En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso
Introducción
Sahaba: ¿quiénes son??
La palabra «sahabi» es una forma de la palabra árabe «suhba». En singular se usan «sahib» y «sahabi», y en plural, «sahaba». Su significado lexicográfico es compañero, camarada, acompañante, alguien que vive junto a otro o que permanece en compañía de otro. En la terminología islámica, la palabra «sahaba» se refiere a los grandes compañeros del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. La palabra «sahib» tiene también varias formas de plural. Sin embargo, para referirse a los compañeros del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, además de «sahaba», también se usan «ashab» y «sahb» como plurales de «sahib».
El Allama Ibn Hajar —que Allah tenga misericordia de él—, ‘Al-–Isaba fi Tamyiz al-Sahaba’», al definir al sahabi en su obra, dice: «Inna al-sahabiyya man laqiya al-nabiyya sallallahu alaihi wa sallama mu’minan bihi wa mata ala al-islam»; es decir, sahabi es la persona que se encontró con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— creyendo en él y murió siendo musulmana.
En la definición anterior se establecen tres condiciones para que una persona sea considerada sahabi: 1. Creer en el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. 2. Encontrarse con él estando en estado de fe (al-liqa). 3. Morir siendo musulmán (maut ala al-islam).
Según la primera condición, no se considerará sahabi a quien se haya encontrado con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, pero no haya creído. Tal es el caso de Abu Yahl, Abu Lahab y otros incrédulos de La Meca. Según la segunda condición, también se considerará sahabi a quien se haya encontrado con el Profeta, pero, debido a la ceguera o a alguna discapacidad semejante, se haya visto privado de la dicha de verlo con sus ojos. Tal es el caso del sahabi ciego Abd Allah ibn Umm Maktum —que Allah esté complacido con él—.
Según la tercera condición, es decir, maut ala al-islam, también se incluirán entre los sahaba quienes tuvieron la dicha de encontrarse con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— siendo creyentes. Después apostataron. Luego volvieron a abrazar el islam y murieron como musulmanes. Aunque después de aceptar nuevamente el islam no se encontraran otra vez con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, serían considerados sahaba. Esta es la opinión más correcta. Tal es el caso de Hazrat Ash’as ibn Qays —que Allah esté complacido con él— y de otros. Los expertos del hadiz consideraron a Ash’as ibn Qays uno de los sahaba y recopilaron los hadices narrados por él en las obras Sahih y Musnad. Sin embargo, después de aceptar el islam, apostató y volvió al islam durante el califato de Hazrat Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—.
Según la última condición mencionada, no se considerará compañero a quien se haya encontrado con el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) siendo musulmán, pero haya muerto posteriormente en estado de apostasía. Por ejemplo, Abdullah ibn Yahsh al-Asadi: después de emigrar a Abisinia como musulmán, se hizo cristiano y murió allí en estado de apostasía. Asimismo, Abdullah ibn Jatal, Rabi‘a ibn Umayya y otros apóstatas. En el caso de estas personas falta la condición de morir siendo musulmán para ser considerado compañero.
Según la definición anterior, toda persona que se haya encontrado con el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) con fe, ya haya permanecido en su compañía durante mucho o poco tiempo, haya narrado o no algún hadiz del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), haya participado o no en alguna batalla junto a él, e incluso quien se haya encontrado con él por un solo instante en su vida y haya muerto en estado de fe, está incluida entre los compañeros.
Quienes no creyeron en el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), pero se encontraron con él creyendo en algún profeta anterior, no son compañeros. En cuanto a personas como el monje Buhaira, que se encontraron con el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) antes de que recibiera la profecía, creyendo en un profeta anterior y convencidas de que sería profeta en el futuro, existe discrepancia sobre si deben considerarse compañeros. Los eruditos musulmanes no han podido expresar una decisión concluyente al respecto.
Las condiciones de la definición mencionada también se aplican a los yinn. Los yinn también fueron compañeros. En el Noble Corán se mencionan algunos yinn que creyeron después de escuchar la recitación coránica del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Sin duda, fueron compañeros de elevadísima categoría.
La definición de compañero mencionada es considerada la más correcta por la mayoría de los eruditos, entre ellos el imán al-Bujari y el imán Ahmad ibn Hanbal. No obstante, también existen varias opiniones poco conocidas sobre la definición de compañero. Por ejemplo, algunos han establecido como condición haberlo visto con los ojos (ru’ya), en lugar del encuentro (al-liqa). Pero con ello quedarían excluidas aquellas personas que, pese a ser creyentes, se vieron privadas por su ceguera de la dicha de contemplar al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), como Abdullah ibn Umm Maktum, que Allah esté complacido con él. Sin embargo, fue un compañero de elevadísima categoría.
Hazrat Sa‘id ibn al-Musayyib dijo: «La condición para ser compañero es haber permanecido en compañía del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) durante uno o dos años, o haber participado con él en una o dos expediciones o batallas». Según algunos eruditos de los fundamentos y de la teología especulativa, la condición para ser compañero es haber gozado de una larga compañía del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y ser conocido y reconocido por seguir la Sunna del Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Algunos han establecido también como condición haber alcanzado la madurez. Según un grupo de eruditos, quien haya visto al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) una sola vez después de alcanzar la madurez es un compañero. Y quien lo haya visto antes de alcanzar la madurez también es compañero, pero en el sentido de que el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) lo vio, no en el sentido de que él hubiera visto al Mensajero. Sin embargo, en cuanto a la narración de hadices, tal persona no es compañero, sino que alcanza la categoría de tabi‘i. Podría preguntarse: si alguien vio al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) después de su fallecimiento y antes de su entierro, como ocurrió en el caso del célebre poeta árabe Abu Yuwarib al-Hudhali, ¿qué decisión debe adoptarse respecto a él? Los eruditos discrepan sobre este asunto. No obstante, la opinión aceptada es que tal persona no pertenecerá al grupo de los compañeros.
Los especialistas islámicos coinciden en que la compañía o «suhbat» del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) es una categoría cuya semejanza no existe para ningún musulmán. Además de la categoría de la suhbat, los nobles compañeros poseen ante todo musulmán una posición sagrada y elevada por haber fortalecido y consolidado los fundamentos de la religión, y por sus grandes esfuerzos y sacrificios en la predicación del islam y el servicio de la sharía. Por ello, según algunos eruditos, quien menosprecia a los compañeros es un «zindiq»; según otros, se trata de un delito punible.
Dignidad de los compañeros
Puede haber grados de distinción en cuanto al mérito entre los propios Compañeros, pero ningún musulmán de una época posterior, por muy erudito, virtuoso y devoto que sea, puede alcanzar siquiera el rango de un Compañero ordinario. El Corán, la Sunna y el consenso unánime coinciden en este asunto.
Estos Compañeros fueron el primer vínculo intermediario entre el Mensajero de Allah y su comunidad. Las generaciones posteriores conocieron, únicamente a través de ellos y por medio de ellos, la Palabra de Allah, el Sagrado Corán, la interpretación del Corán, la realidad del Mensajero de Allah, sus enseñanzas y su modelo, en suma, todo lo relacionado con la religión. Por tanto, si se ignora o se descarta este primer vínculo, o si surge desconfianza hacia ellos, los fundamentos mismos de la religión se derrumban. La incredulidad hacia el Corán y el hadiz comienza a arraigarse.
El hafiz Ibn Abd al-Barr dijo, al describir la posición de los Compañeros: «Allah Altísimo había destinado a estos grandes hombres el extraordinario honor de acompañar al Mensajero de Allah y de preservar y difundir su Sunna. Por ello alcanzaron la dignidad de ser la “mejor de las generaciones” y la “mejor comunidad”; es decir, su época fue la mejor de las épocas y ellos fueron la mejor de las comunidades».
El hafiz Abu Bakr ibn al-Jatib al-Bagdadí dijo: «Son numerosos los hadices y relatos sobre los conceptos y asuntos mencionados, y todos concuerdan con el sentido explícito del Corán. Es decir, en ellos se expresan la sublime posición, la integridad y la pureza de los Compañeros, entre otras cualidades. Después de que Allah y el Mensajero declararon su integridad, ya no necesitan la certificación de ninguna otra persona en el mundo. Aunque Allah y el Mensajero no hubieran declarado nada acerca de ellos, sus obras —su emigración, su yihad, su ayuda, el gasto de sus riquezas por la causa de Allah, la muerte de sus padres e hijos, sus consejos en asuntos de religión y la firmeza de su fe y certeza— habrían demostrado que, en integridad, fe, pureza y demás aspectos, cualesquiera que fueran las personas justas y puras que nacieran en el mundo hasta el Día de la Resurrección, ellos eran superiores a todas ellas».
A algunos Compañeros, el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— les anunció en vida la buena nueva del Paraíso. Sin embargo, muchos eruditos musulmanes han expresado la opinión de que todos los Compañeros están destinados al Paraíso. Ibn Hajar ‘al-–Isaba’ cita la opinión del imán Ibn Hazm, de España, en su obra. Él dice: «Todos los Compañeros pertenecen ciertamente a la gente del Paraíso; todos los Compañeros están destinados al Paraíso».
El Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— prohibió criticar a sus Compañeros con la intención de insultarlos o denigrarlos. Dijo: «¡Allah, Allah! Después de mí, no los convirtáis en objeto de críticas. Quienes los aman, los aman por amor a mí; y quienes los odian, lo hacen por odio hacia mí».
Método para reconocer a los Compañeros
Puede surgir la pregunta: ¿cómo debe determinarse quién es un Compañero y quién no lo es? Los especialistas en las ciencias de rijal y del hadiz han seguido ciertos principios al respecto. Primero: la noticia mutawatir, es decir, cuando innumerables personas de cada época narran o atestiguan que una persona fue Compañero. Segundo: la noticia famosa, es decir, cuando un gran número de personas de cada época atestigua que determinada persona fue un Compañero. Tercero: basándose en la narración o el testimonio de un Compañero. Cuarto: basándose en la narración o el testimonio de un tabií célebre. Quinto: si alguien afirma por sí mismo: «Soy Compañero». En ese caso, hay que comprobar si posee dos características. 1. La integridad o rectitud. Esta es una cualidad especial de los Compañeros. La persona que afirme ser Compañero debe poseer necesariamente esta cualidad. 2. La contemporaneidad. La época de los Compañeros terminó en el año 110 de la Hégira. Esto se debe a que el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo un mes antes de su fallecimiento: «Quienes hoy están vivos en la Tierra no seguirán vivos dentro de cien años». Por tanto, si alguien vivía después del año 110 de la Hégira y afirmaba ser Compañero, los especialistas en la ciencia de rijal no lo aceptaban como tal. Muchos hicieron afirmaciones semejantes, pero se demostró que eran falsas. Sus biografías también están consignadas en la ciencia de rijal. Además, los expertos en hadiz siguieron otras normas y principios para determinar quiénes eran Compañeros.
Los Compañeros número
No es posible determinar con exactitud cuántos eran los Compañeros. El imán Abu Zur’a al-Razi dijo: cuando falleció el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, el número de personas, hombres y mujeres, que lo habían visto y habían escuchado sus palabras superaba los cien mil. Cada uno de ellos narró hadices del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Por lo tanto, es fácil imaginar cuán elevado era el número de Compañeros que no narraron ningún hadiz. Las palabras de Abu Zur’a encuentran respaldo en una declaración de Ka’b ibn Malik, que aparece narrada en al-Bujari y Muslim. Al relatar la expedición de Tabuk, dijo: «El número de personas era enorme; ningún registro ni archivo podía contarlo».
De ningún modo es posible hacer un recuento exacto de los Compañeros. Esto se debe a que, hacia el final de la vida del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, la gente abrazaba el islam en grupos y le prestaba juramento de fidelidad. Algunos han dicho que, en el décimo año de la Hégira, no había ni un solo no musulmán en La Meca ni en Taif. Todos abrazaron el islam y participaron en la Peregrinación de Despedida. Asimismo, muchas tribus de Arabia se hicieron musulmanas en su totalidad. La mayoría de ellas eran nómadas del desierto, y de ningún modo era posible conservar un registro de ellas. Además, durante el califato de Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, innumerables Compañeros alcanzaron el martirio en las campañas contra los falsos profetas y los apóstatas. No fue posible conservar la identidad de muchos de ellos.
La dignidad y las virtudes de los Compañeros se mencionan en numerosos versículos del Sagrado Corán y en innumerables hadices. A continuación se citan los significados de algunos versículos:
«Muhammad es el Mensajero de Allah; sus compañeros son severos con los incrédulos y compasivos entre sí. Los verás inclinándose y postrándose, buscando la gracia y la complacencia de Allah. En sus rostros habrá señales de la postración. Así se los describe en la Torá, y también en el Evangelio». (Sura Al-–Fath: 29)
«Allah está complacido con los primeros precursores, tanto de los emigrados como de los auxiliares, y con quienes los siguieron con rectitud; ellos también están complacidos con Él. Él les ha preparado jardines por cuyo suelo corren ríos, donde permanecerán eternamente. Ese es el gran triunfo».(Sura At-–Tawba: 100)
«Esta riqueza es para los muháyirun necesitados que fueron expulsados de sus hogares y sus bienes. Buscan la gracia y la complacencia de Allah, y ayudan a Allah y a Su Mensajero. Ellos son los veraces. Y quienes habitaron esta ciudad (Medina) y abrazaron la fe antes de la llegada de los muháyirun los aman y no sienten en sus corazones deseo alguno por lo que se les ha concedido, y los prefieren a sí mismos, aunque ellos mismos estén necesitados.» (Sura Al–-Hashr: 8–-9.) En este versículo se elogia primero a los muháyirun y después a los ansar.
Asimismo, la sura Al -Fath: 18,, la sura Al -Waqi’a: 10, y la sura Al – Anfal, versículo 64, así como en diversos versículos, contienen elogios, a veces directos y a veces indirectos, a los nobles compañeros del Profeta.
Del mismo modo, el propio Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— habló sobre la excelencia de sus Compañeros. Los elogió grandemente, determinando su honor, dignidad y posición. Así, se narró de Abdullah ibn Masud —que Allah esté complacido con él— que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo:
«Las mejores personas de mi comunidad son las de mi época; luego, las de la época siguiente, y después, las de la época posterior. Después aparecerá un grupo de personas cuyos juramentos se adelantarán a sus testimonios. Darán testimonio antes de que se les pida hacerlo».
«No insultéis a mis Compañeros. Por Aquel en cuya mano está mi vida, aunque uno de vosotros gastara oro equivalente a la montaña de Uhud, no igualaría ni siquiera un mudd de uno de ellos, ni la mitad de este, en cebada».
Ibn Abbas —que Allah esté complacido con él— narró del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—: «Debéis actuar conforme a todo lo que se os ha dado del Libro de Allah. Ninguna excusa ni objeción de vuestra parte será aceptable por abandonarlo. Si no encontráis una decisión en el Libro de Allah, buscadla en mi Sunna. Y si tampoco la encontráis allí, debéis buscarla en las palabras de mis Compañeros. Mis Compañeros son como las estrellas del cielo. Si seguís a cualquiera de ellos, encontraréis el camino recto. Y las diferencias de opinión entre mis Compañeros son una misericordia para vosotros».
Said ibn al-Musayyib narró de Umar ibn al-Jattab —que Allah esté complacido con él— que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo:
«Después de mí, pregunté a mi Señor acerca de las diferencias de opinión entre mis Compañeros. Allah me reveló: “¡Oh, Muhammad! Para Mí, tus Compañeros son como las estrellas del cielo. Al igual que las estrellas, unos brillan más que otros. Quien se aferre a cualquiera de los asuntos sobre los que discreparon estará, para Mí, sobre la guía”».
El imán al-Shafi‘i narró un hadiz con la cadena de transmisión de Anas ibn Malik. El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Allah me ha elegido a mí y a mis Compañeros. Estableció vínculos matrimoniales entre ellos y yo, y los convirtió en mis auxiliares. Al final de los tiempos aparecerá un grupo de personas que los menospreciará. ¡Cuidado! No caséis a vuestros hijos e hijas con los suyos, ni deis vuestros hijos e hijas en matrimonio a ellos. ¡Cuidado! No recéis con ellos ni realicéis la oración funeraria por ellos. La maldición de Allah recaerá sobre ellos».
En Mishkat al-Sharif se narra un hadiz. El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Entre mi comunidad, solo un grupo tendrá asegurado el Paraíso». Le preguntaron: «¿Quiénes son?». Respondió: «Los que permanezcan firmes en el modelo de conducta mío y de mis Compañeros».
En otro hadiz, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones sean con él, dijo: «La posición de los compañeros entre mi comunidad es como la posición de la sal entre los alimentos».
La sociedad de los compañeros era una sociedad humana ideal. Sus acciones constituían un modelo supremo para la humanidad. En todos los ámbitos de la vida, su honestidad, lealtad, cortesía, sacrificio y buen comportamiento eran incomparables. Se respetaban y mostraban compasión unos hacia otros. Siempre daban prioridad a las necesidades y demandas de los pobres y necesitados. En valentía y arrojo no tenían igual. Seguir al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones sean con él, era el objetivo principal de sus vidas. Tanto su vida como su muerte estaban consagradas al islam.
Los nobles compañeros fueron el primer modelo de la mejor sociedad cuya base estableció el Honorable Mensajero, la paz y las bendiciones sean con él. Por la bendición de la compañía del Santo Mensajero, la paz y las bendiciones sean con él, encarnaron la verdadera forma de la gran humanidad. Eran símbolos resplandecientes de la justicia, la piedad, la integridad, la excelencia y el temor de Allah. En ellos permanecía siempre despierta la convicción de que habían llegado a este mundo para enaltecer el estandarte del islam y establecer la igualdad y la justicia entre la humanidad. Debían cumplir aquí el propósito de Allah como custodios fieles del califato divino.
La pureza y la inocencia habían creado en ellos un corazón tan limpio y un amor tan profundo por la justicia que, en lo referente a la verdad y la equidad, se consideraban responsables tanto a sí mismos como a los demás. Aunque ocupaban altos cargos, no podían —ni intentaban— proteger a sus hijos y familiares de los castigos prescritos por la ley islámica.
En resumen, la fe y la convicción iluminaron todas sus capacidades. En muy poco tiempo ejercieron influencia sobre la mayor parte del mundo. Las páginas de la historia contienen innumerables ejemplos de sus aptitudes militares y organizativas.
Si hoy queremos construir una sociedad semejante a la sociedad ideal de los nobles compañeros, debemos conocerlos necesariamente. Debemos adquirir características morales y capacidades como las suyas. Para orientar hacia el objetivo correcto la conciencia que actualmente se observa entre la umma musulmana de construir una sociedad coránica, es necesario estudiar ampliamente las biografías de los compañeros. Debemos tomar de sus vidas nuestra guía. Sin embargo, aunque resulte lamentable, lo cierto es que en la sociedad musulmana bengalí se estudian muy poco las vidas de los compañeros. Aquí, las historias ficticias de la vida de los pires y los santos se discuten en tal medida que ni siquiera una mínima parte de esa atención se dedica a las biografías de los compañeros.
En árabe, urdu y otras lenguas del mundo se han escrito muchas obras voluminosas sobre las biografías de los compañeros. Al igual que en otras ramas de la literatura islámica, tampoco en este ámbito se ha escrito en bengalí ninguna obra verdaderamente destacada. El profesor Nazir Ahmad, editor ejecutivo del mensual «Prithibi» y director del Centro Islámico de Bangladesh, expresó su deseo de presentar a los lectores, a través de su revista, algunos relatos de la vida de los compañeros. Fue principalmente gracias a su estímulo que comencé a escribir de forma serializada en las páginas de «Prithibi». Los escritos publicados en las páginas de «Prithibi» se están editando ahora en forma de libro bajo el título «La vida de los compañeros del Mensajero». Si no hubieran existido el estímulo y la participación del profesor Nazir Ahmad en la redacción serializada y su publicación en forma de libro, quizá nunca habría escrito la obra ni se habría publicado como libro. Por ello, suplico a Allah, exaltado sea, que le conceda la mejor recompensa.
En el primer volumen de «La vida de los compañeros del Mensajero» se presentan las vidas de un total de treinta compañeros. Todos ellos pertenecen a la categoría de los muhâyirun. Entre ellos también se incluyen aquellos diez ilustres compañeros de los «Diez a quienes se anunció el Paraíso». Aunque los textos son breves, la información procede de las fuentes originales en árabe y urdu. He procurado evitar, en la medida de lo posible, los asuntos controvertidos.
Finalmente, queridos lectores, si obtienen aunque sea el más mínimo beneficio de este escrito, consideraré que mis esfuerzos han valido la pena. Les pido que me hagan saber cualquier error o defecto que observen en alguna parte.
Expreso mi gratitud a todos los hermanos relacionados con la publicación, incluido el hermano Kamrul Islam. Que Allah el Altísimo acepte este pequeño esfuerzo mío. Amén.
27-2-1989 d. C.
Muhammad Abdul Ma’bud
Departamento de Árabe, Universidad de Daca,
Daca
Jadiya bintu Juwailid ((r.a.))
Su nombre era Jadiya. Su kunya era «Ummu Hind» y su título, «Tahira». Su padre era Juwailid y su madre, Fátima bintu Zayid. Nació en la ciudad de La Meca quince años antes del «Año del Elefante». A través de su antepasado paterno Qusay, su linaje se unía al linaje del Mensajero de Allah (s.a.w.). Ya en la época de la ignorancia preislámica recibió el título de «Tahira» por la pureza y castidad de su carácter. (Al–Isaba) Entre el Mensajero de Allah (s.a.w.) y Jadiya (r.a.) existía un parentesco lejano de tía paterna y sobrino. Por eso, después de recibir la profecía, Jadiya (r.a.) llevó al Mensajero de Allah (s.a.w.) ante su primo Waraka ibn Nawfal y le dijo: «Escucha lo que dice tu sobrino». Probablemente lo dijo basándose en su relación de parentesco.
Su padre, Khuwailid, había elegido como pretendiente de Khadija a Waraqa ibn Nawfal, destacado experto en la Torá y el Evangelio de la sociedad árabe de aquella época, pero los historiadores guardan silencio sobre por qué aquello no llegó a hacerse realidad. Finalmente, se casó por primera vez con Abu Hala ibn Dhirara al-Tamimi. Él murió durante la época de la ignorancia. Tras la muerte de Abu Hala, contrajo un segundo matrimonio con Atik ibn Abid al-Makhzumi. (Sharh al- Mawahib, al-–Isti’ab) Sin embargo, según Qatada, su primer esposo fue Atik y después Abu Hala. Yunus ibn Bukayr narró que Ibn Ishaq también apoyó esta opinión. (Al- Isaba: 4/281) Sin embargo, Ibn Hajar menciona que la primera opinión es la de la mayoría, incluido Ibn Abdil Barr.
El padre de Khadija, Khuwailid ibn Asad, fue el comandante de su clan en la batalla de Fijar. Fue padre de muchos hijos. El primogénito fue Hizam. Hakim, hijo de Hizam y célebre compañero, recibió durante la época de la ignorancia la responsabilidad de administrar la Dar al-Nadwa de La Meca. La segunda hija fue la honorable Khadija. El tercer hijo, Awwam, fue el padre del célebre compañero Zubayr (que Dios esté complacido con él). Safiyya (que Dios esté complacido con ella), tía paterna del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y hermana carnal de Hamza (que Dios esté complacido con él), era la esposa de Awwam o la madre de Zubayr (que Dios esté complacido con él). Safiyya era la esposa del hermano menor de Khadija. La cuarta hija fue Hala. Ella era la madre de Abu al-As ibn al-Rabi, esposo de Zaynab (que Dios esté complacido con ella), hija del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Abu al-As era el yerno mayor del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). La quinta hija fue Ruqayya. De los cinco hermanos, Hizam, Awwam y Ruqayya murieron antes del surgimiento del islam. La honorable Khadija y Hala tuvieron la dicha de abrazar el islam.
Existe discrepancia respecto a cuándo murió el padre de Khadija. Algunos dicen que murió en la guerra de Fijar. Según el imán Suhayli, murió antes de la guerra de Fijar. En ese momento, Khadija tenía treinta y cinco años. Según algunos, murió después del matrimonio con el Mensajero de Allah (s.a.w.). (Vida de los Compañeros– 2/652)।
Fuera por la muerte de su padre o de su esposo, o por cualquier otra razón, al igual que muchas personas de la tribu de Quraysh, Khadija era una gran comerciante. Ibn Sa‘d dice acerca de sus negocios: «Khadija era una mujer comerciante sumamente respetada y rica. Sus caravanas comerciales iban a Siria, y sus mercancías por sí solas equivalían a las mercancías de todos los qurayshíes». Este comentario de Ibn Sa‘d permite comprender la magnitud de los negocios de Khadija. Contrataba a personas competentes, mediante sociedades o a cambio de un salario, para comprar y vender mercancías dentro y fuera del país.
El Mensajero de Allah (s.a.w.) era entonces un joven de veinticinco años. Para ese momento, había adquirido considerable experiencia en el comercio al realizar varios viajes comerciales con su tío Abu Talib o por su cuenta. La gente de La Meca hablaba ampliamente de su honestidad y confiabilidad en los negocios. Para todos, él era entonces al-Amín. Su buena reputación también llegó a oídos de Khadija. En particular, seguramente había escuchado muchas cosas sobre Muhammad al-Amín (s.a.w.) de Safiyya, la esposa de su hermano menor.
En cierta ocasión, Jadiya pensó en enviar mercancías a Siria para comerciar. Estaba buscando a una persona competente. A este respecto, al-Zurqani transmite lo siguiente de al-Waqidi: «Abu Talib llamó a Muhammad (s.a.w.) y le dijo: “¡Sobrino! Soy un hombre pobre y la situación es sumamente difícil. Nos ha azotado una terrible hambruna. No tenemos ningún negocio ni otro medio de subsistencia. Una caravana comercial de tu tribu se dirige a Siria. Khadija está buscando a alguien que acompañe sus mercancías. Si fueras a verla, quizá te elegiría a ti. Ella conoce tu integridad moral. Aunque no me agrada que vayas a Siria y temo por tu vida a causa de los judíos, no hay otra alternativa”». El Mensajero (s.a.w.) respondió que quizá ella misma enviaría a alguien. Abu Talib dijo: «Tal vez ya haya contratado a otra persona». La conversación entre tío y sobrino llegó a oídos de Khadija. «Entonces envió a alguien ante el Mensajero de Allah (s.a.w.).» (Nota, Sira de Ibn Hisham– 1/188) Cabe señalar que, durante su adolescencia, el Mensajero (s.a.w.) había viajado una vez a Siria con su tío. En aquella ocasión, el monje Bahira había advertido a Abu Talib acerca del Mensajero de Allah (s.a.w.). En el relato anterior, Abu Talib aludía precisamente a eso.
Jadicha le hizo llegar una propuesta a Muhammad —que la paz y las bendiciones sean con él— por medio de otra persona: si viajaba a Siria para hacerse cargo del comercio, ella le daría el doble de ganancias que a los demás. Muhammad aceptó.
Muhammad (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) partió hacia Siria llevando las mercancías de Jadiya (que Allah esté complacido con ella), acompañado por su fiel esclavo Maisara. En el camino, se sentó a la sombra de un árbol junto a una iglesia. El sacerdote de la iglesia se acercó a Maisara y le preguntó: «¿Quién es el hombre que descansa bajo el árbol?». Maisara respondió: «Un hombre de la tribu de Quraysh, habitante del Santuario de La Meca». El sacerdote dijo: «El que ahora descansa bajo este árbol no puede ser otro que un profeta». Los historiadores han mencionado que el nombre de este sacerdote era Nástura. (Nota, Sira de Ibn Hisham– 1/188) Sin embargo, Ibn Hayar al-Asqalani dijo que el nombre de este sacerdote era Buhayra. (Al-–Isaba: 4/281) También dijo que el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había ido con estas mercancías comerciales al mercado de Busra. Tabari narró, basándose en Ibn Shihab al-Zuhri, que el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no fue a Siria con las mercancías de Jadiya, sino a un mercado abisinio del Yemen. Sin embargo, el relato de su viaje a Siria es el más célebre. (Historia de la Comunidad Islámica Al-, Muhammad Al-–Jidrí Bek: 1/64)
El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) vendió las mercancías en el mercado de Siria y compró todo lo que debía comprar. Luego emprendió el camino hacia La Meca acompañado de Maysara. Durante el trayecto, Maysara observó que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) avanzaba montado en su camello, mientras dos ángeles extendían su sombra sobre él para protegerlo del intenso sol del mediodía. Al regresar así a La Meca, vendió las mercancías de Jadiya. Esta vez obtuvo una ganancia doble o casi doble en el negocio. Al volver a casa, el fiel sirviente Maysara relató detalladamente a su señora Jadiya los comentarios del sacerdote y todos los acontecimientos milagrosos del viaje. (Sira de Ibn Hisham– 1/189)
Hazrat Jadiya (que Allah esté complacido con ella) era una mujer distinguida, prudente e inteligente. Personas de todos los niveles sociales de La Meca estaban fascinadas por su riqueza, su nobleza y sus modales. Muchos jóvenes nobles de Quraysh esperaban tenerla como esposa. Ella los rechazó a todos. Después de escuchar todo de labios de Maysara, Jadiya envió personalmente una propuesta de matrimonio al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). (Sira de Ibn Hisham– 1/189)
Existen diversos relatos sobre cómo y de qué manera se presentó la propuesta de matrimonio. Sin embargo, todos los relatos coinciden en que Jadiya fue la primera en presentar dicha propuesta al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
Según una narración, la propia Khadija habló con el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y le pidió que solicitara a su padre que presentara la propuesta. Sin embargo, él se negó, diciendo que quizá el padre de Khadija lo rechazaría debido a su pobreza. Finalmente, cuando el padre de Khadija se encontraba ebrio por haber bebido demasiado, ella misma le planteó el asunto y obtuvo su consentimiento. Pero, al recuperar la sobriedad, volvió a oponerse. Entonces Khadija obtuvo nuevamente su consentimiento. (Hayatus Sahaba– 2/652) En otra narración se relata que Nafisa bint Maniyya, esposa de Yala y amiga de Khadija, tomó toda la iniciativa en este asunto. Ella fue la primera en presentar, en nombre de Khadija, una propuesta al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, en estos términos: «Si se le invitara a aceptar riqueza, belleza y seguridad económica, ¿aceptaría usted? … Estas palabras se referían a la honorable Khadija.
El asunto quedó acordado. En la fecha señalada, Abu Talib, Hamza y algunos otros miembros de la familia del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se presentaron en la casa de Khadija. Khadija también había invitado a los miembros destacados de su familia. En presencia de todos, Abu Talib pronunció el sermón matrimonial. Por su excelencia literaria, este sermón ocupa un lugar especial en la prosa árabe de la época preislámica. Se fijó una dote de quinientas monedas de oro. Khadija asumió personalmente todos los gastos de ambas partes. Envió al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dos uqiyyas de oro y plata, y le pidió que con ello dispusiera la ropa de ambos y organizara el banquete nupcial. (Hayatus Sahaba– 2/652) Así, la honorable Khadija se convirtió en la «Madre de los Creyentes». Esto ocurrió quince años antes del comienzo de la profecía. Aunque existen discrepancias entre los especialistas en biografía profética acerca de la edad de ambos en aquel momento, según la opinión más acertada, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, tenía veinticinco años y Khadija cuarenta.
Quince años después del matrimonio, el honorable Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, recibió la profecía. Fue el primero en informar de ello a Khadija, que Allah esté complacido con ella. Khadija ya estaba firmemente convencida de que el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se convertiría en profeta. El tema se trata detalladamente en un hadiz del capítulo «El comienzo de la revelación» del Sahih al-Bujari. La honorable Aisha, que Allah esté complacido con ella, dijo: La primera revelación al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, comenzó mediante sueños verdaderos durante el sueño. Todo lo que veía en sueños se hacía realidad con la claridad de la luz del sol de la mañana. Después, comenzó a amar la soledad. Se dirigía a la cueva de Hira llevando consigo comida y bebida. Allí se dedicaba a la adoración durante varios días seguidos. Cuando se le acababan los alimentos, regresaba junto a Khadija. Luego volvía a la cueva con provisiones. Un día, mientras se encontraba en esa situación, la verdad llegó hasta él. Un ángel se presentó y le dijo: «¡Lee!». Él respondió: «No sé leer». El ángel lo estrechó con tanta fuerza que sintió dolor. Después lo soltó y volvió a decirle: «¡Lee!». Él volvió a responder: «No sé leer». El ángel lo trató por segunda y tercera vez del mismo modo que la primera. Finalmente, dijo: «¡Lee en el nombre de tu Señor, que creó; creó al ser humano de un coágulo de sangre…!». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, regresó a casa temblando de miedo. Llamó a Khadija y le dijo: «¡Cúbreme con una manta, cúbreme con una manta!». Ella lo cubrió, y su miedo desapareció. Él le relató todo lo sucedido y le expresó su temor por su propia vida. Khadija dijo: «¡No! Eso jamás puede ocurrir. Juro por Allah que Él no te humillará. Tú mantienes firmes los lazos de parentesco, ayudas a los pobres y necesitados, eres hospitalario y ayudas a las personas en sus desgracias».
Después, Jadiya (que Allah esté complacido con ella) llevó al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) ante su primo, Waraqa ibn Nawfal. En aquella época de la ignorancia, él había abrazado el cristianismo. Escribía el Evangelio en lengua hebrea. Era anciano y ciego. Jadiya dijo: «Escuche lo que dice su sobrino». Él preguntó: «Sobrino, ¿qué te ha sucedido?». El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) relató todo lo ocurrido. Al escucharlo, Waraqa dijo: «Este es el Namus, a quien Allah envió a Musa. ¡Ay de mí! Si estuviera vivo y gozara de buena salud el día en que tus compatriotas te expulsen de tu tierra…». El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) preguntó: «¿Me expulsarán de mi tierra?». Él respondió: «Sí. Siempre que alguien ha traído algo como lo que tú has traído, todo el mundo se ha opuesto a él. Si sigo vivo hasta entonces, te ayudaré con todo tipo de ayuda.»(Bujari, primer tomo)Pocos días después de este acontecimiento, Waraqa murió.
Después de abrazar el islam, Jadiya consagró todos sus bienes, como waqf, a la propagación de la religión. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) abandonó el comercio y se dedicó al culto de Allah y a la propagación del islam. Todos los ingresos del hogar cesaron. Al mismo tiempo, aumentaba la preocupación de Jadiya. Ella afrontó todas las circunstancias adversas con paciencia y tolerancia.Al–IstiaabEn la obra se narra: «El dolor que sentía el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) debido al rechazo y la incredulidad de los idólatras desaparecía cuando iba junto a Jadiya. Esto se debía a que ella consolaba al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y le infundía valor y ánimo. Creía sin vacilar todo lo que él decía. Presentaba ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) todas las conductas groseras de los idólatras como algo muy leve e insignificante.»(Ṭabaqāt– 3/740)
En el séptimo año de la profecía, durante el mes de Muharram, los qurayshíes boicotearon a los musulmanes. Estos buscaron refugio en el «Shi‘b de Abu Talib». Jadiya, que Allah esté complacido con ella, quedó recluida allí junto con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Durante casi tres años, los Banu Hashim sobrevivieron en medio de una terrible hambruna. No tenían ningún medio de subsistencia aparte de las hojas de los árboles. Jadiya soportó con una sonrisa aquellas dificultades junto a su esposo. En aquellos tiempos tan penosos, la honorable Jadiya, que Allah esté complacido con ella, valiéndose de su influencia, conseguía ocasionalmente alimentos por diversos medios. Sus tres sobrinos —Hakim ibn Hizam, Abu al-Bujtari y Zum‘a ibn al-Aswad— eran todos figuras destacadas entre los dirigentes de Quraysh. Aunque no eran musulmanes, desempeñaron un papel importante enviando de diversas maneras alimentos a los musulmanes. Un día, Hakim ibn Hizam enviaba algo de trigo a su tía paterna Jadiya, que Allah esté complacido con ella, por medio de su sirviente. En el camino, Abu Yahl se lo impidió. De repente, Abu al-Bujtari llegó al lugar. Le dijo a Abu Yahl: «Un hombre está enviando un poco de alimento a su tía paterna, ¿y tú se lo impides?»(Sira de Ibn Hisham– 1/192)
Aún no había sido revelada la orden que hacía obligatoria la oración; desde el principio, la honorable Jadiya, que Allah esté complacido con ella, realizaba la oración junto con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en el interior de la casa. (Tabacat– 8/10)Ibn Ishaq mencionó que un día Ali, que Allah esté complacido con él, vio que ellos dos, es decir, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, y Jadiya, que Allah esté complacido con ella, estaban realizando la oración. Ali preguntó: «Muhammad, ¿qué es esto?». Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, presentó a Ali la invitación a la nueva religión y le prohibió contárselo a nadie. (Vida de los Compañeros– 1/70) De este relato se comprende que, entre la comunidad de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, la honorable Jadiya, que Allah esté complacido con ella, fue la primera en alcanzar el honor de realizar la oración junto con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz.
Un hombre llamado Afiq al-Kindi había venido a La Meca para hacer algunas compras. Se alojaba en la casa de Abbas (que Allah esté complacido con él). Una mañana observó que un joven se acercó a la Kaaba y miró hacia el cielo. Luego se puso de pie mirando hacia la qibla. Un muchacho llegó y se colocó a su lado. Después llegó una mujer, que también se situó detrás de los dos. Cuando terminaron la oración, se marcharon. Afiq al-Kindi presenció la escena y le dijo a Abbas: «Está a punto de suceder algo muy importante». Abbas respondió: «Sí». Luego añadió: «Este joven es mi sobrino Muhammad. El muchacho es mi otro sobrino, Ali, y la mujer es la esposa de Muhammad. … Hasta donde sé, ellos son los únicos tres seguidores de esta nueva religión en el mundo».(At-Tabaqat: 8/10–11)
Ibn al-Athir dice que existe consenso en la comunidad musulmana respecto a que Jadiya (que Allah esté complacido con ella) fue la primera en creer en el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Tenía cincuenta años cuando aceptó el islam. Su conversión también tuvo repercusión entre los miembros de su familia paterna. En la época del advenimiento del islam, quince personajes célebres de la familia paterna, Banu Asad ibn Abd al-Uzza, seguían vivos. Diez de ellos aceptaron el islam. Los otros cinco murieron como incrédulos en la batalla de Badr.
Después de haber vivido veinticinco años de matrimonio con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), Jadiya (que Allah esté complacido con ella) falleció en La Meca, a los sesenta y cinco años, el día diez de Ramadán del décimo año de la profecía. La disposición de ofrecer la oración funeraria todavía no se había establecido. Por ello, fue enterrada sin oración funeraria en el cementerio de La Meca, Jannat al-Mualla. El Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) mismo bajó su cuerpo a la tumba. (Al–Iṣaba: 4/283)
Poco tiempo después del fallecimiento de Jadiya (que Allah esté complacido con ella), murió Abu Talib, el tío del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), quien le tenía un especial afecto y preocupación. Sin embargo, según una narración de Al-Istيعab, Jadiya falleció tres días después de la muerte de Abu Talib. En las situaciones difíciles y las calamidades, este tío ayudaba de diversas maneras al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Debido al fallecimiento de estos dos parientes cercanos del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), la comunidad musulmana denominó este año «Am al-Huzn», es decir, el año de la tristeza.
Jadrat Jadiya (que Allah esté complacido con ella) fue madre de muchos hijos. De su primer esposo, Abu Hala, nacieron dos hijos varones llamados Hala e Hind. Ambos abrazaron el islam y tuvieron el honor de convertirse en compañeros del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Hind participó junto al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en la batalla de Badr o, según otra versión, en la de Uhud. Era un orador elocuente y expresivo. Murió como mártir combatiendo del lado de Alí (que Allah esté complacido con él) en la batalla del Camello. De su segundo esposo, Atiq, nació una hija llamada Hinda. Ella también abrazó el islam y tuvo el honor de convertirse en compañera.(Sharh al- Mawakib, al-–Istiab, Hashiya, Sirat Ibn Hisham– 1/187)Sin embargo, según otra narración, de su primer matrimonio nacieron tres hijos: dos varones, Hind y Hariz. Un incrédulo asesinó a Hariz junto al Rincón Yemení de la Kaaba. Y una hija, Zaynab. La kunya de la hija de su segundo matrimonio era Umm Muhammad.(Da’ira–-i-–Ma’arif-’i-–Isla–miya)
De la unión sagrada de Hazrat Rasul-e Karim (que Allah le bendiga y le conceda paz) nacieron seis hijos. El primero fue Hazrat Qasim. Falleció siendo pequeño en La Meca. En honor a su nombre, el kunya de Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz) fue Abu’l-Qasim. Antes de morir, había aprendido a caminar dando pasitos. La segunda hija fue Hazrat Zaynab. El tercer hijo fue Hazrat Abdullah. Nació después de que él recibiera la profecía, por lo que recibió los títulos de Tayyib y Tahir. Falleció siendo pequeño. La cuarta hija fue Hazrat Ruqayya. La quinta fue Hazrat Umm Kulzum. La sexta fue Hazrat Fatima (que Allah esté complacido con ella). Cabe señalar que Ibrahim era hijo de Hazrat María.
Hazrat Khadija (que Allah esté complacido con ella) quería mucho a sus hijos. También gozaba de solvencia económica. Contrató a Salama, la esclava de Uqba, para que cuidara de sus hijos a cambio de un salario.
Entre las santas esposas de Hazrat Nabi Karim (que Allah le bendiga y le conceda paz), la posición de Hazrat Khadija es la más elevada. Fue su primera esposa; se casó con Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz) cuando tenía cuarenta años. Durante su vida, el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) no contrajo ningún otro matrimonio. Todos los hijos de Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz), excepto Hazrat Ibrahim, nacieron de ella.
No se puede terminar de describir la virtud y la dignidad de la Madre de los Creyentes, Hazrat Khadija. Observamos con asombro cómo, en aquellos días de profunda oscuridad de Arabia, una mujer creyó sin vacilación en la profecía de Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz). En su corazón no había la menor duda ni incertidumbre. El primer día del descenso de la revelación, su visita a Waraqa y su firme declaración de convicción acerca de que Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz) era un profeta: todo ello merece una profunda reflexión. Incluso antes de que Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz) recibiera la profecía, Khadija parecía estar firmemente convencida de que él se convertiría en profeta. Por eso, después de la llegada de Jibril, ni por un instante apareció en su corazón la menor vacilación. Esto deja clara su profunda previsión y su aguda capacidad de observación. Antes y después de recibir la profecía, siempre respetó a Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y creyó cada una de sus palabras. Durante veinticinco años de vida matrimonial, ni por un instante pudo arraigar en su corazón ninguna duda. Incluso en aquella época de la ignorancia, era pura y casta. Jamás adoró ídolos. Un día, el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) le dijo: «Nunca adoraré a Lat y Uzza». Khadija respondió: «Deje de hablar de Lat y Uzza. No mencione siquiera el tema de ellos». (Musnad de Ahmad– 4/222)
Ella no solo fue la primera en creer en la profecía de Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz) y la primera en realizar la oración junto a él. La fuerza que proporcionó al islam durante aquellos tiempos de extrema adversidad permanecerá para siempre imborrable. En los albores del islam, en realidad fue la consejera de Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Después de casarse con Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz), puso todos sus bienes en manos de su esposo. Zayd ibn Hariza era su esclavo predilecto. También lo entregó a su esposo. Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz) amaba mucho a Zayd, así que, para complacerla, lo liberó.
Aunque era una mujer rica de La Meca, servía personalmente a su esposo. En cierta ocasión, llevaba en un recipiente algo para Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Hazrat Jibril (la paz sea con él) le dijo al Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz): «Transmítale los saludos de Allah, el Altísimo, y los míos».(Bujari)
Hazrat Rasul-e Karim (que Allah le bendiga y le conceda paz) no olvidó, ni siquiera después de su muerte, el recuerdo de su amada esposa Khadija (que Allah esté complacido con ella). Después de su muerte, cada vez que se sacrificaba un animal en su casa, averiguaba dónde vivían sus amigas y les enviaba carne a cada una de sus casas. Hazrat Aisha dijo: «Aunque nunca vi a Khadija (que Allah esté complacido con ella), sentía celos de ella. Sin embargo, nunca me ocurría lo mismo con ninguna otra. Porque el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) siempre la recordaba». A veces Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella) hacía enojar a Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz). El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) decía: «Allah ha puesto su amor en mi corazón».
Después del fallecimiento de Hazrat Khadija (que Allah esté complacido con ella), su hermana Hala fue una vez a visitar a Rasul-e Karim (que Allah le bendiga y le conceda paz). Al oír su voz, Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz) exclamó: «¿Hala, has venido?». En la mente de Rasulullah (que Allah le bendiga y le conceda paz) había reaparecido entonces el recuerdo de Khadija. Aisha (que Allah esté complacido con ella) no pudo contenerse y dijo: «Está recordando a una anciana que ha muerto. Allah le ha concedido esposas mucho mejores que ella». En respuesta, el Noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «¡Nunca! Cuando la gente quiso desmentirme y tacharme de mentiroso, ella me aceptó como veraz. Cuando todos eran incrédulos, ella era musulmana. Cuando nadie acudió en mi ayuda, ella me ayudó. Y de ella tuve mis hijos». Consideramos que no puede haber una valoración de Hazrat Khadija (que Allah esté complacido con ella) superior a esta.
Se han narrado numerosos hadices acerca de las virtudes de Hazrat Jadiya (que Allah esté complacido con ella). En Sahih al-Bujari y Sahih Muslim se relata: «Las mejores mujeres sobre la faz de la tierra son Maryam, hija de Imrán, y Jadiya, hija de Juwaylid. Hazrat Yibril (la paz sea con él) estaba sentado junto al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En ese momento llegó Jadiya (que Allah esté complacido con ella). Yibril (la paz sea con él) dijo al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él): “Anúnciale la buena nueva de un palacio en el Paraíso construido con perlas y piedras preciosas”».(Bujari)
Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él)
Su nombre era Abdullah; Siddiq y Atique eran sus títulos, y Abu Bakr, su sobrenombre o kunya. Su padre se llamaba Uzman y su kunya era Abu Quhafa. Su madre se llamaba Salma y su kunya era Umm al-Jayr. En la genealogía de los qurayshíes, al remontarse hasta Murra, sexto antepasado, su linaje converge con el del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Nació algo más de dos años después del nacimiento del Mensajero de Allah, y ambos fallecieron con una diferencia temporal semejante. Por ello, al morir, tenía la misma edad que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
Tenía un cutis claro y luminoso, una figura delgada y esbelta, y una frente amplia. En su vejez, su cabello se volvió blanco. Se teñía el cabello con henna. Era sumamente bondadoso y paciente.
Era uno de los hombres distinguidos de los qurayshíes. Por su conocimiento, inteligencia, experiencia, sagacidad, discernimiento y noble carácter, gozaba del respeto de todos los habitantes de La Meca. Durante la época de la ignorancia, todo el dinero de las compensaciones por sangre, o diya, que pagaban los habitantes de La Meca era depositado bajo su custodia. Era el mayor experto en el conocimiento de la genealogía y el linaje de los árabes. También poseía talento poético. Su lenguaje era sumamente puro, claro y elocuente. Poseía una capacidad para pronunciar discursos y expresarse con elocuencia que Allah le había concedido.
Era una persona sumamente popular, amistosa y afable entre los miembros de su tribu. Era comerciante, generoso y de noble carácter. Incluso durante la época de la ignorancia, nunca bebió alcohol. Debido a su trato cordial, su erudición y su competencia comercial, muchos entablaban amistad y camaradería con él. En su casa se celebraba diariamente una reunión habitual de las personalidades destacadas de La Meca.
El padre de Hazrat Abu Bakr, Abu Quhafa, era un hombre de considerable prestigio entre los qurayshíes. Era anciano y acomodado. Su casa no solo era conocida por sus actividades comerciales, sino que también sus opiniones eran recibidas con gran respeto en los asuntos sociales. Aunque no se sintió atraído por el islam hasta la conquista de La Meca, no existe en la historia ninguna prueba de que intentara apartar del islam a su hijo Abu Bakr. Sin embargo, cuando veía a Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él), a veces decía: «Estos jóvenes han echado a perder a mi hijo». El día de la conquista de La Meca se presentó ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y declaró su aceptación del islam. Falleció en el año 14 de la Hégira, a una edad aproximada de cien años. En su vejez perdió la vista.
La madre de Hazrat Abu Bakr, Umm al-Jayr, aceptó el islam en La Meca, durante los primeros tiempos del islam, mucho antes que su esposo. Fue una de las personas que aceptaron el islam en la «Dar al-Arqam» de La Meca. Al igual que su esposo, también vivió muchos años. Murió aproximadamente a los noventa años, dejando a su hijo investido con el cargo de califa.
Abu Bakr era el único hijo varón de su padre. Fue criado con gran cariño, cuidados y en el lujo. Desde la infancia hasta el comienzo de su juventud dependió de su padre. A los veinte años asumió sobre sus propios hombros la responsabilidad de los negocios de su padre.
Abu Bakr fue amigo del Mensajero de Allah (s. a. w.) desde la infancia. Lo acompañó en la mayoría de sus viajes comerciales. En una ocasión viajó con el Mensajero de Allah (s. a. w.) a Siria con fines comerciales. Abu Bakr tenía entonces unos dieciocho años y el Mensajero de Allah (s. a. w.), veinte. Cuando llegaron a la frontera de Siria, el Mensajero (s. a. w.) se sentó bajo un árbol para descansar. Abu Bakr avanzó un poco y comenzó a observar los alrededores. Se encontró con un sacerdote cristiano y conversó con él sobre asuntos religiosos. En medio de la conversación, el sacerdote preguntó: «¿Quién está allí, bajo el árbol?». Abu Bakr respondió: «Un joven de Quraish llamado Muhammad ibn Abdillah». El sacerdote exclamó: «Este hombre será el profeta de los árabes». Estas palabras quedaron grabadas en el corazón de Abu Bakr. Desde entonces se hizo cada vez más firme en su convicción de que el Mensajero de Allah (s. a. w.) era verdaderamente un profeta. En la historia, el nombre de este sacerdote aparece como Buhaira o Nastura.
Cuando el Mensajero de Allah (s. a. w.) anunció que había recibido la profecía, estalló una gran agitación en La Meca. Los ricos y poderosos dirigentes de La Meca se lanzaron decididamente a oponérsele. Algunos comenzaron a llamarlo loco y otros, poseído por un yinn. Por indicación de los dirigentes y siguiendo su ejemplo, la gente común también se mantuvo alejada del islam. Entre los ricos y honorables miembros de Quraish, Abu Bakr fue el único que apoyó al Mensajero de Allah (s. a. w.), le dio valor y creyó sin vacilación en su profecía. Sobre esto, el Mensajero (s. a. w.) dijo: «A todo aquel a quien invité al islam le encontré algún grado de duda, excepto a Abu Bakr». Así, Abu Bakr se convirtió en el primer musulmán entre los hombres adultos libres.
Después de aceptar el islam, se dedicó junto al Mensajero de Allah (s. a. w.) a la labor de da‘wah, con el propósito de fortalecer sus fundamentos. Invitaba al islam a las tribus de los alrededores de La Meca. Durante la temporada del hach, iba de tienda en tienda invitando a la gente. Presentaba el islam y al Mensajero (s. a. w.) a quienes venían de fuera. De este modo, los árabes conocieron la religión transmitida por el Mensajero de Allah (s. a. w.) y creyeron en él. Gracias a su influencia personal y a sus esfuerzos, muchos aceptaron el islam, entre ellos destacados jóvenes de Quraish de aquella época, como Uthman, Zubair, Abdur Rahman, Sa‘d y Talha.
Cuando el Mensajero de Allah (s. a. w.) proclamó públicamente su misión profética, Abu Bakr poseía cuarenta mil dírhams. Donó toda su riqueza como waqf por el islam. Con ese dinero compró y liberó a los esclavos y esclavas de los quraishíes que sufrían humillaciones y torturas por haber aceptado el islam. Trece años después, cuando emigró con el Mensajero de Allah (s. a. w.) a Medina, solo le quedaban dos mil quinientos dírhams de aquella suma. En poco tiempo, también gastó los dírhams restantes por el islam. Bilal, Jabbab, Ammar, Sumayya —la madre de Ammar—, Suhaib, Abu Fukaiha y otros esclavos y esclavas obtuvieron la libertad de las cadenas de la esclavitud con el dinero de Abu Bakr. Por eso, más tarde, el Mensajero de Allah (s. a. w.) dijo: «He correspondido a los favores de todas las personas. Pero los favores de Abu Bakr son de tal magnitud que soy incapaz de corresponderlos. Allah le dará su recompensa. Ninguna riqueza me ha beneficiado tanto como la suya».
Cuando muchos, al oír de boca del Mensajero de Allah (s. a. w.) el relato del Mi‘ray, vacilaban entre creer y no creer, él creyó con un corazón completamente libre de dudas. Hazrat Hasan (r. a.) dijo: «Al oír lo del Mi‘ray, numerosos musulmanes abandonaron el islam. La gente acudió a Abu Bakr y le dijo: “Abu Bakr, ¿crees a tu amigo? Dice que anoche fue a Bayt al-Maqdis, rezó allí y luego regresó a La Meca”».
Abu Bakr dijo: «¿Acaso no le creéis?». Ellos respondieron: «Sí; ahí está sentado en la mezquita diciéndoselo a la gente». Abu Bakr dijo: «Por Allah, si él lo ha dicho, ha dicho la verdad. ¿Qué tiene de sorprendente? Él me dice que recibe revelación de Allah. La revelación le llega del cielo en un solo instante, y yo también creo en eso que dice. El acontecimiento que os sorprende es aún más extraordinario que eso». Luego se presentó ante el Mensajero de Allah (s. a. w.). Le preguntó: «Oh, Profeta de Allah, ¿les estás diciendo a las personas que anoche viajaste a Bayt al-Maqdis?». Él respondió: «Sí». Abu Bakr dijo: «Has dicho la verdad. Doy testimonio de que eres, sin duda, el Mensajero de Allah». El Mensajero de Allah (s. a. w.) dijo: «Oh, Abu Bakr, tú eres as-Siddiq». Así, Abu Bakr recibió el título de «as-Siddiq».
En La Meca, el Mensajero de Allah (s. a. w.) tenía por costumbre ir a la casa de Abu Bakr cada mañana y cada tarde. Cuando necesitaba consultar algún asunto, lo consultaba con él. Cuando el Mensajero (s. a. w.) iba a algún lugar con el propósito de hacer da‘wah y tabligh, él normalmente también lo acompañaba.
Cuando la persecución de los politeístas contra los musulmanes alcanzó su punto culminante, una vez decidió emigrar a Abisinia, pero un jefe tribal llamado Ibn al-Daghinah lo disuadió de esa decisión. Este le garantizó protección frente a los qurayshitas con la condición de que Abu Bakr no ofreciera la salat públicamente. Sin embargo, con el paso del tiempo le resultó imposible cumplir esa condición. Entonces devolvió la protección de Ibn al-Daghinah y se preparó, con plena satisfacción, para afrontar la misma situación que los demás hermanos musulmanes.
El sacrificio, la inteligencia, la paciencia y la amistad de Abu Bakr durante aquel difícil momento de la hégira del Mensajero de Allah permanecerán imborrables en la historia para siempre. Su compañía fue mencionada claramente en el Sagrado Corán. Ibn Ishaq relata: «Cuando Abu Bakr pidió al Mensajero de Allah permiso para emigrar, el Mensajero de Allah le decía: “No te apresures; quizá Allah te proporcione un compañero de viaje”. Al oír esto, Abu Bakr pensaba que el Mensajero de Allah se refería a sí mismo. Por ello, desde entonces compró dos camellos y los cuidó con esmero, con la esperanza de que pudieran serle útiles cuando llegara el momento de emigrar».
La Madre de los Creyentes, Aisha, relata: el Mensajero de Allah visitaba la casa de Abu Bakr al menos una vez al día. El día en que recibió permiso para emigrar, vino a nuestra casa al mediodía, una hora a la que nunca solía venir. En cuanto lo vio, Abu Bakr exclamó: «Sin duda ha sucedido algo; de lo contrario, el Mensajero de Allah no habría venido a esta hora». Cuando entró en la casa, Abu Bakr se apartó hacia un extremo de su lecho. En la casa de Abu Bakr no había entonces nadie aparte de mi hermana Asma y de mí. El Mensajero de Allah dijo: «Haz que se alejen de mí los demás que están aquí contigo». Abu Bakr respondió: «Oh, Mensajero de Allah, no hay nadie más que mis dos hijas. ¿Qué te ha ocurrido?». El Mensajero de Allah dijo: «Allah me ha dado permiso para emigrar». Abu Bakr preguntó: «¿Podré acompañarte?». El Mensajero de Allah respondió: «Sí, podrás». Aisha dice: «Antes de aquel día no sabía que una persona pudiera llorar de tanta alegría. Ese día vi llorar a Abu Bakr». Entonces Abu Bakr dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Mira, he preparado estos dos camellos precisamente para este propósito».
Contrataron y llevaron consigo a Abdullah ibn Urayqit para que les mostrara el camino. Era politeísta, pero digno de confianza. En la oscuridad de la noche salieron por la puerta trasera de la casa de Abu Bakr y se refugiaron en una cueva del monte Zawr, en la parte baja de La Meca. Ibn Hisham relata, transmitiendo de Hasan al-Basri: llegaron de noche a la cueva del monte Zawr. Antes de que entrara el Mensajero de Allah, Abu Bakr entró en la cueva y comprobó si había allí algún animal salvaje, serpientes o escorpiones. Se expuso a aquel riesgo con el único propósito de proteger al Mensajero de Allah de cualquier peligro.
Después del fallecimiento de la Madre de los Creyentes Jadiya en La Meca, cuando Abu Bakr vio al Mensajero de Allah afligido, le entregó en matrimonio, con gran devoción y respeto, a su joven hija Aisha. Él mismo pagó también la dote.
Después de la hégira participó junto al Mensajero de Allah en todas las expediciones. No se vio privado de participar en ninguna de ellas.
En la expedición de Tabuk fue el abanderado del ejército musulmán. Durante aquella expedición, en respuesta a la petición del Mensajero de Allah, le entregó todo el dinero y los bienes que tenía en casa. El Mensajero de Allah le preguntó: «¿Has dejado algo en casa para tus hijos?». Respondió: «Para ellos, Allah y Su Mensajero son suficientes».
Después de la conquista de La Meca, en el noveno año de la hégira, el Mensajero de Allah nombró a Abu Bakr «Amir al-Hayy» para dirigir la primera peregrinación islámica. Durante la enfermedad final del Mensajero de Allah, por orden de este, Abu Bakr asumió la responsabilidad de dirigir la oración en la Mezquita del Profeta. En resumen, mientras vivió el Mensajero de Allah, Abu Bakr desempeñó el papel de su visir y consejero.
Después del fallecimiento del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— le sucedió. El título «Jalīfat Rasūl Allāh» se otorgó exclusivamente a él. A los califas posteriores se les concedió el título de «Amīr al-Mu’minīn».
El comercio era su profesión. En la época preislámica fue uno de los comerciantes acaudalados de Quraysh. Incluso después de aceptar el islam, continuó ejerciendo esta profesión para ganarse la vida. Sin embargo, después de convertirse en califa, se vio obligado a abandonar el comercio, pues la gran responsabilidad del califato recayó sobre sus hombros. Ante la insistencia de Umar y Abu Ubaida, y conforme a la decisión del consejo de la shura, aceptó recibir del Bayt al-Mal una asignación mínima, según sus necesidades. Su monto era de dos mil quinientos dírhams anuales. No obstante, antes de morir ordenó que se vendieran sus bienes muebles e inmuebles y que se devolviera todo el dinero recibido del Bayt al-Mal.
Cuando los compañeros quedaron completamente aturdidos al recibir la noticia del fallecimiento del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, cuando ni siquiera podían imaginar que el Mensajero pudiera haber muerto, incluso Umar —que Allah esté complacido con él— tomó una espada desenvainada y proclamó: «Mataré a quien diga que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— ha muerto». Incluso en un ambiente tan conmocionado, Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— permaneció sumamente firme e inconmovible. Dirigiéndose a la gente reunida, proclamó: «Quienes adoraban a Muhammad, sepan que Muhammad ha muerto. Pero quienes adoran a Allah, sepan que Allah es Eternamente Vivo y no muere». Luego recitó esta aleya: «Muhammad no es más que un Mensajero de Allah. Antes de él pasaron muchos mensajeros. Si muriera o fuera asesinado, ¿acaso volveríais sobre vuestros pasos? Quien vuelva sobre sus pasos no podrá perjudicar a Allah en absoluto. Y Allah recompensará pronto a quienes sean agradecidos».(Sura Āl Imrán–144) Al escuchar esta aleya de labios de Abu Bakr, la gente pareció recobrar la conciencia. Les pareció que era la primera vez que escuchaban aquella aleya. Así, con la firme intervención de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, quedó resuelto el primer grave problema que surgió inmediatamente después del fallecimiento del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—.
El amortajamiento y entierro del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— aún no se habían completado cuando la cuestión de su sucesión se volvió compleja. Los habitantes de Medina, especialmente los ansar, se reunieron en un lugar llamado Saqīfa Banī Sāʿida. Los ansar exigieron: «Puesto que nosotros dimos refugio al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y fortalecimos el débil islam a costa de nuestras vidas y bienes, alguien de entre nosotros debe suceder al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—». Los emigrantes no aceptaron esta exigencia. Dijeron: «Nosotros sembramos la semilla del islam y nosotros mismos la regamos. Por tanto, somos más merecedores del califato». La situación tomó otro rumbo. Llamaron a Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—. En ese momento se encontraba junto al cuerpo sagrado del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Acudió y habló con serenidad. Ante sus argumentos y pruebas, los ansar cedieron. De este modo, mediante la inteligencia y el discernimiento de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, también se resolvió satisfactoriamente el segundo problema surgido tras el fallecimiento del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—.
Abu Bakr fue elegido califa. Después de convertirse en califa, pronunció un breve discurso ante los emigrantes y los ansar reunidos: «He sido nombrado califa contra mi voluntad. ¡Por Allah!, yo deseaba que otra persona de entre vosotros asumiera esta responsabilidad. Quiero recordaros que, si deseáis que mi conducta sea como la del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, debéis considerarme incapaz de alcanzar tal nivel. Él era un profeta, protegido de los errores. Yo no poseo ninguna distinción especial como la suya. Soy un hombre común. No puedo pretender ser mejor que cualquiera de vosotros, que sois personas comunes. Si me veis actuar correctamente, ayudadme. Si me veis desviarme, advertidme». Aquel primer breve discurso, en el que estableció los principios de gobierno, permanecerá para siempre como un ejemplo digno de imitación para todos los estadistas del mundo.
Otra manifestación de la ilimitada firmeza de su carácter se produjo cuando, inmediatamente después del fallecimiento del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, envió el ejército de Usama ibn Zayd. Poco antes del fallecimiento del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, este había preparado un ejército para vengar la sangre de Zayd ibn Haritha, Ya‘far ibn Abi Talib y Abdullah ibn Rawaha —que Allah esté complacido con ellos—, quienes habían alcanzado el martirio en la expedición de Mu’ta. Nombró comandante de este ejército al joven Usama ibn Zayd. Por orden del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, Usama partió con su ejército hacia Siria. En cuanto salieron de Medina, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— enfermó. Acamparon en las afueras de Medina y el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— enfermó. Acamparon en las afueras de Medina y permanecieron esperando su recuperación. Pero el Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— falleció a causa de esa enfermedad. Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— se convirtió en califa. Mientras tanto, tras difundirse por la península arábiga la noticia del fallecimiento del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, diversas fuerzas del mal comenzaron a alzarse en distintas regiones. Algunos abandonaron el islam, otros se negaron a pagar el zakat y otros llegaron a reivindicar la profecía. En una situación tan extrema, muchos aconsejaron suspender el envío del ejército de Usama. Pero Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— rechazó tajantemente este consejo. Si hubiera vacilado o se hubiera retrasado en enviar este ejército, habría sido la primera desobediencia a la orden del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— después de asumir la responsabilidad del califato. Pues, durante su enfermedad final, había ordenado al ejército de Usama ponerse en marcha.
Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) se mantuvo firme en su decisión de enviar el ejército de Usama. Entonces, un grupo de los ansar exigió que, al menos, se retirara a Usama del cargo de comandante y se nombrara en su lugar a otro sahabi de mayor edad. Cabe señalar que Usama tenía entonces apenas veinte años. Umar presentó la propuesta en nombre de todos. Al escucharla, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) montó en cólera. Agarró a Umar (que Dios esté complacido con él) por la barba y dijo: «¿Acaso Abu Bakr va a destituir a quien nombró el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él)?». Así rechazó la propuesta.
Umar también era uno de los soldados de este ejército de Usama. Sin embargo, para el nuevo califa era entonces sumamente necesario que permaneciera en Medina. Si el califa hubiera querido, podría haberle ordenado directamente que se quedara en Medina. Pero, sin interferir en la autoridad de Usama, le pidió que dejara a Umar en Medina. Usama aceptó la petición del califa. Abu Bakr comprendía que el propio Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había nombrado a Usama. Por tanto, en este asunto, la autoridad de Usama estaba por encima de la suya. De este modo, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) puso en práctica debidamente la orden del Mensajero de Allah y se abstuvo incluso de la más mínima oposición a ella.
Después del fallecimiento del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), las tribus de Abas y Yubyan se negaron a pagar el zakat. El asunto fue objeto de consulta ante el califa. Muchos sahaba aconsejaron no emprender una campaña militar contra ellas. Pero Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) permaneció firme. Dijo: «¡Por Allah! Si alguien se niega ahora a entregar siquiera la cría de camello que se entregaba como zakat en la época del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), le declararé la guerra».
Algunas personas afirmaban falsamente ser profetas. Abu Bakr (que Dios esté complacido con él), con un valor y una firmeza infinitos, dirigió campañas contra esos falsos profetas y frustró todas las conspiraciones contra el islam. Por ello, los historiadores han comentado: después de la ayuda y el apoyo de Allah, si no hubiera existido la firmeza de Abu Bakr, quizá la historia de la nación musulmana se habría escrito de otro modo.
Esto fue posible porque en la naturaleza de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) se reunían dos cualidades aparentemente contradictorias: una firmeza ilimitada y la dulzura. Por ello, su carácter siempre mantenía un equilibrio. Cuando en la naturaleza de una persona está presente solo una de estas dos cualidades y falta la otra, existe un gran riesgo de que se pierda el equilibrio de su carácter. Pero, por la gracia de Allah, ambas cualidades estaban presentes por igual en su carácter. Aunque Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) era el líder de los musulmanes y el califa, llevaba una vida muy sencilla. A pesar de ser califa, recorría las calles de Medina para conocer la situación de la gente y, de vez en cuando, realizaba personalmente sus tareas particulares. Umar (que Dios esté complacido con él) cuenta: «Cada mañana hacía las labores domésticas en casa de una anciana. Un día, al presentarme en su casa como de costumbre, la anciana dijo: “Hoy no hay ningún trabajo. Una persona piadosa ha terminado las tareas antes que tú”. Más tarde, Umar descubrió que aquel hombre piadoso era Abu Bakr (que Dios esté complacido con él). A pesar de ser califa, iba de este modo a realizar las labores de una anciana huérfana. Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) dirigió el califato durante apenas unos dos años y medio. Sin embargo, este breve periodo se considera sumamente importante en la historia del islam. Su contribución más destacada después del fallecimiento del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fue mantener la unidad y la cohesión de la umma musulmana y eliminar las rebeliones de Arabia. Estableció el Estado y el gobierno sobre bases tan sólidas que los musulmanes se atrevieron a declarar la guerra a las dos superpotencias, Irán y Roma, y en poco tiempo conquistaron muchos de sus territorios.
Otra contribución de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) fue la recopilación y preservación del Noble Corán. Durante la primera etapa de su califato estallaron rebeliones en diversos lugares de Arabia. Al sofocarlas, varios cientos de memorizadores del Corán alcanzaron el martirio. Tan solo en la batalla contra Musaylima el Mentiroso murieron setecientos memorizadores. Después, siguiendo el consejo de Umar, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) recopiló todo el Corán en forma de libro en un solo ejemplar y lo conservó consigo. En la historia, este ejemplar original del Corán es conocido como el «Musحف al-Siddiqi». Los ejemplares del Corán que se realizaron posteriormente, durante la época de Uthman (que Dios esté complacido con él), no fueron sino copias del «Musحف al-Siddiqi».
En el Noble Corán y en las palabras del Mensajero se ha proclamado en numerosas ocasiones y lugares la ilimitada dignidad y el honor de Abu Bakr.
Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) narró hadices del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El erudito al-Dhahabi ha mencionado en la obra ‘Tazkirat al- Huffaz’ que era sumamente cauteloso al narrar hadices. Debido a su extrema cautela, el número de hadices que narró es muy reducido en comparación con el de otros. Umar, Uthman, Abd al-Rahman ibn Awf, Ibn Masud, Ibn Umar, Ibn Amr, Ibn Abbas, Hudhayfa, Zayd ibn Thabit, Uqba, Maaqal, Anas, Abu Huraira, Abu Umama, Abu Baraza, Abu Musa y sus dos hijas, Aisha y Asma, entre otros sahaba, narraron hadices de él. También narraron de él destacados tabiun.
El 7 de Yumada al-Ujra del año 13 de la Hégira, Abu Bakr (que Dios esté complacido con él) cayó enfermo de fiebre. Después de permanecer enfermo durante quince días, falleció el 21 de Yumada al-Ujra del año 13 de la Hégira, correspondiente a agosto de 634 d. C. Fue enterrado en la habitación de Aisha (que Dios esté complacido con ella), un poco al este, junto al Profeta (que Dios le bendiga y le conceda paz). Desempeñó la responsabilidad del califato durante dos años, tres meses y diez días.
’Umar ibn al-Jattab ((que Dios esté complacido con él))
Su nombre era Umar, su sobrenombre era al-Faruq y su kunya, Abu Hafs. Su padre era Jattab y su madre, Hantama. Pertenecía al clan Adi de la tribu de Quraysh. Por medio de un antepasado llamado Ka’b, octavo antepasado de Umar, su linaje se unía al linaje del Mensajero de Dios (que Dios le bendiga y le conceda paz). Su padre, Jattab, era una personalidad destacada de Quraysh. Su madre, Hantama, era hija del célebre comandante de Quraysh, Hisham ibn al-Mughira. Jalid ibn al-Walid, uno de los más grandes comandantes del islam, era nieto de al-Mughira. Al pie del monte Aqib, en La Meca, se encontraba en la época de la ignorancia la residencia de los Banu Adi ibn Ka’b. Allí estaba también la vivienda de Umar. En la época islámica, el monte recibió, en honor al nombre de Umar, el nombre de «monte de Umar», es decir, «el monte de Umar».(Tabaqat de Ibn Sa’d 3/66) Zayd ibn Nufayl, primo paterno de Umar, fue uno de aquellos que, antes de la aparición del Noble Mensajero de Dios, abandonaron la idolatría por medio de su propio discernimiento y se hicieron monoteístas en la Arabia de la época de la ignorancia.
Nació trece años después del nacimiento del Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Al morir, también tenía la misma edad que el Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él): 63 años. Sin embargo, existe discrepancia entre los historiadores acerca del año de su nacimiento y del año en que aceptó el islam.
Tenía la tez clara y pálida, la cabeza calva, las mejillas enjutas, una barba espesa, ambos lados del bigote largos y gruesos, y una complexión alta. Incluso entre mil personas, se le veía como el más alto de todos.
No se sabe mucho sobre su nacimiento y su infancia. Ibn Asakir cita en su Tārīkh una narración transmitida por Amr ibn al-As (que Dios esté complacido con él). Según ella, un día Amr ibn al-As estaba sentado con varios amigos cuando oyó un gran alboroto. Al investigar, se enteró de que a al-Jattab le había nacido un hijo. Basándose en esta narración, parece que con motivo del nacimiento de Umar (que Dios esté complacido con él) se celebró un gran festejo.
Su juventud también es, en gran medida, desconocida. ¿Quién habría sabido que aquel joven común y obstinado se convertiría un día en al-Fārūq al-Aʿẓam? Durante la adolescencia, el padre de ʿUmar lo puso a trabajar como pastor de camellos. Él pastoreaba camellos en un lugar llamado Dajnan, cerca de La Meca. Una vez, durante su califato, al atravesar aquel campo, recordó ante sus compañeros su infancia de este modo: «Hubo un tiempo en que, vestido con una prenda de lana, pastoreaba bajo el intenso sol los camellos de Jattab. Jattab era un hombre sumamente severo y áspero. Cuando me cansaba y me detenía a descansar un poco, mi padre me golpeaba cruelmente. Pero hoy ha llegado para mí un día en que, aparte de Allah, ya no hay nadie que tenga autoridad sobre mí». (Ṭabaqāt: 3/266–-67)
Desde el comienzo de su juventud, dominó las materias que eran indispensables para los árabes nobles de aquella época, como el arte de la guerra, la lucha, la oratoria y el conocimiento de las genealogías, entre otras. Adquirió la ciencia de las genealogías, o nasab-nāma, por herencia. Tanto su padre como su abuelo eran especialmente versados en esta disciplina. Fue uno de los mejores luchadores de su época. Luchaba en la feria de ʿUkāẓ, en Arabia. El ʿAllāma al-Yubayānī dijo: «ʿUmar era un luchador extraordinario». Fue un célebre jinete de los árabes de la época de la ignorancia. El ʿAllāma al-Jāḥiẓ dijo: «Cuando ʿUmar montaba a caballo, parecía que su cuerpo se hubiera fusionado con la piel del caballo». (Al–Bayān wa al-Tabyīn) También poseía talento poético. Se sabía de memoria casi todos los poemas de los poetas célebres de su tiempo. En realidad, fue él quien fundó la corriente científica de la crítica de la poesía árabe. Al leer sus opiniones sobre la lengua y la literatura, se puede apreciar hasta qué punto dominaba estos campos. La elocuencia era una cualidad innata en él. Durante su juventud aprendió algo de lectura y escritura. Al-Balādhurī escribió: «Cuando el Noble Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, recibió la profecía, en todo el clan de Quraysh solo había diecisiete personas que sabían leer y escribir. ʿUmar era una de ellas».
