Nota del editor
«La Biblia, el Corán y la ciencia» es una obra célebre en todo el mundo. La obra fue escrita por el renombrado cirujano, científico e investigador francés, el Dr. Maurice Bucaille. Cuando su libro, escrito en francés y titulado «La Bible, le Coran et la Science», se publicó por primera vez en París en mayo de 1976, atrajo inmediatamente la atención de los círculos cultos. Fue traducido a numerosos idiomas del mundo, incluidos el inglés y el árabe.
El Sagrado Corán es la clave de la salvación y el bienestar de la humanidad en este mundo y en el Más Allá, y el único Libro celestial absolutamente infalible. Sin embargo, a lo largo de los tiempos se ha intentado negar esta verdad. Estos intentos fueron realizados principalmente por eruditos judíos y cristianos, así como por científicos.
En este libro, él presenta bellamente la concordancia entre los conocimientos obtenidos de la investigación científica moderna y los relatos de la Biblia. En esta época de máximo desarrollo de la ciencia, la obra está siendo ampliamente debatida y elogiada en todo el mundo, ya que resulta de gran utilidad para quienes desean descubrir la verdad auténtica. Cuando el distinguido periodista y columnista, el señor Osman Gani, tradujo esta extraordinaria obra al bengalí, primero se publicó durante varios años, de manera seriada, en la revista mensual Prithibi. Recientemente, en una reunión de oración organizada con motivo del segundo aniversario del fallecimiento del difunto Osman Gani, los asistentes destacaron la importancia de publicar el libro en forma de obra impresa y dijeron que, si se publicaba, podría convertirse en un medio para la salvación del difunto en el Más Allá, y que incluso después de su muerte podría ser merecedor de la recompensa de una caridad continua.
Teniendo en cuenta este aspecto, cuando los dignos hijos y familiares del difunto aceptaron gustosamente la publicación del libro, la Academia del Corán decidió publicarlo.
La Academia del Corán es una organización misionera constituida con el propósito de difundir y propagar las enseñanzas y el mensaje del Corán, y de hacerlos llegar ampliamente a la gente. Su principal labor consiste en realizar investigaciones centradas en el Corán y publicar y difundir sus frutos. Con nuestra colaboración ya se han publicado el «DICTIONARY OF THE HOLY QURAN» («Diccionario del Sagrado Corán»), escrito por Hafiz Munir Uddin Ahmed, director de la Academia del Corán de Londres; el «Diccionario temático del Corán», escrito por Asad bin Hafiz, director de la Academia del Corán de Daca; y el extraordinario relato coránico «Tú eres hermoso, oh Purísimo», escrito por Ata Sarkar.
La Academia del Corán de Daca avanza con planes para realizar una labor aún más amplia sobre el Corán. Ya ha comenzado, con la colaboración de la Academia del Corán de Londres y bajo nuestra supervisión, la traducción del mundialmente famoso tafsir «Fi Zilalil Quran».
Ruego a todos que oren para que Allah cumpla todos nuestros nobles propósitos y haga que el autor, el traductor y el editor de esta obra sean merecedores de la salvación en el Más Allá. Que Allah nos conceda a todos la capacidad de conocer y comprender Su Palabra, y de obrar conforme a ella.
Amén.
Introducción
Las tres religiones monoteístas tienen cada una su propio libro. Sean judíos, cristianos o musulmanes, ese libro constituye la base de su fe. Para todos ellos, sus respectivos libros son la forma escrita de la palabra celestial. Esa palabra llegó directamente de Allah a los profetas Abraham y Moisés. En cambio, llegó por medio de otro a los profetas Jesús y Muhammad (la paz sea con él). Jesús dijo que hablaba en nombre de su Padre. Y la palabra que el profeta Muhammad (la paz sea con él) predicó la recibió de Allah por medio del ángel Gabriel.
Si se juzga a la luz de los datos históricos, se observa que el Antiguo Testamento, los Evangelios y el Corán pertenecen a la misma categoría; es decir, son recopilaciones escritas de la palabra celestial. Los musulmanes creen en esta doctrina. Sin embargo, los habitantes de Occidente, influidos principalmente por judíos y cristianos, no quieren conceder al Corán la dignidad de palabra celestial.
Al considerar la actitud que los seguidores de una religión suelen adoptar respecto de los libros de las otras dos religiones, probablemente pueda encontrarse una explicación de esa doctrina occidental.
El libro celestial de los judíos es la Biblia hebrea. Su diferencia con el Antiguo Testamento de los cristianos consiste en que el Antiguo Testamento contiene algunos capítulos que no estaban en la Biblia hebrea. En la práctica, esta diferencia no causa grandes dificultades, pues los judíos no reconocen que haya sido revelado ningún otro libro después de su propio libro.
Los cristianos han aceptado la Biblia hebrea como su propio libro, pero le han añadido algo más. Sin embargo, no aceptaron todos los escritos redactados y publicados con el propósito de difundir las palabras del profeta Jesús. Los sacerdotes cristianos rechazaron muchos libros escritos sobre la vida y las enseñanzas del profeta Jesús. En el Nuevo Testamento conservaron solo un número muy reducido de escritos. Entre ellos, los cuatro Evangelios canónicos son los más importantes. Los cristianos no reconocen ninguna palabra celestial posterior al profeta Jesús y sus discípulos. Por consiguiente, tampoco reconocen el Corán como un libro celestial.
El Corán fue revelado seiscientos años después del profeta Jesús. En este libro se vuelven a relatar muchos datos de la Biblia hebrea y de los Evangelios, porque el Corán contiene numerosas citas de la Torá y de los Evangelios. (Por Torá se entienden los cinco primeros libros de la Biblia, es decir, el Pentateuco de Moisés: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio). El propio Corán ordena a los musulmanes creer en todos los libros celestiales anteriores al Corán (sura 4, aleya 136). Además, en la palabra celestial se concede especial importancia al papel de profetas como Noé, Abraham y Moisés. Y al profeta Jesús se le ha concedido una posición especial, porque en el Corán y en los Evangelios su nacimiento se describe como un acontecimiento sobrenatural. También se ha concedido una posición especial a su madre, María. El hecho de que la sura número 11 del Corán lleve su nombre da una indicación de esta posición especial.
Los habitantes de Occidente generalmente no conocen todos estos datos sobre el islam. Si se tiene en cuenta la educación religiosa que han recibido durante varias generaciones y la manera en que se les ha mantenido ignorantes respecto del islam, esta situación no parece en absoluto sorprendente. El uso de expresiones como «religión mahometana» y «nación mahometana», incluso en la actualidad, ha desempeñado un papel enorme en el origen de esta ignorancia. Al emplear estas palabras y expresiones, se han formado la falsa idea de que esta fe religiosa fue instaurada por un hombre llamado Mahoma y de que Alá no desempeña allí ningún papel, en el sentido cristiano del término. Muchos intelectuales y eruditos occidentales sienten ahora interés por conocer las doctrinas filosóficas, sociales y políticas del islam, pero no se informan en absoluto sobre la propia Palabra celestial del islam. Sin embargo, eso es precisamente lo primero que deberían investigar.
Muchos ni siquiera pueden imaginar con qué desprecio se considera a los musulmanes en ciertos círculos cristianos. Tengo una experiencia personal al respecto. En una ocasión quise realizar un análisis comparativo de los relatos narrados en la Biblia y el Corán sobre un mismo tema. Pero mis oyentes no quisieron aceptar ningún relato del Corán como base, ni siquiera para una discusión provisional. Su idea era que citar algo del Corán equivalía a introducir al propio Satanás en el asunto.
Sin embargo, actualmente se perciben indicios de algunos cambios en los niveles más altos del mundo cristiano. Basándose en los asuntos tratados en el Concilio Vaticano II, el Departamento para los No Cristianos del Vaticano publicó en francés una obra titulada «Orientación para un diálogo entre cristianos y musulmanes», fundamento del diálogo entre cristianos y musulmanes. Editorial: Ancora, Roma, tercera edición, 1970. Esta obra deja entrever cambios de gran alcance en la doctrina oficial de los cristianos.
El documento se deshace de la anticuada idea que existía en la mente de los cristianos sobre los musulmanes, una idea deformada por un odio y una aversión injustificados heredados desde tiempos antiguos; reconoce «las injusticias del pasado cometidas contra los musulmanes» y afirma que la mentalidad occidental formada por la educación cristiana es responsable de ellas. Al criticar las ideas equivocadas que los cristianos habían mantenido hasta entonces sobre el fatalismo, el legalismo y el fanatismo de los musulmanes, la obra pone especial énfasis en la creencia en la unicidad de Alá y recuerda cómo los oyentes se sorprendieron cuando, durante una visita oficial en marzo de 1969, el cardenal Koenig declaró enfáticamente esa unicidad en la famosa mezquita de la Universidad Islámica de Al-Azhar. También recuerda que, al finalizar el ayuno del mes de Ramadán de 1967, la oficina del Vaticano instó a los cristianos a enviar sus saludos a los musulmanes «con sincero sentimiento religioso».
Después de estos primeros esfuerzos por establecer relaciones estrechas entre la Curia Católica Romana y el islam, se emprendieron algunas iniciativas más, y esas relaciones se profundizaron mediante el intercambio de opiniones y la comunicación entre ambas partes. Aunque estos acontecimientos eran sumamente importantes, no recibieron mucha publicidad. Y, sin embargo, ocurrieron en Occidente, donde no faltan medios de comunicación como los periódicos, la radio y la televisión.
El 24 de abril de 197, el cardenal Pignedoli, presidente del Departamento para los No Cristianos del Vaticano, viajó a Arabia Saudita en visita oficial y se entrevistó con el rey Faisal. Sin embargo, esta importante noticia no recibió ninguna atención en las páginas de los periódicos. El diario francés Le Monde publicó la noticia el 25 de abril de 1974 en apenas unas líneas y de manera sumamente breve. No obstante, al considerar lo ocurrido en aquella entrevista, se comprende cuán importante era la noticia. Durante la entrevista, el cardenal entregó al rey Faisal un mensaje de Su Santidad el papa Pablo VI. En el mensaje, Su Santidad «inspirado por una profunda fe en la unidad del mundo islámico y cristiano en la adoración del Dios único, expresó su profundo respeto a Su Majestad el rey Faisal como líder del mundo islámico».
Seis meses después, en octubre de 1974, una delegación de los principales ulemas de Arabia Saudita viajó al Vaticano en visita oficial y se entrevistó con el papa. Allí se celebró un encuentro de diálogo entre cristianos y musulmanes sobre «los derechos culturales del ser humano en el islam». El 26 de octubre de 1974, el periódico del Vaticano, L’Osservatore Romano, publicó en su primera página un amplio informe sobre este encuentro. Ese mismo día y en la misma página, el informe sobre la ceremonia de clausura de la reunión de los obispos celebrada en Roma apareció en un espacio mucho menor.
Más tarde, el Consejo Ecuménico de las Iglesias de Ginebra y el lord obispo de Estrasburgo, Su Gracia Elchinger, recibieron a los ulemas sauditas. El lord obispo les pidió que realizaran la oración del mediodía dentro de la propia catedral, en su presencia. La noticia llegó a publicarse, pero probablemente como un acontecimiento insólito, y no por su profundo significado religioso. Las personas a quienes pregunté sobre el asunto dijeron que no eran conscientes del significado religioso del acontecimiento.
Esta apertura de mente y actitud del papa Pablo VI hacia el islam constituirá, sin duda, un capítulo muy importante en las relaciones entre las dos religiones. Él mismo dijo que estaba «inspirado por una profunda fe en la unidad del mundo islámico y cristiano en la adoración de un solo Dios». Es necesario volver a mencionar este sentimiento del jefe de la Iglesia católica hacia los musulmanes. Criados en un ambiente de abierta hostilidad, muchos cristianos se oponen, por principio, a cualquier discusión sobre el islam. El documento del Vaticano expresa su pesar por ello. Por esta razón, siguen siendo completamente ignorantes de lo que el islam es en realidad y mantienen, como antes, ideas totalmente erróneas sobre el hecho de que la palabra celestial del islam procede de Dios.
Sin embargo, al juzgar las características de la palabra celestial de una religión monoteísta, es necesario compararlas con las características correspondientes de las otras dos religiones. Una consideración global de cualquier asunto es ciertamente mejor que una consideración unilateral. Por ello, en este libro se hará un estudio comparativo de ciertos temas descritos en las escrituras celestiales de las tres religiones y, frente a ellos, se expondrán los datos descubiertos por la ciencia del siglo XX. En este sentido, es necesario comprender que, debido a sus estrechos vínculos mutuos, las tres religiones tienen ahora una necesidad especial de unirse. Pues las tres religiones se enfrentan por igual al ataque del materialismo. La idea de que la religión no tiene ninguna armonía con la ciencia está ampliamente extendida, especialmente en los círculos científicos, tanto en los países influidos por el judaísmo y el cristianismo como en los países islámicos. Para examinar este asunto en su conjunto sería necesario un análisis muy extenso.
En este libro deseo presentar un solo aspecto de la cuestión. Es decir, deseo examinar las palabras celestiales de las tres religiones a la luz del conocimiento basado en la ciencia moderna.
Sin embargo, antes de emprender esta tarea es necesario plantear una cuestión fundamental: ¿hasta qué punto es auténtica y genuina la forma actual de la palabra celestial? Para responder a esta cuestión
es necesario examinar detenidamente el entorno y las circunstancias en que dicha palabra fue consignada por escrito, así como la manera en que llegó hasta nosotros mediante su transmisión y difusión.
En Occidente, el examen y la investigación de la palabra celestial comenzaron apenas en tiempos recientes. Durante cientos de años, la gente aceptó la Biblia del Antiguo y del Nuevo Testamento tal como la había recibido. Después, no hizo más que defender esa Biblia, pues consideraba pecado hasta la más mínima crítica. Los sacerdotes tenían la ventaja de haber leído toda la Biblia y estar familiarizados con ella. Pero la mayoría de la gente común solo escuchaba en la iglesia la lectura de algunas partes.
En el ámbito de los especialistas, el examen crítico del texto original llevó al descubrimiento y la difusión de graves problemas. Por ello, a menudo resulta decepcionante leer una crítica de las llamadas críticas. Pues se observa que, al enfrentarse a un problema real en la interpretación del original, el crítico ha citado alguna frase o algún párrafo que deja claro que intentaba ocultar el verdadero problema. En estas circunstancias, al aplicar un juicio objetivo y un pensamiento racional, se observa que la improbabilidad y la contradicción interna siguen presentes como antes. Sin embargo, no faltan esfuerzos por afirmar que tales frases o párrafos de la Biblia son correctos.
Este esfuerzo puede resultar muy perjudicial para la fe de las personas reflexivas y racionales en Alá. La experiencia demuestra, sin embargo, que, aunque algunas personas logran identificar estas improbabilidades y contradicciones internas, la mayoría de los cristianos no aplica su razón ni su sentido común a las cuestiones religiosas.
Algunos hadices del islam pueden compararse con los Evangelios. Se llama hadiz a la recopilación de las palabras y los hechos de Hazrat Muhammad (s.). Algunos hadices fueron escritos muchos años después del fallecimiento de Hazrat Muhammad (s.). Del mismo modo, los Evangelios fueron escritos muchos años después del fallecimiento de Jesús. En ambos casos existen testimonios humanos sobre acontecimientos del pasado. Sin embargo, hay una diferencia en el caso de los Evangelios. Veremos que quienes escribieron los cuatro Evangelios canónicos no fueron testigos presenciales de los acontecimientos que narraron. Lo mismo ocurre con algunos de los hadices mencionados en la parte final de este libro.
Pero la semejanza termina aquí. La autenticidad de algunos hadices ya había sido discutida y todavía se sigue discutiendo. En cambio, en el caso de la mayoría de los Evangelios, se tomó una decisión definitiva desde los primeros tiempos de la historia de la Iglesia. Según esa decisión, solo cuatro Evangelios fueron declarados canónicos, es decir, oficiales. Aunque esos cuatro discrepan entre sí en muchos aspectos, ello no constituyó ningún obstáculo para adoptar dicha decisión. Después de ella, se ordenó ocultar todos los Evangelios restantes. Por eso se los llamó «apócrifos», es decir, no auténticos.
Otra diferencia fundamental entre las escrituras cristianas y las islámicas es la siguiente: el cristianismo no posee ninguna escritura celestial y escrita. El Corán del islam es a la vez celestial y escrito.
El Corán es la palabra celestial revelada a Hazrat Muhammad (s.) por medio del ángel Gabriel. Inmediatamente después de ser revelada, esa palabra fue puesta por escrito; los musulmanes la memorizaron y la recitan en la oración, especialmente durante las oraciones del mes de Ramadán. Muhammad (s.) mismo dividió y ordenó esa palabra en diferentes suras, y después de su fallecimiento, durante el gobierno del califa Uthmán, fue recopilada en forma de libro, entre los años 12 y 24 posteriores a su muerte. El Corán que vemos actualmente es esa recopilación. (En realidad, aquí se ha producido una pequeña alteración de los datos. En el año 12 de la Hégira (633 d. C.), después de la batalla de Yamama, el Corán fue recopilado en forma de libro por orden del califa Abu Bakr (que Dios esté complacido con él). Durante su gobierno, Uthmán (que Dios esté complacido con él) mandó hacer muchas copias de esa recopilación y las envió a distintas regiones. —Traductor.)
Por el contrario, las escrituras cristianas son una recopilación de relatos indirectos de diversas personas. No contienen el relato de ninguna persona que hubiera visto con sus propios ojos los acontecimientos de la vida de Jesús. Sin embargo, muchos cristianos creen precisamente eso. Así es como ha quedado decidida la cuestión de la autenticidad de las escrituras cristianas e islámicas.
La confrontación entre los relatos de las escrituras celestiales y los datos científicos siempre ha dado materia para la reflexión humana.
En cierta época se suponía que, para aceptar como verdadera una escritura celestial, era necesario que fuera compatible con los datos científicos. San Agustín estableció formalmente este principio en su carta número 82. Más adelante citaremos esta carta. Sin embargo, con el avance de los descubrimientos científicos quedó claro que existían discrepancias entre la Biblia y la ciencia. Entonces se decidió que ya no se realizarían comparaciones de ese tipo. Como resultado, se creó una situación que hoy nos obliga a reconocer que la Biblia y la ciencia se contradicen entre sí. Por supuesto, no podemos aceptar una palabra celestial cuyos relatos sean erróneos y falsos. Solo hay una manera de resolver esta incompatibilidad: no aceptar como verdadera la afirmación contenida en el pasaje que contradice los datos científicos. Pero no se adoptó esta solución. En su lugar, se proclamó enfáticamente que la Biblia era verdadera. En consecuencia, los sacerdotes especialistas adoptaron una postura que resulta totalmente inaceptable para los científicos.
Manteniéndose fiel al principio expresado por San Agustín acerca de la Biblia, el islam siempre ha sostenido que los relatos del Corán son plenamente compatibles con los datos científicos. En tiempos recientes, la revelación islámica ha sido examinada minuciosamente. Sin embargo, no ha surgido ninguna necesidad de modificar ese principio. Más adelante veremos que el Corán contiene relatos sobre numerosos asuntos relacionados con la ciencia. La Biblia también los contiene, aunque su número no es tan grande. Esos pocos asuntos de la Biblia contradicen los datos científicos. En cambio, la mayoría de los asuntos tratados en el Corán son compatibles con los datos científicos. Desde este punto de vista, no puede establecerse ninguna comparación entre estos dos libros. Ningún dato del Corán puede ser rechazado desde una perspectiva científica; esta verdad fundamental se desprende de nuestra investigación. Sin embargo, en la parte final de este libro veremos que esto no se aplica a los hadices. Ya se ha dicho que el hadiz es una recopilación de las palabras y los hechos del profeta Muhammad (s.) y que es algo completamente distinto de la revelación del Corán. Algunos relatos de los hadices no son aceptables desde una perspectiva científica. Para determinar su autenticidad, el propio Corán establece el principio de aplicar los datos científicos y la razón; esos hadices han sido examinados basándose en dicho principio.
Es necesario explicar un poco más la cuestión de qué relatos de determinados libros celestiales pueden considerarse aceptables o inaceptables desde el punto de vista científico. Ante todo, hay que insistir en que aquí, al hablar de datos científicos, se hace referencia únicamente a aquellos datos científicos que han sido demostrados y aceptados de manera correcta y precisa. Si se recuerda este principio, se verá que las teorías que en otro tiempo eran necesarias para arrojar luz sobre algún asunto u objeto, pero que, debido al avance de la investigación científica, ya no tienen la misma necesidad, han sido excluidas por completo de nuestra consideración actual. Aquí utilizaré únicamente aquellos datos que están por encima de toda disputa y controversia. Aunque los descubrimientos científicos solo permitan obtener datos incompletos, esos datos incompletos también serán aceptados universalmente cuando ya no exista ningún riesgo de error.
A modo de ejemplo, puede decirse que los científicos ni siquiera pueden proporcionar una fecha aproximada de la llegada del ser humano al mundo. Sin embargo, han descubierto restos de actividad humana que podemos aceptar sin ninguna duda como pertenecientes a diez mil años antes del nacimiento de Jesús. Por lo tanto, no podemos considerar que el relato de la Biblia sobre este asunto sea compatible con los datos científicos. En efecto, las fechas y genealogías que aparecen en el capítulo de la Biblia llamado Génesis sitúan la llegada del ser humano al mundo —es decir, la creación de Adán— aproximadamente treinta y siete siglos antes del nacimiento de Jesús. Tal vez en el futuro la ciencia pueda proporcionarnos datos aún más exactos y precisos que nuestros cálculos actuales. Pero de una cosa estamos completamente seguros: la ciencia nunca nos dirá que el ser humano llegó por primera vez al mundo hace 4.376 años. Eso es exactamente lo que afirma el calendario hebreo de 1975. Por consiguiente, se ve que la información bíblica sobre la llegada del ser humano al mundo es completamente errónea.
De esta confrontación con la ciencia se han excluido todos los asuntos propiamente religiosos. Por ejemplo, la ciencia no ofrece ninguna explicación sobre cómo o mediante qué proceso Dios se manifestó a Moisés. Lo mismo puede decirse del misterio del nacimiento de Jesús sin un padre biológico. Ningún libro celestial ofrece una explicación material de estos asuntos. En este libro solo se han considerado aquellos fenómenos naturales extraordinarios que se describen en los libros celestiales y sobre los cuales se ofrecen explicaciones, grandes o pequeñas. Si se tiene presente esto, se advierte fácilmente que, sobre un asunto determinado, el Corán contiene abundante información, mientras que sobre ese mismo asunto los otros dos libros contienen muy poca.
Al principio examiné la revelación del Corán con una mente completamente imparcial y sin ninguna idea preconcebida, prestando atención a la concordancia entre sus relatos y los datos de la ciencia moderna. Después de traducir el Corán, supe que ese libro mencionaba diversos fenómenos naturales y distintos temas. Sin embargo, en aquel momento no poseía conocimientos detallados sobre ellos. Luego, cuando comencé a leer y examinar el Corán en su lengua árabe original, fui preparando una lista de todos esos fenómenos y temas. Una vez elaborada la lista, y tras examinar las pruebas, me vi obligado a reconocer que en el Corán no hay un solo relato que pueda ser contradicho desde el punto de vista científico moderno.
Manteniendo la misma actitud imparcial, realicé también una investigación del mismo tipo en el Antiguo Testamento y en los Evangelios. En el caso del Antiguo Testamento, antes de terminar el primer libro, el Génesis, observé que contiene relatos completamente opuestos a los datos demostrados de la ciencia moderna.
Luego, apenas abordé los Evangelios, me enfrenté a un problema grave. Ya en la primera página aparece la genealogía de Jesús. Sin embargo, existe una discrepancia evidente entre el relato de Mateo sobre este asunto y el de Lucas. Otro problema es que el relato de Lucas sobre la primera llegada del ser humano al mundo contradice por completo los datos científicos modernos.
Sin embargo, creo que estas discrepancias, improbabilidades e incoherencias no sugieren ninguna falta de fe en Dios. De esas discrepancias solo se desprende una señal de la irresponsabilidad humana. Ya nadie puede decir qué había en el texto original. Del mismo modo, tampoco es posible decir cómo fue editado sobre la base de la imaginación o cómo se modificó inadvertidamente la revelación. Pero lo que ahora resulta muy evidente es que, cuando tomamos conciencia de estas discrepancias y contradicciones de la Biblia, los especialistas o bien fingen no haberlas advertido, o bien intentan ofrecer una explicación inventada mediante juegos de palabras. Al analizar los Evangelios escritos por Juan y Mateo, presentaré un ejemplo de esa hábil red de palabras de los especialistas. Ocultan las improbabilidades y contradicciones bajo la palabra “problema”. Por lo general, logran ocultar así estos “problemas”. Por eso, muchos cristianos ni siquiera están informados de estos graves errores del Antiguo Testamento y de los Evangelios. En los capítulos primero y segundo de este libro, el lector encontrará ejemplos concretos de esta situación.
En el tercer capítulo hay un ejemplo de la aplicación natural de la ciencia al ámbito de la revelación. Mediante la aplicación de los conocimientos modernos y seculares, ha sido posible comprender mejor el significado de algunos versículos del Corán. Hasta entonces, el significado de esos versículos no era incomprensible, pero sí misterioso. Por supuesto, esto no tiene nada de sorprendente. En el caso del islam, la religión y la ciencia siempre han sido consideradas hermanas. Desde el principio, el islam ordenó cultivar la ciencia, y precisamente como resultado del cumplimiento de esa orden, el enorme desarrollo alcanzado por la ciencia durante la edad de oro de la civilización islámica benefició especialmente al mundo occidental antes del Renacimiento. La luz que los conocimientos científicos modernos han arrojado sobre determinados versículos del Corán ha abierto un horizonte más amplio de entendimiento y comprensión en la confrontación mutua entre la revelación y la ciencia. Anteriormente, esos versículos eran oscuros e incomprensibles por falta de los conocimientos necesarios para interpretarlos.
Antiguo Testamento: límites generales
¿Quién es el autor del Antiguo Testamento? En respuesta a esta pregunta, la mayoría de los lectores del Antiguo Testamento probablemente dirán lo que han leído en la introducción de la Biblia. Tal vez dirán que, aunque fue escrito por seres humanos bajo la inspiración del Espíritu Santo (Gabriel), el verdadero autor es Dios.
El autor de la introducción de la Biblia a veces se detiene después de decir solamente esto. Por consiguiente, no queda lugar para ninguna otra pregunta. En otras ocasiones también afirma que, posteriormente, quizá se hayan añadido al texto original composiciones humanas. Pero, por ello, la “verdad” fundamental de ningún pasaje controvertido ha cambiado. Y se hace especial hincapié en la palabra “verdad”. Las autoridades eclesiásticas han asumido esta responsabilidad, pues solo ellas, con la ayuda del Espíritu Santo, pueden guiar por el camino correcto a los cristianos creyentes. Después de las reuniones de los concilios cristianos en el siglo IV, fueron las autoridades eclesiásticas quienes publicaron la lista de los libros sagrados, y dicha lista fue aprobada por el Concilio de Florencia (1441), el Concilio de Trento (1546) y el Primer Concilio Vaticano (1870). Esos libros aprobados son conocidos ahora como el canon. Tras numerosas investigaciones y revisiones, el Segundo Concilio Vaticano publicó recientemente una descripción sumamente importante acerca de la revelación. Este trabajo requirió tres años (1962-1965) de dedicación y esfuerzo. La mayoría de los lectores se sintieron tranquilizados al ver esta descripción al comienzo de las ediciones modernas de la Biblia. Después de leer la exposición de las garantías ofrecidas durante los últimos siglos acerca de la autenticidad de la Biblia, quedaron convencidos y satisfechos. Ni siquiera se les ocurrió que pudiera plantearse alguna pregunta al respecto.
Existen muchas obras de sacerdotes que normalmente no se publican para el público en general. Al leer estas obras se comprende que la cuestión relativa a la autenticidad de los diversos libros de la Biblia, aunque a primera vista parece compleja, en realidad es mucho más compleja de lo que parece. Como ejemplo puede mencionarse la traducción francesa moderna de la Biblia. Esta traducción se realizó bajo la supervisión de la Escuela Bíblica de Jerusalén y se publicó en varios volúmenes (editorial Cerf, París). Al examinarla se percibe una clara diferencia en la forma de exposición. Se entiende claramente que, al igual que en el Nuevo Testamento, también en el Antiguo Testamento existen algunas cuestiones controvertidas que los comentaristas, en la mayoría de los casos, no han ocultado.
También se encuentran datos más precisos en la obra del profesor Edmond Jacob. El título de esta obra es El Antiguo Testamento (título francés: L’Ancien Testament; editorial Presses Universitaires de France, París). Esta obra, breve pero de carácter muy imparcial, ofrece una excelente perspectiva analítica.
Edmond Jacob ha dicho que muchos no saben que, al principio, no existía una sola Biblia, sino varias, y que sus textos también eran diferentes. En el siglo III antes del nacimiento de Cristo existían en hebreo al menos tres libros distintos. El primero recibió posteriormente el nombre de texto masorético; el segundo fue traducido parcialmente al griego, y el tercero llegó a conocerse como texto samaritano. En el siglo I antes del nacimiento de Cristo se observa una tendencia clara a introducir un solo texto basado en el tercero y en sustitución de este. Pero esa tendencia se hizo realidad un siglo después del nacimiento de Cristo; fue entonces cuando se estableció correctamente un único texto de la Biblia.
Si hubiéramos conservado esos tres textos, habría sido fácil compararlos y podríamos haber llegado a una idea de cuál era el texto primitivo u original. Pero, lamentablemente, no tenemos ante nosotros semejante oportunidad. Así, la situación ha quedado reducida a esto: aparte de los Rollos del mar Muerto —escritos del período precristiano cercano a la época de Jesús, encontrados en las cuevas de Qumrán—, los Diez Mandamientos del siglo II posterior al nacimiento de Cristo, escritos en hojas de árbol y que contienen una variante del texto original, y algunos escritos fragmentarios del siglo V posterior al nacimiento de Cristo —la Geniza de El Cairo—, el texto hebreo más antiguo de la Biblia que se conserva pertenece a los siglos posteriores al nacimiento de Cristo.
La Septuaginta fue probablemente la primera traducción al griego. Los judíos redactaron esta obra en Alejandría en el siglo III antes del nacimiento de Cristo. El Nuevo Testamento fue elaborado basándose en esta obra. Hasta el siglo VII posterior al nacimiento de Cristo, esta obra fue considerada auténtica. El texto griego original generalmente difundido en el mundo cristiano fue recopilado a partir de los manuscritos llamados Códice Vaticano, conservado en la Ciudad del Vaticano, y Códice Sinaítico, conservado en el Museo Británico de Londres. Estos dos manuscritos datan del siglo IV posterior al nacimiento de Cristo.
En este contexto también pueden mencionarse las versiones aramea y siríaca (Peshitta). Sin embargo, son incompletas.
A partir de todas estas versiones diferentes, los especialistas lograron preparar un texto «intermedio». Puede considerarse un compromiso entre las distintas versiones. Además, existen Biblias bilingües y trilingües en las que se han utilizado el griego, el latín, el hebreo, el siríaco, el arameo e incluso el árabe. La famosa Biblia de Walton (Londres, 1657) es una obra de ese tipo. Para considerar todos los aspectos, es necesario mencionar también otro asunto. Las iglesias cristianas de distintas tendencias no siguen el mismo texto ni adoptan el mismo criterio para traducirlo a una misma lengua. La razón es que se han sostenido ideas diferentes en las distintas Biblias, y estas han influido en diferentes grupos eclesiásticos. Sin embargo, la obra que actualmente están preparando diversos especialistas católicos y protestantes con el título La traducción ecuménica del Antiguo Testamento puede considerarse un texto único y armonizado. (Nota del traductor inglés: se publicó en diciembre de 1975. Editores: Les Éditions du Cerf y Le Bazaar et les Magies, París).
Por lo tanto, se observa que la intervención humana desempeña un papel enorme en el caso del Antiguo Testamento. A partir de las modificaciones y correcciones que naturalmente se produjeron de una versión a otra y de una traducción a otra, puede suponerse fácilmente que, durante los más de dos mil años transcurridos, el texto original del Antiguo Testamento ha sido alterado de múltiples maneras.
El origen de la Biblia
Antes de ser recopilada en forma de libro, la Biblia circulaba de boca en boca entre la gente como tradición popular, y también se transmitía entonada, como una canción. Al igual que todas las ideas antiguas, esta tradición popular dependía enteramente de la memoria.
Edmond Jacob escribió: «En la primera etapa, todos los pueblos cantaron. Como en cualquier otro lugar, también en Israel la poesía precedió a la prosa. Allí se cantó durante mucho tiempo, y se cantó bien. El pueblo de Israel cantó con profunda emoción canciones de alegría y de dolor sobre los acontecimientos de su historia. A sus ojos, cada acontecimiento tenía un significado. Por eso lo expresaron también de diversas formas mediante canciones. Cantaban por diferentes motivos, y Edmond Jacob mencionó muchos de ellos. La Biblia también menciona numerosas canciones: canciones de comida, canciones de la cosecha, canciones de trabajo, canciones del pozo (Números 21 y 17), canciones de boda y canciones de duelo. También hay muchas canciones de guerra, entre las cuales destaca especialmente el cántico de Débora (Jueces 5, 1-32). Pues en este cántico se celebra la victoria dirigida y conducida por el propio Yahvé (Números 10 y 35): “Cuando avanzaba la fuerza aliada, Moisés dijo: ¡Levántate, oh Yahvé! Que tus enemigos sean dispersados y que quienes te odian huyan al verte”».
Además, hay exhortaciones y proverbios (el Libro de los Proverbios, los proverbios de los libros históricos y máximas), bendiciones y maldiciones, así como las instrucciones de los profetas a la gente después de recibir la revelación.
Jacob dijo que todas estas palabras y relatos se transmitieron de una familia a otra o se difundieron por medio de las escuelas religiosas como narración de la historia del pueblo elegido por Alá. Después, la historia se convirtió rápidamente en tradición, como ocurrió con la fábula de Jotam (Jueces 9, 7-12). En esta fábula, «los árboles se dispusieron a elegir a uno de ellos como rey y ungirlo, y sucesivamente rogaron al olivo, a la higuera, a la vid y al espino». Al referirse a este relato, Jacob observó: «En su afán por contar buenas historias, los narradores no se preocuparon por la extrañeza de los temas ni por la improbabilidad de las épocas». Por esta razón llegó a la siguiente conclusión: «De los relatos sobre Moisés y los jefes que aparecen en el Antiguo Testamento quizá pueda obtenerse una cronología aproximada de los acontecimientos históricos. Al narrar los relatos originales, los narradores, con la ayuda del encanto y de la imaginación, quizá hicieron que incluso a muchos pensadores instruidos les parecieran bastante creíbles los relatos primordiales sobre la creación del ser humano y del mundo».
Hay razones fundadas para creer que, cuando los judíos se establecieron en Canaán, hacia finales del siglo XIII anterior al nacimiento de Cristo, comenzó a utilizarse la escritura para conservar y difundir las tradiciones. Sin embargo, no había una precisión completa en la redacción y conservación de la ley, asunto al que entonces se esperaba dar la máxima permanencia. En efecto, los Diez Mandamientos, que se consideran escritos por la propia mano de Dios, aparecen de dos maneras diferentes en dos lugares del Antiguo Testamento: Éxodo (20, 1-21) y Deuteronomio (5, 1-30). El contenido principal quizá sea el mismo, pero la diferencia en el uso de las palabras, el estilo de expresión y las fórmulas idiomáticas es muy evidente. En aquella época había un gran interés por conservar por escrito la correspondencia, los tratados, las listas de nombres de personas importantes (jueces y altos funcionarios civiles), las genealogías y las listas de botines y tributos. Se establecieron archivos para conservar todos estos documentos. Más tarde se escribieron libros basados en ellos, y algunos de esos libros han llegado hasta nosotros. Un examen profundo muestra que en cada libro se utilizaron varios tipos de composición y estilos de expresión. Parece que en un mismo libro se incluyeron obras de diferentes autores. Probablemente los especialistas y los investigadores puedan arrojar luz sobre este asunto.
Aunque el Antiguo Testamento se basa originalmente en tradiciones fundamentales, presenta incoherencias en la narración. Una parte no guarda relación con la otra. Por tanto, puede compararse el proceso de composición de esta obra con el proceso inicial de creación de la literatura antigua de cualquier otra época y lugar.
Como ejemplo, puede considerarse el proceso de la literatura francesa durante la dinastía franca. Las guerras, especialmente las libradas en defensa de la religión cristiana, el heroísmo y la valentía de los grandes héroes, y los relatos de otros acontecimientos emocionantes se conservaban todavía entonces en aquellas tradiciones orales. Incluso varios siglos después de los acontecimientos, esas tradiciones inspiraron a poetas, escritores e historiadores. Así, a partir del siglo XI comenzaron a componerse poemas y epopeyas basados en aquellas historias que mezclaban realidad e imaginación. Entre ellas, la más famosa es el «Cantar de Roldán». Cuando el emperador Carlomagno regresó de su expedición a España, Roldán (La Chanson de Roland) era el comandante de su retaguardia. Este poema narra su vida, su heroísmo y su sacrificio. El episodio del sacrificio no es en absoluto una invención. Ocurrió el 15 de agosto de 778, durante el ataque de la tribu montañesa de los vascones. Por tanto, no se aceptará la descripción del poema como historia pura.
Parece que el proceso de composición de la Biblia se realizó exactamente de esta manera. Quienes no reconocen la existencia de Dios consideran toda la Biblia una recopilación de leyendas y relatos imaginarios. Pero no estamos de acuerdo con ellos. Es muy posible creer en la realidad de la creación, en que los Diez Mandamientos fueron revelados a Moisés por Dios y en acontecimientos de intervención sobrenatural en los asuntos humanos, como los ocurridos durante la época de Salomón. Pero eso no significa que nuestra creencia deba ser absoluta. Podemos suponer que lo que recibimos a través de la Biblia no es más que un resumen de los acontecimientos originales, y que todos los detalles que contiene deben someterse a una crítica y un examen rigurosos. Pues cuando la tradición oral original adquirió forma escrita, existía una gran posibilidad de que se incorporaran la imaginación y los adornos humanos.
Los diversos libros del Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento es una recopilación de obras de diversa extensión, forma y naturaleza. Basadas en tradiciones orales, fueron compuestas en distintas lenguas a lo largo de más de novecientos años. Después, en diferentes épocas y con largos intervalos, muchas de estas obras fueron revisadas y completadas a raíz de algún acontecimiento o por alguna necesidad especial.
Esta vasta producción probablemente fue compuesta a comienzos del reinado de la dinastía israelita, en el siglo XI anterior al nacimiento de Cristo. En aquella época, muchos miembros de la familia real eran escritores. Eran personas instruidas y eruditas, y su función no se limitaba únicamente a escribir. La primera de las obras incompletas mencionadas en el capítulo anterior probablemente fue compuesta durante ese período. Entonces también había una razón especial para darles forma escrita. En aquel tiempo se concedía una importancia especial a la conservación de numerosos cantos, poemas épicos, consejos de Jacob y Moisés, los Diez Mandamientos y los decretos reales que establecían prácticas religiosas. Ahora pueden encontrarse en los diversos libros del Antiguo Testamento. Algún tiempo después, probablemente en el siglo X anterior al nacimiento de Cristo, se compuso la obra Yahvista del Pentateuco. Como en esta obra se designa a Dios con el nombre de Yahvé, recibió ese nombre. Esta obra constituye la fuente principal de los cinco libros atribuidos a Moisés que se conocen actualmente. Más tarde se añadieron a ella la obra llamada Elohista y su versión Sacerdotal. La obra se llama Elohista porque designa a Dios con el nombre de Elohim. Y su versión se conoce como Sacerdotal por el nombre de los predicadores llamados sacerdotes del templo de Jerusalén. En aquella primera obra Yahvista, procedente del reino meridional de Judá, se narra la historia desde los comienzos del mundo hasta la muerte de Jacob.
Ya en el siglo VIII anterior al nacimiento de Cristo aparecieron los profetas escritores. Se tiene noticia de dos profetas escritores en Israel, llamados Amós y Oseas, y de uno en Judá, llamado Miqueas.
En el año 721 a. C., como consecuencia de la caída de Samaria, el reino de Israel desapareció y la tradición religiosa pasó a manos del reino de Judá. A partir de ese momento comenzó la labor de preservar las leyendas religiosas. Fue también entonces cuando se reunieron los escritos yahvista y elohísta y se transformaron en un solo libro llamado la Torá. En esa época también se escribió el Deuteronomio.
En la segunda mitad del siglo VII a. C., durante el reinado de Josías, apareció el profeta Jeremías, pero el relato de sus palabras y sus obras no adquirió forma escrita hasta un siglo después.
Antes del primer exilio a Babilonia, en el año 589 a. C., se escribieron los libros de Jecanías, Nahúm y Habacuc. Después de ese período, Ezequiel continuó proclamando sus profecías. En el año 587 a. C. comenzó el segundo exilio, con la caída de Jerusalén, y continuó hasta el año 538 a. C.
Ezequiel fue un profeta famoso. Sin embargo, el libro que actualmente conocemos en esa forma no estaba organizado así durante su vida. Los escribas que lo organizaron de ese modo después de su muerte fueron considerados sus sucesores espirituales. Estos escribas prepararon una tercera versión del Génesis, conocida como la versión sacerdotal. Esta versión contiene el relato de un capítulo del Génesis, es decir, el período comprendido entre los comienzos de la Tierra y la muerte de Jacob. De este modo, una tercera composición se incorporó al texto original de las obras yahvista y elohísta de la Torá. Más adelante veremos una característica estratégica de esta tercera composición en algunos libros escritos entre dos y cuatro siglos antes. En esa misma época también apareció Lamentaciones.
En el año 538 a. C., por orden de Ciro, terminó el exilio. Los judíos regresaron a Palestina y el templo de Jerusalén fue reconstruido. Como resultado, se reanudó la labor de los profetas y predicadores. En esa época se compusieron los libros de Ageo, Zacarías, Malaquías y Daniel, así como el tercer libro de Isaías y el libro de Baruc en griego.
En realidad, los principales libros religiosos fueron escritos en el período posterior al exilio. Proverbios fue escrito aproximadamente hacia el año 480 a. C.; Job, en el siglo V; y Eclesiastés o Qohelet, el Cantar de los Cantares, los libros primero y segundo de Crónicas, Esdras y Nehemías, en el siglo III. Del mismo modo, Eclesiástico o Sirácida fue escrito en el siglo II a. C., y el Libro de la Sabiduría y los libros primero y segundo de los Macabeos, en el siglo I. Sin embargo, no es fácil determinar cuándo fueron escritos los libros de Rut, Ester y Jonás. Lo mismo puede decirse de los libros de la Torá y de Judit. Puesto que los escritos del Antiguo Testamento fueron organizados en forma de libros apenas un siglo antes del nacimiento de Cristo, debe suponerse que las obras correspondientes pudieron haber sido modificadas y ampliadas incluso después de las fechas mencionadas aquí. Porque, durante el siglo anterior al nacimiento de Cristo, la mayoría de estas obras aún no había adquirido una forma exacta o definida.
De este modo, desde los tiempos más antiguos hasta la aparición del cristianismo, los judíos consideraron el Antiguo Testamento como su monumento religioso y literario. Sus diversos libros, capítulos y secciones fueron escritos, terminados y revisados entre los siglos X y I a. C. Esta no es una opinión personal mía. Recopilé estos datos y el relato de la investigación histórica de una obra fiable y universalmente reconocida. Se trata del artículo titulado «La Biblia», escrito por el profesor J. P. Samdrol, de la Facultad Dominicana de Solkier, en la Encyclopaedia Universalis (París, 1974, tomo III, páginas 246-253). Expertos de la más alta cualificación han establecido que todos estos datos son verdaderos y exactos. Por tanto, es necesario recordar estos datos para comprender y apreciar el contenido del Antiguo Testamento.
Hay razones para creer que las revelaciones estaban mezcladas con los escritos del Antiguo Testamento. Pero, en el estado en que ahora hemos recibido este libro, cabe dudar de que esas revelaciones hayan permanecido en él. Porque ya hemos visto que el relato original fue modificado muchas veces y que intervinieron numerosos escritores. Por tanto, puede suponerse fácilmente que conservaron únicamente lo que consideraron bueno, de acuerdo con sus respectivos entornos, circunstancias y preferencias, y que hasta nosotros solo ha llegado esa parte.
Al comparar todos estos datos objetivos con la información presentada en las introducciones de las diversas versiones de la Biblia actualmente difundidas, se verá que los datos reales y la verdad han sido expuestos de una manera completamente distinta. Se ha guardado un silencio absoluto sobre ciertos acontecimientos históricos relacionados con la redacción de diversos libros. Los asuntos que, por su ambigüedad, podrían causar confusión se han dejado exactamente como estaban. Para crear la falsa idea de que lo falso es verdadero, la información se ha reducido al mínimo. De este modo, en la mayoría de las introducciones de la Biblia se ha ocultado la verdad y la realidad, presentando una imagen diferente. En el caso de los libros que han sido modificados varias veces, como el Pentateuco, en lugar de decirlo directamente, solo se afirma que algunos detalles fueron añadidos posteriormente; sin embargo, precisamente allí donde se necesita una explicación extensa, se guarda silencio incluso sobre cuestiones sumamente importantes. Es verdaderamente lamentable que en las Biblias impresas y difundidas en grandes cantidades para el público haya este tipo de información errónea e inexacta.
La Torá o el Pentateuco
El nombre Torá, es decir, Torah, es semítico. En griego se dice Pentateuco, es decir, una obra completa en cinco volúmenes. Los cinco volúmenes son Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. De los veintinueve volúmenes reunidos en el Antiguo Testamento, el contenido principal lo constituyen estos cinco.
Este libro contiene el relato del período comprendido desde el comienzo de la creación del mundo hasta la entrada de los judíos en Canaán. Cabe recordar que, después de que los judíos fueran exiliados en Egipto y, más exactamente, después de la muerte de Moisés, se les había prometido que se les entregaría aquel país. Desde el principio hasta el final del libro, junto con la descripción de diversos acontecimientos, también se ofrecen numerosas disposiciones para la vida religiosa y social de los judíos. Por esta razón, este libro también recibe el nombre de Ley o Torá.
En las religiones judía y cristiana, Moisés ha sido reconocido durante muchos siglos como el autor de la Torá. La base de esta idea probablemente sea que Allah dijo a Moisés: «Escribe este acontecimiento —la derrota de Amalec— en el libro como memorial» (Éxodo 17:14). O, en relación con la salida de los judíos de Egipto, como se dice: «Moisés escribió los nombres de los lugares de partida de ellos» (Números 33:2), y «Moisés escribió esta ley» (Deuteronomio 31:9). Desde el siglo I a. C., Moisés ha sido considerado el autor de la Torá. Flavio Josefo y Filón de Alejandría sostuvieron la misma idea.
En la actualidad, sin embargo, esta idea ha sido completamente abandonada y todos han llegado a un acuerdo al respecto. Aun así, en el Nuevo Testamento se vuelve a presentar a Moisés como el autor. En la carta a los Romanos (10:5), citando el Levítico, Pablo dijo: «Moisés escribió que la persona que obra correctamente conforme a lo descrito en la ley», etc. Juan, en su Evangelio (5:46-47), puso en boca de Jesús: «Si hubierais creído a Moisés, también me creeríais a mí, porque él escribió acerca de mí. Pero si no creéis en sus escritos, ¿cómo vais a creer en mis palabras?». Aquí se encuentran indicios de edición, es decir, de modificaciones en la traducción y en la expresión del significado. Porque en el texto original griego se utiliza la palabra «episteuete», es decir, la frase se presenta como algo referido por Jesús. Sin embargo, aquí se muestra como si él mismo lo hubiera dicho. Esto es completamente erróneo. Explicaré cómo lo interpreto.
Tomé el marco y el ejemplo de esta explicación del padre de Vaux, director de la Escuela Bíblica de Jerusalén. En la introducción a la traducción francesa del Génesis que realizó en 1962, ofrece una valiosa y razonada presentación del Pentateuco. No aceptó la identificación que los evangelistas habían dado de Moisés como autor de la Torá; por el contrario, afirmó lo opuesto. Nos recordó que «la costumbre judía que seguían Jesús y sus compañeros» se aceptó hasta finales de la Edad Media. El único que se opuso firmemente a esta doctrina fue Aben Ezra, del siglo XII. Después, en el siglo XVI, Karlstadt señaló que probablemente no era posible que Moisés hubiera escrito en el Deuteronomio (34:15-12) el relato de su propia muerte. También citó los escritos de varios críticos que, aunque no por completo, se negaron a aceptar que partes de la Torá fueran obra de Moisés. No obstante, la contribución del padre Richard Simon, del Oratorio, fue probablemente la más importante en este asunto. En su libro titulado Historia crítica del Antiguo Testamento (Histoire critique du Vieux Testament, 1678), expuso detalladamente las incoherencias cronológicas del Pentateuco, las numerosas repeticiones de un mismo tema, la falta de coherencia de los relatos y la diversidad de estilos de composición. Tras la publicación de este libro, se creó por todas partes una situación vergonzosa. Pero a comienzos del siglo XVIII, la línea argumental de Richard Simon ya no fue seguida de manera significativa en ningún libro de historia. Entonces, al referirse a los acontecimientos antiguos, se siguió diciendo: «Moisés escribió». Poco antes hemos visto que el propio Jesús apoyó en el Nuevo Testamento la idea de que Moisés escribió la Torá. Así se fortaleció aún más una antigua leyenda. Puede imaginarse fácilmente cuán difícil era oponerse a ella en esas circunstancias. Sin embargo, probablemente fue Jean Astruc, médico de Luis XV, quien dejó el argumento más contundente.
En 1753 se publicó su libro titulado Conjeturas sobre los escritos originales que parece que Moisés utilizó para componer el libro del Génesis (Conjectures sur les mémoires originaux dont il paraît que Moïse s’est servi pour composer le livre de la Genèse). En él mostró detalladamente que el Pentateuco o la Torá es un conjunto de escritos recopilados de numerosas fuentes. Muchos quizá ya habían observado este hecho antes que él, pero fue el primero que se atrevió a expresarlo públicamente. Citando ejemplos, mostró que en el Génesis aparecen uno junto a otro dos escritos, en uno de los cuales Allah es llamado Yahvé y en el otro Elohim. Por lo tanto, estos dos escritos no podían proceder jamás de una misma fuente. Eichhorn (1780-1783) descubrió datos del mismo tipo también en los otros cuatro libros. Después, Ilgen (1798) observó que el escrito descrito por Astruc en el que Allah es llamado Elohim estaba, en realidad, dividido en dos partes. Como resultado, los cimientos del Pentateuco quedaron literalmente hechos añicos.
En el siglo XIX se llevó a cabo una investigación más amplia sobre las fuentes. En 1854 se reconocieron en total cuatro fuentes. Estas son: la versión yahvista, la versión elohista, el Deuteronomio y la versión sacerdotal. Incluso fue posible determinar sus épocas:
(1) Se considera que la versión yahvista pertenece al siglo IX a. C. (escrita en Judá).
(2) Probablemente la versión elohista pertenece a una época algo posterior (escrita en Israel).
(3) En cuanto al Deuteronomio, algunos consideran que pertenece al siglo VIII a. C. (E. Jacob), mientras que otros lo sitúan en la época de Josías (el padre de Vaux).
(4) La versión sacerdotal pertenece a la época del exilio del siglo VI a. C. o a un período posterior.
Así pues, se observa que el período de composición de los escritos del Pentateuco se extiende por al menos tres siglos. Pero el problema es, en realidad, aún más complejo. En 1941, A. Lods descubrió que la versión yahvista contiene tres fuentes. Del mismo modo, la versión elohista contiene cuatro, el Deuteronomio seis y la versión sacerdotal nueve fuentes, sin contar siquiera lo que el padre de Vaux señaló al decir que se habían incorporado las obras de ocho autores diferentes. Más recientemente se ha llegado a considerar que la mayoría de las leyes o disposiciones del Pentateuco se encuentran también en otros lugares fuera de la Biblia y que pertenecen a épocas aún más antiguas. Además, se supone que los documentos del Pentateuco, es decir, los escritos, proceden de una época y un contexto determinados, mientras que las historias narradas en ellos pertenecen en realidad a épocas mucho más antiguas y a contextos diferentes. Por ello ha surgido interés por saber cómo se originaron las leyendas. En otras palabras, el problema se ha vuelto tan complejo que resulta difícil encontrarle principio y fin.
La existencia de numerosas fuentes produjo diferencias, pero también repeticiones. El padre de Vaux ha mostrado mediante ejemplos que existen diferencias e incoherencias entre los diversos relatos sobre el diluvio, el rapto de José y sus actividades en Egipto. Además, una misma persona es designada con nombres diferentes y se ofrecen relatos contradictorios de acontecimientos importantes.
Así, aunque el Pentateuco es una recopilación de diversas fuentes y leyendas, sus autores lograron reunirlo y compilarlo con bastante habilidad. A veces colocaron dos relatos uno junto al otro; en otras ocasiones mezclaron dos relatos y los presentaron como un único relato. Sin embargo, pese a ello, persistieron las improbabilidades y las contradicciones. Por consiguiente, en la época moderna se percibió la necesidad de examinar profunda y objetivamente las fuentes originales.
Al examinar la composición original del Pentateuco o la Torá, se puede reconocer fácilmente que es obra de manos humanas. Este libro se formó a partir de relatos orales, leyendas y escritos conservados de generación en generación durante las distintas épocas de la historia del pueblo judío. El relato comienza con una tradición yahvista de comienzos del siglo X a. C., en la que se describe el destino particular de Israel. Este destino es, en palabras del padre de Vaux, «el retorno al lugar que le corresponde dentro del gran plan de Allah para la humanidad». Y termina con una tradición sacerdotal del siglo VI a. C., en la que se mencionan con absoluta precisión las fechas y las genealogías. En el capítulo siguiente veremos que todas las descripciones de la tradición sacerdotal sobre la llegada del ser humano al mundo, su posición en la evolución del tiempo y el curso de la creación son completamente erróneas frente a los datos científicos modernos. Evidentemente, este estado de cosas se debe a que se intervino con la pluma sobre el texto original.
El padre de Vaux escribió: «En los relatos de esta tradición, la cuestión de la legitimidad jurídica ha ocupado un lugar preponderante. Por ejemplo, el descanso del domingo después de terminar la creación, la alianza con Noé, la alianza y la circuncisión de Abraham, y la compra de la cueva de Macpelá, gracias a la cual los sacerdotes obtuvieron tierras en Canaán». Debemos recordar que esta tradición abarca desde el exilio en Babilonia hasta el regreso a Palestina en el año 538 a. C. Por tanto, aquí se han mezclado por completo los problemas políticos con los religiosos.
En el caso del Génesis, ya se ha establecido y reconocido que el contenido del libro fue recopilado a partir de tres fuentes. El padre de Vaux, en su estudio analítico de su traducción, ofreció una lista en la que indica qué pasajes del Génesis fueron redactados basándose en cada fuente. Sobre la base de esta evidencia, puede determinarse con bastante exactitud cuánto contenido de cada fuente hay en cada capítulo. A modo de ejemplo, en los primeros once capítulos del Génesis, el relato de la cosmogonía, del diluvio y del período comprendido entre el diluvio y la época de Abraham muestra que una parte fue tomada de la tradición yahvista y la siguiente de la tradición sacerdotal. Esta situación se mantiene desde el principio hasta el final de todo el relato. En estos primeros once capítulos no hay contenido de la tradición elohísta. Sin embargo, resulta bastante claro que las narraciones yahvista y sacerdotal se han mezclado entre sí. En los primeros cinco capítulos, en el relato de la cosmogonía y de la época de Noé, se observa que, de principio a fin, los pasajes están dispuestos consecutivamente: a un pasaje yahvista le sigue un pasaje sacerdotal. En el relato del diluvio, especialmente en los capítulos séptimo y octavo, esta disposición se hizo aún más frecuente; es decir, después de un pequeño pasaje de una narración se colocó un pequeño pasaje de la otra, y esta disposición se advierte incluso dentro de las frases. En un lugar se observa que, en un total de cien líneas, la narración cambia de este modo diecisiete veces. Por eso, cuando leemos el Génesis, la inverosimilitud y las contradicciones internas se hacen claramente evidentes. A este respecto, merece atención el cuadro siguiente.
Fin de las narraciones yahvista y sacerdotal en los capítulos 1 a 11 del Génesis.
* El primer número es el número del capítulo.
* El segundo número entre paréntesis es el número de la columna. Como algunas columnas se dividieron en dos, se indican como a y b.
* Y designa la narración yahvista y S designa la narración sacerdotal.
* Ejemplo: en la primera línea del cuadro se indica que el contenido comprendido desde la columna 1 del capítulo 1 hasta la columna 4-a del capítulo 2 de la Biblia actualmente vigente fue tomado de la narración sacerdotal.
capítulo — columna a — capítulo — columna — fuente
1 — (1) — 2 (4-a) — S
2 — (4-b) — 4 — (26) — Y
5 — (1) — 5 — (32) — S
6 — (1) — 6 — (8) — Y
6 — (9) — 6 — (22) — S
7 — (1) — 7 — (5) — Y
7 — (6) — – — – — S
7 — (7) — 7 — (10) — I
7 — (11) — – — – — S
7 — (12) — – — – — I
7 — (13) — 7 — (16-a) — S
7 — (16-b) — 7 — (17) — I
7 — (18) — 7 — (21) — S
7 — (22) — 7 — (23) — I
7 — (24) — 8 — (2-a) — S
8 — (2-b) — – — – — i
8 — (3) — 8 — (4) — s
8 — (6) — 8 — (12) — i
8 — (13-a) — – — – — s
8 — (13-b) — – — – — i
8 — (14) — 8 — (19) — s
8 — (20) — 8 — (22) — i
9 — (1) — 9 — (17) — s
9 — (18) — 9 — (27) — I
9 — (28) — 10 — (7) — S
10 — (8) — 10 — (19) — I
10 — (20) — 10 — (23) — S
10 — (24) — 10 — (30) — I
10 — (31) — 10 — (32) — S
11 — (1) — 11 — (9) — I
11 — (10) — 11 — (32) — S
El cuadro permite comprender con suma facilidad cómo los hombres organizaron la Biblia por su propia iniciativa.
Libros históricos
En estos libros encontramos la historia del pueblo judío. Esta historia se extiende desde el momento de su entrada en la tierra prometida hasta su deportación a Babilonia. Probablemente entraron en la tierra prometida hacia la parte final del siglo XIII y fueron deportados a Babilonia en el siglo VI a. C.
Aquí se ha hecho hincapié en lo que se denomina «acontecimiento nacional», y el acontecimiento se ha presentado como el cumplimiento de la promesa de Alá. Sin embargo, en el relato se han ignorado la veracidad y la exactitud históricas. Teniendo esto presente, E. Jacob ha dicho que, en relación con la supuesta destrucción de Hai y Jericó, el tema principal del Libro de los Jueces (Book of Judges) es la defensa del pueblo elegido contra los enemigos circundantes y el apoyo de Alá a dicho pueblo. El padre y A. L. Crampon han afirmado con gran objetividad en la introducción de la Biblia que este libro fue modificado varias veces. Esto se demuestra por los numerosos prólogos del texto original y por la adición de diversos apéndices. También se añadió al relato original la historia de Rut.
El Libro de Samuel (Book of Samuel) y los dos libros de los Reyes (Book of Kings) son esencialmente obras biográficas sobre Samuel, Saúl, David y Salomón. Su valor histórico es discutible. Desde el punto de vista histórico, Jacob ha encontrado numerosos errores en estos libros, pues existen varias narraciones contradictorias sobre un mismo acontecimiento. En estos libros también se habla de los profetas Elías, Eliseo e Isaías. Es decir, la historia se ha mezclado con la leyenda. Otros críticos, como el padre Lifaber, consideran, no obstante, que estos libros poseen una base de valor histórico.
Los libros Primero y Segundo de las Crónicas (Chronicles One and Two), el Libro de Uzair (Book of Nehemiah), fueron escritos en el siglo IV a. C. por un mismo autor llamado el Cronista. Este describió la historia de la creación hasta ese momento, aunque en la genealogía que proporcionó solo se encuentra el registro hasta David. Pero, en realidad, tomó la información del Libro de Samuel. E. Jacob dijo: «Copió literalmente sin prestar atención a las incoherencias». Sin embargo, proporcionó algunos datos nuevos que han sido confirmados como correctos por la evidencia arqueológica. E. Jacob dijo: «El autor escribió a veces la historia conforme a las necesidades de la religión. Aunque el rey Manasés era pagano y tiránico, reinó durante mucho tiempo en paz y prosperidad. Para explicar este hecho, afirmó que el rey se convirtió durante el tiempo que permaneció en Asiria (Crónicas Segundo 33:11). Pero no hay ninguna mención de este hecho en ningún libro bíblico ni extrabíblico». Los libros de Uzair y Nehemías también han sido objeto de severas críticas. Se ha dicho que ambos libros están llenos de asuntos oscuros e incomprensibles. La época cuyos acontecimientos se narran en ellos —el siglo IV a. C.— no es bien conocida, y tampoco existen muchos documentos extrabíblicos de ese período.
El Libro de Tobit (Book of Tobit), el Libro de Judit (Book of Judith) y el Libro de Ester (Book of Esther) también se consideran libros históricos. Sin embargo, en estos libros la historia ha sido profundamente deshonrada. Por necesidades religiosas se cambiaron los nombres de personas y lugares, y se crearon personajes y acontecimientos. En realidad, son relatos ficticios, de carácter moralizante, en los que se mezclan falsedades históricas e imposibilidades.
Los libros de los Macabeos (Book of Maccabees) son, en cambio, de un tipo algo diferente. Los acontecimientos narrados en estos libros pertenecen al siglo II a. C. Este es el relato más exacto de los acontecimientos de ese período. Por ello, estos libros son muy importantes.
Por lo tanto, se ve que los libros clasificados bajo el nombre de históricos no guardan ninguna semejanza entre sí. En algunos libros la historia está ciertamente narrada de manera correcta, pero en otros se relata según el capricho del autor.
Los libros de los profetas
Bajo este título encontramos la descripción de las enseñanzas de aquellos profetas que en el Antiguo Testamento han sido clasificados por separado de los grandes profetas, como Moisés, Samuel, Elías y Eliseo. Las enseñanzas de esos grandes profetas se encuentran en otros libros.
Los libros de los profetas contienen relatos de acontecimientos ocurridos desde el siglo VIII hasta el siglo II antes de Cristo.
En el siglo VIII antes de Cristo se encuentran los libros de los profetas Amós, Oseas, Isaías y Miqueas. El libro del profeta Amós es famoso por condenar la injusticia social. Oseas es conocido por su desviación religiosa. Al verse obligado a casarse con una sierva de una comunidad adoradora de la naturaleza, es decir, con una prostituta sagrada, enfermó y sufrió dolor físico. Al explicar este acontecimiento, se ha dicho que ocurre algo semejante cuando Alá sufre al ver que el pueblo es pecador, pero aun así lo ama. Isaías es una figura de la historia política. Los reyes aceptaban sus consejos y actuaban conforme a ellos. Vivía con gran esplendor. Además de sus propias actividades de predicación, sus discípulos publicaron hasta el siglo III antes de Cristo las respuestas que él había dado a diversas preguntas. Sus enseñanzas hablan de protestar contra la injusticia y de temer el juicio de Alá. También relató la liberación de los judíos después de su salida de Egipto y su regreso a Palestina. En el caso del segundo y del tercer Isaías, resulta casi tan claro como la luz del día que sus actividades proféticas estaban motivadas por objetivos políticos. Las enseñanzas de Miqueas, contemporáneo de Isaías, eran más o menos del mismo tipo.
En el siglo VII antes de Cristo, Sofonías, Jeremías, Nahúm y Habacuc alcanzaron renombre por sus actividades de predicación religiosa. Jeremías fue martirizado, y Baruc recopiló y reunió sus enseñanzas y palabras. Probablemente Baruc también fue el autor de Lamentaciones.
A comienzos del siglo VI antes de Cristo, durante el exilio de los judíos en Babilonia, la actividad de los profetas aumentó especialmente. Entre ellos, el papel de Ezequiel fue el más importante. Él consolaba a sus correligionarios y les transmitía palabras de esperanza. El libro de Abdías describe la miseria y las desgracias de Jerusalén después de su conquista.
Después de que terminó el exilio, en el año 538 antes de Cristo, comenzaron las actividades de los profetas Hageo y Zacarías. Ellos solicitaron la reconstrucción del templo. Después de concluir esta reconstrucción, se publicaron algunos escritos bajo el nombre de Malaquías. Estos escritos eran principalmente explicaciones y análisis de asuntos espirituales.
Aunque en el Antiguo Testamento no haya ningún pasaje significativo sobre él, no se encuentra ninguna razón razonable que explique cómo el Libro de Jonás fue incluido entre los libros de los profetas. La principal enseñanza que se encuentra en el Libro de Jonás es la necesidad de someterse a la voluntad de Alá.
El Libro de Daniel está escrito en tres idiomas: hebreo, griego y arameo. Los críticos cristianos consideran que, al juzgarlo desde una perspectiva histórica, se observa que, aunque este libro contiene buenas nuevas, estas son desordenadas y contradictorias. Probablemente, el libro pertenece al período macabeo del siglo II a. C. E. Jacob considera que el autor quiso preservar la fe de sus compatriotas afirmando que el día de la salvación estaba muy cerca.
Libros de poesía y sabiduría
En los libros clasificados bajo este título se encuentran pruebas de una coherencia literaria incuestionable.
Entre ellos, los más importantes son los Salmos (cantos de oración), que también constituyen el mayor ejemplo de la poesía hebrea. El autor de la mayoría de los cantos de oración es David. Los restantes fueron escritos por diversos sacerdotes. El contenido de estos cantos, utilizados en la oración y el culto, consiste en alabanza, meditación, adoración y súplica.
El Libro de Job (del profeta Ayyub), escrito entre los años 400 y 500 a. C., es una obra excelente por su sabiduría y contenido.
El autor del libro titulado Lamentaciones, escrito después de la caída de Jerusalén, hacia comienzos del siglo VI a. C., probablemente fue Jeremías.
Además, es necesario volver a mencionar los nombres de algunos libros. El Cantar de los Cantares es una recopilación de cantos alegóricos sobre el amor divino; el Libro de los Proverbios es una colección de dichos de Salomón y de otros sabios de su corte; y Eclesiastés o Qohelet es una recopilación de escritos sobre la esencia de los placeres terrenales y de la sabiduría.
Así pues, se observa que se ha reunido, mezclado y combinado en un solo libro lo que distintos autores escribieron sobre diversos temas durante al menos siete siglos, utilizando distintas fuentes. En estas circunstancias, ¿cómo puede una parte de este libro complementar a otra, y cómo se ha considerado durante siglos que el libro es completo y autosuficiente? Pero, más importante aún, ¿con qué fundamento se considera este libro «la escritura revelada de los judíos y los cristianos»? Naturalmente, existen algunas diferencias de opinión al respecto entre ciertas comunidades, pero la discrepancia sobre la cuestión principal no es muy marcada. Como expresaba la idea de lo invisible, en griego este libro era denominado «canon».
Sin embargo, la recopilación de estos escritos no comenzó en la era cristiana, sino en la era judía. Y el trabajo inicial probablemente comenzó ya en el siglo VII a. C. En la primera etapa se seleccionaron algunos libros para esta compilación. Los libros restantes se añadieron posteriormente. Cabe señalar, no obstante, que los cinco libros incluidos en la Torá o Pentateuco siempre recibieron el lugar preeminente. Una vez que las declaraciones de los profetas —predicciones de castigos acordes con las malas acciones— se hicieron realidad, ya no hubo obstáculos para incluir sus enseñanzas en el texto principal. Lo mismo se aplicó a sus mensajes de esperanza. Para el siglo II a. C., el «canon» de los profetas había adquirido una forma definida.
Puesto que se utilizaban en el culto, otros libros, como los Salmos (cantos de oración), fueron integrados con obras como Lamentaciones, el Libro de la Sabiduría y el Libro de Job.
