Introducción

Historia y sira

En la época de la ignorancia, los árabes no sabían qué era la historia. Para ellos, la historia consistía en relatos transmitidos por herencia. La descripción de la naturaleza y las características de la vida árabe era el único elemento de la historia que circulaba en aquella época. Estaba repleta de relatos gloriosos sobre el valor de sus antepasados, su generosidad, la lealtad a su propia tribu y el cumplimiento de sus promesas. Aquella historia era rica en genealogías y en descripciones que identificaban a amigos y enemigos. La historia de la Kaaba Sagrada y de sus guardianes; el relato del origen del pozo de Zamzam; las historias de la vida de los líderes de Yurhum y Quraysh; el relato de la inundación causada por la ruptura de la presa de Ma’rib y de cómo, como consecuencia de ello, sus habitantes se dispersaron en todas direcciones, divididos en numerosos grupos; las predicciones de adivinos y sacerdotes, así como su prosa rimada y su poesía, entre otros elementos —mediante los cuales se conocían las características de la vida social, política y religiosa de los árabes de aquel tiempo— constituían el contenido principal de la historia de la nación árabe. Cuando el islam reapareció por medio de Hazrat Muhammad, sallallahu alayhi wa sallam, aquellos relatos transmitidos oralmente continuaron siendo narrados de boca en boca. Además, los narradores y relatores árabes encontraron un vasto y amplio material en la invitación al islam; en los presagios de la profecía observados antes de ella; en su desarrollo gradual y su llegada a la madurez; en su vida posterior a la profecía; en los acontecimientos de la vida de los compañeros del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam; y en las historias de los musulmanes nominales, cristianos, judíos y politeístas hostiles al Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, y a su vida ejemplar. Por ello, estas nuevas historias también circularon entre ellos del mismo modo, mediante la narración oral. El Sagrado Corán, los hadices del Gran Profeta, sallallahu alayhi wa sallam, y las palabras de los compañeros se establecieron como una amplia evidencia de aquella nueva vida.

El Sagrado Corán estaba escrito desde el principio. Sin embargo, los hadices del Gran Profeta (sallallahu alayhi wa sallam) permanecieron sin ser escritos durante mucho tiempo, aunque la gente los consideraba relatos fidedignos y auténticos. Nadie se atrevió a poner los hadices por escrito de manera generalizada. Debido a esta declaración del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, transmitida por Hazrat Abu Sa’id (radiyallahu anhu): «No escribáis nada de mí excepto el Corán; y si habéis escrito algo, borradlo», nadie se atrevió a registrarlos por escrito.

El significado de esta prohibición es muy claro. Se temía que, si se escribían las palabras del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, durante el período de la revelación del Corán, pudieran mezclarse y confundirse completamente con él. No hace falta decir que esta prohibición fue pronunciada únicamente con el noble objetivo de evitar tal mezcla y que estaba limitada al período de la revelación del Corán.

A pesar de ello, no se emprendió de manera generalizada la compilación de hadices hasta el comienzo del gobierno de Umar ibn Abd al-Aziz. Él ocupó el califato desde el año 99 de la Hégira hasta el 101. Se dice que realizó istijara durante cuarenta días para decidir si debía emprender la compilación de hadices. Finalmente, recibió la indicación de parte de Allah de que debía hacerlo. Por ello, encargó a Abu Bakr ibn Muhammad ibn Umar ibn Hazm la tarea de recopilar los hadices. Abu Bakr era gobernador y juez de Medina. Vivió hasta el año 120 de la Hégira. Puso por escrito, en forma de libro, los hadices que sabía de memoria y los envió a diversas ciudades para su revisión. Umar ibn Abd al-Aziz también encargó a Muhammad ibn Muslim ibn Shihab al-Zuhri la recopilación de hadices. Este compuso una obra de hadices.

A partir de entonces, los musulmanes continuaron recopilando hadices. Sin embargo, esa labor no seguía ningún método particular de organización: cada persona recopilaba de la manera que podía. Algunos los registraban en forma de libro bajo un capítulo específico de las disposiciones de la sharía. Después, esta tradición de componer libros siguió avanzando. En esta etapa vemos que muchos organizaron los capítulos de las obras de hadices y separaron de ellas la biografía del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam. En esta etapa registraron su nacimiento, su crianza en la casa de su nodriza y otros acontecimientos anteriores a la profecía. Después ofrecieron una descripción detallada de la invitación de los qurayshitas a la religión de Allah, de la paciencia ante las persecuciones y los abusos infligidos por los qurayshitas contra él y sus compañeros, y de otros acontecimientos relacionados. Asimismo, incluyeron los hadices relativos a los acontecimientos de las guerras y las batallas.

Los historiadores siguieron un método diferente. Escribieron numerosas y extensas obras sobre la historia. A través de ellas se reflejó su fervor islámico, debido al cual encontraron en la personalidad del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, un modelo cuya imitación era incuestionablemente apropiada para los musulmanes y una fuente de guía.

Los principales historiadores musulmanes que escribieron obras de sira

Los primeros autores de obras de sira fueron Urwa ibn al-Zubayr ibn al-Awwam (92 H.), Abban ibn Uzmán (105 H.), Wahb ibn Munabbih (110 H.), Shurahbil ibn Sa‘d (123 H.), Ibn Shihab al-Zuhri (124 H.) y Abd Allah ibn Abu Bakr ibn Hazm (135 H.). Casi todas las obras que escribieron han desaparecido por completo. Sin embargo, algunos fragmentos se conservaron dispersos en diversas obras históricas. A este respecto, cabe mencionar la Historia de Tabari. Además, una parte de la obra de Wahb ibn Munabbih se conserva actualmente en la ciudad alemana de Heidelberg.

Después de ellos surgió otro grupo de autores de obras de historia y de sira. Entre sus figuras más célebres se encuentran Musa ibn Uqba (141 H.), Muammar ibn Rashid (150 H.) y Muhammad ibn Ishaq (152 H.). Entre los principales miembros de la generación posterior destacan Ziyad al-Buka’i (183 H.), al-Waqidi, autor de la obra al-Maghazi —la historia de las guerras dirigidas por el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz— (207 H.), Ibn Hisham (218 H.) y el célebre autor de las Tabaqat, Ibn Sa‘d (230 H.).

La sira de Ibn Ishaq

Entre las obras de sira mencionadas, la más célebre, autorizada, fiable y de mayor calidad es la Sira de Muhammad ibn Ishaq. (1. «Muhammad ibn Ishaq ibn Yasar ibn Abd al-Muttalib ibn Abd Manaf fue un liberto. Su abuelo Yasar había sido uno de los prisioneros de guerra de la ciudad de Ayn al-Tamar, situada al oeste de Kufa, en dirección a Bariya. Cuando, durante el califato de Abu Bakr, esta ciudad pasó a estar bajo el dominio de los musulmanes, en el año 12 de la Hégira, Yasar fue llevado a Medina. Allí nació su nieto Muhammad en el año 85 de la Hégira. Pasó su juventud en Medina y después emprendió viajes por los países musulmanes. En el año 115 de la Hégira viajó a Alejandría, donde recopiló y transmitió hadices de un grupo de especialistas egipcios en hadiz. Después viajó a al-Yazira, Kufa, Rayy, Buhayra y, finalmente, Bagdad. Allí falleció en el año 152 de la Hégira. El célebre sabio Ibn Adi comentó sobre él: “Aunque la única virtud de Ibn Ishaq hubiera sido apartar a los reyes de su época de la composición de libros absurdos y alentarlos a dedicarse a escribir sobre las luchas armadas del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, su recepción de la profecía y la historia de la creación del mundo, aun así se le habría considerado el pionero y el más sobresaliente en esta virtud”»). Escribió esta obra al comienzo del período abasí. Se cuenta que una vez entró en la corte del gobernante abasí Mansur, en Bagdad. Frente a Mansur estaba sentado su hijo Mahdi. Mansur le dijo: “Ibn Ishaq, ¿sabes quién es este?”. Ibn Ishaq respondió: “Sí, el hijo del Comendador de los Creyentes (Mansur)”. Entonces Mansur dijo: “Ve y escribe para él una obra que contenga el relato de todos los acontecimientos, desde la creación de Adán (la paz sea con él) hasta el día de hoy”. Ibn Ishaq se marchó y, al cabo de un tiempo, compuso la obra mencionada y se la presentó a Mansur. Mansur le dijo: “Ibn Ishaq, has hecho la obra excesivamente extensa. Ahora escríbela de forma resumida”. Después, aquella enorme obra fue depositada en el tesoro del califa.

La sira de Ibn Hisham

Después de Ibn Ishaq vino Ibn Hisham. (2. Abu Muhammad Abd al-Malik ibn Hisham ibn Ayyub al-Himyari. Nació en Basora. Más tarde viajó a Egipto y se reunió con el imán al-Shafi‘i. Después, ambos estudiaron ampliamente la poesía árabe. Además de realizar una versión resumida de la Sira de Ibn Ishaq, Ibn Hisham escribió una obra sobre los soberanos y la genealogía de la tribu himyarí. También compuso otra obra en la que explicó poemas raros relacionados con la sira. Falleció en la ciudad de Fustat en el año 218 de la Hégira.) Él nos presentó esta obra de sira en forma abreviada. Completó esta tarea aproximadamente medio siglo después de que Ibn Ishaq escribiera su obra original. Para elaborar este resumen de la obra de Ibn Ishaq, solo recurrió a la intermediación de una persona llamada Ziyad al-Buka’i. (3. El hafiz Abu Muhammad Ziyad ibn Abd al-Malik ibn al-Tufayl al-Buka’i al-Amiri al-Kufi. Se le conocía como al-Buka’i porque procedía de Banu al-Buka, una rama de Banu Amir ibn Sa‘sa‘a. Llegó a Bagdad y allí aprendió de Ibn Ishaq la historia de las expediciones militares del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, y de Muhammad ibn Salim aprendió y transmitió las normas de la sharía. Después regresó a Kufa, donde falleció en el año 183 de la Hégira, durante el gobierno del califa Harun al-Rashid. Que Ibn Hisham valoraba debidamente a este maestro suyo queda demostrado por estas palabras mencionadas al comienzo de la obra: “He omitido aquellos asuntos cuya narración resultaría desagradable para muchos o que al-Buka’i no nos hubiera confirmado como auténticos mediante su propia transmisión”.) Ibn Hisham presentó la obra original de Ibn Ishaq que transmitió en una forma sumamente abreviada y editada, constituyendo el contenido de la presente obra. En algunos lugares incorporó adiciones y críticas. En otras ocasiones comparó y verificó las narraciones de Ibn Ishaq con las de otros sabios. Al comienzo de la obra explicó algunos de los métodos que siguió al compilarla. A pesar de ello, no albergamos ninguna duda de que Ibn Hisham compiló la obra de Ibn Ishaq con absoluta honestidad, fidelidad y dedicación. No cambió ni una sola palabra. Y siempre que consideró necesario señalar un defecto en la narración de Ibn Ishaq, explicar una afirmación difícil de comprender o presentar una narración contraria a otra, comenzó con la expresión: “Ibn Hisham dice”.

La abreviación era, en esencia, el principal objetivo de su compilación de la obra de sira. Por ello, omitió la historia de los descendientes de Ismael, comenzando desde los orígenes de la creación, así como otros relatos en los que no veía ninguna relación con la sira. Tampoco incluyó aquellos poemas cuya autenticidad le suscitaba dudas.

Quien intente encontrar, en la recopilación de Ibn Hisham, el contenido de la obra original de la sira, descubrirá en ella la máxima devoción y fidelidad, características de los eruditos musulmanes de aquella antigua época.

La importancia de la Sira de Ibn Hisham

En realidad, la obra de la sira de Ibn Ishaq ha sido considerada desde tiempos antiguos hasta nuestros días la principal obra de referencia para los lectores de la sira. Fueron muy pocos los expertos en la biografía del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) que no adoptaron la obra de la sira de Ibn Ishaq como guía principal en esta materia. Esta sira de Ibn Ishaq es conocida desde tiempos antiguos entre los eruditos como la «Sira de Ibn Hisham», pues Ibn Hisham fue el recopilador y compendiador de esta obra. Ibn Jallikán dice: «Ibn Hisham reunió, recopiló y resumió toda la biografía del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) recopilada por Ibn Ishaq, incluida su vida militar y civil. Esta es la obra que actualmente se encuentra en manos de los lectores con el nombre de Sira de Ibn Hisham».

Varios comentaristas y exégetas se adelantaron a escribir comentarios sobre la Sira de Ibn Hisham. Entre ellos, el comentario de Abu al-Qasim Abd al-Rahman al-Suhaili (581 H), titulado «Al-Rawd al-Unuf», es muy detallado y extenso. [4. Abu al-Qasim Abd al-Rahman ibn Abd Allah ibn Ahmad ibn al-Jusaymi al-Suhaili al-Andalusí al-Malikí. Suhail es el nombre de un valle perteneciente a la región de Coria, en España. Nació en el año 508 de la hégira y permaneció viviendo allí. Más tarde pasó también tres años en Marruecos, donde falleció en el año 581 de la hégira.] Después, quien dedicó su atención al estudio de esta obra fue Abu Dharr al-Jushaní. [5. Abu Dharr Musab ibn Muhammad ibn Masud al-Yiyaní al-Jushaní. Era conocido como al-Jushaní por el pueblo de Jushain, en España, y por la tribu de Jushain de Cádiz. Nació en el año 533 de la hégira y falleció en el año 604.] Explicó sus pasajes difíciles y también formuló algunas críticas en su obra «Sharh al-Sira al-Nabawiyya». El doctor Brunlah publicó la obra. Badr al-Din Muhammad ibn Ahmad al-Ayni terminó en el año 805 de la hégira su comentario, titulado «Kashf al-Lisan fi Sharh Sira Ibn Hisham».

Por otro lado, vemos que algunos autores también prestaron atención a compendiar esta obra. Uno de ellos fue Burhan al-Din Ibrahim ibn Muhammad al-Murhal al-Shafií. En esta obra, dividida en dieciocho capítulos y titulada «Al-Dhajira fi Mujtasar al-Sira», no solo resumió la Sira de Ibn Hisham, sino que también añadió algunos asuntos. Terminó de escribirla en el año 661 de la hégira. Después, en el año 711 de la hégira, Abu al-Abbas Ahmad ibn Ibrahim ibn Abd al-Rahman al-Wasiti terminó otra obra compendiada, titulada «Mujtasar Sira Ibn Hisham». Incluso algunos autores recopilaron la Sira de Ibn Hisham en forma de poema. Entre ellos estuvieron: (1) Abu Muhammad Abd al-Aziz ibn Muhammad ibn Said al-Dumayri al-Dayrini, fallecido en el año 607 de la hégira; (2) Abu Nasr al-Fatah ibn Musa ibn Muhammad al-Maghribí, fallecido en el año 793 de la hégira. La obra escrita por este último autor se titula «Al-Fath al-Qarib fi Sira al-Habib». La obra fue compuesta en diez mil versos.

La presente versión resumida de la Sira de Ibn Hisham

Al comienzo de mi juventud intentaba una y otra vez leer esta obra de principio a fin, pero la desorganización y la falta de cohesión de su método de composición me causaban un intenso sufrimiento mental y aburrimiento. Por ello, leía un poco de aquí y otro poco de allá. La dulzura y elegancia del lenguaje, así como la grandeza de su contenido, eran lo que me atraía a leer aquellos pasajes dispersos. Esos pasajes me resultaban tan agradables como un jardín florido en un desierto árido.

En realidad, al leer libros sobre la sira obtenía una sensación exactamente igual a la que surgía en mi corazón al leer el Corán y los hadices: un sentimiento de pura devoción y una sensación de obediencia sincera. Me parece que, atraído irresistiblemente por algún misterio desconocido, deseaba leerla una y otra vez. Mi difunto padre también fue autor de una obra sobre la sira. Escribió un compendio, dividido en treinta capítulos, titulado «Taljís al-Durus al-Awwaliyya fi al-Sira al-Muhammadiyya». Durante mucho tiempo, este fue el único libro de texto en las instituciones de enseñanza islámica. No hace falta decir que, en aquella época, la sira era una de las materias principales de estudio en las escuelas.

A pesar de ello, no he podido leer de principio a fin la obra Sira de Ibn Hisham. Como ya he dicho, la causa es la falta de organización en el método de composición y el estilo narrativo inconexo y desarticulado. Allí, de repente, se interpone en el camino del lector de la sira una larga lista con los nombres de todos los prisioneros de guerra de Badr, los nombres de todos los caballos utilizados por el ejército musulmán en Badr, y los nombres de todos los soldados musulmanes de entre los Ansar y los Quraysh que participaron en la batalla de Badr, de quienes fueron martirizados y de quienes fueron muertos entre los politeístas. Del mismo modo, obstaculizan el estudio de la sira por parte del lector los poemas recitados en la batalla de Badr, los diálogos pronunciados para ensalzar la gloria de los antepasados, los discursos en los que se mencionan las genealogías, las largas peroratas tejidas mediante el mero artificio de las palabras y, aunque relacionadas con ellas, las interpretaciones del Corán que se presentan sin conexión con el tema principal de la sira; asimismo, la mención de las cadenas de transmisión, conforme al método habitual de los libros de sira, cuya importancia solo reconocen los eruditos críticos.

Por ello, he emprendido la tarea de presentar al lector, mediante la presente obra resumida, este extracto de la sira de una forma amena, que no interrumpa la continuidad del estudio y adornada con un estilo novedoso. No obstante, me he esforzado plenamente para que el contenido original de la obra principal permanezca intacto, de modo que el lector pueda citarlo y tenga la certeza de obtener información fidedigna de la obra original. No he cambiado ni una sola letra de la obra original, pues siempre he tenido presente que es mi responsabilidad y deber presentar literalmente las palabras del autor. He adoptado y seguido continuamente la norma de citar correctamente las palabras de Ibn Hisham y, por ello, indicar al comienzo de cada pasaje: «Ibn Hisham dijo». He realizado los cambios allí donde era necesario, conforme a las necesidades y exigencias de la compilación. Todo lo demás son palabras de Ibn Ishaq narradas por Ibn Hisham. Salvo cuando ha sido necesario para fundamentar una afirmación, no he mencionado en ningún otro lugar los nombres de los transmisores, aunque en la obra original Ibn Ishaq o Ibn Hisham mencionan sus nombres en casi todos los casos. He tenido cuidado de ordenar sistemáticamente todas las citas de Ibn Hisham y, cuando lo he considerado necesario, he explicado y analizado algunas de ellas. Para ello, he tenido que apoyarme en las exposiciones de los estudiosos de la sira, así como en obras fiables de hadices y diccionarios.

Para quienes se han visto privados de la oportunidad de estudiar la obra original, la presente compilación resumida constituye un medio sencillo de leerla. De este modo puede establecerse un vínculo adecuado entre la juventud actual y su antigua y gloriosa herencia.

Los lectores pueden terminar de leer esta obra en tan solo unos días y adquirir rápidamente de ella conocimientos valiosos y beneficiosos. En cambio, si tuvieran que leer la obra original, que actualmente está fuera del alcance de cualquier lector, necesitarían muchos meses.

Ruego a Allah que haga que la sociedad se beneficie de esta obra. Si este pequeño e insignificante esfuerzo mío en el ámbito del conocimiento alcanza su propósito, me consideraré satisfecho. La complacencia de Allah y de Su Mensajero es el único objetivo de este esfuerzo mío.

Abd al-Salam Harun

Misr al-Yadida

A mediados de Ramadán

1374 de la Hégira

La genealogía ascendente desde Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, hasta Adán, la paz sea con él

Abu Muhammad Abd al-Malik ibn Hisham dice:

En esta obra se expone la biografía del Mensajero de Allah, el honorable Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Su genealogía ascendente es la siguiente:

Su padre fue Abd Allah; el padre de este, Abd al-Muttalib (cuyo nombre verdadero era Shayba); el padre de este, Hashim (cuyo nombre verdadero era Amr); el padre de este, Abd Manaf (cuyo nombre verdadero era al-Mughira); el padre de este, Qusayy (cuyo nombre verdadero era Zayd); el padre de este, Kilab; el padre de este, Murra; el padre de este, Ka’b; el padre de este, Lu’ayy; el padre de este, Ghalib; el padre de este, Fihr; el padre de este, Malik; el padre de este, al-Nadr; el padre de este, Kinana; el padre de este, Khuzayma; el padre de este, Mudrika (cuyo nombre verdadero era Amir); el padre de este, Ilyas; el padre de este, Mudar; el padre de este, Nizar; el padre de este, Ma’add; el padre de este, Adnan; el padre de este, Udd; el padre de este, Muqawwam; el padre de este, Nahur; el padre de este, Hita Tairah; el padre de este, Ya’rub; el padre de este, Yashjub; el padre de este, Nabit; el padre de este, Ismail (la paz sea con él); el padre de este, Ibrahim (la paz sea con él); el padre de este, Tarih (cuyo otro nombre era Azar); el padre de este, Nahur; el padre de este, Sarigh; el padre de este, R’aw; el padre de este, Falekh; el padre de este, Ubayr; el padre de este, Shalekh; el padre de este, Arfakhshad; el padre de este, Sam; el padre de este, Noé (la paz sea con él); el padre de este, Lámek; el padre de este, Matusalén; el padre de este, Ajnu-j (según los historiadores, era el honorable Idris, la paz sea con él); el padre de este, Yared; el padre de este, Mahalalel; el padre de este, Cainán; el padre de este, Yanish; el padre de este, Set; el padre de este, Adán, la paz sea con él.

Ibn Hisham dice:

«Si Allah quiere, comenzaré esta obra con el relato de Ismail, hijo del honorable Ibrahim. Después narraré, en orden sucesivo, a los antepasados paternos de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, nacidos de la descendencia de Ismail, así como a los hijos nacidos de la descendencia de esos antepasados. De este modo, expondré a todos los antepasados paternos desde Ismail, la paz sea con él, hasta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y las historias conocidas acerca de ellos. Sin embargo, no registraré la historia de los hijos de Ismail que no son antepasados del honorable Muhammad, con el fin de mantener reducida la extensión de la obra y limitarla únicamente a los asuntos relacionados con la sira. Del mismo modo, para mantener reducida la extensión de la obra, omitiré algunos relatos que Ibn Ishaq había registrado en ella. En esos relatos de Ibn Ishaq no se menciona al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz; tampoco descendió ninguna revelación coránica acerca de ellos, ni constituyen una ocasión, explicación o prueba de ninguna afirmación de esta obra. También he omitido algunos poemas mencionados por Ibn Ishaq que advertí que eran desconocidos para los expertos en poesía. Además, tuve que excluir ciertas expresiones desagradables de Ibn Ishaq que provocan el descontento de la gente, así como algunos asuntos que no están respaldados por Bukhari. A excepción de estas pocas cosas, mencionaré por completo, si Allah quiere, toda la información restante de Ibn Ishaq, en la medida en que haya sido transmitida y reconocida.»

La genealogía de los descendientes de Ismail, la paz sea con él

De la descendencia de Ismael nacieron doce hijos varones. Fueron: Nabيت, Qayzar, Azral, Mish, Masma, Mashi, Dam, Azar, Taym, Yatur, Nabash y Qayum.

De la descendencia de Nabیت nació Yasŷub; de la descendencia de Yasŷub, Ya’rub; de la descendencia de Ya’rub, Ud; y de la descendencia de Ud nació Adnán.

Después de Adnán, los descendientes de Ismael se dividieron en tribus. Adnán tuvo dos hijos varones: Ma’ad y Akk.

Akk ibn Adnán se marchó al Yemen, donde sus descendientes se establecieron de forma permanente. Akk se casó con una mujer de la tribu Banu Ash’ar del lugar y continuó viviendo con ellos; así, su país y su lengua llegaron a ser los mismos. Los antepasados de la tribu Banu Ash’ar fueron: Ash’ar, cuyo padre fue Nabát, cuyo padre fue Ud, cuyo padre fue Humaysa, cuyo padre fue Amr, cuyo padre fue Urayb, cuyo padre fue Yasŷub, cuyo padre fue Zayd, cuyo padre fue Qahtán, cuyo padre fue Yasŷub, cuyo padre fue Ya’rub y cuyo padre fue Qahtán.

Ma’ad ibn Adnán, el otro hijo de Adnán, tuvo cuatro hijos: Nizar, Quda’a, Kanasa y Iyad. Los descendientes de Qudayr tuvieron la fortuna de llegar hasta Himyar ibn Saba. Sin embargo, según los expertos en genealogía de los descendientes de Ma’ad, todos los descendientes restantes de Kanasa ibn Ma’ad desaparecieron. No obstante, el rey de Hira, Nu’man ibn Mundhir, descendía de ellos.

El sueño de Rabi’a ibn Nasr

Entre los reyes, Rabi’a ibn Nasr del Yemen era un rey débil y sometido. En cierta ocasión, tuvo un sueño terrible y se alarmó muchísimo. Reunió a todos los adivinos, hechiceros y ayef que había en su reino. En aquella época, los ayef eran una clase de adivinos que predecían el futuro mediante el canto y los movimientos de las aves. Se los llamaba ayef.

y astrólogos, y les dijo: «He tenido un sueño que me ha llenado de miedo y consternación. Decidme qué sueño he tenido y cuál es su interpretación». Los astrólogos reunidos respondieron: «Describidnos el sueño y os diremos su interpretación». El rey dijo: «Si os cuento el sueño, no encontraré consuelo ni tranquilidad en vuestra interpretación, pues solo será capaz de interpretar o explicar este sueño quien pueda hablarme de él antes de que yo lo cuente». Uno de los astrólogos dijo: «¡Majestad! Si queréis conocer la interpretación del sueño de ese modo, mandad llamar a Satih y a Shaqq, pues nadie es más experto que ellos. Ellos podrán deciros lo que queréis saber».

El rey mandó llamar a aquellos dos adivinos. El primero en presentarse ante el rey fue Satih. El rey le dijo: «He tenido un sueño que me ha llenado de temor y espanto. Dime qué he soñado. Si puedes describir correctamente el sueño, también podrás interpretarlo correctamente».

Satih respondió: «Bien, así lo haré. Usted ha soñado que, desde el interior de las tinieblas, surgía un trozo de fuego que descendía a las tierras bajas y devoraba a todos los seres vivos que allí se encontraban».

El rey dijo: «¡Vaya! Has descrito el sueño con toda exactitud. Ahora dime, ¿qué significa?»

Él respondió: «Juro por todas las serpientes que habitan en las dos tierras rocosas que los abisinios entrarán en su territorio y se apoderarán de todo el Yemen». El rey dijo: «¡Oh, Satih!, esto es algo sumamente doloroso e irritante.

¿Cuándo ocurrirá? ¿Durante mi reinado o después de mí?»

Él respondió: «Ocurrirá algún tiempo después de su reinado, cuando hayan transcurrido más de sesenta o setenta años». El rey preguntó: «¿Permanecerá esta tierra bajo su dominio para siempre, o llegará a su fin su usurpación?» Él respondió: «Después de que hayan transcurrido algo más de setenta años, llegará a su fin su dominio. Entonces serán asesinados o huirán». El rey volvió a preguntar: «¿Quién los matará o expulsará?» Satih respondió: «Serán asesinados o expulsados por Iram ibn Dhu Yazan. Él surgirá de Adén y no dejará a ninguno de ellos en el Yemen».

El rey dijo: «¿El dominio de Iram será permanente o temporal?»

Satih respondió: «Su dominio será temporal».

El rey dijo: «¿A manos de quién llegará a su fin el poder?»

Sateeh respondió: «A manos de un profeta puro y santo. Recibirá la revelación del mundo celestial».

El rey dijo: «¿De qué linaje será?»

Sateeh respondió: «Surgirá del linaje de Gálib, hijo de Fíhir, hijo de Málik, hijo de Nadar. Su pueblo conservará el poder hasta el momento en que llegue el fin del universo».

El rey dijo: «¿Acaso el universo también tiene un fin?»

Él respondió: «Sí, el día en que se reúnan los primeros y los últimos seres humanos de la Tierra. Los que hayan obrado rectamente serán felices, mientras que los que hayan obrado mal sufrirán».

El rey dijo: «¿Es verdadera tu profecía?»

Él respondió: «Sí, por la oscuridad de la noche y la luz del alba, y por la aurora ordenada: todo lo que he dicho es completamente cierto».

Después, Shaqq llegó a la corte del rey. El rey le dijo a Shaqq todo lo que le había dicho a Satiḥ. Sin embargo, no le informó de lo que Satiḥ había dicho; mantuvo el asunto en secreto para comprobar si ambos hacían la misma profecía o profecías diferentes.

Shaqq dijo: «Has visto en sueños que una llama de fuego salió de la oscuridad. Cayó entre una montaña y un jardín, y después devoró a todos los seres vivos de allí».

El rey comprendió que las declaraciones de ambos eran idénticas. La única diferencia era que Satiḥ había dicho que el fragmento había descendido en una llanura, mientras que Shaqq había dicho que había descendido entre una montaña y un jardín. Entonces le dijo a Shaqq: «Has dicho la verdad. Ahora dime, ¿cuál es la interpretación de esto?»

Él dijo: «Juro por todos los habitantes de los dos países montañosos que los sudaneses invadirán tu país, y todos los débiles se verán obligados a obedecer su más leve gesto. Dominarán todo el territorio desde Abyan hasta el monte de Nayrán».

El rey dijo: «Es un asunto sumamente doloroso e indignante. ¿Cuándo ocurrirá? ¿Durante mi vida o después?»

Él dijo: «Después de que haya transcurrido bastante tiempo tras tu muerte. Entonces un hombre poderoso os salvará y expulsará a los invasores, después de humillarlos y deshonrarlos terriblemente».

El rey dijo: «¿Quién es ese hombre poderoso?»

Él dijo: «Un joven que no es insignificante ni de baja condición. Surgirá de la casa de Dhu Yazan. No permitirá que ninguno de los invasores permanezca en Yemen».

El rey preguntó: «¿Será eterno o pasajero el gobierno de este hombre?»

Shek respondió: «Su gobierno llegará a su fin con la llegada de un Mensajero enviado, que establecerá la verdad y la justicia, y vendrá acompañado de personas piadosas y virtuosas. El gobierno de su pueblo continuará hasta el Día de la Resurrección».

El rey preguntó: «¿Qué es el Día de la Resurrección?»

Él respondió: «Será el día en que los gobernantes sean juzgados. Una voz llamará desde el cielo, y todos, vivos y muertos, podrán oírla. Entonces, en el momento señalado, toda la humanidad será reunida. Ese día habrá éxito y bienestar para quienes sean moderados».

El rey preguntó: «¿Es cierto lo que has dicho?»

Él respondió: «Sí, lo juro por el Señor de los cielos y de la tierra, y de todo cuanto hay entre ellos, tanto lo llano como lo accidentado: la profecía que te he anunciado es verdadera e indudable».

Rabia creyó en las palabras de estos dos profetas y envió a su familia a Irak, proporcionándole las provisiones necesarias. Después escribió una carta a Shapur ibn Khurzad, el entonces emperador de Persia, y se la envió. Shapur les proporcionó un lugar donde residir en Hira.

La conquista del reino del Yemen y el ataque contra Yathrib por Abu Karib Hassan ibn Tubban Asad

Tras la muerte de Rabi‘a, todo el reino del Yemen pasó a manos de Abu Karib Hassan ibn Tubban As‘ad. Su padre, Tubban As‘ad, ya había llegado antes a Medina (Yathrib) desde el este y, de ese modo, había allanado hábilmente el camino para establecer su dominio sin incomodar a los habitantes de Medina. Allí nombró representante a uno de sus hijos. Sin embargo, dicho hijo fue asesinado repentinamente por un sicario. Después, Tubban regresó allí con la intención de destruir Medina y exterminar a sus habitantes. Entonces se reunió un grupo de hombres bajo el liderazgo de Amr ibn Tallal. Finalmente, entablaron combate con él. Este grupo aparentaba combatir contra él durante el día y ofrecerle hospitalidad por la noche. Sorprendido por su conducta, Tubban dijo: «¡Qué maravilla! Esta gente es verdaderamente educada y noble». Así continuó la guerra. En tales circunstancias, un día acudieron a él dos eruditos judíos que, al enterarse de su intención de destruir Medina y a sus habitantes, le dijeron: «¡Oh rey! No haga esto. Aunque se empeñe, se alzará ante usted un obstáculo irresistible y no podrá realizar lo que desea. Además, pronto sufrirá un castigo». El rey preguntó: «¿Por qué sufriré un castigo?». Ellos respondieron: «Medina es el refugio del Profeta de los últimos tiempos. Los qurayshíes lo expulsarán del Lugar Sagrado y él vendrá a establecerse aquí».

Al oír esto, el rey desistió. Pensó que aquellos dos hombres eran verdaderamente sabios y quedó impresionado por sus palabras. Abandonó Medina y adoptó la religión de ambos eruditos.

Tubba —es decir, Tubban As‘ad— y los miembros de su tribu eran politeístas. Partió hacia La Meca por el camino del Yemen. Cuando llegó a un punto situado entre los dos lugares llamados Usman y Amaz, algunos hombres de la tribu de Huzayl ibn Mudáraka se acercaron a él y le dijeron: «¡Oh rey! ¿Desea conocer una casa desconocida, llena de riquezas preciosas como diamantes, gemas, esmeraldas y otras piedras valiosas, de la que sus reyes predecesores ignoraban la existencia?». El rey respondió: «Sí, sin duda deseo conocer una casa así». Ellos dijeron: «En La Meca hay una casa. Los habitantes de La Meca la adoran y rezan junto a ella».

En realidad, los hombres de Banu Huzayl le habían dado aquel consejo a Tubban con la intención de empujarlo hacia su destrucción. Pues sabían que todo rey que hubiera deseado apoderarse de la Kaaba, y todo aquel que la hubiera atacado, había perecido.

Tubban decidió seguir el consejo de Banu Huzayl. Sin embargo, antes de hacerlo, envió un mensajero a los dos eruditos judíos para conocer su opinión. Los eruditos dijeron: «La intención de Banu Huzayl es destruirlo a usted y a sus tropas. No sabemos que nadie, aparte de Allah, haya podido apropiarse de ninguna Casa de Allah en la tierra. Si actúa conforme al consejo que le han dado, usted y sus compañeros serán exterminados por completo. Es inevitable e ineludible». El rey preguntó: «Entonces, cuando me acerque a esa casa, ¿qué creen que debo hacer?». Ellos respondieron: «Hará lo mismo que hacen los habitantes de La Meca. Dará vueltas alrededor de la casa en tawaf y la honrará y venerará. Mientras permanezca allí, se afeitará el cabello. Hasta que se marche de las inmediaciones de esa casa, se mantendrá en la más profunda humildad». El rey preguntó: «¿Por qué no hacen ustedes esas cosas?». Ellos respondieron: «¡Por Dios! Esa es la casa construida por nuestro padre Abraham. Todo lo que le hemos dicho acerca de ella es verdad. Sin embargo, los habitantes de La Meca nos han impedido acercarnos a esa casa colocando numerosos ídolos a su alrededor. También nos han impedido ir allí manteniendo el derramamiento de sangre en sus proximidades, aunque está prohibido. Son politeístas e impuros».

Tubban aceptó el consejo de los dos eruditos judíos y lo puso en práctica. Después fue donde estaban aquellos hombres de la tribu de Huzayl y les cortó las manos y los pies. Luego llegó a La Meca, dio las vueltas rituales alrededor de la Kaaba Sagrada, sacrificó animales junto a ella y se afeitó el cabello. Pasó así seis días en La Meca. Durante esos seis días, su principal ocupación fue sacrificar animales, alimentar a los habitantes de La Meca y darles de beber miel. Soñó que estaba cubriendo la Kaaba Sharif con un kiswah. Después colocó sobre la Kaaba un kiswah de una tela gruesa llamada khasf.

Volvió a soñar que vestía la Kaaba con una tela aún mejor. Por ello, más tarde cubrió la Kaaba con una valiosa tela yemení. Según los historiadores, este Tubba —es decir, Tubban— fue la primera persona que cubrió la Kaaba Sharif con un kiswah, y dejó encomendado a los miembros de la tribu de Yurhum, encargados de la Kaaba, que continuaran cubriéndola. También fue el primero en ordenar que la Casa de la Kaaba fuera purificada —lo que incluía liberarla de los ídolos— y advirtió a todos que no derramaran sangre en sus proximidades ni dejaran allí cadáveres o prendas sucias utilizadas por mujeres menstruantes. Dispuso asimismo la construcción de una puerta para la Casa de la Kaaba y la instalación de una cerradura y llaves.

Después, Tubba salió de La Meca y emprendió el viaje hacia el Yemen acompañado de sus tropas y de los dos eruditos judíos. Al llegar al Yemen, invitó a sus habitantes a abandonar la idolatría y aceptar la religión que él había adoptado. Los yemeníes declararon claramente que no abandonarían su religión sin consultar el veredicto del fuego, conforme a su costumbre.

Los habitantes de Yemen resolvían las disputas mediante el fuego. Aquel fuego devoraba al opresor, pero no causaba daño al oprimido. Un día, los habitantes de Yemen acudieron y se sentaron en el lugar de donde salía el fuego, llevando consigo sus ídolos y los demás utensilios de su culto, mientras que los dos eruditos judíos llevaban colgadas de los hombros sus Escrituras celestiales. El fuego salió y comenzó a avanzar primero hacia los yemeníes. Al verlo, estos se asustaron y se alejaron del fuego. Los presentes los reprendieron y les dijeron que permanecieran sentados en su lugar con paciencia. Cuando se sentaron pacientemente, el fuego los rodeó y redujo a cenizas los ídolos y los demás objetos del culto. También fueron consumidos los sacerdotes de la tribu de Himyar que transportaban los utensilios religiosos. Por ello, la tribu de Himyar adoptó la religión de Tubban. Desde entonces se estableció el judaísmo en Yemen.

Después de Tubban, su hijo Hassan ascendió al trono de Yemen. Emprendió una campaña de conquista con la intención de apoderarse de todo el mundo árabe y no árabe, llevando consigo a todos los habitantes de Yemen. Cuando llegó al territorio de Bahréin, las tribus de Himyar y las demás tribus yemeníes ya no quisieron continuar avanzando con él. Decidieron regresar a su patria y a sus familias. Expresaron esta intención a Amr, uno de los hermanos de Hassan que participaban en aquel ejército, y le dijeron: «Mata a tu hermano Hassan y regresa con nosotros a nuestra patria. Te aceptaremos como rey». Cuando Amr consultó el asunto con los hombres de su ejército, todos estuvieron de acuerdo. Solo Dhu Ru’ayn al-Himyari se opuso y le prohibió cometer el asesinato. Pero Amr ignoró su prohibición. Entonces Dhu Ru’ayn recitó el siguiente poema:

«¡Atención! ¿Quién aceptará el desvelo a cambio de su propio sueño?

Quien prolonga su vida dichosa

ese es verdaderamente afortunado. Pero

Himyar cometió una traición. Y para Dhu Ru’ayn quedó una excusa reconocida por Dios».

Escribió aquel breve poema en un trozo de papel y lo selló. Después se lo llevó a Amr y le dijo: «Guarde con usted esta nota que he escrito». Amr la guardó. Luego mató a su hermano Hassan y regresó a Yemen con sus hombres.

Después de que Amr ibn Tubban regresó, sufrió un insomnio terrible. Cuando la enfermedad se agravó, convocó a médicos, adivinos, astrólogos y vaticinadores, y les pidió su opinión para descubrir el misterio de su enfermedad. Uno de ellos dijo: «Mire, del mismo modo que usted mató a su hermano, todo aquel que haya matado a su propio hermano o a un pariente consanguíneo ha sufrido este tipo de insomnio».

Al oír esto, Amr comenzó a matar a todos los hombres influyentes del Yemen que le habían aconsejado asesinar a su hermano Hassan. Después de matarlos uno tras otro, cuando llegó ante Dhu Ru‘ayn, este dijo: «Usted posee la prueba de mi inocencia». Amr preguntó: «¿Cuál?». Dhu Ru‘ayn respondió: «Un trozo de papel escrito por mí que le entregué». Entonces Amr lo sacó y vio que contenía dos versos escritos. Comprendió que Dhu Ru‘ayn le había dado un buen consejo, por lo que no lo mató.

Después murió Amr. Tras su muerte, surgieron la anarquía y el desorden en el gobierno himyarita, y sus miembros quedaron dispersos. Aprovechando esta situación, un individuo terriblemente perverso, ajeno a la familia real y llamado Lakhnia Yasuf Dhu-Shanatir, se impuso como gobernante. Mató a sus nobles y se entregó a diversiones con los miembros de la familia real.

El mayor de los pecados de Lakhnia era la homosexualidad. Un día convocó con ese propósito a Zur‘a Dhu Nuwas, hermano de Hassan e hijo de Tubban. Cuando Hassan fue asesinado, Zur‘a era todavía un niño pequeño. En poco tiempo se convirtió en un joven de cuerpo robusto e inteligencia despierta. Cuando el mensajero de Lakhnia llegó ante Zur‘a, este comprendió sus malas intenciones. Ocultó bajo la planta del pie, dentro del calzado, un cuchillo ligero y muy afilado, y se dirigió ante Lakhnia. Lakhnia lo llamó a un lugar apartado y se abalanzó sobre Zur‘a. Este aprovechó la ocasión y lo hirió violentamente con el cuchillo. Zur‘a mató a Lakhnia y salió ante el pueblo, proclamando orgullosamente su hazaña. Entonces el pueblo dijo: «Nos has librado de las manos de este miserable. Por tanto, tú eres la persona más digna de gobernarnos».

Con la colaboración de la tribu de Himyar y de todo el pueblo del Yemen, Zur‘a Dhu Nuwas estableció sobre ellos un reino poderoso y duradero. Zur‘a fue el último emperador de la dinastía de Himyar y el protagonista del suceso en que se arrojó a la gente a las zanjas y se la quemó en el fuego, mencionado en la sura al-Buruy del Corán.

En la provincia yemení de Nayrán aún vivía un grupo de los verdaderos seguidores de Jesús, la paz sea con él. Eran personas sabias, virtuosas y de firme ánimo. Su líder era Abdullah ibn Samir. Dhu Nuwas emprendió una campaña militar contra ellos, los invitó a adoptar el judaísmo y les dijo claramente: «O os hacéis judíos o preparaos para morir». Así, se cavaron zanjas para ellos. Finalmente fueron quemados vivos cruelmente en el fuego; a muchos otros los mataron con espadas y mutilaron sus cadáveres. De este modo, Dhu Nuwas mató aproximadamente a veinte mil personas.

Fue precisamente con respecto a este Dhu Nuwas y a sus soldados que Allah, exaltado sea, reveló una revelación al Profeta Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda la paz: «¡Malditos sean los autores de la zanja, del fuego alimentado, cuando estaban sentados junto a ella, presenciando la matanza que perpetraban contra los creyentes! No les reprochaban otra cosa que haber creído en Allah, el Poderosísimo, el Digno de toda alabanza».

Se cuenta que el imán y comandante de este grupo de creyentes asesinados por Dhu Nuwas era Abdullah ibn Samir.

El Yemen bajo el dominio de los abisinios

Uno de los creyentes asesinados en el foso de fuego de Dhu Nuwas logró salvarse y escapar de algún modo. Este hombre, llamado Daws Dhu Suluban y perteneciente a la tribu de Saba, salió hábilmente del foso de fuego, montó en su caballo y se lanzó a toda velocidad por el desierto, dejando atrás a los perseguidores de Dhu Nuwas. Tras cabalgar sin detenerse, llegó a la corte del emperador romano. Le relató detalladamente la espantosa masacre y las torturas infligidas a los creyentes de Nayrán por Dhu Nuwas, el judío, y sus soldados, y solicitó al emperador romano ayuda militar contra el poder de Dhu Nuwas. El emperador dijo: «Tu país está muy lejos de aquí. Por eso escribiré al rey de Abisinia. Él también profesa mi religión y su país está cerca del tuyo». El emperador escribió al rey de Abisinia, ordenándole no solo que prestara ayuda, sino también que tomara represalias. Daws se presentó ante el rey de Abisinia, el Negus, con aquella carta del emperador romano. El Negus envió con Daws desde Abisinia un ejército de setenta mil soldados. El mando del ejército fue confiado a un hombre llamado Ariat. Como su colaborador, permaneció en el ejército otro hombre llamado Abraha al-Ashram.

Ariat desembarcó con su ejército en la costa del Yemen, tras viajar por mar. Daws Dhu Suluban también estaba con él. Al enterarse de la noticia, Dhu Nuwas, Himyar y las demás tribus yemeníes que lo seguían marcharon unidas para impedir el avance de las tropas de Ariat. Se libró una feroz batalla entre ambos bandos. Finalmente, Dhu Nuwas y sus hombres fueron derrotados. Al ver la situación, Dhu Nuwas dirigió su caballo hacia el mar. El caballo se lanzó al mar y Dhu Nuwas murió ahogado. Así llegaron a su fin Dhu Nuwas y su gobierno judío. Ariat entró en el Yemen y subió al trono.

El conflicto entre Ariat y Abraha

Ariat continuó gobernando el Yemen durante mucho tiempo. En cierto momento, Abraha entró en conflicto con él. Sostenía que, como representante del Negus, él tenía más derecho a gobernar el Yemen. Los soldados abisinios se dividieron en dos grupos por esta cuestión. Cuando parecía inminente que ambos bandos entrarían en guerra, Abraha envió a Ariat el siguiente mensaje: «Si los abisinios entran en guerra entre sí, se destruirán a sí mismos y al final no habrá ningún beneficio. Por tanto, luchemos los dos en combate singular. El que resulte vencedor entre nosotros dos contará con la lealtad de todo el ejército». Ariat aceptó la propuesta y dijo: «Sí, tienes razón». Se entabló una feroz batalla entre Ariat y Abraha. Abraha era relativamente más piadoso, corpulento y bajo, mientras que Ariat era alto, apuesto y de complexión imponente. Llevaba un arma en la mano. Para protegerle la espalda, Abraha colocó detrás de sí a su esclavo llamado Atudah. Ariat golpeó con su espada la cabeza de Abraha, pero el golpe alcanzó su rostro. La nariz y la ceja de Abraha quedaron cortadas, y sus labios y ojos resultaron heridos. Por eso se le llamó Abraha al-Ashram, es decir, «el de la nariz cortada». Entonces Atudah salió de detrás de Abraha, atacó a Ariat y lo mató. Después, los soldados abisinios leales a Ariat se unieron al bando de Abraha, y Abraha continuó gobernando el Yemen como representante unánime de Abisinia.

El acontecimiento de los Compañeros del Elefante

Después, Abraha construyó en Saná una iglesia llamada al-Qullays, semejante a la cual no existía ningún edificio en el mundo de aquella época. Esta era la iglesia histórica que Abraha construyó como alternativa a la sagrada Kaaba. Su deseo era que los árabes adoptaran aquella iglesia como centro de la peregrinación en lugar de la Kaaba y trasladaran allí la peregrinación.

Después escribió al Negus: «Oh, rey, he construido para ti una iglesia cuya semejanza no se encuentra en la historia. No descansaré hasta trasladar la peregrinación de los árabes a los alrededores de esta iglesia». La noticia de esta carta de Abraha al Negus no tardó en llegar a los árabes. Se enfurecieron enormemente. En la tribu de Banu Kinana había un grupo que creía en el procedimiento de declarar lícito el mes en el que estaba prohibido derramar sangre. Este grupo era llamado nasa’a. A los árabes les resultaba difícil observar consecutivamente como meses sin derramamiento de sangre los tres meses de Dhu al-Qada, Dhu al-Hiyya y Muharram. Se ganaban la vida mediante asesinatos, robos, saqueos y actividades semejantes. Por eso les resultaba tedioso observar tres meses consecutivos como meses sagrados. Así, después de completar la peregrinación, la persona correspondiente salía de Mina y proclamaba ante la gente lo siguiente: «Soy aquel que no tiene mancha alguna, cuyas amenazas no reciben respuesta y cuya decisión nadie puede cambiar». Todos respondían al unísono: «¡Por supuesto! ¡Por supuesto!». Después todos volvían a decir: «Retrásanos uno de los meses sagrados. Declara lícito el mes de Muharram y considera sagrado en su lugar el mes de Safar». Este era el proceso de nasa, es decir, de retrasar arbitrariamente los meses sagrados. Era una costumbre de la época de la ignorancia y una práctica completamente ajena al islam.

Uno de sus hombres irascibles fue en secreto a la iglesia de Abraha, defecó allí y luego regresó a su poblado.

A su debido tiempo, el asunto llegó a oídos de Abraha. Este comenzó a preguntar a la gente:

«¿Quién hizo esto?» La gente informó: «Lo hizo un árabe. Pertenece al grupo de quienes realizan el hajj en la Kaaba de La Meca. Al enterarse de que usted desea trasladar el hajj de La Meca aquí, se enfureció y cometió este acto. Con ello quiere demostrar que esta iglesia no puede sustituir a la Kaaba ni es digna de ser el centro del hajj».

Abraha se enfureció sobremanera. Juró que, fuera como fuese, destruiría la Kaaba. Informó a los abisinios de su intención, y estos lo ayudaron a prepararse proporcionándole todo tipo de medios y pertrechos. A su debido tiempo, partió con un grupo de elefantes para atacar la Kaaba. Al enterarse, los árabes se alarmaron enormemente y quedaron aterrorizados. Al saber que Abraha quería destruir la Kaaba, la Casa Sagrada de Allah, comprendieron que era su deber luchar contra los invasores.

Un noble e influyente ciudadano del Yemen llamado Dhu Nafar convocó a todos los yemeníes y a los demás árabes a combatir contra Abraha para proteger la Noble Kaaba. Quienes respondieron a su llamamiento se unieron a él, y Dhu Nafar luchó contra Abraha con ellos. Sin embargo, él y su ejército fueron derrotados, y Dhu Nafar fue hecho prisionero. Después, Abraha continuó avanzando hacia su objetivo deseado. Cuando llegó a la región de la tribu de Jas’am, Nufayl ibn Habib al-Jas’ami se alzó contra Abraha acompañado por las dos tribus jas’amíes, Shah ran y Nahis, y por varias tribus árabes afines. Nufayl también fue derrotado y capturado junto con sus hombres. Cuando Abraha lo liberó, Nufayl se convirtió en su guía y lo acompañó. Mientras Abraha avanzaba por Taif, Mas’ud ibn Mu’attib se presentó ante él acompañado por algunos miembros de la tribu de Thaqif y le dijo: «Oh, rey, somos como esclavos completamente obedientes y no nos oponemos a usted. La casa hacia la que se dirige no es nuestro lugar de culto. Usted pretende atacar la casa de La Meca; bien, le proporcionaremos un hombre como guía. Él le mostrará la Kaaba». Abraha se mostró complacido y bondadoso con ellos. Los habitantes de Taif enviaron con él a un hombre llamado Abu Righal para que le mostrara el camino a La Meca. Cuando Abraha y sus hombres llegaron al lugar llamado Mughammas, Abu Righal murió. Más tarde, los árabes arrojaban piedras sobre la tumba de Abu Righal, y aún hoy la gente arroja piedras sobre su tumba en Mughammas. (9. Nombre de un lugar cercano a La Meca, en el camino hacia Taif.)

Mientras Abraha hacía una parada en Mughammas, envió a un abisinio llamado Aswad ibn Maqsud a caballo para inspeccionar La Meca. Aswad llegó hasta La Meca y, al regresar, se apoderó del ganado de los miembros de Quraysh y de otras tribus que pastaba en los terrenos del valle. Entre esos animales había doscientos camellos de Abd al-Muttalib ibn Hashim. En aquel tiempo, él era el hombre más noble y el principal líder entre los qurayshíes. Indignados por la captura del ganado, los miembros de las tribus Quraysh, Kinana y Hudhayl de aquella región quisieron entablar combate contra Abraha. Pero, al comprender su propia incapacidad, abandonaron esa intención.

Cuando Abraha envió a Hunata al-Himyari a La Meca, le dijo: «Primero identifica al hombre más respetado y al líder de La Meca. Después dile que el rey no ha venido a luchar contra ellos; solo ha venido a destruir la Kaaba. Si no entabláis ninguna guerra para impedirnos hacerlo, no tenemos intención de derramar vuestra sangre. Si él no desea luchar contra mí, tráelo ante mi presencia».

Hunata entró en La Meca e hizo averiguaciones hasta saber que el hombre más respetado y el líder de la ciudad era Abd al-Muttalib ibn Hashim. Cuando se presentó ante Abd al-Muttalib, le transmitió lo que el rey le había encargado decir. Abd al-Muttalib respondió: «¡Por Allah! No queremos luchar contra él, y tampoco tenemos capacidad para hacerlo. Esta es la Casa Sagrada de Allah; es Su propia Casa y una cuestión de Su propio honor. Si Él no la protege, nosotros no podremos hacer nada».

Entonces Hunata dijo: «Venga conmigo ante el rey, pues me ha ordenado llevarlo ante su presencia». Abd al-Muttalib se dirigió hacia Abraha acompañado por uno de sus hijos. En cuanto llegó junto a las tropas de Abraha, preguntó por Dhu Nafar, que era su amigo. Se reunió con el prisionero Dhu Nafar y le dijo: «Oh, Dhu Nafar, ¿puedes ayudarnos de algún modo a remediar la calamidad que ha caído sobre nosotros?». Dhu Nafar respondió: «¿Qué ayuda puede prestar un prisionero del rey que cuenta los minutos, temiendo que lo maten en cualquier momento? En verdad, no puedo hacer mucho por vosotros en esta desgracia. Sin embargo, hay un mahout llamado Anis que es amigo mío. Le enviaré un mensaje, le informaré de tu elevada posición y de tus derechos, y le pediré que solicite permiso para que puedas presentar tu petición ante el rey. Incluso le rogaré que, si es posible, interceda por ti». Abd al-Muttalib dijo: «Eso será suficiente». Entonces Dhu Nafar envió a Anis el siguiente mensaje: «Escucha: Abd al-Muttalib es el soberano indiscutido de los qurayshíes y el líder de los comerciantes de La Meca. Es conocido por proporcionar alimento a la gente de los valles y a los animales salvajes de las montañas. De los animales que han caído en poder del rey, doscientos camellos pertenecen a este Abd al-Muttalib. Por tanto, consigue que se entreviste con el rey y ayúdalo cuanto puedas». Anis respondió: «De acuerdo. Haré todo lo que esté a mi alcance». Anis dijo a Abraha: «Oh, rey, el líder de Quraysh se encuentra ante tu corte y desea verte. Es el jefe de los comerciantes de La Meca. Es célebre por alimentar a la gente de los valles y por proporcionar alimento a los animales salvajes de las cumbres montañosas. Concédele, por favor, permiso para presentarse ante ti y exponer sus reclamaciones». Abraha le concedió permiso.

Abd al-Muttalib era el hombre más apuesto de su tiempo y una personalidad sumamente distinguida, honorable y respetada. Abraha quedó fascinado e impresionado al verlo. Consideró a Abd al-Muttalib tan digno de respeto que, aunque él mismo estaba sentado en un asiento elevado, no pudo permitirle sentarse abajo. Por otro lado, tampoco quiso que los abisinios lo vieran sentado en el mismo trono real que el rey. Así pues, Abraha bajó de su trono real, se sentó en una alfombra inferior y colocó a Abd al-Muttalib a su lado. Luego dijo al intérprete: «Dile que exponga su petición». El intérprete cumplió la orden. Abd al-Muttalib dijo: «Solicito que me sean devueltos los doscientos camellos que han quedado en manos del rey». Cuando el intérprete comunicó esto a Abraha, este dijo por medio de él: «Cuando te vi por primera vez quedé impresionado, pero ahora, al escuchar tus palabras, siento una profunda aversión hacia ti. Es muy sorprendente que hables conmigo para reclamar los doscientos camellos que he tomado, mientras que no dices nada, aun sabiendo que hemos venido a destruir la Kaaba, el centro de la religión de tus antepasados y de la tuya». Abd al-Muttalib dijo: «Yo solo soy el dueño de los camellos. La Casa de la Kaaba tiene otro Dueño; Él protegerá Su Casa». Abraha dijo: «Él no podrá impedir que esta Casa sea atacada por mí». Abd al-Muttalib respondió: «Eso es asunto suyo y del Dueño de la Casa de la Kaaba».

Abraha devolvió los camellos de Abd al-Muttalib. Abd al-Muttalib fue a los qurayshíes y les informó de todo lo ocurrido. Les ordenó salir de La Meca y refugiarse en las cuevas ocultas de las montañas cercanas para protegerse de la posible violencia de los soldados de Abraha. Después, Abd al-Muttalib se quedó junto con un grupo de qurayshíes, aferrado al umbral de la puerta de la Kaaba, y comenzó a suplicar a Allah, pidiéndole ayuda para protegerlos del ataque de Abraha y sus tropas. Aferrado al umbral de la Kaaba, Abd al-Muttalib comenzó a decir:

«¡Oh Allah! Incluso un siervo protege a sus hombres y a su grupo. Protege, pues, a Tus siervos obedientes. No permitas que la fuerza de sus cruces prevalezca sobre Tu poder. Si has decidido dejar nuestra qibla a merced de ellos, haz entonces lo que quieras!»

Después, Abd al-Muttalib dejó el umbral de la puerta de la Kaaba, y él y sus compañeros qurayshíes se refugiaron en una cueva de la montaña. Desde allí se pusieron a observar qué haría Abraha al entrar en La Meca.

Al amanecer del día siguiente, Abraha comenzó a prepararse para entrar en La Meca. Organizó sus tropas de elefantes y de soldados. Su elefante se llamaba Mahmud. La intención de Abraha era destruir primero la Kaaba y después regresar al Yemen. Cuando dirigió el ejército de elefantes hacia La Meca, Nufayl ibn Habib se adelantó y se colocó junto al elefante de Abraha. Luego tomó al elefante por la oreja y le dijo: «Arrodíllate. De lo contrario, regresa tranquilamente al lugar de donde viniste. Debes saber que te encuentras en la ciudad sagrada de Allah». En cuanto soltó la oreja, el elefante se arrodilló. Nufayl lo golpeó cruelmente y logró hacerlo subir por la montaña. Después, aunque lo golpearon repetidamente, no consiguieron levantarlo. Entonces introdujeron un palo retorcido en su trompa y la hicieron sangrar para que el elefante se pusiera de pie. Aun así, no se levantó. Pero cuando lo hicieron girar hacia atrás para emprender el regreso en dirección al Yemen, comenzó a correr. También avanzó a paso decidido cuando lo dirigieron hacia Siria. Sin embargo, apenas lo dirigieron hacia La Meca, se arrodilló. Justo entonces Allah Todopoderoso envió desde el mar una especie de aves negras. Cada ave llevaba tres piedrecillas: una en el pico y dos en las patas. Las piedras eran como guisantes y garbanzos. A todo aquel sobre quien caían, comenzaba a morir inmediatamente. Pero no alcanzaron a todos. Muchos huyeron y regresaron hacia el lugar del que habían venido. La gente iba cayendo y muriendo por distintos lugares del camino. Cuando una piedra grande cayó sobre Abraha, murió al instante. Ibn Ishaq dice:

Después de que Allah Todopoderoso enviara a Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz— como profeta, mencionó este acontecimiento como una gracia y un favor especial hacia los qurayshíes. Pues por medio de él los salvó del peligro de quedar sometidos a los abisinios, para que pudieran conservar sus propias tradiciones. Allah dice en la sura al-Fil:

[Árabe ***********]

«¿Acaso no has visto cómo trató tu Señor a los del elefante? ¿No hizo fracasar sus planes? Envió contra ellos aves en bandadas, que les arrojaban piedras de arcilla endurecida, y así los convirtió en algo semejante a paja masticada o hierba».

Los descendientes de Nizar ibn Ma’ad

Nizar ibn Ma’ad tuvo tres hijos: Mudar, Rabi’a y Anmar. [10. Ibn Hisham menciona a «Iyad» como el cuarto hijo.]

Los dos hijos de Mudar: Ilyas y Aylan

Los tres hijos de Ilyas: Mudraka, Tabikha y Qama’a

Los dos hijos de Mudraka: Khuzayma y Hudhayl

Los cuatro hijos de Khuyzama: Kinana, Asad, Isdah y al-Hawn

Los cuatro hijos de Nadar11: Malik, Abdmanah y Milkan

Los dos hijos de Nadar: Malik y Yakhlud

Un hijo de Malik: Fihr

Cuatro hijos de Fihr: Ghalib, Muharib, Harith y Asad

Dos hijos de Ghalib: Lu’ayy y Taym

Cuatro hijos de Lu’ayy: Ka‘b, Amir, Usama y If

Tres hijos de Ka‘b: Murrah, Adi y Husays

Tres hijos de Murrah: Kilab, Taym y Yaqazah

Dos hijos de Kilab: Qusayy y Zuhrah

Cuatro hijos de Qusayy: Abd Manaf, Abd al-Dar, Abd al-Uzza y Abd Qusayy

Los cuatro hijos de Abd Manaf: Hashim, Abd Shams, Muttalib y Nawfal

Los descendientes de Abd al-Muttalib ibn Hashim

Ibn Hisham dice:

«De la unión de Abd al-Muttalib ibn Hashim nacieron diez hijos varones y seis hijas. Sus hijos fueron: al-Abbas, Hamza, Abdullah, Abu Talib, Zubayr, Harith,

11. Según Ibn Hisham, el otro nombre de Nadar era Quraysh. Sus descendientes son conocidos como quraishíes. No se puede llamar quraishí a nadie que no descienda de él. Otros dicen que Quraysh era el nombre de Fihr ibn Malik.

Hajla, Muqawim, Dira y Abu Lahab (cuyo nombre verdadero era Abd al-Uzza). Sus hijas fueron: Safiyya, Umm Hakim al-Bayda, Atika, Umayma, Arwa y Barra».

Los padres del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz

De la unión de Abdullah, hijo de Abd al-Muttalib, y en el vientre de Amina, hija de Wahab, nació Muhammad ibn Abdullah ibn Abd al-Muttalib, el más excelente de los hijos de Adán, la paz sea con él. Que Allah haga descender paz, misericordia y bendiciones ilimitadas sobre su familia y sus allegados.

Su linaje por parte materna es el siguiente:

Amína bint Wahab ibn Abd Manáf ibn Zuhra ibn Kilab ibn Murra ibn Kaab ibn Luayy ibn Gálib ibn Fihr ibn Nadr. La madre de Amína era Barra bint Abd al-Uzza ibn Uzman ibn Abd al-Dar ibn Qusayy ibn Kilab ibn Murra ibn Luayy ibn Gálib ibn Fihr ibn Málik ibn Nadr.

Por tanto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, fue el más noble, distinguido, elevado y honorable de los descendientes de Adán, tanto por línea paterna como materna.

La excavación del pozo de Zamzam y la disputa que surgió al respecto

Un día, mientras Abd al-Muttalib dormía en el Hatim de la sagrada Kaaba [12. Es decir, la parte de los cimientos de la Kaaba que había sido levantada por el profeta Ibrahim, la paz sea con él. Sin embargo, los qurayshíes no construyeron nada más sobre ella.], recibió en sueños la orden de excavar el pozo de Zamzam. El propio relato de Abd al-Muttalib sobre esto es el siguiente: «Estaba durmiendo en el Hatim cuando llegó un desconocido y me dijo: “Excava el pozo sagrado”. Pregunté: “¿Cuál es el pozo sagrado?”. El desconocido desapareció sin responderme. Al día siguiente fui a dormir a mi habitación y, también esa noche, llegó el mismo desconocido y me dijo: “Excava el pozo reservado”. Pregunté: “¿Cuál es el pozo reservado?”. El desconocido desapareció sin responderme. Al día siguiente fui a dormir al mismo lugar. El desconocido volvió a venir y dijo: “Excava Zamzam”. Pregunté: “¿Qué es Zamzam?”. Él respondió: “Es el pozo cuya agua nunca disminuye ni se seca, que puede proporcionar agua potable al mayor número de peregrinos, y que se encuentra junto al nido de un cuervo de alas blancas, entre estiércol y sangre”. [13. Se cuenta que, cuando Abd al-Muttalib se dispuso a excavar el pozo, vio en el lugar que le había sido indicado un hormiguero y la guarida de un cuervo, pero no vio estiércol ni sangre. Esto lo dejó indeciso. Entonces, de repente, vio que una vaca se acercaba corriendo. Un hombre se disponía a sacrificarla, pero la vaca escapó corriendo. El hombre la persiguió, pero no logró atraparla. Finalmente, la vaca entró en el recinto de la Mezquita Sagrada. Cuando llegó al lugar señalado y se detuvo allí, el hombre la sacrificó precisamente en ese sitio. Así salieron la sangre y el estiércol de la vaca. Todo el asunto quedó claro para Abd al-Muttalib, quien comenzó allí mismo la excavación.]»

Cuando el desconocido le explicó claramente las características del pozo de Zamzam, quedó determinado su emplazamiento y ya no hubo ninguna duda sobre la veracidad del sueño, a la mañana siguiente fue allí con su hijo Hariz, llevando una azada. Hasta entonces no había tenido otro hijo aparte de Hariz. La excavación del pozo de Zamzam [Cabe señalar que Abd al-Muttalib en realidad volvió a excavar el pozo de Zamzam. Este pozo apareció por primera vez en el año 1910 a. C., el año del nacimiento del profeta Ismail. Según el calendario de la Hégira, apareció 2572 años antes del nacimiento del Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz. Más tarde, en cierto momento, el pozo de Zamzam se secó y quedó sepultado bajo tierra. Finalmente, no quedó ningún rastro de él. Nadie pudo localizarlo hasta que Abd al-Muttalib lo excavó nuevamente. (La historia de La Meca, pp. 22, 23 y 24)] avanzaba. Cuando Abd al-Muttalib vio la piedra de la que brotaba el pozo, gritó, llevado por la alegría: “¡Allah es el más grande!”. Al oír la exclamación, los qurayshíes comprendieron que Abd al-Muttalib había encontrado aquello que buscaba. Todos acudieron a él y dijeron: “¡Oh, Abd al-Muttalib! Este es el pozo de nuestro padre Ismail. Nosotros también tenemos derecho a él. ¡Haznos partícipes de este pozo!”. Abd al-Muttalib respondió: “No puedo hacerlo. Esto me ha sido concedido exclusivamente a mí, no a vosotros”. Ellos dijeron: “Resuelve esta cuestión con justicia entre nosotros. De lo contrario, no te dejaremos hasta que lleguemos a un acuerdo definitivo”. Abd al-Muttalib dijo: “Bien, entonces elegid como árbitro a quien queráis para resolver esta disputa entre vosotros y yo. Estoy dispuesto a aceptar su decisión”. Ellos respondieron: “En la tribu de Banu Saad hay una adivina llamada Huzaym. Ella será nuestra árbitra”. Abd al-Muttalib partió hacia allí acompañado de algunos hombres de la tribu de Banu Abd Manáf. Un hombre de cada tribu de Quraysh fue con él. Todo el trayecto discurría por una región desértica. Cuando llegaron a un desierto situado entre el Hiyaz y Siria, se les agotó el agua a Abd al-Muttalib y a los hombres de su grupo. La sed los dejó en un estado tan lamentable que perdieron toda esperanza de sobrevivir. Cuando pidieron agua potable a las tribus de Quraysh que los acompañaban, estas se negaron a dársela. Dijeron: “Nosotros también estamos en el desierto. Tememos que nuestra situación llegue a ser como la vuestra”.

Apenado por la crueldad de los qurayshíes y pensando en la posible y lamentable suerte que les aguardaba, Abd al-Muttalib preguntó a sus compañeros de viaje: “¿Qué creéis que debemos hacer ahora?”. Todos respondieron al unísono: “Solo haremos lo que usted decida. Indíquenos lo que considere mejor”. Él dijo: “Creo que, con las fuerzas que aún nos quedan, cada uno debería cavar su propia tumba. Después, cuando uno de nosotros muera, los que sigamos vivos lo arrojaremos a esa tumba y la cubriremos de tierra. Al final solo quedará una persona. Es preferible que se pierda el cadáver de un solo hombre a que se pierdan los cadáveres de toda la caravana”. Todos alabaron unánimemente la decisión de Abd al-Muttalib y cavaron sus propias tumbas. Luego se sentaron a esperar, contando las horas hasta la muerte inevitable causada por la sed. Al cabo de un rato, Abd al-Muttalib dijo a sus compañeros: “¡Por Allah! Es una cobardía terrible quedarse sentados sin hacer nada, sin ir a ningún sitio y sin buscar ningún medio de salvar la vida, entregándonos indefensos a la muerte. También es posible que Allah disponga agua para nosotros en algún lugar. Así pues, partamos”. Se prepararon para emprender el viaje. Los demás qurayshíes que viajaban con ellos —los mismos que se habían negado a darles agua— habían estado observando hasta entonces todas sus actividades. Abd al-Muttalib montó en su cabalgadura. Apenas esta comenzó a avanzar, brotó de debajo de sus cascos un manantial de agua potable. Al verlo, Abd al-Muttalib y sus compañeros exclamaron: “¡Allah es el más grande!”. Después, Abd al-Muttalib y sus compañeros bajaron de las cabalgaduras, bebieron agua y llenaron sus odres. Entonces Abd al-Muttalib llamó a los qurayshíes y dijo: “Venid; Allah nos ha dado de beber. Bebed vosotros también y llenad vuestros odres antes de marcharos”. Ellos acudieron, bebieron agua y llenaron sus odres. Luego dijeron: “¡Oh, Abd al-Muttalib! ¡Por Allah!, tu superioridad sobre nosotros ha quedado definitivamente establecida. Ya nunca disputaremos contigo por Zamzam. Hemos comprendido que quien hoy te ha dado de beber en este desierto es el mismo que te ha dado de beber del agua de Zamzam. Por tanto, dedícate de nuevo, sin vacilación, a tu noble tarea de proporcionar agua a los demás”.

Abd al-Muttalib emprendió el regreso, y todos los demás miembros de la caravana también regresaron. Nadie fue a ver a la adivina, y todos eximieron también a Abd al-Muttalib de acudir ante ella.

El voto de Abd al-Muttalib de sacrificar a su hijo

Cuando estaba excavando el pozo de Zamzam y encontró la oposición de los qurayshíes, Abd al-Muttalib hizo el voto de que, si tenía diez hijos y estos llegaban a la edad adulta durante su vida y eran capaces de protegerlo y mantenerlo, sacrificaría a uno de ellos en nombre de Allah junto a la Kaaba. Así, cuando el número de sus hijos llegó a diez y comprendió que podían protegerlo, los convocó a todos y los reunió, y les informó de su voto. Después, les pidió que cumplieran aquel voto. Todos sus hijos dieron su consentimiento y preguntaron: «¿Qué debemos hacer?». Él respondió: «Cada uno de vosotros tomará una flecha, escribirá su propio nombre en ella y vendrá a mí». Todos hicieron eso y acudieron ante él. Abd al-Muttalib fue con ellos hasta el ídolo llamado Hubal. En aquel tiempo, Hubal se encontraba cerca de una cavidad situada en el centro de la Kaaba. En esa cavidad se depositaba todo lo que se ofrecía en nombre de la Kaaba.

Junto a Hubal había siete flechas. En cada una estaba grabada una inscripción. En una de ellas estaba grabado: «Precio de sangre». Cuando surgía entre ellos una disputa sobre quién debía pagar el precio de sangre —es decir, quién era el asesino—, se extraían las siete flechas. Si salía la flecha con la inscripción «Precio de sangre», la persona cuyo nombre apareciera debía pagar el precio de sangre. En una flecha estaba escrito «Sí». Cuando se tenía la intención de realizar algo, se extraían las flechas del mismo modo. Si salía la flecha que decía «Sí», se realizaba lo que se deseaba. En otra flecha estaba escrito «No». Cuando tenían la intención de hacer cualquier cosa, extraían las flechas; si salía la que decía «No», ya no realizaban aquel acto. En otra flecha estaba escrito «De los vuestros o de entre vosotros»; en otra, «Unido»; en otra, «Fuera de los vuestros»; y en otra, «Agua». Cuando querían excavar un pozo, extraían una de esas flechas, incluida la que llevaba dicha inscripción, y actuaban según el resultado que saliera.

En aquella época, cada vez que los árabes querían circuncidar a un muchacho, casar a una muchacha, enterrar a un muerto o, por cualquier motivo, tenían dudas sobre si el nacimiento de un niño era legítimo, lo llevaban ante el ídolo llamado Hubal, junto con cien dírhams y un camello para el sacrificio. Entregaban el dinero y el camello al encargado de extraer las flechas. Después llevaban ante el ídolo a la persona sobre cuyo asunto deseaban una decisión y decían: «Oh, nuestro dios, este es fulano, hijo de fulano. Deseamos que nos des una decisión sobre cierto asunto relacionado con él. Infórmanos, pues, de cuál es la decisión correcta respecto a él». Luego pedían al encargado de extraer las flechas que sacara una. Si salía la que decía «De los vuestros», entendían que el niño en cuestión era legítimo; y si salía la que decía «Fuera de los vuestros», consideraban que aquel hijo era su aliado. Si salía la que decía «Unido», permanecía entre ellos en esa misma condición, y su linaje o alianza quedaba sin determinar. Si, respecto a cualquier otro asunto que desearan realizar, salía la flecha que decía «Sí», lo llevaban a cabo de inmediato. Pero si salía la que decía «No», aplazaban el asunto durante aquel año. Al año siguiente volvían a pedir una decisión sobre el mismo asunto de la misma manera. Así, el fallo de las flechas era la decisión definitiva en todos sus asuntos.

Abd al-Muttalib dijo al encargado de extraer las flechas: «Extrae una flecha respecto a estos hijos míos». También le informó de su voto. En aquel momento, Abd Allah era el hijo menor de Abd al-Muttalib. [Más tarde nacieron Hamza y al-Abbas —que Allah esté complacido con ambos—, quienes eran aún menores que Abd Allah.] Era el hijo más querido de Abd al-Muttalib. Por ello, observaba ansiosamente si la flecha pasaría de largo sin señalar a Abd Allah, pues, si lo hacía, Abd Allah se salvaría. Cuando el hombre encargado de extraer las flechas se dispuso a sacar una, Abd al-Muttalib se colocó junto al dios Hubal y comenzó a invocar a Allah. Cuando se extrajo la flecha, se vio que había salido el nombre de Abd Allah. Entonces Abd al-Muttalib, llevando a Abd Allah en una mano y un gran cuchillo en la otra, se dirigió junto a Isaf y Na’ila —los ídolos— con la intención de degollarlo. Los dirigentes qurayshíes, que estaban sentados reunidos, se levantaron, fueron hacia él y le preguntaron: «¡Oh, Abd al-Muttalib! ¿Qué ocurre?». Él se levantó y respondió: «Voy a degollar a este hijo mío». Entonces los qurayshíes y sus hijos exclamaron al unísono: «No lo degüelles de ningún modo sin una razón justificable. Si degüellas así a tu hijo, la práctica continuará hasta el fin de los tiempos. La gente seguirá trayendo a sus propios hijos para sacrificarlos, y la humanidad desaparecerá poco a poco». Un hombre llamado al-Mughira ibn Abd Allah ibn Umar ibn Majzum, perteneciente a la tribu de los tíos maternos de Abd Allah, dijo: «No emprendas una acción semejante a menos que no haya absolutamente ninguna otra salida. Si podemos liberarlo pagando un rescate, estamos dispuestos a pagarlo». Por su parte, los qurayshíes y los hijos de Abd al-Muttalib dijeron: «No lo degüelles. Más bien, llévalo al Hiyaz. Allí hay una mujer adivina que tiene un yinn a su servicio. Pregúntale y averigua si debes hacerlo. Después no nos opondremos. Eres libre de hacer lo que quieras. Si la mujer ordena que lo degüelles, degüéllalo; y si te indica otro medio, acéptalo». Siguiendo el consejo de los qurayshíes, Abd al-Muttalib y sus compañeros partieron hacia el Hiyaz. Llegaron a Medina y encontraron a aquella mujer en Jaibar. Abd al-Muttalib le contó detalladamente a la mujer todo lo relacionado con él y con su hijo. La mujer dijo: «Marchaos hoy. Que venga mi yinn obediente y consultaré con él». Todos se despidieron de la mujer y regresaron. Apenas salió de allí tras despedirse, Abd al-Muttalib suplicó a Allah. A la mañana siguiente, todos volvieron a reunirse ante la mujer. Ella dijo: «Ya he obtenido la información necesaria. ¿Cuál es la cantidad fijada como rescate en vuestra sociedad?». Ellos respondieron: «Diez camellos». La mujer dijo: «Id, regresad a vuestro país, llevad a la persona en cuestión ante el ídolo y sacrificad diez camellos. Después extraed las flechas para decidir el destino de los camellos y de la persona en cuestión. Si la flecha sale contra el nombre de vuestro hombre, añadid más camellos hasta que vuestro señor quede satisfecho. Pero si sale la flecha de los camellos, sabréis que vuestro señor está satisfecho y que vuestro hombre ha sido liberado».

Después, todos se dirigieron a La Meca. Cuando, siguiendo las instrucciones de la mujer, llegaron ante el ídolo y se dispusieron a cumplir con su deber, Abd al-Muttalib se puso de pie y comenzó a suplicar a Allah. Luego llevaron allí, como correspondía, a Abd Allah junto con diez camellos. Abd al-Muttalib se colocó ante Hubal y comenzó a invocar a Allah. Entonces se echaron las flechas. Cuando salió la flecha con el nombre de Abd Allah, añadieron otros diez camellos, con lo que el número ascendió a veinte. Abd al-Muttalib volvió a suplicar a Allah. Se echaron nuevamente las flechas y esta vez también salió la que llevaba el nombre de Abd Allah. Entonces añadieron otros diez camellos, elevando el número a treinta, y Abd al-Muttalib continuó suplicando a Allah. Al echarse las flechas otra vez, salió la de Abd Allah. Añadieron diez camellos más, hasta llegar a cuarenta, y Abd al-Muttalib suplicó a Allah. Cuando volvieron a echarse las flechas, salió la de Abd Allah. Añadieron nuevamente diez camellos, hasta llegar a cincuenta, y Abd al-Muttalib suplicó a Allah. También esta vez se echaron las flechas y salió la de Abd Allah. Después de añadir diez camellos más, cuando el número llegó a sesenta, se echaron las flechas del mismo modo y volvió a salir el nombre de Abd Allah. Añadieron otros diez camellos, hasta llegar a setenta, y al echar las flechas conforme al mismo procedimiento volvió a ocurrir lo mismo: salió nuevamente el nombre de Abd Allah. Luego añadieron diez camellos más, elevando el número a ochenta, y también entonces salió el nombre de Abd Allah. Después, al añadir otros diez camellos, cuando llegaron a noventa, salió otra vez la flecha con el nombre de Abd Allah. Finalmente, tras añadir diez camellos más, hasta completar cien, Abd al-Muttalib suplicó a Allah conforme al mismo procedimiento y ordenó echar las flechas; esta vez salió la flecha correspondiente a los camellos. Los qurayshíes reunidos y todos los demás exclamaron: «¡Oh, Abd al-Muttalib! Tu Señor ya está completamente satisfecho».

Según muchos relatos, después Abd al-Muttalib dijo: «No cesaré hasta echar las flechas tres veces más». Así, se echaron las flechas por Abd Allah y por los camellos, mientras Abd al-Muttalib permanecía de pie suplicando. Salió la flecha de los camellos. Del mismo modo, tanto la segunda como la tercera vez salió la flecha de los camellos. Finalmente, aquellos cien camellos fueron sacrificados, y después del sacrificio se dejaron tendidos los animales de tal manera que nadie pudiera impedir o negar a persona alguna acercarse a ellos.

Acontecimientos ocurridos mientras el Noble Profeta (la paz sea con él) se encontraba en el vientre de Āmina

Según la tradición popular, Āmina bint Wahb, la madre del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, decía que, después de quedar embarazada del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se le presentó un desconocido y le dijo: «Aquel que llevas en tu vientre es el gran líder de la humanidad de esta época. Cuando nazca, dirás: “Pongo a este niño bajo la protección del Señor único y sin igual contra el mal de todos los envidiosos”. Después le pondrás el nombre de Muhammad». [14. Antes del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, solo a tres personas se les había puesto ese nombre: (1) Muhammad ibn Sufyan ibn Mujashi, bisabuelo del poeta al-Farazdaq; (2) Muhammad ibn Uhayha ibn al-Jallah; y (3) Muhammad ibn Himran ibn Rabi’a. Cada uno de los padres de estos tres hombres supo que se acercaba el momento de la aparición de un Mensajero de Allah y que este nacería en el Hiyaz. Al oírlo de boca de la gente, cada uno de ellos deseó que fuera su propio hijo. En cierta ocasión acudieron ante un rey versado en las Escrituras celestiales. Este les informó de que estaba a punto de aparecer un profeta llamado Muhammad. En aquel momento, cada uno había dejado en su casa a su esposa embarazada. Por ello, todos decidieron inmediatamente que, si nacía un hijo varón, le pondrían el nombre de Muhammad. Conforme a esta decisión, pusieron ese nombre a sus tres hijos.]

Mientras él se encontraba en su vientre, Āmina soñó que de su interior emanaba un rayo de luz con el que podía ver los palacios de Busra, en la región de Siria.

Poco después, mientras él aún se encontraba en el vientre materno, su padre, Abd Allah, falleció.

El nacimiento del Mensajero de Allah (la paz sea con él)

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, nació un lunes, en el momento auspicioso en que había transcurrido la duodécima noche del mes de Rabi al-Awwal de aquel año en que tuvo lugar la expedición de Abraha contra la Kaaba con su ejército de elefantes, el Año del Elefante.

Se narró de Qays ibn Majrama que dijo: «Yo nací en el año del ataque de Abraha, y el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y yo tenemos la misma edad».

Hassán ibn Zábit dijo:

«Aunque entonces era un muchacho de siete u ocho años, ya me había vuelto bastante fuerte y alto. También había adquirido la capacidad de comprender lo que oía. De pronto escuché a cierto judío que había subido a lo alto de una fortaleza de Yathrib (Medina) y gritaba a voz en cuello: “¡Oh comunidad judía!”. La gente se reunió a su alrededor y le dijo: “¿Qué te sucede?”. Él respondió: “Esta noche ha nacido entre nosotros esa estrella”».

Cuando nació el venerable Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, su madre, Amina, envió un mensaje a su abuelo, Abd al-Muttalib, diciendo: «Ha nacido un nieto suyo. Venga a verlo». Abd al-Muttalib llegó y lo vio. Entonces Amina le informó de los sueños que había visto durante su embarazo, de lo que le habían dicho acerca del recién nacido y del nombre que le habían indicado que le pusiera. Después, Abd al-Muttalib salió con él de la Kaaba y, dejando al niño con su madre, comenzó a buscar una nodriza. Finalmente, encontraron como nodriza a Halima, hija de Abu Dhuayb, de los Banu Sa‘d ibn Bakr.

El relato de Halima

Halima relató que salió en busca de un lactante junto con su esposo y un hijo pequeño que aún mamaba, acompañada por un grupo de mujeres de los Banu Sa‘d. Todas aquellas mujeres se dedicaban a buscar lactantes. Era un año de extrema sequía. Todas nos dedicábamos a buscar lactantes. Era un año de extrema sequía. Habíamos quedado completamente desprovistas de recursos. Salí montada en una burra blanca. Llevábamos con nosotros nuestro camello viejo, que no daba ni una gota de leche. El niño pequeño que nos acompañaba lloraba tanto de hambre que todos pasábamos las noches en vela por su causa. Yo no tenía leche en el pecho para saciar su hambre, ni tampoco había leche en la ubre de la camella. Esperábamos ansiosamente la lluvia y el alivio. En esas condiciones, monté en mi burra y emprendí el camino. El trayecto era largo y, de tanto avanzar sin interrupción, toda nuestra caravana quedó cansada y exhausta. Finalmente llegamos a La Meca en busca de un lactante. A cada una de nosotras le propusieron aceptar al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Pero en cuanto se decía que era huérfano de padre, todas se negaban, pues cada una esperaba recibir una buena remuneración del padre del niño. Todas decíamos entre nosotras: «¡Un niño sin padre! ¿Qué remuneración podrán ofrecer su madre y su abuelo?». Por eso todas nos mostrábamos reacias a aceptarlo. Mientras tanto, todas las mujeres que habían venido conmigo encontraron algún lactante. La única que no había encontrado ninguno era yo. Cuando decidí regresar con las manos vacías, le dije a mi esposo: «¡Por Dios! No me agrada en absoluto regresar con las manos vacías junto con tantas compañeras de viaje. ¡Por Dios! Iré a buscar a ese niño huérfano y me lo llevaré». Mi esposo respondió: «Puedes llevártelo. Tal vez Allah haya puesto precisamente en él el bien para nosotros».

Halima dijo: «Entonces fui y traje al niño huérfano. Me vi obligada a aceptarlo únicamente porque no había encontrado otro niño, y me dirigí con él hacia la caravana. Cuando lo tomé en brazos, mis dos pechos se llenaron de leche, y el niño Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— mamó hasta saciarse. Su hermano de leche también mamó hasta saciarse. Después, ambos se quedaron dormidos, aunque antes no podíamos dormir a causa de sus llantos. En cuanto mi esposo se acercó a nuestra camella, vio que su ubre también estaba llena de leche. Entonces la ordeñó abundantemente, y los dos bebimos hasta saciarnos. Después, pasamos una noche muy agradable».

Por la mañana, mi esposo dijo: «Halima, debes saber que has traído a un niño de enorme bendición». Yo respondí: «En verdad, yo también lo creo».

Después partimos. Yo monté en el burro. Mi burro avanzó dejando atrás a toda la caravana. Ninguno de los burros de la caravana podía seguirle el ritmo. Las mujeres que viajaban conmigo comenzaron a decir: «¡Oh, hija de Abu Dhuayb, detente un momento y espéranos! ¿No es este el mismo burro en el que viniste?». Les respondí: «Sí, es el mismo». Ellas dijeron: «¡Por Dios!, ahora su estado ha cambiado por completo».

Finalmente llegamos a nuestras respectivas casas en la tribu de Banu Sa‘d. No conocía ningún lugar del mundo tan azotado por la sequía como aquella región. Después de llegar a casa con el pequeño Muhammad —que Dios lo bendiga y le conceda paz—, nuestras cabras y ovejas regresaban cada tarde satisfechas y con las ubres llenas de leche. Las ordeñábamos debidamente y bebíamos de ella, mientras que los demás no lograban ordeñar ni una gota de leche. No encontraban ni una sola gota en las ubres de sus rebaños de cabras y ovejas. Incluso la gente de nuestra tribu comenzó a decirles a los pastores: «Llevad los rebaños a pastar donde la hija de Abu Dhuayb (Halima) lleva a pastar sus ovejas». Sin embargo, aunque los pastores llevaban allí sus ovejas, los rebaños regresaban hambrientos. Así, poco a poco, mi hogar empezó a llenarse de abundancia, felicidad y prosperidad. En estas circunstancias transcurrieron dos años, y desteté al pequeño Muhammad —que Dios lo bendiga y le conceda paz—. Él comenzó a crecer más rápidamente que los demás niños. Al cumplir dos años, se había convertido en un niño ágil y robusto. Lo llevamos junto a su madre, aunque deseábamos conservarlo con nosotros. Desde su llegada habíamos recibido abundantes bendiciones. Le dije a su madre: «Sería mejor que dejaras que este niño permaneciera conmigo hasta que estuviera más fuerte y robusto. Temo que contraiga alguna enfermedad o epidemia de La Meca». Finalmente, ella nos lo entregó de nuevo.

Regresamos con él. Apenas unos meses después, un día estaba pastoreando corderos en el campo detrás de nuestra casa con su hermano de leche. Entonces su hermano llegó corriendo y les dijo a su padre y a mí: «Dos hombres vestidos de blanco vinieron, sujetaron a mi hermano qurayshí, lo tendieron en el suelo, le abrieron el vientre, sacaron todo lo que había dentro y comenzaron a manipularlo».

Su padre y yo corrimos hacia él, lo abrazamos y le preguntamos: «Hijo, ¿qué te ha ocurrido?». Él respondió: «Vinieron a mí dos hombres vestidos de blanco. Me tendieron en el suelo y me abrieron el vientre. Después buscaron algo, pero no sé qué era».

Después regresamos con Muhammad —que Dios lo bendiga y le conceda paz— a nuestra casa. Mi esposo dijo: «Halima, temo que algo haya afectado a este niño. Por tanto, llévalo con su familia antes de que le ocurra algún daño».

En efecto, lo llevamos junto a su madre. Su madre dijo: «Hermana de leche, estabas tan ansiosa por conservarlo contigo. ¿Qué ha ocurrido para que lo hayas traído?». Respondí: «Dios me ha confiado el cuidado de dos niños. He cumplido con mi deber. Temo que ocurra alguna desgracia y no dejo de preocuparme por ello. Por eso te entrego a tu hijo sano y salvo». Amina dijo: «Lo que dices no es la verdadera razón. Dime sinceramente qué ha ocurrido». No me dejó marchar hasta que le conté todo lo sucedido. Al oírlo, Amina dijo: «¿Entonces crees que está poseído por un genio?». Respondí: «Sí». Ella dijo: «Cuando lo llevaba en mi vientre, soñé que de mi cuerpo salía una luz cuyo resplandor iluminaba los palacios de Busra, en la tierra de Siria. Después comenzó a crecer en mi vientre. ¡Por Dios!, nunca había tenido un embarazo tan ligero y fácil. Cuando lo di a luz, nació apoyando las manos en el suelo y con la cabeza elevada hacia el cielo. Puedes dejarlo y marcharte sin preocupación».

El episodio de la apertura del pecho

Ibn Ishaq dice:

Sawr ibn Yazid narró de algunos eruditos —según creo, únicamente de Jálid ibn Ma‘dan al-Kal‘í— que algunos compañeros dijeron en cierta ocasión al Mensajero de Allah, que Dios lo bendiga y le conceda paz: «¡Oh, Mensajero de Allah!, háblanos de ti mismo». Él dijo: «Sí, escuchad. Soy el fruto de la súplica de mi padre Ibrahim y el cumplimiento de la buena nueva anunciada por mi hermano Isa. Después de que fui concebido, mi madre soñó que de ella salía una luz que iluminaba los palacios de Siria. Fui criado como lactante entre la tribu de Banu Sa‘d ibn Bakr. Un día, durante ese período, fui a pastorear ovejas con uno de mis hermanos de leche detrás de la casa de nuestra nodriza, Halima. Entonces se acercaron a mí dos hombres vestidos de blanco. Llevaban una bandeja de oro llena de nieve. Me sujetaron, me abrieron el vientre, sacaron mi corazón y también lo abrieron. Extrajeron de él un coágulo de sangre negra, lo arrojaron y luego lavaron y limpiaron mi vientre y mi corazón con aquella nieve. Después, uno de ellos dijo al otro: “Pesa a Muhammad, que Dios lo bendiga y le conceda paz, con diez miembros de su comunidad”. Me pesó y yo resulté más pesado que diez. Luego volvió a decir: “Pésalo con cien miembros de su comunidad”. Me pesó y también resulté más pesado que cien. Después volvió a decir: “Pésalo con mil miembros de su comunidad”. Cuando me pesó con mil, también resulté más pesado que ellos. Entonces dijo: “Déjalo. ¡Por Allah!, aunque se le pesara con toda su comunidad, él sería más pesado que todos ellos”».

Bajo la tutela de su abuelo

El Mensajero de Allah, que Dios lo bendiga y le conceda paz, permaneció bajo el cuidado y la protección de Allah incluso durante la vida de su madre, Aminah bint Wahb, y de su abuelo, Abd al-Muttalib ibn Hashim. Durante ese tiempo, Allah le concedió un crecimiento físico extraordinariamente rápido, para que por medio de él se manifestara el milagro que Allah había decretado. Cuando cumplió seis años, su madre falleció en un lugar llamado Abwa, situado entre La Meca y Medina. Había viajado allí con el niño Muhammad, que Dios lo bendiga y le conceda paz, para visitar a los tíos maternos de Muhammad, pertenecientes a la tribu de Banu Adi ibn Nayyar. Falleció durante el regreso hacia La Meca. Después de la muerte de su madre, el Noble Mensajero de Allah, que Dios lo bendiga y le conceda paz, continuó siendo criado bajo la tutela exclusiva de su abuelo, Abd al-Muttalib. Para Abd al-Muttalib se extendía una manta a la sombra de la Kaaba. Sus hijos y nietos se sentaban alrededor de aquella manta hasta que Abd al-Muttalib llegaba; por respeto a él, ninguno se sentaba encima. Pero el decidido joven Muhammad, que Dios lo bendiga y le conceda paz, llegaba y se sentaba directamente sobre la manta. Su tío intentaba apartarlo sujetándolo. Al verlo, Abd al-Muttalib decía: «No impidáis a mi nieto que se siente. ¡Por Allah!, será un muchacho extraordinario». Luego se sentaba con él sobre la manta y le acariciaba la espalda con afecto. Le agradaba todo lo que hacía. Cuando el Mensajero de Allah, que Dios lo bendiga y le conceda paz, cumplió ocho años, Abd al-Muttalib murió. Murió ocho años después de que Abraha atacara la Kaaba con su ejército de elefantes.

Bajo la tutela de su tío Abu Talib

Después del fallecimiento de Abd al-Muttalib, el Mensajero de Allah, que Dios lo bendiga y le conceda paz, pasó a ser criado por su tío Abu Talib. En aquella época, un hombre de la tribu de Banu Lahab adivinaba el destino observando los rasgos físicos de las personas. Cuando llegaba a La Meca, los qurayshíes acudían en masa a él llevando a sus hijos. Examinaba el cuerpo de los muchachos y les predecía el destino. Abu Talib también llevó al Mensajero de Allah, que Dios lo bendiga y le conceda paz, junto con los demás, ante aquel adivino. El adivino lo miró y al instante pareció comenzar a reflexionar. Durante un momento dejó de prestar atención al joven Muhammad, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Después dijo: «Hay que prestar una atención especial a este muchacho». Al observar la excesiva atención que el adivino prestaba al joven Muhammad, Abu Talib lo apartó discretamente. Entonces el adivino exclamó: «¿Qué hacéis? Traedme de nuevo al muchacho. ¡Por Allah!, es un muchacho extraordinario».

El relato del monje Bahira

Algún tiempo después, Abu Talib partió hacia Siria con una caravana para comerciar. Antes de emprender el viaje, el joven Muhammad, que Dios lo bendiga y le conceda paz, insistió en acompañarlo. Su compasivo tío no pudo ignorar su petición. Dijo: «Lo llevaré conmigo; jamás iré a ningún lugar dejándolo atrás».

Abu Talib emprendió el viaje llevándolo consigo. Cuando la caravana llegó a la región de Busra, se detuvo para descansar. Allí había un monje cristiano llamado Bahira. Vivía en una iglesia y era muy versado en la religión cristiana. Durante mucho tiempo se había conservado en aquella iglesia un libro celestial, cuyo conocimiento se había transmitido como una herencia de generación en generación. La caravana había pasado anteriormente muchas veces cerca de Bahira, pero él nunca salía ante nadie ni hablaba con nadie. Sin embargo, aquel año, cuando la caravana de los qurayshíes, junto con Abu Talib y el joven Muhammad, que Dios lo bendiga y le conceda paz, se detuvo junto a la iglesia de Bahira, este preparó abundante comida para ellos.

Se cuenta que Bahira presenció algo extraordinario mientras estaba sentado en su iglesia. Cuando la caravana se acercaba, vio que, entre todos sus integrantes, solo sobre el muchacho Muhammad ﷺ avanzaba una nube que lo protegía del sol. Después, cuando se detuvieron para descansar a la sombra de un árbol, la nube y las ramas de aquel árbol se inclinaron sobre el Mensajero de Allah ﷺ para darle sombra. Al ver esto, Bahira salió de la iglesia y envió a alguien a decir a los miembros de la caravana: «¡Oh comerciantes de Quraysh! He preparado comida para ustedes. Les ruego que vengan todos a comer, tanto los pequeños como los mayores, los esclavos y los amos». Uno de los qurayshíes dijo: «Oh Bahira, hoy te has distinguido por una nueva magnificencia. Hemos pasado muchas veces junto a ti, pero nunca nos has ofrecido una hospitalidad semejante. ¿Por qué lo haces hoy?». Bahira respondió: «Es cierto. Antes nunca había hecho algo así. Pero hoy son mis invitados. Por eso deseo atenderlos de corazón, prepararles comida y que todos coman».

Después, todos fueron a comer. Pero, por ser aún muy joven, el Mensajero de Allah ﷺ se quedó fuera, junto a la caravana, bajo la sombra del árbol. Bahira examinó cuidadosamente a todos los comerciantes de Quraysh reunidos para comer, pero no encontró en ellos ninguna señal de los rasgos y el comportamiento conocidos que había observado en el muchacho Muhammad ﷺ. Por eso dijo: «¡Oh huéspedes de Quraysh! Que ninguno de ustedes quede privado de comer mi comida». Ellos respondieron: «Oh Bahira, todos los que podían venir han venido. Solo queda un muchacho junto a la caravana; es el más joven de ella». Bahira dijo: «No lo dejen fuera. Llámenlo también, para que coma con ustedes». Un qurayshí dijo: «¡Por Lat y Uzza! Que el hijo de Abd Allah ibn Abd al-Muttalib esté con nosotros y no coma con nosotros es imposible. Sería una vergüenza para nosotros». Dicho esto, se levantó, tomó en brazos al muchacho Muhammad ﷺ, lo llevó consigo y lo sentó con todos en el lugar donde comían. Entonces Bahira comenzó a observar atentamente toda su figura y a examinar las señales particulares de su cuerpo. Había encontrado su descripción en los Libros celestiales anteriores. Cuando todos los huéspedes terminaron de comer y salieron uno tras otro, Bahira se acercó al Mensajero de Allah ﷺ y le dijo: «Hijo mío, te pido, por Lat y Uzza, que respondas a lo que te pregunte». Bahira había mencionado a Lat y Uzza porque había oído a los qurayshíes jurar por aquellos dos ídolos mientras conversaban entre sí. El Mensajero de Allah ﷺ dijo: «No me preguntes por Lat y Uzza. ¡Por Allah!, odio a esos dos dioses por encima de todo». Bahira dijo: «Entonces, por Allah, te pido que respondas a lo que te pregunte». El Mensajero de Allah ﷺ respondió: «De acuerdo. Pregunta lo que quieras saber». Entonces Bahira comenzó a preguntarle sobre diversos asuntos: sobre su sueño, la constitución de su cuerpo y otras circunstancias. Las respuestas que el Mensajero de Allah ﷺ dio a todas sus preguntas coincidieron exactamente con lo que Bahira sabía. Luego examinó su espalda y vio estampado el sello de la profecía entre sus dos omóplatos. Encontró el sello exactamente en el lugar donde, según la descripción de los Libros celestiales que Bahira había leído, debía estar.

Después de hacer todo esto, Bahira preguntó a Abu Talib: «¿Qué relación tienes con este muchacho?». Él respondió: «Es mi hijo». Bahira dijo: «No es tu hijo. El padre de este muchacho no puede estar vivo». Abu Talib respondió: «Es mi sobrino». Bahira preguntó: «¿Qué le ocurrió a su padre?». Abu Talib respondió: «Su padre murió cuando este muchacho aún estaba en el vientre de su madre». Bahira dijo: «Su padre murió cuando este muchacho aún estaba en el vientre de su madre». Luego añadió: «Sí, así debe ser. Regresa a tu casa con tu sobrino y, ¡cuidado!, protégelo de los judíos. ¡Por Allah!, si llegan a verlo y reconocen las señales por las que yo lo he identificado, intentarán hacerle daño. Pues este sobrino tuyo pronto aparecerá como un gran hombre». Después, se apresuró a regresar a su tierra con él.

La batalla de Fijar

Cuando el Mensajero de Allah ﷺ tenía veinte años, tuvo lugar la batalla de Fijar. Se la llamó batalla de Fijar porque las dos tribus participantes, Kinana y Qays Aylan, transgredieron mutuamente aquello que estaba prohibido. Harb ibn Umayya era el jefe del ejército aliado de Quraysh y Kinana. Durante la primera parte del día, Qays derrotó a Kinana en la batalla, pero al mediodía Kinana obtuvo la victoria. [15. Ibn Hisham señala que el Mensajero de Allah ﷺ participó durante varios días en la batalla de Fijar. Sus tíos lo llevaron consigo al campo de batalla. El Mensajero de Allah ﷺ dijo: «Yo repelía las flechas y lanzas arrojadas por los enemigos, las recogía y se las entregaba a mis tíos». Esta fue la última batalla de Fijar. Es conocida como Fijar al-Burad. Antes de ella tuvieron lugar otras tres batallas de Fijar: la primera entre Kinana y Hawazin, la segunda entre Quraysh y Hawazin, y la tercera entre Kinana y Hawazin.]

El matrimonio con Jadiya, que Allah esté complacido con ella

Jadiya bint Juwaylid era una noble y rica comerciante de la Arabia de aquella época. Contrataba personas para dedicarse al comercio a cambio de un salario fijo o de una participación en las ganancias. Quraysh gozaba de gran renombre como tribu de comerciantes. Al enterarse de la veracidad, confiabilidad y nobleza de carácter del Mensajero de Allah ﷺ, le envió a alguien para proponerle que viajara a Siria con sus mercancías, ofreciéndole una remuneración mejor que la que acostumbraba dar a los demás. También quiso enviar con él, para ayudarlo, a un joven llamado Maysara. El Mensajero de Allah ﷺ aceptó la propuesta y partió hacia Siria llevando las mercancías de Jadiya y al esclavo Maysara. Poco después llegó a Siria.

Al llegar a Siria, descansó bajo un árbol cercano a la iglesia de un sacerdote. El sacerdote preguntó a Maysara: «¿Quién es aquel que descansa bajo el árbol?». Maysara respondió: «Es un hombre de Quraysh, habitante del Haram». El sacerdote dijo: «¡Nadie salvo un profeta ha descansado jamás bajo este árbol!»

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, vendió las mercancías que había llevado y compró algunos artículos nuevos. Después emprendió el viaje hacia La Meca. Allí donde al mediodía el calor y el sol se intensificaban, Maisara observaba que dos ángeles protegían a Muhammad del sol dándole sombra, mientras él avanzaba montado sobre el camello. Al llegar a La Meca, entregó a Jadiya las mercancías que había comprado. Jadiya vendió aquellos bienes y obtuvo casi el doble de ganancias. Maisara informó a Jadiya de las palabras del sacerdote y de que dos ángeles habían dado sombra al Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. Jadiya era una mujer inteligente, noble y de personalidad firme.

Para ella, conocer la grandeza y la honestidad del Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, fue considerada una dicha adicional, que obtuvo únicamente por voluntad de Allah. Al escuchar de Maisara aquel relato milagroso, Jadiya envió a alguien para decirle: «Hermano, me han impresionado y conmovido la posición honorable que ocupas entre tu tribu, los lazos de parentesco y, sobre todo, la reputación de confianza, nobleza de carácter y veracidad que tienes». Después de decir esto, Jadiya le propuso casarse con ella. Entre los quraysh, Jadiya era la mujer de linaje más noble, de mayor prestigio y de mayor riqueza. Por ello, todos los miembros de su tribu deseaban casarse con ella, si les era posible.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, comunicó a sus tíos la propuesta de Jadiya. Su tío Hamza se reunió con el padre de Jadiya, Juwailid ibn Asad (ibn Abd al-Uzza ibn Qusay ibn Kilab ibn Murra ibn Kaab ibn Luayy), le presentó formalmente la propuesta y se celebró el matrimonio. [16. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, entregó a Jadiya veinte camellos como dote. Ella fue su primera esposa y, mientras vivió, él no contrajo ningún otro matrimonio.]

