La realidad de la fe

La necesidad del conocimiento para ser musulmán

Todo musulmán sabe bien que, en este mundo, el islam es una de las mayores bendiciones de Allah Altísimo. Todo musulmán da gracias a Allah porque Él lo creó como miembro de la comunidad de Hazrat Muhammad Mustafa —que Allah le bendiga y le conceda la paz— y le otorgó una bendición tan grande como el islam. Más aún, el propio Allah Altísimo ha declarado que el islam es la mayor y más excelente bendición para la humanidad. Dijo:

الْيَوْمَ أَكْمَلْتُ لَكُمْ دِينَكُمْ وَأَتْمَمْتُ عَلَيْكُمْ نِعْمَتِي وَرَضِيتُ لَكُمُ الْإِسْلَامَ دِينًا ۚ

«Hoy he perfeccionado para vosotros el código de obediencia (el código de vida), he completado Mi bendición sobre vosotros y he elegido el islam como vuestro código de vida». (Sura Al-Maida: 3)

Es un deber ineludible de los musulmanes cumplir con el debido derecho de la gracia que Allah Altísimo les ha concedido. Pues quien no cumple con el debido derecho de la bondad que otro le ha mostrado es sumamente ingrato. Y la mayor ingratitud consiste en olvidar esta inmensa bondad de Allah Altísimo hacia la humanidad. Ahora bien, si me preguntáis cómo puede cumplirse el debido derecho de la gracia de Allah Altísimo, os responderé que, puesto que Allah Altísimo os creó como miembros de la comunidad de Hazrat Muhammad Mustafa —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, ese derecho se cumplirá cuando logréis seguirlo plena y sinceramente. Puesto que Allah Altísimo os creó como parte de la nación musulmana, para cumplir con el debido derecho de Su gracia y misericordia debéis ser musulmanes sinceros. Fuera de esto, no podéis cumplir de ninguna otra forma ni por ningún otro medio el «derecho» de este gran favor que Él os ha concedido. Y si no podéis o no queréis cumplir este «derecho», seréis grandes culpables por vuestra ingratitud. Que Allah nos proteja a todos de este gran pecado. Amén.

Después, si me preguntáis cómo se puede llegar a ser un musulmán completo, la respuesta será muy extensa y larga. En este libro iré explicando gradualmente, en detalle, cada una de sus partes. Primero hablaré de un asunto que todos necesitan antes que nada para ser musulmanes y que puede llamarse el primer paso en el camino para llegar a ser musulmán.

Pensad por un momento, con calma, en el significado de la palabra «musulmán», que usáis constantemente. ¿Acaso el ser humano trae consigo la religión del islam desde el vientre de su madre? ¿Se llega a ser musulmán por ser hijo o nieto de un musulmán? Del mismo modo que el hijo de un brahmán es brahmán, el hijo de un chaudhury es chaudhury y el hijo de un shudra es shudra, ¿puede alguien ser musulmán simplemente por ser hijo de una persona llamada musulmana? ¿Es «musulmán» el nombre de un linaje o de una clase? Así como quien nace entre los ingleses es inglés y quien nace en el linaje de los chaudhury es chaudhury, ¿serán llamados musulmanes los musulmanes simplemente por haber nacido en el linaje de una nación llamada «musulmana»? En respuesta a todas estas preguntas, ¿no diréis acaso que «no», que no se llama musulmán a cualquiera? Nadie nace musulmán desde el vientre de su madre; más bien, se llega a ser musulmán al aceptar el islam, y al abandonar el islam la persona deja de ser musulmana: queda completamente excluida de la sociedad musulmana. Cualquier persona —sea brahmán o pathán, inglesa o estadounidense, bengalí o habshi— será considerada musulmana en cuanto acepte el islam. Pero quien, aun habiendo nacido en la sociedad «musulmana», no observe las reglas, normas y disposiciones del islam, no puede ser considerado musulmán; no importa que sea hijo de un sayyid o hijo de un pathán.

De la respuesta a mis preguntas anteriores se supo que la gran bendición de Allah Ta‘ala, la bendición de ser musulmán que ustedes han recibido, no es algo congénito; no pueden obtenerla simplemente al nacer del vientre de su madre, ni es algo que permanecerá unido a ustedes por sí solo durante toda la vida, le presten atención o no. Es una bendición que se alcanza mediante el esfuerzo; para obtenerla deben esforzarse debidamente. Si la alcanzan mediante el esfuerzo y la perseverancia, entonces podrán poseerla; pero si no le prestan ninguna atención, quedarán privados de su belleza —¡que Allah nos proteja!—.

Por tanto, quedó demostrado que una persona se convierte en musulmana al aceptar el islam. Pero ¿qué significa aceptar el islam? ¿Acaso debemos considerar musulmán a cualquiera que grite con la boca: «Soy musulmán» o «Me he hecho musulmán»? ¿O acaso se puede llegar a ser musulmán pronunciando de memoria algunas palabras en árabe sin comprenderlas, del mismo modo que los brahmanes adoradores recitan ciertos mantras en sánscrito sin entenderlos? ¿Es ese el significado de aceptar el islam? En respuesta a esta pregunta, ¿no dirán ustedes que aceptar el islam no significa eso? Aceptar el islam significa comprender las enseñanzas y el sistema transmitidos por Hazrat Muhammad Mustafa, que Allah le bendiga y le conceda la paz, creer sinceramente en su verdad, adoptarlos como el único propósito y modelo de la vida, y actuar conforme a ellos; ese es el significado de aceptar el islam. Por consiguiente, quien no haga esto no podrá ser musulmán. De su respuesta se desprende que, en primer lugar, aceptar el islam consiste en conocerlo y comprenderlo, y después de comprenderlo, llevarlo a la práctica. Una persona puede ser brahmán sin saber nada, porque ha nacido en una familia de brahmanes y, por tanto, seguirá siendo brahmán; también puede ser chaudhury sin saber nada, puesto que ha nacido de un chaudhury y seguirá siendo chaudhury. Pero nadie puede ser musulmán sin conocer el islam, porque no se llega a ser musulmán simplemente por nacer de un musulmán: solo se llega a ser musulmán cuando se conoce y comprende el islam, se cree en él y se actúa conforme a él. Piensen: ¿cómo sería posible creer en las enseñanzas y el sistema de vida de Hazrat Muhammad Mustafa, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y actuar conforme a ellos sin conocerlos? Y, sin conocer, comprender ni creer, ¿cómo podría una persona hacerse musulmana? Por tanto, queda claro que es completamente imposible ser y permanecer musulmán en la ignorancia. Todos los que han nacido en hogares musulmanes, los que se identifican como musulmanes y afirman ser musulmanes, no son necesariamente musulmanes en realidad. En realidad, musulmán es quien sabe qué es el islam y, tras comprenderlo, ha creído conscientemente en su verdad. La diferencia entre el incrédulo y el musulmán no es una diferencia de nombres. Por tanto, no puede ser que una persona se llame Ramprasad y por eso sea hindú, mientras que otra se llame Abdullah y por eso sea musulmana. Además, la diferencia fundamental entre el incrédulo y el musulmán tampoco es simplemente la vestimenta. Por ello, no se puede considerar hindú a uno porque viste dhoti, ni musulmán a otro porque viste pijama o lungui. Más bien, la verdadera diferencia entre el musulmán y el incrédulo es la diferencia en el ilm, es decir, en el conocimiento, de ambos. Una persona es incrédula porque no sabe cuál es su relación con su Creador ni cuál es el camino correcto para vivir conforme a Su mandato. Pero si la condición de un hijo de musulmanes también es así, ¿en qué se distinguirá de un incrédulo? Y, al distinguir entre estos dos, ¿cómo dirán que uno es incrédulo y el otro musulmán? Es necesario reflexionar sobre estas cuestiones con mucha atención y serenidad. Obtener y conservar la gran bendición de Allah Ta‘ala por la que ustedes le dan las gracias depende enteramente del ilm o conocimiento. Sin ilm o conocimiento, una persona no puede obtenerla; e incluso si obtiene una pequeña parte, conservarla resulta muy difícil. Siempre permanece arraigado en su mente el temor de perderla y una inquietud constante. Una clase de personas se considera musulmana aunque no lo sea; la única causa de ello es su ignorancia. Quien no sabe en absoluto cuál es la diferencia entre el islam y el kufr, ni entre el islam y el shirk, es como un viajero que recorre un camino sumido en la oscuridad: mientras avanza por la línea recta, no sabrá cuándo sus pies resbalarán por sí solos o cuándo se desviará hacia otro camino. Mientras recorre el camino de la vida, tampoco se dará cuenta de cuándo se ha apartado del camino recto. Incluso puede suceder que, en el trayecto, un Satanás embaucador se acerque y le diga: «Señor, te has perdido en la oscuridad; ven conmigo, yo te llevaré a tu destino». Cuando el pobre viajero de la oscuridad no puede ver con sus propios ojos el camino recto y correcto, precisamente por su ignorancia pondrá su mano en la mano de algún Dajjal y comenzará a seguirlo; entonces no habrá límite ni certeza sobre de dónde lo desviará y adónde lo llevará. Se ha enfrentado a un peligro tan grande porque no tiene luz propia y no puede ver, reconocer ni seguir por sí mismo la línea del camino. Pero si tiene luz, no perderá el camino, y nadie podrá extraviarlo ni llevarlo por una senda equivocada. Por ello pueden comprender cuán grande es el peligro para un musulmán de ser ignorante respecto al islam y de no conocer bien las normas presentadas por el Sagrado Corán ni las enseñanzas transmitidas por Hazrat Muhammad Mustafa, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Debido a esta ignorancia, él mismo puede extraviarse y otro Dajjal puede conducirlo al peligro. Pero si posee la luz del conocimiento, podrá ver el camino recto del islam en cada aspecto y a cada paso de la vida. Podrá reconocer y evitar los caminos torcidos y las acciones prohibidas —como el kufr, el extravío, el pecado, la zina, lo haram y otras— que se presenten ante él. Y si algún extraviador se acerca a él, podrá reconocerlo con solo escuchar unas pocas palabras suyas. Comprenderá claramente que ese hombre es un extraviador y que de ningún modo debe seguirlo.

La condición de musulmanes, y de permanecer musulmanes, de ustedes y de sus hijos y descendientes depende enteramente del ilm o conocimiento que acabo de mencionar. No es algo ordinario, ni se puede descuidar. El campesino no es perezoso en las labores de su campo; no es negligente al llevar agua a los cultivos ni al proteger la cosecha, y no descuida dar hierba y forraje a sus vacas y terneros. Porque si es perezoso en estos asuntos, corre el riesgo de morir de hambre y perder la vida. Pero, si ser y permanecer musulmán depende del conocimiento, ¿por qué la gente es tan negligente en adquirirlo? ¿Acaso no existe el temor de que se pierda una bendición tan querida y valiosa como el iman? ¿No es el iman más querido que la propia vida? Los musulmanes dedican tiempo y esfuerzo a proteger sus vidas; ¿acaso no pueden dedicar a la protección del iman ni siquiera una décima parte de ello?

No estoy diciendo que cada uno de ustedes vaya a convertirse en un maulaví, ni que, después de leer grandes libros y dedicar diez o doce años de su vida únicamente al estudio, vaya a convertirse en un gran ulema. Para ser musulmán no es necesario estudiar tanto ni obtener un título importante. Solo quiero decirles que, de las veinticuatro horas del día y la noche, dediquen apenas una hora a aprender conocimiento religioso (ciencia islámica). Como mínimo, todo musulmán —niño, joven o anciano— debe adquirir el conocimiento necesario para saber con qué propósito fue revelado el Sagrado Corán, comprenderlo correctamente y asimilarlo profundamente. También podrá conocer cabalmente aquello que el honorable Muhammad Mustafa, que Allah le conceda bendiciones y paz, vino a eliminar de las injustas supersticiones y lo que vino a establecer en su lugar, así como familiarizarse bien con las normas especiales que Allah ha establecido para la vida de las personas. No hace falta mucho tiempo para adquirir este conocimiento, y si la fe es realmente algo querido para alguien, dedicarle solamente una hora no le resultará en absoluto difícil.

La diferencia fundamental entre el musulmán y el incrédulo

Todo musulmán sabe ciertamente que la dignidad y el honor de una persona musulmana son muy superiores a los de una persona incrédula. Allah prefiere al musulmán y desaprueba al incrédulo. Los pecados del musulmán serán perdonados, mientras que los delitos del incrédulo no tienen perdón. El musulmán irá al Paraíso y el incrédulo al Infierno. Sin embargo, es necesario reflexionar un poco más profundamente sobre por qué existe una diferencia tan grande entre el musulmán y el incrédulo.

Así como los incrédulos son descendientes del honorable Adán, la paz sea con él, también lo son los musulmanes. Del mismo modo que los musulmanes son seres humanos, los incrédulos también lo son. Al igual que los musulmanes, tienen manos, pies, ojos y oídos. También respiran el aire de esta tierra, viven sobre este suelo y comen sus alimentos. Nacen y mueren igual que los musulmanes. El mismo Allah que creó a los musulmanes también los creó a ellos. Entonces, ¿por qué los musulmanes ocuparán una posición elevada y ellos una posición inferior? ¿Por qué el musulmán irá al Paraíso y ellos serán arrojados al Infierno? Es necesario reflexionar especialmente sobre esto. Algunos musulmanes se llaman Abdullah, Abdur Rahman o nombres semejantes; por eso son musulmanes. A otras personas se les han dado nombres como Dinanath, Tara Singh, Robertson y otros, y por eso son incrédulos; o los musulmanes se circuncidan y ellos no; los musulmanes comen carne de vaca y ellos no: solo por estas cosas no puede existir una diferencia tan enorme entre unas personas y otras. Puesto que Allah creó a todos los seres humanos y los sustenta a todos, jamás podría cometer una injusticia tan grande. Por tanto, no puede ser de ningún modo que, por asuntos tan insignificantes, establezca una diferencia tan enorme entre las personas y arroje sin motivo al Infierno a una clase de seres humanos creados por Él mismo.

Si realmente no es así, debemos reflexionar para descubrir cuál es la verdadera diferencia entre ambos. En realidad, la diferencia esencial entre ellos es únicamente la incredulidad y el islam. El islam significa obedecer a Allah, mientras que la incredulidad significa negar a Allah, desobedecerlo y rebelarse contra Él. Tanto el musulmán como el incrédulo son seres humanos; ambos son criaturas de Allah y esclavos sometidos a Su mandato. Pero uno de ellos es superior al otro porque reconoce a su verdadero Señor, cumple Sus órdenes y teme las dolorosas consecuencias de desobedecerlo. El otro, en cambio, no reconoce a su Señor, no teme las dolorosas consecuencias de desobedecerlo y no cumple Sus órdenes; por eso cae en la perdición. Por esta razón, Él está disgustado con los musulmanes, ha prometido admitir al musulmán en el Paraíso y ha amenazado con arrojar al incrédulo al Infierno.

Con esto queda claro que al musulmán se lo distingue del incrédulo sobre la base de solo dos cosas: primero, el conocimiento; segundo, las obras. Es decir, todo musulmán debe saber ante todo quién es su verdadero Dueño. Después de conocer detalladamente qué le agrada y qué le desagrada, debe hacerse completamente obediente a su verdadero Dueño, seguir Su voluntad y abandonar su independencia y arbitrariedad. Si su corazón desea algo contrario a la voluntad del «Dueño», no escuchará lo que le dicta su corazón, sino que escuchará al «Dueño». Si una acción le parece buena, pero el Dueño no la considera buena, la considerará mala. Del mismo modo, si una acción le parece muy mala, pero el «Dueño» la considera buena, y si una acción le parece perjudicial para él, pero el «Dueño» le ordena realizarla, la llevará a cabo sin duda, por grande que sea el perjuicio para su vida y sus bienes. Y si considera que una acción le reportará beneficio, pero el «Dueño» le prohíbe realizarla, jamás la hará, aunque pudiera obtener con ella todas las riquezas del mundo. Precisamente por este conocimiento y estas obras el musulmán es un siervo querido por Allah. La misericordia de Allah desciende sobre él y Allah le concede honor. Pero el incrédulo no sabe nada de los asuntos mencionados y, debido a su falta de conocimiento, sus actos tampoco son conformes con ellos, porque es completamente ignorante respecto de Allah y un siervo desobediente Suyo. Como resultado, quedará privado de la gracia de Allah.

La conclusión de esta discusión es que quien se identifica como musulmán, pero es tan ignorante como un incrédulo y desobediente a Allah, no puede ser superior al incrédulo de ningún modo únicamente por las diferencias de nombre, vestimenta y alimentación, ni puede, por ninguna razón, tener derecho a la misericordia de Allah en este mundo ni en el Más Allá.

El islam no es el nombre de una nación, un linaje ni una comunidad. Por eso, no se obtiene automáticamente del padre al hijo ni del hijo al nieto. Aunque el hijo de un brahmán sea ignorante y carezca de carácter, solo por ser hijo de un brahmán recibe la dignidad de brahmán y es considerado de noble linaje. En cambio, aunque el hijo de un intocable sea sabio y virtuoso, sigue siendo bajo y despreciado, porque nació en la casa de una casta baja como la de los intocables. Pero en el islam no hay el menor lugar para tales distinciones de linaje o de clan. Aquí Allah ha declarado claramente en Su Sagrado Libro, el Corán:

اِنَّ اَكۡرَمَكُمۡ عِنۡدَ اللّٰهِ اَتۡقٰٮكُمۡ‌ؕ

«El más honrado ante Él es aquel de entre vosotros que más teme a Allah Ta’ala y que, más que todos, cumple Sus mandatos.»

Hazrat Ibrahim, alayhis-salam, nació en la casa de un idólatra; pero llegó a conocer a Allah Ta’ala y obedeció Sus mandatos. Por ello, Allah Ta’ala lo convirtió en líder o imán de todos los mundos. El hijo de Hazrat Nuh, alayhis-salam, nació en la casa de un profeta; pero, como no llegó a conocer a Allah Ta’ala, se volvió desobediente a Él. Por eso no se tuvo en cuenta la nobleza de su linaje. Además, el castigo que recibió puede servir de lección a todo el mundo. Por tanto, comprendan que toda diferencia que existe entre las personas ante Allah Ta’ala se debe únicamente al conocimiento y a las obras. En este mundo y en la otra vida, solo pueden recibir Su gracia quienes Lo conocen conforme a la guía que Él les ha dado y la siguen.

Pero quienes carecen de esta cualidad, se llamen Abdullah o Abdur Rahman, Dinanath o Tarasingh, no tienen ninguna diferencia entre sí ante Allah Ta’ala: ninguno de ellos puede tener derecho a recibir la gracia de Allah Ta’ala.

Los musulmanes se consideran musulmanes y creen que la misericordia de Allah Ta’ala desciende sobre los musulmanes. Pero abran un poco los ojos y observen: ¿está realmente descendiendo sobre ellos la gracia de Allah Ta’ala? Dejemos para después el asunto de la otra vida; es necesario observar por una vez la deplorable situación en la que se encuentran los musulmanes en este mundo.

Si el musulmán fuera realmente un siervo amado de Allah Ta’ala, ¿por qué esos seres amados de Allah serían humillados y despreciados de tantas maneras en este mundo? ¿Acaso Allah es injusto —¡Allah nos libre!—? Si el musulmán conociera el «derecho» de Allah Ta’ala y obedeciera Sus mandatos, ¿por qué haría Él que Sus siervos desobedientes gobernaran sobre los musulmanes? ¿Y por qué los castigaría a cambio de su obediencia? Allah Ta’ala ciertamente no es injusto, y la recompensa por obedecerle no es la humillación ni el castigo. Si esto se cree firmemente, habrá que admitir que existe algún defecto en la pretensión de los musulmanes de ser musulmanes. Sus nombres ciertamente están registrados como musulmanes en las oficinas gubernamentales; pero en la presencia de Allah Ta’ala no se juzgará según el certificado de esas oficinas gubernamentales. Allah Ta’ala tiene Su propio registro, y es completamente distinto. Por ello, es necesario averiguar si en Su registro los nombres de los musulmanes están escritos en la lista de Sus siervos obedientes o en la de los desobedientes. Allah Ta’ala ha enviado un Libro a los musulmanes, mediante cuya lectura pueden conocer al verdadero «Maalik»; pero ¿han hecho los musulmanes siquiera el menor esfuerzo por conocer lo que está escrito en ese Libro? Allah Ta’ala les envió un profeta, quien les enseñó los medios y las normas para ser musulmanes; pero ¿se han preocupado alguna vez por saber qué enseñanza impartió Su profeta al venir a este mundo? Allah Ta’ala les ha mostrado el camino para alcanzar el honor en este mundo y en la otra vida; pero ¿están recorriendo ese camino? Allah Ta’ala les ha explicado uno por uno los actos que humillan y deshonran a las personas en este mundo y en la otra vida; pero ¿han abandonado los musulmanes esos actos? ¿Cuál puede ser la respuesta a estas preguntas? Si se admite que, así como los musulmanes no han intentado adquirir ningún conocimiento del Libro de Allah Ta’ala, tampoco han seguido en lo más mínimo el camino que Él les mostró, ¿cómo llegaron a ser musulmanes y cómo pueden siquiera aspirar a una recompensa? Están recibiendo un resultado acorde con el tipo de musulmanes que afirman ser, y recibirán una recompensa del mismo tipo en la otra vida.

He dicho desde el principio que entre el musulmán y el incrédulo no existe ninguna diferencia aparte del conocimiento y las obras. Si el conocimiento y las obras de alguien son como los del incrédulo y, aun así, se presenta como musulmán, entonces hay que entender que no hay nadie más mentiroso que él. El incrédulo no lee el Sagrado Corán ni sabe qué está escrito en él. Pero si la situación del musulmán es precisamente esa, ¿con qué derecho se llamará musulmán? El incrédulo no sabe nada de la enseñanza que el Profeta Mustafa, sallallahu alayhi wa sallam, dejó para la gente del mundo, ni del camino recto que mostró para alcanzar la cercanía de Allah Ta’ala. Ahora bien, si el musulmán también es igualmente ignorante, ¿cómo se le puede llamar «musulmán»? El incrédulo no vive según la voluntad de Allah, sino según su propia voluntad; si el musulmán también se deja dominar por una arbitrariedad semejante, es igualmente indiferente e imprudente ante Allah y se convierte en esclavo obediente de sus propios deseos, ¿qué derecho tiene a llamarse «musulmán», es decir, «quien obedece los mandatos de Allah»? El incrédulo no distingue entre lo halal y lo haram. Si ve beneficio o placer en algo, lo hace sin reparo, sea halal o haram ante Allah Ta’ala. Si el musulmán adopta también este principio, ¿qué diferencia queda entre él y el incrédulo? En resumen, si el musulmán es tan ignorante del islam como el incrédulo y las obras de ambos son iguales, ¿por qué habrían de recibir honor en este mundo únicamente los musulmanes y no los incrédulos? ¿Y por qué los musulmanes no sufrirían castigo en la otra vida al igual que los incrédulos? Este es un asunto tan grave que debemos reflexionar sobre él con calma.

No hay razón para pensar que estoy considerando musulmanes a los incrédulos, pues eso nunca sería correcto. Yo mismo reflexiono profundamente sobre este asunto y deseo que todos los miembros de nuestra sociedad reflexionen sobre él. ¿Por qué estamos privados de la misericordia de Allah? ¿Por qué nos sobrevienen desastres de todas partes? ¿Por qué aquellos a quienes consideramos «incrédulos», es decir, siervos desobedientes de Allah, nos vencen en todos los ámbitos? Y nosotros, que afirmamos obedecer las órdenes de Allah, ¿por qué somos derrotados en todas partes? Cuanto más reflexiono sobre la causa de esto, más firme se vuelve mi convicción de que, en la actualidad, la diferencia entre nosotros y los incrédulos existe solamente de nombre. En la práctica, no estamos en absoluto por detrás de los incrédulos en nuestra negligencia hacia Allah, nuestra falta de temor y nuestra desobediencia. Naturalmente, existe cierta diferencia entre ellos y nosotros, pero por ella no podemos esperar ninguna recompensa ni premio; por el contrario, por ello merecemos un castigo mayor. Pues sabemos que el Corán es el Libro de Allah y, sin embargo, lo tratamos igual que los incrédulos. Sabemos que Muhammad Mustafa, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, es el verdadero, el más excelso y el último de los profetas, y, sin embargo, hemos abandonado su seguimiento del mismo modo que los incrédulos. Sabemos que Allah ha maldecido al mentiroso, ha declarado que tanto quienes reciben sobornos como quienes los ofrecen irán ciertamente al Infierno, y ha calificado de pecadores abominables a quienes practican y pagan intereses. Ha comparado a los calumniadores y a quienes murmuran con quienes comen la carne de su propio hermano, y ha advertido de un severo castigo por la obscenidad y la desvergüenza. Pero, aun después de conocer todas estas cosas, seguimos cometiéndolas despreocupadamente, igual que los incrédulos. Parece que no hay en nosotros ningún temor de Allah. Por eso, aunque en comparación con los incrédulos seamos en cierta medida «musulmanes», no vemos ningún reflejo de ello en nuestra vida; más bien, solo recibimos castigos, de diversas maneras y desde todos los frentes. La victoria de los incrédulos sobre nosotros y nuestras constantes derrotas son el castigo por este delito. Se nos ha concedido la gran bendición del Islam, pero no la hemos valorado ni siquiera mínimamente. ¿Qué delito podría ser mayor que este?

No he dicho nada de lo anterior con la intención de reprender a nadie, ni he tomado la pluma para reprender. En realidad, mi propósito es que intentemos recuperar todo lo que hemos perdido. Una persona solo piensa en recuperar algo perdido cuando llega a saber y comprender con certeza qué ha perdido y cuán valioso era. Por eso intento advertir a los musulmanes: si recobran la conciencia y comprenden que, en realidad, han perdido algo sumamente valioso, tratarán de recuperarlo.

He dicho en el primer ensayo que, para que un musulmán sea verdaderamente musulmán, lo primero y absolutamente necesario es una auténtica educación islámica y un conocimiento verdadero del Islam. ¿Qué enseña el Sagrado Corán? ¿Cuál es el camino mostrado por el Santo Mensajero? ¿Qué es el Islam? ¿En qué consiste la verdadera diferencia entre la incredulidad y el Islam? Es indispensable que todo musulmán conozca claramente estas cuestiones. Sin este conocimiento, nadie puede ser musulmán. Pero, lamentablemente, no hacen ningún esfuerzo por adquirirlo. Esto demuestra que todavía no han comprendido de qué gran bendición y misericordia están privados. Cuando el niño no llora, ni siquiera la madre le da leche; cuando una persona sedienta siente sed, busca agua por sí misma, y Allah le proporciona agua. Si los musulmanes mismos no sienten sed, de nada les servirá que un pozo lleno de agua llegue hasta sus labios. Ellos mismos deberían comprender cuán grande y terrible es el perjuicio de permanecer ignorantes sobre el Islam. Tienen el Libro de Allah a su disposición y, sin embargo, no saben qué le piden a Allah en la oración. ¿Qué podría ser más desafortunado que esto? Ni siquiera conocen el significado de la «kalima» mediante la cual entran en el Islam. Tampoco saben qué responsabilidades recaen sobre ellos al recitarla. En verdad, para un musulmán no puede haber perjuicio ni desgracia mayores que esta. Todos saben cuál es la consecuencia de que se arruinen los campos y las granjas. Nadie duda de que, si se pierde la cosecha, habrá que morir de hambre. Pero no pueden percibir cuán terrible y espantosa es la consecuencia de ignorar el Islam. Cuando lleguen a comprender este perjuicio, ellos mismos se esforzarán por salvarse de sus terribles garras; entonces, si Allah quiere, también se tomarán medidas para salvarlos de él.

Un tema para reflexionar

En el mundo actual, solo los musulmanes poseen la Palabra de Allah en un estado completamente intacto e inalterado. Las mismas palabras del Corán que fueron reveladas al Profeta de Allah siguen estando hoy exactamente como eran. Desde este punto de vista, no cabe duda de que los musulmanes del mundo son una nación afortunada. Sin embargo, estos mismos musulmanes del mundo son los únicos desventurados: aunque la santa Palabra de Allah se encuentra entre ellos en su forma original, están privados de sus bendiciones y de sus infinitas gracias.

El Noble Corán fue revelado para que ellos lo leyeran, lo comprendieran y actuaran conforme a él. Vino para otorgarles fuerza y honor. Vino para convertirlos en los verdaderos «califas» de Allah en la tierra. Y la historia da testimonio de que, mientras siguieron la guía del Corán, este los mantuvo como los mejores líderes del mundo. Pero hoy no hacen con el Corán otra cosa que expulsar a los genios y fantasmas. Escriben sus versículos y se los atan al cuello, los escriben, los disuelven en agua y la beben, y los recitan sin comprenderlos, únicamente con el propósito de acumular méritos; hoy no buscan en él la guía. No preguntan al Corán cómo debe ser su fe religiosa. Han dejado de pedirle respuestas sobre cómo deben ser sus actos, cómo debe ser su carácter, cómo deben vivir en este mundo, cómo deben realizar sus transacciones, según qué normas deben entablar amistad o enemistad con las personas, cuáles son sus deberes hacia los demás siervos de Allah y hacia sí mismos, y cómo deben cumplirlos; a quién deben obedecer en este mundo y a quién deben desobedecer; con quién deben mantener relaciones y con quién no; quiénes son sus aliados y quiénes sus enemigos; mediante qué alcanzarán honor y éxito; mediante qué obras obtendrán riquezas; y qué puede causar su fracaso y su perjuicio. Ahora los musulmanes han dejado de buscar en el Corán las respuestas a todas estas preguntas. En cambio, consultan sobre estos asuntos a los incrédulos, los politeístas, los extraviados y las personas egoístas, así como al Satanás del nafs, y actúan conforme a sus consejos. Por consiguiente, ha ocurrido lo que podía esperarse de actuar según las órdenes de otros en lugar de las de Allah. Y hoy sufren ese resultado hasta en los huesos, en distintos países del mundo y en las diversas regiones de cada país. El Noble Corán es la fuente de todo bien; el tipo y la cantidad de bien que las personas le pidan, eso y solo eso les concederá el Corán. Si le piden expulsar genios y fantasmas, curar resfriados y tos, vencer en pleitos y litigios, obtener un empleo y otras cosas pequeñas e insignificantes de esa índole, eso les concederá. Y si desean obtener el reino del mundo, así como el liderazgo y la autoridad sobre todo el universo, también se lo dará. Incluso si desean llegar hasta el Trono de Allah, el Corán los llevará hasta allí. En realidad, todo depende de la capacidad del recipiente. Hoy toman apenas dos gotas de agua del gran océano, aunque el océano podría concederles un gran río.

El trato incongruente que nuestros hermanos musulmanes dan al Libro sagrado de Allah es un asunto tan ridículo que, si ellos mismos vieran a otra persona tratar de esa manera cualquier cosa de este mundo, no dejarían de burlarse de ella; más aún, la considerarían loca. Si alguien consigue de un médico una receta, la envuelve en un paño y se la ata al cuello, o la lava en agua y se la bebe, ¿qué le dirían ustedes? ¿No se reirían al ver lo que hace y no lo considerarían un completo necio? Sin embargo, ante sus propios ojos, día y noche, se trata de esa misma manera la incomparable receta que el más grande de los médicos les ha prescrito con el propósito de curar sus enfermedades y sanarlos. Y, pese a ello, esto no provoca en nadie ni la más mínima risa. Nadie se detiene a pensar que una receta no se escribe para atársela al cuello ni para lavarla y beberla, sino para preparar y utilizar el medicamento conforme a sus instrucciones.

Si una persona enferma toma un libro de medicina, ya sea médica o de medicina tradicional, empieza a leerlo y piensa que, con solo leerlo, todas sus enfermedades desaparecerán por sí solas, ¿qué le dirían ustedes? ¿No dirían que se ha vuelto loco y que lo envíen a un manicomio? Pero, ¡ay! Su trato hacia el gran Libro que el único Gran Médico, Allah Altísimo, les ha enviado para curar sus enfermedades es exactamente el mismo. Ustedes lo leen y piensan que, con solo leerlo, todas las enfermedades desaparecerán; no hay ninguna necesidad de actuar conforme a sus instrucciones. Tampoco consideran necesario abstenerse de las cosas que este Libro considera perjudiciales y ordena abandonar. Entonces, si respecto de quien cree que para curarse basta con leer un libro expresan la opinión que expresan, ¿por qué no expresan la misma opinión respecto de ustedes mismos?

Si reciben una carta en un idioma que desconocen, corren inmediatamente hacia alguien que conozca ese idioma para averiguar su significado. Mientras no logran conocerlo, no tienen ni un instante de tranquilidad. Se agitan de ese modo por una carta relacionada con sus asuntos cotidianos, de la que quizá obtengan un beneficio de dos o cuatro monedas, nada más. Pero la carta que les ha llegado de Allah, Señor de todos los mundos, y en la cual se encuentra todo el bien de su vida terrenal y de la Otra Vida, la dejan abandonada, sin que despierte en ustedes interés ni inquietud alguna por conocer su significado. ¿Acaso no es realmente asombroso? No digo estas cosas en broma ni para entretener. Si reflexionan sobre ello, sus propios corazones les dirán que la mayor injusticia del mundo se comete contra este gran Libro de Allah. Y esta injusticia solo la cometen quienes afirman creer en este Libro y proclaman estar dispuestos incluso a dar la vida por él. Todos conocen ya el resultado de cometer una injusticia contra la palabra de Allah. Compréndanlo muy bien: la palabra de Allah no ha llegado a los seres humanos para que, aun después de recibirla, permanezcan sumidos en la desgracia y las aflicciones. El Sagrado Corán es la única fuente de dicha y realización; no puede ser causa de desgracia y humillación. Allah Altísimo mismo ha dicho:

طه (١) مَآ أَنزَلۡنَا عَلَيۡكَ ٱلۡقُرۡءَانَ لِتَشۡقَىٰٓ (٢)

«Ṭā-Hā: ¡Oh, Profeta! No te hemos revelado el Corán para que, a pesar de ello, permanezcas desdichado». (Sura Ṭā-Hā: 1-2)

Por esto, no hay ningún temor de que el destino de las personas empeore y se conviertan en las más inferiores de todos. Es absolutamente imposible que una nación, aun teniendo la palabra de Allah, sea humillada y deshonrada, quede sometida a otros, sea despreciada y pisoteada, quede atrapada en las cadenas de la esclavitud, ponga toda su autoridad en manos ajenas y sea expulsada y maltratada por otros como si fuera ganado. Un estado tan lamentable puede sobrevenirle a una nación precisamente cuando comienza a cometer injusticia contra la palabra de Allah. No desconocen ustedes la situación de los Hijos de Israel. La Torá y el Evangelio les fueron revelados, y se les dijo:

٦٦ وَلَوْ أَنَّهُمْ أَقَامُوا التَّوْرَاةَ وَالْإِنْجِيلَ وَمَا أُنْزِلَ إِلَيْهِمْ مِنْ رَبِّهِمْ لَأَكَلُوا مِنْ فَوْقِهِمْ وَمِنْ تَحْتِ أَرْجُلِهِمْ ۚ مِنْهُمْ أُمَّةٌ

«Si hubieran seguido la Torá, el Evangelio y los demás Libros que les fueron revelados, les habría llovido sustento desde el cielo y de la tierra habrían brotado alimentos». (Al-Mā’idah: 66)

Pero ellos habían cometido una injusticia contra estas palabras de Allah Taala, y como consecuencia:

وَضُرِبَتْ عَلَيْهِمُ الذِّلَّةُ وَالْمَسْكَنَةُ وَبَاءُوا بِغَضَبٍ مِنَ اللَّهِ ۗ ذَٰلِكَ بِأَنَّهُمْ كَانُوا يَكْفُرُونَ بِآيَاتِ اللَّهِ وَيَقْتُلُونَ النَّبِيِّينَ بِغَيْرِ الْحَقِّ ۗ ذَٰلِكَ بِمَا عَصَوْا وَكَانُوا يَعْتَدُونَ

«La humillación y la indigencia les fueron impuestas, y quedaron rodeados por la ira de Allah. Esto se debió a que comenzaron a desobedecer las palabras de Allah y mataban injustamente a los profetas. Además, se debió a que desobedecieron a Allah y traspasaron los límites que Allah Taala había establecido para ellos». (Sura Al-Baqarah: 61)

Por tanto, cuando una nación, a pesar de aferrarse al Libro de Allah, es humillada, pisoteada, sometida a otros y más débil que ellos en este mundo, deben estar seguros de que sin duda está cometiendo una injusticia contra las palabras de Allah. Y la única causa fundamental de los torbellinos de sufrimiento y calamidades que se abaten sobre ella no puede ser otra. Debe abandonar la injusticia contra las palabras de Allah y esforzarse por cumplir plenamente su derecho. Si ustedes no se apartan de este gran pecado, su condición degradada no cambiará en absoluto. (Aunque abran colegios en cada pueblo, aunque todos sus hijos se gradúen y aunque se hagan millonarios realizando negocios con intereses como los judíos, en realidad el resultado no será nada).

Todo musulmán debe saber, ante todo, quién es un musulmán y cuál es el significado de la palabra «musulmán». Porque si una persona no sabe qué es la humanidad ni cuál es la diferencia entre el ser humano y el animal, comenzará a actuar como una bestia y no comprenderá el valor de su humanidad. Del mismo modo, si alguien no sabe qué significa ser musulmán ni cómo se distingue entre un musulmán y un no musulmán, comenzará a comportarse como un no musulmán y no podrá preservar en absoluto el honor de su condición musulmana. Por tanto, todo musulmán, y cada hijo de un musulmán, debe saber muy bien qué significa ser musulmán, ya que se considera musulmán a sí mismo. ¿Qué cambios y diferencias se producen en una persona al convertirse en musulmana? ¿Qué deberes y responsabilidades recaen sobre ella? ¿Dentro de qué límites del islam puede una persona seguir siendo musulmana, y al transgredir qué límites queda expulsada de la condición musulmana? Si no conoce estas cosas, por mucho que proclame con la boca que es musulmán, no podrá seguir siendo musulmán.

Islam significa obedecer a Allah y cumplir Sus mandatos. Islam es entregarse a Allah Taala. Islam es renunciar voluntariamente a la propia libertad e independencia ante Allah. Islam es reconocer, inclinando la cabeza, la soberanía y la obediencia a Allah. La persona que entrega todos sus asuntos a Allah es musulmana. En cambio, quien realiza todos sus asuntos según su propio deseo o los entrega a alguien distinto de Allah no es musulmán. Entregarse a Allah significa que la persona debe aceptar por completo la guía y las normas del camino recto que Él ha enviado por medio de Su Libro y Su Profeta, sin poder formular la menor objeción. En cada asunto y actividad de la vida seguirá únicamente las normas del sagrado Corán y del hadiz. Es musulmán únicamente quien deja atrás su propia razón, las costumbres del mundo y todo lo demás aparte de Allah, y en cada asunto busca orientación solamente en el Libro de Allah y el hadiz del Mensajero; quien pregunta qué debe hacer y qué no debe hacer, acepta sin objeción cualquier norma que encuentre allí y rechaza todo lo contrario. Pues se ha entregado por completo a Allah. Solo mediante esta entrega a Allah puede una persona convertirse en musulmana. Por el contrario, quien no depende en absoluto del sagrado Corán y del hadiz, sino que hace lo que le dicta su corazón; quien sigue las normas heredadas de sus antepasados; quien hace también todo lo que se hace en el mundo; quien, después de conocer la norma del sagrado Corán y del hadiz sobre cualquiera de sus asuntos, dice: «Mi razón no quiere aceptarla, por eso no la acato»; o dice: «Desde la época de mis antepasados se ha seguido una norma contraria, por eso no la seguiré»; o dice: «La costumbre del mundo es contraria a ella, por eso seguiré esa costumbre», esa persona de ninguna manera es musulmana. Si se presenta como musulmana, no cabe duda de que es una mentirosa.

Cuando recita el kalima «La ilaha illallah Muhammadur Rasulullah» y reconoce que es musulmán, también reconoce por medio de ello que la ley de Allah es la única ley para usted y que Allah Taala es su Señor y su Comandante. Entonces debe obedecer únicamente a Allah. Para usted solo será reconocida como verdadera norma la que se obtenga del Libro de Allah y de Su Mensajero. Esto significa que, al convertirse en musulmán, ha sacrificado su libertad ante Allah.

Después de esto, usted ya no puede tener ninguna opinión independiente propia; tampoco pueden tener importancia las diversas costumbres del mundo o las normas familiares, ni puede presentar ahora, frente a la palabra de Allah y la Sunnah de Su Mensajero, lo que haya dicho algún hazrat o algún venerable señor. Su única tarea ahora es presentar cada uno de sus asuntos ante el sagrado Corán y el hadiz. Lo que no se conforme a ellos debe apartarlo y arrojarlo lejos, sea cual sea la costumbre de quien sea. Decirse musulmán y luego seguir, dejando de lado el sagrado Corán y el hadiz, la propia opinión, las costumbres del mundo o las palabras y acciones de cualquier persona son cosas completamente contradictorias entre sí. Así como una persona ciega no puede llamarse vidente, ni una persona sin nariz puede llamarse nariguda, del mismo modo quien no realiza todos sus actos conforme al sagrado Corán y al hadiz, sino que los abandona y sigue su propia razón, las costumbres del mundo o las palabras y acciones de una persona determinada, de ninguna manera puede llamarse musulmán.

Si alguien no quiere seguir siendo musulmán, no se le puede obligar a permanecer como tal. Toda persona tiene libertad para adoptar cualquier religión y llevar cualquier nombre. Pero cuando alguien se identifica como musulmán, debe comprender muy bien que solo puede seguir siendo musulmán mientras permanezca dentro de los límites del islam. Aceptar la palabra de Alá y los hadices de Su Mensajero como único criterio de la verdad y del bien, y considerar falsas y rechazables todas las cosas que se opongan a ellos: eso es lo que constituye los límites del islam. Quien permanezca dentro de estos límites es musulmán; quien los transgreda quedará apartado y fuera del islam. Si, aun así, continúa considerándose musulmán y afirmando serlo, no cabe duda de que se está engañando a sí mismo y también al mundo.

وَمَنْ لَمْ يَحْكُمْ بِمَا أَنْزَلَ اللَّهُ فَأُولَٰئِكَ هُمُ الْكَافِرُونَ

«Quien no juzgue conforme a lo que Alá ha revelado, ese es un incrédulo». (Sura de Al-Maida: 44)

El significado de la Kalima Tayyiba

Ustedes saben que la persona entra en los límites del islam recitando una fórmula. Esa fórmula no es larga ni extensa, sino solo unas pocas palabras.لا اله الإ الله محمد رسول الله—basta con pronunciar en voz alta estas pocas palabras para que la persona cambie por completo. Si un incrédulo la recita, se convierte en musulmán. Antes era impuro, y ahora queda purificado. Antes podía caer sobre él la ira de Alá, pero ahora se ha convertido en un siervo amado de Alá. Al principio merecía ir al infierno; ahora las puertas del paraíso se han abierto para él.

No solo eso: debido a esta «Kalima», surge una gran diferencia entre unas personas y otras. Quienes recitan esta «Kalima» forman una sola umma, mientras que quienes la niegan se convierten en una nación aparte. Si el padre recita la «Kalima» y el hijo la niega, el padre dejará de ser considerado padre y el hijo dejará de ser considerado hijo; ese hijo no recibirá ninguna parte de la herencia de su padre, e incluso su madre y su hermana sentirán rechazo al verlo. En cambio, si un no musulmán recita la Kalima y se casa con la hija de esa familia, él y sus hijos recibirán herencia de esa familia. Pero el hijo nacido de la propia sangre se convertirá por completo en un extraño solo por negar esta Kalima. Esto permite comprender que la Kalima es algo que convierte a los extraños en allegados, los une y los reúne, mientras que convierte en extraños a los propios y rompe sus relaciones mutuas.

Piensen un poco: ¿cuál es la verdadera razón de que exista una diferencia tan enorme entre unas personas y otras? ¿Qué contiene la «Kalima» aparte de unas cuantas letras? Kaf, lam, mim, alif, sin y unas pocas letras semejantes; no contiene nada más. ¡Cómo puede cambiar tanto una persona con solo unir estas letras y pronunciarlas, como si la tocara la magia! ¿Puede una frase tan breve producir una diferencia tan descomunal entre unas personas y otras? Si reflexionan un poco, comprenderán —su conciencia y su razón les dirán— que una acción tan grande no puede producirse simplemente por unir unas cuantas letras y pronunciarlas. Los politeístas adoradores de ídolos, por supuesto, creen que, con recitar un conjuro, las montañas se tambalearán, la tierra se abrirá y el agua brotará de ella. No importa que alguien conozca o no el significado del conjuro, pues, según ellos, eso no cambia nada. Creen de todo corazón que toda la fuerza está contenida en las letras. Por eso, en cuanto se pronuncien, se abrirán las puertas de todos los misterios. Pero en el islam una idea semejante no tiene ningún valor. Aquí lo esencial es el significado; cualquier efecto o influencia que haya en las palabras se debe precisamente a su significado. Si una palabra no tiene significado, si no queda arraigada en el fondo del corazón y, como consecuencia, no produce cambios en los pensamientos, las creencias, el carácter y las obras de la persona, no hay ningún beneficio en limitarse a pronunciarla.

Quiero explicarles esto mediante un ejemplo sencillo. Supongan que tienen mucho frío. Si empiezan a gritar «edredón y colchón, edredón y colchón», el frío no disminuirá lo más mínimo. Aunque pasen toda la noche sentados recitando mil tasbih mientras dicen «edredón y colchón», no obtendrán ningún resultado. Pero, naturalmente, si consiguen un edredón y un colchón y se cubren con ellos, el frío cesará sin duda. Del mismo modo, supongan que tienen sed. Si desde la mañana hasta la tarde siguen gritando «agua, agua», no saciarán la sed. Pero si toman un vaso de agua y lo beben, su corazón se refrescará. Supongan que están enfermos. Si empiezan a recitar tasbih diciendo «medicina, medicina», la enfermedad no desaparecerá. En cambio, si compran la medicina adecuada y la toman, se curarán. La situación de la Kalima es exactamente la misma. No puede producirse una diferencia tan grande por limitarse a pronunciar seis o siete palabras: que quien era incrédulo se convierta por ello completamente en musulmán, que quien era impuro quede purificado, que un enemigo se convierta de repente en amigo y que quien estaba destinado al infierno se convierta de repente en alguien destinado al paraíso. Solo hay una manera de que se produzca semejante diferencia entre las personas: primero hay que comprender el significado de estas palabras y esforzarse para que ese significado eche raíces en el fondo del corazón. Cuando las pronuncien después de conocerlas y comprenderlas, entonces podrán entender qué gran declaración han hecho ante su Señor Alá al recitar esta «Kalima» y qué gran responsabilidad ha recaído sobre ustedes por causa de ella. Cuando reciten la «Kalima» comprendiendo estas cosas, esta «Kalima» establecerá su pleno dominio sobre sus pensamientos y sobre toda su vida. Después de eso, ninguna idea contraria a esta «Kalima» podrá encontrar el menor lugar en su mente o en su corazón. Para siempre deberán considerar que todo lo opuesto a esta «Kalima» es falso y que solo esta Kalima es la verdad. En todos los asuntos y actividades de su vida, esta «Kalima» será la única autoridad que dé órdenes. Después de recitar esta «Kalima», ya no podrán actuar libremente como los incrédulos y hacer cuanto quieran. Ahora deberán vivir obedeciendo las órdenes de esta «Kalima»: tendrán que hacer todo lo que ella ordene hacer y abstenerse de todo lo que prohíba. Solo así, al recitar la «Kalima», puede producirse entre las personas la diferencia mencionada anteriormente.

Ahora examinaremos cuál es el significado de la «kalima», qué reconoce la persona al recitarla y conforme a qué ley está obligada a vivir después de reconocerla, entre otros asuntos.

Significado de la kalima: «No existe ninguna deidad excepto Allah; Hazrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— es el Mensajero de Allah, es decir, el hombre enviado por Él». La palabra «ilah» que aparece en la kalima significa el Dueño, el Creador, Aquel que establece las leyes para los seres humanos y que escucha y acepta sus súplicas; solo Él es digno de adoración. Ahora bien, al recitar «La ilaha illallah», su significado es que primero reconocen que este mundo no pudo llegar a existir sin Allah, que necesariamente existe su Creador y que ese Creador no es múltiple, sino uno solo. Fuera de Él, nadie posee divinidad ni señorío en ninguna parte. En segundo lugar, al recitar la kalima reconocen que ese único Allah es el Dueño de los seres humanos y de todo el universo. Ustedes y todo lo que poseen, así como cada cosa del mundo, le pertenecen a Él. Él es el Creador y Él es quien sustenta; la vida y la muerte ocurren conforme a Su mandato. La felicidad y la calamidad proceden de Él. Todo cuanto obtiene el ser humano lo recibe de Él; en realidad, Él es el Dador de todas las cosas. Y lo que el ser humano pierde, en realidad Él se lo arrebata. Solo a Él se debe temer y solo ante Él se debe inclinar la cabeza. Es obligatorio adorarle y servirle únicamente a Él. Fuera de Él no tenemos ningún señor, dueño ni legislador. Nuestro verdadero y único deber es obedecer solamente Su mandato y actuar únicamente conforme a Su ley.

لا اله الإ الله

Al recitar la kalima, ustedes hacen precisamente esta promesa ante Allah, y todo el mundo se convierte en testigo de este compromiso fundamental. Si actúan en contra de ella, su lengua, sus manos y pies, cada uno de sus pelos y cada átomo del cielo y de la tierra, ante los cuales hicieron esa promesa, testificarán contra ustedes ante el tribunal de Allah. Allí quedarán completamente indefensos. No encontrarán en ninguna parte un solo testigo que demuestre su defensa. No habrá allí ningún abogado ni procurador que los defienda. Al contrario, los propios abogados y procuradores —quienes en los tribunales del mundo se valen de artimañas legales— quedarán allí tan absolutamente indefensos como ustedes. En ese tribunal no podrán salvarse presentando falsos testimonios, documentos falsificados ni una defensa engañosa por medio de abogados. Pueden ocultar sus delitos de los ojos de la policía del mundo, pero es imposible ocultarlos de los ojos de la policía de Allah. La policía del mundo puede aceptar sobornos, pero la policía de Allah jamás acepta sobornos. Los testigos del mundo pueden mentir, pero todos los testigos de Allah dicen la verdad; no mienten. Los jueces del mundo pueden cometer injusticias, pero Allah Ta‘ala no es injusto. Además, será completamente imposible escapar de la prisión en la que Allah encerrará a los pecadores. Por tanto, no cabe duda de que hacer una promesa falsa a Allah es una gran insensatez y la mayor de las necedades. Cuando hagan una promesa ante Allah, háganla después de comprenderla y considerarla muy bien, y esfuércense por cumplirla; de lo contrario, nadie los obliga a prometer solo con la boca. Porque una simple confesión verbal no tiene ningún valor.

Después de decir «La ilaha illallah», hay que decir «Muhammadur Rasulullah». Esto significa que ustedes reconocen que Allah Ta‘ala ha enviado Su ley a los seres humanos por medio de Hazrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Después de reconocer a Allah como su Señor, Dueño y Rey, era absolutamente necesario saber cuál es la ley y el mandato de ese Rey de ambos mundos: qué acciones le agradarán y cuáles le disgustarán; siguiendo qué ley nos perdonará y siguiendo cuál nos castigará. Para que pudiéramos conocer todo esto, Allah Ta‘ala designó a Hazrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— como Su mensajero. Por medio de él nos envió Su Libro, y Hazrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— nos mostró en la práctica cómo se debe vivir conforme al mandato de Allah.

Por consiguiente, cuando dicen «Muhammadur Rasulullah», con ello reconocen que seguirán la ley y las normas que enseñó Hazrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, y que pisotearán toda ley que sea contraria a ella. Después de hacer esta promesa, si abandonan precisamente la ley predicada por Hazrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— y siguen la ley del mundo, no habrá nadie más mentiroso ni infiel que ustedes. Pues entraron en los límites del islam comprometiéndose a aceptar como única ley verdadera la ley predicada por Hazrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— y a seguirla. Al reconocer esto se convirtieron en hermanos de los musulmanes. Por ello heredaron de un padre musulmán, y gracias a ello sus hijos pudieron ser legítimamente reconocidos como hijos. Por ello los musulmanes los ayudaron, les dieron el zakat y asumieron la responsabilidad de proteger sus vidas, bienes, honor y dignidad. A pesar de todo esto, si rompen su promesa, ¿qué mayor infidelidad puede haber en el mundo? Si ustedesلا اله الإ الله محمد رسول اللهconocen su significado y lo reconocen conscientemente, entonces es su deber obedecer la ley de Allah en toda circunstancia. Aunque la ley de Allah no esté vigente, ustedes deben hacer que se aplique. A quien piensa que, como en ninguna parte existen la policía, el ejército, los tribunales ni las prisiones de Allah, es fácil infringir Su ley, mientras que la policía, el ejército, los tribunales y las prisiones del gobierno están presentes por todas partes y, por ello, es muy difícil infringir su ley, le digo claramente queلا اله الإ الله محمد رسول اللهha recitado falsamente la kalima. No cabe duda de que, por medio de ella, está engañando a su Allah, a todo el universo, a todos los musulmanes y a su propia conciencia.

Ya he explicado anteriormente el significado de la kalima tayyiba. Ahora les pido que reflexionen sobre este asunto desde otro punto de vista.

Ustedes reconocen que Allah Ta‘ala es el Dueño de ustedes y de todas las cosas. Pero ¿qué significa esto? Significa que sus vidas, sus bienes y sus propios cuerpos pertenecen a Allah. Sus manos, sus oídos y ningún miembro de sus cuerpos les pertenecen realmente. Las tierras que cultivan, los animales con los que trabajan y todos los bienes que utilizan constantemente no son de ustedes; han recibido todo ello únicamente como propiedad y don de Allah Ta‘ala. Después de reconocer esto, ¿qué derecho tienen a decir: «Mi vida, mi cuerpo, mis bienes, esta cosa es mía y aquella otra también es mía»? Después de declarar a otra persona dueña de algo, reclamar luego esa misma cosa como propia carece por completo de sentido. Si realmente consideran a Allah dueño de todas las cosas del mundo, de ello se derivan automáticamente dos consecuencias para ustedes. La primera es que, puesto que Allah es el Dueño y les ha confiado Sus bienes, deben utilizarlos conforme a la orden de ese Dueño. Si mediante ellos hacen algo contrario a Su voluntad, sin duda están traicionando el depósito. No tienen derecho a utilizar siquiera sus manos y sus pies para algo contrario a la voluntad de ese Dueño. Tampoco pueden mirar con sus ojos aquello que Él ha prohibido, pues eso sería contrario a Su voluntad. No tienen ningún derecho a utilizar estas tierras y propiedades contra la ley del Dueño. La esposa y los hijos que ustedes reclaman como propios se han vuelto cercanos a ustedes porque Allah Ta‘ala se los ha concedido; por ello, deben tratarlos no según sus propios deseos, sino conforme a la orden del Dueño. Si los tratan de manera contraria a Su voluntad, merecen ser llamados ladrones. Cuando arrebatan los bienes de otro o se apoderan por la fuerza de su tierra, llaman a esa persona desleal; del mismo modo, si consideran propios los bienes que Allah les ha dado y los utilizan según sus deseos o según la voluntad de cualquier otro que no sea Allah, también serán culpables del delito de esa deslealtad. Aunque obedecer la voluntad del Dueño les cause algún perjuicio, aunque pierdan la vida, se les fracturen las manos o los pies, sufran pérdidas en sus hijos o queden arruinados sus bienes y sus tierras, no deben preocuparse por ello. Si el Dueño de algo desea que ese bien se desgaste o sufra daños, tiene derecho a disponerlo así. Pero si ustedes actúan contra la voluntad del Dueño y, como consecuencia, algún bien resulta dañado, ustedes mismos serán culpables, sin duda, porque han destruido un bien ajeno. Ni siquiera pueden utilizar sus propias vidas según sus deseos. Si sacrifican la vida conforme a la voluntad del Dueño, habrán cumplido el derecho del Dueño; pero entregar la vida en una acción contraria a Su voluntad sería una gravísima deslealtad.

La segunda cuestión es que, si utilizan para la obra del Dueño cualquier cosa que Él les haya concedido, con ello no hacen ningún favor a nadie, ni siquiera al Dueño. Si en este camino dan algo de sus bienes, prestan algún servicio o sacrifican aquello que aman, incluso sus propias vidas, eso no constituye ni la más mínima muestra de favor hacia nadie. Con ello simplemente cumplen el derecho que el Dueño tenía sobre ustedes. No hay en ello nada que justifique orgullo o arrogancia, ni nada por lo que deban esperar elogios o alabanzas. Recuerden que el musulmán que gasta algo en el camino del Dueño o realiza cualquier obra Suya no siente el menor orgullo; por el contrario, adopta la humildad y la modestia. El orgullo y la arrogancia arruinan las buenas obras. Quien espera recibir alabanzas y realiza buenas obras únicamente con ese propósito, porque desea recibir la recompensa de sus actos ya en este mundo, eso es precisamente lo que ha obtenido. ¡Contemplen la gracia de Allah Ta‘ala, el Dueño del mundo entero! Él acepta de nosotros Sus propios bienes y dice: «Acepto de ustedes esta cosa; la compro de ustedes y también les pagaré su precio». Allahu Akbar. ¿Acaso hay límites para los dones y la gracia de Allah? En el Sagrado Corán se dice:

إِنَّ اللَّهَ اشْتَرَىٰ مِنَ الْمُؤْمِنِينَ أَنْفُسَهُمْ وَأَمْوَالَهُمْ بِأَنَّ لَهُمُ الْجَنَّةَ ۚ

«Allah Ta‘ala ha comprado a los creyentes sus vidas y sus bienes, y a cambio les ha destinado el Paraíso». (Sura at-Tawba: 111)

¡Así es como el Dueño actúa con ustedes! Pero deténganse a juzgar una vez cómo actúan ustedes con Él. El Dueño les ha dado un bien y luego lo ha comprado de ustedes pagando su precio; sin embargo, ustedes venden ese mismo bien a otros, y lo venden a cambio de un precio muy pequeño e inferior. Aquel a quien se lo venden utiliza esos bienes para algo contrario a la voluntad del Dueño, y ustedes trabajan para ellos considerándolos sus proveedores de sustento. En realidad, no tienen ningún derecho a vender de ese modo las fuerzas de sus cuerpos. ¿Puede haber una corrupción mayor que vender a las fuerzas rebeldes contra Allah todo cuanto desean comprar? Vender de nuevo a otra persona un bien que ya ha sido vendido es un delito legal y moral. Por ello, en este mundo podrían entablar contra ustedes una demanda por fraude. ¿Acaso creen que no se presentará este caso ante el tribunal de Allah?

La palabra pura y la palabra impura

Ya expliqué anteriormente el significado de la Kalima Tayyiba; aquí quiero explicarlo un poco más para que lo comprendan. Esto se debe a que esta Kalima es el fundamento principal del islam: por medio de ella una persona entra en el islam, y nadie puede seguir siendo musulmán sin comprender bien esta Kalima y formar su vida conforme a ella. Allah Ta‘ala ha presentado esta Kalima en el Sagrado Corán de la siguiente manera:

أَلَمْ تَرَ كَيْفَ ضَرَبَ اللَّهُ مَثَلًا كَلِمَةً طَيِّبَةً كَشَجَرَةٍ طَيِّبَةٍ أَصْلُهَا ثَابِتٌ وَفَرْعُهَا فِي السَّمَاءِ

٢٥ تُؤْتِي أُكُلَهَا كُلَّ حِينٍ بِإِذْنِ رَبِّهَا ۗ وَيَضْرِبُ اللَّهُ الْأَمْثَالَ لِلنَّاسِ لَعَلَّهُمْ يَتَذَكَّرُونَ

٢٦ وَمَثَلُ كَلِمَةٍ خَبِيثَةٍ كَشَجَرَةٍ خَبِيثَةٍ اجْتُثَّتْ مِنْ فَوْقِ الْأَرْضِ مَا لَهَا مِنْ قَرَارٍ

٢٧ يُثَبِّتُ اللَّهُ الَّذِينَ آمَنُوا بِالْقَوْلِ الثَّابِتِ فِي الْحَيَاةِ الدُّنْيَا وَفِي الْآخِرَةِ ۖ وَيُضِلُّ اللَّهُ الظَّالِمِينَ ۚ وَيَفْعَلُ اللَّهُ مَا يَشَاءُ

«El ejemplo de la Kalima Tayyiba es como el de un árbol de buena especie, cuyas raíces están firmemente arraigadas bajo tierra. Sus ramas se extienden por el espacio del cielo y, por mandato de Allah, producen continuamente fruto tras fruto. Allah ha presentado este ejemplo para que las personas reciban exhortación. En contraposición está la Kalima Khabisa, es decir, una creencia errónea y palabras falsas. Su ejemplo es como el de las pequeñas hierbas y plantas parásitas de los bosques y las selvas. Crecen apenas en la superficie de la tierra y son arrancadas con un leve tirón, porque sus raíces no pueden arraigarse firmemente en el suelo. Allah mantiene firmes a los creyentes, en este mundo y en el Más Allá, mediante esta palabra firme, y desvía a los injustos. Allah hace lo que quiere». —Sura Ibrahim: 24-27

Allah Ta’ala ha presentado mediante esto un ejemplo tan incomparable que, si reflexionan un poco, pueden obtener de él una gran enseñanza. Observen cuán profundamente están arraigadas en la tierra las raíces de un mango, cuánto se eleva hacia arriba, cuántas ramas se extienden en todas direcciones y cuántos frutos excelentes produce cada año. Pero ¿cómo sucedió esto? Puesto que su semilla era muy poderosa, tenía pleno derecho a convertirse en un árbol tan grande. Y ese derecho era tan verdadero que, cuando reclamó su propio derecho, la tierra, el agua, el aire, el calor del día y el frío de la noche, todos aceptaron su reclamo. Todo aquello que pidió la semilla del mango, cada uno se lo concedió. Así pudo convertirse, por la fuerza de su derecho, en un árbol tan grande. Después, al producir frutos dulces, demostró que realmente tenía derecho a ser un árbol de esa clase. Aunque todas las fuerzas del cielo y de la tierra se hubieran unido para ayudarlo, no habrían cometido ninguna injusticia; al contrario, era lo que debían hacer. Porque la tierra, el agua, el aire y los demás elementos naturales poseen la capacidad de proporcionar alimento a las plantas y hacerlas crecer precisamente para que las plantas de buena especie se beneficien de ello.

Además, en los bosques y las selvas hay muchas plantas pequeñas que han surgido por sí mismas. ¿Qué fuerza tienen? Un niño pequeño puede arrancarlas tirando de sus diminutas raíces. O son tan blandas y débiles que se inclinan al soplar una ráfaga de viento. Están llenas de espinas, que penetran en cuanto se las toca. Si se llevan a la boca, la dañan. Allah es quien sabe cuántas nacen cada día y cuántas son arrancadas. ¿Por qué se encuentran en tal estado? Porque no poseen tanta fuerza como el árbol de mango. Cuando no crecen árboles de buena especie en la tierra, esta permanece improductiva y cae en una completa desesperación. Por ello, aunque de mala gana, da cabida en su seno a estas hierbas y plantas parásitas. El agua les presta alguna ayuda y el aire les da algo de fuerza; pero ningún elemento del cielo ni de la tierra quiere reconocer derecho alguno a estas plantas parásitas. Por eso la tierra no permite que sus raíces se extiendan en su seno, el agua no las ayuda demasiado y el aire tampoco les proporciona libremente su aliento. Después de esta lucha, cuando logran levantar un poco la cabeza, se vuelven tan amargas y venenosas que queda demostrado que las fuerzas del cielo y de la tierra no existen esencialmente para hacer nacer estas hierbas. Que hayan recibido siquiera algo de fuerza del seno de la naturaleza es, para ellas, una gran fortuna.

Tengan presentes estos dos ejemplos y luego reflexionen detenidamente sobre la diferencia entre la Kalima Tayyiba y la Kalima Khabisa.

¿Qué es la Kalima Tayyiba? Es una verdad; una verdad tal que en este mundo no existe ninguna otra verdad más verdadera que ella. El único Allah es el Ilah de todo el universo, y cada cosa de los cielos y de la tierra da testimonio de la verdad de esta afirmación. ¿Qué hay entre todas estas cosas extendidas por doquier —los seres humanos, los animales, los árboles, las piedras, los granos de arena, los manantiales que fluyen y el sol resplandeciente— que Allah Ta’ala no haya creado? ¿Acaso alguien aparte de Allah creó estas cosas? ¿Acaso viven gracias a la benevolencia de alguien distinto de Él, aparte de Su misericordia y Su bondad? ¿Puede alguien aparte de Allah conceder vida o muerte siquiera a una de ellas? Puesto que todo este universo es creación de Allah Ta’ala, puesto que todo existe por Su misericordia y puesto que Él es el único Dueño y Legislador de todo ello, cada vez que usted diga que en este mundo no existe dominio ni divinidad de nadie aparte del único Allah, inmediatamente todas las cosas de los cielos y de la tierra exclamarán: «Has dicho la verdad; todos damos testimonio de la veracidad de tus palabras». Cuando incline la cabeza ante ese Allah, cada cosa del universo se inclinará junto con usted ante Él, porque todas estas cosas también adoran únicamente a Él. Cuando comience a seguir Su camino, no estará solo: los incontables «ejércitos» de este universo entero comenzarán a marchar con usted. Pues todo, desde el sol del cielo hasta la partícula más pequeña de la tierra, sigue siempre el camino que Él le ha determinado. Cuando dependa de ese único Allah, su confianza estará depositada en un poder inmenso, que es el único Dueño de todas las fuerzas y riquezas de los cielos y de la tierra. En resumen, si también vive teniendo presente esta profunda verdad, comprenderá perfectamente que, cuando una persona cree en la Kalima Tayyiba y forma su vida conforme a ese ideal, todas las fuerzas de los cielos y de la tierra se pondrán a su servicio para ayudarla. Desde la vida mundana hasta la vida del Más Allá, continuará progresando. Ninguno de sus esfuerzos fracasará ni podrá quedar incompleto ninguno de sus objetivos. Esto mismo ha dicho Allah Ta’ala en la aleya mencionada. Él ha declarado: «Esta Kalima es como un árbol cuyas raíces están firmemente arraigadas en lo profundo de la tierra y cuyas ramas se extienden por el vasto espacio del cielo. Y continuamente produce frutos por mandato de Allah».

Presenta una doctrina completamente opuesta a la Kalema-e Khabisa. La Kalema-e Khabisa significa: no existe ningún ilah ni Creador de este mundo, o existen varios ilahes en este mundo. Con solo reflexionar un poco podrán comprender que no puede haber nada más falso y carente de fundamento que eso. Cada cosa del cielo y de la tierra proclama: «¡Eres un mentiroso! Ciertamente, Allah existe. Él es quien nos ha creado a nosotros y a vosotros. Y ese mismo Allah os ha dado la lengua con la que estáis diciendo una mentira tan enorme». El mushrik dice que Allah no es Uno, sino que junto a Él existen muchas otras divinidades. Ellas también proveen el sustento; también son vuestros dueños; también pueden construir y destruir vuestro destino. También tienen poder para beneficiar o perjudicar. También pueden escuchar vuestras súplicas. También pueden satisfacer vuestros deseos; debéis vivir temiéndolas. Se puede confiar en ellas. Sus órdenes también rigen los asuntos del mundo. Es obligatorio obedecer sus órdenes además de las de Allah. Todo esto es la Kalema-e Khabisa. En respuesta a estas palabras, cada cosa del cielo y de la tierra proclama: «¡Eres un mentiroso! Cada una de tus palabras es absolutamente contraria a la verdad». Ahora reflexionad: ¿cómo puede prosperar en este mundo y en el Más Allá la persona que acepta esta kalema y conforma su vida de acuerdo con ella? Allah, por Su gracia, ha concedido a esas personas plazo y respiro, y también ha prometido proporcionarles sustento. Por ello, las fuerzas del cielo y de la tierra las sustentarán hasta cierto punto, tal como sustentan a la maleza y a las plantas parásitas de los bosques y selvas. Pero ninguna cosa de la tierra las ayudará voluntariamente ni las apoyará con todas sus fuerzas. Podrán sobrevivir durante algún tiempo, exactamente como la vegetación de la selva, pero no más.