El comercio era una profesión honorable entre los árabes de la época de la ignorancia. ‘Umar también comenzó a comerciar y alcanzó un considerable progreso en ello. Gracias a sus negocios, tuvo la oportunidad de viajar a países lejanos y relacionarse con muchas sociedades de personas sabias y distinguidas. Mas‘udi dice: «‘Umar —que Dios esté complacido con él— viajaba durante la época de la ignorancia a Siria e Irak por motivos comerciales. Así tuvo la oportunidad de relacionarse con muchos reyes y soberanos árabes y no árabes». Shibli Nu‘mani dice: «Ya durante la época de la ignorancia, la fama de ‘Umar se había extendido por toda Arabia. Por eso, los quraysh siempre lo designaban para las misiones diplomáticas. Cuando surgía una disputa con otras tribus, lo enviaban como emisario para resolverla».(Al–Faruq: 14)
La conversión de ‘Umar al islam fue un acontecimiento fascinante. Gracias a Zayd, su primo, el mensaje del monoteísmo no era completamente nuevo en su familia. El primero de ellos en aceptar el islam fue Sa‘id, hijo de Zayd. Sa‘id se casó a su vez con Fátima, hermana de ‘Umar. Fátima también aceptó el islam junto con su esposo. Otro personaje distinguido de la familia de ‘Umar, Nu‘aym ibn ‘Abd Allah, también aceptó el islam. Pero hasta entonces ‘Umar no sabía absolutamente nada acerca del islam. Cuando oyó hablar de él por primera vez, ardió de ira. Se convirtió en el más acérrimo enemigo de quienes habían aceptado el islam dentro de su familia. Entretanto, se enteró de que una de sus esclavas, llamada Labina, también había aceptado el islam. Sometió a una cruel persecución a todos aquellos sobre quienes tenía autoridad. Finalmente decidió que había que eliminar de este mundo al propio Muhammad —que Dios lo bendiga y le conceda la paz—, el principal propagador del islam. Dicho y hecho.
Se narra de Anas ibn Malik: «‘Umar avanzaba con la espada colgada del hombro. En el camino se encontró con un hombre de los Banu Zuhra (según otra versión, Nu‘aym ibn ‘Abd Allah). Este le preguntó: “¿Adónde vas, ‘Umar?”. Respondió: “A acabar con Muhammad”. El hombre dijo: “Después de acabar con Muhammad, ¿cómo escaparás de las manos de los Banu Hashim y los Banu Zuhra?”. Al oír esto, ‘Umar exclamó: “Parece que tú también has abandonado la religión de tus antepasados y te has convertido en un infiel”. El hombre dijo: “¡‘Umar, escucha una noticia asombrosa! Tu hermana y tu cuñado se han convertido en infieles. Han abandonado tu religión”. (En realidad, la intención del hombre era desviar a ‘Umar de su objetivo.) Al oír aquello, ‘Umar, enloquecido de ira, corrió hacia la casa de su hermana y su cuñado. Llamó a la puerta de la casa de ‘Umar —que Dios esté complacido con él—. En ese momento, ambos estaban aprendiendo el Corán de Jabbab ibn al-Aratt. Al percibir la llegada de ‘Umar, Jabbab se ocultó en otra habitación de la casa. ‘Umar preguntó primero a su hermana y a su cuñado: “¿Qué era ese murmullo que oí aquí?”. Ellos estaban recitando la sura Ta-Ha del Corán. Respondieron: “Estábamos conversando entre nosotros”. ‘Umar dijo: “Probablemente ambos os habéis apostatado”. Su cuñado respondió: “¿Qué harías, ‘Umar, si la verdad estuviera en algún lugar distinto de tu religión?”. ‘Umar se abalanzó sobre su cuñado y comenzó a pisotearlo brutalmente con ambos pies. Cuando su hermana acudió para salvar a su esposo, ‘Umar la agarró y la golpeó con tal violencia que su rostro quedó cubierto de sangre. Su hermana, exaltada por la ira, exclamó: “Si la verdad se encuentra fuera de tu religión, entonces doy testimonio de que no hay ninguna divinidad sino Dios, y doy también testimonio de que Muhammad es el Mensajero de Dios”.
Desde algunos días antes de este acontecimiento, se había producido un cambio en ‘Umar. Los quraysh habían sometido a los musulmanes de La Meca a una cruel persecución y tortura, pero no habían logrado hacer que ninguno de ellos regresara. Los musulmanes lo soportaron todo en silencio. Cuando fue necesario, abandonaron sus hogares, pero no abandonaron el islam. Esto había sacudido el corazón de ‘Umar. Se debatía en medio de la duda y la incertidumbre. Pero aquel día, la sangre en el rostro de su querida hermana y su testimonio de la verdad le dieron tal sacudida que todas sus dudas y conflictos se disiparon como alcanfor. En un instante, su corazón se iluminó con la luz de la verdad. Tras purificarse, tomó de manos de su hermana el pasaje de la sura Ta-Ha y comenzó a leerlo. Al terminar, dijo: “Llevadme ante Muhammad —que Dios lo bendiga y le conceda la paz—”. Al oír estas palabras de ‘Umar, Jabbab salió por fin de su escondite en la casa. Dijo: “¡Albricias, ‘Umar! El jueves por la noche el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda la paz— oró por ti. Espero que su súplica haya sido aceptada. Dijo: ‘¡Oh Dios, fortalece el islam mediante ‘Umar ibn al-Jattab o mediante ‘Amr ibn Hisham!’”. Jabbab añadió: “El Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda la paz— se encuentra ahora en Dar al-Arqam, al pie de Safa”.
Umar se dirigió a Dar al-Arqam. Hamza y Talha, junto con algunos otros compañeros, estaban vigilando entonces la puerta de la casa de Al-Arqam. Al ver a Umar, se alarmaron. Sin embargo, Hamza los tranquilizó diciendo: «Si Allah quiere el bien de Umar, aceptará el islam y se convertirá en seguidor del Mensajero. De lo contrario, nos será muy fácil matarlo». El Mensajero (s. a.) estaba dentro de la casa. En ese momento estaba recibiendo la revelación. Poco después salió y se acercó a Umar. Lo agarró firmemente por la ropa y la empuñadura de su espada, y le dijo: «Umar, ¿no vas a desistir?» … Luego suplicó: «¡Oh Allah! Umar está ante mí. ¡Oh Allah! Fortalece la religión por medio de Umar». Umar exclamó: «Doy testimonio de que usted es el Mensajero de Allah». Al aceptar el islam, instó: «¡Oh Mensajero de Allah, salga de la casa!» (Ṭabaqāt al- Kubrā/Ibn Sa’d 3/267–69) Este acontecimiento tuvo lugar en el sexto año de la misión profética.
El imán al-Zuhri narra: «Umar aceptó el islam después de que el Mensajero de Allah (s. a.) entrara en Dar al-Arqam. Antes que él, habían aceptado el islam un total de cuarenta personas, hombres y mujeres, o algo más de cuarenta. Después de que Umar aceptara el islam, llegó Gabriel (a. s.) y dijo: “Muhammad, los habitantes del cielo se han alegrado por la aceptación del islam de Umar”».(Ṭabaqāt: 3/269)
La aceptación del islam por parte de Umar inauguró un nuevo capítulo en la historia del islam. Aunque para entonces ya habían aceptado el islam entre cuarenta y cincuenta personas, entre ellas también estaba Hamza, los musulmanes no estaban seguros ni siquiera de declararse musulmanes, mucho menos de ir a la Kaaba a rezar. Esta situación cambió en cuanto Umar aceptó el islam. Proclamó públicamente el islam y comenzó a rezar en la Kaaba junto con los demás.
‘Umar dijo: La misma noche en que acepté el islam, pensé quién sería el enemigo más acérrimo del Mensajero de Allah entre los habitantes de La Meca. Iría personalmente a informarle de mi conversión al islam. Pensé que Abu Yahl era el mayor enemigo. Al amanecer, llamé a su puerta. Abu Yahl salió y preguntó: «¿Qué te trae por aquí?». Respondí: «He venido a informarle de que he creído en Allah y en Su Mensajero Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, y que he aceptado las normas y el mensaje que él trajo». Apenas oyó esto, me cerró la puerta en la cara y dijo: «¡Que Allah te cubra de deshonra, y que cubra de deshonra también la noticia que has traído!» (Sira de Ibn Hisham)
De este modo, por primera vez, el poder pagano de La Meca se enfrentó a un desafío abierto. Sa‘id ibn al-Musayyib dijo: «Después de que él aceptara el islam, el islam se manifestó abiertamente en La Meca». ‘Abdullah ibn Mas‘ud dijo: «En cuanto ‘Umar aceptó el islam, comenzó a enfrentarse con los qurayshíes. Finalmente, logró rezar en la Kaaba. Y todos rezamos junto a él». Suhayb ibn Sinan dijo: «Después de que él aceptara el islam, nos sentábamos reunidos junto a la Kaaba, dábamos las vueltas rituales alrededor de ella, tomábamos represalias contra quien nos tratara con rudeza y rechazábamos cualquier ataque contra nosotros. (Tabaqat: 3/269)Por ello, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le otorgó el título de «al-Faruq». Esto se debió a que, por causa suya, surgió una separación manifiesta entre el islam y la incredulidad. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Allah ha establecido la verdad en la lengua y el corazón de ‘Umar. Por eso es al-Faruq. Allah distinguió mediante él entre la verdad y la falsedad. (Tabaqat: 3/270)
El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó emigrar a Medina a quienes en La Meca habían quedado abrumados por la persecución de los idólatras. Después de que Abu Salama, ‘Abdullah ibn Ashhal, Bilal y ‘Ammar ibn Yasir emigraran a Medina, ‘Umar partió hacia allí acompañado de veinte familiares y amigos. Entre esos veinte se encontraban su hermano Zayd, su sobrino Sa‘id y su yerno Khunays. En la aldea de Quba, en las afueras de Medina, se refugió en la casa de Rifa‘a ibn ‘Abd al-Mundhir.
Había una diferencia particular entre la emigración de ʿUmar y la de los demás. La emigración de los demás se realizó en secreto, sin que nadie lo supiera. En cambio, la emigración de ʿUmar fue pública. En ella había un desafío y una rebelión contra los qurayshíes. Antes de partir de La Meca hacia Medina, primero realizó el tawaf alrededor de la Kaaba. Después fue al lugar de reunión de los qurayshíes y anunció: «Me dirijo a Medina. Si alguien quiere hacer que su madre vista luto por la pérdida de su hijo, que se enfrente a mí en el otro extremo de este valle». Tras lanzar semejante desafío, tomó directamente el camino de Medina. Sin embargo, nadie se atrevió a aceptar el desafío.(Historia de la umma islámica:–islámica: Jidrí Bek, 1/198)
A través de diversos relatos se sabe que el Mensajero de Allah estableció en distintas ocasiones una relación de hermandad religiosa entre ʿUmar y varias personas. Abu Bakr al-Siddiq, Uways ibn Saʿida, Itban ibn Malik y Muʿadh ibn ʿAfra —que Allah esté complacido con ellos— fueron hermanos religiosos de ʿUmar. Sin embargo, está confirmado que, después de su emigración a Medina, se estableció su hermandad religiosa con Itban ibn Malik, jefe de los Banu Salim.(Las طبقات: 3/272)
Desde el primer año de la Hégira hasta el fallecimiento del Noble Mensajero, la vida activa de ʿUmar —que Allah esté complacido con él— fue, en realidad, una parte de la vida llena de actividad del Noble Mensajero. No hubo ninguna de las guerras que el Mensajero tuvo que librar, de los tratados que tuvo que concertar, de las normas que tuvo que establecer ocasionalmente ni de los métodos que tuvo que adoptar para propagar el islam que se llevara a cabo sin la participación activa de ʿUmar. Por eso, al escribir un relato detallado de estos acontecimientos, este se convierte más en una biografía del Noble Mensajero que en una biografía de ʿUmar. Su vida llena de actividades estaba íntimamente ligada a la vida del Noble Mensajero.
ʿUmar participó junto al Mensajero de Allah en todas las batallas, incluidas Badr, Uhud y Jandaq. Además, dirigió varias sarāyā (pequeñas expediciones en las que el Mensajero de Allah no estaba presente personalmente). Desde el asesoramiento y el mando de las tropas en la batalla de Badr hasta todos los demás ámbitos, colaboró firmemente con el Noble Mensajero. Fue precisamente su consejo sobre los prisioneros de la batalla de Badr el que agradó a Allah. Su papel especial en esta batalla fue el siguiente:
1. En esta batalla participaron personas de cada rama de la tribu de Quraysh; sin embargo, ni una sola persona de los Banu ʿAdi, es decir, del clan de ʿUmar, participó. Esto ocurrió gracias a la influencia de ʿUmar.
2. En esta batalla, un total de doce hombres de su tribu y de sus aliados pactados se unieron, junto con ʿUmar, al bando contrario al islam.
3. En esta batalla, Hazrat Umar mató con su propia mano a su tío materno, Asi ibn Hisham. Mediante este asesinato, fue el primero en demostrar que, en el camino de la verdad, la influencia de los parientes y seres queridos no puede prevalecer.
En la batalla de Uhud, Hazrat Umar también fue uno de los soldados de vanguardia. En cierto momento de la batalla, cuando las tropas musulmanas se enfrentaron a una catástrofe y el Mensajero, herido, se refugió con un pequeño grupo de compañeros en un lugar seguro de la montaña, el líder qurayshí Abu Sufyan se acercó y, llamando en voz alta por sus nombres a Muhammad, Abu Bakr, Umar y otros, preguntó: «¿Seguís vivos?». Por indicación del Mensajero, nadie respondió a Abu Sufyan. Al no recibir respuesta, Abu Sufyan anunció: «Sin duda, todos han muerto». Estas palabras hirieron el orgullo varonil de Umar. No pudo permanecer callado y exclamó: «¡Oh, enemigo de Allah! Todos estamos vivos». Abu Sufyan dijo: «¡Uʿlu Hubal! ¡Victoria para Hubal!». Por indicación del Mensajero de Allah, Umar respondió: «Allah es más Elevado y más Glorioso».
Umar también desempeñó un papel activo en la batalla del Foso. Se le encargó proteger un punto estratégico del Foso. Incluso hoy existe allí una mezquita que lleva su nombre y proclama el recuerdo de su hazaña. Un día, durante esta batalla, estuvo tan ocupado con la defensa que estuvo a punto de perder la oración de Asr. El Mensajero lo consoló diciéndole: «Por estar ocupado, yo tampoco he podido realizar la oración hasta ahora». (Al-–Faruq: Shibli Nu’mani: 25)
Incluso antes del juramento de Hudaybiyya, Hazrat Umar comenzó a prepararse para la batalla. Envió a su hijo Abdullah a traer un caballo de un ansarí. Este regresó e informó: «La gente está prestando juramento de fidelidad al Mensajero de Allah». Umar estaba entonces ataviado para la batalla. En ese estado, corrió y prestó juramento de fidelidad ante el Mensajero de Allah.
Las condiciones del tratado de Hudaybiyya parecieron humillantes para los musulmanes a primera vista. Umar se exaltó. Primero presentó su protesta contra el tratado ante Abu Bakr y después ante el propio Mensajero de Allah. El Mensajero de Allah dijo: «Soy el Mensajero de Allah. No hago nada sin la orden de Allah». Umar se calmó y se arrepintió. Ayunando ayunos voluntarios, rezando, liberando esclavos y dando limosnas, ofreció la expiación por su atrevimiento.
En Jaybar había muchas fortalezas bien protegidas de los judíos. Varias fueron conquistadas fácilmente, pero dos no pudieron ser conquistadas de ninguna manera. El Mensajero envió a Abu Bakr el primer día y a Umar el segundo para conquistar las dos fortalezas. Ambos regresaron sin éxito. El tercer día, el Mensajero anunció: «Mañana entregaré el estandarte a un hombre por cuya mano Allah concederá la victoria». Al día siguiente, los nobles compañeros se presentaron ante el Mensajero de Allah armados. Todos deseaban alcanzar ese honor. Umar dijo: «Salvo en esta ocasión en Jaybar, nunca he anhelado el mando de un ejército ni el liderazgo». Ese día, Ali, el León de Allah, se apoderó de aquel honor.
Las tierras conquistadas de Jaybar fueron distribuidas entre los combatientes por la causa de Allah. Hazrat Umar consagró como waqf, para la causa de Allah, la parte que le correspondió. Este fue el primer waqf de la historia del islam. (Al-–Faruq: 30)
Durante la conquista de La Meca, Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) acompañó al Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) como una sombra. Cuando Abu Sufyan, el archienemigo del islam, acudió para rendirse, Umar pidió al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz): «Permíteme acabar con él ahora mismo». Ese día, los hombres de La Meca prestaban juramento de fidelidad al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), y las mujeres lo prestaban ante Umar, siguiendo las instrucciones del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz).
Hazrat Umar también participó en la expedición de Hunayn y luchó con gran valentía. En esta batalla, el intenso ataque de los incrédulos hizo que el ejército musulmán, compuesto por doce mil hombres, se dispersara. Ibn Ishaq dice: solo unos pocos héroes de los muháyirun y los ansar permanecieron firmes junto al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) en aquel momento de peligro. Entre ellos destacaban especialmente Abu Bakr, Umar y Abbas (que Allah esté complacido con ellos).
Durante la expedición de Tabuk, en respuesta a la petición del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él) puso en sus manos la mitad de todos sus bienes.
Al oír la noticia del fallecimiento del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), Hazrat Umar permaneció sentado, aturdido, durante un rato. Después se dirigió frente a la Mezquita del Profeta, desenvainó su espada y proclamó: «Quien diga que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) ha fallecido, le partiré la cabeza en dos». Este hecho permite comprender fácilmente la magnitud de su devoción y amor por el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz).
Después del fallecimiento del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), tras un largo debate en la Saqifa de Banu Saida, Umar tomó rápidamente la decisión de prestar juramento de fidelidad al califato de Hazrat Abu Bakr. Así, la gran crisis en torno a la elección del califa quedó resuelta con facilidad.
Cuando el califa Hazrat Abu Bakr comprendió que se acercaba el final de su vida, consideró beneficioso designar a su sucesor antes de morir. A sus ojos, Umar (que Allah esté complacido con él) era la persona más cualificada para el califato. No obstante, consideró apropiado consultar el asunto con los Compañeros de alto rango. Llamó a Abd al-Rahman ibn Awf (que Allah esté complacido con él) y le dijo: «Dígame su opinión sobre Umar». Él respondió: «Es mejor que cualquier otra persona, pero tiene cierta dureza de carácter». Abu Bakr dijo: «Eso se debe a que me ha visto indulgente; cuando la responsabilidad del califato recaiga sobre sus hombros, esa dureza disminuirá considerablemente». Después, Abu Bakr le pidió que no revelara a nadie el asunto que habían tratado. A continuación, llamó a Uthman ibn Affan y le dijo: «Abu Abdillah, dígame su opinión sobre Umar». Uthman respondió: «Usted lo conoce mejor que yo». Abu Bakr dijo: «Aun así, dígame su opinión». Uthman respondió: «Por lo que sé de él, su interior es mejor que su exterior. No hay entre nosotros otro igual a él». Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) le pidió que mantuviera en secreto el asunto tratado entre ambos y luego lo despidió.
Una vez terminadas las consultas con distintas personas, llamó a Uthman ibn Affan y le dictó: «En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. Este es el compromiso de Abu Bakr ibn Abi Quhafa con los musulmanes. Amma ba’d…». Después de pronunciar estas palabras, perdió el conocimiento. Entonces Uthman ibn Affan añadió por su propia iniciativa: «He designado para vosotros como califa a Umar ibn al-Jattab y no he escatimado ningún esfuerzo en procurar vuestro bienestar en este asunto». Luego Abu Bakr recobró el conocimiento. Le leyeron el texto escrito. Al oírlo todo, exclamó: «Allahu akbar» y dijo: «Temía que, si moría inconsciente, la gente provocara una disputa». Después dijo a Uthman: «Que Allah te recompense con el bien en nombre del islam y de los musulmanes».
Al-Tabari dice: Después, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) miró a la gente. En ese momento, su esposa Asma bint Umais lo sostenía. Dijo a los presentes: «¿Estáis satisfechos con la persona que he designado para vosotros? ¡Por Allah!, no he escatimado esfuerzos para consultar la opinión de la gente. No he nombrado para este cargo a ninguno de mis parientes cercanos. He designado a Umar ibn al-Jattab como vuestro califa. Escuchadlo y obedecedlo». Así comenzó el califato de Umar (que Allah esté complacido con él), el 22 de Yumada al-Thani del año 13 de la Hégira, correspondiente al 13 de agosto de 634 d. C.
No es posible exponer brevemente el método de gobierno estatal de Umar (que Dios esté complacido con él). En el corto período de diez años provocó la caída de todo el Imperio romano bizantino y del Imperio persa. Durante su época fueron conquistadas, incluyendo diversas regiones, un total de 1.036 ciudades. La instauración sistemática del gobierno islámico tuvo lugar principalmente durante su época. Todas las ramas del gobierno o del Estado surgieron durante su época. La fama de su gobierno y de su justicia se ha extendido entre los pueblos de todo el mundo como una leyenda.
Umar fue el primer califa que recibió el título de «Amir al-Muminin». Fue también el primero en establecer el calendario hégira, organizar la oración de tarawih en congregación, utilizar el durra o bastón para gobernar al pueblo, fijar ochenta latigazos como castigo por beber alcohol, conquistar numerosos reinos, fundar ciudades, establecer los distintos rangos del ejército y sus diversos batallones, elaborar el registro nacional o padrón de ciudadanos, nombrar cadíes y dividir el Estado en varias provincias.
Umar (que Dios esté complacido con él) era uno de los escribas del Mensajero de Dios. Dio en matrimonio a su hija, Hafsa, con el Mensajero de Dios (que Dios le bendiga y le conceda paz). Desempeñó el papel de ministro y consejero del Mensajero de Dios (que Dios le bendiga y le conceda paz) y de Abu Bakr (que Dios esté complacido con él). Tanto antes como después de aceptar el islam, el comercio fue su medio de subsistencia. Incluso después de asumir la pesada responsabilidad del califato, continuó comerciando durante varios años. Pero cuando más tarde eso se volvió imposible, los compañeros de alto rango, entre ellos Ali (que Dios esté complacido con él), deliberaron y fijaron para él una asignación anual de apenas ochocientos dírhams procedente del tesoro público. En el año 15 de la hégira, cuando se determinaron las asignaciones de otras personas procedentes del tesoro público, la suya también fue establecida en cinco mil dírhams, igual a la de los compañeros más destacados.
La actitud de Umar (que Dios esté complacido con él) respecto a los fondos del tesoro público era como la que se tiene respecto a los bienes de un huérfano. Así como el tutor de un huérfano conserva sus bienes, puede gastar lo necesario para el huérfano y para sí mismo, pero no puede derrocharlos. Si no los necesita, se abstiene de utilizar los bienes del huérfano y se limita a custodiarlos; y cuando el huérfano crece, le devuelve sus bienes. Esta actitud de Umar (que Dios esté complacido con él) hacia el tesoro público se reflejó siempre en sus actos y conducta.
Umar (que Dios esté complacido con él) siempre caminaba llevando en la mano un durra o bastón. Hasta Satanás huía al verlo.(Tadhkirat al- Huffaz)Sin embargo, eso no significa que fuera un tirano. Era un juez rigurosamente justo. Amaba a la gente de todo corazón, y la gente también lo amaba. La historia conserva numerosos relatos sobre su cuidado de sus súbditos.
Existen tantas alusiones y declaraciones explícitas en el Corán y los hadices acerca de las virtudes y el rango de Faruq al-Azam que no pueden exponerse en un breve artículo. Su posición ante Dios y Su Mensajero (que Dios le bendiga y le conceda paz) era muy elevada. Por ello se ha dicho: «Siempre se revelaron versículos del Corán en apoyo de todas las opiniones de Umar». Ali (que Dios esté complacido con él) comentó: «Jair al-ummati bada nabiyyiha Abu Bakr summa Umar: después del Profeta (que Dios le bendiga y le conceda paz), la mejor persona de la comunidad es Abu Bakr, y después Umar». Abdullah ibn Masud dijo: «La conversión de Umar al islam fue la victoria del islam. Su emigración fue la ayuda de Dios y su califato, la misericordia de Dios». Al observar todas las virtudes de Umar, el Noble Mensajero (que Dios le bendiga y le conceda paz) dijo: «Law kana badi nabiyyun lakana Umar: si hubiera habido un profeta después de mí, habría sido Umar». Esto se debía a que poseía los rasgos y características propios de los profetas.
Umar realizó una importante contribución al estudio y la difusión de las ciencias y el conocimiento. Concedió gran importancia a la lectura, enseñanza y conservación de la poesía árabe. Se mantenía sumamente atento a la preservación de la pureza de la lengua árabe; si alguien cometía un error lingüístico en su presencia, lo reprendía. Creía que aprender correctamente la lengua árabe era parte de la religión. El sabio al-Dhahabi mencionó en su obra ‘Tadhkirat al- Huf-faz’ que, en la transmisión de hadices, Umar era sumamente estricto y exigía que un mismo hadiz se transmitiera mediante distintas cadenas de transmisión.
Abu Lu’lu Firuz, esclavo adorador del fuego de al-Mughira ibn Shu’ba, el célebre compañero (que Dios esté complacido con él), apuñaló a este gran califa mientras se encontraba de pie para la oración del alba. Murió el miércoles 27 de Dhu al-Hiyya del año 23 de la hégira, al tercer día de haber sido herido. Antes de morir, dejó encomendada a los seis ilustres compañeros —Ali, Uzman, Abd al-Rahman ibn Awf, Sad, Zubayr y Talha (que Dios esté complacido con ellos)— la responsabilidad de elegir como califa a uno de entre ellos. Suhayb (que Dios esté complacido con él) dirigió la oración funeraria. Fue enterrado junto a Siddiq al-Akbar, dentro del Recinto del Profeta. Al morir tenía 63 años. Su califato duró diez años, seis meses y cuatro días.
’Uthmán ibn ’Affán (ra)
Nombre: Uthman; kunyas: Abu Amr, Abu Abdillah y Abu Layla; y laqab: Dhu al-Nurayn. (al-Tabaqat 3/53, Tahdhib al- Tahdhib) Padre: Affan; madre: Arwa bint Qurayz. Descendiente de la rama omeya de la tribu de Quraysh. Su linaje se une al del Mensajero de Allah (s.a.w.) en Abd Manaf, uno de sus antepasados. Fue el tercer califa de los Califas Bien Guiados. Su abuela, Bayda bint Abd al-Muttalib, era tía paterna del Mensajero de Allah (s.a.w.). Nació en el año 576 d. C., seis años después del Año del Elefante. (Al-–Istiab) Según este cálculo, era seis años menor que el Noble Mensajero (s.a.w.). Sin embargo, existe una gran discrepancia respecto a su año de nacimiento. Por ello, también se observan opiniones divergentes sobre cuál era exactamente su edad en el momento de su martirio. Según algunas narraciones, nació en Taif. (Fit-nat al- Kubra, Dr. Taha Husayn)
Hazrat Uthmán (que Dios esté complacido con él) era de estatura mediana y tenía un cuerpo robusto: mejillas sin carne, barba espesa, tez muy clara y luminosa, cabello abundante, pecho y cintura anchos, patillas que le llegaban hasta las orejas, pantorrillas gruesas, brazos largos y velludos, marcas de viruela en el rostro, barba teñida con henna y dientes recubiertos de oro.
La etapa inicial de la vida de Hazrat Uthmán, al igual que la de los demás compañeros, permanece sumida en la oscuridad de la época de la ignorancia. Su vida anterior al islam se desvaneció de tal manera que parece que nació junto con el islam. Los historiadores no han podido transmitirnos ningún dato especialmente relevante sobre su vida anterior al islam.
Hazrat Uthmán era uno de los grandes expertos en genealogía de la tribu de Quraysh. También poseía un profundo conocimiento de la antigua historia de los qurayshíes. Debido a sus cualidades de sabiduría, experiencia, cortesía y sentido de las conveniencias sociales, siempre había una multitud de personas a su alrededor. Ninguna mala acción de la época de la ignorancia pudo tocarlo. La modestia y un agudo sentido de la dignidad personal eran los rasgos principales de su noble carácter. En su juventud comenzó a comerciar, como los demás nobles de Quraysh. Gracias a su ilimitada honestidad y confiabilidad, alcanzó un éxito extraordinario en los negocios. En la sociedad de La Meca recibió el título de «el Rico» como destacado comerciante adinerado.
Hazrat Uthmán es considerado uno de los «as-Sābiqūn al-Awwalūn» (los primeros en aceptar el islam), uno de los «diez a quienes se anunció el Paraíso» y uno de los seis compañeros más excelentes con quienes el Noble Mensajero se mantuvo complacido durante toda su vida. Mantenía una relación muy estrecha con Abu Bakr as-Siddiq. A través de su predicación y estímulo, aceptó el islam.(Sira de Ibn Hisham) A diferencia de la conducta de muchos otros líderes de La Meca, Hazrat Uthmán respondió a la invitación del Mensajero de Dios desde los comienzos de su misión profética y durante toda su vida se dedicó al bienestar de los musulmanes con su vida, sus bienes y todas sus posesiones. Hazrat Uthmán dijo: «Fui el cuarto de los que aceptaron el islam».(Usud al- Gāba) Según Ibn Ishaq, Hazrat Uthmán fue la primera persona que aceptó el islam después de Abu Bakr, Ali y Zayd ibn Hariza.
El resumen de las narraciones transmitidas por los autores de biografías proféticas y los expertos en hadices acerca de las circunstancias de la conversión de Hazrat Uthmán al islam es el siguiente:
Algunos dicen que su tía materna, Su‘da, era una destacada kahina o adivina de aquella época. Ella le habló a Uthmán acerca del Noble Profeta y lo exhortó a creer en él. Fue por ese estímulo que abrazó el islam. (Al Fitnat al Kubra) Por otro lado, Ibn Sa‘d y muchos otros narran: Hazrat Uthmán se encontraba de viaje en Siria. Cuando descansaba en un lugar entre Mu‘an y Zarqa, oyó, en estado de somnolencia, a un pregonero decir: «Oh, vosotros que dormís, daos prisa. Un Mensajero llamado Ahmad ha aparecido en La Meca». Al regresar a La Meca, se enteró de que aquello era cierto. Entonces abrazó el islam por invitación de Abu Bakr. (Tabaqat: 3/55)
Cuando Hazrat Uthmán abrazó el islam, tenía más de treinta años. Incluso en la época preislámica mantenía una relación estrecha con Abu Bakr. Iba a la casa de Abu Bakr casi todos los días. Un día, Hazrat Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, le presentó el islam. Casualmente, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, pasaba entonces por aquel camino. Dijo: «Uthmán, acepta la entrada al Paraíso. He venido a vosotros y a todas las criaturas de Allah como Su Mensajero». Al oír estas palabras, abrazó el islam. Después de que Hazrat Uthmán abrazara el islam, su tía materna Su‘da compuso una casida para felicitarlo.
La hermana de padre y madre de Hazrat Uthmán, Amina, y sus hermanos y hermanas por parte de padre, Walid, Khalid, Ammara y Umm Kulsum, todos abrazaron el islam. Su padre era Uqba ibn Abi Mu‘ayt. Al-Daraqutni narró que Umm Kulsum fue una de las primeras emigrantes. Se dice que fue la primera novia de Quraysh en prestar juramento de lealtad ante el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Los demás hermanos y hermanas de Hazrat Uthmán abrazaron el islam durante la conquista de La Meca.
Después de abrazar el islam, aunque era una persona honorable entre los coraichitas, tuvo que sufrir las humillaciones de los enemigos del islam. Su tío, Hakam ibn Abil ‘As, lo ataba con una cuerda y lo golpeaba brutalmente. Decía: «Al adoptar una nueva religión, has cubierto de vergüenza el rostro de nuestros antepasados. No te dejaremos libre hasta que abandones esta religión». Esto no hizo vacilar ni un ápice la fe del venerable Uthmán. Él decía: «Haced lo que queráis; jamás podré abandonar esta religión».(Tabaqat: 3/55)
Después de que el venerable Uthmán abrazara el islam, el Mensajero de Allah casó con él a su propia hija Ruqayya. Cuando Ruqayya falleció en Medina, en el segundo año de la Hégira, el Mensajero de Allah casó con él a su segunda hija, Umm Kulsum. Por esta razón recibió el título de «Dhun-Nurayn», el poseedor de dos luces.
Ruqayya era hija de Jadiya, que Allah esté complacido con ella. Su primer matrimonio fue con Utba ibn Abi Lahab, y Umm Kulthum se casó con Utaiba, el segundo hijo de Abu Lahab. Abu Lahab era un acérrimo enemigo del Mensajero de Allah. Después de la revelación de la sura de Al-Lahab del Sagrado Corán, Abu Lahab y su esposa Umm Yamil (Hamma Latal Hatab) ordenaron a sus dos hijos que se divorciaran de las dos hijas de Muhammad. Ellos se divorciaron de ellas. Sin embargo, el imán al-Suyuti considera que el matrimonio de Ruqayya con Uthman tuvo lugar antes de que él abrazara el islam. A la luz del acontecimiento mencionado, la opinión de al-Suyuti no parece aceptable.
Entre quienes emigraron por primera vez a Abisinia, en el quinto año de la misión profética, huyendo de la persecución de los politeístas de La Meca, se encontraban Uthman y su esposa Ruqayya. Anas, que Allah esté complacido con él, dijo: «El primer emigrante a la tierra de Abisinia fue Uthman, junto con su esposa Ruqayya, la hija del Profeta». Al no recibir noticias de ellos durante mucho tiempo, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se angustió profundamente. En ese momento, una mujer qurayshí llegó de Abisinia a La Meca. El Mensajero de Allah le preguntó por el estado de ambos. Ella informó: «Vi a Ruqayya montada en un burro, mientras Uthman lo conducía». El Mensajero de Allah suplicó por él: «Que Allah lo ayude». Después de Lot, Uthman fue el primero en emigrar por la causa de Allah junto con su familia. (Al-–Isaba) Durante su estancia en Abisinia nació su hijo Abdullah, y por el nombre de este hijo recibió la kunya de Abu Abdullah. Abdullah murió en el cuarto año de la Hégira. Su vida matrimonial con Ruqayya fue muy feliz. La gente solía decir que quien quisiera ver a la mejor pareja debía contemplar a Uthman y Ruqayya.
Uthman permaneció varios días en Abisinia. Después regresó a La Meca al escuchar el rumor de que los dirigentes de La Meca habían abrazado el islam. Tras la emigración del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, a Medina, volvió a emigrar a Medina. De este modo, fue poseedor de las dos emigraciones, es decir, de «Dhu al-Hiyratayn».
Participó junto al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, en todas las batallas excepto en Badr. Cuando el Mensajero de Allah partió para la batalla de Badr, Ruqayya se encontraba enferma y postrada en cama. Por orden del Mensajero de Allah, Uthman permaneció en Medina para cuidar de su esposa enferma. El mismo día en que llegó a Medina la noticia de la victoria de Badr, Ruqayya falleció. El Mensajero de Allah declaró que Uthman recibiría una recompensa y una parte del botín iguales a las de los combatientes de Badr. (Al-Tabaqat: 3/56) Por ello, indirectamente, también fue uno de los compañeros que participaron en Badr.
Tras el fallecimiento de Ruqayya, en el tercer año de la hégira, el Mensajero de Allah (saws) casó con Uzmán a Umm Kulthum, la hermana menor de Ruqayya. Según una narración, el Mensajero de Allah (saws) casó a Umm Kulthum con Uzmán por orden de Allah. En el noveno año de la hégira, Umm Kulthum también falleció sin haber tenido hijos. Tras la muerte de Umm Kulthum, el Mensajero de Allah (saws) dijo: «Si hubiera tenido una tercera hija, también la habría casado con Uzmán».(Hayat de ’Uzmán: Rida Misri)
Uzmán también participó en la batalla de Uhud. Sin embargo, no pudo mantenerse firme junto al Mensajero de Allah como aquel reducido grupo de guerreros. Al igual que la mayoría de los muyahidines, también abandonó el campo de batalla. No obstante, Allah, el Altísimo, anunció su perdón para ellos. Participó en todas las batallas posteriores, como los demás ilustres compañeros.
El Mensajero de Allah (saws) anunció los preparativos para la expedición de Tabuk. También hizo el anuncio en La Meca y entre las demás tribus árabes, invitándolas a participar en la expedición. Solicitó ayuda para organizar el ejército islámico y cubrir sus gastos. Los compañeros ofrecieron ampliamente su ayuda. Abu Bakr entregó todo su dinero al Mensajero. Umar se presentó con la mitad de su patrimonio total. Y Uzmán asumió personalmente todos los gastos de un tercio de los soldados de aquella batalla. Proporcionó novecientos cincuenta camellos y cincuenta caballos. Ibn Ishaq dice que Uzmán gastó una cantidad tan enorme en el ejército de Tabuk que nadie más pudo gastar una suma comparable. Según algunas narraciones, Uzmán llevó mil dinares en una bolsa para los preparativos de guerra en Tabuk y los derramó en el regazo del Mensajero de Allah. El Mensajero (saws) contempló los dinares, dándoles la vuelta con alegría, y dijo: «A partir de hoy, nada de lo que haga Uzmán le perjudicará». Así, durante los preparativos de la mayoría de las batallas, contribuía generosamente. Según una narración, complacido por su donación en la batalla de Tabuk, el Mensajero de Allah (saws) suplicó que le fueran perdonados todos sus pecados anteriores y posteriores, y le prometió el Paraíso.(Al-–Fitnatul- Kubra)
El acontecimiento de Hudaybiyya. El Mensajero de Allah (saws) llamó a Umar y le dijo: «Ve a La Meca e informa a los líderes de La Meca del propósito de nuestra llegada». Umar respondió humildemente: «¡Oh, Mensajero de Allah! Temo por mi vida a causa de los qurayshíes. Tú sabes hasta qué punto es mi enemistad con ellos. Creo que Uzmán es el más indicado para esta tarea». El Mensajero de Allah (saws) llamó a Uzmán y lo envió ante Abu Sufyan y los demás líderes qurayshíes con el siguiente mensaje: «No hemos venido a luchar, sino con el propósito de visitar la Casa de Allah».
Uzmán llegó a La Meca llevando el mensaje del Mensajero de Allah (saws). Primero se encontró con Abán ibn Sa’id ibn al-As. Abán le concedió protección. Acompañado por Abán, se entrevistó con los líderes qurayshíes y les transmitió el mensaje del Mensajero de Allah (saws). Ellos le dijeron a Uzmán: «Si quieres, puedes realizar el tawaf». Pero Uzmán rechazó su propuesta y dijo: «Mientras el Mensajero de Allah (saws) no realice el tawaf, yo no puedo realizarlo». Los qurayshíes, enfurecidos por sus palabras, lo detuvieron.
Según algunas narraciones, lo mantuvieron detenido durante tres días. Mientras tanto, en el campamento musulmán de Hudaybiyya se extendió el rumor de que Uzmán había sido martirizado. El Mensajero de Allah (saws) anunció: «No regresaremos sin vengar la sangre de Uzmán». El Mensajero de Allah colocó su mano derecha sobre la izquierda y dijo: «¡Oh Allah! Esta bay’a es en nombre de Uzmán. Ha ido a La Meca para servirte a Ti y a Tu Mensajero». Cuando Uzmán regresó de La Meca, se enteró de la bay’a. Él también prestó bay’a en manos del Mensajero de Allah. En la historia, este acontecimiento se conoce con los nombres de Bay’at al-Ridwan, Bay’at al-Shajara y otros. En el Sagrado Corán se ha elogiado esta bay’a.
Después del fallecimiento del Mensajero de Allah, cuando se estaba tomando la bay’a a Abu Bakr, Uzmán recibió la noticia, acudió rápidamente al lugar y prestó bay’a a Abu Bakr. El escriba del documento de compromiso que Abu Bakr dejó escrito al morir, designando califa a Umar, fue Uzmán. Él fue el primero en prestar bay’a al califa Umar.
Cuando Hazrat ‘Umar, que Allah esté complacido con él, yacía en su lecho de muerte tras haber sido apuñalado, le pidieron que eligiera al siguiente califa. Pero él, vacilando, dijo: «Si dejo nombrado a un califa, existe un precedente para ello, como hizo alguien mejor que yo: Abu Bakr, que Allah esté complacido con él. Y si no dejo nombrado a nadie, también existe un precedente, como hizo alguien mejor que yo: el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz». También dijo: «Si Abu ‘Ubayda estuviera vivo, lo habría nombrado califa. Si mi Señor me preguntara, diría: “Escuché a tu Profeta decir que él es el amín, es decir, el hombre más digno de confianza, de esta comunidad”. Si Salim, el esclavo liberado de Abu Hudhayfa, estuviera vivo hoy, también podría haberlo nombrado califa. Si mi Señor me preguntara, diría: “Escuché a tu Profeta decir que Salim ama profundamente a Allah”». Entonces un hombre dijo: «Pero está ‘Abdullah ibn ‘Umar». Él exclamó: «¡Que Allah te perjudique! Juro por Allah que no deseo eso para Allah… Si hay algo bueno en esta responsabilidad del califato, lo he recibido de mi linaje; y si es mala, también la hemos recibido. Para ello basta con pedir cuentas a un solo hombre del linaje de ‘Umar. He luchado contra mi propio nafs y he privado a mi familia. Si logro escapar de algún modo sin recibir recompensa ni reproche, me consideraré afortunado».
Cuando volvieron a plantearle lo mismo, señaló a ‘Ali y dijo: «Él es el más capacitado para guiarlos por la verdad. Sin embargo, no estoy dispuesto a asumir esta responsabilidad, ni en vida ni después de muerto. Ante ustedes se encuentra un grupo sobre cuyos miembros el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo que son habitantes del Paraíso. Son ‘Ali y ‘Uthman, los dos hijos de ‘Abd Manaf; ‘Abdur-Rahman y Sa‘d, los dos tíos maternos del Mensajero; az-Zubayr ibn al-‘Awwam, el discípulo cercano y primo paterno del Mensajero; y Talha. Elijan como califa a cualquiera de ellos. Si eligen califa a cualquiera de ellos, ayúdenlo y tratenlo bien. Si les encomienda alguna responsabilidad, cúmplanla debidamente».
Hazrat ‘Umar convocó a los miembros del grupo mencionado y les dijo: «He reflexionado sobre ustedes. Son los líderes y administradores del pueblo. La responsabilidad del califato debería permanecer entre ustedes. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, murió estando complacido con ustedes. Si ustedes permanecen rectos, no temo nada por el pueblo. Sin embargo, temo sus disputas mutuas, pues el pueblo quedará dividido por ellas».
Después fijó el plazo para la elección: tres días y tres noches después de su muerte. Le dijo a al-Miqdad ibn al-Aswad: «Después de enterrarme, reunirás a este grupo y ellos elegirán a uno de entre ellos». Le dijo a Suhayb: «Durante tres días dirigirás la oración en congregación». «Irás con ‘Ali, ‘Uthman, Sa‘d, ‘Abdur-Rahman, az-Zubayr y Talha, si Talha se encuentra en Medina (en aquel momento Talha estaba fuera de Medina), y los reunirás en un mismo lugar. También harás comparecer a ‘Abdullah ibn ‘Umar, aunque no tiene ningún derecho al califato. Los vigilarás atentamente. Si cinco de ellos se ponen de acuerdo sobre uno y uno discrepa, le cortarás la cabeza con la espada. Si cuatro están de acuerdo y dos se niegan, decapitarás a esos dos. Si se dividen en dos grupos de tres, el grupo al que ‘Abdullah ibn ‘Umar apoye elegirá a uno de entre ellos. Si el otro grupo no acepta la decisión de ‘Abdullah ibn ‘Umar, seguirán el lado en el que esté ‘Abdur-Rahman ibn ‘Awf. Si los opositores no aceptan la decisión del pueblo, los obligarán a aceptarla».
Después de enterrar a Hazrat ‘Umar, Miqdad ibn al-Aswad reunió a los miembros de la shura en la casa de al-Miswar ibn al-Makhrama o, según otra versión, en la estancia de Hazrat ‘A’isha. Eran cinco. Talha todavía estaba fuera de Medina. ‘Abdullah ibn ‘Umar se unió a ellos. Se nombró a Abu Talha como guardia de la puerta de la casa. Hubo una larga deliberación y una acalorada discusión sobre el asunto. En cierto momento, ‘Abdur-Rahman dijo: «¿Quién de ustedes puede renunciar a su pretensión y confiarme la tarea de elegir al mejor de ustedes? Yo renuncio a mi pretensión al califato». Hazrat ‘Uthman fue el primero en aceptar la propuesta y puso su autoridad en manos de ‘Abdur-Rahman. Después, todos los demás lo siguieron. Así, toda la responsabilidad de elegir al califa recayó sobre ‘Abdur-Rahman.
Hazrat ‘Abdur-Rahman consultó día y noche con los demás compañeros del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, con todos los oficiales del ejército presentes en Medina, con las personas nobles y con representantes del pueblo de todos los sectores. A veces lo hizo individualmente y otras veces de manera colectiva. Casi todos expresaron su opinión a favor de Hazrat ‘Uthman.
La noche anterior a la mañana en que terminaría el plazo fijado por ‘Umar, ‘Abdur-Rahman fue a la casa de al-Makhrama. Primero llamó a az-Zubayr y a Sa‘d, se sentó con ellos uno tras otro en la Suffa de la Mezquita del Profeta y habló con cada uno por separado. Del mismo modo, conversó en privado con ‘Uthman y ‘Ali hasta el amanecer.
Mientras tanto, la Mezquita del Profeta estaba abarrotada de gente. Todos estaban ansiosos por escuchar la decisión final. Después de un breve discurso dirigido a los habitantes de Medina reunidos tras la oración del alba, Abd al-Rahman anunció el nombre de Hazrat Uthman como califa y le prestó juramento de fidelidad. Inmediatamente después, Hazrat Ali también le prestó juramento. A continuación, la multitud reunida prestó juramento de fidelidad a Hazrat Uthman. La mañana del lunes 1 de Muharram del año 24 de la Hégira, asumió la responsabilidad del califato. (Tarijul Umma al–Islamiyya, Jidri Bek)
Hazrat Uthman continuó desempeñando con gran competencia la responsabilidad del califato. Durante la primera etapa del califato, no se escucharon quejas significativas contra él. Sin embargo, hacia el final comenzaron a acumularse descontentos contra él procedentes de regiones como Basora, Kufa y Egipto. En esencia, la derrotada fuerza judía desempeñó un papel especial en la creación de este descontento. Poco a poco, se organizaron y se rebelaron, y sitiaron la residencia del califa en Medina. Entre estos rebeldes no había ninguna persona destacada. Amenazaron con matar al califa y exigieron su renuncia. Interrumpieron el suministro de alimentos y agua a la casa del califa. Impidieron que se realizaran las oraciones en la mezquita. Finalmente, entraron en la casa del califa y asesinaron al anciano califa mientras recitaba el Corán en estado de ayuno. (En verdad, pertenecemos a Allah y en verdad a Él regresamos) Este suceso tuvo lugar el viernes 18 de Dhu al-Hiyya del año 35 de la Hégira, después de la oración de la tarde. Entre el fallecimiento del Mensajero y el martirio de Hazrat Uthman transcurrieron 25 años. Desempeñó la responsabilidad del califato durante doce años menos doce días.
Fue enterrado en la sección llamada «Hashr-e Kawkab», en el cementerio de Yannatul Baqi. El entierro se realizó entre las oraciones del magrib y del isha. Zubair ibn Mut’im, que Alá esté complacido con él, dirigió su oración fúnebre. En la oración fúnebre del dirigente del vasto califato que se extendía desde Kabul hasta Marruecos participaron apenas setenta personas. Existe discrepancia sobre la edad que tenía al morir. Sin embargo, tenía entre 82 y 90 años. ((Al–-Fitnatul Kubra))
Después de que el califa Uzmán fuera sitiado por los rebeldes, podría haberlos exterminado si lo hubiera deseado. Los demás compañeros también estaban preparados para ello. Pero el venerable Uzmán no quiso derramar la sangre de ningún musulmán por causa de su propia persona. No quiso ser quien iniciara el derramamiento de sangre entre los musulmanes. En realidad, el proceder que el venerable Uzmán, que Alá esté complacido con él, adoptó en un momento tan delicado deja claramente patente la diferencia entre un califa y un rey. Si en su lugar hubiera habido un rey, no habría vacilado en emplear cualquier estrategia para conservar su poder, sin importar cuánto daño o destrucción ocasionara. Pero él era un califa rectamente guiado. Consideró insignificante entregar su propia vida. Aun así, no permitió que se destruyera un honor que debería ser más querido para un musulmán que cualquier otra cosa.» ((El califato y la monarquía: Abul A’la Maududi))
La nación musulmana jamás podrá olvidar las contribuciones del venerable Uzmán al islam. En aquella época de crisis para el islam, ningún otro musulmán rico tiene un ejemplo comparable a la manera en que él gastó por la causa de Alá. Compró por una gran suma el pozo «Bi’r Ruma», que pertenecía a un judío, y lo estableció como waqf para los musulmanes de Medina. A cambio, el Mensajero de Alá, que la paz y las bendiciones de Alá sean con él, le prometió el Paraíso. En una cruel ironía del destino, aquel que un día había aliviado la escasez de agua de los habitantes de Medina estableciendo como waqf el pozo Bi’r Ruma, vio cómo se cortaba el suministro de agua de ese mismo pozo en su propia casa. Durante aquel asedio, un día sacó la cabeza por la ventana y recordó a los habitantes de Medina: «Por orden del Mensajero de Alá, que la paz y las bendiciones de Alá sean con él, fui yo quien compró Bi’r Ruma y lo estableció como waqf para todos. Hoy me estáis privando incluso del agua de ese pozo. Hoy, por falta de agua, estoy rompiendo el ayuno con agua sucia.»
El resumen de los hadices narrados del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sobre las virtudes y la dignidad de Uthmán es el siguiente: él era muy querido por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Ocupaba un lugar especial entre las personas más cercanas al Mensajero de Allah. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le anunció repetidamente la buena noticia del Paraíso. El Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Cada profeta tiene un amigo; mi amigo en el Paraíso será Uthmán».(Tirmidhi)Hazrat Abdullah ibn Umar dijo: durante la época del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, los musulmanes consideraban a Abu Bakr, Umar y Uthmán más dignos que todos los demás. A ningún otro compañero se le atribuía una dignidad especial.
Uthmán, que Allah esté complacido con él, fue el «katib al-wahy», el escriba de la Revelación, durante la época del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Durante los califatos de Siddiq y Faruq fue consejero. Cada año realizaba el Hayy. Sin embargo, el año en que fue martirizado no pudo realizarlo debido al asedio. Ayunaba durante todo el año. Pasaba toda la noche en adoración. Completaba una vez el Noble Corán en una sola rak‘a. Por la noche no perturbaba el sueño de nadie. Tampoco hacía que sus sirvientes le prestaran servicio durante la noche. Era sumamente recatado. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Uthmán es el más recatado de mi comunidad». También dijo: «Incluso los ángeles sienten pudor ante Uthmán». Era sumamente bondadoso con sus familiares y amigos. Sus virtudes y su dignidad no pueden expresarse en un breve artículo.
’Alí ibn Abí Tálib (que Allah esté complacido con él)
Su nombre era Alí; sus sobrenombres, Asadullah, Haidar y Murtada; y sus kunyas, Abu al-Hasan y Abu Turab. Su padre era Abu Tálib Abd Manáf y su madre, Fátima. Ambos padres pertenecían a la rama hachemí de la tribu de Quraysh. Alí era primo hermano del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz.
Nació diez años antes de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recibiera la profecía. Abu Tálib era un hombre de condición modesta. Con el propósito de ayudar un poco a su tío, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, tomó a Alí bajo su responsabilidad. Así, creció como miembro de la familia del Profeta. Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recibió la profecía, Alí tenía entre nueve y once años. Un día vio dentro de la casa al Noble Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y a la Madre de los Creyentes, Jadiya, que Allah esté complacido con ella, postrados. Sorprendido, preguntó: «¿Qué es esto?». Le respondieron: «Estamos adorando al Dios Único. También te invitamos a ello». Alí aceptó sin vacilar la invitación de su mentor y se hizo musulmán. Ninguna mala acción del kufr, el shirk o la jahiliya pudo tocarlo.
La primera en rezar junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, fue Hazrat Jadiya al-Kubra, que Allah esté complacido con ella. No existe discrepancia al respecto. Sin embargo, hay اختلاف sobre quién de estos tres —Abu Bakr, Alí y Zayd ibn Hariza— aceptó primero el islam. (Tabacat: 3/21)Según las narraciones de Ibn Abbás y Salman al-Farisi, que Allah esté complacido con ambos, después de la Madre de los Creyentes Jadiya, que Allah esté complacido con ella, Alí, que Allah esté complacido con él, fue el primero en aceptar el islam. No obstante, todos coinciden en que, entre las mujeres, la primera musulmana fue Jadiya; entre los hombres adultos libres, Abu Bakr; entre los esclavos, Zayd ibn Hariza; y entre los jóvenes, Alí, que Allah esté complacido con él.
En el tercer año de la misión profética, el Noble Mensajero ﷺ ordenó a Alí que preparara una comida para algunas personas. Todos los miembros del clan de Abd al-Muttalib se presentaron. Cuando terminó la comida, el Mensajero ﷺ se dirigió a ellos y dijo: «He traído algo que es beneficioso tanto para la religión como para este mundo. ¿Quién de vosotros me apoyará?». Todos guardaron silencio. De repente, Alí رضي الله عنه exclamó: «Aunque soy joven, padezco una enfermedad ocular y tengo un cuerpo débil, te ayudaré».
Llegó el momento de la Hégira. La mayoría de los musulmanes habían abandonado La Meca y se habían marchado a Medina. El Noble Mensajero ﷺ esperaba la orden de Allah. Mientras tanto, las fuerzas opositoras al islam de La Meca habían decidido eliminar para siempre al Noble Mensajero ﷺ del mundo. Allah informó de ello a Su Mensajero ﷺ. Él obtuvo permiso para emigrar a Medina. Para que los incrédulos no sospecharan, el Mensajero ﷺ ordenó a Alí que durmiera en su propia cama, y partió de noche hacia Medina acompañado de Abu Bakr al-Siddiq. Alí رضي الله عنه durmió tranquilamente y con gran alegría, cubierto con la manta del Noble Mensajero ﷺ. Sabía que en aquellas circunstancias podía perder la vida. Pero estaba convencido de que, si moría de esa manera, no habría mayor dicha para él. Al amanecer, los crueles mequíes entraron con sus malas intenciones y descubrieron que, en el lugar del Noble Mensajero ﷺ, yacía uno de sus devotos, dispuesto a sacrificar su vida. Fracasaron, y Allah, el Altísimo, protegió a Alí رضي الله عنه.
A propósito de esta Hégira, Alí رضي الله عنه dijo: «Antes de partir el Mensajero de Allah ﷺ hacia Medina, me ordenó que permaneciera en La Meca y devolviera a la gente los depósitos que tenía confiados a él. Por eso se le llamaba “al-Amín” —el digno de confianza—. Permanecí tres días en La Meca. Después salí hacia Medina siguiendo el camino del Mensajero de Allah ﷺ. Finalmente llegué a Banu Amr ibn Awf, donde se encontraba el Mensajero ﷺ. Me hospedé en la casa de Kulzum ibn Hidm». Según otra narración, Alí رضي الله عنه llegó a Quba a mediados del mes de Rabi al-Awwal. El Mensajero ﷺ todavía se encontraba en Quba. (Tabaqat: 3/22)
Al comienzo de la vida en Medina, cuando el Mensajero ﷺ estaba estableciendo entre los musulmanes la “muajāt”, es decir, el vínculo de hermandad religiosa, puso una de sus manos sobre el hombro de Alí رضي الله عنه y dijo: «Alí, tú eres mi hermano. Tú serás mi heredero y yo seré tu heredero».(Tabaqat: 3/22)Más tarde, el Mensajero ﷺ estableció un vínculo de hermandad entre Alí y Sahl ibn Hunayf.(Tabaqat: 3/23)
En el segundo año de la Hégira, Alí رضي الله عنه tuvo el honor de convertirse en yerno del Noble Mensajero ﷺ. Se casó con Fátima رضي الله عنها, la amada hija del Mensajero de Allah ﷺ y la Señora del Paraíso.
La contribución de Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) al islam es inolvidable. En todas las batallas de la época del Noble Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), fue quien demostró mayor valentía y heroísmo. Por ello, el Profeta (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le concedió una espada llamada Zulfiqar, junto con el título de Haydar.
Participó en todas las batallas, excepto en la expedición de Tabuk. En Badr se le reconocía por su pañuelo de lana blanco. Transmitido por Qatada. En todas las batallas, incluida Badr, Ali era el portador del estandarte del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). (Tabacat: 3/23) En Uhud, cuando todos los demás muyahidines habían sido derrotados y se retiraban, Ali (que Allah esté complacido con él) fue uno de los pocos soldados que formaron una línea defensiva alrededor del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). No obstante, se anunció el perdón de Allah para quienes huyeron.
Según una narración de Ibn Ishaq, el día de la batalla del Foso, Amr ibn Abd Wudd salió llevando una armadura. Lanzó un grito y dijo: «¿Quién se enfrentará conmigo en combate singular?». Ali se puso de pie y dijo: «¡Oh, Profeta de Allah, estoy preparado!». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Es Amr; siéntate». Amr volvió a desafiar: «¿No hay nadie que quiera luchar conmigo? ¿Dónde está ahora ese Paraíso vuestro al que, según creéis, entrarán vuestros muertos? ¿Ninguno de vosotros se atreve ahora a luchar conmigo?». Ali, que Allah esté complacido con él, se levantó y dijo: «Oh, Mensajero de Allah, estoy preparado». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Siéntate». Por tercera vez, Amr lanzó su desafío y comenzó a recitar un poema compuesto por él mismo. Ali, que Allah esté complacido con él, se levantó de nuevo y dijo: «Oh, Mensajero de Allah, estoy preparado». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Es Amr». Ali, que Allah esté complacido con él, respondió: «Que así sea». Esta vez Ali, que Allah esté complacido con él, recibió permiso. Mientras recitaba uno de sus propios poemas, Ali, que Allah esté complacido con él, avanzó hacia Amr. Amr preguntó: «¿Quién eres?». Él respondió: «Ali». Amr dijo: «¿El hijo de Abd Manaf?». Ali respondió: «Soy Ali, hijo de Abu Talib». Amr dijo: «¡Sobrino, no me gusta derramar tu sangre!». Ali respondió: «Por Allah, a mí no me disgusta derramar tu sangre». Al oír esto, Amr se enfureció. Bajó y desenvainó su espada. Aquella espada parecía una llama de fuego. Avanzó y golpeó el escudo de Ali, atravesándolo. Ali, que Allah esté complacido con él, le asestó un golpe y lo derribó. Al ver aquella escena, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, exclamó el takbir. Después, Ali, que Allah esté complacido con él, regresó junto al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, mientras recitaba uno de sus propios poemas.(Al–Bidaya wan Nihaya, Ibn Kathir 4/106)
En el séptimo año de la Hégira se emprendió la expedición de Jaybar. Allí había varias fortalezas muy sólidas de los judíos. Primero se encomendó a as-Siddiq al-Akbar y después a al-Faruq al-A‘zam la tarea de someterlas. Pero ninguno de los dos logró tener éxito. El Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— anunció: «Mañana entregaré el estandarte a un héroe que es amado por Allah y por Su Mensajero. Por su mano caerán las fortalezas». A la mañana siguiente, todos los Compañeros esperaban alcanzar ese honor. De repente llamaron a Alí. Por su mano cayeron aquellas inexpugnables fortalezas de Jaybar.
Cuando el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— partió para la expedición de Tabuk, dejó a Alí —que Allah esté complacido con él— como su representante en Medina. Alí preguntó: «Oh, Mensajero de Allah, ¿te marchas y me dejas con las mujeres y los niños?». El Mensajero de Allah respondió: «Tú eres para mí lo que Aarón fue para Moisés; solo que después de mí no habrá ningún profeta». (Tabacat: 3/24)
En el noveno año de la Hégira se celebró el primer Hayy islámico bajo el control de los musulmanes. Ese año, as-Siddiq al-Akbar —que Allah esté complacido con él— fue el emir del Hayy. Sin embargo, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a Alí —que Allah esté complacido con él— como enviado especial para anunciar la anulación de todos los pactos celebrados con los incrédulos.
En el décimo año de la Hégira se envió a Jálid Saifullah a Yemen para predicar el islam. A pesar de esforzarse durante seis meses, no logró tener éxito y regresó. El Noble Mensajero anunció que enviaría a Alí. Alí se presentó ante el Mensajero de Allah y dijo: «Me envías a un pueblo donde surgirán constantemente nuevos asuntos, pero no tengo experiencia en materia judicial». El Mensajero respondió: «Allah te concederá un juicio correcto y dará firmeza a tu corazón». Luego puso su mano sobre el rostro de Alí. Alí dijo: «Después de aquello, nunca volví a dudar en ningún juicio». Antes de su partida, el Mensajero le colocó personalmente un turbante sobre la cabeza y suplicó por él. Alí llegó a Yemen y comenzó la predicación. En poco tiempo, todos los yemeníes se sintieron atraídos por el islam, y toda la tribu de Hamadán aceptó el islam. El Mensajero de Allah se impacientó por ver a Alí. Suplicó: «Oh Allah, no me hagas morir antes de ver a Alí». Alí llegó desde Yemen durante la Peregrinación de Despedida.
Después del fallecimiento del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, sus parientes cercanos se encargaron de amortajarlo y enterrarlo. Alí —que Allah esté complacido con él— tuvo el honor de lavar su cuerpo. Los emigrados y los auxiliares esperaban entonces fuera de la puerta.
Alí reconoció los califatos de Abu Bakr, Umar y Uthmán —que Allah esté complacido con ellos—, les prestó juramento de fidelidad y participó en todas las decisiones importantes de sus épocas. Incluso en circunstancias sumamente delicadas, aconsejó a Uthmán. Así como a Abu Bakr se le llama «as-Siddiq», a Umar «al-Faruq» y a Uthmán «al-Ganí», a él también se le llamó «Alí al-Murtada». Durante las épocas de Abu Bakr y Umar desempeñó el papel de ministro y consejero. Uthmán también consultaba siempre con él.(Maruy al- Dahab: 2/2)
Cuando los rebeldes sitiaron a Hazrat Uthmán, Ali (r.a.) fue quien desempeñó el papel más importante en su protección. Durante aquel asedio, para proteger la casa de Hazrat Uthmán (r.a.), designó a sus dos hijos Hasan y Husayn (r.a.)como encargados de su seguridad.। (al-–fit-natul kubra: Dr.. Taha Husayn)
Antes de morir, Hazrat Umar (r.a.) mencionó los nombres de seis destacados compañeros y dejó dispuesto que se eligiera al siguiente califa de entre ellos. Ali también era uno de ellos. Antes de morir, comentó acerca de Ali (r.a.): «Si la gente hace califa a Ali, podrá guiarlos por el camino recto. (al-–fit-natul Kubra) Hazrat Umar dejó a Ali (r.a.) como su sustituto en Medina durante su visita a Bayt al-Maqdis.
Después del martirio de Hazrat Uthmán (r.a.), los rebeldes presionaron a Hazrat Talha, Zubayr y Ali (r.a.) para que asumieran la responsabilidad del califato. Cada uno se negó con absoluta firmeza. Según diversos relatos, Hazrat Ali (r.a.) continuó rechazando repetidamente esta propuesta. Finalmente, los habitantes de Medina acudieron ante Hazrat Ali (r.a.) y dijeron: «Este puesto del califato no puede permanecer vacante de esta manera. Actualmente no hay nadie más apto que usted para este cargo. Usted es quien tiene derecho a él». Ante la insistencia de la gente, finalmente accedió a asumir la responsabilidad del califato. Sin embargo, puso como condición que mi bai’a no podría realizarse en secreto. Para ello era necesario el consentimiento de los musulmanes de todos los grupos. Se celebró una asamblea general en la Mezquita del Profeta. Salvo dieciséis o diecisiete compañeros, todos los Muhayirun y los Ansar prestaron bai’a a Ali (r.a.).
El califato de Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) comenzó en una situación sumamente compleja. Tras convertirse en califa, su primera tarea fue castigar a los asesinos de Hazrat Uthmán (que Allah esté complacido con él). Pero la tarea no era sencilla. En primer lugar, nadie había podido identificar a los asesinos. La esposa de Hazrat Uthmán, Hazrat Naila, había visto a los asesinos, pero no pudo reconocer a ninguno de ellos. Muhammad ibn Abi Bakr había ido con la intención de matarlo, pero ante una airada reprimenda de Hazrat Uthmán se echó atrás. Muhammad ibn Abi Bakr tampoco pudo identificar a los asesinos. En segundo lugar, Medina estaba entonces bajo el control de miles de rebeldes. Estos se habían infiltrado en el ejército de Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él). Sin embargo, muchos musulmanes de aquella época no comprendían su situación de impotencia. Exigieron inmediatamente a Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) que aplicara el qisás por Hazrat Uthmán (que Allah esté complacido con él). Entre quienes planteaban esta exigencia se encontraban destacadas figuras entre los compañeros, como la Madre de los Creyentes, Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella), y Talha y Zubair (que Allah esté complacido con ambos). Bajo el liderazgo de Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella), marcharon con un ejército desde La Meca hacia Basora. Allí contaban con un mayor número de partidarios. Ali (que Allah esté complacido con él) también llegó allí con su ejército. En las afueras de Basora, los dos ejércitos enfrentados se encontraron frente a frente. Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella) presentó sus exigencias a Ali (que Allah esté complacido con él), y Ali (que Allah esté complacido con él) expuso sus dificultades. Puesto que ambas partes actuaban con honestidad y sinceridad, se alcanzó un acuerdo. Hazrat Talha y Zubair emprendieron el regreso. Aisha (que Allah esté complacido con ella) también comenzó a prepararse para volver. Pero en ambos ejércitos había instigadores de disturbios y desórdenes. Por eso se alarmaron ante la posibilidad de una reconciliación. De forma cuidadosamente planificada, en la oscuridad de la noche, un grupo atacó el campamento del otro. Como resultado, ambas partes llegaron a creer que el adversario las había atacado mediante un engaño bajo el pretexto de la reconciliación. Comenzó una guerra abierta. Ali (que Allah esté complacido con él) salió victorioso. Logró explicar la situación a Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella). Aisha (que Allah esté complacida con ella) regresó de Basora a Medina.
Durante la batalla, Aisha (que Allah esté complacido con ella) iba montada en un camello. Por ello, esta batalla pasó a la historia con el nombre de «Batalla del Camello». La batalla tuvo lugar en el mes de Yumada al-Thani del año 36 de la Hégira. En ambos bandos murieron como mártires un total de trece mil musulmanes, entre ellos Hazrat Talha y Zubair, miembros de los Diez a quienes se anunció el Paraíso. No obstante, existen discrepancias al respecto. Después de permanecer quince días en Basora, Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) se dirigió a Kufa. La capital fue trasladada de Medina a Kufa.
Esta Batalla del Camello fue el primer enfrentamiento autodestructivo entre musulmanes. Muchos compañeros no se unieron a ninguno de los dos bandos en esta batalla. También se afligieron por este enfrentamiento autodestructivo. Cuando el ejército de Ali (que Allah esté complacido con él) partió de Medina, sus habitantes rompieron a llorar.
Se había podido llegar a un acuerdo con Hazrat Aisha (que Allah esté complacido con ella). Pero no se pudo alcanzar ningún acuerdo con Hazrat Muawiya (que Allah esté complacido con él), gobernador de Siria. Hazrat Ali (que Allah esté complacido con él) lo destituyó del cargo de gobernador de Siria. Hazrat Muawiya (que Allah esté complacido con él) se opuso firmemente y se negó a obedecer las órdenes de Ali (que Allah esté complacido con él). En esencia, su postura era: «Mientras no se aplique el qisás por el asesinato de Uthmán (que Allah esté complacido con él), no reconoceré a Ali (que Allah esté complacido con él) como califa».
En el mes de Safar del año 37 de la Hégira, tuvo lugar un enfrentamiento entre los ejércitos de Hazrat Ali y Hazrat Muawiya, que Allah esté complacido con ambos, en un lugar llamado Siffín. Este enfrentamiento fue aún más terrible que la Batalla del Camello. En ambos bandos, un total de 90.000 (noventa mil) musulmanes alcanzaron el martirio. Entre ellos se encontraban los célebres compañeros del Profeta Hazrat Ammar ibn Yasir, Juzayma ibn Zabit y Abu Ammara al-Mazini. Todos ellos fueron martirizados por las tropas de Muawiya, que Allah esté complacido con él, mientras combatían del lado de Ali, que Allah esté complacido con él. Cabe señalar que, acerca de Ammar ibn Yasir, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¡Ay! Un grupo rebelde matará a Ammar.» (Sahih al- Bujari) Veintisiete célebres compañeros narraron este hadiz. Hazrat Muawiya, que Allah esté complacido con él, también es uno de los narradores de este hadiz. Sin embargo, Hazrat Muawiya, que Allah esté complacido con él, ofreció una interpretación diferente del hadiz. A pesar de todo ello, el asunto no llegó a resolverse.
En el último enfrentamiento de Siffín, llamado «Laylat al-Har», la victoria de Hazrat Ali, que Allah esté complacido con él, estaba a punto de producirse. Al percibir que la derrota se aproximaba, Hazrat Muawiya, que Allah esté complacido con él, convocó a resolver el conflicto mediante el Sagrado Corán. Sus soldados colgaron ejemplares del Corán en las puntas de sus lanzas, los levantaron y comenzaron a decir: «Este Corán resolverá nuestro conflicto». Se proclamó un alto el fuego. Por parte de Hazrat Ali, que Allah esté complacido con él, Abu Musa al-Ashari, que Allah esté complacido con él, y por parte de Hazrat Muawiya, que Allah esté complacido con él, Hazrat Amr ibn al-As fueron designados como árbitros. Se decidió que ambos bandos enfrentados aceptarían la resolución conjunta de estos dos hombres. En un lugar llamado «Dumat al-Yandal» se celebró una gran asamblea de musulmanes. Sin embargo, al analizar todos los datos históricos, la conclusión que se obtiene es que este consejo de arbitraje fracasó en establecer la paz porque, en el último momento, Hazrat Amr ibn al-As, que Allah esté complacido con él, se apartó del acuerdo al que había llegado con Hazrat Abu Musa al-Ashari, que Allah esté complacido con él. Los musulmanes regresaron decepcionados de Dumat al-Yandal. Después, Ali, que Allah esté complacido con él, y Muawiya, que Allah esté complacido con él, firmaron un pacto con el objetivo de poner fin al derramamiento innecesario de sangre. A partir de ese día, el califato musulmán quedó, en esencia, dividido en dos.
En ese momento surgió un nuevo grupo llamado «jariyíes». Al principio eran partidarios de Ali. Pero después comenzaron a difundir la creencia de que designar a cualquier ser humano como «juez» o árbitro en asuntos de la religión era un acto de incredulidad. Ali, que Allah esté complacido con él, había actuado contra el Corán al aceptar a Abu Musa al-Ashari, que Allah esté complacido con él, como «juez». Por tanto, Hazrat Ali había perdido la legitimidad para exigir obediencia. Se separaron de Hazrat Ali. Eran extremadamente radicales. Ali, que Allah esté complacido con él, libró una batalla contra ellos, en la que muchos murieron o resultaron heridos.
Tres miembros de esta secta jariyí —Abd al-Rahman ibn Muljam, al-Barak ibn Abd Allah y Amr ibn Bakr al-Tamimi— se reunieron en una reunión secreta después de la batalla de Nahrawan. Tras largas deliberaciones, llegaron a la conclusión de que los principales responsables de las luchas internas de la comunidad musulmana eran Ali, Muawiya y Amr ibn al-As, que Allah esté complacido con ellos. Por tanto, había que eliminar a estos tres hombres del mundo. Conforme a la decisión, Muljam asumió la responsabilidad de Ali, mientras que al-Barak y Amr asumieron, respectivamente, la de Muawiya y la de Amr ibn al-As, que Allah esté complacido con él. Se comprometieron a matar o morir. Se fijó para esta acción la hora de la oración del alba del 17 de Ramadán del año 40 de la Hégira. Después, Ibn Muljam se dirigió a Kufa, al-Barak a Damasco y Amr a Egipto.
En la noche del viernes 16 de Ramadán del año 40 de la Hégira, los asesinos aguardaban emboscados en sus respectivos lugares. A la hora del fajr, cuando Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) se dirigía a la mezquita, como de costumbre, llamando a la gente a la oración con las palabras «as-salat», el malvado Ibn Muljam se abalanzó sobre él con una espada afilada y lo hirió. Aun estando herido, ordenó que capturaran al agresor. Llamó a sus hijos y les legó sus últimas disposiciones. Después de dirigir el califato durante cuatro años y nueve meses, fue martirizado en Kufa el sábado 17 de Ramadán del año 40 de la Hégira.
Ese mismo día y a la misma hora, cuando Hazrat Muawiya se dirigía a la mezquita, también fue atacado. Sin embargo, el ataque fracasó y él solo sufrió heridas leves. Por otro lado, Amr ibn al-As no acudió aquel día a la mezquita debido a una enfermedad. En su lugar, el jefe de la policía, Jariŷ ibn Hudhafa, se dirigía a la mezquita para dirigir la oración. Lo mataron creyendo que era Amr ibn al-As. Así, Muawiya y Amr ibn al-As (que Dios esté complacido con ambos) lograron salvar la vida. ((Tarij al- Umma al-–Islamiyya: Jidrí Bek)
Hazrat Hasan ibn Ali (que Dios esté complacido con él) dirigió la oración funeraria de Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él). Fue enterrado junto a la mezquita aljama de Kufa. Sin embargo, según otra narración, fue sepultado en Nayaf al-Ashraf. Al morir tenía 63 años.
Cuando trajeron capturado al agresor Ibn Muljam, Ali (que Dios esté complacido con él) ordenó: «Es un prisionero. Asegurad que tenga buenas condiciones de alojamiento y alimentación. Si sobrevivo, puedo matarlo o perdonarlo. Si muero, golpeadlo exactamente tanto como él me golpeó. No os excedáis. Dios no ama a quienes se exceden».(Tabaqat: 3/35)
Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) dirigió el califato durante cinco años. Salvo Siria y Egipto, todas las regiones, incluidas La Meca y Medina, estaban bajo su autoridad. Como su época transcurrió en guerras civiles, no se conquistó ninguna nueva región.
Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) no nombró a nadie para sucederlo. Cuando le preguntaron sobre elegir como califa a su hijo, Hazrat Hasan (que Dios esté complacido con él), respondió: «No os ordeno ni os prohíbo nada al respecto». En otra ocasión, alguien le preguntó: «¿Por qué no vais a designar a vuestro representante?». Respondió: «Quiero dejar a la comunidad musulmana tal como la dejó el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él)».
Tras el fallecimiento de Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él), los habitantes de Kufa, la capital y «Dar al-Jilafa», eligieron como califa a Hazrat Hasan (que Dios esté complacido con él). Él no deseaba las disputas internas ni el derramamiento de sangre de la comunidad musulmana. Por ello, cuando Hazrat Muawiya (que Dios esté complacido con él) atacó Irak, consideró preferible renunciar al poder del califato en favor de Muawiya en vez de entablar una guerra. Así, el sacrificio sin precedentes de Hazrat Hasan libró a la nación musulmana de la guerra civil. En la historia del islam, el año en que renunció al califato se conoce como «Amul Yama’a», el año de la unidad y la solidaridad. Después de su renuncia, Hazrat Hasan abandonó Kufa y se trasladó a Medina; nueve años más tarde falleció, en el año 50 de la Hégira. Solo tuvo la oportunidad de dirigir el califato durante seis meses.
Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) dijo acerca de Ali (que Dios esté complacido con él): «Ali es el mejor juez entre nosotros». Incluso el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Aqḍāhum Ali», es decir, «Ali es el más grande juez entre ellos». Al observar sus acertadas decisiones, Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) dijo en varias ocasiones: «Lawla Ali lahalaka Umar»: «Si no fuera por Ali, Umar habría perecido».
Alí —que Allah esté complacido con él— se consideraba igual que cualquier musulmán común y estaba siempre dispuesto a responder por cualquier error. En cierta ocasión, un judío le robó su armadura. Alí la reconoció al ver que el judío intentaba venderla en el mercado. Si hubiera querido, podría haberla tomado por la fuerza, pero no lo hizo. Conforme a la ley, presentó una demanda contra el judío ante el tribunal del cadí. El cadí también era un juez de estricta justicia. Le pidió a Alí pruebas que respaldaran su reclamación, pero Alí no pudo aportarlas. El cadí falló el caso a favor del judío. El efecto de este veredicto sobre el judío fue tan profundo que se hizo musulmán. Comentó: «Esto es una justicia como la de los profetas. Alí —que Allah esté complacido con él—, siendo el Emir de los creyentes, me ha presentado ante el cadí, y el cadí que él mismo nombró ha fallado en su contra». Hasta su matrimonio con Fátima —que Allah esté complacido con ella— vivió con la familia del Noble Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Después de casarse, comenzó a vivir en una casa aparte. Surgió la necesidad de ganarse el sustento. Pero ¿dónde estaban el capital y los medios? Se mantenía trabajando con sus propias manos y con la parte que le correspondía del botín. Cuando, durante la época de Umar —que Allah esté complacido con él—, se establecieron las asignaciones, la suya quedó fijada en cinco mil dirhams al año. Hasan contó que, al morir, solo dejó setecientos dirhams que había ahorrado para comprar un esclavo.(At-Tabaqāt: 3/39)
La escasez de medios de subsistencia nunca se apartó del destino de Alí —que Allah esté complacido con él—. En cierta ocasión, recordando el pasado, dijo: «Durante la época del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, soporté el hambre atándome piedras al estómago.(Hayāt as-Sahāba: 3 312/» Incluso después de convertirse en califa, tuvo que luchar contra el hambre y la pobreza. Sin embargo, su corazón era sumamente generoso. Nunca rechazaba a ningún necesitado. Por eso, muchas veces tuvo que permanecer sin comer junto con toda su familia. Era extraordinariamente humilde. Realizaba con sus propias manos todas las tareas domésticas. Siempre vestía ropa gruesa, y además remendada y con parches. Era la puerta del conocimiento. Personas que venían desde lugares lejanos para aprender de él podían encontrarlo cuidando camellos o arando la tierra para preparar los campos. Era tan sencillo y sin pretensiones que, de vez en cuando, simplemente se tendía sobre el suelo. En cierta ocasión, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— lo vio en esa postura y se dirigió a él diciendo: «¡Oh, Abū Turāb, habitante de la tierra, hombre sencillo!». Por eso recibió el sobrenombre de «Abū Turāb». Incluso después de convertirse en califa, mantuvo esta vida sencilla. Al igual que Umar —que Allah esté complacido con él—, siempre caminaba llevando un durra, es decir, una vara, y aconsejaba a la gente.)Al-Fitna al-Kubrā(Al-–Fitna al-Kubrā)
Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él) era miembro de la familia del Profeta y recibió su educación bajo la supervisión directa del Profeta (que Dios le bendiga y le conceda paz). El Mensajero (que Dios le bendiga y le conceda paz) dijo: «Ana madinatul ilm wa Ali babuha»—yo soy la ciudad del conocimiento y Ali es la puerta de entrada de esa ciudad. (Tirmidhi) Era un hafiz del Corán y uno de sus más eminentes comentaristas. También recopiló algunos hadices. Sin embargo, era muy cuidadoso al aceptar hadices. Cuando alguien le narraba un hadiz, le exigía al narrador que prestara juramento. (Tazkiratul Huffaz: 1/10) Él narró muchos hadices del Mensajero de Dios (que Dios le bendiga y le conceda paz), y muchos compañeros famosos y tabi‘in narraron hadices transmitidos por él. Durante la época de los califas anteriores, tres de los muháyirun y tres de los ansar emitían fatwas. Estos eran: ‘Umar, ‘Uthman y Ali; Ubayy ibn Ka‘b, Mu‘adh ibn Jabal y Zayd ibn Thabit. Según otra narración transmitida por Masruq, entre los compañeros del Mensajero de Dios (que Dios le bendiga y le conceda paz) emitían fatwas: Ali, Ibn Mas‘ud, Zayd, Ubayy ibn Ka‘b y Abu Musa al-Ash‘ari. (Tabaqat: 4/167, 175)
Alí era un orador elocuente y un buen poeta. (Kitab al-Umda: Ibn Rashiq: 1/21) Conservamos un diwán de sus poemas. Contiene un total de 1.400 versos distribuidos en numerosos poemas. Los investigadores consideran que muchos de los poemas atribuidos a él fueron interpolados. Sin embargo, los eruditos no tienen ninguna duda de que fue una figura destacada del mundo de la poesía árabe de su época. Existe una recopilación de sus discursos titulada «Nahy al-Balagha», que continúa dando testimonio de su incomparable elocuencia. (Tarij al-Adab al–Arabi: Dr. Umar Farruj, 1/309)
Su primer matrimonio fue con Fátima, la Noble Señora del Paraíso, hija del Profeta, que Allah esté complacido con ella. Mientras Fátima vivió, no contrajo un segundo matrimonio. Después de la muerte de Fátima, contrajo varios matrimonios. Según el relato de al-Tabari, tuvo catorce hijos varones y diecisiete hijas. De Fátima nacieron sus tres hijos varones, Hasan, Husayn y Muhsin, y sus dos hijas, Zaynab y Umm Kulthum. Muhsin murió durante su infancia. Según el relato de al-Waqidi, su linaje continúa únicamente a través de cinco hijos: Hasan, Husayn, Muhammad (Ibn al-Hanafiyya), Abbas y Umar.
El imán Ahmad dijo: «En cuanto a las virtudes y méritos de Alí, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, transmitió acerca de él más relatos que acerca de cualquier otro compañero.» (Al–Isaba: 2/508) Sería imposible presentar en este breve artículo siquiera una parte de todas las virtudes suyas que se han registrado en la historia. El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, hizo numerosas súplicas por él y por sus hijos. El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Nadie te amará excepto los creyentes, y nadie te envidiará excepto los hipócritas.»
Un compañero de Alí, Durar ibn Damra al-Kinani, acudió un día ante Muawiya. Muawiya le pidió que describiera las virtudes de Alí, que Allah esté complacido con él. Al principio se negó, pero ante la insistencia de Muawiya ofreció un largo relato. En él, las virtudes de Alí quedaron reflejadas de manera extraordinaria. Los historiadores dicen que, al escuchar esta descripción, todos los presentes en la reunión, incluido Muawiya, rompieron a llorar. Entonces Muawiya, que Allah esté complacido con él, comentó: «Por Allah, Abu al-Hasan (el padre de Hasan) era así.» (Al–Istiab: 3/44)
Zubayr ibn al- Awwam (que Allah esté complacido con él)
Su nombre era Zubair, su kunya Abu Abdillah y su título «Hawariyyu Rasulillah» —el discípulo y compañero del Mensajero de Allah—. Su padre se llamaba Awwam y su madre, Safiyya bint Abd al-Muttalib. Safiyya era la tía paterna del Mensajero de Allah, por lo que Zubair era primo materno del Mensajero de Allah. La Madre de los Creyentes, Jadiya al-Kubra, era su tía paterna. Por otro lado, como se casó con Asma, hija de as-Siddiq al-Akbar, el Mensajero de Allah era su cuñado. Asma, que Allah esté complacido con ella, era hermana de Aisha, Madre de los Creyentes, que Allah esté complacido con ella. De este modo, tenía múltiples vínculos de parentesco con el Mensajero de Allah.
Zubair, que Allah esté complacido con él, nació veintiocho años antes de la Hégira. No se sabe mucho sobre su vida durante la infancia. Sin embargo, es seguro que desde el principio su madre lo educó de tal manera que, al crecer, se convirtiera en un hombre audaz, decidido y seguro de sí mismo. Por eso, a menudo lo golpeaba y lo acostumbraba a una disciplina severa. Un día, su tío Nawfal ibn Juwaylid se enfureció mucho con su madre, Safiyya, y le dijo: «A fuerza de golpearlo así, acabarás matando al muchacho». Además, llamó a los miembros de los Banu Hashim y les dijo: «¿Por qué no hacéis entrar en razón a Safiyya?». Safiyya respondió: «Mienten quienes dicen que no puedo soportarlo. Lo golpeo para que se vuelva inteligente y, en su vida futura, sea capaz de derrotar a los soldados enemigos y obtener el botín de guerra.
Aquella crianza tuvo, naturalmente, un efecto en él. Desde muy joven luchaba cuerpo a cuerpo con grandes campeones y hombres fuertes. Una vez, en La Meca, se enfrentó a un joven robusto. Lo golpeó de tal manera que le rompió el brazo. La gente lo llevó ante Safiyya y presentó una queja. En lugar de arrepentirse de lo que había hecho su hijo o pedir perdón, ella les preguntó primero: «¿Qué os pareció Zubair: valiente o cobarde?»
Zubair, que Allah esté complacido con él, abrazó el islam a los dieciséis años. Entre quienes aceptaron el islam en la primera época, ocupaba una posición excepcional y particularmente honorable.
Aunque era joven, no cedía ante nadie en firmeza ni en disposición a arriesgar la vida. Después de aceptar el islam, una vez alguien difundió el rumor de que los politeístas habían capturado o matado al Mensajero de Allah. Al oírlo, quedó tan absorto por la emoción y la agitación que desenvainó inmediatamente su espada de un solo tirón y, abriéndose paso entre la multitud, se presentó ante el Mensajero de Allah. Al verlo, el Mensajero de Allah le preguntó: «¿Qué ha sucedido, Zubair?». Él respondió: «Había oído que usted había sido capturado o asesinado». El Noble Mensajero se alegró mucho y rogó por él. Según los autores de las biografías del Profeta, esta fue la primera espada que un muchacho desenvainó con la intención de ofrecerse en sacrificio.
En la primera etapa, al igual que los demás musulmanes de La Meca, también sufrió persecución y opresión. Su tío no escatimó esfuerzos para hacerle renunciar al islam. Pero, cuando la marca del monoteísmo queda una vez impresa en el corazón, ¿acaso puede borrarse? Enfurecido, su tío comenzó a tratarlo con mayor dureza. Lo tendía boca arriba sobre piedras ardientes y lo golpeaba tanto que llegaba a las puertas de la muerte. Aun así, él decía: «Hagáis lo que hagáis, no puedo volver a ser incrédulo». Finalmente, al verse sin salida, abandonó su patria, La Meca, y emigró a Abisinia. Después de permanecer allí algún tiempo, regresó a La Meca. Mientras tanto, el Mensajero de Allah también emigró de La Meca a Medina. Él también se dirigió a Medina.
En La Meca, el Mensajero de Allah estableció un vínculo de hermandad islámica entre Talha y Zubair. Sin embargo, después de llegar a Medina, se estableció nuevamente entre él y Salama ibn Salama al-Ansari un vínculo de hermandad. Salama era una persona distinguida de Medina y uno de quienes habían prestado juramento de fidelidad en Aqaba.
En cuanto a participar en las batallas, era incomparable. En la batalla de Badr demostró un valor y una destreza extraordinarios. Rompió y desbarató las filas defensivas de los politeístas. Un soldado politeísta subió a una colina y, cuando desafió a un combate singular, Zubair lo agarró con tal rapidez y fuerza que ambos comenzaron a rodar cuesta abajo. Al verlo, el Mensajero de Allah dijo: «El primero de ellos que toque el suelo será muerto». Y así sucedió. El politeísta cayó primero al suelo y Zubair, que Allah esté complacido con él, lo mató de un solo golpe de espada. Del mismo modo, se enfrentó a Ubayda ibn Said. Este estaba cubierto de armadura de pies a cabeza, de modo que solo se le veían los dos ojos. Zubair apuntó cuidadosamente y disparó una flecha contra uno de sus ojos. La puntería fue exacta: la punta de la flecha lo atravesó de lado a lado. Con gran dificultad, logró extraerla sentado sobre el cadáver. Sin embargo, la punta había quedado algo doblada. Como recuerdo, el Mensajero de Allah se quedó personalmente con aquella flecha, que después de su fallecimiento permaneció custodiada por diversos califas hasta el tercer califa, Uzmán. Tras el martirio de Uzmán, Abd Allah ibn Zubair tomó la flecha y la conservó consigo hasta su propio martirio.
En Badr luchó con tanta ferocidad que su espada se volvió roma y todo su cuerpo quedó cubierto de heridas por los golpes. Una de las heridas de aquel día era tan profunda que quedó para siempre como un hoyo. Su hijo, Hadrat Urwa, dijo: «Solíamos meter los dedos en aquel hoyo y jugar». En aquella batalla llevaba un turbante amarillo. Al verlo, el Mensajero ﷺ dijo: «Hoy también han venido los ángeles con este atuendo».
Cuando la lucha entre la verdad y la falsedad alcanzó su punto culminante en el campo de Uhud, el Mensajero ﷺ desenvainó su espada y dijo: «¿Quién cumplirá hoy con el derecho de esta espada?». Todos los Compañeros extendieron con gran entusiasmo sus manos. Zubair, que Allah esté complacido con él, también extendió la mano tres veces; pero finalmente Hadrat Abu Dujana al-Ansari, que Allah esté complacido con él, obtuvo el honor de recibirla. Cuando, debido al descuido de los soldados arqueros en la batalla de Uhud, el curso de la batalla cambió y la victoria segura de los musulmanes se transformó en derrota, Zubair, que Allah esté complacido con él, fue uno de los catorce Compañeros que, arriesgando sus vidas, formaron una línea defensiva alrededor del Noble Mensajero.
En la batalla de la Zanja, Zubair, que Allah esté complacido con él, recibió la responsabilidad de defender el sector donde se encontraban las mujeres musulmanas. Durante esta batalla, la tribu judía de Medina, Banu Qurayza, rompió el pacto de alianza concertado con los musulmanes. El Mensajero ﷺ quiso enviar a alguien para averiguar su situación. Preguntó tres veces: «¿Quién de vosotros puede traer noticias de ellos?». Cada vez, Hadrat Zubair respondió: «Yo». Satisfecho por su entusiasmo, el Mensajero ﷺ dijo: «Todo profeta tiene un hawari. Mi hawari es Zubair». «Hawari» significa compañero, camarada y seguidor.
Después de la batalla de la Zanja, también participó en la batalla contra Banu Qurayza y en el Juramento de Ridwan. En la batalla de Jaibar demostró un valor y una valentía ilimitados. Cuando murió Murahhib, el líder judío de Jaibar, su hermano Yasir, un hombre de enorme estatura y gran fuerza, salió al campo, lanzó un rugido y desafió a un combate singular. Hadrat Zubair, que Allah esté complacido con él, se lanzó al combate. Entonces su madre, Hadrat Safiyya, dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Seguramente hoy será martirizado un pedazo de mi corazón». El Mensajero ﷺ respondió: «No. Zubair lo matará a él». Y, en efecto, poco después Zubair lo mató.
Tras la conquista de Jaibar, se estaban realizando los preparativos para la conquista de La Meca. Debido a ciertas debilidades humanas, el célebre Compañero Hatib ibn Abi Balta’a, que Allah esté complacido con él, escribió una carta a los coraichitas de La Meca informándoles de todas las noticias. Envió secretamente a una mujer a La Meca con la carta. Mientras tanto, el Mensajero ﷺ fue informado de todo mediante la revelación. El grupo que envió para capturar a la mujer con la carta incluía también a Hadrat Zubair. La mujer fue capturada con la carta y llevada a Medina. Avergonzado, Hatib ibn Abi Balta’a se arrepintió, y el Mensajero ﷺ lo perdonó.
El día de la conquista de La Meca, el Mensajero ﷺ dividió el ejército musulmán en varios grupos. Él mismo se encontraba en el último y más pequeño grupo. Zubair, que Allah esté complacido con él, era el portador de la bandera de ese grupo. El Mensajero ﷺ entró en La Meca. Cuando la paz y el orden se restablecieron por todas partes, Hadrat Miqdad y Hadrat Zubair, que Allah esté complacido con ambos, llegaron ante el Noble Mensajero montados en sus respectivos caballos. El Mensajero ﷺ se levantó y, con sus propias manos, sacudió el polvo de los rostros de ambos.
Durante la batalla de Hunayn, cuando Hadrat Zubair se aproximó a una base secreta de los incrédulos, estos lo atacaron por sorpresa. Con enorme valentía, en poco tiempo despejó la base. También participó en las batallas de Taif y Tabuk. En el décimo año de la Hégira, fue compañero de viaje del Mensajero de Allah ﷺ durante la Peregrinación de Despedida.
Durante el califato del segundo califa, Hadrat Umar, que Allah esté complacido con él, tuvo lugar en la llanura de Yarmuk, en Siria, una terrible batalla entre el ejército musulmán y el enorme ejército romano. Fue la batalla que decidiría el destino de Siria. Hadrat Zubair también participó en ella. En un momento crítico de la batalla, un grupo de soldados musulmanes decidió que Hadrat Zubair lanzaría un ataque feroz contra el centro del ejército romano y que los demás permanecerían a su lado para apoyarlo. Conforme a la decisión, Hadrat Zubair, que Allah esté complacido con él, atacó con gran rapidez y violencia, rompió las filas del ejército romano y llegó al otro extremo, pero los demás no pudieron seguirlo. Cuando regresaba solo atravesando de nuevo el ejército romano, fue atacado con gran intensidad y recibió una grave herida en el cuello. Hadrat Urwa dijo: «Después de Badr, esta fue la segunda herida en la que, cuando éramos niños, metíamos los dedos y jugábamos». Como consecuencia de aquel audaz ataque, el ejército romano se dispersó.
El venerable Amr ibn al-As ha atacado Egipto y mantiene sitiada la fortaleza de Fustat. El Emir de los Creyentes, el venerable Umar, envió en su ayuda diez mil soldados y cuatro mil oficiales. En la carta escribió que cada uno de esos oficiales equivalía a mil jinetes. El venerable Zubair era uno de esos cuatro mil oficiales. Los soldados musulmanes llevaban siete meses sitiando la fortaleza. No se vislumbraba ninguna posibilidad de victoria ni de derrota. Un día, exasperado, el venerable Zubair dijo: «Hoy sacrificaré mi vida por los musulmanes». Tras decir esto, apoyó una escalera y, con la espada desenvainada en la mano, subió hasta lo alto de la muralla de la fortaleza. Otros compañeros también lo acompañaron. De repente, desde lo alto de la muralla comenzaron a proclamar: «¡Alá es el más grande!». Abajo, todos los soldados musulmanes hicieron resonar al unísono el aire y el cielo con sus proclamaciones de «¡Alá es el más grande!». Los soldados cristianos creyeron que los musulmanes habían entrado en la fortaleza. Quedaron aterrorizados y desconcertados. En cierto momento, el venerable Zubair entró con gran rapidez en el interior de la fortaleza, abrió la puerta y, de inmediato, el ejército musulmán penetró en ella. Al no ver otra salida, el gobernador de Egipto, Al-Muqawqis, propuso un tratado de paz, que fue aceptado. Se concedió a todos amán, es decir, seguridad.
En el año 23 de la Hégira, el segundo califa, el venerable Umar, murió como mártir tras ser gravemente herido por las puñaladas de un adorador del fuego. Antes de morir, formó un consejo compuesto por seis compañeros ilustres y les confió la responsabilidad de elegir al califa sucesor. Dijo: «El Mensajero de Alá estuvo satisfecho con ellos hasta el último día de su vida». El venerable Zubair era uno de los miembros de ese consejo.
Durante el califato del tercer califa, el venerable Uzmán, el venerable Zubair llevaba una vida tranquila. No aceptó ningún cargo estatal. En realidad, también había envejecido. Cuando, en el año 35 de la Hégira, los rebeldes sitiaron al venerable Uzmán, el venerable Zubair encargó a su propio hijo, el venerable Abdolá, protegerlo. Cuando Uzmán murió como mártir, lo enterró en secreto durante la oscuridad de la noche, después de realizar por él la oración fúnebre.
Durante el gobierno del venerable Alí, él y el venerable Talha fueron a La Meca y se reunieron con la venerable Aisha. Allí analizaron profundamente la situación de la comunidad musulmana en aquel momento y decidieron dirigirse a Basora en lugar de ir a Medina. Un gran número de personas se unió a ellos. Mientras tanto, el venerable Alí avanzó con un ejército para enfrentarlos, y el día 10 de Yumada al-Ujra del año 36 de la Hégira, los dos ejércitos musulmanes se encontraron frente a frente en un lugar llamado Zíqar, cerca de Basora. En la historia, este acontecimiento es conocido como la Batalla del Camello.
El análisis de este doloroso capítulo de la historia islámica no es el tema principal de este artículo. Sin embargo, quienes un día fueron hermanos se hallaban ahora sedientos de la sangre unos de otros. Fuera cual fuera la circunstancia, podemos afirmar con certeza que no actuaron así por riñas ni rencores personales. Lo hicieron impulsados por el entusiasmo y la fervorosa pasión por la verdad y la honestidad. Por eso vemos que, en aquel momento, miembros de una misma tribu estaban divididos en dos bandos. Además, el objetivo principal de los dirigentes de ambos bandos era llegar a un acuerdo. Por esa misma razón, hubo conversaciones entre ambos mediante el intercambio de emisarios. Y por la misma razón vemos que el venerable Alí llegó solo, montado a caballo, al centro del campo de batalla y llamó al venerable Zubair, diciéndole: «¡Abu Abdolá! ¿Recuerdas el día en que nosotros dos caminábamos tomados de la mano delante del Mensajero de Alá? El Mensajero de Alá te preguntó: “¿Amas a Alí?”. Tú respondiste: “Sí, oh Mensajero de Alá”. Recuerda que entonces el Mensajero de Alá dijo: “Un día lucharás injustamente contra él”». El venerable Zubair respondió: «Sí, ahora lo recuerdo».
Una sola frase. Después de pronunciarla, el venerable Alí regresó a su tienda. Entretanto, se produjo una revolución en el corazón de Zubair. Todas sus determinaciones y su firmeza quedaron completamente destrozadas. Se presentó ante la Madre de los Creyentes, la venerable Aisha, y dijo: «Estaba completamente equivocado. Alí me ha recordado una palabra del Mensajero de Alá». Aisha le preguntó: «Entonces, ¿qué piensas hacer ahora?». Él respondió: «Me aparto de esta disputa». Su hijo Abdolá dijo: «Padre, después de dejarnos en el hoyo, ¿ahora huyes por miedo a Alí?». Él respondió: «He jurado que no volveré a luchar contra Alí». Abdolá dijo: «Es posible expiar el juramento». Dicho esto, llamó a su esclavo Makjul y lo puso en libertad. Pero Zubair, el discípulo elegido del Mensajero de Alá, dijo: «Hijo mío, Alí me ha recordado algo que ha apagado todo mi ímpetu y entusiasmo. Estoy completamente seguro de que no estamos en la verdad. Ven, sígueme tú también». El venerable Abdolá se negó. El venerable Zubair partió solo hacia Basora.
Al ver partir al venerable Zubair, Ahnaf ibn Qais dijo: «Que alguien averigüe por qué se marcha». Amr ibn Yarmuz dijo: «Yo iré». Tras decir esto, se armó, espoleó su caballo y alcanzó al venerable Zubair. Este ya se había alejado un poco de Basora. Al acercarse, Ibn Yarmuz dijo:
—Abu Abdolá, ¿en qué estado dejaste a la comunidad?
– Todos se están degollando unos a otros.
– ¿Adónde va ahora?
– He comprendido mi error. Por eso quiero ir a algún otro lugar para mantenerme alejado de esta disputa.
Ibn Jarmuz dijo: «Venga, yo también tengo que ir un trecho en esa dirección». Los dos siguieron caminando juntos. Cuando llegó la hora de la oración del mediodía, el venerable Zubair se detuvo. Ibn Jarmuz dijo: «Yo también rezaré con usted». Los dos se pusieron de pie para orar. En cuanto el venerable Zubair se postró ante su Señor, el traicionero Ibn Jarmuz separó de inmediato su cabeza del cuerpo del Hawari del Mensajero de Allah de un solo golpe de espada. En verdad, pertenecemos a Allah y a Él regresaremos.
Ibn Jarmuz se presentó ante el venerable Ali, que Allah esté complacido con él, llevando la espada, la armadura y demás pertenencias del venerable Zubair, y describió con gran orgullo su hazaña. Ali, que Allah esté complacido con él, lanzó una mirada de pesar a aquella espada y dijo: «Muchas veces apartó de delante del Mensajero de Allah las nubes de la adversidad. ¡Oh, asesino de Ibn Safiyya, escucha bien: el Infierno te está esperando!». Así, el venerable Zubair, que Allah esté complacido con él, alcanzó el martirio en el año 36 de la Hégira y fue enterrado en el valle de As-Siba. Vivió 64 años.
El venerable Zubair poseía un carácter sumamente noble. La piedad, el amor a la verdad, la generosidad, la magnanimidad y la intrepidez eran rasgos distintivos de su carácter. Su corazón era tierno como el de un niño. Se derretía como la cera por la menor cosa. Cuando fue revelado este versículo:
«Tú morirás y ellos también morirán. Luego, el Día de la Resurrección, disputaréis unos con otros ante vuestro Señor» ((Zumar/31)). Él preguntó: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Se repetirá nuestra disputa en el Día de la Resurrección?». El Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «Sí. Se hará la cuenta hasta del peso de un átomo y se dará a cada persona con derecho aquello que le corresponde». Al oír esto, su corazón tembló. Exclamó: «¡Allah es el más grande! ¡Qué terrible será ese juicio!»
Una vez, al ir a visitar a Umm Ata, la abuela de su esclavo Ibrahim, vio que aún les quedaba carne del sacrificio incluso después de los días de Tashriq. Dijo: «¡Umm Ata! El Mensajero de Allah prohibió a los musulmanes comer carne del sacrificio durante más de tres días». Umm Ata respondió: «¿Qué puedo hacer? La gente envía tantos regalos que nunca se terminan». (Musnad de Imam Ahmad 1/166)
Aunque el honorable Zubayr era el ḥawārī y compañero constante del Mensajero de Dios ﷺ, narraba muy pocos hadices por temor de Dios y extrema cautela. Un día, su hijo Abdullah le preguntó: «Padre, ¿por qué no narras muchos hadices como los demás?». Él respondió: «Hijo mío, mi compañía y amistad con el Mensajero ﷺ no fueron menores que las de los demás. Desde el día en que abracé el islam, nunca me separé de la compañía del Mensajero de Dios ﷺ; pero esta advertencia suya me volvió sumamente cauteloso: “Quien mienta deliberadamente atribuyéndome algo, que se prepare para ocupar su morada en el Infierno.”
Era tan cuidadoso con la igualdad islámica que no consideraba lícito dar siquiera la menor preferencia a uno de dos musulmanes fallecidos. En la batalla de Uhud, su tío materno, el honorable Hamza رضي الله عنه, alcanzó el martirio. Su madre, la honorable Safiyya رضي الله عنها, llevó dos piezas de tela para amortajar a su hermano. Pero junto a su tío yacía el cuerpo de un hombre de los ansar. No podía aceptar que hubiera dos telas para un cadáver y que el otro quedara sin mortaja. Midió las dos telas para repartirlas entre ambos. Resultó que una era más grande que la otra. Para que no hubiera favoritismo hacia ninguno, resolvió el asunto mediante un sorteo.
El honorable Zubayr consideraba insignificante cualquier tipo de calamidad o adversidad. El temor a la muerte jamás hizo la menor mella en su firme determinación. Durante el asedio de Alejandría, quiso entrar en el interior de la fortaleza colocando una escalera. Sus compañeros le dijeron: «Dentro hay una peste terrible». Él respondió: «Hemos venido precisamente por las heridas y la peste. Entonces, ¿por qué temer a la muerte?». Aquel día entró en la fortaleza con la escalera, demostrando un valor extraordinario.
La honestidad, la confiabilidad, la capacidad de dirección y la aptitud organizativa del honorable Zubayr eran extraordinarias. Al acercarse a la muerte, la gente expresaba el deseo de confiarle la custodia de sus hijos y de sus bienes. Cuando Muʿti ibn al-Aswad quiso nombrarlo albacea, él se negó. Entonces Muʿti comenzó a suplicarle con voz afligida: «Te lo pido por Dios, por el Mensajero y por los lazos de parentesco. Escuché al gran al-Faruq, Umar, decir que Zubayr era un pilar de la religión. Compañeros como el honorable Uthman, Miqdad, Abdullah ibn Masud y Abd al-Rahman ibn Awf lo nombraron albacea al morir. Él administró sus bienes con suma honestidad y los gastó en sus hijos y familiares.»
El honorable Zubayr amaba profundamente a sus esposas y a sus hijos. Sentía un afecto especial por su hijo Abdullah y por los hijos de este. Antes de morir, se preocupaba enormemente por la educación y formación de sus hijos. En la batalla de Yarmuk llevó consigo a su hijo Abdullah. Este tenía entonces apenas diez años. El honorable Zubayr lo montó en un caballo y lo puso bajo la supervisión de un soldado, para que, al mostrarle las terribles escenas de la batalla, le enseñara valentía y coraje.
En generosidad, caridad y gasto por la causa de Dios, nunca se quedó atrás con respecto a nadie. Tenía mil esclavos. Cada día los hacía trabajar por un salario y obtenía una gran suma de dinero. Sin embargo, no consideraba apropiado gastar ni una sola moneda de ello en sí mismo o en su familia. Lo distribuía todo. En resumen, el honorable Zubayr poseía todas las cualidades que puede reunir un ḥawārī del Profeta.
El comercio era la principal ocupación del honorable Zubayr. Lo sorprendente es que nunca sufrió pérdidas en ningún negocio en el que participó.
En su lucha por la causa de Dios recibió innumerables heridas de las flechas y lanzas de los enemigos. Ali ibn Khalid relata: «Vino a nosotros desde Mosul un hombre que contó: “Yo era compañero de viaje de Zubayr ibn al-Awwam. En cierto momento del viaje vi en su cuerpo unas cicatrices y heridas como nunca había visto en el cuerpo de nadie. Cuando le pregunté, respondió: ‘Todas estas heridas las recibí junto al Mensajero de Dios ﷺ y por la causa de Dios.’”»
Alí ibn Zayd dice: «Un hombre que había visto a al-Zubayr me contó: “En su pecho había innumerables marcas de golpes de flechas y lanzas, semejantes a fuentes”».
En cuanto a su vestimenta, era sumamente sencillo. Sin embargo, su espada era muy suntuosa. La empuñadura de la espada estaba adornada con magníficos diseños.
Hazrat Muawiya preguntó a Hazrat Abdullah ibn Abbas: «¿Cuál es su opinión acerca de Talha y al-Zubayr?». Él respondió: «Que Allah tenga misericordia de ambos. ¡Por Allah!, ambos fueron sumamente moderados, virtuosos, justos, sumisos, puros, purificados y mártires».
Hazrat al-Zubayr dice: «El Mensajero de Allah (s.a.w.) suplicó por mí, por mis hijos y descendientes, y por mis nietos y nietas».
La mayor distinción y fortuna de Hazrat al-Zubayr es que fue uno de los diez compañeros —los Ashara Mubashshara— a quienes se anunció en vida la buena nueva del Paraíso.
Tal-ha ibn Ubaydullah ((r.a.))
Su nombre era Abu Muhammad Talha. Su padre era Ubaydullah y su madre, Sa’ba. Era descendiente de la rama Taym de la tribu de Quraysh. Hazrat Abu Bakr (r.a.) también pertenecía a este clan de Taym. Su madre, Sa’ba, era hermana del célebre compañero mártir Hazrat Alí ibn al-Hadrami.
Hazrat Talha aceptó el islam al comienzo mismo del islam, cuando apenas tenía quince años. Aceptó el islam por invitación de Hazrat Abu Bakr al-Siddiq (r.a.). Durante la época de la ignorancia, era un miembro habitual de las reuniones que se celebraban en la casa de Abu Bakr.
El relato de su conversión al islam es sumamente sorprendente. Había viajado a Siria con la caravana comercial de los qurayshíes. Cuando llegaron a la ciudad de Bosra, los demás comerciantes qurayshíes del grupo se separaron de él y se ocuparon de comprar y vender en distintos lugares del mercado. Mientras él recorría el mercado, ocurrió un hecho que cambiaría el rumbo de la vida de Talha. Él cuenta:
«Me encontraba entonces en el mercado de Bosra. Oí a un sacerdote cristiano anunciar: “¡Oh, comerciantes! Preguntad a quienes han llegado a este mercado si entre ellos hay alguien procedente de La Meca”. Yo estaba cerca. Me apresuré hacia él y dije: “Sí, soy de La Meca”. Preguntó: “¿Ha aparecido entre vosotros Ahmad?”. Respondí: “¿Qué Ahmad?”. Dijo: “El hijo de Abd Allah ibn Abd al-Muttalib. Este es el mes en que aparecerá. Será el último profeta. Aparecerá en La Meca y emigrará hacia una tierra de piedra negra y palmerales. Joven, deberías acudir a él cuanto antes”. Talha cuenta: “Sus palabras produjeron un profundo efecto en mi corazón. Dejé atrás mi caravana, monté en mi cabalgadura y, apenas llegué a casa, pregunté a mi familia: ‘¿Ha ocurrido algo nuevo en La Meca desde que me fui?’. Respondieron: ‘Sí, Muhammad ibn Abd Allah ha afirmado ser profeta, y Abu Bakr, el hijo de Abu Quhafa, se ha convertido en su seguidor’.”
Talha cuenta: «Fui a ver a Abu Bakr y le pregunté: “¿Es cierto que Muhammad ha afirmado ser profeta y que tú te has convertido en su seguidor?”. Respondió: “Sí”, y luego me invitó también al islam. Entonces le relaté detalladamente el episodio del sacerdote cristiano. Después me llevó consigo ante el Mensajero de Allah, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Allí pronuncié el testimonio de fe y acepté el islam, y relaté al Mensajero de Allah, que Dios lo bendiga y le conceda paz, todo lo que había dicho el sacerdote. Al oírlo, se alegró muchísimo. Así me convertí en la cuarta persona que abrazó el islam por mediación de Abu Bakr.»
La madre de Talha armó un gran alboroto cuando él aceptó el islam, pues deseaba que su hijo llegara a ser el jefe de la tribu. Los miembros de la tribu intentaron presionarlo para que abandonara el islam, pero comprobaron que era firme como una montaña. Al ver que no conseguirían nada por las buenas, optaron por torturarlo. Masud ibn Kharash cuenta: «Un día corría entre Safa y Marwa cuando vi a un grupo de hombres arrastrando a un joven con las manos atadas. Luego lo tendieron boca abajo y comenzaron a golpearlo brutalmente en la espalda y la cabeza. Detrás de ellos, una anciana gritaba hasta quedarse ronca, insultándolo. Pregunté: “¿Por qué se encuentra así el muchacho?”. Respondieron: “Es Talha ibn Ubayd Allah. Ha abandonado la religión de sus antepasados y se ha hecho seguidor de aquel hombre de los Banu Hashim”. “¿Quién es esa mujer?”. Respondieron: “Sa‘ba, hija de al-Hadrami, la madre del joven”.»
Nawfal ibn Khuwaylid, conocido como el león de los qurayshíes, fue hasta Talha. Lo ató con una cuerda y con esa misma cuerda ató también a Abu Bakr. Después entregó a ambos a los obstinados habitantes de La Meca para que los torturaran. Como los dos fueron atados con la misma cuerda, se los llamó «los dos compañeros unidos».
Después de aceptar el islam, sufrió de ese modo la persecución y la opresión de sus familiares y de los qurayshíes. Durante trece largos años soportó todo con una paciencia inmensa y continuó consagrándose sinceramente a la predicación y difusión del islam. Buscaba a los viajeros extranjeros en los valles de los alrededores de La Meca, acudía discretamente a las tiendas de los beduinos y a las casas de los politeístas conocidos de la ciudad, y les transmitía la invitación a la religión. Al igual que los demás, acudía regularmente a la «Casa de al-Arqam» en La Meca. En aquellos tiempos difíciles para el islam y los musulmanes, realizó todos los esfuerzos y sacrificios posibles por la religión de Allah.
En octubre del año 622, el Mensajero de Allah, que Dios lo bendiga y le conceda paz, emigró de La Meca a Medina acompañado de Abu Bakr. El guía de este arduo viaje fue Abd Allah ibn Urayqit. Tras llevarlos a Medina, regresó a La Meca y relató detalladamente su viaje a Abd Allah, el hijo de Abu Bakr. Cuando la familia de Abu Bakr se preparaba para emigrar a Medina, Talha y Suhayb ibn Sinan se unieron a ellos. Talha era el jefe de aquella caravana. Al llegar a Medina, Talha y Suhayb se alojaron en la casa de As‘ad ibn Zurarah. Ibn Hayar dice: antes de la emigración, en La Meca, el Mensajero de Allah había establecido un vínculo de hermandad entre Talha y Zubayr; después de la emigración, estableció un vínculo de hermandad entre Talha y el célebre compañero ansarí Abu Ayyub al-Ansari. Sin embargo, según otro relato, el Mensajero de Allah había establecido su vínculo de hermandad con Ka‘b ibn Malik, y ambos mantuvieron esa relación durante toda la vida, como hermanos de sangre.
Aunque no participó directamente en la batalla de Badr, sí lo hizo indirectamente. Por ello, el Mensajero de Allah, que Dios lo bendiga y le conceda paz, le asignó una parte del botín. Durante la batalla, un grupo de incrédulos conspiraba para atacar los asentamientos musulmanes de Medina. El Mensajero de Allah envió a Talha para obtener información sobre ellos. Además de Talha, envió a otros siete hombres a distintos lugares con diversas responsabilidades. Por ese motivo no pudieron participar directamente en la batalla. No obstante, fueron considerados entre los participantes de Badr.
En el tercer año de la Hégira tuvo lugar la batalla de Uhud contra los politeístas de La Meca. En esta batalla, Hazrat Talha estableció un récord incomparable de valor y valentía. En realidad, él fue el héroe de la batalla de Uhud. Cuando, debido al error de las tropas de arqueros, el ejército musulmán se enfrentó a una terrible calamidad, Talha fue uno de los pocos soldados que formaron una defensa alrededor del Mensajero de Allah. En ese momento, Hazrat Ammar ibn Yazid cayó mártir. Cuando una flecha lanzada por un incrédulo alcanzó el ojo de Qatada ibn Nu’man, el globo ocular salió de su cuenca y quedó colgando sobre su mejilla. Abu Dujana se colocó de frente al Mensajero de Allah y convirtió todo su cuerpo en un escudo para protegerlo. En ese momento, Sa’d ibn Abi Waqqas disparaba flechas con extraordinaria valentía. Y Talha, con una espada en una mano y una lanza en la otra, lanzó un feroz ataque contra los incrédulos.
En cierto momento de la batalla, todos se separaron del Mensajero de Allah, excepto doce hombres de los ansar y un solo emigrado: Talha. El Mensajero de Allah subió a la cima de una montaña, cuando un grupo de soldados enemigos lo rodeó. El Mensajero de Allah dijo a sus compañeros: «Quien consiga expulsarlos será mi compañero en el Paraíso». Talha dijo: «Iré yo, oh Mensajero de Allah». El Mensajero de Allah respondió: «No, quédate». Un hombre de los ansar dijo: «Iré yo». Él le dijo: «Sí, ve». El hombre de los ansar fue y cayó mártir combatiendo contra los politeístas. Así, el Mensajero de Allah hizo el llamamiento repetidas veces, y en cada ocasión Talha expresaba su deseo de ir, pero el Mensajero de Allah lo detenía y enviaba a un hombre de los ansar. Cuando, uno tras otro, todos los hombres de los ansar alcanzaron el martirio, el Mensajero de Allah dijo a Talha: «Ahora te toca a ti; ve».
Hazrat Talha lanzó el ataque. El Mensajero de Allah resultó herido, le rompieron los dientes benditos y quedó cubierto de sangre. En esa situación, Talha atacó solo a los politeístas y los hizo retroceder un poco; luego corrió hacia el Mensajero de Allah, lo cargó sobre sus hombros y comenzó a subirlo por la montaña. Tras dejar al Mensajero de Allah en un lugar, volvió a lanzar un nuevo ataque. Así, aquel día rechazó a los politeístas. Hazrat Abu Bakr dijo: «En ese momento, Abu Ubayda y yo nos habíamos alejado del Mensajero de Allah. Después de un rato regresamos junto a él y, cuando nos acercamos para atenderlo, dijo: “Dejadme; mirad a vuestro compañero Talha”». Miramos y lo vimos inconsciente, cubierto de sangre, en un foso. Uno de sus brazos estaba casi separado del cuerpo, y tenía más de setenta heridas de espadas, flechas y lanzas por todo el cuerpo. Por eso, más tarde, el Mensajero de Allah dijo de él: «Si alguien desea alegrarse al ver a un muerto caminando por la tierra, que mire a Talha ibn Ubaydullah». Por esta razón se le llamaba mártir viviente. Hazrat as-Siddiq al-Akbar, que Allah esté complacido con él, siempre que se mencionaba la batalla de Uhud decía: «Todo aquel día perteneció a Talha». En esta batalla, Talha obtuvo tanto el agrado del Mensajero de Allah que este le anunció la buena nueva del Yannatul Firdaus.
En el mes de Dhu al-Qadah del quinto año de la Hégira, las fuerzas coaligadas de diversas tribus árabes y de los judíos comenzaron a prepararse para atacar Medina. Para hacerles frente, el ejército musulmán, bajo el liderazgo del Mensajero de Allah, decidió cavar una zanja de cinco codos de profundidad, de este a oeste, junto al monte Sala, en las afueras de Medina. Se veía a Hazrat Talha ocupado en la excavación de la zanja. Apenas terminó el trabajo de excavación, las fuerzas coaligadas de los coraichitas de La Meca y de otras tribus árabes sitiaron Medina. Mientras tanto, dentro de Medina, las tribus judías, especialmente los Banu Qurayza, rompieron el pacto y comenzaron a conspirar contra los musulmanes. En ese momento, los musulmanes estaban rodeados de enemigos por dentro y por fuera. En una situación tan delicada, algunos musulmanes se inquietaron naturalmente, preocupados por la seguridad de sus esposas, hijos y familiares. Sin embargo, la moral de la mayoría de los musulmanes y su fe en Allah permanecieron firmes. Estaban completamente dispuestos a sacrificar sus vidas y bienes en el camino de Allah. Hazrat Talha pertenecía a este último grupo. Allah Altísimo ha descrito bellamente en los rukus segundo y tercero de la sura Al-Ahzab el estado de ánimo de los musulmanes en aquel momento.la sura Al-Ahzab segundo y tercero ruku describió bellamente el estado de ánimo de los musulmanes en aquel momento.
Algunos musulmanes estaban de pie junto a la zanja conversando. Hazrat Talha pasó por allí. Oyó que uno de ellos decía: «Deberíamos tomar medidas para garantizar la seguridad de nuestras esposas y familiares». Hazrat Talha se detuvo por un instante y dijo: «Allahu khayrun hafizan»: Allah es el mejor de los protectores. Quienes habían confiado en su propia fuerza y poder fracasaron. La gente dijo: «Tiene usted razón». Y abandonaron su propósito.
Participó en todas las expediciones, incluida la promesa de Ridwan, Jaibar y Mu’ta, y desempeñó un papel destacado. El día de la conquista de La Meca, Talha se encontraba en el pequeño grupo de emigrados con el que el Mensajero de Allah entró en La Meca, y entró junto con él en el interior de la sagrada Kaaba.
El día 25 de Dhul Qa‘dah del décimo año de la Hégira, el Mensajero de Allah (s. a. s.) partió de Medina con el propósito de realizar el Hayy. Este fue el histórico Hayy de la Despedida. Talha también acompañó al Mensajero de Allah (s. a. s.) en el viaje. Al llegar a Dhul Hulayfa junto al Mensajero de Allah (s. a. s.), se puso el ihram. En este viaje, aparte del Mensajero de Allah (s. a. s.) y Talha, nadie más llevaba consigo animales destinados al sacrificio. (Sahih al- Bujari: Libro del Hayy)
El fallecimiento del amado Profeta causó a Talha un dolor inmenso. Quedó profundamente afligido por la pérdida del Mensajero de Allah (s. a. s.). A veces decía: «Allah Altísimo ha ordenado tener paciencia ante todas las desgracias; por eso procuro adoptar una hermosa paciencia ante su separación y, al mismo tiempo, le pido a Allah que me conceda la capacidad para ello».
Durante el califato de Abu Bakr, fue su consejero especial. Lo ayudó en todos los asuntos mediante sus reflexiones, consejos y acciones. Durante las guerras de la Ridda, muchos Compañeros destacados aconsejaron inicialmente al califa que tratara con cierta indulgencia a los beduinos que se negaban a pagar el zakat y que no declarara la yihad contra ellos. Pero Talha declaró claramente: «La religión que no incluya el zakat no puede ser verdadera ni correcta».
En el mes de Yumada al-Thani del año 13 de la Hégira, Abu Bakr (r. a.) cayó enfermo. Su estado comenzó a deteriorarse rápidamente. Un día, Talha fue a visitarlo. Cuando llegó, tras unos instantes de silencio, ambos mantuvieron la siguiente conversación:
—¿Debo nombrar sucesor a Umar? Abu Muhammad (Talha), ¿cuál es tu opinión?
—Entre los Compañeros, Umar posee las mejores virtudes; él distingue entre la verdad y la falsedad.
—Te he pedido consejo sobre nombrarlo mi sucesor.
—Tiene cierta severidad en su carácter y suele imponer demasiadas restricciones.
—¿Qué defectos tiene?
—Si durante su mandato es tan estricto, quién sabe cuánto más estricto llegará a ser después de usted, guiado por su sentido de la responsabilidad.
—Cuando recaiga sobre él la enorme responsabilidad del califato, se volverá más flexible.
Finalmente, Talha dijo: «No discrepo en que sus virtudes y aptitudes sean superiores a las de todos los demás. No me abstuve de expresar mi reacción ante un aspecto de su carácter».
En el año 13 de la Hégira, Umar fue nombrado califa. También concedió a Talha el honor que le correspondía y, por ello, se benefició constantemente de sus consejos.
Después de la conquista de Irak, surgió una discrepancia entre los Compañeros acerca de si sus tierras agrícolas debían repartirse entre los muyahidines como el botín. Un grupo sostuvo que debían repartirse. Pero otro grupo, incluido el califa, se opuso al reparto. Finalmente, tras un largo debate en la reunión del consejo de la shura, la opinión del califa fue aceptada por consenso. En este asunto, Talha apoyó inequívocamente la opinión del califa en la reunión de la shura y pronunció un firme discurso en su favor.
Antes de fallecer el Emir de los Creyentes, Umar, Talha se encontraba entre los seis ilustres Compañeros a quienes dejó encomendada la elección de un califa de entre ellos. Sin embargo, dando la máxima muestra de abnegación, renunció a reclamar el califato y otorgó su voto en apoyo de Uthmán.
Uthmán quedó confinado en su casa por los rebeldes. Un día sacó la cabeza por la ventana de su casa y se dirigió al grupo de rebeldes y a la gente reunida de Medina. En cierto momento preguntó: «¿Está Talha entre vosotros?». Nadie respondió. Cuando lo preguntó por tercera vez de aquella manera, Talha se puso de pie. Uthmán se dirigió a él y dijo: «No esperaba que estuviera presente entre esta gente y que respondiera solo después de que le preguntaran tres veces. Te pregunto por Dios: un día, en cierto lugar, cuando no había nadie con el Mensajero de Dios salvo tú y yo, el Mensajero de Dios te dijo: “Talha, todo profeta tendrá un compañero de entre su comunidad en el Paraíso; Uthmán ibn Affán será mi compañero en el Paraíso”. ¿Lo recuerdas?». Talha respondió afirmativamente: «Sí». Luego se levantó y se marchó de entre la gente.
Hazrat Uzmán fue martirizado. Una parte de la umma musulmana alzó la voz contra el asesinato de Hazrat Uzmán y exigió qisas. Hazrat Talha y Zubair fueron de Medina a La Meca y se reunieron con Hazrat Aisha (que Dios esté complacido con ella). En las afueras de Basora se enfrentaron al ejército de Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él). Por mediación de Hazrat Qa‘qa ibn ‘Amr comenzaron las conversaciones entre ambas partes. Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él), la Madre de los Creyentes Hazrat Aisha, Talha y Zubair llegaron a un acuerdo sobre una solución pacífica del problema. Ambas partes respiraron aliviadas. Pero los hombres del judío Ibn Saba, autores de intrigas y conspiraciones, se alarmaron ante aquello. En realidad, ellos eran los asesinos de Hazrat Uzmán. Se habían ocultado entre las filas del ejército de Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él). En la oscuridad de la noche comenzaron a lanzar flechas, por un lado, contra Hazrat Aisha (que Dios esté complacido con ella) y, por otro, contra el ejército de Hazrat Alí (que Dios esté complacido con él). Los soldados de ambas partes se habían dormido tranquilamente al haberse acordado el tratado de paz. Al despertar por aquel ataque inesperado, creyeron que el adversario había comenzado la ofensiva. La conspiración del judío Ibn Saba tuvo éxito. Antes del amanecer estalló una encarnizada batalla, que pasó a la historia con el nombre de «la Batalla del Camello». En esta batalla murieron aproximadamente entre diez y, según otra opinión, trece mil personas de ambos bandos. Al comienzo mismo de la batalla, una flecha lanzada por los sabaíes se clavó en el pie de Hazrat Talha. Al ver que la sangre no dejaba de brotar de la herida, Hazrat Qa‘qa ibn ‘Amr le pidió que se dirigiera al «Dar al-Ilaj» de Basora (hospital). A petición suya, partió hacia el «Dar al-Ilaj» acompañado de un sirviente. Mientras tanto, sin embargo, su cuerpo quedó exangüe. Murió poco después de llegar allí. Fue enterrado en la propia Basora.
Ibn Asakir ha señalado, basándose en diversas fuentes, que Hazrat Talha fue herido por una flecha lanzada por Marwán ibn al-Hakam el día de la Batalla del Camello. Falleció a los sesenta y cuatro años, en Yumada al-Ula —según otra opinión, el 10 de Yumada al-Ajira— del año 36 de la Hégira.
Hazrat Talha era un comerciante acaudalado. Pero no tenía avidez por acumular riquezas. La historia conserva numerosos relatos sobre su generosidad. En la historia se le menciona como «Talha el generoso». En cierta ocasión recibió en sus manos setenta mil dírhams procedentes de Hadramaut. Por la noche se quedó abatido y preocupado. Al ver aquel estado de su esposo, su esposa Umm Kulzum, hija de Hazrat Abu Bakr (que Dios esté complacido con él), le preguntó:
—Abu Muhammad, ¿qué te ocurre? Parece que te he disgustado con alguna de mis acciones.
—No; como esposa de un hombre musulmán eres verdaderamente excelente. Pero desde esta tarde estoy pensando: si una persona se acuesta dejando tanto dinero en casa, ¿qué opinión tendrá su Señor de ella?
—¿Por qué te sientes triste y preocupado por eso? A estas horas de la noche, ¿dónde encontrarás a los pobres y necesitados y a tus parientes? En cuanto amanezca, repártelo.
—¡Que Dios tenga misericordia de ti! A esto se le llama ser hija de su padre.
A la mañana siguiente dividió todos los dírhams en bolsas y recipientes separados y los distribuyó entre los pobres y necesitados de los emigrados y los auxiliares. Se ha relatado también otro episodio sobre su generosidad. Un hombre acudió a Hazrat Talha, mencionó el parentesco que los unía y le pidió alguna ayuda. Talha dijo: «Tengo un terreno en tal lugar. Uzmán ibn Affán quiere darme trescientos mil dírhams a cambio de ese terreno. Si quieres, puedes quedarte con el terreno, o puedo venderlo y darte los trescientos mil dírhams». El hombre quiso recibir el dinero. Entonces él le entregó toda la suma obtenida de la venta.
Abd al- Rahmán ibn ’Awf ((que Allah esté complacido con él))
Según el imán al-Bujari, en la época de la ignorancia, el nombre de Abd al-Rahmán ibn Awf era Abd Amr. Ibn Sa’d menciona en su ‘Tabaqat’ que, en la época de la ignorancia, su nombre era Abd Kaaba. Después de abrazar el islam, el Mensajero de Allah le dio el nombre de Abd al-Rahmán. Tanto su padre como su madre pertenecían a la tribu de Zuhra. Su madre se llamaba Shifa bint Awf. Tanto su abuelo paterno como su abuelo materno se llamaban Awf.
Ibn Sa’d menciona, basándose en una transmisión de al-Waqidi, que nació diez años después del Año del Elefante. Según este relato, era diez años menor que el Mensajero de Allah. El Mensajero nació cincuenta días después del acontecimiento del Año del Elefante. Sin embargo, Ibn Hayar afirma que era trece años menor que el Mensajero de Allah.
Fue uno de los primeros en abrazar el islam, después de que el Mensajero de Allah recibiera la profecía. Los personajes prominentes de La Meca se reunían casi a diario en la casa de Abu Bakr. Abd al-Rahmán también era un miembro habitual de aquellas reuniones. Mantenía una profunda amistad con Abu Bakr y abrazó el islam por invitación suya. La historia ha conservado los nombres de cinco miembros habituales de aquellas reuniones en la casa de Abu Bakr: Uzman, Sa’d, Talha, Zubayr y Abd al-Rahmán. Todos ellos abrazaron el islam desde la primera etapa, por invitación de Abu Bakr, y, a cambio de sus inmensos sacrificios por el islam, recibieron en este mundo la buena noticia del Paraíso.
Abd al-Rahmán formó parte de la primera caravana, compuesta por once hombres y cuatro mujeres, que emigró de La Meca a Abisinia en el mes de rayab del quinto año de la profecía. Después de que el Mensajero emigrara a Medina, él también emigró allí. A quienes emigraron tanto a Abisinia como a Medina se les llama «sahib al-hiyratayn», es decir, «los que realizaron las dos emigraciones». En Medina se refugió en la casa de Sa’d ibn Rabi’ al-Jazrayi, y el Mensajero estableció entre ambos un vínculo de hermandad. El imán al-Bujari transmitió numerosos hadices sobre este asunto mediante varias cadenas de transmisión. Anas narró al respecto: «Cuando Abd al-Rahmán ibn Awf emigró a Medina, el Mensajero estableció un vínculo de hermandad entre él y Sa’d ibn Rabi’. Sa’d era el jefe de la tribu jazrayí de Medina y un hombre rico. Le dijo a Abd al-Rahmán: “Todos los ansar saben que soy rico. Quiero dividir toda mi riqueza en dos partes iguales y entregarte una de ellas. Tengo dos esposas. Quiero que las veas y elijas a una. Me divorciaré de ella y después tú te casarás con ella”. Abd al-Rahmán respondió: “¡Que Allah bendiga a tu familia y le conceda el bien! Hermano, no necesito nada de eso. Solo indícame el camino del mercado”».
Un ejemplo de la firme confianza de Sa’d en la hermandad islámica y de su incomparable generosidad, raro en la historia de la comunidad islámica y de la humanidad, es este. Por otro lado, también es especialmente digno de observar el carácter noble de Abd al-Rahmán, su autosuficiencia y su firme determinación de valerse por sí mismo.
Al segundo día de su estancia en Medina, Abd al-Rahmán preguntó a su hermano ansarí Sa’d: «¿Hay aquí algún mercado donde se pueda comerciar?». Él respondió: «Sí, está el mercado de Qaynuqa, en Yathrib (Medina)». Abd al-Rahmán compró un poco de mantequilla y queso en un lugar y fue al mercado. Hizo lo mismo al segundo día. Así continuó con sus negocios. Cuando hubo reunido algo de dinero, se casó con una mujer de los ansar.
Un día, después de su matrimonio, se presentó ante el Mensajero de Allah. Al ver manchas de azafrán en su ropa, el Mensajero le preguntó: «¿Te has casado?». Él respondió: «Sí». Le preguntó: «¿Con quién?». Él respondió: «Con una mujer de los ansar». El Mensajero de Allah preguntó: «¿Qué dote has fijado?». Él respondió: «Algo de oro». Entonces el Mensajero de Allah le dijo: «Celebra el walima, aunque sea ofreciendo una sola cabra».
Continuó con sus negocios. Después de algún tiempo, cuando hubo acumulado más dinero, celebró la fiesta nupcial conforme a las instrucciones del Mensajero de Allah (s.a.s.). Poco a poco, sus negocios se expandieron aún más. También concertó un acuerdo comercial con Umayya ibn Jalaf, de La Meca.
Hazrat Abd al-Rahman ibn Awf participó en todas las batallas, incluidas Badr, Uhud y al-Jandaq, y demostró un valor y una firmeza extraordinarios. El imán al-Bujari relata así, en Kitab al-Maghazi, un episodio de la batalla de Badr contado por él mismo: «En la batalla de Badr, yo estaba de pie en la fila. La lucha era encarnizada. Miré a derecha e izquierda y vi a dos jóvenes a ambos lados de mí. No confiaba mucho en ellos. Uno de ellos me preguntó en voz baja: “Tío, dígame, ¿en qué dirección está Abu Yahl?”. Le respondí: “Sobrino, ¿qué harás con él?”. Dijo: “He hecho un pacto con Allah: o lo mataré, o sacrificaré mi propia vida con ese propósito”. El otro también me dijo lo mismo en voz baja. Abd al-Rahman relata: “Después de oír sus palabras, me alegré al pensar entre qué dos grandes hombres me encontraba. Les indiqué a Abu Yahl. De repente, ambos se abalanzaron sobre Abu Yahl como dos halcones y lo mataron en un instante. Estos dos jóvenes eran Muadh y Mu’awwidh, los dos hijos de Afra”. En la batalla de Badr, Abd al-Rahman resultó herido en un pie.
También participó en la batalla de Uhud. En esta batalla igualmente demostró un valor extraordinario. El Mensajero de Allah (s.a.s.) se había refugiado en un recodo del monte Uhud, cuando Ubayy ibn Jalaf avanzó con la intención de matar al Mensajero de Allah. Cuando Abd al-Rahman avanzó con el propósito de enviarlo al Infierno, el Mensajero de Allah (s.a.s.) se lo impidió. Después, el propio Mensajero de Allah (s.a.s.) tomó una lanza de manos de Hariz ibn Simma y la arrojó al cuello de Ubayy ibn Jalaf. Herido levemente, este huyó gritando y, en el camino hacia La Meca, emprendió su viaje al Infierno en un lugar llamado Sarif.
Ibn Sa’d, ‘Tabacat al- Kubrá’ señala en su obra que, en la batalla de Uhud, Abd al-Rahman demostró un valor y un heroísmo ilimitados. Al-Baladhuri, en su obra Futuh al- Buldan, Ibn Hayar, en su obra al-–Isaba e Ibn Jaldún, en su Tarij, relatan que en esta batalla recibió un total de treinta y una heridas en todo el cuerpo.
En el mes de Sha’ban del sexto año de la Hégira, el Mensajero de Allah (s.a.s.) decidió emprender una expedición a Dumat al-Yandal, situada aproximadamente a trescientas millas al norte de Medina. Encomendó el mando de esta expedición a Abd al-Rahman. Antes de partir, este se presentó ante el Mensajero de Allah (s.a.s.). El Mensajero de Allah quitó con sus propias manos el turbante que Abd al-Rahman llevaba en la cabeza, lo dejó a un lado y le ató otro turbante negro. Luego, tras impartirle algunas instrucciones sobre la estrategia de guerra, despidió a Abd al-Rahman (r.a.).
Durante la conquista de La Meca, Abd al-Rahman también se encontraba en el pequeño grupo de emigrantes que acompañaba al Mensajero de Allah (s.a.s.).
Después de la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah (s.a.s.) envió varios grupos de predicación en distintas direcciones para realizar la labor de divulgación en la península arábiga. En aquel momento, las tribus árabes todavía estaban sumergidas hasta el cuello en la ignorancia y el tribalismo. Por ello, el Mensajero de Allah (s.a.s.) envió armados a los grupos de predicación, para que pudieran defenderse si fuera necesario. Uno de esos grupos, compuesto por treinta miembros, fue enviado bajo el liderazgo de Hazrat Jalid ibn al-Walid a los miembros de Banu Juzayma. Sin embargo, surgió un malentendido entre Hazrat Jalid y Banu Juzayma. En cierto momento, Hazrat Jalid atacó a Banu Juzayma y causó numerosas bajas entre ellos. Al enterarse de lo sucedido, el Mensajero de Allah (s.a.s.) convocó a Hazrat Jalid, lo interrogó y pidió a Allah perdón por su error. El Mensajero de Allah (s.a.s.) pagó la diya por las personas asesinadas. Incluso se pagó el valor de compensación por cualquier perro que hubiera muerto.
A causa de este incidente de Banu Juzayma, surgieron una disputa y una discusión entre Jalid y Abd al-Rahman. Al enterarse de ello, el Mensajero de Allah (s.a.s.) llamó a Jalid y lo reprendió. Le dijo: «Has discutido y polemizado con un compañero que pertenece a los Sabiqín al-Awwabín» (los que abrazaron el islam en la primera etapa). No estuvo bien que hicieras tal cosa. ¡Por Allah!, aunque poseyeras oro en cantidad igual al monte Uhud y lo entregaras todo en el camino de Allah, aun así no llegarías a ser igual a ninguno de aquellos compañeros veteranos míos». Cabe señalar que Hazrat Jalid abrazó el islam en el sexto año de la Hégira, después de la batalla de los Confederados.
También superó con éxito la prueba de fe a la que se enfrentaron los musulmanes durante la expedición de Tabuk, en el noveno año de la Hégira. En respuesta al llamamiento del Mensajero de Allah (s.a.), Abu Bakr, Uzman y Abdurrahmán (r.a.) donaron para esta expedición una cantidad de dinero sin precedentes. Cuando Abdurrahmán entregó ocho mil dinares en manos del Mensajero de Allah (s.a.), los hipócritas comenzaron a murmurar. Decían: «Es un hipócrita; su propósito no es más que aparentar ante la gente». En respuesta a ellos, Allah dice: «Este es aquel sobre quien continuará descendiendo la misericordia de Allah».(Sura At-Tawba: 71)En otra narración se cuenta que, al ver esta donación, Umar (r.a.) dijo espontáneamente: «Me parece que Abdurrahmán está incurriendo en pecado, porque no ha dejado nada para los miembros de su familia». Al oír esto, el Mensajero (s.a.) preguntó: «Abdurrahmán, ¿has dejado algo para tu familia?». Él respondió: «Sí. Les he dejado algo mejor y más abundante que lo que he donado». El Mensajero de Allah (s.a.) preguntó: «¿Cuánto?». Respondió: «Lo que Allah y Su Mensajero han prometido en cuanto a sustento, bienestar y recompensa».
Un día, durante la expedición de Tabuk, el Mensajero (s.a.) salió durante la oración del alba para hacer sus necesidades. Tardó un poco en regresar. Mientras tanto, llegó también la hora de la oración. A petición de los fieles reunidos, Abdurrahmán se adelantó para dirigir la oración como imán. Entretanto, el Mensajero (s.a.) regresó, cuando ya había terminado una rak‘a. Al percibir la presencia del Mensajero de Allah (s.a.), Abdurrahmán intentó retroceder. El Mensajero (s.a.) le hizo una señal con la mano para que permaneciera en su lugar. Después, Abdurrahmán completó también la segunda rak‘a restante, y el Mensajero (s.a.) realizó la oración siguiendo su imamato. El imán Muslim y Abu Dawud narraron este hadiz en sus respectivas obras auténticas.
El primer califa, Abu Bakr (r.a.), se encontraba en su lecho de muerte. Ya no tenía esperanza de vida. Convocó a destacados Compañeros reflexivos para consultarlos sobre quién sería el califa después de él. También consultó a Abdurrahmán y, tras mencionar algunas cualidades de Umar, propuso su nombre como próximo califa. Después de escuchar pacientemente al califa, Abdurrahmán dijo: «Tiene usted razón. No hay ninguna duda sobre su capacidad. Sin embargo, por naturaleza es un poco severo.
Durante el califato de Abu Bakr (r.a.), se encomendó a ocho destacados Compañeros la responsabilidad de emitir fatwas y administrar justicia, y se ordenó a todos los demás abstenerse de emitir fatwas. Abdurrahmán era uno de esos ocho.
Durante su califato, Umar también impidió ejercer funciones judiciales a todos, excepto a los Compañeros dotados de conocimiento y discernimiento. Incluso a Abdullah ibn Mas‘ud, a quien llamaba «el tesoro del conocimiento», se le ordenó abstenerse cuando comenzó a emitir fatwas sin autorización previa. Umar solo permitía expresar su opinión sobre una rama del conocimiento a quien fuera especialista en ella. En un discurso pronunciado durante su viaje a Siria, en un lugar llamado «Jabiya», dijo al respecto: «Quienes quieran comprender el Corán, que acudan a Ubay ibn Ka‘b; quienes quieran conocer las leyes de la herencia, que acudan a Zayd ibn Zabit; y quienes quieran informarse sobre cuestiones de fiqh, que establezcan vínculos con Mu‘az ibn Yabal y Abdurrahmán ibn Awf».
El califa Umar (r.a.) concedió a Abdurrahmán la categoría de consejero especial. Por la noche, cuando recorría la ciudad para informarse sobre la situación de sus habitantes, a menudo llevaba consigo a Abdurrahmán y consultaba con él sobre diversos asuntos.
Una noche, el califa Umar salió a recorrer la ciudad acompañado de Abdurrahmán. Desde lejos observaron una luz en una casa. Al acercarse, vieron que todas las puertas y ventanas de la casa estaban cerradas, pero desde el interior se oían las voces elevadas de varias personas. El califa Umar preguntó a Abdurrahmán: «¿Puede oír las voces que vienen del interior?
—Sí, puedo oírlas».
—¿Entiende lo que está diciendo?
—Se oyen voces al unísono. Solo se escucha un alboroto; no se entiende qué están diciendo.
—¿Sabe de quién es la casa?
—La casa es de Rabi‘a ibn Umayya.
Umar dijo: «Probablemente estén borrachos por haber bebido vino. ¿Qué le parece?»
—Allah nos ha prohibido espiar. Él ha dicho: «Wa la tajassasū» (no espiéis) y «wa la taqfu ma laisa laka bihi ‘ilm» (no sigáis aquello de lo que no tenéis conocimiento).
Al oír esto, Umar dijo: «Tiene usted razón y me lo ha recordado en el momento oportuno». Dicho esto, avanzó llevando consigo a Abdur Rahman. Los dos versículos que Hazrat Abdur Rahman recordó en esta ocasión al Emir de los Creyentes constituyen la esencia de los derechos fundamentales de la persona en la vida de la sociedad musulmana.
En el año 16 de la Hégira, como resultado de la conquista de Irak, cayó allí el imperio del rey de reyes Cosroes, y después de la batalla de Yarmuk cayó en Siria el imperio del césar de Roma. El califa emprendió la tarea de establecer la yizya y el jarach. Sin embargo, en este asunto se enfrentó a la enérgica oposición de los comandantes Jalid ibn al-Walid, Bilal y Abdur Rahman. Finalmente, tras largas deliberaciones en las sucesivas reuniones del consejo de la shura, se aceptó la opinión del califa.
El califa Umar quiso fijar las asignaciones para los compañeros del Mensajero de Allah. Expresó este deseo ante Abd al-Rahman. Este aconsejó encomendar la elaboración de una lista a tres personas expertas en genealogía: Makhzama ibn Nawfal, Khaybar ibn Mut’im y Aqil ibn Abu Talib. Siguiendo su consejo, el califa les confió esa tarea. Cuando ellos elaboraron la lista y se la presentaron al califa, tanto el Emir de los Creyentes como Abd al-Rahman la examinaron. Después de verla, Umar dijo: «Cambiad el orden de la lista y escribid primero mi nombre y los nombres de los demás miembros de mi tribu según el grado de parentesco genealógico que tengan con el Mensajero». Ali y Abd al-Rahman objetaron: «Vos sois el Emir de los Creyentes. La lista debería comenzar con vuestro nombre». Él respondió: «No. Comenzad por Abbas, el tío del Mensajero de Allah, y después escribid el nombre de Ali». Fijó la cuantía de las asignaciones después de consultar con Abd al-Rahman. Luego la presentó ante la asamblea de la shura.
Las esposas purificadas del Mensajero de Allah habían expresado desde mucho tiempo atrás su deseo de realizar el Hajj. En el año 23 de la Hégira, el califa Umar ultimó los preparativos para que pudieran cumplirlo. Él mismo las acompañó en el viaje. Encomendó toda la responsabilidad de organizarlo a Abd al-Rahman y a Uthman. Durante el viaje, Abd al-Rahman marchaba armado delante de la caravana y Uthman detrás, custodiándola. No permitían que nadie se acercara a sus camellos. Cuando se detenían en algún lugar, ambos se encargaban de vigilar las tiendas.
En el primer año de su califato, Umar nombró a Abd al-Rahman Emir del Hajj y lo envió a La Meca. También envió con él, en su propio nombre, un animal para el sacrificio. Ese año, la comunidad musulmana mundial realizó el Hajj bajo su liderazgo.
El califa Umar dirigía la oración comunitaria del alba. Firuz, el esclavo persa de al-Mughira ibn Shu’ba, lo apuñaló. Inmediatamente, pese a estar herido, tomó la mano de Abd al-Rahman, que se encontraba detrás de él, lo colocó en su lugar y cayó al suelo. Entonces Abd al-Rahman terminó rápidamente la oración restante.
Diez horas después de ser herido, Umar dijo a la gente reunida: «Como vosotros decíais, yo también quería dejar como emir a una persona capaz de cargar con el peso de esta comunidad. Después pensé que, si hacía eso, la responsabilidad recaería sobre mí incluso después de mi muerte. Por ello no me atreví. Estas seis personas son Ali, Uthman, Abd al-Rahman, Sa’d, al-Zubayr y Talha. El Mensajero de Allah les anunció la buena nueva de que entrarían en el Paraíso. Elegiréis como emir a uno de ellos. Además de estos seis, está mi hijo Abdullah. Sin embargo, no tendrá ninguna relación con el califato. Si las seis personas mencionadas se dividen, respecto a la elección del califa, en dos grupos iguales de tres cada uno, el califa será elegido del grupo al que Abdullah dé su apoyo. Pero si la opinión de Abdullah no es aceptada por el conjunto de la gente, se aceptará la opinión del grupo en el que esté Abd al-Rahman». Estas palabras de Umar dejan clara su opinión sobre Abd al-Rahman.
Umar falleció. Abd al-Rahman no estaba dispuesto a convertirse en califa. Por otra parte, Talha tampoco se encontraba entonces en Medina. Los otros cuatro hombres encomendaron a Abd al-Rahman toda la responsabilidad de elegir al califa.
Abd al-Rahman cumplió la responsabilidad que se le había confiado con extrema devoción y honestidad. Durante tres días y tres noches consecutivos consultó con personas de los más diversos estratos. La mayoría expresó su preferencia por Uthman. Finalmente, antes de que concluyera el plazo de tres días y tres noches fijado por Umar, invitó a la gente a participar en la oración comunitaria del alba. Después de la oración, anunció ante la multitud reunida el nombre de Uthman como califa. Desde que Umar fue herido con la espada, y por orden de este, hasta que se proclamó el nombre de Uthman como tercer califa, dirigió la oración comunitaria y desempeñó todas las funciones administrativas.
En el mes de Muharram del año 24 de la Hégira, Uthman fue elegido califa. Ese mismo año nombró a Abd al-Rahman Emir del Hajj. La comunidad musulmana realizó el Hajj de ese año bajo su liderazgo.
El honorable Abd al-Rahman permaneció hasta el final de su vida como miembro del consejo de consulta del califa Uthman, prestando un servicio especial a la comunidad musulmana mediante sus consejos sobre diversos asuntos importantes. Para cada uno de los tres califas, Abu Bakr, Umar y Uthman, fue una persona sumamente digna de confianza y depositaria de su plena confianza.
Según Ibn Sa’d, el honorable Abd al-Rahman falleció en el año 32 de la Hégira, a los 75 años de edad. Sin embargo, según Ibn Hajar, vivió 72 años. Ibn Hajar también dijo que Uthman o Zubayr ibn al-Awwam dirigió su oración funeraria y que fue sepultado en el cementerio de al-Baqi, en Medina. Entre quienes llevaron su cuerpo hasta el cementerio se encontraba también el ilustre compañero del Profeta, Sa’d ibn Abi Waqqas.
Ya hemos visto que Abd al-Rahman llegó a Medina con las manos completamente vacías. Comenzó su negocio comerciando con pequeñas cantidades de mantequilla clarificada y queso. Con el paso del tiempo, se convirtió en uno de los mejores comerciantes y hombres más ricos de la comunidad musulmana de aquella época. El Mensajero de Allah había suplicado por el incremento de sus bienes, y esa súplica fue aceptada por Allah. Pero nunca desarrolló la menor codicia ni apego hacia esas riquezas. Durante la vida del Mensajero de Allah y aun después de su fallecimiento, hasta el final de sus días, gastó generosamente esos bienes por la causa de Allah y en beneficio de la humanidad.
En cierta ocasión, el Mensajero decidió enviar una expedición. Dijo: «He decidido enviar soldados a una expedición; ayudadme». Abd al-Rahman llegó, corrió a su casa y regresó enseguida. Entonces dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Tengo aquí cuatro mil. Doy dos mil a mi Señor como préstamo benevolente y dejo los otros dos mil para mi familia». El Mensajero de Allah dijo: «¡Que Allah bendiga todo lo que has dado y todo lo que has reservado!»
En cierta ocasión, Medina se alborotó: había llegado una caravana comercial procedente de Siria con una enorme cantidad de cereales. Solo había camellos y más camellos. La Madre de los Creyentes, Aisha, preguntó: «¿De quién es esta caravana comercial?». La gente respondió: «De Abd al-Rahman ibn Awf». Ella dijo: «Escuché al Mensajero decir: “Me pareció ver a Abd al-Rahman inclinarse una vez sobre el Sirat y luego volver a enderezarse”». En otra narración se dice que Aisha declaró: «Que Allah bendiga todo lo que le ha concedido en este mundo, pero su recompensa en la otra vida será aún mayor. Escuché al Mensajero de Allah decir: “Abd al-Rahman entrará en el Paraíso arrastrándose”».