Todos los hijos del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, excepto Ibrahim, nacieron de Jadiya. Fueron: Qasim, Tahir, Tayyib, Zaynab, Umm Kulzum y Fátima. Debido al nombre de Qasim, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, también fue conocido como Abu al-Qasim. Qasim y Tahir murieron durante la época de la ignorancia. En cambio, todas sus hijas presenciaron el surgimiento del islam, lo aceptaron y emigraron con su padre. [17. De la narración se entiende que Tahir y Tayyib eran dos personas. Pero lo cierto es que ambos eran sobrenombres de Abd Allah, por los cuales se le llamaba.]

Relato de Waraqa ibn Nawfal

Waraqa ibn Nawfal ibn Asad ibn Abd al-Uzza, primo de Jadiya, era un erudito cristiano versado en las antiguas Escrituras celestiales. También poseía amplios conocimientos mundanos. Jadiya le contó a Waraqa lo que había escuchado de Maisara sobre el comentario del sacerdote cristiano y la escena que el propio Maisara había presenciado: dos ángeles daban sombra al futuro Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz. Waraqa dijo: «Jadiya, si este acontecimiento ocurrió realmente, debes saber con certeza que Muhammad es el Profeta de esta época. Yo sabía que la llegada de un profeta se había vuelto inminente entre los descendientes actuales y que se le esperaba. Esta es la época de ese profeta». Después de decir esto, Waraqa se lamentaba de que la llegada del Profeta esperado se hubiera retrasado tanto. Muchas veces, impaciente por la espera, decía: «¿Cuánto más tardará?». Así, lamentándose, recitaba el siguiente poema:

[Árabe ************]

«Me aferro obstinadamente al recuerdo de un asunto importante que, durante mucho tiempo, ha impulsado a muchos a llorar entre sollozos. Después de numerosos relatos sobre ese asunto, ahora también se ha recibido un nuevo relato de Jadiya; en verdad, Jadiya, mi espera se ha prolongado demasiado. Espero poder ver manifestarse tu verdadera forma entre las tierras altas y bajas de La Meca, tal como has contado que dijo el sacerdote cristiano. En verdad, no me gusta que se distorsionen las palabras de los sacerdotes».

[Árabe ************]

«Muhammad pronto será nuestro señor y líder, derrotará a quienes se le opongan y difundirá la luz por todo el país, una luz con la que iluminará a toda la creación. Vencerá a quienes luchen contra él, mientras que quienes busquen la reconciliación con él serán los vencedores. ¡Qué lástima! Si estuviera presente cuando ocurran todos estos acontecimientos, sería el primero de todos vosotros en unirme a su grupo.»

La reconstrucción de la sagrada Kaaba

Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, tenía treinta y cinco años, los qurayshíes decidieron renovar el edificio de la sagrada Kaaba. El objetivo principal de esta decisión era construir el techo de la sagrada Kaaba, pues, si no se construía un techo, existía el riesgo de que las paredes se derrumbaran. En aquel tiempo, las paredes de la Kaaba tenían algo más de tres codos y medio de altura, y estaban construidas únicamente colocando piedras unas sobre otras. No tenían argamasa. Por casualidad, el barco de un comerciante romano fue arrastrado por la corriente del mar hasta la costa de Yeda, donde encalló y quedó hecho añicos. Los qurayshíes se llevaron las tablas de aquel barco y las cortaron y prepararon para utilizarlas en la construcción del techo de la sagrada Kaaba. Por esa misma época apareció en La Meca un maestro de obras egipcio. Los qurayshíes decidieron en su fuero interno que podrían encomendarle parte de los trabajos de restauración de la sagrada Kaaba. En aquel entonces, una serpiente salía cada día de un pozo situado junto a la sagrada Kaaba y se tendía al sol sobre la pared de la Kaaba. En el pozo del que salía la serpiente arrojaban las ofrendas que se dedicaban diariamente a la Kaaba. Los qurayshíes estaban aterrorizados a causa de la serpiente, pues era tan terrible que nadie podía acercarse a ella. Cuando alguien se aproximaba, extendía la capucha, se retorcía frotando ruidosamente su piel y abría desmesuradamente la boca. Un día, mientras la serpiente tomaba el sol sobre la pared de la sagrada Kaaba, Allah envió allí un ave. El ave atrapó a la serpiente y se la llevó. Entonces los qurayshíes se tranquilizaron y dijeron: «Es de esperar que Allah haya aprobado nuestra intención. Hoy contamos con un maestro de obras de confianza, ya hemos conseguido la madera necesaria y Allah también nos ha librado de la serpiente.»

Después, comenzaron a derribar las paredes de la Kaaba para reconstruirla. En ese momento, Abu Wahab ibn Amr ibn Aidh ibn Imran ibn Majzum se levantó, separó una piedra de la Kaaba y la tomó en sus manos. Pero la piedra se desprendió inmediatamente de sus manos y volvió a colocarse en el lugar donde estaba. Al ver aquel hecho extraordinario, dijo: «¡Oh qurayshíes! Para construir este edificio de la Kaaba, utilizad únicamente riquezas obtenidas lícitamente. No gastéis riquezas adquiridas mediante adulterio, usura o injusticia.»

Después, los qurayshíes repartieron entre ellos las tareas de construcción de la Kaaba. La responsabilidad de construir la parte de la puerta correspondió a los Banu Abd Manaf y a los Zuhra; la de construir la sección entre el Rukn al-Aswad y el Rukn al-Yamani correspondió a la tribu de los Banu Majzum, a la que se unieron otras varias tribus de Quraysh; la responsabilidad de construir el suelo de la Kaaba correspondió a los Banu Yumah y los Banu Sahm; y la de la sección contigua al Hajar al-Aswad correspondió a los Banu Abd al-Dar, los Banu Qusay, los Banu Asad ibn Abd al-Uzza y los Banu Adi ibn Kaab.

Llegó entonces el momento de comenzar a derribarla, pero todos se sintieron dominados por un miedo desconocido ante la idea de iniciar aquella tarea. Entonces Walid ibn al-Mughira anunció: «Yo comenzaré el derribo». Dicho esto, tomó un pico, golpeó con él un extremo del edificio deteriorado y dijo: «¡Oh Allah! No nos hemos apartado de Tu religión y lo que hacemos lo hacemos con buenas intenciones». Después derribó una parte de la esquina situada entre el Rukn al-Yamani y el Rukn al-Aswad. Todos pasaron la noche siguiente con ansiedad. Dijeron: «Veamos si alguna desgracia cae sobre Walid. Si ocurre algo semejante, no seguiremos derribando; más bien, volveremos a unir lo que se ha derribado y restituiremos el edificio a su estado anterior. De lo contrario, entenderemos que Allah está complacido con nuestra iniciativa y derribaremos también el resto». A la mañana siguiente, Walid volvió con normalidad al trabajo que había comenzado y empezó a derribar la pared de la Kaaba. Los demás también comenzaron a derribarla con él. Así llegaron hasta los cimientos construidos por Ibrahim, la paz sea con él, y se detuvieron. Después, todos fueron a recoger unas singulares piedras verdes, con forma de joroba de camello, que se adherían unas a otras. 18. En algunas narraciones se dice que las piedras eran verdes como las puntas de las lanzas.

Después, las tribus de Quraysh recogieron piedras con el propósito de reconstruir la Kaaba. Cada tribu las recogió por separado y terminó la parte de la reconstrucción que le correspondía. Cuando se completó la construcción de la pared hasta el lugar del Hajar al-Aswad, comenzaron las disputas sobre quién lo colocaría en su sitio. El deseo de obtener el honor de levantar el Hajar al-Aswad y colocarlo en su lugar se hizo intenso en todos. Por este motivo, las tribus comenzaron a formar alianzas y se prepararon para la guerra.

Se cuenta que, en aquel tiempo, Abu Umayya ibn al-Mughira, el más anciano de toda la comunidad de Quraysh, hizo el siguiente llamamiento: «¡Oh, qurayshíes! Encargad la resolución de esta disputa a la primera persona que entre por la puerta de esta Mezquita Sagrada». Todos aceptaron la propuesta. Entonces se vio que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, fue el primero en entrar. Al verlo, todos exclamaron al unísono: «¡Este es nuestro al-Amín (el digno de toda confianza), Muhammad! Aceptaremos su decisión con total sumisión». Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se acercó a los hombres enfrentados, estos le informaron del motivo de su disputa, y él dijo: «Dadme un paño». Cuando se lo dieron, lo extendió, colocó la Piedra Negra en el centro y dijo: «Cada tribu debe sujetar un extremo de este paño». Todos lo sujetaron, lo levantaron y lo llevaron hasta el lugar correspondiente. Entonces él mismo levantó la Piedra Negra, la colocó en su sitio y puso la mampostería sobre ella.

Adivinos árabes, profecías de sacerdotes judíos y clérigos cristianos

Los sacerdotes judíos, los clérigos cristianos y los adivinos árabes ya habían profetizado, antes de la aparición del Mensajero de Allah, que se acercaba el momento de su llegada. Las comunidades sacerdotales judía y cristiana habían hecho estas profecías basándose en el último profeta mencionado en sus respectivos Libros celestiales, en las señales del momento de su aparición y en las promesas que sus profetas habían hecho acerca de él. En cuanto a los adivinos árabes, sus profecías procedían de noticias recibidas de los genios que escuchaban furtivamente las conversaciones de los ángeles. En aquel entonces todavía no se les impedía espiar mediante el lanzamiento de meteoros que expulsaban a los demonios. Estos demonios acudían a los adivinos y adivinas; por ello, de vez en cuando les daban algunos indicios sobre la llegada del último profeta. Los árabes comunes no prestaban mucha atención a estos indicios. Pero, después de la aparición del Venerable y de que las señales anunciadas se produjeran realmente, todos pudieron conocerlas y comprenderlas.

Cuando se aproximó el momento de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recibiera la profecía, se puso fin a la escucha furtiva de los demonios, y se impidió, mediante el lanzamiento de meteoros, que acudieran a los puestos desde los que espiaban. Entonces los genios comprendieron que aquella medida había sido adoptada con el propósito de establecer en el mundo creado algún proceso o disposición especial de Allah.

Rasgos físicos y de carácter del Mensajero de Allah (la paz sea con él)

Ibn Hisham dice:

Umar, el esclavo liberado de Ghufra, transmitió la siguiente descripción de los rasgos físicos y de carácter del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, a través de Ibrahim, hijo de Muhammad, hijo de Ali ibn Abi Talib:

Cada vez que Ali ibn Abi Talib elogiaba al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, decía: «No era excesivamente alto ni tampoco muy bajo; más bien, tenía una estatura mediana. Su cabello no era excesivamente rizado ni completamente liso, sino ligeramente ondulado. No era de constitución muy gruesa ni corpulenta. Su rostro no era completamente redondo ni pequeño. Sus ojos eran negros. Sus cejas eran largas; los huesos de las articulaciones y el hueso situado entre ambos hombros eran elevados y bien definidos. La zona que se extendía desde el pecho hasta el ombligo estaba cubierta de un vello ligero. Sus manos y las plantas de sus pies eran robustas. Al caminar no golpeaba los pies contra el suelo; parecía como si descendiera por un terreno bajo. Cuando miraba hacia algún lado, giraba todo el cuerpo. Entre sus dos hombros se distinguía el sello o marca de la profecía. En verdad, era el último profeta, el más generoso, el más valiente, el más incomparablemente veraz, el más responsable, el más afable y sociable. Al verlo por primera vez, todos se sentían sobrecogidos». Ali, quien lo elogiaba, dijo: «Nunca he visto antes ni después a nadie semejante a él».

La descripción del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en el Evangelio

Ibn Ishaq dice:

En cuanto a la descripción y la promesa de Jesús, la paz sea con él, acerca del venerable Mensajero de Allah, que aparecen en el Evangelio recopilado por Juan, discípulo de Jesús, y que el propio Jesús hizo escribir conforme a la revelación recibida de Allah, según mi conocimiento son las siguientes:

«Quien me odia y me aborrece, odia al propio Allah. Si no hubiera realizado ante vosotros obras que nadie había realizado jamás, ellos —es decir, los incrédulos— no serían culpables de nada. Pero ahora han rechazado las señales de Allah. Han pensado que así podrían derrotarme a mí y a Allah. Todo esto ha sucedido para que se cumpla la profecía del Libro divino. En verdad, me han odiado injustamente. Si “Manhamanna”, a quien Allah enviará, viene a vosotros, él dará testimonio a mi favor. Es el Espíritu Santo procedente de Allah. Y vosotros también daréis testimonio a mi favor, porque desde el principio habéis estado conmigo. Os he dicho todas estas cosas para que no presentéis ninguna queja. [19. Véase la Biblia, Juan 15:23-36.] En siríaco, “Munhamanna” significa Muhammad. Y en romano, su equivalente es “Baraklitas”.»

La obtención de la profecía

Cuando Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, cumplió cuarenta años, Allah lo envió como misericordia para todos los mundos y como anunciador de buenas nuevas para toda la humanidad. Allah Todopoderoso había hecho previamente con cada uno de los profetas y mensajeros que habían venido al mundo el compromiso de que creerían en el Profeta, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, lo apoyarían y lo ayudarían contra sus adversarios. También les ordenaría que cumplieran esta responsabilidad con quienes creyeran en él y lo apoyaran. Conforme a ese pacto, cada profeta dejó instrucciones a sus seguidores de aceptar a Muhammad, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y obedecerlo.

Aisha (que Allah esté complacido con ella) narró: «Cuando Allah Todopoderoso decidió honrar al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y conceder a la humanidad el beneficio de recibirlo, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, comenzó a tener sueños veraces como parte de la profecía. Cualquier sueño que tenía se hacía realidad al despuntar el sol de la mañana. En ese período, Allah Todopoderoso hizo que sintiera inclinación por permanecer en soledad. La reclusión solitaria se volvió para él lo más amado.»

Abd al-Malik ibn Ubaydullah narró:

Cuando Allah Todopoderoso quiso honrar y ennoblecer al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dio comienzo a su misión profética, cada vez que salía por algún motivo se alejaba de las zonas habitadas y se dirigía a los valles montañosos y las llanuras de La Meca. Cada piedra o árbol junto al que pasaba le decía: «La paz sea contigo, oh Mensajero de Allah». Al oír esto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, miraba a su alrededor, a derecha e izquierda y hacia atrás. Pasaron algunos días, y el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, continuó oyendo y viendo aquello. Finalmente, durante el mes de Ramadán, mientras se encontraba en la cueva de Hira [20. Hira es el nombre de una cueva situada en una montaña a tres millas de La Meca], Yibril, la paz sea con él, llegó ante él portando, de parte de Allah, palabras de supremo honor y dignidad.

Se ha transmitido de Ubayd ibn Umayr que:

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pasaba un mes cada año en la cueva de Hira. Durante la época de la ignorancia, los qurayshíes también se dedicaban de este modo al retiro espiritual, abandonando la idolatría. Cada año pasaba allí un mes entero entregado al culto en soledad. Durante ese mes, alimentaba a todos los pobres que acudían a él. Al terminar aquel mes de retiro, antes de regresar a su casa, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, entraba primero en la Kaaba y realizaba el tawaf siete veces o más; solo después regresaba a su hogar. Cuando se aproximó el mes en que Allah Todopoderoso lo honraría con el mayor honor, es decir, el mes de Ramadán del año en que recibió la profecía, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió, como de costumbre, para permanecer en Hira. Finalmente llegó aquella noche grandiosa en la que Allah Todopoderoso lo honró con la misión de Mensajero. En ese momento, Yibril, la paz sea con él, acudió ante él por orden de Allah.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Estaba dormido. En ese estado, Yibril apareció llevando un trozo de tela de seda. Había algo escrito en aquella pieza de seda. Yibril me dijo: “¡Lee!”. Yo respondí: “No sé leer”».

Entonces me estrechó con tanta fuerza que pensé que iba a morir. Después de un rato me soltó y dijo: «¡Lee!». Yo respondí: «No sé leer». Volvió a estrecharme con fuerza. También esta vez temí morir por la intensidad de la presión. Me soltó de nuevo y dijo: «¡Lee!». Yo pregunté: «¿Qué debo leer?». Él dijo: «Iqra bismi rabbika…», es decir: «Lee en el nombre de tu Señor, que ha creado; ha creado al ser humano de un coágulo. Lee, pues tu Señor es el más generoso. Él es quien enseñó por medio del cálamo. Enseñó al ser humano lo que no sabía». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Entonces recité los versículos que me había recitado. Cuando Yibril hubo terminado de recitarlos, se detuvo y luego se marchó. Después desperté. Sentí como si hubiera grabado algo por escrito en mi mente. Entonces salí de la cueva de Hira. Al llegar a un lugar entre las montañas, de repente oí una voz desde arriba que decía: “Oh Muhammad, eres el Mensajero de Allah y yo soy Yibril”. Miré hacia el cielo y vi a Yibril con forma humana, extendiendo sus dos alas en el lejano horizonte y diciendo: “Oh Muhammad, eres el Mensajero de Allah y yo soy Yibril”. Permanecí inmóvil, mirándolo. Miré hacia las demás partes del cielo y lo vi allí por todas partes con la misma apariencia. Permanecí de pie, inmóvil, durante mucho tiempo. No podía retroceder ni avanzar. Mientras tanto, Jadiya envió a unos hombres a buscarme. Cuando llegaron a las zonas altas de La Meca, regresaron junto a Jadiya. Yo, sin embargo, seguía de pie en el mismo lugar. Después Yibril desapareció. Me dirigí de regreso hacia mi familia. Al llegar junto a Jadiya, me senté muy cerca de ella. Ella dijo: “Oh Abul Qasim, ¿dónde estabas? Había enviado gente a buscarte. Te buscaron por las zonas altas de La Meca y regresaron”. Le conté a Jadiya todo lo que había visto. Jadiya dijo: “Considera este acontecimiento un augurio sumamente favorable y mantente firme. Juro por Aquel en cuyas manos está mi vida que estoy convencida de que has sido elegido como profeta para la humanidad de esta época”».

Después, Jadiya se cubrió con sus ropas y fue a ver a Waraqa ibn Nawfal. Waraqa era primo de Jadiya. Había adoptado el cristianismo y era muy instruido en el conocimiento de los Libros celestiales. En particular, había adquirido mucho conocimiento de los seguidores de la Torá y del Evangelio. Jadiya le relató detalladamente todo lo que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, había visto y oído. Después de escucharlo todo, Waraqa exclamó: «¡Quddusun, quddusun! ¡El ángel santísimo! ¡El ángel santísimo! Juro por Allah, oh Jadiya, que puedes estar segura de que el gran Mensajero que acudía a Moisés ha venido también a Muhammad. En verdad, Muhammad ha sido elegido como profeta para la humanidad de esta época. [21. Suhaylí dice: Aunque Isa era, por la distancia temporal, el profeta más cercano, Waraqa mencionó a Moisés en su lugar porque en aquel momento había adoptado el cristianismo. Según los cristianos, el profeta Isa no es un profeta; creen, más bien, que Isa es una de las tres personas de Allah, que se ha unificado con la esencia de Isa. Entre los cristianos existen, desde luego, discrepancias sobre esta interpretación.] Dile que permanezca firme».

Jadiya regresó junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y le informó de lo que Waraqa había dicho. Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, terminó su retiro de un mes en la cueva de Hira, regresó a La Meca y comenzó a realizar, como de costumbre, el tawaf de la Kaaba. En ese momento, Waraqa le preguntó: «Sobrino, cuéntame lo que viste y oíste». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le relató todo lo ocurrido. Después de escucharlo, Waraqa dijo: «Sabe con certeza que eres el profeta de la humanidad de esta época. El gran Mensajero que acudía a Moisés ha venido también a ti. Debes saber asimismo con certeza que desmentirán tu mensaje, te perseguirán, te expulsarán de tu tierra y combatirán contra ti. Si sigo vivo entonces, te ayudaré abiertamente a establecer la religión de Allah». Después acercó la cabeza hacia él y le besó la frente. Al terminar el tawaf, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresó a su casa.

El comienzo de la revelación del Corán

En el sagrado mes de Ramadán comenzó a descender la revelación sobre el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Allah, el Altísimo y Omnipotente, dice:

«En el mes de Ramadán fue revelado el Corán como guía para la humanidad, con pruebas claras de la guía y como criterio entre la verdad y la falsedad».

Allah, el Altísimo, también dice:

«Ciertamente, hemos revelado este Corán en la Noche del Decreto. ¿Y qué te hará saber qué es la Noche del Decreto? La Noche del Decreto es mejor que mil meses. En ella descienden los ángeles y Gabriel, con el permiso de su Señor, y esta noche es paz hasta el amanecer» (sura de Al-Qadr).

Allah, el Altísimo, también dice:

«Ha-Mim. ¡Por el Libro claro! Ciertamente, lo hemos revelado en una noche bendita. Ciertamente, hemos querido advertir. Era una noche en la que, por Nuestro mandato, se decide con sabiduría y fundamento todo asunto. Y ciertamente, íbamos a enviar a un Mensajero» (sura de Ad-Dujan).

Allah, el Altísimo, también dice:

«Si creéis en Allah, en Su siervo y en lo que revelamos a Nuestro siervo el día del Criterio, el día en que se enfrentaron los dos grupos…» Aquí, «el día en que se enfrentaron» significa el día en que los idólatras y el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se enfrentaron en el campo de batalla de Badr.

La aceptación del islam por parte de Jadiya bint Juwaylid

Jadiya bint Juwaylid creyó en el Profeta, que Allah le conceda paz y bendiciones. Aceptó como verdadera la revelación que recibió de Allah. Lo apoyó en el cumplimiento de la misión profética. En verdad, ella fue la primera persona en creer en Allah y en Su Mensajero, y en reconocerlo como veraz.

Así, Allah aliviaba las aflicciones y sufrimientos de Su Profeta. Cada vez que surgía una situación desagradable, alguien rechazaba su invitación y lo desmentía, él se afligía profundamente. Pero cuando acudía a Jadiya, su angustia desaparecía por voluntad de Allah. Jadiya lo consolaba, aliviaba la tristeza y el dolor de su corazón, reconocía plenamente la verdad de su invitación y lo animaba a no tomar a pecho la conducta de la gente. Que Allah derrame Su misericordia sobre ella. El Mensajero de Allah, que Allah le conceda paz y bendiciones, dijo: «Por esta razón se me ha ordenado anunciar a Jadiya la buena nueva de una morada en el Paraíso, hecha de perlas, adornada con una ornamentación incomparable, en la que no habrá alboroto, aflicción ni enfermedad.»

La interrupción de la revelación

Después, la revelación se interrumpió durante algunos días, y esto se volvió muy penoso para el Profeta, que Allah le conceda paz y bendiciones. Luego Gabriel, la paz sea con él, se presentó ante él con la sura «Ad-Duha». En esa sura, el Grandioso Señor que lo había honrado con la profecía juró que no lo había abandonado ni se había vuelto su enemigo. Allah, el Altísimo, dice: «Por la mañana, y por la noche cuando se vuelve oscura!»

«Tu Señor no te ha abandonado ni te ha dejado, ni se ha vuelto tu enemigo.» Es decir, no te ha abandonado rompiendo Su relación contigo, ni tampoco ocurrió que, después de albergar enemistad hacia ti, volviera a amarte. «En verdad, lo que vendrá será mejor para ti que lo que pasó.» Es decir, lo que he preparado para ti después de tu regreso a Mí será mejor que lo que te concedí en este mundo. Ciertamente, pronto te concederá tanto que quedarás complacido. Es decir, éxito y victoria en este mundo, y recompensa en el Más Allá. «¿Acaso no te encontró huérfano y te dio refugio? Y te encontró extraviado y te guio, y te encontró pobre y te enriqueció?» En estos versículos, Allah, el Altísimo, le recuerda los honores que recibió en su primera vida y la misericordia y compasión que le mostró cuando estaba sin padre ni madre, sin apoyo ni recursos y extraviado; también le recuerda cómo, por Su gracia, lo salvó de aquella aflictiva situación. «Por tanto, no trates con dureza al huérfano ni reprendas al que pide ayuda.» Es decir, no muestres arrogancia ni soberbia hacia los siervos débiles de Allah, ni actúes con crueldad y arbitrariedad. «Y proclama la bendición de tu Señor.» Es decir, informa a la gente y llámala hacia la incomparable riqueza y el insuperable honor que has recibido de Allah mediante la obtención de la profecía.

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le conceda paz y bendiciones, se dedicó a transmitir la religión en absoluto secreto a las personas dignas de confianza y fiables de entre sus allegados. Comenzó a explicar la inmensa gracia con la que Allah lo había favorecido a él mismo y a toda la humanidad al concederle la profecía.

Los primeros en aceptar el islam

El primero de los hombres en creer en el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, rezar con él y aceptar de todo corazón la revelación que Allah le había hecho descender fue ʿAlī, hijo de su tío paterno Abū Ṭālib —que Allah esté complacido con él—. En aquel entonces apenas tenía diez años.

Se puede observar un favor especial de Allah hacia ʿAlī —que Allah esté complacido con él—. Que Allah quería su bien y había dispuesto para él los medios adecuados se comprende por los acontecimientos anteriores a su conversión al islam. En aquel entonces los quraysh atravesaban una grave crisis. Abū Ṭālib se encontraba en una situación financiera extremadamente difícil, pues era padre de muchos hijos. ʿAbbās, otro de los tíos paternos del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, era el hombre más acomodado de los Banū Hāshim. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le dijo: «¡Oh, ʿAbbās! Tu hermano Abū Ṭālib está agobiado por la carga de sus numerosos hijos. Puedes ver la terrible aflicción que padece la gente. Ven, aliviemos la carga de sus hijos. Yo me haré cargo de uno de sus hijos y tú de otro. Así podremos librarlo de la responsabilidad de dos de sus hijos».

ʿAbbās dijo: «De acuerdo, vamos».

Entonces ambos fueron a ver a Abū Ṭālib y le dijeron: «Mientras los habitantes del país no se liberen de la actual crisis económica, queremos aliviarte de la carga de tus hijos». Abū Ṭālib dijo: «Dejadme a ʿAqīl y llevaos luego a quien queráis».

Entonces el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se llevó a ʿAlī y lo incorporó a su propia familia. ʿAbbās se llevó a Jaʿfar y también lo incorporó a su familia. Después, ʿAlī permaneció con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— hasta que este recibió la profecía. Por eso, cuando recibió la profecía, ʿAlī creyó en él, lo aceptó de todo corazón como profeta y comenzó a seguirlo.

Según algunos historiadores, cuando llegaba la hora de la oración, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se dirigía a una cueva en las escarpadas montañas de La Meca, y ʿAlī iba con él. Sin embargo, ambos realizaban esto en secreto, sin que lo supieran su padre, su tío ni nadie de su tribu. Iban allí, rezaban a solas y regresaban a casa al anochecer. Así continuaron durante algún tiempo, por voluntad de Allah. Un día, Abū Ṭālib los vio rezando y, después de la oración, preguntó al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—: «Sobrino, ¿qué religión es esta que sigues?». Él respondió: «Tío, esta es la religión de Allah, la religión de Sus ángeles y la religión de Sus profetas y mensajeros; en particular, la religión de nuestro padre Ibrāhīm. Allah me ha convertido en Mensajero y me ha enviado a la humanidad con esta religión. ¡Tío! De todas las personas a las que he enseñado esta religión y a las que he invitado a aceptar este modo de vida, tú eres quien más derecho tiene a recibir esta invitación. Y, en comparación con todos los que han aceptado mi invitación y me han ayudado en mi misión, tú eres quien tiene mayor obligación de responder a esta llamada y prestar ayuda».

Abū Ṭālib dijo: «Sobrino, no puedo abandonar la religión y las costumbres de mis antepasados. Pero, por Allah, mientras yo viva, no tendrás que enfrentarte a ninguna situación desagradable a causa de tus actividades».

Después aceptó el islam Zayd ibn Ḥāritha ibn Shuraḥbīl ibn Kaʿb ibn ʿAbd al-ʿUzzā. Anteriormente, Ḥakīm ibn Ḥizām ibn Juwaylid, sobrino de Khadīja, había traído de Siria a varios esclavos, entre ellos Zayd ibn Ḥāritha. Un día, su tía paterna Khadīja fue a verlo. En aquel entonces, Khadīja ya estaba casada con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Ḥakīm le dijo: «Tía, escoge a cualquiera de estos esclavos. Te entregaré al muchacho que elijas». Ella escogió a Zayd y se lo llevó. Cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— vio a Zayd con Khadīja y manifestó su deseo de tenerlo, Khadīja se lo regaló al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Él lo liberó de las cadenas de la esclavitud y lo tomó como hijo adoptivo. Esto ocurrió antes de que recibiera la profecía.

Después aceptó el islam Abu Bakr ibn Abu Quhafa. Su verdadero nombre era Atique, mientras que el nombre verdadero de Abu Quhafa era Uthman. Después de aceptar el islam, Abu Bakr —que Dios esté complacido con él— lo proclamó públicamente. Era una persona sumamente popular, amistosa y afable entre los miembros de su tribu. Entre los qurayshíes era el más noble y quien mejor conocía sus genealogías. Nadie poseía un conocimiento tan perspicaz como él acerca de los qurayshíes, de sus cualidades y defectos, y de lo que les beneficiaba o perjudicaba. Era comerciante, generoso y de noble carácter. Los miembros de la tribu acudían en gran número a él. Debido a su trato afable, su sabiduría y su habilidad comercial, muchos entablaban amistad y camaradería con él. Por ello, comenzó a invitar al islam a quienes se acercaban a él dentro de la tribu y gozaban de su plena confianza. Gracias a su invitación, aceptaron sucesivamente el islam Uthman ibn Affan, al-Zubayr ibn al-Awwam, Abd al-Rahman ibn Awf, Saad ibn Abi Waqqas y Talha ibn Ubayd Allah. Estos cinco, junto con Abu Bakr, Ali y Zayd —ocho en total— fueron los primeros musulmanes. Ellos fueron los primeros en establecer la oración y aceptar el islam de todo corazón.

Después aceptaron el islam Abu Ubayda ibn al-Jarrah, Abu Salama ibn Abd al-Asad y al-Arqam ibn Abi al-Arqam. 22. La casa de al-Arqam estaba situada sobre el monte Safa. En esa casa, el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— invitaba a los qurayshíes al islam. Así continuaron en secreto su permanencia y su labor de invitación hasta que, con la conversión de Umar —que Dios esté complacido con él—, el número de musulmanes llegó a cuarenta. Una vez completado ese número, se dieron a conocer públicamente.

Aceptaron el islam Uthman ibn Mazun y sus dos hermanos, Qudama y Abd Allah; Ubayda ibn al-Harith; Saad ibn Zayd ibn Amr y su esposa Fatima, hermana de Umar ibn al-Jattab; Asma, hija de Abu Bakr, y Aisha, hija de Abu Bakr (Aisha era entonces una niña pequeña); Jabbab ibn al-Aratt; Umayr ibn Abi Waqqas; Abd Allah ibn Masud; Masud ibn Qari; Salit ibn Amr; Ayyash ibn Abi Rabi’a y su esposa Asma, hija de Salama; Khunays ibn Hudhafa; Amir ibn Rabi’a; Abd Allah ibn Jahsh y su hermano Abu Ahmad; Jafar ibn Abi Talib y su esposa Asma, hija de Umais; Hatib ibn al-Harith y su esposa Fatima, hija de Mujallal; su hermano Jutab y su esposa Fukayha, hija de Yasar; Mamar ibn al-Harith; Saib ibn Uthman ibn Mazun; al-Muttalib ibn Azhar y su esposa Ramla, hija de Abu Awf; al-Nahham, es decir, Nuaim ibn Abd Allah; Amir ibn Fuhayra; Jálid ibn Said ibn al-As y su esposa Amina, hija de Jalaf; Hatib ibn Amr; Abu Hudhayfa ibn Utba ibn Rabi’a; Waqid ibn Abd Allah; Jálid, hijo de Bukayr ibn Abd Yalil; Amir, Aqil y Yas; Ammar ibn Yasir; y Suhayb ibn Sinan al-Rumi. 23. Suhayb era árabe de nacimiento. Durante su infancia fue capturado por los romanos y creció entre ellos como esclavo. Más tarde, un miembro de la tribu de Kalb lo compró y lo llevó para venderlo en La Meca. Abd Allah ibn Judan lo compró y lo liberó. En los hadices, Suhayb es mencionado como el primer romano en aceptar el islam.

La invitación pública

Después, hombres y mujeres comenzaron a aceptar el islam en grupos. Así, la noticia del islam se difundió por toda La Meca y se empezó a hablar ampliamente de ello. Entonces, Dios, el Altísimo y Todopoderoso, ordenó a Su Mensajero proclamar Su mensaje en voz alta y emprender públicamente, entre la gente, la tarea de invitar al camino de Dios. Antes de que comenzara la predicación pública del islam, tras el inicio de la misión profética, la labor secreta de predicación continuó durante tres años. Entonces Dios dio esta orden: «¡Oh, Profeta! Ahora comienza a proclamar en voz alta y no prestes atención a las palabras de los politeístas». También dijo: «¡Oh, Profeta! Advierte a tus parientes más cercanos, sé compasivo y bondadoso con los creyentes que te siguen, y di: “Yo soy un amonestador manifiesto”».

Cuando rezaban, los compañeros del Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— se dirigían a cuevas montañosas inaccesibles y oraban ocultos de la mirada de la gente. Un día, mientras un pequeño grupo de compañeros del Mensajero de Dios, entre ellos Saad ibn Abi Waqqas, rezaba en una cueva de alguna montaña de La Meca, llegó allí un grupo de politeístas mequíes. Comenzaron a censurar e insultar severamente a los creyentes y, finalmente, los atacaron con la intención de matarlos. En ese momento, Saad ibn Abi Waqqas golpeó con gran fuerza la cabeza de uno de los politeístas con la mandíbula de un camello muerto y se la abrió. Este fue el primer derramamiento de sangre por causa del islam.

Aunque el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— predicaba públicamente conforme a la orden de Dios, ellos no se alejaron de él ni protestaron contra él mientras no criticó a sus ídolos. Pero cuando criticó a sus ídolos, consideraron su movimiento algo terrible y peligroso. Se enfurecieron violentamente contra él y se dispusieron con toda determinación a oponérsele y enemistarse con él. Sin embargo, protegió de esa hostilidad, por causa del islam, a las pocas personas que aún no se habían dado a conocer.

Su tío Abu Talib continuó mostrando plena simpatía y compasión hacia el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz—. Lo siguió protegiendo frente a los ataques de los qurayshíes y se puso a su lado. Gracias a ello, pudo continuar sin impedimentos su labor de predicar la religión de Dios. Pero cuando los qurayshíes vieron que el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— no prestaba la menor atención a sus firmes objeciones contra la ruptura de relaciones y la crítica de sus ídolos, y que, además, su tío continuaba dándole refugio y no lo entregaba de ningún modo a los qurayshíes, un día los dirigentes y notables de los qurayshíes fueron juntos a ver a Abu Talib y le dijeron: «¡Oh, Abu Talib! Tu sobrino ha insultado a nuestros ídolos, ha denigrado nuestra religión, ha considerado estúpida nuestra inteligencia y ha calificado de extraviados a nuestros antepasados. En estas circunstancias, o bien lo haces desistir de todo eso, o bien déjanos la oportunidad de darle su merecido». Abu Talib les respondió con palabras conmovedoras y los despidió después de convencerlos y apaciguarlos.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, continuó con su misión como de costumbre. Siguió invitando a la gente hacia la religión de Allah y prosiguió con su labor de predicación y difusión. Como consecuencia, la hostilidad y el rencor de los qurayshíes aumentaban día tras día. Se entregaron a una intensa crítica contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y comenzaron a incitarse unos a otros contra él.

Por ello, volvieron a presentarse ante Abu Talib y le dijeron: «Oh, Abu Talib, usted es el mayor y el patriarca de nuestra comunidad. Lo consideramos una persona distinguida y respetable».

Le dijimos que prohibiera a su sobrino seguir adelante, pero usted no lo hizo. Por Allah, no podemos permitir que esto continúe así. Ya no podemos soportar su atrevimiento al criticarnos, insultar a nuestros ídolos y considerar necedad nuestra inteligencia. Ahora, o lo detiene, o entraremos en guerra contra él y contra usted, y no nos detendremos hasta que uno de los dos bandos sea destruido».

Abu Talib mandó llamar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Le dijo: «Sobrino, la gente de tu comunidad ha venido a mí y me ha dicho todas estas cosas». Entonces le transmitió lo que habían dicho los dirigentes de los qurayshíes. Después añadió: «Puesto que la situación ha llegado a este punto, sé prudente contigo mismo y conmigo. No me impongas algo que exceda mis posibilidades.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pensó que su tío había cambiado de opinión, que quería dejarlo solo frente a los qurayshíes y que ya no podía ayudarlo. Por ello, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Tío, juro por Allah que, aunque pusieran el sol en mi mano derecha y la luna en mi mano izquierda y me pidieran a cambio que abandonara esta misión, no la abandonaría. Continuaré con ella hasta que Allah haga triunfar Su religión o yo perezca en el intento». Después de decir esto, los ojos del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se llenaron de lágrimas. Luego se levantó y se dispuso a marcharse. Cuando había avanzado cierta distancia, Abu Talib lo llamó y le dijo: «Sobrino, acércate». Él se acercó. Abu Talib dijo: «Sobrino, está bien. Continúa diciendo lo que quieras decir. Nunca, por ninguna razón, te entregaré a ellos».

Cuando los qurayshíes supieron que Abu Talib no estaba dispuesto a dejar solo al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ante aquella situación humillante y que, pese a la ruptura de relaciones y la hostilidad de estos, se mantenía firme en no entregárselo, llevaron ante Abu Talib a un joven llamado Umara ibn al-Walid ibn al-Mughira y le dijeron: «Oh, Abu Talib, mire a este joven. Se llama Umara ibn al-Walid. En la tribu de Quraysh no hay un joven tan valiente, fuerte y apuesto como él. Acéptelo como hijo; podrá beneficiarse de su inteligencia y de su ayuda y cooperación. Y entréguenos a ese sobrino suyo que se opone a la religión de sus antepasados, siembra la discordia entre su comunidad y considera necedad su inteligencia. Entréguenoslo para que lo matemos. Así recibirá a un hombre a cambio de otro».

Abu Talib dijo: «Por Allah, me estáis imponiendo algo sumamente abominable. ¿Acaso puedo aceptar una propuesta según la cual vosotros me entregaríais a vuestro hijo, yo lo alimentaría y lo criaría, mientras que yo os entregaría a mi hijo para que lo mataseis? Por Dios, sabed que eso nunca sucederá».

Mut’im ibn Adi dijo: «Oh, Abu Talib, tu comunidad te ha hecho una propuesta justa. Quieren librarte de aquello que tú mismo desapruebas. Sin embargo, parece que no estás dispuesto a aceptar ninguna de sus propuestas». Abu Talib le dijo a Mut’im: «Por Allah, no han sido justos conmigo. En realidad, estás decidido a humillarme y quieres poner a toda la comunidad en mi contra. Ahora haz lo que quieras».

La situación se salió del control de todos y surgió un clima de guerra. Los coraichitas comenzaron a incitarse mutuamente a combatir. Cada tribu se lanzó contra los pocos musulmanes que había entre ellos, inició una terrible persecución y ejerció una fuerte presión para que abandonaran el islam. Solo el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, permaneció a salvo de esta persecución. Allah lo protegió por medio de su tío Abu Talib.

Cuando Abu Talib vio que los coraichitas habían elegido un camino de extrema violencia, tomó la iniciativa de ponerse en contacto con los miembros de los clanes Banu Hashim y Banu al-Muttalib. Los convocó a apoyar y colaborar con la postura que había adoptado: proteger al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y hacer frente a cualquier comportamiento indecoroso contra él. Todos los miembros de estos dos clanes respondieron a su llamamiento y le aseguraron su apoyo. El único que no lo apoyó fue el maldito Abu Lahab, enemigo de Allah.

Comentario de Walid ibn al-Mugira sobre el Corán

Un grupo de coraichitas se reunió ante su anciano líder, Walid ibn al-Mugira. Se acercaba la temporada del hajj. Walid dijo: «¡Oh, coraichitas! Se acerca la temporada del hajj. Vendrá gente de distintas regiones de Arabia, y ya han oído hablar de Muhammad. Así pues, acordad una opinión unánime sobre él. No debe haber ninguna discrepancia entre vosotros al respecto. No puede ocurrir que uno diga algo y otro lo contradiga, pues entonces las palabras de uno demostrarán que las del otro son falsas».

Todos dijeron: «Entonces, establezca usted una opinión. Todos repetiremos esa misma opinión». Walid dijo: «Decidla vosotros; yo escucharé». Todos los reunidos dijeron: «Diremos que Muhammad es un adivino». Walid dijo: «No, no es un adivino. Hemos visto a muchos adivinos. Las palabras de Muhammad no son como las expresiones rimadas y oscuras de un adivino».

Todos dijeron: «Entonces diremos que Muhammad está loco».

Walid dijo: «No, tampoco está loco. Hemos visto a muchos locos y sabemos qué es la locura. En las palabras de un loco hay torpeza y falta de claridad; están cargadas de arrebatos de intensa emoción, así como de dudas y sospechas. Pero nada de eso se encuentra en las palabras de Muhammad».

Todos dijeron: «Entonces diremos que es un poeta».

Walid dijo: «No, tampoco es poeta. Conocemos toda clase de poesía, pero las palabras de Muhammad no corresponden a ningún tipo de poesía».

Todos dijeron entonces: «En ese caso diremos que es un hechicero». Walid dijo: «Tampoco es hechicero. Hemos visto muchos hechiceros y mucha hechicería, pero Muhammad no tiene la costumbre de hacer nudos y soplar sobre ellos como hacen los hechiceros». Todos dijeron: «Entonces, ¿qué quieres decir?»

Walid dijo: «No cabe duda de que las palabras de Muhammad son muy dulces al oído. Su raíz es sumamente firme y sus ramas producen abundantes frutos. Cualquier cosa que digáis quedará demostrada como falsa. Sin embargo, lo más apropiado sería llamarlo hechicero, porque habla de una manera tan eficaz como la hechicería para sembrar la discordia entre hermanos, entre esposos y esposas, y entre los parientes. Por eso se le puede llamar verdaderamente hechicero; bajo su influencia, la nación ha sido realmente víctima de la división».

Después, cuando comenzó a llegar la gente durante la temporada de la peregrinación, los qurayshíes se sentaban formando grupos en los caminos por donde transitaban las personas. Cada vez que alguien pasaba junto a ellos, le decían que tuviera cuidado de entrar en contacto con Muhammad, y también le informaban sobre sus actividades. En esta ocasión, Allah reveló acerca de Walid ibn al-Mugira:

«Déjame a Mí encargarme de aquel a quien creé solo. Después de crearlo, le concedí abundantes riquezas y numerosos hijos que permanecieran siempre a su lado, y le facilité el camino hacia el liderazgo y la prosperidad. Aun así, ambiciona que le conceda todavía más. ¡De ninguna manera! Es sumamente hostil a Mis signos».

Después, a todo aquel con quien se encontraban, le contaban esas cosas acerca del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Cuando, terminada la temporada de la peregrinación, los árabes se dispersaron por todas partes, en sus conversaciones no se hablaba de otra cosa que del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Así, su nombre se difundió por cada población de Arabia.

Relato de las persecuciones contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz

Poco a poco, los qurayshíes comenzaron a enfurecerse. Se descontrolaron en su hostilidad contra el Mensajero de Allah y sus compañeros. Empezaron a incitar a los necios y a los maleantes. Estos insensatos comenzaron a insultarlo, llamándolo mentiroso, y a causarle toda clase de sufrimientos. Lo acusaron de ser un adivino, un hechicero, un astrólogo y un loco. Pero el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, permaneció firme en la tarea de proclamar y difundir la religión de Allah. Poco a poco comenzó a predicar de manera cada vez más pública. Aunque la crítica de las costumbres falsas de los árabes, el rechazo de su idolatría y su ruptura con sus doctrinas de incredulidad les resultaban sumamente ofensivos, continuó haciéndolo con gran firmeza. Abdullah ibn Amr ibn al-As dice:

«Un día, cuando los jefes de Quraysh se habían reunido junto a la Piedra Negra, me presenté allí. Mencionaron al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dijeron: “La paciencia que hemos mostrado con este hombre no tiene precedentes. Nos ha hecho parecer necios y ha insultado a nuestros dioses. Hemos soportado un asunto sumamente delicado y grave”. Mientras continuaba esta conversación entre ellos, de repente apareció allí el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Avanzó con paso sereno y besó la Piedra Negra. Al pasar junto a ellos, algunos hicieron comentarios hostiles. Observé en el rostro del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, la reacción a aquellas palabras. Cuando pasó junto a ellos por segunda vez, volvieron a hacer comentarios sarcásticos. Observé su reacción en el rostro del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Cuando pasó junto a ellos por tercera vez y volvieron a hacer comentarios semejantes, se detuvo allí y dijo: “¡Oh, Quraysh! Escuchad: juro por Aquel en cuya mano está mi alma que os he traído la ruina, si no creéis”».

Ante sus palabras, la multitud quedó silenciosa y estupefacta, como golpeada por un rayo. Incluso el hombre de entre ellos que, apenas un instante antes, había hablado con mayor hostilidad y provocación contra él, intentó calmar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, hablándole con toda la dulzura posible. Hasta se vio obligado a decir: «Abul Qasim, vete. Tú no eres un necio».

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se marchó de allí. Al día siguiente, todos se reunieron en el mismo lugar. Yo también estaba allí. Entonces comenzaron a decirse unos a otros: «¡Lo habéis visto! ¡Hasta dónde ha llegado la insolencia de Muhammad y cuánta desfachatez ha mostrado! Os dijo claramente en vuestra propia cara algo que no os gusta en absoluto, y aun así lo dejasteis marcharse».

Justo en ese momento apareció allí el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. ¡Y entonces, qué remedio! Todos se abalanzaron sobre él al unísono. Lo rodearon y empezaron a decirle: «Tú eres quien dice cosas ofensivas contra nuestra religión y nuestros dioses».

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Sí, soy yo quien dice esas cosas». Vi que uno de ellos intentaba matarlo estrangulándolo con ambos extremos del manto que llevaba alrededor del cuello. En ese momento, Abu Bakr se adelantó y se lo impidió. Rompió a llorar y dijo: «¿Acaso vais a matar a un hombre por declarar: “Allah es mi Señor”?»

Después, la multitud se marchó de allí. Nunca volví a ver un ataque de Quraysh contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, tan grave como el que presencié aquel día».

La aceptación del islam por Hamza

Un hombre de la tribu de Aslam, dotado de una memoria excepcional, me dijo:

«Un día, Abu Yahl se encontró con el Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz) cerca del monte Safa. En aquella ocasión lo trató mal, lo insultó y le dirigió palabras sumamente ofensivas. Lanzó invectivas contra el islam y dirigió mordaces sarcasmos contra su predicación y su movimiento. El Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz) no respondió con una sola palabra. Una esclava de Abd Allah ibn Yudán, sentada en su casa, oyó aquellos insultos. Después, Abu Yahl abandonó el lugar y fue a sentarse en una reunión de los qurayshíes junto a la Kaaba.»

Poco después, Hamza, hijo de Abd al-Muttalib, regresaba de cazar con el arco y las flechas preparados. Era un excelente cazador, muy hábil tanto para disparar sus flechas contra la presa como para rastrearla. Cada vez que regresaba de una cacería semejante y encontraba en el camino alguna reunión o grupo de los qurayshíes, se detenía allí, los saludaba y conversaba con ellos. Era un joven noble y robusto de los qurayshíes. Cuando pasaba junto a la esclava de Abd Allah ibn Yudán, el Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz) ya había regresado a su casa. Al ver a Hamza, la esclava le dijo: «¡Ojalá hubieras visto lo que Abu al-Hakam, hijo de Hisham, hizo poco antes con tu sobrino Muhammad! (24. Abu al-Hakam era el sobrenombre o título de Abu Yahl. Su nombre era Amr ibn Hisham ibn Mugira ibn Abd Allah ibn Umar ibn Majzum.) Muhammad estaba sentado aquí. En cuanto lo vio, lo trató mal, lo insultó y se comportó con él de la manera más ofensiva. Muhammad (que Dios lo bendiga y le conceda paz) se marchó sin pronunciar una sola palabra.»

Al oír aquello, Hamza se llenó de ira, pues Dios quería coronarlo con la gloria del islam. Por eso se apresuró en busca de Abu Yahl. No se detuvo ante nadie por el camino. Su intención era darle una lección en cuanto lo encontrara. Apenas entró en la Mezquita Sagrada, vio que Abu Yahl estaba sentado en una reunión. Se dirigió hacia él y, al acercarse, lo golpeó violentamente con el arco y le causó una grave herida. Luego dijo: «¿Insultas a Muhammad, verdad? Pues yo he adoptado su religión y apoyo todo lo que dice. Si puedes, devuélveme el golpe.»

Inmediatamente, algunos hombres del clan de Banu Majzum acudieron para ayudar a Abu Yahl contra Hamza. Pero Abu Yahl dijo: «No le digáis nada a Hamza, porque en verdad he insultado a su sobrino con palabras sumamente viles.»

Hamza permaneció firme e inquebrantable en el islam y continuó ayudando y apoyando las actividades del Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz). Después de que Hamza (que Dios esté complacido con él) abrazara el islam, los qurayshíes comprendieron que ya no sería fácil perseguir y humillar al Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz). Cada vez que intentaran hacer algo, Hamza se presentaría para enfrentarse a ellos. Por eso, de momento, redujeron un poco la intensidad de su persecución.

La estratagema de Utba para contrarrestar la misión del Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz)

Una fuente me informó que un día Utba ibn Rabi’a, un destacado jefe de los qurayshíes, estaba sentado en la asamblea de los qurayshíes. En aquel momento, el Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz) estaba sentado a solas en la Mezquita Sagrada. Utba dijo: «¡Oh, qurayshíes! Iré a hablar con Muhammad. Le presentaré algunas propuestas. Quizá acepte alguna de ellas y ponga fin a su predicación. ¿Qué os parece?»

Por aquel entonces, como Hamza había abrazado el islam, el número de musulmanes había comenzado a aumentar. Por eso, todos dijeron: «Es una propuesta muy buena. Ve y habla con él».

Utba fue hasta donde estaba el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y se sentó a su lado. Dijo: «Sobrino, no ignoras cuán noble y distinguido es tu linaje entre nuestra tribu. Has comparecido ante tu pueblo con un asunto gravísimo. Tu predicación ha sembrado la división entre la gente. Los has tachado de necios y has denigrado a sus antepasados. Escúchame: voy a proponerte varias alternativas. Piensa un poco si puedes aceptar algunas de ellas».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «De acuerdo, hable. Estoy escuchando».

Utba dijo: «Sobrino, si con esta nueva predicación que has comenzado a proclamar deseas obtener una gran riqueza, reuniremos dinero para ti y te convertiremos en el más rico de entre nosotros. Y si deseas alcanzar una posición elevada, te haremos rey de este país. Pero si lo que ocurre es que un yinn viene a ti y no puedes ahuyentarlo, te procuraremos tratamiento médico. Gastaremos cuanto dinero sea necesario para curarte, pues a veces los yinn dominan a los seres humanos y se necesita tratamiento para expulsarlos».

Después de decir esto, Utba se detuvo. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— había escuchado atentamente sus palabras. Cuando terminó, le dijo: «Oh, Abu al-Walid, ¿has terminado de hablar?». «Sí». Él dijo: «Entonces escucha algunas palabras mías». Utba dijo: «Habla». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— comenzó a recitar la sura Ha-Mim as-Sayda: «En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. Ha-Mim. Este es un Libro revelado por Allah, el Clemente, el Misericordioso. Un Libro, un Corán en lengua árabe, cuyos versículos han sido explicados detalladamente para gente que sabe. Como albriciador y amonestador. Pero la mayoría de ellos se aparta y no quiere escuchar. Dicen: “Nuestros corazones están cubiertos ante aquello a lo que nos invitas”». Utba permaneció escuchando en silencio. Sentado, apoyado en las manos hacia atrás, escuchaba con suma atención. Mientras recitaba, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegó al versículo de la prosternación de aquella sura, se detuvo y se prosternó. [25. El versículo dice: «Entre Sus signos están la noche y el día, el sol y la luna. No os prosternéis ante el sol ni ante la luna; prosternaos ante Allah, Quien los creó, si es a Él a Quien adoráis».] Después dijo: «Ya has escuchado lo que debías escuchar. Ahora haz lo que consideres necesario».

Entonces Utba se levantó y regresó junto a sus compañeros. Al verlo, estos comenzaron a decirse unos a otros: «Utba se fue con un semblante y ahora vuelve con otro». En cuanto se sentó entre ellos, todos le preguntaron: «Oh, Abu al-Walid, ¿qué tienes que decir?»

Utba dijo: «He escuchado unas palabras como jamás había escuchado otras. Oh, qurayshíes, ciertamente no son poesía ni palabras de un adivino. Escuchadme y dejad este asunto a mi cargo. Dejad que este hombre haga lo que quiera y no mantengáis relación con él. Estoy seguro de que aquello cuya difusión ha emprendido Muhammad provocará en el futuro una gran conmoción. Si los árabes acaban con él, os habréis librado de él gracias a otros; y si triunfa sobre los árabes, su reino será vuestro reino y su prestigio será causa de vuestro propio prestigio. Seréis el pueblo más afortunado de la tierra». Al oír esto, todos exclamaron al unísono: «¡Muhammad te ha hechizado esta vez!». Utba dijo: «Esta es mi opinión. Ahora haced lo que os parezca mejor».

Conversación del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— con los líderes de Quraysh

El islam comenzó a extenderse gradualmente entre las mujeres y los hombres de las tribus de Quraysh de La Meca. Y los qurayshíes detenían a los musulmanes que podían y los sometían a duras torturas.

En estas circunstancias, un día, después de la puesta del sol, los jefes de los quraysh de cada tribu se reunieron cerca de la Kaaba. Los que se reunieron fueron Utba ibn Rabi‘a, Shayba ibn Rabi‘a, Abu Sufyan ibn Harb, Nadr ibn al-Harith, Abu al-Bujtari ibn Hisham, Aswad ibn al-Muttalib, Zam‘a ibn al-Aswad, Walid ibn al-Mughira, Abu Yahl ibn Hisham, Abdullah ibn Abu Umayya, al-As ibn Wa’il, Nubayh ibn al-Hayyay, Munabbih ibn al-Hayyay y Umayya ibn Jalaf. Empezaron a decirse unos a otros: «Enviad a buscar a Muhammad; hablad con él y, si es necesario, discutid también con él. Así podréis evitar que la gente os culpe». En efecto, enviaron un mensajero a buscarlo. El mensajero fue y le dijo: «Los líderes de los quraysh se han reunido para hablar contigo. Ven un momento con ellos».

Apenas oyó esto, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) corrió apresuradamente hacia ellos. Pensó que quizá habían reconsiderado algo acerca de la prédica que les había presentado. En realidad, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) deseaba sinceramente que regresaran al camino recto. Le afligían profundamente su obstinación y sus abusos. Fue y se sentó junto a los líderes de los quraysh. Ellos dijeron: «¡Oh, Muhammad! Te hemos llamado para hablar contigo sobre algunos asuntos. Por Dios, no sabemos de ningún otro árabe que haya causado entre su pueblo una división como la que tú has causado. Has reprendido a los antepasados, has censurado la religión tradicional, has insultado a los ídolos, has tratado de necios a los hombres sensatos y has sembrado la discordia en la unidad de la nación. En resumen, no has dejado de introducir entre nosotros y tú ninguna clase de mal. Ahora bien, si al decir estas cosas pretendes obtener riquezas, reuniremos para ti dinero y bienes para que seas el más rico de nosotros. Si buscas una posición elevada, te haremos nuestro jefe. Y si quieres ser rey, ven y te haremos nuestro rey. Y si el ser que viene a ti es un yinn o un demonio que se ha apoderado de ti, estamos dispuestos a pagar cuanto sea necesario para que te traten y te cures, o para no tener que responder ante la gente por tu situación».

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «No deseo ninguna de las cosas que estáis mencionando. El propósito de la prédica que os he presentado no es que quiera vuestras riquezas, ni que quiera ser superior a vosotros en rango, ni que quiera ser vuestro rey. Allah me ha enviado a vosotros como Mensajero; ha hecho descender sobre mí un Libro y me ha ordenado ser para vosotros un advertidor y un portador de buenas nuevas. Conforme a Su mandato, os he transmitido el mensaje de mi Señor y os he aconsejado buscando vuestro bien. Si aceptáis mi prédica, eso os traerá dicha en este mundo y en el Más Allá. Pero si la rechazáis, tendré paciencia hasta que llegue el decreto final de Allah respecto a vosotros y a mí».

Dijeron: «¡Oh, Muhammad! Si ninguna de las propuestas que te hemos presentado te resulta aceptable, escucha entonces otra cosa. Sabes que en el mundo nadie tiene una tierra de residencia tan estrecha como nosotros, y que ningún pueblo de la tierra lleva una vida tan penosa como la nuestra debido a la escasez de agua y a la falta de otros recursos. Por tanto, ruega a tu Señor, que te ha enviado como Mensajero, que aleje de aquí estas montañas para que nuestra tierra de residencia sea más amplia, y que haga correr en nuestro país ríos como los de Irak y Siria. Pídele también que devuelva a la vida a nuestros antepasados, incluido entre ellos Qusay ibn Kilab, que fue uno de los líderes más veraces y justos. Les preguntaremos si tus palabras son verdaderas o falsas. Si dicen que eres veraz y haces lo que te pedimos, creeremos en ti, reconoceremos la dignidad que Dios te ha concedido y aceptaremos verdaderamente que eres el Mensajero de Allah».

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) les dijo: «No he venido a vosotros por estos asuntos. Fuera de aquello con lo que Allah me ha enviado, no tengo poder sobre ninguna otra cosa. Y os he transmitido aquello con lo que he sido enviado. Si lo aceptáis, os abrirá las puertas de la dicha en este mundo y en el Más Allá. Pero si lo rechazáis, tendré paciencia hasta que Allah dicte una sentencia definitiva entre vosotros y yo».

Dijeron: «Si tampoco te agrada esta propuesta, haz algo por ti mismo. Pide a tu Señor que envíe contigo a un ángel. Él dará testimonio ante nosotros de que dices la verdad y hablará con nosotros en tu defensa. Que Allah haga para ti muchos jardines y palacios, y te conceda grandes tesoros de oro y plata. Así se satisfará la avidez por las riquezas que vemos en ti. Pues tú recorres los mercados como nosotros y buscas tu sustento como nosotros. Cuando poseas todas esas riquezas, comprenderemos que eres realmente superior a nosotros y honorable ante tu Señor. Si, conforme a tu propia afirmación, eres verdaderamente un Mensajero, haz todo eso y veamos».

El Mensajero (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «No, tampoco haré eso. No puedo pedirle a Allah esas cosas. No he venido a vosotros con tales cosas. Allah me ha enviado únicamente como portador de buenas nuevas y advertidor. Si respondéis a mi llamamiento, será una fuente de dicha para vosotros en este mundo y en el Más Allá. Pero si lo rechazáis, sucederá lo que Allah disponga. Tendré paciencia hasta que Él resuelva el asunto entre vosotros y yo».

Dijeron: «Entonces haz caer sobre nuestras cabezas algunos fragmentos de nubes, tal como crees que Allah puede hacerlo si quiere. Si no haces eso, no creeremos en ti».

El Mensajero de Allah dijo: «Esto depende enteramente de la voluntad de Allah. Si Él quiere, ciertamente puede hacerlo».

Dijeron: «¡Oh, Muhammad! ¿Acaso tu Señor no sabía que nos sentaríamos contigo y te pediríamos lo que ahora te hemos pedido? ¿No pudo Él venir a ti, enseñarte las respuestas a las cuestiones que te hemos planteado e informarte de lo que haría con nosotros si rechazáramos tu invitación? Nos hemos enterado de que un hombre llamado “el Rahmán”, que vive en Yamama, te enseña estas cosas. (26. Este hombre era Musaylima ibn Habib al-Hanafi. Es conocido con el nombre de Musaylima el Mentiroso. Era de edad avanzada y, en la época de la ignorancia, lo llamaban “el Rahmán”. [Rawd al-Unuf])».

«¡Por Allah!, jamás creeremos en el Rahmán. Muhammad, te estamos haciendo saber que somos incapaces de aceptar esto. Dado hasta dónde ha llegado tu conducta con nosotros, no te dejaremos en paz. No cesaremos hasta que tú nos destruyas o nosotros te destruyamos». Uno de los presentes dijo: «Nosotros adoramos a los ángeles. Los ángeles son las hijas de Allah». Y otro dijo: «Haz que Allah y los ángeles se presenten ante nosotros; de lo contrario, no creeremos en ti».

Después de oír estas palabras, el Mensajero de Allah —Allah lo bendiga y le conceda paz— se marchó de allí. También salió con él su primo materno, Abdullah ibn Abu Umayya ibn al-Mughira. Este dijo: «Escucha, Muhammad: los miembros de tu pueblo te presentaron varias propuestas y no aceptaste ninguna. Después te exigieron algunas cosas para que pudieran conocer y comprender la posición a la que, según afirmas, Allah te ha elevado, y así reconocerte y seguirte. Pero tampoco cumpliste esas exigencias. También te hicieron algunas peticiones para saber que eres superior a ellos y que eres el Mensajero de Allah, y tampoco las atendiste. ¡Por Allah!, subirás al cielo por una escalera y yo te veré con mis propios ojos ascender; después vendrán contigo cuatro ángeles que darán testimonio de la veracidad de tu afirmación. Si no haces eso, no creeré en ti. Incluso si lo hicieras, no creo que llegara a creer en ti». (27. Este hombre abrazó el islam poco antes de la conquista de La Meca.)

Después, él se alejó del Mensajero de Allah —Allah lo bendiga y le conceda paz—. El Mensajero de Allah —Allah lo bendiga y le conceda paz— también lo dejó y regresó a su casa profundamente afligido y apenado. Cuando lo habían convocado, había acudido lleno de esperanza. Pero, al ver en realidad que ellos se habían alejado aún más de él, su tristeza no tuvo límites.

La conducta de Abu Yahl

Después de que el Mensajero de Allah —Allah lo bendiga y le conceda paz— se marchara, Abu Yahl dijo: «¡Oh, Quraysh, escuchad! Muhammad no está dispuesto a abandonar su postura bajo ninguna circunstancia. No renunciará a criticar nuestra religión, censurar a nuestros antepasados, considerar necedad nuestra inteligencia ni insultar a nuestros dioses. Juro por Allah que mañana esperaré a que llegue con la mayor piedra que pueda levantar entre mis manos. Cuando se postre durante la oración, le aplastaré la cabeza con ella. Después, que ocurra lo que tenga que ocurrir. Podéis entregarme a la justicia o protegerme; eso os corresponde decidirlo. Que los Banu Abd Manaf hagan lo que consideren conveniente». Todos dijeron: «¡Por Allah!, jamás te entregaremos a la justicia. Lleva a cabo lo que has decidido».

Al día siguiente, Abu Yahl se sentó realmente a esperar al Mensajero de Allah —Allah lo bendiga y le conceda paz— con una enorme piedra. El Mensajero de Allah —Allah lo bendiga y le conceda paz— también fue a rezar como de costumbre. Aunque vivía en La Meca, rezaba orientado hacia Siria. Se colocaba entre el Rincón Yemení y la Piedra Negra, de modo que la Kaaba quedaba entre él y Siria. Se puso a rezar, mientras los qurayshíes, sentados en su lugar de reunión, contaban impacientes los momentos para ver qué haría Abu Yahl.

Cuando el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, se postró, Abu Yahl levantó una piedra y avanzó hacia él. Pero, en cuanto se acercó, regresó derrotado, aterrorizado y con el rostro pálido y desencajado. Sus dos manos quedaron como paralizadas e inmóviles sobre la piedra. Entonces arrojó la piedra lejos. En ese momento, varios qurayshíes se acercaron a él y le preguntaron: «¡Oh, Abul-Hakam! ¿Qué te ha ocurrido?». Él respondió: «Me había acercado a Muhammad y quería poner en práctica la determinación que os manifesté anoche. Pero, apenas me acerqué a él, un camello enorme y aterrador se interpuso entre él y yo. ¡Por Allah! Nunca había visto un camello tan espantoso, con semejante joroba, cuello y dientes. Estuvo a punto de devorarme».

Relato de Nadar ibn al-Harith

Después de que Abu Yahl hubo pronunciado estas palabras, Nadar ibn al-Harith se puso de pie y dijo: «¡Oh, pueblo de Quraysh! ¡Por Allah! Os ha sobrevenido una calamidad para cuya solución todavía no habéis encontrado ningún recurso. Muhammad no era más que un joven adolescente entre vosotros. Era el más querido de todos vosotros, el más veraz y el más digno de confianza. Pero, apenas alcanzó la madurez, apareció con algo nuevo. Entonces lo llamasteis hechicero. No, ¡por Allah!, no es hechicero. Hemos visto a los hechiceros y conocemos sus conjuros y sus soplidos mágicos. Lo llamasteis adivino. ¡Por Allah!, tampoco es adivino. Hemos oído y visto muchas de las artimañas y los trucos de los adivinos. La torpeza, las incoherencias y la agitación propias del habla de un loco están ausentes de sus palabras. ¡Oh, qurayshíes! Examinad vuestra situación. ¡Por Allah! Os ha sobrevenido una calamidad terrible».

Nadar ibn al-Harith era uno de los hombres más astutos y maquinadores de Quraysh. Su ocupación consistía en causar toda clase de daño al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, y mostrar hostilidad contra él. Había pasado algún tiempo en Hira, de donde había aprendido relatos sobre los reyes de Persia. También conocía las historias de Rustam e Isfandiyar. Cada vez que el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, se sentaba en una reunión para recitar la palabra de Allah y advertir a su pueblo, recordándole cómo los pueblos anteriores habían sido destruidos por haber incurrido en la ira de Allah, apenas el Mensajero de Allah terminaba de hablar y se marchaba, él decía: «¡Oh, qurayshíes! Yo puedo contar relatos más bellos que los de Muhammad. Venid, dejadme contaros historias más deslumbrantes que sus palabras». Después les contaba historias sobre los reyes de Persia y sobre Rustam e Isfandiyar. Luego decía: «¿Acaso puede Muhammad decir algo mejor que todo esto que os he contado?».

Abdullah ibn Abbas, que Allah esté complacido con él, solía decir: «Acerca de Nadar ibn al-Harith fueron reveladas en el Corán ocho aleyas».

Cada vez que se recitaban las aleyas ante él, decía: «¡Estas no son más que relatos de los antiguos!». Esta aleya, así como las demás aleyas en las que se mencionan «los relatos de los antiguos», fueron reveladas precisamente acerca de Nadar ibn al-Harith.

La persecución de los politeístas contra los musulmanes débiles

Los politeístas comenzaron a infligir terribles tormentos a los Compañeros que habían aceptado el islam y seguido al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Cada tribu se lanzó con todas sus fuerzas contra los musulmanes de su propio seno. A algunos los confinaban y golpeaban, causándoles un sufrimiento indescriptible por el hambre y la sed; a otros los tendían de espaldas en el desierto abrasador de La Meca durante el intenso calor del mediodía y los torturaban. A los débiles se los sometía a semejantes tormentos para obligarlos a abandonar el islam. Algunos renunciaban al islam bajo la presión de un sufrimiento insoportable. Otros recibían ayuda y apoyo, y así Allah los protegía. Bilal, el esclavo de Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, había sido en otro tiempo esclavo de un hombre de la tribu de Banu Yumah. Se llamaba Bilal ibn Rabah y su madre se llamaba Hamamah. Había crecido y sido criado entre ellos desde su infancia. Era un musulmán devoto y de alma pura. Umayya ibn Jalaf ibn Wahb ibn Hudhafa ibn Yumah lo llevaba a la llanura de La Meca al mediodía, cuando el sol abrasaba, y lo tendía de espaldas. Luego ordenaba que colocaran una enorme piedra sobre su pecho. Después le decía: «Si no estás dispuesto a renegar de Muhammad y adorar a Lat y Uzza, tendrás que permanecer así hasta morir». Incluso mientras soportaba semejante tormento, él decía: «Ahad», es decir: «Allah es Uno, Allah es Uno». Cuando pronunciaba «Ahad, Ahad» durante aquellas torturas, a veces Waraqa ibn Nawfal pasaba junto a él. Al oír las palabras de Bilal, Waraqa ibn Nawfal decía inmediatamente: «¡Por Allah, oh Bilal! En verdad, Allah es Uno, Allah es Uno, Allah es Uno». Después, Waraqa acudía ante Umayya ibn Jalaf y ante los demás miembros de la tribu de Banu Yumah que torturaban a Bilal y les decía: «¡Por Allah! Si lo matáis por esta razón, ciertamente lo consideraré un hombre de gran virtud y recogeré el polvo de sus pies». Un día, Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, pasaba por allí. Vio que Bilal estaba siendo torturado de la misma manera. Entonces le dijo a Umayya ibn Jalaf: «¿Es que no temes a Allah ni siquiera un poco por torturar a este hombre indefenso? ¿Cuánto tiempo seguirás haciendo esto?»

Él dijo: «Tú mismo lo has corrompido. Ahora eres tú quien debe liberarlo de esta situación».

Abu Bakr dijo: «Así lo haré. Tengo un joven más fuerte y robusto que él, que sigue tu religión. Te lo daré a cambio de él». El otro dijo: «Acepto». Abu Bakr dijo: «Yo también acepto. Te lo entrego». Entonces se lo entregó a Umayya y tomó a Bilal de manos de Umayya, liberándolo. Antes de la Hégira, Abu Bakr liberó a un total de siete esclavos recién convertidos al islam, incluido Bilal. Entre ellos estaban Amir ibn Fuhayra, Ummu Ubay y Zinnira. Cuando liberó a Zinnira, ella ya había perdido la vista. Al verlo, los qurayshíes dijeron: «Ha perdido la vista por la maldición de Lat y Uzza». Zinnira dijo: «¡Por Allah, jamás os liberaré!». En ese momento Abu Bakr pasaba por allí. Al oírla, dijo: «Oh, madre de fulano, rompe tu juramento». Ella respondió: «¿Qué dices? ¿Que rompa mi juramento? Tú mismo los has corrompido. Ahora sé tú quien los libere». Abu Bakr dijo: «¡Me los he llevado! Son libres e independientes». A las dos muchachas les dijo: «Devolvedle a la mujer su harina». Las dos respondieron: «Oh, Abu Bakr, ¿debemos primero quedar libres de la obligación y luego devolver la harina?». Abu Bakr dijo: «Eso queda a vuestra elección».

En otra ocasión pasó junto a una esclava recién convertida al islam, perteneciente a los Banu Muammal. Umar ibn al-Jattab la estaba torturando y presionando para que abandonara el islam. Umar todavía era politeísta. Cuando se cansó de golpearla, le dijo: «Te pido disculpas; no puedo seguir golpeándote simplemente porque me he cansado». La muchacha respondió: «Que Allah te trate de la misma manera». Al ver aquello, Abu Bakr compró inmediatamente a la esclava y la liberó.

Abu Qahafa, el padre de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, le dijo un día: «Hijo mío, veo que solo liberas a esclavos y esclavas débiles. Si liberaras a esclavos jóvenes y fuertes, podrían apoyarte firmemente cuando lo necesitaras». Al oír esto, Abu Bakr respondió: «Padre, lo que hago lo hago únicamente por el Todopoderoso Allah».

Los miembros de la tribu de los Banu Majzum llevaban a Ammar ibn Yassir y a sus padres al ardiente desierto de La Meca durante el calor del mediodía y los torturaban. Toda su familia había abrazado el islam. Mientras los torturaban, el Mensajero de Allah se acercaba a ellos y los consolaba diciendo: «Oh, familia de Yassir, tened paciencia. Tenéis prometido el Paraíso». A la madre de Ammar, Sumayya, la golpearon hasta matarla. Sin embargo, ella no abandonó el islam.

Y el impío Abu Yahl, cada vez que oía que alguien había abrazado el islam, incitaba de inmediato a los qurayshíes contra él. Si el converso era una persona de buena posición, aun así lo humillaba y lo despreciaba, diciéndole: «Has abandonado la religión de tu padre, aunque tu padre era mejor que tú. Por eso te declararemos necio, demostraremos que tus opiniones son malas y erróneas, y no descansaremos hasta haber arruinado tu honor y tu dignidad». Si era comerciante, le decía: «Arruinaremos tu comercio y destruiremos tus bienes». Y si era débil, lo golpeaba y azuzaba a la gente contra él.

Sa’id ibn Yubayr dijo: «Pregunté a Abdullah ibn Abbas si los politeístas habían torturado a los compañeros del Mensajero de Allah hasta tal punto que, aunque hubieran abandonado el islam, no se les podía reprochar». Él respondió: «Sí. Los golpeaban y los hacían sufrir de hambre y sed. Cada uno de ellos, víctima de semejante tortura inhumana, quedaba tan debilitado que ni siquiera podía permanecer sentado erguido».

Después de infligirles semejante tortura, les preguntaban: «¿Reconoces que, además de Allah, Lat y Uzza son tus divinidades?». Algunos respondían: «Sí». Incluso señalaban a un insecto insignificante y decían: «¿Reconoces también a este como divinidad, además de Allah?». Algunos, sin encontrar otra salida para librarse de una tortura insoportable, respondían: «Sí».

La primera hégira de los musulmanes a Abisinia

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— vio que, por un lado, sus compañeros sufrían una persecución insoportable, mientras que él llevaba una vida relativamente segura gracias al honor especial que Allah Todopoderoso le había concedido y al apoyo de Abu Talib. Sin embargo, no podía impedir en lo más mínimo la injusticia que recaía sobre ellos. En esta situación les dijo a sus compañeros: «No estaría mal que emigrarais a Abisinia. Allí hay un rey bajo cuyo gobierno nadie sufre injusticia. Ese país es un refugio de la verdad y la justicia. Permaneced allí hasta que Allah os libere de esta insoportable situación». Siguiendo este consejo, los compañeros del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— emigraron a Abisinia para ponerse bajo la protección de Allah, temiendo verse obligados a volver a la incredulidad y movidos por la necesidad de preservar su religión y su fe. Esta fue la primera hégira después del surgimiento del islam.

Los primeros en abandonar su patria para realizar esta hégira fueron Uzman ibn Affán y su esposa Ruqayya, hija del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—; Abu Hudhayfa ibn Utba y su esposa Sahla bint Suhayl; Zubayr ibn al-Awwam; Musab ibn Umayr; Abdurrahmán ibn Awf; Abu Salama ibn Abdulasad y su esposa Layla bint Abi Hasma; Abu Sabra ibn Abu Ruhm y Suhayl ibn Bayda. Estos diez fueron los primeros musulmanes que emigraron a Abisinia. (Según Ibn Hisham, Uzman ibn Mazun era el jefe del grupo.) Después emigró Yafar ibn Abu Talib —que Allah esté complacido con él—. Luego los musulmanes continuaron llegando allí uno tras otro y reuniéndose; algunos con sus familias y otros solos, dejando atrás a sus familiares. Así, el número total de musulmanes que emigraron a Abisinia y comenzaron a residir allí llegó a ochenta y tres. Sin embargo, no se incluyen en esta cifra los niños pequeños que los acompañaron ni los que nacieron después de su llegada.

Envío de emisarios de Quraysh a Abisinia para traer de vuelta a los emigrantes

Cuando Quraysh vio que los compañeros del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— vivían seguros y en paz en Abisinia, decidió enviar dos emisarios competentes ante el Nayashi, para que este los hiciera regresar y ellos tuvieran la oportunidad de apartarlos de su religión. Estaban decididos a sacar a los musulmanes, de cualquier manera, de su refugio seguro y tranquilo. Los dos hombres enviados con este propósito fueron Abdullah ibn Abu Rabia y Amr ibn al-As ibn Wa’il. Quraysh reunió abundantes presentes para entregárselos al Nayashi por medio de los dos emisarios y luego los envió ante él.

Umm Salama bint Abu Umayya ibn Mughira, esposa del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, dijo: «Cuando llegamos a Abisinia, encontramos un excelente vecino: el propio Nayashi. Disfrutamos de plena seguridad respecto a nuestra religión y pudimos adorar a Allah sin impedimento. Nadie nos trataba de forma ofensiva ni teníamos que escuchar palabras desagradables. Cuando Quraysh se enteró de ello, decidió enviar ante el Nayashi a dos emisarios expertos en nuestro asunto y mandarle como presentes algunos de los productos raros y hermosos de La Meca. De todas las cosas que llegaban de La Meca al Nayashi, las pieles de allí eran consideradas las mejores. Por eso Quraysh reunió y envió para él gran cantidad de pieles. No dejaron sin regalar a ninguno de los funcionarios ni cortesanos del Nayashi. Enviaron estos presentes con Abdullah ibn Abu Rabia y Amr ibn al-As, y les explicaron lo que debían hacer. Les dijeron: “Antes de hablar con el Nayashi sobre los emigrantes, ofreceréis presentes a cada cortesano y funcionario, y le pediréis que entregue los emigrantes en vuestras manos y que no hable con ellos antes de entregároslos”».

Después partieron y llegaron ante el Nayashi. Mientras tanto, nosotros vivíamos en la mejor morada junto al mejor vecino. Antes de hablar con el Nayashi, ofrecieron presentes a cada cortesano y funcionario. A cada uno le dijeron: «Unos jóvenes necios de nuestro país han buscado refugio en el reino del rey. Han abandonado la religión de su pueblo, pero tampoco han adoptado vuestra religión. Han inventado una nueva y extravagante religión, completamente desconocida para vosotros y para nosotros. Los más nobles de la nación nos han enviado ante el rey para que los devuelva a su propio pueblo. Cuando hablemos con el rey, aconsejadle que los devuelva y que no hable con ellos, pues su propio pueblo conoce mejor sus defectos y faltas». Todos los cortesanos estuvieron de acuerdo. Después ofrecieron presentes al Nayashi, y él los aceptó. Entonces comenzaron a hablar con él. Dijeron: «¡Oh, rey! Algunos jóvenes insensatos de nuestro país han buscado refugio en el vuestro. Han abandonado la religión de su pueblo y tampoco han adoptado vuestra religión. Han inventado una extravagante religión que vosotros y nosotros desconocemos. Las personas más respetadas de su pueblo nos han enviado como emisarios ante vos. Son también sus tutores y parientes. Hemos venido a solicitar que los devolváis. Sus tutores y parientes son quienes mejor conocen sus faltas y defectos».

Umm Salama dijo: «Para Abdullah ibn Abu Rabia y Amr ibn al-As, nada era más indeseable que el hecho de que el Nayashi escuchara el relato de los emigrantes». Los cortesanos del rey le dijeron: «¡Oh, rey! Estos dos hombres tienen razón. Su propio pueblo conoce mejor sus defectos. Entrégalos, pues, a estos dos emisarios, para que los lleven de regreso a su patria y a su pueblo».

El Nayashi se enfureció. Dijo: «No, en estas circunstancias no los entregaré a estos dos mensajeros. Hay un grupo de personas que vive bajo mi protección. Se han convertido en huéspedes de mi país y han preferido venir a mí antes que ir a otro lugar. Los convocaré y escucharé también su versión sobre lo que han dicho estos dos visitantes. Si veo que los protegidos son realmente como ellos dos afirman, los entregaré y los devolveré a su pueblo; de lo contrario, no lo haré. Mientras quieran permanecer conmigo, los recibiré con benevolencia».

Umm Salama relata: Después, el Nayashi mandó llamar a los compañeros del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Cuando el mensajero del Nayashi fue a convocar a los emigrados, todos se reunieron para deliberar. Se preguntaron unos a otros qué podrían decir ante el rey. Todos dijeron al unísono: «Diremos lo que sabemos y lo que nuestro Profeta nos ha ordenado. Que ocurra lo que tenga que ocurrir».

Ellos llegaron a la corte. El Nayashi ya había convocado y hecho comparecer a los sacerdotes. Estos habían abierto el Evangelio delante del rey. El rey les preguntó: «¿Cuál es esa religión que habéis adoptado y por la cual os habéis separado de vuestro pueblo, sin adoptar ni mi religión ni ninguna otra?»

Yafar ibn Abi Talib respondió: «Oh, rey, éramos un pueblo ignorante. Adorábamos ídolos, comíamos la carne de animales muertos y nos entregábamos a actos obscenos y perversos. Rompíamos los lazos con nuestros parientes cercanos, despreciábamos al vecino y el más fuerte de nosotros usurpaba el derecho del más débil. En esa situación, Allah envió a nosotros, de entre nosotros mismos, a un hombre como Profeta. Lo conocíamos como perteneciente a un linaje noble y veraz, y lo habíamos visto como digno de confianza y de excelente carácter. Él nos invitó a adorar únicamente a Allah y a creer en Su unicidad. Nos ordenó abandonar las cosas que adorábamos aparte de Allah, como piedras, ídolos y demás. Nos ordenó decir la verdad, proteger los depósitos confiados, tratar bien a los parientes, comportarnos bien con los vecinos y abstenernos de los actos prohibidos y del derramamiento de sangre. Nos prohibió cometer actos obscenos, mentir, apropiarnos de los bienes de los huérfanos y difamar a mujeres inocentes. Nos ordenó adorar al Único Allah y no asociarle nada. Nos ordenó realizar la oración y pagar el zakat». Así, Yafar fue exponiendo uno por uno los preceptos del islam.

Yafar continuó: «Respondimos a su llamamiento y creímos en él. Comenzamos a seguir las normas que nos transmitió de parte de Allah. Comenzamos a adorar al Único Allah y no asociamos a nadie con Él. Nos abstuvimos de aquello que declaró ilícito y aceptamos como lícito aquello que declaró lícito. Entonces nuestro pueblo se convirtió en nuestro enemigo; comenzó a perseguirnos y conspiró para hacernos volver de la adoración del Único Allah a la idolatría. Nos presionaban para que volviéramos a considerar lícitas las abominables malas acciones. Cuando adquirieron así poder sobre nosotros, hicieron insoportable nuestra vida mediante la opresión y la persecución, y comenzaron a impedirnos practicar la religión que habíamos elegido, acudimos a refug GIO? nuestro país. Os consideramos mejor que a los demás y deseamos vivir bajo vuestra protección. Oh, rey, esperamos no sufrir injusticia bajo vuestra autoridad».

El Nayashi le dijo: «¿Tienes contigo alguna parte de la revelación que vuestro Profeta trajo de parte de Allah?». Yafar respondió: «Sí, la tengo». El Nayashi dijo: «Léemela». Yafar recitó algunos versículos del comienzo de la sura de Maryam. Al escuchar los versículos, el Nayashi comenzó a llorar. Su barba quedó empapada de lágrimas. Junto con él, los sacerdotes también lloraron hasta mojar el Evangelio. Entonces el Nayashi dijo: «Estoy seguro de que esta revelación y la revelación que le llegó a Jesús proceden ambas de la misma fuente. Oh, emisarios de Quraysh, marchaos. De ningún modo los entregaré a vuestras manos. Ellos permanecerán aquí».

Umm Salama relata: Al salir de la corte, Amr ibn al-As dijo: «Juro por Allah que mañana volveré a presentarme ante el Nayashi. Entonces le diré algo sobre los musulmanes refugiados, respecto a los cuales ha sido demasiado indulgente». Él le dijo: «No hagas eso. Aunque sean nuestros adversarios, no está bien que lleguemos tan lejos, pues tienen muchos parientes consanguíneos». Amr ibn al-As dijo: «Informaré al Nayashi de que los musulmanes creen que Jesús, hijo de Maryam, no es más que un siervo de Allah».

Al día siguiente volvimos a presentarnos ante el Nayashi y le dijimos: «Oh, rey, los refugiados sostienen algo terrible acerca de Jesús, hijo de Maryam. Convócalos y pregúntales cuál es su opinión sobre Jesús».

El rey volvió a convocar a los musulmanes a su corte para preguntarles su opinión sobre Jesús (la paz sea con él). Umm Salama dijo: «Esta vez nos enfrentamos a la prueba más difícil. Los musulmanes emigrados volvieron a reunirse para deliberar. Ahora todos teníamos una nueva pregunta ante nosotros: ¿qué diremos si el rey nos pregunta acerca de Jesús, la paz sea con él? Finalmente, todos decidimos que diríamos exactamente lo que Allah ha dicho y la verdad que nuestro Profeta nos había enseñado. Que sucediera lo que tuviera que suceder».

Cuando los emigrados se presentaron ante el rey, este les preguntó: «¿Qué creéis acerca de Jesús, hijo de María?». Yafar ibn Abi Talib respondió: «Creemos en todo lo que nuestro Profeta nos ha enseñado acerca de él. Él dijo que Jesús (la paz sea con él) es el siervo de Allah, Su Mensajero, un espíritu procedente de Él y Su palabra, que Él depositó en María, una virgen que no había sido tocada por ningún hombre».

Al oír esto, el Nayashi, profundamente conmovido, golpeó el suelo con la mano, tomó una pequeña vara de madera y dijo: «¡Por Allah! Entre lo que has dicho y la realidad de Jesús, hijo de María, no hay una diferencia siquiera del tamaño de esta vara».

Mientras el rey pronunciaba estas palabras, los cortesanos que estaban a su alrededor murmuraron algo con enojo. Al oírlos, el rey dijo: «Por mucho que murmuréis, mi opinión no cambiará. ¡Oh, emigrados!, regresad ahora a vuestras respectivas residencias. Seguid viviendo en mi reino con plena seguridad y tranquilidad. Quien os insulte será multado. Aunque obtuviera una montaña de oro por causar daño a uno solo de vosotros, no me agradaría hacerlo. ¡Oh, funcionarios de la corte!, devolved los regalos que han traído estos dos enviados. No los necesito».

Umm Salama dijo: «Después de eso, ambos regresaron llevando la humillación de una afrenta extrema, y también les fueron devueltos los regalos que habían traído. Nosotros seguimos viviendo junto a él en un ambiente residencial sumamente tranquilo y en compañía del mejor de los vecinos».

Umm Salama dijo: «Vivíamos en aquel ambiente tranquilo cuando, de repente, un hombre de Abisinia entabló una disputa con el Nayashi por el derecho a gobernar su reino. Nunca habíamos estado tan preocupados como entonces. Temíamos que, si aquel hombre vencía al Nayashi, quizá no quisiera concedernos refugio como él ni reconociera nuestros derechos legítimos. El Nayashi partió para combatir contra su rival. El río Nilo quedó entre los dos adversarios. Los compañeros emigrados del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijeron: “¿Hay aquí alguien que pueda presentarse en el campo de batalla durante esta guerra del pueblo abisinio, observar cuál será el resultado y regresar para informarnos?”. Zubayr ibn al-Awwam dijo: “Yo iré”. Todos aprobaron la decisión de este compañero, que era el más joven de ellos».

Llenaron de aire un odre de cuero y se lo entregaron a Zubayr. Él se lo colocó sobre el pecho y, apoyándose en él, cruzó a nado hasta llegar a la orilla del Nilo. Luego caminó hasta presentarse en el campo de batalla.

Umm Salama dijo: «En aquel momento continuamos suplicando a Allah que concediera al Nayashi la victoria sobre su enemigo y mantuviera su autoridad sobre el país. Mientras esperábamos con impaciencia noticias del resultado de la batalla, de repente vimos a Zubayr. Venía corriendo y agitando una tela, mientras decía: “¡Escuchad las buenas noticias! ¡El Nayashi ha vencido! Allah ha destruido a su enemigo y ha mantenido su autoridad en Abisinia”. Después, su gobierno quedó consolidado en Abisinia. Nosotros vivíamos allí en el mejor de los lugares. Finalmente, regresamos junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Él todavía se encontraba en La Meca».

La conversión al islam de Umar ibn al-Jattab

Cuando Amr ibn al-As y Abdullah ibn Abi Rabi’a regresaron a La Meca junto a los qurayshíes, estos se enteraron de que no solo habían fracasado en traer de vuelta a los compañeros del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sino que además el Nayashi los había despedido después de dirigirles palabras desagradables. Por entonces, también Umar abrazó el islam. Era obstinado y audaz. Nadie se atrevía a decir o hacer nada contra él, ni siquiera en su ausencia. Nadie se atrevía a decir o hacer nada contra dos héroes como Hamza y Umar. Al contar con dos valientes como Hamza y Umar entre sus compañeros, los compañeros del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, obtuvieron considerable protección frente a la opresión de los incrédulos. Podría decirse que incluso superaron a los qurayshíes en fuerza y poder.

Abdullah ibn Masud, que Allah esté complacido con él, decía: «No podíamos ir a la Kaaba y rezar allí hasta que Umar, hijo de al-Jattab, abrazó el islam. Después de convertirse al islam, desafió a los qurayshíes, fue a la Kaaba y rezó delante de ella, y nosotros rezamos con él. Umar, que Allah esté complacido con él, abrazó el islam después de que algunos compañeros emigraran a Habasha [Abisinia]».

Así fue como Umar abrazó el islam: su hermana Fátima bint al-Jattab y su esposo, Said ibn Zayd, ya se habían refugiado bajo la protección del islam. Ambos habían mantenido el asunto oculto a Umar. Nuaim ibn Abdullah al-Nahham, de la tribu de Banu Adi ibn Kab, también ocultaba su conversión al islam por temor a la gente de su tribu. Pertenecía al mismo clan que Umar. Otro compañero, Jabbab ibn al-Aratt, acudía de vez en cuando a casa de Fátima bint al-Jattab para enseñarle el Noble Corán. Un día, Umar salió con la espada en la mano en busca del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y de sus pocos compañeros. Ya se había enterado de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se había reunido con cuarenta compañeros, hombres y mujeres, en una casa cercana al monte Safa. Allí se encontraban con él Hamza ibn Abd al-Muttalib, que Allah esté complacido con él, Abu Bakr al-Siddiq, que Allah esté complacido con él, Ali ibn Abi Talib, que Allah esté complacido con él, y aquellos musulmanes que, en vez de ir a Abisinia, habían acudido a La Meca junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Nuaim se plantó frente a Umar, que Allah esté complacido con él, y le preguntó: «¿Adónde vas, Umar?»

Umar dijo: «Voy en busca de ese hereje de Muhammad, que ha sembrado la discordia entre los qurayshíes, los ha declarado necios, ha censurado su religión e insultado a sus dioses. Lo mataré».

Nuaim le dijo: «Umar, sin duda te has engañado a ti mismo. ¿Crees que, después de matar a Muhammad, los Banu Abd Manaf te dejarán en paz y podrás andar libremente? Mejor ocúpate de tu propia casa».

Umar dijo: «¿Por qué? ¿Qué ha hecho alguien de mi clan?»

Nuaim dijo: «Tu cuñado y primo, Said ibn Zayd ibn Amr, y tu hermana Fátima. ¡Por Allah!, ambos han abrazado el islam. Siguen la religión de Muhammad. Así que, si puedes, ocúpate primero de ellos».[28. Su intención era desviar la atención de Umar, pues temía por la vida del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Aunque esto podía exponer a Fátima y a su esposo a la persecución, era un asunto mucho menos grave que el peligro que amenazaba la vida del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz.]

Al oír esto, Umar corrió hacia la casa de su hermana y de su cuñado. Khabbab ibn al-Aratt también se encontraba allí. Tenía consigo algunos pasajes del Sagrado Corán y se los estaba enseñando al matrimonio de Sa‘id. En esos pasajes estaba escrita la sura Taha. Ellos se dieron cuenta de la llegada de Umar. Khabbab se ocultó inmediatamente en una pequeña habitación. Fatima escondió los pasajes del Corán. Antes de entrar en la casa, Umar oyó que Khabbab recitaba el Corán para que ambos lo escucharan. Apenas entró, dijo: «He oído que estabais leyendo algo». Sa‘id y Fatima respondieron: «No has oído nada». Umar dijo: «Juro por Allah que os he oído; habéis adoptado la religión de Muhammad y la seguís». Al decir esto, abofeteó a su cuñado Sa‘id. Fatima se levantó e intentó proteger a su esposo de sus golpes. Umar golpeó a Fatima con tanta fuerza que ella resultó herida.

Al ver la conducta desenfrenada de Umar, ambos dijeron: «Sí, hemos abrazado el islam y hemos creído en Allah y en Su Mensajero. Ahora puedes hacer lo que quieras». Al ver la sangre en el cuerpo de su hermana, Umar se arrepintió de su comportamiento.

Luego le dijo a su hermana con tono arrepentido: «Está bien, dame el libro que estabais leyendo. Déjame leer un poco para ver qué mensaje predica Muhammad». Cabe señalar aquí que Umar sabía leer y escribir.

Su hermana dijo: «Tememos que, si te damos el libro, lo destruyas».

Umar juró por las divinidades y dijo: «No tengas miedo. Después de leerlo, te lo devolveré sin duda». Al oír esto, su hermana concibió la esperanza de que quizá abrazara el islam. Por ello dijo: «Hermano, eres impuro por ser politeísta, mientras que para tocar este libro es necesario purificarse». [29. Existen discrepancias acerca de si la pureza ritual es una condición para tocar el Sagrado Corán. Algunos dicen que es obligatoria, mientras que, según otros, no es obligatoria sino recomendable.]

Umar fue inmediatamente a bañarse y regresó purificado. Entonces Fatima le entregó el Sagrado Corán. Al abrirlo, el pasaje que vio pertenecía a la sura Taha. Tras leer una parte desde el comienzo, dijo: «¡Qué hermosas palabras! ¡Qué magnífico mensaje!». Al oír esto desde su escondite, Khabbab salió y dijo: «Umar, parece que Allah ha aceptado la súplica de Su Profeta y te ha elegido para el islam. Ayer él suplicó: “¡Oh Allah, fortalece el islam por medio de Abu al-Hakam ibn Hisham o de Umar ibn al-Jattab!”. ¡Oh Umar, responde a la llamada de Allah; responde a la llamada de Allah!»

Entonces Umar dijo: «Oh Khabbab, dime dónde está Muhammad. Iré a él y abrazaré el islam». Khabbab respondió: «Se encuentra en una casa, cerca del monte Safa, con algunos de sus compañeros».

Umar se echó la espada al hombro y partió en busca del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y de sus compañeros. Al llegar al lugar indicado, llamó a la puerta. Al oír el ruido, uno de los compañeros se levantó y lo vio por la ventana. Vio a Umar de pie, con la espada en la mano. Aterrorizado, regresó junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dijo: «¡Oh Mensajero de Allah! Umar está en la puerta con una espada». Hamza, que Allah esté complacido con él, dijo: «Dejadle entrar. Si ha venido con buenas intenciones, lo ayudaremos; y si ha venido con malas intenciones, lo mataremos con su propia espada».

El Mensajero de Allah dijo: «Dejadle entrar». Le permitió a Umar entrar. El Mensajero de Allah se levantó, se dirigió hacia Umar y lo recibió en el interior de la habitación. Lo agarró firmemente con el puño por el lugar donde se ataba el pantalón o por el punto donde se juntaban los dos extremos del manto alrededor de su cuello. Luego dijo: «¡Oh, hijo de al-Jattab! ¿Con qué propósito has venido? Juro por Allah que no creo que vayas a desistir hasta que te sobrevenga una grave calamidad de parte de Allah».

Umar dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! He venido para creer en Allah, en Su Mensajero y en la ley revelada por Allah».

Al oír esto, el Mensajero de Allah exclamó «¡Allahu Akbar!» con tanta fuerza que todos los compañeros del Mensajero de Allah comprendieron que Umar había aceptado el islam. Después de que Hamza y Umar aceptaran el islam, la moral de los compañeros del Mensajero de Allah aumentó enormemente. Se convencieron de que ahora aquellos dos podrían resistir la opresión y persecución de los politeístas contra el Mensajero de Allah, y que todos ellos, con la ayuda de ambos, serían capaces de enfrentarse a los enemigos de los musulmanes. Después, los compañeros se marcharon de aquel lugar y regresaron a sus respectivas posiciones.

Umar —que Allah esté complacido con él— dijo: «La misma noche en que acepté el islam, comencé a pensar quién era el enemigo más acérrimo del Mensajero de Allah entre los habitantes de La Meca. Iría a verlo y le informaría de mi aceptación del islam. Decidí que Abu Yahl era el mayor enemigo. Así que, sin demora, fui a su casa y llamé a la puerta. Abu Yahl salió y se presentó ante mí. Dijo: “Bienvenido, sobrino”. (30. La madre de Umar, Hantama bint Hisham, era hermana de Abu Yahl.)»

«¿Qué te trae por aquí?». Respondí: «He venido a informarte de que creo en Allah y en Su Mensajero, Muhammad, y que acepto la ley y el mensaje que él ha traído». Al oír esto, cerró la puerta en mi cara diciendo: «¡Que Allah te cubra de ignominia, y cubra también de ignominia la noticia que has traído!»

Detalles del pacto

Los qurayshíes vieron que los compañeros del Mensajero de Allah habían encontrado refugio en un lugar seguro y tranquilo, y que el Negus había asumido la responsabilidad de proteger a quienes habían buscado refugio junto a él. También vieron que Umar había aceptado el islam.

Como consecuencia, hombres como Umar y Hamza se habían unido al grupo de los compañeros del Mensajero de Allah, y el islam había comenzado a extenderse entre las tribus cercanas a La Meca. Ante esta situación, volvieron a reunirse y decidieron firmar un pacto por el cual, a partir de entonces, el resto de los qurayshíes no realizaría ningún matrimonio ni transacción comercial con los clanes de Banu Hashim y Banu Abd al-Muttalib.

Convocaron una asamblea, redactaron y firmaron este pacto. Después colgaron el pacto dentro de la Kaaba, para que su importancia y efecto fueran mayores en sus corazones.

Mansur ibn ‘Ikrima redactó este pacto, y, debido a la súplica de maldición del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), varios de sus dedos quedaron paralizados.

Después de concluido este pacto, los miembros del clan de Banu ‘Abd al-Muttalib buscaron refugio junto a Abu Talib. Todos se reunieron con él y entraron junto a Abu Talib en su barranco. Por otro lado, Abu Lahab salió del clan de Banu Hashim, se unió a los hostiles coraichitas y apoyó su causa. Solía decir: «Muhammad me habla de cosas que no puedo ver. Dice que habrá vida después de la muerte. Si creo en esto, ¿qué me quedará en mis manos?». Luego soplaba sobre sus dos manos y decía: «¡Que perezcáis vosotros dos! (Es decir, ambas manos). No veo en vosotros nada de lo que dice Muhammad». (Probablemente pretendía burlarse de la entrega del registro de las obras en la mano. Nota del traductor). En relación con esto, Allah reveló esta aleya:

[Árabe *************]

«¡Que perezcan las dos manos de Abu Lahab, y que él mismo perezca!»

El estado de vida bajo el asedio en el barranco de los dos clanes, Banu ‘Abd al-Muttalib y Banu Hashim, se prolongó durante dos o tres años. Durante ese tiempo sufrieron dificultades indescriptibles. Nada llegaba hasta ellos, salvo la ayuda secreta de uno o dos parientes coraichitas compasivos.

[31. Según algunos, la ocasión de la revelación de la sura al-Lahab fue la siguiente: cuando Allah ordenó al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) invitar al islam a sus parientes más cercanos, un día subió al monte Safa y convocó a todos los habitantes de La Meca. Cuando todos se reunieron, dijo: «Si os dijera que detrás de esta montaña, en la llanura, hay un ejército al acecho para atacaros, ¿me creeríais?». Entonces todos respondieron al unísono: «Nunca te hemos visto decir una mentira». Él dijo: «Os advierto acerca de un castigo severo». En ese momento Abu Lahab dijo: «¡Que mueras! ¿Para esto nos has convocado?». Como respuesta, fue revelada la sura al-Lahab.]

La persecución de los coraichitas contra el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)

Debido a la especial protección de Allah, no pudieron emprender ningún ataque físico contra él, ante la eficaz resistencia de su tío paterno y de las tribus de Banu Abd al-Muttalib y Banu Hashim. Por ello, al no encontrar otra salida, optaron por insultarlo, censurarlo, burlarse de él, ridiculizarlo y entablar disputas y enfrentamientos con él. El Corán continuó siendo revelado con descripciones y análisis detallados de tales acciones de los qurayshíes y de su actitud hostil hacia el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Los nombres de algunos de quienes actuaban así fueron mencionados en el Corán. En cuanto a los demás, sin mencionar sus nombres, fueron incluidos en la descripción general de los incrédulos.

Entre las personas de Quraysh cuyos nombres fueron mencionados en el Corán por tales actos se encontraba Abu Lahab ibn Abd al-Muttalib. Su esposa, Umm Yamil bint Harb ibn Umayya, fue descrita como «Hammālat al-hatab», es decir, «la portadora de leña», porque recogía espinas y las esparcía en el camino por el que transitaba el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Por eso Allah reveló esta sura sobre ambos:

[Árabe *************]

«¡Que perezcan las manos de Abu Lahab, y que él perezca! De nada le servirán sus riquezas ni todo lo que haya adquirido. Ciertamente será arrojado a un fuego con llamas, y también su esposa, la portadora de leña. Llevará al cuello una cuerda de fibras de palma.»

Ibn Ishaq dice: «He oído que, cuando Umm Yamil escuchó acerca de esta sura del Corán que había sido revelada sobre ella y su esposo, se presentó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, con una piedra apretada en la mano. En ese momento, él estaba sentado junto a Abu Bakr al-Siddiq, que Allah esté complacido con él, en la Mezquita Sagrada, cerca de la Kaaba. Cuando ella se acercó y se detuvo ante ambos, Allah hizo que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, desapareciera de su vista. Así que no pudo ver a nadie excepto a Abu Bakr. Ella dijo: “¡Oh, Abu Bakr! ¿Dónde está tu compañero? He oído que me difama. ¡Por Allah!, si lo encontrara, le arrojaría esta piedra a la cara”. Después de decir esto, se marchó. Abu Bakr dijo: “¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Crees que ella te vio?”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: “No me vio. Allah le había quitado la capacidad de verme”.»

Asimismo, Umayya ibn Jalaf ibn Wahb ibn Hudhafa ibn Yumah insultaba al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, a voz en cuello y lo difamaba entre dientes cada vez que lo veía. Allah reveló sobre él la sura al-Humaza:

[Árabe *************]

«¡Ay de todo aquel que difama de frente y murmura a espaldas, y que acumula riquezas y las cuenta una y otra vez! Cree que sus riquezas lo harán vivir eternamente. ¡No! Será arrojado inevitablemente al Triturador. ¿Y qué te hará saber qué es el Triturador? Es el fuego de Allah, encendido, que penetrará hasta los corazones. Ciertamente, se cerrará sobre ellos, mientras estarán rodeados por columnas elevadas.»