También existe una diferencia semejante entre estas dos kalemas en cuanto a sus consecuencias finales. Cuando la Kalema-e Tayyiba dé fruto, este será muy dulce y delicioso. Por medio de ella se establecerá la paz sobre la tierra. En todas partes se instaurarán la verdad y la justicia plena. Toda la humanidad podrá obtener de ella un beneficio extraordinario. Pero cuanto más se extienda la Kalema-e Khabisa, de ella no brotarán sino ramas cubiertas de espinas. En ellas crecerán frutos amargos y venenosos. Sus venas estarán llenas de veneno. Podéis comprobarlo con vuestros propios ojos. ¿Qué está ocurriendo allí dondequiera que en el mundo predominan el kufr, el shirk y el ateísmo? Allí los seres humanos beben la sangre de otros seres humanos. Se están llevando a cabo con gran intensidad planes para destruir país tras país y aldea tras aldea. Se están fabricando gases venenosos. Una nación se esfuerza denodadamente por exterminar por completo a otra. Los poderosos han convertido a los débiles en sus esclavos; para arrebatarles su parte de pan, a los débiles se les mantiene allí sometidos mediante el miedo a los soldados, la policía, la cárcel y la horca, y se les obliga a soportar en silencio la opresión de las naciones poderosas. Además, la situación interna de esas naciones es aún mucho peor. Su carácter moral es tan abominable que hasta el propio Satanás se avergüenza al contemplarlo. Allí los seres humanos realizan actos más bajos que los de los animales. Allí las madres matan con sus propias manos a sus hijos, para que estos no obstaculicen su felicidad y sus placeres. Allí los esposos entregan sus propias esposas a los brazos de otros, únicamente con el propósito de tener a la esposa de otro contra su propio pecho. Se han construido clubes para desnudos, donde hombres y mujeres se desplazan desnudos como animales. El rico, al cobrar intereses, trata a los pobres como esclavos comprados. Parece que estos hubieran nacido en el mundo únicamente para servirles. En resumen, a causa de esta Kalema-e Khabisa, allí todo se ha llenado de espinas; y cualquier fruto que crece en ella se vuelve terriblemente amargo y venenoso.

Después de explicar estos dos ejemplos, Allah Ta’ala dijo que a quienes crean en la Kalema-e Tayyiba, Allah Ta’ala los establecerá en este mundo y en el Más Allá mediante una palabra firme; serán inquebrantables e imperecederos. En cambio, a quienes crean en la Kalema-e Khabisa, Allah Ta’ala hará fracasar todos sus proyectos y esfuerzos. Nunca podrán realizar ninguna obra provechosa. Por medio de ella no podrán obtener el menor beneficio, ni en este mundo ni en el Más Allá.

Habéis escuchado la diferencia entre la Kalema-e Tayyiba y la Kalema-e Khabisa, así como los resultados de ambas. Ahora, ciertamente, podéis preguntar: nosotros también aceptamos la Kalema-e Tayyiba; entonces, ¿por qué no prosperamos? Y esos incrédulos que creen en la Kalema-e Khabisa, ¿por qué razón se vuelven tan poderosos y prósperos?

A mí me corresponde responder a esta pregunta. Responderé, pero ya he dicho de antemano que nadie debe enfadarse al escuchar mi respuesta. Vosotros solo debéis juzgar si mi respuesta es correcta o no.

Ustedes afirman haber creído en la Kalima Tayyiba y, sin embargo, no están progresando; ante todo, esta afirmación es falsa. Porque no sirve de nada recitar la Kalima Tayyiba únicamente con los labios; hay que recitarla con el corazón. Recitarla con el corazón significa cambiar las creencias y la doctrina. Ninguna creencia o doctrina contraria a ella debe tener cabida en el corazón de quien cree en la Kalima, ni debe realizar jamás ninguna acción contraria a sus instrucciones. Pero díganme, ¿es realmente así su situación? ¿No existen entre ustedes miles de ideas kufríes y politeístas contrarias a la Kalima Tayyiba? ¿Acaso la cabeza del musulmán no se inclina ante nadie excepto ante Allah? ¿Acaso el musulmán no teme a nadie excepto a Allah? ¿No confía en la ayuda de otros? ¿Acaso no cree que alguien distinto de Allah es un proveedor de sustento? ¿Acaso no cree que alguien distinto de Allah es un proveedor de sustento? ¿No abandona la ley de Allah y sigue gustosamente la ley de otros? ¿No dicen claramente en los tribunales quienes se proclaman musulmanes: «No queremos que se juzgue según la Sharía; queremos que se juzgue conforme a las costumbres vigentes del país»? ¿No hay entre ustedes personas que, por obtener un pequeño beneficio mundano, no dudan lo más mínimo en transgredir la ley de Allah? ¿No hay entre ustedes personas que temen la ira de los incrédulos, pero no temen en absoluto la cólera de Allah? ¿No hay entre ustedes personas que no están dispuestas a hacer nada para obtener el favor de los incrédulos? ¿No hay también personas que consideran «reino» el dominio de los incrédulos, pero ni siquiera recuerdan que el reino de Allah existe en algún lugar? Díganme sinceramente: ¿acaso no son verdaderas todas estas cosas? Si realmente lo son, ¿con qué derecho pueden decir que aceptan la Kalima Tayyiba y, aun así, no progresan? Primero crean con un corazón sincero y formen su vida conforme a la Kalima Tayyiba. Entonces, si no nace ese gran árbol cuyas raíces firmes se hunden profundamente en la tierra y cuyas ramas se extienden por el cielo vacío, podrán decir que Allah ha hecho una promesa falsa —¡Allah nos libre!—. Además, es completamente erróneo pensar que quienes creen en la Kalima Khabisa están progresando mucho en el mundo. Quienes siguen la Kalima Khabisa no pueden progresar; nunca pudieron en el pasado y tampoco pueden ahora. Al ver sus riquezas, su vida de felicidad, paz y diversión, sus lujos y medios de placer, y su esplendor exterior, quizá hayan pensado que en realidad están progresando mucho. Pero pregúntenle a su corazón y averigüen cuántos de ellos viven realmente en paz. Tienen abundantes lujos y medios de bienestar, pero dentro de sus corazones arden continuamente, con furia, meteoritos de fuego. Por eso no pueden encontrar al Dios único. Debido a que desobedecen la ley de Allah, cada una de sus familias se está convirtiendo en un horno del fuego del Infierno. Abran los periódicos y vean cómo se ha extendido la ola de suicidios en Europa y América. Cuántos divorcios incontables se producen día y noche. Cómo se destruyen los hijos de esos países y cómo se reduce la tasa de natalidad mediante el uso de medicamentos. Cómo la vida de millones de personas está siendo destruida por diversas enfermedades contaminantes. Cómo se producen disputas y forcejeos por los alimentos entre personas de distintas clases. Cómo la envidia, el rencor y la enemistad han provocado guerras entre personas de una misma nación. Hasta qué punto el deseo de lujo ha amargado la vida de la gente. Al pensar que millones de personas llevan una vida miserable en estas grandes y resplandecientes ciudades del mundo, que ustedes contemplan desde lejos y consideran semejantes al paraíso, ¡el cuerpo se estremece! ¿Puede llamarse alguna vez progreso a esto? ¿Es por obtener este «paraíso» por lo que ustedes sienten tanta codicia?

Recuerden que la palabra de Allah jamás puede ser falsa. En verdad, aparte de la Kalima Tayyiba, no existe ninguna otra «kalima» que, al seguirla, permita al ser humano alcanzar la felicidad en este mundo y la gran paz en el Más Allá. Abran los ojos y miren en la dirección que quieran: en ninguna parte encontrarán algo contrario a esta verdad.

El propósito de creer en la Kalima Tayyiba

Ya les he explicado detalladamente el significado de la Kalima Tayyiba en dos artículos anteriores; en el presente artículo intentaré explicar la necesidad de creer en la Kalima Tayyiba y sus beneficios.

Todos ustedes saben que, cualquiera que sea la acción que una persona realice en este mundo, en su base existe necesariamente un propósito, y que la persona realiza esa acción para obtener algún beneficio. Nadie hace nada sin propósito, sin motivo y sin beneficio. ¿Por qué beben agua? La beben porque, si no les quitara la sed, jamás beberían agua. Porque beber esta agua no tendría ningún resultado. ¿Por qué comen alimentos? Con el propósito de saciar su hambre y aumentar su fuerza vital. Pero si comer y no comer produjeran el mismo resultado, considerarían que comer alimentos es una acción inútil. Cuando enferman, toman medicamentos porque estos eliminarán la enfermedad y les devolverán la salud completa; pero si, después de tomar el medicamento, la enfermedad no desapareciera y la situación siguiera igual que antes, sin duda dirían: tomar este medicamento es completamente inútil. ¿Por qué trabajan tanto en la agricultura? Lo hacen para obtener mediante ella cereales, frutas y diversas verduras. Pero si, aun después de sembrar las semillas, no creciera ningún cultivo en la tierra, jamás aceptarían esforzarse tanto en arar, sembrar las semillas y regarlas. En resumen, cualquiera que sea la acción que realicen en este mundo, si se alcanza el propósito, se considera que la acción se ha realizado correctamente. Y si el propósito fracasa, dicen que la acción no se realizó correctamente.

Recuerden bien este punto profundo y luego sigan respondiendo a mis preguntas una por una. La primera pregunta es: ¿por qué se recita la Kalima? A esta pregunta no pueden responder otra cosa sino que el propósito de recitar la Kalima es establecer mediante ella una diferencia entre el incrédulo y el musulmán. Pero quiero preguntarles: ¿qué significa diferenciar entre el incrédulo y el musulmán? ¿Significa acaso que el incrédulo tiene dos ojos y, por tanto, cuando el musulmán recita la Kalima tendrá cuatro ojos? ¿O que el incrédulo tiene una cabeza y, por tanto, el musulmán tendrá dos cabezas? Sin duda dirán que no; aquí no se habla de una diferencia física. El verdadero significado de la diferencia es que el destino del incrédulo y el destino del musulmán serán diferentes. El destino del incrédulo es que en el Más Allá será privado de la misericordia de Allah y el propósito de su vida fracasará. Y el destino del musulmán es que podrá obtener la complacencia de Allah y triunfará en el Más Allá, viviendo en una felicidad suprema.

Al escuchar esta respuesta de ustedes, diré que han respondido correctamente. Pero díganme: ¿qué se entiende por el Más Allá? ¿Qué significa fracasar y tener éxito en el Más Allá? ¿Y cuál es el significado de alcanzar allí el triunfo y la prosperidad? Si no comprenden bien estas cuestiones, no se puede comenzar la discusión siguiente.

No necesitan responder a esta pregunta. Ya se ha dado su respuesta anteriormente. Se ha dicho:

«Este mundo es el campo de cultivo del Más Allá».

El mundo y el Más Allá no son dos cosas diferentes. Ambos son dos etapas del mismo camino del ser humano. El mundo es la primera etapa de este camino, y el Más Allá es la última. Entre el mundo y el Más Allá existe exactamente la misma relación que hay entre arar la tierra y obtener de ella una cosecha. Ustedes aran la tierra, después siembran las semillas y, si es necesario, la riegan; entonces pueden obtener una cosecha. Llevan esa cosecha a casa y comen de ella con seguridad durante todo el año. Cualquiera que sea la planta que cultiven en la tierra, eso mismo cosecharán. Si siembran arroz, obtendrán arroz; si siembran yute, obtendrán yute; si siembran trigo, obtendrán una cosecha de trigo; y si siembran espinos, en su campo crecerán espinos. Pero si no siembran nada, nada crecerá en su campo. Además, los malos resultados de los errores que cometan al arar, sembrar, regar según sea necesario y cuidar el campo, solo los conocerán en el momento de recoger la cosecha. Y si realizan muy bien todas esas tareas, en el momento de recoger la cosecha verán sus resultados concretos. La situación del mundo y del Más Allá es exactamente así. Consideren el mundo como un campo. El ser humano ha sido enviado aquí con el propósito de producir para sí una cosecha mediante su propio esfuerzo y empeño. Se le ha concedido tiempo para esta tarea desde el nacimiento hasta la muerte. Durante ese tiempo, cualquier cosecha que cultive, esa misma podrá obtener después de morir, en la vida del Más Allá; y su vida en el Más Allá dependerá exclusivamente de la cosecha que allí obtenga. Si alguien cultiva buenas cosechas durante toda su vida en el mundo, las riega cuando es necesario y las cuida muy bien, entonces, al entrar en la vida del Más Allá, verá como fruto de su esfuerzo un jardín verde, lleno de frutos y flores. En esa vida del Más Allá ya no tendrá que realizar ningún esfuerzo; al contrario, vivirá feliz y cómodamente gracias a los frutos inagotables del jardín que habrá creado trabajando durante toda su vida en el mundo. Esto es lo que se llama el Paraíso. Si logra obtenerlo, se entenderá que ha triunfado y alcanzado el éxito en el Más Allá.

Pero quien, durante su vida en el mundo, siembre únicamente semillas de espinos y de frutos amargos y venenosos, en la vida del Más Allá solo cosechará eso. Allí ya no tendrá oportunidad ni tiempo de destruir la mala cosecha, producir una buena y actuar sabiamente en lugar de hacerlo con esa insensatez. Tendrá que pasar toda su vida en el Más Allá con esa mala cosecha, porque en el mundo solo cultivó eso. Los espinos que haya plantado serán el lecho sobre el que será tendido en el Más Allá. Y los frutos amargos y venenosos que haya cultivado, esos mismos tendrá que consumir allí. Eso es lo que significa fracasar y quedar malogrado en el Más Allá.

Acabo de explicar el Más Allá, y esto mismo está demostrado tanto por el Corán como por el hadiz. A partir de esta explicación se sabe, sin ninguna duda, que el fracaso o el éxito de una persona en la vida del Más Allá, y que su desenlace sea bueno o malo, son en realidad el único resultado de que su conocimiento y sus obras, su saber y sus acciones en la vida de este mundo, sean buenos o malos. No cabe duda de ello.

Al comprender esto, también podrán entender fácilmente que la diferencia entre el resultado final del musulmán y el del incrédulo no puede existir sin una razón. En realidad, la diferencia en el desenlace no es más que el resultado de la diferencia en el comienzo. Si en el mundo no hay diferencia entre el conocimiento y las obras del musulmán y los del incrédulo, tampoco puede haber ninguna diferencia entre sus desenlaces en el Más Allá. Es imposible que en el mundo el conocimiento y las obras de una persona sean iguales a los de un incrédulo y, sin embargo, en el Más Allá esa persona se libre del desdichado desenlace del incrédulo.

Ahora vuelve a surgir la pregunta fundamental: ¿cuál es el propósito de recitar la Kalima? Al principio respondieron a esta pregunta diciendo que el único propósito de recitar la Kalima es que el desenlace del incrédulo y el del musulmán sean diferentes. Después de haber escuchado la explicación que han dado sobre el desenlace y el Más Allá, deben reflexionar nuevamente sobre su respuesta y ahora deben decir que el propósito de recitar la Kalima es hacer que el conocimiento y las obras de la gente en este mundo sean de tal manera que su desenlace en el Más Allá sea bueno. El Más Allá enseña al ser humano a cultivar en este mundo ese jardín de frutos. Si una persona no acepta precisamente esta Kalima, nunca podrá conocer las reglas para plantar ese jardín. Entonces, ¿cómo podrá crearlo y de qué frutos disfrutará en el Más Allá? Si una persona recita esta Kalima únicamente con la boca, pero su conocimiento es como el de quien no la recita y sus obras son como las de un incrédulo, su conciencia le dirá que recitar la Kalima de ese modo no sirve de nada. No puede haber ninguna razón para que el desenlace de una persona así sea mejor que el de un incrédulo. Al recitar la Kalima solo con la boca, no le ha hecho ningún favor a Alá. Por tanto, sin aprender las reglas para construir el jardín, sin construirlo y cultivando únicamente espinos durante toda su vida, nadie puede obtener en el Más Allá un jardín verde y frondoso, lleno de flores y frutos. Creer algo semejante no es más que una fantasía ilusoria. Ya he explicado anteriormente, mediante varios ejemplos, que una acción cuyo resultado es el mismo tanto si se realiza como si no se realiza no tiene ningún valor; carece por completo de sentido. Un medicamento después de cuya ingestión el estado del enfermo sigue exactamente igual que antes de tomarlo, en realidad no es un medicamento. Del mismo modo, si el conocimiento y las obras de quien recita la Kalima son exactamente iguales a los de quienes no la recitan, entonces recitar una Kalima así carece por completo de sentido. Si ya en este mundo no existe ninguna diferencia entre la vida real del incrédulo y la del musulmán, ¿por qué habría de ser diferente su desenlace en el Más Allá?

Ahora hablaré sobre qué tipo de conocimiento enseña la Kalima Tayyiba al ser humano y qué diferencia debería haber, después de aprender ese conocimiento, entre las actividades cotidianas del musulmán y las del incrédulo.

Vean: lo primero que pueden saber por esta Kalima es que son siervos de Alá y no siervos de nadie más. Cuando hayan sabido esto, también comprenderán por sí mismos que, puesto que son siervos de Alguien, deben actuar en el mundo conforme a Su voluntad. Porque si actúan o trabajan en contra de Su voluntad, se rebelarán contra su Señor.

Por tanto, esta profesión de fe le enseña que el honorable Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— es el Mensajero de Allah. Al saber esto, también ha comprendido que debe actuar exactamente conforme al método que el Mensajero de Allah mostró para crear, en vez de cultivar espinas y frutos venenosos en el campo de este mundo, jardines de flores y frutos dulces. Si sigue ese método, podrá obtener en el Más Allá exactamente la cosecha que corresponde. Pero si actúa de manera opuesta, en este mundo cultivará espinas y en el Más Allá recibirá precisamente espinas como cosecha, y nada más.

Después de adquirir este conocimiento, también debe formar su vida cotidiana de acuerdo con él. Si cree firmemente que un día tendrá que morir, que después de morir deberá vivir una vida diferente y que incluso en esa vida tendrá que subsistir dependiendo de la cosecha obtenida en este mundo, entonces le será absolutamente imposible seguir cualquier camino que no sea las normas y disposiciones presentadas por el honorable Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—. ¿Por qué cultiva usted la tierra en este mundo? Lo hace porque sabe muy bien que, si no cultiva, no habrá cosecha, y que, sin cosecha, morirá de hambre. Si no creyera esto y pensara que la cosecha crecería aunque no cultivara, o que podría vivir sin cosecha, jamás se esforzaría tanto en cultivar la tierra. Ahora reflexione sobre sí mismo. Sepa que la fe de la persona que reconoce de palabra a Allah como su Señor y al honorable Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— como Mensajero de Allah, y afirma creer en el Más Allá, pero cuyas obras y actividades cotidianas siguen un curso completamente contrario al Corán de Allah y a los hadices del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—, es en realidad sumamente débil. Si creyera con tanta certeza en las dolorosas consecuencias de no preparar la cosecha para el Más Allá como cree en las malas consecuencias de no trabajar su propio campo, jamás mostraría semejante negligencia respecto a las obras para el Más Allá. Nadie cultiva conscientemente semillas de espinas para su propio futuro. Solo puede cultivar espinas quien no cree que, si se plantan espinas, de ellas nacerán espinas y que esas mismas espinas le causarán sufrimiento; nadie más. Usted nunca puede tomar conscientemente en sus manos una brasa ardiente, porque sabe con certeza que se quemará la mano. Pero un niño sin entendimiento pone la mano en el fuego porque no sabe en absoluto cuán dolorosas serán las consecuencias.

La realidad del islam

¿A quién se llama musulmán?

Aquí mencionaré las cualidades necesarias para un musulmán. Es decir, explicaré especialmente cuáles son las condiciones mínimas para ser musulmán y qué cualidades mínimas debe poseer una persona para que pueda ser llamada musulmana.
Para comprender bien esto, primero debe adquirir una concepción correcta y completa del kufr y del islam. Sepan, en términos generales, que negarse a obedecer las órdenes de Allah se llama «kufr» o incredulidad; y obedecer únicamente las órdenes de Allah, rechazando cualquier regla, ley u orden que contradiga el Sagrado Corán que Allah ha dado, se llama islam. Esta diferencia entre el islam y el «kufr» se expresa claramente en el siguiente versículo del Noble Corán:وَمَنْ لَّمْ يَحْكُمْ بِمَا أَنْزَلَ اللهُ فَأُولَئِكَ هُمُ الْكَفِرُونَ – المائدة : ٤٤
«Los que no juzgan conforme a lo que Allah ha revelado, esos son los incrédulos».
Aquí no se habla solamente de juzgar y decidir, conforme al Corán y a los hadices, los casos que se presentan ante los tribunales civiles y penales. Más bien, se habla de cada decisión que cada persona toma al realizar cada acto de su vida. En cada asunto se les plantea la pregunta de si deben realizar una acción o no, y si deben hacerla de una manera determinada o de otra. En ese momento, por lo general, se les presentan dos tipos de normas. Un tipo de normas les muestra el Corán de Allah y los hadices del Mensajero. El otro tipo de normas lo presentan su nafs, las costumbres heredadas de sus antepasados o las leyes elaboradas por los seres humanos. En tal situación, quien decide actuar adoptando otros caminos y dejando de lado las normas dadas por Allah, en realidad adopta el camino del kufr. Si toma esta decisión respecto a toda su vida y no sigue en ningún asunto las normas dadas por Allah, es completamente incrédulo. Si en algunos asuntos sigue la guía de Allah, pero en otros actúa según las órdenes de su nafs, las costumbres de sus antepasados o las leyes humanas, entonces se entrega al kufr en la misma medida en que desobedece la ley de Allah. Según esto, alguien puede ser medio incrédulo, otro un cuarto incrédulo; en alguien puede haber una décima parte de kufr y en otro una vigésima parte. En resumen, en la medida en que se contradiga la ley de Allah, en esa misma medida se incurre en kufr, sin duda alguna. En realidad, islam significa ser únicamente siervo de Allah y no obedecer a nadie —ni a la propia nafs, ni a los antepasados, ni a la tribu o linaje, ni al maulvi, ni al pir, ni al terrateniente, ni al recaudador de impuestos, ni al juez o magistrado, ni a ningún otro—. No ser esclavo de nadie salvo de Allah y no aceptar la servidumbre de nadie más: ese es el deber del musulmán. En el Noble Corán se ha dicho:

قُلْ يَأَهْلَ الْكِتَبِ تَعَالَوْا إِلَى كَلِمَةٍ سَوَاءٍ بَيْنَنَا وَبَيْنَكُمْ أَلَّا نَعْبُدَ إِلَّا اللَّهَ ولا نُشْرِكَ بِهِ شَيْئًا ولا يَتَّخِذَ بَعْضُنَا بَعْضًا أَرْبَابًا مِّنْ دُونِ اللَّهِ ، فَإِنْ
تَوَلَّوْا فَقُولُوا اشْهَدُوا بِأَنَّا مُسْلِمُونَ – ال عمران : ٦٤

«¡Oh, Profeta!, diles a la Gente del Libro: “Venid, reunámonos en una palabra común entre nosotros y vosotros (es decir, lo que dijeron vuestros profetas, eso mismo digo yo, puesto que también soy un profeta de Allah): (1) no seremos siervos de nadie excepto de Allah; (2) no asociaremos a nadie con la divinidad de Allah; y (3) ninguno de nosotros tomará a otro, aparte de Allah, como protector y señor”. Si no aceptan estas tres cosas, decidles claramente: “Sed testigos de que nosotros somos musulmanes”, es decir, aceptamos plenamente estas tres cosas». —Sura Al Imran: 64

En otro lugar se ha dicho:

افغيْرَ بِيْنِ اللهِ يَبْغُونَ وَلَهُ أَسْلَمَ مَنْ فِي السَّمَوتِ وَالْأَرْضِ طَوْعًا
وكرها والَيْه يُرْجَعُونَ – ال عمران : ۸۳
«¿Acaso queréis obedecer a alguien distinto de Allah? Sin embargo, todo cuanto hay en los cielos y en la tierra obedece a Él, voluntaria o involuntariamente, y todos regresarán a Él.»

En estas dos aleyas se expresa la misma idea: la verdadera religión consiste en obedecer a Allah y cumplir Sus mandatos. La adoración de Allah no significa únicamente que, al postrarse ante Él cinco veces al día y a la noche, se hayan cumplido todos los deberes de la adoración. Al contrario, adorar consiste verdaderamente en obedecer en todo momento, día y noche, únicamente las órdenes de Allah Altísimo. Apartarse de aquello que Él ha prohibido y cumplir plenamente aquello que Él ha ordenado: eso es la adoración. Por ello, en cada asunto y ante cada mandato, hay que buscar únicamente la orden de Allah. No se debe prestar atención exclusiva ni dar importancia alguna a lo que digan la propia inclinación, la conciencia y la razón; a lo que dijeron o hicieron los antepasados; a la opinión de la familia, el linaje y los parientes; a lo que digan el señor Maulvi o el señor Pir; ni a la orden o la opinión de cualquier otra persona. Si, abandonando la orden de Allah, se obedece la orden de cualquiera de ellos, se comete shirk con Allah y se concede a aquel cuya orden se obedece un honor semejante al de Allah. Pues el poder de dictar órdenes pertenece únicamente a Allah Altísimo: «إن الحُكْمُ الأل«El ser humano no puede obedecer la orden de nadie salvo la de Allah.» Solo Él puede recibir la adoración y el servicio del ser humano, pues Él lo creó y por cuya gracia vive. Todo cuanto hay en los cielos y en la tierra cumple Su mandato. Una piedra no actúa obedeciendo la orden de otra piedra; un árbol no obedece a otro árbol; ningún animal vive sometido a la orden de otro animal. Pero ¿acaso el ser humano se ha vuelto inferior incluso a los animales, los árboles y las piedras, de modo que estos obedezcan únicamente a Allah mientras el ser humano empiece a seguir las instrucciones de otros seres humanos, abandonando a Allah? Esto mismo se ha explicado claramente en las tres aleyas mencionadas del Corán. De dónde procede esta incredulidad y extravío, y cómo penetra en el ser humano: sobre esto hablaremos a continuación. El Noble Corán ha declarado claramente al respecto que la tendencia a desobedecer a Allah penetra en el ser humano por tres caminos.»

El primer camino es el deseo del propio nafs del ser humano:

ومَنْ أَضَلُّ مِمَّنِ اتَّبَعَ هَيْهُ بِغَيْرِ هُدًى مِّنَ اللَّهِ إِنَّ اللَّهَ لا يَهْدِي
القوم الظَّلِمِينَ – القصص : ٥٠«¿Quién puede estar más extraviado y desviado que aquel que, abandonando la legislación dada por Allah, sigue los deseos de su propio nafs? Allah nunca guía por el camino recto a semejantes injustos.»

Esto significa que, entre todas las cosas capaces de desviar al ser humano, su nafs es la fuerza que más lo desvía. Para quien se somete a sus propios deseos, es absolutamente imposible convertirse en siervo de Allah. Pues buscará únicamente aquellos trabajos en los que pueda obtener dinero, alcanzar fama y honor, disfrutar de mayor sabor y placer, o encontrar mayor comodidad y felicidad; y se esforzará con toda su energía por realizar solo los trabajos en los que vea esas ventajas. Aunque Allah haya prohibido realizar tales trabajos, no les prestará ninguna atención. Y nunca estará dispuesto a realizar aquellos trabajos en los que no pueda obtener esas cosas. Aunque Allah Altísimo haya ordenado realizar esos trabajos, no les concederá la menor importancia. En tal situación puede afirmarse claramente que no ha reconocido a Allah Altísimo como su Señor; más bien, ha elevado a su propio nafs a la posición de su único dios. Por eso, una persona así no puede recibir de ningún modo la guía de Allah. En el Noble Corán esto se expresa en otro lugar de la siguiente manera:

اريت مَنِ اتَّخَذَ إِلَهَهُ هَنهُ ، أَفَأَنتَ تَكُونُ عَلَيْهِ وَكِيلاً ، أَمْ تَحْسَبُ أنْ أَكْثَرَهُمْ يَسْمَعُونَ أَوْ يَعْقِلُونَ ، إِنْ هُمْ إِلَّا كَالْأَنْعَامِ بَلْ هُمْ أَضَلُّ
سبيلاً ٥ – الفرقان : ٤٤٤٣«¡Oh, Profeta! ¿Has considerado a quien ha tomado los deseos de su propio nafs como su dios? ¿Acaso puedes ser el guardián de una persona así? ¿Crees que muchos de ellos escuchan y comprenden tu invitación? ¡De ningún modo! No son sino como animales; más bien, están aún más extraviados.»

No puede haber ninguna duda de que quien es esclavo de su nafs es peor que un animal. Nunca veréis a un animal transgredir los límites establecidos por Allah. Cada animal come únicamente aquello que Allah Altísimo le ha destinado y exactamente la cantidad de alimento que se le ha asignado. Y cada animal realiza precisamente el trabajo que se le ha destinado. Pero el ser humano es una clase de animal tal que, cuando se convierte en esclavo de su nafs, realiza actos ante los cuales incluso Satanás se llena de temor.
Esta es la primera causa por la que el ser humano se desvía. El segundo camino es que, debido a la atracción natural de las costumbres, creencias, opiniones, formas de vida y tradiciones heredadas de sus antepasados, el ser humano se convierte en su esclavo. Llega a considerarlas más dignas de respeto que la orden de Allah. Cuando se le presenta alguna orden de Allah contraria a esas costumbres, enseguida exclama: “Esto es lo que hicieron nuestros antepasados; ¿puedo acaso actuar contra la costumbre que ha seguido mi linaje durante tanto tiempo?”. Para quien está tan afectado por la enfermedad de venerar las costumbres de sus antepasados, es completamente imposible convertirse en un siervo sincero de Allah. En la práctica, sus antepasados y los miembros de su linaje se convierten en sus dioses. Si afirma ser musulmán, no cabe la menor duda de que tal afirmación será falsa. En el Noble Corán se ha advertido severamente sobre este asunto y se ha dicho:

وإِذَا قِيلَ لَهُمُ اتَّبِعُوا مَا أَنْزَلَ اللهُ قَالُوا بَلْ نَتَّبِعُ مَا الْفَيْنَا عَلَيْهِ
ابانا ، أوَلَوْ كَانَ آبَاؤُهُمْ لَا يَعْقِلُونَ شَيْئًا وَلَا يَهْتَدُونَ ٥ – البقرة : ١٧٠«Cuando se les dijo: “Seguid lo que Allah ha revelado”, respondieron: “No; seguiremos únicamente el camino que siguieron nuestros antepasados”. Pero si sus antepasados no comprendían nada ni estaban guiados por el camino recto, ¿acaso los seguirán aun así?»

En otro lugar se ha dicho:

وَإِذَا قِيلَ لَهُمْ تَعَالَوْا إِلَى مَا أَنْزَلَ اللهُ وَإِلَى الرَّسُولِ قَالُوا حَسْبُنَا مَا
وَجَدْنَا عَلَيْهِ آبَاءَنَا ، أَوَلَوْ كَانَ آبَاؤُهُمْ لا يَعْلَمُونَ شَيْئًا وَلَا يَهْتَدُونَ ، يَأَيُّهَا
الَّذِينَ آمَنُوا عَلَيْكُمْ أَنْفُسَكُمْ : لا يَضُرُّكُم مِّنْ ضَلَّ إِذَا اهْتَدَيْتُمْ ، إِلَى الله مَرْجِعُكُمْ جَمِيعًا فَيُنَبِّئُكُمْ بِمَا كُنتُمْ تَعْمَلُونَ ٥ – المائدة : ١٠٤-١٠٥

«Cada vez que se les dijo: “Venid hacia la ley que Allah ha enviado y venid hacia el Mensajero”, respondieron: “Nos basta el camino que siguieron nuestros antepasados”. Pero, si sus antepasados no habían conocido la verdad y no habían seguido el camino recto, ¿acaso seguirían imitándolos ciegamente? ¡Oh, creyentes! Debéis reflexionar. Si podéis seguir el camino recto, el extravío de los demás no os perjudicará. Al final, todos vosotros regresaréis ante Allah. Entonces Allah os mostrará lo bueno y lo malo de vuestras obras». —Sura Al-Maida, 104-105

Por lo general, los ignorantes de cada época están sumergidos en este tipo de extravío, y esto les impide aceptar la invitación del profeta de Allah. Cuando el venerable Moisés (la paz sea con él) invitó a la gente de su época a seguir la ley de Allah, ellos también dijeron:

اجِئْتَنَا لِتَلْفِتْنَا عَمَّا وَجَدْنَا عَلَيْهِ أَبَاهُ نَا – يونس : ۷۸«¿Has venido para apartarnos del camino que siguieron nuestros antepasados?» —Sura Yunus, 78

Cuando el venerable Abraham (la paz sea con él) pidió a los miembros de su pueblo que se apartaran del politeísmo, ellos también dijeron esto:

وَجَدَنَا آبَاءَ نَا لَهَا عَبدِينَ – الانبياء : ٥٣«Hemos visto a nuestros antepasados adorar precisamente a esta deidad».

En resumen, después de escuchar la invitación de cada profeta, la gente de aquella época siempre dijo solamente esto: «Lo que decís es contrario a la tradición de nuestros antepasados. Por lo tanto, no podemos aceptarlo». En el Noble Corán se ha dicho:

وكَذَلِكَ مَا أَرْسَلْنَا مِنْ قَبْلِكَ فِي قَرْيَةٍ مِّنْ نُذِيرٍ إِلَّا قَالَ مُتْرَفُوهَا إِنَّا
وجَدْنَا آبَاءَنَا عَلَى أُمَّةٍ وَإِنَّا عَلَى أَثَرِهِم مُّقْتَدُونَ قُلْ أَوَلَوْ جِئْتُكُمْ بِأَهْدَى مِمَّا وَجَدتُّمْ عَلَيْهِ آبَاءَكُمْ ، قَالُوا إِنَّا بِمَا أُرْسِلْتُمْ بِهِ كُفِرُونَ فَانْتَقَمْنَا مِنْهُمْ فَانْظُرْ كَيْفَ كَانَ عَاقِبَةُ الْمُكَذِّبِينَ – الزخرف : ٢٣-٢٥

«Siempre ocurre algo así: cada vez que envío a un profeta a un país, los ricos y acomodados de ese país dicen: “Hemos visto a nuestros antepasados seguir una determinada costumbre y nosotros seguimos exactamente esa misma costumbre”. El profeta les dice: “Aunque os anuncie algo mejor que las costumbres y tradiciones de vuestros antepasados, ¿seguiréis aun así sus costumbres?”. Ellos responden: “No aceptamos en absoluto lo que dices”. Cuando dieron esa respuesta, también les infligí un castigo severo. Ahora ved cuál ha sido el terrible destino de quienes desobedecen Mi ley».-Sura Az-Zujruf: 23-25

Después de exponer estas palabras, Allah, el Altísimo, dice: o seguís las costumbres y tradiciones de vuestros antepasados, o seguís sinceramente únicamente Mi mandato; pero nunca podréis practicar ambas cosas al mismo tiempo. Solo podéis escoger uno de los dos caminos. Si queréis ser musulmanes, abandonadlo todo y continuad obedeciendo únicamente Mi mandato:

وَإِذَا قِيلَ لَهُمُ اتَّبِعُوا مَا أَنْزَلَ اللهُ قَالُوا بَلْ نَتَّبِعُ مَا وَجَدْنَا عَلَيْهِ آبَاءَنَا ، أولَوْ كَانَ الشَّيْطَنُ يَدَعُوهُمْ إِلَى عَذَابِ السَّعِيرِ وَمَنْ يُسْلِمَ وَجْهَهُ إلى اللهِ وَهُوَ مُحْسِنٌ فَقَدِ اسْتَمْسَكَ بِالْعُرْوَةِ الْوُثْقَى ، وَإِلَى اللهِ عَاقِبَةُ الْأُمُورِ وَمَنْ كَفَرَ فَلَا يَحْزُنكَ كُفْرُهُ ، إِلَيْنَا مَرْجِعُهُمْ فَتُنَبِّئُهُمْ بِمَا عَمِلُوا – – لقمن : ۲۱-۲۳

«Cuando se les dijo: “Seguid la ley que Allah ha revelado”, respondieron: “Nosotros solo seguiremos el camino por el que vimos marchar a nuestros antepasados”. Pero ¿acaso lo seguirán incluso si Satanás los llama hacia el Infierno? Quien se ha sometido por completo a Allah y ha obrado rectamente se ha aferrado a una cuerda firme. Pues el desenlace de todos los asuntos está en manos de Allah. Y en cuanto a quien niegue a Allah, ¡oh, Profeta!, no tienes razón para entristecerte por su negación. Todos regresarán a Mí; entonces les mostraré el resultado final de todas sus obras».- (Sura Luqmán: 21-23)

Esta es la segunda causa que extravía a las personas. En cuanto al tercer camino, el Noble Corán dice que, cuando una persona abandona el mandato de Allah y comienza a obedecer el mandato de otros seres humanos, pensando que cierta persona es muy rica y que, por tanto, lo que dice debe ser verdad; o que su sustento está en manos de cierta persona y que, por ello, debe obedecer necesariamente sus órdenes; o que cierta persona posee gran fuerza y poder, por lo cual es obligatorio seguirla; o que cierta persona puede destruirla lanzándole una maldición; o que cierta persona entrará con ella en el Paraíso y, por eso, debe considerar infalible todo lo que diga; o que cierta nación está progresando mucho en la actualidad y que, por ello, conviene seguir sus costumbres, entonces no puede actuar de acuerdo con la guía de Allah en ningún caso.

وإن تُطِيعُ أَكْثَرَ مَنْ فِي الْأَرْضِ يُضِلُّوكَ عَنْ سَبِيلِ اللَّهِ .. الانعام ١١٦«Si obedeces a la mayoría de los que están en la Tierra, te apartarán del camino de Allah y te conducirán por un camino extraviado».- Al-An‘am: 116

Es decir, la persona solo puede permanecer en el camino recto cuando tiene un único Allah. Quien reconozca como “dioses” a cientos y miles de personas, y quien a veces siga lo que manda un dios y otras veces lo que manda otro, nunca podrá encontrar el camino recto.
En la discusión anterior habéis comprendido claramente que existen tres grandes causas del extravío humano.
Primera: la esclavitud del nafs.
Segunda: la esclavitud de las costumbres y tradiciones de los antepasados, de la familia y del linaje.
Tercera: la esclavitud general respecto de la gente del mundo; esto incluye la esclavitud de los ricos, los reyes, los gobernantes, los líderes hipócritas y las naciones extraviadas del mundo.

Estos tres grandes «dioses» pretenden convertirse en los dioses del ser humano. Quien quiera ser musulmán debe, ante todo, negar a estos tres «dioses»; y, en cuanto lo haga, podrá convertirse en un musulmán verdadero. Pero para quien conserve dentro de sí a estos tres tipos de dioses y actúe conforme a sus órdenes, será sumamente difícil convertirse en un verdadero siervo de Allah. Podrá rezar cincuenta oraciones al día, ayunar todo el día para aparentar ante la gente y vestirse como un musulmán, engañando así únicamente a los demás. También podrá engañarse a sí mismo, creyendo que se ha convertido en un musulmán sincero. Pero no cabe ninguna duda de que jamás podrá engañar a Allah mediante tales artimañas.
La servidumbre a esos tres «dioses» que he mencionado arriba es el shirk verdadero. Ustedes han derribado los dioses de piedra y han destruido los ídolos y los templos de ídolos construidos con ladrillos y cal; pero no han prestado ninguna atención al templo de ídolos que existe dentro de sus propios pechos. Sin embargo, para convertirse en musulmanes, lo más necesario y la primera condición es hacer pedazos por completo esos ídolos. Aunque estoy dirigiendo estas palabras a todos los musulmanes del mundo, sé que la única causa de cuánto daño han sufrido, sufren y sufrirán los musulmanes del mundo es la adoración de estos tres tipos de dioses. Pero aquí me dirijo solamente a los hermanos musulmanes de este país: la raíz de su decadencia, de sus diversas carencias, quejas y dificultades son esas tres cosas mencionadas anteriormente. La servidumbre al nafs, la servidumbre a las costumbres heredadas y la servidumbre a personas distintas de Allah todavía existen entre ustedes en gran medida. Y eso está destruyendo por completo, desde dentro, su fuerza, su religión y su iman.
Entre ustedes existen distinciones entre ashraf y atraf, entre nobles y gente común, y entre humildes y grandes. De este modo, los miembros de su sociedad han sido divididos en diversas clases. Pero el islam quería convertir a todas esas clases y comunidades en una sola nación y en hermanos unos de otros, formando una pared sólida. La voluntad de Allah Ta‘ala era que cada ladrillo de esa pared estuviera firmemente unido a los demás ladrillos. Sin embargo, ustedes todavía conservan aquella antigua concepción hindú de las castas. Al igual que una tribu de los hindúes se mantiene separada de otra y una casta odia a otra, ustedes hacen exactamente lo mismo. En asuntos matrimoniales no pueden relacionarse unos con otros. No pueden aceptar por igual a todos los musulmanes como hermanos. De palabra se llaman hermanos, pero en la práctica permanecen entre ustedes las mismas diferencias que existían en Arabia antes del islam. Por estas razones no pueden unirse para formar una pared sólida. Como ladrillos esparcidos en distintas direcciones de una pared derrumbada, cada uno de ustedes permanece separado de los demás. Por eso no pueden convertirse en una fuerza unida ni hacer frente a ninguna desgracia o dificultad.
Si, conforme a la enseñanza clara del islam, se les dijera que destruyeran todas estas divisiones y diferencias y se unieran unos con otros, entonces ustedes dirían lo mismo: no podemos romper la costumbre que se ha transmitido desde los tiempos de nuestros antepasados. Pero ¿saben qué responderá Allah Ta‘ala a esto? Dirá: «Bien, no rompan nada de esto ni abandonen ninguna de estas costumbres no islámicas; como resultado, Yo también los haré pedazos por completo y, aunque sean numerosos en el mundo, los mantendré humillados y degradados».
Allah Ta‘ala les ha ordenado que todos sus hijos e hijas reciban una parte de sus bienes. Pero ¿qué respuesta han dado ustedes? Han dicho: «Según la ley de nuestros antepasados, las hijas no pueden recibir una parte de la propiedad; solo pueden recibirla los hijos varones. Por tanto, nosotros seguimos la ley de nuestros antepasados y no podemos seguir la ley de Allah». Piensen un poco: ¿se llama esto islam? Se les ha dicho que abandonen las leyes heredadas y las leyes vigentes en el país, y cada uno de ustedes responde: «Cuando todos las abandonen, yo también las abandonaré». Porque, si otras personas no dan a sus hijas una parte de la propiedad, mi propiedad pasará a la casa de otros, pero de la casa de otros no llegará nada a la mía… Piensen: ¿qué significa esta respuesta? Si usted solo obedecerá la ley de Allah cuando los demás también la obedezcan, ¿ha creído en la ley de Allah poniendo semejante condición? Entonces mañana también podrá decir: «Si otros cometen adulterio, yo también lo cometeré; si otros roban, yo también robaré». En resumen: mientras los demás no abandonen todos los pecados, yo también seguiré cometiendo todos los pecados.
La realidad es que, en este asunto, se les está haciendo adorar precisamente a esos tres dioses que hemos mencionado. Ustedes rinden culto al nafs, rinden culto también a las costumbres de sus antepasados y se someten asimismo a las naciones politeístas del mundo. Y, al mismo tiempo que adoran a estos tres dioses, también pretenden ser musulmanes. Aquí solo he mencionado dos ejemplos. De lo contrario, si miraran con los ojos abiertos, encontrarían entre ustedes tantos males graves que no podrían terminar de contarlos. Y, si observan, verán que en algunos lugares se adora a un dios, en otros se adora a dos y en otros se adora a los tres. Pretender ser musulmán mientras se adora a tres dioses es algo ridículo; y, en tal estado, esperar que sobre nosotros descienda precisamente la abundante misericordia que Allah Ta‘ala ha prometido hacer descender sobre los musulmanes sinceros tampoco deja de ser algo sumamente ridículo.

La prueba del iman

En el artículo anterior se dijo que, según el Corán, las causas principales de que el ser humano se extravíe son tres. Primero: abandonar la ley de Allah y convertirse en esclavo de los deseos del propio nafs; segundo: frente a la ley de Allah, seguir las costumbres de la propia familia y el camino de los antepasados; y tercero: rechazar la guía indicada por Allah y Su Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y obedecer a la gente del mundo, ya sean personas influyentes de su propia nación o de otra nación.
La verdadera identidad del musulmán consiste en que se libere por completo de estas tres clases de enfermedad y extravío. Musulmán es únicamente quien no es esclavo de nadie salvo de Allah y no sigue a nadie salvo al Mensajero. Es musulmán quien cree con plena sinceridad que las enseñanzas de Allah y de Su Mensajero son la verdad absoluta, y que todo lo contrario es falso. El bienestar y el progreso del ser humano, tanto en su religión como en su vida mundana, se encuentran únicamente en las grandiosas enseñanzas de Allah y del Mensajero. Quien pueda creer esto sin la menor duda, en cada asunto de su vida solo buscará cuál es el mandato de Allah y cuál es la norma del Mensajero. Y tan pronto como lo sepa, inclinará directamente su cabeza ante ello. Después, por mucho que su corazón se inquiete, por mucho que sus familiares intenten apartarlo y por mucho que la gente del mundo se oponga a él, no dará importancia a ninguno de ellos. Porque a todos les responderá con una sola respuesta: «¡Vaya! Yo soy siervo únicamente de Allah el Altísimo; no soy siervo de ninguno de ustedes, y he creído en el Mensajero; no he creído en ti». Pero si alguien dice: «Si esto es realmente un mandato de Allah y del Mensajero, que así sea; mi corazón no lo acepta», o «Temo que esto me cause algún perjuicio; por eso abandonaré el mandato de Allah y del Mensajero y seguiré mi propia opinión», entonces en el corazón de esa persona no quedará ni rastro de fe. No es creyente, sino hipócrita; aunque de palabra afirme ser únicamente siervo de Allah y seguidor del Profeta, en realidad es esclavo de su propio nafs y sigue su propia opinión.
Del mismo modo, si alguien dice: «Sea cual sea el mandato de Allah y del Mensajero, como cierta costumbre existe desde la época de nuestros antepasados, ¿cómo vamos a abandonarla?», o «Cierta costumbre existe en mi familia o tribu desde tiempos inmemoriales; ¿cómo voy a hacer hoy lo contrario?», también habrá que incluir a esa persona en el grupo de los hipócritas. Por muchas marcas que le aparezcan en la frente de tanto rezar, y por muy religioso que parezca públicamente, en realidad es un hipócrita, sin ninguna duda. La razón es que la esencia de la religión no ha encontrado ningún lugar en su corazón: su corazón no acepta sinceramente el islam. El simple rukūʿ y suŷūd, o el ayuno y el hach, no se llaman «la religión del islam». Tampoco se practica la «religión» por adoptar una apariencia externa semejante a la de un musulmán. En realidad, «religión» significa obedecer a Allah y al Mensajero. Quien se niega a obedecer a Allah y al Mensajero en todos los asuntos de su vida no conserva en su corazón ni rastro de la «religión». Su oración, su ayuno y su piedad no son más que un engaño.
Del mismo modo, si alguien, despreocupándose de la guía de Allah y de Su Profeta, dice: «Como entre los europeos o los estadounidenses cierta cosa está muy extendida y ellos han progresado, también nosotros deberíamos adoptarla», o «Cierta nación ha hecho tal cosa, y cierta persona importante ha dicho esto; por tanto, también nosotros debemos practicarlo», no hay ninguna razón para considerar que esa persona tiene fe. Si tuviera fe, nadie podría decir tales cosas. Si realmente eres musulmán y quieres seguir siendo musulmán, debes rechazar toda palabra que contradiga el mandato de Allah y de Su Mensajero. Si no puedes hacerlo, no corresponde que nadie pretenda ser musulmán. Afirmar de palabra: «Reconozco a Allah y al Mensajero», y al mismo tiempo seguir siempre a la gente del mundo en todos los asuntos de la vida, dejando de lado las palabras de Allah y del Mensajero, no es ni fe ni islam; no es otra cosa que hipocresía.

En la decimoctava parte del Sagrado Corán, Allah el Altísimo dijo con palabras claras:

لَقَدْ أَنْزَلْنَا أيت مُبَيِّنَتِ ، وَاللهُ يَهْدِي مَنْ يُشَاءُ إِلَى صِرَاطٍ مُسْتَقِيره
وَيَقُولُونَ أَمَنَّا بِاللهِ وَبِالرَّسُولِ وَأَطَعْنَا ثُمَّ يَتَوَلَّى فَرِيقٌ مِّنْهُم مِّنْ بَعْدِ ذلك ، وَمَا أُولَئِكَ بِالْمُؤْمِنِينَ وَإِذَا دُعُوا إِلَى اللَّهِ وَرَسُولِهِ لِيَحْكُمْ
بَيْنَهُمْ إِذَا فَرِيقٌ مِّنْهُمْ مُعْرِضُونَ ، وَإِنْ يُكُنُ لَهُمُ الْحَقُّ يَأْتُوا إِلَيْهِ مُنْعِتِينَ فِي قُلُوبِهِمْ مُرَضٌ أَمِ ارْتَابُوا أَمْ يَخَافُونَ أَنْ يُحِيفُ اللَّهُ عَلَيْهِمْ وَرَسُولَهُ ، بَلْ أُولَئِكَ هُمُ الظَّلِمُونَ إِنَّمَا كَانَ قَوْلَ الْمُؤْمِنِينَ إِذَا دُعُوا إِلَى اللَّهِ وَرَسُولِهِ لِيَحْكُمَ بَيْنَهُمْ أَنْ يَقُولُوا سَمِعْنَا وَأَطَعْنَا ، أولئِكَ هُمُ الْمُفْلِحُونَ وَمَنْ يُطِعِ اللَّهَ وَرَسُولَهُ وَيَخْشَ اللَّهَ وَيَتَّقُه فَأُولَئِكَ هُمُ الْفَائِزُونَ – النور : ٥٢٤٦

«He hecho descender versículos que distinguen claramente entre la verdad y la falsedad. Allah guía por medio de estos versículos al camino recto a quien quiere. La gente dice: “Hemos creído en Allah y en Su Mensajero, y reconocemos nuestra obediencia”; pero después algunos de ellos abandonan la obediencia. Estos no son creyentes. Cuando se les convoca para que sus asuntos sean juzgados conforme a la ley de Allah el Altísimo, algunos vuelven el rostro y se marchan en otra dirección. Pero si el juicio de la ley de Allah coincide con sus deseos, entonces sí lo aceptan. ¿Acaso hay una enfermedad en sus corazones? ¿O están simplemente hundidos en dudas infundadas? ¿O temen que Allah y Su Mensajero les perjudiquen en sus derechos? Sea cual sea la razón, ellos mismos se están oprimiendo. La norma de todo creyente es que, cuando se le convoca para juzgar conforme a la ley de Allah, inclina la cabeza diciendo: “Hemos oído y obedecemos”. En realidad, solo quienes pertenecen a esta clase pueden alcanzar la salvación y el progreso. Y solo quienes obedezcan el mandato de Allah y de Su Mensajero, teman a Allah y se aparten de Su desobediencia alcanzarán el éxito y serán salvados». —Sura An-Nur: 46-52

Intenten comprender con especial atención la descripción de la fe que se da en estos versículos. En realidad, fe significa someterse ante el Libro de Allah y la guía del Mensajero. Inclinen la cabeza ante cada mandato que provenga de allí. No escuchen ninguna palabra que se oponga a él: ni la voz de sus propios corazones, ni la de su linaje y familia, ni la de la gente del mundo. La persona en cuyo corazón esté presente esta cualidad será, en verdad, creyente y musulmana. Y a quien carezca de ella no se le puede llamar de otra manera que hipócrita.

Quizá hayan oído que en Arabia estaba muy extendida la costumbre de beber alcohol. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, estaban casi completamente enloquecidos por la bebida. En realidad, sentían una profunda atracción por ella. No hay cuenta de cuántos poemas y canciones compusieron para alabarla. Estaban dispuestos incluso a dar la vida por el alcohol. También saben que, una vez adquirida la adicción, es muy difícil librarse de ella. Los alcohólicos pueden dar la vida por la bebida, pero no pueden abandonarla. Si un alcohólico no consigue alcohol, su estado llega a ser peor que el de un enfermo grave. Pero ¿han oído alguna vez qué ocurrió cuando descendió el versículo que prohibía el alcohol? Aquellos mismos árabes, enloquecidos por la bebida y dispuestos a dar la vida por ella, en cuanto recibieron este mandato rompieron con sus propias manos los grandes recipientes de alcohol. El alcohol corrió por las calles y callejuelas de Medina como agua de lluvia. En una reunión, varias personas estaban sentadas bebiendo juntas. Cuando el pregonero del Profeta se acercó y les dijo que el alcohol había sido prohibido, la mano de cada uno se detuvo exactamente donde estaba, y nadie avanzó ni un poco. Quien tenía la copa pegada a los labios la retiró de inmediato. Después, ni una sola gota de alcohol pudo entrar en su estómago. Esta es la verdadera manifestación de la fe. Y esto es lo que se llama obediencia a Allah y al Mensajero.

No ignoran cuán severo es en el islam el castigo por el adulterio: cien latigazos en la espalda. Tan solo imaginarlo hace estremecerse el cuerpo humano. Y si el adúltero está casado, se le da muerte lapidándolo. Al oír el nombre de este duro castigo, cualquiera tiembla de miedo. Pero ¿saben cuál era la situación de aquellas personas que poseían una fe sincera, aunque hubieran cometido adulterio por error? Un hombre cayó en el adulterio engañado por Satanás. Nadie había sido testigo, nadie lo había llevado ante el tribunal y tampoco había quien avisara a la policía. Pero en su corazón había una fe sincera. Y esa fe le dijo: «Cuando has satisfecho el deseo de tu nafs sin temer la ley de Allah, prepárate ahora para recibir el castigo conforme a la ley que Él ha establecido». Por eso él mismo se presentó ante el honorable Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y dijo: «¡Oh Mensajero de Allah! He cometido adulterio; impóngame su castigo». El honorable Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, volvió entonces el rostro hacia otro lado. Aquel hombre volvió a colocarse frente a él, le pidió nuevamente que lo castigara y dijo: «Impóngame el castigo correspondiente al pecado que he cometido». A esto se le llama fe. Para quien posea esta fe, recibir cien latigazos sobre la espalda desnuda, e incluso morir bajo los golpes de las piedras, es fácil; pero presentarse ante Allah después de desobedecerle es algo extremadamente difícil.

También saben que, para la gente del mundo, los parientes suelen ser las personas más queridas. En especial, el padre, el hijo y el hermano son tan queridos que la gente está dispuesta a renunciar a todo por ellos. Pero piensen por un momento en las batallas de Badr y Uhud y vean quién luchó contra quién. El padre estaba en el bando de los musulmanes y el hijo en el de los incrédulos; el hijo a un lado y el padre al otro; un hermano a favor del islam y el otro a favor del enemigo. Los parientes más cercanos se dividieron en dos bandos y lucharon unos contra otros. Y combatieron de tal manera como si ni siquiera se conocieran. No lucharon por dinero, tierras o bienes, ni por enemistades personales. Derramaron su propia sangre y lucharon contra sus familiares únicamente por Allah y el Mensajero. Poseían una fuerza de voluntad tan extraordinaria que estaban dispuestos a sacrificar sin vacilar por Allah y el Mensajero a sus padres, hermanos, hijos y a todo su linaje.

También saben que el islam puso fin por completo a casi todas las antiguas costumbres de Arabia. En aquella época, la mayor ceremonia era la adoración de ídolos. Esta práctica se había mantenido durante cientos de años. Pero el islam declaró con claridad: «Abandonen estos ídolos». Beber alcohol, cometer adulterio, jugar, robar y asaltar eran hechos cotidianos en Arabia. El islam dijo: «Deben abandonar todo eso». Las mujeres de Arabia se relacionaban abiertamente. El islam ordenó: «No pueden comportarse así; establezcan el recato». Allí no se daba a las mujeres ninguna parte de la herencia. El islam declaró que, al igual que los hombres, las mujeres también recibirían una parte de la herencia. Allí se consideraba al hijo adoptivo exactamente igual que al hijo biológico. El islam dijo que eso no podía ser así: criar al hijo de otro no lo convierte enteramente en un hijo biológico propio. Incluso si el hijo adoptivo se divorciaba de su esposa, esta podía ser desposada. En resumen, todas aquellas antiguas costumbres fueron destruidas una por una.

¿Saben cómo actuaron entonces quienes creyeron en Allah y en el Mensajero? Los creyentes destrozaron con sus propias manos, uno por uno, los ídolos que ellos y sus antepasados habían adorado durante cientos de años, ante los cuales habían presentado todo tipo de ofrendas y frente a los que habían apoyado la frente para prosternarse. Abandonaron todas las tradiciones y costumbres de linaje que habían perdurado durante cientos de años. Las cosas que consideraban grandes y sagradas las pisotearon en cuanto recibieron el mandato de Allah. Las cosas que odiaban comenzaron a aceptarlas con agrado en cuanto recibieron el mandato de Allah. Las cosas que siempre habían considerado puras y sagradas comenzaron a considerarlas impuras conforme a la ley de Allah. Y las cosas que consideraban impuras se volvieron de pronto puras. Abandonaron inmediatamente todas las costumbres paganas en las que encontraban comodidad y placer, y aceptaron con alegría los mandatos del islam que a la gente le parecían difíciles de cumplir. Esto es la fe y esto es lo que se llama islam. Pero piensen: si entonces la gente de Arabia hubiera dicho, como sus antepasados: «No aceptaremos tal y tal práctica porque nos perjudica; sin duda haremos tal otra porque existe desde la época de nuestros antepasados; y como nos gustan ciertas prácticas de los romanos o de los iraníes, no podemos abandonarlas», y hubiera rechazado uno tras otro los mandatos del islam, ¿habría quedado hoy un solo musulmán en el mundo?

En el Noble Corán se ha dicho:

لَنْ تَنَالُوا الْبِرَّ حَتَّى تُنْفِقُوا مِمَّا تُحِبُّونَ – – ال عمران : ۹۲«No alcanzaréis la verdadera bondad hasta que gastéis de aquello que amáis. Si no sacrificáis por Allah las cosas que amáis, no podréis alcanzar de ningún modo la verdadera prosperidad». —Sura Al Imran, 92

Este versículo expresa la esencia del islam y de la fe. La verdadera exigencia del islam es que ofrezcáis a Allah aquello que más amáis. En todos los asuntos de la vida veréis que, por un lado, el mandato de Allah os llama, mientras que vuestro nafs os llama exactamente en la dirección opuesta. Allah ordena hacer algo, pero vuestro nafs os incita a no hacerlo, diciéndoos que os causará un sufrimiento terrible o un perjuicio. Allah prohíbe hacer algo, pero vuestro nafs lo considera sumamente agradable y beneficioso, y no está dispuesto a abandonarlo. En cada asunto, la complacencia de Allah se encuentra en una dirección, mientras que la atracción de los placeres y comodidades de todo el mundo os llama completamente hacia la otra. En resumen, en cada paso de la vida se presentan ante el ser humano dos caminos: uno es el camino del islam y el otro, el camino de la incredulidad y la hipocresía. En tal situación, quien pisotee todas las cosas mundanas y se someta únicamente ante el mandato de Allah, debe considerarse que solo él ha tomado el camino del islam. Y quien pisotee el mandato de Allah para satisfacer sus propios deseos o los de este mundo, debe entenderse que ha adoptado el camino de la incredulidad y la hipocresía.

La gente de la época actual ha adoptado por completo una política oportunista. Acepta con gran entusiasmo las sencillas normas del islam, pero cuando llega el momento del verdadero enfrentamiento entre la incredulidad y el islam, cambia de rumbo. Incluso entre quienes proclaman ser grandes defensores del islam existe esta debilidad. Gritan mucho: «¡Islam, islam!». Al elogiar el islam, sus bocas parecen desbordarse de palabras, y por ello también realizan bastantes actos para aparentar ante la gente. Sin embargo, cuando se les invita a unirse todos para aplicar plenamente sobre sí mismos las normas del islam que tanto elogian, enseguida responden: «Eso no es fácil; implica diversas dificultades» o «Ahora no es posible». Esto significa que, para ellos, el islam no es más que un hermoso juguete. Si se coloca en una estantería, se puede contemplar su belleza. Se puede elogiar mucho de palabra, pero, según ellos, pretender aplicarlo como una ley completa sobre uno mismo, la propia familia, los parientes y los propios negocios es un delito. Esta es la situación de quienes hoy son conocidos como personas religiosas; ¿qué se puede decir entonces de los demás habitantes del mundo? Recordad que precisamente por esta razón nuestras oraciones, ayunos, recitación del Corán y seguimiento externo de la sharía ya no tienen la influencia que tenían antes, y por eso no obtenemos de ellos ningún resultado en la vida práctica. Porque cuando falta la vida, ¿qué buen efecto puede producir un cuerpo sin vida?

El criterio inequívoco del islam

Allah el Altísimo ha dicho en Su Libro sagrado:

قُلْ إِن صَلاتِي وَنُسُكِي وَمَحْيَايَ وَمَمَاتِي لِلَّهِ رَبِّ الْعَلَمِينَ الأَشَرِيكَ
له ، وبذلك أمرت وأنا أول المسلمين – الانعام : ١٦٣-١٦٤«¡Oh, Muhammad!, di: “En verdad, mi oración, mis actos de adoración, mi vida y mi muerte pertenecen por completo a Allah, Señor de todos los mundos. Él no tiene asociado alguno. Esto es lo que se me ha ordenado, y soy el primero en someter ante Él la cabeza en señal de obediencia”». —Sura Al-An‘am, 163-164

Al explicar este versículo, el Noble Profeta (la paz sea con él) dijo:

من أَحَبُّ لِلَّهِ وَأَبْغَضَ لِلَّهِ وَأَعْطَى لِلَّهِ وَمَنَعَ لِلَّهِ فَقَدِ اسْتَكْمَلُ الْإِيْمَانَ«Quien ama por Allah, muestra enemistad por Allah, da por Allah y deja de dar por Allah, ha completado su fe. Es decir, se ha convertido en un creyente de fe perfecta».

La aleya que mencioné al principio demuestra que el islam ordena al ser humano dedicar exclusivamente a Allah, con absoluta sinceridad, toda su servidumbre y obediencia, así como su vida y su muerte, y no asociar a nadie con Él en este asunto. En otras palabras, el ser humano no debe servir ni obedecer a nadie excepto a Allah. Su vida y su muerte tampoco deben consagrarse al propósito de nadie salvo Allah.

De lo expuesto en la explicación con las palabras del Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda la paz— se comprende que dedicar exclusivamente a Allah el amor y la enemistad del ser humano, así como todas las actividades y transacciones de su vida material, es una exigencia esencial de la fe verdadera. De lo contrario, no solo estará lejos de alcanzar una elevada posición, sino que ni siquiera podrá alcanzar la plenitud de la fe. La fe del ser humano quedará incompleta exactamente en la medida en que exista deficiencia en este aspecto. Por el contrario, cuanto más plenamente pueda entregarse a Allah con un corazón sometido, tanto más completa será su fe.

La mayoría de la gente cree que entregarse por completo a Allah solo es necesario para alcanzar un alto rango o dignidad, y que alcanzar en tal medida ese estado elevado por causa de la fe y del islam no es una condición indispensable. En otras palabras, creen que una persona puede ser creyente y musulmana aunque no desarrolle ese estado espiritual. Pero tal concepción es errónea desde su misma raíz, y ha surgido porque la gente común no distingue entre el islam legal y el islam verdadero que cuenta ante Allah.

En el islam reconocido por la jurisprudencia y por la ley no se examina el estado real del corazón de una persona —y tampoco es posible examinarlo—. Más bien, se presta atención a la existencia de ciertos signos externos necesarios que sirven como prueba práctica de su profesión verbal. Si alguien declara verbalmente que cree en Allah, en el Mensajero, en el Corán, en la Otra Vida y en las demás cuestiones esenciales, y después cumple las condiciones necesarias que constituyen la prueba práctica de esa profesión verbal, será considerado dentro de los límites del islam. Se tratará con él en todos los asuntos como musulmán. Pero, en realidad, todo esto se limita a los asuntos de este mundo y solo proporciona, desde una perspectiva material, la base legal y civilizatoria necesaria para la sociedad musulmana. Todos los que entren en la sociedad musulmana mediante tal profesión serán considerados musulmanes. No se podrá llamar incrédulo a ninguno de ellos. Recibirán unos de otros los derechos morales y sociales reconocidos por la sharía; podrán establecer vínculos matrimoniales entre sí, se distribuirán las herencias y se establecerán las demás relaciones sociales.

Sin embargo, la salvación de una persona en la Otra Vida, que sea considerada musulmana y creyente, y que se incorpore al grupo de los siervos amados de Allah, no es posible únicamente mediante ese reconocimiento legal y verbal. Para ello es indispensable que, junto con el reconocimiento en su corazón, dirija su interior hacia Allah y se entregue completamente a Él con sincero deseo y entusiasmo. En este mundo, el valor del reconocimiento verbal solo cuenta ante el juez y entre la gente común o los musulmanes, porque ellos solo pueden ver lo externo. Pero Allah ve el corazón de la persona, su estado interior real y sus sentimientos. Allah mide la fe de cada ser humano. Si una persona ha dedicado su vida y su muerte, toda su gratitud, amistad, obediencia, servidumbre y el curso entero de sus actos a Allah, y no a otro, será juzgada ante Allah precisamente según este criterio. Si como resultado de ese examen se demuestra que dedicó todo ello exclusivamente a Allah, será considerada musulmana y creyente; pero si lo dedicó a otro, no será considerada ni musulmana ni creyente. Según este criterio, cuanto más inmadura e imperfecta resulte una persona, en esa misma medida serán inmaduras e imperfectas su fe y su condición de musulmana. Aunque en este mundo sea considerada un musulmán eminente y allí se le conceda una incomparable dignidad, no tendrá ninguna importancia ante Allah. El valor de una persona ante Allah se establecerá únicamente según si empleó todo lo que Allah le concedió para Allah y por el camino que Él indicó. Si lo hizo, recibirá la dignidad que corresponde a un siervo obediente y digno de amistad. Pero si aparta algo de la servidumbre a Allah y no lo emplea por el camino indicado por Él, su afirmación verbal de ser musulmán —es decir, de haberse entregado por completo a Allah— quedará demostrada como absolutamente falsa. Aunque mediante esa falsa afirmación quizá pueda engañar a la gente de este mundo, y estos, engañados por sus palabras, puedan darle un lugar en la sociedad musulmana y concederle todas las ventajas y facilidades que corresponden a un musulmán, Allah nunca será engañado por ello ni lo contará entre Sus amigos fieles y obedientes.

Si se reflexiona profundamente sobre la explicación de la diferencia entre el islam legal y el islam verdadero, se comprende que sus consecuencias no serán distintas únicamente en la Otra Vida, sino que también en este mundo los resultados prácticos de tal diferencia necesariamente serán distintos. Por ello, todos los musulmanes que han existido y todos los que existen actualmente pueden dividirse en las dos categorías mencionadas.

Se observa una clase de musulmanes que reconoce a Allah y al Mensajero y acepta el islam únicamente como una religión, pero concede a esta religión solo la posición de una parte o sección de su vida total, y nada más. Como consecuencia, en esa parte y sección particular se establece plenamente la creencia en el islam. Se cumplen debidamente los ritos de adoración y devoción. Se recitan tasbih y las fórmulas de recuerdo y súplica. En la comida, la bebida y algunos asuntos sociales también se adopta cierta piedad; se hace casi todo lo que debe hacerse al practicar la religión. Pero fuera de esa parte y sección no se permite que las actividades musulmanas ocupen ningún lugar en los demás aspectos y ámbitos de la vida. Allí, si aman, aman a sí mismos, sus propios intereses, su país, su pueblo o alguna otra cosa; y si sienten enemistad o combaten, lo hacen igualmente por algún interés material semejante. Sus transacciones, sus negocios, sus relaciones, sus hijos, su linaje y familia, su país y su sociedad, y su trato con las demás personas, todo se desarrolla desde una perspectiva puramente material, dejando completamente de lado la religión del islam. Ya sean terratenientes, comerciantes, gobernantes o soldados, sean lo que sean, cada uno actúa como un profesional independiente, no como musulmán. En este aspecto no conceden a su condición musulmana ni el más mínimo lugar. Aunque su condición musulmana ejerza cierta influencia parcial sobre las actividades civilizatorias, educativas y políticas en las que participan colectiva y conjuntamente, no se establece ninguna relación real entre estas actividades y el islam.

