indicado y persiguió a los miembros de la tribu de Banu Tamim. Estos huyeron corriendo a toda velocidad. Sin embargo, los musulmanes capturaron a once hombres, veintiuna mujeres y treinta niños. Los llevaron a Medina y los mantuvieron detenidos en la casa de Ramla bint Harith.

Después llegaron diez jefes de la tribu de Banu Tamim para negociar la liberación de los prisioneros. Fueron a la puerta de la casa del Mensajero de Allah —Allah le bendiga y le conceda paz— y gritaron: «¡Oh, Muhammad, sal a nosotros!». El Mensajero de Allah —Allah le bendiga y le conceda paz— salió. Ellos comenzaron a hablar con él abrazándolo. El Mensajero de Allah —Allah le bendiga y le conceda paz— pasó un tiempo con ellos. Entretanto llegó la hora de la oración del mediodía. Él dirigió la oración. Después de la oración se sentó en el patio de la mezquita. Los jefes de Banu Tamim expresaron su deseo de entablar un debate para demostrar su orgullo y arrogancia, y presentaron a su orador, Ata ibn Hayib. Este pronunció un discurso. El Mensajero de Allah —Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó que lo enfrentara el orador del islam, el honorable Zabit ibn Qays Shammás. Este pronunció una respuesta. Después, los jefes de Banu Tamim presentaron al poeta de su tribu, Zaykal ibn Badr. Este recitó unos poemas llenos de arrogancia. El honorable Hassan ibn Zabit, poeta del islam, le respondió.

Cuando ambos oradores y ambos poetas terminaron sus discursos y recitaciones, Aqra ibn Habis dijo: «Su orador ha pronunciado un discurso más contundente que el nuestro, y su poeta ha recitado una poesía mejor que la de nuestro poeta. La voz de su orador y de su poeta es más elevada que la de nuestro orador y nuestro poeta». Después de esto, los jefes visitantes de Banu Tamim aceptaron el islam. El Mensajero de Allah —Allah le bendiga y le conceda paz— les regaló esclavas y devolvió a las mujeres y los niños cautivos. (1) Los autores expertos en asuntos bélicos han relatado que este acontecimiento tuvo lugar en Muharram del noveno año de la Hégira. De ello se desprende que Aqra ibn Habis se hizo musulmán en ese momento. Sin embargo, los autores de biografías proféticas han escrito que el Mensajero de Allah habló de devolver a los cautivos de la tribu de Banu Hawazin. Entonces Aqra ibn Habis dijo: «Ni yo ni Banu Tamim los devolveremos». Esto indica que Aqra ibn Harith se había hecho musulmán antes de Muharram del noveno año de la Hégira.

2. La expedición de Qutba ibn Amir

El mes de Safar del noveno año de la Hégira

Esta sariyya partió hacia una rama de la tribu de Jath’am, en la zona de Tabala, cerca de Torba. Qutba emprendió la marcha con veinte hombres. Disponían de diez camellos, en los que se turnaban para montar. Los musulmanes lanzaron un ataque sorpresa, tras lo cual comenzó un intenso enfrentamiento. Varios hombres de ambos bandos resultaron heridos. Qutba murió junto con algunos de sus compañeros. Aun así, los musulmanes llevaron a Medina ovejas, cabras y niños.

3. La sariyya de al-Dahhak ibn Sufyan al-Kilabi

El mes de Rabi al-Awwal del noveno año de la Hégira

Esta sariyya fue enviada para invitar a la tribu de Banu Kilab al islam. Sin embargo, como se negaron a aceptar el islam, comenzó una batalla. Los musulmanes los derrotaron y mataron a uno de sus hombres.

4. La sariyya de Alqama ibn Mujazziz al-Mudlaji

El mes de Rabi al-Awwal del noveno año de la Hégira

Alqama fue enviado hacia la costa de Yeda como comandante de trescientos soldados. La razón era que un grupo de abisinios se había reunido cerca de la costa de Yeda. Pretendían saquear y asaltar a los habitantes de La Meca. Alqama avanzó por mar en una expedición hasta llegar a una isla. Al enterarse de la llegada de los musulmanes, los abisinios huyeron. 2[ Fath al-Bari, tomo 8, p. 59[

5. La expedición de Ali ibn Abi Talib

Mes de Rabi al-Awwal del noveno año de la Hégira

Hazrat Ali fue enviado para destruir un ídolo llamado Qalas o Qalisa, perteneciente a la tribu de Tai. Bajo el liderazgo de Hazrat Ali partieron ciento cincuenta soldados, con cien camellos y cincuenta caballos. Llevaban banderas blancas y negras. Al amanecer, los musulmanes atacaron el barrio de Hatim al-Ta’i y destruyeron el ídolo de Qalas. Después capturaron a muchas personas, animales cuadrúpedos, ovejas y cabras. Entre los cautivos se encontraba también la hija de Hatim al-Ta’i. Adi ibn Hatim, hijo de Hatim, huyó hacia Siria. Los musulmanes encontraron tres espadas y tres corazas en la casa del ídolo de Qalas. Los bienes del botín fueron repartidos durante el regreso. La hija de Hatim al-Ta’i no fue asignada a la parte de nadie.

Después de llegar a Medina, la hija de Hatim al-Ta’i pidió misericordia al Mensajero de Allah y dijo: «Oh, Mensajero de Allah, quien podía venir aquí hoy está desaparecido. Mi padre ha muerto. Soy anciana y no tengo fuerzas para servir. Ten piedad de mí; Allah tendrá piedad de ti». El Profeta Mustafa preguntó: «¿Quién podía venir por ti?». Ella respondió: «Mi hermano, Adi ibn Hatim». El Mensajero de Allah dijo: «Ese hombre que huyó de Allah y de Su Mensajero». Tras decir esto, el Profeta Mustafa se marchó. Durante tres días se repitió el mismo diálogo. Al tercer día, el Mensajero de Allah, movido por la compasión, liberó a la hija de Hatim. En ese momento había allí un sahabi, probablemente Hazrat Ali, quien le dijo a la mujer: «Pide también al Profeta misericordioso una montura». La mujer así lo hizo. Entonces el Mensajero de Allah ordenó asimismo que se le proporcionara una montura a la hija de Hatim.

Tras ser liberada en Medina, la hija de Hatim se dirigió directamente a Siria. Al encontrarse con sus hermanos, les dijo: «El Profeta misericordioso ha mostrado una compasión que ni siquiera vuestro padre habría podido mostrar. Id ante él con temor y esperanza». Después, Adi ibn Hatim fue a Medina y se entrevistó directamente con el Mensajero de Allah. El Profeta Mustafa lo hizo sentarse frente a él y le dijo: «¿De qué huyes? ¿Huyes de Allah y de Su Mensajero? Si es así, dime: ¿conoces alguna divinidad aparte de Allah?». Él respondió: «No». El Profeta Mustafa dijo: «Escucha: la maldición de Allah pesa sobre los judíos, y los cristianos están extraviados». Adi dijo: «Entonces soy un musulmán obstinado». Al oír esto, el rostro del Profeta Mustafa resplandeció de alegría. Alojó al hijo de Hatim en la casa de un ansari. Después, Adi ibn Hatim acudía mañana y tarde ante el Profeta Mustafa. 3 [Zad al-Ma’ad, tomo 2, p. 205]

Ibn Ishaq relató, transmitiéndolo de Adi ibn Hatim, que el Profeta Mustafa lo hizo sentarse frente a él en su casa y le preguntó: «Adi ibn Hatim, ¿no eras acaso un sacerdote?». Adi dijo: «Respondí: “Sí, así es”». El Profeta dijo: «¿No solías tomar una cuarta parte del botín de tu pueblo?». Respondí: «Sí, así es». Él dijo: «Sin embargo, eso no es lícito en vuestra religión». Dije: «Sí, es cierto». En ese mismo momento comprendí que él era un guía veraz y que era el Mensajero enviado por Allah, porque me había hablado de algo que normalmente no podía conocer. 4 [Ibn Hisham, tomo 2, p. 581]

En la narración de Musnad Ahmad se menciona que el Mensajero de Allah dijo: «Oh, Adi, acepta el islam y estarás a salvo». Respondí: «Yo sigo una religión». Él dijo: «Yo conozco tu religión mejor que tú». Pregunté: «¿Conoce usted mi religión mejor que yo?». Respondió: «Sí. ¿Acaso no eres sacerdote? ¿No consumes y utilizas una cuarta parte del botín de tu pueblo?». Respondí: «Sí, así es». El Profeta Mustafa dijo: «Eso no es lícito según vuestra religión». Ante estas palabras del Profeta Mustafa, incliné la cabeza con humildad. 5 [Musnad Ahmad, tomo 7, pp. 258-278]

En Sahih al-Bujari se narra, transmitido por Hazrat Adi ibn Hatim, que yo estaba sentado frente al Profeta Mustafa cuando llegó un hombre y se quejó de su hambre. Luego llegó otro y se quejó de los asaltos de los bandidos. El Profeta Mustafa dijo: «Oh, Adi, ¿has visto la ciudad de Hira? Si tu vida se prolonga y vives muchos años, verás que una mujer llegará desde Hira montada en un caballo y circunvalará la Kaaba. En ese momento no tendrá otro temor que el temor de Allah. Si vives muchos años, conquistaréis los tesoros de Cosroes. Si tu vida se prolonga, verás que se llevará oro, llenando los bordes de los mantos, para distribuirlo, pero no se encontrará a nadie que lo acepte». Al final de esta narración se dice que Adi afirmó: «Vi a una mujer llegar desde Hira montada en un howdah y circunvalar la Kaaba, sin temer a nadie excepto a Allah. Yo mismo estuve entre quienes conquistaron los tesoros de Cosroes. Si vivís muchos años, también comprobaréis la veracidad de lo que dijo Abu al-Qasim: que se llevará oro, llenando los bordes de los mantos, para distribuirlo, pero no se encontrará a nadie que lo acepte». 6 [Sahih al-Bujari, tomo 1, p. 507]

 

La batalla de Tabuk

La conquista de La Meca fue una campaña decisiva entre la verdad y la falsedad. Después de esta campaña, no quedó ninguna duda en los corazones de los habitantes de La Meca acerca de la profecía y la misión apostólica del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda la paz). Por ello, la situación cambió de manera asombrosa. La gente abrazaba el islam en grupos sucesivos. Abordaremos detalladamente este tema en el capítulo titulado «El envío de delegaciones». También puede deducirse de este asunto el número de musulmanes presentes durante la Peregrinación de Despedida. En resumen, puesto que los problemas internos estaban prácticamente resueltos, los musulmanes comenzaron a concentrarse con todo empeño en hacer universales las enseñanzas de la sharía islámica y en difundir y promover el islam.

Causa de la batalla

En aquel momento, una potencia había puesto sus ojos en Medina y quería provocar un conflicto con los musulmanes sin ninguna provocación por parte de estos. Era la potencia romana. En el mundo de aquella época, era la potencia más grande y poderosa. Ya se ha mencionado que Shurahbil ibn Amr al-Ghassani fue quien preparó el terreno para este conflicto. Este hombre asesinó al enviado del Profeta Mustafa (que Allah le bendiga y le conceda la paz), Harith ibn Azdi. Dicho enviado había sido enviado al gobernador de Busra. Después, el Profeta Mustafa (que Allah le bendiga y le conceda la paz) envió un destacamento bajo el mando de Hazrat Zayd ibn Haritha. Como resultado, tuvo lugar la batalla de Mu’tah en territorio romano. Sin embargo, el ejército musulmán no pudo vengarse de los enemigos. Aun así, esta expedición ejerció una profunda influencia en los corazones de los habitantes de Arabia, tanto cercanos como lejanos.

El César de Roma no podía ignorar todos estos efectos, reacciones ni su magnitud. Como consecuencia de las expediciones musulmanas, el sentimiento de independencia había comenzado a despertar entre las diversas tribus de Arabia. Esta era una situación peligrosa para él. Al mismo tiempo, el espíritu de libertad de la población se estaba convirtiendo en un desafío para los romanos en las zonas fronterizas. La tensión aumentaba especialmente en la frontera de Siria. Por ello, el César de Roma pensó que había que reprimir y eliminar por completo el poder de los musulmanes antes de que se volviera peligroso. Así no habría oportunidad de que la sedición y los disturbios se extendieran en las zonas árabes vinculadas a Roma.

A causa de estas guerras, antes de que transcurriera un año desde la batalla de Mu’tah, el César de Roma comenzó a reunir tropas procedentes de Roma, de sus habitantes y de las zonas árabes sometidas a Roma. Esto constituía los preparativos previos para un terrible y sangriento enfrentamiento con los musulmanes.

Noticias generales sobre los preparativos de Roma y los gassaníes

Mientras tanto, en Medina llegaban sucesivamente noticias de que en Roma se estaban preparando para una batalla decisiva contra los musulmanes. Al recibir estas noticias, los musulmanes pasaban los días inquietos y angustiados. Se sobresaltaban al oír de repente cualquier ruido. Pensaban que los romanos ya habían llegado. En el noveno año de la Hégira ocurrió un incidente. Este acontecimiento muestra el grado de preocupación y angustia de los musulmanes. En aquella época, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, hizo el ila con sus esposas¹ —es decir, juró no acercarse a una mujer. Según la sharía, si el juramento era por cuatro meses o menos, no se aplicaba ninguna disposición al respecto. Si el juramento era por más de cuatro meses, al cumplirse los cuatro meses el asunto debía remitirse a un tribunal conforme a la sharía, y este diría: «O concede a su esposa el rango que le corresponde como esposa, o divórciela». Sin embargo, según algunos Compañeros, una vez transcurridos cuatro meses el divorcio se producía automáticamente— y se instaló en una habitación separada, apartándose de ellas. Al principio, los nobles Compañeros no podían comprender lo que ocurría. Pensaron que el Profeta Mustafa, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se había divorciado de sus esposas. Esto llenó a los Compañeros de profunda preocupación y aflicción. Hadrat Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él) relató este incidente diciendo: «Yo tenía un compañero de los ansar. Cuando yo estaba ausente de la presencia del Profeta Mustafa, que Allah le bendiga y le conceda la paz, él venía a informarme de las noticias; y cuando él estaba ausente, yo iba a informarle a él. Ambos vivíamos en las afueras de Medina. Éramos vecinos. Nos turnábamos para presentarnos al servicio del Profeta (la paz sea con él). Umar dijo: “En aquel entonces temíamos al gobernante de los gassaníes. Se nos había dicho que el rey de Gassán podía atacarnos. Por eso pasábamos siempre los días llenos de preocupación y angustia”. Un día, mi compañero de los ansar llegó de repente y llamó a la puerta diciendo: “¡Abre, abre!”. Le pregunté: “¿Ha llegado el gassaní?”. Respondió: “No, ha ocurrido algo aún más grave: el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se ha separado de sus esposas”». ² [Sahih al-Bujari, tomo 2, pág. 730]

En otra narración se relata que el honorable Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Se difundió entre nosotros la noticia de que el emperador de Gassán había preparado caballos para atacarnos. Un día, alguien vino conmigo a la residencia del Profeta Mustafa —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y comenzó a golpear fuertemente la puerta. Él preguntó desde fuera: “¿Te has quedado dormido?”. Salí muy alarmado. Dijo: “Ha ocurrido una gran calamidad”. Pregunté: “¿Qué ha pasado? ¿Acaso ha llegado Gassán?”. Respondió: “No, ha ocurrido algo aún más grave. El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— se ha divorciado de sus esposas”. 3 [Sahih al-Bujari, tomo 1, p. 334]

Este hecho permite comprender cuán grave era en aquel entonces la amenaza de un ataque romano contra los musulmanes. Después de que el Profeta Mustafa —que Allah lo bendiga y le conceda paz— llegó a Medina, los hipócritas difundían entre los musulmanes noticias exageradas sobre los preparativos bélicos de los romanos. Sin embargo, observaban que el Mensajero —que Allah lo bendiga y le conceda paz— triunfaba en todos los ámbitos y no temía a ninguna potencia del mundo. Cada obstáculo que se alzaba ante él quedaba hecho pedazos. A pesar de todo ello, los hipócritas esperaban en secreto que esta vez los musulmanes no pudieran salvarse y recibieran una severa derrota. El día de contemplar aquel espectáculo tan esperado no estaba lejos. Con este tipo de pensamientos, construyeron una mezquita conocida como «la mezquita de Dirar». Los hipócritas se reunían allí, conversaban y tramaban toda clase de conspiraciones contra los musulmanes. Fue construida con el objetivo de crear división y desorden entre los musulmanes, quebrar la unidad de la comunidad musulmana y preparar el terreno para ayudar a los enemigos. No se limitaron a dedicarse en aquella mezquita, fundada con malas intenciones, a actividades contrarias al islam, sino que también solicitaron al Profeta (que Allah lo bendiga y le conceda paz) que dirigiera allí la oración. De este modo, los hipócritas querían engañar a los musulmanes de corazón sencillo. Si el Profeta rezaba allí una sola vez, los musulmanes comunes no comprenderían el propósito abominable de aquella mezquita fundada por los hipócritas. Tampoco podrían imaginar qué terribles conspiraciones y complots se estaban urdiendo contra ellos en aquel edificio llamado mezquita. Además, los musulmanes no prestarían atención a quiénes frecuentaban aquella mezquita. Así, la mezquita se convertiría en un centro de conspiración de los hipócritas y de sus aliados externos. Pero el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— no aceptó rezar allí de inmediato. Dijo: “Si Allah quiere, rezaré en esa mezquita al regresar de la guerra”. En aquel momento estaba ocupado con los preparativos bélicos. Sin embargo, los hipócritas no pudieron alcanzar su objetivo. Allah puso al descubierto su conspiración. Al regresar de la guerra, el Profeta Supremo, en lugar de rezar en aquella mezquita, la destruyó.

Noticias especiales sobre los preparativos de Roma y Gassán

En aquella época, los nabateos que habían ido a Siria a traer aceite supieron de repente [4. Eran descendientes de Nabate ibn Ismail (la paz sea con él). En un tiempo dominaron Petra y la región septentrional del Hiyaz, pero con el paso del tiempo perdieron su poder y se convirtieron en agricultores y comerciantes] que Heraclio había formado un ejército de cuarenta mil soldados temibles y que un célebre guerrero romano dirigía dicho ejército. Aquel comandante había reunido bajo su mando a las tribus cristianas de Lajm, Yudham y otras, y la vanguardia había llegado a un lugar llamado Balqa. De este modo, los musulmanes se encontraron ante un grave problema.

La gravedad de la situación

En aquel tiempo hacía un calor intenso. En el país reinaban la penuria económica y una situación cercana a la hambruna. Por ello, muchos querían permanecer a la sombra y cerca de los frutos. No querían marchar inmediatamente a la guerra. Además, el camino era muy largo, difícil y accidentado. Considerándolo todo, la situación era sumamente delicada.

Una decisión inmediata

El Profeta de Allah, tras evaluar esta situación, era partidario de tomar medidas inmediatas. Comprendía que, si en un momento tan crítico se mostraban negligencia y pereza a la hora de combatir contra los romanos, estos entrarían en las regiones dominadas y habitadas por los musulmanes. Como consecuencia, se producirían graves repercusiones para la llamada, la difusión y la expansión del islam. Los musulmanes perderían su superioridad militar. Las fuerzas de la falsedad y la incredulidad, derrotadas en la batalla de Hunayn, volverían a cobrar vida. Los hipócritas que mantenían contactos secretos con potencias externas y esperaban el momento y la oportunidad apuñalarían a los musulmanes por la espalda. Detrás estarían los grupos enemigos y los hipócritas, mientras que delante estarían las tropas romanas no musulmanas. Así, los esfuerzos y sacrificios dedicados a la difusión y expansión del islam se encaminarían al fracaso. Los sufrimientos prolongados del Profeta y de sus compañeros resultarían inútiles. El éxito conseguido con grandes dificultades se convertiría en fracaso. Y, sin embargo, la historia de los sacrificios y la perseverancia de los musulmanes detrás de este éxito era sumamente larga.

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) comprendía muy bien todas estas posibilidades. Por ello decidió que, en lugar de permitir que los infieles entraran en las zonas dominadas y habitadas por los musulmanes, se les atacaría yendo directamente a sus territorios.

Anuncio de los preparativos de guerra contra los romanos

Después de examinar los asuntos mencionados, el Profeta Mustafa (que Allah le bendiga y le conceda paz) ordenó a los compañeros que se prepararan para la guerra. También se ordenó a los habitantes de La Meca y a las distintas tribus árabes que se prepararan para la guerra. En otras ocasiones, el mejor de los profetas (que Allah le bendiga y le conceda paz) adoptaba una estrategia diferente: mantenía en secreto el destino de la expedición. Pero esta vez no lo hizo. Anunció públicamente que habría una guerra contra los romanos.

El anuncio público de la guerra se hizo para que los musulmanes pudieran prepararse adecuadamente para ella. También fue revelada una parte de la sura At-Tawba para alentar a los musulmanes a prepararse para la guerra. Además, él explicó las virtudes de dar sadaqa y caridad, y animó a los musulmanes a gastar sus bienes y riquezas por la causa de Allah.

Los esfuerzos de los musulmanes para prepararse para la guerra

Los nobles compañeros comenzaron a prepararse para la guerra inmediatamente después de recibir la orden del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Los musulmanes entusiastas comenzaron a llegar desde todos los alrededores de Medina. Nadie podía siquiera pensar en mantenerse alejado de esta guerra, excepto aquellos cuyos corazones estaban afectados por la hipocresía, es decir, por la enfermedad del nifaq. Sin embargo, había tres grupos de musulmanes diferenciados. No había ningún defecto en su fe ni en sus obras. Los musulmanes pobres y hambrientos acudían y solicitaban que se les proporcionaran medios de transporte. Pero el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) manifestaba su incapacidad para ayudarlos. Sobre esto, Allah, el Altísimo, dice en la sura At-Tawba: «No hay culpa alguna sobre aquellos que acudieron a ti para que les proporcionaras monturas y tú les dijiste: “No encuentro ninguna montura para vosotros”. Se marcharon con los ojos inundados de lágrimas, llenos de tristeza por no poder gastar».

Los musulmanes trataban de superarse unos a otros en sadaqa y caridad. Uzmán (que Allah esté complacido con él) había preparado una caravana para enviarla a Siria con fines comerciales. Consistía en doscientas camellas bien equipadas. También había doscientas uqiyya, es decir, aproximadamente veintinueve kilos y medio de plata, y donó todo ello. Después donó nuevamente cien camellas completamente equipadas. Trajo mil dinares, es decir, aproximadamente cinco kilos de oro, y los entregó al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Él los examinaba, dándoles la vuelta, y decía: «Después de hoy, nada de lo que haga Uzmán podrá perjudicarle». 5 [Yami‘ at-Tirmidhi, Virtudes de Uzmán ibn Affán, tomo II, pág. 211] Incluso después de esto, Uzmán siguió dando sadaqa. En total, además del dinero en efectivo, su donación ascendió a novecientas camellas y cien caballos.

Mientras tanto, Abd al-Rahmán ibn Awf (que Allah esté complacido con él) trajo doscientas uqiyya, es decir, aproximadamente veintinueve kilos y medio de plata. Abu Bakr as-Siddiq (que Allah esté complacido con él) llevó todo lo que había en su casa y dejó en ella únicamente a Allah, el Altísimo, y a Su Mensajero. El valor de su donación era de cuatro mil dirhams. Él fue el primero en presentarse con su donación. Umar (que Allah esté complacido con él) se presentó con la mitad de sus bienes. Abbás (que Allah esté complacido con él) trajo gran parte de sus riquezas. Talha, Sa‘d ibn Ubada y Muhammad ibn Maslama también se presentaron con muchas riquezas. Asim ibn Adi trajo noventa wasq, es decir, trece mil quinientos kilos, o algo más de trece toneladas, de dátiles. Los demás compañeros también trajeron sadaqa según sus posibilidades. Algunos dieron un puñado y otros dos; no tenían capacidad para dar más.

Las mujeres enviaron, según sus posibilidades, sus collares, brazaletes, pendientes, tobilleras, aros, anillos y demás objetos al servicio del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Nadie se abstuvo ni se quedó atrás. A nadie se le ocurrió ser tacaño. A quienes daban abundantes limosnas, los hipócritas les reprochaban, diciendo que pretendían conquistar el país de César con uno o dos dátiles. Sobre esto, Allah, exaltado sea, dice en la sura At-Tawba del Corán: «Allah se burla de quienes difaman y ridiculizan a los creyentes que dan limosna espontáneamente y a quienes no encuentran más que el fruto de su propio esfuerzo. Para ellos habrá un castigo doloroso».

El ejército musulmán en camino a Tabuk

El ejército islámico quedó preparado con gran entusiasmo y fervor. Entonces, el amado Profeta nombró gobernador de Medina a Muhammad ibn Maslama —según otra versión, a Saba ibn Arfata— y ordenó a Ali —que Allah esté complacido con él— permanecer en Medina para encargarse de su familia. Sin embargo, los hipócritas lo criticaron. Como consecuencia, Ali —que Allah esté complacido con él— salió de Medina y se reunió con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. El Profeta Mustafa —que Allah le bendiga y le conceda paz— lo envió de nuevo a Medina y le dijo: «¿No estás satisfecho con que tu relación conmigo sea como la relación de Moisés con Aarón? Ciertamente, después de mí no habrá ningún profeta».

