Abu Musa al-Ash’ari (que Alá esté complacido con él)

Su nombre era Abd Allah y su kunya, Abu Musa. Era conocido sobre todo por su kunya. Su padre era Qays y su madre, Tayyiba. No se sabe mucho sobre su vida antes del islam. Solo se sabe que era oriundo del Yemen. Como descendía de la tribu de al-Ash‘ar, alcanzó fama como al-Ash‘ari. Hazrat Abu Musa conoció el islam, fue del Yemen a La Meca y prestó juramento de fidelidad ante el Mensajero de Allah (s.a.). Estableció relaciones de amistad con la tribu de Abd Shams de La Meca. Después de permanecer allí algún tiempo, regresó al Yemen para invitar a sus compatriotas al islam. Hazrat Abu Musa era uno de los líderes más influyentes de su clan. Los miembros del clan respondieron con gran rapidez y amplitud a su invitación. Con un grupo de unos cincuenta musulmanes, emprendió por mar el viaje desde el Yemen para dirigirse al Mensajero de Allah (s.a.). El clima adverso del mar empujó al grupo hacia Abisinia en vez de Hiyaz. Entretanto, Hazrat Ya‘far ibn Abi Talib y sus compañeros, que todavía se encontraban en Abisinia, habían emprendido el viaje hacia Medina. Abu Musa y su grupo siguieron con aquella caravana el camino hacia Medina. Llegaron a Medina, mientras que el ejército musulmán, bajo el liderazgo del Mensajero de Allah (s.a.), regresaba allí después de completar la conquista de Jaybar. El Mensajero de Allah (s.a.) concedió a Abu Musa y a todos sus compañeros una parte del botín de Jaybar. Hazrat Abu Musa participó en la conquista de La Meca y en la batalla de Hunayn. Tras huir del campo de Hunayn, los Banu Hawazin se reunieron en el valle de Awtas. El Mensajero de Allah (s.a.) envió un destacamento bajo el mando de Hazrat Abu Amir para exterminarlos por completo. Al llegar a Awtas, mataron al jefe de los Hawazin, Durayd ibn al-Simma, y los dispersaron. Sin embargo, Abu Amir fue gravemente herido por una flecha lanzada por un politeísta llamado Hashimi. Abu Musa al-Ash‘ari persiguió y mató a aquel politeísta. Antes de morir, Hazrat Abu Amir nombró a Abu Musa como su sucesor y le pidió: «Hermano, transmite mi último saludo al Mensajero de Allah y pídele que ruegue por mi perdón». Abu Amir exhaló su último aliento. Abu Musa regresó a Medina con su ejército y relató al Mensajero de Allah (s.a.) las últimas instrucciones de Abu Amir. El Mensajero de Allah (s.a.) pidió que trajeran agua, realizó la ablución y rogó por el perdón de Abu Amir. Abu Musa dijo: «Oh, Mensajero de Allah, ruega también un poco por mí». El Mensajero de Allah (s.a.) rogó: «Oh Allah, perdona los pecados de Abd Allah ibn Qays y concédele entrar honrosamente en el Paraíso el Día de la Resurrección». En el noveno año de la Hégira se preparaba la expedición de Tabuk. Los compañeros de Abu Musa lo enviaron ante el Mensajero de Allah (s.a.) para pedirle monturas para ellos. Por casualidad, cuando Abu Musa llegó, el Mensajero de Allah (s.a.) estaba alterado por algún motivo. Sin comprenderlo, Abu Musa dijo: «Oh, Mensajero de Allah, mis compañeros me han enviado para que les concedas monturas». El Mensajero de Allah (s.a.) estaba sentado. Con voz alterada exclamó: «¡Juro por Allah que no os daré ninguna montura!». Abu Musa se asustó y pensó: «Quién sabe si he cometido alguna falta de respeto». Regresó muy apenado y comunicó aquella mala noticia a sus compañeros. Pero todavía no había podido quedarse quieto cuando Bilal llegó corriendo y dijo: «Abd Allah ibn Qays, ¿dónde estás? Ven, el Mensajero de Allah (s.a.) te llama». Se presentó con Bilal ante el Mensajero de Allah (s.a.). El Mensajero de Allah (s.a.) señaló dos camellos atados cerca de él y dijo: «Lleva estos dos a tus compañeros». Hazrat Abu Musa regresó con los dos camellos junto a la gente de su tribu y dijo: «El Mensajero de Allah (s.a.) os ha concedido estos dos camellos como monturas. Sin embargo, algunos de vosotros tendréis que venir conmigo ante alguien que haya escuchado las palabras anteriores del Mensajero de Allah, para que no penséis que lo que dije antes me lo inventé». Ellos respondieron: «¡Por Allah! Creemos que eres veraz. Pero, ya que lo dices, vamos». Así, llevando consigo a algunos hombres, demostró la veracidad de sus palabras anteriores. Un día, después de regresar de Tabuk, dos hombres destacados de la tribu de al-Ash‘ar fueron con Hazrat Abu Musa al-Ash‘ari ante el Mensajero de Allah. Expresaron ante él su deseo de obtener algún cargo. El Mensajero de Allah (s.a.) estaba usando el siwak. Al oír sus palabras, dejó de usarlo. Se volvió hacia Abu Musa y dijo: «Abu Musa, Abu Musa». Abu Musa respondió: «Oh, Mensajero de Allah, yo no conocía lo que había en sus corazones. No sabía que expresarían el deseo de obtener un cargo». El Mensajero de Allah (s.a.) dijo: «Si alguien desea por sí mismo un cargo, jamás lo nombraré para ese cargo. Pero, Abu Musa, ve al Yemen: te he nombrado gobernador de aquella región». Desde tiempos antiguos, el Yemen estaba dividido en dos partes: el Yemen lejano y el Yemen cercano. Hazrat Mu‘adh ibn Yabal recibió la responsabilidad del Yemen lejano, y Abu Musa, la del Yemen cercano. Al despedirlos, el Mensajero de Allah (s.a.) les dijo: «Tratad con suavidad a los habitantes del Yemen y no seáis duros de ninguna manera. Mantened a la gente satisfecha y no la irritéis. Vivid juntos en armonía». Como era su tierra natal, Hazrat Abu Musa ejercía desde el principio una considerable influencia sobre los habitantes del Yemen. Por ello desempeñó su responsabilidad con eficacia. Mantenía una amistad personal con el gobernador vecino, Hazrat Mu‘adh. A veces se encontraban en la frontera e intercambiaban opiniones sobre diversos asuntos. En el décimo año de la Hégira, el Mensajero de Allah (s.a.) realizó la peregrinación. Hazrat Abu Musa llegó desde el Yemen y participó en ella. El Mensajero de Allah (s.a.) le preguntó: «Abd Allah ibn Qays, ¿has venido con la intención de realizar el hach?» Él respondió: «Sí, oh Mensajero de Allah». El Mensajero de Allah (s.a.) preguntó: «¿Cuál era tu intención?». Él dijo: «Dije que mi intención sería la misma que la del Mensajero de Allah (s.a.)». El Mensajero de Allah (s.a.) volvió a preguntar: «¿Has traído contigo el animal para el sacrificio?». Él respondió: «No». El Mensajero de Allah (s.a.) le ordenó: «Después de realizar el tawaf y el sa‘i, sal del ihram» (Sahih al-Bujari). Cabe señalar que el Mensajero de Allah (s.a.) realizó el hach qiran. Para el hach qiran es necesario llevar consigo el animal del sacrificio. Después del hach, Abu Musa regresó al Yemen. Entretanto, un falso profeta llamado al-Aswad al-Ansi reclamó la profecía y se rebeló. Incluso Hazrat Mu‘adh ibn Yabal se vio obligado a trasladarse a Marib, la capital de Abu Musa. Tampoco pudieron permanecer allí mucho tiempo. Finalmente buscaron refugio en Hadramaut. Aunque Ibn Maqtu‘ al-Muradi mató a al-Aswad al-Ansi, después del fallecimiento del Mensajero de Allah (s.a.) la rebelión volvió a levantar la cabeza. Entonces el primer califa, Hazrat Abu Bakr (r.a.), envió un ejército desde Medina y sofocó la rebelión. Los dos gobernadores del Yemen regresaron a sus respectivos puestos y responsabilidades. Hazrat Abu Musa regresó de Hadramaut a su lugar de trabajo, Hadramaut, y durante la primera etapa del califato del segundo califa continuó desempeñando su responsabilidad con gran éxito. Durante el califato de Hazrat Umar (r.a.), cuando comenzaron las campañas en diversas regiones, Abu Musa (r.a.), llevado por un intenso deseo de participar en la yihad, abandonó el cargo de gobernador y se incorporó como soldado al ejército de Hazrat Sa‘d ibn Abi Waqqas. En el año 17 de la Hégira conquistó Nasibin por orden del comandante Sa‘d. Ese mismo año, tras destituir al gobernador de Basora, al-Mughira ibn Shu‘ba (r.a.), Abu Musa (r.a.) fue nombrado en su lugar. Juzistán era una región limítrofe con Basora. En aquel momento todavía estaba bajo el dominio de los iraníes. En el año 16 de la Hégira, con el propósito de conquistar Juzistán, Hazrat al-Mughira (r.a.) emprendió una campaña militar contra Ahwaz. El jefe de Ahwaz pactó con al-Mughira a cambio del pago anual de un pequeño tributo. Al-Mughira regresó. En el año 17 de la Hégira, cuando Abu Musa asumió el cargo en lugar de al-Mughira, los habitantes de Ahwaz dejaron de pagar el tributo y se rebelaron. Obligado por las circunstancias, Abu Musa envió tropas, conquistó Ahwaz y continuó la campaña hasta Manadhir. Un destacado oficial, Hazrat Muhayir ibn Ziyad (r.a.), alcanzó el martirio en cierta etapa de aquella campaña de Manadhir. El ejército enemigo separó su cabeza de su cuerpo y la colgó en la cúpula de la fortaleza. Abu Musa confió a Hazrat Rabi‘, hermano de Hazrat Muhayir, la responsabilidad de conquistar Manadhir. Rabi‘ tuvo éxito en la conquista de Manadhir. Entretanto, Abu Musa sitió Sus. Los habitantes de la ciudad se refugiaron en la fortaleza. Finalmente, su jefe llegó a un acuerdo con Abu Musa bajo la condición de que se perdonara la vida a cien miembros de su clan. El jefe presentó uno por uno a cien hombres, y Abu Musa los liberó conforme a lo acordado. Desafortunadamente, el jefe olvidó presentar su propio nombre y fue ejecutado de acuerdo con las condiciones del pacto. Después del asedio de Sus, Abu Musa sitió Ramhormuz y pactó con sus habitantes bajo la condición de que pagaran un tributo anual de ochocientos mil dirhams. Perseguido por todos lados, Hormuzán, comandante del emperador de Irán, se refugió en la sólida fortaleza de Shushtar. Abu Musa mantenía sitiada la ciudad, pero todos los intentos de conquistarla fracasaban. Un día, inesperadamente, un hombre salió en secreto de la ciudad y llegó al campamento de Abu Musa. Propuso que, si se le garantizaba la seguridad, provocaría la caída de la ciudad. Sus condiciones fueron aceptadas. Tomó consigo a un árabe llamado Ashras. Ashras se cubrió la cabeza y el rostro con una manta y siguió al hombre como si fuera su sirviente. Entraron en la ciudad por el río y por un túnel secreto, atravesaron los canales y las callejuelas y llegaron al palacio privado de Hormuzán. De este modo, Ashras observó en secreto toda la situación de la ciudad, regresó de nuevo a Abu Musa y le presentó un informe detallado. Después, por orden de Abu Musa, Ashras tomó consigo a doscientos soldados valientes, lanzó un ataque repentino, mató a los guardias de la puerta y la abrió. Entretanto, Abu Musa y todos sus soldados ya se encontraban frente a la puerta. En cuanto esta se abrió, todos los soldados entraron juntos en el interior de la ciudad y se produjo un gran alboroto. Hormuzán corrió a refugiarse en la fortaleza. Cuando el ejército musulmán llegó junto a ella, Hormuzán subió a la cúpula de la fortaleza y anunció que estaba dispuesto a rendirse. Sus condiciones fueron aceptadas y fue enviado con el gobernador a Medina, sede del califato. Después de la conquista de Shushtar, el ejército musulmán, bajo el mando de Abu Musa, sitió Jundishapur. El asedio se prolongó durante algún tiempo. Un día, los habitantes abrieron de repente las puertas de la ciudad. Estaban ocupados tranquilamente en sus asuntos. El ejército musulmán entró en la ciudad y se sorprendió al ver que permanecían tan tranquilos. Cuando les preguntaron, respondieron: «¿Por qué os sorprendéis? Se nos ha concedido seguridad bajo la condición del pago de la yizya». Al investigar el asunto, se descubrió que un esclavo del ejército musulmán había firmado por sí solo y sin que nadie lo supiera aquel pacto de seguridad. El comandante Abu Musa se negó a reconocer el pacto del esclavo. Los habitantes dijeron: «No sabemos quién es esclavo y quién es libre». Finalmente, el asunto fue llevado ante el califa en Medina. El califa declaró: «El esclavo de los musulmanes también es musulmán. A quienes él ha concedido amán o seguridad, es como si todos los musulmanes se la hubieran concedido». Así, bajo el liderazgo de Abu Musa, se consolidó la base del islam en todo Juzistán y, al mismo tiempo, Basora, donde él estaba establecido, quedó libre de la amenaza enemiga. Después de la caída de Juzistán, en el año 21 de la Hégira, los iraníes se prepararon para una batalla decisiva en Nihawand. El califa Umar (r.a.) envió a Nu‘man ibn Muqarrin a Nihawand con un enorme ejército y ordenó a Abu Musa que lo ayudara. Al recibir la orden del califa, Abu Musa llegó a Nihawand con una gran fuerza. También en esta batalla el ejército iraní sufrió una derrota devastadora. Después de conquistar Juzistán, Abu Musa solicitó al califa que la región conquistada fuera incorporada a Basora. Por su parte, los habitantes de Kufa exigieron a su gobernador, Ammar ibn Yasir (r.a.), que fuera incorporada a Kufa. El califa apoyó la petición de Abu Musa e incorporó la región conquistada a Basora. Entretanto, al no lograr los kufanos que se satisficiera su demanda, se rebelaron contra Ammar. Finalmente, conforme a la petición de los habitantes de Kufa, el califa destituyó a Ammar y en el año 22 de la Hégira nombró a Abu Musa gobernador de Kufa. Sin embargo, un año después, en el año 23 de la Hégira, volvió a trasladarlo a Basora. Ese mismo año (23 de la Hégira), un hombre llamado Dabba presentó ante el califa las siguientes acusaciones contra Abu Musa:

1. Abu Musa tomó personalmente a sesenta hijos de jefes entre los prisioneros de guerra.

2. Confió todas las responsabilidades de la administración a Ziyad ibn Sumayya y, en realidad, ahora Ziyad tiene todo el poder en sus manos.

3. Concedió al poeta Hutay’a una recompensa de mil dírhams.

4. A una de sus esclavas, llamada Aqliyya, se le servía dos veces al día comida excelente, mientras que la gente común no podía comer una comida semejante.

El venerable Umar escribió las acusaciones con su propia mano. Convocó a Abu Musa a Medina y lo interrogó. Como de costumbre, llevó a cabo una investigación para determinar la veracidad o falsedad de las acusaciones. La primera acusación resultó ser falsa. En respuesta a la segunda, dijo que Ziyad era un político brillante y un administrador competente, y que lo había nombrado asesor. El califa convocó a Ziyad, lo puso a prueba y comprobó que era una persona competente. Ordenó que Ziyad permaneciera en su cargo. En respuesta a la tercera acusación, dijo: «Le di a Hutay’a un obsequio de mi propio dinero para que no me satirizara». Sin embargo, no pudo responder a la cuarta acusación. El venerable Umar lo reprendió un poco y lo dejó marchar. (Al-Tabari)

Ese mismo año (23 de la hégira), Abu Musa emprendió una campaña en Isfahán e incorporó la región al califato islámico. Al regresar después de completar la conquista de Isfahán, ese mismo año fue trasladado de Basora a Kufa. Los habitantes de Basora sufrían una grave escasez de agua. El asunto fue llevado ante el califa, quien ordenó abrir un canal desde el río Tigris hasta la ciudad de Basora. Bajo el liderazgo de Abu Musa, se excavó un canal de diez millas de longitud, con lo que se alivió la escasez de agua de los habitantes de Basora. En la historia, este canal es famoso con el nombre de Nahr Abi Musa. En el año 23 de la hégira, durante el mes de Dhul-Hiyya, el califa Umar murió como mártir. Después de que el venerable Uthman (que Dios esté complacido con él) asumiera la responsabilidad del califato, introdujo muchos cambios en la estructura administrativa. No obstante, Abu Musa permaneció en el cargo de gobernador de Basora hasta el año 29 de la hégira. En ese año, los kurdos se rebelaron. Abu Musa fue a la mezquita y pronunció un discurso apasionado sobre el yihad contra ellos. En su discurso describió la virtud de caminar a pie por el camino de Dios. Como consecuencia, algunos muyahidines se prepararon para marchar a pie, a pesar de que tenían caballos. Un crítico de Abu Musa les dijo: «No debemos apresurarnos tanto. Veamos cómo marcha nuestro emir Abu Musa». Abu Musa también salió montado a caballo. Los muyahidines se opusieron, sujetando las riendas de su caballo. En realidad, el sentido del discurso de Abu Musa no era que quienes tuvieran caballos no debieran utilizarlos para ese propósito. De hecho, aquella era una época de fitna y conspiraciones. Los alborotadores fueron a Medina aprovechando aquel pequeño incidente y exigieron su destitución. El califa Uthman lo destituyó. En el año 34 de la hégira, el califa Uthman nombró nuevamente a Abu Musa gobernador de Kufa, en sustitución de Sa’id ibn al-As, a petición de los habitantes de Kufa. Por entonces, en todo el califato se desarrollaban intensas intrigas y conspiraciones. El Mensajero de Dios había advertido acerca de Abu Musa. Por eso, en sus discursos siempre recordaba a los habitantes de Kufa aquella profecía y les aconsejaba mantenerse alejados de toda fitna. En el año 35 de la hégira, tras el martirio del venerable Uthman y la asunción del califato por el venerable Ali, aquella fitna salió a la luz. Exigiendo con vehemencia la aplicación de la ley del talión por la sangre del tercer califa, el venerable Uthman (que Dios esté complacido con él), Aisha, Talha y Zubayr (que Dios esté complacido con ellos) partieron de La Meca hacia Basora. Por su parte, el califa, el venerable Ali (que Dios esté complacido con él), llegó a un lugar llamado Dhi Qar con el propósito de hacerles frente. También envió a Hasan a Kufa junto con Ammar ibn Yasir. Cuando Hasan llegó a Kufa, Abu Musa al-Ash’ari estaba pronunciando un discurso ante una gran multitud en la mezquita de Kufa. En su discurso aconsejaba al pueblo mantenerse alejado de aquella fitna. El venerable Hasan se presentó allí y tuvo una discusión con Abu Musa (que Dios esté complacido con él). Abu Musa bajó en silencio del púlpito de la mezquita y, sin protestar de ninguna manera, se dirigió directamente a una aldea desconocida de Siria, donde permaneció viviendo. De este modo, desempeñó un papel completamente neutral en la guerra civil. En Siffín, el venerable Ali (que Dios esté complacido con él) y el venerable Muawiya (que Dios esté complacido con él) declararon una tregua con la condición de que dos jueces neutrales, uno de cada bando, recibieran la responsabilidad de resolver el asunto. Ambos bandos aceptarían su decisión conjunta. El bando de Ali nombró juez a Abu Musa, y el de Muawiya nombró a Amr ibn al-As (que Dios esté complacido con él). Ambos bandos se reunieron en un lugar llamado Dumat al-Yandal. Los dos mantuvieron largas conversaciones sobre el asunto. Finalmente, llegaron a la decisión de que, por el bien de la comunidad, Ali y Muawiya debían ser destituidos del cargo de califa, y que el consejo de la shura elegiría a una tercera persona como califa. Ambos se presentaron ante el pueblo para anunciar su decisión. A petición de Amr ibn al-As, Abu Musa se levantó primero para anunciarla; pero Abu Musa se apartó de su decisión anterior y proclamó califa a Muawiya. Abu Musa quedó estupefacto.

En realidad, Abu Musa era de naturaleza extremadamente sencilla e ingenua. No sabía qué eran el engaño y la diplomacia. Por esta razón, el venerable Ali (que Dios esté complacido con él) se había opuesto a que fuera nombrado juez. Sin embargo, ante la insistencia de sus partidarios, también aceptó. Tras ser derrotado por la red diplomática de Amr ibn al-As, Abu Musa quedó tan consumido por el remordimiento que en ese mismo momento tomó el camino hacia La Meca. Después de aquello, no volvió a participar en ningún asunto. Existen diversas opiniones acerca del año y el lugar de su muerte. Según algunos, murió en La Meca; según otros, en Kufa. No obstante, la opinión más conocida es que falleció en La Meca. Del mismo modo, hay varias opiniones sobre el año de su muerte: 42, 44 o 52 de la hégira. Sin embargo, la opinión más conocida señala que murió en el año 44 de la hégira. (Tadhkirat al-Huffaz)

El venerable Abu Musa (que Dios esté complacido con él) fue sumamente cuidadoso en obedecer, hasta el final de su vida, las órdenes y prohibiciones del Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Incluso cuando su estado se volvió crítico y perdió el conocimiento, las mujeres comenzaron a llorar y lamentarse. Aun en aquel terrible momento, al recuperar la conciencia por un instante, exclamó: «Aquello de lo que el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) declaró estar libre de responsabilidad respecto a quienes se lamentan de esa manera». Durante la primera etapa de su vida, la pobreza fue su compañera constante. Pero la etapa posterior de su vida transcurrió en la prosperidad. El venerable Umar (que Dios esté complacido con él) le había fijado una asignación.

El venerable Abu Musa era uno de aquellos distinguidos Compañeros que tuvieron la fortuna de gozar de una especial cercanía al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Fue uno de los seis hombres a quienes se les permitió emitir fatwas durante la vida del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). (Tadhkirat al-Huffaz). Un tabi‘í llamado Aswad dijo: «En Kufa no he visto a nadie más instruido que el venerable Ali y el venerable Abu Musa». El venerable Ali solía decir: «Abu Musa está impregnado del color del conocimiento desde la cabeza hasta los pies». Siempre permanecía en compañía de los sabios y conversaba con ellos sobre diversos asuntos. Estas conversaciones a veces llegaban al debate y la disputa teológica. En particular, mantenía debates especiales con Abdullah ibn Mas‘ud y Mu‘adh ibn Yabal (que Allah esté complacido con ellos). En una ocasión, Abdullah ibn Mas‘ud y Abu Musa debatieron sobre una cuestión relacionada con el tayammum. El imán Bujari narró este debate en el capítulo sobre el tayammum. Abu Musa no solo tenía sed de conocimiento, sino que se esforzaba al máximo por difundirlo y propagarlo. Consideraba obligatorio comunicar a los demás todo cuanto sabía. En cierta ocasión dijo en un sermón: «A quien Allah ha concedido conocimiento le corresponde enseñárselo a sus hermanos. Sin embargo, no debe pronunciar ni una sola palabra sobre aquello de lo que no tiene conocimiento». También empleaba diversos métodos para impartir sus lecciones. Además del círculo habitual de estudio, a veces reunía a la gente y les dirigía un discurso. Cuando encontraba a algunas personas en algún lugar del camino, les transmitía uno o dos dichos del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). En la enseñanza se comportaba con gran dulzura. Si alguien, por ignorancia, hacía una pregunta necia, no se irritaba, sino que se lo explicaba con un tono sumamente amable.

La relación de Abu Musa con el Sagrado Corán era muy profunda. Pasaba casi cada instante del día y de la noche recitando el Corán y enseñándolo. Cuando era gobernador de Yemen, Mu‘adh ibn Yabal le preguntó en cierta ocasión: «¿Cómo recitas el Corán?». Respondió: «Siempre que encuentro una oportunidad, de día o de noche, recito un poco». Recitaba el Corán con una voz muy melodiosa. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) decía: «Abu Musa ha recibido una parte de la melodiosa voz de David (la paz sea con él)».

Al Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) le gustaba mucho. Cada vez que escuchaba su recitación del Corán, se ponía de pie. En una ocasión, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) viajaba acompañado por la venerable Aisha (que Allah esté complacido con ella). Al escuchar por el camino la recitación de Abu Musa, se detuvo allí mismo. Después de escuchar durante un rato, continuó avanzando. En otra ocasión, Abu Musa estaba recitando el Corán en voz alta durante la oración de isha. Al oír aquella voz melodiosa, una de las Madres de los Creyentes se acercó a la cortina de su habitación, apoyó el oído y permaneció escuchando la recitación. Cuando por la mañana se enteró de ello, dijo: «Si hubiera sabido esto, habría recitado con una voz aún más cautivadora y los habría convertido en amantes del Corán». Precisamente por su extraordinaria belleza de voz, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) lo envió a Yemen junto con Mu‘adh ibn Yabal para enseñar el Corán a los recién convertidos al islam. Su contribución al servicio del hadiz no fue menor que su servicio al Sagrado Corán. En Kufa tenía su propio círculo de estudio del hadiz. De este círculo surgieron grandes especialistas del hadiz. El número de hadices que narró es de 360. De ellos, 50 son muttafaq ‘alayh; Bujari narró 45 exclusivamente y Muslim, 25. A pesar de su vasto dominio del Corán y del hadiz, era consciente de sus propios errores y deficiencias. Del mismo modo, valoraba el conocimiento de los demás. En cierta ocasión emitió una fatwa sobre una cuestión de herencia. Se consultó también sobre el asunto a Abdullah ibn Mas‘ud, quien emitió una fatwa diferente. Abu Musa reconoció su error y comentó: «Mientras Abdullah ibn Mas‘ud esté vivo, no debéis acudir a mí». La vida del venerable Abu Musa era un reflejo fiel de la vida del noble Mensajero. Siempre procuraba imitar y seguir exactamente cada acto, conducta, palabra y demás aspectos del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). En una ocasión viajaba de La Meca a Medina. Por el camino realizó dos raka‘at en la oración de isha. Después se puso nuevamente de pie y realizó una raka‘at recitando cien aleyas de la sura an-Nisa. Cuando la gente protestó, respondió: «Siempre procuro poner mis pasos allí donde los puso el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) y hacer exactamente lo que él hizo».

Además del ayuno de Ramadán, ayunaba voluntariamente porque el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) lo había hecho. Observaba siempre el ayuno de Ashura y animaba a la gente a observarlo. Era sumamente estricto no solo con la sunna, sino también con las prácticas recomendables. Sacrificar personalmente el animal de la ofrenda es una práctica recomendable. Solo por este motivo ordenaba incluso a sus propias hijas que sacrificaran el animal con sus propias manos.

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) había ordenado que, cuando alguien visitara la casa de otra persona, pidiera permiso antes de entrar. Si después de pedir permiso tres veces no lo recibía, debía regresar. En cierta ocasión, Abu Musa fue a visitar al califa Umar. Pidió permiso tres veces, una tras otra, pero el califa, ocupado en otro asunto, no pudo responderle. Abu Musa regresó. En otra ocasión, el califa le preguntó por qué se había marchado. Respondió: «Como no recibí respuesta después de pedir permiso tres veces, regresé». Después de decir esto, le narró el hadiz del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) relacionado con el asunto. Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Tráeme un testigo que haya escuchado este hadiz de alguien distinto de ti». Temblando de miedo, Abu Musa acudió a una reunión de los ansar. Allí se encontraba Ubay ibn Ka‘b, quien también había escuchado el hadiz. Se presentó ante Umar (que Allah esté complacido con él) y dio testimonio. Sha‘bi dijo: «El conocimiento se recibe de seis personas: Umar, Ali, Ubay, Ibn Mas‘ud, Zayd y Abu Musa».

El califa Umar (que Allah esté complacido con él) lo nombró gobernador de Basora y lo envió allí. Al llegar a Basora, mientras se dirigía a la gente reunida, dijo: «El Emir de los Creyentes me ha enviado a vosotros. Os enseñaré el Libro de vuestro Señor y la sunna de Su Profeta, y limpiaré vuestros caminos y calles para vuestro bienestar». Al escuchar el discurso, la gente quedó asombrada. Educar a la población y enseñarle la religión podía formar parte de las responsabilidades de un gobernante. Pero ¿cómo podía encargarse también de limpiar sus caminos y calles? El asunto les pareció sumamente sorprendente. Por ello, el venerable Hasan comentó sobre él: «Ningún jinete mejor que él ha llegado a los habitantes de Basora». (Rijalun hawla ar-Rasul). El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) decía sobre él: «Abu Musa es el líder de los jinetes».

La preocupación por el bienestar de la comunidad era lo más importante para el venerable Abu Musa. Por ello, durante toda su vida rechazó todos los beneficios y ventajas personales. Mientras se libraba la guerra entre Ali (que Allah esté complacido con él) y Mu‘awiya (que Allah esté complacido con él), Mu‘awiya le dijo un día a Abu Musa que, si lo apoyaba, nombraría a sus dos hijos gobernadores de Basora y Kufa, respectivamente, y además cuidaría de sus beneficios y comodidades. En respuesta, Abu Musa escribió: «Me has escrito acerca de un asunto de suma importancia para la comunidad de Muhammad. No necesito aquello que me has ofrecido».

La modestia y el pudor forman parte de la fe. Este rasgo estaba plenamente arraigado en Abu Musa. Incluso al dormir por la noche se ponía una vestimenta especial para que no quedara expuesta su ‘awra. En cierta ocasión vio a unas personas bañándose desnudas en el agua. Dijo: «Preferiría volver a la vida una y otra vez antes que hacer algo así, pero no me gusta esta conducta».

Suhayb ibn Sinan al-Rumi (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Suhayb y su kunya, Abu Yahya. Su padre era Sinan y su madre, Salma bint Qa’id. Su padre pertenecía a los Banu Numayr de Arabia y su madre era descendiente de la tribu de Banu Tamim. Se le llamaba al-Rumi, es decir, el romano. Sin embargo, en realidad no era romano, sino árabe.

Aproximadamente dos décadas antes de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) recibiera la profecía, su padre, Sinan ibn Malik, era gobernador de «Ubulla», una antigua ciudad de Basora, como representante del emperador persa. Suhayb era el hijo más querido de su padre. En cierta ocasión, su madre llevó a Suhayb consigo, junto con algunas personas y una escolta, para visitar una aldea de Irak llamada «Saniyya». De repente, una noche, el ejército romano atacó por sorpresa la aldea, llevando a cabo una gran matanza y saqueándola. Capturaron a las mujeres y a los niños y los convirtieron en esclavos y esclavas. Entre los cautivos se encontraba también el pequeño Suhayb. Por entonces no tendría más de cinco años.

Suhayb fue vendido en un mercado de compraventa de esclavos de Roma. Pasó continuamente de las manos de un amo a las de otro. Así era el destino de los esclavos en la sociedad romana de aquella época. De este modo, tuvo la oportunidad de penetrar desde dentro en lo más profundo de la sociedad romana y observar de cerca la obscenidad y la inmoralidad que se habían arraigado en su seno.

Suhayb se crio en tierras romanas y llegó a la juventud. Olvidó la lengua árabe o estuvo a punto de olvidarla. Sin embargo, jamás olvidó que era hijo de los árabes del desierto. Siempre contaba los días, esperando el momento en que se liberaría de las cadenas de la esclavitud y se reuniría con su propia tribu en Arabia. Este anhelo se hizo aún más intenso el día en que escuchó de labios de un sacerdote cristiano (un profeta) lo siguiente: «Se acerca el momento en que aparecerá un profeta en La Meca, en la península arábiga. Confirmará la misión profética de Jesús, hijo de María, y conducirá a la gente de las tinieblas hacia la luz».

Suhayb permaneció esperando una oportunidad. Y la oportunidad llegó. Un día escapó, burlando la vigilancia de su amo, y se dirigió a La Meca. Debido a su cabello dorado y a la dificultad de su lengua, los habitantes de La Meca comenzaron a llamarlo Suhayb el Romano. En La Meca se asoció mediante un acuerdo con el destacado líder qurayshí Abd Allah ibn Jud’an y comenzó a comerciar conjuntamente con él. Alcanzó un gran éxito en los negocios. Sin embargo, según otra versión, los Banu Kalb de Arabia lo compraron y lo llevaron a La Meca. Abd Allah ibn Juh’an lo compró a ellos y lo liberó.

Incluso en medio de las miles de ocupaciones de su comercio y sus negocios en La Meca, Suhayb no olvidó ni por un instante la profecía de aquel sacerdote cristiano. Cada vez que la recordaba, se decía interiormente: «¿Cuándo sucederá?». Sin embargo, no tuvo que esperar mucho tiempo de esa manera.

Un día, al regresar de un viaje, oyó que Muhammad ibn Abd Allah había recibido la profecía. Invitaba a la gente a creer en un solo Allah, la exhortaba a practicar la justicia y la benevolencia, y le ordenaba abstenerse de la injusticia y la obscenidad. Suhayb preguntó a la gente: «¿Es este el hombre al que llaman al-Amín?». Le respondieron: «Sí». Preguntó: «¿Dónde vive?». Le dijeron: «Se encuentra en la casa de al-Arqam ibn Abi al-Arqam, cerca del monte Safa. Pero ten cuidado: que ningún qurayshí te vea junto a él. Si te encuentran con Muhammad, te tratarán del mismo modo que nos tratan a nosotros. Eres un hombre extranjero y aquí no hay nadie que te proteja. Tampoco están aquí tu tribu ni tu clan.»

Suhaib se dirigió con suma cautela a la casa de Al-Arqam. Al llegar a la puerta, vio que allí estaba Ammar ibn Yasir. Ya se conocían de antes. Tras vacilar un poco, se acercó a él y le preguntó: «Ammar, ¿tú también estás aquí?»

Ammar le preguntó a su vez: «Más bien dime tú, ¿por qué has venido?». Suhaib respondió: «Quiero entrar a ver a ese hombre y escuchar algunas de sus palabras».

Ammar dijo: «Ese es también mi propósito». Suhaib respondió: «Entonces entremos invocando el nombre de Allah».

Los dos llegaron juntos ante el Mensajero de Allah y escucharon sus palabras. Sus corazones se iluminaron con la luz de la fe. Ambos extendieron a la vez sus manos hacia el Mensajero de Allah y recitaron el testimonio de fe. Aquel día permanecieron en compañía del Mensajero de Allah, escuchando sus palabras llenas de consejos. Ya entrada la noche, cuando cesó el bullicio de la gente, salieron sigilosamente y en la oscuridad de la morada del Mensajero de Allah, y se dirigieron cada uno a su alojamiento. Antes de que Suhaib abrazara el islam, más de treinta compañeros ya lo habían hecho. La mayoría había ocultado su conversión por temor a los qurayshíes. Aunque Suhaib era extranjero y no tenía parientes ni amigos en La Meca, no mantuvo en secreto su conversión. La proclamó abiertamente. Al igual que Bilal, Ammar, Sumayya, Jabbab y otros, también se convirtió en víctima de la cruel persecución de los qurayshíes. Soportó todos los tormentos con enorme paciencia. Sabía que el camino al Paraíso no estaba cubierto de flores.

Cuando el Mensajero de Allah decidió emigrar, Suhaib se enteró. Estaba firmemente convencido de que él sería «el tercero de los tres»: es decir, el Mensajero de Allah, Abu Bakr y Suhaib. Pero eso no ocurrió debido a la atenta vigilancia de los qurayshíes. Los qurayshíes lo vigilaban para impedirle salir de La Meca llevándose sus cuantiosas riquezas.

Después de la emigración del Mensajero de Allah, Suhaib esperó una oportunidad. Los qurayshíes tampoco dejaban de vigilarlo. Finalmente, recurrió a una estratagema.

En una noche de intenso frío, comenzó a salir repetidamente de la casa para hacer sus necesidades. Apenas regresaba de una vez, volvía a salir. Los vigilantes qurayshíes comentaron entre sí: «Al-Lat y Al-Uzza le han causado malestar estomacal». Se sintieron algo más tranquilos, regresaron a la casa y se acostaron. Aprovechando la ocasión, Suhaib salió de la casa y tomó el camino hacia Medina.

Suhaib apenas había recorrido cierta distancia desde La Meca cuando los vigilantes descubrieron lo sucedido. Se apresuraron a montar caballos veloces y fueron tras él. Al percibir su presencia, Suhaib subió a una colina elevada, sacó sus flechas y su arco, y les gritó: «¡Qurayshíes! Sabéis que soy el mejor arquero y tirador entre vosotros. ¡Por Allah!, no podréis alcanzarme hasta que haya acabado con cada uno de vosotros con todas las flechas que tengo. Y además tengo mi espada». Uno de los qurayshíes dijo: «¡Por Allah! No permitiremos que salves la vida y te lleves también tus riquezas. Llegaste a La Meca con las manos vacías; aquí te convertiste en dueño de todas estas riquezas».

Suhayb dijo: «Si os entrego mis riquezas, ¿me dejaréis el paso libre?». Ellos respondieron: «Sí».

Suhayb los llevó consigo a su casa en La Meca y les entregó sus riquezas. Los quraysh también le dejaron el paso libre. Así, Suhayb abandonó todo por causa de la religión y se dirigió a Medina. No sintió la menor aflicción por las riquezas que había dejado atrás y que había adquirido con tanto esfuerzo. Cada vez que se cansaba durante el camino, en cuanto recordaba que se encontraría con el Mensajero, se sacudía todo el cansancio y reanudaba la marcha. Así llegó a Qubā. En aquel momento, el Mensajero se encontraba en Qubā, en la casa de Kulthum ibn Hidam. Al verlo llegar, el Mensajero se alegró y exclamó: «¡Abū Yaḥyā, la transacción ha sido provechosa!». Repitió estas palabras tres veces. El rostro de Suhayb se iluminó de alegría. Entonces exclamó: «¡Por Allah, oh Mensajero de Allah, nadie ha llegado antes que yo ante ti! Seguramente Yibrīl te ha informado de esto». En verdad, la transacción había sido provechosa. Como confirmación de ello, Yibrīl llegó con la revelación: «Wa-mina n-nāsi man yashrī nafsahu ibtighā’a marḍāti llāh; wa-llāhu ra’ūfun bi-l-‘ibād». Hay personas que venden incluso sus propias vidas por buscar la complacencia de Allah. Allah es sumamente bondadoso con Sus siervos.

En Medina, Suhayb se hospedó como invitado de Sa‘d ibn Khuthayma y estableció un vínculo de hermandad con al-Ḥārith ibn aṣ-Ṣimma al-Anṣārī.

Suhayb era un arquero hábil. Acompañó al Mensajero de Allah en todas las batallas, incluidas Badr, Uḥud y al-Jandaq. En su vejez, narraba estas historias de batallas ante las multitudes de una manera cautivadora.

Sobre su compañía del Mensajero de Allah, él mismo decía: «Estuve presente en cada escena y en cada circunstancia del Mensajero de Allah. Cada vez que aceptó un juramento de fidelidad, estuve presente. Participé en sus pequeñas expediciones. En todas las batallas que libró, desde la primera hasta la última, combatí a su derecha o a su izquierda. Cada vez y dondequiera que los musulmanes sintieron temor del enemigo que estaba detrás o delante de ellos, permanecí siempre junto a ellos. Nunca permitimos que el Mensajero de Allah quedara entre nosotros y el enemigo. Así, el Mensajero partió para encontrarse con su Señor». (Rijālun ḥawla r-Rasūl, p. 130)

‘Umar tenía una opinión sumamente favorable de Suhayb y lo amaba profundamente. Antes de morir, dejó como legado que Suhayb dirigiría la oración funeraria por él y que seguiría desempeñando la responsabilidad del califato hasta que los miembros de la shūrā anunciaran el nombre del nuevo califa. Tras la muerte de ‘Umar, desempeñó esta responsabilidad con gran competencia durante tres días.

Murió en Medina en el año 38 de la Hégira, a la edad de 72 años. Fue enterrado en el cementerio de al-Baqī‘, en Medina.

Suhayb tuvo la oportunidad de pasar una gran parte de su vida en compañía del Noble Mensajero. Decía: «Tuve la fortuna de disfrutar de la compañía del Mensajero de Allah desde antes de que descendiera la revelación». Por ello, reunía en sí todas las buenas cualidades. Su buen carácter y su sentido de la dignidad, junto con su agudeza mental, su sentido del humor y otras virtudes, otorgaban aún mayor encanto a su personalidad.

Era hospitalario y generoso. Tenía la mano abierta con los pobres y necesitados. A veces la gente pensaba que era sumamente derrochador. Una vez, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) le dijo: «No me gusta lo que dices. Primero: tu kunya es Abu Yahya. Hubo un profeta con ese nombre, pero tú no tienes ningún hijo con ese nombre. Segundo: eres muy derrochador. Tercero: afirmas ser árabe». Él respondió: «No escogí yo mismo esta kunya; fue elegida por el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). En cuanto al derroche, la base de mi conducta es este dicho del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz): “Los mejores de entre vosotros son quienes alimentan a la gente y responden al saludo”. Respecto a la tercera acusación, la respuesta es que realmente soy de ascendencia árabe. Durante mi infancia, los romanos me raptaron, me separaron de mi tribu y me convirtieron en esclavo; por eso olvidé mi tribu y mi linaje».

Hazrat Suhayb tenía una complexión mediana: ni alta ni baja. Su rostro era luminoso y tenía el cabello abundante. En su vejez se teñía con alheña. Tenía cierta dificultad y tartamudez al hablar. Una vez estaba llamando a su sirviente Yahnās. Parecía que se oía «Nas». Nas significa “personas”. Al oírlo, Hazrat Umar exclamó: «¿Por qué este hombre llama de esa manera a las “personas”?». Hazrat Umm Salama (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Con “Nas” no está llamando a las personas, sino a su sirviente Yahnās. Debido a la dificultad de su lengua, no puede pronunciar bien el nombre».

Ammar ibn Yasir (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Ammar y su kunya, Abul Yaqzan. Su padre era Yasir y su madre, Sumayya. Su padre descendía de la tribu de Qahtan. Su tierra de origen era Yemen. Uno de sus hermanos desapareció. En busca de aquel hermano perdido, llegó a La Meca acompañado de sus otros dos hermanos, Harith y Malik. Aunque estos dos regresaron a Yemen, Yasir permaneció solo en La Meca. Aliándose con los Banu Majzum de La Meca, se casó con una esclava llamada Sumayya, propiedad de Abu Hudhayfa al-Majzumi. Fue del vientre de esta Sumayya de donde nació Hazrat Ammar. Abu Hudhayfa liberó a Ammar cuando aún era niño y ambos mantuvieron hasta el final de sus vidas una relación como la de padre e hijo.

Hazrat Ammar y Hazrat Suhayb ibn Sinan aceptaron el islam al mismo tiempo. Ammar relató: «Vi a Suhayb de pie en la puerta de la casa de Al-Arqam y le pregunté: “¿Cuál es tu propósito?”. Él respondió: “Dime primero cuál es el tuyo”. Le dije: “Quiero encontrarme con Muhammad y escuchar algunas de sus palabras”. Él dijo: “Ese es también mi propósito”. Después, ambos aceptamos el islam juntos». El padre de Ammar, Yasir, también aceptó el islam junto con él, o poco antes o poco después.

Cuando Hazrat Ammar aceptó el islam, descubrió que, aparte de Abu Bakr, cinco hombres y dos mujeres lo habían aceptado antes que él. Sin embargo, esto significa que en aquel momento solo esas personas habían declarado públicamente su conversión. De lo contrario, según relatos auténticos, más de treinta compañeros habían aceptado el islam antes que Ammar. Pero la mayoría había ocultado su conversión por miedo a los incrédulos.

La Meca no era la tierra natal de Hazrat Ammar. Allí no tenía a ningún familiar que pudiera considerar suyo. Tampoco poseía nobleza mundana ni poder o influencia. Además, hasta entonces su madre, Sumayya, no había podido liberarse de la esclavitud de los Banu Majzum. En una situación así aceptó el islam y, llevado por el fervor de la fe, no pudo mantenerlo oculto ni un solo día. Lo hizo público ante todos. Al verlo débil, los politeístas de La Meca comenzaron a someterlo a él y a los miembros de su familia a diversas formas de tortura. Durante el intenso calor del mediodía, lo tendían boca arriba sobre piedras ardientes y le quemaban el cuerpo con hierro incandescente. Pero ante la fuerza de la fe de Ammar, todas las crueldades y torturas de los politeístas fueron derrotadas.

El infame Abu Yahl martirizó cruelmente a la madre de Hazrat Ammar, Hazrat Sumayya, con su propia lanza. En la historia del islam, Hazrat Sumayya fue la primera mártir. El padre de Ammar, Yasir, y su hermano Abdullah también alcanzaron el martirio víctimas de las torturas de los politeístas. Un día, los politeístas tendieron a Ammar sobre brasas ardientes. En ese momento llegó el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). Con el corazón apenado, puso una mano bendita sobre la cabeza de Ammar y dijo: «¡Oh fuego, sé frío para Ammar, como lo fuiste para Ibrahim!». Cada vez que el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) pasaba junto a la casa de la familia de Ammar y los veía siendo torturados, los consolaba. Un día dijo: «¡Familia de Ammar, buenas noticias para vosotros! El Paraíso os espera». En cierta ocasión, Hazrat Ammar se quejó ante el Mensajero de Allah por esta insoportable opresión y tortura. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Ten paciencia, ten paciencia». Después suplicó: «¡Oh Allah, perdona a la familia de Yasir!»

Un día, los politeístas lo mantuvieron sumergido en el agua durante tanto tiempo que perdió el conocimiento. En ese estado, los enemigos obtuvieron de sus labios las declaraciones que querían. Al recobrar la conciencia, comenzó a consumirse de arrepentimiento. Se presentó llorando ante el Mensajero de Allah (saw). El Mensajero (saw) le preguntó: «Ammar, ¿qué ha sucedido?». Ammar respondió: «Hoy no me liberaron hasta que dije algo malo sobre usted y algo bueno acerca de sus divinidades». El Mensajero (saw) preguntó: «¿Qué dice tu corazón?». «Mi corazón está lleno de fe». El amado Profeta (saw), con gran ternura, le secó las lágrimas de los ojos y le dijo: «No hay ningún perjuicio. Si vuelves a encontrarte en una situación semejante, haz lo mismo otra vez». Luego recitó la siguiente aleya de la sura An-Nahl: «Quien reniegue de la fe después de haber creído —salvo quien haya sido obligado mientras su corazón permanezca firme en la fe—, no tendrá culpa». (An-Nahl/14)

En cierta ocasión, el honorable Saíd ibn Yubair (ra) preguntó al honorable Abd Allah ibn Abbás (ra): «¿Acaso los coraichitas perseguían a los musulmanes con tanta crueldad que los obligaban a abandonar la religión?». Él respondió: «¡Por Allah, sí! Los coraichitas los golpeaban y los dejaban pasar hambre. Llegaban a quedar tan débiles que eran incapaces incluso de levantarse y sentarse. En ese estado, les arrancaban declaraciones contrarias a lo que había en sus corazones. Ammar era uno de aquellos musulmanes perseguidos».

Existe divergencia entre los especialistas en la sira acerca de si el honorable Ammar emigró a Abisinia. Algunos han dicho que acompañó a la segunda caravana que se dirigía a Abisinia. Cuando se ordenó emigrar a Medina, emigró allí y se hospedó como invitado del honorable Mubáshir ibn al-Mundhir. El Mensajero (saw) estableció entre él y Hudhaifa ibn al-Yamán al-Ansari un vínculo de hermandad, y también le concedió un terreno para que se estableciera permanentemente.

Seis o siete meses después de la emigración se colocaron los cimientos de la mezquita de Medina. El Mensajero (saw) también participó en su construcción. El honorable Ammar participó activamente en la construcción de la mezquita. Transportaba ladrillos sobre la cabeza y recitaba estos versos: «Nahnu al-muslimun nabni al-masajid: somos musulmanes, construimos mezquitas». El honorable Abu Saíd dijo: «Nosotros levantábamos un ladrillo cada uno, mientras que Ammar levantaba dos». En cierta ocasión, Ammar pasaba junto al Mensajero de Allah (saw). El Mensajero (saw) le sacudió con gran afecto el polvo de la cabeza y le dijo: «¡Ay de Ammar! Un grupo rebelde te matará. Tú los llamarás hacia Allah, y ellos te llamarán hacia el Infierno». En otra ocasión, alguien colocó tanta carga sobre su cabeza que la gente comenzó a gritar: «¡Ammar va a morir, Ammar va a morir!». El Mensajero (saw) se acercó, retiró los ladrillos de la cabeza de Ammar y los arrojó lejos.

Ammar participó en todas las batallas libradas desde Badr hasta Tabuk. También demostró ser un guerrero valiente en la mayoría de los sangrientos enfrentamientos ocurridos durante la época del honorable Abu Bakr (ra). El honorable Abd Allah ibn Umar dijo: «En la batalla de Yamama, una de las orejas de Ammar se desprendió de su cuerpo y cayó al suelo, donde siguió dando saltos. A pesar de ello, continuó lanzando ataque tras ataque con total intrepidez. Por donde pasaba, las filas de los incrédulos quedaban desbaratadas. En cierta ocasión, el ejército musulmán estuvo a punto de dispersarse por completo. Ammar se puso de pie junto a una piedra, en medio de un extenso campo, y comenzó a gritar: “¡Oh, muyahidines musulmanes! ¿Acaso estáis huyendo del Paraíso? Soy Ammar ibn Yasir. ¡Venid, venid hacia mí!”. Aquella voz obró como por arte de magia entre el ejército musulmán: volvieron a mantenerse firmes y alcanzaron la victoria.

En el año 20 de la Hégira, el segundo califa, el honorable Umar (ra), lo nombró gobernador de Kufa. Desempeñó esta responsabilidad con gran eficacia durante un año y nueve meses. Durante ese período, los habitantes de Basora solicitaron al califa que algunas zonas recientemente conquistadas fueran incorporadas a Basora. Algunos dirigentes de Kufa pidieron a su emir, Ammar, que convenciera al califa de asignar dichas zonas a Kufa. Sin embargo, el honorable Ammar no quiso involucrarse en aquella disputa. Los dirigentes de Kufa se enfurecieron. Uno de ellos llegó a insultarlo llamándolo «el de la oreja cortada». Él respondió con pesar: «¡Ay de ti! Has insultado mi oreja más querida y excelente, la oreja que fue cortada en el camino de Allah».

A raíz de este asunto, algunos dirigentes de Kufa lo acusaron de ser incompetente en la administración. El califa lo destituyó. Al día siguiente de su destitución, el califa lo convocó y le dijo que debía decir la verdad. Él respondió: «Anteriormente no me alegré cuando fui nombrado, y ahora tampoco estoy disgustado por haber sido destituido».

Durante el califato del tercer califa, el honorable Uzmán (ra), cuando las protestas y el descontento se extendieron por todas partes, en el año 35 de la Hégira el califa formó una comisión de investigación para indagar sus causas. El honorable Ammar era uno de sus miembros. A él se le encomendó investigar Egipto, el principal centro de las protestas. Fue a Egipto.

Los demás miembros de la comisión regresaron muy pronto y presentaron los informes de sus respectivas regiones. Sin embargo, Hazrat Ammar tardó mucho más de lo esperado en regresar. Mientras tanto, en Dar al-Jilafa, Medina, comenzaron a difundirse diversos rumores y suposiciones sobre él. Cuando regresó de Egipto, se le vio influido por los promotores de la rebelión y el desorden. Comenzó a criticar duramente, en reuniones públicas, el sistema de gobierno de Hazrat Uzmán y las diversas acciones de los gobernadores provinciales. Como consecuencia, comenzó a tener enfrentamientos con los hombres del califa. En una ocasión, los sirvientes de Uzmán (que Allah esté complacido con él) lo golpearon tan brutalmente que todo su cuerpo se hinchó. Sufrió una grave lesión en una de las costillas. En la época de la ignorancia, los miembros de los Banu Majzum habían estado aliados con él. Estos acudieron ante el califa y amenazaron: si Ammar no sobrevivía a esas heridas, sin duda tomarían represalias. (Al-Istiab). Incidentes de este tipo continuaron aumentando. Cuando los promotores del desorden atacaron Medina, Hazrat Uzmán (que Allah esté complacido con él) envió a Hazrat Sa‘d ibn Abi Waqqas a hablar con Ammar, para que utilizara su influencia y los hiciera regresar. Pero Ammar se negó. (Tabari)

Hazrat Uzmán (que Allah esté complacido con él) fue martirizado. La responsabilidad del califato recayó en Hazrat Alí. Hazrat Aisha, Talha, Zubair y otros se dirigieron hacia Basora exigiendo venganza por la sangre de Uzmán. Hazrat Alí envió a Ammar a Kufa junto con el imán Hasán para ganarse el apoyo de los habitantes de Kufa. Cuando Hazrat Ammar llegó a Kufa, Hazrat Abu Musa al-Ashari (que Allah esté complacido con él) estaba pronunciando un discurso ante una multitud en la mezquita principal de Kufa. Después de hacerlo bajar del púlpito, primero habló Hazrat Hasán y luego Hazrat Ammar, y lograron obtener el apoyo de los habitantes de Kufa para Alí (que Allah esté complacido con él). A la mañana siguiente, un ejército de aproximadamente nueve mil quinientos soldados se reunió junto a Ammar para luchar en favor de Alí (que Allah esté complacido con él).

En el año 36 de la Hégira, durante el mes de Yumada al-Ajira, los ejércitos de Hazrat Alí y Aisha se enfrentaron cerca de Basora, en un lugar llamado Ziq ar. Hazrat Ammar participó en esta batalla junto con el ejército de Kufa. Al comienzo de la batalla, cuando Hazrat Zubair vio que Ammar estaba del lado de Alí, recordó las palabras del Mensajero de Allah: «La verdad está con Ammar; el grupo rebelde lo matará». Comprendió su error, abandonó la batalla y se retiró. En esta guerra, Hazrat Ammar estaba firmemente convencido de encontrarse del lado de la verdad. Por ello luchó con gran valentía y obtuvo la victoria. En la historia, esta batalla es conocida como la «Batalla del Camello».

Después de la Batalla del Camello tuvo lugar la batalla de Siffín entre Hazrat Alí y Hazrat Muawiya. Hazrat Ammar también participó en esta batalla del lado de Hazrat Alí. Tenía entonces noventa y un años, o noventa y tres según otra opinión. Incluso a esa edad avanzada no pudo quedarse en casa, impulsado por el yihad. Había comprendido con certeza que la verdad estaba del lado de Alí (que Allah esté complacido con él). Por eso, aun a esa edad, luchó con un valor heroico, como un león. Allí donde atacaba, el campamento enemigo se dispersaba. En una ocasión, fijó su mirada en Hazrat Amr ibn al-As, el abanderado del campamento enemigo. Dijo: «He combatido tres veces junto al Mensajero de Allah contra este abanderado. Esta es mi cuarta batalla contra él. ¡Por Allah!, aunque me derrotara y me empujara hasta un lugar llamado Hajar, seguiría creyendo que nosotros estamos en la verdad y ellos en la falsedad». (Tabaqat 1/185)

Durante la batalla de Siffín, exhortaba a la gente a unirse al bando de Alí (que Allah esté complacido con él), diciendo: «¡Oh, gente! Salid conmigo al yihad contra quienes creen que están vengando la sangre de Uzmán. ¡Por Allah!, su objetivo no es vengar la sangre. Lo que buscan es disfrutar de los placeres de este mundo y obtener aún más de ellos. …… No tienen ningún mérito en los primeros tiempos del islam que les permita reclamar la obediencia de la comunidad musulmana. No tienen ningún derecho al liderazgo de la comunidad musulmana. No albergan suficiente temor de Allah en sus corazones como para poder seguir la verdad. Engañan a la gente hablando de vengar la sangre de Uzmán. Su único objetivo es convertirse en reyes tiránicos». (Rijalun Hawla al-Rasul/216)

La batalla de Siffín continuaba. Una tarde, Hazrat Ammar bebió unos sorbos de leche y dijo: «El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) me dijo que la leche sería mi último alimento. Después… “Hoy me reuniré con mis amigos; hoy me reuniré con Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y sus compañeros”». Mientras pronunciaba estas palabras, se unió a las filas de los soldados. Luego lanzó un violento ataque contra el campamento enemigo. Ellos conocían la profecía del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) sobre Ammar, así como su gran virtud y honor. Sin embargo, entre ellos había muchos musulmanes recientes que no sabían casi nada sobre Ammar. Uno de ellos, Ibn al-Gabia, le disparó una flecha y lo derribó primero al suelo. Después, otro hombre sirio le separó la cabeza del cuerpo con su espada.

Después de martirizar a Ammar, los dos asesinos comenzaron a discutir, reclamando cada uno por separado el mérito de haberlo matado. Mientras discutían, se presentaron ante Muawiya (que Allah esté complacido con él). Casualmente, Hazrat Amr ibn al-As también se encontraba allí. Al ver el asunto, dijo: «¡Por Allah!, estos dos están disputándose el Infierno». Al oírlo, Hazrat Amir Muawiya se molestó un poco y dijo: «Amr, ¿qué estás diciendo? ¿Hablas así de quienes están dando la vida por nosotros?». Amr respondió: «¡Por Allah!, eso es la verdad. ¡Cuánto mejor habría sido que yo hubiera muerto veinte años atrás!»

Después del martirio de Hazrat Ammar (que Allah esté complacido con él), Hazrat Amr ibn al-As quedó profundamente perturbado. Se preparó para alejarse de este conflicto. Pero Hazrat Muawiya lo consoló diciéndole que nosotros no éramos los asesinos de Ammar; más bien, sus verdaderos asesinos eran quienes lo habían sacado de su casa y lo habían llevado consigo al campo de batalla. (Tabaqat)

Con el martirio de Ammar se resolvió la cuestión de quién estaba en la verdad y quién en la falsedad. Juzayma ibn Zabit (que Dios esté complacido con él) había participado en las batallas del Camello y de Siffín, pero no había desenvainado la espada a favor de ninguno de los bandos. Después del martirio de Ammar, comprendió que debía ponerse del lado de Alí. Entonces desenvainó la espada, se lanzó contra el ejército de Muawiya (que Dios esté complacido con él) y alcanzó el martirio. Así, todos los compañeros que vacilaban atrapados en la duda abandonaron sus indecisiones y se pusieron del lado de Alí (que Dios esté complacido con él).

Alí (que Dios esté complacido con él), al enterarse del martirio de su querido compañero Ammar (que Dios esté complacido con él), exclamó con tristeza: «Que Dios haya tenido misericordia de él el día en que Ammar abrazó el islam, que tenga misericordia de él el día en que alcanzó el martirio y que tenga misericordia de él el día en que resucite. Lo vi junto al Mensajero de Dios cuando solo cuatro o cinco compañeros habían tenido el honor de declarar su fe. Ninguno de los compañeros de la primera generación puede albergar dudas sobre su perdón. Ammar y la verdad están estrechamente unidos. Su asesino estará sin duda en el Infierno».

Después, Alí (que Dios esté complacido con él) ordenó que Ammar fuera amortajado y enterrado. Alí dirigió la oración fúnebre y ordenó que fuera enterrado con las mismas ropas empapadas de sangre de Ammar. Esto ocurrió en el año 87 de la Hégira. Ammar fue el primer compañero del Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) enterrado en suelo de Kufa.

Ammar era sumamente temeroso de Dios. Debido a su piedad y a su temor de Dios, permanecía siempre callado y hablaba muy poco. Siempre buscaba refugio en Dios contra la sedición y el desorden. Sin embargo, Dios lo puso a prueba con la mayor de las sediciones y lo convirtió, de manera ejemplar, en un defensor de la verdad.

Era la personificación de la humildad y la modestia. La tierra era su cómoda cama. Incluso cuando era gobernador, llevaba una vida sumamente sencilla. Él mismo hacía las compras en los mercados y cargaba todo sobre su espalda. Realizaba todas las tareas con sus propias manos. Ibn Abil Hujayl, contemporáneo de Ammar, dijo: «Vi al emir de Kufa, Ammar: compró unos pepinos en Kufa, luego los ató con una cuerda, se los cargó a la espalda y emprendió el camino hacia su casa». (Rijalun Hawlar Rasul, p. 211)

La motivación fundamental de cada acto de Ammar (que Dios esté complacido con él) era obtener la complacencia de Dios. De camino a la batalla de Siffín, repetía: «¡Oh Dios! Si supiera que te complacerías si entregara mi vida arrojándome de una montaña, lanzándome al fuego o sumergiéndome en el agua, te complacería de ese modo. Voy a la batalla y mi único propósito es obtener Tu complacencia. Espero que no frustres este propósito mío». (Tabaqat) Sobre su nobleza de carácter y la firmeza de su fe, el propio Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «La fe se ha mezclado con la sangre y las venas de Ammar hasta hacerse una sola cosa». El Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se enorgullecía ante los demás compañeros de la fe de Ammar. En cierta ocasión surgió un malentendido entre el célebre comandante militar Jalid ibn Walid y Ammar acerca de un asunto. Cuando el asunto llegó a conocimiento del Mensajero de Dios, dijo: «Quien sea enemigo de Ammar tendrá a Dios por enemigo; quien envidie a Ammar tendrá también a Dios por enemigo». En otro hadiz se dice: «Después de mí, seguiréis a Abu Bakr y a Umar. Y recibiréis guía del camino y la conducta de Ammar».

Ammar encontraba un placer especial en adorar a Dios. Pasaba toda la noche recordando a Dios. Nunca dejaba pasar una oración, bajo ninguna circunstancia. En cierta ocasión se encontraba de viaje y necesitó realizar el baño ritual. A pesar de intentarlo repetidamente, no encontró agua. Recordó que la tierra podía sustituir al agua. En lugar del baño ritual, cubrió todo su cuerpo de polvo y tierra y realizó la oración. Al regresar del viaje, relató el asunto al Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), quien le dijo: «En una situación así, basta con realizar el tayammum».

Al célebre compañero Hudhayfa ibn al-Yamán (que Dios esté complacido con él) se le llamaba «Sirr Rasulillah», es decir, el depositario de todos los conocimientos secretos del Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Cuando se encontraba entre la vida y la muerte, le preguntaron: «Cuando la gente se divida y quede sumida en la duda, ¿con quién nos ordenas permanecer?». Respondió: «Permaneceréis con Ibn Sumayya. Nunca se desviará de la verdad mientras viva». Estas fueron las últimas palabras del gran compañero Hudhayfa. (Rijalun Hawlar Rasul, p. 212)

Él narró varios hadices del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). De él narraron hadices Abu Musa al-Ashari, Abdullah ibn Abbas, Abdullah ibn Yafar y muchos tabi‘un, además de otros compañeros.

Uzmán ibn Mazún (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Uzmán y su kunya, Abu Saib. Su padre era Mazún y su madre, Sujaila bint Unais. Incluso durante la época de la ignorancia poseía un carácter sumamente puro y virtuoso. En aquella época, un gran número de personas estaba acostumbrado a beber alcohol. Sin embargo, él jamás lo probó. A quienes bebían alcohol les decía: «¿Qué beneficio hay en beber algo que hace que el ser humano pierda la razón, se convierta en objeto de burla para la gente de baja condición y, en estado de embriaguez, no distinga entre su madre y su hermana?»

Su corazón también era extraordinariamente puro. El llamamiento del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo influyó con gran rapidez. Según los biógrafos de la vida del Profeta, antes que él solo trece personas habían aceptado el islam. Él fue el decimocuarto musulmán. En una narración de Ibn Sa‘d se informa que, antes de que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se refugiara en la casa de al-Arqam, Uzmán ibn Mazún, Ubayda ibn al-Hariz, Abd al-Rahman ibn Awf, Abu Salama Abd al-Asad y Abu Ubayda ibn al-Yarrah aceptaron juntos el islam. Fue el primer muháyir que murió de muerte natural en Medina y el primer musulmán enterrado en el cementerio de al-Baqi, en Medina.

En el quinto año de la misión profética, un grupo de musulmanes emigró por primera vez a Abisinia, con el permiso del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Uzmán ibn Mazún era el emir o líder de aquel grupo de muháyirun. Su hijo Saib también formaba parte del grupo. Después de permanecer algún tiempo en Abisinia, recibió la noticia de que todo el clan qurayshí de La Meca había aceptado el islam. Emprendió el viaje hacia La Meca lleno de alegría. Cuando llegó cerca de La Meca y comprendió que la noticia era infundada, se sintió sumamente consternado. Pues regresar de nuevo a un país tan lejano era difícil, y tampoco era seguro entrar en La Meca. Poco a poco, cuando todos sus compañeros regresaron a La Meca con la ayuda de sus respectivos parientes y allegados politeístas, él también entró en La Meca bajo la protección de Walid ibn al-Mugira. Gracias a la influencia de Walid ibn al-Mugira, el venerable Uzmán ibn Mazún se libró de las agresiones y torturas físicas, pero no pudo sentirse en absoluto feliz al ver las injusticias y persecuciones que se infligían al Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) y a los demás compañeros. Un día se reprendió a sí mismo y dijo: «¡Ay de mí! Mis parientes, amigos y miembros de mi tribu soportan toda clase de injusticias y torturas, mientras yo vivo cómodamente con la ayuda de un politeísta. ¡Por Allah! Esto no es sino una terrible debilidad de mi propio ser».

Con este pensamiento se sintió sumamente consternado. Comenzó a verse atormentado por un sentimiento de culpa. Fue a ver a Walid y le dijo: «Oh, Abu Abdi Shams, has cumplido debidamente con tu responsabilidad. Hasta ahora he permanecido bajo tu protección, pero ahora considero preferible permanecer bajo la protección de Allah y de Su Mensajero. Para mí, el ejemplo del Mensajero de Allah y de sus compañeros es suficiente». Walid respondió: «Quizá alguien te haya hecho daño». Él contestó: «No. La verdad es que ahora no necesito la ayuda de nadie aparte de Allah. Ven conmigo inmediatamente a la Kaaba y, del mismo modo que anunciaste que me concedías tu protección, anuncia también que la retiras». Ante su insistencia, Walid convocó una reunión pública en el recinto de la Kaaba, y Uzmán también se puso de pie, confirmó las palabras de Walid y dijo: «Amigos, he encontrado a Walid cumplidor de su promesa y compasivo. Puesto que ahora no deseamos la ayuda de nadie salvo la de Allah y Su Mensajero, yo mismo me he quitado de encima la carga del favor o beneficio de Walid».

Después de este anuncio, Uzmán ibn Mazún acudió con Labid ibn Rabi‘a a una reunión de los qurayshíes. Labid era un célebre poeta árabe de aquella época. En cuanto llegó, comenzó la velada poética. Labid empezó a recitar su casida. Cuando llegó a este verso: «Ala kullu shay’in ma jalal-laha batilun» —«Ciertamente, todo cuanto existe aparte de Allah es vano»—, Uzmán exclamó de repente: «Has dicho la verdad». Pero cuando Labid recitó el segundo verso: «Wa kullu na‘imin la mahálata za’ilun» —«Y toda dicha desaparecerá sin duda»—, él protestó enérgicamente: «Has mentido». Todos los presentes en la reunión lo miraron con ira. Le pidieron a Labid que recitara de nuevo el verso. Labid volvió a recitarlo, y Uzmán reiteró que el primer verso era verdadero y el segundo falso, diciendo: «Has mentido. Las bendiciones y los deleites del Paraíso nunca desaparecerán». Al oír esto, Labid se enfadó un poco y dijo: «¡Oh, miembros de la tribu de Quraysh! Vuestra reunión nunca había estado antes en semejante estado». Estas palabras provocadoras hicieron que toda la reunión estallara de ira. Entretanto, un desdichado se acercó a Uzmán y le propinó un fuerte puñetazo en el rostro. Como consecuencia del golpe, uno de sus ojos se amorató por la acumulación de sangre. La gente dijo: «Uzmán, bajo la protección de Walid estabas muy bien, y tus ojos también estaban a salvo de semejante sufrimiento». Él respondió: «La protección de Allah es la más segura y honorable. Incluso el ojo que todavía está sano anhela compartir el sufrimiento de su compañero». Walid preguntó: «¿Quieres volver a acogerte a mi protección?». Él respondió: «Ahora me basta con la protección de Allah». Sus sentimientos de aquel momento quedaron expresados magníficamente en una casida compuesta por él mismo. El venerable Alí también presentó hermosamente este episodio de Uzmán en uno de sus poemas. (Véase: Hayat as-Sahaba, tomo I.)

Así, durante mucho tiempo, el venerable Uzmán soportó pacientemente toda clase de torturas y persecuciones en La Meca. Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) permitió a todos los compañeros emigrar a Medina. El venerable Uzmán ibn Mazún emigró de La Meca a Medina junto con sus dos hermanos, Qudama ibn Mazún y Abdullah ibn Mazún, su hijo Saib ibn Uzmán y todos los demás miembros de su familia. El venerable Uzmán no dejó en La Meca a ningún miembro de su clan. Al llegar a Medina, se hospedó como invitado de Abdulah ibn Salama al-Ajlaní (que Allah esté complacido con él).

Cuando el Mensajero de Allah (s. a. s.) llegó a Medina, concedió una extensa parcela de tierra para que Hazrat Uzmán y sus hermanos se establecieran permanentemente, y estableció un vínculo de hermandad con Hazrat Abu al-Haizam ibn at-Taihan.

El primer enfrentamiento entre la verdad y la falsedad tuvo lugar en Badr. Él participó en esta batalla. Al regresar de la batalla, enfermó. Aunque su hermano ansarí y sus familiares le prodigaron suficientes cuidados,

no pudieron salvarlo de las garras de la muerte. Treinta meses después de la Hégira, Hazrat Uzmán ibn Maz’un falleció en Medina.

Hazrat Umm al-Alá al-Ansariyya, en cuya casa falleció Hazrat Uzmán, dijo: «Después de que lo lavaron, lo amortajaron y prepararon el féretro, llegó el Mensajero de Allah (s. a. s.). Yo comencé a decir: “Abu Saib, que la misericordia de Allah descienda sobre ti. Doy testimonio de que Allah te honrará”. El Mensajero de Allah (s. a. s.) preguntó: “¿Cómo sabes que Allah lo honrará?”. Respondí: “¡Oh, Mensajero de Allah! Si no lo honra a él, ¿a quién honrará?”. El Mensajero de Allah (s. a. s.) dijo: “Uzmán poseía una fe firme. Espero que su destino sea bueno. Pero, ¡por Allah!, aunque soy el Mensajero de Allah, no sé cuál será mi propio destino”».

El Mensajero de Allah (s. a. s.) quedó profundamente afligido por la muerte de Hazrat Uzmán ibn Maz’un. Se inclinó tres veces y besó su frente. Entonces las lágrimas del Mensajero de Allah (s. a. s.) empaparon las mejillas de Uzmán. Luego levantó la cabeza y, con voz entrecortada por el llanto, dijo: «Abu Saib, me estoy separando de ti. ¡Que Allah tenga misericordia de ti! Te has despedido de este mundo de tal manera que no tomaste nada de él, y el mundo tampoco pudo tomar nada de ti».

Incluso después de la muerte de Hazrat Uzmán (r. a.), el Mensajero de Allah (s. a. s.) no lo olvidó. Cuando falleció Hazrat Ruqayya, la hija del Mensajero de Allah (s. a. s.), él le dijo: «Ve y únete a nuestro mejor precursor, Uzmán ibn Maz’un».

Cuando Hazrat Uzmán ibn Maz’un murió, en Medina aún no había ningún cementerio destinado a los musulmanes. Después del fallecimiento de Uzmán, el Mensajero de Allah (s. a. s.) eligió para cementerio un lugar de Medina llamado «Baqi». Entre los compañeros del Mensajero de Allah (s. a. s.), él fue el primero en ser enterrado allí. El Mensajero de Allah (s. a. s.) dirigió personalmente la oración funeraria y, de pie junto a la tumba, supervisó el entierro. Después clavó sobre la tumba algún objeto como señal y dijo: «Cuando alguien muera, será enterrado en los alrededores de este lugar».

El carácter de Hazrat Uzmán era de un nivel sumamente elevado. Ya en la época de la ignorancia preislámica sentía aversión por el vino. La modestia era un rasgo de su naturaleza.

Sentía una profunda inclinación hacia el ruhbaniyyat, es decir, el ascetismo. En cierta ocasión decidió destruir los deseos y pasiones de su ego y convertirse en un rahib del desierto, renunciando al mundo. Pero cuando el Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) se enteró, le hizo desistir de ese propósito. Le dijo: «¿Acaso no soy para ti el mejor ejemplo? Tengo relaciones con mi esposa, como carne, ayuno y también rompo el ayuno. La castración es el equivalente del celibato para mi comunidad. Por tanto, quien se castre o se haga castrar no forma parte de mi comunidad».

La adoración y la vigilia nocturna eran sus actividades predilectas. Pasaba toda la noche rezando y ayunaba la mayoría de los días del año. Había destinado una habitación de su casa para la adoración. Allí hacía i‘tikaf tanto de noche como de día. Un día, el Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él), sujetándose al umbral de aquella habitación, dijo dos o tres veces: «Uzmán, Allah no me envió para el ruhbaniyyat o el ascetismo. La religión hanifa, sencilla y fácil, es la más amada por Allah entre todas las religiones.

Su intenso interés por la adoración lo volvió indiferente hacia su esposa y sus hijos. Un día, su esposa acudió a la casa del Profeta. Una de las esposas del Profeta (la paz y las bendiciones sean con él), al ver su ropa descuidada, le preguntó:

«¿Por qué te encuentras en este estado? Tu esposo es uno de los hombres ricos de Quraysh». Ella respondió: «¿Qué relación tengo yo con él? Pasa toda la noche rezando y ayuna durante el día». Las Madres de los Creyentes informaron de aquello al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él). Entonces el Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) se dirigió apresuradamente a la casa de Uzmán ibn Maz‘un y, llamándolo, le dijo: «Uzmán, ¿acaso mi propia vida no es un ejemplo para ti?». Uzmán respondió: «¡Que mis padres sean sacrificados por ti!». El Mensajero (la paz y las bendiciones sean con él) dijo: «Pasas toda la noche adorando y ayunas la mayoría de los días». Él respondió: «Sí, así lo hago». Le dijo: «No lo hagas de ese modo. Tus ojos, tu cuerpo y tu familia tienen derechos sobre ti. Reza, descansa, ayuna y rompe el ayuno». Después de esta orientación, un día su esposa acudió a la casa del Profeta. Pero entonces parecía estar ataviada como una novia recién casada. De su cuerpo se difundía una fragancia perfumada.

Después del fallecimiento de Jadiya (que Allah esté complacido con ella), Jawla bint Hakim, esposa de Uzmán ibn Maz‘un (que Allah esté complacido con él), presentó al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él) la propuesta de matrimonio con Aisha y Sawda. Gracias a su mediación se celebraron, en esencia, estos dos matrimonios del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones sean con él). (Hayatus-Sahaba, 2/653)

Abdullah ibn Umar (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Abdullah y su kunya, Abu Abd al-Rahman. Su padre era Umar ibn al-Jattab y su madre, Zaynab. Según la narración correcta, tenía catorce años durante la batalla de Uhud, en el tercer año de la Hégira. De acuerdo con ello, nació en el segundo año de la misión profética. Cuando Umar aceptó el islam en el sexto año de la misión profética, Abdullah tenía aproximadamente cinco años.

Desde que tuvo uso de razón, Abdullah vio su hogar iluminado por la luz del islam. Creció en un ambiente islámico. Sin embargo, según algunas narraciones, aceptó el islam antes que su padre. Pero la opinión correcta es que, cuando su padre aceptó el islam, él todavía era pequeño. Como hijo menor de edad, siguió también la religión de su padre.

Hazrat Umar (ra), harto de la persecución de los incrédulos, emigró de La Meca a Medina junto con su familia. Abdullah también se trasladó a Medina con su padre. Después de la Hégira, el primer enfrentamiento entre la verdad y la falsedad tuvo lugar en Badr. Ibn Umar era entonces un muchacho de trece años. Solicitó unirse al yihad. Como aún no tenía la edad requerida para participar en el yihad, el Mensajero de Allah (saw) rechazó su solicitud. Un año después se presentó nuevamente la batalla de Uhud. Esta vez se alistó. Por la misma razón, tampoco logró obtener el permiso del Mensajero de Allah (saw). Dos años después, en el quinto año de la Hégira, tuvo lugar la batalla de la Trinchera. Abdullah tenía quince años. Esta fue la primera vez que obtuvo del Mensajero de Allah permiso para marchar al yihad.

Durante la tregua de Hudaybiyya, en el sexto año de la Hégira, fue compañero de viaje del Mensajero de Allah (saw) y tuvo la dicha de participar en la Bay’at al-Ridwan. Por una coincidencia, alcanzó este honor antes que su padre, Hazrat Umar (ra). Ese día, Hazrat Umar (ra) lo había enviado a traer un caballo de un ansarí. Apenas había emprendido el camino, oyó que el Mensajero de Allah (saw) estaba recibiendo el juramento de fidelidad de los compañeros. Corrió hacia allí y fue el primero en prestar juramento en manos del Mensajero de Allah.

También participó en la expedición de Jaibar. Durante este viaje, fue uno de los transmisores de las disposiciones sobre lo lícito y lo ilícito que anunció el Mensajero (saw). (Bujari)

En el momento de la conquista de La Meca, Ibn Umar era un joven de veinte años. En esta expedición estuvo junto a los demás muyahidines. Sus armas eran un caballo veloz y una lanza pesada. Llevaba sobre el cuerpo una sola pieza de tela. Un día, mientras cortaba con sus propias manos la hierba para el caballo, el Mensajero (saw) lo vio y exclamó: «¡Abdullah, Abdullah!». Después de la conquista de La Meca, entró en la Kaaba siguiendo al Mensajero de Allah. Dijo: «Los primeros en entrar con el Mensajero de Allah (saw) fueron Usama ibn Zayd, Uthman ibn Talha y Bilal ibn Rabah. Después, yo fui el primero en entrar en el interior de la Kaaba».

Después de la conquista de La Meca, también participó en la expedición de Hunayn y en el asedio de Taif. Al igual que numerosos musulmanes, Ibn Umar acompañó al Mensajero de Allah (saw) en su peregrinación de despedida y realizó aquel Hayy.

En el noveno año de la Hégira se emprendió la expedición de Tabuk. El Mensajero (saw) partió hacia Tabuk con treinta mil muyahidines. Ibn Umar también era uno de los miembros de este ejército. En resumen, desde la batalla de la Trinchera hasta el último día de la vida del Mensajero de Allah (saw), participó en todas las expediciones y acontecimientos importantes.

Durante el período del primer califa, no se ve a Ibn Umar involucrado en ninguna actividad destacada. O, aunque hubiera participado en ellas, la historia no conserva mucha información al respecto.

Sin embargo, durante la época del segundo califa, la historia registra su presencia como soldado raso en algunas expediciones. Participó en la batalla de Nihawand y cayó enfermo. Participó en las expediciones de Siria y Egipto y cayó enfermo. La historia informa de su participación en las expediciones de Siria y Egipto. Sin embargo, no se conoce ninguna contribución destacada suya en estas expediciones. Durante ese período también se le ve ausente de las actividades administrativas del Estado. Probablemente la razón era que el califa Umar (ra) no quería que sus parientes cercanos se involucraran en ninguna tarea especial del califato. A pesar de ello, cuando surgía alguna cuestión relacionada con el beneficio o el perjuicio de la comunidad musulmana, se presentaba voluntariamente y aceptaba toda la severidad de su padre. Como ejemplo, cuando el califa Umar (ra) se encontraba en el umbral de la muerte, Ibn Umar oyó de labios de su hermana, la Madre de los Creyentes, Hazrat Hafsa (ra), que Umar (ra) no quería nombrar a nadie como su sucesor. Ibn Umar pensó en los problemas futuros de la comunidad en ausencia de su padre. Temblando de miedo, se presentó ante él y le dijo valientemente: «Me llegan diversas palabras de la gente y he venido a informarte de ellas. Creen que no quieres nombrar a nadie como tu sucesor». También añadió: «Supongamos que un pastor apacienta tus camellos y cabras. Si dejara el rebaño en el campo y viniera a ti, ¿cuál sería su destino? Guiar a las personas es una tarea aún más difícil». Estas palabras razonables agradaron al califa Umar. Tras reflexionar durante un momento, dijo: «Allah mismo es el guardián de Su rebaño». Finalmente, encomendó la responsabilidad de elegir al siguiente califa a un grupo de compañeros de alto rango.

Tras la muerte de su padre, Ibn Umar aparece por primera vez en la asamblea para elegir al califa. Hazrat Umar dejó como legado que, en la elección del califa sucesor, Abdullah solo actuaría como consejero. No debía ser nombrado califa.

Durante el califato de Uthman tuvo la oportunidad de participar en las actividades administrativas. Sin embargo, nunca intentó obtener ningún beneficio ilícito. El califa Uthman (que Allah esté complacido con él) le propuso aceptar el cargo de juez. Él lo rechazó diciendo: «No juzgo entre dos personas ni dirijo la oración de dos personas. Pues el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “Los jueces son de tres clases. La primera: los ignorantes; su morada es el Infierno. La segunda: los eruditos mundanos; ellos también estarán en el Infierno. La tercera: quienes realizan ijtihad y llegan a la decisión correcta; para ellos no hay castigo ni recompensa”». El califa dijo: «Tu padre también juzgaba». Él respondió: «Sí, eso es cierto. Pero cuando se enfrentaba a algún problema, acudía al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Y cuando el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) no podía tomar una decisión, recurría a Yibril. Pero ¿a quién acudiré yo ahora? Por Allah, exímame de este cargo». El califa lo eximió, pero le exigió que no revelara este asunto a nadie más. El califa sabía que, si la gente se enteraba de que Ibn Umar se había negado a aceptar el cargo de juez, ya no se encontraría a ninguna persona honrada para ocuparlo. Todos seguirían el ejemplo de Ibn Umar.

Aunque se mantuvo alejado de las responsabilidades administrativas del califato, nunca se apartó del yihad por la causa de Allah. Cada vez que se hacía el llamamiento al yihad, respondía. En el año 27 de la Hégira participó en la campaña de África (Túnez, Argelia y Marruecos). En el año 30 de la Hégira participó, junto con Sa’id ibn al-As, en las campañas de Jorasán y Tabaristán. Sin embargo, cuando comenzaron los disturbios internos y la fitna y la corrupción, adoptó un aislamiento total. No volvió a participar en ninguna actividad del califato. Tras el martirio de Hazrat Uthman (que Allah esté complacido con él), la gente le pidió que aceptara el cargo de califa. Él lo rechazó firmemente. La gente lo amenazó con matarlo, pero él no se perturbó lo más mínimo y permaneció firme en su decisión.

Existe discrepancia sobre cuál de los dos, Ali y Muawiya (que Allah esté complacido con ambos), reconoció como califa. Ibn Hayar dice: «Ibn Umar consideraba que no debía prestarse juramento de fidelidad a nadie mientras no existiera el consenso o la unanimidad de la gente respecto a él. Desde esta perspectiva, no prestó juramento de fidelidad a Ali (que Allah esté complacido con él). Sin embargo, según una narración de al-Mustadrak, prestó juramento de fidelidad a Ali con la condición de que no se involucraría en una guerra civil junto a él. Ali aprobó también esta condición. No se derramó ni una gota de sangre musulmana por su mano. No obstante, hasta el último momento de su vida sintió un intenso remordimiento por no haberse unido al bando de Ali (que Allah esté complacido con él).»

Después de la batalla de Siffín, Abu Musa al-Ashari y Amr ibn al-As fueron designados jueces de ambas partes. Abu Musa propuso ante su oponente el nombre de Abdullah ibn Umar como califa. Pero Amr ibn al-As rechazó esta propuesta. Ibn Umar también estuvo presente en Dumat al-Yandal junto con otros musulmanes para escuchar la decisión de los dos jueces.

Después del martirio de Hazrat Ali, aceptó el califato de Amir Muawiya. Participó en varias campañas durante su época. También participó en la campaña de Constantinopla.

Después de Amir Muawiya (que Allah esté complacido con él), Yazid asumió la responsabilidad del califato. Le prestó juramento de fidelidad para protegerse de la fitna causada por las divisiones internas de la comunidad musulmana. Sobre esto comentó: «Si es bueno, estaremos complacidos; y si es malo, tendremos paciencia». Tiempo después, cuando los habitantes de Medina retiraron el juramento que habían prestado a Yazid, convocó a los miembros de su familia y les dijo: «He prestado juramento de fidelidad a Yazid para obedecer a Allah y a Su Mensajero… Que ninguno de vosotros rompa este juramento. Si alguien lo rompe, la espada decidirá entre él y yo». En su opinión, anular o retirar este juramento constituía una especie de engaño. Y la sharía establece un severo castigo para el engaño. Él no prestó juramento de fidelidad a Yazid movido por ninguna ambición.

Después de la muerte de Yazid, su hijo, Muawiya II, se convirtió en califa. Ejerció la responsabilidad del califato durante apenas tres meses. Tras su muerte, por un lado, Abdullah ibn al-Zubayr (que Allah esté complacido con él) se proclamó califa en La Meca. Los habitantes de Irak, el Hiyaz y Yemen le prestaron juramento de fidelidad. Por otro lado, Marwan se proclamó califa y obtuvo el juramento de fidelidad de los habitantes de Siria. Aunque la mayoría de las regiones del entonces califato islámico apoyaban a Abdullah ibn al-Zubayr, Abdullah ibn Umar no concedió la menor importancia a su reivindicación. Mientras los dos grupos enfrentados combatían por la reivindicación del califato, un hombre le dijo a Ibn Umar: «Allah ha ordenado hacer el yihad para impedir la fitna». Él respondió: «Cuando existía la fitna, hicimos el yihad. La fitna de aquel tiempo consistía en que los incrédulos no permitían a los musulmanes adorar a Allah. Esta guerra civil de hoy no es yihad, sino una lucha suicida por el poder. Sin embargo, cuando Hachach ibn Yusuf atacó a Abdullah ibn al-Zubayr en La Meca y destruyó una parte de la Kaaba, expresó una profunda indignación y lo condenó severamente.

Cuando se prestó juramento de fidelidad al califato en manos de Abd al-Malik, Ibn Umar también envió un juramento de fidelidad por escrito. El contenido de su juramento era el siguiente: «Yo y mi hijo nos comprometemos a obedecer, en la medida de nuestras posibilidades, al Amir al-Muminin Abd al-Malik conforme a Allah y a la Sunna del Mensajero». Abd al-Malik respetaba mucho a Ibn Umar y lo seguía en el cumplimiento de las disposiciones de la Sharía. Durante el Hayy, ordenaba seguir a Ibn Umar en la observancia de los ritos del Hayy.

Falleció en el año 74 de la Hégira, a la edad de 83 u 84 años. Durante el Hayy, la punta envenenada de una lanza de un hombre se clavó en su pie. Finalmente, fue ese veneno el que causó su muerte. Generalmente se considera que esto no ocurrió simplemente por casualidad, sino que detrás de ello estaba la indicación de Hajjaj. Pues Ibn Umar reprendió severamente a Hajjaj por haber atacado a Abd Allah ibn al-Zubayr en la Kaaba. Esto enfureció a Hajjaj. Después, por indicación suya, un soldado sirio lo hirió de esa manera. Sin embargo, Ibn Hayar afirmó que Abd al-Malik había ordenado a Hajjaj que no entrara en conflicto con Ibn Umar. Esta orden resultaba sumamente dolorosa para Hajjaj. Por eso apartó a Ibn Umar de este mundo mediante este procedimiento alternativo.

Ibn Saad relata que, en cierta ocasión, durante el sermón, Hajjaj acusó a Ibn al-Zubayr de haber alterado la Palabra de Allah. Ibn Umar protestó inmediatamente y exclamó: «¡Has mentido! Ibn al-Zubayr no tiene tal poder, y tú tampoco tienes derecho a formular semejante acusación». Hajjaj no pudo aceptar fácilmente una protesta tan severa en una asamblea pública. Pero tampoco se atrevía a tratar públicamente a Ibn Umar de manera irrespetuosa. Por eso recurrió a una conspiración secreta de este tipo.

En otro relato se cuenta que, un día, Hajjaj pronunció un sermón tan largo que el tiempo de la oración de Asr se volvió demasiado limitado. Ibn Umar, molesto, exclamó: «El sol no puede esperarte». En cualquier caso, por diversas razones, el tirano Hajjaj no podía soportar a Ibn Umar, soldado de la verdad. Por eso dispuso que fuera apartado de este mundo de esta manera.