También se observa una segunda clase de musulmanes: aquellos que entregan al islam toda su personalidad y todo su ser. Cumplen sus deberes como musulmanes en todos los ámbitos de su vida. Sean padres musulmanes, hijos musulmanes, esposas musulmanas, comerciantes, terratenientes, obreros o empleados —sean lo que sean—, en todas partes conducen su vida como musulmanes. Sus sentimientos, esperanzas y aspiraciones, sus pensamientos y opiniones, sus juicios y decisiones, su odio y su amor, sus preferencias y aversiones, todo se ajusta al ideal islámico. El islam ejerce plena autoridad sobre su mente y cerebro, sobre sus ojos y oídos, sobre su vientre y sus partes íntimas, y sobre sus manos, pies y todos los miembros de su cuerpo. Su afecto, amor o enemistad no traspasan los límites del islam. Si establecen una relación con alguien, lo hacen por el islam; si luchan contra alguien, luchan por el islam; si dan algo a alguien, lo hacen únicamente porque el islam ordena darlo. Y si dejan de dar algo a alguien, lo hacen exactamente conforme a la orden del islam. Esta norma de conducta no solo se aplica a su vida individual, sino que su vida colectiva también se establece completa y enteramente sobre la base del islam. En conjunto, todo su ser está consagrado y dedicado al islam. Todo su carácter y función nacional, así como sus actividades, se establecen y se dirigen sobre los fundamentos de los principios islámicos.

Estas dos clases de musulmanes son, en esencia, completamente opuestas entre sí. Aunque desde el punto de vista legal ambas clases sean consideradas parte de una misma umma, es decir, de una misma nación, y aunque la palabra «musulmán» se aplique por igual a ambas, en realidad son completamente distintas. Ninguna obra de la primera clase de musulmanes ha sido considerada digna de mención o gloria en la historia del islam. No realizaron ninguna acción capaz de ejercer una influencia gloriosa del islam en la historia del mundo. El mundo jamás percibió importancia alguna en esta clase de musulmanes. Más bien, la realidad es que el retroceso del islam fue posible por causa de esta clase de musulmanes y a través de ellos. Precisamente porque su número aumentó en la sociedad musulmana, fue posible que la incredulidad estableciera su dominio sobre la vida humana y que los musulmanes se contentaran con la oportunidad de llevar una vida religiosa cada vez más limitada. En realidad, Allah nunca quiso esta clase de musulmanes. No envió a los profetas al mundo para producir esta clase de musulmanes, ni reveló los Libros para hacerlos de este tipo. De hecho, aunque esta clase de musulmanes no existiera en el mundo, no se sentiría ninguna carencia especialmente importante; tampoco habría sido necesario mantener durante tanto tiempo la sucesión de la revelación. En realidad, los musulmanes que Allah envió profetas y reveló Libros para formar, y los que han realizado obras valiosas y notables desde la perspectiva del islam y todavía son capaces de realizarlas, son únicamente los musulmanes de la segunda clase.

Esto no es cierto únicamente en el caso del islam. Ningún ideal del mundo puede elevar su bandera por medio de quienes limitan sus principios e ideales a un reconocimiento verbal, los consideran un simple apéndice de la vida y consagran su vida y su muerte a otra cosa. También en la época actual puede encontrarse una prueba práctica de ello. Los únicos verdaderos seguidores sinceros de un ideal son quienes se entregan con corazón y alma a seguirlo y servirlo, quienes consagran a él toda su personalidad y quienes no aman ninguna cosa que esté bajo su poder, ni siquiera su propia vida o sus hijos, más que a ese ideal. En realidad, cualquier ideal puede establecerse y difundirse en el mundo únicamente por medio de personas de este tipo. Por eso todo ideal espera a personas así.

Sin embargo, existe una diferencia entre el islam y los demás ideales en un aspecto. Los demás ideales también exigen de la gente una entrega, una sinceridad absoluta y una obediencia como las mencionadas, pero en realidad no tienen ningún derecho a exigirlas. No es más que una demanda injusta que imponen a las personas. En cambio, la exigencia del islam al ser humano es enteramente eterna y natural. Un ideal exige a otras personas que consagren toda su vida y toda su personalidad por las razones que considera válidas; pero, en realidad, el ser humano no puede sacrificar ninguna de sus posesiones por una cosa que pertenezca a esas razones. En cambio, puesto que el islam exige al ser humano una entrega plena y una sinceridad absoluta por Allah, es precisamente por ello que debe consagrarse a Él. Todo cuanto existe en los cielos y en la tierra pertenece a Allah. El ser humano mismo es creación de Allah. Todo lo que el ser humano posee y todo lo que hay en él pertenece a Allah. También pertenecen a Allah las cosas mediante las cuales el ser humano actúa en este mundo. Por tanto, desde la perspectiva de la razón y la justicia, lo lógico es que aquello que pertenece a Allah se consagre al camino de Allah. El sacrificio que una persona ofrece por otro, o por su propio interés y sus deseos, no es esencialmente más que una traición y un uso indebido. Naturalmente, si hace algo conforme a la orden de Allah, no será una traición, pues todo lo que se consagra a Allah sirve, en realidad, para cumplir el derecho de Allah.

Pero los musulmanes deben aprender de las actividades de quienes sacrifican todo por doctrinas e ideales falsos y por divinidades y señores inventados por ellos mismos, y que, por esa causa, ofrecen ejemplos históricos de firmeza e inquebrantable constancia. Cuando el ser humano puede mostrar tanta sinceridad y entrega por la falsedad, ¡qué lamentable es que no esté dispuesto a hacer ni una milésima parte de ese sacrificio por la verdad!

Conforme al criterio correcto de la fe y del islam que se encuentra en las aleyas y hadices mencionados, cada uno de nosotros debe examinarse a sí mismo. Si usted afirma haber aceptado el islam y haber creído, debe examinar atentamente si su vida y su muerte están consagradas únicamente a Allah. Debe comprobar especialmente si vive únicamente para Allah; si todas las capacidades y facultades de su mente y cerebro, la fuerza de su cuerpo y espíritu, su tiempo y su trabajo están dedicados únicamente a cumplir la voluntad de Allah y a asumir las responsabilidades de la umma musulmana. También debe examinar minuciosamente si su servidumbre y obediencia son únicamente para Allah, y si su vida está completamente libre de la servidumbre del nafs y de la obediencia a la familia, el clan, los amigos, la sociedad y el gobierno. Debe prestar especial atención a si sus preferencias y aversiones están determinadas conforme a la voluntad de Allah. Examine además si ama y muestra afecto a quienes ama únicamente por Allah; si odia a quienes odia también por Allah. ¿No interviene algún interés propio en ese odio y ese amor? ¿Dar y no dar se hace igualmente por Allah? Cuando da algo en este mundo, incluso con respecto a su sustento y a su corazón, ¿busca con ello únicamente la complacencia de Allah? Y, por el contrario, ¿se abstiene de dar también por Allah? ¿No da porque Allah, exaltado sea, ha prohibido dar? ¿Y al no dar busca únicamente la satisfacción de Allah?

Si encuentra dentro de sí el estado de dedicarlo todo a Allah, dé gracias a Allah, pues Allah realmente ha perfeccionado su fe. Pero si percibe en este aspecto alguna carencia en sí mismo, esfuércese ahora mismo por eliminarla y concentre en ello todos sus esfuerzos y actividades. Su éxito en este mundo y su salvación en la Otra Vida dependen precisamente de llenar esa carencia. Aunque obtenga en este mundo una enorme riqueza, no podrá llenar con ella esa carencia. Pero si logra llenarla, aunque no obtenga nada en este mundo, en realidad no sufrirá ninguna pérdida.

Debe recordarse que este criterio del Corán y del hadiz no ha sido establecido para examinar a los demás ni para declarar a alguien creyente o hipócrita, musulmán o incrédulo. En realidad, ha sido establecido para salvarse uno mismo y para conocer y corregir en este mundo las propias deficiencias antes de comparecer ante el tribunal de la Otra Vida. No es necesario preocuparse por lo que los muftíes y jueces de este mundo piensen de usted; debe preocuparse por el lugar que Allah —el Juez Supremo y el único conocedor de todo lo oculto y manifiesto— le concede. No debe quedarse tranquilo simplemente porque figure como musulmán en el registro censal de este mundo. Es su deber estar atento a la dignidad que se le concede en el registro de Allah. Aunque el mundo entero le otorgue un certificado de fe y de islam, en realidad eso no le reportará ningún beneficio. El verdadero éxito de su vida consiste en ser considerado ante Aquel en cuyas manos está el juicio principal como creyente en lugar de hipócrita, y como siervo obediente en lugar de desobediente.

¿Por qué es necesario cumplir los mandatos de Allah?

Ya les he dicho repetidamente en varios artículos anteriores que el nombre de seguir los mandatos de Allah y de Su Mensajero es Islam, y que nadie puede convertirse en musulmán mientras no abandone seguir sus propios deseos, las supersticiones de sus antepasados, a los reyes y gobernantes del mundo y las órdenes de la gente, y obedezca únicamente a Allah y al Mensajero.

Pero ¿por qué se insiste tanto en cumplir los mandatos de Allah y del Mensajero? Aquí explicaré detalladamente precisamente ese asunto. Una persona podría preguntar: ¿qué necesidad hay de obedecer a Allah? ¿Acaso Él depende de nuestra obediencia? ¿Es por eso que Allah nos exige cumplir Sus propios mandatos y los de Su Mensajero? Así como los reyes y gobernantes del mundo están ávidos de ejercer su autoridad, ¿acaso Allah también lo está? Así como los pueblos del mundo dicen: «Reconoced mi soberanía», ¿acaso Allah dice lo mismo? Ahora quiero responder justamente a estas preguntas.

La verdad es que Allah Ta‘ala no exige a las personas que Le obedezcan por interés propio; al contrario, lo desea por el bien de las mismas personas. Allah no es como los reyes y gobernantes del mundo. Los reyes y funcionarios del mundo ejercen su autoridad sobre la gente únicamente por sus propios intereses y tratan de convertirla en esclava de sus deseos. Pero Allah Ta‘ala no tiene ningún interés personal; está libre de toda clase de bajeza relacionada con los intereses mundanos. Allah no necesita cobrarle dinero. No necesita construir palacios, comprar automóviles ni reunir su dinero, sus lujos o sus comodidades. Él es Puro y no necesita de nadie ni depende de nadie. Todo cuanto existe en el mundo Le pertenece; Él es el único dueño de todas las riquezas. Les ordena seguir Sus mandatos y obedecerle únicamente por su propio bien; Él solo desea procurarles su bienestar.

Él creó al ser humano como «Ashraful Makhluqat», la mejor de las criaturas. No le agrada en absoluto que esta noble y grandiosa criatura Suya se convierta en esclava de Satanás, en sierva de otros seres humanos o incline la cabeza ante cosas insignificantes y despreciables del mundo. Tampoco le agrada que aquellos a quienes hizo Sus representantes en la tierra vaguen y mueran en la oscuridad de la ignorancia, y que, siguiendo sus deseos como animales, se conviertan en las criaturas más viles. Por eso les dijo a los seres humanos: «¡Oh, seres humanos! Seguid únicamente Mis mandatos; actuad solamente conforme a Mis instrucciones; obedecedme únicamente a Mí. Aceptad la luz del conocimiento que he enviado a vosotros por medio de Mi Profeta; entonces podréis encontrar el camino recto y directo. Y al seguir este camino recto, podréis alcanzar honor en todas partes, tanto en este mundo como en el Más Allá».

لا إِكْرَاهَ فِي الدِّين بعد قد تبينَ الرُّشْدُ مِنَ الْغَيِّ ، فَمَنْ يُكْفُرُ بِالطَّاغُوتِ وَيُؤْمِنُ بِاللَّهِ فَقَدِ اسْتَمْسَكَ بِالْعُرْوَةِ الْوُثْقَى وَلَا انفِصَامَ لَهَا ، وَاللَّهُ سَمِيعٌ عَلِيمٌ ، اللهُ وَلِيُّ الَّذِينَ آمَنُوا يُخْرِجُهُم مِّنَ الظُّلُمَاتِ إِلَى النُّورِ وَالَّذِينَ كَفَرُوا أَوْلِيتُهُمُ الطَّاغُوتُ يُخْرِجُونَهُم مِّنَ النُّورِ إِلَى الظلمت ، أُولَئِكَ أَصْحَبُ النَّارِ هُمْ فِيهَا خَلِدُونَ – البقرة : ٢٥٦-٢٥٧«No hay coacción en la religión. El camino recto de la guía ha quedado claramente distinguido del camino torcido del extravío. Así pues, quienes de entre vosotros rechacen a los falsos dioses y a quienes conducen por el camino errado, y crean únicamente en Allah, se habrán aferrado a un asidero firmísimo que jamás se romperá. Allah lo oye todo y lo conoce todo. Allah Ta‘ala es el protector de quienes creen: los libera de las tinieblas y los conduce hacia el camino más luminoso. En cambio, quienes niegan a Allah quedan bajo la protección de sus falsos dioses y de sus líderes extraviadores. Estos los desvían de la luz y los sumergen en las tinieblas del extravío. Irán al Infierno y permanecerán allí eternamente». —Sura Al-Baqara, 256-257

Es necesario que reflexionen y comprendan por qué el ser humano se sumerge en las tinieblas cuando obedece las órdenes de otros dioses falsos en vez de Allah y por qué, al obedecer únicamente a Allah, puede encontrar un camino luminoso. Ustedes ven que, en este mundo, su vida está vinculada a innumerables tipos de relaciones. Su primera relación es con su propio cuerpo. Allah Ta‘ala les ha concedido las manos, los pies, los oídos, los ojos, la lengua, el corazón, el cerebro y el estómago para que estén a su servicio. Pero ustedes mismos deben decidir cómo utilizarán estos miembros. Qué darán de comer al estómago y qué no; qué harán con las manos y qué no harán; por qué caminos conducirán sus dos pies y por cuáles no; qué trabajos harán realizar a los ojos y los oídos y cuáles no; qué pensamientos conservarán en el corazón y cuáles no; qué ideas considerarán con el corazón y el cerebro y cuáles no: todo esto deben determinarlo después de reflexionar desde todos los aspectos. Todos ellos son sus servidores; mediante ellos pueden hacer el bien, pero también pueden cometer pecados. Al realizar sus tareas, pueden convertirlos en personas de la más elevada dignidad, pero también pueden convertirlos en seres más viles y bajos que los animales.
Después viene su relación más cercana: la que mantienen con los miembros de su hogar —sus padres, hermanos, esposa, hijos y demás parientes—, con quienes deben relacionarse a toda hora, de día y de noche. Sin embargo, deben decidir, tras reflexionar detenidamente, cómo los tratarán. Es necesario que conozcan bien qué derechos tienen ustedes sobre ellos y qué derechos tienen ellos sobre ustedes. Recuerden que la felicidad, la paz y el éxito de ustedes en este mundo y en el Más Allá dependen de que su trato con ellos sea correcto. Si los tratan mal, convertirán este mundo en un infierno para ustedes. Y no solo este mundo: en la otra vida también tendrán que rendir una dura cuenta ante Allah.
Después viene su relación con las innumerables personas del mundo. Muchos son sus vecinos; muchos, sus amigos; algunos, sus enemigos. Muchas personas les prestan servicio y ustedes prestan servicio a muchas personas. Reciben algo de unos y dan algo a otros. Alguien confía en ustedes y les encomienda sus asuntos, mientras ustedes confían en otra persona y le encomiendan sus propios asuntos. Alguien es su juez y ustedes son jueces de otra persona. Ustedes dan órdenes a alguien y alguien les da órdenes a ustedes. En resumen, deben mantener algún tipo de relación, día y noche, con tantas personas que no podrían terminar de hacer la cuenta. Deben proteger muy bien estas relaciones. Su felicidad y tranquilidad en este mundo, sus gustos y aversiones, su alegría, su éxito, su honor, respeto y buena reputación dependen enteramente de ello. Si saben conservarlas muy bien, podrán alcanzar en este mundo felicidad, paz, alegría y gloria; de lo contrario, no. Del mismo modo, si en el Más Allá pueden presentarse ante Allah sin ser declarados usurpadores de los derechos de nadie, obtendrán honor ante Él. Para ello, deben comparecer ante Allah de tal manera que no hayan violado el derecho de nadie, no hayan oprimido a nadie, nadie tenga una queja contra ustedes, no sean responsables de haber arruinado la vida de nadie y no hayan perjudicado injustamente la vida, los bienes ni el honor de nadie. Por tanto, ahora deben decidir cómo mantener correctamente sus relaciones con todas estas innumerables personas y, después de conocer las causas que pueden romperlas, arruinarlas o volverlas amargas, deben mantenerse alejados de ellas.
Ahora reflexionen sobre cuán necesario es para ustedes obtener, a cada paso de la vida, la brillante luz del conocimiento, a fin de mantener relaciones correctas con su cuerpo, con los miembros de su familia y con todas las demás personas del mundo. En cada etapa necesitan saber: ¿qué es falso? ¿Qué es la justicia y qué es la opresión? ¿Qué cantidad de derechos tiene cada persona sobre ustedes y qué cantidad de derechos tienen ustedes sobre cada persona? ¿En qué acciones de la vida se obtiene un beneficio verdadero y en cuáles existe el riesgo de sufrir un perjuicio real?………. Pero ¿dónde pueden obtener el conocimiento de todo esto? Si se lo preguntan a su propia mente, no lo encontrarán allí. Porque su mente es ignorante y necia; no conoce nada aparte de sus propios intereses y malos deseos. Les dirá: «Beban alcohol, cometan fornicación, ganen dinero por medios ilícitos», porque esas acciones proporcionan mucho placer. Les dirá: «Coman los derechos de todos y no den a nadie lo que le corresponde», porque eso trae ganancias y comodidad. Si entregan las riendas de su vida a un ser tan ignorante y necio —si hacen únicamente lo que desea su mente—, eso los llevará hasta el límite extremo de la degradación. Incluso terminarán convirtiéndose en personas sumamente egoístas, de espíritu vil y pecadoras. Con ello arruinarán todo, tanto su religión como su vida mundana.
El segundo camino consiste en que, sin escuchar los deseos de su mente, dependan por completo de otros seres humanos como ustedes y actúen en cada asunto conforme a lo que ellos digan. Irán ciegamente en la dirección que ellos les indiquen. Si adoptan este camino, existe un gran peligro de que alguna persona egoísta los dirija según su propio deseo y los utilice para alcanzar sus propios intereses. O puede que algún ignorante y extraviado los conduzca también a ustedes por el camino del desvío. O que una persona opresora los tome como instrumento y haga que opriman a otros por medio de ustedes. En resumen, aunque sigan a otras personas, no podrán obtener esa luz indispensable del conocimiento que les permita distinguir entre la verdad y la falsedad, señalarles lo justo y lo injusto y conducir su vida por el camino correcto.
Después de esto, solo queda una fuente de la que pueden obtener la luz de este conocimiento indispensable: Allah Ta‘ala, el Creador de ustedes y de todo el universo. Allah Ta‘ala lo sabe todo, lo ve todo y conoce y comprende perfectamente la naturaleza de cada cosa. Solo Él puede decir qué contiene un beneficio verdadero para ustedes y qué puede causarles un perjuicio real; solo Él puede decir qué acciones deben realizar y cuáles no. Allah Ta‘ala no carece de nada, no tiene ningún interés propio y no depende de nadie. No necesita nada. No los engañará —¡Dios nos libre!— para obtener de ustedes algún beneficio personal. Él es puro y santificado; es el Dueño de todo. En cualquier consejo que les dé no hay rastro de interés propio: todo está destinado únicamente a su beneficio. Además, Allah Ta‘ala es el Juez Justo y jamás trata injustamente a nadie. Por ello, todos Sus consejos serán necesariamente imparciales, justos y beneficiosos. Si siguen Sus órdenes, no habrá peligro de que opriman a ustedes mismos ni a ninguna otra persona.
El beneficio de la luz que se obtiene de Allah Ta‘ala depende enteramente de dos cosas. La primera es que deben tener una fe verdadera en Allah Ta‘ala y en el Profeta por medio del cual Él envió esta luz; deben creer firmemente que la ley y las enseñanzas que el Mensajero de Allah trajo de parte de Él son completamente verdaderas. Aunque no lleguen a percibir su verdadero beneficio, deben creerlo. La segunda es que, después de tener fe, deben seguir en cada acción de su vida la ley de Allah. Porque, después de creer en ella, si no la siguen en la práctica, no podrán obtener el menor fruto de esa luz.
Supongan que alguien les dice: «Tal cosa es veneno y destruye la vida de los seres vivos; por tanto, no la coman». Ustedes responden: «Sí, hermano, lo que dices es completamente cierto; no hay ninguna duda de que es veneno y destruye la vida». Pero, aun conociendo, creyendo y reconociendo verbalmente esta verdad, comen dicha sustancia. Entonces, el efecto real del veneno se producirá necesariamente. Lo sufrirán tanto si lo comen sabiendo como si lo comen sin saber. Si lo hubieran comido sin saberlo, el resultado habría sido el mismo que al comerlo sabiéndolo. En la práctica, no hay diferencia entre saber y no saber de esta manera. El verdadero resultado y beneficio de conocer y reconocer algo así solo pueden obtenerlos cuando, al conocer y reconocer una verdad, actúan conforme a ella. No deben limitarse a reconocer verbalmente como verdadera la acción que se les ha ordenado realizar, sino que deben llevarla a la práctica. Y respecto de la acción que se les ha prohibido, no basta con aceptar verbalmente que deben abstenerse de ella; deben mantenerse alejados de esa acción prohibida en todos los asuntos de su vida. Por eso Allah Ta‘ala ha dicho repetidamente:

أَطِيعُوا اللَّهَ وَأَطِيعُوا الرَّسُول – النساء : ٥٩
«Obedeced a Allah y al Mensajero». (Sura an-Nisā’: 59)

وإِن تُطِيعُوهُ تَهْتَدُوا — النور : ٥٤
«Si seguís al Mensajero, entonces encontraréis el camino recto».—Sura an-Nūr: 54

فَلْيَحْذَرِ الَّذِينَ يُخَالِفُونَ عَنْ أَمْرِهِ أَنْ تُصِيبَهُمْ فِتْنَةٌ – النور : ٦٣
«Quienes se oponen al mandato de Mi Mensajero deben temer que les sobrevenga una calamidad».—Sura an-Nūr: 63

Les digo repetidamente que se debe obedecer únicamente a Allah y a Su Mensajero; esto no significa que no haya que obedecer en absoluto el mandato de ningún ser humano. En realidad, significa que no debéis seguir ciegamente a nadie. Debéis observar siempre con mirada aguda únicamente esto: si lo que os ordena hacer la persona que os da una orden está de acuerdo con el mandato de Allah y del Mensajero o es contrario a él. Si está de acuerdo, es obligatorio obedecerlo. Porque, al actuar conforme a esa orden, en realidad no se está obedeciendo la orden de esa persona, sino que se está obedeciendo a Allah y a Su Mensajero. Pero si da una orden contraria al mandato de Allah y del Mensajero, arrojadla a la cara de esa persona, sea quien sea. Pues no está permitido en absoluto obedecer la orden de nadie aparte de Allah y de Su Mensajero.
Podéis comprender fácilmente que Allah Altísimo no se presenta personalmente ante los seres humanos para darles órdenes; todos los mandatos y normas que tenía que transmitir los envió por medio de Su Mensajero. Nuestro amado Profeta también partió de este mundo hace casi mil cuatrocientos años. Todos los mandatos y normas que Allah Altísimo le había dado están ahora contenidos en el Sagrado Corán y en el hadiz. Pero este Noble Corán no es algo que pueda presentarse por sí mismo ante vosotros, hablaros de Allah, daros órdenes e impediros seguir los caminos que Allah ha prohibido. Serán seres humanos quienes os guíen conforme al Corán y al hadiz. Por tanto, no hay manera de evitar seguir a seres humanos. Sin embargo, el deber indispensable es que no sigáis ciegamente a ningún ser humano. Debéis observar cuidadosamente solo esto: si esas personas os guían conforme al Sagrado Corán y al hadiz. Si os guían conforme al Corán y al hadiz, es vuestro deber seguirlas; pero si os guían por el camino contrario, seguirlas está claramente prohibido.

El din y la sharía

Cuando habláis sobre religión, soléis oír dos palabras con frecuencia y vosotros mismos también las pronunciáis a menudo. Una de esas dos palabras es din; la segunda es sharía. Sin embargo, son muy pocas las personas que conocen bien el significado y la importancia de estas dos palabras. Si quienes no saben leer ni escribir desconocen su significado, no es algo censurable; pero lo lamentable es que muchas personas bien instruidas—incluso numerosos maulanas—no conocen en absoluto el significado exacto de estas dos palabras ni la diferencia mutua entre ellas. Al no conocer bien el significado de ambas, muchas veces se mezclan y confunden completamente el din con la sharía y la sharía con el din. Esto provoca muchos malentendidos. En este artículo os explicaré con palabras muy sencillas el significado de estas dos palabras.
El din (دین) puede tener varios significados. Primero: fuerza, autoridad, gobierno, reino, dominio y poder de gobernar. Segundo: exactamente lo contrario, a saber: humildad, obediencia, servidumbre, subordinación y esclavitud. Tercero: rendir cuentas, decidir y otorgar la retribución por todas las acciones. En el Noble Corán, la palabra «din» (دین) se utiliza con estos tres tipos de significado:

إِنَّ الدِّينَ عِنْدَ اللهِ الْإِسْلَام تن – ال عمران : ۱۹
Es decir, ante Allah, el único din es aquel en el que el ser humano considera poderoso únicamente a Allah Altísimo y no se considera inclinado ante nadie aparte de Él. Reconocerá únicamente a Allah como señor, dueño, rey y soberano supremo, y no será siervo, esclavo, obediente, subordinado ni seguidor de nadie aparte de Él. Considerará únicamente a Allah como quien pide cuentas y otorga la retribución apropiada por todas las acciones; no se preocupará de rendir cuentas ante nadie aparte de Él, ni esperará recibir retribución de nadie más ni temerá el castigo de nadie. Este din se llama Islam. Si una persona abandona esta creencia y considera que alguien distinto de Allah es el verdadero poderoso, el legislador, el verdadero rey y dueño, y quien realmente otorga la retribución; si inclina humildemente la cabeza ante él, le rinde culto y se somete a él, actúa conforme a sus órdenes, espera su recompensa y teme su castigo, entonces ese din debe considerarse falso. Allah jamás aceptará tal din, porque contradice por completo la verdad real. En todo este universo, nadie aparte de Allah es verdaderamente poderoso y honorable. Aquí nadie aparte de Allah posee dominio ni realeza. Y el ser humano no fue creado para rendir culto ni someterse a nadie aparte de Allah. Nadie tiene poder para otorgar la retribución por las acciones salvo el Dueño verdadero.
Esto mismo se ha expresado así en otra aleya:

وَمَنْ يُبْتَغِ غَيْرَ الْإِسْلامِ دِينًا فَلَنْ يُقْبَلَ مِنْهُ – – ال عمران : ٨٥
Es decir, Allah Altísimo jamás aceptará el din de quien, abandonando el dominio y la soberanía de Allah, reconoce a otro como su dueño y legislador, acepta rendirle culto y someterse a él, y lo considera quien otorga la retribución por las acciones. Porque:

وَمَا أُمِرُوا إِلَّا لِيَعْبُدُوا اللَّهَ مُخْلِصِينَ لَهُ الدِّينَ حُنَفَاءَ – البيئة: .
“Allah creó a los seres humanos como Sus propios siervos, y no se les ordenó servir a nadie aparte de Él. Su único deber obligatorio es apartarse de todas las direcciones y consagrar exclusivamente a Allah su dīn, es decir, su obediencia y servidumbre; adorarlo orientándose únicamente hacia Él y temer únicamente Su poder para pedir cuentas.”—Sura al-Báyyina: 45

أفغير دينِ اللهِ يَبْغُونَ وَلَهُ أَسْلَمَ مَن فِي السَّمَوتِ وَالْأَرْضِ طَوْعًا وَكَرْها
وإِلَيْهِ يُرْجَعُونَ – ال عمران : ۸۳
“¿Acaso los seres humanos desean servir y obedecer las órdenes de alguien distinto de Allah? Sin embargo, en realidad, todo cuanto existe en los cielos y en la tierra es exclusivamente siervo y obediente de Allah, el Altísimo, y todas esas cosas no tendrán que acudir ante nadie salvo Allah para rendir cuentas. Aun así, ¿desean los seres humanos adoptar, contra todo cuanto existe en los cielos y en la tierra, un camino distinto de la obediencia a Allah?”—Sura Āl ʿImrān: 83

هُوَ الَّذِي أَرْسَلَ رَسُولَهُ بِالْهُدَى وَدِينِ الْحَقِّ لِيُظْهِرَهُ عَلَى الدِّينِ كُلِّهِ .
ولو كَرِهَ الْمُشْرِكُونَ ٥ – الصف : ٩

“Allah, el Altísimo, envió a Su Profeta con el sistema de vida islámico y el sistema de obediencia a la verdad para destruir la divinidad y el dominio de todos los «falsos dioses» del mundo y liberar a los seres humanos de tal manera que no fueran siervos de nadie salvo de Allah, por mucho que los incrédulos y los politeístas griten, debido a su ignorancia, y lo detesten.”—Sura as-Saff: 9

وَقَاتِلُوهُمْ حَتَّى لا تَكُونَ فِتْنَةٌ وَيَكُونَ الدِّينُ كُلُّهُ لِلَّهِ – – الانفال : ٣٩
“Combatid para que el dominio de todo lo que no es Allah sea eliminado para siempre del mundo y para que en él se establezca únicamente la ley de Allah. Que todos reconozcan el reino de Allah y que los seres humanos sirvan únicamente a Allah.”—Sura al-Anfāl: 39

Espero que, mediante la explicación anterior, el significado de la palabra «dīn» haya quedado claro para el lector. En resumen, consiste en reconocer a Allah como Dueño, Señor y Legislador; servirlo, adorarlo y obedecerlo exclusivamente; temer que Allah pida cuentas y aplique Su castigo, y esperar recibir la recompensa únicamente de Él.
Sin embargo, puesto que las órdenes de Allah llegan a los seres humanos por medio de Su Libro y de Su Mensajero, reconocer al Mensajero como Mensajero de Allah y al Libro como el Libro de Allah, así como seguirlo en la práctica, también se considera parte del «dīn». Allah ha dicho:

يبَنِي آدَمَ إِمَّا يَأْتِيَنَّكُمْ رَسُلٌ مِّنْكُمْ يَقُصُّونَ عَلَيْكُمُ ايْتِي، فَمَنِ اتَّقَى وأصلح فَلَا خَوْفٌ عَلَيْهِمْ وَلَا هُمْ يَحْزَنُونَ ٥ – الاعراق: ٣٥
“¡Oh, hijos de Adán! Cuando os llegue un profeta Mío con el mandato, quienes acepten ese mandato, lleven una vida ejemplar y realicen sus asuntos conforme a él no tendrán motivo para temer.”—Sura al-Aʿrāf: 35

Por esto se sabe que Allah no envía directamente Su mandato a cada ser humano, sino que lo envía por medio de Sus profetas. Por tanto, quien reconozca a Allah como Legislador solo puede obedecer las órdenes de Allah obedeciendo las órdenes de los profetas y siguiendo el mandato que ellos transmitieron; a esto se le llama «dīn».

A continuación hablaré sobre la definición de la Sharía. La palabra Sharía significa camino y norma. Cuando una persona reconoce la servidumbre a Allah, aceptándolo como Legislador, y reconoce también que el Mensajero vino como legislador autorizado por parte de Allah y que el Libro fue revelado por parte de Él, entonces entra en el Din. Después, las normas conforme a las cuales debe adorar a Allah y el camino que debe seguir para obedecerle reciben el nombre de Sharía. Allah Altísimo envió este camino y método de conducta por medio de Su Mensajero. El Profeta fue quien explicó de qué manera se debe adorar al Señor, cuáles son las normas de la pureza, cuál es el camino de la virtud y la piedad, cómo deben cumplirse los derechos de otras personas, cómo deben realizarse las transacciones y cómo debe vivirse.

La diferencia entre el Din y la Sharía es que el Din siempre fue uno, es uno y seguirá siendo uno para siempre; en cambio, en el mundo han existido muchas Sharía, y muchas de ellas han cambiado. Sin embargo, debido a esos cambios de la Sharía, el Din nunca cambió. El Din de Hadrat Ibrahim —la paz sea con él— era el mismo que el Din de Hadrat Nuh —la paz sea con él—, y también era el mismo que el Din de Hadrat Musa —la paz sea con él—. El Din de Hadrat Shuayb —la paz sea con él—, de Hadrat Salih —la paz sea con él— y de Hadrat Hud —la paz sea con él— también era el mismo, y el Din del último Profeta, Hadrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, es exactamente el mismo. Pero en la Sharía de cada uno de estos profetas existían algunas diferencias. Las normas de la oración y del ayuno eran diferentes en cada Sharía. Las disposiciones sobre lo lícito y lo ilícito, las normas de la pureza, las leyes del matrimonio y el divorcio, y las normas de distribución de la propiedad variaban de una Sharía a otra. A pesar de ello, todos eran musulmanes. Las comunidades de Hadrat Nuh, Hadrat Ibrahim y Hadrat Musa también eran musulmanas, y nosotros también somos musulmanes, porque el Din de todos es uno. De esto se sabe que, aunque las disposiciones de la Sharía sean diferentes, el Din sigue siendo uno y no hay diferencia en él, por muchas que sean las variaciones en las normas y métodos de actuar conforme al Din.

Para comprender esta diferencia, se puede presentar un ejemplo. Supongamos que un amo tiene muchos sirvientes. Quien no reconoce a ese amo como su amo y ni siquiera considera necesario obedecer sus órdenes es claramente desobediente y ni siquiera cuenta entre los sirvientes. En cambio, todos aquellos que lo reconocen como su amo, creen que es obligatorio obedecer sus órdenes y temen desobedecerle cuentan entre sus sirvientes. Las normas de servir y prestar servicio pueden ser diferentes, pero en esencia todos son igualmente sirvientes del mismo amo; de eso no cabe duda. Si el dueño o amo prescribe a un sirviente una norma de servicio y a otro una norma diferente, ninguno de ellos puede decir: «Yo soy sirviente del amo, pero esa persona no es su sirviente». Del mismo modo, si cada sirviente entiende de una manera distinta el significado y el propósito de la orden del amo, y ambos obedecen esa orden según su propio entendimiento, en lo que respecta al servicio los dos son iguales. Puede ocurrir, por supuesto, que un sirviente haya entendido mal el significado de la orden del amo y que el otro lo haya entendido correctamente. Pero, puesto que ambos han actuado conforme a la orden, uno no puede acusar al otro de desobediencia ni de haberse apartado del servicio del amo.

A partir de este ejemplo pueden comprender muy bien la diferencia entre el Din y la Sharía. Antes de Hadrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Allah Altísimo había enviado distintas Sharía por medio de diferentes profetas. A uno le prescribió una clase de normas de servicio y a otro le prescribió normas diferentes. Todos los que actuaron conforme a las órdenes de Allah siguiendo esas normas eran musulmanes, aunque las reglas de su servicio fueran distintas. Después, cuando el Profeta Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegó al mundo, Allah Altísimo, el Amo de todos, ordenó: «Ahora abrogo todas las normas anteriores. En adelante, quien quiera servirme deberá actuar exactamente conforme a la norma que proclamaré por medio de Mi último Profeta». Después de eso, nadie tiene derecho a servir conforme a una norma anterior. Porque si alguien no reconoce esta nueva norma y continúa siguiendo la antigua, habrá que decir que en realidad no está obedeciendo la orden del amo, sino sus propios deseos. Por tanto, ha sido destituido del servicio. Es decir, en la terminología religiosa, se ha convertido en un káfir.

Esto se aplica a quienes todavía quieren seguir a los profetas antiguos. Pero respecto a los seguidores de Hadrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, encaja perfectamente la segunda parte del ejemplo mencionado. Todos aquellos que reconocen como Sharía de Allah la Sharía que Allah Altísimo nos envió por medio de Hadrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— y consideran obligatorio cumplirla son musulmanes. Ahora bien, si uno entiende esta Sharía de una manera y otro la entiende de otra, y ambos actúan conforme a ella según su propio entendimiento, por grande que sea la diferencia entre sus actos externos, ninguno de los dos se habrá apartado del servicio. La razón es que cada uno cree firmemente que la norma conforme a la cual actúa es la norma dada por Allah, y la sigue con ese convencimiento. Por tanto, ¿cómo puede un sirviente decir: «Yo soy el verdadero sirviente y tal persona no lo es»? Como mucho, puede decir: «Yo he entendido correctamente el significado de la orden del amo, pero tal persona no lo ha entendido correctamente». Sin embargo, no tiene derecho a expulsar al otro del servicio ni a considerarlo expulsado. Si, a pesar de ello, alguien se atreve a llegar tan lejos, está usurpando sin derecho el rango del verdadero amo. El significado de sus palabras sería: «Así como estás obligado a obedecer la orden de tu amo, también estás obligado a obedecer mi orden. Si no obedeces mi orden, con mi autoridad te expulsaré del servicio de tu amo». Reflexionen un poco: ¡qué enorme insolencia es esta!

Por eso el Profeta Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo que quien declare káfir sin motivo a un musulmán, esa acusación recaerá sobre él mismo. Allah Altísimo ha convertido al musulmán en siervo de Su propia orden. Pero esa persona dice: «No; sé esclavo de mi entendimiento y de mi opinión». Es decir: «Allah no es el único que es tu Dios; yo también soy un pequeño dios tuyo, y si no obedeces mi orden, con mi propio poder te expulsaré de la servidumbre a Allah, lo expulse Allah o no». Quienes pronuncian palabras de este tipo, aunque por sus palabras otro musulmán se convierta o no en káfir, se ponen a sí mismos en peligro de caer en la incredulidad.

Espero que hayan comprendido bien la diferencia entre el Din y la Sharía. Al mismo tiempo, también han sabido que, aunque existan diferencias en las formas externas de la servidumbre, no existe ninguna diferencia en el Din esencial. La condición, por supuesto, es que, cualquiera que sea el método por el que una persona actúe, debe hacerlo con una intención sincera y teniendo presente que la norma conforme a la cual actúa es la norma de Allah y de Su Mensajero.

Ahora diré cuánto daño está sufriendo nuestra comunidad musulmana por no comprender esta diferencia entre el dīn y la sharía. Entre los musulmanes existen diversas maneras de realizar la oración. Un grupo cruza las manos sobre el pecho y otro las cruza sobre el ombligo. Un grupo, como muqtadī detrás del imán, recita la sura Alhamdu, mientras que otro no la recita; un grupo dice «amīn» en voz alta y otro lo dice en silencio. Cada uno sigue el método que sigue convencido de que ese es el método del Profeta Muhammad —que Allah lo bendiga y le conceda la paz—. Por tanto, aunque las formas externas de la oración sean diferentes, todos son igualmente seguidores del Profeta Muhammad —que Allah lo bendiga y le conceda la paz—. Sin embargo, algunos individuos injustos han considerado estas diferencias en los detalles de las cuestiones de la sharía como diferencias en el dīn fundamental; por eso han formado grupos separados y han establecido mezquitas distintas. Un grupo insulta al otro, lo expulsa a golpes de la mezquita, presenta demandas judiciales y, de este modo, despedaza a la comunidad del Profeta Muhammad —que Allah lo bendiga y le conceda la paz—.
Como ni siquiera con esto se enfrían los corazones de esos demonios, continúan calificándose unos a otros de kāfir, fāsiq y extraviados por asuntos pequeños y triviales. Una persona extrae de sus propias capacidades intelectuales los mandatos de Allah a partir del Corán y el hadiz. Pero no considera suficiente actuar conforme a lo que ha comprendido; más bien quiere imponer por la fuerza su propia opinión a los demás. Y si otra persona no está dispuesta a aceptarla, empieza a considerarla kāfir y expulsada del dīn de Allah.
Entre los musulmanes oyen ustedes los nombres de diversos grupos, como los hanafíes, shafiíes y ahl al-hadiz. Todos ellos creen que el Sagrado Corán y el hadiz son los Libros definitivos, y extraen de ellos las leyes y normas conforme a su propio entendimiento y conciencia. Puede que la conclusión de uno sea correcta y auténtica, y la del otro sea errónea. Yo también sigo un método y lo considero correcto. Converso y discuto con quienes se oponen a él: intento explicarles aquello que he comprendido como correcto, y también quiero hacerles comprender los defectos y errores de lo que considero incorrecto. Pero que la conclusión de alguien sea errónea es una cosa, y quedar excluido del dīn es algo completamente distinto. Todo musulmán tiene derecho a practicar la sharía conforme a su propio entendimiento. Si diez musulmanes actúan según diez métodos distintos, mientras observen la sharía, todos siguen siendo musulmanes y cuentan como miembros de la misma ummah; no hay ninguna razón para que formen grupos y facciones diferentes. Pero quienes no comprenden esta cuestión profunda se dividen por motivos muy pequeños y triviales. Un grupo entabla disputas con otro, separa sus oraciones y sus mezquitas, corta para siempre el matrimonio, la convivencia y las relaciones con el otro grupo, y forma una comunidad aparte con quienes comparten su opinión. Parecería que fueran seguidores de profetas diferentes.
Pueden imaginar el enorme perjuicio que esta división ha causado a los musulmanes. Se dice que los musulmanes son un solo grupo, una sola ummah. En este subcontinente hay ochenta millones de musulmanes. [Nota: Este discurso fue pronunciado en 1937-38 en Pathankot (Darul Islam).]
Si un grupo tan grande estuviera realmente unido y trabajara con plena unidad para ensalzar la Palabra de Allah, ninguna fuerza del mundo podría considerarlo débil. Pero, en realidad, a causa de estas divisiones, esta ummah se ha fragmentado en numerosos grupos pequeños. El corazón de unos está lleno de veneno y carece de respeto hacia los otros. Ni siquiera en tiempos de grandes peligros logran reunirse y hacer frente juntos a la calamidad. Los musulmanes de un grupo consideran enemigos a los musulmanes de otro exactamente en la misma medida en que un judío considera enemigo a un cristiano, o incluso más. Incluso se ha visto que un grupo de musulmanes conspira aliándose con los incrédulos para derrotar a otro grupo de musulmanes. En tales circunstancias, si los musulmanes del mundo se han debilitado, no hay nada de extraño en ello. Es el resultado de sus propias acciones. Sobre ellos ha descendido el castigo que Allah, el Altísimo, mencionó en el Noble Corán:

أن يَلْبِسَكُمْ شِيَعًا وَيُذِيقَ بَعْضَكُم بَأْس بعض – – الانعام : ٦٥«También puede caer sobre vosotros un castigo de Allah por el cual seréis divididos en diferentes grupos y os mataréis unos a otros.» —Sura Al-An’am, 6:65

El castigo mencionado anteriormente se observa en esta región en una medida muy grande. Aquí hay numerosos grupos de musulmanes; incluso es imposible contar los grupos de ulemas. Por eso los musulmanes y los ulemas de esta región carecen de fuerza. Si realmente desean el bien, disuelvan estas diversas agrupaciones de ustedes y de los ulemas. Constitúyanse como una sola ummah, siendo unos para otros hermanos. En la sharía islámica no hay lugar para formar grupos separados como los hanafíes, shafiíes, ahl al-hadiz y otros semejantes. Estas divisiones solo se producen por ignorancia. De lo contrario, Allah, el Altísimo, ha creado un solo grupo, y ese único grupo es el de los musulmanes.

La realidad de la oración y el ayuno

Adoración

En el último ensayo de la obra «La realidad del islam» se expusieron el significado auténtico y la explicación de las dos palabras dīn y sharía. Aquí presentaré ante ustedes el significado detallado de la palabra adoración. Esta palabra la pronuncian con frecuencia los musulmanes en general, pero muchos no conocen su significado auténtico. Allah, el Altísimo, ha dicho en el Noble Corán:

وَمَا خَلَقْتُ الْجِنَّ وَالْإِنسَ إِلَّا لِيَعْبُدُونِ

«No he creado a los genios y a la humanidad sino para que Me adoren únicamente.» (Sura Adh-Dhariyat, 51:56)

De esto se comprendió sin lugar a dudas que el nacimiento del ser humano y el propósito y objetivo de su vida no son otra cosa que adorar y servir a Allah Ta‘ala. Ahora pueden comprender fácilmente cuán importante es para nosotros conocer el verdadero significado de la palabra «ibadat». Si no conocen el significado de esta palabra, jamás podrán alcanzar, bajo ninguna circunstancia, el gran propósito para el que fueron creados. Y aquello que no puede alcanzar su propósito resulta fracasado e inútil.

Si un médico no logra curar a un paciente, se dice que ha fracasado en su práctica médica; del mismo modo, si un agricultor no logra producir una buena cosecha, su fracaso en la agricultura queda claramente demostrado. Así también, si no pueden alcanzar el propósito de sus vidas, es decir, practicar la ibadat, habrá que decir que sus vidas han fracasado. Por eso espero que presten especial atención a conocer el verdadero significado y la trascendencia de esta palabra, «ibadat», y que la arraiguen firmemente en sus corazones y mentes. Porque el éxito o el fracaso de la vida humana depende enteramente de esto.

La palabra «ibadat» deriva del árabe «‘abd» (عْبُدُ). «‘Abd» significa siervo y esclavo. Por tanto, el significado de «ibadat» será servir y actuar como esclavo. Si una persona es esclava de otra, permanece verdaderamente sumisa ante su amo y se comporta con él exactamente como un siervo, esto se llama servicio y ibadat. En cambio, si alguien es sirviente de otra persona y recibe de su amo el salario completo, pero aun así no trabaja como corresponde a un sirviente, habrá que decir que ha desobedecido y se ha rebelado. En realidad, sería más apropiado llamarlo ingratitud. Por eso, ante todo deben saber cómo trabajar como «sirvientes» ante el amo y cómo demostrar obediencia ante él.

El siervo o sirviente debe, en primer lugar, reconocer al amo como «Señor» y considerar que es su deber obedecer a Aquel que es mi Dueño, que me proporciona mi sustento diario y que me protege y me mantiene. Nadie aparte de Él tiene derecho a recibir mi obediencia. Obedecer siempre al amo, cumplir sus órdenes, no abandonar su seguimiento ni por un instante, no dar cabida en el corazón a ninguna objeción contra el amo y no obedecer las órdenes de nadie más: ese es el segundo deber del siervo. El esclavo es siempre esclavo; no tiene derecho a decir: «Obedeceré esta orden de mi amo, pero no aquella otra». Tampoco puede decir: «Fui esclavo de mi amo durante un tiempo determinado, pero el resto del tiempo estoy completamente libre y emancipado de su esclavitud».

Mostrar respeto y reverencia al amo y observar la debida cortesía ante él es el tercer deber del siervo. Es absolutamente necesario presentarse puntualmente en el momento que el amo ha establecido como forma de expresar cortesía y respeto, y demostrar, reconociendo la obediencia y la servidumbre al amo, su compromiso y su sincera devoción.

En la terminología árabe, la acción que se realiza mediante la combinación de estos tres procesos se llama «ibadat»: primero, reconocer la servidumbre al amo; segundo, obedecer al amo; y tercero, preservar el respeto y la reverencia hacia el amo.

Allah Ta‘ala ha dicho:

وَمَا خَلَقْتُ الْجِنَّ وَالْإِنسَ إِلَّا لِيَعْبُدُونِ

Su verdadero significado es que Allah creó a los yinn y a la humanidad con el único propósito de que sirvan solamente a Allah y a nadie más, cumplan únicamente las órdenes de Allah y no sigan las órdenes de ningún otro, y se inclinen únicamente ante Él para manifestar respeto y reverencia, y no ante nadie más. Allah Ta’ala explicó estas tres cosas mediante la palabra de amplio significado «ibadat». Ese es el significado de los versículos en los que Allah Ta’ala ordena la ibadat. El resumen de todas las enseñanzas de nuestro último Profeta y de los nobles profetas anteriores a él es:

«No adoréis a nadie más que a Allah», es decir, en todo el mundo solo existe un rey digno de recibir servidumbre y obediencia: Él es Allah Ta’ala; solo existe un sistema o ley que debe seguirse: el sistema de vida otorgado por Allah; y solo existe un Ser al que se puede rendir culto, adorar y venerar. Y ese Ser es únicamente Allah.

يَا قَوْمِ اعْبُدُوا اللَّهَ مَا لَكُمْ مِنْ إِلَٰهٍ غَيْرُهُ

Recuerde este significado de la palabra ibadat y continúe respondiendo a mis preguntas. Si un sirviente no cumple los deberes que su amo le ha establecido, sino que se limita a permanecer de pie ante él con las manos cruzadas y a repetir su nombre cien mil veces, ¿qué diría usted de ese sirviente? El amo le ordena que haga valer los derechos de las demás personas. Pero él se queda allí, inclina la cabeza ante su amo, le hace diez saludos y vuelve a quedarse de pie con las manos cruzadas. El amo le ordena que deje de hacer las cosas perjudiciales, pero él no se mueve de allí ni un poco; al contrario, se limita a postrarse. El amo le ordena que corte la mano del ladrón, pero él permanece de pie y sigue recitando o pronunciando veinte veces, con voz melodiosa: «Cortad la mano del ladrón», sin hacer siquiera un esfuerzo por establecer el sistema de gobierno bajo el cual sería posible cortar la mano del ladrón. ¿Qué comentario haría usted sobre un sirviente así? ¿Podría decir que en realidad está sirviendo y adorando a su amo? No sé qué le diría usted a uno de sus sirvientes si actuara así, pero lo sorprendente es que al sirviente de Allah que se comporta de esa manera usted lo llama «gran adorador» (ibadat, hombre piadoso, etc.). Desde la mañana hasta la tarde, estas personas recitan cientos de órdenes de Allah en el Noble Corán, pero no hacen el menor esfuerzo por cumplirlas y llevarlas a la práctica. En cambio, realizan una oración voluntaria tras otra, repiten miles de cuentas del tasbih en nombre de Allah y recitan el Noble Corán con voz melodiosa. Usted observa estas acciones suyas y, asombrado, dice: «¡Vaya! ¡Qué gran adorador y qué gran asceta es este hombre!». La causa fundamental de esta idea equivocada es que ustedes no conocen en absoluto el verdadero significado de la palabra ibadat.

Consideremos ahora el caso de otro sirviente. Día y noche solo trabaja para otros, escucha y cumple las órdenes de otros, obedece las leyes de otros y se opone a todas las órdenes y decretos de su verdadero amo, por numerosas que sean. Sin embargo, cuando llega el momento de saludar, se presenta ante su verdadero amo y se limita a repetir su nombre con la boca. Si uno de sus sirvientes actuara así, ¿qué haría usted? ¿No le arrojaría su saludo a la cara? Cuando lo llamara «amo» de palabra, ¿acaso no le diría: «Eres un mentiroso descarado y un desleal; comes mi salario, sirves a otro, me llamas amo con la boca, pero en realidad solo trabajas para otro»? Cualquiera puede comprender que esto es simplemente una cuestión de sentido común. Pero ¡qué cosa tan sorprendente! Ustedes consideran ibadat las oraciones, los ayunos, la recitación del tasbih, la recitación del Corán, el hayy, el zakat, etc., de quienes día y noche quebrantan la ley de Allah, actúan conforme a las órdenes de los incrédulos y politeístas y no tienen ningún respeto por las disposiciones de Allah en su vida práctica. La causa fundamental de esta idea equivocada también es no conocer el verdadero significado de la palabra ibadat.

Tomen también el ejemplo de otro sirviente. Lleva exactamente el tipo de ropa que el amo ha prescrito para sus sirvientes, con las medidas correctas; se presenta ante su amo con gran respeto y cuidado, y en cuanto escucha cada orden inclina la cabeza y la acepta plenamente, como si no hubiera ningún sirviente más obediente que él. Al momento de saludar, se coloca completamente al frente de todos y demuestra su superioridad y devoción sobre todos los sirvientes al repetir el nombre de su amo. Pero, por otro lado, este hombre sirve a los enemigos y rebeldes del amo, participa en todas sus conspiraciones contra él y ayuda a ese desdichado en cualquier esfuerzo que hagan con el propósito de borrar incluso el nombre del amo de la faz de la tierra. Durante la oscuridad de la noche, abre un boquete en la casa del amo y, al amanecer, se presenta ante él con las manos cruzadas, como el sirviente más obediente. ¿Qué diría usted de este sirviente? Sin duda no dudaría en llamarlo hipócrita, rebelde, ingrato y con otros nombres semejantes. Pero cuando un sirviente de Allah continúa realizando una conducta tan ridícula, ¿cómo suelen llamarlo ustedes? Entonces llaman a unos «Pir Sahib», a otros «Hazrat Maulana», a otros «gran hombre perfecto», «piadoso» y con otros títulos similares. La razón es que, al ver sus barbas largas y cuidadosamente recortadas, sus pantalones dos pulgadas por encima de los tobillos, la marca negra de la oración en sus frentes, sus largas oraciones y sus tasbih de cuentas grandes, ustedes se confunden y los consideran grandes hombres religiosos y adoradores. Este error se debe únicamente a que en sus mentes ha quedado arraigado un significado equivocado de la ibadat y de la religiosidad.

Quizá usted piense que permanecer de pie con las manos cruzadas y vuelto hacia la qibla, inclinar la cabeza colocando las manos sobre las rodillas, postrarse poniendo la cabeza en el suelo y pronunciar algunas palabras determinadas son las únicas acciones que constituyen la verdadera ibadat. Tal vez piense que ibadat consiste en abstenerse de comer y beber todos los días, desde la mañana hasta la tarde, desde el primer día de Ramadán hasta que aparezca la luna de Shawwal. Quizá también piense que ibadat consiste únicamente en recitar unos cuantos rukus del Noble Corán, o que consiste en ir a la Noble Meca y realizar el tawaf alrededor de la Kaaba. En resumen, ustedes han tomado estas formas externas por ibadat y creen que, manteniendo esas formas externas y limitándose a realizar las acciones mencionadas, han completado la ibadat y

وَمَا خَلَقْتُ الْجِنَّ وَالْإِنسَ إِلَّا لِيَعْبُدُونِhan cumplido su propósito. Por eso, en los demás asuntos de la vida puede vivir completamente libre y actuar según sus propios deseos.

Pero la verdadera cuestión es que la ‘ibadat para la cual Allah Ta‘ala lo creó y que le ordenó realizar es algo completamente distinto. Esa ‘ibadat consiste en que usted reconozca y observe la obediencia a Allah en cada momento de su vida, y se niegue por completo a seguir cualquier práctica existente en este mundo que contradiga la ley de Allah. Cada una de sus acciones y cada uno de sus movimientos deben mantenerse dentro de los límites establecidos por Allah. Toda la vida que lleve de esta manera será considerada ‘ibadat. En una vida así, dormir y despertar, comer y beber, desplazarse, hablar e incluso conversar serán considerados ‘ibadat. Hasta acercarse a su esposa y mostrar afecto a sus hijos formará parte de la ‘ibadat. Las actividades que ustedes llaman «asuntos mundanos» también pueden convertirse en «‘ibadat» y «religiosidad» si resuelven todos los asuntos dentro de los límites establecidos por Allah y conforme a la ley que Él ha dado, prestando a cada paso atención a qué es lícito y qué es ilícito ante Allah, qué es halal y qué es haram, qué es obligatorio y qué está prohibido, qué acción complace a Allah y cuál le desagrada. Por ejemplo, usted sale para ganarse el sustento y obtener ingresos. En ese camino se le presentarán innumerables maneras fáciles de obtener ganancias haram. Si, temiendo a Allah, no aprovecha esas oportunidades y obtiene únicamente sustento e ingresos halal, todo el tiempo que haya dedicado a ello será ‘ibadat. Y si lleva a casa el dinero obtenido de forma halal, come de él y proporciona alimento a su familia, y además cumple los derechos de los demás beneficiarios que Allah ha establecido, recibirá una recompensa inmensa también por estas acciones. Si, mientras camina, retira una espina del camino pensando que algún siervo de Allah podría sufrir por ella, esto también será considerado ‘ibadat. Si atiende a una persona enferma, ayuda a alguien a desplazarse o auxilia a una persona en apuros, eso también será ‘ibadat. Si, al hablar, evita la mentira, la murmuración, la difamación, las palabras obscenas y todo aquello que hiera los sentimientos de los demás, y por temor a Allah dice únicamente la verdad, todo el tiempo que dedique a esta actividad transcurrirá en ‘ibadat.

Por tanto, vivir conforme a la ley de Allah desde que se alcanza la conciencia hasta la muerte, y llevar la vida de acuerdo con las normas que Él ha establecido, es la ‘ibadat de Allah. La ‘ibadat no tiene un tiempo específico. Debe realizarse siempre; tampoco tiene una forma externa determinada: en cada forma y en cada acción debe haber ‘ibadat de Allah. Usted no puede decir: «En tal momento soy siervo de Allah, y en tal otro no lo soy». Tampoco puede decir: «Tal momento es para la ‘ibadat de Allah, y en tal otro no tengo que realizar ninguna ‘ibadat de Allah». Mediante esta explicación han conocido bien el significado de la palabra ‘ibadat y han comprendido que ‘ibadat es servir y obedecer a Allah en todo momento y en toda circunstancia. Aquí pueden preguntar: entonces, ¿cómo deben llamarse el namaz, el ayuno, el hach y el zakat? Responderé que ciertamente son ‘ibadat, y que se les han prescrito como obligatorios únicamente para que, mediante ellos, alcancen el gran objetivo principal de su vida: adorar a Allah en cada momento y en toda circunstancia. El namaz les recuerda cinco veces al día que son siervos de Allah Ta‘ala y que su deber es servirle únicamente a Él; el ayuno los prepara una vez al año, durante un mes completo, precisamente para este servicio; el zakat les recuerda repetidamente que la riqueza que han obtenido es un don de Allah y que no pueden gastarla simplemente según sus propios deseos. Al contrario, con ella deben cumplir los derechos de su Dueño. El hach graba en el corazón humano una imagen del amor a Allah, del afecto por Él y del sentimiento de Su grandeza, y una vez impresa no puede borrarse del corazón durante toda la vida. Si, después de realizar estas diversas formas de ‘ibadat, toda su vida llega a estar preparada para convertirse en ‘ibadat de Allah, entonces, sin duda, su namaz será un namaz verdadero, su ayuno será un ayuno genuino, su zakat será un zakat auténtico y su hach será un hach verdadero. Pero si no se alcanza este objetivo, realizar únicamente el rukú y el suyud, pasar hambre y abstenerse de comer, cumplir los rituales del hach y gastar dinero en nombre del zakat no les reportará ningún beneficio. Las formas externas y ceremoniales de la ‘ibadat pueden compararse con el cuerpo humano. Si tiene vida y puede moverse y realizar actividades, es sin duda el cuerpo de una persona viva; de lo contrario, es simplemente un cuerpo sin vida. El cadáver conserva los ojos, los oídos, las manos, los pies y todo lo demás, pero como no tiene vida, ustedes lo entierran en un hoyo en la tierra. Del mismo modo, aunque los pilares y requisitos del namaz se cumplan correctamente, o se observen debidamente las condiciones del ayuno, si en el corazón no están presentes el temor de Allah, el amor y afecto por Allah y la actitud de servirle y obedecerle —precisamente aquello por lo cual estas prácticas les fueron prescritas—, no cabe duda de que también serán algo sin vida y sin significado.

En el próximo artículo explicaré detalladamente cómo y de qué manera las diversas formas de ‘ibadat que les han sido prescritas como obligatorias los preparan para esa ‘ibadat verdadera y suprema, y qué efectos y repercusiones producirán en su vida si realizan esas ‘ibadat con comprensión y atención, insha Allah.

Namaz

En el artículo anterior expliqué el verdadero significado de la ‘ibadat. Allah Ta‘ala creó a los seres humanos y a los yinn con el propósito de esta ‘ibadat. Para preparar al ser humano como un siervo sincero de Allah Ta‘ala, en el islam se han prescrito como obligatorias varias formas específicas de ‘ibadat. Por ello, esta vez deseo explicar brevemente únicamente el «namaz».

En el artículo anterior aprendieron que el verdadero significado de la «‘ibadat» es servir o someterse como siervo. Por tanto, puesto que fueron creados únicamente para servir, nunca y bajo ninguna circunstancia pueden quedar libres de la servidumbre a Allah. Así como no pueden decir: «Soy siervo de Allah durante tantos minutos o tantas horas, pero no lo soy el resto del tiempo», tampoco pueden decir: «Pasaré tanto tiempo realizando la ‘ibadat de Allah y el resto del tiempo tendré completa libertad; entonces haré lo que quiera». Puesto que nacieron como esclavos de Allah, como siervos de Allah, lo absolutamente necesario es pasar la vida únicamente en Su servicio y servidumbre; no pueden liberarse ni por un solo instante de su vida de la ‘ibadat y la servidumbre a Él.

Ya le he dicho anteriormente que abandonar las actividades mundanas, sentarse en un rincón y repetir «Allahu, Allahu» no se llama adoración. Más bien, adorar significa realizar cualquier trabajo que haga en este mundo conforme a la ley y las normas de Allah. Su sueño y descanso, su vigilia, su alimentación y bebida, sus desplazamientos; en resumen, todo debe hacerlo de acuerdo con la ley y las normas de Allah. Debe tratar a su esposa e hijos, hermanos y hermanas, y familiares exactamente conforme a las instrucciones de Allah. Incluso cuando se divierta y converse con sus amigos, debe recordar que no estamos libres de las cadenas de la servidumbre de Allah. Al ganar su sustento y realizar transacciones de dinero, debe observar en cada acto y palabra las disposiciones y prohibiciones de Allah, y nunca debe sobrepasar los límites establecidos por Él. Si en la oscuridad de la noche resulta muy fácil cometer algún pecado y usted piensa que nadie lo verá, aun entonces debe recordar que, lo vea alguien o no, Allah Ta‘ala ve todo, y que en su corazón debe arraigarse el temor de Allah, no el temor de la gente. Incluso si, sentado en lo profundo de una selva, desea cometer un pecado y piensa que la policía o cualquier otra persona no podrá verlo, deberá abstenerse del pecado únicamente por temor a Allah. Cuando pueda obtener grandes beneficios mediante la mentira, la corrupción, la deslealtad, la opresión y la explotación, y no haya nadie que se lo impida, aun entonces debe temer a Allah y abstenerse de esos intereses por temor a Su desagrado. Por el contrario, aunque practicar la honestidad y la justicia le cause pérdidas terribles, no debe vacilar ni un ápice en aceptar esa pérdida, esperando únicamente obtener la complacencia de Allah. Por tanto, no se puede llamar «adoración» a abandonar la intensa actividad de la vida mundana para sentarse en un rincón —de la casa o de la mezquita— a recitar el tasbih. En realidad, adorar significa vivir conforme a las normas de Allah mientras se está inmerso en este laberinto del mundo. No se puede llamar recuerdo de Allah —dhikr— a limitarse a pronunciar con la boca las palabras «Allahu, Allahu». El verdadero recuerdo de Allah consiste en no olvidarlo mientras se está atrapado en la difícil red de las actividades y preocupaciones mundanas. No olvidarlo aunque uno esté involucrado en las cosas que hacen olvidar a Allah; recordarlo incluso cuando surge la oportunidad de infringir la ley de Allah en la vida mundana para obtener grandes beneficios o evitar enormes pérdidas; y seguir firmemente Su ley: eso es el verdadero «dhikrullah», es decir, el recuerdo de Allah. El siguiente versículo del Corán señala este recuerdo:

فَإِذا قُضِيَتِ الصَّلاةُ فَانتَشِروا فِي الأَرضِ وَابتَغوا مِن فَضلِ اللَّهِ وَاذكُرُوا اللَّهَ كَثيرًا لَعَلَّكُم تُفلِحونَ

«Cuando la oración haya concluido por completo, dispersaos por la tierra; buscad el sustento del favor de Allah y recordad mucho a Allah durante esa búsqueda. Así, quizá alcancéis el bienestar.»

(Al-Yumu‘ah: 10)

Mantenga vivo en su mente este significado de la «adoración» y reflexione profundamente sobre qué cosas son indispensables para cumplir debidamente esta enorme y suprema «adoración», y sobre cómo la oración las inculca en las personas. Para ser un siervo sincero de Allah, es necesario recordar una y otra vez que usted es siervo de Allah y que su tarea consiste en servir a ese Allah en todo momento y en cada asunto. Es necesario recordárselo repetidamente porque en la mente humana siempre está presente un «shaytán», que intenta constantemente convertir al ser humano en su propio «siervo».

Para romper las redes de la seducción y del laberinto del shaytán, es absolutamente necesario recordar al ser humano una y otra vez cada día: «Tú eres únicamente siervo de Allah Ta‘ala; fuera de Él no eres siervo de nadie: ni del shaytán ni de ningún ser humano». La oración despierta precisamente este sentimiento en el corazón. Por la mañana, apenas se despierta, se lo recuerda antes que nada y antes de cualquier actividad; durante el día, cuando está ocupado en diversas tareas, se lo recuerda tres veces; y por la noche, cuando llega la hora de dormir, se lo repite por última vez. Recordarle así una y otra vez al ser humano que es «siervo» de Allah es el primer beneficio de la oración. Por eso el Noble Corán ha denominado la oración «dhikr», es decir, mediante ella se recuerda a Allah.

Además, debe observar las disposiciones y prohibiciones de Allah a cada paso de esta vida; por ello, es necesario que el sentido del deber y la responsabilidad permanezcan siempre despiertos en su mente, y que adquiera el hábito de cumplirlos. Quien no sabe qué es el «deber» jamás puede observar las normas de Allah. Por el contrario, aunque conozca el significado del deber, si por falta de la formación adecuada no tiene la iniciativa ni el entusiasmo necesarios para cumplirlo, de ningún modo se puede confiar en que observará con sincera dedicación y firmeza las innumerables leyes y normas que se le impongan durante las veinticuatro horas del día y de la noche.

Quienes trabajan en la policía o en el ejército saben con qué rigor se inculcan en estas dos instituciones el sentido del deber y la formación para cumplirlo debidamente. Varias veces durante el día y la noche se toca la corneta. Se ordena a los soldados reunirse en un lugar determinado y se les hace desfilar. Todo esto se realiza únicamente para acostumbrarlos a cumplir con su deber. Por eso, quienes demuestran ser incapaces, inactivos e ineptos en estos asuntos, quienes permanecen sentados en casa aun después de oír el sonido de la «corneta» o quienes no responden a las órdenes durante el desfile, son despedidos de inmediato. Del mismo modo, la oración toca cinco veces al día y a la noche la «corneta»; al oírla, los soldados de Allah deben acudir corriendo y demostrar que están preparados para obedecer la orden de Allah en toda circunstancia. Quienes, aun oyendo esta «corneta», permanecen sentados y no están dispuestos a moverse ni un poco de su lugar, no conocen el significado del «deber» o, aunque lo comprendan, no tienen capacidad para formar parte del ejército de Allah.

Por eso el Profeta (la paz sea con él) dijo: «Siento deseos de incendiar las casas de quienes, aun oyendo la llamada a la oración, no salen de sus hogares». Y por eso mismo, en los hadices, se ha establecido que realizar la oración es el principal signo distintivo entre la incredulidad y el Islam. En la época del Profeta (la paz sea con él) y de sus compañeros, a quien no acudía a la oración en congregación no se le consideraba musulmán. Incluso los hipócritas que necesitaban convertirse en musulmanes se veían obligados a participar en la oración congregacional. Por eso el Corán no reprendió a los hipócritas diciendo que no rezaban, sino que dijo que no se levantaban para la oración con interés sincero y devoción, sino que lo hacían con extrema negligencia, desgana e indiferencia.

(Árabe)

Estas palabras demuestran sin lugar a dudas que no hay razón alguna para considerar musulmán a quien no reza. Porque el Islam no es una religión basada únicamente en la creencia, en la que bastaría creer mentalmente en «unas cuantas cosas» para haber cumplido con el deber. Al contrario, es una religión práctica y completamente orientada a la acción. Es tan práctica que se convierte en un deber ineludible actuar conforme al Islam en cada instante y luchar continuamente contra la incredulidad y la impiedad. Para llevar una vida tan intensamente activa, todo musulmán debe estar constantemente preparado para cumplir las disposiciones de Allah. Quien no está preparado de ese modo es completamente inútil para el Islam. Precisamente por eso se han establecido como obligatorias las cinco oraciones diarias. Estas cinco oraciones se han dispuesto para comprobar y demostrar en la práctica si los musulmanes son realmente musulmanes y si están preparados para obedecer las órdenes de Allah en su vida práctica. Si un musulmán no responde ni siquiera mínimamente al «toque de corneta» del desfile de Allah, quedará claramente demostrado que no está preparado para vivir su vida conforme a las disposiciones del Islam. Después de eso, si afirma creer en Allah y en el Mensajero, su afirmación carecerá por completo de sentido. Por eso se ha dicho en el Corán:

وَاستَعينوا بِالصَّبرِ وَالصَّلاةِ ۚ وَإِنَّها لَكَبيرَةٌ إِلّا عَلَى الخاشِعينَ

En otras palabras, solo para la clase de personas que no está dispuesta a reconocer la servidumbre y la obediencia a Allah la oración se convierte en una tarea difícil. Y cuando alguien considera difícil realizar la oración, queda demostrado que no está preparado para vivir reconociendo la servidumbre y la obediencia a Allah.