Después de organizarlo todo, el Profeta digno de confianza —que Allah le bendiga y le conceda paz— partió hacia el norte. Según una narración de An-Nasa’i, aquel día era sábado. El destino era Tabuk. El número de soldados musulmanes era de treinta mil. Nunca antes se había reunido un ejército tan grande. A pesar de los esfuerzos máximos de los musulmanes, no fue posible proporcionar todo el equipo para un ejército tan numeroso. Había escasez de monturas y provisiones. Había un camello por cada dieciocho soldados, y esos dieciocho se turnaban para montar en él. Debido a la escasez de alimentos, a menudo tenían que comer hojas de los árboles y, aunque había pocos camellos, se veían obligados a sacrificar algunos para satisfacer el hambre. Por todas estas razones, este ejército recibió el nombre de «Yaysh al-Usra», es decir, el ejército de la penuria.

En el camino hacia Tabuk, el ejército islámico pasó por «Hiyr», es decir, la zona donde se asentó el pueblo de Zamud. El pueblo de Zamud había excavado casas en las rocas dentro de «Wadi al-Qura». Los nobles Compañeros extrajeron agua de un pozo allí. Cuando partían después de sacar agua, el Profeta digno de confianza —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «No bebáis agua de este lugar ni la utilicéis para la ablución. Tomad agua del pozo del que bebía la camella del Profeta Salih —la paz sea con él—».

Se narra en Sahih al-Bujari y Sahih Muslim, según Abdullah ibn Umar —que Allah esté complacido con él—, que cuando el Profeta digno de confianza —que Allah le bendiga y le conceda paz— pasó por Hiyr, es decir, la tierra de Zamud, dijo: «No entréis en las moradas de esos injustos, para que no os alcance la desgracia que les sobrevino. Sin embargo, podéis entrar llorando». Después se cubrió la cabeza y atravesó rápidamente aquel lugar. 6[ Sahih al-Bujari, tomo 2, p. 637]

Durante el trayecto surgió una grave escasez de agua. Finalmente, los Compañeros presentaron su petición al Profeta digno de confianza —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Él suplicó y Allah, exaltado sea, envió una nube. Llovió abundantemente. Los Compañeros bebieron agua hasta saciarse y también almacenaron la cantidad necesaria.

Cuando se acercaron a Tabuk, el Profeta digno de confianza —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Si Allah quiere, mañana llegaréis al estanque de Tabuk. Sin embargo, no podréis llegar antes de la hora de duha. Quienes lleguen antes no deberán tocar el agua de allí hasta que yo llegue».

Hazrat Mu‘az (que Allah esté complacido con él) dice: «Cuando llegamos a Tabuk, vimos que dos de nuestros compañeros ya habían llegado allí. De la fuente brotaba muy poca agua. El Profeta al-Amín preguntó: “¿Habéis tocado el agua de aquí?”. Ellos respondieron: “Sí”. Al oír esto, el Profeta dijo lo que Allah había querido que dijera. Después tomó un poco del escaso agua de la fuente. Cuando el agua, que brotaba lentamente, se acumuló en la palma de su mano, se lavó las manos y el rostro con ella, y luego devolvió también aquella agua a la fuente. Entonces comenzó a brotar abundante agua de la fuente. Los compañeros bebieron de ella hasta saciarse. Después el Profeta me dijo: “¡Oh, Mu‘az! Si vives muchos años, verás que aquí los jardines se han vuelto frondosos”. 7[Muslim Sharif, tomo 2, pág. 246]»

De camino a Tabuk —según otra versión, después de llegar a Tabuk—, el Profeta dijo: «Esta noche habrá una tormenta muy fuerte; que ninguno de vosotros se levante. Quien tenga un camello, que sujete firmemente la cuerda de su camello». Por la noche se desató una tormenta muy fuerte. Un compañero se había levantado; la violencia de la tormenta lo arrastró y lo arrojó entre dos montañas. 1[Ibíd.]

Durante este viaje, el Profeta realizaba conjuntamente las oraciones del mediodía y de la tarde, y las del ocaso y de la noche. Practicó tanto el jam‘ taqdim como el jam‘ ta’jir. Jam‘ taqdim significa que a veces realizaba las oraciones del mediodía y de la tarde en el tiempo del mediodía, y las del ocaso y de la noche en el tiempo del ocaso. Jam‘ ta’jir significa que a veces realizaba las oraciones del mediodía y de la tarde en el tiempo de la tarde. En otras ocasiones realizaba las oraciones del ocaso y de la noche en su tiempo.

El ejército islámico en Tabuk

Después de que el ejército islámico acampó en Tabuk, montaron sus tiendas. Estaban preparados para luchar contra las tropas romanas. El Profeta al-Amín pronunció ante los compañeros un discurso enérgico. En él los animó y les dio buenas noticias sobre el bien de este mundo y del Más Allá. Gracias a este discurso, aumentó la moral de los soldados. No consideraron importante ninguna carencia. Por otro lado, la situación de Roma y de su ejército llegó a tal punto que, al enterarse de la llegada del enorme ejército musulmán, se asustaron y no tuvieron valor para avanzar y enfrentarse a él. Se dispersaron en sus propias ciudades. Esta retirada de los infieles resultó beneficiosa para los musulmanes. Se empezó a hablar de la superioridad de la fuerza militar de los musulmanes en Arabia y fuera de Arabia. El éxito político que los musulmanes obtuvieron en esta expedición no habría sido posible si hubieran combatido contra los romanos.

El relato detallado es el siguiente: Yahanna ibn Ru’ba, gobernador de Ayla, acudió ante el Profeta al-Amín y concertó un tratado de paz aceptando la condición de pagar la yizya. Los habitantes de Jarrah y Azruh también se presentaron y aceptaron la condición de pagar la yizya. El Profeta les redactó un documento de tratado, que ellos conservaron. El tratado de paz escrito para el gobernador de Ayla era el siguiente: «En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. Este salvoconducto de paz se escribe de parte de Allah y del Profeta Muhammad para Yahanna ibn Ru’ba y los habitantes de Ayla. Allah y el Profeta Muhammad garantizan la protección de sus barcos y caravanas por tierra y por mar, y esta protección se extiende a los sirios y a los habitantes del mar que permanezcan con Yahanna. Sin embargo, si alguno de ellos provoca disturbios, Muhammad no podrá garantizar con sus bienes la seguridad de su vida. Los bienes de tal persona serán lícitos para quien los tome. No se les impedirá bajar a ningún pozo ni transitar por ningún camino, por tierra o por mar».

Además, el Mensajero envió a Hazrat Jalid ibn al-Walid, con un destacamento de 420 soldados, ante Ukaidir, gobernador de Dumat al-Yandal. Se le indicó a Jalid que lo encontraría cazando un toro azul. Hazrat Jalid partió. Cuando ya se divisaba la fortaleza del gobernador, de repente salió un toro azul y comenzó a embestir la puerta de la fortaleza. Ukaidir salió a cazar aquel toro. Hazrat Jalid (que Allah esté complacido con él), junto con sus soldados, arrestó a Ukaidir y lo llevó ante el Profeta. Este le perdonó la vida y concertó un tratado con la condición de recibir dos mil camellos, ochocientos esclavos, cuatrocientas armaduras y cuatrocientas lanzas.

Ukaidir también reconoció su obligación de pagar la yizya. El Profeta concertó con Ukaidir, junto con Yahanna, un tratado de paz bajo las condiciones relativas a Duma, Tabuk, Ayla y Tayma.

Al ver esta situación, las tribus títeres de los romanos comprendieron que los romanos ya no tenían terreno firme bajo sus pies. El señor había cambiado. Ya no era necesario obedecer a los romanos; los días de su dominio habían terminado. Por ello, también se convirtieron en aliados de los musulmanes. Así, las fronteras del Estado islámico se expandieron hasta encontrarse con la frontera romana, mientras que la autoridad y la supremacía de los romanos disminuyeron considerablemente.

Regreso a Medina

El ejército islámico regresó de Tabuk victorioso y coronado por el éxito. No hubo ningún enfrentamiento. En cuanto a la guerra, Allah fue suficiente para los creyentes. En el camino, en un campamento, doce hipócritas intentaron asesinar al Profeta Amín, que Allah le conceda paz y bendiciones. Con el Mensajero de Allah, que Allah le conceda paz y bendiciones, se encontraba el honorable Ammar, que Allah esté complacido con él. Él avanzaba sujetando la rienda del camello. Detrás iba el honorable Hudhayfa ibn al-Yamán, que Allah esté complacido con él, conduciendo el camello. Los demás compañeros se encontraban entonces lejos. Los conspiradores hipócritas consideraron aquel momento una oportunidad de oro y avanzaron para llevar a cabo su impuro propósito. Dos compañeros que acompañaban al Profeta, que Allah le conceda paz y bendiciones, oyeron las pisadas de los hipócritas. Los doce hipócritas avanzaban cubriéndose el rostro. El amado Profeta comprendió lo que ocurría y envió al honorable Hudhayfa. Este se dirigió hacia atrás y comenzó a golpear al azar los camellos que montaban los hipócritas. Mediante aquellos golpes, Allah los atemorizó, y ellos retrocedieron rápidamente para mezclarse con los nobles compañeros. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le conceda paz y bendiciones, reveló sus nombres y desenmascaró la conspiración. Por esta razón, al honorable Hudhayfa se le llamó «Razin», es decir, el guardián de los secretos. Sobre este suceso, Allah, el Altísimo, dice: «Se propusieron aquello que no pudieron llevar a cabo», es decir, pretendieron realizar ese acto, pero no pudieron hacerlo.

Al final del viaje, el Profeta Amín, que Allah le conceda paz y bendiciones, divisó Medina desde lejos y dijo: «Ahí está Taba; ahí está Uhud. Esta es la montaña que me ama y a la que yo también amo». Cuando la noticia de su llegada se difundió por Medina, hombres, mujeres, ancianos y niños salieron a recibirlo con gran entusiasmo. Entonces cantaban: «Sobre nosotros se ha alzado la luna llena desde Zaníyat al-Wadá. Mientras haya quienes invoquen a Allah, nos corresponde ofrecerle agradecimiento». (Esto es lo que dijo Ibn al-Qayyim; ya se ha tratado anteriormente.)

El Mensajero de Allah, que Allah le conceda paz y bendiciones, partió hacia Tabuk en el mes de Rajab y regresó en el mes de Ramadán. En este viaje transcurrieron en total cincuenta días: permaneció veinte días en Tabuk y empleó treinta en el trayecto de ida y vuelta. Esta fue la última campaña militar del Profeta Muhammad, que Allah le conceda paz y bendiciones, en la que participó personalmente durante su vida.

Relato sobre los opositores

La batalla de Tabuk fue una dura prueba de parte de Allah, el Señor de los mundos, debido a las circunstancias especiales que la rodearon. Por medio de ella quedó demostrada la diferencia entre los creyentes y los demás. En momentos tan difíciles, Allah pone a prueba a los creyentes. Así dice Allah en la sura Al Imrán: «Allah no va a dejar a los creyentes en la situación en que os encontráis hasta separar lo malo de lo bueno. Allah no os va a revelar lo oculto; sin embargo, elige de entre Sus mensajeros a quien quiere».

En esta batalla participaron todos los creyentes sinceros, y la ausencia de la guerra fue considerada un signo de hipocresía. Cuando se mencionaba ante el Profeta Amín a alguien que se había quedado atrás, él decía: «Dejad de hablar de él. Si hay bien en él, Allah pronto lo hará llegar hasta vosotros; y si no lo hay, pronto os librará de él». En resumen, dos categorías de personas se mantuvieron alejadas de esta batalla. Una categoría estaba compuesta por quienes tenían una excusa válida o eran incapaces; la otra, por los hipócritas. Los que mentían al afirmar que creían en Allah y en Su Mensajero, que Allah le conceda paz y bendiciones, eran los hipócritas. Presentaban falsos pretextos para justificar su ausencia de la batalla. Algunos ni siquiera pidieron permiso al Profeta, que Allah le conceda paz y bendiciones, para no participar. Sin embargo, entre ellos hubo tres que eran firmes creyentes y hombres de fe. Se mantuvieron alejados de la batalla sin una razón válida. Allah los sometió a una dura prueba y, finalmente, aceptó su arrepentimiento.

El relato de este suceso es el siguiente: al regresar de la expedición, el Profeta y Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se dirigió primero, como era su costumbre, a la Mezquita del Profeta y realizó una oración de dos rak‘as. Después se sentó allí. El número de hipócritas era de ochenta o algo más. 10[Al-Waqidi escribió que esta cifra correspondía a los hipócritas de Medina. Además, el número de hipócritas de los Banu Ghifar y de otras tribus era de ochenta y dos. No se incluyó en este cálculo a ‘Abdullah ibn Ubayy ni a sus seguidores. Su número también era considerable. Véase Fath al-Bari, vol. 8, p. 119.] Acudieron a la Mezquita del Profeta y, tras presentar sus excusas por no haber podido ir a la guerra, prestaban juramento tras juramento.

El Profeta y Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, aceptó sus expresiones externas, les concedió la bay‘ah, pidió a Allah que los perdonara y dejó en manos de Allah su estado interior.

Quedaba el caso de los tres creyentes veraces: Ka‘b ibn Malik, Marara ibn al-Rabi‘ y Hilal ibn Umayya. Dijeron sinceramente: «No teníamos ninguna razón que nos impidiera ir a la guerra». Al oír esto, el Profeta y Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo a los Compañeros que no hablaran con ellos. En consecuencia, fueron objeto de un boicot total. Las personas conocidas se volvieron extrañas, la tierra se hizo terrible y, a pesar de su amplitud, el mundo se volvió estrecho para ellos. Sus vidas afrontaron una crisis extrema. La severidad llegó a tal punto que, después de transcurridos cuarenta días, Allah aceptó su arrepentimiento. Fue revelado este versículo de la sura At-Tawbah: «Y también perdonó a los otros tres cuyo asunto había quedado aplazado, hasta que la tierra, a pesar de su amplitud, se les hizo estrecha, sus almas se angustiaron y comprendieron que no había refugio de Allah salvo en Él. Después se volvió hacia ellos con misericordia para que se arrepintieran. Ciertamente, Allah es Indulgente, Misericordioso».

La proclamación del perdón por parte de Allah llenó de inmensa alegría a todos los musulmanes en general y, especialmente, a aquellos tres Compañeros. Los Compañeros se apresuraron a comunicar la noticia unos a otros. Se ofrecían dulces mutuamente y daban limosnas. En realidad, el día en que fue revelado este versículo fue el día más feliz y afortunado de sus vidas.

Respecto a quienes no pudieron participar en la guerra por incapacidad e impotencia, Allah, exaltado sea, dice: «No hay reproche contra los débiles ni contra los enfermos, ni contra quienes carecen de medios, siempre que sean sinceramente obedientes. No hay motivo para reprochar a quienes obran rectamente. Allah es Indulgente, Misericordioso».

Acerca de ellos, el Profeta y Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo al acercarse a Medina: «En Medina hay personas que os acompañaron dondequiera que marchasteis y adondequiera que fuisteis. No pudieron ir a la guerra debido a su incapacidad, es decir, por una excusa legítima». Los Compañeros dijeron: «Oh, Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ¿acaso permanecieron en Medina y estuvieron con nosotros?». El Profeta y Mensajero de Allah respondió: «Sí; aunque permanecieron en Medina, estuvieron con vosotros».

Los efectos de esta expedición

La expedición de Tabuk desempeñó un papel importante en la expansión de la influencia musulmana y el fortalecimiento de su poder sobre la península arábiga. La gente comprendió claramente que, a partir de entonces, no existiría en la península arábiga ninguna fuerza aparte del islam. El sueño que los politeístas y los hipócritas habían alimentado, mientras conspiraban continuamente contra los musulmanes esperando la oportunidad que deseaban, quedó completamente hecho añicos. Pues el centro de sus esperanzas y aspiraciones era el poder romano. Como resultado de esta expedición, esa esperanza también quedó reducida a polvo. La moral de los incrédulos e hipócritas se quebró. Comprendieron claramente que no había ninguna forma de huir del islam ni de librarse de él.

En tales circunstancias, los musulmanes no tenían ninguna necesidad de tratar con indulgencia a los hipócritas. Allah Altísimo ordenó tratarlos con severidad. Incluso se prohibió aceptar las limosnas que ofrecieran, realizar la oración funeraria por ellos, pedir perdón por ellos y visitar sus tumbas. También se ordenó destruir el centro de conspiración que habían construido bajo el nombre de mezquita. Fueron revelados versículos sobre los hipócritas que los dejaron completamente expuestos. Ya no quedó ninguna dificultad para reconocerlos.

La influencia de la batalla de Tabuk también puede comprenderse por el hecho de que, aunque después de la conquista de La Meca comenzaron a llegar a Medina delegaciones de diversos países, tras esta batalla su número aumentó muchas veces. 11[Las obras de las que se tomó el relato detallado de esta batalla son: Ibn Hisham, tomo II, pp. 515-537; Zad al-Ma’ad, tomo III, pp. 2-13; Sahih al-Bujari, tomo II, pp. 313-337; Fath al-Bari, tomo VIII, pp. 110-126; y Tafsir fi Zilal al-Qur’an, sura At-Tawba.]

Versículos del Corán sobre este asunto

Sobre esta batalla fueron revelados numerosos versículos en la sura At-Tawba. Algunos fueron revelados antes de partir hacia la batalla y otros después del regreso a Medina. En estos versículos se expusieron detalladamente las circunstancias de la batalla. Se levantó el velo que cubría a los hipócritas. También se declaró la aceptación del arrepentimiento de los creyentes y los veraces que habían participado en la batalla y de quienes no habían participado.

Algunos acontecimientos destacados de este período

En el noveno año de la Hégira ocurrieron varios acontecimientos de gran importancia histórica.

(1) Después del regreso del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— de Tabuk, tuvo lugar el li’an entre Uwaym al-Ajlani y su esposa. Cabe señalar que cuando el esposo acusa a su esposa de adulterio sin tener testigos, esto se denomina li’an.

(2) Una mujer adúltera acudió ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, confesó su pecado y pidió que se le aplicara el castigo. Se le dijo que regresara después de dar a luz. Después de destetar al niño, fue ejecutada mediante lapidación; es decir, se le aplicó el rajm.

(3) Falleció el emperador de Abisinia, Ashama Najashi, y el Profeta ofreció la oración fúnebre por él en ausencia.

(4) Falleció Umm Kulthum, hija del Profeta. Su fallecimiento sumió al amado Profeta en una profunda tristeza. Él le dijo a Uthman: «Si tuviera una tercera hija, también te la casaría».

(5) Después del regreso del Mensajero de Tabuk, el líder de los hipócritas, Abdullah ibn Ubayy, cayó mortalmente enfermo. El Profeta suplicó por su perdón y, pese a la objeción de Umar, ofreció la oración fúnebre por él. Después fue revelado un versículo del Corán que, respaldando la opinión de Umar, prohibió ofrecer la oración fúnebre por los hipócritas.

La peregrinación bajo el liderazgo de Abu Bakr

En el noveno año de la Hégira, durante el mes de Dhu al-Qi’dah —o, según otra opinión, Dhu al-Hijjah—, el Profeta envió a Abu Bakr, el Veraz, a La Meca como dirigente de la peregrinación.

Después fueron revelados los primeros versículos de la sura At-Tawbah. En ellos se ordenaba poner fin, sobre una base de reciprocidad, a los pactos celebrados con los politeístas. Tras recibir esta orden, el Profeta envió a Ali para proclamarla. Esta era la costumbre entre los árabes en lo referente a los pactos. Abu Bakr se encontró con Ali en la llanura de Dajnan o, según otra opinión, en la de Arj. Abu Bakr preguntó: «¿Eres emir o enviado con una orden?». Ali respondió: «Enviado con una orden». Después ambos continuaron avanzando. Después ambos continuaron avanzando. Abu Bakr dirigió la peregrinación de la gente. El día diez de Dhu al-Hijjah, es decir, el día del sacrificio, Ali se puso de pie junto a los peregrinos y proclamó, conforme a las instrucciones del Profeta, el anuncio. Es decir, anunció la terminación de toda clase de pactos y promesas. Se concedió un plazo de cuatro meses. También se concedió un plazo de cuatro meses a quienes no tenían ningún pacto; sin embargo, los acuerdos de aquellos politeístas que habían cumplido sus pactos con los musulmanes y no habían ayudado a otros contra ellos se mantuvieron vigentes hasta el plazo establecido.

Abu Bakr envió a varios compañeros para proclamar que, en adelante, ningún politeísta podría realizar la peregrinación ni nadie podría circunvalar la Kaaba desnudo.

Este anuncio fue, en realidad, el paso definitivo para poner fin a la idolatría en la península arábiga. Es decir, después de ese año ya no quedó ninguna posibilidad de acudir allí con el propósito de practicar la idolatría. 1[Para más detalles, véanse Sahih al-Bujari, vol. 1, pp. 220 y 451; vol. 2, pp. 626 y 671; Zad al-Ma’ad, vol. 3, pp. 543-546; y las obras de exégesis sobre la primera parte de la sura Bara’ah.]

Breve revisión de las guerras:

Al observar las guerras libradas bajo el liderazgo del noble Mensajero, Su Eminencia Muhammad Mustafa, que Allah le bendiga y le conceda paz, cualquiera se verá moralmente obligado a reconocer que fue el comandante militar más grande y exitoso del mundo. Al considerar las circunstancias, el contexto, los indicios pertinentes y las consecuencias, poseía una inteligencia incomparable. Su juicio era infalible y, en estado de plena conciencia, estaba dotado de una profunda perspicacia. En el ámbito de la profecía y la misión profética, era el Sayyid al-Mursalin, es decir, el líder de todos los profetas enviados. Por otro lado, en cuanto a las cualidades del liderazgo militar, era extraordinario y único. En todas las guerras que dirigió o para las que envió a otros, fue capaz de analizar las causas, el entorno y las circunstancias, y adoptar las estrategias y decisiones correctas. Su habilidad militar, destreza bélica y valentía eran incomparables. Nadie podía superarlo en la movilización de tropas, la planificación de la guerra, la elección de posiciones y otros aspectos semejantes. Su pericia militar demostró que era superior incluso a los más grandes expertos en guerra del mundo. En sus planes de batalla no había posibilidad de sufrir una derrota. A este respecto, cabe señalar que lo ocurrido en las batallas de Uhud y Hunayn no se debió a un defecto o error en el plan del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. La responsabilidad recayó exclusivamente en la debilidad personal de algunos soldados musulmanes. En la batalla de Uhud, además, se ignoraron sus instrucciones y decisiones claras y de importancia crucial.

En ambas batallas, los musulmanes se encontraron al borde de la derrota. No se puede encontrar en ningún lugar un ejemplo de la valentía y firmeza que él demostró en aquellos momentos. Incluso rodeado por el enemigo, permaneció firme e inquebrantable y, con una pericia militar incomparable, frustró todas las conspiraciones de sus adversarios. Un hecho de este tipo ocurrió en la batalla de Uhud. Asimismo, en la batalla de Hunayn, gracias a su habilidad militar, la derrota de los musulmanes se transformó en una victoria definitiva. Sin embargo, la peligrosa situación de Uhud y el miedo y la agitación desenfrenados de Hunayn debilitaron la capacidad de los comandantes para tomar decisiones. La presión sobre sus nervios fue tan grande que, en ese momento, el esfuerzo por salvarse se convirtió en su principal preocupación.

Este es el aspecto militar de las guerras mencionadas. Hay otro aspecto aún más importante. Mediante todas estas guerras, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, estableció la paz y la seguridad. Apagó el fuego de la sedición y la discordia. En el conflicto entre el islam y la idolatría, anuló la fuerza, el poder y la arrogancia del enemigo. Los obligó a pensar libremente y a tomar decisiones sobre la invitación y la predicación del islam. Además, mediante estas guerras distinguió entre enemigos y aliados. Se estableció la diferencia entre los musulmanes verdaderos y los hipócritas.

Mediante la conducción de campañas militares, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, formó una fuerza invencible de comandantes musulmanes. Posteriormente, los ejércitos que creó combatieron en Irak, Siria, Persia y Roma, y mediante la adopción de planes y estrategias de guerra hicieron rendirse a grandes expertos militares. No solo eso, sino que también expulsaron a los enemigos de sus territorios, riquezas, campos, granjas, jardines, depósitos de agua y demás bienes. En estas guerras, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, realizó para los musulmanes tareas necesarias como proporcionarles viviendas, tierras agrícolas y medios de subsistencia. Resolvió el problema de los refugiados sin hogar ni domicilio. Dispuso armas, caballos y diversos tipos de equipamiento militar. Y realizó todo ello sin cometer ningún tipo de injusticia, opresión ni exceso contra sus adversarios.