Cuando Ibn Umar estaba postrado en cama debido a los efectos del veneno, Hajjaj fue a visitarlo. Después de intercambiar saludos, Hajjaj dijo: «Si identificara al culpable, le cortaría el cuello». Ibn Umar respondió: «Tú has hecho todo esto y luego dices que matarías al culpable si lo encontraras». Después de oír de frente una verdad tan desagradable, Hajjaj guardó silencio.

El deseo ferviente de Abd Allah ibn Umar era exhalar su último aliento en Medina la Iluminada. Cuando su estado comenzó a empeorar, suplicaba: «¡Oh Allah, no me hagas morir en La Meca!». Encomendó a su hijo Salim: «Si muero en La Meca, entiérrame en algún lugar fuera del Santuario de La Meca. No me parece apropiado ser sepultado en la tierra desde la que emigré». Pocos días después de encomendar esto a su hijo Salim, abandonó este mundo.

Después de su muerte, la gente quiso enterrar el cadáver fuera del Santuario, conforme a su testamento. Pero Hajjaj se lo impidió. Él mismo dirigió la oración funeraria y lo enterró en el cementerio llamado Fajj.

Su compañía del Mensajero de Allah en toda circunstancia —durante los viajes y la residencia, en casa y fuera de ella—, la educación y formación recibidas del gran Al-Faruq y, sobre todo, su propia búsqueda inquisitiva lo convirtieron en un océano de conocimiento islámico. Poseía un conocimiento profundo de las ciencias del Corán, el hadiz, el fiqh y otras disciplinas. En aquella época, en Medina, Ibn Umar era uno de los sabios a quienes se llamaba «Majmaul Bahrayn» de conocimiento y práctica, es decir, el punto de encuentro de dos mares.

Sentía una gran afición por la recitación del Sagrado Corán. Dedicó una gran parte de su vida a estudiar las suras y los versículos del Corán. Pasó catorce años estudiando únicamente la sura Al-Baqara. Esto permite imaginar cuánto esfuerzo y tiempo dedicó a comprender el Corán. Esta excepcional afición por el Corán le otorgó una capacidad única para su tafsir y ta’wil. La capacidad de comprender el Corán se desarrolló en él desde los albores de su juventud. Por ello se le veía participar en las reuniones del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) junto a los grandes Sahaba.

Después del Corán viene el hadiz. Ibn Umar era uno de los principales memorizadores de hadices. El número de hadices que narró fue de 1.630 (mil seiscientos treinta). De ellos, 170 son muttafaq alayh, es decir, narrados tanto por Bujari como por Muslim. Bujari narró 81 de forma exclusiva y Muslim, 31. Sentía un intenso deseo de conocer cada palabra y cada acción del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Cuando se encontraba lejos de la compañía del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), averiguaba las palabras y acciones de ese período por medio de quienes habían estado a su servicio, y las conservaba en su memoria. Si se enteraba de alguna palabra nueva que desconocía, acudía inmediatamente al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) o al primer narrador para verificar su autenticidad. Este espíritu inquisitivo convirtió a Ibn Umar en un vasto océano de conocimiento del hadiz. Si no recordaba cada letra de las palabras pronunciadas por el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), no las narraba. Sus contemporáneos dijeron: «Entre los Sahaba no había nadie más cuidadoso que Ibn Umar con respecto a añadir o quitar algo al narrar los hadices del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)».

A través de Hazrat Ibn Umar se difundió una gran parte del conocimiento del hadiz. Vivió más de sesenta (60) años después del fallecimiento del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Durante todo ese largo período se dedicó con plena concentración al estudio del conocimiento de la religión. Ibn Shihab al-Zuhri dijo: «No había ningún asunto relacionado con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y sus Sahaba que Ibn Umar desconociera». Por temor a que aquella dedicación al conocimiento se interrumpiera, nunca aceptó un cargo oficial. Su círculo permanente de estudio estaba en Medina. Durante la temporada del Hayy emitía fatwas. También visitaba las casas de la gente para transmitir hadices. Se cuenta que un día fue a la casa de Abdullah ibn Muti’. Abdullah le ofreció un asiento. Después de sentarse, Ibn Umar dijo: «He venido a tu casa en este momento para contarte un hadiz. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “Quien se aparte de la obediencia al gobernante resucitará el Día de la Resurrección sin tener ninguna prueba a su favor. Y quien muera separado de la comunidad, morirá como en la época de la ignorancia”».

Temía enormemente añadir o quitar algo al narrar los hadices del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Por eso narraba muy pocos hadices. El imam al-Shabi dijo: «Me senté durante un año junto a Abdullah ibn Umar, pero durante ese tiempo no me narró ningún hadiz». No es que considerara censurable narrar hadices o que narrara pocos por negligencia; más bien, consideraba que solo debían narrarse cuando fuera necesario. No le gustaba alterar las palabras.

Debido a la extrema cautela que observaba al narrar hadices, los muhaddizun consideraban sus narraciones las más fiables. Ibn Shihab al-Zuhri, cuando encontraba un hadiz de Ibn Umar sobre algún asunto, no consideraba necesario recurrir al hadiz de nadie más. En la cadena de transmisión de los hadices, los muhaddizun denominan «Silsilat al-Dhahab», o «cadena de oro», a la cadena «Malik, de Nafi’, de Ibn Umar». Esto se debe a que Ibn Umar pasó cerca de quince años en compañía del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Fue testigo de todo el período de Abu Bakr y Umar, y pasó aproximadamente treinta años en compañía de Umar. El segundo miembro de esta cadena, Nafi’, era esclavo de Ibn Umar. Durante unos treinta años sirvió a su amo. El tercer miembro de la cadena es el imam Malik. Tuvo la oportunidad de asistir durante diez o doce años al círculo de estudio de su maestro Nafi’.

Además del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), Ibn Umar también adquirió conocimiento de destacados Sahaba como Abu Bakr, Uthman, Ali, Zayd ibn Thabit, Abdullah ibn Mas’ud, Bilal, Suhayb, Rafi’, Aisha y Hafsa (que Allah esté complacido con ellos).

La vida de Hazrat Abdullah ibn Umar era un reflejo vivo de la vida del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Hazrat Abu Hudhayfa solía decir: «Después del fallecimiento del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), toda persona cambia de algún modo, pero Umar y su hijo Abdullah no cambiaron en nada». Nafi’, el servidor personal de Ibn Umar, decía a sus estudiantes tabi’un: «Si Ibn Umar viviera en esta época, al ver su rigor en seguir la Sunna del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), diríais: “Este hombre está loco”». Vivió aproximadamente ochenta y cinco años y prestó la bay’a al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) cuando aún era niño. Al final de su vida dijo: «Desde que presté la bay’a al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) hasta este día, no la he quebrantado ni he introducido ningún cambio en ella». No solo en los actos de adoración, sino también en sus acciones y hábitos humanos, seguía cada conducta del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Por ejemplo, durante el viaje del Hayy, allí donde el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) pasaba la noche, él también pasaba la noche posteriormente en el mismo lugar. Allí donde el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) realizaba la oración, él también oraba. Recorría el mismo camino por el que había pasado el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). Incluso realizaba la ablución y el baño ritual en los mismos lugares donde el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) los había realizado. En resumen, seguía literalmente cada paso del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). La gente consideraba que cada una de sus palabras y acciones eran, en realidad, palabras y acciones del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Como la gente lo seguía, cuando por alguna razón personal no podía seguir la Sunna en un determinado asunto, lo aclaraba expresamente diciendo: «Esto no es una acción ni una práctica del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz); lo he hecho debido a una excusa especial». Así desaparecía la confusión de la gente. Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo sobre su seguimiento de la Sunna: «Nadie sigue las huellas del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) como Ibn Umar».

El tafaqquh fi d-din, es decir, la reflexión y el estudio profundo de la religión, alcanzó en él su plenitud. Pasó toda su vida estudiando el conocimiento y emitiendo fatwas. También fue uno de los destacados Sahaba muftíes de Medina. Incluso los más grandes especialistas islámicos de su época acudían a él para resolver diversas cuestiones jurídicas. Grandes tabi’un como Said ibn Jubayr también consultaban con él la solución de diversas cuestiones. Posteriormente, la escuela malikí se desarrolló principalmente sobre la base de estas fatwas de Ibn Umar. El imam Malik decía: «Ibn Umar era uno de los imames de la religión. Si se hubieran recopilado sus fatwas, habrían formado una obra de gran extensión». Observaba una extrema cautela al emitir fatwas. El hafiz Ibn Abd al-Barr dijo: «Ibn Umar observaba una cautela especial tanto en sus fatwas como en sus prácticas. Deliberaba mucho antes de hablar y actuaba igualmente después de meditarlo con detenimiento.

No parece que Ibn Umar tuviera un interés especial por los conocimientos corrientes entre los árabes de aquella época, aparte del conocimiento de la religión, como la poesía, la astrología y la elocuencia. La posible razón es que no consideraba apropiado dedicar tiempo al estudio de conocimientos distintos del saber religioso.

Es cierto que, en general, las características morales del Mensajero de Allah (s. a. s.) dejaron su huella en todos los Compañeros, pero en Ibn Umar lo hicieron de manera más profunda. En cada una de sus palabras y acciones se hacía claramente visible la impronta del carácter y las cualidades del Mensajero de Allah (s. a. s.).

Allah, el Altísimo, dijo al elogiar a los Compañeros en el Sagrado Corán: «Iza zukirallahu wayilat kulubuhum»: cuando se menciona a Allah ante ellos, sus corazones tiemblan de temor. Este estado alcanzó en Ibn Umar su pleno desarrollo. En una ocasión recitaron ante él este versículo: «Fakaifa iza yi’na min kulli ummatin shahida»: ¿cómo será cuando hagamos comparecer un testigo de cada comunidad? Ibn Umar lloró tanto al escuchar este versículo que su barba se empapó con sus lágrimas, y las personas que lo rodeaban también se conmovieron.

Ibn Umar era un gran devoto y pasaba las noches entregado a la adoración. Pasaba la mayor parte de la noche adorando. Su sirviente Nafi cuenta que rezaba durante toda la noche. Cuando llegaba el momento del alba, me preguntaba: «¿Ha amanecido?». Si respondía que sí, permanecía haciendo istigfar hasta que hubiera más luz; y si respondía que no, volvía a ponerse de pie para rezar. Experimentaba un gusto celestial al recitar el Corán. No dejaba de realizar ni siquiera los pequeños actos de adoración. Hacía una nueva ablución para cada oración. Al dirigirse a la mezquita, caminaba despacio para aumentar el número de pasos y obtener así más recompensa.

Ibn Umar era un ejemplo vivo del desapego mundano y la taqwa. Era el asceta y piadoso más incomparable de su época. Hadrat Yabir (r. a.) decía: «Entre nosotros no había nadie, aparte de Ibn Umar, a quien no atrajera el esplendor de este mundo». Desde su infancia predominaba en él la taqwa. Al ver su naturaleza piadosa, el Mensajero (s. a. s.) dijo de él: «Rayulun salih»: un siervo virtuoso.

Era sumamente generoso. Siempre donaba por la causa de Allah aquello que más amaba. Cuando algún esclavo o esclava le agradaba, lo liberaba. En una sola reunión distribuía mil dírhams. Liberaba tantos esclavos y esclavas que el número de personas que había emancipado superaba el millar. En una ocasión partió hacia la peregrinación montado en un camello muy hermoso. Le gustaba mucho la manera de andar del camello. De pronto se bajó, descargó sus pertenencias y ordenó que lo incorporaran a los animales destinados al sacrificio. Ayyub ibn Wail al-Rasibi cuenta: «Un día llegaron a manos de Ibn Umar cuatro mil dírhams y una capa de terciopelo. Al día siguiente vi a Ibn Umar comprando a crédito en el mercado alimento para su montura. Entonces fui inmediatamente a la casa de Ibn Umar y pregunté a sus familiares: “¿No llegaron ayer a manos de Ibn Umar cuatro mil dírhams y una capa de terciopelo?”. Respondieron: “Sí”. Dije: “Hoy lo vi comprando a crédito alimento para los animales en el mercado”. Ellos respondieron: “Lo repartió todo antes de que amaneciera”. Después salió llevando la capa sobre los hombros; cuando regresó a casa, vi que tampoco la tenía. Al preguntarle, respondió: “Se la di a un pobre”. Al oír esto, Ibn Wail corrió hacia el mercado aplaudiendo y, de pie en un lugar elevado, gritó: “¡Oh comerciantes! ¿Qué haréis con este mundo? Ahí tenéis a Ibn Umar: recibió cuatro mil dírhams y los repartió; luego, por la mañana, compró a crédito alimento para los animales”».

Así, él era una interpretación práctica del versículo: «Lan tanalul birra hatta tunfiqu mimma tuhibbun»: nunca alcanzaréis la bondad hasta que gastéis de aquello que amáis. No comía en ningún momento sin llevar consigo a uno o dos pobres y necesitados. A menudo reprendía a sus hijos cuando invitaban a los ricos a comer y no llamaban también a los pobres y necesitados. Les decía: «Invitáis a los que tienen el estómago lleno y dejáis atrás a los hambrientos».

Era un comerciante próspero. También poseía tierras cultivables. Recibía una asignación del tesoro público. Sin embargo, consumía muy poco para sí mismo y lo repartía todo. Una vez, un amigo le regaló un recipiente lleno. Él preguntó: «¿Qué es esto?». Su amigo respondió: «Es una medicina. La he traído de Irak para usted». Volvió a preguntarle: «¿Qué propiedades tiene?». Su amigo respondió: «Aumenta la capacidad digestiva». Entonces él dijo: «Sin embargo, llevo cuarenta años sin comer hasta saciarme». ¿Acaso era avaro o carecía de recursos? No; la historia no lo afirma. Actuó así únicamente como muestra de afecto y solidaridad hacia el Mensajero de Allah (s. a. s.) y hacia su padre, Umar ibn al-Jattab.

Sentía un profundo amor por el Mensajero de Allah (s.a.s.). Cuando murió el amado Profeta, su corazón quedó destrozado. Cada vez que recordaba al Mensajero de Allah (s.a.s.), rompía a llorar desconsoladamente. Siempre que regresaba a Medina de un viaje, iba a la Rawda Sagrada para ofrecer el saludo. Debido a su amor por el Mensajero de Allah (s.a.s.), también amaba profundamente a sus familiares. Una vez, un beduino iraquí le preguntó sobre la expiación por matar una mosca. Él les dijo a sus compañeros: «Observad a este hombre. Pregunta por la expiación por la sangre de una mosca, mientras que ellos mismos martirizaron a Husain, el querido nieto del Profeta». Debido a su amor por el Mensajero (s.a.s.), también amaba profundamente la ciudad de Medina. Ni siquiera en medio de grandes penas y sufrimientos pensó jamás en abandonar Medina.

Hazrat Ibn Umar (que Allah esté complacido con él) siempre se abstenía de todo aquello que pudiera provocar divisiones entre la comunidad musulmana. Era veraz. Sin embargo, a veces guardaba silencio cuando veía la posibilidad de que la comunidad musulmana sufriera algún perjuicio. En una ocasión, Hazrat Amir Muawiya (que Allah esté complacido con él) afirmó: «¿Quién tiene más derecho que yo a obtener el califato?». Aunque Ibn Umar estuvo a punto de responderle, no lo hizo por temor a la discordia y la sedición. Permaneció callado. De igual modo, en Mina rezó cuatro ciclos detrás del califa Usman, aunque consideraba que allí debía hacerse la oración abreviada conforme a la Sunna del Mensajero de Allah (s.a.s.), Abu Bakr y Umar. Pero cuando rezó solo, realizó únicamente dos ciclos. Rezó cuatro ciclos detrás de Usman por temor a provocar divisiones. Decía: «Provocar divisiones es una mala acción». También decía: «Aunque toda la comunidad de Muhammad me reconociera como califa y solo dos personas se negaran a aceptarlo, aun así no lucharía contra ellas».

Por temor a provocar divisiones, prestó juramento de fidelidad a todos los califas. En aquella época de discordia y sedición, rezaba detrás de todos los gobernantes y les entregaba el zakat. Sin embargo, esta obediencia se mantenía dentro de los límites de la religión. Por eso, aunque al principio rezaba detrás de Hajjaj, cuando este empezó a retrasar la oración, dejó de rezar detrás de él. Incluso abandonó La Meca y se trasladó a Medina.

Ibn Umar nunca temía decir la verdad. Criticaba cara a cara a los gobernantes de la dinastía omeya. En una ocasión, Hajjaj estaba pronunciando un sermón. Ibn Umar le dijo: «Este hombre es enemigo de Allah. Ha profanado el santuario de La Meca, ha destruido la Casa de Allah y ha matado a los siervos amados de Allah».

En otra ocasión, Hajjaj prolongó tanto el sermón que se retrasó la oración de la tarde. Ibn Umar gritó: «Se está acabando el tiempo de la oración; termina de hablar». Después de repetirlo tres veces, Umar se dirigió a los presentes y dijo: «Si me levanto, ¿vendréis conmigo?». La gente respondió: «Sí». Ibn Umar se levantó. Hajjaj bajó apresuradamente del púlpito y dirigió la oración. Después, Hajjaj le preguntó a Ibn Umar: «¿Por qué hiciste eso?». Él respondió: «Nosotros venimos a la mezquita para rezar. Cuando llega la hora de la oración, se debe dirigir de inmediato. Después puedes hablar todo lo que quieras». Debido a esta franqueza, los gobernantes tiránicos de los omeyas le tenían muchísimo miedo.

El islam eliminó todas aquellas prácticas y características que implican humillar a una persona o rendirle honores indebidos. Ibn Umar era un ejemplo vivo de esta igualdad islámica. No aprobaba en absoluto ninguna conducta que pudiera crear diferencias dentro de esa igualdad. Por eso, cuando la gente se levantaba para honrarlo, él no se sentaba. También observaba esta igualdad en su trato con sus sirvientes y esclavos. Les enseñaba a tener dignidad. Los sentaba a su lado para comer. Creía que no cuidar debidamente la alimentación y la vestimenta de los esclavos era un pecado grave. Salim dice que, en toda su vida, Ibn Umar nunca reprendió a un esclavo salvo en una ocasión. Una vez golpeó a un esclavo por algún motivo. Después de golpearlo, se arrepintió tanto que lo liberó.

La humildad y la modestia eran rasgos destacados de su carácter. Le disgustaba enormemente escuchar elogios sobre sí mismo. Un hombre le arrojó tierra al rostro. Entonces le recitó el hadiz del Mensajero de Allah (s.a.s.): «Arrojad tierra al rostro de quienes elogian». Saludaba a todos, pequeños y grandes, sin hacer distinciones. Si al pasar olvidaba saludar a alguien, regresaba para saludarlo. Incluso cuando escuchaba palabras muy ofensivas, las soportaba y no respondía. Un hombre lo insultó con lenguaje grosero. Él se limitó a decir: «Mi hermano y yo pertenecemos a un linaje muy noble», y guardó silencio.

En la biografía de Ibn Umar vemos que gozaba de una situación económica muy holgada. En una sola reunión distribuía miles de dírhams entre los pobres y necesitados. Sin embargo, el valor total de los muebles de su propia casa no superaba los cien dírhams. Maimun ibn Mahran cuenta: «Entré en la casa de Ibn Umar y calculé el precio de las mantas, los colchones, la ropa de cama y demás objetos. En total, no superaban los cien dírhams». Llevaba una vida así de sencilla y austera. Realizaba sus propias tareas con sus propias manos. No le agradaba aceptar la ayuda de nadie para sus asuntos personales.

Durante la época de Umar, cuando se fijaron las asignaciones para todos los Compañeros, la asignación de Ibn Umar se estableció en dos mil quinientos dírhams. En cambio, la asignación de Usama ibn Zayd se fijó en tres mil dírhams. Ibn Umar protestó ante su padre, Umar (r.a.), por esta desigualdad y dijo: «Si en ningún aspecto estoy por detrás de él, ni usted, su padre, está por detrás de su padre, ¿cuál es la razón de esta desigualdad?». Umar (r.a.) respondió: «Has dicho la verdad. Sin embargo, el Mensajero (s.a.) amaba a su padre más que a tu padre, y a él más que a ti». Al escuchar la respuesta, Ibn Umar (r.a.) guardó silencio.

Sus rasgos de carácter y sus virtudes no pueden describirse ni exponerse en este breve artículo. Un cierto tabií comentó acerca de él: «Si tuviera que testificar que alguna persona es de los habitantes del Paraíso, ciertamente lo haría en favor de Ibn Umar».

Abdullah ibn Jahsh (r.a.)

Su nombre era Abdullah y su kunya, Abu Muhammad. Su padre era Jahsh y su madre, Umayma. Estaba emparentado con el Mensajero de Allah (s.a.) por diversos vínculos. Su madre, Umayma bint Abd al-Muttalib, era la tía paterna del Mensajero de Allah (s.a.). Su hermana, la Madre de los Creyentes, Hazrat Zaynab bint Jahsh, era esposa del Mensajero de Allah (s.a.). Por tanto, era a la vez primo por parte de tía paterna y cuñado del Mensajero de Allah (s.a.).

La historia no proporciona ninguna información sobre el año de su nacimiento. Sin embargo, cuando alcanzó el martirio en la batalla de Uhud, en el tercer año de la Hégira, tenía algo más de cuarenta años. Basándose en este dato, puede decirse que nació en La Meca veinticuatro o veinticinco años antes de que el Mensajero de Allah (s.a.) recibiera la profecía. Durante la época de la ignorancia, era aliado de Harb ibn Umayya. No obstante, algunos han mencionado a los Banu Abd Shams como sus aliados. En realidad, no existe contradicción entre ambos relatos, pues Harb ibn Umayya era miembro de los Banu Abd Shams.

Hazrat Abdullah fue uno de los «sabiqín ila al-islam», es decir, de quienes abrazaron el islam en la primera etapa. Había abrazado el islam antes de que el Mensajero de Allah (s.a.) buscara refugio en Dar al-Arqam.

Después de abrazar el islam, ni él ni su clan se libraron de la opresión y las persecuciones de los qurayshíes. Por esta razón, emigró dos veces a Abisinia. En la última emigración lo acompañaron todos los miembros de su familia: sus dos hermanos, Abu Ahmad y Ubaydullah; sus tres hermanas, Zaynab, Umm Habiba y Hamna; y la esposa de Ubaydullah, Umm Habiba bint Abu Sufyan. Al llegar a Abisinia, su hermano Ubaydullah abandonó el islam, adoptó el cristianismo y murió allí en estado de apostasía.

Al abandonar el islam, su esposa, Umm Habiba, se separó de él y posteriormente el Mensajero (s.a.) se casó con ella y le concedió la dignidad de esposa. (Al-Isaba 2/272) Después de permanecer algún tiempo en Abisinia, Hazrat Abdullah regresó a La Meca junto con los demás miembros de su familia. Al regresar a La Meca, descubrió que todos los miembros de su clan, los Banu Ghanam, habían abrazado el islam. Con el permiso del Mensajero de Allah (s.a.), emigró con todos ellos a Medina. Antes que ellos, Hazrat Abu Salama había emigrado a Medina. Como ya he mencionado, todos los miembros de su clan habían abrazado el islam; por ello, llevó consigo a Medina a todos, sin excepción, ancianos y jóvenes, hombres y mujeres. No dejó en La Meca ni a una sola persona de los Banu Ghanam.

Poco después de que partieran de La Meca, los dirigentes qurayshíes, entre ellos Utba y Abu Yahl, salieron de sus casas y se dirigieron al barrio de los Banū Ŷahash. Su propósito era averiguar quiénes de la tribu de Ghanam se habían marchado y quiénes se habían quedado. Vieron que todo el barrio estaba desierto. La puerta de unas casas estaba abierta, mientras que otras estaban cerradas con llave. Al ver aquello, Utba comentó: «Las casas de los Banū Ŷahash están completamente vacías; están de luto por sus habitantes». Al oírlo, Abu Yahl se dirigió a la casa de Abd Allah ibn Ŷahash. Saqueó sus bienes a su antojo. De todo el barrio, la casa de Abd Allah era la más hermosa y lujosa. Cuando Abd Allah mencionó ante el Mensajero de Allah el saqueo de su casa por Abu Yahl, él lo consoló diciendo: «Abd Allah, ¿acaso no te complace que, a cambio de ella, Allah te conceda una casa en el Paraíso?». Él respondió: «Sí, ciertamente, oh Mensajero de Allah». El Mensajero dijo: «Eso es lo que recibirás». Abd Allah se alegró.

Después de llegar a Medina, el venerable Asim ibn Zabit al-Ansari acogió a toda la familia de Abd Allah. Más tarde, el Mensajero de Allah estableció entre ambos una relación de hermandad, conocida como mu’ākhāt.

En el mes de Rayab del segundo año de la Hégira, el Mensajero eligió un grupo de ocho Compañeros. Entre ellos se encontraban Abd Allah ibn Ŷahash y Sa‘d ibn Abi Waqqas. El Mensajero se dirigió a todos y dijo: «Haré vuestro emir a quien de entre vosotros sea más paciente ante el hambre y la sed». Entonces nombró emir a Abd Allah. Así obtuvo el honor de ser el primer emir de un grupo de creyentes. El Mensajero le indicó la ruta y le entregó una carta sellada, diciéndole: «No abras esta carta antes de que transcurran dos días. Después de viajar durante dos días, ábrela, léela y actúa conforme a sus instrucciones».

El venerable Abd Allah partió de Medina con sus compañeros. Después de viajar durante dos días, abrió y leyó la carta conforme a las instrucciones. La carta ordenaba llegar a un lugar llamado Najla, entre La Meca y Taif, e informarse de los movimientos de los qurayshíes y de las demás circunstancias. Él aceptó esta orden con gran devoción y respeto. Se dirigió a sus compañeros y dijo: «Amigos, cumpliré la orden del Mensajero de Allah. Quien de vosotros desee el martirio puede acompañarme, y quien no lo desee puede regresar. No obligaré a nadie». Al escuchar este discurso, todos expresaron su deseo de acompañarlo. Al llegar a Najla, comenzaron a vigilar atentamente los movimientos de los qurayshíes. Un día, una caravana comercial de los qurayshíes pasaba por aquel camino. En ella viajaban cuatro hombres: ‘Amr ibn al-Hadrami, Hakam ibn Qaysán, Uzmán ibn Abd Allah y Mugira, hermano de Uzmán. Llevaban mercancías como pieles, pasas y otros productos.

Abd Allah ibn Ŷahash consultó con sus compañeros si debían atacar o no la caravana. Aquel día era el último de los meses sagrados. Cabe señalar que Dul Qa‘da, Dul Hiŷŷa, Muharram y Rayab son los cuatro meses sagrados. Desde tiempos antiguos, los árabes consideraban prohibidas durante esos meses la guerra y el derramamiento de sangre. Reflexionaron que, si atacaban la caravana ese día, lo harían durante un mes sagrado; pero si no la atacaban ese día y lo hacían al día siguiente, la caravana habría llegado al recinto sagrado de La Meca. El recinto sagrado de La Meca es un lugar seguro para todos. Atacarlos allí habría sido cometer un acto prohibido. Después de deliberar, decidieron atacar. Lanzaron un ataque por sorpresa: mataron al jefe de la caravana, ‘Amr ibn al-Hadrami, capturaron a Uzmán ibn Abd Allah y a Hakam ibn Qaysán, y el otro hombre escapó. Obtuvieron abundantes mercancías como botín. Abd Allah ibn Ŷahash reservó una quinta parte del botín obtenido para Allah y Su Mensajero, y repartió por igual las cuatro quintas partes restantes entre sus compañeros. En aquel momento todavía no se habían establecido normas para la distribución del botín. Sin embargo, el iŷtihād de Abd Allah resultó correcto. Más tarde, como confirmación de su decisión, fue revelado en el Corán el versículo del jums, es decir, la quinta parte.

El venerable Abd Allah ibn Ŷahash se presentó en Medina ante el Mensajero de Allah con una quinta parte del botín. El Mensajero se negó a aceptarla. Dijo: «Yo no te ordené derramar sangre durante un mes sagrado o prohibido».

Los demás musulmanes también censuraron a Abd Allah por su atrevimiento y su exceso. Los qurayshíes comenzaron asimismo a difundir ampliamente el suceso. Iban diciendo: «Los Compañeros de Muhammad han declarado lícitos los meses sagrados. Al matar y derramar sangre, han profanado estos meses». El venerable Abd Allah y sus compañeros se encontraron en una situación sumamente difícil. Temían haber desobedecido al Mensajero de Allah y se hallaban dominados por el miedo. Los remordimientos comenzaron a atormentarlos. Finalmente, Allah Todopoderoso manifestó Su aprobación de sus actos y reveló este versículo del Corán: «Te preguntan sobre el mes sagrado y sobre combatir en él. Di: “Combatir en él es un grave pecado. Pero impedir el acceso al camino de Allah, negarlo, impedir el acceso a la Mezquita Sagrada (la Kaaba) y expulsar de ella a sus habitantes es aún más grave ante Allah. Y la sedición o la corrupción es peor que matar”». (Al-Baqara, 2:217)

Después de la revelación de este versículo del Corán, respiraron aliviados. Los musulmanes acudieron en grupos a felicitarlos y los abrazaron. El Mensajero se mostró satisfecho con ellos, aceptó de ellos la parte del botín y liberó a los dos prisioneros tras recibir el rescate.

En realidad, el episodio de Abd Allah ibn Yahsh y sus compañeros fue un acontecimiento muy importante en la vida de los musulmanes. Su botín fue el primer botín del islam; el hombre muerto por sus manos fue el primer mushrik o politeísta muerto a manos de musulmanes; los dos prisioneros capturados por ellos fueron los primeros prisioneros tomados por musulmanes; la bandera que les entregó el Mensajero de Allah (s.a.s.) fue la primera bandera que él otorgó, y el emir de este grupo, Abd Allah ibn Yahsh, fue el primer emir al que se dirigieron con el título de Emir de los Creyentes. Abd Allah ibn Yahsh fue también la primera persona que estableció el jums en relación con el botín, y Allah lo confirmó haciendo descender una revelación. (Al-Istiab)

Hazrat Abd Allah ibn Yahsh participó en las batallas de Badr y Uhud. Hazrat Saad ibn Abi Waqqas relató: «Un día antes de la batalla de Uhud, Abd Allah y yo hicimos súplicas. Yo dije: “¡Oh Allah! Haz que el enemigo que mañana luche contra nosotros sea sumamente valiente e iracundo, para que pueda matarlo por Tu causa y apoderarme de sus armas”. Al oír mi súplica, Abd Allah dijo: “Amén”. Después levantó las manos y suplicó: “¡Oh Allah! Concédeme un adversario que sea extremadamente valiente y que se enfurezca con rapidez. Lucharé contra él por Tu causa. Él me matará, me cortará la nariz y las orejas. Cuando me reúna contigo y me preguntes: ‘Abd Allah, ¿cómo te cortaron la nariz y las orejas?’, responderé: ‘Por Ti y por Tu Mensajero’”. Parecía contemplar con visión sobrenatural que su deseo estaba a punto de cumplirse. Por eso juraba repetidamente, diciendo: “¡Oh Allah! Te juro por Tu nombre que lucharé contra el enemigo, y él me matará, me cortará la nariz y las orejas y me desfigurará”. (Usd al-Gaba)

En el mes de Shawwal del tercer año de la Hégira comenzó una encarnizada batalla en la llanura de Uhud. Hazrat Abd Allah ibn Yahsh lanzó un ataque tan intenso que su espada se rompió en pedazos. El Mensajero de Allah (s.a.s.) le entregó una vara hecha de una rama de palmera, y él continuó combatiendo con ella durante mucho tiempo. En esas circunstancias, el deseo de alcanzar el martirio se cumplió cuando Abu al-Hakam ibn Ajnas al-Thaqafi le asestó un golpe devastador. Los politeístas mutilaron su cuerpo: le cortaron la nariz y las orejas y las ensartaron en un hilo como un collar. Al ver aquella escena, Hazrat Saad exclamó: «¡Por Allah! La súplica de Abd Allah fue mejor que la mía».

Vivió algo más de cuarenta años. Fue enterrado en la misma tumba que su tío materno, Hazrat Hamza, el señor de los mártires.

Cuando el Mensajero (s.a.s.) nombró a Abd Allah emir y lo envió a la expedición de Najla, dijo a sus compañeros: «Aunque Abd Allah ibn Yahsh no sea el mejor de vosotros, es quien soporta mejor las penalidades del hambre y la sed». El amor a Allah y a Su Mensajero lo volvió indiferente a todo lo mundano. Su único deseo era entregar su querida vida por la causa de Allah, y ese deseo se cumplió. Obtuvo el honorable título de «Al-Mujaddá fi-llah» (el de las orejas cortadas por la causa de Allah). Durante la batalla de Badr, el Mensajero de Allah (s.a.s.) consultó con Abu Bakr, Umar y Abd Allah ibn Yahsh acerca de los prisioneros.

Abd Allah ibn Amr ibn al-As (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Abd Allah y sus kunyas eran Abu Muhammad, Abu Abd al-Rahman y Abu Nusayr. Sin embargo, las dos primeras kunyas eran las más conocidas. Su padre era el célebre comandante y diplomático Hazrat Amr ibn al-As (que Allah esté complacido con él), y su madre era Rita bint Munabbih. Se ha narrado que el nombre de Abd Allah antes del islam era Al-As (pecador, desobediente). Abu Zur’a menciona en su Tarij que, durante una ceremonia fúnebre, el Mensajero (s.a.s.) le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Cuando respondió: «Al-As», el Mensajero (s.a.s.) dijo: «No; desde hoy tu nombre será Abd Allah». Desde aquel día, Al-As se convirtió en Abd Allah.

Ibn Saad afirma que Abd Allah aceptó el islam antes que su padre, Amr ibn al-As. Según diversas fuentes, el padre, Amr, solo era entre diez y doce años mayor que su hijo Abd Allah. Sin embargo, según al-Waqidi, el padre era veinte años mayor que el hijo. (Tadhkirat al-Huffaz, Al-Isaba, Al-Istiab) Padre e hijo emigraron a Medina antes de la conquista de La Meca. Después de aceptar el islam, Abd Allah pasaba la mayor parte de su tiempo en la compañía y convivencia del Mensajero de Allah (s.a.s.). Escribía todo lo que salía de los labios del Mensajero de Allah (s.a.s.), tanto cuando estaba enojado como cuando estaba tranquilo. Algunos compañeros le pidieron que no lo hiciera, diciéndole que no debía escribir todo lo que saliera de los labios del Mensajero de Allah (s.a.s.) cuando estuviera alterado. Él planteó el asunto al Mensajero de Allah (s.a.s.), quien dijo: «Puedes escribir todo lo que digo. No digo nada que no sea la verdad». (Musnad de Ahmad, Al-Istiab) El Mensajero (s.a.s.) lo amaba más que a su padre, Amr, y él gozaba de mayor consideración ante el Mensajero de Allah (s.a.s.).

Todo el tiempo adicional que Abdullah disponía después de dedicar tiempo a la compañía del Mensajero de Allah (s.a.) transcurría casi por completo ayunando durante el día y entregándose al culto durante la noche. Poco a poco se acostumbró tan profundamente a esta práctica que se volvió indiferente a su esposa, su familia y a todo lo mundano. En estas circunstancias, su padre se presentó ante el Mensajero de Allah (s.a.) y se quejó de aquella vida ascética y anormal. El Mensajero (s.a.) llamó a Abdullah y le ordenó obedecer a su padre. Le dijo: «Abdullah, ayuna y rompe el ayuno, reza, descansa y cumple también los derechos de tu esposa y de tu familia. Esta es mi tariqa, mi camino. Quien rechace mi tariqa no forma parte de mi comunidad».

Abdullah participó en todas las guerras que tuvieron lugar durante la época del Mensajero de Allah (s.a.). Durante las expediciones, generalmente se encargaba de conseguir las monturas y se le confiaba el transporte de los bienes. En cierta ocasión, un hombre le preguntó: «Abu Muhammad, en el lugar donde vivimos no circulan dírhams ni dinares. Nuestro principal patrimonio son los animales domésticos y el ganado. Compramos y vendemos camellos a cambio de cabras. ¿Hay algún inconveniente en ello?». Él respondió: «Una vez, el Mensajero de Allah (s.a.) ordenó formar una unidad de jinetes de camellos. Repartí uno por uno todos los camellos que tenía. Aun así, quedaron algunas personas sin montura. Me presenté ante el Mensajero de Allah y le dije: “¡Oh, Mensajero de Allah (s.a.)! Después de repartir todos los camellos que tenía, todavía queda un grupo de personas”. El Mensajero (s.a.) ordenó: “Compra algunos camellos, comprometiéndote a entregar dos o tres camellos de caridad a cambio de cada camello”. Así lo hice y reuní los camellos necesarios». (Dar Qutni).

Luchó con gran valentía en la batalla de Yamuk. En esta batalla, Amr ibn al-As puso en manos de Abdullah el estandarte de su mando.

En Siffín, Amr ibn al-As estaba del lado de Muawiya. Obligó a su hijo Abdullah a incorporarse al ejército de Muawiya. En realidad, sentía una profunda aversión por aquella guerra civil. Por eso, aunque se unió al bando de Muawiya (r.a.), en la práctica no participó en la batalla de ninguna manera. Repetidamente presionó a su padre para que se apartara de aquella guerra suicida. (Tadhkirat al-Huffaz).

Ammar ibn Yasir (r.a.) se unió en Siffín al bando de Ali (r.a.) y murió como mártir. El martirio de Ammar le recordó a Abdullah una declaración del Mensajero de Allah (s.a.). Le preguntó a su padre, Amr ibn al-As (r.a.): «¿Acaso no escuchaste decir al Mensajero de Allah (s.a.): “¡Ay de Ibn Sumayya (Ammar)! Un grupo rebelde lo matará”?». Al oír esto, Amr ibn al-As miró a Muawiya y dijo: «¿No estás escuchando lo que dice Abdullah?». Al explicar las palabras de Abdullah, Muawiya (r.a.) dijo: «Siempre trae problemas nuevos. ¿Acaso nosotros matamos a Ammar? En realidad, la responsabilidad de su muerte recae sobre quienes lo sacaron de su casa y lo trajeron aquí con ellos». (Musnad de Ahmad).

Dos hombres atacaron y mataron simultáneamente a Ammar (r.a.). Llegaron ante Muawiya, discutiendo y reclamando cada uno para sí el mérito exclusivo de haberlo matado. Por casualidad, Abdullah (r.a.) se encontraba allí. Al escuchar su disputa, dijo: «Uno de vosotros dos debería aceptar de buen grado la pretensión de su adversario. Porque escuché al Mensajero de Allah (s.a.) decir: “A Ammar lo matará un grupo rebelde”». Según otra narración, le dijo a Muawiya: «Anuncia al asesino de Ammar la buena nueva del Infierno». Al oír esto, Muawiya (r.a.) le dijo irritado a su padre: «Amr, ¿no vas a apartar de mi presencia a este hijo tuyo, que está loco?». Luego preguntó él mismo a Abdullah: «Si es así, ¿por qué estás conmigo?». Abdullah respondió: «Porque el Mensajero de Allah (s.a.) me ordenó permanecer obediente a mi padre mientras viviera».

Aunque sus manos no se mancharon en aquella guerra suicida de Siffín, pasó toda su vida atormentado por el remordimiento de haber participado en ella. Solía decir: «¡Ay, ojalá hubiera muerto diez años antes de esto!». Por haber apoyado a Muawiya y por haber llevado su estandarte, pasó toda su vida haciendo tawba y pidiendo istigfar. (Al-Istiab).

Raja (r.a.) dijo: «Una vez estaba sentado con un grupo de personas en la Mezquita del Profeta. Abdullah ibn Amr y Abu Said al-Judri también estaban allí. Al ver llegar al imán Husayn (r.a.), Abdullah exclamó: “¿Quieren que les cuente algo sobre este hombre?”. La gente respondió: “¿Por qué no?”. Él dijo: “Desde la batalla de Siffín no he hablado con él. Sin embargo, su satisfacción me es más querida que todo lo que hay en el mundo”. Abu Said al-Judri le preguntó: “¿Quieres ir a presentarte ante él para defenderte?”. Él respondió: “¡Sí!”. Al día siguiente, Abu Said al-Judri (r.a.) lo llevó consigo a la casa de Husayn (r.a.). Al principio, Husayn (r.a.) vaciló un poco antes de concederle audiencia. Después, ante la insistencia de Abdullah (r.a.), aceptó. Al explicar el contexto de su participación en Siffín, dijo: “De acuerdo con la orden del Mensajero de Allah (s.a.), no desenvainé mi espada, no herí a nadie con una lanza ni disparé una sola flecha”». (Usd al-Gaba).

Por su conocimiento y dignidad, Hadrat Abdullah (que Allah esté complacido con él) ocupaba una posición especial entre todos los Compañeros. Además de su lengua materna, el árabe, dominaba el hebreo. Había estudiado profundamente la Torá y el Evangelio. Relató: «Soñé que tenía miel en una mano y grasa en la otra, y que las comía lamiéndolas. Le conté este sueño al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Él dijo: “Leerás dos libros: la Torá y el Corán”». (Al-Isaba)

Hadrat Abdullah ibn Amr (que Allah esté complacido con él) recopiló una gran parte de las palabras pronunciadas por el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Llamó a su recopilación «Sadiqa». Cuando le preguntaban sobre algún asunto y no recordaba nada al respecto, consultaba la mencionada «Sadiqa» y respondía. (Musnad Ahmad) Esta recopilación le era sumamente querida. Mujahid cuenta: «Una vez saqué un libro de debajo de su cama y comencé a examinarlo. Él me lo prohibió. Le dije: “Usted no me prohíbe nada; ¿por qué lo hace hoy?”. Respondió: “Este es el libro de la verdad que yo solo escuché del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y recopilé”. También dijo: “Si me dieran este libro, el Corán Sagrado y aquella finca de Wahaj, no necesitaría nada más en este mundo”».

El número de hadices narrados por Hadrat Abdullah ibn Amr era de setecientos. De ellos, diecisiete fueron narrados por ambos —Bujari y Muslim—; ocho fueron narrados únicamente por Bujari, y veinte únicamente por Muslim. (Tahdib)

El círculo de enseñanza de hadices de Hadrat Abdullah (que Allah esté complacido con él) era muy amplio. Personas de lugares lejanos acudían a sus clases para escuchar hadices. Además, dondequiera que iba, una gran multitud de buscadores de conocimiento se reunía a su alrededor. Un shayj najai relata: «Una vez ofrecí la oración en congregación en la mezquita de Iliya. Un hombre se colocó a mi lado. Al terminar la oración, personas de todas partes se agruparon y se sentaron a su alrededor. Al preguntar, supe que era Abdullah ibn Amr ibn al-As».

Hadrat Abdullah amaba profundamente a sus alumnos. También sentía un profundo respeto por los eruditos de su época. En cierta ocasión se mencionó ante él a Hadrat Abdullah ibn Masud (que Allah esté complacido con él). Dijo: «Habéis mencionado a un hombre al que amo desde el día en que el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: “Adquirid el conocimiento del Corán de cuatro personas”, y pronunció primero el nombre de Abdullah ibn Masud».

Hadrat Abdullah ibn Amr (que Allah esté complacido con él) narró hadices de numerosos Compañeros, entre ellos Umar, Abu Darda, Muadh, Abd al-Rahman ibn Awf y su padre Amr. Abu Nuaym dijo: «Entre los Compañeros, Ibn Umar, Abu Umama, Miswar, Saib ibn Yazid y Abu Tufayl, así como numerosos destacados tabi‘in, narraron hadices de él». (Al-Isaba)

Abdullah ibn Amr era especialmente célebre por su taqwa, piedad y abundante adoración. En la historia se le otorgaron títulos como el de hombre de oración, arrepentido y devoto, entre otros. Mientras que su padre Amr era un maestro de la inteligencia, la astucia y la estrategia, él era una figura destacada entre los devotos, ascetas y hombres francos. Dedicó toda su vida a la adoración. A medida que se revelaba cada parte del Corán, la memorizaba. Cuando concluyó la revelación del Corán, se convirtió también en un hafiz de todo el Corán. Siempre se le veía en primera fila en el campo del yihad. Cuando terminaba el yihad armado, se le veía en la mezquita: ayunando durante el día y dedicado a la adoración durante la noche. Permanecía absorto en la recitación del Corán y del tasbih, o en el arrepentimiento y el istighfar. En resumen, cuando no había un llamamiento al yihad, pasaba las veinticuatro horas sumergido en el sawm, la salah y la recitación.

Por naturaleza, sentía inclinación hacia la ruhbaniyya o el ascetismo. En cierta ocasión, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo llamó y le dijo: «Abdullah, me he enterado de que has decidido pasar toda tu vida ayunando durante el día y adorando durante la noche». Él respondió: «Sí, oh Mensajero de Allah». El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «No tienes fuerza para eso. Ayuna, pero también rompe el ayuno; reza, pero también descansa. Ayuna solamente tres días al mes, pues cada buena acción recibe una recompensa diez veces mayor». Él suplicó: «Tengo fuerza para más que eso». El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Ayunarás un día y romperás el ayuno durante dos días». Volvió a suplicar: «Tengo fuerza para más que eso». El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Ayunarás un día y romperás el ayuno un día. Esta es la práctica de Hadrat Dawud (la paz sea con él) y esta es la mejor forma de ayunar». Volvió a suplicar: «Puedo observar un ayuno mejor que este». El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «No hay un ayuno mejor que este». En otra ocasión, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fue a su casa y dijo: «Tu cuerpo tiene derechos sobre ti; tus ojos tienen derechos sobre ti; y tu familia, tus parientes y tus amigos tienen derechos sobre ti».

Durante toda su vida siguió el ayuno de David (la paz sea con él) y pasó la mayor parte de la noche en adoración. Sentía tanto interés por la recitación del Corán que lo completaba una vez cada tres días. Sin embargo, en la última etapa de su vida, tanta adoración se volvió penosa para él. A veces decía arrepentido: «¡Ay! Si hubiera aceptado la “rukhsa”, es decir, el permiso que me concedió el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) para reducirla». (Al-Isaba)

Al ver la indiferencia de Abdullah hacia el mundo, su padre, Amr ibn al-As, se quejaba con frecuencia ante el Mensajero de Allah. Un día, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) tomó a Abdullah por los dientes y puso la mano de su padre sobre ellos, diciendo: «Haz lo que te digo y obedece a tu padre». [Riyalun hawla al-Rasul (que Allah le bendiga y le conceda paz)] Abdullah obedeció a su padre durante toda su vida. Por orden de su padre, fue a Siffín del lado de Muawiya.

Su excelencia Amr ibn al-As (que Allah esté complacido con él) heredó de sus antepasados una enorme fortuna y numerosos esclavos y esclavas. La hacienda llamada Wahaj, en Taif, que recibió, valía aproximadamente un millón de dírhams. (Usd al-Gaba) Allí se cultivaba en su nombre. En cierta ocasión surgió una disputa por esta hacienda con Amrasa ibn Sufyan. La situación estuvo a punto de desembocar en un derramamiento de sangre entre ambas partes. El hermano de Abdullah, su excelencia Jálid ibn al-As, acudió para hacerlo entrar en razón. Él le dijo a Jálid: «Quien muere defendiendo y protegiendo sus bienes es un mártir. ¿Acaso no recuerdas esta palabra del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)?» (Musnad Ahmad)

Los autores de las biografías discrepan sobre el año y el lugar de la muerte de su excelencia Abdullah (que Allah esté complacido con él). Los historiadores tampoco se han puesto de acuerdo sobre su edad al morir. En cuanto al lugar de su muerte, se han mencionado Siria, La Meca, Taif y Egipto; y, respecto al año, los años 65, 68 y 69 de la Hégira. Sin embargo, según la opinión más conocida, falleció en el año 65 de la Hégira, en la ciudad de Fustat (Egipto), a la edad de 72 años. En aquel entonces se libraba una encarnizada batalla entre las fuerzas de Marwan ibn al-Hakam y las de Abdullah ibn al-Zubayr, por lo que no fue posible llevar su cuerpo al cementerio público. Fue enterrado en su lugar de residencia. (Al-Isaba, Tadhkirat al-Huffaz)

Miqdad ibn Amr (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Miqdad; sus kunyas, Abu al-Aswad, Abu Amr y Abu Saíd. Su padre era Amr ibn Za’laba. La tierra de origen de sus antepasados era Bahara. Ibn al-Kalbi relata que Amr, el padre de Miqdad, mató a un hombre de su tribu y, por temor a las represalias, huyó a Hadramaut, donde estableció una alianza con Kinda. Por ello fue llamado «al-Kindi». Se casó con una mujer de Hadramaut, y Miqdad nació de ella. Miqdad creció en aquella misma Hadramaut. Allí tuvo una disputa con un hombre llamado Abu Shammar ibn Hayar al-Kindi y, de un golpe de espada, le cortó una pierna. Después huyó a La Meca. Allí vivió unido por un pacto de alianza a al-Aswad ibn Abd Yaghuz. Su relación con al-Aswad se volvió tan afectuosa y estrecha que este adoptó a Miqdad como hijo. Así pasó a ser conocido como Miqdad ibn al-Aswad (Miqdad, hijo de al-Aswad). Posteriormente, cuando fue revelado en el Sagrado Corán el versículo «Llámenlos por el nombre de sus padres», adoptó el nombre de Miqdad ibn Amr (Miqdad, hijo de Amr) en lugar de al-Aswad. Por esta razón, en la historia aparece unas veces como Miqdad ibn Amr y otras como Miqdad ibn al-Aswad. (Al-Isaba, Usd al-Gaba)

Poco después de que Miqdad encontrara refugio en La Meca, llegó a sus oídos la llamada del tawhid. La invitación y la predicación del Noble Mensajero de Allah le dieron su primer contacto con el islam. Era la época en que los acérrimos enemigos del islam sometían a los musulmanes a brutales torturas. Por temor a ellos, muchos mantenían entonces en secreto su conversión al islam. Pero, después de abrazar el islam, Miqdad no consideró correcto ocultar la verdad. Fue uno de los siete primeros hombres que, en aquel momento de extrema opresión, proclamaron públicamente su fe. Los otros seis eran el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), Abu Bakr, Ammar, su madre Sumayya, Suhayb y Bilal (que Allah esté complacido con ellos). (Hayat al-Sahaba, 1/218)

Se casó con Dubaya, hija de al-Zubayr ibn Abd al-Muttalib, prima del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Se cuenta que un día estaba sentado con Abd al-Rahman ibn Awf. De repente, Abd al-Rahman le preguntó: «Miqdad, ¿por qué no te casas?». Miqdad respondió espontáneamente: «Pues cásame con tu hija». Abd al-Rahman se sintió ofendido por aquellas palabras. Se enfureció y reprendió duramente a Miqdad. Miqdad acudió al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y se quejó de Abd al-Rahman. El Mensajero dijo: «Yo mismo te casaré». Después lo casó con su prima Dubaya. (Al-Isaba)

Después de proclamar abiertamente el islam, las desgracias cayeron sobre Miqdad. Con el permiso del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), emigró a Abisinia. Tras permanecer allí durante algún tiempo, regresó nuevamente a La Meca. Para entonces, la emigración a Medina se había generalizado. Debido a ciertas dificultades, no pudo emigrar a Medina. Incluso después de la emigración del Mensajero de Allah a Medina, permaneció en La Meca. Cuando se produjo un enfrentamiento temporal entre La Meca y Medina, él y Utba ibn Gazwan partieron hacia Medina como miembros de un grupo avanzado de reconocimiento de los qurayshíes. El líder de aquel contingente era Ikrima ibn Abi Yahl. En el camino tuvieron un pequeño enfrentamiento con un grupo de muyahidines de Medina. El líder o emir de este grupo de muyahidines musulmanes era el honorable Ubaida ibn al-Hariz (que Allah esté complacido con él). Aprovechando la ocasión, Miqdad y Utba ibn Gazwan se unieron al grupo de muyahidines musulmanes y llegaron con ellos a Medina. En Medina fueron huéspedes del honorable Kulzum ibn Hidam. (Usud al-Gaba) Cuando, a petición del honorable Ubayy ibn Kaab (que Allah esté complacido con él), Miqdad expresó su deseo de establecerse entre los Banu Adila —según otra versión, Yadila—, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le concedió un terreno en aquella zona.

En el segundo año de la Hégira comenzó el primer enfrentamiento militar directo entre el politeísmo y el monoteísmo. Ese mismo año, el ejército de los qurayshíes llegó a la llanura de Badr. Para los compañeros del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), esta era la primera prueba. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) quiso poner a prueba su fe pidiéndoles consejo sobre el asunto. Compañeros como el Honorable Siddiq y el Gran Faruq pronunciaron discursos y expresaron su deseo de ofrecer ejemplos excepcionales de sacrificio y abnegación. El honorable Miqdad también estaba presente en aquella reunión. Pronunció un discurso lleno de emoción. En él aseguró al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «¡Oh, Mensajero de Allah! Avanza para cumplir la orden que Allah te ha dado. Estamos contigo. Por Allah, los Hijos de Israel dijeron a su profeta Moisés: “Ve tú y tu Señor, y combatid; nosotros nos quedaremos aquí sentados”. Nosotros no te diremos algo semejante. Más bien te diremos: “Ve tú y tu Señor, y combatid contra ellos; nosotros también combatiremos contra ellos junto a vosotros”. Por Aquel que te envió con la verdad, si nos condujeras hasta Bark al-Gimad, iríamos contigo y combatiríamos contra tu enemigo. Lucharemos a tu derecha, a tu izquierda, delante y detrás de ti, desde todas las direcciones, hasta que Allah te conceda la victoria». (Riyalun hawla al-Rasul) Al escuchar este discurso apasionado, el rostro bendito del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se iluminó de alegría.

Comenzó la batalla de Badr. En esta batalla, entre los muyahidines musulmanes, solo había tres jinetes: Miqdad ibn Amr, Murshed ibn Abi Murshed y Zubair ibn al-Awwam. Todos los demás eran soldados de infantería o montaban camellos. Sin embargo, según varias narraciones, Miqdad fue el único muyahid a caballo en esta batalla. Por eso se dijo: «Miqdad fue el primero en hacer correr su caballo por la causa de Allah».

Además de Badr, participó en todas las batallas importantes, como Uhud y Jandaq, y demostró el máximo heroísmo. En el año 20 de la Hégira, el honorable Amr ibn al-As dirigió la campaña de Egipto. Envió una solicitud a Medina, la capital, pidiendo refuerzos militares. El califa Umar (que Allah esté complacido con él) envió diez mil soldados y cuatro oficiales. Miqdad ibn Amr era uno de esos cuatro. En una carta, el califa informó a Amr ibn al-As: «Cada uno de estos cuatro hombres equivale a diez mil soldados del bando enemigo». Tras la llegada de estos soldados, en muy poco tiempo la bandera del islam ondeó sobre todo Egipto.

Los politeístas de La Meca mataron al honorable Jubaib (que Allah esté complacido con él) crucificándolo. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió a Zubair y a Miqdad para que bajaran el cuerpo de Jubaib de la cruz al amparo de la noche. Cuando lo bajaron de la cruz, lo montaron sobre un caballo y partieron, los qurayshíes se dieron cuenta y los persiguieron. (Hayat as-Sahaba)

El vientre del honorable Miqdad era muy abultado. Por ello, en su vejez sufrió intensamente. Con el propósito de aliviarle aquel sufrimiento, un esclavo suyo de origen romano le practicó una operación en el vientre, pero fracasó. En esas circunstancias, falleció en el año 33 de la Hégira, en un lugar llamado Yuruf, a tres millas de Medina. El Emir de los Creyentes, el honorable Uzmán (que Allah esté complacido con él), dirigió la oración funeraria. Fue enterrado en el cementerio de Baqi, en Medina. Al morir tenía aproximadamente setenta años.

En el honorable Miqdad se desarrollaron las mejores virtudes de carácter. La sinceridad y la emoción llena de integridad que manifestó durante la batalla de Badr hicieron que toda la comunidad de los compañeros lo envidiara. El honorable Abdullah ibn Umar (que Allah esté complacido con él) solía decir: «¡Ay! Ojalá entonces hubiera sido apto para participar en la batalla de Badr y las palabras de Miqdad hubieran salido de mi propia boca». El honorable Abdullah ibn Masud dijo: «Estuve con Miqdad en la batalla de Badr. Para mí, haber estado con él en aquella batalla es tan querido que, en comparación, todo lo que hay en el mundo carece por completo de valor». La extrema pobreza y necesidad de los primeros tiempos del islam lo habían hecho en gran medida paciente y realista. Él relató: «Cuando llegué a Medina después de emigrar, no tenía ningún lugar fijo donde vivir ni nada seguro que comer. El hambre me había dejado al borde de la muerte. Finalmente, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) me alojó, junto con dos compañeros míos, en la casa de su anfitrión, Kulzum ibn Hidam. En aquel entonces, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) solo tenía cuatro cabras. Tantas personas vivíamos bebiendo únicamente la leche de aquellas cabras. Una noche, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) salió a algún lugar fuera de la casa y tardó en regresar. Pensé que quizá algún ansarí lo había invitado y que volvería después de comer. Tan pronto como se me ocurrió esta idea, me levanté y bebí de un solo trago la leche que se había reservado para el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Pero inmediatamente recobré el sentido y pensé que, si mi suposición era errónea, me sentiría terriblemente avergonzado. Mientras me debatía en aquella indecisión, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) regresó y se dirigió directamente al lugar donde se guardaba la leche. Vio que el cuenco estaba vacío. Comencé a sentirme atormentado por la vergüenza y el remordimiento debido a mi error. Sobre todo, cuando levantó la mano para decir algo, mi miedo no tuvo límites. Pensé que, por una súplica adversa del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), mi vida presente y mi otra vida quedarían destruidas en ese mismo instante. Pero lo oí decir: “¡Oh Allah! Alimenta a quien me alimentó y da de beber a quien me dio de beber”. Al escuchar aquella súplica, cobré ánimo. Me levanté y fui hacia las cabras, con la esperanza de encontrar algo de leche en las ubres de alguna de ellas. Pero, por el poder infinito de Allah, cualquiera de las cabras cuya ubre tocaba estaba llena de leche. Ordeñé una gran cantidad y la presenté ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Él preguntó: “¿Habéis bebido todos?”. Respondí: “¡Oh, Mensajero de Allah! Bebe tú primero; después te contaré todo lo sucedido”. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) bebió hasta saciarse. Al recordar mi error y mi anterior remordimiento, de repente me eché a reír. Él preguntó: “Abu al-Aswad, ¿por qué te ríes?”. Le conté todo lo ocurrido. Después de escucharme, dijo: “Esto fue una misericordia de Allah. ¿Por qué no despertaste a tus dos compañeros? Ellos también habrían recibido esa bendición”».

Hazrat Miqdad era sumamente perspicaz e inteligente. Su perspicacia y su inteligencia se manifestaban en muchos casos y acontecimientos. Uno de sus compañeros relató: «Un día estábamos sentados junto a Miqdad. En ese momento, un tabií le dijo: “¡Qué afortunados son sus ojos, bendecidos por haber contemplado al Mensajero de Allah (s. a. s.)! Juro por Allah que anhelo profundamente ver todo lo que usted vio y estar presente en las escenas y acontecimientos en los que usted estuvo presente”. Al oír esto, Miqdad se enfadó mucho con aquel hombre. La gente dijo: “¿Por qué se ha alterado tanto?”. Él respondió: “Es inútil desear el pasado dejando de lado el presente, pues él no sabe qué papel habría desempeñado si hubiera vivido entonces. Juro por Allah que muchos contemporáneos del Mensajero de Allah (s. a. s.) terminaron en el Infierno por no haber creído. ¿Acaso sabe a qué grupo habría pertenecido? ¿No agradecerá a Allah que lo haya protegido de semejante peligro y lo haya convertido en creyente de Allah y de Su Mensajero (s. a. s.)?”»

Un día, el Mensajero de Allah (s. a. s.) lo nombró comandante de una expedición. Cuando regresó, el Mensajero (s. a. s.) le preguntó: «¿Qué te pareció el mando?». En respuesta, pronunció una gran verdad. Dijo: «Me pareció estar por encima de todos y que los demás estaban por debajo de mí. Juro por Aquel que te envió con la verdad que, después de hoy, jamás volveré a ser comandante de dos personas». No intentaba ocultar su debilidad ni esconder la verdad. Repetía siempre este hadiz del Mensajero de Allah: «Quien se salva de la fitna es verdaderamente afortunado».

Amaba al Mensajero de Allah (s. a. s.) más que a su propia vida. Sentía una responsabilidad extrema por proteger y garantizar la seguridad del Mensajero de Allah (s. a. s.). Siempre que se producía algún alboroto en Medina, se lo veía armado y a caballo ante la puerta de la casa del Mensajero de Allah (s. a. s.). También era sumamente estricto en la aplicación correcta de las normas del islam. Del mismo modo que estaba alerta frente a los enemigos declarados del islam, era también muy consciente de la menor negligencia o error de sus propios amigos respecto al islam. En cierta ocasión salió de expedición con una pequeña fuerza. El ejército enemigo los rodeó. El comandante ordenó que ese día ninguno de los miembros de la tropa cediera su montura para que él la montara. Sin embargo, un muyahid no estaba al corriente de la orden y actuó en contra de ella. Por ello recibió del comandante un castigo mayor del que le correspondía. El muyahid estaba llorando cuando Miqdad pasó junto a él. Le preguntó y se enteró de lo sucedido. Entonces lo tomó de la mano derecha, lo llevó ante el comandante y, tras discutir con él, lo obligó a reconocer su error. Le dijo al comandante: «Libérate de toda responsabilidad dándole al hombre la oportunidad de exigir qisás». El comandante aceptó las palabras de Miqdad, aunque el hombre terminó perdonándolo. Así, Miqdad desempeñaba siempre el papel de un guardián vigilante en defensa del honor y la dignidad de la religión. Casi siempre decía: «Allah me ha ordenado amarte y también me ha informado de que Él te ama». De este modo fue agraciado con el amor de Allah y de Su Mensajero.

El Mensajero de Allah (s. a. s.) dijo: «A cada profeta se le concedieron siete compañeros fieles y visires, pero a mí se me concedieron catorce. Son: Hamza, Ya‘far, Abu Bakr, Umar, Ali, Hasan, Husayn, Abdullah ibn Mas‘ud, Salman, Ammar, Hudhayfa, Abu Ya‘far, Miqdad y Bilal».

No le gustaban en absoluto la adulación ni los elogios. En cierta ocasión, mientras se encontraba ante Hazrat Uthman (r. a.), algunas personas comenzaron a elogiar a Miqdad en su presencia. Se enfadó tanto que les arrojó tierra al rostro. Hazrat Uthman (r. a.) exclamó: «¡Miqdad! ¿Qué está pasando?». Él respondió: «El Mensajero de Allah nos ordenó: “Arrojad tierra al rostro de quienes elogian”».

Su profesión principal era el comercio. Además, el Mensajero de Allah (s. a. s.) le concedió unas tierras en la región de Jaibar. Más tarde, Hazrat Muawiya (r. a.) las compró a los herederos de Miqdad por cien mil dírhams.

Dubaya, la esposa de Hazrat Miqdad, relató: «En cierta ocasión, Miqdad fue a un lugar apartado de Baqí para hacer sus necesidades. Mientras las hacía, vio que un ratón sacaba un dinar de su madriguera. De ese modo, el ratón sacó un total de diecisiete dinares. Miqdad los recogió, los llevó ante el Mensajero de Allah (s. a. s.) y le contó todo lo sucedido. El Mensajero (s. a. s.) le preguntó si había metido la mano en la madriguera. Cuando respondió que no, que no había introducido la mano, el Mensajero (s. a. s.) dijo: “Que Allah bendiga esta riqueza tuya. No tienes que pagar zakat por ella”». (Hayatus Sahaba, 3/645)

Hazrat Miqdad (r. a.) narró varios hadices del Mensajero de Allah (s. a. s.), y compañeros como Ali, Anas, Ubaydullah ibn Adi, Hammam ibn al-Harith y Abd al-Rahman ibn Abi Layla narraron hadices de él.

Amr ibn al-As (que Allah esté complacido con él)

Amr era su nombre; Abu Abdillah y Abu Muhammad, sus kunyas. Su padre era As y su madre, Nabiga. A través de Ka‘b ibn Luayy, uno de sus antepasados, su linaje se une al linaje del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él).

Ya en la época de la ignorancia, el clan de Amr ibn al-As, los Banu Sahm, era famoso como un clan noble. A este clan se le confiaba la responsabilidad de arbitrar y resolver las disputas entre los qurayshíes. No se conocen datos concretos sobre su nacimiento y su infancia. Hasta aceptar el islam, fue un acérrimo enemigo del islam. Unido a los dirigentes de Quraysh, mostró un gran entusiasmo por oponerse al islam y a los musulmanes.

Se relata que fue uno de los tres principales hombres de Quraysh, los más encarnizados enemigos del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) suplicaba a Allah contra ellos, y Allah reveló en respuesta este versículo: «Laysa laka min al-amri shay’un aw yatuba ‘alayhim aw yu‘adhdhibahum fa-innahum zalimun» (La familia de Imrán, 3:128): «No tienes autoridad alguna en el asunto. Allah puede perdonarlos o castigarlos, pues son injustos y opresores». El Mensajero de Allah comprendió que se le prohibía maldecirlos y dejó el asunto en manos de Allah. Uno de aquellos tres se convertiría posteriormente en un gran comandante militar del islam, en uno de los más destacados diplomáticos de Arabia y en el libertador de los egipcios: Amr ibn al-As (que Allah esté complacido con él). (Rijalun Hawla al-Rasul, p. 614)

Amr ibn al-As fue el miembro más entusiasta del primer grupo de musulmanes que marchó a Abisinia. Allí habló con el rey y con diversos miembros de la corte, e hizo todo lo posible por convencerlos de expulsar a los musulmanes de Abisinia. Incluso pronunció ante el rey un discurso incendiario, acusando a los musulmanes de apostasía. Pero todos sus esfuerzos fracasaron.

En la batalla de la Trinchera, casi todas las tribus de la península arábiga se aliaron con Quraysh y llegaron a las afueras de Medina para aniquilar por completo a los musulmanes. También allí Amr era uno de los principales hombres del bando de Quraysh. Después de la Trinchera, ocurrió algo inesperado. Incluso en aquel acérrimo enemigo del islam se produjo un cambio. Comenzó a reflexionar sobre la invitación al islam y su mensaje. Él mismo dijo: «Como resultado de estas reflexiones, la esencia del islam comenzó a aclararse gradualmente ante mí. Poco a poco empecé a alejarme de la oposición a los musulmanes. Al darse cuenta de ello, los dirigentes de Quraysh enviaron a un hombre a hablar conmigo. Él comenzó a discutir conmigo. Le dije: “Dime, ¿estamos nosotros en la verdad o los persas y los romanos?”. Respondió: “Nosotros”. Le pregunté: “¿Quién posee la felicidad, las riquezas y la prosperidad: ellos o nosotros?”. Respondió: “Ellos”. Entonces dije: “Si después de esta vida no existe otra, ¿de qué nos sirve esta vida nuestra, basada en la verdad? Ya en este mundo vivimos en la miseria en comparación con quienes siguen la falsedad, y en la otra vida tampoco tendremos posibilidad alguna de recibir recompensa. Por eso, la enseñanza de Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) —que después de la muerte habrá otro mundo, donde cada persona recibirá el fruto de sus obras— me parece absolutamente correcta y aceptable». Después de la Trinchera, adquirió plena convicción del éxito del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Comprendió que el islam había surgido para triunfar. Esta convicción lo animó a aceptar el islam.

Dijo: «Al regresar a La Meca desde la batalla de la Trinchera, llamé a mis amigos y parientes más cercanos y les dije: “Sabed que la palabra de Muhammad prevalecerá sobre todas las demás; no hay lugar para la duda al respecto. Tengo una opinión cuidadosamente meditada y quiero saber qué pensáis de ella”. Les dije: “Vayamos a instalarnos junto al Negus. Si Muhammad vence sobre nosotros, permaneceremos junto al Negus. Y si nuestro pueblo sale victorioso, entonces nosotros seremos la mejor nación, y en ese caso el Negus nos tratará bien”. Todos aceptaron mi opinión. Después deliberamos sobre qué regalo podíamos llevar al Negus. El objeto más valioso que podíamos ofrecer eran las pieles de nuestra región. Tomamos varias pieles y llegamos a Abisinia.»

Cuando nos dirigíamos a la corte del Negus, también llegó allí Amr ibn Umayya al-Damri. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo había enviado desde Medina, por un asunto especial, ante Ya‘far ibn Abi Talib. Ya‘far ibn Abi Talib aún se encontraba en Abisinia. Poco después, Amr salió de la corte del Negus. Decidimos pedirle al Negus que nos entregara a Amr. Si accedía a nuestra petición y nos lo entregaba, lo mataríamos. Así Quraysh comprendería que habíamos tomado represalias matando al enviado de Muhammad. Después de tomar esta decisión, me presenté ante el Negus. Como era costumbre, le rendí homenaje y coloqué ante él nuestros regalos. Los regalos le agradaron mucho.

Entonces dije: «La persona que acaba de salir de su corte es un emisario de nuestro encarnizado enemigo. Si nos lo entrega, lo mataremos». Mi petición enfureció al Nayashi. Al ver que la situación se agravaba, dije humildemente: «Si hubiera sabido que esta petición lo alteraría tanto, no se la habría hecho». El Nayashi dijo: «¿Quieres que entregue para que lo matéis al emisario de aquel a quien viene el “Namus al-Akbar”, el mismo que también vino a Moisés (la paz sea con él)?». Respondí: «¿Realmente es él una persona así?». Él dijo: «Amr, vuestra situación es verdaderamente lamentable. Escúchame: obedecedle. ¡Por Allah!, él está en la verdad. Vencerá a sus adversarios, tal como Moisés venció al Faraón y a sus ejércitos. Entonces dije: «En ese caso, préstame el juramento de fidelidad y obediencia a él». Él extendió la mano y yo le presté el juramento de fidelidad al Islam. Regresé junto a mis compañeros; pero para entonces se había producido una revolución en mi manera de pensar. No les revelé nada.

Partí de Abisinia con el propósito de prestar juramento de fidelidad al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En el camino me encontré con Jalid ibn al-Walid. Él también se dirigía de La Meca a Medina. Le pregunté: «Abu Sulayman, ¿adónde vas?». Respondió: «¡Por Allah!, me dirijo a afrontar una prueba terrible. Estoy convencido de que este hombre es un profeta. Ahora debemos abrazar el Islam cuanto antes. ¿Cuánto tiempo más durarán estas dudas y vacilaciones?». Le dije: «Yo también voy con ese propósito». Después, los dos nos presentamos juntos ante el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Al vernos, el rostro del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se iluminó. Dirigiéndose a los Compañeros, dijo: «Laqad ramātkum Makkatu bifalādhati akbādihā: La Meca os ha arrojado sus partes más agudas y valiosas de su corazón». (Riyalun hawla ar-Rasul)

Primero, Jalid ibn al-Walid prestó juramento de fidelidad al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Luego me acerqué un poco y dije: «¡Oh, Mensajero de Allah! Yo también quiero prestar juramento de fidelidad, pero debes perdonarme todos mis pecados anteriores». Él dijo: «Amr, presta el juramento. El Islam borra todos los pecados anteriores, y la emigración también elimina todas las faltas anteriores». Presté juramento de fidelidad al Mensajero de Allah y regresé. Esto ocurrió a comienzos del séptimo año de la Hégira, seis meses antes de la conquista de Jaibar. (Sira de Ibn Hisham, vol. 2, pp. 276-278; Al-Fath ar-Rabbani, vol. 22; Musnad del imán Ahmad; Hayat as-Sahaba, 1/157-160)

Después de abrazar el Islam, regresó a La Meca. Tras permanecer allí algún tiempo, emigró nuevamente a Medina. Amr ibn al-As fue extremista tanto cuando estaba en el Islam como cuando estaba en la incredulidad. Así como antes estaba decidido a desarraigar el Islam, después de abrazarlo también fue implacable contra la incredulidad y el politeísmo. Él dijo: «Cuando era incrédulo, yo era el mayor enemigo del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Si hubiera muerto entonces, mi destino habría sido el Infierno. Pero después de hacerme musulmán, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) nunca podía apartarse de mi vista». Después de su conversión al Islam también tuvieron lugar varias batallas, pero no se conoce mucha información detallada sobre su participación en ellas. Sin embargo, la historia registra que varias pequeñas expediciones se llevaron a cabo bajo su mando.

Ibn Saad dice que, después de la conquista de La Meca, algunos miembros de Banu Quda’a se agruparon y planearon atacar a los musulmanes. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió contra ellos una fuerza de trescientos muyahidines bajo el mando de Abu Ubaida. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió desde Medina, para ayudarlo, una fuerza de doscientos muyahidines bajo el mando de Abu Ubaida. En este grupo también había ilustres Compañeros, como Abu Bakr y Umar. Todos ellos emprendieron la expedición bajo el mando de Amr ibn al-As y derrotaron a los enemigos. En la historia, esta expedición es conocida como la «Ghazwat Dhat as-Salasil».

La mayoría de las tribus de la península arábiga abrazaron el Islam después de la conquista de La Meca. Aunque algunas tribus aceptaron el Islam, no podían desprenderse de las supersticiones arraigadas durante generaciones. Temían destruir los ídolos y los centros de adoración de ídolos. Por ello, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió varias fuerzas en distintas direcciones para destruir esos ídolos, a fin de eliminar de los corazones de los nuevos musulmanes los centros de la idolatría. Uno de esos centros se llamaba Suwa. Cuando llegaron cerca de él, los habitantes locales, al enterarse de su propósito, dijeron: «No podréis destruir este centro. Él mismo se defenderá». Amr dijo: «¿Todavía os halláis sumidos en creencias tan equivocadas y supersticiones? ¿Cómo puede defenderse quien no tiene capacidad para ver ni oír?». Después destruyó por completo el centro. Al ver aquello, la fe de los habitantes locales se fortaleció.

Después de la conquista de La Meca, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) llevó la carta con la invitación al Islam a los reyes y gobernantes de los alrededores de la península arábiga. El gobernante de Omán abrazó el Islam al recibir la carta. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) nombró a Amr gobernador de Omán. Amr permaneció en Omán hasta el fallecimiento del Mensajero de Allah. (Futuh al-Buldan)

Después de que Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) se convirtiera en califa, cobraron fuerza en la península arábiga las sediciones y rebeliones de los falsos profetas y de quienes negaban el zakat. Amr ibn al-As se encontraba entonces en Omán. Por orden del califa, avanzó desde Omán en dirección a Baréin. En el camino se hospedó con Qurrat ibn Hurayra, jefe de Banu Amr. Qurrat lo trató con gran honor. Al despedirse, le dijo a Amr: «Si se cobra el zakat, los árabes no aceptarán el gobierno ni el liderazgo de nadie. Si se suspende el pago del zakat, permanecerán obedientes y sumisos. Por eso, el zakat debería abolirse».

Amr dijo: «Qurrah, ¿has abandonado el islam? ¿Intentas asustarme con los árabes? ¡Por Dios!, aplastaré bajo las patas de mis caballos a gente como esa». Más tarde, Qurrah llegó preso a Medina junto con otros rebeldes, y Amr lo liberó. Cuando Amr llegó a Medina procedente de Omán, el califa Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) lo envió a sofocar la rebelión de los Banu Quda’ah. Gracias a sus esfuerzos, los Banu Quda’ah volvieron al islam. Una vez sofocada la rebelión, regresó nuevamente a Omán.

En el año 13 de la Hégira, el califa Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) envió diferentes ejércitos a distintas regiones de Siria. Le escribió a Amr: «El Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) te nombró gobernador de Omán, y por eso te envié allí por segunda vez. Ahora quiero confiarte una responsabilidad que será beneficiosa para ti en este mundo y en el Más Allá». Amr respondió: «Soy una de las flechas de Dios, y usted es un arquero hábil. Tiene derecho a disparar esta flecha hacia donde quiera». El califa lo retiró de Omán y lo nombró comandante del frente de Palestina.

Los ejércitos musulmanes marcharon hacia Siria desde todas las direcciones. El emperador romano envió distintos ejércitos para enfrentarse a las fuerzas musulmanas. Finalmente, los diversos ejércitos romanos se reunieron en Ajnadayn. Amr ibn al-As avanzó desde Palestina hacia Ajnadayn. Mientras tanto, Khalid ibn al-Walid y Abu Ubayda, tras concluir la campaña de Basra, llegaron a Ajnadayn para ayudar a Amr. En el año 13 de la Hégira tuvo lugar en Ajnadayn un feroz enfrentamiento entre los ejércitos musulmán y romano. El comandante romano murió y sus tropas sufrieron una derrota humillante. El comandante romano de Ajnadayn envió a un espía árabe para recabar información sobre el ejército musulmán. Después de recorrer y observar el campamento musulmán, el espía regresó, y el comandante romano le preguntó: «¿Qué noticias traes?». Él reveló la verdad y dijo: «Esta gente pasa la noche adorando y durante el día cabalga en el campo de batalla. Incluso si su príncipe comete una falta, la ley de la sharía se aplica también a él». Al oír esto, el comandante comentó: «Si realmente poseen tales cualidades, ser enterrado en la tierra es preferible a luchar contra ellos».

Amr también participó en la campaña de Damasco junto con sus dos compañeros, Khalid y Abu Ubayda, y se encargó de sitiar la puerta de Tuma, en Damasco. Después de Damasco se emprendió la campaña de Fahl. También en esta campaña dirigió con éxito una parte del ejército musulmán.

A causa de los continuos ataques del ejército musulmán, las fuerzas romanas sufrieron repetidas derrotas humillantes. Finalmente, por orden del emperador romano, las fuerzas romanas, debilitadas, se reorganizaron y se convirtieron en un enorme ejército de doscientos mil hombres, que se reunió en un lugar llamado Yarmuk para ofrecer una resistencia definitiva al ejército musulmán. El ejército musulmán, dirigido por Khalid, Amr y Shurahbil ibn Hasana, también llegó a Yarmuk. Sin embargo, el número de soldados romanos era cuatro veces superior al del ejército musulmán unido. En aquella sangrienta batalla de Yarmuk, Amr ibn al-As luchó con extraordinaria valentía y coraje. El ejército romano sufrió una derrota humillante. El estandarte del islam quedó enarbolado en toda Siria.

Antes de Yarmuk, Amr ibn al-As ya había concluido la conquista de algunas regiones de Palestina. Después de Yarmuk, se concentró en la campaña contra Iliya, o Bayt al-Maqdis, la mayor ciudad de Palestina. Puso sitio a Bayt al-Maqdis. Abu Ubayda también lo ayudó. Conquistó Bayt al-Maqdis sin derramamiento de sangre. A petición de los habitantes de Iliya, el califa Umar (que Dios esté complacido con él) llegó desde Medina a Bayt al-Maqdis y celebró con ellos un tratado histórico. Así, por primera vez, esta gloriosa ciudad pasó a estar bajo el dominio de los musulmanes.

El mismo año de la conquista de Bayt al-Maqdis, una epidemia de peste azotó toda Siria, Irak y Egipto. Miles de personas murieron. Amr ibn al-As aconsejó al comandante Abu Ubayda que retirara las tropas de Siria y las trasladara a un lugar seguro. Pero Abu Ubayda, profundamente convencido del destino, rechazó el consejo. Finalmente, la peste también se cobró su vida. Antes de morir, nombró a Amr comandante del ejército. Amr ibn al-As retiró el ejército de la zona afectada por la peste.

Tras concluir la conquista de Siria, Amr solicitó al califa Umar permiso para emprender una campaña en Egipto. Durante la época de la ignorancia, Amr viajaba a Egipto por motivos comerciales. Por ello tenía experiencia y conocimiento de Egipto. Aunque al principio el califa dudó en aprobar su solicitud, finalmente le concedió el permiso. Cuando Amr partió hacia Egipto con su pequeño ejército, el califa Umar envió en su ayuda un ejército bajo el mando de al-Zubayr ibn al-Awwam.

Hazrat Amr ibn al-As obtuvo una victoria tras otra en las batallas de Bab al-Yun, Arish, Ain Shams, Fustat y otras. Después, solicitó al califa Umar permiso para avanzar hacia Alejandría. Tras recibir la autorización, confió la administración de las regiones conquistadas a Hazrat Kharija ibn Hudhafa y partió para la campaña de Alejandría. Sitiaron Alejandría. Las fuerzas de Muqawqis y los habitantes de la ciudad se refugiaron en una fortaleza fortificada y ofrecieron resistencia. De vez en cuando salían de la fortaleza, lanzaban ataques relámpago y luego regresaban a ella. En esta situación transcurrieron casi dos años. El califa Umar se preocupó. Escribió a Amr: «Lleváis dos años sitiando la ciudad, pero todavía no ha aparecido ningún resultado. Parece que, al igual que los romanos, también vosotros os habéis entregado al lujo y los placeres, olvidando vuestras responsabilidades y deberes. Cuando recibas esta carta, reúne de inmediato a la gente, pronuncia ante ellos un discurso sobre el yihad y léeles mi carta. Después, el viernes, atacad a las fuerzas enemigas».

Siguiendo las instrucciones del califa, atacó a las fuerzas enemigas y, en muy poco tiempo, Alejandría quedó bajo el control del ejército musulmán. Envió a Muawiya ibn Hudayj a Medina para comunicar al califa la noticia de esta victoria. Cuando Muawiya llegó a Medina, era por la tarde. Se dirigió directamente a la Mezquita del Profeta. Al enterarse, el califa lo llamó de inmediato y le preguntó: «¿Por qué fuiste directamente a la mezquita en vez de venir a mi casa?». Muawiya respondió: «Pensé que este era el momento en que usted descansaba». El califa dijo: «¿Acaso puedo dormir durante el día y arruinar a mis súbditos?».

Después de conquistar Alejandría, conquistó sucesivamente las regiones de Barca, Zuwaila, Trípoli, al-Magrib, Sabra y otras. Tras la conquista de Trípoli, envió al califa la buena noticia por medio de un mensajero. Túnez, Marruecos, Argelia y otras regiones se encontraban a solo nueve días de distancia. Solicitó al califa permiso para llevar a cabo campañas en todas esas regiones. Considerando la necesidad de mantener la paz y el orden en las regiones conquistadas, el califa ordenó suspender la campaña hacia el occidente de África. Así terminó la campaña africana de Amr ibn al-As.

Una vez concluida la conquista de Egipto, el califa Umar (que Dios esté complacido con él) lo nombró gobernador de Egipto. Pocos días después, Hazrat Umar murió como mártir. El califa Uthman también mantuvo a Amr en su cargo anterior. En ese tiempo, los habitantes de Alejandría se rebelaron instigados por los romanos. Amr ibn al-As reprimió la rebelión con gran severidad y, por temor a futuras rebeliones, derribó las murallas defensivas de la ciudad de Alejandría.

En el año 26 de la Hégira, Hazrat Uthman (que Dios esté complacido con él) lo destituyó del cargo de gobernador de Egipto. Tabari dice que el califa Uthman no destituía a nadie sin una acusación concreta en su contra. Se dice que la razón de su destitución fue que, aunque Egipto era un país muy fértil, durante el mandato de Amr no se recaudaban los ingresos esperados. Esta acusación existía contra él desde la época de Hazrat Umar. El califa Umar (que Dios esté complacido con él) incluso le había escrito una carta al respecto. La misma acusación existía contra él durante el mandato de Uthman. Hazrat Uthman (que Dios esté complacido con él) le escribió sobre el asunto y Amr respondió: «La vaca no puede dar más leche de la que es capaz de producir». Después de esta respuesta, Hazrat Uthman (que Dios esté complacido con él) lo eximió de la responsabilidad de recaudar los ingresos y la confió a Abdullah ibn Sad. A partir de este incidente surgió un desacuerdo entre Amr y Abdullah, y la administración de Egipto quedó prácticamente paralizada. En tales circunstancias, Hazrat Uthman destituyó a Amr y nombró a Abdullah gobernador de Egipto. (Tabari, Ibn al-Athir). Según otra narración, Amr fue destituido antes de la rebelión de Alejandría. Cuando estalló la rebelión, el califa Uthman le encargó sofocarla. Después de eliminar la rebelión, el califa quiso asignarle únicamente la responsabilidad de la defensa. Él rechazó la propuesta del califa diciendo: «No puede ser que yo tome los cuernos mientras otro ordeña la leche». Según esta narración, fue destituido en el año 25 de la Hégira.

Tras ser destituido del cargo de gobernador de Egipto, Hazrat Amr ibn al-As regresó a Medina. Se sintió algo disgustado con Hazrat Uthman. Después de llegar a Medina, conversó con el califa, y en esa conversación se manifestó su descontento. Cuando habló con el califa, los ingresos enviados desde Egipto ya habían llegado a él. Esos ingresos eran mayores que los que había enviado Amr ibn al-As. El califa dijo: «Mira, la vaca ha dado más leche». Amr respondió inmediatamente: «Sí, pero el ternero se quedará hambriento». A pesar de este incidente, Hazrat Amr ibn al-As (que Dios esté complacido con él) siguió siendo, como antes, un consejero sincero y leal del califa Uthman. Cuando los rebeldes de Egipto llegaron a Medina, Hazrat Uthman (que Dios esté complacido con él) envió a Amr para persuadirlos. Amr utilizó su antigua influencia y los hizo regresar. Además, cada vez que surgía algún problema ante Hazrat Uthman (que Dios esté complacido con él), este consultaba a Amr ibn al-As. Amr le daba consejos con absoluta sinceridad. Cuando la conspiración contra el califa Hazrat Uthman (que Dios esté complacido con él) alcanzó su punto culminante, convocó una reunión del consejo de la shura. Hazrat Amr ibn al-As era uno de sus miembros principales. Después de consultar con la shura, el califa preguntó específicamente a Amr su opinión. Amr le aconsejó seguir las huellas de sus dos predecesores, Abu Bakr y Umar (que Dios esté complacido con ambos), es decir, ser indulgente cuando fuera necesario y firme cuando fuera necesario.

Tras ser destituido del cargo de gobernador de Egipto, se apartó en esencia de la política y se estableció en Palestina. Sin embargo, viajaba ocasionalmente a Medina. Cuando el califa Uthman fue sitiado por los rebeldes, Amr ibn al-As se encontraba en Medina. Al ver que la rebelión estaba fuera de control, abandonó Medina diciendo: «Allah humillará a quien tenga parte en el asesinato de Uthman, y quien no pueda ayudarlo debe abandonar Medina». Dejó Medina y se dirigió a Siria. No obstante, siempre se mantenía informado sobre lo que ocurría en Medina por medio de otras personas. Después tuvieron lugar el martirio de Hazrat Uthman y la batalla del Camello, pero él no salió de su retiro en Siria ni se involucró en nada.

Comenzó el conflicto entre Hazrat Ali y Hazrat Muawiya. Hazrat Ali exigió lealtad a Hazrat Muawiya. Muawiya consultó a Amr ibn al-As. Se cuenta que, al principio, Amr dijo a Muawiya: «En ninguna circunstancia la comunidad musulmana le concederá a usted la posición de Ali». Sin embargo, después se vio que, en esta disputa, Amr ibn al-As se puso completamente del lado de Muawiya. En la batalla que tuvo lugar entre ambos bandos en Siffín, Amr era el comandante del ejército de Muawiya (que Dios esté complacido con él). Por consejo de Amr, en el momento en que la derrota era inminente, Muawiya colgó ejemplares del Corán en las puntas de las lanzas, propuso a Ali (que Dios esté complacido con él) un arbitraje y lo obligó a declarar una tregua. Después, con el objetivo de resolver la disputa, se formó un consejo de arbitraje compuesto por dos miembros. En ese consejo, Amr ibn al-As era el representante designado por Muawiya, mientras que Abu Musa al-Ashari (que Dios esté complacido con él) era el representante designado por Ali (que Dios esté complacido con él).

Tras prolongadas deliberaciones sobre el asunto, Amr y Abu Musa al-Ashari se presentaron en Dumat al-Jandal para anunciar su decisión. Sin embargo, en el momento de hacer el anuncio, Amr se apartó de la decisión previamente acordada y, mediante una maniobra diplomática, proclamó a Muawiya como califa; al mismo tiempo, hizo que su oponente, Abu Musa, proclamara también la destitución de Ali.