Había también otro, llamado ʿĀṣ ibn Wāʾil al-Sahmī. Jubbāb ibn al-Aratt, uno de los Compañeros del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, era herrero. Había vendido unas espadas y, por ello, ʿĀṣ le debía una cantidad considerable de dinero. Cuando fue a reclamarle ese dinero, ʿĀṣ le dijo: «Oh, Jubbāb, vuestro hombre, Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—, cree que quienes entren en el Paraíso recibirán todo el oro, la plata, las vestimentas y los sirvientes que deseen, ¿no es así?». Jubbāb respondió: «Sí». ʿĀṣ dijo: «Entonces, oh Jubbāb, concédeme plazo hasta el Día de la Resurrección. Cuando vaya al Paraíso, saldaré allí tu deuda. Oh, Jubbāb, juro por Allah que ni tú ni tu compañero Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— seréis superiores a mí ante Allah, ni tendréis más fortuna que yo». En este contexto, Allah reveló acerca de ʿĀṣ:

[Árabe *************]

«¿Has visto a quien niega Mis signos y dice: “Seguiré recibiendo riquezas e hijos”? ¿Acaso ha tenido conocimiento de lo oculto o ha concertado un pacto con el Misericordioso? ¡De ninguna manera! Escribiremos lo que dice y le aumentaremos el castigo. Y heredaremos de él aquello que menciona de hijos y riquezas, y comparecerá ante Nosotros solo». (Sura de Maryam)

Según otra transmisión, Abu Yahl ibn Hisham se encontró con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y le dijo: «Oh, Muhammad, debes dejar de insultar a nuestros dioses; de lo contrario, insultaré a tu Dios». En relación con esto, Allah reveló este versículo:

[Árabe *************]

«No insultéis a sus dioses, pues ellos insultarían a Allah por hostilidad y por ignorancia». (Al-Anʿām)

Nadar ibn al-Harith ibn Kalada ibn ʿAbd Manāf ibn ʿAbd al-Dār ibn Quṣayy era otro de ellos. Cada vez que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— invitaba a la gente a Allah en alguna reunión, recitaba el Corán, relataba a los qurayshíes la historia de los pueblos antiguos destruidos y les advertía de que sufrirían un destino semejante, Nadar contaba a los oyentes de aquella reunión las historias de los héroes persas Rustam e Isfandiyar. Después decía: «Muhammad no puede contar historias mejores que las mías. Las historias de Muhammad no son más que relatos de tiempos antiguos. Del mismo modo que Muhammad las ha escrito, yo también las he escrito». Acerca de él, Allah reveló:

[Árabe *************]

«Han dicho: “Estas no son más que historias de los antiguos que Muhammad —que Dios le bendiga y le conceda paz— ha hecho que le escriban. Se le enseñan cada mañana y cada tarde”. Profeta, diles: “Este mensaje lo ha revelado Aquel que conoce todos los secretos de los cielos y de la tierra. En verdad, Él es indulgente y misericordioso”». (El Corán)

[Árabe *************]

«Cada vez que se recitan Mis versículos al incrédulo, dice inmediatamente: “No son más que historias de los antiguos”». (Al-Qalam)

También fue revelado:

[Árabe *************]

«¡Ay de todo mentiroso pecador que, aunque escucha los versículos de Dios recitados ante él, se mantiene obstinadamente en su soberbia y finge no haberlos oído! Anúnciale, pues, un castigo doloroso». (Al-Jathiya)

Otro hombre fue Akhnas ibn Shurayq ibn Amr ibn Wahab al-Saqafi. Era una persona notable. Humillaba al Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda paz— de diversas maneras y pronunciaba palabras indecibles. Dios dice acerca de él en la sura Al-Qalam:

[Árabe *************]

«No obedezcas a quien jura demasiado, carece de importancia, insulta excesivamente y anda difundiendo calumnias, impide las buenas obras, transgrede los límites, se entrega al pecado, es sumamente malhechor y opresor y, sobre todo, carece de linaje.»

Al-Walid ibn al-Mughira dijo: «Mientras en la tribu de Quraysh hay un jefe como yo y en la tribu de Thaqif está Abu Mas‘ud ‘Amr ibn ‘Umayr al-Thaqafi, ¿se hizo descender la revelación sobre Muhammad? ¿Acaso nosotros dos, las dos figuras principales de las dos ciudades, fuimos dejados de lado?»

En respuesta, Allah reveló unos versículos de la sura az-Zujruf:

[Árabe *************]

«Dijeron: “¿Por qué no se hizo descender el Corán sobre uno de los principales de las dos ciudades?” ¿Son ellos quienes distribuyen la misericordia de tu Señor? En la vida mundanal, Nosotros distribuimos entre ellos sus medios de subsistencia y elevamos a unos de ellos sobre otros en grados, para que unos puedan servirse de otros. Pero la misericordia de tu Señor es mejor que lo que ellos acumulan.»

‘Uqba ibn Abu Mu‘ayt y Ubayy ibn Jalaf eran íntimos compañeros. En cierta ocasión, ‘Uqba se sentó en la reunión del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y escuchó sus palabras. Cuando Ubayy se enteró, fue a ver a ‘Uqba y le dijo: «¿Acaso creíste que no me enteraría de que te sentaste en la reunión de Muhammad y escuchaste sus palabras?» Luego pronunció un juramento solemne y dijo: «Si te sentaste en la reunión de Muhammad, escuchaste sus palabras y no le escupes en el rostro, entonces me será ilícito volver a mirar tu rostro». ¡Que la maldición de Allah caiga sobre ‘Uqba! El desdichado realmente obedeció la orden de Ubayy, enemigo de Allah.

A este respecto, Allah reveló:

[Árabe *************]

«El día en que el injusto se morderá los dedos y dirá: “¡Ojalá hubiera seguido el camino del Mensajero! ¡Ay de mí! ¡Ojalá no hubiera tomado a fulano como amigo íntimo! Él me desvió del camino después de que me llegó la guía. En verdad, Satanás es muy hábil para humillar al ser humano”».

Un día, Ubayy ibn Jalaf fue ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llevando un hueso viejo y casi descompuesto, y dijo: «¡Oh, Muhammad! ¿Crees que Allah devolverá la vida a este hueso deshecho?». Luego lo pulverizó sobre su mano, sopló sobre él y lo lanzó hacia el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Sí, afirmo que Allah devolverá la vida a este hueso y a ti después de que os hayáis descompuesto; luego te arrojará al Infierno». A este respecto, Allah reveló un versículo:

[Árabe *************]

«Nos pone un ejemplo y olvida su propia creación. Dice: “¿Quién dará vida a estos huesos cuando estén descompuestos?”. Dile: “Les dará vida Aquel que los creó por primera vez. Él conoce toda la creación. Él es Allah, Quien ha producido fuego para vosotros a partir del árbol verde y frondoso, y con él encendéis vuestros hogares”». (Ya Sin)

Otro día, mientras el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— circunvalaba la Kaaba, al-Aswad ibn al-Muttalib ibn Jalaf y al-As ibn Wa’il as-Sahimi lo rodearon. Todos ellos eran ancianos destacados de sus respectivas tribus. Dijeron: «¡Oh, Muhammad! Ven: adoremos a tu Allah y tú adora a nuestros dioses. Así compartiremos mutuamente nuestros actos de adoración. Si tu dios es mejor que nuestros dioses, habremos participado en su adoración; y si nuestros dioses son mejores que tu Señor, tú también habrás obtenido una parte de su adoración». En respuesta, Allah reveló:

[Árabe *************]

«¡Oh, Profeta! Di: “¡Oh, incrédulos! No adoro aquello que adoráis, ni vosotros adoráis a Aquel a quien yo adoro. No adoraré aquello que adoráis, ni vosotros adoraréis a Aquel a quien yo adoro. Para vosotros, vuestra religión; y para mí, mi religión”». (Al-Kafirun)

Cuando Allah mencionó el árbol de Zaqqum para amedrentar a los incrédulos, Abu Yahl ibn Hisham dijo: «¡Oh, qurayshíes! ¿Sabéis cuál es el árbol de Zaqqum con el que Muhammad os amenaza?». Ellos respondieron: «No». Entonces dijo: «Son los dátiles de Medina conservados con mantequilla. Juro por Allah que, si tengo la oportunidad de vivir en Medina, comeré de ellos hasta saciarme». A este respecto, Allah reveló:

[Árabe *************]

«El árbol de zaqqūm será el alimento del pecador; hervirá en su vientre como hierve el agua en ebullición, semejante a las heces del aceite». (Ad-Duján)

Es decir, la realidad acerca del zaqqūm no es como decía Abu Yahl.

En una ocasión, Walid ibn al-Mugira se reunió con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, comenzó a hablar con él. Se estaba volviendo optimista respecto a que Walid aceptara el islam. En ese momento, el compañero ciego Ibn Umm Maktum llegó allí. Comenzó a conversar con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y le pidió que le recitara este Corán. Al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le resultaron molestos su llegada y sus palabras, pues no podía concentrarse debidamente en conversar con Walid. Como consecuencia, la esperanza que albergaba de que este aceptara el islam estuvo a punto de frustrarse. Al ver que las palabras de Abdullah ibn Umm Maktum comenzaban a prolongarse excesivamente, volvió el rostro con disgusto y no le prestó atención. Por ello, Allah, el Altísimo, reveló acerca de él:

[Árabe *************]

«Frunció el ceño y volvió el rostro porque el ciego acudió a él. ¿Y qué sabes tú? Quizá se purificara o aceptara el consejo, y el consejo le fuera beneficioso. En cambio, al que no muestra interés le prestas gran atención, aunque no te incumba que no se purifique. Y al que acudió corriendo a ti y temía las consecuencias, tú le muestras indiferencia. Y al que acudió corriendo a ti y temía las consecuencias, tú le muestras indiferencia. ¡No! Esto es un recordatorio; quien quiera, lo aceptará. Está registrado en escrituras honradas, elevadas y purificadas». (Sura Abasa)

Es decir, Allah dice: «Te he enviado como portador de buenas nuevas y advertidor para todos, y no te he enviado para una persona determinada. Por tanto, no prives de aquello que desea a quien lo desea. Y no anheles que acepte quien no tiene interés».

Quienes molestaban al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, incluso dentro de los límites de su casa eran Abu Lahab, al-Hakam ibn Abi al-As, Uqba ibn Abi Muayt, Adi ibn Hamra as-Saqafi e Ibn al-Asda al-Hadhali. Todos ellos eran sus vecinos. Ninguno de ellos aceptó el islam, excepto al-Hakam ibn Abi al-As. Se narra que, cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, rezaba, esas personas le arrojaban las entrañas de una cabra. Algunos incluso arrojaban aquellas entrañas en las ollas que se encontraban sobre el fuego para cocinar en su casa. Finalmente, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se vio obligado a rezar oculto detrás de una pared. Cuando arrojaban las entrañas sobre su cuerpo, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, las levantaba con un palo, salía de la casa y, al llegar a la puerta de la casa de la persona implicada, decía: «¡Oh, clan de Abd Manaf! ¿Qué clase de conducta vecinal es esta por vuestra parte?». Luego arrojaba aquellas entrañas a la calle».

El regreso de los emigrantes al oír desde Abisinia la noticia de que los habitantes de La Meca habían aceptado el islam

Los compañeros del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— que habían emigrado a Abisinia oyeron que los habitantes de La Meca habían aceptado el islam. Al escuchar esto, partieron rumbo a La Meca. Cuando llegaron cerca de la ciudad, descubrieron que lo que habían oído acerca de que los habitantes de La Meca habían aceptado el islam no era cierto. Por ello, ninguno entró en la ciudad salvo con la protección de alguno de sus habitantes o en secreto. En total, regresaron de Abisinia treinta y tres compañeros. Uthmán ibn Maz‘ún entró en La Meca bajo la protección de al-Walid ibn al-Mughira, mientras que Abu Salama ibn Abd al-Asad lo hizo bajo la protección de Abu Talib y de su madre, Rabah bint Abd al-Muttalib.

La historia de la anulación del pacto

Finalmente, un grupo de los qurayshíes tomó la iniciativa de anular el pacto que los qurayshíes habían firmado con el propósito de mantener sitiados en el barranco a los Banu Hashim y los Banu al-Muttalib. Quien más mérito tuvo en este asunto fue Hisham ibn Amr, pues era medio hermano uterino de Nadla ibn Hashim ibn Abd Manaf. Hisham solía acudir junto a los Banu Hashim y los Banu al-Muttalib sitiados y les llevaba alimentos a lomos de camellos. Al llegar a la entrada del barranco, se quitaba el casco de la cabeza y golpeaba con él con fuerza uno de sus lados. Después entraba en el barranco. Volvía de nuevo y les entregaba ropa. Así, en distintas ocasiones, les proporcionaba los artículos que necesitaban.

Un día, Hisham fue a ver a Zuhayr ibn Abu Umayya ibn al-Mughira. Este era hijo de Atikah, hija de Abd al-Muttalib. Le dijo: «¡Oh, Zuhayr! Tú vives cómodamente, comiendo, bebiendo y disfrutando de tu esposa y tu familia, mientras sabes dónde y en qué condiciones se encuentran tus tíos maternos. Están sometidos al boicot: nadie comercia con ellos ni concierta matrimonios con ellos. ¿Cómo puedes aceptar esta situación? Juro por Allah que, si ellos fueran los tíos maternos de Abu al-Hakam ibn Hisham —Abu Yahl— y tú le pidieras que los boicoteara de este modo, jamás atendería tu petición». Zuhayr dijo: «Basta, ya está; no hace falta que digas más. Escucha, Hisham, ¿qué puedo hacer yo solo? Si hubiera otro hombre conmigo, tomaría la iniciativa de anular este pacto». Hisham dijo: «Ya he encontrado a un hombre». Zuhayr dijo: «¿Quién es?». Hisham respondió: «Yo mismo». Zuhayr dijo: «Busca a otro hombre».

Hisham fue a ver a Mut‘im ibn Adi y le dijo: «¡Oh, Mut‘im! Si dos hombres de los Banu Abd Manaf murieran consumidos lentamente por el hambre, ¿contemplarías en silencio aquella escena para complacer a los qurayshíes? Si sigues dándoles a los qurayshíes semejante oportunidad, pronto se lanzarán también contra vosotros». Mut‘im dijo: «Ahora lo comprendo, pero ¿qué puedo hacer yo solo?». Hisham dijo: «Ya tienes a otro hombre». Mut‘im preguntó: «¿Quién es?». Hisham respondió: «Yo mismo». Mut‘im dijo: «Necesitamos encontrar a un tercer hombre». Hisham dijo: «Ya he encontrado también a un tercero». Mut‘im preguntó: «¿Quién es?». Hisham respondió: «Zuhayr ibn Abu Umayya». Mut‘im dijo: «Busca a un cuarto hombre».

Entonces fue a ver a Abu al-Bukhtari ibn Hisham y, al llegar ante él, repitió lo mismo que le había dicho a Mut‘im. Abu al-Bukhtari dijo: «Si emprendemos esto, ¿habrá alguien que nos ayude?». Hisham respondió: «Sí». Abu al-Bukhtari preguntó: «¿Quién?». Hisham dijo: «Zuhayr, Mut‘im y yo mismo». Abu al-Bukhtari dijo: «Busca a un quinto hombre».

Entonces fue a ver a Zam‘ah ibn al-Aswad ibn al-Muttalib. Le habló del asunto, mencionando su parentesco y sus derechos respecto a los sitiados. Zam‘ah dijo: «¿Hay alguien más que apoye aquello a lo que me estás invitando?». Hisham respondió: «Sí». Después le mencionó a todos los demás.

Después, fijaron una fecha para reunirse al pie de una montaña llamada Hayyun, en las tierras altas de La Meca. Llegado el momento, se congregaron allí y decidieron comenzar los preparativos para anular el pacto. Zuhayr dijo: «Yo mismo tomaré la iniciativa en este asunto y asumiré la responsabilidad de hablar y deliberar con todos».

A la mañana siguiente, todos se reunieron en los lugares de reunión de los qurayshíes. Zuhayr se presentó vestido con gran elegancia, dio siete vueltas alrededor de la Kaaba y luego se acercó a la multitud congregada y dijo: «¡Oh habitantes de La Meca! Nosotros comemos y nos vestimos, mientras que los Banu Hashim mueren lentamente, sitiados, sin que nadie pueda comerciar con ellos. ¿Cómo puede permitirse esto? ¡Por Dios! No cejaré hasta rasgar este pacto que destruye los lazos familiares e incita a la opresión».

Abu Yahl, sentado en un rincón de la Mezquita Sagrada, exclamó: «Mientes. ¡Por Dios, ese pacto no será rasgado!». Entonces Zama ibn al-Aswad dijo: «¡Por Dios! Tú eres el mayor de los mentirosos. Cuando se redactó este pacto, nosotros no aprobábamos ese contenido». Abul Bajtarí dijo: «Zama tiene razón. No aceptamos ni reconocemos lo que está escrito en este pacto». Mut‘im ibn Adi dijo: «Vosotros dos tenéis razón. Quien diga lo contrario es un mentiroso. Ante Dios declaramos nuestra desvinculación de este pacto y rechazamos lo que está escrito en él». Hisham ibn Amr dijo algo parecido. Después de escuchar todo aquello, Abu Yahl dijo: «Este asunto se decidió en la oscuridad de la noche y se consultó en otro lugar». Mientras Abu Yahl decía esto, Abu Talib estaba sentado en un rincón de la mezquita. Mut‘im avanzó para rasgar el pacto, pero al tomarlo vio que las termitas habían devorado todo el documento, salvo las palabras «Bismika Allahumma» («En Tu nombre, oh Dios»).

Se dice que la mano de Mansur ibn Ikrima, el escriba del pacto, quedó paralizada.

El incidente de un hombre de la tribu de Irash que vendió camellos a Abu Yahl

Ibn Ishaq dice: «Abd al-Malik ibn Abd Allah ibn Abu Sufyan al-Zaqafí, quien poseía una memoria extraordinaria, me informó:

En cierta ocasión, un hombre de la tribu de Irash llegó a La Meca con un camello. Abu Yahl le compró el camello, pero comenzó a dar largas respecto a pagar su precio.

El hombre de Irash, al verse sin otro recurso, acudió a una reunión de los qurayshíes. Allí se dirigió a todos los presentes y dijo: «¡Oh qurayshíes! ¿Puede alguno de vosotros hacer que Abu al-Hakam ibn Hisham me pague lo que me debe?»

Mire, soy un viajero forastero. Él se está demorando en pagarme lo que me debe porque me considera débil». En ese momento, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— estaba sentado en un lado de la mezquita. Los qurayshíes presentes señalaron al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y dijeron: «¿Ve a ese hombre que está sentado allí? Ve y dile que él te pagará lo que te debe». En realidad, lo dijeron burlándose de él. No desconocían la relación hostil entre Abu Yahl y el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—.

El vendedor de camellos de Irash se presentó ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y le dijo: «Oh siervo de Allah, Abu al-Hakam ibn Hisham, haciendo alarde de su poder, se está demorando en pagarme lo que me debe. Soy un viajero forastero. Pregunté a estas personas quién podría hacer que me pagara lo que me corresponde, y todos me señalaron a usted. Haga que me pague lo que me debe. Que Allah tenga misericordia de usted».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Ven conmigo». Dicho esto, se marchó llevándolo consigo. Cuando los qurayshíes lo vieron irse con aquel hombre, enviaron a alguien para que los siguiera y le dijeron: «Ve y mira qué hace Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz—».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— fue a la casa de Abu Yahl. Al llegar, llamó a la puerta. Este preguntó desde dentro: «¿Quién es?». Él respondió: «Soy Muhammad. ¡Sal un momento!». Abu Yahl salió de inmediato. Estaba tan aterrorizado que parecía que se le iba a salir el alma, y su rostro se había vuelto pálido. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le dijo: «Paga a este hombre lo que le debes». Él respondió enseguida: «Está bien, espera un momento; voy a pagarle lo que le debo». Dicho esto, entró en la casa. Poco después salió y pagó al vendedor de camellos lo que le debía.

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— regresó y le dijo al vendedor de camellos: «Ahora vuelve a tus asuntos». Este se presentó en la asamblea de los qurayshíes y dijo a los presentes: «Que Allah le dé la mejor recompensa. Ha hecho que me pagaran lo que se me debía». Luego le dijo al hombre que habían enviado para seguirlos: «Dime, ¿qué viste?». Él respondió: «¡Qué cosa tan extraordinaria! No tuvo que hacer nada. Solo fue y llamó a la puerta, y de inmediato Abu Yahl salió como aterrorizado. Le dijo: “Paga a este hombre lo que le debes”. Abu Yahl respondió: “Está bien, espera un momento; se lo pagaré enseguida”. Dicho esto, entró y al instante salió con lo que le debía y se lo entregó». Poco después, cuando Abu Yahl se presentó allí, todos le dijeron: «¿Qué ocurre? ¿Qué te ha pasado? Nunca te habíamos visto hacer algo como lo que has hecho hoy». Abu Yahl respondió: «Es cierto que Muhammad no hizo más que llamar a mi puerta. Pero al oír su voz me asusté y salí inmediatamente ante él. Vi sobre su cabeza un camello de aspecto aterrador. Nunca había visto un camello con una joroba, un cuello y unos dientes como los suyos. ¡Por Allah!, si me hubiera negado, sin duda me habría devorado».

El Isra, o el viaje nocturno

Una noche, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— fue llevado desde la Mezquita Sagrada hasta la Mezquita de Al-Aqsa, es decir, hasta Bayt al-Maqdis. [33. Suhayli dice: Algunos han mencionado que este acontecimiento tuvo lugar un año antes de la hégira a Medina]. Para entonces, el islam se había difundido considerablemente entre la tribu de Quraysh y entre la gente de las demás tribus. Abdullah ibn Masud decía que llevaron al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— un buraq. Era un animal cuadrúpedo. También se hacía montar en él a los profetas anteriores. Era tan veloz que ponía sus patas allí donde alcanzaba la vista. Él montó aquel animal y su compañero —Yibril— partió con él. Continuó avanzando mientras contemplaba innumerables señales del cielo y de la tierra. Finalmente, llegó y se detuvo en Bayt al-Maqdis. Allí vio una gran reunión de profetas, entre los cuales vio también a Ibrahim, Musa e Isa, la paz sea con ellos. Dirigió la oración junto con todos ellos. Después le trajeron tres recipientes: uno con agua, otro con vino y otro con leche. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Cuando colocaron aquellos tres recipientes delante de mí, oí que alguien decía: “Si Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— toma el recipiente lleno de agua, se desviará y su comunidad se ahogará. Si toma el recipiente de vino, se desviará y su comunidad también se desviará. Pero si toma el recipiente de leche, él y su comunidad recibirán la guía”». Al oír esto, tomé el recipiente de leche y bebí de él. Entonces Yibril —la paz sea con él— me dijo: «Oh Muhammad, tú has sido guiado por el camino recto, y tu comunidad también».

Se narró de Hasan —que Allah esté complacido con él— que dijo: El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Estaba durmiendo junto a la Piedra Negra cuando, de repente, vino Yibril. Me pellizcó y me incorporé, pero, al no ver nada, volví a acostarme. Vino de nuevo y me pellizcó. Volví a incorporarme y, al no ver nada, volví a acostarme. Vino por tercera vez y me pellizcó nuevamente. Esta vez, apenas me incorporé, me tomó del brazo y tiró de mí. Allí vi un animal de color blanco, de tamaño intermedio entre una mula y un asno. Tenía dos alas en los muslos. Movía las patas ayudándose con las alas y colocaba sus dos manos allí donde alcanzaba la vista. Me hizo montar aquel animal y partió llevándome consigo. Avanzamos tan juntos que ninguno de los dos pudiera perder de vista al otro». Hasan —que Allah esté complacido con él— añadió en su narración: Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— continuó avanzando, y Yibril también avanzó con él. Llegaron a Bayt al-Maqdis y allí hicieron una parada. Vieron que un grupo de profetas se había reunido, entre ellos Ibrahim, Musa e Isa, la paz sea con ellos. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dirigió la oración y rezó con ellos. Después le presentaron dos recipientes: uno contenía vino y el otro leche. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— tomó el recipiente lleno de leche, bebió un poco y rechazó el recipiente lleno de vino. Al verlo, Yibril le dijo: «Oh Muhammad, tú y tu comunidad habéis sido guiados por el camino del islam. El vino os ha sido prohibido». Después regresó con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— a La Meca. A la mañana siguiente, fue a ver a los qurayshíes y les contó lo ocurrido durante la noche. La mayoría, al oírlo, dijo: «¡Por Allah!, esto es algo extraordinario e increíble. Muchas caravanas viajan de La Meca a Siria. Tardan un mes en ir y otro en regresar. ¿Y Muhammad recorrió semejante distancia en una sola noche y volvió a La Meca?»

Hasan (que Allah esté complacido con él) dijo: «Al escuchar este suceso, un gran número de musulmanes abandonó el islam. La gente acudió a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) y le dijo: “Oh, Abu Bakr, ¿crees a tu amigo? Dice que anoche fue a Bayt al-Maqdis, allí rezó y después regresó a La Meca”».

Abu Bakr dijo: «¿Acaso no le creéis?». Todos respondieron: «Sí, eso es precisamente lo que la gente está diciendo mientras permanece sentada en la mezquita». Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) dijo: «¡Por Allah! Si él lo ha dicho, entonces ha dicho la verdad. ¿Qué hay de sorprendente en ello? Él me dice que recibe revelación de Allah. La revelación llega del cielo a la tierra en un solo instante, y yo también creo en sus palabras. Esto es aún más sorprendente que el suceso por el que estáis tan asombrados». Después acudió ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Este le preguntó: «Oh, Profeta de Allah, ¿has dicho a la gente que anoche viajaste a Bayt al-Maqdis?». Él respondió: «Sí». Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) dijo: «Oh, Mensajero de Allah, descríbeme el aspecto de Bayt al-Maqdis, pues yo he estado allí». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «En ese momento, Bayt al-Maqdis fue elevado ante mí y permanecí mirándolo». Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, comenzó a describirle su aspecto a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Al oírlo, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) decía: «Has dicho la verdad. Doy testimonio de que eres, sin duda, el Mensajero de Allah». Cuando terminó la descripción, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo a Abu Bakr: «Oh, Abu Bakr, tú eres as-Siddiq». Ese mismo día le otorgó a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) el título de as-Siddiq, es decir, «el extremadamente veraz».

Sa’id ibn al-Musayyab (que Allah tenga misericordia de él) dijo: «El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, describió a sus compañeros la complexión física de Ibrahim, Musa e Isa, la paz sea con ellos. Los había visto aquella noche. Dijo: “En cuanto a la complexión física, Ibrahim (la paz sea con él) es quien más se parece a vuestro compañero —es decir, al propio Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz—. Musa, la paz sea con él, era un hombre apuesto, de tez morena, alto, delgado y de nariz prominente. Parecía uno de los hombres de la tribu de Shanu’a. Isa (la paz sea con él) era de complexión mediana, tez rojiza, cabello suave y liso, y tenía numerosos lunares en el rostro. Parecía como si gotas de agua resbalaran de su cabello, como alguien que acabara de salir del baño después de bañarse. Entre vosotros, el que más se le parece físicamente es Urwah ibn Mas’ud al-Thaqafi”».

El relato del Mi’raj

Ibn Ishaq dijo: «He sabido por una fuente fiable que Abu Sa’id al-Judri, que Allah esté complacido con él, dijo: Escuché de labios del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, que dijo: “Cuando terminaron los ritos de Bayt al-Maqdis, me fue presentada una escalera para ascender a los cielos superiores. Nunca había visto algo tan hermoso. Cuando llega el momento de la muerte, el ser humano ve esta misma escalera y permanece mirándola con los ojos abiertos. Mi compañero —Yibril— me hizo subir por aquella escalera y, llevándome consigo, se detuvo ante una puerta del cielo. Esta puerta se llama Bab al-Hafazah, es decir, la Puerta de los Guardianes. Allí estaba encargado un ángel llamado Isma’il. Bajo su mando había doce mil ángeles, y bajo el mando de cada uno de esos ángeles había también otros doce mil ángeles”». Al narrar este hadiz, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recitó este versículo del Corán:

[Árabe *************]

«Nadie conoce las huestes de tu Señor excepto Él». (Sura al-Muddaththir)

«Después, cuando me hizo entrar consigo, aquel ángel preguntó: “Oh, Yibril, ¿quién es este?”. Él respondió: “Este es Muhammad”. El ángel volvió a preguntar: “¿Es un profeta?”. Yibril respondió: “Sí”. Después rezó pidiendo mi bienestar».

Después de entrar en el primer cielo, vi a un hombre sentado. Las almas de todos los muertos eran llevadas ante él. Cuando se presentaba alguna de ellas, se alegraba mucho y decía con elogio: «Esta es un alma pura que ha salido de un cuerpo puro». Pero cuando se presentaba alguna otra, mostraba disgusto en el rostro y decía: «¡Ay! Esta es un alma impura que ha salido de un cuerpo manchado de pecados». Le pregunté a Gabriel: «Oh, Gabriel, ¿quién es él?». Gabriel respondió: «Es su padre Adán (la paz sea con él). Ante él son presentadas las almas de sus descendientes. Cuando ve el alma de un creyente, se alegra y dice: “Esta es un alma pura que ha salido de un cuerpo puro”. Pero cuando ve el alma de un infiel, lanza un grito, le desagrada y, disgustado, dice: “Esta es un alma pecadora que ha salido de un cuerpo pecador”».

Después vi a un grupo de personas cuyos labios eran como los de los camellos y que sostenían en sus puños pequeños trozos de piedra ardiente y candente. Se los metían en la boca y, al instante, los expulsaban por el ano. Pregunté: «Oh, Gabriel, ¿quiénes son ellos?». Él respondió: «Son quienes se apropian injustamente de los bienes de los huérfanos».

Después vi a otro grupo de personas. Nunca había visto vientres tan horriblemente grandes como los de ellos. Vi que estaban apostados sobre el camino por el que los aliados del Faraón eran conducidos al Infierno. Según se menciona en el Corán, los aliados del Faraón sufrirán el más severo de los castigos del Infierno. Se retorcían como camellos atormentados por la sed. Los seguidores del Faraón que se dirigían al Infierno los aplastaban bajo sus pies, pero ellos ni siquiera tenían fuerzas para apartarse un poco de allí. Pregunté: «Oh, Gabriel, ¿quiénes son ellos?». Él respondió: «Son los usureros».

Después vi a otro grupo de personas. Delante de ellos había carne excelente y bien alimentada, y junto a ella había carne de mala calidad con un olor repugnante. Sin embargo, dejaban la carne buena y comían la mala. Pregunté: «Oh, Gabriel, ¿quiénes son ellos?». Él respondió: «Son aquellos que, teniendo una esposa legítima, se acercan a mujeres prohibidas».

Después vi a varias mujeres colgadas, con cuerdas atadas a sus pechos. Pregunté: «Oh, Gabriel, ¿quiénes son ellas?». Él respondió: «Son aquellas mujeres que, mediante el adulterio, hacen pasar como descendientes de sus esposos a hijos engendrados por otros hombres».

Después me hizo ascender al segundo cielo. Allí encontré a Jesús (la paz sea con él) y a Juan, hijo de Zacarías (la paz sea con él), que eran primos maternos.

Después Gabriel (la paz sea con él) me hizo ascender al tercer cielo. Allí vi a un hombre cuyo rostro resplandecía como la luna llena. Pregunté: «Oh, Gabriel, ¿quién es él?». Él respondió: «Es José (la paz sea con él), hijo de Jacob (la paz sea con él)».

Después ascendí al cuarto cielo y allí vi a otro hombre. Gabriel me informó de que era Idrís (la paz sea con él). Después ascendimos al quinto cielo. Allí vi a un anciano de cabello blanco y larga barba. Nunca había visto a un anciano tan hermoso. Pregunté: «Oh, Gabriel, ¿quién es él?». Él respondió: «Es Aarón, hijo de Imrán (la paz sea con él), amado por su pueblo». Después llegamos al sexto cielo. Allí vi a un hombre alto, de tez morena y nariz larga, como si perteneciera a la tribu de Shanua. Pregunté: «Oh, Gabriel, ¿quién es él?». Gabriel respondió: «Es su hermano Moisés, hijo de Imrán (la paz sea con él)».

Después me hicieron ascender al séptimo cielo. Allí vi a un anciano sentado en una silla junto a la puerta de Bayt al-Ma’mur. Vuestro compañero —es decir, Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)— es quien más se parece a él. Cada día entran en Bayt al-Ma’mur setenta mil ángeles, y no regresan. Así continuará hasta el Día de la Resurrección. Pregunté: «¿Quién es él?». Me respondieron: «Es vuestro padre Abraham (la paz sea con él)».

Después me llevó al Paraíso. Allí vi a una joven de extraordinaria belleza, con los labios ligeramente oscuros. Le pregunté: «¿Para quién eres?». Ella respondió: «Para Zayd ibn Haritha». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le comunicó esta buena noticia a Zayd ibn Haritha.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Después regresé. En el camino me encontré con Moisés ibn Imrán (la paz sea con él). En verdad, él es uno de vuestros mejores amigos. Me preguntó: “¿Cuántas oraciones te han sido prescritas?”. Respondí: “Cincuenta oraciones cada día”. Moisés dijo: “Mira, la oración es una tarea muy difícil y tu comunidad es muy débil. Regresa ante Allah y pídele que aligere la obligación para tu comunidad”. Regresé ante Allah y le pedí que aligerara la obligación para mí y para mi comunidad. Allah redujo diez oraciones. Después regresé y volví a encontrarme con Moisés. Él dijo lo mismo que antes. Regresé de nuevo y le pedí a Allah que redujera las oraciones. Allah redujo otras diez. Así continuó aconsejándome una y otra vez».

Cada vez que regresaba ante él, decía: «Ve y pídele que las reduzca aún más». Así, al ir reduciéndolas, quedaron cinco oraciones diarias. Cuando regresé nuevamente ante Moisés (la paz sea con él), me aconsejó que las redujera aún más. Respondí: «He regresado muchas veces ante Allah y le he pedido que las reduzca. Me da vergüenza hacerlo otra vez; por eso ya no puedo regresar».

Por tanto, quien cumpla estas cinco oraciones diarias con fe y devoción recibirá la recompensa de haber cumplido cincuenta oraciones obligatorias».

El fallecimiento de Abu Talib y Jadiya

Después, ese mismo año fallecieron Abu Talib y Jadiya (que Allah esté complacido con ella). A partir de entonces, las desgracias y calamidades comenzaron a sucederse para el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Jadiya (que Allah esté complacido con ella) era una consejera sumamente sincera para él. Él le confiaba todos sus sufrimientos y aflicciones. Y su tío Abu Talib era para él un apoyo y un escudo. Resistía las agresiones de los coraichitas y le brindaba toda la ayuda posible. Jadiya y Abu Talib fallecieron tres años antes de la hégira a Medina.

Después de la muerte de Abu Talib, los coraichitas comenzaron a atormentar al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— de una manera que no se habían atrevido a hacerlo mientras Abu Talib vivía. Un día, incluso, un individuo sumamente vil e insolente de los coraichitas le bloqueó el paso y le arrojó polvo sobre la cabeza. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— regresó a su casa cubierto de polvo. Al verlo en ese estado, una de sus hijas corrió hacia él y, entre lágrimas, le limpió el polvo de la cabeza. Entonces el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le decía: «Hija mía, ¡no llores! Allah protegerá a tu padre». En aquella ocasión dijo: «Antes de la muerte de Abu Talib, los coraichitas no podían tratarme mal de ninguna manera».

Cuando Abu Talib enfermó y su enfermedad llegó a una fase crítica, un día los qurayshíes deliberaron diciendo: «Su enfermedad se ha agravado, Hamza y Umar han abrazado el islam, y el islam se ha extendido entre todas las tribus de Quraysh. En estas circunstancias, deberíamos ir a ver a Abu Talib. Debemos acudir a él y, por su mediación, llegar a un acuerdo con Muhammad; de lo contrario, sus partidarios podrían llegar incluso a apoderarse de nuestros bienes». Abd Allah ibn Abbas dijo: «Utba y Shayba ibn Rabia, Abu Yahl, Umayya ibn Jalaf, Abu Sufyan ibn Harb y otros grandes líderes de Quraysh fueron a ver a Abu Talib. Le dijeron: “Oh, Abu Talib, no ignoras cuánto te respetamos. Hoy estás aquejado de una enfermedad grave y tememos por tu vida. También conoces la naturaleza de nuestra relación con tu sobrino. Por tanto, llámalo y, antes de morir, déjanos llegar a un acuerdo con él. Obtén de nosotros una promesa respecto a él y obtén de él una promesa respecto a nosotros, para que no cometamos ningún exceso contra él y él no cometa ningún exceso contra nosotros. Que nosotros no interfiramos con él ni con su religión, y que él no interfiera con nosotros ni con nuestra religión”».

Abu Talib mandó llamar al Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda la paz—. Cuando llegó, le dijo: «Sobrino, estos son los principales líderes de tu pueblo. Han venido para obtener de ti una palabra y, a cambio, darte una promesa». El Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda la paz— dijo: «Sí, si aceptáis de mí una sola palabra, seréis dueños de toda Arabia y todos los no árabes se someterán a vosotros». Abu Yahl dijo: «¡De acuerdo! Entonces, no solo una: estoy dispuesto a aceptar diez palabras». El Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda la paz— dijo: «Proclamad que no hay ninguna divinidad excepto Dios y dejad de adorar a todos los demás dioses que adoráis». Al oír esto, todos aplaudieron. Luego dijeron: «¡Oh, Muhammad! ¿Acaso quieres que adoremos únicamente a un solo dios en lugar de a todos los demás dioses? Esta es una idea verdaderamente absurda». Después comenzaron a decirse unos a otros: «Mirad, este hombre nunca os dará aquello que esperáis de él. Marchaos, pues, y seguid practicando la religión de vuestros antepasados hasta que llegue el juicio de Dios entre él y vosotros».

Cuando todos se marcharon de allí, Abu Talib dijo al Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda la paz—: «Sobrino, me parece que no les has pedido nada injusto».

Al oír estas palabras de Abu Talib, el Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda la paz— cobró esperanza de que abrazara el islam. Por ello siguió instando a Abu Talib, diciéndole: «Tío, dilo una vez. Entonces me será permitido interceder por ti el Día de la Resurrección».

Al ver el gran interés del Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda la paz—, Abu Talib dijo: «Sobrino, después de mi muerte, tú y tus hermanos y hermanas seréis humillados, y los qurayshíes pensarán que solo creí por miedo a la muerte. Si no temiera eso, pronunciaría la profesión de fe y creería. Solo te digo esto para complacerte».

Después, cuando se acercó el momento final de Abu Talib, Abbas vio que Abu Talib movía los labios. Acercó el oído a su boca. Luego dijo al Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda la paz—: «Sobrino, mi hermano ha pronunciado la profesión de fe que le pediste que pronunciara». El Mensajero de Dios —que Dios le bendiga y le conceda la paz— dijo: «No lo he oído».

Abd Allah ibn Abbas —que Dios esté complacido con él— dijo: «Con respecto a las personas de Quraysh que acudieron a Abu Talib, Dios, exaltado sea, reveló este versículo:»

[Árabe *************]

«Sād. Juro por el Corán, lleno de amonestaciones. Pero los incrédulos están sumidos en la soberbia y la obstinación. ¡Cuántas generaciones destruí antes que ellos! Entonces clamaron, pero ya no había posibilidad de escapar. Estos se han sorprendido de que haya surgido entre ellos un amonestador, y los incrédulos dijeron: “Este no es más que un hechicero, un mentiroso. ¿Acaso ha convertido a todos los dioses en un solo Dios? ¡Esto es algo sumamente extraño!”. Sus dirigentes se marcharon diciendo: “¡Id y manteneos firmes en vuestros dioses! Esto es, sin duda, algo premeditado. Nunca hemos oído algo semejante de ninguna religión de los tiempos recientes. No es más que una invención”.» (Sura Sād)

La expresión «religión de los tiempos recientes» se refiere al cristianismo, cuyos seguidores decían que Allah era el tercero de tres. Después, Abu Talib murió.

Acudir a la tribu de Banū Thaqīf en busca de ayuda

Después de la muerte de Abu Talib, los qurayshíes comenzaron a maltratar severamente al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, de una manera que no habían podido hacerlo mientras su tío Abu Talib estaba vivo. Por ello, fue a Taif, donde se dirigió a la tribu de Banū Thaqīf con la esperanza de obtener ayuda y apoyo para resistir la persecución de los qurayshíes. Esperaba que quizá aceptaran el islam, por lo que fue allí solo.

Al llegar a Taif, se presentó ante los tres hombres más notables de la tribu de Banū Thaqīf. Eran tres hermanos: Abd Yalil, Masud y Habib. Su padre se llamaba Amr ibn Umayr. Uno de ellos se había casado con una mujer perteneciente al linaje del subclan Banū Yumaḥ de la tribu de Quraysh. Sentándose con ellos, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, los invitó a aceptar el islam y les pidió que lo ayudaran a propagarlo. También les pidió que lo apoyaran frente a la oposición de los qurayshíes. Uno de ellos dijo: “Si Allah te ha enviado como Mensajero, entonces que quite la cubierta de la Kaaba”. El significado probable de esto es que, debido a que él había sido enviado como Mensajero, la dignidad de la Kaaba había sido menoscabada, pues para ellos era irracional que se nombrara Mensajero a un hombre indefenso como él. Otro dijo: “¿Acaso Allah no encontró a nadie más que a ti para nombrarlo Mensajero?”. El tercero dijo: “No te dirigiré palabra alguna. Si realmente eres un Mensajero, conforme a tu afirmación, sería peligroso intentar refutar tus palabras; y si eres un mentiroso, sería impropio que hablara contigo”. El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se levantó y se marchó sin decir nada más. Antes de despedirse, les pidió que, puesto que no habían aceptado su invitación, no divulgaran sus palabras a nadie. Lo hizo por temor a que difundieran lo que les había dicho entre los demás y provocaran a la gente contra él. Pero no respetaron su petición. Por el contrario, azuzaron contra él a los ignorantes, necios y esclavos de la tribu. Estos acudieron corriendo desde todos lados, insultando al Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y armando un gran alboroto. Una gran cantidad de personas lo rodeó. Obligado por las circunstancias, se refugió en un huerto amurallado perteneciente a dos hermanos llamados Utba y Shayba ibn Rabi’a. Ambos se encontraban entonces en el huerto. Los miembros de la tribu de Thaqīf que lo habían seguido se retiraron.

El Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, fue a sentarse bajo la sombra de una parra. Utba y Shayba habían presenciado en silencio, hasta entonces, el indescriptible maltrato que los habitantes de Taif le habían infligido. Mientras tanto, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se encontró con aquella mujer del subclan de Quraysh. Él le dijo: “Has visto lo que tus cuñados me hicieron, ¿verdad?”

Después, cuando se hubo calmado un poco, el Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él, suplicó a Allah con la siguiente oración:

[Árabe *************]

“¡Oh Allah! A Ti clamo por mi debilidad, mi incapacidad, mi falta de recursos y de prudencia, y por mi insignificancia y el desprecio y la indiferencia de la gente hacia mí. ¡Oh, el más misericordioso de los misericordiosos! Tú eres el Señor de los débiles y de los despreciados. Tú eres también mi Señor. ¿A merced de quién me abandonas? ¿De un extraño que me trata cruelmente, o de un enemigo que me trata cruelmente y que ha cobrado poder y dominio sobre mí? Si me concedes bienestar y seguridad, eso será sin duda motivo de bienestar para mí. Busco refugio en Tu luz, con cuya aparición todas las tinieblas se iluminan y mediante la cual se resuelven todos los problemas de este mundo y del Más Allá. Estoy dispuesto a aceptar humildemente todos Tus reproches. No es posible obtener fuerza ni capacidad por ningún medio salvo con Tu ayuda.”

Al ver el lamentable estado del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y el maltrato al que había sido sometido durante todo aquel tiempo, los hermanos Utba y Shayba se conmovieron al recordar el vínculo de parentesco que los unía a él. Addas cumplió la orden. Tomó el recipiente lleno de uvas, lo colocó delante del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y le dijo: «Comed». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) comenzó a comer diciendo: «Bismillah».

Addas miró el rostro del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y dijo: «No he oído a la gente de este país decir eso —es decir, “Bismillah”—». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «¡Oh, Addas! ¿De qué país eres? ¿Cuál es tu religión?». Él respondió: «Soy cristiano. Soy habitante de Nínive». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Él es mi hermano. Él fue profeta, y yo también soy profeta». Al oír esto, Addas se inclinó hacia el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y comenzó a besarle la cabeza, las manos y los pies.

Al ver aquella escena, los dos hijos de Rabi’a se dijeron entre sí: «¡Vaya! Parece que ha echado a perder al muchacho». Addas regresó junto a Utba y Shayba. Ellos le dijeron: «¿Qué te pasa, Addas? ¿Por qué has besado la cabeza, las manos y los pies de ese hombre?». Él respondió: «¡Oh, mis señores! No hay en el mundo nadie mejor que él. Me ha informado de algo que nadie puede conocer salvo un profeta». Ellos dijeron: «¡Oh, Addas! ¡Qué tonterías dices! No abandones tu religión dejándote seducir por él, porque tu religión es mejor que la suya».

El relato de los genios de Nasibin

Desesperado por la gente de Banu Thaqif, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) emprendió el regreso de Taif a La Meca. En el camino llegó al valle de Najla [nombre de dos valles situados a dos días y dos noches de distancia de La Meca. Uno se llama Najlat al-Yamaniyya y el otro Najlat al-Shamiyya.] y, a medianoche, estaba rezando. En ese momento, siete genios de Nasibin pasaban por aquel lugar. Oyeron la recitación coránica del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Cuando terminó la oración, regresaron a Nasibin [una ciudad o localidad de Abbar, en el camino de Mosul a Siria.] y transmitieron el mensaje del Corán a su pueblo; habían creído en él en cuanto lo escucharon por el camino. Allah relató al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) la historia de estos genios en las suras Al-Yinn y Al-Ahqaf del Sagrado Corán. Estos son algunos versículos de la sura Al-Ahqaf: «Y recuerda cuando dirigí hacia ti a un grupo de genios para que escucharan el Corán. Cuando llegaron allí, se dijeron unos a otros: “Escuchad en silencio”. Cuando terminaron de escuchar el Corán, regresaron a su pueblo para advertirle. Dijeron: “¡Oh, pueblo nuestro! Hemos escuchado la recitación de un Libro que fue revelado después de Moisés, confirmando el Libro que él recibió —la Torá— y guiando hacia la verdad y el camino recto. ¡Oh, pueblo nuestro! Responded a quien llama hacia Allah y creed en Él; Él os perdonará vuestros pecados y os librará de un castigo doloroso”».

Allah, exaltado sea, dijo en la sura Al-Yinn: «Di: Se me ha revelado que un grupo de genios escuchó el mensaje del Corán»… Toda esta sura está llena de referencias a los genios.

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se presentó ante todas las tribus para transmitir el mensaje del islam

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a La Meca. Toda la comunidad de Quraysh, salvo un pequeño grupo de personas débiles que ya habían creído en él, se había convertido en su más acérrima enemiga. En esas circunstancias, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se dirigió a los miembros de las diversas tribus que llegaban a La Meca durante la peregrinación. Los invitó a dirigirse hacia Allah y les dijo: «Soy el Profeta enviado por Allah a vosotros. Apoyadme y protegedme de la opresión; entonces os expondré y explicaré el mensaje que Allah me ha enviado».

Rabi‘a ibn ‘Abbad narra:

Yo apenas era un joven. Fui con mi padre a Mina. En aquel entonces, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, iba a los campamentos de las diversas tribus árabes que llegaban desde fuera de La Meca y les dirigía el siguiente discurso: «Oh, descendientes de fulano y mengano, soy el Mensajero enviado por Allah a vosotros. Allah os ha ordenado que adoréis únicamente a Él y que no asociéis a nadie con Él. Os ha prohibido adorar estos ídolos. Ha ordenado que me apoyéis, creáis en mí y me protejáis de la opresión, para que yo pueda transmitiros el mensaje de Allah». En ese momento, un hombre de ojos estrábicos, con dos mechones enmarañados en la cabeza y vestido con la indumentaria de la región de Adén, lo seguía detrás. Cada vez que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, terminaba su discurso de invitación, aquel hombre decía inmediatamente: «Oh, descendientes de fulano y mengano, este hombre —Muhammad— os pide que abandonéis la adoración de al-Lat y al-‘Uzza, y que rompáis vuestra alianza con los Banu Malik ibn Uqaysh. [35. Uqaysh significa un camello joven que huye asustado al ver cualquier cosa. Banu Malik ibn Uqaysh es el nombre de una tribu de genios.] Está intentando extraviar a la gente presentando una pretensión nueva y engañosa. Su invitación conduce precisamente a eso. No escuchéis sus palabras ni lo sigáis». Pregunté a mi padre: «¿Quién es el hombre que sigue a Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, intentando refutar su invitación?». Él respondió: «Es el tío de Muhammad: Abu Lahab, ‘Abd al-‘Uzza ibn ‘Abd al-Muttalib».

Ibn Ishaq dijo: «Ibn Shihab al-Zuhri me relató que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, fue personalmente a cada campamento de los miembros de la tribu de Kinda para invitarlos a la religión de Allah. Pero todos ellos, incluido su jefe Mulayh, lo rechazaron».

También fue a los miembros de la tribu Banu ‘Amir ibn Sa‘sa‘a, los invitó hacia Allah y se presentó ante ellos. En respuesta, un hombre llamado Bayhara ibn Firas dijo: «Si me hago con este joven qurayshí, podré conquistar toda la tierra de Arabia con su ayuda». Después tuvo lugar el siguiente diálogo entre él y el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz:

Bayhara: «De acuerdo, si te obedecemos, te ayudamos en tu misión y después Allah te concede la victoria, ¿nos entregarás el poder y la autoridad?»

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz: «El poder y la autoridad están bajo la potestad de Allah. Él se los concede a quien quiere».

Bayhara: «Entonces, ¿qué sentido tendría exponernos ante toda la nación árabe únicamente por ti? Cuando obtengas la victoria, el poder pasará a manos de otros. No tenemos ninguna razón para asociarnos contigo en este asunto».

De este modo, la tribu de Banu Amir también lo rechazó. Al terminar el hajj, la gente abandonó La Meca y emprendió el camino hacia sus respectivas regiones. Los miembros de Banu Amir regresaron a su tribu y se presentaron ante un anciano extremadamente longevo. Debido a su avanzada edad, no podía ir al hajj. Cada año, cuando regresaban del hajj, iban a verlo y le informaban de lo ocurrido allí. Cuando regresaron también este año, el anciano les preguntó por los acontecimientos de su peregrinación. Ellos respondieron: «Esta vez vino a nosotros un joven de Quraysh. Otro hombre de la tribu de Banu Abd al-Muttalib lo seguía. Aquel joven afirmaba ser un profeta. Nos pidió que lo protegiéramos de la opresión, que lo apoyáramos y que lo lleváramos a nuestra región». Al oír esto, el anciano se llevó ambas manos a la cabeza y dijo: «¡Oh, Banu Amir! Reflexionad para ver si podéis recuperar lo que habéis perdido. Porque ningún descendiente de Ismael ha afirmado jamás falsamente ser profeta. ¡Por Allah!, lo que ha dicho ese joven es completamente cierto. ¿Acaso no pudisteis tomar la decisión correcta?»

Abdullah ibn Ka’b dijo: «El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, también fue a reunirse con los miembros de la tribu de Banu Hanifa en su campamento, les transmitió la invitación a la religión de Allah y les pidió que lo apoyaran. Pero ellos lo rechazaron de la manera más vil».

El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, continuó trabajando de este modo. Cada vez que algunas personas se reunían en La Meca con motivo del hajj o de cualquier otra ocasión, iba a encontrarse con ellas. Así, llevaba la invitación al islam a cada tribu. Les pedía que aceptaran la misericordia y la guía divinas que le habían llegado. En cuanto se enteraba de que algún árabe famoso y destacado había llegado a La Meca, iba a verlo y lo invitaba a la religión de Allah.

Suwáyd ibn Samit, de la tribu de Banu Amr ibn Awf, llegó a La Meca con motivo del hajj o de la umra. Al enterarse de aquello, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se reunió con él y lo invitó a creer en Allah y en Su religión, el islam. Suhail dijo: «Yo también tengo algo parecido al mensaje que estás recitando». El Mensajero de Allah dijo: «¿Qué mensaje tienes?». Él respondió: «Un escrito que contiene las palabras de Luqmán». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Este mensaje es muy hermoso. Sin embargo, el que yo tengo es aún mejor: es el Corán, que Allah me ha revelado; es una fuente de guía y luz». Después, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, recitó el Corán a Suwáyd y lo invitó al islam. Suwáyd no ignoró esta invitación. Dijo: «Lo que me has recitado del Corán es realmente maravilloso». Después, Suwáyd se despidió del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y regresó con su tribu en Medina. Poco después, miembros de la tribu de Jazrach lo mataron. Los miembros de la tribu de Banu Amr solían decir: «Creemos que Suwáyd murió como musulmán». Suwáyd fue asesinado antes de la batalla que tuvo lugar entre las tribus de Aws y Jazrach en un lugar llamado Buaz, cercano a Medina.

El inicio de la expansión del islam en Medina

Finalmente llegó el momento en que Allah decidió coronar Su religión con la victoria, elevar a Su Profeta a una posición de mayor honor y cumplir la promesa que le había hecho. Una vez más, el Profeta, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, continuó invitando al islam a quienes acudían a la feria del hajj y pidiendo a las tribus árabes que lo aceptaran como uno de los suyos. Esta vez se encontró con algunos habitantes de Medina. Eran un grupo de la tribu medinense de Jazrach. Se encontró con ellos en un lugar cercano a Aqaba [36. Nombre de un lugar situado a dos millas de La Meca. Se encuentra entre La Meca y Mina. Desde allí se lanzan las piedras, uno de los ritos del hajj.]. Esto ocurrió porque Allah había decidido favorecer a aquel grupo. [37. Este acontecimiento tuvo lugar en el undécimo año de la profecía.] En cuanto se encontró con ellos, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, preguntó: «¿Quiénes sois?». Ellos respondieron: «Somos miembros de la tribu de Jazrach». Él volvió a preguntar: «¿Sois de aquellos que han establecido un pacto de alianza con los judíos?». Ellos respondieron: «Sí». Él dijo: «¿Os sentaríais un momento? Quiero hablar con vosotros». Ellos respondieron: «De acuerdo, hablad». Entonces se sentaron junto al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, los invitó al islam, se lo presentó y les recitó el Corán.

Allah, el Altísimo, ya había preparado una situación que facilitaba que aceptaran el islam. Los judíos vivían alrededor de ellos en Medina. Poseían las Escrituras celestiales y, por ello, tenían conocimiento divino. Jazrach y las demás tribus árabes eran politeístas, es decir, adoradores de ídolos. Anteriormente, los judíos habían derrotado a aquellos árabes idólatras mediante guerras de agresión, se habían apoderado de sus territorios y se habían asentado en ellos. Cada vez que surgía una situación desagradable entre los idólatras y los judíos, estos amenazaban a los idólatras diciéndoles: «Se acerca el momento de la venida del profeta de esta época. Cuando llegue ese profeta, bajo su liderazgo os masacraremos tal como fue masacrado por completo el pueblo de Ad e Iram».

Cuando el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, conversó con el grupo de la tribu de Jazrach y los invitó a la religión de Allah, comenzaron a decirse unos a otros: «¡Por Allah!, este es precisamente el profeta acerca del cual los judíos nos amenazan e intimidan. Ahora no debemos permitir de ningún modo que los judíos tengan la oportunidad de aceptar el islam antes que nosotros». Impulsados por este pensamiento, respondieron de inmediato a la invitación del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y aceptaron el islam. Dijeron: «Hemos dejado a nuestro pueblo indefenso frente a la hostilidad de un enemigo terrible. Esperamos que Allah haga que todo nuestro pueblo os apoye. Regresaremos a ellos y también les transmitiremos vuestra invitación. Si Allah hace que os apoyen, no habrá nadie más honrado ni poderoso que vos».

Después de creer y aceptar el islam como verdad, regresaron a su tierra. Según se sabe, aquel grupo de la tribu de Jazray estaba compuesto por seis hombres. Al llegar a Medina, presentaron ante su tribu las palabras del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y la invitaron a aceptar el islam. Así, poco a poco, la invitación al islam llegó a cada hogar de Medina. No quedó una sola casa en la que no se hablara del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—.

El primer juramento de al-‘Aqaba

Al año siguiente, otros doce hombres llegaron a La Meca con motivo de la peregrinación. Se encontraron con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— en al-‘Aqaba. Aceptaron el islam ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y se comprometieron a abandonar las prácticas no islámicas. Este acto de compromiso se denomina el Primer Juramento de al-‘Aqaba. Se celebró siguiendo el procedimiento del juramento de las mujeres musulmanas, que tuvo lugar en el monte Safa, al día siguiente de la conquista de La Meca, inmediatamente después de que los hombres prestaran su juramento. El Primer Juramento de al-‘Aqaba tuvo lugar antes de que llegara la orden de combatir contra los incrédulos. Entre quienes participaron en este juramento estaban As‘ad ibn Zurara, Rafi‘ ibn Malik, ‘Ubada ibn al-Samit y Abu al-Hayzam ibn al-Tayhan.

‘Ubada ibn al-Samit dijo: «Estuve presente en el Primer Juramento de al-‘Aqaba. Éramos doce hombres. Nuestro juramento se realizó siguiendo el procedimiento del juramento de las mujeres, y tuvo lugar antes de que llegara la orden de combatir. Prometimos al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— que no asociaríamos a nadie con Allah, que no robaríamos, que no cometeríamos adulterio, que no mataríamos a nuestros hijos, que no difamaríamos falsamente a nadie y que no desobedeceríamos al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— en asuntos justos». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Si cumplís estos compromisos, tendréis el Paraíso. Pero si incumplís alguno de ellos, vuestro destino quedará en manos de Allah: si quiere, os castigará, y si quiere, os perdonará».

Ibn Ishaq dijo: Cuando este grupo de Medina regresó junto a su pueblo, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió con ellos a Mus‘ab ibn ‘Umayr para enseñarles a recitar el Corán, instruirlos en el islam y explicarles los principios de la ley islámica. Se le conocía como el maestro de Medina. También dirigía la oración de los musulmanes de Medina, pues las tribus de Aws y Jazray no querían que un miembro de una tribu dirigiera la oración de los miembros de la otra.

El segundo juramento de al-‘Aqaba

Poco después, Mus‘ab ibn ‘Umayr regresó a La Meca. Algunos de los nuevos musulmanes de Medina fueron a La Meca para realizar la peregrinación junto con los politeístas de sus propias tribus. A mediados de los Días de Tashriq, todos ellos prometieron reunirse en al-‘Aqaba con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— (38. Los tres días posteriores al diez de Dhul-Hiyya se llaman los Días de Tashriq. Tashriq significa secar la piel al sol. Durante ese período, los árabes secaban las pieles de los animales sacrificados). Naturalmente, cuando llegó el momento deseado por Allah para elevar la posición de Su Mensajero, concederle la victoria, fortalecer a los musulmanes y provocar la caída del politeísmo y de los politeístas, se realizó este Segundo Juramento.

Ka‘b ibn Malik dijo: Partimos hacia La Meca junto con los peregrinos politeístas de nuestra tribu. Para entonces ya nos habíamos acostumbrado a rezar y habíamos aprendido las normas del islam. También viajaba con nosotros nuestro venerable anciano y jefe de la tribu, Bara ibn Ma‘rur. Apenas emprendimos el viaje y salimos de Medina, Bara dijo: «Escuchad, he adoptado una opinión, pero no sé si estaréis de acuerdo conmigo».

Dijimos: «¿Qué es eso?». Él respondió: «He decidido que no rezaré dando la espalda a la Kaaba, sino que rezaré orientado hacia la Kaaba». Le dijimos: «Sabemos que nuestro Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) reza orientado hacia Siria, es decir, Bayt al-

Maqdis; no podemos oponernos a él». Él dijo: «Entonces rezaré orientado hacia ambos, la Kaaba y Bayt al-Maqdis». Nosotros dijimos: «Pero nosotros no lo haremos». Así pues, cuando llegaba la hora de la oración, nosotros rezábamos orientados hacia Bayt al-Maqdis, mientras que él rezaba orientado hacia la Kaaba. De ese modo llegamos a La Meca. Como había venido obstinadamente, fuimos reprendiéndolo durante todo el trayecto. Sin embargo, no abandonó su obstinación de ninguna manera. Después de llegar a La Meca, me dijo: «Sobrino, llévame ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Le preguntaré si fue correcto el modo en que recé durante todo el camino; al ver cómo actuabais contra mí, me han surgido dudas».

Ka‘b ibn Malik dice: «Después salimos en busca del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). No lo conocíamos y nunca lo habíamos visto antes. Al encontrarnos con un habitante de La Meca, le preguntamos: “¿Dónde está el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)?”. Él preguntó: “¿Conocéis al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)?”. Respondimos: “No”. Dijo: “¿Conocéis a su tío, Abbas ibn Abd al-Muttalib?”. Respondimos: “Sí”. Ya conocíamos a Abbas. Pasaba por nuestra región con motivo de sus negocios. El hombre de La Meca dijo: “Entrad en la Mezquita Sagrada; aquel a quien veáis sentado con Abbas será el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él)”. Entramos en la Mezquita Sagrada y vimos a Abbas sentado, y al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) sentado con él. Lo saludamos y nos sentamos junto a él. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) preguntó a Abbas: “¿Conoces a estos dos hombres?”. Él respondió: “Sí, los conozco. Este es el jefe tribal Bara ibn Ma‘rur y este es Ka‘b ibn Malik”. Nunca olvidaré lo que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo acerca de mí al oír aquello. Dijo: “¿Es acaso el poeta Ka‘b ibn Malik?”. Respondí: “Sí”. Entonces Bara dijo: “¡Oh, Profeta de Allah! Antes de emprender este viaje, Allah me concedió la gracia de abrazar el islam. Después comencé a rezar orientado hacia la Kaaba, pero mis compañeros rechazaron mi postura. Por ello he quedado confundido. ¡Oh, Mensajero de Allah!, ¿cuál consideras correcta?”. El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: “Debías haber rezado hacia una sola qibla. Habría sido mejor que hubieras seguido pacientemente esa qibla”».

Después aceptaron la qibla del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y comenzaron a rezar con nosotros orientados hacia Bayt al-Maqdis. Más tarde partimos con el propósito de realizar el hach. A mediados de los Días de Tashriq acordamos encontrarnos con el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en al-Aqaba. La noche siguiente al día en que terminaron los ritos del hach era precisamente la noche acordada para encontrarnos con el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Entonces estaba con nosotros Abd Allah ibn Amr ibn Haram, Abu Jabir. Era uno de los hombres más respetados de la comunidad. También lo llevamos con nosotros. Sin embargo, no permitimos que nuestros compañeros de tribu, que eran idólatras, supieran ni remotamente quiénes estaban con nosotros ni qué nos disponíamos a hacer. Dijimos a Abu Jabir: «¡Oh, Abu Jabir! Usted es uno de nuestros jefes respetados. El modo de vida que sigue nos parece sumamente honorable. No queremos que en la otra vida sea arrojado al fuego del Infierno». Después lo invitamos al islam y le informamos de que ese día teníamos previsto encontrarnos con el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) en al-Aqaba. Abu Jabir abrazó el islam inmediatamente y participó con nosotros en el juramento de al-Aqaba. Después se convirtió en uno de los predicadores.

Aquella noche dormimos dentro de la caravana junto con la gente de nuestro pueblo. Cuando había transcurrido un tercio de la noche, salimos hacia al-Aqaba conforme a la promesa que le habíamos hecho al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Salimos con suma cautela y en secreto, como aves nocturnas. Mientras avanzábamos, nos reunimos en un desfiladero cercano a al-Aqaba. En total nos reunimos setenta y tres hombres. Con nosotros había también dos mujeres: Mus‘ab bint Ka‘b y Asma bint Amr ibn Adi. [39. Ibn Ishaq dice: El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) nunca tocaba las manos de las mujeres. Solo recibía de ellas un compromiso verbal. Cuando ellas prestaban el juramento, les decía: “Podéis marcharos. Vuestro juramento ha quedado concluido”].

Ka‘b ibn Malik dice: «Nos reunimos en el desfiladero y esperamos al Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Finalmente llegó allí acompañado de su tío Abbas ibn Abd al-Muttalib. Abbas todavía no había abrazado el islam. Había venido únicamente para presenciar aquel importante asunto de su sobrino y asegurarse de su seguridad. Cuando el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) se sentó en la reunión, Abbas fue el primero en hablarnos. Dijo: “¡Oh, gente de la tribu de Jazray! Sin duda sabéis qué posición ocupa Muhammad entre nosotros. Hasta ahora lo hemos protegido de la opresión y la persecución de los miembros de su pueblo. Él constituye un ejemplo excepcional entre su gente. Por ello goza de honor y seguridad entre su pueblo y en su patria. A pesar de ello, siente un intenso deseo por vosotros y está decidido a permanecer entre vosotros. Reflexionad, pues, y considerad si podréis cumplir la promesa con la que lo estáis invitando y si podréis protegerlo de sus enemigos. Si podéis hacerlo, comprended bien vuestra responsabilidad. Pero si pensáis que en el futuro lo entregaréis a sus enemigos y que, incluso después de llevároslo, lo expondréis a la humillación, absteneos ahora mismo de asumir esa responsabilidad. Actualmente se encuentra honrado y seguro entre su propio pueblo y en su patria”». Después de escuchar las palabras de Abbas, dijimos: «Hemos escuchado lo que ha dicho. ¡Oh, Mensajero de Allah!, ahora habla tú y toma el compromiso que quieras».

Entonces el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) tomó la palabra. Primero recitó el Corán; después invitó a todos al islam y los animó a abrazarlo. Luego dijo: «Quiero que me prometáis que me protegeréis del peligro del mismo modo que protegéis a vuestras esposas y a vuestros hijos».

Inmediatamente, Bara ibn Ma‘rur tomó la mano del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y dijo: «Sí. Juro por Aquel que te envió como profeta con la verdadera religión que te protegeremos como protegemos de las desgracias a nuestros parientes, esposas e hijos. ¡Oh, Mensajero de Allah! Te juramos obediencia. ¡Por Allah! Hemos crecido y nos hemos criado en medio de la guerra y las armas. Somos un pueblo de guerreros generación tras generación».

Apenas terminó Bara de hablar con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Abu al-Haytham ibn Tayihan dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Tenemos una alianza con los judíos y estamos a punto de romperla. Después de todo esto, si Allah te concede la victoria, ¿nos abandonarás y regresarás a tu propia tribu?». Al oírlo, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— sonrió levemente y dijo: «Más bien seré vuestro compañero eterno en la vida y en la muerte, en la dicha y en la adversidad. Consideraré vuestro derramamiento de sangre como mi propio derramamiento de sangre. Permaneceré siempre con vosotros y vosotros permaneceréis siempre conmigo. Combatiré contra quienquiera que combatáis vosotros».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— también dijo: «Elegid de entre vosotros a doce naqib, es decir, líderes, y enviádmelos para que incorporen a la gente de sus respectivas tribus a este compromiso». Entonces eligieron a doce líderes: nueve eran de la tribu de Jazray y tres de la tribu de Aws.[40. Los nueve líderes de Jazray fueron: As‘ad ibn Zurarah, Sa‘d ibn Rabi‘, Rafi‘ ibn Malik, Bara ibn Ma‘rur, Abdullah ibn Amr ibn Haram, Ubada ibn Samit, Sa‘d ibn Ubada y Mundhir ibn Amr ibn Jurayr. Los tres de la tribu de Aws fueron: Usaid ibn Hudayr, Sa‘d ibn Jaythamah y Rifa‘ah ibn Mundhir. Ibn Hisham dice que los historiadores acreditados mencionan a Abu al-Haytham ibn Tayihan como líder en lugar de Rifa‘ah.]

El primero que juró fidelidad al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— estrechándole la mano fue Bara ibn Ma‘rur. Después incorporó a su propia tribu a aquel juramento. En cuanto concluyó nuestro juramento de fidelidad al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Satanás lanzó desde la cima del monte de Aqaba un grito tan fuerte que jamás había oído otro tan espantoso. Gritaba: «¡Oh, habitantes de Mina! ¿Acaso no habéis visto la conspiración de los herejes con Muzammam, es decir, el hombre despreciado? [41. Muzammam significa despreciado o censurado. Es lo contrario del nombre de Muhammad, que significa alabado, y los politeístas llamaban así al Mensajero de Allah. A quienes aceptaban el islam los llamaban sabí, es decir, apóstatas o impíos.] ¡Están preparando la guerra contra vosotros!». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Este es el grito del demonio de Aqaba, Azib ibn Uzaib».

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Id y regresad a vuestras respectivas caravanas».

Abbas ibn Ubada ibn Nadala dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Juro por Allah, que te envió con la verdadera ley, que si lo deseas, mañana mismo atacaremos con nuestras espadas a quienes se encuentran en Mina».

Después fuimos a acostarnos y dormimos hasta la mañana. Al amanecer, un numeroso grupo de los qurayshíes nos rodeó. Dijeron: «¡Oh, gente de la tribu de Jazray! Nos hemos enterado de que habéis venido para llevaros a Muhammad de entre nosotros y estáis conspirando con él para combatirnos. A decir verdad, de todas las tribus árabes, ninguna nos resulta tan desagradable para combatir como vosotros». Al oír esto, los politeístas que se encontraban allí entre nosotros comenzaron a jurar por Allah: «Aquí no ha habido ninguna conspiración de ese tipo y no sabemos que haya ocurrido nada semejante».

En realidad, estaban diciendo la verdad. Verdaderamente, no sabían nada. Mientras tranquilizaban a los qurayshíes con estas palabras, jurando por Allah, nos mirábamos unos a otros. Después de que la gente se marchó de Mina, los qurayshíes investigaron el asunto con mayor profundidad. Finalmente descubrieron que el hecho era cierto. Entonces comenzaron a correr por todas partes en busca de los hombres de las tribus de Aws y Jazray. En un lugar llamado Ajir, cerca de La Meca, encontraron a Sa‘d ibn Ubada y Mundhir ibn Amr. No lograron capturar a Mundhir; solo Sa‘d fue apresado. Sa‘d tenía el cabello bastante largo. Lo capturaron, le ataron fuertemente ambas manos al cuello con una cuerda de camello y luego lo llevaron a La Meca, golpeándolo y tirándole del cabello.

La narración que Sa‘d mismo hizo sobre este asunto es la siguiente: me tenían apresado y cautivo. En esas circunstancias, se acercó a mí un grupo de los qurayshíes. Entre ellos vi a un hombre apuesto, de piel muy blanca y luminosa, alto, esbelto y de rostro agradable. Pensé para mis adentros: «Si se puede esperar un buen trato de alguien entre esta gran multitud, seguramente será de este hombre». Pero, al acercarse a mí, lo primero que hizo fue propinarme una fuerte bofetada. Entonces pensé: «Si he recibido semejante trato de este hombre, ya no se puede esperar buen trato de nadie más». Así, me llevaban arrastrándome de un lado a otro. Yo me encontraba completamente indefenso. De repente, un hombre de entre la multitud, compadecido de mí, dijo: «¡Ay! ¡Qué situación tan lamentable la tuya! ¿Acaso no tienes entre los qurayshíes ni siquiera a una persona conocida o con la que tengas relaciones comerciales?». Respondí: «Sí, la tengo. En otro tiempo daba refugio a los agentes comerciales de Zubayr ibn Muṭ‘im ibn ‘Adī y los protegía cuando alguien de nuestra región quería oprimirlos. Además, también ayudaba a los agentes comerciales de al-Ḥārith ibn Ḥarb ibn Umayya». El hombre dijo: «Entonces grita en voz muy alta mencionando los nombres de esos dos hombres. Menciona la relación que tienes con ellos». Inmediatamente grité los nombres de ambos. Aquel hombre se marchó enseguida en busca de Zubayr y al-Ḥārith, y los encontró en la Mezquita Sagrada, cerca de la Kaaba.

Después les dijo: «En la llanura cercana a La Meca, en este mismo momento, están golpeando brutalmente a un hombre de los Banū Khazraj. Mientras recibe los golpes, menciona los nombres de ustedes dos y dice que los conoce». Zubayr y al-Ḥārith preguntaron: «¿Quién es ese hombre?». Él respondió: «Sa‘d ibn ‘Ubāda». Ellos dijeron: «Ha dicho la verdad. Cuando nuestros comerciantes iban a su territorio, él les daba refugio y los protegía de la opresión». Entonces ambos acudieron y rescataron a Sa‘d de manos de la multitud. Después Sa‘d se marchó.

El último pacto de al-‘Aqaba y sus condiciones

El último pacto de al-‘Aqaba se celebró después de que se obtuviera de parte de Allah el permiso para combatir armado. Por ello, aparte del compromiso de combatir, las condiciones de este pacto eran semejantes a las del primer pacto. El primer pacto era semejante al pacto de las mujeres realizado con ocasión de la conquista de La Meca, pues en el momento del primer pacto Allah todavía no había permitido a Su Mensajero combatir. Por eso, después de recibir el permiso, en el último pacto de al-‘Aqaba el Mensajero de Allah hizo que los creyentes asumieran el compromiso de combatir, comprometiéndose a luchar contra todos los incrédulos del mundo. Les impuso, de parte de Allah, las condiciones del pacto y anunció que tendrían el Paraíso si cumplían el compromiso con todas esas condiciones.

‘Ubāda ibn Ṣāmit (que Allah esté complacido con él) narró: «Nos comprometimos con el Mensajero de Allah a combatir. Las condiciones de aquel compromiso eran las siguientes: tanto en circunstancias difíciles como normales, siempre hablaríamos en favor de la verdad y la justicia, y no temeríamos la censura de ningún censurador con respecto a la religión de Allah».

La orden de combatir armado

Antes del pacto de al-‘Aqaba, al Mensajero de Allah no se le había concedido permiso para combatir ni para derramar sangre cuando fuera necesario. Hasta entonces, solo se le ordenaba invitar a la religión de Allah, soportar con paciencia la opresión y la persecución, y perdonar a los ignorantes. Los qurayshíes infligieron una persecución extrema y cruel a quienes seguían al Mensajero de Allah y habían tenido que abandonar sus hogares. Algunos, víctimas de una persecución insoportable, se vieron incluso obligados a abandonar el islam. Los qurayshíes expulsaron del país a un número considerable de creyentes. Así, algunos musulmanes sufrieron una persecución inhumana, otros abandonaron el islam y otros emigraron. Entre ellos, muchos emigraron a Abisinia y muchos otros a Medina. Cuando los musulmanes se hallaban humillados y despojados de todo, los qurayshíes habían llegado al límite de su rebeldía contra Dios y Su Profeta era rechazado, entonces Allah permitió a Su Mensajero emprender el combate armado y derrotar a los injustos rebeldes contra Dios. Esto es lo que he sabido de ‘Urwa ibn al-Zubayr y de otros narradores. En consecuencia, los primeros versículos que fueron revelados declarando lícitos el combate armado y el derramamiento de sangre para establecer la ley de Allah y defender a los creyentes fueron los siguientes:

[Árabe *************]

“Se ha dado permiso para combatir a quienes son combatidos, porque han sido oprimidos. En verdad, Allah tiene poder para ayudarles. Son aquellos que han sido expulsados injustamente de sus hogares solo por decir: «Nuestro Señor es Allah». Si Allah no hubiera dispuesto que un grupo de personas repeliera a otro, habrían sido destruidos monasterios, iglesias, lugares de culto y mezquitas en los que se menciona mucho el nombre de Allah. Allah ayudará ciertamente a quien ayude a Su causa. En verdad, Allah es Poderoso, Omnipotente. Son aquellos a quienes, si les damos poder y autoridad en la tierra, establecen la oración, pagan el zakat, ordenan lo justo y verdadero y prohíben lo injusto y falso. A Allah pertenece el desenlace final de todos los asuntos. (Sura al-Hajj, 39-41)”

Es decir, hice lícito para ellos el combate armado debido a la opresión y persecución sufridas por el Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y sus compañeros. Ellos no habían cometido ningún delito ni pecado contra la gente. Cuando obtengan la victoria, establecerán la oración, pagarán el zakat, ordenarán el bien y impedirán el mal. Después, Allah reveló nuevamente:

[Árabe *************]

“Combatid contra ellos para que ningún creyente vuelva a ser obligado a abandonar su religión y para que permanezca únicamente la obediencia a Allah”. (Sura al-Báqara) Es decir, que se adore y se sirva únicamente a Allah, y no a ningún otro.

Se concede a los musulmanes permiso para emigrar a Medina

Cuando Allah concedió al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— permiso para combatir, y el grupo mencionado de los habitantes de Medina se comprometió a seguir las normas islámicas y a prestar toda su ayuda y apoyo al Profeta —que Allah le bendiga y le conceda paz— y a sus seguidores, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó a aquellos musulmanes que emigraran a Medina y se dirigieran junto a sus hermanos auxiliares. Les dijo: «Allah os ha preparado un lugar seguro donde estableceros y os ha proporcionado algunos hermanos». Entonces los musulmanes comenzaron a emigrar en grupos. Por su parte, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— permaneció en La Meca, esperando la orden de Allah para abandonarla y emigrar a Medina.

Relato de los musulmanes que emigraron a Medina

El primer emigrante de linaje qurayshí entre los compañeros del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— fue Abu Salama ibn Abd al-Asad, de la tribu de Banu Majzum. Emigró a Medina un año antes del juramento de al-Aqaba. Anteriormente había regresado de Abisinia a La Meca para visitar al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. En ese tiempo, los qurayshíes comenzaron a perseguirlo. Oyó la noticia de que los habitantes de Medina habían aceptado el islam y emigró con ellos. Después de Abu Salama, Amir ibn Rabi’a y su esposa, Layla bint Abi Hasma, emigraron a Medina. Luego, Abdullah ibn Jahsh emigró llevando consigo a su familia y a su hermano Abd ibn Jahsh. Su hermano también era conocido como Abu Ahmad. Tenía una vista débil; aun así, recorría sin ayuda las zonas elevadas y llanas de La Meca. Era poeta.

Después, Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él) y Ayyash ibn Abi Rabia al-Majzumi emigraron a Medina. Luego, los musulmanes continuaron emigrando en gran número a Medina.

La emigración del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)

Después de que los Compañeros emigraran a Medina, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) permaneció esperando las instrucciones de Allah con respecto a su propia emigración. En ese momento, en La Meca no quedaban más que Ali ibn Abi Talib, Abu Bakr al-Siddiq y unos pocos Compañeros. Los demás habían sido hechos prisioneros por los incrédulos o habían sido obligados a abandonar el islam. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) solía pedir con frecuencia al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) permiso para emigrar. Pero el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le decía: «No te apresures. Tal vez Allah te proporcione un compañero». El propio Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se convirtió en su compañero de emigración. Desde entonces, eso era lo que Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él) anhelaba. Cuando los qurayshitas vieron que, en otros lugares, muchas personas ajenas a sus tribus se habían convertido en seguidores del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), y que sus Compañeros estaban emigrando hacia ellos, comprendieron que el Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) y sus compañeros habían encontrado un lugar seguro donde establecerse. Por eso se mantuvieron alerta ante la salida del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) de su tierra. Pensaron que él había completado sus preparativos para combatirlos.

Para deliberar sobre este asunto, se reunieron en la casa de deliberación, Dar al-Nadwa. Esta casa pertenecía a Qusayy ibn Kilab. Los qurayshitas se reunían allí para tomar cualquier decisión. Esta vez, atemorizados por el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), se sentaron a discutir qué podían hacer con respecto a él. Abdullah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) dice que se reunieron allí el día señalado para tomar una decisión definitiva sobre el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Este día es conocido como el «Día de la Asamblea». Cuando Iblis se dirigía a su casa de deliberación, se presentó ante ellos disfrazado de un anciano cubierto con una manta. Se encontraba justo delante de la puerta. Al verlo, todos preguntaron: «¿Quién es este anciano?». Él respondió: «Soy habitante de Najd. [42. Según Suhayli, la razón por la que Satanás se presentó como habitante de Najd fue que los qurayshitas habían anunciado previamente que no se incluiría en esta reunión de deliberación a nadie de la región de Tihama, pues creían que sus habitantes apoyaban a Muhammad, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Por eso Iblis se presentó bajo la apariencia de un anciano de Najd».]

He oído el motivo por el que os habéis reunido hoy. Por eso he venido a escuchar vuestra conversación. Espero que tampoco os privéis de mis consejos y recomendaciones». Al oír esto, todos le permitieron entrar con grandes muestras de respeto. Él entró junto con todos los demás. Para entonces, los grandes líderes y jefes de Quraysh ya habían tomado asiento. Luego comenzaron a hablar entre ellos sobre el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz): «Todos sabéis hasta dónde han llegado actualmente las actividades de este hombre. No se sabe cuándo lanzará un ataque contra nosotros acompañado de sus seguidores de fuera. Ahora ya no estamos a salvo de su ataque. Por tanto, tomemos todos juntos una decisión definitiva sobre él».

La deliberación continuó. En cierto momento, uno de ellos dijo: «Atadlo con cadenas de hierro, encerradlo en alguna cámara asegurada con cerrojos y esperad luego que le llegue el mismo destino que anteriormente alcanzó a poetas como él, es decir, una muerte lamentable. Ese fue el destino de Zuhayb, Nabigha y otros poetas semejantes». Entonces el anciano dijo: «No, vuestra decisión no es correcta. Si lo encarceláis, la noticia de que está encerrado en una cámara llegará a oídos de sus seguidores de fuera. En tal situación, podrían atacaros, arrebatároslo y liberarlo de vuestras manos. Después aumentarían en número y un día os vencerían. Por tanto, vuestra decisión no es correcta. Pensad si podéis tomar alguna otra decisión».

Después, la conversación continuó de nuevo. Uno de ellos dijo: «Lo expulsaremos del país. Después no tendremos ninguna preocupación por él. Una vez que se marche de nuestro lado, no nos importará adónde vaya ni dónde se quede. Cuando se haya ido, nos libraremos de sus problemas. Luego podremos corregir y normalizar por nosotros mismos nuestras relaciones mutuas de amistad y alianza, así como los demás asuntos».

El anciano de Najd dijo: «No, tampoco esta es una decisión correcta. ¿Acaso no habéis visto su incomparable manera de hablar, su lenguaje dulce, sus palabras razonadas y esos asuntos que, supuestamente recibidos mediante la revelación, cautivan las mentes y los corazones? Si dais este paso, podría ocurrir que se presentara ante otra tribu árabe, se impusiera sobre ellos mediante sus palabras dulces y conmovedoras, y ellos se convirtieran en sus seguidores. Después, acompañado de ellos, os atacaría, se apoderaría de vuestro país y os arrebataría la autoridad. Dejad esto de lado y tomad otra decisión».

Entonces Abu Yahl dijo: «Tengo una idea que hasta ahora no se le ha ocurrido a ninguno de vosotros». Todos dijeron: «Dinos, Abu al-Hakam, cuál es tu idea».

Dijo: «Debemos escoger de cada tribu a un joven fuerte y noble. Después, entregaremos a cada uno de ellos una espada afilada. Esos jóvenes atacarán juntos y matarán a Muhammad. Así podremos librarnos de él. Y, como todos ellos participarán en este acto, una parte de la responsabilidad por el asesinato de Muhammad recaerá sobre todas las tribus. Por consiguiente, el clan de Abd Manāf no podrá luchar contra toda la nación para vengar el asesinato. Se verá obligado a conformarse con el pago de una compensación de sangre. Entre todas las tribus les pagaremos dicha compensación».

El anciano de Nayrán dijo: «Esta es la decisión correcta. Creo que no podría haber una decisión mejor».

Una vez adoptada esta decisión, se declaró clausurada la asamblea consultiva y todos regresaron a sus respectivas casas.

Inmediatamente, Yibril se presentó ante el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— y le dijo: «Esta noche no dormirás en la cama en la que duermes cada día». Cuando hubo transcurrido un tercio de la noche, el grupo de asesinos designados llegó a la puerta de la casa del Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz—, se reunió allí y permaneció al acecho. Esperaban a que se durmiera. Deseaban atacarlo mientras estuviera dormido. Al darse cuenta de su presencia, el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— dijo a Alí ibn Abú Talib: «Duerme en mi cama y cúbrete completamente con esta mi manta verde hadramí. Ten por seguro que no sufrirás ningún daño por parte de ellos». Cuando el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— dormía, solía envolverse con aquella manta.

Muhammad ibn Ka‘b al-Qurazí relata que Abu Yahl también formaba parte del grupo de asesinos. Cuando estos se reunieron junto a la puerta de la casa del Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz—, Abu Yahl les dijo: «Muhammad —Dios lo bendiga y le conceda paz— dice que, si lo seguís, se os construirán innumerables jardines, semejantes a los jardines de Jordania, para todos vosotros, árabes y no árabes. Pero si no lo seguís, seréis destruidos y exterminados. Después de la muerte se os devolverá a la vida y seréis arrojados al fuego».

En ese preciso momento, el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— salió y se presentó ante ellos. Tomó un puñado de polvo. Luego, dirigiéndose a Abu Yahl, comenzó a decir: «Sí, digo eso, y tú también eres uno de aquellos que serán quemados en el fuego». En ese momento, Dios les arrebató la vista, de modo que no pudieron verlo. Él comenzó a esparcir aquel polvo sobre sus cabezas. Mientras tanto, recitaba los siguientes versículos de la sura Yasin:

«¡Yasin! Por el Corán, depósito de la sabiduría, ciertamente eres un Mensajero. Te encuentras en un camino recto. Este Corán ha sido revelado por el Todopoderoso, el Misericordioso, para que adviertas a un pueblo cuyos antepasados no fueron advertidos; por ello permanecen sumidos en la ignorancia. La mayoría de ellos merece el castigo de Dios, por eso no creen. Hemos puesto grilletes en sus cuellos, y estos les llegan hasta el mentón, de modo que mantienen la cabeza levantada. Hemos colocado una barrera delante de ellos y otra detrás, y los hemos cubierto, por lo que no pueden ver». Mientras recitaba estos versículos, arrojó polvo sobre la cabeza de cada uno de ellos. Después se marchó en la dirección que quiso.

Poco después, un hombre que venía de fuera se acercó a ellos y preguntó: «¿Por qué estáis esperando aquí?». Ellos respondieron: «Estamos esperando a Muhammad». Él dijo: «Alá os ha hecho fracasar. Muhammad ha salido justo delante de vosotros. ¿Acaso no podéis ver lo que tenéis sobre la cabeza?». Entonces cada uno se llevó la mano a la cabeza y comprobó que estaba cubierta de polvo.

Después comenzaron a registrar la casa. Al ver a Ali acostado en la cama, cubierto con el manto del Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz—, dijeron: «Aquí está Muhammad, acostado y cubierto con su manto». Así que permanecieron esperando hasta el amanecer. Por la mañana, cuando Ali se levantó de la cama, al verlo todos exclamaron: «Entonces aquel hombre decía la verdad: Muhammad se ha marchado».

Ibn Ishaq dice: Abu Bakr era un hombre muy rico. Cuando pidió permiso al Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— para emigrar, el Mensajero de Alá le decía: «No te apresures. Quizá Alá te haya indicado que debes hacerlo». Por eso, desde entonces, compró dos camellos y los mantuvo en su casa. Lo hizo como preparación para la emigración.

Aisha —que Alá esté complacido con ella— relató: El Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— no dejaba de visitar la casa de Abu Bakr al menos una vez al día, por la mañana o por la tarde. Llegó el día en que se le concedió al Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— permiso para emigrar y abandonar a sus compatriotas de La Meca. Ese día vino a nuestra casa al mediodía, una hora a la que nunca solía venir. Al verlo, Abu Bakr dijo: «Sin duda ha ocurrido algo; de lo contrario, el Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— no habría venido a esta hora». Cuando entró en la casa, allí no estábamos más que mi hermana Asma bint Abu Bakr y yo. El Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— dijo: «Haced que se alejen de mí los demás que se encuentren aquí». Abu Bakr —que Alá esté complacido con él— dijo: «¡Oh, Mensajero de Alá! No hay nadie más que mis dos hijas. Que mis padres sean sacrificados por ti. ¿Qué te ha sucedido? Dímelo». El Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— dijo: «Alá me ha dado permiso para salir de La Meca y emigrar». Abu Bakr preguntó: «¿Podré ir contigo?». El Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— respondió: «Sí, también podrás ir conmigo». Aisha —que Alá esté complacido con ella— dijo: Antes de aquel día, no sabía que una persona pudiera llorar de tanta alegría. Ese día vi llorar a Abu Bakr —que Alá esté complacido con él—. Entonces Abu Bakr —que Alá esté complacido con él— dijo: «¡Oh, Mensajero de Alá! Mira, he preparado estos dos camellos precisamente para este propósito». Después contrataron a Abd Allah ibn Arqad como guía y lo llevaron consigo. Él era un politeísta. Dejaron los dos camellos bajo su custodia, y él continuó cuidándolos y ocupándose de ellos hasta el momento acordado.

Ibn Ishaq dice: En el momento en que el Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— abandonó La Meca, nadie conocía su partida salvo Ali ibn Abi Talib —que Alá esté complacido con él—, Abu Bakr as-Siddiq —que Alá esté complacido con él— y la familia de Abu Bakr. El propio Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— informó a Ali de ello y le pidió que permaneciera algunos días en La Meca. Los habitantes de La Meca solían confiar diversos bienes al Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz—. Quienes no consideraban seguro conservar algo consigo se lo entregaban en depósito al Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz—, pues todos conocían su honestidad y su integridad. Por eso, después de la emigración, el Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— encargó a Ali —que Alá esté complacido con él— devolver aquellos depósitos y le ordenó permanecer algunos días más en La Meca.

Ahora llegó el momento de salir de la casa de Abu Bakr —que Alá esté complacido con él—. El Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— decidió partir y fue a ver a Abu Bakr —que Alá esté complacido con él—. Después, ambos salieron por la ventana trasera de la casa de Abu Bakr. Luego llegaron a una cueva del monte Sawr, situado en la parte baja de La Meca, y entraron en ella. Abu Bakr encomendó a su hijo Abd Allah que escuchara atentamente durante el día si la gente comentaba algo sobre ellos y que, al anochecer, acudiera a ellos para informarles de todo. También dio instrucciones a su sirviente Amir ibn Fuhayra —un esclavo liberado que después trabajaba voluntariamente a cambio de un salario— para que durante el día llevara a pastar su rebaño de ovejas, luego lo dejara cerca de aquella cueva del monte Sawr y al anochecer se reuniera con ellos en la cueva. Asma bint Abu Bakr les llevaba comida cada tarde. [43. Ibn Hisham relata, según al-Hasan al-Basri —que Alá tenga misericordia de él—, que el Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— y Abu Bakr —que Alá esté complacido con él— llegaron de noche a la cueva del monte Sawr. Antes de que entrara el Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz—, Abu Bakr —que Alá esté complacido con él— entró en la cueva y la examinó cuidadosamente para comprobar si había algún animal salvaje o alguna serpiente. Asumió aquel riesgo con el fin de proteger al Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— de cualquier peligro.] El Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz— permaneció tres días en la cueva del monte Sawr junto con Abu Bakr —que Alá esté complacido con él—. Mientras tanto, los qurayshíes ofrecieron una recompensa de cien camellos por capturar al Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda paz—, que se les había escapado. Abd Allah ibn Abu Bakr pasaba todo el día entre los qurayshíes, escuchando sus deliberaciones y todo lo que comentaban acerca de ambos. Luego, al anochecer, iba junto a ellos y les informaba de todas las noticias del día. Por su parte, el sirviente Amir ibn Fuhayra llevaba a pastar el rebaño de ovejas de Abu Bakr —que Alá esté complacido con él— junto con los rebaños de los habitantes de La Meca. Pero, al caer la tarde, llevaba las ovejas y las dejaba cerca de la cueva del monte Sawr; entonces ambos ordeñaban las ovejas o sacrificaban alguna. Por la mañana, cuando Abd Allah ibn Abu Bakr salía de la cueva del monte Sawr y se dirigía a La Meca, Amir ibn Fuhayra lo seguía con su rebaño para borrar sus huellas. Tras transcurrir tres días de este modo, el alboroto de los habitantes de La Meca sobre ellos comenzó a apaciguarse poco a poco. Entonces Abd Allah ibn Arqad llegó a la cueva del monte Sawr montado en un camello y llevando consigo los dos camellos del Mensajero de Alá y de Abu Bakr —que Alá esté complacido con él—. Asma bint Abu Bakr acudió a ellos con comida para el camino, pero había olvidado llevar una cuerda con la que atarla y colgarla. Ambos partieron. Asma intentó colgar la comida, pero vio que no tenía ninguna cuerda. Entonces se quitó la faja, la rasgó para hacer una cuerda, ató la comida y la colgó. Por eso Asma bint Abu Bakr era conocida como Dhat an-Nitaqayn, «la mujer de las dos fajas». [44. Ibn Hisham dice: He oído de varios eruditos que se la llamaba Dhat an-Nitaqayn, es decir, «la mujer de las dos fajas». Como explicación, se cuenta que cuando Asma quiso atar y colgar el recipiente de comida, dividió su cinturón en dos: con una parte lo rodeó y lo ató, y con la otra lo colgó.]

Abu Bakr llevó los dos camellos ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, le ofreció el mejor de ellos y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Que mi padre y mi madre sean sacrificados por ti. Móntalo». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «No montaré un camello que no sea mío». Él dijo: «Oh, Mensajero de Allah, este es tuyo. Que mi padre y mi madre sean sacrificados por ti». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «No; dime cuánto pagaste por él». Abu Bakr le informó del precio del camello. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Acepto el camello a cambio de ese precio». Abu Bakr dijo: «Te doy tanto el camello como su precio».

Después, ambos montaron los camellos y emprendieron el viaje. Abu Bakr as-Siddiq —que Allah esté complacido con él— hizo montar detrás a su sirviente Amir ibn Fuhayra, para que les prestara los servicios necesarios durante el trayecto».

Asma, hija de Abu Bakr, relata: Después de que Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— y el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— partieran, llegó un grupo de los qurayshíes, entre ellos Abu Yahl. Se detuvieron ante la puerta de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—. Fui hacia ellos. Dijeron: «¿Dónde está tu padre?». Respondí: «No sé dónde está mi padre». Inmediatamente, el vil y miserable Abu Yahl me dio una bofetada tan fuerte en el rostro que se me desprendió el pendiente.

Después se marcharon. Mientras tanto, habían transcurrido tres días. No se había obtenido ninguna noticia sobre la dirección en la que había partido el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. De repente, un yinn llegó cantando desde la parte baja de La Meca. La gente no podía verlo, pero comenzó a seguirlo al oír su voz. Poco después, atravesó la parte alta de La Meca y se marchó. La canción que cantaba decía:

[Árabe *************]

«Que Allah, Señor de la humanidad, conceda la mejor recompensa a esos dos compañeros que buscaron refugio en la casa de Umm Ma‘bad [45. El nombre verdadero de Umm Ma‘bad era Atiqa, hija de Jalid. Era una mujer de la tribu de Banu Ka‘b. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Abu Bakr, Amir ibn Fuhayra y Abdullah ibn Arqat hicieron una parada en la casa de esta mujer. Querían comprarle algo de carne y dátiles, pero allí no había ninguna de las dos cosas. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— vio una cabra en un rincón de la casa de Umm Ma‘bad. La cabra no daba leche. Él le pidió permiso a la mujer para ordeñarla. Luego, cuando tocó con la mano sus ubres, estas se llenaron de leche. Al ver aquello, la mujer abrazó inmediatamente el islam]

Han encontrado refugio allí y han hecho una parada con generosidad, para después reanudar el viaje. Ha triunfado quien se ha hecho amigo de Muhammad. Que todo Banu Ka‘b sea felicitado por la presencia y permanencia de la joven de Banu Ka‘b en el lugar donde atendía los asuntos de los musulmanes».

Al oír sus palabras, comprendimos que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— había emprendido el viaje hacia Medina».

Surāqa ibn Mālik ibn Juʿshum relata: el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— salió de La Meca rumbo a Medina. Los qurayshíes ofrecieron cien camellas como recompensa a quien lo capturara y lo llevara ante ellos. Un día estaba sentado en la asamblea consultiva de mi tribu cuando uno de los nuestros se presentó ante nosotros. Dijo: «¡Por Allah! Acabo de ver pasar a un grupo de tres hombres. Creo que son Muhammad y sus compañeros». Le hice una señal con el ojo para que guardara silencio y luego dije: «Son gente de tal tribu. Se les ha perdido un animal y están buscándolo». Él dijo: «Tal vez sea así».

No dijo nada más. Después de permanecer allí un breve rato, fui a casa y comencé a prepararme para partir, disponiendo el caballo y las armas. También llevé conmigo las flechas de adivinación. Luego me puse la armadura y partí. Al salir, llegué a un lugar y consulté las flechas. La flecha dio precisamente el presagio que más detestaba: «Muhammad no sufrirá ningún daño». En realidad, yo quería capturarlo, entregarlo a los qurayshíes y obtener la recompensa de cien camellas. Siguiendo sus huellas, espoleé rápidamente el caballo y avancé. Apenas el caballo comenzó a correr a toda velocidad conmigo, tropezó. Salí despedido de su lomo y caí al camino. Entonces me dije para mis adentros: «¿Qué ocurre?». Volví a sacar las flechas de adivinación y las consulté. Esta vez también salió el mismo resultado: «No sufrirá ningún daño». Pero aquel dictamen no era lo que yo deseaba. Aun así, no estaba dispuesto a desistir.

No estaba dispuesto a detenerme por nada. Volví a seguir las huellas, espoleando con fuerza el caballo. Muhammad y sus compañeros entraron en mi campo de visión y podía verlos claramente. De repente, en ese mismo momento, el caballo volvió a tropezar. Salí despedido. Me dije para mis adentros: «¿Qué ocurre?». Volví a sacar las flechas y las consulté. De nuevo salió el presagio indeseado: «Él no sufrirá ningún daño». Tampoco esta vez desistí. Continué avanzando tras ellos. Volví a verlos con claridad. Apenas los divisé, el caballo volvió a tropezar; esta vez sus dos patas delanteras se hundieron en el suelo y salí despedido. En cuanto retiré sus dos patas, comenzó a salir humo de aquel lugar formando espirales. Entonces comprendí que Muhammad había sido protegido de mí y que era invencible. Luego los llamé y dije: «Soy Surāqa, hijo de Juʿshum. Deteneos un momento; tengo algo que deciros. ¡Por Allah!, ya se ha disipado mi duda respecto a vosotros. No recibiréis de mi parte ningún comportamiento indeseable». El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo a Abu Bakr: «Pregúntale qué quiere de nosotros». Yo dije: «Escríbeme un documento. Ese escrito servirá como garantía entre vosotros y yo». El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— pidió a Abu Bakr que escribiera algo para mí.

Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— escribió un documento sobre un hueso —o sobre un trozo de tela, o sobre un fragmento de una vasija de barro rota— y me lo arrojó. Recogí el trozo, lo guardé en la vaina de mis flechas y regresé. Después no le conté a nadie lo sucedido. Cuando el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— conquistó La Meca y terminó las expediciones de Hunayn y Tāʾif, fui a verlo llevando aquel escrito. Fui a encontrarme con él en Jiʿrāna, entre La Meca y Tāʾif. Me presenté ante una unidad del ejército de los ansar. Mientras me daban ligeros pinchazos con sus lanzas, me dijeron: «¡Vete, vete! ¿Qué quieres aquí?». Me acerqué al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. En aquel momento estaba montado en un camello. Incluso ahora parece que lo veo sentado, con sus dos pies, blancos y transparentes como la grasa, apoyados en los estribos de la silla. Levanté el trozo escrito y dije: «¡Oh, Mensajero de Allah! Este es el objeto sobre el que escribiste un documento. Soy Surāqa, hijo de Juʿshum». El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Hoy es un día de cumplir las promesas y mostrar cortesía. Acércate». Me acerqué a él y abracé el islam. Después, cuando se me ocurría algo que preguntarle al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, se lo preguntaba. Pero ahora no lo recuerdo. Dije: «¡Oh, Mensajero de Allah! Lleno de agua un abrevadero para mis propios camellos, pero los camellos extraviados de otras personas vienen, se abalanzan sobre él y beben el agua. ¿Obtendré recompensa por dar de beber de este modo a esos camellos?». Él respondió: «Por satisfacer la necesidad de cualquier ser vivo se obtiene recompensa». Luego regresé a mi tribu y envié al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— los animales destinados a mi limosna.

Ibn Ishaq relata: el guía, ʿAbdullah ibn Urayqit, avanzó con el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— por las tierras bajas de La Meca. Después llegaron a la zona costera. Desde allí avanzaron por las tierras bajas de la región de ʿUsfān y, tras atravesar Qudayd, llegaron a un lugar llamado al-Kharrār. Luego atravesaron Lakf y Madlajat Lakf y llegaron a un lugar llamado Madlaj Mahāj. Desde allí pasaron por Marjāh Mahāj, Marjāh Dhī al-Ghadāwayn, luego por Baṭn Dhī Kashr y Jadhājid, hasta llegar a Azrād. Después atravesaron la zona enemiga de Madlajat Tihāma, llamada Dhū Salām, y cruzaron ʿAbābid y, después, al-Fajjāh.

Ibn Hisham relata: después los llevó hasta un lugar llamado al-ʿArj. Entonces varios habitantes de aquel lugar estaban esperándolos allí. Llegaron al lugar llamado Aws ibn Hajar, de la tribu de Aslam. En ese momento, varios habitantes de aquel lugar estaban esperándolos allí. Un hombre de la tribu de Aslam llamado Aws ibn Hajar hizo que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— viajara a Medina montado en uno de sus camellos, llamado Ibn al-Ridā. También envió con él a un sirviente suyo llamado Masʿud ibn Hunayda. Luego el guía partió de al-ʿArj con ambos. Pasó por la derecha de Ruqūba, atravesó Thaniyyat al-ʿĀʾir y llegó a Baṭn Rim. Desde allí se dirigió directamente al asentamiento de los Banū ʿAmr ibn ʿAwf en Qubā. Era el mediodía abrasador de un día soleado, el duodécimo día del mes de Rabīʿ al-Awwal. El sol estaba casi directamente sobre sus cabezas.

La llegada a Qubā

Abd al-Rahman ibn Uwaymi ibn Sa’ida citó el relato de un gran número de Compañeros de su propia tribu: Cuando nos enteramos de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, había partido de La Meca y creíamos que podía llegar a Medina cualquier día, empezamos a esperar diariamente al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, después de la oración del alba, en el espacio abierto de nuestra zona. No nos retirábamos hasta que el calor del sol se volvía insoportable. Cuando ya no quedaba ninguna sombra, regresábamos. Era la estación del intenso calor. El día en que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó realmente, nosotros también estábamos sentados esperando en el descampado como de costumbre. Cuando, al llegar el sol al punto más alto, ya no quedó ninguna sombra, entramos en nuestras casas. En cuanto entramos, llegó el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Un judío fue el primero en verlo. Había observado cómo esperábamos su llegada. Por eso gritó en voz alta: «¡Oh descendientes de Qayla! (46. Con estas palabras se alude a todos los Ansar. Qayla era una ilustre antepasada de ellos.)

¡Ha llegado vuestro tesoro de buena fortuna!»

Nos encontramos con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, bajo la sombra de una palmera. Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, quien tenía aproximadamente la misma edad que él, estaba con él. Hasta entonces, la mayoría de nosotros no había visto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Se reunió una enorme multitud para verlo, pero nadie podía distinguir cuál de los dos era Abu Bakr y cuál era el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Cuando la sombra dejó de cubrir el cuerpo del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, Abu Bakr comenzó a protegerlo del sol con su manto. Entonces todos pudimos reconocer al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz.