En tercer lugar, el temor de Allah. Es absolutamente necesario que este temor permanezca siempre despierto en el corazón de todo musulmán. Un musulmán no puede actuar conforme al Islam si no está firmemente arraigada en su corazón la convicción de que Allah lo ve en todo momento y en todo lugar, y conoce perfectamente todos sus movimientos. Allah lo ve incluso en la oscuridad; aun cuando se encuentre completamente solo, Allah está con él. Es posible ocultarse de todo el mundo, pero es absolutamente imposible esconderse de la mirada de Allah. Una persona puede escapar de toda clase de castigos y autoridades de este mundo, pero nadie puede librarse del castigo y la autoridad de Allah. Esta firme convicción impide al ser humano transgredir las disposiciones de Allah. Gracias a ella, se ve obligado a respetar en todos los actos de su vida los límites de lo lícito y lo ilícito establecidos por Allah. Si esta convicción se debilita, un musulmán no puede llevar en modo alguno una vida verdaderamente islámica. Allah ha hecho obligatorias las cinco oraciones diarias para recordar repetidamente esta convicción y arraigarla profundamente en el corazón humano mediante el recuerdo constante. En el Corán, Allah mismo declaró acerca de esta eficacia y esta característica de la oración:إِنَّ الصَّلاةَ تَنهىٰ عَنِ الفَحشاءِ وَالمُنكَرِ ۗ

«Ciertamente, la oración aparta al ser humano del pecado, la injusticia, la obscenidad y los actos desvergonzados».

Usted mismo puede comprender la verdad de esto si lo considera detenidamente: cuando va a realizar la oración, va purificado y habiendo hecho la ablución. Si su cuerpo estuviera impuro y acudiera a la oración sin haberse bañado, o si fuera a rezar con ropa impura, o si, aun sin tener la ablución, dijera: «He venido después de hacer la ablución», nadie en el mundo podría descubrirlo. Sin embargo, nunca hace tal cosa.

¿Pero por qué? Porque usted cree sin ninguna duda que ningún pecado puede ocultarse de la mirada de Allah. Incluso si no recita las súplicas y las suras que deben recitarse en silencio durante la oración, nadie puede saberlo. Sin embargo, usted no deja de hacerlo porque Allah lo oye todo y está muy cerca de usted. Del mismo modo, reza cuando se adentra en una selva espesa, reza en la oscuridad de la noche y también reza cuando está completamente solo en su casa. Y, sin embargo, en esos momentos nadie puede verlo ni saber si ha rezado o no. ¿Cuál es la razón? La razón es que teme desobedecer la orden de Allah en secreto, incluso lejos de la mirada de toda la gente, y cree sin ninguna duda que ningún delito puede ocultarse de la mirada de Allah. Por esto puede comprender cómo la oración mantiene despierto a Allah en el corazón humano y cómo arraiga firmemente en él la creencia de que Allah está siempre presente y vigilante, y es el Conocedor de lo oculto en los corazones. En realidad, si este temor y esta firme convicción no estuvieran arraigados y siempre despiertos en su corazón, ¿cómo podría adorar y servir a Allah durante las veinticuatro horas del día y de la noche? Si este temor no estuviera en su corazón, ¿cómo le sería posible permanecer firmemente en el camino de la justicia y la virtud, temiendo a Allah en las innumerables actividades del día y de la noche, y mantenerse alejado de toda clase de pecado y desobediencia?

En cuarto lugar, es indispensable que conozca plenamente la ley de Allah para poder adorarlo. Porque, si no conoce la ley, ¿cómo podrá seguirla? La oración satisface precisamente esta necesidad. Por eso se ha establecido la recitación de los versículos del Noble Corán durante la oración. Con su ayuda puede adquirir, día y noche, conocimiento de la ley y las normas de Allah. También se ha establecido la práctica del jutba antes de la oración del viernes con este propósito; mediante ella puede conocer las normas del islam. Otro beneficio de rezar en congregación y de la oración del viernes es que, con este fin, los sabios y los ignorantes deben reunirse repetidamente en un mismo lugar, y todos tienen una oportunidad extraordinaria de conocer las normas de Allah. Pero, aun así, ustedes no intentan conocer las órdenes de Allah a partir de lo que recitan en la oración; el jutba del viernes se pronuncia de tal manera que, aun después de escucharlo repetidas veces, ustedes no adquieren ningún conocimiento del islam; y, aunque se reúnan para rezar en congregación, ni los sabios enseñan algo a los ignorantes ni los ignorantes preguntan nada a los sabios. ¿Cómo puede llamarse esto, aparte de una desgracia? La oración les ofrece una amplia oportunidad para ello. Si no aprovechan este medio, ¿qué culpa tiene la oración?

En quinto lugar, en este vasto campo de acción de la vida, el musulmán no puede permanecer aislado; por el contrario, es su deber ineludible que todos los musulmanes permanezcan unidos y organizados, cumplan juntos las normas de Allah, formen su vida conforme a Sus normas y se ayuden mutuamente para establecer la ley de Allah en el mundo. Usted sabe que, en este campo de la vida, por un lado están los musulmanes, siervos obedientes a las órdenes de Allah, y por otro, los grupos de personas que desafían a Allah y de incrédulos. Día y noche se libra un conflicto y una lucha incesantes entre la obediencia a las órdenes de Allah y la rebelión contra Él. Los incrédulos violan la ley de Allah y, en oposición a ella, establecen en el mundo la ley de Satanás. Frente a ellos, un musulmán aislado jamás puede alcanzar la victoria. Por eso es deber ineludible de los siervos de Allah unirse, enfrentarse a los enemigos de Allah con la fuerza de una unidad común y esforzarse por establecer la ley de Allah en el mundo. Pero nada, aparte de la oración, puede formar esta enorme fuerza de unidad. Las congregaciones de las cinco oraciones diarias, la gran congregación semanal de la oración del viernes y, después, las enormes reuniones de las oraciones de las dos fiestas anuales: todo ello convierte a los musulmanes en algo semejante a un muro sólido y despierta entre ellos la unidad de pensamiento, sentimiento, opinión y acción, que es absolutamente necesaria para formar a los musulmanes como personas que se ayudan mutuamente en las tareas cotidianas.

¿Qué recitan en la oración?

Ya hemos explicado detalladamente cómo la oración prepara al ser humano para adorar a Allah, reconocer su condición de siervo y vivir en obediencia a Él. Al leer todo lo que se ha escrito sobre este tema, usted ha podido comprender claramente que, si una persona realiza regularmente la oración considerándola una orden y una obligación de Allah, aunque no comprenda el significado de las súplicas y las suras que recita en ella, esta oración mantendrá sin duda siempre despiertos en su corazón el temor de Allah, la conciencia de que Allah está siempre presente y vigilante, y la creencia de que un día comparecerá ante Su tribunal. Siempre pensará que no es siervo de nadie aparte de Allah; Allah es su verdadero Rey y Señor. Como consecuencia, adquirirá el hábito de cumplir con su deber y estará preparado en toda circunstancia para seguir las normas de Allah. La oración también desarrolla en el ser humano las cualidades indispensables para vivir toda su vida bajo la servidumbre de Allah y convertirla por completo en adoración. Espero que en el artículo anterior ustedes hayan comprendido bien cómo pueden obtenerse estos beneficios mediante la oración.

Ahora hay que comprender lo siguiente: si se pueden obtener beneficios tan grandes rezando sin entender el significado de las súplicas y las suras de la oración, ¡qué enorme transformación puede producirse en la fe, las convicciones, la manera de pensar, los hábitos y el carácter de una persona si reza comprendiendo y escuchando atentamente, y si puede entender y sentir con el corazón y el alma lo que está recitando! ¿Y conforme a qué ideal puede formarse toda su vida? Aquí intentaré analizar detalladamente precisamente este tema.

En primer lugar, reflexione sobre el adhan. ¿Con qué palabras se le llama cinco veces al día? Se dice:

ٱللهُ أَكْبَر—«Allah es el más grande; Allah es más grande que todos».

أَشْهَدُ أَنْ لاَ إِلَـٰهَ إِلَّا ٱللهُ—«Testifico que no hay ninguna deidad excepto Allah. Nadie es digno de adoración salvo Allah».

أَشْهَدُ أَنَّ مُحَمَّدًا رُسُولُ ٱلله—«Testifico que Muhammad es el Mensajero enviado por Allah».

حَيَّ عَلَىٰ ٱلصَّلاة—«Venid a la oración».

حَيَّ عَلَىٰ ٱلْفَلاَح—«Venid hacia aquello en lo que se encuentran el bienestar y la prosperidad».

الله أكبر—«Allah es el más grande, Allah es el más grande».

لا إله إلا الله—«No hay ninguna deidad excepto Allah».

Reflexionad: ¡qué poderosa proclamación es esta! Cinco veces al día, esta llamada os recuerda precisamente lo siguiente: «Todos aquellos que pretenden ser divinidades en la tierra son unos mentirosos. En los cielos y en la tierra solo hay Uno que posee la divinidad y la soberanía, y solo Él es digno de adoración. Venid, adoremos todos juntos únicamente a Él. En la adoración se encuentra el verdadero bienestar de todos nosotros, tanto en esta vida como en la otra».

¿Quién puede permanecer sentado, inmóvil, al escuchar esta conmovedora voz? Quien albergue siquiera un ápice de fe no puede, de ningún modo, quedarse inmóvil después de oír un testimonio tan valiente y una invitación tan clara; tampoco puede dejar de presentarse ante el tribunal del verdadero Señor y Dueño, ni dejar de inclinar la cabeza ante Él.

Al escuchar esta llamada, usted se levanta y, ante todo, se pregunta: «¿Estoy puro o impuro? ¿Están limpias mis ropas? ¿Tengo la ablución o no?». En otras palabras, tiene la clara conciencia de que comparecer ante la corte del Rey de ambos mundos es algo completamente distinto de todos los demás asuntos de este mundo. Los demás trabajos pueden realizarse en cualquier circunstancia, pero para presentarse ante esta magnífica corte no basta con la pureza del cuerpo y de las vestimentas; también es absolutamente indispensable una pureza adicional (especial), es decir, la ablución. Comparecer aquí sin tal pureza sería una enorme falta de respeto. Con esta conciencia, primero piensa en purificarse y luego comienza a realizar la ablución. Si durante esta ablución recita, al lavar cada parte del cuerpo y después de completarla, las súplicas enseñadas por el venerable Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz—, y recuerda debidamente a Allah, no solo se lavarán sus miembros, sino que también se purificará su corazón. Después de completar la ablución debe recitar la siguiente súplica:

اللَّهُمَّ اجْعَلْنِي مِنَ التَّوَّابِينَ وَاجْعَلْنِي مِنَ الْمُتَطَهِّرِينَ” “أَشْهَدُ أَنْ لَا إِلَهَ إلَّا اللهُ وَحْدَهُ لَا شَرِيكَ لَهُ، وَأَشْهَدُ أَنَّ مُحَمَّداً عَبْدُهُ وَرَسُولُهُ«Doy testimonio de que no hay ninguna divinidad excepto Allah, el Único, el Incomparable y sin asociado; y doy también testimonio de que el venerable Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— es Su siervo y Mensajero. ¡Oh Allah!, inclúyeme entre los arrepentidos y hazme de aquellos que se purifican.»

Después se pone de pie para la oración. Su rostro está dirigido hacia la sagrada quibla. Purificado y limpio, comparece ante la corte del Rey de todo el universo.

Lo primero que sale de su boca es:ٱللهُ أَكْبَر«Allah es el más grande.»

Pronunciando con el corazón y con los labios este grandioso compromiso, eleva ambas manos hasta las orejas como símbolo de romper sus vínculos con el mundo y con todo cuanto hay en él, y permanece de pie, con las manos cruzadas, ante su Rey. Después, con extrema humildad, suplica:

 سبحانك اللهم و بحمدك، وتبارك اسمك، و تعالى جدك، ولا إله غيرك

«¡Oh Allah! Proclamo Tu santidad; con Tu alabanza, la bendición y la majestad de Tu nombre son verdaderamente incomparables. Tú eres el Más Grande; Tu honor está por encima del de todos. No hay ninguna divinidad excepto Tú.»

أعوذ بالله من الشيطان الرجيم

“Busco refugio en Alá contra las garras del maldito y repudiado Satanás.”

بسم الله الرحمن الرحيم

“Comienzo en el nombre de Alá, el Clemente, el Misericordioso.”

الحمد لله رب العالمين

-“Toda alabanza y todo elogio corresponden únicamente a Alá, Señor de todos los mundos.”

الرحمن الرحيم

-Él es sumamente Misericordioso y Clemente.

مالك يوم الدين

-Él es el único Dueño del Día del Juicio, el día en que se juzgarán todas las obras de las personas y cada uno tendrá que experimentar las consecuencias de sus obras.

إياك نعبدوإياك نستعين

-¡Oh, Señor! Solo a Ti adoramos y solo a Ti pedimos ayuda.

اهدنا الصراط المستقيم

-Muéstranos el camino fácil, recto y correcto.

صراط الذين أنعمت عليهم

-El camino de aquellos que han recibido Tu gracia y Tu recompensa.

غير المغضوب عليهم ولأ الضا لين

—y no de quienes están malditos ni de los extraviados.

—¡Oh Allah! Acepta nuestra súplica y cumple nuestros deseos.

Después hay que recitar algunos versículos del Noble Corán. Cada uno de los versículos del Corán está lleno de dulzura. Contienen consejos inapreciables, enseñanzas y un llamado hacia el camino de la verdad. En la sura Fatiha se suplica por el camino fácil y recto, y en ella se expone y se ofrece la guía hacia ese mismo camino recto. A modo de ejemplo, aquí se mencionan algunas suras:

وَالعَصرِ إِنَّ الإِنسانَ لَفي خُسرٍ إِلَّا الَّذينَ آمَنوا وَعَمِلُوا الصّالِحاتِ وَتَواصَوا بِالحَقِّ وَتَواصَوا بِالصَّبرِ

«¡Por el tiempo! Toda la humanidad está al borde de la destrucción. Excepto quienes creen, realizan buenas obras conforme a las exigencias de la fe, se aconsejan y exhortan mutuamente a seguir la verdad, y se recomiendan permanecer firmes y fuertes en el camino de la verdad (solo ellos pueden salvarse del camino de la destrucción).»

De esta breve sura aprendemos que el ser humano solo puede salvarse de la destrucción y del fracaso de una única manera. No basta con creer sinceramente en Allah y actuar conforme a las leyes que Él ha establecido; además, es indispensable que exista un grupo bien organizado de creyentes y personas virtuosas que exhorte a sus propios miembros y a toda la humanidad a seguir el camino de la verdad y la justicia, y que se ayuden y apoyen mutuamente para mantenerse firmes en la religión de Allah, el Islam, ante toda clase de sufrimientos y adversidades.

O bien otra sura, como:

أَرَأَيْتَ الَّذِي يُكَذِّبُ بِالدِّينِ

فَذَٰلِكَ الَّذِي يَدُعُّ الْيَتِيمَ

وَلَا يَحُضُّ عَلَىٰ طَعَامِ الْمِسْكِينِ

فَوَيْلٌ لِّلْمُصَلِّينَ

الَّذِينَ هُمْ عَن صَلَاتِهِمْ سَاهُونَ الَّذِينَ هُمْ يُرَاءُونَ

وَيَمْنَعُونَ الْمَاعُونَ

“¿Has visto cómo es la persona que no cree en el Día del Juicio, el Día de la Resurrección? Esa es la clase de persona que ahuyenta al huérfano y no alimenta al pobre y necesitado; ni siquiera se esfuerza un poco en animar a otros a hacerlo. ¡Ay de esos orantes que son negligentes con sus oraciones (por no creer en la otra vida)! Aunque rezan, solo lo hacen para presumir ante la gente, y tienen el corazón tan mezquino que se abstienen de dar a los necesitados incluso las cosas más insignificantes y pequeñas.”

La enseñanza fundamental de esta sura es que creer en la otra vida es como el alma del islam. (Sin esta creencia, las obras del islam son tan carentes de sentido como un cuerpo sin vida). Además, ninguna persona puede seguir el camino fácil y recto que Allah ha mostrado. Otra sura:

وَيْلٌ لِّكُلِّ هُمَزَةٍ لُّمَزَةٍ

الَّذِي جَمَعَ مَالًا وَعَدَّدَهُ

يَحْسَبُ أَنَّ مَالَهُ أَخْلَدَهُ

كَلَّا ۖ لَيُنبَذَنَّ فِي الْحُطَمَةِ

وَمَا أَدْرَاكَ مَا الْحُطَمَةُ

نَارُ اللَّهِ الْمُوقَدَةُ

الَّتِي تَطَّلِعُ عَلَى الْأَفْئِدَةِ

إِنَّهَا عَلَيْهِم مُّؤْصَدَةٌ

فِي عَمَدٍ مُّمَدَّدَةٍ

«¡Ay de todos aquellos cuya costumbre es buscar los defectos ajenos y hablar de los demás con palabras humillantes! Solo acumulan dinero y lo cuentan una y otra vez para ver cuánto ha aumentado. Creen que sus riquezas permanecerán para siempre con ellos. ¡De ninguna manera! Un día morirán sin duda y serán arrojados al Infierno llamado Hútama. ¿Y qué sabes tú qué es Hútama? Es el fuego encendido por Allah; sus llamas abrasadoras consumen hasta las entrañas. Es un fuego cuyas llamas, semejantes a columnas grandes y elevadas, los rodearán.»

Así, entre las suras y aleyas del Sagrado Corán que se recitan durante la oración, siempre hay alguna enseñanza valiosa y algún consejo. Estas palabras explican claramente al ser humano que debe actuar en este mundo conforme a la orden de Allah para la humanidad. Después de recitar estas aleyas de guía y consejo, diga «Allahu Akbar» y entre en el rukūʿ. Coloque las manos sobre las rodillas, incline la cabeza ante Allah, el Señor de todos los mundos, y siga diciendo repetidamente:

«Mi grandioso Señor y Sustentador es absolutamente puro». Luego póngase de pie erguido y diga: (en árabe***) «Allah ha escuchado las palabras de quien lo alabó y glorificó». Después diga «Allahu Akbar», postre la cabeza en el suelo en sayda y diga: (en árabe***) «Proclamo la santidad de Allah, el Grande y Sublime». Luego levante la cabeza, siéntese respetuosamente y recite:

Estoالتحيات لله والصلوات والطيبات، السلام عليك أيها النبي ورحمة لله

وبركاته، السلام علينا و على عباد الله الصالحين، أشهد أن لا إله إلا الله، وأشهد أن محمدا عبده و رسوله.

«Todas nuestras salutaciones y reverencias, todas nuestras oraciones y toda forma de pureza pertenecen únicamente a Allah, el Altísimo».

—¡Oh, Profeta! Que la paz sea contigo, y que la misericordia y la gracia de Allah desciendan sobre ti.

—Que la misericordia de Allah descienda sobre nosotros y sobre los siervos virtuosos de Allah.

-Doy testimonio de que no hay otro señor ni dios digno de adoración aparte de Allah. También doy testimonio de que Hazrat Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, es siervo y Mensajero de Allah Ta’ala.”

De este modo, cuando dé testimonio, debe levantar el dedo índice. Pues mediante esta señal del dedo, durante la oración se proclaman su aqida y sus creencias, y al pronunciar oralmente las palabras de este testimonio debe prestar especial atención y concentrar especialmente su mente y su intelecto. Después debe recitar el siguiente durud:


اللهم
صل على محمد وعلى آل محمد، كما صليت على إبراهيم وعلى آل إبراهيم، وبارك على محمد وعلى آل محمد، كما باركت على إبراهيم

 وعلى آل إبراهيم، في العالمين إنك حميد مجيد.

«¡Oh, Allah! Concede misericordia y gracia a nuestro señor y guía, Hazrat Muhammad, sallallahu alayhi wa sallam, y a sus descendientes, tal como concediste misericordia a Hazrat Ibrahim, alayhis salam, y a sus descendientes. Ciertamente, Tú eres poseedor de las mejores cualidades y eres Grandioso. ¡Oh, Allah! Haz descender bendiciones sobre nuestro señor y guía, Hazrat Muhammad, sallallahu alayhi wa sallam, y sobre sus descendientes, tal como las concediste a Hazrat Ibrahim, alayhis salam, y a sus descendientes. Ciertamente, Tú posees las más excelentes virtudes y eres Grandioso.»

Después de recitar el Durood, suplica a Allah de la siguiente manera:

اللهم إني أعوذ بك من عذاب جهنم، و من عذاب القبر، و من فتنة المحيا و الممات، و من فتنة المسيح الدجال، رب اغفر لي و لوالدي رب ارحمهما كما ربياني صغيرا.

“¡Oh Allah! Busco refugio en Ti para salvarme del castigo del Infierno. Busco refugio en Ti contra el castigo de la tumba. Busco refugio en Ti contra el mal de ese extraviador, el Dayyal, que se extenderá por la tierra. Busco refugio en Ti contra el mal de la vida y de la muerte. ¡Oh Allah! Busco refugio en Ti también contra las malas acciones y las deudas.”

Después de recitar esta súplica, la oración queda completa. Tras despedirse del Señor de los mundos, se vuelve primero hacia la derecha y luego hacia la izquierda, y pide misericordia y paz para todos los presentes y para cada cosa del mundo, diciendo:

السَّلاَمُ عَلَيْكُمْ وَرَحْمَةُ اللهِ

“Que la paz y la misericordia de Allah desciendan sobre ustedes”. Esto parece una buena noticia: después de la oración, usted ha regresado de la presencia de Allah llevando consigo este mensaje. Así realiza la oración al levantarse muy temprano, antes de comenzar todas las actividades mundanas. Después se ocupa durante muchas horas en diversos asuntos del mundo. Poco después del mediodía vuelve a presentarse ante Allah y realiza la oración; unas horas más tarde vuelve a realizar esta oración durante la tercera parte del día. Después de trabajar otras horas, cuando se pone el sol, se presenta ante Allah y realiza esta oración. Luego, una vez terminadas las actividades mundanas, se presenta por última vez ante Allah antes de dormir. Las tres últimas rak‘at de esta última oración se llaman «la oración del Witr». En su tercera rak‘ah hace ante Allah una promesa importante. Esta promesa se llama «Du‘a al-Qunut». Mediante esta súplica, quien reza jura ante Allah, con extrema humildad y sumisión, obedecerle y servirle. Se compromete a vivir en obediencia a Él. Escuche atentamente lo que dice en esta promesa:

اللهم إنا نستعينك ونستغفرك ونؤمن بك ونتوكل عليك ونثني عليك الخير ونشكرك ولا نكفرك ونخلع ونترك من يفجرك
اللهم إياك نعبد ولك نصلي ونسجد وإليك نسعى ونحفد ونرجو رحمتك ونخشى عذابك إن عذابك بالكفار ملحق

“¡Oh Allah! Te pedimos ayuda. Te pedimos perdón por nuestros pecados. Hemos creído en Ti. Solo en Ti confiamos. Te alabamos por todo bien y toda bondad. Te damos gracias y no negamos Tus dones. Te prometemos que no mantendremos ninguna relación con quienes Te desobedecen, sino que los abandonaremos. ¡Oh Allah! Reconocemos que solo a Ti servimos. Solo por Ti rezamos, solo ante Ti nos prosternamos, y todos nuestros esfuerzos, afanes y sufrimientos los soportamos únicamente para obtener Tu complacencia. Soportamos las dificultades esperando alcanzar solo Tu misericordia y tememos Tu castigo. Ciertamente, solo los incrédulos serán arrojados a Tu castigo.”

Reflexione un poco: quien escucha cinco veces al día la voz del adhan y piensa en la grandeza de lo que se anuncia en él, y en que mediante él se le convoca a presentarse ante un Rey tan grandioso; quien, cada vez que escucha el adhan, lo siente en su interior, abandona todas sus actividades y se presenta ante el Señor y Dueño de todo el universo; quien realiza la ablución antes de cada oración para purificar su cuerpo y su mente, y recita atentamente, una y otra vez durante la oración, las suras y las súplicas mencionadas, no puede dejar de sentir verdaderamente el temor de Allah en su corazón y en su mente. No puede dejar de sentir vergüenza por desobedecer las órdenes de Allah. Sin duda, su conciencia se estremecerá al presentarse repetidamente ante Allah llevando las oscuras marcas del pecado y de las malas acciones. Después de declarar en la oración que sirve a Allah y que le obedece, y de reconocer repetidamente que Allah es el Dueño del Día del Juicio, ¿cómo podría una persona regresar al mundo exterior y, en medio de sus actividades, mentir, actuar deshonestamente, apropiarse de los derechos ajenos, dar o aceptar sobornos, dar o recibir intereses, perjudicar injustamente a otras personas, cometer actos de desvergüenza, adulterio y demás injusticias? ¿Cómo podría atreverse, después de hacer esas cosas, a presentarse de nuevo ante Allah y reconocerlas verbalmente? Usted reconoce consciente y deliberadamente innumerables veces al día ante Allah: «¡Oh Allah! Solo a Ti sirvo y solo a Ti pido ayuda». Después de reconocer esto, ¿cómo podría ser posible que sirviera a alguien distinto de Allah y pidiera a alguien distinto de Él? Si, después de reconocer una vez estas cosas, actuara en contra de ellas, su corazón lo reprendería cuando volviera a presentarse ante Allah y, por vergüenza, inclinaría la cabeza. Si volviera a actuar en contra de ellas, sentiría aún más vergüenza y su conciencia lo atormentaría todavía más. Es completamente imposible que, pese a rezar cinco veces al día durante toda su vida, sus actos y su carácter no mejoren y no se produzca una transformación radical en su vida. Por eso Allah, exaltado sea, dijo acerca de otorgar este beneficio de la oración:

إِنَّ الصَّلاةَ تَنهىٰ عَنِ الفَحشاءِ وَالمُنكَرِ

«Ciertamente, la oración aparta al ser humano de la indecencia, la obscenidad y toda clase de pecados».

Pero, a pesar de contar con un medio tan poderoso para corregir la mente y el carácter de una persona, si el carácter de alguien no mejora aun realizando las cinco oraciones diarias, y si no se abstiene del camino del pecado, entonces debe entenderse que, en realidad, su propia naturaleza es mala. Por ello, la oración no tiene ninguna deficiencia. El agua y el jabón ciertamente limpian la suciedad de la ropa; pero si no eliminan la suciedad del carbón, no se puede culpar por ello al agua ni al jabón: la culpa será del carbón.

Pero es sumamente lamentable que no comprendamos en absoluto lo que recitamos en la oración, o que lo recitemos aun comprendiendo. Esta es una gran carencia de nuestra oración. Basta dedicar algún tiempo a aprenderlo para remediarla; ustedes pueden aprender fácilmente, en su propia lengua materna, el significado y el sentido de las súplicas y las suras de la oración. Creo que esto les será de gran beneficio.

La oración en congregación

En los artículos anteriores solo he hablado de las características y los beneficios de la oración. Gracias a ello, seguramente han comprendido cuán importante es esta adoración. También han comprendido cómo esta oración hace nacer en la persona una actitud de servidumbre a lo largo de toda la vida y cómo la prepara para cumplir debidamente con los derechos de esa servidumbre. Ahora les hablaré de los beneficios de realizar la oración en congregación. Así comprenderán muy bien cómo Allah, por Su misericordia y favor, ha reunido toda clase de bendiciones en esta misma práctica. La oración por sí sola ya era suficiente para nosotros; pero, al ordenar además que se realizara en congregación, Allah el Altísimo la convirtió en un tesoro de beneficios dobles y le otorgó una fuerza extraordinaria, incomparable para producir un cambio radical en el ser humano.

Ya he dicho que considerar en todo momento de la vida que uno es siervo de Allah, permanecer sometido al Señor como un esclavo obediente y estar siempre preparado para cumplir Sus órdenes es lo que se llama adoración; y la oración prepara a la persona precisamente para esta adoración. La oración desarrolla en el ser humano todas las cualidades necesarias para una adoración de este tipo: el sentimiento de ser siervo, la fe en Allah, en Su Mensajero y en Su Libro, una firme creencia en la Otra Vida, el temor de Allah, reconocer a Allah como el Conocedor de lo oculto, sentir siempre Su presencia, mantenerse constantemente preparado para cumplir las órdenes de Allah y conocer bien Sus mandatos. La oración desarrolla muchas cualidades semejantes en el ser humano y lo forma como un siervo sincero de Allah el Altísimo.

Con un poco de reflexión pueden comprender que, por muchas cualidades que una persona posea por sí misma, no podrá cumplir plenamente con el derecho debido a la adoración de Allah mientras las demás personas no sean sus colaboradoras y ayudantes. Si quienes viven día y noche con una persona y trabajan siempre junto a ella no la ayudan a obedecer a Allah, entonces de ningún modo podrá cumplir las órdenes de Allah.

El ser humano no llegó solo a este mundo. Tampoco puede hacer nada permaneciendo aislado. Está vinculado de diversas maneras con sus vecinos, sus compañeros de trabajo y sus compañeros de camino en la vida. Los mandatos y las normas de Allah tampoco están destinados a una persona solitaria, sino a todos los seres humanos; han sido dados por Allah precisamente para mantener correctamente toda clase de relaciones de la vida. Ahora bien, solo si todos se ayudan y colaboran mutuamente en el cumplimiento de las órdenes de Allah podrán convertirse juntos en personas obedientes a Sus mandatos. Por el contrario, si todos comienzan a desobedecer a Allah, o si sus relaciones mutuas son tales que no se ayudan unos a otros a cumplir las órdenes de Allah, entonces para una sola persona será absolutamente imposible cumplir correcta y regularmente las órdenes de Allah y actuar conforme a la ley de Allah.

Si recitan el Corán con un propósito claro, sabrán que Allah Ta‘ala no les ha ordenado únicamente someterse y obedecer a Allah y cumplir Sus mandamientos. Además, se les ha ordenado someter al mundo entero a Allah y hacerlo obediente a Él, y establecer la ley de Allah en el mundo. Allí donde rija la ley de Satanás, deben ponerle fin y establecer en su lugar el gobierno de la ley de Allah Ta‘ala, el Único y sin asociados. La gran misión que Allah les ha encomendado no puede ser realizada de ningún modo por una sola persona. Aunque haya millones de musulmanes que crean en esta doctrina, si permanecen dispersos y divididos, sin comunicación ni vínculo entre ellos, tampoco podrán derrotar de ningún modo a la disciplinada y bien establecida fuerza de Satanás. Por eso es indispensable que los musulmanes se unan en una comunidad, se ayuden mutuamente, se apoyen y respalden unos a otros, y luchen y se esfuercen juntos para alcanzar el mismo objetivo.

Si se observa con algo más de profundidad, también queda claro que, para alcanzar un objetivo tan grande, no basta con que los musulmanes se reúnan y se unan. Deben reunirse de la manera correcta; es decir, deben formar una comunidad musulmana de tal modo que se establezcan relaciones adecuadas entre sus miembros y no haya ningún defecto ni deficiencia en esas relaciones. Debe existir una completa unidad en sus ideas, objetivos, propósitos y método de acción. Deben tener un amir y un líder, y entre ellos debe existir el hábito y el deseo de actuar conforme a las indicaciones de ese líder. Es necesario que comprendan bien que deben obedecer las órdenes del líder, hasta qué punto deben hacerlo y en qué circunstancias se puede oponer uno a él. Recuerden estas palabras y reflexionen sobre cómo, al rezar en congregación, estos importantes conceptos despiertan en los orantes.

Se ha ordenado que, en cuanto se escuche el adhan, se abandonen todas las tareas y se vaya a la mezquita. Por ello, que los musulmanes dejen inmediatamente sus ocupaciones al oír el adhan y avancen todos hacia el mismo centro (la mezquita) recuerda a un gran ejército. En un campamento militar, en cuanto suena la corneta, cada soldado comprende que el comandante está llamando a todos. En ese momento surge en todos el mismo pensamiento: el deber y la responsabilidad de obedecer las instrucciones del comandante. Al comprenderlo, todos hacen lo mismo; es decir, desde el lugar donde se encuentren, en cuanto oyen el sonido corren hacia el lugar indicado. ¿Por qué se adopta este método para los soldados? Primero, para que cada soldado adquiera el hábito de obedecer las órdenes y de estar siempre preparado para cumplirlas. Segundo, para que, con todos esos soldados obedientes, se forme una fuerza poderosa y adquieran el hábito de reunirse al mismo tiempo y en el mismo lugar por orden del comandante. Este hábito es necesario para que, si surge de repente algún acontecimiento, todos los soldados puedan presentarse en el mismo lugar al oír la señal y actuar. Aunque cada soldado sea personalmente muy valiente, si al ser llamado en el momento de la acción no puede presentarse de inmediato y combatir, su valentía no tiene ningún valor. Si, al recibir la llamada, los soldados no se reúnen, sino que se marchan cada uno en una dirección según su propio deseo, un grupo disciplinado de cincuenta soldados enemigos puede aniquilar a mil soldados valientes de esa clase.

Precisamente conforme a esta regla se ha ordenado a los musulmanes que, en cuanto escuchen el adhan, abandonen sus ocupaciones y se presenten en la mezquita más cercana, para que todos los musulmanes puedan convertirse juntos en un ejército de Allah. Se les inculca así el hábito de presentarse cinco veces al día en cuanto oyen el adhan porque el deber de estos soldados de Allah es mucho mayor y más exigente que el de cualquier otro soldado del mundo. Otros ejércitos quizá necesiten combatir después de mucho tiempo y, como no se sabe cuándo estallará la guerra, reciben con mucha antelación todo tipo de entrenamiento. Pero este ejército de Allah debe luchar contra las fuerzas satánicas en todo momento y estar preparado a cada instante para obedecer la orden de su comandante. Por eso los musulmanes deben correr cinco veces entre el día y la noche, al sonido de la “corneta” divina —el adhan—, hacia el campamento de Allah, la mezquita. Sin duda, en comparación con sus responsabilidades y deberes, esto constituye una gran gracia concedida a ellos.

Hasta ahora solo se ha hablado de la belleza y la utilidad del adhan. Al oírlo, todos los musulmanes se presentan en la mezquita. Incluso en el simple hecho de reunirse allí hay mucha belleza y utilidad. Al encontrarse allí, los musulmanes pueden verse, conocerse y entablar relaciones entre sí.

Pero ¿por qué motivo se reúnen y se conocen unos a otros? Por el hecho de que son siervos de un solo Allah, seguidores de un solo Mensajero, y tienen un mismo Noble Corán como Libro y código de vida; además, todos tienen el mismo propósito en la vida. Se han reunido en la mezquita para alcanzar ese mismo propósito y, después de regresar de allí, cada uno de ustedes se esforzará también por alcanzar ese mismo objetivo. En realidad, este tipo de conocimiento mutuo y de compañía despierta naturalmente en ustedes la idea de que todos pertenecen a una misma nación y son soldados de un mismo ejército. Son hermanos unos de otros. En el mundo, el objetivo y propósito de sus vidas es uno; todos comparten sus ganancias y pérdidas, y sus vidas están estrechamente vinculadas entre sí.

Cuando se miren unos a otros, háganlo con una mirada generosa, con los ojos, la mente y el corazón abiertos. No miren a nadie como mira un enemigo; más bien, mírense exactamente como un amigo mira a su amigo y como un hermano mira a su hermano. Al mirar de este modo, cuando vean a un hermano vestido con ropa vieja y rota, a alguien muy preocupado, en dificultades o hambriento, o a alguien incapacitado, lisiado, paralizado o ciego, surgirán espontáneamente en su corazón la compasión y la misericordia. Los ricos sentirán el sufrimiento de los pobres, los desamparados y los necesitados, y los pobres y menesterosos tendrán el valor de acercarse a los ricos y hablarles de su difícil situación. Si se enteran de que alguien no pudo acudir a la mezquita por estar enfermo o en dificultades, sentirán deseos de visitarlo. Si reciben la noticia de la muerte de alguien, podrán acudir a rezar la oración funeraria y expresar sus condolencias a su afligida familia. En verdad, estas acciones crearán entre ustedes un profundo amor y una profunda compasión mutua.

Piensen un poco más: el lugar donde se reúnen ustedes es un lugar puro y sagrado. En este lugar sagrado se reúnen con un propósito grandioso. También los ladrones, bandidos, borrachos y jugadores se reúnen en un mismo lugar; pero los corazones de todos ellos están llenos de malas intenciones. Sin embargo, su reunión no puede compararse con la de ellos, porque aquí se reúnen únicamente los siervos sinceros de Allah; su asamblea para adorar a Allah se celebra en la Casa de Allah. Todos se reúnen aquí para reconocer sinceramente ante Allah su servidumbre y esclavitud. En estas circunstancias, en el corazón de los creyentes surge espontáneamente un sentimiento de vergüenza por sus propios pecados. Por otro lado, si una persona hubiera cometido un pecado delante de otra y esa persona acudiera a la mezquita, el pecador moriría de vergüenza con solo eso. Además, si en el corazón de los musulmanes existe también el espíritu de aconsejarse mutuamente, y si, con afecto, amor y compasión, procuran comprender bien cómo eliminar los defectos de cada uno, entonces no cabe la menor duda de que sobre esta asamblea descenderán las infinitas misericordias y bendiciones de Allah. Así, mediante la oportunidad de rezar en congregación, un musulmán podrá corregir los defectos de otro y uno suplirá las carencias del otro. Como resultado, poco a poco, toda la sociedad podrá volverse recta y virtuosa.

En el mero hecho de reunirse en la mezquita hay una enorme bendición. Piensen también cuán ilimitados son los beneficios y las bendiciones de rezar en congregación. Todos los que rezan permanecen de pie en la misma fila, en igualdad. Nadie es superior ni inferior, nadie es elevado ni humilde: ante Allah, en presencia de Allah, todos los seres humanos son absolutamente iguales. Si la mano o el contacto de alguien toca a otro, ninguno de ellos se vuelve impuro. Aquí no hay lugar para la intocabilidad. Todos son puros y sagrados, porque todos son seres humanos y todos son siervos de un solo Allah, seguidores de la misma religión del islam. Entre quienes rezan no existe ninguna diferencia de linaje, familia, tribu, país o lengua. Individualmente, uno puede ser sayyid, otro pathán, otro señor Khan, otro Howladar y otro señor Chowdhury. Asimismo, uno puede ser habitante de un país y otro, habitante de otro país. Uno habla una lengua y otro expresa sus pensamientos en otra. Pero, a pesar de estas diferencias individuales, todos permanecen juntos en la misma fila y adoran a Allah colectivamente. Esto significa que todos pertenecen a una sola nación. Aquí, las diferencias de linaje y tribu, de país y región, y de nacionalidad son completamente falsas. La relación más grande entre los seres humanos es la servidumbre y la adoración de Allah. Puesto que en esto todos ustedes son uno, tampoco puede haber razón alguna para que sean diferentes y estén divididos en los demás asuntos.

Cuando permanecen de pie hombro con hombro formando filas, parece que un enorme ejército está de pie ante el rey para cumplir con su deber. Al permanecer en filas y levantarse y sentarse juntos, se crea en los que rezan un profundo sentimiento de unidad. De este modo, mediante la oración, se acostumbra a todos a servir a Allah: todas sus manos se levantarán juntas y todos sus pies avanzarán al mismo tiempo. Así quedará claro que quienes rezan no son veinte ni cien personas, sino que, unidos, se han convertido en un solo ser humano indivisible.

¿Qué se hace después de formar la congregación y las filas? Todos los que rezan presentan ante Allah la misma súplica en la misma lengua:اِيَّاكَ وَاِيَّاكَ نَسْتَعِيْنُ¡Oh Allah!, solo a Ti adoramos y solo a Ti pedimos ayuda.اِهْدِنَا الصِّرَاظَ الْمُسْتَقِيْمَ¡Oh Allah!, muéstranos el camino recto y fácil.رَبِّنَا لَكَ الْحَمْدُ¡Oh Allah! Toda alabanza y todo elogio son exclusivamente para Ti.اَلسَّلاَمُ عَلَيْنَا وَعَلى عِبَادِ اللهِ الصَّالِحِيْنَ ـQue la paz descienda sobre nosotros y también sobre los siervos virtuosos de Allah. Después, al terminar la oración, se saludan unos a otros diciendo:اَلسَّلاَمُ عَلَيْكُمْ وَرَحْمَةُ اللهِ ـEsto significa que cada uno de los que rezan desea el bien para los demás y que todos, juntos, piden el bienestar de todos al mismo Señor. Ninguno de los que rezan está solo, ni ninguno pide el bien únicamente para sí mismo. Al contrario, en los labios de todos está esta súplica: «¡Oh Allah!, que Tu gracia y Tu bienestar desciendan sobre todos nosotros; concede a todos la capacidad de caminar por el mismo camino fácil y recto; que la paz descienda sobre todos». De este modo, la oración une entre sí los corazones de todos los que rezan, despierta en todos el mismo pensamiento y la misma manera de pensar, y hace surgir entre ellos un profundo amor, unidad y deseo del bien mutuo.

Pero recuerden que la oración en congregación no puede realizarse sin un imam. Incluso si rezan dos personas juntas, una de ellas debe ser el imam y la otra, su seguidor. Una vez iniciada la congregación, está estrictamente prohibido separarse de ella y rezar a solas. Por el contrario, se ha ordenado que quien llegue después de comenzar la congregación debe colocarse detrás de ese imam y seguirlo. Estas disposiciones no se limitan únicamente a la oración; en realidad, mediante ellas se imparte una gran enseñanza: para vivir como musulmanes, debemos permanecer organizados en congregación de esta manera. Si entre ustedes no hay uno que sea imam, no pueden formar esa congregación. Y si, después de formarla, se mantienen separados de ella, su vida no es en absoluto una vida islámica. No tiene ninguna relación real con la vida musulmana.

Esto no es todo. Al rezar en congregación se crea una relación muy fuerte entre el imam y sus seguidores, gracias a la cual cada musulmán puede comprender cuál es la posición del «imam» en la gran mezquita llamada mundo, fuera de esta pequeña mezquita; cuáles son sus deberes; qué derechos tiene; cómo deben seguir al imam de esa «gran mezquita»; qué harán si comete un error; cuánto tiempo tolerarán su error; cuándo podrán señalárselo; cuándo podrán exigir que lo corrija; y en qué circunstancias podrán destituir al imam. Todas estas cuestiones

se enseñan de manera práctica a cada musulmán mediante la oración en congregación dentro de la mezquita. En una palabra, cinco veces al día se enseñan en la mezquita las normas para dirigir un pequeño Estado y se inculca su práctica.

Aquí no hay espacio para explicar detalladamente estas cuestiones. Me limitaré a exponer brevemente algunos puntos necesarios.

La orden de la sharía es que se debe nombrar como imán de la oración precisamente a la persona de entre los miembros de la sociedad que sea la más piadosa, que posea mayor conocimiento, que pueda leer y comprender el Noble Corán mejor que todos los demás y que, además, tenga la edad adecuada. Mediante esta disposición se ha enseñado claramente qué cualidades son indispensables en quienes serán los líderes de la nación en el ámbito de la acción.

La sharía ha ordenado que no se debe nombrar imán a la persona que la mayoría de los miembros de la congregación no esté dispuesta a aceptar como tal. La oposición de un número reducido de personas no debe tomarse en consideración, pues nunca se encontrará a alguien contra quien nadie tenga objeciones. Pero si la mayoría de la congregación siente aversión por una persona, de ninguna manera se la puede nombrar imán. Con esto se ha enseñado el procedimiento para elegir al imán o líder de la nación.

La sharía ha establecido que se debe nombrar como imán de la oración a una persona que rece teniendo en cuenta la situación de todos los que oran. Pues entre ellos puede haber muchos enfermos, ancianos, débiles y personas delicadas. En tal situación, si recitara pasajes muy largos y realizara inclinaciones y postraciones prolongadas teniendo en cuenta únicamente a los jóvenes, los fuertes y quienes disponen de tiempo libre, ello podría causar muchas dificultades y molestias a los demás. Por eso el imán debe recordar que entre quienes oran hay muchos ancianos, personas enfermas y débiles, y también muchas personas que desean terminar pronto la oración y regresar a sus ocupaciones. El Noble Profeta (la paz y las bendiciones sean con él) mostró gran compasión en este asunto. Incluso si durante la oración escuchaba llorar a un niño, la acortaba mucho. Pues si la madre (o el padre) del niño participaba en aquella congregación, podría afligirse y, por ello, la oración podría verse perturbada. Mediante esta norma se ha enseñado a los dirigentes de la nación que, cuando se les ha convertido en «líderes», deben tener en cuenta en cada asunto a toda clase de personas de la nación. La disposición de la sharía es que, si mientras dirige la oración el imán se encuentra en una situación que le impide continuar dirigiéndola, debe retirarse inmediatamente y se debe poner a otra persona en su lugar; si no puede dirigir la oración, debe retirarse inmediatamente y se debe nombrar a otra persona como imán. De esto se deduce la instrucción de que, cuando el líder de la nación sea incapaz de cumplir su deber, debe dimitir por iniciativa propia y procurar que se designe allí a otra persona competente. Es obligatorio para él hacerlo. No debe sentir vergüenza por ello ni hay egoísmo en esta acción.

La orden de la sharía es que los miembros de la congregación deben seguir obligatoriamente todo lo que haga el imán. Está absolutamente prohibido que quien lo sigue realice cualquier acción antes que el imán. Incluso se menciona en un hadiz: «Si alguien se inclina o se postra antes que el imán, el Día de la Resurrección será levantado convertido en un asno». Aquí se ha enseñado a la nación musulmana que es obligatorio seguir al líder.

Si el imán comete un error durante la oración —por ejemplo, si se sienta cuando debería estar de pie o se pone de pie cuando debería estar sentado—, es obligatorio que quienes lo siguen le señalen su error diciendo «Subhanallah». «Subhanallah» significa «Allah, el Altísimo, es puro y grandioso». El sentido de decir «Subhanallah» para señalar el error del imán es que únicamente Allah está libre de toda clase de errores y defectos; tú eres un ser humano, y que cometas un error no es imposible. Esta es la norma establecida en el islam para señalar el error del imán.

Según esta norma, cada vez que se señale el error del imán, este debe corregir su propio error sin dar lugar a ninguna vergüenza o reparo. Sin embargo, si después de que le hayan señalado el error el imán sigue creyendo firmemente que no se equivocó y que actuó correctamente, completará la oración conforme a su propia convicción. En tal caso, aunque los miembros de la congregación consideren que el imán se ha equivocado, deben seguirlo. Después de que termine la oración, todos los que oran tienen derecho a demostrarle al imán su error y exigirle que vuelva a dirigir la oración.

Este trato de los miembros de la congregación hacia el imán se aplica únicamente a los errores menores. Pero si el imán comienza a dirigir la oración de una manera contraria a la sunna del Profeta, o lee deliberadamente mal el Noble Corán durante la oración, o comete durante ella un acto de incredulidad, politeísmo o pecado manifiesto, entonces es obligatorio para cada persona que ora abandonar la oración y apartarse de ese imán.

Mediante estas magníficas orientaciones de la sharía acerca de la oración se ha enseñado claramente cómo debe comportarse la sociedad musulmana con sus líderes en la vida nacional.

Por lo que aquí se ha dicho acerca de los beneficios y las ventajas de realizar la oración en congregación, han comprendido claramente que en esta única forma de adoración ordenada por Allah Ta‘ala —que debe realizarse solamente cinco veces al día y la noche, durante apenas unos minutos— hay un gran bien para los musulmanes, tanto en este mundo como en el Más Allá y en todos los ámbitos. Esto permite comprender que esta sola cosa puede hacer verdaderamente afortunado al musulmán y cómo lo prepara para servir a Allah y ejercer el liderazgo en el mundo. Ahora puede surgirles la pregunta: si la oración está llena de todos los beneficios, ¿adónde han ido en la época actual tantos de esos beneficios? La respuesta a esta pregunta se dará en el próximo artículo, insha Allah.

¿Por qué no se obtienen los frutos de la oración?

En los artículos anteriores he explicado de diversas maneras los beneficios y las ventajas que proporciona la oración; aquí intentaré responder por qué actualmente la gente no logra obtener esos mismos beneficios de ella. ¿Por qué, en la época actual, los musulmanes siguen siendo tan humillados y débiles incluso después de realizar la oración? ¿Por qué no mejora su carácter? ¿Por qué no se convierten en un ejército de Allah, invencible y poderoso? ¿Por qué son tan impotentes y despreciados frente a los incrédulos en el mundo? Esta es verdaderamente una pregunta difícil.

La respuesta breve a esta pregunta podría ser que, en realidad, los musulmanes no realizan la oración; y, aunque la realicen, no lo hacen exactamente de la manera ni conforme al método en que Allah y Su Mensajero ordenaron realizarla. Por ello, los musulmanes de hoy no pueden esperar obtener de la oración actual los beneficios que puede llevar al creyente hasta el límite máximo del progreso. Pero sé que no quedarán satisfechos con una respuesta tan breve. Por tanto, es necesario responder a esto con un poco más de detalle.

Miren este reloj de pared que cuelga aquí en la mezquita. Saben que contiene muchas piezas conectadas unas con otras. Cuando se le da cuerda, cada pieza comienza a realizar su propia función y, al mismo tiempo, el resultado del trabajo de las piezas internas empieza a manifestarse en las agujas exteriores. Es decir, las dos agujas giran y van formando segundos tras segundos, minutos tras minutos y horas tras horas. Ahora piensen: ¿cuál es el propósito de fabricar un reloj? Todos saben que su único propósito es indicar correctamente la hora. Por eso se han reunido en él muchas piezas pequeñas capaces de señalar la hora exacta. Después se las ha conectado entre sí, para que todas funcionen debidamente juntas y cada pieza realice exactamente el trabajo necesario para indicar la hora correcta: ni más ni menos. También se ha establecido la manera de darle cuerda, porque, si no se le da cuerda, las piezas se detendrán y no podrán funcionar correctamente. Por eso, después de un tiempo determinado, se le da cuerda para ponerlo en movimiento. Como resultado, todas las piezas comienzan a funcionar. Cuando están correctamente conectadas y se le da cuerda, entonces el reloj puede cumplir el propósito para el que fue fabricado. Pero si no se le da cuerda adecuadamente, no podrá indicar bien la hora. Si se le da cuerda, pero no conforme al procedimiento establecido, el reloj se detendrá o, aunque siga funcionando, no podrá indicar correctamente la hora. Si se le quita alguna de sus piezas y luego se le da cuerda, esa acción no producirá ningún resultado. Y si se extrae una de sus piezas, se coloca en su lugar una pieza de una máquina de coser Singer y se le da cuerda, aun así no podrá indicar la hora; por otro lado, tampoco podrá coser ropa. Si todas sus piezas se colocan dentro de él separadas unas de otras, no funcionará aunque se le dé cuerda. A simple vista habría que decir que todas las piezas del reloj están dentro de él, pero el hecho de que las piezas estén simplemente dentro no basta para que cumpla su propósito. Esto se debe a que no están conectadas entre sí ni han sido ordenadas y dispuestas correctamente según su función. Por eso no pueden funcionar unas con otras. En las situaciones que se han descrito, aunque el reloj no funcione y darle cuerda sea inútil, las personas de fuera no podrán entender nada al verlo: no sabrán que no es realmente un reloj o que no se le está dando cuerda debidamente. Dirán que tiene exactamente el aspecto de un reloj y, por ello, esperarán obtener de él el mismo propósito que se obtiene de un reloj. Así, cuando lo vean desde lejos y observen que usted le está dando cuerda correctamente, esperarán obtener de él todos los beneficios que puede proporcionar un reloj. Pero, si en su interior no se encuentra el estado propio de un reloj, ¿de qué sirve que exteriormente parezca un reloj? De él no se puede obtener en absoluto la función de un reloj verdadero.

Mediante el ejemplo del reloj que les he presentado, han comprendido claramente todo el asunto. Consideren el Islam semejante a este reloj: así como el propósito del reloj es indicar correctamente la hora, el propósito del Islam es que el ser humano viva en este mundo como califa de Allah y como soldado de Allah. Que ellos mismos sigan las órdenes de Allah y guíen también a los demás conforme a la ley de Allah.

En el Noble Corán se afirma claramente lo siguiente:

كُنْتُمْ خَيْرَ اُمَّةٍ اُخْرِجََتْ لِلنَّاسِ تَأْمُرُوْنَ بِالْمَعْرُوْفِ وَ تَنْهَوْنَ عِنْ الْمُنْكَرِ وَتُؤْمِنُوْنَ بِاللهِ ط ـ عمران:

Sois la mejor comunidad, creada para el beneficio de toda la humanidad. Vuestra misión es ordenar a todas las personas que hagan el bien, apartarlas de todo mal y mantener una firme fe en Allah. Sura Al Imrán: 110

وَكَذَلِكَ جَعَلْنَكُمْ وَّسَطًا لَتِكُوْنُوْا شُهَدَا ءَ عَلَى النَّاسِ ـ

Y así os hemos convertido en la mejor comunidad, para que podáis dar testimonio respecto de toda la humanidad.

Sura Al-Baqara: 143

وَعَدَ اللهُ الَّذِيْنَ امَنُوْا مِنْكُمْ وَعَمِلُوْا الصلِحتِ لَيَسْتَخْلِفَنَّهُمْ فِيْ الاَرْضِ النُوْر: 55

Allah ha prometido a quienes de vosotros creen y hacen buenas obras que ciertamente los hará sucesores en la tierra. Sura An-Nur: 55

وَقَاتِلُوْهُمْ حَتّى لاَتَكُوْنَ فِتْنَةٌ وَّيَكُوْنَ الدِّيْنُ كُلُّهُ لِلَّهِ ـ

Combatid contra estos incrédulos, hasta que finalmente cese la fitna y la religión sea enteramente para Allah. Sura Al-Anfal: 39. Para alcanzar este objetivo se han reunido en el islam muchos componentes, como las piezas de un reloj. Son tan necesarios para alcanzar el verdadero objetivo del islam como compatibles entre sí. Los principios fundamentales del islam, las creencias, las normas de la conducta moral, las actividades y los negocios, las reglas de las transacciones y los intercambios, los derechos de Allah, los derechos de las personas, los propios derechos y los derechos de todas las demás cosas con las que el ser humano mantiene una relación en este mundo, las normas para ganarse el sustento y gastar, las reglas y métodos de la guerra y el yihad, las normas y procedimientos de la paz y los acuerdos, las disposiciones y métodos para gobernar el Estado, y las normas para vivir aceptando la autoridad del Estado islámico: todos estos son componentes del islam, pequeñas piezas de la maquinaria del islam. Han sido conectados entre sí, como las piezas de un reloj, de tal manera que, al darle cuerda, todos comienzan a funcionar correctamente; y, al funcionar conjuntamente, el objetivo esencial del islam —su predominio y autoridad, y el establecimiento de la ley de Allah en el mundo— se alcanza de forma tan bella y continua como la aguja exterior de un reloj indica la hora correcta cuando funcionan sus mecanismos. Para unir entre sí las distintas piezas de un reloj se utilizan varias láminas y pequeñas varillas de hierro. Del mismo modo, para mantener unidos los distintos actos del islam y establecer entre ellos una clasificación armoniosa, se ha dispuesto la formación de una comunidad. Esta comunidad de musulmanes tendrá un líder que posea conocimiento correcto del islam, capacidad de comprensión y las cualidades de temor reverencial y piedad. Los miembros de la comunidad obedecerán sus instrucciones y actuarán conforme a ellas. Con la ayuda de su fuerza colectiva, el líder aplicará la ley islámica a la gente y les impedirá oponerse a ella. Cuando todas las partes del islam estén conectadas entre sí y se establezca entre ellas una clasificación armoniosa, será necesario darles cuerda para ponerlas en movimiento y hacerlas funcionar correctamente. En realidad, en el sistema de vida islámico, la oración cumple la función de esa cuerda. Hay que darle cuerda cinco veces durante el día y la noche. Después, también es necesario limpiar este reloj; por ello se ha hecho obligatorio el ayuno. Una vez al año, durante treinta días, cumple esta función. Es necesario lubricar este reloj; una vez al año, mediante el pago de la zakat, se realiza esta lubricación. Este aceite no se importa del exterior: lo produce una parte del propio reloj y hace que las demás partes secas puedan funcionar. De vez en cuando también es necesario hacer una revisión general del reloj; al realizar el hajj una vez en la vida se completa esta revisión.

Ahora todos pueden comprender que dar cuerda a este reloj, limpiarlo, lubricarlo y hacerle una revisión completa solo puede resultar eficaz cuando en su interior estén conectadas y ordenadas entre sí únicamente las piezas del propio reloj, tal como las dispuso su fabricante. Solo en ese estado, al darle cuerda, puede funcionar correctamente e indicar la hora con exactitud. Si reflexionan un poco, comprenderán que, en este aspecto, la situación actual del islam es sumamente deplorable. En primer lugar, ya no existe la comunidad cuya formación había permitido unir entre sí todas las partes del islam. Como consecuencia, todas las piezas han quedado separadas. La fuerza de la unidad ha desaparecido. Ahora cada cual hace lo que quiere. No hay nadie que lo detenga ni nadie que le muestre el camino correcto. Si quiere, sigue las leyes del islam; si no, abandona el islam y sigue otro camino. El musulmán de hoy no se ha detenido ahí. Más bien, ha extraído muchas piezas de este reloj y ha añadido otras según su propio deseo, aunque de ningún modo pueden formar parte de él. Uno ha introducido piezas de una «máquina de coser Singer»; otro le ha colocado una pieza de un «molino de harina»; y otros han buscado y unido a él ciertas piezas de automóviles conforme a sus preferencias. Así, por un lado, se llama musulmán, mientras que, por otro, realiza negocios con interés, ha contratado un seguro de vida en una compañía de seguros y presenta demandas falsas ante tribunales fundados en la ley inglesa. Se pone al servicio de los incrédulos y los sirve. Convierte en señoritas europeas a sus hijas, hermanas y esposas. Imparte a sus hijos una educación materialista. Por un lado, los hace imitar a Marx y Lenin, y, por otro, les hace aceptar también las políticas de Gran Bretaña y Estados Unidos. En resumen, los propios musulmanes han traído innumerables cosas contrarias al islam y las han unido a este reloj del islam.

Después de realizar todas estas acciones indeseables, si alguien espera que, con solo darle cuerda, el reloj funcione correctamente, que cumpla el propósito para el que fue fabricado y que le proporcione también el resultado que debería obtenerse al limpiarlo, lubricarlo y revisarlo por completo, ¿qué se puede decir de él sino que es un completo necio? Con solo reflexionar profundamente se comprende fácilmente que, en el estado actual de este reloj —el islam—, aunque se le dé cuerda, se lo limpie y se lo lubrique durante toda la vida, su verdadero propósito no podrá alcanzarse de ningún modo. Por tanto, mientras no se extraigan de su interior las piezas de otras máquinas y no se coloquen correctamente en su lugar sus piezas originales, tal como fueron dispuestas cuando se fabricó por primera vez, no puede albergarse ninguna esperanza de alcanzar mediante él su verdadero propósito.

Es indispensable comprender muy bien este asunto. Esta es precisamente la razón por la que las oraciones, el ayuno, el hach y el azaque de los musulmanes han quedado completamente sin efecto. En primer lugar, son muy pocos los que cumplen regularmente con la oración, ayunan, pagan el azaque y realizan el hach. Al haberse quebrantado los vínculos y la disciplina de la comunidad, cada persona de la sociedad se ha vuelto absolutamente arbitraria. No hay nadie que pregunte si alguien cumple o no estos deberes obligatorios del islam. Y, además, ¿cómo los cumplen quienes sí los realizan? Hoy casi ha desaparecido la costumbre de rezar en congregación. Incluso donde existe una congregación, en la mezquita se nombra como imán a alguien que no tiene capacidad para desempeñar ninguna otra labor en el mundo. En su mayoría, se ha elegido como imanes de las mezquitas precisamente a personas de esa clase: quienes viven del pan de la mezquita, quienes consideran el cumplimiento de los deberes religiosos un medio de ganarse la vida, quienes están atrasados en conocimiento y saber, carecen de fuerza moral y se encuentran muy atrasados en cuanto a carácter; y, sin embargo, la norma de nombrar imanes se había establecido precisamente con el propósito de convertir a todos los musulmanes en auténticos califas de Allah y en soldadosde Allah en este mundo. En estas condiciones, el estado actual de la oración, el ayuno, el azaque y el hach es indescriptible.

A pesar de todo esto, muchos pueden decir que hoy en día muchos musulmanes cumplen los deberes obligatorios y desempeñan debidamente sus respectivas obligaciones. Pero, como se ha dicho anteriormente, después de extraer algunas piezas de un reloj y colocar en su lugar varias piezas de otra máquina, da lo mismo darle cuerda o no, limpiarlo o no, y aceitarlo o no: todo ello es completamente inútil y carente de sentido. Si se lo mira desde lejos, parecerá ciertamente un reloj. Cualquiera que lo vea desde fuera dirá, sin duda, que esto es el islam y que ustedes son musulmanes. Cuando ustedes le dan cuerda a este reloj o lo limpian, quienes lo observan desde lejos creen que lo están dando cuerda y limpiando correctamente. Nadie puede decir que esto no es la oración ni que esto no es el ayuno; pero ¿cómo podrán comprender quienes lo vean desde fuera qué hay realmente en su interior?

¿Por qué las actividades religiosas de los musulmanes son hoy infructuosas? Les he expuesto claramente la causa fundamental. También les expliqué por qué los musulmanes, aun realizando la oración y observando el ayuno, no logran ser soldados de Allah; más bien, por qué se convierten en servidores de los infieles, en seguidores ciegos de sus pasos y son oprimidos de diversas maneras. Si no se ofenden, puedo decirles algo aún más doloroso. No cabe duda de que los musulmanes sienten tristeza o aflicción por la situación actual. Pero también es cierto que, entre los musulmanes de hoy, novecientos noventa y nueve de cada mil, e incluso más, son personas que no están dispuestas en absoluto a esforzarse por eliminar esta situación. El mecanismo interior de este “reloj” del islam se ha separado en piezas inconexas, y cada uno ha colocado en él, según su propio capricho, una pieza nueva. Hoy los musulmanes se niegan por completo a repararlo; es decir, a extraer las piezas de otras máquinas, ordenar debidamente sus piezas originales y ponerlo en buen estado. Incluso, si alguien quisiera hacerlo, no son capaces ni siquiera de tolerarlo. Pues cuando se extraigan de su interior las piezas de otras máquinas, desaparecerán las cosas queridas de cada uno. Pero que desaparezcan las cosas queridas de los demás y que se permita permanecer en él la pieza exterior que uno mismo le ha añadido, eso no puede ser. Temen que, cuando sus piezas originales sean ordenadas correctamente y atadas con firmeza, ellos mismos queden prisioneros junto con ellas. Porque, si se ata a todos con fuerza, ciertamente no se puede dejar libre y sin restricciones a ninguno. Y no les es posible soportar voluntariamente una situación tan penosa. Por eso quieren que este reloj siga colgado tal como está y que la gente, al verlo desde lejos y tomarlo por un reloj, continúe siendo engañada. Por otra parte, quienes aman intensamente semejante reloj inútil están ocupados en darle cuerda con mucha frecuencia y en limpiarlo. Pero jamás estarán dispuestos, ni siquiera por error, a ordenar correctamente sus piezas y extraer las piezas de otras máquinas. Esto es verdaderamente doloroso.

Si pudiera estar de acuerdo con semejante opinión de ustedes, no habría problema. Pero no puedo hacerlo. No me es posible hablar en contra de la verdad que he llegado a conocer. Puedo afirmar con certeza que, en las circunstancias actuales, aunque además de las cinco oraciones diarias se realizaran también las oraciones de taháyyud, ishraq, chasht y otras; aunque se recitara diariamente el Corán durante cinco horas; y aunque, además del mes de Ramadán, se ayunara durante cinco meses y medio de los once meses restantes del año, no se obtendría ningún resultado. Sin embargo, después de colocar y ordenar correctamente en el reloj sus mecanismos originales, bastaría darle un poco de cuerda para que siguiera funcionando y señalara correctamente la hora. Entonces, con limpiarlo un poco y echarle unas gotas de aceite, se obtendrían muchos beneficios. De lo contrario, aunque se le diera cuerda durante toda la vida, este reloj nunca funcionaría ni permitiría alcanzar su verdadero propósito.

El ayuno

Después de la oración, el ayuno del mes de Ramadán es la práctica de adoración que Allah Ta‘ala hizo obligatoria para los musulmanes. Ayunar significa abstenerse de comer, beber y mantener relaciones conyugales desde la mañana hasta la tarde. Al igual que la oración, el ayuno ha sido prescrito como obligatorio en la ley religiosa de todos los profetas desde tiempos inmemoriales. Las comunidades de todos los profetas anteriores ayunaban de esta misma manera, tal como ayuna la comunidad del último Profeta, el honorable Muhammad, que Allah bendiga y le conceda la paz. Naturalmente, existen diferencias entre las leyes religiosas de los distintos profetas en cuanto a las normas del ayuno, su número, su momento y su duración. Hoy podemos observar que en todas las religiones existe, de una forma u otra, la práctica del ayuno. Sin duda, ellos le han añadido muchas cosas según sus propios deseos y han distorsionado su forma de diversas maneras. Allah ha declarado en el Corán Majestuoso:

يَآيُّهَا الذِّيْنَ اَمَنُوْا كُتِبَ عَلَيْكُمْ كَمَا كُتِبَ عَلَى الَّذِيْنَ مِنْ قَبْلِكُمْ لَعَلَّكُمْ تَتَّكُوْنَ ـ

¡Oh, creyentes! Se os ha prescrito el ayuno, tal como fue prescrito a quienes os precedieron. Sura Al-Baqarah: 183

Este versículo demuestra que en cada una de las leyes religiosas que Allah reveló al mundo existía una disposición relativa al ayuno. Es algo que merece reflexión: ¿qué elemento hay en el ayuno para que Allah lo haya establecido en las leyes religiosas de todas las épocas?

Ya he dicho varias veces que el verdadero propósito del islam es convertir la vida entera del ser humano en adoración, es decir, en servidumbre a Allah. El ser humano es, por naturaleza, siervo de Allah, y servir a Allah es su disposición natural. Por ello, no debe abandonar ni por un instante la servidumbre a Allah, ya sea en sus pensamientos o en sus actos. En cada acto de la vida y en todo momento debe considerar qué complace a Allah y qué provoca Su desagrado. Después, debe dirigirse hacia todo aquello en lo que espere obtener la complacencia de Allah y mantenerse alejado de aquello que provoque Su desagrado, del mismo modo que toda persona se mantiene alejada del fuego. Es deber del ser humano seguir el camino que Allah aprueba y no seguir el que Él desaprueba. Cuando toda la vida del ser humano se haya formado de esta manera, quedará demostrado que sirve debidamente a Allah y que yوَمَا خَلَقْتُ الْجِنَّ وَالاِنْسَ اِلاَّ لِيْعْبُدُوْنَ ـ (الذريت) ha creado a los seres humanos y a los genios únicamente para que Me adoren. Conforme a esta declaración de Allah, ha podido realizar el propósito de su creación.

También se ha dicho anteriormente que el verdadero propósito de las prácticas de adoración conocidas como oración, ayuno, hach y zakat, que fueron hechas obligatorias para las personas, es prepararlas para esa adoración esencial. Hacerlas obligatorias no significa que, por rezar exactamente cinco veces al día y a la noche, soportar durante treinta días del mes de Ramadán el sufrimiento del hambre y la sed desde la mañana hasta la tarde, dar zakat una vez al año si se es rico y realizar el hach una vez en la vida, se haya cumplido por completo el deber de la persona hacia Allah y que después tenga plena libertad para hacer lo que quiera. Más bien, el verdadero propósito de hacer obligatorias estas prácticas de adoración es formar correctamente a la persona mediante ellas y hacer que toda su vida sea apta para la servidumbre a Allah. Ahora debemos juzgar, teniendo presente este propósito, cómo prepara el ayuno a la persona para esa adoración esencial.

Para practicar los demás actos de adoración aparte del ayuno, es necesario recurrir de algún modo a una manifestación externa. Durante la oración, quien ora debe levantarse, sentarse y realizar el rukú y el suyúd. Esto puede ser visto por otras personas. Para realizar el hach hay que emprender un largo viaje, y además hacerlo junto con miles de personas. En cuanto al pago de la zakat, al menos dos personas deben saberlo: una la entrega y otra la recibe. Estos actos de adoración no pueden permanecer ocultos para los demás. En cuanto se realizan, otras personas pueden saberlo. Pero nadie, salvo Allah y quien ayuna, puede saber realmente si alguien está ayunando. Si una persona come el sehri delante de todos, rompe el ayuno al mismo tiempo que los demás durante el iftar y, durante el día, come o bebe algo a escondidas, nadie salvo Allah puede saberlo. Es cierto que, exteriormente, todos la considerarán una persona que ayuna; pero en realidad no está ayunando en absoluto.