En su etapa inicial, el cristianismo estaba mezclado con el judaísmo. Más adelante veremos que autores modernos y eruditos, como el cardenal Danilo, han investigado ampliamente este asunto. Antes de adoptar una nueva forma bajo la influencia de san Pablo, el cristianismo aceptaba sin reservas la herencia del Antiguo Testamento. Los autores de los Evangelios seguían estrictamente la tradición del Antiguo Testamento. Sin embargo, aunque posteriormente se revisaron los Evangelios rechazando los apócrifos (relatos religiosos legendarios), no se hizo una revisión semejante del Antiguo Testamento. Allí se conservó prácticamente todo.
Antes del final de la Edad Media, al menos en los países occidentales, nadie tuvo el valor de objetar esta extraña compilación. Ni una sola persona. Desde el final de la Edad Media hasta el comienzo de la época moderna, se vio a uno o dos críticos alzar la voz, pero las autoridades eclesiásticas siempre los silenciaron. En la actualidad, ciertamente no faltan obras críticas, pero aunque los especialistas religiosos han investigado profundamente muchos asuntos, se han abstenido de profundizar en cuestiones «incómodas», como ellos las llaman. Ni siquiera han mostrado interés en examinarlas a la luz del conocimiento moderno. Allí donde existe semejanza entre los relatos bíblicos y los datos históricos, han realizado grandes esfuerzos para demostrar y establecer dicha semejanza; pero se han mantenido cuidadosamente alejados de comparar los relatos bíblicos con los datos científicos modernos. Porque comprendieron que, si se hacía tal comparación, la gente común expresaría dudas y plantearía preguntas sobre la veracidad de las escrituras judías y cristianas. Y, sin embargo, estas escrituras han permanecido hasta ahora por encima de toda duda y de toda pregunta.
El Antiguo Testamento y la ciencia: algunos hechos establecidos
En el Antiguo Testamento y en los Evangelios hay ciertos asuntos que contradicen los datos adquiridos por el conocimiento moderno. Cuando esta contradicción se da con la ciencia, se observa que los asuntos son muy importantes.
Ya hemos visto que en la Biblia hay muchos datos históricos erróneos. Incluso hemos citado algunos de esos errores señalados por especialistas judíos y cristianos. Por razones muy naturales, han minimizado esos errores. Pues les ha parecido natural que los autores religiosos presentaran los datos históricos de acuerdo con su religión y escribieran la historia precisamente para satisfacer las necesidades de la religión. Más adelante veremos que en el Evangelio escrito por Mateo (Matthew) se ha distorsionado igualmente la verdad y que se ha ofrecido una explicación del mismo tipo para hacer aceptable esa distorsión como verdad. Pero ninguna de las partes puede aceptar este procedimiento.
Si se examina basándose en la razón, se encontrarán numerosas contradicciones internas e improbabilidades. Si distintos autores utilizaron distintas fuentes al escribir el relato de un acontecimiento, es muy natural que el mismo acontecimiento se describa de maneras diferentes. Pero esta no es la única razón, y algunos especialistas incluso han señalado claramente que se hicieron varias versiones del mismo acontecimiento, que se añadieron posteriormente elementos al relato original y que primero se escribió una explicación y después se preparó para ella el relato original. Como ejemplo, puede mencionarse el caso de la Torá: el padre de Vaux señaló muchas incoherencias y contradicciones internas de este tipo en la introducción a su traducción del Génesis (págs. 13-14). Más adelante presentaremos algunos ejemplos. Sin embargo, si después de leer el relato original el lector considera que lo leído no es en absoluto digno de crédito, probablemente no se le podrá reprochar demasiado. Por el momento, presentaremos algunos ejemplos:
En el Génesis (6:3) se dice que, justo antes del Diluvio, Alá decidió que a partir de entonces la duración de la vida humana quedaría limitada a ciento veinte años: «Su vida será de ciento veinte años». Pero más adelante, en ese mismo Génesis (11:11; 10:32), se observa que la vida de los diez descendientes de Noé duró entre 148 y 600 años (véase, en la lista añadida posteriormente, la edad de los diez descendientes de Noé hasta Abraham). La contradicción entre ambos relatos es muy clara. Pero ¿cuál es su causa? La causa es que el primer relato (Génesis 6:3) fue tomado de la obra yahvista del siglo X a. C., mientras que el segundo relato (Génesis 11:10-32) fue tomado de la versión sacerdotal del siglo VI a. C. Esta versión es la fuente principal de la genealogía. En esta genealogía se expresa ciertamente la vida de cada profeta mediante una cifra determinada, pero, considerada en su conjunto, la cuestión parece imposible.
En este mismo Génesis encontramos el ejemplo más evidente de incompatibilidad con la ciencia moderna. Esta incompatibilidad se manifiesta en los tres importantes asuntos siguientes:
(1) La creación del mundo y sus diversas etapas.
(2) La fecha de la creación del mundo y la fecha de la llegada del ser humano al mundo.
(3) El relato del Diluvio.
Ahora analizaremos sucesivamente estos tres asuntos.
La creación del mundo
El padre de Vaux ha señalado que, «ya al comienzo del Génesis hay dos relatos consecutivos sobre la creación del mundo». Ahora examinaremos sucesivamente si estos dos relatos son compatibles con los datos científicos modernos.
El primer relato
Este primer relato se encuentra en el primer capítulo del Génesis y en el primer versículo del segundo capítulo. Al juzgarlo desde el punto de vista científico, resulta evidente que en ninguna otra parte se encuentra semejante acumulación de errores y falsedades. Por lo tanto, es necesario examinar cada párrafo por separado. La cita que ofrecemos aquí está tomada de la Versión Estándar Revisada de la Biblia (Revised Standard Version; publicada por W. M. Collins and Sons, en representación de la British and Foreign Bible Society, 1952).
Capítulo primero, versículos 1-2:
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra. La tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas cubrían el abismo, mientras el espíritu de Dios se cernía sobre las aguas.»
Es posible admitir que aquello que hoy llamamos el universo estaba sumido en la oscuridad antes de la creación del mundo. Pero mencionar que entonces existía agua no es más que una fantasía. Más adelante veremos que existen indicios suficientes de que, en la etapa inicial de la formación del universo, había gas o humo. Afirmar que allí había agua es completamente erróneo.
Versículos 3-5:
«Entonces dijo Dios: “Haya luz”; y hubo luz. Y vio Dios que la luz era buena, y separó Dios la luz de las tinieblas. Y fue la tarde y la mañana: un día (el primer día).»
La luz que se propaga en el firmamento es el resultado de las complejas interacciones de las estrellas. Más adelante trataremos este tema en detalle. Según la Biblia misma, en esta etapa de la creación las estrellas aún no se habían formado. De hecho, antes del versículo 14 ni siquiera se mencionan las «luces». En ese versículo se habla de la creación de la luz en el cuarto día: «para separar el día de la noche» y «para alumbrar la tierra». Esta descripción es correcta. Pero, puesto que la causa de la luz fue creada tres días después, resulta absurdo mencionar la luz en el primer día. Además, mencionar la tarde y la mañana ya en el primer día de la creación es fruto de la imaginación; pues la idea de que hubiera tarde y mañana solo podría concebirse después de la creación de la Tierra y de que esta hubiera girado una vez sobre sí misma bajo la luz de su propio astro, el Sol.
Versículos 6-8:
«Después dijo Dios: Haya un firmamento en medio de las aguas, y separe las aguas en dos partes. Dios hizo el firmamento y separó las aguas que estaban sobre el firmamento de las aguas que estaban debajo del firmamento. Y así sucedió. Después Dios llamó al firmamento cielo. Y hubo tarde y mañana: fue el segundo día.»
Aquí también aparece ese relato sobre el agua, y se describe que el cielo dividió el agua en dos partes. Precisamente como consecuencia de esta división fue posible decir, al describir el diluvio, que las aguas de arriba atravesaron el cielo y cayeron sobre la Tierra.
Pero la idea de que el agua se dividiera de ese modo en dos partes no es científicamente aceptable.
Versículos 9-13:
«Después dijo Dios: Reúnanse en un solo lugar las aguas que están debajo del firmamento, y aparezca la tierra seca; y así sucedió. Dios llamó Tierra a lo seco, y llamó mares a la reunión de las aguas; y Dios vio que era bueno. Después dijo Dios: Produzca la tierra hierba, plantas que produzcan semilla y árboles frutales que den fruto según su especie, con su semilla dentro, sobre la tierra; y así sucedió. La tierra produjo hierba, plantas que producen semilla según su especie y árboles que producen fruto con semilla según su especie; y Dios vio que todo era bueno. Y hubo tarde y mañana: fue el tercer día.»
La idea de que, mientras la Tierra estaba sumergida, la tierra firme fue emergiendo gradualmente es científicamente aceptable. Pero la idea de que, antes de la creación del Sol, surgiera un sistema ordenado de enredaderas, arbustos y árboles, así como un proceso de reproducción mediante semillas, no puede ser en absoluto razonable; y, por la misma razón, tampoco es aceptable la evolución del sistema de alternancia entre el día y la noche. Cabe señalar que, según el propio Génesis, el Sol no fue creado antes del cuarto día.
Versículos 14-19:
«Después Dios dijo: “Haya lumbreras en la expansión del firmamento para separar el día de la noche; y sirvan de señales, para las estaciones, para los días y los años, y sean lumbreras en la expansión del firmamento para alumbrar sobre la tierra”. Y fue así. E hizo Dios las dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para gobernar el día y la lumbrera menor para gobernar la noche; hizo también las estrellas. Y Dios puso estas lumbreras en la expansión del firmamento para alumbrar sobre la tierra, para gobernar el día y la noche, y para separar la luz de las tinieblas. Y Dios vio que era bueno. Y fue la tarde y la mañana: el cuarto día.»
Aunque esta descripción es aceptable en términos generales, presenta una gran incongruencia. Sabemos que la Tierra y la Luna se formaron a partir de fragmentos desprendidos de su astro original, el Sol. Por lo tanto, la idea de que el Sol y la Luna fueron creados después de la formación de la Tierra contradice completamente la opinión universalmente reconocida y aceptada en todas partes sobre la formación del sistema solar.
Versículos 20-23:
«Después Dios dijo: “Produzcan las aguas seres vivientes en abundancia, y vuelen las aves sobre la tierra, en la expansión del firmamento”. Entonces Dios creó los grandes monstruos marinos y todos los seres vivientes que se mueven y abundan en las aguas, según sus especies, y toda ave alada, según su especie. Y Dios vio que era bueno. Y Dios los bendijo, diciendo: “Fructificad y multiplicaos, y llenad las aguas de los mares; y multiplíquense las aves en la tierra”. Y fue la tarde y la mañana: el quinto día.» En este párrafo hay algunas afirmaciones que no son aceptables. Se dice que el mundo animal comenzó con la aparición de los seres marinos y de las aves aladas. Y que esto ocurrió en el quinto día. Pero en el versículo siguiente se dice que el mundo animal comenzó en la tierra al día siguiente, es decir, en el sexto día. Poco después citaremos el versículo correspondiente al sexto día. Es correcto que la vida comenzó en el mar y que, desde allí, se extendió sobre la Tierra, pero trataremos este tema más adelante. Por ahora queremos limitarnos al contenido del versículo. Se considera que las aves se originaron a partir de una especie de reptil de la era secundaria, entre los animales que vivían sobre la tierra. Se considera posible esta suposición debido a ciertas características físicas semejantes de ambas especies. Sin embargo, en la Biblia se menciona la aparición de los seres vivos terrestres en el sexto día, después de las aves. Por consiguiente, no puede aceptarse esta secuencia de la aparición de otros seres terrestres después de las aves.
Versículos 24-31:
«Y dijo Dios: “Produzca la tierra seres vivientes según sus especies: animales domésticos, reptiles y animales salvajes, cada uno según su especie”. Y fue así. E hizo Dios los animales salvajes según su especie, los animales domésticos según su especie y todos los reptiles terrestres según su especie. Y Dios vio que era bueno. Después dijo Dios: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y tenga dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo, sobre los animales, sobre toda la tierra y sobre todos los reptiles que se mueven sobre la tierra”. Y creó Dios al ser humano a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó. Y Dios los bendijo y les dijo: “Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra y sometedla; y tened dominio sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todos los seres vivientes que se mueven sobre la tierra”. También dijo Dios: “He aquí que os he dado toda planta que produce semilla, que está sobre toda la tierra, y todo árbol en que hay fruto y que produce semilla; os servirán de alimento. Y a todos los animales de la tierra, a todas las aves del cielo y a todo lo que se mueve sobre la tierra y tiene vida, les he dado toda planta verde para alimento”. Y fue así. Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno. Y fue la tarde y la mañana: el sexto día.»
Aquí termina la descripción de la creación. El autor ha presentado aquí la lista de todos los seres vivos que no se habían mencionado antes y también ha descrito el alimento de los seres humanos y de los animales.
Ya hemos mencionado que fue un error afirmar que los demás animales aparecieron antes que las aves. Sin embargo, es correcto afirmar que el ser humano apareció después de los demás animales. Tras el primer capítulo de la Biblia, la descripción de la creación concluye así en los tres primeros versículos del segundo capítulo:
Capítulo 2: versículo 13
«Así fueron terminados los cielos y la tierra, y todo su conjunto. Después, Dios cesó el séptimo día de toda la obra que había realizado, y reposó el séptimo día de toda la obra que había hecho. Y Dios bendijo el séptimo día y lo santificó, porque en él reposó de toda la obra que Dios había creado y hecho». Ahora es necesario analizar brevemente este asunto.
Según una costumbre de traducción, la palabra hebrea «Shabbat» se traduce como «él reposó». Aquí también se ha hecho así. Pero, en realidad, el relato del reposo de Dios no es más que una leyenda.
El relato citado aquí está tomado de la versión sacerdotal de la Biblia. Esta versión fue escrita en el siglo VI a. C. Sin embargo, en la versión yahvista, escrita varios siglos antes, no se menciona que Dios reposara. Quienes escribieron sobre el día de reposo afirmaron, con el propósito de suscitar fe y reverencia en la mente de la gente común, que el propio Dios había observado primero ese día. Además, describieron con bastante detalle y en orden cronológico las obras de creación de los otros seis días. Pero, al juzgarlo a la luz de los datos que la ciencia ha descubierto sobre la creación, se observa que ese orden no es correcto en absoluto, sino que es meramente caprichoso.
La idea de que las etapas sucesivas de la creación pudieron limitarse al transcurso de una sola semana no es aceptable desde el punto de vista científico. Porque ahora sabemos con certeza que la formación de los cuerpos celestes y de la Tierra se completó gradualmente durante muchos días, es decir, a lo largo de extensos períodos. (Más adelante examinaremos el relato del Corán sobre este asunto). Aunque la descripción de la creación terminara en el relato del sexto día, sin mencionar el día de reposo, y aunque existiera la posibilidad de interpretar los días no como días reales o naturales, sino como largos períodos, tal como en el relato coránico, la descripción bíblica tampoco puede aceptarse desde el punto de vista científico debido a la improbabilidad del orden de los acontecimientos. Ese relato es imaginario y ficticio. No fue redactado ni transmitido con el propósito de revelar la verdad, sino con algún otro propósito.
Segundo relato
Inmediatamente después de concluir el primer relato, comienza el segundo relato de la creación en el Génesis, es decir, en el libro del Génesis, sin ningún comentario ni declaración intermedia. Aquí, por supuesto, no hay lugar para plantear objeciones del mismo tipo. Sin embargo, es necesario recordar que este relato es más antiguo en otros tres siglos y muy breve. Aquí se dedica más tiempo a la creación del ser humano y de su entorno habitable que a la creación de la Tierra y los cielos.
Capítulo 2: versículos 4-7
«El día en que Yahveh Dios hizo la tierra y los cielos, no había todavía en la tierra ninguna planta del campo, ni había brotado ninguna hierba del campo. Porque Yahveh Dios no había hecho llover sobre la tierra, ni había hombre para cultivar el suelo. Sin embargo, de la tierra brotó una inundación que regó toda la superficie del suelo. Entonces Yahveh Dios formó al hombre del polvo de la tierra y sopló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en un ser viviente.»
En la Biblia actual se encuentra este relato yahvista. Más tarde también se añadió el relato sacerdotal. Sin embargo, queda la cuestión de si el relato fue originalmente tan breve. Nadie puede decir con certeza si, con el paso del tiempo, fue recortado y abreviado. Tampoco se sabe con exactitud si lo que ahora se conserva es el relato original.
Este relato no contiene una descripción detallada de la creación de la tierra y los cielos. Solo se dice que, cuando Dios creó al hombre, no había vegetación en la tierra (tampoco había llovido entonces), aunque el agua había brotado del suelo y había regado toda la superficie. Inmediatamente después se dice que, al mismo tiempo que creó al hombre, «Dios preparó un jardín». Por tanto, el hombre y los árboles y las plantas fueron creados al mismo tiempo. Naturalmente, no sabemos cuántos millones de años transcurrieron entre estas dos creaciones.
En cualquier caso, esa es la única objeción que puede plantearse contra este relato. En el relato sacerdotal se afirma que la creación del hombre y la de la tierra tuvieron lugar en la misma semana, pero el relato yahvista no dice nada semejante. Por consiguiente, no hay margen para una objeción particularmente grave contra este relato.
La fecha de la creación de la tierra y de la aparición del hombre en ella
En el calendario judío elaborado sobre la base de la información descrita en el Antiguo Testamento se mencionan con precisión ambas fechas. Según ese cálculo, en la segunda mitad del año 1975 d. C. comenzó el año 5736 de la tierra. Es decir, en 1975 la edad de la tierra alcanzó los 5736 años. El hombre fue creado unos días después de la creación de la tierra. Por tanto, la edad del hombre también resulta ser la misma.
Parece necesario hacer una pequeña corrección a este respecto. En la antigüedad se calculaba el tiempo basándose en el año lunar, pero actualmente en el mundo occidental se calcula basándose en el año solar. Esta corrección es necesaria para hacer exacto el cálculo, pero, si no se hace, la diferencia es de apenas un tres por ciento. Por tanto, para simplificar el cálculo, ignoramos esta diferencia. Si en un cálculo de mil años hay una variación de treinta años en un sentido u otro, probablemente nuestra afirmación fundamental no será muy errónea. Por tanto, basándonos en el cálculo hebreo, podemos decir con bastante exactitud que la tierra fue creada aproximadamente treinta y siete siglos antes del nacimiento de Cristo.
Pero ¿qué dice la ciencia moderna al respecto? Es difícil dar una respuesta directa a esta pregunta. Sin embargo, pueden obtenerse algunos datos sobre la formación del sistema solar. También es posible llegar a un cálculo razonable sobre este asunto. Se considera que han transcurrido aproximadamente cuatro mil quinientos millones de años desde la formación del sistema solar hasta el presente. Por lo tanto, la diferencia entre este cálculo universalmente aceptado y el cálculo presentado en el Antiguo Testamento puede determinarse fácilmente. Hablaremos detalladamente de este tema un poco más adelante. Antes de eso, arrojaremos algo de luz sobre el método para obtener cálculos a partir de la Biblia.
Este cálculo se obtiene examinando atentamente el relato bíblico. En el Génesis, es decir, el Libro del Génesis, se encuentran datos precisos sobre cuánto tiempo transcurrió desde Adán hasta Abraham. Pero en la etapa posterior, es decir, sobre el período comprendido entre Abraham y el comienzo del cristianismo, los datos disponibles son insuficientes. Por lo tanto, se necesitan otros datos para complementarlos.
De Adán a Abraham
En los capítulos 4, 5, 11, 21 y 25 del Génesis o Libro del Génesis se proporciona la genealogía precisa de todos los antepasados de Abraham hasta Adán. También se indica la duración de la vida de cada uno y la edad del padre en el momento del nacimiento de su hijo. Por lo tanto, puede determinarse fácilmente cuántos años después de la creación de Adán nació o murió cada uno. Todos los datos utilizados en la lista siguiente proceden de la versión sacerdotal del Génesis, y esta información se encuentra únicamente en la Biblia. Este cálculo muestra que Abraham nació 1.948 años después de Adán.
Genealogía de Abraham
—- Fecha de nacimiento después de la creación de Adán — Duración de la vida — Fecha de muerte después de la creación de Adán
1) Adán — – 930 — 930
Seth — 130 — 912 — 1042
Enós — 235 — 905 — 1140
Kenán — 325 — 910 — 1235
Mahalalel — 395 — 895 — 1290
Jared — 460 — 962 — 1422
Enoc — 622 — 365 — 987
Matusalén — 687 — 969 — 1656
Lamec — 874 — 777 — 1651
10) Noé — 1056 — 950 — 2006
Sem — 1556 — 600 — 2156
Arfaxad — 1658 — 438 — 2096
Sélah — 1693 — 433 — 2122
Éber — 1723 — 464 — 2187
Péleg — 1757 — 239 — 1996
Reú — 1787 — 239 — 2026
Serug — 1819 — 230 — 2049
Nacor — 1849 — 148 — 1997
Téraj — 1878 — 205 — 2983
20) Abraham — 1948 — 175 — 2123
De Abraham a Jesús
La Biblia no proporciona ningún dato numérico para este período. Por lo tanto, para determinar el tiempo transcurrido entre Abraham y Jesús, tendremos que buscar otra fuente. Actualmente se considera, de manera aproximada, que la época de Abraham fue dieciocho siglos antes de Jesús. Si se calcula basándose en el período entre Abraham y Adán que aparece en el Génesis, se observa que Adán fue, aproximadamente, un hombre de treinta y ocho siglos antes de Jesús. Este cálculo es evidentemente erróneo, y el error procede del cálculo bíblico del período entre Adán y Abraham. Sin embargo, el calendario judío todavía está basado en este cálculo. Partiendo de la discrepancia entre los cálculos aproximados de los sacerdotes judíos del siglo VI a. C. y los datos modernos, podemos enfrentarnos fácilmente a los guardianes tradicionales de la verdad bíblica. Sin embargo, durante muchos siglos se ha determinado el momento de los antiguos acontecimientos de la vida de Jesús basándose precisamente en este cálculo.
Antes del comienzo de la era moderna, a cada edición de la Biblia se le añadía una introducción. En ella se explicaba la secuencia cronológica de los acontecimientos desde la creación del mundo hasta el momento de editar aquella edición. También había considerables variaciones de tiempo entre las distintas ediciones. Por ejemplo, en la edición de la Vulgata Clementina de 1621 se consideraba que la época de Abraham era aún más antigua y se afirmaba que la creación del mundo había tenido lugar, aproximadamente, en el cuadragésimo siglo antes de Cristo. En cambio, en la Biblia de Walton, escrita en varias lenguas en el siglo XVII, la época de los antepasados de Abraham se presentaba de una forma semejante a la genealogía descrita aquí. Casi todos los cálculos coinciden con esta genealogía. Sin embargo, los editores bíblicos de la era moderna han dejado de proporcionar este cálculo y esta introducción. Comprendieron que, según los descubrimientos científicos modernos, la creación de la Tierra había tenido lugar mucho antes; por tanto, aquel antiguo cálculo ya no sería aceptable para nadie. Debieron haber dicho claramente a los lectores que el relato de la Biblia se había vuelto obsoleto y que carecía de verdadera autenticidad. Pero no lo dijeron. En cambio, mediante juegos de palabras, crearon una cobertura misteriosa que permite que el relato bíblico, tal como está y sin ninguna modificación, parezca aceptable en todas partes.
Por esta razón, la genealogía presentada en la versión sacerdotal todavía se acepta, aunque en este siglo XX ese cálculo basado en cuentos de hadas no puede ser aceptable en absoluto. A partir de los datos obtenidos mediante los descubrimientos científicos modernos, no es posible determinar una fecha exacta para la aparición del ser humano en el mundo. Solo pueden obtenerse algunos indicios. Sin embargo, podemos suponer con casi total certeza que el ser humano apareció cierto tiempo después de la creación de la Tierra. Cabe señalar que existen, o pueden haber existido, otros seres con una estructura corporal semejante a la del ser humano. Pero son la capacidad funcional y la inteligencia las que distinguen al ser humano de ellos. A partir del hueso humano más antiguo descubierto hasta ahora, puede suponerse que el ser humano apareció hace millones de años.
La base de esta estimación es el descubrimiento más reciente de huesos humanos de la época prehistórica. En palabras de los especialistas, este ser humano recibe el nombre de hombre de Cro-Magnon. Es cierto que en diversos lugares de la Tierra también se han descubierto huesos muy antiguos de seres con una estructura corporal semejante a la del ser humano, y que evidentemente pertenecen a épocas aún más remotas. Pero queda lugar para la duda sobre si realmente son huesos humanos.
Sin embargo, no cabe ninguna duda de que los datos científicos señalan una época mucho más antigua que la mencionada en el Génesis para la aparición del ser humano. Por lo tanto, se observa que existe una diferencia y una contradicción evidentes entre la Biblia y la ciencia moderna.
El diluvio y la inundación
En los capítulos 6, 7 y 8 del Génesis se relata el diluvio. En realidad, hay dos relatos, pero, en lugar de presentarlos uno junto al otro, se los ha mezclado y presentado como un solo relato; la mezcla se ha realizado de tal manera que, por su secuencia y cohesión, parece natural considerarlo aparentemente un único relato. En esos tres capítulos existen claras contradicciones mutuas. La razón es la misma: el contenido fue tomado de dos fuentes. Una es la versión yahvista y la otra, la versión sacerdotal.
Se tomaron párrafos o frases de los relatos de estas dos versiones y se los colocó alternativamente de tal manera que, en aproximadamente cien líneas de la traducción inglesa, pueden detectarse al menos diecisiete cambios de fuente.
En cualquier caso, el relato es, en términos generales, el siguiente: como la maldad humana había llegado a ser ilimitada, Alá decidió destruir al ser humano junto con los demás seres vivos. Advirtió a Noé y le ordenó construir un arca. Le ordenó que hiciera subir a esa arca, junto con los demás seres vivos, a Noé, a su esposa, a sus tres hijos y a las esposas de estos. A partir de aquí aparecen diferencias entre los dos relatos. En uno de ellos (el sacerdotal) se dice que se ordenó a Noé llevar una pareja de animales de cada especie. Pero en el párrafo inmediatamente siguiente (el yahvista) se dice que se ordenó a Noé llevar siete machos y siete hembras de cada especie de los llamados animales «puros», y un macho y una hembra de cada especie de animales «impuros». Más adelante, sin embargo, se dice que Noé llevó consigo una pareja de animales de cada especie. Expertos como el padre de Vaux consideran que este párrafo es una forma alterada del relato yahvista.
En el párrafo yahvista se menciona que el diluvio fue causado por la lluvia. En cambio, en el párrafo sacerdotal se habla de la lluvia y de las aguas que brotaron del suelo.
Toda la tierra, incluso las cumbres de las montañas, quedó sumergida bajo el agua. Todos los seres vivos murieron. Un año después, cuando las aguas se retiraron, el arca encalló en el monte Ararat y Noé descendió de ella.
Es digno de señalar que también hay discrepancias en el cálculo de la duración del diluvio. En el relato yahvista se dice que duró cuarenta días, mientras que en el sacerdotal se habla de ciento cincuenta días.
El relato yahvista no dice nada sobre la etapa de la vida de Noé en la que ocurrió el diluvio. Pero el relato sacerdotal dice que Noé tenía entonces seiscientos años. En este relato también se proporciona la genealogía de Noé, mostrando su relación con Adán y Abraham. Si se calcula basándose en los datos proporcionados en el Génesis, se observa que Noé nació 1056 años después de Adán (véase la genealogía). Por tanto, el diluvio ocurrió 1656 años después de la creación de Adán. En cuanto a la relación con Abraham, en el Génesis se dice que el diluvio ocurrió 292 años antes de su nacimiento.
Según el Génesis, como consecuencia del diluvio, toda la humanidad y todos los demás seres vivos de la Tierra habían sido destruidos. Después, los tres hijos de Noé y sus esposas repoblaron el mundo con seres humanos. Es decir, la humanidad fue reconstruida. Por tanto, cuando Abraham nació, aproximadamente tres siglos después, la humanidad ya se había reorganizado en distintas comunidades. Pero ¿cómo fue posible esa reconstrucción en tan poco tiempo? Esta única pregunta basta para hacer desaparecer toda posibilidad de que este relato sea verdadero.
Además, ese relato tampoco concuerda con los conocimientos modernos de la historia. Se considera que Abraham nació entre 1800 y 1875 a. C. Sin embargo, si el diluvio hubiera ocurrido trescientos años antes que él, entonces habría tenido que nacer entre los siglos XXII y XXI a. C.
Los conocimientos modernos de la historia indican que, en aquella época, la civilización se desarrolló en varias regiones del mundo, y sus ruinas todavía pueden contemplarse.
En el caso de Egipto, aquella antigua civilización pertenecía a un período anterior al Reino Medio (2100 a. C.). Ese período fue, aproximadamente, contemporáneo del Primer Período Intermedio, anterior a la XI dinastía. En Babilonia se encontraba entonces la III dinastía de Ur. Sabemos con certeza que no hubo ninguna interrupción en la continuidad de esta civilización y que tampoco fue destruida toda la humanidad. Sin embargo, eso es precisamente lo que afirma la Biblia.
Por tanto, no podemos aceptar que haya verdad en estos tres relatos de la Biblia. Si juzgamos la cuestión imparcialmente, no nos queda más remedio que reconocer que el texto de la Biblia que tenemos hoy delante no guarda ninguna relación con la realidad. En esta situación debemos preguntarnos si es realmente posible que Allah haya revelado algo que no sea la verdad. Es inconcebible siquiera pensar que lo que Allah ha dado a conocer a los seres humanos no solo sea irreal, sino también contradictorio. Por ello hemos llegado naturalmente a la conclusión de que el texto original de la Biblia fue alterado y que dicha alteración fue obra de seres humanos. La alteración se produjo cuando el texto pasó oralmente de una generación a otra, o cuando, después de ser puesto por escrito, fue copiado o editado. Cuando se sabe que, en un período de aproximadamente trescientos años, una obra como el Génesis fue editada y revisada al menos dos veces, quizá no resulte extraño que contenga elementos irreales e inverosímiles. Naturalmente, ahora podemos detectar esas irrealidades e improbabilidades porque, gracias a la investigación y la indagación modernas, estamos llegando a conocer al menos una parte de la verdad, aunque no sea en su totalidad, y tenemos la oportunidad de compararla con los relatos antiguos. No existe ninguna explicación razonable para los errores de la Biblia, aparte de responsabilizar de ellos a los seres humanos, y probablemente no pueda existir ninguna otra. Sin embargo, lo sorprendente es que la mayoría de los comentaristas de ambas comunidades, la judía y la cristiana, no quieren aceptar este argumento. Tienen sus propios argumentos y explicaciones al respecto. Es necesario examinarlos cuidadosamente.
La opinión de los comentaristas cristianos sobre los errores de la Biblia
Al examinar las diversas declaraciones y explicaciones de los comentaristas cristianos sobre los errores, las improbabilidades y las contradicciones que se encuentran en la Biblia al contrastarla con los datos científicos, uno no puede sino asombrarse. Algunos comentaristas reconocen ciertos errores e intentan resolver algunos problemas complejos. Otros, en cambio, evitan los errores y apoyan el contenido del texto original. Probablemente esperan que, al extender una niebla de argumentos irracionales, la gente olvide fácilmente aquello que no puede aceptarse racionalmente.
El padre de Vaux reconoció en el prólogo de su traducción del Génesis la existencia de afirmaciones controvertidas de este tipo, pero, en lugar de explicar su invalidez, explicó su validez. Sin embargo, no mostró interés en reconstruir racionalmente la antigua sucesión de acontecimientos. Según él, «el hecho de que el recuerdo de una o dos terribles inundaciones en el valle del Tigris y el Éufrates se transmitiera con el tiempo de boca en boca hasta adquirir la forma de un diluvio universal y se escribiera así en la Biblia» carece de importancia propia. «El verdadero significado de este acontecimiento es la justicia de Allah frente a la hostilidad de los seres humanos y Su misericordia hacia los justos. El autor bíblico de este acontecimiento presentó bellamente precisamente ese significado.»
Así se ha establecido la legitimidad de revestir una leyenda popular de santidad celestial. Con el argumento de que el autor utilizó la leyenda para explicar sus enseñanzas religiosas mediante ejemplos, dicha leyenda también ha sido presentada como parte de las creencias humanas. Si se acepta como válida esta clase de razonamiento, en una obra considerada sagrada y portadora de la palabra de Alá se puede hacer pasar con suma facilidad cualquier tipo de imposibilidad por algo posible. Y si se admite que de este modo ha habido intervención humana en la palabra de Alá, entonces se encuentra una razón perfectamente válida para toda clase de intervención y modificación humana en el texto de la Biblia. Si basta con tener un propósito religioso para que se permita modificar incluso el texto original, entonces ya no hay nada más que decir. Ya hemos visto cómo los autores sacerdotales del siglo VI modificaron el texto original según sus propios deseos. En tal caso, tampoco queda manera alguna de alzar la voz contra ellos.
Muchos comentaristas cristianos explican los errores, las improbabilidades y las contradicciones de la narración bíblica diciendo que los autores de la Biblia expresaron sus ideas desde distintos contextos sociales, culturales o intelectuales; por lo tanto, no es extraño que haya discrepancias. De esta explicación surgió la idea de diversos «estilos literarios». Es decir, se ha encontrado una panacea para todos los problemas. Cuando se encuentra alguna falta de concordancia entre dos textos, se la explica precisamente apelando a esos diferentes contextos sociales y estilos. Naturalmente, no todos aceptan este argumento. Sin embargo, su uso y aplicación aún no han cesado. Más adelante veremos que, en el caso del Nuevo Testamento, se aplicó exactamente el mismo argumento para explicar contradicciones manifiestas. También se emplea otra estrategia para hacer aceptable algo que no es razonable. Se introducen, alrededor del asunto principal, toda clase de justificaciones o explicaciones sobre otros temas. De este modo, se desvía la atención del lector del asunto principal.
El cardenal Daniélou adoptó precisamente este método al hablar del Diluvio. En el artículo titulado «Juicio del bautismo por el Diluvio», publicado en la revista «Dios viviente», cuyo nombre francés es «Dieu Vivant» (n.º 38, 1974, pp. 95-112), dice: «En la leyenda más antigua de la Iglesia se afirma que en el significado religioso del Diluvio se encuentran la imagen de Jesús y la de la Iglesia. Es un acontecimiento de particular importancia: una sentencia sobre toda la humanidad». Luego, citando a Orígenes, afirma en su obra titulada «Homilías sobre Ezequiel»: «El naufragio del mundo entero se salva en la cumbre». Después, al explicar el significado del número ocho, dice: «Ocho personas se salvan en la cima de la montaña: Noé, su esposa, sus tres hijos y sus esposas. Por eso el número ocho es muy importante». Aplicando en su favor el argumento que Justino expuso en su obra titulada «Diálogo», dice: «Ocho personas se salvan en la cima de la montaña. Esas ocho personas no son más que un símbolo de Jesús, que resucitó de entre los muertos el octavo día. Noé es una imagen de Jesús. También es el primer progenitor después del Diluvio. Noé solo anticipó lo que Jesús realizó en la realidad». Al establecer esta comparación, añadió asimismo que el arca de Noé
era de madera, y la cruz de Jesús también era de madera. Se dice que precisamente por la gran importancia de esta semejanza y correspondencia aumentó especialmente el valor religioso del Diluvio. En otras palabras, el señor cardenal quiso decir que aquello que no tiene relación o semejanza con Jesús carece por completo de importancia.
Podrían decirse muchas cosas sobre esta comparación destinada a defender una postura. Pero debemos recordar que esta comparación no es más que un comentario, y además se refiere a un acontecimiento que, basándose en la Biblia, ni siquiera queda demostrado como un acontecimiento universal; y si lo consideramos correcto también desde el punto de vista temporal, a lo sumo podemos llegar hasta la Edad Media. La Edad Media fue una época en la que, en relación con la Biblia, no era posible ningún tipo de discusión salvo la que la defendía.
Sin embargo, afortunadamente, antes de aquella época prohibitiva ya se había adoptado y expresado una actitud racional. En este contexto puede mencionarse a san Agustín. Su pensamiento era claramente muy avanzado en comparación con su época. En aquellos tiempos, durante la época de los Padres de la Iglesia, seguramente surgieron problemas en las discusiones sobre el texto original de la Biblia. Pues san Agustín menciona problemas de este tipo en su carta número 82.
Dijo: «Siento el más profundo respeto por los libros canónicos y no albergo la menor duda de que, al escribirlos, sus autores escribieron correctamente y no cometieron ningún error. Pero cuando en estos libros encuentro alguna narración que contradice la realidad, ya no me cabe duda de que o bien hay un error en mi copia, o bien el traductor no pudo traducir correctamente el original, o bien yo mismo no comprendí bien el asunto».
San Agustín ni siquiera podía imaginar que pudiera haber errores en las Escrituras. Insistió en que las Escrituras eran infalibles. Sin embargo, al enfrentarse a alguna narración contraria a la verdad y a la realidad, entre las posibles causas del error que mencionó no incluyó en ningún momento un error del autor original. Esta es la actitud de un creyente inquisitivo. Si se examinan, con una mente tan investigadora como la suya, los problemas entre la Biblia y la ciencia que surgían en su época, la mayoría de ellos se resuelven con suma facilidad.
Por el contrario, los especialistas de la época actual ni siquiera quieren admitir que haya algún error en la Biblia. No conceden ninguna importancia a esta acusación y apoyan con todas sus fuerzas lo que aparece en la Biblia. Aunque el relato bíblico es claramente contrario a la historia y a la ciencia, el padre de Vaux ha explicado en la introducción al Génesis por qué es necesario apoyarlo: «El método que se sigue actualmente para estudiar la historia»
Él ha solicitado que, conforme a ese método, no se estudie la historia narrada en la Biblia. Es decir, según él, la historia puede escribirse mediante procesos diferentes. Todos reconocen que, cuando se relata algo falso en la historia, esta se convierte en una novela histórica. En tal caso, la verdad o los hechos nunca son el asunto principal. Sin embargo, los comentaristas tampoco están dispuestos a comparar el relato bíblico con ningún dato geológico, paleontológico o prehistórico. Dicen: «No es necesario que la Biblia coincida con los datos o principios de ninguna de estas ciencias. Si alguien intenta buscar una coincidencia, será una confrontación irreal y una comparación artificial».
(Introducción al Génesis, página 35). Es evidente que este comentario se hizo teniendo presentes aquellos elementos del Génesis que contradicen la verdad científica, especialmente el contenido de los primeros once capítulos. Pero cuando algunas narraciones de esa misma Biblia fueron demostradas como verdaderas por las investigaciones modernas, el padre de Vaux no tardó en expresar su alegría: «Quienes habían albergado dudas sobre la veracidad de estos relatos pueden comprobar ahora que han recibido apoyo de los datos de la historia y de la arqueología antigua». (Introducción al Génesis, página 34).
Es decir, si se encuentra apoyo para la Biblia en la ciencia, puede aceptarse como una prueba válida; pero si no se encuentra apoyo, no se puede hacer comparación alguna. Esta es la línea de razonamiento de los comentaristas y especialistas.
Los teólogos modernos, por supuesto, han descubierto una manera de resolver este problema insoluble. Han tomado medidas para cambiar el concepto eterno de la verdad. Esta nueva teoría se explica en el libro ¿Qué es la verdad de la Biblia? (Quelle est la vérité de la Bible), escrito por los teólogos y Lorez y publicado en París por La Centurión en 1972. No es posible presentar aquí, dentro de los límites de esta breve discusión, sus detalles. Probablemente bastará con citar la conclusión de esa nueva teoría acerca de la ciencia: «El Concilio Vaticano II se abstuvo de establecer un criterio para determinar la verdad o falsedad de los relatos bíblicos. Si se consideran los asuntos fundamentales, se verá que en realidad no es posible formular tal criterio. Porque el método científico que se emplea para determinar la verdad de los relatos bíblicos no puede determinar su validez o invalidez.»
Es evidente que la Iglesia no puede pronunciarse sobre la validez del «método científico» como medio para llegar a la verdad. Pero esa no es la cuestión aquí. La cuestión se refiere a hechos demostrados, no a una teoría ni a un método. Según la Biblia, la Tierra fue creada hace treinta y siete o treinta y ocho siglos. Sin embargo, no hace falta ser un gran erudito en esta época para saber que eso no es cierto en absoluto. Sabemos que en aquel tiempo los seres humanos aún no habían aparecido, y que el cálculo realizado basándose en las genealogías bíblicas ha quedado demostrado, sin lugar a dudas, como erróneo. El autor Lorez seguramente está informado sobre este asunto. Precisamente para no tener que enfrentarse al problema fundamental hizo ese comentario evasivo sobre la ciencia.
El hecho de que los especialistas cristianos hagan comentarios tan diversos para enfrentarse a los datos erróneos de la Biblia demostrados científicamente prueba que el asunto les resulta realmente incómodo; y también demuestra otra cosa: que estos datos de la Biblia fueron escritos por seres humanos y no son una revelación.
Esta incomodidad del mundo cristiano se manifestó de la manera más evidente precisamente en el Concilio Vaticano II (1962-1965). Después de once años de prolongadas discusiones y de redactar cinco borradores, lograron ponerse de acuerdo sobre una declaración acerca de la revelación. En la introducción del documento conciliar número 4 sobre la revelación, publicado en París por La Centurión en 1966, Su Gracia Weber dijo: «Así terminó finalmente la dolorosa situación que casi había devorado al Concilio».
En ese documento se reconocen abiertamente la incompletitud (capítulo 4, página 53) y las contradicciones del Antiguo Testamento: «Antes de que Jesucristo estableciera la salvación, los libros del Antiguo Testamento desempeñaban un papel importante en la condición humana. Por esos libros, todos llegaron a saber quién es Dios y quién es el ser humano, y cómo trata Dios a los seres humanos con Su justicia y Su misericordia. Aunque los libros contienen ciertos elementos incompletos y obsoletos, esos mismos libros son los vehículos y las pruebas de la verdadera enseñanza celestial.
Los contenidos a los que se han aplicado los adjetivos «incompletos» y «obsoletos» son claramente criticables, y algún día esos pasajes podrían incluso ser descartados. Sin embargo, ocurra lo que ocurra en el futuro, el principio fundamental ya ha sido reconocido y proclamado con bastante claridad.
El comentario citado anteriormente forma parte de una declaración general aprobada por el Concilio Vaticano. La declaración fue aprobada por 2.344 votos, con solo 6 votos en contra. Aun así, probablemente no pueda decirse que la declaración haya sido adoptada por unanimidad absoluta. De hecho, al explicar dicha declaración aprobada, Su Gracia Weber hizo un comentario que terminó modificando la declaración original. Dijo: «Algunos libros de la Biblia judía solo pueden aceptarse provisionalmente, y esos libros contienen ciertos elementos incompletos.»
Donde el documento original dice «obsoletos», la explicación dice «aceptables provisionalmente»; pero ¿puede entenderse que estas dos expresiones tienen el mismo significado? Además, al utilizar Weber la palabra «judía», quiso dar la impresión de que en el documento original se criticaba precisamente la Biblia hebrea. Sin embargo, en el documento original no se utilizó en absoluto la palabra «judía». En realidad, el libro criticado por el Concilio por ser parcialmente incompleto y obsoleto es el propio Antiguo Testamento de los cristianos.
Conclusión
La Biblia debe examinarse exactamente en la forma en que existe. Si alguien es consciente de esta evolución y de estas transformaciones sucesivas, podrá creer que el Antiguo Testamento puede contener diferentes relatos de un mismo acontecimiento, así como contradicciones, errores históricos, improbabilidades e incongruencias con hechos científicos demostrados. Es perfectamente natural que una antigua obra escrita por seres humanos contenga errores de esta índole. También se encontrarán esos errores en cualquier otra obra escrita en la misma época y bajo circunstancias ambientales y contextuales semejantes.
Cuando apenas era posible plantear una cuestión basada en datos científicos y el único medio para determinar la improbabilidad y la contradicción era el razonamiento personal, san Agustín comprendió que Alá no podía enseñar a los seres humanos nada que no fuera compatible con la realidad. Por consiguiente, estableció el principio de que no podía afirmarse que aquello que contradice la verdad proviniera de Alá. Y, basándose en este principio, se inclinaba por eliminar de la Biblia todo aquello que consideraba digno de ser eliminado.
Más tarde, cuando se determinó que ciertos pasajes de la Biblia eran incompatibles con el conocimiento moderno, esa actitud ya no se siguió. Esta actitud de negarse a aceptar fácilmente la verdad se fortaleció tanto con el tiempo que se escribieron innumerables libros para justificar el mantenimiento en la Biblia de aquellos pasajes incompatibles con la verdad y la realidad.
El Concilio Vaticano II, sin embargo, ha debilitado considerablemente la fuerza de esta actitud intransigente. Pues, respecto de algunos libros del Antiguo Testamento, expresó dudas al afirmar que en ellos hay ciertos contenidos «incompletos y obsoletos». Ahora la cuestión es si esta opinión se quedará simplemente en una opinión o si se tomará alguna medida para eliminar esos pasajes de la Biblia. En realidad, la situación es que, mientras no sean eliminados, esos mismos pasajes seguirán manteniéndose como «vehículos y pruebas de las enseñanzas procedentes de Alá».
Los Evangelios: origen e historia
Al leer los Evangelios, muchos lectores se sienten incómodos e incluso avergonzados al comprender el significado de algunos relatos. Se encuentran en la misma situación al leer, en distintos Evangelios, versiones diferentes de un mismo acontecimiento. Así lo comenta el padre Roisset en su obra Initiation to the Gospels (Initiation aux Évangiles; Éditions du Seuil, París, 1973). Comprendió hasta qué punto los cristianos comunes estaban preocupados y angustiados por este asunto mientras estuvo vinculado durante mucho tiempo a un semanario católico y respondía a las cartas de los lectores. Estos lectores pertenecían a distintos niveles de educación y posición económica de la sociedad, y observó que los pasajes o temas cuya explicación solicitaban, aunque no fueran «contradictorios, ridículos o escandalosos», eran vagos, imprecisos e incomprensibles. Si un cristiano lee atentamente los Evangelios completos, realmente no tiene otra opción que sentirse profundamente afligido y angustiado.
El libro del padre Roisset se publicó en 1973. Por tanto, su comentario es muy reciente. Hasta hace muy poco, la mayoría de los cristianos solo conocía la parte de los Evangelios que los sacerdotes leían o explicaban durante el culto de la Iglesia o en alguna ceremonia religiosa. Dejando de lado a los protestantes, los demás cristianos por lo general nunca leían los Evangelios completos. En los libros de texto religiosos solo aparecían citas. Nunca se ofrecía la cita completa del texto original. En una escuela católica romana vi libros de Virgilio y Platón, pero no encontré el Nuevo Testamento. Incluso una edición griega del Nuevo Testamento podría haber sido muy útil. Sin embargo, mucho después comprendí por qué no se habían dejado allí ni esa obra ni ningún otro escrito relacionado con el cristianismo. Si hubieran estado esos libros, nosotros, los estudiantes, quizá habríamos formulado preguntas a las que los profesores realmente se habrían visto en serios aprietos para responder.
A partir de esta constatación, las autoridades de la Iglesia han advertido de antemano a los lectores de la Biblia cristiana. En palabras del padre Roisset: «La mayoría de los cristianos necesita recibir formación sobre cómo leer los Evangelios». Estén o no de acuerdo con su explicación, no se puede dejar de reconocer una cosa: al menos él ha afrontado esta delicada situación. Sin embargo, no se ha intentado ofrecer una explicación de este modo en relación con un número muy elevado de revelaciones.
En las introducciones de las Biblias impresas para su amplia distribución nunca se da a entender que pueda haber dudas sobre el texto original del relato, su autenticidad o la identidad de su autor. En esas introducciones se proporciona mucha información «precisa y detallada» sobre autores originales cuya identidad no se conoce en absoluto o sobre la cual no hay forma de obtener información. A menudo se presentan simples suposiciones como hechos probados. O se afirma que determinado sacerdote fue testigo presencial de determinado acontecimiento, aunque los especialistas hayan dicho exactamente lo contrario. También suelen presentar como muy breve el intervalo entre la finalización de la predicación de Jesús y la aparición de los escritos correspondientes. Intentan dar la impresión de que todos los relatos de la Biblia fueron escritos por un solo autor, quien los habría recogido de labios de algún testigo presencial y oyente contemporáneo de Jesucristo. Sin embargo, los especialistas han afirmado que no cabe duda de que el texto original fue modificado muchas veces. Es cierto que en algunas introducciones se menciona el problema de explicar uno o dos pasajes, pero el desdén con que se intenta eludirlo no hace sino reforzar las dudas del lector consciente. A este tipo de introducciones suelen añadirse apéndices, especialmente notas. En ellas se intenta ocultar lo evidente mediante explicaciones ingeniosas de toda clase de improbabilidades, contradicciones y errores manifiestos. Pero para los lectores conscientes y perspicaces que desean descubrir la verdad, nada permanece oculto.
Ahora voy a abordar un tema que sorprenderá aún más al lector. En particular, quienes no estén familiarizados con problemas de este tipo quedarán realmente atónitos.
Mateo o Juan no dicen absolutamente nada sobre la ascensión de Jesús. Lucas, en cambio, afirma en su Evangelio que el acontecimiento de la ascensión tuvo lugar el mismo día de la resurrección. Por otra parte, en la obra titulada «Hechos de los Apóstoles» se dice que ocurrió cuarenta días después. Lo curioso, sin embargo, es que Lucas es conocido como el autor de esta obra. Marcos menciona la ascensión, ciertamente, pero no indica la fecha ni el momento. Por ello, su relato ya no se considera correcto. En estas circunstancias se comprende claramente que no hay manera de aceptar como correcta la ascensión de Jesús basándose en ningún texto religioso. Sin embargo, los comentaristas religiosos no quieren conceder ninguna importancia a este hecho: que carece de fundamento.
A. Tricot no hizo ninguna mención de la ascensión al cielo en su obra titulada “Little Dictionary of the New Testament” (Petit Dictionnaire du Nouveau Testament, publicada por Desclée and Company, París, 1960). Sin embargo, este libro fue escrito y publicado precisamente para su amplia difusión. Por otra parte, el padre Benoit y el padre Boismard, profesores de la Escuela Bíblica de Jerusalén, dijeron en las páginas 451-452 del segundo volumen de su obra “The Synopsis of the Four Gospels” (Synopsis des quatre Évangiles, publicada por Éditions du Cerf, París, 1972) que, respecto a las diferencias entre el relato del Evangelio de Lucas y el de los Hechos de los Apóstoles, quizá no sea tan fácil comprender qué significa realmente “recurso literario”.
Al menos, no cabe duda de que el padre Roset no lo comprendió ni aceptó ese argumento. Pero la explicación que él mismo ofrece es exactamente del mismo tipo. En su obra titulada “Initiation to the Gospel” (1973, página 187), dice: “Como ocurre con muchos otros acontecimientos, tampoco en este caso se obtendrá explicación alguna si el relato bíblico se acepta únicamente en su sentido literal, sin comprender su significado religioso. En realidad, no se trata de expresar un acontecimiento real mediante un símbolo incoherente. Debemos prestar atención a la intención religiosa de quienes nos revelaron este misterio. Ellos nos transmitieron esos acontecimientos misteriosos exactamente en la forma en que nosotros, como seres encarnados, podemos aceptarlos mediante nuestros sentimientos y nuestra percepción”.
Pero ¿cómo puede aceptarse esta explicación? Ahora bien, si se adopta la actitud de aceptar todo incondicionalmente y sin hacer preguntas, entonces probablemente no quede ningún problema.
Otro aspecto destacable del comentario del padre Roset es que reconoció la existencia de “muchos otros acontecimientos” de este tipo. Por tanto, es necesario examinar el asunto profunda, objetiva y globalmente. Parece razonable y pertinente buscar la explicación y la solución dentro de las circunstancias existentes cuando se redactaron los Evangelios, y especialmente dentro del ambiente religioso de aquella época. La leyenda oral original adquirió en cierto momento forma escrita; después fue modificándose a lo largo de los siglos y, hasta llegar a nuestra época, sufrió muchas transformaciones. Si se tiene esto presente, probablemente ya no haya tanta razón para asombrarse ante relatos incomprensibles, difíciles de entender, contradictorios o ridículos. Lo mismo puede decirse de los relatos que parecen incompatibles con las verdades científicas demostradas de la época actual. De este razonamiento se desprende claramente que tanto la obra original como sus modificaciones fueron realizadas por seres humanos.
Durante las últimas décadas, la investigación sobre los escritos religiosos, y especialmente la investigación objetiva, ha atraído la atención de todos; también se observa claramente el cambio que, como resultado de estas investigaciones, se ha producido en las concepciones religiosas. El padre Kanengisser, profesor del Instituto Católico de París, dijo en su obra “Faith in the Resurrection, Resurrection of Faith” (Foi en la Résurrection, Résurrection de la Foi, publicada por Beauchesne College, París, 1974): “Los creyentes no están suficientemente informados sobre la revolución que se ha producido en el proceso de interpretación de la Biblia después del pontificado del papa Pío XII”. Pío XII fue papa de 1939 a 1959. Por tanto, la “revolución” a la que se refiere el autor es un fenómeno muy reciente, y, influidos por ella, algunos especialistas han comenzado también a enseñar de ese modo a los cristianos comunes. El padre Kanengisser dijo: “Con la llegada de esta revolución al proceso de interpretación, la antigua tradición establecida ha comenzado a desaparecer”.
Advirtió: “No debe aceptarse en sentido literal toda la información que se ofrece sobre Jesús en los Evangelios. En realidad, fueron redactados con motivo de ciertos acontecimientos, a favor o en contra de él, y sus autores se limitaron a escribir las leyendas sobre Jesús propias de sus respectivas comunidades”. Insistió en lo referente a la resurrección de Jesús en que ninguno de los autores de los Evangelios afirmó haber visto ese acontecimiento con sus propios ojos. Añadió que lo mismo puede decirse del resto de la vida pública de Jesús. Pues de los relatos evangélicos se desprende que ningún apóstol, salvo Judas Iscariote, dejó de acompañar a Jesús desde el comienzo de su predicación hasta el último día de su vida.
Ahora hemos avanzado mucho desde la antigua doctrina que, hace apenas diez años, fue respaldada y aprobada por el Concilio Vaticano II. Por supuesto, esa antigua doctrina todavía se sigue difundiendo en muchas obras modernas. Aun así, la verdad se abre camino poco a poco.
Sin embargo, sacar a la luz esa verdad no es una tarea fácil. La resistencia de la doctrina que desde tiempos antiguos se ha defendido y respaldado con firmeza no es débil. Para superar esa resistencia habrá que cortarla de raíz. Es decir, antes que nada habrá que examinar las evidencias del surgimiento del cristianismo.
Monumentos de la historia: el judeocristianismo y san Pablo
La mayoría de los cristianos cree que fueron los propios evangelistas, directamente relacionados con la vida de Jesús, quienes escribieron los evangelios. Por tanto, estos escritos constituyen una prueba incuestionable de su vida y sus enseñanzas. No hay razón alguna para dudarlo. En consecuencia, una vez obtenida esta certeza de que son originales y auténticos, ya no queda oportunidad para debatir las enseñanzas de Jesús. Además, puesto que la Iglesia se ocupa de promulgar y aplicar los mandamientos impartidos por el propio Jesús, tampoco puede albergarse ninguna duda sobre su legitimidad como institución. En las versiones populares de los evangelios que se publican actualmente, se difunden precisamente estas ideas bajo la forma de introducciones o comentarios.
Siempre se presenta como una prueba evidente por sí misma la afirmación de que los evangelistas fueron testigos presenciales. Es decir, no consideran necesario demostrar con testimonios, pruebas y datos la veracidad de esa afirmación. Además, a mediados del siglo II, san Justino llamó a los evangelios «las memorias de los apóstoles». Así, resulta muy difícil expresar siquiera la menor duda acerca de esos autores apostólicos. Se dice de Mateo que era una persona célebre, funcionario de aduanas en Cafarnaúm y versado en arameo y griego. A Marcos se lo identifica fácilmente como colaborador de Pedro y, evidentemente, también fue testigo presencial. Lucas era médico, y Pablo habló mucho de él. Por ello se dispone de información detallada sobre su persona. Luego está Juan: era hijo de Zebedeo, pescador del mar de Galilea y compañero constante de Jesús.
Las investigaciones recientes sobre las circunstancias de la aparición del cristianismo muestran que en aquella época no era posible presentar información mediante relatos tan detallados. Más adelante veremos quiénes eran realmente los autores de los evangelios y qué clase de personas eran. Pero conviene señalar desde el principio que los acontecimientos posteriores al comienzo de la predicación de Jesús no ocurrieron en realidad tal como se ha dicho; la Iglesia tampoco se fundó como consecuencia de que Pedro fuera a Roma. Por el contrario, desde la partida de Jesús de este mundo hasta la segunda mitad del siglo II hubo disputas y desacuerdos entre dos facciones. Una apoyaba el cristianismo de Pablo y la otra el judeocristianismo. Con el tiempo, el cristianismo de Pablo triunfó y el judeocristianismo desapareció.
Se han escrito muchos libros sobre los descubrimientos recientes acerca del origen del cristianismo. Entre sus autores destaca especialmente el cardenal Daniélou. En diciembre de 1967 se publicó en una revista francesa llamada «Études» un importante artículo suyo. El título del artículo era «Una nueva representación de los orígenes del cristianismo: el judeocristianismo». En él, tras examinar la historia, mostró que la situación real era completamente distinta del trasfondo de los evangelios presentado en los libros y folletos populares. A este respecto, expondremos las principales ideas de su artículo.
Tras la partida de Jesús de este mundo, el pequeño grupo de apóstoles formó una secta judía y permaneció fiel al «culto practicado en el templo
». Más tarde, cuando los paganos se convirtieron, se incorporaron algunos elementos de sus antiguos métodos de culto y se ideó para ellos «un método especial». Después, en el Concilio de Jerusalén del año 49 d. C., quedaron exentos de la circuncisión y de algunas otras prácticas judías. Sin embargo, «muchos judeocristianos» se negaron a aceptar esa exención. Este grupo era completamente distinto del grupo de Pablo, y ambas facciones estaban enfrentadas respecto a los paganos convertidos al cristianismo (el incidente de Antioquía del año 49 d. C.). Pablo sostenía que incluso para los judíos la circuncisión, el Sabbat y las normas del culto del templo eran excesivamente arcaicos y reaccionarios. Había que liberar al cristianismo de esa lealtad política y religiosa al judaísmo y abrirlo a la sociedad respetable.»
Para los judeocristianos que eran «judíos leales», él era un traidor. En sus documentos se lo identificaba como «el enemigo» y se lo acusaba de seguir una «política de doblez». «Hasta el año 70 d. C., los judeocristianos eran mayoría dentro de la Iglesia, y Pablo era completamente un individuo aislado». El líder era Santiago, pariente de Jesús, acompañado por Pedro —al principio— y Juan. «Santiago era el portavoz del grupo judeocristiano y, frente al cristianismo de Pablo, este grupo permanecía deliberadamente fiel al judaísmo». En la Iglesia judeocristiana de Jerusalén, la familia de Jesús desempeñaba un papel importante. Después de Santiago, el líder fue Simeón, hijo de Cleofás, y Cleofás era sobrino de Jesús.
El cardenal Daniélou ha citado varios pasajes de las obras judeocristianas en las que se expresan opiniones sobre Jesús. Estas obras son el Evangelio de los Hebreos (hallado entre la comunidad judeocristiana de Egipto), las Homilías y Reconocimientos escritos por Clemente, las Hipotiposis, el segundo Apocalipsis de Santiago y el Evangelio de Tomás. (Cabe señalar aquí que todas estas obras fueron consideradas posteriormente apócrifas. Es decir, la Iglesia establecida después de la victoria de Pablo las ocultó, y más tarde, tras recortarlas y modificarlas, solo se conservaron cuatro evangelios canónicos). El cardenal Daniélou ha dicho: «Los libros más antiguos del cristianismo fueron escritos por los judeocristianos». También ha ofrecido una descripción detallada de ellos.
«Durante los primeros cien años de la Iglesia, la religión judeocristiana predominó no solo en Jerusalén y Palestina, sino en todas partes. Esta situación se mantuvo hasta la victoria de Pablo. Esta es la causa y la explicación de la oposición que Pablo menciona en sus cartas». En Galacia, Corinto, Colosas, Roma y Antioquía, en todas partes Pablo tuvo que enfrentarse a esa oposición.
Las obras de los apóstoles y de Clemente mencionan que la costa sirio-palestina, desde Gaza hasta Antioquía, estaba bajo la influencia de la religión judeocristiana. También se encuentran indicios de esa influencia en Asia Menor, en las cartas de Pablo a los gálatas y a los colosenses. Las obras de Papías informan de la presencia de dicha influencia en Frigia. Y la información sobre Grecia, especialmente sobre la región de Apolos, se encuentra en una carta del propio Pablo: su primera carta a los corintios. Por las cartas de Clemente y la descripción de El Pastor de Hermas se sabe que Roma era «un importante centro» de la religión judeocristiana. En Suetonio y Tácito, con el término cristianos se designaba a una secta de los judíos. El cardenal Daniélou considera que la religión judeocristiana también se predicó primero en África. El Evangelio de los Hebreos y las obras de Clemente ofrecen indicios en ese sentido.
Para comprender correctamente el contexto en el que fueron escritos los Evangelios, es decir, la Biblia, es decir, el Nuevo Testamento, es especialmente necesario conocer estos datos sobre el conflicto entre las dos comunidades. La versión de la Biblia que vemos hoy apareció después de la guerra judía del año 70 d. C. y de la caída de Jerusalén, cuando los cristianos cobraron fuerza, tras numerosas modificaciones del texto original. El cardenal Daniélou explicó el hecho de la siguiente manera: «Después de que la dignidad de los judíos quedara menoscabada, los cristianos adoptaron la política de mantenerse alejados de ellos. Luego los cristianos griegos adquirieron la preeminencia; Pablo obtuvo la victoria después de su muerte, y el cristianismo, al separarse política y socialmente del judaísmo, se convirtió en una tercera nación. No obstante, hasta la rebelión judía del año 140 d. C., el judeocristianismo logró mantener su preeminencia cultural».
Los Evangelios de Marcos, Mateo, Lucas y Juan aparecieron entre los años 70 y 110 d. C. Sin embargo, no fueron los primeros textos religiosos escritos, pues las cartas de Pablo habían sido redactadas mucho antes. O. Cullmann considera que Pablo probablemente escribió una carta a los tesalonicenses hacia el año 50 d. C. Probablemente desapareció algunos años antes de que terminara la redacción del Evangelio de Marcos.
Pablo es la figura más controvertida del cristianismo. Los familiares de Jesús y los apóstoles partidarios de Santiago, que residían en Jerusalén, lo consideraban un traidor al pensamiento de Jesús. Pablo inventó el cristianismo prescindiendo de aquellos a quienes Jesús había escogido y atraído hacia sí para predicar la religión. Nunca vio a Jesús en vida; no obstante, logró demostrar la legitimidad de su predicación afirmando que, cuando se dirigía a Damasco, Jesús resucitado se le apareció en el camino. Es razonable preguntarse qué habría sido del cristianismo si Pablo no hubiera existido, y pueden imaginarse muchas respuestas a esa pregunta. Sin embargo, al menos sobre los Evangelios puede afirmarse enfáticamente que, si no se hubiera creado aquella situación de conflicto entre varias comunidades, esas obras nunca habrían llegado a existir. Esas obras fueron creadas durante el período de intenso desacuerdo y enfrentamiento entre las dos partes. Por eso el padre Kannengiesser llamó a los Evangelios «obras de guerra». En aquel tiempo se preparó una recopilación seleccionada de las numerosas obras sobre Jesús producidas por ambas partes. En ese período triunfó el cristianismo de Pablo y, como consecuencia, las obras se construyeron en torno a él. Estas obras fueron llamadas «canon» y reconocidas por la Iglesia. Todas las demás obras fueron entonces condenadas por poco fiables y rechazadas.
De este modo, la religión judeocristiana desapareció. Ya no ejerce ninguna influencia en ninguna parte. Sin embargo, cuando se dice «judaizante», todavía se hace referencia a esa religión. Al describir esta desaparición, el cardenal Daniélou dijo: «Cuando la Iglesia se liberó de toda relación con los judíos, la religión judeocristiana quedó completamente aislada y desapareció rápidamente en Occidente. En Oriente, sin embargo, durante los siglos III y IV todavía se encuentran vestigios de su débil existencia, especialmente en Palestina, Arabia, Transjordania, Siria y Mesopotamia. Todas las demás regiones se unieron a la Iglesia principal, aunque en su cultura persistía una fuerte influencia semítica. Esta influencia todavía puede observarse en las Iglesias de Etiopía y Caldea».
Los cuatro Evangelios: origen e historia
En ninguna obra de los primeros tiempos del cristianismo se encuentra mención alguna de los Evangelios. La primera mención aparece mucho después de la publicación de las obras de Pablo. Desde mediados del siglo II, es decir, después del año 140, comenzaron a circular noticias sobre una recopilación de escritos religiosos. A pesar de ello, se afirma que «desde comienzos del siglo II, muchos escritores cristianos declararon que conocían varias cartas de Pablo». Este comentario aparece en la introducción del libro titulado Una traducción ecuménica de la Biblia: Nuevo Testamento, publicado en París en 1972. Cabe señalar que esta obra fue fruto del esfuerzo conjunto de más de un centenar de especialistas católicos y protestantes.
Aunque la redacción de los Evangelios que posteriormente fueron aceptados como canónicos, es decir, como oficiales, había concluido a comienzos del siglo II, durante mucho tiempo nadie los conoció. En la obra Una traducción ecuménica se afirma que, hacia mediados del siglo II, algunas historias narradas en esos Evangelios comenzaron a ser citadas en otros lugares. Sin embargo, no puede determinarse con exactitud si esas historias se citaban de los textos originales o si los autores las tomaban de la memoria de las leyendas transmitidas oralmente.
En la introducción de esa traducción de la Biblia se afirma: «No se ha podido identificar ninguna recopilación anterior al año 140». Esto es exactamente lo contrario de lo que Tricot afirmó en la introducción de su traducción del Nuevo Testamento (1960). Él dijo: «Desde comienzos del siglo II la gente utilizaba la palabra “Evangelio”, y por Evangelio se entendía entonces el libro que, hacia el año 150, san Justino denominó “Las memorias de los apóstoles” (las máximas de los apóstoles)». Desgraciadamente, afirmaciones y comentarios de este tipo han creado en la mente de la gente común ideas erróneas acerca de la época y la fecha de los Evangelios.
También existen otras ideas erróneas. No es en absoluto correcto afirmar que los cuatro Evangelios existieran desde el principio en forma completa. En realidad, los Evangelios no alcanzaron su forma completa hasta más de un siglo después de Jesús. Según la obra Una traducción ecuménica, los Evangelios alcanzaron su forma completa hacia el año 170 y obtuvieron la condición de textos oficiales.
San Justino se refirió a los autores de los Evangelios como apóstoles (sahabas). Pero su opinión no es en absoluto aceptable. Porque, como veremos enseguida, ninguno de los autores era apóstol.
Tricot afirmó que los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas fueron escritos antes del año 70. Pero esta afirmación no es aceptable, salvo quizá en el caso de Marcos. Al igual que muchos otros autores, también presentó a los autores de los Evangelios como compañeros de Jesús. Por eso determinó la posible época de redacción de los Evangelios de manera que pudiera aproximarse al período de la vida de Jesús. Respecto de Juan, Tricot afirmó que vivió hasta el año 100 y que los cristianos estaban acostumbrados a verlo presente, muy cerca de Jesús, en diversas ceremonias religiosas. Sin embargo, es difícil demostrar que el Evangelio que circula bajo su nombre fuera realmente escrito por él. Al igual que muchos otros comentaristas, Tricot también cree que Juan —y Mateo— fue el testigo más cualificado de todos los acontecimientos que relató. Pero la mayoría de los críticos no acepta esto. Ni siquiera reconocen que él fuera el autor del cuarto Evangelio. Ahora bien, si no se pueden aceptar razonablemente los cuatro Evangelios como las «memorias» de los compañeros de Jesús, ¿de dónde proceden entonces esos libros?