Ibn Ishaq dice: Según muchos, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, fue huésped primero de Kulthum ibn Hidam; según otros, de Sa’d ibn Khaythama. Quienes sostienen que fue huésped de Kulthum ibn Hidam dicen que, aunque se alojaba en casa de Kulthum, se sentaba en casa de Sa’d ibn Khaythama, que era soltero, para recibir a la gente. Los emigrantes solteros también se alojaban en aquella casa. Abu Bakr al-Siddiq, que Allah esté complacido con él, fue huésped de Habib ibn Isaf; según otra versión, de Khabija ibn Zayd.

Ali ibn Abi Talib, que Allah esté complacido con él, permaneció tres días en La Meca. Durante ese tiempo se ocupó de devolver a sus propietarios los depósitos que habían sido confiados al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz; después emigró y se dirigió junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Él también fue huésped de Kulthum ibn Hidam.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, permaneció en Quba, entre la tribu de Ibn Awf, durante cuatro días: lunes, martes, miércoles y jueves. Durante ese tiempo construyó allí una mezquita.

Llegada a Medina

Después, por voluntad de Allah, abandonó Quba el viernes. Llegó al poblado de los Banu Salim ibn Awf y allí realizó la oración del viernes. Rezó la oración del viernes en la mezquita de Batn al-Wadi. Otro nombre de Batn al-Wadi es Wadi Ranuna. Allí realizó por primera vez la oración del viernes en Medina.

Un grupo de hombres de los Banu Salim ibn Awf, entre ellos Itban ibn Malik y Abbas ibn Ubada ibn Nadla, se presentó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Siéntate a vivir permanentemente entre nosotros, complacido con la fuerza humana, los recursos y la protección que tenemos». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, señaló a su camella y dijo: «Dejadle libre el camino. Allah le ha ordenado que me lleve al lugar que corresponde». Todos lo hicieron. La camella comenzó a avanzar a su voluntad. Cuando llegó cerca del poblado de los Banu Bayada, un grupo de ellos, dirigido por Ziyad ibn Labid y Farwa ibn Amr, se presentó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Ven con nosotros y vive entre la fuerza humana, los recursos y la protección que tenemos». Él dijo: «Dejad que esta camella avance a su voluntad, pues se le ha ordenado llevarme al lugar que corresponde». La camella continuó avanzando. Cuando llegó al poblado de los Banu Saida, un grupo de ellos, dirigido por Sad ibn Ubada y Mundhir ibn Amr, se interpuso en el camino del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Repitieron la misma petición que los Banu Bayada y los Banu Salim. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, les dijo a los Banu Saida lo mismo que había dicho a los Banu Bayada y a los Banu Salim. La camella siguió avanzando. Cuando pasó junto a las casas de la familia Banu Hariz, de la tribu de los Jazray, Sad ibn Rabi, Jubeiza ibn Zayd y Abd Allah ibn Rawaha se interpusieron en el camino del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, acompañados por otros miembros de la familia Banu Hariz. Lo invitaron a quedarse entre ellos y a confiar en la fuerza humana, los recursos y la protección que les ofrecían. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Dejad que la camella continúe, pues se le ha ordenado llevarme al lugar apropiado». Todos despejaron el camino y la camella siguió adelante. Mientras avanzaba, pasó junto a la casa de los Banu Adi ibn Nayyar, la familia de los tíos maternos del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Entonces Salit ibn Qays y Abu Salit Usayra ibn Abi Jubeiza se presentaron ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, acompañados por algunos miembros de los Banu Adi ibn Nayyar. Dijeron: «¡Oh, Mensajero de Allah! Ven con nosotros y confía en la fuerza humana, los recursos y la protección que tenemos». Él dijo: «Dejad que la camella avance a su voluntad, pues se le ha ordenado llevarme al lugar apropiado». Cabe mencionar que Salama bint Amr, la madre de Abd al-Muttalib, era hija de los Banu Adi ibn Nayyar.

Al llegar cerca de las viviendas de los Banu Malik ibn Nayyar, la camella se arrodilló. En el lugar donde se arrodilló se construyó posteriormente la entrada de la Mezquita del Profeta. En aquel tiempo, aquel lugar era donde dos niños huérfanos de los Banu Nayyar secaban dátiles. Los dos niños eran Sahl y Suhayl, hijos de Amr. Mayaz ibn Aqra se encargaba de criarlos. Aunque la camella se arrodilló, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no bajó de su lomo, sino que permaneció sentado tranquilamente. Poco después, la camella avanzó una corta distancia. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, siguió sujetando firmemente sus riendas. Después, la camella miró hacia atrás y regresó al lugar donde se había detenido primero. Allí volvió a arrodillarse. Esta vez se movió y emitió un sonido, y apoyó el pecho y la parte inferior del cuello en el suelo. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, bajó del lomo de la camella. Abu Ayyub Jálid ibn Zayd descargó sus pertenencias y las llevó a su propia casa. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se hospedó como huésped de Abu Ayyub. Le preguntó: «¿De quién es el lugar donde se secan los dátiles?». Mayaz ibn Aqra respondió: «¡Oh, Mensajero de Allah! Es de Sahl y Suhayl, los hijos de Amr. Son huérfanos bajo mi tutela. Conseguiré que den su consentimiento. Construye aquí la mezquita». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recibió la orden de construir la mezquita en aquel lugar. Permaneció en la casa de Abu Ayyub hasta que se construyeron su mezquita y sus aposentos. El propio Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, participó en la construcción de la mezquita, para animar a los musulmanes a participar también. Por ello, todos los emigrantes y los ansar participaron en aquella tarea con gran entusiasmo. A este respecto, un musulmán recitó unos versos compuestos por él mismo:

«Si nosotros permaneciéramos sentados mientras el Profeta trabaja, eso sería una señal de nuestra extrema perdición». Durante la construcción de la mezquita, los musulmanes recitaban de vez en cuando versos con entusiasmo. Por ejemplo: «No hay vida digna de importancia salvo la vida del Más Allá. ¡Oh, Allah, derrama Tu misericordia sobre los ansar y los emigrantes!». Y el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, unía su voz a la de ellos y decía: «No hay vida digna de importancia salvo la vida del Más Allá. ¡Oh, Allah, derrama Tu misericordia sobre los ansar y los emigrantes!».

Cuando se construyeron la mezquita y los aposentos, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dejó la casa de Abu Ayyub y comenzó a vivir en sus propios aposentos.

Abu Ayyub relata: Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se hospedó en mi casa, él se quedó en la planta baja, mientras que mi esposa y yo estábamos arriba. Dije: «¡Oh, Mensajero de Allah! Me resulta sumamente desagradable e impropio que yo esté en la planta superior y usted en la inferior. Por tanto, quédese usted arriba y nosotros bajaremos para quedarnos abajo». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «Que nosotros permanezcamos abajo es más conveniente para nosotros y para quienes vienen a visitarnos».

Por eso, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, vivía en la planta baja, mientras que nosotros vivíamos en la superior. Una vez se rompió una jarra nuestra llena de agua. Solo teníamos una manta y no poseíamos ninguna colcha ni otra ropa de abrigo. Temiendo que el agua cayera sobre el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y le causara molestias, mi esposa y yo secamos el agua con aquella misma manta.

Preparábamos y enviábamos al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, la comida de la noche. Cuando él devolvía lo que sobraba, mi esposa y yo comíamos precisamente de los lugares que habían tocado sus manos, con la esperanza de obtener bendiciones. Una noche le enviamos comida de aquella manera. En ella pusimos también algo de cebolla o ajo. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, la devolvió. No encontramos en la comida ninguna señal del contacto de la mano del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Entonces, alarmado, fui a verlo. Le dije: «¡Oh, Mensajero de Allah! Que mi padre y mi madre sean sacrificados por ti. Has devuelto la comida, pero no he encontrado en ella ninguna señal del contacto de tu mano. Cada vez que devolvías la comida, mi esposa y yo comíamos de los lugares que habían tocado tus manos para obtener bendiciones».

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «

El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Percibí en la comida el olor de cierto árbol. Como tengo que hablar acercando mi rostro al de muchas personas, no comí. Sin embargo, vosotros podéis comerla». Después comimos aquella comida. A partir de entonces, nunca más enviamos cebolla ni ajo al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Ibn Ishaq dice: Después, los emigrantes comenzaron a llegar uno tras otro junto al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— tras emigrar. Solo permanecieron en La Meca quienes estaban cautivos o habían sido obligados a abandonar el islam a causa de una severa persecución. Salvo unas pocas familias, la situación de todas las demás era tal que no pudieron llevar a Medina a todos los miembros de sus familias ni sus bienes. Las familias que pudieron emigrar con todos sus miembros fueron: la familia Banu Maz’un, de la tribu Banu Yumah; los Banu Yahsh ibn Ri’ab, aliados de los Banu Umayya; y la familia Banu Bukayr, de los Banu Sa’d ibn Layth, aliados de los Banu Ka’b. Después de la emigración, sus casas quedaron completamente deshabitadas y cerradas con cerrojo.

Discursos pronunciados en Medina y celebración de pactos

El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— llegó a Medina en el mes de Rabí al-Awwal y permaneció allí hasta el mes de Safar del año siguiente. Durante ese período se construyeron para él una mezquita y una casa. Además, gracias a la conversión al islam de esta tribu de los ansar de Medina —los Banu Malik ibn al-Nayyar—, el islam se extendió ampliamente. Salvo cuatro familias —Jatama, Waqued, Wayek y Umayya—, un grupo de la tribu de Aws se aferró al paganismo.

Abu Salama ibn Abdurrahmán me relató que, en el primer discurso que el Mensajero de Allah —la paz y las bendiciones de Allah sean con él— pronunció en Medina, se puso primero de pie ante la gente y alabó a Allah como correspondía. Luego dijo lo siguiente:

«¡Oh, gente! Acumulad buenas obras para la otra vida. Sabed que cualquiera de vosotros puede morir de repente, sin dejar a nadie que cuide de su rebaño. Entonces su Señor le preguntará. Allí no habrá ningún intérprete. Él dirá: “¿Acaso no vino a ti Mi Mensajero? ¿Acaso no te concedí riquezas y favores? ¿Cuánto de ello enviaste para la otra vida?”. Entonces mirará a derecha e izquierda, pero no verá nada. Mirará hacia delante y allí no verá nada salvo el Infierno. Quien pueda protegerse del Infierno, que se esfuerce por protegerse de él, aunque sea dando un trozo de dátil. Y quien no tenga más capacidad que esa, que se proteja del Infierno al menos pronunciando una buena palabra. Pues la recompensa de cada buena obra se multiplica de diez hasta setecientas veces. La paz y la misericordia de Allah sean con vosotros».

En otra ocasión pronunció el siguiente discurso:

«Toda alabanza pertenece a Allah. Lo alabo y a Él le pido ayuda. Buscamos refugio en Él contra las insinuaciones malvadas del ego y contra las malas obras. A quien Allah guía, nadie puede extraviarlo; y a quien Allah permite que permanezca en el extravío, nadie puede guiarlo por el camino recto. Doy testimonio de que no hay divinidad excepto Allah. Él es Único y no tiene asociado. En verdad, el Libro de Allah es el mejor de los discursos. Quien ha recibido en su corazón el amor por el Corán, a quien se le ha concedido abrazar el islam después de estar sumergido en la incredulidad y quien ha aceptado el Corán en lugar de las palabras de los hombres, ha triunfado. Pues no existe palabra más bella y adornada que el Corán. Amad aquello que Allah ama. Amad a Allah con todo vuestro corazón. No seáis negligentes respecto de la palabra de Allah ni de Su recuerdo, y no permitáis que vuestro corazón se endurezca. Pues Allah elige a algunos de cada una de Sus criaturas; de sus obras, ha escogido algunas como preferibles, y de Sus siervos, ha escogido a algunos. Él ama las buenas palabras. Entre las cosas que se han dado a los hombres hay tanto lo lícito como lo ilícito. Adorad, pues, a Allah y no asociéis nada con Él. Temedle como corresponde. Sed sinceros con Allah poniendo en práctica, de entre todas las palabras que pronunciáis, la mejor de ellas, y fomentad el amor mutuo mediante la gracia de Allah. Cuando se quebranta el pacto hecho con Allah, Él se enoja. Que la paz sea con vosotros».

Después, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— estableció un documento entre los ansar y los emigrantes. Mediante este documento, ofreció y obtuvo de los judíos el compromiso de una coexistencia pacífica, reconoció su libertad para practicar su religión y su propiedad sobre sus bienes, y acordó con ellos ciertas condiciones. Dicho documento era el siguiente:

«En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso.

Muhammad —que Dios le bendiga y le conceda la paz—, los creyentes musulmanes de Quraysh y de Yathrib, y quienes posteriormente los sigan, se unan a ellos y participen junto con ellos en el yihad, proclaman lo siguiente: ellos constituyen una umma independiente de entre toda la humanidad. Los emigrantes procedentes de Quraysh conservarán su situación tal como era cuando aceptaron el islam; mantendrán entre sí la práctica tradicional de pagar la compensación y continuarán liberando a sus cautivos mediante el pago del rescate, según lo establecido entre los creyentes de cada grupo. Los Banu Sa‘ida conservarán igualmente su situación tal como era cuando aceptaron el islam. Entre los creyentes de cada uno de sus clanes se mantendrá la liberación de los cautivos mediante el pago del rescate. Los Banu Hariz conservarán su situación tal como era cuando aceptaron el islam; mantendrán entre sí la práctica tradicional de pagar la compensación y continuarán liberando a sus cautivos mediante el pago del rescate, según lo establecido entre los creyentes de cada grupo. Los Banu Yusham conservarán asimismo su situación tal como era cuando aceptaron el islam; mantendrán su práctica tradicional de pagar la compensación y conservarán entre los creyentes de cada uno de sus clanes la norma de liberar justamente a los cautivos mediante el pago del rescate. Los Banu Nayyar conservarán también su situación tal como era cuando aceptaron el islam, y entre los creyentes de cada uno de sus clanes continuará la norma de liberar justamente a los cautivos mediante el pago del rescate. Los Banu ‘Amr ibn ‘Awf conservarán su situación tal como era cuando aceptaron el islam; mantendrán su práctica tradicional de pagar la compensación y entre los creyentes de cada uno de sus clanes se continuará liberando justamente a los cautivos mediante el pago del rescate. Los Banu Nabít conservarán su situación tal como era cuando aceptaron el islam; mantendrán su práctica tradicional de pagar la compensación y entre los creyentes de cada uno de sus clanes continuará la norma de liberar justamente a los cautivos mediante el pago del rescate. Los Banu Aws conservarán su situación tal como era cuando aceptaron el islam y entre los creyentes de cada uno de sus clanes se continuará liberando justamente a los cautivos mediante el pago del rescate. Los creyentes ayudarán económicamente, de manera justa, a todo miembro de entre ellos que esté endeudado o tenga muchos hijos, para que pueda pagar la compensación y el rescate. Ningún creyente se opondrá al aliado de otro creyente. Los creyentes temerosos de Dios tomarán medidas eficaces contra cualquiera de entre ellos que sea rebelde, extremadamente opresor, criminal, perjudicial para los intereses de la sociedad musulmana o causante de desórdenes; todos actuarán unidos contra semejante criminal, aunque sea hijo de uno de ellos. Ningún creyente matará a otro creyente en favor de un incrédulo, ni ayudará a ningún incrédulo contra un creyente. En el Estado musulmán, los derechos de los no musulmanes leales estarán igualmente protegidos. Los musulmanes ofrecerán plena protección incluso al más insignificante de los no musulmanes. Los creyentes serán aliados unos de otros, pero esto no se aplicará a los demás. Y cualquiera de entre los judíos que nos obedezca y nos siga gozará de los mismos derechos y de la misma ayuda que nosotros. No se permitirá que se cometa ninguna injusticia contra tales personas ni se ayudará a nadie a atacarlas. La protección de los creyentes será una y la misma para todos. Cuando se libre una guerra en interés del islam, ningún musulmán pactará con un no musulmán salvo sobre la base de la igualdad y la justicia. Cada grupo de combatientes de entre nosotros seguirá a los demás grupos de combatientes. Ningún creyente podrá matar a otro creyente salvo en represalia por un homicidio y conforme a la ley de Dios. Los creyentes temerosos de Dios se atienen al mejor y más firme modelo. Ningún politeísta de Medina podrá ofrecer protección ni convertirse en garante de la vida y los bienes de ninguna persona de Quraysh, ni dará refugio a nadie que pretenda perjudicar a un creyente. Quien mate a un creyente sin que este haya cometido un delito que merezca la pena de muerte, y ello quede debidamente probado, será condenado a muerte. No obstante, no se aplicará la pena de muerte si se logra satisfacer de otro modo al heredero de la víctima. En cualquier caso, todos los creyentes se opondrán al asesino musulmán, y a ningún creyente le será lícito apoyarlo. Para ningún creyente que haya aceptado esta proclamación y mantenga una fe firme en Dios y en el Más Allá será lícito ayudar o dar refugio a quien introduzca innovaciones en la ley islámica. Sobre quien ayude o dé refugio a semejante persona recaerá la maldición de Dios, y el día de la Resurrección descenderá sobre él la ira de Dios. No se aceptará ninguna intercesión ni rescate en su favor. Y cuando discrepéis sobre cualquier asunto, recurriréis a Dios y a Su Mensajero para que dicten una decisión al respecto.

Mientras los creyentes permanezcan en guerra, los judíos contribuirán al aprovisionamiento de sus fuerzas. Los judíos de Banu Awf serán considerados parte de la misma comunidad que los creyentes, ellos y sus aliados. Sin embargo, musulmanes y judíos practicarán cada uno su propia religión. Pero quien se entregue a la opresión, la injusticia o actos criminales solo atraerá la destrucción sobre sí mismo y su familia. Los derechos de los judíos de Banu Najjar serán iguales a los de los judíos de Banu Awf. Del mismo modo, los derechos de los judíos de Banu Harith, Banu Saida, Banu Jusham, Banu Aws, Banu Za‘laba y Banu Shatiba serán iguales a los de los judíos de Banu Awf. Pero quien se entregue a la opresión, la injusticia y la inmoralidad solo causará su propia destrucción y la de su familia. Todos los asuntos externos de Za‘laba tendrán el mismo honor y protección que sus asuntos internos y que sus propias vidas. Que la obediencia y el cumplimiento de los pactos protejan a todos de la inmoralidad. Los aliados de Za‘laba tendrán los mismos derechos que ellos. Los asuntos internos de los judíos serán tan inviolables como sus vidas. Nadie de entre ellos podrá salir de Medina sin el permiso de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz. Todos deben saber que ningún debate ni interrogatorio podrá librar a nadie del fuego. Quien mate a alguien lo hará al precio de su propia destrucción y de la de su familia. Excepto si la víctima fuera culpable; ese sería un caso distinto. Allah, el Altísimo, prefiere en este asunto la mayor indulgencia. Los judíos asumirán sus propios gastos, y asumirán también los gastos de los musulmanes. Quienes hayan aceptado esta declaración tienen el deber de ayudar plenamente a cualquier socio que se encuentre en guerra, y entre ellos habrá relaciones de buena voluntad, consejo sincero y benevolencia; no cooperarán unos con otros en ninguna acción pecaminosa. Perjudicar al propio aliado es un crimen terrible y sin precedentes. Todos tienen el deber de ayudar al oprimido. Mientras los creyentes permanezcan en guerra, los judíos seguirán prestándoles apoyo financiero. [47. Es decir, Allah y los creyentes no tienen objeción a aceptar su ayuda.] Para los miembros de esta declaración, la integridad dentro de Yathrib estará completamente garantizada. Si un vecino no es culpable ni está involucrado en actos perjudiciales, su vida, sus bienes y su honor gozarán de plena seguridad, como la propia vida, los propios bienes y el propio honor. Nadie podrá entrar en la casa de otra persona sin el permiso de su dueño. Cualquier acontecimiento desagradable, disputa o conflicto que surja entre quienes aceptaron esta declaración deberá ser sometido, para su resolución, a Allah y a Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz. Allah desea ver aplicada esta declaración con la máxima vigilancia y honestidad. [48. Cabe señalar que, cuando se aceptó esta declaración, aún no se había impuesto la yizia y los musulmanes eran débiles. En aquella época, si los judíos combatían del lado de los musulmanes, participaban del botín de guerra. Esta declaración les imponía la obligación de contribuir a los gastos de la guerra.] Debe saberse que no se dará refugio a los coraichitas ni a sus aliados. Quienes aceptaron esta declaración resistirán unidos a todo atacante de Medina. Y cuando se les invite a establecer una tregua y una alianza, harán la paz y establecerán una alianza con quien los invite. Cuando se les invite a una tregua o alianza de ese tipo, también será obligatorio para los creyentes aceptarla. Pero si alguien participa en una guerra contra la religión, recibirá su parte de aquel bando que lo haya incorporado a sus filas. Los derechos y deberes de los judíos de Aws y de sus aliados serán iguales a los derechos y deberes de quienes aceptaron esta declaración, y los obtendrán de los redactores de la declaración con plena justicia. Si alguien adopta el camino de la honestidad, sus pecados anteriores deberán ser perdonados. Quien haga el mal se perjudicará a sí mismo. Allah desea ver la máxima honestidad y veracidad en el cumplimiento de esta declaración. Esta declaración no es un escudo protector para ningún opresor ni criminal. Quien no esté involucrado en la opresión ni en el crimen, aunque se retire de la guerra o permanezca inactivo, gozará de seguridad dentro de los límites de Medina. Quien permanezca firme en el camino de la honestidad y del temor de Allah tendrá a Allah y a Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, como protectores y auxiliares.

Establecimiento de la hermandad entre los ansar y los emigrados

Ibn Ishaq dice: El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, estableció lazos de hermandad entre los emigrados y los ansar. Pido refugio en Allah para no atribuirle algo que no dijo. He sabido que estableció un vínculo de hermandad entre cada dos hombres. Después tomó de la mano a Ali ibn Abu Talib y dijo: «Este es mi hermano». Así, el señor de los profetas, el líder de los temerosos de Allah, el Mensajero del Señor de los mundos, quien no tiene igual en todo el mundo, y Ali, hijo de Abu Talib —que Allah esté complacido con él—, quedaron unidos nuevamente por un vínculo de hermandad. También se estableció una relación de hermandad entre Hamza ibn Abd al-Muttalib, el león de Allah y de Su Mensajero y tío del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y Zayd ibn Hariza. Antes de partir para la batalla de Uhud, Hamza dejó dicho que, si moría, Zayd ibn Hariza sería el heredero de sus bienes. Yafar al-Tayyar, hijo de Abu Talib, y Muadh ibn Yabal, descendiente de Banu Salama, quedaron unidos por un vínculo de hermandad. Umar ibn al-Jattab e Itban ibn Malik se hicieron hermanos. Abu Ubaida ibn al-Yarrah y Sad ibn Muadh; Abd al-Rahman ibn Awf y Sad ibn Rabi; al-Zubayr ibn al-Awwam y Salama ibn Sulama; Uzman ibn Affan y Aws ibn Zabit; Talha ibn Ubayd Allah y Kab ibn Malik; Said ibn Zayd y Ubayy ibn Kab; Musab ibn Umayr y Abu Ayyub Jalid; Abu Hudayfa ibn Utba ibn Kab; Musab ibn Umayr y Abu Ayyub Jalid; Abu Hudayfa ibn Utba y Ubbad ibn Bishr; Ammar ibn Yasir y Hudayfa ibn al-Yaman; y Abu Dharr al-Gifari y Mundhir ibn Amr establecieron entre sí vínculos de hermandad. Asimismo, se establecieron lazos de hermandad entre Hatib ibn Abu Baltaa y Uwaym ibn Saida; Salman el Persa y Abu al-Darda; y Bilal, el esclavo liberado de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, y Abu Ruwayha.

Entre los compañeros entre quienes el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, estableció vínculos de hermandad, esos son los nombres que he podido conocer.

El comienzo de la llamada a la oración

Cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) pudo tener cerca a todos sus hermanos emigrantes en Medina y obtuvo el apoyo unido y la cooperación de los ansar, respiró aliviado; entonces el islam se convirtió en una fuerza bien consolidada. Inmediatamente se estableció la oración regular, se hicieron obligatorios el zakat y el ayuno, y se puso en vigor la ley para combatir los delitos. También se aplicaron las normas de lo lícito y lo ilícito. De este modo, el islam quedó plenamente establecido entre ellos. Esta tribu de los ansar fue la que, después de aceptar la fe, se estableció aquí como residente permanente. Después de que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llegó a Medina, los musulmanes se reunían espontáneamente junto a él cuando llegaba la hora de la oración; no era necesario llamarlos. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) decidió disponer que se tocara un cuerno, del mismo modo que los judíos lo tocaban para reunir a la gente para la oración. Sin embargo, poco después abandonó la idea, pues no le agradó. Luego consideró convocar a los musulmanes a la oración haciendo sonar una campana.

Mientras se desarrollaban estas deliberaciones, Abdullah ibn Zayd soñó cómo se debía convocar a la gente y reunirla. Se presentó ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y dijo: «¡Oh Mensajero de Allah! Anoche soñé que un hombre desconocido, vestido de verde y llevando una campana en la mano, iba de un lado para otro. Cuando el hombre pasó junto a mí, le dije: “Oh siervo de Allah, ¿venderías esa campana?”. Él respondió: “¿Qué harías con la campana?”. Dije: “Llamaría a la gente a la oración”. Él dijo: “¿Quieres que te enseñe algo mejor que eso?”. Dije: “¿Qué es? Dímelo”. Él dijo: “Allahu akbar, Allahu akbar, Allahu akbar, Allahu akbar; ash-hadu an la ilaha illallah, ash-hadu an la ilaha illallah; ash-hadu anna Muhammadan rasulullah, ash-hadu anna Muhammadan rasulullah; hayya ‘ala-s-salah, hayya ‘ala-s-salah; hayya ‘ala-l-falah, hayya ‘ala-l-falah; Allahu akbar, Allahu akbar; la ilaha illallah”». Tan pronto como informó al Mensajero de Allah de los detalles del sueño, él dijo: «Si Allah quiere, este sueño es verdadero. Ponte de pie en un lugar con Bilal. Enséñale estas palabras para que él haga el adhan, pues su voz es más potente que la tuya». Bilal hizo el adhan. Umar lo oyó mientras estaba sentado en su casa. Inmediatamente se envolvió en su manto, acudió ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y dijo: «¡Oh Mensajero de Allah! Por Allah, yo también he visto algo semejante al sueño que vio Abdullah ibn Zayd». Entonces el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) expresó su gratitud diciendo: «Alhamdu lillah».

Relato de la enfermedad de algunos compañeros

Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo:

La fiebre se había propagado con mayor intensidad en Medina. Muchos de los compañeros del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, enfermaron. Allah Ta’ala protegió de ella a Su Profeta. Abu Bakr y sus dos sirvientes, Bilal y Amir ibn Fuhayra, vivían en la misma habitación. Todos ellos contrajeron la fiebre. Fui a visitarlos. Aún no se había revelado la disposición sobre el velo. El sufrimiento de los enfermos a causa de la enfermedad era indescriptible. Primero me acerqué a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) y le pregunté: «Padre, ¿cómo se siente?». Él respondió recitando un poema:

«Cada persona permanece junto a sus seres queridos, pero la muerte está muy cerca de ella».

Lo comprendí y pensé para mis adentros: «Padre seguramente está delirando».

Después me acerqué a Amir ibn Fuhayra y le dije: «Amir, ¿cómo se siente?»

Él también respondió recitando unos versos: «He encontrado la muerte antes de disfrutar del sabor de la muerte,

la muerte del cobarde permanece sobre su cabeza,

cada hombre combate con todas sus fuerzas, como el toro protege su piel con sus cuernos».

Comprendí que había perdido la razón y estaba delirando.

Cuando la fiebre de Bilal se intensificaba, salía al patio de la casa y se tendía allí.

Luego recitaba versos en voz alta y decía:

«¡Ay! ¿Podré pasar alguna noche en Fajj, en compañía del idjkhir y las rosas?

¿Y tendré la oportunidad de bajar algún día al estanque de Majanna? ¿Podré volver a ver alguna vez las dos montañas, Shama y Tafil? [49. Fajj: nombre de un lugar en las afueras de La Meca. Idjkhir: nombre de una planta aromática. Majanna: un mercado situado en la parte baja de La Meca.] [50. Shama y Tafil: nombres de dos montañas de La Meca.]

Lo que escuché de ellos fui a comunicárselo al Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz. Dije: «Todos deliraban por la intensidad de la fiebre. Ellos mismos no comprendían lo que decían». El Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, dijo: «Oh Dios, haz que Medina nos sea tan querida como La Meca, o aún más. Bendice para nosotros sus cosechas y aleja de ella todas las enfermedades, llevándolas a Mahyāya». [51. Mahyāya es otro nombre de Yuhfa, el lugar donde los peregrinos procedentes de Siria se ponen el ihram.]

La fecha de la Hégira

Cuando el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, llegó a Medina, era poco antes del mediodía, bajo un sol abrasador. La fecha era el lunes 12 de Rabī al-Awwal. El Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, tenía entonces 53 años. Esto ocurrió 13 años después del comienzo de su misión profética. Después permaneció en Medina durante los días restantes de Rabī al-Awwal y los meses de Rabī al-Thānī, Jumādā al-Awwal, Jumādā al-Thāniya, Rajab, Sha‘bān, Ramadán, Shawwāl, Dhū al-Qa‘da, Dhū al-Hiyya y Muharram. [Es decir, después de emigrar a Medina, durante ese periodo no salió de la ciudad: editor.]

La primera expedición militar

Exactamente 12 meses después de su llegada a Medina, durante el mes de Safar, partió en la expedición de Waddān, es decir, al-Abwā’. Llegó a Waddān en busca de los qurayshíes y de Banū Damra ibn Bakr. Allí, Banū Damra se sometió a su autoridad. Después regresó sano y salvo a Medina sin enfrentarse a ninguna conspiración. Pasó allí los días restantes de Safar y la primera parte de Rabī al-Awwal.

La expedición bajo el mando de ‘Ubayda ibn al-Hārith

El propio Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, ató el estandarte de esta expedición.

Durante este mismo periodo en que el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, permanecía en Medina, envió a ‘Ubayda ibn al-Hārith con una fuerza de caballería de 60 u 80 hombres. Todos ellos eran emigrantes, y ninguno de los auxiliares estaba con ellos. Cuando el grupo llegó a un abrevadero en las tierras bajas de Saniyyat al-Murra, se encontró con una gran partida de qurayshíes. Sin embargo, no hubo combate. Solo Sa‘d ibn Abī Waqqās lanzó una flecha. Este fue el primer disparo de flecha del ejército islámico. Después, el grupo regresó. Los musulmanes estaban entonces muy animados.

Expedición bajo el mando de Hamza hacia la costa del mar

En aquella ocasión, el Mensajero de Dios envió hacia la costa del mar, por la ruta de Ís, un grupo de treinta emigrantes a caballo bajo el mando de Hamza (que Dios esté complacido con él). Tampoco en esta expedición envió a ningún ansar. Esta vez, el ejército musulmán se enfrentó a una fuerza de trescientos jinetes de La Meca, dirigida por Abu Yahl. Gracias a los esfuerzos de Maydi ibn Amr al-Yuhani, tampoco entonces se produjo ningún enfrentamiento. Él separó a ambas partes, que regresaron alejándose una de otra. Tampoco esta vez se libró ninguna batalla.

Expedición de Buat

En el mes de Rabí al-Awal, el Mensajero de Dios salió en una expedición militar contra los quraysh y llegó a un lugar llamado Buat. Llegó allí por la ruta de Ridwa. Regresó a Medina sin librar ninguna batalla. Allí pasó el resto de los días de Rabí al-Zani y la primera parte de Yumada al-Ula. [52. Al partir para esta expedición, se encargó a Saib ibn Uzman ibn Mazun (que Dios esté complacido con él) la administración de Medina. Buat: nombre de una montaña situada en la zona de la tribu de Yuhaina, cerca de Yanbu.]

Expedición de Ushaira

El Mensajero de Dios emprendió nuevamente una expedición militar contra los quraysh. [53. En aquella ocasión, se encargó a Abu Salama ibn Abd al-Asad (que Dios esté complacido con él) la defensa de Medina.] Atravesó con el ejército el desfiladero de Banu Dinar y después el desierto de Habar, hasta llegar al valle de Ibn Azhar, donde acampó a la sombra de un árbol. Allí rezó; por eso hay allí una mezquita. Cuando prepararon comida para él, comió con todos. El lugar donde se colocaban las ollas aún se distingue claramente. Le dieron de beber agua de un manantial de aquel lugar llamado Mushtarab. Después reanudó la marcha, dejando a su izquierda el lugar llamado Jalaik, y atravesó el desfiladero de Abd Allah. Luego giró a la izquierda, llegó a la llanura llamada Yalyal y acampó en la confluencia de Yalyal y Dabuá; allí bebió agua de un pozo. Después avanzó por la llanura de Farsh Milal. Finalmente encontró el camino de las pequeñas zonas montañosas de Yamama. Siguió por ese camino, atravesó la llanura de Yanbu y llegó a Ushaira, donde acampó. Allí permaneció algunos días de Yumada al-Ula y Yumada al-Zani. En ese lugar instó a Banu Mudlay y a sus aliados tribales de Banu Damra a someterse. Después regresó sano y salvo a Medina.

Expedición bajo el mando de Saad ibn Abi Waqqas

Después, el Mensajero de Dios envió una fuerza bajo el mando de Saad ibn Abi Waqqas. Esta fuerza, compuesta por ocho emigrantes, llegó a un lugar del Hiyaz llamado Jarrar. Después regresó sana y salva a Medina.

La expedición de Safwán: la primera expedición de Badr

Un día, antes de que transcurrieran diez días desde el regreso de la expedición de Ushayra, Kurz ibn Yábir al-Fihrí lanzó un ataque con el propósito de saquear los camellos dejados sueltos y otros animales domésticos de los alrededores de Medina. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo persiguió inmediatamente. [54. Al dirigirse a esta campaña, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, encargó a Zayd ibn Háriza la custodia de Medina.] Llegó a un valle situado en un extremo de la llanura de Badr, llamado Safwán. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no logró alcanzar a Kurz ibn Yábir. Este acontecimiento se conoce como la primera expedición de Badr. Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresó a Medina y pasó allí los días restantes del mes de Yumada al-Zani, así como los meses de Rayab y Shaabán.

La expedición militar bajo el mando de Abdullah ibn Yahsh

En el mes de Rayab, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió una fuerza de ocho emigrados que habían regresado de la primera expedición de Badr, bajo el mando de Abdullah ibn Yahsh. No incluyó a ningún ansarí entre ellos. Entregó una carta a Abdullah ibn Yahsh y le dijo que la abriera y la leyera después de caminar durante dos días, y no antes. Tras leerla, debía actuar conforme a las instrucciones que contenía, sin imponer nada por la fuerza a ninguno de sus compañeros.

Después de recorrer el camino durante dos días, Abdullah ibn Yahsh abrió la carta y la leyó. Decía: «Cuando leas esta carta mía, parte inmediatamente y dirígete a un lugar llamado Najla, situado entre La Meca y Taif, y detente allí. Allí acecharás a los coraichitas y, si obtienes alguna información, me la comunicarás».

En cuanto leyó la carta, Abdullah ibn Yahsh dijo: «Acepto y permanezco obediente». Luego dijo a sus compañeros: «El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, me ha ordenado ir a Najla, acechar allí a los coraichitas y comunicarle cualquier noticia que obtengamos. También me ha prohibido imponer a cualquiera de vosotros una obligación forzosa en este asunto. Si alguno de vosotros desea alcanzar el martirio, que siga adelante; y quien no lo desee, que regrese. En cuanto a mí, obedeceré la orden del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz». Después de decir esto, todos partieron con Abdullah ibn Yahsh. Nadie regresó. Entró en el Hiyaz. En un lugar llamado Bahrán, Saad ibn Abi Waqqás y Utba ibn Gazwán perdieron su camello. Ambos se pusieron a seguirlo y, con el propósito de encontrarlo, quedaron rezagados de Abdullah ibn Yahsh. Abdullah ibn Yahsh y sus compañeros continuaron el viaje. Finalmente llegaron a Najla y se detuvieron allí. En ese momento pasó cerca de ellos una caravana de los coraichitas que transportaba pasas y cueros, además de otras mercancías de los coraichitas. Entre sus integrantes se encontraban Amr ibn al-Hadrami, Uzman ibn Abdullah, su hermano Nawfal ibn Abdullah y Hakam ibn Kaisán. Al verlos, el grupo de Abdullah ibn Yahsh se alarmó, pues se habían acercado mucho a ellos. Ukkasha ibn Muhsan se acercó a aquellos hombres. Tenía la cabeza afeitada. Al verlo, los coraichitas se tranquilizaron y dijeron: «Son habitantes de la región; no hay nada que temer de ellos». Mientras tanto, los musulmanes deliberaron sobre los coraichitas. Aquel día era el último del mes de Rayab. Todos opinaron que, si dejaban pasar ese día a la caravana de los coraichitas, esta entraría inmediatamente en el territorio del Santuario y quedaría a salvo de nosotros. Pero, si los mataban ese día, serían culpables de derramar sangre durante un mes sagrado. Por ello quedaron sumidos en la duda y comenzaron a vacilar sobre emprender cualquier acción contra la caravana de los coraichitas. Sin embargo, poco después se sacudieron sus dudas y, firmemente decididos, acordaron matar a cuantos pudieran y tomar todo lo que cada uno de ellos llevara consigo. Wáqid ibn Abdullah al-Tamimi mató a Amr ibn al-Hadrami de un golpe de lanza, y capturó a Uzman ibn Abdullah y a Hakam ibn Kaisán. Nawfal ibn Abdullah huyó y logró salvarse; no pudieron capturarlo de ningún modo. Después, Abdullah ibn Yahsh se presentó en Medina ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, con los miembros restantes de la caravana y los dos prisioneros.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Yo no os ordené combatir durante un mes sagrado». Después retuvo la caravana y a los prisioneros, y se negó a aceptar sus bienes. Estas palabras del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dejaron a Abdullah ibn Yahsh humillado y sin respuesta ante todos. Los hombres de su grupo pensaron que estaban perdidos. Los musulmanes los reprendieron por lo que habían hecho. Entretanto, los coraichitas decían: «Mahoma y sus compañeros han violado la santidad del mes sagrado. Han derramado sangre durante un mes sagrado, se han apoderado de los bienes ajenos y han tomado personas como prisioneras». Uno de los pocos musulmanes que aún se encontraban en La Meca respondió: «Los musulmanes hicieron lo que hicieron en el mes de Shaabán». [La razón de estas palabras era que el mes de Shaabán había comenzado después de la puesta del sol del último día de Rayab. —Editor]

Cuando esta campaña de propaganda cobró gran amplitud, Allah, exaltado sea, reveló al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, el siguiente versículo:

[Árabe *************]

«Te preguntan acerca de combatir durante el mes sagrado. Di: Combatir en él es una injusticia; pero apartar a la gente del camino de Alá es una injusticia aún mayor ante Alá:

impedir que se practique la incredulidad, impedir el acceso a la Mezquita Sagrada y expulsar de ella a sus habitantes. En verdad, extraviar a la gente mediante la persecución es un pecado más grave que matar. Ellos no cesan de combatir contra vosotros, hasta que, si pueden, logren apartaros de vuestra religión». (Al-Báqara)

Es decir, aunque hayáis cometido una agresión durante el mes sagrado, ellos os han impedido seguir el camino de Alá, además de haber incurrido en la incredulidad, y no os han permitido entrar en la Mezquita Sagrada. Y expulsaros de allí, a pesar de que sois sus habitantes, es más grave ante Alá que matar a uno de vuestros propios incrédulos. Asimismo, la persecución que ejercían contra los musulmanes, obligándolos a renunciar a su religión y haciéndolos volver al sistema de la incredulidad, era una acción más abominable que matar. Ellos continuaban cometiendo constantemente contra vosotros esa gravísima injusticia, sin desistir de ella ni arrepentirse.

Cuando esta orientación fue revelada en el Corán y Alá disipó el temor y la preocupación de los musulmanes, el Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda la paz— tomó oficialmente la caravana capturada y a los prisioneros. Los qurayshíes le enviaron un mensaje pidiéndole que liberara a Utmán y a al-Hakam a cambio de bienes. El Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda la paz— les respondió: «No liberaremos a los prisioneros hasta que regresen nuestros dos hombres, Sa‘d ibn Abi Waqqás y Utba ibn Gazwán, pues tememos que sus vidas corran peligro por vuestra causa». Cuando Sa‘d y Utba regresaron poco después, el Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda la paz— los liberó a cambio de bienes. Sin embargo, uno de los dos prisioneros, al-Hakam ibn Kaisán, aceptó el islam y se convirtió en un musulmán sincero. Después permaneció junto al Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda la paz—. Más tarde murió como mártir en el incidente de Bi’r Ma‘una. Utmán ibn Abd Allah se marchó a La Meca y murió en estado de incredulidad.

El cambio de la qibla

Se relata que el cambio de la qibla tuvo lugar en el mes de Sha‘bán, dieciocho meses después de la llegada del Mensajero de Alá —que Alá le bendiga y le conceda la paz— a Medina.

La batalla de Badr

Después, un día, el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— se enteró de que una gran caravana de los coraichitas, dirigida por Abu Sufyan ibn Harb, avanzaba desde Siria. La caravana transportaba numerosas riquezas y mercancías comerciales de los coraichitas. En ella viajaban también Majrama ibn Nawfal, Amr ibn al-As y otros treinta o cuarenta hombres pertenecientes a los coraichitas. Él envió a los musulmanes hacia ellos y dijo: «Esta es la caravana de los coraichitas. Contiene abundantes riquezas. Id en esa dirección. Tal vez Dios os permita apoderaros de esas riquezas». Los musulmanes decidieron salir para interceptar la caravana. Algunos se prepararon de inmediato; otros mostraron cierta lentitud y se retrasaron, porque no habían imaginado que el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— se enfrentaría a una batalla.

Al acercarse al Hiyaz, Abu Sufyan comprendió lo que estaba ocurriendo. Preguntaba a todos los viajeros con los que se encontraba, pues estaba muy preocupado por los preparativos de los musulmanes. Finalmente, algunos viajeros le informaron claramente de que Muhammad se dirigía con sus compañeros para atacarles a él y a su caravana. Entonces Abu Sufyan avanzó con cautela. Envió inmediatamente a Ḍaṃḍam ibn Amr al-Gifari a La Meca, a cambio de una remuneración. Le ordenó que acudiera ante los coraichitas, les pidiera que enviaran hombres armados para poner a salvo sus riquezas y les informara de que Muhammad, junto con sus hombres, se disponía a atacarlos. Ḍaṃḍam partió rápidamente hacia La Meca.

Tres días antes de que Ḍaṃḍam llegara a La Meca, Atika, hija de Abd al-Muttalib, tuvo un sueño terrible. Se lo contó a su hermano Abbas y le dijo: «Hermano, hoy he tenido un mal sueño. Temo que alguna desgracia o calamidad caiga sobre tu pueblo. Por eso, no le cuentes a nadie lo que te estoy diciendo».

Abbas dijo: «¿Qué viste en el sueño?»

Atika dijo: «Vi que un jinete llegó y desmontó en la llanura situada junto a La Meca. Luego gritó a voz en cuello: “¡Oh, coraichitas, preparaos para morir dentro de tres días; estad alerta!”. Después, su camello lo llevó hasta la cima del monte Abu Qubays. Allí volvió a gritar y proclamó lo mismo. Luego hizo rodar desde allí una gran piedra. La piedra rodó hasta que, al caer al pie de la montaña, se hizo añicos, y uno de sus fragmentos cayó en cada casa de La Meca».

Abbas dijo: «Es un sueño grave. No se lo cuentes a nadie. Mantenlo completamente en secreto».

Después, cuando Abbas salió, se encontró con su amigo Walid ibn Rabi’a. Le contó el sueño y le advirtió que no se lo contara a nadie. Walid informó del asunto a su padre, Utba. Así, la noticia se extendió por toda La Meca. Los coraichitas comenzaron a hablar de ella en todas sus reuniones y asambleas.

Abbas cuenta: «Al día siguiente fui a circunvalar la Kaaba. Abu Yahl estaba allí hablando con un grupo de coraichitas sobre el sueño de Atika. En cuanto Abu Yahl me vio, dijo: “Abbas, ven aquí cuando termines la circunvalación”. Después de terminarla, fui y me senté con ellos. Abu Yahl me dijo: “Oh, hijo de Abd al-Muttalib, ¿cuándo os ha contado esta mujer profetisa esas cosas?”»

Dije: «¿De qué hablas?»

Abu Yahl: «Del sueño que vio Atika.»

Dije: «¿Qué sueño vio?»

Abu Yahl: «Oh, hijo de Abd al-Muttalib, después de que vuestros hombres se dedicaran a profetizar, ahora veo que también vuestras mujeres han comenzado a profetizar. Dicen que Atika vio en sueños que alguien le dijo: “Preparaos en un plazo de tres días”. Esperaremos tres días por vosotros. Si lo que se ha dicho es cierto, sucederá lo que tenga que suceder. Pero si transcurren tres días sin que ocurra nada, emitiremos una declaración escrita sobre vosotros, afirmando que en toda Arabia no existe una familia tan mentirosa como la vuestra.»

Abbas relata: No reaccioné demasiado ante las palabras de Abu Yahl. Me limité a negarlo. Dije: «Atika no ha visto ningún sueño». Después, cada uno se fue a sus asuntos. Por la tarde, todas las mujeres de la familia de Abd al-Muttalib vinieron a mí una tras otra y dijeron: «¿Por qué toleráis tanto a ese maldito canalla? Hasta ahora ha dicho a nuestros hombres todo lo que le ha dado la gana. Ahora ha comenzado a decir también a nuestras mujeres todo lo que quiere. Tú escuchas todo esto, pero ¿no sientes que se hiere tu honor?». Dije: «¡Por Allah!, me siento sumamente incómodo. No reaccioné de manera especial, pero ya me ocuparé de él. Que vuelva a decir algo y haré por vosotras lo que haya que hacer.»

Al tercer día después del sueño de Atika, fui allí. Yo hervía de ira y resentimiento. Pensaba que no había podido tratar a aquel individuo como se merecía. Si volvía a tener la oportunidad, esta vez haría lo que no había podido hacer. Entré en la mezquita y lo vi allí. Me dirigí hacia él, esperando que repitiera alguna de las cosas que había dicho aquel día para abalanzarme sobre él. Abu Yahl era delgado y de complexión ligera, pero su mirada era penetrante y su lenguaje, afilado y mordaz. De repente, avanzó rápidamente hacia la puerta de la mezquita. Me dije: «¡Que la maldición de Allah caiga sobre él! ¿Qué le ocurre? ¿Por qué está tan aterrorizado todo su ser? ¿Será por miedo a mi reprimenda?». De pronto comprendí que había oído los gritos de Damdam ibn Amr al-Gifarí, que yo aún no había escuchado. Damdam había llegado al desierto de La Meca y, sentado sobre su camello, gritaba: «¡Oh, qurayshíes, una calamidad terrible! ¡Una calamidad terrible! Vuestras riquezas están con Abu Sufyan. Muhammad ha enviado a sus compañeros tras esas riquezas. Parece que ya no podréis salvarlas. ¡Avanzad para prestar ayuda! ¡Avanzad para prestar ayuda!». Antes incluso de gritar esto, el gifarí había realizado una especie de prodigio: había cortado la nariz de su camello, volcado la howdah y rasgado su propia camisa.

A causa de aquel terrible suceso, ninguno de nosotros pudo prestar atención a los demás. La gente se preparó con gran rapidez. Decían: «¿Acaso Muhammad y sus compinches creen que somos tan indefensos como la caravana de Ibn al-Hadrami? ¡De ninguna manera! Esta vez tendrán una experiencia muy distinta. Aquel día solo pudieron atreverse a enfrentarse a dos hombres, y además a hombres que querían abandonar el campo de batalla o enviar a otro en su lugar. Hoy todo el clan de Quraysh se ha preparado para la guerra. Ninguna persona importante de Quraysh ha quedado fuera. Solo Abu Lahab se ha quedado atrás y ha enviado en su lugar a Asib ibn Hisham ibn al-Mughira». Abu Lahab le debía a este hombre cuatro mil dírhams. Como no podía pagar la deuda debido a su pobreza, lo envió a la guerra en su lugar a cambio de esa suma que le debía (es decir, lo puso como su sustituto).

Umayya ibn Jalaf también había decidido no ir a la guerra. Era un anciano corpulento, imponente y de aspecto grave. Uqba ibn Abi Muayt se acercó a él. Umayya estaba sentado con la gente en la Mezquita Sagrada. Uqba le dio un perfume hecho de madera de sándalo y le dijo: «Toma, perfúmate con esto, pues eres una mujer». Umayya respondió: «¡Lárgate de aquí! ¡Que Allah te haga feo!». Avergonzado, el viejo Umayya se preparó finalmente para ir a la guerra.

Se completaron los preparativos y todos quedaron firmemente decididos a dirigirse al campo de batalla. Entonces, recordando la guerra que habían librado contra los Banū Bakr ibn ʿAbd Manāt, dijeron: «Tememos que puedan atacarnos por la retaguardia». Este temor los hacía vacilar respecto a marchar a la guerra. Entonces Iblís se presentó ante ellos adoptando la apariencia de Surāqa ibn Mālik ibn Jaʿsham al-Mudlayí. Les dijo: «Yo estaré a cargo de vuestra protección, para que la tribu de Kināna no pueda atacaros por la retaguardia». Después de recibir esta garantía, abandonaron La Meca rápidamente.

Por su parte, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) emprendió la expedición acompañado de sus compañeros. Habían transcurrido ya algunos días del mes de Ramadán. Designó a ʿAmr ibn Umm Maktūm para dirigir la oración. Entregó el estandarte blanco a Muṣʿab ibn ʿUmayr. Delante del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) había dos estandartes negros. Uno estaba con ʿAlī, hijo de Abū Ṭālib, y se llamaba el Águila. El otro estaba con uno de los ansar. Ese día, los compañeros del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) disponían en total de setenta camellos. Comenzaron a turnarse para montarlos. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), ʿAlī ibn Abū Ṭālib y Murthid ibn Abū Murthid se turnaban para montar uno de ellos. En otro montaban alternativamente Ḥamza ibn ʿAbd al-Muṭṭalib y los dos sirvientes del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), Zayd ibn Ḥāritha y Abū Kabsha. En otro montaban Abū Bakr, ʿUmar y ʿAbd al-Raḥmān ibn ʿAwf. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) avanzó desde Medina por el camino de La Meca y llegó al paso montañoso situado fuera de Medina. Después pasó sucesivamente por al-ʿAqīq, Dhū al-Ḥulayfa, Awlāt al-Jaysh, Turbān, Malal, Ghamīṣ al-Ḥammām de Marayn, Sayyāla, en el terreno pedregoso de al-Yamāma, Fajj al-Rawḥā, y desde allí llegó a Shanūkā. Al llegar desde allí a un lugar llamado Arqāẓ Dhariyya, se encontraron con un beduino. Le preguntaron si había visto a alguna gente, pero no obtuvieron ninguna información de él. Los compañeros le dijeron: «Saluda al Mensajero de Allah». Él respondió: «¿Acaso hay entre vosotros un Mensajero de Allah?». Todos dijeron: «Sí». Entonces le dijo al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz): «Si eres el Mensajero de Allah, dime qué hay en el vientre de esta camella mía». Salama ibn Sulayma ibn Waqsh le dijo: «No le preguntes eso al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Ven a mí y yo te diré qué hay en su vientre. Tú copulaste con esa camella, por eso lleva en el vientre una cría de cabra engendrada por ti». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) reprendió inmediatamente a Salama y le dijo: «¡Cállate! ¿Estás hablando indecentemente con el hombre?». Después dirigió su atención hacia otro lado.

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) hizo una parada junto a un pozo llamado Saj­sāj, en al-Rawḥā. Desde allí volvió a ponerse en marcha. Tras avanzar cierta distancia, abandonó el camino de La Meca y tomó el camino de la derecha hacia Nāziya. Su destino era Badr. Al llegar a un lugar cercano a Badr, atravesó un valle llamado Ruhqān. Este valle se encuentra entre los pasos montañosos de Nāẓira y Ṣafrā. Desde allí llegó al paso montañoso y luego descendió hasta las proximidades de Ṣafrā. Al llegar allí, envió a Basbās ibn ʿAmr al-Juhaní y a ʿAdī ibn Abū Zaghbā al-Juhaní a la zona de Badr para recabar información sobre Abū Sufyān ibn Ḥarb y los demás. Después de enviar por delante a esos dos hombres, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) partió hacia Badr.

En el camino se enteró de que los quraysh habían partido de La Meca con todas sus fuerzas para proteger su caravana comercial. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) comunicó esta noticia a sus compañeros y consultó con todos qué debían hacer en ese momento. Abū Bakr al-Ṣiddīq se levantó primero y expresó su opinión de manera excelente. Después se levantó al-Miqdād ibn ʿAmr y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Avanza hacia donde Allah te ha ordenado. ¡Por Allah! No te diremos lo que los Hijos de Israel dijeron a Moisés: “Ve tú y tu Señor a combatir; nosotros nos quedaremos aquí sentados”. Al contrario, decimos: ve tú y tu Señor a combatir, y nosotros también participaremos en la lucha como aliados tuyos y de tu Señor. Juro por Aquel que te ha enviado con la verdad que, si nos llevas hasta Bark al-Ghimād, en el lejano Yemen, iremos contigo hasta allí». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dio las gracias a al-Miqdād y suplicó por él.

Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se dirigió a los ansar: «Aconsejadme». La razón por la que concedió tanta importancia a los ansar era que ellos eran los aliados de los musulmanes. Cuando prestaron el juramento de fidelidad en al-ʿAqaba, habían dicho: «¡Oh, Mensajero de Allah! Mientras no vengas a nuestra tierra, no podremos asumir tu protección. Pero cuando vengas a nosotros, estarás bajo nuestra responsabilidad. Te protegeremos del mismo modo que protegemos de todo peligro a nuestros hijos, hijas y esposas». Por eso el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) temía que los ansar pudieran pensar que solo tenían la obligación de ayudarlo y protegerlo si era atacado por un enemigo en Medina. Podían pensar que, si el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) quería salir con ellos en una expedición contra un enemigo fuera de su tierra, no tenían la obligación de acompañarlo. Así pues, cuando se dirigió a los ansar, Saʿd ibn Muʿādh dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Probablemente deseas conocer nuestra opinión». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: «Sí». Saʿd dijo: «Hemos creído en ti y en que la revelación que has traído es la verdad absoluta. Con esta convicción te hemos dado nuestro pacto y nuestra promesa de obedecer tus órdenes y seguirte. ¡Oh, Mensajero de Allah! Haz, pues, lo que consideres mejor. Estamos contigo. Juro por Allah, que te ha enviado con la verdad suprema, que si cruzaras este mar que tenemos delante y descendieras a sus aguas insondables, nosotros también entraríamos contigo. Ninguno de nuestros hombres se quedará atrás abandonándote. Si mañana deseas enfrentarte al enemigo llevándonos contigo, tampoco tendremos objeción alguna. Somos pacientes en la guerra y firmes en nuestra determinación frente al enemigo. Espero que Allah te permita ver de nuestra parte una acción que alegre tus ojos. Avanza con nosotros, confiando en la misericordia de Allah».

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se alegró al escuchar las palabras de Saʿd y se sintió muy animado. Luego dijo: «¡Partid! Allah me ha prometido que una de las dos caravanas caerá en nuestras manos. Una era la caravana comercial, con Abū Sufyān y ʿAmr ibn al-ʿĀṣ; la otra era el enorme ejército equipado para la guerra, que venía bajo el mando de Abū Jahl. ¡Por Allah! Es como si ya estuviera viendo ante mí la muerte miserable de los quraysh».

Después, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— llegó cerca de la llanura de Badr y levantó una tienda. Luego salió a patrullar acompañado de un Compañero. [57. Este era Abu Bakr al-Siddiq, que Allah esté complacido con él.] Tras avanzar un trecho, se encontraron con un anciano árabe. Le preguntaron si sabía algo de los qurayshíes o si había oído alguna noticia sobre Muhammad y sus compañeros. El anciano dijo: «Decidme quiénes sois; de lo contrario, no os lo diré». El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— respondió: «Primero dinos lo que queremos saber; después te diremos quiénes somos». El anciano dijo: «He oído que Muhammad y sus compañeros partieron tal día. Si eso es cierto, ahora deberían encontrarse en tal lugar. Y he oído que los qurayshíes partieron tal día. Si eso es cierto, hoy deberían haber llegado a tal lugar». El anciano mencionó precisamente los lugares donde ambos grupos se encontraban en realidad. Luego preguntó: «¿De dónde venís?». El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— respondió: «Del agua». El anciano preguntó: «¿Qué significa “del agua”? ¿Del agua de Irak?»

Después, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— regresó junto a sus Compañeros. Durante la noche envió a un grupo de ellos, entre los que se encontraban Ali ibn Abu Talib, al-Zubayr ibn al-Awwam y Sa‘d ibn Abi Waqqas, a investigar sobre los qurayshíes en un estanque cercano a la llanura de Badr. Allí vieron una manada de camellos de los qurayshíes bebiendo agua y encontraron a dos sirvientes: Aslam, sirviente de los Banu al-Hajjaj, y Arid, Abu Yasar, sirviente de los Banu As ibn Sa‘id. Los llevaron consigo. En ese momento, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— estaba rezando. Les preguntaron: «¿Quiénes sois?». Ellos respondieron: «Somos los aguadores de los qurayshíes. Nos enviaron para llevarles agua potable». Los musulmanes no les creyeron, pues suponían que eran hombres de Abu Sufyan. Entonces los golpearon, hasta que, debido a la paliza, se vieron obligados a confesar que eran hombres de Abu Sufyan. Después los dejaron libres. Cuando el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— terminó la oración, dijo: «Cuando decían la verdad, los golpeasteis; y cuando mentían, los dejasteis libres. ¡Qué conducta es esa! Decían la verdad: son hombres de los qurayshíes. Decidme qué sabéis de ellos». Ellos dijeron: «¡Por Allah! ¿Veis aquel montículo de arena a lo lejos? Ellos están al otro lado». El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— preguntó: «¿Cuántos son?». Aslam y Arid respondieron: «No lo sabemos». Él preguntó: «¿Cuántos animales sacrifican cada día?». Ellos respondieron: «Unos días, diez; otros días, nueve». El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: «Entonces su número está entre novecientos y mil». Luego preguntó: «¿Qué dirigentes de los qurayshíes han venido?». Ellos respondieron: «Utba ibn Rabi‘a, Shayba ibn Rabi‘a, Abu al-Bujtari ibn Hisham, Hakim ibn Hizam, Nawfal ibn Juwaylid, al-Harith ibn Amir ibn Nawfal, Tu‘ayma ibn Adi ibn Nawfal, al-Nadr ibn al-Harith, Zam‘a ibn al-Aswad, Abu Jahl ibn Hisham, Umayya ibn Jalaf, los dos hijos de al-Hajjaj, Nabih y Munabbih, Suhayl ibn Amr y Amr ibn Abd Wudd». Tras recibir esta información, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— se dirigió a los musulmanes y dijo: «La Meca os ha enviado los pedazos más selectos de su corazón».

Antes de esto, Basbas ibn Amr y Adi ibn Abu al-Zaghba habían llegado a la llanura de Badr mientras patrullaban. Se apearon de sus camellos junto a una montaña cercana al estanque y llenaron un odre de agua. Mujdi ibn Amr al-Yuhani se encontraba entonces a orillas del estanque. Entre las personas que habían llegado al estanque había dos esclavas. Una de ellas empezó a reclamarle a la otra el pago de lo que le debía. La esclava endeudada dijo: «La caravana llegará mañana o pasado mañana. Entonces trabajaré para la caravana y te pagaré lo que te debo». Mujdi dijo: «Tienes razón». Luego reconcilió a ambas. Adi y Basbas escucharon la conversación, regresaron junto al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y le informaron de lo que habían oído. Abu Sufyan ibn Harb avanzó por delante de la caravana, tomando precauciones. Al llegar al estanque, preguntó a Mujdi ibn Amr: «¿Has notado que alguien haya pasado por aquí?». Este respondió: «No he visto a nadie sospechoso. Solo vi a dos jinetes de camello que se apearon junto a aquella montaña, llenaron sus odres de agua y se marcharon». Abu Sufyan llegó al lugar donde Basbas y Adi se habían apeado de sus camellos. Encontró allí un poco de estiércol de sus dos camellos, lo tomó y lo desmenuzó. En su interior encontró algunos huesos de dátiles. Al verlos, dijo: «¡Por Allah! Esto es forraje de Yathrib». Luego corrió rápidamente hacia su caravana. La condujo por otra ruta, dejando la llanura de Badr a su izquierda, y se apresuró por el camino de la costa.

Cuando Abu Sufyan estuvo seguro de que había puesto a salvo su caravana, envió un mensaje al ejército de los qurayshíes: «Vinisteis para proteger vuestra caravana comercial, vuestras personas y vuestros bienes. Allah los ha protegido. Por tanto, regresad a La Meca». Abu Jahl respondió: «No regresaremos de ningún modo sin llegar a la feria de Badr. Nos quedaremos aquí tres días, sacrificaremos animales y organizaremos un gran banquete, beberemos vino y los cantantes tocarán instrumentos y cantarán. Contaremos a los árabes nuestra expedición y la historia de cómo formamos un ejército. Así, el temor que nos tienen quedará arraigado para siempre en sus corazones. ¡Id, pues, a la feria!». Cabe mencionar que cada año se celebraba una feria en la llanura de Badr, y era una de las ferias más famosas de Arabia.

Después, los qurayshíes continuaron con sus preparativos y su organización. Fueron al otro lado de una colina desértica, relativamente alejada de la llanura de Badr, y plantaron sus tiendas. Allah hizo caer una intensa lluvia. El suelo de la llanura no era completamente árido, sino que tenía algo de humedad. El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y sus Compañeros recibieron tanta lluvia que el suelo de su campamento quedó mojado, pero eso no les dificultó desplazarse. En cambio, el suelo del campamento de los qurayshíes se volvió tan embarrado que les resultó imposible moverse. El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— trasladó al ejército musulmán a un lugar donde se había acumulado más agua.

Hubab ibn al-Mundhir dijo: «Oh, Mensajero de Allah, ¿has elegido este lugar por mandato de Allah, de modo que no podemos apartarnos de él ni un poco? ¿O se trata de una opinión estratégica tuya?». Él respondió: «Es simplemente una estrategia y una opinión mía». Hubab dijo: «Oh, Mensajero de Allah, no es apropiado quedarse en este lugar. Por tanto, marchaos de aquí con todos y levantad las tiendas en un lugar donde haya relativamente menos agua. Después cegaremos los pozos que haya alrededor de ese lugar. Construiremos sobre uno de ellos un estanque y lo llenaremos de agua. Luego combatiremos contra el enemigo. Así tendremos suficiente agua potable, pero ellos no». El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: «Tienes razón». Entonces el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— se marchó con todos. Llegaron a un lugar donde se había acumulado poca agua y plantaron allí las tiendas. Después ordenó cegar los pozos de agua, y así se hizo. Luego construyeron un estanque sobre uno de los pozos, lo llenaron de agua y dejaron en él recipientes para recogerla.

Sa‘d ibn Mu‘adh dijo: «Oh Mensajero de Allah, permítenos construir para ti una plataforma fortificada; tú permanecerás dentro de ella y nosotros seremos quienes te transportemos. Después iremos a enfrentarnos al enemigo. Si Allah nos concede la victoria, nuestro deseo se habrá cumplido. Y si no, te llevaremos con nosotros y te reunirás con los demás musulmanes. Oh Profeta de Allah, un gran número de musulmanes no ha podido venir contigo únicamente porque no saben que vas a la guerra. Ellos no te aman menos que nosotros. Si hubieran sabido que ibas a combatir, no se habrían quedado sin participar en la batalla. Por medio de ellos, Allah te habría protegido, y ellos habrían buscado tu bienestar y luchado como tus auxiliares».

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se alegró al oír las palabras de Sa‘d, lo elogió y rogó por su bienestar. Después se construyó para el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, una plataforma fortificada, y él permaneció en su interior.

Por la mañana, los qurayshíes salieron por las dunas de arena. Al verlos descender, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, suplicó: «Oh Allah, estos son los qurayshíes que hoy han venido a combatir, rebelándose contra Ti con orgullo y arrogancia y negando a Tu Mensajero. Oh Allah, ha llegado el momento de la ayuda que me prometiste. Oh Allah, destrúyelos esta misma mañana».

Cuando todos descendieron al campo de batalla, un grupo de qurayshíes avanzó y llegó al estanque construido por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Hakim ibn Hizam también se encontraba entre ellos. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, dijo a sus compañeros: «No se lo impidáis». En efecto, todos los que bebieron de aquel estanque fueron muertos ese día. La única excepción fue Hakim ibn Hizam, que no murió. Más tarde abrazó el islam y se convirtió en un buen musulmán. Recordó este suceso durante toda su vida. Incluso cuando tenía que prestar un juramento solemne, decía: «Por aquel Ser sublime que me salvó el día de la batalla de Badr».

Cuando los musulmanes estuvieron tranquilos y firmes, los qurayshíes enviaron a Umayr ibn Wahb al-Yumahi para calcular el número de compañeros del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz. Montó en su caballo, dio una vuelta alrededor del ejército y regresó diciendo: «Pueden ser algo más o algo menos de trescientos. Pero dadme un poco más de tiempo para comprobar si tienen algún escondite o aliados». Después recorrió toda la llanura, pero no vio nada. Al regresar, dijo: «No he encontrado nada. Sin embargo, por su aspecto parece que han venido dispuestos a morir. Las camellas de Yathrib han traído una muerte segura. Son un grupo cuya única ayuda y protección son sus espadas. Por Allah, estoy seguro de que, si uno de ellos muere, uno de vosotros morirá a cambio. Cuando maten entre los qurayshíes a un número igual de hombres, ya no será una buena noticia para nosotros. Pensadlo todavía».

Al oír esto, Hakim ibn Hizam se dirigió a los hombres del ejército qurayshí. Primero fue junto a Utba ibn Rabi‘a y le dijo: «Oh padre de Walid, usted es uno de los ancianos dirigentes de los qurayshíes. Todos acatan sus palabras. ¿Está dispuesto a hacer algo que le haga memorable para toda la eternidad?». Él respondió: «Hakim, ¿qué quieres decir?». Hakim dijo: «Retire al ejército qurayshí y asuma la responsabilidad de resolver el asunto del asesinato de su aliado, ‘Amr ibn Hadrami». Utba respondió: «Estoy dispuesto a hacerlo. Cumpliré tu petición en ese asunto. Hadrami era mi aliado, y estoy dispuesto a pagar su precio de sangre y compensar sus pérdidas económicas. Ve junto a Abu Yahl. Creo que, aparte de él, nadie se opondrá a la retirada de los qurayshíes». Entonces Utba ibn Rabi‘a se puso en pie y dijo a los qurayshíes: «Oh qurayshíes, no obtendremos ningún beneficio luchando contra Muhammad y sus compañeros. En verdad, aunque hoy lográramos matarlo, jamás volvería a haber armonía entre nosotros. Ninguno querría mirar al rostro del otro, pues sería reconocido como el asesino de su primo paterno, su primo materno o algún otro pariente. Así pues, decidamos regresar y apartarnos del camino de Muhammad y sus seguidores. Dejemos su asunto en manos de los árabes. Si todos los árabes lo matan, habremos alcanzado nuestro objetivo. Y si no lo hacen, al menos quedaremos inocentes ante Muhammad».

Hakim dijo: «Después fui junto a Abu Yahl y lo vi afilando sus armas y pertrechos de guerra. Le dije: “Oh Abu al-Hakam, Utba me ha enviado a usted”. Luego le informé de lo que había dicho Utba. Él respondió de inmediato: “A Utba se le ha trastornado la mente. Seguramente Muhammad lo ha hechizado. Esto jamás podrá ser. No regresaremos hasta que Allah haya decidido definitivamente entre nosotros y Muhammad. Lo que Utba ha dicho no procede de su corazón. Como Muhammad y sus seguidores son muy pocos y entre ellos se encuentra también su hijo, ha dicho esto pensando que, si hay una batalla, la vida de su hijo correrá peligro”. Después envió un mensaje a ‘Amir ibn Hadrami, hermano del asesinado ‘Amr ibn Hadrami, diciéndole: “Tu aliado Utba quiere hacer regresar a los qurayshíes, cuando tienes ante tus propios ojos la oportunidad de vengarte. Por tanto, recuerda a los qurayshíes su promesa de vengar el asesinato de tu hermano”. ‘Amir ibn Hadrami se levantó, se abrió la ropa del pecho y comenzó a lamentarse gritando: “¡Ay, ‘Amr! ¡Ay, ‘Amr!”. Inmediatamente resonaron los tambores de guerra. Los qurayshíes se enardecieron para combatir. En un instante, ‘Amir frustró la buena iniciativa que Utba había emprendido».

Aswad ibn ‘Abd al-Asad al-Majzumi era uno de los hombres más depravados y malvados de los qurayshíes. Dio comienzo a su despreciable acción y declaró: «Beberé agua del estanque de los musulmanes o lo destruiré; aunque eso me cause la muerte, no me importa». Al entrar en el campo de batalla, Hamza ibn ‘Abd al-Muttalib salió a su encuentro. Mientras ambos se atacaban y contraatacaban, Hamza golpeó con su espada la pierna de Aswad. La pierna quedó seccionada y separada de su cuerpo. En ese momento se encontraba junto al estanque. Cayó de espaldas y la sangre brotó a chorros de su pierna. Después volvió a arrastrarse hacia el estanque y, con el propósito de cumplir su promesa, entró en los límites del mismo. Hamza lo persiguió y lo mató dentro de los límites del estanque.

Después, Utba ibn Rabia salió al campo de batalla. Su hermano Shayba y su hijo Walid salieron con él. Al apartarse de las filas de los qurayshíes y avanzar, desafió a viva voz a un combate singular. Entonces, tres jóvenes de entre los ansar —Awf y Muawwid ibn al-Harith, que eran hermanos, y Abd Allah ibn Rawaha— avanzaron para enfrentarse a él. Los qurayshíes preguntaron: «¿Quiénes sois?». Ellos respondieron: «Somos los ansar». Dijeron: «No tenemos necesidad de vosotros». Entonces uno de ellos gritó: «¡Oh, Muhammad! Envíanos a quienes sean nuestros iguales de entre nuestra gente». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió entonces a Ubayda ibn al-Harith, Hamza y Ali. Cuando se presentaron, sus adversarios se alegraron y dijeron: «Está bien. Ahora sí hemos encontrado adversarios dignos». Hamza comenzó a luchar contra Shayba, Ali contra Walid ibn Utba y Ubayda, el más joven de los muyahidines del ejército musulmán, contra Utba ibn Rabia. Hamza no dio a Shayba, ni Ali a Walid, la oportunidad de devolver el golpe; los abatieron con el primer ataque. Ubayda y Utba intercambiaron un golpe cada uno y ambos quedaron gravemente heridos. Hamza y Ali se apresuraron y remataron a Utba con sus respectivas espadas. Después cargaron a Ubayda sobre sus hombros y lo llevaron hasta el ejército musulmán.

Después, ambos bandos avanzaron simultáneamente uno contra otro hasta acercarse. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó a sus compañeros que no atacaran hasta que él diera la orden. Dijo: «Si los qurayshíes os rodean, rechazadlos lanzándoles flechas». En ese momento, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, formó en filas al ejército musulmán y se instaló, junto con Abu Bakr al-Siddiq, en aquel lugar semejante a un estrado. No había nadie más allí. Rogaba a Allah que enviara la ayuda que le había prometido. Decía: «¡Oh, Allah! Si este pequeño grupo de musulmanes es destruido hoy, no quedará nadie que Te adore». Abu Bakr dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Ruega a Allah. Él cumplirá sin duda la promesa que te hizo». En cierto momento, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se quedó adormecido durante unos instantes dentro de su estrado. Luego llegó la ayuda. «Mira, Gabriel viene avanzando, llevando las riendas de un caballo. Los pliegues de sus vestiduras están cubiertos de polvo». Inmediatamente, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, salió al campo de batalla y animó a los muyahidines a combatir, diciendo: «Juro por Aquel en cuya mano está el alma de Muhammad que quien luche hoy contra los incrédulos con paciencia y sinceridad, avanzando únicamente hacia delante y sin retroceder en ninguna circunstancia, entrará en el Paraíso». Umayr ibn Humam, de la tribu de Banu Salama, estaba comiendo unos dátiles que sostenía en la mano. Al oír las palabras del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¡Qué maravilla! Entonces, según parece, no me queda ningún obstáculo para entrar en el Paraíso salvo alcanzar el martirio». Dicho esto, arrojó los dátiles que tenía en la mano, tomó su espada y se lanzó a combatir contra los incrédulos. Poco después alcanzó el martirio.

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, tomó un puñado de polvo y avanzó hacia los qurayshíes. Luego sopló sobre él y lo lanzó, diciendo: «¡Que sus rostros queden desfigurados!». Después ordenó a sus compañeros: «¡Lanzad un ataque contundente!». En poco tiempo, los qurayshíes sufrieron una derrota aplastante. Muchos de sus principales dirigentes murieron o fueron hechos prisioneros.

Ibn Abbas relata que aquel día el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo a sus compañeros: «Me he enterado de que varios hombres de Banu Hashim han sido llevados a la batalla por la fuerza. No desean luchar contra nosotros. Por tanto, si alguno de Banu Hashim cae en vuestras manos, no lo matéis. Si Abu al-Bujtari ibn Hisham cae en manos de alguno de vosotros, tampoco lo matéis, pues también ha sido llevado por la fuerza». Un hombre del ejército musulmán, Abu Hudhayfa, dijo: «Nosotros mataremos a nuestros padres, hermanos, hijos y parientes; ¿por qué vamos a perdonar a Abbas? Si cae ante mí, lo golpearé con mi espada». Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, oyó esto, llamó a Umar ibn al-Jattab y le dijo: «¡Oh, Umar! ¿Acaso se puede golpear con una espada el rostro del tío del Mensajero de Allah?». Umar respondió: «¡Oh, Mensajero de Allah, dame permiso para cortarle el cuello con mi espada! Estoy seguro de que Abu Hudhayfa se ha convertido en un hipócrita». Más tarde, Abu Hudhayfa solía decir: «Me inquieta haber pronunciado aquellas palabras el día de la batalla de Badr. Esta inquietud no desaparecerá hasta que sea expiada mediante el martirio». Posteriormente, alcanzó el martirio en la batalla de Yamama.

Los ángeles habían ayudado durante muchos de los días de adversidad de los musulmanes. Sin embargo, ordenó que se buscara entre los muertos para comprobar si estaba el cadáver de Abu Yahl. Ibn Masud relata: «Le corté la cabeza y la llevé ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Dije: “¡Oh, Mensajero de Allah! Esta es la cabeza del enemigo de Allah, Abu Yahl”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, preguntó: “¿De verdad?”. Respondí: “Juro por Allah que sí”». Ibn Masud relata que matar a Abu Yahl había sido una promesa del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Después colocó su cabeza ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, quien alabó y agradeció a Allah.

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó arrojar al pozo los cadáveres de los dirigentes qurayshíes. Se arrojaron todos excepto el cadáver de Umayya ibn Jalaf. El cuerpo de Umayya se había hinchado y quedado pegado a su armadura. Cuando los compañeros intentaron separarlo de la armadura, su carne comenzó a desgarrarse. Al ver aquello, lo dejaron tal como estaba y lo cubrieron con tierra y piedras. Después de arrojar los cadáveres al pozo, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se quedó de pie allí. Era medianoche. Los compañeros oyeron que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se dirigía uno por uno a todos los que habían sido arrojados al pozo, mencionándolos por sus nombres: «¡Oh, habitantes del pozo! ¡Oh, Utba, Shayba, Umayya y Abu Yahl! ¿Habéis recibido debidamente aquello que Allah os había prometido? Yo sí he recibido en realidad la promesa de mi Señor». Los musulmanes dijeron: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Te diriges a quienes han muerto y se han descompuesto?». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «Ellos oyen mis palabras igual que vosotros las oís, pero no pueden responder».

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó al ejército musulmán reunir el botín de guerra (los bienes obtenidos en la guerra) que estaba en su poder. Los musulmanes comenzaron a disputar por él. Quienes habían recogido aquellos bienes dijeron: «Nos corresponden». Quienes habían combatido contra el enemigo dijeron: «Nos corresponden, porque si no hubiéramos combatido, no habríais tenido la oportunidad de recogerlos. Como estábamos enfrentándonos a los qurayshíes, no pudimos unirnos a vosotros en la tarea de recoger el botín; por eso pudisteis recogerlo». Quienes habían sido apostados para proteger al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, temiendo que el enemigo pudiera atacarlo por otra ruta, dijeron: «¡Por Allah! No tenéis más derecho que nosotros. Nosotros también habíamos dominado al enemigo y queríamos matarlo. Tampoco teníamos ningún impedimento para recoger esos bienes, y queríamos recogerlos. Pero, por temor a que el enemigo lanzara un nuevo ataque contra el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, nos ocupamos de protegerlo. Por tanto, vuestro derecho sobre estos bienes no es mayor que el nuestro».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a Abdullah ibn Rawaha a la zona alta de Medina y a Zayd ibn Hariza a la zona baja para anunciar a los musulmanes la victoria. Después marchó hacia Medina con todo su grupo, llevando consigo a los prisioneros de guerra politeístas. Entre los prisioneros estaban Utba ibn Abu Muayt y Nadr ibn Hariz. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— también llevó consigo el botín obtenido de los politeístas. Confió la custodia del botín a Abdullah ibn Kaab ibn Amr ibn Auf.

Al salir del desfiladero de Safra, cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegó a una colina de arena situada entre el desfiladero y Nazia, se sentó allí y repartió equitativamente el botín entre los musulmanes. Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— reanudó la marcha. Cuando llegó a Rawha, los musulmanes de aquel lugar comenzaron a felicitar al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y a sus compañeros por la gran victoria que Allah les había concedido. Entonces Salama ibn Sulama —que Allah esté complacido con él— dijo: «¿Por qué nos felicitáis? Solo hemos combatido contra unos cuantos ancianos experimentados. Habían quedado débiles, como camellos cautivos, y por eso los degollamos». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— sonrió y dijo: «Sobrino, ¡ellos eran precisamente los dirigentes!».

Cuando llegaron al desfiladero de Safra, fue ejecutado el prisionero de guerra Nadr ibn Hariz. Ali, hijo de Abu Talib, lo ejecutó. Después continuaron avanzando. Al llegar a Arquz Zariya, también fue ejecutado Uqba ibn Abu Muayt. Cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó su ejecución, Uqba dijo: «¿Quién cuidará de los niños, oh Muhammad?». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió brevemente: «El fuego». Entonces Asim ibn Zabit ibn Abu Aflah al-Ansari ejecutó a Uqba ibn Muayt. Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— continuó su marcha. Llegó a Medina un día antes que los prisioneros de guerra. Cuando estos llegaron, fueron distribuidos entre los compañeros para que se alojaran con ellos. Entonces dijo: «Tratad a los prisioneros de guerra con compasión».

Mientras tanto, Hayzaman ibn Abdullah llegó primero a La Meca con la vergonzosa noticia de la lamentable derrota de los qurayshíes. Los qurayshíes comenzaron a lamentarse por sus muertos. Luego se contuvieron y se dijeron unos a otros: «No os lamentéis así. Si Muhammad y sus seguidores se enteran, palmearán de alegría. Y no os apresuréis a rescatar a los prisioneros, para que Muhammad y sus seguidores no tengan la oportunidad de presionaros en cuanto al pago del rescate». Aswad, hijo de Abd al-Muttalib, había perdido a sus tres hijos: Zam‘a, Aqil y Hariz. Deseaba lamentarse por ellos. En ese momento, ya entrada la noche, oyó el llanto de una mujer afligida. Aswad, que era ciego, dijo a uno de sus esclavos: «Ve e infórmate de si se ha permitido lamentarse en voz alta. Averigua si los qurayshíes están llorando por sus muertos. Entonces lloraré por Zam‘a, pues tengo el corazón abrasado». El esclavo regresó e informó: «Una mujer está lamentándose porque ha perdido su camello». Al oírlo, Aswad recitó los siguientes versos: «¿Qué sucede? Esa mujer pasa la noche llorando así por un camello. En realidad, no llora por un joven camello, sino por una luna llena cuyo destino fue tan desafortunado. Por esa luna llena lloran los Banu Husays, los Majzum y la tribu de Abu al-Walid. Si lloro, habrá muchos que lloren por Aqil y por el valiente león Hariz. No es posible mencionar a todos esos innumerables dolientes. En verdad, Zam‘a no tiene igual».

Después, los qurayshíes organizaron el envío de rescates para liberar a los prisioneros de guerra. Primero obtuvieron el consentimiento para liberar a Suhayl ibn Amr, y entonces los musulmanes dijeron: «Ahora entregad el dinero del rescate». Miqraz dijo: «Retenedme a mí en lugar de Suhayl y dejadlo marchar, para que pueda ir a enviar el dinero de su rescate». Aceptaron y dejaron libre a Suhayl, reteniendo a Miqraz en su lugar. Antes de eso, Umar ibn al-Jattab —que Allah esté complacido con él— había dicho al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—: «Oh, Mensajero de Allah, permíteme arrancarle los dientes delanteros a Suhayl, para que se le salga la lengua al hablar y nunca vuelva a pronunciar discursos contra ti». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «No desfiguraré su rostro, pues entonces Allah desfiguraría mi rostro, a pesar de que soy un profeta».

Uno de los prisioneros de guerra era el yerno del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Abu al-As ibn Rabi ibn Abd al-Uzza, esposo de su hija Zaynab. Cuando Zaynab aceptó el islam, se produjo la separación entre ella y Abu al-As, pero el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— no pudo separarlos de hecho. Por ello, aunque Zaynab se había hecho musulmana, continuó viviendo en el hogar de su esposo politeísta. En esas circunstancias, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— emigró. Más tarde, cuando los qurayshíes marcharon a la batalla de Badr, Abu al-As se unió a ellos. De ese modo, pasó a formar parte de los prisioneros de guerra y fue llevado a Medina ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—.

Después, los habitantes de La Meca comenzaron a enviar rescates para liberar a los prisioneros de guerra. Zaynab también envió algo de dinero como rescate por Abu al-As ibn Rabi y el collar que Jadiya le había dado en el momento de su boda. Al ver el collar, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se conmovió profundamente. Dijo a sus compañeros: «Si lo consideráis bien, podéis devolver el rescate enviado por Zaynab y liberar a su prisionero». Los compañeros lo liberaron y devolvieron el dinero y el collar enviados como rescate.

Abul As se dirigió a La Meca, mientras que Zaynab llegó a Medina y comenzó a vivir junto al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. El islam los separó. En vísperas de la conquista de La Meca, Abul As viajó a Siria por negocios. Llevaba en depósito el dinero de sus propios negocios y de los de los qurayshíes, que le había sido entregado como capital. Después de concluir sus transacciones, cuando regresaba, una expedición enviada por el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se apoderó de sus mercancías, mientras que Abul As huyó y logró ponerse a salvo. Cuando la expedición llegó ante Zaynab, la hija del Mensajero, y pidió refugio, Zaynab se lo concedió. Él había venido a reclamar la devolución de sus pertenencias. Por la mañana, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, fue a rezar y se colocó en la oración junto con sus compañeros. Entonces Zaynab gritó desde las habitaciones de las mujeres: «¡Oh, gente, sabed que he concedido refugio a Abul As ibn Rabi!» Después de finalizar la oración, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se volvió hacia todos y dijo: «¡Oh, musulmanes! ¿Habéis oído también lo que yo he oído?». Todos respondieron: «Sí, lo hemos oído». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Por Allah, antes de oír este anuncio no sabía nada de este asunto. Conforme al pacto, cualquier persona puede buscar refugio entre los musulmanes». Después, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, fue junto a su hija y le dijo: «Zaynab, cuida bien de Abul As, pero no permitas que se quede a solas contigo, pues ahora ya no eres lícita para él».

Abdullah ibn Abi Bakr relata que envió un mensaje a la expedición que se había apoderado de las pertenencias de Abul As: «Sabéis cuál es nuestra relación con él. Os habéis apoderado de algunas de sus pertenencias. Si tenéis la bondad de devolvérselas, eso será de nuestro agrado. Pero, si no queréis hacerlo, son botín que Allah os ha concedido, y vosotros sois sus legítimos propietarios». Ellos respondieron: «¡Oh, Mensajero de Allah! Preferimos devolvérselas». Entonces, uno trajo un cubo; otro, su viejo odre; otro, su recipiente de cuero; y otro incluso devolvió una pequeña asa de madera. Así, recuperó todas sus pertenencias exactamente como eran. No quedó ni una sola cosa sin devolver. Después llevó aquellas pertenencias a La Meca y devolvió a cada qurayshí lo que le pertenecía, diciendo: «¡Oh, qurayshíes! ¿Le queda a alguno de vosotros alguna pertenencia por recibir?». Respondieron: «Que Allah te recompense con el bien. No nos queda nada pendiente. Nos has tratado como un hombre verdaderamente digno de confianza y noble». Entonces dijo: «Por tanto, doy testimonio de que no hay ninguna divinidad excepto Allah y de que Muhammad es Su siervo y Su Mensajero. Por Allah, no abracé el islam ante el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, únicamente por temor a que pensarais que lo había hecho con la intención de apropiarme de vuestros bienes. Cuando Allah dispuso que estos os fueran entregados y quedé libre de mi responsabilidad, entonces abracé el islam». Después, Abul As —que Allah esté complacido con él— se dirigió junto al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él.

Entre los prisioneros de guerra de Badr que fueron liberados por clemencia, sin pagar rescate, se encontraban: Abul As ibn Rabi, al-Muttalib ibn Hantab, Sayfi ibn Abu Rifa’a y Abu Azza Amr ibn Abdullah ibn Uzman. Abu Azza era pobre y tenía a su cargo a muchas hijas. Se presentó ante el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Sabes que no poseo bienes ni riquezas. Soy extremadamente pobre y estoy agobiado por el peso de muchos hijos. Por tanto, ten clemencia de mí». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, le perdonó el rescate y le hizo prometer que nunca volvería a tomar las armas contra el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Abu Azza regresó junto a su tribu y recitó el siguiente poema en alabanza del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él:

«¿Quién llevará este mensaje mío al Mensajero Muhammad?

Tú eres veraz y soberano del mundo, digno de toda alabanza.

Tú eres quien llama a la verdad y a la justicia,

un hombre sumamente honrado y de elevada posición por parte del Dios Altísimo,

un hombre sumamente honrado y de elevada posición por nuestra parte,

Aquel contra quien combates es sumamente desdichado,

y aquel con quien haces las paces es sumamente afortunado».

El rescate exigido a los politeístas oscilaba entre mil y cuatro mil dírhams por prisionero. Sin embargo, se mostraba clemencia con las personas pobres y se las liberaba sin rescate. En total, participaron en la batalla de Badr 83 emigrados, 161 ansar de la tribu de Aws y 170 ansar de la tribu de Jazray, y el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, les asignó una parte del botín. El número de musulmanes que participaron en la batalla de Badr, entre ansar y emigrados, fue de trescientos catorce. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, les entregó a todos una parte del botín y su remuneración. La batalla de Badr tuvo lugar la mañana del viernes 17 de Ramadán.

La expedición contra Banu Sulaym

Después de regresar de la batalla de Badr, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, permaneció siete días en Medina. Después dirigió una expedición contra la tribu de Banu Sulaym. Él mismo la encabezó y tomó un abrevadero suyo llamado Qadr. No encontró ninguna resistencia allí. Pasó en Medina los días restantes de Shawwal y todo el mes de Dhu al-Qada. Durante ese tiempo liberó, a cambio de un rescate, a la mayoría de los prisioneros de guerra qurayshíes. [58. Cuando partió para esta expedición, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dejó a Siba ibn Arqata al-Gifarí como encargado de Medina. Algunos dicen que dejó a Ibn Umm Maktum a cargo de Medina.]

La expedición de Sawiq

En el mismo mes de Dhu al-Hiyya, Abu Sufyan ibn Harb emprendió la expedición de Sawiq. Ese año los politeístas habían venido a combatir sin realizar la peregrinación. Pues, al regresar a La Meca cubiertos de vergüenza por su derrota en Badr, Abu Sufyan y otros qurayshíes juraron que no se lavarían la cabeza con agua para purificarse de la impureza causada por las relaciones sexuales hasta lanzar otro ataque contra Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, y tomar la debida venganza. [59. En la época de la ignorancia también existía la costumbre de este baño, al igual que la peregrinación y el matrimonio.] Para cumplir este juramento, Abu Sufyan partió con doscientos jinetes. Tras atravesar Naydiya, acampó junto a un manantial cercano a una montaña llamada Sa’ib, no lejos de Medina. Luego, en la oscuridad de la noche, llegó a la casa de Huyayy ibn Ajtab, de Banu Nadir, y llamó a la puerta. Huyayy, alarmado, se negó a abrirla. Entonces Abu Sufyan fue a ver a Sallam ibn Mishkam. Este hombre era por entonces el jefe de Banu Nadir y el custodio de los fondos reservados para afrontar sus crisis y emergencias. Cuando Abu Sufyan pidió permiso para entrar en su casa, se lo concedió y además lo agasajó. Sallam le informó de la situación interna de Medina. Después, antes de que terminara la noche, Abu Sufyan regresó junto a sus compañeros. Envió a algunos hombres del ejército qurayshí hacia Medina. Estos llegaron a un lugar llamado Uraib, en las proximidades de Medina. Allí prendieron fuego a los palmerales. En ese lugar encontraron y mataron a un ansar y a uno de sus aliados en una granja agrícola que compartían. Luego desaparecieron en la dirección de la que habían venido. Los habitantes de Medina se dieron cuenta de lo que habían hecho. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, salió en su búsqueda y dejó a Bashir ibn Abd al-Mundhir a cargo de Medina. Al llegar a un lugar llamado Qarqarat al-Qadr, no encontró rastro alguno de Abu Sufyan ni de sus hombres, por lo que regresó. En el interior de la granja encontró algunos objetos que habían dejado atrás. Los habían arrojado para aligerar la carga y escapar rápidamente. [60. La mayoría de los objetos que los qurayshíes dejaron atrás era sawiq de trigo o cebada, que se podía comer con leche, miel y mantequilla clarificada, o con agua. En árabe, esta harina se llama sawiq. Por esta razón, la expedición recibió el nombre de «expedición de Sawiq».] Como habían regresado sin combatir, los musulmanes preguntaron al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz: «Oh, Mensajero de Allah, ¿se considerará esto una forma de yihad?». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «Sí».

La expedición de Dhu Amr

El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, regresó de la expedición de Sawiq y pasó en Medina todo el resto del mes de Dhu al-Hiyyah, o casi todo él. Después emprendió una expedición contra la tribu de Ghatafán, en Nayid. Esta expedición fue llamada la expedición de Dhu Amar. Pasó en Nayid todo el mes de Safar, o casi todo él. Permaneció en Medina durante todo el mes de Rabi al-Awwal, salvo unos pocos días, o durante casi todo el mes.

La expedición de Furú de Bahrán

Esta vez emprendió otra expedición contra los coraixíes. Atravesó el Hiyaz y llegó a Bahrán pasando por la región de Furú. Allí pasó los meses de Rabi al-Zani y Yumada al-Ula. Después regresó sano y salvo a Medina.

La batalla de Banu Qaynuqa

El suceso principal relacionado con Banu Qaynuqa fue el siguiente: una mujer árabe llevó algunas mercancías al mercado de la tribu de Banu Qaynuqa para venderlas. Allí se sentó junto a la tienda de un orfebre. Los empleados de la tienda le pidieron que se descubriera el rostro, pero ella se negó. Entonces el orfebre tomó una esquina de la ropa que llevaba puesta y la ató a su espalda. La mujer no se dio cuenta. Cuando se levantó, quedó desnuda de inmediato. Al verlo, la gente del mercado estalló en carcajadas. La mujer comenzó a gritar al instante. Un musulmán atacó al orfebre y lo mató. El orfebre era judío. Por ello, los judíos se agruparon y mataron al musulmán. Entonces la familia del musulmán asesinado pidió ayuda a los musulmanes; estos atacaron enfurecidos y estalló la guerra entre los musulmanes y Banu Qaynuqa.

Entre los judíos de Medina, Banu Qaynuqa fue el primero en romper el pacto celebrado entre ellos y el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Por ello, el Mensajero de Allah los sitió y los obligó a rendirse bajo condiciones favorables. Cuando, con la ayuda de Allah, el Mensajero de Allah los hubo sometido, Abdullah ibn Ubayy ibn Salul acudió a él y dijo: «Oh, Muhammad, trata con benevolencia a mis aliados». El Mensajero de Allah no respondió a sus palabras. Él volvió a decir: «Oh, Muhammad, trata con bondad a mis aliados». El Mensajero de Allah apartó el rostro. Entonces introdujo la mano en el bolsillo de la armadura del Mensajero de Allah, quien dijo: «Suéltame». En ese momento, el Mensajero de Allah se enfureció tanto que su rostro se puso rojo. Luego le dijo: «¡Oye! Suéltame». Él respondió: «No; primero garantiza que tratarás con bondad a mis aliados y después te soltaré. Créeme, cuatrocientos guerreros con la cabeza descubierta y trescientos guerreros acorazados me han protegido de toda la gente del mundo. ¿Y tú pretendes aniquilarlos en un solo día? Sin ellos no estoy seguro ni por un instante». El Mensajero de Allah dijo: «Está bien, de acuerdo. Te los dejo a tu voluntad».

Después, Ubadah ibn al-Samit —que Allah esté complacido con él— se presentó ante el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. También él tenía una relación de alianza con Banu Qaynuqa. Sin preocuparse por ello, los dejó a la voluntad del Mensajero de Allah y declaró ante Allah y Su Mensajero que se desvinculaba de las obligaciones derivadas del pacto que había celebrado con ellos. Dijo: «Oh, Mensajero de Allah, mis únicos aliados y amigos son Allah, el Mensajero y los creyentes. Estoy completamente desvinculado de la alianza con estos incrédulos».

En relación con Ubadah ibn al-Samit y Abdullah ibn Ubayy fueron revelados los siguientes versículos de la sura al-Ma’idah:

«¡Oh, creyentes! No toméis jamás a los judíos y a los cristianos como amigos y aliados. Ellos son aliados unos de otros. Quien de vosotros los tome como aliados será contado como uno de ellos. Ciertamente, Allah no guía por el camino recto a los injustos. Verás a quienes tienen una enfermedad en el corazón apresurarse en torno al asunto de los judíos y los cristianos, diciendo: “Tememos que nos sobrevenga alguna calamidad”. Pero Allah puede conceder la victoria o hacer que ocurra algún otro acontecimiento por Su parte. Entonces se arrepentirán de lo que ocultaban en su interior. Los creyentes dirán: “¿Es este el estado de aquellos que juraban solemnemente y pronunciaban largos discursos afirmando que estaban con vosotros?”. Sus buenas obras se han perdido por completo y han quedado totalmente arruinados. ¡Oh, creyentes! Si alguno de vosotros abandona su religión, no está lejano el día en que Allah hará surgir un pueblo al que Él amará y que Lo amará; será humilde con los creyentes y severo con los incrédulos; combatirá por la causa de Allah y no temerá la censura ni el reproche de nadie. Poder mantenerse firme de ese modo es un favor especial de Allah; Él lo concede a quien quiere. En verdad, Allah es Omnipresente y Omnisciente. Vuestros únicos amigos y aliados son Allah, Su Mensajero y aquellos creyentes que realizan la oración, entregan el zakat y obedecen a Allah. Quien tome como aliados a Allah, a Su Mensajero y a los creyentes pertenecerá al partido de Allah; y debe saber que el partido de Allah es el que obtiene la victoria definitiva.»

La expedición de Zayd ibn Hariza a Qarada

Qarada es un abrevadero de Najd. El motivo de esta expedición fue que, después del acontecimiento de Badr, los coraixíes consideraron peligroso transitar por su ruta habitual hacia Siria y comenzaron a viajar por el camino de Irak. Una caravana comercial, encabezada por Abu Sufyan, emprendió ese camino rumbo a Siria. Su principal mercancía consistía en una gran cantidad de plata. Furat ibn Hayyan, de los Banu Bakr ibn Wa’il, era su guía contratado. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a Zayd ibn Hariza para atacar aquella caravana. Este la alcanzó en Qarada. Cuando los hombres de la caravana huyeron aterrorizados, él se presentó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llevando consigo toda la caravana junto con sus mercancías.

La batalla de Uhud

Cuando los incrédulos coraixíes llegaron a La Meca llevando sobre sus cabezas la deshonra de la derrota en la batalla de Badr, y Abu Sufyan regresó a La Meca con su caravana, un grupo de los coraixíes, entre ellos Abdullah ibn Abu Rabi’a, Ikrima ibn Abu Yahl y Safwan ibn Umayya, cuyos padres, hijos o hermanos habían muerto en la batalla, fue a ver a Abu Sufyan. Las ganancias obtenidas entonces de aquella caravana de Abu Sufyan aún estaban en su poder. Dijeron: «¡Oh, coraixíes! Muhammad os ha causado un enorme perjuicio y ha matado a vuestros hombres más distinguidos. Ayudadnos ahora con todos los bienes de esta caravana; así esperamos poder tomar una venganza adecuada por nuestros seres queridos perdidos». Todos dieron su consentimiento.

Después, Abu Sufyan, junto con los no coraixíes que formaban parte de su caravana, especialmente los de la tribu de Kinana y los habitantes de Tihama que eran leales a los coraixíes, aceptó ir a la guerra, y entonces los coraixíes también decidieron marchar contra Muhammad. Para avivar el espíritu de venganza y evitar que los combatientes huyeran, los coraixíes llevaron consigo a varias mujeres. El comandante Abu Sufyan llevó a su esposa Hind bint Utba; Ikrima ibn Abu Yahl, a Umm Hakim bint Harith; Harith ibn Hisham, a Fatima bint Walid; Safwan ibn Umayya, a Barza bint Masud; y Amr ibn al-As, a Barita bint Munabbih. Luego avanzaron hacia Medina. Acamparon cerca del monte Batn as-Subkha, junto a las dos fuentes que brotaban del canal situado en la entrada del valle frente a Medina. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y los musulmanes se enteraron de que se habían apostado allí. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se dirigió a los musulmanes y dijo: «He tenido un buen sueño. Vi que sacrificaban una de mis vacas. También vi como si el filo de mi espada se hubiera resquebrajado. Y vi además que introducía la mano dentro de una armadura protectora.[61. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «El significado del sacrificio de la vaca es que algunos de mis compañeros morirán. La grieta que vi en el filo de mi espada es una señal de que morirá un miembro de mi familia»]. Con esta armadura he entendido que se aludía a Medina. Si pensáis que debéis permanecer en Medina y desafiar a los coraixíes a combatir mientras sigan en el lugar donde se han apostado, podéis hacerlo. Si aun así permanecen allí, ese lugar resultará ser muy malo para ellos. Pero si entran en Medina, lucharemos contra ellos desde la propia Medina».

En realidad, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no quería salir de Medina. Abdullah ibn Ubayy ibn Salul también opinaba lo mismo y se oponía a salir de Medina para combatir. Pero los musulmanes que no habían podido participar en la batalla de Badr y para quienes Allah había decretado la dicha de participar en Uhud y en otras batallas dijeron: «¡Oh, Mensajero de Allah! Llévanos fuera de Medina para enfrentarnos al enemigo. No permitas que piensen que nos hemos vuelto débiles o cobardes».

Abdullah ibn Ubayy ibn Salul dijo: «¡Oh Mensajero de Allah, permanece en Medina y no salgas! ¡Por Allah!, si salimos de Medina, los enemigos podrán causarnos mayores daños. Pero si los enemigos entran en Medina y nos atacan, podremos infligirles una derrota mayor. Por tanto, oh Mensajero de Allah, deja que los incrédulos permanezcan tal como están. Si se quedan allí, este lugar se convertirá para ellos en el peor sitio para un asedio. Y si entran en Medina, nuestros hombres combatirán contra ellos cuerpo a cuerpo, mientras que las mujeres y los niños les arrojarán piedras desde arriba. Y si se retiran, se marcharán tal como vinieron». Por otro lado, los musulmanes que deseaban combatir contra los quraysh fuera de Medina comenzaron a manifestar su deseo al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Entretanto, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— entró en su casa y se puso la indumentaria de guerra. Era viernes. Ese mismo día murió un ansarí llamado Malik ibn Amr. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dirigió la oración fúnebre por él. Después salió ante la comunidad musulmana. Los musulmanes se arrepintieron al pensar que él había querido enfrentarse a los quraysh permaneciendo en Medina. Dijeron: «¡Oh Mensajero de Allah, no debimos desaprobar tu opinión! Si deseas permanecer en Medina, hazlo». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «No, eso no puede ser. No corresponde a un profeta quitarse la vestimenta de guerra después de habérsela puesto sin combatir». Luego el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— partió acompañado de mil compañeros. Cuando llegaron a un lugar llamado Shawt, entre Medina y Uhud, Abdullah ibn Ubayy ibn Salul se separó con casi un tercio de los hombres. Dijo: «El Mensajero de Allah escuchó lo que ellos dijeron y no escuchó lo que yo dije. ¡Gente, no entiendo por qué vamos a sacrificar la vida de tantos hombres!»

Se separó del ejército musulmán acompañado de los hipócritas de su tribu y de sus seguidores indecisos. Abdullah ibn Amr ibn Haram fue tras ellos y dijo: «Os conjuro: no dejéis a vuestros hermanos musulmanes y al Profeta de Allah expuestos al ataque del enemigo que tenemos delante». Ellos respondieron: «Si creyéramos que habría combate, no os dejaríamos. Pensamos que no habrá batalla». Cuando se negaron rotundamente a regresar al campo de batalla, Abdullah dijo: «¡Enemigos de Allah, que Allah os aleje! Allah no dejará que Su Mensajero dependa de vosotros. Allah le basta».

Los ansar dijeron: «¡Oh Mensajero de Allah!, ¿qué te parece si pedimos ayuda a nuestros aliados judíos?». Él respondió: «No sirven para nada». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— continuó preparando la batalla. Se apostó en el valle cercano al monte Uhud. Desplegó a los soldados en el extremo próximo a la montaña y se colocó con la montaña a sus espaldas. Dijo a los soldados: «Que nadie comience el combate hasta que yo dé la orden». Entretanto, los quraysh habían soltado todos sus camellos y caballos en las tierras fértiles de Samgh, cerca de Uhud, regadas por los canales de los musulmanes. Al oír la prohibición del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— de iniciar el combate por ese motivo, un ansarí dijo: «Todavía no hemos recogido nuestra parte de las tierras cultivadas de Aws y Jazray. ¿Cómo podemos tolerar que se apacienten allí los animales?»

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dispuso para la batalla a sus setecientos soldados. Nombró a Abdullah ibn al-Zubayr comandante de una unidad de cincuenta arqueros. Lo distinguió con una tela blanca. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le dijo: «Rechaza a los jinetes enemigos disparándoles flechas. Venzamos o seamos derrotados en la batalla, no permitas en ningún caso que nadie venga por detrás. Mantente firmemente en tu posición, para que no seamos atacados por ese lado». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se puso dos corazas superpuestas y entregó el estandarte a Musab ibn Umayr.