Estas palabras de Aisha llegaron a oídos de Abd al-Rahman. Él dijo: «Si Allah quiere, tendré que entrar en el Paraíso erguido». Después donó como limosna todas sus mercancías. La carga estaba distribuida sobre quinientos camellos —según otra opinión, setecientos—. Algunos han dicho que también donó los camellos junto con las mercancías. Abd al-Rahman estaba profundamente consagrado a las Madres de los Creyentes. Durante toda su vida gastó generosamente para procurarles bienestar y comodidad. Para ellas era una persona digna de confianza y en quien podían depositar su confianza. En cierta ocasión vendió unas tierras por cuarenta mil dinares y distribuyó todo el dinero obtenido entre los Banu Zuhra (el clan paterno de Amina, la madre del Mensajero de Allah), los musulmanes, los pobres y necesitados, los emigrantes y las esposas purificadas del Mensajero. Cuando la parte de Aisha llegó a ella, preguntó: «¿Quién la ha enviado?». Le respondieron: «Abd al-Rahman ibn Awf». Ella dijo: «El Mensajero de Allah dijo: “Después de mí, solo los pacientes mostrarán compasión hacia vosotros”».
Ibn Hajar, en la obra «‘Al–-Iṣāba’», ha mencionado, citando a Ja’far ibn Barqan, que Abd al-Rahman liberó en total a treinta mil esclavos. Incluso durante la época preislámica consideraba ilícito beber vino.
El honorable Abd al-Rahman era un ejemplo vivo de piedad y temor de Allah. Cuando iba a La Meca, ni siquiera volvía la mirada hacia sus antiguas casas. La gente le preguntó: «¿Por qué siente usted tanta aversión por sus antiguas casas?». Él respondió: «Las abandoné por mi Allah».
Una vez invitó a sus amigos. Llegaron deliciosos manjares. Al ver la comida, comenzó a llorar. La gente le preguntó: «¿Qué ha sucedido?». Él respondió: «El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se ha marchado. En su propia casa ni siquiera pudo comer pan de cebada hasta saciarse».
Un día estaba observando el ayuno. Después del iftar, miró la comida que habían colocado delante de él y dijo: «Mus‘ab ibn Umayr era mejor que yo. Cuando fue martirizado, solo se encontró para él un pequeño trozo de tela como mortaja. Si con ella se cubría la cabeza, quedaban descubiertos los pies; y si cubría los pies, quedaba descubierta la cabeza. Después, Allah Altísimo nos concedió esta abundancia mundana. Temo que nuestra recompensa se nos haya concedido ya en este mundo». Después comenzó a llorar desconsoladamente.
Hazrat Umar comentó acerca de él: «Abd al-Rahman es uno de los líderes musulmanes». Hazrat Ali, al relatar un episodio, transmitió del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «Abd al-Rahman es una persona digna de confianza para los cielos y la tierra».
Hazrat Abd al-Rahman narró hadices directamente del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y de Umar (RA). De él narraron hadices sus hijos, como Ibrahim, Humayd, Umar, Mus‘ab y Abu Salama; su nieto Miswar; su sobrino Miswar ibn Majrama; y los compañeros Ibn Abbas, Ibn Umar, Zubayr, Yabir, Anas, Malik ibn Aws y otros. Su principal distinción es que fue uno de los diez a quienes se les anunció el Paraíso.
Sa‘’d ibn Abi Waqqas ((RA))
Su nombre era Abu Ishaq Sa‘d y su padre, Abu Waqqas Malik. En la historia es conocido como Sa‘d ibn Abi Waqqas. Era descendiente de la rama Banu Zuhra de la tribu de Quraysh. Su madre se llamaba Hamna. Ambos padres pertenecían a la tribu de Quraysh. El padre de Sa‘d, Abu Waqqas, aceptó el islam y obtuvo el honor de convertirse en compañero del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Cuando se encontraba en su lecho de muerte, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fue a visitarlo. Su madre, Hamna, también aceptó el islam. Sin embargo, al enterarse por primera vez de que su hijo Sa‘d había aceptado el islam, comenzó a hacer un gran alboroto y a lamentarse, y reunió a la gente. Al ver la conducta de su madre, Sa‘d, aturdido por la indignación y el dolor, fue a sentarse en silencio en un rincón de la casa. Después de lamentarse y alborotar durante un rato, su madre declaró claramente: «Mientras Sa‘d no proclame su rechazo a la misión profética de Muhammad, no comeré nada, no beberé nada ni me refugiaré en la sombra para protegerme del sol. Allah también ha ordenado obedecer a la madre. Si no me escuchas, serás considerado desobediente y dejarás de tener cualquier relación conmigo».
Hazrat Sa‘d quedó sumamente angustiado. Se presentó ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y le relató todo lo sucedido. Antes de recibir una respuesta del Mensajero, fue revelado el octavo versículo de la sura Al-Ankabut:
«He ordenado al ser humano que trate bien a sus padres. Pero si ellos te presionan para que Me asocies aquello de lo que no tienes conocimiento, no les obedezcas».
Este versículo del Corán disipó la angustia mental de Hazrat Sa‘d. Su madre no probó bocado durante tres días, no habló con nadie y no se resguardó del sol ni siquiera bajo la sombra. Su estado llegó a ser muy lamentable. Él acudió repetidamente a su madre e intentó persuadirla, pero ella insistía en lo mismo: debía abandonar el islam. Finalmente, se vio obligado a decirle a su madre en su propia cara: «Madre, aunque mil madres como usted se obstinaran en que yo abandonara el islam, dejaran de comer y beber y entregaran su vida, aun así me sería imposible abandonar la verdadera religión». Estas palabras de absoluta sinceridad de Hazrat Sa‘d dejaron una profunda huella en el corazón de su madre. Finalmente, ella también aceptó el islam. El imán Muslim transmitió un hadiz relacionado con este asunto en el capítulo «Al-Fada’il» de su obra Sahih.
El hermano de Hazrat Sa‘d, Umair, aceptó el islam poco después de que el Mensajero de Allah recibiera la misión profética. Fue uno de los primeros en aceptar el islam. Ibn Jaldún, en su ‘Tarij,’ menciona que, después de Umair, Abdullah ibn Mas‘ud aceptó el islam.
Hazrat Abu Bakr era un amigo íntimo de Hazrat Sa‘d. Este aceptó el islam por invitación de Abu Bakr. El imán Bujari transmitió un hadiz sobre la conversión de Sa‘d al islam en el capítulo «Al-Manاقib» de su obra Sahih. Sa‘d dijo: «Después de aceptar el islam, me vi como el tercer musulmán». En realidad, aceptó el islam al mismo tiempo que el Mensajero de Allah recibió la misión profética, pero, al igual que muchos otros, no lo declaró entonces. Esto también queda respaldado por el episodio de su madre y por la revelación del versículo de la sura Al-Ankabut, pues este versículo fue revelado en el cuarto año de la misión profética. Probablemente fue entonces cuando informó a su madre de que había aceptado el islam.
En el tercer año de la misión profética, ‘Amr ibn ‘Abasa, de la tribu de Sulaym, se presentó secretamente ante el Mensajero de Allah y aceptó el islam. Hasta entonces, Allah aún no había dado permiso para la predicación pública. Después de aceptar el islam, ‘Amr estaba rezando en un rincón de la garganta de Abu Talib. Los quraysh comenzaron a lanzar piedras. Al verlo, Sa‘d avanzó junto con uno o dos musulmanes, y comenzaron a discutir y forcejear con aquellos incrédulos quraysh. Hazrat Sa‘d golpeó ferozmente con su látigo a un incrédulo. El cuerpo del hombre quedó cubierto de sangre. Este fue el primer caso en la historia del islam en que la mano de un musulmán derramó la sangre de un politeísta.
Hazrat Sa‘d ibn Abi Waqqas fue uno de los cuatro que emigraron a Medina después de que Hazrat Mus‘ab ibn ‘Umair e Ibn Umm Maktum emigraran de La Meca a Medina. En el Sahih de Bujari se transmitió un hadiz de Al-Bara ibn ‘Azib. Él dijo: «Los primeros en llegar a nosotros fueron Mus‘ab ibn ‘Umair e Ibn Umm Maktum. Estos dos enseñaban el Corán a los habitantes de Medina. Después llegaron Bilal, Sa‘d y Ammar ibn Yasir». Ibn Sa‘d ‘Tabakatul Kubra’ menciona en esta obra, citando a Al-Waqidi, que Sa‘d y su hermano Umair emigraron de La Meca a Medina y se alojaron con su otro hermano, ‘Utba ibn Abi Waqqas. Unos años antes, ‘Utba había matado a un hombre, había huido de La Meca y se había refugiado en Medina.
El papel de Hazrat Sa‘d en el yihad por la causa de Allah fue sumamente importante. Su valentía y coraje llevaron a los enemigos del islam hacia un destino muy terrible. Fue el primer musulmán en lanzar una flecha por la causa de Allah. Él mismo solía decir:
—«Fui el primer árabe en lanzar una flecha por Allah».
Durante bastante tiempo después de la Hégira de La Meca a Medina, la situación económica de los musulmanes emigrados fue extremadamente lamentable. No tenían provisiones de alimentos, ni ropa que vestir, ni medios definidos para ganarse la vida. Debido a la presión de los emigrados llegados de La Meca, los cimientos del limitado sistema económico de Medina comenzaron a tambalearse. Toda la sociedad musulmana de Medina, tanto los ansar como los emigrados, cayó en una extrema penuria económica. En medio de una pobreza tan severa, continuaron difundiendo y propagando el islam, y siguieron librando una batalla tras otra contra los incrédulos. Sobre esta extrema pobreza, el honorable Sa‘d, que Allah esté complacido con él, dijo: «Participábamos en las batallas junto al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz; sin embargo, en aquel tiempo no teníamos nada que comer salvo hojas de los árboles. (Vivíamos comiéndolas.) Y nuestras heces eran como el estiércol de los camellos y las cabras».— (Bujari y Muslim: Manāqib de Sa’‘d —que Allah esté complacido con él..)
Un año después de la Hégira, en el mes de Safar, el Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, envió a una patrulla de sesenta jinetes de camello para vigilar los movimientos de los quraysh. El honorable Sa‘d, que Allah esté complacido con él, también formaba parte de esta partida. En cierto momento, divisaron una gran fuerza de los quraysh al mando de Ikrima ibn Abi Yahl. Sin embargo, ambos bandos evitaron el enfrentamiento. Pero cuando alguien del bando quraysh lanzó de repente un fuerte grito, el honorable Sa‘d disparó inmediatamente una flecha. Esta fue la primera flecha lanzada contra los incrédulos en la historia del islam.
En el mes de Rabi al-Thani del segundo año de la Hégira, el Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, salió de Medina acompañado por doscientos compañeros. El objetivo era observar los movimientos del enemigo en los alrededores de Medina y hacerle saber que los musulmanes no estaban dormidos. El honorable Sa‘d, que Allah esté complacido con él, era el abanderado de esta fuerza. En esta ocasión también tuvo lugar una pequeña escaramuza con los quraysh en un lugar llamado Bawat. Seis meses después tuvo lugar la batalla de Badr.
Pocos días antes de la batalla de Badr, Sa‘d, que Allah esté complacido con él, era uno de los tres hombres enviados por el Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, para recabar información sobre la caravana de los quraysh. Apostados cerca del pozo de Badr, capturaron a dos hombres del bando contrario y los llevaron ante el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. El Mensajero, que Allah lo bendiga y le conceda paz, obtuvo de ellos mucha información sobre el enemigo.
En Badr, Sa‘d, que Allah esté complacido con él, y su hermano ‘Umayr, que Allah esté complacido con él, lucharon con gran valentía. Cada uno de ellos mató a varios incrédulos y los envió al Infierno. En esta batalla, el honorable ‘Umayr, que Allah esté complacido con él, alcanzó el martirio. Sa‘d, que Allah esté complacido con él, mató a Sa‘id ibn ‘As, tomó su espada y se la entregó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Expresó ante el Mensajero su deseo de recibir la espada. Él respondió: «Esta espada no es ni tuya ni mía». Sa‘d, que Allah esté complacido con él, se levantó de donde estaba el Mensajero y apenas se había alejado un trecho cuando la sura Al-Anfalfue revelada. Entonces el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo llamó y le dijo: «Llévate tu espada».
La batalla de Uhud tuvo lugar un año después de Badr. El honorable Sa‘d, que Allah esté complacido con él, también participó en esta batalla. Cuando, debido al error de algunos soldados musulmanes, una victoria segura se transformó en derrota, Sa‘d, que Allah esté complacido con él, fue uno de los pocos soldados que, arriesgando sus vidas, formaron un perímetro defensivo alrededor del Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz. El imán al-Bujari narró este acontecimiento por boca del propio Sa‘d:
«El día de Uhud, el Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, extendió su carcaj delante de mí y dijo:
“¡Dispara las flechas! ¡Que mis padres sean sacrificados por ti!”. Ibn Sa‘d también dijo: “Por casualidad, uno de los carcajes no tenía ninguna flecha. Sa‘d, que Allah esté complacido con él, dijo: ‘¡Oh, Mensajero de Allah! Este está vacío’. Él respondió: ‘¡Lánzalo también!’”
Un hermano de Hazrat Sa‘d, ‘Umayr, fue martirizado en la batalla de Badr. En la batalla de Uhud, mientras Sa‘d luchaba arriesgando su vida para proteger al Mensajero de Allah del feroz ataque de los incrédulos, el rostro del amado Profeta resultó herido por una piedra lanzada por su otro hermano, el miserable ‘Utba, y uno de sus dientes se rompió. Sa‘d solía decir: «Nunca sentí un deseo tan intenso de matar a ningún otro incrédulo como el que sentí respecto a ‘Utba. Pero cuando oí decir al Mensajero de Allah que la ira de Allah recaería sobre quien había ensangrentado el rostro del Mensajero de Allah, mi deseo de matarlo se debilitó y la tranquilidad descendió sobre mi corazón».
Durante la batalla de Uhud, presenció una escena extraordinaria. Dijo: «El día de Uhud vi, a la derecha y a la izquierda del Mensajero de Allah, a dos hombres de una blancura resplandeciente. Luchaban ferozmente contra los incrédulos. Nunca los había visto antes ni los volví a ver después».
La batalla de la Trinchera tuvo lugar dos años después de Uhud. Él también participó en ella y disparó una flecha contra un hábil jinete incrédulo, atravesándole el ojo de tal manera que, al verlo, el Mensajero de Allah rompió a reír. Durante la batalla de la Trinchera se levantó una tienda para el Mensajero de Allah en un valle del monte Sala. En una noche fría, el Mensajero de Allah dormía solo, envuelto en su manta. De repente oyó el tintineo de armas dentro de la tienda. Preguntó: «¿Quién es?». Recibió la respuesta: «Sa‘d, hijo de Abu Waqqas». «¿Para qué has venido?». Respondió: «El Mensajero de Allah es más querido para mí que mil vidas de Sa‘d. Esta noche oscura y fría temí por usted; por eso he venido a montar guardia». El Profeta de Allah dijo: «¡Sa‘d! Tenía los ojos abiertos y esperaba que hoy algún siervo piadoso me protegiera».
En el décimo año de la Hégira, Sa‘d también acompañó al Mensajero de Allah en la Peregrinación de Despedida. Sin embargo, antes de la peregrinación cayó gravemente enfermo en La Meca. Prácticamente perdió toda esperanza de vivir. Durante ese tiempo, el Mensajero de Allah iba a visitarlo de vez en cuando. Hazrat Sa‘d dijo: «Un día, después de hablar conmigo, puso la mano sobre mi frente. Luego deslizó la mano por mi rostro hasta el vientre y suplicó: “¡Oh Allah, concede la curación a Sa‘d y completa su Hégira!” Es decir, concédele morir en Medina, el lugar de su Hégira». Hazrat Sa‘d solía decir: «Aún siento en mi corazón aquel contacto refrescante y aquella tranquilidad de la mano del Mensajero de Allah». Se recuperó y vivió otros cuarenta y cinco años.
El ejército musulmán, bajo el mando de Hazrat Abu ‘Ubayda y de Muthanna, derrotó al ejército del Kisra de Persia y conquistó Irak. Irak estaba ahora bajo el control del ejército musulmán. Los parientes del Kisra, dejando de lado todas sus diferencias, sentaron a Yazdegerd en el trono y reunieron un enorme ejército, bajo el mando del general Rustam, para atacar nuevamente al ejército musulmán. Hazrat ‘Umar recibió la noticia de estos preparativos. Expresó su deseo de marchar personalmente con un ejército para ayudar a Muthanna. Pero, al no obtener la autorización del consejo de la shura, envió a Sa‘d conforme a la decisión de la shura y lo nombró comandante supremo del ejército unido del frente iraní. Hazrat Sa‘d llegó a Qadisiyya desde Medina con su ejército. Muthanna falleció antes de su llegada. En la llanura de Qadisiyya tuvo lugar, bajo el mando del comandante Sa‘d, una batalla decisiva y sangrienta entre los ejércitos musulmán y persa. En esta batalla, las líneas defensivas del enorme ejército persa quedaron destrozadas y fueron sufriendo derrotas sucesivas.
De camino a Mada’in, la capital del Imperio sasánida, el ejército musulmán había tomado Bahrasi. Entre Bahrasi y Mada’in fluía el río Tigris, agitado y azotado por las olas. Hazrat Sa‘d recibió la noticia de que el emperador Yazdegerd estaba retirando todos los bienes valiosos de la capital, Mada’in. Hazrat Sa‘d avanzó rápidamente hacia Mada’in con su ejército. Al llegar a la orilla del Tigris, vio que los iraníes ya habían destruido el puente del río. Allí, en la orilla del Tigris, pronunció un discurso histórico dirigido a los muyahidines musulmanes. A continuación, se ofrece un resumen de su discurso:
«¡Oh siervos de Allah, soldados de la religión! Los gobernantes sasánidas han encadenado a los siervos de Allah con las cadenas de la esclavitud y, engañándolos con palabras falsas y fabricadas, los han obligado a adorar el fuego y el sol. Han acumulado para sí las riquezas ganadas con el sudor y el duro trabajo de la gente. Cuando vosotros habéis llegado como sus salvadores, ellos han emprendido la huida y han cargado las riquezas de los pobres sobre los lomos de caballos y asnos. Nunca les concederemos semejante oportunidad. Para impedir que nos apoderemos de los tesoros cargados sobre sus animales, han destruido el puente. Pero los iraníes no nos conocen. No saben que quienes confían en Allah y sirven a la humanidad no dependen de puentes ni de barcos. En el nombre de Allah, el Misericordioso y Generoso, voy a hacer entrar mi caballo en el río. Seguidme. Cruzad el Tigris en filas: uno detrás de otro y uno al lado de otro. ¡Que Allah os ayude y os proteja!»
Al terminar el discurso, Hazrat Sa‘d pronunció el Bismillah y condujo su caballo al río. Los demás muyahidines también siguieron a su comandante. El río estaba embravecido. Sin embargo, no se produjo el menor desorden en las filas de los soldados de Allah. Cruzaron el río ordenadamente y llegaron a la otra orilla. Los soldados iraníes observaban la escena desde una distancia relativamente segura. Quedaron paralizados de asombro. De pronto comenzaron a gritar: «¡Vienen demonios, vienen monstruos! ¡Huid, huid!»
Ante este ataque repentino de los muyahidines musulmanes, el rey Yazdegerd abandonó Mada’in y partió hacia Hulwán, dejando atrás innumerables tesoros. Hazrat Sa‘d (que Alá esté complacido con él) entró en el palacio blanco y desierto. El ambiente era aterrador. Cada habitación del palacio parecía un recordatorio de enseñanza y admonición. De los labios de Hazrat Sa‘d (que Alá esté complacido con él) brotaronla sura Ad-Duján y estos versículos:
—¡Cuántos jardines y manantiales dejaron atrás, cuántos campos de cultivo, magníficos palacios y bienes suntuosos que les deleitaban! Así sucedió, y concedimos todo ello en herencia a otro pueblo.» (sura Ad-Duján: 25–-28)
Hazrat Sa‘d (que Alá esté complacido con él) entró en el palacio blanco y ofreció ocho rak‘at de la «salat al-fath». Luego anunció que ese día se celebraría allí la oración comunitaria del viernes. Después hizo construir un púlpito y realizó la oración del viernes. Esta fue la primera oración del viernes celebrada en Persia.
Después de la conquista de Mada’in, el califa Umar (que Alá esté complacido con él) ordenó al comandante Sa‘d que no persiguiera personalmente a los iraníes, sino que eligiera a otra persona y le encomendara esa tarea. Luego, obedeciendo la orden del califa, se dedicó a restablecer la paz y el orden internos, reorganizar la administración, difundir el islam y educar y formar a los nuevos musulmanes. En Mada’in, que durante cientos de años había sido el centro de los adoradores del fuego y donde jamás se había escuchado el nombre del Dios único, Hazrat Sa‘d construyó por primera vez una mezquita principal. También construyó mezquitas en otras ciudades de Irán. Amplió la ciudad de Kufa para el asentamiento de los musulmanes árabes. Él fue asimismo el arquitecto de Basora, en Irak.
El califa Umar nombró a Sa‘d gobernador de Kufa. Al cabo de unos días, a raíz de las quejas de algunos habitantes de Kufa contra él, lo destituyó de dicho cargo. El palacio que Sa‘d había construido para sí en Kufa fue incendiado y reducido a cenizas por Muhammad ibn Maslama, quien viajó de Medina a Kufa por orden de Umar. (Maymu‘’ Fatawa–Ibn Taymiyya, tomo 35 pág. 40)
El hombre de Kufa llamado Usama ibn Qatada, que había prestado falso testimonio bajo juramento ante el califa Umar contra Sa‘d, fue objeto de una maldición de este último, quien pidió a Allah tres cosas para él: que le concediera una larga vida, que lo afligiera con los golpes de la pobreza y que convirtiera su propia persona en presa de la fitna. Los historiadores han dicho que esta súplica suya se cumplió literalmente. No hay nada sorprendente en ello, pues él era un hombre cuya súplica era aceptada. El propio Mensajero de Allah había suplicado por él: «¡Oh Allah, acepta la súplica de Sa‘d cuando suplique!»
No es cierto que el califa Umar, que Dios esté complacido con él, creyera verdaderas las acusaciones formuladas contra Sa‘d. Por eso dijo: «No destituí a Sa‘d por considerarlo incompetente para la administración del Estado ni por desconfiar de él». (Bujari: Kitab al-Manaqib) Se encuentra una prueba de que Sa‘d siguió gozando de la confianza del califa Umar hasta los últimos momentos de la vida de este en el hecho de que incluyó a Sa‘d en el consejo de seis miembros que constituyó antes de morir para elegir al siguiente califa. Sus últimas palabras acerca de Sa‘d fueron: «Si Sa‘d obtiene la responsabilidad del califato, es digno de ella; y si no, que quien sea nombrado califa solicite su ayuda». (Bujari: Kitab al-Manaqib y Al–Isaba). En el primer año de su califato, Uzmán volvió a nombrar a Sa‘d gobernador de Kufa. Sin embargo, al surgir al cabo de unos días un desacuerdo entre él y el tesorero de Kufa, Abd Allah ibn Mas‘ud, sobre cierto asunto, el califa retiró a Sa‘d del cargo.
Los alborotadores ansaríes de Ibn Saba entraron en Medina con el propósito de sitiar al califa Uzmán, que Dios esté complacido con él. Durante el sermón de la oración del viernes en la Mezquita del Profeta, el califa censuró duramente a los alborotadores. Estos también hirieron al califa arrojándole piedras. En ese momento, Sa‘d fue el primero en avanzar para hacerles frente. Después, los demás compañeros se levantaron juntos y los expulsaron.
Uzmán, que Dios esté complacido con él, fue martirizado a manos de los rebeldes. Sa‘d se encontraba entonces en Medina. Los habitantes de Medina eligieron califa a Alí y le juraron fidelidad. Cuando la gente fue a la casa de Sa‘d para jurar fidelidad a Alí, este cerró la puerta en sus rostros y dijo: «No lo haré mientras no hayan jurado fidelidad todos; no obstante, no hay peligro alguno que temer de mi parte».
No es posible tratar en este breve espacio el doloroso capítulo que se inició en la historia del islam después del asesinato de Uzmán, que Dios esté complacido con él. Sin embargo, para comprender el papel de Sa‘d en aquella época, es necesario señalar que la comunidad islámica se dividió entonces en tres grupos: uno a favor de Alí, otro en su contra y un tercero neutral. Tanto entre los partidarios de Alí como entre sus adversarios había compañeros eminentes, y también los había en el grupo neutral. Estos no consideraban lícito desenvainar la espada a favor o en contra de ningún musulmán. Por eso vemos que Sa‘d no se unió a ninguno de los dos bandos en las batallas del Camello o de Siffín; permaneció entonces en su propia casa, en Medina.
En resumen, después del martirio de Uzmán, Sa‘d optó por el aislamiento. En cierta ocasión, al ver que su hijo Umar se acercaba al establo de sus camellos, dijo: «Que Dios me proteja del mal de este jinete». Luego Umar se acercó a su padre y le dijo: «Mientras tú pasas el tiempo entre camellos y cabras, la gente está enfrascada en disputas sobre el gobierno». Sa‘d golpeó con la mano el pecho de su hijo y dijo: «¡Cállate!». He oído decir al Mensajero, que Dios le bendiga y le conceda paz: «Dios ama al que se aparta, al piadoso y a quien, al tomar una decisión correcta, no teme la ira ni el desagrado de la gente».
Sa‘d, que Dios esté complacido con él, juró fidelidad a Alí y volvió a considerar impíos y perversos a los jariyíes que se habían separado de su grupo. Después del martirio de Uzmán, su hijo Umar acudió a él y le dijo: «Ahora la comunidad musulmana necesita un hombre sabio para dirigir el califato. A nuestro parecer, tú eres el más indicado». Apenas hubo dicho esto, Sa‘d exclamó: «¡Basta, ya está! No tienes que seguir animándome».
Hazrat Sa’d falleció después de permanecer enfermo durante algunos días en el valle de Aqiq, a diez millas de Medina. Existe desacuerdo entre los biógrafos acerca del año de su muerte. Sin embargo, la opinión más difundida es que falleció en el año 55 de la Hégira, a la edad de 85 años. Ibn Hayar también apoyó esta opinión en su obra Tahdib. Después de ser lavado y amortajado, su cuerpo fue llevado a Medina. Marwan, el gobernador de Medina en aquel entonces, dirigió la oración fúnebre. A través de varias narraciones de Sahih Muslim se conocen detalladamente los hechos relacionados con su oración fúnebre.
Tras el fallecimiento de Hazrat Sa’d, la Madre de los Creyentes, Hazrat Aisha, envió un mensaje, junto con las demás esposas purificadas del Profeta, para que llevaran su cuerpo a la mezquita, a fin de que pudieran participar en la oración fúnebre. Pero la gente empezó a dudar de si estaba permitido llevar el cuerpo a la mezquita. Al enterarse de ello, Hazrat Aisha dijo: «¿Lo olvidáis tan pronto? El Mensajero de Allah ofreció en esta misma mezquita la oración fúnebre por Suhayl ibn Bayda». Entonces llevaron el cuerpo cerca de las habitaciones de las Madres de los Creyentes, y ellas ofrecieron la oración.
Al momento de su muerte, Hazrat Sa’d poseía una gran riqueza. A pesar de ello, pidió una yubba de lana muy antigua y dijo: «Con esta me amortajaréis. Con esta yubba luché contra los incrédulos en la batalla de Badr. Deseo presentarme ante Allah con ella».
Mus’ab, el hijo de Hazrat Sa’d, dijo: «En los últimos momentos de mi padre, su cabeza descansaba sobre mi regazo. Al ver su estado agonizante, mis ojos se llenaron de lágrimas. Él me miró y preguntó: “Hijo mío, ¿por qué lloras?”. Respondí: “Al ver su estado”. Dijo: “No llores por mí. Allah jamás me castigará; yo pertenezco al Paraíso. Allah recompensará a los creyentes por sus buenas obras y, a cambio de las buenas obras de los incrédulos, aliviará su castigo”.(Hayat-us Sahaba– 3/54)
La posición y la importancia de Hazrat Sa’d eran sumamente elevadas ante el Mensajero de Allah, los califas rectamente guiados y los demás compañeros. Numerosos hadices muestran la gran importancia que concedían a su opinión. En cierta ocasión, Sa’d narró un hadiz acerca de pasar las manos húmedas sobre los calcetines de cuero. Hazrat Abdullah ibn Umar quiso verificar la autenticidad de este hadiz con su padre, Hazrat Umar al-Faruq. Preguntó: «¿Has oído este hadiz de Sa’d ibn Abi Waqqas?». Él respondió: «Sí». Umar dijo: «Sí. Cuando Sa’d os narre un hadiz, no preguntéis a nadie más acerca de él».
Ibn Ishaq narra: «Entre los compañeros del Mensajero de Allah, cuatro eran los más firmes: Umar, Ali, Zubair y Sa’d, que Allah esté complacido con ellos».
Durante la vida del Mensajero de Allah, Sa’d realizó el adhan tres veces en ausencia de Hazrat Bilal. El Mensajero de Allah le había ordenado: «Si no ves a Bilal conmigo, realiza tú el adhan».(Hayat-us Sahaba 3/116)
Hazrat Sa‘d narró numerosos hadices del Mensajero. Y de él narraron hadices sus hijos, como Ibrahim, Amir, Mus‘ab, Muhammad y Aisha; destacados Compañeros, como Aisha, Ibn Abbas, Ibn Umar y Yabir (que Dios esté complacido con ellos); y destacados tabi‘in, como Sa‘id ibn al-Musayyib, Abu Uzman an-Nahdi, Qays ibn Abi Hazim, Alqama, Ahnaf y otros. (Al–Isaba 3/33)
Hazrat Sa‘d también poseía talento poético. Algunas de sus poesías fueron recopiladas en fuentes antiguas. Ibn Hayar, en la obra ‘Al–Isaba’, citó varios versos.
La mayor distinción de Hazrat Sa‘d es que fue uno de los diez —los Ashara Mubashshara— que recibieron en vida la buena noticia del Paraíso, y fue el último de este grupo en abandonar este mundo.
Abu Ubaida Ibn al Yarrah ((r. a.))
El Mensajero de Dios dijo: «Li-kulli ummatin aminun, wa aminu hadhihil-ummah Abu Ubaida: cada nación tiene una persona digna de confianza, y la persona más digna de confianza de esta nación musulmana es Abu Ubaida».
Tenía un rostro resplandeciente, tez clara, complexión ligera y delgada, y una estatura elevada. Al verlo, los ojos de cualquiera se deleitaban; al encontrarse con él, surgían en el corazón veneración y amor, y nacía en él un sentimiento de confianza. Era muy inteligente, sumamente humilde y de naturaleza tímida. Sin embargo, en cualquier momento de crisis se manifestaba en él una firmeza de carácter semejante a la de un león. El brillo y la agudeza de su carácter eran como el filo de una espada. En palabras del Mensajero, era el «amin» de la comunidad de Muhammad: la persona digna de confianza.
Su nombre completo era Amir ibn Abd Allah ibn al-Yarrah al-Fihri al-Qurashi. Sin embargo, todos lo conocían simplemente como Abu Ubaida. A través de su quinto antepasado, Fihr, su linaje se unía al linaje del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Su madre también era hija de la tribu de Fihr. Según los especialistas en la sira, ella abrazó el islam.
Abd Allah ibn Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Entre los qurayshíes, hay tres hombres que sobresalen por la belleza de su rostro, su excelente carácter y su permanente modestia. Si te hablan, no te mentirán, y si les hablas, no te considerarán un mentiroso. Son Abu Bakr as-Siddiq, Uzmán ibn Affán y Abu Ubaida ibn al-Yarrah».
Abu Ubaida fue uno de los primeros en aceptar el islam, en los comienzos de su propagación. Abrazó el islam al día siguiente de que Abu Bakr lo hiciera. Fue ante Abu Bakr donde declaró su aceptación del islam. Después, junto con Abd ar-Rahman ibn Awf, Uzmán ibn Maz’un y al-Arqam ibn Abi al-Arqam, se presentó ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Allí todos declararon juntos su aceptación del islam. Así, ellos fueron los primeros cimientos del gran edificio islámico.
Abu Ubaida compartió todas las amargas experiencias de los musulmanes en La Meca, desde el principio hasta el final. En cada situación se mantuvo firme y superó la prueba definitiva de su fe en Allah y en Su Mensajero. Exasperado por las persecuciones de los qurayshíes, emigró dos veces a Abisinia. Después, tras la emigración del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), también emigró a Medina. En Medina se estableció entre él y Sa’d ibn Mu’adh una hermandad religiosa, la llamada mu’ájara de la religión. Pero el día de la batalla de Badr, la dureza de la prueba de Abu Ubaida superó todo pensamiento e imaginación. En el campo de batalla atacaba a los infieles con tal arrojo que parecía completamente indiferente ante la muerte. Los idólatras quedaron aterrorizados por sus ataques, y sus jinetes, presas del miedo por sus vidas, huían desorientados en todas direcciones. Sin embargo, un hombre del bando enemigo volvía una y otra vez a ponerse frente a él. Abu Ubaida también se apartaba de su camino, como si tratara de evitar encontrarse con él. El hombre se introdujo entre la multitud, y Abu Ubaida continuó evitándolo allí también. Finalmente, aquel hombre se interpuso entre el bando enemigo y Abu Ubaida. Cuando se agotó su paciencia, Abu Ubaida le asestó un golpe de espada y le separó la cabeza del cuerpo. El hombre cayó rodando por el suelo.
¿Quién era aquel hombre? No era otro que Abd Allah ibn al-Yarrah, el padre de Abu Ubaida. En realidad, Abu Ubaida no mató a su padre; mató la idolatría que se manifestaba en la figura de su padre. Después de este suceso, Allah, exaltado sea, reveló la siguiente aleya acerca de Abu Ubaida y su padre.
«Nunca encontrarás que quienes creen en Allah y en el Último Día amen a quienes se oponen a Allah y a Su Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), aunque sean sus padres, sus hijos, sus hermanos o los miembros de su familia. Ellos son aquellos en cuyos corazones Allah ha arraigado firmemente la fe y a quienes ha fortalecido con un espíritu procedente de Él. Los introducirá en jardines bajo los cuales corren ríos, donde permanecerán eternamente. Allah está complacido con ellos y ellos están complacidos con Él. Estos son los partidarios de Allah. Sabed que los partidarios de Allah son quienes triunfan».(Al- Muyadila– 22)
No hay nada sorprendente en semejante conducta de Abu Ubaida. Su firme fe en Allah, su devoción a la religión y su honestidad hacia la comunidad de Muhammad habían alcanzado en él tal grado de perfección que muchos hombres eminentes lo envidiaban por ello. Muhammad ibn Ya’far relata: «Una delegación de cristianos se presentó ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y dijo: “¡Oh, Abu al-Qasim! Envía con nosotros a uno de tus compañeros, a quien hayas escogido. Él resolverá una disputa que tenemos sobre unos bienes. La sociedad musulmana que habéis establecido nos resulta grata y aceptable a todos”. Al oír esto, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: “Venid de nuevo a verme por la tarde. Enviaré con vosotros a un hombre firme y digno de confianza”. Umar ibn al-Jattab cuenta: “Aquella mañana acudí temprano a la mezquita para realizar la oración del mediodía. Nunca había anhelado tanto el liderazgo como aquel día. La única razón era que yo pudiera ser el destinatario de esta alabanza del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)”».
Después de terminar con nosotros la oración del mediodía, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) comenzó a mirar a derecha e izquierda. Yo también estiré un poco el cuello para que me viera. Pero, mientras recorría la mirada, divisó a Abu Ubaida ibn al-Yarrah. Lo llamó y le dijo: «Ve con ellos y resuelve su disputa conforme a la verdad y la justicia». Entonces pensé para mis adentros: «Abu Ubaida se ha llevado este honor».
Abu Ubayda no solo era digno de confianza, sino que siempre concentraba todas sus fuerzas para cumplir con aquello que se le confiaba. Esto se manifestó en diversos ámbitos.
Antes de la batalla de Badr, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, envió a un grupo de compañeros para seguir los movimientos de la caravana de los quraysh. Nombró a Abu Ubayda como su comandante. Como provisión, les dieron algunos dátiles. Cada día, Abu Ubayda daba a cada uno de sus compañeros un solo dátil. Pasaban todo el día chupando aquel dátil y bebiendo agua, como los niños chupan el pecho de sus madres. Así, desde la mañana hasta la tarde, les daba únicamente un dátil. Él pasaba todo el día chupando aquel dátil y bebiendo agua, como los niños chupan el pecho de sus madres. De este modo, desde la mañana hasta la tarde, un solo dátil les bastaba. En algunas narraciones, el episodio se relata así: en el mes de rayab del octavo año de la Hégira, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, envió un destacamento bajo el mando de Abu Ubayda a la zona costera para vigilar los movimientos de los quraysh. No llevaban consigo ninguna provisión, salvo algunos dátiles. La ración diaria de cada soldado era de un solo dátil. Pasaron varios días alimentándose únicamente de aquel dátil. Finalmente, Dios Todopoderoso les alivió de aquella dificultad. En la orilla del mar encontraron un pez de enormes dimensiones y, dependiendo de él como alimento, regresaron a Medina. Quizá se tratara de dos hechos distintos.
Cuando los musulmanes fueron derrotados en la batalla de Uhud y los politeístas comenzaron a gritar a voz en cuello: «¿Dónde está Muhammad? ¿Dónde está Muhammad?…», Abu Ubayda fue uno de los diez hombres que protegieron al Mensajero, exponiendo sus propios pechos ante las flechas de los politeístas. Al terminar la batalla, se vio que al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, se le había roto un diente, tenía la frente bañada en sangre y dos eslabones de su armadura se le habían clavado en la mejilla. Abu Bakr al-Siddiq se apresuró a acercarse para retirar aquellos dos eslabones. Abu Ubayda le dijo: «¡Por Dios! Déjeme a mí». Abu Bakr se apartó. Abu Ubayda temió que, si retiraba los dos eslabones con la mano, el Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, pudiera sufrir. Los sujetó firmemente con los dientes y retiró primero uno de ellos. Pero también se le rompió uno de sus propios dientes. Entonces Abu Bakr comentó: «Abu Ubayda es el mejor de los desdentados». También participó en las expediciones de Jandaq y de Banu Qurayza. Firmó como testigo del histórico tratado de Hudaybiyya. En la expedición de Jaybar mostró el máximo valor y heroísmo. En la expedición de Dhat al-Salasil, el Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, envió detrás a Abu Ubayda con doscientos soldados para apoyar al ejército de Amr ibn al-As. Obtuvieron la victoria. Abu Ubayda participó en todas las ocasiones, incluida la conquista de La Meca y la expedición de Taif. También acompañó al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, durante la Peregrinación de Despedida.
Después de abrazar el islam y hasta el último día de la vida del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, Abu Ubayda lo siguió siempre como una sombra en todos los ámbitos.
En la Saqifa de Banu Saida se desarrollaba una acalorada disputa sobre la elección del califa. Abu Ubayda pronunció un importante discurso dirigido a los ansar. Les advirtió diciendo: «¡Oh comunidad de los ansar! Vosotros fuisteis los primeros en ayudar; no seáis hoy los primeros en causar división». En cierto momento, Abu Bakr le dijo a Abu Ubayda: «Extiende tu mano, para que te preste juramento de fidelidad». He oído al Mensajero decir: «Cada nación tiene una persona digna de confianza, y tú eres la persona digna de confianza de esta nación». Abu Ubayda respondió: «No puedo extender mi mano ante un hombre a quien el Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, ordenó dirigir nuestra oración y que la dirigió hasta su muerte». Después de esto, se prestó juramento de fidelidad a Abu Bakr. Tras convertirse Abu Bakr en califa, Abu Ubayda desempeñó el papel de su mejor consejero y ayudante en todo lo relativo a la verdad, la justicia y el bienestar. Después de Abu Bakr, Umar asumió la responsabilidad del califato. Abu Ubayda también aceptó obedecerlo.
Después de que Abu Bakr asumiera la responsabilidad del califato, en el año 13 de la Hégira decidió emprender una campaña en Siria. Ordenó a Abu Ubayda marchar hacia Hims, a Yazid ibn Abu Sufyan hacia Damasco, a Shurahbil hacia Jordania y a Amr ibn al-As hacia Palestina. Nombró a Abu Ubayda comandante supremo del ejército conjunto. Abu Ubayda conquistó ciudades como Damasco, Hims y Latakia. Él mismo dirigió la terrible batalla de Yarmuk. En respuesta al llamamiento de Amr ibn al-As, participó en la conquista de Bayt al-Maqdis. Cuando los habitantes de Bayt al-Maqdis expresaron su deseo de concertar la paz con el propio califa Umar, Abu Ubayda escribió al califa para informarle de ello. Cuando el califa llegó a Yabiya para firmar el tratado de paz, Abu Ubayda le dio la bienvenida. En el año 17 de la Hégira, el califa Umar destituyó a Jalid Sayfullah del cargo de gobernador y wali de Damasco y nombró a Abu Ubayda en su lugar. Jalid Sayfullah dijo a la gente: «Debéis alegraros de que el digno de confianza de la comunidad sea vuestro wali».
Bajo el liderazgo de Abu Ubayda, el ejército musulmán obtenía una victoria tras otra en Siria y continuaba apoderándose de todo el territorio sirio. En ese momento, una epidemia de peste apareció en Siria y miles de personas caían víctimas de ella cada día. El califa Umar llegó personalmente desde la capital, Medina, al lugar llamado Sargh para informarse de la situación. Abu Ubayda y los demás comandantes recibieron allí al califa. Consultó el asunto con los emigrados y los ansar veteranos. Todos estuvieron unánimemente a favor de que los miembros del ejército abandonaran el lugar. Umar invitó a todos a regresar con él a Medina al día siguiente. Abu Ubayda, que tenía una profunda fe en el decreto divino, se opuso. Preguntó al califa: «¿Acaso estamos huyendo del decreto de Dios?». El califa respondió apenado: «¡Ay! ¡Ojalá otro, y no tú, hubiera dicho eso! Sí, estamos huyendo del decreto de Dios, pero hacia otro decreto». Abu Ubayda permaneció allí con su ejército. Cuando el califa de los musulmanes, Umar, llegó a Medina, envió por medio de un mensajero una carta a Abu Ubayda. En ella escribió: «Te necesito mucho. Te convoco con extrema urgencia. Si esta carta te llega de noche, parte antes del amanecer. Y si te llega de día, parte antes del anochecer». Al recibir la carta del califa Umar, comentó: «He comprendido cuál es la necesidad que el comandante de los creyentes tiene de mí. Quiere salvar a quien ya no está vivo». Luego escribió: «Comandante de los creyentes, he comprendido tu necesidad. Me encuentro entre los combatientes musulmanes. No deseo salvarme de la desgracia que ha caído sobre ellos. No quiero abandonarlos hasta que Dios dicte una decisión definitiva entre ellos y yo. Cuando esta carta llegue a tus manos, retira tu decisión y permíteme permanecer aquí».
Umar leyó esta carta y lloró con tal aflicción que las lágrimas le corrían abundantemente por los ojos. Al ver su llanto, quienes estaban a su alrededor le preguntaron: «Comandante de los creyentes, ¿ha muerto Abu Ubayda?». Él respondió: «No, pero se encuentra al borde de la muerte».
La sospecha de Umar no resultó ser infundada. Al cabo de pocos días contrajo la peste. Poco antes de morir, pronunció ante su ejército un breve discurso de exhortación. Dijo: «Si seguís el consejo que os doy, permaneceréis siempre en el camino del bien. Estableced la oración, ayunad durante el mes de Ramadán, dad el zakat, cumplid el hach y la umra, aconsejaos mutuamente, decid la verdad y la justicia a vuestros gobernantes y dirigentes, no les ocultéis nada y no os dejéis arrastrar por los placeres y las riquezas de este mundo. Aunque una persona viviera mil años, su final sería el mismo que veis hoy en mí». Terminó su discurso saludando a todos. Luego miró a Muadh ibn Yabal y dijo: «¡Muadh! Dirige la oración». Inmediatamente después, su alma se separó de su cuerpo puro y partió hacia el Ser Supremo. Muadh se levantó y, dirigiéndose a todos los reunidos, dijo: «¡Oh, gente! Estáis abrumados por el dolor ante la muerte de este hombre. ¡Por Allah! No conozco a nadie de pecho más colmado de bondad, corazón más puro, mayor amante de la vida futura y mejor consejero de la gente que este hombre. Tened misericordia de él, y Allah tendrá misericordia de vosotros». Esto ocurrió en el año 18 de la Hégira.
Después, la gente se reunió y sacó el cuerpo de Abu Ubayda. Se realizó la oración funeraria bajo la dirección de Muadh ibn Yabal. Muadh ibn Yabal, Amr ibn al-As y Dahhak ibn Qays descendieron a la tumba y depositaron su cuerpo en la tierra. Después de cubrir la tumba con tierra, Muadh lo elogió en un breve discurso: «¡Abu Ubayda, que Allah tenga misericordia de ti! ¡Por Allah! Solo diré de ti lo que sé y no diré nada falso, pues temo el castigo de Allah. Por lo que sé, eras uno de quienes recordaban mucho a Allah y caminaban humildemente sobre la tierra. También eras uno de aquellos que pasaban la noche postrados y de pie ante su Señor, y que al gastar no derrochaban ni eran avaros, sino que adoptaban una posición intermedia. ¡Por Allah! Por lo que sé, eras humilde y bondadoso con los huérfanos y los pobres. Eras uno de los enemigos de los tiranos arrogantes».
El temor de Allah, el seguimiento de la Sunna, la piedad, la humildad, el sentido de la igualdad, el afecto y la misericordia eran rasgos destacados de su carácter. Un día, un hombre fue a la casa de Abu Ubayda y lo encontró llorando desconsoladamente. El hombre le preguntó: «¿Qué ocurre, Abu Ubayda? ¿Por qué lloras tanto?». Él respondió: «Una vez, el Mensajero de Allah habló de las futuras victorias y riquezas de los musulmanes y mencionó Siria. Dijo: “Abu Ubayda, si para entonces sigues vivo, tres sirvientes te serán suficientes: uno para ti, uno para tu familia y otro para que te acompañe en tus viajes. Del mismo modo, considerarás suficientes tres monturas: una para ti, una para tu sirviente y otra para transportar tus pertenencias”. Pero ahora veo que mi casa está llena de sirvientes y mis establos, de caballos. ¡Ay de mí! ¿Cómo podré presentarme ante el Mensajero de Allah? El Mensajero de Allah dijo: “El más amado de mí será quien se reúna conmigo exactamente en el estado en que lo dejé”».
Durante el viaje del califa Umar a Siria, vio que los oficiales vestían ropas lujosas. Se enfureció tanto que bajó de su caballo y, mientras les lanzaba piedras, les dijo: «¡Os habéis acostumbrado demasiado pronto a las costumbres extranjeras!». En cambio, Abu Ubayda se presentó ante el califa como un árabe sencillo: vestía una ropa árabe muy modesta y la rienda de su camello no era más que una cuerda ordinaria. El califa Umar fue a su residencia y encontró allí señales de un modo de vida aún más sencillo y austero. En su casa no había nada salvo una espada, un escudo y una litera para el camello. El califa le dijo: «Abu Ubayda, podrías haber dispuesto las cosas que necesitas». Abu Ubayda respondió: «¡Oh, comandante de los creyentes! Esto es suficiente para nosotros».
En una ocasión, Umar envió a Abu Ubayda, como obsequio, cuatrocientos dinares y cuatro mil dirhams. Él distribuyó todo el dinero entre los soldados y no guardó ni una sola moneda para sí. Al enterarse, Umar comentó: «Alabado sea Allah. En el islam también hay hombres así».
Era tan humilde que, a pesar de ser el comandante del ejército, no se lo podía distinguir de los soldados comunes. Ningún desconocido habría podido reconocerlo como el comandante. En cierta ocasión, un enviado romano llegó y preguntó directamente: «¿Quién es vuestro comandante?». Cuando los soldados se lo señalaron levantando racimos de uvas, quedó atónito al ver la ropa y la posición tan sencillas del comandante.
Sa’id ibn Zayd ((que Allah esté complacido con él))
Su nombre era Sa’id y su kunya, Abu al-A’war. Su padre era Zayd y su madre, Fátima bint Ba’ja. A través de su antepasado Ka’b ibn Lu’ayy, su linaje se une al linaje del Mensajero de Allah.
El padre de Saíd, Zayd, fue uno de los pocos afortunados de La Meca durante la época de la ignorancia que se mantuvieron alejados del politeísmo y la idolatría incluso antes del advenimiento del islam, y se apartaron de toda clase de pecados y obscenidades. Incluso se abstenía de comer la carne de los animales sacrificados por los idólatras. En una ocasión, antes del comienzo de la misión profética, se encontró con el Mensajero de Allah (s. a. s.) en el valle de Balda. Cuando llevaron comida ante el Mensajero de Allah (s. a. s.), este se negó a comer. Cuando le pidieron a Zayd que comiera, él también se negó y les dijo: «No como la carne de los animales sacrificados en nombre de vuestros ídolos».
Hazrat Asma (que Allah esté complacido con ella) dijo: Una vez vi a Zayd apoyado de espaldas contra la Kaaba, diciendo: «¡Oh, gente de Quraysh! ¡Por Allah! Entre vosotros no hay nadie que siga la religión hanif aparte de mí».
Durante la época de la ignorancia, por lo general se enterraba vivas a las niñas. Cuando Zayd se enteraba de que en algún lugar se había matado o enterrado a una niña, acudía a su tutor y se hacía cargo de ella. Después, cuando la niña crecía, la llevaba ante su padre y le decía: «Si quieres, ahora puedes hacerte cargo de ella tú mismo; o puedes dejarla bajo mi cuidado».
Los qurayshíes estaban celebrando una de sus fiestas. Zayd ibn Amr ibn Nufayl observaba atentamente, de pie, un poco apartado de la multitud. Veía a los hombres con costosos turbantes de seda atados en la cabeza y valiosos mantos yemeníes alrededor del cuerpo. Las mujeres y los niños, ataviados con lujosos adornos, llevaban los animales para sacrificarlos ante sus ídolos.
Se apoyó contra la pared de la Kaaba. Luego dijo:
«¡Oh, gente de la tribu de Quraysh! Allah, el Altísimo, creó estas cabras. Él es quien les hace beber al enviarles lluvia desde el cielo y quien les proporciona alimento al hacer crecer la hierba en la tierra. ¿Y vosotros las sacrificáis en nombre de otros? Os veo como un pueblo ignorante.
Al oír esto, su tío, al-Jattab, padre de Umar ibn al-Jattab, se levantó, le propinó una bofetada en la mejilla y le dijo:
«¡Que perezcas! Siempre hemos tenido que escuchar y soportar de tu boca este tipo de tonterías. Ahora has sobrepasado los límites de nuestra paciencia». Después incitó a los necios de su tribu para que lo maltrataran y lo hostigaran. Finalmente, Zayd se vio obligado a abandonar La Meca y refugiarse en el monte Hirā. Pero ni siquiera entonces cejó en su empeño. Para vigilarlo constantemente e impedir que pudiera entrar en secreto en La Meca, puso a un grupo de jóvenes qurayshíes a custodiarlo.
Después, Zaid ibn Amr se reunió en secreto, sin que los qurayshíes lo supieran, con Waraqa ibn Nawfal, Abdullah ibn Yásh, Uzman ibn al-Hariz y Umayma bint Abd al-Muttalib, tía paterna de Muhammad ibn Abdullah. Intercambió opiniones con ellos sobre el extremo extravío en el que estaban sumidos los árabes. Zaid les dijo:
«¡Por Dios!, sepan con certeza que su pueblo no se basa en ningún fundamento. Han distorsionado la religión de Ibrahim y continúan oponiéndose a ella. Si desean salvarse, busquen una religión para ustedes mismos».
Entonces, estos cuatro hombres acudieron a los líderes religiosos de los judíos, los cristianos y otras religiones para informarse sobre la religión de Ibrahim, es decir, la religión hanif. Waraqa ibn Nawfal adoptó el cristianismo. Abdullah ibn Yásh y Uzman ibn al-Hariz, en cambio, no pudieron llegar a ninguna conclusión. Y en la vida de Zaid ibn Amr ibn Nufayl ocurrió un hecho asombroso. Presentamos ese acontecimiento con sus propias palabras.
«Conocí el judaísmo y el cristianismo; pero, al no encontrar en esas religiones nada que me proporcionara paz interior, me negué a adoptarlas. Finalmente llegué a Sham (Siria). Ya había oído que allí vivía un rahib, un hombre que había renunciado al mundo y que era experto en los Libros celestiales. Me presenté ante él y le relaté mi historia. Tras escucharme, dijo: “Oh, hermano de La Meca, me parece que estás buscando la religión de Ibrahim”».
Respondí: «Sí, eso es lo que estoy buscando».
Él dijo: «La religión que buscas no se encuentra hoy en día. Sin embargo, la verdad está en tu ciudad. Dios enviará de entre tu pueblo a un hombre que revivirá la religión de Ibrahim. Si lo encuentras, síguelo».
Zaid emprendió de nuevo el viaje hacia La Meca. Apresuró el paso para encontrar al Profeta prometido.
Cuando aún se encontraba bastante lejos de La Meca, Dios Altísimo envió al profeta Muhammad con la guía y la religión verdadera. Pero Zaid no llegó a encontrarse con él, pues antes de llegar a La Meca, un grupo de bandidos beduinos se abalanzó sobre él y lo mató.
Así fue privado de la dicha de tener el honor de ver al Mensajero de Allah (s. a. s.). Antes de exhalar su último aliento, miró al cielo y suplicó:
«Oh Allah, si me has privado de este bien, no prives de él a mi hijo Saíd». —«Oh Allah, aunque me has privado de este bien, no prives de él a mi hijo Saíd».
Allah aceptó la súplica de Zayd. El Mensajero (s. a. s.) comenzó a invitar a la gente al islam. Saíd fue uno de los primeros en creer en Allah y en Su Mensajero (s. a. s.). No hay nada sorprendente en ello, pues Saíd se crio en un hogar que había protestado y rechazado con profundo desprecio todas las supersticiones y extravíos de los qurayshíes. Su padre era un hombre que había dedicado toda su vida a buscar la verdad. Saíd no abrazó el islam solo; junto con él también lo hizo su esposa, Fátima bint al-Jattab, hermana de Umar ibn al-Jattab.
Por haber abrazado el islam, este joven de la tribu de Quraysh también sufrió, como los demás, persecución y opresión. Lejos de lograr que abandonara el islam, los qurayshíes hicieron que, gracias a ambos esposos, una importante personalidad de Quraysh entrara en el islam. Se trataba de su cuñado, el honorable Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él). A través de ellos, Allah hizo que Umar entrara en el islam.
El honorable Saíd dedicó todas las fuerzas de su juventud al servicio del islam. Cuando abrazó el islam, aún no había cumplido los veinte años. Participó junto al Mensajero de Allah (s. a. s.) en todas las batallas excepto en la de Badr. No pudo unirse a la batalla de Badr porque, por orden del Mensajero de Allah (s. a. s.), se encontraba en Siria realizando una misión importante. Sin embargo, recibió una parte del botín de Badr. Por ello, aunque no estuvo presente físicamente, fue miembro del ejército de Badr de manera indirecta.
Participó activamente junto al ejército musulmán en el sometimiento de los tronos de Cosroes de Persia y del César de Roma. En todas las batallas que se libraron contra ellos, realizó una contribución destacada. En la batalla de Yarmuk alcanzó la cumbre de su heroísmo. Él mismo relata:
«En la batalla de Yarmuk éramos veintiséis mil, o aproximadamente esa cifra. En cambio, el ejército romano contaba con ciento veinte mil soldados. Avanzaron hacia nosotros con pasos firmes y una actitud inconmovible, como montañas. Al frente marchaba un enorme grupo de obispos, sacerdotes y clérigos. Llevaban estandartes adornados con cruces y entonaban cánticos de oración. Detrás, el vasto ejército hacía eco de sus voces. Aquel clamor conjunto resonaba y retumbaba entonces como el rugido de las nubes.»
El ejército musulmán quedó atónito ante aquella escena aterradora y el gran número de soldados enemigos. Sus corazones también temblaron un poco por el miedo. Entonces el comandante Abu Ubayda se puso de pie y pronunció un discurso para animar a los soldados musulmanes al yihad. Dijo: «Siervos de Allah, ayudad a Allah y Él os ayudará; afirmará vuestros pies.
¡Oh siervos de Allah! Tened paciencia. La paciencia es el camino para librarse de la incredulidad, alcanzar la complacencia del Señor y protegerse de la humillación y la vergüenza. Preparad vuestras flechas y lanzas, afiladlas y disponeos con los escudos en la mano. No dejéis que en vuestro corazón haya otro pensamiento aparte del recuerdo de Allah. Cuando llegue el momento, os daré instrucciones, si Allah quiere.»
Saíd (que Allah esté complacido con él) dijo:
Entonces, un hombre salió de las filas del ejército musulmán y le dijo a Abu Ubaida:
«He decidido ofrecer mi vida en sacrificio en este momento. ¿Tiene algún mensaje que deba transmitir al Mensajero de Allah?». Abu Ubaida dijo: «Sí, lo tengo. Transmítele mis saludos y los de los musulmanes, y dile: “¡Oh Mensajero de Allah! Hemos comprobado que se ha cumplido verdaderamente la promesa que nuestro Señor nos hizo.”»
Saíd (que Allah esté complacido con él) dijo:
«Apenas escuché sus palabras, lo vi desenvainar su espada y avanzar para enfrentarse a los enemigos de Allah. Entonces salté rápidamente al suelo, avancé apoyándome sobre las rodillas y me preparé con la lanza en la mano. Golpeé al primer jinete enemigo que avanzó hacia nosotros. Después me lancé con gran valentía contra el ejército enemigo. Allah Todopoderoso eliminó por completo todo temor de mi corazón. A continuación, el ejército musulmán lanzó un ataque total contra el ejército romano y lo derrotó.»
Saíd ibn Zaid también participó en la expedición de Damasco. Después de la conquista de Damasco, Abu Ubaida lo nombró gobernador de la ciudad. De este modo, se convirtió en el primer gobernador musulmán de Damasco en toda su historia. Sin embargo, debido a su intenso deseo de participar en la yihad, no pudo sentirse satisfecho con aquel cargo. Escribió a Abu Ubaida: «No puedo aceptar semejante sacrificio: vosotros participaréis en la yihad mientras yo quedaré privado de ella». En cuanto llegue esta carta, enviad a alguien para que ocupe mi lugar. Pronto llegaré junto a vosotros. Abu Ubaida se vio obligado a nombrar gobernador de Damasco a Yazid ibn Abu Sufyan, y el honorable Saíd regresó al campo de la yihad.
Durante la época omeya ocurrió un hecho extraordinario relacionado con el honorable Saíd ibn Zaid. Durante mucho tiempo, los habitantes de Medina contaban este suceso.
El asunto fue que una mujer llamada Arwa bint Uways comenzó a difundir calumnias, afirmando que Sa‘id ibn Zayd había usurpado una parte de su terreno y la había incorporado al suyo. Iba repitiendo esto por todas partes. Finalmente, planteó el asunto ante Marwan ibn al-Hakam, gobernador de Medina. Para investigar lo ocurrido, Marwan envió a varios hombres ante Sa‘id. Para el noble Sa‘id, compañero del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, aquello era sumamente doloroso. Él dijo:
«Ellos creen que la estoy tratando injustamente. ¿Cómo podría tratarla injustamente? Yo escuché al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, decir: “A quien usurpe injustamente un palmo de tierra, el Día de la Resurrección se le colgarán del cuello siete capas de tierra”. ¡Oh Allah! Ella ha afirmado que la he tratado injustamente. Si es una mentirosa, haz que sus ojos queden ciegos, haz que caiga en el mismo pozo por el que disputa conmigo y haz que aparezca una señal en mi favor, de modo que quede claro entre los musulmanes que no la he tratado injustamente».
Pocos días después de este suceso, el valle de Al-‘Aqiq se inundó de una manera que nunca antes había ocurrido. Como resultado, la marca oculta y disputada entre los dos terrenos quedó expuesta de tal forma que los musulmanes la vieron y comprendieron que Sa‘id decía la verdad. Antes de que transcurriera un mes, la mujer quedó ciega. Un día, mientras caminaba por su terreno en ese estado, cayó en el pozo disputado y murió.
Abdullah ibn Umar, que Allah esté complacido con él, dijo:
«Oíamos que, cuando la gente maldecía a alguien, decía: “¡Que Allah te deje ciego como dejó ciega a Arwa!”. No hay nada tan sorprendente en este suceso, pues el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo:
“Manteneos alejados de la súplica de quien ha sido tratado injustamente, porque no hay ninguna barrera entre esa súplica y Allah”. Si esta es la condición de todos los que han sido tratados injustamente, ¿qué tiene de extraño que sea aceptada la súplica de alguien como Sa‘id ibn Zayd, uno de los diez a quienes se anunció el Paraíso —los ‘Ashara al-Mubashshara—?
Abu Nu‘aym narró de Birah ibn al-Harith: Mugira ibn Shu‘ba estaba sentado en una gran mezquita. A su derecha y a su izquierda estaban sentados algunos habitantes de Kufa. En ese momento llegó un hombre llamado Sa‘id ibn Zayd. Mugira lo saludó y lo sentó en el extremo de los pies de la cama. Entonces llegó un hombre de Kufa y comenzó a insultar, dirigiéndose a Mugira. Este preguntó: “Mugira, ¿a quién está insultando este hombre?”. Él respondió: “A ‘Ali ibn Abi Talib”. Sa‘id dijo: “¡Oh, Mugira!”, y lo llamó así tres veces. Luego dijo: “No quiero ver que se insulte ante ti a los compañeros del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y que tú no lo reprendas. Doy testimonio de que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: ‘Abu Bakr estará en el Paraíso; ‘Umar estará en el Paraíso; ‘Uthman estará en el Paraíso; ‘Ali estará en el Paraíso; Talha estará en el Paraíso; Zubayr estará en el Paraíso; ‘Abd al-Rahman estará en el Paraíso; y Sa‘d ibn Malik estará en el Paraíso. Y también hay una novena persona que estará en el Paraíso; si queréis, puedo deciros su nombre’. El narrador dijo: La gente gritó al unísono y preguntó: “¡Oh, compañero del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)! ¿Quién es la novena persona?”. Él respondió: “La novena persona soy yo”. Luego juró y dijo: “Quien haya participado en una sola batalla junto al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y cuyo rostro se haya cubierto de polvo junto al suyo, esa única acción es mejor que todas las buenas obras de la vida de cualquier persona, aunque viviera tantos años como Noé”. (Vida de los compañeros/ 2.ª– 470 pág.)
Fue uno de los compañeros de elevada posición. Sa‘id ibn Habib dijo: “Ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), Abu Bakr, ‘Umar, ‘Uthman, ‘Ali, Sa‘d, Sa‘id, Talha, Zubayr y ‘Abd al-Rahman ibn ‘Awf ocupaban la misma posición y desempeñaban el mismo papel. En el campo de batalla se situaban delante del Mensajero de Allah, y en la oración congregacional se situaban detrás de él”.
De Sa‘id ibn Zayd también narraron hadices, entre los Compañeros, Ibn ‘Umar, ‘Amr ibn Hurayz, Abu al-Tufayl y Abu ‘Uthman al-Nahdi, y, entre otros, destacados tabi‘un, Sa‘id ibn al-Musayyib y Qays ibn Abi Hazim.
Al-Waqidi dice: «Falleció en el valle de Aqiq y fue enterrado en Medina. El año de su muerte fue el 50 de la Hégira; según otra opinión, el 51 o el 52. Vivió más de setenta años. Hazrat Sa‘d ibn Abi Waqqas lo lavó y lo amortajó, y Hazrat ‘Abdullah ibn ‘Umar dirigió la oración fúnebre. Sin embargo, según Haytham ibn ‘Adi, falleció en Kufa, y el célebre Compañero Hazrat al-Mughira ibn Shu‘ba dirigió su oración fúnebre».
Hamza ibn ‘Abd al- Muttalib ((que Allah esté complacido con él))
Su nombre era Hamza; Abu Ya‘la y Abu ‘Amara eran sus kunyah, y Asadullah, su título. Era tío paterno del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. La madre de Hazrat Hamza, Hala bint Uhayb, era prima hermana de Amina, la madre del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Además, Hamza era hermano de leche del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Suwayba, la esclava de Abu Lahab, amamantó a ambos. Era dos años mayor que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz; según otra opinión, cuatro años. Desde su infancia sentía un intenso interés por el manejo de la espada, el tiro con arco y la lucha. Le atraían enormemente los viajes y la caza, actividades a las que dedicó gran parte de su vida.
Desde hacía bastante tiempo se proclamaba la invitación al monoteísmo por las callejuelas de La Meca. Sin embargo, una persona de carácter guerrero como Hamza no prestaba mucha atención a esta invitación.
Un día regresaba de cazar. Cuando se acercó al monte Safa, una esclava de ‘Abdullah ibn Jud‘an lo llamó y le dio la noticia. Le dijo: «¡Abu ‘Amara! ¡Ay, si hubiera venido hace un rato y hubiera visto cómo estaba su sobrino! Estaba aconsejando a la gente junto a la Kaaba. Abu Yahl lo insultó gravemente y lo hizo sufrir mucho. Pero Muhammad se marchó completamente impotente, sin responderle». Al oír aquello, su sangre de soldado comenzó a hervir. Se dirigió rápidamente hacia la Kaaba. Tenía la costumbre de que, al regresar de cazar, si se encontraba con alguien, se detenía un rato para intercambiar unas palabras. Pero aquel día se había vuelto loco de deseo de venganza. Sin prestar la menor atención a nadie en el camino, fue directamente hasta la Kaaba y golpeó con fuerza la cabeza de Abu Yahl con su arco. La cabeza de Abu Yahl quedó hendida. Al ver que la situación se agravaba, algunos hombres de los Banu Majzum acudieron corriendo en ayuda de Abu Yahl. Dijeron: «Hamza, probablemente te has convertido en apóstata». Él respondió: «Ahora que su verdad se me ha hecho manifiesta, ¿quién podrá apartarme de ella? Sí, doy testimonio de que Muhammad es el Mensajero de Allah. Todo lo que dice es verdad. ¡Por Allah!, no volveré atrás. Si sois sinceros, intentad impedírmelo». Abu Yahl dijo a los hombres que habían acudido en su ayuda: «Dejad en paz a Abu ‘Amara. ¡Por Allah!, hace apenas un momento insulté gravemente a su sobrino».
Más tarde, Hazrat Hamza dijo: «Pronuncié aquellas palabras, exaltado por la ira; pero comencé a consumirme de remordimiento por haber abandonado la religión de mis antepasados y de mi tribu. Caí en un torbellino de dudas e incertidumbre y no pude dormir en toda la noche. Fui a la Kaaba y rogué a Allah con extrema humildad que abriera las puertas de mi corazón a la verdad y apartara de él las dudas. Después de la súplica, mi corazón se llenó de firme convicción. Entonces me presenté ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y le expliqué mi situación. Él suplicó por la estabilidad de mi corazón».
Era la época de grandes dificultades para los musulmanes, cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se refugiaba en la casa de al-Arqam ibn Abi al-Arqam y predicaba el islam en secreto. En aquel entonces, los musulmanes eran apenas un puñado de personas sin refugio. En esa situación, la repentina conversión de Hazrat Hamza hizo que las cosas tomaran un rumbo diferente. La injustificada insolencia y actitud temeraria de los incrédulos contra los creyentes cesaron en gran medida, porque todos en La Meca conocían su audacia y su valentía.
Un día, después de que Hazrat Hamza abrazara el islam, Hazrat Umar —que Allah esté complacido con él— acudió ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— para anunciar su conversión. En ese momento, el Mensajero se encontraba en la casa de Arqam con algunos compañeros. Hazrat Hamza también estaba allí. Hazrat Umar iba armado. Al verlo, todos los presentes se alarmaron. Pero Hazrat Hamza exclamó: «Dejadlo entrar. Si ha venido con buenas intenciones, también lo trataremos bien. De lo contrario, lo mataremos con su propia espada». En cuanto entró, Hazrat Umar comenzó a recitar la profesión de fe de la unicidad de Allah. Entonces, el aire y la tierra resonaron con los takbires de los musulmanes presentes. Después de que estos dos grandes hombres abrazaran el islam, este se convirtió en una fuerza irresistible. Los politeístas de La Meca comprendieron que ya no sería fácil arañar siquiera el cuerpo de Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—.
Durante su estancia en La Meca, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— estableció un vínculo de hermandad entre Hamza y su querido sirviente Zayd ibn Haritha. Su devoción y amor por Zayd llegaron a ser tan profundos que, cuando salía a algún lugar, le encomendaba todos sus asuntos.
En el decimotercer año de la misión profética, Hazrat Hamza emigró también a Medina junto con muchos otros. Allí se presentó una oportunidad práctica para manifestar la fuerza y el valor que Allah le había concedido.
En el séptimo mes después de la Hégira, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió una pequeña fuerza de treinta emigrantes hacia la costa marítima de la región de ‘Is. El objetivo era vigilar los movimientos de los coraichitas. No había ningún ansarí en esta fuerza. Allí se encontraron, en la costa, con una fuerza de trescientos jinetes de La Meca bajo el mando de Abu Yahl. Regresaban de Siria. Sin embargo, gracias a los esfuerzos de Majdi ibn Amr al-Yuhani, en esta ocasión fue posible evitar el enfrentamiento. Majdi había establecido un tratado de paz con ambas partes. Antes de partir de Medina, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— entregó el estandarte islámico a Hazrat Hamza. Algunos historiadores, entre ellos Ibn Abd al-Barr, consideran que este fue el primer estandarte entregado por el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— a un musulmán. ((Sira de Ibn Hisham)
En el mes de Safar del segundo año de la Hégira, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dirigió personalmente una expedición contra Abwa por la ruta comercial de los coraichitas, llevando consigo a sesenta compañeros armados. También en esta expedición Hazrat Hamza fue el portaestandarte, y el mando de toda la fuerza estaba en sus manos. Como la caravana coraichita había pasado antes de que llegara el ejército musulmán, tampoco en esta ocasión hubo enfrentamiento. De igual manera, en la expedición de Ushayra, en el segundo año de la Hégira, Hazrat Hamza tuvo el honor de portar el estandarte del ejército musulmán.
En el segundo año de la Hégira tuvo lugar la batalla de Badr, el acontecimiento más importante de la historia del islam. Él participó en ella. Después de que ambos bandos se alinearan en el campo de batalla, Utba, Shayba y Walid, del bando coraichita, salieron de las filas y desafiaron a cualquiera del ejército musulmán a un combate singular. Tres jóvenes ansaríes, pertenecientes a los soldados de la fe, respondieron a su desafío y avanzaron. Pero Utba gritó: «¡Muhammad, envíanos a nuestros iguales! No queremos luchar contra gente que no está a nuestra altura». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó: «¡Hamza, Ali y Ubayda, levantaos y avanzad!». Ellos solo esperaban la orden. Estos tres valientes se situaron frente a sus adversarios, cada uno con su lanza y su espada. En el primer ataque, Hazrat Hamza envió a Utba al infierno. Hazrat Ali también venció a su adversario. Pero entre Abu Ubayda y Walid se prolongó durante un buen rato una encarnizada lucha. Finalmente, con la ayuda de Ali, Abu Ubayda lo partió en dos. Al ver la difícil situación del bando enemigo, Tuayma ibn Adi avanzó para ayudarlo. Con la colaboración de Hamza, Ali —que Allah esté complacido con él— lo derribó de un solo golpe de espada. Después, el ejército politeísta lanzó un ataque total. Los muyahidines musulmanes también se abalanzaron, y comenzó una encarnizada batalla. En esta batalla, Hazrat Hamza llevaba clavada una pluma de avestruz sobre el turbante. Por eso se le distinguía claramente allí donde avanzaba. Empuñando la espada con ambas manos y con fuerza de trueno, desbarataba valientemente las filas de los incrédulos. En esta batalla, los enemigos de Allah y de Su Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— sufrieron una vergonzosa derrota. Umayya ibn Jalaf preguntó a Abd al-Rahman ibn Awf: «¿Quién es ese hombre que lleva una pluma de avestruz?». Cuando este le respondió: «Es Hamza, el tío del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—», dijo: «Este hombre es quien hoy nos ha causado la mayor ruina».
En las afueras de Medina se encontraba el asentamiento de la tribu judía de Banu Qaynuqa. Después de que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegara a Medina, había concertado con ellos un pacto de amistad. Pero, al enterarse de la victoria de los musulmanes en la batalla de Badr, ardieron de envidia. Se rebelaron. Debido a la ruptura de aquel pacto, el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— emprendió una expedición militar contra ellos en el mes de Shawwal del segundo año de la Hégira. También en esta expedición Hazrat Hamza desempeñó la responsabilidad de portar el estandarte.
La humillante derrota de Badr hirió profundamente el orgullo de los coraichitas. Enloquecido por el deseo de venganza, un enorme ejército coraichita marchó hacia Medina en el tercer año de la Hégira. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— salió con sus compañeros a contener su avance al pie del monte Uhud. La batalla comenzó en el mes de Shawwal. Un valiente guerrero de los incrédulos, llamado Siba, avanzó y desafió a un combate singular. Hazrat Hamza salió al campo con la espada desenvainada y rugió: «¡Oh, hijo de las impuras aguas de Umm Anmar! ¿Has venido a luchar contra Allah y Su Mensajero?». Dicho esto, lanzó un ataque tan poderoso que acabó con Siba de un solo golpe. Luego comenzó la batalla general. Los veloces ataques de Hazrat Hamza desbarataron las filas de los incrédulos. En esta batalla, él solo mató a treinta soldados incrédulos.
Puesto que Hazrat Hamza había matado en la batalla de Badr a los líderes más destacados de los qurayshíes, todos los qurayshíes, más que nadie, estaban sedientos de su sangre. Wahshi, el asesino de Hazrat Hamza, relató posteriormente el episodio de su asesinato en el campo de Uhud. Ibn Hisham lo menciona en su obra «Sira». Wahshi dijo: «Yo era un esclavo abisinio de Zubayr ibn Mut‘im. En la batalla de Badr, Tu‘aym ibn ‘Adi, tío de Zubayr, murió a manos de Hamza. Al regresar a La Meca, Zubayr me dijo: “Si puedes matar a Hamza, el tío de Muhammad, y vengar así la muerte de mi tío, te concederé la libertad”. Me entrenó especialmente para ello. Partí hacia Uhud con el único propósito de matar a Hamza. Comenzó la batalla. Me oculté detrás de una piedra y esperé a Hamza. Cuando en cierto momento se acercó a mí, lo ataqué por sorpresa y lo maté. Después regresé junto a los soldados de mi bando y me senté sin hacer nada. No volví a participar en la batalla, porque mi objetivo ya se había cumplido. Cuando regresé a La Meca, fui liberado de la esclavitud».
Este trágico suceso tuvo lugar a mediados del mes de Shawwal del tercer año de la Hégira. Hazrat Hamza tenía entonces cerca de sesenta años.