La posibilidad de resolver el conflicto fratricida de la comunidad musulmana que había surgido mediante la formación de un tribunal de arbitraje fracasó, según los historiadores, debido a las maniobras astutas de Amr. El conflicto y la guerra volvieron a estallar entre ambas partes. Amr invadió Egipto, derrotó y mató a Muhammad ibn Abi Bakr, gobernador de Egipto designado por Ali, y se apoderó del país.

Después, algunos miembros de la extremista secta jariyí decidieron que, puesto que las principales causas de la división de la comunidad musulmana eran tres personas: Ali, Muawiya y Amr, había que eliminarlos del mundo. La misión fue encomendada a Ibn Muljam, Bark ibn Abd Allah y Amr ibn Bakr al-Tamimi. Conforme a lo decidido, en el día y la hora fijados, atacaron a los tres en lugares distintos. Ali murió como mártir, mientras que Muawiya sobrevivió con heridas leves. Como Amr estaba enfermo, Jarija ibn Hudhafa había salido a dirigir la oración en su lugar; el agresor lo confundió con Amr ibn al-As, lo golpeó y lo mató. Así, Amr también sobrevivió.

El emir Muawiya nombró a Amr gobernador de Egipto. Durante su mandato como gobernador de Egipto surgió cierto malentendido entre él y el emir Muawiya; sin embargo, mediante la mediación de una tercera parte, ambos firmaron un acuerdo y Amr permaneció en el cargo de gobernador de Egipto. Mientras ejercía dicho cargo, enfermó en el año 43 de la Hégira —según otra opinión, en el 47 o el 51— y perdió toda esperanza de vivir. Durante los últimos días de su vida sufrió intensamente, consumido por el arrepentimiento de sus errores pasados.

Cuando se encontraba en su lecho de muerte, Ibn Abbas fue a visitarlo. Después de intercambiar saludos, le preguntó: «Abu Abd Allah, ¿cómo te encuentras?». Amr respondió: «¿Sobre qué me preguntas? Mi vida mundana está en orden, pero mi religión se ha arruinado. Si hubiera ocurrido lo contrario, estoy seguro de que habría triunfado. Si lo que se desea al final de la vida diera fruto, ciertamente lo desearía. Si hubiera una manera de escapar y salvarme, escaparía. Pero ahora estoy suspendido entre el cielo y la tierra como una manjaniq. No puedo subir con la ayuda de las manos ni bajar con la ayuda de los pies. Sobrino, dame algún consejo que me sea útil». Ibn Abbas dijo: «¡Ay! ¿Dónde queda ya aquel tiempo? Ahora el sobrino se ha hecho anciano y se ha convertido en tu hermano. Si ahora me pides que llore, puedo llorar». Amr dijo: «Ya tengo algo más de ochenta años, y ahora me haces desesperar de la misericordia de Allah. ¡Oh Allah!, este Ibn Abbas me hace desesperar de Tu misericordia. Inflígeme ahora mismo un castigo con el que quedes satisfecho». Ibn Abbas dijo: «Abu Abd Allah, lo que recibiste era nuevo, mientras que lo que estás dando es antiguo». Amr dijo: «Ibn Abbas, ¿qué te pasa? ¿Por qué dices lo contrario de lo que estoy diciendo?». (Al-Istيعab)

Abd al-Rahman ibn Shammāsa cuenta: fue a visitar a Amr ibn al-As cuando se encontraba en su lecho de muerte. Amr volvió el rostro hacia la pared y comenzó a llorar. Su hijo, Abd Allah, le dijo: «Padre, ¿por qué lloras? ¿Acaso el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no te anunció tales y tales buenas nuevas?». Él respondió: «Mi mejor provisión es el testimonio de que no hay divinidad sino Allah y de que Muhammad es el Mensajero de Allah. Han transcurrido tres etapas de mi vida. Una de ellas transcurrió cuando era un enemigo acérrimo. Mi deseo más intenso era matar al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) de cualquier manera. Después comenzó la segunda etapa de mi vida. Acepté el islam tras prestar juramento de fidelidad al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En aquel entonces, ninguna persona me parecía más querida ni más honorable que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Debido al gran respeto y temor que le tenía, no podía levantar bien los ojos para mirarlo. Si ahora alguien me preguntara cómo era su noble rostro, no podría decirle nada. Si hubiera muerto entonces, habría tenido esperanza en el Paraíso. Después llegó la tercera etapa de mi vida. Durante ella hice toda clase de cosas. No sé cuál será ahora mi situación. Cuando muera, que las plañideras no acompañen mi oración fúnebre. Durante el entierro, echad la tierra poco a poco. Después del entierro, permaneced junto a la tumba el tiempo que se tarda en sacrificar un animal y repartir su carne, para que pueda familiarizarme con la tumba en vuestra presencia y preparar correctamente las respuestas a las preguntas del Mensajero de Allah». (Muslim, Libro de la fe)

Encomendó a su hijo, Abd Allah, cómo debía enterrarlo después de su muerte. Luego se ocupó del recuerdo de Allah y comenzó a decir: «¡Oh Allah!, Tú ordenaste y yo desobedecí; Tú prohibiste y yo fui desobediente. No estoy libre de culpa como para presentar una excusa, ni soy poderoso como para vencer». Después exhaló su último aliento mientras recitaba: «No hay divinidad sino Allah». Ciertamente, pertenecemos a Allah y a Él regresaremos. En el año 43 de la Hégira, después de la oración del Eid al-Fitr, el primer día de Shawwal, su hijo Abd Allah dirigió la oración fúnebre. Fue enterrado en un lugar de Egipto llamado al-Muqattam. Su tumba, situada junto a la primera mezquita de Egipto, la mezquita Jami Amr ibn al-As, que él mismo construyó, todavía está señalada. Murió a la edad de noventa años.

Después de aceptar el islam, la mayor parte de la vida de Amr ibn al-As transcurrió en los campos de la yihad. Por ello, tuvo muy pocas oportunidades y tiempo para adquirir y cultivar conocimientos. Sentía un especial deleite y placer al recitar el Corán, y lo recitaba de manera sumamente hermosa. Aunque su vida transcurrió en los campos de la yihad, aprovechó todo el tiempo que tuvo para perfeccionarse en el conocimiento y la práctica mediante la compañía del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Narró treinta y nueve hadices o dichos del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). De ellos, tres son muttafaq alayhi, es decir, narrados tanto por Bujari como por Muslim. Otros tres fueron narrados exclusivamente por Muslim. Numerosos compañeros y tabiíes narraron hadices de él.

Hazrat Amr ibn al-As, a pesar de estar ocupado con el yihad, también cumplía con la responsabilidad de enseñar y ofrecer consejos y exhortaciones. Tras la victoria en la batalla de Dhat al-Salasil, permaneció allí para educar y capacitar a los nuevos musulmanes. Después del fallecimiento de Rasulullah, cuando aumentó el apego de algunas personas a este mundo, en sus discursos exhortaba a la gente a seguir el modelo de Rasulullah.

También apreciaba la literatura. Fue el mejor prosista de su época. Expresar mucho con pocas palabras, emplear bellas comparaciones y embellecer las frases y las ideas eran rasgos distintivos de su literatura. En los libros de historia se han conservado numerosos ejemplos de su producción literaria. En particular, se han conservado como una muestra excelsa de la literatura la carta que el califa Umar le escribió desde Medina, ordenándole enviar alimentos a Amr, que se encontraba en Egipto, durante el año de «Amur Ramadah», es decir, el año en que Arabia sufrió una terrible hambruna, y la respuesta que Amr le envió. Además, su talento literario se manifestó en sus discursos, cartas y diversos escritos.

Al examinar la vida entera de Hazrat Amr ibn al-As, se observa que atravesó diversas etapas de prueba. No logró triunfar por igual en todas ellas. En particular, no parece posible encontrar una justificación razonable para algunos acontecimientos de la etapa final de su vida como compañero. Los imames de la comunidad islámica han dictaminado que aquellas actuaciones de la última etapa de su vida fueron errores de iŷtihad. Sin embargo, dejando de lado algunos acontecimientos controvertidos de ese periodo, su vida en conjunto, al igual que la de los demás compañeros, quedó embellecida y purificada como una flor por la compañía de Rasulullah.

El propio Rasulullah reconoció la firmeza de la fe de Amr ibn al-As. Dijo: «La gente ha aceptado el islam, pero Amr ibn al-As ha creído». En otra ocasión dijo: «Los dos hijos de al-As —Hisham y Amr— han creído». (Musnad del imam Ahmad). La veracidad de estas palabras se hace evidente en un episodio de su vida. En cierta ocasión, Hazrat Rasul al-Karim le mandó decir a Amr que se presentara inmediatamente, vestido y armado. Amr se presentó de inmediato, conforme a la orden. Rasulullah había realizado la ablución; levantó la mirada hacia él. Luego bajó los ojos y dijo: «Quiero enviarte como emir. Si Dios quiere, estarás a salvo y obtendrás mucho botín. También recibirás una parte de ese botín». Amr exclamó al instante: «Oh, Rasulullah, no acepté el islam por codicia de riquezas; lo acepté por la inclinación de mi corazón». Rasulullah dijo: «La riqueza lícita es mejor para la persona veraz». En otra ocasión, Rasulullah dijo que Amr ibn al-As era uno de los hombres virtuosos de Quraysh. (Musnad de Ahmad).

Un día estaba sentado a la sombra de la pared de la Kaaba, relatando hadices a la gente. Dijo: «Rasulullah ha dicho: “Quien haya prestado sinceramente la bai‘a a un imán debe apoyarlo empleando todas sus fuerzas”». Abd al-Rahman ibn Abd Kaaba, el narrador de este hadiz, preguntó: «¿Escuchó usted este hadiz directamente de Rasulullah?». Amr señaló sus propios oídos y su corazón, y dijo: «Estos dos oídos míos lo escucharon y mi corazón lo conservó». Después, Abd al-Rahman dijo: «Su primo Muawiya nos ordena consumir ilícitamente los bienes de unos y otros y quitar la vida injustamente». Al oír esto, Amr guardó silencio. Luego dijo: «Obedece en aquello que no implique desobedecer a Allah y no obedezcas en aquello que implique desobedecerle». Esto demuestra que, por naturaleza, era una persona veraz.

Hazrat Rasul al-Karim amaba a Amr ibn al-As por su labor. Hazrat Hasan relata que un hombre preguntó a Amr ibn al-As: «¿Acaso no posee un buen carácter aquel a quien Rasulullah amó hasta su último aliento?». Él respondió: «¿Quién podría dudar de su buena fortuna?». El hombre dijo: «Rasulullah lo amó a usted hasta su último aliento».

En cuanto a conocimiento, inteligencia y perspicacia política, era uno de los hombres más destacados de la Arabia de aquel tiempo. El imam Sha‘bi decía: «En la Arabia islámica hubo cuatro diplomáticos; Amr ibn al-As fue uno de ellos». (Al-Isaba). En diplomacia, el único que estaba a su altura era Hazrat Mughira ibn Shu‘ba. Su constitución física, su porte, su manera de comportarse y su forma de hablar dejaban claro que había nacido para el liderazgo. Se cuenta que un día, cuando el emir de los creyentes Umar lo vio acercarse, primero sonrió un poco y luego dijo: «Abu Abdillah no debería andar por la tierra si no es para ser emir o líder». (Riyalun Hawla ar-Rasul, p. 618).

Rasulullah reconoció la sensatez de sus opiniones. Rasulullah le dijo: «Posees una opinión acertada en el islam». (Kanz al-Ummal). Cuando Hazrat al-Faruq al-Azam veía a una persona de escaso entendimiento, decía con asombro: «¡El creador de esta persona y el de Amr ibn al-As son el mismo Ser!». (Al-Isaba).

Debido a la ilimitada inteligencia y audacia de Amr, el Noble Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le confió la responsabilidad de muchas expediciones importantes. En algunas ocasiones, incluso fue nombrado comandante por encima de compañeros de elevada dignidad, como Abu Bakr, Umar y Abu Ubayda (que Allah esté complacido con ellos). En verdad, demostró capacidad y talento como comandante o líder en cada momento de crisis de la comunidad musulmana. Al reconocer su capacidad, un gobernante perspicaz como Umar (que Allah esté complacido con él) lo nombró gobernador de Palestina, Jordania y, posteriormente, Egipto, y lo mantuvo en ese cargo hasta el último día de su califato.

En la historia se lo menciona como «Fateh Misr», el conquistador de Egipto. Sin embargo, no fue conquistador en el sentido en que se emplea ese término. En realidad, fue el liberador de los egipcios. Los liberó de siglos de esclavitud y cadenas bajo los romanos, y allanó el camino para la predicación islámica en todo África.

El yihad fi sabilillah fue un capítulo glorioso de la vida de Amr (que Allah esté complacido con él). En todas las batallas permaneció junto al célebre comandante, Jalid ibn al-Walid (que Allah esté complacido con él). Él mismo dijo: «Desde el principio, en el campo de batalla, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no consideró a nadie igual a Jalid y a mí». (Mustadrak) Cada vez que surgía en Medina la posibilidad de algún peligro, desenvainaba inmediatamente su espada y se alzaba para hacerle frente. En cierta ocasión, por algún motivo, el terror se extendió por Medina. Salim, el esclavo de Abu Hudhayfa, se apostó en la mezquita de Medina con la espada en la mano. Amr también desenvainó su espada y se colocó a su lado. Más tarde, el Noble Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo durante el sermón: «¿Por qué no os ponéis bajo la protección de Allah y de Su Mensajero, y por qué no tomáis a Amr y a Salim como modelos?». (Al-Isaba)

Amr ibn al-As era sumamente generoso. Gastaba con amplitud de corazón en el camino de Allah. El propio Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) reconoció esto en más de una ocasión. Alqama ibn Ramtha al-Balawi relata: El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió a Amr con un ejército a Bahréin, mientras él partió en otra expedición. Yo también acompañé al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en esa expedición. Un día, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se quedó un poco adormilado. Al despertarse, dijo: «Que Allah tenga misericordia de Amr». Todos los que entre nosotros llevaban ese nombre pensamos en ellos. Se quedó adormilado por segunda y tercera vez, y al despertar repitió las mismas palabras. Perdimos la paciencia y preguntamos: «¿De qué Amr está hablando?». Respondió: «De Amr ibn al-As». Le preguntamos la razón. Dijo: «Recordé la ocasión en que pedí a la gente que entregara sadaqa o caridad, y él trajo una gran cantidad de sadaqa. Cuando le pregunté: “¿De dónde has traído tanta sadaqa?”, respondió: “Allah me la ha dado”». En otra ocasión, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo tres veces: «Oh Allah, perdona a Amr ibn al-As. Cuando le pedí que entregara sadaqa, se presentó trayendo sadaqa».

Jalid ibn al-Walid (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Abu Sulayman Jalid y su título, Sayfullah (la espada de Allah). Su padre era al-Walid ibn al-Mughira y su madre, Lubaba as-Sughra, hermana de la Madre de los Creyentes, Maymuna bint al-Harith, y de Lubaba al-Kubra, esposa de Abbas ibn Abd al-Muttalib. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y Abbas (que Allah esté complacido con él) eran sus tíos políticos. (Usud al-Gaba, 2/93)

Su familia era sumamente noble entre los coraichitas de la Arabia preislámica. Dos responsabilidades, la de Qubba y la de A’inna (la dirección de los soldados y de los campamentos militares), estaban a cargo de su familia. En el momento del surgimiento del islam, Jalid ocupaba este cargo. (Al-Istiab, 1/157) Poco antes del tratado de Hudaybiyya, Jalid era el líder del grupo de los coraichitas que había salido de La Meca para observar los movimientos de los musulmanes. En la batalla de Uhud luchó valientemente contra el ejército musulmán y convirtió la segura derrota del ejército politeísta de La Meca en una victoria.

Existen diversos relatos sobre el momento en que Jalid abrazó el islam. Sin embargo, es ampliamente aceptado que lo hizo poco antes de la conquista de La Meca.

Hazrat Amr ibn al-As (r.a.) se dirigía desde Abisinia hacia Medina con la intención de abrazar el islam. En el camino se encontró con otra caravana que se dirigía a Medina. Ellos también viajaban con el mismo propósito. En este segundo grupo se encontraba Hazrat Khalid. Hazrat Amr ibn al-As le preguntó a Khalid: «¿Adónde vas?». Khalid respondió: «Juro por Allah que tengo la certeza de que este hombre es un profeta; ¿cuánto tiempo seguiremos así? Vamos, abracemos el islam». (Al-Isaba, 1/413; Musnad Ahmad). Llegaron a Medina y se presentaron ante el Mensajero de Allah (s.a.). Primero Khalid y después Amr ibn al-As prestaron juramento de fidelidad ante el Mensajero de Allah (s.a.). Amr regresó a La Meca, pero Khalid permaneció en Medina.

Hazrat Khalid dice: «Después de que abracé el islam, el Mensajero de Allah (s.a.) me dijo: “Había visto en ti señales de inteligencia y esperaba que, al final, esa inteligencia te condujera únicamente hacia el bien y la prosperidad”». Khalid dice: «Cuando presté juramento de fidelidad al Mensajero de Allah, le dije: “Ruega para que sean perdonados todos los pecados que he cometido al obstaculizar el camino de Allah”. El Mensajero (s.a.) respondió: “El islam borra todos los pecados del pasado”. Yo dije: “Oh, Mensajero de Allah, por eso mismo te presto juramento”. Él dijo: “Oh Allah, perdona todos los delitos que ha cometido al obstaculizar Tu camino”». (Rijalun Hawla ar-Rasul, 284-285).

Después de que abrazó el islam, el Mensajero de Allah (s.a.) lo mantuvo en el cargo militar familiar que había ocupado antes del islam y se sirvió de sus servicios. (Usd al-Gaba, 2/93). En su vida anterior al islam había sido un encarnizado enemigo de los musulmanes, pero después de abrazar el islam se convirtió en un peligro terrible para los idólatras. En innumerables batallas, su espada destrozó la unidad de los idólatras.

Después de abrazar el islam, Hazrat Khalid participó por primera vez en la expedición de Mu’ta. En el marco de las actividades de predicación, el Mensajero de Allah (s.a.) envió a Hazrat al-Harith ibn Umayr al-Azdi con una carta ante el gobernador de Bosra. Shurahbil ibn Amr al-Gassani asesinó a al-Harith en un lugar llamado Mu’ta. Para vengar este hecho, el Mensajero de Allah (s.a.) envió un ejército de dos mil soldados bajo el mando de Hazrat Zayd ibn Haritha. El ejército romano adversario contaba con aproximadamente doscientos mil soldados. Antes de que el ejército de Zayd ibn Haritha partiera de Medina, el Mensajero de Allah (s.a.) les aconsejó: «Si Zayd muere como mártir en la batalla, Ja’far dirigirá el ejército; si Ja’far muere como mártir, lo dirigirá Abdullah ibn Rawaha. Y si Abdullah también muere como mártir, elegid entre vosotros a uno como emir».

Eran tres: Zayd, Ja’far y Abdullah. Eran los tres héroes de la expedición de Mu’ta, en Siria. En aquella desigual batalla demostraron un valor y una bravura sin precedentes, y uno tras otro alcanzaron el martirio. Finalmente, Hazrat Khalid asumió el mando. Tras el martirio sucesivo de los tres comandantes, el ejército musulmán perdió el ánimo. Aunque Khalid no pudo derrotar al ejército enemigo, salvó al ejército musulmán de la destrucción.

Hazrat el Noble Mensajero (s.a.) anunció en Medina la noticia del martirio de los tres comandantes mencionados y de que Khalid había asumido el mando, con estas palabras:

«Zayd ibn Haritha tomó el estandarte, combatió contra el ejército enemigo y alcanzó el martirio. Después Ja’far tomó el estandarte, combatió y también murió como mártir. Luego Abdullah ibn Rawaha tomó el estandarte y también murió como mártir. Después, una de las “espadas de Allah” tomó el estandarte, y Allah le concedió la victoria por medio de él». (Rijalun Hawla ar-Rasul, 286). Así obtuvo el título de «Saifullah», la espada de Allah. Sin embargo, existen opiniones divergentes acerca del hecho o del momento en que recibió este título. Según otra narración, en cierta ocasión Hazrat el Noble Mensajero (s.a.) se encontraba en un lugar. Cuando alguien pasaba junto a él, preguntaba: «¿Quién es?». Le respondían: «Fulano». En cierto momento pasó Khalid. El Mensajero (s.a.) preguntó: «¿Quién es?». Le respondieron: «Khalid». Entonces dijo: «¡Qué excelente siervo de Allah es Khalid! Él es una de las espadas de Allah». Esto ocurrió después de Mu’ta. (Usd al-Gaba, 2/94; Al-Isaba, 1/413).

Hazrat Khalid se unió a la expedición de Mu’ta como un soldado común bajo el mando de los tres comandantes Zayd, Ja’far y Abdullah. Cuando el último de los tres mencionados alcanzó el martirio, Hazrat Thabit ibn Aqram corrió hacia el estandarte y lo sostuvo en alto con la mano derecha para evitar que surgiera desorden alguno entre el ejército musulmán. Con el estandarte en alto, corrió hasta Hazrat Khalid y le dijo: «Judh al-liwa’a, ya Aba Sulayman», es decir: «Abu Sulayman, toma el estandarte». Sabía muy bien que un recién convertido al islam como Khalid no podía tener derecho a dirigir un ejército entre cuyas filas se encontraban los primeros emigrantes y auxiliares que habían abrazado el islam. Con gran respeto, le dijo a Thabit ibn Aqram: «No, no puedo aceptar el estandarte; usted es quien más merece llevarlo. Es mayor y es badrí, es decir, participó en la batalla de Badr». Thabit respondió: «Tómalo; en la guerra eres más competente que yo. He levantado este estandarte precisamente para ti». Después, Hazrat Thabit (r.a.) se dirigió al ejército musulmán y preguntó: «¿Aceptáis el liderazgo de Khalid?». Todos respondieron al unísono: «Sí, lo aceptamos». (Rijalun Hawla ar-Rasul, 286-287). Khalid dice: «En la batalla de Mu’ta se rompieron siete espadas en mi mano. Finalmente, una espada yemení permaneció intacta». (Usd al-Gaba, 2/94).

Durante la conquista de La Meca, él acompañó al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le confió el mando del ala derecha del ejército musulmán. Aunque La Meca fue conquistada sin derramamiento de sangre, aquel día algunos politeístas murieron a manos de Jálid. Él estaba entrando en La Meca por el lado de Qudār cuando se encontró en el camino con un grupo de politeístas de La Meca. Los politeístas comenzaron a lanzar flechas. Él respondió disparándoles flechas. Como consecuencia, varios politeístas murieron. Por ello tuvo que rendir cuentas ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Cuando el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) supo que los politeístas habían iniciado el ataque, aceptó el hecho como voluntad de Allah y guardó silencio.

Participó en la expedición de Hunayn. El ejército musulmán estaba compuesto por doce mil soldados. El Honorable Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dividió todo el ejército en varias unidades basadas en las tribus. La tribu de Banū Sulaym estaba en la vanguardia de todo el ejército, y su comandante era Jálid. En esta batalla demostró un valor y una valentía extraordinarios. Resultó herido en varias partes del cuerpo. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fue a visitarlo, sopló sobre sus heridas y él se recuperó rápidamente. (Usud al-Gāba, 2/95) En la expedición de Tā’if, Jálid fue el comandante de la vanguardia. También participó en la expedición de Tabūk, en el noveno año de la Hégira. En esta campaña, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo envió con cuatrocientos soldados contra Ukaydir ibn ʿAbd al-Malik, jefe de Dūmat al-Jandal. Jálid mató al hermano de Ukaydir, capturó a Ukaydir y lo llevó ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).

En el noveno año de la Hégira, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió a Jálid a la tribu de Banū Juzayma con el propósito de invitarla al islam. Gracias a la invitación de Jálid, la tribu de Banū Juzayma aceptó el islam. Sin embargo, como no supieron expresarlo correctamente por ignorancia, Jálid los entendió mal. Ordenó atacarlos. Como resultado, muchas personas de aquella tribu murieron o resultaron heridas. Cuando el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se enteró del asunto, se entristeció profundamente. Levantó las manos y suplicó: «¡Oh Allah! Soy completamente inocente de lo que ha hecho Jálid». Luego envió a ʿAlī y pagó todas sus compensaciones. Incluso pagó compensación por los perros que habían sido matados. (Bujārī: Kitāb al-Maghāzī; Usud al-Gāba, 2/94)

Después de este incidente, cuando Jálid regresó a Medina, tuvo una discusión con ʿAbd al-Raḥmān ibn ʿAwf sobre el asunto. En cierto momento, Jálid lo insultó. Cuando la noticia llegó a oídos del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), este se enfadó y le dijo a Jálid: «No insultes a mis compañeros. Aunque uno de vosotros gastara oro equivalente al tamaño de la montaña de Uhud, no podría igualar siquiera un mudd, ni la mitad de un mudd, de lo que ellos gastaron». (Usud al-Gāba, 2/95)

En el décimo año de la Hégira, el Honorable Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió a Jálid a la tribu de Banū ʿAbd al-Maddān, en Najrán, para invitarla al islam. Como Jálid había tomado una decisión precipitada y cometido un grave error en el caso de Banū Juzayma, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le dio instrucciones especiales antes de su partida: «Solo invitarás al islam; bajo ninguna circunstancia desenvainarás la espada». Él cumplió estas instrucciones al pie de la letra. Gracias a su invitación, toda la tribu de ʿAbd al-Maddān aceptó el islam. Así, un soldado del campo de batalla apareció por primera vez como un verdadero dāʿī del islam, es decir, como alguien que invitaba al islam. Enseñó y formó a todos estos nuevos musulmanes, y los llevó consigo ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Ese mismo año, ʿAlī y Jálid (que Allah esté complacido con ambos) fueron enviados para llevar la invitación al islam a los habitantes del Yemen. Los yemeníes respondieron a su invitación y aceptaron el islam.

ʿUzzā era uno de los centros de la idolatría de los quraysh de la Arabia preislámica. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió a Jálid para destruir aquel centro. Al llegar allí, lo redujo a polvo mientras recitaba los siguientes versos: «¡Oh ʿUzzā! No eres sagrada; renunciamos a ti. He visto que Allah te ha humillado». (Usud al-Gāba, 2/94)

Con la muerte del Honorable Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), surgió por toda la península arábiga una peligrosa sedición de apóstatas, falsos pretendientes a la profecía y quienes rechazaban pagar el zakat. Para aplastar a aquellos sediciosos, el califa Abū Bakr (que Allah esté complacido con él) preparó un ejército y montó él mismo a caballo para partir. Sin embargo, los Compañeros destacados consideraron que en ese momento el califa debía permanecer en Medina, sede del califato. ʿAlī (que Allah esté complacido con él) sujetó las riendas del caballo del califa y preguntó: «Califa del Mensajero de Allah, ¿adónde vas? Te digo lo mismo que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) te dijo el día de Uhud: “Oh Abū Bakr, tu espada se ha desbocado; no nos hagas sufrir por causa de ti mismo”». El califa revocó su decisión y permaneció en Medina. Dividió todo el ejército en once unidades y confió una de ellas a Jálid. Al despedir a Jálid de Medina, le dijo: «He oído al Mensajero de Allah hablar de ti: “Jálid es una espada de Allah, que Allah ha desenvainado contra los incrédulos y los hipócritas. ¡Qué buen siervo de Allah es Jálid y qué buen hermano de su tribu!”». (Rijālun Ḥawla al-Rasūl, 291)

Jálid partió de Medina con su ejército. Antes de cada expedición les ordenaba: «No maltratéis a los agricultores. Permitidles vivir seguros. Pero si alguno de ellos sale a luchar contra vosotros, combatidlo».

Jálid dirigió una expedición contra el falso profeta Tulaiha. La lucha era encarnizada. En cada enfrentamiento, los compañeros de Tulaiha sufrían una derrota. Un día, Tulaiha preguntó a sus allegados: «¿Por qué estamos sufriendo derrotas tan continuas?». Ellos respondieron: «Porque cada uno de nosotros desea que su compañero muera antes que él. En cambio, cada uno de aquellos contra quienes luchamos desea morir antes que su compañero». (Hayatus-Sahaba, 3/693). Jálid mató a los compañeros de Tulaiha y capturó a treinta de ellos, a quienes envió a Medina. También dirigió una expedición contra Musailima el Mentiroso. El falso Musailima murió a manos de Wahshi, el asesino de Hamza.

Después de erradicar la fitna de los falsos profetas, el honorable Jálid se dirigió contra quienes se negaban a pagar el zakat y contra los apóstatas (quienes habían abandonado el islam). Primero atacó a las tribus de Asad y Gatafán. Algunos de ellos murieron, otros fueron hechos prisioneros y el resto se arrepintió y regresó al islam. (Historia de los califas, as-Suyuti, p. 72). Jálid estuvo al frente de todas las expediciones emprendidas contra los apóstatas. At-Tabari dijo: «Todas las victorias obtenidas en las campañas contra los apóstatas se debieron a Jálid y a otros».

Después de sofocar los desórdenes internos, el honorable Jálid avanzó hacia Irak. En las batallas de Múzar, Kaisar, Alim, Amguisiya, Hira, Ánbar, Aytun Tamar, Dumat al-Yandal, Hasid, Janafis, Sana, Bishr, Firad y otras, mostró un valor y una estrategia incomparables y sometió todo Irak. La última batalla entre el honorable Jálid y los iraquíes tuvo lugar en Firad. El ejército musulmán estaba en una orilla del Éufrates y el ejército iraquí unido, en la otra. Los iraquíes propusieron: «O venís a este lado o permitidnos cruzar al vuestro». El honorable Jálid aceptó la propuesta y les permitió cruzar. Comenzó un violento enfrentamiento entre ambos bandos. El ejército musulmán rodeó al enemigo por tres lados. A sus espaldas estaba el Éufrates, cuyas aguas agitadas formaban olas. No tenían otra salida que morir ahogados si retrocedían o caer bajo las espadas de los soldados musulmanes si avanzaban. El honorable Jálid atrapó a todo el ejército enemigo en una prensa semejante a una piedra de molino y lo aplastó. Después de esta batalla, el honorable Jálid partió secretamente para realizar el hayy.

Mientras el honorable Jálid combatía en Irak, otro ejército musulmán se enfrentaba al enemigo en Siria. Tan pronto como Jálid terminó su campaña en Irak, recibió de la corte del califa la orden de unirse al ejército estacionado en Siria. Jálid llegó a Bosra desde Irak. Las tropas islámicas ya lo estaban esperando allí. Apenas llegó, Jálid atacó Bosra. Sus habitantes salvaron la vida mediante un tratado de paz.

Después de concluir la campaña de Bosra, el honorable Jálid y Abu Ubaida llegaron a Achnadain. El honorable Amr ibn al-As ya se encontraba allí. En el año 13 de la hégira tuvo lugar una encarnizada batalla. Achnadain cayó bajo el dominio de Jálid.

El ejército musulmán, bajo el mando del comandante Abu Ubaida, mantenía sitiada Damasco desde cuatro frentes. El honorable Jálid estaba encargado de uno de ellos. Aunque llevaban tres meses de asedio, no se obtenía ningún resultado. En ese momento nació un hijo del sacerdote de Damasco. Los habitantes de la ciudad bebieron vino y se entregaron jubilosos a la celebración del nacimiento. Durante la guerra, el honorable Jálid casi no dormía por las noches. Permanecía ocupado organizando las operaciones militares y recabando información sobre el enemigo. Al conocer la situación de los damascenos, tomó inmediatamente una decisión y ordenó a sus tropas que, al oír el takbir, corrieran hacia la puerta de la muralla de la ciudad y atacaran. Mientras tanto, escogió a varios soldados destacados y entró en el interior con la ayuda de cuerdas. Sorprendió y mató a los guardianes de la puerta, rompió el candado y comenzó a proclamar el takbir. Al oírlo, los soldados que esperaban afuera entraron juntos. Los habitantes estaban profundamente dormidos. Ante un ataque tan repentino, quedaron aterrorizados. Tomaron rápidamente la decisión de proponer un tratado de paz al comandante Abu Ubaida y abrieron con sus propias manos las demás puertas de la muralla. Por un lado, el honorable Jálid entró con aspecto de vencedor; por otro, el honorable Abu Ubaida concertó el tratado de paz. Aunque la mitad de la ciudad fue tomada por la fuerza, Abu Ubaida trató por igual a todos sus habitantes, conforme a las condiciones del tratado. (Historia, Ibn al-Azir, 6/329)

Jálid también participó en la batalla de Fahl. En ella era el comandante de la vanguardia. Los romanos sufrieron una derrota humillante. Después de Fahl, Jálid y Abu Ubaida avanzaron hacia Homs. En aquel momento, Yazid ibn Abu Sufyan estaba encargado de la administración de Damasco. Los romanos intentaron nuevamente apoderarse de Damasco. Yazid les hizo frente. La lucha era encarnizada. En ese momento, el honorable Jálid apareció por la retaguardia como un cometa. Todos los miembros del ejército romano, salvo unos pocos, fueron muertos por las fuerzas de Jálid.

Al enterarse de las derrotas del ejército romano en los distintos frentes de Siria, el gobernante romano de la región llegó a manifestar su deseo de concertar un tratado de paz con los musulmanes. Pero sus consejeros lo incitaron a la guerra, diciéndole: «Sin duda impediremos que los jinetes de Abu Bakr entren en nuestras tierras». Reunieron en Yarmuk un enorme ejército de doscientos cuarenta mil hombres, bajo el mando del comandante Mahán. Sus sacerdotes y monjes también salieron de sus retiros y, en nombre de la religión, incitaron a la población. Al enterarse de ello, el califa Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) comentó: «¡Por Allah! Curaré con Jálid esta provocación de sus pasiones». Sí, aquel día Jálid fue para los romanos el devastador antídoto contra aquella gran enfermedad.

Su Excelencia Jálid llegó al campo de batalla y vio que los distintos comandantes del ejército musulmán dirigían por separado a sus propias tropas. Pronunció un breve discurso ante los guerreros musulmanes. Después de alabar a Dios y a Su Mensajero, dijo: «Este día es uno de los días señalados por Dios. En él no debemos mostrar orgullo ni arrogancia. Sed sinceros en vuestro yihad y buscad la complacencia de Dios mediante vuestras obras. Venid, compartamos el emirato o el mando. Que uno de nosotros sea emir hoy, otro mañana y otro pasado mañana. Así, todos vosotros seréis emires. Dejadme a mí este día». Todos aceptaron la propuesta. (Riyalun Hawla al-Rasul, p. 295) Nombró a un oficial para cada una de las 38/36 divisiones en que organizó todo el ejército. Aquel día dispuso el ejército musulmán de una manera que los árabes nunca antes habían visto.

Después de que el ejército musulmán tomara sus respectivas posiciones en Yarmuk, Su Excelencia Jálid convocó a las mujeres y, por primera vez, puso espadas en sus manos, ordenándoles: «Os colocaréis detrás de los muyahidines musulmanes. Si veis que alguien huye y retrocede, matadlo con esta espada». (Riyalun Hawla al-Rasul, p. 295)

En medio de aquellos preparativos, un muyahid musulmán dijo con voz desesperada: «¡Cuántos son los romanos y qué pocos somos nosotros!». Jálid le respondió: «Lo que dices no es correcto. Di más bien: qué pocos son los romanos y qué numerosos son los musulmanes; no por el número de hombres, sino porque las victorias aumentan el número de soldados y las derrotas lo reducen. ¡Juro por Dios que, si los cascos de mi caballo estuvieran en buenas condiciones, no me preocuparía por su superioridad numérica!». (Tarij al-Umma al-Islamiyya, 1/193) Cabe señalar que, debido al largo viaje, los cascos del caballo de Su Excelencia Jálid, llamado “Askar”, habían quedado heridos.

Justo antes del comienzo de la batalla de Yarmuk, el comandante romano “Mahan” comunicó por medio de un emisario que quería hablar directamente con Jálid. Jálid aceptó. Los dos comandantes se encontraron frente a frente en el campo situado entre ambos ejércitos. El comandante romano dijo a Jálid: «Hemos sabido que el trabajo duro y el hambre os han expulsado de vuestra tierra y os han traído hasta aquí. Si queréis, podemos dar a cada uno de vosotros diez dinares, un conjunto de ropa y algo de comida. A cambio, regresaréis a vuestro país. El año próximo también os enviaré cosas semejantes». Jálid comprendió el insulto implícito en las palabras del comandante romano. Rechinó los dientes de ira y lanzó la respuesta adecuada. Dijo: «El hambre no nos expulsó de nuestra tierra ni nos trajo aquí, como has dicho. Sin embargo, somos un pueblo sediento de sangre. Hemos sabido que en la tierra no existe sangre más deseable y sagrada que la de los romanos. Por eso hemos venido atraídos por esa sangre». Apenas hubo pronunciado estas palabras, el valeroso Jálid tiró de las riendas de su caballo y regresó directamente a su ejército; luego declaró la guerra al grito de: “¡Allahu Akbar, oh vientos del Paraíso!”

El ejército romano avanzó con tal ferocidad que los árabes nunca habían visto nada semejante. Ikrima ibn Abi Yahl y Qaqa ibn Amr estaban al mando del centro del ejército musulmán. Jálid les ordenó atacar. Ambos se abalanzaron sobre el ejército enemigo recitando versos de canciones. Comenzó una batalla total. Jálid ordenó a todo su ejército atacar. Se internó en el centro de la caballería y la infantería romanas. Por donde pasaba, el ejército romano quedaba hecho pedazos. La encarnizada lucha continuó durante un día y una noche enteros. A la mañana siguiente, Jálid apareció sobre la tribuna del comandante romano. Según Tabari, además de los muertos en el campo de batalla, ciento veinte mil soldados romanos que huían hacia la retaguardia murieron ahogados en el río Jordán.

La batalla terminó. A la mañana siguiente encontraron a Ikrima y a su hijo Amr ibn Ikrima cubiertos de heridas. Jálid apoyó la cabeza de Ikrima sobre su propio muslo y la de Amr sobre su espinilla, les acarició la cabeza y, mientras les dejaba caer gotas de agua en la garganta, decía: «Ibn al-Jattama», es decir, Umar, pensaba que no sabíamos dar la vida como mártires. ¡De ninguna manera!». En esta batalla fueron martirizados tres mil soldados musulmanes. (Tarij al-Umma al-Islamiyya, 1/193)

La influencia que ejercía la personalidad de Jálid ibn al-Walid sobre el ejército romano puede comprenderse a través de diversos acontecimientos. La batalla de Yarmuk estaba en curso. En cierto momento de la batalla, un comandante del ejército romano llamado “Jarjah” salió de su campamento con la intención de hablar directamente con Jálid. Jálid le concedió tiempo y oportunidad. Jarjah dijo: «Jálid, dime la verdad y no mientas. Un hombre libre y noble no miente. ¿Acaso Dios concedió desde el cielo a vuestro Profeta una espada que él te entregó, y todo aquel contra quien se levantó esa espada fue derrotado?»

Jálid: No.

Yarŷa: Entonces, ¿por qué lo llaman «Saifulá» —la espada de Alá—?

Jálid: Alá envió a Su Mensajero entre nosotros. Algunos de nosotros creyeron en él y otros no. Al principio, yo estaba entre estos últimos. Después, Alá cambió mi corazón. Creí en Su Mensajero y le presté juramento de fidelidad. El Mensajero rogó por mí. Me dijo: «Tú eres una espada de Alá». Así me convertí en «Saifulá».

Yarŷa: ¿A qué invitan ustedes?

Jálid: A la unicidad de Alá y al islam.

Yarŷa: ¿Cómo? Ustedes llevan ventaja.

Jálid: Nos levantábamos y nos sentábamos con el Mensajero de Alá (s.a.). Vimos sus milagros y sus actos extraordinarios. Si alguien viera todo lo que vimos y oyera todo lo que oímos, ciertamente debería aceptar el islam con facilidad. Pero la recompensa de ustedes, que no lo vieron ni escucharon sus palabras y, aun así, creyeron en lo invisible, es superior, si creen sinceramente en Alá.

Yarŷa espoleó su caballo, se acercó a Jálid y se detuvo a su lado. Luego dijo: «Jálid, enséñame el islam».

Yarŷa aceptó el islam y realizó dos rak‘at de oración. Esas dos rak‘at fueron la primera y la última oración de su vida. Después, este romano recién convertido al islam marchó con el ejército musulmán a combatir contra los romanos, anhelando el martirio. Alá, el Altísimo, cumplió su deseo. Murió como mártir (Riyalun hawla ar-Rasul, 299-301).

Al enterarse de la desastrosa derrota del ejército romano en Yarmuk, Heraclio se retiró, dejando atrás la ciudad de Hims. Al partir, dijo: «Salamun alaika ya Siria, salaman la liqaa ba’dahu»: «Oh Siria, te saludo con un último saludo, después del cual no habrá más encuentro». Después de Yarmuk, el venerable Jalid conquistó Hādir.

Tras concluir la campaña de Hādir, Jalid se dirigió hacia Kinnasrín. Sus habitantes entraron de antemano en la fortaleza y cerraron sus puertas para resistir al ejército musulmán. El venerable Jalid les dijo: «Aunque os refugiéis sobre las nubes, Allah me llevará hasta allí o hará que descendáis y vengáis a nosotros». (Tarij al-Umma al-Islamiyya, 2/4). Los habitantes de Kinnasrín, pensando en el destino de los habitantes de Hims, concertaron un tratado de paz con Jalid.

Bayt al-Maqdis estaba sitiada. Entre los comandantes del ejército musulmán que participaban en el sitio se encontraba también Jalid. Los habitantes cristianos de Bayt al-Maqdis, al no encontrar salida, propusieron un tratado de paz. Sin embargo, exigieron que el propio Amīr al-Mu’minīn Umar firmara el tratado con su propia mano. Para cumplir su exigencia, Jalid fue de Medina a Siria. Convocó en Yabia a los oficiales del ejército musulmán estacionado en Siria. Jalid llegó vestido con gran esplendor. En cuanto el califa lo vio, bajó del caballo, arrojó guijarros contra Jalid y le dijo: «¿Has cambiado de costumbres tan pronto?». Jalid levantó su arma y respondió: «Pero no he abandonado las costumbres propias de un soldado». El califa dijo: «Entonces no hay problema». En el año 17 de la Hégira, Abu Ubayda y Jalid sofocaron conjuntamente la rebelión de Hims. Con ello llegó a su fin el dominio romano de siglos sobre toda Siria.

El califa Umar ni siquiera perdonó a un comandante tan grande. Degradó a Jalid del cargo de comandante al rango de soldado raso. Los historiadores discrepan sobre el año de su destitución. Según algunos, fue destituido en el año 17 de la Hégira, después de que hubieran transcurrido cinco años del califato de Umar. Según otras narraciones, Umar lo destituyó inmediatamente después de asumir el califato, cuando el venerable Jalid dirigía las operaciones en el campo de batalla de Yarmuk.

Diversas personas han narrado de distintas maneras el episodio de la destitución del venerable Jalid. Algunos han dicho que se libraba una batalla terrible en Yarmuk. En ese momento, un enviado del nuevo califa Umar llegó desde Medina al campo de batalla con una carta. La carta contenía dos noticias: la muerte de Abu Bakr y el nombramiento de Abu Ubayda en sustitución de Jalid. Después de leerla, Jalid rogó a Allah el perdón para Abu Bakr y el éxito para Umar. Luego pidió al mensajero que no revelara a nadie el contenido de la carta. Así, Jalid ocultó la noticia de la muerte de Abu Bakr y la orden de Umar, continuó ejerciendo el mando y obtuvo la victoria inevitable. Después se presentó ante Abu Ubayda y le mostró el respeto propio de un soldado raso. Al principio, Abu Ubayda pensó que quizá se trataba de una broma. Pero enseguida comprendió que no era una broma, sino algo real y verdadero. Se quitó la ropa y la dejó delante de Abu Ubayda.

Algunos han narrado el episodio mencionado de la siguiente manera: los gastos del venerable Jalid a veces excedían los límites. Donaba grandes sumas de dinero a poetas y escritores. Donó diez mil dírhams al poeta Aʿshā ibn Qays. Cuando el califa Umar se enteró, ordenó a Abu Ubayda que preguntara a Jalid de qué fondos había entregado aquel dinero. Si lo había dado de los fondos de la comunidad musulmana, había cometido una traición o abuso de confianza; y si lo había dado de sus propios bienes, había incurrido en derroche. Según algunas narraciones, Abu Ubayda recibió la orden del califa en el campo de batalla de Yarmuk. Cuando preguntó a Jalid, este respondió que lo había donado de sus bienes personales. Entonces Abu Ubayda le leyó la orden del califa y, como señal de su destitución del cargo de comandante, quitó el gorro de la cabeza de Jalid y le bajó el turbante sobre el cuello. Jalid se limitó a decir: «He escuchado la orden del califa y la he aceptado. Sigo dispuesto a obedecer las órdenes de mi superior y a continuar sirviendo». El califa lo convocó a Medina. Cuando llegó, se sometió a un estricto examen de sus bienes, pero no se encontró ninguna irregularidad. Después, el califa Umar proclamó públicamente: «No destituí a Jalid por desconfianza, por ira ni por ningún motivo semejante». (Ibn al-Athir, 2/418).

Además del episodio mencionado, hubo otras razones para la destitución de Jalid. Su carácter como soldado era áspero. Actuaba según su propio criterio en cada asunto y no consideraba necesario consultar al califa. Tampoco enviaba regularmente al califa las cuentas de ingresos y gastos del ejército. Nada más terminar la campaña de Irak, se dirigió a La Meca para realizar el Hayy sin el permiso del califa Abu Bakr. Esta conducta irritó enormemente al venerable Abu Bakr. El califa le advirtió repetidas veces. Él respondió al califa: «Dadme libertad para actuar según mi criterio; de lo contrario, renunciaré yo mismo a mi responsabilidad». El venerable Umar ya estaba disgustado con estas acciones de Jalid desde la época de Abu Bakr. Repetidamente aconsejó a Abu Bakr que destituyera a Jalid. Abu Bakr respondía cada vez: «No puedo envainar una espada que Allah ha desenvainado». Después de asumir el califato, Umar intentó corregir a Jalid, pero, al no obtener resultados, lo destituyó.

Además, la tercera razón de su destitución mencionada en la historia fue que, entre musulmanes y no musulmanes por igual, surgió la idea y la convicción de que la victoria del islam dependía principalmente de la fuerza de Jalid. Al califa Umar no le agradaba en absoluto una creencia tan infundada. Al destituir a Jalid, demostró la falsedad de esa creencia.

Fuera cual fuera la manera en que sucedió el asunto, el papel de Jálid en este caso es digno de atención. En la historia no se encuentra un ejemplo comparable de la obediencia, la devoción y la fe que él demostró. Pudo hacerlo porque creía que la condición de comandante y la de soldado raso eran iguales. En toda circunstancia consideraba su deber ineludible cumplir con sus responsabilidades hacia Dios, el Mensajero de Dios y la religión en la que había creído. A sus ojos, no existía en esencia ninguna diferencia entre un comandante obediente y un soldado raso obediente. Por eso, no dudó ni un instante en abandonar el cargo de comandante y servir de igual manera como soldado raso. Y por la misma razón, después de entregar el mando militar a Abu Ubaida, pudo decir en un discurso dirigido a los soldados rasos: «Abu Ubaida, el amín —es decir, el hombre más digno de confianza— de esta comunidad, ha sido nombrado vuestro emir».

Después de que el califa Umar destituyera a Jálid del cargo de comandante, lo nombró gobernador en distintas provincias. Al cabo de un tiempo, Jálid renunció voluntariamente a esta responsabilidad y comenzó a residir permanentemente en Medina. En el año 21 o 22 de la hégira, después de permanecer enfermo durante algunos días, falleció en Medina. Según muchos, falleció en Hims; pero se considera que esto no es correcto. La razón es que diversas fuentes mencionan que el califa Umar participó en su oración funeraria. (Usud al-Gaba, 2/96; al-Isaba, 1/415)

Después de la muerte de Jálid, el califa Umar dijo: «Las mujeres han quedado incapaces de dar a luz a alguien como Jálid». Tras la muerte de Jálid, el califa lloró con profunda angustia. Más tarde la gente supo que no había llorado así únicamente por el dolor de su pérdida; más bien, como había desaparecido la razón por la que Jálid había sido destituido, quería volver a nombrarlo comandante. Lloró tanto porque la muerte se interpuso en el camino de ese deseo. (Riyalun Hawla ar-Rasul, 305)

Desde el principio hasta el final de su vida, Jálid permaneció en los campos de la yihad. Por ello tuvo muy pocas oportunidades y poco tiempo para estar en compañía del Noble Mensajero. Él mismo dijo: «La ocupación de la yihad me privó de aprender una gran parte del Corán». (Al-Isaba, 1/415) A pesar de ello, no estuvo privado de las bendiciones de la compañía del Profeta ni de la dicha del conocimiento. Después del fallecimiento del Mensajero, también fue uno de los compañeros eruditos y juristas de Medina. Sin embargo, debido a su carácter de soldado, nunca se sentó en el estrado de la emisión de dictámenes jurídicos. No se conocen más de dos o cuatro de sus dictámenes. (Alam al-Muwaqqi’in) Narró un total de dieciocho hadices. Dos de ellos fueron transmitidos tanto por Bujari como por Muslim, es decir, son muttafaq alayh, y uno fue transmitido exclusivamente por Bujari.

En cierta ocasión, Ammar ibn Yasir y él tuvieron una disputa. Jálid lo insultó gravemente. Ammar también se quejó ante el Mensajero de Dios. Después de escuchar todo lo sucedido, el Mensajero dijo: «Quien albergue envidia y enemistad contra Ammar alberga envidia y enemistad contra Dios». Estas palabras del Mensajero produjeron tal efecto en Jálid que inmediatamente fue a ver a Ammar y lo complació. El propio Jálid dijo: «Después de levantarme de donde estaba el Mensajero de Dios, no había nada más querido para mí que obtener la satisfacción de Ammar». La devoción y el amor de Jálid por el Noble Mensajero eran tan intensos que no podía soportar que alguien pronunciara siquiera una palabra ligeramente irrespetuosa acerca del Mensajero. En cierta ocasión, llegó algo de oro al Mensajero de Dios. Él lo distribuyó entre los jefes de Nayad. Algunos de los qurayshíes y de los ansar se opusieron a ello. Un hombre llegó a decir: «¡Muhammad, teme a Dios!». El Mensajero respondió: «Si desobedezco a Dios, ¿quién obedecerá a Dios?». Al oír aquellas palabras tan irrespetuosas, Jálid estalló de ira. Dijo: «¡Oh, Mensajero de Dios, permíteme que le corte la cabeza!». El Mensajero lo calmó. (Bujari)

El capítulo más brillante y glorioso de la vida de Jálid fue la «yihad por la causa de Dios». Pasó la mayor parte de su vida en los campos de batalla. Debido a sus actos heroicos y a su irresistible atracción por la yihad, recibió del Noble Mensajero el título de «la espada de Dios». Participó en alrededor de ciento veinticinco batallas. Adondequiera que fue, regresó victorioso. El Noble Mensajero confiaba tanto en él que, cuando el estandarte quedaba en sus manos, se sentía tranquilo. Había recibido una gran cantidad de armas como herencia familiar. Después de aceptar el islam, las consagró todas a la causa de Dios. (Tabaqat) Sus amigos y enemigos decían de él: «Es un hombre que no duerme y tampoco deja dormir a los demás». El propio Jálid solía decir: «Prefiero atacar al amanecer a los politeístas junto con un grupo de emigrantes en una noche de intenso frío, antes que pasar una noche con una novia recién casada o recibir en una noche la buena noticia del nacimiento de un hijo».

Un día, en su lecho de muerte, dijo con pesar: «He participado en más de cien batallas; cada parte de mi cuerpo tiene una o dos heridas de espada, flecha o lanza. Y hoy muero en la cama, pataleando como un camello enfermo de fiebre». Mientras pronunciaba estas palabras, las lágrimas corrían por sus dos ojos. (Riyalun Hawla ar-Rasul, 305-306; Usud al-Gaba, 2/95)

Poco antes de morir, legó sus bienes abandonados en favor del califa Umar. Esos bienes no consistían en otra cosa que su caballo y algunas armas. De este modo, incluso después de su muerte, consagró a la causa de Dios las dos cosas que más había amado durante su vida.

El Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) lo elogió en varias ocasiones y en diversos contextos. Un día, durante la conquista de La Meca, se vio a Jálid a cierta distancia. El Mensajero (s.a.s.) le dijo a Abu Huraira (r.a.): «Mira, ¿quién es?». Él respondió: «Jálid». El Mensajero (s.a.s.) dijo: «¡Qué excelente siervo de Allah es este!». En otra ocasión les dijo a los compañeros: «No hagáis daño a Jálid, pues es la espada de Allah contra los incrédulos».

En una ocasión, el Mensajero (s.a.s.) envió a Umar (r.a.) para recaudar el zakat. Ibn Yamil, Jálid y Abbas —los tres— se negaron a pagar el zakat. Al enterarse de ello, el Mensajero (s.a.s.) dijo: «Ibn Yamil era pobre y Allah lo enriqueció. Esa es su retribución. Pero habéis sido injustos con Jálid. Él ha consagrado todas sus armas para la causa de Allah. ¿Cómo puede estar sujeto al zakat? ¿Y Abbas? Su responsabilidad recae sobre mí. ¿Acaso no sabéis que el tío ocupa el lugar del padre?». (Abu Dawud, 1/163)

Hazrat Jálid (r.a.) no era solamente un soldado; también era un hábil da‘í del islam, es decir, alguien que invitaba al islam. Al observar el daño causado por sus decisiones precipitadas en los casos de Banu Yudhayma y Malik ibn Nuwayra, el Mensajero (s.a.s.) le aconsejó, cuando posteriormente lo enviaba con alguna responsabilidad: «Invitarás únicamente al islam; no desenvainarás la espada». Del mismo modo, cuando lo envió al Yemen, le ordenó: «Que el inicio de la guerra no proceda de tu parte». Después de recibir esta guía, no se sabe que haya cometido ningún exceso en ninguna de las guerras en las que participó. Tanto durante la vida del Mensajero de Allah (s.a.s.) como después de su fallecimiento, cumplió debidamente con la responsabilidad de un da‘í. Tras la conquista de La Meca, el Mensajero (s.a.s.) envió diversas misiones en distintas direcciones para invitar al islam, y Jálid estuvo a cargo de varias de ellas. Banu Yudhayma y Banu Abd al-Maddan aceptaron el islam gracias a sus esfuerzos. En la labor de predicación en el Yemen, fue colaborador de Hazrat Ali (r.a.). Gracias a sus esfuerzos, las tribus Banu Hawazin, Banu Sulaym, Banu Amir y otras, que habían apoyado al falso profeta Tulayha al-Asadi, regresaron nuevamente al islam. Además, innumerables personas respondieron a su invitación en distintas ocasiones y aceptaron el islam. Antes de cada batalla, siempre invitaba al adversario al islam conforme a las normas islámicas. Incluso en medio de los intensos combates del campo de batalla, desempeñó con éxito el papel de da‘í. El soldado romano Yarayah, en Yarmuk, es una prueba contundente de ello.

En un breve artículo no es posible exponer todos los acontecimientos de la vida de Jálid. Nosotros también repetimos las palabras que el Amir al-Muminin Umar (r.a.) pronunció en duelo tras la muerte de Jálid: «Ráhimallahu Aba Sulayman, ma‘indallahi jairun mimma kana fihilláh, laqad ‘asha hamidan wa mata sa‘idan»: «Que Allah tenga misericordia de Abu Sulayman Jálid. Para Allah no hay nada mejor que la condición en la que se encontraba. Vivió siendo digno de alabanza y murió afortunado». (Riyalun hawla ar-Rasul, 308)

Abdullah ibn Hudhafa as-Sahmi (r.a.)

Su nombre era Abu Hudhafa Abdullah. El nombre de su padre era Hudhafa. Pertenecía al clan Banu Sahm de la tribu de Quraysh. Se hizo musulmán en los primeros tiempos de la predicación islámica y permaneció durante mucho tiempo en compañía del Noble Mensajero de Allah (s.a.s.). Emigró a Abisinia junto con su hermano Qays ibn Hudhafa, formando parte del segundo grupo de emigrantes que se dirigió a Abisinia. (Al-Isti‘ab)

Participó junto al Mensajero de Allah (s.a.s.) en todas las batallas excepto en Badr. Abu Sa‘id al-Judri (r.a.) lo mencionó como «badri», es decir, participante en la batalla de Badr. Sin embargo, Musa ibn Uqba, Ibn Ishaq y otros no lo mencionaron como «badri». (Al-Isti‘ab)

El Mensajero de Allah (s.a.s.) lo envió como comandante de una expedición. Antes de la partida, el Mensajero (s.a.s.) ordenó a los soldados subordinados a él que nunca desobedecieran sus órdenes. Al llegar al lugar indicado, Hazrat Abdullah se enfadó muchísimo por algún motivo. Preguntó a los soldados: «¿Acaso el Mensajero (s.a.s.) no os ordenó obedecerme?». Ellos respondieron: «Sí, nos lo ordenó». Él dijo: «Reunid leña, encended un fuego y lanzaos dentro». Los muyahidines reunieron leña y encendieron el fuego. Después, antes de lanzarse a él, se miraron unos a otros. Algunos expresaron su desacuerdo y dijeron: «Nosotros seguimos al Mensajero de Allah (s.a.s.) precisamente para salvarnos del fuego, ¿y ahora vamos a entregar la vida en ese fuego?». Mientras continuaba el debate, el fuego se apagó. También se disipó la ira de Abdullah. Al regresar de la expedición, informaron del incidente al Mensajero de Allah (s.a.s.). El Mensajero (s.a.s.) dijo: «Si hubierais entrado en aquel fuego, jamás habríais podido salir de él. La obediencia solo es obligatoria en aquellos asuntos que Allah ha permitido». (Bujari: Kitab al-Ahkam, Bab as-Sam‘i wa at-Ta‘a; Hayat as-Sahaba, 1/67)

El acontecimiento mencionado ha sido narrado de manera diferente en algunas versiones. Según esas versiones, la orden de Hazrat Abdullah de arrojarse al fuego no era una orden verdadera. Él simplemente había bromeado un poco con sus soldados. Hazrat Abu Saíd al-Judri (que Allah esté complacido con él) narró el acontecimiento de la siguiente manera: Rasulullah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió en una expedición a un grupo formado por algunos compañeros. Nombró a Abdullah ibn Hudhafa comandante de aquel grupo. Abdullah era una persona bromista. Después de avanzar cierta distancia, se detuvieron en un lugar. Abdullah preguntó a los miembros de su grupo: «¿No se os ha ordenado obedecerme?». Ellos respondieron: «Sí». Él dijo: «Si os doy una orden, ¿la cumpliréis?». Respondieron: «Sí». Él dijo: «En virtud de mi autoridad y de vuestro deber de obedecerme, os ordeno que os arrojéis a este fuego». En cuanto recibieron la orden, algunos miembros del grupo comenzaron a prepararse para arrojarse al fuego. Entonces él dijo: «¡Deteneos! Solo estaba bromeando un poco con vosotros». Cuando el grupo regresó a Medina, el asunto llegó a oídos de Rasulullah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Él dijo: «Si alguien ordena desobedecer a Allah, no le obedeceréis». (Sira de Ibn Hisham, 2/640)

En el sexto año de la hégira —según otra opinión, en el séptimo—, Hazrat Rasul-e-Karim (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) decidió enviar mensajeros con cartas que contenían la invitación al islam a los reyes y gobernantes de las regiones vecinas. También decidió enviar mensajeros a los emperadores de Roma y Persia, las dos grandes potencias del mundo de entonces. Sin embargo, la tarea no era nada fácil. Rasulullah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) conocía también sus dificultades. Los mensajeros desconocían la lengua, la cultura y las costumbres de los países a los que irían. Allí invitarían a los reyes y gobernantes de esos países a abandonar la religión de sus antepasados y aceptar el islam. Sin duda, aquella misión diplomática era una empresa sumamente peligrosa. Quizá quienes fueran allí no regresarían jamás. Rasulullah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ordenó a los compañeros que se reunieran. Se puso de pie para pronunciar un discurso. Después de alabar y glorificar a Allah, recitó la profesión de fe. Luego dijo: «En cuanto a lo demás, he decidido enviar hoy a algunos de vosotros ante los reyes ajamíes, es decir, no árabes. No os opongáis a mi decisión, como los hijos de Israel se opusieron a Isa ibn Maryam».

Los compañeros dijeron: «Oh, Rasulullah, cumpliremos vuestro deseo. Enviadnos donde queráis».

Hazrat Rasul-e-Pak (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) eligió a seis compañeros para llevar cartas de invitación a los reyes y emperadores de Arabia y de tierras no árabes. Uno de esos seis era Abdullah ibn Hudhafa. Fue elegido para llevar el mensaje de Rasulullah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ante el emperador de Persia, Cosroes.

Abdullah ibn Hudhafa terminó los preparativos del viaje, se despidió de su esposa y sus hijos, y partió. Recorrió caminos variados por terrenos elevados y bajos, completamente solo. No llevaba consigo a nadie excepto a Allah, el Único. Tras atravesar una larga distancia, llegó a Persia. Informó a los cortesanos de que había traído una carta para el emperador y solicitó permiso para entrevistarse con él. El asunto llegó a oídos del emperador. Ordenó a sus cortesanos que prepararan la corte. Una vez preparada, convocaron a las personalidades más destacadas de Persia. Después, se permitió entrar a Abdullah ibn Hudhafa.

El mensajero de Rasulullah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), Hazrat Abdullah ibn Hudhafa, entró en la corte imperial de Cosroes vestido como un beduino común, envuelto en una «shamlah» fina —una tela que se enrolla alrededor del cuerpo— y una «aba» gruesa —una túnica larga—. Era un hombre alto, ancho de hombros y de complexión robusta. Se sentía orgulloso de la grandeza del islam y de la dignidad de la fe.

En cuanto Cosroes vio entrar a Abdullah, ordenó a uno de sus cortesanos que tomara la carta de sus manos. Pero Abdullah se negó a entregársela a aquel hombre y dijo: «No, Rasulullah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) me ordenó entregarle la carta directamente a usted. No puedo desobedecer esa orden».

Cosroes dijo a sus hombres: «Dejadlo; permitidle acercarse a mí». Abdullah avanzó y entregó la carta en manos de Cosroes. Cosroes llamó a un secretario de Hira que hablaba árabe y le pidió que abriera la carta y la leyera. Comenzó la lectura de la carta:

«Bismillahir Rahmanir Rahim — En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. De Muhammad, el Mensajero de Allah, al emperador persa Kisra. Salamun ala man ittaba al-huda — La paz sea con quienes han aceptado la guía.»

Al oír tan solo esa parte de la carta, Kisra estalló de ira; sus ojos y su rostro se enrojecieron y las venas de su cuello se hincharon. La razón era que el Mensajero de Allah (s. a. s.) había comenzado la carta con su propio nombre; es decir, «Muhammad, el Mensajero de Allah» aparecía antes del nombre de Kisra. Kisra arrebató la carta de manos del lector y la hizo pedazos. No consideró necesario enterarse de cuál era el contenido de la carta. Gritó: «¡Él es mi esclavo y, aun así, se atreve a escribirme de esta manera!». Luego ordenó que sacaran a Abdullah de la asamblea. Y lo sacaron.

Abdullah ibn Hudhafa salió de la corte de Kisra. No sabía qué había decretado Allah para su destino. ¿Lo matarían o lo dejarían en libertad? Todo tipo de pensamientos daban vueltas en su mente. En un instante se sacudió todas las preocupaciones y se dijo: «¡Por Allah! Ahora que he entregado la carta del Mensajero de Allah (s. a. s.), que me suceda lo que tenga que suceder. No me preocupo por nada». Dicho esto, invocó el nombre de Allah, montó su cabalgadura y partió. Mientras tanto, cuando la ira de Kisra se apaciguó un poco, ordenó que volvieran a llevar a Abdullah ante él. Pero ya no pudieron encontrarlo. Aunque lo buscaron minuciosamente, no hallaron ningún rastro suyo. Al investigar en el camino que conducía hacia la península arábiga, supieron que había emprendido el regreso a su patria. Ya no pudieron alcanzarlo.

Hazrat Abdullah se presentó ante el Mensajero de Allah (s. a. s.) y le relató detalladamente todo lo ocurrido con Kisra. Después de escuchar todo, el Mensajero (s. a. s.) comentó: «Mazzaqahu Allahu mulkahu — Que Allah haga pedazos su imperio». (Al-Istiyar)

Mientras tanto, «Kisra» escribió a su representante, «Bazán», el gobernador del Yemen: «Ordena que te envíen de allí a dos hombres robustos y fuertes para que capturen a quien, en el Hiyaz, afirma ser profeta, y me lo traigan». «Bazán» escogió a dos hombres y los envió ante el Mensajero de Allah (s. a. s.). Llevaban consigo una carta dirigida al Mensajero de Allah (s. a. s.). En ella se ordenaba que se presentara sin demora ante la corte de Kisra acompañado de los portadores de la carta. «Bazán» ordenó además a los dos hombres que recabaran diversos datos sobre el Mensajero de Allah (s. a. s.) y regresaran para informarle.

Los dos hombres partieron del Yemen y, tras viajar continuamente día y noche, llegaron a Taif. Allí se encontraron con un grupo de comerciantes de Quraysh. Les preguntaron por Muhammad (s. a. s.). Supieron que Muhammad se encontraba entonces en la ciudad de Yathrib (Medina). Al enterarse del motivo de la llegada de los dos hombres, los qurayshíes regresaron muy contentos a La Meca. Dieron a los habitantes de La Meca la buena noticia: «¡Alegraos! Kisra se ha levantado ahora contra Muhammad. Esta vez quedaréis a salvo de su perjuicio».

Mientras tanto, los dos hombres llegaron a Medina. Se entrevistaron con el Mensajero de Allah (s. a. s.), le entregaron en la mano la carta de «Bazán» y dijeron: «El emperador Kisra ha escrito a nuestro rey, «Bazán», ordenándole que enviara hombres para llevarlo a usted. Hemos venido a llevarlo por orden suya. Si responde a nuestro llamamiento, hablaremos con Kisra para que sea beneficioso para usted y para que no le imponga ningún castigo. Pero, si no responde a nuestro llamamiento, será mejor que actúe con prudencia. Pues usted conoce bien su poder y su autoridad para destruirlo a usted y a su pueblo».

Cuando terminaron de hablar, el Mensajero de Allah (s. a. s.) sonrió suavemente y dijo: «Regresad hoy a vuestro alojamiento y venid de nuevo mañana».

Al día siguiente, se presentaron ante el Mensajero de Allah (s. a. s.) y le dijeron: «¿Está usted preparado para acompañarnos a encontrarnos con Kisra?». El Mensajero (s. a. s.) respondió: «Ya nunca volverán a ver a Kisra. Allah lo ha destruido. En tal fecha de tal mes, su hijo Shirawayh lo mató y se apoderó del trono». Al oír esto, lo miraron con los ojos desmesuradamente abiertos de asombro. Le dijeron:

«¿Ha considerado usted lo que está diciendo? ¿Debemos escribirle esto a Baján?»

El Mensajero de Allah (s. a. s.) dijo: «Sí. Y también le escribirán que esta religión mía llegará hasta los confines del imperio de Kisra. Si aceptas el islam, se te confiará la autoridad sobre tu pueblo, junto con todo lo que se encuentra bajo tu dominio».

Los dos hombres salieron de la presencia del Mensajero de Allah (s. a. s.), llegaron directamente ante Baján y le informaron de todo lo que había dicho el Mensajero de Allah (s. a. s.). Baján comentó: «Si lo que Muhammad ha dicho es verdad, entonces ciertamente es un profeta. Y si no es verdad, le daremos una lección apropiada».

Mientras se encontraban conversando, llegó a Baján la carta de Shirawayh. Su contenido era el siguiente: «Después de eso, maté a Kisra. Lo maté para vengar a mi pueblo. ………. Cuando esta carta llegue a ti, obtén el juramento de lealtad hacia mí de quienes te rodean».

Tan pronto como Baján leyó la carta de Shirawayh, la arrojó y se proclamó musulmán. Junto con él, todos los persas que se encontraban a su alrededor en Yemen aceptaron el islam.

Este es el resumen del episodio de Abdullah ibn Hudhafa (que Allah esté complacido con él) con Kisra, el emperador de Persia. El episodio que tuvo con el césar romano fue aún más sorprendente. Este acontecimiento tuvo lugar durante el califato del segundo califa, Umar (que Allah esté complacido con él).

En el año 19 de la Hégira, el califa Umar (que Allah esté complacido con él) envió un ejército contra los romanos. Abdullah ibn Hudhafa al-Sahmi también formaba parte de este ejército. El césar había oído muchas historias sobre la fe y el valor de los muyahidines musulmanes, así como sobre cómo entregaban generosamente sus vidas por Allah y Su Mensajero. Había ordenado a sus soldados que, si capturaban a algún soldado musulmán, se lo enviaran vivo. Por voluntad de Allah, Abdullah fue capturado por los romanos. Estos lo presentaron ante su rey y dijeron: «Este hombre es uno de los compañeros de Muhammad; fue de los primeros en aceptar su religión. Ha caído prisionero en nuestras manos y lo hemos traído ante usted».

El emperador romano permaneció mirando fijamente a Abdullah ibn Hudhafa durante largo tiempo y dijo:

«Quiero proponerte algo». Abdullah preguntó: «¿De qué se trata?»

El emperador dijo: «Te propongo que aceptes el cristianismo. Si lo haces, te liberaré y te honraré».

El prisionero Abdullah respondió con gran rapidez y firmeza:

«¡Ay! Mil veces prefiero la muerte a aquello a lo que me estás invitando».

El emperador dijo: «Creo que eres un hombre inteligente. Si aceptas mi propuesta, te haré partícipe de mi poder, te entregaré a mi hija en matrimonio y compartiré contigo este imperio mío».

El prisionero encadenado sonrió levemente y dijo: «¡Por Dios!, aunque me dieran todo su imperio y, junto con él, cuanto está bajo el dominio de los árabes, y a cambio me pidieran que abandonara durante un solo instante la religión de Muhammad (la paz sea con él), no lo haría».

El emperador dijo: «Entonces te mataré».

Prisionero: «Puede hacer conmigo lo que quiera».

Por orden del emperador, ataron firmemente al prisionero a un patíbulo. Lo colgaron y ataron por ambas manos, y le propusieron abrazar el cristianismo, pero él se negó. Luego lo colgaron y ataron por ambos pies, y le instaron a abandonar el islam, pero él lo rechazó con firmeza.

El emperador ordenó a sus hombres que se detuvieran y que lo bajaran del patíbulo. Luego mandó traer una enorme caldera y verter aceite en ella. El aceite fue puesto a hervir sobre el fuego. Cuando comenzó a hervir a borbotones, trajeron a otros dos prisioneros musulmanes. Arrojaron a uno de ellos en el aceite hirviendo. En cuanto cayó, la carne de su cuerpo se desgarró y se desprendió de los huesos.

El emperador se volvió hacia Abdullah y volvió a instarlo a abrazar el cristianismo. Esta vez Abdullah lo rechazó con aún mayor firmeza que antes. Por orden del emperador, llevaron a Abdullah junto a la caldera llena de aceite hirviendo. Entonces aparecieron lágrimas en los ojos de Abdullah. Sus hombres le dijeron al emperador: «El prisionero está llorando». El emperador pensó que el prisionero se había atemorizado. Ordenó: «Traedme al prisionero». Lo llevaron ante él. También esta vez rechazó el cristianismo con aversión. Entonces el emperador le dijo a Abdullah: «¡Que perezcas! Entonces, ¿por qué lloras?». Abdullah respondió: «Lloro al pensar que ahora mismo me arrojarán a esta caldera y moriré. Sin embargo, deseo tener tantas vidas como pelos hay en mi cuerpo y poder entregarlas todas por la causa de Allah en esta caldera».

Entonces el emperador rebelde contra Dios dijo: «Al menos, si besas mi cabeza, te dejaré en libertad».

Al principio, Abdullah también rechazó esta propuesta. Sin embargo, puso una condición y dijo: «Si junto conmigo también se libera a los demás prisioneros musulmanes, aceptaré».

El emperador dijo: «Sí, también se liberará a los demás».

Abdullah dice: «Me dije para mis adentros: no hay nada malo en que, a cambio, también se libere a los demás prisioneros musulmanes». Se acercó al emperador y le besó la cabeza. El emperador romano ordenó reunir a los prisioneros musulmanes y entregárselos a Abdullah. El número total de prisioneros era de 80.

Su Eminencia Abdullah (que Allah esté complacido con él) regresó a Medina y relató detalladamente el suceso al califa Umar (que Allah esté complacido con él). El califa estalló de alegría. Miró a los prisioneros presentes y dijo: «Todo musulmán debería besar la cabeza de Abdullah ibn Hudhafa, y yo seré el primero en hacerlo». Dicho esto, se levantó y besó su cabeza. (Véase: Hayatus-Sahaba – 1/302; Al-Isaba – 2/296-297; Al-Istiab; Suwarum min Hayatis-Sahaba – 1/51-56; Usud al-Gabah – 3/143)

Después de la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió a Khalid ibn al-Walid a la tribu de Banu Juzayma para invitarla al islam. Debido a un malentendido, Khalid los atacó y varios de ellos murieron o resultaron heridos. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se afligió profundamente por este suceso. Pagó una compensación por los fallecidos y también perdonó a Khalid. Ibn Ishaq dice que, cuando Khalid fue reprendido por este asunto, dijo: «Solo combatí contra ellos porque Abdullah ibn Hudhafa al-Sahmi me lo había ordenado. Él había dicho —dijo—: “Si se abstienen de aceptar el islam, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) te ha ordenado combatir contra ellos”». (Sirat Ibn Hisham – 2/430)

Un día, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se sentó en el púlpito y anunció: «Mientras esté sentado aquí, responderé a cualquier pregunta que cualquiera de vosotros me haga». Abdullah ibn Hudhafa se levantó y preguntó: «¿Quién es mi padre?». El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: «Tu padre es Hudhafa». (Al-Isaba – 2/296) Al oír esto, su madre dijo: «¡Qué pregunta tan peligrosa le hiciste al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él)! Dios no lo permita, ¿qué habría sido de mí si hubiera dicho otra cosa?»

Abdullah respondió: «Estaba comprobando la veracidad de mi linaje. Si me hubiera atribuido a un esclavo abisinio, lo habría aceptado». (Al-Istiab)

Se han transmitido varios hadices de Su Eminencia Abdullah ibn Hudhafa. Al-Bujari transmitió uno de ellos. Entre los narradores destacados que transmitieron hadices de él se encuentran Abu Wa’il, Sulayman e Ibn Yasar.

Ibn Yunus afirma que Abdullah participó en la campaña de Egipto y falleció allí durante el califato de Su Eminencia Uthman. Fue enterrado en Egipto. (Al-Isaba – 2/296)

Se transmitió de Jabir. Un hombre pidió ayuda al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y él le dio algo. Luego otro hombre pidió ayuda, y él se comprometió a ayudarlo. Umar ibn al-Jattab se levantó y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Me han pedido ayuda y he dado; me lo han pedido otra vez y he vuelto a dar; después me lo han pedido una vez más y me he comprometido». Parecía que al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no le agradaron sus palabras. Entonces Abdullah ibn Hudhafa se levantó y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Gasta, y no temas la escasez de Aquel que es el Señor del Trono». El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Eso es precisamente lo que se me ha ordenado». (Hayatus-Sahaba – 2/145)

Ibn Asakir lo transmitió de Zuhri. Se presentó una queja contra Abdullah ante el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «Es un hombre bromista y aficionado a las chanzas». Él dijo: «Dejadlo estar, pues tiene un gran vientre. Él ama profundamente a Allah y a Su Mensajero». (Hayatus-Sahaba – 2/321)

Jabbab ibn al-Aratt (que Dios esté complacido con él)

Su nombre era Jabbab, su kunya era Abu Abdillah y el nombre de su padre era al-Aratt. Existe discrepancia respecto a su linaje. Algunos dijeron que pertenecía a Banu Tamim, mientras que otros afirmaron que era descendiente de la tribu de Banu Juzá’a. Sin embargo, según la opinión correcta, pertenecía a la tribu de Banu Tamim. (Sira de Ibn Hisham, 1/254). Durante su infancia cayó encadenado a la esclavitud. La historia de su esclavitud se narra de la siguiente manera:

Una mujer llamada Umm Anmar, de la tribu de Banu Juzá’a, fue al mercado de esclavos de La Meca. Su intención era comprar un esclavo sano y robusto que pudiera realizar todas sus tareas. Comenzó a observar detenidamente los rostros de los esclavos llevados al mercado para ser vendidos. Finalmente eligió a un joven esclavo que aún no había alcanzado la juventud plena. Sin embargo, el muchacho gozaba de buena salud y en su rostro se reflejaban inteligencia y perspicacia. Precisamente por eso lo escogió. Después de pagar el precio, se lo llevó consigo.

Después de recorrer cierta distancia, Umm Anmar se volvió hacia el esclavo y le preguntó:

Hijo mío, ¿cómo te llamas?

Jabbab.

¿Y el nombre de tu padre?

Al-Aratt.

¿Dónde está tu tierra natal?

Nayl.

Entonces, ¿eres habitante de Arabia?

Sí, soy de la tribu de Banū Tamīm.

¿Cómo llegaste a este mercado de esclavos de La Meca?

Una tribu de Arabia atacó a la nuestra, saqueó nuestro ganado y nuestras aves domésticas, mató a los hombres y tomó cautivos a las mujeres y los niños, convirtiéndolos en esclavos. Yo soy uno de aquellos niños cautivos. Después de pasar de un dueño a otro, llegué a La Meca y ahora estoy en tus manos.

Umm Anmar entregó a su esclavo a un herrero de La Meca para que le enseñara el arte y las técnicas de fabricar espadas. En poco tiempo, aquel esclavo inteligente se volvió diestro en el oficio de fabricar espadas. Umm Anmar alquiló una tienda, compró las herramientas y el equipo del herrero, y lo puso a trabajar en la fabricación de espadas.

En poco tiempo, por toda La Meca se difundió la fama de su honradez, dedicación, confiabilidad y destreza en la fabricación de espadas. La gente comenzó a agolparse en su tienda para comprar las espadas que fabricaba.

Aunque era joven, Khabbab había adquirido la inteligencia de los adultos y el conocimiento de los ancianos. En sus momentos de descanso, entre las tareas, reflexionaba para sí mismo sobre la calamidad en la que la sociedad de la época de la ignorancia estaba sumergida de pies a cabeza. Pensaba en la terrible ignorancia y el extravío en los que se debatía toda la nación árabe, y de los cuales él mismo era una de las más viles víctimas. Reflexionaba y, a veces, decía para sí, inconscientemente: «Esta noche ciertamente tendrá un final». Para ver ese final, deseaba en lo más íntimo de su corazón vivir una larga vida.

Khabbab no tuvo que esperar mucho tiempo. Oyó que del rostro de un joven de los Banu Hashim, Muhammad ibn Abdillah, irradiaba una luz resplandeciente. Corrió hacia él. Escuchó sus palabras y contempló aquella luz. De inmediato extendió la mano y pronunció: «La ilaha illallah wa anna Muhammadan abduhu wa rasuluhu». Así se convirtió en el sexto musulmán del mundo. Por eso se le llamó «Sadesul Islam». Sin embargo, Mujahid dice: «El primero en proclamar el islam fue el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Después, en este orden, Abu Bakr, Khabbab, Suhayb, Bilal, Ammar y Sumayya, la madre de Ammar, proclamaron el islam». Según este relato, Khabbab fue el tercer musulmán. (Usud al-Ghaba, 2/98; al-Isaba, 1/426). Cuando el Noble Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) predicaba el islam en secreto en la casa de Arqam ibn Abi al-Arqam, Khabbab abrazó el islam.

A partir de entonces comenzó el segundo capítulo de la vida de Khabbab: soportar con una sonrisa la opresión y la persecución por la causa de la verdad, y arriesgar la vida para difundirla. Khabbab no ocultó a nadie que había abrazado el islam. Al poco tiempo, la noticia llegó a oídos de su ama, Ummu Anmar. Ella se enfureció. Junto con su hermano Siba ibn Abdil Uzza y un grupo de hombres de los Banu Khuza’a, fue hasta donde estaba Khabbab. Él estaba entonces profundamente concentrado en su trabajo. Siba se acercó un poco y dijo:

Hemos oído algo acerca de ti, pero no lo hemos creído.

¿Qué cosa?

Hemos oído que has apostatado y te has hecho seguidor de un joven de los Banu Hashim.

No he apostatado; por el contrario, he creído en Allah, el Único, sin asociado. He abandonado la idolatría que practicáis y doy testimonio de que Muhammad es el siervo y el Mensajero de Allah.

En cuanto sus palabras llegaron a sus oídos, se abalanzaron sobre él. Comenzaron a golpearlo con los puños y las patadas, y a aplastarlo. Le arrojaron encima todos los martillos, las placas de hierro y los trozos de metal de su taller. Khabbab perdió el conocimiento y cayó al suelo; su cuerpo quedó teñido de sangre.

Otro día ocurrió lo siguiente. Algunos miembros de Quraysh fueron a la casa de Khabbab para recoger las espadas que le habían encargado. Khabbab fabricaba espadas, las vendía en La Meca y también las enviaba a otros lugares. Debido a su trabajo, rara vez se ausentaba de su casa durante mucho tiempo. Sin embargo, no lo encontraron allí. Se quedaron esperándolo. Al cabo de un rato, Khabbab regresó a casa. En su rostro había una brillante expresión interrogativa. Saludó a los visitantes, preguntándoles cómo estaban, y se sentó. Ellos le preguntaron: «Khabbab, ¿ya están hechas las espadas?»

El rostro de Khabbab irradiaba alegría. Parecía estar pensando en algo para sí mismo. En ese momento, exclamó inconscientemente: «Lo suyo es algo sumamente extraordinario».

Inmediatamente, los hombres preguntaron: «¿De quién estás hablando? Nosotros queremos saber si las espadas están hechas».

Khabbab los miró fijamente y dijo:

«¿Lo habéis visto? ¿Habéis oído alguna de sus palabras?»

Se miraron unos a otros con asombro. Uno de ellos, bromeando un poco, preguntó: «¿Acaso lo has visto tú?»

Khabbab preguntó en tono enigmático: «¿De quién estás hablando?»

El hombre respondió con voz excitada: «Estoy hablando precisamente de aquel de quien tú estás hablando».

Khabbab no dejó escapar aquella oportunidad de revelar la verdad. Dijo: «Sí, lo he visto y también he escuchado sus palabras. He visto que la verdad fluye a su alrededor y que la luz resplandece en su rostro».

Los hombres que habían llegado comenzaron entonces a comprender el asunto. Uno de ellos preguntó a gritos:

¡Esclavo de Ummu Anmar! ¿De quién estás hablando? Khabbab respondió tranquilamente:

Mis hermanos árabes, ¿de quién más podría estar hablando? ¿Quién hay entre vuestra gente, aparte de él, a cuyo alrededor fluya la verdad y cuyo rostro resplandezca con la luz?

Creemos que estás hablando de Muhammad. Khabbab inclinó ligeramente la cabeza y dijo con alegría:

Sí, él es el Mensajero de Allah enviado a nosotros. Allah lo ha enviado para llevarnos de la oscuridad a la luz.

No sabe qué más salió de su boca después de pronunciar aquellas palabras ni qué le dijeron. Según recuerda, cuando recobró el conocimiento varias horas después, vio que aquellos hombres ya no estaban. Su cuerpo estaba entumecido por el dolor y todo su cuerpo, así como la ropa que llevaba puesta, estaba empapado de sangre. El incidente había ocurrido justo delante de su casa. Como pudo, se levantó y entró en ella; se vendó las heridas y comenzó a prepararse para una nueva prueba. (Riyalun Hawla al-Rasul, p. 230)

De este modo, Hazrat Khabbab llegó a ocupar un lugar especial entre quienes sufrieron opresión y persecución por causa del din. A pesar de ser pobre y débil, Khabbab fue una de las figuras principales entre quienes se alzaron contra la arrogancia y las desviaciones de los qurayshíes.

Como el fuego entre hojas secas, la noticia de que Khabbab había aceptado la nueva religión y estaba sufriendo castigo se propagó rápidamente por las callejuelas de La Meca. Los mequíes quedaron atónitos ante la osadía de Khabbab. Nunca antes habían oído que alguien, tras convertirse en seguidor de Muhammad, lo hubiera proclamado públicamente ante la gente con semejante tono desafiante.

El caso de Khabbab sacudió a los dirigentes de Quraysh. No habían imaginado que aquel herrero esclavo de Umm Anmar, sin nombre, clan ni apoyo, se atreviera a apartarse así de su autoridad y a desafiarles con semejante audacia, censurando y denigrando la religión de sus dioses y antepasados. Pensaron que, después de tal paliza, quizá se calmaría y nunca volvería a cometer semejante necedad.

La opinión de los qurayshíes resultó ser equivocada. Ocurrió exactamente lo contrario. La audacia de Khabbab aumentó el valor de sus compañeros. Ellos también se animaron a declarar públicamente que habían aceptado el islam. Uno tras otro, comenzaron a proclamar la fórmula de la verdad.

Abu Sufyan ibn Harb, al-Walid ibn al-Mugira, Abu Yahl y otros dirigentes de Quraysh se reunieron en el recinto de la Kaaba. Debatieron sobre el asunto de Muhammad. Vieron que su causa crecía y adquiría importancia día tras día, e incluso hora tras hora. Decidieron declarar con firmeza su determinación de extirparla de raíz antes de que siguiera creciendo y resolvieron que, desde aquel día, cada clan comenzaría a perseguir y torturar a los seguidores de Muhammad pertenecientes a ese clan. Así, o abandonarían su nueva religión, o morirían.

Se encomendó a Siba ibn Abd al-Uzza y a su clan la tarea de castigar a Khabbab. Cuando la tierra se calentaba bajo el intenso calor del sol del mediodía, arrastraban a Khabbab hasta los valles de La Meca. Le desnudaban por completo y le ponían una armadura de hierro. Sufría sed a causa del calor abrasador, pero no le daban ni una gota de agua. Cuando, atormentado por la sed extrema, comenzaba a retorcerse, le decían:

¿Qué opinas de Muhammad?

Él respondía: «Es el siervo y el Mensajero de Allah. Ha venido a nosotros con la religión verdadera y recta, para llevarnos de las tinieblas a la luz.»

Volvían a golpearlo y a darle puñetazos. Luego le preguntaban:

¿Qué opinas de al-Lat y al-Uzza? Él respondía: Estas dos estatuas sordomudas no tienen ningún poder para causar daño ni para otorgar beneficio.

También calentaban piedras al fuego y lo tendían sobre ellas. Khabbab cuenta: Un día me llevaron a la fuerza. Encendieron un fuego y calentaron una piedra; luego me tendieron sobre ella y uno de ellos apoyó y mantuvo una de sus piernas sobre mi pecho. (Hayatus Sahaba, 1/292). Él permanecía tendido de esa manera, mientras la grasa de ambos hombros se derretía y escurría. El imán al-Sha‘bi dice que la carne de su espalda se desprendía.

Su señora, Ummu Anmar, no era en absoluto menos feroz que su hermano Siba. Un día, al ver al Profeta Muhammad (s.a.s.) de pie en la tienda de Khabbab, hablando con él, se puso como un perro rabioso. Iba a la tienda de Khabbab cada dos días y calentaba láminas de hierro en el fuelle de Khabbab para luego presionarlas contra su cabeza. Él se retorcía presa del intenso dolor hasta perder el conocimiento.

Un día, justo cuando estaban calentando un hierro y presionándolo contra la cabeza de Khabbab, el Mensajero de Allah (s.a.s.) pasaba por aquel camino. Al ver el estado de Khabbab, se detuvo. Su corazón se conmovió profundamente. Pero ¿qué podía hacer? No pudo hacer más que suplicar por Khabbab y darle algún consuelo. Alzó ambas manos hacia el cielo y dijo con gran emoción: «Allahumma unsur Khabbabana —¡Oh Allah, ayuda a Khabbab!» (Rijalun hawla al-Rasul, 331).