Aquel día, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— no aceptó inicialmente como combatientes a Samura ibn Yundub y Rafi ibn Jadiy, que tenían quince años. Después, varios compañeros dijeron: «¡Oh Mensajero de Allah, Rafi es un buen arquero!». Al oírlo, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le dio permiso. Cuando Rafi recibió permiso, otros dijeron: «¡Oh Mensajero de Allah, Samura puede vencer a Rafi en la lucha cuerpo a cuerpo!». Entonces también dio permiso a Samura. Sin embargo, no dio permiso a Usama ibn Zayd, Abdullah ibn Amr, Zayd ibn Zabit, al-Bara ibn Hazim ni Usayd ibn Zuhayr. Más tarde les dio permiso para participar en la batalla del Foso. En aquel momento tenían quince años.

Los quraysh prepararon para la batalla un ejército de tres mil combatientes. Llevaban consigo doscientos caballos. Khalid ibn al-Walid fue colocado en el flanco derecho de la caballería e Ikrima ibn Abu Yahl en el izquierdo.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— mostró su espada y dijo: «¿Quién está dispuesto a cumplir el derecho de esta espada?». Muchos se adelantaron, pero no entregó la espada a ninguno.

Abu Dujana se adelantó y dijo: «¡Oh Mensajero de Allah!, ¿cuál es el derecho de esta espada?». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «Golpear con esta espada al enemigo tantas veces que llegue a doblarse». Abu Dujana dijo: «¡Oh Mensajero de Allah!, yo la tomaré y cumpliré su derecho». Entonces le entregó la espada a Abu Dujana. En verdad, Abu Dujana era un guerrero sumamente valiente y aguerrido. Durante la batalla caminaba con una actitud muy orgullosa. Tenía una cinta roja. Cuando se golpeaba el cuerpo con ella, la gente comprendía que estaba a punto de entrar en combate. Después de recibir la espada del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, sacó aquella cinta y se golpeó con ella la cabeza. Luego comenzó a caminar entre las filas de soldados, balanceándose con actitud orgullosa. Al verlo, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Esta manera de caminar, fuera del campo de batalla, es sumamente detestable para Allah».

Por otro lado, Abu Sufyan dijo, con el propósito de incitar a la lucha a los hombres de Banu Abdud Dar, portadores del estandarte de su ejército: «Oh, Banu Abdud Dar, vosotros llevasteis nuestro estandarte en la batalla de Badr. Pero habéis visto cuál fue nuestro destino en aquella batalla. Recordad que los ataques contra los soldados suelen venir desde el lado del estandarte. Si el estandarte cae, los soldados son derrotados. Por tanto, o bien sostendréis firmemente el estandarte, o bien os retiraréis. Nosotros mismos podremos sostenerlo». Al oír esto, los portadores del estandarte prestaron atención a su cometido y prometieron a Abu Sufyan, diciendo: «Te confiamos nuestro mando. Cuando mañana entremos en combate, verás cómo luchamos». Abu Sufyan quería precisamente infundirles esta determinación.

Al día siguiente, cuando comenzó la batalla, Hind, la hija de Utba, avanzó detrás de los hombres junto con las mujeres que la acompañaban, tocando tambores y exhortándolos con estas palabras:

«¡Excelente, oh Banu Abdud Dar,

¡excelente vuestra actuación!, oh guardianes de la retaguardia!

Golpead con cada espada afilada»

También decían: «Si seguís avanzando, os abrazaremos y extenderemos mullidos cojines,

pero si retrocedéis

nos separaremos de vosotros,

No obtendréis nuestro amor.”

Para que los Compañeros pudieran reconocerse mutuamente durante la batalla de Uhud, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, les enseñó una consigna: «¡Amit, amit!», es decir: «¡Asestad golpes mortales! ¡Asestad golpes mortales!»

Poco a poco, la batalla se volvió encarnizada. Abu Dujana combatió con tal valor extraordinario que avanzaba matando a todo aquel que encontraba frente a él. Zubayr ibn al-Awwam dijo: «Un hombre de los politeístas mataba a cualquiera de nuestros soldados que veía. Abu Dujana y aquel hombre avanzaban acercándose el uno al otro. Yo rogaba a Allah que los reuniera. Al poco tiempo se encontraron frente a frente y comenzaron a golpearse mutuamente. El politeísta golpeó a Abu Dujana, pero Abu Dujana repelió el golpe con su escudo de cuero. La espada penetró en el escudo y quedó atascada. Entonces Abu Dujana lo golpeó a su vez y lo mató. Después vi que había levantado su espada sobre la cabeza de Hind bint Utba, pero enseguida bajó la espada. [62. Abu Dujana dijo: En el campo de batalla vi a alguien que incitaba a los incrédulos. Avancé para detenerlo. Cuando levanté la espada, aquella persona lanzó un grito de angustia. Vi que era una mujer. Me abstuve porque pensé que golpear a una mujer con la espada del Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, sería una falta de respeto hacia la espada.]»

Hamza ibn Abd al-Muttalib, que Allah esté complacido con él, mató mientras combatía a Artah ibn Abd Shurahbil. Este era uno de los miembros del grupo que portaba el estandarte. Poco después vio que Siba ibn Abd al-Uzza pasaba junto a él. Lo desafió a combatir y le dijo: «¡Eh, hijo de la barbera, ven ante mí!». La madre de Siba se ganaba la vida practicando la circuncisión en La Meca.

Wahshi, esclavo de Zubayr ibn Mut’im, dijo: «Miré hacia Hamza y vi que levantaba su espada contra los enemigos y los aniquilaba en un abrir y cerrar de ojos. No dejaba con vida a ninguno de los que tenía delante. Mientras combatía, todo su cuerpo quedó cubierto de polvo, hasta parecer un camello de color gris. En ese momento, Siba ibn Abd al-Uzza pasó frente a mí y se acercó a Hamza. Al verlo, Hamza lanzó un rugido: “¡Eh, hijo de la barbera, ven aquí y te enseñaré lo que es divertido!”. Dicho esto, lo golpeó, pero pareció que el golpe no alcanzó su cabeza. Apunté mi lanza hacia Hamza. Cuando estuve seguro de que había fijado bien el objetivo, la arrojé contra él. La lanza le atravesó el vientre y salió entre sus muslos. Aun en ese estado avanzó hacia mí, pero poco después cayó sin fuerzas. Le di un poco de tiempo y se desplomó en brazos de la muerte. Entonces me acerqué y retiré mi lanza.»

Después regresé junto al ejército de Quraysh. En el campo de batalla no tenía otro objetivo que matar a Hamza. Lo maté sabiendo que, si lograba hacerlo, obtendría mi libertad. En cuanto regresé a La Meca, me concedieron la libertad. Después continué viviendo allí. Cuando el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, conquistó La Meca, huí y me instalé en Taif. Pero cuando una delegación de Taif acudió al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, para abrazar el islam, me quedé completamente desconcertado. No sabía adónde ir. Pensé en marcharme a Siria o al Yemen, pues allí podría vivir tranquilo. Mientras tanto, un hombre me dijo: “Muhammad, que Allah lo bendiga y le conceda paz, no mata a nadie que abrace el islam y pronuncie la profesión de fe”. Al oír esto, fui ante el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Cuando me vio en su presencia, de pie ante él y declarando mi adhesión a la verdadera religión, quedó profundamente asombrado. Levantó la mirada hacia mí y dijo: “Siéntate. Cuéntame cómo mataste a Hamza”. Le relaté todo el suceso de principio a fin. Después de escucharme, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, dijo: “No vuelvas a presentarte ante mí. No quiero verte”. Desde entonces, mientras el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, estuvo vivo, cada vez que iba a verlo me apartaba hacia un lado para que no viera mi rostro.

Mus’ab ibn Umayr, que Allah esté complacido con él, combatió heroicamente para proteger al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, y murió como mártir. Lo mató Ibn Qimya al-Laythi, quien creyó que había matado al propio Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Por eso regresó junto a los qurayshíes y dijo: «He matado a Muhammad». Tras la muerte de Mus’ab, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, entregó el estandarte a Ali ibn Abi Talib. Entonces Ali, que Allah esté complacido con él, y los demás valientes héroes musulmanes se lanzaron al combate.

Cuando la batalla de Uhud adquirió un cariz terrible, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, se sentó bajo el estandarte de los ansar. Envió un mensajero para ordenar a Ali, que Allah esté complacido con él: «Avanza con el estandarte». Ali avanzó y gritó: «¡Soy el padre del terror!». [63. Abu Sa’d, del bando de Quraysh, había gritado: «¡Soy quien siembra el terror! Que venga quien esté dispuesto a luchar conmigo». Ali, que Allah esté complacido con él, pronunció aquel grito en respuesta.] Abu Sa’d avanzó hacia él y le dijo: «Oh, padre del terror, ¿acaso tienes deseos de luchar?». Ali respondió: «Sí». Entonces comenzó el combate entre ambos. Se intercambiaron golpes y contraataques. Finalmente, Ali lo derribó con un solo golpe. Después de derribarlo, Ali, que Allah esté complacido con él, se retiró sin asestarle el golpe mortal. Sus compañeros le preguntaron: «¿Por qué te retiraste sin darle el golpe final?». Él respondió: «Abu Sa’d me mostró sus partes íntimas. Entonces sentí compasión y misericordia por él, y por esa compasión me aparté de él. Sin embargo, comprendí que fue Allah mismo quien lo mató».

Asim ibn Zabit ibn Abu al-Aqlah (que Allah esté complacido con él) entró en combate y mató a Musafi ibn Talha y a su hermano Julas ibn Talha. Hirió a ambos uno tras otro con su lanza, y cada uno de ellos, herido, acudió junto a su madre, Sulafa, y apoyó la cabeza en su regazo. Sulafa preguntó a su hijo: «Hijo querido, ¿quién te hirió?». Él respondió: «Ibn Abu al-Aqlah». Entonces Sulafa juró que, si lograba matar a Asim ibn Zabit ibn Abu al-Aqlah, bebería vino de su cráneo.

Hanzala ibn Abu Amir, conocido como Gasil [recibió póstumamente el título de Gasil porque los ángeles lo lavaron], entró en combate contra Abu Sufyan. En cierto momento, Hanzala cobró ventaja sobre Abu Sufyan. Al verlo, un guerrero qurayshí llamado Shaddad ibn al-Aswad atacó a Hanzala por sorpresa y lo mató. El Mensajero de Allah, Allah le bendiga y le conceda paz, dijo a sus compañeros: «Los ángeles están lavando a vuestro compañero Hanzala». Más tarde, se supo por su esposa que necesitaba realizar el baño ritual. Al oír el llamamiento a la yihad, no tuvo tiempo de bañarse y se dirigió de inmediato al campo de batalla.

Después, Allah hizo descender Su ayuda sobre los musulmanes y cumplió la promesa que les había hecho. Así, pudieron matar y aniquilar en gran número a las tropas de Quraysh. Incapaces de resistir el ataque del ejército musulmán, los incrédulos se vieron obligados a huir y sufrieron una derrota devastadora.

Al-Zubayr (que Allah esté complacido con él) dijo: «¡Por Allah!, vi a Hind, hija de Utba, y a sus acompañantes huir despavoridos. No vi que ningún grupo de idólatras, grande o pequeño, avanzara para salvarlos de ser capturados. Cuando la victoria estaba a punto de completarse, de repente los arqueros abandonaron sus posiciones para perseguir al ejército de Quraysh, que huía, y dejaron abierto el paso montañoso que estaba detrás de nosotros. Fuimos atacados por la retaguardia. Justo entonces, alguien gritó: “¡Muhammad ha sido asesinado!”. Sin otra alternativa, regresamos al campo de batalla, y el ejército de Quraysh volvió a lanzarse contra nosotros. Sin embargo, ya habíamos derrotado incluso a los portaestandartes y los habíamos dejado tan incapacitados que nadie podía acercarse a su estandarte caído. Finalmente, una mujer llamada Amrah bint al-Hariziyah lo levantó y se lo llevó a los qurayshíes. Entonces volvieron a reunirse alrededor de aquel estandarte y apoyándose en él.»

Los musulmanes se dispersaron. Aprovechando la ocasión, los enemigos penetraron entre ellos y lanzaron un ataque generalizado. Aquel día se convirtió en una dura prueba y en un día de purificación. Allah honró con el martirio a numerosos musulmanes. Incluso los enemigos llegaron hasta el Mensajero de Allah, Allah le bendiga y le conceda paz. Recibió un golpe en un costado del cuerpo. Como consecuencia, se le rompió un diente y resultaron heridos su rostro y sus labios. Utba ibn Abi Waqqas le había infligido ese golpe. Todo su rostro quedó cubierto de sangre. Mientras se limpiaba la sangre con la mano, dijo: «¿Cómo puede prosperar una nación que ensangrienta el rostro de su profeta, cuando él los invita hacia Allah, el Altísimo?». En respuesta a estas palabras, Allah, el Altísimo, reveló la siguiente aleya:

[Árabe *******]

«(¡Oh, Profeta!) No tienes autoridad para dictar la decisión final. La autoridad pertenece a Allah. Él puede perdonarlos o castigarlos, pues son injustos» (La familia de Imrán).

Según el relato de Abu Saíd al-Judri (que Allah esté complacido con él), el golpe de la lanza de Utba ibn Abi Waqqas rompió el diente inferior derecho del Mensajero de Allah, Allah le bendiga y le conceda paz, y le hirió el labio inferior. Abd Allah ibn Shihab al-Zuhri le hirió la frente. Ibn Qumra le golpeó la parte superior de la mandíbula. Como consecuencia, dos piezas de su casco se rompieron y se incrustaron en su mandíbula. Después cayó en uno de los hoyos que Abu Amir había cavado para que los musulmanes cayeran en ellos sin darse cuenta. En ese momento, Ali (que Allah esté complacido con él) le tomó de la mano, y Talha ibn Ubayd Allah (que Allah esté complacido con él) lo ayudó a levantarse. Con su ayuda, el Mensajero de Allah, Allah le bendiga y le conceda paz, pudo ponerse de pie. Malik ibn Sinan, padre de Abu Saíd al-Judri, chupó la sangre del rostro del Mensajero de Allah, Allah le bendiga y le conceda paz. Al advertirlo, el Mensajero de Allah, Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Aquel cuya sangre se mezcle con mi sangre no será tocado por el fuego del Infierno».

Cuando el ejército de los politeístas rodeó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, por todos lados, él dijo: «¿Quién está dispuesto a sacrificar su vida para defendernos?». Al oír esto, cinco compañeros ansar, entre ellos Ziyad ibn Sakan, se pusieron de pie y comenzaron a luchar uno tras otro hasta alcanzar el martirio, protegiendo al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. El último de ellos fue Ziyad ibn Sakan o Ammara ibn Yazid ibn Sakan. Él también luchó con gran valentía y resultó gravemente herido. Entretanto, un grupo de musulmanes regresó allí, luchó en defensa de aquel compañero herido, derrotó al enemigo y lo hizo retroceder. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, señaló al compañero herido y dijo: «Traedlo ante mí». Los musulmanes lo llevaron ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Él apoyó la cabeza del herido sobre sus rodillas y lo recostó. En ese estado, aquel compañero falleció.

Abu Dujana comenzó a proteger al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, utilizando su propio cuerpo como escudo. Las flechas se clavaban en su espalda, mientras él permanecía inclinado sobre el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ocultándolo con su cuerpo. Así, fueron numerosas las flechas que se clavaron en su cuerpo. Sa‘d ibn Abi Waqqas comenzó a lanzar flechas tratando de defender al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Sa‘d dijo: «Vi a Abu Dujana entregarme flecha tras flecha y decirme: “Que mis padres sean sacrificados por ti. Sigue lanzando flechas”». Incluso a veces me daba flechas sin punta y decía: «¡Lánzala!».

Después de la derrota y de que se difundiera el rumor de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, había alcanzado el martirio, Ka‘b ibn Malik fue el primero en reconocerlo. Ka‘b dijo: «Los ojos del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, brillaban desde dentro del casco; al verlos lo reconocí y grité de inmediato: “¡Oh musulmanes, buenas noticias! ¡El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, está vivo! ¡Está aquí!”». Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le hizo una señal y le dijo: «Guarda silencio».

Después de reconocer al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, los musulmanes se dirigieron todos con él hacia el desfiladero de la montaña. En ese momento se encontraban con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, un grupo de musulmanes, entre ellos Abu Bakr as-Siddiq, Umar al-Faruq, Ali ibn Abi Talib, Talha ibn Ubayd Allah y az-Zubayr ibn al-Awwam.

Mientras el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, descansaba en el desfiladero de la montaña, llegó allí Ubayy ibn Jalaf. Dijo: «¡Oh, Muhammad! Aunque esta vez hayas salvado la vida, no escaparás». Los musulmanes dijeron: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Es apropiado que alguno de nosotros muestre consideración a este hombre?». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Dejadlo venir». Cuando se acercó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, este tomó una lanza de manos de Hariz ibn Simma. Según algunas narraciones, después de tomar la lanza, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, hizo un movimiento tan aterrador que nosotros, asustados y aterrorizados, nos dispersamos y nos apartamos de él, del mismo modo que un enjambre de avispas venenosas sentado sobre el lomo de un camello se dispersa y sale volando cuando el camello se mueve violentamente. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, avanzó hacia él y le asestó un golpe de lanza en el cuello. Al recibir el golpe, Ubayy ibn Jalaf cayó de la espalda de su caballo y rodó varias veces.

Anteriormente, Ubayy ibn Jalaf se encontraba con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en La Meca y le decía: «¡Oh, Muhammad! Tengo un caballo llamado “Awz”. Cada día le doy como alimento un faraq de maíz (40 kilogramos). Montado en ese caballo, te mataré». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondía: «Más bien, si Allah quiere, yo te mataré».

Aunque la herida que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le había infligido a Ubayy en el hombro no era muy grave, sangraba por ella. En ese estado regresó junto a los quraysh y dijo: «¡Por Allah! Muhammad me ha matado». Los quraysh dijeron: «En realidad, estás sumamente aterrorizado. No tienes nada que temer». Él dijo: «Cuando estábamos en La Meca, Muhammad me dijo: “Yo te mataré”. Ahora temo que, aunque solo me escupa, moriré». Los quraysh partieron con él rumbo a La Meca. En el camino, en un lugar llamado Sarif, terminó la vida de este enemigo de Allah.

Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a la entrada del desfiladero de la montaña, Ali ibn Abi Talib salió en busca de agua, llenó un odre en Mehras, un estanque o lago rodeado de piedras situado cerca de Uhud, y se la llevó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, para que bebiera. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, percibió un mal olor en el agua y no bebió de ella. En cambio, se lavó con ella la sangre del rostro y, mientras se echaba un poco sobre la cabeza, dijo: «Quien haya ensangrentado el rostro del Profeta de Allah sufrirá la terrible ira de Allah».

Después, el Mensajero de Allah intentó subir a una colina de la montaña. Sin embargo, se encontraba bastante débil y solo pudo reunir fuerzas con la ayuda de dos armaduras. Al no lograr subir la colina, Talha ibn Ubaydullah lo cargó sobre sus hombros y lo hizo subir. El Mensajero de Allah dijo: «Por el buen servicio que Talha prestó al Mensajero, el Paraíso se volvió inevitable para él».

Entre los muertos de la batalla de Uhud se encontraba Mukhayriq, de la tribu de Banu Za’laba. El día de la batalla de Uhud, dijo a sus compatriotas judíos: «¡Oh, judíos! Sabéis con certeza que es vuestro deber ayudar a Muhammad». Los judíos respondieron: «Pero hoy es sábado». Él dijo: «La excusa del sábado no es válida para vosotros». Después tomó su espada y su equipo, y marchó a la batalla. Dijo: «Si muero, todas mis propiedades pertenecerán a Muhammad. Él podrá disponer de ellas como quiera». Luego se dirigió hacia el Mensajero de Allah y murió luchando a su lado. El Mensajero de Allah dijo: «Mukhayriq es el mejor de los judíos».

Abu Huraira (que Allah esté complacido con él) solía decir: «Decidme quién es la persona que entrará en el Paraíso aunque no haya rezado». Como la gente no podía responder, preguntaba: «¿Quién es ese afortunado?». Él respondía: «Usayrim, Amr ibn Zabit ibn Waqash, de Banu Abd al-Ashhal». Husayn ibn Abd al-Rahman dijo: «Le pregunté a Mahmud ibn Asad: “¿Cómo era Usayrim?”». Él respondió: «Antes se negaba a aceptar el islam. Pero el día en que el Mensajero de Allah partió hacia Uhud para combatir, comprendió la verdad del islam y lo aceptó. Después corrió con su propia espada y llegó al campo de batalla. Comenzó a luchar y quedó inmóvil tras sufrir heridas graves. Más tarde, los hombres de Banu Abd al-Ashhal fueron al campo de batalla en busca de los cadáveres de los suyos y lo encontraron. Al reconocerlo, comenzaron a preguntarse entre sí: “¿Cómo llegó Usayrim aquí? Él se negaba a aceptar el islam”. Entonces todos le preguntaron: “¡Oh, Amr! ¿Por qué viniste aquí a luchar: por apego a tu tribu o atraído por el islam?”. Él respondió: “Atraído por el islam. He creído en Allah y en Su Mensajero, y me he hecho musulmán. Luego vine con mi espada ante el Mensajero de Allah, luché y fui herido”. Poco después, Usayrim murió ante sus ojos. Cuando el Mensajero de Allah oyó su historia, dijo: “Él es uno de los habitantes del Paraíso”».

Amr ibn Yamuh era un hombre sumamente cojo. Tenía cuatro hijos semejantes a leones. Ellos solían ir a luchar junto al Mensajero de Allah en diversos campos de batalla. El día de la batalla de Uhud, quisieron impedir que su padre, Amr, fuera. Le dijeron: «Allah te ha eximido de la obligación de ir a la guerra». Amr fue ante el Mensajero de Allah y dijo: «Mis hijos no quieren permitirme acompañarte en esta batalla. ¡Por Allah! Espero entrar en el Paraíso incluso con esta pierna coja».

El Mensajero de Allah dijo: «Es cierto que Allah te ha eximido de la obligación de luchar en el yihad». En cambio, dijo a sus hijos: «Podríais no impedir que vuestro padre vaya a la batalla. Es posible que Allah haya decretado para él el martirio». Después, Amr luchó en Uhud y murió como mártir. Mientras tanto, Hind, hija de Utba, y sus compañeras comenzaron a mutilar los cadáveres de los compañeros del Mensajero de Allah que habían muerto. Les cortaron la nariz y las orejas. Hind hizo con ellas brazaletes para los tobillos y un collar, y regaló esos brazaletes, el collar y los pendientes a Wahshi, el esclavo de Jubayr ibn Mutim. Sacó el hígado de Hamza y lo mordió, pero, al no poder tragarlo, lo escupió.

Halís ibn Dibbán era aquel día el comandante de las tropas abisinias del ejército de Quraysh. Pasaba junto a Abu Sufyan y vio que Abu Sufyan golpeaba la barbilla de Hamza con la punta de su lanza mientras decía: «¡Rebelde miserable! Ahora saborea el placer». Halís no pudo permanecer callado al ver aquella escena. Los hombres de Banu Kinana se encontraban cerca. Los llamó y les dijo: «¡Oh, Banu Kinana! Mirad al jefe de Quraysh: ved cómo trata a su propio primo muerto». Abu Sufyan, desconcertado, dijo: «¡Qué desgracia! Ha sido un desliz mío. No se lo digas a nadie».

Después, Abu Sufyan decidió regresar a casa desde el campo de batalla. Justo antes de partir, subió a la montaña y gritó en voz alta: «Los hombres diligentes han recibido su debida recompensa. La victoria y la derrota en la guerra se alternan: un día para un bando y otro día para el otro. ¡Oh, Hubal —nombre de un ídolo—, sé poderoso! Es decir, haz que tu religión triunfe». El Mensajero de Allah ordenó a Umar (que Allah esté complacido con él) responder a aquel grito y le dijo: «Di: Allah es el Más Grande y el Más Elevado. Nosotros y vosotros no somos iguales. Nuestros muertos están en el Paraíso y los vuestros están en el Infierno». Cuando Umar respondió a Abu Sufyan con este grito, Abu Sufyan dijo: «Umar, acércate un momento». El Mensajero de Allah dijo a Umar: «Ve y escucha qué quiere decir». Umar se acercó. Abu Sufyan dijo: «¡Oh, Umar! Te conjuro por Allah: dime la verdad, ¿hemos matado a Muhammad?». Umar respondió: «¡Por Allah!, no. Incluso en este momento él ha oído lo que dices». Abu Sufyan dijo: «Te considero más honrado y veraz que Ibn Qumay’a». Cabe señalar que Ibn Qumay’a había dicho a los qurayshíes: «He matado a Muhammad».

Después, Abu Sufyan se dirigió a Umar y dijo: «Algunos de vuestros muertos han sido mutilados. Créeme, no ordené que se hiciera, pero tampoco lo prohibí. Asimismo, no estoy contento ni disgustado por ello».

Al abandonar el campo de batalla, Abu Sufyan lanzó el desafío anticipado de volver a encontrarse con ellos el año siguiente en la llanura de Badr. Inmediatamente, siguiendo las instrucciones del Mensajero de Allah, un compañero le comunicó a Abu Sufyan que ellos también estaban preparados para enfrentarse a él el año siguiente.

Después de que el ejército de Quraysh abandonó el campo y emprendió la marcha, el Mensajero de Allah envió a Ali, diciéndole: «Ve tras ellos y observa adónde van y qué hacen. Si llevan la caballería hacia el sur y montan los camellos, debes entender que se dirigen a La Meca. Pero si montan los caballos y conducen los camellos, debes entender que se dirigen a Medina. ¡Por Allah!, aunque quisieran atacar Medina, me presentaré con un ejército contra ellos y los rechazaré». Ali dijo: «Los seguí y vi que llevaban la caballería hacia el sur y se dirigían a La Meca montados en camellos».

Entonces los musulmanes salieron en busca de los muertos. El Mensajero de Allah dijo: «Buscad a Sa’d ibn Rabi y averiguad si está muerto o vivo». Un compañero de los Ansar comenzó a buscarlo. Finalmente lo encontró entre los muertos, gravemente herido y agonizando. Le dijo: «El Mensajero de Allah me ha ordenado averiguar si estás vivo o has muerto». Sa’d respondió: «Considérame muerto. Transmite mi saludo al Mensajero de Allah y dile: “Oh, Mensajero de Allah, Sa’d ibn Rabi ha suplicado a Allah que te conceda, de nuestra parte, la mejor recompensa que corresponde otorgar a un profeta en nombre de su comunidad”. Y transmite mi saludo a los musulmanes y diles: “Sa’d ibn Rabi dice que, si mientras uno solo de vosotros siga vivo el enemigo logra llegar hasta vuestro profeta, no tendréis ninguna excusa ante Allah”». Poco después de decir esto, Sa’d sucumbió a la muerte. Luego Muhammad ibn Maslama fue ante el Mensajero de Allah y le informó sobre Sa’d. El Mensajero de Allah salió personalmente en busca de Hamza ibn Abd al-Muttalib. Lo encontró en medio del campo. Vio que le habían abierto el vientre y extraído el hígado, y que habían mutilado su cadáver cortándole la nariz y las orejas. Al ver aquello, el Mensajero de Allah dijo: «Si Safiyya no fuera a afligirse y si no temiera que se estableciera una práctica permanente, dejaría aquí a Hamza y me marcharía, dejando que las fieras y las aves devoraran su cadáver. Si Allah me concede la victoria sobre Quraysh en otro campo de batalla, mutilaré y desfiguraré de esta manera los cadáveres de treinta de ellos». Cuando los musulmanes vieron al Mensajero de Allah profundamente afligido, sumamente indignado y perturbado por el trato salvaje dado a su tío, también juraron que, si alguna vez vencían a Quraysh, mutilarían sus cadáveres de una manera sin precedentes en la historia de Arabia.

Ibn Abbas dijo que fue con motivo de aquel juramento del Mensajero de Allah y sus compañeros que Allah reveló este versículo:

[Árabe *******]

«Si castigáis a alguien, castigadlo en la misma medida en que habéis sido castigados. Pero si mostráis paciencia, eso es mejor para los pacientes. Sé paciente y perseverante. Tu paciencia y perseverancia deben ser únicamente por la complacencia de Allah. No te aflijas por su conducta ni te angusties por sus maquinaciones».

A causa de estos dos versículos, el Mensajero de Allah perdonó a los idólatras y ordenó a todos abstenerse de mutilar los cadáveres.

Después, el Mensajero de Allah cubrió el cadáver de Hamza con una sábana. Luego realizó la oración fúnebre. Después, lo colocaron junto a los demás cadáveres y él realizó la oración fúnebre por cada uno de ellos. De este modo, realizó setenta y dos oraciones fúnebres por Hamza.

Ibn Ishaq dice: Safiyya, hija de Abd al-Muttalib, vino a ver a Hamza. Hamza era su hermano de padre y madre. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo a Zubayr ibn al-Awwam, hijo de Safiyya: «Ve a encontrarte con tu madre, convéncela y hazla regresar, para que no vea el estado tan lamentable de su hermano». Zubayr fue y dijo: «Madre, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le pide que regrese». Safiyya dijo: «¿Por qué? Me he enterado de que el cuerpo de mi hermano ha sido mutilado. Eso ocurrió por la causa de Allah, y para mí es motivo de alegría. Si Allah quiere, tendré paciencia y estaré satisfecha». Zubayr dijo: «Entonces, deja que venga». Safiyya se acercó, vio a Hamza, recitó: «En verdad, pertenecemos a Allah y a Él regresaremos», y pidió perdón por él. Después, por orden del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, su cuerpo fue enterrado.

Muchos musulmanes llevaron los cuerpos de los mártires a Medina y los enterraron allí. Más tarde, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, prohibió hacerlo y ordenó que fueran enterrados en el mismo lugar donde habían muerto.

Se transmitió de Abd Allah ibn Tha’laba. Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, vio los cuerpos de los mártires, dijo: «Doy testimonio acerca de ellos de que todo aquel que haya sido herido por la causa de Allah, cuando Allah lo resucite el Día de la Resurrección, seguirá sangrando por sus heridas. El color de esa sangre será el de la sangre, pero su aroma será como el del almizcle. Averiguad quién de ellos dominaba mejor el Corán. Luego enterrad a esa persona delante de los demás». Después, enterraron juntos a dos o tres personas en cada tumba.

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, emprendió el camino hacia Medina. En ese momento se encontró con una mujer llamada Hamna bint Yahsh. Primero le comunicaron el martirio de su hermano, Abd Allah ibn Yahsh; ella recitó: «En verdad, pertenecemos a Allah», y pidió perdón. Después le comunicaron la muerte de su tío materno, Hamza ibn Abd al-Muttalib; volvió a recitar: «En verdad, pertenecemos a Allah», y pidió perdón. Luego le informaron de que su esposo, Musab ibn Umayr, había sido martirizado, y ella rompió a gritar. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, comentó: «Por eso el esposo de una mujer ocupa un lugar especialmente querido para ella». Dijo esto al ver que había permanecido firme al recibir la noticia de la muerte de su tío y de su hermano, pero había gritado al enterarse de la muerte de su esposo.

En ese momento, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pasaba cerca de las casas de los compañeros ansaríes de Banu Abd al-Ashhal y de la familia de Yafar. Al oír los desgarradores lamentos de las familias afligidas por la pérdida de sus seres queridos muertos en la batalla, sus ojos también se llenaron de lágrimas. Entonces recordó a Hamza, rompió a llorar y dijo: «¡No hay nadie que llore por Hamza!». Más tarde, cuando Saad ibn Muadh y Usayd ibn Hudayr regresaron a sus casas, ordenaron a las mujeres de sus familias que lloraran y se lamentaran por el tío del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Al oír el llanto de aquellas mujeres por Hamza, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, salió de su casa. Las vio llorando sentadas en la mezquita y les dijo: «Que Allah derrame Su misericordia sobre vosotras. Ahora podéis marcharos, pues me habéis mostrado suficiente compasión».

Había otra mujer de Banu Dinar. Su esposo, su hermano y su padre habían sido martirizados en la batalla de Uhud. Cuando le comunicaron la muerte de todos aquellos seres queridos, dijo serenamente: «¿Cómo se encuentra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz?». Todos respondieron: «Está bien; se encuentra como tú querrías que estuviera». La mujer dijo: «Mostradme al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Quiero verlo». Entonces le mostraron al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Al verlo, la mujer dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Después de comprobar que estás a salvo, cualquier otra calamidad me parece insignificante».

Después, cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a su casa, entregó su espada a su hija Fátima y dijo: «Querida hija, lávala y límpiala. Hoy ha sido de gran utilidad». Ali ibn Abi Talib también entregó su espada a Fátima y dijo: «Lava también la sangre de esta espada. ¡Por Allah!, ha sido de gran utilidad». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Si hoy has combatido con sinceridad, debes saber que Sahl ibn Hunayf y Abu Dujana también han demostrado sinceridad en el yihad junto a ti».

La batalla de Uhud tuvo lugar el sábado 15 de Shawwal. Al día siguiente, domingo 16 de Shawwal, el pregonero del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, anunció que había que perseguir al enemigo. Sin embargo, nadie que no hubiera estado presente en la batalla del día anterior podría partir ese día; solo podrían hacerlo quienes habían estado allí el día anterior. Al oír esto, Yabir ibn Abd Allah dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Mi padre me había dejado en casa para cuidar de mis siete hermanas. Me dijo: “No sería correcto que tú o yo dejáramos a estas muchachas sin ningún hombre que las cuidara. Tampoco me es posible quedarme en casa y dejar que tú vayas a combatir junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pues no puedo preferir eso para mí. Por tanto, quédate con tus hermanas”. Por eso me quedé con ellas». Al escuchar esto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le permitió acompañarlo en la expedición para perseguir al enemigo. El propósito de esta expedición era únicamente intimidar al enemigo. Se llevó a cabo para hacerle comprender que la persecución demostraba la fuerza de los musulmanes y que el desastre de la batalla de Uhud no los había desanimado en lo más mínimo.

El Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda la paz— partió en expedición y llegó a un lugar llamado Hamrāʾ al-Asad, situado a ocho millas de Medina. Después de permanecer allí el lunes, el martes y el miércoles, regresó a Medina. Durante ese tiempo, confió la administración de Medina a Abdullah ibn Umm Maktum. Maʿbad ibn Abi Maʿbad al-Juzāʿī todavía era politeísta. Todos los miembros de su tribu, Juzāʿa, tanto musulmanes como politeístas, mantenían una estrecha relación con el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda la paz— y protegían sus asuntos confidenciales en la región de Tihama. Además, le informaban de todo cuanto ocurría en Tihama; no le ocultaban nada. Un día, el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda la paz— se encontró con Maʿbad. Refiriéndose a lo ocurrido en Uhud, este dijo: “Muhammad, nos sentimos afligidos y apenados por la desgracia que te ha acontecido. Todos deseábamos que Dios te mantuviera a salvo”. Después, Maʿbad se marchó. El Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda la paz— permaneció en Hamrāʾ al-Asad. Cuando Maʿbad llegó a Rawḥā [64. Rawḥā es una localidad donde habitaba la tribu de Muzayna, situada a dos días de camino de Medina.], se encontró con Abu Sufyan y sus hombres. Estos habían decidido volver a atacar al Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda la paz— y a sus Compañeros. Se decían entre sí: “Hemos acabado con muchos de los hombres influyentes y dirigentes de los compañeros de Muhammad, pero regresamos a La Meca sin haberlos aniquilado por completo. Más bien volveremos a atacarlos y no descansaremos hasta acabar con ellos”. En ese momento, al ver a Maʿbad, Abu Sufyan le preguntó: “Maʿbad, ¿qué noticias hay por allí?”. Maʿbad respondió: “He visto que Muhammad ha reunido una enorme multitud con sus compañeros y que viene corriendo tras vosotros con ellos. Nunca había visto una concentración semejante. Incluso quienes no acudieron a combatir el día de la batalla de Uhud se han unido esta vez a Muhammad. Se han arrepentido de lo que hicieron”.

“He visto entre ellos una ira y un rencor tan terribles contra vosotros como nunca antes había visto”. Abu Sufyan dijo: “¿Qué dices?”. Maʿbad respondió: “Juro por Dios que quizá lleguen de un momento a otro. Tal vez veas las cabezas de sus caballos antes de partir”. Abu Sufyan dijo: “Nosotros ya nos hemos preparado para volver a atacar y acabar con los que quedan de ellos”. Maʿbad dijo: “Entonces te lo prohíbo: no hagas eso. Al ver sus preparativos, incluso he compuesto un poema. Abu Sufyan preguntó: “¿Qué poema has compuesto? Recítamelo”. Maʿbad dijo: “Este es el poema:”

“Ante sus amenazas y bramidos, mi camello casi se desmaya de terror

Cuando una manada de caballos de crines cortas avanzó sobre la tierra como una inundación:

Se lanzó velozmente al campo de batalla, llevando consigo hombres altos, orgullosos y semejantes a leones

No eran como soldados desarmados, tambaleantes y cabizbajos.

Eché a correr de inmediato. Pensé que la tierra se inclinaba

cuando se abalanzó hacia nosotros junto con un comandante invencible.

Dije: «El valle tembló bajo las pisadas de aquel ejército».

Advierto claramente a los sensatos y juiciosos habitantes del Sagrado Santuario

contra el ejército de Ahmad.

Sin embargo, no hay vileza alguna en su ejército.

En realidad, no existen palabras adecuadas para la advertencia que estoy pronunciando». Al escuchar este relato, Abu Sufyan y sus compañeros desistieron de marchar a la guerra.

Abu Sufyan se encontró con una caravana de los Banu Abd al-Qays. Les preguntó: «¿Adónde vais?». Ellos respondieron: «A Medina». Abu Sufyan preguntó: «¿Con qué propósito?». Respondieron: «Para traer y llevar alimentos». Él dijo: «¿Podríais llevar un mensaje mío a Muhammad? Si lo hacéis, mañana iré al mercado de Ukaz y os daré una gran cantidad de pasas». Ellos aceptaron llevar el mensaje. Él dijo: «Decidle a Muhammad que hemos decidido atacarles a él y a sus hombres y exterminar a los supervivientes». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, todavía se encontraba en Hamra al-Asad. Allí se encontraron con él y le transmitieron el mensaje de Abu Sufyan. Al oírlo, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¡Hasbunallahu wa ni‘mal wakil! (¡Allah nos basta y qué excelente Protector es!)». Después, en aquella zona, cayeron en manos del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dos espías enemigos: Muawiya ibn al-Mughira ibn Abu al-As y Abu Izzat al-Yumahi. El último de ellos había sido capturado por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, como prisionero de guerra en la batalla de Badr, y después había sido liberado sin pagar rescate. Dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah, no me matéis!». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «No se te dará la oportunidad de regresar a La Meca y jactarte satisfecho de que engañaste a Muhammad dos veces. ¡Oh, Zubayr, decapítalo!». Zubayr lo decapitó inmediatamente.

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresó a Medina. En Medina vivía un hombre distinguido llamado Abdullah ibn Ubayy ibn Salul. Todos los viernes desempeñaba un papel especial para exhibir su prestigio ante su tribu. Cada vez que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, comenzaba a pronunciar un sermón ante la gente, él se levantaba y decía: «¡Oh, gente! Aquí está el Mensajero de Allah ante vosotros. Por medio de él, Allah ha aumentado vuestro poder y vuestro honor. Por tanto, ayudadlo y apoyadlo, y escuchadlo y obedecedlo». Después de decir esto, se sentaba. Antes de la batalla de Uhud, nadie objetaba su actuación. Pero en la batalla de Uhud desempeñó el papel de un traidor abominable e hizo que un gran número de personas se apartaran del camino de la guerra. Aun después de eso, cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pronunciaba el sermón del viernes, él se levantó como antes para exhibir su prestigio, alabando al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Los musulmanes tiraron inmediatamente de sus ropas desde todos los lados y le dijeron: «¡Enemigo de Allah, siéntate! Después de lo que has hecho, esas palabras no son dignas de tu boca». Entonces, mientras salía pasando por encima de los hombros de los fieles congregados, dijo: «La frase que estaba diciendo para dar importancia a la misión del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, parece haberse convertido en una mala frase». En la puerta de la mezquita se encontró con un compañero ansarí. Este le preguntó: «¿Qué te pasa?». Él respondió: «Estaba intentando dar importancia a la misión del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Entonces sus compañeros se abalanzaron sobre mí, comenzaron a tirar de mí y me reprendieron. Yo me había esforzado por dar importancia a la misión del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pero a todos les pareció algo muy malo». El compañero ansarí le dijo: «Ve, regresa. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pedirá a Allah que te perdone». Él respondió: «No quiero que pida perdón por mí».

Ibn Ishaq dice: «La batalla de Uhud fue un día de prueba extrema y calamidad. Mediante ella, Allah puso a prueba a los creyentes y separó y depuró a los hipócritas. Ese día quedaron identificados quienes afirmaban con la boca tener fe, pero albergaban secretamente en su interior ideas de incredulidad. Y ese día Allah honró con el martirio a aquellos de Sus siervos amados a quienes quiso conferir el honor del martirio».

Tercer año de la Hégira: expedición de Rajīʿ

Después de la batalla de Uhud, un grupo de hombres de las tribus de ʿAdal y Qārah se presentó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Dijeron: «Oh, Mensajero de Allah, nuestra gente ha abrazado el islam. Por tanto, envía con nosotros a un grupo de tus compañeros para que nos enseñen detalladamente las normas del islam y nos hagan recitar el Corán». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió con ellos a Mursad ibn Abū Mursad, Khālid ibn Bukayr, ʿĀsim ibn Thābit, Khubayb ibn ʿAdī, Zayd ibn al-Dathinnah y ʿAbdullah ibn Tāriq. Nombró como comandante a Mursad ibn Abū Mursad. Este partió llevando consigo a todos. Cuando llegaron a al-Rajīʿ, un abrevadero de la tribu de Hudhayl situado en Hudāʾ, entre ʿUsfān y La Meca, en un extremo del Hiyaz, los traicionaron. Los traidores pidieron también ayuda a la tribu de Hudhayl. Los Compañeros aún estaban montados. Vieron que hombres armados con espadas los habían rodeado por todos lados. Se prepararon para luchar con sus propias espadas. Entonces los incrédulos dijeron: «¡Por Allah! No queremos mataros. Queremos obtener, por medio de vosotros, algún dinero de los habitantes de La Meca. Juramos por Allah que no os mataremos». Pero Mursad ibn Abū Mursad, Khālid ibn Bukayr y ʿĀsim ibn Thābit dijeron: «No confiamos en el juramento ni en el pacto de ningún politeísta». ʿĀsim ibn Thābit respondió recitando los siguientes versos:

«No soy débil, pues soy un hombre poderoso, portador de una lanza

Tengo un arco con flechas veloces y afiladas.

La punta de una lanza fuerte y gruesa salta despedida al ser golpeada por esas flechas

En verdad, la muerte es real y la vida es vanidad.

Lo que Allah ha decretado para el ser humano es inevitable

y el ser humano está obligado a someterse a su destino».

Después lucharon contra los infieles, y los tres alcanzaron el martirio.

Cuando Asim fue asesinado, la gente de la tribu de Hudhayl decidió vender su cabeza a Sulafa bint Saad. Después de que los dos hijos de aquella mujer murieran a manos de Asim en la batalla de Uhud, ella había jurado que, si obtenía la cabeza de Asim, bebería vino de su cráneo. La tribu de Hudhayl, con ese propósito, fue a buscar la cabeza de Asim; pero, como tábanos y abejas rodeaban su cadáver, no pudo llevársela. Dijeron: «Dejémosla aquí por ahora. Por la tarde se irán los tábanos y las abejas; entonces cortaremos su cabeza y la llevaremos». Dicho esto, se marcharon. Mientras tanto, Allah hizo desbordarse una inundación en aquella zona, y el cadáver de Asim fue arrastrado y desapareció con ella.

Antes de alcanzar el martirio, Asim suplicó a Allah que ningún politeísta pudiera tocar su cadáver y que él mismo tampoco tocara a ningún politeísta, pues consideraba y odiaba de todo corazón a los politeístas por considerarlos impuros. Cuando Umar ibn al-Jattab, que Allah esté complacido con él, oyó que los politeístas no habían podido tocar el cadáver de Asim porque los tábanos y las abejas lo habían rodeado, dijo: «Así es como Allah protege a Su siervo creyente. Durante su vida, Asim había prometido que no tocaría a ningún politeísta ni permitiría que ningún politeísta tocara su cuerpo. Después de su muerte, Allah lo protegió exactamente del mismo modo en que él se había protegido durante su vida».

Zayd ibn Dathina, Khubayb ibn Adi y Abdullah ibn Tariq adoptaron una actitud conciliadora y desearon seguir con vida. Extendieron las manos y se entregaron. Los infieles los capturaron y los llevaron a La Meca para venderlos. Cuando llegaron a Dahran, Abdullah ibn Tariq se liberó desatando las ataduras de sus manos y empuñó su espada. Los infieles no pudieron atraparlo, pero lo martirizaron arrojándole piedras desde lejos. Fue enterrado en Dahran.

Después llegaron a La Meca llevando consigo a Khubayb ibn Adi y Zayd ibn Dathina. Los qurayshíes tenían dos prisioneros de la tribu de Hudhayl. A cambio de ellos, vendieron a aquellos dos Compañeros a los qurayshíes. Hujayr ibn Abu Wahab compró a Khubayb en nombre de Uqba ibn al-Harith, para que Uqba pudiera matarlo en venganza por el asesinato de su padre. Safwan ibn Umayya tomó a Zayd ibn Dathina para matarlo en represalia por el asesinato de su propio padre, Umayya ibn Khalaf. Safwan lo envió con su esclavo Nastas a Tan’im, fuera del Santuario Sagrado, para matarlo. Allí una gran multitud de qurayshíes, entre ellos Abu Sufyan, rodeó a Zayd. Cuando llevaron a Zayd para ejecutarlo, Abu Sufyan dijo: «¡Oh, Zayd! Si hoy tomáramos a Muhammad en tu lugar, lo matáramos y te enviáramos con tu familia, ¿te gustaría eso?». Zayd respondió: «Por Allah, no me gustaría en absoluto que Muhammad, que Allah le bendiga y le dé paz, estuviera en el lugar donde está y que una espina se le clavara, causándole dolor, mientras yo permaneciera cómodamente entre mi familia».

Abu Sufyan comentó: «Nunca he visto en nadie un amor tan profundo como el que los Compañeros de Muhammad sentían por él». Después, Nastas mató a Zayd.

Mabia, la esclava emancipada de Hujayr ibn Abu Wahab, que ya había aceptado el islam, dijo: «Khubayb estaba conmigo; lo tenían prisionero en mi propia casa. Un día lo vi comiendo uvas de un racimo tan grande como la cabeza de un hombre, aunque en aquel momento no había uvas en La Meca. Cuando se acercó el momento de su ejecución, me pidió una navaja para asearse y purificarse como preparación para la muerte. Hice que un muchacho del vecindario le trajera una navaja. Le dije al muchacho que entrara en la habitación de Khubayb con ella. Cuando entró, de repente pensé: “¿Qué he hecho? ¡Qué desgracia! ¿Y si este hombre mata al muchacho para vengarse? Podría cobrarse de antemano la vida de una persona a cambio de la suya”. Cuando el muchacho le entregó la navaja a Khubayb, este le dijo: “¿Acaso tu madre no tuvo miedo al enviarte conmigo con esta navaja?”. Dicho esto, envió inmediatamente al muchacho de vuelta».

Después, los qurayshíes llevaron a Khubayb a Tan’im para ejecutarlo. Khubayb dijo: «Si no tenéis inconveniente, dejadme rezar dos rakaat». Ellos respondieron: «Está bien, reza».

Rezaba dos rak‘at de oración con gran esmero. Después se dirigió a los incrédulos y dijo: «Si no pensarais que estoy prolongando la oración para pasar el tiempo por miedo a morir, rezaría un poco más». En efecto, cada vez que los musulmanes se enfrentaban a una ejecución de este tipo, se convirtió en una práctica suya rezar dos rak‘at, y Khubayb fue el primer pionero en establecer esta costumbre.

Después, los incrédulos lo subieron a un madero y lo ataron firmemente. En ese momento, Khubayb recitó la siguiente súplica: «¡Oh, Allah! Hemos transmitido el mensaje de Tu Mensajero. Hazle saber, antes de mañana por la mañana, al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— cómo nos han tratado. ¡Oh, Allah! Mátalos uno por uno, contándolos minuciosamente, y no dejes escapar a ninguno de ellos». Después, mataron a Khubayb (que Allah esté complacido con él). Que Allah haga descender Su misericordia sobre él.

Mu‘awiya, hijo de Abu Sufyan (que Allah esté complacido con él), solía decir: «Ese día, yo también estaba junto a Abu Sufyan entre quienes se habían reunido alrededor de Khubayb. En aquel entonces circulaba la creencia popular de que, si alguien era objeto de una maldición y se tumbaba inmediatamente de lado, podía librarse de ella».

Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él) nombró a Sa‘id ibn Amir, de la tribu de Yumah, administrador de una región de Siria. Este solía desmayarse repentinamente delante de la gente. Se informó de ello a Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él). Le comunicaron que algo le ocurría a Sa‘id. Umar (que Allah esté complacido con él) le preguntó: «¡Oh, Sa‘id! ¿Qué te sucede?». Sa‘id respondió: «¡Oh, Amir al-Mu’minin! No padezco ninguna enfermedad. Sin embargo, estuve presente cuando mataron a Khubayb y escuché su maldición. Cada vez que recuerdo aquella maldición mientras me encuentro en una reunión, pierdo el conocimiento». Más tarde, se recuperó gracias a Umar.

Abdullah ibn Abbas dijo: Cuando el grupo de Asim y Mursid fue atacado en Raji‘, los hipócritas, al enterarse de la noticia, comentaron: «¡Qué desgracia la de esos engañados que murieron de ese modo! No se quedaron en sus casas ni lograron transmitir el mensaje de su profeta». Allah reveló una aleya como respuesta a estas palabras de los hipócritas.

[Árabe *********]

Hay personas cuyas palabras en la vida mundana te maravillan (es decir, pronuncian con la boca hermosos discursos sobre el islam) y ponen a Allah como testigo de lo que hay en sus corazones (aunque su estado interior es completamente contrario a sus palabras), mientras que son acérrimos enemigos de la justicia y la verdad. (Es decir, cuando conversan contigo, se entregan a una disputa encarnizada). Pero cuando alcanzan el poder, propagan el desorden en la Tierra y se esfuerzan por destruir las cosechas y a la humanidad. Allah no ama sus acciones destructivas. Cuando se les dice que teman a Allah, su orgullo los mantiene aferrados al pecado; el Infierno será suficiente para tales personas. ¡Y qué pésimo lugar es! Y hay otros que se sacrifican a sí mismos buscando la complacencia de Allah (luchando por la causa de Allah y cumpliendo Sus derechos). En verdad, Allah es sumamente compasivo con Sus siervos». Las últimas palabras se refieren precisamente a los musulmanes expedicionarios de Raji‘.

A propósito de este suceso, los historiadores han citado un poema de Khubayb. Cuando Khubayb supo que habían decidido crucificarlo, recitó este poema:

«Los grupos han reunido a todas sus tribus a mi alrededor

han mostrado toda la hostilidad que han podido contra mí,

porque, aun poniendo en peligro mi propia vida, he permanecido firme en mis principios.

Han reunido a todas sus mujeres y a sus hijos,

y me han acercado a una rama larga y resistente

(para empalarme)

Solo a Allah expongo las súplicas de mi vida en el exilio y de mi profundo sufrimiento.

Y también la preparación que los grupos enemigos han hecho para matarme.»

Por tanto, oh Señor del Trono, concédeme paciencia ante la intriga tramada contra mí,

y dame la capacidad de soportarla.

Mis enemigos han vendido mi carne,

y con ello se ha apagado la lámpara de la esperanza de mi vida.

Pero eso (la muerte inminente) es únicamente por causa de la Ilah,

quien, si quiere, puede conceder una bendición infinita incluso a mis miembros despedazados

puede conceder,

me han ofrecido, en lugar de un solo Ilah, la muerte y la incredulidad

me pidió que aceptara uno de ellos.

mis ojos han rechazado ambos, y mi corazón

no tiene ningún miedo (a la muerte)

No temo en absoluto a la muerte, pues necesariamente he de morir.

Solo deseo salvarme del fuego devorador del Infierno.

¡Por Dios!, no temeré nada cuando muera como musulmán; y, al ser asesinado por la causa de Dios, no importa hacia qué lado caiga.

No mostraré la menor flexibilidad ante el enemigo,

ni manifestaré ninguna inquietud. Pues a Dios es a quien regreso.»

En duelo por Khubaib, Hassán ibn Sábit compuso y recitó los siguientes versos:

«¿Qué les ocurre a tus ojos, que no dejan de derramar lágrimas (dirigiéndose a sí mismo)

que se deslizan continuamente sobre el pecho como perlas

por el dolor de Khubaib, quien era uno de aquellos jóvenes que sabían

que, cuando te encuentres con Él, no habrá fracaso ni

inquietud.

Así pues, ¡oh Khubaib, parte! Que Allah te conceda la mejor recompensa.»

¿Qué responderéis si el Profeta os pregunta (¡oh, qurayshíes!)

cuando los ángeles piadosos estén reunidos en el horizonte,

¿A cambio de qué matasteis al testigo de Dios?

¿A cambio de un rebelde contra Dios, oportunista y causante de disturbios en diversas tierras?

(Cabe señalar que Khubaib, que Dios esté complacido con él, mató a Harith en la batalla de Badr.)

El incidente de Bi’r Ma’una (4.º año de la Hégira)

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, permaneció en Medina durante el resto de Shawwal, Dhu al-Qa’da, Dhu al-Hiyya y Muharram. Los politeístas habían renunciado a realizar el hach de ese año. En el mes de Safar, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a los expedicionarios de Bi’r Ma’una. Este acontecimiento tuvo lugar apenas cuatro meses después de la batalla de Uhud.

El trasfondo del acontecimiento fue el siguiente: Abu Bara Amir ibn Malik ibn Ya’far, conocido como «Mula’ib al-asinna» —el experto en el juego de las lanzas—, llegó a Medina para reunirse con el Mensajero de Allah. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le presentó el islam y lo invitó a aceptarlo. No aceptó el islam, pero tampoco dijo nada contra él. Dijo: «Oh, Muhammad, si envías a algunos de tus compañeros a la gente de Nay. que los inviten a seguir tu religión, creo que aceptarán tu religión». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Temo que la gente de Nay pueda hacerles daño». Abu Bara dijo: «Yo garantizo su seguridad. Envíalos; que inviten a la gente a seguir tu religión».

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a cuarenta compañeros escogidos y capaces de entre los musulmanes, bajo el liderazgo de Munadhir ibn Amr, distinguido compañero de la tribu de Banu Sa’ida. Munadhir era conocido como «Mu’anniq li-yamut» —el que se apresura hacia la muerte—, porque avanzaba rápidamente para alcanzar el martirio. Entre sus distinguidos compañeros se encontraban Harith ibn Simma, Haram ibn Milhan, Urwa ibn Asma, Nafi ibn Budayl ibn Warqa y Amir ibn Fuhayra, liberto de Abu Bakr al-Siddiq, que Dios esté complacido con él. Partieron y llegaron a Bi’r Ma’una, donde acamparon. Este abrevadero se encontraba entre la zona habitada por Banu Amir y el terreno pedregoso de Banu Sulaym. Aunque ambas zonas estaban cerca del abrevadero, la de Banu Sulaym era la más próxima.

Haram ibn Milhan (que Dios esté complacido con él) llevó la carta del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, a Amir ibn Tufayl, acérrimo enemigo del islam. Cuando se presentó ante él, este mató a Haram ibn Milhan sin prestar la menor atención a la carta. Después pidió ayuda a Banu Amir para acabar con los demás Compañeros. Pero Banu Amir rechazó su petición diciendo: «No queremos romper la promesa de Banu Barra. Abu Bara les ha dado su garantía de protección». Al no tener otra opción, Amir pidió ayuda a varias subtribus de Sulaym. Ellas aceptaron de inmediato y los rodearon por todos lados. Al verlos, los Compañeros empuñaron sus espadas y cayeron mártires mientras combatían. Solo Ka‘b ibn Zayd logró salvarse. Los infieles lo dejaron allí, creyendo que estaba muerto, aunque seguía vivo. A pesar de estar debilitado por la gran pérdida de sangre, logró escapar con vida, arrastrándose entre los montones de muertos, y más tarde alcanzó el martirio en la batalla del Foso.

En el momento del ataque, dos Compañeros, Amr ibn Umayya al-Damri y un ansarí llamado [Mundhir ibn Muhammad ibn Uqba], se encontraban por alguna razón a cierta distancia del grupo. No sabían que sus compañeros estaban en peligro. Sin embargo, al ver varias aves volando sobre sus cabezas, comenzaron a sospechar. Pensaron que seguramente había algún misterio detrás del vuelo de aquellas aves. Se acercaron para averiguar qué había sucedido. Vieron que todos yacían cubiertos de sangre y que también se encontraba allí el grupo que los había atacado. El ansarí preguntó a Amr ibn Umayya: «¿Qué cree que debemos hacer ahora?». Él respondió: «Deseo ir a ver al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, e informarle de todo lo ocurrido». El ansarí dijo: «No quiero escapar con vida del campo de batalla donde Mundhir ibn Amr ha alcanzado el martirio. Yo nunca me habría quedado esperando oír de boca de la gente la noticia de una matanza». Entonces combatió hasta alcanzar el martirio.

Los infieles capturaron y apresaron a Amr ibn Umayya. Al enterarse de que pertenecía a la tribu de Mudar, Amir ibn Tufayl le cortó el cabello de la frente y luego lo liberó, pues recordó que su madre había hecho el voto de liberar a una esclava. Después, Amr ibn Umayya emprendió el viaje hacia Medina. Al llegar a Qarqara, situada no lejos de Medina, dos hombres de Banu Amir llegaron y se pusieron a descansar junto a él, bajo la misma sombra. Amr no sabía que Banu Amir tenía un pacto de protección y no agresión con el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Les preguntó y supo que pertenecían a la tribu de Banu Amir. Esperó un poco. En cuanto se quedaron adormilados, los atacó a ambos y los mató. Pensaba que Banu Amir había perpetrado la matanza de los Compañeros del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, y que por ello debía vengarse de Banu Amir.

Al llegar ante el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, Amr ibn Umayya le informó de todo lo sucedido. El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, dijo: «Debo pagar el precio de sangre (diyah) por los dos hombres que mataste». Después dijo: «Abu Bara provocó este suceso. Yo lo desaprobaba y temía que ocurriera». Cuando Abu Bara se enteró de lo sucedido, se afligió profundamente. Abu Bara expresó su indignación porque Amir ibn Tufayl había hecho que rompieran su promesa y, al haberles dado su garantía de protección, había provocado que una desgracia recayera sobre los Compañeros del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Entre los muertos también estaba Amir ibn Fuhayra. Hisham ibn Urwa transmitió de su padre que Amir ibn Tufayl decía: «Había un hombre entre aquel grupo al que, inmediatamente después de matarlo, vi entre el cielo y la tierra. Finalmente, lo vi como si ascendiera al cielo y desapareciera. ¿Quién era ese hombre?». La gente respondió: «Era Amir ibn Fuhayra».

La expulsión de Banu Nadir (cuarto año de la Hégira)

El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, acudió a Banu Nadir para solicitar ayuda en el pago del precio de sangre por los dos hombres de Banu Amir muertos por el Compañero Amr ibn Umayya. Esto se debía a que el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, tenía con ellos un pacto de no agresión. Banu Nadir también tenía un pacto semejante con Banu Amir. Cuando el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, llegó ante Banu Nadir, lo recibieron cordialmente y aceptaron ayudarlo con el pago del precio de sangre.

Pero poco después se les ocurrió una conspiración perversa. Comenzaron a deliberar en secreto sobre cómo matar al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Pensaron que jamás volverían a encontrar una oportunidad tan perfecta. En aquel momento, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, estaba sentado junto a una pared. Con él estaban Abu Bakr, Umar y Ali, que Dios esté complacido con ellos. Los hombres de Banu Nadir deliberaron entre sí y dijeron: «¿Quién de vosotros puede subir al tejado de la casa vecina, hacer rodar una gran piedra sobre Muhammad y librarnos de él?». Un hombre de Banu Nadir, Amr ibn Jihash ibn Ka‘b, subió al tejado para realizar esta tarea.

Justo en ese momento, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, se enteró de su conspiración mediante la revelación, se levantó del lugar donde estaba sentado y regresó a Medina. Sus Compañeros, que lo acompañaban, aún no se habían dado cuenta de adónde había ido el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Esperaron durante bastante tiempo, pero cuando vieron que no regresaba, salieron a buscarlo. En el camino vieron a un hombre que venía de Medina. Le preguntaron por el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Él respondió: «Vi al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, entrar en Medina». Los Compañeros llegaron inmediatamente ante el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Él les ordenó prepararse para atacar a Banu Nadir. Después marchó con los musulmanes contra Banu Nadir. Estos se refugiaron en sus fortalezas. El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, ordenó a los Compañeros cortar y quemar las palmeras. Al verlo, los hombres de Banu Nadir comenzaron a gritar desde lejos: «¡Muhammad! Tú prohibías causar corrupción y censurabas a quien lo hacía. ¿Por qué, entonces, cortas y quemas ahora las palmeras?»

En ese momento, algunos miembros de la tribu de Banū Awf ibn al-Jazray, entre ellos ʿAbdullah ibn Ubayy ibn Salul, su protector Malik ibn Abū Qawqal, Suwayd y Dā’im, enviaron este mensaje a Banū al-Naḍīr: «No temáis ni os rindáis. De ningún modo permitiremos que los musulmanes os derroten. Si luchan contra vosotros, también nosotros iremos con vosotros». Banū al-Naḍīr, esperando su ayuda, no se rindió ni ofreció resistencia. Finalmente, no llegó ninguna ayuda. Allah infundió el temor en sus corazones. Entonces rogaron al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—: «No derraméis sangre. Más bien, expulsadnos y dejaremos todas nuestras armas. Permitidnos llevarnos tantos bienes muebles como puedan transportar los camellos de cada uno». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— aceptó su petición. Se actuó conforme a la propuesta de Banū al-Naḍīr. Se llevaron los bienes muebles que podían transportarse sobre los lomos de los camellos. Algunos incluso arrancaban la parte superior de las puertas de sus casas y se la llevaban a lomos de camello. Algunos se dirigieron a Jaybar y otros a Siria. Entre los dirigentes de quienes fueron a Jaybar estaban Salām ibn Abū al-Huqayq, Kināna ibn Rabīʿ ibn Abū al-Huqayq y Huyayy ibn Ajṭab. Los habitantes de Jaybar les prestaron plena colaboración.

ʿAbdullah, hijo de Abū Bakr, relató: «Abū Bakr —que Allah esté complacido con él— informó que Banū al-Naḍīr se llevaron a sus mujeres, hijos y bienes muebles. También se llevaron sus instrumentos musicales. Las esclavas caminaban detrás de ellos tocando música. Entre ellas estaba Umm ʿAmr, esposa de ʿUrwa ibn al-Ward al-ʿAbāsī. Habían comprado a una mujer llamada Salmā a su marido. [65. Esta mujer se había casado primero con un hombre de la tribu de Muzayna. En una ocasión, ʿUrwa ibn al-Ward los atacó y saqueó, y entonces se llevó cautiva a aquella mujer. ʿUrwa solía visitar a Banū al-Naḍīr y pedirles préstamos. A veces también los presionaba para que le compraran los bienes que había saqueado, pero ellos se negaban a comprárselos. Entonces hicieron que ʿUrwa bebiera vino y, mediante una artimaña, compraron a la mujer a su marido. Para aquella compraventa reunieron también los testigos necesarios. Más tarde, ʿUrwa recitaba con pesar estos versos sobre el asunto: «Los enemigos de Allah me dieron vino y, mediante la mentira y la intriga, me sometieron. ¡Ay, destino! ¿Cómo pude aceptar una propuesta que mi conciencia desaprobaba?»] Partían con tal pompa y orgullo que en aquella época no se había visto a ninguna otra tribu marcharse de una manera semejante».

Dejaron todos los bienes restantes para el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Todos esos bienes pasaron a ser propiedad del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, y podía utilizarlos como quisiera. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— distribuyó esos bienes únicamente entre los Compañeros que habían emigrado primero. Cuando los ansār Sahl ibn Hunayf y Abū Dujāna Simāk ibn Jaraša le hicieron saber su pobreza, también les dio algo. Con respecto a Banū al-Naḍīr fue revelada en su totalidad la sura al-Ḥashr. Esta sura relata el terrible castigo que Allah infligió a Banū al-Naḍīr y las severas medidas que hizo que Su Mensajero tomara contra ellos al dirigir una expedición militar. Allah dice: «Él es Quien expulsó de sus hogares, al primer ataque, a los incrédulos de entre la Gente del Libro. No creíais que saldrían, y ellos pensaban que sus fortalezas los protegerían de Allah. Pero Allah los alcanzó por donde menos lo esperaban e infundió el terror en sus corazones. Derribaron sus casas con sus propias manos y con las manos de los creyentes, pues ellos mismos habían arrancado la parte superior de las puertas de sus casas y se la habían llevado».

Así pues, ¡oh personas de entendimiento!, extraed una lección. Si Allah no hubiera decretado su expulsión —que fue, en realidad, una forma de castigo de Allah para ellos—, los habría castigado en este mundo con la espada; además, en la otra vida les espera el castigo del Infierno, aparte de la expulsión. Tanto si cortasteis las palmeras datileras frescas como si las dejasteis en pie sobre sus raíces, ambas acciones fueron con la autorización de Allah y únicamente para humillar a los desobedientes. Y los bienes que Allah devolvió a Su Mensajero de los bienes de ellos —los de Banū al-Naḍīr— no son bienes que hayáis obtenido haciendo correr vuestros camellos y caballos; Allah concede a Sus mensajeros autoridad sobre quien quiere. Y los bienes que Allah devolvió a Su Mensajero de los habitantes de las poblaciones —es decir, los obtenidos mediante la guerra, haciendo avanzar camellos y caballos y empleando la fuerza— pertenecen a Allah, a Su Mensajero, a los parientes, a los huérfanos, a los necesitados y al viajero, para que no circulen únicamente entre los ricos de vosotros. Aceptad lo que el Mensajero os dé y absteneos de lo que os prohíba».

Aquí Allah, Exaltado sea, expone la norma para distribuir entre los musulmanes los bienes obtenidos mediante la guerra.

Después Allah dice:

«¿Acaso no has visto la situación de los hipócritas? Dicen a sus hermanos de entre la Gente del Libro, sumidos en la incredulidad —es decir, a Banū al-Naḍīr—: “Si sois expulsados, saldremos con vosotros y nunca obedeceremos a nadie contra vuestros intereses. Y si se combate contra vosotros, sin duda os ayudaremos”. Allah atestigua que son mentirosos. Si son expulsados, ellos no saldrán con los hipócritas; y si se combate contra ellos, estos no los ayudarán. Y, si llegaran a ayudarlos, huirían dando la espalda antes de mantenerse firmes en el campo de batalla. Después no recibirían ayuda de ningún otro lugar. El temor que sienten por vosotros es mayor que su temor de Allah, porque son un pueblo que no comprende. No lucharán contra vosotros unidos, salvo desde poblaciones fortificadas o detrás de muros. Su discordia interna es intensa. Los consideráis unidos, pero sus corazones están divididos, porque son un pueblo que no razona. Son como quienes poco antes que ellos probaron la consecuencia de su conducta, y para ellos habrá un castigo doloroso. Son como Satanás, que dice al ser humano: “¡No creas!”. Pero cuando este no cree, dice: “No tengo nada que ver contigo. Temo a Allah, el Señor de los mundos”. El destino de ambos será el Fuego, donde permanecerán eternamente. Ese es el castigo de los injustos».

La expedición de Dhāt al-Riqāʿ (4.º año de la Hégira)

Después del incidente de Banu Nadir, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, permaneció en Medina durante todo el mes de Rabi al-Awwal y parte de Yumada al-Awwal. Después emprendió una expedición contra Banu Za’laba, un subclan de Banu Muharib, de la tribu de Gatafan, en Nayday. Dejó a Abu Dharr al-Gifarí a cargo de Medina. Al llegar a Najla, una zona donde habitaba la tribu de Gatafan en Nayday, estableció allí su campamento. Esta fue la expedición de Dhat al-Riqa [66. Riqa significa un trozo de tela utilizado para remendar. Se le dio este nombre porque en esta expedición se utilizaron banderas remendadas. Algunos dicen que recibió este nombre porque, debido a lo pedregoso del terreno, los soldados se vieron obligados a atarse trozos de tela a los pies. Otros dicen que Dhat al-Riqa era el nombre de un árbol o del lugar donde ocurrió el suceso]. Allí se encontró frente a una gran concentración de hombres de la tribu de Gatafan. Ambos bandos se aproximaron entre sí, pero no hubo combate. Aun así, ambos bandos permanecieron atemorizados el uno del otro. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió con sus compañeros.

Yabir ibn Abd Allah (que Allah esté complacido con él) dijo: «Partí de Najla con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, montado en un camello débil. Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, emprendió la marcha con todos sus hombres, los demás compañeros comenzaron a avanzar rápidamente y yo empecé a quedarme atrás. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se acercó a mí y preguntó: “Yabir, ¿cómo estás?”. Respondí: “Oh, Mensajero de Allah, me he quedado atrás”. Él dijo: “Detén el camello”. Detuve mi camello y el Mensajero de Allah también detuvo el suyo. Entonces dijo: “Dame el bastón que tienes en la mano, o corta una rama de algún árbol y hazme un bastón”. Le di el bastón al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Con aquel bastón pinchó varias veces a mi camello. Luego me dijo: “Monta”. Monté, y entonces mi camello comenzó a avanzar tan rápidamente que empezó a dejar atrás incluso al camello del Mensajero de Allah.»

Durante la conversación, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, me dijo: «Yabir, ¿me venderás tu camello?». Respondí: «Oh, Mensajero de Allah, te lo daré gratis». Él dijo: «No, véndemelo». Pregunté: «¿Cuánto pagarás?». Dijo: «Un dírham». Respondí: «Entonces tendré pérdidas». Dijo: «¿Y si te doy dos dírhams?». Respondí: «No». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, continuó aumentando el precio hasta ofrecer una uqiyya (una onza). Entonces dije: «Oh, Mensajero de Allah, ¿estás satisfecho con este precio?». Él respondió: «Sí». Dije: «Entonces te lo entrego». Él dijo: «Lo acepto». Después preguntó: «Yabir, ¿te has casado?». Respondí: «Sí». Preguntó: «¿Con una virgen o con una mujer previamente casada?». Respondí: «Con una mujer previamente casada». Él dijo: «¿Por qué no te casaste con una joven? Ella bromearía contigo y tú también bromearías con ella». Respondí: «Oh, Mensajero de Allah, mi padre murió como mártir en la batalla de Uhud, dejando siete hijas. Por eso me casé con una mujer mayor que pudiera cuidar de ellas y criarlas». Él dijo: «Has obrado correctamente, si Allah quiere». Después dijo: «Cuando lleguemos a Sirar, mandaré sacrificar un camello y será sacrificado. Luego pasaremos allí un día como invitados de tu esposa. Le hablaremos del islam y ella nos atenderá preparándonos cojines y un lecho». Dije: «Oh, Mensajero de Allah, nosotros no tenemos cojines». Él dijo: «Sin duda habrá cojines. Cuando llegues allí, actúa con inteligencia».

Después de llegar a Sirar [Sirar es un lugar situado a tres millas de Medina], el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó sacrificar un camello. Inmediatamente fue sacrificado. Pasamos un día comiendo la carne de aquel camello. Al atardecer, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, entró en la casa, y nosotros también entramos. Le conté a mi esposa todo lo sucedido y todo lo que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, me había dicho. Al oírlo, ella dijo: «Escucha mi decisión: escucharemos y obedeceremos todo lo que diga el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz».

Por la mañana, llevé el camello tirando de su cabeza hasta el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y lo até delante de la puerta de la habitación donde se alojaba. Después fui y me senté junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en la mezquita. Al salir de la mezquita, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, vio el camello y preguntó: «¿Qué es esto?». La gente presente respondió: «Oh, Mensajero de Allah, Yabir ha traído este camello». Él preguntó: «¿Dónde está Yabir?». Todos me llamaron y me llevaron ante él. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Vaya, llévate este camello. Es tu camello». Después llamó a Bilal y le dijo: «Llévate a Yabir y dale una uqiyya por el precio de este camello». Fui con Bilal, y él me dio algo más de una uqiyya. Juro por Allah que aquel camello continuó enriqueciéndome de ese modo, y en mi casa se reconocían su importancia y su dignidad. Desde el campo de batalla pedregoso de Nayday hasta la casa, se reconocían su importancia y su dignidad. Lo que le ocurrió durante el regreso del campo de batalla pedregoso de Nayday fue la última manifestación de aquella dignidad.

Yabir (que Allah esté complacido con él) también dijo: «Al terminar la expedición de Dhat al-Riqa, partimos de Najla con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. En ese momento, uno de los musulmanes trató mal a la esposa de cierto politeísta. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, abandonó el campo de batalla con todos sus hombres. Su esposo regresó a casa; hasta entonces había estado ausente. Cuando oyó que su esposa había sido maltratada, juró y prometió que no descansaría hasta matar al menos a uno de los compañeros de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz. Comenzó a seguir las huellas del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a un lugar y detuvo la marcha. Luego dijo: “¿Quién está dispuesto a permanecer despierto toda la noche para vigilarnos?”. Un emigrado y un ansarí aceptaron. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, les asignó la vigilancia a la entrada de una cueva en la montaña. Los dos compañeros se repartieron la noche de común acuerdo: el ansarí vigilaría la primera parte y el emigrado la última. Conforme a ello, el emigrado durmió durante la primera parte de la noche, mientras que el ansarí comenzó a rezar de pie.»

El asesino politeísta llegó allí en plena noche. Al ver al ansarí rezando, comprendió que era el centinela de los musulmanes. Inmediatamente le disparó una flecha que le atravesó el cuerpo. Luego la extrajo de su cuerpo y se la guardó. A pesar de ello, permaneció firme y continuó rezando. Después disparó otra flecha, que también le atravesó el cuerpo. El asesino la extrajo igualmente y se la guardó. A pesar de ello, permaneció firme en la oración. Luego disparó una tercera flecha. Esta flecha también atravesó el cuerpo de aquel compañero. El asesino la extrajo y se la guardó. Entonces él completó la oración haciendo la inclinación y la prosternación, y despertó a su compañero. Le dijo: «Levántate y siéntate. El asesino me ha herido y me ha dejado incapacitado». Inmediatamente, el emigrado se levantó de un salto. Al verlos a ambos, el asesino comprendió que habían advertido su presencia y estaban alertas. Por eso huyó.

Al ver el cuerpo ensangrentado del ansarí, el compañero emigrado dijo: «¡Gloria a Dios! ¿Por qué no me despertaste con el primer impacto de la flecha?». El compañero ansarí respondió: «Estaba recitando una sura durante la oración. No quería interrumpirla antes de terminarla. Pero, como el enemigo continuaba disparando flechas, hice la inclinación y la prosternación y te llamé. ¡Por Dios!, si no hubiera temido incumplir la responsabilidad que el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— me había confiado, no habría interrumpido la oración hasta ser asesinado».

Ibn Ishaq dice: El Mensajero de Dios regresó a Medina después de la expedición de Dhāt al-Riqāʿ y permaneció allí hasta el final de Rayab.

La segunda expedición de Badr (cuarto año de la Hégira)

Al acercarse el momento fijado por Abu Sufyan para el desafío, el Profeta —Dios lo bendiga y le conceda paz— partió nuevamente hacia Badr en el mes de Sha’bán (cabe señalar que en aquella ocasión dejó a su compañero ansarí, Abdullah ibn Ubayy ibn Abdullah ibn Salul, a cargo del gobierno de Medina) y acampó allí. Permaneció allí ocho noches esperando a Abu Sufyan. Mientras tanto, Abu Sufyan partió con los habitantes de La Meca y se detuvo en Majna. Llegó allí pasando por Zahran. Después decidió regresar a La Meca.

Dijo: «¡Oh, qurayshíes! Solo os conviene combatir en los años de buenas cosechas, cuando podáis cuidar de vuestros árboles y beber leche. Pero este es un año de sequía. He decidido regresar. Regresad también vosotros». Al oír sus palabras, la gente regresó. Los habitantes de La Meca los llamaron «el ejército de los comedores de harina tostada». Decían: «Solo fuisteis a combatir para comer harina tostada».

Mientras tanto, el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— permanecía en la llanura de Badr, contando las horas mientras esperaba el momento fijado por Abu Sufyan. En ese momento, Majshi ibn Amr al-Damri se presentó ante él. Este era el mismo hombre que, durante la expedición de Waddan, había pactado una tregua con el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— en nombre de la tribu de Banu Damra. Dijo: «¡Oh, Muhammad! ¿Has venido junto a este abrevadero para enfrentarte a los qurayshíes?». El Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— respondió: «Así es, hermano de Banu Damra. Aun viendo esta situación, si lo deseas, estamos dispuestos a revocar la tregua que tenemos con vosotros y a combatir. Si queréis que Dios determine vuestro destino y el nuestro mediante la guerra, no nos oponemos». Él dijo: «No, oh Muhammad. ¡Por Dios!, no tenemos ninguna necesidad de ello».

El Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— continuó esperando a Abu Sufyan. En ese momento, Ma’bad ibn Abu Ma’bad al-Juza’i pasó junto a él. Al ver que el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le conceda paz— se encontraba allí, se alejó rápidamente, azuzando su camello mientras recitaba los siguientes versos.

“(Mi camello) siente aversión por la cercanía de Muhammad y de los dátiles de Medina, semejantes a pasas negras. Corre, obedeciendo las antiguas costumbres de su padre. Debe llegar hoy al abrevadero de Qudayd y mañana, antes del atardecer, al abrevadero de Dajnan. [Qudayd es el nombre de un lugar cercano a La Meca.]

Y el compañero Abdullah ibn Rawaha, aludiendo a la ausencia de Abu Sufyan, recitó los siguientes versos:

“Habíamos prometido enfrentarnos a Abu Sufyan en la llanura de Badr. Pero no hallamos verdad en su promesa, y él no es hombre de cumplirla. Juro que, si hubieras cumplido tu promesa —¡oh, Abu Sufyan!— y te hubieras enfrentado a nosotros, habrías tenido que regresar humillado y censurado, y habrías perdido también a tus aliados. En esta misma llanura de Badr dejamos los miembros de Utba y de su hijo. Aquí dejamos también el cadáver de Abu Yahl. ¡Desobedecisteis al Mensajero de Allah! ¡Malditos sean vuestra religión y vuestras feas y extraviadas acciones! Aunque me censuréis cuanto queráis, seguiré diciendo que, por el Mensajero de Allah, todos mis bienes y mi familia están sacrificados. Somos sus seguidores. No hacemos ningún pacto con nadie aparte de él. Él es para nosotros la estrella polar que guía en la noche oscura.”

Expedición de Dumat al-Yandal (5.º año de la Hégira: Rabi al-Awwal)

Después de la segunda expedición de Badr, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresó a Medina y permaneció allí durante un mes, es decir, hasta el final del mes de Dhul-Hiyya. Los idólatras no realizaron el Hayy ese año. Este fue el cuarto año desde la llegada del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, a Medina. Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, emprendió una expedición militar a Dumat al-Yandal. Allí no tuvo lugar ningún enfrentamiento, ni siquiera tuvo que llegar hasta ese lugar. Regresó a Medina y pasó allí el resto del año.

La batalla del Foso (5.º año de la Hégira, Shawwal)

La batalla del Foso tuvo lugar en el mes de Shawwal del quinto año de la Hégira. El trasfondo de esta batalla fue que una delegación conjunta de los judíos de Banu Nadir y Banu Wail fue a La Meca, invitó a los quraishíes a atacar Medina y a eliminar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y les aseguró su plena colaboración en esa tarea. Entre los miembros destacados de esta delegación se encontraban Salam ibn Abu al-Huqayq, Huayy ibn Ajtab y Kinana ibn Abu al-Huqayq, de la tribu de Banu Nadir, y Hawa ibn Qays y Abu Ammar, de la tribu de Wail. Incitaron a numerosas tribus árabes a unirse y atacar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Los quraishíes les dijeron: “¡Judíos! Vosotros sois los poseedores de la primera Escritura. Conocéis muy bien el asunto por el que discrepamos con Muhammad; decidnos vosotros: ¿es mejor nuestra religión o la religión de Muhammad?”. Ellos respondieron: “Vuestra religión es superior a la religión de Muhammad, y vosotros sois los abanderados de la verdad!”

Fue acerca de ellos que Allah, exaltado sea, reveló estos versículos de la sura An-Nisa:

«¿No has visto a quienes recibieron la Escritura, que creen en los ídolos y en las fuerzas rebeldes, y dicen de los incrédulos que están mejor guiados que los creyentes? Ellos son aquellos a quienes Allah ha maldecido. Y a quien Allah maldice jamás encontrarás quien le auxilie. ¿Acaso tienen una parte del dominio de Allah, de modo que no darían a la gente ni siquiera la mínima parte? ¿O sienten envidia de la gente por el favor que Allah les ha concedido, es decir, la profecía? Ciertamente, concedimos a la descendencia de Abraham la Escritura y la sabiduría, y les concedimos un gran reino. Algunos de ellos creyeron en él, mientras que otros apartaron a la gente de aceptarlo. El Infierno es suficiente para quemarlos.»

Cuando los judíos hablaron así a los qurayshíes, su alegría no tuvo límites. Además, cuando los invitaron a atacar al Mensajero de Allah, estuvieron de acuerdo y se comprometieron a ello. Después, esos judíos fueron a la tribu de Ghatafán y la invitaron a combatir contra el Mensajero de Allah. Les aseguraron que participarían junto con ellos y les informaron de que los qurayshíes también habían acordado con ellos lanzar el ataque y estaban preparados para hacerlo.

A su debido tiempo, el ejército qurayshí y su comandante, Abu Sufyán, salieron de campaña ataviados para la guerra. Ghatafán también partió acompañado por Banu Fazara y su comandante, Uyayna ibn Hisn. Asimismo, Hariz ibn Awf ibn Abu Hariza partió acompañado por Banu Murra, y el comandante de la tribu de Asya, Mis’ar ibn Ruzayra, partió con los suyos.

Al enterarse de estos preparativos bélicos, el Mensajero de Allah ordenó inmediatamente cavar un foso alrededor de Medina. Para animar a los musulmanes a participar ampliamente en esta tarea con la esperanza de obtener recompensa, cavó el foso con sus propias manos. Los musulmanes se unieron en gran número a él en la excavación. Él y sus compañeros continuaron trabajando sin descanso. Solo algunos hipócritas se mantenían apartados del Mensajero de Allah y de los musulmanes. Recurriendo a toda clase de engaños y pretextos, eludían el trabajo y regresaban furtivamente a sus casas sin conocimiento ni permiso del Mensajero de Allah. En cambio, si alguno de los musulmanes sufría una dificultad grave y tenía que acudir necesariamente a su familia, se lo comunicaba debidamente al Mensajero de Allah y se marchaba con su permiso. El Mensajero de Allah no dudaba en concederles permiso. En cuanto resolvían su necesidad, regresaban y se incorporaban al trabajo restante. De este modo demostraban su interés y sinceridad en las buenas obras. A propósito de estos creyentes, Allah el Altísimo reveló estos versículos de la sura An-Nur:

«Los creyentes son aquellos que creen en Allah y en Su Mensajero y que, aun cuando están ocupados con él en un asunto importante, no se marchan a ningún lugar sin pedirle permiso. Quienes te piden permiso son precisamente los que creen en Allah y en Su Mensajero. ¡Oh, Profeta! Si te piden permiso para ocuparse de algún asunto suyo, concédeselo si lo deseas y pide perdón por ellos. Ciertamente, Allah es Perdonador.»

Estos versículos fueron revelados precisamente acerca de los musulmanes sinceros, interesados en las buenas obras y obedientes a Allah y a Su Mensajero.

Acerca de los hipócritas que se marchaban furtivamente sin pedir permiso al Profeta, Allah el Altísimo también dice:

«No consideréis la llamada del Mensajero dirigida a vosotros como consideráis la llamada que os hacéis unos a otros. Allah conoce perfectamente a quienes de vosotros se escabullen furtivamente y se retiran ocultándose. Quienes desobedecen la orden del Mensajero deben tener cuidado, no sea que les sobrevenga en cualquier momento una calamidad o un castigo doloroso. Sabed que todo cuanto hay en los cielos y en la Tierra pertenece a Allah. Él sabe perfectamente quién de vosotros sigue la verdad y quién sigue la falsedad. Y el día en que regresen a Él, les informará de lo que hicieron. En verdad, Allah lo sabe todo.» (Sura An-Nur, aleya 64)

Estos versículos describen a los hipócritas que, sin pedir permiso al Mensajero, se apartaban secretamente de las tareas que él les había encomendado.

Tan pronto como el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, terminó de cavar la zanja, los qurayshíes llegaron con un total de diez mil guerreros, reunidos entre la tribu de Kinana, los habitantes de Tihama y miembros de sus distintas tribus. Acamparon en Mujtama‘ al-Asyāl, entre Yurf y Yughaba, en un lugar llamado Ruma. También llegaron los hombres de la tribu de Gatafán junto con sus aliados de Nayd. Acamparon en un lugar llamado «Yamb Nakma», cerca de Uhud. El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, desplegó al ejército musulmán, compuesto por tres mil soldados, dejando a sus espaldas el monte llamado «Sala». Entre él y los enemigos quedó la zanja. También dispuso de antemano que los niños y las mujeres fueran alojados dentro de las fortalezas.

Huyayy ibn Akhtab, de la tribu de Banu Nadir, enemiga de Dios, fue a ver a Ka‘b ibn Asad, de Banu Qurayza. Este Ka‘b ibn Asad había organizado el pacto de reconciliación y no agresión entre Banu Qurayza y el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. En nombre de Banu Qurayza, había dado al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, la garantía de paz y había concluido el pacto. Al percatarse de la llegada de Huyayy mientras se encontraba dentro, Ka‘b cerró la puerta de la fortaleza delante de él. Cuando Huyayy le pidió que abriera la puerta, se negó. Cuando Huyayy volvió a rogarle que la abriera, Ka‘b dijo: «¡Ay de ti, Huyayy! Eres un hombre nefasto. Tengo un pacto con Muhammad y no lo romperé. En el comportamiento de Muhammad solo he visto un profundo respeto y una firme adhesión a la palabra dada.»

Huyayy dijo: «¿Qué ocurre? Abre un poco la puerta; quiero hablar contigo». Ka‘b respondió: «No puedo abrir la puerta». Huyayy dijo: «Has cerrado la puerta pensando que voy a comer de tus provisiones». Al oír esto, Ka‘b se quedó desconcertado y abrió la puerta. Entonces Huyayy dijo: «He traído para ti la mayor gloria de esta época y un mar de olas impetuosas. He reunido a todo el ejército de los qurayshíes, con sus jefes y notables, y lo he llevado a Mujtama‘ al-Asyāl, en la región de Ruma. Por otro lado, he llevado a toda la tribu de Gatafán, con sus jefes y hombres ilustres, y la he apostado en Yamb Nakma, cerca de Uhud. Todos ellos se han comprometido y han pactado conmigo que no cejarán hasta exterminar a Muhammad y a sus compañeros». Ka‘b dijo: «Más bien has preparado mi deshonra. Estás reuniendo nubes que han descargado su lluvia y han quedado sin agua. Ahora solo les queda tronar y rugir; no tienen nada que ofrecer. ¡Así que ay de ti, Huyayy! No me acoses; déjame como estoy. Muhammad no me ha tratado mal. Solo ha demostrado honestidad, justicia y fidelidad a sus promesas». A pesar de ello, Huyayy siguió insistiendo ante Ka‘b. Continuó sujetándolo y sacudiéndolo por el hombro, hasta que finalmente logró convencerlo y obtener de él un compromiso. Le dijo que, si los qurayshíes y Gatafán regresaban sin matar a Muhammad, permanecería con Ka‘b en su fortaleza y ambos compartirían por igual sus dichas y sus desgracias. De este modo, Ka‘b rompió la promesa y el pacto que había establecido con el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz.

Cuando esta noticia llegó al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, y a los musulmanes, envió a Sa‘d ibn Mu‘adh ibn Nu‘man, entonces jefe de la tribu de Aws —que Dios esté complacido con él—, a Sa‘d ibn ‘Ubada ibn Dulaym, jefe de Jazray —que Dios esté complacido con él—, a ‘Abdullah ibn Rawaha —que Dios esté complacido con él— y a Jawwat ibn Yubayr —que Dios esté complacido con él—. Les dijo: «Id y comprobad si es cierto lo que hemos oído. Si lo es, regresad y hacédmelo saber mediante una señal sonora. No lo anunciéis públicamente, para no quebrantar la moral de los musulmanes en general. Pero si siguen respetando el pacto, regresad y anunciadlo públicamente».

Cuando fueron allí, comprobaron que Ka‘b, Huyayy y sus seguidores mantenían contra el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, una actitud aún más perversa de lo que se había sabido. Dijeron: «¿Y quién es el Mensajero de Dios? No tenemos ningún pacto ni promesa con Muhammad». Al oír esto, Sa‘d ibn Mu‘adh —que Dios esté complacido con él— los reprendió.

Ellos también le respondieron reprendiéndolo. En realidad, Sa‘d ibn Mu‘adh era un hombre de temperamento bastante enérgico. Sa‘d ibn ‘Ubada le dijo: «Deje las reprensiones. El pacto que existe entre nosotros y ellos es mucho más importante que las reprensiones». Después, los dos jefes y sus dos compañeros regresaron ante el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, lo saludaron y le dijeron: «‘Azal y Qara». Es decir, también ellos habían seguido el mismo camino de traición que la gente de ‘Azal y Qara había seguido en Raji‘ contra el compañero Jubayb y sus compañeros —que Dios esté complacido con ellos—. Al oírlo, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, dijo: «¡Dios es el más grande! ¡Musulmanes, recibid la buena noticia!»

En ese momento, la calamidad que había caído sobre los musulmanes adquirió una dimensión terrible. El miedo se intensificó entre ellos. Las preocupaciones comenzaron a agitarse en todas direcciones. La hipocresía de los hipócritas que formaban parte del grupo musulmán también empezó a manifestarse. Mu‘attib ibn Qushayr llegó a decir: «Muhammad nos había prometido que seríamos dueños de todas las riquezas de los imperios de Persia y Roma. Sin embargo, hoy ni siquiera podemos ir tranquilamente al retrete». Aws ibn Qayzi dijo: «¡Mensajero de Dios! Nuestras casas y nuestras familias han quedado desprotegidas (es decir, algunos miembros de su propia tribu las han amenazado). Permítenos, pues, regresar a nuestras casas, ya que se encuentran fuera de Medina». En tales circunstancias, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, y los politeístas permanecieron frente a frente durante más de veinte días y menos de un mes. Entre ambos bandos no hubo otra forma de combate aparte del lanzamiento de flechas y el asedio.

La angustia y el sufrimiento de los musulmanes se volvieron insoportables debido a la prolongación del asedio. El Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— envió un mensaje a dos jefes de la tribu de Gatafán, Uyayna ibn Hisn y al-Harith ibn Awf, proponiéndoles que, si abandonaban el asedio y se marchaban con sus hombres, dejando de sitiar al Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— y a sus compañeros, él les daría un tercio de toda la cosecha de Medina. Sobre la base de esta propuesta, se concertó una tregua entre el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— y los gatafaníes, y se redactó el documento de la tregua. Solo quedaban la firma y la ratificación definitiva del acuerdo. Sin embargo, ya se habían concluido las negociaciones y el consentimiento de ambas partes respecto a las condiciones del intercambio. Antes de realizar los trámites restantes, el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— mandó llamar a Sa‘d ibn Mu‘adh y a Sa‘d ibn Ubadah —que Dios esté complacido con ambos—. Cuando llegaron, les informó del asunto y les pidió consejo. Ambos dijeron: «Oh, Mensajero de Dios, ¿es esta una propuesta tuya para nuestro beneficio, o Dios te ha ordenado hacerla y nosotros debemos cumplirla?». Él respondió: «Es iniciativa mía, pues veo que toda Arabia se ha unido para lanzar un ataque total contra vosotros y os ha impuesto un asedio infranqueable por todos los lados. Por eso quiero quebrantar cuanto sea posible sus fuerzas».

Sa‘d ibn Mu‘adh dijo: «Oh, Mensajero de Dios, anteriormente nosotros y esa gente estábamos entregados al politeísmo y a la idolatría. En aquel entonces no conocíamos a Dios ni lo adorábamos. En aquella época ellos no podían comer ni siquiera uno de nuestros dátiles, salvo como huéspedes o mediante una compra. Y ahora que Dios nos ha revestido de la gloria y el honor del islam y nos ha guiado por el camino de la verdad, ¿hemos de entregarles nuestros bienes? ¡Por Dios!, no necesitamos nada de eso. ¡Por Dios!, no les daremos nada excepto golpes de espada. Así Dios decidirá el destino de ellos y el nuestro». El Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— dijo: «Bien, entonces acepto tu opinión al respecto». Después, Sa‘d ibn Mu‘adh tomó el documento del tratado y borró todo lo que estaba escrito en él. Luego dijo: «Que hagan lo que puedan».

El Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— y los musulmanes permanecieron dentro del cerco enemigo. No tuvo lugar ningún combate. Sin embargo, varios jinetes qurayshíes, entre ellos Amr ibn Abd Wudd, Ikrima ibn Abu Yahl, Hubayra ibn Abu Wahab y Dirar ibn Jattab, intentaron iniciar la lucha. Montaron sus caballos, se acercaron a Banu Kinana y dijeron: «¡Oh, Banu Kinana, preparaos para la batalla! Hoy veréis quiénes son los más diestros en el combate». Después hicieron correr rápidamente sus caballos y se detuvieron al borde del foso. Al verlo, quedaron asombrados y dijeron: «¡Por Dios!, esta es una táctica de guerra que los árabes nunca habían ideado». (68. Ibn Hisham dice: Se cuenta que Salman el Persa aconsejó al Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— adoptar esta táctica.)

Entonces, al encontrar el lugar menos ancho del foso, lo cruzaron. A caballo, llegaron a la posición de los musulmanes situada entre el monte Sala y el foso. Alí —que Dios esté complacido con él— avanzó con algunos musulmanes para enfrentarlos y se apostó para detenerlos precisamente en el espacio abierto por el que los infieles habían hecho correr sus caballos. Los jinetes comenzaron a lanzarse contra ellos.

Amr ibn Abd Wudd había quedado tan incapacitado por las heridas sufridas en la batalla de Badr que no pudo acudir a la batalla de Uhud. Había acudido llevando una insignia especial que lo identificaba, con el propósito de hacer ostentación de su rango. Nada más llegar, gritó: «¿Quién luchará conmigo?». Alí —que Dios esté complacido con él— avanzó hacia él. Le dijo: «Oh, Amr, tú habías hecho un pacto con Dios de que aceptarías cualquiera de las dos propuestas que te hiciera un qurayshí. ¿Es cierto?». Él respondió: «¡Sí!». Alí —que Dios esté complacido con él— dijo: «Entonces te invito a aceptar a Dios, a Su Mensajero y el islam».

Él respondió: «No necesito eso». Alí dijo: «Entonces te invito a aceptar a Dios, a Su Mensajero y el islam».

Él respondió: «No necesito eso». Alí dijo: «Entonces te invito a combatir». Él respondió: «Sobrino, no quiero matarte». Alí —que Dios esté complacido con él— dijo: «Pero yo sí quiero matarte». Al oír aquello, Amr se enfureció. Saltó de su caballo, lo mató primero y le golpeó el rostro. Después avanzó hacia Alí —que Dios esté complacido con él—. Ambos entablaron un combate encarnizado. Finalmente, Alí —que Dios esté complacido con él— lo mató.

Después, su grupo de jinetes fue derrotado y huyó cruzando el foso. Desalentado por la muerte de Amr, Ikrima, hijo de Abu Yahl, arrojó su lanza y huyó. Al ver esto, el poeta musulmán Hassan ibn Zabit dijo:

«Huyó y dejó su lanza para nosotros.

¡Oh, Ikrima, has fingido como si no hubieras combatido!

Has huido jadeando como un avestruz macho.

Tu actitud era como si te hubieras apartado del camino mismo

y no hubieras retrocedido ni un poco con intención de llegar a un acuerdo.

(Al verte huir), parecía que solo se veía tu espalda.»

En las batallas del Foso y de Banu Qurayza, la consigna de los compañeros del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) era: «Hum, la yunsarun», es decir: «La derrota del enemigo es inevitable». Debido a la fuerza y el poderío de los enemigos, así como a su abrumadora superioridad numérica, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y sus compañeros tuvieron que mantenerse en el campo de batalla sumidos en un miedo y un terror extremos.

Finalmente, Nu‘aym ibn Mas‘ud se presentó y dijo: «Oh, Mensajero de Allah, he abrazado el islam. Mi tribu no lo sabe. Ahora, dame cualquier instrucción que consideres necesaria».

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Entre nosotros, tú eres el único en quien confía el bando enemigo. Si puedes, desbarata al enemigo en nuestro nombre. La guerra no es más que estrategia».

Na‘im ibn Mas‘ud fue al clan de Banu Qurayza. Durante la época de la ignorancia había sido su amigo íntimo. Les dijo: «Oh, Banu Qurayza, seguramente sabéis cuánto os quiero. En especial, no desconocéis la sincera relación que tengo con vosotros». Ellos respondieron: «Sí, es cierto. Nunca tuvimos ninguna queja contra ti». Entonces dijo: «La situación de Quraysh y Gatafán es distinta de la vuestra. Esta ciudad es vuestra ciudad. Aquí están vuestras esposas, hijos y riquezas, y no os es posible trasladarlos a otro lugar. Quraysh y Gatafán han venido a luchar contra Muhammad y sus compañeros, y vosotros les estáis ayudando. Sin embargo, sus hogares, riquezas y familias están en otro lugar. Por tanto, no se encuentran en la misma situación que vosotros. Si encuentran aquí algún beneficio, lo tomarán; y si no, regresarán a sus hogares. Entonces vosotros quedaréis solos en esta ciudad, frente a Muhammad, y en esa situación no podréis resistirle. Así pues, si vais a luchar contra los musulmanes, tomad primero como rehenes a algunos de los líderes de Quraysh. Permanecerán como garantía en vuestras manos, y entonces podréis estar tranquilos. No sería prudente que luchaseis contra Muhammad acompañados de ellos». Ellos dijeron: «Nos has dado un consejo acertado».

Después fue a Quraysh y dijo a Abu Sufyan y a los líderes de Quraysh que lo acompañaban: «Seguramente sabéis que soy vuestro sincero bienqueriente y un acérrimo enemigo de Muhammad. He oído una noticia, y es mi deber comunicárosla, pues deseo vuestro bien. No reveléis este asunto a nadie».

Na‘im dijo: «Escuchad entonces. Los judíos se han arrepentido de haber violado el pacto que habían concertado con Muhammad y sus compañeros. Le han enviado un mensaje diciendo: “Nos arrepentimos de lo que hicimos. Ahora bien, si capturamos a algunos de los principales hombres de Quraysh y Gatafán, te los entregamos y tú los matas, ¿estarás satisfecho con nosotros? Después nos uniremos a ti y acabaremos con todos los demás de Quraysh y Gatafán?”. Muhammad ha aceptado». Na‘im añadió a Abu Sufyan: «Si los judíos quieren que les entreguéis como rehenes a algunos de vuestros hombres, ¡cuidado! No les entreguéis ni a uno solo».

Después, Na‘im fue a los de Gatafán y les dijo: «Oh, Banu Gatafán, sois mi propia tribu y mis parientes. Sois más queridos para mí que todos los demás. Me parece que no tenéis ninguna queja contra mí». Respondieron: «Dices la verdad. No tenemos ninguna queja contra ti». Na‘im dijo: «Entonces no permitáis que nadie conozca la noticia que voy a comunicaros». Ellos respondieron: «De acuerdo. Guardaremos el secreto de tus palabras». Na‘im les repitió exactamente lo que había dicho a Quraysh y les pronunció también la misma advertencia que había hecho a Quraysh acerca de los rehenes.

Esto ocurrió la noche anterior al sábado del mes de Shawwal del quinto año de la Hégira. Allah cambió por completo la situación en favor de Su Mensajero. Abu Sufyan ibn Harb y los líderes de la tribu de Gatafán enviaron a Banu Qurayza un grupo de hombres de Quraysh y Gatafán, bajo el mando de Ikrima ibn Abu Yahl. Fueron a Banu Qurayza y les dijeron: «Ya no podemos permanecer aquí. Todos nuestros camellos y caballos están muriendo. Así pues, preparaos para la guerra. Queremos luchar contra Muhammad y llegar a una decisión definitiva». Ellos respondieron: «Hoy es sábado, y en este día no hacemos nada. Anteriormente, algunos de los nuestros hicieron algo un sábado, y no ignoráis el resultado que tuvo. Además, no podemos luchar contra Muhammad para ayudaros. Sin embargo, si dejáis en nuestras manos a algunos de vuestros hombres como rehenes y garantía de nuestra seguridad, podremos participar en la guerra para ayudaros. Tememos que, si sufrís pérdidas en la batalla o consideráis difícil continuarla, regreséis a vuestro país sin preocuparos por nuestra seguridad, dejándonos indefensos en manos de Muhammad. Y nosotros no tenemos capacidad para enfrentarnos a Muhammad».

Cuando la delegación regresó con esta respuesta de Banu Qurayza, Quraysh y los de Gatafán se dijeron unos a otros: «La noticia que nos dio Na‘im ibn Mas‘ud es completamente cierta. Por tanto, hagamos saber a Banu Qurayza que no estamos dispuestos a entregarles ni un solo hombre como rehén. Si queréis luchar, venid y luchad». Cuando un mensajero llevó nuevamente esta respuesta de Quraysh y Gatafán a Banu Qurayza, sus líderes se dijeron unos a otros: «Ved: lo que dijo Na‘im es completamente cierto. Quraysh y Gatafán solo quieren luchar; no les importa en absoluto nuestro bienestar ni nuestro perjuicio. Si obtienen algún beneficio, habrán alcanzado su propio interés; de lo contrario, nos dejarán indefensos en manos de Muhammad y regresarán cada uno a su país».

Por ello les hicieron saber a Quraysh y a los de Gatafán: «No lucharemos contra Muhammad como aliados vuestros mientras no nos entreguéis rehenes». De este modo rechazaron definitivamente la propuesta de Gatafán y Quraysh, y Allah sembró la discordia entre los enemigos y los derrotó. Además, en aquella noche de intenso frío, Allah hizo soplar sobre ellos un viento extremadamente frío. El viento derribó sus tiendas y dispersó sus utensilios de cocina.

Cuando el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, recibió la noticia de sus disputas y desavenencias, envió de noche al compañero Hudhayfa ibn al-Yamán para observar los movimientos del enemigo.