El noble Profeta también cambió las causas que encendían el fuego de la guerra en la época de la ignorancia. En los días de la Yahiliya, la guerra significaba saqueo, matanza y destrucción, injusticia y opresión, devastar poblaciones, derribar casas y palacios, violar el honor de las mujeres y tratar con cruel brutalidad a los niños y los ancianos. Además, sus objetivos y propósitos consistían en destruir las cosechas de los campos y las granjas y matar el ganado; en resumen, causar una devastación y destrucción totales. El islam impidió estas abominables prácticas de la guerra y la convirtió en un yihad sagrado. Estas guerras se iniciaban por razones razonables y justas, y sus resultados eran beneficiosos para la humanidad de todas las épocas. En todas las épocas posteriores se ha demostrado la verdad de ello. Después de estos yihads, la gente comprendió que el yihad es un esfuerzo armado para liberar a las personas de la esclavitud de otras personas, sacarlas de la injusticia, la opresión y la persecución, y ponerlas bajo un sistema de justicia y equidad. Es decir, establecer un sistema que impida a los poderosos oprimir a los débiles; más bien, debilitar a esos tiranos y opresores y establecer los derechos de los oprimidos y los pobres. Así, el significado del yihad en el islam es proteger a las mujeres, los hombres y los niños débiles que suplican: «¡Oh, Señor nuestro!, sácanos de esta población cuyos habitantes son opresores. Envíanos, procedente de Ti, un protector y un auxiliador, y ayúdanos por medio de ese líder». Asimismo, el significado de la guerra para los musulmanes es liberar la tierra de Allah de la traición, la injusticia, la opresión y la corrupción, y establecer en su lugar la paz, la seguridad, la misericordia y la humanidad. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, estableció nobles normas para la guerra. No permitió que los soldados y comandantes musulmanes se apartaran de esas normas. Hazrat Salman ibn Yawida narró que, cuando el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, nombraba a alguien comandante, le aconsejaba tener temor de Allah, ser piadoso y tratar bien a sus compañeros musulmanes. Después decía: «Combatid en el nombre de Allah y por la causa de Allah. Luchad, pero no traicionéis; no quebrantéis los pactos ni actuéis con perfidia; no cortéis la nariz, las orejas ni otras partes del cuerpo de nadie, y no matéis a ningún niño».

El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, también aconsejaba al comandante designado que actuara con sencillez y amabilidad, que no recurriera a la dureza, que brindara paz a la gente y que no odiara a nadie. 1 [Sahih Muslim, tomo 1, pp. 82-82]

Cuando el noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegaba de noche a una zona, no atacaba antes del amanecer. Además, prohibía terminantemente provocar incendios, es decir, prender fuego a cualquier cosa. También prohibió matar a alguien atado, golpear a las mujeres o matarlas. Prohibió el saqueo. Dijo que el botín no es más lícito que un animal muerto. También prohibió destruir los campos y las granjas, matar animales cuadrúpedos y talar árboles y plantas. Sin embargo, si surgía una necesidad especial, era distinto.

Durante la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «No ataquéis a ningún herido, no persigáis a ningún fugitivo y no matéis a ningún prisionero». También estableció la norma de que ningún enviado podía ser asesinado. Asimismo, dijo que no debía matarse a ningún ciudadano no musulmán. Incluso afirmó que quien matara sin causa a un ciudadano no musulmán no percibiría ni siquiera el aroma del Paraíso, aunque su fragancia puede percibirse a una distancia equivalente a cuarenta años de viaje.

Estas razones, junto con muchos otros principios éticos superiores, hicieron que la guerra se purificara de la inmundicia de la época de la ignorancia y se transformara en el yihad sagrado.

La entrada de la gente en la religión de Allah en grupos

Ya se ha mencionado que la conquista de La Meca fue una campaña decisiva. Como consecuencia, la falsedad de la idolatría se hizo evidente para los árabes y el culto a los ídolos llegó a su fin. La verdad y la falsedad quedaron claramente distinguidas para todos los árabes. Entonces comenzaron rápidamente a aceptar el Islam. Hazrat Amr ibn Salama —que Allah esté complacido con él— dijo: «Yo vivía junto a un estanque. La gente pasaba por allí, y nosotros preguntábamos a los viajeros acerca de aquel hombre, es decir, del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Los viajeros respondían: “Él afirma que Allah lo ha enviado como Profeta; se le revela la Revelación, y en ella Allah dice esto y aquello”. Hazrat Amr ibn Salama —que Allah esté complacido con él— dijo: “Yo escuchaba esas palabras y retenía en mi memoria lo que se mencionaba en la Revelación”. Los árabes, después de aceptar el Islam, esperaban la conquista de La Meca. Decían: “Dejadlo a él y a su pueblo. Si vence a su propio pueblo, sabremos que es un Profeta verdadero”. Después ocurrió la conquista de La Meca.

Todos los pueblos se dispusieron a aceptar el Islam. Mi padre también regresó junto a mi pueblo llevando la enseñanza del Islam. Dijo: «Vengo del verdadero Profeta. El Profeta ha dicho: “Realizad tal y tal oración a tal y tal hora. Cuando llegue la hora de la oración, uno de vosotros debe hacer el adhan. Después, que dirija la oración como imam la persona de entre vosotros que conozca una mayor cantidad del Corán”».

Este hadiz demuestra claramente hasta qué punto la conquista de La Meca influyó en el fortalecimiento del Islam mediante el cambio de las circunstancias, en la determinación del papel de los árabes y en su consagración al Islam. Después de la batalla de Tabuk, esta situación alcanzó una dimensión aún mayor. Por eso vemos que durante esos dos años, es decir, el noveno y el décimo año de la Hégira, llegaron a Medina numerosas delegaciones. En aquel tiempo, la gente entraba en el refugio del Islam en grupos. Como resultado, durante la conquista de La Meca había diez mil musulmanes, mientras que en menos de un año, en el momento de la batalla de Tabuk, su número había aumentado a treinta mil.

Durante la Peregrinación de Despedida, se observa que el número de musulmanes había alcanzado aproximadamente ciento veinticuatro mil, o, según otra opinión, ciento cuarenta y cuatro mil. A su alrededor entonaban el clamor de «Labbaik». Con las alabanzas a Allah, Señor de los mundos, llenaban de voces el cielo y la tierra. En las montañas, los valles, los campos y las llanuras resonaba el clamor del tawhid.

La llegada de las delegaciones

Los historiadores han mencionado más de setenta delegaciones. No es posible tratar aquí este tema en detalle. Por ello, nos limitamos a exponer las delegaciones de importancia histórica. Los lectores deben recordar que, aunque diversas delegaciones comenzaron a presentarse ante el Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, inmediatamente después de la conquista de La Meca, las delegaciones de algunas tribus ya se habían presentado ante él en Medina antes de la conquista de La Meca. A continuación, mencionamos la identidad de dichas tribus y los acontecimientos relacionados con su llegada.

(1) La delegación de Abd al-Qays: La delegación de esta tribu se presentó ante el Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, por primera vez en el quinto año de la Hégira y por segunda vez en el noveno año. La primera vez, un hombre de dicha tribu llamado Munqidh ibn Habbān llegó a Medina con mercancías comerciales. Después, viajó varias veces a Medina. Tras la emigración del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, a Medina, volvió allí, conoció el islam y abrazó esta religión. Después de aceptar el islam, llevó a los miembros de su propia tribu una carta del Noble Profeta. Impresionados por la belleza del islam, los miembros de su tribu también aceptaron el islam.

Después, una delegación de trece o catorce personas de dicha tribu se presentó ante el Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. Esta delegación preguntó al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, acerca de la fe y las bebidas. El líder de la delegación era al-Ashajj al-Asri.² [Mara’at al-Mafatih, tomo I, p. 71]. Respecto a este hombre, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, comentó: «Posees dos cualidades que Allah, exaltado sea, ama: una es la prudencia y la otra, la paciencia».

La segunda vez, la delegación de esta tribu llegó a Medina en el noveno año de la Hégira. Estaba compuesta por cuarenta personas. Entre ellas llegó un cristiano llamado Alā ibn Yarud al-Abdi. Al llegar a Medina, se hizo musulmán y posteriormente prestó importantes servicios al islam.³ [Sharh Sahih Muslim, tomo I, p. 33; Fath al-Bari, tomo VIII, pp. 85-86].

(2) La delegación de Daws: Esta delegación llegó a Medina a comienzos del séptimo año de la Hégira. En aquel momento, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se encontraba en Jaibar. Ya se ha mencionado anteriormente que Tufayl ibn Amr al-Dawsi, que Allah esté complacido con él, había aceptado el islam en La Meca. Luego fue a invitar a su pueblo al islam, pero su pueblo continuó dando largas. Desesperado, acudió ante el Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, y le pidió: «Oh Mensajero de Allah, ruega contra mi pueblo». El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, no rogó contra ellos, sino que dijo: «Oh Allah, guía al pueblo de Daws». Después de esta súplica del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, todo el pueblo de Daws aceptó el islam. Entonces, Tufayl, que Allah esté complacido con él, emigró a Medina a comienzos del séptimo año de la Hégira acompañado por los miembros de setenta u ochenta familias de su pueblo. En aquel momento, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se encontraba en Jaibar. Tufayl, que Allah esté complacido con él, se reunió con el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, en Jaibar.

(3) El mensaje de Farwah ibn Amr al-Judhami: Farwah era un comandante árabe del ejército romano. El emperador romano lo nombró gobernador de los territorios árabes ocupados. La capital de su gobierno se encontraba en un lugar llamado Maán, al sur de Jordania. Al observar la extraordinaria valentía de los musulmanes en la batalla de Mu’tah, librada en el octavo año de la Hégira, aceptó el islam. Envió un mensajero para informar al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, de su conversión al islam y, al mismo tiempo, le envió como regalo una mula blanca. Los altos funcionarios del emperador romano se enfurecieron al enterarse de que el gobernador que habían designado había aceptado el islam. Lo arrestaron y le ordenaron que abandonara el islam; de lo contrario, lo amenazaron con matarlo. Farwah, que Allah esté complacido con él, consideró preferible morir como mártir antes que abandonar el islam. Entonces fue ejecutado en la horca junto a un manantial en un lugar llamado Afra, en Palestina.⁴ [Zad al-Ma‘ad, tomo III, p. 45].

(4) La delegación de Sada: En el octavo año de la Hégira, esta delegación se presentó ante el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, después de su regreso de Jirán. El motivo de su llegada fue que el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, había ordenado a un ejército de musulmanes que marchara a la región del Yemen donde vivía la tribu de Sada y emprendiera una campaña. El ejército musulmán había llegado a la llanura de Qanat y había levantado sus tiendas. En ese momento, Ziyad ibn Harith, que Allah esté complacido con él, acudió apresuradamente ante el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dijo: «He venido como líder de quienes me siguen; por tanto, haz regresar al ejército musulmán. Yo respondo por los miembros de mi pueblo». El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, hizo regresar el ejército musulmán a Medina. Después, Ziyad, que Allah esté complacido con él, se presentó ante su pueblo y dijo: «Que algunos de vosotros vengáis conmigo ante el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz». Luego les explicó todo lo sucedido. Después de escuchar a Ziyad, que Allah esté complacido con él, una delegación de quince hombres de su pueblo se presentó ante el Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, y aceptó el islam. Después regresaron a su pueblo, enseñaron la religión y difundieron el islam. Durante la Peregrinación de Despedida, cien musulmanes de este pueblo se presentaron ante el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz.

(5) La llegada de Ka’b ibn Zuhayr ibn Abi Sulma: Ka’b era hijo de una familia de poetas y uno de los poetas más destacados de Arabia. Era incrédulo y difamaba al Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones. Según el relato del imán al-Hakim, Ka’b figuraba en la lista de los criminales respecto de los cuales, durante la conquista de La Meca, se había ordenado que fueran ejecutados incluso si se aferraban a las cortinas de la Kaaba. Sin embargo, Ka’b logró escapar y salvarse. Después de que el Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, regresara de la batalla de Taif, el hermano de Ka’b, Ruzayr ibn Zuhayr, le escribió una carta en la que le decía que el Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, había ordenado matar a varias personas que lo difamaban, y que dicha orden ya había sido ejecutada. Un reducido número de poetas de la tribu de Quraysh había escapado de un lugar a otro y había salvado la vida. «Si aprecias tu vida, preséntate ante el Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, pues él no mata a quienes se arrepienten. Si mi propuesta no te agrada, huye a cualquier lugar donde creas que encontrarás seguridad». Después de esta carta, ambos hermanos intercambiaron varias misivas. En resumen, al comprender que su vida corría peligro, Ka’b llegó a Medina y se hospedó en casa de un hombre llamado Yuhayna. A la mañana siguiente realizó con aquel hombre la oración del alba. Al terminar la oración, Yuhayna señaló a Ka’b quién era el Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones. Ka’b se acercó entonces al Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, se sentó y puso su mano sobre la suya. El Mensajero de Allah, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, no conocía a Ka’b. Ka’b dijo: «Oh, Mensajero de Allah, si Ka’b ibn Zuhayr se arrepintiera, abrazara el islam y solicitara protección, y yo te lo presentara, ¿lo aceptarías?». El Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, respondió: «Sí». Ka’b dijo: «Yo soy Ka’b ibn Zuhayr». Al oír esto, un hombre de los ansar se lanzó sobre Ka’b, lo sujetó y pidió al Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, permiso para matarlo. El Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, le dijo a aquel compañero: «Déjalo. Se ha arrepentido y lamenta sus actos pasados».

Después, en el mismo lugar, Ka’b ibn Zuhayr recitó ante el Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, su famosa casida. En ella, Ka’b pidió al Noble Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, perdón por sus actos pasados y elogió al amado Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones. El significado del poema es el siguiente:

«Su’ad se ha marchado; por eso ahora mi corazón está intranquilo. Ata una cadena detrás del corazón; no se ha pagado su rescate. Me han dicho que el Mensajero de Allah, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, me ha amenazado. Sin embargo, espero el perdón del Mensajero de Allah, que Allah le conceda la paz y las bendiciones. Mantente firme y no prestes oído a las palabras de los chismosos. Que te guíe Aquel que te ha concedido el Corán, lleno de exhortaciones y de explicaciones detalladas. Aunque se han dicho muchas cosas sobre mí, no he cometido ningún delito. Me encuentro en un lugar, escucho tales palabras y veo tal situación que, si un elefante estuviera en mi lugar, se quedaría paralizado. Naturalmente, si por la gracia de Allah el Mensajero de Allah, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, me concediera permiso, sería distinto. He puesto sinceramente mi mano en la mano de esa noble personalidad, que tiene pleno poder para tomar represalias y cuya palabra está por encima de todas. Sin embargo, me han dicho: «Se han presentado contra ti acusaciones de tal y tal índole, y serás interrogado». Ciertamente, el Mensajero de Allah, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, es una luz de la que se obtiene iluminación. Es una de las espadas de Allah».

Después, Ka’b ibn Zuhayr elogió a los emigrados de Quraysh, pues ningún emigrado lo había molestado desde su llegada. Mientras elogiaba a los emigrados, Ka’b hizo comentarios sarcásticos sobre los ansar, porque uno de ellos había pedido permiso para matar a Ka’b. En su poema, Ka’b dijo: «Los qurayshíes avanzan como camellos de hermosa apariencia, y las espadas afiladas los protegen cuando un hombre bajo, negro y feo huye del camino».

Después de abrazar el islam, Ka’b elogió a los ansar en un poema. Escribió en él: «Quien prefiera una vida honorable, que permanezca siempre entre algún grupo de los ansar. Los ansar han heredado la belleza. En realidad, son buenas personas quienes son hijos de buenas personas».

(6) La delegación de Adhra: En el noveno año de la Hégira, esta delegación llegó a Medina. Eran doce personas, entre ellas Hamza ibn Nu’man. Cuando se les preguntó quiénes eran, respondieron: «Somos Banu Adhra y tenemos vínculos con Qusayy. Ayudamos a Qusayy y expulsamos a Juzá’a y Banu Bakr de La Meca. Aquí tenemos familiares». Al conocer esta identidad, el Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, les dio la bienvenida y les anunció la buena noticia de la conquista de Siria. Les prohibió buscar información de las mujeres adivinas. También les prohibió sacrificar los animales que solían sacrificar y comer durante sus actos de idolatría. Esta delegación abrazó el islam y, después de permanecer varios días en Medina, regresó a La Meca.

(7) La delegación de Bali: En el mes de Rabi al-Awwal del noveno año de la Hégira, esta delegación llegó a Medina y, después de abrazar el islam, permaneció allí tres días. Durante ese tiempo, su jefe, Abu Yarir, preguntó si había recompensa en ofrecer hospitalidad. El Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, respondió: «Sí. Si se trata bien a una persona rica o pobre, ese buen trato se considera una caridad». Volvió a preguntar cuánto debía durar la hospitalidad. El Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, respondió: «Tres días». Preguntó: «Si alguien encuentra una cabra perdida, ¿qué debe hacer con ella?». El Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, respondió: «Es para ti, para tus hermanos o para el lobo». Después, aquel hombre preguntó por un camello perdido. El Profeta, que Allah le conceda la paz y las bendiciones, respondió: «¿Qué relación tienes tú con ese camello? Déjalo; su dueño lo encontrará».

(8) Delegación de Saqif: Esta delegación se presentó ante el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— en el mes de Ramadán del noveno año de la Hégira, después de su regreso de Tabuk. Cuando el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— regresaba de la expedición de Taif, en el mes de Dhul-Qa‘dah del octavo año de la Hégira, y antes de llegar a Medina, Urwa ibn Mas‘ud, jefe de esta delegación, se reunió con el Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y aceptó el islam. Después regresó a su tribu e invitó a sus miembros al islam. La gente de la tribu lo amaba profundamente. Se dice que lo apreciaban más que a sus propios hijos y familiares. Urwa creyó que todos aceptarían su invitación al islam y obedecerían sus palabras. Sin embargo, esta suposición resultó ser errónea. Inmediatamente después de que los invitara al islam, los miembros de su tribu le dispararon flechas desde todos lados y, tras herirlo gravemente, lo mataron. Pasados varios meses, los miembros de la tribu comprendieron que, debido al creciente poder de los musulmanes a su alrededor, ya no podrían permanecer seguros. Tampoco les sería posible enfrentarse a los musulmanes. Consultaron entre sí y decidieron enviar a un hombre ante el Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. De acuerdo con la decisión, propusieron que Abd Yalil ibn Amr fuera a Medina; pero, al recordar el destino de Urwa, Abd Yalil impuso como condición que otros lo acompañaran. Dijo: «Deben enviar conmigo a varias personas; no estoy dispuesto a ir solo». Según su propuesta, los miembros de la tribu le dieron cinco acompañantes. Finalmente, una delegación de seis miembros partió hacia Medina. Entre ellos, Uthman ibn Abi al-As al-Thaqafi era el más joven. Cuando la delegación llegó a Medina, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— les permitió alojarse en un rincón de la Mezquita del Profeta, para que pudieran escuchar la recitación del Corán de los compañeros y observar cómo se realizaba la oración. Mientras permanecieron en la mezquita, comenzaron a visitar al Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— continuó invitándolos al islam. Un día, su jefe le dijo al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—: «Redacte un acuerdo entre Saqif y usted en el que se estipule que podamos mantener el adulterio, beber alcohol, consumir usura, conservar el derecho de adorar a nuestro ídolo Lat, quedar exentos de la oración y no tener que destruir nuestro ídolo con nuestras propias manos». El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— no aceptó ninguna de sus condiciones. Después, la delegación deliberó entre sí, pero finalmente no tuvo más opción que aceptar las palabras del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Así lo hicieron y se refugiaron bajo la protección del islam. Sin embargo, volvieron a imponer la condición de que no destruirían con sus propias manos su ídolo Lat. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— aceptó esta condición y la dejó por escrito. Nombró a Uthman ibn Abi al-As al-Thaqafi jefe de la delegación, pues su interés por el islam era mayor que el de todos los demás. Los miembros de la delegación acudían cada mañana a la presencia del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, pero no llevaban consigo a Uthman. Al mediodía, mientras los demás descansaban, Uthman acudía a la presencia del Noble Profeta y le hacía preguntas detalladas sobre el islam. Si encontraba dormido al Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Uthman hacía diversas preguntas sobre la religión a Abu Bakr. El desempeño de Uthman como gobernador fue muy bendecido. Durante el califato de Abu Bakr, algunas personas apostataron, y en ese momento los miembros de la tribu de Saqif también planearon apostatar. En aquella delicada situación, Uthman ibn Abi al-As se dirigió a ellos diciendo: «¡Oh, miembros de la tribu de Saqif! Escuchad: vosotros fuisteis los últimos en aceptar el islam; por tanto, no seáis los primeros en apostatar». Al oír esto, los miembros de la tribu de Saqif desistieron de abandonar el islam y permanecieron firmes en él.

En resumen, la delegación regresó con su pueblo y ocultó la verdad. Dijeron con gran pesar que el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— les había exigido aceptar el islam y abandonar el adulterio, el consumo de alcohol y la usura. De no hacerlo, se combatiría contra ellos. Al escuchar esto, los miembros de la tribu de Saqif reflexionaron durante dos o tres días sobre la posibilidad de luchar. Después, Allah cambió sus corazones y se prepararon mentalmente para aceptar el islam. Dijeron a los miembros de la delegación: «Regresad a Medina y decidle al Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— que estamos dispuestos a aceptar sus condiciones y abrazar el islam». Entonces los miembros de la delegación informaron de que ellos mismos habían aceptado el islam e invitaron a los miembros de la tribu a aceptarlo. La tribu de Saqif aceptó el islam inmediatamente.

Mientras tanto, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a varios compañeros, bajo el mando de Jalid ibn al-Walid, a la tribu de Saqif para destruir el ídolo Lat. Al-Mughira ibn Shu‘ba tomó una maza de hierro para destruir el ídolo y dijo a sus compañeros: «Voy a hacerles reír un poco con una broma». Tras decir esto, golpeó el ídolo y se sentó sujetándose las rodillas. Al ver esta escena fingida, los miembros de la tribu de Saqif de Taif quedaron impresionados. Dijeron: «¡Que Allah destruya a al-Mughira! La diosa Lat lo ha matado». Al-Mughira se sacudió, se levantó y dijo: «¡Que Allah os haga desgraciados! Ese ídolo no es más que piedra y barro». Después golpeó la puerta y destruyó el ídolo. A continuación, al-Mughira subió a un muro alto. Varios compañeros también subieron al muro. Rompieron el ídolo y lo redujeron a polvo; después excavaron la tierra y sacaron los adornos y las vestiduras que se habían ofrecido al ídolo. Al contemplar aquella escena, los miembros de la tribu de Saqif quedaron asombrados y consternados. Jalid llevó los adornos y las vestiduras del ídolo a Medina y los presentó ante el Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Ese mismo día, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— repartió todo y expresó su gratitud ante Allah. 5 [Zad al-Ma‘ad, t. 3, pp. 26-28].

(9) Carta del rey yemení de Saqif: Después de que el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— regresara de Tabuk, llegó una carta de los reyes del Yemen. Llegaron cartas de Harith ibn Abd Kalal, Nu‘aym ibn Abd Kalal, Ra‘in y Hamdan, y de Nu‘man ibn Qayl, gobernador de Ma‘afir. Malik ibn Marrah envió la carta en nombre de todos ellos. Estos reyes enviaron cartas manifestando su aceptación del islam y su renuncia al politeísmo y a la incredulidad. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió una respuesta en la que mencionaba los derechos de los habitantes del Yemen, así como sus responsabilidades y deberes. También señaló en la carta que Allah y Su Mensajero serían garantes de quienes aceptaran el islam, con la condición de que pagaran la yizia. Además, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió al Yemen a varios compañeros bajo el mando de Mu‘adh ibn Yabal.

(10) La delegación de Hamdán: Esta delegación se presentó ante el Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— después de su regreso de Tabuk. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— escribió una carta con instrucciones para el pueblo de la delegación y les concedió todo cuanto habían solicitado. Malik ibn Namit fue nombrado emir y gobernador de los miembros de su pueblo que habían aceptado el islam. También envió a Jalid ibn al-Walid —que Allah esté complacido con él— para transmitir el llamamiento al islam a los demás. Permaneció seis meses en Hamdán invitando a la gente al islam, pero nadie lo aceptó. Entonces el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a Ali —que Allah esté complacido con él— a Hamdán y ordenó que Jalid regresara. Ali —que Allah esté complacido con él— se dirigió a la gente de la tribu de Hamdán, les leyó la carta del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y los invitó al islam. Todos se acogieron entonces a la sombra del islam. Ali —que Allah esté complacido con él— envió esta noticia a la corte del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Al leer la carta con esta buena nueva, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— cayó postrado y exclamó: «¡Paz sobre Hamdán, paz sobre Hamdán!»

(11) La delegación de Banu Fazara: En el noveno año de la Hégira, después del regreso del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— de Tabuk, esta delegación se reunió con él. Estaba compuesta por diez personas. Se quejaron ante él de la hambruna que padecía su región. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— subió al púlpito, levantó ambas manos y suplicó: «Oh Allah, sacia la tierra que has creado y a los animales cuadrúpedos. Extiende Tu misericordia y da vida a Tus ciudades muertas. Oh Allah, haz que caiga sobre nosotros la lluvia que anhelamos. Concédenos tranquilidad y bienestar mediante ella. Haz que las nubes negras y extendidas lleguen pronto, sin demora. Que esa lluvia no sea destructiva ni dañina. Oh Allah, que la lluvia de misericordia no se convierta en lluvia de castigo ni sea destructiva. Oh Allah, sacíanos y ayúdanos contra nuestros enemigos». 6 [Zad al-Ma‘ad, vol. 3, p. 40]

(12) La delegación de Najrán: Los habitantes de esta región viven en el camino de La Meca al Yemen. La comunidad de Najrán estaba formada por 73 localidades, es decir, asentamientos. Un jinete montado en un caballo veloz podía recorrer todas las localidades en un día completo. 7 [Fath al-Bari, vol. 8, p. 94] En esta región había cien mil hombres guerreros, todos seguidores de la religión cristiana.