Allah había aceptado la maldición que Khabbab lanzó contra Ummu Anmar. Ella pudo ver con sus propios ojos su efecto antes de emigrar de La Meca a Medina. De repente, comenzó a sufrir un dolor tan intenso en la cabeza que ladraba continuamente como un perro. Sus hijos acudieron a varios médicos para tratarla. Todos los médicos dijeron: No existe ningún medicamento que cure este dolor. Sin embargo, podría aliviarse un poco aplicando sobre la cabeza un hierro calentado al fuego. Comenzaron a calentar una lámina de hierro y a aplicársela sobre la cabeza.

Durante el califato del califa Umar (que Allah esté complacido con él), Khabbab fue un día a visitarlo. El califa lo trató con gran honor, lo sentó sobre un cojín elevado y dijo: Nadie, salvo Bilal, es más digno que tú de sentarse en este lugar. Khabbab respondió: ¿Cómo podría él ser comparable a mí? Incluso entre los politeístas tenía muchos que lo ayudaban; pero, aparte de Allah, yo no tenía a nadie que se compadeciera de mí. El califa quiso saber qué torturas había sufrido a manos de los qurayshíes. Sin embargo, Khabbab se mostró reacio a contarlo. Ante la insistencia reiterada del califa, apartó su manto y dejó al descubierto la espalda. Al ver su aspecto espantoso, el califa se estremeció y preguntó: ¿Cómo ocurrió esto?

Khabbab dijo: Los idólatras encendieron un fuego. Cuando se convirtió en brasas, me quitaron la ropa del cuerpo. Después me arrastraron por la fuerza y me tendieron boca arriba sobre él. La carne se desprendió de los huesos de mi espalda. Fue la grasa derretida de mi espalda la que apagó aquel fuego. A causa de este hecho, la piel de su espalda quedó como la de una persona con vitíligo. (Hayatus Sahaba, 1/292; Mustadrak; Sirat Ibn Hisham, notas, 1/343).

Además de torturarlo físicamente, los qurayshíes se burlaban de él, lo ridiculizaban y se mofaban de él. También se apropiaban del dinero que le debían. Ibn Ishaq dice: Un incrédulo de La Meca llamado As ibn Wa’il al-Sahmi compró algunas espadas a Khabbab y quedó debiéndole cierta cantidad por ellas. Khabbab fue a reclamarle el pago. Él dijo: «Oh, Khabbab, ¿acaso vuestro amigo Muhammad —cuyo din sigues— no sostiene que los habitantes del Paraíso obtendrán cuanto deseen: oro, plata, ropas o sirvientes?». Khabbab respondió: «Sí, así es». Él dijo: «Khabbab, dame tiempo hasta el Día de la Resurrección; iré allí y te pagaré lo que te debo. Por Allah, ni tu amigo Muhammad ni tú sois más queridos por Allah que yo, ni alcanzaréis mayor dicha que yo». Después de este suceso, Allah el Altísimo reveló los siguientes versículos: «¿Has visto a quien niega Mis signos y dice: “Se me dará riqueza e hijos”? ¿Acaso conoce lo oculto o ha recibido una promesa del Misericordioso? ¡No! Escribiremos lo que dice y prolongaremos su castigo. Y aquello de lo que habla permanecerá bajo Mi autoridad, y vendrá a Mí solo». (Sura Maryam, 77-80).

Un día, Khabbab se presentó ante el Mensajero de Allah (s. a. s.) junto con varios compañeros perseguidos como él y le relató sus sufrimientos y desgracias. Khabbab cuenta: Cuando le expusimos nuestra situación al Mensajero de Allah (s. a. s.), él estaba recostado a la sombra de la Kaaba, con una manta a rayas bajo la cabeza. Dijimos: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿No pedirás a Allah ayuda y perdón para nosotros?»

Al escuchar nuestras palabras, el bendito rostro del Mensajero de Allah (s. a. s.) se puso rojo. Se incorporó y dijo: «A muchos de los pueblos anteriores a vosotros los apresaban, cavaban un hoyo y enterraban en él la mitad de su cuerpo; luego les partían la cabeza por la mitad con una sierra. Les arrancaban la carne de los huesos con peines de hierro. A pesar de ello, no se desviaban ni un ápice de su religión. Allah, sin duda, llevará esta religión a su plenitud. Llegará un día en que un viajero viajará desde Saná hasta Hadramaut sin temer a nadie excepto a Allah. Entonces el lobo cuidará del rebaño. Pero vosotros os estáis impacientando demasiado» (Rijalun Hawla ar-Rasul, 231; Usud al-Gaba, 2/98).

Khabbab y sus compañeros escucharon atentamente estas palabras del Mensajero de Allah (s. a. s.). Decidieron que practicarían la paciencia y realizarían los sacrificios que Allah y Su Mensajero aman. De este modo, su fe se fortaleció aún más.

Los tormentos inhumanos contra Khabbab continuaron hasta que Ummu Anmar lo liberó. El imán Sha‘bi dijo: «A pesar de cientos de tormentos, Khabbab mantuvo la paciencia. La opresión de los incrédulos no debilitó en lo más mínimo su firmeza». Mientras permaneció en La Meca, dedicó todo su tiempo a la adoración y a la labor de predicar la religión. A quienes aún no habían hecho público que habían aceptado el islam por temor, les enseñaba secretamente el Corán, visitándolos uno por uno en sus casas. Enseñaba en secreto el Corán a Fatima y Sa‘id, la hermana y el cuñado de Umar (r. a.). El día en que Umar (r. a.) salió con la intención de matar al Noble Mensajero de Allah y, al enterarse por Nu‘aym ibn Abdillah de que su hermana y su cuñado habían aceptado el islam, se presentó en su casa, Khabbab (r. a.) estaba enseñándoles el Corán. Al percibir la llegada de Umar (r. a.), se ocultó en un rincón de la casa de Fatima. Después, cuando Umar experimentó un cambio interior tras leer el Corán y dijo: «Llevadme ante Muhammad», Khabbab salió de su escondite. Le dijo a Umar (r. a.): «¡Oh, Umar! Espero que la súplica del Profeta de Allah respecto a ti haya sido aceptada. Ayer escuché al Mensajero de Allah (s. a. s.) suplicar: “¡Oh, Allah! Ayuda al islam por medio de uno de estos dos hombres: Abu’l-Hakam o Umar ibn al-Jattab”». Umar dijo: «Khabbab, dime dónde está Muhammad ahora. Quiero ir ante él y aceptar el islam». Khabbab respondió: «Ahora se encuentra en una casa cerca del monte Safa, junto con algunos de sus compañeros» (Sirat Ibn Hisham, 1/343, 345; Hayat as-Sahaba, 1/297).

Un día, dos jefes de los coraichitas, Aqra ibn Habis y Uyayna ibn al-Fazari, fueron ante el Mensajero de Allah (s. a. s.) y lo vieron sentado con algunos esclavos y creyentes débiles, entre ellos Ammar, Suhaib, Bilal y Khabbab. Los dos jefes ignoraron a todos los presentes, llevaron aparte al Noble Mensajero de Allah (s. a. s.) y le dijeron: «Los representantes de los dirigentes árabes vienen a visitarte. Nosotros no podemos sentarnos juntos con estos esclavos; apártalos un poco». El Mensajero (s. a. s.) accedió a lo que decían. Ellos dijeron: «Entonces que el asunto quede escrito ahora mismo». El Mensajero (s. a. s.) llamó a Ali y le pidió que trajera papel y pluma. Khabbab cuenta: «Nosotros estábamos sentados un poco apartados. En ese momento, Yibril (a. s.) llegó con estos versículos: “No apartes a quienes invocan a su Señor mañana y tarde, buscando Su complacencia. No te corresponde pedir cuentas de sus obras ni expulsarlos. Si lo hicieras, serías uno de los injustos”» (sura al-An‘am, 52-53).

Khabbab cuenta: «En cuanto fueron revelados los versículos mencionados, el Noble Mensajero de Allah (s. a. s.) arrojó el papel y la pluma y nos llamó para que nos acercáramos. Cuando nos acercamos, nos saludó. Nos sentamos junto a él, rodilla con rodilla. Inmediatamente, Allah, exaltado sea, reveló este versículo:

«Sé paciente junto a quienes invocan a su Señor mañana y tarde, buscando Su complacencia, y no apartes de ellos tu mirada, deseando el esplendor de la vida mundanal» (sura al-Kahf, 28).

Khabbab cuenta: «Desde entonces, cada vez que nos sentábamos con el Mensajero de Allah (s. a. s.), él no se levantaba hasta que nosotros nos levantábamos» (Hayat as-Sahaba, 2/475).

Jabbab soportó durante mucho tiempo, con paciencia, las ilimitadas persecuciones de los qurayshíes de La Meca y permaneció aferrado a la tierra de La Meca. Finalmente, Allah, el Altísimo, le concedió permiso para realizar la hégira, y emigró a Medina. No emigró para escapar de la opresión, sino con el propósito de obtener la complacencia y la satisfacción de Allah. Solía decir: «Solo por Allah realicé la hégira junto con el Mensajero de Allah». Después de llegar a Medina, el Noble Mensajero de Allah estableció entre él y Jirash ibn Sammar —según otra opinión, Yabr ibn Utayq— una relación de muajá, es decir, de hermandad religiosa. (Usd al-Gaba, 2/99)

Después de llegar a Medina, apareció un poco de paz y seguridad en la vida de Jabbab, de las cuales había estado completamente privado durante toda su vida. Allí tuvo la oportunidad de permanecer en la estrecha compañía del Noble Mensajero. Participó junto al Mensajero de Allah en todas las batallas, incluida Badr y Uhud. En la batalla de Uhud presenció con sus propios ojos el destino de Siba, hermano de Umm Anmar. Ese día, este fue muerto a manos de Hamza.

Toda la vida de Jabbab estuvo marcada por los golpes de la pobreza. Durante algún tiempo, antes y después del islam, se ganaba la vida fabricando espadas. En la última etapa de su vida alcanzó una considerable prosperidad. Durante los califatos de Umar y Uzmán, cuando se fijaron estipendios para todos los compañeros conforme a su respectiva posición, Jabbab comenzó a recibir un estipendio elevado. Entonces acumuló mucho dinero en sus manos. Sin embargo, su manera de tratar esa riqueza era excepcional. Dejaba sus dírhams y dinares en un lugar abierto. Los necesitados y los pobres podían tomar de allí, según su voluntad y sus necesidades, cuanto quisieran. No necesitaban pedir permiso para ello. A pesar de todo esto, siempre temía que Allah quizá le pidiera cuentas por aquella riqueza y que tuviera que sufrir un castigo por ella.

Un grupo de sus compañeros dijo: «Fuimos a visitar a Jabbab durante su enfermedad final. Él señaló una parte de su casa deteriorada y nos dijo: “Aquí hay ochenta mil dírhams. ¡Por Allah!, nunca cerré la entrada de este lugar ni prohibí a ningún mendigo tomar de él”. Después de decir esto, rompió a llorar desconsoladamente. Sus amigos le preguntaron: “¿Por qué lloras?”. Respondió: “Mis compañeros se marcharon de este mundo sin recibir ninguna recompensa por sus obras. Yo sigo vivo y me he convertido en dueño de tanta riqueza. Temo que esta riqueza sea la recompensa por mis buenas obras; por eso lloro con angustia”. Luego las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas. Mientras señalaba el costoso sudario que había comprado para sí mismo, dijo: “Mirad este sudario mío. Sin embargo, cuando Hamza, el tío del Mensajero de Allah, alcanzó el martirio en Uhud, no se encontró para su sudario más tela que una sola sábana. Si se cubría con ella su cabeza, quedaban al descubierto sus pies; y si se cubrían sus pies, quedaba al descubierto su cabeza”».

En el año 37 de la hégira cayó enfermo en Kufa. A pesar del tratamiento, la enfermedad fue empeorando día tras día. Sufrió durante mucho tiempo los dolores de la enfermedad. En ese estado, solía decir a veces: «Si el Mensajero de Allah no hubiera prohibido desear la muerte, suplicaría por ella». (Al-Isaba, 1/416; Usd al-Gaba, 2/99) Existe discrepancia entre los autores de biografías sobre el año y el lugar de su muerte, así como sobre su edad al morir. Según la opinión más extendida, falleció en Kufa, a los setenta y dos años, en el año 39 de la hégira, después de la batalla de Siffín. No pudo participar en la batalla de Siffín debido a su enfermedad. Ali recibió la noticia de su muerte mientras regresaba de la batalla de Siffín y él mismo dirigió la oración funeraria. Los habitantes de Kufa solían enterrar a los muertos dentro de la ciudad. Antes de morir, Jabbab dejó la instrucción de que lo enterraran fuera de la ciudad. Conforme a su instrucción, fue enterrado fuera de Kufa. Fue el primer compañero enterrado fuera de la ciudad de Kufa. (Usd al-Gaba, 2/100)

Después de enterrar a Jabbab, el Emir de los Creyentes, Ali, se detuvo junto a su tumba y dijo: «Que Allah tenga misericordia de Jabbab. Abrazó el islam con fervor, realizó la hégira con obediencia y vivió como muyahid. Allah no hace fracasar a quienes obran rectamente».

Jabbab sentía un intenso deseo de conocer las palabras y los actos del Mensajero de Allah. A veces, sin que el Mensajero de Allah lo supiera, permanecía despierto por la noche observando en secreto su manera de adorar y por la mañana le preguntaba acerca de ello. En una ocasión, el Mensajero pasó toda la noche rezando, y él lo observó sigilosamente. Por la mañana se acercó al Mensajero de Allah y le dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah, que mi padre y mi madre sean sacrificados por ti! Anoche rezaste una oración que nunca antes habías realizado». Él respondió: «Sí, fue una oración de esperanza y temor. Le pedí a Allah tres cosas: me concedió dos, pero no me concedió una. La primera era que Allah no destruyera a mi comunidad mediante la hambruna; esto fue aceptado. La segunda era que no concediera a ningún enemigo extranjero la victoria sobre mi comunidad; Allah también aceptó esto. La tercera era que un grupo de mi comunidad no sometiera a otro grupo a una crueldad despiadada; esto no fue aceptado». (Usd al-Gaba, 2/99)

Narró treinta y tres (33) hadices del Mensajero de Allah. De ellos, tres son muttafaq alayh; dos fueron narrados exclusivamente por Bujari y uno exclusivamente por Muslim. Entre los destacados compañeros y tabi‘ines que narraron hadices de él se encuentran: su hijo Abd Allah, Abu Umama al-Bahili, Abu Ma‘mar, Abd Allah ibn Shujayr, Qays ibn Abi Hazim, Masruq ibn al-Ayda y Alqama ibn Qays, entre otros.

La hija de Hazrat Jabbab ibn al-Aratt narró: «Una vez, mi padre partió para participar en la yihad. Al despedirse, dejó una sola cabra para nuestro sustento y nos dijo: “Si necesitáis ordeñar la cabra, llevadla ante los Ahl al-Suffa”. La llevamos ante ellos. Allí vimos al Mensajero (s. a. w.) sentado. Él ató la cabra y la ordeñó. Dijo: “Traedme el recipiente más grande de vuestra casa”. Traje el recipiente en el que amasábamos la harina. Él ordeñó la cabra en él y se llenó. Nos entregó el recipiente lleno de leche y dijo: “Llevadlo; beberéis vosotros y también daréis a los vecinos. Y cada vez que lo necesitéis, traedme la cabra para que la ordeñe”. A menudo llevábamos la cabra para que el Mensajero de Allah (s. a. w.) la ordeñara. Mi padre regresó de la yihad. Cuando intentó ordeñar la cabra, la leche dejó de salir. Mi madre dijo: “Has echado a perder la cabra; antes obteníamos leche suficiente para llenar este recipiente”. Él preguntó: “¿Quién la ordeñaba?”. Mi madre respondió: “El Mensajero de Allah (s. a. w.)”. Él dijo: “¿Acaso me consideraste igual que él? ¿Quién posee unas manos más benditas que las suyas?”. (Hayatus Sahaba, 3/637)

Mugira ibn Shu‘ba (r. a.)

Su nombre era Abu Abdallah Mugira y su padre, Shu‘ba ibn Abi Amir. Además de Abu Abdallah, Abu Muhammad y Abu Isa eran sus kunyas. Era descendiente de la tribu de Banu Saqif. Su madre, Umama bint Afqam, era hija de la tribu de Banu Nasr ibn Muawiya. Abrazó el islam en el quinto año de la Hégira, el año de la batalla del Foso, y ese mismo año emigró de La Meca a Medina, donde permaneció en compañía del Mensajero de Allah (s. a. w.). (Al-Isaba, 3/452; Usud al-Gaba, 4/406; Al-Istiab)

Bayhaqi narró un suceso relacionado con la primera vez que Mugira conoció al Noble Mensajero de Allah (s. a. w.). Mugira dijo: «El día en que conocí por primera vez al Mensajero de Allah, Abu Yahl y yo caminábamos por un pequeño callejón de La Meca. En ese momento nos encontramos con el Mensajero de Allah (s. a. w.). El Mensajero (s. a. w.) le dijo a Abu Yahl: “¡Oh, Abu al-Hakam! Ven hacia Allah y Su Mensajero”. Abu Yahl respondió: “¡Oh, Muhammad! ¿No dejarás de insultar a nuestros dioses o divinidades? ¿Acaso solo quieres que demos testimonio de que has transmitido el mensaje? Pues damos testimonio de que lo has transmitido. ¡Por Allah! Si supiera que lo que dices es verdad, te seguiríamos”».

El Mensajero de Allah (s. a. w.) se marchó. Abu Yahl comenzó a decirme: «¡Por Allah! Sé con certeza que lo que Muhammad dice es verdad. Pero lo que me impide aceptarlo es lo siguiente: los Banu Qusay dijeron: “La Hiyaba nos pertenece” —es decir, ellos tienen las llaves de la Kaaba y nadie puede entrar en su interior sin su permiso—. Nosotros dijimos: “Sí”. Dijeron: “La Siqaya nos pertenece” —la responsabilidad de proporcionar agua a los peregrinos—. Nosotros dijimos: “Sí”. Dijeron: “La Nadwa nos pertenece” —la responsabilidad del consejo consultivo—. Nosotros dijimos: “Sí”. Después dijeron: “El Liwa, el estandarte de guerra, nos pertenece”. Nosotros dijimos: “Sí”. Ellos alimentan a la gente y nosotros también la alimentamos. Cuando alcanzamos la igualdad con ellos en este asunto, dijeron: “Nosotros tenemos un profeta”. ¡Por Allah! No puedo aceptar eso». (Hayatus Sahaba, 1/84)

Acompañó al Mensajero de Allah (s. a. w.) en la expedición de Hudaybiyya y participó en el Pacto de Ridwan. Los qurayshíes impidieron la entrada en La Meca. Por parte de los qurayshíes, Urwa ibn Masud al-Saqafi acudió a negociar con el Mensajero de Allah (s. a. w.). Conforme a la costumbre general de los árabes, mientras hablaba extendía de vez en cuando la mano hacia la bendita barba del Mensajero de Allah (s. a. w.). Para los musulmanes, aquello era una conducta insolente, y Mugira comenzó a irritarse. Cada vez que Urwa extendía la mano, la mano de Mugira se dirigía espontáneamente hacia la empuñadura de su espada. Finalmente, su paciencia se agotó. Le dijo en tono de reprimenda: “¡Cuidado! Mantén las manos bajo control”. Urwa volvió la cabeza y, al reconocerlo, dijo: “¡Oh, embaucador! ¿Acaso no actué en tu favor?”. Cabe señalar que Urwa era tío de Mugira. Durante la época de la ignorancia, Mugira mató a varias personas. Este mismo Urwa ibn Masud pagó el diya, o precio de sangre, por los hombres asesinados. Urwa aludía precisamente a este hecho. (Bujari: Kitab al-Shuru, en Yihad y Reconciliación; Usud al-Gaba, 4/406; Hayatus Sahaba, 1/102)

Después de Hudaybiyya, tuvo el honor de participar en varias expediciones. El Mensajero de Allah (s. a. w.) lo envió junto con Abu Sufyan a Taif, al frente de un destacamento especial. Ambos derrotaron a las fuerzas enemigas con valentía y coraje.

La tribu de Banu Saqif llegó a Medina para abrazar el islam y prestar juramento de fidelidad al Mensajero de Allah (s. a. w.). Mugira estaba pastoreando camellos en las afueras de Medina, y fue el primero con quien se encontraron los miembros de la tribu de Saqif. En cuanto los vio, Mugira corrió para anunciar esta buena noticia al Mensajero de Allah (s. a. w.). En el camino se encontró con Abu Bakr (r. a.) y le comunicó la noticia. Abu Bakr le pidió solemnemente a Mugira que no diera esta buena noticia al Mensajero de Allah (s. a. w.) antes que él. Quería ser el primero en informar al Mensajero de Allah (s. a. w.) del asunto. Mugira respetó su petición. Abu Bakr (r. a.) fue quien primero llevó la buena noticia a oídos del Mensajero de Allah (s. a. w.). Después, Mugira llegó junto a la tribu de Saqif y les enseñó cómo saludar al Mensajero de Allah (s. a. w.) conforme al modo islámico. (Hayatus Sahaba, 1/184)

Estuvo presente durante el entierro y el amortajamiento del Mensajero de Allah (s.a.s.), tras su fallecimiento. Cuando la gente hubo bajado el cuerpo sagrado del Mensajero de Allah (s.a.s.) a la tumba y ya había salido de ella, de repente dejó caer deliberadamente su propio anillo dentro de la tumba. Hazrat Ali (r.a.) le pidió que lo recogiera. Él bajó a la tumba y tocó con la mano los pies sagrados del Mensajero de Allah (s.a.s.). Después, mientras iban cubriendo lentamente la tumba con tierra, salió de ella. Había hecho esto con el propósito de obtener el honor y la distinción de ser la última persona en despedirse del Mensajero de Allah (s.a.s.). A menudo decía con orgullo ante la gente: «Yo fui el último de todos vosotros en separarme del Mensajero de Allah (s.a.s.)». (Tabaqat)

Tras el fallecimiento del Noble Mensajero, desempeñó un papel activo en la mayoría de las guerras durante la época de los dos primeros califas. Por orden de Hazrat Abu Bakr (r.a.), participó primero en la expedición de Bahira. También tomó parte en la eliminación de los apóstatas de Yamama.

Después de sofocar la rebelión de los falsos profetas, participó en la campaña de Irak. Tras la victoria de Buwaib, cuando el ejército musulmán avanzó hacia Qadisiyya, Rustam, el célebre héroe y comandante del ejército persa, propuso entablar conversaciones y pidió que los musulmanes enviaran un representante. En respuesta a su propuesta, varios emisarios fueron y vinieron. Finalmente, esta responsabilidad recayó en Hazrat Mugira.

Los persas engalanaron espléndidamente la corte del comandante Rustam para atemorizar e intimidar al emisario musulmán. Todos los oficiales del ejército persa vestían costosas ropas de seda. El propio Rustam llevaba en la cabeza una corona adornada con oro y estaba sentado orgullosamente sobre el estrado. Toda la corte estaba cubierta de valiosas alfombras. Al llegar a la corte, Hazrat Mugira subió sin vacilar directamente al estrado y se sentó junto a Rustam. Al ver que se sentaba con semejante audacia, los miembros del consejo de Rustam se irritaron enormemente. Lo agarraron de la mano, lo arrastraron y lo hicieron sentarse debajo del estrado. Mugira dijo:

«Somos árabes; entre nosotros no existe la norma de que un hombre se convierta en dios y los demás lo adoren. Todos somos iguales. Tú nos has convocado; no hemos venido aquí por iniciativa propia. ¿Es razonable que nos tratéis así? Si vuestra situación es así, pronto desapareceréis. Comprendí que vuestro gobierno se ha desmoronado, que vuestra derrota es inevitable y que ningún imperio gobernado con semejante inteligencia puede perdurar».

La gente de las clases inferiores de la corte comentó: «Este árabe ha dicho la verdad».

Los iraníes no estaban familiarizados con semejante igualdad. Al oír las palabras de Mugira, se amedrentaron un poco. Rustam también se sintió algo avergonzado. Dijo que aquello había sido un error de los sirvientes. Luego, con la intención de complacer a Mugira, sacó una flecha de su carcaj y le preguntó en tono burlón: «¿Para qué sirve esto?». Mugira respondió: «Aunque la chispa sea pequeña, es fuego». Entonces Rustam señaló la espada de Mugira y dijo: «Tu espada es bastante vieja». Mugira respondió: «Aunque la empuñadura sea vieja, conserva su filo». Después comenzaron a discutir el asunto principal.

Rustam mencionó el valor, la fuerza y el poder de su propio pueblo, así como la insignificancia y la pobreza de los árabes, y dijo: «Sois nuestros vecinos y siempre os tratamos bien; tampoco os causaremos perjuicio alguno. Además, entregaremos a cada uno de vuestros soldados un obsequio conforme a su rango».

Dijo Mugira:

«El mundo no es nuestro objetivo; nuestro único fin y objetivo es la otra vida. Allah nos ha enviado un profeta. Allah le dijo: “Haré que este grupo prevalezca sobre quienes no acepten Mi religión y, por medio de ellos, me vengaré de estos. Mientras se aferren a la religión, los mantendré victoriosos. Los humillados rechazarán esta religión, y los honrados se aferrarán a ella”».

Rustam: «¿Cuál es esa religión?»

Mugira: «La base de esa religión es el testimonio de “la ilaha illallah —no hay ninguna divinidad aparte de Allah—” y reconocer todo cuanto ha venido de Allah».

Rustam: «¡Qué palabras tan maravillosas! ¿Qué más?»

Mugira: «Cada ser humano es descendiente de Adán; todos somos hermanos».

Rustam: «¡Qué maravilloso! Si aceptáramos vuestra religión, ¿regresaríais a vuestro país?»

Mugira: «Por Allah, regresaremos. Después, no nos acercaremos a vuestro país, salvo por negocios, comercio o alguna otra necesidad».

Rostam: «¡Muy bien dicho!»

El narrador dice: Cuando Mughira salió, Rostam conversó con sus líderes acerca del islam. Ellos se negaron a aceptar el islam. Allah los condenó a la desgracia y los humilló.

En otra narración se relata que, en cierto momento de la conversación, Rostam dijo: «Os mataremos».

Mughira dijo: «Si nos matáis, entraremos en el Paraíso; y si nosotros os matamos, vuestro destino será el Infierno y entonces estaréis obligados a pagar la yizia». Al oír hablar de la yizia, comenzaron a gritar.

Mughira dijo: «Si os negáis a pagar la yizia, la espada será el juicio final entre vosotros y nosotros». Ante una respuesta tan contundente, Rostam se enfureció. Dijo: «¡Por el sol! Antes del amanecer de mañana, vuestro ejército habrá sido completamente aniquilado».

Mughira dijo: «¿Cruzaréis el río para venir hacia nosotros, o iremos nosotros hacia vosotros?»

Rostam: «Nosotros cruzaremos el río para ir hacia vosotros».

Después de esta conversación, Mughira regresó al campamento. Los soldados musulmanes retrocedieron un poco para permitir que el ejército persa cruzara el río. Mughira participó en esta batalla y el ejército persa sufrió una derrota aplastante. (Hayat al-Sahaba, 1/220, 222-223; 3/687-692; Tarij al-Umma al-Islamiyya, 1/209).

En el año 19 de la Hégira, los habitantes de Ray, Qawmas e Isfahán se pusieron en contacto con el emperador Yazdegerd y reunieron un ejército de sesenta mil soldados contra los musulmanes. Hazrat Ammar ibn Yasir informó urgentemente del asunto al califa Umar (que Allah esté complacido con él). El propio califa expresó su deseo de partir acompañado del ejército, pero abandonó esa intención pensando en la paz y el orden internos. Ordenó a los dos gobernadores de Basora y Kufa que avanzaran hacia Nahavand, cada uno con sus respectivas tropas. Nombró comandante a Nu’man ibn Muqarrin y le indicó que, si moría como mártir, lo sucedería Hudhayfa ibn al-Yaman. Si Hudhayfa moría como mártir, lo sucedería Jarir ibn Abd Allah al-Bajali, y si este también moría como mártir, Mugira ibn Shu’ba levantaría el estandarte.

Después de que los soldados musulmanes acamparan cerca de Nahavand, los iraníes volvieron a proponer conversaciones y solicitaron que se enviara un emisario. Puesto que Mugira ya había desempeñado con éxito la misión diplomática en una ocasión anterior, fue elegido nuevamente para cumplir esta responsabilidad. Al presentarse como emisario ante la corte iraní, vio que la situación era igual que antes. El comandante iraní estaba sentado en una plataforma, con una corona cubierta de oro. Los demás soldados y guardias de la corte permanecían de pie con actitud solemne, llevando relucientes espadas colgadas de los hombros. Toda la corte estaba sumida en un silencio absoluto. Mugira entró directamente, sin prestar la menor atención a nadie. Los guardias intentaron detenerlo en el camino. Él les dijo: «No es decoroso tratar así a un emisario». Comenzó la conversación. El comandante persa Marwanshah dijo: «Vosotros sois habitantes de Arabia; no existe en el mundo otra nación más desgraciada, empobrecida e impura que vosotros. Nuestros soldados os habrían exterminado hace mucho tiempo, pero sois tan viles que os perdonaremos. De lo contrario, en el campo de batalla veréis vuestros cadáveres retorcerse».

Después de alabar a Allah y recitar poesía en elogio del Profeta, Hazrat Mugira dijo: «Sin duda, alguna vez fuimos tal como tú dices. Pero nuestro Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) cambió nuestra esencia y nuestra condición. Ahora nuestro camino está despejado en todas direcciones. Mientras nuestros cadáveres no yazcan retorciéndose en el campo de batalla, no podremos abstenernos de arrebataros el trono y la corona».

La misión diplomática fracasó. Ambos bandos comenzaron a prepararse intensamente para la guerra. Hazrat Mugira fue puesto al mando del ala izquierda. En esta batalla de Nahavand, Hazrat Nu’man ibn Muqarrin resultó gravemente herido y comenzó a esperar la muerte. Sin embargo, la fuerza, el valor y la firmeza del ejército musulmán no cambiaron. El ejército persa fue derrotado. Después de la batalla, Hazrat Ma’qal fue a ver a Hazrat Nu’man ibn Muqarrin. Aún respiraba y conservaba la vista. Preguntó: «¿Quién eres?». Ma’qal se identificó. Nu’man preguntó: «¿Cuál ha sido el resultado de la batalla?». Ma’qal respondió: «Allah nos ha concedido la victoria». Él dijo: «Alhamdulillah —toda alabanza pertenece a Allah—. Informa a Umar». Después de pronunciar estas palabras, exhaló su último suspiro.

Después de Nahavand, se enviaron distintos ejércitos a varias regiones y se emprendieron amplias campañas. Se confió a Hazrat Mugira la responsabilidad general de la campaña de Hamadán. Con gran éxito, derrotó a los habitantes de Hamadán y los obligó a concertar un tratado de paz. También participó en la batalla de Yarmuk. En esa batalla sufrió una grave herida en un ojo. (Al-Isaba, 3/453; Usud al-Gaba, 4/401)

Después de la fundación de la ciudad de Basora, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) lo nombró gobernador de la ciudad. Durante su gobierno de Basora, estableció muchas normas y procedimientos. Fue el primero en fundar allí un «diwan», es decir, una oficina separada para pagar los salarios, las asignaciones y demás a los soldados. (Al-Isaba, 3/453) Poco después, el califa Umar (que Allah esté complacido con él) lo destituyó del cargo de gobernador debido a una grave acusación contra su honor. Tras la investigación, quedó demostrado que era inocente. (Usud al-Gaba, 4/406) Al comprobar que un compañero del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había sido declarado inocente de la infame acusación presentada contra él, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) se alegró enormemente y alabó a Allah. Después de este suceso, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) lo nombró gobernador de Kufa en sustitución de Ammar ibn Yasir (que Allah esté complacido con él). Permaneció en ese cargo hasta el último día del califato de Hazrat Umar. Hazrat Uthman (que Allah esté complacido con él) lo destituyó de dicho cargo. (Usud al-Gaba, 4/407)

Siempre ayudaba al califa Hazrat Uthman (que Allah esté complacido con él) ofreciéndole consejos sinceros. El imán Ahmad transmitió este relato de Mugira. Cuando Hazrat Uthman se hallaba bajo arresto domiciliario, Mugira fue a visitarlo un día. Le dijo al califa: «Usted es el imán o líder del pueblo. Puede ver lo que le ha sucedido. Le expondré tres opciones; elija cualquiera de ellas. 1. Salga de su casa y declare la yihad contra los rebeldes. 2. Salga secretamente por la puerta trasera de la casa, monte un vehículo y diríjase directamente a La Meca. Allí nadie podrá hacerle daño. 3. Vaya a Siria, pues allí está Muawiya». En respuesta, el califa Uthman dijo: «Primero: no quiero ser el primero en derramar sangre dentro de la comunidad del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Segundo: oí decir al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él): “Un hombre de Quraysh será enterrado en La Meca, y sobre él recaerá la mitad del castigo del mundo”. Sin duda, no quiero ser ese hombre. Tercero: no deseo abandonar Dar al-Hijra y Mujawirat Rasulillah —el lugar de la emigración y la proximidad al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), es decir, Medina— para ir a Siria». (Hayat al-Sahaba, 2/396)

Comenzó la disputa entre Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) y Hazrat Muawiya (que Allah esté complacido con él). Al principio, Hazrat Mugira (que Allah esté complacido con él) estaba del lado de Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él). Se presentó ante Ali (que Allah esté complacido con él) y le dio sinceramente este consejo: «Si desea fortalecer su califato, nombre a Talha y Zubayr gobernadores de Kufa y Basora, respectivamente. Y mantenga provisionalmente al emir Muawiya en su antiguo cargo; después, cuando haya establecido plenamente su autoridad, haga lo que considere conveniente». Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) le respondió: «Reflexionaré sobre el asunto de Talha y Zubayr; pero mientras Muawiya no abandone sus actividades actuales, no lo nombraré gobernador de ningún lugar ni aceptaré ayuda alguna de su parte». Mugira se disgustó ante esta respuesta. (Al-Istiaab) Después del asesinato de Hazrat Uthman (que Allah esté complacido con él), estallaron enfrentamientos entre las dos facciones en conflicto de la umma musulmana. Él se mantuvo cuidadosamente alejado de aquellos enfrentamientos. Después de Siffin, también estuvo presente en Dumat al-Yandal para escuchar el veredicto del arbitraje. Cuando el arbitraje fracasó en Dumat al-Yandal, se unió al bando de Hazrat Muawiya (que Allah esté complacido con él) y le prestó juramento de fidelidad. A partir de entonces, comenzó a oponerse públicamente a Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él). (Al-Isaba, 3/453; Mustadrak, 3/450)

El apoyo y la colaboración de al-Mugira fueron de gran beneficio para Muawiya. Con la ayuda de su aguda inteligencia, resolvía con gran rapidez muchos problemas importantes. Durante el califato se presentaron ante el emir Muawiya problemas tan difíciles que, si la inteligencia y el talento de al-Mugira no hubieran intervenido, Muawiya habría tenido que afrontar una crisis sumamente grave. Ziyad era uno de los hombres más astutos y hábiles de Arabia. Había sido gobernador de Persia por parte de Alí y era un encarnizado adversario de Muawiya. Después del martirio de Alí y de que Hasan renunciara a reclamar el califato, cuando Muawiya se convirtió en el califa absoluto de todo el mundo musulmán, Ziyad aún no lo reconocía como califa. Al-Mugira logró convertir incluso a ese enemigo intransigente en un obediente súbdito de Muawiya y salvó a Muawiya de un peligro mortal.

En el año 41 de la Hégira, el honorable emir Muawiya nombró a al-Mugira gobernador de Kufa como recompensa por sus servicios excepcionales. Cuando los jariyíes de Kufa se rebelaron en el año 33 de la Hégira, él sofocó la rebelión con gran eficacia. De este modo, desempeñó un papel importantísimo en el fortalecimiento del califato de Muawiya.

Existe discrepancia acerca del año de la muerte de al-Mugira. Algunos han dicho que murió al contraer la peste que apareció en Kufa en el año 50 de la Hégira. Otros han dicho que murió en el año 49 o 51 de la Hégira. Tenía setenta años cuando murió.

Aunque el honorable al-Mugira fue un hábil diplomático y soldado, también alcanzó una considerable competencia en las ciencias religiosas. Entre sus contemporáneos gozaba de una posición especial por la profundidad de sus conocimientos. En diversas recopilaciones de hadices se encuentran 133 hadices narrados por él. De ellos, nueve fueron transmitidos por Bujari y Muslim conjuntamente; uno, exclusivamente por Bujari, y dos, exclusivamente por Muslim. Muchos compañeros y tabiíes narraron hadices de él. Entre ellos se encontraban sus tres hijos —Urwa, Hamza y Aqqar— y, entre los demás, Zubair ibn Yahya, Miswar ibn Majrama, Qais ibn Abi Hazim, Masruq ibn al-Ajda, Nafi ibn Hubaira, Urwa ibn Zubair y Amr ibn Wahab, entre otras personalidades.

A pesar de su dominio del conocimiento religioso, en lugar de ocupar el puesto de enseñanza y emisión de dictámenes jurídicos, se desenvolvió en el complejo ámbito de la política y la diplomacia. Fue precisamente en ese campo donde su talento y capacidad alcanzaron su pleno desarrollo. Se le considera uno de los más grandes diplomáticos de Arabia. El imán Shaabi dice: «Los cuatro hombres más astutos de Arabia son Muawiya ibn Abi Sufyan, Amr ibn al-As, al-Mugira ibn Shuba y Ziyad». (Usud al-Gaba, 4/407; al-Isaba, 3/453). Ibn Sad dice que, debido a su extraordinaria inteligencia y talento, la gente lo llamaba «Mugirat al-Ra’i», es decir, al-Mugira, hombre de opinión o decisión. (Al-Istiab). Gracias a todas estas cualidades excepcionales, el honorable Umar lo nombró para muchos cargos importantes. Incluso obtuvo el raro honor de desempeñar una misión diplomática ante la corte iraní.

Qabisa ibn Yabir dice: «Pasé mucho tiempo en compañía de al-Mugira. Era tan perspicaz e inteligente que, si una ciudad tuviera ocho puertas de tal naturaleza que no fuera posible salir por ninguna de ellas sin astucia y habilidad, al-Mugira habría sido capaz de salir por cada una de sus puertas. Era un maestro en desenredar asuntos complejos». Tabari dice que, cuando expresaba una decisión sobre algún asunto, también dejaba preparada una vía para retractarse de ella. Siempre que dos cuestiones se volvían dudosas, su opinión correcta se manifestaba necesariamente respecto de una de ellas. (Al-Isaba, 3/453).

En la historia se encuentran muchos relatos ingeniosos sobre la astucia y la diplomacia de al-Mugira. El honorable Umar lo nombró gobernador de Baréin. Los habitantes de Baréin presentaron una denuncia contra él ante el califa. Umar lo destituyó. Para impedir que volviera a ser nombrado gobernador allí, el dahqan o jefe de la región urdió una peligrosa conspiración. Reunió cien mil dírhams, los depositó ante el califa y dijo: «Al-Mugira malversó este dinero del tesoro público y lo dejó depositado conmigo». Umar comenzó a interrogarlo con gran severidad. La situación era sumamente delicada: por un lado, se trataba de un compañero del Mensajero de Allah; por otro, numerosas personas testificaban contra él y el dinero supuestamente malversado estaba allí presente. No hacía falta ninguna prueba o testimonio adicional para demostrar la culpa. Aun en tales circunstancias, al-Mugira mantuvo el equilibrio de su ingenio. Con absoluta calma dijo: «El dahqan o jefe ha mentido. Yo había depositado con él doscientos mil; él malversó cien mil». Al oír esto, el dahqan se derrumbó de miedo. Ahora tendría que entregar al tesoro público los doscientos mil. Confesó abiertamente su artimaña y comenzó a jurar repetidamente: «Al-Mugira no depositó conmigo ninguna cantidad». Así salió a la luz la verdad. Había inventado aquella historia para difamar a al-Mugira. Una vez resuelto el asunto, Umar preguntó a al-Mugira: «¿Por qué admitiste lo de los doscientos mil?». Él respondió: «Me había acusado falsamente; aparte de esta, no tenía otra manera de vengarme de él». (Al-Isaba, 3/453).

En cierta ocasión, el célebre compañero Nu’man ibn Muqarrin le dijo a al-Mugira: «¡Por Allah, ciertamente eres laju manaqib!», es decir: «Eres un hombre dotado de inteligencia, capacidad de aconsejar y opinión acertada». (Hayat al-Sahaba, 1/512).

Abdurrahmán ibn Abi Bakr (que Allah esté complacido con él)

Su nombre en la época preislámica era Abd al-Ka‘ba; según otra opinión, Abd al-Uzza. Después de aceptar el islam, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le dio el nombre de Abdurrahmán. Tenía tres sobrenombres o kunyas: Abu Abdillah, Abu Muhammad —por el nombre de su hijo Muhammad— y Abu Uthmán. Sin embargo, Abu Abdillah era el más conocido. Su padre era el primer califa, el honorable Abu Bakr as-Siddiq (que Allah esté complacido con él), y su madre era Umm Ruman o Umm Rummán. Era el hijo mayor de su padre y hermano de padre y madre de la Madre de los Creyentes, la honorable Aisha (que Allah esté complacido con ella). (Usd al-Gaba, 3/304-305)

Aunque todos los hijos del honorable Abu Bakr as-Siddiq aceptaron el islam desde el principio, Abdurrahmán permaneció alejado del islam durante mucho tiempo. En la batalla de Badr se unió al bando de los qurayshíes de La Meca. En medio de la batalla avanzó un poco y, desafiando a los musulmanes, dijo: «¿Hay alguien que tenga el valor de enfrentarse conmigo en un combate singular?». Al oír este desafío, el rostro de su padre, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), se encendió de ira. Expresó su deseo de enfrentarse a él, pero el honorable Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se lo impidió. También estuvo con los qurayshíes de La Meca en la batalla de Uhud. En aquella batalla era uno de los miembros de la unidad de arqueros de los qurayshíes. (Usd al-Gaba, 3/305) Más adelante, un día Abdurrahmán le dijo a su padre, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él): «En el campo de Uhud, aunque te encontré, te evité». Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) respondió: «Si te hubiera visto, no te habría dejado escapar». (Hayat as-Sahaba, 2/313)

El honorable Abdurrahmán aceptó el islam durante la tregua de Hudaybiyya. Después emigró a Medina y comenzó a vivir con su padre, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Él se encargaba de todos los asuntos de Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Una noche, el honorable Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) invitó a algunos miembros de los Ahl as-Suffa. Le dijo a Abdurrahmán: «Voy a estar al servicio del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él); antes de que regrese, darás de comer a los invitados». Conforme a las instrucciones de su padre, Abdurrahmán sirvió la comida a los invitados a la hora indicada. Sin embargo, ellos se negaron a comer en ausencia del anfitrión. Por casualidad, aquel día el honorable Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) regresó tarde. Al enterarse de que los invitados aún estaban hambrientos, se enfadó mucho y le dijo a Abdurrahmán: «¡Juro por Allah que no te daré de comer!». Abdurrahmán, atemorizado, se sentó encogido en un rincón de la casa. Reuniendo un poco de valor, dijo: «Pregúnteles, por favor, si los invité a comer». Los invitados confirmaron las palabras de Abdurrahmán. También juraron y dijeron: «No comeremos hasta que usted dé de comer a Abdurrahmán». Así se apaciguó la ira de Abu Bakr y todos se sentaron a comer juntos. Abdurrahmán dijo: «Aquel día hubo tanta bendición en nuestra comida que comíamos de ella, pero no disminuía en absoluto. Llevé parte de aquella comida para el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) la comió junto con varios compañeros». (Bujari)

Por naturaleza, el honorable Abdurrahmán era sumamente valiente. Era un arquero experto. Desde la tregua de Hudaybiyya hasta el último día de la vida del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), participó en todas las batallas que tuvieron lugar y dio ejemplo de heroísmo y valentía. En la expedición de Jaybar acompañó al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y recibió cuarenta wasaq de cereales del botín de Jaybar. (Sira de Ibn Hisham, 2/352) También acompañó al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) durante la Peregrinación de Despedida. El honorable Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo envió con la honorable Aisha (que Allah esté complacido con ella) a Tan‘im para que renovara su ihram. Cabe señalar que, durante aquel viaje, la honorable Aisha (que Allah esté complacido con ella), debido a su menstruación, suspendió algunos de los ritos obligatorios del Hayy y salió del ihram. Después de recuperarse, por orden del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), fue a Tan‘im, volvió a ponerse el ihram y realizó los ritos que había dejado pendientes. (Sira de Ibn Hisham, 2/602)

Después del fallecimiento del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), desempeñó un papel activo, junto con otros, en la represión de las rebeliones que surgieron por toda la península arábiga. En la sangrienta batalla de Yamama contra el falso profeta Musaylima el Mentiroso, demostró un valor extraordinario. En esa batalla mató él solo a siete célebres guerreros del bando enemigo. En un punto de la fortaleza del enemigo en Yamama se había abierto una pequeña brecha que formaba un pasadizo. Los muyahidines musulmanes intentaban entrar repetidamente por aquella abertura, pero fracasaban, porque un valiente soldado enemigo llamado Mahkam ibn Tufayl vigilaba el paso con firmeza. El honorable Abdurrahmán apuntó a su pecho y disparó una flecha; al recibir el impacto, aquel hombre cayó al suelo. Inmediatamente, los muyahidines musulmanes entraron pisoteando los pies de sus compañeros y abrieron la puerta de la fortaleza. Así cayó la fortaleza. Tras el martirio del honorable Uthmán, tuvo lugar la Batalla del Camello debido al malentendido entre el honorable Ali y la honorable Aisha (que Allah esté complacido con ella); en esa batalla, Abdurrahmán se unió al bando de su hermana. (Al-Isaba, 2/408)

El honorable emir Muawiya (que Allah esté complacido con él) comenzó, aún en vida, los esfuerzos para designar como sucesor a su hijo Yazid. Ordenó a Marwán, gobernador de Medina, que hiciera que la población de Medina prestara la bay‘a, es decir, el juramento de obediencia, a Yazid como su heredero. También le ordenó que leyera esta disposición ante la gente reunida en la mezquita de Medina. Marwán cumplió debidamente la orden de Muawiya (que Allah esté complacido con él). Reunió a la población de Medina en la mezquita y les leyó la disposición del emir Muawiya. Apenas terminó de leerla, el honorable Abdurrahmán ibn Abi Bakr se levantó de un salto y, rompiendo el silencio de la reunión, exclamó: «¡Juro por Allah! Estáis transformando el califato en un sistema heracliano, sin tener en cuenta la opinión de la comunidad de Muhammad. Cuando muera un Heraclio, otro Heraclio ocupará su lugar». Según otra narración, Marwán dijo: «Este es el método establecido por Abu Bakr y Umar». Abdurrahmán protestó: «No, este es el método de Heraclio y de César: el método de sentar al hijo en el trono después del padre». Abdullah ibn az-Zubayr y Husayn ibn Ali también apoyaron firmemente a Abdurrahmán. (Al-Isaba, 2/408; Usd al-Gaba, 3/306)

Entonces Marwán, con voz sumamente exaltada, señaló a Abdurrahmán y dijo: «¡Amigos! Este es aquel respecto de quien fue revelado el siguiente versículo del Corán: “El que dice a sus padres: ‘¡Uf, con vosotros!’”; es decir, Allah lo censuró por no obedecer a sus padres. Sura al-Ahqaf, 17». La Madre de los Creyentes, la honorable Aisha (que Allah esté complacido con ella), oyó estas palabras desde su aposento. Exaltada, exclamó: «¡Juro por Allah que no fue revelado sobre Abdurrahmán! Si queréis, puedo deciros respecto de qué persona fue revelado este versículo». (Al-Isaba, 4/408; Usd al-Gaba, 3/306)

Aquel día, Hazrat Abdur Rahman comprendió que, si se cumplía el deseo de Muawiya (que Dios esté complacido con él), la comunidad musulmana se enfrentaría a una consecuencia terrible. Comprendió con certeza que aquello era una conspiración para derrocar el sistema islámico del califato e imponer el cesarismo sobre la comunidad musulmana.

Hazrat Abdur Rahman comenzó a protestar enérgicamente contra esta medida de Hazrat Muawiya. Entonces Hazrat Muawiya (que Dios esté complacido con él) adoptó otro camino. Para silenciar a Abdur Rahman, le envió un emisario con cien mil dírhams. Abdur Rahman, hijo de Hazrat Abu Bakr as-Siddiq, arrojó lejos la bolsa de dírhams y dijo al emisario: «Regresa. Dile a Muawiya que Abdur Rahman no venderá la religión a cambio del mundo». (Al-Isti‘ab, Usud al-Gaba, 3/306; Hayat as-Sahaba, 2/254; Rijalun hawla ar-Rasul, 528).

Después de este suceso, cuando Hazrat Abdur Rahman supo que Hazrat Muawiya (que Dios esté complacido con él) venía de Siria a Medina, abandonó inmediatamente Medina y se dirigió a La Meca. Allí se estableció en un lugar llamado «Habshi», a diez millas de la ciudad, y, según la opinión más correcta, falleció en el año 53 de la Hégira, antes del juramento de lealtad a Yazid. Murió de manera completamente repentina. El día de su muerte, estando perfectamente sano, se acostó como de costumbre, pero no volvió a despertar de aquel sueño. Hazrat Aisha llegó a sospechar que quizá alguien lo había asesinado envenenándolo. Algunos días después, una mujer sana y fuerte acudió ante Hazrat Aisha (que Dios esté complacido con ella) y murió mientras se encontraba postrada en la oración. Después de este suceso, desapareció la duda que albergaba en su corazón. Los compañeros de Hazrat Abdur Rahman llevaron su cuerpo a La Meca y lo enterraron.

Al recibir la noticia de la muerte de su hermano, Hazrat Aisha (que Dios esté complacido con ella) viajó a La Meca con la intención de realizar el hach y, de pie junto a la tumba, rompió a llorar desconsoladamente. Entre lágrimas, repetía una y otra vez un verso de una elegía compuesta por el poeta Mutammim ibn Nuwayra. Luego, dirigiéndose al alma de su hermano, dijo: «¡Por Dios! Si hubiera estado presente en el momento de tu muerte, no lloraría ahora de esta manera y te habría enterrado en el mismo lugar donde falleciste». (Mustadrak, 3/476; Al-Isaba, 2/408).

Hazrat Abdur Rahman (que Dios esté complacido con él) transmitió varios hadices del Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Muchos sahabas y tabi‘ines transmitieron hadices de él.

Abu Hudhayfa ibn Utba (que Dios esté complacido con él)

Su nombre era Abu Hudhayfa Hashim —según otra opinión, Hashem—; su padre era Utba, su madre Fatima bint Safwan y su kunya, Umm Safwan. Pertenecía a la tribu de Quraysh.

Abu Hudhayfa fue uno de los primeros musulmanes, es decir, uno de quienes abrazaron el islam en la primera etapa. Su padre, Utba, era uno de los principales líderes de Quraysh y un acérrimo enemigo del islam. Había consagrado su vida a oponerse al islam. Pero ¡qué grandiosa es la voluntad de Dios!: su propio hijo, Abu Hudhayfa, no tardó en absoluto en aceptar la invitación al islam. En La Meca, abrazó el islam antes de que el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se refugiara en la casa de Hazrat Arqam ibn Abi al-Arqam, y, como muchos otros, sufrió torturas inhumanas a manos de los qurayshíes. (Usud al-Gaba, 5/170). Ibn Ishaq afirma que abrazó el islam después de cuarenta y tres (43) personas. (Al-Isaba, 4/42).

Abu Hudhayfa (r.a.) participó en las dos emigraciones a Abisinia. Después de emigrar por primera vez, regresó a La Meca. Más tarde volvió a dirigirse a Abisinia. En aquella emigración a Abisinia también lo acompañó su esposa, Sahla bint Suhayl. Su hijo, Muhammad ibn Abi Hudhayfa, nació en Abisinia durante aquel exilio. (Usud al-Gaba, 5/170).

Al regresar de Abisinia a La Meca por segunda vez, encontró que entre los musulmanes que permanecían en La Meca se había desatado una afluencia de emigraciones hacia Medina. También él llegó a Medina acompañado de su siervo Salem y se hospedó como invitado de Abbad ibn Bishr al-Ansari. El Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) estableció entre ambos la mu’ajaja, es decir, la hermandad. (Usud al-Gaba, 5/170).

Participó con gran valentía en todas las batallas que tuvieron lugar durante la época del Mensajero de Allah (s.a.s.). En particular, el episodio de la batalla de Badr fue sumamente instructivo para él y para todos los musulmanes. En aquella batalla, él combatió valerosamente de un lado, y su padre, Utba, del otro. Aquel día, el amor por la verdad y la justicia hizo que los musulmanes olvidaran los vínculos de parentesco. Ese día, Abu Hudhayfa desafió a viva voz a su propio padre, el valeroso Utba, campeón del bando enemigo, a un combate singular. Al escuchar este desafío, su hermana Hinda bint Utba lo reprendió y censuró duramente en un poema. En la obra Usud al-Gaba se han recopilado dos versos de dicho poema.

En la batalla de Badr, la mayoría de los jefes qurayshíes, incluido el padre de Abu Hudhayfa, Utba, fueron muertos a manos del ejército musulmán, y los cadáveres de todos ellos fueron arrojados a un pozo de Badr y cubiertos con tierra. El Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) se detuvo junto al pozo y comenzó a llamar por sus nombres, uno por uno, a los jefes qurayshíes muertos: «¡Oh Utba, oh Shayba, oh Umayya ibn Khalaf, oh Abu Yahl! ¿Habéis encontrado verdadera la promesa de Allah? Yo he encontrado verdadera mi promesa». (Bujari). Ibn Ishaq relata que en aquel momento Abu Hudhayfa parecía muy preocupado y abatido. Al ver su estado, el Mensajero de Allah (s.a.s.) le preguntó: «Abu Hudhayfa, probablemente estás sufriendo por tu padre». Abu Hudhayfa respondió: «¡Por Allah, no! No me entristece que haya muerto. Sin embargo, yo pensaba que era un hombre inteligente, prudente y capaz de tomar decisiones. Por eso esperaba que tuviera la dicha de abrazar la fe. Pero cuando el Mensajero (s.a.s.) confirmó que moriría en estado de incredulidad, lamenté que mi esperanza hubiera sido vana». Después, el Mensajero de Allah (s.a.s.) suplicó por Abu Hudhayfa. (Sira de Ibn Hisham, 1/638-641; Usud al-Gaba, 5/171).

Después del fallecimiento del Noble Mensajero de Allah (s.a.s.), durante el califato del primer califa, Abu Bakr al-Siddiq (r.a.), comenzaron en la península arábiga las sediciones y perturbaciones de varios falsos profetas. Musaylima el Mentiroso de Yamama era uno de esos falsos profetas. El califa envió un ejército contra él. Abu Hudhayfa (r.a.) también se encontraba en ese ejército. Luchó valerosamente contra el ejército del falso profeta Musaylima y alcanzó el martirio en el campo de batalla de Yamama. Al morir tenía cincuenta y tres o cincuenta y cuatro años.

Se ha transmitido de Abbas (r.a.) que, durante la batalla de Badr, el Mensajero de Allah (s.a.s.) dijo un día a los Compañeros: «Me he enterado de que algunos hombres de los Banu Hashim y de otras tribus han sido obligados a participar en esta batalla. No tenemos necesidad de combatir contra ellos. Si alguno de vosotros se encuentra frente a un hombre de los Banu Hashim, no lo matéis. Y si alguno se encuentra con Abu al-Bujtari ibn Hisham, no lo matéis, pues ha venido obligado». Inmediatamente Abu Hudhayfa exclamó: «¿Mataremos a nuestros padres, hijos y hermanos, y dejaremos con vida a Abbas? ¡Por Allah! Si me encuentro con él, lo haré pedazos con mi espada». Al oír estas palabras de Abu Hudhayfa, el Mensajero de Allah (s.a.s.) dijo: «¡Oh Abu Hafs (Umar)! ¿Acaso se matará con la espada al tío del Mensajero de Allah?». Umar respondió: «¡Oh Mensajero de Allah! Permíteme; le cortaré la cabeza con mi espada. ¡Por Allah!, es un hipócrita». Abu Hudhayfa dijo: «No me sentí seguro por las palabras que pronuncié aquel día y permanecí siempre atemorizado hasta expiar por ellas mediante el martirio». Al alcanzar el martirio en la batalla de Yamama, expió por ellas. (Vida de los Compañeros, 2/364-365).

Salem, mawla de Abu Hudhayfa (r.a.)

Un día, el Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) ordenó a los Compañeros: «Aprended el Corán de cuatro personas: Abd Allah ibn Masud, Salem, mawla de Abu Hudhayfa, Ubayy ibn Kaab y Muadh ibn Yabal». ¿Quién era este Salem, mawla de Abu Hudhayfa, a quien el Mensajero de Allah (s.a.s.) declaró digno de confianza en la enseñanza del Corán?

Su nombre era Salem y su kunya, Abu Abdullah. Existe discrepancia respecto al nombre de su padre. Ibn Mundah dijo: «Ubayd ibn Rabia». Según otros, era Maqal. Era de ascendencia iraní. Istajrán, en Persia, era la tierra de sus antepasados. Llegó a Medina como esclavo de Hazrat Subaita bint Yuar al-Ansariyya. Hazrat Subaita era la esposa de Abu Hudhayfa (que Dios esté complacido con él). Cuando Subaita lo liberó incondicionalmente, Abu Hudhayfa lo adoptó como hijo. Llegó a ser conocido como Salem ibn Abu Hudhayfa, del mismo modo que Zayd había sido conocido como Zayd ibn Muhammad. Algunos lo mencionaron como esclavo de Abu Hudhayfa. Por estas razones se lo incluyó entre los muháyirun. Por otro lado, por haber sido el esclavo liberado de Hazrat Subaita, también se lo llamó ansarí. Asimismo, debido a su origen persa, algunos lo describieron como ayami o no árabe.

Hazrat Salem vivía en La Meca con Hazrat Abu Hudhayfa. Este Abu Hudhayfa era hijo de Utba, jefe de los qurayshíes de La Meca y eterno enemigo del islam. Entre quienes respondieron «¡Aquí estoy!» al llamado islámico desde sus primeros días se encontraban Abu Hudhayfa y su hijo adoptivo Salem. Ambos, padre e hijo, continuaron adorando en silencio y con humildad a su Señor, y mostraron una paciencia ilimitada frente a la cruel persecución de los qurayshíes. Un día fue revelado un versículo del Corán que abolía la costumbre de adoptar hijos: «Uduhum li-aba’ihim», es decir, «Llamadlos por sus padres». Cada hijo adoptivo pasó a ser conocido por el nombre de su padre biológico. Así, Zayd ibn Muhammad pasó a ser Zayd ibn Haritha. Pero se desconocía la identidad del padre de Salem. Por ello fue conocido como «Salem, mawla de Abu Hudhayfa»: Salem, amigo, compañero, hermano o esclavo liberado de Abu Hudhayfa.

El islam abolió la costumbre de adoptar hijos. Probablemente quiso decir que no debíais conceder a la sangre, al parentesco ni a ninguna otra relación una importancia mayor que a la hermandad islámica. Vuestra relación debía construirse sobre la base de la fe y la creencia. Los primeros musulmanes comprendieron muy bien esta idea. Por eso, después de Dios y de Su Mensajero, no había nada más querido para ellos que sus hermanos en la religión. Esto lo vimos entre los ansar y los muháyirun. Del mismo modo lo vemos en la relación entre el noble qurayshí Abu Hudhayfa y Salem, su esclavo de origen desconocido y sin linaje paterno conocido.

La fe de Hazrat Salem era como la fe de los siddiqin, y caminó por el camino de Dios como los muttaqin. No prestaba atención a cuál era su posición en la sociedad ni a cuál era su origen. La nueva sociedad que el islam había construido lo elevó al rango más alto por su taqwa y su ikhlas. En aquella grandiosa y virtuosa sociedad nueva, Abu Hudhayfa se enorgullecía de aceptar como hermano o amigo a quien el día anterior había sido su esclavo. Incluso casó con él a su sobrina, Fátima bint al-Walid, y con ello colocó a su propia familia en una posición de honor y gloria. En aquel sistema social que había eliminado toda forma de opresión y tiranía y había declarado inválida toda falsa nobleza, la fe, la honestidad y la firmeza de Salem lo establecieron como un hombre de primera fila.

Antes de la emigración del Noble Mensajero, emigró a Medina junto con su amigo en la religión, Abu Hudhayfa. En Medina fue huésped de Hazrat Abbād ibn Bishr. En La Meca, el Mensajero de Dios estableció su hermandad religiosa con Abu Ubayda ibn al-Yarrah. Pero en Medina su vínculo de hermandad se estableció con Hazrat Muadh ibn Maiz al-Ansari.

Entre los Compañeros de la época que eran considerados imanes en el arte de la recitación coránica, Salem era uno de los más destacados. Poseía una voz tan melodiosa que, cuando comenzaba a recitar el Corán, los oyentes lo escuchaban embelesados. Un día, la Madre de los Creyentes, Hazrat Aisha, tardó en presentarse ante el Mensajero de Dios. El Mensajero de Dios le preguntó: «¿Por qué te has retrasado?». Aisha respondió: «Un recitador estaba recitando el Corán con una voz melodiosa, así que me quedé escuchándolo». Describió la dulzura de su recitación. Al escuchar su descripción, el Mensajero de Dios se envolvió en su manto, salió y descubrió que aquel recitador no era otro que Salem, el mawla de Abu Hudhayfa. Al escuchar su recitación, el Mensajero de Dios comentó: «Alhamdulillah alladhi ya‘ala fi ummati mislaka»: «Toda alabanza pertenece a Dios, que ha creado en mi comunidad a alguien como tú». (Usud al-Gaba, 2/246).

Debido a su voz melodiosa y a que había memorizado una gran parte del Corán, Salem era considerado con extraordinario respeto y honor entre los nobles Compañeros. Hazrat Abdullah ibn Umar (que Dios esté complacido con él) dijo: «Antes de que el Mensajero de Dios emigrara a Medina, Salem dirigía en la oración, en la mezquita de Quba, a quienes habían emigrado a Medina». (Bujari). Compañeros eminentes como Hazrat Abu Bakr y Hazrat Umar (que Dios esté complacido con ambos) también rezaban detrás de él.

Estuvo con el Noble Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) en todas las batallas, incluidas Badr, Uhud y Jandaq. (Usud al-Gaba, 2/246). En la batalla de Badr, mató con sus propias manos al incrédulo Umayr ibn Abi Umayr. (Ibn Hisham, 1/708).

Después de la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió varios grupos de representantes para la predicación a las aldeas y tribus de los alrededores de La Meca. Les dijo: «No se os envía como guerreros, sino como predicadores e invitadores». El líder de uno de esos grupos era Hazrat Jálid ibn al-Walid. Cuando Jálid llegó a su destino, ocurrió un incidente: desenvainó la espada y causó grandes pérdidas al bando contrario. Cuando esta noticia llegó a oídos del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), pasó largo tiempo presentando sus excusas ante Allah y diciendo: «¡Oh Allah! Me desligo ante Ti de toda responsabilidad por lo que ha hecho Jálid». Hazrat Salim acompañaba a Hazrat Jálid en esta expedición. Salim no aceptó en silencio lo que Jálid había hecho, sino que protestó enérgicamente contra ello. Ante sus protestas, el gran guerrero Jálid a veces se quedaba sin respuesta, otras intentaba presentar argumentos en defensa propia y, en ocasiones, terminaba en una acalorada discusión con Salim. Pero Salim permaneció firme en su opinión. Aquel día no dejó de decir la verdad por temor a Jálid.

Salim, que apenas unos días antes había sido un esclavo de La Meca, aquel día no mostró la menor consideración por un ilustre comandante qurayshí de La Meca como Jálid. Jálid tampoco se sintió molesto en absoluto, porque el islam había establecido a ambos en una posición de igual dignidad. Sin dejarse llevar por una devoción y un respeto indebidos hacia el líder, Salim no aceptó aquel día el error de Jálid. Por el contrario, protestó como partícipe de la responsabilidad. No hizo esto por autosatisfacción ni para ganar fama, sino porque había escuchado repetidas veces al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) decir: «Ad-din an-nasihah»; es decir, «la religión es el consejo sincero». Ese consejo fue el que aquel día ofreció a Jálid.

Cuando la noticia de los excesos de Hazrat Jálid llegó a oídos del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), preguntó: «¿Acaso nadie protestó o censuró lo que hizo?». La ira del Noble Mensajero de Allah se desvaneció cuando oyó: «Sí, Salim protestó. Hubo una discusión con él».

Hazrat el Noble Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) partió hacia la cercanía de Allah. El califato de Hazrat Abu Bakr se enfrentó a la conspiración de los apóstatas. Con ellos tuvo lugar la terrible batalla de Yamama. Hasta entonces, ninguna batalla tan terrible se había librado en la historia del islam. El ejército musulmán salió de Medina rumbo a Yamama. Salim y su hermano en la fe, Abu Huzaifa, partieron junto con los demás. En la primera fase de la batalla, el ejército musulmán sufrió cierto revés. Entonces comprendieron que la guerra es la guerra y que la responsabilidad es la responsabilidad. Hazrat Jálid ibn al-Walid los reorganizó y dispuso las tropas de una manera extraordinaria. Al principio, cuando el ejército musulmán estaba retrocediendo, Hazrat Salim gritó: «¡Ay de nosotros! En tiempos del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), nuestra situación no era así». Cavó un hoyo para sí mismo y permaneció firme dentro de él. (Usud al-Gaba, 2/246).

En la batalla de Yamama, al principio el estandarte del ejército musulmán estaba en manos de Hazrat Zaid ibn al-Jattab. Cuando alcanzó el martirio, el estandarte cayó al suelo. Inmediatamente, Salim lo levantó. Algunos objetaron que él llevara el estandarte y dijeron: «Tememos que el ejército enemigo ataque por tu lado». Salim respondió: «Entonces me convertiría en uno de los peores portadores del Corán». (Hayat al-Sahaba, 1/535).

Antes de atacar al ejército enemigo, los dos hermanos en la fe —Abu Huzaifa y Salim— se abrazaron y se comprometieron a alcanzar el martirio en el camino de la verdadera religión. Luego, ambos se lanzaron contra el ejército enemigo. Por un lado, Abu Huzaifa gritaba: «¡Oh, portadores del Corán, adornad el Corán con vuestras obras!». Y, al mismo tiempo, descargaba golpes de espada contra el ejército de Musailima el Mentiroso. Por otro lado, Salim gritaba: «Seré uno de los peores portadores del Corán si el ejército enemigo ataca por mi lado». Mientras pronunciaba estas palabras, golpeaba con ambas manos y su espada los cuellos de los soldados enemigos.

El intenso golpe de la espada de un apóstata cayó sobre su mano derecha. La mano quedó separada de su cuerpo. Él sostuvo en alto el estandarte con la mano izquierda. Cuando también le cortaron la mano izquierda de un golpe enemigo, se sujetó el estandarte alrededor del cuello. En esa situación, continuó recitando esta aleya del Corán: «Muhammad no es sino un Mensajero, y antes de él, ¡cuántos profetas combatieron junto con numerosos hombres devotos!». «Muhammad no es más que un Mensajero de Allah. Antes de él, ¡cuántos profetas combatieron acompañados de numerosos hombres piadosos! Las desgracias y calamidades que les sobrevinieron en el camino de Allah no los debilitaron ni se detuvieron. Allah ama a los perseverantes». Este fue su lema en los instantes previos a su muerte.

Al cabo de unos instantes, un grupo de apóstatas rodeó a Salim. El valiente Salim cayó al suelo. Aún quedaba en su cuerpo un soplo de vida. Con la muerte de Musailima el Mentiroso, la batalla terminó con la victoria de los musulmanes y la derrota de los apóstatas. Los musulmanes comenzaron a buscar a los heridos y a los muertos. Encontraron a Salim en sus últimos momentos de vida. En ese estado, Salim les preguntó: «¿Cuál es la situación de Abu Huzaifa?»

—Ha alcanzado el martirio.

—¿Cuál es la situación de la persona que temía un ataque del ejército enemigo por mi parte?

—Ha sido martirizado.

—Acuéstame entre ellos.

—Ambos han sido martirizados a cada uno de tus lados.

Hazrat Salem esbozó por última vez una leve sonrisa. No dijo nada más. Salem y Abu Hudhayfa obtuvieron aquello que ambos habían deseado sinceramente. Aceptaron el islam juntos, vivieron juntos y juntos alcanzaron el martirio en el mismo lugar.

La historia de Hazrat Salem es igual que la de Bilal y la de innumerables esclavos desamparados. El islam arrojó de los hombros de todos ellos el yugo de la esclavitud y los sentó en los puestos de imames, líderes y administradores de una sociedad de verdad y prosperidad. En él se reunían todas las virtudes del gran islam. Su característica más destacada era que expresaba sin rodeos lo que sabía que era verdad y nunca se abstenía de decirlo. Sus amigos creyentes lo llamaban «Salem min as-Salihin», Salem, uno de los virtuosos.

Hazrat Umar ibn al-Jattab (que Dios esté complacido con él) colmaba de elogios a Salem. Antes de su muerte, al hablar de la elección del califa, dijo: «Si Salem estuviera vivo hoy, le confiaría la responsabilidad del califato sin necesidad de consultar a la shura». (Usud al-Gaba, 2/246).

Hazrat Sālim no tuvo hijos. Por ello, antes de morir, dejó instrucciones testamentarias sobre los bienes que dejaría: un tercio para la manumisión de esclavos y otras obras islámicas, y un tercio a favor de su antiguo amo, Hazrat Subaita. Cuando Hazrat Abū Bakr (que Allah esté complacido con él) envió a Subaita un tercio conforme al testamento, este se negó a aceptarlo, diciendo: «Yo lo liberé incondicionalmente y no esperaba nada a cambio». Más tarde, el califa ʿUmar (que Allah esté complacido con él) lo depositó en el tesoro público (Bayt al-Māl). (Al-Istīʿāb, Usud al-Gāba, 2/247).

Se han transmitido hadices del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) a través de Hazrat Sālim. Asimismo, muchos compañeros transmitieron hadices de él.

Hātib ibn Abī Baltaʿa

Su nombre era Hātib y sus kunyas eran Abū Muhammad y Abū ʿAbdillāh. El nombre de su padre era Abū Baltaʿa ʿAmr. Los autores de la sīra discrepan sobre su linaje y sobre su llegada a La Meca. Según la opinión más destacada, la tierra originaria de sus antepasados paternos era Yemen. Se establecieron en La Meca como aliados de los Banū Asad y, posteriormente, de al-Zubayr ibn al-ʿAwwām. Otros han dicho que fue esclavo de ʿUbaydullāh ibn Humayd. Obtuvo la libertad pagando el importe acordado mediante un mukātaba, es decir, un contrato de manumisión. (Usud al-Gāba, 1/361).

Al-Marzubānī afirma en su obra Muʿjam al-Shuʿarāʾ: «Durante la época de la ignorancia, fue uno de los jinetes y poetas más célebres de Quraysh». (Al-Iṣāba, 1/300).

Abrazó el islam antes de la Hégira y, después de que Medina se estableciera como centro del islam, llegó allí acompañado de su esclavo Saʿd. Allí fue huésped de Hazrat Mundhir ibn Muhammad al-Anṣārī, y estableció una relación de hermandad, o muʾākhāt, con Hazrat Khālid ibn Rakhbala (que Allah esté complacido con él).

Mūsā ibn ʿUqba e Ibn Isḥāq dicen que participó con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) en la batalla de Badr. También estuvo presente en el tratado de Hudaybiyya. (Usud al-Gāba, 1/361). Además, según diversas narraciones, participó en todas las batallas libradas junto al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), incluidas Uhud y al-Jandaq.

Al regresar de Uhud, en el sexto año de la Hégira, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) lo envió a la corte de al-Muqawqis, gobernante de Egipto, como predicador y propagador del islam. El contenido de la carta que llevó del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) a al-Muqawqis era el siguiente:

«A continuación, te invito al llamamiento islámico. Si aceptas el islam, estarás a salvo y Allah te concederá una doble recompensa. Pero si lo rechazas, cargarás con el pecado de todos los coptos. ¡Oh, gentes de la Escritura! Venid a una palabra común entre nosotros y vosotros: que no adoremos sino a Allah, que no le asociemos nada y que no nos tomemos unos a otros como señores en lugar de Allah.»

El venerable Hatib ibn Abi Balta’a se presentó ante Muqawqis en su corte de Egipto y le entregó la mencionada carta del Mensajero de Allah. Entre ambos tuvo lugar el siguiente diálogo:

Hatib: Antes que tú, gobernó aquí un soberano que se consideraba un dios. Allah, el Altísimo, lo sumergió en el castigo de este mundo y del Más Allá, y tomó de él una represalia ejemplar. Tú también deberías extraer una lección de los demás. No es conveniente que tú mismo acabes convertido en una lección para otros.

Muqawqis: Seguimos una religión. Mientras no se demuestre que otra religión es superior a ella, no podemos abandonarla.

Hatib: Te invitamos a la religión del islam, que es mejor y más perfecta que todas las demás religiones. Cuando este Profeta invitó a la gente a esta religión, los coraichitas se opusieron con gran vehemencia. Además, los judíos manifestaron la mayor hostilidad. En cambio, los cristianos fueron relativamente más flexibles. ¡Por Allah! Así como Moisés anunció la buena nueva de Jesús, Jesús también anunció la buena nueva de Muhammad. Del mismo modo que vosotros invitáis a los judíos al Evangelio, nosotros os invitamos al Corán. Todas las comunidades o pueblos que existen en la tierra durante la época de la aparición de un profeta son seguidores de ese profeta, y es obligatorio para ellos obedecerlo. Puesto que te ha tocado vivir en la época de un profeta, es tu deber ineludible creer en él. No queremos apartarte de la religión del Mesías, sino guiarte correctamente hacia ella.

Muqawqis: ¿Es realmente Muhammad un profeta?

Hatib: ¿Por qué no habría de serlo?

Muqawqis: Cuando los coraichitas lo expulsaron de su propia ciudad, ¿por qué no invocó una maldición contra ellos?

Hatib: ¿Creen ustedes que Jesús (la paz sea con él) es el Mensajero de Allah? Si es así, entonces, cuando fue crucificado, ¿por qué no invocó una maldición contra la gente de su pueblo?

Ante aquella respuesta instantánea y penetrante, de los labios de al-Muqawqis brotó espontáneamente una expresión de elogio. Añadió: «Ciertamente, usted es un hombre muy sabio y viene de parte de un hombre muy sabio». (Usud al-Gabah, 1/361). «Por lo que he reflexionado, este profeta no ordena ninguna acción inútil ni prohíbe nada beneficioso. No puedo llamarlo ni mago extraviado ni falso adivino. En él existen muchas señales de la profecía; pronto reflexionaré profundamente sobre este asunto». Después de decir estas palabras, tomó la sagrada carta del Noble Mensajero de Allah (s.a.w.), la guardó en una caja de marfil, la selló y la entregó para su custodia a una de las esclavas presentes.

Al-Muqawqis despidió a Hazrat Hatib con el máximo respeto y le envió, para el Mensajero de Allah, valiosos regalos: tres esclavas, una mula llamada Duldul y varias prendas de vestir. (Zad al-Ma’ad, 257). Una de las tres esclavas enviadas por al-Muqawqis era Hazrat Maria la Copta. El Noble Mensajero de Allah (s.a.w.) la tomó para sí, y de ella nació el hijo del Mensajero de Allah (s.a.w.), Hazrat Ibrahim. La segunda esclava era Sirin, hermana de Hazrat Maria. El Mensajero de Allah (s.a.w.) se la entregó al célebre poeta Hassan ibn Thabit (r.a.), y de ella nació Hazrat Abdur-Rahman ibn Hassan. La tercera esclava fue entregada por el Mensajero de Allah (s.a.w.) a Abu Jahl ibn Huzayfa al-Adawi. (Hayat as-Sahabah, 1/140-141; Usud al-Gabah, 1/362).

En el octavo año de la Hégira comenzaron los preparativos para la conquista de La Meca. Para evitar que los Quraysh de La Meca, que eran el bando enemigo, se enteraran del asunto, el Mensajero de Allah (s.a.w.) advirtió a todos que mantuvieran el secreto. Aunque Hazrat Hatib no vivía en La Meca, debido a su antigua amistad con los Quraysh se había encariñado con ellos. Envió hacia La Meca a una mujer de la tribu de Muzayna, junto con una carta que contenía información sobre los preparativos secretos de los habitantes de Medina. Había acordado pagarle un salario determinado a cambio de ello. La mujer ocultó la carta entre las trenzas de su cabello y partió hacia La Meca. Mientras tanto, el Mensajero de Allah (s.a.w.) recibió por medio de la revelación información sobre todo lo ocurrido. Inmediatamente ordenó a Ali, Zubayr y Miqdad que persiguieran a la mujer y recuperaran la carta. Los tres cabalgaron con gran rapidez y la alcanzaron en un lugar llamado «Jaliqa» o, según otra opinión, «Rawdat Jaj». Primero registraron su montura, pero no encontraron nada. Entonces Hazrat Ali (r.a.) le dijo: «Juro por Allah que al Mensajero de Allah (s.a.w.) no se le ha dado información falsa, ni a nosotros se nos ha mentido. O sacas tú misma la carta, o te registraremos desnuda». Al ver su severidad, la mujer dijo: «Apártense un poco». Ellos se apartaron. Ella deshizo la trenza de su cabeza y sacó de ella la carta. Los tres llevaron la carta ante el Mensajero de Allah (s.a.w.). Después de leerla, el Mensajero de Allah (s.a.w.) preguntó con asombro: «¡Oh, Hatib! ¿Por qué hiciste algo así?». Hatib respondió: «¡Oh, Mensajero de Allah! No tome una decisión apresurada sobre mí. Aunque no pertenezco a la tribu de los Quraysh, durante la época de la ignorancia establecí con ellos una relación muy estrecha. Puesto que todos los emigrantes ayudan y apoyan a sus parientes y amigos que permanecen en La Meca, deseé ofrecerles al menos alguna compensación por el buen trato que los Quraysh han brindado a mis familiares. No hice esto por haber apostatado, abandonado el Islam o preferido la incredulidad al Islam». (Sahih al-Bujari, Kitab al-Maghazi).

En otra narración se cuenta que Hatib dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Mi familia se encuentra allí. Escribí la carta pensando que esto no perjudicaría a Allah ni a Su Mensajero. Desde que acepté el Islam, nunca ha surgido en mi corazón ninguna duda acerca de Allah. Sin embargo, en La Meca era un forastero, y allí están mi madre, mis hermanos y mis hijos». (Al-Isabah, 1/300; Hayat as-Sahabah, 2/425).

Después de escuchar las palabras de Hatib, el Noble Mensajero de Allah (s.a.w.) se dirigió a los compañeros presentes y dijo: «Él ha declarado la verdad. Por eso, que nadie lo insulte». Hazrat Umar (r.a.) dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Ha actuado con deslealtad hacia Allah, el Mensajero y los musulmanes. Permíteme cortar el cuello de este hipócrita». El Mensajero de Allah (s.a.w.) dijo: «¿Acaso no participó en la batalla de Badr? Allah ha concedido a los combatientes de Badr la libertad de hacer lo que quieran; el Paraíso está asegurado para ustedes». Ante aquella extraordinaria generosidad del Profeta de la misericordia, la Misericordia para los Mundos, los ojos de Umar se llenaron de lágrimas. (Sahih al-Bujari, Fadl man shahida Badran).

En relación con este acontecimiento fue revelado el siguiente versículo del Sagrado Corán:

«¡Oh, creyentes! No toméis como amigos a Mis enemigos y a vuestros enemigos. Les ofrecéis amistad, aunque ellos han negado la verdad que os ha llegado». (Sura al-Mumtahanah, 1).

Tras el fallecimiento del Noble Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), el primer califa, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), lo envió por segunda vez a la corte de al-Muqawqis y concertó un tratado de paz con este. El tratado permaneció vigente entre ambas partes hasta la conquista de Egipto por ʿAmr ibn al-ʿĀṣ (que Allah esté complacido con él). (Al-Istīʿāb).

Falleció en Medina en el año 30 de la hégira, a la edad de 65 años. ʿUthmān (que Allah esté complacido con él) dirigió la oración fúnebre, y su entierro se llevó a cabo en presencia de una gran multitud. (Al-Istīʿāb).

Cumplir las promesas, corresponder a los favores y expresarse con claridad eran algunas de las principales características de su carácter. Sentía un afecto ilimitado por sus familiares y amigos. La carta que escribió antes de la conquista de La Meca fue redactada principalmente por la insistencia de ese afecto. Y el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz), al comprenderlo, lo perdonó. Su carácter era algo áspero. Trataba con dureza a los esclavos. Por ello, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) y los califas posteriores lo reprendían ocasionalmente para corregirlo. En cierta ocasión, uno de sus esclavos se presentó ante el Noble Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), se quejó de su dureza y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Sin duda, Ḥāṭib irá al Infierno». El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «Mientes. Quien participó en Badr y en al-Ḥudaybiyya no puede ir al Infierno». (Al-Istīʿāb).

Durante el califato de ʿUmar (que Allah esté complacido con él), sus esclavos se quejaron muchas veces de su dureza ante el califa. En cierta ocasión, uno de sus esclavos sacrificó el camello de un hombre de la tribu de Muzayna; como castigo, él impuso al esclavo una pena severa. Al enterarse, el califa lo llamó y le dijo: «He sabido que dejas a tus esclavos sin comer». El califa le advirtió severamente.

El comercio era la principal fuente de su sustento. Obtuvo grandes ganancias de una tienda de alimentos. Al morir, dejó cuatro mil dinares y numerosas casas. Algunos han dicho que Ḥāṭib transmitió tres hadices del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), mientras que otros han dicho que transmitió dos.

‘ʿUtba ibn Ghazwān (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era ʿUtba y su kunya, Abū ʿAbd Allāh. Su padre era Ghazwān ibn Jābir. Durante la época de la ignorancia, su clan tenía un pacto con los Banū Nawfal ibn ʿAbd Manāf. ʿUtba fue una de las primeras personas que respondieron al llamamiento al tawḥīd, en los albores del islam. En cierta ocasión, afirmó en un discurso que era el séptimo musulmán. (Usd al-Gāba, 3).

Agobiado por la persecución de los incrédulos en La Meca, participó en la segunda emigración a Abisinia. Tenía entonces 40 años. Después de permanecer allí algún tiempo, regresó a La Meca y siguió viviendo allí. El Noble Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) todavía se encontraba en La Meca. (Al-Istīʿāb; Usd al-Gāba, 3/364).

Cuando el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— emigró a Medina y comenzaron los enfrentamientos militares entre la incredulidad y el islam, él y Miqdad marcharon hacia Medina con un ejército de los quraysh. Ikrima ibn Abi Yahl era el comandante de aquel ejército. En el camino, este ejército tuvo una breve escaramuza con un pequeño grupo de muyahidines musulmanes de Medina. El líder de aquel grupo era Ubáida ibn al-Háriz. Utba y Miqdad estaban esperando una oportunidad. Cuando se presentó, se unieron al grupo de muyahidines. Al llegar a Medina, Utba se alojó como huésped de Abd Allah ibn Salama al-Ajlani y estableció un vínculo de hermandad con Abu Dujana al-Ansari. (Tabacat de Ibn Sa’d, 3/69).

Utba ibn Gazwan era un arquero experto. Además de Badr, Uhud y Jandaq, desempeñó un papel sumamente valiente en todas las batallas en las que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— participó personalmente. También fue miembro del grupo de reconocimiento que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— envió hacia Najla bajo el mando de Abd Allah ibn Yahsh. (Hayatus Sahaba, 2/350).

En el año 14 de la hégira, el segundo califa, Umar —que Allah esté complacido con él—, lo envió desde Medina al frente de un ejército y le encomendó dirigir una campaña en Ubulla, el puerto marítimo iraquí, Maysan y las zonas circundantes. El episodio ha sido narrado así en diversas obras: «El Emir de los Creyentes, Umar ibn al-Jattab —que Allah esté complacido con él—, se acostó después de la oración de la noche para descansar un poco, con la intención de salir más tarde a recorrer la ciudad durante la noche. Sin embargo, no podía conciliar el sueño. Un mensajero había traído la noticia de que el derrotado ejército persa se había reorganizado tras haberse dispersado, con el propósito de lanzar un contraataque. También informaron al califa de que la ciudad de Ubulla, cercana a Basora, era la principal fuente de recursos financieros y de personal para el derrotado ejército persa. El califa decidió emprender una campaña contra Ubulla para cortar aquella fuente de abastecimiento del ejército persa. Pero la insuficiencia de efectivos militares obstaculizaba la ejecución de su decisión, pues en Medina casi todos, salvo unas pocas personas, estaban ocupados en campañas en los distintos frentes. Entonces el califa Umar —que Allah esté complacido con él— decidió aplicar su método habitual: compensar la escasez de soldados con un liderazgo fuerte y competente. Pensó en los comandantes militares. Al cabo de un rato, dijo para sí: “¡Ya lo tengo! Sí, ya lo tengo”. Luego, mientras pronunciaba estas palabras, se acostó. Era el muyahid que había sido probado en guerras como Badr, Uhud y Jandaq. También Yamama era testigo de su capacidad y de su papel. En ninguna batalla se había embotado su espada, ni una sola de sus flechas había errado el blanco. Además, había realizado dos emigraciones y era el séptimo musulmán sobre la faz de la tierra.»

Por la mañana dijo: «Que alguien llame a Utba ibn Gazwan». El califa le confió el mando de un ejército compuesto por algo más de trescientos hombres y prometió reforzarlo con algunos soldados adicionales que marcharían detrás.

Antes de que Utba partiera de Medina con su ejército, el califa Umar aconsejó así al comandante:

«Parta con sus compañeros, confiando en la misericordia y las bendiciones de Allah, hacia los confines de Arabia y la región cercana a los imperios no árabes. Adopte la mayor piedad posible y recuerde que se dirigen a territorio enemigo. Espero que Allah le ayude. He escrito a Alá ibn al-Hadrami para que envíe a Arfaya ibn Hárzama a ayudarle. Es un muyahid eficaz frente al enemigo y permanecerá como su consejero. Invite a los no árabes a seguir el camino de Allah. A quienes acepten la invitación, concédales seguridad; y a quienes la rechacen, oblíguelos a vivir bajo un régimen tributario pagando la yizia. De lo contrario, resuelva el asunto mediante la espada. En el camino, anime a todas las tribus árabes junto a las que pasen a combatir contra el enemigo y tema a Allah en toda circunstancia. (Usd al-Gaba, 3/364).»

Utba ibn Gazwan partió con su ejército. Junto con aquel ejército viajaron otras quince mujeres, incluida su esposa, además de los soldados. Llegaron a una zona llamada Qasba, cubierta de una especie de planta acuática, no lejos de la ciudad de Ubulla. En aquel momento no tenían nada con lo que pudieran alimentarse y sobrevivir. Cuando sufrieron un hambre extrema, Utba ordenó a algunos miembros de su ejército que buscaran algo para comer. A esta búsqueda de alimento está vinculada una historia sorprendente. Uno de ellos la narra:

«Entramos en una selva espesa en busca de alimento. Allí vimos dos sacos tirados en el suelo. Uno estaba lleno de dátiles y el otro contenía una especie de grano blanco cubierto en su superficie por una capa dorada. Arrastramos ambos sacos hasta cerca de nuestro campamento. Uno de nosotros miró el saco lleno de granos y dijo: “Esto es veneno; lo han dejado los enemigos. Que nadie se acerque”. Comenzamos a comer los dátiles. Entretanto, nuestro caballo se escapó, metió el hocico en el saco de granos y empezó a comer. Ya casi habíamos decidido sacrificarlo antes de que muriera, para poder comer su carne.»

Entonces el dueño del caballo nos dijo: «Esperemos un poco; esta noche vigilaremos el caballo. Si se ve que realmente está muriendo, podremos sacrificarlo». Pero por la mañana vimos que el caballo estaba completamente sano. Entonces mi hermana me dijo: «Hermano, oí decir a mi padre que, cuando el veneno se quema y se hierve al fuego, pierde su efecto». Después tomó algunos granos, los puso en una olla y comenzó a hervirlos. Al cabo de un rato nos llamó y dijo: «Miren cómo se han vuelto rojos». Quitó la cáscara de los granos y sacó los granos blancos. Los pusimos en un recipiente. Utba dijo: «Cómanlos diciendo bismillah». Los probamos y tenían un sabor excelente. Más tarde supimos que el nombre de aquellos granos era «arroz».