Después del martirio de Hazrat Hamza, las mujeres de Quraysh entonaron cantos de alegría. Hind bint ‘Utba, esposa de Abu Sufyan, le cortó la nariz y las orejas a Hamza y las convirtió en adornos; luego le abrió el pecho y el abdomen, le sacó el hígado, lo masticó y lo escupió. Al enterarse de ello, el Mensajero de Allah (s.a.w.) preguntó si había llegado a comer alguna parte de él. La gente respondió: «No». Él dijo: «Allah no permitirá que ninguna parte del cuerpo de Hamza entre en el Infierno».
Al terminar la batalla, comenzó el entierro y amortajamiento de los mártires. El Mensajero de Allah (s.a.w.) se acercó al cuerpo de su honorable tío. Como Hind había desfigurado su nariz y sus orejas, rompió a llorar al verlo. Dijo: «En el Día de la Resurrección, Hamza será el Sayyid al-Shuhada, es decir, el líder de todos los mártires. Que la misericordia de Allah descienda sobre ti. Por lo que sé, eras sumamente consciente de los vínculos de parentesco y muy virtuoso. Si no hubiera tenido presente el dolor y la aflicción de Safiyya, te habría dejado así, para que los animales y las aves te devorasen y, en el Día de la Resurrección, Allah te resucitara desde sus vientres. ¡Por Allah! Es obligatorio para mí vengarte. Desfiguraré a setenta de ellos cortándoles la nariz y las orejas, tal como hicieron contigo». Después de este juramento del Mensajero de Allah (s.a.w.), Yibril (a.s.) descendió con los dos versículos siguientes de lasura An-Nahl.
«Si tomáis represalias, hacedlo en la misma medida que la injusticia que se os haya infligido. Pero si tenéis paciencia, eso es mejor para los pacientes. Ten paciencia. Tu paciencia solo será posible con la ayuda de Allah. No te aflijas por ellos ni te angusties por sus intrigas».(Sura An-Nahl/126–-127)
Después de la revelación de estos versículos, el Mensajero de Allah (s.a.w.) expió su juramento. ((At-Tabaqat de Ibn Sa‘d))
Hazrat Safiyya era hermana carnal de Hazrat Hamza. Al enterarse del martirio de su hermano, acudió corriendo para verlo una sola vez. Pero el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no le permitió verlo; la consoló un poco y la hizo regresar. Para el sudario de su hermano, Hazrat Safiyya envió dos mantos. Sin embargo, junto a Hazrat Hamza yacía otro cadáver también sin sudario. Por ello, los dos mantos fueron repartidos entre ambos. Hazrat Jabbab ibn al-Aratt (que Allah esté complacido con él) dijo: «No encontramos ninguna otra tela para amortajar a Hamza, salvo un solo manto. Si cubríamos con él los pies, quedaba descubierta la cabeza, y si cubríamos la cabeza, quedaban descubiertos los pies. Por eso cubrimos la cabeza con el manto y los pies con hierba izjir».(Hayatus Sahaba– 1/136)El Señor de los Mártires, Hazrat Hamza, fue enterrado en el campo de Uhud. El imán Bujari narró de Hazrat Yabir que el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) enterró de dos en dos, en una sola tumba, a los mártires de la batalla de Uhud. Hamza y Abdullah ibn Yahsh fueron enterrados en una misma tumba.
Ibn Hayar menciona en la obra Al-Isaba, citando a Fawa’id de Abi Tahir, que Hazrat Yabir (que Allah esté complacido con él) dijo: «El día en que Muawiya excavó un pozo en Uhud, lloramos por los mártires de Uhud. Encontramos a los mártires completamente frescos. Cuando un hombre golpeó el pie de Hazrat Hamza, la sangre brotó a borbotones».
Hazrat Wahshi (que Allah esté complacido con él), el asesino de Hazrat Hamza, aceptó el islam después de la conquista de La Meca y se presentó ante el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). El Mensajero de Allah le preguntó: «¿Eres Wahshi?». Respondió: «Sí». «¿Fuiste tú quien mató a Hamza?». Respondió: «Es verdad lo que ha oído el Mensajero de Allah». El Mensajero de Allah dijo: «¿Podrías ocultar un poco tu rostro de mi vista?». Inmediatamente salió y jamás volvió a encontrarse cara a cara con el Mensajero de Allah. Después del fallecimiento del Mensajero de Allah, durante el califato de Hazrat Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él), se emprendió una campaña contra el falso profeta Musailama. Él también participó en aquella campaña con el propósito de matar a Musailama y expiar así el asesinato de Hazrat Hamza. Tuvo éxito. De este modo, Allah hizo que, por medio de él, se obtuviera para el islam un beneficio mayor que el daño que le había causado.
Hazrat Hamza también poseía talento poético. Después de aceptar el islam, expresó mediante la poesía los sentimientos que entonces experimentaba. En las notas del capítulo «La aceptación del islam por Hamza», de la Sira de Ibn Hisham, se cita una parte de ello.
Abbas ibn Abdul Muttalib ((que Allah esté complacido con él))
Su nombre era Abu al-Fadl Abbas. Su padre era Abdul Muttalib y su madre, Natila; según otra opinión, Nasila bint Jabbab. Era tío del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Sin embargo, ambos tenían casi la misma edad. Los historiadores consideran que probablemente nació dos o tres años antes que el Mensajero de Allah.
Cuando era pequeño, una vez se perdió. Su madre hizo un voto: si Abbas regresaba, cubriría la Kaaba con un revestimiento de seda. Unos días después, cuando regresó sano y salvo, Abdul Muttalib cumplió su voto con gran pompa.
En la época de la ignorancia, era uno de los poderosos jefes de los quraysh. Por herencia familiar, recibió la responsabilidad de cuidar la Casa de la Kaaba y de proporcionar agua a los peregrinos.
El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) recibió la misión profética. Comenzó a invitar públicamente al tawhid en La Meca. Aunque el honorable Abbas no declaró públicamente su conversión al islam durante mucho tiempo, fue uno de los principales protectores de esta invitación. Por ello, el día en que los setenta y dos hombres de Medina que serían los Ansar fueron a La Meca durante la temporada del Hayy y, en un campamento secreto de Mina, invitaron al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) a emigrar a Medina y le prestaron juramento, el honorable Abbas también estuvo presente en aquella reunión secreta. En ese momento aún no había abrazado el islam. En la historia, este juramento es conocido como el Segundo Juramento de al-Aqaba. En aquella ocasión, dirigiéndose en un discurso a los habitantes de Medina presentes, dijo: «¡Gentes de la tribu de Jazray! Sabéis que Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz) goza de honor y dignidad entre su propio pueblo. Siempre lo hemos protegido frente a sus enemigos. Ahora desea ir con vosotros. Si podéis ayudarlo arriesgando vuestras vidas, será algo excelente. De lo contrario, decidlo claramente ahora mismo». Los habitantes de Medina respondieron asegurando que le prestarían pleno apoyo. Poco después, el Mensajero de Allah emigró a Medina.
Obligado por la presión de los qurayshíes de La Meca, se vio forzado a participar en la batalla de Badr junto al ejército qurayshí. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) conocía la verdadera situación; por eso ordenó a sus compañeros: «Durante la batalla, si Abbas o cualquiera de los Banu Hashim se encuentra delante de vosotros, no lo matéis, pues han sido llevados al campo de batalla por la fuerza».
En la batalla de Badr, Abbas, Aqil y Nawfal ibn al-Harith fueron capturados por los musulmanes junto con los demás politeístas qurayshíes. Por casualidad, ataron a Abbas con tanta fuerza que comenzó a gemir de dolor. Sus gemidos perturbaron el descanso nocturno del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Cuando los nobles compañeros se enteraron de ello, aflojaron las ataduras de Abbas. Abbas dejó de gemir. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) preguntó: «¿Por qué ya no se oyen los gemidos?». Le respondieron: «Le hemos aflojado las ataduras». Entonces ordenó inmediatamente: «Aflojad las ataduras de todos los prisioneros».
Los prisioneros de guerra de Badr no tenían ropa adicional. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dio prendas a todos. El honorable Abbas era de gran estatura, y ninguna camisa le quedaba bien. Abdullah ibn Ubayy, el hipócrita, tenía una estatura semejante a la de Abbas. Le regaló una camisa a Abbas. Por ello, aunque Abdullah ibn Ubayy era un hipócrita, después de su muerte, a petición de su hijo, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) le dio una de sus propias camisas para cubrir el cadáver. Así correspondió el favor que había hecho a su tío.
Se decidió liberar a los prisioneros de Badr a cambio de un rescate. La madre de Abbas era hija de la tribu medinense de los Ansar, Jazray. Por ello, los miembros de aquella tribu suplicaron al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz): «Abbas es nuestro sobrino materno. Le perdonamos el rescate». Pero, por ser contrario a la igualdad, esta propuesta no fue aceptable para el Mensajero de Allah. Por otro lado, como Abbas era un hombre rico, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) le exigió un rescate elevado. Abbas declaró que no podía pagar una suma tan grande y dijo: «En mi corazón ya era musulmán desde antes. Los politeístas me obligaron a participar en esta batalla». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «Allah conoce el estado de los corazones. Si lo que afirmas es verdad, Allah te recompensará por ello. Sin embargo, según las apariencias externas, no se te puede conceder ninguna ventaja. Tampoco es aceptable que alegues incapacidad para pagar el rescate, pues sé que dejaste una gran suma de dinero en La Meca junto a Umm al-Fadl». Abbas exclamó asombrado: «¡Juro por Allah que nadie, salvo Umm al-Fadl y yo, conocía la existencia de ese dinero! Estoy plenamente convencido de que eres el Mensajero de Allah». Después obtuvo su liberación pagando un cuantioso rescate por él mismo, por su sobrino Aqil y por Nawfal ibn al-Harith.
Había una razón especial por la que Abbas permaneció durante mucho tiempo en La Meca sin declarar públicamente su conversión al islam. Siempre informaba al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) desde La Meca sobre los movimientos de los incrédulos. Además, era el principal apoyo de los musulmanes de fe débil que todavía permanecían en La Meca. Por ello, cuando una vez pidió al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) permiso para emigrar, este lo disuadió diciéndole: «Es mejor que permanezcas en La Meca. Así como Allah concluyó la misión profética conmigo, concluirá la emigración contigo».
Poco antes de la conquista de La Meca, el honorable Abbas obtuvo permiso para emigrar. Se presentó con toda su familia ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), declaró públicamente su adhesión al islam y comenzó a vivir permanentemente en Medina. Participó en la conquista de La Meca. Durante la expedición de Hunayn, montaba en la misma cabalgadura que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Relató: «En esta batalla los incrédulos comenzaron a vencer y los muyahidines musulmanes se dispersaron. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “¡Abbas, llama a los arqueros!”. Por naturaleza tenía una voz potente. Grité: “¿Dónde están los compañeros de la acacia?”. Al oír mi voz, el curso de la batalla cambió en un instante». También participó en el asedio de Taif, en la expedición de Tabuk y en la Peregrinación de Despedida.
Después de regresar de la Peregrinación de Despedida, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) enfermó. Su enfermedad fue agravándose día tras día. El honorable Ali, el honorable Abbas y otros miembros de los Banu Hashim se encargaron de atender al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). El día de su fallecimiento, el honorable Ali salió de la casa. La gente le preguntó: «¿Cómo se encuentra el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)?». Como ese día se había producido cierta mejoría, respondió: «Por la gracia de Allah, está un poco mejor». Pero el honorable Abbas era un hombre experimentado. Tomó una de las manos de Ali y dijo: «¿Qué crees tú? ¡Juro por Allah que en tres días comenzaréis a ser esclavizados! Puedo ver claramente que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) morirá de esta enfermedad en pocos días. Puedo prever la muerte de los miembros de la familia de Abd al-Muttalib con solo mirar sus rostros».
Ese día falleció el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Con la ayuda de Ali y de otros miembros de los Banu Hashim, el honorable Abbas organizó el amortajamiento y el entierro. Como era el honorable tío del Mensajero de Allah y el miembro de mayor edad de los Banu Hashim, personas ajenas acudían a él para expresar su pesar y sus condolencias.
El honorable Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, respetaba profundamente a su tío Abbas. Sufría mucho incluso ante la menor aflicción de este. En cierta ocasión, cuando el honorable Abbas se quejó de la conducta de algunos qurayshíes, el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo muy alterado: «Juro por Aquel en cuya mano está mi vida: quien no os ame por Allah y por Su Mensajero no tendrá en su corazón la luz de la fe».
En cierta ocasión, el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, conversaba en una reunión con Abu Bakr y Umar, que Allah esté complacido con ambos. En ese momento llegó Abbas. El Mensajero lo sentó entre él y Abu Bakr y comenzó a hablar en voz algo más baja. Después de que Abbas se marchara, Abu Bakr preguntó por qué había hecho aquello. El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, respondió: «Solo una persona honorable puede reconocer la dignidad de otra persona honorable». Y añadió: «Yibril me dijo que, cuando Abbas estuviera presente, bajara la voz, del mismo modo que él me ordenó que bajara vuestra voz en mi presencia».
Los califas rectamente guiados que sucedieron al honorable Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, otorgaron al honorable Abbas el respeto que merecía. Cuando Umar y Uthman, que Allah esté complacido con ambos, pasaban a caballo junto a él, desmontaban en su honor y decían: «Este es el tío del Mensajero de Allah». Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, solo cedía su propio lugar para hacer sitio al honorable Abbas.
El honorable Abbas falleció a los 88 años, el día 12 del mes de Rayab/Muharram del año 32 de la hégira. El tercer califa, el honorable Uthman, que Allah esté complacido con él, dirigió la oración funeraria, y el honorable Abdullah ibn Abbas, que Allah esté complacido con él, descendió a la tumba para enterrarlo. Fue sepultado en el cementerio de Baqi, en Medina. Vivió 32 años después de aceptar el islam y 56 años durante la época de la ignorancia.
Durante la época de la ignorancia, el honorable Abbas, que Allah esté complacido con él, era sumamente rico. Por ello, durante la batalla de Badr, el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, recibió de él veinte uqiyyas de oro como rescate. El comercio era su medio de vida. También se dedicaba a negocios basados en el interés, actividad que mantuvo hasta la conquista de La Meca. En el histórico discurso de la peregrinación de despedida, durante el décimo año de la hégira, el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «A partir de hoy quedan prohibidas todas las formas de interés en Arabia, y declaro abolido, en primer lugar, el interés de Abbas ibn Abd al-Muttalib».
Después de que se abolieran los negocios basados en el interés, el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, lo ayudaba con una quinta parte del botín y con los ingresos de los jardines de Fadak. Tras el fallecimiento del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, él y la honorable Fátima reclamaron ante el primer califa la herencia del Mensajero de Allah. Después de escuchar de labios de Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, una declaración del Mensajero de Allah según la cual los profetas no dejan herencia, ambos guardaron silencio.
El honorable Abbas era sumamente generoso, hospitalario y bondadoso. El honorable Sa’d ibn Abi Waqqas, que Allah esté complacido con él, dijo: «Abbas es el tío del Mensajero de Allah, el más generoso de los qurayshíes y el más atento con sus familiares». Era de corazón tierno. En cuanto levantaba las manos para suplicar, un torrente de lágrimas brotaba de sus ojos. Por ello, sus súplicas tenían un efecto especial.
El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, suplicó por Abbas, que Allah esté complacido con él, y por sus hijos. Pidió a Allah el perdón de todos sus pecados, manifiestos y ocultos. Él narró muchos hadices del Mensajero de Allah, y muchos compañeros y tabi‘íes narraron hadices de él.
Al-Hazrat Abbas también poseía talento poético. Expresó en un poema su experiencia de la batalla de Hunayn. Algunos de sus versos fueron citados en Al-Isti‘ab y en la biografía del Profeta de Ibn Ishaq.
Bilal ibn Rabah ((que Allah esté complacido con él))
Se llamaba Abu Abdallah Bilal. Su padre era Rabah y su madre, Hamamah. Era un esclavo de origen abisinio, aunque había nacido en La Meca. Banu Yumah era su amo.
Aunque su tez era negra por ser un esclavo abisinio, su corazón era sumamente puro. Mientras los árabes de piel clara, presos de la confusión de la nobleza y el linaje, continuaban rechazando la invitación a la verdad, su corazón se iluminó con la luz de la fe. Aunque solo unas pocas personas aceptaron la invitación a la verdad, este esclavo abisinio fue uno de los siete que se atrevieron a proclamarla abiertamente.
Desde siempre, los débiles han sido víctimas de la opresión y la tiranía. Debido a su posición social, sobre Bilal descendieron sufrimientos y penas indescriptibles. Mediante diversas formas de castigo y tortura, pusieron a prueba su paciencia y su firmeza. Lo tendieron sobre arena ardiente, piedras y brasas encendidas, y, con una cuerda atada al cuello, los niños lo arrastraban por las callejuelas de La Meca como si fuera una cabra. A pesar de todo, no soltó la firme cuerda del tawhid. Abu Yahl lo tendía boca abajo y colocaba sobre su espalda una enorme piedra de molino. Cuando, bajo el intenso calor del sol del mediodía, comenzaba a agitarse, Abu Yahl le decía: «Bilal, vuelve todavía del Allah de Muhammad». Pero aun entonces, de sus labios puros no cesaba de salir: «Ahad, Ahad».
Entre los politeístas opresores, Umayya ibn Jalaf era el más entusiasta. Aplicaba constantemente nuevas técnicas de castigo y tortura. Lo atormentaba de diversas maneras: a veces lo metía en una piel cruda de vaca y otras veces le ponía una armadura de hierro y lo sentaba bajo el sol abrasador, diciéndole: «Tu dios es Lat y Uzza». Pero aun entonces, de la lengua de aquel hombre amante del tawhid no salía ninguna frase aparte de «Ahad, Ahad». Los politeístas le decían: «Pronuncia las mismas palabras que pronunciamos nosotros». Él respondía: «Mi lengua no puede pronunciar correctamente vuestras palabras».
Aquel día, como todos los días, el rodillo de la tortura pasaba sobre Al-Hazrat Bilal en el valle de Bat’ha. Por casualidad, Al-Hazrat Abu Bakr as-Siddiq también pasaba por aquel camino. Quedó profundamente afligido. Pagó una cuantiosa suma de dinero al amo de Bilal y lo liberó. Al enterarse de la noticia, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Abu Bakr, hazme partícipe también de esta acción». Él respondió: «Oh, Mensajero de Allah, ya lo he liberado».
Tras emigrar de La Meca a Medina, se hospedó como huésped de Sa‘d ibn Juzaima, que Dios esté complacido con él. Se estableció un vínculo de hermandad entre él y Abu Ruwayha ‘Abdullah ibn ‘Abdurrahman al-Jaz‘ami, que Dios esté complacido con él. Entre ambos surgió una relación muy profunda. Durante el gobierno del segundo califa, ‘Umar al-Faruq, Bilal decidió participar en la campaña de Siria. El califa ‘Umar, que Dios esté complacido con él, le preguntó: «Bilal, ¿quién cobrará tu estipendio?». Respondió: «Abu Ruwayha. El vínculo de hermandad que el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, estableció entre nosotros dos nunca puede romperse».
Hasta la Hégira, el islam era débil en La Meca; después de la Hégira, se consolidó en Medina. Desde el comienzo de esta vida medinense empezó a establecerse la base de las costumbres islámicas y de las actividades culturales. Se fundaron mezquitas, se instituyeron las cinco oraciones diarias y se estableció la llamada a la oración. Bilal fue la primera persona a quien se confió la responsabilidad de hacer el adhan. Al escuchar la voz elevada y conmovedora del adhan de Bilal, nadie podía permanecer tranquilamente en su casa, fueran hombres o mujeres, adolescentes, jóvenes o ancianos. Cuando la mezquita se llenaba de los portadores del tawhid, él iba hasta la puerta del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y anunciaba: «Hayya ‘alas-salah, hayya ‘alal-falah, as-salah, oh Mensajero de Allah; ¡la oración está por comenzar!». El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, salía y Bilal pronunciaba el takbir. Cuando Bilal, que Dios esté complacido con él, no se encontraba en Medina, Abu Mahdhura y ‘Amr ibn Umm Maktum, que Dios esté complacido con ellos, desempeñaban su función. Por lo general, Bilal, que Dios esté complacido con él, hacía el adhan del faÿr antes del alba verdadera. Por eso, por la mañana se hacía el adhan dos veces. El segundo adhan lo hacía ‘Amr ibn Umm Maktum, que Dios esté complacido con él. Por esta razón, durante el mes de Ramadán estaba permitido comer y beber después del adhan de Bilal.
Tanto durante la estancia del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, en Medina como durante sus viajes, Bilal era su muecín personal. En cierta ocasión, durante uno de los viajes del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se hizo de noche mientras avanzaban por el camino. Algunos compañeros dijeron: «Oh Mensajero de Allah, sería bueno que ordenaras montar aquí alguna tienda para pasar la noche». El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Temo que el sueño os haga descuidar la oración». Bilal asumió la responsabilidad de despertar a todos. Con el permiso del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, todos levantaron sus tiendas y se dispusieron a descansar. Mientras tanto, Bilal, que Dios esté complacido con él, permaneció muy atento, apoyado en la madera del palanquín, esperando el alba verdadera. Sin embargo, por las circunstancias, sus ojos se cerraron en esa posición y cayó en un sueño tan profundo que no recobró la conciencia antes del amanecer. Al despertar, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, preguntó primero a Bilal: «¿Qué ocurrió con tu responsabilidad?». Él respondió: «Oh Mensajero de Allah, hoy me quedé dormido de una manera que normalmente no me sucede». El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Allah toma vuestras almas cuando quiere y las devuelve cuando quiere. Levántate, haz el adhan y reúne a la gente para la oración».
Bilal, que Dios esté complacido con él, participó en todas las batallas importantes. En la batalla de Badr mató a Umayya ibn Jalaf, uno de los más grandes enemigos del islam. Umayya era uno de los que habían torturado a Bilal en La Meca. El día de la conquista de La Meca, Bilal acompañó al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. También tuvo el honor de entrar con él en el interior de la Kaaba. Por orden del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se puso de pie sobre el techo de la Kaaba y elevó la voz con el adhan.
Después del fallecimiento del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, Bilal, que Dios esté complacido con él, se dirigió a Abu Bakr as-Siddiq, que había sido quien más bondades le había prodigado, y le dijo: «¡Oh califa del Mensajero de Allah! ¿Me liberaste por amor a Allah o con la intención de convertirme en tu compañero?». Él respondió: «Por amor a Allah». Bilal dijo: «He oído de boca del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, que la mejor obra del creyente es luchar por la causa de Allah. Por eso deseo convertir esta noble obra en una parte inseparable de mi vida hasta la muerte». Abu Bakr, que Dios esté complacido con él, dijo: «Bilal, no te alejes de mí ni me hagas sufrir el dolor de la separación». En respuesta a la súplica de Abu Bakr, Bilal no participó en ninguna batalla durante su vida.
Después de Abu Bakr, el califa fue ‘Umar. Bilal también le pidió permiso para participar en el yihad. Al igual que el primer califa, el segundo quiso impedir que se marchara. Pero, al ver su extraordinario entusiasmo y su actitud inquebrantable, el califa ‘Umar le dio permiso para ir. Bilal participó en la campaña de Siria. En el año 16 de la Hégira, durante el viaje de ‘Umar a Siria, Bilal, junto con los demás oficiales militares, recibió al califa en un lugar llamado Yabiya, y lo acompañó en su viaje a Bayt al-Muqaddas. En cierto momento del viaje, un día el califa pidió a Bilal que hiciera el adhan. Bilal dijo: «Aunque he prometido no hacer el adhan para nadie después del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, hoy cumpliré su deseo». Tras decir esto, hizo el adhan con una voz tan conmovedora que la gente presente se conmovió profundamente. ‘Umar lloró tanto que se quedó sin palabras. Abu ‘Ubayda y Mu‘adh ibn Yabal, que Dios esté complacido con ellos, rompieron a llorar. En la mente de todos aparecía entonces la imagen de la época del Profeta, y en sus corazones despertaba un sentimiento especial.
Las tierras verdes y fértiles de Siria agradaron mucho a Bilal, que Dios esté complacido con él. Pidió al segundo califa permiso para establecerse permanentemente en Siria junto con su hermano en el islam, Abu Ruwayha. Su solicitud fue aceptada. Ambos se establecieron en una pequeña ciudad llamada Jawlan. Antes que ellos, en esa ciudad se había establecido la tribu del célebre compañero Abu Darda al-Ansari, que Dios esté complacido con él. Allí, ambos se casaron con dos mujeres de esa tribu y quedaron unidos a ella mediante vínculos matrimoniales.
Bilal, que Dios esté complacido con él, continuó viviendo en Siria durante muchos años. Un día soñó que el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, le decía: «Bilal, ¿cuánto tiempo más durará esta vida insípida? ¿Acaso aún no ha llegado el momento de que me visites?». Este sueño volvió a abrir la herida de su amor y afecto. Inmediatamente partió hacia Medina y, al presentarse ante la sagrada tumba del Profeta, comenzó a agitarse como un gallo degollado. Abrazaba y acariciaba a Hasan y Husayn, que Dios esté complacido con ellos, los queridos nietos del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Aquella mañana, ambos pidieron a Bilal, que Dios esté complacido con él, que hiciera el adhan del faÿr. Él no pudo rechazar su petición. Al alba verdadera, de pie sobre el techo de la Mezquita del Profeta, comenzó a decir: «Allahu akbar», y aquel sonido resonó por las calles y callejuelas de Medina. Al escuchar su adhan, los habitantes de Medina llenaron el cielo y el aire con sus exclamaciones de takbir.
Cuando pronunció: «Doy testimonio de que Muhammad es el Mensajero de Allah», todos los hombres y mujeres de Medina salieron de sus casas llorando desconsoladamente y comenzaron a correr hacia la mezquita. Se cuenta que nunca antes se había visto en Medina una escena tan conmovedora.
Este devoto amante del Mensajero falleció en el año 20 de la hégira, a aproximadamente sesenta años de edad. Fue enterrado cerca de Bab al-Saghir, en Damasco.
La belleza de su carácter había acrecentado enormemente la dignidad y el honor de Bilal. Umar solía decir: «Abu Bakr es nuestro líder, y él liberó a nuestro líder Bilal».
La compañía y el servicio al Noble Mensajero eran el principal propósito de su vida. Siempre estaba presente cerca del Mensajero de Allah. Lo acompañaba en sus viajes. Durante las oraciones del Eid y de la petición de lluvia, iba delante del Mensajero de Allah hacia el lugar de oración, llevando una lanza. También asistía a las reuniones de sermones y exhortaciones. A pesar de sus numerosas necesidades y de su pobreza, cada vez que recibía algo enviaba una parte como obsequio al Mensajero. Una vez llevó al Mensajero de Allah unos dátiles de excelente calidad. Él le preguntó: «Bilal, ¿de dónde los obtuviste?». Respondió: «Tenía unos dátiles de calidad inferior. Como deseaba enviarle algo para su servicio, entregué dos medidas de estos y obtuve a cambio una medida de aquellos». El Mensajero dijo: «¡Ay, ay! No hagas eso. Eso es una forma de usura. Si tenías que comprarlos, primero debías vender tus dátiles y comprar estos con ese dinero».
Las persecuciones y torturas que Bilal soportó en La Meca dan testimonio de su resistencia, paciencia y firmeza. Era sumamente humilde. Cuando alguien mencionaba alguna de sus virtudes, decía: «Yo no soy más que un abisinio que hasta ayer era un esclavo». La honestidad, la pureza y la lealtad eran algunas de las principales características de su carácter.
Puesto que Bilal era el muecín especial del Mensajero de Allah, tenía que pasar la mayor parte del tiempo en la mezquita. Pasaba gran parte del día y de la noche dedicado a la adoración. Una vez, el Mensajero le preguntó: «¿Por cuál de tus buenas obras esperas obtener la mayor recompensa?». Respondió: «No he realizado ninguna obra especialmente buena. Sin embargo, después de cada ablución he ofrecido una oración».
Contrajo varios matrimonios con familias árabes nobles. El propio Mensajero concertó su matrimonio con la hija de Abu Bakr. Estableció vínculos matrimoniales con las familias de Banu Zuhra y de Abu Darda, pero no tuvo hijos con ninguna de ellas.
Sahih Ibn Juzayma se narra que un día el Mensajero llamó a Bilal y le preguntó: «Bilal, ¿en virtud de qué llegaste al Paraíso antes que yo? Anoche entré en el Paraíso y escuché el sonido de tus pasos». Bilal respondió: «Oh, Mensajero de Allah, cada vez que cometo un pecado ofrezco dos ciclos de oración. Y cuando pierdo la ablución, vuelvo a realizarla inmediatamente y ofrezco dos ciclos de oración».
Ya’‘far ibn Abí Talib ((que Dios esté complacido con él))
Su nombre era Abu Abdillah Ya‘far; su padre era Abu Talib y su madre, Fátima. Era descendiente de la rama hachemita de la tribu de Quraysh. Era primo del Mensajero de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y hermano de padre y madre del venerable Ali, que Dios ennoblezca su rostro. Era diez años mayor que Ali, que Dios esté complacido con él.
Los rostros de cinco hombres de los Banū Abd Manāf se parecían tanto al del Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz) que, con frecuencia, las personas de vista débil se confundían al intentar distinguirlos. Esos cinco hombres eran: 1. Abū Sufyān ibn al-Ḥārith ibn Abd al-Muṭṭalib. Era a la vez primo paterno y hermano de leche del Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz). 2. Qutham ibn al-Abbās ibn al-Muṭṭalib. Él también era primo paterno del Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz). 3. al-Sā’ib ibn Ubayd ibn Abd Yazīd ibn Hāshim. Era el abuelo del imán al-Shāfiʿī, que Dios tenga misericordia de él. 4. Ḥasan ibn Alī, nieto del Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz). Su rostro era el que más se parecía al del Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz). El quinto hombre era Ya‘far ibn Abí Talib.
A pesar de gozar de una elevada posición y honor entre los Quraysh, la situación económica de Abu Talib era sumamente precaria debido a la gran cantidad de hijos y personas a su cargo. Como un golpe de espada sobre una herida, aquel año de sequía agravó aún más su ya difícil situación. Durante ese terrible año de sequía, todos los cultivos de los Quraysh se quemaron y también pereció el ganado. La gente quedó sumida en la desesperación. En aquel momento, entre los Banū Hāshim no había nadie más próspero que Muhammad ibn Abd Allah y su tío Abbas.
Un día, Muhammad, que Dios lo bendiga y le conceda paz, le dijo a su tío Abbas: «Tío, tu hermano Abu Talib tiene muchos hijos. En este momento, la gente sufre una terrible hambruna y escasez de alimentos. Vamos a verlo y carguemos sobre nuestros hombros la responsabilidad de algunos de sus hijos. Yo tomaré a uno de sus hijos y tú tomarás a otro».
Abbas comentó: «Verdaderamente, has invitado a una obra de bien y has exhortado a realizar una buena acción».
Después, ambos fueron a ver a Abu Talib. Le dijeron: «Hemos venido para aliviar parte de la carga de tu familia, a fin de que puedas librarte un poco de la hambruna que aflige a la gente».
Abu Talib dijo: «Dejadme a Aqīl (Aqīl ibn Abī Talib) y podéis hacer lo que queráis». Entonces Muhammad, que Dios lo bendiga y le conceda paz, tomó a Alī, y Abbas tomó a Ya‘far.
Ali siguió siendo criado bajo el cuidado de Muhammad (s. a. s.). Posteriormente, Allah Ta’ala otorgó la profecía a Muhammad (s. a. s.), y entre los jóvenes, Ali tuvo el honor de ser el primero en creer en él. Por otra parte, Ja’far fue criado por su tío Abbas, llegó a la juventud y, al abrazar el islam, se volvió autosuficiente.
Yafar ibn Abi Talib y su esposa, Asma bint Umays, se unieron a la caravana de la luz islámica durante su trayecto. Ambos aceptaron el Islam de manos de Hazrat Siddiq Akbar antes de que el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, entrara en «Dar al-Arqam».(‘Dar al- Arqam’ de La Meca una casa। Dar al- Islam también conocida। La casa de Arqam ibn Abd Manaf al- Majzumi। En La Meca, el Mensajero que la paz y las bendiciones de Allah sean con él,. desde esta casa a la gente la invitación al Islam ofrecía।)Un día, Abu Talib vio a Ali realizando la oración de pie junto al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Esta escena agradó mucho a Abu Talib. Mirando a Yafar, que estaba de pie cerca, le dijo: «Yafar, ponte también de pie a un lado de tu primo Muhammad, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él». Yafar se colocó a la izquierda del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y realizó la oración aquel día. Este acontecimiento causó una profunda impresión en el corazón de Yafar. A los pocos días, aceptó el Islam. Antes que él, solo 31 o 32 personas habían aceptado el Islam.
El joven hachemí y su joven esposa sufrieron todos los padecimientos físicos y mentales que sufrieron los primeros musulmanes. Sin embargo, nunca perdieron la paciencia. Sabían que el camino al Paraíso es difícil y está lleno de espinas. Pero lo que, al igual que a sus demás hermanos en la religión, les causaba dolor y les preocupaba era la obstrucción que los qurayshíes imponían a la observancia de los preceptos islámicos y a la adoración del Dios único. En cada asunto, los qurayshíes permanecían al acecho y creaban para ellos un ambiente asfixiante.
En un momento así, Ja‘far ibn Abi Talib, su esposa y algunos otros Compañeros pidieron al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) permiso para emigrar a Abisinia. Él les dio permiso con el corazón profundamente afligido. El asunto le resultaba tan doloroso porque aquellas personas virtuosas y de almas puras se veían obligadas a abandonar su amada patria, el lugar de su infancia, adolescencia y juventud, únicamente porque decían: «Nuestro Señor es Allah». No eran culpables de ningún otro delito. Abandonaban el país, sufrían injusticia y persecución, y él lo contemplaba todo completamente impotente.
El primer grupo de emigrantes llegó a Abisinia bajo el liderazgo de Ja‘far ibn Abi Talib. Allí encontraron refugio en la corte del justo y equitativo Negus. Después de aceptar el islam, por primera vez pudieron saborear cierta seguridad y experimentar, con el corazón tranquilo y sin temor, la dulzura de adorar libremente al Dios único.
Los qurayshíes estaban informados de la emigración de este grupo de musulmanes a Abisinia y de que allí habían obtenido refugio y seguridad en la corte del rey. Comenzaron a conspirar para matarlos o hacerlos regresar. Umm Salama (que Allah esté complacido con ella), directamente implicada en este acontecimiento, dijo: «Cuando llegamos a Abisinia, encontramos un buen vecino y seguridad para nuestra religión. No sufrimos ninguna injusticia ni persecución en la adoración de nuestro Señor, Allah Altísimo, ni escuchamos nada que nos desagradase. Cuando los qurayshíes se enteraron de ello, comenzaron a conspirar. Eligieron entre ellos a dos hombres fuertes y robustos y los enviaron ante el Negus. Eran ‘Amr ibn al-‘As y ‘Abdullah ibn Abi Rabi‘a. Junto con ellos enviaron numerosos regalos valiosos para el Negus y para los sacerdotes aduladores de su corte. Les habían indicado que entregaran a cada sacerdote el regalo que le correspondía antes de tratar nuestro asunto con el rey de Abisinia.»
Los dos llegaron a Abisinia, se reunieron con los sacerdotes del Negus y entregaron a cada uno el regalo que le correspondía. Luego les dijeron: «En el reino del rey se han refugiado algunos de nuestros hijos descarriados. Han abandonado la religión de sus antepasados y han sembrado la división y la discordia entre su propio pueblo. Cuando hablemos con el rey sobre ellos, les rogamos que le pidan que nos los devuelva sin interrogarlos de ninguna manera acerca de su religión. Sus dirigentes tribales son quienes conocen mejor sus creencias y su conducta; ellos decidirán qué hacer con ellos.»
Los sacerdotes de la corte respaldaron sus palabras.
Umm Salama dijo: «Para ‘Amr ibn al-‘As y su compañero, nada podía resultar más irritante que que el rey convocara a uno de nosotros para escuchar lo que tenía que decir.»
Los dos se presentaron ante el Negus y le ofrecieron los regalos. Al Negus le gustaron mucho los regalos y los elogió efusivamente. Después dijeron al rey: «Majestuoso rey, algunos jóvenes de naturaleza perversa han entrado en vuestro reino. Han inventado una religión que ni nosotros conocemos ni vos conocéis. Han abandonado nuestra religión, pero tampoco han aceptado la vuestra. Sus padres, sus tíos paternos y los principales dirigentes de su tribu nos han enviado ante vos para que los llevemos de regreso. Los dirigentes de su tribu son quienes conocen mejor los disturbios y la corrupción que han causado.»
El Nayashi miró a los sacerdotes presentes en su corte. Ellos dijeron: «¡Majestad! Han dicho la verdad, pues los líderes de su tribu son quienes mejor conocen sus actos. Envíalos de regreso con los líderes de su tribu, para que estos decidan sobre ellos».
El rey se enfureció mucho por las palabras de los sacerdotes y dijo: «¡Por Allah! Eso no puede ser. No entregaré a ninguno de ellos hasta interrogarlos sobre las acusaciones que se les hacen. Si realmente son como dicen estos dos hombres, los entregaré. De lo contrario, mientras deseen permanecer bajo mi protección, les permitiré quedarse a salvo».
Umm Salama dijo: «Entonces el Nayashi mandó llamarnos para entrevistarse con nosotros. Antes de ir, nos reunimos todos en un lugar. Supusimos que seguramente el rey nos preguntaría acerca de nuestra religión. Por eso decidimos declarar lo que creemos. Y Ja‘far ibn Abi Talib hablaría en nombre de todos; nadie más diría nada».
Umm Salama dijo: «Luego fuimos ante el Nayashi y vimos que había convocado a todos sus sacerdotes. Vestidos con sus ropas ceremoniales y con sus libros religiosos desplegados, estaban sentados a la derecha y a la izquierda del rey. También vimos ante el rey a Amr ibn al-As y a Abdullah ibn Abi Rabi’a. Cuando nos sentamos tranquilamente en la asamblea, el Nayashi volvió su mirada hacia nosotros y preguntó: “¿Qué religión es esa que habéis inventado recientemente, por la cual habéis abandonado la religión de vuestros antepasados, sin adoptar ni la mía ni ninguna otra?”»
Ja‘far ibn Abi Talib habló en nombre de todos: «¡Majestad! Éramos un pueblo ignorante. Adorábamos ídolos, comíamos animales muertos, nos entregábamos a actos obscenos, rompíamos los lazos de parentesco y tratábamos mal a nuestros vecinos. Nuestros fuertes privaban a los débiles de sus derechos. Nos encontrábamos en esa situación cuando, finalmente, Allah, exaltado sea, nos envió un Mensajero. Conocíamos su linaje, su veracidad, su honradez, su pureza y demás virtudes. Él nos invitó a Allah para que creyéramos en Su unicidad, Lo adoráramos y abandonáramos los árboles, las piedras y los ídolos que nosotros y nuestros antepasados adorábamos.
Él nos ordenó decir la verdad, devolver debidamente los bienes confiados, mantener intactos los lazos de parentesco, tratar bien a los vecinos y abstenernos de los actos ilícitos y del derramamiento ilegítimo de sangre. Además, nos prohibió las obscenidades, la mentira, consumir los bienes de los huérfanos y calumniar a las mujeres castas.
También nos ordenó adorar a Allah Único, no asociarle nada, establecer la oración, entregar el azaque y ayunar durante el mes de Ramadán.
Al reconocerlo como veraz, creímos en él y seguimos todo lo que trajo de parte de Allah. Por tanto, creemos lícito lo que él declaró lícito para nosotros y creemos ilícito lo que declaró ilícito.
¡Majestad, oh rey! Después, todos los miembros de nuestro pueblo comenzaron a oprimirnos. Nos torturaron para apartarnos nuevamente de nuestra religión y devolvernos a la idolatría. Cuando nos afligieron y atormentaron hasta el extremo y se interpusieron entre nosotros y nuestra religión, preferimos venir aquí, a su presencia, en lugar de ir a cualquier otro sitio, con la esperanza de no ser oprimidos bajo su protección.»
Umm Salama dijo: Entonces el Negus miró brevemente a Ja‘far ibn Abi Talib y le preguntó: «¿Tenéis con vosotros alguna parte de lo que vuestro profeta trajo de Allah?». Él respondió: «Sí». «Recítame algo de ello». Ja‘far recitó: «Kaf, Ha, Ya, ‘Ayn, Sad. Esta es la exposición de la misericordia de tu Señor con Su siervo Zacarías, cuando invocó a su Señor en secreto. Dijo: “Mis huesos se han debilitado y mi cabeza se ha encanecido por la vejez. ¡Oh, Señor mío! Nunca he quedado defraudado al invocarte.”»
Así le recitó la primera parte de la sura María del Sagrado Corán.
Al escuchar la palabra de Allah, el Negus lloró tanto que sus lágrimas empaparon su barba, y los sacerdotes presentes en la corte también lloraron hasta mojar los libros sagrados abiertos ante ellos. Cuando se hubo calmado un poco, el Negus dijo: «Lo que vuestro profeta trajo y lo que Jesús, la paz sea con él, trajo antes que él tienen un mismo origen». Luego miró a ‘Amr y a su compañero y dijo: «Idos. ¡Por Allah! No os los entregaré».
Umm Salama dijo: Cuando salimos de la corte del Negus, ‘Amr ibn al-‘As le dijo a su compañero, haciéndonos oír: «¡Por Allah! Mañana volveremos ante el rey y le expondremos acciones de ellos que harán arder de furia su corazón y lo llenarán de odio hacia ellos. Sin duda, incitaremos al rey a expulsarlos por completo».
Al oír esto, su compañero, ‘Abdullah ibn Abi Rabi‘a, dijo: «‘Amr, no deberíamos hacer eso. Aunque se opongan a nosotros en asuntos de religión, son nuestros parientes».
‘Amr dijo: «Deja ya esas palabras. Sin duda informaré al rey de algo que hará temblar sus corazones. Le diré al rey: “Ellos creen que Jesús, hijo de María, no es más que un siervo como los demás”».
Al día siguiente, ‘Amr se presentó efectivamente en la corte del Negus y dijo: «¡Majestad, oh rey! Estas personas, a quienes usted ha dado refugio y ayuda, dicen algo gravísimo acerca de Jesús, hijo de María. Envíe a alguien a preguntarles qué dicen de él».
Umm Salama dijo: Cuando nos enteramos de esto, nos sentimos sumamente preocupados. Nos preguntamos unos a otros: «¿Qué diréis cuando el rey os pregunte acerca de Isa ibn Maryam?». Todos estuvimos de acuerdo en que no diríamos sobre él nada más de lo que Allah había dicho. No añadiríamos ni siquiera la cantidad de la punta de un dedo a lo que nuestro Profeta había traído acerca de él. Que nos sucediera lo que tuviera que sucedernos. Esta vez también hablaría en nuestro nombre Ja‘far ibn Abi Talib.
El Négus mandó llamarnos. Cuando nos presentamos ante él, vimos que los sacerdotes estaban sentados con la misma vestimenta que el día anterior. En cuanto Amr ibn al-As y su compañero estuvieron presentes, el rey nos preguntó: «¿Qué decís acerca de Isa ibn Maryam?»
Ja‘far ibn Abi Talib dijo: «No decimos acerca de él nada más de lo que dice nuestro Profeta».
«¿Y qué dice?»
«Dice: “Él es el siervo de Allah y Su Mensajero. Es Su espíritu y Su palabra, que Él infundió en Maryam, la virgen pura”».
Al escuchar las palabras de Ja‘far, el Négus golpeó el suelo con la mano y dijo: «¡Por Allah! Lo que vuestro Profeta ha dicho acerca de Isa ibn Maryam no contiene ni siquiera la exageración equivalente a un pelo». Al oír esto, los patriarcas sentados alrededor del Négus emitieron sonidos de disgusto por sus fosas nasales. El rey dijo: «Aunque lo detestéis cuanto queráis». Luego se volvió hacia nosotros y dijo: «Id; sois libres y estáis a salvo. Si alguien os insulta o crea cualquier obstáculo para vosotros, recibirá su castigo. ¡Por Allah! Si obtuviera una montaña de oro, no me agradaría que, a cambio de ella, cayera la menor desgracia sobre cualquiera de vosotros». Después se volvió hacia Amr y su compañero y dijo: «Devolvedles los regalos de estos dos hombres. No los necesito».
Umm Salama dijo: Así fracasó la conspiración de Amr y su compañero, y ellos se retiraron de la corte derrotados y desesperados, con el corazón destrozado. Nosotros, en cambio, continuamos viviendo junto al Négus como vecinos honrados, en una excelente residencia.
Después, Ja‘far ibn Abi Talib y su esposa pasaron diez años completos bajo la protección del Négus, totalmente seguros y tranquilos. En el séptimo año de la Hégira, ellos dos y algunos musulmanes más partieron de Habasha hacia Yathrib (Medina). También llegaron a Medina, mientras que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, regresaba a Medina tras concluir la conquista de Jaybar. Al ver a Ja‘far, el Mensajero de Allah se alegró tanto que lo besó entre los ojos y dijo: «No sé por cuál de las dos cosas me alegro más: por la conquista de Jaybar o por la llegada de Ja‘far».
La alegría y el regocijo de toda la comunidad musulmana en general, y de los musulmanes pobres en particular, no eran en absoluto menores que los del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) por la llegada de Yafar. Esto se debía a que Yafar era sumamente bondadoso y compasivo con los pobres y necesitados. Por esta razón lo llamaban Abu al-Masakin, es decir, el padre de los necesitados.
Había transcurrido un año desde la llegada de Yafar ibn Abi Talib a Medina. A comienzos del octavo año de la Hégira, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) preparó un ejército para atacar a las fuerzas romanas en Siria. Tras nombrar comandante a Zayd ibn Hariza, dijo: «Si Zayd muere, el comandante será Yafar ibn Abi Talib. Si Yafar muere o resulta herido, el comandante será Abdullah ibn Rawaha. Y si este muere o resulta herido, los musulmanes elegirán como comandante a uno de entre ellos mismos».
Al llegar el ejército musulmán a un lugar llamado Mu’ta, en la frontera siria de Jordania, descubrió que cien mil soldados romanos estaban preparados para enfrentarlo, mientras que, detrás de ellos, esperaban otros cien mil soldados cristianos de las tribus árabes de Lajm, Yudam, Quda’a y otras, para ayudarlos. En cambio, el número de soldados musulmanes era de apenas tres mil. Apenas comenzó la batalla, Zayd ibn Hariza alcanzó el martirio como un héroe. Entonces Yafar ibn Abi Talib saltó del lomo de su caballo y lo mató con su propia espada, para impedir que el ejército enemigo pudiera utilizarlo. Luego levantó el estandarte, penetró profundamente en las filas del ejército romano y continuó abatiendo enemigos. En ese momento, su brazo derecho fue cercenado. Sostuvo el estandarte en alto con la mano izquierda. Poco después, otro golpe de espada separó también su mano izquierda de su cuerpo. Aun así, no se rindió. Lo sujetó contra su pecho con los brazos y mantuvo en alto el estandarte del islam. Poco después, un tercer golpe de espada partió su cuerpo en dos.
Después, Abdullah ibn Rawaha tomó el estandarte. Mientras luchaba valientemente contra los soldados enemigos, también siguió a sus dos compañeros. Entonces Jálid ibn al-Walid tomó el estandarte y salvó al ejército musulmán.
En esta batalla también participó el honorable Abdullah ibn Umar. Él dice: «Al buscar el cadáver de Yafar, se descubrió que solo en la parte frontal de su cuerpo había cincuenta heridas. Tenía más de noventa heridas en todo el cuerpo, pero ni una sola en la espalda».
Al enterarse del martirio de estos tres comandantes, el Mensajero de Allah quedó profundamente afligido. Con el corazón apesadumbrado por el dolor, fue a la casa de su primo Yafar. En aquel momento, su esposa Asma se estaba preparando para recibir a su marido. Había preparado harina para hacer pan, había bañado y ungido con aceite a sus hijos, y les había puesto ropa nueva.
Asma dice: «Al ver que el Mensajero de Allah, con su bendito rostro cubierto por un paño fino y limpio, se acercaba a nuestra casa, surgieron en mi corazón toda clase de temores y preocupaciones. Sin embargo, por miedo a escuchar alguna mala noticia, no me atrevía a preguntarle nada sobre Yafar. Después de preguntar por nuestro estado, dijo: “Trae ante mí a los hijos de Yafar”. Los llamé, y ellos, rebosantes de alegría, echaron a correr compitiendo por ver quién llegaba primero ante el Mensajero de Allah. Él los abrazó y comenzó a besarlos. En ese momento, las lágrimas brotaban abundantemente de sus ojos. Dije: “¡Oh, Mensajero de Allah! ¡Que mis padres sean sacrificados por ti! ¿Por qué lloras? ¿Has recibido alguna mala noticia sobre Yafar y sus dos compañeros?”. Él respondió: “Sí. Hoy han alcanzado el martirio”. En ese instante, la sonrisa desapareció de los rostros de los pequeños. Cuando oyeron que su madre lloraba y se lamentaba, se quedaron inmóviles en sus respectivos lugares, como piedras, como si hubiera un pájaro posado sobre sus cabezas. Las mujeres vecinas acudieron y se congregaron junto a Asma. El Mensajero de Allah salió secándose los ojos. Al llegar a casa, dijo a sus esposas purificadas: “Hoy cuidad un poco de la familia de Yafar. Hoy están desconsolados”».
Durante mucho tiempo después del martirio del honorable Yafar, el Mensajero de Allah permaneció sumido en el duelo y abatido. Finalmente, el honorable Yibril le anunció la buena nueva de que Allah Todopoderoso había concedido a Yafar, en lugar de sus dos manos amputadas, otras dos manos nuevas, teñidas de sangre, y que volaba por el Paraíso junto a los ángeles. Por ello recibió los sobrenombres de «Dhul-Yanahayn» y «Tayyar»: el de las dos alas y el volador.
Ibn Sa‘d narra en su Tabaqat: Al enterarse del martirio de Zayd ibn Haritha, Ja‘far ibn Abi Talib y ‘Abdullah ibn Rawaha, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) pronunció ante los presentes una breve jutba, en la que los presentó y elogió, y suplicó: «¡Oh Allah!, perdona a Zayd; ¡oh Allah!, perdona a Zayd. ¡Oh Allah!, perdona a Ja‘far y a ‘Abdullah ibn Rawaha».
El imán Ahmad narró, transmitiéndolo de ‘Abdullah ibn Aslam. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le decía a Ja‘far: «En carácter y aspecto físico, te pareces a mí».
El honorable Ja‘far era sumamente bondadoso con los pobres y necesitados. Abu Huraira dijo: «Para nuestra comunidad de necesitados, Ja‘far ibn Abi Talib era la mejor persona. Nos llevaba consigo a su casa y nos daba de comer todo lo que tenía. Cuando se le acababa la comida, sacaba su pequeño odre de mantequilla vacío. Nosotros lo abríamos y lamíamos todo lo que quedaba pegado en su interior. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) decía: “A los profetas que vinieron antes de mí solo se les concedieron siete amigos; pero mis amigos especiales son catorce, y Ja‘far es uno de ellos”.(Bujari, Manāqib de Ja‘’far)
Zayd ibn Haritha (r.a.)
Se llamaba Zayd; Abu Usama era su kunyah. Hibbu Rasulillah (el amado del Mensajero de Allah) era su título; su padre era Haritha y su madre, Su‘da bint Tha‘laba.
Su‘da bint Tha‘laba emprendió el viaje con su pequeño hijo Zayd para dirigirse junto a la tribu paterna, los Banu Ma‘n. Antes de llegar a la tribu paterna, una noche un grupo de asaltantes de los Banu Qayn atacó su tienda, saqueó sus bienes, camellos y demás pertenencias, y se llevó cautivos a los niños. Entre aquellos niños cautivos se encontraba también su hijo Zayd ibn Haritha.
Zayd tenía entonces ocho años. Los asaltantes lo llevaron a la feria de ‘Ukaz con intención de venderlo. Un dirigente qurayshí llamado Hakim ibn Hizam ibn Khuwaylid lo compró por cuatrocientos dírhams. Después de comprar también algunos esclavos más, regresó a La Meca.
Al enterarse del regreso de Hakim ibn Hizam, su tía paterna, Jadiya bint Khuwaylid, fue a visitarlo. Él le dijo: «Tía, he comprado varios esclavos en ‘Ukaz. Elija al que más le guste; se lo regalo».
Después de examinar detenidamente los rostros de los esclavos, Hazrat Jadiya escogió a Zayd ibn Haritha, pues había observado en su rostro señales de aguda inteligencia y entendimiento. Lo llevó consigo a casa.
Pocos días después de este suceso, Jadiya contrajo matrimonio con Muhammad ibn Abdullah. Quiso hacerle un regalo a su esposo, pero no encontró nada más hermoso que su querido esclavo Zayd ibn Haritha. Así pues, le entregó aquel esclavo a su esposo.
Aquel afortunado joven esclavo comenzó a criarse bajo el cuidado de Muhammad ibn Abdullah. Al gozar de su noble compañía, tuvo la oportunidad de observar la excelencia de su carácter. Mientras tanto, su afectuosa madre se encontraba desolada por el dolor de la pérdida de su hijo. Sus lágrimas nunca se secaban. Había perdido el sueño por las noches. Su mayor sufrimiento era no saber si su hijo seguía vivo o había muerto a manos de unos bandidos. Por eso se sentía profundamente desesperada. Su padre, Haritha, continuó buscando a su hijo perdido en todos los lugares posibles. Preguntaba por él a todas las personas, conocidas y desconocidas. Era un poeta destacado de la Arabia de aquel tiempo. En muchos poemas compuestos entonces quedó plasmado el dolor por la pérdida de su hijo. En uno de ellos dice:
«Lloro por Zayd, sin saber qué le ha sucedido,
¿está vivo?
Entonces aún habría esperanza de que regresara; ¿o ha muerto
¡Por Allah! No lo sé, aunque no dejo de preguntar.
¿Te secuestraron los habitantes de las llanuras o los de las tierras montañosas?»
Al salir el sol, me recuerda a él, y cuando
se pone, me lo hace recordar de nuevo.
recorreré país tras país en busca de ti,
arreando camellos; jamás me cansaré,
ni tampoco se cansará mi montura. Ya conserve la vida o me llegue la muerte,
todo ser humano es mortal, por más que corra tras sus esperanzas.»
Durante aquella temporada del hajj, algunos miembros de la tribu de Zaid llegaron a La Meca para realizar el hajj. Mientras circunvalaban la Kaaba, se encontraron con Zaid. Al reconocerse mutuamente, se saludaron e intercambiaron noticias. Después de realizar el hajj, aquellos hombres regresaron a su hogar e informaron a Haritha, el padre de Zaid, del paradero de su hijo perdido.
Al enterarse del paradero de su hijo, Haritha se preparó para el viaje. Cargó también en su montura el dinero del rescate de Zaid, su entraña y la niña de sus ojos. Ka’b, hermano de Haritha, lo acompañó. Tras avanzar sin descanso por el camino hacia La Meca, llegaron ante Muhammad ibn Abdullah y dijeron:
«¡Oh, descendientes de Abd al-Muttalib! Sois vecinos de la Casa de Allah, auxiliáis al desamparado, alimentáis al hambriento y dais refugio a quien busca protección. Hemos venido por el muchacho nuestro que está con vosotros. También hemos traído su rescate. Sed benevolentes con nosotros y fijad su rescate como consideréis conveniente.»
Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «¿De qué muchacho habláis?»
—De vuestro esclavo, Zayd ibn Haritha.
—¿Queréis que os conceda algo mejor que el rescate?
—¿Qué sería?
—Lo llamaré ante vosotros y que él decida libremente si se queda conmigo o se va con vosotros. Si desea irse con vosotros, podéis llevároslo sin pagar rescate; y si desea quedarse conmigo, no tengo nada más que hacer.
Ellos asintieron y dijeron: —Habéis hablado con suma justicia.
Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) llamó a Zayd y le preguntó: «¿Quiénes son estos dos hombres?»
Dijo: «Este es mi padre, Haritha ibn Shurahbil, y él es mi tío, Ka’b».
Le dijo: «Si quieres, puedes irte con ellos; y si quieres, puedes quedarte conmigo».
Sin la menor vacilación, respondió de inmediato: «Me quedaré con usted».
Su padre dijo: «¡Ay de ti, Zayd! ¿Has elegido la esclavitud en lugar de tus padres?»
Él respondió: «He visto en este hombre algo que hace que jamás pueda abandonarlo».
Después de esta decisión de Zayd, Muhammad ﷺ lo tomó de la mano, lo llevó junto a la Kaaba y, de pie junto a la Piedra Negra, proclamó ante los Quraysh presentes: «¡Oh, pueblo de Quraysh! Sed testigos: desde hoy Zayd es mi hijo. Él será mi heredero y yo seré el suyo».
El padre y el tío de Zayd se alegraron mucho con esta proclamación. Lo dejaron al cuidado de Muhammad ibn Abdullah y regresaron tranquilamente a su tierra. Desde aquel día, Zayd ibn Haritha pasó a ser Zayd ibn Muhammad. Todos se dirigían a él como hijo de Muhammad. Finalmente, Allah, exaltado sea, abolió la costumbre de adoptar hijos mediante la revelación, en la sura Al-Ahzab, del versículo: «Llamadlos por los nombres de sus padres». Después de ello, volvió a ser conocido como Zayd ibn Haritha.
Cuando Zayd eligió a Muhammad ﷺ en lugar de sus propios padres, no sabía qué gran victoria había alcanzado. No sabía que el señor que había escogido, abandonando a su familia y a su tribu, era el Señor de los primeros y los últimos y el Mensajero de Allah enviado a toda la creación. Ni por un instante se le ocurrió entonces que en este mundo se establecería un Estado lleno de bondad y justicia de Oriente a Occidente, y que él sería el fundador de aquel Estado benéfico. No, nada de eso había entrado entonces en los pensamientos ni en la imaginación de Zayd. Todo es gracia de Allah. Él concede abundantemente a quien quiere.
Apenas unos años después de este acontecimiento, Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda paz) recibió la profecía. Zaid fue el primero de los esclavos varones en creer. Más tarde se convirtió en el secretario de confianza del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), en comandante de su ejército y en administrador provisional de Medina durante su ausencia.
Así como Zaid eligió al Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) por encima de sus padres, el Mensajero también lo amó profundamente y lo incorporó a sus propios hijos y familiares. Cuando Zaid se alejaba, se mostraba preocupado; cuando regresaba, se alegraba, y lo recibía con una alegría tan grande que no se veía algo semejante al encontrarse con ninguna otra persona. Aisha (que Allah esté complacido con ella) narró cómo el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) recibió a Zaid cuando este regresó a Medina después de una expedición.
Ella dijo:
«Zaid ibn Hariza regresó a Medina. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se encontraba entonces en mi habitación. Zaid llamó a la puerta. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) se levantó casi desnudo. En su cuerpo no llevaba más que una pieza de tela desde el ombligo hasta las rodillas. En ese estado corrió hacia la puerta, arrastrando la tela. Lo abrazó y lo besó. ¡Por Allah!, ni antes ni después vi jamás al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) con el torso tan descubierto».
La noticia del profundo amor del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) por Zaid se difundió entre los musulmanes. Por ello, la gente lo llamaba «Zaid al-Hubb», y recibió el sobrenombre de «Hibb Rasulillah», es decir, el amado del Mensajero de Allah.
Cuando Hamza (que Allah esté complacido con él) abrazó el islam, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) estableció un vínculo de hermandad entre él y Zaid. Entre ambos surgió una relación muy estrecha. Incluso, cuando Hamza emprendía un viaje, dejaba a su hermano en la fe, Zaid, como su albacea.
El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) tenía una esclava llamada «Umm Ayman». Un día dijo a sus compañeros: «Si alguien quiere casarse con una mujer del Paraíso, que se case con Umm Ayman». Zaid se casó con ella para complacer al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). De ella nació en La Meca el célebre comandante Usama ibn Zaid.
Después de emigrar de La Meca a Medina, se hospedó en casa de Kulzum ibn Hidm. Se estableció un vínculo de hermandad entre él y Usaid ibn Hudair (que Allah esté complacido con él). Hasta entonces había vivido junto con la familia del Profeta como uno de sus miembros. Después de llegar allí, se le asignó una casa separada y se casó con Zaynab bint Yahsh, prima paterna del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Sin embargo, como no llegó a establecerse la vida conyugal con Zaynab, él se divorció de ella. Posteriormente, por mandato de Allah, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se casó con Zaynab.
Hazrat Zayd era uno de los mejores arqueros de Arabia en aquella época. Participó en todas las expediciones, desde Badr hasta Muta. La única expedición en la que no pudo participar fue la de Marra al-Yasi. Durante esta campaña, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) lo dejó como su representante en Medina.
En el octavo año de la Hégira ocurrió un acontecimiento terrible. Ese año, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) envió a Harith ibn Umayr al-Azdi con una carta que contenía la invitación al Islam, dirigida al gobernador de Basora. Cuando Harith llegó a un lugar llamado Muta, en la frontera oriental de Jordania, Shurahbil ibn Amr, uno de los gobernadores del emperador gasánida, le cerró el paso y lo hizo prisionero. Después, lo asesinó. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) tomó el asunto con suma seriedad, pues hasta entonces ningún emisario había sido asesinado de aquella manera. Preparó un ejército de tres mil soldados para la expedición a Muta y confió su mando a Hazrat Zayd ibn Haritha. Justo antes de la partida, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) aconsejó: «Si Zayd muere como mártir, el siguiente comandante del grupo será Ja‘far ibn Abi Talib. Si Ja‘far muere como mártir, el comandante será Abdullah ibn Rawaha. Y si él también muere como mártir, elegirán como comandante a uno de entre ellos mismos».
Bajo el mando de Zayd, el ejército partió de Medina y llegó a un lugar llamado Ma‘an, en la frontera oriental de Jordania. El emperador romano Heraclio avanzó con un enorme ejército de cien mil soldados, con el propósito de ofrecer resistencia en favor de los gasánidas. A él se unieron otros cien mil soldados de los árabes politeístas. Este ejército combinado tomó posiciones no lejos del ejército musulmán. En Ma‘an, el ejército musulmán permaneció dos noches y deliberó sobre lo que debía hacer. Algunos dijeron que debían informar al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), por carta, del número de soldados enemigos y esperar sus siguientes instrucciones. Otros dijeron: «Nosotros no luchamos basándonos en el número, la fuerza o la superioridad. Luchamos por esta religión. Avanzad hacia el objetivo por el que habéis salido. Obtendréis uno de estos dos éxitos: la victoria o el martirio».
Después, los dos ejércitos desiguales entablaron un combate frontal. Al contemplar la valentía y el arrojo de apenas tres mil soldados frente a doscientos mil, el ejército romano quedó completamente atónito. También se apoderó de sus corazones el temor.
El valor con que Zayd ibn Haritha combatió para mantener en alto el estandarte del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) es un ejemplo poco común en la historia. Su cuerpo quedó acribillado por innumerables golpes de flechas y lanzas. Finalmente, cayó en el campo de batalla. Después, Ja‘far ibn Abi Talib y Abdullah ibn Rawaha tomaron sucesivamente el estandarte y alcanzaron el martirio con valentía. Luego, por decisión conjunta del ejército musulmán, Khalid ibn al-Walid fue elegido comandante. Era un musulmán recién convertido. Bajo su mando, el ejército musulmán se salvó de una derrota y una destrucción inevitables. Así, Hazrat Zayd alcanzó el martirio en el noveno año de la Hégira, a la edad de cincuenta y cuatro o cincuenta y cinco años.
Cuando la triste noticia de Muta llegó al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), quedó tan afligido que nunca se lo había visto sumido en un dolor semejante. Fue a las casas de los comandantes mártires para expresar sus condolencias a sus familias. Cuando llegó a la casa de Zayd, su pequeña hija se abrazó al Mensajero entre lágrimas, y el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) rompió a llorar en voz alta. Al verlo en aquel estado, Sa‘d ibn Ubada exclamó: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Qué es esto?»
Él respondió: «Esto es una manifestación de amor».
Al regresar de la Peregrinación de Despedida, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) envió al joven hijo de Zayd, Usama, al frente de un ejército para vengar el asesinato de su padre. A muchos no les agradó que el mando estuviera en manos de una persona tan joven. Al enterarse de ello, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Antes criticabais el mando de su padre. Ahora no podéis aceptar el mando de su hijo. ¡Por Allah! Zayd era digno de ser líder y era la persona que más amaba. Después de él, la persona que más amo es su hijo Usama». Usama fue un hijo digno de su padre. Regresó a Medina después de obtener una venganza apropiada por el asesinato de su padre.
La devoción, el amor, la obediencia al Mensajero de Allah (s. a. s.) y la obtención de su complacencia eran el único propósito de la vida de Hazrat Zayd (r. a.). Esto queda demostrado por diversos acontecimientos de su vida. Hazrat Umm Ayman (r. a.) era una mujer de edad avanzada, casi anciana, y carente de belleza exterior. Hazrat Zayd (r. a.) se casó con ella únicamente con el propósito de hacer feliz al Mensajero (s. a. s.). Cuando se separó de Hazrat Zaynab (r. a.), él mismo volvió a presentar a Zaynab (r. a.) la propuesta de matrimonio del Mensajero de Allah (s. a. s.), únicamente porque el Mensajero (s. a. s.) había expresado su deseo de casarse con ella. Por respeto a Hazrat Zaynab (r. a.), ni siquiera levantó los ojos para mirarla; volvió el rostro hacia otro lado y se limitó a presentar la propuesta. (Muslim)
Al observar el amor ilimitado del Mensajero de Allah (s. a. s.) por Hazrat Zayd (r. a.) y sus hijos, Hazrat Aisha (r. a.) solía decir: «Si Zayd hubiera seguido con vida, quizá el Mensajero (s. a. s.) lo habría designado como su sucesor después de su muerte».
Abdullah ibn Abbas ((r. a.))
Su nombre era Abdullah y su kunya, Abu Abbas. Su padre era Abbas y su madre, Umm al-Fadl Lubaba. Era descendiente de la rama hachemí de la tribu de Quraysh. Era primo paterno del Mensajero de Allah (s. a. s.), y Hazrat Maymuna (r. a.), una de las Madres de los Creyentes, era su tía materna.
El gran compañero Hazrat Abdullah ibn Abbas (r. a.) gozaba de honor y gloria en muchos aspectos. Por parentesco sanguíneo, era primo paterno del Mensajero de Allah (s. a. s.). Debido a su inmensa erudición, recibió de la nación árabe y de la umma de Muhammad los títulos de «Habr y Bahr» (erudito virtuoso y océano). Era un ejemplo vivo de taqwa y piedad. Se ha dicho de él que ayunaba durante el día, pasaba la noche en adoración y, en la última vigilia de la noche, se dedicaba al arrepentimiento y a pedir perdón. Lloraba tanto por temor a Allah que sus lágrimas habían formado dos surcos en sus mejillas.
Este es aquel Abdullah ibn Abbas a quien la umma de Muhammad llamó rabbani (erudito que conoce a Allah). Era el más erudito respecto al Libro de Allah, el Sagrado Corán; el más competente en su interpretación y significado, y la persona más capacitada para comprender sus misterios.
Nació en la شعب أبي طالب de La Meca tres años antes de la emigración del Mensajero de Allah (s. a. s.) de La Meca a Medina. En aquella época, los Quraysh habían impuesto un boicot a su clan, Banu Hashim, por lo que vivían en la شعب أبي طالب. Cuando falleció el Mensajero de Allah (s. a. s.), él apenas era un muchacho de trece años. A pesar de ello, conservó en su memoria mil seiscientos sesenta palabras o hadices del Mensajero de Allah (s. a. s.), proporcionando así un beneficio especial a la nación musulmana, Sahih al-Bujari y Sahih Muslim en los cuales se han transmitido muchos de ellos. Según parece, su padre, Hazrat Abbas, aceptó el islam en el octavo año de la hégira, poco antes de la conquista de La Meca. Según el relato de Ibn سعد, Umm al-Fadl fue la primera mujer en abrazar la fe después de la Madre de los Creyentes, Hazrat Jadiya. Por ello, Hazrat Abdullah creció desde su nacimiento en un ambiente de tawhid y, cuando alcanzó la madurez intelectual, se manifestó como un musulmán poseedor de una fe firme.
Después de que Abdullah naciera, su madre, la célebre compañera Umm al-Fadl Lubaba bint al-Harith al-Hilaliyya, lo llevó en brazos ante el Mensajero de Allah (s. a. s.). El Mensajero (s. a. s.) tomó un poco de saliva de su santa boca, la puso en la boca del pequeño Abdullah y le practicó el tahnik. Así, antes de que cualquier sustancia terrenal entrara en su estómago, penetró en él la saliva santa y bendita del Puro Mensajero. Y junto con ella penetraron la taqwa y la hikma.
Su padre, el honorable al-‘Abbás, emigró con toda su familia a Medina en el octavo año de la Hégira, poco antes de la conquista de La Meca. Abdullah no tendría entonces más de once años. Sin embargo, ya pasaba la mayor parte del tiempo en compañía del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Una vez, al regresar a casa, relató: «Vi junto al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— a un hombre a quien no reconocí». Cuando el honorable al-‘Abbás se lo contó al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, este llamó a Abdullah, lo sentó en su regazo, le pasó la mano por la cabeza y suplicó: «¡Oh Allah, bendícelo y difunde por medio de él la luz del islam!»
Desde los siete años se consagró al servicio y la atención del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Cuando este necesitaba hacer la ablución, él le procuraba agua; cuando se ponía de pie para la oración, se colocaba detrás de él y rezaba como su seguidor; y cuando emprendía un viaje, montaba detrás de él en su montura y se convertía en su compañero de viaje. Así, lo seguía como una sombra y llevaba siempre consigo un corazón vigilante, una mente lúcida y una memoria más poderosa que todos los aparatos de grabación de la época moderna.
Aunque el honorable Abdullah era por naturaleza tranquilo, inteligente y perspicaz, la etapa de su vida en la que tuvo la oportunidad de acompañar al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— correspondía, en esencia, al tiempo de los juegos infantiles. Recordó: «Solía jugar con otros muchachos en los callejones y en las calles. Un día vi que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— venía por detrás. Rápidamente me escondí detrás de la puerta de una casa para escapar, pero él me atrapó. Puso su mano sobre mi cabeza y dijo: “Ve a llamar a Mu‘awiya”». Mu‘awiya era el escriba o secretario del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Corrí hasta él y le dije: «Ven, el Mensajero de Allah te llama».
La Madre de los Creyentes, la honorable Maymuna —que Allah esté complacido con ella—, era tía materna de Abdullah, por lo que él pasaba la mayor parte del tiempo en su casa. Muchas veces se quedaba a dormir allí. Gracias a ello, tuvo la bendición de disfrutar de una compañía muy cercana e íntima del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. También tuvo la oportunidad de rezar con él la oración nocturna de taháyyud y de acercarle el agua para la ablución. Una vez, mientras rezaban el taháyyud en la habitación de Maymuna, Abdullah se colocó a la izquierda del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—; entonces este le tomó de la cabeza y lo colocó a su derecha.
El honorable Abdullah ibn Abbás relató así su experiencia: «Un día, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— manifestó su intención de hacer la ablución. Rápidamente le procuré agua, y se alegró mucho por lo que hice. Cuando se puso de pie para la oración, me indicó que me colocara a su lado, pero yo me puse detrás de él. Al terminar la oración, se volvió hacia mí y preguntó: “Abdullah, ¿qué te impidió colocarte a mi lado?”. Respondí: “¡Oh Mensajero de Allah! A mis ojos eres sumamente honorable y de tan elevada dignidad que no me consideré digno de estar a tu lado”. Inmediatamente levantó ambas manos hacia el cielo y suplicó: “Allahumma atihi al-hikma” —“¡Oh Allah, concédele sabiduría!”—. En otra ocasión, cuando por la noche le acerqué el agua para la ablución, suplicó por Abdullah diciendo: “Allahumma faqqihhu fid-din wa ‘allimhu at-ta’wil” —“¡Oh Allah, hazlo un experto en la religión y enséñale la interpretación!”—»
Allah, glorificado y exaltado sea, aceptó la súplica de Su amado Profeta y concedió al joven hachemita un conocimiento tan vasto que llegó a ser objeto de la envidia de los grandes eruditos. En los libros de historia y de biografías se han relatado numerosos episodios de su profundo conocimiento y de su aguda inteligencia.
Cuando murió el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Abdullah tenía apenas trece años. Dos años y tres meses después falleció el primer califa, el honorable Abu Bakr. Durante el califato del segundo califa, el honorable ‘Umar —que Allah esté complacido con él—, llegó a la juventud. El califa ‘Umar lo mantuvo bajo su tutela y cerca de sí. Le permitía sentarse con los grandes Compañeros en las reuniones importantes. También se le permitió sentarse con los Compañeros que habían participado en Badr. El tradicionista Ibn ‘Abd al-Barr dice: «‘Umar amaba a Ibn Abbás y lo mantenía cerca de sí».
Durante la época del tercer califa, el honorable ‘Uthmán —que Allah esté complacido con él—, en el año 27 de la Hégira se llevó a cabo una expedición a África bajo el mando de Abdullah ibn Abi Sarh, gobernador de Egipto. El honorable Abdullah participó en ella desde Medina al frente de un contingente y, como enviado de los musulmanes, conversó con el rey de África, Jirjir. Al observar su extraordinaria inteligencia y agudeza, el rey comentó: «Creo que eres uno de los hombres más sabios de los árabes».
En el año 35 de la Hégira, cuando Hazrat Uzmán, que Allah esté complacido con él, fue puesto bajo arresto domiciliario por los rebeldes, envió a Abd Allah a La Meca, nombrándolo su representante y emir del Hayy. Ese año, el Hayy se celebró bajo su dirección. Cuando regresó del Hayy a Medina, la ciudad se encontraba convulsionada. El califa Uzmán, que Allah esté complacido con él, había sido martirizado a manos de los rebeldes, y Medina estaba bajo su control. Estos presionaban a Hazrat Alí para que asumiera la responsabilidad del califato. Hazrat Alí, que Allah esté complacido con él, consultó el asunto con Abd Allah. Tras analizar detalladamente la situación, Abd Allah aconsejó a Alí, que Allah esté complacido con él, que no asumiera dicha responsabilidad. Todas las circunstancias que él había previsto que surgirían si Hazrat Alí asumía el cargo se hicieron realidad posteriormente.
En la batalla del Camello, Hazrat Abd Allah estuvo al mando de las fuerzas del Hiyaz por parte de Hazrat Alí. Hazrat Alí lo nombró gobernador de Basora. Desde Basora, participó con un ejército en la batalla de Siffín del lado de Alí, que Allah esté complacido con él. Cabe señalar que esta batalla tuvo lugar entre Hazrat Alí y Hazrat Muawiya, que Allah esté complacido con ambos. Conforme al acuerdo de Siffín, Hazrat Alí, que Allah esté complacido con él, quiso nombrar a Hazrat Abd Allah árbitro en su representación, pero su deseo no pudo hacerse realidad debido a la oposición de los demás.