La delegación de Najrán también llegó en el noveno año de la Hégira. Estaba compuesta por sesenta personas, de las cuales veinticuatro pertenecían a la nobleza. Tres eran dirigentes sumamente respetados por los habitantes de Najrán. Un hombre llamado Abd al-Masih era el jefe del gobierno, y otro llamado Sharhabil ejercía como asesor político.

La delegación llegó a Medina y se reunió con el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— les hizo algunas preguntas. Ellos también le hicieron algunas preguntas al Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Después, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— los invitó al islam y les recitó el Corán. Sin embargo, no aceptaron el islam.

Ellos preguntaron: «¿Qué opinión tiene usted acerca del Mesías —la paz sea con él—? ¿Cuál es su postura respecto a él?». Aquel día, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— no respondió a la pregunta. Entonces Allah, Señor de los mundos, hizo descender la revelación.

«En verdad, ante Allah, el ejemplo de Jesús —la paz sea con él— es como el de Adán: lo creó de tierra y luego le dijo: “Sé”, y fue. Esta es la verdad procedente de tu Señor; no seas, pues, de los que dudan. Y a quien discuta contigo sobre ello después de haberte llegado el conocimiento, dile: “Venid, llamemos a nuestros hijos y a vuestros hijos, a nuestras mujeres y a vuestras mujeres, a nosotros mismos y a vosotros mismos; luego imploremos humildemente y pidamos que la maldición de Allah recaiga sobre los mentirosos”». (Sura Al Imrán, versículos 59-61)

A la mañana siguiente, a la luz de los nobles versículos mencionados, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— informó a los visitantes acerca de Jesús —la paz sea con él—. Pero ellos se negaron a aceptar la explicación del Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— acerca de Jesús —la paz sea con él— y persistieron en su negativa. A la mañana siguiente, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— les propuso la mubáhala, es decir, que ambas partes invocaran mutuamente la maldición de Allah. Después de recibir esta invitación y al ver que el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— estaba preparado para la mubáhala, se apartaron y deliberaron entre ellos. Durante la consulta, uno de ellos dijo: «No será correcto correr el riesgo de la mubáhala. ¡Por Allah!, él es ciertamente un profeta. Si hacemos la mubáhala con él, ni nosotros ni nuestros hijos prosperaremos de ningún modo; seremos exterminados junto con toda nuestra descendencia». Tras deliberar, aceptaron que el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— arbitrara en su asunto. Fueron ante él y le dijeron: «Estamos dispuestos a aceptar su propuesta». Después de esto, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— accedió a aceptar de ellos la yizya. Se acordó el pago de dos mil pares de prendas: mil pares en el mes de Rayab y otros mil en el mes de Safar. A cambio, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— los tomó bajo la protección de Allah, el Altísimo, y de Su Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Gozarían de libertad en sus asuntos religiosos. Sobre estos términos, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— celebró un pacto con ellos. La delegación pidió que se enviara con ellos a una persona digna de confianza. Conforme al acuerdo, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió al ilustre compañero Abu Ubayda ibn al-Yarrah para recoger los bienes.

Después, el islam comenzó a extenderse entre la tribu de Najran. Los autores de biografías escriben que, después de llegar a Najran, el líder de la delegación y sus seguidores buscaron refugio bajo la fresca sombra del islam. Entonces, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— envió a ʿAlī —que Allah esté complacido con él— para recaudar la sadaqa y la jizya. Cabe señalar que la sadaqa se recauda únicamente de los musulmanes.⁸ [Fath al-Bari, vol. 8, pp. 94-95; Zad al-Maʿad, vol. 3, pp. 38-41. En el relato detallado de la delegación de Najran se menciona que, cuando la delegación de Najran viajó por segunda vez a Medina, algunos no estuvieron de acuerdo con este asunto.]

(13) La delegación de Banu Hanifa: Esta delegación llegó a Medina en el noveno año de la Hégira. Estaba compuesta por diecisiete personas, entre ellas Musaylima ibn Kadhdhab.⁹ [Fath al-Bari, vol. 8, p. 87] La genealogía de Musaylima era la siguiente: Musaylim ibn Thumama ibn Qarib ibn Habib ibn al-Harith.

Esta delegación se alojó en la casa de un compañero ansarí. Después, se presentó ante el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— y abrazó el islam. Sin embargo, se conoce un relato diferente acerca de Musaylima el Mentiroso. Al considerar todos los relatos, se observa que Musaylima manifestaba obstinación, arrogancia y ambición de obtener poder. No se presentó ante el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— junto con los demás miembros de la delegación. Más tarde, cuando acudió ante el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, este lo invitó al islam con voz serena y amable. Pero observó que su trato amable no producía en él ninguna reacción favorable. Entonces el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— comprendió que aquel hombre no obtendría ningún bien: en su interior había corrupción y mancha.

Antes de esto, una noche el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— vio en sueños que los tesoros del mundo entero habían sido llevados y depositados ante él. De repente, dos brazaletes de oro volaron desde aquel tesoro y cayeron en sus manos. Los dos brazaletes eran muy pesados, y el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— se sintió incómodo. En ese momento, llegó una revelación por medio de Yibril —la paz sea con él—: debía soplar sobre ambos brazaletes. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— sopló sobre ellos, y de inmediato los dos brazaletes se alejaron volando. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— interpretó este sueño diciendo que, después de él, dos hombres afirmarían falsamente ser profetas. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— se molestó al ver la insolente conducta de Musaylima el Mentiroso. Aquel malvado decía: «Si Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz— me confía el poder de gobierno después de él, estoy dispuesto a obedecerlo». El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— fue hacia Musaylima. En ese momento llevaba en la mano una rama de palmera, y con él estaba su portavoz, Thabit ibn Qays ibn Shammās —que Allah esté complacido con él—. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— se acercó a su cabecera. Musaylima dijo: «Si usted está de acuerdo, estoy dispuesto a cederle el poder de gobierno, pero debe designarme como su sucesor en el poder». El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— señaló la rama de palmera que tenía en la mano y dijo: «Aunque me pidieras esto, tampoco te lo daría. No puedes apartarte del decreto de Allah respecto a ti. Si te das la vuelta y te marchas, Allah te destruirá. ¡Por Allah!, creo que tú eres precisamente aquel sobre quien se me mostró el sueño». Y añadió: «Thabit ibn Qays permanecerá aquí; él te responderá en mi nombre». Dicho esto, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— se retiró. ¹⁰ [Sahih al-Bujari, capítulo sobre los relatos de Banu Hanifa y de Aswad al-ʿAnsi, vol. 2, pp. 627-628; y Fath al-Bari, vol. 8, pp. 86-93]

Finalmente, las palabras del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda la paz— demostraron ser verdaderas. Musaylima el Mentiroso regresó a Yamama y durante unos días reflexionó sobre sí mismo. Luego afirmó de repente que había sido asociado con Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz— en la profecía. Después comenzó a proclamar públicamente su pretensión de ser profeta. Declaró lícitos para sus compatriotas el adulterio y el consumo de alcohol.

Musaylima el Mentiroso afirmó ser profeta en el décimo año de la Hégira. Murió en Yamama durante el califato de Abu Bakr al-Siddiq —que Allah esté complacido con él—, en el mes de Rabi al-Awwal del duodécimo año de la Hégira. Wahshi —que Allah esté complacido con él—, quien había matado a Hamza —que Allah esté complacido con él—, fue quien mató a Musaylima el Mentiroso.

Ya se conocía el destino de uno de los que afirmaban ser profetas. Otro pretendiente, Aswad al-ʿAnsi, había sembrado el desorden en Yemen. Un día y una noche antes del fallecimiento del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, Firuz —que Allah esté complacido con él— mató a aquel falso profeta. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— conoció por medio de la revelación la noticia de este asesinato y se la comunicó a sus compañeros. Después, la noticia llegó debidamente desde Yemen a Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—. ¹³ [Fath al-Bari, vol. 8, p. 93]

(14) La delegación de Banu ʿAmir ibn Saʿsaʿa: La delegación incluía a ʿAmir ibn al-Tufayl, enemigo de Allah; a Arbad ibn Qays, hermanastro de Labid; a Khalid ibn Jaʿfar; y a Jabbār ibn Aslam. Eran figuras destacadas de sus respectivas tribus y tenían un carácter satánico. Un hombre llamado ʿAmir ibn al-Tufayl había hecho martirizar a setenta compañeros en Biʾr Maʿuna. Cuando esta delegación decidió dirigirse a Medina, ʿAmir ibn al-Tufayl y Arbad conspiraron para engañar al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— y asesinarlo de forma inesperada.

Después de que esta delegación llegó a Mina, Amir conversaba con el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Mientras tanto, Arbad se apartó, se colocó detrás del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y comenzó a sacar su espada. Sin embargo, no pudo desenvainarla más que un palmo, pues Allah dejó paralizada su mano. Allah protegió a Su amado Profeta. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— invocó una maldición contra ambos malhechores. De regreso, un rayo alcanzó a Arbad. Al instante, aquel incrédulo murió junto con su camello. Por su parte, Amir buscó refugio en la casa de una mujer de Salul. Allí apareció en su cuello una enfermedad semejante al bocio. Murió allí a causa de esa enfermedad. En el momento de su muerte, Amir dijo: «¡Bocio como el cuello de un camello y morir en la casa de una mujer de Salul!»

En la narración de Sahih al-Bujari se menciona que, al presentarse ante el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Amir le dijo: «Te ofrezco tres condiciones; acepta cualquiera de ellas: (1) Los productos que produzcan los habitantes del valle quedarán bajo mi control. (2) Seré el califa después de ti. (3) Lanzaré contra ti a mil hombres y mil yeguas de la tribu de Gatafán».

Después, sufrió la peste en la casa de una mujer. En aquel momento, profundamente abatido y afligido, dijo: «¡Ay, una enfermedad semejante al bocio del cuello de un camello, y además en la casa de una mujer de tal tribu!». Luego dijo: «Traedme mi caballo». Le llevaron el caballo y, después, este enemigo de Allah murió sobre su lomo.

(15) La delegación de Tayib: Esta delegación llegó a Medina con la limosna restante después de distribuirla entre los pobres de su tribu. Estaba compuesta por un total de trece personas. Preguntaban acerca del Corán y la Sunna, y los estudiaban. Hicieron algunas preguntas al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, y él se las puso por escrito. No permanecieron mucho tiempo en Medina. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— entregó algunos obsequios a los miembros de la delegación. Después de que se marcharon, enviaron ante el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— a un joven compañero que se había quedado atrás. El joven se presentó ante el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y dijo: «¡Oh, honorable señor! Por Allah, no he venido de mi tierra con otro propósito; solo he venido para que ruegues por mí al Todopoderoso, al Misericordioso, Allah. Que Él me conceda Su misericordia y la fuerza para permanecer firme en Su religión». El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— rogó por el joven. Más tarde, aunque muchos nuevos musulmanes abandonaron el islam, este joven permaneció firme e inquebrantable en él. Exhortó y aconsejó a los miembros de su pueblo acerca de las enseñanzas del islam, y por ello ellos también permanecieron firmes en el islam. Durante la peregrinación de despedida, en el décimo año de la Hégira, esta delegación volvió a encontrarse con el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—.

(16) La delegación de Tayy: Entre los miembros de esta delegación se encontraba el célebre Zayd al-Jayl de Arabia. Cuando se reunieron con el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— para conversar, él los invitó al islam. Aceptaron el islam y se convirtieron en muy buenos musulmanes. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— elogió a Zayd al-Jayl y dijo: «Siempre que me han hablado elogiosamente de algún hombre de Arabia, al presentarse ante mí he comprobado que era inferior a su reputación. Pero Zayd es la excepción: sus virtudes y cualidades superan su fama». El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— cambió su nombre por el de Zayd al-Jayr.

Del mismo modo, durante los años noveno y décimo de la Hégira llegaron numerosas delegaciones. Los autores de las biografías del Profeta mencionan las delegaciones de Yemen, Azad, Quda’a, Banu Sa’d, Hudaym, Banu Amir ibn Qays, Banu Asad, Bahra, Jawlan, Maharib, Banu al-Harith ibn Ka’b, Ghamid, Banu al-Muntafiq, Salman, Banu Abbas, Muzayna, Murad, Yubaid, Kinda, Dhi Marra, Gassan, Bu Aish y Naj. La delegación de Naj fue la última en llegar. Llegó a Medina en el mes de Muharram del undécimo año de la Hégira.

Estaba compuesta por doscientas personas. Casi todas las demás delegaciones llegaron durante los años noveno y décimo de la Hégira. Solo unas pocas delegaciones llegaron en el undécimo año de la Hégira.

La llegada a Medina de las delegaciones mencionadas demuestra claramente hasta dónde se había extendido la propagación del islam. También muestra cuánta importancia tenía Medina a los ojos del pueblo árabe. No veían otra alternativa que ir a Medina y someterse. En realidad, Medina había adquirido la condición de capital de la península arábiga. A nadie le era posible ignorarla. Sin embargo, no podemos afirmar que el islam hubiera influido profundamente en el corazón de todos los visitantes. Entre los miembros de esas delegaciones había muchos beduinos árabes que se habían hecho musulmanes únicamente para obedecer a los jefes de sus tribus. Todavía no habían podido abandonar por completo hábitos como el asesinato y el saqueo, ni habían logrado convertirse en personas civilizadas gracias a las enseñanzas y la belleza del islam. Al describir a esta clase de personas en la sura At-Tawba, Allah, el Altísimo, dice: «Los habitantes de La Meca son más duros en la incredulidad y la hipocresía, y más dignos de ignorar los límites de lo que Allah ha revelado a Su Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Allah es Omnisciente, Sapientísimo. Algunos beduinos consideran lo que gastan en el camino de Allah como una multa y esperan que os sobrevengan calamidades. Que la mala suerte recaiga sobre ellos. Allah todo lo oye, todo lo sabe».

Sin embargo, también se elogió a algunas personas. Allah Todopoderoso dice en la sura At-Tawba: «Algunos moradores del desierto creen en Allah y en el Último Día, y consideran lo que gastan como un medio para acercarse a Allah y obtener las súplicas del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. En verdad, ello es un medio para acercarse a Allah. Allah los admitirá en Su misericordia. Allah es Indulgente, Misericordioso».

El islam había arraigado firmemente en el corazón de muchos habitantes de La Meca, Medina, Taquif, Yemen y Bahréin. Muchos de ellos eran distinguidos compañeros y virtuosos musulmanes. 14[Al-Jazrami escribió esto en el primer volumen de su obra Mahdarat, p. 144. Para conocer en detalle las delegaciones mencionadas y aquellas a las que se alude, véanse Sahih al-Bujari, vol. 1, p. 12; vol. 2, pp. 626-630; Ibn Hisham, vol. 2, pp. 501-503, 537-542 y 560-601; Zad al-Ma‘ad, vol. 3, pp. 26-60; Fath al-Bari, vol. 8, pp. 83-103; y Rahmatul lil-Alamin, vol. 1, pp. 184-217].

El éxito generalizado de la predicación del Mensajero

Ahora hablaremos de la última etapa de la vida sagrada del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Pero antes de avanzar hacia ella, es necesario arrojar algo de luz sobre las extraordinarias actividades de la vida profética. En realidad, eso constituye la esencia misma de la vida del Profeta. Precisamente por esa característica ocupó una posición singular entre todos los profetas y mensajeros. Allah, Señor de los mundos, lo coronó con la distinción única de ser el primero y el último. Allah Todopoderoso dijo claramente al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—: «¡Oh, tú, envuelto en ropas! Pasa la noche en oración, salvo una parte». Allah Todopoderoso también dice: «¡Oh, tú, cubierto con un manto! Levántate y advierte».

¿Y qué ocurrió después? El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— se levantó, cargó sobre sus hombros la mayor encomienda del universo y permaneció firme. La carga de toda la humanidad, la carga de todas las creencias y la carga de preservar la paz y el orden en los distintos campos.

Asumió la responsabilidad del yihad en el campo de la conciencia humana. Esas conciencias estaban sumergidas en las imaginaciones de la época de la ignorancia y en toda clase de nociones extravagantes.

En aquel tiempo, la conciencia humana estaba cubierta por las diversas atracciones del mundo. Estaba aprisionada por las cadenas y las trampas de los deseos del ego. Después de liberar y purificar la conciencia humana de la ignorancia y de las atracciones del universo, el Profeta y Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—, con la ayuda de algunos de sus compañeros entregados, emprendió otra lucha. Más bien, comenzó una lucha tras otra. Es decir, los enemigos de la predicación divina, que se habían lanzado con feroz hostilidad contra la predicación y sus creyentes, querían destruir el sagrado retoño de la predicación antes de que pudiera extender sus raíces bajo tierra, desplegar sus ramas en el aire y adornarse de flores y frutos. El Profeta y Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— comenzó a luchar contra todos esos enemigos de la predicación. Apenas había superado las diversas adversidades de la Península Arábiga cuando el Imperio romano comenzó a prepararse en la frontera para exterminar a esta nueva nación.

Finalmente, todas las luchas terminaron, pero la lucha y el conflicto de la conciencia no llegaron a su fin. Porque se trata de un conflicto permanente. En él hay que enfrentarse a Satanás. Satanás penetra en lo más profundo de la mente humana, continúa allí su actividad y no la interrumpe ni por un instante. Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, dedicado a la tarea de la predicación de Allah, continuaba luchando debidamente en distintos campos. El mundo se había postrado a sus pies, pero él vivía entre el sufrimiento y la pobreza. Los creyentes habían extendido a su alrededor la sombra de la paz y la seguridad. Sin embargo, él continuó esforzándose por el camino de una vida de sufrimiento y pobreza. En cualquier circunstancia, soportaba con una paciencia incomparable las dificultades y los padecimientos. Por la noche se levantaba para la oración. Adoraba a su amado Señor y recitaba lentamente el Sagrado Corán. Rompiendo sus vínculos con todo el mundo, se consagraba a Allah. Naturalmente, también se le había ordenado hacerlo así. 1[Sayyid Qutb, mártir, Tafsir fi Zilal al-Qur’an, vol. 29, pp. 168-169].

**Así, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— continuó su lucha durante veinte largos años. Durante ese tiempo, no se entregó a una tarea olvidando las demás. Finalmente, la prédica islámica alcanzó un éxito tan amplio que todos quedaron asombrados. Toda la península arábiga se sometió al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Las nubes de la ignorancia se disiparon del horizonte de Arabia. Las conciencias enfermas recuperaron la salud. Incluso abandonaron los ídolos; más aún, los destruyeron. El cielo y la tierra resonaron con la voz del tawhid. El desierto cobró una nueva fuerza vital gracias al ardor de la fe y vibró con el dulce sonido del adhan. El eco de «Allahu Akbar» resonó en todas direcciones. Los recitadores del Corán recitaban el Sagrado Corán y se dispersaron de norte a sur para establecer los mandamientos y las disposiciones de Allah.

Las tribus dispersas se unieron; las personas abandonaron la servidumbre de los seres humanos y se consagraron a la servidumbre de Allah. Ya no había opresores ni oprimidos; la mirada amenazante de nadie aterrorizaba a nadie. Ya no había tiranos ni agraviados, amos ni esclavos, gobernantes ni gobernados; por el contrario, todos los seres humanos eran siervos de Allah y hermanos entre sí. Se amaban unos a otros y cumplían los mandamientos y las disposiciones de Allah. Allah acabó entre ellos con el orgullo y la arrogancia de la época de la ignorancia, así como con la vanagloria basada en los padres y antepasados. Ya no había superioridad de los árabes sobre los no árabes ni de los blancos sobre los negros. El criterio de superioridad era el taqwa. De lo contrario, todos los seres humanos son hijos de Adán, y Adán fue creado de tierra.

En resumen, como resultado de esta prédica, la unidad árabe, la unidad humana, la ética colectiva, la justicia y la equidad quedaron establecidas. La humanidad encontró el camino de la felicidad para los diversos problemas de este mundo y para los distintos asuntos de la Otra Vida. En otras palabras, el curso mismo de la historia cambió.

Antes de esta prédica, la ignorancia dominaba por completo la Tierra. La conciencia de las personas se había quedado ciega. El alma se había vuelto maloliente. Los valores habían sufrido una decadencia extrema. Se observaba el dominio abrumador de la opresión y la esclavitud. Las oleadas de una comodidad desenfrenada y vergonzosa, junto con una privación destructiva, habían llevado al mundo al abismo de la degradación. Además, una gruesa cortina de incredulidad y extravío había caído sobre él. Aunque existían religiones celestiales y creencias religiosas, las personas las habían distorsionado. Como consecuencia, la debilidad en materia de fe había llegado a su extremo. Los lazos de la religión se habían aflojado. La religión se había convertido en algo débil, semejante a un cuerpo sin vida, reducido a unos pocos ritos y ceremonias.

Cuando la prédica mencionada ejerció su influencia sobre la vida humana, el alma humana se liberó de las ideas ilusorias, la servidumbre de las pasiones, la inmundicia, la injusticia, la opresión, la anarquía y el caos. Liberó a la sociedad humana de la tiranía, la opresión, la imprudencia, la arrogancia, la destrucción, la discriminación de clases, la opresión de los gobernantes y la humillante arbitrariedad de los astrólogos. Entonces el mundo se convirtió en el centro de una vida mejor y de un progreso basados en la misericordia, el perdón, la humildad, la modestia, el descubrimiento, la construcción, la libertad, la reforma, el conocimiento espiritual, la fe, la rectitud, la justicia y las buenas obras, garantizando al titular legítimo el derecho que le correspondía. 2 [Sayyid Qutb mártir, Tafsir Fi Zilal al-Qur’an, vol. 1, pág. 14].

Debido a todos estos cambios, la península arábiga se convirtió en una tierra bendita habitada, cuyo ejemplo no se había visto ni se verá en ninguna época ni país de la historia humana. La península arábiga alcanzó en su historia tal esplendor y luminosidad que jamás antes, en ningún lugar, se había visto algo semejante.

La Peregrinación de Despedida

La labor de la prédica y la transmisión había llegado a su culminación. Tras abolir la doctrina de la rububiyyah de Allah y todas las demás ideologías, se había establecido una nueva sociedad sobre la base de la risalah del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Después, como si un anunciador invisible hubiera fijado en la mente y la conciencia del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— la idea de que el plazo de su permanencia en la Tierra estaba llegando a su fin. Cuando el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a Muadh —que Allah esté complacido con él— tras nombrarlo gobernador del Yemen, le dijo, después de otras palabras necesarias: «Oh, Muadh, quizá después de este año ya no vuelvas a encontrarte conmigo. Tal vez después pases junto a mi mezquita y mi tumba». Al oír esto, Muadh —que Allah esté complacido con él— comenzó a llorar, pensando en la despedida definitiva del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—.

En realidad, Allah quería hacer que Su Mensajero presenciara los frutos de veinte largos años de sufrimiento, dificultades y persecución. Durante la peregrinación, la gente y las delegaciones de las distintas regiones de La Meca se reunirían allí, y después adquirirían del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, conocimiento de las normas y disposiciones de la sharía. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, les tomaría testimonio de que había cumplido con la responsabilidad que le había sido confiada, transmitido el mensaje de Allah a la gente y satisfecho el derecho de procurar el bienestar de la comunidad. Conforme a esta voluntad de Allah, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, anunció la fecha de la histórica peregrinación. Entonces, en la fecha señalada, los musulmanes comenzaron a llegar a La Meca en grupos. Todos los reunidos deseaban de todo corazón adoptar el ejemplo del Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, y someterse a su obediencia. 1[Este hadiz fue narrado por Yáber —que Allah esté complacido con él— y está recogido en Sahih Muslim. Véase el primer volumen, pág. 394, capítulo «La prueba del Profeta».]

Después, el sábado, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, se preparó para partir hacia La Meca. Aún faltaban cuatro días para terminar el mes de Dhul Qada. 2[El hafiz Ibn Háyar ha ofrecido un excelente análisis sobre este asunto y ha corregido la afirmación de algunas narraciones según la cual faltaban cinco días para concluir el mes de Dhul Qada. Véase Fath al-Bari, vol. 8, pág. 207.] Se aplicó aceite en la cabeza, se peinó, se puso el izar, se envolvió con el manto, adornó los animales destinados al sacrificio y partió después de la oración del mediodía. Llegó al lugar llamado Dhul Hulayfa antes de la oración de la tarde. Allí realizó dos ciclos de oración de la tarde. Se levantó una tienda para pasar la noche y allí pasó la noche. Por la mañana dijo a sus compañeros: «Anoche vino un visitante de mi Señor y me dijo: “¡Oh, Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz!, realiza la oración en esta tierra sagrada y di que en la peregrinación hay una umra…”

…». 3[Esta narración de Umar —que Allah esté complacido con él— fue recopilada en Sahih Bujari, vol. 1, pág. 207.]

Después, antes de la oración del mediodía, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, realizó el baño ritual para entrar en estado de ihram. Aisha —que Allah esté complacido con ella— aplicó con sus propias manos perfume de yárira y almizcle sobre el cuerpo purificado del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. El brillo del perfume se veía en la raya de su cabello y en su sagrada barba. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, no se lavó ese perfume, sino que lo dejó tal como estaba. Después se puso el izar y el manto. Realizó dos ciclos de oración del mediodía. Luego, sentado en el lugar de oración, entró simultáneamente en estado de ihram para la peregrinación y la umra, y salió pronunciando la talbiya. Después montó su camella y pronunció la talbiya dos veces. Al llegar a campo abierto sobre la camella, también allí elevó la voz con la talbiya.