Reflexionen teniendo presente este aspecto del ayuno. ¿Qué tan firme es la fe de la persona que ayuna verdaderamente, que no come ni bebe nada a escondidas, que, cuando la sed le hace sentir que las entrañas están a punto de reventar bajo un calor intenso, no bebe ni una gota de agua, y que, aunque por el hambre insoportable empiece a ver estrellas, no siente deseos de comer nada? ¿Con cuánta firmeza cree que Allah es Alim al-Ghayb, el Conocedor de lo oculto? ¡Con qué certeza sabe que, aunque sus actos sean desconocidos para la gente de este mundo, nada es desconocido para el Señor de todos los mundos! ¡Qué intenso es el temor de Allah en su corazón! A pesar de soportar un sufrimiento insoportable, únicamente por temor a Allah no hace nada que pueda invalidar su ayuno. ¡Qué firme es su creencia en el juicio de la otra vida! Durante un mes, ayuna al menos trescientas sesenta horas. A lo largo de todo ese tiempo, jamás surge en su mente ninguna duda acerca de la otra vida. Si albergara siquiera la más mínima duda sobre si existe o no la otra vida, o tuviera alguna incertidumbre sobre si allí habría castigo o recompensa, no podría completar su ayuno de ningún modo. Cuando surge tal duda, una persona no puede mantenerse firme en su determinación de abstenerse de comer y beber únicamente porque se trata del mandato de Allah.

De este modo, Allah somete cada año a los musulmanes a una prueba continua de su fe durante un mes. Cuanto más firme se muestra una persona en esta prueba, más sólida se vuelve su fe. En realidad, es una prueba tras otra y un entrenamiento tras otro. Cuando se confía un depósito a alguien, su fe queda sometida a una gran prueba. Si logra superar bien esa prueba y no traiciona el depósito, adquiere una mayor capacidad para cargar con la responsabilidad de los depósitos. Poco a poco se vuelve cada vez más digno de confianza. Del mismo modo, Allah somete continuamente la fe de los musulmanes a una dura prueba durante un mes entero, entre doce y catorce horas al día. Cuando supera por completo esta prueba, despierta en él, en mayor medida, la capacidad de abstenerse de otros pecados por temor a Allah. Entonces, considerando a Allah como Alim al-Ghayb, no puede quebrantar la ley de Allah ni siquiera en secreto. En cada acto recordará el Día de la Resurrección, cuando todo quedará al descubierto y cada buena obra recibirá imparcialmente una buena recompensa, mientras que cada mala obra recibirá una mala recompensa. Esto se ha mencionado en el Sagrado Corán en el siguiente versículo:

يَآيُّهَا الَّذِيْنَ اَمَنُوْا كُتِبَ عَلَيْكُوْمُ الصِّيِامُ كَمَا كُتِبَ عَلى الَّذِيْنَ مِنْ قِبْلِكُمْ لَعَلَّكُمْ تَتَّقُوْنَ ـ (البقرة: 183)

¡Oh, creyentes! Se os ha prescrito el ayuno, tal como fue prescrito a quienes os precedieron, para que alcancéis la piedad. Sura Al-Baqara: 183

Otra característica del ayuno es que obliga al musulmán a cumplir continuamente los mandatos de la sharía durante un largo período. Una oración solo requiere unos pocos minutos. La zakat se paga una sola vez al año. El hach ciertamente requiere mucho tiempo, pero la oportunidad de realizarlo se presenta una sola vez en toda la vida. Y ni siquiera es para todos los musulmanes: solo los ricos tienen esa oportunidad. Pero el ayuno es completamente diferente de estos actos de adoración: durante un mes entero cada año, acostumbra a todo musulmán capaz, día y noche, a cumplir la sharía islámica. Hay que levantarse al final de la noche para comer el sehri; antes de una hora determinada hay que dejar por completo de comer y beber; durante todo el día no se pueden realizar ciertas actividades bajo ninguna circunstancia; y al anochecer hay que romper el ayuno a la hora establecida, ni un poco antes ni un poco después. Después del iftar se permite comer, beber y descansar. Pero inmediatamente después hay que apresurarse para la oración del tarawih. De este modo, cada año se permanece sujeto durante un mes entero a una firme ley. Después se le deja libre durante once meses para desenvolverse en el campo de la vida. El entrenamiento que ha recibido durante este mes debe reflejarse en sus actos y ocupaciones a lo largo de los once meses siguientes, y, si aun así queda algún aspecto incompleto, debe completarse al año siguiente.

Si se organizara este entrenamiento por separado para cada individuo de la sociedad musulmana, no sería eficaz en absoluto. A los soldados nunca se les hace desfilar uno por uno; se hace desfilar a todo el ejército reunido. Todos deben levantarse a la misma hora al escuchar el sonido de la trompeta y ponerse a realizar la tarea determinada según ese sonido. Como resultado, los soldados adquieren el hábito de trabajar en grupo. Al mismo tiempo, cada uno ayuda al entrenamiento de los demás. Si el entrenamiento de uno queda incompleto de algún modo, el segundo lo completa; y si el del segundo queda incompleto, lo completa el tercero. Precisamente por esto, en el islam se ha designado el mes de Ramadán para observar el ayuno. Se ha ordenado a todos los musulmanes que comiencen a ayunar juntos durante este período. En realidad, este mandato ha convertido la adoración individual de las personas en una adoración colectiva. Así como al multiplicar un número por cien mil se obtiene una cifra enorme, del mismo modo, el progreso moral y espiritual que puede alcanzarse cuando cada individuo ayuna por separado puede multiplicarse cientos de millones de veces cuando millones y millones de personas ayunan juntas. El mes de Ramadán ilumina todo el entorno con el espíritu sagrado de la bondad y la piedad. En toda la vida de la nación crece una cosecha verde y fresca de taqwa y piedad. Cada persona no solo intenta protegerse del pecado, sino que, si tiene algún tipo de debilidad, todos los demás hermanos que ayunan le ofrecen ayuda y apoyo. A toda persona le da vergüenza pecar mientras ayuna; por el contrario, en el corazón de cada una surge el deseo de realizar buenas obras y actos que merezcan recompensa. Si puede, da una comida a una persona pobre, entrega ropa a quien está desnudo y ayuda a quien se encuentra en apuros. Si ve que se realiza una buena obra en algún lugar, participa en ella. Y si en algún lugar se comete abiertamente un pecado, intenta impedirlo. De este modo se crea por todas partes un hermoso ambiente de bondad y taqwa. Comienza una estación propicia para el crecimiento de toda clase de virtudes y buenas obras. En realidad, todos los cultivos del mundo producen fruto en estaciones determinadas. Entonces, por todas partes, se contempla únicamente el magnífico aspecto de ese cultivo. Por eso el Último Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo:

كُلُّ عَمَلٍ اِبنِ ادَمَ يُضُاعَفُ الْحَسَنَةَ بِعَشَرِ اَمْثَالِهَا اِلى سَبْعِ مَائَةِ ضِعْفٍ ـ قَالَ اللهُ تَعَالى الصَّوْمُ اِلاَّ الصَّوْمُ فَانَّهُ لِىْ وَاَنَا اَجْرِى بِه ـ

La recompensa de cada acción humana aumenta de algún modo ante Allah; por una buena obra puede multiplicarse de diez hasta setecientas veces. Pero Allah dice que el ayuno no se contará entre ellas, porque se guarda exclusivamente para Mí. Y Yo mismo otorgaré su recompensa.

Este hadiz deja claro que la recompensa de la buena obra realizada por una persona ciertamente aumenta enormemente según su intención, pero ese aumento tiene un límite determinado. En cambio, no se ha establecido ningún límite final para el aumento de la recompensa del ayuno. Puesto que el mes de Ramadán es la temporada de la prosperidad, las bendiciones y el incremento de las buenas obras, en esta temporada no solo un musulmán, sino millones y millones de musulmanes, riegan juntos este jardín de buenas obras. Por eso puede dar frutos innumerables. Cuantas más buenas obras se realicen en este mes con buenas intenciones, cuantas más bendiciones obtenga el ayunante y trate de ofrecer a sus hermanos ayunantes, y cuanto más influya este mes en el ayunante durante los once meses siguientes, mayores serán sus beneficios. Seguirá aumentando de tal manera que no tendrá límite ni término final. Si ahora los propios musulmanes lo mantienen limitado, esa ya es otra cuestión.

Al oír hablar de estos maravillosos beneficios y bendiciones del ayuno, puede surgir en la mente de todos esta pregunta: ¿dónde han ido hoy? Hoy los musulmanes ayunan y rezan, pero ¿por qué no obtienen en absoluto los beneficios que se describen? Ya he mencionado una razón. Es que, después de separar las distintas partes del amplio conjunto de normas del islam y de introducir en él muchas cosas nuevas procedentes del exterior, ya no se puede esperar obtener su verdadero resultado. La segunda razón es que la perspectiva de los musulmanes actuales sobre la adoración ha cambiado por completo. Ahora creen que adorar consiste simplemente en no comer ni beber nada desde la mañana hasta la tarde. Se considera que, si alguien realiza esta acción, su adoración queda cumplida. Del mismo modo, en las demás formas de adoración solo se consideran adoración la estructura exterior y los ritos. Por eso, la verdadera esencia de la adoración, que debería manifestarse espontáneamente en cada acción de los musulmanes, está ausente en el 99 por ciento de ellos, e incluso en más personas. Precisamente por eso las formas de adoración no producen plenamente sus frutos. En el islam, todo depende de la intención, el discernimiento y la sinceridad. En el artículo siguiente se tratará este tema con detalle, si Allah quiere.

El propósito fundamental del ayuno

Cualquier cosa que haga una persona debe contener necesariamente dos elementos: uno es su propósito, es decir, aquello para lo que se realiza; el otro es el método adoptado para alcanzar ese propósito. Puede tomarse como ejemplo comer arroz. El propósito de comer arroz es conservar la vida y mantener la fuerza física. Para alcanzar ese propósito hay que formar un bocado, llevárselo a la boca, masticarlo y tragarlo. Este es el método más eficaz y apropiado para alcanzar el propósito de comer. Por tanto, aunque estas acciones se realizan para comer y para alcanzar el propósito por el que se come, este método de comer no es la esencia del asunto. Ahora bien, si alguien toma un puñado de tierra, ceniza o arena, se lo lleva a la boca, lo mastica y lo traga, ¿qué se puede decir de él? No habrá más remedio que decir que se ha vuelto loco. Pero ¿por qué? Porque el propósito de comer no se alcanza simplemente cumpliendo estas cuatro reglas de la comida. Del mismo modo, una persona que vomita inmediatamente después de comer arroz y luego se queja diciendo: «No estoy obteniendo en absoluto los beneficios que se atribuyen a comer arroz; al contrario, me estoy debilitando cada vez más y la muerte se acerca», ha atribuido su debilidad a la comida, cuando en realidad no es más que el resultado de su propia necedad. Como un necio, cree que basta con completar las pocas reglas mediante las cuales se realiza el acto de comer para obtener fuerza vital. Por eso piensa: «¿De qué sirve dejar la carga del arroz en el estómago? Lo mejor es sacarla». Así el estómago quedará vacío. Las reglas externas de comer ya se han cumplido. Este necio ha albergado una idea equivocada de ese tipo y, en la práctica, actúa conforme a ella. Por tanto, tendrá que sufrir él mismo las consecuencias. Debía saber que, mientras el arroz no llegue al estómago, sea digerido, se transforme en sangre y se distribuya por todo el cuerpo, es absolutamente imposible obtener fuerza vital. Aunque las reglas externas del acto de comer son indispensables, pues sin ellas el arroz no puede entrar de ningún modo en el estómago, cumplir esos ritos externos por sí solo no permite alcanzar el verdadero propósito de comer. En esos ritos externos no hay ninguna magia por la cual, una vez completados, la sangre vaya a circular mágicamente por todas sus venas. La sangre solo puede producirse conforme a las leyes que Allah ha establecido para su creación. Si se transgreden esas leyes, la destrucción es inevitable.

Si se reflexiona un poco sobre el ejemplo que he explicado aquí con detalle, se puede comprender fácilmente la razón por la que la adoración de los musulmanes actuales se ha vuelto infructuosa. Como he dicho varias veces antes, los musulmanes actuales consideran los pilares de la oración y del ayuno —los actos internos necesarios— y sus ritos externos como la verdadera adoración. Sin embargo, no puede haber error mayor que este. Creen que quien cumple correctamente estos ritos ha realizado plenamente la adoración de Allah. Se les puede comparar con la persona que formó un bocado de arroz, se lo puso en la boca, lo masticó y lo tragó, y creyó que realizar esas cuatro acciones era comer y que con ello había alcanzado el propósito de comer. No importa si de ese modo comió tierra o arena, o si después lo vomitó. Quiero preguntar: si esta no fuera la equivocación de los musulmanes, ¿cómo podría una persona que ayuna decir mentiras y calumniar a los demás? ¿Cómo podrían pelear y discutir a cada momento? ¿Cómo podrían salir de sus bocas insultos y palabras obscenas? ¿Cómo podrían apoderarse de los derechos ajenos? ¿Cómo podrían comer lo ilícito y hacer que otros coman lo ilícito mientras creen que están adorando a Allah? Quienes comen arena o tierra y creen que han cumplido el acto de comer son exactamente iguales a ellos.

Es especialmente digno de reflexión que, después de dedicar 360 horas a adorar a Allah durante todo el mes de Ramadán, cuando los musulmanes terminan y quedan libres, ¿por qué desaparecen por completo, desde el primer día de Shawwal, todos los efectos de esta gran adoración? Los musulmanes hacen en la celebración del Eid exactamente lo mismo que la nación hindú hace en sus ferias y festivales. Incluso en las ciudades, el día del Eid comienza una oleada de adulterio, bailes y música, consumo de alcohol y juegos de azar. También se ve a muchas personas que ayunan durante el día y pasan toda la noche bebiendo alcohol y cometiendo fornicación. Gracias a Allah, los musulmanes comunes todavía no se han desviado hasta tal punto; pero la pregunta es: una vez terminado Ramadán, ¿sobre cuántas personas permanece el efecto de la piedad y la abstinencia de lo ilícito? ¿Cuántas personas temen transgredir la ley de Allah? ¿Cuántas participan en buenas obras? ¿En cuántas desaparece el egoísmo?

Reflexionen: ¿cuál puede ser la verdadera razón de esto? Quiero decir con firmeza que la única razón es que la concepción que los musulmanes tienen en su mente sobre el significado de la adoración y sobre todo lo relacionado con ella es completamente errónea. Creen que ayunar consiste en no comer ni beber nada desde la mañana hasta la tarde, y que hacer esto es precisamente la adoración. Por eso se observa que los musulmanes respetan mucho el ayuno y lo guardan con gran cuidado; el temor de Allah en sus corazones llega a ser tan intenso que se mantienen alejados de todo aquello que pueda hacerles romper el ayuno. Incluso cuando existe peligro para su vida, nadie está dispuesto a romperlo. Sin embargo, los musulmanes saben que limitarse a permanecer hambriento y sediento no es la verdadera adoración, sino solamente su manifestación externa. El propósito de cumplir esta manifestación es únicamente despertar en los corazones de los musulmanes el temor y el amor de Allah. Así debe surgir en ellos tal fuerza que, por temor a incurrir en el desagrado de Allah, sean capaces de abandonar incluso grandes acciones provechosas, fortaleciéndose interiormente para ello. Y que, incluso ante tareas llenas de graves peligros, puedan lanzarse a ellas con firmeza, esperando únicamente obtener la complacencia de Allah. Esta fuerza solo puede surgir en los musulmanes cuando comprendan el verdadero propósito del ayuno, cuando durante todo el mes de Ramadán mantengan su corazón apartado de los deseos del nafs mediante el temor y el amor de Allah, y se preparen para alcanzar Su complacencia. Pero, lamentablemente, la sociedad musulmana actual pierde inmediatamente después de Ramadán este hábito y las cualidades adquiridas mediante él, del mismo modo que alguien vomita justo después de comer arroz. Además, muchos musulmanes vomitan, en cuanto realizan el iftar, la piedad y el temor reverente de Allah que habían mantenido durante todo el día. En estas circunstancias, todos pueden comprender que el verdadero propósito del ayuno no puede alcanzarse de ningún modo. El ayuno no es magia; por cumplir solamente su manifestación externa no se puede alcanzar ningún gran objetivo. Del arroz no se obtiene fuerza física hasta que llega al estómago, se digiere y, convertido en sangre, circula por todas las venas del cuerpo. Del mismo modo, mediante el ayuno tampoco se puede obtener fuerza moral y espiritual hasta que quien ayuna comprenda bien su verdadero propósito, este quede grabado en su mente y en su corazón, y ejerza una influencia completa sobre todos sus pensamientos, deseos y acciones.

Por eso, después de ordenar el ayuno, Allah, el Altísimo, dijo:لَعَلَّكُمْ تَتَّقُوْنَ ـes decir: «Se os ha prescrito el ayuno para que quizá lleguéis a ser piadosos y devotos». Allah, el Altísimo, no dijo que al ayunar necesariamente llegaríais a ser devotos y piadosos. Esto se debe a que los beneficios que se obtienen del ayuno dependen por completo de la intención, los deseos y el interés de quien ayuna. Quien conozca y comprenda bien su propósito, y se esfuerce por alcanzar mediante él su objetivo fundamental, sin duda llegará a ser, en mayor o menor medida, piadoso. Pero quien no conozca en absoluto su propósito ni se esfuerce por alcanzarlo no puede esperar obtener ningún beneficio del ayuno.

El Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— señaló de diversas maneras el verdadero propósito del ayuno y explicó que no tiene ningún sentido permanecer hambriento y sediento sin conocer dicho propósito. Dijo:

مَنْ لَّمْ يَدْعْ قَوْلَ الزُّوْرِ وَالْعَمَلَ بِه فَلَيْسَ لِلَّهِ حَاجَةٌ فِيْ اَنْ يَّدْعَ طَعَامَهُ وَشَرَابَه ـ

Allah no necesita que quien no abandona las palabras y las acciones falsas se limite a abandonar la comida y la bebida.

En otro hadiz, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— declaró:

كَمْ مِنْ صَائِمٍ لَيْسَ لَهُ مِنْ صِيْامِه اِلاَّ الظَّمَاءُوَكُمْ مِنْ قَائِمٍ لَيْسَ لَهُ مِنْ قِيَامِه اِلاَّ السَّهَرُ ـ

Hay muchos ayunantes cuyo único resultado es pasar hambre y sed. Del mismo modo, hay muchas personas que adoran durante la noche y no obtienen nada aparte de permanecer despiertas durante ella. El significado de estos dos hadices es muy claro. Por ellos se comprende perfectamente que limitarse a permanecer hambriento y sediento no es la adoración; es solo un medio para alcanzar la verdadera adoración. La verdadera adoración consiste en no cometer, por temor a Allah, el pecado de infringir la ley de Allah; realizar con amor a Allah y con sincero entusiasmo aquellas acciones mediante las cuales se obtiene Su complacencia y, en la medida de lo posible, se anula el propio ego. Quien no pueda realizar esta adoración se limita a atormentar su estómago permaneciendo hambriento y sediento; no obtiene ningún beneficio por ayunar durante doce o catorce horas. Allah, el Altísimo, no ordenó al ser humano abandonar la comida y la bebida únicamente por esa razón. Respecto al propósito del ayuno, el Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— declaró:

مَنْ صَامَ رَمَضَانَ اِيْمَانًا وَّاِحْتِسَابًا غُفِرِلَه مَاتَقَدَّمَ مِنْ ذَنْبِهِ ـ

A quien ayune con fe e ihtisab se le perdonarán sus pecados y faltas anteriores. La fe —es decir, debe conservarse presente la convicción y la creencia que un creyente debe tener acerca de Allah—, y el ihtisab significa que el musulmán reflexione siempre por sí mismo, vigile atentamente sus actos y conducta, y considere si no estará actuando contra la voluntad de Allah. Quien ayune todo el mes de Ramadán con estas dos cosas podrá obtener el perdón de todos sus pecados y faltas anteriores. Aunque en el pasado haya sido un siervo desobediente y rebelde contra Allah, si ayuna de esta manera, quedará demostrado que ahora ha regresado por completo hacia Allah, el verdadero Señor. En un hadiz se menciona:

اَلتَّائِبُ مِنَ الذَّنْبِ كَمَنْ لاَذَنْبَ لَهُ ـ

Quien se arrepiente de sus pecados queda completamente libre de ellos.

En otro hadiz se dice:

اَلصِّيَامُ جُنَّةٌ وَاِذَاكَانَ يَوْمِ اَحَدِكُمْ فَلآ يَرْفُثُ وَلاَ يَصْخَبُ فَانْ سَابَّهُ اَحَدٌ اَوْقَاتَلَهُ فَلَيْقُلْ اِنِّيْ اِمْرُءٌ صَائِمٌ ـ

El ayuno es como un escudo —así como el escudo protege de los ataques del enemigo, el ayuno también sirve de escudo para protegerse de los engaños de Satanás—. Por tanto, quien ayune debe mantenerse alejado de los disturbios y las disputas —pues es necesario utilizar este escudo—. Aunque alguien lo insulte o riña y pelee con él, debe decir claramente: «Hermano, estoy ayunando; no puedo esperar que me una a ti en esta mala acción».

En varios otros hadices, el último Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo que, mientras se ayuna, se deben realizar tantas buenas obras como sea posible y participar en toda buena acción. Especialmente mientras ayuna, es necesario que el ayunante sienta una gran compasión por sus demás hermanos. Pues, al estar él mismo hambriento y sediento, puede comprender muy bien cómo los pobres siervos de Allah pasan sus días en la aflicción y la pobreza. El honorable Ibn Abbas, que Allah esté complacido con él, era más bondadoso y compasivo durante el Ramadán que en otras épocas. En ese tiempo, ningún solicitante podía ser rechazado en su puerta. Tampoco permanecía ningún prisionero encarcelado durante ese periodo. En un hadiz se dice:

مَنْ فَطَّرَ فِيْهِ صائِمًا كَانَ لَه مَغْفِرَةٌ لِذُوْنُوْبِه وَعَتْقُ رَقَبَتِه مِنَ النَّارِ وَكَانَ لَه مِثْلَ اَجَرِه مِنْ غِيْرَ اِنْ يَّنْتَقَصَ مِنْ اَجْرِه شَئٌ ـ

Durante el mes de Ramadán, quien ofrezca el iftar a una persona que está ayunando, por medio de esta acción se le perdonarán sus pecados y se salvará del fuego del Infierno. Recibirá exactamente tanta recompensa como la que obtenga esa persona por ayunar. Sin embargo, la recompensa de quien ayuna no disminuirá en lo más mínimo.

El ayuno y el autocontrol

El ayuno tiene innumerables beneficios morales y espirituales. Uno de ellos consiste en crear en la persona la fuerza del autocontrol. Para comprender plenamente cómo despierta el ayuno esa fuerza en el ser humano, primero es necesario conocer el significado del autocontrol. También es indispensable saber qué tipo de autocontrol aprueba el islam y cómo desarrolla el ayuno esa fuerza en las personas.

El autocontrol se alcanza precisamente cuando la «khudi» —la conciencia de sí misma de la persona— logra dominar por completo su cuerpo y las demás facultades, y consigue someter todos los deseos, anhelos, emociones y arrebatos de la mente a sus propias decisiones, haciendo que los sigan. En un Estado, la dignidad del principal gobernante es de cierta naturaleza; del mismo modo, en la totalidad del ser humano, la khudi posee exactamente esa dignidad, mientras que los demás miembros son sus instrumentos. Las fuerzas físicas e intelectuales de la persona sirven a la khudi. El nafs o instinto solo puede presentar ante la khudi sus solicitudes de deseos y anhelos; no tiene poder para hacer nada más. El derecho de tomar la decisión final sobre para qué se emplearán estas armas y fuerzas, y sobre si se aprobará o no la solicitud del nafs, pertenece únicamente a la khudi. Ahora bien, si una khudi es débil, si no tiene poder para gobernar el reino del cuerpo según su voluntad y si la solicitud del nafs equivale a una orden, esa khudi es sumamente indefensa, derrotada e inactiva. El jinete que no puede dominar a su caballo, sino que él mismo queda sometido al caballo; así de incapaz es la khudi de una persona. Una persona débil de este tipo jamás puede llevar una vida exitosa en el mundo. Todos aquellos que, en la historia de la humanidad, han dejado una huella brillante de su influencia y su memoria, han sometido y hecho obedientes todas sus fuerzas internas, incluso mediante el uso de la fuerza. Nunca fueron esclavos de la codicia y los deseos del nafs, ni siervos de las emociones y los arrebatos; siempre permanecieron como sus amos o dirigentes. Sus deseos eran sumamente firmes y su determinación, inquebrantable.

Sin embargo, existe una diferencia abismal entre la khudi que se sienta ella misma como un dios y la khudi que permanece como sierva de Alá y obediente a Sus órdenes. Una khudi obediente es absolutamente indispensable para llevar una vida exitosa. Pero si una khudi que niega al Creador, no reconoce la subordinación y obediencia al Dueño del universo, sino que se rebela contra Él; una khudi que no está dispuesta a aceptar ninguna ley moral superior y que no teme rendir cuentas ante ningún Ajustador de cuentas, domina todas las fuerzas de su cuerpo y su mente y se convierte en una khudi extremadamente poderosa, entonces puede producir en el mundo grandes destructores, como el Faraón, Nimrod, Hitler y Mussolini. Pero semejante autocontrol nunca puede ser digno de elogio. El islam no aprueba en absoluto este tipo de autocontrol. El islam aprueba aquella khudi que, primero, se inclina humildemente ante Alá, inclina la cabeza en obediencia, toma como su principal tarea esforzarse por obtener Su satisfacción y obedecer Su ley, y se considera responsable ante Él. Esa khudi obediente y fiel establecerá su dominio sobre su propio cuerpo y todas sus fuerzas, y ejercerá su poder sobre su mente y sus deseos, para que pueda alzarse en el mundo como una gran fuerza destinada a reformarlo y corregirlo. Esa khudi obediente tomará precisamente la obediencia como su principal tarea, se considerará responsable ante Él; el islam aprueba una khudi de este tipo. Esa khudi obediente y fiel establecerá su dominio sobre su propio cuerpo y todas sus fuerzas, y ejercerá su poder sobre su mente y sus deseos, para que pueda alzarse en el mundo como una gran fuerza destinada a reformarlo y corregirlo.

En realidad, este es el verdadero y esencial significado del autocontrol desde la perspectiva del islam. Ahora hablaremos de cómo el ayuno crea en la persona una poderosa fuerza de este tipo. Si examinamos todas las demandas del nafs y del cuerpo, queda claro que entre ellas hay tres demandas fundamentales y básicas. En realidad, estas tres son las demandas más poderosas. La primera es la demanda de satisfacer el hambre. La segunda es la demanda sexual, pues esta es el único medio para la continuidad de la descendencia humana y, en tercer lugar, está la demanda de paz y descanso. Esta última es indispensable para despertar de nuevo y fortalecer la energía para el trabajo. No cabe duda de que, si estas tres demandas humanas permanecen dentro de sus límites respectivos, estarán de acuerdo con la corriente inherente de la naturaleza universal. Por otro lado, para el nafs y el cuerpo, estas mismas cosas son grandes trampas. En cuanto se les da un poco de libertad o una mínima oportunidad, estas tres trampas capturan la khudi de la persona y la convierten en su esclava, en una esclava completamente sometida. Como resultado, cada una de estas demandas se expande hasta convertirse en una larga lista de innumerables demandas. Cuando una khudi débil es derrotada por estas demandas, la demanda de alimento la convierte en esclava del estómago, el hambre sexual la empuja a un nivel inferior incluso al de los animales, y la inclinación del cuerpo al descanso paraliza su fuerza de voluntad. Después de eso, ya no permanece como gobernante o dirigente de su nafs y su cuerpo; más bien, se convierte en una esclava obediente sometida a ellos, y su única tarea pasa a ser seguir sus órdenes y cumplir todos sus consejos, buenos o malos, razonables o irrazonables.

El ayuno controla estos tres deseos y anhelos del nafs, los somete a un orden y acostumbra a la khudi a ejercer sobre ellos su influencia y dominio. Este ayuno se dirige a la khudi que cree en Alá y le dice: «Hoy Alá te ha prohibido ayunar durante todo el día, y durante este tiempo tampoco está permitido consumir ningún alimento puro ni ninguna comida o bebida obtenida por medios lícitos».

Dice: Hoy tu Señor, el gran Allah, ha impuesto restricciones a la satisfacción de tu deseo sexual. Desde el Subh-e Sadiq hasta la puesta del sol, ha declarado ilícito para ti satisfacer los deseos y pasiones del nafs incluso por medios completamente lícitos. También te dice que, cuando rompas el ayuno después del insoportable hambre y sed de todo el día, te levantes en vez de descansar agotado y adores más que en los demás días.

En ello reside, en verdad, la complacencia de tu Rabb al-‘Alamín. El ayuno también le hace saber que, cuando descanses después de completar la oración de muchas rak‘at, no te quedes durmiendo inconsciente hasta la mañana. Aunque sea contrario a la costumbre habitual, despiértate al final de la noche para comer el sehri y fortalece tu cuerpo con alimento antes de que aparezca el resplandor del Subh-e Sadiq. La khudi comunica a la gente todas estas disposiciones y normas del ayuno, y deja enteramente en sus manos la responsabilidad de actuar conforme a ellas. No se le asigna ningún policía, ningún CID ni ninguna fuerza capaz de ejercer influencia que lo vigile. Si come en secreto o satisface su deseo sexual, nadie salvo Allah puede verlo. Si, para evitar rezar la oración del tarawih, recurre a algún ardid conforme a la sharía, ninguna fuerza mundana puede impedírselo. Todo depende de su propia voluntad. Si la khudi del creyente está realmente sometida y obediente a Allah, y su voluntad tiene la capacidad de controlar el nafs, entonces él mismo sujetará firmemente, con las extraordinarias normas del ayuno, su intenso deseo de comer, su deseo y pasión sexual y su afición al descanso.

Esto no es un ejercicio de un solo día; un solo día no basta en absoluto para un entrenamiento de este tipo. Durante treinta largos días consecutivos e ininterrumpidos, la persona debe someter la khudi humana a semejante entrenamiento y ejercicio. Una vez al año se establece este programa por un total de 720 horas: despiértate al final de la noche y come el sehri; en cuanto comience la blancura del alba, deja de comer y beber. Abstente de toda comida y bebida durante el día entero. Rompe el ayuno puntualmente, justo después de la puesta del sol. Después, pasa una parte de la noche en la oración del tarawih, una oración que normalmente no se realiza. Luego, tras unas horas de descanso, comienza de nuevo a actuar según el programa. Así, durante todo un mes, las tres exigencias y pasiones más grandes y poderosas del nafs quedan continuamente sujetas por los indestructibles lazos de una disciplina rigurosa. Como resultado, surge una enorme fuerza en la khudi, que se vuelve capaz de gobernar el propio nafs y el cuerpo conforme a la voluntad de Allah. Además, este programa no se realiza una sola vez en toda la vida. Desde la pubertad hasta la muerte, cada año se dedica un mes entero a esta práctica. Por ello, los lazos de la khudi sobre el nafs se renuevan y fortalecen una y otra vez.

El objetivo principal de este sistema educativo no es únicamente que la khudi del creyente someta su hambre, sed, instinto sexual y deseo de descanso, ni que esto ocurra solamente durante el mes de Ramadán. Al enfrentarse con las tres armas más importantes, poderosas y afiladas del ser humano, su khudi regula y disciplina todas las demás emociones y exaltaciones, inclinaciones del corazón y toda clase de codicias y pasiones. De ello surge una fuerza nueva, que no solo permanece vigorosa y afilada durante Ramadán, sino que continúa funcionando debidamente durante los otros once meses. En ese período puede dedicar su cuerpo y todas sus fuerzas a cada obra prescrita por Allah; puede esforzarse en toda buena obra que procure la complacencia de Allah, puede esforzarse en toda buena obra que procure la complacencia de Allah, puede oponerse a todo pecado prohibido y desaprobado por Allah, y es capaz de mantener todas sus codicias, pasiones, emociones e inclinaciones del corazón dentro de los límites establecidos por Allah. No deja que el nafs tome el control, de modo que este no pueda arrastrarlo en cualquier dirección que desee.

Mantiene en sus propias manos las riendas del dominio. Satisface las pasiones del nafs en la medida, el momento y la manera en que Allah Ta‘ala ha permitido satisfacerlas, y conforme a esas normas. Su fuerza de voluntad tampoco se debilita hasta el punto de que, aun sabiendo que una obligación es obligatoria y queriendo cumplirla, no pueda hacerlo. Precisamente por esto se establece como un gobernante poderoso y dominante sobre el reino del cuerpo. En realidad, crear esta fuerza en el interior del ser humano, en la khudi humana, es el verdadero objetivo del ayuno. Quien, aun ayunando, no adquiere esta fuerza, solo se ha agotado y afligido con hambre y sed. Su ayuno y su abstención de comer y beber son completamente inútiles.

Esto se expresa con toda claridad tanto en el Corán como en el Hadiz. En el Corán se dice que el ayuno se os ha hecho obligatorio precisamente para crear el taqwa en vosotros. El Noble Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Quien no pudo abandonar la mentira y las acciones falsas, no tiene ninguna necesidad de que Allah le haya dejado abandonar su comida y bebida». También dijo que hay muchos ayunantes que no obtienen del ayuno nada más que el cansancio del hambre y la sed.

La realidad del zakat

La importancia del zakat

Después de la oración, el pilar más importante del islam es el zakat. Como normalmente después de la oración se menciona el ayuno, muchas personas han llegado a creer que el ayuno ocupa el segundo lugar después de la oración. Sin embargo, por el Sagrado Corán se sabe que, después de la oración, el zakat es la obra más importante. Estas dos son los principales pilares del islam; si se derrumban, el edificio del islam también queda reducido a polvo.

«Zakat» significa pureza y limpieza. Se llama «zakat» a distribuir entre los pobres, los necesitados y las personas carentes una parte determinada de los propios bienes. Esto se debe a que, por medio de ello, se purifican todos los bienes y, junto con ellos, el alma de la persona. Quien no gasta en los siervos de Allah la parte determinada de los bienes que Allah le ha concedido, tiene toda su riqueza impura y, junto con ella, su corazón y su alma necesariamente se corrompen. Esto se debe a que en su corazón no existe ni siquiera rastro de gratitud. Su corazón es tan estrecho, tan egoísta y tan dominado por la avaricia, que incluso se muestra reacio a reconocer su gratitud hacia Allah, quien, por Su gracia, le ha concedido riquezas más allá de sus necesidades. ¿Puede suponerse que una persona así será capaz de realizar en este mundo alguna obra sinceramente por Allah, o que estará dispuesta a sacrificarse de algún modo por la protección de su religión y su fe? Por tanto, puede decirse que quien no paga el zakat tiene impuro el corazón y, junto con él, también son impuros los bienes que ha acumulado; no hay en ello la menor duda.

Al hacer obligatorio el zakat, Allah Ta‘ala ha sometido a cada persona a una dura prueba. Quien, por propia voluntad, entrega la parte prescrita por Allah de sus bienes excedentes y ayuda tanto como puede a los siervos de Allah, esa es precisamente la persona apta para trabajar por Allah; solo ella merece ser considerada entre los creyentes. En cambio, aquel cuyo corazón es tan estrecho que no está dispuesto a hacer ni siquiera un sacrificio tan pequeño por Allah, no puede realizar ninguna obra por Allah; no merece ser contado en la comunidad islámica. En realidad, puede comparársele con un órgano podrido del cuerpo humano, y cuanto antes se corte y se separe un órgano podrido, tanto mejor será para los demás órganos y miembros del cuerpo. De lo contrario, todo el cuerpo comenzará a descomponerse. Por eso, después del fallecimiento de Hazrat Muhammad (la paz sea con él), cuando los miembros de una tribu árabe se negaron a pagar el zakat, Hazrat Abu Bakr Siddiq, que Allah esté complacido con él, el primer califa, declaró la guerra contra ellos, exactamente como se hace contra los incrédulos. Y eso a pesar de que rezaban y mantenían su fe en Allah y en el Mensajero de Allah. Así queda demostrado sin ninguna duda que, si no se paga el zakat, ninguna de sus obras —la oración, el ayuno, etc.— puede ser aceptada por Allah, y que la pretensión de una persona así de ser creyente carece por completo de valor.

El Noble Corán permite saber con certeza que, desde tiempos antiguos, a las comunidades de todos los profetas se les ordenó por igual y estrictamente realizar la oración y pagar el zakat; en ningún capítulo de la religión del islam, durante la época de ningún profeta, se eximió a ningún musulmán de la oración y el zakat. Después de mencionar a Hazrat Ibrahim, la paz sea con él, y a los profetas de su descendencia, se dice en el Sagrado Corán:

وَجَعَلْنَاهُمْ أَئِمَّةً يَهْدُونَ بِأَمْرِنَا وَأَوْحَيْنَا إِلَيْهِمْ فِعْلَ الْخَيْرَاتِ وَإِقَامَ الصَّلَاةِ وَإِيتَاءَ الزَّكَاةِ ۖ وَكَانُوا لَنَا عَابِدِينَ

Los hicimos dirigentes de la gente; ellos guiaban y dirigían conforme a Nuestro mandato. Mediante la revelación les ordenamos hacer el bien, establecer la oración y pagar el zakat, y ellos Nos adoraban sinceramente y cumplían el mandato. Sura Al-Anbiya: 73

Acerca de Hazrat Ismail, la paz sea con él, se dice:

وَكَانَ يَأْمُرُ أَهْلَهُ بِالصَّلَاةِ ص وَالزَّكَاةِ وَكَانَ عِندَ رَبِّهِ مَرْضِيًّا

«Él ordenaba a su pueblo establecer la oración y pagar el azaque, y gozaba de una posición especialmente elevada ante Dios». Sura Maryam: 55

El profeta Moisés, la paz sea con él, suplicó por sí mismo: «¡Oh Dios! Concédeme el bien en este mundo y otórgame también el bien en el Más Allá». En respuesta, Dios dijo en la aleya 156 de la sura Al-A‘raf:

عَذَابِي أُصِيبُ بِهِ مَنْ أَشَاءُ ۖ وَرَحْمَتِي وَسِعَتْ كُلَّ شَيْءٍ ۚ فَسَأَكْتُبُهَا لِلَّذِينَ يَتَّقُونَ وَيُؤْتُونَ الزَّكَاةَ وَالَّذِينَ هُم بِآيَاتِنَا يُؤْمِنُونَ

«A quien Yo quiera, lo arrojaré a Mi castigo. Aunque Mi misericordia lo abarca todo, la reservaré exclusivamente para quienes Me teman, paguen el azaque y crean en Mis revelaciones». Sura Al-A‘raf: 156

La gente del pueblo del profeta Moisés, la paz sea con él, tenía el corazón sumamente estrecho. No dudaban en arriesgar incluso la vida para obtener riquezas. Los judíos de la actualidad son un ejemplo palpable de ello. Por eso, Dios Altísimo respondió claramente a la súplica de este gran y honorable profeta, diciéndole que, si su comunidad pagaba debidamente el azaque, podría obtener Su misericordia; de lo contrario, debían saber con claridad que ciertamente quedarían privados de Su misericordia y que Su castigo los rodearía. Incluso después del profeta Moisés, la paz sea con él, los hijos de Israel fueron advertidos repetidamente sobre este asunto. Una y otra vez se les exigió la promesa de que no adorarían a nadie sino a Dios y que establecerían regularmente la oración y pagarían el azaque (sura Al-Baqara, rukū‘: 10). Finalmente, se les dio un aviso explícito con estas palabras:

وَقَالَ اللهُ اِنِّي مَعَكُمْ لَئِنْ اَقَمْتُمُ الصًّلوةَ وَاتَيْتُمْ الزَّكوةَ وَامْنْتُمْ بِرُسُلِىِ وَعَزَّرتُمُوْهُمْ وَاَقْرَضْتُمْ اللهَ قَرْضًا حَسَنًا لاَّكَفِّرَنَّ عَنْكُمْ سَيَّاتِكُمْ ـ المائِدة : ١٢

Dios dijo: «¡Oh hijos de Israel! Si establecéis la oración, seguís pagando el azaque, creéis en Mis mensajeros, los ayudáis y concedéis a Dios un préstamo benevolente, entonces Yo estaré con vosotros y borraré vuestras faltas y errores (de lo contrario, no podéis albergar ninguna esperanza de alcanzar la misericordia)». Sura Al-Ma’ida: 12

Antes del Noble Mensajero, la paz y las bendiciones de Dios sean con él, el profeta Jesús, la paz sea con él, fue el último profeta. Dios Altísimo también le ordenó establecer conjuntamente la oración y pagar el azaque. En la sura Maryam se dice:

وَّجَعَلّنِى مُبرَكًا اَيْنَا مَاكُنْتُ وَاَوْضنِى بَالصَّلوةِ وَالزَّكوْةِ مَادُمْتُ حَيًا ـ مريم : ٣١

«Allah me ha honrado y me ha ordenado establecer la salat y pagar la zakat dondequiera que esté y mientras permanezca con vida». Sura Maryam: 31

De esto se puede saber sin duda que la religión del Islam, en la época de cada profeta, se erigía sobre estos dos pilares: la salat y la zakat. Ningún pueblo creyente en Allah fue jamás eximido de estos dos deberes.

Es digno de reflexión cómo, en la sharía presentada por el Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), estas dos obligaciones fueron vinculadas entre sí y hechas inseparables. El primer versículo mencionado al comienzo del Sagrado Corán es este:

ذَلِكَ الْكِتبُ لاَرَيْبَ فِيْهِ هُدًى لِّلْمُتَّقِيْنَ ـ الَّذِيْنَ يُؤِْنُوْنَ بِالْغِيْبِ وَيُقِيْمُوْنَ الصَّلوةَ وَمِمَّا رَزَقْنَهُمْ يُنْفِقُوْنَ ـ البقرة :

٢ -٣

«Este Corán es el Libro de Allah; no hay lugar para ninguna duda en él. Guía por el camino correcto y recto de la vida mundana a los piadosos, temerosos de Allah. Los piadosos son quienes creen en lo oculto, establecen la salat y gastan de aquello que les hemos concedido como sustento». Sura Al-Baqarah: 2-3

Después se dice:

أُوْلَـٰٓٮِٕكَ عَلى هُدًى مِّنْ رَّبِهِمْ وَاُولئِكَ هُمُ الْمُفْلِحُوْنَ ـ البقرة : ٥

“En verdad, estos son quienes han recibido la guía de su Señor y son los que prosperarán.” Sura Al-Baqara: 5

Es decir, quienes no tienen fe y no cumplen con la oración ni pagan el zakat no solo están privados de la guía de Allah, sino que tampoco obtendrán bienestar ni éxito. Luego, al avanzar en la lectura de esta sura, Al-Baqara, unas páginas más adelante se ordena:

وَأَقِيمُوا الصَّلَاةَ وَآتُوا الزَّكَاةَ وَارْكَعُوا مَعَ الرَّاكِعِينَ ـ البقرة : ٤٣

“Estableced la oración, pagad el zakat e inclinaos junto con quienes se inclinan (realizad la oración en congregación). Sura Al-Baqara: 43

Después de avanzar un poco más, en esta sura se dice:

لَيْسَ الْبِرَّ اَنْ تُوْلُّوْا وَجُوْهَكُمْ الْمَشْرِقِ وَالْمَغْرِبِ وَلكِنَّ البِرَّ مَنْ امَنَ بِاللهِ وَالْيُوْمِ الاخِرِ وَالْمَلئِكَةِ وَالْكِتبِ وَالنَّبِيْنَ وَاَتَى الْمَالَ عَلى حُبِّه ذَوِى الْقُرْبى وَالْيَتمى وَالْمَّسْكِيْنَ وَاَبْنَ السَّآئِلِيْنَ وَفِى ارِّقَابِ وَاَقامَ الصَّلوةَ وَاَتَى الزَّكوةَ وَالْمُؤْفُوْنَ بَعَهْدِهِمْ اِذَا عَهدُوْا الرِّقَابِ وَاَقَامَ الصَّلوَةَ وَاَتَى الزَّكوَةَ وَالْمُؤْفُوْنَ بَعَهْدِهِمْ اِذَا عَهدُوْا وَالصَّبِرِيْنَ فِى الْبَاسَآءِ وَالضَّرَّاءِ وَحَيْنَ الْبَاسِ اُوْلئِكَ الَّذِيْنَ صَدَقُوْا وَاُوْلئِكَ هُمْ الْمُتَّقُوْنَ ـ البقرة : ٧ ١٧

“La piedad no consiste en volver el rostro hacia el Oriente o el Occidente; la verdadera piedad pertenece a quien cree en Allah, en el Último Día, en los ángeles, en las Escrituras celestiales y en los profetas; quien, por amor a Allah, da de sus bienes a sus parientes necesitados, a los huérfanos, a los pobres, al viajero y a quienes piden; quien ayuda a otras personas a liberarse de sus deudas, de la esclavitud o del cautiverio; y quien establece la oración y paga el zakat. Estos son, en verdad, los únicos que alcanzan la piedad. Y quienes cumplen sus promesas, quienes tienen paciencia en la adversidad, en el perjuicio y en la pérdida, y permanecen firmes en el camino verdadero de Allah durante la guerra, esos son los piadosos. Ellos son los musulmanes sinceros, temerosos de Allah y devotos.” Sura Al-Baqara: 177

Después, también es digno de atención lo que se ha dicho al respecto en la sura Al-Maida:

اِنَّمَا وَلَيُّكُمُ اللهُ وَرَسُوْلُهُ وَالَّذِيْنَ امَنُوْا الَّذِيْنَ يُقِيْمُوْنَ الصَّلوةَ وَيُؤْتُوْنَ الزَّكوةَ وَهُمْ رِكِعُوْنَ ـ وَمَنْ يَّتَوَلَّ اللهَ وَرَسُوْلَهُ وَالَّذِيْنَ امَنُوْا فِانَّ حِزْبَ اللهِ هُمُ الْغلِبُوْنَ ـ المائِدَة : ٥٥-٥٦

«¡Musulmanes! Vuestros verdaderos amigos y ayudantes son únicamente Allah, Su Mensajero y los creyentes. Por creyentes se entiende a quienes establecen la oración, pagan el zakat y se inclinan ante Allah. Por tanto, quienes acepten a Allah, al Mensajero y a los creyentes como amigos serán considerados parte del partido de Allah, y el partido de Allah será ciertamente victorioso». —Sura Al-Maida: 55-56

En esta aleya se ha mencionado un principio importante. En primer lugar, de esta aleya se sabe que musulmanes son quienes establecen la oración y pagan el zakat. La pretensión de ser creyente de quien no cumple debidamente estos dos pilares del islam es, en realidad, falsa. En segundo lugar, esta aleya también demuestra que Allah, el Mensajero y los creyentes pertenecen a un mismo partido. Por tanto, los creyentes deben romper toda clase de relaciones con los demás y unirse a este partido. Si un musulmán acepta como amigo a alguien ajeno a este partido —sea su padre, hermano, hijo, vecino, compatriota o cualquier otra persona— y establece con él una relación de amor y compasión, no puede esperarse en absoluto que Allah Todopoderoso sea compasivo con él. Finalmente, esta aleya también deja claro que los creyentes solo pueden triunfar en el mundo cuando, con plena sinceridad, acepten únicamente a Allah, al Mensajero y a los creyentes como sus protectores, amigos, ayudantes y compañeros.

Avanzando un poco más, en la sura At-Tawba Allah Todopoderoso ordenó a los musulmanes luchar contra los incrédulos y los politeístas, y durante varios rukū consecutivos impartió orientación sobre esta guerra. A este respecto se ha dicho:

فَاِنْ تَابُوْا وَاَقَامُوْا الصَّلوةَ وَاتَوُا الزَّكوةَ فَاِخْوَانَكُمْ فِىْ الدِّيْنِ ـ

«Si se arrepienten sinceramente de la incredulidad y el politeísmo, creen con sinceridad, establecen la oración y pagan el zakat, se convertirán en vuestros hermanos en la religión». —Sura At-Tawba: 11

Es decir, no basta con arrepentirse de la incredulidad y el politeísmo y declarar que se ha creído; para demostrar que realmente se ha arrepentido de la incredulidad y el politeísmo y que ha creído de verdad, también es indispensable realizar debidamente la oración y pagar el zakat. Por tanto, si manifiestan esto mediante tales actos reales, ciertamente serán vuestros «hermanos en la religión»; de lo contrario, no solo no se les puede considerar hermanos, sino que tampoco se puede poner fin a la guerra contra ellos. En esta sura también se ha dicho con mayor claridad:

وَالْمُؤْمِنُوْنَ وَالْمُؤْمِنتُ بَعْضُهُمْ اَوْلِيْآَءُ بَعْضٍ يَامُوْرُونَ بِامُرُوْنَ بَالْمَعْرُوْفِ وَيَنْهَوْنَ عَنِ الْمُنْكَرِ وَيُقِيْمُوْنَ الصَّلوةَ وَيُؤْتُوْنَ الزَّكوةَ وَيُطِيْعُوْنَ اللهَ وَرَسُوْلَهُ اُوْلئِكَ سَيَرْحَمُهُمُ اللهُ ـ التوبية : ٧١

«Los hombres creyentes y las mujeres creyentes son, en realidad, amigos y ayudantes unos de otros. Su identidad y sus características son que ordenan hacer el bien, impiden las acciones injustas y pecaminosas, establecen la oración, pagan la zakat y obedecen las disposiciones de Allah y de Su Mensajero. En verdad, Allah derramará Su misericordia sobre ellos». Sura At-Tawba: 71

En otras palabras, mientras una persona no crea y, en la práctica, no cumpla con la oración y el pago de la zakat, no podrá ser considerada hermano religioso de los musulmanes. En realidad, la comunidad de los creyentes se forma mediante la combinación de estas tres cosas: la fe, la oración y la zakat. Quienes cumplen debidamente con estas obligaciones pertenecen a esta pura comunidad, y entre ellos se establecerán relaciones de amistad, amor y solidaridad mutuas. En cambio, quienes no cumplen con estas tres cosas no pertenecen a esta comunidad. Aunque se llamen musulmanes, no pueden formar parte de la comunidad islámica. Si ahora se establecen con ellos relaciones de amistad, afecto y amor, se infringirá la ley de Allah y se destruirá con ello la disciplina del partido de Allah. Entonces, ¿cómo pueden estas personas esperar permanecer victoriosas en este mundo?

Al avanzar un poco más, encontramos en la sura Al-Hajj que Allah Altísimo ha dicho:

وَلَيَنْصُرَنَّ اللهُ مَنْ يَّنْصُرُهُ اِنَّ اللهَ لَقَوِي عَزِيْزٌ ـ اَلَّذِيْنَ اِنْ مَّكَّنّهُمْ فِى الاَرْضِ اَقَامُوْا الصَّلوةَ وَاَتَوُا الزَّكوةَ وَاَمَرُوْنَ بِالْمَعْرُوْفِ وَنَهَوْا عَنِ الْمُنْكَرِۗ وَلِلهِ عَاقِبَةُ الاُمُوْرِ ـ الحج ـ ٤٠-٤١

«A quien ayude a Allah, Allah ciertamente le ayudará. Allah Altísimo es sumamente fuerte y Todopoderoso. (Solo pueden ayudar a Allah) aquellos a quienes, si les concedemos autoridad en la tierra, establecen el sistema social de la oración, pagan la zakat de manera integral, ordenan a la gente hacer el bien y les impiden las acciones malas e injustas. En verdad, el desenlace de todas las cosas depende únicamente de Allah». Sura Al-Hajj: 40-41

En este versículo se ha dado a los musulmanes exactamente la misma instrucción que anteriormente se había dado a los Hijos de Israel. A los Hijos de Israel se les había dicho que, mientras establecieran la oración, pagaran la zakat y continuaran ayudando en la labor de los profetas —es decir, mientras hicieran prevalecer la ley de Allah—, Allah permanecería como su compañero y ayudante. Pero cuando abandonaran estas acciones, Allah dejaría de prestarles toda ayuda. Eso mismo se les dice a los musulmanes en este versículo. Allah les ha explicado claramente que, si después de obtener poder en el mundo establecen el sistema social de la oración y el método integral del pago de la zakat, promueven las buenas acciones y previenen las malas, Allah será su ayudante. En verdad, no puede haber ningún ayudante más poderoso que Allah. Pero si los musulmanes abandonan la oración y el pago de la zakat y, después de obtener poder en el mundo, promueven las malas acciones en lugar de las buenas, continúan cerrando el camino del bien en vez de erradicar la injusticia, comienzan a establecer su propio dominio en lugar de hacer triunfar la palabra de Allah y consideran que el único objetivo del gobierno es recaudar impuestos y construir para sí mismos un paraíso en la tierra, entonces la ayuda de Allah jamás les corresponderá. Después, Satanás será su ayudante. ¡Resulta asombroso pensar qué gran lección hay en esto! Los Hijos de Israel consideraron este mensaje otorgado por Allah como algo infundado y meramente verbal. Por eso, debido a actuar en sentido contrario, tienen que vagar por todo el mundo, humillados y deshonrados hasta morir. Son expulsados de distintos lugares y no logran encontrar refugio permanente en ninguna parte. Son la comunidad más rica del mundo; en sus tesoros se acumulan miles de millones de monedas, pero ese dinero no les sirve para nada. En lugar de la oración, adoptan las malas acciones, y en lugar de la zakat, el maldito método de la usura; así, por un lado, se convierten ellos mismos en malditos ante Allah y, por otro, van propagando esta maldición por todo el mundo como ratas de la peste. A los musulmanes también se les ha dado esta misma orden. Sin embargo, sin prestar atención a ello, se han vuelto negligentes respecto a la oración y al pago de la zakat, y han olvidado cumplir el deber de proclamar la verdad y combatir la falsedad y la injusticia mediante el poder que Allah les ha concedido. También han sufrido de diversas maneras las amargas consecuencias de ello. Se les ha privado del poder estatal —el más excelso y poderoso del mundo—. En todo el mundo son víctimas de la opresión de todas las fuerzas tiránicas. Son débiles y derrotados. Ya han visto las consecuencias nefastas de abandonar la oración y la zakat. Ahora ha surgido entre ellos —entre los Hijos de Israel— un grupo decidido a introducir entre los musulmanes la desvergüenza, la obscenidad, la falta de recato y las acciones viles. Les dicen a los musulmanes: «Si quieren eliminar sus dificultades económicas, abran bancos y compañías de seguros y coman usura hasta saciarse». Pero la verdad es que, si los musulmanes también se entregan a ello, serán arrojados igualmente a un grave peligro de extrema humillación, como los judíos, y serán maldecidos con una maldición eterna.

En los próximos ensayos explicaré detalladamente qué es la zakat y cuánta fuerza ha depositado Allah Altísimo en ella, aunque los musulmanes la consideren algo muy sencillo, y cuán enormes beneficios pueden obtenerse de ella. En este ensayo solo quiero decir que la oración y la zakat son elementos absolutamente fundamentales del islam. La importancia de ambas en el islam es tan grande que, allí donde no existen, podrá haber cualquier otra cosa, pero no cabe duda de que no existe el islam. Sin embargo, hoy muchos musulmanes quieren ser considerados musulmanes sin establecer la oración ni pagar la zakat, y algunos de sus llamados líderes religiosos también les han dado seguridad al respecto. Pero el Corán protesta enérgicamente contra sus pretensiones. Si una persona recita la kalima tayyiba, pero no cumple con la oración y la zakat para demostrar su veracidad, entonces, desde la perspectiva del Corán, su recitación de esa kalima carece por completo de sentido. Por eso, el hadrat Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, tomó las armas contra quienes se negaban a pagar la zakat, considerándolos incrédulos. En aquel momento surgió en la mente de los nobles compañeros la duda de si era lícito combatir contra quienes creían en Allah y en el Mensajero y también realizaban la oración. Pero cuando el hadrat Abu Bakr, que Allah esté complacido con él —a quien Allah Altísimo había concedido un honor cercano al de la profecía—, declaró firmemente: «¡Por Allah! Si hoy alguien se niega a entregar siquiera una cuerda con la que se ataba el camello que entregaban durante la vida del Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), tomaré las armas contra él», finalmente todos los compañeros comprendieron la lógica de esta afirmación y, unánimemente, declararon que era obligatorio hacer la yihad contra quienes no pagaran la zakat. El Noble Corán ha dicho claramente que no pagar la zakat es una práctica exclusiva de los incrédulos politeístas del Más Allá:

وَوَيْلٌ لِّلْمُشْرِكِيْنَ ـ الًّذِيْنَ لاَيُؤْتُوْنَ الزَّكوَةَ وَهُمْ بِالاخِرَةِ هُمْ كفِرُوْنَ ـ

«La destrucción es inevitable para los politeístas que no pagan el zakat y niegan el Más Allá». —Sura Ha-Mim as-Sajda: 6-7

La esencia del zakat

Como se ha dicho anteriormente, después de la oración, el zakat es el pilar más importante del islam. Su importancia es tan grande que, así como quien niega la oración se convierte en incrédulo, quien se niega a pagar el zakat no solo es considerado incrédulo, sino que todos los nobles Compañeros, de común acuerdo, combatieron contra él.

Aquí intentaré explicar la verdadera naturaleza del zakat y su significado profundo. De esta explicación quedará claro qué es esencialmente el zakat y por qué el islam le concede tanta importancia.

Muchas personas entablan relaciones de amistad con cualquiera. Sin embargo, al aceptar a alguien como amigo, a menudo se ven realmente engañadas en lo que respecta a esa amistad. Después tienen que sufrir un gran pesar y arrepentimiento. Pero, en realidad, las personas sensatas examinan y ponen a prueba cuidadosamente a aquellos con quienes se relacionan; y, tras la prueba, entablan amistad únicamente con quienes consideran buenas personas, confiables, sinceras y dignas de confianza, rompiendo sus relaciones con los demás.

Allah Ta‘ala es el más sabio y el omnisciente por excelencia. ¿Cómo puede esperarse que convierta indiscriminadamente a cualquiera en Su amigo, lo incorpore a Su grupo y le conceda en Su presencia el honor y la cercanía? Si una persona sensata no acepta entablar amistad con alguien sin examinarlo y ponerlo a prueba, Allah Ta‘ala, dueño absoluto de todo conocimiento y sabiduría, tampoco puede aceptar a alguien como amigo sin examinarlo y ponerlo a prueba minuciosamente. En el mundo hay miles de millones de personas dispersas por todas partes, entre las cuales hay toda clase de personas, buenas y malas; no es posible incorporar a todas ellas al grupo de Allah sin distinción ni excepción. Por eso, Allah Ta‘ala quiere examinar, mediante criterios determinados y a través de circunstancias y pruebas especiales, a quienes desea convertir en Sus califas en este mundo y concederles Su cercanía en el Más Allá. Solo quienes superen debidamente esa prueba podrán ser considerados parte del grupo de Allah; quienes no puedan hacerlo se apartarán por sí mismos de él y sabrán claramente que no han podido demostrar que son dignos de pertenecer al grupo de Allah. ¿Cuál es la piedra de toque con la que se pone a prueba a las personas? Puesto que Allah es el más sabio e inteligente, ante todo quiere poner a prueba la inteligencia y el conocimiento de las personas. Observa especialmente si una persona posee alguna inteligencia o si es completamente necia. Porque los necios nunca pueden ser amigos de las personas inteligentes y sabias. (Y los ignorantes y necios jamás pueden ser amigos de Allah, bajo ninguna circunstancia.) Quien, al contemplar las señales de la existencia de Allah, puede comprender que Él es su Señor y Creador, y que fuera de Él no existe ningún dios, ningún sustentador, nadie que escuche las súplicas ni nadie que ayude; quien, al contemplar la Palabra de Allah, puede reconocerla precisamente como la Palabra de Allah y cree firmemente que no puede ser palabra de ningún otro; quien comprende correctamente las diferencias fundamentales entre la vida, las obras y las enseñanzas de los profetas verdaderos y de los falsos, y puede reconocer, entre quienes afirman ser profetas, al verdadero como un profeta enviado por Allah y guía hacia el camino de la verdad, y al falso como un dayyal y un impostor: solo esa persona posee la capacidad de superar esta prueba. Allah Ta‘ala la elige entre cientos de millones de personas y la cuenta entre los candidatos escogidos para Su grupo. A los demás, que fracasan en la primera prueba, los abandona.

Los candidatos que superan esta primera prueba deben enfrentarse después a una segunda prueba. En la segunda ocasión, además de la inteligencia, se examinan también la fuerza de su carácter moral. El objetivo de esta prueba es determinar si poseen la capacidad y la fuerza para reconocer las obras verdaderas y virtuosas, aceptarlas y actuar conforme a ellas, así como para reconocer las obras injustas y pecaminosas y abandonarlas después de identificarlas. Se examina si esta persona no es esclava de sus propios deseos, seguidora ciega de sus antepasados ni esclava de las costumbres familiares y de las normas habituales de este mundo. ¿No tiene acaso la debilidad de seguir realizando una acción aun sabiendo que contradice la ley de Allah y considerándola mala? Por otra parte, también se examina si tiene el valor de aceptar algo cuando sabe que Allah lo ha elegido y que es verdadero. A quienes fracasan también en esta prueba no se les incorpora al grupo de Allah. Solo pueden pertenecer al grupo de Allah aquellos de quienes Allah Ta‘ala ha dicho:

فَمَنْ يَّكْفُرْ بِالطَّاغُوْتِ وَيُؤْمِنْ بِاللهِ فَقَدِ اسْتَمْسَكَ بِالْعُرُوةِ الْوُثقى لاَ اَنْفِصَامَ لَهَا ـ

Es decir, quienes abandonan valientemente las leyes, los caminos y al legislador que se oponen a la ley de Allah, sin preocuparse por nadie en ese asunto, y se disponen a vivir sin temor únicamente conforme a la ley dada por Allah, sin prestar la menor atención a si alguien se alegra o se disgusta por ello, se han aferrado con firmeza a una sólida cadena que jamás se romperá.

Quienes superan esta prueba deben prepararse para la tercera. Primero se pone a prueba su disposición a seguir y obedecer a Allah. En ese momento se ordena: cada vez que se imparta una instrucción de Mi parte, abandonaréis el sueño y os presentaréis ante Mí; dejaréis vuestras ocupaciones, vuestros intereses y aquello que os agrada, renunciaréis a la alegría y al placer, y cumpliréis debidamente el deber asignado. Ya sea verano o invierno, sea cual sea la estación, acudiréis siempre al oír la llamada, soportando toda aflicción y dificultad, os presentaréis ante Mí y cumpliréis vuestro deber. Asimismo, cuando os ordene absteneros de comer y beber desde la mañana hasta la tarde y os prohíba satisfacer los deseos del nafs, deberéis cumplir completamente esta orden, por insoportable que sea el sufrimiento causado por el hambre y la sed, y aunque ante vosotros se amontonen las bebidas más dulces y los alimentos más deliciosos. A quienes fracasan en esta prueba también se les dice claramente: no podéis realizar Mi obra. Y solo se elige a quienes superan asimismo la tercera prueba. Pues de ellos cabe esperar que cumplan debidamente la ley que descienda de parte de Allah, tanto en secreto como públicamente, en toda circunstancia: con intereses y beneficios, con felicidad o con sufrimiento y dificultades.

Después se realiza la cuarta prueba: sacrificar los bienes y las riquezas. Incluso quienes habían superado la tercera prueba aún no habían demostrado ser dignos de ser nombrados permanentemente servidores de Allah. Pues su corazón era pequeño y estrecho, carecían de valor y vigor, y eran mezquinos. Hay innumerables personas que hacen grandes declaraciones de amistad y amor con sus palabras, pero aún queda por comprobar si están dispuestas a gastar el dinero de su bolsillo por consideración a un amigo. No son como quienes repiten «madre, madre» con devoción y emoción, y no retroceden siquiera ante la posibilidad de pelear por esa madre, pero cuando ella entra en el campo de cultivo disfrazada de animal, la ahuyentan con un palo y la golpean hasta arrancarle la piel. Ninguna persona de sentido común puede aceptar como amigo a alguien tan egoísta, adorador del dinero y de mente estrecha. Y ni siquiera una persona de espíritu sumamente generoso estaría dispuesta a concederle la menor consideración. Entonces, ¿cómo podría estar dispuesto a gastar por el camino de Allah los bienes que el Altísimo Allah le ha dado quien no está dispuesto a hacerlo? ¿Y cómo podría ese Allah, tan inteligente y sabio, incluir en Su grupo a una persona cuya amistad y amor no son más que palabras, y en quien no se puede depositar la menor confianza para ninguna tarea? Por eso, a quienes fracasan en esta cuarta prueba también se les dice claramente: no tenéis lugar en el grupo de Allah; sois inútiles y no tenéis capacidad para cumplir la enorme responsabilidad que se confía al califa de Allah. En este grupo solo pueden integrarse quienes, por amor a Allah, sean capaces de sacrificar con corazón generoso el amor a su propia vida, sus bienes, sus hijos, su linaje y familia, su patria y todo lo demás:

لَنْ تَنَالُوْا الْبِرَّ حَتّى تُنْفِقُوْا مِمَّا تُحِبُّوْنَ ـ ال عمران : ٩٢

«No alcanzaréis el grado supremo de piedad y nobleza mientras no gastéis por la causa de Allah aquello que más amáis». — Sura Al Imrán: 92

En el grupo de Allah no hay lugar alguno para las personas de mente estrecha; solo pueden integrarse en él las personas generosas, nobles y de corazón elevado.

وَمَنْ يُّوْقَ شُحَّ نَفْسِه فَأُوْلئِكَ هُمُ الْمُفْلِحُوْنَ ـ التغابن : ١٦

«Solo quienes han podido superar la estrechez de ánimo y la avaricia pueden alcanzar el bienestar integral». — Sura At-Tagabun: 16

En el partido de Allah solo pueden ser admitidas personas que, aunque alguien les muestre hostilidad, las entristezca, les cause daño o les haga pedazos el corazón, no se negarán a proporcionarles alimento y ropa únicamente con el propósito de obtener la complacencia de Allah, ni vacilarán en ayudarles en momentos de dificultad:

وَلاَ يَاتَلِ اُوْلُوْا الْفَضْلِ مِنْكُمْ وَالسَّعَةِ اَنْ يُّؤْتُوْا اُوْْلِى الْقُرْبى وَالْمَسكِيْنَ وَالْمُهجِرِيْنَ فِى سَبِيْلِ اللهِ وَلْيَعْفُوا وَاْيَصْفَحُوْا اَلاَ تَحِبُّوْنَ اَنْ يَّغْفِرَ اللهُ لَكُمْ وَ اللهُ غَفُوْرٌ رَّحِيْمٌ ـ النور : ٢٢

«Quienes entre vosotros posean abundancia y recursos no deben dejar de ayudar a sus seres queridos, parientes cercanos, pobres y necesitados, y a quienes hayan emigrado por la causa de Allah, aunque se hayan disgustado con ellos por alguna falta. Al contrario, es preferible que los perdonen. ¿Acaso no queréis que Allah os perdone? Allah es, ciertamente, el más indulgente y misericordioso».¹ — Sura An-Nur: 22

En este partido se necesitan personas que, de los bienes que Allah les ha concedido, gasten para Allah precisamente las mejores cosas, seleccionándolas:

يَآ يُّهَا الَّذِيْنَ امَنُوْا اَنْفِقُوْا مِنْ طَيِّبتِ مَاكَسَبْتُمْ وَمِمَّا اَخْرَجْنَا لَكُمْ مِّنْ الاَرْضِ وَلاَ تَيْمَّمُوْا الْخَبِيْثَ مِنْهُ تُنْفِقُوْنَ ـ الرقرة : ٢٦٧

«¡Oh creyentes! Gastad de los bienes que habéis adquirido y de las cosas buenas que os he proporcionado de la tierra. No gastéis en esa causa nada de lo malo». — (Sura Al-Baqara: 267)

1. Cuando uno de los seres queridos de Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) participó en la difusión de calumnias sobre el honor de su hija, Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella), Hazrat Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), disgustado con él, suspendió su ayuda económica. Al revelarse este versículo, temblando y atemorizado, dijo: «Pido perdón a Allah», e inmediatamente reanudó la ayuda económica a aquel hombre.