Durante el conflicto y la confrontación entre Hazrat Alí y Hazrat Muawiya, que Allah esté complacido con ambos, cuando algunos compañeros de Alí, que Allah esté complacido con él, lo abandonaron, Abd Allah ibn Abbás le dijo a Alí: «¡Emir de los creyentes! Permíteme ir a hablar un poco con ellos». Él respondió: «Temo que cometan algún exceso contra ti por parte de ellos». Abd Allah dijo: «Si Allah quiere, no ocurrirá nada semejante».
Al acercarse a ellos, Abd Allah comprendió que nunca antes había visto a un grupo tan profundamente entregado al culto y tan concentrado como ellos. Le dijeron: «Ibn Abbás, ¡bienvenido! Pero ¿por qué has venido?». Él respondió: «Para conversar con vosotros sobre un asunto». Algunos de ellos dijeron: «No hay necesidad de conversar con él». Pero otros dijeron: «Está bien, habla; te escucharemos». Él dijo: «¿Por qué adoptáis una actitud tan extrema hacia Alí, el primo del Mensajero de Allah, su yerno y la primera persona que creyó en él?». Ellos respondieron: «Queremos vengarnos de tres acciones suyas». Él preguntó: «¿Cuáles son esas tres acciones?». Ellos respondieron:
1. En el campo de batalla de Siffín, nombró árbitros a Abu Musa al-Ashari y Amr ibn al-As, y así designó a hombres como jueces en un asunto perteneciente a la religión de Allah.
2. Combatió contra Aisha y Muawiya, pero no tomó sus bienes como botín ni convirtió a los prisioneros de guerra en esclavos y esclavas.
3. A pesar de que los musulmanes le prestaron juramento de fidelidad y lo reconocieron como emir, renunció al título de «Emir de los creyentes».
En respuesta, Ibn Abbás dijo:
«Si puedo presentarles algo del Libro de Allah y de los hadices del Mensajero que no puedan negar, ¿renunciarán a la creencia que profesan?» Cuando respondieron afirmativamente, dijo:
«Ustedes alegan que él cometió una falta al designar a seres humanos como jueces en asuntos de la religión. Sin embargo, Allah, el Altísimo, dice:
«¡Oh, creyentes! No cacéis mientras estéis en estado de ihram. Si alguno de ustedes caza deliberadamente algo, deberá llevar a la Kaaba un animal equivalente como ofrenda, conforme a lo que decreten dos jueces justos de entre ustedes.» (Al–Mā’idah: 95)
«Juro por Allah: ¿acaso no es más razonable designar jueces para proteger la sangre y la vida de las personas y resolver sus disputas y conflictos mutuos que designar un juez en el caso de un conejo cazado cuyo valor es de cuatro dírhams?»
Ellos dijeron: «Sí, es más razonable designar jueces para proteger la sangre de las personas y resolver sus disputas mutuas». Ibn Abbás dijo: «¿Hemos llegado entonces a una decisión sobre este asunto?» Ellos respondieron: «Sí».
Ibn Abbás dijo: «Ustedes dicen que Alí luchó contra Aisha y Muawiya, pero que no los tomó prisioneros ni los convirtió en esclavos. ¿Acaso quieren que Aisha, vuestra madre, sea convertida en esclava y que se la trate como se trata a las demás esclavas? Si responden que sí, se convertirán en incrédulos. (porque en la sharía, a una esclava se la puede tratar como a una esposa, y ese trato es lícito.)»।)’
Y si dicen: «Aisha no es nuestra madre», también se convertirán en incrédulos. Pues Allah dice:
«El Profeta es más afectuoso con los creyentes que ellos mismos, y sus esposas son sus madres». (Sura Al–Ahzab: 36)
«Ahora, elijan cualquiera de estas dos respuestas». Luego dijo: «Entonces, ¿hemos llegado también a una decisión sobre este asunto?». Ellos respondieron: «Sí».
Finalmente dijo: «Ustedes han planteado la objeción de que Alí renunció al título de “Amir al-Mu’minin”. Sin embargo, cuando en el momento de la tregua de Hudaybiyya se redactó el tratado celebrado entre el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y los politeístas de La Meca, los qurayshíes dijeron: “Si realmente creyéramos que usted es el Mensajero de Allah, no le habríamos impedido llegar a la Kaaba Sagrada ni habríamos entrado en conflicto con usted. En lugar de esta frase, escriba ‘Muhammad ibn Abdillah’”. Aquel día, sin embargo, el Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— aceptó su exigencia diciendo: “Por Allah, afirmo con certeza que soy el Mensajero de Allah, por mucho que ustedes me nieguen”. Alí renunció al título de “Amir al-Mu’minin” exactamente por la misma razón. Pues, si Muawiya lo hubiera reconocido como “Amir al-Mu’minin”, no habría existido ninguna disputa». Después de esto dijo: «Entonces, ¿hemos llegado también a una decisión sobre este asunto?». Ellos respondieron: «Sí».
Los opositores de Hazrat Alí quedaron satisfechos con esta erudita conversación de Abdullah ibn Abbas y aceptaron de todo corazón sus sólidos argumentos. Después de este encuentro, veinte mil personas regresaron nuevamente al bando de Alí, mientras que las cuatro mil restantes se mantuvieron firmes en su precipitada decisión de enemistarse con Alí.
La batalla que Hazrat Alí —que Allah esté complacido con él— libró contra los jariyíes extremistas tuvo lugar en un sitio llamado Nahrawan. Abdullah se incorporó a esta batalla desde Basora con siete mil soldados. Hazrat Alí nombró a Abdullah gobernador de todo Irán conquistado, además de Basora. Él eliminó la rebelión jariyí en Irán.
Según una narración, durante el califato de Alí, Hazrat Abdullah renunció al cargo de gobernador de Basora y se marchó a La Meca. Se ha dicho que dimitió debido a un desacuerdo surgido entre él y Abu al-Aswad al-Du’ali, el juez de Basora. Sin embargo, según otra narración, desempeñó el cargo de gobernador de Basora hasta el final del califato de Hazrat Alí y, al inicio del califato de Hazrat Muawiya, se marchó a La Meca y comenzó a vivir en retiro.
Cuando Hazrat Imam Husain partió de Medina hacia Kufa pasando por La Meca, en respuesta a la invitación de los habitantes de Kufa, Hazrat Abdullah intentó disuadirlo recordándole la traición de los habitantes de Kufa. Hazrat Abdullah quedó profundamente afectado por el martirio del Imam Husain de Karbala junto con toda su familia. Aunque permaneció en La Meca, Hazrat Abdullah se negó a prestar juramento de fidelidad a manos de Abdullah ibn Zubayr —que Allah esté complacido con él—. Sin embargo, lo consideraba legítimo merecedor del califato. Esto queda claro a partir de un hadiz de BujariBujari Sharif sobre cuya base se hace evidente este asunto. Por esta razón, su permanencia en La Meca se volvió algo difícil. Se marchó a Taif. En la última etapa de su vida enfermó y exhaló su último aliento precisamente en Taif.
Hazrat Abdullah ibn Abbas se esforzó incansablemente y trabajó arduamente para adquirir conocimiento. Con este propósito, adoptó toda clase de medios y métodos. Durante la vida del Mensajero —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, bebió dos puñados de su fuente inagotable, y después de su fallecimiento continuó saciando su sed de conocimiento junto a los ilustres Compañeros. Cuán humilde y paciente fue en la adquisición del conocimiento puede deducirse de una narración suya. Él dice:
«Cada vez que me enteraba de que algún compañero del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— conservaba uno de sus hadices, me dirigía a la puerta de su casa. Cuando llegaba la hora del descanso del mediodía, extendía mi manto delante de su puerta y me tendía allí. El viento levantaba el polvo, que quizá cubría por completo mi ropa y mi cuerpo. Sin embargo, cuando pedía permiso para verlo, me lo concedía de inmediato. Hacía esto únicamente con el propósito de preguntarle. Al salir de la casa y ver mi lamentable estado, me dijo: “¡Primo del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—!, ¿con qué propósito has venido? ¿Por qué no me avisaste? Yo mismo habría ido a visitarte”. Le respondí: “Soy yo quien debe venir a usted, pues el conocimiento es algo que se va a recibir, no algo que se va a entregar”. Entonces le pregunté acerca del hadiz.»
Ibn Abbas era humilde en su búsqueda del conocimiento. También honraba debidamente a los sabios. A este respecto, merece especial mención un acontecimiento. Un día, cuando Zayd ibn Thabit —que Allah esté complacido con él—, escriba de la revelación y juez, y líder de los eruditos de Medina en las ciencias del fiqh, la recitación y las leyes de la herencia, estaba a punto de montar su cabalgadura, el joven hashimí Abdullah ibn Abbas se colocó delante de él, como un siervo que se presenta ante su amo, y lo ayudó a montar sujetando las riendas y la silla del animal. Zayd —que Allah esté complacido con él— le dijo: “¡Primo del Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz—!, ¿qué estás haciendo? Déjalo”. Ibn Abbas respondió: “Se nos ha ordenado tratar así a nuestros ulemas y hombres de conocimiento”. Zayd —que Allah esté complacido con él— le dijo: “Extiende una de tus manos”. Cuando extendió una mano, Zayd se inclinó, la besó y dijo: “También se nos ha ordenado tratar así a los miembros de la familia de nuestro Profeta”.»
Los grandes sabios y pensadores de aquella época se maravillaban enormemente al observar los hábitos, la concentración y el método de trabajo de Ibn Abbas —que Allah esté complacido con él— en la búsqueda del conocimiento. Masruq ibn al-Ajda, uno de los más destacados tabi‘un, dijo: «Cuando vi a Ibn Abbas, dije: “Es la persona más hermosa”. Cuando habló, dije: “Es el más elocuente de los oradores”; y cuando disertó, dije: “Es la persona más sabia”.»
Cuando sintió cierta satisfacción con sus conocimientos, asumió la misión de enseñar a la gente. Desde entonces, su casa se transformó en una universidad islámica. No sería exagerado llamar universidad a su casa en el sentido en que usamos hoy esa palabra. Sin embargo, la diferencia entre una universidad moderna y la universidad de Ibn Abbas era que en la universidad moderna hay muchos profesores, mientras que allí había un solo profesor: Ibn Abbas, que Allah esté complacido con él.
Uno de los compañeros de Ibn Abbas relató: «Presencié una reunión de Ibn Abbas que constituía un motivo de gran orgullo para toda la tribu de Quraysh. Vi que la calle frente a su casa estaba abarrotada de gente. Me presenté ante él y le informé de la enorme multitud que se agolpaba en la puerta. Mandó traer agua para hacer la ablución, realizó la ablución y luego se sentó diciendo: “Sal y diles a los que esperan que entren quienes deseen preguntar acerca del Corán y de la recitación”. Salí y se lo comuniqué. Después de decirlo, entró tal cantidad de personas que se llenaron la habitación e incluso toda la casa. Él les informó sobre todo lo que quisieron saber. Luego dijo: “Dejad paso a vuestros hermanos que esperan”. Se marcharon.»
Después me dijo: “Sal y diles que entren quienes deseen conocer el tafsir y el ta’wil del Corán”. Salí y se lo comuniqué. Después de decirlo, la casa se llenó de gente. Respondió a todas sus preguntas y les informó de muchas cosas más. Luego dijo: “Dejad paso a vuestros hermanos que esperan”. Salieron.
Volvió a decirme: “Sal y haz entrar a quienes deseen conocer lo halal, lo haram y el fiqh”. Salí y los hice entrar. Eran tantos que la casa se llenó por completo. Después de responder a todas sus preguntas, les pidió que dejaran espacio para los que venían después. Se marcharon.
Volvió a enviarme e invitó a entrar a quienes deseaban conocer las leyes de la herencia y las cuestiones jurídicas relacionadas con ellas. Una vez más, la casa se llenó. Después de responder satisfactoriamente a todas sus preguntas, les pidió que dejaran espacio para los que venían después. Se marcharon. Volvió a enviarme y dijo: “Haz entrar a quienes deseen conocer la lengua árabe, la poesía y la asombrosa literatura de los árabes”. Los hice entrar. Una vez más, la casa se llenó. Respondió a todas sus preguntas, los dejó satisfechos y los despidió. El narrador comenta: “Una sola reunión como esta basta para constituir el orgullo y la gloria de toda la tribu de Quraysh”.»
Precisamente debido a tal afluencia, Ibn Abbás estableció posteriormente un día de la semana para cada tema. En días diferentes, disertaba sobre jurisprudencia islámica, las campañas militares, la poesía, la historia de los árabes antiguos y otros asuntos. Por muy erudito que fuera quien asistiera a aquellas reuniones de estudio, siempre se marchaba satisfecho.
Gracias a su conocimiento ilimitado y a su capacidad de reflexión, el venerable Ibn Abbás tuvo el honor de convertirse, pese a su corta edad, en miembro del consejo consultivo del Califato Rectamente Guiado. Cuando el venerable Umar (r. a.) se enfrentaba a un problema difícil, convocaba a los Compañeros ancianos y eruditos. Al mismo tiempo, también mandaba llamar a Abd Allah ibn Abbás. Cuando este se presentaba, el venerable Umar le mostraba gran respeto y le decía: «Nos enfrentamos a una prueba difícil; encuentra una solución tú y quienes son como tú».
En cierta ocasión, en una reunión de Compañeros ancianos y de edad avanzada, el venerable Umar concedió a Abd Allah ibn Abbás algo más de importancia y preferencia que a los demás. En aquel entonces, Abd Allah era joven. Por ello, Umar fue objeto de las críticas de los Compañeros mayores. Algunos dijeron: «Nosotros también tenemos hijos y nietos de su edad; también podríamos traerlos». Entonces el venerable Umar puso a prueba a Abd Allah pidiéndole la explicación de un versículo del Corán. Abd Allah superó aquella prueba. Entonces Umar dijo: «Abd Allah es un joven de gran inteligencia. Tiene una lengua inquisitiva y un corazón atento».
Hisham ibn Urwa preguntó a su padre, Urwa, acerca de la profundidad del conocimiento de Ibn Abbás y de su posición. Él respondió: «No he visto a nadie tan erudito como Ibn Abbás».
Amr ibn Habashi relata: «Pregunté a Ibn Umar acerca de un versículo. Él me dijo: “Ve a Ibn Abbás y pregúntale también a él, pues, entre los que quedan de quienes conocen aquello que fue revelado a Muhammad (s. a. s.), él es el más erudito”».
La base de su extraordinaria erudición en la ciencia de la exégesis coránica y en las demás disciplinas islámicas fue, en primer lugar, la oportunidad que tuvo de estar cerca del Noble Mensajero (s. a. s.) y servirle. En segundo lugar, la súplica que el Mensajero de Allah (s. a. s.) hizo por él. En tercer lugar, su inmenso interés por adquirir conocimiento y su incansable esfuerzo y perseverancia.
Cuando Zayd ibn Zábit murió, el venerable Abu Huraira comentó: «Ha muerto el sabio erudito de esta comunidad, y espero que Allah, el Altísimo, haga que Abd Allah ibn Abbás sea su sucesor».
El venerable Ibn Abbás, además de enseñar a estudiantes y personas destacadas, también se preocupaba por la gente común. De vez en cuando, mediante reuniones especiales, exhortaba y aconsejaba al público.
Ibn Abbás no era de los que exhortan a otros a hacer algo que ellos mismos no hacen. Ayunaba durante el día y pasaba la noche dedicado a la adoración. Abdulah ibn Mulayka dijo: «Una vez viajé con Ibn Abbás desde La Meca hasta Medina. Cada vez que instalábamos la tienda en algún lugar para descansar, él pasaba una parte determinada de la noche de pie, rezando. Mientras tanto, los demás compañeros de viaje, agotados y exhaustos, permanecían sumidos en un sueño profundo. Una noche lo escuché recitar con profunda concentración:
وَجَاءَتْ سَكْرَةُ الْمَوْتِ بِالْحَقِّ ۖ ذَٰلِكَ مَا كُنتَ مِنْهُ تَحِيدُ
«Y los estertores de la muerte llegan con toda verdad. Esto es aquello de lo que tratabas de escapar.» (Qaf: 19)
Repetía una y otra vez este versículo y lloraba. Así pasó la noche hasta el amanecer.»
Falleció en la ciudad de Taif en el año 68 de la Hégira, correspondiente a los años 686/688 d. C. Tenía setenta y un años cuando murió. Muhammad ibn al-Hanafiyya dirigió la oración fúnebre por él. En la ciudad de Taif, la enorme mezquita llamada «Mezquita de Ibn Abbás» aún conserva su memoria. La tumba de este gran Compañero se encuentra en un lateral, detrás de esta misma mezquita. Después de enterrarlo, se recitó este versículo del Corán:
يَا أَيَّتُهَا النَّفْسُ الْمُطْمَئِنَّةُ – ارْجِعِي إِلَىٰ رَبِّكِ رَاضِيَةً مَّرْضِيَّةً – فَادْخُلِي فِي عِبَادِي – وَادْخُلِي جَنَّتِي –
«¡Oh alma sosegada! Regresa a tu Señor complacida y satisfecha. Entra, pues, entre Mis siervos y entra en Mi Paraíso.» (Al–Fayr: 27–30)
Abdullah ibn Masud ((r. a.))
El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo acerca de Abdullah ibn Masud, que Allah esté complacido con él: «Quien desee recitar el Corán con pureza y deleitarse con ello tal como fue revelado, que lo recite siguiendo la recitación de Ibn Umm Abd».
Esto ocurrió cuando apenas era un adolescente y aún no había llegado a la juventud. Apacentaba por los pasos montañosos de La Meca un rebaño de cabras perteneciente a uno de los jefes de la tribu de Quraysh, Uqba ibn Abu Muayt. La gente lo llamaba «Ibn Umm Abd». Sin embargo, su nombre era Abdullah, el de su padre Masud, su kunya era Abu Abdirrahman y el nombre de su madre era Umm Abd.
Aquel muchacho siempre oía diversas noticias sobre la aparición de un profeta entre su pueblo. Sin embargo, debido a su corta edad y a que pasaba la mayor parte del tiempo alejado de la vida social de La Meca, no le prestaba atención. Como de costumbre, se levantaba cada mañana, salía con el rebaño de cabras de Uqba y regresaba al anochecer.
Un día, aquel muchacho vio que dos hombres de edad avanzada, cuyos rostros reflejaban dignidad, se acercaban a él desde lejos. Estaban tan cansados y sedientos que tenían los labios y la garganta completamente resecos. Al acercarse, ambos lo saludaron y dijeron: «Muchacho, ordéñanos un poco de leche de estas cabras. Beberemos para saciar nuestra sed y humedecer un poco nuestras gargantas secas».
El muchacho respondió: «No puedo hacerlo. Las cabras no son mías; solo soy su pastor y custodio». Los dos hombres no se molestaron por sus palabras; al contrario, una expresión de alegría apareció en sus rostros. Uno de ellos volvió a decir: «Entonces dame una cabra que aún no haya tenido contacto con un macho». El muchacho señaló una cabrita que estaba cerca. El hombre se acercó, la tomó y, diciendo «Bismillahir-Rahmanir-Rahim», comenzó a frotar su ubre con la mano. El muchacho contempló la escena con gran asombro y pensó: «¿Acaso una cabrita que nunca ha tenido contacto con un macho puede dar leche?». Pero ¡qué maravilla! En poco tiempo la ubre de la cabrita se hinchó y empezó a manar abundante leche. El segundo hombre levantó una piedra ahuecada, la colocó debajo de las ubres y la llenó de leche. Luego ambos bebieron y también hicieron beber al muchacho con ellos. Ibn Masud dijo: «Todo lo que estaba viendo me parecía increíble. Cuando todos quedamos satisfechos, aquel hombre virtuoso miró la ubre de la cabrita y dijo: “Encógete”. Inmediatamente, volvió a encogerse como antes. Entonces le rogué a aquel hombre virtuoso: “Enséñame las palabras que has pronunciado”. Él respondió: “Tú eres un muchacho instruido”».
Esta fue la primera historia del encuentro de Abdullah ibn Masud con el islam. Aquel hombre sumamente virtuoso no era otro que el propio Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Su compañero era Abu Bakr as-Siddiq, que Allah esté complacido con él. En aquel tiempo, ambos se habían refugiado en los pasos montañosos desiertos de La Meca para protegerse de la persecución y los abusos de los qurayshíes. Así como al muchacho le agradaron el Mensajero de Allah y su compañero, a ellos también les impresionaron gratamente su conducta, su honestidad y su sensatez. Vieron en el muchacho signos de bondad y prosperidad.
Poco después de este acontecimiento, Abdullah ibn Masud aceptó el islam y se consagró como servidor del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. El Mensajero también lo tomó a su servicio. Desde aquel día, aquel afortunado muchacho pasó de ser pastor de cabras a convertirse en servidor del mejor de todos los seres creados.
Abdullah ibn Masud seguía a su señor como una sombra. Ya estuviera de viaje o en residencia, dentro o fuera de la casa, permanecía siempre a su lado. Cuando el Mensajero de Allah dormía, lo despertaba; durante el baño, lo protegía de las miradas; al salir, le ponía los zapatos; al entrar en casa, se los quitaba, y llevaba su bastón y su miswak. Incluso cuando se encontraba en sus aposentos, iba y venía junto a él. El Mensajero de Allah le había permitido entrar en su habitación cuando quisiera y conocer todos sus asuntos sin ninguna duda ni reparo. Por eso se le llamaba «Sahib as-Sirr», es decir, el depositario de todos los secretos del Mensajero de Allah.
Abdullah ibn Masud se crio en la casa del Profeta, lo siguió y adquirió modales y rasgos de carácter semejantes a los suyos. Por ello se ha dicho de él: «En cuanto a guía, conducta y rasgos de carácter, él era la mejor persona cercana al Mensajero de Allah».
Ibn Masud recibió su formación en la propia escuela del Mensajero de Allah. Por eso fue uno de los Compañeros que mejor recitaban el Corán, que mejor comprendían sus significados y sentidos, y que mayor conocimiento tenían de las leyes y disposiciones de Allah.
En cierta ocasión, Umar se encontraba en la llanura de Arafat. Entonces llegó un hombre y dijo: «¡Comandante de los creyentes! Vengo de Kufa. Allí vi a un hombre que enseñaba a la gente el Corán de memoria». Al oír esto, se enfadó tanto que rara vez se lo había visto así. Dentro de la howdah de su camello, comenzó a hincharse de ira. Luego preguntó: «¡Que perezcas! ¿Quién es ese hombre?»
—Abdullah ibn Masud.
Al oír el nombre de Ibn Masud, su estado cambió como cuando se vierte agua sobre un fuego ardiente. Su ira se disipó y recuperó la calma. Luego dijo: «¡Que perezcas! ¡Por Allah! No sé si existe alguien más capacitado que él para esta tarea. Te contaré un suceso relacionado con esto». Umar continuó: «Una noche, el Mensajero de Allah conversaba con Abu Bakr. Hablaban sobre diversos asuntos de los musulmanes, y yo también estaba con ellos. Después de un rato, el Mensajero de Allah salió y nosotros salimos con él. Apenas salimos, vimos a un hombre de pie en la mezquita, rezando; pero no pudimos reconocerlo. El Mensajero de Allah se quedó de pie y escuchó durante un rato su recitación del Corán. Luego se volvió hacia nosotros y dijo: “Quien desee recitar el Corán correctamente, tal como fue revelado, que lo recite conforme a la recitación de Ibn Umm Abd”. Después, Abdullah ibn Masud se sentó y comenzó a suplicar. El Mensajero de Allah empezó a decirle en voz baja, dirigiéndose a él: “Pide, y se te dará; pide, y se te dará”».
Umar dijo: «Me dije a mí mismo: “¡Por Allah! Mañana, al amanecer, iré junto a Abdullah ibn Masud y le anunciaré la buena noticia del comentario del Mensajero de Allah acerca de su súplica”. Fui a verlo temprano por la mañana y descubrí que Abu Bakr as-Siddiq ya había llegado antes que yo y le había dado la buena noticia. En verdad, cada vez que competí con Abu Bakr en alguna obra virtuosa, él fue quien venció en todos los casos».
En este sentido, resulta especialmente significativa una declaración del propio Ibn Masud sobre cuánto dominaba el conocimiento del Corán, el Libro de Allah. Dijo: «¡Por Allah, aparte de Quien no existe ninguna otra divinidad! No se ha revelado una sola aleya del Libro de Allah sin que yo sepa dónde fue revelada y con respecto a qué fue revelada. Si llegara a saber de alguien que conoce el Libro de Allah mejor que yo y me fuera posible llegar hasta él, iría a presentarme ante él».
Las palabras que Abdullah ibn Masud pronunció sobre sí mismo no contienen exageración. Considero apropiado presentar a los lectores un suceso relacionado con esto. En cierta ocasión, Umar ibn al-Jattab se encontró durante la noche, en uno de sus viajes, con una caravana desconocida. En la profunda oscuridad de la noche no se veía a ninguno de sus integrantes. Por casualidad, Abdullah ibn Masud también se encontraba en aquella caravana, pero Umar no lo sabía. Umar pidió a un hombre que los llamara y preguntara de dónde venía la caravana. Desde la otra caravana, Abdullah ibn Masud respondió:
– «Desde el valle de Amik.»
– «¿Adónde se dirige?»
– «Ilal Baitil Atiq: a Baitul Atiq (es decir, a la Kaaba).» Al oír la respuesta, Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Sin duda, entre ellos hay algún erudito». Luego pidió que preguntara de nuevo: «¿Cuál es la aleya más excelsa del Corán?»
– «Allah, no hay ninguna divinidad salvo Él, el Viviente, el Sustentador; ni la somnolencia lo alcanza ni el sueño». Esa Entidad eterna y eternamente viviente: no hay ninguna divinidad salvo Allah. Ni la somnolencia lo toca ni el sueño lo alcanza.»
– «¿Cuál es la aleya que expresa más plenamente la justicia?»
– «Innal-laha ya’muru bil-adli wal-ihsani wa ita’izil-qurba»: Allah ordena establecer la justicia, hacer el bien y dar a los parientes cercanos. Luego preguntó de nuevo:
– «¿Cuál es la aleya de significado más amplio?»
– «Famay ya’mal miskala zarratin jairai yarah, wa may ya’mal miskala zarratin sharrai yarah»: «Quien haga una buena obra del peso de una partícula recibirá su recompensa; del mismo modo, quien haga una mala obra del peso de una partícula recibirá también su recompensa.»
—«¿Cuál es el versículo que infunde más temor?»
—«Laysa bi-amāniyyikum wa lā amāniyyi ahlil-kitābi man ya‘mal sū’an yujza bihi wa lā yajid lahu min dunillāhi waliyyan wa lā nasīrā»—«No todo sucederá según vuestras esperanzas ni según los deseos de la Gente del Libro. Quien haga el mal recibirá su retribución, y no encontrará, aparte de Allah, ningún protector ni auxiliador.»
«¿Cuál es el versículo que inspira la mayor esperanza?»
—«Qul yā ‘ibādiyalladhīna asrafū ‘alā anfusihim lā taqnatū mir raḥmatillāhi innallāha yaghfirudh-dhunūba jamī‘ā. Innahū huwal-ghafūrur-raḥīm»—«Di: “¡Oh, Mis siervos que os habéis excedido en perjuicio propio! No desesperéis de la misericordia de Allah. Ciertamente, Allah perdona todos los pecados. Él es, en verdad, el Indulgente, el Misericordioso.”»
—«Bueno, ¿está entre vosotros Abdullah ibn Mas‘ud?»
—«Sí.»
Abdullah ibn Mas‘ud no solo era un buen recitador del Corán, un erudito, un devoto y un asceta; también era un hombre diligente y perspicaz, y un muyahid que se adelantaba en los momentos de grave peligro. Le basta como honor que, después del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, fue el primer musulmán sobre la faz de la tierra que recitó públicamente el Corán entre los coraixíes.
Un día, los compañeros del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se reunieron en La Meca. En aquel momento eran pocos y débiles. Se dijeron entre sí: «¡Por Allah! Nunca se ha recitado públicamente el Corán para que los coraixíes lo escucharan. ¿Quién puede hacerles oír el Corán?»
Abdullah ibn Masud dijo: «Yo se lo recitaré». Los demás dijeron: «Tememos por ti. Queremos a alguien que tenga gente consigo, de modo que, si los qurayshíes intentan hacerle algún daño, ellos puedan impedírselo». Ibn Masud dijo: «Denme permiso. Allah me protegerá». Dicho esto, se dirigió a la mezquita y, poco antes del mediodía, llegó al Maqam Ibrahim. Se detuvo junto al Maqam Ibrahim y comenzó a recitar el Corán en voz alta: «Bismillahir Rahmanir Rahim. Ar-Rahman, enseñó el Corán; creó al ser humano y le enseñó a expresarse…»
Continuó con la recitación. Los qurayshíes lo oyeron y durante un instante reflexionaron. Luego se preguntaron unos a otros: «¿Qué está diciendo Ibn Umm Abd? ¡Que perezca! Está recitando precisamente lo que dice Muhammad». Todos se levantaron y corrieron hacia él, golpeándolo cruelmente en el rostro. En esa situación, recitó tanto como Allah quiso. Después regresó junto a sus compañeros con el cuerpo ensangrentado. Ellos dijeron: «Eso era lo que temíamos». Él respondió: «¡Por Allah! Ahora los enemigos de Allah me parecen insignificantes, algo que antes no ocurría. Si quieren, mañana puedo hacer lo mismo». Ellos dijeron: «No, ya es suficiente. Les has hecho oír aquello que detestan». Tras aceptar el islam, el honorable Abdullah ibn Masud se convirtió en víctima de las persecuciones de los qurayshíes. Obligado por las circunstancias, emigró dos veces a Abisinia. Finalmente, emigró a Medina para establecerse allí definitivamente. En Medina se hospedó con el célebre compañero ansarí, el honorable Muaz ibn Yabal. Después de que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, llegara a Medina, estableció entre ambos un vínculo de fraternidad religiosa y le concedió un terreno junto a la Mezquita del Profeta para que viviera allí.
Participó junto al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, en todas las batallas importantes. En la batalla de Badr, dos jóvenes ansaríes mataron a Abu Yahl, el acérrimo enemigo del islam, y lo dejaron tendido en el campo de batalla. Al terminar la batalla, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «¿Podría alguien ir a comprobar cómo se encuentra Abu Yahl?». Abdullah ibn Masud corrió hasta allí. El pulso de Abu Yahl todavía no se había detenido. Abdullah lo agarró con fuerza por la barba y le dijo: «Dime, ¿eres tú Abu Yahl?»
Fue compañero del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, en Uhud, Jandaq, Hudaybiyyah y Jaybar, así como en la conquista de La Meca. En la batalla de Hunayn, un ataque sorpresa de los incrédulos dispersó al ejército musulmán de diez mil hombres. Solo ochenta combatientes permanecieron firmes alrededor del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, arriesgando sus vidas. Abdullah ibn Masud fue uno de esos ochenta. En aquella batalla, Abdullah ibn Masud fue quien puso en la mano del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, el puñado de polvo que este arrojó contra el ejército de los politeístas.
Después del fallecimiento del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se mantuvo alejado durante mucho tiempo de todas las actividades. Sin embargo, durante el califato del honorable Umar, que Allah esté complacido con él, en el año 15 de la Hégira ya no pudo seguir permaneciendo inactivo. Respondió al llamado de la yihad, marchó a la batalla de Yarmuk y combatió valerosamente.
En el año 20 de la Hégira, el califa Umar, que Allah esté complacido con él, lo nombró cadí de Kufa. Además de las responsabilidades de cadí, se le encomendaron las funciones de la tesorería pública, la enseñanza y la formación, así como la de visir del gobernador de Kufa.
Durante diez años completos desempeñó con gran eficiencia todas aquellas responsabilidades. En ese largo periodo murió el califa Umar, que Allah esté complacido con él, el honorable Uthman asumió el califato y hubo cambios en el cargo de gobernador de Kufa; sin embargo, Abdullah ibn Masud permaneció en su puesto. Al final del califato del califa Uthman, Abdullah fue relevado de sus responsabilidades. Partió de Kufa hacia el Hiyaz acompañado por sus allegados y su familia. Al llegar a un lugar del desierto llamado Rabza, se enteró de que el célebre compañero, el honorable Abu Dharr al-Gifari, que Allah esté complacido con él, se encontraba en su lecho de muerte. Poco después de su llegada, Abu Dharr exhaló su último aliento. Abdullah ibn Masud dirigió la oración funeraria y se ocupó de su amortajamiento y entierro. Desde allí se dirigió a La Meca, realizó la umra y llegó a Medina. Pasó el resto de su vida tranquilamente en Medina.
Cuando, en el año 32 de la Hégira, Abdullah tenía más de sesenta años, un día un hombre se presentó de repente ante él y le dijo: «Que Allah no me prive de asistir a tu funeral. Anoche soñé que el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, estaba sobre un púlpito y tú estabas delante de él. Él te decía: “Ibn Masud, después de mí has sufrido mucho. Ven, únete a mí”». El sueño se hizo realidad. Poco tiempo después, enfermó y murió a causa de aquella enfermedad.
Vivió hasta el califato de Uzmán (que Allah esté complacido con él). Cuando se encontraba en su lecho de muerte, Uzmán fue a visitarlo un día y le preguntó:
—¿De qué se queja usted?
—De mis pecados.
—¿Tiene usted algún deseo?
—La misericordia o compasión de mi Señor.
—Hace muchos años que no recibe su asignación. ¿Ordeno que se la entreguen nuevamente?
—No tengo ninguna necesidad.
—Será necesaria para sus hijas después de su muerte.
—¿Teme usted que mis hijas sufran pobreza? Les he ordenado que reciten la sura Al-Waqi’a cada noche, pues he oído decir al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él): «Quien recite la sura Al-Waqi’a cada noche jamás sufrirá pobreza».
Al final del día cayó la noche, y Abdullah ibn Masud se reunió con su Rafiq al-A’la, el Compañero Supremo. El califa Uthmán dirigió la oración fúnebre por él, y fue enterrado junto a Uthmán ibn Maz’un (que Allah esté complacido con él).
Al–Arqam ibn Abil Arqam ((que Allah esté complacido con él))
Su nombre era Abu Abdillah al-Arqam. Su padre era Abul Arqam Abd Manaf y su madre, Umaima.
La familia de Al-Arqam gozaba de una posición y una autoridad especiales entre los árabes de la época de la ignorancia. Su abuelo, Abu Jundub Asad ibn Abdillah, era en su época una figura destacada de La Meca.
Al-Arqam abrazó el islam después de once o doce personas.Al–Bidayase narra que, después de que Abu Bakr abrazara el islam, presentó la invitación al islam a Uthmán ibn Affán, Talha ibn Ubaydillah, Zubayr ibn al-Awwam y Sa’d ibn Abi Waqqas. Todos aceptaron inmediatamente esta invitación. Al día siguiente, se presentó ante el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) acompañado de Uthmán ibn Maz’un, Abu Ubayda y Al-Arqam ibn Abil Arqam. Todos ellos abrazaron el islam.
Cuando Al-Arqam abrazó el islam, la situación de todos los musulmanes, incluido el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), era extremadamente crítica. Las fuerzas politeístas de La Meca querían sofocar este movimiento antes de que adquiriera fuerza. Pero el islam no había venido para ser borrado. Después de que Al-Arqam abrazara el islam, su casa se convirtió en una base secreta del islam. Cada vez que se analiza la historia de la primera etapa del islam, aparece ante nosotros la casa de Al-Arqam, conocida como «Dar al-Arqam». Esta casa desempeñó un papel grandioso en la difusión y el establecimiento del islam. El Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) permanecía en ella y difundía secretamente el islam, evitando la vigilancia de los qurayshíes. Los pocos que hasta entonces habían abrazado el islam se reunían allí con el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Además, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) invitaba al islam desde allí mediante contactos personales. Varias personas abrazaron el islam en aquella casa histórica. La última persona que proclamó el islam en esa casa fue Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él). En el libro Hayat al-Sahaba se narra que, cuando el número de musulmanes llegó a treinta y ocho, Abu Bakr y los demás presionaron al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) para que difundiera públicamente la invitación al islam. Ante su insistencia, el Mensajero aceptó. Salieron de la casa de Al-Arqam y se dispersaron por la Mezquita Sagrada. Conforme al plan, Abu Bakr se puso de pie para dirigirse a los qurayshíes presentes en el recinto de la Kaaba y pronunciar un discurso. En cuanto comenzó a presentarles la invitación al islam, los matones qurayshíes se abalanzaron juntos sobre Abu Bakr y comenzaron a golpearlo. El miserable Utba se quitó el calzado y golpeó a Abu Bakr con sus zapatos. El estado de Abu Bakr llegó a ser alarmante. Su tribu, Banu Taym, acudió para salvarlo. Al recuperar la conciencia, Abu Bakr preguntó por el estado del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Envió a su madre, Umm al-Jayr, junto a Umm Yamil para informarse sobre el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Umm Yamil llegó y comunicó discretamente que el Mensajero estaba a salvo. Después, en la oscuridad de la noche, los tres llegaron secretamente hasta el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Allí, gracias a la bendición de la súplica del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), Umm al-Jayr, la madre de Abu Bakr, abrazó el islam. Permanecieron allí durante un mes. Entretanto, el número de musulmanes llegó a cuarenta. El mismo día en que Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) fue golpeado mientras invitaba a la gente a la religión de Allah, Hamza (que Allah esté complacido con él) abrazó el islam por una coincidencia del destino.
En la época preislámica, Al-Arqam fue uno de los miembros de la asociación benéfica llamada «Hilf al-Fudul», fundada en La Meca bajo el liderazgo del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él).
Cuando, en el decimotercer año de la misión profética, se ordenó la emigración, Hazrat Arqam llegó a Medina junto con los demás Compañeros. Se estableció un vínculo de hermandad entre él y Hazrat Abu Talha ibn Sahl. Para que pudiera establecerse permanentemente, el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) le concedió un terreno en el barrio medinense de Banu Zuraik.
Participó en la batalla de Badr, el primer enfrentamiento entre la verdad y la falsedad. En esa batalla, el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) le regaló una espada. Participó en todas las expediciones importantes, incluidas Uhud, Jandaq y Jaibar, y luchó con heroísmo y valentía. El Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) lo nombró recaudador del zakat.
Falleció en Medina a los 83 años, en el año 53/55 de la Hégira. Antes de morir, dejó dicho que Hazrat Sa’d ibn Abi Waqqas dirigiera la oración funeraria por él. Sin embargo, Hazrat Sa’d se encontraba en un lugar llamado Aqiq, algo alejado de Medina. Cuando su llegada se retrasó un poco, el entonces gobernador de Medina, Marwan ibn Hakam, protestó diciendo: «¿Cuánto tiempo permanecerá la oración funeraria esperando a un solo hombre?». Quiso adelantarse él mismo y comenzar a dirigir la oración funeraria, pero Ubaydullah ibn Arqam no se lo permitió. La tribu de Banu Majzum también intervino en apoyo y respaldo de Ubaydullah. Mientras continuaba la discusión, llegó Hazrat Sa’d ibn Abi Waqqas (que Dios esté complacido con él). Él dirigió la oración funeraria, y el cuerpo fue enterrado en el cementerio de Baqi, en Medina.
La piedad, la religiosidad, la indiferencia hacia los placeres mundanos y la honestidad eran rasgos distintivos del carácter de Hazrat Arqam. Sentía una gran inclinación por la adoración y la vigilia nocturna. En cierta ocasión, quiso viajar a Bayt al-Maqdis. Tras terminar los preparativos del viaje, acudió ante el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) para despedirse. El Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) le preguntó si viajaba por negocios o por alguna otra necesidad. Arqam respondió: «Que mis padres sean sacrificados por usted, no tengo ninguna otra necesidad. Solo deseo realizar la oración en Bayt al-Maqdis». Se le dijo: «Una oración en esta mezquita mía es mejor que mil oraciones en cualquier otra mezquita, excepto la Mezquita Sagrada». Al oír estas palabras, Hazrat Arqam se sentó y renunció a su intención de viajar.
La principal ocupación de Hazrat Arqam era el comercio. Después de la emigración, se estableció permanentemente en Medina. Dejó en waqf para sus hijos y descendientes la histórica casa que poseía en La Meca. Durante mucho tiempo, aquella casa fue considerada un lugar de visita para los viajeros.
La casa de Hazrat Arqam se encontraba al pie del monte Safa. Al realizar el sa’y entre Safa y Marwa, había que pasar justamente frente a la puerta de la casa. La casa permaneció intacta hasta el año 140 de la Hégira, durante el reinado del califa abasí Mansur. Pero ese mismo año, Muhammad ibn Abdullah ibn Hasan proclamó en Medina una rebelión contra el dominio abasí. Abdullah ibn Uthman, nieto de Hazrat Arqam, también fue uno de los partidarios y colaboradores de aquella rebelión. Por ello, siguiendo las órdenes del califa Mansur, Shihabuddin ibn Abd-e Bar fue enviado ante Abdullah con una propuesta para comprarle la casa. Al principio, Abdullah se negó a venderla; pero, con la condición de ser liberado de la prisión y seducido por el elevado precio, finalmente accedió a venderla. Mansur adquirió la propiedad de aquella grandiosa, bendita e histórica casa por diecisiete mil dinares. Aunque los demás copropietarios de la casa se negaron al principio, poco a poco también dieron su consentimiento.
Después del califa Mansur, el califa Mahdi regaló la casa a su esclava predilecta, Jayzuran. Ella demolió la antigua estructura de la casa y construyó un edificio completamente nuevo. Así, con el paso de las épocas, la casa fue reformada repetidamente y, poco a poco, aquella grandiosa morada —donde el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) y los musulmanes habían encontrado refugio durante el período crítico del islam, y que durante mucho tiempo había sido el lugar del descenso de la revelación y de los ángeles— desapareció por completo.
Abu Huraira ad-–Dawsi ((que Dios esté complacido con él))
Abu Huraira: ¿hay alguien entre los musulmanes que no conozca este nombre? En la época de la ignorancia anterior al islam, la gente lo llamaba «Abd Shams». Más tarde, cuando Allah Altísimo lo favoreció guiándolo hacia el islam y lo honró al permitirle encontrarse con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, el Mensajero le preguntó: «¿Cuál es tu nombre?». Él respondió: «Abd Shams (siervo del sol naciente)».
El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «No; a partir de hoy tu nombre será Abdurrahmán».
Abu Huraira —que Allah esté complacido con él— dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Que mi padre y mi madre sean sacrificados por ti. Desde hoy mi nombre será Abdurrahmán».
«Abu Huraira» era su kunya o sobrenombre. Cuando era pequeño, siempre jugaba con un gatito. Al verlo, sus compañeros lo llamaron Abu Huraira (el hombre del gatito). Poco a poco, todos llegaron a conocerlo por ese nombre y su verdadero nombre quedó oculto. Después de aceptar el islam, cuando su relación con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se hizo más estrecha, este a veces lo llamaba cariñosamente «Abu Hirrín». Por eso prefería el nombre Abu Hirrín al de Abu Huraira. Decía: «Mi amado, el Mensajero de Allah, me llamaba por este nombre. Además, “hirr” es masculino, mientras que “huraira” es femenino».
Abu Huraira abrazó el islam a manos del célebre compañero Tufayl ibn Amr al-Dawsí. Después de aceptar el islam, continuó permaneciendo con su propia tribu de Daws. En el sexto año de la Hégira, también llegó a Medina con una delegación de su tribu para encontrarse con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Amr ibn Galas dice que su primera llegada a Medina tuvo lugar en el mes de Muharram del séptimo año de la Hégira, el año de la conquista de Jaibar.
Después de llegar a Medina, este joven de la tribu de Daws se dedicó ininterrumpidamente al servicio y la compañía del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Permanecía en la mezquita día y noche, las veinticuatro horas. Siempre recibía instrucción y formación directamente del Mensajero de Allah y rezaba bajo su dirección. Mientras el Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— estuvo con vida, Abu Huraira no tuvo esposa ni hijos; solo tenía a su anciana madre. Ella aún permanecía firme en la idolatría. Abu Huraira invitaba constantemente al islam a su afectuosa madre, pero ella se negaba. Por ello sentía un profundo dolor y tristeza. Un día, cuando la invitó a creer en Allah y en Su Mensajero, ella pronunció sobre el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— palabras tan ofensivas que Abu Huraira quedó profundamente afligido. Llorando, se presentó de inmediato ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. El Mensajero le preguntó: «¿Por qué lloras?»
Él dijo: «Siempre invito a mi madre al islam, pero ella se niega. Hoy, como todos los días, la invité al islam, pero me dijo acerca de usted algo que me causó un gran dolor. ¡Oh, Mensajero de Allah! Ruega a Allah que vuelva el corazón de la madre de Abu Huraira hacia el islam». El Mensajero —que Allah le bendiga y le conceda paz— hizo una súplica.
Abu Huraira dijo: «Regresé a casa desde la presencia del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Vi que la puerta de la casa estaba cerrada, pero escuché el sonido del agua cayendo en el interior. Cuando estaba a punto de entrar, mi madre dijo: “Abu Huraira, espera un momento”. Después de decir esto, se arregló la ropa. Luego me llamó para que entrara. Entré, y entonces ella comenzó a recitar: “Atestiguo que no hay más divinidad que Allah y atestiguo que Muhammad es Su siervo y Su Mensajero”».
Regresé de nuevo junto al Mensajero de Allah. Entonces lloraba de alegría, tal como poco antes había llorado de tristeza. Dije: «¡Oh, Mensajero de Allah, buenas noticias! Allah, el Altísimo, ha aceptado tu súplica; ha guiado a la madre de Abu Huraira y la madre de Abu Huraira ha abrazado el islam».
Abu Huraira amaba al Mensajero. Ese amor era profundo. No se sentía satisfecho con mirarlo solamente una o dos veces. Decía: «No he visto nada más hermoso y luminoso que el Mensajero. En su rostro parecía resplandecer la luz del sol».
Había alcanzado el honor de ser compañero del Profeta y la gloria de seguir su religión; por ello, siempre daba gracias a Allah, el Altísimo. Decía: «Toda alabanza pertenece a Allah, que guio a Abu Huraira hacia el islam. Y toda alabanza pertenece a Allah, que enseñó el Corán a Abu Huraira y le concedió, como favor, la compañía del Profeta Muhammad, el Mensajero de Allah».
Así como Abu Huraira estaba consagrado al Mensajero de Allah, también estaba completamente entregado al conocimiento. La adquisición y el estudio del conocimiento se habían convertido en su costumbre y en su principal objetivo. Zayd ibn Zabit dijo:
Un día, Abu Huraira, un amigo nuestro y yo estábamos suplicando a Allah en la mezquita. En ese momento vimos al Mensajero. Se acercó y se sentó entre nosotros, y todos guardamos silencio. Él dijo: «Reanudad lo que estabais haciendo». Mi amigo y yo suplicamos a Allah antes que Abu Huraira. El Mensajero dijo «amín» junto con nuestras súplicas. Después, Abu Huraira suplicó:
«¡Oh, Allah! Te pido todo lo que han pedido mis dos amigos. Y, además, te pido un conocimiento que nunca olvide». Una vez más, el Mensajero dijo «amín». Nosotros dos también dijimos: «Nosotros también queremos un conocimiento que no olvidemos». El Mensajero dijo: «Este hombre de la tribu de Daws os ha superado a los dos en este asunto».
Así como Abu Huraira amaba el conocimiento para sí mismo, también lo amaba para los demás. La historia menciona un acontecimiento sorprendente relacionado con esto. Un día fue al mercado de Medina. Allí se asombró al ver a la gente absorta en las compras, las ventas, las transacciones y demás. Se detuvo y dijo: «¡Oh, habitantes de Medina! Estáis siendo terriblemente privados». La gente preguntó: «Abu Huraira, ¿qué habéis visto de nuestra privación?»
Él dijo: «Se está distribuyendo la herencia del Mensajero de Allah, ¿y vosotros estáis aquí sentados? ¿Por qué no vais allí y tomáis vuestras respectivas partes?»
Ellos preguntaron: «¿Dónde?»
Él respondió: «En la mezquita».
La gente corrió hacia la mezquita. Abu Huraira se quedó allí esperándolos. Al cabo de un rato regresaron y dijeron: «Abu Huraira, fuimos a la mezquita y entramos en ella, pero no vimos que se estuviera repartiendo nada».
Él preguntó: «¿No visteis a nadie en la mezquita?»
Ellos respondieron: «Por supuesto que vimos a algunos de pie en oración, a otros ocupados recitando el Corán y a otros conversando entre sí sobre lo lícito y lo ilícito».
Él dijo: «¡Que perezcáis! Esa es precisamente la herencia del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él».
Abu Huraira memorizó y preservó para la comunidad musulmana miles de hadices del Profeta. Sahih Bujari recoge un hadiz transmitido por Abu Huraira. Él dijo: «Entre los compañeros del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, nadie narró más hadices de mí que Abdullah ibn Umar. Esto se debe a que él escribía los hadices, mientras que yo no los escribía».
Muchas personas veían con sospecha el hecho de que Abu Huraira narrara tantos hadices del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Por eso dijo: «Quizá penséis que narro demasiados hadices. Yo era un hombre sin bienes y pobre; pasaba todo el tiempo en compañía del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, con una piedra atada al vientre. En cambio, los emigrantes estaban ocupados con sus negocios y los ansar con la administración de sus bienes». También dijo: «Un día le dije: “Oh, Mensajero de Allah, escucho muchas de tus palabras, pero olvido gran parte de ellas”. Al oír esto, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: “Extiende tu manto”. Lo extendí. Luego dijo: “Pégalo contra tu pecho”. Lo pegué contra mi pecho. Desde entonces no volví a olvidar ninguna de sus palabras». El imán Bujari dijo: «Más de ochocientos compañeros y tabi‘un narraron hadices de él». Entre los compañeros que narraron hadices de Abu Huraira destacan Ibn Abbas, Ibn Umar, Yabir, Anas y Wasila, que Allah esté complacido con ellos, entre otros.
Debido a su excesiva dedicación a adquirir conocimientos y a su gran empeño por asistir a las reuniones del Mensajero de Allah, soportó en su vida un hambre y una pobreza tales que ninguno de sus contemporáneos soportó. Sobre sí mismo dijo:
«A veces llegaba a sentir tanta hambre que, al no poder soportar el sufrimiento, preguntaba a alguno de los compañeros del Mensajero de Allah acerca de un versículo del Corán, aunque ya lo conocía. Mi intención era que, al verme en aquel estado, quizá me llevara consigo a su casa para darme de comer.
Un día sentí un hambre terrible. Por el dolor del hambre, me até una piedra al vientre y luego me senté en el camino por donde pasaban los compañeros. Al ver pasar a Abu Bakr, le pregunté acerca de un versículo. Pensé que me invitaría a ir con él, pero no me invitó.
Después llegó Umar ibn al-Jattab. También le pregunté acerca de un versículo, pero él tampoco dijo nada. Finalmente llegó el Mensajero de Allah. Percibió el hambre extrema que yo padecía. Dijo: «¿Abu Huraira?». Respondí: «¡Labbayka, oh Mensajero de Allah!». Dicho esto, entré detrás de él en su casa. Al entrar, el Mensajero de Allah vio un cuenco de leche. Preguntó a los miembros de su familia: «¿De dónde ha venido esta leche?»
Ellos respondieron: «Alguien la ha enviado para usted». El Mensajero de Allah dijo: «Abu Huraira, ve junto a la Gente de la Sufa y reúnelos». Después de decir esto, me sentí muy afligido. Pensé para mis adentros: «¿Qué harán tantas personas de la Gente de la Sufa con un solo cuenco de leche?». Yo quería beber primero hasta saciarme y después ir junto a ellos. De todos modos, fui junto a la Gente de la Sufa, los llamé y los reuní. Cuando estuvieron reunidos y se sentaron ante el Mensajero de Allah, él dijo:
«Abu Huraira, toma el cuenco y dáselo para que beban». Se lo fui entregando uno por uno, y todos bebieron hasta saciarse. Después regresé junto al Mensajero de Allah con el cuenco en la mano. Él levantó la cabeza, me miró y sonrió suavemente. Luego dijo:
«Solo quedamos tú y yo». Respondí: «Has dicho la verdad, oh Mensajero de Allah». Él dijo: «Bebe». Bebí. Dijo: «Bebe más». Bebí más. Cada vez que me decía que bebiera más, yo volvía a beber. Finalmente dije: «Juro por Aquel que te envió con la verdad que ya no puedo beber más». Entonces el Mensajero de Allah tomó el cuenco y bebió lo que quedaba.
Abu Huraira no tuvo que permanecer mucho tiempo en aquella extrema pobreza y penosa situación. Al poco tiempo, los musulmanes obtuvieron riquezas y prosperidad. El botín comenzó a llegar a sus manos en abundancia desde todas partes. Abu Huraira llegó a poseer dinero, una casa, tierras, esposa e hijos, todo cuanto se puede poseer. Pero nada de ello pudo afectar a su noble corazón. Nunca olvidó sus días pasados, ni siquiera por un día. Siempre decía:
«Crecí huérfano y emigré con las manos vacías. Trabajé por el sustento para Busra bint Ghazwan. Cuando acampaban en algún lugar, cumplía toda clase de encargos para ellos; y cuando montaban sus cabalgaduras, conducía sus camellos. Finalmente, Allah, exaltado sea, me concedió a Busra como esposa. Todas las alabanzas pertenecen a Allah, quien fortaleció Su religión y convirtió a Abu Huraira en uno de los líderes de esa religión.»
El segundo califa, Hazrat Umar —que Allah esté complacido con él—, nombró a Abu Huraira gobernador de Bahréin. Más tarde lo destituyó. Cuando quiso nombrarlo nuevamente, Abu Huraira se negó, abandonó Medina y se estableció en un lugar llamado Aqiq.
Durante el gobierno de Hazrat Muawiya, Abu Huraira fue nombrado gobernador de Medina en varias ocasiones. Sin embargo, el poder de gobierno no produjo ningún cambio en sus cualidades naturales de nobleza, generosidad, conformidad con poco y demás virtudes.
Abu Huraira era entonces el gobernador de Medina. Caminaba por una de las calles de Medina llevando sobre la espalda una carga de leña para su familia. Al pasar junto a Sa’laba ibn Malik, le dijo: «Sa’laba, deja un poco de espacio en el camino para el gobernador». Sa’laba respondió: «¡Que Allah tenga misericordia de usted! ¿No puede pasar por un camino tan ancho?». Él dijo: «Ensanchad el camino para vuestro gobernador y para la carga que lleva sobre la espalda».
En Abu Huraira se unían de manera excepcional un conocimiento profundo, una humildad ilimitada, la generosidad, la piedad y el amor a Allah. Ayunaba durante el día y pasaba rezando el primer tercio de la noche. Después despertaba a su esposa. Ella pasaba rezando el segundo tercio de la noche y luego despertaba a su hija. La hija pasaba de pie en oración el resto de la noche. De este modo, la adoración nunca cesaba durante toda la noche en su casa.
Ikrima dijo que Abu Huraira recitaba doce mil tasbih cada día. Él decía: «Recito tasbih en una cantidad equivalente a mis pecados diarios».
Abu Huraira tenía una esclava negra. Un día, él y los miembros de su familia se enfadaron mucho por su comportamiento. Se dispuso a golpearla. Levantó el látigo, pero luego se detuvo. Dijo: «Si no temiera que el Día de la Resurrección se me exigiera rendir cuentas por esto, te haría daño con el látigo, tal como tú nos lo has hecho a nosotros. Sin embargo, te venderé a alguien que me pagará por ti tu justo precio. Y yo tengo aún más necesidad de ese precio. Ve; por Allah, te concedo la libertad».
Un día, la hija de Abu Huraira dijo: «Padre, las otras muchachas se burlan de mí. Dicen: “¿Por qué tu padre no te hace joyas de oro?”»
Él dijo: «Hija mía, diles que mi padre teme las llamas abrasadoras del Infierno». La razón por la que no daba joyas de oro a su hija no era la codicia ni la avaricia por las riquezas. Siempre fue generoso al gastar en el camino de Alá. La historia contiene muchos relatos sobre su generosidad. Un día, Marwan ibn al-Hakam envió cien dinares a Abu Huraira. Sin embargo, al día siguiente Marwan volvió a enviar a alguien para informarle: «Mi sirviente le entregó los dinares por error; no quería dárselos a usted, sino a otra persona». Al oír esto, Abu Huraira dijo, avergonzado y sorprendido:
«Ya los he gastado en el camino de Alá. No conservé ni un solo dinar hasta el amanecer. Cuando en el futuro reciba mi asignación del Bayt al-Mal, tómelos de allí». En realidad, había hecho aquello únicamente para ponerlo a prueba.
Mientras su madre estuvo viva, Abu Huraira siempre la trató con bondad. Cuando salía de casa, se acercaba a la puerta de la habitación de su madre y decía: «Madre, as-salamu alayki wa rahmatullahi wa barakatuh».
Su madre respondía: «Querido hijo, wa alayka as-salamu wa rahmatullahi wa barakatuh».
Después de intercambiar los saludos, Abu Huraira decía: «Que Alá tenga misericordia de usted y le conceda Su gracia, del mismo modo que usted lo hizo conmigo cuando era pequeño». Su madre decía: «Que Alá tenga misericordia de ti en recompensa por la bondad con la que me has tratado al hacerte mayor». Cuando regresaba a casa, madre e hijo intercambiaban de esta manera saludos y súplicas.
Así como Abu Huraira mostraba respeto y consideración a los mayores, también exhortaba a todos a tratar bien a sus padres y a mantener buenas relaciones con sus parientes. Un día vio a dos hombres caminando juntos por el camino. Uno de ellos era bastante mayor que el otro. Llamó al más joven y le preguntó: «¿Qué relación tienes con el hombre que te acompaña?»
Él respondió: «Es mi padre».
Él dijo: «Nunca lo llames por su nombre, no camines delante de él y no te sientes en ningún lugar antes de que él se siente».
En su lecho de muerte lloraba desconsoladamente. Le preguntaron por qué lloraba. Respondió: «No lloro por este mundo vuestro. Lloro al pensar en el largo viaje y las escasas provisiones. Ahora me encuentro al final del camino que conduce al Paraíso o al Infierno. No sé por cuál de los dos caminos iré».
Yacía en su lecho de muerte. Marwán ibn al-Hakam fue a visitarlo y le dijo: «Abu Huraira, que Allah te conceda la curación».
Él respondió: «¡Oh Allah! Amo encontrarte; haz que Tú también desees encontrarme y apresura ese encuentro para mí».
Marwán apenas había terminado de visitarlo y salido, cuando él exhaló su último aliento.
El historiador al-Waqidi relata: «Walid ibn Uqba dirigió la oración funeraria por él después de la oración de la tarde. Entre los compañeros que asistieron a su funeral se encontraban Ibn Umar, Abu Sa’id al-Judri —que Allah esté complacido con ambos— y otros».
Cuando Walid informó a Muawiya de su muerte, este le escribió: «Busca a sus herederos, entrégales diez mil dírhams y trata bien a sus vecinos», pues él había ayudado a Uzmán durante su confinamiento.
El erudito Ibn Hayar al-Asqalani menciona en su obra Al-Isaba, citando a Abu Sulaymán, que Abu Huraira vivió setenta y ocho años. Durante la vida del Mensajero de Allah, tenía algo más de treinta años. Muchos sostienen que falleció en el año 55 de la hégira; según al-Waqidi, su año de fallecimiento fue el 59 de la hégira. Sin embargo, según el imán al-Bujari, falleció en el año 57 de la hégira.
Abu Dharr al–Gifarí ((r. a.))
En el valle de Ad-Dan, que conectaba La Meca con el mundo exterior, se encontraba el asentamiento de la tribu de Gifar. Por allí pasaban las caravanas comerciales de los qurayshíes de La Meca en sus viajes hacia Siria. Vivían de los escasos ingresos que obtenían a cambio de proteger dichas caravanas. El saqueo y el bandolerismo también eran sus oficios. Cuando una caravana comercial no les entregaba los alimentos o el dinero que exigían, la saqueaban.
Jundub ibn Junadah, conocido por el nombre de Abu Dharr, también era hijo de esta tribu. Desde su infancia se distinguió de todos los demás por su inmenso valor, su aguda inteligencia y su visión de futuro. Durante la primera etapa de su vida, en la época de la jahiliyya, también se dedicó al bandolerismo. Se hizo famoso como un audaz bandido de la tribu de Gifar. Sin embargo, al cabo de poco tiempo se produjo una revolución en su vida. Comenzó a sentir un profundo dolor por los ídolos que los miembros de su tribu adoraban aparte de Allah, el Único. Comprendió profundamente la oleada de desórdenes religiosos, creencias ciegas y supersticiones que entonces se extendía por todo el mundo árabe. Esperaba con impaciencia la llegada de un profeta que purificara la razón, la conciencia y el corazón de las personas, y las llevara de las tinieblas a la luz.
Abandonó el bandolerismo y se entregó por completo a la adoración de Allah, cuando toda Arabia estaba sumergida en el abismo de la perdición. Hazrat Abu Ma’shar dijo: «Abu Dharr ya era monoteísta en la época de la jahiliyya. No creía que nadie fuera digno de adoración excepto Allah, el Único, y tampoco adoraba ningún otro ídolo ni divinidad. Su fe y su adoración a Allah eran conocidas por la gente. Por ello, la persona que le informó por primera vez de la aparición del Mensajero de Allah le dijo:
«Abu Dharr, hay en La Meca un hombre como tú que dice: “No hay divinidad excepto Allah”».
No se limitaba a creer en el tawhid de palabra; también rezaba en aquella época de la jahiliyya. Él mismo dijo al respecto: «Yo ya rezaba desde tres años antes de encontrarme con el Mensajero de Allah». La gente le preguntó: «¿A quién dirigías la oración?». Respondió: «A Allah». Volvieron a preguntarle: «¿Hacia qué dirección orientabas el rostro?». Respondió: «Hacia donde Allah quería».
El relato de su conversión al islam también es bastante sorprendente. Ibn Hayar ‘al-–Isaba’relató detalladamente la historia de su conversión al islam en su obra. En resumen, puede exponerse así: vivía con su tribu. Un día recibió la noticia de que había aparecido un nuevo profeta en La Meca. Llamó a su hermano Anis y le dijo: «Ve un momento a La Meca. Recogerás información sobre aquel que afirma ser profeta y proclama que recibe revelación del cielo; escucharás algunas de sus palabras. Después regresarás y me informarás».
Anis se dirigió a La Meca. Tras encontrarse con el Mensajero de Allah y escuchar las palabras que salían de sus labios, regresó junto a su tribu. Al enterarse, Abu Dharr corrió de inmediato hacia Anis. Con enorme interés, comenzó a preguntarle toda clase de cosas sobre el nuevo profeta. Anis dijo:
—¡Por Allah! Vi a aquel hombre exhortando a la gente a adoptar un carácter noble, y pronunciando palabras que no parecían poesía».
– «¿Qué dice la gente acerca de él?»
– «Algunos dicen que es un hechicero, otros que es un adivino y otros que es un poeta.»
– «¡Por Allah! No has saciado mi sed ni has podido satisfacer mi deseo. ¿Podrías hacerte cargo de mi familia para que pueda ir a La Meca y comprobar con mis propios ojos su situación?»
– «Desde luego. Sin embargo, tenga cuidado con los habitantes de La Meca.»
A la mañana siguiente, Abu Dharr partió hacia La Meca. Llevó consigo algunas provisiones y un odre de agua. Permanecía constantemente preocupado y temeroso, por si alguien descubría su propósito. En ese estado llegó a La Meca. No consideró prudente preguntar a nadie acerca de Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, pues no sabía si la persona a quien preguntara era amiga o enemiga de Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él.
El día pasó y cayó la oscuridad de la noche. Estaba cansado y exhausto. Para descansar, se acostó en un rincón de la Mezquita Sagrada. Ali ibn Abi Talib pasaba por allí. Al verlo, comprendió que aquel hombre era un viajero. Lo llamó y le dijo: «Venga a mi casa». Abu Dharr fue con él y pasó allí la noche. Por la mañana, tomó el odre de agua y el paquete de comida y regresó a la mezquita. Sin embargo, ninguno de los dos preguntó nada al otro.
También pasó el día siguiente, pero no llegó a conocer al Profeta. Ese día volvió a acostarse en la mezquita. Ali, que Allah esté complacido con él, pasó nuevamente por allí. Se dijo: «¿Qué ocurre? ¿Acaso este hombre todavía no ha encontrado su destino?». Lo llevó otra vez consigo a su casa. Esa noche también pasó allí. Tampoco ese día se preguntaron nada. Del mismo modo llegó la tercera noche. Ali, que Allah esté complacido con él, le dijo:
– «Dígame, ¿con qué propósito ha venido a La Meca?»
Él dijo: «Si me prometes que me guiarás hacia aquello que busco, entonces puedo decírtelo». Alí se lo prometió.
Abu Dharr dijo:
«He venido a La Meca desde muy lejos para encontrarme con el nuevo profeta y escuchar algo de lo que dice».
El rostro de Alí se iluminó de alegría. Dijo: «¡Juro por Allah que él es ciertamente un profeta verdadero!». Dicho esto, le describió al Profeta de diversas maneras. También dijo: «Por la mañana, me seguirás adondequiera que vaya. Si observo algo que pueda ponerte en peligro, me detendré fingiendo que voy a orinar. Cuando vuelva a caminar, continúa siguiéndome. De este modo, entrarás dondequiera que yo entre».
Debido a su intenso anhelo y ansiedad por ver al amado Profeta y escuchar la revelación que había descendido sobre él, Abu Dharr no pudo permanecer quieto en su cama durante toda la noche. A la mañana siguiente, Alí se dirigió con su huésped hacia la casa del Mensajero de Allah, y Abu Dharr lo siguió de cerca. No prestaba la menor atención a nada de lo que había a los lados del camino. Así llegaron hasta el Mensajero de Allah. Abu Dharr lo saludó.
—La paz sea contigo, oh Mensajero de Allah. El Mensajero respondió:
—Y contigo sean la paz, la misericordia de Allah y Sus bendiciones.
De este modo, Abu Dharr obtuvo el honor de ser la primera persona en saludar al Mensajero de Allah conforme al saludo islámico. Después, esta forma de intercambiar saludos fue adoptada y difundida.
El Mensajero, la paz sea con él, invitó a Abu Dharr al islam y le recitó algunos versículos del Corán. Allí mismo, Abu Dharr pronunció la profesión de la unicidad y declaró que entraba en la nueva religión.
Abu Dharr relató así lo que sucedió después: Tras aceptar el islam, permanecí en La Meca junto al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Él me enseñó diversos asuntos del islam y me instruyó en la recitación de algunos versículos del Corán. Me dijo: «No reveles a nadie en La Meca que has aceptado el islam. Si alguien llega a saberlo, temo por tu vida».
Respondí: «Juro por Aquel en cuya mano está mi vida que no abandonaré La Meca hasta ir a la mezquita y proclamar abiertamente la invitación a la verdad entre los qurayshíes». El Mensajero, la paz sea con él, guardó silencio.
Fui a la mezquita. Los qurayshíes estaban sentados juntos, conversando. Me presenté entre ellos y, elevando la voz todo lo que pude, les dije: «¡Pueblo de Quraysh! Doy testimonio de que no hay otra divinidad excepto Allah y de que Muhammad, la paz sea con él, es el Mensajero de Allah».
En cuanto mis palabras llegaron a sus oídos, se llenaron de temor y sorpresa. Se levantaron de un salto al unísono y dijeron: «¡Atrapad a este apóstata!». Corrieron hacia mí y comenzaron a golpearme sin piedad. Abbas ibn Abd al-Muttalib, tío del Mensajero, la paz sea con él, me reconoció. Se abalanzó sobre mí para salvarme de sus manos. Luego les dijo: «¡Malditos seáis! ¿Vais a matar a un miembro de la tribu de Ghifar, alguien que vive en la ruta por la que pasan vuestras caravanas comerciales?». Me dejaron.
Cuando me recuperé un poco, regresé junto al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Al ver mi estado, me dijo: «¿Acaso no te prohibí revelar que habías aceptado el islam?». Respondí: «¡Oh, Mensajero de Allah! Sentía dentro de mí un deseo intenso; simplemente lo exterioricé». Él dijo: «Regresa con tu pueblo. Infórmales de lo que has visto y de lo que has oído, e invítalos hacia Allah. Quizá Allah los beneficie por medio de ti y te recompense. Cuando sepas que estoy invitando públicamente, ven junto a mí».
Regresé al lugar donde vivía mi pueblo. Mi hermano Anis vino a visitarme. Me preguntó: «¿Qué hiciste?». Respondí: «He aceptado el islam y me he convertido en creyente». Inmediatamente, Allah abrió las puertas de su corazón. Él dijo: «No deseo rechazar tu religión. He aceptado el islam y me he convertido en creyente». Después, los dos hermanos fuimos juntos junto a nuestra madre y la invitamos también al islam. Ella declaró: «No siento ninguna aversión por la religión de vosotros dos», y anunció que también aceptaba el islam.
Desde aquel día, esta familia creyente comenzó a transmitir incansablemente la invitación al islam a la gente de la tribu de Ghifar. Nunca se desesperaron por esta tarea ni perdieron el ánimo. Gracias a sus denodados esfuerzos, un gran número de miembros de esta tribu aceptó el islam y se estableció entre ellos la oración comunitaria. Sin embargo, un grupo dijo: «Nos mantendremos firmes en nuestra religión; cuando el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, llegue a Medina, aceptaremos el islam». Después de que el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, emigrara a Medina, ellos también aceptaron el islam. Respecto a la tribu de Ghifar, el Mensajero, la paz sea con él, dijo: «La tribu de Ghifar: Allah la ha perdonado; y la tribu de Aslam: Allah le ha concedido paz y seguridad».
Abu Dharr regresó a La Meca y permaneció en el desierto con los miembros de su tribu. Una tras otra, terminaron las batallas de Badr, Uhud y Jandaq. Después llegó a Medina y se dedicó ininterrumpidamente a acompañar al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Le pidió al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) que le concediera la oportunidad de servirlo. Su petición fue aceptada. Durante su estancia en Medina, dedicaba todo su tiempo a servir al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Esa era su actividad predilecta. Él mismo decía:
«Servía al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), y en mis momentos libres iba a la mezquita a descansar».
Ibn Ishaq dice: Cuando Abu Dharr emigró a Medina, el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) estableció un vínculo de hermandad entre Mundhir ibn Amr y Abu Dharr. Sin embargo, la opinión del historiador al-Waqidi al respecto es que Abu Dharr emigró a Medina después de que fueran revelados los versículos sobre la herencia. Por lo tanto, la práctica de establecer vínculos de hermandad ya había sido abrogada.
No se conocen detalles sobre su participación en las batallas junto al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Sin embargo, el ilustre Ibn Hayar al-‘Asqalani—‘Al–Isaba’lo narró en su obra, basándose en el relato de Abd Allah ibn Masud: Cuando el Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) partió rumbo a Tabuk, la gente comenzó a mostrarse indecisa respecto a marchar a la batalla, alegando diversos pretextos. Cuando no veían a alguno de los hombres, los compañeros decían: «Oh, Mensajero de Allah, fulano no ha venido». Él respondía: «Si su propósito es noble, Allah pronto lo reunirá con vosotros. De lo contrario, Allah lo ha apartado de vosotros y os ha protegido de su parte». En cierta ocasión se mencionó el nombre de Abu Dharr y se dijo: «Él también se ha quedado atrás». La realidad era que su camello era lento. Al principio intentó hacerlo avanzar rápidamente, pero al no conseguirlo, bajó sus pertenencias, se las cargó sobre los hombros y comenzó a caminar a pie, hasta alcanzar al Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en la parada más avanzada. Un compañero lo vio desde lejos y exclamó: «Oh, Mensajero de Allah, parece que alguien viene por el camino». Él dijo: «Debe ser Abu Dharr». La gente observó atentamente y lo reconoció. Dijo: «Oh, Mensajero de Allah, ¡por Allah!, es Abu Dharr». Él dijo:
«Que Allah tenga misericordia de Abu Dharr. Camina solo, morirá solo y será resucitado solo el Día del Juicio».(Historia de Islam: el ilustre al-Dhahabi, tomo 3) La profecía del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se cumplió literalmente.
Abu Dharr era por naturaleza sencillo, humilde, desapegado del mundo y amante de la soledad. Por eso, el noble Mensajero (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le había dado el sobrenombre de «Masih al-Islam». Después del fallecimiento del Mensajero de Allah (que la paz y las bendiciones de Allah sean con él), rompió por completo sus vínculos con el mundo. El ardor que había comenzado a consumir su corazón interiormente a causa de la separación de su amado Profeta nunca se apaciguó. Por eso, cuando falleció Abu Bakr, su corazón quebrantado quedó aún más destrozado. A sus ojos, el hermoso jardín de Medina parecía entonces despojado de hojas y follaje. Abandonó Medina y se exilió en el Sham (Siria).
Hasta el período del califato de Abu Bakr y Umar —que Dios esté complacido con ambos—, se mantuvo el sencillo y austero modo de vida del islam. Cuando, junto con las conquistas y la expansión del califato islámico, apareció la abundancia de riquezas y bienes, el esplendor y el lujo ocuparon naturalmente su lugar. Fue durante la época de Uzmán —que Dios esté complacido con él— cuando comenzó a manifestarse la ostentación entre diversas personas. Esto tuvo cierto impacto en la vida de la gente común. En ellos empezó a reflejarse, en lugar de la sencillez propia de la época del Profeta —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él—, una inclinación al disfrute y al lujo. Abu Dharr esperaba que la gente siguiera aquel modo de vida sencillo, austero y sin ostentación propio de la época del Profeta —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él—. Deseaba que todos se mantuvieran completamente desapegados de la riqueza y los bienes. Según su creencia y doctrina, basada en la confianza en Dios, no debía ahorrarse hoy nada para el día siguiente. Creía que ningún musulmán tenía derecho a acumular riquezas mientras dejara a otros hambrientos y desnudos. Mu‘awiya —que Dios esté complacido con él— y los demás gobernantes consideraban que, después de pagar correctamente el azaque que Dios había hecho obligatorio para los ricos, cada musulmán tenía derecho a guardar el dinero sobrante. Esta diferencia de opinión fue aumentando hasta convertirse finalmente en disputa y discusión. Abu Dharr comenzó a protestar con gran valentía contra aquellas personas. Debido a que poseían riquezas superiores a sus necesidades, empezó a considerarlas destinatarias del siguiente versículo del Corán:
وَالَّذِينَ يَكْنِزُونَ الذَّهَبَ وَالْفِضَّةَ وَلَا يُنفِقُونَهَا فِي سَبِيلِ اللَّهِ فَبَشِّرْهُم بِعَذَابٍ أَلِيمٍ
– «Anuncia un castigo doloroso a quienes acumulan oro y plata y no los gastan por la causa de Dios» ((At Tawbah: 34)
En el versículo anterior a este se habla de los judíos y los cristianos. Por ello, Mu‘awiya sostenía que este versículo se refería a aquellos incrédulos. Abu Dharr, en cambio, consideraba que su propósito abarcaba tanto a musulmanes como a no musulmanes. En segundo lugar, Abu Dharr entendía que no gastar por la causa de Dios significaba no entregar por completo los propios bienes y riquezas por la causa de Dios. Mu‘awiya, por su parte, opinaba que esto estaba relacionado únicamente con el azaque. Así, el venerable Abu Dharr comenzó a criticar con gran severidad, conforme a su propia visión y opinión. El venerable Mu‘awiya —que Dios esté complacido con él— consideró que, si aquella situación continuaba, en cualquier momento podían estallar en Siria el desorden y la intranquilidad. Informó al califa Uzmán —que Dios esté complacido con él— de la delicada situación y le pidió que convocara a Abu Dharr a Medina. El venerable Uzmán lo hizo llamar a Medina.