En la obra titulada «El Nuevo Testamento» (Presses Universitaires de France, París, 1967), el autor Cullmann afirmó: «La antigua comunidad cristiana puso por escrito las historias transmitidas oralmente, y los evangelistas organizaron las historias conforme a sus propias creencias y deseos. Establecieron vínculos entre los relatos de los acontecimientos y las palabras, y trataron de dar coherencia a lo que era incongruente. Insertando expresiones como “después”, “cuando él” y otras semejantes, establecieron una relación entre dos dichos de Jesús y mostraron el orden y la continuidad de los acontecimientos. Es decir, los Evangelios de Marcos, Mateo y Lucas —conocidos estos tres como Evangelios sinópticos— no fueron redactados sobre la base de la historia y, desde el punto de vista estructural, no son más que esfuerzos puramente literarios.»
Añadió: «Lo especialmente significativo a este respecto es que, cuando las historias transmitidas oralmente sobre la vida y las actividades de Jesús fueron puestas por escrito por primera vez, lo que estaba más presente en la mente de los autores no era la necesidad de escribir una biografía, sino la necesidad de predicar la religión, rendir culto y enseñar; y redactaron todos los relatos de acuerdo con ello. Para respaldar la creencia que predicaban, citaron ejemplos de la vida de Jesús. En realidad, sus propias enseñanzas eran lo esencial. Presentaron ejemplos de la vida de Jesús como material de apoyo. Es cierto que a veces también citaron palabras de Jesús, pero lo hicieron con el mismo propósito. Es decir, su objetivo principal no era escribir una biografía ni elaborar historia, sino predicar la religión.»
Los comentaristas de la Traducción Ecuménica de la Biblia también dijeron exactamente lo correcto al describir la historia de la composición de los Evangelios. Las narraciones transmitidas oralmente se mezclaron con los discursos de los discípulos de Jesús, y este material mezclado fue puesto por escrito en los Evangelios. Puesto que los Evangelios fueron escritos por diferentes autores, era natural que reflejaran puntos de vista distintos y que en la obra de cada uno se narrara un tipo diferente de leyenda.
Más de un centenar de especialistas, tanto católicos como protestantes, aceptaron conjuntamente esta opinión en lo referente a la interpretación del Nuevo Testamento. Cabe señalar que la decisión sobre la Biblia adoptada por el Segundo Concilio Vaticano entre 1962 y 1965 es ampliamente incompatible con dicha opinión. Ya mencionamos una vez ese documento del Concilio Vaticano al tratar anteriormente el Antiguo Testamento. Respecto del Antiguo Testamento, el Concilio afirmó que ese libro contiene «material incompleto y obsoleto». Sin embargo, no expresó ninguna duda semejante acerca de los Evangelios. Por el contrario, afirmó: «Nadie puede ignorar esta verdad: entre todos los escritos religiosos, incluidos los del Nuevo Testamento, los Evangelios ocupan el lugar supremo. Pues representan el testimonio particular de quienes fueron testigos de la vida y las enseñanzas de nuestro Salvador. La Iglesia siempre ha afirmado, y sigue afirmando, en todos los ámbitos, que los cuatro Evangelios proceden de los compañeros de Jesús. Lo que ellos predicaban por mandato del propio Jesús, eso mismo escribieron bajo la inspiración del Espíritu Santo, y sus escritos constituyen el fundamento de la fe. Esos escritos son los Evangelios escritos por Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Nuestra Santa Madre Iglesia aprueba sin vacilación esos cuatro Evangelios y declara, como antes, que son auténticos desde el punto de vista histórico y que en ellos se expone con suma fidelidad todo lo que Jesús, el Hijo de Dios, hizo y enseñó hasta su ascensión al cielo, para la salvación eterna de la humanidad. Para que pudiéramos obtener siempre información verdadera y sincera sobre la vida de Jesús, los santos escritores escribieron los Evangelios exactamente de ese modo».
En esta declaración no hay ninguna vacilación ni ninguna duda. Se insiste aquí en que la vida, las obras y las enseñanzas de Jesús están reflejadas fielmente en los Evangelios.
Así pues, vemos que no existe ninguna concordancia entre las opiniones de los autores que hemos citado anteriormente y la posición oficial del Concilio Vaticano. En este contexto, conviene recordar una vez más lo que dijo el padre Kannengieser. Afirmó que las palabras de los Evangelios «no deben tomarse literalmente, pues fueron escritos con motivo de alguna ocasión particular», y que son «simplemente escritos de tiempos de guerra». Y los autores de los Evangelios «no hicieron más que poner por escrito las leyendas sobre Jesús propias de sus respectivas comunidades».
También puede recordarse en este contexto el comentario escrito en el libro «Traducción Ecuménica de la Biblia». Los Evangelios fueron compuestos para adaptarse a distintos sectores, para satisfacer las necesidades de la Iglesia y para explicar ciertas afirmaciones de las Escrituras. En algunos casos fueron redactados con el propósito de corregir errores y, en otros, para responder a los adversarios. Los autores evangelistas seleccionaron de las narraciones transmitidas oralmente los contenidos que prefería cada uno y los pusieron por escrito.
Por lo tanto, vemos que nos encontramos ante dos opiniones contradictorias. Por un lado está la opinión del Concilio Vaticano y, por otro, la opinión reciente de los especialistas. El Concilio afirma que los Evangelios contienen un relato exacto de las obras y las palabras de Jesús. Pero es absolutamente imposible conciliar esta afirmación con las contradicciones internas, las improbabilidades, los absurdos naturales y las afirmaciones contrarias a hechos demostrados que también se encuentran en esos mismos Evangelios.
Por el contrario, si se supone que los autores seleccionaron contenidos de las leyendas y compusieron los Evangelios según sus propios puntos de vista, o si se considera que fueron escritos con motivo de ocasiones particulares o durante tiempos de guerra, entonces resulta fácil comprender la causa de las contradicciones y las improbabilidades que se encuentran en esas obras. En realidad, el hecho de que los Evangelios sean obras humanas y de que fueran compuestos en las circunstancias descritas constituye la mayor prueba de esos errores. Se puede suponer que los autores eran muy sinceros; pero escribieron sin sospechar que hubiera errores en algún dato o relato. Por consiguiente, puede suponerse que sus relatos estuvieron influidos por la rivalidad entre las comunidades contemporáneas. Y no es posible encontrar concordancia entre sus relatos y los de los demás autores. En realidad, presentaron la historia de la vida de Jesús desde un punto de vista completamente distinto del de sus adversarios.
Ya hemos demostrado que, desde el punto de vista histórico, la opinión moderna de los especialistas sobre los Evangelios es la correcta. El propio relato de los Evangelios respalda esta afirmación.
El Evangelio de Mateo (el Evangelio escrito por Mateo)
El Evangelio de Mateo aparece al comienzo del Nuevo Testamento. Después de él vienen los otros tres Evangelios. El Evangelio de Mateo es, en realidad, una especie de continuación del Antiguo Testamento. En ese sentido, su ubicación es verdaderamente adecuada». Los comentaristas de la obra «Traducción Ecuménica de la Biblia» han observado que este Evangelio fue escrito precisamente para demostrar que «Jesús cumplió la historia de Israel». Por eso, Mateo cita frecuentemente el Antiguo Testamento. En todas esas citas se muestra que Jesús actuó como el salvador (Mesías) cuya llegada esperaban los judíos.
Este Evangelio comienza con la genealogía de Jesús. (Más adelante mostraremos que esta genealogía es opuesta a la que relata Lucas). Mateo remontó la genealogía de Jesús, pasando por David, hasta Abraham. Poco después señalaremos el error que contiene el relato original. Sin embargo, la mayoría de los comentaristas pasa silenciosamente por alto este error. Aun así, el propósito evidente de Mateo era establecer desde el principio el tono fundamental de la obra, trazando la genealogía desde Abraham. Con el mismo propósito, presentó constantemente la actitud de Jesús hacia la ley judía. Aquí se describen brevemente los principios fundamentales de la ley judía (la adoración, el ayuno y la limosna).
Jesús impartió sus enseñanzas principalmente a su propio pueblo. Así habló con los doce apóstoles: «No vayáis por el camino de los gentiles ni entréis en ninguna ciudad de los samaritanos, sino id a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mateo 10, 4-6). (La Torá o Pentateuco era el libro religioso de los samaritanos. Observaban la mayoría de las prácticas y ceremonias judías y esperaban la aparición del salvador. Sin embargo, habían construido un templo propio en oposición al templo de Jerusalén). «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mateo 15, 24). Pero inmediatamente después, en la parte final de su Evangelio, Mateo amplió la misión de los primeros discípulos de Jesús a todas las naciones. Hizo que Jesús promulgara esta orden: «Id, pues, y haced discípulos de todas las naciones» (Mateo 28, 19). Sin embargo, el primer objetivo era ciertamente la casa de Israel. A propósito de este Evangelio, Tricot dice: «Bajo la envoltura griega, los huesos y la carne de este libro son judíos, y también lo es su espíritu; el tono de toda la obra es judío, y sus señales evidentes se encuentran asimismo en ella».
Basándose únicamente en todas estas pruebas y comentarios, puede decirse que el Evangelio de Mateo fue escrito sobre la base de las leyendas de la comunidad cristiana. Cullmann ha dicho que esta comunidad «trataba de apartarse de la religión judía, pero al mismo tiempo intentaba mantener la continuidad del Antiguo Testamento. El mensaje fundamental y el tono general de este Evangelio dejan entrever el esfuerzo por mantener semejante equilibrio».
Además, en el texto original también pueden observarse declaraciones políticas. Al encontrarse bajo la ocupación romana, Palestina naturalmente deseaba independizarse y por ello imploraba la ayuda de Alá. Al afirmar que eran el pueblo elegido por Alá entre todas las naciones, esperaban que Él pudiera ayudarlos directamente como Todopoderoso. En el pasado, en efecto, Él les había prestado muchas veces una ayuda semejante.
Pasemos ahora a la identidad de Mateo. ¿Qué clase de hombre era? Es mejor decir desde el principio, directamente, que ya no se lo reconoce como uno de los compañeros de Jesús. Aun así, Tricot lo presentó de ese modo en su comentario a su traducción del Nuevo Testamento (1960). Dijo: «Cuando Jesús lo llamó para que fuera uno de sus discípulos más cercanos, Mateo, también llamado Leví, ocupaba el cargo de funcionario de aduanas en la oficina de impuestos o aduana de Cafarnaúm». Los padres de la Iglesia Orígenes, Jerónimo y Epifanio también sostenían esta opinión. Pero hoy ya no se acepta que esta opinión sea correcta. Porque no existe desacuerdo alguno sobre un punto: Mateo «escribió para los hablantes de griego, ciertamente, pero conocía las prácticas judías y la lengua aramea».
Los comentaristas de la Traducción Ecuménica probablemente creen que el origen de este Evangelio fue el siguiente: «Por lo general se supone que este Evangelio fue escrito en Siria, probablemente en Antioquía o en Fenicia, porque allí vivían muchos judíos». (Cabe señalar que también se considera posible que la comunidad judeocristiana a la que pertenecía Mateo tuviera su residencia en Alejandría. Al igual que muchos otros comentaristas, Cullmann también menciona esta posibilidad). «En Jamnia tuvo lugar una reunión de la sinagoga en el año 80; hemos encontrado indicios de una controversia semejante contra la sinagoga y el judaísmo radical de los fariseos». En estas circunstancias, hay muchos autores que creen que el primer Evangelio fue escrito entre los años 80 y 90, o quizá algo antes. No se puede decir nada con exactitud al respecto; no es posible afirmarlo. Como no conocemos los nombres verdaderos de los autores, contamos únicamente con las alusiones y los indicios que aparecen en el propio Evangelio; por ejemplo, tenemos que identificar a nuestro autor por la descripción de su profesión. Sabemos que era muy versado en las obras y tradiciones judías. Conocía y respetaba a los dirigentes religiosos de su pueblo, pero los desafiaba severamente. Era muy hábil para predicar y para hacer comprensible a Jesús al público en general. Además, insistía mucho en que sus enseñanzas se reflejaran en la vida real de las personas. De esta descripción surge la imagen de un hombre que era un judío instruido, pero que después se hizo cristiano; un dueño de casa «que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas» (Mateo 13, 52). Esta descripción no encaja exactamente con aquel funcionario de aduanas; tampoco encaja con el Mateo al que Marcos y Lucas llaman Leví y que fue uno de los doce apóstoles.
Todos están de acuerdo en que Mateo, al igual que Marcos y Lucas, escribió su Evangelio utilizando las mismas fuentes y el mismo material. Sin embargo, veremos enseguida que su relato difiere un poco en varios aspectos importantes. A pesar de ello, Cullmann considera que Mateo tomó abundante material del Evangelio de Marcos, aunque Marcos no fue en absoluto discípulo de Jesús.
Mateo también modificó el texto original del Antiguo Testamento. Podremos observar estos cambios cuando comparemos la genealogía que presenta al comienzo de su Evangelio con el relato del Antiguo Testamento. En su libro ofreció un relato que es «literalmente increíble». El padre Kannengisser aplicó este calificativo al referirse al papel de los guardias en relación con la resurrección de Jesús. Al señalar lo improbable del relato de que hubiera una guardia militar en la tumba de Jesús, dijo: «Estos guardias de ese tipo, en vez de informar a sus superiores, informaron a los sumos sacerdotes, y estos sacerdotes les pagaron para que dijeran mentiras». Sin embargo, no conviene reírse con desprecio de Mateo por ello, porque su propósito era serio e importante. Incorporó en su libro, a su manera, elementos legendarios. Por consiguiente, la escena que presentó habría resultado apropiada precisamente para la película estadounidense titulada “Jesucristo Superstar”.
Es necesario señalar que quien hizo este comentario es un eminente teólogo y profesor del Instituto Católico de París.
El relato que Mateo ofrece de los acontecimientos ocurridos en el momento de la muerte de Jesús proporciona otro ejemplo de su fértil imaginación.
«Y he aquí que el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo; hubo un terremoto y las rocas se partieron; se abrieron las tumbas y muchos cuerpos de santos que habían dormido se levantaron; y después de su resurrección salieron de las tumbas, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos».
Este acontecimiento relatado por Mateo (27, 51-53) no se menciona en ningún otro Evangelio. Resulta realmente difícil comprender cómo los cuerpos de los santos cobraron vida en el momento de la muerte de Jesús (según los otros Evangelios, esto ocurrió en la víspera del sábado) y salieron de las tumbas después de su resurrección (según los otros Evangelios, esto ocurrió al día siguiente del sábado). Pero esto no es todo. Probablemente el hecho más notablemente imposible se encuentra precisamente en el Evangelio de Mateo. Entre todas las palabras que los autores de los Evangelios afirman que fueron pronunciadas por el propio Jesús, este relato de Mateo es el más difícil de explicar. Sobre la cuestión de la señal de Jonás, en los versículos 38-40 del capítulo 12, dijo: «Cuando Jesús estaba con los escribas y los fariseos, estos le dijeron: Maestro, deseamos ver de ti una señal. Él respondió y dijo: Esta generación mala y adúltera busca una señal, pero no se le dará otra señal que la del profeta Jonás. Porque así como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre del gran pez, así también el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra».
Por lo tanto, se ve que Jesús dijo que permanecería tres días y tres noches bajo tierra. Por esta razón, Mateo —al igual que Lucas y Marcos— sitúa la muerte y el entierro de Jesús en la víspera del sábado. En consecuencia, el tiempo que Jesús permaneció en la tumba puede ser de tres días, pero no de tres noches: en realidad fueron dos noches. Mateo también mencionó esta cuestión en otro pasaje (16, 1-4), pero allí no habló de ningún período determinado. Lucas tampoco mencionó la duración (11, 29-32). Más adelante veremos que, en el relato de Marcos (8, 11-12), se dice que Jesús afirmó que no se daría ninguna señal a aquella generación.
Los comentaristas de los Evangelios suelen pasar por alto este asunto. No obstante, el padre Rosset, al señalar esta improbabilidad, dijo que Jesús solo permaneció tres días en la tumba: un día completo y dos noches. Sin embargo, explicó que en realidad «se trata solamente de una forma particular de hablar, pero el verdadero significado es tres días». Probablemente no cabe esperar que los comentaristas empleen semejante argumento sin sentido. Su actitud es verdaderamente lamentable. Si hubieran dicho que esta contradicción se debe a un error del autor o del copista, habría sido moralmente más satisfactorio y aceptable.
Pero, además de todas estas incoherencias e improbabilidades, el Evangelio de Mateo tiene una característica sumamente notable. Esta característica consiste en que la comunidad judeocristiana se está separando de la religión judía original, pero, aun así, mantiene su lealtad al Antiguo Testamento; en toda la obra, esta corriente de pensamiento y esta actitud son las más predominantes. Desde el punto de vista de la historia de la comunidad judeocristiana, esta característica es sumamente importante.
El Evangelio de Marcos (el Evangelio escrito por Marcos)
De los cuatro Evangelios, este es el más breve y el más antiguo. Pero esta obra no fue escrita por ningún apóstol. A lo sumo, el autor quizá fue discípulo de algún apóstol.
Cullmann ha dicho que no considera a Marcos discípulo de Jesús. Sin embargo, para quienes dudan de que la autoría de este Evangelio pueda atribuirse a Marcos, señala que, si Mateo y Lucas hubieran sabido que esta obra no estaba basada en la enseñanza de ningún apóstol, no la habrían utilizado como lo hicieron. Pero este argumento no permite llegar a ninguna conclusión definitiva. En apoyo de su propia duda, Cullmann ha dicho que suele citar las palabras de un individuo llamado «Juan, llamado Marcos» del Nuevo Testamento. Pero en ninguna de esas citas se menciona el nombre de un autor de Evangelio, y tampoco en el texto original de la obra de Marcos se menciona el nombre de ningún autor.
Debido a la falta de información sobre este asunto, los comentaristas han introducido detalles que evidentemente parecen superfluos. En el Evangelio de Marcos hay un relato de este tipo: «Y un joven, cubierto el cuerpo desnudo con una sábana, comenzó a seguirlo; ellos lo prendieron, pero él, dejando la sábana, huyó desnudo». (Marcos 14, 51-52). Los comentaristas han supuesto que, puesto que únicamente el Evangelio de Marcos relata este episodio, aquel joven debía ser el propio Marcos, aquel discípulo fiel que intentó seguir a su maestro. (Traducción ecuménica). Según otros comentaristas, este episodio es «un recuerdo personal, una prueba de autenticidad, una firma anónima y una prueba de que él había sido testigo presencial».
Cullmann considera que «muchas palabras y frases apoyan la suposición de que el autor era de origen judío». Pero, a partir de las palabras y frases latinas utilizadas en la obra, puede suponerse que escribió este Evangelio en Roma». Se dirigió a los cristianos que no vivían en Palestina y explicó cuidadosamente las palabras arameas utilizadas.
Desde hace mucho tiempo está extendida la idea de que Marcos fue compañero de Pedro en Roma. El último párrafo de la primera carta de Pedro constituye la base de esta idea (suponiendo, por supuesto, que dicha carta fuera escrita por Pedro). Pedro escribió: «La comunidad que está en Babilonia, igualmente elegida, les saluda, y también Marcos, mi hijo, les saluda». En el comentario de la Traducción ecuménica se dice: «Probablemente, por Babilonia se entiende Roma». A partir de esta suposición, los comentaristas han concluido que, puesto que se cree que Marcos estuvo con Pedro en Roma, Marcos debió ser el autor. Es decir, una suposición basada en otra suposición. Aquí se ha aplicado exactamente el mismo tipo de razonamiento que utilizó Papias, obispo de Hierápolis, en el año 150, cuando afirmó que Marcos era el autor de este Evangelio y lo describió como «intérprete de Pedro» y posiblemente «colaborador de Pablo».
Juzgando desde este punto de vista, la fecha de composición del Evangelio de Marcos queda situada después de la muerte de Pedro, es decir, entre los años 65 y 70 según la Traducción ecuménica, y en el año 70 según Cullmann.
Sin embargo, en el texto original se encuentra una gran confusión. En ninguna parte de la obra se respeta la secuencia de los acontecimientos. Al comienzo mismo del relato (1, 16-20), Marcos habló de aquellos cuatro pescadores que, ante una sola palabra de Jesús, abandonaron todo y se hicieron sus compañeros. No conocían a Jesús, pero, en cuanto él dijo: «Os haré pescadores de hombres», se fueron con él. Al parecer, Marcos no consideró que cada acontecimiento debe tener cierta verosimilitud.
Según el padre Roset, Marcos es un «autor desordenado», «el más débil y el más tosco de los cuatro autores». Ni siquiera sabe cómo debe narrarse un acontecimiento. Para apoyar este comentario, el padre Roset citó el relato de la elección de los doce apóstoles. El relato dice así: «Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y designó a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para expulsar demonios. Así designó a los doce y dio a Simón el nombre de Pedro» (Marcos 3, 13-16).
El padre Roset considera que nunca habría sido posible elegir compañeros de esa manera.
Ya se ha mencionado que, con respecto a la señal de Jonás, Marcos dijo algo completamente opuesto a Mateo y Lucas. Al relatar cómo Jesús mostró una señal a la gente durante su predicación religiosa —una señal como prueba de la profecía—, Marcos narró una historia que de ningún modo resulta creíble. Dijo: «Después salieron los fariseos y comenzaron a discutir con él; para ponerlo a prueba, le pidieron una señal del cielo. Entonces él, suspirando profundamente, dijo: “¿Por qué busca una señal esta generación? En verdad os digo que a esta generación no se le dará ninguna señal”. Después los dejó, volvió a subir a la barca y se fue a la otra orilla» (Marcos 8, 11-13).
Aquí se encuentra el respaldo del propio Jesús a su determinación de no hacer nada que pudiera parecer sobrenatural. Por ello, los comentaristas de la Traducción Ecuménica han expresado su asombro. Pues mientras Lucas dijo que Jesús mostraría una sola señal —la señal de Jonás, como también dijo Mateo—, Marcos afirmó que no se mostraría ninguna señal. Lucas, sin embargo, ofreció un relato más detallado y dijo que Jesús «mostró personalmente algunos hechos sobrenaturales como señales» (Lucas 7, 22 y 11, 20).
Todo el Evangelio de Marcos es reconocido por la Iglesia como original y auténtico. Sin embargo, los comentaristas modernos consideran que el último capítulo (16, 19-20) fue añadido posteriormente. Los comentaristas de la Traducción Ecuménica son particularmente categóricos al respecto.
Ninguno de los dos manuscritos completos de los Evangelios, fechados en el siglo IV y conocidos como el Códice Vaticano y el Códice Sinaítico, contiene ese último capítulo. Kullmann dijo: «En épocas posteriores, se añadió esa conclusión a ciertos manuscritos griegos y a algunas otras versiones, y su contenido fue tomado de los demás Evangelios». En realidad, se conocen varias lecturas de esta conclusión añadida. Hay una lectura larga y otra breve, y ambas fueron incluidas en la edición Revised Standard Version de la Biblia, publicada en 1952. En algunas de las lecturas largas también se encuentran ciertos contenidos adicionales.
Al comentar este asunto, el padre Kannengiesser dijo: «La comunidad que certificó la autenticidad del Evangelio de Marcos omitió esos versículos finales cuando el libro llegó oficialmente a sus manos. Mateo, Lucas y Juan no vieron esos versículos. Pero todos sintieron que faltaba algo que debía estar allí, que había que llenar el vacío. Mucho tiempo después, cuando las obras del mismo tipo de Mateo, Lucas y Juan circulaban por todas partes, se redactó un capítulo final apropiado para el Evangelio de Marcos, y para ello se tomó material de los demás Evangelios. Sin embargo, que esta adición no armoniza con el original se percibe fácilmente al leer los versículos 9 a 20 del capítulo 16 del Evangelio de Marcos. Este hecho permite hacerse una idea clara de hasta qué punto se intervino libremente en los escritos evangélicos hasta la primera mitad del siglo II».
Aquí encontramos la franca confesión de un célebre teólogo de que los seres humanos han alterado los libros religiosos.
El Evangelio de Lucas (el Evangelio escrito por Lucas)
Según Cullmann, Lucas es un «historiador», mientras que el padre Kannengiesser considera que es un «verdadero novelista». En el prólogo dirigido a Teófilo, Lucas dice que, siguiendo a quienes anteriormente escribieron relatos sobre Jesús, él también va a escribir un relato sobre el mismo tema y que, para ello, utilizará la información y las descripciones de testigos presenciales, junto con los datos transmitidos por los apóstoles. Es decir, él mismo no es un testigo presencial. Por tanto, cabe esperar que el relato esté bien planificado, ordenado y organizado. Escribió así la introducción de este relato:
«Muchos se han puesto a reunir y compilar los acontecimientos que han tenido lugar en nuestra historia religiosa, así como toda la información y las descripciones que nos han llegado por medio de testigos presenciales y predicadores. Puesto que considero que estoy completamente informado sobre todos esos asuntos, me pareció conveniente escribirte yo mismo un relato ordenado y sistemático, para que conozcas la verdad de los hechos sobre los cuales has sido instruido.»
Desde la primera frase de esta introducción se percibe la diferencia entre Lucas y Marcos. El Evangelio de Lucas es una excelente obra literaria escrita en griego clásico y está libre de elementos vulgares.
Lucas se convirtió al cristianismo como un erudito aristocrático. Su actitud hacia los judíos es muy clara. Cullmann ha mostrado que Lucas omitió la mayoría de los pasajes de Marcos relacionados con los judíos, destacó la incredulidad de los judíos hacia Jesús y presentó a Jesús como alguien que mantenía buenas relaciones con los samaritanos, a quienes en realidad no apreciaba. Mateo, por el contrario, dijo que Jesús siempre ordenaba a los apóstoles mantenerse alejados de los samaritanos. Este es uno de los innumerables ejemplos de cómo los autores de los Evangelios pusieron palabras en boca de Jesús conforme a sus propias actitudes personales. Tal vez lo hicieron de buena fe. Después de estas pruebas de que los Evangelios son «obras de tiempos de guerra» o «escritos para alguna ocasión específica», ¿queda acaso alguna manera de negarlo? Al comparar el tono y la voz de los Evangelios de Lucas y Mateo, esa afirmación resultará aún más clara.
Pero ¿quién era realmente Lucas? Se ha intentado demostrar que el médico del mismo nombre mencionado por Pablo en varias de sus cartas y Lucas, el autor del Evangelio, eran la misma persona. Los comentaristas de la Traducción Ecuménica consideran que «algunos comentaristas creen que el lenguaje preciso y exacto con que describió a los enfermos demuestra que el autor del Evangelio ejercía la profesión médica». Este comentario es exagerado y redundante. En realidad, Lucas no dio ninguna «descripción» de ese tipo. «El lenguaje que utilizó es el de los eruditos de la sociedad de su época.» Había un compañero de viaje de Pablo llamado Lucas, pero ¿era él esa misma persona? Cullmann así lo cree.
La época en que se escribió el Evangelio de Lucas puede estimarse a partir de varios hechos: Lucas utilizó los Evangelios de Marcos y Mateo. Según el relato de la Traducción Ecuménica, parece que probablemente presenció el sitio y la destrucción de Jerusalén por el ejército de Tito en el año 70. Probablemente escribió su Evangelio después de ese momento. Algunos, sin embargo, afirman que fue escrito aún antes.
Los diversos relatos de Lucas no coinciden en absoluto con los relatos de sus predecesores. Ya se ha ofrecido una idea general al respecto. En varias páginas consecutivas de la Traducción Ecuménica, comenzando por la página 181, se presentan ejemplos de estas discrepancias. Además, en la página 18 de su libro titulado «El Nuevo Testamento», Cullmann cita varios relatos del Evangelio de Lucas que no se encuentran en ningún otro Evangelio, y que no tratan de detalles insignificantes.
El relato de la infancia de Jesús es un tema destacado de los Evangelios. Mateo lo relata de manera diferente a Lucas, y Marcos ni siquiera menciona la infancia de Jesús.
Mateo y Lucas, ambos, ofrecen dos genealogías diferentes de Jesús. Desde el punto de vista de la razón y de la ciencia, las diferencias y la improbabilidad de estas dos genealogías son tan grandes que se les dedica un análisis detallado en un capítulo aparte de este libro. Puesto que Mateo escribió dirigiéndose a los judíos, se entiende fácilmente por qué comenzó la genealogía con Abraham y por qué incluyó a David; del mismo modo, también es comprensible que Lucas, como hombre erudito que se convirtió al cristianismo, comenzara su genealogía mucho antes. Poco después veremos que, a partir de David, estas genealogías son contradictorias entre sí.
Mateo, Marcos y Lucas han relatado de maneras diferentes muchos episodios de la enseñanza y la predicación de Jesús. Incluso respecto de la Eucaristía —el banquete de la Pascua, la última comida de pan y vino de Jesús con sus discípulos—, un acontecimiento tan importante para el cristianismo, el relato de Lucas no coincide con los relatos de Mateo y Marcos. (No es posible compararlo con el relato de Juan, porque este no hizo ninguna mención a la instauración de la Eucaristía como rito religioso durante el banquete de la Pascua). El padre Roset afirma en la página 75 de su libro Initiation to the Gospel que el lenguaje utilizado para describir la instauración de la Eucaristía (22, 19-24) es completamente distinto del de Mateo (26, 26-29) y Marcos (14, 22-24), mientras que el lenguaje de Mateo y Marcos es casi idéntico. Por el contrario, las características del empleo de las palabras por parte de Lucas son casi como las de san Pablo (Primera carta a los corintios 11, 23-25).
Ya hemos visto cómo, acerca de la resurrección de Jesús, lo que Lucas dijo en su Evangelio es exactamente lo contrario de lo que dijo en los Hechos de los Apóstoles. Se le reconoce y acepta como autor de esta obra, y el libro es una parte inseparable del Nuevo Testamento. En el Evangelio dijo que el acontecimiento de la resurrección ocurrió el día de Pascua, pero en los Hechos afirmó lo contrario, como ya hemos visto al examinar las extrañas explicaciones que hubo que inventar.
Todos los comentaristas de la Traducción Ecuménica que quisieron ser objetivos se vieron obligados a reconocer que, en principio, «el objetivo principal de Lucas no era redactar un relato exacto y conforme a la realidad». Al comparar el relato de Lucas en los Hechos sobre la resurrección de Jesús con el relato de Pablo, el padre Kanengisser afirmó: «De los cuatro evangelistas, Lucas es el más emotivo y literario. En él están presentes todas las cualidades de un verdadero novelista».
El Evangelio de Juan (el Evangelio escrito por Juan)
El Evangelio de Juan es completamente diferente de los otros tres Evangelios. La diferencia es tan intensa y manifiesta que, después de comentar los otros tres Evangelios en su obra Initiation to the Gospel, el comentario que el padre Roset hace sobre el Evangelio de Juan produce en el lector una sorpresa inmediata. Dice: «Es un mundo aparte». Y así es, en efecto. Esta obra se distingue por la selección de los temas, la manera de organizarlos, el estilo de la narración y la forma de los diálogos. También son particulares su estilo literario, su dimensión geográfica y la secuencia de los acontecimientos. Y, según Cullmann, también se distingue por su perspectiva religiosa. Juan escribió las palabras de Jesús de manera diferente a los demás. El padre Roset observó que, en los otros Evangelios, las palabras de Jesús «parecen conversaciones orales, vivas y reales», pero que en el Evangelio de Juan todo tiene el aspecto de un lenguaje meditativo, y este tono es tan intenso que a veces «uno se pregunta» si estas son realmente palabras de Jesús. ¿O acaso Juan, sin darse cuenta, amplió la imagen de Jesús con sus propios pensamientos y concepciones?
Pero ¿quién era Juan? ¿Quién fue? La respuesta a esta pregunta es muy controvertida. Muchas personas han expresado opiniones diferentes al respecto. El padre Roset y A. Tricot pertenecen a un grupo que no alberga ninguna duda sobre la identidad de Juan. Afirman que el Evangelio de Juan fue escrito por un testigo presencial, que Juan era hijo de Zebedeo y hermano de Santiago. Se han publicado muchas noticias sobre él en libros y escritos ampliamente difundidos. Según los expertos en retratos, en casi todos los retratos se ve a Juan junto a Jesús, por ejemplo durante la Última Cena. Sin embargo, Juan es una persona tan conocida que parece inconcebible afirmar que este Evangelio no fue escrito por él.
Aunque ese cuarto Evangelio se escribió tan tarde, probablemente ese retraso no puede considerarse un argumento particularmente grave contra Juan. Esta obra fue compuesta probablemente hacia el final del primer siglo después de la desaparición de Jesús. Si se supone que fue escrita sesenta años después de la desaparición de Jesús, ello resulta bastante compatible con el hecho de que Juan fuera joven en tiempos de Jesús y viviera hasta los cien años.
El padre Kanengiser llegó a la conclusión, en su investigación sobre la resurrección de Jesús de la tumba, de que, con excepción de Pablo, ninguno de los autores del Nuevo Testamento puede afirmar que haya visto el acontecimiento con sus propios ojos. Sin embargo, Juan parece decir que Jesús se apareció por primera vez a la reunión de varios apóstoles, con excepción de Tomás —probablemente incluido Juan— (20, 19-24), y que ocho días después se apareció por segunda vez a todos los apóstoles reunidos (20, 25-29).
Pero Kullmann no pudo aceptar como verdadero este acontecimiento en su obra titulada El Nuevo Testamento.
En la Traducción Ecuménica se afirma que la mayoría de los comentaristas no están dispuestos a aceptar que este Evangelio fuera escrito por Juan. Por supuesto, no puede descartarse por completo la posibilidad de que no fuera escrito por Juan. Pues todos los indicios hacen pensar que el texto de ese Evangelio tal como lo vemos hoy es probablemente obra de varios autores. En esa obra también se dice: «La forma en que vemos ahora este Evangelio fue probablemente difundida por los discípulos del autor, quienes añadieron por su cuenta el capítulo 21 y, muy probablemente, algunas notas (4, 2 y 4, 1; 4, 44; 7, 37d; 11, 2; 19, 35). Todos coinciden en que el origen del relato de la mujer adúltera (8, 2-11) es desconocido y que el relato fue insertado posteriormente. No obstante, las autoridades eclesiásticas han reconocido este relato como parte del texto original». Kullmann considera que el versículo 19, 35 aparece en el libro como el testimonio de un testigo presencial. En todo el Evangelio, esta es la única firma clara, aunque los comentaristas creen que fue insertada posteriormente.
Kullmann considera que el hecho de las adiciones posteriores es muy claro en el caso de este Evangelio, como ocurre con el capítulo 21. Este capítulo probablemente «fue escrito por algún discípulo, quien pudo haber introducido también pequeños cambios en el texto original».
No es necesario exponer aquí detalladamente todas las hipótesis formuladas por los especialistas sobre el autor de este Evangelio. Pues los comentarios de los destacados escritores cristianos citados anteriormente proporcionan pruebas suficientes de la confusión y la incertidumbre existentes sobre este asunto.
Se han planteado muchas preguntas sobre el valor histórico de los diversos relatos narrados por Juan. Las diferencias entre estos relatos y los de los otros tres Evangelios son muy claras. Kullmann ha ofrecido una explicación de estas diferencias. Frente a los otros tres evangelistas, percibió en Juan una perspectiva religiosa distinta, y a partir de esa perspectiva Juan seleccionó los relatos, las palabras y el estilo narrativo. Como resultado, su relato se hizo más extenso, y puso en boca de Jesús, como figura histórica, aquello que el propio Espíritu Santo le había revelado. Por eso su relato presenta diferencias.
Puede suponerse que, como Juan escribió su evangelio al final de todos, escogió los relatos que servían de apoyo a sus propias ideas. No hay razón para sorprenderse de que algunas narraciones de los otros evangelios no aparezcan en el evangelio de Juan. En la página 282 de la obra Traducción ecuménica se mencionan varios ejemplos de tales narraciones. Sin embargo, resulta extraño que algunos acontecimientos no se mencionen en absoluto. Por ejemplo, no se describe en absoluto la institución de la Eucaristía. Y, no obstante, esta ceremonia es un asunto fundamental del cristianismo y constituye la base de las reuniones religiosas. Para un pensador eminente como Juan, que puso tanto énfasis en la meditación, resulta inconcebible que no mencionara este acontecimiento. Pero la realidad es que limitó su relato de la Última Cena al lavatorio de los pies de los discípulos, la predicción de la traición de Judas y el relato de la negación de Pedro.
Por otra parte, el evangelio de Juan contiene muchos relatos que no aparecen en los otros tres evangelios. Esto se menciona en la página 283 de la obra Traducción ecuménica. En este caso, quizá pueda suponerse que los otros no consideraron importantes esos relatos, pero Juan sí. Sin embargo, lo sorprendente es que en el relato de Juan (21, 1-14) se ve que Jesús, después de levantarse de la tumba, se apareció a los discípulos en la orilla del mar de Tiberíades. Este acontecimiento no es más que una copia exacta del relato de Lucas sobre la pesca milagrosa; Juan, desde luego, añadió muchos detalles. En el relato de Lucas (5, 1-11), sin embargo, se dice que el episodio de la pesca ocurrió mientras Jesús aún estaba vivo. Este relato contiene una indicación de que Juan estaba presente en el lugar del acontecimiento, y existe la tradición de que Juan era entonces un predicador. Puesto que el relato de Juan aparece en el capítulo 21 de su evangelio y se reconoce que este capítulo fue añadido posteriormente, puede suponerse fácilmente que el relato fue introducido más tarde en el evangelio de Juan precisamente porque en el evangelio de Lucas se menciona el nombre de Juan; es decir, para narrar mucho tiempo después un acontecimiento de la vida de Jesús, un evangelista no tuvo reparos en modificar la redacción.
El evangelio de Juan difiere de los otros tres evangelios en otro asunto. Se trata de la duración de la predicación de Jesús. Mateo, Marcos y Lucas dicen que Jesús predicó durante un año. Juan dice que durante dos años. Kümmel ha señalado especialmente esta diferencia. Los comentaristas de la Traducción ecuménica dicen al respecto: «Los tres primeros dicen que Jesús permaneció mucho tiempo en Galilea; después partió hacia Judea y pasó muchos días en el camino. Finalmente permaneció poco tiempo en Jerusalén. Juan, por el contrario, dice que Jesús viajaba con frecuencia de una región a otra. Después permaneció largo tiempo en Judea, especialmente en Jerusalén (1, 19-51; 2, 13-3, 36; 5, 1-47; 14, 20-31). También menciona varias celebraciones de la Pascua (fiesta judía de comida y bebida; aniversario del acontecimiento en que los ángeles destruyeron las poblaciones de Egipto, pero dejaron intactas las casas de los judíos). Por tanto, según él, la duración de la predicación de Jesús fue de más de dos años».
En estas circunstancias, ¿a quién creeremos? ¿A Mateo, Marcos y Lucas? ¿O a Juan?
Las fuentes de los evangelios
De la presentación general de los evangelios expuesta hasta ahora, y especialmente después de examinar minuciosamente su redacción, surge la idea de que las obras son «inconexas y carentes de continuidad» y claramente «incompatibles entre sí y contradictorias». Este es el veredicto de los comentaristas de la obra Traducción ecuménica de la Biblia. Es muy necesario citar a estos ilustres especialistas, porque el tema es tan sensible que su evaluación objetiva podría provocar una reacción grave. Ya hemos visto cómo pueden hallarse respuestas, a partir de ciertas ideas relacionadas con la historia religiosa contemporánea a la composición de los evangelios, a las preguntas que surgen en la mente del lector reflexivo sobre algunas características desconcertantes de la literatura evangélica. Ahora es necesario saber qué dicen los libros de nuestra época, especialmente qué se dice sobre las fuentes utilizadas por los evangelistas al redactar los evangelios. También puede investigarse si la historia posterior a la conclusión de las obras permite encontrar respuestas a las diversas preguntas planteadas actualmente.
En la época de los Padres de la Iglesia, la cuestión de las fuentes se aceptaba de manera muy sencilla. En los primeros tiempos del cristianismo, por fuente se entendía únicamente el manuscrito completo del evangelio escrito por Mateo. El asunto se convirtió en un problema en relación con Marcos y Lucas. No había ningún problema en relación con Juan, pues se lo consideraba un autor de otro tipo. Sobre Marcos, reconocido como el segundo autor de los evangelios, san Agustín dijo que, inspirado por la obra de Mateo, se limitó a preparar un resumen de su libro. En cuanto a Lucas, el tercer autor, opinaba que había recopilado información de las obras de Mateo y Marcos. Ya hemos señalado que el propio prólogo de Lucas también respalda esta opinión.
Es decir, la semejanza y la coincidencia entre los relatos de los diversos evangelios también resultaban perceptibles para los lectores de aquella época, como nosotros. En la época actual, los comentaristas de la Traducción ecuménica, tras examinar y comparar los textos, han calculado lo siguiente:
1) Hay 330 versículos comunes a los tres Evangelios.
2) Hay 178 versículos comunes a Mateo y Marcos.
3) Hay 100 versículos comunes a Marcos y Lucas.
4) Hay 230 versículos comunes a Mateo y Lucas.
Además, en cada Evangelio hay algunos versículos que no aparecen en ningún otro Evangelio. El número de esos versículos es: 330 en Mateo, 53 en Marcos y 500 en Lucas.
Durante mil quinientos años, desde la época de los Padres de la Iglesia hasta la última parte del siglo XVIII, nadie se preocupó por el origen de los Evangelios. Todos aceptaban como verdaderas las tradiciones y las leyendas. Tras el descubrimiento de toda esta información en la época moderna, comenzó una nueva comprensión, y fue posible determinar cómo cada evangelista, tomando información de los demás evangelistas, compuso su propio relato conforme a sus opiniones personales. En este contexto, se concedió especial importancia a la recopilación de información como requisito para redactar el relato. Esta información procedía, por una parte, de la tradición oral de la comunidad correspondiente y, por otra, de documentos arameos escritos. No hay forma de saber si estos documentos estaban fácilmente disponibles en una colección unificada. Sin embargo, es cierto que cada evangelista utilizó únicamente las partes que necesitaba.
Durante los últimos cien años se han realizado investigaciones aún más extensas sobre este tema, y como resultado han surgido varias teorías. Todas estas teorías son amplias y detalladas, y pueden adquirir formas cada vez más complejas. La primera teoría se conoce como la «teoría de las dos fuentes de Holtzmann» (1863). Cullmann y los comentaristas de la Traducción Ecuménica han explicado que esta teoría sostiene que Mateo y Lucas, por una parte, quizá se inspiraron en Marcos y, por otra, quizá utilizaron un documento común que posteriormente se perdió. Además, es posible que cada uno de ellos tuviera sus propias fuentes independientes. De este relato puede deducirse el siguiente esquema:
Cullmann comentó lo siguiente sobre este tema:
1) La obra de Marcos que Mateo y Lucas utilizaron probablemente no era su Evangelio, sino que pudo haber sido una obra anterior.
2) Aquí no se ha concedido suficiente importancia a la tradición oral. Sin embargo, precisamente a este asunto debería habérsele concedido la mayor importancia, porque los relatos de las palabras y actividades de Jesús durante treinta o cuarenta años se conservaron únicamente en esta tradición oral, y cada evangelista no era más que el portavoz de las comunidades cristianas que habían puesto por escrito dicha tradición. Así, probablemente podemos llegar a la conclusión de que en los Evangelios que ahora tenemos ante nosotros se ha reflejado todo lo que las diversas comunidades cristianas antiguas conocían acerca de la vida y la predicación de Jesús. También se reflejaron en ellos sus creencias y concepciones religiosas. Y los evangelistas eran precisamente los portavoces de esas comunidades.
En tiempos recientes, al examinar el texto y buscar las fuentes de los Evangelios, se ha descubierto un proceso aún más complejo de formación de dicho texto. En la obra titulada «Sinopsis de los cuatro Evangelios» (1972-73), escrita por dos profesores de la Escuela Bíblica de Jerusalén, el padre Benoit y el padre Boismard, se afirma con especial énfasis que, paralelamente a la evolución gradual de los relatos y las tradiciones, también la evolución del texto se produjo de manera semejante, por etapas sucesivas. En la introducción que el padre Benoit escribió para la parte redactada por el padre Boismard se describen los resultados de esta evolución. Dice: «Como resultado de la larga evolución de la tradición, el uso de las palabras y el estilo narrativo que actualmente ha adquirido su forma manifiestamente no son, por razones comprensibles, iguales a los del original. Algunos lectores quizá se sorprendan o se sientan incómodos al enterarse de que ciertas palabras de Jesús, algunas parábolas o las profecías relativas a su propio destino no fueron pronunciadas por él exactamente en la forma en que hoy las leemos. Quienes nos transmitieron esas palabras las modificaron o transformaron a su manera. Para quienes no están familiarizados con este tipo de investigación histórica, esta verdad puede parecer sorprendente e incluso escandalosa.»
El padre Boismard explicó, mediante un cuadro complejo, las modificaciones y transformaciones del texto original. Este cuadro procede de la llamada «teoría de las dos fuentes» y fue elaborado sobre la base del examen de los distintos textos y de su comparación formal. Puesto que el asunto es sumamente complejo, aquí no es posible ofrecer un resumen suyo. El lector curioso puede consultar la obra original, «Synopse des quatre évangiles», publicada en París por Les Éditions du Cerf.
Tomando cuatro tipos de documentos originales como símbolos de las fuentes primarias de los Evangelios, se les dieron los nombres A, B, C y D.
El documento A procede de una fuente judeocristiana. Mateo y Marcos se inspiraron en este documento.
El documento B es una reinterpretación del documento A. Esta reinterpretación se realizó para su uso en aquellas iglesias donde se practicaban simultáneamente el antiguo culto a los ídolos y el culto cristiano. Todos los evangelistas, excepto Mateo, se inspiraron en este documento.
El documento C es la fuente de inspiración de Marcos, Lucas y Juan.
D: El documento D representa la mayoría de las fuentes utilizadas por Mateo y Lucas. Este documento es el documento común de la «teoría de las dos fuentes».
Sin embargo, la redacción de los Evangelios tal como la vemos actualmente no fue compuesta directamente sobre la base de ninguno de aquellos cuatro documentos originales. Entre ellos hubo textos o versiones intermedias, conocidas como Mateo intermedio o secundario, Marcos intermedio o secundario, Lucas intermedio o secundario y Juan intermedio o secundario. A partir de estos cuatro documentos intermedios se compusieron las versiones finales de los cuatro Evangelios, y también sirvieron de inspiración para la composición de otros Evangelios semejantes. La compleja relación existente entre un documento y varios documentos se muestra más adelante en un cuadro. Los resultados de esta investigación sobre las Escrituras tienen una importancia especial. Esta investigación muestra que, así como la redacción de los Evangelios tiene una «historia», también tiene, en palabras del padre Boismard, un «relato de las etapas históricas». Es decir, antes de la versión final también se había elaborado una versión intermedia. Un episodio conocido de la vida de Jesús, a saber, el de la pesca milagrosa, aparece en el Evangelio de Lucas como ocurrido durante la vida de Jesús. Esta discrepancia es evidentemente enorme. Pero, si se tiene presente el uso de diversas fuentes y la elaboración de distintas versiones, quizá pueda encontrarse una explicación coherente. Esto nos obliga a llegar a la conclusión de que, cuando leemos los Evangelios, no tenemos ninguna seguridad de estar leyendo las palabras pronunciadas por el propio Jesús. Aunque el padre Benoît lo haya expresado de manera indirecta, eso es exactamente lo que quiso decir. Advirtió al lector y, al mismo tiempo, lo consoló: «Aunque el lector tenga que abandonar la esperanza de escuchar directamente las palabras pronunciadas por boca del propio Jesús, debe saber que está escuchando a la Iglesia y debe creer que la Iglesia es la portavoz e intérprete divinamente instituida del Señor Jesús. También debe saber que el Señor Jesús habló con nosotros en esta tierra hace mucho tiempo y que ahora nos habla en su majestad y en su gloria».
¿Cómo es posible conciliar esta declaración formal de que la redacción de la Biblia no contiene las propias palabras de Jesús con la declaración opuesta del Concilio Vaticano II? El Concilio declaró: «La Iglesia afirma y aprueba sin reservas que estos cuatro Evangelios son históricamente auténticos y genuinos; y que todo cuanto Jesús, el Hijo de Dios, hizo, dijo y enseñó durante su vida terrena para la salvación eterna y la redención de la humanidad, hasta su ascensión al cielo, está consignado en estos libros de manera correcta y fiel».
Evidentemente, el libro de la Escuela Bíblica de Jerusalén (Sinopsis de los cuatro Evangelios) niega directamente la veracidad de esta declaración.
Padre M. E. Boismard
Sinopsis de los cuatro Evangelios
Cuadro general
Documentos A, B, C y D = documentos originales utilizados en la compilación de la redacción
Secundario = versión secundaria del texto
La historia del texto
Sería erróneo suponer que, una vez escritos los Evangelios, se convirtieron en las escrituras fundamentales del nuevo cristianismo y que se los citaba del mismo modo que el Antiguo Testamento. Porque en aquella época el principal medio y fuente de las palabras de Jesús y de las enseñanzas de los apóstoles era la tradición oral. En forma escrita, las cartas de Pablo ya circulaban desde mucho antes. Estas cartas fueron escritas varias décadas antes que los Evangelios.
Ya hemos visto que no existe ninguna prueba de que hubiera una recopilación de escritos evangélicos antes del año 140. Sin embargo, algunos comentaristas todavía escriben lo contrario. También hemos visto que los Evangelios no alcanzaron la categoría de literatura sagrada antes del año 170.
En los primeros tiempos del cristianismo circulaban numerosos escritos sobre Jesús. Sin embargo, posteriormente no se los conservó por considerarlos exactos y auténticos, y por orden de la Iglesia se ocultaron todos los escritos de este tipo. Por ello recibieron el nombre de «apócrifos». Aunque fueron ocultados o retirados, algunos escritos se conservaron cuidadosamente. Según los comentaristas de la traducción ecuménica, «por lo general se los consideraba importantes y valiosos». Se sostenía la misma opinión acerca de la carta de Bernabé; pero otros escritos fueron «eliminados despiadadamente», por lo que ahora solo se conservan fragmentos de ellos. Como se los consideraba portadores de errores, fueron apartados de la vista de los cristianos creyentes. No obstante, por las citas de la Iglesia, hasta donde se sabe, se observa que la Biblia de los nazarenos, la Biblia de los hebreos y la Biblia de los egipcios concordaban estrechamente con la Biblia original. Lo mismo puede decirse de la Biblia de Tomás y de la Biblia de Bernabé.
En algunos de los escritos ocultados se encuentran descripciones detalladas e imaginarias de ciertos acontecimientos. No son más que relatos populares. Los autores ofrecieron con bastante satisfacción estos relatos extravagantes. Naturalmente, relatos de este tipo también se encuentran en todas las demás Biblias. A este respecto, puede recordarse la descripción imaginaria de Mateo sobre los supuestos acontecimientos ocurridos en el momento de la muerte de Jesús. En realidad, en todos los escritos de los primeros tiempos del cristianismo se encuentran algunos elementos insignificantes y frívolos. Esta verdad debe reconocerse con honestidad.
Cuando la Iglesia se hubo organizado, las autoridades hicieron una selección debido a la abundancia de escritos relacionados con Jesús. Probablemente se rechazaron unas cien Biblias y solo se conservaron cuatro. Estas cuatro Biblias son las que ahora se consideran «canónicas» o reconocidas.
A mediados del siglo II, Marción de Sinope ejerció una fuerte presión sobre las autoridades religiosas para que tomaran una decisión al respecto. Era un enemigo acérrimo de los judíos y consideraba rechazables todo el Antiguo Testamento, todos los escritos relacionados con el Antiguo Testamento redactados después de la aparición de Jesús, y todos los escritos basados en la tradición judeocristiana. Consideraba auténtico únicamente el Evangelio de Lucas, porque creía que Lucas era el único portavoz de Pablo y de sus escritos.
Por esta razón, la Iglesia declaró a Marción heterodoxo. Sin embargo, también aprobó las cartas de Pablo junto con los Evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan. A esta lista se añadieron asimismo otras obras, como los Hechos de los Apóstoles. No obstante, esta lista nunca se consideró definitiva, pues durante los primeros siglos fue modificada continuamente. Algunas obras que posteriormente fueron consideradas rechazadas habían estado incluidas en la lista de obras aprobadas; y, por otra parte, algunas de las obras que actualmente forman parte del Nuevo Testamento aprobado eran consideradas rechazadas en aquella época. Esta controversia se mantuvo hasta el Concilio de Hipona de 393 y el Concilio de Cartago de 397; sin embargo, aquellos cuatro Evangelios siempre estuvieron incluidos en la lista de obras aprobadas.
El padre Boismard lamentó que, pese a su importancia histórica, una enorme cantidad de obras hubiera desaparecido al ser declarada rechazada por la Iglesia. Nosotros también queremos compartir su pesar. No obstante, intentó corregir en cierta medida esta precipitación de la Iglesia. En su obra titulada «Sinopsis de los cuatro Evangelios», incluyó, junto a los cuatro Evangelios reconocidos, algunos pasajes de aquellas obras rechazadas. Señaló que esos libros todavía podían encontrarse en diversas bibliotecas hasta finales del siglo IV.
Las diversas obras y escritos de aquel siglo fueron rigurosamente ordenados y clasificados. Los manuscritos más antiguos de los Evangelios también pertenecen a ese período. De las obras anteriores solo han llegado hasta nosotros los papiros del siglo III y una pequeña parte de otra obra del siglo II. Los dos manuscritos más antiguos escritos en griego sobre corteza fueron redactados precisamente en el siglo IV. Uno de ellos es el «Codex Vaticanus». Esta obra se conserva actualmente en la Biblioteca Vaticana; sin embargo, no se sabe nada acerca de dónde ni cómo fue encontrada. El otro es el «Codex Sinaiticus». Este manuscrito fue encontrado en el monte Sinaí y actualmente se conserva en el Museo Británico de Londres. Esta obra incluye dos escritos declarados rechazados por la Iglesia.
En la obra de la Traducción Ecuménica se menciona que se conocen otros doscientos cincuenta manuscritos —escritos sobre corteza— en distintos lugares del mundo, y que el más reciente de ellos fue redactado en el siglo XI. Sin embargo, no todas las copias del Nuevo Testamento que han llegado hasta nosotros son iguales. Existen entre ellas muchas diferencias importantes en cuanto a su contenido, y su número es elevado. En algunos casos, las diferencias son gramaticales, léxicas o relativas al orden de las palabras. Pero en otros lugares han adquirido tal magnitud que, como consecuencia, el significado de todo el párrafo ha cambiado por completo. Quien desee ver ejemplos de estas diferencias puede consultar la obra titulada «Novum Testamentum Graece» (Nestle-Aland, Sociedades Bíblicas Unidas, Londres, 1971). Esta obra contiene el llamado texto «medio» en griego, así como ejemplos de las diferencias entre todas las versiones, incluidas las notas y los comentarios marginales.
Por muy antiguo o venerado que sea un manuscrito, la exactitud de su texto siempre es objeto de controversia. El Codex Vaticanus es un excelente ejemplo de esta afirmación. En 1965 se publicó, bajo la dirección del Vaticano, una edición fotográfica de esta obra, y los editores señalaron en su introducción: «Varios siglos después de que se copiara este manuscrito (se cree que fue copiado en el siglo X o XI), un escriba volvió a pasar la pluma sobre él para hacer más legibles los escritos; pero no pasó la pluma sobre las partes del texto que consideró erróneas». Por ello, aunque el color de las partes que no fueron repasadas es muy tenue, los escritos pueden distinguirse vagamente. Sin embargo, no hay indicio alguno de que la tarea de hacer más claro el texto original con tinta nueva se realizara con verdadera fidelidad. Los editores afirmaron: «Aún no ha sido posible determinar la identidad exacta de quienes corrigieron este manuscrito o escribieron sus notas marginales durante varios siglos. No obstante, no cabe duda de que se introdujeron algunas correcciones al repasarlo nuevamente con la pluma». En diversos libros religiosos se afirma que este texto fue copiado en el siglo IV. Pero, al investigar en el propio Vaticano, se comprende que durante varios siglos posteriores el texto fue modificado, en distintos momentos, por diferentes manos.
Algunos quizá digan que basta comparar un texto con los demás para determinar cuál es correcto y cuál incorrecto. Sí, eso es cierto; pero cuando el significado de los distintos textos llega a ser diferente, ¿cómo puede escogerse uno de ellos como el original y auténtico para realizar la comparación? Además, ya se sabe que en la antigüedad se considera correcto precisamente aquello que un escriba corrigió repasando con la pluma el escrito de otro. Más adelante veremos cómo, en un párrafo escrito por Juan, el empleo de una sola palabra relacionada con el «Paráclito» cambia por completo su significado y su sentido desde el punto de vista religioso. (Paráclito es una palabra griega que significa consolador, sumamente alabado, portador de la verdad, entre otros sentidos. Mediante esta palabra, la Biblia anunció la venida del último profeta, Hazrat Muhammad, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Juan 16:13. En otros lugares de la Biblia hay indicaciones aún más claras. Nota del traductor bengalí).
Acerca de las diferencias entre los diversos textos, Cullmann afirma en su obra titulada «El Nuevo Testamento»: «En algunos casos, las diferencias que aparecen en los textos posteriores se produjeron por descuido. El copista quizá omitió una palabra, la escribió dos veces en lugar de una, o, si una misma palabra aparecía dos veces en una frase, quizá omitió por completo el fragmento situado entre esas dos palabras. Todo esto pudo ocurrir por error. En otros casos, quizá corrigió deliberadamente, o lo hizo en un intento consciente de reducir las diferencias y armonizar el texto con algún otro. Más tarde, cuando los escritos del Nuevo Testamento comenzaron a separarse gradualmente de la literatura cristiana antigua y a ser considerados sagrados, los copistas también se volvieron más cuidadosos. En vez de cometer errores como los copistas anteriores o aplicar un pensamiento independiente, comenzaron a copiar literalmente, por considerarlo sagrado, y como resultado conservaron exactamente las diferencias anteriores. Además, algunos copistas escribían notas al margen para explicar párrafos difíciles de entender. Un copista posterior quizá pensaba que la nota había sido escrita fuera del texto por error y, por ello, la incorporaba al texto. Como consecuencia de este proceso, el nuevo texto se volvía en realidad aún más difícil de entender».
Los copistas de algunos manuscritos introdujeron amplias modificaciones en el texto. ¿Son más fiables las traducciones latinas, como la «Vulgata» de Jerónimo del siglo VI o la aún anterior «Vetus Itala», o las traducciones siríaca y copta? Es posible que estas traducciones se hicieran a partir de los manuscritos mencionados anteriormente y que después dichos manuscritos desaparecieran. No conocemos ningún dato exacto.
Estos diversos textos de las distintas versiones pueden dividirse en varias clases sobre la base de ciertas características comunes. Según Cullmann, estas clases son las siguientes:
Primera clase: el llamado texto siríaco. La mayoría de los manuscritos griegos antiguos pudo haber sido preparada basándose en este texto. Gracias a la imprenta, desde el siglo XVI este texto se difundió ampliamente por toda Europa. Sin embargo, los especialistas afirman que probablemente sea el de peor calidad.
Segunda clase: el llamado texto occidental. Esta clase comprende las antiguas versiones latinas y el Codex Bezae Cantabrigiensis, escrito en griego y latín. Según los comentaristas de la Traducción Ecuménica, una característica evidente de este texto es ofrecer explicaciones, expresar el mismo significado mediante palabras diferentes, proporcionar datos estadísticos erróneos e intentar armonizar las contradicciones.
Tercera clase: el llamado texto neutral. El Codex Vaticanus y el Codex Sinaiticus pertenecen a esta clase. Se dice que este texto posee un grado considerable de pureza y exactitud. Las versiones modernas del Nuevo Testamento siguen principalmente este texto, aunque, según la Traducción Ecuménica, también contiene numerosos errores. Lo único que los críticos de la era moderna pueden hacer al respecto es, según la Traducción Ecuménica, esforzarse por reconstruir un texto que al menos pueda aproximarse al original. Pero, aun así, sean cuales sean las circunstancias, no hay manera de recuperar aquel original.
Los cuatro Evangelios y la ciencia moderna
En los cuatro Evangelios hay muy pocos acontecimientos capaces de resistir la comparación con los datos científicos modernos.
Consideremos primero los milagros. Hay muchos relatos de esa clase de acontecimientos, pero no es posible hacer ningún comentario científico sobre un milagro. Hay dos tipos de milagros. El primero se refiere a las personas, especialmente a la curación de enfermos: por ejemplo, la curación de lunáticos, ciegos, paralíticos y leprosos, y la resurrección de Lázaro. El segundo tipo se refiere al comportamiento de las cosas de maneras contrarias a las leyes naturales: por ejemplo, que Jesús caminara sobre el agua o que el agua se convirtiera en vino. Sin embargo, a veces incluso acontecimientos completamente naturales se han visto desde una perspectiva extraordinaria, porque el intervalo de tiempo era muy breve: por ejemplo, que una tormenta se calmara instantáneamente, que una higuera perdiera sus hojas y se marchitara, o que se capturara de una sola vez una enorme cantidad de peces, como si todos los peces del mar se hubieran reunido de antemano en el lugar donde se echaría la red.
Puesto que Alá es Todopoderoso, puede producir fácilmente todos estos acontecimientos, y no hay razón para asombrarse por ello. Lo que a los seres humanos les parece difícil o imposible, para Alá no lo es en absoluto. Pero eso no significa que quien cree en Alá pueda ignorar las leyes de la naturaleza. No hay ninguna contradicción entre creer en el poder milagroso de Alá y creer en las leyes naturales. Porque, en realidad, ambos son manifestaciones diferentes de una misma fuerza suprema.
Personalmente, estoy dispuesto a creer que Jesús curó a un leproso. Pero soy incapaz de aceptar como correcta e inspirada por Allah cualquier escritura que contenga una narración según la cual entre el primer ser humano y Abraham hubo una diferencia de apenas veinte generaciones. Eso es precisamente lo que Lucas afirma en su Evangelio (3:23-28). Poco después explicaremos por qué la narración de Lucas y la del Antiguo Testamento sobre este mismo tema no son más que meras fantasías humanas.
La Biblia contiene el mismo relato que el Corán acerca del nacimiento de Jesús. La ley natural general que se aplica a toda la humanidad no se aplicó en el caso de la concepción de Jesús en el vientre materno. El acontecimiento tuvo lugar fuera del ámbito de dicha ley natural. No fue necesario que el óvulo producido en el ovario de su madre se uniera a ningún espermatozoide. Sin embargo, según las leyes naturales ordinarias, el nacimiento de un niño solo es posible después de que el óvulo de la madre se une a un espermatozoide del padre. Por supuesto, en algunos casos la reproducción natural de un ser vivo puede producirse sin la unión con un macho, y en terminología científica este proceso se conoce como «partenogénesis». En algunos insectos, animales invertebrados y aves se observa ocasionalmente el nacimiento mediante este proceso. Sin embargo, tales casos son ciertamente raros y excepcionales. Mediante experimentos realizados con algunos mamíferos, especialmente con conejas, se ha comprobado que, sin la unión con un macho, puede formarse a partir del óvulo un embrión en una fase muy temprana. Pero nada más. No ha sido posible que se desarrollara más, y todavía no se conoce ningún caso de nacimiento completo sin la unión con un macho, ya sea mediante el proceso natural o en un laboratorio. El caso de Jesús es un acontecimiento único. María era una madre virgen. Conservó su virginidad y no tuvo ningún otro hijo aparte de Jesús. Por tanto, Jesús constituye una excepción a las leyes de la biología.
En la Biblia se menciona en ocasiones a los hermanos y hermanas de Jesús (Mateo 13:46-50 y 54-58; Marcos 6:1-6; Juan 7:3 y 2:12). Las dos palabras griegas utilizadas son «adelphoi» y «adelphai», y significan hermano carnal y hermana carnal. La palabra semítica original significa pariente, y probablemente se empleó en el sentido de primos y otros parientes. En la traducción al griego se cometió claramente un error.
La genealogía de Jesús
Las dos genealogías que aparecen en los Evangelios de Mateo y Lucas suscitan muchas preguntas respecto a la veracidad de su contenido y su conformidad con los datos científicos. Es decir, existen razones serias para dudar de la exactitud de ambas genealogías. Los comentaristas cristianos se sienten muy incómodos ante este asunto, porque no quieren admitir en absoluto que esas genealogías sean en realidad producto de la imaginación humana. Los autores del texto sacerdotal del Génesis del siglo VI a. C. elaboraron, aplicando su imaginación, una genealogía de los primeros seres humanos. Mateo y Lucas tomaron abundante información de esa genealogía y elaboraron las suyas mezclándola con el relato del Antiguo Testamento.
Ante todo, es necesario dejar claro que, en lo que respecta a Jesús, una genealogía por línea paterna carece por completo de valor, porque no tuvo padre. Por tanto, si alguien quisiera elaborar su genealogía, en realidad tendría que elaborar la genealogía de su madre, María.
A continuación se cita la genealogía de Jesús presentada por Mateo en la Revised Standard Version de la Biblia, publicada en 1952. Cabe señalar que esta genealogía aparece al comienzo mismo del Evangelio de Mateo:
La genealogía de Jesús el Cristo, hijo de David, hijo de Abraham
Abraham —- fue el padre de Isaac
Isaac —- fue el padre de Jacob
Jacob —- fue el padre de Judá y sus hermanos
Judá —- fue el padre de Pérez y Zera, hijos de Tamar
Pérez —- fue el padre de Hezrón
Hezrón —- fue el padre de Ram
Ram —- fue el padre de Aminadab
Aminadab —- fue el padre de Najsón
Nahsón —- fue el padre de Salmón
Salmón —- fue el padre de Booz, nacido del vientre de Rahab
Booz —- fue el padre de Obed, nacido del vientre de Rut
Obed —- fue el padre de Jesé
Jesé —- fue el padre del rey David
David —- fue el padre de Salomón, nacido del vientre de la esposa de Urías
Salomón —- fue el padre de Roboam
Roboam —- fue el padre de Abías
Abías —- fue padre de Asa
Asa —- fue padre de Josafat
Joram —- fue padre de Uzías
Uzías —- fue padre de Jotam
Jotam —- fue padre de Acaz
Acaz —- fue padre de Ezequías
Ezequías —- fue padre de Manasés
Manasés —- fue padre de Amós
Amós —- era el padre de Josías
Josías —- era el padre de Jeconías y sus hermanos
Esta situación existía en el momento del exilio a Babilonia. Después del exilio:
Jeconías —- era el padre de Salatiel
Salatiel —- era el padre de Zorobabel
Zorobabel —- era el padre de Abiud
Abiud —- era el padre de Eliaquim
Eliaquim —- era el padre de Azor
Azor fue el padre de Sadoc
Sadoc fue el padre de Aquim
Aquim fue el padre de Eliud
Eliud fue el padre de Eleazar
Eleazar fue el padre de Matán
Matán fue el padre de Jacob
Jacob fue el padre de José, y este José fue el esposo de María; del vientre de María nació Jesús, y fue llamado Cristo.
Por tanto, desde Abraham hasta David hubo catorce generaciones; desde David hasta el exilio en Babilonia, catorce generaciones; y desde el exilio en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones (Mateo 1, 1-77). La genealogía presentada por Lucas (2, 23-38) difiere de la de Mateo. A continuación se cita su texto de la Biblia, versión estándar revisada:
«Y Jesús mismo, cuando comenzó su ministerio, tenía aproximadamente treinta años; y era, según se creía, hijo de José (Yusuf), hijo de Elí, hijo de Matat, hijo de Janai, hijo de José, hijo de Matatías, hijo de Amós, hijo de Nahúm, hijo de Eslí, hijo de Nagai, hijo de Maat, hijo de Matatías, hijo de Semei, hijo de José, hijo de Joda, hijo de Joanan, hijo de Resa, hijo de Zorobabel, hijo de Salatiel, hijo de Neri, hijo de Melqui, hijo de Adi, hijo de Cosam, hijo de Elmadam, hijo de Er, hijo de Josué, hijo de Eliezer, hijo de Matat, hijo de Leví, hijo de Simeón, hijo de Judá, hijo de José, hijo de Jonam, hijo de Eliaquim, hijo de Melea, hijo de Menna, hijo de Matatá, hijo de Natán, hijo de David, hijo de Jesé, hijo de Obed, hijo de Booz, hijo de Salmón, hijo de Naasón, hijo de Aminadab, hijo de Admin, hijo de Arní, hijo de Esrom, hijo de Fares, hijo de Judá, hijo de Jacob, hijo de Isaac, hijo de Abraham, hijo de Taré, hijo de Nacor, hijo de Serug, hijo de Ragau, hijo de Faleg, hijo de Heber, hijo de Sala, hijo de Cainán, hijo de Arfaxad, hijo de Sem, hijo de Noé, hijo de Lamec, hijo de Matusalén, hijo de Henoc, hijo de Jared, hijo de Mahalaleel, hijo de Cainán, hijo de Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios.»