Después, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, continuó su viaje. Una semana más tarde, una tarde llegó cerca de La Meca, se detuvo en un lugar llamado Dhu Tuwá y, después de realizar la oración del alba, tomó un baño. Luego entró en La Meca. Ese día era domingo, cuatro de Dhul Hiyya del décimo año de la Hégira. Desde su partida de Medina habían transcurrido ocho noches de viaje. A un ritmo normal, se necesitaba precisamente ese tiempo para recorrer el camino. Al llegar a la Mezquita Sagrada, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, circunvaló primero la Kaaba. Después realizó el sa‘i entre Safa y Marwa. Sin embargo, no salió del estado de ihram, porque había combinado el ihram de la peregrinación y la umra.

También había llevado consigo los animales destinados al sacrificio. Después del tawaf y del sa‘i, se alojó en un lugar de La Meca llamado Hayyun. No realizó ningún otro tawaf aparte del tawaf de la peregrinación posterior.

El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó a los compañeros que habían llegado con él, pero no habían llevado animales para el sacrificio, que transformaran su ihram en umra y, después de completar el tawaf de la Kaaba y el sa‘i entre Safa y Marwa, salieran completamente del estado de ihram. Sin embargo, como él mismo no había salido del ihram, los compañeros se sintieron confundidos. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Si hubiera sabido antes lo que supe después, no habría traído conmigo animales para el sacrificio. Si no hubiera tenido conmigo animales para el sacrificio, también habría salido del estado de ihram». Al oír estas palabras del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, los compañeros inclinaron la cabeza en señal de obediencia. Quienes no tenían animales para el sacrificio salieron del estado de ihram.

El ocho de Dhul Hiyya, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se dirigió a Mina. Permaneció allí hasta el nueve de Dhul Hiyya. Allí realizó las cinco oraciones: mediodía, tarde, ocaso, noche y alba, y esperó allí hasta la salida del sol. Después partió hacia la llanura de Arafat. Al llegar, encontró preparada una tienda en la zona de Namira. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se sentó allí. Cuando el sol comenzó a declinar, por orden del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se colocó una silla de montar sobre su camella. Él se dirigió al centro de la llanura. En aquel momento, alrededor del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se extendía un mar de ciento veinticuatro mil personas —según otra opinión, ciento cuarenta y cuatro mil—. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, pronunció un discurso histórico ante aquella multitud reunida. Dijo: «¡Oh, gente! Escuchad mis palabras, escuchad mis palabras. No sé si después de esta ocasión volveré a reunirme con vosotros en este lugar». 4[Ibn Hisham, vol. 2, pág. 603]

Vuestras vidas y vuestros bienes son inviolables entre vosotros, como lo son este día, este mes y esta ciudad. Escuchad: todo lo perteneciente a la época de la ignorancia ha sido aplastado bajo mis pies. Las venganzas de sangre de la época de la ignorancia han quedado abolidas. La primera sangre de la nuestra que doy por concluida es la de un hijo de Rabia ibn al-Harith. Este niño estaba siendo amamantado entre la tribu de Banu Sa’d cuando lo mataron unos hombres de la tribu de Hudhayl. La usura de la época de la ignorancia ha quedado abolida. La primera usura de la nuestra que doy por concluida es la usura de Abbas ibn Abd al-Muttalib. A partir de ahora queda abolida toda forma de usura.

Temed a Allah en lo relativo a las mujeres, pues las habéis tomado como un depósito confiado por Allah y las habéis hecho lícitas mediante la palabra de Allah. Tenéis derecho sobre ellas a que no permitan que entre en vuestro lecho nadie a quien vosotros no aprobéis. Si lo hacen, podéis reprenderlas, pero no las golpeéis con excesiva severidad. Y ellas tienen derecho sobre vosotros a que les proporcionéis debidamente alimento y vestido.

Os dejo algo que, si os aferráis firmemente a ello, nunca os extraviaréis después. Ese algo es el Libro de Allah. 5[Ṣaḥīḥ Muslim, capítulo «La peregrinación del Profeta». Vol. 1, pág. 397] ¡Oh, gente! Recordad que no habrá ningún profeta después de mí ni ninguna comunidad después de vosotros. Adorad, pues, a vuestro Señor. Realizad las cinco oraciones diarias. Ayunad durante el mes de Ramadán. Entregad con alegría el azaque de vuestros bienes. Peregrinad a la Casa de vuestro Señor. Obedeced a vuestros dirigentes. Si hacéis esto, entraréis en el Paraíso de vuestro Señor. 6[Ibn Maja, Ibn Asakir, Raḥmat lil-ʿĀlamīn, vol. 1, pág. 263]

Se os preguntará acerca de mi relación con vosotros. ¿Qué diréis entonces? Los compañeros respondieron: Damos testimonio de que has transmitido el mensaje, has hecho llegar la revelación y has cumplido el deber que te fue confiado respecto al bienestar.

Al oír esto, el Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— levantó el dedo índice hacia el cielo, luego lo inclinó hacia la gente y dijo tres veces: «¡Oh, Señor de los mundos, sé testigo!». 7[Ṣaḥīḥ Muslim, vol. 1, pág. 397]

Rabia ibn Umayya ibn Khalaf transmitía en voz alta a la gente las palabras del Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. 8[Ibn Hisham, vol. 2, pág. 605]

Después de que el Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— terminara el sermón, Allah, exaltado sea, reveló este versículo del Sagrado Corán: «Hoy he perfeccionado para vosotros vuestra religión, he completado Mi favor sobre vosotros y he escogido el islam como vuestra religión». (Sura al-Ma’ida, versículo 3)

Al oír este versículo, Umar —que Allah esté complacido con él— comenzó a llorar. Le preguntaron: «¿Por qué lloras?». Respondió: «Lloro porque, después de la perfección, solo queda la imperfección». 9[Véase al-Bujari, narración de Ibn Umar —que Allah esté complacido con él—, vol. 1, pág. 265]

Después del sermón del Noble Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, Bilal, que Allah esté complacido con él, realizó el adhan y la iqama. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dirigió la oración del mediodía. Después, Bilal realizó la iqama y el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dirigió la oración de la tarde. Entre estas dos oraciones mencionadas, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, no realizó ninguna otra oración. Luego montó su cabalgadura y se dirigió a su lugar de estancia. Allí esperó sobre el lomo de la camella; poco después se puso el sol. Entonces el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, hizo que Usama, que Allah esté complacido con él, se sentara detrás de él y partió de allí hacia Muzdalifa. Allí realizó las oraciones del ocaso y de la noche con un solo adhan y dos iqamas. No realizó ninguna oración voluntaria entre ambas. Después, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se acostó. Permaneció recostado hasta que llegó el momento de la oración del alba. Cuando llegó su hora, realizó la oración del alba con adhan e iqama. Luego montó la camella, se dirigió al Mashar al-Haram, se volvió hacia la alquibla y suplicó a Allah. Pronunció el takbir en nombre de Allah y recitó la fórmula de la unicidad divina. Permaneció allí hasta que la mañana se aclaró completamente en todas direcciones. Después partió hacia Mina antes de la salida del sol. Esta vez hizo que Fadl ibn Abbas se sentara detrás de él. Al llegar a Batn Muhassir —el lugar donde cayó el castigo sobre el ejército de Abraha— hizo correr con fuerza la cabalgadura. Se dirigió hacia la Yamrat al-Kubra y llegó hasta ella. En aquella época había allí un árbol, y la Yamrat al-Kubra también era conocida por ese árbol. A la Yamrat al-Kubra también se la llama Yamrat al-Aqaba y Yamrat al-Ula. Después, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, lanzó allí siete piedras. Con cada lanzamiento pronunciaba el takbir. Eran pequeños guijarros. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, lanzó aquellas piedras de pie al pie de la montaña.

Después, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se dirigió al lugar del sacrificio y, con sus benditas manos, sacrificó sesenta y tres camellos. Luego encargó a Ali, que Allah esté complacido con él, sacrificar los treinta y siete camellos restantes. Así se sacrificaron cien camellos. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, incluyó también a Ali en su sacrificio. Luego, por orden suya, se tomó un trozo de carne de cada camello y se cocinó en una olla. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, y Ali comieron parte de aquella carne. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, también bebió un poco de caldo.

Después, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, montó su cabalgadura y se dirigió a la Noble Meca. Circunvaló la Casa de Allah. Esta circunvalación se llama tawaf al-ifada. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, realizó en Meca la oración del mediodía. Luego se dirigió junto al pozo de Zamzam, donde estaban los Banu Abd al-Muttalib. Ellos daban de beber agua de Zamzam a los peregrinos.

El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¡Oh, Banu Abd al-Muttalib! Sacad agua. Si no temiera que otras personas os vencieran en la tarea de sacar agua, yo también sacaría agua con vosotros». Es decir, si los compañeros hubieran visto al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, sacando agua, todos habrían intentado hacerlo. Como resultado, el honor exclusivo que tenían los Banu Abd al-Muttalib de dar de beber a los peregrinos ya no habría permanecido exclusivamente con ellos. Entonces los miembros de los Banu Abd al-Muttalib dieron al Profeta, que Allah esté complacido con él, un cubo de agua, y el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, bebió de ella cuanto necesitaba. 10 [Transmitido en Sahih Muslim por Yabir, que Allah esté complacido con él; capítulo sobre la Peregrinación del Profeta, tomo I, pp. 397-400].

Hoy es el día del sacrificio, el diez de Dhu al-Hiyya. También hoy, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, pronunció un sermón a media mañana. En ese momento montaba sobre una mula. Ali, que Allah esté complacido con él, hacía oír las palabras del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, a los compañeros reunidos. Algunos compañeros estaban sentados y otros de pie. 11 [Abu Dawud, capítulo sobre el Día del Sacrificio, tomo I, p. 270]. En el sermón de hoy, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, repitió también algunos puntos de su discurso del día anterior. En Sahih al-Bujari y Sahih Muslim se recoge la narración de Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, según la cual el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, nos dirigió un sermón el Día del Sacrificio, es decir, el diez de Dhu al-Hiyya. En aquel sermón dijo: «Ha llegado el momento de que se complete el ciclo del tiempo. En este día Allah creó los cielos y la tierra. Un año tiene doce meses. De ellos, cuatro son meses sagrados. Tres vienen consecutivamente: Dhu al-Qada, Dhu al-Hiyya y Muharram. El otro es Rayab, situado entre Yumada al-Ajira y Shaabán».

El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo también: «¿Qué mes es este?». Respondimos: «Allah y Su Mensajero lo saben mejor». El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, guardó silencio. Entonces comprendimos que quizá daría a este mes otro nombre. Pero el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¿Acaso no es el mes de Dhu al-Hiyya?». Respondimos: «Por supuesto». Él dijo: «¿Qué ciudad es esta?». Respondimos: «Allah y Su Mensajero lo saben mejor». El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, guardó silencio durante un momento. Pensamos que quizá daría a esta ciudad otro nombre. Pero el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¿Acaso no es la ciudad de Meca?». Respondimos: «Por supuesto». El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¿Qué día es este?». Respondimos: «Allah y Su Mensajero lo saben mejor». El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, guardó silencio durante un momento. Pensamos que daría a este día otro nombre. Pero dijo: «¿Acaso no es este el Día del Sacrificio, es decir, el diez de Dhu al-Hiyya?». Respondimos: «Por supuesto». El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Entonces escuchad: vuestra sangre, vuestros bienes y vuestro honor son inviolables y sagrados entre vosotros, como son sagrados para vosotros esta ciudad, este mes y este día vuestro. Pronto os encontraréis con vuestro Señor, y se os preguntará por vuestras obras. Por tanto, tenedlo presente: no os extraviéis después de mí».

«No os extraviéis de tal manera que empecéis a degollaros unos a otros. Decidme: ¿he transmitido el mensaje?». Los compañeros respondieron: «Sí». El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¡Oh Allah, sé testigo! Quien esté presente aquí debe transmitir mi mensaje a quienes estén ausentes, pues quizá el ausente conceda a estas palabras mías más importancia que muchos de los presentes y las considere verdaderas». 12 [Sahih al-Bujari, capítulo sobre los sermones de los días de Mina, tomo I, p. 234].

Según una narración, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— también dijo en aquel sermón: «Recordad que quien comete un delito lo comete contra sí mismo; es decir, él mismo será responsable por ello. Recordad que ningún hijo delincuente puede cometer un delito en perjuicio de su padre, ni ningún padre delincuente en perjuicio de su hijo; es decir, el hijo no será responsabilizado por el delito de su padre, ni el padre por el delito de su hijo. Recordad que Satanás ha perdido la esperanza de que vuelva a ser adorado en esta ciudad. Sin embargo, logrará satisfacción mediante vuestra obediencia a Satanás en aquellas acciones que consideréis insignificantes; por medio de ellas Satanás se sentirá complacido». 13 [Tirmidhi, tomo 2, p. 38, 135; Ibn Maja, Kitab al-Rajm, Mishkat, tomo 1, p. 234]

Después, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— permaneció en Mina durante los Días de Tashriq, es decir, los días 11, 12 y 13 de Dhul-Hiyya. Durante ese tiempo también cumplía los ritos del Hayy. Asimismo, enseñaba al pueblo las disposiciones y mandatos de la sharía, recordaba a Allah, se mantenía firme en las tradiciones de la comunidad de Ibrahim y eliminaba los símbolos del politeísmo. En uno de los tres días mencionados de los Días de Tashriq pronunció un sermón. En Abu Dawud se encuentra, con una cadena de transmisión «hasan», la narración de Hazrat Sara bint Binham —que Allah esté complacido con ella—, quien dijo que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— nos dirigió un sermón el día de Ra’s, 14 [es decir, el 12 de Dhul-Hiyya; Awn al-Ma‘bud, tomo 2, p. 143], y dijo: «Este día no es el día intermedio de los Días de Tashriq». 15 [Abu Dawud, «Yawmu yakhtibu bi Mina», tomo 1, p. 269]. El sermón pronunciado hoy por el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— era semejante al sermón del día anterior, es decir, al sermón del Día del Sacrificio. Este sermón fue pronunciado después de la revelación de la sura An-Nasr.

La última expedición militar

Los gobernantes del vasto Imperio romano no estaban dispuestos a reconocer el derecho del islam y de quienes lo aceptaban a seguir con vida. Por ello, para cualquiera que aceptara el islam en las zonas controladas por el Imperio romano, hacerlo era peligroso. También era muy grande para los demás el temor de que se repitiera el caso del gobernador romano Hazrat Farwa ibn Amr al-Yudhami.

Ante semejante conducta insolente y arrogante de los gobernantes del Imperio romano, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— comenzó, en el mes de Safar del undécimo año de la Hégira, a preparar un gran ejército. Nombró comandante de ese ejército a Hazrat Usama ibn Zayd —que Allah esté complacido con él— y le ordenó: «Devasta, por medio de la caballería, la región de Balqa y el territorio palestino de Darum, y regresa». El objetivo de esta medida era infundir valor, atemorizando a los romanos, en los corazones de las tribus árabes que vivían en las zonas bajo su control. Así, nadie podría pensar que no había quien alzara la voz frente a los excesos y arbitrariedades de las iglesias. Además, nadie podría creer que aceptar el islam significaba invitar a la propia muerte.

Algunas personas criticaron el nombramiento de Hazrat Usama —que Allah esté complacido con él— como comandante y dudaron en participar en los preparativos de esta expedición. Ante esta situación, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Si criticáis a Usama por su jefatura, entonces también hay que decir que anteriormente criticabais el nombramiento de su padre como comandante. ¡Por Allah!, Zayd tenía la capacidad necesaria para ser comandante. Además, era uno de mis seres queridos. Usama también es, después de Zayd, uno de mis seres queridos». 1 [Sahih Bujari, capítulo “El envío de Usama”, Usama, tomo 2, p. 612]

Entonces los nobles Compañeros —que Allah esté complacido con ellos— se reunieron alrededor de Hazrat Usama —que Allah esté complacido con él— y se incorporaron a su ejército. Este ejército partió y acampó en un lugar llamado Maqam Zaraf, a tres millas de Medina. Como seguían recibiendo noticias preocupantes sobre la enfermedad del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, no avanzaron más. Permanecieron allí, aguardando el decreto de Allah. El decreto de Allah consistió en que esta expedición sería reconocida como la primera campaña militar del califato de Hazrat Abu Bakr as-Siddiq —que Allah esté complacido con él—. 2 [Sahih Bujari e Ibn Hisham, tomo 2, pp. 606-650].

Muhammad no es sino un Mensajero; antes de él hubo muchos mensajeros

Ha pasado. Si muere o alguien lo mata,

¿acaso os apartaréis (de su ejemplo)

¿os apartaréis? (Sabed) que

la persona que se aparta (de este modo)

no podrá causar ningún perjuicio a Allah

.

(Sura: Al Imrán-144)

 

7

Adiós, amigo mío: el Gran Profeta en el camino de su viaje final

Adiós, oh Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él

La invitación a la religión de Allah había alcanzado su plenitud, y el mundo árabe se encontraba ya completamente bajo el control del islam. En ese momento comenzaron a manifestarse, en los pensamientos, sentimientos, conducta externa y palabras del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, señales que dejaban claro que pronto se despediría de los habitantes de este mundo.

Por ejemplo, se relata que en el mes de Ramadán del décimo año de la Hégira el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, practicó el retiro espiritual durante veinte días, mientras que en los demás Ramadánes lo hacía durante diez. Ese año, Gabriel, la paz sea con él, recitó dos veces ante el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, el Sagrado Corán completo. En el sermón de la Peregrinación de Despedida, el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «No sé; quizá después de este año ya no pueda reunirme nunca más con vosotros en este lugar». Cerca de Yamrat al-Aqaba dijo: «Aprended de mí los ritos de la peregrinación, porque quizá después de este año ya no pueda realizar la peregrinación nunca más». La sura An-Nasr fue revelada a mediados de los días de Tashriq, es decir, durante los días 10, 11 y 12 de Dhul-Hiyya. Entonces comprendió que había llegado el momento de despedirse de este mundo. La revelación de esta sura constituía un anuncio anticipado de su muerte.

A comienzos del mes de Safar del undécimo año de la Hégira, el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se dirigió a la llanura de Uhud. Allí suplicó por los mártires como si los vivos se estuvieran despidiendo de los muertos. Después de regresar, se sentó en el púlpito y dijo: «Soy vuestro emir en vuestras actividades y vuestro testigo. ¡Por Allah! Ahora puedo ver mi Hawd, es decir, el Hawd de Kawzar. Se me han entregado las llaves de todo el mundo y de sus tesoros. ¡Por Allah! No temo que después de mí cometáis shirk; más bien temo que os excedáis en los asuntos mundanos».

Una noche, a medianoche, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, fue al cementerio de Yannat al-Baqi y suplicó allí por los muertos. En aquella súplica dijo: «La paz sea con vosotros, moradores de las tumbas. La situación en la que os encontráis es mejor para vosotros que aquella en la que se encuentran las personas. Las tribulaciones vienen unas tras otras como segmentos de una noche oscura; los que vienen después son peores que los anteriores». Después dio a los moradores de las tumbas la buena noticia de que él también se reuniría con ellos.

Inicio de la enfermedad

El domingo 29 de Safar del undécimo año de la Hégira, el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, participó en una oración fúnebre en Yannat al-Baqi. Al regresar, comenzó a sufrir dolor de cabeza y la fiebre aumentó tanto que se podía sentir el calor incluso sobre la venda que llevaba atada en la cabeza. Este fue el comienzo de la enfermedad mortal. Durante su enfermedad dirigió la oración durante once días. La enfermedad duró en total trece o catorce días.

La última semana de su vida

El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, se debilitaba cada vez más. Durante ese tiempo preguntaba a sus puras esposas: «¿Dónde estaré mañana? ¿Dónde estaré mañana?». Sus esposas comprendieron el significado de la pregunta del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dijeron: «Oh, Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, usted permanecerá donde desee». Entonces fue trasladado a la habitación de Aisha, que Allah esté complacido con ella. Durante el traslado, Fadl ibn Abbas y Ali ibn Abu Talib, que Allah esté complacido con ellos, llevaron al amado Profeta apoyado en ellos. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, tenía la cabeza vendada y sus benditos pies se arrastraban por el suelo. En ese estado fue trasladado a la habitación de Aisha, que Allah esté complacido con ella, y allí pasó la última semana de su vida.

Aisha, que Allah esté complacido con ella, recitaba las súplicas que había aprendido del Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, y soplaba sobre el cuerpo bendito del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz; luego pasaba sus benditas manos por su propio cuerpo, buscando bendición.

Cinco días antes de su muerte

Cinco días antes de su muerte, el miércoles, la temperatura del cuerpo del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, aumentó de manera anormal. Esto incrementó su sufrimiento. Había perdido el conocimiento. Entonces dijo: «Verted sobre mí siete mashaks de agua de distintos pozos, para que pueda ir ante la gente y dejarles mi exhortación». Lo sentaron y vertieron sobre su cuerpo tal cantidad de agua que él dijo: «Basta, basta», es decir, que ya no era necesario más.

Después, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se sintió algo mejor y fue a la mezquita. Tenía la cabeza vendada. Subió al púlpito, se sentó y pronunció algunas palabras. Los nobles Compañeros estaban reunidos a su alrededor. Dijo: «La maldición de Allah sea sobre los judíos y los cristianos, porque convirtieron las tumbas de sus profetas en mezquitas». Según otra narración: «Que el castigo de Allah sea sobre los judíos y los cristianos, porque convirtieron las tumbas de sus profetas en mezquitas». 2 (Sahih al-Bujari, tomo 1, p. 52; Muwatta del imán Malik, p. 360). También dijo: «No convirtáis mi tumba en un ídolo con el propósito de adorarla». 3 (Muwatta del imán Malik, p. 65).

Después, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, se ofreció para que se tomara represalia y dijo: «Si alguna vez he golpeado la espalda de alguien con un látigo, aquí está mi espalda; que se vengue de mí. Si he ofendido a alguien, que tome represalias contra mí».

Después, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, bajó del púlpito y dirigió la oración del mediodía. Luego volvió a sentarse en el púlpito y repitió sus palabras acerca de la enemistad y asuntos similares. Un hombre dijo: «Usted me debe tres dírhams». El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó a Fadl ibn Abbas, que Allah esté complacido con él, que pagara aquella deuda.

Después, el querido Profeta encomendó a los ansar. Dijo: «Os encomiendo a los ansar, porque son mi corazón y mi entraña. Han cumplido con su responsabilidad, pero sus derechos aún están pendientes. Por tanto, aceptad a los virtuosos de entre ellos y perdonad a los malvados». En otra narración se relata que dijo: «La gente seguirá aumentando, mientras que el número de los ansar seguirá disminuyendo, hasta que lleguen a ser como la cantidad de sal en la comida. Por tanto, aquellos de vosotros que reciban la responsabilidad de algún asunto beneficioso o perjudicial deberán aceptar a los virtuosos de entre los ansar y perdonar a los malvados». 4 Sahih al-Bujari, tomo 1, pág. 526

Después, el Profeta dijo: «A un siervo, Dios Altísimo le ha dado la opción: si quiere, Dios Altísimo le concederá lo que desee de la magnificencia y el esplendor de este mundo, o podrá escoger lo que desee de lo que está junto a Dios». Aquel siervo expresó su deseo de escoger lo que está junto a Dios. Abu Sa‘id al-Judri narró que, al oír esto, Abu Bakr al-Siddiq comenzó a llorar y dijo: «¡Que mi padre y mi madre sean sacrificados por vos!». Al escuchar estas palabras, nos sorprendimos. La gente dijo: «Mirad a este anciano: el Mensajero de Dios estaba hablando de un siervo al que Dios había dado la opción de escoger lo que quisiera de aquello o de lo que está junto a Dios, pero este anciano dice: “¡Que mi padre y mi madre sean sacrificados por vos!”». Sin embargo, pocos días después quedó claro para todos que el siervo al que Dios había dado la opción era el propio Mensajero de Dios. Ese día también nadie dejó de comprender que Abu Bakr era la persona más conocedora entre nosotros. 5 Sahih al-Bujari, tomo 1, pág. 536

Después, el Mensajero de Dios dijo: «La persona que más me ha favorecido con su amistad y con el sacrificio de sus bienes es Abu Bakr. Si hubiera tomado como amigo íntimo a alguien distinto de mi Señor, habría tomado a Abu Bakr. Pero entre nosotros existe el vínculo de hermandad y amor islámicos. No se debe dejar abierta ninguna puerta de la mezquita; deben cerrarse todas las puertas, excepto la puerta de Abu Bakr, que no debe cerrarse». 6 Al-Bujari y Muslim, tomo 1, pág. 516; Mishkat, tomo 2, págs. 546-554

Cuatro días antes de su fallecimiento

El jueves, cuatro días antes del fallecimiento del Mensajero de Dios, sufría intensamente. En ese momento dijo: «Os escribiré un documento, después del cual nunca os extraviaréis». En la casa había varias personas, entre ellas Umar. Él dijo: «Está sufriendo mucho por la enfermedad y tenemos el Sagrado Corán. Este Libro nos basta». Al oír esto, surgió una discrepancia entre los compañeros presentes en la casa. Algunos dijeron: «Que se escriba lo que el Profeta quiere dejar por escrito». Otros decían: «No hace falta; lo que dice Umar es correcto». La discrepancia acabó convirtiéndose en una discusión y el alboroto aumentó. El Mensajero de Dios, molesto, dijo: «Levantaos y marchaos de mi lado». 7 Al-Bujari y Muslim; Al-Bujari, tomo 1, págs. 22 y 427; tomo 2, pág. 638

Ese mismo día, el Profeta dejó instrucciones sobre tres asuntos. Primero: expulsar de la península arábiga a los judíos, los cristianos y los politeístas. Segundo: tratar a las delegaciones visitantes del mismo modo en que yo las trataba. El narrador olvidó el tercer asunto; probablemente el Profeta habló de aferrarse firmemente al Corán y a la Sunna, o de enviar el ejército de Usama; o quizá dijo: «Prestad atención a la oración y a quienes están bajo vuestra autoridad, es decir, los esclavos y las esclavas».