Esta «Ubulla» se encontraba a orillas del Tigris y era una fortaleza muy sólida del ejército enemigo. Utba conquistó aquella plaza llevando consigo apenas seiscientos guerreros y algunas mujeres. Sus armas también eran muy rudimentarias: arcos, espadas, lanzas y cosas semejantes. Sin embargo, con inteligencia, ingenio y valentía logró realizar esta hazaña aparentemente imposible.

Utba hizo muchas banderas para las mujeres y las ató a las puntas de las lanzas. Les ordenó que las mantuvieran en alto detrás de los muyahidines musulmanes. También les dijo: «Cuando nos acerquemos a la ciudad de Ubulla, levanten mucho polvo, de modo que todo alrededor quede oscurecido por él».

Cuando el ejército musulmán se acercó a Ubulla, el ejército persa salió de la ciudad y vio una nube de polvo que se extendía hasta el horizonte y el movimiento de innumerables banderas. Se decían unos a otros: «¡Qué enorme ejército de vanguardia! Detrás de ellos hay incontables soldados; ellos son quienes están levantando ese polvo». El temor penetró en sus corazones y quedaron presa del pánico. Tomaron todo lo que encontraron a mano, subieron a las embarcaciones ancladas en el río Tigris y se apresuraron a huir, compitiendo entre sí por escapar. Utba entró en Ubulla sin perder a un solo miembro de su ejército. Después sometió las ciudades y aldeas situadas a orillas del Tigris y mantuvo en alto el estandarte del islam.

En Ubulla, el ejército musulmán obtuvo un botín incontable. Cuando un soldado del ejército musulmán llegó a Medina, los habitantes le preguntaron cómo se encontraban los musulmanes en Ubulla. Él respondió: «¿Sobre qué asunto me preguntan? ¡Por Allah!, cuando los dejé, estaban pesando oro y plata en balanzas». Al oír esto, los habitantes de Medina dirigieron sus monturas hacia Ubulla.

Después de la conquista de Ubulla, Utba (que Allah esté complacido con él) reflexionó que, si sus soldados convivían con los habitantes locales de la ciudad en aquella tierra extranjera, pronto se acostumbrarían a las costumbres foráneas y perderían su propia identidad. Informó de ello al califa Umar (que Allah esté complacido con él) y solicitó permiso para construir una ciudad militar en un lugar llamado Basora. Basora era un lugar cercano al puerto de Ubulla, donde anclaban los barcos de la India y Persia que navegaban por el golfo Pérsico. Utba (que Allah esté complacido con él) fue por primera vez a aquel lugar con ochocientos hombres y puso los cimientos de la ciudad de Basora. Asignó un barrio separado a cada tribu. Confió a Mihjan ibn al-Adra la responsabilidad de construir la mezquita principal. Al principio, las casas de la ciudad se construyeron con árboles y piedras. Por esa razón, la mezquita principal también fue construida con madera. Sin embargo, no construyó ningún palacio para sí mismo. Vivía en una tienda de tela. (Usd al-Gaba, 3/364).

Utba (que Allah esté complacido con él) fue nombrado primer gobernador de esta nueva ciudad y desempeñó su cargo con gran eficacia durante seis meses. Sin embargo, su ascetismo y su desapego de los placeres y riquezas mundanos lo impulsaron a renunciar al puesto. Además, se alarmó al observar la vida lujosa de los musulmanes de Basora. Quienes hasta hacía poco no conocían alimento mejor que el arroz hervido se habían acostumbrado ahora a los refinados manjares persas. Se llenó de preocupación por la religión. En aquel momento pronunció ante la gente reunida en la mezquita un sermón histórico. A continuación se ofrece una parte de él:

«¡Amigos! Este mundo está en movimiento y es pasajero. La mayor parte de él ya ha quedado atrás. Sin duda seréis trasladados de este mundo a un lugar que no perecerá. Entonces, ¿por qué no lleváis con vosotros la mejor provisión? Se me ha dicho que, si se arrojara una piedra desde el borde del Infierno, tardaría setenta años en llegar a su fondo. ¡Pero, por Allah!, vosotros lo llenaréis por completo. ¿Acaso os sorprende? ¡Por Allah!, se me ha dicho que las puertas del Paraíso serán tan amplias que atravesar esa distancia requerirá cuarenta años. Sin embargo, llegará un día en que se llenarán de una multitud inmensa. Cuando abracé la fe, solo había seis personas con el Mensajero de Allah. Vivíamos en una pobreza y una necesidad tan extremas que las hojas de los árboles eran nuestro principal sustento. De tanto comer aquellas hojas, nuestros labios se llagaban. Un día encontré una manta. La rasgué y Sa‘d ibn Abi Waqqas y yo hicimos con ella prendas para cubrirnos. Pero hoy ha llegado el día en que cada uno de nosotros se ha convertido en gobernador de alguna ciudad. ¡Busco refugio en Allah de llegar a considerarme grande mientras soy despreciable ante Él! La profecía ha terminado. Finalmente se establecerá la monarquía, y muy pronto pondréis a prueba a otros gobernadores. (Musnad de Ahmad ibn Hanbal, 4/174).»

Después, Utba —que Allah esté complacido con él— ordenó a Majashi ibn Masud —que Allah esté complacido con él— emprender una expedición militar a las regiones situadas a orillas del Éufrates, y nombró a Mughira ibn Shuba como su sustituto; luego viajó a La Meca para realizar el Hayy. Allí también se encontraba el Amir al-Muminin, Umar —que Allah esté complacido con él—. Utba le pidió al califa que lo relevara de su responsabilidad, pero el califa rechazó su petición. Utba volvió a solicitarlo varias veces, y el califa volvió a rechazarlo cada vez. El califa le ordenó regresar a Basora y reasumir su cargo. Aunque no lo deseaba, aceptó obedecer la orden del califa. Durante el viaje de La Meca hacia Basora, justo antes de montar en el camello, suplicó con gran humildad: «Allahumma la taruddani ilaiha, Allahumma la taruddani ilaiha» —«Oh Allah, no me hagas regresar a Basora; oh Allah, no me hagas regresar allí»—. Allah, el Altísimo, aceptó su súplica. En el camino cayó repentinamente del lomo del camello y murió a los setenta y cinco años en un lugar llamado Maadan Salim. Murió en el año 17 de la Hégira, según otra opinión, en el 20. En Sahih Muslim y otras recopilaciones de Sunan se han transmitido hadices de Utba ibn Gazwan.

Amir ibn Fuhaira (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Amir y su kunya, Abu Amr. Su padre se llamaba Fuhaira; según otra opinión, Fuhaira era el nombre de su madre. Ibn Hisham dice: «Amir ibn Fuhaira era un esclavo negro no árabe de los Banu Asad. Abu Bakr as-Siddiq lo compró y le concedió la libertad» (Sira de Ibn Hisham, 1/259). Según otra narración, Amir era esclavo de Tufail ibn Abdillah, de la tribu de los Azd y hermano materno de Aisha. Amir ibn Fuhaira fue la séptima persona de entre aquellos a quienes as-Siddiq al-Akbar —que Allah esté complacido con él— liberó de la esclavitud antes de la Hégira (Sira de Ibn Hisham, 1/318).

En los albores del islam, incluso antes de que el Noble Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se refugiara en la casa de Arqam en La Meca, Amir ibn Fuhaira aceptó la invitación al monoteísmo. Ya era un esclavo indefenso y, además, había abrazado el islam; por ello, una montaña de calamidades cayó sobre él. Se emplearon contra él toda clase de métodos de tortura. Sin embargo, permaneció firme como una montaña frente a todos los tormentos. Finalmente, gracias a la generosidad de as-Siddiq al-Akbar —que Allah esté complacido con él—, fue liberado de las cadenas de la esclavitud (Usd al-Gaba, 3/191).

Cuando el Noble Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— salió de La Meca rumbo a Medina acompañado de Abu Bakr as-Siddiq —que Allah esté complacido con él— y se ocultó en la cueva del monte Zawr, Amir ibn Fuhaira llevaba durante todo el día a pastar las cabras de Abu Bakr en los pastizales de los alrededores del monte Zawr. Luego les llevaba leche para que bebieran al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y a Abu Bakr. Entretanto, Abdullah, hijo de Abu Bakr, acudía cada noche en secreto a la cueva del monte Zawr para informar al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y a as-Siddiq al-Akbar de la situación en La Meca. Por la mañana, cuando regresaba a casa, Amir lo seguía con el rebaño de cabras y borraba las huellas de sus pasos, de modo que nadie sospechara nada (Sira de Ibn Hisham, 1/486; Bujari, Kitab al-Magazi).

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— salieron de la cueva del monte Zawr y emprendieron el viaje hacia Medina. Abu Bakr hizo que Amir montara detrás de él en su montura. Así fue como Amir emigró a Medina. En Medina se hospedó como invitado de Sad ibn Juzaima —que Allah esté complacido con él—, y se estableció un vínculo de hermandad religiosa entre él y Hariz ibn Aws (Tabakat de Ibn Sad, 3/164).

Amir fue uno de aquellos que llegaron de La Meca a Medina cuya salud no se adaptó al principio al clima de Medina. Cayó gravemente enfermo. Ibn Ishaq relata que Aisha —que Allah esté complacido con ella— dijo: «Cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— emigró a Medina, esta era la región de la tierra de Allah con más fiebre. Sus compañeros enfermaron allí de manera generalizada. Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— vivía en la misma habitación con sus dos esclavos liberados, Amir ibn Fuhaira y Bilal. Todos cayeron enfermos de fiebre. Fui a visitarlos. Esto ocurrió antes de que se estableciera la orden del velo. Debido a la intensa fiebre, se encontraban entonces inconscientes. Después de preguntar primero por el estado de Abu Bakr, me acerqué a Amir ibn Fuhaira y le pregunté: “Amir, ¿cómo se siente?”. Él respondió recitando dos versos: “La he encontrado antes de probar el sabor de la muerte; ciertamente, la muerte del cobarde llega de repente desde lo alto. Cada persona intenta vivir según su capacidad, como la vaca protege su piel con sus cuernos”».

Aisha —que Allah esté complacido con ella— dijo: «Por Allah, Amir mismo no sabía lo que estaba diciendo». Luego preguntó por el estado de Bilal —que Allah esté complacido con él—, regresó junto al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y le informó de su situación. Entonces el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— suplicó: «Oh Allah, haz que Medina nos resulte tan querida y preferible como La Meca, o aún más; bendice para nosotros sus alimentos y traslada sus enfermedades al lugar llamado Mahya» (Sira de Ibn Hisham, 1/588-589; Sahih al-Bujari, capítulo sobre la emigración del Profeta y sus compañeros).

La súplica del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, fue aceptada y todos ellos se recuperaron.

Hazrat Amir ibn Fuhayra participó en las batallas de Badr y Uhud. Después de la batalla de Uhud, un hombre llamado Abu Bara Amir ibn Malik se presentó en Medina ante el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. El Noble Mensajero de Allah le expuso la invitación al Islam, pero él ni la aceptó ni la rechazó. Dijo: «¡Oh, Muhammad! Si enviara a algunos de sus compañeros ante la gente de Nayad y ellos les presentaran su invitación, creo que aceptarían su invitación». El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Temo que los najdíes los ataquen». Abu Bara dijo: «Yo me hago responsable de ellos. Envíe a esas personas y que los inviten a su religión». Confiando en sus palabras, el Noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, seleccionó a cuarenta personas —según otra versión, setenta— y formó un grupo. Hazrat Amir ibn Fuhayra también se encontraba entre ellos. Por orden del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, este grupo partió de Medina en el cuarto mes después de la batalla de Uhud, en el año 4 de la Hégira, y acampó en un lugar llamado Bi’r Ma’una, entre Banu Amir y Harra Banu Sulaym.

Después, enviaron por medio de Haram ibn Milhan una carta del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, a Amir ibn Tufayl. Sin siquiera leer la carta, Amir ibn Tufayl mató al mensajero, Haram ibn Milhan. Luego, con la ayuda de Banu Sulaym, Ri‘l y Dhakwan, lanzó un ataque sorpresa contra el grupo y mató a todos, excepto a Ka‘b ibn Zayd —según otra versión, Amr ibn Umayya al-Damri, que Allah esté complacido con él—. Hazrat Ka‘b sobrevivió como pudo, gravemente herido. Más tarde alcanzó el martirio en la batalla de la Trinchera. (Sira de Ibn Hisham, 1/183-186).

Cuando la lanza del traidor Jabbār ibn Salmā atravesó el pecho de Hazrat Amir ibn Fuhayra, que Allah esté complacido con él, de sus labios brotó espontáneamente: «Fuztu, wallahi —¡Por Allah, he triunfado!». Su cuerpo se elevó de un salto hacia el cielo. Los ángeles lo amortajaron y le dieron sepultura. Para su alma pura se abrió la puerta de Alá Illiyyin. Al contemplar esta escena milagrosa, su asesino, Jabbār ibn Salmā, quedó atónito y tan profundamente impresionado que aceptó el Islam. Después de este desgarrador suceso de Bi’r Ma’una, el Noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, recitó durante cuarenta días consecutivos la súplica de Qunut al-Nazila en la oración del alba e invocó una maldición contra aquellos asesinos. Después de este acontecimiento, Amir ibn Tufayl llegó a Medina y preguntó al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él: «¡Oh, Muhammad! ¿Quién era aquel hombre que, después de ser alcanzado por una flecha, fue elevado al cielo?». El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, respondió: «Era Amir ibn Fuhayra». (Nota: Sira de Ibn Hisham, 1/186; Tabaqat de Ibn Sa‘d, Maghazi).

El color exterior de la piel de Hazrat Amir ibn Fuhayra era negro, como el de las personas negras de Abisinia, y la mayor parte de sus treinta y cuatro años de vida transcurrió bajo la esclavitud y servidumbre de amos opresores. Sin embargo, era eminente por la belleza de su carácter. La paciencia y firmeza que mostró ante diversas calamidades y desgracias hicieron que la dulzura de su carácter resplandeciera de manera extraordinaria. Era tan digno de confianza que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, depositó su confianza en él en muchas situaciones críticas. Su intenso anhelo del martirio lo había vuelto indiferente a este mundo. Por eso, cuando una lanza atravesó su pecho en el enfrentamiento de Bi’r Ma’una, de sus labios brotó espontáneamente: «Fuztu, wallahi —¡Por Allah, he triunfado!».

Abdullah ibn Suhayl, que Allah esté complacido con él

Su nombre era Abdullah y su sobrenombre o kunya, Abu Suhayl. Su padre era Suhayl y su madre, Fakhta bint Amir.

Abrazó la fe en los primeros tiempos del Islam y emigró a Abisinia con la segunda caravana que se dirigía allí. Después de permanecer algún tiempo en Abisinia, regresó a La Meca, donde su padre lo apresó y lo sometió a una tortura despiadada. Incapaz de soportar los tormentos, Abdullah fingió abandonar el Islam y regresar nuevamente a la vida politeísta o a la idolatría. Sus padres y los politeístas de La Meca, al observar su comportamiento externo, quedaron convencidos de que había abandonado el Islam.

Mientras tanto, el Noble Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) abandonó La Meca y se dirigió a Medina. Comenzaron los enfrentamientos militares entre La Meca y Medina. Los mequíes llevaron a Abdullah para que combatiera junto a ellos contra los musulmanes en Badr. Sin embargo, no sabían que, cuando la luz de la fe entra una vez en un corazón, la oscuridad del politeísmo jamás puede penetrar en él. En realidad, Abdullah nunca había abandonado el islam; simplemente esperaba una oportunidad. Se incorporó al ejército musulmán en Badr.

En un incidente repentino, el padre de Abdullah estalló de ira. Para vengarse, lanzó un violento ataque con gran ímpetu, pero no obtuvo ningún resultado. Abdullah era entonces libre y luchaba valerosamente contra el ejército de su padre, hombro con hombro junto a sus hermanos de fe. Finalmente, la victoria fue de los musulmanes. Después de Badr, Abdullah (que Allah esté complacido con él) combatió valerosamente junto al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en todas las batallas célebres. También participó en el tratado de Hudaybiyya y en el juramento de Ridwán. (Al-Isaba, 2/323).

Durante la conquista de La Meca, Abdullah (que Allah esté complacido con él) también acompañaba al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en su viaje. Su padre, Suhayl, aún vivía en La Meca como incrédulo. Abdullah (que Allah esté complacido con él) pidió al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) amān, es decir, protección, para su padre. Su padre Suhayl relató al respecto: «Cuando el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) entró en La Meca, entré en mi casa y cerré la puerta. Luego envié a mi hijo Abdullah ante Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) para que solicitara protección para mí, pues no tenía la certeza de que no fuera a ser asesinado». Abdullah acudió al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y dijo: «Oh, Mensajero de Allah, ¿concedes amān o protección a mi padre?». El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: «Sí. Se le concede protección bajo la protección de Allah. Que se presente». Después, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo a quienes estaban a su alrededor: «Que nadie mire con desprecio a Suhayl ibn Amr. ¡Por Allah!, es un hombre honorable e inteligente. Un hombre así nunca puede permanecer ignorante de la belleza del islam. Ahora ha comprendido que aquello de lo que era partidario no tiene ningún bien».

Abdullah (que Allah esté complacido con él) se presentó ante su padre, le transmitió las palabras del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y le dio la buena noticia. El padre, conmovido de alegría por la buena fortuna de su hijo, exclamó: «¡Por Allah!, tanto de niño como de adulto has sido virtuoso durante toda tu vida». Después de esta garantía del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), Suhayl, aún indeciso y vacilante, se presentó ante él. Salió de La Meca junto al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) con el propósito de participar en la batalla de Hunayn. En el camino, al llegar a un lugar llamado Ji‘rana, no lejos de La Meca, abrazó el islam. El Noble Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le regaló cien camellos del botín de Hunayn. (Hayatus-Sahaba, 1/173-174).

Durante el califato de Abu Bakr as-Siddiq (que Allah esté complacido con él), Abdullah (que Allah esté complacido con él) desempeñó un papel activo en la represión de la rebelión de quienes rechazaban pagar el zakat y de los falsos profetas surgida en la península arábiga. En el año 12 de la Hégira, en el sangriento enfrentamiento contra el falso profeta Musaylima en la llanura de Yamama, Abdullah alcanzó allí el martirio. Según la opinión más conocida, solo tenía treinta y ocho años cuando murió.

El padre de Abdullah (que Allah esté complacido con él), Suhayl, aún vivía en La Meca. Después de este suceso, el califa Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) llegó a La Meca con el propósito de realizar el hach. Intentó consolar al padre de Abdullah visitándolo. El padre de Abdullah dijo al califa: «El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo que un mártir intercederá por setenta (70) personas de su familia. Espero que, llegado ese momento, mi hijo no me olvide».

Zayd ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Zayd y su kunya, Abu Abd ar-Rahman. Su padre era Jattab ibn Nufayl y su madre, Asma bint Wahab. Era hermanastro de Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él) y mayor que Umar. (Usd al-Gaba, 2/228).

Aunque, debido a los excesos de Umar en los primeros tiempos del islam, la casa de Jattab vivía aterrorizada, Zayd abrazó el islam antes que Umar y también emigró a Medina con la primera caravana de los muhāyirūn. Después de que el Honorable Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, llegara a Medina, estableció entre él y Ma’n ibn Adi al-Ajlani un vínculo de hermandad, o mu’ākhāt.

Después de llegar a Medina, participó por primera vez en la batalla de Badr. Después también tomó parte en Uhud. Era extraordinariamente valiente. En cada batalla, más que la victoria, anhelaba el martirio. En Uhud luchaba con un valor inmenso. En ese momento, su hermano Umar observó que la armadura de Zayd se había desprendido y caído, y que él no le prestaba atención. Se estaba internando, con el cuerpo desnudo, en medio del ejército enemigo. Umar amaba mucho a su hermano. Le gritó para llamarlo: «¡Judh dir’ī, oh Zayd, fa-qātil bihā! —Zayd, toma mi armadura y combate con ella». Entonces ambos lucharon sin armadura.

Zayd respondió: «Innī urīdu min ash-shahādati mā turīduhu yā Umar» —«Oh Umar, yo también deseo beber, como tú, la dulce bebida del martirio»—. Después, ambos combatieron sin armadura. (Ṭabaqāt Ibn Sa’d, 3/275; Ḥayāt aṣ-Ṣaḥābah, 1/515; Rijāl ḥawla ar-Rasūl, p. 344).

Estuvo presente en el acontecimiento de Hudaybiyya y prestó juramento de fidelidad ante el Honorable Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Además, participó activamente en las batallas de Jandaq, Hunayn, Awtas y otras. También acompañó al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, durante la Peregrinación de Despedida. En ese viaje oyó al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, decir: «Dad de comer y vestid a vuestros esclavos y esclavas con lo mismo que vosotros coméis y vestís. Si cometen alguna falta y no podéis perdonarlos, entonces vendédlos». (Ṭabaqāt, 3/274).

Durante el califato de Abu Bakr aṣ-Ṣiddīq, que Allah esté complacido con él, Zayd participó, junto con otros, en diversas batallas para eliminar la fitna o perturbación de los apóstatas que había levantado la cabeza, y mató personalmente a muchos apóstatas. Zayd mismo acabó con el famoso apóstata Nahār ibn Unfuh, sobre cuya apostasía el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, había vaticinado mientras aún era musulmán. En la batalla de Yamama contra Musaylima el Mentiroso, se le confió llevar el estandarte islámico. Durante la batalla, los Banū Ḥanīfah lanzaron una vez un ataque tan devastador que el ejército musulmán llegó al borde de la derrota. Algunos soldados incluso huyeron del campo de batalla. Esto hizo que aumentara aún más el valor de Zayd. Gritando, comenzó a exhortar a sus compañeros: «¡Oh gente! Apretad los dientes y continuad exterminando al enemigo. Manteneos firmes. ¡Por Allah!, no pronunciaré palabra hasta que Allah los derrote o hasta que me reúna con Allah. Cuando me reúna con Allah, allí hablaré en mi propia defensa». (Rijāl ḥawla ar-Rasūl, p. 345). Luego comenzó a pedir perdón ante Allah por el error de sus compañeros, diciendo: «Allāhumma innī a’tadhiru ilayka min firāri aṣḥābī» —«Oh Allah, te pido perdón por la huida de mis compañeros»—. (Ḥayāt aṣ-Ṣaḥābah, 1/534-535). En esa situación, avanzó ondeando el estandarte y atravesó las filas del ejército enemigo; mientras blandía la espada, alcanzó el martirio. Después de su martirio, Sālim, que Allah esté complacido con él, tomó el estandarte. El año de la muerte de Zayd fue el 12 de la Hégira. (Al-Iṣābah, 1/565).

Zayd era muy querido por Umar, que Allah esté complacido con él. Cuando murió, Umar quedó profundamente afligido. Cada vez que se presentaba ante él alguna desgracia, decía: «He sufrido el dolor de la muerte de Zayd y he tenido paciencia». Al ver al asesino de Zayd, Umar, que Allah esté complacido con él, dijo: «¡Que perezcas! Has matado a mi hermano. El viento de la madrugada trae su recuerdo». (Ḥayāt aṣ-Ṣaḥābah, 2/592). Sin embargo, pese al dolor por la muerte de un hermano tan querido, no perdió la serenidad. En Medina, junto con el califa Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, estaba recibiendo a los soldados que regresaban de Yamama. Al oír de ellos la noticia del martirio de su hermano, exclamó: «Sabaqānī ilā al-ḥusnayayni aslama qablī wa-istashhada qablī» —«Me precedió en dos buenas obras: abrazó el islam antes que yo y alcanzó el martirio antes que yo»—. (Al-Iṣābah, 1/565).

Precisamente por aquel entonces, un hermano del célebre poeta árabe de la época, Mutammim ibn Nuwayra, también murió a manos de Jálid ibn al-Walīd en una batalla. El poeta Mutammim amaba mucho a su hermano. En memoria del difunto compuso una elegía tan conmovedora que, al escucharla, las lágrimas corrían por los ojos de los oyentes. Por casualidad, el poeta se encontró con Umar, que Allah esté complacido con él. Umar le preguntó: «¿Cuánto sufriste por la muerte de tu hermano?». El poeta respondió: «Debido a cierta enfermedad, las lágrimas comenzaron a brotar de uno de mis ojos y, hasta hoy, no han dejado de hacerlo». Al oírlo, Umar comentó: «Este es el grado supremo del dolor y la aflicción. Nadie siente por quien se ha ido un dolor tan intenso». Luego dijo: «Que Allah perdone a Zayd. Si yo fuera poeta, compondría una elegía para él». Al oír esto, el poeta Mutammim exclamó: «¡Oh Amīr al-Mu’minīn! Si mi hermano hubiera alcanzado el martirio como el vuestro, jamás habría derramado lágrimas». Estas palabras del poeta proporcionaron bastante consuelo a Umar, que Allah esté complacido con él. Después dijo: «Nadie me ha ofrecido jamás palabras de consuelo mejores que estas». Diversas personas transmitieron hadices de Zayd ibn al-Jattab.

Shuraḥbīl ibn Ḥasan, que Allah esté complacido con él

Se llamaba Shurahbil y su kunya o sobrenombre era Abu Abdillah o Abu Abdir-Rahman. Su padre era Abdullah ibn al-Muta y su madre, Hasanah. Sin embargo, según Abu Amr, Hasanah era el nombre de su hija. En cualquier caso, después de la muerte del padre de Shurahbil, su madre Hasanah se casó por segunda vez con Sufyan al-Ansari. Por esta razón, él pasó a ser conocido por el nombre de su madre en lugar del de su padre. Existen discrepancias respecto al linaje de Hasanah. Algunos dijeron que pertenecía a la tribu de Kinda; otros, a la tribu de Tamim; y, según muchos, a la tribu de Banu Yumah. Aceptó el islam en La Meca, durante la primera etapa del islam, y emigró a Abisinia junto con los demás miembros de su familia. Después, desde allí se trasladó a Medina. (Sira de Ibn Hisham, 2/364, 369).

Shurahbil tuvo el honor de convertirse en musulmán desde los comienzos del islam y emigró a Abisinia con la primera caravana que partió de La Meca hacia Abisinia. Después llegó directamente a Medina desde Abisinia y se estableció entre la tribu de Banu Jurar, emparentada con él por parte de madre. Desde su llegada a Medina hasta el fallecimiento del Mensajero de Allah, no se encuentra en la historia ninguna información destacable sobre su vida. Es posible que llegara a Medina poco antes del fallecimiento del Mensajero de Allah. Su notable trayectoria al servicio del islam comenzó durante el califato del honorable Abu Bakr, que Allah esté complacido con él.

En el año 12 de la Hégira, el califa Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, eligió como comandantes a los cuatro mejores soldados del ejército musulmán. Eran: 1. Amr ibn al-As, 2. Yazid ibn Abi Sufyan, 3. Abu Ubaydah ibn al-Yarrah y 4. Shurahbil ibn Hasanah. Seleccionó soldados para cada uno y les indicó también por qué ruta debía avanzar cada cual. Asimismo, determinó quién sería gobernador de cada lugar después de la victoria: Amr, de Palestina; Yazid, de Damasco; y Shurahbil, de Jordania. (Historia de la comunidad islámica, 1/190-191). No obstante, en algunas narraciones aparecen los nombres de cinco comandantes militares. De los cuatro mencionados anteriormente se nombran tres, y en lugar de Abu Ubaydah aparecen Khalid ibn al-Walid y Iyaz ibn Ghanm al-Fihri. (Vida de los Compañeros, 3/684, 1/213). Ibn al-Barqi dice que el califa Umar, que Allah esté complacido con él, nombró a Shurahbil gobernador de una cuarta parte de Sham. (Al-Isaba, 2/143).

Durante la campaña de Siria, Shurahbil era uno de los oficiales al mando en la batalla de Bosra. Antes de comenzar la batalla, intercambió opiniones con Romanas, el jefe de sus adversarios. Pero, al no obtener ningún resultado, estaba organizando a sus soldados y avanzando hacia el frente cuando llegó el honorable Khalid. Khalid asumió la responsabilidad de comandante en jefe y, bajo su liderazgo, el adversario accedió a pagar la yizya. (Futuh al-Buldan, 119).

Después de Bosra, los romanos se congregaron en Ajnadayn. Khalid avanzó para rechazarlos. Tras recorrer cierta distancia, Shurahbil se unió también a él. Ambos se enfrentaron conjuntamente al ejército romano y, después de un terrible y sangriento combate, el ejército musulmán obtuvo la victoria. Durante la campaña de Damasco, fue comandante de la infantería y, durante el asedio, estuvo encargado de vigilar una de las puertas. Cumplió esta responsabilidad hasta la culminación de la victoria.

Después de la conquista de Damasco, el ejército musulmán avanzó hacia Baysan por la ruta de Fahl. Debido a una inundación, tuvo que detenerse en Fahl durante el trayecto. Shurahbil también se encontraba con este ejército. Gracias a su vigilancia, el ejército musulmán se salvó de un grave peligro. En realidad, los romanos rompieron un dique del mar y provocaron una inundación en la región situada entre Fahl y Baysan. El ejército musulmán hizo un alto y estableció su campamento en Fahl. En aquella delicada situación, Shurahbil permanecía despierto toda la noche vigilando el campamento, para impedir que los romanos lanzaran un ataque por sorpresa. Y, efectivamente, un día los romanos atacaron de repente por la retaguardia, pero, gracias a la previsión y vigilancia de Shurahbil, fueron derrotados.

Después de Fahl, Shurahbil y Amr ibn al-As avanzaron hacia Baysan. Sus habitantes habían presenciado el desenlace de Fahl y, en lugar de enfrentarse en combate abierto, cerraron las puertas de la fortaleza. Al llegar a Baysan, Shurahbil la sitió de inmediato. El asedio continuó durante mucho tiempo. Un día, cuando algunas personas salieron de la fortaleza e intentaron lanzar un ataque, fueron matadas. Finalmente, aceptaron un tratado conforme a las condiciones de Damasco. Después, los habitantes de Tiberíades enviaron una delegación a Shurahbil y suscribieron un acuerdo. A continuación, el honorable Shurahbil sometió la región de Jordania y todas las ciudades de sus alrededores al dominio islámico, casi sin resistencia y sin derramamiento de sangre.

Durante la campaña de Yarmuk, el ejército musulmán se replegó desde todas las regiones de Siria y se concentró en Yarmuk. También llegó el honorable Shurahbil. Él y Yazid ibn Abu Sufyan establecieron sus posiciones en el mismo lugar. Khalid era el comandante en jefe de esta campaña. Dividió todo el ejército en treinta y seis unidades, siguiendo un método completamente nuevo, y puso cada unidad bajo el mando de un oficial. La responsabilidad de las alas derecha e izquierda fue confiada, respectivamente, al honorable Amr ibn al-As y a Shurahbil ibn Hasanah. En esta batalla, cuando el primer ataque de los romanos hizo tambalearse al ejército musulmán y muchos huyeron del campo, Shurahbil permaneció firme. Luchó en esta batalla arriesgando la vida.

En el año 18 de la Hégira, el ejército musulmán estaba ocupado en la campaña de Siria. En aquel tiempo, la peste se propagó como una epidemia en Irak, Siria y Egipto. Amr ibn al-As dijo: «Esta peste es un castigo de Allah. Por tanto, dispersaos por los distintos valles y pasos montañosos». Al oír esto, Shurahbil se enfureció mucho. Dijo: «Amr no ha dicho la verdad. Incluso cuando yo era compañero del Mensajero de Allah, Amr estaba más extraviado que los camellos de su familia. Ciertamente, esta peste es una súplica de vuestros profetas, una misericordia del Señor, y muchos de los justos que os precedieron murieron a causa de ella». (Hayatus Sahaba, 2/581). Era una persona completamente dependiente de Allah. Por eso no consideró correcto abandonar el lugar por temor a la enfermedad. No lo abandonó. Se narra que Su Excelencia Mu‘adh ibn Yabal, Abu Ubayda, Shurahbil ibn Hasana y Abu Malik al-Ashari —que Allah esté complacido con ellos— contrajeron la peste el mismo día. (Hayatus Sahaba, 2/582). Durante aquella peste de Amwas, Su Excelencia Shurahbil ibn Hasana falleció a los 67 años, junto con muchos otros. Sin embargo, Ibn Yunus afirma que el Mensajero de Allah envió a Shurahbil a Egipto y que allí murió. (Al-Isaba, 2/143).

Por diversas razones, parece que la opinión de Ibn Yunus no es aceptable.

Aunque toda la vida de Su Excelencia Shurahbil transcurrió en Abisinia y, posteriormente, en los campos de la yihad, no quedó en absoluto rezagado en la transmisión de los hadices del Mensajero de Allah. Narró varios hadices.

Se narra de Shifa bint Abdallah. Ella dijo: «Fui ante el Mensajero de Allah con la intención de pedirle alguna limosna. Sin embargo, él manifestó que no podía dar limosna, mientras que yo seguí insistiendo. Entretanto, llegó la hora de la oración. Salí de donde estaba el Mensajero de Allah y fui a la casa de mi hija. La esposa de Shurahbil ibn Hasana era mi hija. Encontré a Shurahbil en casa. Le dije: “Ha llegado la hora de la oración, ¿y tú estás sentado en casa?”. Comencé a reprenderlo. Entonces dijo: “No me reprendas. Solo tengo una prenda, y el Mensajero de Allah la ha tomado prestada”. Dije: “¡Que mis padres sean sacrificados por él! Hoy he estado discutiendo todo el día con el Mensajero de Allah, pero no comprendí en absoluto su lamentable situación”. Shurahbil dijo: “El Mensajero de Allah solo tenía una prenda; nosotros le pusimos remiendos”». (Hayatus Sahaba, 1/326).

Abu al-As ibn al-Rabi —que Allah esté complacido con él—

Existe una gran discrepancia histórica acerca del nombre verdadero de Abu al-As. Se mencionan, entre otros, Laqit, Hisham, Mihsham, Yasir y Yasem. Sin embargo, su kunya o sobrenombre era Abu al-As, y con ese nombre se hizo famoso en la historia. Su padre era Rabi ibn Abd al-Uzza, y su madre era Hala bint Juwaylid, hermana de Su Excelencia Jadiya —que Allah esté complacido con ella—. Como era descendiente de la rama de Abd Shams de la tribu de Quraysh, se le llamaba brevemente «Abshami». Abu al-As tenía libre acceso a la casa de su tía materna, Su Excelencia Jadiya, y de su tío materno, el Mensajero de Allah. Era muy querido por ambos. Abu al-As fue entrando gradualmente en la juventud. Su atractivo rostro cautivaba a todos. Por su noble linaje, su valentía árabe, su intenso sentido del honor y otras cualidades, ocupaba un lugar destacado entre los jóvenes de La Meca de aquella época. Además, la cualidad especial de los qurayshíes anunciada en el Corán —rihlat al-shita wa-s-saif: sus caravanas comerciales viajaban hacia Yemen en invierno y hacia Sham en verano— se desarrolló plenamente también en Abu al-As. Su caravana comercial viajaba constantemente entre La Meca y Sham. En ella iban al menos doscientas personas y cien camellos. Gracias a su inteligencia comercial, honestidad y confianza que inspiraba, la gente le confiaba tranquilamente sus mercancías. Ibn Ishaq dice: «En aquella época, por sus riquezas, su honestidad y su actividad comercial, era uno de los pocos hombres notables de La Meca». (Al-Isaba, 4/122).

El tiempo siguió transcurriendo a su propio ritmo. Mientras tanto, Zaynab, la hija mayor de Muhammad —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, creció. Los jóvenes nobles de La Meca comenzaron a anhelar tenerla como compañera de vida. ¿Y cómo no iban a anhelarlo? Zaynab era hija de la mejor rama de la tribu de Quraysh en La Meca. Era sumamente honorable por parte de padre y de madre, y también la más pura en carácter, modales y conducta. ¿Acaso todos tienen la fortuna de obtener una esposa así? Finalmente, Abu al-As ibn al-Rabi, primo materno de Zaynab y joven de La Meca, tuvo el honor de conseguirla.

Pocos años después del matrimonio de Zaynab —que Allah esté complacido con ella— con Abu al-As, Muhammad —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— recibió la profecía. Fue enviado con la verdadera religión y la guía, y recibió la orden de transmitir el llamado a la religión a sus parientes cercanos. Su Excelencia Jadiya —que Allah esté complacido con ella— y sus hijas, a saber, Zaynab, Ruqayya, Umm Kulzum y Fátima —que Allah esté complacido con ellas—, creyeron en el Mensajero de Allah. Fátima era todavía muy pequeña. Abu al-As, yerno del Mensajero de Allah, amaba y respetaba profundamente a su esposa Zaynab. Sin embargo, no estuvo dispuesto a abandonar la religión de sus antepasados y aceptar la nueva religión de su amada esposa. Así continuaron las cosas. Mientras tanto, comenzó un grave conflicto entre el Mensajero de Allah y los qurayshíes. Los qurayshíes comenzaron a decirse entre sí:

«¡Que os sobrevenga la ruina! Al casaros con las hijas de Muhammad, habéis cargado sobre vuestros hombros sus preocupaciones. Si le devolvierais a todas estas muchachas, él os dejaría tranquilos y se ocuparía de ellas». Muchos de ellos aprobaron sus palabras y dijeron: «¡Es un razonamiento excelente!». Todos fueron ante Abu al-As y le dijeron: «Abu al-As, te casaremos con la bella mujer de Quraysh que desees». Abu al-As respondió: «¡Por Dios! No, eso no puede ser. No puedo abandonar a mi esposa. Aunque me entregaran a cambio a todas las mujeres, no lo aceptaría».

El Mensajero de Allah (s.a.s.) envió a sus otras dos hijas, Ruqayya y Umm Kulzum, de vuelta desde las casas de sus esposos a la casa de su padre. El Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) se alegró mucho al ver que sus hijas regresaban después de que sus esposos las hubieran abandonado. En su fuero interno deseó que Abu al-As también hubiera enviado a Zaynab de vuelta, como habían hecho sus otros dos yernos. Puesto que el Mensajero de Allah (s.a.s.) no tenía poder para separar a Zaynab de Abu al-As, y aún no se había declarado ilícito el matrimonio de las mujeres creyentes con los idólatras, guardó silencio.

El tiempo pasó rápidamente. El Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) emigró a Medina. Comenzaron los enfrentamientos militares con los qurayshíes. Los qurayshíes se reunieron en Badr con el propósito de combatir contra los musulmanes. Aunque no lo deseaba en absoluto, Abu al-As fue a Badr con los qurayshíes, pues, dada su posición entre ellos, no tenía alternativa. En Badr, los qurayshíes sufrieron una derrota desastrosa. Varios de sus dirigentes murieron, numerosos combatientes fueron hechos prisioneros y los restantes huyeron para salvar la vida. ¡Qué cruel ironía del destino! Entre aquellos prisioneros se encontraba también Abu al-As, el yerno del Mensajero de Allah (s.a.s.). Ibn Ishaq afirma que en Badr lo capturó Abd Allah ibn al-Zubayr ibn al-Nu’man (r.a.). Según al-Waqidi, sin embargo, cayó prisionero en manos de Khirash ibn Samma (r.a.). (Al-Isaba, 4/122).

Respecto a los prisioneros de Badr, los musulmanes decidieron liberarlos a cambio de un rescate. Según la posición social de cada prisionero y la diferencia entre ricos y pobres, el rescate se fijó entre mil y cuatro mil dírhams. Los representantes de los prisioneros comenzaron a desplazarse entre La Meca y Medina llevando el rescate establecido. Zaynab, hija del Profeta, envió a Medina a un emisario con el rescate de su esposo Abu al-As. Según al-Waqidi, quien llevó el rescate de Abu al-As a Medina fue su hermano Amr ibn Rabi. Zaynab envió un collar en lugar de dírhams como rescate. Su madre, Jadiya (r.a.), se lo había regalado con motivo de su boda. Al ver el collar, el Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) quedó profundamente afligido y cubrió su rostro entristecido con una fina tela. El recuerdo de su amada esposa y de su hija apareció ante sus ojos.

Al cabo de un rato, el Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) se dirigió a los Compañeros y dijo: «Zaynab ha enviado este collar como rescate por su esposo. Si queréis, podéis liberar a vuestro prisionero y devolverle también este collar». Los Compañeros respondieron: «¡Oh, Mensajero de Allah! Lo haremos para complacerte». Los Compañeros aceptaron. Sin embargo, antes de liberar a Abu al-As, el Mensajero de Allah (s.a.s.) le hizo prometer que, al regresar a La Meca, enviaría inmediatamente a Zaynab a Medina.

En cuanto Abu al-As regresó a La Meca, comenzó a prepararse para cumplir su promesa. Ordenó a su esposa Zaynab que se preparara para el viaje. También le dijo que los representantes de su padre la estaban esperando no muy lejos de La Meca para llevarla consigo. Después de completar los preparativos del viaje de su esposa, Abu al-As llamó a su hermano Amr —según otra versión, Kinana—, le pidió que acompañara a Zaynab y que la entregara a los emisarios que la esperaban.

Ibn Ishaq dice que, una vez terminados los preparativos del viaje, el cuñado de Zaynab, Kinana ibn Rabi, llevó un camello y lo dejó preparado. Zaynab subió al howdah sobre el lomo del camello. Kinana se colgó el arco del hombro, tomó en la mano el carcaj de flechas y salió de La Meca a plena luz del día. Se produjo un gran alboroto entre los qurayshíes. Los persiguieron y, poco después, los alcanzaron a ambos en el valle de Dhu Tuwa. En las obras de biografía profética se encuentran diversas versiones de este acontecimiento. A continuación se mencionan algunas. Enfurecido por la actitud de los qurayshíes, Kinana ibn Rabi se quitó el arco del hombro, lo tomó en la mano, extendió delante de sí el carcaj de flechas y dijo: «Si alguno de vosotros intenta acercarse a Zaynab, su pecho será el blanco de mis flechas». Kinana era un arquero experto y ninguna de sus flechas solía desviarse del blanco. Al oír sus palabras, Abu Sufyan ibn Harb se acercó a él y dijo: «Sobrino, baja un poco la flecha que nos estás apuntando; queremos hablar contigo». Abu Sufyan dijo: «Lo que has hecho no está bien. Has salido con Zaynab públicamente, delante de la gente, y nosotros nos hemos limitado a observarlo. Todos los habitantes de Arabia saben qué desgracia sufrimos en Badr y el desastre que nos causó el padre de esta Zaynab. Si te la llevas de esta manera, pasando públicamente a su hija ante nuestras narices, todos nos considerarán cobardes y juzgarán este acto como una humillación para nosotros. Devuelve a Zaynab a su casa. Que permanezca algunos días en la casa de su esposo. Cuando la gente empiece a decir que le hemos impedido salir de La Meca, entrégala en secreto a su padre».

Kinana —o Amr— aceptó sus palabras y Zaynab regresó a La Meca. Al cabo de unos días, durante la oscuridad de la noche, volvió a salir de La Meca con Zaynab y, conforme a las instrucciones de su hermano, la entregó a los representantes de su padre en el lugar convenido.

Al-Tabarani transmitió de Urwa ibn al-Zubayr: Un hombre salió llevando consigo a Zaynab, hija del Mensajero de Allah. Dos hombres de Quraysh los persiguieron y los alcanzaron. Redujeron al hombre que acompañaba a Zaynab y lo arrojaron del lomo del camello. Zaynab salió despedida y cayó sobre una piedra. Su cuerpo se desgarró y comenzó a sangrar. En ese estado llevaron a Zaynab ante Abu Sufyan. Abu Sufyan la entregó a las hijas de Banu Hashim. Más tarde ella emigró a Medina. A causa de la caída del lomo del camello, Zaynab sufrió un dolor que sintió durante toda su vida y, finalmente, murió a causa de ese dolor. Por ello, la gente la consideraba una mártir. (Hayatus Sahabah, 1/371).

Se ha transmitido de Aisha: Zaynab, hija del Mensajero de Allah, salió de La Meca rumbo a Medina junto con Kinana. Los habitantes de La Meca las persiguieron. Hَبbar ibn al-Aswad fue el primero en alcanzar a Zaynab. Hirió con una flecha al camello de Zaynab, y ella cayó y resultó herida. Estaba embarazada. A causa de aquella herida perdió al hijo que llevaba en su vientre. Después, Banu Hashim y Banu Umayya comenzaron a disputar por Zaynab. Finalmente, ella quedó bajo la protección de Hind, hija de Utba. Hind solía decirle: «Esta desgracia que te ha ocurrido se debe a tu padre».

Un día, el Mensajero de Allah le dijo a Zayd ibn Haritha: «¿Puedes traer a Zaynab?». Zayd aceptó. El Noble Mensajero de Allah le entregó un anillo a Zayd y le dijo: «Llévate esto. Haz que llegue a Zaynab». Zayd se dirigió a La Meca con el anillo. En las afueras de La Meca vio a un pastor que apacentaba unas cabras. Le preguntó: «¿De quién eres pastor?». El pastor respondió: «De Abu al-As». Volvió a preguntarle: «¿De quién son las cabras?». Respondió: «De Zaynab, hija de Muhammad». Zayd caminó un trecho con el pastor y luego le dijo: «Si te doy algo, ¿podrás entregárselo a Zaynab?». Él aceptó. Zayd le dio el anillo, y el pastor se lo entregó a Zaynab.

Zaynab le preguntó al pastor: «¿Quién te dio esto?». Él respondió: «Un hombre». Volvió a preguntarle: «¿Dónde lo dejaste?». Respondió: «En tal lugar». Zaynab guardó silencio. Al amparo de la noche, fue secretamente hasta allí. Zayd le dijo: «Sube a mi camello y siéntate delante de mí». Zaynab se negó y dijo: «No, siéntese usted delante de mí». Así, Zaynab llegó a Medina sentada detrás de Zayd. El Noble Mensajero de Allah solía decir: «La mejor de mis hijas sufrió por mi causa». (Hayatus Sahabah, 1/371-372).

Después de separarse de su esposa Zaynab, Abu al-As permaneció varios años en La Meca. Poco antes de la conquista de La Meca, viajó a Siria con una caravana comercial. Al terminar sus negocios, regresaba a La Meca. La caravana estaba compuesta por cien camellos y aproximadamente ciento setenta hombres. Cuando se encontraban cerca de Medina, una pequeña unidad de patrulla enviada desde Medina bajo el mando de Zayd ibn Haritha lanzó un ataque sorpresa contra ellos y capturó a todos los hombres junto con los camellos, llevándolos a Medina. Sin embargo, Abu al-As logró escapar.

No obstante, según Musa ibn Uqba, Abu Basir y sus hombres atacaron la caravana de Abu al-As. Cabe señalar que Abu Basir y algunos otros habían aceptado el islam después del tratado de Hudaybiyyah. Sin embargo, conforme a las condiciones del tratado, los habitantes de Medina se negaron a admitirlos. Por ello, huyeron de La Meca y se establecieron en la zona costera del mar Rojo. Comenzaron a lanzar ataques sorpresa contra las caravanas comerciales de La Meca. Debido al temor que inspiraban, el comercio de los qurayshitas estuvo a punto de paralizarse. Los qurayshitas de La Meca se vieron obligados a pedirle al Mensajero de Allah que los aceptara de nuevo en Medina. (Al-Isabah, 4/122).

En cualquier caso, Abu al-As, en vez de huir a La Meca, entró secretamente en Medina durante la oscuridad de la noche, aterrorizado, y se dirigió directamente a Zaynab para pedir protección. Zaynab le aseguró que estaría bajo su protección.

Pasó la noche. Cuando el Noble Mensajero de Allah fue a la mezquita para la oración del alba, se puso de pie en el mihrab, pronunció «Allahu akbar» y comenzó la oración con el takbir de consagración. Los fieles que estaban detrás de él también habían terminado el takbir de consagración. En ese momento, desde la fila de las mujeres situada detrás, se oyó la voz de Zaynab: «¡Gente! Soy Zaynab, hija de Muhammad. He concedido protección a Abu al-As; concededle también protección vosotros».

Después de concluir la oración, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se volvió hacia la gente y preguntó: «¿Habéis oído también lo que yo he oído?»

La gente respondió: «Sí, ¡oh, Mensajero de Allah!». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Juro por Aquel en cuya mano está mi vida que no sabía nada de este asunto. Ella le ha concedido protección en nombre de todos los musulmanes». Luego fue a casa y le dijo a su hija: «Trata a Abu al-As con honor. Pero debes saber que ya no eres lícita para él». Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llamó a los hombres de la expedición que habían capturado los camellos y a los miembros de la caravana de Abu al-As. Les dijo: «Conocéis la posición de este hombre entre nosotros. Os habéis apoderado de sus mercancías. Si sois bondadosos con él y le devolvéis sus bienes, me alegrará. Si no estáis de acuerdo, no tengo objeción. Podéis beneficiaros de esos bienes como una gracia de Allah. Vosotros sois quienes tenéis mayor derecho sobre ellos». Todos dijeron: «Escucha, Abu al-As: eres un hombre honorable entre los quraysh, primo del Mensajero de Allah y su yerno. Haz lo siguiente: acepta el islam y quédate en Medina con estos bienes de los habitantes de La Meca. Vivirás con gran comodidad». Abu al-As dijo: «Lo que decís es muy malo. ¿Acaso voy a comenzar la vida de mi nueva religión mediante el engaño?»

Abu al-As llevó de regreso a su caravana y llegó a La Meca. Después de entregar a cada habitante de La Meca sus bienes, dijo: «¡Oh, gente de la tribu de Quraysh! ¿Os debo todavía algo?». Respondieron: «No. Que Allah te recompense con el bien. Te hemos encontrado un hombre que cumple magníficamente sus promesas».

Abu al-As añadió: «He cumplido plenamente con vuestro derecho. Ahora declaro: Ashhadu an la ilaha illallahu wa anna Muhammadan rasulullah: doy testimonio de que no hay ninguna divinidad excepto Allah y de que Muhammad es ciertamente el Mensajero de Allah».

Podría haber hecho esta declaración mientras estaba en Medina. Pero no lo hice, porque podríais haber pensado que lo había hecho con el propósito de apropiarme de vuestros bienes después de devolvéroslos. Ahora que Allah me ha concedido la capacidad de devolver a cada uno de vosotros sus bienes y que he quedado libre de mi responsabilidad, declaro mi adhesión al islam».

Después, Abu al-As salió de La Meca y se presentó ante el Mensajero de Allah en Medina. El Noble Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) lo recibió con honor y le entregó también a su esposa, Zaynab. El Noble Mensajero de Allah solía decir acerca de él: «Siempre dijo la verdad en lo que me dijo; me hizo una promesa y la cumplió».

Abu al-As (que Allah esté complacido con él) no tuvo la oportunidad de participar en ninguna batalla junto al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) después de aceptar el islam. Falleció en el mes de Dhu al-Hiyyah del año 12 de la Hégira, durante el califato de Abu Bakr. Sin embargo, según Ibn Mundah, murió como mártir en la batalla de Yamamah. (Al-Isabah, 4/123; Al-Isti’ab).

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) quería mucho a Umamah, la hija de Zaynab y Abu al-As. Se relata que durante la oración la llevaba sobre sus hombros.

Umayr ibn Wahb (que Allah esté complacido con él):

Su nombre era Umayr y su kunya o sobrenombre, Abu Umayya. Su padre era Wahb y su madre, Umm Sakhila. Era uno de los valerosos líderes de los quraysh. Antes del islam, fue un acérrimo enemigo del islam y del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Era una persona de mirada aguda y penetrante, dotada de una extraordinaria capacidad de comprensión.

Se unió al ejército de los quraysh de La Meca en la batalla de Badr y, justo antes del inicio de la batalla, el ejército de los quraysh le encargó evaluar la fuerza del ejército musulmán. Hizo correr su caballo, dio vueltas alrededor del ejército musulmán y regresó al campamento de los quraysh para informar: «Serán unos trescientos. Podrían ser algo menos o algo más». Su estimación era correcta. Los qurayshíes le preguntaron: «¿Es posible que reciban refuerzos por detrás?». Él respondió: «No he visto nada semejante. Sin embargo, ¡oh qurayshíes!, he visto que sus camellos cargan una muerte segura. No tienen nada para defenderse salvo sus espadas, ni tienen ningún lugar donde refugiarse. ¡Por Allah!, me ha parecido que, si matáis a uno de ellos, uno de vosotros también morirá. Si ha de morir de vosotros un número igual al de ellos, ¿qué beneficio obtendréis? Ahora pensad qué vais a hacer». También les dijo esto para disuadirlos de combatir: «Los habitantes de Medina tienen rostros como serpientes y no desfallecen ni siquiera con una sed extrema. Son capaces de vengarse combatiendo contra nosotros. Personas de rostros radiantes como vosotros no deberían enfrentarse a ellos en combate».

Muchos de los líderes de los quraysh se dejaron influir por sus palabras. Casi habían decidido regresar a La Meca. Pero Abu Yahl se opuso a su decisión. Su corazón ardía con el fuego de la envidia y la guerra. Por voluntad de Allah, Abu Yahl fue el primer instigador de esta batalla. Junto con muchos otros, Wahb, el hijo de Umayr, fue hecho prisionero por el ejército musulmán.

Umayr ibn Wahb regresó de Badr a La Meca, salvando su propia vida y dejando allí a su hijo Wahb prisionero de los musulmanes. Temía que, debido a las persecuciones que había infligido en La Meca al Mensajero de Allah y a sus compañeros, estos tomaran represalias contra su hijo cautivo. Un día, después de regresar a La Meca, salió de su casa por la mañana y se dirigió a la Kaaba para circunvalarla y postrarse ante los ídolos. Allí vio a Safwan ibn Umayya sentado en el recinto de la Kaaba. Se acercó a Safwan y le dijo:

—Oh, jefe de los quraysh, buenos días.

—Abu Wahb, buenos días. Siéntate, hablemos un poco. Conversar nos ayudará a pasar el tiempo. Umayr se sentó junto a Safwan. Hablaron de la situación de Badr y de la calamidad que les había sobrevenido allí, y enumeraron quiénes habían sido hechos prisioneros en Badr por Muhammad y sus compañeros. Lamentaron la muerte de los líderes qurayshíes que habían sido asesinados en Badr, arrojados al pozo de Qalib y cubiertos de tierra.

En un momento de emoción y agitación, Safwan ibn Umayya dijo: «¡Por Allah!, después de que hayan sido asesinados de este modo, ya nada me resulta agradable». Umayr dijo:

—Tienes razón. Tras guardar silencio unos instantes, volvió a decir: «Juro por el Señor de la Kaaba que, si no tuviera sobre mis hombros el peso de las deudas y las responsabilidades de mi familia, iría ahora mismo a Medina, ajustaría cuentas con Muhammad y pondría fin a todas sus fechorías». Luego, bajando un poco la voz, dijo: «Mi hijo Wahab está cautivo allí en sus manos. Si voy allí, nadie sospechará lo más mínimo».

Safwan ibn Umayya no dejó escapar la oportunidad. Mirando a Umayr, le dijo: —Umayr, asumiré todas tus deudas, por cuantiosas que sean. Además, mientras yo viva y mientras vivan tu familia y tus parientes, ellos permanecerán conmigo. No me faltan riquezas ni bienes. Vivirán felizmente.

Umayr dijo:

—Que nuestra conversación permanezca en secreto; que nadie se entere.

Safwan dijo:

—Así será.

Umayr se levantó de la explanada de la Kaaba y se fue a casa. Su corazón ardía con el fuego de la venganza contra Muhammad. Comenzó a prepararse para llevar a cabo su decisión. Nadie sospechó lo más mínimo de los preparativos de su viaje, pues en aquel momento las delegaciones iban y venían entre La Meca y Medina llevando el rescate para liberar a los prisioneros de Badr.

Umayr afiló su espada y la sumergió en un veneno muy potente. Prepararon su montura. Montó y partió hacia Medina. Su corazón ardía entonces hasta convertirse en carbón por el odio y la hostilidad.

Umair llegó a Medina y se dirigió directamente hacia la mezquita. Se apeó de su montura cerca de la puerta de la mezquita.

Mientras tanto, cerca de la puerta de la mezquita, el venerable Umar ibn al-Jattab y varios compañeros estaban sentados conversando sobre los acontecimientos de Badr. Hablaban de cómo fueron muertos los qurayshíes, de quién fue capturado y de cómo los emigrados y los auxiliares habían demostrado valor y heroísmo, entre otros asuntos.

De repente, el venerable Umar vio a Umair. Este se dirigía directamente hacia la mezquita después de apearse de su montura, con la espada colgada del hombro. Umar exclamó alarmado: «¡Ese es el mismo perro, el enemigo de Allah, Umair ibn Wahb! ¡Por Allah, sus intenciones no son buenas! En La Meca siempre incitaba a los incrédulos contra nosotros. Antes de la batalla de Badr, era el espía de La Meca». Luego se volvió hacia sus compañeros y dijo:

—Id junto al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y permaneced a su alrededor, para que este malvado no pueda engañarlo de ninguna manera.

Umar corrió junto al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Ese enemigo de Allah, Umair, ha venido con la espada colgada del hombro. Creo que no ha venido sin alguna mala intención».

El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo:

—Tráelo ante mí.

El venerable Umar se acercó a Umair, lo agarró con una mano por la ropa, cerca del cuello, y con la otra le presionó el cuello contra la empuñadura de su espada; así lo llevó ante el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Al verlo en ese estado, el Mensajero ordenó a Umar que lo soltara. Umar lo soltó. Por orden del Mensajero, Umar también se apartó de él. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se dirigió a Umair y dijo: «Umair, acércate un poco».

Umayr se acercó un poco y dijo: «Buenos días».

En la Arabia preislámica, la gente se saludaba de esta manera.

El Mensajero de Allah dijo: «Umayr, Allah nos ha honrado enseñándonos un saludo mejor que el tuyo. Allah ha elevado la dignidad mediante el salām. Este es el saludo de los habitantes del Paraíso».

Umayr dijo: «Nuestro saludo tampoco le es desconocido a usted».

El Mensajero de Allah preguntó: «¿Con qué propósito has venido?»

—He venido para liberar al prisionero que está en sus manos. Después de todo, usted y nosotros pertenecemos a la misma familia y a la misma tribu. Muéstrese benévolo conmigo con respecto a él.

—Entonces, ¿por qué lleva esta espada colgada del cuello?

—¡Que Allah maldiga esta espada! ¿De qué nos sirvió esta espada en Badr?

Olvidé quitármelo del cuello al bajar de la montura. Permaneció en ese estado.

—Umayr, dime la verdad: ¿por qué has venido?

—He venido únicamente con el propósito de liberar a los prisioneros. El Mensajero (s.a.w.) dijo: «¿Qué acuerdo hiciste con Safwan?»

Ante esta pregunta, Umayr se asustó enormemente. Replicó: «¿Qué acuerdo hice?»

El Mensajero (s.a.w.) dijo: «Tú y Safwan ibn Umayya os sentasteis en el recinto de la Kaaba y hablasteis acerca de los líderes qurayshíes muertos que habían sido arrojados al pozo de Qalib. Dijiste: “Si no tuviera una carga de deudas sobre mis hombros ni la responsabilidad de mi familia, iría a Medina y mataría a Muhammad”. Safwan ha asumido todas tus responsabilidades con la condición de que tú me mates. Allah se ha interpuesto entre tú y tu propósito».

Umayr quedó atónito durante unos instantes. Luego, recobrando un poco la conciencia, exclamó: «Ashhadu annaka Rasulullah: declaro que ciertamente eres el Mensajero de Allah. ¡Oh, Mensajero de Allah!, nosotros no creíamos las noticias del cielo que nos traías ni la revelación que descendía sobre ti. Pero de la conversación que mantuve con Safwan no sabía nadie más que él y yo. ¡Por Allah!, he llegado a creer que solo Allah te informó de esto. Alhamdulillah; todas las alabanzas pertenecen a Allah, quien me ha traído ante ti para guiarme». Después volvió a pronunciar: «Ashhadu an la ilaha illallahu wa anna Muhammadan Rasulullah».

El honorable Mensajero de Allah (s.a.w.) ordenó a los compañeros: «Enseñad la religión a vuestro hermano Umayr, enseñadle el Corán y liberad a su prisionero».

Antes de aceptar el islam, el honorable Umayr era uno de los “demonios” o líderes de Quraysh. Después de convertirse en musulmán, se volvió uno de los más distinguidos auxiliares y compañeros del islam. Tras su conversión, el honorable Umar ibn al-Jattab (r.a.) dijo: «Juro por Aquel en cuya mano está mi vida: cuando Umayr apareció en Medina, ni un cerdo me era más querido que él. Pero hoy me es más querido que cualquiera de mis hijos». (Riyalun Hawla al-Rasul, p. 325)

Después de aceptar el islam, Umayr se dedicó a purificarse mediante la enseñanza islámica y a llenar su corazón con la luz del Corán. Casi se olvidó de La Meca y de quienes había dejado allí.

Mientras tanto, Safwan ibn Umayya soñaba cada día con toda clase de esperanzas. Iba a las distintas reuniones de los qurayshíes en La Meca y les decía: «Pronto os llegará una gran noticia. Con ella hallaréis consuelo por Badr».

La espera de Safwan se hizo cada vez más larga. Al principio se preocupó un poco; después se puso inquieto. Comenzó a detener a cada caravana o jinete que llegaba de Medina para preguntar por Umayr. Pero nadie podía darle una respuesta satisfactoria. Entonces encontró a un jinete procedente de Medina. Lleno de curiosidad, Safwan le preguntó de inmediato: «¿No ha ocurrido ningún acontecimiento nuevo en Medina?». El hombre respondió: «Sí, ha ocurrido algo enorme». El rostro de Safwan se iluminó, y su corazón estuvo a punto de estallar de alegría y júbilo. Enseguida volvió a preguntar: «Dime, por favor, qué ha ocurrido». El hombre dijo: «Umayr ha aceptado el islam. Allí está aprendiendo la nueva religión y estudiando el Corán». El mundo de Safwan pareció ponerse patas arriba. Fue como si un rayo le hubiera caído sobre la cabeza. Había creído que, aunque todas las personas del mundo aceptaran el islam, Umayr jamás lo aceptaría.

Al aceptar el islam, el honorable Umayr comprendió debidamente la responsabilidad que implicaba esta religión. Entendió que debía emplear al servicio de esta religión la misma fuerza que había gastado en combatirla. Debía invitar a ella con el mismo empeño con que la había difamado. Tenía que demostrar, mediante la sinceridad, el yihad y la obediencia, cuánto amaba a Allah y a Su Mensajero.

Después de recibir durante algunos días en Medina enseñanza y formación islámicas, un día el honorable Umayr se presentó ante el Mensajero de Allah y dijo: «Oh, Mensajero de Allah, he pasado una gran parte de mi vida intentando apagar la luz de Allah y persiguiendo y oprimiendo a los seguidores del islam. Deseo que, si me das permiso, vaya a La Meca e invite a los qurayshíes a seguir a Allah y a Su Mensajero. Si aceptan mi invitación, será una obra excelente. Pero si la rechazan, les causaré el mismo sufrimiento que antes causé a los compañeros del Mensajero de Allah».

El Mensajero le dio permiso. Un día, Umayr regresó a La Meca con la espada colgada del hombro y vestido para la batalla. En La Meca se encontró primero con Safwan ibn Umayya y le dijo: «Oh, Safwan, eres uno de los líderes de La Meca y uno de los hombres más sabios de los qurayshíes. ¿Acaso consideras religión o credo esto que hacéis: adorar piedras y sacrificar animales en nombre de los ídolos? Sin embargo, doy testimonio de que no hay otra divinidad aparte de Allah y de que Muhammad es el Mensajero de Allah». Safwan estuvo a punto de abalanzarse sobre Umayr, pero la espada de Umayr lo detuvo eficazmente. En su rabia y dolor, Safwan lanzó al oído de Umayr algunos insultos indecibles y se marchó, dejándole el paso libre.

Así fue como Umayr regresó a La Meca convertido en musulmán. El hombre que pocos días antes había abandonado La Meca como politeísta, cuando volvió a entrar en ella tenía un aspecto exactamente igual al que había adoptado el honorable Umar, que Allah esté complacido con él, el día que aceptó el islam. Después de aceptar el islam, Umar había exclamado: «Juro por Allah que me sentaré en todos los lugares en los que me senté cuando estaba en la incredulidad, ahora que estoy en la fe».

En este sentido, Umayr pareció reconocer a Umar, que Allah esté complacido con él, como su guía. Día y noche continuó invitando al islam por las calles y callejuelas de La Meca. En apenas unas semanas, un gran número de personas aceptó la fe por medio de Umayr. Antes de la batalla de Uhud, regresó a Medina llevando consigo a este grupo de creyentes. Participó junto al Mensajero de Allah en todas las campañas, incluidas Uhud, la Trinchera y la conquista de La Meca.

El día de la alegría por la conquista de La Meca, Umayr no olvidó a su amigo y compañero Safwan. Después de que el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, llegó a La Meca, Safwan huyó de allí aterrorizado y llegó a Yeda por el camino del Yemen. Al enterarse de esto, Umayr se sintió profundamente afligido. Decidió firmemente rescatar a Safwan de las garras de Satanás. Corrió hasta el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y le dijo: «¡Oh, Profeta de Allah! Safwan ibn Umayya es uno de los líderes de su pueblo. Ha huido de La Meca por temor a usted. Se arrojará al mar. Concédale mi protección y seguridad». El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, respondió: «Está a salvo». Umayr dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Dame una señal por la cual se sepa que le has concedido seguridad». Entonces le entregó el manto con el que había entrado en La Meca cubriéndose la cabeza.

Umayr ibn Zubayr relata:

«Umayr salió llevando el manto. Cuando llegó junto a Safwan, este se estaba preparando para cruzar el mar. Le dijo: «¡Safwan, que mis padres sean sacrificados por ti! No te destruyas de esta manera. Te he traído la garantía de seguridad del Mensajero de Allah.

Safwan dijo:

—«¡Que perezcas! Aléjate de mí. No me hables». Umayr dijo: «¡Safwan, que mis padres sean sacrificados por ti! Ciertamente, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, es el mejor de los hombres. Él es también el más virtuoso y paciente de todos. Su honor es tu propia dignidad». Safwan dijo: «Temo por mi vida». Umayr respondió: «Él es aún más indulgente y honorable que eso.

Umayr, que Allah esté complacido con él, llevó a Safwan consigo ante el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Safwan dijo: «Este hombre cree que usted me ha concedido protección».

El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Ha dicho la verdad».

Safwan dijo: «Concédame un plazo de dos meses».

El Mensajero de Allah (s. a. w.) dijo: «Se te conceden cuatro meses de plazo».

Pocos días después, el honorable Safwan (que Allah esté complacido con él) aceptó el islam. (Riyalun Hawla al-Rasul, 325; Hayatus Sahaba, 1).

Durante el califato del honorable Abu Bakr, el honorable Umayr (que Allah esté complacido con él) ayudó al califa en todos los asuntos importantes. Durante el califato de Umar, Amr ibn al-As (que Allah esté complacido con él) dirigió la campaña de Egipto. Cuando se retrasaba la conquista de Alejandría, el honorable Umar (que Allah esté complacido con él) envió desde Medina diez mil soldados bajo el mando de cuatro destacados comandantes militares para ayudarlo. Uno de estos cuatro comandantes era el honorable Umayr ibn Wahb.

Respecto a estos cuatro comandantes, el honorable Umar instruyó a Amr ibn al-As que los colocara en la vanguardia durante el ataque. Gracias a sus esfuerzos, la campaña de Alejandría tuvo éxito. Después de la conquista de Alejandría, por orden de Amr, él sometió numerosas regiones de Egipto. Falleció hacia el final del califato del honorable Umar (que Allah esté complacido con él).

Salama ibn al-Akwa (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Sinan y su padre era Amr ibn al-Akwa. Existen discrepancias respecto a su kunya, es decir, su sobrenombre: Abu Muslim, Abu Iyas, Abu Amir, entre otros. Sin embargo, según el nombre de su hijo Iyas, el sobrenombre Abu Iyas es el más conocido. (Al-Istiab).

Los especialistas en la biografía del Profeta guardan silencio sobre el momento en que Salama aceptó el islam. No obstante, es un hecho histórico que lo aceptó antes del sexto año de la Hégira y también emigró a Medina. La mayoría de los muháyirun emigraron junto con sus familias; pero el honorable Salama emigró dejando atrás a su esposa y a sus hijos por la causa de Allah.

Después de llegar a Medina, participó en casi todas las batallas. En el contexto del tratado de Hudaybiyya, el «Juramento de Ridwan» o «Juramento bajo el árbol» ocupa un lugar especial en la historia del islam. Durante el incidente de Hudaybiyya, en el sexto año de la Hégira, cuando el honorable Mensajero de Allah (s. a. w.) escuchó la noticia del martirio del honorable Uthman a manos de los incrédulos de La Meca y tomó el juramento de muerte a los musulmanes que habían llegado a Hudaybiyya con él, el honorable Salama prestó tres veces el juramento ante el Mensajero de Allah (s. a. w.). Él relató: «Bajo el árbol de Hudaybiyya presté ante el Mensajero de Allah (s. a. w.) el juramento de morir. Después me aparté a un lado. Cuando la multitud disminuyó un poco, el Mensajero de Allah (s. a. w.) me vio y dijo: “Salama, ¿qué te ha ocurrido? ¡No has prestado el juramento!”. Respondí: “Oh, Mensajero de Allah, sí lo he prestado”. El Mensajero dijo: “¿Y qué importa? Préstalo una vez más”. Volví a prestar el juramento. En ese momento, el Mensajero de Allah (s. a. w.) le regaló un escudo. Después, volvió a fijarse en él y le preguntó: “Salama, ¿no prestarás el juramento?”. Salama respondió: “Oh, Mensajero de Allah, ya lo he prestado dos veces”. Él dijo: “Préstalo una vez más”. Salama lo prestó por tercera vez. Entonces el Mensajero de Allah (s. a. w.) preguntó: “Salama, ¿qué has hecho con el escudo?”. Él respondió: “Mi tío estaba completamente desarmado, así que se lo di”. Al oír sus palabras, el Mensajero de Allah soltó una carcajada y dijo: “Tu ejemplo es como el de quien suplica: ‘Oh Allah, concédeme un amigo que sea más querido para mí que mi propia vida’”.

En Hudaybiyyah se estaba prestando juramento de fidelidad al Mensajero de Allah, cuando, entretanto, los musulmanes alcanzaron una tregua con los habitantes de La Meca. Los musulmanes respiraron aliviados y comenzaron a abrazarse unos a otros. El honorable Salama yacía tranquilamente bajo un árbol. En ese momento, cuatro idólatras se sentaron junto a él. Comenzaron a hablar del Mensajero de Allah de una manera que él no deseaba escuchar. Se levantó y se sentó bajo otro árbol. Después de que se alejara, aquellos cuatro idólatras dejaron sus armas y se acostaron. Entonces alguien gritó: «¡Emigrantes, venid corriendo! ¡Han matado a Ibn Zanīm!». Al oír aquel grito, Salama tomó un arma y corrió hacia los cuatro idólatras. Ellos todavía estaban acostados. Salama tomó posesión de sus armas y les dijo: «Si queréis estar bien, venid directamente conmigo. ¡Juro por Allah que, si alguno levanta la cabeza, le atravesaré los ojos!». Los llevó ante el Mensajero de Allah. El tío de Salama también llevó cautivos a unos setenta o setenta y un idólatras. El noble Profeta dejó libres a todos ellos. Fue en relación con este acontecimiento que se reveló la siguiente aleya del Corán:

«Y Él es Quien, después de haberos dado la victoria sobre los incrédulos en el territorio de La Meca, detuvo sus manos de vosotros y vuestras manos de ellos». (Sura al-Fath/3).

Durante el regreso de la caravana musulmana a Medina, acamparon junto a una montaña. En el corazón de los idólatras surgieron algunas malas intenciones. El noble Mensajero de Allah tuvo conocimiento de ello. Consideró necesario vigilar el campamento. Rogó por el perdón para quien vigilara desde lo alto de aquella montaña. El honorable Salama obtuvo esa dicha. Durante toda la noche subió repetidamente a la montaña, tratando de escuchar las pisadas del enemigo.

Algunos camellos del noble Mensajero de Allah pastaban en los pastizales de Dhu Qarwa. Un día, unos hombres de los Banu Ghatafan —según otra versión, de los Banu Fazara— lanzaron un ataque sorpresa, mataron al pastor y se llevaron los camellos. El honorable Salama ibn al-Akwaʿ se encontraba cerca del lugar. Había salido al final de la noche cuando el esclavo de Abd al-Rahman ibn Awf le informó de que habían robado los camellos del Mensajero de Allah. Salama envió al esclavo de Abd al-Rahman a Medina para informar al Mensajero de Allah. Luego subió a la cima de una montaña y gritó con tanta fuerza «¡Ya Sabahah!» —el grito de advertencia ante un ataque enemigo— que su voz llegó de un extremo al otro de Medina. Persiguió él solo a la banda de salteadores. Cuando los salteadores estaban buscando agua, llegó hasta ellos. Era un arquero experto. Disparaba sus flechas con una puntería certera y, mientras tanto, murmuraba:

«Anā ibn al-Akwaʿ

Al-yawma yawmu r-ruddayi».

Es decir: «Soy el hijo de al-Akwaʿ; hoy es el día de destruir a la gente de baja condición». Atacó de tal manera que los salteadores huyeron, abandonando los camellos. Desconcertados, también dejaron caer sus mantos. Mientras tanto, el noble Mensajero de Allah llegó allí acompañado de más hombres. Salama le pidió: «¡Oh, Mensajero de Allah!, no les he permitido beber agua. Si los perseguimos ahora mismo, podremos alcanzarlos». El Mensajero respondió: «Después de derrotarlos, perdónalos». (Al-Bujari, Kitab al-Maghazi, capítulo sobre la expedición de Dhu Qarwa; Sira de Ibn Hisham, 2/281-282; Hayat al-Sahaba, 1/559-561). El acontecimiento ha sido relatado de diferentes maneras en distintas obras.

En la batalla de Jaybar demostró un valor extremo. Después de la conquista de Jaybar, regresó a Medina caminando de la mano del noble Mensajero de Allah.

Después de Jaibar, participó en las batallas contra los Zaqif y Hawazin. Durante esta campaña, un hombre llegó al campamento del ejército musulmán montado en un camello, lo ató y se unió tranquilamente a los soldados musulmanes para desayunar. Luego, tras observar atentamente en todas direcciones y evaluar la fuerza de los musulmanes, volvió a montar en su camello y se marchó rápidamente. Como había llegado y luego se había ido de aquella manera, los musulmanes creyeron que era un espía. Un hombre salió en su persecución. Salama también lo siguió y, adelantándose a la carrera, capturó al hombre y lo mató de un solo golpe de espada. Después regresó con la montura del hombre muerto. El Mensajero de Alá (s. a. s.) preguntó: «¿Quién mató al hombre?». La gente respondió: «Salama». El Mensajero (s. a. s.) declaró: «Él recibirá todas las pertenencias del hombre muerto». En el séptimo año de la Hégira, el Noble Mensajero de Alá (s. a. s.) envió, bajo el mando de Abu Bakr, un ejército contra los Banu Kilab. Salama también formaba parte de aquel ejército. En esa expedición mató él solo a siete hombres. Capturó y trajo consigo a muchas de las mujeres de quienes habían huido. Entre las cautivas había también una joven hermosa. Abu Bakr puso a la joven bajo la responsabilidad de Salama. Salama llevó a la joven a Medina. El Mensajero de Alá (s. a. s.) dijo: «Déjala bajo mi protección». Salama la entregó a la protección del Mensajero de Alá (s. a. s.). A cambio de aquella joven, el Mensajero de Alá (s. a. s.) liberó a los musulmanes cautivos en manos de los incrédulos.

Después de aceptar el islam, Salama ibn al-Akwa (r. a.) participó en casi todas las batallas libradas contra los incrédulos. Según algunas narraciones, participó en un total de catorce batallas: en siete como compañero del Mensajero de Alá (s. a. s.) y en las siete restantes, en diversas expediciones enviadas por el Mensajero de Alá (s. a. s.). Según una narración de Al-Mustadrak, el número total de batallas en las que participó fue de dieciséis. En cierta ocasión dijo: «Participé en siete batallas con el Mensajero de Alá y en nueve con Zayd ibn Hariza». (Riyalun hawla ar-Rasul, p. 555).

Entre los miembros de la infantería que combatían con arcos y lanzas, Salama era uno de los más diestros. Cuando las tropas enemigas atacaban, él se retiraba. Pero cuando el enemigo se retiraba o descansaba, lanzaba un ataque por sorpresa. Esa era su estrategia de combate. Aplicando esta estrategia, él solo derrotó, en la batalla de Dhu Qarad, en las afueras de Medina, al ejército dirigido por Uyayna ibn Hisn al-Fazari. Él solo los persiguió, los atacó y rechazó sus ataques. De ese modo, los expulsó hasta una gran distancia de Medina.

Por su valentía y coraje, especialmente por su rapidez al correr, Salama ocupaba un lugar destacado entre los compañeros. El autor de Al-Isaba escribió: «Era uno de los hombres más valientes y corría más rápido que un caballo». Durante la tregua de Hudaybiyya, o según otra opinión, durante la expedición de Dhu Qarad, el Noble Mensajero de Alá (s. a. s.) lo elogió diciendo: «Jairu riyalina Salama ibn al-Akwa: Salama ibn al-Akwa es el mejor de nuestros soldados de infantería». (Riyalun hawla ar-Rasul, p. 555).

Salama era un hombre sumamente fuerte. Parecía no saber qué eran el dolor y la aflicción. Sin embargo, durante la batalla de Jaibar, de pie junto al cadáver de su hermano —o, según otra opinión, de su tío— Amir ibn al-Akwa, entonó en voz baja una canción llena de tristeza. Su último verso decía: «Oh, Alá, haz descender sobre nosotros la serenidad y afirma nuestros pies frente al enemigo».

En aquella batalla de Jaibar, su hermano Amir golpeó con fuerza a un incrédulo con la espada. Pero el golpe se desvió, alcanzó su propio cuerpo y, a consecuencia de ello, obtuvo el martirio. Después de este suceso, algunos musulmanes comentaron: «El desventurado Amir quedó privado de la dicha del martirio». Solo aquel día, cuando, al igual que los demás, Salama llegó a pensar que su hermano había quedado privado de la recompensa del yihad y del martirio, se sintió profundamente afligido y abatido. Corrió hacia el Mensajero de Alá (s. a. s.) y le preguntó:

—Oh, Mensajero de Alá, ¿es cierto que todas las buenas obras de Amir han sido en vano?

El Mensajero (s. a. s.) respondió:

—Murió como muyahid. Tiene dos recompensas. Ahora está nadando en los ríos del Paraíso. (Riyalun hawla ar-Rasul, pp. 555-556).

Hazrat Salama permaneció en Medina desde el fallecimiento del Noble Mensajero de Allah hasta el martirio de Hazrat Uzman. Tras el asesinato de Hazrat Uzman, este valiente muyahid comprendió que se habían abierto las puertas de la fitna o discordia interna entre los musulmanes. Un hombre que había combatido toda su vida junto a sus hermanos contra los incrédulos no debía ahora empuñar las armas contra ellos. La destreza por la que el Mensajero de Allah lo había elogiado al luchar contra los politeístas no podía emplearse de ningún modo para combatir contra un creyente o matar a un musulmán.

Después de comprender esto, cargó sus pertenencias sobre un camello, abandonó Medina y se dirigió directamente a Rabza. Allí permaneció hasta el fin de sus días. Anteriormente, Hazrat Abu Dharr al-Gifari también había abandonado Medina y se había trasladado a esta misma Rabza, donde exhaló su último suspiro.

Hazrat Salama pasó el resto de su vida en Rabza. Unos días antes de morir, sintió de repente un intenso deseo de ir a Medina. Fue allí y, después de pasar dos días, murió repentinamente el tercer día. Así fue enterrado en la tierra sagrada de su amado, junto a los mártires y los amigos sinceros. (Riyalun hawla ar-Rasul, pp. 556-557).

Los historiadores discrepan sobre el año de su muerte. Según la opinión correcta, murió en el año 74 de la Hégira. Según otra opinión, murió en el año 64 de la Hégira. Waqidi y sus seguidores sostenían que vivió ochenta años. Ibn Hayar afirma que, según la primera opinión sobre el año de su muerte, esta afirmación de Waqidi no es correcta, pues eso situaría su edad en alrededor de diez años en el momento del pacto de Hudaybiyya. Y a esa edad nadie puede participar en el pacto de morir. Además, he visto en Ibn Saad que falleció hacia el final del califato de Hazrat Muawiya. Baladhuri también lo menciona así. (Al-Isaba, 2/67).

Hazrat Salama tuvo la oportunidad de disfrutar de una estrecha compañía del Mensajero de Allah y alcanzó también el honor de acompañarlo en numerosas expediciones. Aprovechó debidamente esta oportunidad. Asimismo, narró hadices transmitidos por Abu Bakr, Umar, Uzman y Talha. El número de hadices que narró es de setenta y siete (77). De ellos, dieciséis son muttafaqun alayh, es decir, fueron transmitidos por Bujari y Muslim; cinco fueron transmitidos exclusivamente por Bujari y nueve exclusivamente por Muslim. (Tahdib al-Kamal, 148). Entre quienes narraron hadices de él destacan Yas ibn Salama, Yazid ibn Ubayd, Abd al-Rahman ibn Abdillah y Muhammad ibn Hanafiyya, entre otros.

Hazrat Salama era muy generoso cuando se trataba de gastar en el camino de Allah. Si alguien le pedía algo por Allah, no lo hacía regresar con las manos vacías. Decía: «Si no se da por Allah, ¿a quién se dará?». Sin embargo, no le agradaba que le pidieran por Allah.

Consideraba ilícitos para sí los bienes de la caridad. Si sospechaba que algo procedía de la caridad, se abstenía de aceptarlo. Por esa razón, tampoco le gustaba volver a comprar por dinero algo que él mismo había dado como caridad.

Era tan cuidadoso con respecto a lo haram y lo halal que no permitía que los niños jugaran a ningún juego que guardara semejanza con los juegos de azar.

Salama, que Allah esté complacido con él, era uno de los Compañeros que emitían fatwas en Medina. Ibn Sa‘d lo transmitió de Ziyad ibn Mina. Él dijo: «Ibn Abbas, Ibn Umar, Abu Sa‘id al-Judri, Abu Huraira, Abdullah ibn Amr ibn al-As, Yabir ibn Abdullah, Rafi ibn Jadij, Salama ibn al-Akwa y otros Compañeros emitían fatwas en Medina». (Hayatus Sahaba, 3/254).

El imán Bujari transmitió en su obra «Al-Adab al-Mufrad» (pág. 144), de Abd al-Rahman ibn Razin, lo siguiente. Él dijo: «Pasábamos por Rabza. Nos dijeron que Salama ibn al-Akwa se encontraba allí. Fui a verlo y lo saludé. Él sacó sus dos manos, nos las mostró y dijo: “Con estas dos manos presté juramento de fidelidad al Mensajero de Allah”. Luego mostró una de sus palmas. Su palma era tan grande como la pezuña de un camello». (Hayatus Sahaba, 2/498-499).

En cierta ocasión le preguntaron a Salama, que Allah esté complacido con él: «¿Con qué compromiso prestasteis juramento de fidelidad al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, el día de Hudaybiyya?». Respondió: «Mawt, es decir, la muerte». (Al-Istiab; Hayatus Sahaba, 1/249).

Yas, hijo de Salama, que Allah esté complacido con él, resumió de manera magnífica en una sola frase la virtud y las cualidades de su padre. Dijo: «Ma kadhaba abi qattu»: «Mi padre nunca mintió». (Riyalun hawla al-Rasul, 554).

En la vida de una persona, esta única cualidad basta para alcanzar el rango más elevado entre la gente veraz. Él dio ejemplo de esta honestidad en cada etapa de su vida.

Abu Umar Yusuf al-Qurtubi, autor de la obra «Al-Istiab fi Asma al-Ashab», mencionó, citando a Ibn Ishaq, una historia extraordinaria acerca de Salama. Ibn Ishaq dijo: «He oído que Salama fue el hombre con quien habló un lobo. Salama contó: “Vi a un lobo cazando un ciervo. Lo perseguí y le arrebaté el ciervo de la boca. Entonces el lobo dijo: ‘¿Qué te pasa? Solo quiero comer el sustento que Allah me ha concedido. Además, no es propiedad tuya para que me lo arrebates de la boca’. Salama dijo: ‘Yo respondí: “¡Oh, siervos de Allah!, ved este acontecimiento extraordinario: el lobo está hablando”’. Al oírme, el lobo dijo: ‘Más extraordinario aún es que el Mensajero de Allah os está llamando a adorar a Allah, mientras vosotros lo rechazáis y os encamináis a adorar ídolos’. Salama dijo: ‘Después me presenté ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y acepté el islam’. Allah sabe mejor quién era ese lobo». (Al-Istiab).

Abu Salama ibn Abd al-Asad, que Allah esté complacido con él

Su nombre era Abdullah y su kunya o apodo, Abu Salama. Su padre era Abd al-Asad y su madre, Barra bint Abd al-Muttalib. Era primo materno del Mensajero de Allah ﷺ. Además, según una narración auténtica, era su hermano de leche. Suwayba, la esclava de Abu Lahab, amamantó al Mensajero de Allah ﷺ, a Hamza y a Abu Salama. (Sira de Ibn Hisham, 2/96).

Se unió al grupo de los creyentes antes de que el Noble Mensajero de Allah ﷺ se instalara en la casa de al-Arqam ibn Abi al-Arqam. Después de que Abu Bakr رضي الله عنه abrazara el islam, invitó primero a Uthman ibn Affan, Talha ibn Ubaydillah, al-Zubayr ibn al-Awwam y Sa‘d ibn Abi Waqqas a aceptar el islam. Los llevó a todos ante el Mensajero de Allah ﷺ. Todos abrazaron el islam juntos. Al día siguiente llevó ante el Mensajero de Allah ﷺ a Uthman ibn Maz‘un, Abu Ubayda ibn al-Yarrah, Abd al-Rahman ibn Awf, Abu Salama y al-Arqam ibn Abi al-Arqam. Ellos también abrazaron el islam juntos. (Al-Bidaya, 3/29). Su esposa, Umm Salama رضي الله عنها, también lo siguió. (Usud al-Gaba, 5/281).

Él y su esposa, Umm Salama, emigraron a Abisinia con el primer grupo de emigrantes. En aquella tierra de Abisinia nació su hija, Zaynab bint Abi Salama. (Sira de Ibn Hisham, 1/322, 326). Después de algún tiempo regresó de Abisinia y entró en La Meca bajo la protección de Abu Talib ibn Abd al-Muttalib. Algunos miembros de los Banu Majzum acudieron a Abu Talib y le dijeron en tono de reproche: «¡Oh, Abu Talib! Has protegido de nosotros a tu sobrino Muhammad. ¿Ahora también estás dando protección a uno de los nuestros?». Abu Talib respondió: «Él me pidió protección. Además, es hijo de mi hermana. Si no puedo proteger al hijo de mi hermana, tampoco podré proteger al hijo de mi hermano». En cierto momento, Abu Lahab se levantó y dijo: «¡Oh, miembros de la tribu de Quraysh! Estáis excediéndoos demasiado con este anciano. Si no dejáis de hacerlo, nos pondremos al lado de este anciano». Al oír estas palabras de Abu Lahab, los miembros de los Banu Majzum se retiraron. (Sira de Ibn Hisham, 1/369, 371). Por segunda vez emigró a Abisinia junto con su esposa. Finalmente, después de regresar de Abisinia a La Meca, permaneció allí algún tiempo y luego partió nuevamente hacia Medina.

Umm Salama, la esposa de Abu Salama, relató lo siguiente acerca de su emigración a Medina: Después de que Abu Salama decidiera emigrar a Medina, preparó su camello. Me sentó sobre él y colocó a nuestro hijo Salama en mi regazo. Luego tomó las riendas del camello y comenzó a conducirlo. Los miembros de mi tribu paterna, los Banu Mughira, le cerraron el paso y le dijeron: «Puedes hacer lo que quieras con respecto a ti mismo, pero no permitiremos que esta hija nuestra viaje contigo a un país extranjero». Me arrebataron de sus manos. Entonces la tribu de Abu Salama, los Banu Abd al-Asad, se enfureció y dijo: «Ya que habéis arrebatado a vuestra hija, no permitiremos que nuestro hijo, es decir, Salama, permanezca con su madre». Y se llevaron a mi hijo. Yo quedé cautiva en manos de mi tribu paterna, los Banu Mughira; mi pequeño Salama, en manos de la tribu paterna de su padre, los Banu Abd al-Asad; y mi esposo Abu Salama, en Medina. Así nos separaron.