Esta genealogía se entenderá con mayor claridad si se divide en dos partes y se presenta en dos listas separadas. La primera lista llega hasta David, y la segunda corresponde al período posterior a David.
Antes de David
Relato de Mateo —————————– Relato de Lucas
—– ——- —————————– 1) Adán
—– ——- —————————– 2) Set
—– ——- —————————– 3) Enós
—– ——- —————————– 4) Cainán
—– ——- —————————– 5) Mahalalel
—– ——- —————————– 6) Jared
—– ——- —————————– 7) Enoc
—– ——- —————————– 8) Matusalén
—– ——- —————————– 9) Lamec
—– ——- —————————– 10) Noé
—– ——- —————————– 11) Sem
—– ——- —————————– 12) Arfaxad
—– ——- —————————– 13) Quenán
—– ——- —————————– 14) Selaj
—– ——- —————————– 15) Éber
—– ——- —————————– 16) Péleg
—– ——- —————————– 17) Reú
—– ——- —————————– 18) Serug
Mateo, los predecesores de Abraham ——————19) Najor
No mencionó ningún nombre. ————– 20) Téraj
1) Abraham ——————————– 21) Abraham
2) Isaac ——————————– 22) Isaac
3) Jacob ——————————– 23) Jacob
4) Judá ——————————– 24) Judá
5) Pérez ——————————– 25) Pérez
6) Hezrón —————————— 26) Hezrón
7) Ram ———————————— 27) Arní
8) Aminadab ————————— 28) Admin
9) Najsón —————————— 29) Aminadab
10) Salmón —————————— 30) Najsón
11) Boaz ——————————- 31) Salá
12) Obed ——————————– 32) Boaz
13) Jesé ——————————– 33) Obed
14) David ——————————– 35) David
Después de David
Relato de Mateo —————————— Relato de Lucas
14) David ——————————– 35) David
15) Salomón —————————– 36) Natán
16) Roboam ———————— 37) Matatá
17) Abías ————————- 38) Mená
18) Asá —————————– 39) Meleá
19) Josafat ——————– 40) Eliaquim
20) Joram ————————— 41) Jonán
21) Uzías —————————- 42) José
22) Jotam —————————- 43) Joda
23) Acaz —————————– 44) Simeón
24) Ezequías ————————- 45) Leví
25) Manasés ————————— 46) Matat
26) Amós —————————– 47) Jorim
27) Josías —————————– 48) Eliezer
28) Jeconías ————————- 49) Josué
Exilio en Babilonia ———————– 50) Er
29) Salatiel ————————- 51) Elmadam
30) Zorobabel ———————– 52) Cosam
31) Abiud —————————– 53) Addí
32) Eliaquim ————————- 54) Melquí
33) Azor —————————- 55) Nerí
34) Sadoc —————————— 56) Salatiel
35) Aquim ——————————- 57) Zorobabel
36) Eliud —————————– 58) Resá
37) Eleazar ————————– 59) Joanan
38) Maón ——————————— 60) Joda
39) Jacob —————————— 61) José
40) José —————————– 62) Semeín
41) Jesús ———————————- 63) Matías
——————————————— 64) Maath
——————————————— 65) Nagai
——————————————— 66) Esli
——————————————— ৬৭) Nahúm
——————————————— ৬৮) Amós
——————————————— ৬৯) Matatías
——————————————— ৭০) José
——————————————— ৭১) Janái
——————————————— ৭২) Melquí
——————————————— ৭৩) Leví
——————————————— ৭৪) Matat
——————————————— 75) Helí
——————————————— 76) José
——————————————— 77) Jesús
Diferencias entre el manuscrito y el Antiguo Testamento en cuanto a las coincidencias
Además de las diferencias ortográficas, cabe señalar los siguientes aspectos de los dos Evangelios:
Evangelio de Mateo
En el importantísimo manuscrito del siglo VI llamado Codex Bezae Cantabrigiensis, escrito tanto en griego como en latín, no hay ninguna genealogía. La genealogía no solo ha desaparecido del manuscrito griego, sino que también ha desaparecido en gran medida del manuscrito latino. Probablemente se han perdido las páginas iniciales.
Es especialmente notable cómo Mateo ha distorsionado el Antiguo Testamento en este asunto. Para realizar una asombrosa exhibición de números, comenzó a emparejar los nombres mencionados en la genealogía, pero, como ya hemos visto, finalmente no la completó.
Evangelio de Lucas
Antes de Abraham: Lucas menciona 20 nombres, pero en el Antiguo Testamento solo se mencionan 19 (véase la lista de los descendientes de Adán presentada anteriormente). Después del nombre de Arfaxad (n.º 12), Lucas añadió el nombre de Cainán (n.º 13), aunque en el Génesis no se lo menciona como hijo de Arfaxad.
De Abraham a David: en los manuscritos se encuentran entre 14 y 16 nombres mencionados en este período.
De David a Jesús
En el Codex Bezae Cantabrigiensis se encuentra el ejemplo más notable de esta diferencia. La razón de esta diferencia es que Lucas tomó información de la genealogía de Mateo y preparó por su cuenta una genealogía imaginaria, y los copistas le añadieron otros cinco nombres. Pero, desgraciadamente, la genealogía del Evangelio de Mateo se perdió de este manuscrito. Por consiguiente, ahora ya no hay ninguna manera de hacer una comparación.
Crítica del Evangelio
Las dos genealogías que tenemos ante nosotros presentan una característica común: ambas líneas pasan por Abraham y David. Para examinar el asunto, dividiremos la genealogía en tres partes: (1) de Adán a Abraham, (2) de Abraham a David, (3) de David a Jesús.
(1) De Adán a Abraham
Mateo comenzó su genealogía con Abraham. Por lo tanto, su relato no existe aquí. Solo Lucas ha dado los nombres de 20 antepasados de Abraham hasta Adán. Sin embargo, ya hemos visto que en el Génesis (capítulos 4, 5 y 11) solo aparecen 19 nombres.
Pero ¿es creíble que antes de Abraham solo existieran 19 o 20 generaciones? Este problema ya ha sido examinado en el análisis del Antiguo Testamento. Si observamos la lista de los descendientes de Adán descrita en el Génesis y consideramos los períodos mencionados en la Biblia, vemos que transcurrieron aproximadamente diecinueve siglos desde la primera aparición del ser humano en la Tierra hasta el nacimiento de Abraham. Actualmente se supone que Abraham vivió en el año 1850 a. C. y, basándonos en ello, según la información del Antiguo Testamento, se observa que la primera aparición del ser humano en la Tierra tuvo lugar aproximadamente en el siglo XXXVIII a. C. Ya hemos visto el argumento histórico definitivo que demuestra que, al copiar este cálculo, él afirmó algo manifiestamente falso y llegó a esta conclusión.
Todos reconocen que la información del Antiguo Testamento ya no es aceptable en la actualidad. En el Segundo Concilio Vaticano, este tipo de información fue declarado «obsoleto». Es muy importante la opinión de que en los evangelios se utilizó precisamente esta información científicamente incongruente, y este argumento puede emplearse contra quienes apoyan la exactitud histórica de los evangelios.
Los comentaristas no tardaron en percibir este peligro. Por eso intentan salir del paso afirmando que esta genealogía no es completa y que Lucas omitió algunos nombres. Sostienen que omitió nombres deliberadamente, porque su «único objetivo era establecer una línea genealógica aproximada, con las características esenciales, basada en la realidad histórica». (A. Tricot, Little Dictionary of the New Testament, París). Pero no hay ninguna razón para decir esto basándose en lo que aparece en los evangelios. Pues en ellos se dice que A era el padre de B, o que B era el hijo de A. Especialmente en el período anterior a Abraham, Lucas dependió del Antiguo Testamento, donde el relato se presenta así: cuando A tenía P años, se convirtió en padre de B; cuando B tenía D años, se convirtió en padre de C. Por lo tanto, no hay posibilidad de que falte algo.
A la luz de toda la información recopilada en la época actual, la genealogía de Jesús antes de Abraham, relatada por Lucas, no puede considerarse aceptable de ningún modo.
(2) De Abraham a David
En este período, las genealogías de ambos coinciden casi por completo, salvo por uno o dos nombres. Los nombres que no coinciden pueden explicarse fácilmente como errores del copista.
Pero ¿significa esto que debemos aceptar que los evangelistas Mateo y Lucas ofrecieron relatos exactos?
Según los cálculos de los historiadores, David vivió alrededor del año 1000 a. C., e Ibrahim vivió alrededor de los años 1800-1850 a. C. Ahora bien, para aceptar como exactos los relatos de Mateo o Lucas, hay que admitir que, aproximadamente, catorce a dieciséis generaciones vivieron durante un período de ochocientos años. Pero ¿es esto creíble? Lo que se afirma en el relato evangélico sobre este período casi ha rebasado los límites de lo posible y lo verosímil.
(3) El período posterior a David
Al comparar la genealogía desde David hasta José, es decir, hasta Jesús, se observa que el relato de Lucas no coincide en absoluto con el de Mateo.
Dejando por el momento de lado la evidente falsificación realizada en el Codex Bezae Cantabrigensis respecto de Lucas, podemos comparar lo que dicen los dos manuscritos más prestigiosos, el Codex Vaticanus y el Codex Sinaiticus.
En la genealogía de Lucas hay un total de 42 nombres después de David (n.º 35) y hasta Jesús (n.º 77). En cambio, en la genealogía de Mateo hay un total de 27 nombres desde David (n.º 14) hasta Jesús (n.º 41). Los nombres de todos los antepasados (ficticios) de Jesús que aparecen después de David son diferentes en los dos relatos. Además, los nombres mencionados tampoco coinciden en ambos relatos. Pero esto no es todo.
Mateo nos ha dicho que descubrió cómo los 14 nombres de la genealogía de Jesús después de Ibrahim se dividían en tres partes. La primera parte va de Ibrahim a David, la segunda de David hasta el exilio en Babilonia, y la tercera desde el exilio hasta Jesús. Es cierto que en las dos primeras partes de su relato hay 14 nombres en cada una, pero en la tercera hay solamente 13 nombres, no 14. En la lista que proporciona, se observa que el nombre de Salatiel aparece en el número 29, y el de Jesús en el número 41. No se encuentra ningún texto de su relato en el que aparezcan 14 nombres en la tercera parte.
Para hacer que el número de nombres de su segunda parte fuera 14, Mateo modificó ampliamente el texto del Antiguo Testamento. Los nombres de los seis descendientes de David (del número 15 al 20) coinciden con el relato del Antiguo Testamento, pero ocultó los nombres de los tres descendientes de Joram que aparecen en el libro de Segundo de Crónicas, a saber, Ocozías, Joás y Amasías. En otro pasaje, Mateo dice que Jeconías (número 28) era hijo de Josías, pero en el libro de Segundo de Reyes del Antiguo Testamento se observa que entre Josías y Jeconías hubo otra persona, cuyo nombre era Eliaquim.
Así pues, se observa que Mateo modificó la genealogía presentada en el Antiguo Testamento para ofrecer una lista artificial de 14 nombres correspondiente al período comprendido entre David y el exilio en Babilonia. Además, en la tercera parte de Mateo falta un nombre. Es decir, ninguna de las versiones de la Biblia actualmente en uso contiene exactamente 14 nombres. Tal vez se intente explicar la falta de un nombre atribuyéndola al error de algún antiguo copista, pero en realidad eso no es lo importante. Lo importante es que ningún comentarista ha dicho nada al respecto, sino que todos han guardado silencio. ¿Cuál podría ser la explicación de este silencio? W. Trilling ha desbaratado esta piadosa conspiración del silencio escribiendo una sola frase en su libro «El Evangelio según Mateo» (editorial Desclée, París). El asunto es muy importante, porque varios comentaristas de este Evangelio, entre ellos la Traducción Ecuménica y el cardenal Daniélou, han insistido especialmente en la enorme importancia simbólica del cálculo de Mateo de 3 × 14. Es decir, esta importancia era tan grande para Mateo que, para llegar a este cálculo, no dudó en ocultar los nombres mencionados en el Antiguo Testamento.
No cabe duda de que los comentaristas pueden inventar una u otra excusa para justificar lo que hizo Mateo. Pero, al ocultar los nombres, el propósito fundamental que Mateo quería mostrar quedó arruinado; ¿cómo pueden ellos eludir esta verdad?
Opiniones y comentarios de los especialistas modernos
El cardenal Daniélou ha afirmado en su obra Los Evangelios de la infancia (Éditions du Seuil, París) que el «proyecto numerológico» de Mateo tiene una importancia simbólica especial, porque precisamente mediante esta propuesta se ha demostrado el linaje de Jesús, y Lucas también ha respaldado este punto. Según él, Mateo y Lucas son en realidad historiadores, han completado una «investigación histórica» y han recopilado esas genealogías «de los documentos familiares de Jesús».
Cabe señalar que jamás se ha encontrado rastro alguno de los documentos familiares de Jesús. El autor afirma que conoció la existencia de esos documentos por la Historia eclesiástica escrita por Eusebio Pánfilo. Sin embargo, hay mucho que decir sobre la competencia y la fiabilidad del propio Pánfilo. Además, ¿por qué habría de contener el documento familiar de Jesús dos genealogías diferentes? ¿Acaso, simplemente porque dos supuestos «historiadores» ofrecieron dos genealogías diferentes, hubo que descubrir en ese documento dos genealogías distintas?
Se ha mostrado implacable con todos los que han criticado este punto de vista del cardenal Daniélou: «Al interpretar el Evangelio, muchos especialistas han perdido el rumbo debido a su mentalidad occidental, a su ignorancia de la religión judeocristiana y a su falta de perspectiva semítica. Han impuesto en esa interpretación sus propias perspectivas, influidas por Platón, Descartes, Hegel y Heidegger. Por tanto, se comprende fácilmente que hayan mezclado en ella toda clase de elementos». Sin embargo, ¿qué relación puede haber entre adoptar una actitud crítica hacia esa genealogía ficticia y filósofos como Platón, Descartes, Hegel o Heidegger?
Al buscar el significado de la proposición 3×14 de Mateo, el autor planteó una propuesta absurda y la analizó. Pueden citarse aquí sus propias palabras: «En realidad, aquí se habla de las diez semanas ordinarias de la revelación judía. Hay que excluir las primeras tres semanas correspondientes al período que va de Adán a Abraham; entonces quedarán siete semanas de años; sus primeras seis semanas serán seis veces siete, lo cual se relaciona con las tres series de catorce; y la séptima semana restante comenzó con la época de Jesús, porque con Jesús comenzó precisamente la séptima era del mundo». Evidentemente, una interpretación de este tipo no merece comentario.
Los comentaristas de la Traducción Ecuménica—Nuevo Testamento también han ofrecido una interpretación numerológica igualmente ridícula. Han explicado así la proposición 3×14 de Mateo:
(a) El número 14 puede ser la suma numérica de las consonantes del nombre hebreo David: D=4 y V=6; por tanto, 4+6+4=14.
(b) 3X14=16X7, y Jesús llega al final de la sexta semana de la historia sagrada que comenzó con la aparición de Abraham.”
En el caso de Lucas, en esa obra se dan 77 nombres desde Adán hasta Jesús, y nuevamente se introduce el número 7 de la siguiente manera: 77 se divide entre 7, es decir, 7X11=77. Es evidente que, mediante la adición o sustracción de palabras, se ha creado una diferencia numérica; en todos los casos, los 77 nombres son completamente artificiales e imaginarios. Sin embargo, cabe señalar que este juego con los números concuerda bastante bien con la tesis.
Basándose en las dos genealogías de Jesús que aparecen en los Evangelios, los comentaristas cristianos han realizado ejercicios de ingenio tan imaginativos como los de Mateo y Lucas.
Contradicciones e improbabilidades en los relatos
En cada uno de los cuatro Evangelios hay relatos de muchos acontecimientos que aparecen quizá en un solo Evangelio, en varios o en todos ellos. Cuando el relato de un acontecimiento de este tipo se encuentra en un solo Evangelio, surgen algunos problemas graves. A veces se observa que un acontecimiento sumamente importante quizá solo está narrado en uno de los Evangelios. Como ejemplo puede mencionarse la ascensión al cielo de Jesús el día de su resurrección. En otros casos, diversos acontecimientos se narran de maneras muy diferentes en dos o más Evangelios. Por lo general, los cristianos pasan por alto estas contradicciones; pero, cuando llegan a descubrir alguna diferencia entre varios Evangelios, se quedan verdaderamente sorprendidos. La razón de su sorpresa es que durante mucho tiempo se les ha asegurado que los autores del Nuevo Testamento presenciaron con sus propios ojos cada uno de los acontecimientos que describieron.
Ya se han mencionado anteriormente algunos casos de este tipo de improbabilidades y contradicciones. Sin embargo, las diferencias en los relatos y los ejemplos de contradicción se encuentran en mayor número en los acontecimientos de los últimos días de Jesús y, especialmente, en los hechos posteriores a su sufrimiento y persecución.
El relato de la persecución
El padre Roset mismo ha observado que, en relación con la última cena de Jesús con sus discípulos, en los distintos Evangelios se menciona que el acontecimiento de la Pascua (la festividad conmemorativa de la liberación de los judíos de la esclavitud en Egipto) tuvo lugar en momentos diferentes. Juan dijo que la última cena se celebró “antes de la festividad de la Pascua”, pero los otros tres evangelistas dijeron que la cena tuvo lugar durante dicha festividad. Como consecuencia de esta diferencia surge una clara improbabilidad: debido a su relación con la festividad de la Pascua, la propia cena se vuelve imposible. Para quienes conocen la importancia de la Pascua en la historia judía y la importancia de la cena de la despedida de Jesús de sus discípulos en la historia cristiana, ¿cómo es posible creer que los evangelistas olvidaron por completo la secuencia de esos dos acontecimientos?
Del mismo modo, cada evangelista describió la Pasión (el suceso de la persecución y crucifixión de Jesús) de una manera diferente. En particular, la descripción de Juan es completamente distinta de las de los otros tres. Además, la descripción que Juan hace de la Última Cena y de la Pasión es muy extensa: casi el doble que las de Marcos y Lucas, y aproximadamente una vez y media la de Mateo. En el Evangelio de Juan hay un largo discurso de Jesús a sus discípulos que ocupa cuatro capítulos (14-17). En este discurso dice que está impartiendo sus últimas enseñanzas y que les ha dado su último testamento religioso. Sin embargo, en los otros tres Evangelios no hay ni el menor rastro de este discurso. Por el contrario, Juan no menciona en absoluto el relato que Mateo, Lucas y Marcos hacen de la oración de Jesús en el huerto de Getsemaní.
No hay ningún relato de la Eucaristía en el libro de Juan
Al leer el relato de la Pasión en el libro de Juan, lo que más llama la atención del lector es que no menciona en absoluto el rito de la Eucaristía (la unión con Jesús mediante el consumo del pan y el vino sagrados) durante la Última Cena de Jesús y sus discípulos.
Probablemente no se encontrará ni un solo cristiano que no conozca la representación pintada de la Última Cena. En ella se ve a Jesús sentado a la mesa con sus discípulos por última vez. Casi todos los artistas famosos del mundo han pintado este cuadro, y en él se ve a Juan sentado junto a Jesús. Cabe señalar que estamos acostumbrados a considerar a este mismo Juan como el autor del Evangelio conocido con ese nombre.
Aunque a muchos les parezca sorprendente, es cierto que la mayoría de los especialistas no considera a Juan el autor del cuarto Evangelio. Y en este Evangelio no se menciona en absoluto la Eucaristía. Sin embargo, aquel acontecimiento en que el pan y el vino son consagrados y se convierten en el cuerpo y la sangre de Jesús es una parte indispensable del culto cristiano. Aunque de maneras diferentes, los otros evangelistas lo mencionan; pero Juan no dice nada al respecto. En los relatos de los cuatro solo hay concordancia en dos asuntos: la negación de Pedro y la predicción de la traición de uno de los apóstoles (solo Mateo y Juan mencionan el nombre de Judas Iscariote). Y que Jesús lavó los pies de sus discípulos antes de aquella cena solo aparece en el relato de Juan.
Pero ¿por qué no se menciona aquella Eucaristía en el libro de Juan? Si se reflexiona con imparcialidad, la primera respuesta que viene a la mente es que, si el relato de los otros tres libros es verdadero, quizá esa parte del libro de Juan se haya perdido. Sin embargo, los comentaristas cristianos no han llegado a tal conclusión. Vale la pena examinar algunas de sus opiniones al respecto.
A. Tricot, en su obra titulada The Little Dictionary of the Testament, bajo el título «La Última Cena», dice: «Jesús comió la última cena con los doce discípulos y en ese momento instituyó el rito de la Eucaristía. Los tres primeros Evangelios (Mateo, Marcos y Lucas) contienen un relato de este asunto, y en el cuarto Evangelio (Juan) se ofrece una descripción detallada». Pero bajo el título «Eucaristía» escribe: «Los tres primeros Evangelios contienen una breve descripción de la institución de este rito; constituye una parte importante del método de enseñanza religiosa del profeta. En relación con el relato del discurso de Jesús sobre el “pan de vida”, Juan (6, 32-58) añadió muchos datos y detalles a aquella breve descripción». Lo sorprendente, sin embargo, es que no menciona en absoluto que Juan no ofreció ningún relato de la institución de la Eucaristía. Lo que dice sobre muchos datos y detalles no tiene ninguna relación con la institución de la Eucaristía, porque Juan describió principalmente el suceso del lavado de los pies de los discípulos. La referencia del comentarista Tricot al «pan de vida» es un asunto completamente distinto. No tiene ninguna relación con la Última Cena. En su discurso, Jesús solo mencionó que, cuando los judíos permanecieron en el desierto tras escapar de Egipto bajo el liderazgo de Moisés, recibían diariamente de Alá un alimento llamado maná; y solo en el libro de Juan quedó registrado este hecho. Al hablar del pan, Jesús mencionó de paso la Eucaristía, y Juan también registró esa mención en el párrafo siguiente, pero en los otros tres libros no hay ninguna referencia a este asunto.
Así pues, se observa que Juan no dijo nada sobre lo que dijeron los otros tres; y, a su vez, ellos no dijeron nada sobre lo que dijo Juan (la predicción atribuida a Jesús). ¡Qué cosa tan sorprendente!
Los comentaristas de la Traducción Ecuménica de la Biblia del Nuevo Testamento han reconocido que en el Evangelio de Juan no hay un relato sobre la Eucaristía. Dicen: «La gente común no está particularmente interesada en las leyendas o costumbres del antiguo Israel. Probablemente por eso no describió el acontecimiento de la institución de la Eucaristía». ¿Cómo puede aceptarse este argumento? Juan quizá no estuviera interesado en las antiguas costumbres de los judíos, pero ¿cómo podía pasar por alto un rito tan importante de la nueva religión cristiana?
Los especialistas cristianos se sienten tan incómodos con este asunto que quieren descubrir en la obra de Juan algún acontecimiento de la vida de Jesús en el que pueda encontrarse el relato o la insinuación de un acontecimiento semejante a la Eucaristía. Como ejemplo puede citarse a Oscar Cullmann. En su obra titulada «El Nuevo Testamento», dice: «La transformación del agua en vino y el hecho de alimentar a cinco mil personas con cinco panes contienen una alusión anticipada a la Última Cena, es decir, a la celebración de la Eucaristía». Cabe recordar que, cuando faltó vino en un banquete de bodas celebrado en Caná, Jesús transformó el agua en vino. Juan describe este acontecimiento en su obra (2, 1-12) como el primer milagro de Jesús; entre los cuatro evangelistas, solo él lo menciona. Los cinco panes de cebada aumentaron milagrosamente hasta tal punto que bastaron fácilmente para alimentar a cinco mil personas. Al narrar estos dos acontecimientos, Juan no hizo ningún comentario especial, y lo que los especialistas modernos han afirmado percibir en ellos, como acontecimientos semejantes, puede calificarse, a lo sumo, de una expansión desmesurada de su imaginación. Cullmann también presentó otros argumentos de ese tipo. Dijo que en el hecho de que Jesús curara a un paralítico y a un ciego «hay una profecía del bautismo», y que en el agua y la sangre que salieron de un costado de su cuerpo después de la muerte de Jesús «hay una prueba de que el bautismo y la Eucaristía están enraizados en un mismo vínculo». ¿Qué más puede comentarse sobre argumentos de este tipo?
El padre Roset describe así otro extraño argumento de Oscar Cullmann en su obra titulada «Iniciación al Evangelio»: «Algunos teólogos, como Oscar Cullmann, consideran el episodio del lavatorio de los pies de los discípulos por Jesús, antes de la Última Cena, como un símbolo de la institución de la Eucaristía».
Al observar hasta qué punto han descendido los teólogos y qué clase de argumentos han presentado para hacer fácilmente aceptable a los cristianos comunes la ausencia de toda mención de la Eucaristía en la obra de Juan, uno no puede sino asombrarse.
La aparición de Jesús después de su muerte
Ya se ha mencionado, como ejemplo, la desbordada expansión de la imaginación al describir en la obra de Mateo un supuesto acontecimiento milagroso ocurrido en el momento de la muerte de Jesús. Los cuatro autores de los Evangelios ofrecieron cuatro relatos diferentes, es decir, contradictorios entre sí, sobre los acontecimientos posteriores a la resurrección de Jesús de su tumba. El padre Roset menciona algunos ejemplos de estos relatos contradictorios e incluso absurdos en la página 182 de su obra «Iniciación al Evangelio».
Dice: «El número de mujeres que se reunieron junto a la tumba aparece indicado de tres maneras distintas en los tres primeros Evangelios. En el Evangelio de Juan solo se menciona a una mujer, María Magdalena. Sin embargo, ella habla en plural: “No sabemos dónde lo han sepultado”; por tanto, parece que no estaba sola. En la obra de Mateo, un ángel anunció a las mujeres que verían a Jesús en Galilea. Pero poco después Jesús se les apareció junto a su tumba. Probablemente Lucas presintió esta contradicción y modificó ligeramente el relato en su propia obra. El ángel dijo: “Recuerden cómo les habló cuando estaba en Galilea…” En realidad, Lucas habla de tres apariciones de Jesús. Juan también habla de tres: dos veces en Jerusalén, en una habitación del piso superior, con una semana de intervalo, y una vez en la orilla del mar de Galilea. Mateo solo habla de una aparición en Galilea».
El padre Roset excluyó el relato correspondiente de Marcos de este análisis, porque considera que esa sección «probablemente es obra de otra persona».
Todos estos datos demuestran que la afirmación de la primera carta de Pablo a los corintios (15, 5-7), según la cual Jesús se apareció a más de cinco mil personas, a Santiago, a todos los apóstoles y al propio Pablo, carece por completo de fundamento.
Siendo así las cosas, resulta asombroso que el padre Rosset, en esa misma obra, haya criticado duramente las descripciones ampulosas de imaginación infantil que aparecen en algunos escritos sobre la resurrección de Jesús. Sin embargo, ese comentario se aplica sobre todo a Mateo y a Pablo, porque sus afirmaciones al respecto contradicen completamente las de los demás apóstoles.
Además, el relato que Lucas ofrece en los Hechos de los Apóstoles sobre la aparición de Jesús a Pablo difiere considerablemente del propio relato de Pablo sobre el tema. Al observar esta situación, el padre Kannengiesser afirmó enfáticamente en su obra Fe en la resurrección, resurrección de la fe (1974) que Pablo fue “el único testigo presencial de la resurrección de Jesús, y ningún otro autor del Nuevo Testamento puede reclamar ese honor; por medio de sus escritos, sus palabras han llegado directamente hasta nosotros”. Sin embargo, él nunca mencionó que hubiera visto personalmente al Jesús resucitado. Es cierto que abordó el tema tres veces con mucha cautela, pero nunca ofreció ningún relato.
La contradicción entre los relatos evangélicos y el de Pablo, quien supuestamente fue testigo presencial pero no dijo nada con claridad, es manifiesta y evidente.
Óscar Cullmann también observó contradicciones entre los relatos de Lucas y Mateo en su obra El Nuevo Testamento. Lucas dice que Jesús se apareció en Judea, mientras que Mateo dice que fue en Galilea.
A este respecto, también puede observarse la contradicción entre los relatos de Juan y Lucas. Juan dice (21, 1-14) que, después de salir de la tumba, Jesús se apareció a unos pescadores en la orilla del mar de Tiberíades; como resultado, lograron pescar tantos peces que les resultaba difícil llevárselos. En realidad, esta historia no es más que la repetición del relato de una pesca milagrosa en el mismo lugar, que Lucas presenta (5, 1-11) como un acontecimiento de la vida de Jesús.
Al comentar estas apariciones de Jesús, el padre Rosset afirmó tranquilizadoramente en su obra que el carácter “inconexo, confuso y desordenado” del acontecimiento produce más bien fe. Porque todos esos datos demuestran que no hubo ninguna conspiración entre los evangelistas en este asunto; de lo contrario, sin duda habrían ofrecido todos un solo relato. Pero ¿era realmente posible que se pusieran de acuerdo? Este razonamiento es verdaderamente extraño. En realidad, quizá simplemente registraron las leyendas que circulaban en sus respectivas comunidades, y en todas las leyendas la imaginación se había expandido, sin que ellos lo supieran. Debido a las numerosas contradicciones y a la improbabilidad de los relatos, no queda otra opción que llegar a esta conclusión.
La ascensión de Jesús
Hay aún más contradicciones, y llegan hasta el final mismo del relato. Porque ni Juan ni Mateo mencionaron en absoluto la ascensión de Jesús al cielo; únicamente la mencionaron Marcos y Lucas.
Marcos dice (16:19): «Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios», pero no dice cuánto tiempo después del acontecimiento de la salida de Jesús de la tumba, que él relata, tuvo lugar la ascensión al cielo. Es significativo que esta frase aparezca en el último párrafo de la Biblia de Marcos. El padre Roset considera que el párrafo es «falso», pero, según la Iglesia, es absolutamente auténtico.
Veamos ahora el relato de Lucas. Solo Lucas ofrece un relato no contradictorio de la ascensión (24:51). Dice: «Se separó de ellos y fue llevado al cielo». Aquí, «ellos» se refiere a los once apóstoles, porque Judas, el duodécimo apóstol, ya había muerto. La ascensión se menciona después del relato de la salida de la tumba y de las apariciones a los apóstoles; por lo tanto, parece que la salida de la tumba y la ascensión al cielo tuvieron lugar el mismo día. En los Hechos de los Apóstoles, así es como Lucas —a quien todos consideran su autor— describe las apariciones a los apóstoles entre la Pasión y la ascensión: «Después de haber padecido, se les presentó vivo, con muchas pruebas, y se les apareció durante cuarenta días y les habló del reino de Dios» (capítulo 1:3).
Basándose en este relato, se celebra la fiesta de la ascensión cuarenta días después de Pascua, la fiesta de la resurrección de Jesús de la tumba. Por consiguiente, se ve que la fecha de esta fiesta contradice directamente el relato del Evangelio de Lucas. Ningún otro Evangelio ha demostrado de otra manera la justificación de esta fecha.
Todo cristiano consciente de esta incompatibilidad se siente incómodo al respecto. La cuestión se aborda, ciertamente, en la obra La traducción ecuménica, pero no se ofrece ninguna explicación. Solo se dice que estos cuarenta días quizá tengan alguna relación con la misión de Jesús.
Sin embargo, los comentaristas que quieren explicarlo todo y armonizar todas las incoherencias han ofrecido algunas explicaciones bastante extrañas sobre el asunto.
En la obra La sinopsis de los cuatro Evangelios, editada en 1972 por la Escuela Bíblica de Jerusalén (volumen II, página 451), aparece una explicación semejante y extraña. Allí, al criticar la palabra «ascensión», se dice: «En realidad, no tuvo lugar ninguna ascensión en sentido físico, porque, así como Dios no está abajo, tampoco está arriba». Es muy difícil comprender el sentido de este comentario. Porque, si Lucas no quiso decir que ascendió al mundo superior, ¿qué quiso decir en realidad? En otra parte de esta obra se dice: «El relato de los Hechos de los Apóstoles según el cual la ascensión tuvo lugar cuarenta días después de la resurrección de la tumba es un recurso literario; este recurso se empleó para hacer comprender seriamente que había llegado a su fin la manifestación de Jesús en el mundo. En el Evangelio de Lucas, sin embargo, se menciona que la ascensión tuvo lugar la tarde del domingo de Pascua. Esto se debe a que, al relatar los diversos acontecimientos posteriores al descubrimiento de la tumba vacía, en la mañana del día de la resurrección, Lucas no dejó ningún intervalo entre los dos acontecimientos. Esto es, sin duda, un recurso literario. Se recurrió a él para dejar transcurrir cierto tiempo entre la resurrección de Jesús de la tumba y sus apariciones a los discípulos.»
No se entiende con claridad cuál es en realidad el significado de esta explicación. Sin embargo, probablemente no resulta muy difícil comprender que el comentarista ha intentado liberarse de una situación embarazosa e incómoda tejiendo una red de palabras. En la explicación que el padre Roset ofrece sobre este asunto en su obra, su propia dificultad se hace aún más evidente. Habla de la ascensión no una vez, sino dos: desde el punto de vista de Jesús, la resurrección y la ascensión son, en efecto, dos partes del mismo acontecimiento, pero desde el punto de vista de los discípulos, la ascensión no tuvo lugar hasta que concluyeron sus apariciones ante ellos. Para que pudiera comenzar la era de la Iglesia, después de inspirar a los discípulos, puso fin a sus apariciones ante ellos y ascendió al cielo.
Advirtiendo a aquellos lectores que son incapaces de comprender el significado o la importancia de este profundo razonamiento (que no tiene ningún fundamento bíblico), el padre Roget dijo: «Como ocurre con muchos otros hechos, también en este caso, si se ignora el significado religioso y se acepta literalmente el relato de la Biblia, el problema parecerá insoluble. Aquí no se trata de expresar un hecho real mediante símbolos incoherentes. Lo que hay aquí es que los autores religiosos han revelado el misterio por medio de asuntos y objetos del mismo tipo que somos capaces de comprender con los sentimientos y la inteligencia de nuestra vida terrenal, y es necesario mantener siempre presente este propósito religioso y espiritual suyo.»
En realidad, al intentar explicar asuntos inexplicables, los comentaristas elaboran esta clase de redes de frases sin sentido. Por supuesto, cuando se intenta defender algo indefendible, no queda otro recurso.
La última conversación de Jesús y el Paráclito del Evangelio de Juan
Solo Juan menciona el episodio de la última conversación de Jesús con los discípulos. Este episodio tuvo lugar después de la Última Cena y antes del arresto de Jesús. El episodio concluye con un largo discurso de Jesús. El relato de este episodio y de este discurso ocupa cuatro capítulos (14-17) del Evangelio de Juan. En ninguno de los otros Evangelios hay siquiera una mención de este asunto. Todo lo que se relata en esos cuatro capítulos es sumamente importante y significativo para la futura conducta y perspectiva de los cristianos. El episodio se narra en un ambiente solemne y sagrado, apropiado para la despedida de un maestro muy venerado por sus discípulos.
Sin embargo, esta conmovedora escena de despedida, que contiene pruebas de la espiritualidad de Jesús, está completamente ausente de los escritos de Mateo, Marcos y Lucas. ¿Cuál podría ser la explicación posible de esta ausencia? Cabe preguntar: ¿estaba originalmente ese relato en los tres primeros Evangelios? ¿Fue eliminado posteriormente? ¿Por qué? No hay respuesta a estas preguntas. En ninguna parte se encuentra una respuesta. El asunto está verdaderamente envuelto en el misterio y es difícil de comprender.
Los principales temas de este episodio, expuestos en el discurso de Jesús, son la condición futura de la humanidad descrita por Jesús, su especial interés en pronunciar un discurso ante la asamblea de los discípulos, presentar por medio de ellos la verdad ante toda la humanidad, dar a conocer al guía que la gente necesariamente deberá seguir después de que ellos abandonen este mundo, y comunicar claramente sus propias instrucciones y recomendaciones al respecto. En el Evangelio de Juan, a ese guía se le llama en griego «Paráclitos»; en inglés se le suele llamar «Paráclito». Los pasajes pertinentes de ese Evangelio son los siguientes:
«Si me amáis, guardaréis todos mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y él os dará otro ayudante (el Paráclito)». (14, 15-16) Pero ¿cuál es el significado de la palabra Paráclito? En el texto del Evangelio de Juan que se encuentra actualmente en circulación, la palabra se explica de la siguiente manera:
«Pero ese ayudante, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os enseñará todas las cosas y os hará recordar todo lo que os he dicho». (14, 26)
«Él dará testimonio acerca de mí». (15:26)
«Cuando venga el Espíritu de la verdad, los guiará y los llevará a toda la verdad; porque no hablará por iniciativa propia, sino que dirá todo lo que oiga, y les anunciará también los acontecimientos venideros. Él me glorificará». (16:13-14)
Aquí no se han citado íntegramente los cuatro capítulos de Juan (14-17). Sin embargo, en lo que se ha citado, el mensaje principal se ha expresado correctamente.
Cabe señalar que en el texto «Paracleto» y «Espíritu Santo» se han utilizado con el mismo significado. Esto no se advierte fácilmente, sobre todo porque en las traducciones suelen utilizarse los subtítulos del texto, y los comentaristas procuran presentar en sus obras las concepciones antiguas. No obstante, si a alguien le surge la más mínima duda para comprender el significado, puede leer la explicación de cualquiera de los demás especialistas. A. Tricot, en su obra «Little Dictionary of the New Testament», explicó así el término Paracleto:
«Esta palabra es una traducción del griego, y únicamente Juan utilizó este nombre o título en el Nuevo Testamento. En el relato que ofreció del discurso de Jesús después de la última cena, utilizó esta palabra cuatro veces (14:16 y 26; 15:26 y 16:7). La utilizó una vez más en su primera epístola (2:1). En el Evangelio, la palabra se aplica al Espíritu Santo, y en la epístola, a Jesús. El término Paracleto era corriente entre los judíos griegos durante el primer siglo posterior al nacimiento de Cristo. Significa abogado, defensor, intercesor o mediador. Jesús profetizó que el Padre y el Hijo enviarían al Espíritu. Ese Espíritu ocuparía el lugar del abogado que el Hijo había desempeñado en favor de sus discípulos durante su vida mortal. Intercedería como sustituto de Jesús, como Paracleto o poderoso mediador».
Según este comentarista, entonces, se ve que, después de que Jesús abandonara el mundo, este Espíritu Santo sería el guía final de los seres humanos. ¿Coincide esta opinión con el texto de Juan? Es necesario plantear esta pregunta, porque de la causa se deriva el efecto. Si se juzga sobre la base de este razonamiento, se observa que las siguientes palabras no encajan en absoluto con el Espíritu Santo: «No hablará por iniciativa propia, sino que dirá todo lo que oiga y les anunciará también los acontecimientos venideros». Es inconcebible que el Espíritu Santo tenga la capacidad de hablar y oír. Esta pregunta debería plantearse en aras de la lógica y la coherencia, pero, hasta donde sé, ningún comentarista la ha planteado ni considerado.
Para obtener una idea correcta sobre este asunto, es necesario examinar el texto griego original. Todos reconocen, en efecto, que Juan escribió en griego y no en ninguna otra lengua. He leído la Biblia griega titulada «Novum Testamentum Graece» (Nestle y Aland, United Bible Societies, Londres, 1971).
Al criticar el texto, lo primero que hay que hacer es buscar las variantes. Entre todos los manuscritos del Evangelio de Juan que se han encontrado, únicamente en el párrafo 14:26 de la famosa versión palimpsesta escrita en siríaco se encuentra una variante que podría cambiar el significado de la frase. (Este manuscrito fue escrito en el siglo IV o V y fue descubierto en el monte Sinaí por Agnes S. Lewis en 1812. Sobre el primer texto había sido escrito otro texto, y después de retirar este segundo texto se encontró el original. Por esta razón el manuscrito recibió el nombre de palimpsesto). Aquí no se dice «Espíritu Santo», sino simplemente «Espíritu». ¿Omitió el copista por error la palabra «Santo», o la omitió deliberadamente al advertir lo absurdo de atribuir al Espíritu Santo la capacidad de hablar y oír? Además, este manuscrito contiene algunas otras variantes, pero son esencialmente gramaticales y no alteran el significado; por tanto, no es necesario discutirlas más. Lo importante en este caso es que el significado con que aquí se han utilizado los verbos «hablar» y «oír» es exactamente el mismo que se emplea en todos los demás manuscritos del Evangelio de Juan.
El verbo «oír» es la traducción del verbo griego «akouō», que significa «percibir un sonido»; de esta palabra procede también «acústica» (la ciencia del sonido).
El verbo «hablar» es la traducción del verbo griego «laleō»; su significado general es emitir sonidos y, en sentido específico, hablar. Esta palabra se utiliza con frecuencia en el texto griego de los Evangelios, y se emplea cada vez que Jesús hace una declaración importante durante la predicación religiosa. Por lo tanto, se observa que esa palabra específica no se emplea para hablar bajo la inspiración del Espíritu Santo, sino, en general, para el habla natural de los seres humanos. En griego, se utiliza simplemente en el sentido cotidiano de emitir sonidos.
Por lo tanto, estos dos verbos, «akouō» y «laleō», solo pueden emplearse con respecto a los seres vivos que poseen órganos aptos para hablar y oír. No pueden emplearse en absoluto con respecto al Espíritu Santo.
Por esta razón, el pasaje del manuscrito griego del Evangelio de Juan en el que aparecen las palabras «Espíritu Santo» (14:26) resulta completamente incomprensible: «pero aquel ayudante»; estos términos no pueden emplearse en absoluto con respecto al Espíritu Santo.
Si se eliminan las palabras «Espíritu Santo», el significado de todo el texto se vuelve claro y comprensible. Juan, en efecto, expresó algo comprensible de este modo en su primera epístola, donde se refiere a Jesús con el término Paráclito, y este Paráclito es el mediador de parte de Dios (en muchas traducciones y comentarios de los Evangelios, especialmente en las traducciones y comentarios antiguos, la palabra Paráclito se ha traducido como «consolador»; pero esta traducción es completamente errónea). Según Juan, Jesús dice (14:16): «Y yo rogaré al Padre, y él os dará otro Paráclito»; es decir, afirma que, así como él mismo fue en esta vida terrenal un mediador de parte de Dios para los seres humanos, del mismo modo se enviará «otro» mediador.
Por lo tanto, al juzgarlo a la luz de la razón y la coherencia, se observa que el Paráclito descrito por Juan es un ser humano como Jesús, y que tiene la capacidad de hablar y oír. Así pues, la profecía de Jesús es que Dios enviará después a otro ser humano al mundo, y que este desempeñará el papel descrito por Juan; es decir, si se toman las palabras empleadas en calidad de profecía en su sentido exacto, esta es la interpretación razonable de su texto.
Las palabras «Espíritu Santo» que aparecen en el texto actual probablemente fueron añadidas deliberadamente más tarde. Esta modificación se hizo con el propósito de alterar el significado original, que contenía la profecía de la venida de otro profeta después de Jesús. Pues cuando se formó la Iglesia cristiana, una de sus enseñanzas fundamentales era que Jesús era el último profeta y que después de él no vendría ningún otro profeta.
Conclusión
Los cuatro Evangelios son históricamente exactos, originales y auténticos, y por medio de ellos se han transmitido fielmente al mundo los hechos y las enseñanzas de Jesús. Esta postura tradicional de los cristianos también fue respaldada por el más reciente Concilio Vaticano. Sin embargo, los datos consignados en esta obra y las opiniones citadas de destacados teólogos cristianos refutan directamente esas pretensiones de exactitud y autenticidad.
Pueden presentarse varios tipos de argumentos al respecto.
Los relatos de varios Evangelios sobre un mismo asunto se contradicen entre sí, y dos hechos contradictorios no pueden ser creíbles. Además, muchos cristianos no perciben las afirmaciones ni las improbabilidades e incongruencias que contradicen los hechos reales conocidos por la ciencia moderna. Cuando por casualidad llegan a advertirlas, se sorprenden, porque sus mentes ya han sido influenciadas por las explicaciones imaginarias, misteriosas y poéticas de sacerdotes y comentaristas. Ya se han mencionado algunos ejemplos de la innecesaria maraña de palabras que los comentaristas elaboran para explicar ciertos asuntos que califican de «incómodos». Además, en los Evangelios hay algunos pasajes que se reconoce que son falsificaciones, pero que la Iglesia declara auténticos.
Según el padre Kannengiesser, la crítica moderna del texto ha sacado a la luz datos que son «revolucionarios para el método de exposición religiosa de la Biblia»; por ello, ya no es necesario aceptar literalmente los datos y acontecimientos relativos a Jesús escritos en los Evangelios, pues esos relatos fueron compuestos con vistas a determinadas circunstancias; en otras palabras, son «obras de guerra». Las investigaciones modernas han permitido conocer detalladamente la historia del judeocristianismo, así como la hostilidad y la enemistad entre las distintas comunidades. Por eso, los relatos de los diversos acontecimientos escritos en ese contexto resultan sumamente incómodos para el lector moderno. Aunque muchos cristianos todavía creen que los evangelistas, autores de los Evangelios, fueron testigos presenciales de los acontecimientos que relatan, ahora se ha demostrado por completo que esa idea carece de fundamento. La investigación realizada en la Escuela Bíblica de Jerusalén por los padres Benoit y Boismard ha demostrado claramente que los Evangelios fueron escritos, revisados y corregidos varias veces. Además, ambos padres advirtieron a los lectores que no esperaran encontrar en los Evangelios «ninguna palabra de Jesús de manera exacta o directa».
Sin embargo, no se puede negar que los Evangelios tienen un carácter histórico. A través de los relatos relativos a Jesús, podemos conocer por estas obras la identidad y el carácter de sus autores; podemos saber que fueron portavoces de las tradiciones y leyendas de sus respectivas comunidades cristianas primitivas y, sobre todo, podemos conocer las disputas y conflictos entre Pablo y las comunidades judeocristianas. La obra del cardenal Daniélou es un compendio fiable sobre todos estos asuntos.
¿Qué tiene de sorprendente que algunos evangelistas hayan distorsionado ciertos hechos de la vida de Jesús para apoyar sus propias doctrinas? ¿Qué tiene de sorprendente que hayan omitido algunos hechos? ¿Y qué tiene de sorprendente que algunos de los hechos relatados sean completamente imaginarios?
Todas estas preguntas despiertan en nosotros un interés natural por comparar los Evangelios con la poesía narrativa medieval. La comparación probablemente más exacta podría hacerse con el poema titulado «La canción de Roldán» (Chanson de Roland). En este poema se narra, a la luz de la imaginación, un hecho real, y es el más famoso de los poemas de este género. El hecho es que Roldán, mientras dirigía la retaguardia del rey Carlomagno, fue atacado repentinamente por el enemigo en un desfiladero del campo de batalla. Según los historiadores, el hecho ocurrió el 15 de agosto de 778 (Eginardo) y no fue un acontecimiento especialmente importante. Sin embargo, en el relato poético este hecho insignificante ha sido elevado a la categoría de glorioso episodio de una guerra santa y de la máxima expresión de la pericia estratégica. Es cierto que el poema contiene una amplia expansión de la imaginación, pero eso no ha convertido el hecho real en una falsedad. Porque es verdad que Carlomagno tuvo que librar muchas guerras para defender su país de los ataques enemigos, y aquel hecho relacionado con Roldán fue una parte de ello.
Lo mismo puede decirse de los Evangelios. La imaginación de Mateo, las contradicciones entre los distintos Evangelios, las improbabilidades, las discrepancias con los datos científicos modernos y la repetida corrupción del texto demuestran que en la Biblia hay muchos pasajes y capítulos cuyo único fundamento es la imaginación humana. Pero eso no significa que la misión de Jesús se vuelva falsa. No hay ninguna duda acerca de la misión de Jesús. La duda reside en su forma y en su desarrollo.
El Corán y la ciencia moderna
Introducción
La relación entre el Corán y la ciencia resulta asombrosa desde la perspectiva de la cadena lógica que va de la causa al efecto, especialmente cuando se observa que dicha relación es de concordancia, no de discrepancia. Hoy en día, muchos consideran que el enfrentamiento entre los libros religiosos y las concepciones seculares de la ciencia es un verdadero laberinto. Salvo unas pocas excepciones, la mayoría de los científicos de la época actual se encuentran atrapados en las redes del materialismo. No consideran que la religión sea más que una leyenda y, en asuntos religiosos, o bien permanecen indiferentes o bien sienten un rechazo directo. Además, cuando en Occidente se habla de religión y ciencia, la gente suele referirse únicamente al judaísmo y al cristianismo; nadie piensa siquiera en el islam. En realidad, se han difundido ideas tan ampliamente erróneas sobre el islam, basadas en información falsa, que allí resulta verdaderamente difícil obtener una concepción correcta del islam verdadero.
Antes de emprender cualquier análisis comparativo del islam y la ciencia, es particularmente necesario ofrecer una breve presentación del islam. Esto se debe a que, en Occidente, esta religión es muy poco conocida.
A veces por ignorancia y otras veces con el propósito de desacreditarlo, en Occidente se han formulado diversas afirmaciones y comentarios erróneos sobre el islam. Entre tales afirmaciones, las relativas a hechos son las más graves; porque quizá pueda perdonarse un error de concepto, pero presentar información inventada en lugar de hechos reales resulta imperdonable. Muchos eruditos y personalidades cultas de Occidente han incluido en sus obras mentiras tan directas que uno se siente realmente indignado al leerlas. Citaré un ejemplo tomado del sexto volumen de la «Enciclopedia Universalis». Al comparar la Biblia con el Corán en el artículo titulado «Evangelio», el autor afirmó: «En el caso de la Biblia, los evangelistas no hicieron una afirmación semejante a la que se hizo en el caso del Corán: que simplemente transmitían la autobiografía que Dios había relatado milagrosamente al profeta». Pero el Corán no es una autobiografía. Si el autor hubiera examinado siquiera la peor traducción del Corán, habría comprendido que el Corán es, en realidad, un libro de enseñanza; un libro de guía. Pero no lo hizo y, sin saber ni haber escuchado nada, pronunció aquella afirmación falsa. Y, sin embargo, era un profesor erudito de la Facultad Jesuita de Teología de Lyon. Esas afirmaciones falsas han dado lugar a ideas erróneas sobre el Corán y el islam.
Entretanto, ha surgido una nueva esperanza. Porque las distintas religiones ya no son tan introvertidas como antes. Están tratando de crear entendimiento entre sí. Todos se alegrarán, espero, al saber que los católicos romanos están intentando establecer contactos con los musulmanes al más alto nivel de sus instituciones religiosas. También están tratando de eliminar la ignorancia sobre el islam y disipar las ideas erróneas dentro de su propia comunidad.
He mencionado en la introducción de este libro el enorme cambio producido en los últimos años, y también he hablado de un folleto publicado por la Oficina de Asuntos No Cristianos del Vaticano, titulado «Orientaciones para un diálogo entre cristianos y musulmanes». Este folleto es un documento sumamente importante, pues contiene una descripción de la nueva perspectiva adoptada sobre el islam. En la tercera edición de dicho folleto, publicada en 1970, se exhortaba a «corregir nuestra perspectiva sobre el islam y examinar objetivamente nuestra hostilidad». Se afirmaba: «Debemos avanzar, como primer paso, hacia un cambio gradual de la visión con la que nuestros hermanos cristianos han contemplado esta cuestión. Este primer paso es el más importante de todos. Debemos eliminar la imagen antigua, deformada por la hostilidad y la difamación, que hemos heredado del pasado; y debemos reconocer la injusticia que cometimos en el pasado contra los musulmanes. También debemos reconocer que Occidente, educado en la enseñanza cristiana, es responsable de esa injusticia».
A este respecto, puede señalarse que en el pasado hubo un tiempo en que los dirigentes de más alto nivel de la Iglesia católica apoyaban gustosamente cualquier oposición u hostilidad contra el islam, incluso cuando procedía de los enemigos declarados y conocidos de la Iglesia. Como ejemplo, puede mencionarse al papa Benedicto XIV, conocido como el más grande eclesiástico —pontífice— del siglo XVIII. Cuando Voltaire le dedicó una obra titulada «Mahoma o el fanatismo» («Mahomet ou le Fanatisme» en francés, 1941), el papa le envió su bendición sin vacilar. Sin embargo, la obra era una tragedia de calidad sumamente baja, llena de burlas y sarcasmo, y cualquier persona astuta capaz de escribir y motivada por malas intenciones habría podido componer una obra semejante sobre cualquier tema. La obra no tuvo mucho éxito en escena, pero, aun así, los espectadores cristianos la apoyaron con entusiasmo y, únicamente por esa razón, terminó siendo incluida en la colección de tragedias francesas.
Ese libro del Vaticano contiene un total de 150 páginas y, al refutar como falsas las antiguas doctrinas cristianas sobre el islam, presenta la verdad genuina.
Bajo el título «El esfuerzo por liberarnos de nuestros peores prejuicios y odios», los autores dijeron, dirigiéndose a los cristianos: «También en este ámbito debemos purificar por completo nuestro punto de vista. En particular, debemos referirnos a las “conclusiones preconcebidas” que con frecuencia y con excesiva ligereza se han adoptado acerca del islam. Debemos asegurarnos de que no quede en lo más profundo de nuestro corazón ninguna idea de ese tipo; los musulmanes devotos consideran engañosas nuestras concepciones de esta naturaleza».
Un ejemplo de este tipo de concepción es que los cristianos suelen emplear la palabra «Alá» para explicar el «Dios» de los musulmanes, como si quisieran decir que el Dios en quien creen los musulmanes es una entidad completamente distinta del Dios cristiano. En árabe, la palabra «Alá» significa divinidad, ser celestial. El significado de esa palabra árabe puede expresarse mediante la palabra inglesa «God», es decir, el Dios único y singular. Aquel a quien los musulmanes llaman Alá no es otro que el Dios de Moisés y de Jesús.
En el documento preparado por la Oficina para los No Cristianos del Vaticano se hace hincapié en esta cuestión fundamental y se afirma: «Es completamente irracional sostener que Alá no es realmente Dios. Sin embargo, algunos sectores de Occidente lo creen así. Los documentos de los concilios cristianos han refutado esta idea errónea y han expuesto en su debido lugar su verdadero significado. Puede citarse una opinión de Lumen gentium —nombre de un documento elaborado durante el Segundo Concilio Vaticano, celebrado entre 1962 y 1965— como el mejor ejemplo y explicación de la creencia musulmana en Dios. En dicha opinión se afirma: “Los musulmanes profesan la fe de Abraham y adoran con nosotros al Dios único y misericordioso, que es el único juez del día del Juicio Final”».
Por tanto, resulta fácil comprender por qué los musulmanes protestan contra el hecho de escribir «Dios» en lugar de «Alá» en las distintas lenguas europeas. Por esta misma razón, eruditos musulmanes elogiaron a De Masson por emplear la palabra Dieu (Dios) en lugar de la palabra «Alá» en la traducción francesa del Corán.
En ese documento del Vaticano se afirma: «Los cristianos de lengua árabe solo tienen una palabra para designar a Dios, y esa palabra es Alá».
Musulmanes y cristianos adoran a un solo y único Dios.
A continuación, en ese documento se examinan objetivamente otras concepciones erróneas relacionadas con el islam.
Se difunde ampliamente la falsa idea de que en el islam existe el fatalismo. En el tratado se refuta esta idea y, citando el Corán, se demuestra que el ser humano tiene responsabilidad personal propia y que será juzgado sobre la base de sus actos. También se refuta la idea extendida de que, según los principios islámicos, es legítimo obligar a alguien a aceptar el islam por la fuerza, y se afirma que creer en este principio es asimismo contrario al islam. A este respecto se citan los dos versículos siguientes del Corán y se señala que en Occidente existe mucha confusión acerca de ellos:
«No hay coacción en la religión» —sura Al-Baqara, aleya 256.
«(Allah) no os ha impuesto ninguna dificultad en materia de religión». Sura Al-Hach, aleya 78.
En el tratado se refuta la idea difundida de que el islam es una religión del miedo y se afirma que, en realidad, el islam es una religión del amor. Amar al prójimo sobre la base de la fe en Allah es la enseñanza del islam. Respecto de la idea de judíos y cristianos de que en el islam no existe moralidad, sino fanatismo religioso, el tratado del Vaticano afirma que esta idea carece por completo de fundamento y es falsa: «Cuando el cristianismo adquirió importancia política en la historia, nunca el islam fue más fanático de lo que aquel había sido. A este respecto, citando el Corán, se muestra que en Occidente se traduce erróneamente la palabra “yihad”: “En árabe la expresión es al-yihad fi sabilillah, es decir, esforzarse en el camino de Allah. Y este esfuerzo se realiza para propagar el islam y protegerlo de quienes lo atacan. Esta yihad no es el jérem de la Biblia; no se lleva a cabo para destruir, sino para establecer los derechos de Allah y de los seres humanos en nuevas tierras. Es cierto que en el pasado hubo uso de la fuerza y derramamiento de sangre durante la yihad, pero no se debieron a la yihad, sino a las reglas generales de la guerra. Además, durante las Cruzadas, no fueron únicamente los musulmanes quienes perpetraron matanzas atroces».
Cabe señalar a este respecto que los traductores del Corán, incluso los famosos en este campo, sin abandonar sus hábitos y tendencias seculares, han introducido en sus traducciones muchas cosas que no figuran en el texto árabe original. Incluso sin modificar el texto original, a veces se le puede poner un título que altere el significado general de dicho texto. Como ejemplo puede mencionarse la famosa traducción de R. Blachère (publicada por Maisonneuve y Larose, París, 1966). En la página 115 puso un título («El deber de la guerra religiosa») que no aparece en el Corán. Al comienzo de este título se añadió un párrafo en el que ciertamente se exhorta a tomar las armas, pero el carácter atribuido por el lenguaje del título no aparece en ninguna parte. Por tanto, si quien lea únicamente esta traducción, sin leer el árabe original, llega a suponer que los musulmanes están siempre obligados a librar una guerra religiosa, probablemente no se le podrá culpar demasiado.
En ese tratado del Vaticano también se refuta otro punto importante. En Occidente suele creerse que el islam es una religión que mantiene siempre a los musulmanes confinados en los límites de la Edad Media y los incapacita para mantenerse al ritmo del progreso de la era científica moderna. Comparando esta situación con la análoga de los países cristianos, el tratado afirma: «Sin embargo, dentro de la expansión tradicional del pensamiento musulmán vemos la evolución de una sociedad progresista».
Estoy seguro de que muchos creyentes, sean musulmanes, judíos o cristianos, se sorprenderán ante este respaldo del Vaticano al islam. Esto se debe a que en el Vaticano nunca se había visto anteriormente una actitud que manifestara tal honestidad y apertura de espíritu. La actitud del pasado siempre fue de oposición y hostilidad. Sin embargo, muy pocas personas en Occidente conocen esta nueva perspectiva de las máximas autoridades de la Iglesia católica.
Por supuesto, quienes estaban informados no se sorprendieron en absoluto por los pasos posteriores. Por ejemplo, el presidente de la Oficina Vaticana para los Asuntos de los No Cristianos visitó oficialmente Arabia Saudí y se entrevistó con el rey Faisal; después, una delegación de ulemas saudíes visitó el Vaticano y el propio papa Pablo VI les ofreció oficialmente una recepción. Ambos acontecimientos tuvieron lugar en 1947. Si se tiene presente este contexto, será fácil comprender el significado espiritual de otro acontecimiento importante. El obispo de Estrasburgo, Hizgrès Elashingér, recibió a los ulemas en su catedral y les pidió que realizaran allí sus oraciones. Los ulemas accedieron a la petición, y, en su honor, el altar de oración de la iglesia fue colocado delante de ellos, orientado hacia la Kaaba, en dirección a la qibla. De este modo, representantes de los más altos niveles del mundo musulmán y del mundo cristiano aceptaron entablar un diálogo, porque creen en el mismo Allah único y respetan las diferencias mutuas. En estas circunstancias, es natural comparar entre sí todos los demás aspectos de las revelaciones de ambas partes. Una tarea pertinente de esta comparación consiste en verificar, a la luz de los datos y conocimientos científicos modernos, la veracidad de los relatos de los libros de ambas partes, es decir, del Corán y de la Biblia.
La relación entre la religión y la ciencia ha cambiado de un país a otro y de una época a otra. Sin embargo, ninguna doctrina de una religión monoteísta se ha opuesto jamás a la ciencia. No obstante, también es cierto que algunas autoridades religiosas pusieron a los científicos en dificultades en muchas ocasiones. En el mundo cristiano, durante muchos siglos, las autoridades religiosas se opusieron al progreso científico por la fuerza, sin prestar atención a la verdadera revelación. También conocemos las severas medidas punitivas que se adoptaron contra los científicos. Ya nadie ignora que, si no cambiaban de opinión, abandonaban sus investigaciones y pedían perdón, eran quemados vivos, y que, por temor a ello, muchos científicos huían y se marchaban a un exilio secreto. A este respecto puede mencionarse el caso de Galileo. Las autoridades eclesiásticas le impusieron un severo castigo por el delito de aceptar como verdadera la afirmación de Copérnico sobre la rotación de la Tierra. Es evidente que adoptaron esta medida basándose en una interpretación errónea de la Biblia, porque no pudieron utilizar directamente contra Galileo ningún versículo bíblico.
(Nota del traductor bengalí: Las autoridades católicas romanas del Vaticano, recientemente, después de 350 años, absolvieron a Galileo y lo despidieron diciendo: «El tribunal que condenó a Galileo se equivocó». El científico italiano Galileo fue condenado por la Iglesia católica romana en 1633, a los 69 años de edad, por el delito de apoyar por escrito y con firmeza la opinión de Copérnico de que el Sol no gira alrededor de la Tierra, sino que la Tierra gira alrededor del Sol, y posteriormente cumplió nueve años de arresto domiciliario. En 1980, el papa Juan Pablo II formó una comisión compuesta por científicos, historiadores y teólogos para volver a examinar las pruebas de aquel proceso. Basándose en las recomendaciones de la comisión, recientemente se publicó oficialmente el veredicto de absolución [semanario Time, 12 de marzo de 1984].
La perspectiva del islam sobre los científicos es, sin embargo, completamente distinta. En un hadiz se da una instrucción clara al respecto: «Id hasta China, incluso, para adquirir conocimiento». En otro hadiz se afirma que buscar el conocimiento es un deber indispensable de todo hombre y toda mujer.
Más adelante en esta exposición veremos que el propio Corán exhorta al estudio de la ciencia. Además, se ha demostrado que los comentarios y las descripciones detalladas de carácter explicativo que contiene el Corán sobre diversos fenómenos naturales son compatibles con los datos científicos modernos. En los libros de revelación de judíos y cristianos no existe ningún contenido ni ejemplo semejante.
Es cierto que, a lo largo de la historia del islam, algunos creyentes también han mantenido opiniones diferentes, es decir, hostiles, respecto de la ciencia. También es cierto que en ciertas épocas se descuidó la responsabilidad de recibir y impartir educación. Del mismo modo, es cierto que, como en otros lugares, en el mundo musulmán se intentó ocasionalmente impedir el progreso científico. Aun así, es necesario recordar que, durante la gloriosa época del islam, entre los siglos VIII y XII de la era cristiana, mientras en el mundo cristiano estaban vigentes las prohibiciones científicas, en las universidades islámicas se realizaban numerosas investigaciones y descubrimientos científicos. Allí también se conservaban importantes riquezas de la civilización y del conocimiento de aquella época. La biblioteca del califa en Córdoba tenía cuatrocientos mil libros. Abu Rushd enseñaba allí, y también existían medios para enseñar las ciencias griegas, indias y persas. Por esta razón, estudiantes y eruditos de toda Europa acudían entonces a Córdoba, del mismo modo que hoy todos viajan a Estados Unidos para completar su educación. En aquella época, los árabes actuaban como transmisores de las civilizaciones y culturas de los países que habían conquistado, y precisamente gracias a su perspectiva ilustrada y humanitaria hemos recibido a través de ellos innumerables manuscritos antiguos. Además, estamos especialmente en deuda con los árabes por las matemáticas —el álgebra fue inventada por ellos—, la astronomía, la física —la óptica y la ciencia de la luz—, la geología, la botánica, la medicina —Abu Ali Sina— y otras disciplinas. La ciencia y el estudio científico alcanzaron por primera vez un carácter y una dignidad internacionales en las universidades islámicas medievales. En comparación con la actualidad, las personas de entonces estaban mucho más imbuidas de inspiración religiosa; pero ello no les impidió ser al mismo tiempo creyentes y científicos en el mundo islámico. La ciencia era entonces compañera de la religión, y nunca fue apropiado cambiar esa situación.
Para el mundo cristiano, la Edad Media fue una época de encierro y de devoción inamovible a las formalidades religiosas. Sin embargo, es necesario subrayar algo: el hecho de que el ritmo de la investigación científica se hubiera ralentizado entonces no se debió a la revelación judeocristiana, sino a quienes se proclamaban sus servidores y representantes. Después del Renacimiento, esta situación cambió, y los científicos, como reacción natural, comenzaron a vengarse de sus antiguos enemigos. La venganza continúa todavía y actualmente ha llegado en Occidente a tal punto que, en los círculos científicos, quien habla de Alá es visto casi con sospecha. Esta actitud influye especialmente en todos los jóvenes con educación universitaria, incluidos los musulmanes.
Puesto que los científicos eminentes mantienen posturas extremas, difícilmente puede esperarse que sus jóvenes seguidores adopten una actitud diferente. Durante los últimos años, un científico médico galardonado con el Premio Nobel ha intentado convencer a todos de que la materia viva, o los seres vivos, pueden surgir accidentalmente a partir de ciertos elementos básicos. También ha escrito un libro sobre este tema. Ha afirmado que, bajo la influencia del entorno y las circunstancias, a partir de aquel organismo primitivo se forman animales bien estructurados y ordenados, y que finalmente este se convierte en el complejo ser humano.
La novedad de este conocimiento científico moderno sobre la creación de la vida puede conducir necesariamente a una persona reflexiva hacia una conclusión opuesta. Cuanto más se estudian las leyes y los métodos de la creación y conservación de la vida, más complejos parecen, y cuanto más se amplía el alcance del conocimiento, más llena de admiración se muestra la persona sabia. Puede comprender que la probabilidad de que algo ocurra accidentalmente en este largo y sutil proceso es muy pequeña. Cuanto más descubre datos y procesos minuciosísimos, más se fortalece su argumento a favor de la existencia de un Creador. Pero también hay personas que, en lugar de inclinar la cabeza con asombro y reverencia, se alzan con orgullo y rebeldía. Fruncen la nariz ante la mención de Alá; consideran esta idea un obstáculo y la rechazan con desprecio, como desprecian e ignoran cualquier interrupción de un momento de entretenimiento. Este es el reflejo de la sociedad materialista que triunfa en el mundo occidental.
Muchos científicos modernos son hoy portadores y transmisores de este pensamiento distorsionado y corrompido. ¿Qué fuerza espiritual podría emplearse para enfrentarlos y corregirlos?
Las religiones judía y cristiana reconocen casi abiertamente que no tienen capacidad para detener la ola de materialismo y ateísmo que actualmente ha llegado a Occidente. Ambas religiones se encuentran ahora completamente indefensas ante esa ola, y su capacidad de resistencia disminuye cada vez más de una década a otra. La ola se ha vuelto gradualmente arrolladora en todas partes. Para un ateo materialista, la forma tradicional del cristianismo consiste en que, durante los últimos dos mil años, se ha desarrollado con el propósito de mantener el poder y la autoridad de unos pocos sobre la mayoría de las personas. Tampoco considera que exista semejanza alguna entre el lenguaje del judeocristianismo y su propio lenguaje. Esto se debe a que las descripciones contenidas en aquel lenguaje presentan tantas improbabilidades, contradicciones e incoherencias frente a los datos científicos modernos, que no las considera en absoluto dignas de atención; sin embargo, la mayoría de los teólogos suelen exigir que esas descripciones se acepten en su totalidad como verdades evidentes por sí mismas.