Se narró de Muhammad ibn Ka‘b al-Qurazi que un compañero procedente de Kufa preguntó a Hudhayfa ibn al-Yamán: «¿Viste al Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, y permaneciste en su compañía?». Él respondió: «Sí». El hombre preguntó: «¿Cómo lo tratabais?». Hudhayfa respondió: «Nos esforzábamos al máximo por él». El hombre de Kufa dijo: «¡Por Allah! Si lo hubiéramos encontrado con vida, no le habríamos permitido caminar por el suelo; más bien lo habríamos llevado sobre nuestros cuellos». Hudhayfa (que Allah esté complacido con él) dijo: «Escucha, sobrino. Estábamos con el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, junto al foso. Pasó parte de la noche rezando. Después se volvió hacia nosotros y dijo: “¿Quién de vosotros puede averiguar los movimientos del enemigo y regresar? Le pido a Allah que haga de esa persona mi compañero en el Paraíso”». El Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, había puesto como condición que regresara después de cumplir la misión. Ninguno de los musulmanes tenía fuerzas para ir, debido al miedo, el frío y el hambre. Como nadie se ofreció, el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, me llamó, y tuve que prepararme para ir. Me dijo: «¡Oh, Hudhayfa! Ve, entra entre el enemigo y observa qué están haciendo. Después regresa con nosotros sin hacer nada».

Entonces fui y me introduje sigilosamente entre las filas enemigas. En ese momento, las huestes invisibles de Allah todavía los estaban devastando. Sus tiendas y todos sus utensilios y ollas de cocina habían quedado desparramados, y el fuego se había apagado.

Entonces Abu Sufyan les dijo: «¡Oh, qurayshíes! Que cada uno de vosotros observe a su alrededor para ver si hay algún extraño». Al oír esto, fui el primero en tocar al hombre que tenía cerca y preguntarle: «¿Quién eres?». Él respondió: «El hijo de fulano». [69. En Sharh al-Mawahib se narra: Hudhayfa dijo: «Puse mi mano sobre la mano del hombre que estaba sentado a mi derecha y le pregunté: “¿Quién eres?”. Respondió: “Soy Muawiya, hijo de Abu Sufyan”. Después pregunté al hombre sentado a mi izquierda: “¿Quién eres?”. Respondió: “Soy Amr ibn al-As”».]

Después Abu Sufyan dijo: «¡Oh, qurayshíes! El lugar donde estáis ya no es apto para permanecer. Nuestros camellos y caballos han muerto, y los Banu Qurayza nos han abandonado. Han hecho precisamente lo que detestamos. Podéis ver por vosotros mismos en qué estado nos ha dejado la violenta tormenta. Nuestros utensilios de cocina, nuestras tiendas y todo lo demás han quedado desparramados. Incluso el fuego se ha apagado. Por tanto, marchaos todos hacia vuestras casas. Yo me voy».

Dicho esto, se dirigió hacia su camello. El camello estaba atado. Se montó en él y después lo golpeó. Tras golpearlo tres veces, el animal se levantó de un salto. Aunque desató al camello, este permaneció de pie. Si el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, no me hubiera ordenado: «No hagas nada hasta que regreses», podría haberlo matado si hubiera querido.

Hudhayfa dijo: «Después regresé junto al Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam. En ese momento estaba rezando, envuelto en una manta yemení. Mientras rezaba, me vio, me acercó a sus pies y extendió sobre mí una parte de la manta. En esa posición hizo la inclinación y la postración. Después de concluir la oración, le informé de todo lo que había ocurrido con el enemigo».

Cuando los de Ghatafan supieron que los qurayshíes se habían marchado, partieron hacia su tierra natal. Por la mañana, el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, y los musulmanes abandonaron el foso y regresaron a Medina, dejando las armas.

La expedición contra Banu Qurayza (5.º año de la Hégira)

Al mediodía, Yibril (la paz sea con él) llegó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Llevaba un turbante de seda en la cabeza. Montaba una mula ensillada y cubierta con una tela de seda. Le dijo al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Has depuesto las armas?». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «Sí». Yibril dijo: «Pero los ángeles aún no han depuesto las armas. Además, tú estás regresando del campo de batalla únicamente porque los musulmanes te lo han pedido. ¡Oh, Muhammad! Allah te ha ordenado marchar contra Banu Qurayza. Yo también iré allí y los destruiré por completo».

Al oír esto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó a alguien que anunciara: «Quienes obedezcan a Allah y a Su Mensajero deben dirigirse al territorio de Banu Qurayza y realizar allí la oración de la tarde».

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordenó a Ali, hijo de Abu Talib —que Allah esté complacido con él—, marchar hacia el territorio de Banu Qurayza llevando su estandarte. Los musulmanes lo siguieron. Cuando Ali —que Allah esté complacido con él— partió y llegó cerca de sus fortalezas, oyó una expresión vil contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Al oír aquello, regresó. Cuando se encontró en el camino con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! No deberías acercarte a esa gente despreciable». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¿Por qué? Parece que has oído de ellos palabras ofensivas e indecentes sobre mí». Ali —que Allah esté complacido con él— respondió: «¡Oh, Mensajero de Allah! Así es». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Si me vieran, no dirían nada semejante». Después llegó cerca de la fortaleza de Banu Qurayza y dijo: «¡Oh, hermanos de los monos! ¿Acaso Allah os ha humillado? ¿Estáis sufriendo Su castigo?». Ellos respondieron: «¡Oh, Abu al-Qasim!» —un sobrenombre habitual del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz—, «nada se te oculta».

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, acampó junto a un pozo llamado «Atiyya», perteneciente a Banu Qurayza. Los musulmanes comenzaron a reunirse con él en grupos. Algunos llegaron incluso después de la última congregación de la oración de la noche. Todavía no habían realizado la oración de la tarde, porque el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, había dicho que debían dirigirse al territorio de Banu Qurayza y rezarla allí. Debido a las circunstancias inevitables, retrasaron la oración por causa de la guerra. Por eso la realizaron después de la oración de la noche. Por ello, el Corán no los reprendió. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, los mantuvo sitiados durante veinticinco días. Como consecuencia, se vieron reducidos a una situación extrema. Y Allah infundió el miedo en sus corazones.

Después de que la gente de Quraysh y de la tribu de Ghatafan partiera de regreso a su tierra, Huyayy ibn Ajtab permaneció con Banu Qurayza en su fortaleza. Permaneció allí con el propósito de cumplir la promesa hecha a Banu Qurayza. Cuando Banu Qurayza comprendió con certeza que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no regresaría de ningún modo sin luchar contra ellos, Ka’b ibn Asad convocó a los miembros de la tribu y dijo: «¡Oh, judíos, escuchad! ¿Veis la calamidad que os ha sobrevenido? Para libraros de esta situación os presento tres propuestas. Podéis aceptar cualquiera de ellas». Ellos preguntaron: «¿Cuáles son esas propuestas?». Él dijo: «Sigamos y aceptemos todos a Muhammad. ¡Por Allah!, está claro para nosotros que él es un profeta, y se menciona en nuestros libros religiosos. Así podremos estar tranquilos y seguros respecto a nuestras propias vidas y bienes, y a los de nuestras esposas e hijos». Ellos respondieron: «Nunca negaremos la autoridad de la Torá ni aceptaremos ninguna alternativa a ella». Él dijo: «Si no aceptáis esto, entonces matemos a todas nuestras esposas e hijos. Después luchemos con nuestras espadas contra Muhammad y sus compañeros. Así no tendremos ningún problema ni responsabilidad a nuestras espaldas. Continuaremos luchando hasta que Allah dicte una decisión final entre nosotros y Muhammad. Si somos muertos, podremos morir tranquilos respecto al destino de nuestros descendientes. Y si vencemos, podremos tomar nuevas esposas y tener hijos». Todos dijeron: «¿Acaso es posible matar a estos seres queridos e inocentes? Si ellos ya no estuvieran, ¿qué beneficio tendría seguir viviendo con comodidad y bienestar?». Ka’b dijo: «Si también rechazáis esto, queda otra posibilidad. Esta noche es la noche del sábado. Quizá Muhammad y sus compañeros se sientan seguros respecto a nosotros esta noche. Venid, pues, lancemos un ataque por sorpresa y matemos a Muhammad y a sus compañeros». Ellos dijeron: «¿Acaso profanaremos así el sábado? ¿Haremos en este día lo que nuestros antepasados no hicieron? Es cierto que algunos lo hicieron, y como resultado sus rostros fueron deformados; eso no lo ignoráis». Ka’b dijo: «Desde los tiempos antiguos hasta hoy, entre vosotros no ha nacido una sola persona capaz de tomar una decisión firme e inquebrantable siquiera durante una noche de toda su vida».

Después, al no lograr tomar una decisión, enviaron un mensajero al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, para pedirle: «Envíanos a Abu Lubaba ibn Abd al-Mundhir. Queremos consultarlo sobre algo». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo envió. Cuando Abu Lubaba llegó, toda la tribu se reunió a su alrededor, y las mujeres y los niños se acercaron a él llorando. Al ver aquella escena, el corazón de Abu Lubaba se conmovió. Ellos dijeron: «¡Oh, Abu Lubaba! ¿Crees que debemos aceptar la decisión de Muhammad?». Él respondió: «Sí», y al mismo tiempo hizo una señal llevándose la mano al cuello, para indicar que esa decisión no significaría otra cosa que la muerte.

Abu Lubaba dijo: «Comprendí de inmediato que había traicionado a Allah y a Su Mensajero». [70. Cuando Banu Qurayza fue sitiada y consideró inevitable su destrucción, envió a Shas ibn Qays ante el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz). Este le recomendó que les concediera un salvoconducto en las mismas condiciones en que se había concedido a Banu Nadir; es decir, que se les permitiera llevarse únicamente a sus hijos, sus esposas y todos los bienes que pudieran transportar sobre los lomos de sus camellos, dejando atrás el resto de sus bienes muebles e inmuebles y sin llevarse en absoluto las armas. El Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) rechazó esta petición. Entonces dijo: «Concédenos al menos el salvoconducto y expúlsanos entregándonos nuestras esposas e hijos. No queremos llevar ningún bien sobre los lomos de los camellos». El Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) rechazó también esta petición e insistió en que aceptaran su decisión. Shas ibn Qays regresó llevando consigo esta respuesta del Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz). (Sharh al-Mawahib, obra de Yarfani). En Sharh al-Mawahiz también se relata que, cuando el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) rechazó su petición de salvoconducto, Abu Lubaba creyó que, si Banu Qurayza aceptaba la decisión del Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz), este los mataría. Por ello les indicó mediante un gesto precisamente ese asunto.] Inmediatamente después, Abu Lubaba, en lugar de acudir ante el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz), se dirigió a la Mezquita del Profeta, se ató a una de sus columnas y dijo: «No me moveré de este lugar hasta que Allah perdone el error que he cometido. En la tierra donde traicioné a Allah y a Su Mensajero, jamás volveré a mostrar mi rostro ante nadie». El Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) esperó durante mucho tiempo a Abu Lubaba. Después de enterarse de todo, dijo: «Si hubiera venido ante mí, habría pedido perdón por él. Pero, puesto que ha hecho semejante promesa, no puedo liberarlo hasta que Allah lo perdone».

Umm Salama (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Cuando Abu Lubaba fue perdonado, dije: “Oh, Mensajero de Allah, ¿debo darle esta buena noticia?”». El Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) respondió: «Puedes hacerlo». Entonces Umm Salama se puso de pie en la puerta de su habitación y dijo: «¡Oh, Lubaba, buenas noticias! Has sido perdonado». Cabe señalar que en ese momento aún no se habían revelado los versículos sobre el velo.

Después, los musulmanes acudieron apresuradamente ante él para liberarlo. Pero Abu Lubaba dijo: «No me liberaré hasta que el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) me libere con sus propias manos». Al enterarse de ello, el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz), cuando se dirigía a la oración del alba, desató sus ataduras.

Ibn Hisham dice: Abu Lubaba permaneció atado a la columna durante seis días. A la hora de cada oración, su esposa acudía, le desataba las ataduras para que pudiera rezar y, después, él regresaba junto a la columna y volvía a atarse.

A la mañana siguiente, Banu Qurayza estuvo dispuesto a aceptar la decisión del Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz). Al enterarse de la noticia, los miembros de la tribu de Aws acudieron apresuradamente ante el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz). Dijeron: «Oh, Mensajero de Allah, Banu Qurayza son nuestros aliados. Nos ayudan frente a la tribu de Khazraj. Ya sabes cómo trataste al aliado de Khazraj —Banu Qaynuqa—». Antes de Banu Qurayza, el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) había sitiado a la tribu de Banu Qaynuqa. Eran aliados de la tribu de Khazraj y también se habían sometido a la decisión del Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz). Cuando Abd Allah ibn Ubayy ibn Sulul pidió que se les perdonara la vida, el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) les concedió el perdón. Cuando la tribu de Aws solicitó al Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) que perdonara la vida a Banu Qurayza, él dijo: «Oh, miembros de la tribu de Aws, si designo a uno de los vuestros como árbitro, ¿aceptaréis su decisión?». Ellos respondieron: «Sí». El Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) dijo: «Designo como árbitro a Sa’d ibn Mu’adh».

El Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) había instalado a Sa’d ibn Mu’adh en una tienda de la Mezquita del Profeta, junto a Rufaida, la esposa de uno de los musulmanes. Esta mujer atendía a los heridos y cuidaba de los musulmanes afligidos. Cuando Sa’d fue herido por una flecha en la batalla del Foso, el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) dijo a los musulmanes: «Instalad a Sa’d en la tienda de Rufaida, para que permanezca cerca de mí y pueda interesarme por su estado y cuidarlo». Cuando el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) lo designó árbitro en el asunto de Banu Qurayza, los miembros de su tribu lo llevaron montado en un burro. Habían colocado sobre el lomo del burro un cojín de cuero. Era un hombre muy corpulento y apuesto. Mientras lo llevaban ante el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz), le decían: «¡Oh, Sa’d, trata con bondad a tus aliados! Te han designado árbitro para que seas compasivo con ellos». Al ver que le suplicaban insistentemente, dijo: «Ha llegado el momento de que Sa’d no tema, en lo concerniente a la religión de Allah, el reproche ni la censura de nadie». Algunos de quienes lo llevaban ante el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) regresaron entonces al poblado de Banu Abd al-Ashhal. En ese momento, algunos miembros de Banu Qurayza acudieron ante ellos. Antes de que Sa’d llegara hasta ellos, escucharon de ellos todo lo sucedido y comenzaron a llorar, considerando inevitable su muerte. [71. «Ha llegado el momento de que Sa’d no tema, en lo concerniente a la religión de Allah, el reproche ni la censura de nadie»: al escuchar estas palabras de Sa’d, comprendieron que quizá dictaría sentencia de muerte contra ellos. Por eso comenzaron a llorar, pues, aun antes de morir, percibieron con certeza la proximidad de su muerte.]

Cuando Sa’d llegó ante el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) y los musulmanes, el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) dijo: «Dad la bienvenida a vuestro jefe». Entonces los qurayshíes y los emigrados dijeron: «La orden del Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) se dirige únicamente a los ansar». Los ansar dijeron: «La orden se dirige a todos». Después, todos se acercaron a él y dijeron: «¡Oh, Sa’d, el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) te ha confiado la decisión sobre tus aliados!». Sa’d dijo: «La decisión que yo anuncie será reconocida como la decisión definitiva. ¿Os comprometéis todos, en nombre de Allah, a aceptarla?». Ellos respondieron: «Sí». Luego señaló hacia el lado donde se encontraba el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) y dijo: «¿También están comprometidos quienes se encuentran aquí?». Por respeto, Sa’d no mencionó expresamente al Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz). Pero el Mensajero de Allah (que Dios lo bendiga y le conceda paz) dijo: «Sí». Entonces Sa’d anunció: «Mi decisión es que se mate a todos los hombres de Banu Qurayza, que todos sus bienes sean distribuidos y que sus mujeres y sus hijos sean hechos prisioneros».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le dijo a Sa‘d —que Allah esté complacido con él—: «Tu decisión es conforme a la decisión que Allah ha emitido desde encima de los siete cielos».

Después, todos los miembros de los Banū Qurayẓa fueron sacados de sus casas y confinados en la casa de Qays bint al-Ḥārith, en Medina. Más tarde, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se dirigió al mercado de Medina, donde todavía se encuentra hoy. Fueron llevados en grupos y asesinados dentro de aquellas zanjas. También fueron asesinados el enemigo de Allah, Ḥuyayy ibn Akhṭab, y Ka‘b ibn Asad, el jefe de los Banū Qurayẓa. En total eran seiscientos o setecientos. Según quienes consideran que su número fue mayor, eran entre ochocientos y novecientos. Cuando los llevaban en grupos ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, preguntaron a Ka‘b ibn Asad, el jefe de la tribu: «¡Oh, Ka‘b! ¿Qué clase de trato crees que recibiremos?». Ka‘b respondió: «¿Es que no entendéis nada? ¿No veis lo indiferente e impasible que está quien viene a buscaros? ¿No veis que quien se marcha de entre vosotros no regresa? ¡Por Allah!, todos seréis asesinados».

Así fueron asesinados todos, uno tras otro.

Trajeron a Ḥuyayy ibn Akhṭab, el más encarnizado enemigo del islam. Vestía una prenda de color rosado. La había rasgado por todas partes en pequeños jirones para que no se la quitaran. Tenía ambas manos atadas con una cuerda al cuello. Al ver al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, dijo: «Nunca me arrepentí de haberte tratado como enemigo. Pero quien abandona a Allah necesariamente acaba siendo derrotado». Después se dirigió a los presentes y dijo: «¡Oh, gente! El mandato de Allah no puede ser infringido. Allah había decretado para los Hijos de Israel el destino y una gran matanza». Tras pronunciar estas palabras, se sentó y luego fue decapitado.

La Madre de los Creyentes, ‘Ā’isha —que Allah esté complacido con ella—, dijo: «No se mató a ninguna mujer, salvo a una mujer de los Banū Qurayẓa. Aquella mujer conversaba conmigo tranquilamente y se revolcaba de risa, mientras que, en ese mismo instante, los miembros de su tribu estaban siendo asesinados por orden del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. De repente, un pregonero gritó en voz alta: “¿Qué ocurre? ¿Qué te pasa?”. Ella respondió: “Me van a matar”. Yo pregunté: “¿Dónde está fulana?”. Al oírlo, ella respondió: “Aquí estoy”. Pregunté: “¿Por qué?”. Contestó: “Por haber cometido un acto”. Después se la llevaron y la mataron.[72. Ibn Hishām dice: Esta fue la mujer que mató a Ṣaḥāba Khallād ibn Suwayd arrojándole una piedra de molino.]»

‘Ā’isha —que Allah esté complacido con ella— solía decir: «No puedo olvidar a aquella mujer. Me asombra pensar que, aun sabiendo que iba a ser asesinada, permaneciera alegre y sumida en la felicidad».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó matar a todos los varones adultos de los Banū Qurayẓa. ‘Aṭiyya al-Quraẓī dijo: «El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó matar a todos los varones adultos. Yo era entonces un adolescente. Al comprobar que aún no había alcanzado la edad adulta, me dejaron libre».

Ayyūb ibn ‘Abd al-Raḥmān dijo: Salmā bint Qays, una tía materna del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, quien había rezado con él orientada hacia ambas qiblas y había participado en el juramento de fidelidad de las mujeres, solicitó al Mensajero de Allah que perdonara la vida de Rifā‘a ibn Samū’īl al-Quraẓī. Ella dijo: «Rifā‘a ha decidido rezar y comer carne de camello». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— aceptó su petición y le perdonó la vida. Este hombre, Rifā‘a, era adulto y había solicitado refugio a Salmā. Ya conocía de antemano a la familia de Salmā. De este modo, Salmā salvó la vida de Rifā‘a.

Después, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— distribuyó entre los musulmanes los bienes, las mujeres y los hijos de los Banu Qurayza. Luego envió a Sa‘d ibn Zayd al-Ansari a Nayд, entregándole algunos esclavos y esclavas de los Banu Qurayza. A cambio de ellos, compró allí armas y caballos para los musulmanes y los trajo consigo.

Entre las mujeres de los Banu Qurayza, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— escogió para sí a Rayhana bint ‘Amr ibn Junafa. Ella permaneció bajo su propiedad hasta el fallecimiento del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Él le propuso casarse con ella y llevarla al resguardo del velo, pero ella dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Prefiero que me mantengas como esclava; esto será más sencillo tanto para mí como para ti». El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— hizo conforme a sus palabras. Cuando la aceptó como esclava, ella se había opuesto firmemente a aceptar el islam y había querido aferrarse a la religión judía. Por ello, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— se apartó de ella y se entristeció. Un día, mientras estaba sentado con sus compañeros, oyó detrás de él el sonido de unas sandalias. Dijo: «Sin duda, Zalaba ibn Sa‘ya viene a informarme de que Rayhana ha aceptado el islam». En efecto, llegó Zalaba e informó que Rayhana había aceptado el islam. Entonces se alegró.

Allah, exaltado sea, relató en la sura Al-Ahzab del Sagrado Corán la historia de la batalla de la Zanja y de los Banu Qurayza. Relató cómo los musulmanes fueron puestos a prueba, qué inmensa gracia derramó sobre ellos y cómo los salvó de todas las calamidades y les concedió la victoria en ambas batallas. Antes de ello, los hipócritas habían pronunciado palabras indeseables. Allah dice: «¡Oh, creyentes! Recordad la gracia que Allah os concedió cuando un enorme ejército se lanzó contra vosotros. Entonces enviamos contra ellos un viento violento y tropas que no podíais ver. Allah observaba vuestras acciones. Cuando os atacaron por todos lados, cuando los ojos de muchos se desorbitaron de miedo y los corazones llegaron a las gargantas, y comenzasteis a albergar toda clase de pensamientos acerca de Allah, los creyentes fueron puestos a prueba y fueron sacudidos intensamente. Los hipócritas y quienes tenían enfermedades en el corazón decían: “Allah y Su Mensajero no nos han prometido más que engaños”. Un grupo de ellos dijo: “¡Oh, habitantes de Yathrib! Ya no podéis permanecer aquí; regresad”. Y algunos de sus grupos pedían permiso al Profeta diciendo: “Nuestras familias están expuestas al peligro”, aunque en realidad no lo estaban. Solo buscaban una excusa para escapar».

Esta aleya fue revelada acerca de Aws ibn Qayzi y quienes compartían sus ideas.

«Si el enemigo hubiera entrado por todos los lados de Medina y se les hubiera invitado a caer en la fitna, es decir, a asociar copartícipes con Allah, sin duda lo habrían hecho y apenas habrían vacilado. Ya antes habían pactado con Allah que no huirían del combate. Y se les pedirá cuentas por el pacto con Allah. (Las tribus de Banu Salama y Banu Hariza habían prometido, después de retirarse en la batalla de Uhud, que nunca volverían a hacer algo semejante. Allah les recordó aquel pacto que habían hecho por iniciativa propia). Di: “Hacedles saber, oh Profeta, que huir de la muerte o del asesinato no les servirá de nada; solo disfrutaréis de la vida durante unos pocos días”. Di: “Si Allah decide afligiros o concederos una gracia, ¿quién podrá protegeros de la decisión de Allah? No encontraréis, fuera de Allah, ningún protector ni auxiliar”. Allah sabe quiénes de vosotros ponen obstáculos y quiénes dicen a sus hermanos: “Venid con nosotros”. Estos hipócritas participan muy pocas veces en la guerra (es decir, salvo cuando necesitan protegerse y cumplir con su deber). Su único objetivo es satisfacer la envidia y la hostilidad que sienten hacia vosotros. Cuando la batalla se aproxima, los verás mirarte con miedo, como los ojos de una persona agonizante e inconsciente que giran por temor a la muerte. Pero cuando el peligro pasa, se acercan a vosotros con palabras exaltadas, movidos por la codicia del botín, y pronuncian grandes discursos (es decir, dicen cosas que no os agradan, porque no creen en la otra vida ni recibirán recompensa. Por eso temen la muerte del mismo modo que la temen quienes no creen en la vida posterior). No creyeron, y por ello Allah anuló todas sus buenas obras. Esto es muy fácil para Allah. Creen que los confederados (es decir, los invasores de Quraysh y Gatafan) aún no se han marchado. Y si volvieran a atacar, se refugiarían entre los beduinos en el desierto y desde allí preguntarían por vuestras noticias; y aunque permanecieran entre vosotros, participarían muy poco en la guerra».

Después, Allah se dirige a los creyentes y dice: «En el Mensajero de Allah tenéis un excelente modelo, para quienes creen en Allah y en el Último Día». (Es decir, no para quienes intentan obtener beneficios aprovechándose del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— o de su rango). Luego, al mencionar la sinceridad de los creyentes y su disposición a reconocer y aceptar la prueba que Allah les había prometido, Allah dice: «Cuando los creyentes vieron a los grupos invasores, dijeron: “Esto es lo que Allah y Su Mensajero nos habían prometido; Allah y Su Mensajero solo dicen la verdad”. Y esto no hizo más que aumentar su fe y su entrega». (Es decir, su paciencia ante la adversidad, su sometimiento al destino y su disposición a aceptar la verdad).

«Entre los creyentes hay hombres que cumplieron el pacto que habían hecho con Allah. Algunos ya han cumplido con su deber (es decir, terminaron su obra y regresaron a Allah, como los mártires de Badr y Uhud), y otros esperan (es decir, esperan la ayuda de Allah y cumplir lo que hicieron el Mensajero y sus compañeros; no han cambiado nada de ello, es decir, no han albergado dudas ni reparos ni han buscado un camino alternativo). Allah recompensará a los veraces por su veracidad y, si quiere, castigará a los hipócritas o los perdonará. Él es, ciertamente, Perdonador y Misericordioso. Allah hizo regresar a los incrédulos (es decir, a Quraysh y Gatafan) con su ira y su furor, sin que obtuvieran ningún bien. Allah basta para combatir por los creyentes, pues Él es Poderoso y Omnipotente. Y Él hizo salir de sus fortalezas al grupo de la Gente del Libro (es decir, los Banu Qurayza) que los había ayudado, e infundió el terror en sus corazones. Así, matasteis a una parte y tomasteis cautiva a otra (es decir, matasteis a los hombres y capturasteis a las mujeres y los niños). Y Allah os hizo herederos de sus tierras, sus casas, sus bienes y de una tierra que nunca habíais pisado (es decir, Jaibar). Allah es capaz de todas las cosas».

Una vez resuelto el asunto de los Banu Qurayza, la herida de Sa‘d ibn Mu‘adh empeoró repentinamente y él alcanzó el martirio.

Hasan Basri (que Allah tenga misericordia de él) dice: «Sa‘d era un hombre muy corpulento y pesado. Sin embargo, quienes transportaban su cadáver lo sintieron extraordinariamente ligero. Entonces algunos hipócritas dijeron: “Sa‘d era muy pesado; sin embargo, nunca habíamos visto un cadáver tan ligero”. Al oír esto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “Les pareció ligero porque, además de vosotros, había otros entre quienes transportaban su cadáver (es decir, los ángeles). ¡Por Allah!, los ángeles se alegraron y regocijaron al recibir el alma de Sa‘d. Con su muerte, el Trono de Allah tembló”».

En la batalla del Foso murieron tres politeístas. Uno de ellos fue Munabbih ibn Uzman. Fue alcanzado por una flecha y murió en La Meca a causa de sus heridas. Otro fue Nawfal ibn Abd Allah, de los Banu Majzum. Había cruzado el foso, fue capturado y muerto. Había sido alcanzado por una flecha. Su cadáver estaba en poder de los musulmanes. Los politeístas ofrecieron comprarlo. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “No necesitamos ni su cadáver ni su precio”. Después, les fue entregado su cadáver. El tercero era Amr ibn Abd Wudd, de la tribu de Banu Amir. Ali ibn Abi Talib (que Allah esté complacido con él) lo mató.

En la expedición contra los Banu Qurayza, varios musulmanes alcanzaron el martirio. Entre ellos estaba Jallad ibn Suwayd, que murió al ser golpeado por una piedra de molino que le arrojaron. Se ha transmitido que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo acerca de él: “Jallad recibirá la recompensa de dos mártires”. El compañero Abu Sinan murió durante el asedio de los Banu Qurayza por parte del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Fue enterrado en el cementerio de los Banu Qurayza. Cuando terminó la concentración de tropas a ambos lados del foso y los incrédulos abandonaron la trinchera, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “Después de esto, los qurayshitas nunca volverán a atacaros; más bien, a partir de ahora vosotros los atacaréis a ellos”.

En efecto, después de aquello los qurayshitas ya no volvieron a atacar a los musulmanes. Al contrario, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dirigió ataques contra ellos. Finalmente, Allah le concedió la oportunidad de conquistar La Meca.

La expedición de Banu Lihyan

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, permaneció en Medina durante los meses de Dhu al-Hiyya, Muharram, Safar, Rabi al-Awwal y Rabi al-Thani. En el sexto mes después de la victoria sobre los Banu Qurayza, en Yumada al-Ula, partió en la expedición contra los Banu Lihyan. El objetivo de esta expedición era exigir a los habitantes de Raji que devolvieran a Juบayb ibn Adi y a sus compañeros (que Allah esté complacido con ellos). Partió de tal manera que parecía dirigirse hacia Siria. En realidad, su intención era atacar a los habitantes de Raji.

Tras salir de Medina, pasó por el monte Gurab, situado junto a Medina, y tomó el camino hacia Siria; primero se dirigió a Majid y después a Batra. Allí giró a la izquierda, cruzó la llanura de Bina, cercana a Medina, atravesó la cordillera de Yamama y avanzó por el camino hacia La Meca. Luego llegó rápidamente a Guran, la tierra habitada por los Banu Lihyan. Guran es la llanura situada entre Amaj y Usfan, que se extiende hasta la región llamada Saya. Al llegar a Guran, descubrió que ellos ya habían sido advertidos y se habían apostado en las montañas para protegerse. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, estableció su campamento en Guran. Al haber fracasado su ataque sorpresa, dijo a sus compañeros: “Si establecemos el campamento en Usfan, los habitantes de La Meca pensarán que nos dirigimos a La Meca”. Después fue a Usfan acompañado de doscientos compañeros jinetes y estableció allí el campamento. Luego envió a dos jinetes, que llegaron hasta Qura al-Gumaym. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresó a Medina con todo el ejército.

Yabir ibn Abd Allah (que Allah esté complacido con él) dice que, durante el regreso, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, decía: “Por voluntad de Allah, regresamos, arrepentidos y alabando a nuestro Señor. Busco refugio en Allah de las penalidades del viaje y de la pérdida de la familia y los bienes”.

La expedición de Dhu Qarad

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— permaneció en Medina unos pocos días. De repente, Uyayna ibn Hisn al-Fazari, acompañado por algunos jinetes de los Gatafan, atacó y saqueó los camellos lecheros del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, que pastaban en un lugar llamado Gaba, cerca de Medina. Junto con aquellos camellos saqueados se encontraban un hombre de la tribu de Banu Gifar y su esposa. Mataron al hombre y se llevaron los camellos, junto con su esposa.

El primero en enterarse del saqueo fue Salama ibn Amr ibn al-Akwa. Había ido a Gaba, equipado con arco y flechas, acompañado por el esclavo de Talha ibn Ubayd Allah. Llevaba consigo un caballo. Al llegar a un extremo de la montaña de Saniyat al-Wada, gritó con voz fuerte: «¡Socorro!». Luego comenzó a seguirlos avanzando a gran velocidad. Corrió del mismo modo que una fiera depredadora persigue a su presa. Mientras corría, los alcanzó y empezó a dispararles flechas. Cada vez que lanzaba una flecha, decía: «¡Tomad esta! Soy el hijo de al-Akwa. Hoy es el día de acabar con los pecadores». Cuando los saqueadores lo perseguían, él se retiraba, y al instante volvía a salir para enfrentarse a ellos. Así, cada vez que tenía la oportunidad, disparaba flechas y decía: «¡Tomad esta! Soy el hijo de al-Akwa. Hoy es el día de acabar con los pecadores». Mientras tanto, los saqueadores gritaban: «¡Este hombre se ha ensañado con nosotros desde primera hora del día!»

El grito de Salama llegó a oídos del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Este anunció a gritos: «¡Al peligro! ¡Al peligro!». Inmediatamente, un gran número de Compañeros comenzaron a reunirse junto a él, montados. Primero llegó al-Miqdad ibn Amr; después, Abbad ibn Bishr; luego, uno tras otro, Saad ibn Zayd, Usayd ibn Zuhayr, Ukkasha ibn Mihsan, Muhriz ibn Nadla, Abu Qatada al-Harith ibn Rabii y Abu Ayyash. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— los envió bajo el mando de Saad ibn Zayd. Les dijo: «Seguid persiguiendo a los saqueadores. Después enviaré a más hombres». La tropa de Saad los persiguió y los alcanzó. Abu Qatada mató primero a Habib ibn Uyayna, lo cubrió con su propia capa y después se reunió con los hombres de su grupo.

Al cabo de un rato, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— avanzó personalmente acompañado por un grupo de musulmanes. En el camino vio a Habib envuelto en la capa de Abu Qatada. Los Compañeros que lo acompañaban recitaron «Inna lillahi» y dijeron: «¡Qué desgracia! ¿Ha sido asesinado Abu Qatada?»

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «No, este no es Abu Qatada. Este hombre fue asesinado por Abu Qatada. Él lo envolvió en su propia capa para que pudierais entender que era su compañero». Ukkasha ibn Mihsan atrapó y mató juntos a dos de los saqueadores, Awbar y su hijo Amr. Iban montados en el mismo camello. También recuperaron algunos de los camellos saqueados. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— acampó cerca de la montaña de Dhu Qarad. Después, el resto de los musulmanes se reunieron con él. Salama ibn al-Akwa dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Si me envías con cien hombres, podré arrebatarles los camellos restantes y capturar a los saqueadores». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Ahora están cenando con la gente de Gatafan».

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— distribuyó un camello entre cada cien de sus Compañeros, y pasaron el día comiendo de él. Luego, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— regresó a Medina con sus Compañeros.

La esposa del hombre de Gifar llegó ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— montada en uno de los camellos y le informó de la muerte de su esposo. Después dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Hice el voto de que, si escapaba del peligro montada en el lomo de este camello, lo sacrificaría en nombre de Allah». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— sonrió y dijo: «Has querido dar al camello una recompensa muy mala. Allah te salvó del peligro llevándote sobre su lomo, ¡y tú quieres sacrificarlo! No hay voto en relación con la desobediencia a Allah. No se puede cumplir un voto con algo que no te pertenece. Este camello es mío. Regresa con tu familia. Allah hará que eso sea beneficioso para ti».

La expedición contra Banu Mustaliq

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pasó en Medina el resto de Yumada al-Thani y el mes de Rayab. Después, en el mes de Sha‘ban del sexto año de la Hégira, emprendió una expedición contra la rama Banu Mustaliq de la tribu de Juzá‘a.

En cierta ocasión, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se enteró de que la tribu de Banu Mustaliq estaba reuniendo tropas. Su líder era Hariz ibn Abi Dirar, padre de Yuwairiya, una de las esposas del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Al recibir esta noticia, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, salió con sus tropas para enfrentarse a ellos. A orillas de un manantial llamado Muraisi tuvo lugar una encarnizada batalla. Allah concedió la victoria sobre Banu Mustaliq. Muchos de ellos murieron. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, consideró como botín de guerra a sus hijos, mujeres y bienes.

En esta batalla murió un musulmán llamado Hisham ibn Subaba, de la tribu de Banu Kalb ibn Awf. Un compañero ansarí perteneciente al grupo de Ubada ibn Samit, creyendo por error que era del bando enemigo, lo mató accidentalmente.

Mientras permanecían junto al manantial, ocurrió un incidente lamentable entre los musulmanes. Umar ibn al-Jattab, que Allah esté complacido con él, había contratado como jornalero a un hombre de Banu Gifari llamado Yahyah ibn Masud, para que cuidara de su caballo. Este discutió por el agua con Sinan ibn Wabar al-Yuhani, y poco a poco la disputa se transformó en una pelea. Entonces el yuhani gritó: «¡Oh, ansaríes, ayudadme!». Yahyah también gritó: «¡Oh, emigrantes, ayudadme!». Abdullah ibn Ubay ibn Salul se encontraba entonces con un grupo de hombres de su tribu. Entre ellos estaba también el joven Zayd ibn Arqam. Al oír los gritos, Abdullah ibn Ubay, exaltado, dijo: «¿Han llegado finalmente a hacer algo así? Se han fortalecido permaneciendo entre nosotros y se han entregado a la arrogancia. Veo que nuestra situación con los emigrantes se está convirtiendo en aquello del proverbio: “Alimenta y engorda a tu propio perro, y un día te morderá y te devorará a ti”. ¡Por Allah! Si regresamos ahora a Medina, los poderosos expulsarán de allí a los débiles». Después comenzó a decir a los miembros de su tribu: «¡Mirad ahora la ruina que os habéis causado! Les habéis dado refugio en este país y les habéis entregado parte de vuestros bienes. Si no hubierais mostrado tanta generosidad con ellos, se habrían visto obligados a marcharse a otro lugar».

Zayd ibn Arqam informó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, de aquellas palabras. En ese momento, acababa de derrotar al enemigo y respirar aliviado. Cuando recibió la noticia, Umar ibn al-Jattab, que Allah esté complacido con él, se encontraba en su presencia. Dijo: «Ordena a Abbad ibn Bishr que lo envíe a la morada de la muerte». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Umar, si hiciera eso, la gente diría que Muhammad mata a sus propios compañeros. Eso no puede hacerse. Sin embargo, ordena ahora mismo que partamos de aquí». En aquel momento, normalmente el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no emprendía ningún viaje. Aun así, todos partieron.

Cuando Abdullah ibn Ubay ibn Salul se enteró de que Zayd ibn Arqam había comunicado sus palabras al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, acudió apresuradamente ante él y, jurando, comenzó a decir: «No dije nada de lo que Zayd ha contado». Puesto que Abdullah ibn Ubay era considerado una persona muy respetada entre los suyos, los compañeros ansaríes que se encontraban con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijeron: «¡Oh, Mensajero de Allah! Quizá Zayd oyó mal y tal vez no pudo recordar por completo lo que ha contado». De ese modo mostraron cierta cortesía hacia Abdullah ibn Ubay y lo salvaron.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió, y Usayd ibn Hudayr se encontró con él. Después de saludarlo y darle la bienvenida, dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Has emprendido el viaje en un momento sumamente inconveniente. Normalmente no partes a una hora como esta». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¿No has oído lo que ha dicho vuestro compañero?». Él preguntó: «¿Qué compañero?». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «Abdullah ibn Ubay». Usayd preguntó: «¿Qué ha dicho?». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Opina que, si logra regresar a Medina, los poderosos expulsarán de allí a los débiles». Usayd dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Si lo deseas, podemos expulsarlo. En verdad, es sumamente vil y despreciable, mientras que tú eres poderoso». Y añadió: «¡Oh, Mensajero de Allah! Sé un poco indulgente con él. ¡Por Allah!, Allah te ha enviado a nosotros justo cuando su tribu se preparaba para coronarlo. Por eso cree que le has arrebatado un reino».

Después, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, marchó durante un día y una noche acompañado de sus compañeros. En el camino, el intenso sol les causó un sufrimiento insoportable. Por ello, hicieron una parada en un lugar. En cuanto la gente descendió al suelo, todos se quedaron dormidos. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, había emprendido el viaje a una hora inusual precisamente para desviar la atención de la posible reacción adversa que las palabras de Abdullah ibn Ubayy del día anterior podían provocar entre la gente. Después de descansar, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, reanudó la marcha con todos sus hombres. Mientras atravesaba el Hiyaz, hizo una parada junto a un manantial. Aquel lugar se llamaba Baqya. Cuando reanudaron el viaje desde allí, un viento repentino, angustioso y aterrador sopló sobre los musulmanes. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «No temáis este viento. Ha muerto un gran incrédulo; por eso sopla este viento». Al regresar a Medina, descubrieron que Rifa‘a ibn Zayd, un hombre influyente de la tribu de Banu Qaynuqa, había muerto precisamente aquel día. Era un refugio y un instigador de los hipócritas.

La sura Al-Munafiqun del Noble Corán fue revelada en relación con Abdullah ibn Ubayy y personas como él. Zayd ibn Arqam, poniendo la mano en su oído, dijo: «Este hombre ha cumplido la promesa de Allah por medio de su oído». Cuando Abdullah, hijo de Abdullah ibn Ubayy, se enteró del asunto de su padre, dijo al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él: «Oh, Mensajero de Allah, he oído que deseas matar a Abdullah ibn Ubayy por sus palabras hostiles. Si realmente lo deseas, ordéname que te lleve su cabeza. ¡Por Allah!, la tribu de Jazray sabe que entre ellos no hay nadie más devoto de su padre que yo. Temo que ordenes a alguien matar a mi padre y que, al verlo caminar públicamente tras haber matado a mi padre, mi naturaleza me incite y me vuelva incapaz de contenerme. Entonces me vería obligado a matarlo y a entrar en el Infierno, pues en tal caso sería culpable de matar a un creyente a cambio de un incrédulo». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «No. Mientras permanezca con nosotros, seremos indulgentes con él y lo trataremos bien».

A partir de entonces, cada vez que Abdullah ibn Ubayy cometía alguna fechoría, eran los miembros de su propia tribu quienes lo reprendían. Lo censuraban, lo amonestaban y lo detenían. Al enterarse de esta situación, un día el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo a Umar ibn al-Jattab —que Allah esté complacido con él—: «Umar, ¿ves cómo ha cambiado la situación? El día que me aconsejaste matar a Abdullah ibn Ubayy, si lo hubiera matado, muchos habrían fruncido el ceño. Pero si hoy ordenara matarlo, serían precisamente aquellos que entonces fruncían el ceño quienes hoy lo matarían». Umar —que Allah esté complacido con él— respondió: «¡Por Allah!, sé que la decisión del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, es más beneficiosa que la mía».

Miqyas ibn Subaba, hermano de Hisham ibn Subaba, el musulmán que Ubayda ibn Samit —que Allah esté complacido con él— había matado accidentalmente al confundirlo con un enemigo, llegó un día desde La Meca y se entrevistó con el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, para exigir la compensación por la sangre de su hermano. El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dispuso el pago de la compensación. Miqyas había declarado que era musulmán. Después de recibir la compensación, permaneció unos pocos días junto al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Luego, un día mató al hombre que había dado muerte a su hermano, abandonó el islam y se marchó a La Meca.

Aquel día murieron muchos miembros de Banu Mustaliq. (73. Ibn Hisham dice: el grito de guerra de los musulmanes en la batalla contra Banu Mustaliq era: «¡Oh, auxiliado, mata, mata!»). Ali ibn Abi Talib —que Allah esté complacido con él— mató a dos hombres de Banu Mustaliq, entre ellos Malik y su hijo. Abd al-Rahman ibn Awf mató al jinete Ahmar, o Uhaymir.

Aquel día, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, capturó a muchos prisioneros de guerra. Los distribuyó entre los musulmanes como esclavos y esclavas. Entre aquellos prisioneros se encontraba Juwayriya, hija de Harith ibn Abi Dirar, jefe de la tribu de Banu Mustaliq, quien posteriormente alcanzó el honor de convertirse en esposa del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él.

Aisha —que Allah esté complacido con ella— dijo: cuando el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, repartió a los prisioneros de guerra de Banu Mustaliq, Juwayriya bint al-Harith correspondió en el reparto a Sabit ibn Qays o a uno de sus primos. Juwayriya se apresuró a procurar su liberación mediante el pago de un rescate. Era una joven muy hermosa y encantadora.

Todo aquel que la veía quedaba cautivado. Juwayriya acudió al Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, para pedirle ayuda con respecto a su liberación. Al verla de pie en la puerta de mi habitación, me desagradó. Comprendí que la encantadora belleza que yo veía no podía pasar inadvertida para el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Después, ella se entrevistó con el Mensajero de Allah y le dijo: «Oh, Mensajero de Allah, soy hija de Harith ibn Abi Dirar. Mi padre es el jefe de la tribu. No desconoces la desgracia que me ha acontecido. He correspondido a Sabit ibn Qays —o a uno de sus primos—. Te pido ayuda para pagar mi rescate». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «¿Y si dispusiera para ti algo mejor?». Ella preguntó: «Oh, Mensajero de Allah, ¿qué sería?». Él respondió: «Pagaré tu rescate en tu nombre y me casaré contigo». Juwayriya dijo: «Oh, Mensajero de Allah, acepto». Entonces el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Así lo he hecho». Cuando los musulmanes se enteraron de que el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, se había casado con Juwayriya, devolvieron a todas las personas de Banu Mustaliq que tenían cautivas, considerándolas parientes del Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Así, cien cautivos de Banu Mustaliq fueron liberados únicamente porque Juwayriya se había casado con el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. En verdad, no conozco a ninguna mujer que haya resultado más beneficiosa para su propia tribu que Juwayriya.

Yazid ibn Ruman relata: Después de que la tribu de Banu Mustaliq abrazara el islam, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a Walid ibn Uqba ibn Abu Muayt a ellos. Al enterarse de su llegada, muchos jinetes de la tribu salieron a recibirlo. Sin embargo, al ver aquello, Walid se asustó y regresó ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, diciéndole que los miembros de la tribu habían intentado matarlo y que no le habían permitido recoger el azaque que debían entregar. Entonces los musulmanes comenzaron a insistir vehementemente en atacar a Banu Mustaliq. Por ello, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— decidió atacarlos. Justo en ese momento, una delegación de Banu Mustaliq se presentó ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y dijo: «Oh, Mensajero de Allah, al enterarnos de que habías enviado un mensajero a nosotros, quisimos salir a recibirlo y entregarle el azaque que debíamos. Pero él regresó apresuradamente. Después nos enteramos de que te había dicho que habíamos intentado matarlo. ¡Por Allah!, no salimos con ese propósito». Con relación a este suceso, Allah reveló estos dos versículos de la sura Al-Huyurat.

«¡Oh, creyentes! Si un malvado os trae una noticia, verificadla cuidadosamente, no sea que ataquéis por ignorancia a un grupo y luego os arrepintáis de lo que habéis hecho. Y sabed que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— está entre vosotros. Si os siguiera en muchos asuntos, caeríais en la desgracia. ……….»

Aisha —que Allah esté complacido con ella— también acompañaba al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— en este viaje. Cuando regresaba llevándola consigo, al llegar a un lugar cercano a Medina, un grupo de musulmanes la acusó falsamente.

El incidente de la calumnia durante la expedición contra Banu Mustaliq, en el sexto año de la Hégira

Aisha —que Allah esté complacido con ella— relata: Cada vez que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— emprendía un viaje, echaba a suertes cuál de sus esposas lo acompañaría. Llevaba consigo a aquella cuyo nombre salía en el sorteo. También durante la expedición contra Banu Mustaliq echó a suertes como de costumbre, y mi nombre salió. Por ello, me llevó consigo.

En aquella época, las mujeres seguían una dieta frugal. Por eso sus cuerpos no aumentaban de peso debido a la abundancia de carne. Durante el viaje, cuando mi camello estaba preparado para partir, me sentaba en el howdah. Los hombres venían, levantaban el howdah, lo colocaban sobre el lomo del camello y lo sujetaban con cuerdas. Después comenzaba la marcha.

Al regresar de la expedición contra Banu Mustaliq, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegó a un lugar cercano a Medina y pasó allí una noche. Después, cuando se anunció nuevamente la partida, todos emprendieron el viaje. En ese momento yo había salido para hacer mis necesidades. Llevaba al cuello un collar de perlas yemeníes. Al regresar, después de hacer mis necesidades, descubrí que el collar ya no estaba en mi cuello. No me había dado cuenta en absoluto de cuándo se me había caído. Así que tuve que salir de nuevo del campamento y regresar al lugar donde había ido para hacer mis necesidades, a fin de buscarlo. Mientras tanto, la caravana se preparó para partir. Encontré el collar. Los hombres que levantaban el howdah de mi camello se acercaron a mi camello y, como de costumbre, levantaron el howdah y lo colocaron sobre él. Para entonces ya habían terminado de prepararse para el viaje. Cuando levantaron el howdah, pensaron que yo estaba dentro, como de costumbre. Por eso lo levantaron, lo colocaron sobre el camello y lo ataron a él. No tuvieron la menor duda sobre mi presencia en el howdah. Luego hicieron avanzar al camello y partieron. Cuando regresé al lugar donde la caravana había pasado la noche, llevando conmigo el collar que había encontrado, el terreno estaba vacío. No había nadie. Toda la caravana se había marchado. Sin otra opción, me envolví en mi manto y me acosté allí mismo. Pensé que, cuando advirtieran mi ausencia, sin duda regresarían a buscarme. Todavía estaba acostada cuando vi pasar cerca de mí a Safwan ibn al-Muattal al-Sulami. Él también se había separado de la caravana por algún motivo y no había pasado la noche con ella. Al verme desde lejos, se acercó y se detuvo ante mí. Me había visto antes de que se revelara la orden relativa al velo. Al verme, exclamó: «En verdad, pertenecemos a Allah y a Él regresaremos. ¡Esta es la esposa del Mensajero de Allah!». Yo seguía cubierta con mi ropa. Él dijo: «Que Allah derrame Su misericordia sobre ti. ¿Cómo te has quedado atrás?». No le respondí. Entonces acercó el camello y dijo: «Monta». Luego se apartó un poco. Monté sobre el camello, y él, sujetándolo por la cabeza, se dirigió rápidamente hacia la caravana. Así llegó la mañana. La gente estaba descansando en un lugar. En ese momento él llegó llevándome montada sobre el camello. Al ver aquella escena, los calumniadores difundieron la calumnia. Entre los musulmanes se produjo una gran conmoción y alboroto. Pero yo no supe nada. Apenas llegué a Medina, enfermé gravemente. Todavía no sabía nada de lo ocurrido. Poco a poco, la noticia llegó a oídos del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y de mis padres. Ellos tampoco llegaron a saber nada de aquello. Sin embargo, noté algo extraño en el comportamiento del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Su trato amable conmigo disminuyó en comparación con antes. Cuando enfermaba, solía prodigarme cariño y afecto. Pero durante esta enfermedad no lo hizo. Aquello no me agradó en absoluto. Mi madre estaba conmigo para cuidarme. Cuando ella estaba presente, él venía a verme y solo decía: «¿Cómo estás?». No decía ni una palabra más. Esto me causaba un gran sufrimiento. Al ver su trato frío e insensible, un día le dije: «Oh, Mensajero de Allah, si me das permiso, iré a casa de mi madre. Ella me cuidará». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— me dio permiso y dijo: «Puedes ir; no hay impedimento».

Me fui a casa de mi madre. Todavía no sabía nada de la calumnia. Después de sufrir la enfermedad durante más de veinte días, quedé completamente debilitada.

Éramos árabes. No construíamos letrinas en nuestras casas como los no árabes. Eso nos resultaba desagradable. Nosotras, las mujeres, salíamos en plena noche a campo abierto para hacer nuestras necesidades. Una noche salí con Umm Mistah, hija de Abu Ruhayma, hijo de Abd al-Muttalib, para hacer nuestras necesidades. Mientras caminaba conmigo, esta mujer tropezó de repente al enredarse el pie en su propia manta y exclamó inmediatamente: «¡Que se arruine Mistah!». Le dije: «¡Qué vergüenza! ¿Qué has dicho? ¿Cómo puedes decir eso de un emigrado que participó en la batalla de Badr?». Ella respondió: «Oh, hija de Abu Bakr, ¿acaso no has oído nada sobre él?». Pregunté: «¿Sobre qué?». Entonces me informó del rumor que se había difundido. Pregunté: «¿También Mistah participó en ese rumor?». Respondió: «Sí, por Allah, él también».

Aisha dijo: Después de oír aquello, no pude hacer mis necesidades. Regresé a casa y rompí a llorar. De tanto llorar, sentí que el corazón estaba a punto de partirse. Le dije a mi madre: «Que Allah te perdone. La gente ya ha dicho todo lo que tenía que decir, pero tú no me informaste de ello ni siquiera un poco. ¿Qué sucede?». Mi madre respondió: «Hija mía, tómalo con calma. Cuando una mujer es hermosa, su marido la ama mucho y además tiene una coesposa, todos, tanto hombres como mujeres, se ensañan con ella y se entregan a difundir toda clase de rumores en su contra».

Mientras tanto, un día el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pronunció un sermón ante una asamblea de musulmanes. Yo tampoco sabía nada de aquel sermón. Comenzó alabando a Allah y luego dijo: «¡Oh, gente! Algunas personas están difamando a mi familia y diciendo falsedades sobre ella, aunque no conozco de mi familia más que el bien. También se está difundiendo una calumnia contra una persona de la que tengo una buena opinión. En mi ausencia, jamás entra en mi casa».

Aisha dijo: El principal instigador y artífice oculto de la difusión de esta calumnia era Abd Allah ibn Ubayy ibn Salul. Algunos miembros de la tribu de Jazray también lo ayudaron. El grupo de hipócritas exageró lo poco que habían dicho Mistah y Hamna bint Yahay, hermana de Zaynab bint Yahay, una de las Madres de los Creyentes. Zaynab bint Yahay, hermana de Hamna, era una de las esposas del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Entre sus esposas, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, solo concedía a Zaynab una posición igual a la mía. Sin embargo, Zaynab no dijo ni una sola palabra mala sobre mí. Allah la mantuvo en el más alto grado de honestidad. Solo Hamna bint Yahay participó en la difusión de la calumnia. Incluso discutía conmigo en defensa de su hermana. Su conducta me causaba una gran incomodidad.

Después de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pronunciara el sermón mencionado, Usayd ibn Hudayr dijo: «Oh, Mensajero de Allah, si los calumniadores pertenecen a la tribu de Aws, nosotros bastaremos para castigarlos. Y si pertenecen a Jazray, danos la orden que quieras. ¡Por Allah!, gente así merece la muerte». Saad ibn Ubada era considerado un hombre bueno. Al oír aquello, dijo: «¡Eso es mentira! No los mataremos. Como son de la tribu de Jazray, dices eso. Si fueran de tu tribu, no lo dirías». Usayd respondió: «Mientes. En realidad eres un hipócrita, y por eso hablas en defensa de los hipócritas».

Aisha, que Allah esté complacido con ella, dijo: Después de eso estalló una violenta disputa entre ambos bandos. Incluso surgió el temor de que las tribus de Aws y Jazray entraran en guerra. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, bajó del púlpito y llamó a Ali y a Usama ibn Zayd, que Allah esté complacido con ambos, para consultarles. Usama me elogió grandemente y luego dijo: «Oh, Mensajero de Allah, respecto a tu esposa solo conozco el bien. Esto no es más que una calumnia falsa y fantasiosa». Ali, que Allah esté complacido con él, dijo: «Oh, Mensajero de Allah, no faltan mujeres. Si quieres, puedes divorciarte de una esposa y casarte con otra. Sin embargo, pregunta a la esclava; ella podrá informarte de la verdad». Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llamó a Barira, la sirvienta de Aisha, para interrogarla. Cuando llegó, Ali, que Allah esté complacido con él, la golpeó con severidad y luego le dijo: «Di la verdad al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz». Barira respondió: «¡Por Allah! Sé que Aisha es casta y no he visto en ella ningún defecto. Lo único que puedo mencionar es que muelo trigo para hacer harina y le pido a Aisha que la vigile. Pero a veces se olvida de la harina y se queda dormida, y entonces viene una cabra y se la come».

Aisha, que Allah esté complacido con ella, dijo: Después de eso, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, vino a verme. Mis padres estaban sentados conmigo. También estaba sentada junto a mí una mujer ansarí. Yo lloraba, y ella lloraba conmigo. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se sentó a mi lado, alabó a Allah y mencionó Sus atributos. Luego dijo: «Aisha, si has cometido hoy algo malo como lo que la gente ha dicho, arrepiéntete ante Allah. Allah acepta el arrepentimiento de Sus siervos».

En cuanto el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, terminó de decir esto, mis lágrimas se detuvieron. Fue como si ya no pudiera sentir su presencia. Esperaba que mis padres le respondieran por mí, pero no dijeron nada. ¡Por Allah!, jamás me había considerado tan digna de que Allah revelara versículos del Corán acerca de mí, que serían recitados en las mezquitas y leídos durante la oración. Solo esperaba que al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se le mostrara en sueños algo mediante lo cual Allah Todopoderoso refutara la calumnia lanzada contra mí. Pues Allah sabía que yo era inocente. Si no era un sueño, quizá le comunicaría alguna noticia de manera ordinaria. Pero jamás imaginé que se revelaría acerca de mí una revelación que formara parte del Corán. ¡Por Allah!, nunca me consideré tan digna.

Al ver que mis padres no respondían, les dije: «¿No le dieron ninguna respuesta al Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz?». Ellos respondieron: «¡Por Allah! No encontramos nada que pudiéramos responderle». En verdad, en aquellos días, no tengo conocimiento de ninguna familia que haya afrontado una crisis tan grande como la que sufrió la familia de Abu Bakr, que Allah esté complacido con él.

Al ver que mis padres guardaban silencio respecto a mí, mis mejillas volvieron a inundarse de lágrimas y comencé a llorar. Dije: «¡Por Allah! Nunca me arrepentiré del pecado del que usted habla. Sé que, si admito lo que la gente está difundiendo, estaría admitiendo algo que jamás cometí. Allah mismo es testigo de que soy completamente inocente en este asunto. Y si lo niego, ustedes no me creerán». Aisha dice: Entonces intenté recordar el nombre de Yaqub, la paz sea con él, pero no pude recordarlo. Finalmente dije: «Repetiré las palabras que pronunció el padre de Yusuf, la paz sea con él: “La paciencia hermosa es el mejor proceder”. Allah es mi único apoyo frente a lo que ustedes cuentan». Apenas pronuncié estas palabras, los signos de la revelación comenzaron a manifestarse en el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz. Lo cubrieron con una tela y colocaron una almohada bajo su cabeza. Al contemplar la escena, permanecí completamente impasible, tranquila y sin miedo. Sabía que era inocente. Allah no podía ser injusto conmigo. En cambio, mis padres parecían estar a punto de morir. Su estado se volvió lastimoso por temor a que la revelación declarara verdadera la calumnia que se había difundido.

Aisha, que Allah esté complacido con ella, dice: Al cabo de un rato, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, se sentó ya recuperado. Aunque era un día de intenso frío, el sudor le caía del cuerpo como perlas. Mientras se secaba el sudor de la frente, dijo: «¡Aisha, recibe la buena noticia! Allah ha revelado una aleya declarando tu inocencia». Respondí: «Alabado sea Allah y a Él doy las gracias».

Después, el Mensajero de Allah, que Allah lo bendiga y le conceda paz, salió y dirigió un sermón a los musulmanes, recitándoles las aleyas del Corán que habían sido reveladas sobre este asunto. Luego aplicó el castigo por difamación a Mistah ibn Uzaza, Hassan ibn Zabit y Hamna bint Yahsh, pues habían sido algunos de los principales difusores de aquella calumnia.

Ibn Ishaq dice, citando a algunos miembros de los Banu Nayyar:

Umm Ayyub le dijo a su esposo, Abu Ayyub Jalid ibn Zayd: «¿Has oído lo que se está difundiendo acerca de Aisha?». Abu Ayyub respondió: «Sí, lo he oído. Es una mentira. Umm Ayyub, ¿podrías hacer algo semejante?». Umm Ayyub respondió: «¡Jamás!». Abu Ayyub dijo: «¡Por Allah! Aisha es sin duda mejor que tú».

Aisha dice: Entre las aleyas que fueron reveladas en el Corán acerca de quienes difundieron esta calumnia se encuentran las siguientes: «En verdad, quienes difundieron esta calumnia son un grupo de vosotros. No penséis que esto es malo para vosotros; al contrario, es bueno para vosotros. Cada uno de ellos cargará con la parte del pecado que haya cometido, y quien asumió la mayor parte de esta maldad tendrá un castigo enorme». (En esta aleya se hace referencia a Hassan ibn Zabit y sus compañeros, que participaron en la difusión de la calumnia.) «¿Por qué, cuando los creyentes y las creyentes oyeron esto, no pensaron bien de su propia gente? (Es decir, como Abu Ayyub y su esposa). Cuando lo recibíais de boca en boca y difundíais aquello que no conocíais, lo considerabais algo insignificante, mientras que ante Allah era un asunto terrible».

Después de que fueron reveladas estas aleyas acerca de Aisha, que Allah esté complacido con ella, y de quienes difundieron la calumnia contra ella, Abu Bakr, que Allah esté complacido con él, dijo: «¡Por Allah! Puesto que Mistah ha difundido una calumnia tan infame contra Aisha, ya no me haré cargo de su manutención ni le prestaré la menor ayuda». Cabe señalar que Mistah era un pariente pobre suyo, y Abu Bakr sufragaba sus gastos de manutención.

A propósito de este juramento de Abu Bakr, fue revelado: «Que los favorecidos con bienes y generosidad entre vosotros no juren que no mostrarán benevolencia hacia los parientes, los pobres y quienes emigraron por la causa de Allah. Que perdonen y sean indulgentes. ¿Acaso no queréis que Allah os perdone? Allah es Perdonador, Misericordioso». Al oír este versículo, Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— dijo inmediatamente: «Sí, quiero que Allah me perdone». Después volvió a hacerse cargo del sustento de Mistah y juró que nunca más abandonaría esta responsabilidad.

Ibn Ishaq dice: Con respecto al castigo que recibió Hassán ibn Thabit por calumniar a Aisha —que Allah esté complacido con ella—, uno de los musulmanes recitó el siguiente poema:

«Hassán recibió un castigo merecido, y también Hamna y Mistah,

pues pronunció palabras obscenas

sobre la esposa de su Profeta, conjeturando y afligiéndolo,

y fueron víctimas de la ira del Señor del Trono.

Habían afligido al Mensajero de Allah, dando importancia a la calumnia deshonrosa y eterna

y difundiéndola por todas partes, y lo habían humillado».

(Como consecuencia,) el castigo sobre los difamadores comenzó a caer en torrentes, como una lluvia intensa

“.”

El suceso de Hudaybiyya (sexto año de la Hégira)

Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) pasó en Medina los meses de Ramadán y Shawwal. En el mes de Dhu al-Qa‘da partió hacia La Meca con la intención de realizar la ‘umra. No tenía intención alguna de combatir. [74. Según Ibn Hisham, en ese momento se confió el gobierno de Medina a Namila ibn Abd Allah al-Laythí.] También tomó como compañeros de viaje a los árabes comunes habitantes de Medina y a los beduinos nómadas de los alrededores. Temía que los qurayshíes, siguiendo su costumbre, le impidieran visitar la Casa de Allah o salieran a combatir contra él. Debido a este temor, muchos de los que habían querido acompañarlo aplazaron su partida. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) emprendió el viaje con los árabes restantes, los emigrados y los auxiliares. Llevó consigo una caravana de camellos destinados al sacrificio y se puso el ihram para la ‘umra.[75. Llevó consigo 70 camellos. El número de peregrinos de la ‘umra era de 700. Se había llevado un camello por cada diez personas.] Así, los qurayshíes no sospecharían que pretendía combatirlos y comprenderían que había ido únicamente a visitar la Casa de Allah y honrarla.

Cuando llegó a Usfan, cerca de La Meca, se encontró con Bishr ibn Sufyan al-Ka‘bí. Este dijo: “¡Oh, Mensajero de Allah! El ejército de los qurayshíes se ha reunido cerca. Al enterarse de tu partida, han venido con una enorme caravana de camellos para combatir contigo. Ya se habían reunido en Dhu Tuwa. Han jurado que no te permitirán entrar en La Meca bajo ninguna circunstancia. Han avanzado hasta Kurā‘ al-Ghamīm [76. Dhu Tuwa era un lugar cercano a La Meca. Kurā‘ al-Ghamīm es un valle situado a ocho millas de Usfan.] bajo el mando de Jalid ibn al-Walid”. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “¡Que perezcan los qurayshíes! La belicosidad se ha apoderado de ellos. ¿Qué perjuicio les causaría permitirme llegar a un entendimiento con el conjunto de los árabes? Si los árabes me derrotaran, se cumpliría el deseo de los qurayshíes. Pero si Allah me concediera la victoria sobre los árabes, todos buscarían refugio en el islam. Y aunque no aceptaran el islam, podrían combatir con una fuerza aún mayor. ¿Qué creen los qurayshíes? ¡Por Allah! Continuaré haciendo la yihad hasta el final: o esta religión triunfa, o yo perezco”.

Después dijo: “¿Hay alguien que pueda llevarnos por un camino distinto de aquel en el que se han reunido los qurayshíes?”. Entonces aquel hombre los condujo por un difícil sendero montañoso. Esta marcha fue extremadamente penosa para los musulmanes. Finalmente llegaron a una llanura situada al borde del valle. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo a los musulmanes: “Decid: ‘Pedimos perdón a Allah y nos arrepentimos’”. Todos lo dijeron. Entonces el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “Esto mismo ordenó Musa (la paz sea con él) que dijeran los hijos de Israel, pero ellos se negaron a decirlo”.

Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) ordenó a todos avanzar por la derecha, atravesando Jamz, en dirección a Saniyat al-Murar, hasta llegar al valle de Hudaybiyya, situado en la parte baja de La Meca. El ejército musulmán marchó conforme a sus instrucciones. La vanguardia de jinetes de los qurayshíes, al observar desde otra dirección el avance del ejército musulmán, regresó a toda velocidad junto a los qurayshíes. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llegó con todos sus hombres a Saniyat al-Murar, y allí su camella se detuvo. La gente dijo: “La camella se ha detenido”. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “La camella no se ha detenido, pues no es esa su costumbre. Sin embargo, la misma fuerza que detuvo al ejército de elefantes de Abraha la ha impedido avanzar hacia La Meca. Hoy aceptaré cualquier propuesta que me hagan los qurayshíes apelando a los lazos de sangre”. Después les ordenó a sus compañeros que establecieran allí el campamento. Todos dijeron: “¡Oh, Mensajero de Allah! Aquí no hay agua en absoluto. ¿Cómo estableceremos el campamento aquí?”. Él sacó una flecha, se la entregó a un compañero y le ordenó arrojarla dentro de un pozo seco. Cuando este arrojó la flecha, el pozo se llenó de agua y los musulmanes acamparon allí.

Cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) hubo establecido su posición, acudieron a él varios hombres de la tribu de Juza‘a junto con Budayl ibn Waraqa. Conversaron con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y le preguntaron: “¿Con qué propósito has venido?”. Él les informó de que no había venido con intención de combatir, sino únicamente a visitar la sagrada Kaaba y honrarla. Les dijo lo mismo que había dicho a Bishr ibn Abi Sufyan. Ellos regresaron junto a los qurayshíes y les dijeron: “¡Oh, qurayshíes! Habéis tomado una decisión demasiado apresurada respecto de Muhammad. En realidad, no ha venido a combatir; solo ha venido a visitar la Kaaba”.

Al oír esto, los coraichitas les lanzaron acusaciones y les dirigieron palabras desagradables. Dijeron: «Aunque no haya venido a luchar, jamás le permitiremos entrar en La Meca por la fuerza. Todos los árabes saben que los habitantes de La Meca nunca han permitido que nadie entre en esta ciudad contra su voluntad».

Todos los miembros de la tribu de Juzāʿa, tanto musulmanes como idólatras, eran fervientes simpatizantes del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y custodios de todos sus secretos. Fuera lo que fuese lo que ocurriera en La Meca, no se lo ocultaban al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—.

Los coraichitas enviaron ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— a Mikraz ibn Hafs ibn Ajyaf. Al verlo acercarse, el Mensajero de Allah comentó desde lejos: «Este hombre es un traidor». Cuando llegó ante el Mensajero de Allah y conversó con él, este le dijo a Mikraz lo mismo que les había dicho a Budayl y a sus compañeros. Mikraz regresó junto a los coraichitas y les informó de todo lo que había dicho el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—.

Después, los coraichitas enviaron ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— a Hulays ibn Alqama o ibn Zabān. Al verlo, comentó: «Este hombre pertenece a un pueblo temeroso de Allah. Llevad nuestras ofrendas ante él para que las vea». Cuando Hulays vio pasar ante él una enorme caravana de camellos marcados para el sacrificio, cuyo pelaje se había desprendido por no haber podido llegar al lugar del sacrificio durante tanto tiempo, regresó junto a los coraichitas y les contó lo que había visto. Al contemplar los animales destinados al sacrificio, había quedado tan impresionado que ya no le cabía ninguna duda de que el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— había venido únicamente para realizar la ʿumra, y ni siquiera consideró necesario reunirse con él para interrogarlo. Al oír sus palabras, los coraichitas dijeron: «Siéntate y cállate. Eres un beduino ignorante; ¿qué puedes entender?». Al oír esto, se enfureció y dijo: «¡Oh, coraichitas! No nos hemos aliado con vosotros para realizar actos de esta clase, ni hemos celebrado un pacto con vosotros para eso. ¿Se impedirá la entrada a quien ha venido a visitar la Casa de Allah y a honrarla? Juro que, si no permitís que Muhammad cumpla el noble propósito con el que ha venido, abandonaré vuestra alianza junto con todos los miembros de mi tribu». Ellos le dijeron: «Hulays, espera un poco. Déjanos llegar a una decisión unánime».

Después, los coraichitas enviaron ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— a ʿUrwa ibn Masʿud al-Zaqafí. Este se sentó frente al Mensajero de Allah y dijo: «¡Oh, Muhammad! ¿Has reunido a esta enorme multitud para someter a tus parientes? Pues debes saber que los coraichitas también han salido preparados para enfrentarse a ti, aunque solo cuentan con una caravana de camellos débiles, adoptando una apariencia de leones. Han jurado poniendo a Allah por testigo que jamás te permitirán entrar en la ciudad por la fuerza. ¡Por Allah!, muy pronto toda esta gente te dejará solo y se separará de ti». Abū Bakr al-Siddiq —que Allah esté complacido con él— estaba sentado detrás del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y escuchaba aquellas palabras. Encolerizado, dijo: «Ve a lamer el clítoris de al-Lāt. ¿Acaso crees que abandonaremos al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—?». ʿUrwa preguntó: «¿Quién es este hombre?». El Mensajero de Allah respondió: «Es el hijo de Abū Quhafa». ʿUrwa se dirigió a Abū Bakr y dijo: «En otra ocasión me hiciste un favor; de no ser por ello, hoy habría tomado represalias por tus palabras. En consideración a aquel favor, te lo perdono». Luego, mientras hablaba, ʿUrwa comenzó a tocar la barba del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. En ese momento, al-Mughira ibn Shuʿba —que Allah esté complacido con él— permanecía de pie junto al Mensajero de Allah, con la espada en la mano. Cada vez que ʿUrwa tocaba la barba del Mensajero de Allah, al-Mughira le daba un golpecito en la mano con la espada y decía: «No pongas la mano en el rostro del Mensajero de Allah; de lo contrario, esta espada caerá sobre tu cuello». ʿUrwa dijo: «¡Qué vergüenza! ¡Qué áspero y duro de corazón eres!». Al ver esto, el Mensajero de Allah sonrió. ʿUrwa preguntó: «¡Oh, Muhammad!, ¿quién es este hombre?». Él respondió: «Es tu sobrino, al-Mughira ibn Shuʿba». (Tanto al-Mughira como ʿUrwa pertenecían a la tribu de Zaqif). ʿUrwa dijo: «¡Malagradecido! Hace apenas unos días te hice un gran favor». Después, el Mensajero de Allah habló con ʿUrwa y le informó de que no había venido a luchar. [77. Ibn Hisham dice: Antes de aceptar el islam, al-Mughira había matado a trece hombres de la familia Banū Mālik, de Banū Zaqif. Como consecuencia, surgió una fuerte tensión entre ambas familias. Entonces, Banū Mālik ayudó a al-Mughira a obtener su liberación mediante el pago de trece compensaciones de sangre y dispuso una reconciliación entre las dos familias. Aquí ʿUrwa aludía a aquel episodio.]

ʿUrwa ibn Masʿud se despidió del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Había visto con qué devoción y reverencia sus Compañeros lo trataban. Cuando hacía la ablución, todos competían y se disputaban el agua de su ablución; cuando escupía, se apresuraban a recogerlo, y cuando se le caía un cabello, todos competían por obtenerlo. Al regresar junto a los coraichitas, dijo: «¡Oh, coraichitas! He visto al emperador persa Kisra, al emperador romano César y al emperador de Abisinia, el Nayashi, rodeados por sus respectivas cortes reales. ¡Por Allah!, jamás he visto a ningún rey ser objeto de una devoción y reverencia semejantes por parte de sus súbditos como la que los Compañeros de Muhammad sienten por él. No están dispuestos, por nada del mundo, a dejar a Muhammad indefenso frente al enemigo y abandonarlo. En estas circunstancias, haced lo que consideréis conveniente».

El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— envió a Jirāsh ibn Umayya al-Juzāʿi a La Meca, ante los coraichitas. Lo hizo montar en su propio camello, Zaʿlab, y lo envió ante los dirigentes para explicarles el motivo de su llegada. Ellos intentaron matar el camello del Mensajero de Allah y también a Jirāsh —que Allah esté complacido con él—. Sin embargo, algunos hombres de diversas tribus se unieron para protegerlo y liberarlo. Después, regresó junto al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—.

Después decidió enviar a Umar ibn al-Jattab —que Allah esté complacido con él— a los líderes de Quraysh en La Meca para explicarles el propósito de su llegada. Pero Umar —que Allah esté complacido con él— dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Temo que Quraysh me quite la vida. No hay en La Meca ningún miembro de los Banu Adi ibn Kaab que pueda protegerme de ellos. Además, ellos saben muy bien cuán encarnizado enemigo de Quraysh soy. Envíe, más bien, a Uzman ibn Affan —que Allah esté complacido con él—. Él tiene mucha más influencia entre los habitantes de La Meca que yo». De inmediato, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz— envió a Uzman para que explicara a los habitantes de La Meca que el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz— no había venido con intención de combatir, sino para realizar la umra. Uzman partió. Al entrar allí, se encontró con Aban ibn Said, quien le concedió protección. Gracias a ello, pudo transmitir el mensaje del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz—. Uzman se reunió con Abu Sufyan y con otros líderes de Quraysh, y les transmitió el mensaje del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz—. Ellos le dijeron: «Mira, Uzman, si quieres circunvalar la Kaaba, hazlo». Uzman respondió: «No lo haré hasta que el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz— la circunvale». Quraysh retuvo a Uzman —que Allah esté complacido con él—. Mientras tanto, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz— y los musulmanes oyeron que Uzman —que Allah esté complacido con él— había sido martirizado.

La Bay’at al-Ridwan

Ibn Ishaq dijo: Abdullah ibn Abi Bakr me informó de que, en el mismo momento en que el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz— oyó que Uzman —que Allah esté complacido con él— había sido asesinado, dijo: «No abandonaré este lugar sin luchar contra Quraysh». Hizo que los musulmanes se comprometieran a combatir. Esta fue la Bay’at al-Ridwan. Este juramento se realizó bajo un árbol. Los musulmanes en general decían: «El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz— tomó el juramento de sacrificar la vida». Sin embargo, Jabir ibn Abdullah —que Allah esté complacido con él— decía que no era un juramento de sacrificar la vida, sino que se tomó para que no huyéramos». [78. Ibn Hisham menciona que Abu Sinan al-Asadi —que Allah esté complacido con él— fue el primero en prestar juramento.]

El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz— hizo que todos los musulmanes prestaran juramento. Nadie quedó excluido de esta bay’a salvo un hombre. El excluido se llamaba Yadd ibn Qays y pertenecía a los Banu Salama. Jabir ibn Abdullah —que Allah esté complacido con él— decía: «Este hombre se ocultó bajo el vientre de una camella y quedó fuera de la bay’a. Todavía puedo ver ante mis ojos la escena de cómo se escondía».

Finalmente, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz— supo con certeza que la noticia de la muerte de Uzman —que Allah esté complacido con él— era falsa.

El tratado de paz o la tregua de Hudaybiyyah

Quraysh envió a Suhayl ibn Amr ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz—. Lo enviaron con instrucciones de llegar a un acuerdo con el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz—. El único objetivo de este acuerdo sería que Muhammad regresara sin entrar en La Meca ese año, como estaba previsto. Así, los árabes nunca podrían decir que Muhammad había entrado en La Meca por la fuerza contra Quraysh.

Suhayl ibn Amr llegó ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda la paz—. Al verlo acercarse, dijo: «A este hombre lo han enviado precisamente ahora porque Quraysh seguramente ha decidido concluir una tregua». Suhayl llegó y prolongó mucho la conversación. Después, ambas partes alcanzaron un acuerdo sobre la tregua.

Cuando solo faltaba formalizar la decisión del tratado de paz y ponerla por escrito, Umar ibn al-Jattab fue corriendo junto a Abu Bakr y le dijo: «¡Oh, Abu Bakr! ¿Acaso él no es el Mensajero de Allah?». Abu Bakr respondió: «Sí». Umar dijo: «¿Acaso no somos musulmanes?». Abu Bakr respondió: «Por supuesto». Umar dijo: «¿Acaso los qurayshíes no son politeístas?». Abu Bakr respondió: «Sí». Umar volvió a decir: «Entonces, ¿por qué vamos a someternos de esta manera en lo relativo a nuestra religión?». Abu Bakr respondió: «¡Umar, obedécele! Doy testimonio de que Muhammad es el Mensajero de Allah». Umar dijo: «Yo también doy testimonio de que él es el Mensajero de Allah».

Después fue junto al Mensajero de Allah y le dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Acaso no eres el Mensajero de Allah?». Él respondió: «Sí». Umar dijo: «¿Acaso ellos no son politeístas?». Él respondió: «Sí». Umar volvió a decir: «Entonces, ¿por qué vamos a soportar esta humillación en lo relativo a nuestra religión?». El Mensajero de Allah respondió: «Soy el siervo y el Mensajero de Allah. Nunca desobedeceré Su mandato, y Él nunca me extraviará».

Más tarde, Umar decía: «Durante toda mi vida intenté expiar aquella conducta equivocada de ese día mediante la caridad, la oración, el ayuno y la liberación de esclavos. Hice cuanto pude para librarme de las malas consecuencias de mis palabras. Finalmente, comencé a esperar que obtendría un buen resultado».

Entonces el Mensajero de Allah llamó a Ali ibn Abi Talib y le dijo: «Escribe: Bismillah al-Rahman al-Rahim». Suhayl dijo: «Eso es algo que no conozco. Escribe, más bien: Bismika Allahumma» (Oh Allah, en Tu nombre). Entonces él dijo: «Escribe: Muhammad, el Mensajero de Allah, ha celebrado con Suhayl ibn Amr el siguiente tratado de paz». Apenas hubo dicho esto, Suhayl ibn Amr exclamó: «Si te reconociera como el Mensajero de Allah, no habría combatido contra ti. Escribe solamente tu nombre y el de tu padre». El Mensajero de Allah dijo: «Está bien, escríbelo así: Muhammad, hijo de Abd Allah, ha celebrado con Suhayl, hijo de Amr, el siguiente tratado de paz. Ambas partes han acordado que la guerra quedará suspendida durante diez años. Durante esos diez años, la gente gozará de plena paz y seguridad y se abstendrá de toda clase de ataques mutuos. Si alguien de los qurayshíes acude ante Muhammad sin el permiso de su protector, él lo devolverá; pero si alguno de los compañeros de Muhammad acude ante los qurayshíes, estos no lo devolverán. Nuestro tratado nunca será violado. Ambas partes lo respetarán con sinceridad y plena fidelidad. Nadie traicionará ni se dedicará al contrabando secreto. Quien quiera aliarse o celebrar un nuevo pacto con cualquiera de las dos partes —Muhammad o los qurayshíes— podrá hacerlo libremente». En cuanto se redactó esta cláusula, la tribu de Banu Juzaa estableció inmediatamente una alianza con el Mensajero de Allah, y Banu Bakr con los qurayshíes. En el tratado también se escribió: «Tú, Muhammad, regresarás este año sin entrar en nuestra ciudad, La Meca. El año próximo te abriremos las puertas de La Meca y nos apartaremos a otro lugar. Entrarás libremente y permanecerás tres días en La Meca con tus compañeros. Podrás llevar espadas enfundadas; no estarás obligado a entrar sin espadas».

Mientras se redactaba este tratado bajo la supervisión del Mensajero de Allah y de Suhayl ibn Amr, llegó allí encadenado Abu Yandal, hijo de Suhayl ibn Amr. Había huido junto al Mensajero de Allah. En aquel momento, los compañeros del Mensajero de Allah no estaban presentes allí. Ya habían comenzado a albergar dudas sobre la victoria anunciada en el sueño que el Mensajero de Allah había visto anteriormente. Por eso, al ver que en el tratado se incluía la cláusula de regresar ese año sin realizar la umra, y al ver que el Mensajero de Allah soportaba y aceptaba aquello, se encontraron en una situación muy difícil y casi llegaron a extraviarse. Por otro lado, al ver a Abu Yandal, Suhayl ibn Amr perdió el control, le dio una violenta bofetada en el pecho y tiró de su ropa. Decía: «¡Oh, Muhammad! El acuerdo entre tú y yo ya se había concluido antes de que Abu Yandal llegara». El Mensajero de Allah respondió: «Eso es verdad». Entonces comenzó a tirar con fuerza de Abu Yandal por la ropa del pecho para devolverlo a La Meca. Abu Yandal gritaba en voz alta: «¡Oh, musulmanes! ¿Acaso voy a ser devuelto precisamente a los qurayshíes que me torturan por haber aceptado el islam?». Sus gritos de angustia aumentaron aún más la indignación de los musulmanes. El Mensajero de Allah dijo: «¡Oh, Abu Yandal! Ten paciencia y acepta tu situación. Allah dispondrá una salida para ti y para los musulmanes indefensos y perseguidos que, como tú, se encuentran en La Meca. Hemos celebrado con los qurayshíes un tratado de paz y tregua. Hemos tomado a Allah como testigo y nos hemos prometido mutuamente cumplirlo. No romperemos la promesa que les hemos dado».

Umar ibn al-Jattab corrió junto a Abu Yandal y le dijo: «¡Oh, Abu Yandal, ten paciencia! Ellos son politeístas; la sangre de todos ellos equivale a sangre de perro». Mientras decía esto, Umar le acercaba su propia espada a Abu Yandal. Dijo: «Esperaba que Abu Yandal tomara la espada y matara a su padre». Pero al final se apiadó de su padre y el asunto quedó allí.

Cuando terminó de redactarse el documento, muchas personas de ambas partes, musulmana y politeísta, fueron testigos de él. Entre los testigos destacados estaban Abu Bakr al-Siddiq, Umar ibn al-Jattab, Abd al-Rahman ibn Awf, Abd Allah ibn Suhayl ibn Amr, Saad ibn Abi Waqqas, Mahmud ibn Maslama, Miqraz ibn Hafs y Ali ibn Abi Talib. Miqraz todavía era politeísta. Ali fue quien redactó el documento.

El Mensajero de Allah estaba preocupado por cómo sacrificar los camellos destinados al sacrificio y salir del estado de ihram. Todavía realizaba la oración estando en estado de ihram. Una vez firmado el tratado, sacrificó su animal de sacrificio y se afeitó la cabeza. Inmediatamente, todos los compañeros también sacrificaron sus animales y se afeitaron la cabeza. Después, el Mensajero de Allah emprendió el viaje hacia Medina. Cuando aún se encontraba entre La Meca y Medina, fue revelada la sura al-Fath:

«¡Oh Profeta! Te hemos concedido una victoria manifiesta, para que Allah te perdone tus faltas pasadas y futuras, complete Su gracia sobre ti y te guíe por un camino recto.»

Allah también dice: «Allah ha hecho realidad la visión de Su Mensajero. Él había visto en sueños que entraríais pronto en La Meca con seguridad y sin temor. Si Allah quiere, entraréis ciertamente en la Mezquita Sagrada con seguridad, con las cabezas afeitadas o con el cabello recortado, sin temor. Él —el Mensajero de Allah— conocía aquello que vosotros no conocíais. Después de aquel acontecimiento —el tratado de Hudaybiyya— Él ha decretado una victoria cercana.»

Al-Zuhri dice: De todas las victorias que el islam había obtenido hasta entonces, esta —el tratado de Hudaybiyya— fue la mayor. Antes, cuando la gente se encontraba con el enemigo, entablaba combate. Pero, una vez concluido el tratado, cesó la guerra y, como consecuencia, la gente tuvo la oportunidad de relacionarse y conversar entre sí sin temor. Así, el islam comenzó a difundirse ampliamente. Llegó un momento en que, con solo hablar sobre el islam con una persona que tuviera un mínimo de sensatez, esta lo aceptaba. El número de quienes aceptaron el islam durante los dos años posteriores al tratado no fue menor que el total de quienes lo habían aceptado antes del tratado; más bien, fue mayor. [79. Ibn Hisham dice: La prueba que respalda esta afirmación de al-Zuhri es que el Mensajero de Allah fue a Hudaybiyya acompañado por mil cuatrocientos musulmanes. Apenas dos años después, cuando marchó a conquistar La Meca, llevaba consigo diez mil musulmanes.]

 

La conquista de Jaibar: el mes de Muharram del séptimo año de la Hégira

Al regresar de Hudaybiyya, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— pasó en Medina el mes de Dhu al-Hiyya y parte del mes de Muharram. Los politeístas no realizaron el hayy aquel año. Hacia el final de Muharram, partió en campaña hacia Jaibar.

Abu Mu’attab ibn Amr —que Allah esté complacido con él— dice: Cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegó a Jaibar, dijo a sus compañeros: «¡Deteneos!». Yo me encontraba entre ellos. Después dijo: «¡Oh Allah, Señor de los cielos, de la tierra y de todo cuanto hay entre ellos; Soberano absoluto de todos los demonios y de aquellos a quienes han extraviado; Señor absoluto del viento y de todo lo que este conduce, transporta y dispersa! Te pedimos refugio de toda clase de mal procedente de esta ciudad y de sus habitantes. Avanzad en el nombre de Allah». Decía estas palabras cada vez que entraba en una ciudad.

Anas ibn Malik —que Allah esté complacido con él— dice: El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— no atacaba a ningún pueblo sino por la mañana. Si oía allí la llamada a la oración, se detenía; si no la oía, atacaba. Llegamos a Jaibar de noche y acampamos. Pero no oímos ninguna llamada a la oración. Luego él partió con nosotros. Yo iba montado detrás de Abu Talha, y mis pies tocaban los del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Por la mañana, los trabajadores de Jaibar salían a sus labores diarias llevando azadas y cestos. Al ver al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y a su ejército, exclamaron asombrados: «¡Qué desgracia! ¡Parece que Muhammad ha llegado con su ejército!», y comenzaron a huir y retroceder. Al ver aquello, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «¡Allah es el más grande! ¡Jaibar ha caído! Cuando llegamos a una ciudad, la mañana de sus habitantes se vuelve funesta.»

Ibn Ishaq dice: Cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— iba de Medina a Jaibar, pasó por encima del monte Isr. Por ello, allí se construyó una mezquita. Después pasó por Sahaba. Luego acampó con todo su ejército en el valle de Raji. Allí se estableció entre los habitantes de Jaibar y los gatifaníes, para impedir que estos ayudaran a los habitantes de Jaibar. Ellos siempre ayudaban a los judíos de Jaibar contra el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—.

Al oír que el Mensajero de Dios había llegado, los Ghatafan reunieron un grupo de guerreros y avanzaron para reforzar a los judíos de Jaybar. Cuando habían recorrido una corta distancia, oyeron detrás de ellos un alboroto causado por algún peligro que había caído sobre sus familias y bienes que habían dejado atrás. Pensaron que los musulmanes quizá habían atacado a sus familias desde otra dirección. Por ello regresaron y se dedicaron a proteger a sus propias familias y bienes, dejando a los habitantes de Jaybar enfrentarse al Mensajero de Dios. Después, el Mensajero de Dios comenzó a apoderarse gradualmente, una por una, de las riquezas y fortalezas de los judíos de Jaybar. Primero conquistó la fortaleza de Na‘im. Allí fue martirizado el compañero Mahmud ibn Maslama. Fue martirizado cuando le arrojaron una piedra de molino utilizada para moler grano. Después fue conquistada la fortaleza de Qamus, perteneciente a Abu al-Huqayq. Allí tomó prisioneros a algunos judíos, entre ellos Safiyya, hija de Huyayy ibn Akhtab. Ella era la esposa de Kinana ibn al-Rabi. También fueron capturadas dos primas suyas. El Mensajero de Dios eligió a Safiyya para sí. Dihya ibn Jalifa al-Kalbi —que Dios esté complacido con él— había pedido a Safiyya al Mensajero de Dios. Como él la había elegido para sí, le entregó a una de sus primas. Finalmente, los prisioneros capturados en Jaybar fueron repartidos entre todos los compañeros.

Una tras otra, las fortalezas de Jaybar y sus riquezas pasaban a manos del Mensajero de Dios. Solo quedaban por conquistar dos fortalezas, llamadas Watih y Sulalim. Finalmente, conquistó ambas. Las mantuvo sitiadas durante más de diez días.

El líder judío Marhab tomó sus armas, avanzó para enfrentarse al Mensajero de Dios y comenzó a recitar un poema de exaltación guerrera. El poema decía:

«Todo Jaybar sabe que soy Marhab —es decir, muy poderoso—,

un héroe experto y experimentado, diestro en golpear con las armas.

A veces atravieso de lado a lado y otras veces asesto un golpe poderoso.

Cuando los tigres se acercan furiosos, nadie puede aproximarse siquiera

a mí.»

Desafió: «Venid, ¿quién está dispuesto a luchar conmigo en combate?». Ka‘b ibn

Mālik (que Dios esté complacido con él), tras recitar el canto de guerra, respondió:

«Járbar sabe que soy Ka‘b. Disipo la aflicción y la adversidad; soy valiente e inquebrantable.

Cuando comienza la batalla, una batalla sigue a otra.

Tengo una espada afilada como el resplandor de un relámpago.

Os aplastaremos para poner fin a todas las dificultades.

Por ello seremos recompensados, o a nosotros

nos llegará un abundante botín de guerra. (Ese botín llegará) con golpes de puño atronadores»

y no habrá lugar para reproche alguno por ello.”

El Mensajero de Allah dijo: “¿Quién está dispuesto a luchar contra este hombre?”. Muhammad ibn

Maslama (que Allah esté complacido con él) dijo: “¡Oh, Mensajero de Allah! Estoy dispuesto a luchar contra él. ¡Por Allah!, soy un combatiente formidable. Quiero vengar en él el asesinato de un pariente. Ayer mató a mi hermano, Mahmud ibn Maslama”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “Ve. ¡Oh, Allah!, ayúdalo a derrotar a Marhab”. Entonces comenzó un violento combate entre Muhammad ibn Maslama y Marhab. Un árbol viejo se alzaba entre ellos como obstáculo. Ambos comenzaron a refugiarse alternativamente detrás de aquel árbol. En cierto momento, la espada de Marhab quedó atrapada en el escudo de Muhammad ibn Maslama. Inmediatamente, Muhammad ibn Maslama golpeó a Marhab con su espada y lo derribó.

Cuando Marhab fue muerto, su hermano Yasar avanzó lanzando un grito de guerra. Según Hisham ibn Urwa, Zubayr ibn al-Awwam salió a enfrentarse con él. Al enterarse de ello, su madre, Safiyya bint Abd al-Muttalib, preguntó: “¡Oh, Mensajero de Allah!, ¿será muerto mi hijo?”. Él respondió: “No; tu hijo, si Allah quiere, matará a Yasar”. Zubayr mató efectivamente a Yasar.

Salama ibn Amr ibn Akwa dijo: El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a Abu Bakr as-Siddiq (que Allah esté complacido con él) con el estandarte para conquistar una de las fortalezas de Jaibar. Combatió, pero, pese a sus grandes esfuerzos, regresó sin haber podido conquistar la fortaleza. Al día siguiente envió a Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él). Él también libró un intenso combate, pero regresó derrotado. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “Mañana por la mañana entregaré el estandarte a un hombre que ama a Allah y a Su Mensajero. Allah concederá la victoria por medio de sus manos. No es un hombre que huya del campo de batalla”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llamó a Ali (que Allah esté complacido con él). En aquel momento padecía una afección ocular. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, escupió en sus ojos y dijo: “Avanza con este estandarte y combate hasta que Allah te conceda la victoria por medio de tus manos”.

Salama dijo: Él avanzó. Poseía una fuerza y un valor extraordinarios, capaces de someter al enemigo. Avanzaba corriendo, balanceándose y haciendo fintas. Nosotros lo seguíamos detrás. Colocó el estandarte entre un montón de piedras bajo la fortaleza. Desde arriba, un judío lo vio y le preguntó: “¿Quién eres?”. Él respondió: “Soy Ali, hijo de Abu Talib”. El judío dijo: “¡Por la Torá! ¡Habéis vencido!”. Finalmente, Allah concedió la victoria por medio de Ali.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sitió a los habitantes de Jaibar en sus dos fortalezas, Watih y Sulalim. Cuando comprendieron con certeza que no les quedaba otra salida que la muerte, le pidieron clemencia y propusieron que los expulsara de Jaibar. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, aceptó la propuesta y les concedió la vida. Antes de ello ya había conquistado todas sus fortalezas, excepto aquellas dos, así como todos sus bienes muebles e inmuebles, incluidas las tierras de sus fortalezas de An-Natah y Al-Qutayba. Los habitantes de Fadak se enteraron de todo. Pidieron al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, que les perdonara la vida y los expulsara, apoderándose de sus tierras y riquezas. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, aceptó su petición. Entre los judíos que acudieron ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, con esta solicitud se encontraba Muhaysa ibn Masud, uno de los hombres de Banu Haritha. Al principio, los habitantes de Jaibar aceptaron este acuerdo. Más tarde pidieron que, en lugar de expulsarlos, se les permitiera cultivar las tierras sobre la base de un reparto por mitades. Argumentaron que ellos eran quienes mejor podían cultivar aquellas tierras y que eran los más experimentados y competentes en esa labor. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, aprobó la propuesta y llegó a un acuerdo con ellos. Sin embargo, estableció como condición que tendrían derecho a expulsarlos cuando así lo decidieran. Los habitantes de Fadak también llegaron a un acuerdo con él bajo esa condición. Así, Jaibar se convirtió en propiedad común de los musulmanes y Fadak en propiedad personal del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pues para conquistar Fadak no había sido necesaria ninguna expedición militar.

Después de estos acuerdos, justo cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respiró aliviado, Zaynab bint al-Harith, esposa de Sallam ibn Mishkam, le regaló un cordero asado. Antes de enviarlo, preguntó: “¿Qué parte del cordero prefiere comer el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz?”. Le informaron que prefería la carne del muslo o de la pierna. Entonces puso una gran cantidad de veneno en el muslo. Después envenenó todo el cordero y lo llevó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Él masticó un trozo de carne, pero no lo tragó. El compañero Bishr ibn Bara ibn Marur estaba sentado comiendo con él. Bishr también tomó un trozo de carne, se lo llevó a la boca y lo masticó. Él lo tragó, pero el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo escupió. Dijo: “Este hueso me informa de que está envenenado”. Luego mandó llamar a la mujer y la interrogó. Ella confesó. Él le preguntó: “¿Por qué hiciste algo así?”. Ella respondió: “Sabes cómo has tratado a mi pueblo. Pensé en darte veneno de esta manera. Si fueras un rey, me libraría de ti; pero, si fueras un profeta, entonces se te advertiría de ello por parte de Allah”. Al oír esto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, la perdonó. Sin embargo, Bishr murió a causa del trozo que había comido. Después de completar la conquista de Jaibar, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se dirigió a Wadi al-Qura. Mantuvo sitiados durante varios días a sus habitantes y luego partió hacia Medina.

En Jaibar o en algún lugar del camino, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pasó la noche nupcial con Safiyya. Umm Sulaym bint Milhan, la madre de Anas ibn Malik (que Allah esté complacido con él), la había ataviado como novia. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pasó con ella la noche nupcial en una tienda semejante a una cúpula. Mientras tanto, Abu Ayyub Jalid ibn Zayd (que Allah esté complacido con él) permaneció despierto toda la noche, vigilando al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, con la espada desenvainada en la mano. Durante toda la noche patrulló alrededor de la tienda. Por la mañana, al verlo, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le preguntó: «¿Qué ocurre, Abu Ayyub?». Él respondió: «Oh, Mensajero de Allah, permanecí vigilando por temor a que os sobreviniera algún peligro por parte de esta mujer, pues habéis hecho matar a su padre, a su esposo y a otros miembros de su tribu. Además, acaba de abrazar el islam. Por eso temía que os sobreviniera algún peligro por su parte». Algunos dicen que, al oír esto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Oh Allah, protégelo tal como Abu Ayyub se dedicó a protegerme durante toda la noche».

De regreso de Jaibar, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, hizo un alto en un lugar. Al final de la noche dijo: «¿Quién puede encargarse de despertarnos a la hora del faŷr, para que ahora podamos dormir?». Bilal (que Allah esté complacido con él) dijo: «Oh, Mensajero de Allah, yo puedo asumir esa responsabilidad». Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y los musulmanes que lo acompañaban hicieron un alto y se durmieron. Durante la noche, Bilal (que Allah esté complacido con él) comenzó a rezar. Después de rezar durante un rato, se sentó apoyado en el cuerpo de su camello, esperando el amanecer. En cierto momento se quedó dormido. Por ello, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y los muyahidines musulmanes no pudieron despertarse a la hora debida. Su sueño se interrumpió en cuanto los alcanzó el calor del sol ardiente. El primero en despertarse fue el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Al levantarse, dijo a Bilal (que Allah esté complacido con él): «Bilal, ¿qué has hecho hoy?». Él respondió: «Oh, Mensajero de Allah, también yo fui vencido por el mismo sueño que os venció a vos». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Has dicho la verdad». Después avanzó un corto trecho con su propio camello. Luego detuvo el camello y realizó la ablución. Los compañeros también realizaron la ablución. Entonces ordenó a Bilal que pronunciara la iqama para comenzar la oración. Él pronunció la iqama, y el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dirigió la oración junto con sus compañeros. Al terminar la oración, se volvió hacia ellos y dijo: «Si alguna vez olvidáis rezar, rezad en cuanto lo recordéis, pues Allah ha dicho: “Establece la oración para recordarme”».

Después de la conquista de Jaibar, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, encargó a Ibn Luqaym al-Abasi (que Allah esté complacido con él) que cuidara de todas las gallinas y animales domésticos de Jaibar. La conquista de Jaibar se completó en el mes de Safar. Ibn Luqaym recitó un poema sobre Jaibar, que dice así:

«Por un Profeta rodeado de un ejército blanco, impetuoso y audaz,

Nata fue atacada,

cuando los habitantes de Nata quedaron dispersos en todas direcciones

y las dos tribus de Aslam y Ghifar también quedaron separadas en medio de ella,

entonces estuvieron seguros de la derrota».

La gente de Banu Amr ibn Jur’ar vio al amanecer

que los habitantes de Ash-Shakka habían quedado sumidos en una oscuridad profunda en pleno día.

Por toda su llanura se habían extendido la destrucción y la muerte.

No había dejado nada con vida, salvo los gallos que cantaban al amanecer.

Y cada fortaleza había sido conquistada por Abd Ashhal

o por los jinetes de Banu Najjar.

[Ash Alhal y Banu Najjar son los nombres de dos tribus de los Ansar.]

Y los Muhayirun, que habían dejado al descubierto sus frentes por encima de los cascos,

que ni siquiera pueden pensar en huir.

Yo sabía que Muhammad sin duda triunfaría y

permanecería allí durante generaciones.

Los gritos y rugidos de aquel día les abrieron los ojos a los judíos».

 

El regreso de Ja‘far ibn Abi Talib de Abisinia

Ibn Hisham dice:

Al-Sha‘bi ha informado que Ja‘far, hijo de Abu Talib, regresó junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, el día de la conquista de Jaybar. Él le besó la frente y, abrazándolo, dijo: «Hoy no puedo determinar si me alegra más la conquista de Jaybar o el regreso de Ja‘far». Ibn Ishaq dice: Se envió a Amr ibn Umayya al-Damri ante el Nayashi para traer a los compañeros del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, que habían permanecido en Abisinia. Él los trajo en dos barcos. En ese momento, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se encontraba en Jaybar, después de haber celebrado el pacto de Hudaybiyya. Los compañeros que vivían allí como emigrados eran Ja‘far ibn Abi Talib, del clan de Banu Hashim ibn Abd Manaf; su esposa, Asma bint Umais al-Jath‘amiyya; y su hijo Abdullah ibn Ja‘far, nacido durante su permanencia en Abisinia. Del clan de Banu Abd Shams ibn Abd Manaf estaban Khalid ibn Sa‘id ibn Umayya, su esposa Amina bint Khalaf, su hijo Sa‘id y su hija Ama; ambos nacieron en Abisinia. También estaban Amr, hermano de Khalid; Mu‘ayqib ibn Abi Fatima, quien más tarde fue nombrado por Umar ibn al-Jattab tesorero del bayt al-mal islámico; y Abu Musa al-Ash‘ari. De Banu Asad ibn Abd al-Uzza, al-Aswad ibn Nawfal ibn Juwaylid.

De Banu Abd al-Dar ibn Qusay, Jahm ibn Qays.

Banu Zuhra: Amir ibn Abi Waqqas y Utba ibn Masud.

Banu Taym ibn Murra: al-Harith ibn Khalid ibn Sakhr.

Banu Jumah ibn Amr: Uthman ibn Rabi’a ibn Uhayyan.

Banu Sahm ibn Amr: Mihmiyya ibn al-Jaza.

Banu Adi ibn Ka’b: Ma’mar ibn Abd Allah ibn Sa’dala.

Banu Amir ibn Lu’ayy: Abu Hatim ibn Amr y Malik ibn Rabi’a.

Banu al-Harith ibn Fihr ibn Malik: al-Harith ibn Abd al-Qays ibn Laqit.

Algunas de las esposas de los musulmanes que murieron mientras permanecían allí partieron con ellos. El Negus envió a un total de dieciséis hombres junto con Amr ibn Damari en dos barcos. Entre los musulmanes emigrados en Abisinia, los que no participaron en la batalla de Badr, los que no regresaron mientras el Mensajero de Dios —Dios lo bendiga y le dé paz— permanecía en La Meca, sino que llegaron después, y aquellos a quienes el Negus no envió en estos dos barcos, el número total de hombres era de treinta y cuatro.

Umrat al-Qadá: séptimo año de la Hégira: mes de Dhul-Qa‘da

Después de regresar de Jaibar, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, permaneció en Medina desde Rabí al-Awwal hasta el mes de Shawwal. Durante ese período, él mismo emprendió diversas expediciones militares o envió a otros Compañeros.

Después, en el mes de Dhul-Qa‘da, emprendió el viaje hacia La Meca para realizar la ‘umra compensatoria que había quedado pendiente del año anterior. El año anterior, en ese mismo mes, los politeístas le habían impedido el paso y lo habían obligado a regresar sin realizar la ‘umra. En ese mismo viaje, los musulmanes que el año anterior habían sido sus compañeros habían pasado sus días en medio de una extrema pobreza, privaciones y sufrimientos. Ibn Abbás, que Dios esté complacido con él, dijo: «Los qurayshíes se apostaron reunidos en su lugar de reunión, Dar al-Nadwa, para observar al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, y a sus Compañeros. Cuando el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, entró en la Mezquita Sagrada, se colocó el manto pasando una parte por debajo de la axila derecha y sobre el hombro izquierdo. Luego levantó la mano derecha, dejando al descubierto la axila derecha, y dijo: “Hoy, Dios tendrá misericordia de quien muestre su fuerza”. Después de decir esto, besó la Piedra Negra. A continuación, él y sus Compañeros comenzaron a caminar rápidamente, con paso marcial. Cuando se ocultaron de la vista de los qurayshíes detrás de la Kaaba, besaron el Rincón Yemení y caminaron normalmente hasta llegar al Rincón Negro, completando así una vuelta. Después volvieron a caminar rápidamente, con paso marcial, como antes. De este modo dieron tres vueltas, y completaron las restantes caminando normalmente.»