Un día, Abu Dharr estaba sentado. Delante de él, el califa Uzmán —que Dios esté complacido con él— preguntó a Ka‘b —que Dios esté complacido con él—: «¿Qué opinión tiene usted acerca de una persona que acumula riquezas, paga su azaque y también gasta por la causa de Dios?». Ka‘b —que Dios esté complacido con él— respondió: «Se puede tener una buena esperanza respecto a esa persona». Al oír esto, Abu Dharr montó en cólera. Levantó sobre la cabeza de Ka‘b el bastón que tenía en la mano y dijo: «¡Hijo de una mujer judía! (Ka‘b era hijo de una judía). ¿Qué vas a entender tú de su verdadero significado? El Día de la Resurrección, incluso el corazón de una persona así será picado por un escorpión». Finalmente, el venerable Uzmán dijo a Abu Dharr: «Quédate conmigo; una camella lechera se presentará cada mañana y cada tarde ante tu puerta». Él respondió: «No necesito nada de tus bienes mundanos». Dicho esto, se marchó. Finalmente, el venerable Uzmán le pidió que fuera a vivir a un lugar llamado Rabaza, situado en medio del desierto, muy lejos de Medina. Según algunos, él fue allí voluntariamente y comenzó a vivir en ese lugar. Alejado de las zonas habitadas, en un desierto solitario, renunció a la vida de placeres y lujos y siguió rigurosamente, hasta el final de su vida, el modo de vida del Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él—, orientado hacia la otra vida. La historia del fallecimiento del venerable Abu Dharr también es sumamente dolorosa y sorprendente. Murió en el desierto de Rabaza en el año 31 de la Hégira, según una opinión, o en el año 32, según otra. Su esposa describió así su estado durante sus últimos momentos:
«Cuando la condición de Abu Dharr empeoró mucho, comencé a llorar. Él me preguntó: “¿Por qué lloras?”. Respondí: “Usted se dirige hacia la otra vida en un desierto desolado. Aquí no hay ropa adicional con la que pueda amortajarlo, aparte de las prendas que usted y yo llevamos puestas”. Él dijo: “Deja de llorar. Te doy una buena noticia. Escuché al Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) decir: ‘Si a un musulmán le mueren dos o tres hijos, eso es suficiente para salvarlo del fuego del Infierno’”. Él había dicho ante varias personas, entre las cuales me encontraba yo: “Uno de ustedes morirá en el desierto, y en el momento de su muerte un grupo de musulmanes aparecerá allí inesperadamente”. Todos aquellos hombres, excepto yo, murieron en lugares habitados. Ahora soy el único que queda con vida. Por eso puedo afirmar con certeza que ese hombre soy yo. Juro que no estoy mintiendo, y quien pronunció estas palabras tampoco mintió. Mira hacia el camino; sin duda, la ayuda invisible está por llegar”. Respondí: “Pero ya ha terminado el regreso de los peregrinos y tampoco queda tránsito en el camino”. Él dijo: “No, ve y observa”. Así pues, por un lado me dirigía hacia Gawr, subía a una colina y miraba a lo lejos; por otro, corría de regreso para atenderlo. Continuaba yendo y viniendo y buscando de ese modo. En ese momento divisé a lo lejos algunos jinetes. Cuando les hice señas, se acercaron rápidamente y se detuvieron junto a mí. Preguntaron acerca de Abu Dharr: “¿Quién es él?”. Respondí: “Abu Dharr”. Preguntaron: “¿El compañero del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)?”. Respondí: “Sí”. Diciendo: “¡Que nuestros padres sean sacrificados por él!”, se acercaron a Abu Dharr. Primero, Abu Dharr les relató la profecía del Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz). Después les encomendó: “Si se encuentra junto a mí o junto a mi esposa una tela suficiente para una mortaja, enterradme con ella”. Luego les hizo jurar que quien ocupara incluso el cargo gubernamental más insignificante no lo amortajara. Casualmente, todos ellos, salvo un joven ansarí, desempeñaban alguna responsabilidad oficial. Abu Dharr le permitió únicamente a él amortajarlo. Aquella caravana era yemení; venía de Kufa. Con ellos se encontraba el ilustre compañero Abd Allah ibn Masud (que Allah esté complacido con él). Él viajaba hacia Irak con aquella caravana. Fue él quien dirigió la oración fúnebre de Abu Dharr, y todos juntos lo enterraron en el desierto de Rabdha».
El número total de hadices narrados por Abu Dharr es de veintiocho. De ellos, doce son hadices muttafaq alayh, es decir, narrados tanto por Bujari como por Muslim. Dos fueron narrados exclusivamente por Bujari y siete exclusivamente por Muslim. La razón por la que el número de hadices narrados por él es tan reducido en comparación con el de otros es que siempre permanecía callado, prefería la soledad y se relacionaba poco con la gente. Por ello, sus conocimientos no se difundieron ampliamente. Sin embargo, compañeros eruditos como Anas ibn Malik y Abd Allah ibn Abbas adquirieron conocimientos de él. Ibn Asakir trata detalladamente este asunto en su obra ‘Historia de Damasco’.
A Ali (que Allah esté complacido con él) se le preguntó acerca de la amplitud de los conocimientos de Abu Dharr. Él respondió: “Había adquirido un conocimiento que las personas son incapaces de alcanzar. Después, ese conocimiento fue puesto a prueba exponiéndolo al fuego, pero no presentó ninguna grieta”. Sobre este gran asceta y compañero desapegado de este mundo, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “Bajo el cielo y sobre la tierra, Abu Dharr es la persona más veraz”.
Durante el califato de Uzmán, Abu Dharr fue una vez a realizar el hach. Un hombre llegó y dijo: “Uzmán rezó cuatro rak‘at mientras se encontraba en Mina —es decir, no acortó la oración—”. Esto no le agradó. Lo censuró con palabras muy severas y dijo: “Yo recé detrás del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), de Abu Bakr y de Umar. Todos ellos rezaron dos rak‘at”. Después de decir esto, él mismo dirigió la oración y rezó cuatro rak‘at. La gente le dijo: “Usted criticó al Comendador de los Creyentes y ahora usted mismo ha rezado cuatro rak‘at”. Él respondió: “La discordia es algo muy malo. El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: ‘No insultéis a quienes sean gobernantes después de mí. Quien tenga la intención de insultarlos arrojará de sus hombros la firme cuerda del islam y cerrará para sí la puerta del arrepentimiento’».(Musnad de Ahmad, 5/165)
Después del fallecimiento del Mensajero de Allah (s. a. s.), cada vez que su santo nombre acudía a sus labios, un torrente de lágrimas brotaba de sus ojos. Ahnaf ibn Qays relata: «Una vez vi en Bayt al-Maqdis a un hombre haciendo postraciones una tras otra. Esto produjo una impresión especial en mi corazón. Cuando fui a verlo por segunda vez, le pregunté: “¿Puede decirme si he rezado un número par o impar de oraciones?”. Él respondió: “Aunque yo no lo sepa, Allah ciertamente lo sabe”. Luego dijo: “Mi amigo Abu al-Qasim me dijo…”; apenas pronunció estas palabras, comenzó a llorar. Después dijo: “Mi amigo Abu al-Qasim me dijo…”. Esta vez también se le entrecortó la voz por el llanto. Finalmente, recobró la compostura y dijo: “Mi amigo Abu al-Qasim (s. a. s.) dijo: ‘Cuando un siervo se postra una vez ante Allah, Allah le eleva un grado, le borra un pecado y le registra una buena acción’”. Le pregunté: “¿Quién es usted?”. Respondió: “Abu Dharr, compañero del Mensajero de Allah (s. a. s.)”».
Un día, un hombre fue a ver a Abu Dharr. Miró alrededor de su casa y, al no ver ningún artículo doméstico, preguntó:
—Abu Dharr, ¿dónde están sus pertenencias?
—Tengo una casa en la Otra Vida. Allí envío todas mis mejores pertenencias.
En cierta ocasión, el gobernador de Siria le envió trescientos dinares y le mandó decir: “Utilice esto para satisfacer sus necesidades”. Él dijo: “¿Acaso el gobernador de Siria no encontró a ningún siervo de Allah más despreciable que yo?”, y devolvió los dinares.
Salmán al–Farisí ((r. a.))
El Mensajero de Allah (s. a. s.) dijo: «Salmán es uno de los miembros de la familia del Profeta».
Esta es la historia de la vida de un buscador de la verdad, un hombre deseoso de alcanzar a Allah. Él es el honorable Salmán al-Farisí. En las propias palabras de Salmán al-Farisí se encuentra el relato sorprendente de cómo alcanzó aquella verdad. Él dice:
Yo era entonces un joven persa de la región de Isfahán, en Persia. Mi aldea se llamaba «Jayyan». Mi padre era el jefe de los terratenientes de la aldea, el hombre más rico y de mayor rango. Desde mi nacimiento fui, para él, la criatura más querida de toda la creación de Alá. A medida que crecía, también aumentaban su afecto y su amor por mí. En cierto momento, por temor a que me ocurriera alguna desgracia, me mantuvo encerrado en casa como a una muchacha.
Comencé a practicar con fervor la religión mazdea de mis padres y pronto alcancé el cargo de custodiar nuestro fuego sagrado. Se me encomendó mantener encendido día y noche, durante las veinticuatro horas, aquel fuego de adoración.
Mi padre era dueño de vastas tierras. Él mismo se encargaba de administrarlas, y producían abundantes cosechas para nosotros. Un día, por alguna razón, tuvo que quedarse en casa y no pudo ir a supervisar la granja de la aldea. Me llamó y me dijo:
«Hijo mío, como puedes ver, hoy no puedo ir a la granja por una razón especial. En su lugar, ve allí un rato y supervisa sus asuntos de mi parte».
Partí hacia la granja. Al pasar junto a una iglesia cristiana, unas voces llegaron a mis oídos. Estaban rezando. Aquellas voces fueron las que me hicieron tomar conciencia.
Debido a que había permanecido encerrado en casa durante mucho tiempo, no sabía nada sobre los cristianos ni sobre los seguidores de ninguna otra religión. Al oír sus voces, entré en la iglesia para ver qué estaban haciendo. Los observé atentamente. Su manera de rezar me gustó mucho y me sentí atraído por su religión. Me dije: «Esta religión es mucho mejor que la que seguimos nosotros». Aquel día no fui a la granja y lo pasé entero con ellos. Les pregunté:
– ¿Dónde se encuentra el origen de esta religión?
– En Siria.
La tarde comenzó a caer. Regresé a casa. Mi padre empezó a preguntarme qué había hecho durante todo el día.
Dije: «Padre, al pasar junto a unas personas, las vi rezando en su lugar de culto. Me gustaron mucho las prácticas de su religión que presencié. Pasé con ellos hasta la puesta del sol». Al oírme, mi padre se alarmó. Dijo:
«Hijo mío, no hay ningún bien en esa religión; la religión de ti y de tus antepasados es mejor que ella». Dije: «¡Por Alá!, eso no es cierto en absoluto. Su religión es mejor que la nuestra».
Al oírme, mi padre se atemorizó y temió que yo abandonara mi religión. Por eso me puso grilletes en los pies y me mantuvo encerrado en casa.
Yo esperaba una oportunidad. Al cabo de unos días, se presentó. En secreto, envié un mensaje a los cristianos diciéndoles que me avisaran si llegaba a ellos alguna caravana que se dirigiera a Siria.
Al cabo de unos días, llegó a ellos una caravana que se dirigía a Siria. Me avisaron. Escapé en secreto de mi cautiverio y partí con ellos. Me llevaron hasta Siria. Al llegar a Siria, pregunté:
—¿Quién es la mejor persona de esta religión y la que más conocimiento tiene?
Respondieron: «El obispo, el sacerdote de la iglesia».
Fui a verlo y le dije: «Me he sentido atraído por el cristianismo. Deseo permanecer a su lado, servirle, aprender de usted y rezar con usted». Él respondió: «Entra».
Entré, me acerqué a él y comencé a servirle. Al cabo de pocos días comprendí que aquel hombre era deshonesto. Pues instaba a sus compañeros a dar limosnas y los animaba a obtener recompensa; pero cuando ellos le entregaban algo para gastarlo por la causa de Allah, él mismo se lo apropiaba y lo acumulaba para sí. No daba nada a los pobres y necesitados. De este modo acumuló siete cántaros de oro.
Al ver su degradación moral, lo detestaba profundamente. A los pocos días, el hombre murió. La comunidad cristiana de la zona se reunió para enterrarlo. Les dije: «Este amigo vuestro era un hombre sumamente deshonesto. Os instaba a dar limosnas y os animaba a ello, pero cuando se las entregabais, se apropiaba de todo. No daba nada a los pobres y necesitados».
Ellos preguntaron: «¿Cómo lo sabes?»
Les dije: «Os mostraré el escondite secreto donde acumulaba sus riquezas».
Dijeron: «De acuerdo, muéstranoslo».
Cuando les mostré el escondite secreto, sacaron de allí siete cántaros de oro y plata. Al verlo, dijeron:
«¡Por Allah, no lo enterraremos!»
Lo colgaron en una cruz y apedrearon su cuerpo hasta dejarlo lacerado. Al cabo de pocos días, pusieron a otro hombre en su lugar. También busqué su compañía. Nunca antes había visto a nadie más desapegado de este mundo, más devoto del Más Allá y más dedicado a la adoración día y noche que este hombre. Lo amaba profundamente. Pasé mucho tiempo con él. Cuando se acercó la hora de su muerte, le dije:
—Señor, ¿con quién me aconseja que permanezca después de su muerte?
Respondió: —Hijo mío, aquí no conozco a nadie que sostenga la verdad a la que me aferré. Sin embargo, en Mosul hay un hombre llamado Fulano que no ha cambiado ni aumentado en lo más mínimo esta verdad. Busca su compañía.
Después de la muerte de aquel amigo mío, fui a Mosul y encontré al hombre que me había descrito. Le conté todo lo que me había sucedido. También le dije que, en sus últimos momentos, Fulano me había recomendado buscar su compañía. Me había dicho asimismo que usted se aferraba profundamente a la misma verdad sobre la que él había exhalado su último aliento. Al escucharme, me dijo: —Quédate conmigo.
Me quedé con él. Me agradaba mucho su conducta. Al cabo de pocos días murió. Cuando se aproximó el momento de su muerte, le dije:
—Señor, usted ve que el decreto de Allah ha llegado para usted. Y ya conoce mi situación. ¿A quién me aconseja que vaya ahora?
Respondió: —Hijo mío, no conozco a nadie que permanezca firme en aquello que nosotros seguíamos. Sin embargo, en Nisibis hay un hombre llamado Fulano; puedes reunirte con él.
Después de enterrarlo, me encontré con aquel hombre de Nisibis y le conté toda mi historia. Él me pidió que me quedara con él. Me quedé. También encontré en este hombre un carácter puro, como en los dos amigos anteriores. ¡Gloria a Allah!, al cabo de pocos días murió. En sus últimos momentos le dije: —Usted conoce, en términos generales, toda mi situación. ¿A quién me aconseja que vaya ahora?
Él dijo: «En ‘Amuriyya vive un hombre llamado Amun. Debes buscar su compañía. Aparte de él, no conozco a nadie que permanezca aferrado a esta verdad nuestra». Me presenté ante él y le conté todo lo que me había sucedido.
Después de escucharme, me dijo: «Quédate conmigo». ¡Por Dios!, mientras permanecí con él, descubrí que seguía la misma creencia y el mismo camino que sus compañeros anteriores. Durante el tiempo que estuve con él, llegué a poseer muchas vacas y cabras.
Al cabo de pocos días, vi que le aguardaba el mismo destino que había visto sufrir a sus compañeros anteriores. Cuando se acercaba el final de su vida, le dije: «Usted conoce bien mi situación. ¿Qué me aconseja hacer ahora y ante quién me recomienda acudir?»
Él dijo: «¡Hijo mío! No sé de ninguna persona que permanezca sobre la faz de la tierra aferrada a la verdad que nosotros sosteníamos. Sin embargo, en un futuro cercano aparecerá un profeta en Arabia. Traerá nuevamente la religión de Abraham. Será expulsado de su tierra natal y emigrará hacia una región de palmerales, situada entre grandes piedras negras. Tendrá señales claras como la luz del día. Comerá los obsequios que se le ofrezcan, pero no comerá las limosnas. Entre sus hombros estará el sello de la profecía. Si puedes, ve a esa tierra».
Después murió. Permanecí unos días más en ‘Amuriyya. Un día llegaron allí unos comerciantes árabes de la tribu de Kalb. Les dije: «Si me llevan con ustedes a Arabia, les entregaré a cambio estas vacas y cabras mías». Ellos respondieron: «De acuerdo, te llevaremos con nosotros».
Les entregué las vacas y las cabras, y ellos partieron llevándome consigo. Cuando llegamos a un lugar llamado Wadi al-Qura, entre Medina y Siria, me traicionaron y me vendieron a un judío. Comencé a servirlo como esclavo. Al poco tiempo, un primo suyo de la tribu de Banu Qurayza me compró y me llevó a Yathrib (Medina). Allí vi las palmeras que había descrito mi amigo de ‘Amuriyya y reconocí la ciudad conforme a la descripción que él había hecho del lugar. Allí permanecí al servicio de mi amo.
En aquel entonces, el Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) predicaba la religión en La Meca. Pero, como esclavo, estaba siempre ocupado trabajando, y no llegó a mis oídos ninguna noticia ni conversación sobre él. Al cabo de unos días, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) emigró de La Meca y llegó a Yathrib. Yo estaba encaramado en lo alto de una palmera, haciendo algún trabajo, mientras mi amo se hallaba sentado al pie del árbol. En ese momento, llegó uno de sus sobrinos y le dijo:
«¡Que Allah destruya a Banu Qayla (las tribus de Aws y Jazray)! ¡Juro por Dios que ahora están reunidos en Quba junto a un hombre que acaba de llegar hoy de La Meca y que se considera un profeta!»
En cuanto sus palabras llegaron a mis oídos, fue como si me hubiera dado fiebre. Comencé a temblar violentamente. Temí caer estrepitosamente sobre el cuello de mi amo, que estaba sentado bajo el árbol. Bajé rápidamente del árbol y le dije a aquel hombre:
—¿Qué dijiste? Repíteme, por favor, esas palabras.
Al oírme, mi amo montó en cólera, me dio una fuerte bofetada en la mejilla y dijo:
—¿Qué tienes tú que ver con eso? ¡Vete y continúa haciendo lo que estabas haciendo!
Aquella tarde tomé algunos dátiles de los que había recogido y me dirigí hacia el lugar donde se encontraba el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Cuando llegué ante él, le dije:
—He oído que usted es un hombre virtuoso y que tiene algunos compañeros pobres y desamparados. Yo tenía guardadas estas pocas cosas con la intención de darlas como limosna, pero vi que ustedes son más dignos de recibirlas que los demás. Dicho esto, le ofrecí los dátiles. Él les dijo a sus compañeros: «Comed». Pero retiró su propia mano y no comió nada. Me dije para mis adentros: «Esta es la primera señal».
Aquel día regresé. Volví a reunir algunos dátiles. El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, llegó de Quba a Medina. Un día llevé los dátiles ante él y le dije: «He visto que usted no come de lo que se da como limosna. Por eso, esta vez he traído un regalo para usted». Esta vez él mismo comió y pidió a sus compañeros que comieran con él. Me dije para mis adentros: «Esta es la segunda señal».
Después, otro día, fui ante el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. En aquel momento estaba enterrando a uno de sus compañeros en el cementerio de Baqīʿ al-Gharqad. Vi que estaba sentado, envuelto en una shamla (una especie de prenda holgada). Lo saludé. Luego comencé a dirigir la mirada hacia su espalda. Buscaba el sello de la profecía que me había descrito mi amigo de Ammuriyya.
Al ver que yo miraba repetidamente hacia su espalda, el Mensajero comprendió lo que pretendía. Apartó la capa de su espalda y pude ver claramente el sello. Entonces lo reconocí sin ninguna duda, me abalancé sobre él, lo cubrí de besos y, llorando, empapé su pecho con mis lágrimas. Al verme en aquel estado, el Mensajero preguntó:
—¿Qué te sucede?
Le conté toda la historia con detalle. Él se quedó asombrado y quiso que yo mismo relatara aquella historia a sus compañeros. Se la conté, y ellos se quedaron maravillados y sumamente felices.
Debido a que Salman, que Dios esté complacido con él, se hallaba encadenado a la esclavitud, no pudo participar junto al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, en las batallas de Badr y Uhud. Por ello sufrió una profunda aflicción. Salman relató: «Un día el Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, me llamó y me dijo: “Haz un contrato de manumisión con tu amo”. Hice el contrato: plantaría para él trescientas palmeras datileras y le entregaría además cuarenta uqiyyas de oro; a cambio, obtendría mi libertad. Informé al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, sobre este acuerdo. Él llamó a los compañeros y les dijo: “Ayudad a vuestro hermano”. Cada uno me dio, según sus posibilidades, cinco, diez, veinte o treinta plantones. Así reuní trescientos plantones. Después cavé los hoyos siguiendo las instrucciones del Mensajero. Un día él mismo fue allí conmigo. Yo le entregaba un plantón tras otro y él los plantaba. ¡Juro por Dios que ninguno de los plantones que plantó murió! (Los historiadores dicen que Salman, que Dios esté complacido con él, plantó un solo plantón, y ese fue el único que murió. Todos los demás los plantó el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, y todos sobrevivieron). De este modo cumplí una parte de mi contrato; solo quedaba el dinero.»
Un día el Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, me llamó, puso en mi mano una sustancia de oro con aspecto de huevo de gallina y me dijo: “Ve y paga conforme a tu contrato”. Pregunté: “¿Bastará esto para saldar la deuda?”. Él respondió: “Tómalo; Dios hará que con esto quede saldada”. ¡Juro por Dios que, cuando lo pesamos, resultó pesar cuarenta uqiyyas!
De este modo, Salman, que Dios esté complacido con él, cumplió su contrato y obtuvo la libertad. Tras liberarse de la esclavitud, Salman comenzó a vivir entre los musulmanes. En aquel momento no tenía casa ni vivienda. El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, estableció entre él y el célebre compañero ansarí Abu al-Dardá, que Dios esté complacido con él, un vínculo de hermandad, como hizo con los demás emigrados. Debido a la esclavitud, Salman no pudo participar en las batallas de Badr y Uhud. Tras ser liberado, tuvo lugar la batalla de la Trinchera. Con su destacada contribución en ella compensó su ausencia de las dos batallas anteriores. Diversas tribus de toda Arabia se aliaron con los coraixíes y se prepararon para atacar Medina. Al recibir la noticia, el Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, consultó con sus compañeros. Muchos ofrecieron distintas sugerencias. Salman dijo: “En Persia se protege la ciudad excavando una trinchera. Conviene excavar una trinchera en el lado desprotegido de Medina para protegerla”. Al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, le agradó esta propuesta. Se excavó una larga trinchera al oeste y al noroeste de Medina, y así se logró repeler con facilidad el ataque del enorme ejército coraixí. El propio Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, participó en la excavación de aquella trinchera. Cuando el ejército coraixí llegó a las afueras de Medina y contempló aquella extraordinaria estrategia militar, quedó estupefacto. Tras permanecer sitiando Medina durante veintiuno o veintidós días, finalmente se vio obligado a huir. Salman participó en todas las batallas que tuvieron lugar después de la Trinchera. Tras el fallecimiento del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, Salman permaneció algún tiempo en Medina. Probablemente, al final del califato de Abu Bakr, que Dios esté complacido con él, o al comienzo del califato de Umar, que Dios esté complacido con él, se estableció en Irak, mientras su hermano en la fe, Abu al-Dardá, que Dios esté complacido con él, se estableció en Siria. Desempeñó un papel destacado en la conquista de Irán durante la época de Umar. Combatió hombro con hombro junto a los muyahidines musulmanes en diversos frentes. También participó en la conquista de Jalula. Umar, que Dios esté complacido con él, lo nombró gobernador de Mada’in. Falleció durante el califato de Uzmán.
Después de aceptar el islam, Salman, que Dios esté complacido con él, pasó la mayor parte de su vida en compañía del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Por ello alcanzó una especial maestría en conocimiento y gnosis. Cuando preguntaron a Alí, que Dios esté complacido con él, acerca de su conocimiento, respondió: «En conocimiento y sabiduría, Salman era igual a Luqmán el Sabio». Según otra narración, dijo: «Era un erudito de todos los conocimientos, tanto del conocimiento de los primeros como del conocimiento de los últimos». El conocimiento de los últimos significa el conocimiento del Corán. Como no tenía parientes ni clan en Arabia, el Mensajero, que Dios lo bendiga y le conceda paz, lo declaró miembro de la Gente de la Casa. Mu‘adh ibn Yabal, que era un destacado sabio y compañero muytāhid, dijo: «Adquirid conocimiento de cuatro personas. Salman es una de esas cuatro».
Se han transmitido sesenta hadices de Salman, que Dios esté complacido con él. De ellos, tres fueron narrados por ambos recopiladores, uno fue narrado exclusivamente por Muslim y tres exclusivamente por Bujari. Abu Sa‘id al-Judri, Abu al-Tufayl, Ibn Abbas, Aws ibn Malik e Ibn Ayza, entre otros destacados compañeros, fueron sus discípulos.
Hazrat Salman pertenecía a aquellos ilustres compañeros que tuvieron la fortuna de alcanzar una especial cercanía al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Hazrat Aisha, que Allah esté complacido con ella, dijo: «Las noches en que el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se sentaba a conversar en privado con Salman, nosotras, sus esposas, pensábamos que quizá Salman nos arrebataría esa noche la compañía del Mensajero».
Él era un ejemplo viviente de ascetismo y temor de Allah. Vivió como un viajero pasajero. Nunca construyó una casa en su vida. Cuando encontraba en algún lugar un muro o la sombra de un árbol, allí mismo se acostaba. Un hombre le pidió permiso para construirle una habitación. Él se lo prohibió. Ante la insistencia reiterada, finalmente le preguntó: «¿Qué clase de habitación construirás?». El hombre respondió: «Una tan pequeña que, si estás de pie, tu cabeza tocará el techo, y si te acuestas, tus pies tocarán la pared». Al oír esto, aceptó. Le construyeron una pequeña choza. Hazrat Hasan, que Allah esté complacido con él, dijo: «Aunque Salman recibía una asignación de cinco mil dírhams y gobernaba sobre treinta mil personas, solo tenía una aba. En ella recogía leña. Al dormir, se cubría con un extremo de la aba y extendía el otro como lecho».
Cuando Hazrat Salman, que Allah esté complacido con él, se encontraba en su lecho de muerte, Hazrat Sa‘d ibn Abi Waqqas, que Allah esté complacido con él, fue a visitarlo. Salman comenzó a llorar. Sa‘d le dijo: «Abu Abdillah, ¿por qué lloras? El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, partió de este mundo satisfecho contigo. Te reunirás con él junto al Estanque de Kawzar». Él respondió: «No lloro por miedo a la muerte. La razón de mi llanto es que el Mensajero de Allah nos hizo prometer que nuestras pertenencias no serían más numerosas que las de un viajero. Sin embargo, se han acumulado tantas cosas en mi poder». Sa‘d dijo: «Aquellas cosas no eran más que un gran cuenco, un plato de cobre y un recipiente para queso».
Usama ibn Zayd (que Allah esté complacido con él)
Antes de la Hégira, transcurría en La Meca el séptimo año de la profecía. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y sus compañeros sufrían entonces la extrema hostilidad de los qurayshíes. Mientras cumplía a cada paso la difícil responsabilidad y la pesada carga de llamar al Islam, se enfrentaba continuamente a toda clase de dolores, penas y calamidades. En ese momento apareció en su vida un destello de alegría. Un mensajero de buenas noticias llegó con un mensaje gozoso: «Umm Ayman ha dado a luz a un hijo». El rostro puro del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se iluminó de alegría. Aquel afortunado recién nacido, cuyo anuncio de llegada al mundo había llenado de tanta felicidad al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, era Usama ibn Zayd.
Los compañeros no se sorprendieron de que el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se alegrara tanto al enterarse del nacimiento del niño. Todos conocían la posición que ocupaban los padres del niño ante el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. La madre del niño era Baraka al-Habashiyya, conocida como Umm Ayman. Había sido esclava de Hazrat Amina, la madre del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Durante la vida de Hazrat Amina y también después de su fallecimiento, esta mujer crió al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Cuando él abrió los ojos al mundo, fue a ella a quien aprendió a reconocer como madre. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, la amaba con un amor sumamente profundo y sincero. A menudo decía: «Después de mi madre, ella es mi madre y la persona que queda de mi familia». Esta honorable mujer era la gloriosa madre de aquel recién nacido.
El padre del niño era el amado del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él; su hijo adoptivo de la época preislámica, su compañero fiel y, después del Islam, la persona más querida por el Mensajero de Allah: Zayd ibn Hariza, que Allah esté complacido con él.
Junto con el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, toda la comunidad musulmana de La Meca se alegró al enterarse del nacimiento del niño. Así como habían dado a su padre el título de «Habib Rasulillah», también le dieron a él el título de «Ibn al-Hibb», es decir, hijo del amado del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Este título era completamente acertado. El Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, lo amaba tanto que al verlo los habitantes del mundo sentían envidia. Usama tenía la misma edad que Hasan ibn Fatima, nieto del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Hasan era extraordinariamente hermoso, como su abuelo, el Mensajero de Allah. Usama, en cambio, era de tez negra y nariz chata, como su madre abisinia. Sin embargo, el Mensajero, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, no hacía ninguna diferencia entre ambos en cuanto a afecto y amor. Sentaba a Usama sobre un muslo y a Hasan sobre el otro. Luego estrechaba a ambos contra su pecho y decía: «Oh Allah, yo amo a los dos; ama Tú también a ambos».
La profundidad y la intensidad del afecto y el amor del Mensajero de Allah (s. a. s.) por el pequeño Usama se comprenden por un acontecimiento. En una ocasión, el pequeño Usama tropezó con el umbral de la puerta y cayó. Se le abrió la frente y comenzó a sangrar. Al principio, el Mensajero de Allah (s. a. s.) pidió a Aisha (r. a.) que le limpiara la sangre. Pero no quedó satisfecho con ello. Él mismo se levantó, le limpió la sangre, comenzó a besarle la herida y, con palabras dulces, tiernas y llenas de afecto, empezó a tranquilizarlo.
Al igual que en su infancia, Usama también recibió en su juventud el amor del Mensajero de Allah (s. a. s.). En una ocasión, Hakim ibn Hizam, uno de los dirigentes de Quraysh, compró en Yemen, por cincuenta dinares, un valioso manto del rey Dhu Yazan del Yemen. Cuando quiso regalarle aquel manto al Mensajero de Allah (s. a. s.), él se negó a aceptarlo, porque Hakim todavía era politeísta. Sin embargo, el Mensajero de Allah (s. a. s.) le compró el manto a cambio de dinero. En una ocasión, lo vistió solamente un viernes. Después se lo puso a Usama. Usama llevaba aquel manto y recorría, desde la mañana hasta la tarde, las calles con jóvenes de su misma edad entre los emigrados y los auxiliares.
En la juventud de Usama se desarrollaron tales virtudes y cualidades de carácter que fácilmente le hicieron merecedor del afecto y el amor del Mensajero de Allah (s. a. s.). Su inteligencia aguda, audacia, discernimiento, carácter puro e intachable, así como su temor de Allah y piedad, eran sus rasgos distintivos.
El día de la batalla de Uhud, Usama se presentó ante el Mensajero de Allah (s. a. s.) junto con varios jóvenes compañeros de su misma edad. Todos deseaban participar en la yihad. El Mensajero de Allah (s. a. s.) eligió a algunos de ellos y devolvió a los demás por ser menores de edad. Usama regresó a casa tras ser rechazado. Sus dos ojos estaban llenos de lágrimas. Le dolía haber sido privado de la oportunidad de participar en la yihad bajo el estandarte del Mensajero de Allah (s. a. s.).
La batalla de la Trinchera era inminente. Usama también se presentó, acompañado por varios jóvenes compañeros. El Mensajero de Allah (s. a. s.) estaba seleccionando a los soldados. Para que no lo excluyeran nuevamente por ser pequeño, como en Uhud, se puso de puntillas y se irguió cuanto pudo. Al ver su entusiasmo, el corazón del Mensajero de Allah (s. a. s.) se enterneció y lo eligió. Con la espada colgada del hombro, Usama marchó a la yihad. Entonces era un muchacho de doce o trece años.
Según algunos relatos, no tuvo la oportunidad de participar en las primeras expediciones debido a que era menor de edad. Participó por primera vez en la expedición de Harqa. Esta expedición se llevó a cabo en el séptimo u octavo año de la Hégira. Entonces tenía catorce años. Sin embargo, debido a sus ilimitadas aptitudes, el Mensajero de Allah (s. a. s.) le confió el mando de la expedición. Él mismo narró su experiencia en ella: «El Mensajero de Allah (s. a. s.) nos envió hacia Harqa. Los enemigos fueron derrotados y comenzaron a huir. Yo perseguí, junto con un soldado de los auxiliares, a un combatiente que escapaba. Cuando estuvo a nuestro alcance, comenzó a proclamar en voz alta: “La ilaha illallah”. Al oír su declaración, el auxiliar se abstuvo, pero yo le arrojé mi lanza y lo atravesé. Murió. Al regresar de la expedición, el asunto llegó a oídos del Mensajero de Allah (s. a. s.). Me dijo: “Usama, has matado a un hombre después de que pronunciara la profesión de fe”. Respondí: “Lo hizo para salvar la vida”. Él no prestó atención a mis palabras y continuó repitiendo lo mismo. Entonces sentí tal arrepentimiento que pensé: “¡Ay de mí! Ojalá no hubiera abrazado el islam antes de este día”. Según otro relato, el Mensajero de Allah (s. a. s.) le dijo: “¿Acaso abriste su corazón para saberlo?”»
En la batalla de Hunayn, el ejército musulmán fue derrotado y comenzó a huir. Entonces Usama se mantuvo firme frente al ejército enemigo junto con apenas seis compañeros, entre ellos Abbas, el tío del Mensajero de Allah (s. a. s.), y Abu Sufyan ibn al-Harith. Con la ayuda de aquel pequeño grupo de creyentes valerosos, el Mensajero de Allah (s. a. s.) transformó aquel día una derrota segura en victoria y salvó al ejército musulmán en fuga de las manos del ejército politeísta.
También durante la conquista de La Meca, Usama fue compañero del Mensajero de Allah (s. a. s.). Entró en La Meca montado en la misma cabalgadura que el Mensajero de Allah (s. a. s.). Ese día, Usama, Bilal y Uthman ibn Talha fueron las tres únicas personas que tuvieron el honor de entrar en el interior de la Kaaba junto al Mensajero de Allah (s. a. s.). Inmediatamente después de que entraran estos cuatro, se cerró la puerta de la Kaaba.
Usama participó en la expedición de Mu’ta junto con su padre, el comandante Zayd ibn Haritha. En aquel entonces tenía menos de dieciocho años. En esa batalla presenció con sus propios ojos el martirio de su padre. Sin embargo, no se abatió. Tras el martirio de su padre, luchó valientemente bajo el mando sucesivo de Ja’far ibn Abi Talib y Abd Allah ibn Rawaha. Cuando este comandante también alcanzó el martirio, como Zayd, combatió bajo el mando del comandante Khalid ibn al-Walid y rescató al ejército musulmán de las garras del ejército romano. En la llanura de Mu’ta, después de encomendar a Allah los restos mortales de su padre Zayd, regresó a Medina montado en el mismo caballo sobre el que su padre había sido martirizado.
En el undécimo año de la Hégira, el Mensajero de Allah ordenó preparar un ejército para una batalla decisiva contra el ejército romano. A este ejército se incorporaron destacados compañeros expertos en la guerra, como Abu Bakr, Umar, Sa’d ibn Abi Waqqas y Abu Ubayda ibn al-Yarrah. El Mensajero de Allah nombró a Usama ibn Zayd comandante supremo de este ejército. En aquel entonces tenía cerca de veinte años. El Mensajero de Allah ordenó establecer un campamento en la frontera, en los alrededores de Balqa y Darum al-Kilayar, cerca del valle de Gaza.
El ejército quedó preparado para partir. Entretanto, el Mensajero de Allah cayó enfermo. Como su enfermedad se agravó, Usama interrumpió la marcha junto con el ejército y permaneció esperando en un lugar llamado Yuruf, en las afueras de Medina. Desde allí acudía cada día a visitar al Mensajero de Allah. Usama dijo: «Cuando la enfermedad del Mensajero de Allah empeoró, fui a visitarlo. Otras personas también me acompañaban. Al entrar en la habitación, vi que el Mensajero de Allah guardaba silencio. Debido a la intensidad de la enfermedad, no podía hablar. Al verme, primero levantó la mano hacia el cielo y luego puso la mano sobre mi cuerpo. Comprendí que estaba haciendo una súplica por mí».
El Mensajero de Allah falleció. Al recibir la noticia, Usama corrió a Medina y participó en su amortajamiento y entierro. También tuvo el honor de bajar a la tumba el sagrado cuerpo del Mensajero de Allah.
Abu Bakr fue elegido califa. Ordenó a Usama partir. Sin embargo, un pequeño grupo de los ansar consideró que, en aquel momento, convenía retrasar un poco la partida del ejército. Le pidieron a Umar que hablara de ello con el califa. También le dijeron a Umar que, si el califa se mantenía firme en su decisión, al menos le pidiera que nombrara como comandante a alguien de mayor edad que Usama.
Abu Bakr estaba sentado. Al escuchar de boca de Umar las palabras de los ansar, se levantó de un salto, agarró con fuerza la barba de Umar y exclamó con voz alterada: «¡Hijo de Jattab, que muera tu madre! ¿Me estás ordenando destituir a la persona nombrada por el Mensajero de Allah? ¡Por Allah, jamás lo haré!»
Umar regresó. La gente le preguntó: «¿Qué noticias hay?». Él respondió: «¡Que mueran las madres de todos vosotros! Por causa vuestra, he tenido que escuchar muchas cosas del califa del Mensajero de Allah».
El ejército partió de Medina bajo el mando del joven comandante. El califa Abu Bakr avanzó con él durante cierta distancia para despedirlo. Usama iba montado a caballo, mientras el califa caminaba a pie. Usama dijo: «¡Oh, califa del Mensajero de Allah! ¡Por Allah, o montas a caballo o yo me bajo!». El califa respondió: «¡Por Allah, ni tú te bajarás ni yo montaré! ¿Qué daño hay en que mis pies se cubran de polvo durante un rato en el camino de Allah?». Luego le dijo a Usama: «Encomiendo a Allah tu religión, tu honradez y la conclusión de tu misión. Te aconsejo que cumplas la orden que te dio el Mensajero de Allah». Después se inclinó ligeramente hacia Usama y dijo: «Si consideras conveniente que Umar me ayude, permítele quedarse conmigo». Usama aceptó la petición de Abu Bakr y permitió que Umar permaneciera en Medina junto al califa.
Usama cumplió al pie de la letra la orden del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. La caballería musulmana sometió las fronteras palestinas de Balqa y Kilayat al-Darum. Como resultado, el temor a los romanos desapareció para siempre de esta región entre los musulmanes, y se abrió la puerta a la conquista de vastos territorios que se extendían por toda Siria, Egipto y el norte de África hasta el mar Negro.
En esta expedición mató al asesino de su padre y vengó así su muerte. Cargó en el lomo del caballo sobre el que su padre había sido martirizado una gran cantidad de riquezas obtenidas como botín, y regresó a Medina con aspecto de vencedor. El califa Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, salió a recibirlo en las afueras de Medina acompañado por un numeroso grupo de emigrados y auxiliares. Al llegar a Medina, Usama realizó dos ciclos de oración en la Mezquita del Profeta y luego se dirigió a su casa. Los historiadores comentaron sobre esta victoria: «Nunca se había visto un ejército más seguro ni que hubiera obtenido más botín que el ejército de Usama».
Por haber cumplido debidamente la responsabilidad que le había confiado el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y por su personalidad firme, Usama se ganó el gran amor y respeto de la comunidad musulmana. El segundo califa, Umar, que Allah esté complacido con él, fijó para Usama una asignación mayor que la de su propio hijo, Abdullah ibn Umar. Abdullah, disgustado, protestó: «Padre, la asignación de Usama es de cuatro mil, mientras que la mía es de tres mil. Su padre no era más honorable que el mío, ni él es más honorable que yo». Umar respondió: «¡Ay de ti! Su padre era más querido por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, que tu padre, y él era más querido por el Mensajero de Allah que tú». Abdullah, que Allah esté complacido con él, no volvió a objetar.
Cada vez que el califa Umar se encontraba con Usama, le decía: «Bienvenido, mi comandante». Cuando alguien se sorprendía por esta forma de dirigirse a él, Umar explicaba: «El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo nombró mi comandante y líder».
Durante el califato de Uzmán, que Allah esté complacido con él, no aceptó ningún cargo estatal por temor a la discordia y el desorden. Sin embargo, como musulmán bienintencionado, siempre daba al califa consejos sinceros y conversaba en privado con él sobre el descontento popular.
Después del martirio de Uzmán, cuando surgió el desorden, adoptó una neutralidad absoluta. Se mantuvo completamente alejado del conflicto entre Ali y Muawiya. En aquella época, una vez le hizo llegar a Ali este mensaje: «Si tú entraras en las fauces de un león, yo también entraría de buen grado. Pero no tengo el menor interés en participar en este asunto». Aunque no quiso involucrarse en aquel conflicto por temor al derramamiento de sangre musulmana, consideraba que Ali, que Allah esté complacido con él, estaba en la verdad. Por ello, al final de su vida se arrepintió de no haber ayudado a Ali.
Usama, que Allah esté complacido con él, fue criado en la casa del Profeta. Por ello, cabía esperar que poseyera un conocimiento profundo. Cuando falleció el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, Usama tenía apenas dieciocho años. Después de alcanzar la madurez, no tuvo la oportunidad de disfrutar de una larga compañía del Mensajero de Allah. Por esta razón, en este campo no alcanzó un éxito tan notable como los eruditos Compañeros Abdullah ibn Abbas y Abdullah ibn Umar, entre otros. A pesar de ello, lo que alcanzó no fue en absoluto insignificante. Conservó de memoria muchas palabras del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. Incluso destacados Compañeros acudían a él ocasionalmente para conocer las disposiciones de la ley islámica. Saad ibn Abi Waqqas, que Allah esté complacido con él, al no conocer ninguna disposición de la ley islámica sobre la peste, preguntó a Usama: «¿Has oído algo del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, acerca de la peste?». Él le transmitió una palabra del Mensajero de Allah sobre este asunto. El número total de hadices que narró fue de ciento veintiocho; de ellos, quince fueron narrados tanto por el imán Bujari como por el imán Muslim. Hasan, Muhammad ibn Abbas, Abu Huraira, Kuraib, Abu Uzmán al-Nahdi, Amr ibn Uzmán, Abu Wa’il, Amir ibn Saad y Hasan al-Basri, que Allah esté complacido con ellos, así como otros Compañeros y seguidores, narraron hadices de él.
Puesto que fue criado en la casa del Profeta y tenía libre acceso al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, las enseñanzas del Profeta ejercieron una profunda influencia sobre él. Tuvo la fortuna de viajar en la misma montura que el Mensajero de Allah durante la mayoría de sus viajes. Por ello, también tuvo numerosas oportunidades de servir al Mensajero de Allah. La mayoría de las veces era él quien le acercaba el agua para la ablución y la purificación.
A pesar de su corta edad, el Mensajero de Allah (s. a. w.) consultaba con él sobre diversos asuntos. Cuando se difundieron las declaraciones inventadas y obscenas de los hipócritas contra Aisha (r. a.), las dos personas cercanas al Mensajero (s. a. w.) con quienes consultó sobre el asunto fueron Ali y Usama (r. a.).
Este gran comandante falleció en Medina, a los sesenta años, en el año 54 de la Hégira, hacia el final del califato de Hazrat Muawiya.
Abdullah ibn Umm Maktum ((r. a.))
Abdullah ibn Umm Maktum, el almuédano del Mensajero, era aquel gran Compañero por cuya causa el Noble Profeta (s. a. w.) fue reprendido desde encima del séptimo cielo, y por cuya dignidad Hazrat Yibril (a. s.) descendió junto al Mensajero de Allah (s. a. w.) con la revelación procedente de Allah. Fue aquel ilustre y honorable hombre acerca del cual descendieron en total dieciséis versículos del Noble Corán.
Los habitantes de Medina lo llamaban Abdullah ibn Umm Maktum. Sin embargo, para los iraquíes era conocido como Umar ibn Umm Maktum. Pertenecía a la tribu Quraysh de La Meca. También tenía un vínculo familiar con el Mensajero de Allah (s. a. w.). Era primo materno de la Madre de los Creyentes, Hazrat Jadiya bint Juwaylid. Su padre era Qays ibn Zayd y su madre, Atika bint Abdullah. Como su madre dio a luz a Abdullah siendo este ciego, ella llegó a ser conocida como «Atika Umm Maktum». Maktum significa ciego, y Umm Maktum significa la madre del ciego.
No tenía vista física, pero había recibido una aguda visión interior. Fue testigo del comienzo de la aparición de los rayos luminosos del islam en La Meca. Allah, el Altísimo, abrió su visión interior. Abrazó la fe y así se convirtió en uno de los primeros creyentes del islam. También participó en los sacrificios, la abnegación, la paciencia y la firmeza de los musulmanes de La Meca. Al igual que los demás, fue víctima de la crueldad y la persecución de los Quraysh. No se doblegó ni perdió el valor ante sus innumerables injusticias y tormentos; en otras palabras, su fe nunca se debilitó. Cuanto más aumentaban sus abusos y persecuciones, más firmemente se aferraba él a la religión de Allah. Al mismo tiempo, se profundizó su relación con el Libro de Allah, aumentó su comprensión de la sharía y se hicieron más frecuentes sus visitas al Mensajero de Allah (s. a. w.), tanto en momentos oportunos como inoportunos.
Su devoción y amor por el Mensajero de Allah (s. a. w.), así como su interés por memorizar el Noble Corán, llegaron a ser tan intensos que consideraba una ganancia valiosa cada oportunidad relacionada con ello y aprovechaba cada momento. Debido a la intensidad de su interés, a menudo se apropiaba incluso del tiempo que el Mensajero de Allah (s. a. w.) había reservado para sí mismo o para otras personas.
Esto ocurrió en una época en la que el Mensajero de Allah (s. a. w.) se enfrentaba al enorme desafío de los dirigentes Quraysh de La Meca. Deseaba fervientemente que abrazaran el islam. Un día se reunió con Utba ibn Rabia, Shayba ibn Rabia, Amr ibn Hisham, conocido como Abu Yahl, Umayya ibn Jalaf y Walid ibn al-Mughira, padre de Jálid, la Espada de Allah. Iba de uno a otro, conversaba y les invitaba al islam. Esperaba que aceptaran su invitación o, al menos, que dejaran de maltratar y perseguir a sus compañeros. Mientras estaba ocupado en una tarea tan importante, Abdullah ibn Umm Maktum llegó completamente sin ser invitado. Dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Enséñame algo de lo que Allah te ha enseñado». El Mensajero (s. a. w.), sin conceder especial importancia a sus palabras, continuó prestando atención a los dirigentes Quraysh, con la esperanza y convicción de que aceptarían el islam, lo que aumentaría el honor de la religión de Allah y facilitaría la labor de invitación. Cuando el Mensajero de Allah (s. a. w.) terminó su conversación y consulta con ellos y estaba a punto de dirigirse a su casa, Allah, el Altísimo, lo reprendió y le reveló:»
«Frunció el ceño y volvió el rostro cuando se presentó ante él el ciego. ¿Y qué te haría saber que quizá se purificaría o aceptaría la amonestación, y esta le sería beneficiosa? En cuanto a quien no se preocupa, tú le prestaste atención, aunque no tienes ninguna responsabilidad si él no se purifica. En cambio, a quien acudió apresuradamente a ti, lleno de temor, lo trataste con desprecio. ¡No! Tal conducta es impropia. Esto es, ciertamente, una exhortación. Quien quiera, que la recuerde. Está contenida en nobles Escrituras, elevadas en rango, puras y sublimes, escritas por manos de escribas honrados.» (Abasa: 1–16)
Aquel día, el ángel Gabriel al-Amín descendió al corazón del Mensajero de Allah con un total de dieciséis versículos acerca de este compañero ciego, el venerable Abd Allah ibn Umm Maktum. Estos versículos se han recitado hasta hoy y seguirán recitándose mientras continúe la vida de la humanidad sobre la faz de la Tierra. Desde aquel día, el Mensajero honraba especialmente a Abd Allah ibn Umm Maktum. Cuando este llegaba, lo llamaba y lo hacía sentar cerca de él, le preguntaba por su estado y atendía cualquier necesidad que tuviera. Aisha le preparaba y le daba de beber limonada con miel. Ella decía: «Después de la revelación de los versículos, esto quedó establecido para él». No hay nada tan sorprendente en ello, pues él era precisamente la persona por cuya causa el Mensajero fue reprendido con severidad desde lo alto del séptimo cielo.
Cuando la dureza y la persecución de los coraixitas contra el Mensajero y los musulmanes sobrepasaron todos los límites, Allah Todopoderoso permitió a los musulmanes emigrar. Abd Allah ibn Umm Maktum fue uno de quienes abandonaron rápidamente su patria por causa de la religión. Él y Musab ibn Umayr fueron los primeros compañeros en llegar de La Meca a Medina. Al llegar a Medina, Abd Allah ibn Umm Maktum comenzó, junto con su amigo Musab ibn Umayr, a ir de casa en casa para enseñar el Corán y la religión de Allah. Al-Bara ibn Azib dijo: «Entre los compañeros del Mensajero de Allah, los primeros en emigrar y llegar a Medina fueron Musab ibn Umayr e Ibn Umm Maktum. En cuanto llegaron a Medina, comenzaron a enseñarnos el Corán».
El Mensajero de Allah emigró de La Meca a Medina. Nombró a Abd Allah ibn Umm Maktum y a Bilal ibn Rabah como almuédanos de los musulmanes. Ambos fueron los primeros almuédanos de la comunidad musulmana. Así, cinco veces al día asumían la responsabilidad de proclamar la profesión de la unicidad divina, invitar a la gente a las buenas obras y exhortarla al bien. Bilal pronunciaba el adhan, mientras que Ibn Umm Maktum pronunciaba la iqama. A veces Ibn Umm Maktum pronunciaba el adhan y Bilal hacía la iqama. Durante el mes de Ramadán también realizaban otra tarea. Los musulmanes de Medina comenzaban a comer el suhur al oír el adhan de uno de ellos y dejaban de comer al oír el del otro. Al oír el adhan de Bilal, la gente se despertaba para el suhur. Mientras tanto, Abd Allah ibn Umm Maktum esperaba la verdadera aurora; en cuanto despuntaba, pronunciaba el adhan, y al oírlo la gente dejaba de comer.
Comenzó para el Mensajero de Allah la etapa de las guerras y los combates tras la emigración. Sin embargo, Ibn Umm Maktum no podía participar en la yihad debido a su incapacidad. Después de la batalla de Badr, Allah Todopoderoso reveló algunos versículos a Su amado Profeta. En ellos se proclamaban la sublime categoría de los muyahidines y su superioridad y excelencia sobre quienes permanecían en sus hogares, apartándose de la yihad. El contenido de estos versículos produjo una profunda impresión en Ibn Umm Maktum. Se sintió sumamente afligido por verse privado del rango de los muyahidines. Cuando fue revelado este versículo:
«Los creyentes que permanecen en sus hogares y quienes combaten por la causa de Allah no son iguales en rango». El Mensajero de Allah pidió a su escriba de la revelación, Zayd ibn Thabit, que escribiera el versículo. En ese momento llegó Ibn Umm Maktum y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Si tuviera capacidad, también podría participar en la yihad y alcanzar el rango de los muyahidines».
Después suplicó a Allah con extrema humildad: «¡Oh, Allah, revela una revelación acerca de mi incapacidad! ¡Oh, Allah, revela una revelación acerca de mi excusa legítima!». Su anhelo agradó tanto a Allah que, de inmediato, reveló una revelación y eximió para toda la eternidad a todas las personas incapacitadas del mundo de la obligación de la yihad.
Fue revelado:
لَّا يَسْتَوِي الْقَاعِدُونَ مِنَ الْمُؤْمِنِينَ غَيْرُ أُولِي الضَّرَرِ وَالْمُجَاهِدُونَ فِي سَبِيلِ اللَّهِ بِأَمْوَالِهِمْ وَأَنفُسِهِمْ
«Los musulmanes que permanecen en sus hogares, salvo los excusados, no son iguales en rango a quienes combaten por la causa de Allah con sus bienes y sus vidas». Aquí غَيْرُ أُولِي الضَّرَرِla expresión designa como excepción de la obligación del yihad a todas las personas incapacitadas.
Sin embargo, debido a esta disposición, su entusiasmo por ir al yihad aumentó en lugar de disminuir. Su noble corazón se negaba a permanecer en casa con los incapacitados. Pues un corazón noble nunca puede sentirse satisfecho con algo que no sea una obra excelsa. Ibn Hayar al-Asqalani ‘Al- Isaba’ afirma en su obra que, pese a ser ciego, participaba ocasionalmente en las batallas. Decía a la gente: «Ponedme el estandarte en la mano y colocadme entre las dos filas. Soy ciego; no temo huir».
Aunque Hazrat Ibn Umm Maktum se vio privado de la dignidad del yihad debido a su incapacidad, alcanzó un honor y una gloria aún mayores. Cuando el Mensajero de Allah (s. a. s.) partía de Medina para alguna expedición acompañado de los principales emigrados y auxiliares, dejaba a Ibn Umm Maktum como su sustituto. Durante ese tiempo, este desempeñaba la función de dirigir la oración en la Mezquita del Profeta. Así, obtuvo este honor un total de trece veces durante expediciones como las de Abwa, Bawat, Dhu al-Usayr, Yuhayna, Sawiq, Ghatafan, Hamra al-Asad, Nayrán y Dhat al-Riqa. Durante la batalla de Badr desempeñó esta responsabilidad durante algunos días. Después, esta responsabilidad fue confiada a Hazrat Abu Lubaba.
No se sabe mucho de él desde el fallecimiento del Mensajero de Allah (s. a. s.) hasta el final del califato de Hazrat Umar (que Allah esté complacido con él). Solo se sabe que participó en la batalla de Qadisiyya y mantuvo en alto el estandarte del ejército musulmán. Según el historiador Waqidi, murió en Medina. Sin embargo, Ibn Sa’d menciona en su Tabaqat, citando a Zubayr ibn Bakkar, que alcanzó el martirio en la batalla de Qadisiyya. La mayoría de los autores de biografías proféticas consideran más auténtico este relato.
En el decimocuarto año de la Hégira, el segundo califa, Hazrat Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él), decidió librar una batalla decisiva contra el ejército persa. Escribió a los gobernadores de las distintas provincias:
«No dejéis fuera a nadie que tenga un arma, un caballo o un camello, o que posea inteligencia. Enviadme rápidamente a todos ellos».
La población musulmana respondió ampliamente al llamamiento de Hazrat al-Faruq al-Azam. Desde todas partes, la gente comenzó a dirigirse hacia Medina como una corriente de inundación. El ciego Abdullah ibn Umm Maktum tampoco pudo quedarse en casa. Se unió a las filas de los muyahidines y llegó a Medina. El califa Umar (que Allah esté complacido con él) nombró comandante de este enorme ejército a Hazrat Sa’d ibn Abi Waqqas (que Allah esté complacido con él). Al partir, el califa le dio diversos consejos y se despidió de él.
Cuando el ejército musulmán llegó a Qadisiyyah, Hazrat Abdullah ibn Umm Maktum se presentó vestido con una armadura y preparado para la batalla, y pidió que le confiaran la responsabilidad de portar el estandarte o bandera del ejército musulmán. Dijo: «O mantendré en alto este estandarte o moriré».
La feroz y sangrienta batalla que tuvo lugar entre los ejércitos musulmán y persa en la llanura de Qadisiyyah tiene pocos paralelos en la historia militar del mundo. Finalmente, al tercer día de la batalla decisiva, la victoria del ejército musulmán provocó la caída del mayor imperio del mundo de aquella época y del trono más glorioso. Al mismo tiempo, la bandera del tawhid comenzó a ondear majestuosamente en esta inmensa tierra pagana. Esta gran victoria se obtuvo al precio de la vida de innumerables mártires. Hazrat Abdullah ibn Maktum fue también uno de aquellos innumerables mártires. Al terminar la batalla, se lo encontró tendido en el suelo, ensangrentado y cubierto de heridas, abrazado a la bandera de los musulmanes.
Ibn Umm Maktum era ciego. Su casa también estaba algo alejada de la Mezquita del Profeta. En el camino había zanjas, alcantarillas, matorrales y bosques. Tampoco tenía permanentemente a nadie que lo ayudara. A pesar de todas estas dificultades, acudía regularmente a la Mezquita del Profeta para realizar la oración. Sobre esto, dijo: «Un día dije: “¡Oh Mensajero de Allah! Soy ciego y mi casa está bastante lejos de la mezquita. Hay un hombre que puede guiarme por el camino, pero no me agrada. En estas circunstancias, ¿me permitirías rezar en casa?”. Él respondió: “¿Puedes oír el adhan?”. Contesté: “Sí”. Dijo: “No veo ninguna razón para concederte permiso”. En otra narración se relata que dijo: “¡Oh Mensajero de Allah! Entre mi casa y la mezquita hay palmerales y matorrales. No siempre puedo disponer de alguien que me guíe por el camino. En estas circunstancias, ¿puedo realizar la oración en casa?”. Él dijo: “¿Puedes oír la iqama?”. Respondí: “Sí”. El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: “Entonces ven a la mezquita y realiza allí la oración”. »(Hayatus Sahaba, 3.ª, 121) El sonido del adhan y de la iqama llegaba hasta su casa; por esta razón, aunque era ciego, no se le concedió permiso para realizar la oración en casa. Durante el califato de Hazrat Umar, este le proporcionó un rahnuma (guía). Hazrat Abdullah ibn Umm Maktum era un hafiz del Noble Corán. Hazrat Anas y Yar ibn Yaysh transmitieron hadices de él.(Tahdhibul Kamal, 289)
Tufail Ibn ’Amr ad-–Dawsí ((que Allah esté complacido con él))
Su nombre era Tufail. Su sobrenombre era «Dhun-Nur». Se le llamaba Dawsí por ser descendiente de la tribu de Daws. La tribu de Daws era una poderosa tribu que residía en Yemen. Él era el jefe o caudillo de dicha tribu. Se dedicaba al comercio. Por esta razón, tenía que viajar ocasionalmente a La Meca.
Tufail era uno de los nobles y orgullosos miembros de la sociedad árabe de la época de la ignorancia. Su fogón nunca dejaba de estar encendido. Las puertas de su casa permanecían siempre abiertas para los huéspedes.
Poseía una inteligencia aguda, un entendimiento penetrante, un talento poético innato y una sensibilidad sutil. Conocía muy bien la dulzura y la amargura del lenguaje, así como la magia de las palabras.
Una vez, Tufail ibn Amr llegó a La Meca desde la región de Tihama, donde residía su tribu, con motivo de un viaje comercial. En aquel entonces, ya había comenzado el conflicto entre el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y los coraixíes. Ambos grupos se afanaban en reunir partidarios de sus respectivas opiniones. Por un lado, el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) invitaba a la gente hacia su Señor. Por otro, los incrédulos empleaban toda clase de medios y recursos para intentar mantener a la gente alejada de él. Puede decirse que Tufail se vio envuelto en este conflicto completamente contra su voluntad, pues no había venido a La Meca con ese propósito. Hasta entonces, ni una sola vez se le había ocurrido pensar en el conflicto entre Muhammad y los coraixíes. A este enfrentamiento está vinculada una historia singular de su vida. Él relata: «Entré en La Meca. En cuanto me vieron, los jefes de los coraixíes se acercaron y me recibieron con la más cordial de las bienvenidas. Me hospedaron en la casa más honorable de entre ellos. Después, sus jefes y hombres instruidos vinieron a mí y me dijeron: “Tufail, has venido a nuestra tierra. Este hombre, que pretende ser un profeta, ha provocado desorden en todos nuestros asuntos y ha dividido nuestra unidad. Tememos que tú también te extravíes por sus palabras y que, bajo tu liderazgo, surja en tu tribu el mismo problema que ha surgido entre nosotros. Por eso, no hables con este hombre bajo ninguna circunstancia ni escuches nada de lo que diga, pues sus palabras actúan como la magia. Siembra la discordia entre padres e hijos, entre hermanos y entre esposos”».
Tufail relata: «¡Por Allah!, me contaron historias extraordinarias sobre el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y describieron ante mí sus diversas acciones sorprendentes, advirtiéndome así a mí y a mi tribu contra él. Por ello decidí no acercarme a él, no hablar con él ni escuchar nada de lo que dijera. En aquel tiempo solíamos circunvalar la Kaaba y adorar los ídolos que allí se encontraban. Cuando salí hacia la mezquita para circunvalar la Kaaba y adorar los ídolos, me llené bien los dos oídos de algodón, para impedir por todos los medios que las palabras de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) llegaran a mis oídos.
Al entrar en la Mezquita Sagrada, lo vi de pie, rezando junto a la Kaaba. Sin embargo, su oración no era como nuestra oración, ni su adoración era como nuestra adoración. Aquella escena me llenó de emoción y su adoración conmovió mi corazón. Sentí deseos de acercarme a él. Aunque no quería, fui avanzando paso a paso hasta llegar junto a él. Allah quiso que algunas de sus palabras llegaran a mis oídos. Así que, a pesar de tenerlos llenos de algodón, pude oír algunas de sus excelentes palabras. Me dije interiormente: “¡Tufail, que tu madre te pierda! Eres un poeta inteligente y tienes capacidad para distinguir lo bueno de lo malo. ¿Qué te impide escuchar lo que dice este hombre? Si dice algo bueno, acéptalo; y si es malo, recházalo”.
Tufail relata: «Me quedé esperando. Cuando terminó la oración, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se dirigió a su casa. Yo lo seguí y llegué también a su casa. Le dije: “¡Oh, Muhammad! La gente de tu pueblo me ha contado todas estas cosas sobre ti. Me atemorizaron tanto con respecto a ti que me llené los oídos de algodón para impedir que cualquiera de tus palabras llegara a ellos. A pesar de eso, Allah quiso que oyera algunas de tus palabras. Lo que he oído me ha parecido bueno. Explícame un poco tu asunto”. Después de exponer claramente su mensaje, me recitó las suras Al-Ikhlas y Al-Falaq. En verdad, nunca había escuchado palabras más hermosas ni un contenido más sublime que aquel. En ese momento extendí mi mano hacia él y, recitando la fórmula: “La ilaha illallah, Muhammadur Rasulullah”, declaré mi adhesión al islam».
Después de aceptar el islam, los qurayshíes de La Meca comenzaron a amenazarlo e intimidarlo. Entonces compuso un hermoso poema dirigido a ellos. La censura de los qurayshíes, la unicidad de Allah y el elogio del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él): estos eran los temas de aquel poema. Ibn Hayar ‘al-–Isaba’ recopiló en su obra varios de sus versos.
Tufail dice: Después permanecí en La Meca durante bastante tiempo, aprendí las normas del islam y memoricé, en la medida de mis posibilidades, algunas partes del Corán. Decidí regresar a mi tribu.
Al enterarse de mi regreso, mi anciano padre vino corriendo. Le dije: «Padre, manténgase alejado de mí. Yo no soy suyo, ni usted es mío».
Al oír esto, él preguntó: «¿Por qué dices eso, hijo?». Respondí: «He aceptado el islam y me he convertido en seguidor de la religión de Muhammad ﷺ». Él dijo: «Hijo mío, tu religión es también mi religión». Le dije: «Vete, báñate, ponte ropa limpia y vuelve a mí. Te enseñaré lo que he aprendido». Se marchó. Cuando regresó después de bañarse y ponerse ropa limpia, le presenté el islam y lo aceptó de inmediato. Después llegó mi esposa. También le pedí que se apartara. Diciendo: «¡Que mis padres sean sacrificados por ti!», quiso saber la razón. Le dije: «El islam ha roto el vínculo entre tú y yo. He aceptado el islam y me he convertido en seguidor de la religión de Muhammad ﷺ». Ella dijo: «Entonces tu religión es también mi religión». Le dije: «Ve a bañarte con el agua del manantial de Yush-Shara y purifícate antes de volver».(‘Yush–Shara’ Daws tribu diosa–ídolo। Su lado había montaña de la que fluía un manantial)Ella dijo: «¡Que mis padres sean sacrificados por ti! Al abandonar la religión, ¿no temes en absoluto a Yush-Shara?». Respondí: «¡Que perezcáis, Yush-Shara y tú! Ve allí, aléjate un poco de la multitud y báñate antes de volver. Esta sorda estatua de piedra no podrá causarte ningún daño; yo me haré responsable de ello». Se marchó y, poco después, regresó tras bañarse. Le presenté el islam y lo aceptó con alegría. Después presenté el islam a todos los miembros de la tribu de Daws. Sin embargo, todos vacilaron, excepto Abu Huraira. Entre la tribu de Daws, él fue el único que aceptó el islam con gran rapidez.
Tufayl (que Dios esté complacido con él) dijo: «Después me presenté ante el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) en La Meca. Esta vez Abu Huraira vino conmigo. El Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) me preguntó: “Tufayl, ¿qué noticias traes de los que dejaste atrás?”. Respondí: “Sus corazones se han cubierto de herrumbre y están sumidos en una incredulidad terrible. El pecado y la desobediencia se han apoderado de la tribu de Daws”».
Al oír mis palabras, el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se puso de pie, realizó la ablución, rezó y levantó las manos hacia el cielo. Abu Huraira dijo: «Cuando vi al Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) hacer aquello, temí que invocara una maldición contra mi pueblo y que este fuera destruido. Pensé para mis adentros: “¡Que Dios proteja a mi pueblo!”. Pero, inesperadamente, oí al Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) decir: “¡Oh, Dios! Guía a la tribu de Daws”. Lo repitió tres veces. Luego, volviéndose hacia Tufayl, dijo: “Ahora regresa con tu pueblo. Trátalos con amabilidad e invítalos al islam”».
Mientras el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) levantaba las manos y suplicaba por la tribu de Daws, Tufayl dijo: «Yo no deseo eso». Al oírlo, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Entre ellos hay muchos otros como tú». Se cuenta que Jundub ibn Amr al-Dawsi ya decía en la época de la ignorancia: «Sin duda existe un Creador de este universo, pero no sabemos quién es». Al enterarse de la aparición del Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él), viajó a Medina con setenta y cinco hombres y abrazó el islam.
Tufayl dijo: «Regresé y me dediqué a invitar a la tribu de Daws al islam y a transmitirle su mensaje. Mientras tanto, el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) emigró de La Meca a Medina. Una tras otra, terminaron las batallas de Badr, Uhud y del Foso. Después me presenté ante el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él), acompañado entonces por ochenta familias de la tribu de Daws. Todos habían abrazado el islam. Al vernos, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) se alegró enormemente y también nos concedió una parte del botín de Jaibar. Dijimos: “¡Oh, Mensajero de Dios! A partir de ahora, en todas las batallas en las que participes, nosotros nos encargaremos del sector sur”. Tufayl dijo: “Me quedé con el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Finalmente, por voluntad de Dios, tuvo lugar la conquista de La Meca».
Tufayl (que Dios esté complacido con él) redujo a cenizas el ídolo de Zul-Kaffayn, adorado por su tribu. De inmediato desaparecieron también los restos del politeísmo entre la tribu de Daws, y todos abrazaron el islam. Mientras tanto, el Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) partió en campaña hacia Taif. Tufayl (que Dios esté complacido con él) se reunió con el Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) en Taif, llevando consigo a otros cuatrocientos hombres armados de su tribu. Tufayl era el comandante de su grupo. El Mensajero (que Dios lo bendiga y le conceda paz) le preguntó: “¿Quién llevará vuestro estandarte?”. Él respondió: “Como Nu’man ibn Rabi’a ha desempeñado esta responsabilidad durante mucho tiempo, también la desempeñará en esta ocasión”. Al Mensajero (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) le agradó su razonamiento.
Desde entonces, Tufayl ibn Amr permaneció como compañero inseparable del Mensajero de Dios (que la paz y las bendiciones de Dios sean con él) mientras este vivió. Durante el califato de Abu Bakr al-Siddiq, consagró su vida, su espada y a sus hijos a la obediencia del califa. Cuando el fuego de las guerras de la apostasía comenzó a arder intensamente por todas partes, salió con su hijo Amr como soldado de vanguardia de un ejército enviado contra el falso profeta Musaylima el Mentiroso. Mientras se dirigía hacia Yamama, tuvo un sueño. Pidió a sus compañeros que lo interpretaran. Cuando le preguntaron: “¿Qué viste?”, respondió: “Vi que me afeitaban la cabeza, que un pájaro salía de mi boca, que mi esposa me introducía en su vientre y que mi hijo Amr intentaba sacarme rápidamente; pero se levantaba un muro entre él y yo”».
Ellos comentaron: «El sueño es bueno». Tufayl dijo: «Sin embargo, yo lo interpreté así: la cabeza afeitada significa que mi cabeza será separada de mi cuello. El pájaro que sale de mi boca significa que mi alma abandonará mi cuerpo. Entrar en el vientre de mi esposa significa que cavarán la tierra, prepararán una tumba y me enterrarán. Mi mayor deseo es morir como mártir. Mi hijo Amr también deseará alcanzar el martirio como yo, pero lo obtendrá un poco más tarde». Su interpretación se hizo realidad. En el año 11 de la Hégira, este gran compañero combatió valerosamente en la batalla de Yamama y alcanzó el martirio en el mismo campo de batalla. En aquella batalla, la muñeca de la mano derecha de su único hijo, Amr, fue cercenada, y él quedó debilitado por la pérdida excesiva de sangre. Así, regresó a Medina habiendo perdido en el campo de batalla su propia mano y a su padre.
Durante el califato del segundo califa, Umar ibn al-Jattab (que Dios esté complacido con él), Amr ibn Tufayl fue una vez a visitarlo. Cuando se sirvió la comida al califa, este invitó a comer a todos los que estaban sentados con él. Todos respondieron a la invitación, excepto Amr. El califa le dijo: “¿Qué te sucede? ¿Acaso te avergüenzas de tu mano?”. Amr respondió: “Sí, así es”. El califa dijo: “¡Por Dios! No llevaré esta comida a mi boca hasta que la remuevas con esa mano amputada. ¡Por Dios! En toda la comunidad musulmana no hay nadie, salvo tú, que tenga una parte en el Paraíso; es decir, tu mano”. Después de la muerte de su padre, Amr soñaba constantemente con alcanzar el martirio. Finalmente, su sueño se hizo realidad en el año 15 de la Hégira, en la terrible batalla que los musulmanes libraron contra el ejército romano en la llanura de Yarmuk. De este modo, padre e hijo obtuvieron ambos el honor del martirio.
Cuando en La Meca la opresión y la persecución contra el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y los musulmanes alcanzaron su punto culminante, un día Tufayl propuso que el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) emigrara a su tribu y se refugiara en su inexpugnable fortaleza. También le aseguró que asumiría plenamente la responsabilidad de proteger al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Sin embargo, Allah Altísimo había reservado este honor para los ansar de Medina. Por ello, no aceptó la invitación de Tufayl.
Después de aceptar el islam, como estaba ocupado difundiendo y transmitiendo la invitación islámica entre su propia tribu, no tuvo la oportunidad de pasar mucho tiempo en compañía del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Sin embargo, gracias a sus esfuerzos, toda la tribu de Daws aceptó el islam.
Saíd ibn ’Amir al-–Yumahi ((r. a.))
Los historiadores han dicho: Saíd ibn Amir fue una persona que compró la otra vida a cambio de este mundo y dio prioridad a Allah y a Su Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) por encima de todo lo demás.
Su padre se llamaba Amir y su madre, Arwa bint Abi Muayt. Aceptó el islam antes de la conquista de Jaibar.
Los coraichitas de La Meca capturaron mediante engaños a Jubaib ibn Adi (r. a.), uno de los compañeros del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), lo llevaron a La Meca y, ante una multitud reunida, le cortaron públicamente los miembros con extrema crueldad mientras aún estaba vivo, y luego lo crucificaron. Para que la gente disfrutara de aquella escena desgarradora, se anunció por toda La Meca con redobles de tambor. Entre quienes habían llegado desde la zona de Taním para presenciarla se encontraba también Saíd ibn Amir al-Yumahi.
Por entonces, la sangre ardiente de la juventud bullía en sus venas. Él también avanzaba, abriéndose paso entre la multitud. Finalmente llegó y se situó junto a los principales líderes coraichitas de la primera fila, entre ellos Abu Sufyan ibn Harb y Safwan ibn Umayya. Vio al prisionero de los coraichitas cargado de cadenas. Hombres y mujeres, jóvenes y ancianos, lo empujaban hacia el lugar de la muerte. Su propósito era vengar, mediante su ejecución, a los coraichitas muertos en la batalla de Badr. Por eso estaban sumidos en un júbilo diabólico.
Innumerables personas llegaron al lugar de la ejecución llevando consigo al prisionero. Saíd ibn Amir, un joven de elevada estatura, se quedó de pie observando. Entre los gritos y el alboroto de las mujeres y los niños, llegó a sus oídos la voz firme y serena de Jubaib, que decía: «Si me dais permiso, antes de crucificarme puedo realizar dos rakas de oración». Le dieron permiso.
Saíd ibn Amir vio que él, vuelto hacia la Kaaba, realizó dos rak‘at de oración. ¡Qué hermosa y magnífica fue aquella oración! Luego se volvió hacia los dirigentes de Quraysh y les dijo: «¡Por Dios! Si no pensarais que estoy prolongando la oración por miedo a la muerte, la prolongaría aún más».
Después, Saíd ibn Amir vio con sus propios ojos cómo los miembros de su tribu cortaban, uno tras otro, los miembros del cuerpo de Juhaib mientras aún estaba vivo. Y le preguntaban: «¿Acaso no preferirías que Muhammad ocupara tu lugar y que tú fueras liberado?»
La sangre manaba de su cuerpo, y él decía:
«¡Por Dios! No me agradaría estar a salvo entre mi familia y mis hijos si, a cambio, una sola espina hiriera el cuerpo de Muhammad (la paz sea con él)!». Al oír esto, la gente levantó las manos desde todos los lados y comenzó a gritar: «¡Matadlo, matadlo!»