Cuando se habla del islam a un ateo materialista, este suelta una risita de quien cree saberlo todo. Sin embargo, no posee en absoluto una concepción correcta del islam. Como la mayoría de los intelectuales occidentales de cualquier confesión religiosa, su concepción del islam es falsa y engañosa.
Por supuesto, existen razones comprensibles para esta situación. Dejando de lado los indicios de una nueva perspectiva que recientemente han aparecido en los niveles superiores del catolicismo, en Occidente se ha difundido generalmente una campaña de condena contra el islam. Quienes han logrado adquirir allí un conocimiento profundo del islam saben hasta qué punto se han presentado de forma distorsionada su historia, sus principios y sus objetivos. Además, los libros sobre el islam publicados en lenguas europeas, salvo algunas excepciones, tampoco resultan muy comprensibles para el lector común.
Desde este punto de vista, se comprenderá que es muy importante presentarles el contenido del Corán de manera correcta y comprensible. Pero, lamentablemente, algunos versículos del Corán, especialmente los que contienen datos científicos, han sido traducidos con tanta debilidad y explicados de forma tan inexperta que los científicos los critican, aparentemente con razón. Sin embargo, el Corán no merece en absoluto esas críticas. Es necesario prestar especial atención a este asunto a partir de ahora. Porque los errores de traducción o las confusiones interpretativas —cuya relación suele ser muy estrecha— que quizá no hubieran sorprendido a nadie hace uno o dos siglos, ahora provocan directamente la hostilidad de los científicos modernos. Si, debido a la debilidad de la traducción, el contenido se vuelve inaceptable desde el punto de vista científico, ningún científico estará dispuesto a examinarlo con sinceridad y concentración. En el capítulo relativo al nacimiento del ser humano se presentará un excelente ejemplo de este tipo de error.
Pero ¿por qué contienen este tipo de errores las traducciones? Una razón probablemente sea que los traductores modernos adoptan las explicaciones de los antiguos comentaristas sin examinarlas ni reflexionar sobre ellas. Cuando una palabra árabe tiene varios significados, quizá los antiguos comentaristas escogieron uno de ellos, y como consecuencia sus explicaciones quizá hayan terminado siendo inadecuadas. Sin embargo, probablemente tampoco se les pueda culpar demasiado por ello. Porque el significado de una palabra que, gracias a los descubrimientos científicos modernos, ahora quizá resulta muy fácil de comprender, no lo era tanto en la antigüedad. Por tanto, ha surgido la necesidad de revisar ahora las traducciones y las explicaciones. En el pasado nunca fue posible hacer esta revisión, porque entonces aún no se habían descubierto los conocimientos y datos que hoy tenemos a nuestro alcance. Sin embargo, esta cuestión de la traducción y la explicación se aplica únicamente al Corán. No tiene ninguna pertinencia en el caso de la Biblia.
Al principio me asombró mucho esta característica específica del examen científico del Corán. Nunca antes había podido imaginar que un texto compilado hace casi catorce siglos pudiera contener descripciones de tantos temas diversos y que estas pudieran concordar tan completamente con los datos científicos modernos. Al principio nunca tuve fe en el islam. Sin embargo, comencé a examinar el texto del Corán con una mente abierta y una perspectiva completamente imparcial. Si alguna influencia había actuado sobre mí, era la influencia de la educación que había recibido en mi juventud. La gente no decía «musulmán», sino «mahometano». Es decir, se daba a entender que, puesto que esta religión había sido instituida por un ser humano, no podía tener ningún valor en relación con Dios. Al igual que muchos occidentales, yo también pude haber conservado entonces esta falsa concepción del islam. Esta falsa concepción se ha difundido ahora tan ampliamente en Occidente que realmente me sorprendo cuando veo a alguien que no es especialista hablar correctamente sobre el islam. Por tanto, reconozco que, hasta encontrar una concepción distinta de la que prevalecía en Occidente, era completamente ignorante respecto al islam.
Comprendí que la concepción occidental era falsa a través de ciertas circunstancias excepcionales. Al principio encontré en Arabia Saudita un indicio de que aquella concepción podía contener errores.
Mi deuda de gratitud con el difunto rey Faisal es muy grande, y saludo su memoria con profunda reverencia. Conservo aún cuidadosamente el recuerdo del raro honor que me concedió al permitirme escuchar sus opiniones sobre el islam, así como la oportunidad que tuve de hacerle preguntas sobre algunos problemas relacionados con la interpretación del Corán a la luz de la ciencia moderna. Tuve la excepcional oportunidad de obtener de él y de sus acompañantes numerosos datos valiosos.
Después de conocer la enorme distancia entre la realidad del islam y la concepción que de él tiene Occidente, sentí especialmente la necesidad de aprender árabe. El árabe no es mi lengua materna, pero es la lengua de la obra fundamental de una religión que suele ser tan mal comprendida. Mi primer objetivo era leer el Corán en su lengua original y analizar cada frase a la luz de las explicaciones escritas por diversos comentaristas. Mi segundo objetivo era examinar especialmente las descripciones de distintos fenómenos naturales que aparecen en el Corán. Esto se debe a que en esas descripciones hay muchos detalles que, al leerlos en árabe, se comprenden desde la primera lectura como exactos y precisos, y desde el principio me parecieron plenamente concordantes con los conocimientos modernos. También me pareció entonces que para ninguna persona de la época de Muhammad (la paz sea con él) habría sido posible conocer tales datos. Más tarde leí varios libros escritos por autores musulmanes sobre los datos científicos del Corán y me beneficié considerablemente de ellos. Sin embargo, todavía no he sabido que en Occidente se haya realizado investigación alguna sobre este tema.
Lo primero que advierte quien lee por primera vez el texto del Corán es que en esta obra se tratan numerosos temas: la creación, la astronomía, explicaciones sobre ciertos aspectos de la Tierra, el mundo animal, el mundo vegetal, la reproducción humana, etcétera. En todos estos temas encontré muchos datos erróneos en la Biblia, pero no encontré ni un solo error en el Corán. Por eso me detuve y me pregunté: si el Corán hubiera sido escrito por un ser humano, ¿cómo habría sido posible que en el siglo VII registrara datos que hoy vemos concordantes con los conocimientos científicos modernos? Además, no hay absolutamente ningún motivo para dudar de que el texto del Corán que tenemos actualmente sea exactamente el de aquella época (más adelante, en un capítulo, expondré este asunto en detalle). Entonces, ¿qué explicación humana podría darse de este hecho? Creo que no tiene explicación, ni puede tenerla.
No creo que pueda existir una explicación razonable, desde el punto de vista del entendimiento humano, para que un habitante de la península arábiga contemporáneo del reinado del rey Dagoberto de Francia (629-639) poseyera, en ciertos campos, conocimientos científicos que incluso en nuestro siglo XX se consideran adelantados en al menos mil años.
El Corán fue revelado durante aproximadamente veinte años, antes y después del comienzo de la era de la Hégira (622 d. C.). Hoy está establecido como un hecho que, hasta ese período, no se había producido ningún avance en el conocimiento científico durante varios siglos, y que solo después de que concluyera la revelación del Corán comenzó la etapa de actividad de la civilización islámica, incluida la investigación científica. Quienes desconocen este hecho hacen muchas afirmaciones absurdas y ridículas. Yo mismo he oído varias veces una de ellas. Dice así: si el Corán contiene alguna descripción sorprendente de naturaleza científica, se debe a que los científicos árabes eran muy competentes y avanzados, y Muhammad (la paz sea con él) había sido influido por ellos. Cualquiera que tenga el más mínimo conocimiento de la historia del islam comprenderá que ese comentario no solo es ridículo, sino también fruto de la fantasía. Saben que la época medieval de progreso cultural y científico del mundo árabe comenzó después de Muhammad (la paz sea con él). Además, ese tipo de comentario es incongruente y carece de fundamento por otra razón: los datos científicos del Corán, ya se trate de indicios o de descripciones concretas y claras, han sido confirmados precisamente por las investigaciones de la era moderna.
Por esta razón, durante siglos los comentaristas del Corán, incluso los de la gloriosa época de la civilización islámica, incurrieron inevitablemente en errores al interpretar ciertos versículos. Evidentemente, en aquel entonces no les era posible comprender su verdadero significado. Mucho más tarde, y ya casi en nuestra época, fue posible traducir e interpretar correctamente esos versículos. Es decir, para comprender correctamente los versículos del Corán no basta con conocer la lengua. También es necesario poseer conocimientos suficientes sobre las distintas ramas de la ciencia. En realidad, para comprender el Corán se necesita conocimiento de diversos campos y, desde este punto de vista, podría decirse que es preciso tener a mano un acervo de conocimientos semejante a una enciclopedia. A medida que avancemos en esta discusión y examinemos diversos temas, veremos que para comprender el significado de ciertos versículos se vuelven indispensables distintos tipos de conocimientos y datos científicos.
Sin embargo, el objetivo del Corán no es explicar las leyes que rigen y ordenan el universo. Su objetivo principal es enteramente religioso. La descripción de la soberanía de Dios es lo que inspira al ser humano a reflexionar sobre el misterio de la creación. Junto con esta descripción aparecen referencias a fenómenos observables por el ser humano y a leyes que puede comprender. Esto se debe a que Dios es el único que rige y ordena el universo compuesto por los seres humanos y la naturaleza. Una parte de esta afirmación quizá pueda comprenderse fácilmente, pero para captar la otra es indispensable contar con conocimientos científicos. Por esta razón, en épocas anteriores el ser humano solo podía extraer de ciertos versículos su significado aparente, y los conocimientos necesarios para evitar que llegara a conclusiones erróneas aún no habían sido descubiertos; por ello no le era posible conocerlos.
A muchos les ha parecido reducido el número de versículos que es necesario examinar por su contenido científico. Probablemente eso mismo pensaron quienes prestaron atención a este asunto antes que yo. Yo, por mi parte, he seleccionado incluso algunos versículos menos que esos autores musulmanes. Sin embargo, he escogido algunos versículos que antes no se consideraban muy importantes desde una perspectiva científica. Al menos, eso es lo que me ha parecido. Si por error he seleccionado algún versículo elegido por autores anteriores, espero que no se lo tomen a mal. En algunas obras he encontrado interpretaciones científicas del Corán, pero no me han parecido del todo convincentes. He intentado ofrecer mi propia interpretación de esos versículos con una mente abierta y una conciencia limpia.
Del mismo modo, busqué en el Corán algún tema que fuera comprensible para los seres humanos, pero que no estuviera respaldado por los datos científicos modernos. Creo que encontré en el Corán un pasaje que habla de la existencia, en los cuerpos celestes, de otros planetas semejantes a nuestra Tierra. Muchos científicos admiten la posibilidad de algo así, pero todavía no se han obtenido datos científicos que permitan afirmar nada con certeza. Aunque aún queda un amplio margen para la duda, considero que es mi deber mencionar este asunto.
Si este libro se hubiera escrito treinta años antes, habría sido necesario mencionar otro hecho predicho por el Corán. Se trata de un asunto astronómico: la conquista del espacio por parte del ser humano. Después de los primeros ensayos de misiles de largo alcance, la humanidad podía suponer, en términos generales, que algún día dispondría de los medios y equipos necesarios para viajar personalmente desde la Tierra y explorar el espacio. También se sabía entonces que un versículo del Corán había predicho que el ser humano conquistaría algún día el espacio. Esa predicción ha quedado demostrada como verdadera.
En la confrontación actual entre las Escrituras y la ciencia, se están examinando las afirmaciones tanto de la Biblia como del Corán a la luz de las verdades establecidas científicamente. Sin embargo, en este caso la verdad científica debe estar establecida de manera completamente sólida y coherente, sin dejar lugar alguno a la duda. Quienes no reconocen la necesidad de la ayuda de la ciencia para comprender el significado de las Escrituras creen que la ciencia no puede formular ninguna concepción razonable y válida que permita compararla con las afirmaciones religiosas, y que esto se aplica por igual a la Biblia y al Corán. Pero ya hemos visto que las afirmaciones de la Biblia no resisten la confrontación con las verdades científicas, mientras que las del Corán coinciden exactamente con ellas. Ellos dicen que la ciencia cambia con el tiempo: lo que hoy se acepta como verdadero podría ser rechazado algún tiempo después. Tal vez tengan razón; también hay algo que decir sobre este asunto.
Las teorías cambian, pero la verdad no cambia. En la confrontación con las Escrituras hablamos de la verdad, no de las teorías. Una teoría no es más que una suposición, mientras que la verdad es una conclusión comprobada y demostrada. El objetivo de una teoría es hacer comprensible un fenómeno o una visión que no se comprende fácilmente. Por ello, después de descubrir nuevos datos sobre ese fenómeno o esa visión, la teoría anterior puede ser modificada o descartada y sustituida por una nueva. Pero cuando una verdad ha sido comprobada y establecida mediante pruebas y experimentos, ya no cambia. Además, resulta más fácil determinarla que antes. Ahora está comprobado y establecido que la Tierra gira alrededor del Sol y que la Luna gira alrededor de la Tierra. Esta verdad no cambiará, aunque en el futuro quizá puedan determinarse esas órbitas con mayor precisión.
Un físico musulmán llamó mi atención sobre un versículo del Corán y afirmó que en él se predice el concepto de la antimateria. Pero no pude estar de acuerdo con él, porque toda teoría es susceptible de cambiar y la teoría de la antimateria sigue siendo un asunto controvertido. Sin embargo, merece una profunda atención el versículo del Corán que describe la creación de la vida a partir del agua. Tal vez nunca podamos demostrar esa afirmación experimentalmente, pero hay muchos argumentos a su favor. En el caso de fenómenos visibles, como el embrión humano, si se comparan las diversas etapas de su desarrollo descritas en el Corán con los datos de la embriología moderna, se observa una coincidencia y una concordancia completas.
Esta confrontación del Corán con la ciencia se ha llevado a cabo también sobre la base de otros dos tipos de comparación. Primero, se comparó la información proporcionada por la Biblia con la ciencia; segundo, se comparó la información del Corán, libro de la revelación, con la información de los hadices sobre las palabras y los actos de Muhammad (saw).
En la parte final de este análisis se han presentado los resultados de comparar las descripciones bíblica y coránica de un acontecimiento concreto. También se ha mostrado cuál ha sido la situación de ambas descripciones al someterlas a un examen y una crítica basados en la ciencia. Por ejemplo, se han examinado la creación del universo y el Diluvio, y se ha señalado la discordancia entre la descripción bíblica y los datos científicos. También se ha destacado la perfecta concordancia observada entre la descripción coránica del mismo asunto y los datos científicos. Así podremos comprender correctamente, en la época actual, qué descripción de qué libro es aceptable y cuál no lo es.
Este asunto es especialmente importante, porque en Occidente judíos, cristianos y ateos afirman conjuntamente, sin ninguna prueba ni evidencia, que Muhammad escribió el Corán por su cuenta imitando la Biblia, o que hizo que alguien lo escribiera para él. También afirman que todas las historias de la historia religiosa que aparecen en el Corán no son más que repeticiones de las historias bíblicas. Decir esto es una muestra de extrema insensatez. Sería igualmente insensato afirmar que Jesús, al predicar su religión, tomó inspiración del Antiguo Testamento para engañar a sus contemporáneos; aunque ya hemos visto que el Evangelio de Mateo fue escrito enteramente siguiendo la continuidad del Antiguo Testamento. Pero ¿podría algún teólogo imaginar que, por esa razón, Jesús debiera ser privado de la dignidad de profeta de Allah? Sin embargo, en Occidente Muhammad (saw) es juzgado exactamente de esa manera. Se dice: «No hizo nada más que copiar la Biblia». A lo sumo, este comentario puede calificarse de veredicto chapucero. Quienes lo hacen no examinan profundamente que en la Biblia y en el Corán hay descripciones diferentes de un mismo acontecimiento; por tanto, no puede plantearse ninguna cuestión de copia. Naturalmente, no quieren discutir esta diferencia y dan por sentado que ambos libros contienen descripciones del mismo tipo. En consecuencia, no consideran necesario confrontarlos con la ciencia. Abordaremos más ampliamente este asunto al tratar la creación del universo y el Diluvio.
La relación de Jesús con el Evangelio es exactamente del mismo tipo que la relación de Muhammad (s.a.s.) con los hadices. En ambos casos, se trata únicamente de relatos de las palabras y los actos de los dos profetas. En ninguno de los dos casos fueron los autores testigos presenciales. En el caso de los hadices, ciertamente también hubo autores que fueron testigos presenciales. Sin embargo, quienes recopilaron los hadices mucho tiempo después de la vida de Muhammad (s.a.s.) también son considerados sumamente fiables. Ni los hadices ni los Evangelios son libros de la revelación. No son la palabra de Allah, sino únicamente las palabras del profeta. En estos libros, ampliamente leídos, se encuentran algunos relatos que son erróneos desde el punto de vista científico, especialmente en lo relativo al tratamiento de las enfermedades. Hemos excluido de nuestra consideración cualquier cuestión religiosa, porque no hemos tratado ese problema en el libro desde la perspectiva de los hadices. Existen dudas sobre la autenticidad y fiabilidad de muchos hadices, y los propios especialistas musulmanes han debatido esta cuestión. En este libro se ha mencionado el contenido científico de algunos hadices, porque en el Corán no hay ningún relato científico que no sea aceptable para los especialistas. La diferencia entre los hadices y el Corán, como veremos, resulta bastante sorprendente.
Frente a este argumento, ya no puede considerarse aceptable ninguna de las afirmaciones de quienes sostienen que Muhammad (s.a.s.) es el autor del Corán. ¿Cómo podría un hombre analfabeto ser, por la calidad literaria, el autor más importante de todo el mundo literario árabe? Y ¿cómo pudo proclamar en aquella época verdades científicas que ningún otro ser humano habría podido descubrir entonces? ¿Y hacerlo sin cometer absolutamente ningún error?
Las distintas líneas de pensamiento de este libro se han elaborado desde una perspectiva puramente científica. Como resultado, se ha establecido la conclusión de que es inconcebible que un hombre del siglo VII haya presentado en el Corán, sobre diversos temas, relatos que no pertenecían a su propia época y cuya veracidad solo se conocería varios siglos después. Por esta razón, al menos yo considero que el Corán no puede tener una explicación humana.
La autenticidad del Corán y cómo fue escrito
Dado que no existe desacuerdo respecto a la autenticidad del Corán, este libro ocupa una posición única y destacada entre los libros de la revelación. Esta característica no se encuentra ni en el Nuevo Testamento ni en el Antiguo Testamento. En los dos primeros capítulos hemos descrito cómo esas dos obras fueron modificándose hasta llegar a su forma actual. En el caso del Corán, sin embargo, no ocurrió nada semejante, porque fue puesto por escrito durante la época de Muhammad (s.a.s.). Más adelante describiremos cómo fue escrito, es decir, cuál fue el proceso.
Es necesario señalar a este respecto que la diferencia entre el Corán y la Biblia no está relacionada en modo alguno, fundamentalmente, con la cuestión de las fechas en que fueron revelados estos dos libros. Algunas personas plantean ciertamente preguntas de este tipo, pero no tienen en cuenta las condiciones y circunstancias de la época en que se escribieron los libros judíos y cristianos y el Corán. Afirman que un libro del siglo VII tiene más posibilidades de haber llegado hasta nuestros días sin modificaciones que un libro de hace mil quinientos años. Eso es cierto, pero no basta como explicación. Esta afirmación se utiliza como excusa para las modificaciones sufridas por los libros judíos y cristianos; sin embargo, no reconoce el hecho de que no existía ninguna posibilidad de que los seres humanos alteraran el texto del Corán.
En el caso del Antiguo Testamento, puesto que numerosos autores narraron la misma historia y ciertos libros fueron revisados muchas veces desde la época anterior a Cristo, surgieron precisamente tantas ocasiones para errores y contradicciones. Y en el caso del Nuevo Testamento, es decir, los Evangelios, nadie puede afirmar que en esta obra se hayan registrado de manera exacta y conforme a la realidad las palabras de Jesús o los relatos de sus actos. Además, ya hemos visto que ninguno de los textos que fueron preparados sucesivamente en diferentes épocas era auténtico, y que ninguno de los autores de esos textos fue testigo presencial.
Es necesario comprender debidamente a este respecto la diferencia entre el Corán y los hadices. El Corán es un libro de la revelación escrita, mientras que los hadices son una recopilación de los relatos de las palabras y los actos de Muhammad (s.a.s.). Algunos de sus compañeros comenzaron a escribir esos relatos inmediatamente después de la muerte del Profeta. Sin embargo, los relatos también se escribieron posteriormente. (Ciertamente, algunos relatos fueron escritos durante la vida del Profeta por él mismo y también por sus compañeros.) En el caso de la transmisión oral o de la memoria, es natural que todo ser humano cometa errores. Por esta razón, todas las obras de este tipo fueron aceptadas después de un riguroso examen crítico y una minuciosa investigación. No obstante, al igual que ocurre con los relatos de la Biblia, también existe la posibilidad de que la autenticidad de los distintos hadices sea mayor o menor. Aun así, es significativo que ningún relato de la Biblia fuera escrito durante la época de Jesús, sino mucho después. Los hadices tampoco fueron recopilados durante la vida de Muhammad (s.a.s.); sin embargo, el trabajo de recopilación comenzó inmediatamente después de su muerte.
En el caso del Corán, por supuesto, la situación era completamente diferente. En cuanto descendía una revelación, el Profeta y sus compañeros la memorizaban, y sus seguidores y escribas designados la ponían por escrito. Por tanto, el Corán comenzó con dos características: su memorización y su transcripción; ambas constituyen pruebas de su autenticidad. En el caso de la Biblia no existen características semejantes ni pruebas de autenticidad. Este proceso de memorizar y escribir el Corán continuó hasta el fallecimiento de Muhammad (s.a.s.). En aquella época, cuando muchas personas no sabían leer ni escribir, pero todos podían memorizar y recitar, existía una ventaja excepcional: al recopilar por escrito la revelación, era posible cotejarla con las recitaciones de varias personas.
La revelación del Corán descendió sobre Muhammad (s.a.s.) por medio del ángel Gabriel. Este descenso continuó durante más de veinte años. Primero descendieron algunos versículos de la sura número 96, Al-Alaq; después no descendió ninguna otra revelación durante tres años. Pasados esos tres años, las revelaciones volvieron a descender y continuaron durante unos veinte años, hasta el fallecimiento del Profeta en el año 632 d. C. Los primeros diez años de ese período de veinte años fueron anteriores a la Hégira —la migración de Muhammad (s.a.s.) de La Meca a Medina en el año 622 d. C.— y los diez años restantes fueron posteriores a ella.
La primera revelación fue la siguiente (sura 96, Al-Alaq, versículos 1-5):
«Lee, en el nombre de tu Señor, quien creó; creó al ser humano a partir de un coágulo de sangre.
Lee, y tu Señor es el Más Generoso, quien enseñó por medio de la pluma; enseñó al ser humano lo que no sabía».
Muhammad (s.a.s.) quedó completamente sobrecogido por esta revelación. Más adelante explicaremos esta revelación, especialmente teniendo en cuenta que él no sabía escribir ni leer.
El profesor Hamidullah señaló en la introducción a su traducción francesa del Corán que uno de los temas de esta primera revelación es «la exaltación de la pluma como medio del conocimiento humano» y que «por ello el Profeta se esforzó por conservar el Corán por escrito».
El propio texto del Corán proporciona una prueba formal de que, antes de que Muhammad (s.a.s.) emigrara de La Meca a Medina, ya se había puesto por escrito la revelación descendida hasta ese momento. Ahora podremos comprobar que el Corán es verdaderamente auténtico en este aspecto. Esto se debe a que las revelaciones posteriores mencionan que las primeras revelaciones ya habían sido puestas por escrito. Sabemos que Muhammad (s.a.s.) y sus compañeros estaban acostumbrados a memorizar el texto de la revelación y a recitarlo de memoria. Por tanto, cuando una revelación posterior mencionaba que las revelaciones anteriores habían sido puestas por escrito, era muy fácil comprobar la veracidad de esa afirmación. Bastaba con preguntar a quienes habían sido encargados de escribir y conservar el Corán para obtener dicha prueba.
En cuatro suras de ese período se menciona que, incluso antes de la Hégira, se habían escrito las revelaciones recibidas hasta entonces.
—Sura Abasa (80:11-16): «Tal conducta es impropia; esto es un recordatorio. Quien quiera, lo recordará. Está en Escrituras sublimes, elevadas en dignidad y purificadas, escritas por manos de escribas nobles y virtuosos».
El erudito Yusuf Ali afirmó en el comentario de su traducción del Corán, publicada en 1934, que cuando fue revelada esta sura ya se habían escrito cuarenta y dos o cuarenta y cinco suras —de un total de 114— y que los musulmanes las conservaban en La Meca.
—Sura Al-Buruy (85:21-22): «En verdad, este es un Corán glorioso, escrito en una Tabla protegida». —Sura Al-Waqia (56:77-80): «Ciertamente, este es un Corán glorioso, que se encuentra
en un Libro protegido; nadie lo tocará salvo quienes sean puros. Es una revelación del Señor de los mundos».
—Sura Al-Furqán (25:5): «Dicen: “Estas no son más que leyendas de los antiguos, que él ha hecho escribir; se las leen por la mañana y por la tarde”».
Aquí se menciona la acusación de los enemigos del Profeta. Lo consideraban un impostor. Difundían el rumor de que ante él se relataban leyendas antiguas y que él mandaba ponerlas por escrito. Por lo tanto, se ve que incluso los enemigos de Muhammad mencionaron que se preparaban documentos escritos.
En una sura revelada después de la Hégira se hace, por última vez, mención de páginas escritas que contienen las exhortaciones celestiales.
—Sura Al-Bayyina (98:2-3): «Un Mensajero de parte de Dios, que recita un libro en el que hay preceptos rectos».
Por tanto, el propio Corán demuestra que fue puesto por escrito durante la vida del Profeta. Es de todos sabido que entre sus seguidores había varios kátibs o escribas, y el más famoso de ellos era Zayd ibn Zabit.
El profesor Hamidullah, en el prólogo de su traducción francesa del Corán (1971), sobre el fallecimiento del Profeta
ofreció una hermosa descripción de las circunstancias existentes hasta el momento en que se puso por escrito el texto coránico. Dijo: «Todos los expertos han afirmado unánimemente que, cada vez que se revelaba una revelación, el profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) llamaba a uno de sus compañeros alfabetizados para que la escribiera, y le indicaba en qué lugar de la sucesión de revelaciones anteriores debía colocarse esta nueva revelación. […] Una vez terminada la escritura, le pedía al escriba que se la leyera y, si se había cometido algún error, lo corregía. […] Según otro relato, cada año, durante el mes de ramadán, el Profeta recitaba ante el ángel Gabriel todas las revelaciones que habían sido reveladas hasta entonces. … Durante el ramadán anterior a su fallecimiento, Gabriel le hizo recitar el Corán entero dos veces. ……… Es de todos sabido que, además de recitar el Corán en las cinco oraciones diarias, desde la época del propio Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) los musulmanes acostumbran a recitar el Corán entero durante el mes de ramadán con especial atención. Varios expertos han señalado que Zayd, el escriba de Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él), estuvo personalmente presente durante la compilación definitiva del texto de las revelaciones. En otros lugares se menciona también la presencia de muchas otras personalidades destacadas».
Al principio, el Corán se escribía sobre diversos materiales. Se utilizaban cuero, tablillas de madera, huesos de los hombros de camellos, piedras y muchas otras cosas. Al mismo tiempo, Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) ordenaba a sus compañeros que memorizaran el Corán, y ellos así lo hacían. Como resultado, muchos memorizaron entonces el Corán entero, fueron conocidos como hafiz y difundieron sus enseñanzas en distintos países. De este modo, con el paso del tiempo, la conservación del Corán tanto por escrito como de memoria demostró ser muy valiosa e importante.
Poco después del fallecimiento del profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él), en el año 632 d. C., Abu Bakr, el primer califa del islam, pidió a Zayd ibn Zabit, antiguo escriba principal del Profeta, que copiara un ejemplar del Corán. Bajo la supervisión de Umar, el futuro segundo califa, Zayd comenzó en Medina la recopilación de información. Reunió el texto coránico escrito sobre diversos materiales que se encontraban en manos de distintas personas y, tras consultar a los hafiz y cotejarlo con lo que habían memorizado, preparó una copia completa. Así se elaboró una compilación exacta y plenamente digna de confianza.
Según los expertos, el califa Umar (que se convirtió en califa en 634, después de Abu Bakr) preparó y conservó posteriormente un único volumen del Corán completo. Antes de morir, entregó este volumen a su hija Hafsa, viuda del Profeta.
El tercer califa, Uthmán, estuvo en el poder desde 644 hasta 655 d. C. Formó una comisión de expertos para perfeccionar y armonizar aún más la compilación. La comisión comenzó su trabajo basándose en la compilación preparada durante el califato de Abu Bakr y que entonces estaba bajo la custodia de Hafsa. Escucharon las recitaciones memorizadas por los hafiz y recogieron sus testimonios. De este modo, realizaron un examen e investigación minuciosos para cerciorarse de la autenticidad de varios pasajes. Se adoptó la máxima cautela al respecto, y ni siquiera en el caso más ligeramente dudoso se aceptaba un pasaje como auténtico y exacto hasta que coincidieran los testimonios de todos los testigos. Es de todos sabido que, en lo referente a las instrucciones contenidas en algunos versículos del Corán, otros versículos fueron abrogados. Si se recuerda que la misión profética de Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) se prolongó durante más de veinte años, se obtiene una explicación sencilla de esta situación. La comisión completó su trabajo ordenando las suras siguiendo exactamente la misma secuencia que el profeta Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) observaba al recitar el Corán entero durante el mes de ramadán.
Algunas personas quizá se pregunten por qué surgió la necesidad de recopilar y compilar el Corán durante el mandato de los tres primeros califas, especialmente bajo Uthmán. Pero la respuesta a esta pregunta es muy sencilla. En las primeras décadas posteriores al fallecimiento del Profeta, el islam se expandió rápidamente, y los pueblos entre los que tuvo lugar esa expansión no tenían el árabe como lengua materna. Por lo tanto, antes de que se tradujera a otras lenguas, era necesario garantizar que el texto de la lengua original permaneciera puro y exacto. Ese era el propósito y el objetivo de la comisión de Uthmán.
El califa Uthmán envió copias del Corán compilado de ese modo a los distintos centros del Estado islámico, y por esta razón el profesor Hamidullah ha dicho que ese Corán de la compilación de Uthmán todavía puede encontrarse en las antiguas colecciones de Taskent y Estambul. Los ejemplares más antiguos del Corán que actualmente se han descubierto en diversos lugares del mundo islámico son todos del mismo tipo, salvo uno o dos pequeños errores de copia. Lo mismo se aplica a los ejemplares del Corán conservados en distintos lugares de Europa. (Los expertos consideran que el fragmento del antiguo Corán conservado en la Biblioteca Nacional de la Bibliothèque Nationale de París pertenece a los siglos VIII y IX de la era cristiana, es decir, a los siglos II y III de la hégira). En cualquier caso, lo esencial es que todas las copias de antiguos coranes descubiertas hasta ahora son del mismo tipo. Puede haber pequeñas diferencias en algunos casos, pero el significado general de su texto no cambia en absoluto. Si en algún pasaje parece existir la posibilidad de más de una interpretación, probablemente se deba a que el método de redacción del Corán es más sencillo que el método de redacción actual. Por ejemplo, al no existir signos que indiquen la vocalización (kasra, fatha, damma, etc.), un verbo puede interpretarse como transitivo o como intransitivo; un género puede interpretarse como masculino o como femenino. Pero, puesto que el sentido queda claro por el contexto de la frase, esta dificultad no constituye en realidad ninguna dificultad.
Las 114 suras del Corán están ordenadas según su extensión, con las suras largas seguidas de las cortas; sin embargo, esta regla también tiene excepciones. Aunque en la mayoría de los casos se mantiene el orden cronológico de la revelación, no ocurre así en todas partes. Muchas descripciones de un mismo tema aparecen en distintos lugares del texto, por lo que parece que hay repeticiones. A menudo se observa que en un párrafo se ofrece una descripción detallada de un tema que en otro párrafo se presenta de manera incompleta. Al igual que muchos otros temas descritos en el Corán, diversos datos relacionados con la ciencia moderna están dispersos por todo el libro. No existe ninguna clasificación.
La creación de los cielos y la Tierra
Similitudes y diferencias con la descripción bíblica
En el Antiguo Testamento existe, en un único lugar, una extensa descripción continua de la creación del universo; en el Corán, en cambio, no existe una descripción única de ese tipo. En lugar de una sola descripción continua, hay en distintas partes del Corán numerosos pasajes en los que se arroja luz sobre ciertos aspectos de la creación y se ofrecen diversos datos acerca de los acontecimientos posteriores del desarrollo de la creación. Estos datos son a veces detallados y a veces resumidos. Para obtener una idea clara de cómo se describen esos acontecimientos, es necesario reunir y combinar aleyas procedentes de numerosas suras.
Pero esta situación no existe únicamente en relación con la creación del universo. El Corán contiene muchos temas importantes en los que distintos datos y aspectos de un mismo asunto se describen en diferentes lugares. Como ejemplo pueden mencionarse diversos temas relacionados con la Tierra o los cielos, así como diversos temas relacionados con la humanidad, que pueden interesar o despertar la curiosidad de los científicos. En cada uno de estos temas se ha intentado, con considerable esfuerzo, reunir las aleyas correspondientes.
Muchos comentaristas europeos consideran que las descripciones de la creación en el Corán y en la Biblia son del mismo tipo, y por eso suelen mencionarlas una junto a la otra. Pero yo considero que esta idea es completamente errónea. Porque existen, evidentemente, muchas diferencias entre ambas descripciones. En el Corán hay descripciones de muchos asuntos que no carecen en absoluto de importancia desde el punto de vista científico, pero en la Biblia no existe ningún equivalente de ellas. Asimismo, en la Biblia hay descripciones que no tienen ningún equivalente en el Corán.
La semejanza aparente entre las dos escrituras es universalmente conocida. A primera vista, dentro de esta semejanza se observa que en ambos casos se afirma que la creación se realizó en seis etapas. En la Biblia se mencionan seis días, y en el Corán también se mencionan seis días. Pero en realidad el asunto no es tan sencillo, sino bastante complejo; por lo tanto, es necesario examinarlo un poco.
Las seis etapas de la creación
Según el relato bíblico, la creación se completó en seis días, y el séptimo fue el sabbat, es decir, el día de descanso. Estos siete días corresponden a los siete días de la semana. El relato bíblico no presenta ninguna ambigüedad. El relato mencionado aquí pertenece a la versión sacerdotal de la Biblia, sobre la cual ya se ha hablado anteriormente. El relato de la versión yahvista ha sido resumido ahora en apenas unas pocas líneas. Por ello, en este contexto no merece consideración alguna. Como los sacerdotes del siglo VI a. C. siguieron este relato, se alentó al pueblo común a observar el sabbat. Se esperaba que, del mismo modo que Dios descansó el séptimo día después de trabajar seis días, los judíos también descansaran durante el día del sabbat (la palabra hebrea sabbat significa descanso).
Tal como se explica en la Biblia, por «día» se entiende lo que para un ser humano habitante del mundo significa el tiempo comprendido entre dos amaneceres o dos puestas de sol. Si «día» tiene ese significado, entonces, cuando aún no habían sido creados la Tierra ni el Sol, ni había surgido posibilidad alguna de que la Tierra girara sobre sí misma o alrededor del Sol, ¿de dónde surgió aquel «día»? ¿Cómo se pudo calcular el día? Por consiguiente, frente a la razón y la coherencia, el relato bíblico no puede considerarse en absoluto aceptable. Ya al comienzo de este libro
se ha tratado esta improbabilidad.
Al comparar la mayoría de las traducciones del Corán, se observa que, al igual que en la Biblia, también en el Corán se afirma que la creación se realizó en seis días. Probablemente no se pueda culpar demasiado a los traductores por haber adoptado el significado más común de la palabra árabe correspondiente. El versículo 54 de la sura 7 del Corán (Al-A‘raf) suele traducirse de la siguiente manera:
«Vuestro Señor es Alá, quien creó los cielos y la Tierra en seis días».
Solo en un número muy reducido de traducciones y comentarios del Corán se encuentra la indicación de que por «día» debe entenderse en realidad «período». También se afirma que la palabra «días» aparece en el texto coránico precisamente para evitar un conflicto directo con la creencia ampliamente difundida en aquella época entre judíos y cristianos.
Sin rechazar este punto de vista, quizá podamos buscar la solución del problema en el propio Corán y, de manera más general, examinar el significado y la importancia de la palabra en el idioma corriente de aquella época. La palabra que muchos traductores han traducido, y siguen traduciendo, como «día» es, en árabe, «yawm», cuyo plural es «ayyam».
El significado común de la palabra es «día». Sin embargo, es necesario señalar que, con este sentido, suele indicar más bien el período comprendido entre el amanecer y el ocaso de un día, y no el tiempo transcurrido desde el ocaso de un día hasta el ocaso del día siguiente. La palabra plural «ayyam» no significa únicamente «días», sino también «un período muy largo». Indica un período indefinido, pero siempre prolongado. El significado de «duración de tiempo» que encierra la palabra se encuentra ejemplificado en otra parte del Corán. Véase la aleya 5 de la sura 32 (As-Sajda):
«… un día (yawm) cuya duración será igual a mil años según vuestro cálculo».
Cabe señalar que precisamente en la aleya anterior se menciona que la creación se completó en seis períodos.
Véase también la aleya 4 de la sura 70 (Al-Ma’arij):
«… un día (yawm) equivalente a cincuenta mil años terrestres». Los primeros comentaristas pudieron comprender que «yawm» designaba una duración de tiempo completamente distinta de lo que se entiende por «día»; pero no poseían el conocimiento que hoy tenemos sobre la duración de las distintas etapas del proceso de creación del universo. Por ejemplo, no era posible que Abu as-Su’ud, en el siglo XVI, tuviera el conocimiento astronómico de lo que significa un día según la rotación de la Tierra; sin embargo, pensaba que el tiempo de la creación estaba dividido en distintos períodos, y que en esos períodos no se trataba de lo que significa un día. Más bien, la duración de la creación estaba dividida en diversos «acontecimientos» (nawba, en árabe).
Los comentaristas modernos sostienen también esta misma opinión. Al explicar cada una de las aleyas relativas a las distintas etapas de la creación, Yusuf Ali recalcó especialmente en su comentario (1934) que no es correcto interpretar el significado de la palabra «yawm» como «día»; su verdadero significado es «un período muy largo, o eras enteras, incluso cientos o miles de años».
Por lo tanto, puede decirse que el Corán afirma que para la obra de la creación transcurrieron seis períodos muy largos. Aunque el ser humano provisto de la ciencia moderna no pueda establecer cuáles fueron las seis etapas que atravesó el complejo proceso de creación y formación del universo, sí se ha establecido con toda certeza que durante dicho proceso transcurrieron varios períodos de tiempo extremadamente prolongados, y que sería ridículo interpretar esos períodos en el sentido del «día» tal como nosotros lo entendemos.
En uno de los párrafos más extensos del Corán, al describir la creación, se menciona, junto con algunos acontecimientos relativos a la Tierra, un acontecimiento relativo al cielo. En los versículos 9-12 de la sura 41 (Hamim as-Sajda) se dice: (Allah dijo al Mensajero):
«Di: “¿Acaso vais a negar a Aquel que creó la Tierra en dos días y vais a ponerle iguales? Él es el Señor de los mundos”».
«Él estableció sobre su superficie montañas firmes, puso en ella bendición y dispuso en ella el sustento durante cuatro días, por igual para todos los que lo buscan. Después se ocupó del cielo, que era una especie de masa de humo. Luego les dijo a este y a la Tierra: “Preparaos ambos para cumplir mi mandato, de buen grado o a disgusto”. Ambos dijeron: “Estamos preparados con obediencia”».
Después convirtió el cielo, en dos días, en siete cielos, y comunicó a cada cielo su cometido. Adornó el cielo más cercano con lámparas y lo protegió. Así lo dispuso Allah, el Poderoso, el Omnisciente.»
Es necesario analizar detalladamente todos los asuntos mencionados en estos cuatro versículos. En particular, la naturaleza inicialmente vaporosa de los cuerpos celestes y el significado simbólico del número siete aplicado a los cielos requieren una investigación especial. Podremos conocer el sentido y la importancia implícitos de este número. También es simbólico el diálogo de Allah con el cielo y la Tierra.
Aquí, por supuesto, se expresa el hecho de que, una vez formados los cielos y la Tierra, se sometieron al mandato de Allah.
Sin embargo, los críticos han visto aquí una contradicción con los seis períodos de la creación. Dicen que los dos períodos de la creación de la Tierra, los cuatro períodos de distribución del sustento para sus habitantes y los dos períodos de la creación de los cielos suman un total de ocho períodos. Por tanto, con los seis períodos de los que se habló anteriormente
se observa una contradicción evidente.
Sin embargo, este pasaje impulsa al ser humano a comprender la soberanía de Alá y, en realidad, está dividido en dos partes. En la primera se habla de la Tierra y en la segunda, del firmamento. Estas dos partes están conectadas mediante la palabra árabe «zumma». Esta palabra puede significar «además», «asimismo» o «después». Por tanto, puede indicar la sucesión de los acontecimientos descritos o la «secuencia» en la comprensión humana. Del mismo modo, también puede tratarse simplemente de una descripción de acontecimientos, sin intención de expresar ninguna idea de sucesión. Sea como fuere, puede integrarse muy fácilmente con los dos períodos de la creación del firmamento. Poco después veremos cómo se presenta en el Corán el proceso de la creación del universo, y mediante el examen y la comparación veremos además que dicho proceso se aplica por igual a la creación del firmamento y de la Tierra, y que es compatible con la ciencia moderna. Entonces podremos comprender correctamente cuán razonable es la idea de que los acontecimientos descritos en esos cuatro versículos ocurrieron simultáneamente.
Por consiguiente, no existe ninguna contradicción entre este relato y el relato de la creación del universo en seis períodos que aparece en otros pasajes del Corán.
El Corán no establece una secuencia para la creación de la Tierra y del firmamento
En las dos suras del Corán citadas anteriormente se trata el tema de la creación. En el versículo 54 de la sura Al-A’raf se menciona la creación del firmamento y de la Tierra; en cambio, en los versículos 9-12 de la sura Hamim As-Sajda se menciona la creación de la Tierra, del firmamento y de la Tierra. Por tanto, se observa que el Corán no establece ninguna secuencia respecto a cuál de los dos, el firmamento o la Tierra, fue creado después del otro.
Son muy pocas las suras en las que se menciona primero la Tierra: solamente dos. En el versículo 29 de la sura Al-Baqara y en el versículo 4 de la sura Taha se dice: «Él es quien creó la Tierra y los elevados firmamentos». En cambio, son muchas más las suras en las que se menciona primero el firmamento: nueve en total. Se trata del versículo 54 de la sura Al-A’raf, el versículo 3 de la sura Yunus, el versículo 7 de la sura Hud, el versículo 59 de la sura Al-Furqan, el versículo 4 de la sura As-Sajda, el versículo 38 de la sura Qaf, el versículo 4 de la sura Al-Hadid, los versículos 27-33 de la sura An-Nazi’at y los versículos 5-10 de la sura Ash-Shams.
En realidad, salvo en la sura An-Nazi’at, en ningún otro lugar se establece una secuencia específica. En otros pasajes, los dos asuntos se han conectado mediante la palabra «wa», que significa «y»; o se ha utilizado la palabra «zumma», que significa «además» o «asimismo». Por ello, puede entenderse simplemente una conexión, pero también puede entenderse una sucesión.
Creo que en una sola sura del Corán se describe una secuencia definida de los distintos acontecimientos de la creación. En los versículos 27-33 de la sura An-Nazi’at se dice:
«¿Acaso vuestra creación es más difícil que la del cielo? Él lo construyó; lo elevó y lo perfeccionó.
Él oscurece la noche y manifiesta la luz del sol durante el día; después extendió la Tierra; de ella hizo brotar sus manantiales y sus pastizales, y fijó firmemente las montañas; todo esto es para el disfrute de ustedes y de sus animales.”
Esta descripción de las bendiciones de Dios en la Tierra para los seres humanos se ofrece en un lenguaje apropiado para los agricultores y beduinos de los valles árabes. Pero antes se les invita a reflexionar sobre la creación de los cielos. La etapa en la que Dios extendió y fertilizó la Tierra, después de completar la sucesión de la noche y el día, está situada con gran precisión en la secuencia temporal. Por tanto, aquí se mencionan dos clases de acontecimientos: una relacionada con los cielos y otra con la Tierra, cuya posición en la secuencia temporal ha sido determinada. Tal como se presenta el tema aquí, se entiende que la Tierra ya existía antes de ser extendida; por consiguiente, cuando Dios creó los cielos, la Tierra ya existía. Además, la extensión de los cielos y de la Tierra y su interconexión mutua también sugieren que coexistían. Por tanto, no es necesario buscar un significado especial en la mención, en los versículos del Corán, de que la Tierra fue creada antes que los cielos o de que los cielos fueron creados antes que ella. A menos que se exponga claramente, la posición de las palabras no puede influir en la secuencia de la creación.
El proceso fundamental de formación de los cuerpos celestes y la formación de los planetas y satélites como consecuencia de ello
En dos versículos del Corán se ofrece una breve descripción del proceso fundamental de la creación de los cuerpos celestes.
Sura Al-Anbiya, versículo 30: “Después se dirigió hacia el cielo, que era una masa de humo. Entonces les dijo a él y a la Tierra: «Prepárense ambos para cumplir Mi mandato, voluntariamente o a pesar suyo». Ambos respondieron: «Estamos preparados con obediencia».”
Más adelante trataremos el origen de la vida a partir del agua, junto con los demás problemas biológicos mencionados en el Corán. Por ahora es necesario recordar los dos puntos siguientes:
(a) La descripción de la presencia de una masa de humo compuesta por partículas pequeñas y diminutas; la palabra árabe «dujān» designa precisamente una materia de ese tipo. El humo generalmente está formado por una sustancia vaporosa. Junto con ella, las partículas diminutas permanecen suspendidas en un estado relativamente estable. A temperaturas altas o bajas, estas partículas pueden encontrarse incluso en estado sólido o líquido.
(b) La mención del proceso mediante el cual fueron separados los componentes de una única masa de humo que al principio habían sido unidos (la palabra árabe «ratq»). Cabe señalar que la palabra árabe «fatq» significa triturar, separar y desunir, mientras que «ratq» significa unir o disolver varios componentes para preparar una sola sustancia.
En otros versículos del Corán, al tratar sobre los planetas y satélites, se encuentra la idea de dividir una sustancia original en varias partes. Al comienzo mismo del Corán, inmediatamente después de la invocación inicial «En el nombre de Alá, el Compasivo, el Misericordioso», se afirma en el primer versículo de la primera sura: «Alabado sea Alá, Señor de los mundos».
La palabra «mundos» aparece muchas veces en el Corán. Del mismo modo, los cielos se mencionan en plural, y ello no se debe únicamente a su multiplicidad, sino también al número simbólico siete.
Este número (7) se utiliza 24 veces en el Corán para indicar diversas cantidades numéricas. A menudo transmite el significado de «muchos»; no sabemos por qué. Se sabe que los griegos y los romanos utilizaban el número 7 para expresar un plural indefinido. En el Corán, el número 7 se refiere a los propios cielos (samāwāt). Incluso este número mismo designa los cielos. En una ocasión se mencionan las siete vías de los cielos:
«Él creó para vosotros todo cuanto hay en la Tierra; luego dirigió Su atención hacia el cielo y lo dispuso en siete cielos. Él conoce perfectamente todas las cosas.» (Sura Al-Baqara, aleya 29)
«Hemos creado por encima de vosotros siete caminos, y no estamos desatentos de la creación.» (Sura Al-Mu’minún, aleya 17)
«Él es Quien creó siete cielos superpuestos. No verás defecto alguno en la creación del Compasivo; vuelve a mirar: ¿ves alguna imperfección?» (Sura Al-Mulk, aleya 3)
«¿Acaso no habéis observado cómo Alá creó los cielos dispuestos en siete niveles, colocando allí la luna como luz y el sol como lámpara?» (Sura Nuh, aleyas 15-16)
(Cabe señalar que en la Biblia tanto la luna como el sol son llamados «luz». Pero en el Corán la luna es llamada luz (nur), mientras que en esta aleya el sol es llamado una lámpara que proporciona luz (sijar). Más adelante veremos que también se aplican otros adjetivos al sol.)
«He construido sobre vosotros siete cielos firmemente establecidos y he creado una lámpara resplandeciente». (Sura An-Naba, aleyas 12-13)
Aquí, por «lámpara resplandeciente» se entiende el sol. Los comentaristas del Corán están de acuerdo en que el número 7 no indica otra cosa que un plural. También fuera del Corán se observa que, en otras expresiones de la época de Mahoma (la paz sea con él), el número 7 se utilizaba para indicar un plural. Además, el mismo significado se encuentra en los hadices escritos desde el primer siglo posterior a su época.
Por tanto, también hay muchos cielos y muchas tierras. El lector del Corán puede, en consecuencia, sorprenderse ante la posibilidad de que existan otras tierras semejantes a la nuestra. Hasta nuestros días, esta verdad aún no ha sido demostrada por los seres humanos; sin embargo, en la aleya 12 de la sura 65 (At-Talaq) se anuncia por anticipado lo siguiente:
«Dios es quien creó siete cielos, y otras tantas tierras; entre los cielos y la tierra desciende Su mandato, para que sepáis que Dios es omnipotente sobre todas las cosas y que Su conocimiento abarca todo».
Puesto que ya hemos visto que el número 7 indica un plural indefinido o una cantidad numerosa, es posible llegar a la conclusión de que, según la descripción del Corán, en el universo existen muchas otras tierras semejantes a la nuestra.
El lector del siglo XX se sorprenderá además al observar que en el Corán se mencionan tres clases de seres creados: (1) los seres de los cielos, (2) los seres de la tierra y (3) los seres del espacio intermedio entre los cielos y la tierra.
A este respecto, son dignas de atención las siguientes aleyas del Corán:
«A Él pertenece cuanto hay en los cielos, en la tierra, entre ambos y bajo el suelo». (Sura Ta-Ha, aleya 6).
«Él creó los cielos, la Tierra y todo cuanto hay entre ellos en seis días». (Sura Al-Furqan, versículo 9)
«Allah creó los cielos, la Tierra y todo cuanto hay entre ellos en seis días». (Sura As-Sajdah, versículo 4)
«Creamos los cielos, la Tierra y todo cuanto hay entre ellos en seis días, y no Nos alcanzó ningún cansancio». (Sura Qaf, versículo 38)
[El hecho de que la obra de la creación no haya fatigado a Allah puede considerarse una respuesta a un relato de la Biblia. En dicho relato se dice que, después de trabajar durante seis días, Allah descansó el séptimo día.]
Además de los versículos mencionados anteriormente, los siguientes versículos hacen referencia a «todo cuanto hay entre los cielos y la Tierra»: sura 21 (Al-Anbiya), versículo 16; sura 44 (Ad-Dujan), versículos 7 y 38; sura 78 (An-Naba), versículo 37; sura 15 (Al-Hiyr), versículo 85; sura 46 (Al-Ahqaf), versículo 3; y sura 43 (Az-Zujruf), versículo 85.
Es muy difícil imaginar objetos creados fuera de los cielos y fuera de la Tierra. Para comprender el significado de estos versículos, es necesario avanzar de lo sencillo a lo complejo: primero, informarse sobre lo que el ser humano ha podido determinar acerca de los objetos situados fuera del sistema solar y, después, conocer también la concepción a la que la ciencia moderna ha llegado sobre la estructura del universo. Más adelante trataremos este tema.
Antes de abordar los temas puramente científicos, podemos volver a prestar atención a la información sobre la creación que aparece en el Corán. De los versículos citados anteriormente se obtiene la siguiente información:
1) En general, la creación tuvo seis períodos.
2) La conexión mutua entre los cielos y la Tierra durante las diversas etapas de su creación.
3) La creación del universo a partir de una nebulosa primordial después de que esta se fragmentara.
4) La existencia de múltiples cielos y tierras.
5) La existencia de objetos creados en el espacio entre los cielos y la Tierra.
Algunos datos de la ciencia moderna sobre la estructura del universo
El sistema solar
La Tierra y los planetas que giran alrededor del Sol constituyen un sistema tan vasto y ordenado que, según las medidas humanas, parece gigantesco. Sin embargo, la Tierra se encuentra aproximadamente a 93 millones de millas del Sol. Según los cálculos humanos, esta distancia es sin duda muy grande, pero es mucho menor que la distancia del planeta situado más lejos del Sol, Plutón. La distancia de Plutón al Sol es de 3.672 millones de millas, es decir, casi 40 veces la distancia entre el Sol y la Tierra. Si se duplicara esta distancia, se obtendría una idea del tamaño máximo del sistema solar. La luz del Sol tarda aproximadamente 6 horas en llegar a Plutón, aunque su velocidad es de 186.000 millas por segundo. Por consiguiente, la luz de las estrellas situadas en los confines del sistema solar que conocemos tarda miles de millones de años en llegar hasta nosotros.
Las estrellas
Esta Tierra nuestra no es más que un satélite del Sol. El Sol y los diversos planetas que giran a su alrededor son muy pequeños en comparación con el reino de miles de millones de estrellas, tanto por su tamaño como por su naturaleza. En las noches de verano, todo el espacio parece estar lleno de estrellas, y este conjunto de estrellas recibe el nombre de «Vía Láctea». Esta Vía Láctea es enorme y gigantesca. Si la velocidad de la luz se calculase incluso en horas, esta tardaría aproximadamente 90.000 años en llegar de un extremo al otro del cúmulo estelar más denso de todo el reino de las estrellas. El reino estelar al que pertenece nuestra Tierra es increíblemente gigantesco, pero aun así nuestra Tierra constituye una parte sumamente pequeña del firmamento. Además, fuera de nuestro reino estelar existen muchos otros cúmulos de estrellas semejantes a la Vía Láctea. Gracias a los avances de la astronomía, fue posible descubrir estos cúmulos hace poco más de cincuenta años, después de la construcción de telescopios precisos y potentes como el del monte Wilson, en Estados Unidos. Son numerosísimos y se encuentran a distancias tan enormes que hubo que establecer una unidad especial de medida llamada «año luz» para medirlas. La distancia que recorre la luz a una velocidad de 186.000 millas por segundo durante 326 años recibe el nombre de año luz.
Formación y desarrollo de las estrellas, los cúmulos estelares y los sistemas planetarios
¿Qué había originalmente en el lugar que hoy ocupa el reino de las estrellas? La ciencia moderna no tiene respuesta para esta pregunta. Quizá pueda decirse algo sobre la duración del proceso de desarrollo del universo. Pero no hay manera de decir cuánto tiempo de nuestra época actual había transcurrido durante ese período.
La noticia más antigua que puede obtenerse de la ciencia moderna es que el universo se formó a partir de una masa de vapor. Dicha masa de vapor, compuesta principalmente de hidrógeno y cierta cantidad de helio, giraba lentamente. Después se fragmentó en numerosos fragmentos gigantescos. Los físicos han supuesto que el tamaño de cada fragmento era 300.000 veces el volumen actual de la Tierra. De esos fragmentos se formaron los cúmulos estelares.
Luego los fragmentos volvieron a dividirse y cada uno dio origen a una estrella. Los fragmentos giraban a una velocidad cada vez mayor. En cierto momento comenzó el proceso de enfriamiento y quedaron influidos por la presión, la gravedad, el magnetismo y la energía radiante. Como consecuencia de la contracción y de la transformación de la energía de rotación en energía térmica, las estrellas se volvieron luminosas. Después, al comenzar a actuar el calor y la energía nuclear, se formaron moléculas pesadas a partir de moléculas ligeras. Así comenzó el proceso evolutivo: del hidrógeno se formó helio, después carbono y oxígeno y, finalmente, metales y escorias metálicas. De este modo puede observarse un proceso de nacimiento propio de las estrellas, y en la astronomía moderna estas se clasifican según la etapa actual de su evolución. Las estrellas también mueren. Al llegar a la etapa final de la evolución, se ha observado que en algunas estrellas se producen explosiones internas y, como resultado, se convierten en realidad en «cadáveres».
Ya se ha dicho que, al separarse y disgregarse la masa de vapor original, se formaron diversos planetas y, en particular, la Tierra. Durante más de los últimos veinticinco años no ha existido absolutamente ninguna discrepancia sobre el hecho de que el Sol alcanzó densidad en el interior de un fragmento único de la masa de vapor, mientras que los demás planetas alcanzaron densidad en los fragmentos de vapor que lo rodeaban. En este contexto es necesario hacer mucho hincapié en un punto, muy importante para el tema que nos ocupa: en el proceso de formación de un astro como el Sol o de un cuerpo no luminoso como la Tierra no existe ninguna sucesión cronológica ni ningún antes o después. En su origen y desarrollo hay una simultaneidad y una uniformidad.
La ciencia intenta proporcionar alguna información sobre cuándo ocurrieron todos estos acontecimientos. Se estima que la edad de nuestro reino estelar es de 100.000 millones de años, y se dice que el sistema solar se formó 50.000 millones de años después. Según las pruebas radiométricas de los especialistas, la Tierra y el Sol tienen una edad de 45.000 millones de años. Así pues, se observa que los astrofísicos han logrado reunir conocimientos bastante avanzados sobre el proceso general de formación del firmamento. El resumen de este conocimiento es el siguiente: una masa de vapor en rotación se volvió densa y se contrajo; luego se fragmentó, y el Sol y los diversos planetas se formaron y ocuparon sus respectivas posiciones. Entre ellos estaba también esta Tierra del firmamento. Respecto a la Luna, todos reconocen ahora como posible que, al ralentizarse el movimiento de rotación, la Luna se separara gradualmente de la Tierra. El conocimiento que los científicos han logrado adquirir sobre el proceso de formación de la masa de vapor original y de los innumerables conjuntos de estrellas divididos a partir de ella en diversas categorías no deja ya lugar a dudas sobre la posibilidad de que existan múltiples mundos. Pero eso no significa que se haya confirmado o demostrado la existencia de otras Tierras como la nuestra.
El concepto de múltiples mundos
Sin embargo, los especialistas en astrofísica consideran muy posible que existan más planetas semejantes a la Tierra. No obstante, al considerar las condiciones generales del sistema solar, se estima que allí no es posible que exista un entorno semejante al de la Tierra. Por lo tanto, para buscar otras Tierras habrá que hacerlo fuera del sistema solar, y por las siguientes razones se considera muy posible que allí existan otros planetas semejantes a la Tierra.
Los científicos consideran que, entre los cien mil millones de estrellas de nuestra galaxia, al menos la mitad posee un sistema de satélites semejante al del Sol. Esas cincuenta mil millones de estrellas giran realmente, de manera lenta, como el Sol, y esta característica da a entender que cada una de ellas posee varios satélites propios. Las estrellas están situadas tan lejos de la Tierra que sus satélites no pueden verse. Sin embargo, como las órbitas de las estrellas son algo curvas y onduladas, se considera muy posible que tengan satélites. La estrella de Barnard tiene al menos un satélite compañero, mucho mayor que Júpiter, e incluso podría tener dos satélites. Sobre esto, P. Guérin escribió: «Todos los testimonios y pruebas indican que los sistemas de satélites están ampliamente extendidos por todo el universo. No existen únicamente en el sistema solar y en la Tierra». Y, como consecuencia, naturalmente, «la vida está extendida por todo el universo, como en los planetas que sustentan la vida, especialmente en aquellos lugares donde existen condiciones materiales y químicas adecuadas para el desarrollo de la vida».
La materia interestelar
Ya hemos visto que el vapor primordial, al condensarse y fragmentarse, dio origen a las estrellas, los planetas y los satélites. Pero el vapor que aún quedaba «remanente» ocupa ahora el espacio entre las distintas estrellas. Por ello, la luz de las estrellas se refleja en él. Se sabe que parte del vapor también es oscuro y relativamente menos denso, y que obstaculiza las labores de observación de los astrónomos. Esta materia permanece como vínculo entre las distintas galaxias. Si se considera la enorme distancia que existe entre las diferentes galaxias, parece que, aunque esta materia sea relativamente menos densa, su cantidad total probablemente sea mucho mayor que la cantidad de todas las estrellas. Este libro ha concedido gran importancia a la situación de esta materia y ha afirmado que, únicamente «a causa de esta materia», la concepción de la evolución del universo podría cambiar considerablemente.
Ahora podemos examinar, a la luz de estos datos científicos modernos, la concepción coránica sobre la creación del mundo y del universo.
Frente a los datos del Corán
Examinaremos la información que el Corán proporciona sobre la creación en cinco aspectos.
1) Según el relato coránico, durante los seis períodos de la creación de los cielos y la Tierra se completaron las siguientes obras: la formación de los cuerpos celestes y de la Tierra, así como todos los acontecimientos que, según el Corán, tuvieron lugar en la Tierra hasta que esta se hizo habitable para el ser humano, incluido el alimento; todo ello requirió cuatro períodos. Estos cuatro períodos coinciden con los cuatro períodos geológicos de la ciencia moderna. Y sabemos que el asentamiento humano comenzó en el último período. Sin embargo, esta división científica en períodos no es más que una suposición. Nadie puede proporcionar datos exactos.
Es digno de notar que en la sura Ha-Mim as-Saydah del Alcorán (versículos 9-12) se menciona que la formación del firmamento y de la Tierra tuvo lugar en dos etapas. Ahora bien, si tomamos como ejemplo el Sol y su satélite, la Tierra (pues este es el único ejemplo que podemos comprender), vemos que la ciencia nos informa de que el Sol y la Tierra se formaron mediante la condensación y posterior separación del vapor primordial. Eso es exactamente lo que dice el Alcorán. Se afirma clara y explícitamente que el «humo» se unió y después se separó, y que así se formaron el Sol y la Tierra. Por lo tanto, se observa que, desde el punto de vista factual, existe una completa concordancia entre el Corán y la ciencia.
2) La ciencia moderna habla de una conexión entre las dos etapas de la formación de una estrella, como el Sol, y la de su satélite, como la Tierra. En el versículo del Corán que hemos examinado, esta conexión se menciona con toda claridad.
3) El «humo» cuya existencia se menciona en el Alcorán en la etapa inicial de la creación del universo es claramente el «vapor primordial» de la ciencia moderna.
4) La ciencia moderna respalda sin reservas la mención coránica de que los cielos son múltiples. Ese respaldo se encuentra en las opiniones de los astrofísicos sobre la gran cantidad de estrellas y su número. Por otra parte, del Corán se desprende la idea de que existen muchos otros mundos semejantes al nuestro, al menos en algunos aspectos, pero la ciencia moderna todavía no ha podido determinar la veracidad de esta idea. Sin embargo, los especialistas consideran muy probable la existencia de múltiples mundos.
5) En el Corán se menciona una «creación intermedia» situada entre los «cielos» y la «Tierra». La ciencia moderna ha reconocido la existencia de un «puente de materia desconocida» fuera de los sistemas celestes organizados. Es cierto que no todos los elementos presentados en la descripción coránica han podido ser plenamente demostrados por los datos científicos; pero los datos del Corán sobre la creación del universo no contradicen en absoluto el conocimiento moderno. Es especialmente necesario insistir en este dato coránico porque, sobre el mismo tema, los datos que aparecen en el Antiguo Testamento actual no son en absoluto aceptables desde el punto de vista científico. La descripción que aparece sobre el mismo asunto en la versión sacerdotal de la Biblia fue escrita por los propios sacerdotes durante el exilio en Babilonia, y su objetivo principal era conferir una apariencia de legitimidad a sus doctrinas religiosas. La descripción de la versión yahvista es tan breve y ambigua que no resulta en absoluto adecuada para una consideración científica. Es necesario volver a subrayar y llamar especialmente la atención sobre esta enorme diferencia entre las descripciones del Corán y de la Biblia. Desde los primeros tiempos del islam se viene formulando contra Muhammad (s. a. s.) la acusación infundada de que, en lo referente a la descripción bíblica, la tomó como modelo. Esta acusación es completamente falsa y carece de fundamento. ¿Cómo pudo un hombre de hace catorce siglos corregir la descripción de su época eliminando los datos científicamente erróneos? ¿Y cómo pudo, mediante sus propios esfuerzos, añadir datos y descripciones cuya veracidad solo la ciencia actual ha podido determinar y demostrar? Por consiguiente, la acusación de haber copiado o corregido la Biblia carece por completo de fundamento. La descripción coránica de la creación es completamente distinta de la bíblica.
Respuesta a algunas objeciones
Sin embargo, no existe desacuerdo respecto de la semejanza entre el Corán y la Biblia en otros asuntos, especialmente en las descripciones de la historia religiosa. A este respecto, resulta notable y curioso que, pese a la coincidencia de muchos datos y enseñanzas del Antiguo Testamento, nadie lo acusa de haber sido copiado. No obstante, precisamente por esa coincidencia, en Occidente se califica a Muhammad (s. a. s.) de impostor —¡Dios nos libre!— y se afirma que, aunque copió de la Biblia, presentó esas enseñanzas copiadas como revelación. La acusación de que recibió instrucción de sacerdotes cristianos y presentó esas mismas cosas como revelación carece igualmente de fundamento. A quienes formulan estas acusaciones les recomiendo leer una vez más el libro de Blachère, «El problema de Muhammad» (Le problème de Mahomet, Presses Universitaires de France, París, 1952). Él calificó todas estas acusaciones de «fábulas absurdas».
También se ha insinuado que algunas otras descripciones del Corán coinciden con muchas creencias anteriores de la Biblia.
En las escrituras religiosas generalmente se busca apoyo para las leyendas relativas a la creación. Por ejemplo, entre los polinesios existe la creencia de que las aguas primordiales estaban sumidas en la oscuridad y que, tras la aparición de Ebangalo, se separaron. Así se formaron el cielo y la tierra. Esta leyenda suele compararse con el relato de la creación descrito en la Biblia. Ciertamente hay semejanzas entre ambos, pero no hay razón para acusar que el relato bíblico fue escrito copiando aquella leyenda.
Del mismo modo, es una acusación infundada afirmar que, puesto que la idea coránica sobre la separación inicial de los componentes primordiales del universo, respaldada por la ciencia moderna, aparece en diversas formas en distintas leyendas, fue copiada de ellas e incorporada al Corán. No obstante, estas leyendas y relatos mitológicos pueden examinarse detenidamente. En ellos suele encontrarse una idea primordial que parece razonable y que, dejando de lado las descripciones fantásticas, también parece concordar con lo que hoy sabemos —o creemos saber— que es verdad. Esta idea consiste en que, al principio, el cielo y la tierra estaban unidos y después se separaron. Pero cuando en Japón se añade a esta idea un huevo, una semilla dentro de él y el caos alrededor, todo el asunto pierde importancia. En otros países se añade un árbol joven en lugar del huevo. El árbol crece poco a poco y, al mismo tiempo, el cielo se separa de la tierra y se eleva por encima de ella. También en este caso, esa descripción imaginaria y elaborada es lo característico de la leyenda. Sin embargo, la idea fundamental se encuentra en todas partes.
cómo la imaginación humana ha creado adornos y revestimientos, y la
diferencia fundamental que existe con el relato coránico; por eso se han mencionado aquí las leyendas. En el relato del Corán no hay descripciones fantásticas; el lenguaje y la elección de las palabras son sobrios y concordantes con los datos científicos modernos. No es posible ofrecer una explicación humana de cómo un relato tan correcto sobre la creación llegó al Corán hace catorce siglos.
La astronomía en el Corán
En el Corán se ofrecen numerosas indicaciones y reflexiones sobre los cielos. En la discusión sobre la creación ya hemos visto que el Corán menciona varios cielos y varias tierras, y que habla de una «creación intermedia» situada entre los cielos y la tierra. La ciencia moderna ha encontrado pruebas de esta «creación intermedia». Los versículos relativos a la creación ofrecen una idea general de lo que existe en los cielos, es decir, fuera de la tierra.
Además de los versículos específicos sobre la creación, en el Corán hay aproximadamente otros cuarenta versículos que contienen información astronómica. Ofrecen indicaciones para reflexionar y formarse una idea sobre los cuerpos que constituyen los cielos. En algunos versículos no hay más que una invitación a comprender la grandeza del Creador como organizador de las estrellas y los planetas. En cualquier caso, sabemos que las estrellas y los planetas se encuentran en un estado de equilibrio perfecto, y Newton explicó detalladamente, mediante su principio de la «atracción mutua» de los planetas, que este estado es permanente y sólido.