Todos los días iba al valle de Abtah, en La Meca, y me sentaba allí llorando sin cesar. Derramé lágrimas durante casi un año. Finalmente, un día, uno de los miembros de mi tribu paterna me vio en ese estado y sintió compasión en su corazón. Les dijo a los Banu Mughira: «¿No vais a permitir que esta desdichada abandone La Meca? ¿Por qué la hacéis sufrir separándola de su esposo y de su hijo?». Entonces los Banu Mughira me dijeron: «Si quieres, puedes ir junto a tu esposo». Los Banu Abd al-Asad también me devolvieron a mi hijo. Monté en un camello y emprendí el camino hacia Medina para reunirme con mi esposo. No había ningún siervo de Allah conmigo. Cuando llegué a Tan‘im, me encontré con Uthman ibn Talha. Me preguntó: «Hija de Abu Umayya, ¿adónde vas?». Respondí: «A Medina, junto a mi esposo». Me preguntó: «¿No hay nadie contigo?». Respondí: «Nadie excepto Allah, el Único». Tomó las riendas de mi camello y comenzó a caminar, hasta llevarme a la aldea de los Banu Amr ibn Awf, en Quba, a las afueras de Medina. Entonces dijo: «Tu esposo vive aquí». Después de decirlo, emprendió nuevamente el camino hacia La Meca. Allí me reuní con mi esposo. Este Uthman ibn Talha abrazó el islam después del tratado de Hudaybiyya. (Vida de los Compañeros, 1/358-359).

Abu Salama emigró a Medina un año antes del juramento de los habitantes de Yathrib al Mensajero de Allah ﷺ en Aqaba. (Sira de Ibn Hisham, 1/468). Según una narración de al-Bujari, él fue el primer muháyir que llegó a Medina. Sin embargo, otra narración afirma que Mus‘ab ibn Umayr fue el primer muháyir de Medina. El erudito Ibn Hayar, al reconciliar estas dos narraciones, dijo: Cuando Abu Salama regresó de Abisinia a La Meca, los politeístas de La Meca comenzaron a maltratarlo nuevamente. Entonces fue a Medina por temor a los quraishíes, no con la intención de establecerse allí permanentemente. Mus‘ab ibn Umayr, en cambio, fue a Medina después de que llegara la orden de emigrar. De este modo, en realidad no existe contradicción entre ambas narraciones. (Fath al-Bari, 7/203).

El día en que Abu Salama llegó a Medina era el día 10 del mes de Muharram. La familia de Amr ibn Awf lo hospedó durante dos meses completos. Cuando el Noble Mensajero de Allah ﷺ llegó a Medina, estableció un vínculo de hermandad entre él y Khuzaima al-Ansari, y también le concedió un terreno para que viviera por separado.

Desempeñó un papel valiente en las batallas de Badr y Uhud. En la batalla de Uhud, una flecha de Abu Usama al-Yushami se le clavó en el brazo. Después de recibir tratamiento durante un mes entero, la herida pareció sanar externamente, pero se formó una lesión interna. En ese estado, se le encomendó el mando de la expedición de Qatan.

«Qatán» es el nombre de una montaña. Allí se encontraba el asentamiento de los Banú Asad. Hazrat Rasul-e-Karim ﷺ recibió la noticia de que Tulaiha y Asad ibn Juwaylid estaban instigando a su propia tribu y a otras tribus bajo su influencia para luchar contra Medina. Rasul-e-Karim ﷺ decidió poner fin a esas actividades. Reunió una fuerza de ciento cincuenta muyahidines, compuesta conjuntamente por muhayirun y ansar, y ordenó que marchara hacia «Qatán» bajo el mando de Abu Salama, en el mes de Muharram o Safar del cuarto año de la Hégira. Al entregar el estandarte a Abu Salama, Rasululá ﷺ le dijo: «Parte. Dispersa a los Banú Asad antes de que se unan».

Hazrat Abu Salama avanzó por una ruta poco conocida y apareció de repente en el asentamiento de los Banú Asad. Desconcertados por este ataque inesperado, comenzaron a huir. Abu Salama dividió su ejército en tres grupos y les ordenó perseguirlos. Los persiguieron hasta una gran distancia y obtuvieron como botín una gran cantidad de camellos y cabras. Presentaron todo el botín ante Rasululá ﷺ en Medina.

Hazrat Abu Salama regresó a Medina de la expedición de «Qatar». Mientras tanto, la herida causada por una flecha en la batalla de Uhud volvió a infectarse. Después de permanecer enfermo durante varios días, falleció el día 3 del mes de Yumada al-Ajira del cuarto año de la Hégira —según otra opinión, del tercer año—. Por una coincidencia, poco antes de que exhalara su último aliento, Rasul-e-Karim ﷺ acudió a visitarlo. Después de que su alma abandonó el cuerpo, el Mensajero ﷺ cerró con sus propias manos puras sus dos ojos, que habían quedado abiertos, y dijo: «Cuando se retira el alma de una persona, sus dos ojos quedan abiertos para contemplarlo». (Tabaqat Ibn Sa‘d, 3/172).

Por otro lado, las mujeres comenzaron a lamentarse detrás del velo. Rasul ﷺ las hizo desistir y dijo: «Este es el momento de hacer súplicas. Pues los ángeles que descienden del cielo hasta el difunto también dicen “amén” junto con las súplicas de quienes suplican». Después, Rasul ﷺ hizo por él la siguiente súplica: «¡Oh, Alá! Haz amplia e iluminada su tumba. Perdona sus pecados y eleva su rango entre la comunidad de los guiados». (Ibn Sa‘d, 3/172).

Hazrat Abu Salama falleció en un lugar llamado «Aliya», en las afueras de Medina. Había llegado desde Quba y se había establecido allí. Fue lavado con agua del pozo de los Banu Umayya ibn Zayd, «Yasira», y fue enterrado en la tierra sagrada de Medina.

Entre los compañeros, Hazrat Abu Salama, que Alá esté complacido con él, gozaba de una posición particularmente honorable. Cuando enfermó, Hazrat Rasul-e-Karim ﷺ acudía con frecuencia a visitarlo.

Hazrat Umm Salama, que Alá esté complacido con ella, dijo: «Un día, Abu Salama regresó a casa muy alegre después de estar en presencia de Rasululá ﷺ. Luego comenzó a decir: “Hoy, una palabra de Rasululá ﷺ me ha alegrado mucho”. Él dijo: “Si un musulmán afligido por una calamidad, en medio de su desgracia, se vuelve hacia Alá y dice: ‘¡Oh, Alá! Ayúdame en esta calamidad y concédeme por ella la mejor recompensa’, entonces Alá acepta su súplica”. Por eso, cuando sentí una gran tristeza por la muerte de Abu Salama, también hice esa súplica. Pero inmediatamente pensé: “¿Quién podría ser una mejor compensación por Abu Salama?”. Cuando, después de completar mi período de idda, el propio Mensajero ﷺ envió una propuesta de matrimonio, comprendí que Alá había dispuesto una compensación mejor». (Musnad de Ahmad ibn Hanbal, 4/127). Así, Umm Salama se convirtió en la Madre de los Creyentes.

Hazrat Abu Salama dejó dos hijos, Salama y Umar, y dos hijas, Zaynab y Durra.

Cuando el califa Umar —que Dios esté complacido con él— estableció las asignaciones para todos durante su califato, ordenó que se concedieran dos mil a los hijos de los emigrados y los auxiliares que habían participado en Badr. Cuando llegó el turno de Umar, hijo de Abu Salama, dijo: «Dadme mil más». Muhammad ibn Abd Allah —cuyo padre era Abd Allah ibn Yahsh, martirizado en Uhud— protestó diciendo: «Su padre no tiene ningún mérito especial por encima de nuestros padres».

El califa dijo: «Le doy dos mil por su padre, Abu Salama, y mil adicionales por su madre, Umm Salama. Si tú tuvieras una madre como la suya, también te daría mil más». (Hayatus Sahaba, 1/216-217).

Aqil ibn Abi Talib —que Dios esté complacido con él—

Su nombre era Aqil y su kunya, Abu Yazid. Su padre era Abu Talib ibn Abd al-Muttalib y su madre, Fátima. Pertenecía a la rama hachemí de la tribu de Quraysh. Era hermanastro del cuarto califa, Ali —que Dios esté complacido con él—, y veinte años mayor que Ali.

Aqil fue criado por su padre, Abu Talib. Antes de que el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— recibiera la profecía, una vez se abatió una gran pobreza sobre La Meca. Entre los qurayshíes, la situación del Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— y la de Abbas era relativamente mejor. Un día, el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— le dijo a Abbas: «Tío, conoces bien la situación de tu hermano Abu Talib. Tiene muchos hijos. Ven, hagámonos cargo de algunos de ellos». Ambos fueron a ver a Abu Talib y le expusieron su propósito. Abu Talib dijo: «Podéis llevaros a cualquiera que queráis, excepto a Aqil». Así, el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— se llevó a Ali, y Abbas se llevó a Yafar. (Hayatus Sahaba, 2/530).

Desde el principio, el corazón de Aqil se inclinaba hacia el islam y los musulmanes. Sin embargo, por temor a los qurayshíes, no pudo aceptar públicamente el islam. A pesar de su renuencia, se unió a la batalla de Badr junto con los jefes politeístas y, al igual que muchos otros, fue capturado por el ejército musulmán. El Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— ordenó a Ali que averiguara quiénes de sus parientes habían sido capturados. Ali hizo las averiguaciones y dijo: «Nawfal, Abbas y Aqil han sido capturados». Al oír esto, el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— fue personalmente a verlos y, deteniéndose junto a Aqil, dijo: «Abu Yahl ha sido muerto». Aqil respondió: «Ahora no queda ningún adversario de los musulmanes en la región de Tihama». Aqil estaba sin recursos. Abbas pagó su rescate y lo liberó. En Badr había sido capturado por Ubayd ibn Aws. (Sira de Ibn Hisham, 1/687).

Tras ser liberado del cautiverio, regresó a La Meca. En el año de la conquista de La Meca —según otra versión, después del Tratado de Hudaybiyya— aceptó el islam como correspondía y emigró a Medina a comienzos del octavo año de la hégira. (Al-Isaba, 2/494).

Después de participar en la expedición de Mu’ta, regresó nuevamente a La Meca y enfermó. Por ello no pudo participar en la conquista de La Meca ni en las expediciones de Taif y Hunayn. (Usd al-Gaba, 3/422). Sin embargo, según algunas narraciones, participó en la batalla de Hunayn. Al comienzo de esta batalla, cuando el ejército musulmán estaba a punto de ser derrotado e incluso los emigrados y los auxiliares empezaron a huir, él fue uno de los que permanecieron firmes. (Al-Isaba, 2/494).

Ibn Hisham dice: El día de la batalla de Hunayn, Aqil ibn Abi Talib entró con una espada ensangrentada en la tienda de su esposa, Fátima bint Shaybe ibn Rabía. Su esposa le dijo: «He comprendido que has combatido. Pero ¿qué botín —es decir, bienes obtenidos en la guerra— has traído para mí?». Aqil respondió: «Toma esta aguja; coserás ropa con ella». Y puso la aguja en la mano de su esposa. En ese momento se oyó la voz del pregonero del Mensajero de Allah. Estaba anunciando: «Quien tenga algún objeto, que lo devuelva. Aunque se trate de una aguja y un hilo, que lo devuelva». Aqil se volvió hacia su esposa y dijo: «También se ha ido tu aguja». Dicho esto, tomó la aguja de la mano de su esposa y la arrojó al montón de bienes del botín. (Sira de Ibn Hisham, 2/492).

Desde el fallecimiento del Mensajero de Allah, es decir, desde la batalla de Hunayn, hasta el final del califato del califa Uzmán, no se encuentra en la historia mucha información sobre el papel y las actividades de Aqil. Sin embargo, durante el califato de Umar, cuando comenzó a acumularse una gran cantidad de dinero en el Bayt al-Mal, consultó con los Compañeros destacados acerca de ese dinero. Ali aconsejó distribuirlo todo entre la gente. Uzmán dijo: «Hay mucho dinero y todos recibirán. Pero, si no se lleva cuenta de quién recibió y quién no, el asunto se convertirá en un caos». Entonces Walid ibn Hisham ibn Mugira dijo: «¡Oh, Emir de los Creyentes! He ido a Siria. Allí vi a los reyes; elaboran un registro y anotan todo por separado». Al califa le agradó su propuesta. Ordenó a Aqil, Makhrama y Zubayr ibn Mut’im elaborar una lista de los ciudadanos según su rango. Estos tres eran destacados expertos en genealogía entre los qurayshíes. Ellos prepararon la lista. (Vida de los Compañeros, 2/220).

Aqil vuelve a aparecer en las páginas de la historia durante el conflicto entre Ali y Muawiya. Aunque era hermano de Ali, mantenía relaciones con el emir Muawiya por sus propias necesidades. Durante el conflicto entre Ali y Muawiya, dejó Medina y se trasladó a Siria, junto a Muawiya. La historia menciona como razón que Aqil era un hombre pobre y endeudado, y necesitaba dinero. En cambio, el tesoro del emir Muawiya estaba abierto. La pobreza y la necesidad lo obligaron a ponerse del lado de Muawiya.

Cuando el conflicto entre Muawiya y Ali llegó a su punto culminante, Aqil acudió una vez a Ali con la esperanza de que le pagara sus deudas. Ali lo recibió con grandes honores y encargó a su hijo Hasan que lo atendiera. Hasan preparó con sumo cuidado un lugar para que descansara. Por la noche se extendió el mantel y lo llamaron para comer. Aqil llegó y vio sobre el mantel unos panes secos, sal y un poco de guiso. Aqil dijo: «¿Esto es todo lo que hay para comer?». Ali respondió: «Sí». Entonces Aqil expuso el motivo de su visita y dijo: «Paga mis deudas». Ali preguntó: «¿A cuánto ascienden?». Respondió: «A cuarenta mil dírhams». Ali dijo: «¿De dónde sacaré tanto dinero? Espere un poco; cuando mi asignación sea de cuatro mil, podré dárselo». Aqil dijo: «¿Cuál es tu dificultad? El Bayt al-Mal está en tus manos. ¿Cuánto tiempo me mantendrás esperando a que aumente tu asignación?». Ali respondió: «Yo no soy más que un depositario del dinero de los musulmanes. ¿Quieres que te entregue ese dinero y traicione la confianza depositada en mí?». Al oír esta respuesta, Aqil se marchó directamente a Siria, junto al emir Muawiya. Muawiya le preguntó a Aqil: «¿Cómo viste a Ali y a sus compañeros?». Aqil respondió: «Son los verdaderos Compañeros del Mensajero de Allah. Solo les falta una cosa: que el Mensajero no está entre ellos. En cuanto a ti y a tus compañeros, sois exactamente como los compañeros de Abu Sufyan». A pesar de semejante comparación, al día siguiente el emir Muawiya mandó llamar a Aqil y puso en su mano cincuenta mil dírhams. (Usd al-Gaba, 4/23).

Después de la llegada de Aqil a Siria, Muawiya lo presentaba como un ejemplo y decía: «Si yo no estuviera en la verdad, ¿cómo habría Aqil abandonado a su hermano Ali para ponerse de mi lado?». En cierta ocasión, cuando Muawiya presentó este argumento ante la gente, en presencia de Aqil, este protestó y dijo: «Mi hermano es bueno para la religión, mientras que tú lo eres para el mundo. La cuestión es que yo he dado prioridad al mundo sobre la religión. En cuanto a la otra vida, le pido a Allah un buen desenlace en Su presencia». (Usd al-Gaba, 3/423).

Aqil falleció hacia el final del califato de Muawiya o al comienzo del gobierno de Yazid. (Al-Isaba, 2/494).

Después de abrazar el islam, se vio privado de la oportunidad de disfrutar de una larga compañía del Mensajero de Allah. Por ello, aunque el Mensajero de Allah era su pariente más cercano y querido, no alcanzó en el ámbito del conocimiento la competencia que debería haber tenido. Aun así, en las colecciones de hadices se encuentran algunos hadices narrados por él. Muhammad, Hasan al-Basri, Ata y otros tabi’un narraron hadices de él. Además del conocimiento religioso, dominaba diversos saberes de la época de la ignorancia preislámica. Era muy versado en el ilm al-ansab, los ayyam al-arab —la genealogía y la historia de las guerras de los antiguos árabes— y otros temas semejantes. La gente acudía a él para adquirir conocimientos sobre estos asuntos. Después de la oración, hablaba de estos temas en la Mezquita del Profeta, y la gente se sentaba a escucharlo.

Hisham al-Kalbi dice: La gente acudía a estos cuatro hombres de los qurayshíes —Aqil, Makhrama, Huaytib y Abu Yaham— para que resolvieran sus disputas y conflictos. (Al-Isaba, 2/494).

El Noble Mensajero de Allah lo amaba profundamente. Decía: «Abu Zayd, te amo por dos motivos: por el parentesco y porque mi tío te amaba».

En toda circunstancia, tanto en la dicha como en la aflicción, Hazrat Aqil —que Allah esté complacido con él— siguió fielmente la Sunna del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. En cierta ocasión acababa de contraer matrimonio. Por la mañana, los vecinos acudieron a felicitarlo. Lo felicitaron pronunciando dos expresiones habituales en la época de la ignorancia. Aunque esas dos expresiones no contenían ningún significado contrario al islam, como existía una fórmula islámica para felicitar, él corrigió su error y les dijo: «No digáis eso; decid más bien: Barakallahu lakum wa barakallahu alaikum. Se nos ha ordenado hablar así». El Noble Mensajero de Allah le dejó establecido, para su sustento, una asignación anual de ciento cuarenta wasaq de los cereales producidos en Jaibar. (Sira de Ibn Hisham, 2/350).

Hakim ibn Hizam —que Allah esté complacido con él—

Su nombre era Hakim y su kunya, Abu Jalid. Su padre era Hazam ibn Juwaylid y su madre, Zaynab; según otra opinión, Safiyya. El propio Hakim dijo: «Nací en el año del Elefante, es decir, trece años antes de que Abraha atacara la Kaaba». Al-Waqidi dice que Hakim nació cinco años antes del nacimiento del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Su padre, Hazam, murió en la guerra de Fijar. Él mismo también participó en esa guerra. Zubayr ibn Bakkar dice que Hakim nació en el interior de la Kaaba. (Al-Isaba, 1/349).

La historia cuenta que fue el único niño de Arabia nacido en el interior de la Kaaba. Su madre entró en la Kaaba acompañada de varias amigas. Aquel día, la puerta de la Kaaba estaba abierta con motivo de alguna ocasión especial. En ese momento, su madre estaba embarazada. Por voluntad de Allah, allí comenzaron sus dolores de parto y no tuvo tiempo de salir. Extendieron una piel y dio a luz a un niño. Le pusieron por nombre Hakim ibn Hizam. La Madre de los Creyentes, Hazrat Jadiya bint Juwaylid, era su tía paterna.

Hakim creció en una familia noble y adinerada de La Meca. Era sumamente cortés e inteligente. Los qurayshíes lo eligieron como líder. En la Arabia de la época de la ignorancia, se llamaba «mut’im», es decir, «el que alimenta», a quienes atendían y daban de comer a los peregrinos que llegaban a La Meca; Hakim también era uno de los mut’im más destacados de La Meca. (Sira de Ibn Hisham, 1/664-665).

Durante la época de la ignorancia, ayudaba con su propio dinero a quienes llegaban a La Meca para visitar la Casa de Allah y caían en la miseria. Antes de recibir la misión profética, era un amigo íntimo del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Aunque era mayor que el Mensajero de Allah, lo amaba y consideraba valiosa su compañía. Del mismo modo, el Mensajero de Allah también lo amaba y lo acompañaba.

Más tarde, el matrimonio del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— con Hazrat Jadiya bint Juwaylid estableció un vínculo de parentesco entre el Mensajero de Allah y Hakim. Esto fortaleció aún más su antigua relación. Sin embargo, resulta muy sorprendente que, a pesar de la profunda relación que existía entre ambos, no creyera en el Mensajero de Allah hasta el día anterior a la conquista de La Meca. Cuando abrazó la fe, ya habían transcurrido veinte años desde el inicio de la misión profética del Mensajero de Allah.

Allah Ta‘ala había concedido a Hakim conocimiento, inteligencia y parentesco con el Mensajero de Allah (s.a.w.), por lo que lo razonable habría sido que él fuera el primero en responder a su llamamiento y abrazar la fe. Pero, por voluntad de Allah, no fue así. Así como nosotros nos sorprendemos por ello, él mismo se sorprendía de su propia conducta. Después de abrazar el islam, permaneció toda su vida consumido por el remordimiento de las acciones de su vida pasada. Un día, después de abrazar el islam, su hijo lo vio sentado y llorando. Le preguntó:

Padre, ¿por qué lloras?

Hijo mío, tengo muchas razones para llorar.

En primer lugar, abracé el islam demasiado tarde. Por ello me quedé atrás y perdí muchas grandes obras de bien. Ahora, aunque gastara en el camino de Allah una cantidad de oro equivalente a toda la tierra, aun así no podría alcanzar su mérito.

En segundo lugar, Allah me salvó la vida en Badr y Uhud. Entonces prometí en mi fuero interno que nunca más ayudaría a los quraysh contra el Mensajero de Allah (s.a.w.) y que tampoco volvería a salir de La Meca. Pero poco después volví a atreverme a ayudar a los quraysh.

En tercer lugar, cada vez que pensaba en abrazar el islam, fijaba la mirada en los respetados líderes ancianos de Quraysh. Ellos se aferraban firmemente a sus costumbres y prácticas de la época de la ignorancia. Yo también los seguí. ¡Ay de mí! ¡Ojalá no los hubiera seguido! Seguir a mis antepasados y a los líderes me ha llevado a la ruina. Hijo mío, ¿por qué no habría de llorar ahora?

Así como nosotros y él mismo nos sorprendimos de que Hakim abrazara el islam tan tarde, el propio Mensajero de Allah (s.a.w.) no se sorprendió menos. El Mensajero (s.a.w.) deseaba que otras personas inteligentes como él se incorporaran rápidamente al islam.

La noche anterior a la conquista de La Meca, el Mensajero (s.a.w.) dijo a sus compañeros: «No me agradaba que cuatro hombres de La Meca permanecieran como politeístas. Deseaba que abrazaran el islam».

Se preguntó: «¿Quiénes son ellos?». Respondió: «Attab ibn Usaid, Zubayr ibn Mutim, Hakim ibn Hizam y Suhayl ibn Amr». Por la gracia de Allah, todos ellos abrazaron el islam. Cuando el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) estaba sitiado junto con sus compañeros en el desfiladero de Abu Talib, en La Meca, Hakim, a pesar de ser todavía idólatra, enviaba secretamente provisiones a su tía Jadiya. Un día, mientras llevaba trigo, el miserable Abu Yahl lo descubrió. Abu Yahl se lo impidió. Abu al-Bakhtari ibn Hisham se encontraba cerca. Se acercó y le dijo a Abu Yahl: «Está enviando un poco de comida a su tía. ¿Se lo vas a impedir?». Finalmente, ambos llegaron a las manos. (Sira de Ibn Hisham, 1/353-354).

A pesar de la resistencia de los quraysh, cuando aumentó el número de quienes ayudaban al Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dentro y fuera de La Meca, los quraysh se inquietaron aún más. Se reunieron en la casa de Dar al-Nadwa, en La Meca, para tomar una decisión definitiva respecto al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Hakim también estuvo presente en aquella reunión junto con los demás líderes de los quraysh. Iblis también asistió, disfrazado de anciano de Nayrán. (Sira de Ibn Hisham, 1/480-481).

Después de que los quraysh acamparon en Badr, algunos de sus hombres se acercaron para beber agua del pozo del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Hakim se encontraba entre ellos. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) prohibió que se les impidiera beber agua. Todos los que bebieron de aquella agua murieron en Badr, excepto Hakim. (Sira de Ibn Hisham, 1/622).

Después de que los quraysh establecieron su campamento en Badr, enviaron a Umayr ibn Wahb para calcular el número de soldados del ejército musulmán. Umayr recorrió los alrededores del campamento musulmán y dijo: «Pueden ser trescientos, algo menos o algo más». Umayr expresó su opinión de que los quraysh no debían entrar en combate. Al oírlo, Hakim ibn Hizam se acercó a Utba ibn Rabia, caminando entre la gente, y le dijo: «¡Abu al-Walid! Eres el líder y jefe de los quraysh. Eres una persona respetada entre ellos. ¿No deseas que tu buena reputación sea recordada entre ellos para siempre?». Utba respondió: «Hakim, ¿por qué dices eso?». Hakim dijo: «Debes llevar a la gente de regreso a La Meca». Utba envió a Hakim ante Abu Yahl. Hakim relató: «Fui hasta Abu Yahl y lo vi untando aceite en su escudo. Le dije: “¡Abu al-Hakam! Utba me ha enviado ante ti con este propósito”». Abu Yahl respondió: «¡Por Allah! Se ha vuelto cobarde al ver a Muhammad y a sus compañeros».

«No regresaremos hasta que Allah juzgue entre Muhammad y nosotros. Además, Utba necesariamente diría algo así: su hijo está con ellos. Por eso intenta atemorizaros». De este modo, los esfuerzos de Hakim y Utba por evitar el enfrentamiento quedaron frustrados por la obstinación de Abu Yahl. Por voluntad de Allah, Abu Yahl fue la primera víctima de Badr. (Sira de Ibn Hisham, 1/622-624).

Más tarde, Hakim relató lo sucedido acerca de la derrota en Badr: «Escuchamos un sonido como si hubiera caído del cielo a la tierra. Era como el sonido de una piedra al caer sobre una bandeja. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había arrojado aquella piedra. Fuimos derrotados». (La vida de los compañeros, 3/550).

Con el propósito de conquistar La Meca, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) llegó a Marr az-Zahran y estableció allí su campamento. Abu Sufyan ibn Harb, Hakim ibn Hizam y Budayl ibn Warqa salieron de La Meca para recabar secretamente información para los quraysh. Al llegar a un lugar llamado Araq, cerca de La Meca, escucharon el ruido de camellos, caballos y personas. Continuaron avanzando y, en la oscuridad de la noche, entraron en cierta ocasión en la zona musulmana. Los guardias musulmanes los capturaron. Umar (que Allah esté complacido con él) propinó varios puñetazos en el cuello de Abu Sufyan. Abu Sufyan gritó aterrorizado y pidió ayuda a Abbas. Abbas acudió corriendo y lo liberó de las manos de Umar. Mientras tanto, Hakim y Budayl fueron llevados prisioneros ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y ambos abrazaron voluntariamente el islam. Abu Sufyan también abrazó el islam. (La vida de los compañeros, 1/163, 170-172; Sira de Ibn Hisham, 2/400).

El día de la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) entró en la ciudad con aspecto de vencedor. Manifestó su decisión de honrar a Hakim ibn Hizam. Ordenó que se hiciera el siguiente anuncio:

1. No hay más divinidad que Allah; Él es Uno y no tiene asociados, y Muhammad es Su siervo y Mensajero. Quienes den testimonio de ello estarán a salvo.

2. Quien deponga las armas y se siente en el recinto de la Kaaba estará a salvo.

3. Quienes permanezcan sentados con las puertas de sus casas cerradas estarán a salvo.

4. Quien se refugie en la casa de Abu Sufyan estará a salvo.

5. Quien se refugie en la casa de Hakim ibn Hazam también estará a salvo.

La casa de Hakim ibn Hazam estaba en la parte baja de La Meca, mientras que la casa de Abu Sufyan estaba en la parte alta.

Hakim ibn Hazam abrazó el islam con extrema devoción. Después de abrazar el islam, se comprometió a desempeñar en su vida islámica un papel y a gastar una cantidad de dinero equivalentes exactamente al papel que había desempeñado y al dinero que había gastado, antes del islam, en la enemistad contra el islam y el Mensajero.

Dar al-Nadwa de La Meca era una casa. Los qurayshíes se reunían allí para deliberar y tomar decisiones. Qusayy, un ancestro eminente de la tribu de Quraish, construyó aquella casa. Tras pasar de un propietario a otro, Hakim se convirtió en su dueño en la época preislámica. Después de abrazar el islam, durante el califato de Muawiya, vendió la casa por cien mil dirhams. Muawiya lo reprendió y le dijo: «¿Has vendido la dignidad y la nobleza de tus antepasados?». Hakim respondió: «Toda dignidad y toda nobleza se han desvanecido, excepto la taqwa, es decir, el temor de Allah. En la época de la ignorancia compré la casa a cambio de un recipiente de vino, y hoy la he vendido por cien mil dirhams. También te informo de que todo este dinero se gastará por la causa de Allah. Entonces, ¿dónde está la pérdida?». (Sira de Ibn Hisham, 1/125)

Después de aceptar el islam, Hakim ibn Hizam realizó una vez el hajj. Delante de él llevaron cien camellos de excelente raza, adornados con telas preciosas. Los sacrificó todos buscando la complacencia de Allah.

En otra ocasión realizó el hajj. Mientras se encontraba en Arafat, lo acompañaban cien esclavos. Del cuello de cada uno colgaba una placa de plata en la que estaba escrito: «Esclavo liberado por Allah de parte de Hakim ibn Hizam». Los liberó a todos. En otro hajj llevó consigo mil cabras y ovejas. Las sacrificó todas en Mina y alimentó con esa carne a los musulmanes pobres y necesitados.

Después de la batalla de Hunayn, Hakim ibn Hizam pidió al Mensajero de Allah (s.a.w.) parte del botín. El Mensajero de Allah le dio algo. Volvió a pedirle, y el Mensajero de Allah volvió a darle. Así, ese día recibió él solo cien camellos. En aquel momento era un musulmán recién convertido. (Sira de Ibn Hisham, 2493).

Entonces el Mensajero de Allah (s.a.w.) se dirigió a él diciendo:

«¡Oh, Hakim! Esta riqueza es muy dulce y muy atractiva. A quien la recibe con satisfacción se le bendice en ella. Pero a quien la recibe con avidez no se le bendice en ella. Es como quien come, pero no queda satisfecho. La mano de arriba es mejor que la mano de abajo; es decir, la mano del que da es mejor que la mano del que recibe».

Al oír estas palabras de boca del Mensajero de Allah (s.a.w.), Hakim dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah (s.a.w.)! Juro por Aquel que te envió con la verdad que, después de hoy, nunca más pediré nada a nadie en mi vida ni aceptaré nada de nadie». Hakim cumplió debidamente su juramento.

Durante el califato de Abu Bakr, el califa lo invitó varias veces a recibir el estipendio de Hakim procedente del Bait al-Mal. Hakim lo rechazó una y otra vez. Luego Umar se convirtió en califa. También comenzó a invitar repetidamente a Hakim a recibir su parte. Finalmente, Umar, haciendo que el pueblo fuera testigo, dijo: «¡Oh, comunidad musulmana! Escuchad: he invitado a Hakim a recibir su parte, pero él continúa rechazándola». Así, Hakim no volvió a pedir nada a nadie ni aceptó nada de nadie hasta el fin de su vida. Umar solía decir: «Oh Allah, te pongo por testigo de que invité a Hakim a recibir su parte, pero él la rechazó». (La vida de los compañeros, 2/250-251).

En una ocasión, Hakim ibn Hizam fue al Yemen cuando aún era politeísta. Allí compró una capa del rey del Yemen, Dhu Yazan, y al llegar a Medina se la ofreció como regalo al Mensajero de Allah (s.a.w.). Pero el Mensajero de Allah (s.a.w.) la rechazó diciendo: «No acepto ningún regalo de un politeísta». Cuando Hakim vendió la capa, el Mensajero de Allah (s.a.w.) la compró y entró en la mezquita vestido con ella. Hakim dijo: «Nunca vi a nadie más hermoso con esa vestimenta. El Mensajero de Allah (s.a.w.) parecía la luna llena en su plenitud». Entonces, sin darme cuenta, brotó de mis labios un poema en alabanza del Mensajero de Allah (s.a.w.). (La vida de los compañeros, 2/243-244).

En una ocasión, el Mensajero de Allah (s.a.w.) envió a Hakim al mercado con un dinar para comprar una cabra destinada al sacrificio. En el mercado, compró una cabra por un dinar y luego la vendió por dos dinares. Después compró otra cabra por un dinar y se presentó ante el Mensajero de Allah (s.a.w.) con la cabra y el otro dinar. El Mensajero de Allah (s.a.w.) suplicó por la bendición de su sustento y le ordenó dar en caridad el dinar obtenido como ganancia. (Hayatus Sahaba, 3/345)

Existe discrepancia acerca del año de la muerte del venerable Hakim. El imam Bujari menciona en su «Tarij» que falleció en el año 60 de la Hégira, a la edad de ciento veinte años. Sin embargo, según Urwa, murió en el décimo año del califato del venerable califa Muawiya (r.a.).

Nawfal ibn Hariz (r.a.)

Su nombre era Nawfal y su kunya, o sobrenombre, Abu Hariz. Su padre era Hariz ibn Abd al-Muttalib y su madre, Gaziyya. Era descendiente de la rama hachemí de la tribu de Quraysh. Era primo paterno del Mensajero de Allah (s.a.w.).

Tan pronto como el Mensajero de Allah (s.a.w.) comenzó su labor de predicación, incluso sus parientes más cercanos se convirtieron en sus enemigos y se empeñaron firmemente en oponérsele. Sin embargo, en el corazón de Nawfal siempre existió amor por su hermano. Por ello, aun mientras permanecía idólatra, no podía aceptar de corazón la oposición al Mensajero de Allah (s.a.w.). Obligado por la presión de los politeístas de La Meca, fue a Badr para luchar contra los musulmanes. Pero entonces repetía constantemente estos versos:

«Para mí está prohibido luchar contra Ahmad; considero a Ahmad uno de mis parientes más cercanos».

Cuando el ejército idólatra de La Meca fue derrotado en Badr, él también fue hecho prisionero junto con los demás. Aceptó el islam mientras permanecía cautivo. Cuando el Mensajero de Allah (s.a.w.) le dijo: «Nawfal, libérate pagando el rescate», Nawfal respondió: «No tengo capacidad para pagar el rescate». Entonces Nawfal exclamó: «¡Juro por Allah que, aparte del Dios único, nadie conoce los arcos de Yidda! Doy testimonio de que usted es el Mensajero de Allah». En Yidda tenía mil arcos. Sin embargo, según otra versión, aceptó el islam en el año de la batalla del Foso y se trasladó a Medina. (Nota: Sira de Ibn Hisham, 2/3; Al-Isaba, 3/577).

Nawfal era un buen poeta. Expresó en numerosos poemas sus sentimientos al aceptar el islam. Algunos de sus versos son los siguientes:

«Aléjense, aléjense; ya no soy de los suyos.

No tengo ninguna relación con la religión de los líderes de Quraysh.

Doy testimonio de que Muhammad es ciertamente un profeta.

Ha venido de su Señor con guía y conocimiento divino.

Es el Mensajero de Allah; llama a la taqwa,

El Mensajero de Allah no es ningún poeta.

Con esta convicción viviré.

Y en la tumba yaceré aferrado a esta convicción.

«Me levantaré de nuevo el Día de la Resurrección con esta fe».

Poco antes de la batalla de la Zanja o de la conquista de La Meca, partió nuevamente hacia Medina junto con el venerable Abbas (que Allah esté complacido con él). Al llegar a Abwa, Rabi‘a ibn al-Harith ibn Abd al-Muttalib manifestó su deseo de regresar a La Meca. Naufal le dijo: «¿Adónde regresarás, a aquella tierra idólatra cuyos habitantes luchan contra el Mensajero de Allah y niegan su misión? Ahora Allah ha honrado a Su Mensajero y ha aumentado el número de sus compañeros. Ven con nosotros». Entonces la caravana emigró y llegó a Medina.

Naufal y Abbas mantenían una relación muy estrecha desde antes de aceptar el islam. Por ello, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) estableció entre ambos un vínculo de hermandad religiosa y les asignó dos casas para vivir. Una de ellas estaba en un lugar llamado Rahbat al-Qada, junto a la Mezquita del Profeta, y la otra se encontraba en el mercado, en el camino de Saniyyat al-Wida.

Después de llegar a Medina, participó por primera vez en la conquista de La Meca. Se incorporó a diversas expediciones, entre ellas las de Taif y Hunain, y demostró una capacidad y un valor extraordinarios. Mostró una valentía excepcional, especialmente en Hunain. Incluso cuando el ejército musulmán se dispersó y estuvo al borde de la derrota, permaneció firme como una montaña frente al enemigo. En esta batalla prestó una gran ayuda al ejército musulmán. Antes de partir, entregó tres mil lanzas al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El Mensajero comentó: «Es como si estuviera viendo tus flechas atravesar las espaldas de los politeístas». (Nota: Sira de Ibn Hisham, 2/3).

El venerable Naufal falleció en Medina en el año 15 de la Hégira, y el califa Umar dirigió la oración funeraria por él. Fue enterrado en el cementerio de Baqi, en Medina.

El venerable Mensajero de Allah siempre se interesaba por el bienestar de Naufal. El Mensajero lo casó con una mujer de Medina. En aquel momento no había alimento en su casa. El Mensajero envió su propia armadura a un judío por medio de Abu Rafi y Abu Ayyub. Ellos dejaron la armadura en prenda ante aquel judío y, con el dinero que recibieron a cambio, compraron treinta sa‘ de cebada y se los llevaron al Mensajero. Él se los entregó a Naufal.

Abu Rafi (que Allah esté complacido con él)

Existe una gran discrepancia acerca del nombre verdadero de Abu Rafi (que Allah esté complacido con él). Entre los nombres mencionados están: Ibrahim, Aslam, Sinan, Yasar, Salih, Abd al-Rahman, Karman, Yazid, Thabit y Hurmuz, entre otros. De todos ellos, el nombre Aslam es el más famoso. (Al-Isaba, 4/67). Abu Rafi era su kunya o sobrenombre. Para demostrar la nobleza de su linaje basta con decir que tuvo la fortuna de servir al venerable Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El Mensajero lo incorporó a su propia familia. Para cualquier persona no podría existir un honor familiar mayor que este. En realidad, era un esclavo abisinio.

El honorable Abu Rafi fue primero esclavo del honorable Abbas, que Dios esté complacido con él. Este lo entregó como regalo al Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz. Más tarde, el honorable Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, liberó a Abu Rafi como muestra de alegría por la conversión del honorable Abbas, que Dios esté complacido con él, al islam.

Se ha dicho acerca de su islam que fue uno de aquellos que se sintieron atraídos por el islam al contemplar el resplandor del sagrado rostro del honorable Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz. Al respecto, el propio Abu Rafi cuenta: «Una vez, los coraichitas me enviaron al Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, para realizar uno de sus encargos. En cuanto vi al Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, mi corazón se inclinó hacia el islam. Le dije: “¡Oh, Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz!, ya no regresaré”. Él respondió: “No retengo a un mensajero ni rompo una promesa. Ahora regresa. Si después de algunos días sigue existiendo en tu corazón el fervor por el islam, entonces ven”. Así pues, regresó en aquel momento y, después de unos días, volvió y abrazó el islam.»

Por temor al poder opresor de los coraichitas, el honorable Abu Rafi mantuvo en secreto su conversión al islam hasta la batalla de Badr. Un día, justo después de que terminara la batalla de Badr, estaba sentado en la casa del pozo de Zamzam, junto a la Kaaba, fabricando flechas. La esposa del honorable Abbas estaba sentada a su lado. En ese momento llegó y se sentó allí el miserable Abu Lahab. Abu Lahab comenzó a preguntarle por lo ocurrido en la batalla de Badr. Cabe señalar que Abu Lahab no participó personalmente en la batalla de Badr, sino que envió como representante a As ibn Hisham. En respuesta a las preguntas de Abu Lahab, Abu Sufyan dijo: “¿Preguntas qué ocurrió? Los musulmanes han aplastado todas nuestras fuerzas; han matado a muchos y han tomado prisioneros a numerosos hombres”. A este respecto se cuenta una historia extraordinaria: el espacio entre la tierra y el cielo estaba lleno de jinetes vestidos de blanco y negro. Al oír estas palabras, Abu Rafi exclamó de repente: “¡Son ángeles!”. ¡Y ahí terminó todo! Inmediatamente, Abu Sufyan le dio una tremenda bofetada en la mejilla. Abu Rafi soportó el golpe y se puso en guardia, pero era débil. Abu Lahab lo arrojó al suelo, se sentó sobre su pecho y lo golpeó brutalmente. La esposa del honorable Abbas no pudo soportar aquel maltrato. Tomó un palo y asestó un fuerte golpe en la cabeza del monstruoso Abu Lahab. La cabeza del malvado Abu Lahab quedó abierta. Entonces la esposa del honorable Abbas comenzó a decir: “¿Lo golpeáis porque, aprovechando la ausencia de su amo, consideráis débil a Abu Rafi?”. Una semana después de este suceso, Abu Lahab murió de una enfermedad llamada adasi (viruela). (Hayatus Sahaba, 3/530-531).

Al-Tabarani transmite de Ibn Abbas que este dijo: «En el quinto año de la hégira nos reunimos con el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz. Era el momento de la batalla de Ahzab. Yo estaba con mi hermano Fadl ibn Abbas. Nuestro esclavo Abu Rafi también estaba con nosotros. Al llegar a Medina, encontramos al Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, en la trinchera». Este relato permite comprender que Abu Rafi emigró de La Meca a Medina en el quinto año de la hégira. (Hayatus Sahaba, 1/373).

Sin embargo, Ibn Hisham ha transmitido un relato de Aisha, que Dios esté complacido con ella. Aisha, que Dios esté complacido con ella, dijo: «Pocos días después de emigrar a Medina, cuando el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, se hubo establecido un poco, envió a Zayd ibn Hariza y a Abu Rafi de Medina a La Meca para que nos llevaran». (Sirat Ibn Hisham).

Este relato permite comprender que Abu Rafi llegó a Medina antes del quinto año de la hégira. En Medina comenzó a vivir con el honorable Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz.

Abu Rafi relata lo siguiente acerca de la batalla de Badr: «Fuimos a Jaibar bajo el mando de Ali. El Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, entregó su estandarte a Ali y lo envió a Jaibar. Cuando nos acercamos a la fortaleza, sus habitantes salieron y comenzaron a combatir contra nosotros. Ali arrancó una de las puertas de la fortaleza y la utilizó como escudo. La sostuvo en la mano hasta el final de la batalla y luego la dejó caer. Ocho de nosotros hicimos todo lo posible, pero no logramos darle la vuelta». (Hayatus Sahaba, 1/546).

En el séptimo año de la hégira, el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, fue a La Meca y realizó la «umrat al-qada» conforme a los términos del tratado de Hudaybiyya. Abu Rafi también acompañó al Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, en este viaje. Durante su estancia en La Meca, se celebró el sagrado matrimonio del Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, con la honorable Maymuna. Al finalizar el período de permanencia en La Meca, el honorable Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, dejó a Abu Rafi en La Meca y partió hacia Sarif. Después, Abu Rafi llevó a la honorable Maymuna, que Dios esté complacido con ella, a Sarif, donde se completó la ceremonia matrimonial. Luego todos regresaron a Medina. (Sirat Ibn Hisham, 2/372).

Abu Rafi también formó parte del ejército que el Honorable Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) envió al Yemen bajo el mando de Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él). En ausencia de Hazrat Ali, este puso a Abu Rafi al mando del ejército.

Abu Rafi es un brillante ejemplo de las oportunidades de progreso que el islam ha brindado a los esclavos y, en general, a las personas de las clases desfavorecidas. Aunque fue esclavo, en dignidad y capacidad era igual a los hombres libres. En las recopilaciones de hadices se encuentran 68 hadices narrados por él. De ellos, uno fue transmitido exclusivamente por el imán al-Bujari y tres exclusivamente por el imán Muslim.

Incluso después de ser liberado de la esclavitud, no renunció al honor de servir al Honorable Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Por ello, conocía muchos detalles de las actividades y los hábitos cotidianos del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Los ilustres compañeros acudían en gran número a él para informarse sobre estos asuntos. Hazrat Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) iba a verlo acompañado de un secretario y le preguntaba: «¿Qué hacía el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en tal o cual día?». Abu Rafi respondía y el secretario lo anotaba. (Al-Isaba, 4/92).

Aunque el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo había liberado, él mismo siguió dedicado a servirlo. Cuando el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo liberó, las lágrimas comenzaron a correr por las mejillas de Abu Rafi. La gente le dijo: «¡Estás siendo liberado de la esclavitud! ¿Por qué lloras?». Él respondió: «Hoy estoy perdiendo una recompensa». Desde entonces, aunque legalmente había quedado libre, se aferró firmemente al honor de servir al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Durante los viajes, él mismo preparaba la tienda del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). La relación de servidumbre con el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) era tan dulce y querida para él que, hasta el final de su vida, se identificó como siervo o esclavo del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).

El Honorable Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) casó a un compañero, Nawfal ibn al-Harith, con una mujer. Después de la boda, le pidió algo para comer, pero no encontró nada. Entonces el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) entregó su propia armadura a Abu Rafi y a Abu Ayyub y los envió a venderla. Dejaron su armadura en prenda ante un judío y obtuvieron treinta sa‘ de cebada, que llevaron al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) entregó la cebada a Nawfal. Nawfal dice: «Comimos aquella cebada durante medio año. Después la pesamos y vimos que no había disminuido en absoluto; seguía igual que antes». Cuando se lo contaron al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), comentó: «Si no la hubierais pesado, habríais podido comer de ella toda la vida». (Hayat al-Sahaba, 3/630).

En una etapa de su vida, Hazrat Abu Rafi padeció una gran pobreza y dificultades económicas. Incluso tuvo que pedir limosna y aceptar ayuda de la gente. Sin embargo, nunca aceptó más de lo necesario. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había predicho esta etapa de su vida. Abu Rafi cuenta que un día el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le preguntó: «¡Oh, Abu Rafi!, ¿qué harás cuando seas pobre?». Abu Rafi respondió: «¿Aceptaré limosna en ese estado?». El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Sí». Él preguntó: «¿Cuándo llegará mi pobreza?». Le respondió: «Después de mi muerte». El narrador, Abu Sulaym, dice: «Lo vi en estado de pobreza. Sentado al borde del camino, decía: “¿Quién quiere dar limosna a un anciano ciego? ¿Quién quiere hacer una donación a aquel de quien el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo que en el futuro sería pobre?”». También había dicho: «No es lícito que una persona rica acepte limosna, ni tampoco que la acepte una persona sana». Abu Sulaym dice: «Vi a un hombre dar cuatro dírhams a Abu Rafi, pero él le devolvió uno. El hombre le dijo: “Abdullah, no me devuelva mi donación”. Abu Rafi respondió: “El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) me prohibió acumular riquezas en exceso”». Abu Sulaym añade: «Finalmente vi a Abu Rafi convertido en un hombre rico y lo oí decir: “¡Ay, si Abu Rafi hubiera muerto pobre!”». (Hayat al-Sahaba, 2/253-254). Según al-Waqidi, falleció en Medina durante el califato de Hazrat Ali. (Al-Isaba, 4/67).

Ubayda ibn al-Harith (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Ubayda; su kunya, Abu al-Harith o Abu Muawiya. Su padre era al-Harith y su madre, Sujaila. Su abuelo era Abd al-Muttalib ibn Abd Manaf. Pertenecía a la tribu de Quraysh.

Ubayda ibn al-Harith, Abu Salama ibn Abd al-Asad, al-Arqam ibn Abi al-Arqam y Uthman ibn Maz’un respondieron a la invitación de Hazrat Abu Bakr y abrazaron juntos la fe. En aquel entonces, Hazrat el Noble Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) aún no se había refugiado en la casa de al-Arqam ibn Abi al-Arqam. Cuando Hazrat Ubayda aceptó el islam, era uno de los líderes de los Banu Abd Manaf. En La Meca, tomó a Hazrat Bilal como hermano en la fe.

Se dio la orden de emigrar a Medina. Hazrat Ubayda partió hacia Medina acompañado de sus dos hermanos, Tufayl y Husayn, y de Mistah ibn Usasa. Durante el trayecto, Mistah quedó completamente incapacitado para caminar. Al enterarse, los miembros de la caravana que iba delante regresaron, lo levantaron y lo llevaron a Medina. En Medina, Hazrat Abd al-Rahman al-Azlaní los recibió y les brindó hospitalidad con gran esmero. Poco después de la llegada de Hazrat el Noble Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) a Medina, se estableció un vínculo de hermandad entre él y Hazrat Umayr ibn Humam al-Ansari. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) también le concedió un terreno para que viviera por separado. Toda su familia se estableció allí.

Ocho meses después de la emigración, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo envió hacia Rabigh al frente de un grupo de sesenta emigrantes para vigilar los movimientos de los politeístas de La Meca. Esta fue la segunda expedición en la historia del islam. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) puso el estandarte de esta fuerza en manos de Ubayda. Cuando llegaron cerca de Rabigh, tuvieron un breve enfrentamiento con una fuerza de doscientos politeístas dirigida por Abu Sufyan. El incidente no llegó al punto de convertirse en una batalla con derramamiento de sangre, sino que se limitó al intercambio de algunas flechas y lanzas.

Después de este acontecimiento, participó en la batalla de Badr, el primer enfrentamiento entre la verdad y la falsedad. Una vez formadas las filas, Utba, Shayba y Walid salieron del bando de los politeístas y comenzaron a gritar: «¿Hay alguien que luche con nosotros?». Varios jóvenes ansaríes avanzaron desde el ejército islámico. Entonces gritaron: «Muhammad, no podemos luchar contra gente que no está a nuestra altura. Envíanos adversarios dignos de nosotros». El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ordenó a Ali, Hamza y Ubayda que avanzaran. Ellos estaban esperando esa orden. En cuanto la recibieron, los tres héroes se dirigieron, blandiendo sus respectivas lanzas, hacia los tres adversarios. Ubayda y Walid lucharon durante largo tiempo. Ambos resultaron gravemente heridos. Sin embargo, Ali y Hamza habían derribado a sus respectivos adversarios. Juntos se abalanzaron sobre Walid, lo mataron y sacaron a Hazrat Ubayda del campo de batalla herido.

Una de las piernas de Hazrat Ubayda quedó amputada por debajo de la rodilla. Quedó cubierto de sangre de pies a cabeza. Para consolarlo, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) apoyó su propia cabeza sobre su rodilla. En ese estado, Ubayda dijo: «Oh Mensajero de Allah, si Abu Talib estuviera vivo y viera mi estado, confirmaría que yo soy quien más merece pronunciar estas palabras». Dicho esto, recitó estos versos de un poema de Abu Talib: «Protegeremos a Muhammad, aunque quedemos muertos a su alrededor, y olvidaremos a nuestros hijos y esposas». (Sira de Ibn Hisham, 2).

Al terminar la batalla, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) partió hacia Medina llevándolo consigo. Había resultado gravemente herido. Murió a los sesenta y tres años en un lugar llamado Safra, durante el trayecto. Fue enterrado en la arena de Safra.

Ocupaba una posición muy elevada ante Hazrat el Noble Mensajero. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo trataba con gran respeto. En cierta ocasión, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) instaló una tienda junto a su tumba en Safra. Los Compañeros dijeron: «Oh Mensajero de Allah, de aquí viene un aroma de almizcle». Él respondió: «Aquí estaba la tumba de Abu Muawiya. Así que ¿qué tiene de asombroso?»

Tras la muerte de Hazrat Ubayda (que Allah esté complacido con él), numerosos poetas, entre ellos Hind bint Usasa y Ka’b, compusieron elegías en su honor. (Sira de Ibn Hisham, 2/24, 25, 41).

Ukasha ibn Mihsan (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Ukasha o Ukkasha, y su kunya o apodo era Abu Mihsan. Su padre era Mihsan ibn Hursan. Durante la época de la ignorancia era aliado o confederado de los Banu Abd Shams. Aceptó el islam antes de la Hégira y emigró de La Meca a Medina junto con los demás. (Usud al-Gaba, 4/2).

Se distinguió extraordinariamente por su valentía en la batalla de Badr. En aquella batalla, la espada que sostenía se hizo añicos. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le dio una rama de palmera, y con ella atacó al enemigo como si fuera un cuchillo afilado. Siguió combatiendo con aquella rama hasta el final de la batalla. (Al-Istiab). Ibn Sad lo relata de Zayd ibn Aslam y de otros: el día de Badr se rompió la espada de Ukasha ibn Mihsan. El Mensajero de Allah le dio un bastón de madera, que en su mano se convirtió en una espada afilada de hierro duro, brillante y reluciente. (Hayat al-Sahaba, 3/658).

Participó en todas las batallas famosas, entre ellas Uhud y la del Foso, y demostró una valentía y un arrojo extremos. En el mes de Rabi al-Awwal del séptimo año de la Hégira, se le encomendó la misión de acabar con los Banu Asad. Este asentamiento de los Banu Asad se encontraba en los alrededores del pozo de Ghamar, en el camino hacia Medina. Partió rápidamente hacia allí al frente de una fuerza de cuarenta hombres. Sin embargo, atemorizados, los Banu Asad habían abandonado el lugar con antelación y habían huido a otro sitio. Al no encontrar a nadie, Ukasha regresó a Medina arreando doscientas camellas y algunas cabras y ovejas que habían dejado atrás.

En el año 12 de la Hégira, el primer califa, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), ordenó a Jalid ibn al-Walid que sofocara la rebelión del falso profeta Tulayha al-Asadi. Ukasha y Sabit ibn Arqam eran dos de los soldados de vanguardia del ejército de Jalid. Marchaban delante del ejército. De repente, se encontraron con soldados enemigos. Entre aquellos soldados estaban el propio Tulayha y su hermano Salama. Tulayha atacó a Ukasha, mientras Salama se abalanzó sobre Sabit. Sabit alcanzó el martirio. En ese momento, Tulayha gritó: «¡Salama, ven pronto a ayudarme! ¡Me está matando!». Salama ya había terminado su cometido. Acudió en ayuda de Tulayha y los dos hermanos atacaron juntos a Ukasha, derribándolo. Así fue como Ukasha alcanzó el martirio.

Cuando el ejército musulmán llegó junto a los cuerpos de aquellos dos mártires, quedó sumido en una profunda tristeza. El cuerpo de Ukasha mostraba las señales de heridas mortales y estaba completamente lacerado. El comandante del ejército, Jalid, bajó de su caballo y ordenó detener la marcha. Después, enterró a los dos mártires en aquella arena del desierto, con las ropas empapadas en su sangre.

Por su dignidad y sus cualidades, se contaba entre los Compañeros más destacados.

(Usud al-Gaba, 4/3)

Su Eminencia el Noble Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo una vez: «Setenta mil personas entrarán en el Paraíso sin rendir cuentas». Ukasha preguntó: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Yo también?». Él respondió: «Tú también estarás entre ellos». Después, otro hombre preguntó por sí mismo. Entonces el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Ukasha se te ha adelantado». Después de este suceso, esta frase del Mensajero de Allah se convirtió en un dicho proverbial. Cuando alguien supera a otro en algún asunto, se dice: «Fulano se ha adelantado como Ukasha».

Shammās ibn Uthmān, que Allah esté complacido con él

Su nombre era Shammās, el de su padre Uthmān y el de su madre Safiyya. Pertenecía a la rama de los Banū Majzūm de la tribu de Quraysh. Se ha transmitido de Hishām al-Kalbī que su verdadero nombre era Uthmān. La razón por la que recibió el nombre de Shammās fue que, en cierta ocasión, durante la época de la ignorancia, llegó a La Meca un cristiano de extraordinaria belleza. De su rostro parecía irradiar el resplandor del sol. Al contemplar aquella asombrosa belleza, la gente quedó sobrecogida de admiración.

En aquella ocasión, su tío materno, Utba ibn Rabīʿa, afirmó que conocía a un hombre de cuyo rostro irradiaba un resplandor solar aún mayor. Y, para competir, presentó a Shammās. Desde aquel día, Uthmān pasó a ser conocido como Shammās. Shammās significa «el que irradia un resplandor solar extraordinario». (Usud al-Gāba, 3/375). Al-Zubayr ibn Bakkār dijo: «Era uno de los hombres más apuestos de La Meca». (Al-Isāba, 1/155).

Su Eminencia Shammās y su madre, Su Eminencia Safiyya bint Rabīʿa, aceptaron el islam desde los primeros tiempos, respondiendo a la invitación del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él.

Al no poder soportar la persecución de los politeístas, emigró a Abisinia. Llevó consigo también a su madre, Safiyya. Desde allí regresó a La Meca y luego emigró nuevamente a Medina. En Medina fue huésped de Mubashshir ibn al-Mundhir. Estableció una relación de hermandad, o muʾākhāt, con Hanzala ibn Abī ʿĀmir al-Ansārī.

Su Eminencia Shammās luchó heroicamente, arriesgando la vida, en las batallas de Badr y Uhud. Durante la batalla de Uhud, cuando de repente la victoria de los musulmanes se convirtió en derrota y todos, salvo unos pocos muyahidines dispuestos a sacrificar la vida, abandonaron el campo de batalla, Shammās fue uno de los pocos que permanecieron junto al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, repeliendo los ataques de los incrédulos. El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, solía decir: «No encuentro para Shammās otra comparación que la de un escudo». Aquel día, cada vez que el Mensajero de Allah miraba a derecha o izquierda, solo veía a Shammās. Ese día, él se convirtió en el escudo del Mensajero de Allah. Todo su cuerpo quedó cubierto de heridas. Al terminar la batalla, se comprobó que aún le quedaba apenas un soplo de vida. En ese estado fue llevado a Medina. Se encargó a Su Eminencia Umm Salama que lo atendiera. Pero ya se encontraba en la última etapa de su vida. Un día después exhaló su último aliento. Su Eminencia el Noble Mensajero de Allah ordenó que fuera enterrado, con sus ropas ensangrentadas, en el cementerio de los mártires de Uhud, sin realizar la oración funeraria. Lo llevaron nuevamente a Uhud y allí lo enterraron. Sin embargo, el historiador al-Wāqidī afirma que fue enterrado en el cementerio de al-Baqīʿ, en Medina. A excepción de él, ningún otro mártir de Uhud fue enterrado en el cementerio de al-Baqīʿ. (Al-Isāba, 2/155).

Su Eminencia Hassān compuso una elegía por su muerte. Cuando murió, tenía apenas treinta y cuatro años.

Shuja ibn Wahab (r.a.)

Su nombre era Shuja, su kunya Abu Wahab y su padre se llamaba Wahab. En la época de la ignorancia, su clan era un ḥalīf (aliado por pacto) de los Banū ʿAbd al-ࢮShams. (Usud al-Gabah, 2/386).

Shuja fue uno de los primeros en abrazar el islam. Obligado por la persecución de los politeístas de La Meca, emigró a Abisinia con el segundo grupo de emigrantes que se dirigió allí. (Al-Isabah, 3/138).

Durante su estancia en Abisinia, cuando allí se difundió el rumor de que todos los habitantes de La Meca habían aceptado obedecer al Mensajero de Allah (s.a.w.), el amor por su tierra natal lo atrajo también a él hacia La Meca, como a muchos otros. Al llegar, descubrió que la noticia era completamente falsa. Después de permanecer algunos días en La Meca, emigró sano y salvo a Medina. Allí estableció con Hazrat Aws un vínculo de hermandad religiosa.

Participó en todas las batallas famosas, incluidas Badr y Uhud. En el mes de Rabi al-Awwal del octavo año de la Hégira, se le encomendó la misión de eliminar a un grupo de los Banū Hawazin. Estos habían establecido su campamento en un lugar llamado Rassi, a cinco días de distancia de Medina. Hazrat Shuja se dirigió allí con veinticuatro muyahidines intrépidos; avanzando sigilosamente durante el día y marchando audazmente durante la noche, apareció de repente allí un día. Tras derrotar al ejército enemigo, capturó un gran número de camellos, ovejas y cabras, y los llevó a Medina. La cantidad del botín puede estimarse por el hecho de que, además de otros bienes, a cada muyahid le correspondieron quince camellos.

Después de regresar de Hudaybiyyah, el Mensajero (s.a.w.) envió emisarios con cartas a la mayoría de los reyes y gobernantes del mundo de entonces. Envió a Shuja con una carta ante Harith ibn Abi Sh imr al-Ghassani o, según otra versión, ante Mundhir ibn Harith ibn Abi Shimr al-Ghassani. (Hayat al-Sahabah, 1/127)

Este Harith era el gobernante de la región de Ghuta, situada cerca de Damasco. Las primeras frases de la carta que el Mensajero (s.a.w.) le escribió eran las siguientes: «En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. De Muhammad, el Mensajero de Allah, a Harith ibn Abi Shimr. La paz sea con quienes siguen la guía, creen y reconocen la verdad. Te invito a creer en Allah, que es Uno y no tiene asociado alguno. En tal caso, tu reino permanecerá intacto».

Harith rechazó esta invitación. Sin embargo, su visir Muray abrazó el islam y, en secreto, transmitió sus saludos al servicio del Mensajero (s.a.w.) por medio de Hazrat Shuja.

En un hadiz narrado por el imán al-Zuhri se sabe que Shuja ibn Wahab fue el enviado del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— ante la corte del Kisra de Persia. Fue él quien entregó al Kisra la carta del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. (Hayatus Sahaba, 1/136).

Durante el califato del primer califa, Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, Hazrat Shuja cayó mártir en la llanura de Yamama, combatiendo contra el falso profeta Musailima al-Kadhdhab. (Al-Isaba, 2/138). Al morir, tenía algo más de cuarenta años.

Mihriz ibn Nadla —que Allah esté complacido con él—

Su nombre era Mihriz y su kunya, o sobrenombre, era Abu Fadla. Sin embargo, era conocido principalmente por el título de Ajram al-Asadi.

No se sabe con certeza cuándo ni cómo aceptó el islam. Sin embargo, los especialistas en la sira están seguros de que lo aceptó en la primera etapa. Después de emigrar de La Meca a Medina, estableció un pacto con la tribu de Abd al-Ashhal y se estableció una relación de hermandad, o muajaja, entre él y Hazrat Ammar ibn Hazim —que Allah esté complacido con él—.

Musa ibn Uqba, Ibn Ishaq y otros lo mencionan en la lista de los compañeros que participaron en Badr.

Al-Waqidi narró de Ayyub ibn Numan. Este dijo: En Badr fue capturado Abu Aziz ibn Umayr, hermano de Musab ibn Umayr. Fue puesto bajo la custodia de Mihriz ibn Nadla. Musab le dijo a Mihriz: «Átale las manos un poco más fuerte. Tiene en La Meca una madre rica». Abu Aziz dijo: «Hermano, ¿esta es la orden que recibes respecto a mí?». Musab respondió: «En tu lugar, Mihriz es mi hermano». Para rescatar a Abu Aziz, su madre envió cuatro mil dírhams. (Hayatus Sahaba, 2/315).

También combatió con valentía, arriesgando su vida, en las batallas de Uhud y del Foso. La última y más notable batalla de su vida fue la batalla de Dhu Qarad. En el sexto año de la Hégira, Banu Fazara atacó un pastizal en las afueras de Medina, mató a los pastores y se llevó los camellos del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. Hazrat Salama ibn al-Akwa se encontraba cerca del lugar. Envió a Rabah, esclavo del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, o, según otra versión, a un esclavo de Abd al-Rahman ibn Awf, a Medina para dar la noticia. Mientras tanto, él mismo subió a la cima de una montaña y lanzó con tanta fuerza el grito «¡Ya sabahah!» —un grito de advertencia ante el peligro— que se extendió de un extremo al otro de Medina. Durante largo tiempo se enfrentó solo a aquella banda de saqueadores, utilizando flechas y piedras. Entretanto, entre los árboles se vio acercarse a toda prisa el ejército del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. Al frente de aquel ejército iba Hazrat Mihriz ibn Nadla, y detrás de él se encontraban Hazrat Abu Qatada al-Ansari y Miqdad ibn al-Aswad —que Allah esté complacido con ellos—. Hazrat Salama ibn al-Akwa agarró las riendas del caballo de Hazrat Ajram, es decir, Mihriz, y dijo: «Ajram, no avances primero. Temo que los saqueadores te rodeen y no te permitan reunirte con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— y sus compañeros». Él respondió: «Salama, si crees en Allah y en el Día del Juicio, y sabes que el Paraíso y el Infierno son verdaderos, no me impidas alcanzar el martirio». Pronunció estas palabras con tal emoción que Hazrat Salama —que Allah esté complacido con él— soltó las riendas de su caballo. Mihriz espoleó su caballo y se plantó delante de Abd al-Rahman ibn Farazi, bloqueándole el paso. Asestó a Abd al-Rahman un golpe de espada tan fuerte que su caballo quedó cortado en dos. Entretanto, la lanza arrojada por Abd al-Rahman tampoco erró el blanco. Hazrat Mihriz cayó al suelo como mártir. Abd al-Rahman saltó entonces y montó en el caballo de Mihriz. Detrás se encontraba Hazrat Abu Qatada, quien inmediatamente descargó un violento golpe sobre Abd al-Rahman. Así, Qatada —que Allah esté complacido con él— envió a Abd al-Rahman al Infierno y vengó el asesinato de su amigo. Cuando alcanzó el martirio, Hazrat Mihriz tenía treinta y siete o treinta y ocho años.

El acontecimiento mencionado anteriormente constituye una prueba clara de la firmeza de su fe y de su intenso anhelo por alcanzar el martirio. Unos días antes de su martirio, soñó que las puertas del cielo se abrían para él. Mientras viajaba por el mundo supremo, llegó al Sidrat al-Muntahá. Allí le dijeron: «Este es tu lugar de morada».

Abu Bakr as-Siddiq era un experto en la interpretación y el significado de los sueños. Al día siguiente, Mihraz le contó su sueño. Él le dijo: «Akram, recibe la buena noticia de tu martirio». Algunos días después, durante la expedición de Dhu Qarad, su sueño se hizo realidad y llegó a su morada permanente, el Sidrat al-Muntahá.

Shukrán Salih

Su nombre era Salih y su laqab o título honorífico, «Shukrán». Su padre se llamaba Adi. Era un esclavo de ascendencia abisinia de Abdur Rahmán ibn Auf. Sin embargo, incluso en medio de esa esclavitud, estaba destinado a ejercer el liderazgo. El Noble Mensajero de Dios lo eligió para sus propios servicios. Lo compró a Abdur Rahmán a cambio de dinero. Según algunas narraciones, Abdur Rahmán se lo regaló al Mensajero de Dios sin recibir ningún pago. No se conocen muchos detalles de su biografía. Tampoco se encuentra en las obras de la sira información suficiente sobre cuándo y cómo abrazó el islam.

En la mayoría de las batallas, Shukrán era encargado de custodiar el botín de guerra y a los prisioneros. Por ello, durante las campañas recibía, por una parte, una porción del botín y, por otra, una remuneración de aquellos cuya custodia de prisioneros estaba encargado de supervisar. Abu Ma‘shar dice que participó en la batalla de Badr como esclavo. Por esa razón no se le entregó ninguna parte del botín. Sin embargo, cada uno le dio algo de dinero por encargarse de los prisioneros en Badr. Así, terminó recibiendo más que quienes habían obtenido una parte del botín. El Mensajero de Dios quedó tan impresionado por su vigilancia y eficiencia en el cumplimiento de sus deberes durante la batalla de Badr que lo liberó de la esclavitud.

En la batalla de Marra Yasí fue encargado de reunir el dinero y los bienes abandonados por el ejército enemigo derrotado, así como sus armas, cabras y demás pertenencias. El Noble Mensajero de Dios estaba tan complacido con él que, al acercarse su fallecimiento, dejó instrucciones para que se le tratara bien. Shukrán tuvo el honor de participar, junto con los miembros de la familia del Mensajero de Dios, en sus ritos funerarios. Ibn Ishaq transmite, por medio de Ali ibn al-Husayn, que Ali ibn Abi Talib, Fadl ibn Abbas, Qusam ibn Abbas, Shukrán, el liberto del Mensajero de Dios, y Aws ibn Jawla descendieron a la tumba y colocaron allí al Mensajero de Dios. (Al-Isaba, 2/664).

Existe discrepancia sobre si, después del fallecimiento del Mensajero de Dios, Shukrán permaneció en Medina o se estableció en Basora. La razón es que tenía una casa en Basora. Tampoco se conocen con exactitud el año ni el lugar de su fallecimiento. En los libros de historia es conocido como Shukrán, el liberto del Mensajero de Dios.

Umayr ibn Abi Waqqas

Se llamaba Umayr; su padre era Abu Waqqas y su madre, Hamna bint Sufyan. Era hermano de sangre de Sa‘d ibn Abi Waqqas, el conquistador de Irán.

El hermano mayor de Umayr, Sa‘d ibn Abi Waqqas, abrazó el islam en los primeros tiempos del islam. Aunque Umayr era todavía muy joven, siguió las huellas de su hermano mayor. Emigró cuando apenas tenía catorce años y llegó a Medina. El Mensajero de Allah estableció entre él y Amr ibn Mu‘adh, hermano menor de Sa‘d ibn Mu‘adh, jefe de la tribu medinense de Abd al-Ashhal, un vínculo de hermandad religiosa. Ambos tenían aproximadamente la misma edad.

En el segundo año de la Hégira se estaban haciendo los preparativos para la batalla de Badr. El Noble Mensajero de Allah estaba seleccionando a los soldados. Umayr también se presentó en la reunión. Su hermano Sa‘d ibn Abi Waqqas vio que Umayr, evitando su mirada, iba de un lado a otro con inquietud. Le preguntó: «Umayr, ¿qué te ocurre?». Él respondió: «Hermano, yo también quiero participar en la batalla. Tal vez Allah me conceda el martirio. Pero temo que el Mensajero de Allah me rechace por considerarme demasiado joven».

Cuando todos se presentaron uno tras otro ante el Mensajero de Allah, el temor de Umayr se hizo realidad. Al reparar en su edad, le dijo: «Regresa». Al oír esto, Umayr rompió a llorar. Al ver que sus lágrimas provenían de su deseo de participar en la yihad y de su intenso anhelo de alcanzar el martirio, el Mensajero de Allah quedó conmovido. Umayr obtuvo permiso para participar en la batalla. El Mensajero de Allah le colgó personalmente su espada.

Umayr tenía entonces dieciséis años. Ni siquiera sabía manejar bien las armas. Su hermano mayor le enseñó a sostener la espada. Impulsado por su intenso entusiasmo y su ferviente deseo de alcanzar el martirio, atravesó las filas de los infieles y penetró en su interior, donde luchó durante mucho tiempo con extraordinaria valentía. En esas circunstancias, el violento golpe de la espada de Amr ibn Abd Wudd hizo realidad su deseo de alcanzar el martirio. Ciertamente, pertenecemos a Allah y a Él regresaremos. Murió mártir a la edad de tan solo dieciséis años. (Hayat al-Sahaba, 1/599). En la batalla de la Trinchera, Ali, que Allah esté complacido con él, mató al asesino Amr ibn Abd Wudd. (Al-Isaba, 3/70).

Abu Sufyan ibn Harith, que Allah esté complacido con él

La relación entre Muhammad, el Mensajero de Allah, y Abu Sufyan ibn Harith era tan profunda y estrecha que muy pocas personas tuvieron una relación semejante con él. Ambos nacieron en la misma familia y en la misma época. Eran primos hermanos. El padre de Abu Sufyan, Harith ibn Abd al-Muttalib, era el tío paterno mayor del Mensajero de Allah. Murió en la época anterior al islam. (Nota: Sirat Ibn Hisham, 1/163).

El Mensajero de Allah y Abu Sufyan eran hermanos de leche. Halima al-Sa‘diyya amamantó a ambos. Hasta que el Mensajero de Allah recibió la profecía, existió una relación profunda entre ellos. También había un gran parecido entre sus rostros. Según Ibn al-Mubarak, Ibrahim ibn al-Mundhir y otros, el nombre de Abu Sufyan era Mughira, mientras que Abu Sufyan era su kunya o sobrenombre. (Al-Isaba, 4/90; Sirat Ibn Hisham, 1/647).

Dado que entre ambos existían vínculos tan estrechos en muchos sentidos, lo natural habría sido que, desde los albores de la misión profética del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), Abu Sufyan creyera en él y respondiera a su invitación. Sin embargo, ocurrió lo contrario de lo que habría sido natural. Cuando el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) comenzó a llamar al islam en La Meca, toda la amistad y el parentesco de Abu Sufyan se transformaron en envidia, hostilidad, enemistad y desobediencia.

Cuando el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) comenzó a predicar, Abu Sufyan era un célebre guerrero de caballería de Quraysh y un poeta eminente. Empleó su lengua y sus flechas en oposición al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y a su misión. Reunió todas sus fuerzas para combatir al islam y a los musulmanes. Cada vez que Quraysh planeaba una guerra contra el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), Abu Sufyan la instigaba. Tuvo una enorme participación en toda clase de sufrimientos que los musulmanes padecieron a manos de Quraysh. Dedicó su talento poético a la sátira y la difamación del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Incluso compuso un poema indecente contra él. El Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo en un verso de una de las célebres casidas de Hassan ibn Thabit (que Allah esté complacido con él): «Has censurado a Muhammad, y yo he respondido; la recompensa de ello está junto a Allah». En realidad, este verso iba dirigido a Abu Sufyan. (Al-Isaba, 4/90)

Esta enemistad de Abu Sufyan hacia el Noble Mensajero de Allah duró veinte años. Durante todo ese largo período, llevó a cabo todas las conspiraciones posibles contra los musulmanes. En las obras de biografía profética se encuentra un relato sorprendente sobre su participación en la batalla de Badr. Abu Rafi relata: «Después de la batalla de Badr, estaba sentado cerca del pozo de Zamzam, en La Meca, fabricando flechas, cuando Abu Lahab vino y se sentó a mi lado. Por alguna razón, no participó personalmente en Badr y envió a otro en su lugar. Después llegó Abu Sufyan ibn al-Harith ibn Abd al-Muttalib. Abu Lahab lo hizo sentarse cerca y le pidió que le contara detalladamente lo ocurrido en Badr. Abu Sufyan dijo: “¡Por Allah!, eran un grupo ante el cual habíamos puesto nuestros hombros a su disposición. Nos conducían como querían y nos tomaban prisioneros cuando querían. ¡Por Allah!, a pesar de todo eso, no reprocho a nuestros hombres, porque vimos entre el cielo y la tierra a unos jinetes resplandecientemente blancos montados en caballos voladores, blancos y negros. ¡Por Allah!, nada habría podido enfrentarse a ellos”. Abu Rafi exclamó de inmediato: “¡Por Allah!, no eran otra cosa que ángeles”. Entonces Abu Lahab le dio una bofetada en la mejilla a Abu Rafi». (Sira de Ibn Hisham, 1/646-647; Hayat al-Sahaba, 3/530)

Finalmente, en vísperas de la conquista de La Meca, terminó la enemistad de Abu Sufyan hacia el islam. La historia de su conversión al islam se relata de la siguiente manera: Abu Sufyan dijo: «Cuando el islam cobró fuerza y se difundió la noticia de que el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) avanzaba para conquistar La Meca, comencé a ver oscuridad por todas partes. Me decía a mí mismo: “¿Adónde iré ahora, con quién iré y con quién viviré, y dónde?”»

Después de reflexionar sobre todo esto, fui junto a mi esposa y mis hijos y les dije: «Preparaos para salir de La Meca. Se acerca el momento de la entrada de Muhammad en La Meca. En cuanto los musulmanes me encuentren, me matarán».

Me dijeron: «Ahora puede ver que todos, árabes y no árabes, están reconociendo la autoridad de Muhammad y aceptando su religión. ¿Y usted todavía se obstina en su enemistad hacia él? Sin embargo, usted debería haber sido el primero en apresurarse a ayudarlo y apoyarlo». De este modo, comenzaron a animarme y atraerme hacia la religión de Muhammad. Finalmente, Allah Todopoderoso abrió las puertas de mi corazón.

Me levanté de inmediato y ordené a mi siervo Mazkur que preparara un camello y un caballo. También llevé conmigo a mi hijo Jafar. Nos dirigimos rápidamente hacia al-Abwa, entre La Meca y Medina. Ya sabía que Muhammad había llegado allí. Cuando me acerqué a al-Abwa, me disfracé para que, si alguien me reconocía, no me matara antes de que pudiera presentarme ante el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y declarar mi aceptación del islam. Avancé a pie desde una distancia de aproximadamente una milla. Mientras tanto, observaba cómo los grupos de vanguardia de los musulmanes se dirigían uno tras otro hacia La Meca. Por temor a que alguien me reconociera, avancé algo alejado de su camino. En medio de aquella multitud, de repente vi al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Me presenté rápidamente ante él y me quité el velo del rostro. En cuanto me reconoció, apartó el rostro de mí. Me di la vuelta y volví a ponerme delante de él. Él volvió a apartar el rostro. Lo hizo así varias veces.

Yo creía que el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se alegraría enormemente de que aceptara el islam. Pero cuando los musulmanes vieron que el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) apartaba el rostro de mí, ellos también, con el rostro sombrío, volvieron la cara. Abu Bakr apartó el rostro de mí con extrema severidad al verme. Miré, completamente impotente, hacia Umar ibn al-Jattab. Él también apartó el rostro con una dureza aún mayor que la de su compañero. Incluso incitó contra mí a un ansarí. Este ansarí me dijo: «¡Oh enemigo de Allah! Has causado sufrimiento al Mensajero de Allah y a sus compañeros». El mencionado ansarí me reprendía y me insultaba a voz en cuello, mientras los musulmanes se congregaban a mi alrededor y escuchaban y disfrutaban de aquello con extrema crueldad.

En ese momento vi a mi tío paterno, Abbas. Me acerqué un poco a él y le dije: «Tío, esperaba que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se alegrara de que aceptara el islam, debido a nuestro parentesco y a mi posición entre mi pueblo. Habla con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sobre mí e intenta que se sienta algo dispuesto a aceptarme». Él respondió: «Después de haber visto que ha apartado su rostro de ti, no puedo decirle ni una palabra sobre tu caso. Sin embargo, si alguna vez se presenta la oportunidad, se lo diré. Pues, así como respeto al Mensajero de Allah, también le temo».

Dije: «Tío, entonces, ¿a cargo de quién me dejas?»

Él respondió: «No puedo hacer nada más de lo que acabas de oír». Mi corazón se llenó de preocupación y angustia. De repente vi a mi primo paterno, Ali ibn Abi Talib. Le conté el asunto. Él también respondió como mi tío Abbas. Entonces regresé junto a mi tío Abbas y le dije: «Tío, si no puedes ablandar hacia mí el corazón del Mensajero de Allah, al menos intenta detener un poco al hombre que me difama, me insulta e incita a la gente contra mí». Él dijo: «Descríbeme un poco cómo es ese hombre». Se lo describí. Dijo: «Es Nuaymán ibn al-Háriz al-Nayari». Fue junto a Nuaymán y le dijo: «¡Escucha, Nuaymán! Abu Sufyán es primo paterno del Mensajero de Allah y mi sobrino. Aunque hoy el Mensajero de Allah está disgustado con él, algún día volverá a estar complacido con él. Por tanto, no lo humilles de esa manera». Se lo explicó así repetidas veces. Finalmente, Nuaymán aceptó y dijo: «A partir de este momento no volveré a dirigirle palabras hirientes».

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, acampó en un lugar llamado Yuhfa, en el camino de La Meca a Medina. Fui y me senté junto a la puerta de su tienda, mientras mi hijo Yafar permanecía de pie a mi lado. Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, salió, al verme apartó el rostro. Pero ni siquiera eso me hizo perder la esperanza. Cada vez que acampaba en algún lugar, yo iba con mi hijo y me sentaba junto a la puerta de su tienda, y el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, continuaba comportándose del mismo modo. Así transcurrió algún tiempo. Yo sufría enormemente. El mundo se había vuelto estrecho para mí.

Ibn Ishaq dijo: Abu Sufyán al-Háriz y Abd Allah ibn Abi Umayya solicitaron nuevamente reunirse con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en un lugar llamado Niq al-Uqab, en el camino de La Meca a Medina. Umm Salama dijo acerca de ellos: «¡Oh, Mensajero de Allah!, han venido a verte tus dos primos, el paterno y el materno». El Mensajero de Allah respondió: «Ya no tengo ninguna necesidad de ellos. Mi primo paterno ha mancillado mi honor, y mi primo materno me dijo en La Meca todo lo que tenía que decirme». Yafar, el hijo de Abu Sufyán, también estaba con él. Cuando estas palabras del Mensajero de Allah llegaron a sus oídos, Abu Sufyán dijo: «¡Por Allah! O me permitirá reunirme con él, o tomaré a este hijo mío de la mano y me marcharé hacia cualquier lugar de la tierra que desee, hasta morir de hambre y sed». Cuando el Mensajero de Allah oyó esto, se ablandó un poco y les concedió permiso para reunirse con él. Ambos se presentaron ante el Mensajero de Allah y declararon su adhesión al islam. (Sira de Ibn Hisham, 2/400-401).

Abu Sufyán dijo: El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, entró en La Meca, y yo entré con él y su caravana. Cuando salió para dirigirse a la mezquita, caminé detrás de él. No me separé de él ni por un instante.

Después se acercó el momento de la expedición de Hunayn. Todos los árabes se unieron y se prepararon para combatir contra los musulmanes. Esta vez estaban decididos a hacer algo contra el islam y los musulmanes. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, salió con su ejército para enfrentarse a ellos. Yo también partí. Al ver el enorme ejército de los incrédulos, me dije: «¡Por Allah! Hoy compensaré toda la enemistad que en el pasado mostré hacia el Mensajero de Allah; hoy haré que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se complazca mediante mis acciones».

Los dos ejércitos se enfrentaron. Ante el intenso ataque de los incrédulos, los musulmanes no pudieron resistir y comenzaron a huir del campo de batalla. Entonces vi al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, firme como una montaña en medio del campo, sobre su mula llamada Shahba. Blandía la espada con enorme fuerza, protegiéndose a sí mismo y a sus compañeros cercanos. En aquel momento parecía valiente como un león. Al ver aquello, salté de mi caballo y corrí hacia el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, con la espada desenvainada en la mano. Solo Allah sabe que en aquel momento esperaba morir delante del Mensajero de Allah. Mi tío Abbas tomó las riendas de la mula del Mensajero de Allah y se colocó a un lado de ella, mientras yo me situaba al otro. Con la mano izquierda sujeté la montura del Mensajero de Allah y con la derecha empuñé la espada, lanzando un feroz ataque. Al ver esto, el Mensajero de Allah preguntó a mi tío Abbas: «¿Quién es este?». Mi tío respondió: «Es su hermano, el hijo de su tío: Abu Sufyán ibn al-Háriz. ¡Oh, Mensajero de Allah!, complácete con él». El Mensajero de Allah dijo: «Estoy complacido. Allah ha perdonado toda la enemistad que mostró contra mí».

Quedé fuera de mí de alegría y besé los pies del Mensajero de Allah (s.a.s.). Él se volvió hacia mí y dijo: «Hermano mío, avanza y ataca». Estas palabras del Mensajero de Allah (s.a.s.) aumentaron mi valor. Lancé un ataque intenso y expulsé al ejército enemigo de sus posiciones. Los demás musulmanes también atacaron conmigo. Los dispersamos y los perseguimos durante aproximadamente un farsaj».

Abu Sufyan ibn al-Harith fue agraciado en el campo de batalla de Hunayn con la satisfacción y la compañía del Mensajero de Allah (s.a.s.). Sin embargo, nunca más en su vida se atrevió a mirarlo levantando la vista. Al recordar su conducta pasada, la vergüenza y el arrepentimiento le impedían atreverse a dirigir la mirada al noble rostro del Mensajero de Allah (s.a.s.).

Después de aceptar el islam, Abu Sufyan se consumía de arrepentimiento al pensar en las acciones y la conducta de su vida pasada en la época de la ignorancia, así como en haber sido privado del Libro de Allah. Durante el resto de su vida pasaba los días y las noches recitando únicamente el Corán y meditando sobre sus mandatos, normas y exhortaciones. Se apartó de todos los placeres y bienes mundanos y se dedicó por completo a Allah con todo su ser. Un día estaba entrando en la mezquita. Al verlo, el Mensajero de Allah (s.a.s.) llamó a Aisha y le dijo: «Aisha, ¿conoces a este hombre?». Aisha respondió: «No, oh Mensajero de Allah». El Mensajero de Allah (s.a.s.) dijo: «Este es mi primo Abu Sufyan ibn al-Harith. Mira: entra en la mezquita antes que todos y sale de ella después que todos. Su mirada nunca se aparta de los cordones de sus zapatos».

Después del fallecimiento del Noble Mensajero de Allah, Abu Sufyan lloró desconsoladamente, como una madre que ha perdido a su hijo. En una qasida expresó de manera muy hermosa el dolor de su pérdida. Después de aceptar el islam, recitó ante el Mensajero de Allah (s.a.s.) una qasida compuesta por él mismo, en la que expresaba sus sentimientos de entonces y pedía perdón. Cuando en uno de sus versos dijo: «Él me mostró el camino de la verdad, al que yo había expulsado», el Mensajero de Allah (s.a.s.) le golpeó el pecho y exclamó: «¡Tú fuiste quien me expulsó!» (Sira de Ibn Hisham, 2/400-401).

Durante el califato de Umar, Abu Sufyan sintió que el final de su vida se acercaba. Un día cavó una tumba con sus propias manos. Tres días después partió de este mundo. Parecía tener un pacto con la muerte. Antes de morir, dijo a su esposa, a sus hijos y a los miembros de su familia: «No lloréis por mí. ¡Por Allah!, después de aceptar el islam no cometí ningún pecado». Después de decir esto, exhaló su último aliento. El califa Umar dirigió la oración fúnebre por él. Murió en el año 15 de la Hégira, aunque también se dice que fue en el año 20. Hisham ibn Urwa transmitió de su padre, Urwa, que el Mensajero de Allah (s.a.s.) dijo: «Abu Sufyan es el líder de los jóvenes habitantes del Paraíso». (Al-Isaba, 4/90).

Buraida ibn al-Husayb (r.a.)

Su nombre era Buraida y su kunya o sobrenombre, Abu Abdillah. Su padre se llamaba Husayb ibn Abdillah. Era el jefe de la tribu de los Banu Aslam. Buraida aceptó el islam en la época de la Hégira del Mensajero de Allah (s.a.s.). Cuando el Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) partió de La Meca hacia Medina y llegó a un lugar llamado Gamim, Buraida se presentó ante él. El Mensajero de Allah (s.a.s.) le expuso el mensaje del islam y él lo aceptó sin vacilar. Cabe señalar que Gamim se encontraba a dos etapas de viaje de La Meca. Allí, otras ochenta personas de los Banu Aslam aceptaron el islam junto con él. El Mensajero de Allah (s.a.s.) realizó allí la oración de la noche, y Buraida y sus compañeros rezaron detrás de él siguiendo al imam. (Hayat al-Sahaba, 1/3). Después de aceptar el islam, permaneció en su propia tribu y llegó a Medina después de las batallas de Badr y Uhud. No obstante, las fuentes históricas también difieren sobre la fecha de su conversión y de su llegada a Medina.

Antes del sexto año de la Hégira emigró a Medina y, participando por primera vez en el pacto de Hudaybiyya, tuvo la dicha de prestar el Juramento de Ridwan. En el séptimo año de la Hégira participó en la expedición de Jaybar. Al respecto, relata: «Sitiamos Jaybar. El primer día Abu Bakr tomó el estandarte, pero no hubo victoria. El segundo día ocurrió lo mismo. La gente comenzaba a desesperarse. Entonces el Mensajero de Allah (s.a.s.) dijo: “Mañana entregaré el estandarte a un hombre que es muy amado por Allah y por Su Mensajero”. La gente se alegró mucho al pensar que al día siguiente se decidiría el asunto. A la mañana siguiente, después de realizar la oración del alba, el Mensajero de Allah (s.a.s.) ordenó que trajeran el estandarte. La gente estaba formada en filas. Llamó a Ali y puso el estandarte en su mano. Ese día Jaybar fue conquistada por manos de Ali».

En el octavo año de la Hégira, Burayda acompañó al Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— en la expedición a La Meca y entró en ella llevando el estandarte de una de las tropas. (Hayatus-Sahaba, 1/167).