Durante este mismo viaje, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, se casó con Maymuna, hija de al-Háriz, mientras se encontraba en estado de ihram. Al-Abbás ibn Abd al-Muttálib, que Dios esté complacido con él, fue quien gestionó este matrimonio.

El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, permaneció tres días en La Meca. El tercer día, varios qurayshíes, dirigidos por Huwaytib ibn Abd al-Uzzá, se acercaron al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, y le dijeron: «Ya ha terminado el plazo de vuestra permanencia en La Meca. Por tanto, abandona La Meca». 80. Es decir, el plazo de tres días establecido en el tratado de Hudaybiyya.

Los qurayshíes le habían encargado organizar la partida del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, dijo: «¿Qué perjuicio habría si celebrara aquí el matrimonio en vuestra presencia, preparara comida para vosotros y vosotros participarais en ella?». Ellos respondieron: «No necesitamos tu comida. Márchate».

El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, abandonó La Meca. Dejó allí a su sirviente Abu Rafi para que cuidara de Maymuna, que Dios esté complacido con ella. El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, llegó a Sarif, cerca de Tan‘im. Abu Rafi se presentó ante él llevando a Maymuna, que Dios esté complacido con ella. Allí el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, pasó la noche nupcial con Maymuna, que Dios esté complacido con ella, y después regresó a Medina. Ibn Hisham dijo: Según la narración de Abu Ubayda, al final de este viaje fue revelado el versículo: «Dios ha hecho realidad para Su Mensajero la visión con toda verdad: entraréis ciertamente en la Mezquita Sagrada, si Dios quiere, con seguridad y sin temor, con las cabezas afeitadas o el cabello recortado. Él sabía lo que vosotros no sabíais y, además de ello, ha dispuesto una victoria cercana». Al-Fath, último pasaje.

La batalla de Mu’ta: octavo año de la Hégira: Yumada al-Ula

Pasó el resto de Dhul Hiyya y hasta Rabi al-Thani en Medina. Ese año, los mushrikun asumieron el liderazgo y la supervisión del Hayy. En el mes de Yumada al-Awwal, envió a Siria un ejército de musulmanes bajo el mando de Zayd ibn Hariza. Este ejército se enfrentó al enemigo en un lugar llamado Mu’ta. La instrucción del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, era que, si Zayd moría como mártir o resultaba herido, Ja’far asumiría el mando, y si Ja’far moría como mártir o resultaba herido, Abdullah ibn Rawaha sería designado comandante.

Tres mil musulmanes se prepararon para marchar a la guerra. Cuando los musulmanes acudieron a despedirlos y a saludarles, Abdullah ibn Rawaha rompió a llorar. La gente le preguntó: «¿Por qué lloras?». Él respondió: «No lloro por el apego al mundo ni por el afecto que os tengo. He oído al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, recitar una aleya del Corán. En esa aleya, al mencionar el Infierno, se dice:

«Todos vosotros tendréis que acercaros a él. Esta es la decisión ineludible de tu Señor» (Maryam). No sé cómo me salvaré de él después de acercarme al Infierno». Los musulmanes lo consolaron diciendo: «¡Que Allah os acompañe! Que Él os proteja del Infierno y nos haga regresar junto a vosotros sanos y salvos».

En respuesta, Abdullah ibn Rawaha recitó estos versos:

«Pido perdón al Misericordioso y deseo poder

asestar un amplio golpe sangriento a los incrédulos.

O poder asestar con mi mano sedienta de sangre un golpe de lanza

que arroje rápidamente al enemigo a las fauces de la muerte y le destroce el hígado y las entrañas

destrozará.

para que quienes pasen junto a mi tumba puedan decir: «A este hombre

Allah lo guió por el camino de la guía, lo convirtió en un combatiente por la fe y él

siguió el camino recto».

Después, el ejército partió. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— avanzó con ellos durante un trecho y, tras recorrer cierta distancia, se despidió de ellos y regresó. Entonces, Abdullah ibn Rawaha recitó este poema:

«Que Allah mantenga feliz y en paz, entre las palmeras, a aquel gran hombre a quien despedimos,

el mejor amigo y el más excelente de quienes despiden». Después, el ejército musulmán reanudó la marcha. Al llegar a un lugar de Siria llamado Ma’an, se detuvieron allí. Entonces supieron que el emperador romano Heraclio había acampado con cien mil soldados en un lugar llamado Ma’ab, en la región de Balqa. Otros cien mil hombres de las tribus de Lajm, Yudham, Bahra y Bali se habían unido a ellos. Los dirigían un hombre de la tribu de Bali y otro de la tribu de Irash, que era su compañero. Su nombre era Malik ibn Rafīla. Al conocer estas noticias, el ejército musulmán permaneció dos días en Ma’an y deliberó sobre lo que debía hacer. Finalmente decidieron enviar una carta al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— para informarle del número de soldados del enemigo. Él enviaría más tropas para ayudarles o les daría las instrucciones que considerara convenientes, y ellos actuarían conforme a ellas.

Abdullah ibn Rawaha animó a los musulmanes diciendo: «¡Oh musulmanes! Eso que hoy os disgusta es precisamente lo que deseabais: el martirio. No combatimos por nuestra superioridad numérica ni por la fuerza de una mayoría. Combatimos por el modo de vida con el que Allah nos ha honrado. Así pues, avanzad; una de estas dos cosas excelentes —la victoria o el martirio— está necesariamente destinada para nosotros».

Todos los musulmanes dijeron: «¡Por Allah, Ibn Rawaha ha dicho la verdad!»

Después, los musulmanes avanzaron. Al llegar cerca de la frontera de Balqa, se encontraron frente al ejército combinado de los romanos y los árabes de Heraclio. El lugar de Balqa se llamaba Masharif. El enemigo se aproximó. Los musulmanes se apartaron hacia un lado y se apostaron en una aldea llamada Mu’ta. En el ala derecha del ejército, los musulmanes pusieron al mando a Qutba ibn Qatada, de los Banu Udhra, y en el ala izquierda, al ansarí Ubaya ibn Malik; luego se prepararon para la batalla. A continuación comenzó un feroz combate entre ambos bandos. El comandante en jefe, Zayd ibn Haritha, llevando el estandarte del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, luchó denodadamente y alcanzó el martirio. Después tomó el estandarte Ya’far ibn Abu Talib. Bajó de su caballo, le cortó las patas y luchó hasta alcanzar el martirio. Antes de morir como mártir, recitó estos versos:

«¡Ah, qué excelente es el Paraíso y qué magnífico es alcanzar su proximidad!

Así como el Paraíso es excelente y puro, también lo es su bebida.

El castigo de los romanos se ha acercado; son incrédulos y

mucho más inferiores que yo, aunque he recibido sus golpes.»

Ibn Hisham dijo:

He sabido por una fuente fiable que Ya’far ibn Abu Talib tomó primero el estandarte con la mano derecha. Cuando la espada del enemigo le cortó la mano derecha, tomó el estandarte con la izquierda. También le cortaron esa mano. Entonces lo sujetó apretándolo contra sus dos alas; después alcanzó el martirio por los golpes del enemigo. Que Allah esté complacido con él. En aquel momento tenía treinta y tres años. Allah le concedió dos alas en el Paraíso, con las que vuela por donde quiere. Se dice que un soldado romano lo partió en dos de un golpe de espada.

Ibn Ishaq dice: Después de que Ya‘far fue martirizado, ‘Abdullah ibn Rawaha tomó el estandarte y avanzó montado en su caballo. Comenzó a pensar y a vacilar un poco sobre si debía desmontar y participar en la lucha. Luego se dijo a sí mismo:

«Te lo juro, oh Ibn Rawaha, tienes que entrar en este campo de batalla,

tienes que entrar, o de lo contrario tendrás que detestarlo.

Aunque toda la gente se haya congregado al son de los gritos de guerra y entre ellos

se hayan alzado lamentos de llanto,

¿por qué te veo indiferente respecto al Paraíso?

Has pasado muchos días en felicidad y tranquilidad,

cuando, en realidad, no eres más que un recipiente viejo

No eras más que una gota de agua.

Oh, alma mía, aunque hoy no seas abatida, tendrás que

morir algún día.

Este (campo de batalla) es la morada de la muerte en la que has entrado.

Hasta ahora has obtenido todo lo que deseabas.

Ahora, si actúas como esos dos (Zayd y Ja’far)

entonces serás guiada por el camino recto.»

Después, bajó del caballo. Entonces, uno de sus primos trajo un trozo de carne con hueso y se lo dio, diciéndole: «Toma, come esto y recobra un poco de fuerza, pues has sufrido muchísimo durante estos días». Había tomado el trozo de carne y arrancado un poco con los dientes cuando oyó, a un lado, el estruendo de una violenta lucha y el tumulto de la gente. Entonces dijo: «¿Y yo voy a seguir vivo?». Arrojó el trozo de carne, avanzó con la espada en la mano y cayó mártir mientras combatía.

Después, Thabit ibn Aqram, de la tribu de Banu Adhlan, tomó el estandarte. Dijo: «¡Oh, musulmanes! Elegid por consenso a un comandante». Todos dijeron: «Usted es nuestro comandante». Él respondió: «No soy capaz de desempeñar esta responsabilidad». Entonces los musulmanes nombraron comandante a Jalid ibn al-Walid. Tomó el estandarte y comenzó a luchar con gran valentía. Avanzaba con el ejército hacia un flanco y luego regresaba. Así continuó combatiendo. En una ocasión, apenas había llegado a un flanco, cuando el ejército romano también se dirigió hacia allí y emprendió la retirada. Después, regresó con el ejército musulmán a Medina. Se narra que, mientras el ejército musulmán sufría el ataque del enemigo, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— decía: «Zayd ibn Hariza tomó el estandarte y murió como mártir mientras combatía. Después, Ya‘far tomó el estandarte y murió como mártir mientras combatía». Entonces el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— guardó silencio. Los rostros de los ansar palidecieron, pues pensaron que quizá le había ocurrido algo desagradable a Abdullah ibn Rawaha. Al cabo de un rato, dijo: «Después de Ya‘far, Abdullah ibn Rawaha tomó el estandarte y murió como mártir mientras combatía». Luego dijo: «Vi en sueños que estos tres hombres eran llevados al Paraíso montados sobre lechos de oro. Vi que el lecho de Abdullah ibn Rawaha estaba ligeramente inclinado. Pregunté: “¿Por qué razón es así?”. Se me respondió que Zayd y Ya‘far se habían lanzado al combate sin demorarse ni un instante».

Jalid regresó a Medina acompañado de sus tropas. Cuando se acercaron a Medina, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y los musulmanes en general salieron a recibirlos. Sobre todo los niños y las niñas corrieron hacia ellos con mayor rapidez. El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— avanzaba con la gente musulmana montado sobre una cabalgadura. Dijo: «Subid a los niños a sus respectivas cabalgaduras y traedme al hijo de Ya‘far». Abdullah ibn Ya‘far fue llevado ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, quien lo sentó delante de él sobre su cabalgadura.

En ese momento, los musulmanes de Medina arrojaban tierra hacia aquel ejército y decían: «¡Oh, grupo de fugitivos! Habéis huido después de ir a combatir por la causa de Allah». El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: «No han huido; más bien, volverán a atacar, si Allah quiere».

En ese momento, al escuchar el poema de Hassan ibn Zabit, los compañeros que regresaban de la batalla de Mu’ta rompieron a llorar. El sentido del poema es el siguiente:

«En Medina pasé una noche especialmente penosa

Cuando todos dormían, yo no pude dormir.

El recuerdo de mi amigo hizo brotar un torrente de lágrimas de mis ojos,

pues, en verdad, el recuerdo es el principal estímulo del llanto.»

Ciertamente, perder a un amigo es una gran prueba,

sin embargo, hay muchas personas nobles que, al enfrentarse a las pruebas,

mantienen la paciencia.

Vi a los mejores musulmanes lanzarse al combate, uno tras otro, en grupos,

y, justo después de ellos, se lanzaron sus descendientes.

A estos hombres que fueron alcanzando el martirio uno tras otro en Mu’ta

Allah nunca les negará alcanzar Su cercanía,

entre ellos destaca Ja’far, el de las dos alas,

Zayd y Abdullah. En verdad, las causas de la muerte fueron sumamente terribles.

Una mañana, partieron a la guerra llevando consigo a los creyentes; un hombre afortunado

era su comandante.

quien, entre los Banu Hashim, resplandecía como la luna llena,

el valiente héroe que se había negado a aceptar la opresión.

Entonces lanzó un poderoso ataque contra el pagano invencible del campo de batalla.

Finalmente, llegó un momento en que cayó, completamente encorvado.

Y pasó a formar parte del grupo de los mártires, cuyo premio es el Paraíso

y espesos bosques verdes.

Observábamos en Yafar una obediencia incondicional a Muhammad y

un firme liderazgo al impartir órdenes.

En el linaje de los Banu Hashim todavía permanecen los pilares del honor y la gloria.

Son como montañas del islam, y sus compañeros

se cuentan entre aquellos nobles y virtuosos de aspecto apacible: Yafar, Alí,

el universalmente venerado Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda la paz—, Hamza, Abbas y Aqil.

En verdad, dondequiera que se exprima el árbol de sándalo, de allí

Solo puede extraerse la esencia del sándalo (es decir, la fragancia).

(es decir, en cualquier familia del linaje de Banu Hamim en la que nazca un hijo

será como los hijos mencionados. En cualquier familia de ese linaje

nazca, sea cual sea.)

Cuando, ante alguna dificultad grave, la gente queda impotente y angustiada,

por medio de ellos se resuelve entonces la crisis.

Todos ellos son allegados de Allah; sobre ellos Allah

ha hecho descender Su decreto, y

Junto a ellos se encuentra protegido el Libro sagrado.”

La conquista de La Meca: año 8 de la Hégira, mes de Ramadán

Después de la batalla de Mu’ta, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— permaneció en Medina durante los meses de Yumada al-Ajira y Rayab.

En ese tiempo, Banu Bakr atacó injustamente a la tribu de Banu Khuza’a. La causa de este ataque fue que, antes de la llegada del islam, cuando un hombre llamado Malik ibn Abbad, de la tribu de Banu Hadrami, atravesaba el territorio de Khuza’a por motivos comerciales, sus hombres lo mataron y le arrebataron todo lo que llevaba. Como consecuencia, Banu Bakr atacó y mató a un miembro de Khuza’a. En represalia, en vísperas del surgimiento del islam, la tribu de Khuza’a mató cerca de los límites del Santuario Sagrado a Salma, Kulzum y Zuayb, los tres hijos de Aswad, jefe de Banu Dail, una rama de Banu Bakr. Esto se debió a que Aswad era enemigo de al-Hadrami. A causa de este asunto, entre Banu Bakr y Banu Khuza’a se había mantenido una intensa hostilidad. Con la aparición del islam, esta hostilidad entre ambas tribus se apaciguó y su atención se dirigió hacia el islam. En el pacto de Hudaybiyya celebrado entre los qurayshíes y el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— había una condición: ninguna tercera parte podría establecer una alianza con Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— ni con los qurayshíes. En consecuencia, Banu Bakr declaró su alianza con los qurayshíes, y Banu Khuza’a declaró su alianza con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—.

Después de concluido el pacto, Banu Dail, una rama de Banu Bakr, consideró que había encontrado la oportunidad perfecta para vengarse de Banu Khuza’a por el asesinato de los tres hijos de Aswad. Por ello, Nawfal ibn Muawiya, jefe de la familia Banu Dail, emprendió la venganza. Cabe señalar que este hombre no tenía autoridad sobre todo Banu Bakr. Una noche, mientras la gente de Khuza’a se encontraba junto a su propio manantial, al-Watir, Nawfal y sus compañeros mataron allí a uno de los khuza’íes. Y entonces se desató el conflicto. Ambas tribus, aliándose con otras tribus, entablaron una encarnizada batalla. En ese momento, los qurayshíes proporcionaron armas a Banu Bakr, y muchos de ellos lucharon ocultos en la oscuridad de la noche junto con Banu Khuza’a. Desconcertada, la tribu de Khuza’a buscó refugio dentro de los límites inviolables de la Mezquita Sagrada. Los miembros del vengativo clan Dail, dirigidos por Nawfal, los persiguieron hasta el Santuario Sagrado. Los hombres de Banu Bakr dijeron a Nawfal: «¡Oh, Nawfal, detente ya! Ahora estamos dentro del Santuario Sagrado. Teme a Allah».

Entonces Nawfal pronunció algo terrible. Dijo: «Hoy no tiene ningún dios ni señor. ¡Oh, Banu Bakr, vengáos! Vosotros ni siquiera dudáis en robar en el Santuario Sagrado. (Cabe señalar que los qurayshíes eran acusados de robar numerosas y valiosas estatuas de oro de la Kaaba.) ¿Por qué dudáis ahora en vengaros aquí?». Antes, ni siquiera habían saciado su sed tras matar en la oscuridad de la noche, cerca del manantial de al-Watir, a un khuza’í de corazón débil llamado Munabbih. Munabbih había salido acompañado de otro hombre de su tribu llamado Tamim ibn Asad. Munabbih le dijo: «¡Oh, Tamim, toma medidas para protegerte! Yo estoy a punto de morir. Ellos me matarán o me dejarán marchar». Tamim huyó de allí, y ellos mataron a Munabbih.

Aunque la gente de Khuza’a se refugió en La Meca en la casa de Rafi, un antiguo esclavo de su aliado Budayl ibn Warqa, muchos de ellos murieron en el ataque conjunto de Banu Bakr y los qurayshíes. De este modo, los qurayshíes mataron a sus aliados de Banu Khuza’a en el lugar inviolable del Santuario Sagrado y rompieron el pacto de Hudaybiyya. Después, Amr ibn Salim al-Khuza’i y un hombre de Banu Ka’b fueron a Medina, se entrevistaron con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y le relató todos los acontecimientos. Este suceso fue una de las causas de la conquista de La Meca. Cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— estaba sentado en la mezquita, rodeado de gente, él llegó allí y recitó un poema para pedir su ayuda. El sentido del poema era el siguiente:

«¡Oh, Señor! Quiero recordar a Muhammad la antigua alianza entre nuestros padres y su padre, y pedirle que la haga efectiva. Vosotros erais hijos y nosotros éramos padres. Allí abrazamos el islam y no lo abandonamos. Que Allah te guíe por el camino recto. Ayúdanos de inmediato. Y convoca a los siervos de Allah para que acudan en nuestra ayuda. Entre ellos se encuentra el Mensajero de Allah, que se ha desvinculado del pacto. Si es humillado, su rostro quedará marcado por la deshonra. Se encuentra con un ejército que avanza como un mar cubierto de espuma. Sabed que los qurayshíes han roto vuestro pacto. Han violado vuestra tregua y han tendido para mí una emboscada secreta en un lugar llamado Kuda. Son pocos en número y relativamente débiles en fuerza. Pasaron la noche ocultos en al-Watir».

Al escuchar esta historia, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Oh, Amr, recibirás ayuda». Inmediatamente después, vio un fragmento de nube en el cielo y dijo: «Este fragmento de nube será el comienzo de la ayuda para los Banu Ka’b».

Después, Budayl ibn Waraqa fue a Medina acompañado por algunos hombres de los Banu Juza’a y se entrevistó con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Le informó de sus desgracias y de la opresión que los qurayshíes estaban ejerciendo contra ellos, azuzando a los Banu Bakr en su contra. Luego regresó a La Meca. Antes de eso, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— informó a los musulmanes: «Podéis suponer que Abu Sufyan ha venido a vosotros y ha propuesto hacer inviolable el pacto de paz y prolongar su duración».

Cuando Budayl ibn Waraqa y sus compañeros regresaban a La Meca, se encontraron con Abu Sufyan ibn Harb en Usfan. Los qurayshíes lo habían enviado al Mensajero de Allah para hacer inviolable el pacto de paz y prolongar su duración, pues habían quedado atemorizados por el trato que habían dado a los Banu Juza’a. En cuanto Abu Sufyan se encontró con Budayl ibn Waraqa, le preguntó: «Budayl, ¿de dónde vienes?». Sospechaba que Budayl había estado con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Budayl respondió: «He salido de viaje por esta zona con algunos hombres de los Banu Juza’a». Abu Sufyan dijo: «¿No has ido a ver a Muhammad?». Él respondió: «No». Cuando Budayl partió hacia La Meca, Abu Sufyan fue al lugar donde Budayl había detenido su camello y examinó sus excrementos. Al ver en ellos huesos de dátiles, dijo: «Sin duda, Budayl ha ido a ver a Muhammad». Consideró los huesos de dátiles una señal de que había ido a Medina.

Después, Abu Sufyan partió y, al llegar a Medina ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, fue a ver a su hija, la Madre de los Creyentes, Umm Habiba. Cuando se disponía a sentarse en el lecho del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, Umm Habiba retiró el lecho. Al verlo, Abu Sufyan dijo: «Hija mía, ¿acaso no me consideras digno de sentarme en ese lecho?». Umm Habiba respondió: «Ese es el lecho del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Y usted es un politeísta impuro. No quiero que se siente en el lecho del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—». Abu Sufyan dijo: «Hija mía, te has vuelto mala desde que te alejaste de mí».

Abu Sufyan se presentó ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y habló con él, pero no respondió a ninguna de sus palabras. Después fue ante Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— y le pidió que intercediera por él ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— rechazó directamente la petición.

Después fue ante Umar ibn al-Jattab —que Allah esté complacido con él— y le hizo una petición semejante. Umar dijo: «¿Qué estás diciendo? ¿Acaso voy a interceder por ti ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—? ¡Aunque no encontrara otro apoyo que los pequeños, lucharía contra ti!»

Después fue ante Ali ibn Abi Talib —que Allah esté complacido con él—. Allí estaba Fátima —que Allah esté complacido con ella—, la hija del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. El pequeño Hasan —que Allah esté complacido con él— gateaba delante de ella. Abu Sufyan dijo: «Oh, Ali, tú eres quien más compasión siente por mí. He venido a ti por un asunto especial y no quiero regresar decepcionado. Por tanto, intercede por mí ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—». Él respondió: «¡Ay de ti, Abu Sufyan! Por Allah, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ha tomado una decisión sobre un asunto, y nosotros no podemos hablar con él acerca de ello».

Al no encontrar otra salida, Abu Sufyan miró a Fátima —que Allah esté complacido con ella— y dijo: «Oh, hija de Muhammad, ¿te gustaría que este hijo pequeño tuyo recibiera la orden de proteger a la gente y que, como resultado, se convirtiera para siempre en el líder de los árabes?». Fátima —que Allah esté complacido con ella— respondió: «Mi hijo aún no está capacitado para proteger a la gente. Además, nadie puede proteger a nadie contra la voluntad del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—».

Abu Sufyan dijo: «¡Oh, Ali! Veo que las circunstancias están en mi contra. Ahora dame un buen consejo». Ali —que Allah esté complacido con él— respondió: «No conozco ningún consejo que pueda beneficiarte. Sin embargo, tú eres el líder de la tribu de Banu Kinana. Ve y protege a la gente. Después, permanece en tu lugar de nacimiento». Él preguntó: «¿Eso me salvará al final?». Ali —que Allah esté complacido con él— respondió: «No lo creo; pero tampoco veo para ti otra alternativa aparte de esta». Entonces Abu Sufyan fue a la mezquita y proclamó: «¡Oh, gente! He asumido la responsabilidad de proteger a todos los habitantes de La Meca». Dicho esto, montó en su camello y se marchó. Cuando llegó ante los qurayshíes, le preguntaron: «¿Qué has conseguido?». Él respondió: «Fui a hablar con Muhammad, pero no respondió a nada de lo que le dije. Después fui a ver a Abu Bakr, pero tampoco me dijo nada esperanzador. Luego fui ante Umar, y lo encontré como el enemigo más implacable. Después fui a ver a Ali, quien me pareció el más flexible de todos. Ali me aconsejó hacer algo, y lo hice. No sé si eso servirá de algo».

Todos preguntaron: «¿Qué te dijo Ali que hicieras?». Abu Sufyan respondió: «Me dijo que tomara medidas para proteger a los habitantes de La Meca. Fui y lo proclamé». La gente preguntó: «¿Te autorizó Muhammad a hacer eso?». Él respondió: «No». La gente dijo: «Entonces Ali simplemente se burló de ti. Eso no te servirá de nada». Él respondió: «Pero no tenía otra salida».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó a todos los musulmanes de Medina y a sus familiares que se prepararan para el viaje. Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— fue a ver a su hija Aisha —que Allah esté complacido con ella— y la encontró preparando sus pertenencias. Al verla, le preguntó: «¡Oh, Aisha! ¿El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— os ha ordenado prepararos para el viaje?». Aisha respondió: «Sí, padre; tú también prepárate». Abu Bakr preguntó: «¿Adónde crees que ha decidido ir?». Aisha respondió: «No lo sé». Entonces el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— informó claramente a los musulmanes de que partiría hacia La Meca. Les ordenó prepararse para el viaje y dijo también: «¡Oh, Allah! Oculta a los qurayshíes toda información sobre nuestros preparativos, para que podamos atacarlos por sorpresa». Los musulmanes estuvieron preparados en poco tiempo.

Cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— hubo completado todos los preparativos para partir hacia La Meca, el compañero Hatib ibn Abi Balta’a —que Allah esté complacido con él— envió una carta a los qurayshíes por medio de una mujer. En la carta les informó de que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se había preparado para marchar hacia La Meca. La mujer ocultó la carta en su moño y partió. Inmediatamente, Allah Todopoderoso reveló mediante la revelación al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— el secreto de la artimaña de Hatib. Entonces envió sin demora a Ali ibn Abi Talib —que Allah esté complacido con él— y a al-Zubayr ibn al-Awwam —que Allah esté complacido con él—, diciéndoles: «Interceptad en el camino a esa mujer y recuperad de ella la carta de Hatib, para impedir que informe y ponga sobre aviso a los habitantes de La Meca de todos nuestros preparativos para la expedición». Ambos partieron y la capturaron en un lugar llamado Jalifa. La hicieron bajar de su camello y buscaron la carta en la litera del animal, pero no la encontraron. Ali —que Allah esté complacido con él— dijo: «Juro por Allah que las palabras del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— no pueden ser falsas, y nosotros tampoco estamos mintiendo. Entréganos la carta; de lo contrario, registraremos tu cuerpo».

Cuando la mujer vio que Ali —que Allah esté complacido con él— no cedía, dijo: «Vuélvete hacia otro lado». Él se volvió. La mujer deshizo su moño y sacó la carta. Ali —que Allah esté complacido con él— y al-Zubayr —que Allah esté complacido con él— llevaron la carta ante el Mensajero de Allah.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llamó a Hatib y le preguntó por el motivo de haber enviado la carta. Hatib respondió: «Juro por Allah que mi fe en Allah y en Su Mensajero no ha cambiado ni siquiera un ápice. No tengo ningún familiar en La Meca, mientras que entre los qurayshíes están mi esposa y mis hijos. Por eso quise ganarme su simpatía de esta manera».

Umar ibn al-Jattab —que Allah esté complacido con él— dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Ha cometido un acto de hipocresía. Dame permiso para cortarle el cuello».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «¡Oh, Umar! No lo sabes. Puede que Allah Todopoderoso les dijera a los participantes en la batalla de Badr, el día de Badr: “Haced lo que queráis; os he perdonado”».

Allah el Altísimo reveló acerca de Hatib un versículo en la sura Al-Mumtahina: «¡Oh, creyentes! No toméis como amigos a quienes son enemigos Míos y vuestros, mostrándoles afecto y amor y deseando ganar su amistad. … En Ibrahim y sus compañeros tenéis un excelente ejemplo. Él dijo a su pueblo: “No tenemos nada que ver con vosotros ni con aquellos a quienes adoráis aparte de Allah. Renegamos de vuestra relación, y entre nosotros y vosotros ha surgido una enemistad permanente hasta que aceptéis a Allah como el único Ma‘bud”».

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió para emprender la campaña contra La Meca. En aquella ocasión nombró a Abu Burhum al-Gifarí como su lugarteniente en Medina. Partió después de que hubieran transcurrido diez días de Ramadán. Él y todos los musulmanes ayunaron. Cuando llegaron a un lugar llamado Qudaid, situado entre Usfan y nosotros, todos rompieron el ayuno.

Desde allí volvió a partir llevando consigo a diez mil musulmanes y se detuvo en Marr az-Zahran. En el camino se le unieron unos setecientos —según otra versión, mil— hombres de los Banu Sulaym, y mil hombres de los Banu Muzayna. En aquel momento no había en Arabia ninguna tribu de la que un número considerable de personas no hubiera abrazado el islam. Todos los emigrados y los auxiliares participaron en la campaña del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, contra La Meca, y ninguno se quedó atrás.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se detuvo en Marr az-Zahran. Hasta entonces, los coraichitas no habían sabido ni siquiera vagamente de su marcha ni de lo que se disponía a hacer. Una noche, Abu Sufyan ibn Harb, Hakim ibn Hizam y Budayl ibn Waraqa salieron para recabar información sobre el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. En algún punto del camino, Abbas ibn Abd al-Muttalib (que Allah esté complacido con él) se encontró con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Abu Sufyan ibn al-Harith y Abdullah ibn Umayya ibn al-Mughira llegaron a la presencia del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en un lugar llamado Naif al-Uqab, en el camino entre La Meca y Medina. Cuando solicitaron verlo, la Madre de los Creyentes, Umm Salama (que Allah esté complacido con ella), dijo: «Oh, Mensajero de Allah, han venido tu primo y tu cuñado». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «No tengo necesidad de ellos. Mi primo me insultó, y mi cuñado —Abdullah ibn Umayya, hermano materno de Umm Salama— se opuso encarnizadamente a mí mientras permaneció en La Meca».

Al recibir ambos aquella respuesta, Abu Sufyan ibn al-Harith dijo: «Si el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no me concede la oportunidad de verlo, me marcharé con este hijo mío a algún lugar desconocido y moriré consumido por el hambre y la sed».

Al oír esto, el corazón del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se enterneció y les dio permiso. Entonces ambos fueron ante él y abrazaron el islam. Abu Sufyan ibn al-Harith pidió perdón por los poemas injuriosos que anteriormente había recitado contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Después de abrazar el islam, recitó un nuevo poema. El sentido de este poema es el siguiente:

«El día en que luche como comandante, el ejército de Muhammad

sin duda triunfará sobre el ejército de los politeístas.»

(El ejército de los politeístas), como un viajero desorientado en la oscuridad de la noche.

Hoy me ha llegado el turno, ahora que he recibido la guía.

A mí me ha guiado aquel que guía, me ha cambiado

y me ha llevado a la compañía de Allah

a quien yo había expulsado lejos (un día).

Ese día me había interpuesto frente a Muhammad y

me había apartado de él y había preparado planes de guerra,

y se me estaba llamando de parte de Muhammad

Aunque no me vinculé con él.

Continuó avanzando por el mismo camino por el que él transitaba: los politeístas

no hablaron conforme a sus caprichos

aunque hablaba como alguien que sostenía la opinión correcta

sin embargo, fue calificado de mentiroso.

Hasta que recibí la guía, en cada reunión quería complacerlos (a los politeístas)

y no me vinculé con la comunidad musulmana.

Así pues, di a Banu Saqif que no quiero luchar contra ellos.

Dile a Banu Saif que intimide a otro, no a mí.

Porque yo no formaba parte del ejército que

atacó la ciudad

y ese ataque no fue llevado a cabo por mi lengua ni por mi mano.

En aquel ejército había tribus procedentes de regiones lejanas, así como

guerreros desconocidos procedentes de Siham y Surdad.»

Se cuenta que, cuando recitaba esta parte del poema: «La persona a quien había expulsado muy lejos me ha llevado a la compañía de Allah», el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le golpeó el pecho y dijo: «Tú fuiste quien me expulsó lejos».

Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, hizo alto en Marr az-Zahran, Abbas ibn Abd al-Muttalib se alarmó. Comprendió que, si los qurayshíes no acudían por iniciativa propia ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, para pactar la paz, y él entraba en La Meca por la fuerza, los qurayshíes serían exterminados para siempre.

Abbas (que Allah esté complacido con él) dijo: Monté en la mula blanca del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y llegué al lugar llamado Araq. Allí comencé a buscar a algún leñador, vendedor de leche o cualquier otra persona que se dirigiera a La Meca. Si encontraba a alguien, le informaría a la gente de La Meca de la llegada del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, para que acudieran ante él y concertaran la paz antes de que el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— entrara en La Meca por la fuerza.

Mientras estaba ocupado en esta búsqueda, oí la conversación de Abu Sufyan y Budayl ibn Waraqa. Ambos estaban conversando. Abu Sufyan decía: «Anoche vi un fuego como nunca había visto antes, y tampoco había visto jamás un ejército tan grande». Budayl decía: «Seguramente es el ejército de la tribu de Juzāʿa. Sin duda se han preparado para la guerra». Abu Sufyan respondió: «Juzāʿa no tiene tanto poder ni tantos hombres como para encender tantos fuegos y reunir un ejército tan grande». Al reconocer la voz de Abu Sufyan, dije: «¡Oh, Abu Sufyan!». Él dijo: «¿Quién? ¿Abbas?». Respondí: «Sí». Él dijo: «¿Qué sucede?». Dije: «¿Acaso no lo sabes? Este es el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— con su ejército. ¡Por Allah! La vida de los coraichitas está en peligro». Él dijo: «Entonces, ¿qué podemos hacer ahora?». Respondí: «Si el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— te captura, te matará. Así que monta detrás de esta mula. Te llevaré ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y pediré protección para ti».

Entonces montó detrás de mí, mientras sus dos compañeros regresaron. Llevé a Abu Sufyan pasando delante de las hogueras del ejército musulmán, una tras otra. Todos preguntaban: «¿Quién es este?». Pero, al echar un vistazo y verme montado en la mula del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, todos se tranquilizaban. Nadie se daba cuenta de que Abu Sufyan iba detrás de mí.

Cuando pasamos delante de Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él), se acercó a mí. Al ver a Abu Sufyan sentado detrás, dijo: «¡Enemigo de Allah, Abu Sufyan! Alabado sea Allah, que te ha puesto en nuestras manos sin ningún tratado». Dicho esto, corrió hacia el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Yo también me apresuré. Ni Umar ni la mula eran muy veloces; aun así, la mula llegó un poco antes. Bajé de la mula y me dirigí al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Inmediatamente llegó también Umar (que Allah esté complacido con él) y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Aquí está Abu Sufyan. Allah nos lo ha entregado fácilmente. No tenemos ningún tratado con él. Permíteme, pues, cortarle el cuello».

Dije: «¡Oh, Mensajero de Allah! Yo le he concedido protección». Después me senté junto al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, lo agarré por la cabeza y dije: «¡Por Allah! Esta noche no permitiré que se quede a solas con nadie excepto conmigo».

Umar (que Allah esté complacido con él) comenzó a decir muchas cosas sobre Abu Sufyan. Al oírlo, dije: «¡Cállate, Umar! Si Abu Sufyan perteneciera a la tribu de Banū Kaʿb —la tribu de Umar (que Allah esté complacido con él)—, no hablarías así. Hablas de este modo únicamente porque pertenece a Banū ʿAbd Manāf».

Umar dijo: «¡Abbas! No diga usted semejantes cosas. Si mi padre hubiera aceptado el islam, me habría alegrado mucho más de que usted aceptara el islam que de que él lo aceptara».

El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: «Oh, Abbas, lleva a Abu Sufyan contigo y tráemelo por la mañana».

Me llevé a Abu Sufyan conmigo. Pasó la noche en mi compañía. Por la mañana lo llevé ante el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él.

El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «¡Ay de ti, Abu Sufyan! ¿Aún no ha llegado el momento de que reconozcas que no hay otra divinidad excepto Allah?». Él respondió: «Vuestra generosidad, nobleza y afecto por los parientes son incomparables. Supongo que, si hubiera otra divinidad aparte de Allah, ya me habría ayudado». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, volvió a decir: «¡Ay de ti, Abu Sufyan! ¿Todavía no has comprendido que soy el Mensajero de Allah?». Abu Sufyan dijo: «¡Que mis padres sean sacrificados por vos! Sois tan generoso, tolerante y considerado con los parientes que no puedo expresarlo con palabras. Sin embargo, todavía tengo algunas dudas sobre que seáis un mensajero». Entonces Abbas dijo: «¡Ay de ti! Acepta el islam y da testimonio de que no hay otra divinidad excepto Allah y de que Muhammad, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, es Su Mensajero; de lo contrario, tu cuello será golpeado de inmediato».

Abu Sufyan dio testimonio de la verdad y aceptó el islam. Entonces Abbas dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él! Abu Sufyan es algo aficionado al honor; concédele, pues, algo honorable». El Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «Está bien. Quien entre en la casa de Abu Sufyan estará a salvo. Quien cierre la puerta de su propia casa estará seguro. Y a quien entre en la Mezquita Sagrada tampoco se le hará daño».

Cuando Abu Sufyan salió de donde estaba el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, para regresar a La Meca, el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, dijo: «¡Oh, Abbas! Detenlo un momento en el desfiladero, en la cima de la montaña, al borde del valle, para que los soldados de Allah pasen delante de él y pueda verlos». Abbas dijo: «Entonces fui y lo detuve en el desfiladero que me había indicado el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Después, las distintas tribus partieron en filas detrás de sus respectivas banderas. Cada vez que una tribu pasaba frente a él, me preguntaba: “¡Oh, Abbas! ¿Quiénes son?”. Yo respondía: “Son los Banu Sulaym, o los Banu Muzayna, o tal tribu y tal otra”. Abu Sufyan decía inmediatamente: “No hay comparación entre ellos y nosotros”. Después avanzó el Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, con su propio ejército verde. [81. Se llamó a este ejército “el ejército verde” porque en él se concentró la mayor cantidad de objetos hechos de hierro. (Ibn Hisham)] En él se reunían los emigrados y los auxiliares. En aquel ejército no se veía nada salvo armas afiladas de hierro. Abu Sufyan dijo: “¡Subhan Allah! ¡Subhan Allah! ¡Oh, Abbas!, ¿de quién es este ejército?”. Respondí: “En este ejército se encuentra el propio Mensajero de Allah, que la paz y las bendiciones de Allah sean con él, acompañado por los emigrados y los auxiliares”. Él dijo: “Nadie tiene capacidad para enfrentarse a este ejército. ¡Por Allah, oh Abbas!, tu sobrino se convertirá mañana en soberano de un gran imperio”. Respondí: “¡Oh, Abu Sufyan! Esto no es una cuestión de realeza; es el poder de la profecía”. Él dijo: “Entonces, ¡qué maravilloso es!”. Yo dije: “Date prisa y ve con los coraichitas”. Abu Sufyan llegó a La Meca y proclamó: “¡Oh, coraichitas! Muhammad ha venido con un ejército al que no podéis enfrentaros. Ahora, quien busque refugio en la casa de Abu Sufyan no tendrá nada que temer”.

En ese momento, Hind, la hija de Utba, se acercó a Abu Sufyan, le agarró del bigote y dijo: «¡Oh, coraichitas! Matad a este gordo glotón. Ha deshonrado la dignidad de quien ostenta el liderazgo de la nación».

Abu Sufyan dijo: «Preparaos para vuestra desgracia. No os dejéis desviar por las palabras de esta mujer. Un ejército imparable se cierne sobre vosotros. En tal situación, quien entre en mi casa estará a salvo».

Todos dijeron: «¡Que la maldición caiga sobre ti! ¿De qué nos servirá tu casa?». Abu Sufyan dijo: «Quien cierre la puerta de su propia casa y quien entre en la mezquita también estarán a salvo».

Todos se dirigieron a sus respectivas casas o a la Mezquita Sagrada.

Abdullah ibn Abi Bakr dijo: Cuando el Mensajero de Allah llegó a Dhu Tuwa, se ciñó un turbante de tela yemení roja y avanzó con la cabeza inclinada por la victoria que estaba a punto de alcanzar gracias a la gracia de Allah. Inclinó tanto la cabeza en señal de gratitud que su barba rozaba el cuerpo del camello.

Asma, hija de Abu Bakr, dijo: Cuando el Mensajero de Allah se detuvo en Dhu Tuwa, Abu Quhafa, el padre de Abu Bakr, le dijo a una de sus hijas, que aún era joven: «Llévame a la cima del monte Abu Qubays». Abu Quhafa ya había perdido la vista. La muchacha lo llevó a la cima del monte. Entonces Abu Quhafa le preguntó a su hija: «¿Qué ves?». Ella respondió: «Veo una gran multitud». Él dijo: «Ese es el ejército». La muchacha dijo: «También veo a un hombre que corre delante de la multitud, unas veces hacia delante y otras hacia atrás». Él dijo: «Él es el comandante del ejército». La muchacha dijo: «Ahora la multitud se ha dispersado». Abu Quhafa dijo: «Entonces el ejército ha sido enviado. Ahora llévame rápidamente a casa». La muchacha lo hizo bajar del monte. Antes de que Abu Quhafa llegara a su casa, el ejército llegó hasta él. La muchacha llevaba un collar de plata al cuello, y alguien se lo arrebató.

Cuando el Mensajero de Allah llegó a La Meca y entró en la Mezquita Sagrada, Abu Bakr llevó a su padre ante él. Al verlo, el Mensajero de Allah dijo: «¿Por qué no dejaste a este anciano en casa? Yo habría ido a verlo».

Abu Bakr dijo: «Oh, Mensajero de Allah, es más apropiado que él venga a usted que que usted vaya a verlo».

El Mensajero de Allah lo hizo sentarse frente a él. Luego le pasó la mano por el pecho y le dijo: «Acepte el islam». Inmediatamente, Abu Quhafa aceptó el islam. Después, Abu Bakr lo llevó a la mezquita. En ese momento, la cabeza de Abu Quhafa estaba cubierta con una especie de arbusto blanco llamado sagama. El Mensajero de Allah dijo: «Retirad esto de su cabello».

Después, Abu Bakr tomó la mano de su hermana y dijo: «¡Por Allah! ¿Es hoy el islam el collar de mi hermana?». Nadie respondió. Abu Bakr dijo: «¡Querida hermana! No te entristezcas por haber perdido tu collar».

Durante la conquista de La Meca y la batalla de Taif, los compañeros del Mensajero de Allah asignaron nombres en clave: «Banu Abd al-Rahman» para los emigrantes, «Banu Abdullah» para la tribu de los jazrachíes y «Banu Ubaydullah» para los ausíes.

Cuando el Mensajero de Allah ordenó a los musulmanes entrar en La Meca, hizo prometer a los comandantes musulmanes: «No entabléis combate con nadie mientras no se inicie un ataque». Sin embargo, mencionó los nombres de algunas personas y dijo: «Matadlas aunque se escondan bajo la cubierta de la Kaaba». Uno de ellos era Abdullah ibn Sa’d, de Banu Amir. Al principio, este hombre aceptó el islam. Después fue designado escriba de la revelación. Luego volvió a abandonar el islam, se hizo idólatra y regresó junto a los coraichitas. Por ello, el Mensajero de Allah ordenó matarlo. Pero él huyó y buscó refugio junto a su hermano de leche, Uthman ibn Affan. Uthman lo ocultó. Más tarde, cuando la situación en La Meca se normalizó y la gente se tranquilizó, lo presentó ante el Mensajero de Allah. Uthman pidió que se le perdonara la vida. El Mensajero de Allah permaneció largo tiempo en silencio sin responder. Finalmente dijo: «De acuerdo». Después de que Uthman se marchara, el Mensajero de Allah dijo a sus compañeros: «Guardé silencio para que alguno de vosotros tuviera la oportunidad de matarlo». Uno de los compañeros ansaríes dijo: «Oh, Mensajero de Allah, podrías haberme hecho una señal». Él respondió: «A ningún profeta le corresponde matar a una persona mediante una señal». [82. Ibn Hisham dice: Más tarde, este hombre volvió a aceptar el islam. Durante el califato de Umar ibn al-Jattab, este lo nombró para un cargo oficial. Posteriormente, el tercer califa, Uthman, también le confió una responsabilidad gubernamental.]

El segundo era Abdullah ibn Jatal, de la tribu de Banu Tamim. La razón por la que se ordenó matarlo fue que, cuando era musulmán, fue enviado junto con otro hombre a recaudar el zakat. Con ellos iba también un sirviente musulmán. En el camino se detuvieron en un lugar. Entonces le ordenó al sirviente que sacrificara una cabra y preparara la comida. Pero el sirviente se quedó dormido sin preparar la comida. Entonces lo mató, renunció al islam y se convirtió en politeísta.

Tenía dos esclavas que cantaban canciones difamatorias contra el Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz). El Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz) ordenó matar a Abdullah ibn Jatal junto con sus dos esclavas.

Otro era Huwairiz ibn Suqayz. Mientras permaneció en La Meca, solía hostigar al Mensajero de Dios.

Otro era Miqyas ibn Lubaba. Cuando un compañero de los ansar mató por error a su hermano, Miqyas mató a dicho ansarí. Después se convirtió en politeísta y se marchó junto a los qurayshíes. Por ello, ordenó que lo mataran.

Otra era Sara, una esclava liberada de los Banu Abd al-Muttalib. Mientras permaneció en La Meca, también solía hostigar al Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz).

Otro era Ikrima, hijo de Abu Yahl.

Ikrima huyó al Yemen y su esposa, Umm Hakim bint Harith, aceptó el islam. Cuando Umm Hakim pidió al Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz) seguridad para Ikrima, él se la concedió. Entonces ella fue a buscar a Ikrima al Yemen y lo llevó consigo. Más tarde, Ikrima aceptó el islam.

Abdullah ibn Jatal y Miqyas fueron asesinados. Sin embargo, solo una de las dos esclavas de Abdullah fue asesinada; la otra escapó. Más tarde, el Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz) la perdonó. El Mensajero de Dios (que Dios lo bendiga y le conceda paz) también perdonó a Sara. Pero más tarde, durante el califato de Umar ibn al-Jattab (que Dios esté complacido con él), un hombre la mató. Ali (que Dios esté complacido con él) mató a Huwairiz.

Umm Hani, hija de Abu Talib —que Allah esté complacido con ella—, dijo: «Poco antes de la conquista de La Meca, dos hombres de la tribu de Banu Majzum huyeron y buscaron refugio junto a mí. El esposo de Umm Hani era Hubayra ibn Abu Wahab, de la tribu de Majzum. Umm Hani relató: “En cuanto llegaron a mi casa, mi hermano Ali ibn Abu Talib —que Allah esté complacido con él— vino a mí y dijo: ‘Los mataré’. Cerré la puerta de la casa y fui a ver al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. En ese momento se estaba bañando. En el recipiente del baño había restos de masa de harina. Fátima lo cubrió con una tela. Después de terminar el baño, rezó ocho rak‘as de la oración de Duha. Luego me miró y dijo: ‘¡Bienvenida, Umm Hani! Yo también concedo refugio a quien tú has protegido, y concedo seguridad a quien tú has puesto bajo tu protección. Por tanto, que Ali no los mate’.”»

Safiyya bint Shayba dijo: «El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— entró en La Meca y, cuando la gente se hubo calmado, montó en su cabalgadura, fue a la Kaaba y realizó el tawaf. Entonces besó la Piedra Negra, señalándola con un bastón curvado en uno de sus extremos. Al terminar el tawaf, llamó a Uthman ibn Talha y tomó de él la llave de la Kaaba. Cuando le abrieron la puerta, entró en el interior de la Kaaba. Allí vio una estatua de una paloma hecha de madera. La rompió y la arrojó. Después se situó de pie sobre la puerta de la Kaaba. En ese momento, la gente se había refugiado y permanecía en la Mezquita Sagrada para obtener de él seguridad para sus vidas».

Ibn Ishaq dijo: «He oído de personas dignas de confianza que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, de pie sobre la puerta de la Kaaba, pronunció el siguiente discurso:»

«No hay ninguna divinidad excepto Allah. Él es Uno y no tiene asociado. Ha cumplido Su promesa, ha dado la victoria a Su siervo y ha derrotado a los grupos coaligados de los incrédulos. Sabed que toda reclamación anterior de sangre, bienes o dinero queda aplastada bajo mis pies —es decir, queda abolida—. Sin embargo, continuarán las funciones de servicio de la Kaaba y la costumbre de atender a los peregrinos. Sabed que el homicidio involuntario se aproxima al homicidio intencional, tanto si se comete con un bastón como con una vara. Por ello deben entregarse como diya cien camellos, incluidos cuarenta camellos preñados. ¡Oh, Quraysh! Allah ha abolido vuestra jactancia de la nobleza de la época de la ignorancia y vuestra costumbre de enorgulleceros de vuestros antepasados. Todos los seres humanos son hijos de Adán, y Adán fue creado de tierra». Luego recitó esta aleya:»

«¡Oh, humanidad! Os hemos creado de un varón y una mujer, y os hemos dividido en pueblos y tribus únicamente para que os conozcáis. En verdad, el más honorable de vosotros ante Allah es el que más Le teme» (Al-Huyurat). Luego añadió: «¡Oh, Quraysh! ¿Qué clase de trato esperáis de mí?». Todos respondieron: «Un trato bueno, pues eres nuestro noble hermano y el hijo de un noble hermano».

Él dijo: «Id; todos sois libres». Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se sentó en la Mezquita Sagrada. Ali ibn Abu Talib acudió ante él con la llave de la Kaaba en la mano. Dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Además de atender a los peregrinos, toma también en nuestras manos la responsabilidad de custodiar la puerta de la Kaaba». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— preguntó: «¿Dónde está Uthman ibn Talha?». Llamaron a Uthman. Él dijo: «¡Oh, Uthman! Toma tu llave. Este día es un día de cortesía y benevolencia».

Ibn Hisham dijo: «Supe por varias personas instruidas que, el día de la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— entró en el interior de la Kaaba y vio allí representaciones de ángeles y de muchas otras cosas. Incluso vio una representación del profeta Ibrahim —la paz sea con él—, con flechas para determinar el bien y el mal en sus manos. Al verlo, dijo: “¡Que la maldición de Allah caiga sobre los politeístas! Han convertido a nuestro venerable antepasado en alguien que utiliza flechas para determinar el bien y el mal. ¿Qué relación hay entre Ibrahim y esto?”. Luego recitó esta aleya: “Ibrahim no era judío ni cristiano; era un musulmán dedicado exclusivamente a Allah, y no era de los politeístas”».

Después ordenó destruir aquellas representaciones, y fueron destruidas. Luego el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— entró en la Kaaba acompañado por Bilal —que Allah esté complacido con él— y le ordenó pronunciar el adhan. En ese momento, Abu Sufyan ibn Harb, Attab ibn Usayd y Harith ibn Hisham estaban sentados en el patio de la Kaaba. Attab ibn Usayd dijo: «Por fortuna, Allah se llevó honorablemente y con antelación a Usayd —mi padre—. De no ser así, al oír hoy este adhan habría dicho algo que también habría despertado su propia ira». Harith ibn Hisham dijo: «Si creyera que él —Muhammad— sigue el camino de la verdad, lo seguiría». Abu Sufyan dijo: «No diré nada. Si digo siquiera una palabra, incluso estas piedras del patio lo divulgarán».

En ese momento, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se acercó a ellos y dijo: «He oído lo que estabais diciendo». Al-Harith y Attab dijeron: «Damos testimonio de que eres el Mensajero de Allah. Ninguno de los que estaban con nosotros te informó de esto. Por tanto, no podemos culpar a ninguno de nuestros compañeros de haberte dado esta información». (Así pues, ciertamente Allah se lo reveló; y eso solo es posible para el Mensajero de Allah.)

Ibn Hisham dice:

Abdullah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) dijo: El día de la conquista de La Meca, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, entró en La Meca montado en su cabalgadura y lo primero que hizo fue circunvalar la Kaaba. En aquel momento, todavía había ídolos alrededor de la Kaaba, fijados con plomo. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, señaló hacia ellos con el bastón que llevaba en la mano y dijo: «Ha llegado la verdad y la falsedad ha sido destruida. En verdad, la falsedad está destinada a ser destruida». Cada vez que señalaba a uno de los ídolos con estas palabras, este caía de lado o boca abajo. Así, todos los ídolos fueron derribados uno tras otro.

Una fuente fiable me informó de que, el día de la conquista de La Meca, mientras el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, circunvalaba la Kaaba, Fudala ibn Umayr al-Laythi urdió un plan para matarlo. Cuando se acercó al Mensajero de Allah con esa intención, este le dijo: «¿Quién eres? ¿Fudala, acaso?». Él respondió: «Sí, oh Mensajero de Allah». Le preguntó: «¿Qué pensabas en tu interior?». Respondió: «Nada; estaba recordando a Allah». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sonrió y dijo: «Arrepiéntete ante Allah». Después puso su mano sobre el pecho de Fudala, y su corazón se tranquilizó. Más tarde, Fudala solía decir: «Desde el momento en que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, retiró su mano de mi pecho, no hubo en el mundo nada más querido para mí que él».

Fudala añadió: Después me dirigí hacia mi familia. Al pasar, encontré a una mujer con la que había tenido una relación cercana. Ella dijo: «Ven, conversemos». Respondí: «No».

A este respecto, Fudala recitó los siguientes versos:

«La mujer me llamó para conversar. Le dije: “Allah y el islam me prohíben responder a tu llamada. Si hubieras visto a Muhammad y a su ejército el día de la conquista, cuando los ídolos eran quebrados y reducidos a pedazos, habrías visto que la religión de Allah resplandecía y que el politeísmo había quedado cubierto por la oscuridad”».

Ibn Ishaq dice: En la conquista de La Meca participaron en total diez mil musulmanes. Entre ellos había setecientos —según otra versión, mil— de la tribu de Banu Sulaym; cuatrocientos de Banu Ghifar y Banu Aslam; mil tres de Muzayna; y todos los demás eran de Quraysh y de los Ansar, sus aliados, así como personas de las tribus árabes, entre ellas las tres tribus de Tamim, Qays y Adas.

El célebre poema compuesto sobre el día de la conquista de La Meca es un poema de Hassán ibn Zábit al-Ansari:

«Toda la región, desde Zatul Asabi y Yiwa hasta Adhra, ha quedado desolada. Las casas de Yiwa han quedado abandonadas. La zona de la tribu de Banu Hashhash es ahora un desierto árido. El viento impetuoso borra sus huellas y el cielo no derrama allí su lluvia. Antes había allí un amigo benefactor; en los verdes bosques de aquella región pastaban camellos y ovejas. Dejemos ahora esos recuerdos. Pero lo extraño es que, aunque la noche se ha adentrado, no me llega el sueño. La causa es aquella cabellera desordenada —aquel estado de confusión y desorden— que lo había envuelto, de modo que no hay manera de devolverle la tranquilidad a su corazón. Era como si con él se mezclaran la miel y el agua, sustancias ocultas de Baitub Ba’s. Un día, cuando se examinen las bebidas, se verá que eran excelentes, agradables de beber y ofrecidas como sacrificio. Le concederemos el derecho a reprendernos si cometemos algo digno de reproche, aunque ello llegue hasta los insultos o los golpes. Beberemos aquellas bebidas y, de inmediato, nos convertiremos en reyes; nos convertiremos en leones que no temen enfrentarse a nada. Nos hemos separado de nuestra caballería, que corre levantando polvo y cuyo destino es Qa‘da, las tierras altas de La Meca; no sé si la habéis visto. Es una caballería que disputa por las riendas —para decidir quién montará primero—, sumamente ansiosa, y cuyos toros llevan lanzas sedientas de sangre. Nuestros caballos corren con gran rapidez. Incluso las mujeres pueden arrearlos agitando sus velos. Si no nos impedís el paso, realizaremos la umra; la victoria está asegurada y todos los velos han sido rasgados —es decir, ya se perciben claramente los indicios de la victoria—. De lo contrario, buscad otra batalla futura. El mensajero de Dios, Gabriel, está entre nosotros. Él es el Espíritu Santísimo, sin semejante alguno. Dios dice que ha enviado a un siervo que proclama la verdad justa en las calamidades y adversidades. Yo soy testigo de sus actos. Aceptadlo. Pero vosotros —¡oh habitantes de La Meca!— respondisteis: “No lo aceptaremos; no tenemos intención alguna de aceptarlo”. Dios también dijo: “He enviado al ejército de los Ansar; su objetivo es la guerra”. Tenemos que enfrentarnos a algo, ya sea a insultos, a la guerra o a los reproches. A quienes nos reprochan o nos insultan les respondemos con palabras rítmicas que les rompen los dientes, y a quienes derraman nuestra sangre los golpeamos. Anuncia a Abu Sufyan que nuestra entrada en La Meca es inminente. Ya ha quedado claro que nuestras espadas te han convertido en esclavo y han convertido en siervos a los jefes de la tribu de Abd al-Dar. Tú insultaste a Muhammad, y yo le respondí; su recompensa está junto a Dios. Insultaste a un hombre sumamente benéfico, caritativo y firme en la verdad, aquel que es absolutamente fiel a Dios y cuya vida está consagrada a cumplir las promesas. ¿Acaso son iguales quien insulta al Mensajero de Dios y quien lo elogia y lo ayuda? Por mi padre, mi abuelo y mi honor, protegeré el honor de Muhammad de vuestras manos. Mi lengua es firme e irreprochable. Ningún cubo puede enturbiar mi mar.» 282

La batalla de Hunayn: 8.º año de la Hégira

Al enterarse de la conquista de La Meca por el Mensajero de Dios, la tribu de Hawazin se reunió bajo el liderazgo de Malik ibn Awf. Junto con Hawazin se reunieron todos los miembros de Banu Saqif, Banu Nasr, Banu Jusham y Banu Sa‘d, así como un pequeño grupo de Banu Hilal. A excepción de ese reducido grupo de Banu Sa‘d y Banu Hilal, nadie más de Banu Qays participó en esta concentración militar.

En la tribu de Banu Jasham había un anciano llamado Duraid ibn Simma. Era experimentado y diestro en la guerra. Aparte de dar consejos militares, ya no podía hacer nada más. Banu Saqif tenía dos jefes. Entre sus aliados estaba Qarib ibn Aswad, y Banu Malik tenía a Subay ibn Hariz, de Zuljimar, y a su hermano Ahmar ibn Hariz. Sin embargo, Malik ibn Awf al-Nasri era el comandante supremo de todo el ejército. Cuando Malik decidió dirigir un ataque contra el Mensajero de Dios, obligó a cada uno de sus soldados a llevar consigo a su esposa, sus hijos y sus bienes muebles. Al llegar al valle de Amṭas, se reunió ante él una gran multitud, entre ellos Duraid ibn Simma. Cuando Duraid llegó al valle de Awtas, preguntó a sus hombres: “¿Qué lugar es este?”. Todos respondieron: “Awtas”. Él dijo: “Sí, es ciertamente un lugar apropiado para la guerra: no es demasiado elevado ni pedregoso, pero tampoco demasiado blando. Sin embargo, ¿por qué oigo los mugidos de camellos, los balidos de cabras, los rebuznos de asnos y el llanto de niños?”. Todos respondieron: “Malik ibn Awf ha obligado a los hombres de su ejército a traer consigo sus riquezas y a sus esposas e hijos”. Él preguntó: “¿Dónde está Malik?”. Llamaron a Malik. Duraid le dijo: “¡Oh, Malik! Tú eres el administrador y jefe de tu tribu. Después de este día vendrán muchos otros, y no hay fin para ellos. ¿Por qué oigo aquí los mugidos de camellos, los rebuznos de asnos, los balidos de cabras y el llanto de niños?”. Malik respondió: “He traído conmigo a la gente, junto con sus familias y sus bienes”. Duraid preguntó: “¿Por qué?”. Malik respondió: “Cada hombre tendrá detrás de sí a su familia y sus bienes, y luchará con todas sus fuerzas para protegerlos. Nadie huirá del campo de batalla”. Duraid expresó su descontento con el razonamiento de Malik y dijo: “En realidad, veo que tienes el entendimiento de un pastor de ovejas, no el de un comandante militar. ¿Qué beneficio obtiene el derrotado en cualquier asunto? Si sufrís una derrota en la batalla, además de vuestra propia ruina, también perderéis a vuestras familias y vuestros bienes”.

Duraid volvió a preguntar: “¿Qué noticias hay de Banu Ka‘b y Banu Kilab?”. Malik respondió: “Ninguno de ellos ha venido a la guerra”. Duraid dijo: “Entonces no han venido los verdaderos guerreros y soldados valientes. Si hoy hubiera una oportunidad de obtener una victoria auténtica y gloria, Banu Ka‘b y Banu Kilab habrían venido sin duda. Creo que debíais haber seguido el ejemplo de Banu Ka‘b y Banu Kilab. Bien, ¿qué guerreros destacados han venido con vosotros?”. La gente respondió: “Amr ibn Amir y Awf ibn Amir”. Duraid dijo: “Son guerreros débiles; con ellos no obtendréis ningún beneficio ni sufriréis ningún perjuicio. ¡Escucha, Malik! No has hecho bien al arrojar a la tribu de Hawazin a las fauces del enemigo. Envía a sus miembros de regreso a sus respectivos lugares seguros. Después lucha contra estos musulmanes con tu caballería. Si vences, ellos se unirán más tarde a ti; y si eres derrotado, al menos las familias y los bienes de tus hombres quedarán a salvo”. Malik respondió: “No, no haré eso. Así como tú has envejecido, tu inteligencia también se ha debilitado por la vejez y la enfermedad. ¡Oh, pueblo de Hawazin! O me obedecéis, o lucharé solo con esta espada hasta derramar la última gota de mi sangre”. En realidad, Malik no quería que se dijera que había actuado conforme al consejo de Duraid y que se alabara su fama o su inteligencia. Los guerreros reunidos juraron obedecer a Malik. Duraid dijo: “No estoy dispuesto a participar en esta batalla de hoy ni a correr sus riesgos”. Y dijo en verso:

«¡Ay de mí! ¡Ojalá fuera joven en el momento de esta batalla!»

Entonces habría mostrado toda clase de tácticas de combate. Habría dirigido un ejército gigantesco

de hombres de pelo largo, semejantes a cabras montesas.”

Entonces Malik dijo: “En cuanto veáis al ejército musulmán, desenvainaréis las espadas y os lanzaréis todos juntos contra él.”

Al enterarse de estos preparativos bélicos de Hawazin, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) envió a Abdullah ibn Abi Hadrad al-Aslami para que se infiltrara hábilmente entre ellos, reuniera información y regresara. Abdullah se introdujo entre ellos, recopiló información, volvió y se la comunicó al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) decidió enfrentarse a Hawazin. En ese momento le informaron de que Safwan ibn Umayya poseía muchas armas y pertrechos de guerra. Safwan todavía era politeísta. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le envió un hombre para pedirle prestadas armas y pertrechos de guerra con los que combatir al enemigo. Safwan preguntó: “Muhammad, ¿acaso vas a apoderarte de ellos?”. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) respondió: “No, los tomo prestados y garantizo que te serán devueltos”. Él dijo: “No tengo objeción”. Entonces prestó cien corazas y la cantidad de armas necesaria para ellas. Se cuenta que el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) también le pidió que organizara el transporte de aquellas armas, y él se encargó debidamente de ello.

Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) partió en campaña con un ejército de doce mil soldados: dos mil procedentes de los habitantes de La Meca y diez mil compañeros que habían llegado con él desde Medina durante la conquista de La Meca. En ese momento nombró a Attab ibn Usayd gobernador de La Meca para los habitantes que permanecían allí, y avanzó personalmente con su ejército para enfrentarse a Hawazin.

Se ha transmitido de Harith ibn Malik. Él dijo: “Partimos con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) en la expedición de Hunayn. Apenas nos habíamos liberado de la Yahiliya y todavía no habíamos abandonado por completo sus costumbres y tradiciones. Había un enorme árbol verde y frondoso llamado Dhat Anwat. Los incrédulos de Quraysh y otros árabes acudían cada año a aquel árbol, colgaban sus armas de sus ramas, permanecían un día bajo su sombra y allí sacrificaban animales. Mientras viajábamos con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) hacia Hunayn, vimos un árbol grande y dijimos: “¡Oh, Mensajero de Allah! Así como los incrédulos tienen su Dhat Anwat, concédenos también a nosotros un Dhat Anwat”. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “¡Allah es el más grande! Lo que habéis dicho es igual que lo que el pueblo de Moisés (la paz sea con él) le dijo: ‘Adopta para nosotros una divinidad como ellos tienen divinidades’. Estas son costumbres antiguas. Queréis aferraros a las costumbres antiguas”.

Yabir ibn Abdullah (que Allah esté complacido con él) dijo: “Nos acercamos a la llanura de Hunayn y comenzamos a descender por un amplio valle montañoso de Tihama. Aún no había aparecido la luz del alba. Las tropas enemigas se habían refugiado en aquel valle antes que nosotros y estaban emboscadas, ocultas en estrechas y escarpadas cuevas de las montañas y en sus alrededores. Esperaban completamente preparadas. Nosotros descendíamos por el paso montañoso con absoluta tranquilidad; entonces, de repente, lanzaron todos juntos un ataque violento contra nosotros. Aturdidos por lo repentino del ataque, nuestros hombres comenzaron a huir precipitadamente, cada uno en la dirección que pudo, sin prestar ninguna atención a los demás. Parecía que nadie tenía siquiera un instante para fijarse en otro”.

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) se apartó hacia la derecha, se detuvo y comenzó a decir: “¡Soldados! ¿Adónde vais? Venid a mí. Yo soy el Mensajero de Allah. Soy Muhammad, hijo de Abdullah. ¿Por qué os arrojáis de bruces sobre los camellos?”. Pero, aparte de unos pocos emigrados, auxiliares y miembros de su familia, nadie permaneció junto al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Todos se marcharon.

Ibn Ishaq dijo: Cuando los hombres del ejército musulmán huyeron en desbandada, algunos mequíes de naturaleza perversa que permanecían junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, comenzaron a intercambiar diversos comentarios, dando por inevitable la derrota. Abu Sufyan ibn Harb dijo: «Aunque lleguen hasta la costa del mar, su derrota no terminará». Las flechas que se utilizaban para echar suertes, adivinar el destino y jugar a los dados todavía estaban en poder de Abu Sufyan.

Yabala ibn Hambal gritó: «¡Hoy se ha acabado el poder mágico de Muhammad!». Shayba ibn Uthman dijo: «Aquel día decidí matar a Muhammad y vengar toda la sangre de los qurayshíes. Cuando, con esa decisión, me acerqué al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, de repente algo terrible apareció delante de mí y se interpuso; aquello invadió mi mente y no pude matarlo. Comprendí que estaba fuera de mis posibilidades herirlo».

Uno de los habitantes de La Meca me informó de que, justo después de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, saliera de La Meca rumbo a Hunayn, al ver la enorme cantidad de soldados de Allah, dijo: «Hoy, pase lo que pase, no seremos derrotados por ser pocos».

Al-Abbas ibn Abd al-Muttalib (que Allah esté complacido con él) dijo: Yo iba con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sujetando las riendas de su mula blanca. Era un hombre muy corpulento y tenía una voz potente. Al ver a los soldados musulmanes huir despavoridos a toda velocidad, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¡Oh, gente! ¡No veo que ninguno de vosotros se vuelva hacia nadie!». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, me dijo: «¡Abbas! Grita así: “¡Oh, ansar! ¡Oh, vosotros que jurasteis lealtad bajo el árbol!”».

Comencé a llamar conforme a la orden, y todos empezaron a responder diciendo: «¡Aquí estoy, a tu servicio!». En ese momento, algunos de los Compañeros que iban a caballo no pudieron hacer que sus camellos, que corrían huyendo, cambiaran de rumbo, así que golpearon sus hombros con sus armaduras. Al no conseguir que regresaran tampoco de ese modo, bajaron de los camellos llevando sus armas y los dejaron marchar. Luego avanzaron en dirección a donde procedía la voz y llegaron junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Así se reunieron aproximadamente cien Compañeros, se alzaron frente al enemigo y entablaron una encarnizada batalla.

Al principio se empezó a llamar: «¡Oh, ansar!». Después se comenzó a llamar únicamente: «¡Oh, Khazray!», pues los árabes conocían a los Khazray por su firmeza en el campo de batalla. Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, avanzó con el ejército de los Khazray. Luego miró hacia el campo de batalla y vio que se libraba un intenso combate. Al verlo, dijo: «Ahora el campo de batalla se ha encendido».

Yabir ibn Abd Allah (que Allah esté complacido con él) dijo:

El comandante de los Hawazin combatía montado en un camello. En ese momento, Ali ibn Abi Talib (que Allah esté complacido con él) y un ansari se abalanzaron sobre él y golpearon las patas de su camello. El camello se sentó apoyándose hacia atrás. Entonces el ansari golpeó al comandante y le cortó una pierna por debajo de la rodilla. Cayó inmediatamente al suelo. En ese momento, la batalla cobró un aspecto terrible y su curso cambió por completo. Los musulmanes pasaron de la derrota a la victoria, y la batalla no terminó hasta que los prisioneros de guerra llegaron en filas ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, miró hacia Abu Sufyan ibn al-Harith ibn Abd al-Muttalib. Aquel día combatió con enorme firmeza. Era un musulmán devoto. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, vio que sostenía las riendas de su mula. Al verlo, le preguntó: «¿Quién eres?». Él respondió: «¡Oh, Mensajero de Allah! Soy tu hermano».

Abdullah ibn Abi Bakr relata: El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, encontró a Umm Sulaym bint Milhan en un extremo de la llanura, junto con su esposo Abu Talha. Ella llevaba una tela ceñida alrededor de la cintura y el vientre. Su hijo, Abdullah ibn Abi Talha, estaba entonces con ella. Abu Talha tenía consigo un camello y sujetaba con fuerza la cuerda atada a su hocico, temiendo que el camello echara a correr. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¿Eres Umm Sulaym?». Ella respondió: «Sí, oh Mensajero de Allah. Que mis padres sean sacrificados por ti. Mata a quienes te abandonan y huyen, del mismo modo que matas a los enemigos que te atacan, pues merecen la muerte».

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Oh Umm Sulaym, ¿acaso Allah no es suficiente para esto?». Umm Sulaym llevaba entonces un puñal. Abu Talha preguntó: «Oh Umm Sulaym, ¿para qué quieres el puñal?». Umm Sulaym respondió: «Lo llevo para que, si algún politeísta se atreve a acercarse a mí, le abra el vientre con él». Abu Talha dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Has oído lo que dice Umm Sulaym, a pesar de su enfermedad ocular?».

Abu Qatadah (que Allah esté complacido con él) relata: El día de la batalla de Hunayn vi a un politeísta y a un musulmán luchando entre sí. En ese momento, otro politeísta acudió en ayuda del primero. Entonces lo ataqué y le corté la mano de un golpe de espada. Él me agarró con la otra mano y no me soltaba de ningún modo; al contrario, estuvo a punto de matarme. Si no se hubiera debilitado poco después por la abundante pérdida de sangre, me habría matado. Cuando cayó, lo maté. Después, como la batalla continuaba alrededor, ya no pude ocuparme de él. Entonces llegó un hombre de La Meca y se apoderó de sus pertenencias. Cuando terminó la batalla, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Quien mate a alguien recibirá todas las pertenencias del muerto». Yo dije: «Oh, Mensajero de Allah, maté a un hombre que tenía muchas pertenencias, pero después, debido a la intensidad de la batalla, ya no pude ocuparme de ellas. No sé quién se las llevó». Un hombre de La Meca dijo: «Oh, Mensajero de Allah, Abu Qatadah dice la verdad. Tengo todas las pertenencias de aquel muerto. Haz que llegue a un acuerdo conmigo respecto a ellas». Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él) dijo: «¡Por Allah! No le propongas un acuerdo sobre esas pertenencias. Has venido a negociar con uno de los leones de Allah que lucha por la causa de Allah, ¿y pretendes compartir su botín de guerra?». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Abu Bakr ha dicho la verdad. Devuelve las pertenencias a Abu Qatadah».

Abu Qatadah dijo: Después recogí todas aquellas pertenencias del hombre de La Meca y las vendí. Con su precio compré un pequeño palmeral. Este fue el primer bien que poseí en mi vida.

Ibn Ishaq dice: Después de que los Hawazin fueran derrotados, al hacer el recuento descubrieron que la tribu Banu Malik de los Thaqif había sufrido el mayor número de bajas. Setenta hombres de esta tribu murieron en la batalla. Entre los muertos destacaba Uthman ibn Abdullah ibn Rabi‘ah ibn al-Harith ibn Habib. El comandante de esta tribu era Dhul-Khimar. Cuando este murió, Uthman ibn Abdullah asumió el mando y también murió. Después de la desastrosa derrota de los politeístas en esta batalla, se dirigieron a Taif junto con Malik ibn Awf. Algunos de sus soldados acamparon y permanecieron en Awtas, mientras que otros se dirigieron hacia Nakhlah. Entre quienes fueron hacia Nakhlah no había nadie salvo el subclan Banu Ghiyara de los Thaqif. Los soldados del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no los persiguieron. Para perseguir a la parte del ejército politeísta que se había dirigido hacia Awtas, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a Abu Amir al-Ash‘ari. Allí desafió a algunos soldados derrotados a combatir.

Abu Amir al-Ash‘ari alcanzó el martirio al ser atravesado por una flecha. Después, su primo Abu Musa al-Ash‘ari asumió el mando. Dirigió la batalla, obtuvo la victoria y los politeístas fueron derrotados.

Ante la derrota, Malik ibn Awf se apostó con un grupo de jinetes de su propia tribu en un valle situado entre dos montañas. Les dijo: «Dejad que se marchen los débiles. Después vendrán los fuertes. Mientras tanto, esperad aquí». Permaneció allí hasta que se marcharon los soldados derrotados y débiles.

Jalid ibn al-Walid mató a una mujer. Al presentarse junto a su cadáver, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) vio una gran multitud reunida. Preguntó: «¿Qué ha sucedido aquí?». Todos respondieron: «Jalid ibn al-Walid ha matado a una mujer». El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo a uno de sus compañeros: «Ve a ver a Jalid y dile que el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le ha prohibido matar a niños, mujeres, jornaleros y esclavos y esclavas».

Ese día, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) había dicho: «Si encontráis a Bijad de Banu Sa’d ibn Bakr, no le permitáis escapar». Había cometido un grave delito. Los musulmanes lograron capturarlo y lo llevaron, junto con toda su familia, incluida Shaima bint al-Harith, la hermana de leche del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Durante el camino la trataron con cierta rudeza. Entonces ella dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Soy tu hermana de leche». Él preguntó: «¿Cuál es la prueba de ello?». Ella respondió: «Cuando te llevaba sobre mi muslo, me mordiste en la espalda. La marca todavía está allí». El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) reconoció la marca de la mordedura al verla. Extendió su propia capa para que ella se sentara honorablemente y dijo: «Si prefieres quedarte conmigo, podrás hacerlo con honor. Y si prefieres que te dé algunos regalos y regresar a tu propia tribu, también puedes hacerlo». Ella respondió: «Dame lo que quieras darme y envíame de vuelta a mi tribu». El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) le dio muchas cosas y la envió de regreso a su pueblo.

Según el relato de Banu Sa’d, la despidió regalándole un esclavo llamado Maqstal y una esclava. Más tarde, Shaima casó entre sí a aquellos dos esclavos, y su descendencia continuó entre ellos durante mucho tiempo.

Ibn Hisham dice:

Allah, exaltado sea, reveló estos versículos acerca de la batalla de Hunayn:

«Allah os ha ayudado en muchos campos de batalla. También lo hizo el día de la batalla de Hunayn, cuando os enorgullecisteis de vuestro gran número. Pero esa superioridad numérica no os sirvió de nada. Aquel día, la vasta tierra se os hizo estrecha y huisteis. Luego Allah hizo descender la serenidad y la tranquilidad sobre Su Mensajero y los creyentes, y envió ejércitos que no podíais ver. Así es como Allah castiga a los incrédulos. En verdad, ese es el castigo apropiado para los incrédulos». (At-Tawbah)

Ibn Ishaq dice: Después, llevaron ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) a todos los prisioneros de guerra y todo el botín de Hunayn. Se encargó a Mas’ud ibn Amr al-Ghifari de supervisar el botín. Por orden del Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), el botín y los prisioneros de guerra fueron depositados en un lugar llamado Ji’rana.

La batalla de Taif: año 8 de la Hégira

El ejército derrotado de los Banū Thaqīf se dirigió a Tā’if, cerró las puertas de la ciudad y comenzó a prepararse para reanudar la lucha. ʿUrwa ibn Masʿūd y Ghaylān ibn Salama no participaron en las campañas de Ḥunayn y Tā’if. Habían recibido en Jurāsh entrenamiento en el manejo de armas de guerra como tanques, cañones y máquinas de asedio del tipo dabūr.

Después de la victoria de Ḥunayn, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— emprendió la campaña. Kaʿb ibn Mālik recitó un poema acerca de ella, cuyo significado es: «Desde Tihāma y Jaybar habíamos disipado toda duda y habíamos dado descanso a las espadas. Habíamos dejado que las espadas eligieran entre Daws y Thaqīf. Y si esas espadas hubieran hablado, habrían pronunciado la palabra decisiva. Si no veis esas espadas en los patios de vuestras moradas, entonces, aunque alguno de los nuestros quiera protegeros, no le mostraré en absoluto amistad. Derribaremos los tejados de vuestras casas y los llevaremos a la llanura de Wajj; así, vuestras viviendas quedarán desoladas».

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— llegó primero a Najla al-Yamaniyya, luego a Qarn, después a Mulayḥ y, desde allí, a Buḥrat al-Rughā en la región de Liya. Allí mandó construir una mezquita y rezó en ella. Después, por un camino llamado Dayqa, llegó a Najab y acampó bajo un árbol de loto llamado Ṣādira, cerca de las tierras de un hombre de Banū Thaqīf. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le dio a aquel hombre un ultimátum: «Desocupa este lugar y retírate; de lo contrario, derribaremos y arrasaremos tu muro». Cuando el hombre se negó a salir, él derribó su muro.

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— reanudó la marcha. Al acercarse a Tā’if, levantó una tienda y se instaló en ella con sus soldados. Allí algunos Compañeros murieron alcanzados por flechas. Como los soldados del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se habían apostado junto a las murallas de Tā’if, las flechas lanzadas por sus habitantes desde el interior de la ciudad cayeron sobre ellos. Los habitantes de Tā’if habían cerrado las puertas de la ciudad de tal manera que los musulmanes no pudieron entrar. Cuando algunos Compañeros alcanzaron el martirio tras ser heridos por flechas, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— trasladó a todo su ejército al lugar donde hoy se encuentra la mezquita de Tā’if. Sitió a los habitantes de Tā’if. En esta expedición del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— lo acompañaron dos de sus esposas, entre ellas Umm Salama —que Allah esté complacido con ella—. Para ellas mandó construir dos casas en forma de cúpula. Él rezaba entre aquellas casas y permaneció allí. Cuando Banū Thaqīf abrazó el islam, ʿAmr ibn Umayya —que Allah esté complacido con él— construyó una mezquita en el lugar donde el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— había rezado. Se cuenta que en aquella mezquita permanecía un grupo de guerreros, cuyos gritos de guerra y estruendosos clamores se oían diariamente. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— sitió a los habitantes de Tā’if y libró una encarnizada batalla con arcos y flechas. [83. Ibn Hishām dijo: «En esta batalla, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— utilizó un cañón. El cañón que empleó contra los habitantes de Tā’if fue el primero del islam»].

Cuando llegó el día fijado para derribar las murallas de Tā’if, un grupo de los Compañeros del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se introdujo bajo un tanque y avanzó unido con él para derribar las murallas de Tā’if. Los miembros de la tribu de Banū Thaqīf comenzaron a lanzarles proyectiles de hierro al rojo vivo. Esto obligó a los Compañeros a salir de debajo del tanque, y todo aquel que salía era alcanzado por las flechas de Thaqīf. De este modo, varios musulmanes alcanzaron el martirio. En ese momento, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ordenó cortar los huertos de Thaqīf. Los Compañeros comenzaron a cortarlos.

Durante el asedio de Thaqīf por parte del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, un día le dijo a Abū Bakr al-Ṣiddīq —que Allah esté complacido con él—: «¡Oh, Abū Bakr! Soñé que me habían regalado un cuenco de mantequilla clarificada. Llegó un gallo y, picoteándolo repetidamente, derramó la mantequilla del cuenco». Abū Bakr —que Allah esté complacido con él— dijo: «Creo que hoy no podrás derrotar a Banū Thaqīf». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: «Yo también lo creo».

Un día, Juwayla bint Ḥakīm, esposa de ʿUthmān ibn Maẓʿūn —que Allah esté complacido con ella—, dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Si Allah te concede la victoria sobre los habitantes de Tā’if, dame las joyas de la mujer más adornada de Banū Thaqīf, Bādiya bint Ghaylān o Fāriġa bint ʿUqayl». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le dijo: «¿Aunque no se me conceda permiso respecto de Banū Thaqīf?». Al oír esto, Juwayla se marchó y se lo contó a ʿUmar ibn al-Khaṭṭāb —que Allah esté complacido con él—. ʿUmar —que Allah esté complacido con él— fue inmediatamente al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y preguntó: «¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Dijiste lo que Juwayla me contó?». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «Sí». ʿUmar —que Allah esté complacido con él— dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—! ¿No has recibido permiso respecto de Banū Thaqīf?». Él respondió: «No». ʿUmar dijo: «Entonces, ¿ordeno ahora a los musulmanes que abandonen este lugar?». El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— respondió: «Sí». Entonces ʿUmar —que Allah esté complacido con él— ordenó al ejército musulmán emprender la marcha. Cuando comenzaron a marcharse, Saʿīd ibn ʿUbayd exclamó: «Banū Thaqīf ha quedado tal como estaba». ʿUyayna ibn Ḥiṣn dijo: «Sí, conservando su dignidad y honor». Un Compañero dijo: «¡Oh, ʿUyayna! Los politeístas rechazaron al Mensajero de Allah y tú los elogias, cuando has venido a luchar del lado del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. ¡Qué vergüenza!». Él respondió: «En realidad, no he venido para luchar contra Banū Thaqīf por vosotros. He venido con el propósito de que, si Muḥammad conquista Tā’if, pueda apoderarme de una muchacha de Banū Thaqīf, para que de ella me nazca un hijo, pues Banū Thaqīf posee una inteligencia sumamente aguda».

Durante el asedio, algunos esclavos de Tā’if se acercaron al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— y abrazaron el islam. Él los liberó a todos. Más tarde, cuando los habitantes de Tā’if abrazaron el islam, algunos de ellos solicitaron al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— que les devolviera aquellos esclavos. Uno de los solicitantes era al-Ḥārith ibn Kalada. Él les respondió negativamente y dijo: «Son siervos liberados por Allah. No puedo volver a someterlos a las cadenas de la esclavitud».

En total, doce Compañeros alcanzaron el martirio en Tā’if: siete de Quraysh, cuatro de los Ansar y uno de la tribu de Banū Layth.

Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, abandonó Tā’if después de la batalla y el asedio, Buŷayr ibn Zuhayr recitó un poema describiendo Tā’if y Hunayn, cuyo significado es el siguiente:

«El día de la reunión en la llanura de Hunayn, al amanecer de la reunión en Awtās y el día de los relámpagos —este último probablemente se refiere a Tā’if— estalló una encarnizada batalla. Hawāzin reunió a su gente mediante el engaño. Finalmente, quedaron como aves expulsadas de sus nidos y dispersas en todas direcciones. No pudieron impedirnos adoptar ninguna posición; solo lograron mantenernos fuera del interior de sus murallas y fosos. Intentamos hacer salir a los habitantes de Tā’if, pero cerraron las puertas y se ocultaron en lugares seguros dentro de sus casas. Un día, arrepentidos, regresarán ante aquel enorme ejército, resplandeciente con la gloriosa luminosidad de la muerte, cuya concentración irradia un brillo verde. Si se lo conduce contra el monte Hazān, en Naŷd, ese monte será borrado por completo. Avanzamos como avanzan los leones del bosque sobre la hierba espinosa. Somos como veloces caballos que, durante la marcha, a veces se dispersan y luego vuelven a reunirse. Vestimos toda clase de armaduras de guerra. Estas armaduras nos sirven de fortaleza, como el aire acumulado dentro de un pozo poco profundo, cuando al salir se utiliza como una fortaleza. Las armaduras son tan largas que rozan nuestros zapatos, y están tan bien fabricadas como las armaduras hechas por David y por el rey de al-Hīra, ʿAmr ibn Hind.»

Las tierras de Hawāzin

Relato sobre los prisioneros de guerra, los regalos ofrecidos para atraer a algunos de ellos hacia el islam y las recompensas concedidas a ciertas personas

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió de Tā’if hacia Ŷiʿrāna acompañado por sus Compañeros y llevando consigo un gran número de prisioneros de guerra de Hawāzin, y allí acamparon. Anteriormente, cuando abandonó el asedio de Thaqīf y se marchaba de allí, un Compañero le pidió que maldijera a Banū Thaqīf. Él respondió: «¡Oh Allah! Guía a Thaqīf y tráemelos».

Una delegación de Hawāzin llegó a Ŷiʿrāna y se entrevistó con él. En aquel momento, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, tenía consigo seis mil mujeres y niños de la tribu de Hawāzin como prisioneros de guerra. No se había podido determinar el número de camellos, ovejas y cabras. Los delegados dijeron: «¡Oh Mensajero de Allah! Somos tus parientes y allegados. No ignoras la terrible calamidad que nos ha sobrevenido. Por tanto, trátanos con benevolencia; Allah te tratará con benevolencia».

Se levantó un hombre de Hawāzin. Inmediatamente después, se levantó un hombre de Banū Saʿd ibn Bakr. Este hombre era Zuhayr, conocido como Abū Surād. Dijo: «¡Oh Mensajero de Allah! Entre los prisioneros de guerra se encuentran tus tías paternas, tus tías maternas y tus nodrizas. 84. Por nodrizas se entiende aquí a las mujeres que amamantaron; Halīma, la nodriza del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, era una mujer de esta tribu de Banū Saʿd, que era una rama de Hawāzin. Si nosotros hubiéramos amamantado a al-Hārith ibn Abī Shimr o a al-Nuʿmān ibn al-Mundhir, y ellos ocuparan hoy tu posición, también se compadecerían de nosotros. Tú eres mejor que ellos».

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «¿A cuál de estas dos cosas preferís dar prioridad: vuestros bienes o vuestras esposas e hijos?». Ellos respondieron: «Si nos pedís que elijamos una de las dos, devolvednos nuestros hijos y mujeres». Él dijo: «Devuelvo las mujeres y los niños que están conmigo y con el clan de los Banū ʿAbd al-Muṭṭalib. En cuanto a los demás, presentaos en congregación a la hora de la oración del mediodía. Entonces pedid a todos los musulmanes diciendo: “Queremos que nos devuelvan nuestras esposas e hijos. Respecto a quienes están con los musulmanes, rogamos al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) que interceda ante los musulmanes por nosotros; y respecto a quienes están con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), rogamos a los musulmanes que le pidan al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) que interceda por nosotros”. Entonces devolveré a quienes estén conmigo y pediré a los musulmanes que también los devuelvan».

A la hora de la oración del mediodía, los representantes de Hawāzin y de los Banū Saʿd actuaron conforme a las instrucciones del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) hizo el anuncio ante ellos. Inmediatamente, los emigrados y los auxiliares también dijeron: «Entregamos al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) a quienes están con nosotros». Solo al-Aqraʿ ibn Ḥābis, en nombre propio y de los Banū Tamīm; ʿUyayna ibn Ḥiṣn, en nombre propio y de los Banū Fazāra; y ʿAbbās ibn Mirdās, en nombre propio y de los Banū Sulaym, no respondieron a esta petición. Sin embargo, los Banū Sulaym, ignorando a ʿAbbās, dijeron: «Entregamos al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) a todas las mujeres y niños que cada uno de nosotros tenga consigo». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «A quienes de vosotros no queráis renunciar a vuestros derechos, les prometo que, del primer prisionero de guerra que obtenga después de este, daré a cada uno seis a cambio de uno. Por tanto, devolved a estas mujeres y niños».

Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) preguntó a los representantes de Hawāzin: «¿Qué noticias hay de Mālik ibn ʿAwf?». Ellos respondieron: «Está en Ṭāʾif con los Banū Thaqīf». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Informad a Mālik de que, si viene a mí como musulmán, le devolveré todos sus bienes y sus prisioneros, y le daré además cien camellos». Mālik temía que, si los Banū Thaqīf se enteraban de la propuesta del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), lo detuvieran. Por eso ideó una estratagema para llegar hasta el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Dejó preparado un camello para usarlo como montura en algún lugar del camino. Después, salió de Ṭāʾif de noche a caballo y llegó hasta el camello. Luego montó el camello y se presentó ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Cuando se reunió con él en Jiʿrāna o en La Meca, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le devolvió todos sus prisioneros y bienes, y le dio también cien camellos. Mālik aceptó el islam y se convirtió en un musulmán sincero. Después, Mālik ibn ʿAwf recitó un poema elogiando al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). El poema decía así:

«En toda la humanidad no he visto ni oído hablar de hombre alguno comparable a Muḥammad.

Si promete darle algo a alguien, cumple debidamente su promesa,

y da generosamente,

y, además, si quieres,

puede decirte incluso lo que sucederá mañana».

Cuando las grandes tribus huyeron con sus respectivos ejércitos y armas

y hasta las espadas de filo extremadamente agudo quedaron exhaustas por los golpes recibidos

en el campo de batalla cubierto de polvo, él seguía vigilando a sus cachorros y

permanecía inconmovible, como un león acechando en su guarida.”

Después, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) nombró a Malik ibn Awf comandante de los musulmanes de su propia tribu y de los musulmanes de las tribus de Banu Sumala, Banu Salama y Banu Kahm. Malik continuó luchando sin cesar contra Banu Thaqif junto con aquellos musulmanes y, finalmente, los sometió. Abu Mihjan, poeta de Banu Thaqif, recitó con sarcasmo un poema:

“Un día, los enemigos nos temían. Sin embargo,

hoy Banu Salama nos está atacando,

violando la santidad de todos los vínculos y quebrantando la promesa

Malik, con su ayuda, se abalanzó contra nosotros. Incluso

se instaló sobre nuestras casas.

cuando éramos nosotros quienes debíamos vengarnos de ellos.”

Después, muchos musulmanes comenzaron a insistir al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) para que les diera una parte del fay’ (bienes obtenidos sin combatir), es decir, camellos y cabras. Mientras insistían, lo llevaron hasta debajo de un árbol, y su manto se enganchó en él. Entonces el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “Dadme mi manto. ¡Por Allah! Si poseyera una cantidad de bienes tan enorme como los árboles de Tihama, la repartiría entre vosotros. No encontraríais en mí ni el más mínimo rastro de avaricia, cobardía o mentira.” Luego se dirigió al costado de su camello, se detuvo allí, tomó un pelo de su cuello y lo mostró, diciendo: “¡Oh musulmanes! ¡Por Allah! De vuestro fay’ no me corresponde más que una quinta parte; ni siquiera de este manojo de lana. Y aun esa quinta parte os la he entregado a vosotros. Por tanto, si alguien ha tomado de estos bienes aunque sea una aguja y un hilo, que los devuelva. Recordad que quien cometa una traición verá, el Día de la Resurrección, cómo esa traición se convierte en fuego para él y se convierte en causa de extrema humillación y deshonra.”

Un ansarí había tomado unos hilos de lana para coser la parte desgarrada de la albarda de su camello, pero los devolvió. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: “Te entrego la parte que me corresponde de esto.” Él respondió: “Después de lo que ha dicho sobre la traición, ya no necesito en absoluto este objeto.” Y lo devolvió.

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) entregó bienes a personas influyentes y destacadas con el propósito de ganarse sus corazones. Dio cien camellos a cada una de las siguientes personas: Abu Sufyan ibn Harb, Muawiya, hijo de Abu Sufyan, Hakim ibn Hizam, al-Harith ibn Qalda, al-Harith ibn Hisham, Suhayl ibn Amr, Huwaytib ibn Abd al-Uzza, Ala ibn Jariya, Uyayna ibn Hisn, al-Aqra ibn al-Harith, Malik ibn Awf y Safwan ibn Umayya.

A las siguientes personas les dio menos de cien camellos: Makhrama ibn Nawfal al-Zuhri, Umayr ibn Wahb al-Jumahi, Hisham ibn Amr y Amr ibn Lu’ayy. Y dio cincuenta camellos a Sa’id ibn Yarbu al-Sahmi.

A Abbas ibn Mirdas le dio menos de cincuenta. Este se enfadó y, reprendiendo al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), recitó los siguientes versos:

«Estas eran las cosas que había arrebatado. Las obtuve montado sobre el lomo de un potro, atacando las aldeas de la llanura. Mantuve despiertos a los miembros de mi tribu para que no durmieran, pero ellos se quedaron dormidos y yo permanecí despierto a solas. Yo y mi caballo logramos arrebatar esos bienes, cosa que Uyayna y Aqra no pudieron hacer. Soy un combatiente diestro en el campo de batalla. Sin embargo, no se me dio lo suficiente; pero tampoco se me privó por completo. Solo me dieron unos pocos camellos pequeños, cuyas cuatro patas aún no son muy largas. Hisn y Harith —el padre de Uyayna y Aqra, que recibieron cien camellos— no tenían más prestigio en la sociedad que mi padre, Mirdas. Y yo tampoco soy inferior a ninguno de esos dos. Aquel a quien hoy has humillado jamás volverá a ser honrado.»

El Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— ordenó a sus compañeros: «Id, dadle algo más para complacerlo y haced que cierre la boca». Los compañeros fueron y lo complacieron dándole algunos camellos más.

Abu Sa‘id al-Judri —que Dios esté complacido con él— dijo: Cuando el Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— mostró tal generosidad hacia los jefes de Quraysh y de otras tribus árabes, sin dar nada a los ansar, estos se disgustaron mucho y algunos comenzaron a pronunciar palabras ofensivas. Algunos incluso dijeron: «El Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— ha complacido a sus propios parientes». Entonces Sa‘d ibn ‘Ubada —que Dios esté complacido con él— se presentó ante el Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— y dijo: «¡Oh Mensajero de Dios! Los ansar están muy descontentos por la manera en que has distribuido los bienes del botín. Has repartido estos bienes entre tu propia tribu, Quraysh, y entre otros, pero no has dado nada a los ansar». El Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— dijo: «¡Oh Sa‘d! ¿Cuál es tu propia opinión?». Él respondió: «¡Oh Mensajero de Dios! Soy uno de los miembros de mi pueblo». El Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— dijo: «Entonces trae aquí a tu pueblo».

Sa‘d reunió allí a los ansar. Cuando algunos muháyirun llegaron también al lugar, el Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— les dio permiso. Después, cuando otros muháyirun quisieron entrar, ya no les dio permiso. Más tarde, cuando otros muháyirun quisieron entrar, tampoco les dio permiso. Cuando todos aquellos ansar estuvieron reunidos, el Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— se acercó a ellos. Primero alabó debidamente a Dios y luego dijo: «¡Oh ansar! He oído que de vuestra parte se han pronunciado algunas palabras ofensivas y me he enterado de que estáis disgustados y enojados conmigo. Decidme: cuando llegué a vosotros, ¿no estabais extraviados? ¿Acaso Dios no os guio entonces? ¿No erais pobres? ¿Acaso Dios no os hizo prósperos entonces? ¿No erais enemigos unos de otros? ¿Acaso Dios no hizo que os amarais mutuamente?». Ellos respondieron: «Sí. Dios y Su Mensajero nos han favorecido más que nadie». Él añadió: «¡Oh ansar! ¿Por qué no respondéis?». Ellos dijeron: «¡Oh Mensajero de Dios! ¿Qué podemos responderte? El Mensajero de Dios nos ha favorecido más que nadie».

El Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— dijo: «Podéis decir que llegué a vosotros cuando nadie había creído en mí y solo vosotros creísteis; todos os maltrataron, pero solo vosotros me ayudasteis; fui expulsado y vosotros me disteis refugio; llegué a vosotros desamparado y vosotros me acogisteis como a uno de los vuestros. Si decís estas cosas, no mentiréis en absoluto, y todos reconocerán su verdad. ¡Oh ansar! ¿Os habéis disgustado conmigo por estos bienes mundanos y pasajeros? ¿No os agradó que yo hubiera ganado previamente la confianza de cierto grupo de personas? ¡Oh ansar! ¿No os complace que la gente se marche llevando camellos y cabras, mientras vosotros os lleváis al Mensajero de Dios? Juro por Aquel en cuya mano está la vida de Muhammad que, si no hubiera tenido que emigrar, habría sido uno de los ansar como vosotros. Si todos toman un camino y los ansar toman otro, yo seguiré el camino de los ansar. ¡Oh Dios! Concede Tu misericordia a los ansar, a sus hijos y también a los descendientes de sus hijos».

Los compañeros ansar lloraron tanto ante este discurso del Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— que sus barbas llegaron a mojarse. Exclamaron al unísono: «Estamos satisfechos y nos sentimos honrados de haber recibido como nuestra parte al Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él—».

Después, el Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— se marchó. Los musulmanes también se fueron, cada uno a ocuparse de sus asuntos.

La realización de la ‘umra del Mensajero de Dios —que la paz y las bendiciones de Dios sean con él— desde Ji‘rana

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, nombró temporalmente a Attab ibn Usayd gobernador de La Meca, y Attab realizó el hach con los musulmanes en el octavo año de la Hégira.

Ibn Ishaq dijo:

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió de Ji‘rana con la intención de realizar la umra. Ordenó que los bienes restantes obtenidos en la conquista fueran custodiados en Mَayanna, cerca de Marr al-Zahran. Tras completar la umra, se dirigió a Medina y nombró temporalmente a Attab ibn Usayd, que Allah esté complacido con él, gobernador de La Meca. Dejó también a Mu‘adh ibn Yabal, que Allah esté complacido con él, junto a Attab, con el propósito de enseñar a la población musulmana las normas detalladas del islam y el Corán. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llevó consigo a Medina los bienes restantes obtenidos en la conquista. Completó esta umra en el mes de Dhu al-Qa‘da. Por ello, su partida hacia Medina tuvo lugar a finales de Dhu al-Qa‘da o a comienzos de Dhu al-Hiyya. Ibn Ishaq dijo que el hach de aquel año se realizó conforme a la costumbre vigente entre los árabes. Attab, que Allah esté complacido con él, realizó el hach con los musulmanes. (85. Ibn Hisham dijo: Se ha transmitido de Zayd ibn Aslam que, después de nombrar a Attab gobernador de La Meca, el Profeta, que Allah le bendiga y le conceda paz, le asignó una paga diaria de un dírham. Un día, mientras se dirigía en sermón a los musulmanes, dijo: «Allah nunca saciará a quien no se sienta satisfecho aun recibiendo una paga de un dírham. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, me ha fijado una paga diaria de un dírham. Ahora no dependo de nadie».) Este fue el octavo año de la Hégira. Desde que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, abandonó Ta’if —es decir, desde el mes de Dhu al-Qa‘da— hasta Ramadán del noveno año de la Hégira, los habitantes de Ta’if permanecieron firmes en el politeísmo y en su oposición al islam.

La conversión al islam de Ka‘b ibn Zuhayr después de abandonar Ta’if

Después de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, abandonara Ta’if, Bujayr ibn Zuhayr informó por carta a su hermano, el célebre poeta Ka‘b ibn Zuhayr, de que «en La Meca había matado a muchos de quienes componían poemas satíricos contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Entre los poetas de Quraysh, Ibn Zab‘ari y Hubayra, entre otros, huyeron y se salvaron. Si quieres vivir, preséntate sin demora ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Él no mata a quien se presenta ante él como musulmán y arrepentido. Si no lo haces, busca refugio dondequiera que te sientas seguro en el mundo».

Anteriormente, Ka‘b había dicho en un poema:

«Lleva este mensaje mío a Bujayr: ¿te inclinas a aceptar lo que he dicho? Y si no lo aceptas, hazme venir; ¿por qué otra cosa sientes interés? ¿Te interesa el carácter que no vi en sus padres —es decir, en los de Muhammad— y que tampoco viste en tus propios padres? Si no aceptas mis palabras, no me entristeceré, y aunque te hayas extraviado por error, tampoco te corregiré. El hombre fiel te ha dado a beber una nueva bebida para formar en ti ese carácter especial».

Ka‘b envió este poema a Bujayr, y Bujayr se lo recitó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Cuando oyó: «El hombre fiel te ha dado a beber una nueva bebida», dijo: «Aunque Ka‘b sea un mentiroso, en esto ha dicho la verdad. Yo soy ese hombre fiel».

Cuando se recitó nuevamente: «¿Acaso deseas ese carácter y esa conducta que no viste en sus padres?», el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Sí, él no vio ese carácter en sus padres».

Ibn Ishaq dijo: Al recibir la carta de Bujayr, Ka’b comenzó a ver el mundo negro ante sus ojos. Su corazón se secó de miedo por su vida. Quienes, estando a su alrededor, eran hostiles hacia él, empezaron a decirle, para atemorizarlo y alarmarlo aún más: «La muerte de Ka’b es inminente». Sin encontrar otra salida, escribió un poema elogiando al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. En este poema mencionó su propio miedo y cómo sus enemigos lo habían aterrorizado. Después marchó a Medina. Allí se alojó en casa de un hombre de la tribu de Yuhayna a quien conocía de antes. Luego aquel hombre llevó a Ka’b ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, a la hora de la oración del alba. Rezó con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Después, señalando al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le dijo a Ka’b: «Él es el Mensajero de Allah. Acércate a él y pídele protección». Ka’b se dirigió de inmediato hacia el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se sentó frente a él, sin reconocerlo, y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Si Ka’b ibn Zuhayr se arrepintiera, abrazara el islam y se presentara ante ti, ¿lo aceptarías?». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «Sí». Entonces dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Yo soy Ka’b ibn Zuhayr». En ese momento, uno de los ansar corrió hacia el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz! Permíteme matar a este enemigo de Allah». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Déjalo. Ha venido arrepentido y ha abandonado la idolatría». Por el comportamiento de aquel ansarí, Ka’b se enfadó con todos los ansar. Sin embargo, los emigrantes no le dijeron nada desagradable. Escribió otro poema. Es el siguiente:

«Suad se ha separado de mí, y por ello mi corazón se ha quebrado. Hoy estoy humillado y encadenado. No he obtenido ningún beneficio por seguir sus pasos. … He oído que el Mensajero de Allah me ha amenazado; aun así, espero obtener el perdón del Mensajero de Allah. ¡Ten un poco de paciencia! Que Allah, quien te ha otorgado la riqueza de un Corán lleno de exhortaciones, te guíe por el camino recto. No me castigues dejándote influir por la propaganda de los intrigantes. Aunque haya pronunciado muchas palabras imprudentes, no he cometido ningún delito. Hoy me encuentro en una situación tan delicada que, si un elefante oyera todo lo que desde aquí puedo ver y escuchar, se agitaría aterrorizado. Pero si el Mensajero de Allah, con el permiso de Allah, le concede protección, entonces la situación será distinta. Hasta ahora he vagado en la oscuridad de la noche por desiertos áridos. Finalmente he puesto mi mano en la mano de aquel que es capaz de vengarse y cuya palabra es la única verdad. Ya no retiraré esa mano. En verdad, cuando hablé con él y me dijeron: «Eres acusado y responsable de numerosos desmanes», él se volvió para mí más aterrador que el león del frondoso bosque de Ishr, el león que mantiene con vida a otros dos leones alimentándolos con carne humana; cuando salta hacia la cima de una montaña, no la abandona sin conquistarla; las fieras salvajes de la región de Yaw huyen por temor a él, y los hombres ni siquiera se atreven a desplazarse en grupo por su territorio. A su territorio solo puede entrar un hombre digno de confianza, que pueda avanzar con un arma ensangrentada y ropas viejas y desgarradas. Ciertamente, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, es una luz resplandeciente que guía al camino verdadero y una espada invencible de Allah. Cuando un grupo de los quraysh creyó en él en La Meca, algunos de ellos dijeron a los creyentes: «¡Apartaos!». Y ellos se apartaron. Sin embargo, los quraysh quedaron desarmados e indefensos frente a aquellos héroes que, durante la batalla, llevan una larga e irrompible armadura blanca; héroes que, aunque vencen, no estallan de alegría —pues eso es habitual en ellos—, y aunque son derrotados, no se quiebran por la desesperación —pues saben que la victoria y la derrota están en manos de Allah y que su victoria será inevitable después—. Avanzan con paso firme y sereno, como camellos blancos. Cuando los hombres bajos y oscuros huyen de ellos, se defienden combatiendo. Cuando reciben un golpe, lo reciben en el pecho, no en la espalda, pues no huyen por miedo a la muerte, sino que avanzan, ofrecen el pecho a los golpes del enemigo y los repelen».