A pesar de la gravedad de su enfermedad, el Mensajero de Dios dirigió personalmente todas las oraciones hasta el jueves, cuatro días antes de su fallecimiento. También dirigió la oración del magrib de aquel día. En esa oración recitó la sura

A la hora de la oración del isha, la enfermedad empeoró tanto que ya no tuvo fuerzas para ir a la mezquita. Aisha relató: «El Profeta preguntó: “¿Ha terminado la gente la oración?”. Respondimos: “No, Mensajero de Dios; están esperándote”. El Mensajero de Dios dijo: “Traedme agua en un recipiente”. Así lo hicimos. Se bañó y después intentó levantarse, pero perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, preguntó: “¿Ha terminado la gente la oración?”. Le informaron: “No, Mensajero de Dios; están esperándote”. Lo mismo ocurrió una segunda y una tercera vez. Se bañó e intentó levantarse, pero volvió a perder el conocimiento. Después envió aviso a Abu Bakr para que dirigiera la oración. Durante los demás días de la enfermedad del Noble Profeta, Abu Bakr al-Siddiq también dirigió la oración. 9 Al-Bujari y Muslim; Mishkat, tomo 1, pág. 102. Durante la vida del Mensajero de Dios, Abu Bakr al-Siddiq dirigió diecisiete oraciones obligatorias. 8 Al-Bujari y Muslim; Mishkat, tomo 1, pág. 102»

Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella) solicitó tres o cuatro veces al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) que se confiara la responsabilidad de dirigir la oración a alguien distinto de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Temía que la gente albergara una mala opinión sobre Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él). Pero el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) rechazó cada vez la petición de su esposa y dijo: «Todas vosotras os habéis vuelto como las compañeras de Yusuf». 10 [En el episodio de Hazrat Yusuf, las mujeres que acusaban a la esposa de Aziz de Misr aparentaban hacerlo así; pero, cuando vieron a Hazrat Yusuf y se cortaron los dedos, quedó claro que todas estaban completamente entregadas a Hazrat Yusuf (la paz sea con él). Es decir, sus palabras expresaban una cosa, pero en su corazón había otra. Aquí la situación era semejante. Exteriormente decían que el corazón de Hazrat Abu Bakr Siddiq era sensible y que, si comenzaba a dirigir la oración en el lugar del Profeta, no podría recitar debido a la intensidad de su llanto. Pero en realidad pensaban que, si —Dios no lo permita— el Noble Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) fallecía, todos albergarían una mala opinión sobre Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) y lo acusarían de ser de mal agüero. Por estas razones, junto con la petición de Hazrat Aisha Siddiqah, las demás esposas del Noble Profeta también formularon la misma solicitud al Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Por ello, el Profeta (la paz sea con él) dijo: «Todas vosotras sois como los hermanos del Profeta Yusuf».] «Ordenad a Abu Bakr que dirija la oración».

Dos días antes de su fallecimiento

El sábado o el domingo, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) se sintió algo mejor. Apoyándose en los hombros de dos hombres, fue a la mezquita para realizar la oración del mediodía. En ese momento, Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) estaba dirigiendo la oración de los Compañeros. Al ver al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), comenzó a retroceder. El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) le indicó que no era necesario retroceder. Dijo a los hombres en cuyos hombros se había apoyado para llegar a la mezquita: «Sentadme junto a Abu Bakr». Entonces lo sentaron a la derecha de Hazrat Abu Bakr. En ese momento, Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) seguía al Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) en la oración, mientras hacía oír a los Compañeros los takbires. 12 [Sahih Bujari, tomo I, pp. 98-99]

Tan solo un día antes de su fallecimiento

El domingo, un día antes de su fallecimiento, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) liberó a todos sus esclavos y esclavas. En aquel momento tenía siete dinares; los entregó como limosna y donó sus armas a los musulmanes. Por la noche, Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella) pidió prestado aceite a una vecina para encender la lámpara. Una de las armaduras del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) estaba empeñada a un judío por treinta sa‘, es decir, 75 kilos de cebada.

El último día de su grandiosa vida

Hazrat Anas (que Allah esté complacido con él) dice que aquel día era lunes y los musulmanes estaban realizando la oración del alba. Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) estaba dirigiendo la oración. De repente, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) descorrió la cortina de la habitación de Hazrat Aisha Siddiqah y, al ver a los Compañeros orando en filas, sonrió suavemente. Entonces Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) retrocedió un poco para que el Mensajero de Allah pudiera incorporarse a la fila de la oración. Había pensado que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) quizá quisiera incorporarse y acudir a la oración. Hazrat Anas (que Allah esté complacido con él) dice que, al ver de repente al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), los Compañeros se alegraron tanto que estuvieron a punto de caer en la confusión durante la oración; es decir, querían dejar la oración para informarse del estado físico del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Pero el Amado Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) les indicó con la mano que completaran la oración. Después, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) entró en la habitación y corrió la cortina.

Después de aquello, ya no llegó para el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) el momento de ninguna otra oración. Al comienzo del día, en el momento de la oración de Duha, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llamó junto a sí a su querida hija, Hazrat Fatimah (que Allah esté complacido con ella), y le susurró algunas palabras al oído. Al escucharlas, Hazrat Fatimah Zahra comenzó a llorar. Después, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) volvió a susurrarle algo al oído; esta vez, Hazrat Fatimah (que Allah esté complacido con ella) comenzó a reír.

Hazrat Aisha Siddiqah (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Más tarde, cuando le pregunté a Hazrat Fátima por la razón de su llanto y su risa, ella respondió: “La primera vez, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— me dijo: ‘Moriré durante esta enfermedad’. Al oírlo, lloré. Después me susurró al oído: ‘Entre todos mis familiares, tú serás la primera en seguirme al Más Allá’. Al oírlo, reí». 14 [Bujari, tomo 2, pág. 638]

Al ver la intensidad de los sufrimientos del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, le dio a Hazrat Fátima (que Allah esté complacido con ella) la buena noticia de que ella sería la líder de todas las mujeres del mundo. 15 [Según algunas narraciones, este diálogo y esta buena noticia tuvieron lugar no el último día de la vida del Profeta, sino durante su última semana. Véase Rahmatul lil-Alamin, tomo 1, pág. 282]

En ese momento, al ver la intensidad de los sufrimientos del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Hazrat Fátima (que Allah esté complacido con ella) exclamó de repente: «¡Ay, cuánto sufre mi padre!». Al oírlo, el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Después de hoy, tu padre ya no sufrirá». 16 [Según algunas narraciones, este diálogo y esta buena noticia tuvieron lugar no el último día de la vida del Profeta, sino durante su última semana. Véase Rahmatul lil-Alamin, tomo 1, pág. 282]

El Profeta (la paz sea con él) llamó a Hazrat Hasan y Husayn, los besó y les encomendó que se ocuparan del bien. Llamó a sus esposas y también les dio consejos y exhortaciones.

Mientras tanto, el sufrimiento aumentaba gradualmente. El efecto del veneno también comenzaba a manifestarse. Le habían dado a comer aquel veneno en Jaybar. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— le decía a Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella): «¡Oh, Aisha! Siempre he sentido el sufrimiento causado por el veneno que comí mezclado con la comida en Jaybar. Ahora siento como si, por efecto de aquel veneno, se me estuvieran cortando las venas de la vida». 17 [Sahih Bujari, tomo 2, pág. 637]

El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— también dejó un testamento a sus nobles Compañeros. Les dijo: «As-salat, as-salat, wa ma malakat aymanukum», es decir: «La oración, la oración, y los esclavos que están bajo vuestra autoridad». El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— repitió estas palabras varias veces. 18 [Sahih Bujari, tomo 2, pág. 637]

El estado previo a la muerte

Comenzó el estado previo al fallecimiento. Hazrat Aisha Siddiqah (que Allah esté complacido con ella) sostuvo al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— apoyado contra su cuerpo. Ella dijo: «Una de las bendiciones de Allah para mí es que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— exhaló su último aliento en mi casa, en mi día de turno y sobre mi regazo». En el momento del fallecimiento del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Allah reunió la saliva del Profeta y la mía. Sucedió que Abu Abd al-Rahman ibn Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) había venido; llevaba un miswak en la mano. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— estaba recostado sobre mí. Observé que miraba el miswak. Comprendí que lo quería. Le pregunté: «¿Quieres que te lo traiga?». Él asintió con la cabeza. Traje el miswak y se lo di, pero lo notó duro. Le pregunté: «¿Quieres que lo ablande para ti?». Él asintió en señal de aprobación. Lo ablandé con los dientes. Después, utilizó el miswak muy bien. Delante de él había un recipiente con agua. Mojaba la mano, se la pasaba por el rostro y decía: «La ilaha illallah», es decir: «No hay divinidad salvo Allah». La muerte es muy difícil. 19 [Sahih Bujari, tomo 2, pág. 640]

Después de usar el miswak, el Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— levantó la mano o un dedo. En ese momento, su mirada estaba dirigida hacia el techo. Sus dos labios se movían. Murmuraba algo. Hazrat Aisha —que Allah esté complacido con ella— acercó el oído a su boca. El Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— decía entonces: «¡Oh Allah! Inclúyeme entre los profetas, los veraces, los mártires y los justos a quienes has concedido Tu recompensa, y perdóname. ¡Oh Allah!, perdóname, ten misericordia de mí y llévame junto al Compañero Altísimo. ¡Oh Allah! ¡El Compañero Altísimo! ২০{Sahih Bujari, capítulos sobre la enfermedad del Profeta y sobre las últimas palabras de la vida del Profeta, vol. 2, pp. 638-641}

El Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— pronunció sus últimas palabras tres veces. Inmediatamente después, su mano cayó y se marchó junto al Amado Supremo. «Inna lillahi wa inna ilaihi rajiun». Es decir: todos pertenecemos a Allah y a Él habremos de regresar.

Este acontecimiento ocurrió el lunes 12 de Rabi al-Awwal del undécimo año de la Hégira, al final de la oración de duha. El Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— tenía entonces sesenta y tres años y cuatro días.

La sombra del duelo por todas partes

La desgarradora noticia de la muerte se extendió por todas partes en poco tiempo. Los habitantes de Medina quedaron abrumados por el duelo. Una negra sombra de tristeza lo cubrió todo. Hazrat Anas —que Allah esté complacido con él— dijo: «Nunca vi un día más luminoso que aquel en que el Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— llegó entre nosotros, ni vi jamás un día más desdichado y oscuro que aquel en que nos dejó». ২১{Darimi, Mishkat, vol. 2, p. 547} Después del fallecimiento del amado Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, Hazrat Fátima —que Allah esté complacido con ella—, afligida por el dolor, dijo: «¡Ay, padre mío, tú que respondiste “labbaik” a la llamada del Señor Sustentador! ¡Ay, padre mío, cuya morada es el Yannat al-Firdaws! ¡Ay, padre mío, estoy comunicando a Yibril la noticia de tu fallecimiento!». ২২{Sahih Bujari, capítulo sobre la enfermedad del Profeta, vol. 2, p. 641}

La reacción de Hazrat Umar y Hazrat Abu Bakr

Al enterarse del fallecimiento del Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, Hazrat Umar —que Allah esté complacido con él— perdió el conocimiento. Luego se puso de pie y comenzó a decir: «Algunos hipócritas creen que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— ha fallecido, pero en realidad no ha fallecido. Ha ido junto a su Señor del mismo modo que Hazrat Musa ibn Imran —que la paz sea con él— se fue. Hazrat Musa —que la paz sea con él— estuvo ausente de su pueblo durante cuarenta días y luego regresó, aunque antes de su regreso sus compatriotas decían que Musa —que la paz sea con él— había fallecido. ¡Juro por Allah que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— también regresará y cortará las manos y los pies de quienes creen que ha muerto!». ২৩{Ibn Hisham, vol. 2, p. 655}

Hazrat Abu Bakr as-Siddiq —que Allah esté complacido con él— se encontraba en su casa, en un lugar llamado Sanha. Al enterarse del fallecimiento del Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, montó a caballo, llegó rápidamente y entró en la Mezquita del Profeta. Después, sin decirle nada a nadie, se dirigió directamente a la habitación de Hazrat Aisha —que Allah esté complacido con ella—. El cuerpo bendito del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— estaba cubierto entonces con una sábana yemení a rayas. Hazrat Abu Bakr as-Siddiq —que Allah esté complacido con él— retiró la sábana de su rostro sagrado, lo besó y lloró. Después dijo: «¡Que mi padre y mi madre sean sacrificados por ti! Allah no reunirá para ti dos muertes. Has experimentado la muerte que estaba destinada para ti».

Después salió Hazrat Abu Bakr as-Siddiq (que Allah esté complacido con él). Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) estaba hablando con la gente reunida. Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) le dijo: «Umar, siéntate». Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) se negó a sentarse. Entonces los Compañeros dejaron de prestar atención a Hazrat Umar y se concentraron en Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) dijo: «Que quien de entre vosotros adoraba al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— sepa que Muhammad —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— no ha muerto. Y que quienes de entre vosotros adoraban a Allah sepan que Allah, el Señor de los mundos, es Eterno y jamás morirá». Allah, el Señor de los mundos, dijo en el Sagrado Corán: «Muhammad no es más que un Mensajero; antes de él hubo otros mensajeros. Si muriera o fuera asesinado, ¿acaso daríais la espalda? Quien dé la espalda no podrá perjudicar a Allah en absoluto; y Allah recompensará pronto a los agradecidos». (Sura Al Imran, aleya 144).

Los Compañeros, desconcertados e inquietos por el dolor mental, al escuchar las palabras de Abu Bakr as-Siddiq (que Allah esté complacido con él), creyeron que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— realmente había fallecido.

Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) dijo: «Por Allah, era como si nadie supiera que Allah había revelado esta aleya del Sagrado Corán». Después de la recitación de Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), todos memorizaron esta aleya. En aquel momento, todos la repetían continuamente.

Hazrat Said ibn al-Musayyib (que Allah esté complacido con él) dijo: «Por Allah, al escuchar a Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), fue como si me hubiera convertido en tierra. No podía mantenerme de pie. Al escuchar a Hazrat Abu Bakr recitar esta aleya, me desplomaba como tierra que se desmorona, pues entonces comprendí claramente que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— había fallecido de verdad».24[ Sahih al-Bujari, tomo 2, pp. 640-641]

Preparativos para el entierro

Antes de amortajar al Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— para enterrarlo, surgió cierto desacuerdo entre los Compañeros sobre la designación de su sucesor. En Saqifa Banu Sa’ida hubo una disputa entre los emigrantes y los auxiliares. Finalmente, todos estuvieron de acuerdo con el califato de Hazrat Abu Bakr as-Siddiq (que Allah esté complacido con él). El resto del lunes transcurrió en este asunto. Llegó la noche y todos se ocuparon de sus tareas. Amaneció el día siguiente, que era martes. En ese momento, el cuerpo sagrado del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— estaba cubierto con aquella sábana yemení. Los habitantes de la casa cerraron la puerta desde dentro.

Al día siguiente, martes, el cuerpo del Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— fue lavado sin descubrirlo. Quienes lo lavaron fueron Hazrat Abbas, Hazrat Ali, los dos hijos de Hazrat Abbas, Fadl y Qutham, el esclavo liberado por el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, Shakran, Hazrat Usama ibn Zayd y Aws ibn Khawla (que Allah esté complacido con ellos). Hazrat Abbas y sus dos hijos giraban al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— de un lado a otro. Hazrat Usama y Hazrat Shakran vertían el agua. Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) lavaba al Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Hazrat Aws (que Allah esté complacido con él) lo sostenía apretado contra su pecho.

Después de lavarlo, el Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— fue amortajado con tres sábanas blancas yemeníes. No llevaban ni túnica ni turbante. 25[ Sahih al-Bujari, tomo 1, p. 169; Sahih Muslim, tomo 1, p. 306] El Profeta —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— fue envuelto únicamente en sábanas.

También surgió una discrepancia entre los honorables compañeros acerca de dónde debía ser enterrado el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Abu Bakr dijo: «Escuché al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, decir que todos los profetas fueron enterrados en el lugar donde fueron llamados a la presencia de Allah». Tras tomarse esta decisión, Abu Talha levantó el lecho en el que había fallecido el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Se excavó la tumba debajo de aquel lecho.

Después, los compañeros entraron en la habitación en grupos de diez y realizaron sucesivamente la oración fúnebre. Nadie dirigió esta oración. Primero la realizaron los miembros del clan de los Banu Hashim. Después lo hicieron los emigrados, luego los ansar, después los demás hombres, luego las mujeres y, finalmente, los niños.

El martes transcurrió por completo con la realización de la oración fúnebre. En la noche del martes fue enterrado el amado Profeta Muhammad Mustafa Ahmad Mujtaba, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Su cuerpo purificado fue depositado en la tumba.

Aisha la Veraz dijo: «No supimos exactamente cuándo fue enterrado el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Sin embargo, oímos algunos sonidos a mitad de la noche del miércoles». 26 [Véase Mukhtasar Sirat al-Rasul, escrito por el jeque Abdullah, pág. 471. Para conocer los detalles de este acontecimiento, véase Sahih al-Bujari, capítulo sobre el fallecimiento del Profeta. Véanse también Fath al-Bari, Sahih Muslim y Mishkat. Asimismo, Ibn Hisham, vol. 2, págs. 649-665; Talqih, págs. 38-39; y Rahmat lil-Alamin, vol. 1, págs. 277-286.]

Breve presentación de la familia del Profeta

(1) Jadiya

Antes de la Hégira, la familia del Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, en La Meca estaba compuesta por él y su esposa Jadiya. En el momento de este matrimonio, el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, tenía veinticinco años y Jadiya tenía cuarenta. Jadiya fue la primera esposa del Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Mientras ella vivió, el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, no contrajo ningún otro matrimonio. Entre los hijos del Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, todos excepto Ibrahim nacieron de Jadiya. Ninguno de sus hijos varones sobrevivió, pero sus hijas sí vivieron. Sus nombres eran Zaynab, Ruqayya, Umm Kulzum y Fátima. Antes de la Hégira, Zaynab se casó con su primo Abu al-As ibn al-Rabi. Ruqayya y Umm Kulzum se casaron sucesivamente con Uthman. Fátima se casó con Ali ibn Abu Talib entre las batallas de Badr y Uhud. Tuvieron cuatro hijos: Hasan, Husayn, Zaynab y Umm Kulzum.

El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, poseía una característica distintiva respecto de su comunidad. Todos saben que se le permitió contraer cuatro matrimonios por diversos motivos. El número de mujeres con las que el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, contrajo matrimonio fue once. Cuando falleció el Profeta, nueve de ellas seguían vivas. Dos murieron durante su vida: Jadiya y Umm al-Masakin Zaynab bint Juzayma. También se dice que contrajo matrimonio con otras dos mujeres, pero existe discrepancia acerca de si efectivamente se casó con ellas. Sin embargo, la opinión unánime es que esas dos mujeres no fueron llevadas a su casa como esposas. A continuación presentamos, después de Jadiya, los nombres y una breve reseña de las esposas del Profeta, en orden sucesivo.

(2) Hazrat Sawda bint Zam’a

Pocos días después del fallecimiento de Bibi Jadiya (que Allah esté complacido con ella), el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) contrajo matrimonio con esta viuda en el mes de Shawwal del décimo año de su misión profética. Cabe señalar que anteriormente Hazrat Sawda había estado casada con su primo Sakran ibn Amr.

(3) Hazrat Aisha bint Abu Bakr (que Allah esté complacido con ella)

El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) contrajo matrimonio con ella en el mes de Shawwal del undécimo año de su misión profética; es decir, un año después del matrimonio con Hazrat Sawda y dos años y cinco meses antes de la Hégira. En aquel momento, Hazrat Aisha tenía apenas seis años. Siete meses después de la Hégira, el primer día del mes de Shawwal, Hazrat Aisha fue llevada a la casa de su esposo. En aquel momento tenía nueve años y era virgen. A excepción de Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella), el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) no contrajo matrimonio con ninguna otra joven virgen. Hazrat Aisha fue su esposa más querida. Entre la comunidad de Muhammad, fue la jurista de mayor conocimiento.

(4) Hazrat Hafsa bint Umar (que Allah esté complacido con ella)

Su primer esposo fue Khunays ibn Hudhafa al-Sahmi (que Allah esté complacido con él). Su esposo falleció entre las batallas de Badr y Uhud. Después, en el tercer año de la Hégira, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) contrajo matrimonio con ella.

(5) Hazrat Zaynab bint Khuzayma (que Allah esté complacido con ella)

Estaba vinculada a Banu Hilal ibn Amir ibn Sa’sa’a. Debido a su extraordinaria compasión y amor por los pobres y necesitados, recibió el título de Umm al-Masakin. Fue la esposa de Hazrat Abdullah ibn Jahsh (que Allah esté complacido con él). Este noble Compañero alcanzó el martirio en la batalla de Uhud. Después, en el cuarto año de la Hégira, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) contrajo matrimonio con ella. Falleció después de haber sido esposa del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) durante ocho meses.

(6) Umm Salama Hind bint Abi Umayya (que Allah esté complacido con ella)

Era la esposa de Abu Salama (que Allah esté complacido con él). Quedó viuda en Yumada al-Thani del cuarto año de la Hégira. En el mes de Shawwal de ese mismo año de la Hégira, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, contrajo matrimonio con ella.

(7) Zaynab bint Yahsh ibn Riab (que Allah esté complacido con ella)

Era una mujer de la tribu de Banu Asad ibn Juzaima y prima paterna del Mensajero de Allah. Primero estuvo casada con Zayd ibn Hariza (que Allah esté complacido con él). Se consideraba que Zayd era hijo del Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz. Sin embargo, Zayd y Zaynab no se llevaron bien, por lo que Zayd se divorció de ella. Después de que terminó el período de espera de Zaynab, Allah, el Altísimo, Señor de los mundos, reveló este versículo: «Y cuando Zayd rompió su vínculo matrimonial con Zaynab, la casamos contigo». (Sura Al-Ahzab, aleya 7)

En relación con esto, también fueron revelados varios versículos más de la sura Al-Ahzab. En ellos se resolvió de manera definitiva el debate relacionado con los hijos adoptivos. El tema se tratará detalladamente más adelante. El Mensajero se casó con Zaynab en el mes de Dhul-Qa’da del quinto año de la Hégira o poco antes.

(8) Yuwayriya bint al-Harith (que Allah esté complacido con ella)

Su padre era el jefe de Banu Mustaliq, una rama de la tribu de Juza’a. Yuwayriya fue llevada junto con los prisioneros de guerra de Banu Mustaliq. Ella correspondió en el reparto a Thabit ibn Qays ibn al-Shammas (que Allah esté complacido con él). Thabit (que Allah esté complacido con él) le comunicó que la liberaría bajo ciertas condiciones. Como condición, se estableció el pago de una cantidad determinada de dinero. Al enterarse de esto, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, pagó en nombre de Yuwayriya la cantidad fijada, dispuso su liberación y se casó con ella. Esto ocurrió en el mes de Sha’ban del quinto año de la Hégira.

(9) Umm Habiba bint Abu Sufyan (que Allah esté complacido con ella)

Era la esposa de Ubaydullah ibn Jahsh. Emigró con su esposo a Habasha, es decir, Abisinia. Después de llegar allí, Ubaydullah apostató y adoptó el cristianismo. Más tarde murió allí. Sin embargo, Umm Habiba permaneció firme en su fe y en su emigración. En el mes de Muharram del séptimo año de la Hégira, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió a Amr ibn Umayya al-Damiri ante el rey de Abisinia, el Negus, con una carta. En ella, el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) expresaba su deseo de casarse con Umm Habiba. El Negus, con el consentimiento de Umm Habiba, la casó con el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y la envió junto con Sharhabil ibn Hasana ante el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).

(10) Safiyya bint Huyayy (que Allah esté complacido con ella)

Pertenecía a los Hijos de Israel y fue capturada en Jaybar. El Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), al elegirla para sí, la liberó y se casó con ella. Esto ocurrió después de la conquista de Jaybar, en el séptimo año de la Hégira.

(11) Maymunah bint al-Harith (que Allah esté complacido con ella)

Era hermana de Umm al-Fadl Lubaba bint al-Harith. En el mes de Dhu al-Qadah del séptimo año de la Hégira, el amado Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se casó con ella después de concluir la «Umrah de compensación» y, según la opinión correcta, después de salir del estado de ihram.