A este respecto, relató que el día de la conquista de La Meca él realizó varias oraciones con una sola ablución.

Durante la batalla de Tabuk, el Noble Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió emisarios a diversas tribus para animar a la gente de La Meca y de otras regiones a unirse a la batalla. En aquella ocasión, envió a Burayda a la tribu de Aslam y le ordenó presentarse en un lugar llamado Fur‘a, situado entre La Meca y Medina. (Tarij Ibn Asakir, 1/110).

Después de la conquista de La Meca, el Noble Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a Yemen una tropa bajo el mando de Jalid ibn al-Walid. Burayda también era miembro de esta tropa. Más tarde, se envió allí otra tropa bajo el mando de Ali, y el mando de todo el ejército fue confiado a Ali —que Allah esté complacido con él—. Al finalizar la batalla, Ali —que Allah esté complacido con él— tomó para sí una esclava de los bienes del botín. Burayda no pudo aceptar aquello. Al regresar a Medina, planteó el asunto ante el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Después de escuchar todo, el Mensajero le dijo: «Burayda, ¿acaso sientes aversión hacia Ali?». Burayda lo negó. Entonces el Noble Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «No guardes en tu corazón ningún rencor contra Ali. Él recibe de la quinta parte del botín más que esto». (Sahih al-Bujari, capítulo sobre el envío de Ali a Yemen).

En otra narración se cuenta que, al escuchar las palabras de Burayda, cambió el color del noble rostro del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Él dijo: «Burayda, ¿acaso no tengo más derecho sobre los creyentes que ellos mismos?». Burayda respondió: «Sí, oh Mensajero de Allah». El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «De quien yo soy mawla (amo/esclavo), Ali también es su mawla». Burayda dijo: «Después de escuchar estas palabras de la sagrada lengua del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, desaparecieron todas mis quejas contra Ali. Y desde aquel día surgió en mi corazón por él un amor tan profundo como nunca había sentido por nadie». (Musnad del imán Ahmad ibn Hanbal).

En la última etapa de la vida del Noble Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—, ordenó a Usama dirigir una expedición a Siria. Burayda era el portador del estandarte de aquella tropa. Usama salió de Medina, estableció un campamento en las afueras de la ciudad y se preparaba para partir cuando recibió la noticia del estado final del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Suspendió la partida y corrió junto al lecho del Mensajero de Allah. Burayda también regresó a Medina con los demás, llevando el estandarte, y lo clavó delante de la puerta de la casa del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Después del fallecimiento del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Abu Bakr asumió la responsabilidad del califato. Por orden del califa, Burayda volvió a tomar el estandarte, marchó a Siria y participó en la batalla. Al terminar la batalla, regresó nuevamente a Medina con el estandarte en la mano y lo clavó delante de la casa de Usama. El estandarte permaneció allí hasta el último día de la vida de Usama. (Hayatus-Sahaba, 1/425-426).

Después de aceptar el Islam, Hazrat Burayda participó en todas las batallas que tuvieron lugar durante la vida del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. En los dos Sahih se relata de él que participó en un total de dieciséis batallas junto al Mensajero de Allah. (Al-Isaba, 1146; Tabaqat de Ibn Sa‘d, capítulo de las campañas militares, 136).

Durante la vida del Noble Mensajero, Burayda residía en Medina. Cuando se fundó la ciudad de Basora durante el califato de Umar —que Allah esté complacido con él—, se convirtió en residente permanente de allí. La sangre del yihad hervía en las venas de Hazrat Burayda. Solía decirle a la gente: «El verdadero disfrute de la vida está en hacer correr los caballos». Debido a este entusiasmo y fervor, incluso durante la época de los califas salía de su casa como soldado para participar en diversas expediciones. Durante el califato de Uthman, participó en la expedición a Jurasán, se trasladó a Marv y permaneció allí. Aunque Hazrat Burayda era un valiente muyahid, durante la época de los califas mantuvo siempre envainada su espada en las disputas internas de los musulmanes. No participó en ninguna de las guerras civiles que tuvieron lugar durante la época del segundo y del tercer califa mientras él vivió. Incluso, por extrema cautela, no expresaba opinión alguna sobre quienes se habían involucrado en aquel conflicto, de ninguno de los dos bandos. A este respecto, un hombre de los Banu Bakr ibn Wa’il relató: «En cierta ocasión me encontraba en Sijistán con Burayda al-Aslami. Un día mencioné ante él a Ali, Uthman, Talha y Zubayr para conocer su opinión sobre ellos. Burayda se sentó inmediatamente mirando hacia la qibla, levantó ambas manos y comenzó a suplicar: “¡Oh Allah, perdona a Uthman! Perdona también a Ali, Talha y Zubayr”. El narrador dijo: “Después se volvió hacia mí y me dijo: ‘¿Acaso quieres convertirte en mi asesino?’”. Respondí: “¿Por qué habría de querer ser su asesino? Solo le pedí esto”. Burayda dijo: “Eran un grupo de personas sobre cuyos asuntos la voluntad de Allah ya había sido decretada. Si Él quiere, puede perdonarlos, o puede castigarlos. A Allah corresponde pedirles cuentas”». (Ibn Sa‘d, 4/176; Hayatus-Sahaba, 3/388).

En cierta ocasión fue a visitar a Amir Muawiya. Muawiya estaba sentado conversando con un hombre. Buraida dijo: «Muawiya, ¿me concederás también la oportunidad de decir unas palabras?». Muawiya respondió: «Sí»; había pensado que Buraida diría algo como los demás. Pero Buraida dijo: «Escuché al Mensajero de Allah decir: “Espero interceder el Día de la Resurrección por una cantidad de personas equivalente a todos los árboles, piedras y granos de arena del mundo. Muawiya, tú esperas esta intercesión, ¿y Ali no puede esperarla?”». (Musnad del imán Ahmad, 4/347; Hayatus Sahaba, 3/49). Probablemente, el primer hombre estaba criticando a Ali y Muawiya esperaba oír eso de labios de Buraida. Decir la verdad era una de sus cualidades más destacadas. En este asunto, no temía ni siquiera a las grandes personalidades.

Buraida gozaba de un honor y una dignidad especiales entre los Compañeros. Conservó de memoria muchos hadices del Mensajero de Allah. El número de hadices que narró es aproximadamente 164. Entre ellos, dos fueron narrados conjuntamente por Bujari y Muslim, mientras que Bujari narró once de forma exclusiva. Todos los hadices que narró fueron transmitidos directamente de labios del Mensajero de Allah. Entre sus discípulos destacan especialmente sus hijos Abd Allah y Sulayman; entre los demás, Abd Allah ibn Jaza’i, Sha’bi y Maliḥ ibn Usama.

El Noble Mensajero de Allah se relacionaba con él de manera sumamente sencilla y natural. En cierta ocasión, Buraida se dirigía a algún lugar y se encontró en el camino con el Mensajero de Allah. El Mensajero de Allah tomó la mano de Buraida y comenzó a caminar con él.

Narrado por Buraida. Él dijo: «Estábamos sentados junto al Mensajero de Allah cuando llegó un hombre de la tribu de Quraysh. El Mensajero de Allah lo llamó y le indicó que se sentara cerca. Cuando el hombre se levantó para marcharse, el Mensajero de Allah me dijo: “Buraida, ¿conoces a este hombre?”. Respondí: “Sí. En cuanto a linaje y honor, ocupa una posición intermedia entre los qurayshíes, pero es quien posee la mayor riqueza”. Repetí estas palabras tres veces. Después dije: “¡Oh, Mensajero de Allah!, te he informado de lo que sé sobre él; sin embargo, tú sabes más que yo”. El Mensajero de Allah dijo: “El Día de la Resurrección, esta característica suya no tendrá ningún valor ante Allah”».

Se esforzaba por cumplir exactamente todo lo que escuchaba de labios del Mensajero de Allah. En cierta ocasión estaba sentado junto al Mensajero de Allah, quien dijo: «Tres veces, pueblos de ojos pequeños y anchos como escudos expulsarán a mi comunidad. Hasta que, persiguiéndola, la rodearán dentro de la “Península Arábiga”. Los que huyan durante su primer ataque sobrevivirán. Durante el segundo ataque, algunos sobrevivirán y otros morirán; pero en el tercer ataque todos morirán». La gente preguntó: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Quiénes son ellos?». Él respondió: «Los turcos». También dijo: «Por Aquel en cuya mano está mi vida, esas gentes atarán sus caballos a las columnas de las mezquitas de los musulmanes».

Después de esta terrible profecía, Buraida mantenía siempre preparados dos o tres camellos, provisiones para el viaje y un recipiente para beber agua, para poder huir de ese castigo cuando llegara el momento. (Musnad del imán Ahmad, 5/347).

Buraida era el jefe de la tribu de Aslam. Rabi’a al-Aslami era un sirviente del Mensajero de Allah que no contaba con apoyo ni recursos. Cuando se casó, el Mensajero de Allah ordenó a Buraida que se encargara de reunir el dinero para pagar su dote. Buraida cumplió la orden recaudando contribuciones.

Falleció en Marv, Persia, en el año 63 de la Hégira, durante el califato de Yazid ibn Muawiya. Dejó dos hijos, llamados Abd Allah y Sulayman.

Uqba ibn Amir al-Yuhani, que Allah esté complacido con él

Se llamaba Uqba, su kunya era Abu Amr y su padre era Amir. Pertenecía a la tribu de Banu Yuhaina. Cuando el Noble Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a Medina, Uqba se encontraba cuidando cabras muy lejos de Medina. La noticia de la llegada del Mensajero de Allah se extendió por las calles y callejuelas de Medina, así como por los desiertos y oasis de sus alrededores. Escuchemos de boca del propio Uqba cómo tuvo lugar su primer encuentro con el Mensajero de Allah:

«Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a Medina, yo estaba pastoreando mis cabras fuera de la ciudad. Al recibir la noticia, lo dejé todo y partí para encontrarme con él. Al presentarme ante el Mensajero de Allah, le dije: “Oh, Mensajero de Allah, ¿me tomarás el juramento de fidelidad?”. Él me preguntó para conocer mi identidad: “¿Quién eres?”. Respondí: “Uqba ibn Amir al-Yuhani”. Me preguntó: “¿Qué prefieres: el juramento de fidelidad de los beduinos que permanecen en sus tierras o el juramento de la emigración?”. Respondí: “El juramento de la emigración”. Entonces me tomó el juramento sobre aquello por lo que tomaba el juramento a los emigrantes. Después de prestar juramento en manos del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pasé una noche con él y luego regresé junto a mis cabras en el desierto.»

Éramos doce musulmanes. Pastoreábamos cabras lejos de Medina. Algunos de nosotros dijeron: “Si cada dos días no acudimos al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, para aprender de la religión y conocer lo que le es revelado, no habrá ningún bien en nuestra vida. Cada día uno de nosotros irá por turno a Medina, y los demás pastorearán sus cabras”. Yo dije: “Id uno por turno; yo me haré cargo de sus cabras”. No estaba dispuesto a dejar mis cabras al cuidado de alguien para ir a Medina.

Mis compañeros comenzaron a acudir por turnos a Medina, a la presencia del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, mientras yo pastoreaba sus rebaños de cabras. Cuando regresaban, escuchaba de ellos y aprendía todo lo que habían oído o aprendido. Así transcurrieron algunos días. Entonces surgió en mi interior este sentimiento: “¡Que perezcas! Por unas cabras te estás privando de la compañía del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y de la dicha de escuchar directamente las palabras que salen de sus labios”. Después de sentir esto, dejé mis cabras y partí hacia Medina con la intención de residir permanentemente junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en la Mezquita del Profeta.

Llegué a Medina. Al presentarme en la Mezquita del Profeta, lo primero que oí fue a un hombre decir que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, había dicho: «Quien realice la ablución completamente quedará purificado de todos sus pecados del mismo modo que estaba el día en que su madre lo dio a luz». Estas palabras me agradaron mucho. Entonces Umar ibn al-Jattab dijo: «Te alegrarías aún más si escucharas la primera afirmación». Le pedí que la repitiera. Dijo: «El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “Si alguien muere sin asociar nada con Allah, Allah le abrirá todas las puertas del Paraíso. Las puertas del Paraíso son ocho, y entrará por la que desee”». En ese momento el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se presentó entre nosotros. Me senté frente a él, pero apartó el rostro de mí. Lo hizo varias veces. La cuarta vez le dije: «¡Oh, Profeta de Allah, que mis padres sean sacrificados por ti! ¿Por qué apartas así el rostro de mí?». Entonces me prestó atención y dijo: «¿Uno es más querido para ti o doce?». (Hayatus Sahaba, 3/214-215; Suwarum min Hayatis Sahaba, 4/144).

Uqba luchó por primera vez junto al Mensajero de Allah contra los incrédulos en Uhud. Después desempeñó un papel activo en todas las batallas que tuvieron lugar durante la vida del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Durante el califato del segundo califa, Umar, que Allah esté complacido con él, participó como muyahid en la expedición a Siria. El día de la conquista de Damasco demostró una extraordinaria habilidad y valentía en el tiro con arco. Después de la conquista de Damasco, el comandante Abu Ubayda ibn al-Yarrah, que Allah esté complacido con él, lo envió a Medina para comunicar rápidamente la noticia al califa. En solo ocho días, tras avanzar sin descanso día y noche desde un viernes hasta el viernes siguiente, llevó la noticia al califa en Medina. En la batalla de Siffín participó del lado de Amir Muawiya, que Allah esté complacido con él. Después de la conquista de Egipto, Muawiya, que Allah esté complacido con él, lo nombró durante un tiempo gobernador de esa región. Abu Amr al-Kindi dijo: «Muawiya le confió la recaudación del jaray —el impuesto territorial— de Egipto y la dirección de la oración». Más tarde, cuando decidió destituirlo, ordenó a Uqba atacar Rodas. Mientras Uqba avanzaba por el camino hacia Rodas, oyó que Maslama había sido nombrado en su lugar. Entonces comentó: «¿Me envían lejos y luego me destituyen?». Esto ocurrió en el año 47 de la hégira. Tras su destitución, se retiró de la expedición. Existe discrepancia sobre el año de la muerte de Uqba. Según la opinión correcta, falleció en Egipto en el año 58 de la hégira, durante el califato de Muawiya, que Allah esté complacido con él. Fue enterrado al pie del monte Muqattam, al sur de la actual ciudad de El Cairo. (Al-Isaba, 3/489; Tadhkirat al-Huffaz, 1/43).

Por su conocimiento y dignidad, Uqba era una personalidad destacada. Ocupaba un lugar especial en el Corán, el hadiz, el fiqh, la ciencia de las leyes sucesorias y la poesía. El erudito al-Dhahabi dijo: «Era a la vez faqih, gran erudito, recitador del Libro de Allah, experto en la ciencia de las leyes sucesorias, elocuente y un poeta de gran categoría». (Tadhkirat al-Huffaz, 1/43).

Sentía un interés especial por aprender la recitación del Sagrado Corán. Aprendía a recitar el Noble Corán con gran emoción y entusiasmo. Algunas suras las aprendió directamente del propio Mensajero de Allah. En una ocasión, se postró a los pies del Mensajero de Allah y le suplicó: «Oh, Mensajero de Allah, enséñame un poco las suras Hud y Yusuf». Este intenso interés lo convirtió en un célebre recitador del Corán.

Poseía una voz sumamente melodiosa. Recitaba el Corán con una voz armoniosa. Cuando, entrada la noche, descendía el silencio, comenzaba a recitar el Corán con una voz conmovedora. Los compañeros del Mensajero de Allah escuchaban atentamente su recitación. Sus corazones se derretían por temor a Allah y sus ojos se llenaban de lágrimas. En una ocasión, el califa Umar le dijo: «Uqba, recítanos algo del Corán». Uqba comenzó a recitar. Al escuchar aquella recitación, Umar rompió a llorar y su barba se empapó de lágrimas. El propio Uqba preparó con sus manos una recopilación del Sagrado Corán. Hasta el siglo IX de la hégira, esta copia se conservó en la mezquita egipcia conocida como la Mezquita de Uqba ibn Amir. Al final de la copia estaba escrito: «Uqba ibn Amir al-Yuhani la escribió». Era la copia más antigua del Corán que se había encontrado en el mundo. Sin embargo, la desventurada nación musulmana también perdió este valioso tesoro, como tantas otras cosas. (Tahdhib al-Tahdhib, 7/243; Suwar min Hayat al-Sahaba, 4/148-149; Muhayirín, 2/236)

Tampoco se quedó atrás en la transmisión de los hadices del Mensajero de Allah. El número total de hadices que transmitió es de cincuenta y cinco. De ellos, siete fueron transmitidos por ambos recopiladores, uno exclusivamente por Bujari y siete exclusivamente por Muslim. Muchos grandes compañeros viajaban largas distancias para acudir a él y escuchar hadices. Abu Ayyub viajó de Medina a Egipto únicamente para escuchar un hadiz, y, tras escucharlo, emprendió de nuevo el viaje hacia Medina. También el gran erudito de la comunidad, Abdullah ibn Abbas, obtuvo conocimiento de él. Además, muchos célebres tabi‘in adquirieron conocimientos de su vasto acervo. Ibn Asakir transmite de Ibrahim ibn Abd al-Rahman ibn Awf. Este dijo: «Juro por Allah que, antes de morir, Umar ibn al-Jattab envió a buscar desde distintos lugares a los compañeros del Mensajero de Allah —Abdullah ibn Hudhafa, Abu al-Darda, Abu Dharr y Uqba ibn Amir— y les dijo: “¿Qué son estos numerosos hadices que transmitís del Mensajero de Allah?”. Ellos respondieron: “¿Nos prohíbes transmitir hadices?”. Él dijo: “No. Pero permaneceréis conmigo. Mientras yo esté vivo, no podréis marcharos a ningún lugar dejándome”. Mientras Umar vivió, ellos no se alejaron de él ni viajaron lejos». (Hayat al-Sahaba, 3/240-241)

También poseía una inmensa erudición en jurisprudencia islámica. Dominaba ampliamente los conocimientos directamente relacionados con la religión, como la jutba (sermón y discurso), la poesía y otros. Aunque Uqba era un compañero de elevada categoría, sentía un intenso temor de asumir responsabilidades religiosas. Durante un tiempo desempeñó el cargo de imán en Egipto, pero después evitaba dirigir la oración. Abu Ali al-Hamadani relata: «En cierta ocasión, durante un viaje, la gente le dijo: “Puesto que usted es compañero del Mensajero de Allah, dirija usted la oración”. Él respondió: “No. Escuché al Mensajero de Allah decir: ‘Si alguien dirige la oración y la realiza correctamente y en su debido momento, tanto el imán como quienes oran detrás de él reciben recompensa. Pero si se produce algún error, el imán deberá rendir cuentas, mientras que quienes oran detrás de él no tendrán ninguna responsabilidad’”.

Servir al Noble Mensajero de Allah era su único anhelo. Durante los viajes, a menudo se encargaba de sujetar y conducir las riendas de la mula del Mensajero de Allah, llamada «Ash-Shahba». Durante aquel servicio y compañía, no dejaba escapar ninguna oportunidad de adquirir conocimiento religioso. Relató: «En cierta ocasión, acompañaba al Mensajero de Allah en un viaje. Mientras conducía su montura, me dijo: “Uqba, ¿quieres que te hable de las dos mejores suras que pueden recitarse?”. Le respondí: “Sí, dígame”. Él dijo: “Son las dos suras: Di: Me refugio en el Señor del alba, y Di: Me refugio en el Señor de los hombres”.

Respetaba tanto al Mensajero de Allah que incluso consideraba una falta de educación sentarse sobre su montura. En cierta ocasión, mientras cumplía durante un viaje el servicio que se le había asignado, el Mensajero de Allah detuvo y sentó al animal que montaba. Bajó de la montura y le dijo: «Uqba, monta sobre ella». Uqba respondió: «¡Gloria a Allah! Oh, Mensajero de Allah, ¿voy a montar su animal?». El Mensajero de Allah volvió a ordenárselo. Uqba dio la misma respuesta. Finalmente, tras insistirle repetidas veces, Uqba subió a la montura para cumplir la orden, mientras el Mensajero de Allah sujetaba las riendas del animal y lo conducía. Por ello se le llamaba Radif Rasulillah, es decir, «quien cabalga detrás de la montura del Mensajero de Allah». Ocultar los defectos de las personas era una cualidad especial de Uqba. Consideraba sumamente censurable divulgar los defectos de alguien. En cierta ocasión, su secretario acudió a él y le dijo: «Nuestros vecinos están bebiendo alcohol». Él respondió: «Déjalos, no se lo digas a nadie». El secretario dijo: «Informaré a la policía». Él respondió: «¡Qué lamentable! Aléjate de eso. Escuché al Mensajero de Allah decir: “Quien oculta el defecto de alguien es como quien devuelve la vida a un muerto”». (Hayat al-Sahaba, 2/423)

Sentía un interés especial por la ciencia militar, particularmente por el tiro con arco. También animaba a los demás a aprender este arte. En cierta ocasión, llamó a Jálid ibn al-Walid y le dijo: «Escuché al Mensajero de Allah decir: “Por una sola flecha, Allah concederá el Paraíso a tres personas: a quien la fabrica, a quien la lleva por la causa de Allah y a quien la dispara”. También dijo: “De todos los juegos y entretenimientos, solo tres están permitidos: el tiro con arco, el entrenamiento de equitación y bromear con la propia esposa. Quien aprende el arte de lanzar flechas y luego lo olvida, en realidad ha perdido una enorme riqueza”». (Musnad del imán Ahmad, 4/148) Acumuló numerosas armas de guerra. Tras su muerte, al examinar sus bienes dejados atrás, se descubrió que en su casa había algo más de setenta arcos, junto con bastantes flechas y puntas. Donó todo ello por la causa de Allah. (Suwar min Hayat al-Sahaba, 4/150-151)

Uqba era un hombre acomodado. También tenía sirvientes, pero, aun así, realizaba personalmente todas sus tareas.

El venerable Uqba —que Allah esté complacido con él— se encontraba en Egipto, postrado en el lecho de su enfermedad terminal. En ese estado llamó a sus hijos y les dio este consejo: «¡Hijos míos! Os prohíbo tres cosas; recordadlas bien. 1) No aceptéis los hadices del Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— de nadie que no sea una persona confiable y digna de confianza. 2) Aunque vistáis una aba (una gruesa y holgada túnica abierta por delante), no contraigáis jamás deudas. 3) No escribáis poesía, pues vuestros corazones acabarían ocupados con ella y abandonarían el Corán». (Hayatus Sahaba, 3/201).

En suma, aquella capacidad latente que poseía Uqba —que Allah esté complacido con él—, el pastor de cabras, alcanzó su pleno desarrollo gracias a su breve compañía del Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Con el tiempo se convirtió, entre los compañeros, en uno de los más destacados sabios, recitadores del Corán, generales victoriosos y gobernantes. Cuando abandonó el pastoreo de cabras y se presentó al servicio del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, no sabía ni remotamente que un día sería uno de los soldados de vanguardia del ejército conquistador de Damasco y que tendría una casa en Bab Tuma, Damasco. El día en que decidió regresar a Medina, jamás se le ocurrió que un día sería uno de los dirigentes de la conquista de Egipto, su gobernador, y que tendría una casa en el monte Muqattam de El Cairo. El islam desarrolló de tal manera su talento latente que, de ser pastor de cabras, llegó a convertirse en todo eso.

Abu Barza al-Aslami —que Allah esté complacido con él—

Existe un considerable desacuerdo entre los especialistas en la ciencia de los hombres acerca del nombre verdadero de Abu Barza. Según la opinión más destacada, su nombre era Nadla ibn Ubayd, mientras que Abu Barza era su kunya o sobrenombre. (Al-Isaba, 4/19)

Abrazó el islam en los primeros tiempos de la predicación islámica en La Meca. Después de hacerse musulmán, acompañó al venerable Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— en todos los enfrentamientos que tuvieron lugar contra los incrédulos. El día de la conquista de La Meca, el noble Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— perdonó incluso a sus enemigos más acérrimos. Sin embargo, aquel día fueron ejecutados algunos malhechores que habían transgredido los límites de la hostilidad y la rebelión. Abd al-Rahman ibn Jatal era uno de ellos. Este hombre había abrazado inicialmente el islam, pero, después de matar a uno de sus esclavos musulmanes, apostató y huyó a La Meca para escapar del castigo islámico del qisás (represalia). Tenía dos esclavas, que recorrían los mercados de La Meca cantando canciones denigratorias contra Muhammad —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. El día de la conquista de La Meca, sin encontrar otra salida, el miserable Ibn Jatal se aferró al revestimiento de la Kaaba y permaneció allí, esperando obtener seguridad. Los compañeros dijeron al Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—: «Ibn Jatal se encuentra bajo la protección del revestimiento de la Kaaba». El Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— ordenó matarlo. Tan pronto como Abu Barza recibió esta orden, corrió y lo mató. (Abu Dawud, Kitab al-Yihad; Sira de Ibn Hisham, 2/410)

Abu Barza —que Allah esté complacido con él— vivió en Medina hasta el fallecimiento del noble Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Durante el califato de Umar —que Allah esté complacido con él— se estableció en Basora. Combatió en la batalla de Siffín del lado de Ali —que Allah esté complacido con él— y contra los jariyíes en Nahrawan. Fue un muyahid en la expedición de Jorasán.

Existe desacuerdo acerca de la fecha de la muerte de Abu Barza —que Allah esté complacido con él—. Según algunos, murió en el año 60 de la Hégira, mientras que otros sostienen que murió en el año 65. La segunda opinión parece más acertada, pues aún estaba vivo durante el conflicto entre Marwan y Abdullah ibn al-Zubayr —que Allah esté complacido con ambos—, y decía: «Todos ellos están disputándose las cosas de este mundo». (Hayatus Sahaba, 2/407). Al morir, dejó como único hijo a Mugira.

Abu Barza —que Allah esté complacido con él— tuvo la oportunidad de disfrutar de una prolongada compañía del noble Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Por ello, conservó de memoria un número considerable y fiable de hadices del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. El número de hadices que narró es de 64; de ellos, 27 son muttafaq alayh. Dos fueron narrados exclusivamente por Bujari y cuatro exclusivamente por Muslim.

En el carácter de Abu Barza, que Allah esté complacido con él, había una marcada inclinación al ascetismo. No vestía ropas costosas ni montaba a caballo. Cubría su desnudez con dos piezas de tela de color azafrán y caminaba así. Uno de sus compañeros contemporáneos era Ayiz ibn Umar. Él vestía ropas valiosas y también montaba a caballo. Un hombre se presentó ante Ayiz ibn Umar con la intención de provocar discordia entre ambos y le dijo: «Mire a Abu Barza: en su manera de vestir se opone a usted. Usted viste ropas costosas de “juzz” y monta a caballo, mientras que él evita ambas cosas». Sin embargo, la fraternidad entre los compañeros era mucho más profunda y firme que sus apariencias externas y sus maneras de comportarse. Ayiz respondió al hombre: «¡Que Allah tenga misericordia de Abu Barza! ¿Quién hay hoy entre nosotros que esté a su altura?». Desalentado, el hombre se dirigió desde allí hacia Abu Barza y le dijo: «Mire un poco a Ayiz. Su manera de comportarse no le agrada. Él anda montado a caballo y las valiosas ropas de “juzz” adornan su cuerpo». Pero también aquí recibió la misma respuesta. Abu Barza le dijo: «¡Que Allah tenga misericordia de Ayiz! ¿Quién hay entre nosotros que sea igual a él en dignidad?»

En cierta ocasión, un hombre dirigió unas palabras muy duras a Abu Bakr as-Siddiq, que Allah esté complacido con él. Inmediatamente, Abu Barza exclamó: «¿Acaso le corto la cabeza?». Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, lo reprendió y dijo: «Después del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no es lícito castigar a nadie por una falta tan pequeña». (Kanz al-Ummal, 2/161; Hayat as-Sahaba, 2/638).

Servir a los pobres y necesitados era una característica especial de Abu Barza. Desde la mañana hasta la tarde, daba de comer a los pobres y menesterosos. Hasan ibn Hakim lo narró de su madre.

Abu Barza daba de comer por la mañana y por la tarde a las viudas, los huérfanos y los menesterosos, ofreciéndoles zarid (un tipo de comida apreciada por los árabes). (Hayat as-Sahaba, 2/194-195).

No podía tolerar ninguna burla, broma o chanza acerca del Noble Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. A Ubaydullah ibn Ziyad le surgió el deseo de saber algo sobre el Estanque de Kawzar. Preguntó a la gente: «¿Quién puede hablarme del Estanque de Kawzar?». La gente mencionó a Abu Barza, que Allah esté complacido con él. Ubaydullah mandó llamarlo. Él acudió. Al verlo llegar, Ubaydullah dijo con tono burlón: «¿Este es vuestro muhammadí?». Abu Barza respondió con gran indignación: «¡Alabado sea Allah! Vivo en una época en la que se menosprecia el honor de la sahabiyyat (la compañía del Profeta)». Mientras decía esto, se sentó muy irritado. Ubaydullah planteó la pregunta, y Abu Barza respondió: «Quien niegue el Estanque de Kawzar no podrá acercarse a él, y Allah tampoco le dará de beber de él». Dicho esto, se levantó y se marchó.

Se transmite de Abu Barza. Él dijo: «En una batalla —según otra versión, en Jaibar— atacamos al ejército de los idólatras y lo expulsamos lejos de sus utensilios para preparar pan. Después nos apoderamos de ellos y comenzamos a comer. En la época de la ignorancia habíamos oído que quienes comían pan blanco engordaban. Tras comer el pan que habían abandonado, algunos de nosotros comenzaban a mirar sus propios hombros para comprobar si habían engordado o no». (Hayat as-Sahaba, 1/323). Este relato muestra que los nobles compañeros no solían utilizar harina blanca refinada.

Fadl ibn Abbas, que Allah esté complacido con él

Su nombre era Fadl y su kunya, Abu Muhammad. Su padre era el ilustre compañero Abbas ibn Abd al-Muttalib, que Allah esté complacido con él, y su madre era Lubaba bint al-Hariz al-Hilaliyya. Era primo del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Era el hijo mayor de su padre. Por eso, a Abbas se le llamaba Abu al-Fadl, es decir, el padre de Fadl, y a Lubaba se la llamaba Umm al-Fadl, es decir, la madre de Fadl.

Aceptó el islam junto con los demás miembros de su familia antes de la batalla de Badr, pero no lo hizo público por temor a los incrédulos de La Meca. Poco antes de la conquista de La Meca emigró a Medina junto con su padre, Abbas, y su hermano menor, Abd Allah. En el momento de la emigración tenía trece años, y Abd Allah tenía ocho. (Hayatus Sahaba, 1/373). Después de emigrar a Medina, participó por primera vez en la expedición a La Meca. Posteriormente también participó en la expedición de Hunayn. Cuando, en la primera etapa del ataque, el ejército musulmán llegó al borde de la derrota y comenzó a retirarse, él permaneció firme en el campo junto al Noble Mensajero de Dios. Durante la Peregrinación de Despedida iba sentado en la misma montura que el Mensajero de Dios. Por ello, desde aquel día recibió el título de «Radifur Rasul». En aquella ocasión, un joven y una hermosa muchacha de la tribu de Jath‘am acudieron al Mensajero de Dios para preguntarle sobre diversos asuntos de la peregrinación. Puesto que durante la peregrinación no está permitido que las mujeres se cubran el rostro con niqab, el rostro de la joven estaba descubierto. Fadl era un joven apuesto. La muchacha comenzó a mirarlo de reojo y Fadl también siguió mirándola. El Noble Mensajero de Dios volvió varias veces el rostro de Fadl hacia otro lado. El Mensajero dijo: «Hoy serán perdonados todos los pecados de quien logre refrenar sus ojos, sus oídos y su lengua». (Ibn Sa‘d, 4/37; Al-Isaba, 3/208). Este asunto también aparece relatado en el capítulo «Babu Hajjil Mar’ati» del Sahih al-Bujari.

Durante el lanzamiento de piedras en Mina, sostuvo en alto su manto para dar sombra al Mensajero de Dios. En Medina, el Mensajero de Dios lo casó y él mismo pagó la dote matrimonial.

Fadl tuvo el honor de prestar el último servicio al Mensajero de Dios durante su vida terrenal. Durante su enfermedad final, el Mensajero pronunció su último sermón. Fadl fue uno de los dos afortunados que lo ayudaron a salir de su casa para pronunciarlo. Fadl también anunció entre la gente que el Mensajero iba a pronunciar un sermón. (Al-Isaba, 3/208). Después del fallecimiento del Mensajero de Dios, Fadl fue uno de los afortunados que tuvieron la oportunidad de lavar su cuerpo sagrado. Ali se encargó del lavado, Fadl vertió el agua, el Mensajero sostuvo la tela y un ansarí llamado Aws ibn Jawli acercó el agua. (Al-Istiab; Hayatus Sahaba, 2/341). Al-Waqidi afirma que Fadl murió durante la epidemia de peste de Amwas, en el califato de Umar. Otros han dicho que alcanzó el martirio en la batalla de Ajnadayn o en la de Yamama, durante el califato de Abu Bakr. Algunos también han afirmado que murió mártir en la batalla de Yamama, en el año 15 de la Hégira. Existen grandes discrepancias acerca del año de su muerte. Sin embargo, el imán al-Bujari consideró más aceptable la opinión de que murió en Ajnadayn. (Al-Isaba, 3/209).

Se han transmitido veinticuatro hadices de Fadl. Compañeros destacados, como Ibn Abbas y Abu Huraira, también recibieron hadices de él. Además, los tabi‘un Qurayb, Qutham ibn Abbas, Abbas ibn Ubayd Allah, Rabi‘a ibn Hariz, Umayr, Abu Sa‘id, Sulayman ibn Yasar, Sha‘bi y Ata ibn Abi Rabah, entre otros, recibieron hadices de él. (Al-Isaba, 3/209).

Tulayb ibn Umayr

Su nombre era Tulayb y su kunya, Abu Adi. Su padre era Umayr ibn Wahb y su madre era Arwa bint Abd al-Muttalib, tía paterna del Mensajero de Dios. Pertenecía a la rama Banu Adi de la tribu de Quraysh. (Ansab al-Ashraf, 1/88).

No se conoce mucho sobre el nacimiento de Tulayb ni sobre su vida antes del islam. La historia registra que se unió a una caravana en los primeros tiempos del islam. Algunos acontecimientos relatados por la historia permiten comprender que sentía una devoción y un amor ilimitados por su primo Muhammad y por su religión. Tulayb siempre estaba indignado por la actitud hostil de los qurayshíes hacia el Mensajero. De vez en cuando también respondía con firmeza al duro trato de los qurayshíes hacia él. En estas acciones, su piadosa madre siempre le brindaba su apoyo.

Al-Harith al-Taymi relata que Tulayb ibn Umayr aceptó el islam mientras el Mensajero se encontraba en Dar al-Arqam, es decir, la casa de al-Arqam, en La Meca. Después de aceptar el islam, salió de allí y se presentó directamente ante su madre, Arwa bint Abd al-Muttalib. Le dijo: «Madre, he seguido a Muhammad y me he entregado a Dios». Su madre respondió: «La persona más indicada para ayudarte y apoyarte es el hijo de tu tío materno. Si yo poseyera la fuerza y la capacidad que tienen los hombres, ciertamente lo protegería de las manos de la gente». Tulayb dijo: «Madre, ¿qué te impide aceptar el islam y convertirte en su seguidora? Tu hermano Hamza ha aceptado el islam». Ella respondió: «Estoy esperando a ver qué hacen mis otras hermanas. Permaneceré junto a ellas».

Tulayb dijo: «Mientras no vayas ante él, lo saludes y des testimonio de que no hay divinidad excepto Allah, continuaré suplicando a Allah por ti». La afortunada madre no pudo rechazar la petición de su hijo. Ella declaró: «Doy testimonio de que no hay divinidad excepto Allah y de que Muhammad es el Mensajero de Allah», es decir: atestiguo que no hay divinidad excepto Allah y que Muhammad es el Mensajero de Allah, Su enviado. Desde ese día, comenzó a apoyar de todas las maneras posibles al Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— con su lengua, y ordenó a su hijo Tulayb que permaneciera al lado del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— en toda circunstancia. (At-Tabaqat, 3/123; Al-Isaba, 2/233-234).

Durante los primeros tiempos del islam en La Meca, quienes aceptaron el islam fueron perseguidos de diversas maneras por los qurayshíes. Un día, Tulayb y Hatib ibn Amr estaban rezando en la zona de «Aŷyad al-Asgar», en La Meca. Dos de los peores maleantes de La Meca en aquella época, Ibn al-Asda e Ibn al-Gaytala, los vieron. Los atacaron arrojándoles piedras. Hatib y Tulayb resistieron aquel ataque durante casi una hora y finalmente lograron escapar con vida. (Ansab al-Ashraf, 1/117).

Uqba ibn Abi Muayt, de La Meca, era un acérrimo enemigo del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Además, era de naturaleza extremadamente ruin. Molestaba al Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— de diversas maneras. Un día llegó con una cesta de basura y comenzó a arrojarla en la puerta de la casa del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Tulayb se dio cuenta de lo que ocurría. Corrió hacia allí, le arrebató la cesta a Uqba y le retorció ambas orejas. Uqba se enfureció y fue detrás de Tulayb hasta su madre para quejarse, diciendo: «¿Acaso no ves que tu hijo se ha puesto del lado de Muhammad?». La afortunada hija de Abd al-Muttalib respondió: «Dime tú: ¿quién sería más digno que Tulayb de ponerse de su lado? Muhammad es su primo materno. Nuestro dinero y nuestras vidas están consagrados a Muhammad». Luego recitó un verso cuyo significado era: «Tulayb ha ayudado a su primo materno y ha mostrado compasión por su sangre y sus bienes».

Cabe señalar que este Uqba fue capturado por el ejército musulmán en la batalla de Badr y, por orden especial del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, fue ejecutado. (Ansab al-Ashraf, 1/147).

Después de aceptar el islam, el honorable Tulayb —que Allah esté complacido con él— permaneció cierto tiempo en La Meca, resistiendo todas las persecuciones y vejaciones de los qurayshíes. Pero cuando la persecución alcanzó su máxima intensidad y se volvió completamente imposible permanecer en La Meca, emigró a Abisinia con el segundo grupo que partió hacia allí. Tras permanecer allí algún tiempo, Tulayb fue uno de quienes regresaron de Abisinia a La Meca al oír el rumor de que todos los habitantes de La Meca habían aceptado el islam. (Sira de Ibn Hisham, 1/324, 366).

Tras regresar de Abisinia, permaneció algún tiempo en La Meca. Después emigró nuevamente a Medina. Allí fue huésped del honorable Abd Allah ibn Salama al-Aŷlani. El Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— estableció entre él y Mundhir ibn Amr as-Saidi una relación de hermandad islámica, conocida como muajaja.

Según la narración de Muhammad ibn Umar, el honorable Tulayb participó en la batalla de Badr. At-Tabari dice: está demostrado que participó en la batalla de Badr. Sin embargo, Musa ibn Uqba, Muhammad ibn Ishaq y Abu Ma’shar no mencionan el nombre de Tulayb en la lista de quienes participaron en la batalla de Badr. (At-Tabaqat, 3/123).

No se encuentra en los libros de biografías ninguna otra información sobre sus actividades desde la batalla de Badr hasta su muerte. Sin embargo, cabe suponer que un hombre tan valeroso como él nunca pudo permanecer inactivo. Participó en todas las expediciones hasta el final de su vida.

Murió como mártir en la batalla de Aŷnadayn, en el mes de Ŷumada al-Ula del año 13 de la Hégira. Sin embargo, Musab ibn Abdillah afirma que murió como mártir en la batalla de Yarmuk. Tenía 53 años al morir. No dejó descendencia. (At-Tabaqat, 3/124; Al-Istiab).

Saubán ibn Naŷdah, que Allah esté complacido con él

Su nombre era Saubán y el de su padre, Naŷdah; su kunya o apodo era Abu Abdillah. Era descendiente de la célebre tribu himyarí del Yemen. (Asahh as-Siyar, p. 599). Por alguna razón, se convirtió en esclavo. El Noble Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, lo compró y después lo liberó. Al liberarlo, le dijo: «Si quieres, puedes regresar con los miembros de tu tribu o quedarte conmigo. Si te quedas conmigo, serás considerado un miembro de mi familia». Saubán consideró preferible permanecer en compañía del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, antes que regresar con su propia tribu.

Después del fallecimiento del Noble Mensajero de Allah, permaneció en Medina durante unos pocos días. Medina se volvió insoportable para él sin el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Abandonó Medina y comenzó a vivir en un lugar de Siria llamado Ramla. Participó en la campaña de Egipto y, dejando Ramla, se estableció en Hims. Allí falleció en el año 54 de la Hégira.

Saubán, que Allah esté complacido con él, fue un servidor especial del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Tuvo la oportunidad de acompañarlo en toda circunstancia, tanto en privado como en público. Por ello, naturalmente, adquirió una especial maestría en los «conocimientos proféticos» o ciencias del Profeta. Se han transmitido de él 127 hadices del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Además de memorizar los hadices, también se encargaba de difundirlos y transmitirlos. El ilustre erudito Ibn Abd al-Barr dijo que Saubán era uno de aquellos que, además de memorizar los hadices, se dedicaban a difundirlos.

Debido a que Saubán, que Allah esté complacido con él, había memorizado numerosos hadices, mucha gente acudía a él para escucharlos. En una ocasión, cuando la gente expresó su deseo de escuchar hadices de él, dijo: «Cuando un musulmán se postra una vez ante Allah, Allah eleva un grado su rango y le perdona sus pecados». (Musnad del imán Ahmad ibn Hanbal, 5/276).

Los célebres expertos en hadices de la época de Saubán, que Allah esté complacido con él, verificaban con él la autenticidad de los hadices que habían escuchado de otras personas. Un destacado especialista en hadices como Sadán ibn Talha escuchó un hadiz de Abu ad-Dardá, que Allah esté complacido con él, y verificó su autenticidad con Saubán. Después del fallecimiento del Noble Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, fue considerado uno de los destacados compañeros muytahid de Medina. (Alamul Muwaqqiin, 1/15).

El círculo de discípulos de Saubán, que Allah esté complacido con él, también era muy amplio. Sadán ibn Talha, Rashid ibn Sad, Zubair ibn Nudair, Abd ar-Rahmán ibn Ganam y Abu Idrís, entre otros, fueron algunos de sus discípulos más destacados.

Sentía tanta devoción y reverencia por el Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) que no podía soportar oír de labios de un no musulmán ni una sola palabra que expresara la más mínima falta de respeto hacia el Mensajero de Allah (s.a.s.). Una vez, un judío se acercó al Mensajero (s.a.s.) y le dijo: «As-salamu alayka, oh Muhammad». Sawban estalló de inmediato de ira. Empujó al judío con tanta fuerza que el pobre hombre apenas logró mantener el equilibrio mientras caía. Cuando se hubo tranquilizado un poco, el hombre quiso saber la razón de tanta ira. Sawban dijo: «¿Por qué dijiste “oh Muhammad” en vez de “oh Mensajero de Allah”?». El hombre respondió: «¿Qué delito he cometido con eso? Solo pronuncié su nombre familiar». El Mensajero (s.a.s.) confirmó sus palabras y dijo: «Sí, mi nombre familiar es Muhammad».

El honor de la profecía es, desde luego, algo inmenso. Si alguien miraba con desprecio o indiferencia la relación de servidumbre que él tenía con el Mensajero (s.a.s.), lo reprendía. En cierta ocasión, mientras se encontraba en Hims, cayó enfermo. Cuando Abd Allah ibn Qarat al-Izdi, el gobernador de Hims en aquel tiempo, no fue a visitarlo, le escribió una carta: «Si el esclavo de Musa o de Jesús se encontrara en tu casa, irías a informarte de su enfermedad o a visitarlo». Al recibir esta carta, el gobernador salió de su casa con tal premura que la gente pensó que seguramente había ocurrido algo gravísimo. En esas condiciones llegó a la casa de Hazrat Sawban y permaneció sentado junto a él durante largo tiempo.

Era tan escrupuloso en el cumplimiento de las instrucciones del Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) que, una vez que recibía una orden del Mensajero (s.a.s.), la cumplía durante toda su vida, y nunca hacía nada que pudiera implicar el más mínimo riesgo de desobedecer una instrucción. Al-Tabarani lo transmitió de Abu Umama (r.a.). Él dijo: El Mensajero (s.a.s.) preguntó: «¿Quién prestará el juramento de fidelidad?». Sawban dijo: «Oh Mensajero de Allah, nosotros ya hemos prestado el juramento». El Mensajero (s.a.s.) dijo: «Jurad que no pediréis nada a nadie». Sawban preguntó: «¿Para qué, oh Mensajero de Allah?». Él respondió: «Para el Paraíso». Sawban prestó el juramento sobre esta condición. Abu Umama dijo: «Lo vi en La Meca, montado entre la multitud. En ese momento se le cayó el látigo de la mano. Al parecer cayó sobre el cuello de un hombre, quien lo recogió. Después quiso entregárselo a Sawban, pero este no lo aceptó: bajó de su montura y lo recogió con sus propias manos». (Hayat al-Sahaba, 1/242).

En otra narración se relata que el Mensajero (s.a.s.) dijo: «No pedirás nada a la gente; a quien me dé esta garantía, yo le garantizo el Paraíso». Al oír esto, Sawban exclamó: «Yo doy esa garantía». Desde entonces, nunca pidió nada a nadie. (Al-Isaba, 1/204).

Yusuf ibn Abd al-Hamid narró: Sawban me dijo que, en cierta ocasión, el Mensajero (s.a.s.) hizo una súplica por su ahl, es decir, su familia. Yo dije: «También pertenezco a la ahl al-bayt (su familia)». La tercera vez, él dijo: «Sí, tú perteneces a mi familia. Sin embargo, no debes permanecer ante ninguna puerta cerrada ni acudir a ningún emir para pedirle algo». (Al-Isaba, 1/204).

Según consta en la historia, después de todas estas instrucciones nunca volvió a pedirle nada a nadie durante el resto de su vida.

Amr ibn Abasa (r.a.)

Su nombre era Amr y su kunya o sobrenombre, Abu Nayih. Su padre era Abasa ibn Amir y su madre, Ramla bint al-Waqi’a. Era hermano uterino del célebre compañero Abu Dharr al-Gifari (r.a.). (Al-Isaba, 3/5).

Desde el comienzo de su vida, Amr fue un hombre de naturaleza recta. Incluso cuando, en la época de la ignorancia, toda Arabia estaba entregada a la idolatría, él detestaba esa práctica y consideraba extraviados a los idólatras. Se proclamaba la cuarta persona del islam o una cuarta parte del islam. Cuando le preguntaron en qué basaba tal afirmación, respondió: «En la época de la ignorancia creía que la gente estaba extraviada. Los ídolos no tenían ninguna importancia para mí. Sabía que, así como no podían causar ningún daño, tampoco podían proporcionar ningún beneficio. Sin embargo, ellos adoraban estatuas de piedra. En aquel tiempo pregunté a una persona de la Gente del Libro, es decir, a alguien que creía en una religión revelada, cuál era la mejor religión. Me dijo: “En La Meca aparecerá un hombre. Abandonará las divinidades de su propio pueblo e invitará a la gente a adorar a otra divinidad. Él traerá la mejor religión. Cuando oigas hablar de su aparición, síguelo”».

Amr relata: «En ese momento recibí una noticia procedente de La Meca. No me atreví a preguntar a nadie si había ocurrido allí algún acontecimiento nuevo. Finalmente, montado a lomos de un animal, llegué a La Meca. Al preguntarle a un jinete, me respondió: “Aquí ha aparecido un hombre que detesta a la divinidad de su pueblo, es decir, a la divinidad de sus compatriotas”. Me reuní en secreto con el Mensajero de Allah, porque en aquel momento sus propios compatriotas se oponían ferozmente a él. Según otra narración, el encuentro de Amr con el Mensajero de Allah tuvo lugar en la feria de Ukaz. En su primer encuentro, conversaron de la siguiente manera. Amr preguntó: “¿Quién eres?”»

—Soy el Profeta de Allah.

—¿Te ha enviado Allah?

—Sí.

—¿Con qué cosas te ha enviado?

—Con la orden de creer que Allah es Uno, no asociarle nada, destruir los ídolos y mantener intactos los lazos de parentesco.

—¿Alguien ha aceptado esta invitación?

—Sí, uno libre y uno esclavo.

Amr dijo: «Esos dos eran Abu Bakr y Bilal». Luego le suplicó: «Inclúyame también entre los adoradores de Allah. Permaneceré con usted». El Mensajero dijo: «¿Cómo podrás permanecer conmigo cuando me estoy enfrentando a la oposición de todos lados? Regresa ahora a tu tierra natal. Cuando comience a predicar públicamente, ven a mí». Amr dijo: «Así acepté el islam y llegué a considerarme la cuarta parte del islam». (Al-Isaba, 3/6; Hayatus Sahaba, 1/71-72).

Siguiendo las instrucciones del Mensajero, Amr aceptó el islam y regresó a su tribu. Sin embargo, siempre se mantenía informado sobre el Mensajero de Allah por medio de quienes viajaban a La Meca. Después de que el Mensajero emigró a Medina, algunas personas de Yathrib, es decir, Medina, llegaron a la tribu de Amr. Él les preguntó: «¿Cuál es la situación del hombre que vino de La Meca a Medina?». Ellos respondieron: «La gente corre hacia él en grupos. Su propio pueblo había planeado matarlo, pero no pudo hacerlo. Ahora está en Medina».

Al recibir esta noticia de ellos, Amr partió hacia Medina. Cuando se presentó ante el Mensajero en Medina y se identificó, este le dijo: «Sí, te recuerdo; te encontraste conmigo en La Meca». Desde entonces, Amr se estableció como residente permanente de Medina.

Existen discrepancias acerca de cuándo llegó el honorable Amr a Medina. Según una opinión, llegó antes de la batalla de Badr y participó en ella. Sin embargo, la opinión más conocida sostiene que llegó a Medina después de la batalla de Jaybar y antes de la conquista de La Meca. (Al-Isaba, 3/5).

Varias batallas, entre ellas Badr, Uhud, Hudaybiyya y Jaybar, concluyeron mientras él aún permanecía en su tierra natal. Participó por primera vez en la campaña de la conquista de La Meca. También se encuentra una narración de que participó en la campaña de Taif. Él mismo relató lo siguiente: durante el asedio de Taif, el honorable Mensajero dijo: «A quien lance una flecha por la causa de Allah se le abrirá una puerta del Paraíso». Al escuchar esta buena noticia, lancé dieciséis flechas. No se sabe con certeza que participara en ninguna otra batalla después de la campaña de Taif. Sin embargo, se sabe que participó en algunas batallas más. No se conoce con exactitud la fecha de la muerte del honorable Amr ibn Abasa. Los especialistas en biografía profética afirmaron, basándose en estimaciones, que murió hacia el final del califato del califa Uthman. Por ello, el autor de la obra Al-Isaba fi Tamyiz al-Sahaba, el erudito Ibn Hayar al-Asqalani, basándose únicamente en esta suposición —dado que no se le menciona en ninguna parte durante el conflicto entre Ali y Muawiya ni durante el califato del emir Muawiya—, situó su muerte hacia el final del califato de Uthman. (Al-Isaba, 3/6). Sin embargo, una narración de Musnad del imam Ahmad ibn Hanbal informa que el emir Muawiya y los romanos habían concertado un tratado. Debido a este tratado, el emir Muawiya no podía atacar a los romanos durante un periodo determinado. Pero el honorable Muawiya planeó que su ejército llegara a la frontera romana y que, entretanto, el plazo del tratado terminara. Entonces su ejército lanzaría inmediatamente el ataque. En ese momento, Amr ibn Abasa iba gritando: «¡Cumplid el pacto, no traicionéis!». Esta narración indica que permaneció con vida hasta el califato del emir Muawiya. Pero si se acepta como correcta la opinión del autor de Al-Isaba, este acontecimiento habría tenido lugar durante el califato de Uthman, cuando el honorable Muawiya era gobernador de Siria. También entonces tuvo enfrentamientos con los romanos.

El honorable Amr ibn Abasa no tuvo muchas oportunidades de disfrutar de la compañía o cercanía del Mensajero de Allah. Sin embargo, trató de aprovechar plenamente el poco tiempo que tuvo. Encontramos prueba de ello en su primer encuentro con el Mensajero en Medina. Le suplicó: «‘Allimnī mā ‘allamaka Allāhu»: «Enséñame algo de lo que Allah te ha enseñado». Por ello, pese al breve periodo que pasó en su compañía, en las colecciones de hadices se encuentran un total de 48 hadices narrados por él.

Entre los compañeros, Ibn Masud, Abu Umama al-Bahili y Sahl ibn Sad; y entre los tabi‘in, Shurahbil ibn Simat, Sa‘dan ibn Abi Talha, Sulaym ibn Amir, Abd al-Rahman ibn Amir, Zubayr ibn Nafir, Abu Salama y otros narraron hadices de él. (Al-Isaba, 3/5).

Abu Nuaym narró un episodio relatado por el esclavo liberado, o mawlá, de Ka‘b. Dijo: «Un día, Amr ibn Abasa salió a pastorear los animales. Al mediodía salí a buscarlo. Vi que Amr dormía en un lugar y que una nube le daba sombra. Lo desperté. Cuando despertó, me dijo: “Que este asunto permanezca en secreto entre tú y yo. No te conviene revelárselo a nadie más”. No se lo conté a nadie durante su vida. (Al-Isaba, 3/6)»

Walid ibn al-Walid ibn al-Mugira —que Allah esté complacido con él—

Su nombre era Walid y su padre era al-Walid ibn al-Mugira. Pertenecía al clan Banu Majzum de la tribu de Quraysh. Era hermano de los célebres compañeros y comandantes militares Jalid ibn al-Walid y Hisham ibn al-Walid. Según un relato, era hermano de padre y madre de Hisham y medio hermano paterno de Jalid. Walid no aceptó el islam durante la vida del Noble Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— en La Meca. Los libros de la sira no mencionan mucho acerca de cómo trataba a los musulmanes en aquella época. Sin embargo, se sabe que se unió al ejército qurayshí de La Meca, combatió contra los musulmanes en la batalla de Badr y, tras ser derrotado, fue capturado por Abd Allah ibn Jahsh —según otra versión, por Sulayt ibn Qays—, que Allah esté complacido con él. (Ansab al-Ashraf, 1/302).

Los otros dos hermanos de Walid, Jalid ibn al-Walid y Hisham ibn al-Walid, acudieron para rescatarlo. Abd Allah ibn Jahsh exigió un rescate de cuatro mil dírhams. Jalid mostró cierta vacilación ante el pago de una suma tan elevada. Hisham se enfadó mucho y le dijo: «¿Qué te pasa? ¿Acaso ya no es tu hermano? Aunque Abd Allah exigiera más que eso, debemos liberarlo». El historiador al-Waqidi dice: «Walid fue hecho prisionero mientras aún seguía la religión de su pueblo y fue liberado a cambio de cuatro mil dírhams». Según otro relato, el Noble Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— exigió, a cambio de la liberación de Walid, el escudo, la armadura y la espada de su padre. Sus hermanos cumplieron aquella exigencia y lo liberaron. (Ansab al-Ashraf, 1/210)

Una vez liberado, Walid emprendió el viaje hacia La Meca con sus hermanos. Al llegar a un lugar llamado Dhul Hulayfa, escapó de sus hermanos y regresó a Medina, donde se presentó nuevamente ante el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y aceptó el islam. Sus hermanos regresaron, se encontraron otra vez con él y le dijeron: «Si tenías intención de hacerte musulmán, ¿por qué no lo hiciste antes de pagar el rescate? Destruiste sin motivo los recuerdos de nuestro padre». Walid les respondió: «Al igual que los demás qurayshíes, yo también quería pagar el rescate y quedar libre. No declaré mi islam antes de ser liberado para que los qurayshíes no pudieran decir que me había hecho musulmán por miedo a pagar el fidya o rescate».

Después de aceptar el islam, emprendió nuevamente el viaje hacia La Meca con sus hermanos. Durante el trayecto, sus hermanos no dijeron gran cosa. Sin embargo, al llegar a La Meca, lo encarcelaron como a los demás musulmanes perseguidos y lo encerraron en una misma habitación junto con otros prisioneros como él: Ayyash ibn Rabia, Hisham ibn al-As, Salama ibn Hisham y otros.

Los historiadores han dicho que los qurayshíes sometían a aquellos prisioneros a torturas inhumanas. También los amenazaban con matarlos.

Al-Kalbi dice: «A causa de su conversión al islam, fue castigada una comunidad débil que no contaba con fuerza tribal ni con suficiente gente. Muchos de ellos abandonaron la religión, mientras que muchos miembros de familias nobles aceptaron el islam y fueron sometidos a pruebas. Entre ellos estaban Salama ibn Hisham ibn al-Mugira, Walid ibn al-Walid ibn al-Mugira, Ayyash ibn Rabia y otros. (Ansab al-Ashraf, 1/19)»

Ibn Ishaq dice: Cuando Walid ibn Walid ibn al-Mugira aceptó el islam, un grupo de hombres de Banu Majzum acudió ante su hermano Hisham ibn Walid ibn al-Mugira y le pidió que se lo entregara para matarlo. Su argumento era que, si lo mataban, podrían sentirse seguros respecto a los demás. Hisham rechazó tajantemente su petición y recitó un poema. También amenazó con que, si alguien mataba a su hermano Walid, se vengaría matando al hombre más honorable de entre ellos. Ante esta amenaza extrema, abandonaron la esperanza de matar a Walid y se marcharon. (Sira de Ibn Hisham, 1/321).

Antes de la batalla de Badr, el Noble Mensajero de Allah suplicaba a Allah por la liberación de Ayyash ibn Rabi’a, Salama ibn Hisham, Hisham ibn As y otros. Después de la batalla de Badr, cuando Walid fue hecho prisionero y se unió a ellos, el Mensajero de Allah comenzó también a suplicar mencionándolo por su nombre. Al-Bazzar narró de Abu Huraira que, después de terminar la oración con el saludo final, el Mensajero de Allah levantó la cabeza y, orientado hacia la qibla, dijo: «Oh Allah, libera a Salama ibn Hisham, a Ayyash ibn Rabi’a, a Walid ibn Walid y a aquellos musulmanes débiles que son incapaces de emplear alguna estrategia y no conocen ningún medio para hacerlo». Según otra narración, el Mensajero de Allah recitaba esta súplica durante la oración del alba. (Vida de los Compañeros, 3/348).

Pasó bastante tiempo en cautiverio. Un día, aprovechando una oportunidad, escapó a Medina. El Noble Mensajero de Allah le preguntó por la situación de Ayyash y Salama. Walid respondió que estaban siendo torturados y que les habían puesto un grillete en los pies a ambos. El Noble Mensajero de Allah le dijo: «Regresa a La Meca. Allí un herrero ha aceptado el islam. Primero, alójate en su casa. Después, reúnete en secreto con Ayyash y Salama y diles: “Soy el enviado del Mensajero de Allah; venid conmigo”».

Siguiendo las instrucciones del Mensajero de Allah, Walid llegó a La Meca, se reunió con Ayyash y Salama y les transmitió el mensaje del Mensajero de Allah. Conforme al plan, escaparon de La Meca y emprendieron el viaje hacia Medina. Jalid ibn al-Walid los persiguió, pero, al no lograr alcanzarlos, regresó a La Meca.

Mientras tanto, Walid y sus dos compañeros iban quedando exhaustos e inmóviles por el viaje ininterrumpido y el temor a lo desconocido. En ese momento repetía una y otra vez un verso de poesía: «¡Oh, mis dos pies! Llevadme hasta mi pueblo. Después de este día, jamás volveréis a verme ocioso».

Cuando cayó en un lugar llamado Ajbas, uno de sus dedos resultó gravemente herido y comenzó a sangrar. Dirigiéndose al dedo herido, empezó a recitar un verso: «Oh, tú no eres más que un dedo del que ha brotado sangre,

todo lo que has obtenido ha sido por la causa de Allah». (Ansab al-Ashraf, 1/209-210)

Conforme al tratado de Hudaybiyya, en el séptimo año de la hégira, el Noble Mensajero de Allah fue a La Meca para realizar la umra compensatoria del año anterior. Walid era entonces compañero de viaje del Mensajero de Allah. Su hermano Jalid ibn al-Walid aún no había aceptado el islam. Sobre esto, Jalid ibn al-Walid dijo: «Después del tratado de Hudaybiyya, mientras sufría una intensa lucha interior y me encontraba indeciso, en el séptimo año de la hégira, durante el mes de Dhu al-Qada, el Noble Mensajero de Allah entró en La Meca con el propósito de realizar la “umra compensatoria”. Me oculté por temor a encontrarme con alguno de ellos. No me encontré con ninguno de ellos. Mi hermano Walid ibn al-Walid acompañaba al Mensajero de Allah en aquel viaje. Al no encontrarme, me escribió una carta. El contenido de la carta era el siguiente: “En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. Dicho esto: Me pareces una persona sumamente extraña por mantener una actitud tan adversa hacia el islam, a pesar de ser un hombre dotado de gran inteligencia y sabiduría. ¿Puede alguien como tú ignorar el islam? El Mensajero de Allah me preguntaba por ti: ‘¿Dónde está Jalid?’. Yo respondí: ‘Pronto Allah lo traerá’. Entonces dijo: ‘¿Puede alguien como él ignorar el islam? Si su inteligencia y sus esfuerzos estuvieran al servicio de los musulmanes, eso le reportaría un gran beneficio, y yo le concedería una posición más elevada que a los demás. Hermano, ven ahora mismo y participa en la buena obra que se te ha escapado’”. Al recibir esta carta, Jalid ibn al-Walid decidió aceptar el islam y, poco después, emprendió el viaje hacia Medina. (Vida de los Compañeros, 1/160; Usd al-Gaba, 5/93).

Existen dos relatos acerca de la época de la muerte de Hazrat Walid ibn Walid. Según uno de ellos, murió poco después de liberar a Ayyash y Salama y regresar a Medina. Según este relato, al llegar a Medina se presentó directamente ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y dijo: «Oh, Mensajero de Allah, estoy muerto; amortájame con alguna de tus prendas usadas». Después murió, y el Mensajero de Allah lo amortajó con su propia ropa. (Al-Isaba, 3/640; Ansab al-Ashraf, 1/210-211).

Sin embargo, el relato anterior no parece correcto. Esto se debe a que varios relatos indican que en el séptimo año de la Hégira participó junto al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— en la realización de la «Umrat al-Qada». El sabio Ibn Abd al-Barr escribió: «Es correcto que participó junto al Mensajero de Allah en la Umrat al-Qada». La Umrat al-Qada tuvo lugar hacia el final del séptimo año de la Hégira. Por otra parte, el primer relato da a entender que murió en el quinto año de la Hégira, dos años antes de la Umrat al-Qada.

Además, Waqidi dijo: «Algunos opinan que Walid huyó de La Meca y se unió al grupo de Abu Basir». Cabe señalar que este Abu Basir llegó a Medina después del tratado de Hudaybiyya. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— lo devolvió a La Meca conforme a las condiciones del tratado. Sin embargo, en el camino mató a uno de sus compañeros y regresó nuevamente junto al Mensajero de Allah en Medina. Este ordenó a Abu Basir que abandonara Medina. Abu Basir dejó Medina y se dirigió a la región costera del mar Rojo. Después, varios jóvenes recién convertidos al islam procedentes de La Meca se unieron a él. Atacaban y saqueaban las caravanas comerciales de los qurayshíes. Como consecuencia, el comercio de los qurayshíes estuvo a punto de quedar completamente paralizado. Finalmente, al no encontrar otra salida, los qurayshíes pidieron al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— que hiciera regresar a Medina a aquel grupo. El Mensajero de Allah los convocó a Medina. (Ansab al-Ashraf, 1/210-211).

Sin embargo, Baladhuri no consideró correcto este relato. En cualquier caso, en los libros de la biografía del Profeta no se encuentra ninguna prueba de que siguiera vivo después del octavo año de la Hégira.

La Madre de los Creyentes, Hazrat Umm Salama, era prima paterna de Walid ibn Walid. Después de la muerte de Walid, le dijo al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—: «Oh, Mensajero de Allah, ha muerto en una tierra extranjera. Aquí no hay nadie que lo llore». El Mensajero de Allah le permitió llorarlo. Con su permiso, Umm Salama preparó comida e invitó a las demás mujeres del vecindario. Hazrat Umm Salama comenzó a recitar una marsiya, es decir, una elegía. Sus dos versos son los siguientes:

«Oh, ojos, llorad por Walid ibn Walid ibn Mughira. Entre nosotros era lluvia y misericordia en tiempos de sequía. En nobleza y gloria era como su padre. Él solo bastaba para su tribu».

En cuanto escuchó la elegía, Hazrat Rasul al-Karim —que Allah le bendiga y le conceda paz— exclamó: «Umm Salama, en lugar de decir eso, di: “En verdad, la agonía de la muerte llegará. Y de ella es de lo que siempre habéis intentado escapar”». (Sura Qaf, 19). (Ansab al-Ashraf, 1/210-211; Al-Isaba, 3/640).

Ibn Hisham dijo: «Me ha llegado, a través de Mujahid, lo siguiente». Él dijo que la siguiente aleya de la sura Al-Fath fue revelada acerca de Walid ibn Walid, Salama ibn Hisham, Ayyash ibn Rabiya, Abu Jandal ibn Suhayl y otros que se encontraban en una situación semejante: «Se os habría ordenado combatir si no hubiera habido hombres y mujeres creyentes a quienes no conocíais; podríais haberlos pisoteado sin saberlo y, por causa de ellos, habríais sufrido perjuicio».

(Sura Al-Fath, 25) (Sīrat Ibn Hisham, 2/321).

Salama ibn Hisham (que Allah esté complacido con él):

Su nombre era Salama y su kunya, Abu Hashim. Su padre era Hisham ibn al-Mughira y su madre, Daba’a bint Amir. Era hermano de Abu Yahl, un acérrimo enemigo del islam.

El Dr. Muhammad Hamidullah narró una historia extraordinaria de la vida preislámica de Daba’a bint Amir, la madre de Salama. Al-Haytham e Ibn al-Kalbi narraron: Mutallib ibn Abi Wada’a le dijo a Ibn Abbas: Daba’a bint Amir era la esposa de Hawza ibn Ali. Cuando Hawza murió, Daba’a heredó una gran fortuna. Después regresó a la tribu de su padre. Allí, Abd Allah ibn Jud’an al-Taymi envió una propuesta de matrimonio al padre de Daba’a. Su padre aceptó y la casó con Abd Allah.

Entonces el padre de Daba’a dijo: «Yo ya la he casado con Ibn Jud’an». Huzn juró: «Si Daba’a va con Ibn Jud’an, la mataré delante de su marido».

El padre de Daba’a informó del asunto a Ibn Jud’an. Ibn Jud’an respondió que, si él actuaba conforme a la exigencia del primo de Daba’a, se alzaría contra él en la feria de Ukaz el estandarte de acusación por incumplimiento del pacto. Cuando el padre de Daba’a le contó el asunto a su primo, este se volvió más flexible y retiró su exigencia. Daba’a fue enviada junto a Ibn Jud’an. Permaneció allí durante el tiempo que Allah quiso. Daba’a era una joven de extraordinaria belleza. Un día, mientras hacía la circunvalación de la Kaaba en La Meca durante su vida conyugal con Ibn Jud’an, llamó la atención de Hisham ibn al-Mughira. Hisham quedó cautivado por la belleza de Daba’a. Hablaron durante un rato en el recinto de la Kaaba y, en cierto momento, Hisham le dijo: «¡Daba’a! Con esa belleza y esa juventud, ¿vives en la casa de un anciano? Si logras obtener el divorcio de él, me casaré contigo».

Al regresar a casa, Daba’a le dijo a su esposo Ibn Jud’an: «Soy una mujer joven, mientras que tú eres un anciano». Ibn Jud’an le preguntó: «¿Por qué dices eso? Me he enterado de que Hisham habló contigo durante la circunvalación. No te concederé el divorcio para que te cases con Hisham hasta que me prometas esto. También tendrás que comprometerte a que, si te casas con él, cumplirás estas condiciones mías: 1. Darás la vuelta a la Kaaba desnuda; 2. sacrificarás tantos camellos; 3. hilarás tal cantidad de lana».

Daba’a le comunicó estas condiciones a Hisham. Hisham dijo: «Respecto a la primera condición, hablaré con los coraichitas y dejaré completamente vacío el recinto de la Kaaba. Al final de la noche, darás la vuelta desnuda y sola en la oscuridad. Nadie tendrá oportunidad de verte. Yo sacrificaré los camellos en tu nombre. En cuanto a hilar el hilo, eso no es ninguna religión; los coraichitas lo han inventado. Mis vecinas harán ese trabajo en tu nombre». Al recibir la promesa de Hisham, Daba’a le dijo a su esposo Ibn Jud’an: «Acepto tus condiciones. Si me caso con Hisham, las cumpliré». Así, tras obtener el divorcio de Ibn Jud’an, Daba’a se casó con Hisham. Cuando Hisham habló con los coraichitas y dejó vacío el recinto de la Kaaba, Daba’a dio la vuelta a la Kaaba desnuda. Al-Kalbi dijo: Mutallib ibn Abi Wada’a contó: «Yo era entonces un niño. Miraba a escondidas por una de las puertas de la mezquita. Vi que Daba’a se había quitado la ropa. Durante una semana dio vueltas recitando un verso». Hisham también cumplió las otras dos condiciones. De Hisham nació Salama ibn Hisham, en el vientre de Daba’a. Con el tiempo, este Salama se convirtió en un musulmán excelente y probado. Mientras Daba’a estaba casada con Hisham, murió su anterior esposo, Abd Allah ibn Jud’an. Al enterarse de su muerte, Daba’a comentó: «Era un esposo maravilloso para una mujer árabe». Poco después, cuando murió Hisham, Daba’a quedó viuda.

Más tarde, Dabaaya aceptó el islam. Entretanto, su hijo Salama también creció y aceptó el islam. El Honorable Mensajero de Dios propuso a Salama casarse con su madre. Salama consultó con ella y, al notar su desagrado, se lo comunicó al Mensajero. Entonces el Mensajero retiró su propuesta. (Anساب al-Ashraf, editado por el Dr. Hamidullah, vol. 1, nota n.º 3, pp. 460-461).

Salama aceptó el islam en los primeros tiempos de la predicación islámica en La Meca. Emigró a Abisinia. Después de permanecer allí algún tiempo, regresó también a La Meca junto con muchos otros emigrantes. Muchos volvieron nuevamente a Abisinia. Salama también quiso ir, pero Abu Yahl se lo impidió. Comenzaron a torturarlo. Lo mantuvieron sin comer y también lo golpearon. Sin embargo, todos sus esfuerzos fracasaron. Hasta entonces, el islam no había adquirido mucha fuerza. El Mensajero tampoco podía prestar ninguna ayuda. No obstante, después de la oración suplicaba por Salama y por los demás perseguidos como él, diciendo: «¡Oh Dios, libera a Walid ibn Walid, a Salama ibn Hisham y a Ayyash ibn Rabia de la dureza de los politeístas de La Meca!». En la biografía de Walid se ha relatado detalladamente la liberación de Salama y su emigración a Medina.

La batalla de Badr terminó mientras él permanecía cautivo en manos de los incrédulos en La Meca. Después de la batalla de Badr, o, según otra opinión, después de la batalla de la Trinchera, llegó a Medina. Después de llegar a Medina, participó en todas las batallas que tuvieron lugar. En la batalla de Mu’ta, fue uno de los que huyeron del campo ante el feroz ataque del ejército enemigo. Debido a esta vergüenza y remordimiento, en la etapa posterior de su vida dejó casi por completo de salir de casa. Ibn Ishaq transmitió de la Madre de los Creyentes, Umm Salama, que ella preguntó a la esposa de Salama ibn Hisham: «¿Qué le ha sucedido a Salama? ¿Por qué no lo veo incorporarse a la oración comunitaria junto con el Mensajero de Dios y los musulmanes?». La esposa de Salama respondió: «¡Por Dios, no puede salir! En cuanto sale, la gente lo ve y comienza a gritarle: “¡Oh fugitivo! ¡Habéis huido del camino de Dios!”». Por ello permanecía en casa y no iba a ningún lugar fuera de ella. (Sira de Ibn Hisham, 2/382-383).

El Honorable Mensajero de Dios se dirigía a él llamándolo «Karrar», es decir, el que lanza feroces ataques. (Al-Isaba, 2/69).

Durante el califato del honorable Abu Bakr al-Siddiq participó en la campaña hacia Sham, es decir, Siria. En una etapa de esta campaña, durante el califato del honorable Umar, fue martirizado en la batalla llamada «Marj al-Safar» o «Marj al-Rum», que tuvo lugar en el mes de Muharram del año 14 de la Hégira. Sin embargo, según Urwa, Musa ibn Uqba y Abu Zur’a al-Dimashqi, fue martirizado en la batalla de Ajnadayn. (Al-Isaba, 269).

La madre de Salama, Dabaaya, dijo en un poema: «¡Oh Señor de la venerable Kaaba, no hay motivo de preocupación! Concede a Salama la victoria contra todo enemigo. En las acciones inciertas tiene dos manos: una que se manifiesta y otra que es generosa». (Anساب al-Ashraf, 1/208).

Amir ibn Rabia

Su nombre era Amir, su kunya Abu Abdillah y su padre era Rabia. El clan de Amir era un aliado protegido o asociado por pacto de Jattab, el padre del honorable Umar. Jattab lo quería tanto que lo adoptó como hijo. Por ello, en los primeros tiempos fue conocido como Amir ibn al-Jattab, es decir, Amir, hijo de Jattab. Sin embargo, cuando el Corán abolió esta costumbre y ordenó que cada persona se identificara por el nombre de su padre biológico, el honorable Amir también pasó a ser conocido por el nombre de su padre biológico, Rabia, en lugar de Jattab.

Debido a la relación mencionada, entre Hazrat Amir y Hazrat Umar existió una relación sumamente afectuosa hasta el final de sus vidas. Hazrat Amir acompañó a Hazrat Umar durante su viaje a «Baitul Maqdis». El año en que Hazrat Umar fue al Hayy después de designar a Hazrat Uzmán como su sucesor, Amir también lo acompañó.

Hazrat Amir fue uno de aquellos afortunados que aceptaron el islam respondiendo al llamado del Mensajero de Allah (s.a.) en los primeros tiempos del islam, antes de que Hazrat Rasululá (s.a.) se refugiara en la casa de Hazrat Al-Arqam ibn Abil Arqam. Tampoco pudo vivir tranquilamente en La Meca debido al conflicto entre el politeísmo y el monoteísmo, así como a la opresión y tortura de los incrédulos. Emigró dos veces a Habasha en busca de paz y seguridad, llevando consigo a su esposa, Hazrat Laila. Ibn Ishaq narró: La esposa de Amir dijo: «Nos estamos preparando para emigrar a Habasha. Amir salió de casa por un asunto. En ese momento, Umar se presentó ante mí. Todavía seguía aferrado al politeísmo. Sufríamos abusos a manos de él. Umar me dijo: “Madre de Abd Allah, ¿qué ocurre? ¿Os estáis preparando para partir?”. Respondí: “Sí, iremos de una tierra de Allah a otra tierra. Nos habéis causado mucho sufrimiento y nos habéis oprimido. Veremos si Allah nos abre algún camino”. Umar dijo: “Que Allah haga bendito vuestro día”. La esposa de Amir dijo: «Ese día vi a Umar tan bondadoso como nunca antes lo había visto. Umar se marchó y sufrió mucho por nuestra partida. Cuando Amir regresó a casa, le dije: “Padre de Abd Allah, ¡ojalá hubieras visto hace un momento la tristeza de Umar y su compasión por nosotros!”. Amir dijo: “¿Esperas que acepte el islam?”. Respondí: “Sí”. Él dijo: “El asno de Jattab podría aceptar el islam, pero el hombre que has visto no lo aceptará”». (Hayatus Sahaba-1/356).

Hazrat Amir (r.a.) regresó de Habasha a La Meca y después emigró nuevamente a Medina junto con su esposa. Ibn Ishaq dijo: «Entre los emigrantes, después de Abu Salama, los primeros en llegar a Medina fueron Amir ibn Rabia y Abd Allah ibn Jahsh». (Hayatus Sahaba-1/363). Según muchos, esto no es correcto, pues varias personas llegaron a Medina antes que él. Sin embargo, es cierto que su esposa, Hazrat Laila, fue la primera mujer que emigró de La Meca a Medina.

Estuvo junto al Mensajero (s.a.) en todas las batallas, incluidas Badr, Uhud y Jandaq. Además, participó en numerosas expediciones menores. Cumplió eficazmente, arriesgando su vida, la responsabilidad de difundir la palabra de Allah, es decir, el kalima. A menudo relataba con orgullo a su hijo, Abd Allah ibn Amir, sus gloriosas hazañas. En una ocasión dijo durante la conversación: «El Mensajero (s.a.) nos enviaba en expediciones. Debido a la pobreza, nos daba unas pocas dátiles como provisión. Al principio recibíamos un puñado cada uno; después fueron disminuyendo hasta quedar reducidas a un solo dátil». Hazrat Abd Allah preguntó con asombro: «¿Cómo os las arreglabais con un solo dátil?». Él respondió: «¡Querido hijo! No digas eso. Cuando se acababan los dátiles, llegábamos a anhelar incluso aquel único dátil».

Cuando, hacia el final del califato de Hazrat Uzmán, la sedición y las luchas internas alcanzaron su máxima intensidad, Hazrat Amir (r.a.) se recluyó. Pasaba todo el día y toda la noche ocupado en el ayuno, la oración y la adoración. Una vez permaneció absorto en la adoración hasta altas horas de la noche y, en ese estado, le sobrevino algo de somnolencia. Soñó que alguien le decía: «Levántate y suplica a Allah que te proteja de esta sedición, como protegió a Sus otros siervos piadosos». Hazrat Amir se incorporó inmediatamente. Después de este suceso, aumentaron aún más su aislamiento y su dedicación a la adoración. Desde entonces, nadie volvió a verlo salir de su casa. En ese estado enfermó y falleció pocos días después del martirio de Hazrat Uzmán. Debido a su extremo aislamiento, nadie supo cuándo enfermó ni cuándo murió. La gente se sorprendió de pronto al ver su oración funeraria.

Musab ibn Zubair dijo: «Amir murió en el año 32 de la Hégira». Según Abu Ubaida, murió en el año 37 de la Hégira. Waqidi dijo que falleció poco tiempo después del martirio de Hazrat Uzmán. (Al-Isaba-2/249).

Transmitió hadices del Mensajero (s.a.) a través de Hazrat Abd Allah ibn Umar, Abd Allah ibn Zubair, Abu Umama ibn Sahl y otros. Estos hadices aparecen en diversas colecciones de hadices, entre ellas las de Bujari y Muslim.

Se narró de Amir ibn Rabia: Un hombre de Arabia acudió a él. Amir le mostró gran respeto. El hombre relató este hecho al Mensajero (s.a.). Luego regresó y le dijo a Amir: «He pedido al Mensajero (s.a.) la propiedad de un valle, del cual no existe otro mejor en Arabia. He decidido donarle una parte, para que sea útil para usted y para sus futuras generaciones». Amir respondió: «No necesito esa tierra». En relación con este suceso fue revelado el siguiente versículo del Corán: «Se ha acercado el ajuste de cuentas de los hombres, pero ellos continúan rechazándolo distraídamente». (Sura Al-Anbiya-1). Amir dijo: «Este versículo nos vuelve desapegados de este mundo». (Al-Isaba-2/251-52).

Uthmán ibn Talha (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Uthmán, el nombre de su padre era Talha ibn Abí Talha y el de su madre, Umm Sa‘id Salama. Era descendiente de la rama Banu ‘Amr de la tribu qurayshí de La Meca. Durante la época de la ignorancia era el hájib, es decir, el custodio de la Sagrada Kaaba y guardián de sus llaves. También desempeñó esta responsabilidad durante la época islámica. (Usd al-Gaba, 3/372).

El padre de Uthmán ibn Talha, Talha; sus tres hermanos, Musafi, Kilab y Háriz; y su tío, Uthmán ibn Abí Talha, murieron como incrédulos a manos del ejército musulmán en la batalla de Uhud. Su padre, Talha, se enfrentó a Alí (que Allah esté complacido con él). Alí (que Allah esté complacido con él) lo envió al Infierno de un solo golpe de espada. (Sira de Ibn Hisham, vol. 1, nota n.º 3, pág. 470).

No se conoce mucho sobre la vida de Uthmán ibn Talha antes de su conversión al islam. Tampoco se encuentra en la historia información clara sobre si, antes de aceptar el islam, participaba en la persecución y tortura de los musulmanes en La Meca. Se conoce un episodio: después de que Mus‘ab ibn ‘Umair (que Allah esté complacido con él) aceptara secretamente el islam en Dar al-Arqam, en La Meca, solía rezar a escondidas. Un día, Uthmán ibn Talha lo descubrió y se lo comunicó a su madre y a su tribu. Como resultado, ellos encarcelaron a Mus‘ab y lo torturaron. (Hayat al-Sahaba, 1/301).

Al tratar el tema de la emigración de Umm Salama (que Allah esté complacido con ella) de La Meca a Medina, los especialistas en la sira han mencionado repetidamente el nombre de Uthmán ibn Talha. El episodio, resumido, fue así: cuando Umm Salama (que Allah esté complacido con ella), tras ser liberada de manos de los qurayshíes de La Meca, partió sola hacia Medina para reunirse con su esposo, Abu Salama (que Allah esté complacido con él), y llegó a Tan‘im, cerca de La Meca, Uthmán ibn Talha se acercó y le preguntó: «Hija de Abu Umayya, ¿adónde vas?». Ella respondió: «A Medina, junto a mi esposo». Uthmán preguntó: «¿No hay nadie contigo?». Umm Salama respondió: «Solo está mi pequeño hijo Salama —dijo—; no hay nadie más aparte de mi pequeño hijo Salama». Entonces Uthmán tomó las riendas del camello de Umm Salama y comenzó a conducirlo. Al llegar a la aldea de Banu ‘Amr ibn ‘Awf, en Quba, en las afueras de Medina, le dijo a Umm Salama: «Entra en el nombre de Allah; tu esposo está aquí». Después de decir esto, Uthmán emprendió nuevamente el camino hacia La Meca. (Sira de Ibn Hisham, 1/469-70).

Cuando Umm Salama (que Allah esté complacido con ella) emigró a Medina, Uthmán todavía no era musulmán.

Existen distintas opiniones sobre el momento en que Uthmán ibn Talha aceptó el islam. Según una opinión, fue durante el tratado de Hudaybiyya; según otra, en el octavo año de la Hégira; y según otra, el día de la conquista de La Meca. Algunas narraciones indican que, antes de la conquista de La Meca, en el octavo año de la Hégira, decidió ir a Medina con Jálid ibn al-Walid y ‘Amr ibn al-‘As para aceptar el islam. Entonces pensé para mis adentros: «¿Con quién iré ante el Mensajero?». Hablé del asunto con Safwan ibn Umayya. Él rechazó tajantemente mi propuesta y dijo: «Aunque nadie me acompañe, jamás seré su seguidor». Después fui ante ‘Ikrima ibn Abi Yahl y le dije lo mismo. Él respondió igual que Safwan. Luego me encontré con Uthmán ibn Talha y le dije: «Nuestra situación es ahora como la de un zorro que está dentro de una madriguera y al que le están echando agua. Tarde o temprano tendrá que salir». Uthmán comprendió mis palabras, las aprobó y expresó el mismo deseo que yo. Dije: «Mañana partiré de madrugada hacia Medina». Entonces decidimos que a primera hora del día siguiente llegaríamos por separado a un lugar llamado Yazuy, situado a tres millas de La Meca, y que desde allí viajaríamos juntos. Si uno llegaba antes, esperaría al otro. Antes del amanecer llegamos a Yazuy y emprendimos el viaje. Al llegar a un lugar llamado Hadda, nos encontramos con ‘Amr ibn al-‘As. Tras conversar, supimos que él también había salido con el mismo propósito. Luego los tres llegamos juntos a Medina y nos presentamos ante el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Primero yo, después Uthmán y luego ‘Amr prestamos juramento de fidelidad al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Era el mes de Safar del octavo año de la Hégira. (Hayat al-Sahaba, 1/161-62). El poeta ‘Abdullah ibn Zaba‘ra compuso en aquel momento una casida para dar la bienvenida a la conversión de Talha al islam. Ibn Hisham incluyó una parte de ella en su obra sobre la sira (Sira, 2/278). Según otra narración, Uthmán aceptó el islam durante el tratado de Hudaybiyya y fue a Medina con Jálid y ‘Amr. (Al-Isaba, 3/460). Por otra parte, diversas narraciones relativas a la conquista de La Meca dan a entender que Uthmán aceptó el islam ese mismo día, después de recibir del Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) la llave de la Kaaba. Esto puede suscitar aparentemente la pregunta de si, después de la conquista de La Meca, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) podía poner la llave de la Kaaba en manos de un no musulmán. El hecho de que le entregara la llave indica que ya había aceptado el islam. Pero incluso en ese caso surge la pregunta de que, antes de la conquista de La Meca, la llave de la Kaaba ya estaba en poder de Uthmán. ¿Era posible que, antes de la conquista de La Meca, la llave de la Kaaba estuviera en manos de un musulmán y que los qurayshíes lo aceptaran? La solución a todas estas preguntas podría ser que él hubiera ido previamente a Medina con Jálid y ‘Amr, hubiera declarado su adhesión al islam y luego hubiera regresado a La Meca, pero que quizá la gente de La Meca no lo supiera. (Asahh al-Siyar, 304-306).

Desde la época de la ignorancia hasta antes de la conquista de La Meca, Uthmán tenía a su cargo la custodia de la Kaaba y la conservación de sus llaves. El día de la conquista de La Meca, el Noble Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le pidió la llave para entrar en el interior de la Kaaba. Uthmán fue a su casa y le pidió la llave a su madre, pero ella se negó a entregársela. Probablemente, la madre de Uthmán aún no había aceptado el islam. Uthmán levantó una espada desenvainada, obligó a su madre a entregarle la llave y se la llevó al Noble Mensajero de Allah. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) abrió la puerta y entró en el interior de la Kaaba. Uthmán también lo acompañó. La puerta fue cerrada desde dentro. Después de purificar y limpiar la Kaaba, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) salió. Luego se sentó en la mezquita. Alí (que Allah esté complacido con él) llegó con la llave de la Kaaba en la mano, se detuvo ante él y dijo: «Oh Mensajero de Allah, entréganos la llave. Concede desde ahora a los Banu Hashim ambas responsabilidades: la siqaya y la hijaba (dar agua a los peregrinos y custodiar la Kaaba)».

Sa’id ibn al-Musayyib dijo que aquel día Abbas ibn Abd al-Muttalib intentó apoderarse de la llave de la Kaaba, y algunos otros miembros de Banu Hashim lo apoyaron. La responsabilidad de la siqaya, es decir, proporcionar agua, ya estaba encomendada a Abbas.

Ante esta reclamación de Banu Hashim, el noble Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¿Dónde está Uthman ibn Talha?». Cuando llamaron a Uthman, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le entregó la llave —según otra versión, a Uthman y a su primo Shayba— y dijo: «Esta es tu llave. Desde ahora y para siempre, esta llave permanecerá en vuestras manos. Quien intente arrebatárosla será un opresor». (Sira de Ibn Hisham, 2/411-412).

Ibn Sa’d escribió: «La llave de la Kaaba ya estaba bajo la responsabilidad de Uthman ibn Talha. Él abría la puerta de la Kaaba todos los lunes y jueves. En una ocasión, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le pidió que abriera la puerta en otro día, pero él lo rechazó con firmeza. Ese día, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le dijo: “Oh, Uthman, llegará un día en que esta llave estará bajo mi autoridad y se la confiaré a quien yo quiera”. Uthman respondió: “Es posible que ese día la existencia de todo el linaje de Quraysh haya desaparecido”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, rechazó sus palabras y dijo: “No; más bien, ese día será el día de la verdadera gloria y honor de Quraysh”. Por eso, el día de la conquista de La Meca, cuando Uthman se marchaba llevando la llave que había recibido de manos del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, este volvió a llamarlo y le recordó aquel episodio del pasado. Entonces Uthman dijo: “Oh, Mensajero de Allah, ciertamente eres el Mensajero de Allah”.