Aquí se necesitan personas de alma grande, que, aun encontrándose en una situación insoportable de necesidad, pobreza y carencia, y pese a tener necesidades indispensables, no consideren inútil gastar dinero en el camino de Allah. Al contrario, creerán firmemente que todo lo que se gaste en el camino de Allah, Él lo recompensará con el mejor fruto en este mundo y en el Más Allá. Por eso gastan únicamente con el propósito de obtener la complacencia de Allah. No les importa en lo más mínimo que su generosidad sea conocida en el mundo o no, ni que alguien agradezca su donación o no:

وَمَا تُنْفِقُوْا مِنْ خَيْرٍ فَلاَنْفُسِكُمْ وَمَا تُنْفِقُوْنَ اِلاَّ ابْتِغَاءَ وَجْهِ اللهِ وَمَا تُنْفِقُوْا مِنْ خَيْرٍ يُّوْفَّ اِلَيْكُمْ وَاَنْتُمْ لاَتُظْلَمُوْنَ ـ البقرة : ٢٧٢

«Todo lo que gastéis en el camino de Allah será para vuestro propio bien, siempre que, al hacer ese gasto, no busquéis la complacencia de nadie aparte de Allah. De este modo, recibiréis la recompensa completa por todo lo que deis en buenas obras. Y no se os hará la menor injusticia por ello». —Sura Al-Báqara: 272

En el grupo de Allah se necesitan personas de carácter sereno, que, aun siendo ricas y sumergidas en la felicidad, no olviden a Allah. Aunque vivan en grandes palacios, rodeadas de felicidad y placeres, no olvidarán a Allah:

يَآيُّهَا الَّذِيْنَ امَنُوْا لاَتُلْهِكُمْ وَلاَ اَوْلاَدُكُمْ عَنْ ذِكْرِ اللهِ وَمَنْ يَّفْعَلِ ذلِكَ فَاوُلئِكَ هُمُ الْخسِرِوْنَ المنفقون : ٩

«¡Creyentes! Que ni vuestra riqueza ni vuestros hijos os distraigan jamás del recuerdo de Allah. Quienes, por causa de ello, olviden a Allah serán los grandes perdedores». —Sura Al-Munafiqun: 9

Es indispensable que las cualidades descritas anteriormente estén presentes en los miembros del grupo de Allah. De lo contrario, nadie puede ser contado entre los amigos de Allah. En realidad, esta es una prueba muy dura y amarga, no solo del carácter moral de la persona, sino también de su fe. Quien se muestre reacio a gastar en el camino de Allah, quien considere tal gasto una multa impuesta sobre sí mismo, quien intente evitarlo mediante artimañas y engaños, o quien, aun gastando algo, quiera satisfacer su vanidad manifestando su favor hacia la gente o quiera dar a conocer en el mundo su propia generosidad, en realidad no puede tener ninguna fe en Allah ni en el Más Allá. Piensa que todo lo que ha hecho por Allah ha sido completamente inútil. Considera más queridos su propia felicidad y tranquilidad, su comodidad y sus placeres, sus intereses y su fama que Allah y Su complacencia. Según él, este mundo lo es todo. Aunque gaste dinero, es necesario que en este mundo obtenga por ello buena reputación y fama. Porque solo así puede recibir aquí mismo la compensación de su dinero. De lo contrario, si gastó dinero y nadie llegó siquiera a saber que cierta persona había dado tanto dinero para una buena obra, entonces todo ello carece de sentido. En el Sagrado Corán se ha declarado claramente que una persona de este tipo no puede servir para ninguna obra de Allah. Aunque se proclame creyente, no es creyente en absoluto; más bien, es un hipócrita manifiesto. Las siguientes aleyas lo demuestran:

يَآيُّهَا الَّذِيْنَ امَنُوْا صَدْقتِكُمْ بَالْمَنَ وَالاَذي كَالَّذِى يُنْفِقُ مَالَهُ رِئَآ ءَ النَّاسِ وَلاَ يُؤْمِنُ بِاللهِ وَالْيُوْمِ الاخِرِ ـ البقرة : ٢٦٤

“¡Oh, creyentes! No hagáis que vuestras donaciones sean vanas divulgando vuestro favor sobre los demás o causando daño a alguien, como quien gasta su dinero únicamente para que otros lo vean o para comprar buena reputación, y no tiene la menor fe en Allah ni en el Más Allá.”

وَاَلَّذِيْنَ يَكْنِزُوْنَ الذَّهَبَ وَالْفِضَّةَ وَلاَيُنْفِقُوْنَهَا فِىْ سَبِيْلِ اللهِ فِبَشّرِهُمْ بِعَذَابِ اَلِيْمٍ ـ التوبة : ٣٤

“Anuncia a quienes acumulan oro y plata y no lo gastan en el camino de Allah un castigo doloroso.” —Sura At-Tawba: 34.

لاَيَسْتَاْذِنُكَ الَّذِيْنَ يُؤْمِنُوْنَ بِاللهِ وَالْيَوْمِ الاخِرِ اَنْ يُّجَاهِدُوْنا يَاَمْوَالِهِمْ وَاَنْفٌسِهِمْ وَاللهُ عَلَيْمٌ بِالْمُتَّقِيْنَ ـ اِنَّمَا يَسْتَاذِنُكَ الَّذِيْنَ لاَيُؤْمِنُوْنَ بِاللهِ وَالْيَوْمِ الاخِرِ وَارْتَابَتْ قُلُبُهُمْ فَهُمْ فِىْ رَيْبِهِمْ يَتَرَدَّدُوْنَ ـ

“¡Oh, Profeta! Quienes creen en Allah y en el Más Allá nunca pedirán permiso para apartarse del deber de participar en la yihad con sus bienes y sus vidas. Allah conoce muy bien a Sus siervos verdaderamente piadosos. En cambio, solo pueden presentar excusas quienes no creen en absoluto en Allah ni en el Más Allá, cuyos corazones están llenos de dudas y que, sumergidos en sus propias dudas, vacilan.” —Sura At-Tawba: 44-45.

وَمَا مَنَعَهَمْ اَنْ تُقْبَلَ مِنْهُمْ نَفَقّهُمْ اِلاَّ اَنَّهُمْ كَفَرُوْا بِاللهِ وَرَسُوْلِه وَلاَ يَاتُوْنَ الصَّلوةَ اِلاَّ وُهُمْ كُسَالى وَلاَ يُنْفِقُوْنَ اِلاَّ وَهُمْ كرِهُوْنَ ـ

“Sus donaciones en el camino de Allah no pueden ser aceptadas únicamente porque, en realidad, no creen en Allah ni en el Mensajero; acuden a la oración, sí, pero de mala gana; y también donan dinero, pero con gran disgusto.” —Sura At-Tawba: 54.

اَلْمُنفِقُوْنَ وَالْمُنفِقّتُ بَعْضُهُمْ مِّنْ بَعْضٍ يَامُرُوْنَ بِالْمُنْكَرِ وَيَنْهَوْنَ عَنِ الْمَعْرُوْفِ وَيقْبِضُوْنَ اَيْدِيْهِمْ نَسُوْا اللهَ فَنَسِيْهُمْ اِنَّ الْمُنفِقِيْنَ هُمْ الْفسِقُوْنَ ـ التوبة : ٦٧

«Los hombres hipócritas y las mujeres hipócritas pertenecen todos al mismo grupo y se ayudan mutuamente. Todos ellos ordenan lo injusto y tratan de erradicar la justicia y la verdad. Todos han olvidado a Alá; por eso Alá los ha olvidado. No hay duda de que estos hipócritas son fasiq (transgresores de los límites establecidos por Alá)». —Sura At-Tawba: 67

وَمَنْ الاَعْرَابِ مَنْ يَّتَّخِذُ مَايُنْفِقُ نَغْرَمًا ـ التوْبة : ٩٨

«Muchos de estos árabes (hipócritas), aunque gastan algo en el camino de Alá, lo hacen de muy mala gana, como si estuvieran pagando una multa».

هآَ نْتُمْ هؤْلاَءٍ تُدْعَوْنَ لِتُنْفِقُوْا فِىْ سَبِيْلِ اللهِ فِمِنْكُمْ مَّنْ يَّبْخَلُ وَمَنْ يَّبْخَلْ فَانِّمَا يَبْخَلُ عَنْ نَّفْسِه وَاللهُ الْغَنِىُّ وَاَنْتُمْ الفُقَرَآءُ وَاِنْ تَتَوْلَّوْا يَسْتَبْدِلْ قَوْمًا غَيْرَكُمْ تُمَّ لاَيَكَوْنُوْا اَمْثَالَكُمْ ـ محمد : ٣٨

«Sabed que vuestra situación ha llegado a ser tan mala que, cuando se os pide gastar algo en el camino de Alá, no estáis dispuestos en absoluto a hacerlo; por el contrario, muchos de vosotros comienzan entonces a ser avaros. Sin embargo, quien es avaro en estos asuntos se perjudica a sí mismo con su avaricia. En realidad, Alá es el único rico y todos vosotros sois pobres y dependéis de Él. Si no estáis dispuestos en absoluto a gastar vuestro dinero en el camino de Alá, como consecuencia inevitable de este pecado, Alá el Altísimo establecerá en vuestro lugar a otro pueblo. Ciertamente, ellos no serán avaros como vosotros». —Sura Muhammad: 38

En resumen, la zakat es uno de los pilares del islam y constituye su esencia. Es un grave error considerarla como un impuesto gubernamental ordinario. En realidad, es el espíritu del islam y su fuerza vital. El objetivo principal de hacer obligatoria la zakat es poner a prueba la fe. Del mismo modo que se obtiene un título tras superar exámenes sucesivos, Alá establece varias pruebas para comprobar la fe de las personas; todo ser humano debe enfrentarse a ellas. Cuando una persona supera una prueba semejante y triunfa también en la cuarta prueba —es decir, la prueba de entregar bienes—, entonces se convierte en un musulmán auténtico. Pero hay que recordar que esta no es, ciertamente, la prueba final.

Después viene la prueba de la vida. También hablaré de ella más adelante. Pero, entre las pruebas de ingreso establecidas para entrar dentro de los límites del islam —en otras palabras, para formar parte del grupo de Alá—, la zakat es la última. Hoy muchos andan diciendo que ya se han pronunciado ante los musulmanes numerosos sermones sobre gastar dinero o hacer donaciones, y que, en estos difíciles momentos de escasez y pobreza, debería exhortárseles a ganar y ahorrar un poco; pero no comprenden que aquello ante lo cual arrugan la nariz es precisamente esta esencia vital del islam. Y es la falta de esta esencia la que ha llevado a los musulmanes al límite extremo de la decadencia moral y económica. Esta esencia vital no los ha degradado. Su caída generalizada se ha producido únicamente porque esta misma esencia vital ha salido de sus cuerpos.

El lugar de la zakat en la vida social

En diversos lugares del Noble Corán se utiliza la expresión «Insaaf fi sabeelillah» (gastar en el camino de Allah) para explicar asuntos como el zakat y la sadaqa. En algunos lugares también se dice que todo lo que gastéis en el camino de Allah permanecerá ante Allah como qard hasan (préstamo). En una palabra, esto significa prestar realmente a Allah, y que Allah se convierte en deudor de los seres humanos. En muchos lugares se afirma asimismo que Allah asume la responsabilidad de recompensar todo lo que deis en Su camino; no os devolverá solamente una cantidad equivalente, sino que os dará mucho más.

Las palabras mencionadas del Noble Corán son verdaderamente dignas de reflexión. ¿Puede alguna vez necesitar algo el Dueño de los cielos y de la tierra? ¿Podría el Altísimo y Santísimo Allah necesitar tomar dinero prestado de los seres humanos? ¿Acaso Allah, el Rey de reyes y único dueño de tesoros ilimitados, pide prestado a los seres humanos para cubrir Sus necesidades? Nunca; eso es imposible. Por Su dádiva viven las criaturas y todas las cosas del mundo, y por el sustento que Él concede viven los seres humanos. Todo lo que poseen los ricos y los pobres del mundo es don Suyo. Desde el pobre desamparado hasta el multimillonario, todos dependen de Su benevolencia. Pero Él no depende de nadie. No tiene ninguna necesidad de pedir prestado a los seres humanos ni de extender la mano ante ellos para Sí. En realidad, ordena gastar por el bienestar mismo de los seres humanos y en beneficio de ellos. Y considera ese gasto como un gasto en Su camino o como un préstamo. En verdad, esto es también una manifestación real de Su deseo de procurar el bien; es otra forma de Su gran benevolencia. Él dice: «¿De dónde devolverán las personas a quienes ayudáis económicamente? Yo mismo les daré la recompensa». Todo lo que deis a vuestros hermanos huérfanos, viudas, desamparados, afligidos y viajeros sin recursos, anotadlo en mi nombre; no se os reclamará a ellos, sino a Mí. Yo lo pagaré. Prestad a vuestros hermanos pobres, pero no cobréis intereses de ellos ni los presionéis, poniéndolos en una situación incómoda y embarazosa. Si no pueden pagar la deuda, no los enviéis a la cárcel civil por ello; no confiscéis sus ropas ni los muebles de sus casas; no expulséis a sus hijos desamparados de sus hogares, dejándolos sin refugio. Porque la responsabilidad de recuperar vuestro préstamo no es de ellos, sino Mía. Si logran devolver el capital, Yo cobraré los intereses en su nombre; y si ni siquiera pueden devolver el capital, Yo pagaré tanto el capital como los intereses. De este modo, aunque vosotros mismos obtengáis el beneficio de lo que gastéis en obras de bienestar social para ayudar a la gente, ese favor se considerará hecho a Mí; Yo os lo devolveré con su beneficio y con una cuenta completa.

Aquí reside la verdadera grandeza de la benevolencia de Allah Ta‘ala, el Único Misericordioso y Rey de reyes: todo lo que la humanidad posee es don Suyo; no lo recibís de ningún otro lugar ni de ninguna otra persona. Tomáis de Sus tesoros, pero todo lo que dais no se lo dais a Él, sino a vuestros parientes, allegados, hermanos, amigos y miembros de vuestra propia comunidad. O lo gastáis en obras de bienestar social, cuyo beneficio, al final, también recibís vosotros mismos. Pero observad la infinita generosidad de ese Magnífico Dador: acerca de todas estas dádivas dice que se le ha concedido un préstamo, que se han gastado en Su camino y que se le han ofrecido; «Yo mismo os daré su recompensa». En verdad, esta incomparable cumbre de generosidad solo es digna de Allah Ta‘ala; ningún ser humano puede siquiera concebirla.

Cabe preguntarse por qué Allah Ta‘ala adoptó este método para infundir en los seres humanos la fuente de la generosidad y la benevolencia. Cuanto más se reflexiona sobre este asunto, más claramente se comprende la corriente espiritual pura e inherente a las sublimes enseñanzas del islam; el corazón proclama con voz elevada: «Esta enseñanza incomparable no puede proceder de nadie sino de Allah».

Todos saben que el ser humano nace por naturaleza siendo en cierta medida injusto e ignorante. Su visión es extremadamente estrecha; no alcanza muy lejos. Su corazón es muy pequeño y en su mente caben muy pocas ideas grandes y elevadas. El ser humano es terriblemente egoísta, pero ni siquiera puede albergar en su mente y pensamiento una concepción amplia y grandiosa de ese egoísmo. El ser humano quiere obtenerlo todo de inmediato:خَلَقَ الاِنْسَانَ مِنْ عَجَلٍ ـprocura obtener lo antes posible el resultado y la consecuencia de cada acción. Para él, el único resultado y desenlace es aquel que se presenta inmediatamente ante sus ojos y que puede ver con ellos. Su visión no alcanza en absoluto los resultados de largo alcance. Además, ni siquiera puede percibir los resultados que se presentan a gran escala y cuyos efectos se extienden muy lejos. En realidad, esto constituye una debilidad natural del ser humano. Debido a esta debilidad, no ve nada excepto su propio interés. Y aun entre esos intereses, su atención se concentra únicamente en los que pueden obtenerse rápidamente y en pequeña escala. Dice: «Lo que he ganado o lo que he recibido por herencia de mis antepasados es exclusivamente mío; nadie más tiene en ello parte ni derecho alguno. Por tanto, lo gastaré únicamente en mis propias necesidades, según mi voluntad y para mi comodidad y placer. O lo invertiré solo en aquellos asuntos cuyo resultado vuelva inmediatamente a mis manos. Si gasto dinero, es absolutamente necesario que, a cambio, aumenten mi honor y mi reputación o que obtenga algún título. Que la gente incline la cabeza ante mí y que mi nombre sea mencionado por todos. Si no obtengo ninguna de esas cosas, ¿por qué habría de gastar mi dinero? Aunque algún pobre y afligido, algún huérfano o necesitado cercano muera de hambre, ¿por qué habría de procurarle alimento? Su padre tenía el deber de dejar algo para su hijo. Si alguna viuda de mi vecindario pasa sus días afligida, ¿qué me importa a mí? Su marido debería haberse preocupado por ella. Si algún viajero queda sin recursos, ¿qué relación puedo tener yo con él? Ha cometido una gran necedad al salir de su casa sin preparar los medios para el camino. Si otra persona cae en una situación difícil, ¿qué obligación puedo tener hacia ella? Allah Ta‘ala también le ha dado manos y pies, como a mí. Es deber suyo ganar lo necesario para sus necesidades. ¿Por qué habría de ayudarlo? Y si, en último extremo, le doy algo de dinero, se lo daré como préstamo y cobraré sin duda los intereses junto con el capital. Al fin y al cabo, el dinero no se obtiene sin esfuerzo. Si ese dinero permaneciera conmigo, ¡en cuántas cosas podría emplearlo! Podría construir edificios, comprar un automóvil o invertirlo en algún otro negocio rentable. Si él puede obtener algún beneficio con mi dinero, ¿por qué no habría yo de obtener algún beneficio con el mío? ¿Por qué no habría de cobrar mi parte de ello?»

A causa de semejante mentalidad egoísta, el ser humano se convierte, ante todo, en un demonio del dinero. Si gasta algo, lo hará únicamente por interés personal. En aquello donde no vea ningún beneficio para sí mismo, no gastará ni un céntimo. Incluso si ayuda a algún pobre, en realidad no lo ayudará, sino que lo explotará aún más y le exigirá mucho más de lo que le haya dado. Si dona algo a un necesitado, le hará sentir su propia generosidad hasta afligirlo, y lo humillará y deshonrará tanto que no le permitirá conservar siquiera el más mínimo sentido de dignidad. Si participa en alguna obra de interés nacional, una persona de esta clase prestará ante todo atención a su propio beneficio. En las obras de las que no pueda obtener provecho personal, no estará dispuesta a aportar ni un céntimo.

¿Han reflexionado sobre lo terrible que es el resultado de semejante mentalidad? Sin duda, como consecuencia de ella no solo quedará destrozada toda la vida social, sino que, al final, la situación de esas mismas personas se volverá también extremadamente grave. Sin embargo, como su visión es muy estrecha y son sumamente ignorantes, incluso de esto esperan obtener algún beneficio para sí mismos. Cuando una mentalidad tan desprovista de generosidad se activa en las personas, toda la riqueza nacional termina concentrándose en manos de un número muy reducido de miembros de la sociedad, mientras incontables personas se ven obligadas a quedar completamente desamparadas y sin recursos. Los ricos, valiéndose de su dinero, explotan una cantidad cada vez mayor de riqueza, y la vida de los pobres se deteriora progresivamente. En una sociedad donde la pobreza se convierte en algo común, la salud y la fortaleza sociales se quiebran; diversas enfermedades incurables atacan el cuerpo social y, como resultado, sus miembros pierden la capacidad de trabajar y producir. La ignorancia y el analfabetismo aumentan entre ellos, y la salud moral se derrumba. Para satisfacer sus necesidades, se ven obligados a inclinarse hacia la delincuencia y, finalmente, no retroceden ni siquiera ante el saqueo. Surge en la sociedad un desorden generalizado; los ricos comienzan a ser asesinados por los pobres, sus casas son saqueadas e incendiadas, y se ven destinados a la destrucción completa.

Según los científicos sociales, el bienestar individual de cada persona está estrechamente ligado al bienestar social más amplio. Si el dinero que alguien posee se gasta para ayudar a otro hermano, ese mismo dinero circulará y volverá a sus manos trayendo un bienestar sin precedentes. En cambio, si, llevado por una visión extremadamente estrecha, lo guarda para sí o lo gasta en asuntos de interés personal, finalmente ese dinero se perderá. Por ejemplo, si usted cría a un niño huérfano, le proporciona una educación adecuada y lo capacita para ganarse la vida, la riqueza social aumentará. Usted también podrá beneficiarse de ello, porque usted también es miembro de esa sociedad. Es posible que ni siquiera haya podido saber, mediante ningún cálculo, qué beneficios económicos obtuvo gracias a las capacidades especiales de aquel huérfano. Pero si desde el principio se niega a criarlo y educarlo, diciendo: «¿Por qué habría de ayudarlo? Su padre debería haber dejado alguna provisión para él», entonces vagará desorientado, errará sin rumbo como un vagabundo, se volverá inútil y no adquirirá ninguna capacidad que le permita aumentar la riqueza social. Más bien, al inclinarse hacia la delincuencia, un día estará dispuesto a abrir un boquete en la propia casa de usted para robarla. Esto significa que, al convertir en inútil y delincuente a un miembro de la sociedad, usted no solo le causará daño a él, sino también a sí mismo. Si ampliamos nuestra perspectiva tomando este único ejemplo como referencia, veremos claramente que quien gasta desinteresadamente su dinero por el bienestar social más amplio, aunque aparentemente lo saque de su propio bolsillo, una vez que sale de él comienza a multiplicarse y crecer, y finalmente vuelve a su bolsillo adoptando innumerables formas de beneficio y provecho. En cambio, quien aparentemente conserva su dinero en su propia caja o lo hace crecer mediante el interés, en realidad, debido a su propia necedad, destruye su patrimonio y prepara su propia ruina.

Allah Altísimo ha expresado esta misma verdad en la siguiente aleya:

يَمۡحَقُ ٱللَّهُ ٱلرِّبَوٰاْ وَيُرۡبِى ٱلصَّدَقَـٰتِ‌ۗ ـ البقرة : (٢٧٦)

«Allah elimina el interés y hace que las donaciones aumenten progresivamente».

وَمَا اتَيْتُمْ مِّنْ رٍّبًا لِّيَرۡبُوَاْ فِىٓ أَمۡوَٲلِ ٱلنَّاسِ فَلَا يَرۡبُواْ عِندَ ٱللَّهِ‌ وَمَآ ءَاتَيۡتُم مِّن  زَكوْةٍ تُرِيْدُوْنَ وَجْهَ اللهِ فَاُوْلئِكَ هُمُ الْمُضْعِفُوْنَ ـ الروم : ٣٩

«El interés que dais con la intención de aumentar los bienes de la gente no aumenta en absoluto los bienes ante Allah; pero la zakat que pagáis buscando únicamente la complacencia de Allah, esa sí se multiplica.» — Sura Ar-Rum, 39

Sin embargo, la estrechez de miras y la extrema ignorancia del ser humano se han convertido en un enorme obstáculo para comprender esta profunda verdad y actuar conforme a ella. Estas personas son esclavas de los sentidos. Pueden sentir y comprender que el dinero que tienen en el bolsillo existe realmente. Tampoco tienen dudas sobre el aumento progresivo de la cantidad de dinero que crece en sus libros de cuentas; pero no pueden comprender ni ver en absoluto que el dinero que sale de sus manos está aumentando y puede regresar a ellas. Solo entienden que cierta cantidad de dinero ha salido de sus manos y que se ha ido para siempre.

Hasta hoy, el ser humano no ha podido romper por medio de su inteligencia o de sus esfuerzos estas cadenas de la ignorancia. Tal es la situación en todo el mundo. Por un lado, en el mundo de los capitalistas todas las actividades se desarrollan sobre la base del sistema de intereses y, a pesar de la abundancia de riquezas, la tristeza, la pobreza, la miseria y las carencias aumentan progresivamente en esos países. Por otro lado, otro grupo contrario a ellos se ha vuelto cada vez más poderoso. El fuego de la hostilidad arde intensamente en sus corazones. No solo están decididos a saquear los tesoros de los capitalistas, sino también a reducir a polvo todo el edificio de la civilización y la cultura humanas.

El ser humano no ha podido resolver este problema. Su Creador, el Majestuoso y Sublime Allah Ta‘ala, lo ha resuelto de manera adecuada. El nombre del Libro que Él reveló, junto con la solución adecuada a todos los demás problemas de la humanidad, es el Noble Corán. Para resolver este problema, el ser humano debe creer en Allah y en la vida futura. El ser humano debe creer en Allah y en la vida futura. Si puede creer en Allah y sabe con certeza que el verdadero dueño de todos los tesoros del cielo y de la tierra es Allah Ta‘ala, que la gestión de todos los asuntos humanos depende exclusivamente de Allah y que ante Él está registrado el cómputo de cada átomo y partícula, y que la recompensa o el castigo por las buenas o malas acciones de las personas se les otorgará en la otra vida exactamente conforme a ellas, entonces le resulta muy fácil gastar y administrar sus riquezas conforme a las normas de Allah, confiar en Allah en lugar de depender de su visión superficial y dejar las ganancias y las pérdidas en manos de Allah. Todo lo que gaste con una fe semejante será gastado exclusivamente por Allah. También quedará debidamente registrado en el registro de Allah. Aunque ninguna persona en este mundo llegue a conocer ese gasto, Allah Ta‘ala está plenamente informado de él. Y aunque la gente de este mundo no reconozca su gratitud, puesto que Allah mismo ha prometido recompensarlo, no hay la menor duda de que esa promesa se cumplirá, ya sea en la otra vida o tanto en este mundo como en la otra vida.

Instrucción general sobre gastar por la causa de Allah

Allah Ta‘ala ha establecido en la Sharía islámica la norma de que primero promulga una orden general relativa a las buenas y virtuosas obras, para que el ser humano pueda adoptar en su vida, en términos generales, caminos buenos y beneficiosos. Después se indica un método específico para llevar a cabo esa buena obra. Todos tienen el deber de observar debidamente ese método particular. Por ejemplo, recordar a Allah es una obra muy buena, y la mejor de todas las obras. No solo eso: en realidad, es la fuente fundamental de todas las buenas obras. Por ello, existe la orden de recordar a Allah en todo momento y en toda circunstancia, y de no olvidarlo ni siquiera por un instante:

فَاذْكُرُوْا اللهَ قِيْمًا وَّقُعُوْدُا وَّعَلى جُنُوْبِكُمْ ـ النساء : ١٠٣

«Recuerda a Allah de pie, sentado y acostado (en todo momento y en toda circunstancia)». Sura An-Nisa: 103

وَاَذْكُرُوْا اللهَ كَثِيْرَ لَّعَلَّكُمْ تُفْلِحُوْنَ ـ الانفال : ٤٥

«Recordad mucho a Él, porque cabe esperar que en ello esté vuestro bienestar».— Sura Al-Anfal: 45

اِنِّ فِىْ خَلْقِ السَّموتِ وَالاَرْضِ وَاَخْتِلاَفِ الَّيْلِ وَالنَّهَارِ لاَيْتٍ لاَوْلِىْ الاَلْبَابِ ـ الَّذِيْنَ يَذْكُرُوْنَ اللهَ قِيْمَامًا وَّقُعُوْادًا وَّعَلى جُنُوْبِهِمْ وَيَتَفَكَّرُوْنَ فِىْ خَلْقِ السَّموتِ وَالاْرْضِ رَبُّنَا مَا خَلَقْتَ هَذَا بَاطِلاً ـ

«En la creación de los cielos y la tierra, y en la alternancia de la noche y el día, hay muchos signos (de la existencia de Allah), para las personas reflexivas: aquellas que recuerdan a Allah de pie, sentadas y acostadas, y reflexionan sobre los misterios de la creación y la estructura de los cielos y la tierra, y (después de reflexionar profundamente y comprender la grandeza de cada cosa, alzan la voz y) exclaman: “¡Oh Allah! No has creado nada de esto en vano”».— Sura Al Imrán: 190-191

وَلاَ تَطِعْ مَنْ اَغْفَلْنَا قَلْبَه عَنْ ذِكْرِنَا وَاتَّبَعَ هَوَٮٰهُ وَكَانَ اَمْرَهُ فُرُطًا ـ الكهاف : ٢٨

«No obedezcáis ni sigáis a quienes no tienen el recuerdo de Allah en sus corazones, siguen sus propios deseos y transgreden los límites establecidos para cada acto».— (Sura Al-Kahf: 28)

En estos versículos y en muchos otros semejantes se ha dado claramente la instrucción: «¡Oh seres humanos! Recordad a Allah en todo momento y en toda circunstancia». Porque, en realidad, es el recuerdo de Allah lo que hace correctas y hermosas todas las obras y actividades de las personas. Cuando una persona lo olvida, en cualquier momento y en cualquier tarea, allí mismo los deseos de la nafs y los engaños de Satanás la vencerán. Como consecuencia inevitable, se desviará del camino recto y comenzará a transgredir los límites en su forma de vivir.

Esta era una instrucción general para recordar a Allah. Después se estableció una forma específica de recordarlo. Por ello se hizo obligatorio realizar cinco veces al día y la noche la oración, compuesta de varias rak‘ahs. En cada una de estas oraciones no se emplean más de cinco a siete minutos. Hacer obligatoria de este modo la rememoración de Allah —cinco minutos ahora y otros cinco después— significa que, al menos durante ese tiempo, el musulmán debe consagrarse por completo al recuerdo de Allah. Después continuará con sus propias ocupaciones y, aun en ese estado, seguirá recordando a Allah.

Esta es exactamente la situación de la zakat en el islam. Aquí también existe una orden particular y otra general. Por un lado, se ha dicho claramente: «Alejaos de la avaricia y de la estrechez de corazón, porque estas son la raíz de todos los males y la fuente de todas las calamidades. Adoptad el color de Allah en vuestra vida moral, pues Él derrama en cada momento infinitos favores y misericordia sobre toda la creación, aunque nadie tenga sobre Él ningún derecho ni reclamación especial». También se ha dicho: «Seguid gastando en el camino de Allah tanto como podáis y todo cuanto podáis; después de cubrir vuestras necesidades, conservad lo que podáis ahorrar, y donad cuanto podáis para satisfacer las necesidades de los demás siervos necesitados de Allah. No dudéis ni por un instante en esforzaros con vuestra vida y vuestros bienes al servicio de la religión y con el propósito de establecer la palabra de Allah. Si amas a Allah, sacrifica por ello tu amor a las riquezas y los bienes».

Este es el mandato general respecto a dar dinero en el camino de Allah. Pero, junto con ello, existe la instrucción específica de que, si acumuláis una determinada cantidad de dinero, debéis gastar como mínimo una parte determinada de ella en el camino de Allah. Si obtenéis una determinada cantidad de cosecha de vuestros campos, debéis donar necesariamente una parte de ella en el camino de Allah. Del mismo modo que el hecho de haber establecido como obligatorias únicamente un número determinado de rak‘at de la oración no significa que, al realizar solamente esas rak‘at, se haya cumplido el deber de recordar a Allah y que, por tanto, podáis olvidarlo en los demás momentos, tampoco significa que, puesto que se ha establecido como obligatorio donar una cantidad determinada de dinero en el camino de Allah, solo quienes poseen esa cantidad estén obligados a gastar en el camino de Allah, mientras que quienes poseen menos puedan mantener cerrados sus puños. Ni siquiera significa que los ricos puedan librarse gastando en el camino de Allah únicamente la cantidad de zakat que les ha sido prescrita y que, después, cuando se presente una persona necesitada, puedan expulsarla; o que, cuando se les exhorte a realizar alguna obra importante de la religión del islam, digan: «Lo único que me había sido prescrito como obligatorio era la zakat, y ya la he cumplido. Por tanto, ahora ya no podéis esperar nada más de mí». En realidad, establecer la zakat como obligatoria no significa en absoluto eso. El verdadero significado de hacer obligatoria la zakat es que toda persona rica está obligada a gastar necesariamente en el camino de Allah, como mínimo, esa cantidad determinada. Y si tiene capacidad para gastar más, también debe hacerlo necesariamente.

Aquí se expone y analiza el mandato general de gastar dinero en el camino de Allah:

El Noble Corán, al ordenar una acción, también expone claramente su razón subyacente. Esta es una de las principales características del Noble Corán. Gracias a ello, el ser humano puede comprender correctamente el objetivo fundamental y la razón de los mandatos de Allah.

El versículo que aparece al principio del Noble Corán dice lo siguiente:

ذَلِكَ الْكِتبُ لاَرَيْبَ فِيْه هُدًى لِّلْمُتَّقِيْنَ ـ الَّذِيْنَ يُؤْمِنُوْنَ بِالْغَيْبِ وَيُقِيْمُوْنَ الصَّلوةَ وَمِمَّا رَزَقْنهُمْ يُنْفِقُوْنَ ـ البقرة : ٢-٣

«Este Corán es el Libro de Allah; no hay lugar para ninguna duda en él. Es una guía hacia el camino recto para los piadosos sinceros, que creen en lo oculto, establecen la oración y gastan, en Mi camino, de la provisión que les he concedido». —Sura Al-Baqara: 2-3

En este versículo se establece un principio fundamental. Para seguir el camino recto en la vida terrenal son indispensables tres cosas. Primero, tener fe en lo oculto, es decir, creer en lo invisible; segundo, establecer la oración; y tercero, gastar en el camino de Allah de la provisión que Allah, exaltado sea, ha concedido. En otro lugar se ha dicho:

لَنْ تَنَالُوْا الْبِرَّ حَتّى تُنْفِقُوْنَ مِمَّا تَحِبُّوْنَ ـ ال عمران : ٩٢

“No podéis alcanzar en modo alguno el alto grado de piedad hasta que no gastéis generosamente en el camino de Allah aquello que amáis.”

También se ha dicho:

اَلْشَّيْطنُ يَعِدُكُمْ الْفَقْرَ وَيَامُرُكُمْ بِالْفَحْشَآَءِ ـ البقرة : ٢٦٨

“Cuando gastáis dinero, Satanás os amenaza con la pobreza y os incita a cometer el acto vergonzoso de la avaricia.”

Después se ha declarado:

وَاَنْفِقُوْا فِىْ سَبِيْلِ اللهِ وَلاَ تُلْقُوْا بِاَيْدِيْكُمْ اِلَى التَّهْلُكَةِ ـ ١٩٥

“Gastad en el camino de Allah y no os arrojéis con vuestras propias manos a la destrucción (no gastar en el camino de Allah es arrojarse a uno mismo a la destrucción).” — Sura Al-Baqarah: 195

Finalmente se ha dicho:

وَمَنْ يُّوْقَ شُحَّ نَفْسِه فَاُوْلَئْكَ هُمُ الْمُفْلِحُوْنَ ـ الحشر : ٩

«Quienes logren librarse de la estrechez de corazón, ellos alcanzarán la prosperidad suprema». — Sura Al-Hashr: 9

De los versículos mencionados se puede comprender claramente que en el mundo solo existen dos caminos para la vida humana. Uno es el camino de Allah, cuyo resultado es la felicidad eterna, la paz y la prosperidad suprema. En este camino, es natural que el corazón de la persona sea generoso y abierto. De la provisión que Allah le haya concedido, ya sea poca o mucha, cubrirá todas sus necesidades, ayudará tanto como le sea posible a sus demás hermanos y también gastará en la labor de enaltecer la palabra de Allah o de establecer la religión del Islam. El otro es el camino de Satanás. Desde una perspectiva externa, en este camino la persona parece encontrar mucha alegría y felicidad. Pero, en realidad, en él no hay nada salvo destrucción y ruina. Por naturaleza, en este camino intenta explotar y acumular riquezas, y no vacila en consagrarle su corazón y su alma al dinero; tampoco está dispuesto a gastarlo. Si llega a gastar algo, lo hace únicamente para cubrir sus propias necesidades y satisfacer los deseos de su propio corazón.

A continuación se expone sucesivamente la norma y el método que se han establecido para que quienes recorren el camino de Allah gasten sus riquezas en la causa de Allah:

Uno: Lo primero es que gastarás únicamente para obtener la complacencia de Allah; no gastarás para mostrar favor a nadie ni para alcanzar nombre y fama en este mundo.

وَمَا تُنْفِقُوْنَ اِلاَّ اِبْتِغَاءَ وَجْهِ اللهِ ـ البقرة : ٢٧٢

«En todo lo que gastéis, no debéis tener otro objetivo que obtener la complacencia de Allah».

يَآ يُّهَا الَّذِيْنَ امَنُوْا لاَتُبْطِلُوْا صَدَقتِكُمْ بِالْمَنِّ وَاَلاَذى كَالَّذِيْ يُنْفِقُ مَالَهُ وِئَآءَ النَّاسِ وَلاَيُؤْمِنُ بِاللهِ وَالْيُوْمِ الاخِرِ فَمَثَلُه’ كَمَثَلِ صَفْوَانٍ عَلَيْهِ تُرَابٌ فَاصَابَه وَابِلٌ فَتَرَكَاهُ صَلْدًا البقرة : ٢٦٤

«¡Oh, creyentes! No invalidéis vuestras limosnas recordando vuestro favor y causando aflicción, como aquel que gasta para que los demás lo vean y no cree en Allah ni en el Último Día. Su limosna es como tierra sobre una roca; si cae sobre ella una lluvia torrencial, toda la tierra será arrastrada y la roca quedará completamente limpia y sin tierra». — Sura Al-Baqarah: 264

Dos: Cuando dones algo a alguien, no debes recordarle tu favor ni hacer nada que pueda causarle siquiera la más mínima aflicción:

اَلَّذِيْنَ يُنْفِقُوْنَ اَمْوَالَهُمْ فِىْ سَبِيْلِ اللهِ ثُمَّ لاَيُتْبِعُوْنَ مَآاَنْفَقُوْا مَنَّا وَّلاَ اَذّى لَّهُمْ اَجْرَهُمْ عِنْدَ رَبَّهِمْ وَلاَ خَوْفٌ عَلَيْهِمْ وَلاَهُمْ يَحْزَنُوْنَ ـ قَوْلٌ مَعْرُوْفٌ وَّمَغْفِرَةٌ خَيْرٌ مِنْ صَدَقَةَ يَّتْبَعُهَآ اّذّى : البقرة : ١٦٢-١٦٣

«Quienes gastan por el camino de Allah, no recuerdan su favor después de gastar ni causan aflicción a nadie, tendrán una gran recompensa junto a Allah y no tendrán motivo alguno para temer ni para entristecerse. Pero, en vez de dar limosnas y luego causar aflicción, es mejor despedir amablemente al necesitado diciéndole: “Hermano, perdóname”». — Sura Al-Baqarah: 262-263

Tres: Siempre se deben donar cosas buenas por el camino de Allah. No se debe escoger deliberadamente solo lo malo. Quienes buscan ropa rota para dársela a los pobres y ofrecen alimentos de la peor calidad para alimentar a un necesitado recibirán de Allah un resultado igualmente malo:

يَآيُّهَا الَّذِيْنَ امَنُوْا مِنْ طَيِّبَةُ مِنْ طَيّبِتِ مَاكَسَبَتُمْ وَمِمَّآ اَخْرَجْنَا لَكُمْ مِّنْ الاَرْضِ وَلاَ تَيْمَّمُوْا الْخَبِيْثَ مِنْهُ تُنْفِقُوْنَ ـ البقرة : ١٦٧

«¡Oh, creyentes! Gastad por el camino de Allah las cosas buenas de lo que habéis ganado y de lo que hemos hecho brotar y producir para vosotros de la tierra; no os dediquéis a buscar bienes de mala calidad para gastarlos por el camino de Allah». — Sura Al-Baqarah: 267

Cuatro: En la medida de lo posible, se debe gastar en secreto por el camino de Allah, sin dejar lugar alguno al deseo de exhibirse ante la gente. Aunque no hay nada malo en gastar públicamente, hacerlo en secreto es, aun así, mejor.

اِنْ تُبْدُوْا الصَّدَقتِ فَنْعِمًا هِىَ وَاِنْ تُخْفُوْنَ وَتُؤْتُوْهَا الْفُقَرَاءَ فُهُمْ خَيْرَ لَّكُمْ وَيُكَفِّرُ عَنْكُمْ مِنْ سَيَّاتِكُمْ ـ البقرة: ١٧١

«Gastar públicamente es bueno; pero es mucho mejor para vosotros dar limosna a los pobres en secreto, y así se os borrarán vuestros pecados». — Sura Al-Baqara: 271

Cinco: Nunca se debe entregar a los necios e ignorantes una riqueza superior a la que necesitan. Porque existe la posibilidad de que, al recibir demasiado dinero, se desorienten y que la riqueza se malgaste en sus manos. La voluntad de Alá es que se procure alimento y vestido para todas las personas, por muy grandes pecadores y rebeldes contra Alá que sean. Pero no se puede dar ni un solo céntimo a nadie para beber alcohol, consumir marihuana u opio, ni jugar a los juegos de azar.

وَلاَ تُؤْتُوْا السُّفَهَآَءَ اَمْوَالَكُمْ الَّتِىْ جَعَلَ اللهُ لَكُمْ قِيْمًا وَّارزٌقُوْهُمْ فِيْهَا وَاكْسُوْهُمْ ـ النساء : ٥

«Alá ha hecho de vuestros bienes un medio de subsistencia; por tanto, no los dejéis jamás en manos de los ignorantes y necios. Sin embargo, debéis asegurarles con ellos lo necesario para comer y vestirse».

Seis: Si se le concede un préstamo a alguien para satisfacer una necesidad, no lo molestéis apremiándolo repetidamente. Debéis darle suficiente tiempo para devolverlo. Y si se sabe con certeza que es incapaz de devolverlo, y el acreedor tiene también los medios para perdonarle la deuda, lo recomendable es perdonársela:

وَاِنْ كَانَ ذُوْ عَسْرَةً فَنَظِرَةٌ اِلى مَيْسَرَةٍ وَاَنْ تَصَدَّقُوْا خَيْرَ لٌكُمْ اِنْ كُنْتُمْ تَعْلَمُوْنَ ـ البقرة : ٢٨٠

«Si el deudor se encuentra en dificultades económicas, se le debe conceder plazo hasta que alcance la prosperidad. Y perdonarle la deuda es aún mejor, si comprendierais el beneficio de ello». — Sura Al-Baqara: 280

Siete: También hay un límite para dar a la gente. Ese límite nunca debe transgredirse. Allah Altísimo no ha ordenado dar a los demás privándose uno mismo y privando a los propios hijos, ni esa es Su intención. La voluntad de Allah es que se gaste necesariamente en todo lo que se requiera para llevar una vida sencilla y normal; después, lo que quede como excedente se gastará en el camino de Allah:

وَيَسْئَلُوْنَكَ مَاذَا يُنْفِقُوْنَ قُلِ الْعَفْوَ ـ البقرة : ٢١٩

«Preguntan: “¿Qué debemos gastar?”. Di: “Gastad lo que exceda de vuestras necesidades”».— Sura Al-Baqarah: 219

وَاَلَّذِيْنَ اِذَا اَنْفَقُوْآ لَمْ يُسْرِفُوْا وَلَمْ يُقتُرُوْا وَكَانَ بَيْنَ ذَلِكَ قَوَامًا ـ الفرقان : ٦٧

«Los siervos virtuosos de Allah son aquellos que gastan, pero no derrochan ni son excesivamente avaros. Más bien, su norma es el camino intermedio entre estos dos extremos». Sura Al-Furqán: 67

وَلاَ تَجْعَلْ يَدَكَ مَغْلُوْلَةً اِلى عُنُقِكَ وَلاَ تَبْسُطْهَا كُلَّ الْبَسْطِ فَتَقْعُدَ مَلُوْمًا مَّحْسُوْرًا ـ بنى اسرايل: 29

«No mantengáis cerrada vuestra mano de la donación, atándola por completo al cuello, ni la extendáis demasiado, pues como consecuencia quedaréis arrepentidos y seréis censurados por la gente». Sura Bani Isra’il: 29

Ocho: ¿Quiénes son los destinatarios apropiados de esta donación? Finalmente, también es necesario saberlo. Allah Altísimo ha presentado una lista completa de ellos en Su Sagrada Palabra. Al examinar esta lista, se puede comprender claramente quiénes pueden recibir vuestra ayuda y a quiénes se les ha establecido, por parte de Allah, un derecho sobre vuestras ganancias.

وَاتِ ذَا الْقُرْبى حَقَّهُ وَالْمِسْكِيْنَ وَابْنَ السَّبِيْلِ ـ بنى اسرائيل : ٢٦

«Da a los familiares pobres cercanos lo que les corresponde, y también al miskín y al viajero pobre». — Sura Bani Isra’il: 26

وَاتِ الْماَلَ عَلى جُيَِه ذَوِى الْقُرْبى وَالْيَتَمى وَالْمَسْكِيْنَ وَابْنَ السَّبِيْلِ وَالسًَّآئِلِيْنَ وَفِىْ الرِّقَابِ ـ البقرة : ١٧٧

«Quienes, buscando Su complacencia, gastan sus bienes en los familiares cercanos, los huérfanos, los miskines, los viajeros y los que piden, y para liberar a los esclavos y a los cautivos, son amados por Allah». — Sura Al-Baqara: 177

وَّبِالْوَالِدَيْنِ اَحْسَانًا وَّبِذِى القُرْبى وَالْيَتمى وَالْمَسكِيْنَ وَالْجَارِذِى الْقُرْبِى وَالْجَارِ الْجُنُبِ وَالصَّاحِبِ بِالْجَنْبِ وَابْنِ السَّبِيْلِ وَمَا مَلَكَتْ اَيْمَانُكُمْ ـ النساء : ٣٦

«Tratad bien a vuestros padres, a los familiares cercanos, a los huérfanos, a los miskines, al vecino pariente y al vecino no pariente, al compañero de viaje, al viajero y a vuestros propios esclavos y esclavas». — Sura An-Nisa: 36

وَيُطْعِمُوْنَ الطّعَامَ عَلى حُبِّه مِسْكِيْنًا وَّيَتِيْمًا اِنَّمَا نُطْعِمُكُمْ لِوَجْه الله لاَنُرِيْدُ مِنْكُمْ جَزَآءً وَّلاَ شُكُوْرًا ـ اِنَّا نَخَافُ مِنْ رَّبِّنَا يُوْمًا عَبُوْسًا قَمْطَرِيْرًا ـ الدهر : ٨ – ١٠

«Los buenos siervos de Allah alimentan a los huérfanos, a los miskines y a los cautivos, buscando obtener la complacencia y el amor de Allah. Dicen: “Os damos de comer únicamente por Allah. No queremos de vosotros ninguna recompensa ni agradecimiento. Solo tememos ante Allah aquel día en que, por su terrible calamidad, los rostros de la gente se abatirán y sus frentes se llenarán de arrugas”». — Sura Ad-Dahr: 8-10

وَفِىْ اَمْوَالِهِمْ حَقٌ لِّلْسَّآئِلِ وَالْمَحْرُوْمِ ـ الذّريت : ١٩

«En sus bienes existe un derecho para quien pide y para el necesitado.»

لِلْفُقَرَآءِ الَّذِيْنَ اُحْصِرُوْا فِىْ سَبِيْلِ اللهِ لاَيَسْتَطِيْعُوْنَ ضَرْبًا فِىْ الاَرْضِ يَحْسَبُهُمُ الْجَاهِلُ اَغْنِيَآءَ مِنَ التَّعَفُّفْ تَعْرِفُهُمْ بِسْيْمهُمْ لاَيَسْئَلُوْنَ النَّاسَ اِلْحَافًأ وَمَا تُنْفِقُوْا مِنْ خِيْرِ فَاِنَّ اللهَ بِه عَلِيْمٌ ـ

«La caridad corresponde a quienes, por estar constantemente ocupados en la causa de Alá, no pueden realizar ningún trabajo para ganarse el sustento. Debido a su dignidad y autoestima, incluso los ignorantes los consideran ricos. Pero vosotros podéis comprender, con solo observar su aspecto y apariencia, cuánto sufren. Vosotros mismos deberíais adelantaros y darles caridad. Porque no son personas que se aferren a otros para pedir ayuda; todo lo que les deis discretamente, Alá ciertamente lo sabrá y sin duda os dará una recompensa a cambio.» Sura al-Baqara: 273

Reglas para pagar el zakat

En el artículo anterior se expuso la norma general sobre gastar en la causa de Alá. Ahora se examinarán detalladamente todas las normas relativas al zakat.

En el Noble Corán, Alá, el Altísimo, ha establecido normas sobre el zakat en tres lugares, de diferentes maneras. En la sura al-Baqara se dice:

اِنْفِقُوْا مِنْ طَيِّبتِ مَاكَسَبْتُمْ وَمِمَّا اَخْرَجْنَا لَكُمْ مِنَ الارْضِ ـ

«Gastad en el camino de Allah parte de los bienes puros que vosotros mismos habéis adquirido y de los frutos que os he concedido de la tierra». — Sura Al-Báqara: 267.

También se ha dicho sobre este asunto en la Sura Al-An‘am que Yo he creado para vosotros jardines y campos de cultivo en la tierra. Por tanto: 141

كَلُوْ مِنْ ثَمَرِه اَثْمَرَ وَاتُوْا حَقَّه يَوْمَ حَصَادِه ـ الانعَام ـ ١٤١

«Cuando den fruto los jardines y los campos, recoged de ellos vuestro alimento, y el día de la cosecha entregad de ello lo que corresponde a Allah». — Sura Al-An‘am: 141

Ambas aleyas hablan del zakat de los productos de la tierra. Según los juristas de la escuela hanafí, aparte de los recursos naturales —madera, hierba, bambú y otros—, Allah tiene derecho sobre toda clase de cereales, verduras y frutos, y este derecho debe cumplirse necesariamente. En el hadiz se afirma claramente que, en los cultivos que crecen gracias al agua de la lluvia, de los ríos o del mar, corresponde a Allah una décima parte de la cosecha total; mientras que, en las tierras en las que las personas han tenido que disponer artificialmente el riego, la parte de Allah es una vigésima parte de la cosecha total. Ambas partes deben entregarse obligatoriamente inmediatamente después de la cosecha.

Después, en la Sura At-Tawba, se ha dicho:

وَالَّذِيْنَ يَكْنِزُوْنَ الْذِّهَبَ وَالْفِصَّةَ وَلاَ يُنْفِقُوْنَهَا فِىْ سَبِيْلِ اللهِ فَبَشِّرْهُمْ بِعَذَابٍ اَلَيْمٍ ـ يَّوْمَ يَحْمى عَلَيْهَا فِىْ نَارِ جَهَنَّمَ فَتُكْوْى بِهَا جِبَاهُهُمْ وَجُنُوْبُهُمْ وَظُهُوْرُهُمْ هَذّا مَاكَنَزْتُمْ لاَنْفُسِكُمْ فَذُوْقُوْا مَا كُنْتُمْ تَكْنِزُوْنَ ـ التوبة : ٣٤-٣٥

«Anuncia a quienes acumulan oro y plata y no gastan nada de ello en el camino de Allah un castigo doloroso. Infórmales del tormento de aquel día en que el oro y la plata serán calentados en el fuego y se marcarán con ellos sus frentes, sus costados y sus espaldas. Y se les dirá: “Esto es lo que acumulasteis para vosotros mismos. Probad ahora el sabor de lo que acumulabais”». — Sura At-Tawba: 34-35

Después se dijo:

اِنًَّمَا الصَّدَقتُ لِلْفُقََرَآءِ وَالْمَسْكِيْنَ وَالْعمِلِيْنَ عَلَيْهَا وَالْمُؤْلَّفَةِ قُلُوْبُهُمْ وَفِىْ الرَّقَابِ وَالْغَارِمِيْنَ وَفِىْ سَبِيْلِ اللهِ وَاَبْنِ السَّبيْلِ فَرِيْضضةٌ مِّنْ اللهِ ـ التوبة : ٦٠

«La zakat es una obligación prescrita por Allah. Se entregará a los pobres, los necesitados y los funcionarios encargados de recaudarla; también se gastará en ganarse el corazón de quienes profesan otra religión, procurar la liberación de las personas encadenadas por la esclavitud, pagar las deudas de los endeudados, las obras generales determinadas por Allah y ayudar a los viajeros indigentes». —Sura At-Tawba: 60

Después Allah dijo:

خَذُ مِنْ اَمْوَالِهِمْ صَدَقَةً تَطَهِّرُهُمْ وَتُزْكِّهِمْ : التورة : ١٠٣

«Toma la zakat de sus bienes y purifícalos y límpialos con ella». Sura At-Tawba: 103

De los tres versículos mencionados se sabe que los bienes que se acumulen y aumenten en cantidad se volverán impuros si no se gasta de ellos en el camino de Allah; la única manera de purificarlos es distribuir entre las personas apropiadas la parte que corresponde a Allah. Se ha mencionado en el hadiz que, cuando llegó la noticia de este castigo para quienes acumulaban oro y plata, el pueblo musulmán se atemorizó y se alarmó enormemente. Pues, conforme a este versículo, habían pensado que era ilícito conservar siquiera un centavo y que debían gastarlo todo. Finalmente, Hazrat Umar Faruq (que Allah esté complacido con él) se presentó ante el Noble Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y le informó de la preocupación de los musulmanes. Hazrat Rasul (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: «Allah solo os ha hecho obligatoria la zakat para que, al pagarla, el patrimonio restante se vuelva puro y lícito para vosotros». También se ha transmitido un hadiz semejante de Hazrat Abu Said Al-Judri (que Allah esté complacido con él). Rasul Pak (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Cuando hayas pagado la zakat de tus bienes, habrás cumplido aquello que era obligatorio para ti».

Del versículo mencionado solo se puede conocer la orden de pagar la zakat del oro y la plata; pero por el hadiz se sabe que también debe pagarse la zakat de las mercancías comerciales, los camellos, las vacas y las cabras. La zakat se vuelve obligatoria al poseer cincuenta y dos tolas y media de plata y siete tolas y media de oro. Debe pagarse zakat por cuarenta cabras y por treinta vacas, y por las mercancías comerciales cuando su valor sea igual al valor de cincuenta y dos tolas y media de plata. Es decir, quien posea esa cantidad determinada y haya transcurrido un año en esas condiciones debe entregar como zakat una cuadragésima parte de ella. Los imanes de la escuela hanafí han dicho que, aunque no se posea por separado la cantidad mínima establecida para que la zakat del oro y la plata sea obligatoria, si el valor conjunto de ambos alcanza la cantidad mínima de zakat (nisab), también debe pagarse zakat por ellos.

Según Hazrat Umar e Ibn Masud (que Allah esté complacido con ambos), es obligatorio pagar el zakat sobre las joyas de oro y plata. El imán Abu Hanifa, que Allah tenga misericordia de él, también adoptó esta opinión. Se ha mencionado en un hadiz que el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz), al ver brazaletes de oro en las manos de dos mujeres, les preguntó si pagaban el zakat. Una de ellas respondió: «No». Hazrat (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Si hoy no pagas el zakat, ¿estarías dispuesta a llevar brazaletes de fuego en tus manos el Día de la Resurrección?». Se ha transmitido de Hazrat Umm Salama, que Allah esté complacido con ella, que poseía un tipo de joya de oro llamada “pajeb”. Preguntó al Santo Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz: «¿Se considera esto riqueza atesorada?». Hazrat el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «Si el zakat se hace obligatorio por su valor y se paga el zakat correspondiente, entonces no es un tesoro prohibido». De ambos hadices se sabe que, aunque se trate de joyas de oro o plata, el zakat es obligatorio sobre ellas, del mismo modo que lo es sobre el oro y la plata almacenados. Sin embargo, no hay que pagar zakat por los diamantes y las piedras preciosas, ni por la ornamentación de los anillos.

En la Palabra Sagrada se han mencionado ocho categorías de personas que tienen derecho a recibir el zakat. A continuación se ofrece su descripción:

Los pobres: son aquellos que poseen algunos bienes, pero estos no son suficientes para cubrir todas sus necesidades; viven con grandes estrecheces y, además, no pueden pedir nada a nadie. El imán Zuhri, el imán Abu Hanifa, Ibn Abbas, Hasan Basri, Abu al-Hasan al-Karkhi y otros juristas han denominado faqir o pobre precisamente a este grupo.

Los necesitados: son las personas cuya situación es aún peor, que se ven obligadas a extender la mano ante otros y que ni siquiera pueden procurarse el alimento diario. Hazrat Umar, que Allah esté complacido con él, también incluyó entre los necesitados a quienes son capaces, pero pasan sus días desempleados.

Los empleados del departamento del zakat: a quienes el Estado islámico designe como empleados para recaudar el zakat también se les pagará el salario con los fondos del zakat.

Aquellos cuyos corazones deben ser reconciliados: esta categoría incluye a quienes necesitan recibir dinero para apoyar al islam o para que dejen de oponerse al islam. También incluye a los nuevos musulmanes cuya situación requiere ser resuelta urgentemente. Si los nuevos musulmanes, al romper sus relaciones con las comunidades no musulmanas y unirse a los musulmanes, quedan desempleados o sufren dificultades económicas, ayudarlos es un deber nacional de los musulmanes. Incluso si son ricos, se les debe dar zakat. Así adquirirán una confianza mayor en el islam. Después de la victoria en la batalla de Hunayn, el Santo Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) entregó a los nuevos musulmanes una gran cantidad de bienes del botín. Como resultado, a cada persona le correspondieron cien camellos. Cuando los ansar se quejaron de ello, el Santo Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Quiero alegrarlos porque han aceptado el islam recientemente». Basándose en este hadiz, el imán Zuhri afirmó que, si judíos o cristianos se hacen musulmanes, o si cualquier persona de otra religión acepta el islam, se les debe dar zakat aunque sean ricos.1

Liberación de esclavos y prisioneros: también se puede dar dinero del zakat a quien está cautivo bajo las cadenas de la esclavitud y desea obtener su libertad. Con ese dinero se liberará de la esclavitud de su dueño. En la época actual no existe la práctica de la esclavitud. Por eso considero que las personas que se ven obligadas a permanecer encarceladas por no poder pagar una multa relacionada con algún asunto pueden ser liberadas con fondos del zakat; si se hace así, esto también se considera parte de esta categoría.

Pago de las deudas de los deudores: también se puede liberar de la carga de las deudas, mediante el dinero del zakat, a quienes están endeudados o no disponen de medios para pagar sus deudas. Pero eso no significa que se pueda dar zakat a alguien que, aunque tenga mil takas, debe cien takas. Sin embargo, si una persona no posee, después de pagar su deuda, una cantidad suficiente para que el zakat se vuelva obligatorio para ella, entonces se le puede dar zakat. Los juristas también han dicho que es makruh dar zakat a quienes se endeudan por despilfarro, lujo y malas acciones. Pues, en tal situación, si se les da zakat, seguirán derrochando aún más esos bienes y, confiando en pagar sus deudas con el zakat, contraerán todavía más deudas.

En el camino de Alá: La expresión «en el camino de Alá» tiene un significado muy amplio. El dinero de la zakat puede emplearse en todas las buenas obras de los musulmanes. Sin embargo, en particular significa ayudar a quienes combaten en el camino de Alá. El Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Alá sean con él) dijo que no está permitido que una persona rica reciba zakat, pero si una persona rica se ve obligada a aceptar ayuda para la yihad, también se le debe dar zakat; esto se debe a que una persona puede ser rica, pero no puede cubrir únicamente con sus propios bienes los enormes gastos necesarios para la yihad. Se le puede ayudar con dinero de la zakat para esta labor.

1. No es posible ofrecer aquí una explicación detallada de la ley islámica sobre este asunto. Para ello, véase el comentario de la sura At-Tawba en Tafhimul Qurán.

El viajero o expatriado: Por muchas riquezas que el viajero o expatriado tenga en su propio hogar, si durante el viaje o en el extranjero se encuentra en necesidad, se le debe dar dinero de la zakat.

Ahora surge la pregunta de a quiénes, entre las ocho categorías de personas mencionadas anteriormente, se debe dar zakat en cada situación y en qué situaciones no se les debe dar. Esto es lo que se trata aquí:

Uno: Nadie puede dar zakat a su propio padre o hijo; el esposo no puede dársela a su esposa, ni la esposa a su esposo. Los juristas de la ley islámica están completamente de acuerdo al respecto. Algunos estudiosos de la jurisprudencia también han dicho que no puedes dar zakat a aquellos parientes cercanos cuyo sustento está bajo tu responsabilidad y que, conforme a la sharía, son tus herederos; sin embargo, los parientes más lejanos tienen derecho a recibir tu zakat. Más aún, su derecho debe reconocerse con mayor prioridad que el de otras personas. Pero el imán Awzai dijo que, para dar zakat, no debes buscar únicamente a tus propios parientes.

Dos: Solo los musulmanes pueden recibir zakat. Los no musulmanes no pueden recibir zakat. En un hadiz se ha dicho acerca de la definición de la zakat: تُؤْخَذُ مِنْ اَغْنِيَاءَ كُمْ وَتُرَدُّ عَلى فُقَرَاءَ كُمْ ـLa zakat se tomará de vuestros ricos y se distribuirá entre vuestros pobres. A los pobres no musulmanes se les debe dar caridad y limosna general. Más aún, en el caso de las donaciones generales, no es en absoluto apropiado distinguir entre musulmanes y no musulmanes, dándoselas a los musulmanes y negándoselas a los no musulmanes.

Tres: El imán Abu Hanifa, el imán Abu Yusuf y el imán Muhammad (la paz sea con él) dicen que la zakat de cada región debe distribuirse entre los pobres de esa misma región. No es correcto enviar el dinero de la zakat de una región a otra. Sin embargo, si en una región no hay personas que puedan recibir zakat, o si en otra región ocurre una calamidad que haga sumamente necesario enviar allí dinero de la zakat desde una región lejana, como una inundación, una hambruna, etc., no hay inconveniente en distribuir la zakat de acuerdo con ello. La opinión del imán Malik y del imán Sufyan al-Zawri es prácticamente la misma. Pero debe tenerse presente que enviar zakat de una región a otra no es en absoluto algo improcedente o ilícito.

Cuatro: Según algunas personas, quien tiene comida asegurada para dos comidas al día no debería recibir zakat. Otros han dicho que no debería recibirla quien tiene diez takas ahorrados; según otra opinión, quien tiene doce takas y media no debería recibir zakat. Pero el imán Abu Hanifa y otros eruditos de la escuela hanafí dijeron que quien posea bienes líquidos por valor inferior a cincuenta takas puede recibir zakat. Los enseres domésticos, el caballo y el sirviente no se cuentan entre esos bienes. Es decir, aunque posea estos artículos, quien tenga bienes por valor inferior a cincuenta takas puede recibir zakat. En este asunto, una cosa es la ley y otra el nivel de virtud. Hay una diferencia entre ambas.

En cuanto al grado de virtud, el Honorable Mensajero (la paz sea con él) dijo: «Si una persona que tiene asegurado su alimento de la mañana y de la tarde pide a la gente, está acumulando fuego para sí misma». En otro hadiz, el Noble Profeta (la paz sea con él) dijo: «Si alguien se procura su sustento incluso cortando leña, eso es más aceptable para mí que extender la mano para mendigar ante la gente». En un tercer hadiz se ha dicho que quien tiene alimento o capacidad para ganarse la vida no debe recibir el zakat. Esta es la enseñanza del Honorable Mensajero para despertar el sentido del honor propio en las personas; no es una ley. Se ha señalado el límite extremo de la ley y se ha explicado hasta dónde puede una persona recibir el zakat. En un hadiz, el Puro Mensajero (la paz sea con él) dijo:

لِلسَّائِلِ حَقٌ وَاِنْ جَاءَ عَلَى الْفَرَسِ ـ

«Aunque el solicitante de limosna venga montado a caballo, hay que darle limosna».

Un hombre preguntó al Honorable Mensajero: «Si tengo diez rupias, ¿se me considera entre los miskines?». El Honorable Mensajero respondió: «Sí». En cierta ocasión, dos hombres pidieron zakat al Honorable Mensajero. El Honorable Mensajero (la paz sea con él) los observó con mirada penetrante y dijo: «Si queréis recibirlo, os lo daré, pero, en realidad, los ricos y los capaces no tienen ninguna parte en él». De estos hadices se sabe claramente que también se cuenta entre los pobres a quienes no poseen la cantidad de bienes a partir de la cual el zakat se vuelve obligatorio, y que también se les puede dar zakat. Es evidente que los verdaderos merecedores del zakat solo pueden ser las personas verdaderamente necesitadas.

Aquí se han expuesto las normas esenciales del zakat; pero considero especialmente necesario llamar la atención de los lectores sobre un asunto sumamente necesario e importante a este respecto. La razón es que los musulmanes actuales han olvidado aquello que quiero decir. Y es que todas las obras del islam deben realizarse de manera grupal y colectiva. El islam no aprueba el aislamiento individualista. Si un musulmán que se encuentra lejos de la mezquita realiza la oración solo, la oración será válida; sin embargo, la ley islámica ordena realizarla en congregación: lo que la sharía desea es que los musulmanes hagan la oración junto con la congregación. Sobre esto se ha indicado en el Sagrado Corán:

خُذْ مِنْ اَمْوَالِهِمْ صَدَقَةٌ تُطَهِّرُ هُمْ وَتُزَكِّيْهِمْ بِهَا : التوبة : 103

Es decir, Allah Todopoderoso ordenó al Honorable y Noble Mensajero (la paz sea con él) recaudar el zakat de los musulmanes. No se ordenó a los musulmanes pagar el zakat de manera independiente y personal. Además, el hecho de que se haya asignado una parte del dinero del zakat incluso a los empleados encargados de recaudarlo significa que el imán de los musulmanes o el jefe del Estado recaudará el zakat de todos y lo gastará colectivamente. El Noble Profeta (la paz sea con él) dijo:

اُمِرْتُ اَنْ اَخَذَ الصَّدَقَةَ مِنْ اغْنِيْاَءِ كُمْ وَاَرُدُّهَا فِىْ فُقَرَاءِ كُمْ ـ

Es decir, se me ha ordenado recaudar el zakat de los ricos de entre vosotros y distribuirlo entre los pobres de entre vosotros. Este método de recaudar el zakat también estuvo vigente durante la época del Noble Profeta (s.a.s.) y de los Califas Bien Guiados. Los funcionarios del Estado islámico recaudaban todo el zakat, y este se distribuía debidamente por parte del gobierno central.

La realidad del hajj

Los orígenes del hajj

En árabe, «hajj» significa decidir visitar. Puesto que los musulmanes acuden desde todos los rincones de la Tierra hacia un centro determinado con el propósito de visitar la Kaaba, recibió el nombre de «hajj». La historia de cuándo y cómo comenzó el hajj es sumamente interesante e instructiva. Si el lector estudia esa historia con profunda atención, le resultará fácil comprender los beneficios del hajj.

Tanto para los musulmanes como para los cristianos, el nombre del profeta Abraham (la paz sea con él) no es desconocido para nadie. Más de dos tercios de la humanidad lo reconocen como un «líder». Los tres grandes profetas, Moisés (la paz sea con él), Jesús (la paz sea con él) y Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), descendían de él; desde su antorcha encendida se extendió por todo el mundo la luz de la verdad. Nació en Irak hace más de cuatro mil años. En aquel entonces, toda la humanidad había olvidado a Allah. Ni una sola persona en la Tierra conocía a su verdadero Dueño y Señor, ni inclinaba la cabeza ante Él con espíritu de adoración y obediencia. Aunque el pueblo en cuyo seno nació era el más avanzado de la Tierra en aquella época, también era el líder en cuanto a extravío. Ninguna criatura puede ser una deidad o un objeto de adoración. Sin embargo, pese a haber alcanzado el máximo desarrollo en las ciencias, el conocimiento y las artes escultóricas, no podían comprender esta sencilla verdad. Por eso adoraban las estrellas del cielo y las estatuas hechas de barro o piedra. La astrología, la práctica de augurios para conocer lo bueno y lo malo, la adivinación, la magia, las súplicas, los amuletos y los encantamientos estaban muy extendidos. Al igual que entre los eruditos hindúes y los brahmanes de la actualidad, en aquella sociedad también existía una clase de sacerdotes y oficiantes de los templos. Mantenían los templos, realizaban ceremonias de adoración en nombre de otras personas, celebraban ritos especiales en tiempos de calamidad o de alegría, y engañaban a la gente afirmando conocer lo oculto. La gente común los consideraba los determinadores del destino. Se levantaba y se sentaba siguiendo sus indicaciones y, en silencio, satisfacía ciegamente sus deseos. Creían que aquellos sacerdotes tenían autoridad sobre los dioses: si estos estaban complacidos, las divinidades derramarían su favor sobre nosotros; de lo contrario, seríamos destruidos. Este grupo sacerdotal mantenía contactos secretos con los reyes y emperadores de la época. Reyes y sacerdotes se ayudaban mutuamente para mantener al pueblo convertido en esclavo de esclavos. Por un lado, el gobierno patrocinaba a los sacerdotes y, por otro, estos arraigaban en la mente del pueblo la idea de que también los reyes y emperadores formaban parte de «Allah»: eran los dueños absolutos del país y de sus súbditos, sus palabras eran la ley y tenían derecho a hacer cuanto quisieran con la vida y los bienes de sus súbditos. No solo eso, sino que ante los reyes y emperadores se realizaban todos los ritos de adoración, incluida la postración, para que la huella de su dominio quedara grabada permanentemente en la mente y el corazón del pueblo.