Los versículos que citaremos en primer lugar no contienen mucha información para un análisis científico; sin embargo, es necesario citarlos para llamar la atención sobre la omnipotencia de Alá. Además, estas citas son necesarias para comprender la descripción realista que el Corán ofreció hace mil quinientos años sobre la organización del universo.
En este caso, toda esta información y contexto constituyen un asunto completo. Porque esta cuestión de la organización del universo no se encuentra ni en el Antiguo Testamento ni en la Biblia. Ciertamente se mencionan algunas ideas, pero durante nuestro análisis de la descripción bíblica de la creación vimos que son completamente erróneas y meramente imaginarias. En cambio, esta cuestión se describe en el Corán de manera profunda y detallada. Lo que se ha descrito es muy importante, pero también es bastante importante lo que no se ha descrito. Por ejemplo, en el Corán no se hace ninguna mención de las teorías sobre la organización de los cuerpos celestes que prevalecían cuando fue revelado el Corán.
Posteriormente, los científicos demostraron que todas esas teorías eran completamente erróneas. Más adelante se presentará un ejemplo concreto al respecto.
Aunque la cuestión es completamente negativa, es muy necesario mencionarla. Porque he oído decir a muchos de quienes rebuscan por cielo y tierra para ofrecer una explicación humana de la información proporcionada en el Corán —y ninguna otra explicación, sino una explicación puramente humana—: «Si el Corán contiene descripciones sorprendentes relacionadas con la astronomía, la razón es que los árabes tenían grandes conocimientos sobre ese tema». Pero no observan que, en general, el estudio de la ciencia en los países musulmanes tuvo lugar después de la revelación del Corán, y que los conocimientos científicos de aquella época tampoco eran suficientes para que ningún ser humano hubiera podido escribir los versículos correspondientes del Corán. Más adelante demostraremos, mediante datos y ejemplos, la veracidad de este comentario.
Orientaciones generales para reflexionar y formarse una idea sobre el cielo
«¿Acaso no miran hacia el cielo que está sobre ellos y observan cómo lo hemos construido y que no tiene ninguna fisura?» —Sura 50 (Qaf), aleya 6: tema general: el ser humano.
«Él construyó los cielos sin pilares —vosotros los veis…» —Sura 13 (Ar-Ra’d), aleya 2.
«Alá elevó los cielos sin pilares que podáis ver. Después se instaló en el Trono y sometió el sol y la luna a un orden…»
En estos dos versículos se demuestra que es falsa la creencia extendida de que los cielos están sostenidos sobre pilares y que, gracias a ello, no caen para destruir la Tierra.
«Él ha elevado el cielo…» Sura 55 (Ar-Rahmán), versículo 7.
«Él sostiene el cielo para que no caiga sobre la Tierra, salvo con Su permiso». Sura 22 (Al-Hayy), versículo 65.
Ahora es de conocimiento general que el equilibrio de los diferentes planetas y satélites del universo se determina y mantiene sobre la base de las enormes distancias que los separan, así como de su forma y tamaño. Cuanto mayor es la distancia, menor es la fuerza de atracción mutua. Cuando la distancia es menor, la fuerza de atracción es mayor.
Puesto que la Luna está situada cerca de la Tierra, conforme a la ley de la fuerza de atracción ejerce influencia sobre las aguas de los océanos terrestres, y este
fenómeno es conocido como marea alta y marea baja. Si dos planetas se acercaran demasiado entre sí, la colisión sería inevitable. Pero la razón por la que no se producen colisiones es que todos los planetas y satélites están sometidos a una ley. En muchos lugares del Corán se menciona que es Allah quien los ha sometido a esa ley.
Allah dijo al Profeta: «Pregunta: ¿Quién es el Señor de los siete cielos y del Gran Trono?». Sura 23 (Al-Mu’minún), versículo 86.
Ya hemos explicado anteriormente que la expresión «siete cielos» no significa únicamente siete cielos, sino un número indefinido de cielos.
«Él os ha sometido, por Su gracia, todo cuanto hay en los cielos y en la Tierra; en ello hay signos para la gente reflexiva». Sura 45 (Al-Yathiyah), versículo 13.
«El sol y la luna descienden siguiendo órbitas determinadas». Sura 25 (Rahman), aleya 5.
«Él creó la noche para el descanso, y la luna y el sol para el cómputo». Sura 6 (Al-An’am), aleya 96.
«Él ha sometido el sol y la luna, que siguen continuamente una misma ley, y ha sometido la noche y el día». Sura 14 (Ibrahim), aleya 33.
Aquí, una aleya complementa a la otra. Precisamente porque los planetas y satélites están sometidos a una misma ley, recorren regularmente sus órbitas determinadas. Para expresar este significado se ha utilizado la palabra árabe «daib», cuyo significado original es «trabajar con dedicación e interés por algo». Pero, tal como se emplea aquí, el significado y la importancia de la palabra son «continuar haciendo algo con dedicación, de manera inmutable, conforme a un comportamiento determinado».
Sura 36 (Yasin), aleya 39: Dios ha dicho: «Y para la luna hemos establecido diferentes fases; finalmente, se vuelve como una rama seca y curvada de palmera datilera».
Una rama de palmera datilera, al secarse y encogerse, adquiere precisamente la forma de una luna creciente y curvada. Más adelante se explicará el asunto con mayor detalle.
Sura 16 (An-Nahl), aleya 12: «Él ha sometido para vosotros la noche, el día, el sol y la luna; y las estrellas también están sometidas a Su mandato. Ciertamente, en ello hay signos para quienes poseen entendimiento».
El tema se ha considerado desde la perspectiva práctica del importante papel que desempeñan los cuerpos celestes como ayuda para los viajes de las personas por tierra y por mar y para llevar la cuenta del tiempo. Si se recuerda que las palabras del Corán están dirigidas a quienes comprenden el lenguaje sencillo de la vida cotidiana, será más fácil captar el significado de esta observación. Por eso, en la aleya siguiente se expresa la idea con palabras aún más sencillas.
Sura 6 (Al-An’am), aleya 97: «Él creó para vosotros las estrellas, para que por medio de ellas encontréis el camino en las tinieblas de la tierra y del mar. Él expone detalladamente los signos para la gente que sabe».
Sura 16 (An-Nahl), aleya 16: «Y creó señales para orientarse, y ellos también se guían por el camino mediante las estrellas».
Sura 10 (Yunus), aleya 5: «Él es quien hizo resplandeciente el sol y luminosa la luna, y determinó sus fases, para que podáis conocer el número de los años y el cómputo del tiempo. Allah no creó esto sin propósito. Él expone detalladamente todos estos signos para la gente que sabe».
Aquí es necesario señalar que en la Biblia tanto el sol como la luna han sido denominados “luz”, y uno ha sido calificado como “mayor” y el otro como “menor”. En cambio, en el Corán no se señala una diferencia de grado, sino una diferencia fundamental: se los denomina “resplandeciente” y “luminoso”. Esta diferencia quizá pueda considerarse meramente una diferencia de palabras, pero, sin crear confusión, ¿de qué otra manera podría haberse explicado que las dos no son la misma luz?
La naturaleza de los cuerpos celestes: el sol y la luna
El sol es un resplandor radiante (diya) y la luna es una luz (nur). Esta traducción parece más exacta. En las traducciones que algunos hacen de otra manera, las dos palabras suelen tener casi el mismo significado. La palabra “diya” procede de la raíz “daw”. En el diccionario árabe-francés escrito por Kazi Mirski, su significado se da como “brillar” e “iluminarse” (como el fuego). Naturalmente, también se ha utilizado la palabra “luz”. Por ello, desde el punto de vista del significado, la diferencia natural entre el sol y la luna no se manifiesta como muy grande. Sin embargo, para determinar esta diferencia podemos recurrir al propio Corán.
Sura 25 (Al-Furqan), aleya 61: «¡Qué grandioso es Aquel que creó el firmamento, estableció en él las constelaciones y colocó allí el sol y una luna luminosa!»
Sura 71 (Nuh), aleyas 15-16: «¿Acaso no habéis observado cómo Allah creó los cielos dispuestos en siete niveles, y colocó en ellos la luna como luz y el sol como lámpara?»
«He construido sobre vosotros siete cielos firmemente establecidos y he creado una lámpara resplandeciente».
Por «lámpara resplandeciente» se entiende claramente el Sol. En cambio, la Luna es descrita como un astro que proporciona luz (munir). La palabra munir procede de la raíz nur. Por lo tanto, resulta que la luz (nur) aplicada a la Luna es la de munir. El Sol, por supuesto, es comparado con una lámpara (siray) o con una lámpara resplandeciente (wahhay).
Para cualquier persona de la época de Muhammad (la paz sea con él), era muy fácil comprender esta diferencia. A los habitantes del desierto les resultaban muy familiares el resplandor ardiente del Sol y la luz fría de la Luna. Por ello, la comparación empleada en el Corán para referirse a estos dos astros era completamente natural. Sin embargo, cabe señalar que en esta comparación no se utilizó nada que existiera en aquella época pero ya no exista hoy. Por consiguiente, ni siquiera nosotros, después de tanto tiempo, tenemos dificultad para comprenderla.
Sabemos que el Sol es una estrella que arde en su interior y, por ello, irradia calor y luz. La Luna, por el contrario, no emite luz propia; simplemente, como un cuerpo inerte —al menos en lo que respecta a su superficie exterior—, refleja la luz que recibe del Sol.
Así pues, vemos que, aunque ahora conocemos por medio de la ciencia la naturaleza del Sol y de la Luna, en el Corán no hay nada que la contradiga.
Las estrellas
Al igual que el Sol, las estrellas también son astros celestes. En estos astros ocurren muchos fenómenos naturales; entre ellos, el más fácil de observar es la producción de luz. Es decir, las estrellas producen su propia luz.
La palabra «estrella» aparece trece veces en el Corán. La palabra árabe najm, cuyo plural es nujum, procede de una raíz que significa aparecer, hacerse visible. En esta palabra solo está implícito el significado de un astro celeste visible, pero no se indica si el astro produce luz por sí mismo o si refleja la luz de otro. Sin embargo, para dejar claro que el astro es una estrella, el Corán emplea un término calificativo.
Sura 86 (At-Tariq), versículos 1-3: «Juro por el cielo y por lo que aparece durante la noche. ¿Y qué sabes tú de lo que aparece durante la noche? ¡Es una estrella luminosa!»
En el Corán se utiliza «saqib» como calificativo de la estrella vespertina. La palabra significa «lo que atraviesa algo». Aquí se emplea en el sentido de atravesar la oscuridad de la noche. La misma palabra se utiliza también para indicar la caída de meteoritos en la sura As-Saffat (sura 37, versículo 10). Cabe señalar que la caída de meteoritos se produce como consecuencia de fenómenos ígneos en las estrellas.
El sistema planetario
Es difícil decir si en el Corán los distintos planetas fueron identificados exactamente del mismo modo en que hoy se identifican mediante nombres específicos.
Los planetas no tienen luz propia, sino que giran alrededor del Sol. La Tierra es un planeta de este tipo, que gira alrededor del Sol. Quizá existan planetas en otros lugares, pero todos los planetas conocidos hasta ahora se encuentran en el sistema solar.
En la antigüedad, la existencia de planetas, además de la Tierra, ya era conocida por los seres humanos. Estos cinco planetas son Mercurio (Budh), Venus (Mangal), Marte (Mangal), Júpiter (Brihaspati) y Saturno (Shani). Recientemente se han descubierto otros tres planetas: Urano, Neptuno y Plutón. En el Corán, la palabra «kawkab» (en plural, «kawakib») se utiliza para referirse al sistema planetario, pero no se indica el número de planetas. En el sueño de Yusuf (sura 12, Yusuf) se mencionan once planetas, pero esa descripción es imaginaria en cuanto a su definición.
Parece que una de las mejores definiciones del significado de la palabra «kawkab» se ofrece en un versículo célebre del Corán. La naturaleza espiritual del significado más profundo de esta definición es muy evidente, y también existe debate entre los especialistas religiosos al respecto. No obstante, la descripción metafórica de esa palabra en dicho versículo parece indicar probablemente un «planeta».
Sura 24 (An-Nur), versículo 35: «Allah es la luz de los cielos y de la Tierra. La semejanza de Su luz es la de una hornacina en la que hay una lámpara; la lámpara está dentro de una cubierta de vidrio, y la cubierta de vidrio es como una estrella brillante». Aquí se trata de proyectar luz sobre un objeto que, como el vidrio, refleja esa luz y también se vuelve luminoso; exactamente como la Luna se ilumina con la luz del Sol. En el Corán, esta es la única descripción explicativa de la palabra «kawkab».
La palabra también aparece en otros versículos. Sin embargo, en algunos de ellos es difícil determinar qué cuerpo celeste se designa mediante esa palabra. Por ejemplo, en la sura 6 (Al-Anam), aleya 76; y en la sura 82 (Al-Infitar), aleyas 1-2.
Sin embargo, al considerarlo a la luz de la ciencia moderna, parece que al menos en un versículo se alude especialmente a los planetas que conocemos.
Sura 37 (As-Saffat), aleya 6: «He adornado el cielo más cercano a vosotros con estrellas».
¿Se refiere el «cielo más cercano a vosotros» del Corán al sistema solar? Hoy es bien sabido que, entre los cuerpos celestes cercanos a nosotros, no hay ningún objeto permanente aparte de los planetas, y que en el sistema solar el Sol es la única estrella que tiene un nombre propio. Por tanto, si no se está hablando de los planetas, resulta difícil determinar de qué otra cosa se habla. Así pues, parece que la traducción ofrecida de este versículo es correcta, y que probablemente el Corán se refiere precisamente a lo que hoy entendemos por planetas.
El cielo más bajo
En el Corán se menciona varias veces el cielo más bajo. Al mismo tiempo, también se mencionan los cuerpos celestes y se afirma que están situados precisamente en el cielo más bajo. Ya hemos visto que, entre los diversos cuerpos celestes, hay que dar el primer lugar a los planetas. Cuando el Corán vincula una descripción natural puramente espiritual con la concepción de aquellos objetos que hemos llegado a conocer gracias a la ciencia moderna, no logramos captar su significado con plena claridad.
Por ejemplo, entendemos fácilmente el significado del versículo citado hace poco (sura 37, As-Saffat, aleya 6: «He adornado el cielo más cercano a vosotros con estrellas»). Pero en el versículo inmediatamente siguiente de esa misma sura (aleya 7) se dice: «Y lo hemos protegido de todo demonio rebelde». La protección también se menciona en la sura Al-Anbiya (sura 21, aleya 32): «Hemos hecho el cielo un techo protegido», y en la sura Hamim as-Sajdah (sura 41, aleya 12): «Y adornó el cielo más cercano con lámparas y lo hizo protegido». Sin embargo, aquí nos encontramos ante un significado completamente diferente.
Además, en la aleya 5 de la sura Al-Mulk (sura 67) se dice: «He adornado el cielo más cercano con lámparas, las he hecho también instrumentos para arrojar contra los demonios y he preparado para ellos el castigo del fuego abrasador». ¿Qué puede entenderse aquí por «instrumentos para arrojar contra los demonios» en el cielo más cercano? ¿Son acaso esas mismas lámparas los instrumentos para arrojarlos? (Por supuesto, sabemos que cuando un meteoro llega a las capas superiores de la atmósfera se produce un fenómeno luminoso semejante al lanzamiento de una estrella).
Pero probablemente todos estos asuntos quedan fuera del alcance de nuestro análisis actual. No obstante, se han mencionado aquí tantos de ellos en aras de presentar una imagen completa. Puesto que hasta ahora estos asuntos están fuera del alcance de la comprensión humana, probablemente no sea posible obtener una explicación inteligible ni siquiera con su ayuda.
La organización del cosmos
La información que contiene el Corán sobre este tema se refiere principalmente al sistema solar. Por supuesto, también se mencionan muchos objetos externos al sistema solar, y esos objetos han sido descubiertos muy recientemente. En el Corán hay dos versículos sumamente importantes sobre las órbitas del Sol y de la Luna.
Sura 21 (Al-Anbiyá), aleya 33: «Dios es quien creó la noche y el día, y el Sol y la Luna. Cada uno navega en su propia órbita».
Aquí se proporciona un dato importante: el Sol y la Luna tienen sus propias órbitas. Además, se nos informa de que esos dos astros se desplazan con su propio movimiento. De los dos versículos también se desprende una información negativa. Se afirma que el Sol se mueve en una órbita, pero no se dice cuál es esa órbita en relación con la Tierra. En la época en que fue revelado el Corán, se creía que el Sol giraba y que la Tierra permanecía inmóvil. Esta creencia prevaleció desde la época de Ptolomeo, en el siglo II antes de Cristo, hasta la de Copérnico, en el siglo XVI después de Cristo. En la época de Muhammad (s. a. s.) la gente también sostenía esta idea, pero, aun así, en ninguna parte del Corán se hace mención de ella.
Las órbitas de la Luna y del Sol
La palabra árabe «falak» se ha traducido aquí como «órbita». Muchos traductores persas del Corán han atribuido a la palabra el significado de «esfera». Su significado primario ciertamente parece ser ese. Hamidullah, sin embargo, la tradujo precisamente como «órbita».
Los traductores de épocas antiguas que tradujeron el Corán se sintieron bastante confundidos con esta palabra. No pudieron imaginar que la trayectoria de la Luna y del Sol fuera circular. Por ello imaginaron para ese recorrido una forma que quizá fuera aproximadamente correcta o completamente errónea. Al mencionar las diversas interpretaciones de la palabra en su traducción del Corán, C. Hamza Boubaker dijo: «Un eje semejante a una barra de hierro alrededor del cual gira una rueda, la esfera del cosmos, una órbita, los signos del zodiaco, movimiento, oleaje». Pero también citó inmediatamente este comentario del famoso comentarista del Corán del siglo X, Tabarí: «Cuando no sabemos, debemos guardar silencio». Por tanto, si el concepto de órbita hubiera sido conocido o familiar para la gente en la época de Muhammad (s. a. s.), no habría sido tan difícil entonces comprender el sentido de esos dos versículos del Corán. Así pues, en el Corán había aparecido un concepto completamente nuevo, cuyo significado correcto solo pudo comprenderse varios siglos después.
La órbita de la Luna
Actualmente está muy extendida la idea de que la Luna es un satélite de la Tierra y que tarda veintinueve días en dar una vuelta alrededor de ella. Sin embargo, su órbita no es completamente circular; la astronomía moderna la describe como ligeramente elíptica. Por lo tanto, la distancia de la Tierra a la Luna (240.000 millas) es una distancia media.
Ya hemos observado la importancia que el Corán concede a la necesidad de observar el movimiento de la Luna para calcular el tiempo. (Sura 10, Yunus, versículo 5, citado anteriormente.)
Cuando se reveló el Corán, los habitantes de la región estaban acostumbrados a calcular el tiempo basándose en el movimiento de la Luna, conforme al calendario juliano. Además, puesto que el Corán fue revelado inicialmente para ellos, era apropiado hablarles en un lenguaje basado en los signos y las señales del cielo y de la Tierra que podían comprender, sin alterar sus costumbres. Asimismo, su método lunar de calcular el tiempo era exacto y práctico. Hoy es de todos sabido que los habitantes del desierto eran muy hábiles observando el cielo: navegaban guiándose por la posición de las estrellas y calculaban el tiempo observando la forma de la Luna. En aquella época, este método era para ellos el más sencillo y fiable.
Muchos, aparte de los especialistas, saben que existe una perfecta correspondencia entre los calendarios juliano (solar) y lunar: 235 meses lunares equivalen exactamente a 19 años de 365,25 días según el calendario juliano. Sin embargo, tampoco es exacto el cálculo del año de 365 días que utilizamos, porque debe corregirse cada cuatro años (año bisiesto). En el caso del calendario lunar, esta discrepancia se presenta cada 19 años (recuérdense los 19 años del calendario juliano o solar). Este es el ciclo metónico, llamado así por el astrónomo griego Metón, quien descubrió en el siglo V a. C. esta relación precisa entre los cálculos solar y lunar.
La órbita del Sol
Es más difícil concebir la idea de la órbita del Sol, porque estamos acostumbrados a ver todo el sistema solar dispuesto alrededor del Sol. Para comprender el versículo coránico, debemos recurrir a nuestra imaginación.
En nuestra galaxia hay innumerables estrellas. La galaxia entera tiene la forma de un disco; en su centro, la concentración de estrellas es muy elevada, y hacia los bordes se vuelve más tenue. En este disco, el Sol se encuentra muy lejos del centro. Los cuerpos celestes giran alrededor de su propio centro. Por consiguiente, el Sol también gira en órbita alrededor de ese mismo centro. La astronomía moderna ha podido elaborar una descripción detallada de este proceso. En 1917, un científico llamado Shapley determinó que la distancia del Sol al centro de la galaxia era de 10 kilopársecs, es decir, tantas millas como resultan de escribir el número 2 seguido de 17 ceros. La galaxia y el Sol tardan aproximadamente 250 millones de años en completar una vuelta alrededor de su propio centro, y durante este recorrido el Sol se desplaza a una velocidad de unos 150 millas por segundo.
Esto es precisamente lo que el Corán dijo, hace catorce siglos, acerca del movimiento de la órbita del Sol. La astronomía moderna ha logrado demostrar experimentalmente la existencia de este proceso y su mecanismo detallado; y este logro no es sino uno entre muchos otros.
El movimiento de la Luna y del Sol en el espacio por su propia fuerza
Esta idea no aparece en ninguna de las traducciones del Corán realizadas por los eruditos. Como no sabían nada de astronomía, tradujeron el término árabe correspondiente adoptando uno de sus diversos significados: «nadar». Esto ocurrió en todas las traducciones francesas y también en la traducción inglesa del muy meritorio Allama Yusuf Ali (editor: Sheikh Muhammad Ashraf, Lahore, Pakistán). (Nota del traductor bengalí: el comentario del señor Bucaille también es aplicable a la traducción bengalí del Corán de la Fundación Islámica).
El significado que transmite el verbo árabe «sáhaba» (en los dos versículos citados, «yasbahun») es moverse por su propia fuerza. De todos los significados posibles de la palabra se desprende la idea de que la fuerza impulsora del movimiento procede del propio cuerpo del objeto en movimiento. Si el movimiento, es decir, el desplazamiento, tiene lugar en el agua, se trata de «nadar»; y si tiene lugar sobre la tierra, se trata de «caminar», es decir, desplazarse mediante la fuerza de los pies. Pero si el movimiento tiene lugar en el espacio, parece que no hay otra opción que aplicar el significado original de la palabra: moverse por la propia fuerza. Por tanto, probablemente no pueda decirse que haya habido un error en la traducción. En primer lugar, mientras la Luna gira alrededor de la Tierra, también gira sobre sí misma, aproximadamente una vez cada 29,5 días. Por ello, la misma cara de la Luna permanece siempre orientada hacia nosotros; y, en segundo lugar, el Sol tarda aproximadamente 25 días en dar una vuelta sobre sí mismo. En este movimiento existen algunas diferencias entre la región ecuatorial y las regiones polares (no entraremos ahora en su explicación detallada), pero, en conjunto, la energía de este movimiento se genera en el propio cuerpo del Sol.
Así pues, se observa que el significado de la palabra empleada en el Corán se refiere precisamente al movimiento de la Luna y del Sol generado por su propia fuerza. Los hechos descubiertos por la ciencia moderna han confirmado esta verdad. No parece haber ninguna manera de explicar cómo pudo llegar a esta idea un hombre del siglo VII, por muy instruido que hubiera sido en aquella época. Además, ciertamente no puede considerarse a Muhammad (la paz sea con él) un hombre instruido en materia de astronomía.
Algunos no aceptan este argumento. Dicen que en la antigüedad muchos sabios hicieron predicciones que ahora han quedado demostradas como verdaderas mediante experimentos científicos modernos. Sin duda, no se basaron en datos científicos, sino en datos filosóficos. A este respecto, se cita el ejemplo de los pitagóricos: se dice que ya en el siglo VI antes de Cristo defendían enérgicamente la teoría de que la Tierra gira sobre su propio eje y de que los planetas giran alrededor del Sol. Posteriormente, los experimentos científicos modernos demostraron que era verdadera. Del mismo modo, el brillante pensador Muhammad (la paz sea con él) quizá imaginó algo que muchos siglos después resultó ser cierto. Sin embargo, al presentar este argumento olvidan mencionar que aquellos filósofos racionalistas también cometieron errores muy graves. Como ejemplo, puede recordarse que los pitagóricos afirmaban asimismo con énfasis que el Sol permanecía inmóvil en el espacio, que el Sol era el centro del universo y que los cuerpos celestes también estaban centrados en el Sol. En los escritos de los filósofos de la antigüedad es muy común encontrar una mezcla de conceptos verdaderos y falsos sobre el universo. Es cierto que estos hombres talentosos legaron ideas muy adelantadas para su época, pero también nos legaron muchas ideas erróneas. Desde el punto de vista científico correcto, aquí reside la diferencia entre ellos y el Corán. El Corán contiene numerosas referencias y descripciones del universo, y todas y cada una de ellas han sido demostradas como verdaderas por los experimentos científicos modernos; ninguna ha resultado contraria a ningún hecho científico.
La sucesión del día y la noche
Cuando se consideraba que la Tierra era el centro del universo y se creía que era el Sol el que giraba alrededor de la Tierra, ¿por qué, al hablar de la sucesión del día y la noche, no se mencionaba en absoluto el movimiento del Sol? El Corán no aborda exactamente este tema, pero lo describe de la siguiente manera:
Sura 7 (Al-A‘raf), aleya 54: «Él cubre el día con la noche, de modo que una sigue rápidamente a la otra…»
Sura 36 (Yasin), aleya 37: «Y para ellos hay un signo en la noche: retiramos de ella la luz del día, y entonces quedan sumidos en la oscuridad.»
Sura 31 (Luqmán), aleya 5: «¿Acaso no ves que Alá convierte la noche en día y el día en noche?»
Sura 39 (Az-Zumar), aleya 5: «Él cubre el día con la noche y cubre la noche con el día.»
El primer versículo citado no necesita ninguna explicación. En el segundo versículo se presenta una imagen. En realidad, es en el tercer y cuarto versículos donde se ofrece información fascinante sobre la transformación del día en la noche y de la noche en el día. La mejor manera de traducir el verbo árabe «kawwara» probablemente sea emplear las palabras «envolver» o «enrollar». Así lo han hecho las traducciones francesas y Rashid. El significado original del verbo es «envolver» un turbante alrededor de la cabeza, y esta idea se refleja en todas las acepciones de la palabra.
Pero ¿qué ocurre realmente en el espacio? Los astronautas estadounidenses observaron este fenómeno desde su nave espacial mientras se encontraban en la Luna, muy lejos de la Tierra, y también lo fotografiaron. Vieron que el Sol ilumina siempre —excepto durante un eclipse— la mitad de la superficie terrestre, mientras que la mitad restante permanece en la oscuridad. La Tierra gira alrededor de su propio eje y la condición de iluminación permanece igual. Por ello, así como la mitad iluminada del globo gira una vez cada veinticuatro horas, la mitad oscura también gira una vez durante ese mismo período. Esta alternancia permanente del día y la noche está descrita claramente en el Corán. Como ahora conocemos la rotación de la Tierra y la estabilidad relativa del Sol, nos resulta fácil imaginar y comprender el fenómeno. Este proceso perpetuo de envolvimiento y el paso de una mitad del globo a la posición de la otra mitad están descritos en el Corán como si el concepto de que la Tierra es esférica ya fuera conocido entonces; pero claramente eso no es correcto.
Además de esta concepción de la sucesión del día y la noche, es necesario mencionar la idea de múltiples orientes y múltiples occidentes. Como el asunto depende de la observación ordinaria, se trata simplemente de una descripción. En el Corán se dice al respecto:
Sura 70 (Al-Ma‘arij), aleya 40: «Señor de los orientes y de los occidentes.»
Sura 55 (Ar-Rahmán), aleya 17: «Él es el Señor de los dos levantes y de los dos ponientes.»
Sura 43 (Az-Zujruf), aleya 38: «Aquí se menciona la distancia entre los dos orientes», y con estas palabras se expresa la idea de una enorme distancia entre dos lugares.
Si se observan atentamente la salida y la puesta del sol, se verá que el orto y el ocaso no tienen lugar siempre exactamente en el mismo sitio. El lugar cambia según la estación. Los dos puntos extremos del horizonte oriental donde sale el sol pueden llamarse los dos orientes. En los distintos puntos intermedios, el sol sale y se pone en diferentes épocas del año. Este fenómeno es tan común que puede observarse a simple vista y no requiere ningún experimento científico para demostrar su veracidad.
Evolución del firmamento
Al describir la concepción moderna de la creación del universo, se ha dicho que, a partir de una nebulosa primordial, se formaron gradualmente los cuerpos celestes, las estrellas, el Sol y los demás planetas y satélites. Según la ciencia moderna, esta evolución y desarrollo progresivo continúan todavía en el sistema solar y, en general, en todo el universo.
Quienes estén familiarizados con esta idea quizá deseen compararla con algunos versículos del Corán. En estos versículos se menciona la manifestación de la soberanía de Allah.
El Corán nos lo recuerda repetidamente: «(Allah) ha sometido el Sol y la Luna a un orden; cada uno orbita hasta un plazo determinado».
Esta frase aparece en la aleya 2 de la sura Ar-Ra‘d, en la aleya 29 de la sura Luqmán, en la aleya 13 de la sura Fátir y en la aleya 5 de la sura Az-Zumar.
Además, en la aleya 38 de la sura Luqmán se vincula la idea de un lugar de destino con la de un lugar determinado: «El sol orbita dentro de su límite establecido. Esto ha sido determinado por el Poderoso, el Omnisciente».
«Límite determinado» es la traducción bengalí de la palabra árabe «mustaqarr». No cabe duda de que esta palabra está asociada con la idea de un lugar específico. Ahora bien, ¿qué se observa al comparar estas descripciones con los datos de la ciencia moderna?
En el Corán también se menciona un límite de la órbita del sol, así como un lugar de destino. Se habla de un límite determinado de la luna. Para comprender el significado de esta descripción, es necesario conocer la concepción de la ciencia moderna sobre la órbita de las estrellas en general y, en particular, la del sol. Además, es necesario conocer las trayectorias orbitales de los cuerpos celestes, incluida la luna, que siguen el movimiento del sol.
Según los astrofísicos, el sol tiene una edad de 450 mil millones de años. Al igual que en el caso de las demás estrellas, también es posible determinar una etapa de la evolución del sol. Actualmente, el sol se encuentra en su etapa inicial. La transformación de las moléculas de hidrógeno en moléculas de helio es característica de esta etapa. Esta etapa continuará durante otros 550 mil millones de años, pues se considera que la duración total de las estrellas de este tipo es de 1 billón de años. En otras estrellas de este tipo se ha observado que, después de la primera etapa, comienza una segunda. Entonces termina la transformación del hidrógeno en helio, la envoltura exterior de la estrella se expande y la cantidad de calor del sol disminuye. En la etapa final, la luminosidad disminuye considerablemente y su densidad aumenta mucho. Este estado se observa en estrellas del tipo «enana blanca».
El propósito de las estimaciones aproximadas de años mencionadas anteriormente es dar una idea de la duración del tiempo, pero lo importante en realidad es poner de relieve el proceso de evolución. Sobre la base de las observaciones científicas modernas, ahora es posible estimar que, después de 300 a 500 mil millones de años, la situación que existe actualmente en el sistema solar ya no se mantendrá. Al igual que en el caso de otras estrellas cuyos procesos de radiación y evolución han sido registrados hasta su etapa final, es posible predecir que el sol también llegará un día a su fin.
Cabe recordar que en la aleya 38 de la sura Luqmán se menciona que el sol se dirige hacia su propio lugar de destino.
En la astronomía moderna ha sido posible identificar con precisión ese lugar, al que también se le ha dado el nombre de ápice solar (Solar Apex). En efecto, el sistema solar avanza por el espacio hacia una región específica de la constelación de Hércules, cuya posición ya ha sido determinada con exactitud y cuya velocidad se ha calculado en aproximadamente 12 millas por segundo.
Es necesario mencionar estos datos astronómicos en relación con las aleyas del Corán citadas anteriormente, porque se observa que la descripción coránica coincide por completo con los datos de la ciencia moderna.
La expansión del universo
El descubrimiento más asombroso de la ciencia moderna es que el universo se expande continuamente. Esta idea está ahora demostrada y establecida, aunque existen algunas discrepancias acerca de cómo ocurre.
Esta idea surgió inicialmente de la teoría de la relatividad general y posteriormente recibió apoyo de los experimentos de la física con las galaxias. Puesto que cada galaxia se aleja progresivamente de las demás, aumenta su distancia respecto de ellas. El tamaño del universo también aumentará en esa misma proporción. A medida que avanza este proceso de expansión, la velocidad con la que se desplazan los cuerpos celestes es superior a la velocidad de la luz.
Esta idea moderna puede compararse con el versículo 47 de la sura Al-Dhariyat. Allah dijo: «He construido el cielo con Mi poder y, ciertamente, lo estoy expandiendo».
«Cielo» es la traducción de la palabra árabe «sama», con la que se designa el mundo situado en las regiones superiores a la Tierra. «Musiuna» es la forma del presente plural del verbo árabe «awsa». La palabra «awsa» significa hacer extenso, expandir, ampliar, extender y hacer más grande. «Musiuna» significa «lo estamos expandiendo».
Algunos traductores, al no comprender este significado, han ofrecido traducciones que me parecen erróneas; por ejemplo, en la traducción francesa R. Blachère dice: «Damos generosamente». Otros traductores, aunque comprendieron el significado, no se atrevieron a expresarlo. Hamidullah habló ciertamente de la expansión del cielo y del espacio, pero añadió también un signo de interrogación. Muchos traductores, después de conocer los datos científicos correctos, han aplicado en sus comentarios el significado presentado aquí. En el comentario titulado «Muntakhab», editado por el Consejo Supremo de Asuntos Islámicos de El Cairo, se ofrece precisamente este significado. Allí se afirma claramente que el universo se está expandiendo.
La conquista del espacio
Desde esta perspectiva, es necesario prestar profunda atención a tres versículos del Corán. En uno de ellos se afirma claramente qué logro puede alcanzar y alcanzará el ser humano en este ámbito. En los otros dos, al referirse a los incrédulos de La Meca, se dice que, si pudieran ascender al cielo, quedarían maravillados al contemplar las escenas que allí verían. Aquí se introduce un asunto que aquellos incrédulos no podían comprender.
En primer lugar, el versículo pertenece a la sura Ar-Rahmán, versículo 33: «¡Oh, comunidad de los genios y de los seres humanos! Si podéis atravesar los límites de los cielos y de la Tierra, atravesadlos; pero no podréis hacerlo sin poder».
Esta traducción requiere cierta explicación y análisis. En primer lugar, la palabra «si» indica que el éxito de la propuesta depende de una condición posible o imposible. Sin embargo, en árabe es posible expresar esa condición con un matiz mucho más claro. Para expresar posibilidad puede emplearse «idhā», para una acción realizable, «in», y para una acción irrealizable, «law». Puesto que en el versículo en cuestión se emplea la palabra «in», se entiende que la acción es realizable. Es decir, atravesar los límites de los cielos y de la Tierra es realmente posible para los seres humanos. Las interpretaciones meramente filosóficas que algunos comentaristas han ofrecido quedan refutadas precisamente por esta particularidad del uso de las palabras.
En segundo lugar, Allah se dirige a los genios y a los seres humanos, no a criaturas imaginarias. En tercer lugar, aparece el verbo «nafadha», seguido de la preposición «min», y se lo ha traducido como «atravesar». Según el diccionario de Qazi Mirski, el término significa «entrar en el interior de algo y salir por el otro lado» (como una flecha que entra por un lado de un objeto y sale por el otro). Por tanto, se entiende una penetración profunda y la salida más allá del área penetrada.
En cuarto lugar, parece que el poder (sultán) necesario para que los seres humanos realicen esa acción procederá del Todopoderoso. Pues en el versículo inmediatamente siguiente se hace un llamamiento a percibir la misericordia de Allah.
Por tanto, este versículo contiene una clara insinuación de que un día los seres humanos conquistarán el espacio exterior. Cabe señalar que el versículo no alude únicamente a conquistar el cielo, sino también a atravesar la Tierra, es decir, a conquistar el subsuelo.
Los otros dos versículos son los versículos 14 y 15 de la sura Al-Hiyr. Por el contexto se entiende que Allah está hablando aquí de los incrédulos de La Meca: «Y aunque les abriéramos una puerta del cielo y subieran por ella durante el día, dirían: “Nuestra vista ha quedado obnubilada; más bien, somos un pueblo hechizado”».
En esas palabras se expresa asombro ante la contemplación de una escena extraordinaria: una escena que el ser humano jamás había imaginado.
Puede observarse que la frase comienza con la palabra árabe «law», «si». Es decir, la propuesta de la frase queda sometida a una condición cuyo cumplimiento jamás sería posible para las personas mencionadas en el versículo.
En los versículos relativos a la conquista del espacio exterior hemos visto que se menciona que, gracias a la inteligencia y a la capacidad de inventiva que Allah le ha concedido, el ser humano conquistará algún día el espacio exterior. Pero en este versículo se describe una escena que los incrédulos de La Meca jamás podrán contemplar. Sin embargo, otros sí podrán verla, y el versículo describe la sensación que se producirá en ellos —los seres humanos astronautas— después de contemplarla: su mirada se desviará, como ocurre cuando se está ebrio o bajo el efecto de la magia.
Desde que, en 1961, los astronautas dieron por primera vez la vuelta a la Tierra en una nave espacial, han tenido exactamente esa experiencia y, al describirla, han utilizado precisamente esas palabras. Hoy es de conocimiento general que, visto desde encima de la atmósfera terrestre, el cielo ya no aparece azul. Esto se debe a que, visto desde debajo de ella, el cielo parece azul porque la atmósfera absorbe la luz del Sol. Al ascender más allá de la atmósfera terrestre, el ser humano ve el cielo negro y, por esa misma razón —la absorción de la luz solar por la atmósfera—, lo ve cubierto de azul. Como la Luna no tiene atmósfera, el cielo negro que se observa allí es completamente novedoso y extraordinario, y las imágenes de esa escena son ahora muy conocidas por la gente de la época actual.
También en este caso, al comparar la descripción del Corán con los datos de la ciencia moderna, uno queda sobrecogido y atónito de asombro. Por tanto, esa descripción del Corán no puede, de ningún modo, ser la descripción de alguien de hace mil cuatrocientos años.
La Tierra
Al igual que los demás temas tratados hasta ahora en esta obra, los versículos relativos a la Tierra están dispersos por distintos lugares del Corán. Es difícil clasificarlos, y la forma en que los he clasificado aquí es enteramente mi propio método.
Para comprender correctamente su significado, primero pueden seleccionarse aquellos versículos en los que se mencionan simultáneamente varios temas. Estos versículos tienen una aplicabilidad general e invitan a las personas a comprender la generosidad de Allah basándose en los ejemplos descritos.
Otros versículos presentan temas más específicos, como el ciclo del agua y los mares, la naturaleza de la superficie terrestre y el clima de la Tierra.
Versículos de descripción general
Aunque en los versículos de esta clase suele haber una justificación para comprender la misericordia y la benevolencia del Creador hacia Su creación, de vez en cuando contienen descripciones que resultan fascinantes desde la perspectiva de la ciencia moderna. En particular, eran especialmente significativas para la gente de la época en que fue revelado el Corán. Posteriormente, sobre la base de los datos y conocimientos científicos, se ha demostrado que muchas de estas ideas y creencias eran erróneas.
Por otra parte, en esos versículos se expresan conceptos sencillos que eran comprensibles para los árabes. Debido a razones geográficas, el Corán estaba dirigido inicialmente a ellos. Eran los habitantes de La Meca y Medina, así como los beduinos de la península arábiga. Pero, además, esos versículos contienen conceptos de carácter general de los que las personas más avanzadas de cualquier lugar y época pueden extraer un conocimiento más profundo; y esta es una señal del carácter universal e internacional del Corán.
Como ya he dicho, no existe una clasificación de los versículos. Por lo tanto, aquí seguimos el orden numérico de las suras.
Sura 2 (Al-Baqara), aleya 22: «(Alá) es Quien ha hecho para vosotros la tierra como un lecho y el cielo como un techo, y hace descender agua del cielo, mediante la cual produce frutos para vosotros. No atribuyáis, pues, conscientemente iguales a Alá».
Sura 2 (Al-Baqara), aleya 164: «En la creación de los cielos y la tierra, en la sucesión de la noche y el día, en las naves que surcan el mar con lo que beneficia a la humanidad, en el agua que Alá hace descender del cielo y con la que vivifica la tierra después de su muerte, diseminando en ella toda clase de criaturas, en el cambio de dirección de los vientos y en las nubes sometidas entre el cielo y la tierra, hay signos para la gente que razona».
Sura 13 (Ar-Ra’d), aleya 3: «Él es Quien extendió la tierra, puso en ella montañas y ríos, y creó en ella frutos de toda clase, por pares. Él cubre el día con la noche. En ello hay, ciertamente, signos para la gente que reflexiona».
Sura 15 (Al-Hiyr), aleyas 19-21: «Hemos extendido la tierra y puesto en ella montañas; hemos creado en ella todas las cosas con debida proporción y hemos dispuesto en ella el sustento para vosotros y también para aquellos cuyo sustento no os corresponde. Tenemos los depósitos de todas las cosas y solo las hacemos descender en la medida necesaria».
Sura 20 (Ta-Ha), aleyas 53-54: «(Él es Alá) Quien ha hecho para vosotros la tierra como un lecho y ha trazado en ella caminos para vosotros; hace descender agua del cielo y, mediante ella, produce diversas clases de plantas. Comed y apacentad a vuestro ganado; ciertamente, en ello hay signos para quienes poseen entendimiento».
Sura 27 (Naml), aleya 61: «(Él es Allah) quien hizo habitable la tierra, hizo correr ríos y arroyos en medio de ella, fijó en ella montañas firmes y puso una barrera entre dos mares. ¿Acaso hay otra divinidad junto con Allah? Sin embargo, la mayoría de ellos no lo sabe».
Aquí se habla de la solidez general de la capa superficial de la Tierra. Sabemos que, en la primera etapa de la formación de la Tierra, dicha capa no era sólida antes de enfriarse. Aún hoy, naturalmente, la capa no es igualmente sólida en todas partes, pues hay muchas zonas donde ocurren terremotos con frecuencia. En relación con la barrera entre dos mares, puede recordarse que las aguas de los grandes ríos se mezclan con el agua del mar en la desembocadura, o.
Sura 67 (Al-Mulk), aleya 15: «Él os hizo la tierra accesible; recorred, pues, sus confines y alimentaos de lo que Él os ha proporcionado. Después de la resurrección, el retorno será hacia Él».
Sura 79 (An-Nazi‘at), aleyas 30-33: «Después, (Allah) extendió la tierra; hizo brotar de ella sus manantiales y sus pastos, y fijó firmemente las montañas. Todo esto es para vuestro disfrute y el de vuestros animales».
En muchas aleyas de este tipo se ha enfatizado la importancia del agua y el beneficio de que haya agua en la tierra, es decir, la fertilidad del suelo. No cabe duda de que, en los países desérticos, la vida o la muerte de las personas depende del agua. Pero en el Corán, la presentación de este tema no se limita a esta pequeña significación geográfica. Según la ciencia moderna, dentro del sistema solar, el único planeta que tiene agua es la Tierra, y el Corán ha puesto énfasis precisamente en esta característica. Si no hubiera agua, la Tierra se habría convertido en un planeta muerto, como la Luna. Entre los diversos temas relacionados con la Tierra, el Corán menciona primero el agua. Además, el ciclo del agua también está descrito en el Corán de manera exacta y precisa.
El ciclo del agua y el mar
Si se recitaran sucesivamente las aleyas del Corán relacionadas con el papel del agua en la vida humana, se vería que contienen afirmaciones que nos resultan muy fáciles de comprender. Esto se debe a que, en la época actual, casi todos estamos más o menos familiarizados con el ciclo natural del agua.
Al considerar las ideas que prevalecían antiguamente sobre este tema, se observa que se basaban principalmente en suposiciones e imaginación. Aunque esas ideas estaban extendidas cuando fue revelado el Corán, no encontraron lugar en el propio Corán. Aunque parte del conocimiento necesario para esta tarea pudiera reunirse mediante razonamientos basados en suposiciones, esas ideas y concepciones ya no pueden ser aceptables en la época actual.
Era fácil suponer que el agua subterránea se filtraba desde la superficie. En la Antigüedad, Marco Vitruvio Polión, residente en Roma en el siglo I a. C.,
era partidario de esta teoría. Sin embargo, muchos consideraron esta idea una excepción. Por lo tanto, se observa que durante muchos siglos —y fue precisamente en ese período cuando se reveló el Corán— la humanidad mantuvo ideas completamente erróneas sobre el ciclo del agua.
Dos especialistas en este tema, G. Pastini y B. Blavoux, ofrecieron una excelente historia del problema en un artículo de la enciclopedia Universalis. Dijeron: «En el siglo VII a. C., Tales de Mileto sostenía la teoría de que el agua del mar, impulsada por el viento, se dirigía hacia la tierra firme y que, después de caer sobre ella, penetraba en el suelo. Platón creía en esta teoría y pensaba que el agua regresaba al mar por algún profundo túnel subterráneo (el Tártaro). Hasta el siglo XVIII hubo muchos partidarios de esta teoría, entre ellos Descartes. Aristóteles pensaba que el agua subterránea se convertía en vapor, se condensaba por el frío de las regiones montañosas y formaba lagos subterráneos, y que esa misma agua fluía en forma de manantiales. Séneca (siglo I), Volger y muchos otros sostuvieron esta teoría hasta 1877. En 1580, Bernard Palissy formuló una concepción clara del ciclo del agua. Afirmó que el agua subterránea procedía de la filtración del agua de lluvia desde la superficie. Ya en el siglo XVII, Mariotte y P. Perrault apoyaron y confirmaron esta teoría».
Pero en los diversos versículos siguientes del Corán no hay ni el menor rastro de las numerosas ideas erróneas que prevalecían en la época de Muhammad (la paz sea con él).
Sura 50 (Qaf), versículos 9-11: «Y hacemos descender del cielo una lluvia beneficiosa, con la cual hacemos brotar jardines, cereales y elevadas palmeras datileras cuyos racimos están apretados, como sustento para Mis siervos; y mediante la lluvia vivificamos una tierra muerta. Así será la resurrección».
Sura 23 (Los creyentes), versículos 18-19: «Y hacemos descender del cielo el agua en una medida determinada, luego la almacenamos en la tierra, aunque también somos capaces de hacerla desaparecer. Después, con ella, creamos para vosotros jardines de palmeras datileras y vides; en ellos tenéis abundantes frutos, de los cuales coméis».
Sura 15 (Al-Hiyr), versículo 22: «Enviamos vientos fecundantes, luego hacemos descender del cielo agua y os damos de beber de ella; vosotros no disponéis de sus depósitos».
Este versículo puede tener dos interpretaciones posibles. La expresión «vientos fecundantes» o «vientos productivos» puede significar que los vientos transportan las semillas y el polen de muchas frutas y flores. La otra posibilidad es que, por acción del viento, muchas nubes sin lluvia se transformen en nubes cargadas de lluvia. En muchos casos, como en los versículos siguientes, se menciona este papel de los vientos:
Sura 35 (Fátir), versículo 9: «Allah es quien envía los vientos, y estos impulsan las nubes. Después, Él las conduce hacia una tierra muerta y, por medio de ellas, vivifica la tierra después de su muerte. Así será la resurrección.»
Es digno de notar que la primera parte del versículo es descriptiva y que, luego, sin ninguna pausa intermedia, se transmite directamente una declaración procedente de Allah. Este cambio repentino en la narración aparece con frecuencia en el Corán.
Sura 30 (Ar-Rum), versículo 48: «Allah es quien envía los vientos, que impulsan las nubes; luego, Él las extiende por el cielo como quiere, las fragmenta y entonces ves que de ellas sale la lluvia. Él la hace llegar a quien quiere de Sus siervos, y estos se regocijan.»
Sura 7 (Al-A‘raf), versículo 57: «Él es quien envía los vientos como anuncio de Su misericordia. Cuando estos transportan nubes pesadas, las dirigimos hacia una tierra muerta, hacemos que llueva sobre ella y, por medio de ello, producimos toda clase de frutos. Así vivificamos a los muertos, para que reflexionéis.»
Sura 25 (Al-Furqan), versículos 48-49: «Él es quien envía los vientos como anuncio de Su misericordia y hace descender del cielo agua pura, para vivificar con ella una tierra muerta y saciar la sed de numerosas criaturas y seres humanos.»
Sura 45 (Al-Yathiya), versículo 5: «Hay signos para la gente reflexiva en la alternancia de la noche y el día, en la lluvia que Allah hace descender del cielo, con la que vivifica la tierra después de su muerte, y en la variación de los vientos.»
Aquí es particularmente digno de notar el énfasis puesto en la función de los vientos en la modificación del ciclo de la lluvia.
Sura 13 (Ar-Ra‘d), versículo 17 (parte): «Él hace descender agua del cielo, y los valles se inundan según su capacidad; luego, la corriente lleva la espuma que se encuentra sobre ella.»
Sura 67 (Al-Mulk), aleya 30: «Di: ¿Habéis pensado alguna vez que, si el agua se hundiera bajo tierra fuera de vuestro alcance, quién os traería agua corriente?»
Sura 39 (Az-Zumar), aleya 21 (fragmento): «¿Acaso no ves que Allah hace descender agua del cielo, luego la conduce por la tierra en forma de corrientes y, mediante ella, produce cultivos de diversos colores?»
Sura 36 (Yasin), aleya 34: «En ella hemos creado jardines de palmeras y vides, y hemos hecho brotar manantiales.»
En las tres últimas aleyas se ha puesto énfasis en los manantiales y en el proceso mediante el cual se abastecen de agua de lluvia. Es necesario reflexionar profundamente sobre este asunto y recordar, en este contexto, que durante la Edad Media se creía —e incluso sabios como Aristóteles pensaban— que el agua de los manantiales procedía del subsuelo. El profesor M. R. Rémenieras, de la Escuela Nacional de Agronomía de Francia, describió en su artículo sobre hidrología de la Encyclopaedia Universalis las principales etapas del ciclo del agua y mencionó los excelentes sistemas de irrigación de la Antigüedad, especialmente en Oriente Medio. Observó que, como las ideas y teorías de aquella época eran erróneas, la gente común dependía sobre todo de su experiencia en las labores de riego. Dice: «Hasta la época del Renacimiento (1400-1600 d. C.) solo prevalecían teorías puramente filosóficas. Después, al iniciarse las investigaciones basadas en observaciones objetivas, aquellas teorías fueron abandonadas. Leonardo da Vinci (1452-1519) protestó contra la teoría de Aristóteles. En la obra titulada “Discurso admirable sobre la naturaleza del agua y de las fuentes, tanto naturales como artificiales” (París, 1570), Bernard Palissy expuso datos reales sobre el ciclo del agua y sobre cómo las fuentes se abastecen mediante el agua de lluvia.»
Precisamente esto —la penetración del agua de lluvia en el subsuelo y su utilización como fuente— es lo que se describe en la aleya 21 de la sura Az-Zumar.
En la aleya 43 de la sura An-Nur se habla de la lluvia y del granizo: «¿Acaso no ves que Allah mueve las nubes, luego las reúne y después las amontona? Entonces ves que de ellas sale la lluvia. Él hace descender granizo de las masas de granizo que hay en el cielo; con él golpea a quien quiere y lo aparta de quien quiere. El resplandor de su relámpago casi arrebata la vista.»
En este contexto, es necesario prestar especial atención al contenido de tres aleyas de la sura Al-Waqi’a (68-70):
«¿Habéis reflexionado sobre el agua que bebéis? ¿Sois vosotros quienes la hacéis descender de las nubes o somos Nosotros quienes la hacemos llover? Si quisiéramos, podríamos hacerla salada. ¿Por qué, entonces, no expresáis vuestra gratitud?»
También se nos recuerda que Allah es omnipotente y puede hacer todo cuanto quiere al mencionar Su poder para convertir el agua dulce de Allah en agua salada. En la era moderna, el ser humano ha logrado crear lluvia por medios artificiales. Por tanto, ¿es posible que alguien contradiga o se oponga a la descripción del Corán sobre la capacidad humana de crear lluvia?
La respuesta a esta pregunta es: no, no es posible. Sin embargo, hay que reconocer las limitaciones de la capacidad humana en este ámbito. El experto de la Oficina Meteorológica francesa M. A. Fassi escribió bajo el título «Lluvia» en la enciclopedia Universalis: «Nunca será posible hacer que llueva de una nube que no haya madurado para producir lluvia o que no haya adquirido las características necesarias». Es decir, si las condiciones naturales no son favorables, el ser humano nunca podrá acelerar el proceso de la lluvia mediante la aplicación de conocimientos técnicos. De lo contrario, nunca habría sequías ni ausencia de lluvias. Sin embargo, en la realidad se observa que las sequías y la falta de lluvia ocurren con mucha frecuencia. Por tanto, la posibilidad de que el ser humano controle la lluvia o el clima seguirá siendo solo un sueño.
El ser humano no puede, por voluntad propia, transgredir las leyes naturales permanentes que rigen la transformación del agua. Según los conocimientos de la hidrología moderna, estas leyes naturales son las siguientes:
El agua de los mares y de la superficie terrestre se evapora debido a las calorías procedentes de los rayos solares. Este vapor asciende a la atmósfera, se condensa y se convierte en nubes. El viento transporta estas nubes a distintas distancias. Entonces, las nubes pueden dispersarse sin producir precipitaciones, o unirse a otras nubes y condensarse aún más, o dispersarse y producir lluvia en alguna etapa del ciclo. Después de que esta lluvia cae al mar —que ocupa el 70 por ciento de la superficie terrestre—, el ciclo vuelve a comenzar. Cuando la lluvia cae sobre la tierra, las plantas pueden absorberla, y así contribuye a su nacimiento y desarrollo. Parte del agua de las plantas regresa nuevamente a la atmósfera. El agua restante penetra en el suelo y desde allí regresa al mar a través del subsuelo, o fluye hacia manantiales y ríos.
Al comparar los datos modernos de la hidrología con los versículos del Corán citados en este capítulo, se percibe una sorprendente coincidencia y semejanza entre ambos.
El mar
El asunto del mar es, ciertamente, de una naturaleza algo diferente. En el Corán no hay ninguna descripción del mar que pueda compararse con los datos científicos modernos. Sin embargo, es necesario señalar con suficiente énfasis que el Corán no respalda en ningún lugar las teorías, leyendas o supersticiones sobre el mar que circulaban en la época en que fue revelado.
En varios versículos se mencionan el mar y la navegación. En ellos hay materia para reflexionar, a fin de comprender el poder absoluto de Allah a partir de hechos generalmente observables. Como ejemplos, pueden citarse los siguientes versículos:
Sura 14 (Ibrahim), aleya 32: «Él ha puesto las naves a vuestro servicio, para que naveguen por el mar conforme a Su mandato».
Sura 16 (An-Nahl), aleya 14: «Él ha sometido el mar para que comáis de él carne fresca y extraigáis de él joyas con las que os adornáis; y ves cómo las naves lo surcan, para que podáis buscar Su favor y para que seáis agradecidos».
Sura 31 (Luqmán), aleya 31: «¿Acaso no observas que las naves surcan el mar por la gracia de Allah, para mostraros Sus signos? En ello hay ciertamente signos para todo paciente y agradecido».
Sura 55 (Ar-Rahmán), aleya 24: «A Él pertenecen los barcos semejantes a montañas que navegan por el mar, y están bajo Su control».
Sura 36 (Yasin), aleyas 41-44: «Y tienen un signo en que embarcamos a sus antepasados en la nave cargada, y creamos para ellos otras semejantes en las que embarcan. Si quisiéramos, los ahogaríamos; entonces no tendrían quien los auxiliara ni serían salvados, salvo por Nuestra misericordia y para permitirles disfrutar de la vida por algún tiempo».
Aquí se habla claramente del transporte de personas en la nave; es decir, del acontecimiento en que Noé (la paz sea con él) fue llevado en la nave junto con los demás pasajeros hasta tierra firme.
Hay otro fenómeno visible relacionado con el mar que, debido a su característica extraordinaria, se observa fácilmente; esta característica también es visible en las desembocaduras de los grandes ríos y en las entradas del mar. El Corán menciona claramente esta característica.
Esta característica consiste en que el agua dulce de los ríos no se mezcla con el agua salada del mar. Este fenómeno puede observarse donde se unen los ríos Tigris (Diyala) y Éufrates (Furat). Ese estuario es una especie de mar de más de cien millas de longitud y recibe el nombre de Shatt al-Arab. Cuando las olas del mar penetran en el interior de este golfo, empujan el agua dulce del río hacia la tierra seca y, de este modo, ayudan a la irrigación. Para comprender el significado del texto coránico a este respecto, es necesario entender que la palabra árabe «bahr» designa una gran cantidad de agua; en ese sentido, puede referirse tanto al mar como a grandes ríos, como el Nilo, el Tigris y el Éufrates. La palabra inglesa «sea» («mar») tiene también este significado general.
La característica de que el agua dulce y el agua salada no se mezclan se describe en los tres versículos siguientes:
Sura 25 (El Furqán), versículo 53: «Él hizo fluir los dos mares: el agua de uno es dulce y potable, y la del otro es salada y amarga. Entre ambos puso una barrera, un límite infranqueable».
Sura 55 (Fátir), versículo 12: «Los dos mares no son iguales: el agua de uno es dulce y potable, y la del otro es salada y amarga. De cada uno coméis pescado y extraéis las joyas que utilizáis».
Sura 55 (El Misericordioso), versículos 19, 20 y 22: «Él hizo fluir los dos mares, que se encuentran; pero entre ellos hay una barrera que no pueden atravesar. De ambos se extraen las perlas y el coral».
Después de describir el acontecimiento principal, se mencionan las cosas que se obtienen de ambos tipos de agua, es decir, el pescado, las perlas y el coral. El hecho de que el agua dulce y el agua salada no se mezclen no es un fenómeno único o exclusivo de los ríos Tigris y Éufrates. También ocurre en otros lugares. Aunque el Corán no menciona los nombres de los ríos Tigris y Éufrates, generalmente se considera que se alude precisamente a estos dos ríos. Sus aguas dulces no se mezclan con el agua salada hasta llegar al mar profundo más lejano.
La superficie terrestre
La estructura de la Tierra es muy compleja. Ahora puede suponerse, de manera aproximada, que la Tierra se formó a partir de una capa extremadamente gruesa, en un estado de gran temperatura. En su centro, las sustancias rocosas aún se encuentran fundidas y calientes, mientras que la capa superior se enfrió y adquirió una forma sólida. La capa superior, o corteza terrestre, es muy delgada; su espesor suele medirse en millas o, como máximo, en unidades de diez millas. La distancia desde el centro de la Tierra hasta la circunferencia es algo superior a 3.750 millas. Por lo tanto, el espesor de la corteza, en promedio, ni siquiera alcanza la centésima parte de la circunferencia de la esfera. Sin embargo, todos los fenómenos geológicos han ocurrido precisamente sobre esta corteza. Al comienzo de este proceso, los pliegues que se formaron en la corteza terrestre dieron lugar a la formación de las cordilleras. Para los geólogos, este proceso se conoce como «orogénesis» y es muy importante. Esto se debe a que, por efecto de los mismos pliegues que formaron las montañas, la corteza terrestre descendió proporcionalmente, creando así una base sólida para las montañas.
La distribución y la proporción entre los mares y las tierras en la superficie terrestre se han establecido recientemente, y nuestro conocimiento sigue siendo incompleto incluso respecto de los períodos más recientes y conocidos. Se considera que los mares probablemente se formaron hace unos cincuenta millones de años. En la etapa inicial, probablemente toda la masa terrestre tenía la forma de un solo bloque y después se fragmentó, adoptando la forma de distintos continentes. Algunos continentes o partes de ellos —el continente del Atlántico Norte y algunas partes de Europa— se formaron debido a la formación de montañas en regiones marinas.
Según la concepción moderna, la formación y el desarrollo de las montañas desempeñaron un papel principal en la formación de la tierra. Desde la etapa inicial hasta la cuarta etapa, la formación de la tierra influyó en diversos equilibrios. Algunas partes de la tierra se formaron de nuevo y, de este modo, durante cientos de miles de años cambiaron la distribución y la proporción entre los mares y la tierra firme. Como resultado de estos cambios sucesivos, en la actualidad la superficie terrestre representa apenas tres décimas partes de la superficie ocupada por los mares.
Ahora quizá sea posible ofrecer, en términos generales, una descripción de los cambios que se han producido durante los últimos cientos de miles de años.
En relación con la superficie terrestre, el Corán solo ha descrito el proceso de formación de las montañas. En los versículos siguientes se habla de la misericordia de Alá hacia los seres humanos en relación con la formación de la tierra. Desde el punto de vista científico, parece que no hay nada más que decir al respecto.
Sura 71 (Nuh), versículos 19-20: «Y Alá ha extendido para vosotros la tierra, para que podáis transitar por amplios caminos».
Sura 51 (Adh-Dhariyat), versículo 48: «He extendido la tierra; ¡qué hermosa manera de extenderla!». Se habla de extender la tierra como una alfombra. Esta alfombra es la corteza terrestre, una capa sumamente resistente sobre la que vivimos. Sin esta corteza, la Tierra no habría sido adecuada para albergar ningún ser vivo, pues su interior es líquido, ardiente y destructivo para la vida. La descripción coránica de cómo las montañas y la superficie terrestre se vuelven firmes y resistentes mediante los pliegues de la corteza es de gran importancia.
Sura 88 (Al-Ghashiyah), versículos 19-20: «¿Y cómo fueron colocadas las montañas —como tiendas— y cómo fue allanado el suelo?». En los versículos siguientes se ofrece una explicación detallada de cómo las montañas han quedado arraigadas en la tierra.
Sura 78 (An-Naba), versículos 6-7: «¿Acaso no hemos hecho de la tierra un lecho y de las montañas estacas?». Las estacas son postes clavados en el suelo para sujetar las cuerdas tensadas de una tienda (awtad, plural de watad). Los geólogos modernos han reconocido que los pliegues de la tierra sirven de base a las montañas. Según ellos, cada pliegue puede tener entre una y diez millas de extensión. Estos pliegues también fortalecen la corteza terrestre. En este contexto, pueden considerarse los siguientes versículos:
Sura 79 (An-Nazi’at), versículo 32: «Y afirmó firmemente las montañas».
Sura 31 (Luqmán), aleya 10: «Él ha colocado montañas en la tierra para que esta no se incline ni se tambalee llevándoos consigo».
En la aleya 15 de la sura Al-Nahl se expresa la misma idea, y en la aleya 31 de la sura Al-Anbiyá se formula así: «Y establecí en la tierra montañas firmes para que no se inclinara ni se tambaleara llevándolos consigo».
En estas aleyas se expresa la idea de que la manera en que fueron colocadas las montañas garantiza la estabilidad. Esta idea es totalmente compatible con los conocimientos de la geología moderna.
El clima de la Tierra
Ya hemos examinado las diversas descripciones del cielo en el Corán; ahora examinaremos algunas manifestaciones de la atmósfera mencionadas en las aleyas. Veremos que la información descrita en estas aleyas no contradice en absoluto la ciencia moderna.
Altitud
Cuando el ser humano asciende, siente malestar. A medida que aumenta la altitud, también aumenta el malestar. Esta sensación conocida se describe en la aleya 125 de la sura Al-Anam: «A quien Allah quiere guiar, le abre el corazón al islam; y a quien quiere extraviar, le oprime el corazón, como si tuviera que ascender al cielo. Así hace que el seguimiento del islam le resulte sumamente difícil».
Algunos comentaristas han afirmado que, en la época de Muhammad (la paz sea con él), los árabes no conocían el malestar que se siente al ascender. Pero esta afirmación no es cierta en absoluto. En efecto, ya había en la región árabe montañas de más de dos millas de altura; por tanto, no es posible que desconocieran la dificultad para respirar a esa altitud. En la época del Profeta había población en Saná, la capital del Yemen, y la ciudad se encontraba a unos 7.900 pies sobre el nivel del mar. Algunos comentaristas también han querido ver en esta aleya una profecía sobre la conquista del espacio exterior, pero eso tampoco es cierto. En esta aleya, al menos, no existe ninguna profecía sobre la conquista del espacio exterior.
La electricidad en la atmósfera
En los siguientes versículos se menciona la presencia de electricidad en la atmósfera y que, como consecuencia de ella, se producen rayos y granizo:
Sura 13 (Ar-Ra’d), versículos 12-13: «Él es quien os muestra el relámpago, que suscita temor y esperanza, y quien crea las nubes densas. El trueno glorifica Su alabanza, y también los ángeles, por temor a Él. Él lanza los rayos y alcanza con ellos a quien quiere; aun así, disputan acerca de Allah, aunque Él es poderoso en extremo».
Sura 24 (An-Nur), versículo 43: «¿Acaso no ves que Allah impulsa las nubes, luego las reúne y después las amontona? Entonces ves que de ellas sale la lluvia. Él hace descender granizo de las montañas de granizo que hay en el cielo y lo desvía de quien quiere. El resplandor del relámpago de las nubes casi arrebata la vista».
En estos dos versículos se describe claramente la formación de las densas nubes de lluvia o de granizo y la relación recíproca entre ellas y los rayos. En el caso de las nubes, suscitan esperanza por sus beneficios; en el caso de los rayos, suscitan temor, porque cuando caen lo hacen únicamente por voluntad de Allah, el Todopoderoso. La relación entre estos dos fenómenos ha sido demostrada y respaldada por el conocimiento científico moderno sobre la existencia de electricidad en la atmósfera.
La sombra
El hecho de que exista la sombra y de que pueda moverse se explica hoy con mucha facilidad. Este tema se describe en los siguientes versículos:
Sura 16 (An-Nahl), versículo 81: «De lo que Él ha creado, Allah os ha proporcionado sombras».
Sura 16 (An-Nahl), aleya 48: «¿Acaso no observan las cosas creadas por Allah, cuyas sombras se inclinan a la derecha y a la izquierda, postrándose humildemente ante Allah?»
Sura 25 (Luqmán), aleyas 45-46: «¿Acaso no ves cómo tu Señor extiende la sombra? Si hubiera querido, podría haberla dejado inmóvil; pero hizo que el sol fuera su guía. Luego la recoge gradualmente.»
Además de mencionar en estas aleyas la actitud humilde ante Allah de todas las criaturas de Allah y de sus sombras, y que Allah puede retirar, si así lo desea, todas las señales de Su poder, también se menciona la relación entre el sol y la sombra. A este respecto, es necesario recordar que, en la época de Muhammad (s. a. s.), se creía que el movimiento de la sombra estaba controlado por el movimiento del sol de este a oeste, y este principio se aplicaba en los relojes de sol para medir el tiempo desde el amanecer hasta el ocaso. Sin hacer ninguna mención de esta explicación corriente en aquella época, el Corán describe el fenómeno, y el carácter de la explicación era tal que se habría aceptado fácilmente durante muchos siglos después de Muhammad (s. a. s.). Aunque finalmente demostró ser errónea. En el Corán solo se menciona el papel del sol como guía de la sombra. Evidentemente, no existe ninguna contradicción entre la manera en que el Corán habla de la sombra y los conocimientos y datos modernos sobre este asunto.
El reino animal y vegetal
En este capítulo se han reunido muchas aleyas relativas al origen de la vida. Asimismo, se han añadido algunas aleyas que contienen ciertas características generales y particulares del mundo vegetal y del mundo animal. Las aleyas sobre este tema se encuentran dispersas en diferentes partes del Corán. Espero que la manera en que he intentado clasificarlas permita obtener una idea general de la información expuesta en el Corán.
Debido a ciertas dificultades inherentes al significado de las palabras, el examen del texto coránico en este capítulo y en el siguiente ha creado en ocasiones una situación bastante delicada. Sin embargo, ha sido posible superar ese problema con la ayuda de los datos científicos modernos relacionados con el tema. Esta ayuda ha parecido especialmente necesaria en los ámbitos animal, humano y vegetal; sin ella, no habría sido posible llegar al verdadero significado y alcance de la descripción coránica.