El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se casó con las once mujeres mencionadas. Las otras dos mujeres que no fueron entregadas a él pertenecían, una, a la tribu de Banu Kilab, y la otra, a la tribu de Kindah. Entre los biógrafos de la vida del Profeta existen muchas discrepancias acerca de si el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se casó con esta mujer de la tribu de Kindah, así como acerca de su verdadero nombre y linaje. No parece necesario mencionar tales opiniones.

En cuanto a las esclavas, cabe mencionar que el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) tuvo dos esclavas. Una de ellas fue Maria al-Qibtiyya. El gobernante de Egipto, al-Muqawqis, la envió como regalo. De ella nació Ibrahim, hijo del Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Falleció el 28 o 29 de Shawwal del décimo año de la Hégira, correspondiente al 27 de enero del año 632 de la era cristiana.

El nombre de la otra esclava era Rayhana; pertenecía a la tribu de Banu Nadir o de Banu Qurayza. Llegó a Medina junto con los prisioneros de guerra de Banu Qurayza. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), al preferir a Rayhana, la mantuvo bajo su autoridad. Los investigadores sostienen que el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) la liberó y se casó con ella. El erudito Ibn Qayyim escribió que el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) mantuvo a Rayhana como esclava. Abu Ubayda escribió que, además de las dos esclavas mencionadas, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) tuvo otras dos esclavas. Una de ellas le fue entregada como regalo por su esposa Zaynab bint Jahsh (que Allah esté complacido con ella). 1[ Véase Zad al-Ma’ad, tomo 1, pág. 29]

Aquí consideramos sumamente necesario arrojar luz sobre un aspecto particular de la vida del Mensajero de Dios. Pasó una gran parte de su juventud, aproximadamente treinta años, viviendo con una sola esposa. Además, ella era una mujer a la que se consideraba casi anciana. Después de su muerte, se casó con otra mujer anciana: primero con Jadiya y después con Sawda (que Dios esté complacido con ella). Tras vivir así y llegar a la vejez, ¿acaso aumentó repentinamente tanto su deseo sexual que tuvo que contraer tantos matrimonios? ¡Dios no lo permita! No fue así. Si una persona sensata examina los dos capítulos mencionados de la vida del Profeta, no podrá formular semejante acusación. En realidad, el Mensajero de Dios contrajo tantos matrimonios por motivos especiales. Sus propósitos eran mucho más nobles que los objetivos habituales de un matrimonio común.

La explicación es que el Mensajero (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) estrechó sus vínculos con Abu Bakr y Umar al casarse con Aisha y Hafsa. Del mismo modo, al entregar sucesivamente dos de sus hijas en matrimonio a Uthman (que Dios esté complacido con él), y al casar a su querida hija Fátima con Ali, el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) quedó unido a los cuatro compañeros mencionados por estrechos lazos de parentesco. Estos cuatro compañeros habían demostrado un sacrificio y una abnegación incomparables como soldados del Islam durante la época crítica de la religión. Todos conocen sus servicios y sacrificios por el Islam.

La costumbre de los árabes era conceder especial importancia a los vínculos de parentesco. Desde su perspectiva, el vínculo de yerno desempeñaba un papel especial en el fortalecimiento de las relaciones entre las distintas tribus. Consideraban vergonzoso luchar contra un yerno. Por esta razón, el Mensajero de Dios estableció vínculos matrimoniales con mujeres de diversas tribus para debilitar la hostilidad de estas hacia el Islam. Por ejemplo, Umm Salama pertenecía a la tribu de Banu Majzum. Abu Yahl y Jalid ibn al-Walid también pertenecían a esta tribu. Después de establecer un vínculo matrimonial con ella, no se observó en Jalid ibn al-Walid una hostilidad tan intensa hacia el Islam; al contrario, algún tiempo después aceptó voluntariamente el Islam. Del mismo modo, después de que el Mensajero de Dios se casara con Umm Habiba, hija de Abu Sufyan, Abu Sufyan, aunque siguió siendo hostil al Islam, nunca se enfrentó al Mensajero de Dios. Después del matrimonio del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) con Juwayriya y Safiyya, las tribus de Banu Mustaliq y de otra tribu dejaron de luchar contra el Islam. No existe constancia de que estas dos tribus guerrearan contra el Islam después de que el Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) estableciera vínculos matrimoniales con ellas.

Juwayriya fue considerada la mujer más bendita de toda su tribu. Después de que el Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se casara con ella, los honorables compañeros liberaron incondicionalmente a cien familias de prisioneros de guerra de aquella tribu. Decían: «Estas personas son parientes políticos del Mensajero de Dios». Esta muestra extraordinaria de misericordia produjo un profundo efecto en los miembros de la tribu.

Lo más importante es que el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) había recibido la responsabilidad de formar a una nación indisciplinada, purificar sus mentes e iluminarla con la luz de la civilización y la cultura. Eran inexpertos en todos los medios y recursos de la civilización y la cultura, así como en todas las responsabilidades relativas al desarrollo de la sociedad. En cuanto a los principios sobre los que debía edificarse la sociedad islámica, no había lugar para distinguir entre hombres y mujeres. Sin embargo, tampoco era posible enseñar directamente a las mujeres desde una perspectiva libre de discriminación. Y, no obstante, la necesidad de instruirlas no era en absoluto menor que la de los hombres; podría decirse incluso que era mayor.

Ante el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) solo quedaba un camino para alcanzar este objetivo: seleccionar mujeres de distintas edades y capacidades y realizar el propósito más amplio aprovechando su inteligencia y aptitudes. Él podía instruir a las mujeres seleccionadas y purificar sus mentes. Les enseñaría las disposiciones y normas de la sharía. Además, les enseñaría la civilización y la cultura islámicas de tal manera que pudieran enseñar las normas de la sharía a todas las mujeres, jóvenes y ancianas, de las aldeas y las ciudades, sin distinción. Así, la divulgación de la religión alcanzaría su plenitud entre las mujeres.

Por esta razón observamos que las Madres de los Creyentes desempeñaron un papel enorme en la enseñanza de las normas de la vida conyugal y familiar. En particular, aquellas que vivieron muchos años tuvieron más oportunidades de cumplir esta responsabilidad. Puede mencionarse, por ejemplo, a Aisha as-Siddiqa (que Dios esté complacido con ella). Ella transmitió ampliamente los dichos y hechos de la vida del Profeta.

Un acto del Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) anuló una de las costumbres de la época de la ignorancia. Esta superstición había perdurado durante generaciones en la sociedad árabe. La norma era que, si alguien era adoptado como hijo, gozaría de la condición y los derechos de un hijo biológico. Esta norma estaba tan profundamente arraigada en la sociedad árabe que abolirla no era en absoluto fácil. Sin embargo, chocaba gravemente con las normas islámicas sobre el matrimonio, el divorcio, la herencia y otros asuntos. Además, esta superstición de la época de la ignorancia había provocado actos tan desvergonzados y tal desorden que liberar a la sociedad de ellos formaba parte de los objetivos fundamentales del Islam. Precisamente para erradicar esta superstición de la época de la ignorancia, el propio Dios, Señor de los mundos, dispuso el matrimonio del Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) con Zaynab bint Yash.

Cabe señalar que Zaynab fue inicialmente la esposa de Zayd. Y Zayd era el hijo adoptivo del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Al no llevarse bien entre sí, Zayd decidió divorciarse de su esposa. Esto ocurrió en una época en que todos los incrédulos estaban unidos contra el Mensajero de Allah. Los incrédulos se estaban preparando entonces para la batalla del Foso. Entretanto, se había proclamado la orden de Allah para resolver el problema relacionado con los hijos adoptivos. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) pensó que, dadas las circunstancias, si Zayd se divorciaba de su esposa y el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) tenía que casarse con la esposa repudiada de Zayd, los no creyentes tendrían una oportunidad. Los hipócritas, los politeístas y los judíos iniciarían una intensa campaña de propaganda contra el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) e intentarían envenenar los corazones de los musulmanes de espíritu sencillo. Por eso, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) hizo todo lo posible para que Zayd no se divorciara de su esposa. Así tampoco se plantearía que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se casara con la esposa de Zayd. Pero Allah, el Altísimo, no aprobó esto. Allah, el Altísimo, reveló a Su Mensajero este versículo, que contenía una severa reprimenda: «Recuerda cuando decías a aquel a quien Allah había favorecido y tú también habías favorecido: “Conserva a tu esposa y teme a Allah”. Ocultabas en tu interior lo que Allah iba a revelar, y temías a la gente, cuando Allah es más digno de que le temas». (Sura Al-Ahzab, aleya 37)

Finalmente, Zayd se divorció de Zaynab. Después terminó el período de espera legal. Entonces Allah, el Altísimo, comunicó al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) Su decisión de que se casara con Zaynab. Allah, el Altísimo, hizo que este matrimonio fuera obligatorio para Su Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). No se dejó lugar para demora. El texto del Sagrado Corán dice: «Y cuando Zayd hubo roto su vínculo matrimonial con ella, te la dimos en matrimonio, para que no hubiera impedimento para los creyentes al casarse con las mujeres de sus hijos adoptivos cuando estos hubieran roto su vínculo matrimonial con ellas. La orden de Allah debe cumplirse». (Sura Al-Ahzab, aleya 37)

El propósito de esta disposición era desarraigar las costumbres de la época de la ignorancia y las supersticiones arraigadas respecto de los hijos adoptivos. Esta superstición ya había sido desarraigada anteriormente en un versículo del Corán. Allah, el Altísimo, dice: «Llamadlos por el nombre de sus padres; eso es más justo ante Allah». (Sura Al-Ahzab, aleya 5)

Allah, el Altísimo, dice en otro versículo: «Muhammad no es el padre de ninguno de vuestros hombres, sino el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y el sello de los profetas».

Debe recordarse que, cuando una costumbre se arraiga profundamente en la vida social, no puede desarraigarse únicamente con palabras. Para cambiar esa costumbre, las palabras por sí solas no bastan; quien desea el cambio debe presentar un ejemplo práctico mediante sus actos. En este punto puede mencionarse un ejemplo. La verdadera realidad puede comprenderse por la actitud que mostraron los musulmanes durante la tregua de Hudaybiyya. En aquella ocasión, su devoción fue asombrosa. Urwa ibn Masud al-Zaqafi observó que los musulmanes no permitían que la saliva y la mucosidad que salían de la boca del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) cayeran al suelo: alguien las recogía con la mano. Cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) hacía la ablución, los Compañeros se disputaban el agua que quedaba. Estos mismos Compañeros competían, durante el juramento de al-Ridwan, por prestar juramento bajo la sombra del árbol de que morirían y no huirían. Entre ellos se encontraban también Compañeros destacados como Abu Bakr y Umar. Estos Compañeros consideraban una dicha y un éxito dar la vida por el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) y vivir por él. Sin embargo, después de la firma del tratado de Hudaybiyya, cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) les ordenó sacrificar cada uno su animal de ofrenda, nadie respondió. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) estaba entonces profundamente afligido. Umm Salama, esposa del Profeta (que Allah esté complacido con ella), le aconsejó que sacrificara en silencio su propio animal de ofrenda. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) así lo hizo. Entonces los Compañeros comenzaron a competir por seguir al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Corrieron y sacrificaron sus propios animales de ofrenda. Este acontecimiento muestra claramente cuán grande puede ser la diferencia entre las palabras y los actos al cambiar una costumbre establecida. Precisamente para resolver la complicación relacionada con los hijos adoptivos, arraigada en la época de la ignorancia, Allah, el Altísimo, hizo que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se casara con la esposa divorciada de su hijo adoptivo.

Después de celebrarse este matrimonio, los hipócritas comenzaron a difundir una intensa calumnia y propaganda contra el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Esparcieron toda clase de rumores. Parte de su efecto alcanzó también a los musulmanes de espíritu sencillo. Para reforzar esta propaganda, los hipócritas encontraron asimismo un argumento basado en la sharía. Difundieron que el islam había permitido cuatro matrimonios, mientras que el Mensajero había tomado como quinta esposa a la mujer divorciada de su hijo adoptivo Zayd. Para un musulmán, tomar más de cuatro esposas no estaba permitido por el islam. El tema central de su propaganda era que Zayd era el hijo adoptivo del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), y que tomar como esposa a la mujer de un hijo adoptivo propio era un acto vergonzoso y abominable. Finalmente, Allah, el Altísimo, reveló en la sura Al-Ahzab versículos que aclaraban ambos asuntos mencionados. Entonces los Compañeros comprendieron que en el islam los hijos adoptivos no tenían ese estatus. Además, Allah había concedido a Su Mensajero una excepción respecto al número de matrimonios por una gran finalidad. Esta característica particular no fue concedida a nadie más.

Con las Madres de los Creyentes, el amado Profeta llevaba una vida sumamente digna, honorable, elevada y refinada. Las esposas del Profeta desempeñaban un papel digno de elogio en todos los asuntos: humildad, cortesía, decoro, paciencia, tolerancia, dedicación al servicio y cumplimiento de los derechos del esposo, entre otros. Sin embargo, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llevaba una vida sumamente austera y desprovista de lujos. Para los demás no era nada fácil adaptarse a ese modo de vida.

Anas (que Allah esté complacido con él) dijo: «No sé si el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llegó alguna vez a comer pan blando hecho con harina. Así fue como se reunió con Allah. Además, nunca llegó a ver una cabra asada». 2[Al-Bujari auténtico, tomo 2, pág. 956]

Hazrat Aisha Siddiqah (que Allah esté complacido con ella) dijo: Pasaban dos meses completos y se veía la luna del tercer mes, pero en el fogón de la casa del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) no se encendía fuego. Hazrat Urwa preguntó: «Entonces, ¿qué comíais?». Ella respondió: «Solamente dos cosas negras: dátiles y agua». 3[misma página, misma obra]

Existen numerosos hadices sobre este tema. A pesar de una pobreza tan extrema, no se observó ninguna conducta censurable por parte de las esposas del Profeta.

A causa de la debilidad propia de la naturaleza humana, en alguna ocasión se produjo alguna falta. Además, era necesario comunicar la disposición de la sharía al respecto. Por ello fue revelado este versículo: «¡Oh, Profeta! Di a tus esposas: “Si deseáis la vida mundana y sus adornos, venid; os proporcionaré bienes para el disfrute y os dejaré marchar decorosamente. Pero si deseáis a Allah, a Su Mensajero y la Otra Vida, ciertamente Allah ha preparado una magnífica recompensa para las virtuosas entre vosotras”». (Sura Al-Ahzab, versículos 28-29)

Todas las esposas del Profeta dieron prioridad a Allah y a Su Mensajero. De ello puede deducirse su excelencia y dignidad: ninguna de ellas se inclinó hacia la vida mundana.

Los incidentes que suelen manifestarse entre coesposas ocurrieron muy raramente entre las esposas del Profeta, a pesar de que eran numerosas. Aunque sucediera algún pequeño incidente, una vez que fueron advertidas no se produjo por parte de ninguna de ellas nada que diera lugar a cuestionamientos. Esto se menciona en los primeros cinco versículos de la Sura At-Tahrim.

Finalmente, no sería inapropiado decir que aquí no consideramos necesario discutir el número de esposas del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Esto se debe a que quienes más alzan la voz sobre este asunto son los habitantes de Occidente. ¿Qué clase de vida llevan? Sufren constantemente desgracia y amargura. Están sumidos por completo en una vida degradante y en el crimen. Aunque hayan vuelto la espalda al principio de la pluralidad de esposas, y al mismo tiempo alcen la voz para criticarlo, ¿es acaso necesario discutir el sufrimiento, las dificultades y la desesperación en las que están sumidos? 4[¿Es más decoroso tener varias novias que varias esposas?] Su desafortunado modo de vida demuestra que el principio islámico de la pluralidad de esposas es conforme a la ciencia. Para las personas sabias, virtuosas y de amplia visión, contiene una solución excelente.

 

Sus rasgos de carácter y su belleza física:

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) poseía unos rasgos de carácter y una belleza física imposibles de describir por completo. Por estas razones, los corazones se entregaban espontáneamente a él. Por ello, las personas demostraban tal abnegación al garantizar su seguridad y honrarlo que no es posible presentar un ejemplo semejante en el caso de ninguna otra personalidad del mundo. Sus amigos y compañeros lo amaban más que a sus propias vidas. Deseaban que, si fuera necesario, sacrificarían sus propias cabezas, con tal de que ni siquiera un rasguño alcanzara el cuerpo bendito del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). La razón de este amor era que en él se reunían, en una medida tan extraordinaria que no existía igual en ninguna otra persona, todas aquellas cualidades naturales que inspiran el deseo de entregarse por completo a ellas. A continuación mencionamos humildemente un resumen de lo relacionado con la belleza del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz).

La complexión física del amado Profeta

Durante la Hégira, después de permanecer un rato en la tienda de Umm Ma‘bad al-Juzā‘iyya, el amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— partió hacia Medina. Después de su partida, Umm Ma‘bad describió así al Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— ante su esposo: de tez resplandeciente, rostro luminoso, complexión hermosa; ni excesivamente erguido ni encorvado; además de una belleza extraordinaria, tenía una complexión atractiva; ojos intensamente delineados, pestañas largas, voz clara, cuello largo, ojos de blanco y negro bien diferenciados, pestañas negras como el kohl, cejas finas y perfectamente unidas, cabello negro brillante; era de personalidad serena y resultaba atractivo al hablar. Visto de lejos, parecía el más luminoso y hermoso de todos; visto de cerca, parecía sublime, querido y bello. Sus palabras eran dulces y su expresión clara; no hablaba ni de manera excesivamente breve ni demasiado prolongada. Al hablar, parecía que perlas cayeran de sus labios. Era de estatura mediana: ni tan bajo ni tan alto que resultara desagradable a la vista. Cuando sus compañeros hablaban a su alrededor, los escuchaba con profunda atención. Cuando daba una orden, la cumplían de inmediato. Sus compañeros le eran sumamente obedientes y le profesaban profundo respeto y veneración; ninguno era arrogante ni insolente, y ninguno hablaba en exceso. 1[Zād al-Ma‘ād, tomo 2, p. 54]

En relación con la descripción de las características del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Ḥadrat ‘Alī (que Allah esté complacido con él) menciona que no era extraordinariamente alto ni bajo. Tenía una complexión de proporciones medianas. Su cabello no era rizado ni completamente liso, sino intermedio entre ambos. Sus mejillas no eran carnosas ni delgadas, sino de un término medio. Su frente era amplia y su tez era una mezcla de rosado y claro. Sus ojos eran rojizos, como delineados con kohl, y tenía pestañas espesas. Desde el ombligo hasta el pecho tenía una ligera línea de vello; el resto del cuerpo carecía de vello. Sus manos y pies eran carnosos. Al caminar, levantaba los pies con un movimiento vigoroso. Al verlo caminar, parecía que descendía desde lo alto hacia abajo. Cuando dirigía la mirada hacia algo, lo hacía con plena atención. Entre sus dos hombros se encontraba el sello de la profecía. Fue el último de todos los profetas. Era el más generoso, el más valiente, el más veraz, el más fiel a sus compromisos, el de naturaleza más bondadosa y el más noble. Quien lo veía de improviso quedaba sobrecogido de temor, pero quien lo conocía y se presentaba ante él se sentía embargado de amor. Quien describía sus cualidades tenía que decir: «No he visto antes ni después de él a nadie semejante a él». 2[Ibn Hishām, tomo 1, pp. 401-402; comentario de Tuḥfat al-Aḥwadhī sobre al-Tirmidhī, tomo 4, p. 303]

En otra narración de Ḥadrat ‘Alī (que Allah esté complacido con él) se dice que tenía la cabeza grande y los huesos de las articulaciones robustos; en el centro del pecho tenía una ligera línea de vello. Al caminar lo hacía de tal manera que parecía que alguien descendía desde un lugar elevado hacia uno bajo. 3[Comentario de Tuḥfat al-Aḥwadhī sobre al-Tirmidhī, tomo 4, p. 303]

Ḥadrat Jābir ibn Samura (que Allah esté complacido con él) relata que los músculos del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— eran anchos, sus ojos rojizos y sus tobillos delgados. 4[Ṣaḥīḥ Muslim, tomo 2, p. 258]

Ḥadrat Abū al-Ṭufayl dice que era de tez clara y que su rostro era suave. Su estatura era mediana. 5[Ṣaḥīḥ Muslim, tomo 2, p. 258]

Ḥadrat Anas ibn Mālik dice que las palmas de las manos del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— eran anchas y su tez resplandeciente; no era completamente blanca ni tampoco del color del trigo. Hasta el momento de su fallecimiento, no llegaron a encanecer ni siquiera veinte cabellos de su cabeza y su rostro. 6[Ṣaḥīḥ al-Bujārī, tomo 1, p. 502] Solo algunos pelos de sus orejas se volvieron blancos; además, algunos cabellos de su cabeza también habían encanecido. 7[Ṣaḥīḥ al-Bujārī, tomo 1, p. 502]

Ḥadrat Abū Ḥudhayfa dice: «Vi blancos algunos pelos de la barba del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— junto al labio inferior». 8[Ṣaḥīḥ al-Bujārī, tomo 1, pp. 502-502]

Hazrat Abdullah ibn Bashar (que Allah esté complacido con él) dijo: en la barba del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, junto al labio inferior, había encanecido algunos pelos. 9 [Ibíd., p. 502]

Hazrat Bara dijo: el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— era de estatura mediana. La distancia entre sus dos hombros era amplia. Su cabello llegaba hasta los lóbulos de ambas orejas. Lo vi vestido de rojo. Nunca vi nada más hermoso que él. 10 [Ibíd., p. 502]

Al principio le gustaba peinarse el cabello como la Gente del Libro. Por eso, al peinarlo, no se hacía la raya; pero más adelante sí se la hacía. 11 [Ibíd., p. 502]

Hazrat Bara ibn Azib (que Allah esté complacido con él) dijo: su rostro era el más hermoso y su semblante era superior al de todos los demás. 12 [Ibíd., primera p. 502; Sahih Muslim, vol. 2, p. 258]

A Hazrat Bara ibn Azib (que Allah esté complacido con él) le preguntaron si el rostro del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— era como una espada. Respondió: «No, más bien su rostro era como la luna». En otra narración se dice que el rostro del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— era redondo. 13 [Sahih al-Bujari, vol. 1, p. 502; Sahih Muslim, vol. 2, p. 259]

Rabi bint Mu’awwidh (que Allah esté complacido con ella) dijo: si hubierais visto al Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—, os habría parecido que estabais contemplando el sol naciente. 14 [Musnad al-Darimi, Mishkat, vol. 2, p. 517]

Hazrat Jabir ibn Samura dijo: en una noche de luna llena estaba observando al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—. En aquel momento llevaba una vestimenta roja. Miraba una vez al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y otra vez a la luna. Finalmente llegué a la conclusión de que nuestro Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— era más hermoso que la luna. 15 [Shama’il de al-Tirmidhi, al-Darimi, Mishkat, vol. 2, p. 515]

Hazrat Abu Huraira (que Allah esté complacido con él) dijo: nunca vi a una persona más hermosa que el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Parecía que el sol resplandecía en su rostro. Nunca vi a nadie más veloz que él. Cuando comenzaba a caminar, parecía que la tierra se encogía bajo sus pies. Yo me cansaba mientras caminaba, pero él permanecía impasible. 16 [Jami’ al-Tirmidhi, Sharh Tuhfat al-Ahwazi, vol. 4, p. 306; Mishkat, vol. 2, p. 518]

Hazrat Ka‘b ibn Malik (que Allah esté complacido con él) dijo: «Cuando el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) estaba contento, su rostro resplandecía. Parecía un fragmento de luna». 17 [Sahih Bujari, vol. 1, p. 502]

En cierta ocasión, mientras él se encontraba con Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella), después de sudar su rostro se veía aún más radiante y hermoso. Al ver esto, Hazrat Ayo (que Allah esté complacido con él) recitó este poema de Abu Qubayeb al-Hajali. 18 [Rahmatul lil-Alamin, vol. 2, p. 172]

«Al contemplar su rostro, vi

una nube resplandeciente que relampaguea sin cesar».

Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) recitaba este poema al verlo. 19 [Khulasatus Siyar, p. 20]

«Invita al camino del bien, cumple los compromisos,

luna de la noche decimocuarta, como si jugara al escondite con la oscuridad».

Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) recitaba sobre él un poema de Zuhayr. Este poema había sido escrito acerca de Haram ibn Shinal. 20 [lo recitaba. 19 [Khulasatus Siyar, p. 20]

«Si no hubiera sido este amado de Allah

quien iluminaba la noche de luna llena.»