En un entorno semejante y dentro de una de las familias de aquel pueblo nació el profeta Abraham (la paz sea con él). Lo más sorprendente es que la familia en la que nació era precisamente una familia de sacerdotes profesionales y hereditarios. Su padre y sus antepasados eran los eruditos y sacerdotes brahmanes de su linaje. Por tanto, Abraham (la paz sea con él) recibió exactamente la educación y formación que podía recibir un hijo de un brahmán. Desde la infancia oía ese tipo de conversaciones. Entre sus hermanos y hermanas veía el esplendor y el estilo de vida ostentoso propio de los pirs y sus descendientes. Para él estaba reservado el muy honrado cargo sacerdotal del templo local. Si ocupaba ese puesto, podía convertirse fácilmente en el «líder del pueblo». Los regalos, ofrendas y donaciones que llegaban de todas partes para toda su familia también estaban a su disposición. Conforme a su costumbre ancestral, la gente del país estaba dispuesta a sentarse ante él con las manos juntas e inclinar la cabeza con devoción y reverencia. Fingiendo conocer lo oculto para afirmar tener relación con la divinidad, podía convertir en esclavos obedientes a todos, desde los simples campesinos hasta el soberano de la época. En aquella oscuridad, donde no existía en ninguna parte una sola persona dotada de verdadero conocimiento y seguidora de la verdad, no solo le era imposible alcanzar la luz de la verdad, sino que tampoco una persona común podía estar dispuesta, tanto por razones personales como familiares, a pisotear aquellos enormes intereses y lanzarse, por la mera causa de la verdad, al seno de peligros que abarcarían todo el mundo.

Pero el profeta Abraham (la paz sea con él) no era una persona común. Había sido creado de una «arcilla especial». Tan pronto como alcanzó la razón, comenzó a reflexionar: la luna, el sol y las estrellas siguen las reglas de su salida y puesta como simples esclavos; las estatuas son obras de piedra hechas por las propias manos humanas; y el rey del país es un ser humano común como nosotros: ¿cómo podrían estos ser señores? ¿Por qué habría de inclinar el ser humano la cabeza ante cosas que no pueden moverse ni siquiera un poco por voluntad propia, que no tienen capacidad para ayudarse a sí mismas y que no poseen el menor poder sobre la vida y la muerte? ¿Por qué habría de servirlas, adorarlas y rendirles culto? ¿Por qué habría de someterse a ellas para obtener los bienes necesarios? Todo cuanto vemos en el cielo y en la Tierra, y todo aquello de lo que tenemos algún conocimiento, no es independiente, imparcial, imperecedero ni eterno. Si esa es la condición de cada una de esas cosas, ¿cómo pueden ser el «Señor» del ser humano? Puesto que ninguna de ellas me ha creado, ninguna tiene en sus manos el poder sobre mi vida, mi muerte, mis beneficios o mis pérdidas, y ninguna posee las llaves de mi sustento y mi subsistencia, ¿por qué habría de reconocer a alguna de ellas como mi «Señor»? ¿Y por qué habría de inclinar la cabeza ante ella, servirla y adorarla? En realidad, mi «Señor» solo puede ser Aquel que ha creado todo, de quien todos dependen y en cuyas manos se encuentran las fuentes de la vida, la muerte, el beneficio y la pérdida de todos. Tras reflexionar sobre estas cuestiones, el profeta Abraham (la paz sea con él) decidió no adorar, sino abandonar, las estatuas que su pueblo veneraba y, una vez llegado a esta decisión, proclamó con voz firme:

إِنِّي بَرِيءٌ مِمَّا تُشْرِكُونَ

«No tengo ninguna relación con aquellos a quienes consideráis asociados de Allah» — Sura al-An’am: 78

إِنِّي وَجَّهْتُ وَجْهِيَ لِلَّذِي فَطَرَ السَّمَاوَاتِ وَالْأَرْضَ حَنِيفًا وَمَا أَنَا مِنَ الْمُشْرِكِينَ

«Apartándome de todo, he consagrado exclusivamente a la adoración y al servicio a ese Ser Supremo que creó los cielos y la Tierra, y no soy de los politeístas» — Sura al-An’am: 79

Después de esta declaración revolucionaria, sobre Hazrat Ibrahim, la paz sea con él, se abatió una montaña de calamidades y desgracias. Su padre dijo: «Te abandonaré y te expulsaré de la casa». Toda la nación exclamó: «Ninguno de nosotros te dará refugio». El gobierno local también se volvió contra él y se presentó una demanda ante el rey. Sin embargo, Hazrat Ibrahim, la paz sea con él, aunque estaba solo y desamparado, se mantuvo erguido ante todos en defensa de la verdad. Con especial respeto, dijo a su padre: «Usted no conoce en absoluto el conocimiento que he recibido. Por eso no escucharé lo que ustedes dicen; por el contrario, todos ustedes deberían escuchar lo que yo digo».

En respuesta a las amenazas de la gente de su nación, destruyó con sus propias manos todos los ídolos y demostró que aquellos a quienes adoráis no tienen ningún poder. En la corte pública del rey dijo con palabras claras: «Tú no eres mi Rabb; mi Rabb es Aquel en cuyas manos están la vida y la muerte de todos nosotros, tuyas y mías, y por cuyas estrictas leyes están sometidos la Luna, el Sol y todo lo demás». Finalmente, la corte real decidió que Ibrahim, la paz sea con él, sería quemado vivo hasta quedar reducido a cenizas. Pero el corazón de Ibrahim, la paz sea con él, era más firme que una montaña; solo confiaba en Allah. Por eso se preparó con ánimo firme para soportar incluso aquel terrible castigo. Después, cuando Allah Todopoderoso lo salvó del horno de fuego de los incrédulos, abandonó su tierra natal, su nación y a todos sus parientes y amigos, y comenzó a vagar de camino en camino y de país en país, acompañado únicamente por su esposa y su sobrino. Para él estaba reservada en su hogar la sede del sacerdocio; sentado en ella, podría haberse convertido en el guía espiritual de toda la nación y haber transformado esa sede en una propiedad hereditaria. Sin embargo, consideró preferible y aceptó para sí y para sus descendientes el exilio y las terribles penalidades de vivir sin ayuda ni recursos. Pues no pudo tolerar en absoluto vivir feliz mientras los habitantes del mundo permanecían encadenados a la servidumbre de innumerables «falsos Rabb». En lugar de eso, aceptó servir únicamente al verdadero Rabb y comenzó a llamar a todo el mundo hacia Él; y por este «delito» (?) no pudo vivir en paz en ningún lugar.

Tras salir de su tierra natal, Hazrat Ibrahim (la paz sea con él) comenzó a recorrer Siria, Palestina, Egipto y las tierras árabes. Durante estos viajes sufrió innumerables calamidades; no llevaba consigo riquezas ni dinero. Incluso en el extranjero no se preocupó lo más mínimo por ganarse la vida. Día y noche solo pensaba en cómo liberar a la gente del mundo de las cadenas de la esclavitud a innumerables Rabb y convertirla en sierva de un único Allah. Cuando su padre y su propia nación no pudieron soportar en absoluto a este hombre agobiado por tales pensamientos y preocupaciones, ¿quién más podría tolerarlo? ¿Qué pueblo de qué país le recibiría con afecto y honores? En todas partes se alzaban los sacerdotes de templos del mismo tipo y los reyes que reivindicaban la divinidad, y por todas partes vivían pueblos igualmente ignorantes e insensatos, atrapados en las redes de servidumbre de estos «falsos dioses». ¿Cómo podría vivir en paz entre ellos un hombre que no estaba dispuesto a servir a nadie excepto a su propio Rabb? Él también proclamaba a los demás: «No tenéis ningún dueño, amo ni señor aparte de Allah; destruid todos los tronos de señorío y divinidad, y vivid únicamente como siervos de Allah». Precisamente por eso Hazrat Ibrahim, la paz sea con él, no pudo vivir en paz en ningún lugar. Durante años vagó como un viajero errante. A veces llegaba a los poblados de Canaán, otras veces a Egipto y otras al desierto de Arabia. Así transcurrió toda su juventud y sus cabellos negros se volvieron blancos.

En la última etapa de su vida, cuando solo faltaban cuatro años para que cumpliera noventa y ya no había ninguna esperanza de tener hijos, Allah Todopoderoso le concedió un hijo. Pero ni siquiera entonces este siervo de Allah se preocupó lo más mínimo pensando: «Mi vida ha transcurrido sin apoyo; ahora, al menos, prepararé a mis hijos para que puedan ganarse el sustento». No, tales pensamientos no surgieron en su mente. Más bien, en el corazón de aquel anciano padre solo había un pensamiento: que, después de su muerte, faltaban personas que cumplieran el deber al que había dedicado su vida y difundieran su invitación por todas partes. Precisamente por eso pidió un hijo a Allah; y cuando Allah se lo concedió, trató de educarlo para que pudiera continuar su obra después de su muerte. La vida de este hombre perfecto fue la vida ejemplar de un verdadero musulmán. Al comienzo de su juventud, desde que alcanzó la razón y reconoció a su Rabb, Allah le dijo:أَسْلِمْ— acepta el islam; entrégate voluntariamente a Mí y reconoce Mi servidumbre. Él respondió entonces con palabras claras:أَسْلَمْتُ لِرَبِّ الْعَالَمِينَ— He aceptado el islam. Me he consagrado al Señor de todos los mundos y me he entregado a Él. A lo largo de toda su vida, este hombre sincero cumplió y demostró plenamente estas palabras y esta promesa. Por Allah, el Rabb de todos los mundos, abandonó la religión ancestral de cientos de años, junto con todos sus ritos, ceremonias, creencias y convicciones. Renunció a todas las ventajas y comodidades que habría podido obtener al ocupar la sede del sacerdocio. Abandonó su linaje, su familia, su nación y su patria. Despreciando su propia vida, se arrojó al fuego. Soportó las dificultades del destierro y el exilio, recorrió país tras país y dedicó cada instante de su vida al servicio y la obediencia del Rabb de todos los mundos y a la difusión de Su religión, el islam. Cuando tuvo un hijo en la vejez, también le asignó esta misma religión y este mismo deber. Pero después de todas estas duras pruebas aún quedaba una última y difícil prueba. Hasta que no superara esa prueba, no podía determinarse si Hazrat Ibrahim, la paz sea con él, amaba al Rabb de todos los mundos más que a cualquier otra cosa. Se presentó ante él aquella prueba difícil y rigurosa. Se puso a prueba si podía sacrificar por Allah incluso a aquel único hijo que había obtenido en la vejez, después de haber perdido por completo la esperanza. Hazrat Ibrahim, la paz sea con él, también superó esta prueba y, en cuanto recibió la orden de Allah, se dispuso a degollar con sus propias manos a su hijo. Entonces se proclamó definitivamente que había demostrado la veracidad de su pretensión de ser un musulmán verdadero. Allah también aceptó su sacrificio y se le comunicó que ahora podía ser nombrado imán o líder de todo el mundo, pues ya era completamente digno de ello. Esto mismo se afirma en el siguiente versículo del Noble Corán:

وَإِذِ ابْتَلَى إِبْرَاهِيمَ رَبُّهُ بِكَلِمَاتٍ فَأَتَمَّهُنَّ قَالَ إِنِّي جَاعِلُكَ لِلنَّاسِ إِمَامًا قَالَ وَمِنْ ذُرِّيَّتِي قَالَ لَا يَنَالُ عَهْدِي الظَّالِمِينَ

«Y cuando el Señor de Ibrahim lo puso a prueba con ciertos mandatos y él superó debidamente la prueba, se le anunció: “Te he designado imán (líder principal) de toda la humanidad”. Él preguntó: “¿Y también se aplica este mandato a mis descendientes?”. Allah Todopoderoso respondió: “Mi promesa no se aplica a los injustos”». — Sura Al-Báqara: 124

De este modo, a Ibrahim, la paz sea con él, le fue concedido el liderazgo del mundo y fue designado «líder» del movimiento mundial del islam. Para expandir aún más este movimiento y para que asumieran responsabilidades en distintas regiones y trabajaran como sus representantes, se volvieron absolutamente necesarios algunos colaboradores suyos. En este sentido, tres personas actuaron como la «mano derecha» de Ibrahim, la paz sea con él. Uno fue su sobrino, Lut, la paz sea con él; el segundo, su hijo mayor, Ismail, la paz sea con él, quien, al saber que Allah deseaba su vida, se preparó con gran alegría y entusiasmo para ser sacrificado; y el tercero fue su hijo menor, Ishaq, la paz sea con él.

Instaló a su sobrino en la región de Sádu​m (Transjordania). Allí vivía la nación más vil y libertina de aquella época. Su tarea consistía, por un lado, en reformar la moral de aquel pueblo y, al mismo tiempo, en llevar el mensaje del islam a las regiones lejanas. Por esta zona transitaban las caravanas comerciales de Irán, Irak y Egipto. Por ello, desde allí le resultaba especialmente conveniente realizar adecuadamente la labor de propagar el islam en ambas direcciones.

Dejó a su hijo menor, Ishaq, la paz sea con él, en la región de Canaán o Palestina. Esta se encuentra entre Siria y Egipto y, además, al ser una región costera, desde allí era fácil hacer llegar la voz del islam a otros países. Desde este lugar, por medio de Yaqub, la paz sea con él, hijo de Ishaq, la paz sea con él, cuyo nombre era Israel, y de su nieto Yusuf, la paz sea con él, el movimiento islámico llegó hasta Egipto.

Instaló a su hijo mayor, Ismail, la paz sea con él, en la ciudad de La Meca, en el Hiyaz, y durante mucho tiempo permaneció allí con él, difundiendo las enseñanzas del islam por todos los rincones de Arabia. Después, allí mismo, padre e hijo establecieron juntos el mundialmente famoso centro del movimiento islámico: la Kaaba. Allah Todopoderoso mismo había designado este centro y determinado el lugar donde se construiría. La Kaaba no es simplemente un lugar de adoración como una mezquita común; desde el primer día fue establecida como centro de propagación del movimiento mundial de la religión del islam. El propósito de construir esta Casa de la Kaaba era que todos los creyentes en el Dios único, procedentes de las regiones más remotas del mundo, se reunieran allí y adoraran unidos al Dios único, y que desde allí regresaran a sus propios países llevando el mensaje revolucionario del islam. Esta reunión de los musulmanes del mundo se llama «Hayy». En el Noble Corán se expone detalladamente cómo se estableció este centro de adoración, con qué pensamientos puros y súplicas padre e hijo construyeron este edificio, y cómo comenzó el «Hayy»:

إِنَّ أَوَّلَ بَيْتٍ وُضِعَ لِلنَّاسِ لَلَّذِي بِبَكَّةَ مُبَارَكًا وَهُدًى لِلْعَالَمِينَ – فِيهِ آَيَاتٌ بَيِّنَاتٌ مَقَامُ إِبْرَاهِيمَ وَمَنْ دَخَلَهُ كَانَ آَمِنًا

«Sin duda, la primera Casa establecida para la humanidad fue la Casa de La Meca. Es sumamente sagrada, bendita y un centro de guía para todo el mundo. En ella se encuentran las señales manifiestas de Allah, incluido el “Maqam de Ibrahim”, y quienquiera que entre en ella estará a salvo». — Sura Al Imrán: 96-97

أَوَلَمْ يَرَوْا أَنَّا جَعَلْنَا حَرَمًا آَمِنًا وَيُتَخَطَّفُ النَّاسُ مِنْ حَوْلِهِمْ

“¿Acaso no han visto cómo hicimos del Santuario un lugar seguro y pacífico para la gente, mientras a su alrededor la gente era saqueada y despojada?”. —Sura Al-Ankabut: 67

Es decir, cuando por toda Arabia se extendían oleadas de intranquilidad, como saqueos, peleas, guerras y conflictos, en este Santuario siempre reinaba la paz. Incluso si un feroz beduino del desierto veía dentro de sus límites al asesino de su padre, aun así, sentado allí, no se atrevía ni siquiera a tocarlo.

وَإِذْ جَعَلْنَا الْبَيْتَ مَثَابَةً لِلنَّاسِ وَأَمْنًا وَاتَّخِذُوا مِنْ مَقَامِ إِبْرَاهِيمَ مُصَلًّى وَعَهِدْنَا إِلَى إِبْرَاهِيمَ وَإِسْمَاعِيلَ أَنْ طَهِّرَا بَيْتِيَ لِلطَّائِفِينَ وَالْعَاكِفِينَ وَالرُّكَّعِ السُّجُودِ – وَإِذْ قَالَ إِبْرَاهِيمُ رَبِّ اجْعَلْ هَذَا بَلَدًا آَمِنًا وَارْزُقْ أَهْلَهُ مِنَ الثَّمَرَاتِ مَنْ آَمَنَ مِنْهُمْ بِاللَّهِ وَالْيَوْمِ الْآَخِرِ

“Y recuerda cuando hicimos de esta Casa un centro para la gente y un refugio seguro, y ordenamos que el lugar de adoración de Ibrahim fuera convertido en un musalla (alfombrilla para la oración), y ordenamos a Ibrahim e Ismail que mantuvieran Mi Casa limpia y purificada para quienes realizan el tawaf, quienes permanecen allí y quienes rezan. Luego, cuando Ibrahim suplicó: ‘¡Señor mío! Convierte esta ciudad en una comunidad pacífica y provee de frutos como sustento a sus habitantes que crean en Allah y en el Último Día’”. —Sura Al-Baqarah: 125-126

وَإِذْ يَرْفَعُ إِبْرَاهِيمُ الْقَوَاعِدَ مِنَ الْبَيْتِ وَإِسْمَاعِيلُ رَبَّنَا تَقَبَّلْ مِنَّا إِنَّكَ أَنْتَ السَّمِيعُ الْعَلِيمُ – رَبَّنَا وَاجْعَلْنَا مُسْلِمَيْنِ لَكَ وَمِنْ ذُرِّيَّتِنَا أُمَّةً مُسْلِمَةً لَكَ وَأَرِنَا مَنَاسِكَنَا وَتُبْ عَلَيْنَا إِنَّكَ أَنْتَ التَّوَّابُ الرَّحِيمُ – رَبَّنَا وَابْعَثْ فِيهِمْ رَسُولًا مِنْهُمْ يَتْلُو عَلَيْهِمْ آَيَاتِكَ وَيُعَلِّمُهُمُ الْكِتَابَ وَالْحِكْمَةَ وَيُزَكِّيهِمْ إِنَّكَ أَنْتَ الْعَزِيزُ الْحَكِيمُ

“Y recuerda cuando Ibrahim e Ismail suplicaban mientras levantaban los cimientos de esta Casa: ‘¡Señor nuestro! Acepta este esfuerzo nuestro; ciertamente, Tú eres Quien todo lo oye y todo lo sabe. ¡Señor nuestro! Haznos a ambos musulmanes, es decir, sometidos a Ti, y suscita de nuestra descendencia una nación que se someta enteramente a Ti. Enséñanos los ritos de nuestra adoración, vuelve hacia nosotros con Tu perdón; ciertamente, Tú eres sumamente Perdonador y Misericordioso. ¡Señor nuestro! Envía a esa nación un Mensajero de entre ellos, que les recite Tus palabras, les enseñe el Libro y la sabiduría, y reforme su carácter. Ciertamente, Tú eres Todopoderoso y Sabio’”. —Sura Al-Baqarah: 127-129

وَإِذْ قَالَ إِبْرَاهِيمُ رَبِّ اجْعَلْ هَذَا الْبَلَدَ آَمِنًا وَاجْنُبْنِي وَبَنِيَّ أَنْ نَعْبُدَ الْأَصْنَامَ – رَبِّ إِنَّهُنَّ أَضْلَلْنَ كَثِيرًا مِنَ النَّاسِ فَمَنْ تَبِعَنِي فَإِنَّهُ مِنِّي وَمَنْ عَصَانِي فَإِنَّكَ غَفُورٌ رَحِيمٌ – رَبَّنَا إِنِّي أَسْكَنْتُ مِنْ ذُرِّيَّتِي بِوَادٍ غَيْرِ ذِي زَرْعٍ عِنْدَ بَيْتِكَ الْمُحَرَّمِ رَبَّنَا لِيُقِيمُوا الصَّلَاةَ فَاجْعَلْ أَفْئِدَةً مِنَ النَّاسِ تَهْوِي إِلَيْهِمْ وَارْزُقْهُمْ مِنَ الثَّمَرَاتِ لَعَلَّهُمْ يَشْكُرُونَ

«Y recuerda cuando Ibrahim suplicó: “¡Oh, Allah! Haz que esta ciudad sea segura y protégeme a mí y a mis hijos del shirk de la idolatría. ¡Oh, Allah! Estos ídolos han extraviado a muchísima gente. Por tanto, quien siga mi camino será de los míos, pero quien se oponga a mi camino, ciertamente Tú eres muy indulgente y misericordioso. ¡Señor nuestro! He establecido a una parte de mis descendientes junto a Tu Casa sagrada, en este valle desolado, con el propósito de que establezcan la oración. ¡Oh, Allah! Infunde en los corazones de la gente un profundo afecto por ellos, y provéeles de sustento, para que quizá sean Tus siervos agradecidos”». —Sura Ibrahim: 35-37

وَإِذْ بَوَّأْنَا لِإِبْرَاهِيمَ مَكَانَ الْبَيْتِ أَنْ لَا تُشْرِكْ بِي شَيْئًا وَطَهِّرْ بَيْتِيَ لِلطَّائِفِينَ وَالْقَائِمِينَ وَالرُّكَّعِ السُّجُودِ – وَأَذِّنْ فِي النَّاسِ بِالْحَجِّ يَأْتُوكَ رِجَالًا وَعَلَى كُلِّ ضَامِرٍ يَأْتِينَ مِنْ كُلِّ فَجٍّ عَمِيقٍ – لِيَشْهَدُوا مَنَافِعَ لَهُمْ وَيَذْكُرُوا اسْمَ اللَّهِ فِي أَيَّامٍ مَعْلُومَاتٍ عَلَى مَا رَزَقَهُمْ مِنْ بَهِيمَةِ الْأَنْعَامِ فَكُلُوا مِنْهَا وَأَطْعِمُوا الْبَائِسَ الْفَقِيرَ

«Y recuerda cuando establecimos para Ibrahim el lugar de esta Casa, diciéndole: “No asocies nada conmigo aquí y mantén Mi Casa limpia para quienes realizan el tawaf y para quienes oran. Y proclama públicamente entre la gente la obligación del Hajj; ellos vendrán a ti a pie o montados en camellos enjutos procedentes de lugares remotos. Así podrán contemplar los beneficios religiosos y mundanales que se les han dispuesto, y en días determinados sacrificarán, en el nombre de Allah, los animales que Él les ha proporcionado; comerán de ellos y darán de comer a los pobres y necesitados”». —Sura Al-Hajj: 26-28

«Esta es la historia de los orígenes del Hajj. Ha sido considerado el quinto pilar del islam. De aquí se sabe que, para el Profeta que fue encargado de dirigir en el mundo el movimiento islámico universal, La Meca era la sede principal. La sagrada Kaaba era su centro principal, desde donde el islam se difundía hacia las regiones lejanas del mundo. Y para que todos aquellos que quisieran adorar al Dios único y obedecerle en su vida práctica, fueran habitantes de cualquier pueblo o país, se reunieran cada año en un centro determinado, se estableció la forma de realizar el Hajj. Con ello se explica claramente que, así como una rueda gira alrededor de su propio eje, la vida de los musulmanes también gira alrededor de su propio centro; el Hajj es la manifestación externa de este profundo misterio.»

La historia del Hajj

En el artículo anterior expliqué cómo y con qué propósito comenzó el Hajj. También se mencionó allí que el profeta Ibrahim había establecido en La Meca el centro del movimiento islámico y había dejado allí a su hijo mayor, el profeta Ismail, para que continuara este movimiento después de él. Solo Allah sabe durante cuánto tiempo los descendientes del profeta Ismail siguieron el camino de la religión del islam. Pero no cabe duda de que, en el transcurso de unos pocos siglos, olvidaron las enseñanzas y el camino mostrado por los grandes hombres del pasado y, como las demás naciones «ignorantes», establecieron toda clase de extravíos y costumbres pecaminosas. En la misma Casa de la Kaaba, alrededor de la cual antaño había comenzado el llamamiento y la difusión de la adoración del Dios único, se instalaron cientos de ídolos. Incluso se fabricaron y colocaron en la Kaaba las estatuas de Ibrahim e Ismail, cuyos enteros años de vida habían transcurrido esforzándose y luchando para poner fin a la idolatría. También adoraban los astros y planetas, como la Luna, Mercurio, Venus y Saturno. Adoraban asimismo a los fantasmas, los genios, los ángeles y las «almas» de sus antepasados muertos. Su ignorancia había alcanzado tal grado que, cuando salían de sus casas, si no encontraban el ídolo de su clan, comenzaban a adorar cualquier piedra de color que vieran durante el camino. Si no encontraban una piedra, fabricaban una figura mezclando agua y tierra y, después de rociarla con leche de cabra, creían que aquella masa inerte se convertía en un dios y la adoraban. El sacerdocio y el culto a los ídolos contra los cuales su «padre», el profeta Ibrahim, había luchado contra todo Irak, habían vuelto a entrar en sus hogares. Convirtieron la Kaaba en un centro de idolatría y ellos mismos se hicieron sus sacerdotes. Transformaron el Hajj en algo semejante a una peregrinación y, desde la Casa de la Kaaba, centro de la predicación del tawhid, comenzaron a difundir la idolatría. Mediante toda clase de artimañas propias de los idólatras, cobraban a la gente llegada de distintas partes de Arabia «ofrendas, donativos y regalos». De este modo, todo el gran trabajo que Ibrahim e Ismail habían comenzado quedó destruido.

Puede apreciarse claramente la extrema decadencia que alcanzó el Hajj durante aquella época de profunda ignorancia a partir de un hecho. En La Meca se celebraba una feria anual, y los poetas o «oradores» de las grandes familias y tribus árabes llenaban el aire con elogios a la fama, el valor, la fuerza, el honor y la generosidad de sus respectivas tribus; competían abiertamente entre sí para exhibir su gloria y orgullo mutuos. Incluso llegaban al punto de difamar a los demás. También competían en cortesía y generosidad. Cada jefe tribal hacía colocar grandes calderos para demostrar su superioridad y sacrificaba camello tras camello con el propósito de humillar a los otros. En el fondo de aquel despilfarro solo había un objetivo: si durante la feria mostraban alguna generosidad, su fama se extendería por toda Arabia a través de los visitantes, y en cada hogar comenzaría a hablarse de cuántos camellos había sacrificado cada jefe tribal y a cuántas personas había alimentado. En aquellas reuniones se celebraban con gran pompa bailes, cantos, consumo de alcohol, adulterio y toda clase de actos desvergonzados. Es dudoso que, durante aquellas festividades, alguien recordara adorar al Dios único. Se realizaba el tawaf alrededor de la Kaaba, pero su forma se había corrompido. Hombres y mujeres daban vueltas juntos desnudos y decían: «Nos presentaremos ante Allah tal como estábamos cuando nuestras madres nos dieron a luz». Es cierto que se practicaba la «adoración» en la mezquita fundada por el profeta Ibrahim, pero ¿de qué manera? Aplaudían muy fuerte, tocaban flautas y soplaban haciendo sonar los cuernos. No es que allí no se mencionara el nombre de Allah, pero ¿cómo lo hacían? Decían:

لَبَّيْكَ اللّٰهُمَّ لَبَّيْكَ لاَ شَرِيْكَ لَكَ إِلاَّ شَرِيْكاً هُوَ لَكَ تَمْلِيْكُهُ وَمَا مَلَكَ

«Aquí estoy, oh Allah, aquí estoy. No tienes ningún asociado, salvo un asociado que te pertenece. Tú eres su Dueño y también Dueño de lo que posee.»

También se ofrecían sacrificios allí en nombre de Allah. Pero la manera de hacerlo era sumamente vil y arrogante. Untaban con la sangre del sacrificio las paredes de la Kaaba y dejaban su carne a la puerta de la Kaaba. Pues, según su creencia, Allah aceptaba de ellos esa sangre y esa carne —¡que Allah nos libre!—. Ya en la época de Hazrat Ibrahim, la sangre derramada había sido declarada ilícita durante los cuatro meses del Hayy, y en ese período se habían prohibido toda clase de guerras y conflictos. La gente de épocas posteriores observó en gran medida esta prohibición; pero cuando deseaban guerrear, consideraban «lícitos» los meses prohibidos de un año y compensaban esa falta al año siguiente.

Además, incluso quienes eran fieles a su propia religión habían establecido, por pura ignorancia, numerosas costumbres extraordinarias. Un grupo emprendía el viaje del Hayy sin llevar provisiones y pasaba los días mendigando por el camino. Según ellos, esto era una obra de gran virtud. Decían: «Hemos puesto nuestra confianza en Allah y vamos a circunvalar la Casa de Allah; ¿qué necesidad hay de llevar provisiones mundanas?». Generalmente se consideraba ilícito comerciar durante el viaje al Hayy o trabajar para ganarse el sustento. Muchos incluso dejaban de comer y beber durante el Hayy, y consideraban también esto un acto de adoración. Algunos, al emprender el Hayy, dejaban incluso de hablar. A esto se le llamaba «Hayy mūsmit» o «Hayy mudo». No hay límite para la cantidad de prácticas erróneas y costumbres perniciosas que se habían extendido de este modo. No deseo perder tiempo escribiendo una descripción detallada de ellas.

Tal estado de profunda oscuridad duró, más o menos, dos mil años. Durante todo ese largo período no apareció ningún profeta en Arabia, ni llegaron a ese país las verdaderas enseñanzas de ningún profeta. Finalmente, se acercó el momento en que se cumpliría la súplica de Hazrat Ibrahim. Cuando estableció la Casa de la Kaaba, suplicó a Allah: «¡Oh Allah! Envía a este país un profeta surgido de este mismo pueblo, que les recite Tu mensaje, les enseñe conocimiento y sabiduría, y reforme su carácter moral». Allah aceptó esta súplica; por ello apareció, entre sus descendientes, un ser humano perfecto, cuyo santo nombre era Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz— ibn Abd Allah.

Así como Hazrat Ibrahim había nacido en la familia de sacerdotes y adoradores de ídolos, este «ser humano perfecto», Hazrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, también nació en una familia que durante siglos había ejercido el sacerdocio de la Casa de la Kaaba. Así como Hazrat Ibrahim había atacado frontalmente el sacerdocio de su propio linaje, el último Profeta, Hazrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, también lanzó un golpe contundente contra el sacerdocio y la erudición ostentados por su propio linaje. Más aún, bajo su golpe fueron completamente desarraigados. Así como Hazrat Ibrahim se esforzó por destruir las doctrinas falsas y toda la falsa divinidad, y por establecer el señorío del Dios único, el último Profeta, Hazrat Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, hizo lo mismo. Él estableció plenamente el Islam, la verdadera y pura religión predicada por Hazrat Ibrahim. Cuando, tras veintiún años de esfuerzo, estas tareas alcanzaron su culminación, anunció, por orden de Allah el Altísimo, que la Casa de la Kaaba sería establecida como centro de los creyentes en el Dios único de todo el mundo, e invitó a la gente de todas las regiones de la tierra a reunirse en la Casa de la Kaaba para realizar el Hayy:

وَلِلَّهِ عَلَى النَّاسِ حِجُّ الْبَيْتِ مَنِ اسْتَطَاعَ إِلَيْهِ سَبِيلًا وَمَنْ كَفَرَ فَإِنَّ اللَّهَ غَنِيٌّ عَنِ الْعَالَمِينَ

«Es derecho de Allah sobre las personas que quienes tengan capacidad para llegar hasta esta Casa de la Kaaba vengan aquí a realizar el Hayy. Y quienes sean incrédulos —es decir, quienes, a pesar de tener capacidad, no vengan a realizar el Hayy—, sepan que Allah no necesita de los mundos». —Sura Al Imran: 97

Así, al restablecerse el Hayy en su nueva forma, se puso fin por completo a todas las supersticiones que habían prevalecido durante dos mil años en la época de la ignorancia. Los ídolos de la Casa de la Kaaba fueron destruidos. Se puso fin por completo al culto de los ídolos que allí se practicaba aparte de Allah. Se prohibieron las ferias y toda clase de espectáculos y celebraciones. Se estableció el método correcto y natural de adorar a Allah. La orden de Allah fue:

وَاذْكُرُوهُ كَمَا هَدَاكُمْ وَإِنْ كُنْتُمْ مِنْ قَبْلِهِ لَمِنَ الضَّالِّينَ

“Recordad a Allah (y adoradlo) conforme al modo que Allah os ha enseñado, aunque antes estabais extraviados (es decir, no conocíais el modo correcto de recordarlo y adorarlo).” — Sura al-Baqara: 198

Toda actividad injusta y vana quedó estrictamente prohibida:

فَلَا رَفَثَ وَلَا فُسُوقَ وَلَا جِدَالَ فِي الْحَجِّ
— (Sura al-Baqara: 197)
“No se permite, durante el Hajj, ninguna forma de adulterio, obscenidad, rebelión contra Allah, actos de impiedad, disputas, altercados, guerras ni enfrentamientos.”
También se puso fin a las competiciones de poesía, a la jactancia y el orgullo por las obras de los antepasados, así como a divulgar los defectos ajenos o insultar:

فَإِذَا قَضَيْتُمْ مَنَاسِكَكُمْ فَاذْكُرُوا اللَّهَ كَذِكْرِكُمْ آَبَاءَكُمْ أَوْ أَشَدَّ ذِكْرًا

“Cuando hayáis terminado los ritos del Hajj, recordad a Allah del mismo modo, o con mayor intensidad, que recordabais a vuestros antepasados.” Sura al-Baqara: 200

Se puso fin a toda jactancia por la generosidad y la caridad que se practicaban únicamente para que la gente las viera o para alcanzar fama, y en su lugar se estableció la práctica de sacrificar animales, tal como se hacía en la época del venerable Ibrahim, la paz sea con él. Gracias a ello, incluso los peregrinos pobres tenían la oportunidad de comer la carne del sacrificio.

كُلُوا وَاشْرَبُوا وَلَا تُسْرِفُوا ۚ إِنَّهُ لَا يُحِبُّ الْمُسْرِفِينَ

«Comed y bebed, pero no derrochéis; ciertamente, Allah no ama a los derrochadores». — Sura Al-A‘raf: 31

فَاذْكُرُوا اسْمَ اللَّهِ عَلَيْهَا صَوَافَّ ۖ فَإِذَا وَجَبَتْ
جُنُوبُهَا فَكُلُوا مِنْهَا وَأَطْعِمُوا الْقَانِعَ وَالْمُعْتَرَّ
«Sacrificad estos animales exclusivamente por Allah y en Su nombre. Cuando, después del sacrificio, hayan exhalado completamente su último aliento, comed vosotros mismos de ellos y dad de comer también al necesitado paciente que pide». — Sura Al-Hajj: 36

Se puso fin a la mala costumbre de untar la sangre de los animales sacrificados en las paredes de la Kaaba y arrojar allí su carne. Se declaró claramente:
لَن يَنَالَ اللَّهَ لُحُومُهَا وَلَا دِمَاؤُهَا وَلَٰكِن يَنَالُهُ
التَّقْوَىٰ مِنكُمْ ۚ
«Ni la sangre ni la carne de estos animales llegan a Allah; lo que llega a Allah es vuestro temor reverencial y vuestra piedad». Sura Al-Hajj: 37

Se prohibió por completo realizar el tawaf desnudo, y se dijo:

قُلْ مَنْ حَرَّمَ زِينَةَ اللَّهِ الَّتِي أَخْرَجَ لِعِبَادِهِ

«¡Oh, Profeta! Diles: “¿Quién ha prohibido los adornos —es decir, las prendas de vestir— que Allah ha escogido para Sus siervos?”» — Sura Al-A‘raf: 32

قُلْ إِنَّ اللَّهَ لَا يَأْمُرُ بِالْفَحْشَاءِ
«¡Oh, Profeta! Di: “Allah nunca ordena la indecencia”». — Sura Al-A‘raf: 28

يَا بَنِي آدَمَ خُذُوا زِينَتَكُمْ عِندَ كُلِّ مَسْجِدٍ
«¡Oh, hijos de Adán! Adoptad vuestros adornos —vestíos— durante todo acto de adoración». Sura Al-A‘raf: 31

Se prohibió con especial rigor alterar los meses determinados para el Hayy y considerar lícito el mes sagrado para librar guerras:
إِنَّمَا النَّسِيءُ زِيَادَةٌ فِي الْكُفْرِ ۖ يُضَلُّ بِهِ الَّذِينَ كَفَرُوا يُحِلُّونَهُ عَامًا وَيُحَرِّمُونَهُ عَامًا لِّيُوَاطِئُواعِدَّةَ مَا حَرَّمَ اللَّهُ فَيُحِلُّوا مَا حَرَّمَ اللَّهُ ۚ
«La alteración de los meses no hace sino aumentar la incredulidad. Por medio de ella, los incrédulos son conducidos aún más al extravío. Un año consideran lícito un mes y al año siguiente declaran sagrado otro en su lugar, para hacer coincidir el número de meses que Allah ha declarado sagrados; pero, al actuar así, convierten en lícito aquello que Allah ha prohibido». Sura at-Tawba: 37

Se prohibió emprender el viaje del Hayy sin llevar provisiones, y se declaró claramente:

وَتَزَوَّدُوا فَإِنَّ خَيْرَ الزَّادِ التَّقْوَىٰ ۚ
«Cuando emprendáis el viaje del Hayy, llevad provisiones sin falta. Porque (no llevar provisiones para el viaje mundano no constituye una provisión para la Otra Vida); la mejor provisión para la Otra Vida es la taqwa». Sura al-Baqara: 197

Se consideraba una grave falta comerciar durante el Hayy o ganarse el sustento por cualquier otro medio, y se creía que abstenerse de todo ello constituía una gran virtud. Allah Ta‘ala refutó esta idea errónea y reveló:

لَيْسَ عَلَيْكُمْ جُنَاحٌ أَن تَبْتَغُوا فَضْلًا مِّن رَّبِّكُمْ ۚ
«No incurrís en falta si, durante el viaje del Hayy, comerciáis y obtenéis alguna ganancia como muestra de la gracia de Allah». Sura al-Baqara: 198

También se impidió a la gente realizar un Hayy «mudo» y un Hayy «con hambre y sed». Además, se eliminaron innumerables supersticiones de la época de la ignorancia y se declaró que la taqwa, el temor de Allah, la pureza y la sencillez eran mandatos completos para la humanidad. Se ordenó a los peregrinos que, al salir de sus hogares, se liberaran de toda relación mundana, abandonaran los deseos y las pasiones del nafs, se abstuvieran de mantener relaciones con sus esposas durante el camino al Hayy y se mantuvieran alejados de conductas viles como los insultos, la difamación y las palabras obscenas. En cada uno de los caminos que conducen a la Kaaba se fijó un lugar determinado. Antes de atravesarlo y avanzar hacia la Kaaba, debían consagrarse con el ihram y vestir ropas sencillas, propias de los pobres. Así, ricos y pobres serían iguales, desaparecerían las diferencias entre pueblos, tribus y demás grupos, y todos, vestidos de la misma manera —con el atuendo de los más pobres—, se presentarían ante el Dios único con humildad y sumisión. Después de ponerse el ihram, no solo estaba prohibido derramar sangre humana, sino incluso cazar animales. Para que no hubiera guerras ni conflictos entre las personas, estos cuatro meses fueron declarados sagrados. Como resultado, todos los caminos hacia la Kaaba serían seguros y los peregrinos no tendrían que temer ningún peligro durante el trayecto. Con este espíritu sagrado entrarían en el Haram Sharif, no con el propósito de divertirse, bailar, cantar, asistir a ferias o contemplar espectáculos. Allí debían dedicarse a recordar a Allah a cada paso: mencionar el nombre de Allah, rezar, adorar, ofrecer sacrificios y circunvalar la Casa de la Kaaba (hacer tawaf). Y allí resonaba una sola voz, que se elevaba por las murallas del Haram Sharif y por cada sendero de las laderas y montañas:

«¡Aquí estoy, oh Allah, respondiendo a Tu llamada! He venido; no tienes ningún socio. He venido únicamente ante Ti. Toda alabanza es solo para Ti. Todas las bendiciones son Tu don; el reino y el señorío te pertenecen por completo. Tú eres Único; no tienes ningún socio».

Sobre un Hayy tan puro, sagrado y realizado con sincera devoción, el Profeta del universo dijo:

“Quien realiza el Hayy sinceramente por Allah y se mantiene alejado de toda lascivia y todo pecado durante este, regresa como un recién nacido (sin pecado).”

A continuación, antes de describir los beneficios y la eficacia del Hayy, es necesario explicar qué clase de obligación es el Hayy. Allah dice en el Sagrado Corán:

وَلِلَّهِ عَلَى النَّاسِ حِجُّ الْبَيْتِ مَنِ اسْتَطَاعَ إِلَيْهِ سَبِيلًا ۚ وَمَن كَفَرَ فَإِنَّ اللَّهَ غَنِيٌّ عَنِ الْعَالَمِينَ“Quien tenga medios para llegar hasta la Casa de Allah tiene, por parte de Allah, el deber obligatorio y específico de realizar el Hayy. A pesar de ello, quien lo rechace es un incrédulo, y Allah no necesita de los habitantes de todos los mundos.” — Sura Al Imrán: 97

En esta aleya, no realizar el Hayy pese a tener los medios para hacerlo ha sido calificado claramente de incredulidad. Entre las palabras del Noble Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, relativas a su explicación, se mencionan dos hadices:

مَنْ مَلَكَ زَادًا وَرَاحِلَةً تُبَلِّغُهُ إِلَى بَيْتِ اللَّهِ وَلَمْ يَحُجَّ فَلَا عَلَيْهِ أَنْ يَمُوتَ يَهُودِيًّا أَوْ نَصْرَانِيًّا

“Si alguien posee provisiones y una montura para llegar hasta la Casa de Allah y, aun así, no realiza el Hayy, su muerte en esas condiciones será considerada equivalente a la muerte de un judío o un cristiano.” [Tirmidhi]

مَنْ لَمْ يَمْنَعْهُ مِنَ الْحَجِّ حَاجَةٌ ظَاهِرَةٌ أَوْ سُلْطَانٌ جَائِرٌ أَوْ مَرَضٌ حَابِسٌ فَمَاتَ وَلَمْ يَحُجَّ فَلْيَمُتْ إِنْ شَاءَ يَهُودِيًّا وَإِنْ شَاءَ نَصْرَانِيًّا

“Aquel que no tiene ninguna dificultad manifiesta, cuyo camino no ha sido bloqueado por ningún rey tirano y a quien ninguna enfermedad ha dejado incapacitado, si, a pesar de todo ello, muere sin haber realizado el Hayy, puede morir siendo judío o cristiano.” [Darimi]

El honorable Umar al-Faruq —que Allah esté complacido con él— explicó y dijo:

«A quienes no realizan el hajj pese a tener los medios, se les debe imponer el impuesto de la yizia, porque no son musulmanes, no son musulmanes».

A partir de la mencionada declaración de Allah Todopoderoso y de esta explicación del Noble Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— y de su califa, cualquiera puede comprender que realizar el hajj no es una obligación menor. No se ha dejado a voluntad de los musulmanes cumplirla o no. En realidad, todo musulmán que tenga los medios económicos para ir y regresar hasta la Kaaba y que tampoco sea físicamente incapaz tiene el deber ineludible de realizar el hajj una vez en la vida. No hay manera alguna de librarse sin cumplirlo. No importa en qué rincón del mundo viva ni cuán grandes sean las responsabilidades que se le hayan confiado respecto de sus hijos, su negocio o su empleo: si, teniendo los medios, un musulmán intenta evitar el hajj y lo retrasa continuamente año tras año con el pretexto de sus innumerables ocupaciones, sin cumplirlo mientras aún tiene tiempo, entonces cabe dudar de que tenga fe. Y aquellos en cuya mente no surge, a lo largo de toda su vida, el pensamiento de cumplir el deber del hajj, que viajan de un lugar a otro y de un país a otro, que al viajar entre Europa y América pasan cerca del Hiyaz —cuando la Casa de la Kaaba se encuentra a apenas unas horas de distancia— y, aun así, ni siquiera conciben realizar el hajj, no son musulmanes en absoluto; no tienen ningún derecho a declararse musulmanes, y aunque lo hagan, su afirmación será falsa. Quienes los consideran musulmanes son ignorantes e iletrados respecto de las disposiciones del Noble Corán. Puede que esas personas sientan preocupación por la nación musulmana, pero eso carece de toda utilidad, pues es un hecho evidente que en sus corazones y sus mentes no existe obediencia a Allah ni fe en Sus disposiciones.

Características del hajj

En el lugar del Noble Corán donde se menciona la orden dada al honorable Ibrahim —que la paz sea con él— de hacer una invitación general al hajj, se señala como su primera razón:

—Que la gente venga y vea qué beneficios se encuentran para ella en la realización de este rito del hajj; es decir, al acudir durante la época del hajj y reunirse en la Noble Kaaba, contemplará con sus propios ojos que este es verdaderamente beneficioso para ella. Pues la gente puede comprender los beneficios que encierra al verlos con sus propios ojos. Según una narración, el honorable imán Abu Hanifa —que Allah tenga misericordia de él— no pudo comprender plenamente, antes de realizar el hajj, cuál de los actos de adoración islámicos era el mejor; pero cuando realizó el hajj y contempló los beneficios que este encerraba, exclamó con voz clara: «¡El hajj es el mejor acto de adoración!».

Aquí se describen brevemente las características y los beneficios del hajj. Por lo general, la gente realiza dos tipos de viajes. Un tipo de viaje se hace para ganarse el sustento, y el otro con el propósito de divertirse y entretenerse durante el tiempo libre. En ambos tipos de viaje son el interés personal y los deseos del individuo los que lo impulsan a emprenderlo. Abandona su hogar por su propio objetivo y se aleja de sus hijos, su familia y sus parientes por algún propósito mundano. Y todo el dinero que gasta en un viaje de esta clase lo gasta para alcanzar su propio objetivo. Por eso, en realidad, en esos viajes la persona no ha tenido que sacrificar ni renunciar a nada. Pero el viaje que se realiza con motivo del hajj es completamente distinto de los viajes mencionados. No se hace por ningún interés personal ni para satisfacer los deseos de la propia naturaleza; en realidad, se hace exclusivamente por Allah Todopoderoso y con la intención de cumplir el propósito que Allah ha establecido. Por ello, mientras no despierte en el corazón de la persona el amor y el afecto por Allah, así como el temor de Allah, y mientras no considere obligatoria la obligación que Allah ha establecido, no podrá decidirse de ningún modo a emprender este viaje. Así pues, quien abandona durante un largo período su hogar y corta sus relaciones con sus parientes, soporta las pérdidas de su negocio, los gastos y las dificultades del viaje, y parte para realizar el hajj, demuestra con el hecho mismo de partir que alberga en su corazón temor y amor por Allah. Considera obligatoria la obligación de Allah y está mentalmente tan preparado que, si alguna vez fuera necesario partir por el camino de Allah, podría abandonar su hogar sin dificultad, soportar las dificultades y sacrificar todos sus bienes y comodidades para obtener la complacencia de Allah.

Cuando se prepara para emprender el viaje del hajj con esta intención sagrada, su carácter y su naturaleza cambian por completo. En su corazón surge verdaderamente de forma espontánea el entusiasmo del amor por Allah. En realidad, se vuelve apasionado por dirigirse hacia ese lugar, y entonces en su mente no puede surgir nada salvo pensamientos virtuosos y puros.

Se arrepiente de todos los pecados cometidos anteriormente, pide perdón a todos por sus errores y faltas, y salda los derechos ajenos que hasta entonces no había cumplido, pues de ningún modo desea presentarse ante Allah cargando con deudas. Su corazón se purifica de toda clase de pecado y pensamiento injusto. Naturalmente, su mente se orienta hacia el bien; y, cuanto más avanza después de emprender el viaje, tanto más las ondas de pensamientos virtuosos y puros juegan en su corazón y en su mente. Procura y se esfuerza por que ninguna de sus acciones hiera de ningún modo los sentimientos de nadie, y por beneficiar cuanto pueda a cada persona. Por naturaleza se abstiene de toda obscenidad y conversación vulgar, de la desvergüenza, el engaño y el fraude, las disputas y los conflictos, y demás actos semejantes. Como es un viajero que se dirige al Haram Sharif de Allah, no puede menos que sentirse avergonzado de avanzar por este camino cometiendo injusticias. Si su viaje mismo es una forma de adoración, ¿qué lugar pueden tener la opresión y los actos pecaminosos en esta adoración? Así pues, se ve que este viaje es completamente distinto de cualquier otro tipo de viaje. Este viaje continúa purificando y santificando el corazón de la persona. En verdad, es un gran curso de reforma; todo musulmán que emprende el hach debe atravesar esta etapa.

Después de completar una parte del viaje, aparece un lugar donde todo musulmán que viaja hacia La Meca está obligado a ponerse el «ihram» al llegar. Nadie puede avanzar sin hacerlo. ¿Qué es este «ihram»? No es más que un lungui sin costuras, una sábana y unas sandalias sin costuras. Esto significa que, seas quien seas hasta ahora, ahora debes presentarte ante Allah vestido como un faquir. No intentes ser un faquir únicamente en el aspecto exterior, sino también en tu corazón. Quítate toda ropa colorida o lujosa y ponte una vestimenta sencilla, digna de un derviche. No uses calcetines; mantén los pies descubiertos; no uses ningún tipo de perfume; no te cortes el cabello y evita toda clase de adornos y ostentación. Abstente de las relaciones sexuales con tu esposa; no hagas nada que provoque excitación sexual; no caces ni ayudes a ningún cazador en su actividad de caza. Cuando adoptes una apariencia así en la vida exterior, dejará también una profunda huella en tu mente, y tu corazón se convertirá verdaderamente en el de un faquir. El orgullo y la vanagloria desaparecerán, y se manifestarán la humildad y el amor por la paz. Se eliminará la mancha que había cubierto tu alma por haberte entregado a los placeres y goces mundanos, y el sentimiento puro de servir a Allah ennoblecerá tanto el interior como el exterior de tu vida.

Al ponerse el «ihram», el peregrino debe recitar repetidamente una súplica especial: después de cada oración, al subir y bajar por cada elevación del camino, al reunirse con la caravana y cada día al despertarse. La súplica es la siguiente:

لَبَّيْكَ اللَّهُمَّ لَبَّيْكَ لَبَّيْكَ لَا شَرِيكَ لَكَ لَبَّيْكَ إِنَّ الْحَمْدَ وَالنِّعْمَةَ لَكَ وَالْمُلْكَ لَا شَرِيكَ لَكَ

En realidad, la recitación de esta súplica se estableció como respuesta al llamamiento universal que el profeta Ibrahim, la paz sea con él, hizo por mandato de Allah hace cuatro mil quinientos años para realizar el hach. Hace cuarenta y cinco siglos, este pregonero de Allah llamó diciendo: «¡Siervos de Allah! Venid hacia la Casa de Allah; acudid desde todos los rincones de la tierra. Venid a pie o montados en algún medio de transporte». En respuesta, hasta el día de hoy todo viajero del Haram Sharif proclama en voz alta: «He venido, oh Allah; aquí estoy. No tienes asociado alguno; he venido únicamente en respuesta a tu llamada. Toda alabanza y todo elogio son dones tuyos; en nada tienes asociado alguno».

Así, por medio de cada sonido del «labbayk», se establece una estrecha relación entre el peregrino y el movimiento islámico que se remonta a las obras del profeta Ibrahim, la paz sea con él, y del profeta Ismail, la paz sea con él. La distancia de cuatro mil quinientos años desaparece y todo se vuelve uno. Parece como si Ibrahim, la paz sea con él, llamara desde este lado por mandato de Allah, mientras que cada peregrino respondiera desde el otro y avanzara hacia delante mientras responde. Cuanto más avanza, tanto más fluyen en su corazón y en su alma, con mayor ímpetu, las fuentes del entusiasmo, la inspiración y el sentimiento espiritual. En cada subida y bajada del camino resuena en sus oídos la llamada de Allah, y él avanza respondiéndola. Llega una caravana tras otra, y cada una, al escuchar este mensaje como un enamorado enloquecido, exclama: «He venido, aquí estoy». Cada nuevo amanecer le trae el mensaje del Amigo, y, apenas abre los ojos ante el resplandor de la aurora, continúa proclamando: «He venido, oh Allah; aquí estoy». En resumen, la repetición de esta proclamación, la humilde vestimenta del ihram, el estado del viaje y el sentimiento de acercarse a la Casa de la Kaaba en cada etapa crean tal ambiente de embriagadora proximidad que el peregrino queda absorto en un amor profundo e insondable por Allah, y en su vida no queda lugar para nada salvo el recuerdo de ese único Amigo.

En este estado, el peregrino llega a La Meca y, nada más llegar, corre directamente hacia su verdadero destino. Besa el santuario del Amigo. Después circunvala el centro de su credo y su fe, de su doctrina, su religión y su camino espiritual, y besa el santuario tantas veces como lo circunvala.¹ Cada tawaf comienza y termina besando la Piedra Negra² de la Casa de la Kaaba. Después debe realizar una oración de dos rak‘at en el lugar de «Maqam Ibrahim». Al salir de allí, asciende al monte Safa y, cuando desde allí dirige la mirada hacia la Casa de la Kaaba, exclama en voz alta:

لَا إِلَهَ إِلَّا اللَّهُ وَلَا نَعْبُدُ إِلَّا إِيَّاهُ مُخْلِصِينَ لَهُ الدِّينَ وَلَوْ كَرِهَ الْكَافِرُونَ

«No hay ninguna divinidad excepto Allah; no adoramos a nadie más. Reconocemos sinceramente que solo debemos obediencia a Allah, por insoportable que esto les resulte a los incrédulos.»

Después hay que correr entre los montes de Safa y Marwa. Con ello, el peregrino demuestra que siempre estará dispuesto a correr de esta manera con el propósito de alcanzar la proximidad y la complacencia de Allah. También durante esta carrera pronuncia con sus labios:

أَللَّهُمَّ اسْتَعْمَلْنِيْ بِسُنَّةِ نَبِيِّكَ وَتَوَفَّنِيْ عَلَى مِلَّتِهِ وَأَعِذْنِيْ من مُّضِلاَّتِ الْفِتَنِ

«¡Oh Allah! Concédeme la capacidad de actuar conforme al ejemplo y las prácticas de Tu Profeta. Haz que mi muerte ocurra siguiendo el camino de Tu Profeta y protégeme de las sediciones que desvían del camino de la verdad.»

1. Hay que besar la Casa Sagrada de la Kaaba besando el Hajar al-Aswad (la Piedra Negra) instalado en ella. Muchos necios presentan la acusación de que este beso es también una forma de idolatría. Sin embargo, no es más que besar el santuario de un amigo. Durante el tawaf alrededor de la Casa Sagrada de la Kaaba, al final de cada vuelta se besa el Hajar al-Aswad o, al menos, se hace una señal hacia él. Esto no guarda la menor relación con adorar esta piedra negra. A este respecto existe una declaración muy difundida de Hazrat Umar al-Faruq (que Allah esté complacido con él), quien, dirigiéndose a la piedra, dijo: «Sé que no eres más que una piedra. Si el Honorable Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no te hubiera besado, jamás te habría besado yo».<br>2. La costumbre de besar el santuario de la Casa de la Kaaba, centro vital de los musulmanes, fue establecida tanto por Hazrat Ibrahim (la paz sea con él) como por el último Profeta, Hazrat Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él); por eso se eligió precisamente esta piedra para hacer la súplica. Aparte de esto, la Piedra Negra no posee ninguna otra particularidad por la que deba ser besada. —Traductor

A veces se recita esta súplica:

اغْفِرْ وَأَرْحَمْ وَتَجَا وَزَعَمَّا تَعْلَمُ إِنَّكَ أَنْتَ الْأَعَزُّ الْأَكْمُ رَب«¡Oh Señor! Perdona y ten misericordia; perdona mis faltas de las que Tú tienes conocimiento. Tu poder es el más grande y Tu misericordia es incomparable.»

Después, el peregrino debe convertirse en un soldado de Allah. Por eso tiene que pasar entre cinco y seis días llevando una vida de campamento. Debe pasar un día en el campamento de Mina, al día siguiente permanecer en Arafat y escuchar las instrucciones del comandante en su jutba. Por la noche debe ir a Muzdalifa y establecer allí el campamento. Al terminar el día debe regresar de nuevo a Mina y allí lanzar piedras para realizar la «lapidación de los objetivos». Los soldados y las tropas del rey Abraha habían llegado hasta allí con el propósito de destruir la Casa de la Kaaba. Al lanzar cada piedra, el soldado de Allah exclama:

اَللهُ أَكْبَرْ رَغَماً لِلشَّيْطَانِ وَحِزْبِهِ

«Allah es grande. ¡Que los rostros de Satanás y de sus seguidores queden cubiertos de polvo!» Y—أَللَّهُمَّ تَصْدِيْقاً بِكِتَابِكَ وَإِتِّبَاعاً لِسُنَّةِ نَبِيِّكَ «¡Oh Allah! Concédeme la capacidad de afirmar la verdad de Tu Libro y de seguir las órdenes de Tu Profeta!»

Apedrear los blancos con piedras significa expresar: «¡Oh Allah! Contra cualquiera que intente destruir Tu religión, el islam, o silenciar Tu voz, lucharé de esta manera para elevar y establecer Tu palabra». Después se realiza allí mismo el sacrificio. Con ello se presenta una prueba práctica y activa del deseo y la voluntad de entregar la vida por la causa de Allah. Luego se emprende desde allí el viaje hacia la Kaaba, como si los muyahidines del islam, tras cumplir con su deber, regresaran victoriosos hacia el «cuartel general». Después de realizar el tawaf y rezar dos rak‘at, se quita el ihram. Los actos que se habían vuelto ilícitos debido a la adopción del ihram vuelven ahora a ser lícitos, y la vida del peregrino continúa su curso normal. Una vez iniciada esta vida, debe volver a Mina y montar allí su campamento; al día siguiente tiene que volver a apedrear con guijarros aquellos tres pilares de piedra. En la terminología islámica, esto se denomina «jamarat». Es simplemente el símbolo de la retirada y derrota del ejército de Abraha, el rey, que había atacado La Meca. En el mismo año del nacimiento del Noble Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda la paz, Abraha llegó durante la temporada del Hajj con la intención de destruir la Casa de Allah. Allah los aniquiló haciendo que unas aves celestiales les arrojaran guijarros. Tras arrojar nuevamente piedras contra aquellos pilares el tercer día, el peregrino regresa a La Meca y realiza siete veces el tawaf alrededor de la Casa de la Kaaba, el centro de su religión. Este tawaf se denomina tawaf de despedida. Una vez completado, concluyen los ritos del Hajj.

Desde la intención de realizar el Hajj y los preparativos y provisiones para ello hasta el regreso a su propia casa, es muy fácil deducir, a partir de la detallada explicación anterior, cuán grandes y profundos sentimientos de devoción a Allah se acumulan en la mente y el corazón del peregrino durante aproximadamente tres meses. Desde el comienzo debe sacrificar su tiempo, sacrificar su dinero, renunciar al bienestar y la tranquilidad, y romper innumerables relaciones y vínculos mundanos. El peregrino debe sacrificar muchos deseos, anhelos y placeres de su propio corazón. Y todo esto debe hacerlo únicamente por Allah; ningún interés personal puede tener cabida en ello. Además, durante este viaje, a medida que aumentan, junto con la piedad y el temor de Allah, el recuerdo de Allah y el anhelo y deseo del corazón por Allah, todo ello ejerce una influencia duradera sobre el corazón humano, una influencia que permanece durante mucho tiempo. Al poner los pies en el Haram Sharif, el peregrino ve a cada paso claros vestigios de las obras pasadas de aquellos grandes hombres que adoraron y obedecieron a Allah y sacrificaron todo cuanto poseían para establecer la religión de Allah, que lucharon contra el mundo entero, soportaron con paciencia toda clase de sufrimientos y humillaciones, padecieron el exilio y toleraron innumerables injusticias, pero no sintieron el menor cansancio hasta establecer la religión de Allah. Esas fuerzas de la falsedad que obligaban a la gente a servir a alguien distinto de Allah, el Único, fueron todas aplastadas por ellos, y así izaron en alto la bandera de la religión del islam.

Al contemplar estas señales manifiestas y estos vestigios colmados de bendiciones, el creyente en Allah puede recibir una enseñanza conmovedora de intenso deseo, valor y lucha por la causa de Allah que no puede recibir de ninguna otra cosa. Al realizar el tawaf alrededor de la Kaaba, el peregrino establece una estrecha relación con el centro de la religión del islam. Mediante los demás ritos relacionados con el Hajj, la vida del peregrino se forma mediante un entrenamiento militar. Al considerar todo esto junto con la oración, el ayuno y el zakat, quedará claro que el islam entrena al ser humano, por medio de todas estas cosas, para un gran propósito. Por eso se ha establecido el Hajj como obligación para todo musulmán que tenga capacidad para viajar hasta La Meca. El objetivo es que cada año un número cada vez mayor de musulmanes acuda a este centro vital del islam, reciba entrenamiento y regrese a su respectivo campo de trabajo.

Además, si no se considera otro aspecto, no se podrá comprender plenamente el beneficio y la importancia del Hajj. Ningún musulmán realiza jamás el Hajj completamente solo. Se ha fijado una fecha para que todos los musulmanes del mundo realicen el Hajj. Miles y cientos de miles de musulmanes se reúnen y realizan el Hajj al mismo tiempo. Con lo dicho anteriormente solo puede comprenderse hasta qué punto puede influir en un musulmán la realización individual del Hajj. Por el siguiente artículo podrá saber detalladamente cómo, al fijar una época del Hajj para los musulmanes del mundo, se ha multiplicado su beneficio cientos de miles de veces: no se trata de obtener dos resultados de una sola acción, sino de brindar la oportunidad de obtener varios miles de resultados; esta es una hazaña incomparable exclusiva del islam. El beneficio de rezar individualmente tampoco es pequeño. Pero, al establecer como condición que se participe en la oración en congregación y se rece detrás del imán, y al disponer que las oraciones del viernes y de los dos Eid se realicen en congregación, su beneficio se ha multiplicado incontables veces. El ayuno practicado individualmente tampoco contribuía poco a formar la mente y el carácter de quienes ayunan. Pero, al determinar un mes para el ayuno de todos los musulmanes, su beneficio se ha incrementado hasta tal punto que no puede terminarse de contar. El beneficio de que cada persona pague individualmente el zakat tampoco es pequeño; pero, al establecer el sistema de pagar el zakat por medio del Bayt al-Mal, su beneficio se ha incrementado tanto que no puede comprenderse correctamente hasta que se establezca un Estado islámico. Pues bajo un Estado islámico se reúne el zakat de todos los musulmanes en el Bayt al-Mal y se distribuye ordenadamente entre sus destinatarios. Como resultado, los necesitados de la sociedad reciben un beneficio extraordinario. Lo mismo ocurre con el Hajj. Incluso si se realizara individualmente, podría iniciar una gran revolución en la vida de miles de personas. Pero se ha establecido la práctica de que los musulmanes del mundo se reúnan para realizar el Hajj, brindando así la oportunidad de alcanzar beneficios ilimitados.

La conferencia mundial del Hajj

Los musulmanes para quienes el hach se vuelve obligatorio, es decir, quienes pueden viajar hasta la Kaaba Sharif, no son solamente uno o dos. En cada región su número no es en absoluto reducido. Puede decirse que hay varios miles en cada ciudad y hasta varios cientos de miles en cada país. Cada año, la mayoría de ellos sale de sus hogares con la intención de realizar el hach. Es verdaderamente digno de observar cómo, en los lugares del mundo donde viven musulmanes, al acercarse la temporada del hach despierta una nueva conciencia de la vida islámica. Desde aproximadamente Ramadán hasta el mes de Dhu al-Qidah, cientos de personas parten desde distintos lugares tras prepararse para emprender el viaje del hach. Por otro lado, desde los últimos días de Muharram hasta Safar, Rabi al-Awwal y Rabi al-Thani continúa el regreso de los peregrinos. Durante estos seis meses, todas las comunidades musulmanas permanecen animadas por una especie de espíritu religioso. Quienes parten para el hach y regresan después de realizarlo están, naturalmente, inmersos en ese espíritu religioso; pero incluso quienes no parten para el hach obtienen en cierta medida la alegría de emprenderlo: despiden a los peregrinos, los ven partir de una estación tras otra, los reciben a su regreso y escuchan de ellos los detalles del hach.

Cuando un peregrino se propone emprender el hach, despiertan en él el temor de Dios, la piedad, el arrepentimiento y la búsqueda de perdón, así como el espíritu de un carácter elevado y puro. Se despide de sus queridos parientes y amigos, de sus compañeros de trabajo y de todas las personas relacionadas con él. Comienza a poner en orden definitivo todos sus asuntos y negocios. Da la impresión de que ya no es la misma persona de antes: su corazón se ha purificado y su inclinación interior hacia Dios se ha fortalecido. Así puede imaginarse qué profunda influencia ejerce en quienes lo rodean la transformación de cada peregrino. Si cada año, desde los distintos centros del mundo, un promedio de cien mil personas completara el hach, la influencia de sus movimientos y actividades no podría dejar de afectar el carácter de varios cientos de miles más. Luego, al ver las caravanas de peregrinos atravesar los lugares, encontrarse con ellos y escuchar sus voces entonando la talbiyah, ¡cuántos corazones de aquellas regiones se llenan de un sentimiento maravilloso! ¡Cuántas personas vuelven su mirada hacia la Casa de Dios! ¡Y cuántas almas adormecidas despiertan con el entusiasmo de realizar el hach! Cuando estas personas regresan después a sus propios países, hacia las distintas partes del mundo, difundiendo el espíritu vivificante del hach, y grupos de personas acuden a encontrarlas y escuchan de ellas relatos sobre la Casa de Dios, el espíritu islámico despierta en los corazones de innumerables personas y en innumerables círculos.

Por eso quiero decir que, así como el mes de Ramadán es para todos los musulmanes del mundo la temporada de la piedad y la devoción, los meses del hach son también la temporada del renacimiento islámico mundial. El Sapientísimo y Grandioso Dios estableció este sistema para que el movimiento islámico mundial no se debilitara. Estableció la Kaaba Sagrada como el centro del mundo, de tal manera que ocupa una posición semejante a la del corazón en el cuerpo humano. Por muy enfermo que esté el cuerpo, mientras no se detenga el latido del corazón y no cese por completo la circulación de la sangre, el ser humano no muere; del mismo modo, mientras exista este sistema de la reunión del hach, continuará también el movimiento islámico.

Con solo cerrar un momento los ojos y reflexionar, se hará evidente ante ustedes que, aunque las innumerables personas que llegan desde regiones muy lejanas de la Tierra difieren en sus rasgos, color de piel, idioma y vestimenta, tan pronto como se acercan al centro llegan todas a un lugar determinado, se quitan sus propias ropas y se ponen un mismo tipo de uniforme sencillo. Después de vestir este uniforme del ihram, queda claro que las millones de tropas que llegan desde los miles de pueblos del mundo son el ejército del único Dios, Allah Taala, Rey del mundo y Soberano de los cielos y la Tierra. Se han alistado procedentes de miles de pueblos y comunidades del mundo. Todos pertenecen al ejército del mismo rey. Todos llevan la marca de la obediencia y la servidumbre al mismo soberano; unidos por el vínculo de la obediencia al mismo rey, están estrechamente ligados entre sí y se apresuran hacia la misma capital para comparecer ante el Gran Soberano. Cuando estos soldados, vestidos con el mismo uniforme, atraviesan el miqat y avanzan, la misma llamada resuena desde todas las gargantas y llena de voces los cielos y la tierra:لبيك اللهم لبيك لبيك لا شريك لك لبيك إن الحمد والنعمة لك والملك،

Las voces de pronunciación son distintas, pero el llamado es el mismo en todas ellas. Cuanto más se acercan al centro, más se reducen las diferencias. Las caravanas de distintos países se encuentran y todos, reunidos, realizan la oración de la misma manera: todos llevan la misma vestimenta, todos tienen el mismo imán, todos oran con los mismos movimientos y en el mismo idioma; todos se levantan y se sientan, se inclinan y se postran al son de un mismo «Allahu Akbar», y todos recitan y escuchan el Corán en la misma lengua árabe. Así, las diferencias artificiales de idioma, pueblo, país, linaje y tribu de los millones de personas reunidas quedan destruidas y se funden en una sola. De la unión de toda la humanidad se forma una enorme comunidad de «creyentes en Allah». Después, esta gran comunidad internacional continúa avanzando mientras entona el mismo llamado: «Labbayka, labbayka». Cuando este llamado se eleva en cada subida y bajada del camino, cuando resuena durante las oraciones y al amanecer, y cuando vuelve a oírse al encontrarse las caravanas, se crea por todas partes un ambiente extraordinario. En ese ambiente, la persona se olvida de sí misma y queda embriagada por un estado espiritual inconcebible; atraída por la llamada «Labbayka», se precipita hacia un mundo espiritual. Después, al llegar a la Kaaba, las multitudes llegadas desde los distintos centros del mundo, vestidas de la misma manera, circunvalan el punto central establecido; todos corren al mismo tiempo entre los montes Safa y Marwa; todos llegan a Mina, viven allí en tiendas y escuchan el sermón pronunciado por la voz de un mismo imán; luego pasan la noche bajo las tiendas en Muzdalifa; todos regresan nuevamente hacia Mina; juntos lapidan los pilares en Aqaba; después todos realizan el sacrificio y se reúnen en el mismo centro para orar. El ambiente sagrado y la actitud espiritual que se crean mediante todas estas prácticas no tienen comparación en ninguna otra religión ni sistema de vida del mundo.