Si se juzga desde este punto de vista, se verá claramente que todas las traducciones del Corán realizadas por eruditos serán necesariamente consideradas erróneas por un científico. Lo mismo se aplica a los comentarios escritos por quienes carecían de los conocimientos científicos necesarios.
El origen de la vida
El origen de la vida siempre ha suscitado preguntas en la mente humana, tanto acerca de su propia vida como acerca de las diversas formas de vida que se mueven a su alrededor. Examinaremos esta cuestión desde una perspectiva general. Puesto que el surgimiento del ser humano en la Tierra y el aumento de su número requieren un análisis extenso, trataremos ese tema en el capítulo siguiente.
Cuando el Corán describe en términos generales el origen de la vida, la descripción es muy breve. El versículo que contiene esta descripción también expone el proceso de formación del universo:
Sura 21 (Al-Anbiya), aleya 33: «¿Acaso no consideran quienes niegan la verdad que los cielos y la Tierra estaban unidos, y que luego los separamos, y que creamos de agua todo ser viviente? ¿No creerán, pues?»
La idea de que algo se obtiene de otra cosa no suscita ninguna duda. A la luz de esto, el significado de la aleya puede ser que todo ser viviente fue creado utilizando el agua como elemento indispensable, o que la vida se originó en el agua. Ambos significados son plenamente compatibles con los datos de la ciencia moderna. En realidad, la vida se originó en el agua, y el agua es también el componente principal de todas las células vivas. La vida no puede existir sin agua. Al considerar la cuestión de si existe vida en otro planeta, lo primero que se pregunta es: ¿hay agua allí?
Los datos modernos indican que las formas de vida más antiguas pertenecían al reino vegetal. Las algas marinas aparecieron antes del período Cámbrico, es decir, en la época de las tierras más antiguas conocidas. La célula animal, es decir, la célula del reino animal, apareció probablemente algo después, y también procedía del mar.
Agua (en inglés, water) se ha utilizado como traducción de la palabra árabe «ma’a». La palabra «ma’a» puede referirse al agua del cielo, al agua del mar o a cualquier tipo de sustancia líquida. El agua en el primer sentido es indispensable para toda la vida del reino vegetal.
Sura 20 (Ta-Ha), aleya 53: «Él hace descender agua del cielo y, mediante ella, produce diversas clases de plantas en pares».
Esta es la primera mención de los pares en el reino vegetal / hablaremos de este tema más adelante. En el otro sentido, es decir, cuando no se especifica ninguna clase y se habla simplemente de una sustancia líquida, el agua a la que se alude constituye la base fundamental de la formación de la vida de todos los seres vivos. Sura 24 (An-Nur), aleya 45: «Dios ha creado a todo ser viviente a partir del agua». Más adelante veremos que la palabra agua también se aplica al semen.
Ya se trate, en general, del origen de la vida, de la germinación de las plantas en la tierra o del semen de los animales, todas las descripciones que aparecen en el Corán son plenamente compatibles con la ciencia moderna. En el Corán no se menciona ninguna de las leyendas y fábulas sobre el origen de la vida que circulaban en la época de su revelación.
El reino vegetal
Sería posible citar íntegramente todos los versículos en los que se menciona la misericordia de Alá con respecto a la producción de árboles, plantas y enredaderas a causa de la lluvia. Sin embargo, aquí citaremos solamente tres versículos:
Sura 16, An-Nahl, versículos 10-11: «Él es quien hace descender agua del cielo. De ella tenéis bebida y de ella brotan plantas con las que apacentáis el ganado. Con ella hace crecer para vosotros los cultivos, los olivos, las palmeras, las vides y toda clase de frutos.»
Sura 6 (Al-Anam), versículo 99: «Él es quien hace descender agua del cielo y, con ella, hace brotar toda clase de plantas; luego hace brotar de ellas hojas verdes, de las cuales produce granos agrupados densamente; y de las inflorescencias de las palmeras hace salir racimos colgantes. También crea jardines de vides, olivos y granados, semejantes y diferentes entre sí. Observad sus frutos cuando fructifican y cuando maduran. En ello hay ciertamente signos para la gente creyente.»
Sura 50 (Qaf), versículos 9-11: «Desde el cielo hacemos descender una lluvia bendita y, por medio de ella, hacemos crecer jardines, cereales y palmeras altas, cuyos racimos superpuestos son sustento para Mis siervos. Con la lluvia vivificamos la tierra muerta; así será la resurrección.»
Junto con esta información de carácter general, también se han incluido en el Corán datos sobre cuestiones específicas.
El equilibrio en el mundo vegetal
Sura 15 (Al-Hiyr), aleya 19: «He creado en la Tierra todas las cosas en la debida proporción.»
Diversidad de las propiedades de los distintos alimentos
Sura 13 (Ar-Ra‘d), aleya 4: «Hay en la Tierra parcelas colindantes, viñedos, campos de cultivo y palmeras de tronco ramificado o de un solo tronco; todos reciben la misma agua, pero hacemos que unos frutos sean superiores a otros. En verdad, hay en ello signos para la gente dotada de entendimiento.»
La existencia de estas aleyas es especialmente notable, porque en ellas se describen verdades fundamentales en un lenguaje sumamente sencillo, sin mencionar ninguna leyenda ni relato popular de aquella época. Sin embargo, la descripción coránica de la reproducción en el reino vegetal atrae especialmente nuestra atención.
La reproducción en el reino vegetal
En el reino vegetal existen dos tipos de reproducción: sexual y asexual. En realidad, solo la primera puede llamarse reproducción, pues en ella actúa un proceso fisiológico cuyo objetivo es producir un nuevo organismo semejante al progenitor.
Por el contrario, la reproducción asexual no es más que un aumento numérico: el desarrollo, a partir de la planta madre, de una parte separada de ella. Guiliermond y Mangenot han denominado este proceso «un tipo especial de nacimiento». Un ejemplo sencillo de este proceso es el injerto y cortar una rama de un árbol, plantarla en la tierra y hacer que desarrolle nuevas raíces. No todos los árboles pueden reproducirse por esquejes; hay algunos particularmente aptos para ello. En ciertas plantas nacen brotes o raíces aéreas que pueden utilizarse igual que las semillas. Cabe señalar que las semillas se forman como resultado del proceso sexual.
En el reino vegetal, la reproducción sexual tiene lugar mediante la combinación de las partes masculina y femenina de una misma planta o de varias plantas. El Corán solo menciona este proceso.
Sura 20 (Ta-Ha), aleya 53: «Él hace descender agua del cielo y, mediante ella, produce diversas clases (en pares).»
La palabra «yaws» significa uno de un par. El plural de esta palabra árabe es «azyawch». Su significado original es algo que se une a otra cosa para formar un par. En este sentido, también se emplea para referirse a una pareja casada y a un par de zapatos.
Sura 22 (La Peregrinación), aleya 5: «Mira la tierra seca; luego, cuando hacemos descender agua sobre ella, se agita, se hincha y hace brotar toda clase de plantas hermosas (en pares).»
Sura 31 (Luqmán), aleya 10: «Él es quien hace brotar en la tierra toda clase de plantas beneficiosas (en pares).»
Sura 13 (El Trueno), aleya 3: «Él ha creado en ella todos los frutos en dos variedades (en pares).»
Sabemos que, en los árboles superiores, el fruto es el producto final del proceso de reproducción. La organización de este tipo de árboles es muy desarrollada y compleja. La etapa anterior al fruto es la flor, que posee órganos masculinos y femeninos. Después de que el polen se deposita en el órgano femenino, se forma el fruto; luego, cuando este madura, se producen las semillas. Por lo tanto, todos los frutos demuestran la existencia de órganos masculinos y femeninos. Esto mismo se ha dicho en el Corán. Es significativo que, en el caso de ciertas especies, también pueden formarse frutos a partir de flores estériles (sin la unión del polen masculino y femenino), como el plátano, algunos tipos de piña, el higo, la naranja y la uva. Estos frutos también pueden originarse a partir de flores fértiles.
Cuando se abre la cubierta exterior de la semilla —que a menudo es muy dura— se produce la germinación, y entonces llega la etapa final del proceso de reproducción. Al abrirse la cubierta exterior, pueden crecer las raíces; estas raíces absorben después la savia del suelo y ayudan a que brote una nueva plántula.
En el Corán, este proceso de germinación se describe así:
Sura 6 (Al-Anam), aleya 95: «Allah hace germinar la semilla y el grano (al abrirlos)». Al mencionar la existencia de pares en el mundo vegetal, el Corán aplica este concepto a un ámbito aún más amplio y general.
Sura 36 (Ya Sin), aleya 36: «Glorificado y exaltado sea Él, quien creó en parejas a cada uno de los seres vegetales, de los seres humanos y de aquellos que ellos no conocen».
En la época de Muhammad (s. a. s.), probablemente habría diversas conjeturas y suposiciones acerca de «aquellos que ellos no conocen». Pero ahora sabemos con certeza que la existencia de pares se da, desde los niveles más pequeños hasta los más grandes, tanto en el mundo animado como en el inanimado. Cabe señalar que todos estos conceptos del Corán son plenamente congruentes con el conocimiento y la ciencia modernos.
El reino animal
En el Corán hay algunos temas cuya explicación y análisis deben confrontarse con la ciencia moderna. Sin embargo, si alguien comprende con profunda atención la aleya citada a continuación, no podrá conocer plenamente lo que el Corán realmente expone sobre el tema en cuestión.
En esta aleya se describe la creación de algunos elementos del mundo animal con el propósito de hacer que el ser humano perciba la misericordia de Allah hacia él. Que (los diversos elementos) hayan sido creados en conformidad con las necesidades humanas es una característica general del Corán, y precisamente como ejemplo de esta característica citamos aquí la aleya de manera especial. La aleya está dirigida a los habitantes de las zonas rurales, y no hay posibilidad de considerar el asunto de otra manera que no sea desde esta perspectiva.
Sura 16 (An-Nahl), aleyas 5-8: «Él creó los animales; en ellos tenéis con qué abrigaros del frío y muchos otros beneficios, y de ellos obtenéis alimento. Cuando al atardecer los lleváis del pastizal a casa y por la mañana los lleváis al pastizal, disfrutáis de su belleza. Y creó para vosotros los caballos, las mulas y los asnos, para que los montéis y os sirvan de adorno; y crea muchas cosas que no conocéis». Además de esta descripción general, el Corán proporciona cierta información específica. Estos temas son: (1) la reproducción en el mundo animal; (2) la mención de la existencia de sociedades en el mundo animal; (3) la descripción de las abejas, las arañas y las aves; (4) la explicación del origen de los componentes de la leche animal. Ahora trataremos estos asuntos sucesivamente.
1) La reproducción en el mundo animal
El tema se describe muy brevemente en las aleyas 45-56 de la sura An-Najm: «Él es quien crea la pareja, al hombre y a la mujer, a partir de una gota de esperma eyaculada». Aquí, «pareja» significa lo mismo que en las aleyas relativas al mundo vegetal se describe como «dos». Ya hemos tratado este tema. Sin embargo, cabe señalar que aquí se menciona el sexo de la pareja. La afirmación de que para la reproducción se necesita una pequeña cantidad de sustancia líquida es correcta, precisa y plenamente digna de elogio. En árabe se ha utilizado una palabra cuyo significado es claramente «esperma». Más adelante examinaremos la relevancia de esta descripción.
2) Mención de la existencia de sociedades en el mundo animal
La sura 6 (Al-An’am), aleya 38: «No hay criatura que se mueva sobre la tierra ni ave que vuele con sus alas que no forme comunidades como vosotros. No hemos omitido nada en el Libro; luego todos serán reunidos ante su Señor». Es necesario comentar algunos aspectos de esta aleya. En primer lugar, por su descripción parece que aquí se ofrece una indicación sobre lo que ocurrirá con los animales y las aves después de la muerte. Pero, aparentemente, el islam no contiene ninguna indicación al respecto. En segundo lugar, parece que aquí se menciona en general el destino predeterminado (takdir). Ya hemos explicado, al comienzo de la tercera parte de este libro, qué debe entenderse por takdir en el caso del ser humano. El takdir puede concebirse como un poder soberano o como un poder condicionado. Por takdir condicionado, o sujeto a condiciones, entendemos la conducta que está regida por características estructurales o funcionales; por ejemplo, un animal actúa en un entorno determinado de acuerdo con sus sensaciones específicas. Estas sensaciones se originan por las condiciones externas a su cuerpo.
Blachère ha dicho que los comentaristas de épocas anteriores, como ar-Razi, consideran que esta aleya se refiere a que los animales adoran a Allah mediante acciones originadas por una sensación interna. El jeque Si Boubakeur Hamza afirmó en su comentario a su traducción del Corán: «Como consecuencia de una sensación creada por el conocimiento celestial, todos los animales se organizan en sociedades y sostienen que la actividad de cada miembro debe orientarse al interés de toda la especie».
En las últimas décadas se han llevado a cabo investigaciones amplias y profundas sobre el comportamiento de los animales y las aves, y como resultado se ha comprobado que realmente viven organizados en sociedades. Tras observar durante mucho tiempo el funcionamiento de algunas de estas sociedades, se ha demostrado que poseen una estructura y una organización definidas. En el caso de ciertas especies animales, recientemente ha sido posible descubrir la existencia de funcionarios encargados de organizar sus sociedades. Sin duda, las abejas son las que más se han estudiado, y el nombre de von Frisch está estrechamente ligado a la investigación del comportamiento de las abejas. Por este trabajo, Frisch, Lorenz y Tinbergen recibieron el Premio Nobel en 1973.
3) Descripciones relativas a las abejas, las arañas y las aves
Cuando los especialistas en el sistema nervioso desean mostrar un ejemplo notable de los mecanismos nerviosos que dirigen y controlan el comportamiento animal, mencionan en primer lugar a las abejas, las arañas y las aves, especialmente las aves migratorias. En el caso de estos tres animales se encuentra, sin duda, una organización social sumamente desarrollada. Desde el punto de vista científico, es totalmente coherente que el Corán haya mencionado a estos tres animales y haya puesto de relieve sus particularidades. Su carácter y su comportamiento son verdaderamente singulares. Ahora trataremos sucesivamente cada uno de estos tres animales.
La abeja
En el Corán se ofrece la descripción más extensa precisamente sobre las abejas. Sura 16 (an-Nahl), versículos 68-69: «Tu Señor inspiró a la abeja: “Construye casas en las montañas, en los árboles y en las viviendas que los hombres construyen; luego come de todos los frutos y sigue los caminos que tu Señor te ha facilitado”. De su abdomen sale una bebida de diversos colores; en ella hay un remedio para las enfermedades de los seres humanos.»
Cabe señalar que esta es la única manera en que el Corán menciona un remedio para las enfermedades de los seres humanos. La miel es verdaderamente beneficiosa en el caso de ciertas enfermedades. Sea cual sea la afirmación contraria sobre este tema, en ninguna otra parte del Corán se menciona ningún otro remedio para las enfermedades.
Es difícil determinar qué significa realmente «seguir los caminos del Señor»; sin embargo, la instrucción probablemente puede entenderse en un sentido general. Sobre la base de la información descubierta hasta ahora acerca del comportamiento de las abejas, solo puede decirse que toda su conducta está controlada por su sistema nervioso. Lo mismo es igualmente cierto en el caso de las arañas y las aves. La danza de las abejas es un medio de comunicación con otras abejas: mediante ella se informan unas a otras de la distancia y la dirección en que se encuentran las flores de las que se puede recoger miel. Además, las investigaciones de von Frisch han demostrado qué tipos de movimientos corporales permiten el intercambio de información entre las abejas obreras.
La araña
El Corán menciona a este animal precisamente para mostrar de manera especial la condición provisional de la casa de la araña. No puede haber nada más ligero, provisional y frágil que la casa de la araña (su telaraña). El Corán dice que la casa de la araña es tan sólida como la casa de quienes han tomado como señor a alguien distinto de Allah.
Sura 29 (al-Ankabut), versículo 41: «El ejemplo de quienes toman protectores en lugar de Allah es el de la araña: ella se construye una casa, y ciertamente la casa de la araña es la más débil de las casas, si lo supieran.»
Construyen su casa con la ayuda de un tipo de saliva que sale de sus glándulas. Este hilo, semejante a la seda, es muy fino y ligero. La telaraña es tan débil y efímera que al ser humano le resulta absolutamente imposible fabricar algo semejante. Los naturalistas han quedado atónitos al contemplar el asombroso y extraordinario diseño de esta red. Cabe señalar que es precisamente debido a la diversidad en la ubicación de las células nerviosas de la araña que puede realizarse un tejido geométricamente tan perfecto.
Las aves
En el Corán se menciona a las aves en muchos lugares. También se mencionan en relación con episodios de la vida de los profetas Abraham, José, David, Salomón y Jesús. Pero ninguno de esos pasajes es pertinente al tema que estamos tratando aquí.
En el siguiente versículo del Corán se menciona que en la tierra existen comunidades de animales y en el cielo comunidades de aves. Sura 6 (Al-Anam), aleya 38: «No hay criatura que se mueva sobre la tierra ni ave que vuele con sus alas que no sean comunidades como vosotros. No hemos omitido nada en el Libro; luego todos serán reunidos ante su Señor».
En otras dos aleyas se menciona la completa sumisión de las aves al poder de Alá.
Sura 16 (An-Nahl), aleya 79: «¿Acaso no observan las aves, que se desplazan fácilmente en el vacío del cielo? Alá las mantiene allí firmes».
Sura 67 (Al-Mulk), aleya 19: «¿Acaso no observan las aves que vuelan sobre ellos, extendiendo y plegando sus alas? El Misericordioso es quien las mantiene firmes».
Traducir cualquiera de las palabras de estas dos aleyas es un asunto sumamente complejo. La traducción presentada aquí da a entender que Alá sostiene a las aves mediante Su propio poder. El verbo árabe original es «amsaka», cuyo significado fundamental es «poner la mano, detener, agarrar, retener a alguien».
En el Corán se menciona esta completa dependencia de las aves respecto a la orden de Alá. Esta situación puede compararse con los datos de la ciencia moderna, según los cuales ciertas especies de aves siguen un patrón determinado en sus rutas de desplazamiento. Estas aves, incluso sus crías inexpertas, recorren con suma facilidad y precisión trayectos extremadamente largos y complejos, y regresan a su punto de partida en una fecha determinada. Así queda demostrado que el programa de este viaje está preestablecido en el sistema nervioso de sus cuerpos. No puede haber ninguna otra explicación posible para este fenómeno. El profesor Hamburger menciona en su libro «Poder y fragilidad» (La puissance et la fragilité), publicado por Flammarion, París, 1972, el famoso ejemplo de un ave habitante de la región del Pacífico, el mutton-bird. En seis meses, esta ave recorre más de 15.500 millas y regresa a su punto de partida con un retraso máximo de una semana. Hay que reconocer que las complejas instrucciones de este viaje están incorporadas en el sistema nervioso del ave. Ciertamente, el programa de este viaje está predeterminado; pero ¿quién lo predeterminó?
4) El origen de los componentes de la leche animal
La definición que ofrece el Corán sobre este asunto (sura 16, an-Nahl, aleya 66) coincide exactamente con los datos de la ciencia moderna. La traducción y la explicación que he dado aquí de esta aleya son mías. Esto se debe a que incluso en las traducciones más recientes de esta aleya, los traductores han dado un significado que, a mi juicio, no es en absoluto aceptable. Presentaré dos ejemplos:
Traducción de Blachère (editor: G. P. Maisonneuve Larose, París, 1966): «Ciertamente, en el ganado hay una lección para vosotros. Os damos de beber leche pura, agradable para quienes la beben, que procede de algo situado entre el alimento digerido y la sangre de sus vientres.»
Traducción del profesor Hamidullah (editor: Club Français du Livre, París, 1971): «Ciertamente, en vuestro ganado hay una lección para vosotros. Os damos de beber leche pura, agradable para quienes la beben, procedente de lo que hay en sus vientres, entre sus excrementos y su sangre.»
Si se mostraran estas dos traducciones a un especialista en anatomía, diría que el asunto es confuso y que no se entiende bien. La razón es que, incluso en sus aspectos básicos, no existe ninguna correspondencia entre la concepción moderna del asunto y la concepción presentada en esas traducciones, aunque ambos traductores son lingüistas árabes muy destacados. Todos saben que, aunque un traductor sea especialista en traducción, si no es experto en la ciencia relacionada, puede equivocarse al traducir una descripción científica. En mi opinión, la traducción correcta de la aleya sería la siguiente: «Ciertamente, en el ganado hay una lección para vosotros. Os damos de beber la leche pura y agradable para quienes la beben que se encuentra en sus cuerpos y se forma mediante la combinación de lo que hay en los intestinos y la sangre.»
En la obra titulada «Muntakhab», editada por el Consejo Supremo de Asuntos Islámicos de El Cairo y publicada en 1973, se ofrece una explicación de esta aleya muy cercana a la mía. Es digno de mención que el Consejo Supremo recurrió a la anatomía moderna para elaborar su explicación.
En cuanto al uso de las palabras, puedo decir, en apoyo de mi interpretación, que utilicé «en sus cuerpos»; en cambio, Blachère y el profesor Hamidullah tradujeron «en sus vientres». He observado que la palabra árabe «batn» puede significar «la parte central» o «la parte interior de algo», y también puede significar vientre. Aquí la palabra no tiene un significado anatómico específico. Sin embargo, por el contexto, «en sus cuerpos» parece bastante apropiado y coherente.
La idea del «origen primario» de los componentes de la leche se obtiene de la palabra árabe «min» —«from» en inglés y «desde» en bengalí—, y la idea de combinación, de la palabra árabe «bayni». «Bayni» puede significar «entre» —«among» en inglés—, pero también «intermedio» —«between» en inglés—. Naturalmente, la palabra también se utiliza con el sentido de reunir dos sustancias o a dos personas.
Para comprender el significado de la aleya desde el punto de vista científico, es necesario recurrir a la anatomía. Los nutrientes necesarios para la nutrición general del cuerpo proceden de los cambios químicos que tienen lugar en toda el área o el trayecto determinado del organismo para el proceso digestivo. Estos nutrientes proceden del contenido interno de los intestinos. Después de llegar al intestino en la etapa adecuada del proceso de transformación química, la sustancia atraviesa la pared intestinal y se dirige al área destinada al proceso circulatorio. Este desplazamiento o flujo se realiza de dos maneras: directamente, a través de los conductos conocidos como vasos linfáticos, o por la gran vía circulatoria. Después, la sustancia llega al hígado y, tras sufrir allí transformaciones, se incorpora al proceso circulatorio. De este modo, todo atraviesa el torrente sanguíneo.
Los componentes de la leche son secretados por las glándulas mamarias. Esos componentes se nutren de las sustancias nutritivas de los alimentos digeridos que llegan hasta allí a través del torrente sanguíneo. Por lo tanto, la sangre actúa como recolectora y transportadora de esas sustancias, que nutren las glándulas mamarias productoras de leche. Naturalmente, esas mismas sustancias nutren también todos los demás órganos y partes del cuerpo.
El proceso inicial que pone todo en funcionamiento consiste en la unión, a nivel de la pared intestinal, del contenido del intestino con la sangre. Precisamente esta concepción ha sido descubierta mediante análisis químicos y fisiológicos del proceso digestivo. En la época del profeta Muhammad (la paz sea con él), este hecho era completamente desconocido y solo recientemente ha llegado a ser comprendido por la humanidad. Cabe señalar que el fenómeno de la circulación de la sangre en el cuerpo, es decir, el hecho de que la sangre fluye constantemente por el organismo, fue descubierto por Harvey casi diez siglos después de la revelación del Corán.
Por ello, considero que la presencia de todos esos datos en el Corán no puede tener una explicación humana.
La reproducción humana
Cada vez que la reproducción humana fue tratada en los escritos más antiguos de la humanidad, se ofrecieron descripciones erróneas. Durante la Edad Media e incluso en épocas más recientes, este tema estuvo rodeado de leyendas y supersticiones. Además, no podía ser de otro modo, pues para comprender el complejo proceso de la reproducción, el ser humano tuvo primero que adquirir conocimientos sobre los órganos y las partes del cuerpo, inventar el microscopio y descubrir los conocimientos científicos fundamentales previos en diversos campos, como la anatomía, la embriología y la obstetricia.
Pero la situación del Corán es completamente diferente. En diversos pasajes de este libro se menciona el proceso específico de la reproducción humana, se describen correctamente las distintas etapas del nacimiento y no hay ni una sola descripción errónea. Todo está expuesto de manera sencilla, en un lenguaje comprensible para las personas, y exactamente del modo en que la humanidad lo descubrió mucho tiempo después.
La reproducción humana se menciona en varias decenas de versículos, en diferentes contextos. En algunos casos se explica una o varias etapas específicas. Por ello, es necesario reunir los versículos para comprender el proceso en su totalidad. Al igual que con los demás temas tratados en este libro, también en este caso se ha intentado reunir los versículos pertinentes y analizarlos e interpretarlos.
Algunos conceptos fundamentales
Es necesario recordar algunos conceptos fundamentales antes de abordar el análisis detallado. En el momento en que fue revelado el Corán, y durante muchos siglos después, la humanidad desconocía todos estos hechos.
El proceso de reproducción humana es del mismo tipo que el de todos los demás mamíferos. Este proceso comienza con la fecundación de un óvulo desprendido del ovario. La fecundación ocurre en el útero hacia la mitad del ciclo menstrual de la mujer, y la produce el esperma del hombre, o, más exactamente, el espermatozoide. Un solo espermatozoide basta para esta tarea. Por tanto, para lograr la fecundación se necesita la cantidad más pequeña de esperma o semen, pues incluso esa cantidad contiene millones de espermatozoides. Los testículos del hombre producen los espermatozoides, y también se producen secreciones en otras glándulas situadas junto a las células y los conductos conectados con la uretra, que se mezclan con el esperma.
El óvulo fecundado se fija en un lugar específico del útero de la mujer; después de descender por la vía uterina hasta la matriz, se forma el embrión y este se aloja entre los músculos y los conductos. Si el óvulo fecundado se fija alguna vez en el útero en lugar de hacerlo en la matriz, el embarazo se ve impedido.
Cuando el embrión llega a ser visible a simple vista, parece una pequeña masa de carne, y al principio no se distingue la forma humana en su centro. Hoy son de conocimiento general las etapas que el embrión atraviesa gradualmente para crecer. En estas etapas se forman los huesos, los músculos, los nervios, la circulación sanguínea, las vísceras y otros elementos.
Ahora compararemos la descripción coránica de la reproducción humana con todos estos hechos modernos ya establecidos.
La reproducción humana en el Corán
No es muy fácil comprender lo que dice el Corán sobre la reproducción. La primera dificultad es que la descripción de este tema está dispersa en diferentes partes del Corán. Ya he mencionado antes esta dificultad. Pero una dificultad aún mayor es el problema del significado de las palabras, y como consecuencia de este problema, el lector inquisitivo puede confundirse fácilmente.
De hecho, circulan actualmente muchas traducciones y exégesis del Corán que pueden dar muy fácilmente a un científico una idea completamente equivocada sobre este tema. Como ejemplo, puede decirse que en la mayoría de las traducciones se describe al ser humano como formado por “sangre coagulada” o “sangre pegajosa”. Una descripción de este tipo no resulta en absoluto aceptable para ningún científico especializado en este tema. En el análisis del apartado sobre la implantación del óvulo en el útero materno veremos por qué destacados lingüistas árabes cometieron este tipo de errores, debido a su falta de formación científica.
A partir de este comentario puede estimarse hasta qué punto, además del conocimiento lingüístico, es indispensable poseer conocimientos científicos para comprender la exposición del Corán sobre la reproducción.
En el Corán se describen con suficiente énfasis las diversas etapas de desarrollo que atraviesa un embrión antes de alcanzar su plenitud en el vientre materno.
Sura 82 (Al-Infitar), versículos 6-8: «¡Oh, ser humano! ¿Qué te ha engañado acerca de tu Señor, quien te creó, luego te dio una forma armoniosa y te hizo proporcionado? Él te formó según la figura que quiso para ti.»
Sura 71 (Nuh), versículo 14: «Él os creó por etapas.»
Además de esta descripción general, los asuntos a los que el Corán llama la atención en relación con la reproducción pueden enumerarse de la siguiente manera:
1) La fecundación puede producirse con la mínima cantidad de esperma.
2) Los componentes del esperma.
3) La ubicación del óvulo fecundado.
4) El desarrollo del embrión.
Ahora analizaremos estos temas sucesivamente.
(1) La fecundación puede lograrse con la cantidad más pequeña de esperma
Esta idea se menciona once veces en el Corán con la siguiente formulación. Sura 16 (An-Nahl), aleya 4: «Él creó al ser humano a partir de una pequeña cantidad (de esperma)».
Al no existir aquí una palabra exacta adecuada, el término árabe «nutfa» se ha traducido como «una pequeña cantidad (de esperma)». El verbo del que procede este término significa «caer gota a gota, gotear», y también se utiliza para designar el sedimento que queda en el fondo después de vaciar un cubo. Por tanto, este término indica una pequeña cantidad de líquido. Aquí, por líquido se entiende el esperma, porque en otra aleya el término se relaciona con el esperma.
Sura 75 (Al-Qiyama), aleya 37: «¿Acaso no fue él (el ser humano) una gota de esperma eyaculada?». Aquí, con la palabra árabe «mani» se entiende el esperma. En otra aleya se dice que esa «simple gota» es depositada en un receptáculo firme y seguro (en árabe, «kabab»), y el receptáculo es evidentemente el órgano sexual.
Sura 23 (Al-Muminun), aleya 13: «Después lo depositamos (al ser humano) como una gota (de esperma) en un receptáculo firme y seguro».
A este respecto, es necesario señalar que resulta casi imposible traducir el término árabe «makin», utilizado para explicar el «receptáculo firme y seguro». Este término expresa la idea de un lugar firme, seguro y honorable. Sea cual sea la forma de expresarlo, el término se refiere precisamente al lugar del vientre materno donde crece el ser humano. Es necesario subrayar especialmente la cuestión de la cantidad de esperma, equivalente a una gota, que se necesita para el proceso de fecundación; porque, según los datos de la ciencia moderna, solo ahora hemos llegado a conocer exactamente este hecho.
(2) Los componentes del semen
El lenguaje utilizado en el Corán para describir el líquido fecundante es sumamente interesante.
(a) «Semen» — específicamente — sura Al-Qiyamah, aleya 37.
(b) «El ser humano ha sido creado a partir de un líquido eyaculado» — sura At-Tariq, aleya 6.
(c) «Líquido despreciable» — sura As-Sajdah, aleya 8, y sura Al-Mursalat, aleya 20.
El uso de la palabra «despreciable» (en árabe, «mahin») aplicada al líquido (en árabe, «amsaj») — «En verdad, creamos al ser humano de una gota de líquido mezclado» — sura Al-Insan, aleya 2. Muchos comentaristas, como el profesor Hamidullah, entendieron que «mezclado» significaba una mezcla de los líquidos femenino y masculino. Muchos comentaristas anteriores también afirmaron lo mismo, porque no les era posible adquirir un conocimiento correcto sobre el origen anatómico de la fecundación y, especialmente en el caso de la mujer, sobre su condición biológica. Supusieron que por «mezcla» se entendía precisamente la mezcla de los líquidos del hombre y de la mujer.
Sin embargo, autores modernos, como el comentarista de la obra «Muntakhab», editada por el Consejo Supremo de Asuntos Islámicos de El Cairo, han corregido esta idea y han afirmado que «la gota de semen está compuesta por diversos elementos». El comentarista de Muntakhab no proporcionó una explicación detallada, pero, en mi opinión, lo poco que dijo es suficientemente coherente y objetivo.
¿Cuáles son los componentes del semen?
El líquido que se denomina semen está compuesto por secreciones de las siguientes glándulas.
(a) Testículos: el líquido secretado por ellos contiene espermatozoides, que son células alargadas con una prolongación semejante a una cola, y permanecen suspendidos en un líquido ligero.
(b) Vesículas seminales: en estas vesículas, situadas cerca del pene, se almacena el semen. Este receptáculo también secreta un líquido propio, pero no contiene ningún elemento que contribuya a la fecundación.
(c) Glándula peneana: la secreción de esta glándula proporciona al semen su densidad y su olor.
(d) Glándulas conectadas a la uretra: las tres glándulas que se encuentran aquí reciben, por los nombres de tres científicos, los nombres de glándulas de Cowper, glándula de Méry y glándula de Littré. Las dos primeras glándulas secretan un líquido viscoso, y la tercera, un líquido semejante al barro o a la grasa.
Estas son las fuentes y los componentes del «líquido mezclado» mencionado en el Corán.
Naturalmente, aún queda mucho que decir sobre este tema. Allí donde el Corán habla del líquido fecundante compuesto por diversos elementos, también dice que la descendencia humana será perpetuada mediante los elementos extraídos de esa sustancia. Este es el significado que se encuentra en el versículo 8 de la sura As-Sajdah:
«Después, Allah produce su descendencia a partir del extracto de un líquido despreciable».
La palabra árabe «sulāla» se ha traducido como «extracto». El significado de esta palabra es «la mejor parte de algo tomado de una cosa y procedente de otra». Se exprese como se exprese, esta palabra indica una parte de un objeto completo.
La célula mediante la cual se fecunda el óvulo, es decir, mediante la cual tiene lugar la reproducción, tiene una forma alargada. Su tamaño es una diezmilésima de milímetro. En una relación sexual normal, un hombre produce varios millones de células, y por lo general una de ellas penetra en el óvulo. Las restantes quedan en el camino. Se ha calculado que un hombre eyacula varios centímetros cúbicos de semen en una sola relación, y que un centímetro cúbico de semen contiene 25 millones de espermatozoides. Por tanto, se observa que la reproducción se lleva a cabo mediante una parte minúscula de este líquido, formado por un proceso sumamente complejo a partir de diversos componentes. En estas circunstancias, al contemplar la completa concordancia y armonía entre los datos científicos obtenidos por la investigación moderna y la descripción del Corán, no podemos sino quedar atónitos de asombro.
(3) Implantación del óvulo fecundado en el aparato genital femenino
Después de ser fecundado, el óvulo desciende al útero y se implanta allí. Este hecho se describe en el Corán de la siguiente manera:
Sura 22 (La Peregrinación), aleya 5: «Hacemos que permanezca en el vientre materno durante un plazo determinado lo que queremos». El óvulo adopta una forma alargada y se adhiere a la parte carnosa del útero (el vientre materno), como las raíces de una planta en la tierra, de donde recibe su alimento. Debido a esta forma del óvulo, este queda literalmente adherido al útero. Este hecho se ha descubierto recientemente.
Este fenómeno de la adhesión se describe en cinco lugares del Corán. Sura 96 (Al-Alaq), aleyas 1-2: «Lee en el nombre de tu Señor, que creó; creó al ser humano de aquello que se adhiere».
«Aquello que se adhiere» es la traducción de la palabra árabe «alaq». Este es el significado original de la palabra. Como significado secundario, también se traduce como «sangre coagulada» o «coágulo de sangre», y muchas traducciones emplean este sentido. Sin embargo, este uso es incorrecto y es necesario tener cuidado al respecto. Pues en el proceso de formación del ser humano nunca aparece una etapa de «sangre coagulada» o «coágulo de sangre». Lo mismo se aplica a otra traducción.
Esta traducción es «pegamento o adhesión», y tampoco es adecuada. El significado original, «aquello que se adhiere», concuerda perfectamente con los datos modernos comprobados. Este concepto aparece en otras cuatro aleyas, en las que se describe el desarrollo progresivo hasta la forma completa del espermatozoide».
Sura 22 (Al-Hajj), aleya 5: «Os hemos creado… de aquello que se adhiere».
Sura 23 (Al-Mu’minun), aleya 14: «Convertimos la gota de semen en aquello que se adhiere».
Sura 40 (Al-Mu’min), aleya 67: «Él os creó… de una gota de semen, y luego de aquello que se adhiere».
Sura 75 (Al-Qiyama), aleyas 37-38: «¿No fue el ser humano una gota de semen eyaculada? ¿Acaso no se convirtió después en aquello que se adhiere? ¿Y no le dio entonces Allah forma y lo hizo bien proporcionado?»
La palabra que el Corán utiliza para designar el órgano en el que tiene lugar la gestación sigue utilizándose en árabe para designar el útero. En algunas suras también se lo denomina «receptáculo seguro», y parece que se refiere al vientre materno; esta mención se hace precisamente en ese contexto y parece que se refiere al vientre materno. Personalmente, considero que este es el significado de esta aleya, pero como la discusión se alargaría, no doy aquí una explicación detallada. Otra aleya requiere una interpretación muy cuidadosa. Sura 39 (Az-Zumar), aleya 6: «Él os creó gradualmente en las tres tinieblas del vientre de vuestras madres».
«Tinieblas» es la traducción de la palabra árabe «zulumat». Los comentaristas modernos del Corán consideran que aquí se mencionan las tres capas que protegen al niño mientras se forma su cuerpo. Estas tres capas son la pared abdominal, el útero y el líquido que rodea al embrión.
No era necesario citar esta aleya para mi discusión principal, pero la cito para completar el contexto. Desde el punto de vista de la embriología, no encuentro ningún argumento razonable para contradecir la explicación ofrecida aquí; pero ¿es exactamente ese el significado de lo que se dice en el Corán?
(4) Desarrollo progresivo del embrión en el útero
La descripción coránica de ciertas etapas del desarrollo del embrión es completamente coherente con nuestros conocimientos modernos, y no hay en el Corán una sola descripción que pueda ser objeto de crítica por parte de la ciencia moderna. Después de describir aquello que «se adhiere», el Corán nos informa de que, en una etapa, el embrión adopta la forma de «carne masticada». Luego se forman los huesos, que quedan cubiertos de carne. Sura 23 (Al-Muminun), aleya 14: «Convertimos aquello que se adhiere en un trozo de carne masticada; después lo convertimos en un esqueleto, que luego cubrimos de carne».
La traducción de la palabra árabe «mudga» es carne masticada, mientras que la traducción de «lahm» es carne común o no masticada. Es necesario observar esta diferencia. Al principio, el embrión tiene la forma de un pequeño trozo de carne. En una etapa de su desarrollo, a simple vista parece carne masticada (carne picada). En el interior de esta carne se forma la estructura ósea; posteriormente, estos huesos quedan cubiertos por músculos, y es precisamente en este contexto donde se emplea la palabra «lahm».
Hoy el ser humano sabe que, durante el desarrollo del embrión, algunos de sus órganos llegan a adquirir una forma completa. El significado de la palabra «mujallaq» (dotado de forma completa), utilizada en la Sura Al-Hajj, es sin duda este.
Sura 22 (Al-Hajj), aleya 5: «Convertimos el esperma en aquello que se adhiere… y los convertimos en trozos de carne, completamente formados o incompletamente formados».
El Corán también describe la aparición de los órganos sensoriales y de los intestinos situados en el abdomen. Sura 32 (As-Sajda), aleya 9: «Él os ha concedido ojos, oídos e intestinos».
También se ha mencionado la formación de los órganos sexuales. Sura 53 (An-Najm), aleyas 45-46: «Él es quien crea la pareja, el varón y la mujer, a partir de una gota de esperma eyaculada».
Sura (Fátir), aleya 11: «Alá os creó de tierra; después, del esperma; luego os hizo parejas: varón y mujer».
Sura 5 (Qiyam), aleya 39: «¿Acaso no creó a partir de ello a la pareja, el varón y la mujer?»
Como ya se ha mencionado, todas las descripciones del Corán deben compararse necesariamente con los hechos y conceptos establecidos y aceptados en la época moderna. Entonces se verá que existe una perfecta concordancia y armonía entre ambos. Al mismo tiempo, es necesario comparar las descripciones coránicas con las ideas que prevalecían entre la gente cuando fue revelado el Corán, y este aspecto es muy importante. Pues entonces se verá hasta qué punto aquellas ideas eran incompatibles y contrarias a las descripciones del Corán. Lo que hoy podemos hacer al interpretar y analizar el Corán ciertamente no era posible para la gente de aquella época. En efecto, las personas de entonces no tenían ninguna posibilidad de beneficiarse de la ayuda que hoy nos brindan el conocimiento moderno y la ciencia. De hecho, fue apenas en el siglo XIX cuando la humanidad comenzó a adquirir una idea relativamente clara sobre estos asuntos.
Durante toda la Edad Media se formaron diversas ideas y teorías basadas en proverbios sin fundamento, imaginaciones y relatos mitológicos, y estas se mantuvieron durante varios siglos posteriores. Luego, cuando Harvey afirmó en 1651 que «toda vida procede originalmente de un huevo», se inició un capítulo fundamental en la historia de la embriología. Aunque el descubrimiento del microscopio aceleró el progreso de la ciencia en esa época, la gente todavía discutía acerca de las funciones separadas del huevo y del espermatozoide. El célebre naturalista Buffon defendía la teoría ovista, mientras que Bonnet creía en la teoría de que las semillas estaban «insertadas unas dentro de otras». Según esta teoría, en el óvulo de Eva, la madre de la humanidad, estaban contenidas, unas dentro de otras, las semillas de todos los seres humanos. Esta teoría fue la que gozó de aceptación en el siglo XVIII.
Hace más de mil años, cuando todas esas teorías extravagantes estaban ampliamente difundidas, la humanidad ya tuvo conocimiento del Corán. Tuvieron que pasar varios siglos para que se descubrieran las importantes verdades fundamentales expresadas en este libro con un lenguaje sencillo.
El Corán y la educación sexual
Se suele decir que en la época moderna se han realizado numerosos descubrimientos en todos los campos posibles. También se considera que se han hecho descubrimientos revolucionarios en el ámbito de la educación sexual, y que el acervo de conocimientos puesto a disposición de los niños sobre este tema constituye un gran logro del mundo moderno. En el pasado se imponía deliberadamente la oscuridad sobre este asunto, y algunos dicen que la religión era la responsable de ello. Sin embargo, no mencionaron por su nombre qué religión era la responsable.
Los hechos descritos anteriormente demuestran que, ya hace mil cuatrocientos años, se llamaron la atención de la humanidad sobre los aspectos teóricos de la reproducción humana. Como en aquella época no existían conocimientos sobre la estructura del cuerpo ni sobre la biología que permitieran una explicación más detallada, se proporcionó toda la información que era posible proporcionar. También debe recordarse que el asunto se describió en un lenguaje sencillo, teniendo en cuenta la capacidad de comprensión de los oyentes de aquella época.
Sin embargo, la realidad no fue en absoluto ignorada. El Corán contiene muchas instrucciones sobre la vida cotidiana y real de las personas, y sobre cómo deben comportarse en esas circunstancias. Tampoco se omitió la cuestión de la ciencia sexual.
Dos versículos del Corán tratan el tema de las relaciones sexuales. En el lenguaje de los versículos se expresan claramente la precisión y la decencia. Sin embargo, las diferencias que se observan en las diversas traducciones e interpretaciones de ambos versículos resultan realmente sorprendentes. He reflexionado mucho sobre este asunto y he leído numerosas traducciones. Pero finalmente consideré correcta la traducción del doctor A. K. Gird, antiguo profesor de Medicina de la Universidad de Beirut, y por ello reconozco mi deuda con él. Su traducción es la siguiente:
Sura 86 (At-Táriq), versículos 6-7: «(El ser humano) ha sido creado a partir de un líquido eyaculado. Este sale como resultado de la unión de las regiones sexuales del hombre.»
En el Corán, la palabra «sulb» (singular) designa la región sexual del hombre, y la palabra «taraib» (plural), la región sexual de la mujer. Esta traducción me parece la más satisfactoria. Los traductores ingleses y franceses han traducido el pasaje de una manera completamente distinta: «(El ser humano) ha sido creado a partir de un líquido eyaculado que sale de entre la columna vertebral y las costillas». Esto parece más una explicación que una traducción. Sin embargo, el asunto sigue sin ser comprensible.
La conducta del hombre en sus relaciones íntimas con su esposa se describe claramente. Respecto a la menstruación de la esposa, Allah ordenó a Su Mensajero:
Sura 2 (Al-Báqara), versículos 22-223: «Te preguntan acerca de la menstruación. Di: es una impureza. Absteneos, pues, de tener relaciones con vuestras esposas durante la menstruación y no mantengáis relaciones con ellas hasta que estén limpias. Cuando se hayan purificado completamente, acercaos a ellas tal como Allah os ha ordenado. Allah ama a quienes se arrepienten y a quienes se mantienen puros.»
«Vuestras esposas son como un campo de labranza para vosotros. Acercaos, pues, a vuestro campo de labranza como queráis. Y haced de antemano algo bueno para vosotros.»
El significado de la primera parte del versículo es muy claro. Aquí se prohíbe formalmente al hombre mantener relaciones sexuales con su esposa durante la menstruación. En la segunda parte se describe el proceso de cultivar la tierra, lo que el agricultor debe hacer antes de sembrar la semilla. De la semilla brota un germen y nace una nueva planta. Mediante esta analogía se hace hincapié en recordar el propósito de las relaciones sexuales, es decir, la procreación. La traducción que Blachère hizo de la última parte del versículo parece aludir a los preparativos preliminares que preceden a la relación sexual.
La instrucción dada en este versículo es de carácter general. A este respecto suele plantearse la cuestión de la anticoncepción. Pero el tema no se menciona ni en este versículo ni en ningún otro lugar.
Tampoco se hace mención en ninguna parte del aborto. Al comprender los versículos citados anteriormente, queda claro que el ser humano se forma a partir del embrión como resultado del desarrollo progresivo de «lo que se adhiere». Por consiguiente, la prohibición y la condena del aborto se derivan naturalmente de la afirmación, repetida varias veces en el Corán, de que se debe mostrar pleno respeto y honor a cada ser humano. Actualmente, esta doctrina es sostenida por todas las religiones monoteístas. Durante el ayuno, se permite mantener relaciones sexuales por la noche en el mes de Ramadán.
Sura 2 (Al-Baqara), aleya 187: «Durante las noches del ayuno se os permite tener relaciones con vuestras esposas. Ellas son vuestro vestido y vosotros sois su vestido. …… Así pues, uníos a ellas y buscad lo que Allah os ha prescrito».
Pero durante el Hayy, en La Meca, se prohíben las relaciones conyugales. Sura 2 (Al-Baqara), aleya 197: «Quien se imponga la obligación de realizar el Hayy durante estos meses no deberá mantener relaciones conyugales durante el Hayy». Esta prohibición también se aplica a la caza y a las disputas. En relación con el divorcio, el Corán vuelve a mencionar la menstruación.
Sura 65 (At-Talaq), aleya 4: «Si dudáis acerca del período de espera de aquellas de vuestras esposas que ya no esperan menstruar, sabed que su período de espera será de tres meses; y lo mismo se aplica a aquellas que aún no han menstruado. En cuanto a las embarazadas, su período de espera será hasta que den a luz».
El período de espera, o tiempo de espera, se refiere al lapso comprendido entre el anuncio del divorcio y el momento en que este entra en vigor. «Aquellas que ya no esperan menstruar» se refiere a las mujeres cuya menstruación ha cesado permanentemente. No obstante, como medida de precaución, se les ordena esperar tres meses. Después pueden volver a casarse.
También se ordena a quienes aún no han menstruado esperar tres meses, y a las embarazadas esperar hasta dar a luz. Estas disposiciones concuerdan plenamente con los principios de la fisiología moderna. El Corán también contiene disposiciones igualmente justas respecto de la viudez de la mujer.
Por tanto, se observa que ninguna de las descripciones teóricas del Corán sobre la reproducción ni de sus instrucciones y consejos prácticos sobre la vida sexual es incompatible con ningún hecho de la ciencia y el conocimiento modernos.
Las narraciones del Corán y la Biblia: características comunes
Muchos de los temas narrados en la Biblia también aparecen en el Corán. Entre estos temas comunes se encuentran, en primer lugar, las historias de los profetas: las historias de Noé, Abraham, José, Elías, Jonás, Job y Moisés, así como las historias de los reyes de Israel: Saúl, David y Salomón. También hay descripciones precisas de acontecimientos importantes como la creación de los cielos, la creación del ser humano, el Diluvio y el Éxodo, y en todos estos acontecimientos intervino un poder milagroso. Por último, también se encuentran los acontecimientos relativos a Jesús y a su madre María, según el Nuevo Testamento.
¿Qué reacción se produce en nuestra mente cuando consideramos, a la luz del conocimiento moderno que hemos adquirido de fuentes ajenas a las Escrituras celestiales, los contenidos descritos en esas dos Escrituras celestiales? ¿Qué observamos?
Tema general: el Corán, el Evangelio y la ciencia moderna
A propósito de los contenidos comunes del Corán y el Evangelio, es necesario recordar ante todo que ninguno de los contenidos del Evangelio criticados desde una perspectiva científica al principio de este libro aparece mencionado en el Corán.
En el Corán se menciona muchas veces a Jesús: el anuncio a María del nacimiento milagroso de su hijo, la proclamación de ese anuncio por parte de María, la elevada posición de Jesús como profeta, su función como salvador, la transmisión a la gente de la revelación que recibió, el apoyo y la corrección de la Torá por medio de esa revelación, su predicación, sus compañeros, sus califas y sus actos milagrosos, su elevación hacia Alá, su papel en el Día de la Resurrección, entre otras cosas.
En el Corán hay una extensa descripción de la familia de Jesús en las suras de Al Imrán y María. Allí se describe el nacimiento de su madre, María, su juventud y su maternidad milagrosa. Jesús siempre es mencionado como «hijo de María», y su genealogía se presenta únicamente por línea materna. En estas circunstancias, la razón natural y lógica es que, en sentido biológico, no tuvo padre. Ya hemos visto que, a este respecto, existe una diferencia entre el Corán y los relatos de Mateo y Lucas del Evangelio, pues ellos proporcionaron la genealogía paterna de Jesús y ofrecieron dos relatos diferentes.
El Corán muestra a Jesús, en su genealogía materna, como descendiente de Noé, Abraham y del padre de María —cuyo nombre en el Corán es Imrán—.
Sura 3 (Al Imrán), versículos 33-34: «Alá ha escogido por encima de todos los mundos a Adán, Noé, la familia de Abraham y la familia de Imrán; unos descendientes de otros…»
Por lo tanto, Jesús es descendiente de Noé y Abraham por parte de su madre, María, y de Imrán, padre de María. El error en los nombres de los antepasados de Jesús que aparece en el Evangelio tampoco se encuentra en el Corán. Al principio de este libro hemos tratado detalladamente este asunto.
Sin embargo, para ser objetivos, es necesario volver a prestar atención a este asunto. Además, es importante comprender la relevancia de esta cuestión frente a las afirmaciones infundadas de que Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) escribió el Corán por sí mismo y lo copió principalmente de la Biblia. Si Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) realmente hubiera escrito el Corán por sí mismo y hubiera copiado la Biblia, ¿por qué no copió el relato bíblico sobre los antepasados de Jesús? En su lugar, ¿cómo pudo introducir un relato que está por encima de toda controversia a la luz del conocimiento moderno?
Cabe señalar que, a este respecto, los relatos del Evangelio y del Antiguo Testamento se contradicen entre sí y, por esa razón, ninguno de los dos puede considerarse aceptable.
Tema común: el Corán, el Antiguo Testamento y el conocimiento moderno
Ya se han tratado algunos temas comunes al Corán y al Antiguo Testamento. Cabe recordar que, al analizar el Antiguo Testamento, se examinó la creación de la Tierra y se demostró que el relato del Antiguo Testamento es plenamente compatible con los datos científicos. Puesto que este asunto ya fue examinado y debatido anteriormente, no es necesario repetirlo.
Tanto el Corán como el Antiguo Testamento contienen relatos sobre los reyes de Israel. Sin embargo, los datos y relatos históricos y arqueológicos sobre este asunto son tan escasos que resulta completamente imposible determinar, basándose en ellos, la veracidad o falsedad de esos relatos. El conocimiento moderno es realmente insuficiente a este respecto.
Casi lo mismo puede decirse sobre los profetas. Ambos libros contienen relatos sobre este tema. Sin embargo, solo será posible considerar la cuestión a la luz del conocimiento moderno después de determinar con precisión cuánto de la información sobre el lugar, la época y las personas relacionadas con los acontecimientos ha llegado hasta nosotros.
No obstante, en ambos libros hay dos temas que pueden y deben examinarse a la luz del conocimiento moderno. Esos dos temas son el diluvio de la época de Noé y el éxodo de la época de Moisés.
El episodio del diluvio puede examinarse porque, en la historia de la civilización humana, aquel diluvio no dejó ninguna huella que pudiera citarse en apoyo del relato del Antiguo Testamento. Por el contrario, el conocimiento moderno no ofrece ningún dato sobre cuya base pueda criticarse el relato del Corán.
Además, es posible examinar el acontecimiento del Éxodo porque, en general, las descripciones de este asunto en ambas obras son claramente complementarias entre sí, y los datos proporcionados por el conocimiento moderno respaldan a ambas.
El diluvio en tiempos de Noé: la descripción del Antiguo Testamento
Al principio de esta obra examinamos detalladamente el acontecimiento del diluvio al tratar el tema del Antiguo Testamento, y conviene recordar que llegamos a la conclusión de que:
No existe una sola descripción del diluvio, sino dos, redactadas en dos épocas diferentes. La primera es la descripción yahvista, del siglo IX a. C. La segunda es la descripción sacerdotal, del siglo VI a. C. Se la denomina sacerdotal porque fue escrita por sacerdotes de aquella época.
Estas dos descripciones no pueden identificarse por separado. Una está mezclada con la otra. Algunos párrafos de una también se encuentran en la otra. El padre de Vaux, profesor de la Escuela Bíblica de Jerusalén, explicó detalladamente, con ejemplos, en su comentario a su traducción del Génesis cómo se insertaron literalmente en una descripción párrafos de la otra. En una de las descripciones hay en total diez párrafos yahvistas. Hay párrafos yahvistas al principio y al final, y en medio se ha insertado un párrafo sacerdotal entre cada dos párrafos yahvistas. Puesto que las dos descripciones se contradicen en algunos aspectos, ninguna parecerá razonable ni tendrá sentido si no se lee atendiendo a la secuencia de los acontecimientos. El propio padre de Vaux afirmó: «En las dos descripciones, el diluvio parece haber ocurrido mediante dos procesos diferentes; también se encuentran dos duraciones distintas, y el número de animales que Noé llevó en su arca difiere en ambas descripciones».
Al examinar la descripción bíblica del diluvio desde la perspectiva del conocimiento moderno, se observa que no es en absoluto aceptable por las razones siguientes:
(1) En el Antiguo Testamento se describe el diluvio como un acontecimiento mundial.
(2) La descripción yahvista no menciona ninguna fecha del diluvio; en cambio, la descripción sacerdotal sí indica una fecha, y señala una época en la que semejante catástrofe no habría sido posible en absoluto.
La argumentación de esta opinión es la siguiente
En el relato sacerdotal se afirma claramente que el Diluvio ocurrió cuando Noé tenía 600 años. En la genealogía presentada en el quinto capítulo del Génesis —tomada del texto sacerdotal y citada al principio de esta obra— se observa que Noé nació 1.056 años después de Adán. Por lo tanto, el Diluvio habría ocurrido 1.655 años después de la creación de Adán. Por otra parte, a partir de la genealogía de Abraham presentada en el mismo texto sacerdotal del Génesis (11:10-32), se observa que Abraham nació 292 años después del Diluvio. La propia Biblia nos informa que Abraham vivió aproximadamente en el año 1950 a. C. Por consiguiente, puede determinarse que el Diluvio ocurrió en el siglo XXI o XXII a. C. Este cálculo concuerda con los datos ofrecidos en las versiones antiguas de la Biblia. En aquella época no era posible plantear un argumento contrario, porque la gente no tenía ningún conocimiento sobre el tema. Por ello, todos aceptaban sin reparos la cronología proporcionada por la Biblia. Sin embargo, ahora que se ha generalizado una idea clara sobre la cronología de los acontecimientos antiguos, las fechas imaginarias que habían dado los autores del texto sacerdotal del Antiguo Testamento han perdido credibilidad. En consecuencia, esas fechas han sido eliminadas de las versiones posteriores de la Biblia. Pero basta con hacer el cálculo basándose en las genealogías que aún no han sido eliminadas para detectar con suma facilidad ese grave error. Por supuesto, los comentaristas modernos de la Biblia no llaman la atención del lector sobre ese error, o no son capaces de hacerlo.
¿Cómo es posible sostener hoy que en el siglo XXI o XXII a. C. ocurrió una catástrofe semejante, a consecuencia de la cual perecieron todos los seres vivos de la Tierra —excepto los pasajeros del arca de Noé—? En aquella época ya se habían desarrollado civilizaciones humanas en varias regiones del mundo, y sus restos han llegado hasta nosotros. Por ejemplo, durante ese período terminó el Período Intermedio posterior al Reino Antiguo y comenzó el Reino Medio. A la luz de los conocimientos que poseemos actualmente sobre la historia, afirmar que en aquel Diluvio quedó destruida toda civilización humana parece sencillamente ridículo.
Por lo tanto, desde una perspectiva histórica se observa que el relato bíblico del Diluvio contradice por completo los conocimientos modernos. Además, el hecho de que el texto bíblico haya sido alterado por manos humanas queda demostrado formalmente por la existencia de dos relatos sobre un mismo asunto.
El relato coránico sobre el Diluvio
El Corán ofrece un relato general sobre el Diluvio. Este relato es completamente distinto del relato bíblico y tampoco suscita ninguna cuestión ni crítica desde el punto de vista histórico.
El Corán no ofrece un relato continuo del Diluvio. En distintas suras solo se menciona el castigo que cayó sobre el pueblo de Noé. El relato más completo se encuentra en los versículos 25-29 de la sura 11 (Hud). En la sura 71 (Noé) y en los versículos 105-155 de la sura 26 (Los Poetas) se encuentra, sobre todo, la descripción de las exhortaciones de Noé. Antes de examinar el curso real de los acontecimientos, consideraremos primero el Diluvio descrito en el Corán dentro del contexto general del descenso de la ira de Allah sobre las sociedades que desobedecen Sus mandatos.
En la Biblia se habla de un Diluvio mundial como castigo para toda la humanidad que desobedeció los mandatos de Allah. En cambio, el Corán habla del descenso de determinados castigos sobre ciertas sociedades concretas. Así, en los versículos 35-39 de la sura 25 (El Criterio) se dice: «A Moisés le habíamos dado el Libro y habíamos designado a su hermano Aarón como su ayudante, y les habíamos dicho: “Id al pueblo que ha rechazado Mis signos”. Después destruí por completo a ese pueblo. Y cuando el pueblo de Noé desmintió a los mensajeros, lo sumergí y lo convertí en una señal para la humanidad. He preparado un castigo doloroso para los transgresores. Destruí a los aditas, a los zamudíes, a los habitantes de Ar-Rass y a muchas comunidades entre ellos. A todos les expuse ejemplos para advertirles, y a todos los destruí por completo a causa de su desobediencia».
Del mismo modo, en los versículos 59-93 de la sura 7 (Al-A‘raf) se recuerda el castigo enviado sobre el pueblo de Noé, ‘Ad, Zamud, el pueblo de Lot (Sodoma) y Madián.
Así pues, se observa que el diluvio es presentado en el Corán específicamente como un castigo para el pueblo de Noé. Esta es la primera diferencia fundamental entre el relato del Corán y el de la Biblia.
La segunda diferencia fundamental es que el Corán no proporciona ningún año ni fecha del diluvio, ni tampoco indica su duración; la Biblia, en cambio, sí lo hace.
La causa del diluvio se describe de manera más o menos similar en ambos libros. En el relato sacerdotal de la Biblia (Génesis 7:11) se afirma que dos causas actuaron simultáneamente: «Aquel día se rompieron todas las fuentes del gran abismo y se abrieron todas las compuertas de los cielos». Por otra parte, en los versículos 11-12 de la sura 54 del Corán (Al-Qamar) se dice: «Abrimos las puertas del cielo con una lluvia torrencial e hicimos brotar manantiales de la tierra; luego el agua del cielo y el agua de la tierra se unieron conforme a un plan».
El relato del Corán sobre los pasajeros del arca es preciso. La orden que Alá dio a Noé se cumplió correctamente. En la orden se le indicó que hiciera lo siguiente.
Sura 11 (Hud), versículo 40: «Lleva en ella una pareja de cada ser viviente, a tu familia —excepto aquellos contra quienes ya se ha decretado— y a quienes han creído». Pero fueron pocos los que creyeron con él.
El miembro de la familia que fue excluido era uno de los hijos pecadores de Noé. A pesar de la súplica de Noé, la decisión de Alá respecto a él no cambió (sura Hud, versículos 45-46). Además de la familia de Noé —excepto aquel hijo—, el Corán menciona como pasajeros del arca a algunas personas que habían creído en Alá.
En la Biblia, por supuesto, no se menciona a ninguna persona semejante. En realidad, la Biblia ofrece tres relatos distintos sobre los pasajeros del arca.
Primera descripción: según el texto yahvista, se establece una distinción entre los animales y las aves «puros» e «impuros». También se llevaron al arca siete parejas de cada especie «pura» (siete machos y siete hembras) y una pareja de cada especie «impura» (un macho y una hembra). (Cabe señalar que, en todas las lenguas semíticas de aquella época, «siete» generalmente significaba «muchos». Aquí también debe entenderse en ese sentido.)
Segunda descripción: según el relato yahvista revisado (Génesis 7 y 8), cualquiera que fuera su condición, «pura» o «impura», solo se llevó al arca una pareja de cada especie animal.
Tercera descripción: según el texto sacerdotal, en el arca estaban Noé (sin excluir a ningún miembro de su familia) y una pareja de cada especie animal.
La descripción principal del Diluvio se encuentra en las aleyas 25-49 de la sura 21 (Hud) del Corán y en las aleyas 23-30 de la sura 23 (Los creyentes). La descripción bíblica es prácticamente del mismo tipo; no presenta ninguna diferencia particularmente significativa.
En la Biblia, el lugar donde el arca de Noé encontró tierra firme se llama monte Ararat (Génesis 8:4), mientras que en el Corán se llama monte Jūdī (sura Hud, aleya 44). Se suele decir que esta montaña es la más alta de la cordillera del Ararat, en Armenia, pero no se ha encontrado ninguna prueba de que la gente no cambiara su nombre para hacerlo concordar con esos dos relatos. Blachère respalda esta opinión y afirma que en Arabia existe una montaña llamada Jūdī. Sin embargo, esta coincidencia de nombres también podría ser artificial.
En conclusión, puede decirse que es posible identificar de manera correcta y precisa las principales diferencias entre los relatos bíblico y coránico sobre el Diluvio. Naturalmente, algunas diferencias no pueden comprobarse debido a la falta de datos objetivos. Sin embargo, al juzgarlos a la luz de los datos reconocidos y universalmente aceptados, se observa que el relato bíblico es incompatible con los datos y conocimientos descubiertos recientemente; esto se aplica especialmente a la fecha del Diluvio y a su extensión geográfica. Por el contrario, en el relato coránico no hay nada que pueda ser objeto de una crítica objetiva. No obstante, alguien podría preguntar si, en el período comprendido entre la revelación de la Biblia y la del Corán, los seres humanos pudieron adquirir conocimientos que les permitieran conocer los datos exactos sobre el acontecimiento. La respuesta es no. Porque, desde la época del Antiguo Testamento hasta la época del Corán, aparte de la Biblia, los seres humanos no disponían de ninguna otra prueba sobre esta antigua historia. Por tanto, se observa que en los cambios posteriores de significado e importancia introducidos en la descripción del acontecimiento con el fin de hacerla compatible con el conocimiento moderno no intervino la mano humana. Entonces hay que aceptar otra explicación o causa de estos cambios: la revelación descendida posteriormente a la descripción bíblica.
La gran migración
La gran migración de Moisés y sus seguidores desde Egipto (la primera etapa del camino hacia Canaán) es un acontecimiento sumamente importante. Aunque a veces se ha alegado que se trata esencialmente de una leyenda, el acontecimiento es un hecho establecido y se sitúa en un contexto conocido.
Este acontecimiento está narrado en el segundo libro del Pentateuco del Antiguo Testamento, es decir, la Torá (Éxodo). Allí se ofrece un relato del viaje por el desierto y del pacto celebrado con Alá en el monte Sinaí. El Corán también contiene un extenso relato sobre este asunto. En más de diez suras, entre ellas las suras Al-Araf, Yunus, Taha y Al-Shuara, se narra ampliamente la relación del faraón con Moisés y su hermano Aarón, así como su salida de Egipto. En otros lugares, el acontecimiento también se menciona brevemente o como recordatorio. Según mis propios conocimientos, el nombre del faraón, principal protagonista del bando egipcio, se menciona un total de setenta y cuatro veces en veintisiete suras.
Al comparar los relatos del Corán y de la Biblia, se verá que, en relación con este acontecimiento, ambos relatos presentan muchas semejanzas, más que en el caso del Diluvio. Naturalmente, también existen diferencias; no obstante, veremos que el relato bíblico posee un considerable valor histórico. Esto se debe a que, a partir de este relato, puede identificarse al faraón correspondiente o, podría decirse, a los dos faraones correspondientes. El proceso de identificación comenzó con la propia Biblia y alcanzó su culminación gracias a la información narrada en el Corán. Si se añaden a ello los datos descubiertos recientemente y se los examina y analiza, el acontecimiento puede situarse en un contexto histórico.
El gran éxodo según la Biblia
El relato bíblico comienza recordando la entrada de los judíos en Egipto junto con Jacob. Allí Jacob se reunió con José. Después, según Éxodo 1:8: «Entonces se levantó sobre Egipto un nuevo rey que no conocía a José».
Entonces comenzó la opresión. El faraón ordenó emplear a los judíos como trabajadores en las obras de construcción de las ciudades de Pitom y Ramsés (Éxodo 1:11). Y, para impedir que aumentara su número, ordenó arrojar al río a cada recién nacido varón de los judíos. Después del nacimiento de Moisés, su madre logró ocultarlo de algún modo durante los primeros tres meses y luego lo dejó en una cesta a la orilla del río. La hija del faraón encontró casualmente al niño, lo llevó a casa y confió su cuidado a una sirvienta. Esta sirvienta era, en realidad, la madre de Moisés. La hermana de Moisés, escondida a cierta distancia, vio que la princesa se llevaba a su hermano y, fingiendo no conocer al niño, le sugirió buscar una buena nodriza, haciendo que la propia madre del niño asumiera esa tarea. El niño fue criado como uno de los hijos del faraón y le pusieron por nombre Moisés.
En su juventud, Moisés se trasladó a un país llamado Madián. Allí se casó y vivió durante muchos años. En esta etapa, la Biblia (Éxodo 2:23) proporciona una noticia importante: «Por aquel tiempo murió el rey de Egipto».
Alá ordenó a Moisés acudir ante el faraón y sacar a sus hermanos de Egipto (en la Biblia, esta orden aparece en el relato de la zarza ardiente). Aarón, su hermano, ayudó a Moisés a cumplir esta misión. Después de regresar a Egipto, Moisés acudió ante el faraón acompañado de Aarón. El faraón durante cuyo reinado había nacido Moisés era el sucesor del faraón anterior.
El faraón no permitió que los judíos seguidores de Moisés abandonaran Egipto. Alá volvió a revelar una orden y mandó a Moisés que volviera a pedirlo al faraón. Según la Biblia, en aquel momento Moisés tenía ochenta años. Le mostró al faraón, mediante la magia, que poseía poderes milagrosos. Pero eso no surtió ningún efecto. Alá hizo descender sobre Egipto Su castigo en forma de plagas. El agua del río se convirtió en sangre; miles de millones de ranas, mosquitos y moscas se extendieron por todas las zonas habitadas; aparecieron llagas en los cuerpos de las personas y los animales; murieron los animales domésticos; cayó granizo con frecuencia; el país quedó cubierto de langostas; descendió la oscuridad por todas partes y comenzaron a morir los primogénitos. Sin embargo, el faraón tampoco permitió que los judíos abandonaran Egipto.