Después, Saíd ibn Amr vio que él, mirando al cielo desde lo alto del patíbulo, decía:
«¡Oh, Dios! Cuenta uno por uno a todos ellos, mátalos uno por uno y no dejes a ninguno con vida». Esta fue su última súplica. Después, su cuerpo fue acribillado por innumerables golpes de espadas y lanzas.
Al cabo de unos días, los qurayshíes se vieron envueltos en acontecimientos importantes y olvidaron a Juhaib y su crucifixión. Pero el recuerdo de Juhaib no se apartó ni un instante del corazón del joven Saíd ibn Amir al-Yumahi. Cuando dormía, lo veía en sueños; cuando estaba despierto, lo veía en su imaginación. Era como si pudiera ver a Juhaib realizando, ante el patíbulo, dos rak‘at de oración con suma serenidad, firmeza y calma. También parecía escuchar con sus propios oídos el tono humilde de la última súplica contra los qurayshíes. Temía que en cualquier momento un rayo cayera sobre él o que desde el cielo llovieran piedras.
Además, de Juhaib aprendió algunas cosas que antes desconocía. Entre ellas: la fe y el esfuerzo hasta la muerte por la causa de la fe constituyen la verdadera vida. Una fe firme puede producir muchos hechos extraordinarios y milagrosos. Además, un hombre cuyos compañeros pueden amarle tan profundamente no puede ser sino un profeta enviado por Dios.
Desde ese momento, Allah, el Altísimo, abrió el corazón de Saíd ibn Amir al islam. Un día, se levantó ante la multitud, rompió públicamente sus vínculos con los dioses y los ídolos de Quraysh y anunció su conversión al islam. Abrazó el islam antes de la batalla de Jaibar.
Saíd ibn Amir emigró a Medina y permaneció constantemente en compañía del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Participó en todas las batallas posteriores, incluida Jaibar.
Después del fallecimiento del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), durante los califatos de sus dos sucesores, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) y Umar (que Allah esté complacido con él), Saíd ibn Amir cumplió debidamente sus órdenes, espada desenvainada en mano. Durante el califato de Umar (que Allah esté complacido con él), el comandante Abu Ubaida (que Allah esté complacido con él) solicitó refuerzos para la batalla de Yarmuk. El califa envió desde Medina un ejército bajo el mando de Saíd. Saíd (que Allah esté complacido con él) realizó una contribución significativa en Yarmuk. Al elegir la Otra Vida a cambio de este mundo y dar prioridad a la complacencia de Allah sobre todos los deseos del corazón y del cuerpo, estableció para los musulmanes un ejemplo único. Los dos primeros califas del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) conocían la honestidad y el temor de Allah de Saíd ibn Amir. Por ello, siempre aceptaban sus consejos.
Transcurría entonces la primera etapa del califato del califa Umar (que Allah esté complacido con él). Un día, Saíd ibn Amir le dijo al califa:
«Oh, Umar, te aconsejo que temas a Allah en lo que respecta a la gente, pero no temas a la gente en lo que respecta a Allah. Que tus palabras no contradigan tus actos. Pues las mejores palabras son aquellas confirmadas por las obras.
Oh, Umar, mantente siempre atento a aquellos musulmanes, cercanos o lejanos, cuyo gobernante de la comunidad musulmana Allah te ha hecho ser. Lo que desees para ti y para tu familia, deséalo también para ellos. Lo que detestes para ti y para tu familia, detéstalo también para ellos. Supera todos los obstáculos y dificultades para alcanzar la verdad. No temas la censura de ningún censor en lo referente a las órdenes de Allah.»
Umar preguntó:
«Saíd, ¿quién es capaz de hacer eso?»
Él dijo: «Una persona como usted. Allah le ha otorgado autoridad sobre la comunidad de Muhammad, y no hay ningún otro obstáculo entre Allah y usted».
Entonces le dijo inmediatamente a Sa‘d: «¡Por Allah, le suplico que no me imponga esta desgracia ni me arrastre hacia este mundo!»
‘Umar, enfadado, dijo:
«¡Que perezcan ustedes! ¿Después de cargar sobre mis hombros la responsabilidad del califato, ahora quieren mantenerse alejados de mí? ¡Por Allah, no le dejaré marcharse!». Tras decir esto, nombró a Sa‘id gobernador de Hims. Luego le preguntó: «¿Quieres que te fije un estipendio?». Sa‘id respondió: «Oh, Comandante de los Creyentes, ¿qué haría yo con él? El estipendio que recibo del Bayt al-Mal ya es más que suficiente para mis necesidades». Sa‘id partió hacia Hims.
Al cabo de unos días, algunos hombres de confianza del Comandante de los Creyentes, ‘Umar, llegaron a Medina desde Hims. ‘Umar les dijo:
«Entregadme una lista de vuestros pobres y necesitados. Les prestaré alguna ayuda». Ellos prepararon una lista y se la entregaron a ‘Umar. En ella figuraba, junto con los demás, el nombre de Sa‘id ibn ‘Amir. El califa preguntó: «¿Quién es este Sa‘id ibn ‘Amir?». Ellos respondieron: «Es nuestro gobernador». Él preguntó: «¿También vuestro gobernador es tan pobre?»
Ellos respondieron: «Sí, por Allah. Durante varios días seguidos no se enciende el fuego para cocinar en su casa.»
Al oír esto, el califa ‘Umar lloró tanto que su barba quedó empapada de lágrimas. Después metió mil dinares en una bolsa y dijo: «Transmitidle mis saludos y decidle: “El Comandante de los Creyentes os envía este dinero para cubrir vuestras necesidades personales”».
Se presentaron ante Saíd llevando una bolsa llena de dinares. Apenas abrió la bolsa, vio que contenía dinares. Entonces, mientras repetía: «En verdad, pertenecemos a Alá y a Él regresaremos», apartó la bolsa de sí como si le hubiera sobrevenido una calamidad terrible. Su esposa, aterrorizada, acudió corriendo y preguntó:
«Saíd, ¿qué le ha ocurrido? ¿Ha fallecido el Amir de los creyentes?»
Él respondió: «No, sino algo aún más grave que eso.»
«¿Ha sobrevenido alguna calamidad a los musulmanes?»
Él respondió: «No, algo aún más grave que eso.»
Su esposa preguntó: «¿Cuál es esa cosa tan grave?»
Él respondió: «El mundo ha entrado en mi casa para arruinar mi vida futura. Una calamidad ha entrado en mi hogar.»
Su esposa dijo: «Aleje la calamidad». Hasta entonces, ella aún no sabía lo de los dinares.
Sa‘id dijo: «¿Me ayudarás en este asunto?»
Su esposa respondió: «Por supuesto».
Después, puso los dinares en varias bolsas y los repartió entre los musulmanes pobres.
Algunos días después, el honorable ‘Umar ibn al-Jattab, que Allah esté complacido con él, llegó a Hims para observar con sus propios ojos la situación de Siria. En aquella época, Hims era llamada «la pequeña Kufa», pues, al igual que los habitantes de Kufa, sus habitantes presentaban constantemente excesivas quejas contra sus gobernantes. Por eso se decía que Hims era también una especie de pequeña Kufa. En fin, después de la llegada del califa, cuando los habitantes de Hims acudieron a saludarlo, él les preguntó: «¿Cómo encontrasteis a vuestro emir?»
Mencionaron cuatro acciones del emir —Sa‘id— y presentaron graves acusaciones contra él. En cuanto a su importancia, las cuatro acciones eran igualmente graves.
‘Umar dijo: «Les pedí que se presentaran juntos: los habitantes de Hims y su emir. Le rogué a Allah que mi opinión sobre él no resultara decepcionante, pues tenía una gran confianza en él».
Cuando los habitantes de Hims y su emir llegaron ante mí, pregunté:
«¿Cuál es vuestra queja contra vuestro emir?»
Ellos dijeron: «No se deja ver por nosotros hasta que ha transcurrido buena parte de la mañana».
Umar preguntó: «Sa‘id, ¿cuál es su respuesta a esta acusación?»
Él guardó silencio durante un momento y dijo:
«¡Por Allah! No me gusta revelar este asunto a nadie. Sin embargo, no hay más remedio que decirlo, así que lo diré. No tengo sirvientes para mi familia. Por la mañana, debo hacer con mis propias manos todas las tareas de la casa. También soy yo quien amasa la harina y prepara el pan. Después me lavo las manos y la cara y recibo a la gente. Para entonces, ya ha transcurrido buena parte de la mañana».
Umar preguntó:
«¿Tienen alguna otra queja?»
Ellos dijeron:
«Por la noche, no recibe a nadie.
Umar preguntó,
«Saíd, ¿cuál es tu declaración sobre este asunto?»
Él dijo,
«¡Por Alá! Tampoco me agrada revelar este asunto. Sin embargo, lo digo: he destinado el día a la gente y la noche a Alá.»
Umar preguntó,
«¿Qué otra queja tenéis?»
Ellos dijeron,
«Un día al mes no recibe a nadie.»
Umar preguntó: «Saíd, ¿qué ocurre con el asunto?»
Él respondió: «¡Oh, Príncipe de los creyentes! No tengo ningún sirviente. Aparte de esta vestimenta que llevo puesta, no tengo ninguna otra. Una vez al mes la lavo con mis propias manos y espero hasta que se seque. Por eso no puedo recibir a la gente durante la primera parte del día. Sin embargo, sí la recibo durante la última parte.»
Umar volvió a preguntar: «¿Tiene alguna otra acusación contra él?»
Ellos respondieron:
«Mientras habla con la gente en la asamblea, a veces pierde repentinamente el conocimiento.»
Umar preguntó: «¿Qué sucede, Saíd?»
Él respondió:
«Cuando aún era idólatra, presencié cómo crucificaban a Juyaib ibn Adí. También vi cómo los qurayshíes le cortaban uno a uno los miembros de su cuerpo. En aquel momento, los qurayshíes le preguntaron:
«¿Te gustaría que Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) fuera puesto en tu lugar?»
En respuesta, dijo: «¡Por Allah! No me agradaría regresar sano y salvo junto a mi familia y mis hijos si, a cambio, una sola espina arañara el cuerpo de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). ¡Por Allah! Cada vez que recuerdo aquel día y surge en mí el sentimiento de por qué no lo ayudé entonces, pierdo el conocimiento. Me parece que Allah no perdonará este pecado mío.»
Entonces Úmar dijo: «Todas las alabanzas pertenecen a Allah, que no ha desmentido mi opinión». Después envió cien mil dinares para cubrir las necesidades de Saíd. Al ver los dinares, su esposa exclamó:
«Todas las alabanzas pertenecen a Allah, que nos ha librado de tener que depender de sus servicios. Vaya, compre alimentos para nosotros y contrate a un sirviente.»
Al oír esto, él le dijo a su esposa:
«¿No quieres que obtengamos algo mejor que esto?» Su esposa preguntó: «¿Qué es ese bien superior?»
Él respondió: «Demos estos dinares a Allah como un préstamo benevolente. Él nos concederá una recompensa mejor, y nosotros somos quienes más necesitamos esa recompensa.»
Su esposa dijo: «Sí, entrégaselos. ¡Que Allah le conceda la mejor recompensa!»
Sentado en aquella reunión, llenó los dinares en varias bolsas. Luego entregó una bolsa a cada miembro de su familia y les dijo: «Repartidlas entre tal viuda, tal huérfano, los pobres de tal tribu y los necesitados de tal tribu».
Saíd era uno de aquellos grandes hombres que daban preferencia a los demás a pesar de sus propias necesidades.
Cuando era gobernador de Hims, el califa Umar (que Allah esté complacido con él) lo convocó una vez a Medina. Él llegó a Medina llevando un bastón y un solo cuenco para comer. El califa le preguntó: «¿Es todo tu equipaje?». Respondió: «¿Para qué necesito más cosas? Como en el cuenco y cuelgo mis pertenencias del bastón».
Según Ibn Saad, falleció en el año 20 de la Hégira, mientras era gobernador de Hims. Según Abu Ubaida, murió en el año 21 de la Hégira.
Suraqa ibn Malik (que Allah esté complacido con él)
Cuando se difundió entre los qurayshíes la noticia de que Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda la paz) ya no estaba en La Meca, por un lado los dirigentes de Quraysh no podían creerla y, por otro, se extendió por La Meca una atmósfera de temor. Inmediatamente comenzaron a registrar todas las casas de Banu Hashim. Mientras registraban las casas de los allegados de Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda la paz), llegaron a la casa de Abu Bakr. Al oír el alboroto, salió Asma, la hija de Abu Bakr. Abu Yahl, dirigente de Quraysh, le preguntó: «¿Dónde está tu padre?». Ella respondió: «No sé dónde está ahora».
Cuando el vil Abu Yahl le propinó una fuerte bofetada en la mejilla a Asma, su pendiente salió disparado y ella también cayó al suelo.
Cuando los qurayshíes estuvieron plenamente convencidos de que Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda la paz) había abandonado realmente La Meca, su agitación aumentó aún más. Enviaron a un grupo de expertos en rastreo para que siguieran las huellas y los encontraran. Al llegar los rastreadores cerca de la cueva del monte Saur, dijeron a los qurayshíes: «¡Por Allah! Vuestro compañero Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda la paz) todavía no ha salido de esta cueva ni se ha dirigido a ningún otro lugar». En realidad, su suposición era correcta. Muhammad (que Allah le bendiga y le conceda la paz) y su compañero Abu Bakr aún se encontraban dentro de aquella cueva, mientras los qurayshíes estaban justo encima de ellos. Incluso Abu Bakr Siddiq (que Allah esté complacido con él) podía ver los pies de los qurayshíes que caminaban sobre la cueva, justo por encima de sus cabezas. Sus ojos se nublaron de lágrimas. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda la paz) lo miró con una expresión en la que se mezclaban el amor, la compasión y el reproche. Abu Bakr dijo en un susurro: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¡Por Allah!, no lloro por miedo a perder mi propia vida, sino por temor a tener que presenciar algún maltrato de su parte hacia usted». Para tranquilizarlo, el Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda la paz) le dijo: «Abu Bakr, no te preocupes; Allah está con nosotros».
Allah concedió tranquilidad al corazón de Abu Bakr. Sin embargo, continuó mirando una y otra vez hacia los pies de los qurayshíes que caminaban sobre sus cabezas. En cierto momento le dijo al Mensajero: «¡Oh, Mensajero de Allah! Si alguno de ellos mira hacia las plantas de sus pies, nos descubrirá». El Mensajero respondió: «¿Crees que solo somos dos? Hay un tercero: Allah también está con nosotros».
En ese momento, los dos oyeron a un joven de los qurayshíes decir: «Venid todos hacia la cueva; miraremos un poco en su interior». Umayya ibn Jalaf le dijo con cierta burla: «¿No ves esta araña y su telaraña en la entrada de la cueva? Están aquí desde antes del nacimiento de Muhammad». Pero Abu Yahl dijo: «Por Al-Lat y Al-Uzza, creo que están en algún lugar cerca de nosotros. Nos oyen hablar y también ven lo que hacemos. Sin embargo, su hechicería ha nublado nuestra vista. Por eso no podemos verlos».
En cualquier caso, los qurayshíes no desistieron en absoluto de encontrar a Muhammad, ni cambiaron su decisión de perseguirlo. Proclamaron entre las tribus que vivían entre La Meca y Medina que quien lograra capturar a Muhammad, vivo o muerto, recibiría como recompensa cien camellos de raza selecta.
Surāqa ibn Mālik al-Mudlayí se encontraba entonces en una reunión de su tribu, en un lugar llamado Qudayd, no muy lejos de La Meca. En ese momento llegó allí un mensajero de los qurayshíes y anunció la recompensa que estos habían ofrecido por capturar a Muhammad, vivo o muerto.
Al oír hablar de cien camellos, el fuego de la codicia ardió intensamente en el interior de Surāqa. Pero, temiendo despertar la misma codicia en los demás, se contuvo sin decir nada.
Antes de que Surāqa se levantara de la reunión, llegó otro hombre de su tribu y dijo: «¡Por Allah! Hace un momento pasaron junto a mí tres hombres; creo que deben ser Muhammad, Abu Bakr y su guía».
Surāqa dijo: «No, no es así. Son hombres de tal tribu. Han perdido sus camellos y los están buscando». «Es posible», dijo el hombre, y guardó silencio.
Como levantarse inmediatamente de la reunión podría despertar las sospechas de los demás, permaneció allí sentado un rato más. Cuando los presentes se pusieron a conversar sobre otro asunto, aprovechó la ocasión y salió sigilosamente. En cuanto salió de la reunión, se dirigió a su casa. Al llegar, le dijo a la esclava: «Ve en secreto y ata mi caballo en tal valle, de manera que nadie te vea». Y le dijo al esclavo: «Sal por la parte trasera de la casa con estas armas, de modo que nadie te vea, y déjalas en algún lugar cerca del caballo».
Suraqa se puso la armadura, se equipó con armas, montó a caballo y lo espoleó rápidamente para capturar a Muhammad ﷺ, a fin de que nadie más pudiera arrebatarle la recompensa entregándolo. Era uno de los jinetes más hábiles de su tribu. Era alto, corpulento, experto en seguir huellas y extraordinariamente paciente en las dificultades. Sobre todo, era un poeta inteligente. Su caballo era de una raza excelente.
Suraqa continuó avanzando. Después de recorrer cierta distancia, el caballo tropezó y él salió despedido de su lomo. Considerándolo un mal presagio, exclamó: «¿Qué es esto? ¡Maldito seas, caballo!». Dicho esto, volvió a montar. Apenas había avanzado un poco cuando el caballo tropezó de nuevo. Esta vez aumentó aún más su convicción de que era un mal presagio. Pensó en regresar, pero la codicia de los cien camellos le impidió hacerlo.
A poca distancia del lugar donde el caballo había tropezado por segunda vez, vio a Muhammad ﷺ con sus dos compañeros. Inmediatamente llevó la mano hacia el arco, pero esta quedó completamente paralizada. Vio que las patas de su caballo parecían hundirse en la tierra seca, mientras una espesa humareda se elevaba desde delante y envolvía al caballo y sus ojos. Intentó espolearlo con rapidez, pero el caballo quedó tan inmóvil como si le hubieran clavado las patas al suelo con clavos de hierro.
Entonces Suraqa se volvió hacia el Mensajero ﷺ y sus dos compañeros y les gritó con voz sumamente humilde: «¡Oh, vosotros! Suplicad a vuestro Señor que libere las patas de mi caballo. No os causaré ningún daño». El Mensajero ﷺ suplicó y el caballo quedó libre. Al instante, su codicia volvió a apoderarse de él y espoleó otra vez el caballo hacia el Mensajero ﷺ. Esta vez las patas del caballo quedaron atrapadas en la tierra de manera aún más grave que antes. De nuevo pidió ayuda al Mensajero ﷺ y dijo: «Tomad estos víveres, enseres y armas. Juro por Allah que, si quedo libre, desviaré de vosotros a los hombres que vienen persiguiéndome».
Ellos dijeron: «No necesitamos tus víveres ni tus enseres. Pero alejarás de nosotros a esos hombres». Entonces el Mensajero ﷺ suplicó por él y su caballo quedó libre. Decidió regresar y llamó al Mensajero ﷺ y a sus dos compañeros: «Esperad un momento; quiero hablaros de algo. Juro por Allah que no os causaré ningún daño».
El Mensajero ﷺ y Abu Bakr exclamaron ambos: «¿Qué quieres de nosotros?». Él respondió: «¡Por Allah, oh Muhammad! Sé con certeza que pronto tu religión triunfará. Prométeme que, cuando vaya a tu reino, me honrarás. Y escribe también estas palabras».
El Mensajero ﷺ pidió a Abu Bakr que escribiera. Este escribió aquellas palabras sobre un fragmento de hueso y se lo entregó a Suraqa. Cuando Suraqa estaba a punto de regresar, el Mensajero ﷺ le dijo: «Suraqa, ¿cómo será cuando lleves las vestiduras reales de Kisra?»
Suraqa dijo asombrado: «¿Kisra ibn Hurmuz?». El Mensajero ﷺ respondió: «Sí, Kisra ibn Hurmuz».
Suraqa dio media vuelta y se marchó. Al regresar, vio que la gente aún seguía buscando al Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz. Les dijo: «Regresad. He buscado por toda esta región y conocéis bien mi habilidad para seguir las huellas». Al oír sus palabras, la gente regresó.
Ocultó por completo la noticia de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, y sus dos compañeros. Cuando estuvo plenamente convencido de que para entonces habían llegado a Medina y se habían puesto a salvo de la hostilidad de los qurayshíes, hizo público lo sucedido. Cuando Abu Yahl oyó hablar de la actitud y la conducta de Suraqa con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo reprendió duramente por su cobardía y por no haber aprovechado la oportunidad. En respuesta, recitó dos versos compuestos por él mismo:
«¡Por Allah! Abu Hakam, si hubieras visto
lo que le ocurrió a mi caballo cuando sus patas se hundían, lo sabrías
y no tendrías ninguna duda de que Muhammad es el verdadero Mensajero—
por tanto, ¿quién puede impedirle el paso?»
Ibn Hajar, en la obra «‘Al Isaba’», menciona los dos versos.
El tiempo pasó rápidamente. Aquel Muhammad, que un día había salido secretamente de La Meca en la oscuridad de la noche, volvió a entrar en esa misma ciudad como un conquistador, acompañado por miles de seguidores armados. Los dirigentes qurayshíes, opresores y arrogantes, cuyo despotismo mantenía siempre a La Meca temblando, se presentaron ante Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, con el corazón lleno de temor y desconcierto, para implorar su misericordia.
El noble Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) les dijo: «Id, todos sois libres».
Suraqa ibn Mālik se dirigió hacia el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) para anunciar su aceptación del islam. Llevó consigo el documento de garantía que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le había entregado diez años antes. Más tarde, Suraqa relató:
«Llegué ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) desde Ji‘rāna (un lugar cercano a La Meca). Cuando intenté abrirme paso entre un grupo de soldados de los ansar, comenzaron a golpearme con los extremos de sus lanzas y a decirme: “¡Aléjate, aléjate! ¿Qué quieres?”. Aun así, me abrí paso entre sus filas y me acerqué al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). En ese momento estaba montado en su camella. Levanté la mano con aquel documento de garantía y dije: “¡Oh, Mensajero de Allah! Soy Suraqa ibn Mālik, y este es el documento de garantía que me entregaste”».
El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Suraqa, acércate a mí; hoy es el día de cumplir las promesas y actuar con benevolencia».
Me acerqué al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y declaré mi aceptación del islam ante él. Así fui agraciado con su bondad y sus bendiciones».
Suraqa (que Allah esté complacido con él) quedó apenado y sumido en el duelo por el fallecimiento del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). El recuerdo de aquel día en que había decidido matar al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), seducido por la recompensa de cien camellos, volvía una y otra vez a su memoria. Ahora, todos los camellos del mundo no valían ni lo que la punta de una uña del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Repetía una y otra vez aquella pregunta que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le había hecho: «Suraqa, ¿cómo será el día en que vistas las ropas de Kisra?». No albergaba la menor duda de que algún día vestiría realmente las ropas de Kisra.
El tiempo siguió transcurriendo. La responsabilidad del califato islámico recayó en Umar al-Faruq (que Allah esté complacido con él). Durante su gloriosa época, los ejércitos musulmanes penetraron en el Imperio persa con la velocidad de una tormenta. Destruyeron sus fortalezas persas, derrotaron a sus ejércitos y se apoderaron del trono de Persia.
Hacia el final del califato de Umar (que Allah esté complacido con él), llegó a Medina un emisario del comandante Sa‘d ibn Abi Waqqās con la buena noticia de la conquista de Persia. Traía consigo una quinta parte del botín de Persia. Cuando las riquezas del botín fueron amontonadas ante Umar, este las contempló con asombro. Entre ellas había una corona de Kisra adornada con piedras preciosas y perlas, telas bordadas con hilos de oro, collares de perlas y dos magníficas vestiduras que Umar nunca antes había visto. También había muchos otros objetos de valor incalculable. Umar comenzó a revolver aquellas valiosas joyas y riquezas con su bastón. Luego miró a la gente reunida a su alrededor y dijo: «Quienes se abstuvieron de tomar estas cosas y las entregaron, ciertamente son personas sumamente dignas de confianza…»
Hazrat Ali (que Dios esté complacido con él), que se encontraba allí presente, dijo: «Oh, emir de los creyentes, usted no traicionó la confianza, ni tampoco lo hicieron sus súbditos. Si usted hubiera comido injustamente, ellos también lo habrían hecho».
Después, Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) llamó a Suraqa ibn Malik y, con sus propias manos, lo vistió con la túnica, los pantalones, los zapatos y las demás prendas de Kisra. Le colgó al hombro la espada de Kisra, le ciñó un cinturón a la cintura, le colocó la corona en la cabeza y le puso brazaletes en las manos. ¡Qué maravilla!
Mientras Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) vestía a Suraqa con las ropas de Kisra, el aire y el cielo de Medina resonaban con los repetidos takbires de los musulmanes.
Cuando terminó de vestirlo con las ropas de Kisra, Hazrat Umar (que Dios esté complacido con él) se volvió hacia Suraqa y dijo: «¡Bravo, bravo! Sobre la cabeza de un pequeño beduino de la tribu de Mudlay se luce la corona del gran emperador Kisra, y en sus manos, los brazaletes». Luego miró hacia el cielo y dijo: «¡Oh, Dios! No diste esta riqueza al Mensajero de Dios, aunque él era para Ti más querido y honorable que yo. Tampoco se la diste a Abu Bakr, que también era ante Ti más querido y digno que yo. Me la has concedido a mí para ponerme a prueba. Busco refugio en Ti». Después recitó los dos versículos siguientes de la sura Al-Mu’minun: «¿Acaso creen que, al proporcionarles riqueza y descendencia como ayuda, estamos apresurando para ellos toda clase de bienes? No, no comprenden».(Sura Al-’Mu’minun: 55–-56)
No abandonó aquella reunión hasta que hubo distribuido toda la riqueza entre los musulmanes.
El imán Bujari narró esta historia de Hazrat Suraqa ibn Malik. También la narró el imán Ahmad, transmitiéndola de Al-Bara ibn Azib y Abu Bakr as-Siddiq.
Abu Amr dice que Suraqa ibn Malik falleció en el año 24 de la Hégira, durante el califato del califa Uthman. Algunos han dicho que falleció después de Hazrat Uthman.
Ikrima ibn Abi Yahl ((que Dios esté complacido con él))
El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo acerca de él: «Pronto Ikrima abandonará la incredulidad y vendrá a vosotros como creyente. No insultéis a su padre, Abu Yahl, pues insultar a los muertos causa dolor a los vivos, y el insulto no llega al muerto».
Cuando el Profeta Muhammad, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, comenzó a invitar a la religión en La Meca, Ikrima estaba a punto de terminar su tercera década de vida. Entre los qurayshíes, era el más respetado y rico por linaje. Como Sa‘d ibn Abi Waqqas, Mus‘ab ibn Umair y otros, hijos de familias nobles de La Meca, también debería haber aceptado el islam desde el primer momento. Pero, debido a su padre, no le fue posible.
Su padre, Abu Yahl, era el mayor déspota de La Meca, el líder de los politeístas de los primeros tiempos y un opresor despiadado. Allah puso a prueba la fe de los creyentes mediante su opresión y persecución, y ellos triunfaron en esa prueba. Puso a prueba la sinceridad de los creyentes mediante sus engaños, y ellos triunfaron en ello. Puso a prueba la sinceridad de los creyentes mediante sus engaños, y ellos superaron la prueba.
Bajo el liderazgo de su padre, Ikrima se dedicó a combatir a Muhammad, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Su papel en este asunto fue extremadamente severo. Debido a su persecución, la vida de los compañeros del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se volvió insoportable. Al ver su crueldad hacia el islam y los musulmanes, su padre, Abu Yahl, sentía una profunda satisfacción.
Su padre dirigió a los politeístas en la batalla de Badr. Juró por Lat y Uzza que no regresaría a La Meca sin haber humillado a Muhammad. Estableció su campamento en Badr y permaneció allí durante tres días. Sacrificó camellos, bebió vino hasta embriagarse y se entregó al baile y al canto con cantantes y bailarinas. Cuando Abu Yahl dirigía esta batalla, Ikrima era su mano derecha y su principal colaborador. Pero Lat y Uzza no respondieron a la llamada de Abu Yahl en esta batalla; aquellos dos ídolos adorados no pudieron ayudarlo. Tampoco les era posible hacerlo.
En el campo de Badr, Abu Yahl quedó tendido boca abajo. Ikrima vio con sus propios ojos cómo las puntas de las flechas de los musulmanes bebían la sangre de su padre, y oyó con sus propios oídos el último grito que salió de la boca de su padre.
Ikrima regresó a La Meca, dejando en Badr el cadáver de Abu Yahl, líder de los qurayshíes. La desastrosa derrota ni siquiera le permitió enterrar el cuerpo de su padre. Los musulmanes arrojaron también su cadáver al pozo llamado «Qalib», junto con los cuerpos de los demás soldados politeístas muertos en Badr, y lo cubrieron con tierra. Así fue quebrantada la arrogancia de aquel orgulloso y opresor líder qurayshí.
Desde ese día, la actitud de Ikrima hacia el islam se manifestó de una nueva manera. Hasta entonces había sido hostil al islam para proteger el honor y la dignidad de su padre. Ahora resolvió vengar la sangre de su padre. Junto con los demás que habían quedado huérfanos de padre en Badr, comenzó a encender en los corazones de los politeístas el fuego de la enemistad contra Muhammad, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y a animarlos a vengar la sangre de los muertos en Badr. Así se organizó la batalla de Uhud.
Ikrima ibn Abu Yahl partió hacia Uhud. Su esposa, Ummu Hakim, marchó también junto con las mujeres que habían perdido a sus esposos, hermanos e hijos en Badr. Su propósito era situarse detrás de los soldados que combatían allí, tocar instrumentos, animar a los qurayshíes a luchar y dar valor y fuerza a los soldados que estuvieran a punto de huir.
Los qurayshíes colocaron a Jalid ibn al-Walid a la derecha de sus soldados de caballería y a Ikrima ibn Abi Yahl a la izquierda. Aquel día, ambos demostraron el máximo grado de valentía y estrategia militar. Arrebataron la gloria de la victoria de manos de Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y sus compañeros, y se la entregaron a los qurayshíes. Por eso Abu Sufyan, el líder de los qurayshíes aquel día, pudo decir: «Esta es la venganza por el día de Badr».
Después llegó la batalla del Foso. Los soldados politeístas llevaban varios días sitiando Medina. La paciencia de Ikrima estaba agotándose y se sentía cada vez más frustrado y disgustado. Finalmente, vio un estrecho paso en un punto del foso. Con grandes dificultades, hizo entrar por él a su caballo y logró cruzar el foso. Otros soldados politeístas cruzaron detrás de él. Los soldados musulmanes los persiguieron. Ikrima huyó con sus compañeros y salvó la vida, pero uno de ellos, Amr ibn Abd Wudd al-Amiri, murió a manos de los soldados musulmanes.
El día de la conquista de La Meca, los qurayshíes comprendieron que de ningún modo podrían impedir el avance de Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y sus compañeros. Decidieron apartarse del camino de los musulmanes. Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, anunció: solo se combatirá contra los habitantes de La Meca que se enfrenten a los soldados musulmanes. A todos los demás se les perdonará.
Ikrima ibn Abi Yahl y otro grupo de soldados desobedecieron la decisión de los qurayshíes y organizaron una resistencia contra los musulmanes. Un pequeño grupo de soldados musulmanes, dirigido por Jalid ibn al-Walid, desbarató por completo su formación defensiva. Mató a muchos de ellos, mientras que otros huyeron y salvaron la vida. Entre los que huyeron se encontraba también Ikrima ibn Abi Yahl.
Después de la conquista musulmana de La Meca, Ikrima ibn Abi Yahl quedó completamente desconcertado. Por primera vez recuperó la lucidez tras embriagarse con su poder. Comprendió que La Meca ya no era segura para él. Mientras tanto, el Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, perdonó la conducta pasada de todos los habitantes de La Meca. Sin embargo, mencionó los nombres de algunas personas y declaró que quedaban excluidas de ese perdón. Ordenó matarlas incluso si eran encontradas bajo la cubierta de la Kaaba. Ikrima figuraba en el primer lugar de la lista de los condenados a muerte. Sin encontrar otra salida, salió secretamente de La Meca y se dirigió hacia Yemen.
Mientras tanto, Ummu Hakim, la esposa de Ikrima, y Hind bint Utba fueron ante el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Las acompañaron muchas otras mujeres. Su propósito era prestar juramento de fidelidad ante el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Cuando llegaron ante él, estaban sentadas allí sus dos esposas, su hija Fátima y muchas otras mujeres de los Banu Abd al-Muttalib. Con la cabeza y el rostro cubiertos, Hind habló con el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Hind era la esposa de Abu Sufyan y la madre del emir Muawiya. Fue ella quien masticó el hígado de Hamza, que Allah esté complacido con él, durante la batalla de Uhud. Por eso, el día de la conquista de La Meca, se presentó ante el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, con la cabeza y el rostro cubiertos de vergüenza y arrepentimiento.
«Oh Mensajero de Allah, alabado sea Allah, que ha concedido la victoria a la religión que Él ha elegido. Por el vínculo de parentesco que existe entre usted y yo, espero recibir un buen trato de su parte. Ahora soy una mujer creyente y llena de fe». Después de decir esto, se descubrió el rostro y se presentó: «Oh Mensajero de Allah, soy Hind bint Utba». El Mensajero, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Bienvenida». Hind dijo: «Oh Mensajero de Allah, juro por Allah que antes no había en la tierra ninguna casa más querida para mí que la suya para humillarla y deshonrarla. Pero ahora no hay para mí una casa más honorable que la suya».
El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Mucho más».
Entonces la esposa de Ikrima, Umm Hakim, se levantó y declaró su aceptación del islam. Después dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Ikrima ha huido hacia el Yemen por temor a que mates a Ikrima. Concédele seguridad; Allah te concederá seguridad». El Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Está a salvo».
En ese momento, Umm Hakim salió en busca de su esposo, Ikrima. Llevó consigo a uno de sus esclavos romanos. Los dos avanzaban por el camino. Durante el trayecto, el esclavo concibió un deseo deshonesto hacia su señora. Quiso abusar de ella, pero ella comenzó a entretenerlo con diversas excusas y a ganar tiempo. Así llegaron a una tribu árabe. Allí Umm Hakim pidió su ayuda. Ellos le aseguraron que la ayudarían. Ella dejó a su esclavo bajo su custodia y continuó sola el camino. Finalmente, encontró a Ikrima en la costa del mar, en la región de Tihama. Allí estaba hablando con un barquero para que la llevara al otro lado, y el barquero le decía:
—Sé veraz.
Ikrima le dijo:
—¿Cómo seré veraz?
El barquero dijo:
—Di: «Ashhadu an la ilaha illallah wa anna Muhammadan rasulullah».
—«Por eso es por lo único que huí». En medio de aquella conversación entre ambos, llegó Umm Hakim. Dirigiéndose a su esposo, le dijo:
—«Oh, primo mío, vengo de parte del mejor, el más noble y el más puro de los hombres. Le he pedido seguridad para ti, y él te la ha concedido. Así que no te destruyas después de esto».
Al oír esto, Ikrima preguntó:
—«¿Has hablado tú misma con él?»
Ella respondió:
—«Sí, yo misma he hablado con él, y te ha concedido seguridad». Así, una y otra vez, continuó informándole de la garantía de seguridad y tranquilizándolo. Finalmente, ya tranquilizado, regresó con su esposa.
Mientras avanzaban por el camino, Umm Hakim le contó a su esposo lo que había hecho su esclavo. Durante el regreso, Ikrima mató al esclavo antes de aceptar el islam.
En el camino, pasaron la noche en una casa. Ikrima quiso estar a solas con su esposa, pero ella se negó firmemente y dijo:
—Soy una mujer musulmana y usted todavía es un mushrik. Al oír las palabras de su esposa, Ikrima se quedó sorprendido.
Él dijo:
—¡El asunto que se interpone entre tu unión y la mía es ciertamente algo enorme!
Así, cuando Ikrima se acercó a La Meca, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo a sus compañeros: «Muy pronto Ikrima, tras abandonar la incredulidad, vendrá a vosotros como creyente. No insultéis a su padre, pues insultar a los muertos causa dolor en el corazón de los vivos, y no llega al muerto».
Al poco tiempo, Ikrima se presentó ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) acompañado de su esposa. Al verlo, el Mensajero se levantó lleno de alegría y se dirigió hacia él sin siquiera ponerse el manto sobre los hombros. Luego se sentó. Ikrima se quedó de pie ante él y dijo:
—Oh Muhammad, Umm Hakim me ha dicho que me has concedido protección.
El Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Ha dicho la verdad. Estás a salvo».
Ikrima dijo: «Muhammad, ¿a qué invitas?»
El Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Te invito a que des testimonio de que no hay otra deidad sino Allah y de que yo soy siervo de Allah y Su Mensajero. Después establecerás la oración y darás el zakat». Así le describió todos los pilares del islam.
Ikrima dijo: «¡Por Allah! Usted solo invita hacia la verdad y ordena el bien». Luego comenzó a decir:
«Incluso antes de esta invitación, usted era el más veraz y el más virtuoso de entre nosotros». Mientras decía esto, extendió la mano y dijo: «Ashhadu an la ilaha illallah wa ashhadu annaka abduhu wa rasuluhu». Después dijo: «¡Oh Mensajero de Allah!, enséñame algunas buenas palabras que pueda pronunciar».
El Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Di: Ashhadu an la ilaha illallah wa anna Muhammadan abduhu wa rasuluhu».
El Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Di: Ushhidullaha wa ushhidu man hadara anni muslimun mujahidun muhajirun». Tomando a Allah y a todos los presentes como testigos, declaro que soy musulmán, muyahid y muháyir».
Ikrima lo dijo. Entonces el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— le dijo: «Si hoy me pides algo que no concedo a nadie más, te lo concederé».
Ikrima dijo: «Le pido que implore a Allah mi perdón por toda la hostilidad que he mostrado hacia usted, por todas las batallas en las que me he enfrentado a usted y por todo lo que he dicho contra usted, en su presencia o a sus espaldas». Inmediatamente, el Mensajero —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— suplicó por él: «¡Oh Allah!, perdónale toda la hostilidad que ha mostrado hacia mí, todos los caminos que ha recorrido para presentarse en el campo de batalla con el propósito de apagar Tu luz, y también todas las palabras difamatorias que ha pronunciado contra mí, en mi presencia o a escondidas».
El rostro de Ikrima se iluminó de alegría. Dijo: «¡Oh Mensajero de Allah! ¡Por Allah!, gastaré por la causa de Allah el doble de todo lo que gasté para obstaculizar el camino de Allah, y combatiré por la causa de Allah el doble de las veces que combatí para obstaculizar el camino de Allah».
Desde ese día se incorporó a las filas de quienes convocaban al Islam. Fue un jinete intrépido en el campo de batalla, el más dedicado a la adoración en la mezquita, devoto de la oración nocturna y recitador del Libro de Allah. Sosteniendo el Sagrado Corán ante su rostro, decía: «Kitābu rabbī, kalāmu rabbī: el Libro de mi Señor, la palabra de mi Señor». Decía esto y lloraba desconsoladamente.
Ikrimah cumplió al pie de la letra el compromiso que había asumido ante el Mensajero de Allah (s.a.s.). Después de abrazar el Islam, participó en todas las batallas que libraron los musulmanes y estuvo al frente de cada expedición en la que partieron.
En la batalla de Yarmuk se lanzó contra el enemigo como una persona sedienta se arroja sobre el agua fría al mediodía del verano. En cierto momento de la batalla, los musulmanes sufrieron una presión tremenda; entonces bajó de su caballo, desenvainó la espada y se internó en el corazón del ejército romano. Al ver que la situación era peligrosa, Jálid ibn al-Walid corrió hacia él y le dijo: «¡Ikrimah, no hagas eso! Tu muerte sería peligrosa para los musulmanes».
Él respondió:
«Jálid, déjame. Tú me precediste en abrazar el Islam y creer en el Mensajero de Allah (s.a.s.). Mi padre y yo fuimos sus mayores enemigos. Permíteme expiar mi pasado. He luchado contra el Mensajero de Allah (s.a.s.) en muchas batallas. ¿Y hoy voy a huir por miedo al ejército romano? ¡Eso me es imposible!» Tras decir esto, pidió a los musulmanes: «¿Quién quiere prestar juramento de combatir hasta la muerte?». A su llamamiento respondieron su tío Haris ibn Hisham, Dirar ibn al-Azwar y otros cuatrocientos soldados musulmanes. Desde la misma parte frontal de la tienda de Jálid ibn al-Walid, libraron una encarnizada batalla y obtuvieron una gran victoria y honor en el campo de Yarmuk. En ese mismo campo de Yarmuk fueron encontrados Haris ibn Hisham, Ayyash ibn Abi Rabia e Ikrimah ibn Abi Yahl tendidos, cubiertos de heridas. Haris ibn Hisham, atormentado por la sed, pidió agua. Cuando se la llevaron, Ikrimah lo miró. Al verlo, dijo: «Dádsela a Ikrimah». Cuando llevaron el vaso de agua a Ikrimah, Ayyash lo miró. Al verlo, Ikrimah dijo: «Dádsela a Ayyash». Cuando llevaron el vaso a Ayyash, descubrieron que había exhalado su último aliento. Luego, llevando el vaso en la mano, fueron uno tras otro hacia sus otros dos compañeros, pero descubrieron que ellos también habían seguido el mismo camino. Que Allah Altísimo esté complacido y satisfecho con todos ellos. ¡Amén!»
Asma bint Abi Bakr ((r.a.))
Los historiadores dicen: «Hazrat Asma (r.a.) vivió cien años. Sin embargo, durante toda esa larga vida no perdió ni un solo diente ni mostró el menor signo de pérdida de sus facultades mentales».
Esta mujer compañera del Profeta poseía excelencia y dignidad en todos los aspectos. Su padre, su abuelo, su hermana, su esposo y su hijo fueron todos distinguidos compañeros. ¿Qué mayor honor, dignidad y gloria puede tener un musulmán que esto?
Su padre, el venerable Abu Bakr as-Siddiq, que Allah esté complacido con él, fue el compañero del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, durante su vida y, después de su fallecimiento, su primer califa. Su madre fue Qutayla bint Abd al-Uzza. Su abuelo paterno, el padre del venerable Abu Bakr, fue Abu Quhafa, también conocido como Abu Atiq. La venerable Aisha, Madre de los Creyentes, que Allah esté complacido con ella, era su hermana. Zubayr ibn al-Awwam, que Allah esté complacido con él, el hawari —ayudante especial— del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, fue su esposo; y el venerable Abdullah ibn al-Zubayr, martirizado por la verdad y la justicia, fue su hijo. Esta es una breve semblanza de la venerable Asma bint Abu Bakr. Nació veintisiete años antes de la Hégira.
Asma, que Allah esté complacido con ella, fue una de las primeras personas en abrazar el islam. Antes que ella, nadie había alcanzado esta dicha, salvo apenas diecisiete hombres y mujeres. Se la llamó «Zat an-Nitaqayn», es decir, la poseedora de dos cinturones. Cuando emigraba de La Meca a Medina, estaba preparando en una bolsa provisiones y en un odre agua para el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y para su padre. Sin embargo, no encontró cerca ninguna cuerda con la que atar las bocas de ambos recipientes. Finalmente, se quitó el nitaq, o cinturón, que llevaba en la cintura y lo dividió en dos partes: con una ató la boca de la bolsa y con la otra, la del odre. Al ver esto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, suplicó por ella: que Allah le concediera en el Paraíso dos nitaq como recompensa por ello. Así obtuvo el título de «Zat an-Nitaqayn».
Cuando se casó con Zubayr ibn al-Awwam, él era extremadamente pobre y no poseía nada. No tenía sirvientes y, aparte de un solo caballo, no contaba con ningún bien para satisfacer las necesidades de su familia. Sin embargo, Zubayr había obtenido una esposa íntegra y virtuosa. Ella atendía a su esposo, molía con sus propias manos el forraje para su caballo y cuidaba de él. Finalmente, Allah, exaltado sea, les concedió abundancia, y llegaron a ser considerados una de las familias de compañeros más ricas.
La honorable Asma —que Allah esté complacido con ella— narró: Cuando Zubair —que Allah esté complacido con él— se casó conmigo, no poseía nada excepto un caballo. Yo misma lo llevaba a pastar y le daba de comer salvado. Molía los huesos de dátil para convertirlos en salvado. Yo traía sobre mi cabeza los huesos de dátil desde el campo de Zubair —el campo que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le había otorgado—. El campo estaba a tres cuartos de farsaj de distancia. Un día, mientras regresaba a casa llevando sobre la cabeza los huesos de dátil, me encontré en el camino con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. En ese momento iba acompañado por varios hombres. Me llamó y me dijo que subiera y me sentara en la grupa de su montura. Pero me sentí avergonzada y recordé a Zubair y su honor y dignidad. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— continuó su camino. Al regresar a casa, le conté a Zubair lo sucedido. Después, mi padre Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— me dio una sirvienta. Ella se hizo cargo del caballo, como si me hubiera liberado. (Siyar al-’A’lām an- Nubalāʾ– 2/290–291, Ṭabaqāt– 8/250, Musnad de Ahmad– 6/347,352)
Se acercaba el momento de emigrar de La Meca a Medina. Ella estaba entonces completamente embarazada; Abdullah estaba en su vientre. A pesar de ello, no temió emprender aquel largo y difícil viaje, sino que partió en el nombre de Allah. Apenas llegó a Quba, dio a luz a Abdullah. Este Abdullah fue el primer hijo nacido en las casas de los emigrantes de Medina después de su llegada a la ciudad. Por ello, al enterarse de su nacimiento, los musulmanes expresaron su alegría y júbilo proclamando el takbir. Su madre, Asma, llevó al recién nacido en brazos ante el Mensajero de Allah y lo colocó en su regazo. El Mensajero de Allah tomó un poco de saliva de su lengua, la puso en la boca del niño e hizo una súplica por él. Así pues, antes de que cualquier cosa mundana entrara en su estómago, lo primero que entró en él fue la bendita saliva del Mensajero de Allah.
En Asma, hija de Abu Bakr, se reunían raras cualidades morales equilibradas, como la honestidad, la generosidad, la nobleza y una aguda inteligencia. Su generosidad se había convertido en un proverbio. Su hijo Abdullah dijo: «No he visto a ninguna mujer más generosa que mi madre Asma y mi tía Aisha. Sin embargo, había una diferencia entre la manera de dar de ambas. Mi tía tenía por costumbre reunir primero diversas cosas. Cuando veía que había acumulado una cantidad suficiente, un día las distribuía de repente entre los pobres y necesitados. Pero la costumbre de mi madre era distinta: no guardaba nada consigo hasta el día siguiente».
Asma era muy perspicaz. Su inteligencia se manifestó en diversas situaciones difíciles. Según el relato de Ibn Hisham, cuando la noticia de la emigración del Mensajero de Allah y Abu Bakr se difundió por La Meca, al día siguiente Abu Yahl y varios dirigentes qurayshíes acudieron a la casa de Abu Bakr. Al encontrarse con Asma, le preguntaron: «¿Dónde está tu padre, Abu Bakr?». Cuando Asma se negó a responder, el infame Abu Yahl le propinó una fuerte bofetada en la mejilla. Como consecuencia, sus dos pendientes salieron despedidos.
Durante la emigración, mientras el Mensajero de Allah y Abu Bakr permanecían en la cueva del monte Zawr, Asma les llevaba comida y bebida en la oscuridad de la noche.
Durante la emigración, su padre, Abu Bakr, se llevó consigo todo el dinero en efectivo. Al enterarse de ello, su abuelo Abu Quhafa dijo: «Se ha marchado dejándoos en dificultades tanto en lo material como en lo personal». Asma le dijo a su abuelo: «No, ha dejado una gran cantidad de bienes». Después de decir esto, colocó muchas piedras en el lugar donde Abu Bakr solía guardar su dinero y sus bienes. Luego llamó a Abu Quhafa y le dijo: «Mire, esto es lo que ha dejado». Abu Quhafa era ciego y creyó a Asma. Asma dijo: «Hice eso para consolar a Abu Quhafa. En realidad, allí no había nada».
La historia no ha podido conservar muchos episodios de la vida llena de acontecimientos de Asma, hija de Abu Bakr. Sin embargo, la aguda inteligencia, la fortaleza de carácter y la firmeza de fe que demostró durante su último encuentro en vida con su hijo Abdullah permanecerán para siempre imborrables en la historia. Tras la muerte del califa omeya Yazid ibn Muawiya, la población del Hiyaz, Egipto, Irak y Jurasán, así como la de la mayor parte de Siria, reconoció a Abdullah como califa y le prestó juramento de lealtad. Pero la dinastía omeya no pudo aceptar aquello. Para someterlo, enviaron un enorme y poderoso ejército al mando de Hajjaj ibn Yusuf. Se produjeron sangrientos enfrentamientos entre ambos bandos, y en ellos Abdullah ibn al-Zubayr mostró un valor extremo. Finalmente, sus compañeros comenzaron a dispersarse al no ver ninguna posibilidad de victoria. Él se refugió con sus últimos seguidores en el recinto sagrado de la Kaaba. Poco antes del enfrentamiento final con el ejército omeya, fue allí a visitar por última vez a su madre, Asma. Asma se encontraba entonces debilitada por el peso de la vejez y ciega. El último encuentro en la vida de madre e hijo fue el siguiente:
—Madre, que la paz, la misericordia y las bendiciones de Allah sean contigo.
—Abdullah, y contigo la paz. Las catapultas del ejército de Hajjaj están lanzando piedras contra tus tropas, que se encuentran en el recinto sagrado, y hacen temblar las casas de La Meca. ¿Con qué propósito has venido en un momento tan crítico?
– El propósito es consultarnos.
– ¿Consultarlos? ¿Sobre qué?
– Por temor a al-Hajjaj o seducidos por sus promesas, la gente me ha abandonado en medio de la calamidad; incluso mis hijos y los miembros de mi familia me han dejado. Ahora solo tengo conmigo a unos pocos hombres. Por mucha paciencia y valor que tengan, de ningún modo podrán resistir más de una o dos horas. Mientras tanto, los omeyas me han enviado una propuesta: si reconozco a Abdul Malik ibn Marwan como califa, depongo las armas y le presto juramento de fidelidad, me darán todo lo que desee en cuanto a comodidades y riquezas mundanas. En estas circunstancias, ¿qué me aconseja usted? Entonces, Asma dijo en voz algo más alta:
– Este asunto te concierne exclusivamente a ti, y tú sabes más que nadie cuál es tu situación. Si estás firmemente convencido de que estás en la verdad y de que invitas a la gente a seguirla, mantente firme, como aquellos que permanecieron constantes bajo tu estandarte y alcanzaron el martirio. Pero si aspiras a las comodidades y riquezas mundanas, entonces eres la peor clase de hombre. Te has destruido a ti mismo y has destruido a tus hombres.
– Entonces hoy moriré con toda seguridad.
– Es mejor morir luchando que rendirte voluntariamente ante al-Hajjaj y que los muchachos de los Banu Umayya jueguen con tu cabeza.
– No temo morir. Temo que me corten las manos y los pies y me mutilen.
– Después de morir, el ser humano no tiene nada que temer. Pues, ¿acaso sufre la cabra degollada cuando le quitan la piel?
Al oír esto, el rostro de Abd Allah ibn al-Zubayr resplandeció aún más. Dijo: «Mi bendita madre, ¡que su sublime dignidad sea aún más bendita! En este momento crítico, vine a usted únicamente para escuchar estas palabras de sus labios. Allah sabe que no tuve miedo ni me debilité. Él es testigo de que no lucho por codicia, deseo o amor por los bienes y honores mundanos, sino por mi odio y aversión a declarar lícito lo que es haram. Ahora voy a hacer aquello que usted ha aprobado. Si muero como mártir, no se aflija por mí y encomiende todo lo suyo a Allah».
—Si mueres defendiendo la falsedad y la injusticia, me afligiré.
—Madre, tenga la certeza de que su hijo nunca cometió una acción injusta o indecente, nunca transgredió la ley de Allah, nunca traicionó la confianza de nadie, nunca oprimió a un musulmán ni a un dhimmí, y que nada en este mundo le es más querido que la complacencia de Allah. No digo esto para declararme puro e inocente, pues Allah conoce mejor que nadie mi condición. Solo lo digo para que Allah haga surgir paciencia y perseverancia en su corazón. En respuesta, Asma, que Allah esté complacido con ella, dijo:
—Alabado sea Allah, que te ha mantenido firme en aquello que Él y yo amamos. ¡Hijo mío! Acércate un poco a mí; déjame oler por última vez el aroma de tu cuerpo y tocarte un poco. Porque este es el último encuentro de nuestra vida mundana.
Abd Allah se tendió boca abajo y comenzó a cubrir de besos las manos y los pies de su madre. Ella acercó su nariz y su boca a la cabeza, el rostro y los hombros de su hijo, lo olió y lo besó, y pasó ambas manos por su cuerpo. Después de un rato, lo soltó diciendo:
—Abd Allah, ¿qué es eso que llevas puesto?
—Madre, es mi armadura.
—Hijo mío, esa no es la vestimenta de quienes anhelan el martirio.
—Me he puesto esta ropa con el propósito de complacerte y dar tranquilidad a tu corazón.
—Quítatela. Será más apropiado para tu dignidad, tu valentía y tu ataque. Además, facilitará tus movimientos, tu rapidez y tu actividad. Ponte en su lugar unos pantalones largos. Así, aunque te arrojen al suelo, tu ‘awra permanecerá cubierta.
Siguiendo las palabras de su madre, Abdullah se quitó la armadura, se puso los pantalones y se dirigió hacia la Mezquita Sagrada para unirse a la batalla, diciendo: —Madre, no olvides hacer du‘a por mí.
Inmediatamente, su madre, la honorable Asma, que Allah esté complacido con ella, levantó ambas manos hacia el cielo e hizo du‘a: «Oh Allah, ten misericordia de él por sus largas vigilias de adoración y sus llantos en voz alta mientras permanece despierto, cuando la gente está sumida en un sueño profundo durante la oscuridad de la noche. Oh Allah, ten misericordia de él por el hambre y la sed del mediodía que soporta en La Meca y Medina mientras ayuna. Oh Allah, derrama Tu misericordia sobre él por su bondad hacia sus padres. Oh Allah, te lo he confiado a Ti; estoy satisfecha con el decreto que dispongas para él. A cambio, concédeme la recompensa de los pacientes».
Antes de que se pusiera el sol aquel día, el honorable Abdullah ibn al-Zubayr se reunió con su Señor. Poco después de su martirio, en el año 73 de la Hégira, la honorable Asma, que Allah esté complacido con ella, también abandonó este mundo. Tenía entonces cien años. Fue la última de las mujeres Compañeras en morir. ((Siyar A’lam an–-Nubala– 2//288))
Después de que Hajjaj matara al honorable Abdullah, dejó su cadáver colgado de una horca. Su madre, Asma, fue a ver el cadáver de su hijo. De pie junto al cadáver colgado, dijo con absoluta serenidad: «¿Acaso este jinete todavía no ha llegado el momento de bajar del caballo?». Hajjaj envió a unos hombres para llevársela, con el propósito de dispersar a la multitud. Ella se negó a ir. Entonces volvió a enviarle un mensaje por medio de otros hombres: si no acudía esta vez, la llevarían arrastrándola por los mechones de su cabello. La honorable Asma no se dejó intimidar por Hajjaj. No fue. Esta vez Hajjaj acudió personalmente. Entre ambos tuvo lugar la siguiente conversación. Hajjaj dijo:
—«Dime, ¿cómo he tratado al enemigo de Allah, Ibn al-Zubayr?». Asma respondió: «Has arruinado su vida mundana, y él ha arruinado tu vida futura. He oído que te burlaste de él llamándolo hijo de Dhāt an-Niṭāqayn. ¡Por Allah!, yo soy Dhāt an-Niṭāqayn. Con uno de mis cinturones até la comida del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—. El otro cinturón todavía lo llevo alrededor de la cintura. Recuerda que oí al Noble Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— decir que en la tribu de Saqīf surgirían un mentiroso impostor y un opresor. Al mentiroso ya lo he visto. (Al-–Mujtar) y el opresor eres tú». Al-Hajjaj guardó silencio al oír este hadiz. (Sahih Muslim: segundo tomo)।
De Hazrat Asma se han transmitido 56 hadices. Trece son muttafaq ʿalayh; Bujari narró cinco y Muslim cuatro de forma exclusiva. Muchos Compañeros eminentes narraron hadices de ella. A continuación se mencionan algunos de sus nombres: sus dos hijos, Abdullah y Urwa; su nieto Abdullah ibn Urwa; su bisnieto Ubbad ibn Abdillah; Ibn Abbas; Abu Waqid al-Laythi; Safiyya bint Shayba; Muhammad ibn al-Munkadir; Wahb ibn Kaysan; Abu Nawfil Muawila ibn Abi Akbar; al-Muttalib ibn Abdullah ibn Hantab; Fatima bint al-Mundhir ibn al-Zubayr; Ibn Abi Mulayka; Ubbad ibn Hamza ibn Abdullah, y muchos otros. (Siyar A’’lam an-–Nubala 2//288)
Musab ibn ’Umayr ((r. a.))
Se llamaba Musab y su kunya era Abu Muhammad. Después de abrazar el islam, recibió el sobrenombre de Musab al-Jayr. Su padre era Umayr y su madre, Junas bint Malik. Criado en la riqueza y en el más profundo cariño de sus padres, fue uno de los jóvenes más apuestos de La Meca. Como su madre era adinerada, lo educó rodeado de grandes lujos. En aquella época, utilizaba toda clase de magníficas prendas y los mejores perfumes que podían encontrarse en La Meca. Cuando se mencionaba de algún modo a Musab ante el Mensajero de Dios (s. a. s.), este decía: «En La Meca no había nadie más apuesto ni mejor vestido que Musab». (Tabaqat)(Tabaqat)Los historiadores han dicho: «Era quien utilizaba los mejores perfumes de La Meca».
Además de belleza, buen gusto y noble carácter, Dios Altísimo había creado su corazón con una extraordinaria pureza. Con un solo destello del tawhid, llegó a sentir aversión por el politeísmo y se presentó ante el Noble Mensajero de Dios para abrazar el islam. Esto ocurrió en la época en que el Mensajero (s. a. s.) permanecía en la casa de Arqam e invitaba a la gente al islam, mientras la tierra de La Meca se volvía cada vez más estrecha para los musulmanes.
En las calles y callejuelas de La Meca, en las reuniones de los coraixíes y en sus consejos, solo se hablaba de una cosa: Muhammad al-Amín y su nueva religión, el islam. Aquel joven mimado de los coraixíes escuchaba estas conversaciones con suma atención. Aunque era muy joven, se convirtió en el ornamento y figura central de todas sus reuniones y asambleas. En cada una de ellas, todos deseaban contar con su presencia. Una mente aguda, una inteligencia penetrante y una fuerte personalidad eran los principales rasgos de su carácter. Y estos rasgos abrieron todas las puertas y todos los cerrojos de su corazón.
Oyó que el Mensajero (s. a. s.) y quienes creían en él, apartándose de todas las acciones vanas y de la opresión y persecución de los coraixíes, se reunían al pie del monte Safa, en la casa de al-Arqam ibn Abi al-Arqam. Un día, al anochecer, dejando atrás todas sus dudas y conflictos interiores, se presentó en Dar al-Arqam. En aquellos días, el Mensajero (s. a. s.) se reunía allí con sus compañeros, les enseñaba el Corán y rezaba con ellos.
Apenas Musab ibn Umayr se hubo sentado en Dar al-Arqam, descendieron unos versículos del Corán. Al salir de los labios del Mensajero, aquellos versículos parecían penetrar en los oídos y en lo más profundo del corazón de todos los oyentes. En aquella bendita tarde, ibn Umayr también se convirtió en poseedor de un corazón creyente. De felicidad y alegría, quedó fuera de sí. El Mensajero (s. a. s.) extendió una de sus puras manos y la colocó sobre el pecho de Musab. Musab quedó absorto en una inmensa serenidad. En un instante adquirió una sabiduría y un conocimiento muchas veces superiores a los propios de su edad, y alcanzó tal firmeza que, desde entonces, ni miles de peligros y calamidades pudieron hacerlo vacilar ni un ápice.
La madre de Musab, Junas bint Malik, era una mujer de personalidad arrolladora. Musab le tenía un miedo mortal. Después de abrazar el islam, no temía a nadie en la faz de la tierra salvo a su madre. Todas las fuerzas, incluidos los coraixíes y sus ídolos, le parecían insignificantes. Sin embargo, no pudo librarse del miedo a su madre. Por ello decidió ocultar la noticia de su conversión hasta que Dios dictara Su decisión final, y continuó frecuentando Dar al-Arqam y asistiendo a las reuniones del Mensajero de Dios (s. a. s.). Pero su madre no llegó a saber nada.
Un día, mientras entraba secretamente en Dar al-Arqam, Uthman ibn Talha lo descubrió. Otro día, también Uthman lo vio rezando como Muhammad (s. a. s.). La noticia se extendió por las calles y callejuelas de La Meca más rápido que el viento. También llegó a oídos de su madre.
Hicieron comparecer a Mus’ab ante su madre, los miembros de su clan y los dirigentes de La Meca. Con una fe sumamente firme y un corazón sereno, comenzó a recitarles la grandiosa palabra del Corán en la que había creído. Su madre intentó hacerlo callar abofeteándolo. Siguieron los reproches y los golpes. Después lo encerraron en la casa.
Continuó viviendo en cautiverio. Lo vigilaban día y noche, las veinticuatro horas. Entretanto, se enteró de que algunos creyentes musulmanes como él estaban emigrando a Abisinia. Engañando a su madre, se marchó con aquel grupo a Abisinia.
Un día, un grupo de musulmanes estaba sentado junto al Mensajero de Allah. En ese momento vieron pasar a Mus’ab. Al verlo, todos los presentes en la reunión cambiaron de semblante. Bajaron la mirada y a algunos se les llenaron los ojos de lágrimas. Mus’ab llevaba entonces un trozo de cuero viejo y raído, remendado cientos de veces. En él se veía claramente la huella de una pobreza extrema. En la mente de todos reapareció la imagen de su vida anterior al islam. En aquella época vestía prendas suaves, atractivas y perfumadas como las flores de un jardín. Al ver aquella escena, el Mensajero de Allah sonrió ligeramente y dijo: «Vi a este Mus’ab en La Meca. No había allí ningún joven más querido por sus padres que él. Renunció a todo por amor a Allah y a Su Mensajero».
Después de permanecer algún tiempo en Abisinia, regresó a La Meca. Luego, siguiendo las instrucciones del Mensajero de Allah, volvió a marcharse a Abisinia acompañando a otro grupo. Pero Mus’ab comprendía que, estuviera en La Meca o en Abisinia, su vida había adquirido una nueva forma. Su único modelo digno de imitación era Muhammad, y su único anhelo era la complacencia de Allah, el Señor Supremo.
Al fracasar en su intento de apartarlo de la nueva religión, su madre dejó de darle todo tipo de ayuda. A quien había abandonado a sus dioses, los insultaba y los rechazaba —aunque fuera su propio hijo—, no podía permitirle de ninguna manera comer ni vestirse.
Cuando Mus’ab regresó de Abisinia, su madre intentó encarcelarlo otra vez. Él juró delante de ella: «Si haces eso, mataré a todos los que te ayuden». Su madre conocía bien a aquel hijo rebelde. Por eso lo despidió llorando, y él también se despidió de ella entre lágrimas.
En el momento de la despedida, la madre permanecía firme en la incredulidad, mientras que el hijo permanecía igualmente firme en la fe. Mientras expulsaba de la casa a su amado hijo, su madre le decía: «Vete adonde quieras. No vuelvas a llamarme madre». El hijo se acercó un poco a ella y le dijo: «Madre, le estoy diciendo algo bueno y siento un gran afecto por usted. Dígalo una sola vez: “Ashhadu an la ilaha illallahu wa anna Muhammadan abduhu wa rasuluhu”». Irritada, su madre juró por las estrellas y dijo: «No aceptaré tu religión. Si aceptara tu religión, se pensaría que mi juicio, mi inteligencia y mi razón son débiles». Así, aquel joven de Quraysh, tan mimado y acostumbrado al lujo, fue expulsado de su casa y salió a los caminos. Ahora vestía una prenda gruesa, desgarrada y llena de remiendos. Si un día conseguía comida, al siguiente pasaba hambre. Pero su corazón estaba iluminado por la luz de la fe.
Durante la peregrinación, algunos hombres de Medina llegaron a La Meca, se reunieron en secreto con el Mensajero de Allah en Al-Aqaba, creyeron en él y le prestaron juramento de fidelidad. Después regresaron a Medina. Con el propósito de enseñarles la religión, transmitir su mensaje a otros y preparar Medina para la emigración, el Mensajero de Allah envió a Mus’ab a Medina como emisario. De este modo, se convirtió en el primer emisario de la historia del islam.
En aquel entonces había en La Meca muchos compañeros de mayor edad y rango que Mus’ab. A pesar de ello, el Mensajero lo eligió precisamente para esta importante tarea. Con la inteligencia, el talento y el noble carácter que Dios le había concedido, Mus’ab cumplió esta difícil responsabilidad con la máxima honestidad. Mediante una intensa dedicación, devoción y nobleza, habló al corazón de los habitantes de Medina. Como resultado, entraron en la religión de Dios en grupos sucesivos.
Mus’ab llegó a Medina. Antes de eso, solamente doce habitantes de Medina habían acudido a Aqaba y aceptado el islam. Sin embargo, pocos meses después de su llegada a Medina, muchas personas respondieron a su invitación y aceptaron el islam. Durante la siguiente temporada del hajj, una delegación de setenta y dos musulmanes de Medina llegó a La Meca junto con Mus’ab, su maestro religioso y enviado del Profeta, y volvió a encontrarse con el Mensajero de Dios en Aqaba.
Mus’ab comprendía correctamente su responsabilidad y los límites de esa responsabilidad. Entendía que era un invitador hacia Dios y un anunciador de las buenas nuevas de una religión de Dios que llama a la humanidad a la guía y al camino recto. Su única responsabilidad era transmitir la invitación de esta religión.
Al llegar a Medina, Mus’ab fue huésped de As’ad ibn Zurarah. Los dos comenzaron a invitar a la gente a la adoración del Dios único en las distintas tribus, casas y reuniones de Medina. También se enfrentaron a diversos obstáculos. Pero los superaron todos con inteligencia, sabiduría y paciencia.
Un día estaba invitando a algunas personas. De repente, Usaid ibn Hudair, jefe de los Banu Abd al-Ashhal, apareció armado y sumamente exaltado. Estaba terriblemente enfurecido con aquel hombre que había llegado allí como enviado de Muhammad y animaba a la gente a abandonar la religión de sus antepasados. Incluso insultaba a sus dioses e ídolos. Al ver la actitud combativa de Usaid, los musulmanes sentados junto a Mus’ab se asustaron. Pero Mus’ab no tuvo miedo; al contrario, recibió a Usaid con una sonrisa. Se acercó a él y se quedó de pie ante él sonriendo. Entonces Usaid les dijo a él y a As’ad ibn Zurarah: «¿Por qué han venido a nuestro territorio tribal a engañar así a nuestra gente más débil? Si no desean morir, salgan de nuestra zona».
Mus’ab le dijo sonriendo: «¿No se sentará un momento a escucharme? Escuche lo que tengo que decir. Si le parece bien, lo aceptará; y si no le agrada, nos iremos».
Usaid era un hombre inteligente. Las palabras de Mus’ab le llegaron al corazón. «Esto sí que es hablar con sensatez. ¿Por qué habría de oponerme a escuchar?». Dejó sus armas, se sentó en el suelo y comenzó a escuchar atentamente a Mus’ab.
Mus’ab recitaba versículos del Sagrado Corán y explicaba la religión que el Profeta Muhammad había traído, mientras el rostro de Usaid se iluminaba poco a poco con una sonrisa. Mus’ab aún no había terminado su discurso cuando Usaid y el hombre que lo acompañaba exclamaron: «Estas son palabras verdaderamente maravillosas y veraces. ¿Qué hay que hacer para entrar en vuestra religión?». Mus’ab respondió: «Hay que purificar el cuerpo y la ropa, y dar testimonio de “la ilaha illallah”».
Usayd se levantó y se fue. Cuando regresó al cabo de un rato, el agua le goteaba del cabello. De pie, declaró: «Doy testimonio de que no hay divinidad excepto Allah y de que Muhammad es Su siervo y Su Mensajero». La noticia se difundió por todas partes, y Sa’d ibn Mu’adh y Sa’d ibn ‘Ubadah corrieron junto a Mus’ab. Ambos abrazaron el islam. Después de que estos líderes abrazaran el islam, los habitantes comunes de Medina comenzaron a decirse: «¿Por qué vamos a quedarnos rezagados? Vamos, vayamos a ver a Mus’ab y abracemos el islam».
Así, el primer enviado del Mensajero de Allah tuvo un éxito sin parangón en la historia. El tiempo transcurrió rápidamente. El Mensajero de Allah y sus compañeros habían emigrado de La Meca a Medina. Los coraichitas ardían de odio y conspiraron para extirparlos también de Medina. En Badr recibieron una lección tal que su odio se transformó en un deseo de venganza. Volvieron a enfrentarse a los musulmanes en Uhud. Antes de comenzar la batalla, el Mensajero observaba los rostros de todos los miembros del ejército musulmán. Pensaba en manos de quién debía poner ese día el estandarte del islam. Los examinó atentamente. Luego llamó a Mus’ab y puso el estandarte en sus manos.
Comenzó una batalla encarnizada. El ejército coraichita estaba al borde de la derrota. Entonces, las tropas musulmanas de arqueros, olvidando la orden del Mensajero de Allah, abandonaron sus posiciones y persiguieron a los coraichitas. Pero esta acción anuló la victoria segura del ejército musulmán y provocó su derrota. El ejército coraichita irrumpió repentinamente por el paso montañoso que habían dejado los arqueros musulmanes y atacó al ejército musulmán por la retaguardia. El ejército musulmán cayó en la confusión. Aprovechando la ocasión, el ejército coraichita empleó todas sus fuerzas para rodear al Mensajero de Allah.
Mus’ab ibn Umayr comprendió la gravedad del peligro. Alzó el estandarte todo lo que pudo, comenzó a rugir a pleno pulmón como un lobo y a proclamar el takbir con fuerza y repetidamente. Al mismo tiempo, saltaba y hacía demostraciones de fuerza. Su propósito era apartar la atención de los enemigos del Mensajero de Allah y dirigirla hacia él. Así, aquel día convirtió su única persona en todo un ejército. Sostuvo el estandarte en alto con una mano, con absoluta fidelidad, y con la otra blandió la espada con enorme fuerza. Las tropas enemigas se abalanzaron sobre él e intentaron llegar hasta el Mensajero de Allah pasando por encima de su cuerpo. Ibn Sa’d relata lo ocurrido al venerable Mus’ab: «El día de Uhud, Mus’ab ibn Umayr llevaba el estandarte. Cuando los musulmanes se dispersaron, Mus’ab permaneció firme y les hizo frente. El jinete Ibn Qum’a avanzó hacia él y, de un golpe de espada, le cortó la mano derecha. Mus’ab exclamó entonces: “Wa ma Muhammadun illa rasul, qad khalat min qablihi-r-rusul — Muhammad no es sino un Mensajero; antes de él ya pasaron otros Mensajeros”. Mus’ab tomó el estandarte con la mano izquierda. Con otro golpe de espada también le cortaron la mano izquierda. Una vez más, mientras repetía: “Wa ma Muhammadun illa rasul”, se inclinó sobre el estandarte y lo sostuvo con ambos brazos. Entonces le arrojaron una lanza. Cayó al suelo junto con el estandarte. Innā lillāhi wa innā ilayhi rāji’ūn. La frase que el venerable Mus’ab repetía antes de alcanzar el martirio todavía no había sido revelada como versículo del Corán. Fue después de este suceso de Uhud cuando el venerable Yibril se presentó con el versículo: “Wa ma Muhammadun illa rasul…”»
Al finalizar la batalla encontraron el cuerpo del venerable Mus’ab. Su rostro estaba cubierto de sangre y polvo. De pie junto al cuerpo, el Mensajero rompió a llorar desconsoladamente. El venerable Jabbab ibn al-Aratt dijo: «Emigramos junto al Mensajero de Allah por el camino de Allah, buscando Su complacencia. Corresponde a Allah recompensarnos por esta acción. Mus’ab ibn Umayr fue uno de los nuestros que partieron de este mundo sin recibir en absoluto la recompensa por su acción.
Murió como mártir en Uhud. No encontraron ninguna tela para amortajarlo, salvo una sola manta. Si le cubrían la cabeza con ella, quedaban al descubierto los pies; y si le cubrían los pies, quedaba al descubierto la cabeza. Finalmente, el Mensajero nos dijo: «Cubrid con la manta todo lo que podáis desde la cabeza y poned hierba de idhkhir sobre la parte de los pies». El Mensajero se puso de pie junto al cuerpo de Mus’ab y recitó: «Mina al-mu’minina rijalun sadaqu ma ‘ahadu Allaha ‘alayhi…»: «Entre los creyentes hay hombres que cumplieron fielmente el pacto que hicieron con Allah». Luego miró la manta funeraria y dijo: «Te vi en La Meca. Allí no había nadie con una manta más suave ni con un cabello más hermoso que el tuyo. Y hoy yaces aquí, cubierto de polvo, con esta manta». También dijo: «El Mensajero de Allah da testimonio de que, el Día de la Resurrección, todos vosotros daréis testimonio ante Allah». Después, volviéndose hacia sus compañeros, dijo: «¡Oh, gente! Visitadlos, acudid a ellos y ofrecedles el saludo de paz. Juro por Aquel en Cuya mano está mi vida que, hasta el Día de la Resurrección, cualquiera que les ofrezca el saludo de paz recibirá respuesta a ese saludo».
Su hermano Abu Rawm ibn Umayr, Amir ibn Rabi’a y Suwayt ibn Sa’d lo bajaron a la tumba y completaron el entierro.
El venerable Mus’ab era sumamente inteligente, generoso y un orador elocuente de lenguaje claro. La rapidez con que el islam se difundió en Yathrib (Medina) demuestra precisamente estas cualidades suyas. Había memorizado todo el Corán que había sido revelado hasta su martirio. Fue el primero en establecer la oración del viernes en Medina. Cuando aumentó un poco el número de musulmanes en Medina, con el permiso del Mensajero de Allah, inició la oración del viernes en la casa del venerable Sa’d ibn Khaythama. Él mismo dirigió la oración. Después de la oración sacrificaron una cabra y ofrecieron comida a los orantes. (Tabacat)(Tabacat)
…….. Primera parte terminada ……..
Bibliografía
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10. Yusuf Kandhalawi: Hayat al-sahaba,
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14. Maulana Muinuddin Nadwi: Muhayirín (urdu),
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16. Diversas colecciones de hadices.