Aún hoy, la llave de la Kaaba se encuentra en manos de miembros del clan Shaybi de La Meca. Este clan Shaybi desciende de Shayba ibn Uthman ibn Abi Talha, primo de Uthman ibn Talha, que Allah esté complacido con él. Este Shayba ibn Uthman abrazó el islam durante la batalla de Hunayn. Su padre, Uthman ibn Abi Talha, murió en la batalla de Uhud a manos del ejército musulmán cuando aún era incrédulo. Su madre era Umm Jamil Hind bint Umayr, hermana del célebre compañero del Profeta, Mus’ab ibn Umayr, quien alcanzó el martirio en Uhud. Según un relato del historiador al-Waqidi, el noble Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, confió conjuntamente la llave de la Kaaba a Shayba y Uthman el día de la conquista de La Meca. En aquel momento, la llave estaba en manos de Uthman ibn Talha ibn Abi Talha. Tras su muerte, la recibió su primo Shayba ibn Uthman ibn Abi Talha. Desde entonces, la llave de la Kaaba ha permanecido en manos de sus descendientes varones. (Asahus Siyar, pág. 305).

Después de la conquista de La Meca, Uthman ibn Talha, que Allah esté complacido con él, se trasladó a Medina y permaneció allí hasta el fallecimiento del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Después de la muerte del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresó a La Meca para desempeñar la responsabilidad de custodiar la llave de la Kaaba, y murió allí en el año 42 de la hégira. Sin embargo, según otro relato, alcanzó el martirio en la batalla de Ajnadayn, al comienzo del califato del califa Umar, que Allah esté complacido con él. (Sira de Ibn Hisham, 1, nota 3, pág. 470).

La educación, cortesía y elevada moral de Uthman ibn Talha, que Allah esté complacido con él, quedan demostradas en el episodio de la emigración de Umm Salama, que Allah esté complacido con ella. Al elogiarlo, Umm Salama dijo: «Por Allah, nunca he visto en Arabia a un hombre más cortés que él. Cuando llegaba conmigo a algún lugar de descanso, hacía que el camello se sentara para que yo descendiera y se alejaba. Cuando yo bajaba del howdah del camello y me apartaba un poco, él regresaba, ataba el camello a un árbol y se tendía bajo otro árbol, a cierta distancia de mí. Cuando llegaba el momento de reanudar el viaje, preparaba el camello y lo acercaba a mí; luego se apartaba y decía: “Monta en el camello”. Después de que yo me hubiera sentado correctamente sobre el camello, regresaba, tomaba las riendas y comenzaba a avanzar. Así me llevó hasta Medina». (Sira de Ibn Hisham, 1/469-470) (Vida de los Compañeros, 1/358-359). Esta era la manifestación concreta de la moralidad de Uthman ibn Talha, que Allah esté complacido con él, en su vida anterior al islam.

Hajjaj ibn Ilat, que Allah esté complacido con él

Su nombre era Hajjaj; su kunya o sobrenombre era Abu Kilab, aunque según otra versión era Abu Muhammad o Abu Abd Allah. Su padre era Ilat ibn Khalid. Pertenecía a la tribu de Banu Sulaym.

Ibn Sa’d dice que, cuando el Mensajero (s.a.s.) se encontraba en Jaibar, él se presentó ante él, abrazó el islam y luego se estableció en Medina. Se narra de Ibn Shihab que fue la primera persona en reconocer como verdadera la profecía del Mensajero de Allah (s.a.s.) y en enviarle un emisario. (Al-Isaba, 1/313).

En la historia se relata un episodio sorprendente acerca de su conversión al islam. Ibn Abi al-Dunya lo transmitió en su obra «Hawatif al-yinn», e Ibn Asakir lo narró de Wāsila ibn al-Asqa (r.a.). Él dijo: El episodio de la conversión de Hajjaj al islam fue el siguiente. Se dirigía a La Meca con una caravana. Cuando cayó la noche en un valle solitario y aterrador, sus integrantes se llenaron de miedo y terror. Los compañeros de Hajjaj le rogaron: «Abu Qilaba, permanece despierto durante la noche, sentado, y pide protección para ti y para tus compañeros». Hajjaj asumió la guardia y, permaneciendo despierto, comenzó a repetir las siguientes palabras:

Uʿīḏu nafsī wa-uʿīḏu ṣaḥbī,

min kulli yinniyyin bihāḏā an-naqbī,

ḥattā awba sāliman wa-rakbī.

Busco protección para mí y para mis compañeros contra todos los yinn de este desfiladero, para que yo y mi caravana podamos regresar sanos y salvos.

Mientras repetía las palabras anteriores, de pronto oyó que una voz procedente de lo invisible recitaba los siguientes versículos del Corán:

«¡Oh, comunidad de los yinn y de los seres humanos! Si podéis atravesar los confines de los cielos y de la Tierra, atravesadlos. Pero no podréis hacerlo sin poder». —Sura ar-Rahmán, 33.

Al llegar a La Meca, relataron el acontecimiento en la asamblea de los coraixíes. Los coraixíes dijeron: «¡Abu Qilab! Por lo que veo, tú también te has vuelto un impío. Estas son precisamente las palabras que, según Muhammad, le fueron reveladas». Hajjaj respondió: «¡Por Allah! Mis compañeros y yo solo escuchamos esas mismas palabras». En medio de esta conversación se presentó Así ibn Wa’il. La gente le dijo: «¡Abu Hisham! ¿Has oído lo que está diciendo este Abu Qilab?». Cuando preguntó de qué se trataba, se lo contaron. Después de escuchar todo, dijo: «¿Qué tiene de sorprendente? Las oyó de aquel de quien las escucharon ellos y luego las pronuncia por boca de Muhammad». (Hayatus-Sahaba, 3/576-577).

La esposa de Hajjaj aún vivía en La Meca, y todos sus bienes también estaban allí. Después de abrazar el islam, comprendió que era necesario trasladar esos bienes a Medina. De lo contrario, si los coraixíes descubrían que había abrazado el islam, se apoderarían de todo. Los politeístas de La Meca también sospechaban de él. Además, no era fácil sacar sus riquezas de La Meca. Por ello, Hajjaj fue a La Meca y difundió el rumor de que Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz— había sido derrotado en Jaibar.

En un instante, la noticia se extendió por toda la ciudad. Para alegrar de ese modo a los politeístas de La Meca, dijo: «Se están vendiendo todos los enseres de Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz—. Deseo comprarlos antes de que lleguen los demás comerciantes. Muchas personas de La Meca me deben grandes sumas de dinero. Si hacen un pequeño esfuerzo, será fácil cobrarlas». Los habitantes de La Meca se pusieron manos a la obra para realizar aquella buena acción. Tras hacer diversas gestiones y esfuerzos, lograron recuperar el dinero que le debían. El honorable tío del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, al-Abbas —que Allah esté complacido con él—, se encontraba entonces en La Meca. Sentado en su casa, escuchaba todo. Se afligió tanto que ni siquiera salió para comprobar si la noticia era verdadera o falsa. Envió a un muchacho a llamar a Hajjaj. Cuando Hajjaj acudió, le explicó a al-Abbas —que Allah esté complacido con él— la verdadera razón. Dijo: «Difundí esto para cobrar las deudas que me debían. Yo mismo he abrazado el islam. Si los habitantes de La Meca se enteran, no me entregarán ni un solo céntimo de lo que me corresponde. Por voluntad de Allah, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— está a salvo. El ejército musulmán ha vencido en Jaibar, y el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz— se ha casado con la hija de Huyayy ibn Ajtab, el jefe de Jaibar, y vive con ella como esposo. No reveles este secreto a nadie hasta que haya salido del alcance del poder de los coraixíes».

De acuerdo con su promesa, al-Abbas —que Allah esté complacido con él— guardó absoluto silencio durante tres días. El cuarto día, cuando se cercioró de que Hajjaj había salido del alcance de los habitantes de La Meca, se cambió de ropa, fue a la casa de Hajjaj y reveló lo sucedido a su esposa. Después se dirigió al recinto de la Kaaba. Allí ya se estaba hablando del asunto. Dijo a la gente: «Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz— ha conquistado Jaibar, y la hija de Huyayy ibn Ajtab es ahora su esposa. Los dirigentes de los Banu Abu al-Huqayq, es decir, los dirigentes de Yathrib, han sido decapitados. Hajjaj os ha engañado y ha huido con sus riquezas». La gente preguntó: «¿De quién has oído esas cosas?». Respondió: «De Hajjaj». Cuando preguntaron a la esposa de Hajjaj, ella también lo confirmó. Al quinto día llegó igualmente la noticia desde Medina. Pero ya no podían hacer nada. La presa había quedado fuera de su alcance. Guardaron silencio. (Ibn Saad, 4/2, pp. 14-15).

Hajjaj abrazó el islam poco antes de la batalla de Jaibar. Fue en esa batalla cuando se incorporó por primera vez al ejército musulmán. Durante la conquista de La Meca se encontraba fuera de Medina. El Noble Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, al decidir emprender la campaña, lo convocó a Medina. El día de la conquista de La Meca, Jalid ibn al-Walid —que Allah esté complacido con él— entró en la ciudad por el camino de los Banu Sulaym al frente de un ejército de mil soldados. En ese ejército, Abbas ibn Mirdas, Jufaf ibn Nudba y Hajjaj ibn Ilat portaban cada uno un estandarte. (Hayatus-Sahaba, 1/167).

Hajjaj era un hombre rico. También logró trasladar todos sus bienes desde La Meca. En Medina construyó para sí una casa y una mezquita. (Al-Isaba, 327).

Existen dos relatos acerca de la fecha de su muerte. Según uno de ellos, murió al comienzo del califato de Umar al-Faruq —que Allah esté complacido con él—. Según otro, murió como mártir en la batalla del Camello, librada entre Ali —que Allah esté complacido con él— y Aisha —que Allah esté complacido con ella—. El primer relato es más fiable. En la batalla del Camello no murió Hajjaj, sino su hijo.

Qudama ibn Majun —que Allah esté complacido con él—

Su nombre era Qudama y su kunya o sobrenombre, Abu Umar. Su padre era Majzun ibn Habib y su madre, Sujaila bint al-Anbas. (Nota: Sira de Ibn Hisham, 1/253).

Pertenecía a la rama de Banu Yumah de la tribu de Quraysh. Su esposa era Safiyya bint al-Jattab, hermana de Umar.

Qudama abrazó el islam en los primeros tiempos de esta religión. Entre quienes abrazaron el islam por invitación de Abu Bakr as-Siddiq se encontraban Uzmán ibn Mazun y sus otros dos hermanos, Qudama y Abd Allah. Fue uno de los que realizaron dos emigraciones. Después de abrazar el islam, emigró primero a Abisinia junto con sus otros dos hermanos. Más tarde, al escuchar el falso rumor de que todos los habitantes de La Meca habían aceptado el islam, muchos regresaron de Abisinia a La Meca. Qudama se encontraba entre quienes regresaron. (Sira de Ibn Hisham, 1/367).

Después de regresar de Abisinia, Qudama continuó viviendo en La Meca. Antes de la batalla de Badr emigró nuevamente a Medina y tuvo el honor de participar en Badr. Después tomó parte en todas las batallas, incluida Uhud y la del Foso.

El califa Umar nombró a Qudama gobernador de Bahréin. Mientras desempeñaba este cargo, fue acusado de beber alcohol y se le aplicó el castigo prescrito por beber alcohol, el «hadd». No confesó su delito ante Umar y, aunque su defensa como compañero de Badr era creíble, su delito quedó probado ante Umar mediante las pruebas y los testimonios. Por ello, el califa le aplicó el «hadd». Según el relato del suceso, en cierta ocasión Yarud, jefe de Banu Abd al-Qays, se presentó ante el califa Umar y presentó una acusación contra Qudama por beber alcohol. El califa le preguntó a Yarud: «¿Hay algún otro testigo de este hecho aparte de ti?». Yarud propuso como testigo a Abu Huraira. Umar llamó a Abu Huraira y le preguntó. Abu Huraira respondió: «Nunca vi a Qudama beber alcohol, pero lo vi vomitar estando ebrio». Umar dijo: «El delito no queda probado únicamente con este testimonio». Para investigar más, convocó a Qudama desde Bahréin a Medina. Qudama llegó a Medina. Yarud volvió a exigir ante el califa que se aplicara el «hadd» a Qudama. Umar le preguntó: «¿Eres testigo o querellante?». Yarud respondió: «Testigo». El califa dijo: «Has cumplido con tu deber; ahora guarda silencio». Después, Yarud volvió a insistir ante el califa en que se aplicara el «hadd». Debido a su insistencia excesiva, Umar comenzó a sospechar. Le dijo a Yarud: «Contén tu lengua; de lo contrario, te advierto». Yarud le respondió al califa: «Umar, tu primo ha bebido alcohol y, en cambio, tú me reprendes a mí; eso no es justicia». En ese momento, Abu Huraira le dijo al califa: «Oh, emir de los creyentes, si dudas de nuestro testimonio, puedes llamar y preguntar a Hind, la esposa de Qudama e hija de Walid». Umar mandó llamarla. Ella también testificó contra su esposo.

Entonces la justicia y la equidad de Umar se manifestaron plenamente. Le dijo a Qudama: «Qudama, prepárate para recibir el castigo». Qudama respondió: «Aun suponiendo, conforme a sus testimonios, que yo hubiera bebido alcohol, usted no tiene derecho a aplicarme el “hadd”». Umar preguntó: «¿Por qué?». Qudama recitó el versículo 11 de la sura al-Maida del Sagrado Corán: «Quienes han creído y obrado rectamente no incurren en pecado por lo que han comido, siempre que hayan tenido temor de Dios, hayan creído y hayan obrado rectamente». (Sura al-Maida, 11).

Umar dijo: «Qudama, estás tergiversando el significado del versículo. Si hubieras temido a Dios, te habrías abstenido de las cosas prohibidas». Qudama estaba enfermo en aquel momento. Por ello, el califa consultó con los demás compañeros y aplazó durante algunos días la aplicación del «hadd», es decir, el castigo. Sin embargo, para Umar era insoportable aplazar el «hadd» una vez probado el delito. Consultó por segunda vez con los compañeros. También esta vez todos se pronunciaron a favor de aplazar el «hadd». Pero el califa Umar dijo: «Prefiero que muera bajo los latigazos antes que encontrarme con Dios llevando su carga sobre mis hombros». No demoró más. Aplicó el «hadd» a Qudama mientras este se encontraba enfermo y rompió toda relación con él.

Algún tiempo después de este suceso, ambos realizaron juntos el hach. De regreso a Medina, Umar se quedó dormido en un lugar y recibió en sueños la orden de restablecer su relación con Qudama. Apenas despertó, mandó llamar a Qudama. Pero Qudama se negó a acudir. Umar envió a alguien por segunda vez y dijo: «Si no viene voluntariamente, será traído por la fuerza». Qudama acudió. El propio califa inició la conversación. Después, la relación entre ambos volvió a la normalidad.

Se ha narrado que, después del fallecimiento del Noble Mensajero de Allah ﷺ, ningún otro compañero de Badr, excepto Qudamah, fue condenado por la acusación de haber bebido alcohol. (Al-Isaba, 3/229).

Existe discrepancia sobre el año del fallecimiento de Qudamah, que Allah esté complacido con él. Según la opinión más conocida, falleció durante el califato de Ali, que Allah esté complacido con él, en el año 36 de la Hégira, a la edad de 68 años. Según otra opinión, falleció en el año 56 de la Hégira.

Hisham ibn al-As, que Allah esté complacido con él

Su nombre era Hisham y sus kunyas o apodos eran Abu al-As y Abu Mutí. Ibn Hibban dice: «En la época de la ignorancia, la kunya de Hisham era Abu al-As, es decir, “padre del desobediente”. Después de aceptar el islam, el Mensajero ﷺ la cambió por Abu Mutí, “padre del obediente”». (Al-Isaba, 2/604). Su padre era al-As ibn Wa’il. Pertenecía al clan Banu Sahm de la tribu de Quraysh. Era el hermano menor del célebre compañero Amr ibn al-As, conquistador de Egipto.

La dicha o la desdicha no dependen de la diferencia de edad. Aunque Hisham era menor que Amr, fue mucho más afortunado que su hermano mayor. Mientras Amr se revolcaba en la oscuridad del politeísmo, la frente de Hisham resplandecía con la luz del islam. Aceptó el islam en los primeros tiempos de la predicación islámica en La Meca y, agotado por la persecución de los habitantes de La Meca, marchó a Abisinia con una caravana de emigrantes. Después de permanecer allí algún tiempo, oyó el falso rumor de que los habitantes de La Meca habían aceptado el islam, y entonces regresó a La Meca junto con muchos otros. Desde allí planeó emigrar nuevamente a Medina, pero fue capturado por su padre y por miembros de su clan.

Sobre este asunto se encuentra el relato de Umar ibn al-Jattab en diversos libros de biografía. Él dijo: «Decidimos emigrar a Medina. Yo, Iyash ibn Rabia y Hisham ibn al-As —los tres— acordamos, en el valle de Tandub, junto al pozo llamado Udah de Banu Ghifar, a seis millas de La Meca, que cada uno de nosotros estaría aquí a la mañana siguiente. Quien no se presentara sería capturado. Iyash y yo llegamos a tiempo, pero Hisham fue capturado y torturado. Al llegar a Medina, nos hospedamos con Banu Amr ibn Awf de Quba. Mientras tanto, Abu Yahl ibn Hisham y Harith ibn Hisham llegaron a Medina para llevarse de vuelta a Iyash. Ambos eran primos paternos de Iyash y los tres eran hijos de la misma madre. El Mensajero ﷺ se encontraba entonces en La Meca. Ellos le dijeron a Iyash: “Tu madre ha jurado que no se peinará ni se pondrá a la sombra del sol hasta verte. Regresa”. El corazón de Iyash se ablandó por su madre.

Umar dijo: «Le rogué repetidamente que no regresara con ellos. Pero finalmente Iyash partió con ellos hacia La Meca. Después de recorrer cierta distancia, lo ataron y lo llevaron a La Meca mientras lo torturaban. Allí lo mantuvieron encarcelado.»

Umar dijo: «En aquel entonces, en Medina, nos decíamos unos a otros que Allah no aceptaría el arrepentimiento de quienes se habían expuesto de ese modo al peligro. Entonces el Mensajero ﷺ llegó a Medina y fue revelado el siguiente versículo del Corán:

Di: «¡Oh, Mis siervos que habéis sido injustos con vosotros mismos! No desesperéis de la misericordia de Allah. En verdad, Allah perdonará todos los pecados. Él es el Perdonador, el Misericordioso.»

Umar dice: Escribí la aleya y se la envié en secreto a Hisham, en La Meca. Hisham dice: Yo recitaba aquella aleya sentado en un lugar de La Meca llamado «Dhi Tuwá», pero no entendía nada. Finalmente, supliqué a Allah que me concediera la gracia de comprenderla. Entonces entendí que esta aleya había sido revelada acerca de nosotros. Después llegué a Medina, ante el Mensajero (s.a.s.). (Hayatus-Sahaba, 1/345-346; Sirat Ibn Hisham, 1/474-476; Al-Isaba, 3/604).

Ibn Hisham dice: Un hombre de confianza me narró que un día, en Medina, el Mensajero (s.a.s.) dijo: «¿Quién de vosotros puede ayudarme en el asunto de Ayyash ibn Rabia y Hisham ibn al-As?». Walid ibn Walid ibn al-Mugira dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah!, yo le ayudaré en lo referente a ellos». Entonces partió hacia La Meca. Entró en secreto en La Meca y vio a una mujer que llevaba comida. Le preguntó: «Sierva de Allah, ¿adónde vas?». Ella respondió: «Voy adonde están estos dos prisioneros», es decir, Ayyash y Hisham. Walid siguió a la mujer y descubrió la prisión. Los habían atado en una habitación sin techo. Cuando llegó la noche, Walid saltó el muro, llegó hasta ellos y cortó sus ataduras con una piedra. Luego los tres salieron juntos y huyeron a Medina montados en el camello de Walid. Cuando su única montura tropezó, uno de los dedos de Walid resultó herido y se cubrió de sangre. Entonces recitó, dirigiéndose a su dedo, estos versos: «Hal anti illa usbu’in damiti wa fi sabilillahi ma laqiti.»

«Oh, tú no eres más que un dedo que ha quedado ensangrentado; y todo lo que te ha sucedido ha sido por la causa de Allah.» (Sirat Ibn Hisham, 1/476).

Las batallas de Badr, Uhud y Jandaq terminaron mientras Hisham permanecía prisionero en La Meca. Después de la batalla de Jandaq, llegó a Medina. Participó activamente en todas las batallas que se libraron contra los incrédulos después de Jandaq. Waqidi dice que, en el mes de Ramadán, antes de la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah (s.a.s.) envió a Hisham en una expedición. (Al-Isaba, 3/604).

El mando militar, la valentía y el coraje eran rasgos característicos de la familia de Hisham. Los hijos de esta familia crecían bajo la sombra de las espadas. Después del fallecimiento del Mensajero (s.a.s.), durante el califato de Abu Bakr, se manifestó algo de este rasgo suyo. Según algunas narraciones, el primer califa, Abu Bakr (r.a.), lo envió, junto con Nuaym ibn Abd Allah y algunos otros hombres, a la corte del emperador romano Heraclio para invitarlo al islam. A este respecto, Hisham dice: Me enviaron junto con varios hombres ante Heraclio. Cuando llegamos a «Guta», es decir, Damasco, nos presentamos en la casa de Yabala ibn Ayham al-Gassani. Él envió a un emisario para hablar con nosotros. Dijimos: «Hemos sido enviados ante el emperador; no hablaremos con ningún emisario. Si se nos concede permiso, hablaremos con él personalmente». Finalmente, Yabala nos permitió presentarnos ante él.

Yabala nos dijo: «¿Cuál es vuestro mensaje?». Hisham dice: Le expuse la invitación al islam. En aquel momento, él y sus cortesanos vestían de negro. Le pregunté: «¿Por qué lleváis estas vestiduras?». Respondió: «Nos hemos puesto estas ropas y hemos jurado no quitárnoslas hasta expulsaros de Sham». Dije: «¡Por Allah! Nos apoderaremos de este trono vuestro y del imperio de vuestro emperador, si Allah quiere. Nuestro profeta Muhammad (s.a.s.) nos anunció precisamente este futuro». Yabala dijo: «No vosotros; más bien, son dignos de ello quienes ayunan durante el día y permanecen de pie en adoración durante la noche. ¿Cómo es vuestro ayuno?». Le expliqué cómo ayunamos. Entonces el rostro de Yabala se ensombreció. Después nos envió ante el emperador Heraclio junto con un emisario.

Hisham dice: Seguimos avanzando con el emisario. Cuando nos acercamos a la ciudad, el emisario que nos acompañaba dijo: «Estas monturas vuestras no pueden entrar en la ciudad del emperador. Si queréis, puedo proporcionaros caballos turcos y mulas». Dijimos: «No entraremos en la ciudad de ninguna otra manera que montados en estas monturas nuestras». Cuando informaron al emperador de nuestra intransigencia, nos permitió entrar conforme a nuestro deseo. Con las espadas colgadas de los hombros, llegamos hasta la cámara del emperador.

De este modo, mientras Hisham ibn al-As y sus compañeros desmontaban de sus respectivas monturas fuera de la corte real, el emperador los observaba. Cuando pronunciaban «La ilaha illallah wa Allahu akbar», temblaban como las hojas de las palmeras agitadas por el viento. El emperador les hizo saber por medio de un mensajero que no tenían derecho a predicar la religión con tanta vehemencia. Entonces se presentaron ante él.

El emperador estaba sentado en el trono y los estrategas romanos ocupaban sus respectivos asientos. Con una sonrisa, el emperador les dijo: «¿Por qué no me saludaron de la misma manera en que intercambian saludos y fórmulas de cortesía entre ustedes?». Junto al emperador estaba sentado un hombre que hablaba un árabe elocuente. Ellos respondieron: «Nuestro saludo no es lícito para usted, y tampoco es apropiado que pronunciemos con nuestros labios el saludo de ustedes». El emperador preguntó: «¿Cómo se saludan entre ustedes y cómo saludan a su rey?». Ellos respondieron: «As-salamu alayka». El emperador volvió a preguntar: «¿Cuál es su frase más excelsa?». Ellos respondieron: «La ilaha illallahu wa Allahu akbar: no hay divinidad excepto Allah y Allah es el Más Grande». Luego expusieron ante el emperador diversos aspectos de la religión del islam, como la oración, el ayuno, el hach y el zakat, entre otros. Esta delegación permaneció tres días con el emperador como sus huéspedes y después regresó a Medina. En diversos libros de biografía profética se encuentra un relato detallado de esta misión de predicación. (Al-Isaba, 2/471; Hayat as-Sahaba, 1/204, 405; 3/557-562). Sin embargo, algunos relatos afirman que quien acudió a la corte del emperador Heraclio con una misión de predicación no fue este Hisham, sino otro Hisham. (Al-Isaba, 3/704).

Durante el califato del califa Abu Bakr, después de uno o dos enfrentamientos, los romanos reunieron un gran ejército en Ajnadayn y se prepararon para la batalla. El enfrentamiento comenzó en el mes de Yumada al-Ula del año 13 de la Hégira. Al-Waqidi relata, citando a Umm Bakr, hija de al-Miswar: En esta batalla, cuando Hisham observó una actitud de huida entre algunos soldados musulmanes, arrojó su cubierta facial, avanzó directamente hacia el centro de las filas enemigas y comenzó a gritar: «¡Oh soldados musulmanes! Soy Hisham ibn al-As. ¡Venid conmigo! ¿Acaso huís del Paraíso?»

«Estos incircuncisos no pueden resistir ante vuestras espadas». El ejército musulmán se unió a Hisham y lanzó un feroz ataque contra el ejército romano. Los romanos se concentraron en la entrada de un paso estrecho. Hisham atacó desde el lado opuesto del paso. Los romanos lo atacaron conjuntamente, lo mataron y huyeron pasando por encima de su cadáver. Cuando los soldados musulmanes llegaron allí, vacilaron en perseguir al ejército enemigo por temor a pisotear el cuerpo destrozado de Hisham. Entonces llegó su hermano mayor, Amr, que Allah esté complacido con él, y dijo: «¡Oh gente! Allah le ha concedido el martirio, ha tomado su alma y su cuerpo yace aquí». Después, los soldados musulmanes atravesaron el estrecho paso pasando por encima de su cadáver y persiguieron al ejército enemigo. Amr ibn al-As, que Allah esté complacido con él, reunió los restos dispersos de su cuerpo y lo enterró. (Al-Isaba, 3/604).

Sin embargo, según Ibn al-Mubarak, él alcanzó el martirio en la batalla de Yarmuk, durante la época del califa Umar. (Al-Istiab, anotación de Al-Isaba, 3/593-595).

Aunque Hisham ibn al-As era más joven que su hermano Amr ibn al-As, era más piadoso que su hermano mayor. Después del martirio de Hisham, cierto día algunos miembros de Quraysh estaban sentados detrás de la Kaaba conversando sobre los dos hermanos. En ese momento vieron a Amr realizando el tawaf y le preguntaron: «¿Quién es mejor de ustedes dos: usted o su hermano Hisham?». Él respondió: «Hablaré en nombre de ambos. Su madre era hija de Hashim ibn al-Mughira, mientras que mi madre era una esclava. Nuestro padre lo amaba más que a mí. Y ustedes conocen la perspicacia de todo padre respecto de sus hijos. Nosotros dos competimos en las buenas obras, pero él siempre me vencía. Ambos participamos en la batalla y durante toda la noche suplicamos a Allah que nos concediera el martirio. Allah aceptó su súplica, mientras que mi súplica no fue aceptada». (Al-Isaba, 1/604).

El Noble Mensajero de Allah, que Allah le conceda bendiciones y paz, dejó testimonio de la firmeza de la fe de los dos hermanos. Dijo: «Hisham y Amr, los dos hijos de al-As, son creyentes».

Al enterarse del martirio de Hisham, Umar al-Faruq, que Allah esté complacido con él, comentó: «Que Allah haga descender Su misericordia sobre él. Fue un excelente servidor del islam».

Dhu al-Shimalayn, ʿUmayr ibn ʿAbd ʿAmr, que Allah esté complacido con él.

Su nombre verdadero era ʿUmayr, su kunya era Abu Muhammad y su laqab o título, Dhu al-Shimalayn. Su padre se llamaba ʿAbd ʿAmr. Pertenecía a la tribu de Juzāʿa. Como realizaba todas sus tareas con ambas manos, Dhu al-Shimalayn, «el poseedor de dos manos derechas», se convirtió en su título. Su padre, ʿAbd ʿAmr ibn Nadla, llegó a La Meca y, tras establecer un pacto con ʿAbd ibn al-Harith ibn Nadla ibn Zahbar, se quedó allí permanentemente. ʿAbd le dio en matrimonio a su propia hija, Num bint ʿAbd. De ella nacieron su hijo Dhu al-Shimalayn y su hija Rayta. (Ṭabaqāt de Ibn Saʿd, 3/167).

Cabe señalar que en las obras de sira se mencionan una persona o dos personas que llevaban estos dos laqab o títulos: Dhu al-Shimalayn, es decir, «el poseedor de dos manos derechas», y Dhu al-Yadayn, «el poseedor de dos manos». Los especialistas en sira discrepan sobre si ambos títulos pertenecían a la misma persona o a dos personas diferentes. La mayoría sostiene que los dos títulos correspondían a una sola persona. Por ejemplo, Ibn Saʿd puso en su Ṭabaqāt el título: «Dhu al-Yadayn, también llamado Dhu al-Shimalayn», es decir, Dhu al-Yadayn es la misma persona llamada Dhu al-Shimalayn. (Ṭabaqāt, 3/167).

Sin embargo, muchos no consideran aceptable esta opinión. Según ellos, en realidad se trataba de dos personas diferentes. Los hadices también aportan pruebas de ello. En Ṣaḥīḥ al-Bujārī y Ṣaḥīḥ Muslim se transmite, por Abu Hurayra, que una vez el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, terminó la oración con el saludo final después de rezar dos rakʿat en lugar de cuatro. Todos los Compañeros quedaron desconcertados, pero nadie se atrevió a hacer preguntas. Dhu al-Yadayn era extremadamente valiente. Preguntó: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Se ha reducido la oración o has cometido un olvido?». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, comprobó con los Compañeros la veracidad de sus palabras. Todos apoyaron a Dhu al-Yadayn y dijeron: «Has rezado solo dos rakʿat». Después de verificarlo, completó las dos rakʿat restantes y realizó la prosternación del olvido. (Bujārī: Libro de la llamada a la oración, capítulo: «Cuando el imán duda, ¿debe aceptar lo que dicen los orantes que lo siguen?»).

El narrador de este hadiz era Abu Hurayra, que Allah esté complacido con él. Abrazó el islam en el séptimo año de la Hégira, durante la batalla de Jaybar. Por otro lado, Dhu al-Shimalayn fue martirizado en la batalla de Badr, cinco años antes. Por tanto, Dhu al-Yadayn y Dhu al-Shimalayn no pueden haber sido la misma persona. Además, sus nombres también eran diferentes: uno se llamaba Jirbāq y el otro, ʿUmayr. (Siyar al-Ṣaḥāba, al-Muhājirūn, 2/327). Abu ʿUmar dice: «Dhu al-Shimalayn fue martirizado en Badr; no era Dhu al-Yadayn». (Al-Iṣāba, 3/33).

No se dispone de información sobre cuándo y cómo abrazó el islam Dhu al-Shimalayn, que Allah esté complacido con él. Después de aceptar el islam, emigró a Medina y se hospedó como invitado de Saʿd ibn Jaythama, que Allah esté complacido con él. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, estableció entre él y Yazīd ibn al-Ḥārith un vínculo de hermandad. No vivió mucho tiempo después de abrazar el islam. Tras llegar a Medina, él y su hermano en la fe, Yazīd, participaron en la gran batalla de Badr. Esta fue la primera y última batalla de su vida. En ella fue martirizado a manos del incrédulo Abu Usāma Zuhayr ibn Muʿāwiya al-Jushamī. Tenía apenas treinta años cuando murió. Su hermano en la fe, Yazīd, también fue martirizado en esta batalla. (Ṭabaqāt, 3/168; Ansāb al-Ashrāf, 1/295).

Muʿayqib ibn Abī Fāṭima, que Allah esté complacido con él

Muʿayqib pertenecía a la tribu de Daws. Sin embargo, por una razón desconocida, cayó en la esclavitud y llegó a estar al servicio de Saʿīd ibn al-ʿĀṣ en La Meca. (Ansāb al-Ashrāf, 1/200).

Según otra narración, pertenecía a la tribu de Azd y era un ḥalif, es decir, un aliado por pacto, de los Banū ʿAbd Shams de La Meca. Aceptó el islam en los primeros tiempos de la predicación islámica y emigró a Abisinia con el segundo grupo que se dirigió allí. Desde Abisinia llegó a Medina durante la batalla de Jaibar. Según una narración, llegó de La Meca a Medina junto con Abū Mūsā al-Ashʿarī y participó en la batalla de Jaibar. En otras narraciones se menciona que participó en la batalla de Badr y en el Pacto de Riḍwān; esto indica que llegó a Medina antes de la batalla de Jaibar. Según ellos, no emigró a Abisinia. Sin embargo, al-Wāqidī dice: «He oído de quienes afirman que emigró a Abisinia que Muʿayqib fue directamente desde Abisinia a Medina junto con Jaʿfar ibn Abī Ṭālib». (Ansāb al-Ashrāf, 1/200).

Sin embargo, lo correcto es que llegó a Medina después de la batalla de Jaibar. No pudo participar en Badr ni en Jaibar. Ibn Saʿd también lo incluyó entre aquellos Compañeros que, aunque abrazaron el islam en sus primeros tiempos, se vieron privados del honor de participar en Badr.

Durante la vida del Noble Mensajero de Dios, el sello de la profecía estaba bajo su custodia. Por ello, después del fallecimiento del Mensajero de Dios, Abū Bakr y ʿUmar —que Dios esté complacido con ambos— le mostraban un honor especial. Durante el califato de ambos, fue encargado de supervisar todos los asuntos financieros y de custodiar el tesoro público.

El califa ʿUmar —que Dios esté complacido con él— lo quería mucho. En su vejez, contrajo lepra. El califa hizo todo lo posible para tratarlo. Siempre que encontraba noticias de algún buen médico, lo hacía llamar y le procuraba tratamiento. Pero nada resultó beneficioso. No obstante, se disipó el temor de que la enfermedad empeorara en el futuro. Por lo general, la gente evita relacionarse y comer o beber con los leprosos; pero ʿUmar —que Dios esté complacido con él— se sentaba a comer con él en el mismo mantel. Una vez, se sirvió la cena al califa ʿUmar —que Dios esté complacido con él— y a sus compañeros. El califa salió de la casa y llamó a Muʿayqib ibn Abī Fāṭima para que comiera con ellos. Los presentes se asustaron. ʿUmar —que Dios esté complacido con él— le dijo a Muʿayqib: «Siéntate a mi lado. ¡Por Dios!, si esta enfermedad la tuviera cualquier otra persona que no fueras tú, no comería con ella en el mismo plato. Come cuanto quieras de tu lado». Muʿayqib se sentó con ellos y comió del mismo plato. (Ḥayāt al-Ṣaḥāba, 2/458). Según otra narración, ʿUmar dijo: «Si no hubiera sido uno de los Compañeros del Mensajero de Dios, no habría comido con él». (Ansāb al-Ashrāf, 1/200).

Después del califa ʿUmar —que Dios esté complacido con él—, el califa ʿUthmān —que Dios esté complacido con él— continuó tratándolo del mismo modo. El sello del Mensajero de Dios permaneció bajo su custodia hasta el final. Este sello cayó de sus manos en un pozo llamado Biʾr Maʿūna, o pozo de Maʿūna. Murió hacia el final del año en que cayó el sello. Al-Balādhurī dice: «Falleció el año en que se emprendió la campaña de África, durante el califato de ʿUthmān». (Ansāb al-Ashrāf, 1/200).

La historia registra que tuvo un hijo llamado Muḥammad ibn Muʿayqib. Este también transmitió hadices de su padre, Muʿayqib.

En materia de educación, no era una persona especialmente destacada. Sin embargo, tenía aptitudes para la lectura y la escritura. Cuando ʿUmar —que Dios esté complacido con él— consagró como waqf sus bienes, Muʿayqib redactó el documento de esa fundación. También era competente en los hadices del Mensajero de Dios. En las colecciones de hadices se encuentran varias narraciones transmitidas por él. De ellas, dos fueron narradas por al-Bujārī y Muslim, y una fue narrada exclusivamente por el imán Muslim.

Abān ibn Saʿīd ibn al-ʿĀṣ —que Dios esté complacido con él—

El padre de Abar se llamaba Abu Uhayha Saíd ibn al-As, y su madre, Hind bint al-Mughira. En el quinto antepasado de su linaje por la línea ascendente, Abd Manaf, su genealogía se une a la del Mensajero de Allah (s.a.s.). (Usud al-Gaba, 1/35)

Su padre, Saíd, era una persona distinguida entre los quraysh. Murió como incrédulo en Taif, en el segundo o tercer año de la Hégira, y fue enterrado allí mismo. (Ansab al-Ashraf, 1/142, 368).

Tuvo varios hijos distinguidos. En los primeros tiempos del islam, dos de ellos, Jálid y Amr, aceptaron el islam y emigraron a Abisinia. (Al-Isaba, 1/13).

Abar permaneció pagano junto con sus otros dos hermanos, Ubayda y al-As. Le causó un profundo dolor que sus dos hermanos, Jálid y Amr, aceptaran el islam. Ese dolor quedó expresado en una casida que compuso. Uno de sus versos dice así:

¡Ay! ¡Si los muertos de Yariba hubieran visto la mentira que Amr y Jálid han atribuido a la religión! (Al-Isaba, 1/13) (Usud al-Gaba, 1/35).

Abar continuó oponiéndose al Mensajero de Allah (s.a.s.) y a los musulmanes junto con sus otros dos hermanos. Salió de La Meca con Ubayda y al-As para luchar contra los musulmanes en la batalla de Badr. Ubayda y al-As fueron muertos miserablemente a manos de los musulmanes. Abar regresó a La Meca apenas con vida.

Ibn Hisham menciona un episodio relacionado con la vida de Abar antes del islam: en la época preislámica, el Mensajero de Allah (s.a.s.) casó a varias de sus hijas con jóvenes qurayshíes de La Meca. Cuando comenzó el conflicto entre el Mensajero de Allah (s.a.s.) y los quraysh, los dirigentes qurayshíes pidieron a sus yernos que se divorciaran de sus hijas. Ruqayya, hija del Mensajero de Allah (s.a.s.), era la esposa de Utba ibn Abi Lahab. Los quraysh dijeron a Utba: «Divórciate de la hija de Muhammad». Él aceptó con la condición de que, si ellos podían casarlo con la hija de Abar ibn Saíd o con la hija de Saíd ibn al-As, se divorciaría de Ruqayya. Aceptaron la exigencia de Utba, lo casaron con la hija de Saíd ibn al-As y separaron a Ruqayya de él. (Sira de Ibn Hisham, 625).

Poco antes de la tregua de Hudaybiyya, el Noble Mensajero de Allah (s.a.s.) envió a Uthman (r.a.) ante los quraysh de La Meca con su mensaje. Uthman (r.a.) se dirigía hacia La Meca por el valle de Balda. Los quraysh le preguntaron: «¿Adónde vas?». Uthman les dijo lo mismo que le había indicado el Mensajero de Allah (s.a.s.). En ese momento, Abar ibn Saíd se adelantó desde las filas de los quraysh y dio la bienvenida a Uthman. Ya mantenía con él una relación estrecha. Abar preparó su propio caballo, hizo montar a Uthman en él y asumió la responsabilidad de su seguridad. Después, Abar llevó a Uthman a La Meca. (Hayat al-Sahaba, 1/156).

Cuando Uzmán llegó a la casa de Abán, este le dijo: «¿Por qué está así su ropa?». La túnica de Uzmán le llegaba hasta un punto intermedio entre las rodillas y los tobillos. Abán añadió: «¿Por qué no alarga su túnica como la gente de su pueblo?». Uzmán respondió: «Así vestía nuestro Profeta». Abán dijo: «Realice la circunvalación de la Kaaba». Uzmán respondió: «No podemos hacer algo hasta que nuestro Profeta lo haya hecho. Nosotros solo seguimos sus pasos». (Hayatus Sahaba, 2/358-359; Al-Istiab, 35; Sira de Ibn Hisham, 2/315).

Aunque Abán había sido enemigo del islam y del Profeta del islam durante mucho tiempo, en aquella época no dejó en absoluto de buscar la verdad. Preguntaba a los hombres sabios acerca de la profecía del Mensajero de Dios (s. a. s.). En aquellos días, Sham o Siria era un centro de eruditos, hombres virtuosos y personas experimentadas. Abán viajaba allí por asuntos comerciales. En cierta ocasión, durante una conversación, le dijo a un monje cristiano de aquel lugar: «Soy descendiente de la tribu de Quraysh, de Hiyaz. Un hombre de esta tribu afirma ser el elegido de Dios. Dice que Dios también me ha enviado como profeta, al igual que a Jesús y a Moisés». El monje preguntó el nombre de aquel hombre. Abán respondió: «Se llama Muhammad». El monje explicó, conforme a las descripciones de los Libros celestiales, la edad, el linaje y otras características del advenimiento de un profeta. Al escuchar sus palabras, Abán dijo: «Todas estas características se encuentran en ese hombre». Entonces el monje dijo: «¡Por Dios! En ese caso, ese hombre extenderá su dominio sobre toda Arabia y después se expandirá por el mundo entero. Cuando regreses, transmite mis saludos a este siervo virtuoso de Dios». El nombre de este monje o sacerdote de Sham era Yaqqa. Cuando Abán regresó de Sham, ya no era el mismo de antes. Había desaparecido su fuerza para oponerse al islam y a los musulmanes. (Usud al-Gaba, 1/35; Al-Isaba, 1/13).

Pensando en la religión de sus antepasados y en las críticas y burlas de sus contemporáneos, Abán permaneció completamente callado durante algún tiempo. Pero no pudo seguir reprimiendo durante mucho tiempo el fervor por la verdad que había surgido en su interior. Mientras tanto, sus hermanos Amr y Jalid regresaron de Abisinia y comenzaron a mantener contacto con Abán. Posteriormente, antes de la batalla de Jaibar, abrazó el islam y emigró a Medina. Los tres hermanos participaron juntos en la expedición de Jaibar con el Mensajero de Dios (s. a. s.). (Al-Isaba, 1/13).

Según otra narración, después de que Abán llegó a Medina, el honorable Mensajero de Dios (s. a. s.) lo nombró comandante de una pequeña fuerza y lo envió hacia Nayad. Cuando regresó a Medina tras lograr el éxito en aquella expedición, la conquista de Jaibar ya había concluido. Justo entonces, Abu Huraira llegó a Medina junto con los demás emigrantes de Abisinia. Ambos se presentaron juntos ante el Mensajero de Dios (s. a. s.). El Mensajero de Dios (s. a. s.) les dio una parte del botín de Jaibar. Además de la expedición de Nayad, recibió del Mensajero de Dios (s. a. s.) el mando o liderazgo de varias otras pequeñas expediciones.

Abán participó junto con el honorable Mensajero de Dios (s. a. s.) en la expedición de Taif. Al ver en Taif la tumba del padre de Abán, el honorable Abu Siddiq (r. a.) exclamó: «¡Que Dios maldiga o condene al habitante de esta tumba! Era enemigo de Dios y de Su Mensajero». Abán y su hermano Amr protestaron inmediatamente contra las palabras de Abu Bakr y pronunciaron algunas palabras de censura contra su padre, Abu Quhafa. Entonces el Mensajero de Dios (s. a. s.) dijo: «No insultéis a los muertos. Insultar a los muertos causa dolor a los vivos». (Ansab al-Ashraf, 1/142, 368).

El honorable Mensajero de Dios (s. a. s.) nombró a Abán gobernador de Baréin en lugar de Alá ibn al-Hadrami. Desempeñó esta responsabilidad hasta el fallecimiento del Mensajero de Dios (s. a. s.). Al enterarse de su muerte, regresó a Medina. (Al-Istiab, 1/35).

El honorable Abán también desempeñó para el Mensajero de Dios (s. a. s.) la responsabilidad de escriba. (Ansab al-Ashraf, 1/532).

Después del fallecimiento del Mensajero de Dios (s. a. s.), el honorable Abu Bakr (r. a.) fue elegido califa. Incluso después de que terminó la bay‘a general a sus manos, Abán fue uno de los pocos miembros de Quraysh que se abstuvieron de prestarle juramento durante algún tiempo. Cuando la gente de los Banu Hashim prestó juramento, desapareció su objeción y él también prestó la bay‘a.

El califa Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) no destituyó a ninguno de los gobernadores o funcionarios nombrados por el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Aban también era un gobernador designado por el Mensajero de Allah. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) le pidió a Aban que regresara a su puesto. Sin embargo, Aban rechazó la petición del califa. Según algunas narraciones, finalmente, ante las reiteradas peticiones del califa, aceptó asumir nuevamente el cargo de gobernador del Yemen.

Ibn Sa’d narra: cuando Aban rechazó la petición del califa, Umar (que Allah esté complacido con él) le dijo un día: «No debiste abandonar tu puesto de esa manera sin el permiso del imán o líder. Y ahora te niegas a regresar allí por orden suya». Aban respondió: «¡Por Allah! Después del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), no trabajaré para nadie más. Si lo hiciera, por la posición de Abu Bakr y su precedencia en el islam, entre otras razones, trabajaría para él como su ‘amil o funcionario». Por ello, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) consultó a los compañeros sobre a quién enviar a Bahréin. Uthman (que Allah esté complacido con él) dijo: «Puesto que antes estuvo allí Ala ibn al-Hadrami, que sea él quien sea enviado». Umar dijo: «Hay que obligar a Aban a regresar allí». Pero Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) se negó a hacerlo. Dijo: «No puedo obligar a quien afirma que, después del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), no trabajará para nadie más». Después nombró a Ala ibn al-Hadrami gobernador de Bahréin. (Hayatus Sahaba, 2/59).

Los especialistas en biografía difieren sobre la época de la muerte de Aban (que Allah esté complacido con él). Según Musa ibn Uqba y la mayoría de los genealogistas, murió como mártir en el campo de batalla de Ajnadayn, en el año 13 de la hégira, hacia el final del califato de Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Según Ibn Ishaq, murió en la batalla de Yarmuk, mientras que otros sostienen que alcanzó el martirio el día de Marj al-Saffar. Otra narración afirma que murió en el año 27 de la hégira, durante el califato de Uthman (que Allah esté complacido con él), y que bajo su supervisión Zayd ibn Thabit compiló el mushaf uthmani. Sin embargo, existen razones suficientes para considerar correcta la primera opinión.

Amr ibn Umayya (que Allah esté complacido con él)

Su nombre era Amr y su kunya o sobrenombre, Abu Umayya. El nombre de su padre era Umayya. Era descendiente de la tribu de Banu Kinana. Ibn Hisham lo menciona como uno de los hombres más inteligentes de la Arabia de la ignorancia, en la época cercana a la recepción de la profecía por el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y relata también un acontecimiento relacionado con ello. (Sira de Ibn Hisham, 1/204-207). Combatió con gran valentía y coraje contra los musulmanes, del lado de los politeístas de La Meca, en las batallas de Badr y Uhud. Inmediatamente después de Uhud abrazó el islam y emigró a Medina.

Después de abrazar el islam, participó por primera vez en el incidente de Bi’r Ma’una. El acontecimiento fue el siguiente: en el cuarto mes después de la batalla de Uhud, Abu Bara Amir ibn Malik ibn Ja’far, conocido como Mulayib al-Asinna, jefe de la tribu Banu Kilab de Nay⁠d, se presentó en Medina ante el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, le expuso el llamamiento al islam. Sin expresar ninguna reacción sobre si lo aceptaba o lo rechazaba, dijo: «Si enviaras a algunos de tus compañeros a la tribu de Kilab, habitantes de Nay⁠d, quizá abrazarían el islam». El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Temo por los habitantes de Nay⁠d». Sin embargo, como Abu Bara asumió plena responsabilidad por la seguridad del grupo enviado, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, envió un grupo de unos cuarenta —según otra versión, setenta— hombres bajo el liderazgo de Mundhir ibn Amir. Llegaron a un lugar llamado Bi’r Ma’una, levantaron sus tiendas y se establecieron allí, y por medio de Haram ibn Milhan hicieron llegar a Amir ibn Tufayl la carta del Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, que contenía el llamamiento al islam.

Amir ibn Tufayl mató al enviado Haram y proclamó que los miembros de las tribus de Usayya, Ri’l, Dhakwan y otras salieran rápidamente a combatir contra el grupo musulmán. Se reunieron. Mientras tanto, al ver que Haram tardaba en regresar, los musulmanes salieron en su búsqueda. Poco después se encontraron con los miembros de las tribus de Ri’l, Dhakwan y otras. Todos ellos atacaron unidos al grupo musulmán y mataron a todos sus integrantes. Solo Amr ibn Umayya sobrevivió. Fue capturado por las fuerzas enemigas. Lo llevaron ante Amir ibn Tufayl. Cuando este supo que Amr ibn Umayya pertenecía a la tribu de Mudar, lo dejó libre, diciendo: «Mi madre había hecho el voto de liberar a un esclavo». Sin embargo, como señal de humillación, le cortó el cabello de la parte delantera de la cabeza. (Sira de Ibn Hisham, 2/184-185).

En este incidente de Bi’r Ma’una también alcanzó el martirio el famoso compañero Amir ibn Fuhayra. Cuando Amr ibn Umayya fue capturado y llevado ante Amir ibn Tufayl, este señaló el cadáver de Amir ibn Fuhayra y le preguntó: «¿Quién es este hombre?». Amr ibn Umayya respondió: «Amir ibn Fuhayra». Entonces Amir ibn Tufayl dijo: «Vi que, después de ser asesinado, su cadáver se elevó muy alto por el aire hacia el cielo y luego volvió a descender». (La vida de los compañeros, 3/595)

Cuando Amr ibn Umayya, tras librarse de los enemigos de Bi’r Ma‘una, llegó a un lugar llamado Qarquara mientras se dirigía hacia Medina, se encontró con dos hombres que venían en dirección opuesta. Los dos hombres también se sentaron a la sombra del árbol bajo el cual él descansaba. Al conversar con ellos, Amr ibn Umayya descubrió que pertenecían a la tribu de Banu Amir, por lo que guardó silencio. Cuando se quedaron dormidos, Amr los atacó y mató a ambos. Pensó que aquello sería una represalia por el trato que Banu Amir había dado a los compañeros del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Cuando Amr llegó a Medina y relató el suceso al Mensajero de Allah, este le dijo: «Amr, has cometido dos homicidios por los que necesariamente debo pagar la diyah, es decir, el precio de sangre». Cabe señalar que, antes de este suceso, el Mensajero de Allah ya había establecido un pacto con Banu Amir. (Sira de Ibn Hisham, 2/186). Después, el Mensajero de Allah pagó la diyah por ellos. (Sira de Ibn Hisham, 1/564).

En el sexto año de la Hégira, el Noble Mensajero de Allah ordenó a Amr ibn Umayya viajar a Abisinia llevando una carta con la invitación al islam. En ella, el Mensajero de Allah recomendaba al Negus que acogiera hospitalariamente a los emigrantes que se encontraban en Abisinia y le enviaba una propuesta de matrimonio con Umm Habiba bint Abi Sufyan, quien todavía permanecía allí junto con los emigrantes de Abisinia. Cabe señalar que Umm Habiba era la esposa de Ubaydullah ibn Jahsh. Había aceptado el islam en La Meca durante los primeros tiempos y emigrado con su esposo a Abisinia. Allí, cuando su esposo Ubaydullah abandonó el islam y adoptó el cristianismo, su relación se rompió. Al recibir esta carta de invitación, el Negus aceptó el islam por mediación de Ja‘far ibn Abi Talib y escribió una carta en respuesta a la del Mensajero de Allah. En ella mencionaba su conversión al islam, sus saludos al Mensajero de Allah y su hospitalidad hacia los emigrantes, entre otras cuestiones. Conforme a la carta del Mensajero de Allah, el propio Negus propuso a Umm Habiba el matrimonio en nombre del Mensajero de Allah. Él mismo actuó como su wakil y, después de la boda, pagó una dote de cuatrocientos dinares en nombre del Mensajero de Allah. (Sira de Ibn Hisham, 1/224, 324). (Hayat al-Sahaba, 1/158; 3/596-597).

Cuando este Amr ibn Umayya llegó ante el Negus como enviado del Mensajero de Allah, también se encontraba allí Amr ibn al-As, uno de los mayores enemigos del islam de aquella época. Este pidió al Negus que le entregara a Amr ibn Umayya para poder matarlo, vengarse y aumentar así su prestigio ante los coraichitas. (Sira de Ibn Hisham, 2/276-277).

Amr ibn Umayya llevó a Medina, durante la batalla de Jaybar y en dos barcos, a los emigrantes que se encontraban en Abisinia. (Sira de Ibn Hisham, 2/359).

Después de regresar a Medina tras aquella misión diplomática en Abisinia, se le encomendó vengar una de las malas acciones de Abu Sufyan. El suceso fue el siguiente: Abu Sufyan incitó a algunas personas a asesinar al Mensajero de Allah. Un hombre asumió esta responsabilidad y Abu Sufyan le proporcionó lo necesario. Llegó a Medina y se dirigió directamente a la mezquita, ante el Mensajero de Allah. El Mensajero de Allah descubrió su propósito y le hizo saber que conocía la intriga con la que había venido. El hombre estaba a punto de atacar al Mensajero de Allah cuando, de repente, Usayd ibn Hudayr, que Allah esté complacido con él, lo agarró con fuerza. De debajo de la ropa del hombre cayó una daga. El delito era evidente y no se necesitaban testigos. Sin embargo, la Misericordia para los Mundos lo perdonó. El hombre reveló toda la conspiración de Abu Sufyan.

Puesto que Abu Sufyan era el principal instigador de aquel suceso y, por causa suya, entre los coraichitas de La Meca y los habitantes de Medina reinaba constantemente un estado de guerra, el Noble Mensajero de Allah envió a Amr ibn Umayya y a Salama ibn Aslam —según otra versión, a Jabbar ibn Sakhr al-Ansari— en una misión secreta a La Meca. Les ordenó que, si se presentaba la oportunidad, eliminaran para siempre de este mundo al principal responsable de aquella agitación.

Amr y Salama llegaron secretamente a La Meca, pero Muawiya los vio mientras realizaba la circunvalación de la Kaaba. La noticia se difundió entre los coraichitas. Comentaban entre sí: «Sin duda, su llegada no es sin motivo. Seguramente provocarán algún incidente». Entretanto, cuando Amr y Salama vieron que su llegada ya era conocida entre los coraichitas, salieron de La Meca. En el camino se encontraron con Ubaydullah ibn Malik y con un hombre de Banu Hudhayl. Amr mató a Ubaydullah, y Salama mató al segundo hombre.

Mientras tanto, los coraichitas desplegaron espías por los alrededores de La Meca para buscarlos. Amr y Salama se encontraron con dos de esos espías. Mataron a uno de ellos y capturaron al otro, a quien llevaron ante el Mensajero de Allah en Medina. (Sira de Ibn Hisham, 2/633-634).

Según una narración de Ahmad y al-Tabarani, Khubaib ibn Adi fue martirizado a manos de los incrédulos de La Meca, y su cadáver quedó colgado de un madero. El Noble Mensajero de Allah envió secretamente una misión a La Meca para recuperar el cadáver de Khubaib. El hombre llegó en secreto a La Meca, subió por el madero y cortó la cuerda, haciendo que el cadáver de Khubaib cayera al suelo. En ese momento, los qurayshíes se dieron cuenta, lo persiguieron y él huyó dejando el cadáver. Sin embargo, otra narración informa que Miqdad ibn Aswad y Zubayr ibn al-Awwam fueron encargados de esta misión y que ellos mismos llevaron a cabo la operación. (Hayat al-Sahaba, 3/596-597).

Después del fallecimiento del Noble Mensajero de Allah, Amr ibn Umayya vivió durante mucho tiempo. Sin embargo, la historia no conserva información particularmente relevante sobre su vida posterior. Falleció en Medina antes del año 60 de la hégira, durante el gobierno de Amir Muawiya. En las colecciones de hadices se encuentran veinte hadices narrados por Amr ibn Umayya. Abdullah, Yafar, Fadl, Zabarkan, al-Shabi, Abu Salama ibn Abd al-Rahman, Abu Qilaba al-Jurami y Abu al-Muhayir fueron algunos de sus discípulos destacados.

Era uno de los hombres más valientes y audaces de la Arabia de su tiempo. Por ello, el Mensajero de Allah le encomendaba la responsabilidad de las expediciones arriesgadas. Al morir dejó tres hijos llamados Yafar, Abdullah y Fadl.

Mistaḥ ibn Usaza

Su nombre verdadero era Awf, su kunya era Abu Abbad y su sobrenombre o título era Mistaḥ. Su padre era Usaza ibn Abbad, y su madre era la tía materna de Abu Bakr —según otra opinión, su prima materna—. Ambos padres abrazaron el islam en los primeros tiempos del islam. (Al-Isaba, 3/408).

Mistaḥ abrazó el islam en los primeros tiempos de la predicación islámica. El Mensajero de Allah estableció un vínculo de hermandad entre él y Zayd ibn Muzayyin. No se conoce con certeza la fecha de su hégira. Sin embargo, emigró a Medina antes de la batalla de Badr, y las obras de historia y de biografía profética registran su participación en dicha batalla. También participó en la batalla contra los Banu Mustaliq. Durante el regreso de esta batalla ocurrió el incidente de la calumnia contra Aisha, la Madre de los Creyentes. Cuando los hipócritas difundieron la calumnia, algunos compañeros creyentes sinceros también quedaron involucrados. Mistaḥ fue uno de ellos.

El acontecimiento célebre conocido como el «incidente de la calumnia» está señalado en varios versículos del Sagrado Corán, entre ellos el versículo 11 de la sura an-Nur. En resumen, ocurrió lo siguiente: Aisha, la Madre de los Creyentes, acompañaba al Mensajero de Allah en la batalla contra los Banu Mustaliq, en el sexto año de la hégira. De regreso a Medina, acamparon en un lugar. Aisha se alejó del campamento para hacer sus necesidades. Entonces se le cayó allí su collar y se puso a buscarlo. Mientras tanto, como su howdah estaba cubierto con una cortina, la caravana partió creyendo que ella se encontraba dentro. Safwan, el guardia que iba detrás, la vio, la hizo montar en su camello y, caminando a pie mientras sujetaba las riendas, alcanzó a la caravana. A raíz de este suceso, el cabecilla de los hipócritas, Abdullah ibn Ubayy, comenzó a difundir diversas calumnias. Los versículos de la sura an-Nur declararon la inocencia de Aisha y anunciaron un severo castigo para quienes difundieran la calumnia.

Al regresar de la batalla, Mistaḥ contó el suceso a su madre. Una noche, la madre de Mistaḥ fue a la casa de Aisha para realizar un encargo. Aisha se encontraba entonces en casa de sus padres, con su madre. En aquella época, en las casas árabes no había un lugar permanente destinado a orinar y defecar. Por lo general, las mujeres salían por la noche fuera de la casa, al desierto, para hacer sus necesidades. Aisha salió con la madre de Mistaḥ para hacer sus necesidades naturales fuera de la casa. En el camino, la madre de Mistaḥ tropezó al enredarse en el borde de su manto. Después de tropezar, según la costumbre árabe, exclamó: «¡Que Mistaḥ perezca!». Aisha objetó y dijo: «¿Estás maldiciendo así a un musulmán emigrado que combatió en Badr?». Entonces la madre de Mistaḥ le dijo: «Hija de Abu Bakr, ¿acaso no has oído nada?». Luego le contó todo el suceso. (Sira de Ibn Hisham, 1/299-300; Hayat al-Sahaba, 1/587).

El pobre Mistah era primo materno de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—. Abu Bakr siempre lo trataba bien y lo ayudaba económicamente. Cuando supo que Mistah estaba implicado en el incidente de la «calumnia» y el Corán declaró que sus acusaciones eran una falsa difamación, Abu Bakr dejó de ayudarlo. Anunció: «A partir de ahora no gastaré ni un solo céntimo en Mistah». Entonces fue revelado el siguiente versículo de la sura Al-Nur: «Que los dotados de riqueza y abundancia entre vosotros no juren que no darán nada a los parientes y necesitados ni a quienes han abandonado sus hogares por la causa de Allah. Que los perdonen y pasen por alto sus faltas. ¿Acaso no deseáis que Allah os perdone? Allah es Indulgente, Misericordioso» (sura Al-Nur, 22).

Después de la revelación del versículo, el honorable Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— volvió a ayudarlo como antes. En un largo hadiz transmitido por Aisha —que Allah esté complacido con ella— y recogido por Al-Bujari y Muslim se conocen detalladamente estos hechos (Al-Isaba, 3/408).

Sin embargo, como se había visto implicado en el incidente de la acusación contra una mujer casta y virtuosa, y el Corán había establecido para ellos el siguiente castigo: «A quienes acusen a mujeres castas y no presenten cuatro testigos, azotadlos con ochenta latigazos» (sura Al-Nur, 4), también se le aplicó este castigo junto con los demás. Los otros ilustres y devotos compañeros que sufrieron el castigo junto con Mistah fueron el honorable Hassan ibn Zabit y Hamna bint Yahsh, hermana de la Madre de los Creyentes Zaynab bint Yahsh —que Allah esté complacido con ella— (Sira de Ibn Hisham, 1/302; Hayat al-Sahaba, 1/590).

Debemos recordar que los devotos compañeros, como el honorable Mistah —que Allah esté complacido con él—, que se vieron implicados en el incidente de la «calumnia», fueron simplemente víctimas de la propaganda de los hipócritas. De otro modo, una persona como Mistah no podría haberse implicado deliberadamente en ello. Además, se arrepintieron y aceptaron el castigo de buen grado. Allah, el Mensajero de Allah, la Madre de los Creyentes Aisha —que Allah esté complacido con ella—, Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— y toda la comunidad musulmana los perdonaron. Por tanto, albergar ahora cualquier hostilidad hacia ellos sería contrario a la fe. La descripción más importante del honorable Mistah se refleja en las palabras de Aisha —que Allah esté complacido con ella—. Fue uno de los primeros en aceptar el islam, un emigrante que abandonó su hogar por Allah y un muyahid que participó en la batalla de Badr. ¡Cuántos versículos del Sagrado Corán fueron revelados elogiándolos!

Existe discrepancia sobre cuándo falleció el honorable Mistah. Según una opinión, murió en el año 34 de la Hégira, durante el califato del honorable Uzmán. Según otra, murió ese mismo año, después de luchar en Siffín del lado de Ali —que Allah esté complacido con él—, en el año 37 de la Hégira. Tenía 56 años cuando falleció (Usud al-Gaba, 4/355; Al-Isaba, 3/408; Tabaqat, 3/52).

Marsad ibn Abi Marsad al-Ghanawi —que Allah esté complacido con él—

El padre de Marsad se llamaba Abu Marsad Kannaz ibn Husayn. Padre e hijo aceptaron el islam en los primeros tiempos de la predicación islámica en La Meca y emigraron a Medina antes de la batalla de Badr. En La Meca, Marsad estaba ligado por un pacto a Hamza ibn Abd al-Muttalib. Después de su emigración a Medina, el Mensajero —que Allah lo bendiga y le conceda paz— estableció entre él y Aws ibn Samit, hermano del célebre compañero ansarí Ubada ibn Samit, una relación de hermandad, o muajaja (Tabaqat, 3/48; Al-Isaba, 3/398).

El honorable Marsad y su padre, Abu Marsad Kannaz, fueron valientes combatientes en la batalla de Badr. En esta batalla, Marsad luchó con gran valentía junto al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, montado en un caballo llamado S abal. También participó en la batalla de Uhud (Tabaqat, 3/48; Sira de Ibn Hisham, 1/666).

En la época de la ignorancia, Marsad mantenía una relación con una prostituta de La Meca llamada ‘Inaq. Después de que el adulterio fue prohibido en el islam, rompió su relación con aquella mujer. Era sumamente fuerte y valiente; por ello, el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— le encomendó la tarea de llevar en secreto desde La Meca hasta Medina a los musulmanes que sufrían torturas, prisioneros de los incrédulos en La Meca. En cierta ocasión fue a La Meca con este propósito. La noche estaba iluminada por la luna. Avanzaba sigilosamente por una calle de La Meca. Entonces su antigua amante, ‘Inaq, lo vio y lo llamó. Él se detuvo. Ella lo recibió con palabras muy dulces y lo tentó para que pasara aquella noche con ella. Marsad dijo: «‘Inaq, Allah ha prohibido ahora el adulterio». ‘Inaq quedó profundamente herida por aquella respuesta tan seca. Dominada por el deseo de venganza, comenzó a gritar, informando a la gente de la llegada de Marsad. Ocho hombres lo persiguieron. Él se escondió en un lugar seguro. Cuando sus enemigos, al no encontrarlo, se retiraron, salió de su escondite y se dirigió directamente hacia Medina. Al llegar a Medina, se presentó ante el Mensajero de Allah y le suplicó: «¡Oh, Mensajero de Allah! Cásame con ‘Inaq». El Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— permaneció en silencio sin responder. Inmediatamente después fue revelado el siguiente versículo de la sura an-Nur:

«El adúltero no se casará sino con una adúltera o una idólatra, y la adúltera no se casará sino con un adúltero o un idólatra. Esto ha sido declarado ilícito para los creyentes». (Sura an-Nur: 2)

Después de la batalla de Uhud, algunas personas de las tribus de ‘Udal y al-Qara llegaron a Medina. Se presentaron ante el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y le dijeron: «Algunas personas de nuestras tribus han aceptado el islam; envía con nosotros a algunas personas que puedan enseñarles la religión y el Corán». Según el relato de Ibn Ishaq, el Noble Profeta —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— envió a seis hombres bajo el mando de Marsad ibn Abi Marsad —que Allah esté complacido con él—. Sin embargo, en al-Bujari se relata que el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— envió a diez hombres bajo el mando de ‘Asim ibn Zabit. Marsad era uno de ellos. Cuando el grupo llegó a un lugar llamado ar-Rayi‘, donde se encontraba el abrevadero de Banu Hudhayl, los hombres de ‘Udal y al-Qara comenzaron a gritar de manera conspirativa. Los hombres de Banu Hudhayl acudieron corriendo con las espadas desenvainadas y rodearon al grupo. Los nobles compañeros iban montados a caballo. Se prepararon para luchar. Pero Banu Hudhayl dijo: «No queremos mataros. Solo pretendemos obtener de los habitantes de La Meca algún dinero a cambio de vosotros. Venid vosotros mismos con nosotros; os lo prometemos».

Marsad, Jálid y ‘Asim dijeron: «No confiamos en la promesa de los idólatras». Dicho esto, lucharon y alcanzaron el martirio. Por otro lado, sus otros tres compañeros, Hubayb, Zayd y ‘Abdullah ibn Tariq, se dejaron capturar, mostrando cierta actitud sumisa. Cuando el bando enemigo comenzó a atarles las manos y los pies, ‘Abdullah protestó y dijo: «Esta es vuestra primera traición». Lo lapidaron hasta darle muerte en un lugar llamado Zhahran. Después llevaron a Hubayb y a Zayd a La Meca. Los qurayshíes tenían cautivos a dos hombres de Banu Hudhayl. A cambio de aquellos dos, liberaron a estos otros dos. ‘Uqbah ibn al-Harith ibn ‘Amir tomó a Hubayb para vengar la muerte de su padre, al-Harith. Hubayb —que Allah esté complacido con él— había matado a al-Harith en la batalla de Badr. Por otro lado, Safwan ibn Umayya tomó a Zayd con el propósito de vengar la muerte de su padre, Umayya ibn Jalaf. Así, víctimas del deseo de venganza de los qurayshíes, ambos sufrieron el martirio en La Meca de manera sumamente indefensa y cruel. En la historia, este suceso es conocido como «Waqi‘at Yawm ar-Rayi‘». Ibn Sa‘d dice que el incidente de ar-Rayi‘ ocurrió en el mes de Safar, treinta y seis meses después de la emigración del Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— a Medina. (At-Tabaqat, 3/48).

(Asahhus-Siyar, 160; Sira de Ibn Hisham, 169-174).

Este suceso basta para demostrar la aptitud y la elevada posición de Marsad —que Allah esté complacido con él—: el propio Mensajero Noble de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— lo eligió como maestro o instructor de la religión. Como murió durante la vida del Mensajero Noble de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, no tuvo la oportunidad de demostrar sus conocimientos. Aun así, las colecciones de hadices no están completamente desprovistas de narraciones transmitidas por él. Ahmad ibn Sinan al-Qattan narró un hadiz de Marsad en su Musnad; el imán al-Baghawi y al-Hakim lo narraron en sus Mustadrak, y at-Tabarani lo narró en su Awsat. (Al-Isaba, 3/398).

Abu Ahmad ibn Yahah —que Allah esté complacido con él—

Su nombre original era ‘Abd —aunque también se dice que era ‘Abdullah— y su kunya era Abu Ahmad. Su padre era Yahsh ibn Riyab y su madre, Umayma bint ‘Abd al-Muttalib. Por un lado, era primo materno del Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y, por otro, hermano carnal de su esposa, la Madre de los Creyentes Zaynab bint Yahsh —que Allah esté complacido con ella—. (Ansab al-Ashraf, 1/88; Al-Isaba, 4/3).

En los primeros tiempos de la predicación islámica del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en La Meca, Ahmad abrazó el islam junto con sus otros dos hermanos, Abdallah y Ubaydullah. Ellos habían completado su conversión al islam antes de que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se refugiara en la casa de Al-Arqam ibn Abi Al-Arqam, en La Meca. Al-Baladhuri dijo que, aunque sus otros dos hermanos, Abdallah y Ubadullah, emigraron a Abisinia, él no emigró allí. También afirmó que todos los relatos en los que se menciona su emigración a Abisinia carecen de fundamento. (Ansab al-Ashraf, 1/199).

Ibn Ishaq dice lo siguiente sobre la identidad de Abu Ahmad y su emigración a Medina: Abdallah ibn Yáhsh fue uno de los primeros en llegar a Medina después de Abu Salama. Él llevó consigo a su familia y también a otro de sus hermanos, Abu Ahmad. Este Abu Ahmad era ciego. Recorría sin ayuda las zonas altas y bajas de La Meca. Su esposa era Farwa, hija de Abu Sufyan, y su madre era Umayma, hija de Abd al-Muttalib.

Cuando abandonaron sus casas y se marcharon a Medina, un día Utba ibn Rabia, Abbas ibn Abd al-Muttalib y Abu Yahl ibn Hisham pasaban junto a sus casas abandonadas, dirigiéndose hacia las zonas altas de La Meca. Utba señaló la casa vacía y recitó un verso del poeta Abu Duad al-Iyadi; luego dijo con tristeza: «La casa de los Banu Yáhsh ha quedado completamente vacía». Abu Yahl le respondió: «Este es precisamente el resultado de lo que hizo el hijo de nuestro hermano. Ha sembrado la discordia entre nosotros, lo ha puesto todo patas arriba y ha provocado nuestra separación». […] En Medina, Abu Salama ibn Abd al-Asad, Abdallah ibn Yáhsh y Abu Ahmad residían en el poblado de los Banu Amr ibn Awf, en Quba. (Sira de Ibn Hisham, 1/470-472).

Al llegar a Medina, se hospedó primero en casa de Hazrat Mubashshir ibn Abd al-Mundhir. En La Meca había un grupo de personas cuya ocupación permanente era conspirar contra el islam y hostigar a los musulmanes. Los dos cabecillas de ese grupo eran Abu Sufyan y Abu Yahl. Como Abu Ahmad había emigrado antes y se había puesto fuera de su alcance, se libró directamente de sus persecuciones. Sin embargo, Abu Sufyan vendió injustamente su casa abandonada a Amr ibn Alqama. (Sira de Ibn Hisham, 1/499).

Probablemente Farwa, la hija de Abu Sufyan, era la nuera de aquella casa y la vendió en virtud de ese derecho. (Sira de Ibn Hisham, 1/500). Después de la conquista de La Meca, en el octavo año de la hégira, Abu Ahmad planteó al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) el asunto de su casa. La gente lo detuvo y le dijo: «Abu Ahmad, no intentes reclamar ahora lo que perdisteis por la causa de Allah; al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no le agrada eso». Según otro relato, después de la reclamación de Abu Ahmad, el Noble Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le envió un mensaje por medio de Hazrat Uthman. Hazrat Uthman se lo comunicó al oído. Después de eso, hasta poco antes de su muerte, no volvió a pronunciar una sola palabra sobre la casa. Más tarde, sus hijos supieron que el Noble Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le había pedido que renunciara a reclamarla y, a cambio, le había anunciado la buena nueva de un palacio en el Paraíso.

Sin embargo, compuso un poema mordaz dirigido a Abu Sufyan. He aquí algunos de sus versos: «Decidle a Abu Sufyan que el resultado de lo que ha hecho es vergüenza y arrepentimiento. Vendiste las casas de tus primos y pagaste con ello tus propias deudas».

Juro solemnemente por Allah, el Señor de la humanidad. Ve, llévatelo; con ese dinero he hecho para tu cuello un collar semejante al collar del cuello de una paloma, que nunca podrá ser separado ni podrás separar. (Sira de Ibn Hisham, 2/644).

Cuando se produjo el divorcio entre Zaynab bint Yáhsh y Zayd ibn Hariza, el esclavo liberado del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), fue Abu Ahmad quien la casó con el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). (Sira de Ibn Hisham, 2/644). Hazrat Abu Ahmad falleció en Medina. (Ansab al-Ashraf, 1/199).

Sin embargo, existen grandes discrepancias respecto al momento de su muerte. Ibn al-Athir afirmó categóricamente que murió después de su hermana Zaynab bint Yash. Es decir, después del año 20 de la Hégira, pues Zaynab murió en el año 20. Ibn Hayar no respaldó esta opinión. Dijo que también existe una narración según la cual, tras la muerte de Abu Ahmad, su hermana Zaynab hizo traer perfume y lo aplicó sobre su cuerpo. Al-Bujari y Muslim transmitieron, por medio de Zaynab bint Umm Salama, que ella dijo: «Fui a la casa de Zaynab en el momento de la muerte de uno de los hermanos de Zaynab bint Yash. Ella hizo traer perfume y lo aplicó sobre su cuerpo». Ibn Hayar dijo que este hecho debió ocurrir en el momento de la muerte de Abu Ahmad, porque los otros dos hermanos de Zaynab, Abd Allah, fueron martirizados en Uhud durante la vida del Mensajero de Allah, y Ubayd Allah murió en Abisinia como apóstata, es decir, habiendo renunciado a la religión. El Mensajero de Allah se casó con su esposa, Umm Habiba. (Al-Isaba, 4/4).

Amr ibn Sa’id ibn al-As, que Allah esté complacido con él

El sobrenombre de Amr era Abu Uqba. Su padre era Sa’id ibn al-As. Pertenecía a la rama omeya de la tribu de Quraysh. Su madre era hija de un miembro de los Banu Majzum. Amr era primo materno de Jalid ibn al-Walid. (Usd al-Gaba, 4/106). (Al-Isaba, 2/539).

Sa’id ibn al-As tuvo cinco hijos: Jalid, Aban, Sa’id, Abd Allah y Amr. Todos ellos aceptaron el islam, unos antes y otros después. Al-Zubayr ibn Bakkar dijo: Abu Uhayha Sa’id ibn Sa’id, hijo de Sa’id ibn al-As, fue martirizado durante el asedio de Ta’if. El nombre anterior de Abd Allah ibn Sa’id era Hakam. El Mensajero de Allah lo cambió por Abd Allah. Amr ibn Sa’id fue martirizado en la batalla de Achnadayn. Después, Jalid y luego Amr aceptaron el islam. Ibn Ishaq dijo que Amr no tuvo descendencia. Aban, otro de los hijos de Sa’id ibn al-As, fue el último en aceptar el islam. Aban se enfureció profundamente por la conversión al islam de sus hermanos, especialmente Jalid y Amr. Jalid, Amr y Aban eran los tres poetas. Después de que sus dos hermanos Jalid y Amr aceptaran el islam, Aban compuso un poema para censurarlos, y Jalid y Amr le respondieron en verso. En obras como Al-Isaba, la Sira de Ibn Hisham y Usd al-Gaba se han recopilado algunos fragmentos de esos poemas. Uno de los versos del poema que Aban compuso para censurar a sus hermanos dice así: «¡Ay! ¡Si el difunto de Yabira hubiera visto qué clase de mentira adoptaron Amr y Jalid en asuntos de religión!»

Su padre, Sa’id ibn al-As, estaba enterrado en un lugar llamado Yabira. Aquí se alude precisamente a ese lugar. Amr respondió en verso. Uno de sus versos dice: «Ahora dejad de hablar de aquellos muertos que han seguido su camino. Venid ahora hacia la verdad, cuya veracidad es completamente evidente». (Al-Isaba, 2/539). (La Sira de Ibn Hisham, 2/360).

Dos años después de la emigración de Jalid ibn Sa’id a Abisinia, Amr ibn Sa’id emigró allí con el segundo grupo que se dirigía a Abisinia, acompañado por su esposa, Fatima bint Safwan. Fatima bint Safwan falleció en Abisinia. (La Sira de Ibn Hisham, 2/360). Amr llegó desde Abisinia a Medina por barco con la caravana de musulmanes durante la batalla de Jaybar. Después de llegar a Medina, participó junto al Mensajero de Allah en diversas expediciones, entre ellas la conquista de La Meca, Hunayn, Ta’if y Tabuk.

El Noble Mensajero de Allah nombró gobernadores de tres regiones a tres hijos de Sa’id: Aban, Jalid y Amr. Jalid fue gobernador del Yemen, Aban de Baréin y Amr de la región occidental de Medina, es decir, de Tabuk, Jaybar, Fadak y otros lugares. Todos desempeñaron sus funciones con gran competencia hasta el fallecimiento del Mensajero de Allah. Tras el fallecimiento del Noble Mensajero de Allah, se trasladaron a Medina. Cuando Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, asumió el califato, les pidió a todos que regresaran a sus cargos anteriores y dijo: «No conozco a nadie que tenga más derecho que vosotros a administrar el gobierno». (Al-Isaba, 2/539).

Pero los hijos de Sa’id ibn al-As rechazaron la petición del califa diciendo: «Después del Mensajero de Allah, no seremos administradores ni gobernadores de nadie».

Después de asumir la responsabilidad del califato, Hazrat Abu Bakr decidió enviar un ejército a Siria contra los romanos. En una reunión de destacados compañeros se discutió ampliamente el asunto y se recabaron opiniones. Uno tras otro, todos expresaban su parecer, mientras que otros permanecían callados. En cierto momento, con el propósito de animar a todos, Hazrat Umar, que Allah esté complacido con él, dijo: «¿Acaso saldríais solamente si hubiera perspectivas de obtener resultados inmediatos o si el viaje estuviera próximo?». Ante estas palabras de Umar, Amr ibn Sa‘id reaccionó indignado y dijo: «¿Has aplicado a nuestro caso el ejemplo utilizado en relación con los hipócritas? ¿Por qué permaneces tú sentado y callado? Empieza tú primero». En esta ocasión, él y Umar intercambiaron numerosas palabras. Entonces el califa Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, dijo: «En realidad, el propósito de las palabras de Umar es inspiraros y animaros». Inmediatamente, Khalid, hermano de Amr, se levantó y pronunció un discurso en apoyo de las palabras del califa. Así se resolvió el asunto. (Hayatus Sahaba, p. 1440)

Rechazando el cargo de gobernador, Amr se unió a la campaña de Siria como un muyahid común. En el año 13 de la Hégira tuvo lugar la batalla de Ajnadayn. Combatió con enorme valentía. Cada vez que advertía la menor debilidad en el ejército musulmán, gritaba e intentaba de diversas maneras fortalecer la moral. En una ocasión dijo con gran emoción: «No puedo soportar ver la debilidad de mis compañeros en el campo de batalla. Ahora entraré yo mismo». Dicho esto, atravesó la formación situada en el centro del ejército enemigo y penetró en su interior; continuó luchando con extraordinaria audacia hasta alcanzar el martirio. Al final de la batalla, cuando recogieron su cadáver, vieron que todo su cuerpo había quedado acribillado por innumerables heridas. Al contarlas, encontraron treinta en total. Sin embargo, según Ibn Ishaq y Musa ibn ‘Uqba, Amr alcanzó el martirio en la batalla de Marj as-Saffar. (Al-Isaba, 2/539).

Waqid ibn Abdillah, que Allah esté complacido con él

Su nombre era Waqid y su padre, Abdillah. Pertenecía a la rama Hanzali-Yarbu‘i de la tribu de Banu Tamim. Durante la época de la ignorancia preislámica, estuvo ligado por un pacto a Khattab ibn Nufayl. (Tabaqat, 3/390; Al-Isaba, 3/628).

Waqid abrazó el islam en los primeros tiempos de la predicación islámica en La Meca, antes de que Hazrat el Noble Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, entrara en la casa de Hazrat Arqam ibn Abi al-Arqam. Después de recibir la orden de emigrar, emigró a Medina y fue huésped de Hazrat Rifa‘a ibn Abd al-Mundhir. En Medina, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, estableció entre él y Bishr ibn Bara ibn Ma‘rur una relación de hermandad, o mu’akhāt. (Tabaqat, 3/390).

El decimoséptimo mes después de la emigración del Noble Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, a Medina fue el mes de Rayab. Durante ese mes, envió a Nakhla una expedición de doce miembros —o, según otra versión, de nueve— bajo el mando de Hazrat Abdallah ibn Jahsh, para observar los movimientos de los qurayshíes. Waqid ibn Abdillah también formaba parte de ella. Al llegar a Nakhla, permanecieron al acecho. En ese momento apareció una pequeña caravana comercial de los qurayshíes. Era el último día de Rayab. El mes de Rayab era uno de los cuatro meses en los que estaba prohibido combatir en Arabia. Por ello, los miembros de la expedición musulmana deliberaron sobre si podían atacar en ese momento. Finalmente, se tomó la decisión de atacar.

Waqid ibn Abdillah lanzó una flecha. La flecha que disparó mató a Amr ibn al-Hadrami, del bando enemigo, y dos hombres llamados Uthman y Hakam fueron hechos prisioneros.

Como el derramamiento de sangre había tenido lugar durante un mes sagrado, los qurayshíes emprendieron diversos tipos de propaganda contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y los musulmanes. Decían: «¿Acaso Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, y sus seguidores no respetan la santidad de los meses sagrados que se han observado desde tiempos inmemoriales?». Incluso el propio Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, no podía aceptar lo ocurrido. Llamó a los hombres de la expedición y les dijo: «Yo no os había dado permiso para combatir; entonces, ¿por qué luchasteis?». En relación con este acontecimiento, fue revelado el siguiente versículo de la sura Al-Baqara:

«Oh, Muhammad, los politeístas te preguntan acerca de combatir durante el mes sagrado. Diles: “Combatir en este mes es un gran pecado. Pero impedir el camino de Allah, negar a Allah, impedir que la gente adore en la Mezquita Sagrada y expulsar de ella a sus habitantes es, ante Allah, un pecado aún mayor que combatir durante este mes. Y sembrar discordia y corrupción es un pecado más grave que matar”. (Sura al-Baqara, 2:217).»

(Al-Isaba, 3/628; Asahus-Siyar, 128).

En cualquier caso, Amr ibn al-Hadrami fue el primer kafir muerto a manos de un musulmán; Uthman y Hakam fueron los dos primeros prisioneros de la historia del islam, y los bienes obtenidos de la caravana de Quraysh fueron el primer botín del islam. (Asahus-Siyar, 128).

Después de este acontecimiento, los Banu Yarbu se jactaban diciendo que uno de los suyos había sido el primero en la historia del islam en matar a un politeísta. Hazrat Umar ibn al-Jattab lo expresó en verso: «En Najla hicimos que nuestras flechas bebieran la sangre de Ibn al-Hadrami, cuando Waqid encendió el fuego de la batalla». (Al-Isaba, 3/628)

Después de Najla, participó en todas las batallas, incluidas Badr, Uhud y Jandaq. Falleció al comienzo del califato de Hazrat Umar, el segundo califa. No tuvo descendencia. En las colecciones de hadices se encuentran uno o dos hadices narrados por él.

Abdullah ibn Makhrama (que Allah esté complacido con él)

Su nombre completo era Abu Muhammad Abdullah; su padre era Makhrama ibn Abdil-Uzza y su madre, Bahsana bint Safwan. Pertenecía a la rama Amiri de la tribu de Quraysh. (Al-Isaba, 2/365).

Aceptó el islam en La Meca, en los primeros tiempos de la proclamación islámica. Emigró a Abisinia con el segundo grupo que se dirigió allí, junto con Ya‘far ibn Abi Talib (que Allah esté complacido con él). Desde allí fue directamente a Medina y se hospedó como huésped en la casa de Hazrat Kulzum ibn Hidam. El Noble Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) estableció entre él y Farwa ibn Amr al-Bayadi (que Allah esté complacido con él) un vínculo de hermandad religiosa. Tras llegar a Medina, participó por primera vez en la batalla de Badr y obtuvo el gran honor de ser un compañero de Badr. Tenía entonces treinta años. Después de Badr, participó junto al Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) en todas las batallas, incluida Uhud.

Hazrat Abdullah (que Allah esté complacido con él) tenía un deseo tan intenso de alcanzar el martirio que siempre estaba impaciente por teñir de sangre cada vello de su cuerpo. Solía suplicar: «¡Oh Allah!, no me lleves de este mundo hasta que cada articulación de mi cuerpo haya quedado desgarrada y cubierta de heridas por los golpes». Su súplica fue aceptada y la oportunidad se presentó poco después.

Durante el califato de Hazrat Abu Bakr as-Siddiq (que Allah esté complacido con él), se desató una ola de ridda, es decir, de apostasía. Él se unió a la campaña contra ellos como muyahid. Combatió contra los apóstatas con tal ferocidad que todo su cuerpo quedó acribillado de heridas. Era el bendito mes de Ramadán. Él estaba observando el ayuno. Cuando llegó la hora de la puesta del sol, mientras también se aproximaba el ocaso de su vida, Hazrat Abdullah ibn Makhrama (que Allah esté complacido con él) acudió a saber de él. Abdullah ibn Makhrama (que Allah esté complacido con él) le preguntó: «Tráeme también un poco de agua, por favor». Al regresar con el agua, vio que su cuerpo sin vida yacía allí. Alcanzó el martirio en la batalla de Yamama. Al morir, tenía apenas cuarenta y un años. (Al-Isaba, 2/365).

En cuanto al conocimiento, la práctica, la conciencia de Allah y la piedad, poseía cualidades excepcionales. El autor de Usud al-Ghaba escribió que era un devoto adorador dotado de gran dignidad.

Fuentes:

1. Ibn Sa’d: Tabaqat

2. Ibn Hayar al-Asqalani: Al-Isaba

3. Ibn Hayar al-Asqalani: Tahdib at-Tahdib

4. Ibn Azir: Usud al-Ghaba

5. Ibn Asir: Tajrid Asma al-Sahaba

6. Al-Baladhuri: Ansab al-Ashraf

7. Al-Dhahabi: Tadhkirat al-Huffaz

8. Al-Dhahabi: Tarij al-Islam

9. Ibn Kazir: Al-Bidaya wa al-Nihaya

10. Ibn Asakir: At-Tarij al-Kabir

11. Al-Zirikli: Al-A’lam

12. Al-Qurtubi: Al-Isti’ab (anotaciones marginales de Al-Isaba)

13. Ibn Hisham: As-Sira

14. Tabari: Tarij al-umam wa-l-muluk

15. Maulana Yusuf Kandhalawi: Hayat as-Sahaba

16. Muinuddin Ahmad Nadwi: Los emigrantes

17. Dr. Abd al-Rahman Ra’fat al-Basha: Imágenes de la vida de los Compañeros

18. Jaled Muhammad Jaled: Hombres en torno al Mensajero

19. Muhammad Jidrí Bek: Historia de la nación islámica

20. Enciclopedia islámica (en urdu)

21. Diversas compilaciones de hadices.