Después, que innumerables personas procedentes de las diversas naciones del mundo se reúnan en un mismo centro; que se congreguen con tanta devoción, concentración y espíritu de unidad; que realicen todas sus actividades con objetivos y sentimientos tan puros y con obras tan rectas: todo ello es, en realidad, una gran bendición para los hijos de Adán. Ninguna religión fuera del islam ha podido otorgar esta bendición. Que las diversas naciones del mundo se reúnan unas con otras no es nada nuevo; así ha ocurrido desde siempre. Pero sus reuniones tienen lugar en los campos de batalla para degollarse mutuamente, o en conferencias de paz para repartirse entre ellas los países vencidos, o en asambleas internacionales para tender redes de engaño, conspiración, opresión y deslealtad contra las distintas naciones; o con la intención de perjudicar a otros y alcanzar sus propios intereses. ¿Ha podido alguna religión del mundo, fuera del islam, otorgar a la humanidad una bendición tan grande como la reunión de los pueblos de todas las naciones con corazones puros, buen carácter y sentimientos nobles, unidos por el amor, la devoción y la unidad mental y espiritual; congregados con plena concentración en sus pensamientos, obras y objetivos, y que, además, no se reúnan una sola vez para luego darse por satisfechos, sino que se congreguen cada año en el mismo centro para siempre? ¿Ha podido alguien presentar un sistema mejor que este para establecer la paz mundial, poner fin a los conflictos y disputas entre las naciones y crear, en lugar de luchas y enfrentamientos, un ambiente de amor, amistad y fraternidad? El islam no se limitó a hacer solamente esto; también estableció muchas otras disposiciones beneficiosas.

Se han establecido cuatro meses del año para realizar el hajj y la umrah. El islam ha ordenado mantener intacta la paz durante todo el trayecto a la Kaaba a lo largo de esos cuatro meses. Este es un sistema permanente para establecer y preservar la paz mundial. Si la autoridad política del mundo estuviera en manos del islam, gracias al hajj y la umrah, al menos una tercera parte de cada año podría quedar protegida para siempre de la guerra y del derramamiento de sangre.

El islam ha otorgado a la humanidad un santuario. Este santuario será un centro de paz hasta el Día de la Resurrección. Aquí no solo está prohibido matar a una persona, sino que tampoco se puede cazar ningún animal. Incluso está prohibido cortar la hierba de este lugar. No se puede quebrar ni una de sus espinas, y está prohibido siquiera tocar cualquier objeto que alguien haya dejado allí. El islam ha establecido una ciudad sobre la faz de la Tierra. Nadie tiene permitido entrar en esta ciudad llevando un arma. Acumular aquí cereales u otros artículos necesarios y provocar así un aumento de los precios es una clara rebelión contra Allah. Allah, el Altísimo, ha advertido de este modo a quienes cometen injusticia contra otros: «Nudhīquhum min ʿadhābin alīm», es decir: «Les infligiremos un castigo doloroso».

El islam ha establecido un centro para todo el mundo. A propósito de la identidad de este centro, se ha dicho:سَوَاءً الْعَاكِفُ فِيهِ وَالْبَادِ ۚ«Quienes reconozcan el señorío y la soberanía de Allah, así como la profecía y el liderazgo de Hazrat Muhammad Mustafa, y entren en la hermandad islámica, tendrán todos los mismos derechos en este centro del islam». Ya sea residente de América o de África, de China, de Bangladesh o de Pakistán, si es musulmán, tendrá en La Meca un derecho semejante al de los habitantes originarios de La Meca. Toda el área del santuario es como una mezquita. El musulmán que va a la mezquita y ocupa un lugar para sí hace suyo ese lugar; nadie puede expulsarlo de allí ni exigirle un alquiler. Pero, aunque permanezca sentado en ese lugar durante toda su vida, no puede reclamarlo como propiedad ni venderlo. Tampoco puede exigir un alquiler por él. Así, cuando esa persona se marche del lugar, otra podrá venir y ocuparlo, tal como pudo hacerlo la persona anterior. La situación del santuario es exactamente igual.

El noble Profeta dijo: «El lugar de la ciudad de La Meca en el que una persona se establezca primero será suyo». No está permitido cobrar alquiler por las casas de aquí. Hazrat Umar Faruq prohibió a los habitantes cerrar las puertas de los patios situados frente a sus casas, para que la gente pudiera acudir y alojarse en ellos. Algunos juristas llegaron incluso a afirmar que nadie es propietario de las casas de la ciudad de La Meca, y que estas tampoco pueden repartirse conforme a las normas de la herencia. ¿Puede la gente del mundo encontrar en algún otro lugar, aparte del islam, semejantes facilidades y la preciosa bendición de la libertad?

Precisamente acerca de un hajj así se había dicho: «Hacedlo y comprobad cuán grande es el bien que encierra para vosotros». No tengo capacidad para enumerar uno por uno todos sus beneficios. Sin embargo, a partir de la breve descripción que he presentado hasta ahora, podrá obtenerse una idea clara al respecto.

Pero, después de escuchar todo esto, escuchen también un poco del dolor de mi propio corazón. El musulmán de nacimiento es como un niño nacido en el interior de una mina de diamantes. Cuando este niño, desde el mismo momento de su nacimiento, ve diamantes por todas partes y juega con fragmentos de diamante, hasta un tesoro tan valioso como el diamante llega a parecerle, a sus ojos, tan insignificante como una piedra común. La situación de los musulmanes de linaje es exactamente así. Las valiosas bendiciones de las que el mundo entero está privado y cuya ausencia lo ha sumido en diversas aflicciones y calamidades, y que toda la humanidad busca ansiosamente, los musulmanes actuales las han obtenido gratuitamente; no han tenido que hacer ni el menor esfuerzo para buscarlas, investigarlas o encontrarlas. Las han recibido sin hacer nada de esto únicamente porque, por fortuna, nacieron en familias musulmanas. Las palabras de la unicidad divina, capaces de ofrecer una solución adecuada a todos los complejos problemas de la vida humana, llegaron a sus oídos desde la infancia. Para convertir a las personas en verdaderos seres humanos y transformar a la gente en hermanos y amigos compasivos entre sí, la oración y el ayuno son más valiosos que la piedra filosofal. Ellos los recibieron al nacer como herencia de sus padres y antepasados. El zakat es un sistema incomparable de la sociedad islámica; mediante él no solo se elimina la impureza del corazón, sino que también se ordena la economía del mundo, de cuya privación los seres humanos se están chupando mutuamente la sangre del pecho. Los musulmanes lo están presenciando. Sin embargo, lo han obtenido sin coste y sin esfuerzo. Es exactamente como el hijo de un gran médico, que recibe gratuitamente en casa la lista de las grandes enfermedades, mientras que los demás se dedican a buscarla con enorme afán. El hajj también es un sistema grandioso; no tiene igual en todo el mundo. Para llevar la voz del movimiento islámico hasta cada rincón de la tierra y mantener vivo el movimiento para siempre, no puede haber un medio más poderoso. En realidad, para atraer a toda la humanidad desde cada rincón de la tierra en nombre del Dios único, reunirla en un centro determinado y unir a innumerables linajes, tribus y pueblos en una hermandad que crea en un solo Dios, tenga buenos propósitos y esté llena de cordialidad, hasta hoy no se ha podido descubrir un método superior a este. Este sistema, vivo y practicado desde tiempos inmemoriales, también lo han recibido los musulmanes como un bien propio, sin esfuerzo ni trabajo. Pero es muy lamentable que los musulmanes no hayan comprendido el valor de este tesoro obtenido sin esfuerzo; por el contrario, juegan con él del mismo modo que el niño nacido en una mina de diamantes juega con los fragmentos de diamante. Y lo consideran tan insignificante como una piedra común. Debido a su propia necedad e ignorancia, los musulmanes juegan de manera tan degradante con esta enorme fuente de tesoro y poder. Lo desperdician; lo arruinan; al ver esto, mi corazón arde. Verdaderamente es difícil soportar ver cómo valiosos diamantes son destruidos en manos de quien tritura piedras. En verdad, un poeta dijo:

«Aunque el asno de Jesús vaya a la tierra de La Meca, allí seguirá siendo un asno, sábelo bien.»

Es decir, aunque sea el asno de un gran profeta como Jesús, la visita de la sagrada La Meca no puede beneficiarlo en nada. Aunque permanezca allí, seguirá siendo exactamente el mismo asno que era.

Ya se trate de la oración y el ayuno, o del hajj, el propósito de todos ellos es formar a las personas. Pero quienes no quieren comprender su significado y propósito, ni siquiera piensan un poco en obtener sus beneficios y bondades, y quienes no tienen la menor idea de que estos actos de adoración puedan tener algún objetivo o propósito, si se limitan a imitarlos siguiendo el ejemplo de sus predecesores, no puede esperarse que de ello se obtengan esos buenos resultados. Sin embargo, lo lamentable es que, por lo general, los musulmanes de hoy practican esos actos de adoración precisamente de ese modo. Mantienen correctamente la forma externa de todos los actos de adoración, pero, al no prestar atención a su meta y propósito, no se genera en ellos ninguna fuerza vital. Cada año, miles de personas se dirigen al centro del islam y regresan después de haber tenido la fortuna de realizar el hajj; sin embargo, no se observa en el carácter y la conducta de los peregrinos del Santuario Sagrado el cambio que debería esperarse, ni se percibe reacción alguna en su estado mental y moral después de regresar del hajj. Del mismo modo, tampoco se manifiesta ninguna influencia de buen carácter sobre los habitantes musulmanes y no musulmanes de las zonas que atraviesan durante su viaje al hajj. Al contrario, la mala conducta, el mal genio, los modales indecorosos y las debilidades morales de muchos terminan dañando el honor del islam. Precisamente por estas razones, muchos de nuestros jóvenes musulmanes preguntan también: «Explíquennos el beneficio del hajj». Sin embargo, el hajj era algo tal que, si se realizara correctamente, incluso los incrédulos verían públicamente sus beneficios y aceptarían el islam. Si millones de miembros de un movimiento se reunieran cada año en un mismo lugar desde todas las regiones del mundo y luego regresaran a sus respectivos países, avanzando a través de distintos países y ciudades mientras manifestaran su vida pura, sus pensamientos puros y su moralidad pura; si, en todos los lugares donde se detuvieran o por los que pasaran, no solo expresaran verbalmente todos los principios fundamentales de su movimiento, sino que también los pusieran en práctica mediante su conducta y sus actividades; y si esto continuara no solo durante diez o veinte años, sino año tras año, durante siglos y siglos, díganme: ¿podría algo así surgir de una realidad inerte? En verdad, si el hajj fuera así, no habría necesidad de plantear ninguna pregunta sobre sus beneficios. Entonces hasta el ciego podría ver sus beneficios, y hasta el sordo podría oír sus bondades. El hajj de cada año convertiría a millones y millones de musulmanes en siervos piadosos, obligaría a miles de no musulmanes a buscar refugio bajo la sombra del islam y arraigaría en los corazones de millones de no musulmanes la idea de la superioridad del islam. Pero, ¡ay!, debido a nuestra ignorancia, ¡qué tesoro tan valioso se está desperdiciando!

Para obtener plenamente esta enorme eficacia y estos beneficios intrínsecos del Hayy, debería existir en el centro del islam una autoridad dotada de un gran poder, capaz de utilizar adecuadamente esta grandiosa fuerza mundial. Allí debería haber un corazón que pudiera hacer circular cada año sangre nueva por todo el cuerpo del mundo. También debería haber un cerebro que, por medio de estos miles de mensajeros de Allah, se esforzara por llevar el revolucionario mensaje del islam a todos los centros del mundo. Y, si no hubiera nada más, al menos debería existir en esta tierra central una manifestación real de una vida plenamente islámica; aun así, los musulmanes del mundo podrían regresar cada año a sus hogares llevando consigo enseñanzas de una vida auténticamente islámica y de piedad religiosa. Pero es profundamente lamentable que aquí no exista nada semejante. Durante largos siglos se ha acumulado en Arabia la oscuridad de la ignorancia; desde la época abasí hasta la otomana, todos los gobernantes incapaces e incompetentes, en lugar de brindar a los habitantes del centro del islam la oportunidad de progresar, los han empujado durante varios siglos únicamente hacia la decadencia. Como resultado, Arabia ha llegado al límite extremo de la decadencia en todos los aspectos: conocimiento y ciencia, carácter moral, civilización y cultura. Por eso, la tierra de la que antaño emanó la corriente de luz del islam que inundó el mundo entero y se extendió por toda la tierra se ha convertido hoy en una cueva oscura, como en la época de la ignorancia anterior al islam. Allí ya no hay conocimiento del islam ni una forma de vida islámica. Cada año, personas llegan desde lugares lejanos al sagrado «Haram», llenas de esperanza y devoción; pero cuando llegan a esta región y ven a su alrededor únicamente ignorancia, suciedad, avidez y codicia, desvergüenza, adoración de sí mismos, falta de carácter, desenfreno y el cruel estado de decadencia del pueblo, la red de sueños de sus esperanzas y aspiraciones se desgarra. Hoy muchos realizan el Hayy y regresan con su fe aún más debilitada, en vez de fortalecida. El sacerdotalismo y la idolatría que se extendieron en Arabia durante la época de la ignorancia, después de Hadrat Ibrahim y Hadrat Ismail, y que el último Profeta, Hadrat Rasul-e-Karim, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, había erradicado, han sido reintroducidos hoy con gran fuerza. El administrador del «Haram de la Kaaba» ha vuelto a sentarse como servidor, tal como antes. La Casa de Allah se ha convertido en propiedad de ellos. Quienes sienten devoción por esta Casa son precisamente sus víctimas. En distintos países se han nombrado grandes agentes asalariados, que atraen a los devotos desde todas partes. Les leen versículos del Corán y las instrucciones de los hadices, y los animan a emprender el viaje del Hayy, no para recordarles que Allah les ha prescrito el Hayy, sino porque con ello obtendrán considerables ingresos. Al observar todo esto, parece claro que Allah y Su Mensajero establecieron esta enorme organización únicamente para mantener a estos sacerdotes «pandá» y a estos intermediarios. Después, cuando las personas, obligadas a emprender el viaje del Hayy, salen de sus hogares, desde el comienzo del viaje hasta su regreso a casa después de realizar el Hayy, en cada lugar aparecen ante ellas, como sanguijuelas, los jornaleros religiosos y los comerciantes de la religión. El muallim, el instructor del tawaf, el portador de las llaves de la Kaaba y el propio gobierno del Hiyaz: todos participan por igual en este comercio religioso. Todos los ritos del Hayy deben cumplirse pagando dinero. Incluso la puerta de la sagrada Casa de la Kaaba no puede abrirse a ningún musulmán sin pagar. (¡Buscamos refugio en Allah de ello!). Estos supuestos servidores del islam y los servidores del santuario central han adoptado finalmente el oficio de los eruditos y sacerdotes de Benarés y Haridwar, aunque precisamente este islam había extirpado en otro tiempo el sacerdotalismo. Allí donde hacer que otros realicen la adoración se ha convertido en un negocio particular y el lugar de adoración en un medio de obtener ganancias, los versículos de Allah se utilizan únicamente con el propósito de que la gente, al escucharlos, se vea obligada a realizar el Hayy y ellos puedan aprovechar la ocasión para meter la mano en sus bolsillos y llevarse su dinero. Allí donde hay que pagar por cumplir los actos de adoración y el deber religioso se convierte en una mercancía comercial, ¿cómo puede sobrevivir la fuerza vital del islam en la adoración de un lugar así? ¿Cómo podrían los peregrinos obtener los verdaderos beneficios morales y espirituales de esta adoración, cuando todas sus prácticas se han convertido en mercancías de compraventa? Semejante esperanza no puede sostenerse en absoluto.

No es mi intención culpar a nadie mediante esta exposición; solo quiero decir qué cosas han vuelto casi inactiva y carente de sentido una fuerza tan enorme como el Hayy.

Que nadie llegue a pensar que existe algún defecto en el islam ni en las normas instituidas por el islam. Pues en ellos no hay absolutamente ningún defecto; los defectos se encuentran en quienes no siguen correctamente el islam en su totalidad. Por tanto, los musulmanes actuales son los responsables de esta situación. Así, el sistema que podría haberlos guiado hacia el ideal perfecto de la humanidad y mediante cuyo seguimiento podrían haberse convertido en líderes ya no produce hoy ningún buen resultado. Más aún, la situación ha empeorado tanto que la gente ha comenzado a dudar incluso de si este sistema es realmente beneficioso para la humanidad. Si un médico muy competente muere dejando una lista de varios medicamentos infalibles, esta se vuelve completamente «inútil» en manos de sus herederos ineptos y necios. Como consecuencia, la lista pierde todo valor y el propio médico queda desacreditado, por muy buena, correcta e infalible que sea la lista original. Por consiguiente, para hacer efectiva esta lista perfecta es indispensable dominar la ciencia médica. Si personas incompetentes e ignorantes preparan los medicamentos conforme a esa lista, no solo no se obtendrá ningún beneficio, sino que existe un gran riesgo de que causen daño. Entonces, las personas ignorantes, incapaces de comprobar por sí mismas la exactitud de la lista, terminan comenzando a pensar que, en realidad, la lista misma es errónea. Exactamente así se encuentra también el islam ante la decadencia total de los musulmanes actuales.

La realidad del yihad

El propósito del yihad

Ya se ha hablado detalladamente sobre el namaz, el ayuno, el hach y el zakat. En el curso de esa exposición he dicho repetidamente que estos actos de adoración no son, como los de otras religiones, meras ceremonias de culto, veneración y peregrinación; por tanto, Allah Ta‘ala no puede complacerse con alguien simplemente porque cumpla estos pocos actos. En realidad, estos actos de adoración fueron establecidos como obligatorios para los musulmanes con el fin de prepararlos para un gran objetivo y capacitarlos plenamente para una tarea de enorme responsabilidad. Ya he explicado detalladamente cómo preparan al musulmán para ese gran objetivo y cómo, por medio de ellos, adquiere la capacidad y aptitud necesarias para esa gran tarea. Ahora intentaré analizar ese gran objetivo y explicar detalladamente su naturaleza.
En resumen, puede decirse que el objetivo fundamental de estos actos de adoración es eliminar de la humanidad el dominio de todo lo que no sea Allah —es decir, de las demás fuerzas aparte de Allah— y establecer únicamente el dominio de Allah; y esforzarse con toda la dedicación del corazón y el alma para alcanzar este objetivo es precisamente lo que se llama yihad. Actos de adoración como el namaz, el ayuno y el zakat preparan completamente al musulmán para esta tarea. Sin embargo, los musulmanes han olvidado durante generaciones este sublime objetivo y esta gran tarea. Todos sus actos de adoración y devoción se han convertido en meras ceremonias carentes de sentido. Por ello considero que una breve introducción a la yihad no es en absoluto suficiente para conocer plenamente su gran propósito y objetivo intrínsecos. Es necesario, por tanto, tratar el tema detalladamente.
La causa fundamental de todos los pecados, disturbios y sufrimientos que persisten en el mundo son los defectos esenciales del Estado y del sistema de gobierno: toda la fuerza y la riqueza están bajo el control del gobierno. El gobierno redacta y promulga las leyes, y todas las facultades relativas al mantenimiento del orden y la disciplina del país, así como al gobierno y la administración, son prerrogativa exclusiva del gobierno. La fuerza de la policía y de las tropas permanece en manos del gobierno. Por consiguiente, no puede caber duda de que todo el desorden y el pecado existentes en el mundo son creados por el propio gobierno o, de lo contrario, pueden practicarse libremente con su ayuda y apoyo, directos o indirectos. Pues la fuerza necesaria para difundir y consolidar cualquier cosa en el país no puede estar en manos de nadie salvo del gobierno. Basta con abrir los ojos y mirar para ver que el adulterio se practica libremente por todas partes del mundo; este acto pecaminoso se comete abiertamente en edificios y viviendas. Pero ¿cuál es la causa? La única causa es que, a juicio de las autoridades del Estado y del gobierno, el adulterio no constituye un delito particularmente grave.

Más aún, ellos mismos están involucrados en esta actividad y arrastran también a otros hacia ella. De lo contrario, si el gobierno quisiera detener esta práctica pecaminosa, no podría continuar desarrollándose con tanta impunidad. Por otra parte, el negocio de la usura continúa sin interrupción. Los ricos succionan la sangre fresca y ardiente del pecho de los pobres, dejándolos completamente arruinados. Pero la pregunta es: ¿cómo puede esto suceder? Sencillamente porque el propio gobierno practica la usura y ayuda y apoya a los usureros. Los tribunales del gobierno dictan sentencias favorables a la usura y, gracias a ese apoyo, grandes bancos y prestamistas usureros se alzan por todas partes con la cabeza erguida. En la época actual, la desvergüenza y la falta de carácter aumentan día tras día en los distintos países y sociedades del mundo. La única causa de esto también es que el propio gobierno educa así a la gente y forma su carácter de esa manera. El tipo de carácter humano que se ve por todas partes es el que el gobierno ama y aprueba. En estas circunstancias, si se intenta impartir al pueblo una educación completamente diferente y formar un carácter moral distinto, no es posible alcanzar el éxito. Pues, por lo general, los particulares no pueden reunir los medios y recursos absolutamente indispensables para ello. Y aunque, tras un esfuerzo especial, logren formar a algunas personas de ese tipo, en el sistema social y estatal vigente les resulta difícil mantenerse firmemente aferradas a sus propios ideales. Esto se debe a que las llaves de todas las puertas cerradas —todos los medios de ganarse la vida y todas las formas posibles de subsistencia para estas personas de carácter diferente— están en manos de los gobiernos actuales, corruptos y extraviados. En el mundo se producen asesinatos, heridas y derramamientos de sangre sin límite. La inteligencia y el conocimiento humanos están hoy consagrados a inventar medios para destruir a toda la humanidad. Los bienes necesarios, obtenidos mediante el arduo trabajo de los seres humanos, están siendo quemados y destruidos en el fuego. Innumerables vidas humanas valiosas están siendo exterminadas inhumanamente, como vasijas de barro sin valor. Pero ¿por qué ocurre esto? La única razón es que quienes, entre los hijos de Adán, son los más satánicos por naturaleza y los más faltos de carácter se han sentado hoy como los «líderes» de las naciones del mundo y han acaparado para sí la soberana fuerza de la autoridad y del dominio.

Hoy el poder está enteramente en sus manos; por eso, el mundo se ve obligado a marchar en la dirección que ellos le imponen. Todo se está consagrando a aquello que han establecido en los campos de la ciencia y el conocimiento, la riqueza, el trabajo y el esfuerzo, así como en el uso y la aplicación de la vida y de las fuerzas vitales. Hoy reina en el mundo una poderosa tiranía y una gran injusticia. La vida de los débiles se ha vuelto sumamente insoportable. Los tribunales de este lugar ya no son tribunales de justicia, sino que se han convertido en una especie de tienda de mercader. Aquí hoy solo se puede comprar «justicia» con dinero. Se recaudan impuestos de la gente por la fuerza y la coerción. Y tampoco existe límite alguno para la cantidad de esos impuestos. Además, el Gobierno gasta sin medida la riqueza ganada con el sudor y la sangre de los pobres: concede salarios y asignaciones reales a los altos funcionarios (organiza fiestas de té y fiestas de cóctel para ministros y embajadores), construye grandes edificios, adquiere municiones y armas para guerras y conflictos, y las emplea en innumerables actividades carentes de sentido de este tipo. Prestamistas usureros, terratenientes, reyes y miembros de la nobleza que han recibido o aspiran a recibir títulos de sardar, pīres y sacerdotes instalados en sus tronos, propietarios de compañías cinematográficas, comerciantes de alcohol, editores y vendedores de libros y revistas obscenos, jugadores y otras innumerables personas están destruyendo hoy los bienes y las vidas, el honor y la dignidad, el carácter y la moralidad de los indefensos seres humanos creados por Alá. Pero ¿por qué no hay nadie que les ponga obstáculos? Porque el aparato del Estado se ha desmoronado. Los poderosos se han corrompido ellos mismos. No solo cometen injusticias, sino que además ayudan a otros injustos. En suma, la única razón por la que se cometen injusticias en todos los países es que los Gobiernos actuales las favorecen y las toleran en silencio.
De este largo análisis espero que haya quedado claro que la fuente fundamental de todas las calamidades es la corrupción del gobierno. El deterioro de las opiniones y los pensamientos de la gente, la corrupción de la creencia, el desperdicio de las fuerzas, los talentos y las capacidades humanas por caminos equivocados, la difusión de políticas y prácticas mortíferas en el comercio, la expansión de la tiranía, la injusticia y las acciones repugnantes, y el avance progresivo de la humanidad hacia la destrucción: la causa fundamental de todo ello es una sola, a saber, que el liderazgo y el poder de la sociedad y del Gobierno han pasado hoy a manos de personas inmorales y perversas. Si las llaves del poder y de la riqueza están en manos de gente mala, y si todos los medios de subsistencia también están bajo su control, no solo ellos se volverán aún peores, sino que empujarán al mundo entero hacia una destrucción todavía mayor, y la calamidad generalizada resultante de su ayuda y apoyo se manifestará de forma aún más terrible. Es completamente evidente que, mientras el poder permanezca en sus manos, ningún esfuerzo por lograr una reforma parcial, aunque se intente mil veces, puede tener éxito.
Después de comprender este principio fundamental, el asunto principal puede entenderse con mucha facilidad. Para eliminar la miseria de la gente, salvarla de la destrucción inminente y conducirla por un camino grande y beneficioso, no existe otra vía que organizar firmemente el sistema estatal y la política de acción del Gobierno. Incluso una persona de inteligencia común puede comprender que, en un país cuyos habitantes tengan plena libertad para cometer adulterio, este no podrá detenerse de ningún modo, aunque se pronuncien mil sermones contra él. Pero si, tomando el poder del Estado, se emplea la fuerza para detener el adulterio, el pueblo se verá obligado por sí mismo a abandonar el camino haram y adoptar medios halal. Si se pretende detener únicamente mediante sermones y exhortaciones la difusión del alcohol, la marihuana, la usura, el soborno, las películas y espectáculos obscenos, la vestimenta semidesnuda, la educación contraria a la moralidad y todos los pecados de este tipo, jamás será posible. Sin embargo, si se desea detenerlos mediante el poder del Estado, se podrá hacer fácilmente. A quienes explotan al pueblo y corrompen su carácter no se les puede impedir que continúen sus lucrativos negocios solo con palabras. Pero si, tras obtener el poder, se intenta detener esta conducta injusta, todas las puertas del pecado se cerrarán con suma facilidad.
Si se quiere detener el desperdicio del trabajo y el esfuerzo de la gente, de sus riquezas, talentos y capacidades, y emplearlos por caminos correctos y saludables; si se quiere establecer la justicia poniendo fin a la tiranía; si se quiere salvar a la humanidad de la destrucción del mundo, de las fauces terribles de la ruina y de toda forma de explotación; si se quiere elevar a las personas degradadas y establecer una verdadera igualdad, concediendo a todos el mismo honor, educación y cultura, entonces esta tarea no puede realizarse de ningún modo mediante simples sermones y exhortaciones verbales. Pero si para ello se emplea el poder del Estado, podrá llevarse a cabo con mucha facilidad. Por tanto, no cabe duda de que ningún esfuerzo de reforma social puede alcanzar el éxito sin emplear el poder del Estado. Esto se ha vuelto hoy tan evidente que no hace falta mucha reflexión ni investigación para comprenderlo. Quien hoy desee realmente eliminar del mundo la discordia y la corrupción, y anhele sinceramente establecer la paz y la prosperidad eliminando la miseria de sus habitantes, no puede limitarse a ser predicador y consejero; hacerlo carecería por completo de sentido. Hoy debe levantarse, acabar con el sistema de gobierno fundado en principios erróneos, arrebatar el poder del Estado de manos de quienes siguen esos principios equivocados y establecer un Estado y un Gobierno basados en principios correctos y en los principios puros (islámicos).
Después de comprender esta verdad, avance un paso más. Ya se ha demostrado que la causa fundamental de toda la corrupción y la intranquilidad que se extienden en la vida de los habitantes del mundo es el error del Estado y del Gobierno. También se ha explicado que, si se quiere lograr una reforma, primero deben corregirse sus raíces. Pero la cuestión es: ¿cuál es la causa fundamental de los defectos y fallos del propio Estado y del Gobierno, y mediante qué reforma básica puede cerrarse para siempre la puerta de esa calamidad?
La única respuesta es que, en realidad, el dominio del ser humano sobre el ser humano es la causa fundamental de todas las calamidades. Por tanto, el único medio de reforma consiste en poner fin al dominio humano sobre los seres humanos y establecer el dominio de Alá. No hay razón para asombrarse al escuchar una respuesta tan breve a una cuestión tan grande. En realidad, cuanto más se investigue y se indague acerca de la respuesta a esta cuestión, más se considerará que esta única afirmación es su respuesta correcta.
Reflexionen un poco: ¿fue Alá, o algún otro, quien creó a los seres humanos que habitan el mundo? ¿Fue Alá, o algún otro, quien creó a la humanidad de esta tierra? ¿Es Alá, o alguna otra fuerza, quien proporciona los innumerables medios y recursos necesarios para la subsistencia humana? Estas preguntas solo pueden tener una respuesta, y en realidad no puede haber ninguna otra: Alá, y solo Alá, creó a los seres humanos de la tierra y todos estos bienes y materiales. En otras palabras, la tierra pertenece a Alá, Alá es el único propietario de las riquezas y los seres humanos son súbditos únicamente de Alá. En tal situación, ¿qué derecho puede tener otro para imponer su mandato en el reino de Alá? ¿Cómo pueden regir sobre los súbditos de Alá leyes elaboradas por alguien distinto de Alá, o leyes elaboradas por los propios súbditos? El país y el reino pertenecerían a uno, pero las leyes allí vigentes serían las de otro. La propiedad sería de uno, pero otro se sentaría como dueño. Los súbditos pertenecerían a uno, pero sobre ellos se establecerían el dominio y la autoridad de otro. ¿Cómo puede la sana conciencia y razón humana aceptar esto? Además, esta afirmación contradice por completo la verdad real. Y puesto que contradice por completo la verdad real, siempre que y dondequiera que haya ocurrido algo semejante, sus consecuencias han sido extremadamente graves. Quienes obtienen el derecho de legislar y ejercer dominio se ven obligados a cometer enormes errores de diversas clases debido a su ignorancia e incapacidad naturales. Además, en gran medida, impulsados por sus deseos bestiales, comienzan deliberadamente a cometer tiranía e injusticia. La primera razón es que no poseen el conocimiento, la inteligencia ni la ciencia necesarios para formular reglas y leyes infalibles capaces de resolver y administrar correctamente los problemas y asuntos humanos.

En segundo lugar, precisamente porque en sus corazones no existe en absoluto el temor de Al-lah ni la angustia de tener que rendir cuentas ante Él, se convierten completamente en bestias desenfrenadas; y esto es lo más peligroso. Cuando una persona no alberga ni siquiera un ápice de temor de Al-lah ni piensa que tendrá que rendir cuentas ante un poder superior, sino que se siente tranquila pensando: «En ninguna parte existe un poder que pueda pedirme cuentas», ¿qué duda puede haber de que, cuando tales personas obtengan poder, se convertirán en bestias feroces e incontrolables? No hace falta demasiada inteligencia ni conocimiento para comprenderlo. Cuando el control absoluto sobre la vida de los seres humanos y sobre su sustento y los bienes necesarios para vivir caiga en manos de estas personas, cuando las cabezas de millones y millones de seres humanos se inclinen ante ellas, ¿puede esperarse de algún modo que mantengan los ideales de honestidad, justicia y equidad? No puede confiarse de ninguna manera en que no intentarán arrebatar los derechos ajenos, saquear riquezas por medios ilícitos y convertir a los siervos de Al-lah en esclavos de sus instintos bestiales. ¿Existe acaso alguna razón para pensar que personas así permanecerán en el camino recto y guiarán a los demás por la senda correcta? Jamás. En esencia, eso no puede suceder; sería completamente contrario a la razón y al sentido común. La experiencia de miles de años da testimonio contra ello. Incluso en la actualidad, basta abrir los ojos para ver pruebas concretas de cuánta opresión, traición y extrema hostilidad contra la humanidad pueden cometer, después de obtener fuerza y poder, quienes no albergan en sus corazones temor de Al-lah ni angustia por rendir cuentas en la otra vida. Por ello, hoy hay que asestar un golpe total a la raíz misma del sistema estatal y del método de gobierno. Es decir, hay que eliminar el poder de dominio de los seres humanos sobre otros seres humanos y establecer en su lugar únicamente el dominio de Al-lah, el Altísimo, y Su derecho a legislar.

Después, quienes establezcan y administren un gobierno sobre la base del dominio de Al-lah nunca podrán convertirse ellos mismos en reyes de reyes ni en señores absolutos; deberán dirigir los asuntos del Estado reconociendo únicamente a Al-lah como Rey y actuando como Sus representantes. Esta responsabilidad es una gran confianza que Al-lah les ha encomendado. Deben recordar necesariamente que, tarde o temprano, tendrán que rendir cuentas de esta confianza ante ese Magnífico Al-lah, que conoce todo lo oculto y lo manifiesto. La ley fundamental del Estado será la legislación otorgada por Al-lah, porque Él conoce por completo las realidades más profundas de todas las cosas; únicamente Él es la fuente de todo conocimiento. Por tanto, nadie tendrá la capacidad ni el derecho de modificar o ampliar ni un solo punto de Su ley y de Sus normas. Solo así podrán permanecer protegidos para siempre de la intromisión indebida de la ignorancia, el egoísmo y los indeseables deseos bestiales de los seres humanos.

El islam ha venido al mundo precisamente para asumir la responsabilidad de esta reforma fundamental. Quiere reformar de este modo la fuente misma de toda la corrupción. A quienes reconozcan a Al-lah como su Rey —no solo como un rey verbal e imaginario, sino como el Rey real— y crean en la legislación que Él envió al mundo por medio de Su Profeta, el islam les plantea esta exigencia: deben esforzarse por hacer cumplir las leyes y normas de su Rey en el reino de este. Hay que debilitar el poder de los súbditos de ese Rey que se han rebelado y se han erigido ellos mismos en reyes de reyes, y hay que proteger a los súbditos de Al-lah del peligro de convertirse en «súbditos» de otros poderes. Desde la perspectiva del islam, no basta en absoluto con reconocer a Al-lah como «Al-lah» y Su ley como el código de vida; junto con ello, recae naturalmente sobre ellos el deber de que, dondequiera que vivan, sea cual sea el país o reino que habiten, se consagren allí al esfuerzo por reformar a la humanidad. Deben cambiar el sistema estatal erróneo de ese lugar y establecer el sistema correcto. Deben arrebatar la elaboración de las leyes y la responsabilidad de manos de los ateos rebeldes contra Al-lah y de quienes transgreden los límites establecidos por Él, y administrar los asuntos del Estado conforme a la ley de Al-lah, con una conciencia despierta de que tendrán que rendir cuentas en la otra vida y reconociendo a Al-lah como «Alim al-Gaib», el Conocedor de lo oculto. En realidad, esforzarse y luchar por este objetivo es precisamente lo que se llama yihad.

No cabe duda de que el dominio y el derecho a administrar el Estado constituyen, por su propia naturaleza, una tarea sumamente compleja y llena de responsabilidades. En cuanto surge en alguien el deseo de obtenerlos, se enciende naturalmente en su interior la llama ardiente de la ambición. Cuando una persona obtiene las riquezas del mundo y el derecho a ejercer autoridad sobre los demás, despierta en ella la ambición latente y surge el deseo de extender un dominio absoluto sobre la gente. Apoderarse del poder estatal no es una tarea demasiado difícil; pero, después de obtenerlo, cumplir el deber como «siervo obediente de Al-lah» sin convertirse uno mismo en un dios es mucho más difícil. Por eso, si después de destituir a un Faraón te sientas tú mismo allí como «Faraón», en realidad no se habrá obtenido ningún beneficio. Por ello, antes de enfrentarte a esta gran prueba de fuego, el islam considera indispensable prepararte completamente para ella. Mientras no elimines de tu propia mente y de tu corazón el egoísmo y la arrogancia; mientras tu corazón y tu alma no sean puros; mientras no estés preparado para esforzarte y luchar sinceramente con el propósito de obtener la complacencia de Al-lah y procurar el bienestar de toda la humanidad, en lugar de luchar por tus propios intereses o los de tu nación; y mientras, después de obtener el poder estatal, no desarrolles la capacidad de gobernar siguiendo con sincero entusiasmo la ley de Al-lah, en vez de convertirte en un dios al seguir tus deseos y tus malas inclinaciones, nadie puede tener derecho a reclamar el poder estatal ni a iniciar una lucha contra las fuerzas falsas del mundo.

El hecho de pronunciar la profesión de fe y entrar en los límites del islam no te concede ni te permite atacar a los seres humanos. Porque entonces comenzarías también a cometer exactamente las mismas malas acciones que cometen actualmente los rebeldes contra Al-lah y los opresores del mundo. Al contrario, antes de ordenarte asumir una responsabilidad tan inmensa, el islam quiere crear en ti la capacidad de cumplirla debidamente.

En realidad, las prácticas de adoración del islam, como la oración, el ayuno, la peregrinación y el azaque, han sido establecidas precisamente como preparación para este objetivo. Todos los poderes estatales del mundo proporcionan primero una formación especial a sus ejércitos, policías y funcionarios de la administración civil. Después de demostrar su aptitud en esa formación, se les asigna una tarea determinada. El islam también quiere proporcionar primero a sus funcionarios una formación de carácter especial. Solo después les encomienda la responsabilidad de la yihad y de establecer un gobierno islámico. Sin embargo, existe una enorme diferencia entre ambas cosas. En las tareas para las que los Estados del mundo destinan a sus funcionarios no se exige en absoluto un carácter moral intachable, pureza e integridad interior ni el desarrollo del temor de Al-lah. Por eso solo se intenta hacerlos competentes. Y si, una vez que se han vuelto competentes, son adúlteros, alcohólicos, deshonestos y egoístas, tampoco hay motivo alguno de objeción. Pero la labor que el islam encomienda a sus funcionarios es, de principio a fin, enteramente una labor moral.

Por consiguiente, aunque en el islam se presta mucha atención a convertirlos en personas «competentes», se concede una importancia mucho mayor a despertar en ellos el temor de Allah y purificar sus mentes y almas. El islam desea infundirles tanta fuerza que, cuando se levanten para reivindicar el establecimiento del gobierno de Allah en la tierra, puedan demostrar en la práctica la sinceridad y honestidad de esa reivindicación. Que nunca luchen para obtener sus propias riquezas, tierras, países y reinos, honor y dominio. Que luchen sinceramente por Allah y por los millones de siervos de Allah, y que esto quede demostrado espontáneamente mediante sus actos. Cuando resulten victoriosos, que no se vuelvan arrogantes, soberbios ni rebeldes contra Allah; que incluso entonces sus cabezas humildemente inclinadas permanezcan postradas ante Allah. Cuando sean gobernantes, que no conviertan a la gente en sus esclavos más serviles. Por el contrario, que ellos mismos vivan como siervos de Allah. Y que procuren convertir también a los demás seres humanos en siervos exclusivamente de Allah. Si se apoderan del tesoro del Estado, que no lo derrochen únicamente para llenar los bolsillos propios, los de su linaje o los de sus compatriotas. Que distribuyan el tesoro de Allah entre Sus siervos con justicia y equidad, y que actúen como un depositario íntegro, recordando que un ojo invisible los observa sin duda: que Alguien está arriba, de cuya mirada no pueden ocultarse de ningún modo y ante quien tendrán que rendir cuentas de cada moneda.
En realidad, no es posible formar a las personas para este propósito por ningún otro medio que estas formas específicas de adoración establecidas por el islam. Y el islam forma así a las personas y les dice: «Ahora que sois los siervos buenos y justos de Allah en la tierra, avanzad, luchad y combatid, expulsad del poder estatal a quienes se rebelan contra Allah y tomad en vuestras manos toda autoridad y todo derecho». Es fácil comprender que, donde los funcionarios encargados de todas las tareas gubernamentales —el ejército, la policía, los tribunales, las cárceles, la recaudación de impuestos, etc.— sean temerosos de Allah y conscientes de la inevitabilidad de rendir cuentas ante Allah en la otra vida; donde todas las normas y leyes que rigen el Estado y el gobierno estén formuladas sobre la base de la ley de Allah, no habrá lugar para la injusticia ni la ignorancia; donde se cierren a tiempo todos los caminos del pecado y de las prácticas pecaminosas, y el propio gobierno se esfuerce, gastando fuerza y recursos, en desarrollar corrientes de justicia, virtud y pureza, no puede haber la menor duda de que la humanidad alcanzará allí un bienestar integral. Si un gobierno de este tipo se dedica durante algún tiempo a formar constantemente el carácter y la naturaleza de la gente, se cierran todas las fuentes de la obtención ilícita de riqueza, del pecado, la opresión, la desvergüenza y la inmoralidad, y, abandonando las políticas educativas y formativas defectuosas, continúa formando las actitudes y los pensamientos de las personas mediante un sistema educativo sano y perfecto, entonces, bajo su gobierno, la sociedad ofrecerá a la gente la oportunidad de vivir en un ambiente puro de justicia y equidad, paz, seguridad, buen carácter y naturaleza íntegra; entonces comenzará una transformación radical de las personas. El ojo que se había quedado ciego por haber vivido durante mucho tiempo bajo un liderazgo pecador y rebelde contra Allah se volverá gradualmente, por sí mismo, capaz de ver la verdad y sincero con ella. Y el corazón que se había cubierto de manchas y oscurecido por permanecer rodeado de inmoralidad se volverá poco a poco claro como un espejo y despertará en él la capacidad de recibir la influencia de la verdad.

En realidad, en aquel entorno resultará fácil para todos comprender profundamente que Allah es verdaderamente el único Señor de todos, que nadie salvo Él merece ser adorado y que el Profeta por medio del cual se recibió el mensaje de esta verdad es un profeta veraz y sincero. Lo que hoy parece muy difícil de explicar encontrará entonces espontáneamente un lugar en la mente de todos. Lo que hoy no puede hacerse comprender mediante discursos y libros será entonces tan fácil de entender que no se percibirá en ello la menor dificultad. Quienes puedan observar la enorme diferencia entre actuar conforme a las opiniones y caminos inventados por los seres humanos y actuar conforme a la ley establecida por Allah encontrarán muy fácil creer en la unidad absoluta de Allah (tawhid) y en la veracidad de Su mensajero, y les resultará extremadamente difícil no creer en ello. En verdad, después de conocer la diferencia entre las flores y las espinas, es fácil recoger flores y difícil recoger espinas. En aquellos días será muy difícil negar la verdad del islam y aferrarse al kufr y al shirk. Probablemente, por más que sean, solo diez de cada mil personas mostrarán un fanatismo tan extremo; no más.
Espero que, a partir de la discusión anterior, los lectores hayan comprendido claramente con qué propósito superior fueron prescritos el namaz, el ayuno, el hach y el zakat. Aunque hasta hoy se los ha considerado meros ritos de culto y durante mucho tiempo se ha arraigado firmemente esta concepción errónea, nunca se ha difundido que fueron establecidos precisamente como preparación para una tarea grande y elevada. Por eso los musulmanes han venido realizando estos ritos sin ningún propósito real; pero en sus mentes no ha surgido la idea de prepararse para la tarea fundamental. Aunque estas formas de adoración fueron prescritas esencialmente para eso, quiero decir que, si no existe el deseo del yihad y no se adopta el yihad como objetivo, estas formas de adoración carecen por completo de sentido. Si se considera posible alcanzar la cercanía de Allah mediante la realización de ritos tan carentes de sentido, la verdad de ello quedará demostrada definitivamente el Día del Juicio.

La importancia del yihad

Anteriormente, en diversos folletos se expuso detalladamente el significado de términos islámicos como dīn, sharía e ibadat. Aquí bastará con hacer una breve alusión a ellos en este contexto.
«Dīn» significa obediencia;
a la ley se la denomina sharía;
ibadat significa adoración y servidumbre.
Si usted acepta obedecer a alguien y lo reconoce como su gobernante y legislador, eso significa que ha adoptado su «dīn». Además, cuando lo reconoce como su legislador y, en la práctica, se convierte en su súbdito, sus órdenes y prohibiciones, así como las normas y métodos que él establece, adquieren para usted la categoría de ley o sharía. En tal situación, usted vive conforme a su «sharía», cumple todo lo que él exige, obedece cada una de sus órdenes, se abstiene de lo que prohíbe y actúa dentro de los límites que él declara lícitos. No solo eso: todas sus relaciones mutuas, actividades, vínculos familiares, enemistades y litigios se llevan a cabo conforme a sus normas y disposiciones específicas. Considera definitivos sus puntos de vista y decisiones y se inclina ante él; por ello, esta conducta suya puede denominarse su ibadat o adoración.
De este análisis se comprende claramente que dīn se refiere, en esencia, al Estado y al gobierno; la sharía es su ley, y el cumplimiento adecuado de sus leyes, normas y costumbres se denomina ibadat. A quienquiera que acepte como gobernante y autoridad suprema del Estado, reconociendo su subordinación a él, usted pertenecerá esencialmente al dīn de ese mismo. Si ese gobernante y autoridad estatal es Alá, entonces usted queda sometido a Su dīn; si es un rey o monarca, se considerará que ha aceptado el «dīn» del monarca. Si se concede este rango a una nación determinada, se adoptará el «dīn» de esa nación. Y si se concede ese derecho a su propia nación o al pueblo de su país, habrá adoptado el «dīn» del pueblo. En resumen, a quienquiera que obedezca, en realidad estará siguiendo su dīn, y a quienquiera que obedezca sus leyes, en esencia le estará rindiendo ibadat.

Después de esto, tampoco debería resultar difícil comprender esta sencilla verdad: una persona no puede practicar de ningún modo dos «dīn» al mismo tiempo. Entre varios gobernantes, en un momento dado solo es posible seguir real y efectivamente a uno. De entre varias leyes, una sola puede asumir la responsabilidad de la vida humana, y de entre innumerables divinidades, usted solo puede adorar a una.
Si se preguntara: «En materia de creencia reconoceremos a uno como gobernante, en la práctica obedeceremos a otro y rendiremos culto conforme a la ley de un tercero; ¿qué objeción podría haber?», la respuesta sería: esto puede ocurrir; de hecho, eso es lo que sucede actualmente por todas partes. Pero sepan que esto es shirk manifiesto, y que todo shirk es absolutamente falso. En la práctica, el dīn que usted estará siguiendo será esencialmente el de aquel cuya ley cumpla. Por tanto, ¿qué puede ser, aparte de una enorme mentira, declarar gobernante a quien usted no obedece y llamar «dīn» propio a su dīn? ¿Qué beneficio puede obtenerse de proclamarlo verbalmente o de convencerse de ello interiormente, y qué resultado puede producir en el mundo exterior? Cuando todas las actividades de su vida transgreden los límites establecidos por la sharía de uno, mientras que en la práctica usted continúa siguiendo la sharía de otro, ¿no queda completamente desprovista de sentido su pretensión de seguir aquella sharía? Cuando en la práctica adora a uno, ¿no se convierte en una formalidad artificial proclamar a otro como su divinidad e inclinar la cabeza ante él? Porque, en realidad, usted cumple las órdenes de aquel, se abstiene de lo que él prohíbe, realiza todas sus actividades dentro de los límites que él ha establecido y sigue en la práctica las normas y métodos que él ha presentado. También realiza sus transacciones mutuas conforme a las reglas y principios que él ha dado. En todos sus asuntos y actividades, usted adopta sus decisiones; sus relaciones recíprocas, su organización y la distribución de sus derechos también se llevan a cabo conforme a las disposiciones que él ha dado. No solo eso: de acuerdo con sus exigencias e instrucciones, usted presenta ante él toda la fuerza de su mente, su intelecto, sus manos y sus pies, sus talentos, todos sus bienes adquiridos mediante el trabajo y, finalmente, incluso su preciosa vida.

Por tanto, si sus actos contradicen sus creencias, sus actos reales serán lo verdaderamente determinante. En tal situación, la mera creencia carece de valor y no puede ser tomada en cuenta. ¿Qué importancia puede tener una creencia que en la práctica no tiene existencia alguna? Si en la práctica una persona sigue el dīn del monarca, el dīn de Alá no puede tener allí ningún lugar. Del mismo modo, si sus actos reales consisten en seguir el «dīn» del pueblo, o el dīn de Inglaterra, Alemania u otros Estados, tampoco allí puede haber lugar alguno para el dīn de Alá. En cambio, si usted sigue el dīn de Alá, no habrá allí lugar para ningún otro dīn. En una palabra, es necesario recordar definitivamente que el shirk no es más que una mentira.
Una vez comprendida esta verdad, sin necesidad de una exposición larga y complicada, usted podrá percibir espontáneamente que, sea cual sea el «dīn» y cualquiera que sea su naturaleza, carece de valor sin el poder estatal y la autoridad gubernamental. Ya se trate del dīn del pueblo, del dīn monárquico, del dīn comunista o del dīn de Alá, el establecimiento de cualquier dīn es absolutamente imposible sin el poder del Estado. Así como la simple imagen imaginaria de un palacio —que no tiene existencia real alguna— carece de sentido, del mismo modo un dīn (y un sistema de vida) sin Estado ni gobierno es completamente inútil. Cuando usted vive en un palacio realmente establecido, entra por su puerta, sale de él y su techo y sus muros le ofrecen refugio, ¿qué provecho puede esperar de la imagen colorida de un palacio imaginario? Toda su forma de vida tendrá que organizarse de acuerdo con el palacio realmente establecido. Además, después de comenzar a vivir en un palacio construido según una imagen, ¿qué resultado práctico puede obtenerse de imaginar la imagen de otro palacio o de mantener hacia él una mera devoción o creencia? Es fácil comprender cuán ridículo es conservar en la mente un palacio imaginario mientras se vive realmente en otro. La imagen imaginaria del palacio que existe en la mente nunca puede llamarse un palacio, ni nadie puede vivir en él. Conforme a este ejemplo, no tiene sentido creer simplemente en un «dīn» como si fuera el verdadero dīn. Cuando una persona vive su vida real conforme a un dīn, creer imaginariamente en otro dīn carece por completo de sentido. Del mismo modo, un dīn imaginario no puede llamarse dīn, y nadie puede adoptar como verdadero dīn un dīn imaginario, al igual que un palacio ficticio. En realidad, el dīn pertenecerá a aquel cuya autoridad sea reconocida, cuyo poder se haya establecido, cuyas leyes se apliquen efectivamente y conforme a cuyas disposiciones se realicen todas las actividades de la vida humana. Por tanto, todo dīn exige por naturaleza establecer su propio Estado, y un dīn existe precisamente para que la adoración, la servidumbre y el cumplimiento de la ley correspondan únicamente al poder que pretende establecer. Se presenta un ejemplo:

¿Qué significa la religión del pueblo? Cuando los habitantes de un país son dueños de su propio poder y autoridad, cuando las leyes que ellos mismos han elaborado se aplican sobre ellos y todos los habitantes del país, colectivamente, obedecen y se someten a su propio poder popular, eso es, en realidad, la religión del pueblo o un Estado democrático. Por tanto, mientras las leyes elaboradas por el pueblo no se apliquen en el verdadero ejercicio del poder del país, esta religión del pueblo o Estado popular no puede establecerse de ningún modo; ni siquiera puede considerarse establecida. Pero si, en lugar del pueblo, una nación extranjera o un rey se apodera del poder y la autoridad del país, y en todo el territorio se aplican las leyes elaboradas por él, ¿dónde quedará la existencia de la religión del pueblo? Si allí alguien creyera en la religión del pueblo o en el Estado, ¿qué valor podría tener su creencia? Pues mientras esté establecida la religión del rey o de la nación extranjera, no puede seguir al Estado popular.

Tomemos como ejemplo la religión monárquica. Según esta religión, su objetivo fundamental es obedecer y adorar al rey, que es designado como autoridad y señor supremo, y aplicar efectivamente sus leyes. Si no fuera así, ¿qué beneficio real habría en reconocer al rey como rey y aceptarlo como el señor supremo? Si en la práctica se establece la religión del pueblo, el Estado popular o el dominio de una nación extranjera, ¿dónde queda la «religión monárquica»? ¿Quién podría seguirla?

No hace mucho tiempo, bastaba con pensar en la religión o el Estado inglés en este país (hoy desaparecido) para que el asunto quedara claro. Esta religión funcionaba porque, mediante el poder y la autoridad ingleses, estaban vigentes la Ley de Gobierno de la India y las leyes civiles. Todas las actividades de los habitantes del país se realizaban conforme a las normas y procedimientos establecidos por los ingleses. Todos obedecían sus órdenes con la cabeza inclinada. Mientras esta religión estuvo establecida con semejante fuerza, aquí no había realmente lugar para ninguna otra religión. Cuando se derogaron el Código Penal y el Código de Procedimiento Civil, y dejó de observarse efectivamente la ley inglesa y de estar sometidos a ella, ¿dónde quedaron el Estado o la religión ingleses? La situación de la religión del islam es exactamente igual. Lo esencial de esta religión es que el dueño de la Tierra y el único rey de toda la humanidad es Alá.

Por tanto, solo a Él se debe obedecer y someterse, y todas las actividades de la vida humana deben realizarse conforme a la sharía que Él ha dado. La doctrina establecida por el islam —que el poder supremo y la autoridad pertenecen únicamente a Alá— se presenta exclusivamente con este fin: que en la Tierra se aplique solamente la ley de Alá, y no la de ningún otro. Los tribunales juzgarán conforme a Su mandato y la policía lo hará cumplir. Todas las actividades, transacciones y demás relaciones entre las personas se realizarán según Su mandato. Los impuestos se fijarán conforme a Su voluntad y se gastarán únicamente según las normas que Él ha establecido. La administración civil y el ejército estarán sometidos a Su orden. Todas las personas sentirán temor y actuarán con reverencia en su corazón; los ciudadanos del país obedecerán únicamente a Él. En una palabra, el ser humano no aceptará someterse a nadie salvo a Alá. Por eso es evidente que este objetivo no puede alcanzarse de ningún modo si no se establece un gobierno islámico auténtico. No existe compatibilidad ni participación alguna entre esta religión y cualquier otra; y la verdad es que ninguna religión tolera compartir el poder con otra. Al igual que las demás religiones, la religión del islam también exige que el poder y la autoridad le pertenezcan exclusivamente y que todas las demás religiones permanezcan sometidas y derrotadas ante ella. De otro modo, ¿cómo sería posible seguirla? Mi religión no será la «religión del pueblo», ni la «religión monárquica», ni la «religión comunista». No existirá ninguna otra religión. Por el contrario, si existe otra religión, yo no existiré. Entonces, reconocerme como verdadero solo de palabra no producirá ningún resultado práctico. El Noble Corán ha declarado repetidamente precisamente esto:

وَمَا أُمِرُوا إِلَّا لِيَعْبُدُوا اللهَ مُخْلِصِينَ لَهُ الدِّينَ حُنَفَاء«A la gente solo se le ordenó esto —y no se le dio ninguna otra instrucción—: que se consagrara sinceramente a la adoración de Alá, apartándose de todas las demás direcciones y estableciendo únicamente la religión de Alá». —Sura Al-Báyyina: 5

هُوَ الَّذِي أَرْسَلَ رَسُولَهُ بِالْهُدَى وَدِينِ الْحَقِّ لِيُظْهِرَهُ عَلَى الدِّينِ كُلِّهِ .
وَلَوْ كَرِهَ الْمُشْرِكُونَ – التوبة : ٣٣«Él es Quien envió a Su Mensajero con la guía y la religión verdadera, para hacerla prevalecer sobre todas las religiones, aunque los asociadores lo desaprueben por completo». —Sura At-Tawba: 33

وَقَاتِلُوهُمْ حَتَّى لَا تَكُونَ فِتْنَةٌ وَيَكُونَ الدِّينُ كُلُّهُ لِلَّهِ – الانفال : ٣٩«Combatidlos hasta que desaparezca la sedición y la religión quede establecida enteramente para Alá». —Sura Al-Anfal: 39

إِنِ الْحُكْمُ إِلَّا لِلَّهِ ، أَمَرَ أَلا تَعْبُدُوا إِلَّا إِيَّاهُ – – يوسف : ٤٠«Nadie tiene derecho a dictar órdenes salvo Alá. Su mandato es que no adoréis ni os sometáis a nadie salvo al propio Alá». —Yusuf: 40

فَمَنْ كَانَ يَرْجُوا لِقَاءَ رَبِّهِ فَلْيَعْمَلَ عَمَلًا صَالِحًا وَلَا يُشْرِكْ بِعِبَادَةِ ربِّهِ أَحَدًا – الكهف : ١١٠«Quien desee encontrarse con su Señor debe obrar rectamente y no asociar a nadie en la adoración de su Señor». —Sura Al-Kahf: 110

أَلَمْ تَرَ إِلَى الَّذِينَ يَزْعُمُونَ أَنَّهُمْ آمَنُوا بِمَا أُنْزِلَ إِلَيْكَ وَمَا أُنْزِلَ مِنْ قَبْلِكَ يُرِيدُونَ أَنْ يُتَحَاكَمُوا إِلَى الطَّاغُوتِ وَقَدْ أَمِرُوا أَنْ يَكْفُرُوا بِهِ . …. وَمَا أَرْسَلْنَا مِنْ رَّسُولٍ إِلَّا لِيُطَاعَ بِإِذْنِ اللَّهِ – – النساء : ٦٤٦٠«¿No has reparado en quienes afirman creer en lo que se te ha revelado y en lo que fue revelado antes de ti, pero quieren recurrir al tagut para que juzgue sus litigios? Sin embargo, se les había ordenado negarlo y desobedecerlo. … No hemos enviado a ningún Mensajero sino para que, con el permiso de Alá, se le obedezca». —Sura An-Nisa: 60-64

A la luz de las explicaciones anteriores sobre la adoración, el dīn y la sharía, los lectores no deberían tener ninguna dificultad para comprender el significado esencial y el espíritu de estos versículos del Corán.
La discusión anterior también ha dejado claro por qué la yihad tiene tanta importancia en el islam. La religión de Allah no puede quedar satisfecha con que uno simplemente la acepte como verdadera, como se hace con otras religiones y credos, ni con que practique únicamente los actos de culto como manifestación externa de esta creencia y convicción. Pues es absolutamente imposible obedecer y seguir la religión de Allah mientras se está sometido a otra religión; seguirla mezclándola con otra religión es imposible. Por tanto, si realmente creen que esta religión de Allah es la verdadera, no puede haber otro medio que esforzarse y luchar con todas sus fuerzas para establecerla en la práctica. Como resultado de este esfuerzo y lucha, el islam será establecido; de lo contrario, habrá que entregar la vida permaneciendo dedicado a este empeño. En realidad, este es un criterio eterno mediante el cual puede comprobarse la autenticidad de su fe y su aqida. Si tienen una fe verdadera en el islam, les será imposible permanecer inconscientes, sumidos en un sueño apacible, mientras están sometidos a otra religión; ni siquiera cabe hablar de servirla y disfrutar en lo más mínimo del sustento obtenido a cambio de ello. Después de aceptar la religión del islam como la única verdadera, aunque su vida transcurra bajo el dominio de otra religión, su lecho les parecerá cubierto de espinas, su alimento venenoso y amargo, y no podrán hallar ni un ápice de tranquilidad sin esforzarse con todas sus fuerzas por establecer esta verdadera religión de Allah. Pero si encuentran satisfacción en vivir bajo el dominio de cualquier religión distinta de la religión de Allah, y en ese estado su corazón permanece contento y tranquilo, entonces no son creyentes en absoluto, por mucho que recen con atención, practiquen la murāqaba durante largas horas, expliquen el Corán y el hadiz o difundan la filosofía del islam; no hay duda de que no son creyentes. Esta es la conclusión definitiva acerca de quien, creyendo en la religión del islam, se muestra satisfecho con otra religión. Pero ¿qué se puede decir de los hipócritas que sirven con devoción a otras religiones o se esfuerzan y trabajan por establecer otra religión —como la religión del pueblo—?… La muerte no está lejos; cuando llegue, Allah mismo les presentará el registro de sus obras de la vida mundana. En realidad, si se consideran musulmanes, eso no será más que su extrema necedad. Si tuvieran buen juicio, comprenderían por sí mismos que aceptar y reconocer una religión como verdadera, y al mismo tiempo sentirse satisfechos con el establecimiento práctico de otra religión, participar en ello y esforzarse por ello, son actos mutuamente contradictorios. El fuego y el agua quizá puedan juntarse; pero semejante conducta no puede guardar ninguna armonía con la fe en Allah. No es posible mencionar aquí todos los versículos del Noble Corán relacionados con este tema.
Aquí se citan solamente algunos versículos:

احسب النَّاسُ أَنْ يُتْرَكُوا أَن يَقُولُوا آمَنَّا وَهُمْ لَا يُفْتَنُونَ وَلَقَدْ فتَنَّا الَّذِينَ مِنْ قَبْلِهِمْ فَلَيَعْلَمَنَّ اللَّهُ الَّذِينَ صَدَقُوا وَلَيَعْلَمَنَّ
الْكَذِبِينَ ٥ – العنكبوت : ٢-٣
«¿Acaso creen las personas que se les dejará libres simplemente por decir: “Hemos creído”, sin que sean puestas a prueba? Ciertamente, pusimos a prueba a quienes les precedieron, para que Allah haga manifiestos a quienes son sinceros y verdaderos al afirmar su fe, y a los mentirosos». —Sura al-Ankabut: 2-3

ومِنَ النَّاسِ مَنْ يَقُولُ آمَنَّا بِاللَّهِ فَإِذَا أُوذِيَ فِي اللَّهِ جَعَلَ فِتْنَةَ النَّاسِ كَعَذَابِ اللهِ ، وَلَئِنْ جَاءَ نَصْرُ مِّن رَّبِّكَ لَيَقُولُنَّ إِنَّا كُنَّا مَعَكُمْ ، أَوَ لَيْسَ اللَّهُ بِأَعْلَمَ بِمَا فِي صُدُورِ الْعَلَمِينَ .
«Entre las personas hay quienes dicen: “Creemos en Allah”; pero cuando sufren persecución por la causa de Allah, consideran la persecución de la gente tan terrible como debería ser el castigo de Allah. Sin embargo, cuando llega el auxilio y la victoria de tu Señor, estos mismos se apresuran a decir: “Estábamos con vosotros”. ¿Acaso Allah no conoce lo que hay en los corazones? No obstante, Allah ciertamente distinguirá quiénes son verdaderos creyentes y quiénes son hipócritas». —Sura al-Ankabut: 10-11

مَا كَانَ اللَّهُ لِيَذَرَ الْمُؤْمِنِينَ عَلَى مَا أَنْتُمْ عَلَيْهِ حَتَّى يَمِينَ الْخَبِيثَ مِنَ
الطيب – – ال عمران : ۱۷۹
«No es conforme a la norma de Allah dejar a los creyentes en la condición en que se encuentran —pues ahora los veraces y los mentirosos, los creyentes sinceros y los hipócritas, están mezclados—; Allah distinguirá sin duda entre los puros y los pecadores». —Sura Al Imrán: 179

أمْ حَسِبْتُمْ أَنْ تُتْرَكُوا وَلَمَّا يَعْلَمَ اللهُ الَّذِينَ جَهَدُوا مِنكُمْ وَلَمْ يَتَّخِذُوا مِنْ دُونِ اللَّهِ وَلَا رَسُولِهِ وَلَا الْمُؤْمِنِينَ وَلِيجَة – – التوبة : ١٦
«¿Acaso creen que Allah los dejará así, sin distinguir quiénes de ustedes han luchado y quiénes no han tomado, en lugar de Allah, de Su Mensajero y de los creyentes, confidentes secretos?». —Sura at-Tawba: 16

الم ترَ إِلَى الَّذِينَ تَوَلَّوْا قَوْمًا غَضِبَ اللَّهُ عَلَيْهِمْ ، مَا هُمْ مِّنْكُمْ وَلَا مِنْهُم ….. أولَئِكَ حِزب الشيطن ، أَلَا إِنَّ حِزْبَ الشَّيْطَنِ هُمُ الْخَسِرُونَ إِنَّ الَّذِينَ يُحَادُونَ اللهَ وَرَسُولَهُ أُولَئِكَ فِي الْأَذَلِّينَ ، كَتَبَ اللهُ لأَغْلِبَنَّ أَنَا وَرُسُلِي ، إِنَّ اللهَ قَوِيٌّ عَزِيزٌ – المجادلة : ١٩١٤
«¿Has considerado a quienes toman como amigos a personas sobre las que ha caído la ira de Allah? No son de los vuestros ni de los suyos… Estos son el partido de Satanás. ¡Ciertamente, el partido de Satanás será el perdedor! En verdad, quienes se oponen a Allah y a Su Mensajero estarán entre los más humillados. Allah ha decretado: “Ciertamente, venceremos Yo y Mis mensajeros”. Allah es fuerte y todopoderoso». —Sura al-Muyádala: 14, 19-21

De los versículos mencionados se demuestra claramente que, si en algún lugar se encuentra establecida en la práctica alguna religión distinta del dīn del islam de Allah, la característica de los creyentes sinceros e idealistas de ese lugar será que se esforzarán por eliminar esa religión falsa y establecer el verdadero dīn de Allah. Si realmente actúan así, consagran todas sus fuerzas a este propósito, sacrifican incluso sus vidas y soportan sin queja toda clase de pérdidas y daños, no cabe duda de que son verdaderos creyentes. Es irrelevante si sus esfuerzos y sacrificios alcanzan el éxito o no. Pero si se sienten satisfechos y tranquilos con el establecimiento de la religión falsa, o participan voluntariamente en la tarea de mantenerla victoriosa y establecida, entonces su pretensión de ser creyentes es absolutamente falsa; no cabe en ello la menor duda.
Además, Allah también ha respondido en los versículos mencionados a quienes presentan como excusas los diversos obstáculos para establecer el dīn del islam. Cuando se intente establecer el dīn del islam en algún lugar, allí habrá necesariamente, ya establecida de antemano y con toda su fuerza, alguna religión falsa. Tendrá bajo su control todo tipo de poder y autoridad, acaparará los recursos de subsistencia y ejercerá una fuerte influencia en todos los ámbitos de la vida humana; derribar una religión tan firmemente establecida y establecer otra en su lugar, sea como sea, no puede ser un camino cubierto de flores. Trabajando con absoluta tranquilidad y comodidad, con actitud señorial, este objetivo jamás puede alcanzarse, ni es posible hacerlo. Es absolutamente imposible seguir disfrutando de algún bienestar y tranquilidad material bajo la religión falsa y, al mismo tiempo, establecer el dīn del islam. Esta gran tarea solo podrá completarse cuando estén dispuestos a pisotear todos los derechos, intereses y comodidades obtenidos por medio de la religión falsa, y cuando estén dispuestos a soportar valientemente cualquier pérdida o perjuicio que tengan que afrontar en esta labor. En realidad, solo quienes estén dispuestos a emprender este duro esfuerzo podrán hacer yihad en el camino de Allah. Pero en toda sociedad, las personas de este tipo son siempre una pequeña minoría. En cuanto a quienes desean seguir el dīn del islam, pero no están dispuestos a renunciar al bienestar y la comodidad, no quiero hacer ninguna predicción sobre ellos: que continúen tranquilamente sirviendo a sus propios nafs. Cuando los muyahidines de la verdad hayan establecido el dīn del islam por este camino, soportando sin queja el sufrimiento y la persecución y ofreciendo sacrificios inconmensurables, entonces ellos vendrán y dirán: «Nosotros también somos de vuestro grupo; por tanto, dadnos ahora nuestra parte correspondiente».

Fin