Por ello, salieron de la ciudad de Ramsés. Sin contar a las mujeres y los niños, eran seiscientos mil (Éxodo 12:37). Más adelante veremos, sin embargo, que esta cifra es exagerada. El faraón «preparó su carro y llevó consigo a su gente. Tomó seiscientos carros escogidos y los oficiales que estaban al mando de todos ellos». Así, el rey de Egipto persiguió a los hijos de Israel; «entonces los hijos de Israel salían con la mano en alto» (Éxodo 14:6 y 8). El ejército del faraón llegó a la orilla del mar y alcanzó a la gente de Moisés. Moisés levantó su bastón, el mar se dividió en dos y él cruzó al otro lado con su gente sin mojarse los pies». Después, los egipcios, todos los caballos y carros del faraón y los jinetes entraron en el mar persiguiéndolos. (Éxodo 14:23) «Las aguas volvieron y cubrieron los carros y los jinetes; no quedó de ellos ni uno solo. Pero los hijos de Israel caminaron por en medio del mar sobre tierra seca, y las aguas eran para ellos como un muro a su derecha y a su izquierda». (Éxodo 14:28-29)
El relato del Éxodo es muy claro. El faraón iba al frente de su ejército y murió ahogado en el agua. Pues el relato dice: «No quedó de ellos ni uno solo». Este acontecimiento también se narra en los Salmos de la Biblia: en el versículo 11 del Salmo 106 y en los versículos 13 al 15 del Salmo 136. Allí se da gracias a Dios porque «dividió el mar de Suf y condujo a Israel por en medio de él, pero arrojó al faraón y a su ejército al mar de Suf». Por tanto, según la Biblia, no cabe duda de que el faraón murió ahogado en el mar. Pero la Biblia no informa qué ocurrió con su cadáver.
El gran éxodo según el Corán
El relato de este gran éxodo que aparece en el Corán es, en términos generales, semejante al relato bíblico. Sin embargo, está distribuido entre distintas suras, por lo que es necesario reunirlo y leerlo en conjunto.
El nombre del faraón que gobernaba durante el gran éxodo no se menciona en el Corán. Por ello, no es posible identificarlo. En la Biblia tampoco aparece su nombre; solo se sabe que uno de sus ministros se llamaba Amán. En el Corán se le menciona seis veces (sura Al-Qasas, versículos 6, 8 y 38; sura Al-Ankabut, versículo 39; y sura Al-Mumin, versículos 24 y 36).
El faraón, perseguidor de los judíos. Sura 14 (Ibrahim), versículo 6: «Moisés dijo a su pueblo: “Recordad el favor de Dios cuando os libró del tormento cruel, degollaban a vuestros hijos y dejaban con vida a vuestras mujeres”».
El versículo 141 de la sura Al-Araf también describe de la misma manera aquella persecución. El Corán no menciona el nombre de la ciudad que los judíos construyeron mientras vivían como esclavos en Egipto. La Biblia sí menciona su nombre.
El episodio de dejar a Moisés, cuando era un niño, a orillas del río se narra en los versículos 39-40 de la sura Ta-Ha y en los versículos 7-13 de la sura Al-Qasas. Según el relato coránico, la familia del faraón recogió a Moisés. Sura 28 (Al-Qasas), versículos 8-9: «La gente del faraón lo recogió. Y el resultado sería que él se convertiría en su enemigo y en causa de tristeza. El faraón, Amán y sus ejércitos eran culpables. La esposa del faraón dijo: “Este niño es un deleite para mis ojos y para los tuyos. No lo matéis; puede sernos útil, o quizá lo adoptemos como hijo”». En realidad, ellos no comprendían cuál sería su desenlace.
Según la leyenda musulmana, Asiya, la esposa del Faraón, crió a Moisés. Según el relato coránico, no fue la esposa del Faraón, sino la gente de su casa, quienes encontraron a Moisés a orillas del río.
En los versículos 13-28 de la sura Al-Qasas se narran la juventud de Moisés, su estancia en Madián y su matrimonio. En particular, el episodio de la zarza ardiente se narra en la primera parte de la sura Taha y en los versículos 30-35 de la sura Al-Qasas.
En el Corán no se menciona que diez plagas celestiales descendieran sobre Egipto (sí se mencionan en la Biblia); se hace una breve referencia a cinco plagas —la inundación, las langostas, los piojos, las ranas y la sangre— (sura Al-Araf, versículo 133).
El Corán relata el éxodo desde Egipto, pero no contiene los datos geográficos ni la mención de una multitud de personas que aparecen en la Biblia. El relato bíblico de seiscientos mil hombres, con sus familias, permaneciendo durante mucho tiempo en el desierto no parece digno de crédito. La muerte del Faraón, que perseguía a los judíos, se describe así en el Corán: sura 20 (Taha), versículo 78: «Entonces el Faraón los persiguió con sus tropas, pero el mar los cubrió por completo. Los judíos lograron cruzar. El Faraón murió y su cadáver fue encontrado». La Biblia no menciona este importante hecho de que se encontrara el cadáver.
Sura 10 (Jonás), versículos 90-92: «Hicimos que los Hijos de Israel atravesaran el mar, y el Faraón y sus tropas los persiguieron por hostilidad y transgresión de los límites de la justicia. Finalmente, cuando estaba ahogándose, dijo: “Creo que no hay otra divinidad sino Aquel en quien creen los Hijos de Israel, y soy de los que se someten”».
«Ahora bien, antes de esto desobedeciste y fuiste de los corruptores. Hoy preservaremos tu cuerpo en la orilla para que seas una señal para quienes vengan después de ti. Sin duda, muchas personas están despreocupadas de Mis signos».
En este asunto es necesario explicar dos cuestiones.
Primero, la hostilidad del Faraón y su transgresión de los límites de la justicia deben entenderse a la luz de los esfuerzos de Moisés por guiarlo; y, segundo, por preservar o salvar al Faraón debe entenderse preservar o salvar su cadáver, pues el Corán mismo declara que el Faraón fue castigado. Sura 11 (Hud), versículo 98.
«Él (el Faraón) estará al frente de su pueblo el Día de la Resurrección y entrará con ellos en el Fuego.»
Cabe señalar que, en la descripción de aquellos acontecimientos que es posible verificar a la luz de la historia, la geografía y la arquitectura, existen las siguientes diferencias entre el Corán y la Biblia:
– En el Corán no se menciona el nombre de ninguna de las ciudades que construyeron los judíos seguidores de Moisés ni de los lugares que atravesaron durante la gran marcha.
– El Corán no menciona que ningún faraón muriera durante la estancia de Moisés en Madián.
– El Corán no indica qué edad tenía Moisés cuando intentó guiar al Faraón.
– El Corán no menciona el número de seguidores de Moisés; en la Biblia se afirma claramente, de manera exagerada, que eran seiscientos mil hombres con sus familias, es decir, más de dos millones de personas entre hombres y mujeres.
– La Biblia no menciona que, después de la muerte del Faraón, se recuperara su cadáver. Para nuestra consideración actual, conviene observar estos aspectos comunes en los relatos de ambos libros:
– El Corán confirma el hecho de la opresión del Faraón contra los judíos seguidores de Moisés, relatado en la Biblia.
-Ni el Corán ni la Biblia mencionan el nombre del rey de Egipto.
-El Corán confirma el relato bíblico sobre la muerte del faraón durante el Éxodo.
Confrontación de la información de las Escrituras con el conocimiento moderno
En los relatos de la Biblia y el Corán sobre la duración de la permanencia de los hijos de Israel en Egipto y el proceso de su salida de Egipto se encuentran ciertos datos que pueden confrontarse con el conocimiento moderno. Sin embargo, esta confrontación está destinada a ser desigual, porque algunos datos plantean múltiples problemas y resulta muy difícil discutir los datos restantes.
1) Consideración de algunos datos relatados en las Escrituras
Los hijos de Israel en Egipto:
Se puede afirmar, aparentemente con casi ningún riesgo de error, que, según el relato bíblico (Génesis 15:13 y Éxodo 12:40), los judíos permanecieron en Egipto 400, es decir, 430 años. A pesar de esta ligera diferencia entre los relatos del Génesis y del Éxodo, puede decirse que la permanencia de los judíos en Egipto comenzó cuando José, hijo de Jacob, mucho después de Abraham, llegó allí con sus hermanos. Sin embargo, cabe señalar que este dato aparece únicamente en la Biblia; el Corán solo menciona la marcha hacia Egipto, pero no indica ninguna fecha, y aparte de ello no disponemos de ninguna prueba que pueda arrojar luz sobre este asunto.
Los comentaristas modernos, desde P. Montet hasta Daniel-Rops, creen que posiblemente, en el siglo XVII a. C., cuando José y sus hermanos llegaron a Egipto, los hicsos también emprendieron su marcha hacia Egipto y que, probablemente, algún soberano de los propios hicsos les dio una cordial bienvenida en Avaris, situada en el valle del Nilo.
Sin embargo, no cabe duda de que esta suposición contradice por completo el relato bíblico. Pues en la Biblia se dice (I Reyes, 6:1) que, en el año 171 a. C., 480 años antes de la construcción del templo de Salomón
los judíos emprendieron aproximadamente el Éxodo desde Egipto en 1450 a. C., y que su entrada en Egipto tuvo lugar entre 1880 y 1850 a. C. Sin embargo, se supone que precisamente en esa época Abraham todavía estaba vivo, y por otros datos de la Biblia se sabe que la diferencia entre su época y la de José era de 250 años. Por lo tanto, desde el punto de vista de la secuencia cronológica de los acontecimientos, este relato bíblico no puede ser aceptado en absoluto. Más adelante veremos la explicación del padre de Fox sobre este asunto. Y en cuanto a la suposición de los comentaristas modernos, la única base de la objeción contra ella es este relato de la Biblia (I Reyes); sin embargo, ya hemos visto que el relato no es en absoluto aceptable.
Aparte del relato de las Escrituras, no se ha encontrado ninguna otra prueba o vestigio significativo de la estancia de los judíos en Egipto. En las representaciones pictóricas del antiguo Egipto, sin embargo, aparece la mención de una clase de trabajadores llamados Apiru, Hapiru o Habiru, a quienes se ha identificado —correcta o incorrectamente— como hebreos, es decir, judíos. Entre ellos había trabajadores de la construcción, trabajadores agrícolas y otros. Pero no se ha encontrado ninguna información sobre su procedencia. El padre de Fox dijo: «No son gente local, no pretenden pertenecer a ninguna clase de la sociedad local y tampoco tienen una profesión o un estatus como los de los habitantes locales».
En un documento en papiro de la época del faraón Tutmosis III se los menciona como «trabajadores de los establos». Se sabe que, en el siglo XV a. C., Amenofis II capturó y llevó desde Canaán a 3.600 de ellos. El padre de Fox observó que muchos de ellos eran habitantes de Siria-Palestina. Durante el reinado de Seti I (1300 a. C.), los apiru causaron considerable agitación en la región de Bet-Seán, en Canaán. Durante el reinado de Ramsés II, algunos de ellos fueron empleados como trabajadores en las minas y otros fueron utilizados para transportar piedras destinadas a construir las altas entradas de los templos. Por la Biblia también sabemos que, en esa misma época, fueron empleados en la construcción de la ciudad capital de la región septentrional de Egipto. En los textos egipcios se encuentra una mención de los apiru en el siglo XII a. C., durante el reinado de Ramsés III.
La palabra apiru no se utilizó únicamente en Egipto; por tanto, es difícil afirmar si con ella se designaba exclusivamente a los hebreos. Es posible que originalmente se refiriera a trabajadores forzados o esclavos, y que después se convirtiera en el nombre de una profesión. A este respecto, puede recordarse un ejemplo del uso de una palabra moderna. En francés, la palabra «suizo» tiene varios significados: un habitante de Suiza, un soldado mercenario de ese país al servicio de un antiguo rey francés, un guardia del Vaticano o un empleado de la Iglesia cristiana.
Pero, cualesquiera que hayan sido las circunstancias, no cabe duda de que el trabajo que les hicieron realizar durante el reinado del faraón Ramsés II era trabajo forzado u obligatorio. Tampoco cabe duda de que él oprimía a los judíos. Las ciudades de Ramsés y Pitom mencionadas anteriormente en el libro del Éxodo de la Biblia estaban situadas en la zona oriental del valle del Nilo. En esa misma zona se encuentran las ciudades actuales de Tanis y Qantir, y la distancia entre ambas es de aproximadamente quince millas. La capital construida por Ramsés II también estaba en esta zona, y fue él quien oprimió a los judíos.
En este entorno y bajo estas circunstancias nació Moisés. El episodio de su rescate de las aguas del río ya ha sido relatado. También tiene un nombre egipcio. P. Montet mostró en su libro Egipto y la Biblia (editorial Delachaux et Niestlé, Neuchâtel, 1959) que en el diccionario de la escritura pictográfica elaborado por Rank, entre la lista de nombres comunes de personas también aparece el nombre Mesu o Mesi. En el Corán, sin embargo, se utiliza el nombre Moisés.
Las calamidades en Egipto
En la Biblia se dice que, bajo el título de «plagas», diez clases de castigos fueron enviados por Allah sobre Egipto, y se ofrece una descripción detallada de cada una de ellas. También se describen las características milagrosas de algunas plagas. En el Corán solo se mencionan cinco plagas, la mayoría de las cuales son desastres naturales: una inundación de gran magnitud, langostas, piojos, ranas y sangre.
La Biblia describe la rápida multiplicación de las ranas y las langostas. También relata que el agua de los ríos se convirtió en sangre y que todo el país quedó inundado. En el Corán solo se menciona la sangre, sin ningún otro detalle. Evidentemente, a partir de la mención de la sangre pueden elaborarse toda clase de relatos imaginarios. Las demás plagas mencionadas en la Biblia son insectos venenosos, enjambres de moscas, llagas, granizo, oscuridad, la muerte del primogénito y la muerte del ganado. Al igual que el comienzo de la inundación, estas plagas también comenzaron de diversas maneras y se describen en distintos lugares de la Biblia.
La ruta del Éxodo
El Corán no ofrece ninguna indicación sobre la ruta del Éxodo. La Biblia, en cambio, proporciona una descripción detallada. Tanto el padre de Fox como P. Montet han abierto nuevamente el camino para debatir esta cuestión. Es posible que la marcha comenzara en la región de Tanis-Kantir, pero no se ha encontrado ningún rastro de la ruta restante descrita en la Biblia. Además, tampoco ha sido posible determinar exactamente en qué lugar se dividieron las aguas para que Moisés y su grupo pudieran atravesarlas.
La división milagrosa de las aguas
Algunos comentaristas creen que la división milagrosa de las aguas pudo deberse a las mareas o a la erupción de algún volcán lejano. Es posible que los judíos cruzaran durante la bajamar y que los egipcios se ahogaran con la marea siguiente. Pero todo esto no pasa de ser una mera conjetura.
El lugar del Éxodo en la historia de los faraones
Es posible establecer pruebas más precisas sobre la etapa de la historia en la que tuvo lugar el Éxodo. Desde hace mucho tiempo se sostiene que Merenptah, sucesor de Ramsés II, fue el faraón de la época del Éxodo. El célebre egiptólogo de comienzos del siglo actual, Maspero, escribió en su obra «Guía ilustrada del Museo de El Cairo» (1900): «Según la leyenda de Alejandría, Merenptah fue el faraón de la época del Éxodo y murió ahogado en el mar Rojo». No he podido encontrar el documento en el que Maspero basó esta afirmación. Sin embargo, la declaración de un comentarista tan eminente y célebre como él merece ser considerada con la máxima seriedad.
Aparte de Pierre Montet, ningún otro egiptólogo ni especialista en la Biblia ha realizado investigaciones significativas a favor o en contra de esta hipótesis. Durante las últimas décadas, ciertamente se han formulado muchas hipótesis sobre este asunto, pero su único objetivo ha sido considerar un solo aspecto del relato de las Escrituras, sin prestar atención a los demás. Y por relato de las Escrituras no se entiende únicamente el relato bíblico. Además, quienes formularon esas hipótesis tampoco prestaron la debida atención a que cada una debía ser compatible con los datos históricos y arqueológicos.
Sin embargo, la hipótesis más extraña fue formulada por de Miceli (1960). Determinó incluso el día y la fecha, afirmando que el Éxodo tuvo lugar el 9 de abril de 1495 a. C. Calculó esa fecha basándose en el calendario y sostuvo que en aquel momento Tutmosis II era el faraón de Egipto. Por tanto, él sería el faraón de la época del Éxodo. En apoyo de esta afirmación, dijo que la momia de Tutmosis II presenta marcas de lesiones en la piel y que esas marcas son lesiones de lepra. Sin embargo, no explicó cómo se produjeron ni por qué no pudieron deberse a otra causa. Una de las diez plagas descritas en la Biblia son las úlceras. Considerando que estas úlceras eran de origen leproso, llegó a esa conclusión. Sobre todo, la mención bíblica de la construcción de la ciudad de Ramsés demuestra que el Éxodo no tuvo lugar antes de que un Ramsés se convirtiera en faraón.
Además, no se puede identificar al faraón del Éxodo únicamente por las marcas de la piel de Tutmosis II. También su hijo, Tutmosis III, y su nieto, Amenofis II, tenían marcas semejantes, que todavía se distinguen claramente en sus momias conservadas en el Museo de El Cairo. Los comentaristas creen que esas marcas debieron de deberse a alguna enfermedad hereditaria. Por tanto, la hipótesis de de Miceli no es en absoluto aceptable.
Del mismo modo, la hipótesis de Daniel-Rops tampoco es aceptable. En su obra titulada «El pueblo de la Biblia» (editorial Desclée de Brouwer, París, 1970), proclamó que Amenofis II era el faraón de la época del Éxodo. Su padre, Tutmosis III, tenía una actitud muy nacionalista. Basándose en este pretexto, declaró que Amenofis II era el opresor de los judíos y afirmó que su madrastra, la célebre reina Hatshepsut, había criado al niño Moisés.
El padre de Fox ha identificado a Ramsés II como el faraón del Éxodo, y sus argumentos parecen en gran medida razonables. Lo que expuso en su obra titulada «La historia antigua de Israel» (editorial J. Gabalda y Cía., París, 1971) no es compatible en todos sus aspectos con el relato bíblico, pero una de las pruebas que presentó es muy importante. Las ciudades de Ramsés y Pitom fueron construidas durante el reinado de Ramsés II, y la propia Biblia informa de esta construcción. Por tanto, ya no se puede afirmar que el Éxodo tuviera lugar antes de la subida de Ramsés II al trono. Según la cronología descrita por Drioton y Vandier, la construcción de estas ciudades tuvo lugar en 1301 a. C.; según la cronología descrita por Bouton, en 1290 a. C. Otra razón por la que las dos hipótesis mencionadas anteriormente no son aceptables es que, según el relato bíblico, Ramsés II es precisamente el faraón que oprimió a los judíos.
El padre de Fox considera que el Éxodo tuvo lugar durante la primera o la parte media del reinado de Ramsés II. Esta datación no es precisa. Parece que fijó así la fecha para conceder tiempo a Moisés y a sus seguidores para establecerse en Canaán y a Marneptah para hacer las paces con los judíos. Cabe señalar que una inscripción del quinto año de su reinado informa de que el faraón Marneptah, después de subir al trono tras la muerte de su padre Ramsés II, llegó a un acuerdo con los judíos y estableció la paz en la frontera. Sin embargo, pueden plantearse dos sólidos argumentos contra esta hipótesis:
(a) La Biblia muestra que, cuando Moisés se encontraba en Madián, murió el rey de Egipto (Éxodo 2:23). En otro pasaje, la Biblia identifica a este mismo rey como el constructor de las ciudades de Ramsés y Pitom mediante el trabajo forzado de los judíos. Este rey era Ramsés II. Por tanto, es natural que el Éxodo tuviera lugar durante el reinado de su sucesor. Sin embargo, el padre de Fox ha declarado que alberga dudas sobre el origen de este relato del versículo 23 del capítulo 2 del Éxodo.
(b) Es aún más sorprendente que, pese a ser director de la Escuela Bíblica de Jerusalén, el padre de Fox no mencionara en absoluto, en su hipótesis sobre el Éxodo, dos pasajes importantes de la Biblia. Sin embargo, ambos pasajes afirman que el rey de Egipto murió mientras perseguía a los judíos que huían. Este relato demuestra que el Éxodo no pudo haber tenido lugar sino hacia el final del reinado de un rey. Pero el padre de Fox supuso que ocurrió durante la primera o la parte media de su reinado. A este respecto, es necesario recordar una vez más que no existe ninguna duda de que el faraón perdió la vida precisamente mientras perseguía a los judíos. La propia Biblia ofrece una descripción precisa de este hecho.
«Entonces hizo preparar su carro y llevó consigo a su gente (Éxodo 14:6). El faraón, rey de Egipto, persiguió a los hijos de Israel cuando estos salían» (Éxodo 14:8). Y «las aguas volvieron y cubrieron los carros y los jinetes; de todo el ejército del faraón que había entrado tras ellos en el mar, no quedó ni uno solo» (Éxodo 14:28-29). Además, en los Salmos (136:15), al mencionar la muerte del faraón y exhortar a alabar a Dios, se dice: «Arrojó al faraón y a su ejército en el mar de Suf».
Por lo tanto, se ve que durante la vida de Moisés murieron dos faraones. Mientras Moisés estaba en Madián murió un faraón, y el otro murió ahogado en las aguas del mar durante el Éxodo. Evidentemente, eran dos faraones distintos. En estas circunstancias no se puede aceptar que en la época de Moisés hubiera un solo faraón. Sin embargo, el padre de Fox solo habló de un faraón (Ramsés II). Pero, puesto que la existencia de un solo faraón no permite responder satisfactoriamente a todas las cuestiones relacionadas, no puede aceptarse como correcta la hipótesis del padre de Fox.
3) El faraón de la opresión fue Ramsés II y el faraón del Éxodo fue Merneptah. Esta diferencia es bastante clara. P. Montet utilizó con gran perspicacia la leyenda alejandrina mencionada por Maspero. Cabe señalar que durante la época dorada de los Ptolomeos se conservaban en Alejandría antiguos documentos históricos, que fueron destruidos durante la conquista romana. Todos han comprendido profundamente esa pérdida.
En cualquier caso, la misma narración aparece también en leyendas islámicas y cristianas muy posteriores. (Es digno de señalar que en historias escritas durante la primera parte del siglo XX con fines de instrucción religiosa, así como en la historia escrita por el árabe H. Lester, se afirma que el acontecimiento del Éxodo tuvo lugar en Egipto durante el reinado de Merneptah). Montet expuso la misma tesis en su obra «Egipto y la Biblia» (editorial Delachaux et Niestlé, Neuchâtel, 1959). También existen otros argumentos en su apoyo, especialmente el respaldo de la narración coránica, aunque el célebre arqueólogo Montet no citó el Corán. Pero antes de considerar todos estos datos, dirigiremos primero nuestra atención a la Biblia.
Aunque en el Éxodo no se menciona el nombre del faraón correspondiente, se utiliza la palabra «Ramsés». En la Biblia se describe con el nombre de «Ramsés» una ciudad construida mediante el trabajo forzado de los hebreos. Ahora sabemos, sin embargo, que esas ciudades estaban situadas en la región de Tanis-Qantir, en el valle oriental del Nilo. En el lugar donde Ramsés II construyó su capital septentrional ya había anteriormente algunos edificios. Pero las excavaciones arqueológicas de las últimas décadas han demostrado que fue Ramsés II quien convirtió el lugar en una ciudad importante y que para ello utilizó precisamente el trabajo forzado de los hebreos.
En la época actual, nadie se sorprende ya al leer la palabra «Ramsés» en la Biblia. Hace ciento cincuenta años, Champollion descubrió cómo descifrar los jeroglíficos y determinó el uso de esta palabra; desde entonces se hizo generalmente conocida por todos. Nos hemos acostumbrado a pronunciarla, leerla y comprender su significado. Sin embargo, es necesario recordar que el significado de los jeroglíficos desapareció en el siglo III a. C., y que el nombre no se conservó en ningún otro lugar aparte de la Biblia y algunos libros griegos y latinos. Incluso en esos libros el nombre aparece más o menos deformado. Tácito utilizó la palabra en su obra «Anales» en la forma «Rhampsitis». Solo en la Biblia se encuentra la palabra en su forma correcta, es decir, «Ramsés». En el Antiguo Testamento, es decir, la Torá, aparece en cinco lugares: Génesis 47:11; Éxodo 1:11 y 12:37; y Números 33:3 y 33:5.
En hebreo, la palabra Ramsés aparece escrita de dos maneras: «Raímes» y «Raiyames» (la letra inglesa «i» se emplea como equivalente de la letra hebrea «ayin»). En la versión griega de la Biblia, la palabra se escribió «Ramese», y en la versión latina, «Ramsés». En la edición francesa Clementina (primera edición, 1621), la palabra se utilizó igualmente en la forma «Ramsés». Esta era la edición francesa vigente en la época de las investigaciones de Champollion, quien mencionó la grafía bíblica de la palabra en su obra titulada «Resumen del sistema jeroglífico de los antiguos egipcios» (segunda edición, 1828, p. 276).
Por lo tanto, se ve que el nombre de Ramsés se ha conservado milagrosamente en las versiones hebrea, griega y latina de la Biblia. Sin embargo, resulta sorprendente que los comentaristas de las antiguas versiones de la Biblia no lograran comprender en absoluto el significado de la palabra. Por ejemplo, el significado que se dio a la palabra en la Biblia francesa Clementina de 1621 es ridículo. Se afirmó que la palabra Ramsés significaba «el trueno de un animal feroz».
De la discusión anterior se puede llegar fácilmente a las siguientes conclusiones:
(a) El Éxodo no tuvo lugar antes de que un faraón llamado Ramsés ascendiera al trono de Egipto, ni podía siquiera plantearse que hubiera ocurrido antes. Cabe señalar que en Egipto hubo once reyes llamados Ramsés.
(b) Moisés nació durante el reinado del faraón que construyó las ciudades de Ramsés y Pitom, es decir, durante el reinado de Ramsés II.
(c) Ramsés II murió durante la estancia de Moisés en Madián, y los acontecimientos posteriores de la vida de Moisés tuvieron lugar durante el reinado de Merneptah, sucesor de Ramsés II.
Además, la Biblia contiene otros datos importantes que podrían permitir determinar en qué etapa exacta de la historia de los faraones tuvo lugar el Éxodo. La Biblia dice que Moisés, a la edad de ochenta años, intentó convencer al faraón de que liberara a sus hermanos. «Cuando Moisés tenía ochenta años y Aarón ochenta y tres, hablaron con el faraón» (Éxodo 7:7). En otro pasaje, la Biblia (Éxodo 2:23) dice que el faraón que estaba en el trono en el momento del nacimiento de Moisés murió durante la estancia de Moisés en Madián. Es significativo que la Biblia no mencione ningún cambio en el nombre del rey al describir los acontecimientos posteriores. De estos dos relatos se comprende que el período total de los reinados de los dos faraones que gobernaron mientras Moisés estaba en Egipto fue de al menos ochenta años.
Se sabe con bastante exactitud que el reinado de Ramsés II duró sesenta y siete años. Según los cálculos de Drioton y Vandier, este período se extendió desde 1301 hasta 1235 a. C., y según los de Rougé, desde 1290 hasta 1224 a. C. En el caso de Merneptah, sucesor de Ramsés II, los egiptólogos no pueden proporcionar fechas exactas. Sin embargo, no hay duda de que su reinado duró al menos diez años, pues el padre de Fox señala que existen pruebas documentales de diez años. Drioton y Vandier han propuesto dos posibilidades: diez años, de 1234 a 1224 a. C., o veinte años, de 1224 a 1204 a. C. Los egiptólogos no pueden ofrecer una indicación precisa de cómo terminó el reinado de Merneptah; no obstante, probablemente puede decirse que, después de su muerte, Egipto sufrió graves disturbios internos durante veinticinco años.
En cualquier caso, aunque no se disponga de información exacta sobre la duración de todos estos reinados, aparte de Ramsés II y Merneptah no se encuentran otros dos faraones cuyos reinados, de acuerdo con el relato bíblico, sumaran ochenta años o más. Cuando Moisés liberó a los hebreos tenía ochenta años, y este dato de la Biblia solo concuerda con la duración conjunta de los reinados de Ramsés II y su sucesor Merneptah. Cabe señalar, a este respecto, que también se afirma que la duración conjunta de los reinados de Sethos I y Ramsés II fue de aproximadamente ochenta años. Pero este período no puede considerarse pertinente para nuestro análisis. En primer lugar, el reinado de Sethos I fue muy corto, por lo que no puede concordar con la prolongada estancia de Moisés en Madián durante su juventud; en segundo lugar, puesto que Moisés permaneció durante mucho tiempo en Madián durante el reinado del primero de los dos faraones de su vida, ese primer faraón no pudo ser Sethos I. Las pruebas indican, más bien, que Moisés nació al comienzo del reinado de Ramsés II; que, durante su estancia en Madián, Ramsés II murió después de reinar sesenta y siete años; y que, después de que Merneptah, hijo de Ramsés II, ascendiera al trono, Moisés regresó a Egipto y planteó ante este nuevo faraón la liberación de los hebreos. Si se supone que Merneptah reinó veinte años, puede decirse que Moisés planteó ante él la cuestión de liberar a los hebreos durante la segunda mitad de su reinado. Rougé consideró creíble esta posibilidad. Por lo tanto, puede suponerse que Moisés dirigió el Éxodo hacia el final del reinado de Merneptah. No parece que haya ocurrido lo contrario, pues tanto la Biblia como el Corán nos informan de que el faraón murió mientras perseguía a los hebreos fugitivos.
El curso de los acontecimientos coincide exactamente con el relato que se encuentra en las Escrituras sobre la infancia de Moisés y su acogida en el palacio del faraón. Es universalmente sabido que Ramsés II murió a una edad muy avanzada. Al morir tenía entre noventa y cien años. De ello se desprende que se convirtió en faraón entre los veintitrés y los treinta y tres años, y que reinó durante sesenta y siete años. Es posible que ya se hubiera casado antes de convertirse en faraón. Por tanto, no hay nada extraño en que algún miembro de su familia encontrara a Moisés (según el Corán), ni en que la esposa del faraón, después de encontrar a Moisés a orillas del Nilo, pidiera a su esposo permiso para llevar al niño al palacio; tampoco se encuentra en ninguna parte información o relato contrario a estos hechos. La Biblia dice que la hija del faraón encontró a Moisés. Dada la edad que tenía Ramsés II cuando se convirtió en faraón, no era extraño que en ese momento tuviera una hija adolescente. Así pues, se ve que en este asunto no existe ninguna contradicción entre los relatos del Corán y de la Biblia.
Esta propuesta es totalmente coherente con el relato del Corán y contradice un único relato de la Biblia. Ya hemos visto que dicho relato está escrito en 1 Reyes 6:1: «En el año cuatrocientos ochenta después de que los hijos de Israel salieron de la tierra de Egipto, en el cuarto año del reinado de Salomón sobre Israel, en el mes segundo, Salomón comenzó a edificar la casa para el Señor». Sin embargo, cabe señalar que este libro no forma parte de la Torá. Este relato es ampliamente controvertido, y el padre de Fox lo ha descartado directamente, afirmando que los datos históricos contenidos en esta parte del Antiguo Testamento no son aceptables.
Cabe señalar que en este relato la fecha del Éxodo se determina relacionándola con la construcción del lugar de culto de Salomón. Puesto que el relato es controvertido y dudoso, no puede aceptarse como argumento contra la secuencia de acontecimientos del Éxodo descrita anteriormente.
El problema de la inscripción
Los críticos creen haber encontrado una objeción contra el relato del Éxodo, según el cual la persecución de los judíos fue la última acción del reinado de Merneptah. Plantean esta objeción basándose en una inscripción del quinto año del reinado de Merneptah.
La inscripción es muy importante, porque es el único documento entre los textos jeroglíficos en el que aparece la palabra «Israel», acompañada de un adjetivo calificativo que deja claro que se aplica a un «grupo humano o comunidad». La inscripción fue descubierta en el templo funerario del faraón en Tebas, y el relato de los acontecimientos que contiene comienza desde los primeros tiempos del reinado de Merneptah. Hacia el final de la inscripción se menciona una victoria particular entre las victorias que el faraón Merneptah obtuvo contra los países vecinos de Egipto: «Israel ha sido destruido y no queda ninguna semilla suya». Basándose en este relato, se afirma que el uso de la palabra «Israel» demuestra que los judíos ya se habían establecido en Canaán, es decir, a más tardar en el quinto año del reinado de Merneptah. Por tanto, su Éxodo de Egipto ya se habría completado.
Esta propuesta no es en absoluto aceptable. Para admitir esta objeción habría que reconocer que los judíos nunca habían vivido antes en Canaán y que siempre habían permanecido en Egipto. Por tanto, la objeción no puede aceptarse de ninguna manera. Aunque el padre de Fox se cuenta entre quienes consideran a Ramsés II el faraón de la época del Éxodo, en su obra titulada «La historia antigua de Israel» afirma lo siguiente acerca del establecimiento de los judíos en Canaán: «No es posible determinar con exactitud la época en que las comunidades relacionadas con los israelitas se establecieron en la región de Cades, al sur; este asentamiento pertenece al período anterior al Éxodo». Así pues, admite la posibilidad de que algunas personas hubieran abandonado Egipto antes que Moisés y sus compañeros. Las personas llamadas apiru o habiru —a quienes a veces se identifica con Israel— vivían en Siria-Palestina desde mucho antes de Ramsés II y del Éxodo, y poseemos pruebas documentales de que Amenofis II llevó de regreso a Egipto a 3.600 prisioneros como trabajadores forzados. Además, durante el reinado de Sethos I había más personas de ese tipo en Canaán, y causaron desórdenes en la región de Bet-Seán. P. Montet menciona este asunto en su obra titulada «Egipto y la Biblia». Por tanto, puede suponerse que Merneptah tomó medidas severas contra estos rebeldes de la frontera, mientras que quienes se encontraban en el interior se reunieron bajo el liderazgo de Moisés y posteriormente huyeron del país. Esta suposición no es en absoluto incompatible con el relato de la inscripción del quinto año del reinado de Merneptah; tampoco es contradictoria con él.
Además, el hecho de que la palabra «Israel» aparezca en la historia del pueblo judío no guarda ninguna relación con la idea de que Moisés y sus seguidores se establecieran en Canaán. El origen de la palabra Israel es el siguiente:
Según el Génesis (32:29), Israel es el segundo nombre de Jacob, nieto de Abraham e hijo de Isaac. Los comentaristas de la obra «Traducción ecuménica de la Biblia» —Antiguo Testamento (1975)— creen que el significado de la palabra probablemente sea: «Dios se manifestó en su poder». Puesto que este nombre fue dado a un hombre, no es extraño que, en su memoria, sus descendientes fueran llamados por ese nombre.
Por lo tanto, el nombre «Israel» ya estaba en uso varios cientos de años antes de Moisés. En consecuencia, no hay ninguna razón para suponer que el Éxodo tuvo lugar antes del quinto año del reinado del faraón Merneptah únicamente porque el nombre aparezca en una inscripción de su época.
En la inscripción solo se habla de un grupo de personas mencionado con el nombre de «Israel». No puede haber en ella ninguna alusión a una comunidad políticamente organizada, porque el reino de Israel ni siquiera se había formado antes del siglo X a. C. Por lo tanto, la inscripción debía referirse a una comunidad de escaso número de personas. A este respecto, cabe señalar que el padre B. Carrier, profesor de la Escuela Bíblica de Jerusalén, declaró en sus notas a su traducción del Libro del Éxodo (Éditions du Cerf, París, 1968, p. 12): «Junto a los otros nombres de la inscripción se emplea la palabra “país”, pero junto al nombre Israel se emplea “comunidad”».
Ahora sabemos que «Israel» entró en la historia después de un período preparatorio de ocho o nueve siglos. Durante ese tiempo, numerosos pueblos seminómadas, especialmente los amorreos y los arameos, se establecieron en toda la región. En la misma época aparecieron muchos patriarcas tribales, entre ellos Abraham, Isaac, Jacob e Israel. La tribu de Jacob llegó a ser conocida por el otro nombre de este, «Israel», y más tarde se desarrolló como entidad política, mucho después del reinado de Merneptah. Pues el reino de Israel existió desde el año 931 o 930 hasta el 821 a. C.
4) Relato de las Escrituras sobre la muerte del faraón durante el Éxodo:
El episodio de la muerte del faraón durante el Éxodo constituye un punto importante en los relatos del Corán y de la Biblia. Está presente de manera notable en el texto original de ambos libros. En la Biblia, el asunto se menciona no solo en el Pentateuco o la Torá, sino también en el libro de los Salmos, y ya se ha hecho referencia a ello anteriormente.
Lo sorprendente es que los comentaristas cristianos han ignorado por completo el episodio. El padre de Fox afirmó que el Éxodo desde Egipto tuvo lugar en la primera mitad o a mediados del reinado de Ramsés II. Pero aparentemente no advirtió que ese faraón murió precisamente durante el Éxodo. Es decir, este hecho demuestra por sí mismo que el Éxodo tuvo lugar en la última etapa de su reinado. Sin embargo, el director de la Escuela Bíblica de Jerusalén y autor de la obra Historia antigua de Israel no se preocupa en absoluto de que su afirmación sea totalmente incompatible con la información proporcionada por la Torá y los Salmos de la Biblia.
P. Montet afirmó en su obra Egipto y la Biblia que el Éxodo tuvo lugar durante el reinado de Merneptah. Pero no dijo nada sobre la muerte del faraón que persiguió a los hebreos.
Esta actitud sumamente sorprendente de los cristianos contradice por completo el punto de vista de los judíos. En el salmo 136:15 se da gracias a Dios porque «sumergió al faraón y a su ejército en el mar de Suf». Este salmo se recita constantemente en las oraciones judías. Los cristianos también saben que este relato de los Salmos coincide plenamente con Éxodo 14:28-29: «Las aguas volvieron y cubrieron sus carros y sus jinetes; de todo el ejército del faraón que había entrado en el mar detrás de ellos, no quedó ni uno solo». Por lo tanto, no deberían albergar ninguna duda de que el faraón y su ejército fueron completamente exterminados, y todo esto figura en su propia Biblia.
Sin embargo, los comentaristas cristianos ignoran deliberadamente la muerte del faraón, en contra de todas las pruebas y evidencias. Algunos de ellos van incluso un paso más allá y, al mencionar el episodio relatado en el Corán, inducen a los lectores a concebir ideas disparatadas. En la traducción de la Biblia autorizada y publicada por la Escuela Bíblica de Jerusalén (Le Livre de l’Exode, 1968, pág. 73, Les Éditions du Cerf, París), el padre Couroyer, en su comentario sobre la muerte del faraón, afirma: «En el Corán (sura 10, versículos 90-92) se menciona este acontecimiento (la muerte del faraón), y existe una leyenda popular según la cual el faraón, que se ahogó junto con su ejército (aunque no se le menciona en el texto sagrado), habita en el fondo del mar y reina allí como rey de sus habitantes, es decir, de las focas».
Con la expresión «texto sagrado», o «Holy Text», el comentarista se refería evidentemente a la Biblia, y afirmó deliberadamente una falsedad al decir que en ese libro no se menciona el ahogamiento del faraón junto con su ejército. En segundo lugar, mencionó el relato coránico de tal manera que parece completamente contrario al relato bíblico. En tercer lugar, inmediatamente después de mencionar el relato coránico, introdujo, bajo el nombre de una supuesta leyenda popular, una historia disparatada de tal modo que el lector común desprevenido, y especialmente quien desconozca el Corán, tendrá la falsa impresión de que existe una relación entre el relato coránico y esa historia absurda. Sin embargo, aquello a lo que alude el comentarista no guarda absolutamente ninguna relación con el contenido de los versículos coránicos. En los versículos 90-92 de la sura 10 del Corán (Jonás) se informa de que los Hijos de Israel atravesaron el mar mientras el faraón y su ejército los perseguían, y que, cuando el faraón se estaba ahogando, gritó: «Creo que no hay divinidad sino Aquel en quien creen los Hijos de Israel, y soy de los que se someten». Dios respondió: «¿Ahora? Antes desobedeciste y fuiste de los corruptores. Hoy preservaremos tu cuerpo para que seas una señal para quienes vengan después de ti».
Esto es todo lo que la sura relata acerca de la muerte del faraón. Ni en esta sura ni en ninguna otra parte del Corán aparece la historia disparatada que cuenta el comentarista bíblico. El Corán afirma claramente que el cuerpo del faraón sería preservado, y esta información es sumamente importante.
Cuando fue revelado el Corán, los cuerpos de todos los faraones que actualmente se consideran, correcta o incorrectamente, relacionados con el Éxodo estaban enterrados en el cementerio de Tebas, situado al otro lado del Nilo desde Luxor. Pero entonces nadie conocía este hecho, y las tumbas no fueron descubiertas hasta mucho después, a finales del siglo XIX. Tal como afirma el Corán, el cuerpo del faraón del Éxodo fue realmente recuperado, y cualquiera puede ver hoy ese cuerpo, sea cual sea su nombre, en la sala de momias reales del Museo Egipcio de El Cairo. Por tanto, el hecho real es completamente distinto de la historia que el padre Couroyer quiso vincular al Corán.
(5) La momia del faraón Merneptah:
Todas las pruebas y evidencias indican que Loret descubrió en 1898, en el Valle de los Reyes de Tebas, el cuerpo momificado de Merneptah, hijo de Ramsés II y faraón del Éxodo, y que después fue trasladado a El Cairo. El 8 de julio de 1907, Elliot Smith retiró las envolturas de la momia y describió detalladamente este proceso y el examen del cuerpo en su obra The Royal Mummies (1912). Aunque presentaba algunos daños en varios lugares, la momia se conservaba entonces satisfactoriamente y desde aquella época se encuentra en el Museo de El Cairo para que los visitantes la contemplen, con la cabeza y el cuello descubiertos y el resto del cuerpo cubierto con tela. Probablemente, por temor a que sufriera daños, ya no se permite retirar la cubierta del cuerpo, y en el museo no existe ninguna fotografía del cuerpo completo aparte de las tomadas por Elliot Smith en 1912.
En junio de 1975, las autoridades superiores de Egipto tuvieron la amabilidad de concederme permiso para descubrir y examinar la parte cubierta del cuerpo, así como para fotografiarla. Al comparar el estado actual de la momia con el que presentaba sesenta años antes, se comprende claramente que se ha deteriorado y que algunos fragmentos ya no existen en absoluto. Muchos tejidos del cuerpo momificado han sufrido daños, en algunos lugares por intervención humana y en otros por el paso del tiempo.
Este deterioro es completamente normal debido a los cambios en las condiciones de conservación desde su descubrimiento a finales del siglo XIX. Antes de ser descubierta, la momia permaneció enterrada durante más de tres mil años en el cementerio de Tebas. Actualmente se conserva dentro de una simple vitrina de vidrio, por lo que no está protegida de las influencias y reacciones externas, como el aire y las partículas finas. Además, las fluctuaciones de temperatura y los cambios estacionales de la humedad del aire también la afectan continuamente. El entorno actual es completamente distinto de aquel en el que la momia permaneció intacta durante casi tres mil años. Ya no existe la protección que le proporcionaba la envoltura que la cubría. Mientras permanecía en la tumba, es posible que en la antigüedad los ladrones que buscaban tesoros le causaran algunos daños y que también sufriera ataques de insectos; sin embargo, por su estado parece que entonces se encontraba en un entorno mucho más favorable que aquel en el que se halla actualmente.
Durante mi viaje en junio de 1975, las autoridades, siguiendo mi recomendación, dispusieron que la momia fuera examinada especialmente. El Dr. Al-Meligi y el Dr. Ramsés tomaron radiografías de la momia y consignaron sus opiniones basándose en ellas. El Dr. Mornialabi examinó el abdomen y, a través de una abertura cercana a la garganta, examinó el interior del tórax. Gracias a ello, pudimos observar detenidamente el estado interno del cuerpo y fotografiarlo. Además, el profesor Sikaldi inició un examen médico y forense general. Tras examinar con el microscopio los fragmentos de la cubierta que se desprendieron espontáneamente del cuerpo de la momia, se completará todo el procedimiento. El profesor Minot y el Dr. Dorigán llevarán a cabo este examen.
Cuando esta obra fue enviada a la imprenta (primera edición francesa, noviembre de 1975), el proceso de examen aún no había concluido. Por consiguiente, no es posible consignar aquí sus resultados.
Sin embargo, ya ha sido posible determinar que hay marcas de lesiones en diversos lugares de los huesos y que, en ciertos puntos, faltan partes de ellos. Aún no ha sido posible determinar si este estado se produjo antes o después de la muerte del Faraón. Su muerte pudo deberse, conforme al relato de las Escrituras, a ahogamiento, o a un trauma psicológico mortal causado por el terror en el instante previo a hundirse, o a una combinación de ambas causas.
Las dificultades de conservación de la momia descritas anteriormente, y especialmente el deterioro de los huesos, pueden volverse cada vez más complejas. Por ello, si no se adoptan de inmediato medidas mejores para prevenir la degradación y conservarla, probablemente no será posible mantener la momia intacta durante mucho tiempo. Es necesario recordar que esta momia es el testimonio y la prueba de que la muerte del Faraón y la recuperación de su cadáver durante el gran éxodo ocurrieron por mandato de Allah. Por tanto, es especialmente necesario procurar que, con el paso del tiempo, este testimonio y esta prueba no se pierdan.
Conservar los vestigios históricos es un deber natural del ser humano. Sin embargo, en el caso de esta momia, ese deber se ha revelado mucho más grande y amplio. Esto se debe a que esta momia constituye la presencia tangible del cadáver de un hombre que conoció a Moisés, rechazó su guía, lo persiguió durante su huida y perdió la vida en el proceso. Y, según el relato del Corán, su cadáver fue protegido de la destrucción por orden de Allah para que fuera una señal para las generaciones posteriores.
Al igual que la momia de Merenptah, también se ha examinado recientemente la momia de Ramsés II, otro testigo ocular de la historia de Moisés. En este caso también es necesario adoptar medidas de protección y conservación del mismo tipo.
[Nota del traductor inglés: Después de recibir los resultados de los exámenes realizados en El Cairo en 1975, el autor, el doctor Maurice Bucaille, los presentó a comienzos de 1976 en las reuniones de varias sociedades científicas francesas, incluida la Academia Nacional de Medicina. Basándose en la información obtenida en estos exámenes, el Gobierno de Egipto decidió enviar a Francia la momia de Ramsés II para su estudio médico. Conforme a ello, la momia llegó a París el 26 de septiembre de 1976.]
Quienes buscan datos modernos en apoyo de la veracidad de los relatos de las escrituras religiosas podrán ver, con solo visitar la Sala de las Momias Reales del Museo Egipcio de El Cairo, una representación real de los versículos del Corán relativos al cadáver del Faraón.
El Corán, los hadices y el conocimiento moderno
En el islam, el Corán no es la única fuente de normas y preceptos. Durante la vida de Muhammad (s. a. s.) y después de su muerte, se buscaron en sus palabras y actos informaciones complementarias de carácter normativo.
Aunque desde el principio existió la práctica de transmitir los hadices por escrito, muchos también llegaron mediante la transmisión oral. Quienes recopilaron y reunieron los hadices investigaron detalladamente los acontecimientos del pasado antes de ponerlos por escrito y trabajaron arduamente para determinar la información exacta. En todas las compilaciones fiables de las palabras del Profeta aparecen continuamente los nombres de todos los transmisores posteriores, comenzando por el nombre de quien oyó primero aquella declaración de un miembro de su familia o de uno de sus sahaba, es decir, sus compañeros; y solo este hecho demuestra la dedicación, la honestidad y el esfuerzo de los recopiladores.
De este modo se recopilaron muchas palabras y actos de Muhammad (s. a. s.). Estos son conocidos como hadices. La palabra hadiz significa «dicho», pero también es costumbre denominar hadices a los relatos de sus actos.
En las décadas posteriores al fallecimiento de Muhammad (s. a. s.) se publicaron algunas recopilaciones de este tipo. Algunas recopilaciones importantes se publicaron incluso doscientos años después. La información y los relatos más exactos y fiables se encuentran en las recopilaciones llamadas al-Bujari y Muslim, y estas dos recopilaciones también se publicaron doscientos años después del fallecimiento de Muhammad (s. a. s.). Recientemente, el doctor Muhammad Muhsin Khan, de la Universidad Islámica de Medina, preparó una recopilación bilingüe árabe-inglés de esta colección (editor: Sh. M. Board Mills (Conversion) Limited y Talim-ul-Quran Trust, acantonamiento de Gujranwala, Pakistán. Sahih al-Bujari, primera edición, 1971). Después del Corán, la recopilación de Bujari suele considerarse generalmente la más fiable. Houdas y Marçais tradujeron esta recopilación al francés con el título «Les traditions islamiques» («Tradiciones islámicas») entre 1903 y 1914. Gracias a ello, los hadices se hicieron comprensibles para quienes no saben árabe. Sin embargo, es necesario adoptar ciertas precauciones respecto de esta traducción francesa y de algunas traducciones realizadas por europeos. Contienen ciertos errores y falsedades que no se deben a la traducción, sino a la interpretación. En algunos casos, el significado del hadiz correspondiente se modificó de tal manera que se introdujo en la traducción una idea ausente del hadiz original.
En cuanto a las fuentes, se observa una semejanza entre ciertos hadices y los Evangelios. Consiste en que ninguno de los recopiladores fue testigo presencial de los hechos relatados y escribieron sus relatos mucho tiempo después de que ocurrieran. Al igual que los Evangelios, no todos los hadices fueron aceptados como exactos. Solo un pequeño número obtuvo, en términos generales, la aprobación de los especialistas. Por ello, fuera de al-Muwatta, Sahih Muslim y Sahih al-Bujari, se observa que en una misma obra, junto a hadices aprobados como exactos, también aparecen otros que son dudosos o incluso directamente rechazables.
Aunque en tiempos modernos se han planteado muchas preguntas sobre los Evangelios canónicos, las autoridades superiores del cristianismo nunca cuestionaron su exactitud. En cambio, ya en los primeros tiempos del islam, los especialistas sometieron a una crítica detallada incluso los hadices considerados más exactos. Por supuesto, nadie ha cuestionado jamás el texto original, el Corán, que constituye la piedra de toque para juzgar.
He intentado profundizar personalmente en la literatura de los hadices para examinar cómo Muhammad (s. a. s.) expresó, fuera de la revelación escrita, aquellos asuntos sobre los que posteriormente se obtuvieron explicaciones e información gracias al progreso científico. Aunque Sahih Muslim es exacto, para mi examen elegí al-Bujari, considerado el más exacto. Siempre he procurado recordar que quienes recopilaron los hadices tuvieron que depender parcialmente de las transmisiones orales de otras personas y consignaron esos relatos junto con los errores o la exactitud de los transmisores. De este modo, los hadices escritos, cuando muchas personas transmiten un hadiz sobre el mismo asunto, son indudablemente exactos. (En la obra Sahih Muslim, los hadices de primera categoría se denominan zanni o dudosos, y los de segunda categoría, qati o exactos.)
He comparado las descripciones de los hadices con las conclusiones a las que llegué al comparar el Corán con la ciencia moderna. El resultado es muy decepcionante. Frente a la ciencia, las descripciones del Corán siempre resultan exactas. Pero, en esencia, las descripciones de los hadices sobre cuestiones científicas parecen dudosas frente a los datos científicos. Aquí, por supuesto, solo he examinado los hadices relacionados con la ciencia.
En el caso de los hadices explicativos de algunos versículos del Corán, en ciertos casos se han ofrecido interpretaciones que en la época actual no son en absoluto aceptables.
Ya hemos observado la importancia y el significado particular de la descripción del Sol en el versículo 38 de la sura Yasin. En ese versículo se dice: «El Sol gira dentro de su órbita determinada». Sin embargo, un hadiz explica este asunto de la siguiente manera: «Al ponerse, el Sol… llega debajo del Trono, se postra y pide permiso para volver a salir; se le concede el permiso, y llegará un día en que se disponga a postrarse… Volverá a pedir permiso para seguir su propio curso (salir)… entonces se le ordenará regresar por el camino por el que vino, y saldrá por el oeste…» (Sahih al-Bujari, Kitab bad’ al-jalq o Libro del comienzo de la creación, tomo IV, p. 283, parte 54, capítulo cuarto, n.º 421). El texto original es ambiguo y difícil de traducir. Sin embargo, el relato alegórico contenido en esta descripción da la idea de que el Sol gira alrededor de la Tierra. Esta idea contradice los descubrimientos científicos modernos. Por lo tanto, la autenticidad de este hadiz es dudosa.
En ese mismo libro (Sahih al-Bujari, Kitab bad’ al-jalq o Libro del comienzo de la creación, tomo IV, p. 283, parte 54, capítulo sexto, n.º 430), las etapas del desarrollo del embrión en el útero materno se expresan en términos de tiempo. Se indican cuarenta días para que se clasifiquen los elementos del cuerpo humano, otros cuarenta días para la etapa de «lo que se adhiere» y un tercer período de cuarenta días para la etapa de «carne masticada». Después, una vez que su destino ha sido determinado mediante la intervención de los ángeles, se insufla en él el espíritu. Esta descripción del desarrollo del embrión no coincide con los datos científicos.
Aparte de un único comentario sobre el posible uso de la miel como ayuda para la curación (sin mencionar el nombre de la enfermedad) (sura An-Nahl, versículo 69), el Corán no ofrece en absoluto consejos sobre el tratamiento de las enfermedades. En cambio, los hadices ofrecen consejos y recomendaciones detallados sobre este tema. Una sección completa del Sahih al-Bujari (la parte 76) está dedicada a los medicamentos. Esta sección abarca las páginas 62 a 91 del tomo IV en la traducción francesa de Houdas y Marçais, y las páginas 395 a 452 del tomo VII en la edición bilingüe árabe-inglesa del doctor Muhammad Muhsin Khan. No cabe duda de que en esta extensa descripción hay muchos hadices basados en suposiciones. Sin embargo, esta descripción tiene cierta importancia: ofrece una idea de las nociones que podían sostenerse en aquella época en diversos campos de la medicina. A esto pueden añadirse también todos los hadices pertinentes sobre medicina que aparecen en otros capítulos de Al-Bujari.
Del mismo modo, encontramos descripciones relacionadas con el mal de ojo, la posesión por los espíritus y los exorcismos. Por supuesto, en este asunto está prohibido utilizar el Corán a cambio de dinero. Un hadiz afirma que cierto tipo de dátiles sirve como protección contra la magia y que se puede emplear magia contra las serpientes venenosas. Sin embargo, hay que recordar a este respecto que, cuando no existían los medicamentos ni la posibilidad de utilizarlos adecuadamente, era natural que se practicaran diversos remedios caseros. La sangría, las cauterizaciones, afeitarse la cabeza a causa de una infestación de piojos y el uso de leche de camella y de diversos animales y plantas eran bastante populares. Para detener la hemorragia, se quemaba una estera de hojas de palma y se aplicaban sus cenizas sobre la herida. En situaciones urgentes se actuaba a la luz de la inteligencia y la experiencia de aquella época. Sin embargo, recomendar beber orina de camello probablemente no era una práctica muy acertada.
Hoy resulta difícil aceptar como correctas las afirmaciones que se encuentran en los hadices sobre diversas enfermedades. Pueden darse algunos ejemplos:
El origen de la fiebre: «La fiebre proviene del calor del infierno». Hay cuatro narraciones que respaldan esta afirmación (Al-Bujari, Kitab at-Tibb, tomo VII, capítulo 28, p. 416).
-Cada enfermedad tiene un remedio: «Alá no ha creado ninguna enfermedad sin crear también su remedio» (la misma obra, capítulo 1, página 395).
Esta idea se explica mediante el ejemplo del hadiz sobre las moscas: «Si una mosca cae en un recipiente, sumérgela por completo, porque en una de sus alas hay enfermedad y en la otra hay remedio» (la misma obra, capítulos 15-16, páginas 452-453, y Kitab al-Bad’ al-Jalq, parte 54, capítulos 15-16).
-La mirada de una serpiente provoca un aborto (también puede causar ceguera). (La misma obra, Kitab al-Bad’ al-Jalq, tomo cuarto, capítulos 13-14, páginas 333-334).
-Sangrado entre dos períodos menstruales: sobre este tema hay un hadiz (la misma obra, Kitab al-Hayd, tomo sexto, parte 6, capítulos 21 y 28, página 490). En un hadiz se ofrece una breve descripción de la hemorragia y se dice que la sangre proviene de un vaso sanguíneo. Otro hadiz menciona que una mujer padeció esa enfermedad durante siete años; no es posible saber qué fundamento había para determinar la causa de esa manera. Sin embargo, quizá la causa fuera correcta. Esta enfermedad se conoce como metrorragia.
-Las enfermedades no son contagiosas: además de las descripciones generales sobre este tema (la misma obra, Kitab al-Tibb, tomo séptimo, parte 76, capítulos 19, 25, 30, 31, 53 y 45), se mencionan varias enfermedades específicas: la lepra (página 408), la peste (páginas 418 y 422) y la sarna de los camellos (página 447). Pero, aunque se afirma que no son contagiosas, también se aconseja no acudir a las zonas afectadas por la peste y mantenerse alejado de los leprosos.
Por esta razón, es posible llegar a la conclusión de que existen algunos hadices que no son aceptables desde el punto de vista científico. También hay motivos para dudar de la autenticidad de este tipo de hadices. No obstante, es necesario mencionarlos. Al compararlos con los versículos del Corán citados anteriormente, se comprobó que en los versículos coránicos no hay una sola palabra equivocada ni una sola descripción incorrecta. Evidentemente, esta observación es sumamente importante.
Conviene recordar a este respecto que, después de la muerte del Profeta, había dos fuentes para obtener orientación de sus enseñanzas: el Corán y los hadices.
-La primera fuente era el Corán. Muchos musulmanes lo habían memorizado por completo y, al igual que el Profeta, lo recitaban innumerables veces. Además, el Corán ya existía en forma escrita. En efecto, durante la vida del Profeta, incluso antes de la Hégira (en 622 d. C., es decir, diez años antes de la muerte del Profeta), ya había comenzado a ponerse por escrito.
-La segunda fuente son los hadices. Los colaboradores cercanos del Profeta (los sahaba) y otros musulmanes que habían presenciado directamente sus actos y escuchado sus palabras conservaban esos asuntos en la memoria y, al difundir la nueva doctrina, además del Corán, se apoyaban en sus propios recuerdos.
Después del fallecimiento del Profeta, se recopilaron y compilaron el Corán y los hadices. Los hadices se recopilaron por primera vez aproximadamente cuarenta años después de la Hégira. La primera recopilación del Corán se completó antes, durante el califato de Abu Bakr, y especialmente durante el de Uthmán. El califa Uthmán, durante su califato —entre doce y veinticuatro años después del fallecimiento del Profeta—, publicó una lectura autorizada del Corán.
Queremos hacer especial hincapié y conceder gran importancia a la diferencia que existe entre el Corán y los hadices desde el punto de vista de sus características temáticas y literarias. Ni siquiera se puede imaginar una comparación entre el estilo del Corán y el de los hadices. Además, cuando se considera su contenido a la luz de los descubrimientos científicos modernos, uno queda atónito ante las diferencias y contradicciones entre ambos. Espero haber podido demostrar que:
-Por una parte, aunque la descripción del Corán a menudo parezca muy sencilla, contiene significados e informaciones que posteriormente han sido o serán descubiertos mediante la investigación científica.
-Por otra parte, aunque ciertas narraciones de los hadices fueran plenamente coherentes con las ideas de aquella época, actualmente se ha establecido que no son aceptables desde el punto de vista científico. Esta situación no se observa en aquellos hadices cuya autenticidad respecto a los principios y preceptos islámicos no ofrece ninguna duda.
A este respecto, cabe señalar especialmente que la actitud que Mahoma (la paz sea con él) mantenía hacia el Corán no era la misma que mantenía hacia sus propias palabras. Declaró que el Corán era la palabra de Alá. Ya hemos visto que durante un largo período de veinte años clasificó las suras y los versículos del Corán con el máximo cuidado y atención. El Corán ya había sido puesto por escrito durante su vida, muchas personas lo habían memorizado y se recitaba constantemente en la oración. En cambio, los hadices se presentan esencialmente como relatos de sus actos y opiniones personales. Él no dejó ninguna instrucción al respecto: cualquiera que quisiera podía buscar en sus palabras y actos ejemplos para su conducta personal y también difundirlos. Él mismo no dejó dicho nada sobre este asunto.
Dado que solo un número muy reducido de hadices refleja el pensamiento del propio Mahoma (la paz sea con él), en los demás hadices, especialmente en los relacionados con los diversos temas mencionados aquí, se refleja claramente el pensamiento de las personas de su época. Basta compararlos con el Corán para comprender fácilmente cuán alejados están esos hadices dudosos o falsificados. De esta comparación surge una diferencia muy clara —si es que realmente hace falta señalarla—: en los hadices, es decir, en las obras de aquella época, hay muchos datos y relatos científicamente erróneos; en cambio, en el Corán, el libro revelado puesto por escrito, no hay error alguno.
Desde el punto de vista religioso, la autenticidad de los hadices es indudable. Pero, en el caso de los hadices sobre asuntos mundanos, no hay ninguna diferencia respecto al Profeta. En un hadiz se narran así las propias palabras de Mahoma (la paz sea con él): «Si doy alguna orden sobre asuntos religiosos, cumplidla; pero si doy una orden basándome en mi propio criterio, recordad que no soy más que un ser humano». Al-Sarakhsi escribió este relato en sus Principios (Al-Usul) de la siguiente manera: «Si os comunico algo relacionado con vuestra religión, actuad conforme a ello; pero si os comunico algo relacionado con los asuntos de este mundo, vosotros conocéis mucho mejor vuestros propios asuntos mundanos».
Conclusión general
Al llegar a la parte final de esta obra, ha quedado muy claro que la idea actualmente predominante en Occidente sobre las diversas escrituras religiosas en uso no se ajusta en absoluto a la realidad. Hemos visto las circunstancias, las épocas y las formas en que fueron recopilados y escritos los relatos y materiales del Antiguo Testamento, el Evangelio y el Corán. Las circunstancias en que estos tres libros revelados fueron compilados son completamente diferentes entre sí, y esta diferencia influyó enormemente en la exactitud de sus textos y en algunas de sus características temáticas.
El Antiguo Testamento contiene numerosas obras literarias escritas a lo largo de casi novecientos años. Las numerosas composiciones fragmentarias e independientes que contiene fueron modificadas por manos humanas durante distintos siglos. En algunos casos, se añadieron nuevas composiciones a otras ya existentes. Por ello, ahora resulta muy difícil determinar cuál es el origen de cada composición.
Se intentó transmitir a la gente, mediante los Evangelios que contienen relatos de las palabras y los actos de Jesús, la enseñanza que él quiso dejar al completar su misión en este mundo. Pero, por desgracia, los autores de los Evangelios no fueron testigos directos de los datos y acontecimientos que escribieron. Se limitaron a registrar las noticias y relatos sobre la vida de Jesús que circulaban en diversas comunidades judías y cristianas, basándose en tradiciones orales y en algunas obras que hoy han desaparecido. Es decir, no recopilaron información directamente de la fuente original, sino que dependieron de relatos de segundo y tercer grado.
Ahora debemos considerar las escrituras judías y cristianas desde esta perspectiva y, en aras de la objetividad, rechazar por completo las antiguas doctrinas que sostienen los especialistas religiosos judíos y cristianos.
La abundancia de fuentes tuvo como consecuencia natural la aparición de contradicciones internas y mutuas, de las que ya hemos mencionado muchos ejemplos. Al escribir sobre Jesús, los autores de los Evangelios mostraron exactamente la misma tendencia a exagerar que los poetas franceses medievales en sus poemas narrativos. Como resultado, cada acontecimiento fue presentado desde la perspectiva particular del autor correspondiente, y los pocos datos sobre el conocimiento moderno que aparecen en las mencionadas escrituras judías y cristianas deben examinarse con el máximo rigor.
Si se juzga la cuestión desde este trasfondo, la verdadera causa de las contradicciones, las improbabilidades y las incoherencias se descubre con suma facilidad. Cuando los cristianos comprenden esta situación, se quedan muy sorprendidos. Se sorprenden aún más cuando, después de haber permanecido fascinados y deslumbrados durante tanto tiempo por los juegos de palabras, las argucias lógicas y la retórica poética que los comentaristas cristianos han empleado para ocultar los resultados de los descubrimientos modernos, llegan a comprenderla. En este contexto, pueden mencionarse las dos genealogías de Jesús relatadas por Mateo y Lucas, respectivamente. Cabe recordar que estas dos genealogías se contradicen entre sí y son inaceptables desde el punto de vista científico. Ya se han descrito muchos otros ejemplos semejantes, capaces de asombrar a los cristianos. Conviene señalar que hemos prestado algo más de atención al Evangelio de Juan porque presenta muchas diferencias importantes con los otros tres Evangelios. En particular, el Evangelio de Juan no contiene ningún relato de la ceremonia de la Eucaristía, algo que muchas personas desconocen.
La historia de la revelación del Corán es completamente distinta de la historia correspondiente de las otras dos escrituras religiosas. El Corán fue revelado a lo largo de aproximadamente veinte años, y cada vez que el ángel Gabriel comunicaba a Muhammad ﷺ la parte que debía transmitirle, los creyentes la memorizaban inmediatamente. Además, fue puesto por escrito durante la vida de Muhammad ﷺ. Durante el califato de Uthmán, la recopilación definitiva y final del Corán se completó entre los doce y los veinticuatro años posteriores al fallecimiento del Profeta. Quienes habían memorizado el Corán en el momento de su revelación y después lo recitaban diariamente durante la oración fueron quienes revisaron aquella recopilación. Ahora sabemos que, desde entonces, el Corán se ha conservado correctamente y sin alteración. Nunca se ha planteado ninguna duda sobre su autenticidad.
El Corán comienza allí donde terminan los dos Libros celestiales que lo precedieron. No hay contradicción alguna en la exposición de este Libro, ni se encuentra en él ningún indicio de intervención o alteración humana en su texto, como se observa en el caso del Evangelio. Al examinarlo objetivamente, se percibe con suma facilidad una característica compositiva única en todo el Corán. Y al examinarlo desde una perspectiva científica, se verá que la información y las descripciones del Corán concuerdan plenamente con los descubrimientos científicos modernos. Además, el Corán contiene descripciones científicas —como ya hemos visto— que resulta inconcebible atribuir a una persona de la época de Muhammad (s.a.w.). Por ello, con ayuda del conocimiento científico moderno, podemos comprender el significado de los versículos coránicos que hasta ahora ha sido posible interpretar.
Al comparar las descripciones de la Biblia y el Corán sobre un mismo tema, se percibe con suma facilidad una diferencia fundamental. Las descripciones bíblicas no son en absoluto aceptables desde el punto de vista científico, mientras que las descripciones coránicas concuerdan plenamente con los datos científicos. Como ejemplo, pueden mencionarse la creación primordial y el Diluvio. Sin embargo, en lo referente a la historia del Éxodo se observa una importante coincidencia entre la descripción bíblica y la coránica, y esta coincidencia concuerda plenamente con los datos arqueológicos modernos para determinar la época de Moisés. A excepción de esta coincidencia, existen diferencias importantes entre la Biblia y el Corán en todos los demás aspectos. La acusación, formulada sin ninguna prueba, de que Muhammad (s.a.w.) escribió el Corán copiando la Biblia queda directamente demostrada como infundada por estas diferencias.
Al comparar las descripciones sobre cuestiones científicas contenidas en los hadices con las del Corán, la diferencia se manifiesta de forma tan evidente que la posibilidad de que ambos procedan de una misma fuente queda inmediatamente descartada.
Es posible que estos hadices hayan sido atribuidos a Muhammad (s.a.w.) como si fueran palabras suyas, pero existen razones para albergar serias dudas sobre la veracidad de tal afirmación. Sin embargo, puede suponerse que este tipo de hadices reflejaba las ideas y concepciones generales de aquella época.
Si se juzga a la luz del nivel alcanzado por el desarrollo del conocimiento humano en la época de Muhammad (s.a.w.), resulta absolutamente imposible considerar que las descripciones científicas del Corán fueran obra de un ser humano. Por tanto, no solo es razonable considerar el Corán como una revelación de la wahy, sino que, debido a la garantía de su autenticidad dada por el propio Corán y al hecho de que sus descripciones científicas no pueden recibir ninguna explicación humana, también es razonable otorgar a este Libro un lugar de especial dignidad.
— Fin —