Cuando se enojaba, su rostro se enrojecía; parecía como si hubieran exprimido granos de uva sobre ambas sienes. 21[ Miskat, t. 1, p. 22; Tirmidhi, Anwārul-Qadar, t. 2, p. 35]

Yābir ibn Samura dijo: cuando el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, reía, lo hacía suavemente. Al mirar sus ojos, parecían estar delineados con kohl, aunque no lo estaban. 22[ Ŷāmiʿ at-Tirmidhi, Sharḥ Tuḥfat al-Aḥwadhī, t. 4, p. 306]

Ibn ʿAbbās dijo: los dos incisivos del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, estaban separados. Cuando hablaba, de entre ambos dientes irradiaba un resplandor. 23[Tirmidhi, Miskat, t. 2, p. 518]

Su cuello era limpio como un recipiente hecho de plata; sus pestañas eran largas; su barba, espesa; su frente, amplia; sus cejas, separadas; su nariz, prominente. Desde el ombligo hasta el pecho tenía una ligera línea de vello, y en los brazos tenía algo de vello. Su abdomen y su pecho estaban alineados; su pecho era amplio y las palmas de sus manos, anchas. Al caminar, avanzaba ligeramente inclinado y a un ritmo moderado. 24[Khulāsat as-Siyar, pp. 19-20]

Anas dijo: nunca he visto una seda más suave que las palmas de las manos del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. Nunca he olido almizcle ni ámbar más fragantes que el perfume del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. 25[Ṣaḥīḥ al-Bujārī, t. 1, p. 503; Ṣaḥīḥ Muslim, t. 2, p. 258]

Abū Zuhayra dijo: yo había puesto la mano del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sobre mí. En ese momento sentí que aquella mano era más fría que el hielo y más fragante que el almizcle. 26[Ṣaḥīḥ al-Bujārī, t. 1, p. 502

El joven sahabí Hazrat Yabir ibn Samura (que Allah esté complacido con él) dijo: «El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— puso su mano sobre mi frente, y sentí tal frescor y fragancia que me pareció que había retirado su mano sagrada de un recipiente de perfume de attar». 27 [Sahih Muslim, vol. 2, p. 258]

Hazrat Anas (que Allah esté complacido con él) dijo: «El sudor del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda la paz— era como perlas». Hazrat Umm Sulaym (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Ese sudor tenía la fragancia más excelente». 28 [Sahih Muslim, vol. 2, p. 256]

Hazrat Yabir (que Allah esté complacido con él) dijo: «Cuando el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— pasaba por un camino y después otra persona transitaba por el mismo lugar, podía comprender que él había pasado por allí». 29 [Dayemi Mishkat, vol. 2, p. 17]

Entre los dos hombros del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— se encontraba el sello de la profecía. Este sello de la profecía, con forma semejante a un huevo de paloma, tenía el mismo color que su piel. Estaba situado junto al hueso blando del hombro izquierdo. 30 [Sahih Muslim, vol. 2, pp. 259-260]

Rasgos de carácter

El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda la paz— hablaba un árabe puro: palabras espontáneas, naturales, inequívocas y llenas de significado. Poseía cualidades excepcionales y había adquirido el conocimiento de todas las lenguas de Arabia. Por ello, hablaba con cada tribu en su propia lengua y terminología. Dominaba el estilo expresivo y firme de los beduinos, su forma de dirigirse a los demás y el lenguaje puro de la vida urbana de las ciudades. Además, contaba con la ayuda de Allah basada en la revelación.

Poseía las virtudes de la indulgencia, la paciencia y la capacidad de perdonar. Todo ello lo había recibido, en realidad, de Allah el Altísimo. Por lo general, incluso entre las personas pacientes e indulgentes se encuentra algún defecto, pero el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— era completamente diferente. Sus rasgos de carácter eran tan elevados y hermosos que, cuanto más aumentaban las intrigas de sus enemigos contra él y las actividades de los malhechores para causarle daño, más aumentaba también su paciencia.

Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Cuando se le pedía al amado Profeta que eligiera entre dos asuntos, escogía el más fácil. Se mantenía alejado de todo lo relacionado con el pecado. Nunca se vengó de nadie por una ofensa contra él mismo. Sin embargo, cuando se mancillaba el honor de Allah, se vengaba por Allah». 31 [Sahih Bujari, vol. 1, p. 503]

Se mantenía alejado de la ira y de las conductas insolentes. Se mostraba fácilmente complacido con todos. Era imposible medir su generosidad y compasión. Donaba caridad con un espíritu libre del temor a la pobreza. Hazrat Abd Allah ibn Abbas —que Allah esté complacido con él— dijo: «El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— era el más generoso de todos. Su generosidad aumentaba aún más durante el mes de Ramadán, cuando se encontraba con Hazrat Yibril —la paz sea con él—. Cada noche de Ramadán se reunía con Hazrat Yibril —la paz sea con él— y le recitaba el Corán. En bondad y generosidad, era más adelantado que el viento cargado de beneficios». 32 [Sahih al-Bujari, tomo 1, pág. 517]

Hazrat Yabir —que Allah esté complacido con él— dijo: «Nunca ocurrió que alguien le pidiera algo y él se negara a dárselo». 33 [Sahih al-Bujari, tomo 2, pág. 517]

En cuanto a valentía y heroísmo, el amado Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— estaba por encima de todos. Era el más grande de los valientes. Cuando, en situaciones difíciles, incluso los héroes más destacados perdían pie, el Mensajero elegido —que Allah le bendiga y le conceda paz— permanecía firme e inquebrantable. Aun en los momentos más arduos avanzaba sin retroceder. Su firme determinación no mostraba el menor signo de vacilación. Hazrat Ali —que Allah esté complacido con él— dijo: «Cuando aparecía el horror de la batalla y surgía una situación extremadamente difícil, buscábamos refugio bajo la protección del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Nadie podía enfrentarse al enemigo con mayor firmeza que él». 34 [Shafi, Qadi Iyad, tomo 1, pág. 89, al-Sihah]

Hazrat Anas —que Allah esté complacido con él— dijo: «Una noche cundió el pánico entre los habitantes de Medina. Todos comenzaron a correr hacia el lugar de donde procedía el ruido. En el camino se encontraron con el Profeta. Él avanzó hacia el alboroto. En ese momento iba montado sobre el lomo descubierto de un caballo perteneciente a Hazrat Abu Talha —que Allah esté complacido con él—. Llevaba una espada colgada al cuello y decía a la gente: “¡No tengáis miedo, no tengáis miedo!”». 35 [Sahih Muslim, tomo 2, pág. 252; Sahih al-Bujari, tomo 1, pág. 407]

El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— era la persona más modesta y recatada. Por lo general mantenía la mirada dirigida al suelo. Hazrat Abu Sa’id al-Judri —que Allah esté complacido con él— dijo: «El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— era más pudoroso que una doncella protegida tras el velo». Cuando algo le desagradaba, podía saberse al mirar su rostro. 36 [Sahih Muslim, tomo 2, pág. 252; Sahih al-Bujari, tomo 1, pág. 407] No fijaba la mirada en el rostro de nadie. Mantenía los ojos bajos y pasaba más tiempo mirando hacia abajo que hacia arriba. Por lo general, cuando miraba, lo hacía con la mirada inclinada. Su modestia y su sentido del honor eran tan intensos que nunca decía directamente a alguien algo desagradable en su cara. Si le llegaba algún comentario desagradable sobre una persona, no la avergonzaba mencionando su nombre; más bien decía: “Hay personas que dicen esto”. El célebre poeta árabe Farazdaq describió magníficamente esta característica del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— en uno de sus poemas.

«Era tan modesto que bajaba la mirada,

al verlo, todos bajaban los ojos;

y entonces era posible hablar con él.»

cuando una suave sonrisa florecía en sus labios.’

Era el más justo, puro, veraz y digno de confianza. Tanto amigos como enemigos lo reconocían. Antes de recibir la profecía, se le había otorgado el título de «al-Amín». Durante los Días de la Ignorancia, ambas partes, tanto la demandante como la demandada, acudían a él para que resolviera sus disputas. En Sahih at-Tirmidhi se narra, por autoridad de Hadrat Ali (que Allah esté complacido con él), que una vez Abu Yahl le dijo al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz): «Nosotros no te llamamos mentiroso, pero sí consideramos falsas las cosas que proclamas». Después de esto, Allah el Altísimo reveló el siguiente versículo: «No es a ti a quien consideran mentiroso, sino que los inicuos rechazan los signos de Allah».37 [Mishkat, vol. 2, pág. 521] (Al-An‘am, aleya 33)

El emperador Heraclio preguntó a Abu Sufyan si, antes de que aquel profeta pronunciara las palabras que proclamaba, había ocurrido algún hecho que diera motivo para llamarlo mentiroso. Abu Sufyan respondió: «No».

El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) era sumamente humilde y carecía por completo de arrogancia. Prohibía a sus compañeros ponerse de pie ante él con la actitud reverente con la que los servidores y admiradores de los reyes permanecen de pie en honor de estos. Servía a los pobres y necesitados y se relacionaba con los indigentes. Aceptaba también las invitaciones de los esclavos. Se sentaba entre sus nobles compañeros como una persona común.

Hadrat Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Él mismo remendaba sus sandalias y cosía sus propias vestiduras. Realizaba con sus propias manos las tareas ordinarias del hogar. Era un ser humano como cualquier otra persona. Si encontraba piojos en la ropa que usaba, él mismo los quitaba; ordeñaba las cabras con sus propias manos y realizaba personalmente sus tareas».38 [Mishkat, vol. 2, pág. 520]

El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) era ejemplar en el cumplimiento de sus promesas. Prestaba una atención extraordinaria a sus parientes. Trataba a la gente con bondad y cordialidad. En humildad y gentileza no tenía igual. Su carácter era incomparablemente hermoso. No había en él ni el más mínimo rastro de mal comportamiento. Por naturaleza, nunca empleaba palabras indecentes; ni siquiera las pronunciaba accidentalmente. Nunca maldecía a nadie. Cuando iba al mercado, no gritaba ni alborotaba en voz alta. No respondía al mal con mal; por el contrario, perdonaba incluso a quien había cometido el mal. Si alguien comenzaba a seguirlo, no lo dejaba atrás y se marchaba. Al comer y beber, no se consideraba superior a los sirvientes. Incluso realizaba las tareas de su criado. Nunca mostraba fastidio hacia él, ni se irritaba con él por hacer o dejar de hacer alguna tarea. Amaba a los pobres y necesitados, se sentaba con ellos y asistía a sus funerales. Nunca despreciaba a un pobre por causa de su pobreza. En cierta ocasión se encontraba de viaje. Se decidió sacrificar una cabra. Uno dijo: «Yo me encargaré de sacrificarla»; otro dijo: «Yo me encargaré de despellejarla»; y un tercero dijo: «Yo me encargaré de cocinarla». Al oír esto, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Yo me encargaré de recoger la leña». Los compañeros dijeron: «¡Oh, Mensajero de Allah! Nosotros haremos ese trabajo por ti». Pero el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) no aceptó. Dijo: «Sé que haréis mi trabajo, pero no quiero distinguirme de vosotros colocándome en una posición aparte. Allah el Altísimo no ama que una persona intente demostrar que se distingue de sus siervos». Después se marchó a recoger leña.39 [Julasatus-Siyar, pág. 23]

Escuchemos ahora las cualidades y características del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) según las palabras de Hind ibn Abi Hala. En una extensa descripción, Hind dijo: «El amado Profeta permanecía profundamente absorto en sus pensamientos. Reflexionaba constantemente. Pronunciaba con claridad el comienzo y el final de sus palabras. No hablaba de manera confusa. Expresaba palabras significativas y sin ambigüedad, sin ninguna redundancia. Era de carácter afable. No menospreciaba ni siquiera una pequeña bendición. No censuraba ni criticaba nada. Tampoco criticaba los alimentos ni las bebidas. Si alguien manifestaba una conducta contraria a la verdad y la justicia, se disgustaba con él y no cejaba hasta que se tomaban medidas contra esa persona. Sin embargo, su corazón era generoso. No se enojaba con nadie por una ofensa personal ni tomaba represalias contra nadie. Para señalar a alguien, empleaba toda la palma de la mano. Cuando se sorprendía, volvía la mano. Cuando se enojaba, apartaba el rostro; y cuando estaba contento, bajaba la mirada. La mayor parte del tiempo sonreía suavemente. Al sonreír, brillaba una parte de sus dientes.»

Se abstenía de las palabras vanas. Procuraba mantener unidos a sus compañeros, no separarlos. Honraba a las personas respetadas de todas las comunidades y nombraba líderes únicamente a personas respetadas. Se abstenía de perjudicar a la gente.

Se interesaba por el estado de los sahabah y preguntaba cómo se encontraban. Elogiaba lo bueno y criticaba lo malo. Prefería la moderación en todos los asuntos. Le desagradaba desatender cualquier cuestión. Se mantenía mentalmente preparado para cualquier situación. No le gustaba apartarse de la verdad y la justicia. Se mantenía alejado de la falsedad. Las personas que permanecían cerca de él eran las mejores. Entre ellas, consideraba mejores a quienes eran benevolentes. Para él, tenían mayor dignidad; es decir, a sus ojos, los mejores eran quienes se compadecían del sufrimiento ajeno, eran naturalmente serios y ayudaban a los demás.

Recordaba siempre a Allah al levantarse y al sentarse. No tenía un lugar determinado para sentarse. Cuando acudía a una reunión, se sentaba donde encontraba un espacio libre. Trataba a todos los presentes por igual. Nadie pensaba que a otra persona se le estuviera concediendo más honor que a él, por lo que nadie sentía resentimiento ni tristeza. Si alguien se sentaba o permanecía de pie ante él por alguna necesidad, esperaba hasta que esta fuera satisfecha. Nunca mostraba impaciencia. Si alguien le pedía algo, daba generosamente. No despedía al solicitante hasta entregarle lo que pedía o alegrarlo con unas buenas palabras. Satisfacía a todos mediante sus nobles cualidades de carácter. Era como un padre para todos. A sus ojos, todos eran iguales. Si se determinaba la superioridad o el mayor rango de alguien, se hacía sobre la base de la taqwa. Su majlis o reunión era una reunión de conocimiento, paciencia, pudor y confianza. Allí nadie hablaba en voz alta ni se menospreciaba la dignidad de nadie. Todos mostraban consideración hacia los demás sobre la base de la taqwa. Todos respetaban a los mayores y trataban con afecto a los pequeños. Cuando alguien tenía una necesidad, esta era atendida. No se despreciaba ni se ignoraba al desconocido; más bien, se entablaba relación con él y se le mostraba cordialidad.

El rostro del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) mostraba siempre una sonrisa apacible. Era de carácter afable. La rudeza era contraria a su naturaleza. No hablaba en voz demasiado alta. Nunca pronunciaba palabras indecentes. Aunque se enojara con alguien, no le hablaba reprendiéndolo. Al elogiar a alguien, no lo hacía de manera exagerada. Lo que no despertaba su interés, lo olvidaba fácilmente. Nadie se sentía decepcionado por él en ningún asunto. Se mantenía alejado de tres cosas: (1) la arrogancia, (2) el exceso en cualquier asunto y (3) las palabras sin sentido. Y protegía a la gente de otras tres cosas: (1) hablar mal de los demás, (2) avergonzar a alguien y (3) revelar los defectos ajenos.

Solo pronunciaba palabras por las que se pudiera esperar obtener recompensa. Cuando hablaba, sus sahabah se sentaban con la cabeza tan inclinada que parecía que sobre sus cabezas se hubieran posado gorriones. Cuando el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) terminaba de hablar y guardaba silencio, los sahabah conversaban entre sí. Ningún sahabi hablaba con el amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) con palabras superfluas. Cuando algún sahabi comenzaba a decir algo al amado Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz), todos los demás presentes lo escuchaban atentamente. Se mantenía el silencio hasta que terminaba de hablar. Aquello que hacía reír a los sahabah también hacía reír al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Aquello que los sorprendía también sorprendía al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz). Si un desconocido se mostraba desmedido al hablar, el Profeta no perdía la paciencia. Decía: «Cuando veas a alguien necesitado, satisface su necesidad». No le agradaba elogiar a nadie por ningún motivo, salvo como compensación por un acto de bondad. 40 [Shifa, Qadi Iyad, tomo I, pp. 121-126; Shama’il de Tirmidhi.]

Hazrat Kharija ibn Zayd (que Allah esté complacido con él) dijo: «El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) era la persona más honorable y digna de respeto en su majlis. Vestía con modestia. Pasaba la mayor parte del tiempo en silencio. No hablaba sin necesidad. Cuando alguien decía algo innecesario o fuera de lugar, apartaba el rostro de él. Cuando reía, lo hacía suavemente; hablaba con claridad y no decía palabras frívolas ni innecesarias. Los sahabah no reían a carcajadas delante del Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz); en su presencia contenían la risa y sonreían suavemente». 41 [16 de Ramadán de 1404 de la Hégira, correspondiente al 17 de Ramadán de 1984 d. C.]

En resumen, el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) era un ser humano perfecto, dotado de cualidades incomparables. Allah, el Señor de los Mundos, le había concedido características inigualables. En honor a Su amado Profeta, Allah dijo: «Innaka la‘ala juluqin ‘azim», es decir: «Sin duda, posees un carácter sublime».

Era una cualidad incomparable que hacía que la gente acudiera a él. El amor hacia él estaba profundamente arraigado en los corazones de las personas. Su liderazgo era tan indiscutible que la gente estaba completamente consagrada a él.

Debido a las mejores cualidades de su carácter humano, la rudeza de su propio pueblo se transformó por completo en docilidad. Finalmente, la gente, en grupos sucesivos, tuvo la dicha de refugiarse bajo la sombra de la religión elegida por Allah.

Debe recordarse que todas las cualidades del Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— que hemos mencionado anteriormente no eran más que un breve esbozo de sus extraordinarias e incomparables virtudes. En realidad, sus cualidades eran tan amplias y vastas que no es posible terminar de describirlas, ni tampoco determinar la amplitud y profundidad de los rasgos distintivos de su carácter.

Nadie puede ofrecer una descripción completa del más grande personaje de la historia de la humanidad. La esencia de este gran hombre, el modelo supremo de perfección, es que ocupaba la cumbre más elevada de la humanidad. Estaba iluminado de tal manera por el sagrado resplandor luminoso del Gran Señor de los mundos que el Noble Corán fue mencionado como una descripción de su carácter. Sus rasgos morales eran el reflejo real y perfecto del Sagrado Corán.

«Oh Allah, derrama paz y bendiciones sobre Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— y sobre su familia, tal como derramaste paz y bendiciones sobre Abraham —la paz sea con él— y sobre su familia. Ciertamente, Tú eres Digno de toda alabanza y gloria.

Esa persona recibirá únicamente la recompensa que corresponda a lo que haya

hecho (en este mundo), y también el castigo que le

corresponda, en la medida de la injusticia que haya

cometido. (Por tanto), oh Señor nuestro,

si olvidamos algo o cometemos un error en algún lugar

Si cometemos algún error,

no nos castigues por ello.

 

8

Obras de referencia: las flores con las que he ensartado el collar

Obras de referencia

 

NúmeroTítulo de la obraNombre del autorAño de fallecimientoEditorialFecha de publicación
1Akhbar al-Kiram o Akhbar al-Masjid al-HaramMasjid al-Haram, Masjid al-Haram, Asadi al-Makki1066 H.Al-Matba’a al-Salafiyya, Benarés 

1396 H

2Al-Adab al-MufradMuhammad ibn Ismail al-Bujari356 HEstambul1304 H
3Al-A‘lāmJair al-Din al-ZirikliEl Cairo1954 d. H.
4Al-Bidaya wa al-NihayaIsmail ibn Kathir al-DimashqiAl-Sayyada, Egipto1332 h.
5Bulug al-Maram min Adillat al-AhkamAhmad ibn Hajar al-Asqalani

 

856 h.Prensa Qayumi, Kanpur, India1323 h.
6Tarij-e Ard al-CoránSayyid Sulaimán Nadwi1373 H.Ma’arif Press, Azamgarh1955 d. C.
7Tarij-e IslamAkbar Khan Shah NairabadiMaktab-e Rahmat, Deoband
8Tarij al-Umam wa al-MulukIbn Jarir al-TabariAl-Hasanat al-Misriyya
9Tarij Umar ibn al-JattabAbu al-Faray Abd al-Rahman ibn al-YawziAt-Tawfiq al-Adibah, Egipto
10Tuhfat al-AhwaziAbu al-Ala Abdurrahman al-Mubarakpuri1353 d. H.Barki Press, Delhi, India1346 d. H.
11Tafsir Ibn KathirIsmail ibn Kathir al-DimashqiDar al-Andalus, Beirut
12TafhimulUstad Sayyid Abul A‘la Maududi (que Dios tenga misericordia de él)Markazi Maktaba Jamaat-e-Islami
13Talqih fahm ahl al-atharAbu al-Faraj Abd al-Rahman ibn al-Jawzi597 H.Jaiyid Barqi Press, Delhi, Indi
14Jami al-TirmidhiAbu Isa Muhammad ibn Isa al-Tirmidhi279 H.Maktaba Rashidiyya, Delhi, India
15Al-Yihad fi al-IslamUstad Sayyid Abul Ala Maududi (que Allah tenga misericordia de él)Publicaciones Islámicas1967 d. C.
16Khulasat as-SiyarIbn Abdullah al-Tabari674 Delhi Print, Delhi, India
17Rahmatul lil-AlaminMuhammad Sulaiman Manjunpuri1930 HHanif Book Depot, Delhi, India
18La vida política del Noble MensajeroDoctor Hamidullah, ParísCompañía Salem, Deoband1963 d. C.
19Ar-Rawd al-UnufAbu al-Qasim Abd al-Rahman ibn Abd Allah al-Suhayli581 H.Al-Jazairiya, Egipto1332 H.
20Zad al-Ma’adHafiz Ibn Qayyim751 H.Al-Misriya1347 H.
21Sifr at-Takwīn
22Sunan de Ibn MājahIbn Yāsīn ibn Mājah273 H.
23Sunan Abi DawudAbu Dawud275 d. H.1375 d. H.
24
25Sīrat al-ḤalabiyyaIbn Burhān al-Dīn
26Sira al-NabawiyyaAbu Muhammad Abd al-Malik ibn Hisham218 H1375 H
27Sharh-e Uyur-us-SahabaJamaluddin ibn Hisham Ansari761 h.Maktaba al-Sajda, Egipto
28Comentario de Sahih MuslimAbu Zakariya Muhy al-Din Yahya ibn Sharaf al-Ansari676 h.Maktaba Rashidiyya, Delhi1376 h.
29Comentario de Sahih Muslim Abu Zakariya Muhy al-Din Yahya ibn Sharaf al-AnsariVéase1312 H.
30Ash-Shifa bi-Ta’rif Huquq al-MustafaQadi IyadMaktaba Osmaniya, Estambul1312 H.
31Sahih al-BujariMuhammad Ismaíl al-Bujari256 H.Maktaba Rahimiyya, Deoband1387 H.
32Sahih MuslimMuslim ibn al-Hajjaj al-QushayriMaktaba Rashidiyya, Delhi, India1376 H.
33***
34Tratado de HudaybiyyaMohammad Ahmad BashamilDar al-Fikr, Egipto1391 H
35At ***Mohammad ibn Sa’dMatābā**1322 H.
36Awn al-Ma‘bud: comentario de Sunan Abi DawudAbu Tayyib Shams al-Haqq AzimabadiPrimera edición
37La batalla de UhudMohammad Ahmad BashamilSegunda edición
38Ghazwa de Badr al-KubraMuhammad Ahmad Bashamil1376 H.
39Ghazwa de JaibarMuhammad Ahmad BashamilDar al-Fikr
40Ghazwat Banu QurayzaMuhammad Ahmad Bashamil1376 H
41Fath al-BariAhmad ibn Ali ibn Hajar al-Asqalani852 h.Maktaba al-Salafiyya
42Fiqh al-SiraMuhammad al-GhazaliDar al-Kitab al-Arabi1370 h.
43Tafsir Fi Zilal al-CoránSayyid Qutb, mártirDar Ihya al-Turath al-Arabi

La traducción bengalí de este tafsir fue publicada por la Academia del Corán de Londres

44El Noble Corán
45El corazón de la península arábigaFuad HamzaAl-Maktaba al-Salafiyya, Egipto1352 H.
46Lo que perdió el mundo con la decadencia de los musulmanesSayyid Abul Hasan Ali NadwiMaktaba Dar al-Uruba, El Cairo1381 H.
47Conferencias sobre la historia de las naciones islámicasJeque Muhammad al-JadramiAl-Maktaba al-Tujjariyya, Egipto1382 H.
48Resumen de la biografía del MensajeroShayj al-Islam Muhammad ibn Abd al-Wahhab al-Najdi1206 d. H.Imprenta al-Sunna al-Muhammadiyya1375 d. H.
49Resumen de la biografía del MensajeroShayj al-Islam Muhammad ibn Abd al-Wahhab al-Najdi1242Imprenta Salafiya, Egipto1679 H.
50Madārik al-Tanzīl li-l-Nasafī1378 H.
51Mir’āt al-Mafātīh (segundo tomo)Sheij Obaidullah Rahmani Mubarakpuri 

 

 

Nami Press, Lucknow1378 h.
52Murūŷ al-dhahabAbū al-Ḥasan ʿAlī al-Masʿūdīal-Sharikah al-Islāmiyyah
53al-MustaʿārahAbū ʿAbd Allāh Muḥammad al-Ḥākim al-NaysābūrīDairat al-Ma’arif al-Usmaniya, Hyderabad
54Musnad AhmadImam Ahmad ibn Muhammad ibn Hanbal264 H
55Musnad al-DarimiIbn Abd al-Rahman al-Darimi255 H.
56Mishkat al-MasabihWali al-Din Muhammad ibn Abdullah al-TabriziMaktaba Rahimiyya, Deoband
57Mu’jam al-BuldanYaqut al-Hamawi
58Al-Mawāhib al-LadunniyyaAl-QastallaniAl-Matbaʿah al-Sharafiyyah1336 H.
59Muwatta del imán MalikImam Malik ibn Anas al-Asbahi69 H.Maktaba Rahimiyya, Deoband
60Wafāʾ al-WafāAlí ibn Ahmad al-Samhudi