Se transmitió de Asim ibn Umar ibn Qatadah: Cuando Ka’b dijo: «Cuando los hombres bajos y oscuros huyen», los ansar se enfadaron con él, pues había dirigido esas palabras contra nuestros ansar. La razón era que uno de los nuestros se había comportado mal con él. Después, para apaciguar el resentimiento de los ansar, volvió a elogiar su abnegación, sacrificio y entrega al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, así como el papel que desempeñaban como su mano derecha.

El poema decía así:

«Quien desee hacer dichosa y gloriosa su vida, que no abandone la compañía de los virtuosos ansar. La grandeza y la generosidad las heredaron de sus antepasados; por eso son los mejores descendientes de los mejores hombres. Solo con sus armaduras hacen retroceder a las flechas y las lanzas. Sus armaduras son como lanzas: no son inferiores a ellas en ningún aspecto. Miran con ojos rojos como brasas y de mirada penetrante. Cuando se enfrentan a la batalla, entregan sus vidas al Profeta para alcanzar la muerte. Protegen la religión de los creyentes con espadas desenvainadas y lanzas. Se purifican con la sangre de los incrédulos y consideran esto un acto de piedad. Al igual que los leones cazadores de grueso cuello practican la guerra en los espesos bosques de Jifār, ellos también adquieren destreza en el combate. Cuando resisten al atacante, lo detienen por completo. En la batalla de Badr golpearon de tal modo a Alí ibn Masud al-Māzin al-Ghassānī que todo Banū Nizār quedó sometido y tuvo que reconocer su autoridad. Si todas las tribus supieran lo que yo sé acerca de los ansar, incluso mis más encarnizados adversarios lo reconocerían. Son un pueblo que, aun en tiempos de extrema hambruna, muestra generosidad con los huéspedes que llegan de noche. Son gente de un linaje noble de Ghassān, cuya aristocracia no tiene defecto alguno».

Mientras recitaba el poema sobre su esposa Suad, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «En este poema debiste elogiar a tus ansar, pues ciertamente son dignos de ello». Entonces Ka’b recitó este último poema. Ibn Hisham también dijo que Ka’b recitó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en la Mezquita del Profeta, el poema que había comenzado con la mención de su esposa Suad.

La batalla de Tabuk: Rayab, año noveno de la Hégira

Después, el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— permaneció en Medina desde Dhul-Hiyya hasta el mes de Rayab, y luego ordenó a los musulmanes que se prepararan para la expedición contra Roma. Los historiadores Zuhri, Yazid ibn Ruman, Abd Allah ibn Abi Bakr, Asim ibn Amr y otros han narrado lo siguiente sobre la expedición de Tabuk:

El Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— ordenó a sus compañeros que se prepararan para la expedición contra Roma. En aquel momento, la situación era sumamente difícil para los musulmanes. Por un lado, hacía un calor abrasador propio del verano; por otro, el país sufría una hambruna. Los frutos que habían nacido ya estaban completamente maduros. La gente sentía un fuerte deseo de recoger sus frutos y permanecer en lugares frescos y sombreados. En un momento así, a nadie le agradaba salir. Antes de la mayoría de las expediciones, el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— daba alguna indicación sobre el destino. Informaba que el lugar hacia el que partían era distinto del destino real. Pero en el caso de la expedición de Tabuk ocurrió algo completamente diferente. En esta ocasión comunicó a todos claramente cuál era el destino, pues este se encontraba muy lejos, el momento era sumamente delicado y la superioridad numérica del enemigo era considerable. Por eso les informó de antemano de todo, para que pudieran prepararse adecuadamente para la expedición. Les ordenó a los musulmanes que se prepararan y les informó de que esta vez se enfrentarían al emperador de Roma. Durante los preparativos, un día el Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— le dijo a Yadd ibn Qays, de la tribu de Banu Salama: «¡Oh, Yadd! ¿Estás preparado para luchar este año contra los romanos?». Él respondió: «¡Oh, Mensajero de Dios! ¿Me permitirás quedarme en casa en vez de arrojarme al peligro de la tentación? Por Dios, mi gente sabe que hay muy pocos hombres tan débiles como yo ante las mujeres. Temo no poder controlarme al ver a las mujeres romanas». El Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— no volvió a ocuparse de su asunto. Dijo: «Te lo permito». Respecto de Yadd ibn Qays fue revelado este versículo:

[Árabe ********]

«Algunos de ellos dicen: “Permíteme quedarme en casa y no me expongas a la tentación”. Pero sepan que ya han caído en la tentación. El Infierno ya está cercando a los desobedientes». Es decir, temía caer en la tentación por las mujeres romanas. En realidad, ese no era su verdadero temor. Al no participar en el yihad junto al Mensajero de Dios —que Dios lo bendiga y le conceda paz— y al dar prioridad a sus propios intereses, se expuso, más bien, a un peligro mucho mayor. Para él está destinado el Infierno.

Los hipócritas se dijeron unos a otros: «No emprendan el viaje con este calor tan intenso». De ese modo intentaban abstenerse del yihad y se sumían en la duda y la vacilación respecto del camino de la verdad. Dios Altísimo reveló acerca de ellos:

«Dijeron: “No emprendan el viaje con este calor”. Di: “El fuego del Infierno es aún más ardiente”. Si hubieran comprendido, no habrían dicho eso. Que rían poco y lloren mucho. Recibirán el castigo por sus malas obras».

Ibn Ishaq dice:

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, comenzó a organizar el viaje y ordenó a los musulmanes que completaran rápidamente los preparativos. Exhortó a los musulmanes adinerados a ayudar en el camino de Allah proporcionando animales de monta, dinero, provisiones y demás recursos. Los musulmanes ricos ofrecieron abundante ayuda y consideraron suficiente buscar la complacencia de Allah. Uzmán ibn Affán, que Allah esté complacido con él, fue quien más donó en aquella ocasión. [86. Ibn Hisham dijo que donó mil dinares para los musulmanes necesitados que participaban en la expedición de Tabuk. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se alegró tanto que suplicó: «¡Oh Allah! Complácete con Uzmán; yo estoy complacido con él».]

Siete musulmanes de entre los ansar y otros grupos acudieron al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y le pidieron animales de monta. Eran extremadamente pobres. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, manifestó que no podía proporcionarles monturas. Como no pudieron ir al yihad, regresaron llorando. En la historia son conocidos como los «Bakkaún», es decir, los llorones. Eran: Salim ibn Umayr, de la tribu de los Banú Amr ibn Awf; Ulba ibn Zayd, de los Banú Hariza; Abu Layla Abd al-Rahmán, de los Banú Mayzin; Amr ibn Humam y Abd Allah ibn Mugaffal al-Muzaní, de los Banú Salama. Algunos dicen que eran Abd Allah ibn Amr, Harmi ibn Abd Allah, de los Banú Wafiq, e Irbad ibn Sariya, de los Banú Fazara, que Allah esté complacido con todos ellos.

Se ha narrado que, al ver llorar a dos de ellos, Abu Layla Abd al-Rahmán y Abd Allah ibn Mugaffal, Ibn Yamin ibn Umayr les preguntó: «¿Por qué lloráis?». Ellos respondieron: «Fuimos al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, para pedir una montura con la que ir a la expedición de Tabuk, pero no pudo dárnosla. Tampoco tenemos nada con lo que podamos acompañarlo en la expedición». Entonces Ibn Yamin les dio un camello y algunas dátiles. Montados en aquel animal, partieron a la expedición con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Un grupo de musulmanes beduinos acudió al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, presentando diversos pretextos y solicitando permiso para no ir a la expedición. Allah no les concedió permiso. Según algunos, eran miembros de la tribu de los Banú Gifar. El viaje comenzó bajo el liderazgo del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Algunos musulmanes sinceros y puros se abstuvieron de participar en la expedición con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Nadie tenía ninguna objeción respecto a su fe; la única razón de su ausencia fue que no pudieron demostrar firmeza en su determinación. Él condujo el ejército por el paso montañoso de Saniyat al-Wada, situado en las afueras de Medina. Abd Allah ibn Ubay separó a sus subordinados del ejército principal del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y los condujo por el camino que, pasando por debajo de Saniyat al-Wada, llevaba hacia el monte Yubab. Según muchos, aquel ejército contaba con un gran número de hombres. Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y su ejército se hubieron alejado bastante, Abd Allah ibn Ubay regresó a Medina con sus compañeros hipócritas y escépticos. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dejó a Alí ibn Abi Talib, que Allah esté complacido con él, a cargo de su familia y allegados, y le ordenó permanecer con ellos. Los hipócritas difundieron diversos rumores en torno a él. Decían que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo había dejado atrás porque lo consideraba perezoso y quería librarse de él. Al escuchar aquellas palabras de los hipócritas, Alí, que Allah esté complacido con él, se armó y fue al encuentro del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Este se encontraba entonces en un lugar llamado Yuruf, a tres millas de Medina, donde Alí ibn al-Jattab, que Allah esté complacido con él, y muchos otros habitantes de Medina tenían tierras. Alí dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Los hipócritas creen que me has dejado atrás porque me consideras perezoso y quieres librarte de mí». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «Han mentido. Te he dejado para que cuides de mí y de tu familia. ¡Oh, Alí! ¿No te complace que te haya puesto en la posición en la que Moisés puso a Aarón? Porque después de mí no habrá ningún profeta». Tras escuchar estas palabras, Alí, que Allah esté complacido con él, regresó a Medina, mientras el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió hacia la expedición.

Varios días después de que el ejército musulmán, bajo el liderazgo del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partiera hacia la expedición de Tabuk, Abu Jayzama, que Allah esté complacido con él, regresó junto a su familia. Vio que sus dos esposas se encontraban en sus respectivas tiendas dentro del jardín. Ambas habían rociado agua en sus tiendas para refrescarlas. Al llegar, se detuvo en la entrada de la tienda, miró a sus dos esposas en el interior y vio también las comodidades que habían preparado para él. Entonces dijo, como era natural: «El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, está sufriendo bajo el sol, el viento y el calor, mientras Abu Jayzama permanece sentado entre sus tierras y bienes, en compañía de hermosas mujeres a la sombra fresca, comiendo alimentos preparados. Esto nunca estaría bien. ¡Por Allah! No entraré en la tienda de ninguna de vosotras. Iré junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Preparadme para el yihad». Ellas reunieron su equipo y sus pertenencias. Después le acercaron su camello. Abu Jayzama partió y se apresuró en busca del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Cuando este había establecido el campamento en las tiendas, Abu Jayzama llegó hasta allí. En el camino se le unió otro compañero, Umayr ibn Wahb al-Yumahí, que también se dirigía a participar en la expedición del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Cuando ambos se aproximaron a Tabuk, Abu Jayzama dijo a Umayr: «He cometido un pecado. Por tanto, no te perjudicará quedarte un poco atrás. Déjame llegar antes junto al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz».

Cuando Abu Jayzama se aproximó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en Tabuk, los compañeros lo vieron y dijeron: «Un jinete de camello se acerca por aquí». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Probablemente sea Abu Jayzama». Los compañeros dijeron: «¡Oh, Mensajero de Allah! Es Abu Jayzama». Al acercarse, Abu Jayzama desmontó, saludó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y se dirigió hacia él. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¡Oh, Abu Jayzama! Has hecho lo correcto». [87. La expresión original es [árabe ***] (awla laka). Esta expresión aparece en varios lugares del Noble Corán, y algunos comentaristas le han dado también el significado de «te has acercado a la perdición». Sin embargo, en este caso probablemente sea aplicable el primer significado: «Has hecho lo que te correspondía».] Después le contó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, todos los detalles de lo ocurrido. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo felicitó y suplicó por él.

Mientras atravesaban ‘Hiyr’, la morada de un pueblo próspero, en el camino hacia Tabuk, el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, hizo allí una breve parada. Cuando algunos Compañeros fueron a recoger agua potable de uno de sus pozos, el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi, les advirtió: «No bebáis de esta agua ni hagáis la ablución con ella. Si alguien ha amasado harina con esta agua, dadla de comer a los caballos; no la comáis vosotros. Por la noche, que nadie salga solo». Casi todos los Compañeros obedecieron las instrucciones del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam. Solo dos hombres de la tribu de Banū Sāʿida salieron solos durante la noche: uno para hacer sus necesidades y el otro para buscar su camello perdido. El que salió para hacer sus necesidades quedó inconsciente en el mismo lugar al que había ido. En cuanto al que salió en busca de su camello, un fuerte viento lo levantó y lo arrojó al monte de Tāy. Cuando informaron de lo sucedido al Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, dijo: «¿Acaso no os prohibí salir solos?». Luego suplicó por el hombre que había quedado inconsciente mientras defecaba, y este se recuperó. Al hombre que había sido arrojado al monte de Tāy, la gente de la tribu de Tāy lo llevó ante el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, después de que él regresara a Medina.

A la mañana siguiente se descubrió que nadie en la caravana tenía ni una gota de agua. Cuando informaron de ello al Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, este suplicó a Allah. Allah envió una nube que hizo llover, y con ello se cubrieron las necesidades de todos. Además, todos recogieron y almacenaron el agua necesaria para más adelante.

En otra ocasión, durante el camino hacia Tabuk, se perdió el camello del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam. Los Compañeros salieron a buscarlo. En ese momento se encontraba junto al Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, un Compañero llamado Umāra ibn Hazm, que había participado en el juramento de ʿAqaba y en la batalla de Badr. Era un anciano notable de Banū ʿAmr. En su grupo había un hipócrita de la tribu de Banū Qaynuqāʿ llamado Zayd ibn al-Lusayt.

Mientras Umāra se encontraba en presencia del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, el mencionado Zayd ibn al-Lusayt se sentó con los hombres de su grupo y dijo: «Bueno, Muhammad afirma ser un profeta y afirma informaros de las noticias del cielo, pero no sabe siquiera dónde está su camello». En ese mismo instante, el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, dijo en presencia de Umāra: «Un hombre dice que Muhammad afirma ser un profeta y que os informa de las noticias del cielo; ¿por qué no sabe dónde está su camello? ¡Por Allah! No sé nada salvo lo que Allah me ha informado. Allah me ha indicado dónde está el camello. Se encuentra en tal lugar, dentro de este valle. Su brida está enganchada a un árbol. Id y traedlo». Los Compañeros fueron, capturaron el camello y lo trajeron. Después, Umāra (que Allah esté complacido con él) regresó junto a los hombres de su grupo y dijo: «El Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, acaba de informarnos de algo extraordinario. Alguien de nuestro ejército ha dicho algo semejante y Allah se lo ha comunicado». Entonces relató lo que había dicho Zayd ibn al-Lusayt. Uno de los hombres del grupo de Umāra, que se encontraba dentro del grupo y no había acudido ante el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, dijo: «¡Por Allah!, Zayd es quien ha dicho eso». Entonces Umāra se acercó a Zayd, le golpeó en la nuca y dijo: «Siervos de Allah, venid a mí. Una serpiente se ha ocultado en mi caravana y yo ni siquiera lo sabía. ¡Enemigo de Allah, sal de mi caravana! No vuelvas a permanecer conmigo».

Se cuenta que después Zayd se arrepintió. Otros, sin embargo, dicen que fue acusado de continuar practicando la hipocresía hasta el momento de su muerte.

Durante el viaje, de vez en cuando uno o dos hombres se separaban del ejército musulmán y regresaban. Cuando informaban al Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, de que alguien había regresado, él decía: «Dejadlo ir. Si hay sinceridad en él, Allah lo hará regresar de nuevo a vosotros. De lo contrario, Allah os ha librado de su compañía. ¡Mejor así!». En cierta ocasión dijeron: «¡Oh, Mensajero de Allah!, Abu Dharr también se ha quedado atrás. Su camello lo ha dejado atrás». El Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, dijo: «Si se ha quedado atrás, que se quede. Si hay bondad en él, Allah lo hará regresar entre vosotros; y si no, considerad que Allah os ha librado de él». Abu Dharr (que Allah esté complacido con él) intentó muchas veces hacer avanzar rápidamente a su camello, pero no sirvió de nada. Finalmente, cargó sobre sus hombros sus pertenencias y provisiones y comenzó a caminar siguiendo las huellas del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam. Cuando el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, hizo una parada en un lugar, Abu Dharr llegó y se reunió con él. Al verlo acercarse caminando solo, el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, dijo: «Que Allah derrame Su misericordia sobre Abu Dharr. Camina solo, morirá solo y resucitará solo ante Allah». ʿAbdullah ibn Masʿūd relata que, durante el califato de ʿUthmān (que Allah esté complacido con él), cuando este desterró a Abu Dharr (que Allah esté complacido con él) a Rabadha, no había allí con él nadie salvo su esposa y su sirviente. Les encomendó: «Cuando muera, lavadme, amortajadme y dejadme tendido junto al camino. Luego, a la primera caravana que pase junto a vosotros decidle: “Este hombre es Abu Dharr, un Compañero del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam. Ayudadnos a enterrarlo”». Después de su muerte, su esposa y su sirviente cumplieron sus instrucciones y dejaron su cuerpo junto al camino. En aquel momento, ʿAbdullah ibn Masʿūd (que Allah esté complacido con él) viajaba desde Iraq con un grupo de peregrinos que realizaban la ʿumra. Al ver el cuerpo tendido en el camino, el grupo se detuvo sorprendido. Por poco no fue aplastado bajo las patas de los camellos de la caravana. El sirviente se presentó ante ellos y dijo: «Es Abu Dharr (que Allah esté complacido con él), un Compañero del Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam. Ayudadnos a enterrarlo». ʿAbdullah ibn Masʿūd comenzó a llorar y dijo: «El Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, dijo la verdad: caminas solo, morirás solo y serás resucitado solo». Luego él y sus compañeros de viaje descendieron y lo enterraron. Después, ʿAbdullah ibn Masʿūd les relató, durante el trayecto hacia Tabuk, el suceso de Abu Dharr (que Allah esté complacido con él) y las palabras que el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, le había dirigido. Después, ʿAbdullah ibn Masʿūd les relató, durante el trayecto hacia Tabuk, el suceso de Abu Dharr (que Allah esté complacido con él) y las palabras que el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, le había dirigido. Cuando el Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, llegó a Tabuk, Yūhannā ibn Rūʾba, el gobernador de Ayla, se presentó ante él y concluyó un tratado pagando la jizya. Del mismo modo, los habitantes de Jarba y Adhruh acudieron y pagaron la jizya. El Mensajero de Allah, sallallahu alayhi wa sallam, les escribió el siguiente tratado:

«En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. Por parte de Allah y de Su Mensajero Muhammad se declara la seguridad de Yuhanna ibn Ru’ba y de los habitantes de Aylah, así como de todas sus embarcaciones y medios de transporte terrestres. El Mensajero de Allah asume plena responsabilidad por la seguridad de sus personas, de sus aliados de Siria y Yemen y de los habitantes de las costas. Si alguien quebranta este pacto, no podrá librarse del castigo por medio de sus riquezas. A quien cause daño le será lícito tomar represalias contra quien se lo haya causado. Podrán utilizar el agua de cualquier fuente y transitar por cualquier ruta marítima o terrestre. Nadie podrá impedírselo.»

El envío de Jálid ibn al-Walid por parte del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— ante Ukaidir, gobernador de Dumat al-Yandal

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— envió a Jálid ibn al-Walid ante Ukaidir ibn Abd al-Malik, gobernador de Dumat al-Yandal. Ukaidir era cristiano, pertenecía a la tribu de Kinda y era el rey de aquella región. El Mensajero de Allah le dijo a Jálid: «Cuando vayas, verás a Ukaidir cazando vacas salvajes».

En una noche de verano iluminada por la luna, cuando Ukaidir estaba sentado en la azotea con su esposa, Jálid llegó hasta el límite de la visibilidad de su fortaleza. En ese momento, una vaca salvaje comenzó a embestir con los cuernos la puerta del palacio de Ukaidir. Su esposa dijo: «¿Has visto alguna vez una vaca semejante?». Él respondió: «No». Ella dijo: «Entonces, ¿deberías dejar escapar una presa así?». Él respondió: «Jamás». Dicho esto, bajó y montó a caballo. Él mismo, su hermano Hasan y varios miembros de su familia salieron corriendo tras la presa. Apenas salieron, fueron capturados por las tropas enviadas por el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Hasan, hermano de Ukaidir, murió a manos de las tropas musulmanas. Vestía una túnica de seda adornada con bordados de oro. Jálid —que Allah esté complacido con él— se la quitó y la envió a Medina con alguien antes de dirigirse él mismo allí.

Anas ibn Malik —que Allah esté complacido con él— dijo: «Cuando la túnica de Ukaidir fue llevada ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, yo la vi. Al ver que los musulmanes la tocaban con las manos, maravillados, el Mensajero de Allah dijo: “¿Os asombra esto? ¡Por Allah!, el pañuelo que Sa’d ibn Mu’adh tendrá en el Paraíso es mejor que esto”».

Ibn Ishaq dijo: Jálid llevó a Ukaidir ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Le garantizó la vida, pactó con él a cambio del pago de la yizia y lo dejó en libertad. Ukaidir regresó a su región.

El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— no avanzó más allá de Tabuk; permaneció allí diez días. Después regresó a Medina. En el camino, en el valle de Wadi al-Mushaqqaq, había un pequeño manantial de montaña. Su agua apenas bastaba para saciar la sed de dos o tres viajeros. El Mensajero de Allah dijo: «Quienes lleguen primero a ese valle deben esperar y no beber agua hasta que nosotros lleguemos». Sin embargo, un grupo de hipócritas llegó allí antes que todos, bebió toda el agua que había y se marchó. Cuando el Mensajero de Allah llegó, no encontró ni una gota de agua. Preguntó: «¿Quiénes han llegado aquí antes que nosotros?». Le informaron que fulano y mengano habían llegado primero. Entonces dijo: «Yo había prohibido que alguien bebiera agua antes de que yo llegara». Después maldijo a aquellos hipócritas y suplicó contra ellos. Luego bajó de su montura y puso la mano al pie de la montaña. Inmediatamente, por voluntad de Allah, comenzó a brotar una gran cantidad de agua. Bebió de ella, pasó la mano por aquel lugar de la montaña y suplicó a Allah. Al instante, con un estruendo ensordecedor semejante al relámpago, brotó una poderosa fuente de agua. La gente bebió hasta saciarse y cubrió sus demás necesidades. El Mensajero de Allah dijo: «Si vivís muchos años, oiréis hablar de la fama de este valle y esta agua hará fértiles las tierras de sus alrededores».

Ibn Ishaq relata: Ibn Uqayma al-Layzi narró, transmitiéndolo del sobrino de Abu Ruham al-Gifari, y al-Layzi lo narró de Ibn Shihab al-Zuhri, que Abu Ruham Kulzum ibn Husayn, uno de los compañeros que participaron en el Pacto de la Complacencia, dijo: «Participé con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— en la expedición de Tabuk y viajaba con él. Una noche, mientras atravesábamos Ajdar, una zona cercana a Tabuk, Allah hizo que el sueño nos venciera. Como mi montura estaba muy cerca de la montura del Mensajero de Allah, y temía que, al aproximarse ambas, la mía golpeara los pies del Mensajero de Allah, hacía todo lo posible por mantenerme despierto y apartar mi montura de la suya. En esas circunstancias, durante una parte de la noche, el sueño se volvió irresistible. De inmediato, mi montura rozó la del Mensajero de Allah. Me desperté al oír su “¡uh!”. Dije: “Oh, Mensajero de Allah, pide a Allah que me perdone”. Él respondió: “Sigue avanzando”».

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) comenzó a preguntar quiénes de los Banu Ghifar no habían acudido a la expedición, y yo empecé a mencionar en respuesta los nombres de quienes no habían venido. Él dijo: «¿Qué se sabe de los hombres altos, de tez rojiza, con barba y cejas finas?». Le informé de que no habían venido. Dijo: «¿Qué han hecho los hombres bajos, fornidos y de tez oscura?». Respondí: «No veo entre nosotros a nadie de esas características». Dijo: «¿Y aquellos que poseen grandes riquezas en las zonas habitadas por los Ghifar y los Aslam del Hiyaz?». Intenté recordar que se refería a los Banu Ghifar, pero no lo recordé. Finalmente recordé que eran un clan de los Banu Aslam con quienes teníamos un pacto de alianza. Dije: «¡Oh, Mensajero de Allah! Son un clan de los Banu Aslam con quienes teníamos un pacto de alianza». Dije: «¡Oh, Mensajero de Allah! Son un clan de los Banu Aslam que eran nuestros aliados». El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) dijo: «Al menos podrían haber ayudado a un guerrero capaz a acudir al yihad por la causa de Allah, aportando uno de sus camellos. Nada les impedía hacerlo. Aunque mis compañeros hagan cualquier otra cosa, lo que más me aflige es que los emigrados qurayshíes, los ansar, los Banu Ghifar y los Banu Aslam no hayan venido conmigo».

Llegada de la delegación de la tribu de Banu Saqif y su aceptación del islam en el mes de Ramadán del noveno año de la Hégira

Ibn Ishaq dice:

El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) regresó de Tabuk a Medina en el mes de Ramadán, y ese mismo mes llegó ante él una delegación de la tribu de Banu Saqif. El contexto de la llegada de esta delegación fue el siguiente: anteriormente, cuando el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) regresó de Taif, Urwa ibn Masud al-Zaqafi lo siguió. Antes de llegar a Medina, se encontró con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y aceptó el islam. Después, cuando quiso regresar a su tribu para predicar el islam, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) le dijo: «Te matarán». Sabía de la obstinación y terquedad de la tribu de Banu Saqif. También sabía que estaban acostumbrados a rechazar la invitación de cualquiera de los suyos. Pero Urwa dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Soy para ellos más querido que un niño recién nacido».

En efecto, era para ellos tan querido y respetado como había dicho. Luego regresó con su tribu y los invitó a aceptar el islam. Esperaba que, debido al prestigio, la influencia y la autoridad que tenía dentro de la tribu, nadie se opusiera a él. Desde el tejado de su tribu, después de invitar debidamente a sus miembros y comunicarles que había aceptado el islam, estaba mirándolos cuando comenzaron a dispararle flechas desde todas direcciones. Una flecha lo alcanzó y, a causa de ella, murió como mártir.

Según los Banu Malik, lo mataron Aws ibn Awf, de los Banu Salim ibn Malik, y sus aliados sostienen que lo mató Wahab ibn Yabir, de los Banu Attab ibn Malik. (Los Banu Salim y los Banu Attab eran familias pertenecientes a los Banu Malik, una rama de los Banu Saqif). Después de que Urwa fuera herido, le preguntaron: «¿Qué opinas de tu muerte?». Respondió: «Es un gran honor y una gloria que Allah me ha concedido. Allah mismo me ha honrado con la gloria del martirio. Mi rango no es en absoluto superior al de los muyahidines que llegaron con el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) y alcanzaron el martirio antes de que él regresara de este lugar. Por tanto, enterradme junto a ellos».

Se cuenta que, al oír la noticia del martirio de Urwa ibn Masud, el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) comentó: «Urwa es comparable al muyahid cuya historia de martirio se narra en la sura Ya Sin».

Después de matar a Urwa, los Banu Saqif observaron la situación durante un mes y luego se reunieron en una asamblea consultiva. Decidieron que, mientras toda la nación árabe de los alrededores había aceptado el islam, los Banu Saqif no podrían sobrevivir combatiendo solos contra ellos. A raíz de esta decisión, resolvieron enviar nuevamente a alguien ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), tal como antes habían enviado a Urwa. Para ello hablaron con un hombre llamado Abd Yalil ibn Amr, de la misma edad que Urwa ibn Masud, y le propusieron que fuese representante de los Banu Saqif ante el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Él dijo: «Si enviáis conmigo a algunos hombres más, aceptaré; de lo contrario, no». Finalmente decidieron enviar con Abd Yalil a seis hombres: dos de las tribus aliadas y tres de los Banu Malik, además de él. Conforme a esta decisión, enviaron con Abd Yalil a Hakam ibn Amr y Shurahbil ibn Ghaylan, de la familia Banu Muattab; a Uzman ibn Abu al-As, de la familia Banu Yasar, perteneciente a los Banu Malik; a Aws ibn Awf, de la familia Banu Salim; y a Numayr ibn Jarrash, de la familia Banu Hariz. Abd Yalil partió con ellos como jefe de la delegación. Los llevó consigo con la intención de librarse del riesgo de correr la misma suerte que Urwa ibn Masud, para que cada uno pudiera regresar a Taif e implicar en el asunto a su propio clan.

Cuando la delegación se acercó a Medina, algunos compañeros que estaban pastoreando camellos junto a un manantial vieron a Mugira ibn Shu‘ba (que Allah esté complacido con él). La responsabilidad de pastorear aquellos camellos se había distribuido por turnos entre los compañeros, y ese turno correspondía a Mugira. Después de encontrarse con ellos, Mugira dejó los camellos con los miembros de la delegación de Banu Saqif y corrió a anunciar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, la buena noticia de su llegada. Antes de encontrarse con el Mensajero de Allah, Mugira (que Allah esté complacido con él) se reunió con Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él). Le informó de que la delegación de Banu Saqif había venido para abrazar el islam. Sin embargo, querían que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, les concediera ciertas facilidades y redactara para ellos un pacto que garantizara la seguridad de sus bienes, tierras y habitantes. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) le dijo a Mugira (que Allah esté complacido con él): «Te ruego por Allah que me permitas ir antes que tú al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y que me dejes hablar con él sobre este asunto». Mugira aceptó. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) fue ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y le informó sobre aquella delegación. Después, Mugira (que Allah esté complacido con él) regresó junto a sus amigos de su propia tribu. (Cabe señalar que Mugira pertenecía al linaje de Banu Saqif). Pasó el mediodía descansando con ellos y les enseñó la forma islámica de saludar al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Sin embargo, cuando se encontraron con él, lo saludaron conforme a la costumbre de la época de la ignorancia.

Cuando la delegación se presentó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se preparó para ellos una habitación en un lado de la Mezquita del Profeta. Mientras se redactaba un pacto para Banu Saqif, el intercambio entre el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y la delegación se realizaba por medio de Jalid ibn Sa‘id ibn al-As, y fue este mismo Jalid quien redactó el pacto. Durante ese período, hasta que se redactó el pacto y la delegación abrazó el islam, sus miembros ni siquiera comían los alimentos enviados por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, antes de que Jalid probara primero de ellos. Entre las concesiones que solicitaron al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, estaba que se les permitiera continuar adorando a al-Lat y que no se destruyera durante tres años. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, rechazó esta petición. Después redujeron el plazo a un año. Cuando también se rechazó, continuaron reduciéndolo hasta dejarlo en un mes. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, rechazó asimismo esta propuesta. La delegación explicó que su propósito era protegerse de la ira de los jóvenes inexpertos, los descendientes jóvenes y las mujeres de su tribu, y que no deseaban provocar el pánico entre ellos destruyendo el ídolo antes de que los miembros de la tribu abrazaran el islam. Pero el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no aceptó de ningún modo aquella petición. Por el contrario, afirmó enfáticamente que enviaría inmediatamente a Abu Sufyan ibn Harb y a Mugira ibn Shu‘ba (que Allah esté complacido con él) para destruir aquel ídolo. También solicitaron que no los obligara a rezar ni a destruir los ídolos con sus propias manos. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, declaró claramente: «No puede haber islam sin la oración; pero no se os obligará a destruir los ídolos con vuestras propias manos». La delegación aceptó la oración, aunque comentó que era «humillante», y finalmente accedió a cumplirla.

Después, todos abrazaron el islam y el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, redactó para ellos un pacto. Luego nombró como su emir a Uzman ibn Abi al-As. Era el más joven del grupo y mostraba un interés relativamente mayor por aprender el Corán y el islam. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) comentó acerca de él: «Oh, Mensajero de Allah, me parece que Uzman es quien mejor comprende el islam y aprende el Corán».

Una vez cumplida su misión, cuando la delegación partió hacia Taif, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, encargó a Abu Sufyan ibn Harb y a Mugira ibn Shu‘ba (que Allah esté complacido con él) la destrucción de los ídolos y los envió con ellos. Ambos partieron junto con la delegación. Al llegar a las afueras de Taif, Mugira (que Allah esté complacido con él) quiso enviar a Abu Sufyan (que Allah esté complacido con él) por delante. Abu Sufyan se negó y dijo: «Ve tú primero a encontrarte con la gente de tu tribu». Abu Sufyan se quedó junto al estanque llamado Dhu al-Hudum, mientras Mugira entró en la ciudad y, tomando una azada, se abalanzó sobre los ídolos para romper a al-Lat y los demás ídolos. Los miembros de su clan, Banu Mu‘attab, ayudaron a Mugira (que Allah esté complacido con él), temiendo que su destino fuera como el de Urwa ibn Masud. Entretanto, las mujeres de Banu Saqif salieron a las calles lamentándose por el ídolo. Decían:

«Llorad por la protectora; los ingratos la han abandonado. (Los politeístas llamaban a al-Lat “Daffa”, es decir, “la protectora”, porque creían que al-Lat los protegía de los enemigos y las desgracias). (Es decir, los miembros de Banu Saqif se mostraron ingratos con su protectora y se marcharon, entregándola a Mugira para que la destruyera).

Ni siquiera lucharon debidamente por ella». (Es decir, deberían haber venido a luchar para proteger a la protectora, pero nadie se presentó para hacerlo).

Entonces, cuando Mugira comenzó a golpear a al-Lat con el hacha, Abu Sufyan empezó a exclamar: «¡Ay! ¡Ay!»

Después de destruir a al-Lat, Mugira reunió todos los tesoros del templo y se los envió a Abu Sufyan. Entre aquellos tesoros había grandes cantidades de oro y artículos de seda.

Después de que ʿUrwa ibn Masʿud murió como mártir, su hijo Abū Mulayḥ y su sobrino ʿĀrib ibn al-Aswad se presentaron ante el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—, expresaron su intención de romper todos los vínculos con Banū Thaqīf y abandonarlos para siempre. Esto ocurrió incluso antes de la llegada de la delegación de Yalīl. Cuando Abū Mulayḥ y ʿĀrib aceptaron el islam, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— les dijo: «Aceptad como tutor a quien queráis». Ellos respondieron: «Aceptamos a Allah y a Su Mensajero como tutores». El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «¿También a vuestro tío materno, Abū Sufyān?». Ellos respondieron: «Sí». Más tarde, cuando los habitantes de Tāʾif aceptaron el islam, el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— envió a al-Mughīra y a Abū Sufyān para destruir al-Lāt. Entonces Abū Mulayḥ dijo: «Oh, Mensajero de Allah, pagad la deuda de mi padre con las riquezas que se recuperen del templo de al-Lāt». Cuando el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— aceptó, ʿĀrib dijo: «Oh, Mensajero de Allah, pagad también la deuda de mi padre al-Aswad». Cabe señalar que ʿUrwa y al-Aswad eran hermanos de padre y madre. El Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— dijo: «Al-Aswad murió siendo politeísta». ʿĀrib dijo: «Oh, Mensajero de Allah, ayudad a un pariente musulmán, es decir, a mí, pues la deuda pesa sobre mis hombros y soy yo quien pide ayuda». Entonces el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— aceptó y le dijo a Abū Sufyān: «Paga las deudas de ʿUrwa y al-Aswad con las riquezas de al-Lāt». Cuando al-Mughīra entregó las riquezas a Abū Sufyān, le recordó la instrucción del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Abū Sufyān pagó las deudas de ʿUrwa y al-Aswad.

El documento de compromiso que el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— redactó para Banū Thaqīf decía lo siguiente: «En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. De parte de Muḥammad, el Mensajero de Allah, para los creyentes. Queda prohibido talar los árboles espinosos de Wajj (un lugar de Tāʾif). Quien infrinja esta orden será azotado. A quien cometa excesos se lo detendrá y se lo enviará ante el Profeta Muḥammad. Esta es la orden del Mensajero de Allah, Muḥammad. Este documento ha sido escrito por Khālid ibn Saʿīd por orden del Mensajero de Allah, Muḥammad ibn ʿAbd Allāh. Que nadie infrinja este documento. Quien lo infrinja no hará sino atraer el castigo sobre sí mismo, pues ha sido escrito por orden del Mensajero de Allah, Muḥammad».

La designación del noveno año de la Hégira como «el año de la llegada de las delegaciones». La sura al-Naṣr fue revelada ese mismo año.

Ibn Isḥāq dijo: Después de la conquista de La Meca y de Tabūk, y de que Banū Thaqīf aceptara el islam y prestara el juramento de obediencia, las delegaciones de los árabes comenzaron a llegar ante el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— desde todas direcciones.

Los árabes, por así decirlo, estaban esperando únicamente que los Quraysh aceptaran el islam. Ellos eran los líderes y guías de los árabes. Eran los guardianes y encargados de la Kaaba Noble y de la Mezquita Sagrada, y eran los descendientes indiscutibles de Ismāʿīl ibn Ibrāhīm —la paz sea con él—. Ningún árabe lo negaba. Sin embargo, fueron precisamente los Quraysh quienes se empeñaron con todas sus fuerzas en oponerse al Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él—. Con la conquista de La Meca, los Quraysh se sometieron ante el Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— y aceptaron someterse al islam. Entonces los árabes comprendieron que no tenían poder para detener la marcha victoriosa del Mensajero de Allah —que la paz y las bendiciones de Allah sean con él— ni para mantener la hostilidad contra él, y comenzaron a aceptar el islam en grupos. Gentes de todas partes empezaron a acudir ante él y a aceptar el islam. Esto es precisamente lo que Allah el Altísimo dijo en la sura al-Naṣr:

[Árabe *******]

«Cuando haya llegado la ayuda de Allah y la victoria, y veas a la gente entrar en masa en la religión de Allah, glorifica a tu Señor con alabanzas y pídele perdón. En verdad, Él es indulgente».

La llegada de la delegación de Banū Tamīm y la revelación de la sura al-Ḥujurāt

Cuando comenzaron a llegar las delegaciones de las tribus árabes, la primera fue la delegación de la tribu de Banū Tamīm, encabezada por Utarid ibn Hachib al-Tamimí. En ella también se encontraban los principales hombres de Banū Tamīm. Entre los más destacados estaban al-Aqra ibn Habis, Zabarqan ibn Badr y Amr ibn Ahtham, de Banū Ma‘ad, así como Hahhab ibn Yazid. También formaban parte de la delegación Nu‘aym ibn Yazid, Qays ibn Hárith, Qays ibn Asim y Uyayna ibn Hisn. Al-Aqra ibn Habis y Uyayra ibn Hisn habían participado anteriormente en la conquista de La Meca y en las expediciones de Hunayn y Taif. Ambos se unieron también a la delegación de Banū Tamīm. Esta delegación llegó cerca de la Mezquita del Profeta y comenzó a llamar a gritos al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— desde fuera de sus aposentos, diciendo: «¡Oh, Muhammad! Sal y reúnete con nosotros». Sus gritos y alboroto resultaron penosos para el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Dijeron: «Hemos venido para exponer ante usted nuestras gloriosas cualidades. Permita, pues, que hablen nuestro principal orador y nuestro poeta». Él les dio permiso. Entonces Utarid ibn Hachib comenzó a decir: «Toda alabanza pertenece a Allah, que nos ha colmado de innumerables favores y que es el único que tiene poder para concederlos. Él nos ha hecho reyes y nos ha enriquecido con abundantes bienes y riquezas, mediante los cuales mostramos nuestra generosidad. Él nos ha concedido más hombres y riquezas que a cualquier otro pueblo de Oriente. ¿Hay alguien que pueda compararse con nosotros? ¿No somos nosotros sus líderes y los más nobles? Que quien pretenda igualarnos en nobleza y linaje describa su propia excelencia. Si quisiéramos, podríamos decir mucho más, pero nos avergonzamos de extendernos demasiado sobre las bendiciones que Allah nos ha concedido. Nuestra superioridad es bien conocida. He dicho esto para darles la oportunidad de presentar un discurso sobre sus propios méritos como nosotros y, si pueden, uno mejor».

Después de decir esto, Utarid se sentó. Entonces el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo a Zabit ibn Qays: «Levántate y responde a su discurso».

Zabit se levantó y dijo:

«Toda alabanza pertenece al Magnífico Allah, cuya voluntad se cumple en los cielos y en la tierra, y cuyo conocimiento se extiende por toda la esfera de Su autoridad. Nada surge ni aparece jamás sin Su favor. La aparición de reyes entre nosotros es fruto de Su favor. Por Su propio favor, escogió como Mensajero, entre Sus mejores criaturas, al hombre de linaje más noble, de mayor distinción y dotado de una veracidad incomparable. Después hizo descender sobre él Su Libro, lo nombró protector de toda la humanidad y lo convirtió en el único elegido por Allah entre todos los mundos. Luego invitó a la gente a creer en él, y los emigrados de entre su propio clan y sus allegados aceptaron su invitación: ellos eran los más nobles, los más distinguidos y honorables y los más virtuosos. Nosotros fuimos los primeros en aceptar la invitación del Mensajero. Por ello somos los sinceros auxiliares de Allah y los colaboradores más cercanos de Su Mensajero. Combatimos a quienes no creen; quienes creen en el Mensajero de Allah tienen a salvo sus vidas y sus bienes de nuestras manos, mientras que contra quienes incurren en incredulidad combatimos únicamente conforme a la voluntad y la orden de Allah. Este combate no tiene fin. Nos está permitido matarlos. Dicho esto, pido a Allah perdón por mí y por todos los hombres y mujeres musulmanes. La paz sea con vosotros».

Después se levantó Zabarqan ibn Badr. Expuso su discurso recitando un poema. El sentido del poema era el siguiente:

«Nosotros somos los honorables. Ninguna tribu es igual a nosotros. Los reyes se encuentran entre nosotros, y por iniciativa nuestra se han establecido todos los lugares de culto. No tiene fin el número de tribus que hemos saqueado por la fuerza. A pesar de ello, nuestro honor y prestigio siguen aumentando sin interrupción. Incluso durante la hambruna, hacemos que nuestra gente coma carne asada. Cuando las nubes no derraman la lluvia conforme al deseo de la gente, los viajeros acuden a nosotros durante la noche desde todas partes, y nosotros preparamos comida para ellos. Entonces sacrificamos grandes camellos y alimentamos a los huéspedes hasta saciarlos. Esta es nuestra costumbre innata. Cada vez que nos veas acudir a una tribu y manifestar con orgullo nuestra nobleza, comprobarás que se convierte en nuestra seguidora y que sus cabezas se inclinan. Así pues, quien hoy exponga ante nosotros su superioridad nos proporcionará nuevos conocimientos con su descripción, y cuando nuestra delegación regrese esa información se difundirá. No estamos dispuestos a reconocer la superioridad de nadie. Sin embargo, nadie negará nuestra superioridad. Así somos invencibles en gloria y orgullo».

Hassán no estaba presente en aquella reunión. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— lo mandó llamar para que respondiera al poeta de Banū Tamīm. Él llegó, recitó un poema y respondió. El sentido de aquel poema era el siguiente:

«Cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— apareció entre nosotros, lo protegimos aunque entre nosotros había personas que lo amaban y otras que lo desaprobaban. Como había aparecido en nuestro territorio, lo protegimos, espada en mano, de todo opresor y agresor. Él había aparecido en una casa honorable, situada entre gente desconocida, cerca de Yariyat al-Yawlan, en Siria. No hay nada que posea mayor gloria que la grandeza antigua, la nobleza, el honor real y la gloria de soportar duras calamidades».

Hassán dice: En cuanto llegué ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, recité un poema en respuesta, imitando exactamente la métrica del poema que había recitado el poeta de la delegación. Cuando Zabarqán terminó de recitar su poema, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo a Hassán: «¡Oh, Hassán! Responde al poema de Zabarqán». Hassán se puso de pie y recitó su poema de respuesta. El sentido del poema es el siguiente:

«Los líderes de Quraysh han presentado a la gente un modelo digno de imitación. Todos aquellos cuyo temor de Allah controla sus actos secretos y que siguen la justicia y la rectitud están satisfechos con ellos. Son los líderes qurayshíes: un pueblo que, cuando combate, derrota al enemigo o, al menos, se esfuerza por procurar el bien de su propio pueblo creyente y efectivamente lo procura. Esto no es una nueva característica de su carácter; en realidad, toda nueva característica del carácter es mala. Si después de ellos aparece entre la gente algún vencedor, cada uno de esos vencedores será aún más insignificante que el más insignificante de sus vencedores. Si en algún lugar ellos muestran debilidad, la gente común no es capaz de mostrar allí excelencia. Y allí donde toda la gente demuestra excelencia, ellos no muestran ninguna debilidad. Si compiten con la gente común o rivalizan con los nobles y honorables, son ellos quienes van por delante. Se menciona su pureza intachable. No se involucran en ninguna impureza, ni la codicia ni el deseo los hacen caer en la vileza. No escatiman en mostrar cortesía al vecino y no se dejan cautivar por ninguna cosa insignificante. Cuando sentimos hostilidad hacia un pueblo, no la ocultamos, ni nos entregamos furtivamente a una ferocidad salvaje como la del toro montés. Cuando la guerra levanta contra nosotros su puño agresivo y los inocentes quedan desgarrados por sus golpes, la dominamos y la sometemos. Ellos —los líderes de Quraysh— no se enorgullecen cuando derrotan al enemigo, ni se desesperan ni se atemorizan cuando son vencidos. Cuando luchan frente a la muerte, su estado es como el de un león de la selva de Hilya, cuyos grilletes no pueden sujetar sus patas. Acepta lo que ellos dan voluntariamente y no intentes tomar lo que, por ira, no quieren dar. El resultado de combatir contra ellos es terrible y amargo. Por tanto, abandona su enemistad. Cuando los demás se dispersan en grupos y sus naturalezas adoptan distintas formas, los seguidores del Mensajero de Allah continúan venerándolo profundamente. Mi corazón, unido a ellos, les ha dedicado mis alabanzas; toda lengua humana proclama su elogio. Pues, diga la gente lo que diga, seriamente o en broma, ellos —los seguidores de Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz— son el mejor de los pueblos humanos.»

Una vez concluido este intercambio de poemas y poemas de respuesta, la delegación visitante aceptó el islam. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— les entregó abundantes regalos de bienvenida. Cuando la delegación acudió ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, habían dejado sentado en la caravana de camellos a un joven llamado Amr ibn al-Ahtam. Qays ibn Asim estaba algo disgustado con él. Dijo: «¡Oh, Mensajero de Allah! Hemos dejado a uno de nuestros hombres sentado en la caravana de monturas; sin embargo, es un joven de poca edad». Quería restarle importancia a su situación y dar a entender que no era necesario darle nada. Pero el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— también le entregó un regalo, igual que a los demás. Al enterarse de lo que Qays había dicho, Amr ibn al-Ahtam lo reprendió recitando un poema:

«Me has censurado ante el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, pero has mentido y tampoco has podido perjudicarme.

Hemos ejercido sobre vosotros un dominio absoluto, mientras que vuestro dominio está a punto de desaparecer.»

Ibn Ishaq dice: Fue con respecto a esta delegación que se reveló la siguiente aleya de la sura al-Huyurat:

[Árabe *******]

«¡Oh, Mensajero! La mayoría de quienes te llaman a gritos desde fuera de las habitaciones, detrás de las cortinas, son unos ignorantes.» (Al-Huyurat)

El relato de los representantes de Banu Amir, Amir ibn Tufayl y Arbad ibn Qays

Una delegación de tres miembros de Banu Amir se presentó ante el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Eran Amir ibn Tufayl, Arbad ibn Qays y Jabbar ibn Salami. Eran los jefes más intrigantes de la tribu. Amir ibn Tufayl había urdido una conspiración terrible contra el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Anteriormente, la gente de su tribu le había aconsejado que también aceptara el islam, alegando que la mayoría de la población del país se estaba haciendo musulmana. Pero él dijo: «He jurado que no me detendré hasta que toda la nación árabe acepte mi liderazgo. ¿Acaso hoy voy a aceptar el liderazgo de este joven de la tribu de Quraysh?». Amir le dijo a Arbad: «Cuando los dos vayamos a encontrarnos con Muhammad, nos sentaremos a ambos lados de él. Justo cuando Muhammad se vuelva hacia mí para hablarme, tú lo golpearás con tu espada».

Después, los dos delegados se encontraron con el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Amir comenzó a decir: «Oh, Muhammad, permíteme hablar contigo en privado». El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) respondió: «No te lo permitiré mientras no creas en el Dios Único». Amir repitió varias veces lo mismo para dar a Arbad la oportunidad de actuar. Pero cuando el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) no aceptó de ningún modo hablar a solas con él, Amir se marchó con la delegación. Al irse, lo amenazó: «Ya verás: lanzaré contra ti un enorme ejército». El Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) dijo: «Oh Allah, protégeme de Amir ibn Tufayl».

Al salir de donde estaba el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), Amir le dijo a Arbad: «¡Ay de ti, Arbad! ¿Qué hiciste con la orden que te di? Por Allah, te consideraba el hombre más valiente de la tierra y era a ti a quien más temía. Desde hoy ya no te temeré». Arbad respondió: «¡Que perezcas! No te apresures. Cuando me dispuse a hacer lo que me habías ordenado, vi que delante de mí no estabas más que tú. Si hubiera descargado el golpe en esa situación, habría caído sobre tu cuello. ¿Acaso iba a golpearte finalmente a ti?»

Después, cada uno se dirigió a su casa. En el camino, Allah hizo que Amir ibn Tufayl contrajera la peste. Fue a la casa de una mujer de Banu Salul y murió allí de esa peste. Al morir, se lamentaba diciendo: «¡Oh, Banu Amir! ¿Tenía que acabar siendo víctima de la peste de los camellos, y además en la casa de una mujer de Banu Salul?». [91. Banu Salul era conocida entre los árabes como una tribu extremadamente cobarde y mezquina. El poeta Samaw’al dijo: «Somos un grupo que no considera el asesinato tan vergonzoso como lo consideran Banu Amir y Banu Salul»]. Después de enterrar a Amir, sus compañeros llegaron al asentamiento de Banu Amir llevando dos cabras. La gente de la tribu de los delegados le preguntó a Arbad: «Oh, Arbad, ¿cómo habéis regresado?». Él respondió: «Nada. Él —Muhammad— nos ha invitado a adorar a un Ser al que, si hubiera podido alcanzarlo, habría matado disparándole una flecha». Uno o dos días después de decir esto, Arbad iba a algún lugar con su camello. De repente, Allah lanzó sobre él un rayo desde el cielo y lo redujo a cenizas junto con su camello. Arbad era hermano del poeta Labid. Este compuso la siguiente elegía por la muerte de Arbad:

«La muerte no deja a nadie, ni siquiera a un padre afectuoso.

Solo temía que la muerte alcanzara a Arbad; no temía ninguna calamidad desde el cielo

ni el ataque de un león.

Así pues, ¡oh ojo!, ¿por qué no derramas lágrimas por Arbad?

Cuando todos nosotros, hombres y mujeres, pasábamos los días sumidos en una profunda aflicción y sufrimiento

entonces, aunque todos gritaran, Arbad no les prestaba atención.

Y si se comportaban manteniendo el equilibrio

también en ese caso Arbad adoptaba una postura intermedia.

Era un hombre de palabras dulces, inteligente y de corazón humilde.

Al mismo tiempo, también había amargura en él.

Cuando los árboles quedan desnudos en invierno y, de nuevo, cuando se vuelven fructíferos y

se renueva y aparecen las demás cosas esperanzadoras,

(es decir, cuando sobreviene la hambruna en el país y después se producen cosechas

y se crean condiciones favorables para ello). Entonces él (Arbad)

demostraba más valentía y perspicacia habitual que el feroz león de la selva).

Las plañideras, heridas por el dolor que le causaba su muerte, lo lloran como jóvenes gacelas

en el desierto árido (derramando un llanto inútil). Aquel día de calamidad

me ha afligido profundamente la muerte de aquel heroico jinete, abatido por un golpe atronador.

Él saqueaba, pero si la persona despojada acudía a él, entonces le

pagaba una compensación y, si quería, devolvía (los bienes saqueados).

A pesar de su gran escasez, sigue produciendo vegetación.

los habitantes de las regiones pedregosas están destinados a la desgracia

por muy numerosa que sea su población.

aunque alguna vez alcancen cierta prosperidad, al instante vuelve a tocarles en suerte

la pobreza. Aunque sean numerosos, es para caer bajo

el azote de la destrucción y la aniquilación.

Llegada de la delegación de Banu Abd al-Qays, encabezada por Jarud

Una delegación de la tribu de Banū ʿAbd al-Qays llegó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, bajo el liderazgo de Jārūd ibn ʿAmr, que profesaba el cristianismo. Al-Ḥasan relató: Jārūd se presentó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, e inició una conversación. Él le expuso el islam y lo invitó y exhortó a aceptarlo. Jārūd dijo: «Oh, Mensajero de Allah, tengo una religión. Ahora estoy dispuesto a abandonar mi propia religión con el propósito de aceptar la tuya. Sin embargo, ¿puedes garantizarme que no sufriré ningún perjuicio por abandonar mi religión?». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «Sí, te lo garantizo. Aceptar el islam significa que Allah te ha dado la oportunidad de adoptar una religión mejor que la tuya».

Al oír esto, Jārūd y sus compañeros aceptaron el islam. Después pidieron al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, monturas [medios de transporte] para regresar a su tierra. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, manifestó que no podía proporcionarles monturas. Entonces Jārūd dijo: «Oh, Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en el camino de regreso a nuestra patria encontramos muchos camellos extraviados y sin dueño. ¿Podemos montarlos para regresar?». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, respondió: «No, ¡cuidado! No montéis esos animales. Serán monturas que os llevarán al infierno».

Después, Jārūd salió de donde estaba el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y emprendió el regreso a su patria. Permaneció firme en el islam hasta su muerte y fue un musulmán ejemplar. También vivía cuando, tras el fallecimiento del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, algunas personas abandonaron el islam.

Cuando algunos miembros musulmanes de su tribu regresaron a su religión anterior, Jārūd les explicó que el islam era la única religión verdadera y los invitó a volver al islam. Dijo: «Oh, gente, doy testimonio de que no hay ninguna divinidad excepto Allah, y de que Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, es Su siervo y Su Mensajero. También declaro que quien no dé este testimonio es un incrédulo».

Llegada de la delegación de Banū Ḥanīfa junto con Músailima el Mentiroso

La delegación de Banū Ḥanīfa, junto con Músailima el Mentiroso, llegó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Se alojaron en la casa de una mujer de los ansar llamada Bint al-Ḥārith, quien más tarde se convirtió en la esposa del jefe de Banū Najjār. Un historiador de Medina relató que la delegación de Banū Ḥanīfa llevó a Músailima cubierto con una tela mientras el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, estaba sentado con sus compañeros. En su mano tenía una rama de palmera a la que le habían cortado las hojas, aunque conservaba algunas en la parte superior. Músailima, cubierto con la tela, llegó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, habló con él y le pidió algún don. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Aunque me pidieras esta rama de palmera, tampoco te la daría».

Ibn Isḥāq dijo: Un anciano de Banū Ḥanīfa, habitante de Yamāma, me relató el episodio de Músailima de otra manera. Dijo:

Cuando la delegación de Banū Ḥanīfa acudió a reunirse con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dejó a Músailima junto a la caravana de camellos. Después de que la delegación aceptara el islam, informó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, de que Músailima también había venido con ellos. Dijeron: «Oh, Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, hemos dejado a uno de nuestros compañeros para custodiar la caravana de camellos». Entonces el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le entregó un obsequio igual al que había dado a los demás miembros de la delegación. También dijo: «Ese compañero vuestro no es menos digno que vosotros, como para que lo dejéis aquí custodiando vuestras pertenencias en vez de traerlo». Después, la delegación se marchó de donde estaba el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y llevó a Músailima lo que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le había dado. Pero, apenas llegaron a Yamāma, Músailima abandonó el islam y comenzó a reclamar falsamente la profecía. Dijo: «Cuando mencionasteis mi nombre ante Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, ¿acaso no dijo: “Él no es menos digno que vosotros”? Lo dijo porque sabía que yo era un profeta asociado suyo». Después intentó demostrar ante ellos la semejanza de sus palabras con el Corán, pronunciando diversos dichos rimados. Uno de esos dichos rimados es:

[Árabe *******]

«Allah ha favorecido a las mujeres embarazadas, pues de sus vientres ha hecho salir seres humanos capaces de desplazarse, entre intestinos y líquidos.»

Musailima declaró lícitos para su tribu el vino y la fornicación, y abolió la oración. A pesar de ello, continuó reconociendo la misión profética del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. La tribu de Banu Hanifa aceptó esta afirmación inventada por él.

Allah sabe mejor cuál de estos dos relatos mencionados es el correcto.

El relato de Adi, hijo de Hatim

Adi ibn Hatim decía: «Al escuchar hablar del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, nadie entre los árabes sentía hacia él tanto odio como yo. Yo era un cristiano de noble linaje. Como jefe de mi tribu, era considerado un rey. Al oír hablar del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, nació en mi corazón una intensa hostilidad hacia él. Tenía un esclavo árabe que cuidaba mis camellos. Le dije: “Prepárame algunos camellos buenos, domesticados y robustos, y átalos cerca de mí. Luego, cuando oigas que el ejército de Muhammad se aproxima por aquí, avísame”. Él trajo los camellos y los ató cerca de mí.»

Una mañana vino a verme y me dijo: “Adi, haz ahora mismo lo que pensabas hacer cuando el ejército de Muhammad se abalanzara sobre ti”. Al ver varios estandartes ondeando, pregunté a la gente: “¿De quién son esos estandartes?”. Respondieron: “Son los estandartes del ejército de Muhammad”. Al oírlo, dije al esclavo: “Entonces, tráeme mis camellos”. Monté en uno de ellos y coloqué en los demás a mi esposa y a mis hijos. Después arreé la caravana de camellos para dirigirme hacia los cristianos de Siria. La caravana partió por el paso montañoso de Yushiyya. Dejé atrás en la tribu a una hija de Hatim. Yo me instalé en Siria. Mientras tanto, un grupo de jinetes del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó en mi busca y capturó a la hija de Hatim. La llevaron ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, como prisionera de guerra. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se había enterado de mi huida a Siria. Permitió que la hija de Hatim permaneciera en un lado de la Mezquita del Profeta. Allí también estaban retenidas otras mujeres prisioneras de guerra. La hija de Hatim era muy elocuente. Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, pasaba junto a ellas, ella dijo: “¡Oh, Mensajero de Allah! Mi padre ha muerto y mi protector ha desaparecido. Ten compasión de mí en estas circunstancias; Allah tendrá compasión de ti”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, preguntó: “¿Quién es tu protector?”. Ella respondió: “Adi ibn Hatim”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “¿Ese Adi que huyó de Allah y de Su Mensajero?”. Tras decir esto, se marchó. La hija de Hatim relató: «Al día siguiente volvió a pasar junto a mí. Repetí lo mismo que el día anterior y él repitió también su respuesta. Al día siguiente, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, volvió a pasar junto a mí. Yo ya había perdido la esperanza. Un hombre que seguía al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, me dijo: “Levántate y habla con el Mensajero de Allah”. Me levanté y dije de nuevo: “¡Oh, Mensajero de Allah! Soy huérfana de padre y mi protector también ha desaparecido. Ten compasión de mí; Allah tendrá compasión de ti”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “Acepto tu petición. No te apresures a salir de aquí. Cuando encuentres entre los miembros de tu tribu a una persona de confianza que pueda llevarte a tu tierra, házmelo saber”. Investigando, supe que el hombre que me había dicho que hablara con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, era Ali, hijo de Abu Talib, que Allah esté complacido con él. Permanecí allí. Finalmente llegó un grupo de jinetes de camellos de las tribus de Bali o de Qudaa. Yo quería ir a Siria, donde estaba mi hermano. Por eso consideré que aquella caravana era una compañía apropiada. Fui ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dije: “¡Oh, Mensajero de Allah! Ha llegado un grupo de personas de mi tribu. Confío en ellos y son adecuados para llevarme hasta mi destino”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, me proporcionó una montura, provisiones y ropa. Partí con el grupo y llegué a Siria.»

Adi dijo: «Estaba sentado con mi familia cuando, de repente, vi que una mujer montada en un camello se acercaba hacia nosotros. Pensé para mis adentros que probablemente sería la hija de Hatim. Y, en efecto, lo era. Se acercó a mí y comenzó a reprenderme, diciéndome todo lo que quería. Dijo: “¡Rompedor de los lazos de parentesco, opresor! ¿Has huido llevando contigo a tus hijos y a tu esposa, dejando desprotegido al último miembro de la familia de tu padre?”. Le respondí: “¡Hermana mía! No me reproches. En verdad, no tengo ninguna excusa. He hecho exactamente lo que dices”.»

Ella bajó del lomo del camello y se quedó conmigo. Era una mujer de aguda inteligencia. Le pregunté: «¿Qué opinas de Muhammad?». Respondió: «Creo que deberías unirte de inmediato a su movimiento. Si es un profeta, será más benevolente con quien vaya antes a él. Y si es un rey, tu prestigio no disminuirá en absoluto ante los nobles del Yemen. Seguirás siendo tal como eres». Dije: «Lo que dices es correcto». Entonces emprendí el viaje hacia Medina para encontrarme con el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz. Al llegar allí, entré en la mezquita; el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, se levantó y partió conmigo hacia su casa. En el camino nos encontramos con una anciana, que le pidió al Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, que se detuviera un momento. Él permaneció de pie durante mucho tiempo, escuchando sus diversas necesidades y quejas. Al ver aquello, me dije para mis adentros: «Por Dios, este hombre no puede ser un rey».

Después, el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, entró conmigo en su casa. Me hizo sentar en un cojín hecho de fibras de palmera datilera. Dije: «Siéntese usted». Respondió: «No, siéntate tú». Me senté en él, mientras el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, se sentó en el suelo.

Me dije para mis adentros: «Esto ciertamente no puede ser el comportamiento de un rey». Luego dijo: «¡Oh, Adí ibn Hatim! ¿Acaso no eres rakusí?». [92. A los rakusíes se les llamaba así por pertenecer a un grupo religioso de aquella época, que profesaba una doctrina intermedia entre el cristianismo y el sabeísmo.] Respondí: «Sí». Él dijo: «¿Acaso no consumes una cuarta parte del botín de guerra de tu tribu?». Respondí: «Sí». Dijo: «Pero eso es ilícito en tu religión». Respondí: «En verdad, así es». En ese momento me convencí de que él era realmente el profeta de Dios, que hacía recordar a la gente lo que había olvidado y le enseñaba lo que no conocía. Luego dijo: «¡Oh, Adí! Quizá no abrazas el islam al ver la pobreza de los musulmanes. Por Dios, no está lejos el día en que los musulmanes posean tanta riqueza y prosperidad que no se encuentre a nadie que acepte dinero. También puede que no abraces el islam porque los musulmanes son pocos y sus enemigos, numerosos. Por Dios, se acerca el día en que oirás que una mujer ha venido desde Qadisiyya, sola, montada en un camello, sin temor y a salvo, para visitar la Casa Sagrada. Tal vez tampoco abrazas el islam porque solo ves reyes entre los no musulmanes. Pero, por Dios, está muy próximo el día en que los blancos palacios de Babilonia caerán en poder de los musulmanes».

Adí decía: «He visto cumplirse dos de las predicciones del Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz. Solo queda una, y por Dios, también se cumplirá. He visto caer en nuestro poder los blancos palacios de Babilonia. También he visto a una mujer llegar sola y a salvo desde Qadisiyya y completar el hayy. Y un día se hará realidad que habrá tal abundancia de riquezas que no se encontrará a nadie que acepte dinero».

La llegada de Farwa ibn Musaik al-Muradi

Ibn Ishaq dice: Farwa ibn Musaik al-Muradi acudió al Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, después de rechazar la autoridad de los reyes de Kinda. En una batalla librada entre Murad y Hamdan antes del surgimiento del islam, Hamdan infligió una gran derrota a Murad y perpetró una matanza generalizada. En la historia, aquel día es conocido como «Yawmu r-Radam», es decir, «el día de cavar tumbas en masa». Aquel día, Azda ibn Malik dirigió el ataque de Murad contra el ejército de Hamdan.

Cuando Farwa abandonó a los reyes de Kinda para dirigirse al Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, recitó el siguiente poema:

«Cuando vi que los reyes de Kinda, como traidores, del reino

cuando había menospreciado el honor y la castidad de las mujeres,

montando su propia cabalgadura, con la esperanza de obtener el mejor favor y el mejor refugio

partí hacia Muhammad.”

Cuando Farwa fue presentado ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, este le dijo: “¡Oh, Farwa! ¿Acaso te afliges por las pérdidas que sufrió tu pueblo en Yawm al-Radm?”. Él respondió: “¡Oh, Mensajero de Allah! ¿Quién no se afligiría al sufrir pérdidas semejantes?”. El Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— dijo: “Escucha: si aceptas el islam, a pesar de esta pérdida que ha sufrido tu pueblo, le sobrevendrán bienes cada vez mayores”.

Después nombró a Farwa gobernador de las tribus de Murad, Zubayd y Mazhij, y envió con él a Jalid ibn Sa’id como recaudador del zakat. Jalid permaneció allí desempeñando su cargo hasta el fallecimiento del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—.

Llegada de una delegación de Dhu Zubayd encabezada por Amr ibn Ma’di Yakrib

Una delegación de Dhu Zubayd, encabezada por Amr ibn Ma’di Yakrib, se presentó ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y aceptó el islam. Anteriormente, después de oír noticias sobre el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, Amr había dicho a Qays ibn Makshuh al-Muradi: “¡Oh, Qays! Tú eres el jefe de tu tribu. Hemos oído que un hombre de la tribu de Qurays, llamado Muhammad, ha aparecido en el Hiyaz proclamándose profeta. Ven con nosotros ante él y veamos si es verdad lo que afirma. Si realmente es un profeta, sin duda podrás reconocerlo. Y si se nos hace evidente que verdaderamente es un profeta, lo seguiremos. Pero si no lo es, sabremos hasta dónde llega su conocimiento”. Sin embargo, Qays rechazó esta propuesta y la calificó de opinión nacida de la necedad. Entonces Amr ibn Ma’di Yakrib fue personalmente con sus hombres ante el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— y aceptó el islam. Al enterarse de ello, Qays ibn Makshuh dijo: “Amr se opuso a mí e ignoró mi opinión. Muy bien, le daré una lección”. Y amenazó e intimidó severamente a Amr.

[Según Ibn Hisham, en dicha expedición Hamdan estaba dirigido por Malik ibn al-Harith al-Hamdani.]

En respuesta, Amr recitó los siguientes versos:

«El día del incidente de Sa’na te di un consejo acertado,

te aconsejé temer a Allah y estar de acuerdo con la justicia.

Has escapado de la muerte como un asno orgulloso de su estaca.

Me encontró montado en un caballo,

sobre el cual soy capaz de impedirle el avance.

Llevo puesta una armadura que, en un terreno pedregoso,

es serena como un estanque de agua cristalina.»

Al golpear la armadura, la lanza se desvía y su parte afilada sale despedida lejos.

Si vienes a enfrentarte conmigo, verás

que has venido a enfrentarte a un león de una sola melena.

Entonces verás a nuestro indomable guerrero, de puño de hierro y cuello erguido

(es decir, preparado e impaciente para la batalla).

Si algún guerrero de su misma edad, su rival, intenta someterlo, él mismo

lo derrota, lo agarra y lo lanza por los aires,

luego lo arroja al suelo y lo mata,

le saca los sesos y lo hace pedazos,

y luego se lo traga.

sus dientes y garras están manchados por la opresión del politeísmo.”

Más tarde, ʿAmr ibn Maʿdī Yakrib permaneció entre la tribu de Banū Zubayr, bajo el gobierno de Farwa ibn Musayk, hasta el fallecimiento del Mensajero de Allah, la paz y las bendiciones de Allah sean con él. Después se apartó del islam. Cuando se desvió de la verdad, recitó el siguiente poema:

“El gobierno de Farwa nos pareció el peor de los gobiernos.

Lo encontramos como aquel asno que mete el hocico en la matriz y olfatea.

Si vieras este gobierno, oh Abū ʿAmr, entonces

verías que su grupo está compuesto únicamente de demonios y traidores.”

Llegada de la delegación de Kinda, encabezada por Ash‘az ibn Qays

Ibn Ishaq dice: Ash‘az ibn Qays llegó a la presencia del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, al frente de la delegación de Kinda. Zuhri ibn Shihab me informó que Ash‘az se reunió con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en la Mezquita del Profeta acompañado por ochenta jinetes de Kinda. Su grupo llegó con el cabello cuidadosamente peinado, los ojos delineados con kohl y vestidos con túnicas yemeníes adornadas con seda bordada. Cuando fueron a encontrarse con él, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, les dijo: «¿Acaso no os habéis hecho musulmanes?». Ellos respondieron: «Sí». Él dijo: «Entonces, ¿por qué lleváis tanta seda encima?». En cuanto oyeron estas palabras, rasgaron y se quitaron las partes de seda de sus vestiduras. Entonces Ash‘az ibn Qays dijo al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz:

«¡Oh, Mensajero de Allah! Así como nosotros somos descendientes de ‘Aqil al-Murar, tú también eres descendiente de ‘Aqil al-Murar». [93. Este era el título de un antepasado de los Banu Kinda. Como la madre de Kilab ibn Murrah, uno de los antepasados de Quraysh, era hija de los Banu Kinda, Ash‘az bromeó diciendo que él era descendiente de ‘Aqil al-Murar por línea materna.] El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sonrió levemente y dijo: «Aplicad ese linaje a ‘Abbas ibn ‘Abd al-Muttalib y a Rabi‘a ibn al-Harith». Estos dos hombres eran comerciantes y, cuando viajaban por negocios a alguna región árabe distante y les preguntaban por su linaje, decían: «Somos descendientes de ‘Aqil al-Murar». Lo decían para aumentar su prestigio, porque en la tribu de Kinda había muchos reyes. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, volvió a decir: «No; nosotros somos descendientes de Nizar ibn Kinana. No nos atribuimos a la ascendencia materna ni abandonamos jamás la filiación paterna». Entonces Ash‘az ibn Qays apremió a sus compañeros a regresar junto a su tribu y les dijo: «¿Habéis terminado vuestro trabajo? ¡Por Allah!, no dejaré marchar sin darle ochenta latigazos a quien diga algo semejante —es decir, quien difunda la filiación materna en lugar de la paterna—».

Llegada de Surad ibn ‘Abdullah al-Azdi

Surad ibn ‘Abdullah al-Azdi llegó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, acompañado por un grupo de hombres de la tribu de Azd, aceptó el islam y se convirtió en un musulmán sumamente devoto. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo nombró emir de los miembros musulmanes de su tribu y le ordenó dirigir el jihad, junto con ellos, contra las tribus yemeníes politeístas de los alrededores.

Por orden del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, partió primero hacia Jurash con el propósito de librar el jihad. En aquel tiempo, esta ciudad, habitada por tribus yemeníes, estaba amurallada y fortificada. Al enterarse de que el ejército musulmán se dirigía a atacarlos, la tribu de Jath‘am se unió a los yemeníes. El ejército de Surad mantuvo sitiados durante aproximadamente un mes a los yemeníes de Jath‘am, que permanecieron dentro de Jurash resistiendo ilesos. Después, Surad se retiró con su ejército. Cuando llegó cerca del monte Shakar, los habitantes de Jurash, creyéndolo derrotado, lo persiguieron. Tan pronto como lo atacaron, él lanzó un ataque contra ellos y mató a un gran número de sus hombres. Antes de esto, los habitantes de Jurash habían enviado a dos hombres a Medina ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, para observar la situación. Un día, después de la oración de ‘asr, se sentaron ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y él les preguntó: «¿Dónde está situado Shakar?». Los dos hombres de Jurash respondieron: «¡Oh, Mensajero de Allah! En nuestra región hay una montaña a la que los habitantes de Jurash llamamos Kashar». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «El nombre de esa montaña no es Kashar, sino Shakar». Ellos preguntaron: «¡Oh, Mensajero de Allah!, ¿qué ha ocurrido en Shakar?». Él respondió: «En este mismo momento están muriendo allí muchas personas».

Cuando los dos hombres fueron a sentarse con Abu Bakr o con ‘Uthman —que Allah esté complacido con él—, ellos les dijeron: «El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ha anunciado la muerte de miembros de vuestra tribu. Pedidle que rece para que vuestra tribu sea librada de la calamidad». Cuando se lo pidieron al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, él hizo esta súplica: «¡Oh, Allah!, aparta esta calamidad de los habitantes de Jurash». Después, los dos hombres emprendieron el viaje hacia Jurash. Al llegar, supieron que Surad ibn ‘Abdullah había matado a los habitantes de Jurash exactamente aquel día y en aquel mismo momento en que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, les había mencionado el suceso».

La delegación de Jurash llegó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y aceptó el islam. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, designó varias zonas protegidas alrededor de su ciudad para que pastaran los animales. Se delimitaron zonas separadas para los caballos, los camellos y los bueyes de labranza, y se anunció que nadie tendría permitido capturar ni comer ningún animal que pastara en dichas zonas.

Llegada de los enviados de los reyes de ascendencia himyarí

Los soberanos himyaríes enviaron enviados al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, junto con cartas en las que le informaban de su aceptación del islam. Entre estos soberanos se encontraban al-Harith ibn Abd Kulal, Nu‘aym, Ma‘afir y Nu‘man Qayl, gobernador adjunto de Hamdan. [94. Existe discrepancia respecto al término «qayl». Algunos dicen simplemente que significa «rey». Otros sostienen que significa un funcionario de alto rango cercano al rey. Esta última opinión es la más conocida.] Estos enviados llegaron cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresaba de la expedición de Tabuk. El soberano del Yemen, Dhur, envió a Malik ibn Murrah al-Bahawí. Todos ellos enviaron enviados y cartas declarando que habían aceptado el islam, abandonado el politeísmo y roto sus relaciones con los politeístas. En respuesta, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, les escribió la siguiente carta: «En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. De parte de Muhammad, Mensajero y Profeta de Allah, para Ru‘ayn, Ma‘afir, Hamdan, Ibn Abd Kulal, Nu‘aym ibn Abd Kulal y Nu‘man, el gobernador adjunto. Alabo al Altísimo Allah, aparte de quien no hay ninguna divinidad. Cuando regresamos de las tierras de los romanos, vuestros enviados se reunieron con nosotros en Medina y nos transmitieron vuestro mensaje. Nos informaron de vuestra aceptación del islam y de que habíais matado a los politeístas. Si seguís el camino de la rectitud, obedecéis a Allah y a Su Mensajero, establecéis la oración, entregáis el zakat, dais por Allah una quinta parte del botín, la parte del Profeta, lo que él haya escogido antes de su reparto y la sadaqa obligatoria impuesta a los creyentes, entonces obtendréis la guía de Allah. La sadaqa obligatoria consiste en una décima parte de la cosecha de las tierras agrícolas regadas por la lluvia y por el agua de los canales, y en una vigésima parte de la cosecha de las tierras agrícolas regadas artificialmente.»

Por cada cuarenta camellos, una camella de más de dos años, y por cada treinta, un camello de más de dos años. Por cada cinco camellos, una cabra; por cada diez camellos, dos cabras; por cada cuarenta vacas, una vaca; por cada treinta, un ternero de uno o dos años; por cada cuarenta vacas, una vaca; por cada treinta, un ternero de uno o dos años; y por cada cuarenta cabras u ovejas que pastan libremente, una cabra. Esto es la sadaqa obligatoria que Allah ha impuesto a los creyentes. Dar más es mejor; pero quien entregue solamente esto, dé testimonio de su obediencia al islam y ayude a los creyentes a vencer a los politeístas, ese es un creyente. Tendrá los mismos derechos y responsabilidades que los demás creyentes. Allah y Su Mensajero garantizan su seguridad plena. Si un judío o un cristiano acepta el islam, pasará a formar parte de los creyentes. Sus derechos y responsabilidades serán iguales a los de los demás creyentes. Si alguien desea permanecer en su religión judía o cristiana, no se le obligará a abrazar el islam. Sin embargo, toda persona adulta de esta clase, sea hombre o mujer, esclava o libre, deberá pagar la yizya. La cantidad de la yizya será un dinar, o una cantidad equivalente de tela, según el precio de compra de la ma‘afir, una tela yemení especial. Quien entregue esta yizya al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, tendrá su seguridad garantizada por Allah y Su Mensajero. Y quien se niegue a pagarla será enemigo de Allah y de Su Mensajero.

El Profeta y Mensajero de Allah, Muhammad, que Allah le bendiga y le conceda paz, ordena a Dhurrah, soberano del Yemen, que cuando mis enviados Mu‘adh ibn Yabal, Abd Allah ibn Zayd, Malik ibn Ubadah y Uqbah ibn Namir, junto con sus compañeros —que Allah esté complacido con ellos—, lleguen ante vosotros, los tratéis bien. Y si recaudan el zakat y la yizya debidos por vuestros súbditos y los entregan a los enviados bajo la autoridad del emir Mu‘adh ibn Yabal, que Dhurrah lo apruebe.

Muhammad declara nuevamente que no hay ninguna divinidad aparte de Allah y que él es el siervo y Mensajero de Allah.

También se hace constar que Malik ibn Murrah al-Bahawí me informó de que tú, Dhurrah, fuiste el primero de los soberanos de Himyar en aceptar el islam y matar a los politeístas. Por ello, recibe la buena nueva y las felicitaciones, y trata bien a los himyaríes. No traiciones ni oprimas a nadie. Recuerda que el Mensajero de Allah es el protector de todos vosotros, ricos y pobres. La sadaqa del zakat no es lícita para Muhammad ni para sus familiares. El zakat es un medio para purificar las riquezas y solo es lícito para los pobres musulmanes y los viajeros. Malik te ha transmitido tu mensaje de manera correcta y digna de confianza. Por ello, os ordeno que lo tratéis bien. He enviado ante vosotros, de entre mis seguidores, a personas sumamente honestas, capaces, conocedoras y piadosas. Os ordeno que las tratéis bien, pues sus informes serán considerados los de mayor importancia. La paz, la misericordia de Allah y Sus bendiciones sean con vosotros.»

Consejo del Mensajero de Allah a Mu‘adh ibn Yabal cuando lo envió al Yemen

Ibn Ishaq dice: Abd Allah ibn Abu Bakr me informó que se le había transmitido lo siguiente: cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a Mu‘adh —que Allah esté complacido con él— como enviado, le dio algunos consejos y obtuvo de él un compromiso. Dijo: «Presentarás la invitación al islam con facilidad, no con dureza. Despertarás en ellos la esperanza y no los harás sentir aversión. Entonces te encontrarás con un grupo de la Gente del Libro. Te preguntarán cuál es la llave del Paraíso. Les dirás: “La llave del Paraíso es dar testimonio de que Allah es Uno y no tiene asociado alguno.”»

La conversión al islam de la tribu Banū al-Ḥārith a manos de Jālid ibn al-Walīd durante la expedición

Ibn Isḥāq dice: En el mes de Rabīʿ al-Thānī o en Ŷumādā al-Awwal del décimo año de la hégira, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, envió a Jālid ibn al-Walīd a la tribu Banū al-Ḥārith ibn Kaʿb de Naŷrān con la siguiente instrucción: «Antes de entrar en combate, invítalos al islam durante tres días. Si aceptan la invitación, acéptalo de ellos; de lo contrario, atácalos».

Jālid partió. Al llegar al asentamiento de los Banū al-Ḥārith, ordenó a sus compañeros que se dispersaran por los alrededores para invitar a la gente al islam. Ellos decían: «¡Oh, gente! Aceptad el islam y estaréis a salvo». La gente comenzó a aceptar el islam, y Jālid permaneció entre ellos. Comenzó a enseñarles el islam y a instruirlos en el Corán y la sunna del Mensajero. El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, también le había ordenado que, si los habitantes de Naŷrān aceptaban el islam en lugar de combatir, permaneciera entre ellos y continuara enseñándoles detalladamente el islam. Jālid ibn al-Walīd, que Dios esté complacido con él, escribió la siguiente carta al Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz:

«En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso. De parte de Jālid ibn al-Walīd para Muḥammad, el Profeta enviado por Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. ¡Oh, Mensajero de Dios! Que la paz, la misericordia y las bendiciones de Dios desciendan sobre ti. Te alabo a Dios, aparte de quien no hay otra divinidad. ¡Oh, Mensajero de Dios! Que la misericordia y la paz de Dios desciendan sobre ti. Me enviaste a los Banū al-Ḥārith con la instrucción de que los invitara al islam durante tres días sin combatirlos. Si aceptaban el islam, debía aceptarlo de ellos, permanecer entre ellos y enseñarles las disposiciones detalladas del islam, el Libro de Dios y la sunna del Mensajero. Pero si no aceptaban el islam, debía combatirlos. He venido a ellos y los he invitado al islam durante tres días, conforme a la orden del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. He enviado a mis compañeros a la gente de aquí. Los invitaron diciendo: “¡Oh, Banū al-Ḥārith! Aceptad el islam y estaréis a salvo”».

Como resultado, los Banū al-Ḥārith no combatieron y aceptaron el islam. Permanezco entre ellos y les ordeno lo que Dios ha ordenado, y los aparto de lo que Dios ha prohibido. Les enseño las disposiciones detalladas del islam y las enseñanzas del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz; esta labor continúa hasta el momento de escribir esta carta. ¡Oh, Mensajero de Dios! La paz, la misericordia y las bendiciones de Dios sean contigo».

En respuesta, el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, escribió la siguiente carta a Jālid: «En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso. De parte de Muḥammad, el Profeta enviado por Dios, para Jālid ibn al-Walīd. Que la paz descienda sobre ti. Te alabo a Dios, aparte de quien no hay otra divinidad. Por medio de un mensajero recibí tu carta y supe que los Banū al-Ḥārith habían aceptado el islam sin combatir y que, respondiendo a vuestra invitación, habían dado testimonio de que no hay otra divinidad aparte de Dios y de que Muḥammad es Su siervo y Su Mensajero. Has informado de que Dios los ha guiado mediante el mensaje de Su guía. Por tanto, dales buenas nuevas y, al mismo tiempo, adviérteles. Ahora ven y diles a una delegación de los Banū al-Ḥārith que venga a mí. La paz, la misericordia y las bendiciones de Dios sean con vosotros».

Al recibir la carta del Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, Jālid regresó a Medina, donde se presentó ante el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz. Con él llegó también una delegación de los Banū al-Ḥārith. Entre sus miembros destacados estaban: Qays ibn al-Ḥusayn, Yazīd ibn ʿAbd al-Madān, Yazīd ibn Muḥaŷŷal, ʿAbd Allāh ibn Qurād al-Ziyādī, Shaddād ibn ʿAbd Allāh al-Kinānī y ʿAmr ibn ʿAbd Allāh al-Dibābī. Cuando se presentaron ante el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, él los vio y dijo: «¿Quiénes son estos que parecen indios?». Los compañeros dijeron: «¡Oh, Mensajero de Dios! Son gente de los Banū al-Ḥārith». Se presentaron ante el Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, y lo saludaron. Dijeron: «Damos testimonio de que eres el Mensajero de Dios y de que no hay otra divinidad aparte de Dios». El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, dijo: «Yo también doy testimonio de que no hay otra divinidad aparte de Dios y de que soy el Mensajero de Dios». Luego dijo: «¿Sois acaso la gente que, cuando es rechazada, avanza aún más?». Repitió esta frase cuatro veces. El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, dijo: «Si Jālid no me hubiera informado de que habíais aceptado el islam sin combatir, habría hecho que os cortaran la cabeza y os arrojaran bajo vuestros propios pies». Yazīd ibn ʿAbd al-Madān dijo: «Sabed que no os hemos alabado ni a ti ni a Jālid». El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, preguntó: «Entonces, ¿a quién habéis alabado?». Ellos respondieron: «¡Oh, Mensajero de Dios! Hemos alabado a Dios, el Majestuoso y Omnipotente, quien nos ha guiado por medio de ti». Él dijo: «Decís la verdad». Luego preguntó: «En la época de la ignorancia, ¿con qué medios vencíais a vuestros adversarios en los combates?». Respondieron: «¿Cómo? Nosotros no vencíamos a nadie». El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, dijo: «Sí, vencíais a quienes combatían contra vosotros». Los delegados dijeron: «¡Oh, Mensajero de Dios! La razón por la que vencíamos a nuestros adversarios era que permanecíamos unidos y no nos entregábamos a disputas ni discordias; y nunca atacábamos primero a nadie ni atacábamos injustamente». El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, dijo: «Decís la verdad».

El Mensajero de Dios, que Dios lo bendiga y le conceda paz, nombró a Qays ibn al-Ḥusayn emir de los Banū al-Ḥārith.

Después, la delegación de los Banū al-Ḥārith regresó a su territorio a finales de Shawwāl o a comienzos de Dhū al-Qaʿda. Cuatro meses después de su partida, el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, falleció.

Después de la partida de la delegación, el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, envió a ʿAmr ibn Ḥazm —que Dios esté complacido con él— para enseñar a los Banū al-Ḥārith las disposiciones detalladas del islam y su Sunna, y para recaudar su ṣadaqa. También le entregó una carta con sus instrucciones. La carta decía lo siguiente:

«En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso. Esta es una proclamación de parte de Dios y de Su Mensajero. ¡Oh, creyentes! Cumplid los pactos. Esta es una instrucción de parte del profeta de Dios, Muḥammad, para ʿAmr ibn Ḥazm, su enviado a Yemen. Le ordenó a ʿAmr que temiera a Dios en todo lugar y en toda circunstancia. Debe recordar que Dios está con quienes Le temen y hacen el bien. Se le ordena seguir siempre el camino de la justicia y la verdad, tal como Dios le ha ordenado. Que anime a la gente a seguir el camino del bien y les ordene hacerlo; que difunda entre ellos las enseñanzas del Corán y les imparta un conocimiento profundo de este, y que les advierta que nadie debe tocar el Corán en estado de impureza. Que les informe de lo que es bueno y de lo que es malo para la gente; que trate con benevolencia a quienes siguen la verdad y la justicia, y sea severo con quienes cometen injusticia. Pues Dios detesta la injusticia y ha ordenado abstenerse de ella. Él ha dicho: “¡Atención! ¡La maldición de Dios está sobre los injustos!”. Que exhorte a la gente a alcanzar el Paraíso y a realizar las obras que conducen a él, y que les advierta contra el Infierno y contra las obras que conducen a él. Para impartir a la gente un conocimiento profundo y amplio del islam, que procure ganarse su afecto; que les enseñe las normas, las prácticas de la Sunna, las obligaciones y los mandatos de Dios relativos al gran ḥajj y al pequeño ḥajj, es decir, la ʿumra. Que prohíba a la gente rezar llevando únicamente una prenda pequeña, salvo que esta sea tan amplia que, después de cubrir una parte del cuerpo, pueda pasar el otro extremo alrededor del cuello. Que les prohíba sentarse con una sola prenda, levantando las piernas de tal manera que queden al descubierto las partes pudendas. Que prohíba a los hombres trenzarse el cabello y dejarlo colgando sobre la espalda. Que prohíba a la gente, en momentos de agitación, invocar a las tribus y a los grupos familiares, y les ordene invocar únicamente el nombre del Dios único e incomparable. A quienes, en vez de invocar a Dios, llamen hacia una tribu o grupo particular, se les debe expulsar con la espada. Y el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, nombró a Qays ibn Ḥuṣayn emir de los Banū al-Ḥārith.»

Después, la delegación de los Banū al-Ḥārith regresó a su territorio a finales de Shawwāl o a comienzos de Dhū al-Qaʿda. Cuatro meses después de su partida, el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, falleció.

Después de la partida de la delegación, el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, envió a ʿAmr ibn Ḥazm —que Dios esté complacido con él— para enseñar a los Banū al-Ḥārith las disposiciones detalladas del islam y su Sunna, y para recaudar su ṣadaqa. También le entregó una carta con sus instrucciones. La carta decía lo siguiente:

«En el nombre de Dios, el Compasivo, el Misericordioso. Esta es una proclamación de parte de Dios y de Su Mensajero. ¡Oh, creyentes! Cumplid los pactos. Esta es una instrucción de parte del profeta de Dios, Muḥammad, para ʿAmr ibn Ḥazm, su enviado a Yemen. Le ordenó a ʿAmr que temiera a Dios en todo lugar y en toda circunstancia. Debe recordar que Dios está con quienes Le temen y hacen el bien. Se le ordena seguir siempre el camino de la justicia y la verdad, tal como Dios le ha ordenado. Que anime a la gente a seguir el camino del bien y les ordene hacerlo; que difunda entre ellos las enseñanzas del Corán y les imparta un conocimiento profundo de este, y que les advierta que nadie debe tocar el Corán en estado de impureza. Que les informe de lo que es bueno y de lo que es malo para la gente; que trate con benevolencia a quienes siguen la verdad y la justicia, y sea severo con quienes cometen injusticia. Pues Dios detesta la injusticia y ha ordenado abstenerse de ella. Él ha dicho: “¡Atención! ¡La maldición de Dios está sobre los injustos!”. Que exhorte a la gente a alcanzar el Paraíso y a realizar las obras que conducen a él, y que les advierta contra el Infierno y contra las obras que conducen a él. Para impartir a la gente un conocimiento profundo y amplio del islam, que procure ganarse su afecto; que les enseñe las normas, las prácticas de la Sunna, las obligaciones y los mandatos de Dios relativos al gran ḥajj y al pequeño ḥajj, es decir, la ʿumra. Que prohíba a la gente rezar llevando únicamente una prenda pequeña, salvo que esta sea tan amplia que, después de cubrir una parte del cuerpo, pueda pasar el otro extremo alrededor del cuello. Que les prohíba sentarse con una sola prenda, levantando las piernas de tal manera que queden al descubierto las partes pudendas. Que prohíba a los hombres trenzarse el cabello y dejarlo colgando sobre la espalda. Que prohíba a la gente, en momentos de agitación, invocar a las tribus y a los grupos familiares, y les ordene invocar únicamente el nombre del Dios único e incomparable. A quienes, en vez de invocar a Dios, llamen hacia una tribu o grupo particular, se les debe expulsar con la espada. Un hombre digno de confianza me informó, citando a Abū Hurayra —que Dios esté complacido con él—, que el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz, dijo: “Antes de la Hora aparecerán treinta impostores, y cada uno de ellos afirmará ser profeta”.»

La expedición para recaudar la zakāt por parte de los funcionarios y emires designados por el Mensajero de Dios, que Dios le bendiga y le conceda paz

Ibn Isḥāq dice:

Antes de su fallecimiento, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a sus emires y funcionarios designados para recaudar la zakat de todos los países y regiones bajo dominio musulmán. Envió a Muhayir ibn Abu Umayya a Sana’a. Mientras él se encontraba en Sana’a, Ansī se rebeló contra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Envió a Ziyad ibn Labid, de la tribu ansarí Banu Bayada, a Hadramaut; a Adi ibn Hatim a las tribus Banu Tay y Banu Asad; a Malik ibn Nuwaira a la tribu Banu Hanẓala; a Zibarqan ibn Badr a una parte de la tribu Banu Sa’d; a Qays ibn Asim a la otra parte de la misma tribu; y a Ali ibn Abu Talib, que Allah esté complacido con él, a Nayrán para recaudar la zakat de los musulmanes y la yizia de los cristianos.

La carta de Musailima al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y la respuesta del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz

«De Musailima, el Mensajero de Allah, a Muhammad, el Mensajero de Allah. Que la paz sea contigo. Se me ha hecho partícipe de tu profecía. La mitad de la tierra nos corresponde a nosotros y la otra mitad a los qurayshíes. Pero los qurayshíes siempre transgreden».

Dos enviados llevaron esta carta al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Ibn Ishaq dijo: «Un anciano de la tribu Banu Ashya, quien me lo transmitió de Salma ibn Nuaym, me informó que Nuaym dijo: Después de recibir la carta de los dos enviados y leerla, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, les preguntó: “¿Cuál es la opinión de vosotros dos?”. Ellos respondieron: “Decimos lo mismo que dice Musailima”. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: “¡Por Allah! Si no fuera contrario a los principios matar a los enviados, os habría decapitado”».

Después le escribió a Musailima: «En el nombre de Allah, el Clemente, el Misericordioso. De Muhammad, el Mensajero de Allah, para Musailima, el falso pretendiente. La paz sea con quien sigue la guía procedente de Allah. Sabe que la tierra pertenece por completo a Allah. Él concede el dominio de la tierra a quien quiere de entre Sus siervos, y el éxito en la otra vida es para los temerosos de Allah». Este intercambio de cartas tuvo lugar en el décimo año de la Hégira.

La Peregrinación de Despedida

Cuando comenzó el mes de Dhul Qa’da, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se preparó para el hajj y ordenó a los musulmanes que se preparasen. Partió para realizar el hajj cuando quedaban cinco días del mes de Dhul Qa’da.

Al aproximarse el hajj, enseñó a la gente sus normas y procedimientos. Después pronunció un discurso ante la multitud reunida. Tras alabar a Allah, dijo:

«¡Oh, gente! Escuchad mis palabras. Probablemente, después de este año, no volveré a reunirme con vosotros en este lugar. ¡Oh, gente! Así como hoy, en este día y en este mes, está prohibido que atentéis contra la vida y los bienes de otros, así también quedará prohibido hasta el Día de la Resurrección. Pronto compareceréis ante Allah y tendréis que rendir cuentas por vuestras obras. He cumplido con la responsabilidad de transmitiros el mensaje de Allah. Quien tenga algo confiado en depósito por otra persona, que se lo devuelva a su dueño. Todo interés queda abolido. [95. Quedan abolidas todas las deudas y las represalias por homicidio y lesiones.] Solo recibiréis el capital. No oprimiréis a nadie ni seréis víctimas de opresión. El decreto definitivo de Allah es que no habrá interés. Queda abolido todo el interés de al-Abbas ibn Abd al-Muttalib. Quedan abolidas todas las penas y represalias por homicidios y lesiones cometidos en la época de la ignorancia. Soy el primero en abolir la pena o represalia por el asesinato de Ibn Rabi‘a, nieto de al-Hariz ibn Abd al-Muttalib. Ibn Rabi‘a era un lactante confiado a la tribu de Banu Laiz. Banu Hudhayl lo mató. Con ese asesinato comienzo a perdonar todos los homicidios de la época de la ignorancia.»

Después, ¡oh, gente!, ya no hay posibilidad de que Satanás vuelva a ser adorado en vuestra tierra. Ha perdido toda esperanza al respecto. Sin embargo, si le obedecéis en las pequeñas cosas que consideráis insignificantes y triviales, se sentirá satisfecho. Así pues, guardaos de Satanás en lo relativo a vuestra religión.

¡Oh, gente! Posponer los meses sagrados para el año siguiente es una forma aún más grave de incredulidad. Los incrédulos son conducidos por esta práctica al extravío. Mediante ella, declaran lícito el derramamiento de sangre un año y lo declaran ilícito al siguiente. Así conspiran para eludir los días sagrados de Allah. De este modo, en la práctica, hacen lícito lo que Allah ha prohibido y prohíben lo que Allah ha hecho lícito. Desde el principio de la creación de los cielos y la tierra, el tiempo ha transcurrido conforme a su propio orden. Para Allah, los meses son doce; cuatro de ellos son sagrados: tres consecutivos y uno es el mes de Rayab de la tribu de Mudar. Ese mes se encuentra entre Sha‘ban y Yumada al-Ajira. [96. Se llama a Rayab «el Rayab de la tribu de Mudar» porque esta tribu era la única que lo reverenciaba. Ninguna otra tribu árabe observaba este mes como sagrado.]

Tenéis deberes y derechos respecto de vuestras mujeres. Ellas no deben permitir que nadie más se acueste en vuestro lecho ni entregarse a actos obscenos prohibidos; ese es su deber, pues ello provoca vuestro rechazo. Si aun así lo hacen, Allah os ha concedido el derecho de dormir separados de ellas y de golpearlas levemente. Pero si se enmiendan, es vuestro deber proporcionarles alimentos y vestimenta de manera adecuada. Tratad bien a las mujeres, pues para vosotros son como cautivas indefensas. Las habéis tomado bajo la confianza de Allah y las habéis hecho lícitas para vosotros conforme a la ley de Allah.

¡Oh, toda la humanidad! Comprended mis palabras. He cumplido con la tarea de transmitir el mensaje de Allah a la gente. Y os dejo algo que, si os aferráis firmemente a ello, nunca os extraviaréis: el Libro de Allah y la Sunnah de Su Mensajero, cosas claras y evidentes. ¡Oh, gente!, escuchad mis palabras y comprendedlas. Sabed que todo musulmán es hermano de otro musulmán. Los musulmanes son hermanos entre sí. Por tanto, es ilícito tomar cualquier cosa de vuestro hermano, salvo que él os la entregue de buen grado. No oprimáis a la gente. «¡Oh, Allah!, ¿he transmitido Tu religión a la gente?» La gente respondió: «¡Oh, Allah, ciertamente el Mensajero de Allah nos ha transmitido Tu religión!» Él dijo: «¡Oh, Allah! Sé testigo.»

Envío de Usama ibn Zayd a Palestina

Ibn Hisham dice: Después de pronunciar el sermón mencionado, el Mensajero de Allah

regresó a Medina y pasó allí los días restantes de Dhul-Hiyya, así como los meses de Muharram y Safar. Después envió a Siria un ejército bajo el mando de Usama, hijo de su liberto Zayd, y le ordenó conquistar las regiones de Balqa y Darum, en Palestina. La gente se preparó para partir. Todos los musulmanes emigrados que habían realizado la primera Hégira partieron con él.

El Mensajero de Allah envía emisarios a los reyes y soberanos

Ibn Hisham dice:

Anteriormente, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, había enviado a algunos de sus compañeros como emisarios ante los reyes y soberanos de diversos países. Les envió cartas invitándolos al islam.

Ibn Hisham dice: Un hombre digno de confianza me informó, citando a Abu Bakr al-Hudhali, que, después de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, fuera impedido de realizar la umra el día de Hudaybiyya, un día se presentó ante sus compañeros y dijo: «Oh pueblo, Allah me ha enviado como misericordia para toda la humanidad. Así pues, no me contradigáis como los discípulos de Jesús contradijeron a este». Los compañeros preguntaron: «Oh Mensajero de Allah, ¿cómo contradijeron los discípulos de Jesús a este?». Él respondió: «Él les ordenaba hacer las mismas cosas que yo os ordeno hacer. Pero cuando quería enviar a alguien a un lugar cercano, esa persona mostraba su desagrado y se demoraba. Jesús presentó una queja sobre esto ante Allah. Como consecuencia, cada uno de los que se demoraban tuvo este destino: a cualquiera que fuera enviado a una nación, se le hizo hablar la lengua de esa nación».

Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, eligió a algunos de sus compañeros como emisarios y les envió cartas con la invitación al islam dirigidas a los reyes y soberanos de diversos países. Envió a Dihya ibn Jalifa al-Kalbi ante el emperador de Roma; a Abdullah ibn Hudhafa al-Sahmi ante el emperador de Persia; a Amr ibn Umayya al-Damri ante el Negus de Abisinia; a Hatib ibn Amr ante los dos reyes de Yamama, Sumama ibn Uzal y Hawza ibn Ali; a Alá ibn al-Hadrami ante el rey de Baréin, Mundhir ibn Sawa; y a Shuja ibn Wahb al-Asadi ante el rey de la región fronteriza de Siria, Harith ibn Abi Shamir al-Gassani.

Ibn Hisham dice: Según tengo entendido, Salit fue enviado ante Sumama, Hawza y Mundhir.

Ibn Ishaq dice: Yazid ibn Abi Habib al-Misri me informó que había visto en un libro los nombres de los emisarios enviados por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, ante los reyes de los árabes y de los no árabes, así como a diversos países. En aquel libro también se mencionaban los consejos que daba a sus compañeros cuando los enviaba. Yazid envió ese libro al célebre erudito Muhammad ibn Shihab al-Zuhri. Al-Zuhri reconoció que el libro era fiable. En él se decía: El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se presentó ante sus compañeros y dijo: «Allah me ha enviado como misericordia para todos los habitantes del mundo. Así pues, transmitid la invitación de mi parte; Allah derramará Su misericordia sobre vosotros. No me contradigáis como los discípulos de Jesús». Los compañeros preguntaron: «Oh Mensajero de Allah, ¿cómo lo contradijeron?». Él respondió: «Del mismo modo que yo os he encomendado esta responsabilidad, él también les encomendaba transmitir la invitación en diversos lugares. A quien enviaba a un lugar cercano, le alegraba y le agradaba. Pero quien era enviado lejos se disgustaba y se negaba. Jesús suplicó a Allah por este asunto. Como consecuencia, cualquiera de ellos que fuera enviado a un país pasaba a hablar la lengua de ese país».

Ibn Ishaq dice: «Entre los discípulos que Jesús envió a diversas regiones del mundo y sus seguidores que fueron enviados posteriormente, los más destacados fueron el discípulo Pedro y su seguidor Pablo. Pablo no era un apóstol ni uno de los discípulos de Jesús. Andrés y Matías fueron enviados ante los romanos; a otro lo enviaron a una región cuyos habitantes comían carne humana. Tomás fue enviado a Babilonia, en Oriente; Felipe fue enviado a Cartago, en África, o a África. Juan fue enviado a la ciudad de Éfeso, la población de los Compañeros de la Caverna. Santiago fue enviado al Hiyaz, en Arabia; Simón fue enviado a la región de los bereberes; y Judas fue enviado al territorio de los jutos. Judas no era uno de los discípulos de Jesús.»

La última expedición

Ibn Ishaq dice: El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, envió a Usama, hijo de Zayd ibn Haritha, a Siria y le ordenó apoderarse de las regiones de Balqa y Darum, en Palestina. Los musulmanes hicieron los preparativos correspondientes. En esta expedición participaron todos los musulmanes que habían emigrado en la primera Hégira.

El comienzo de la enfermedad del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz

Ibn Ishaq dice: Mientras continuaban los preparativos para iniciar la expedición bajo el mando de Usama, comenzaron a manifestarse en el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, los signos de la enfermedad, y finalmente falleció a causa de ella. La enfermedad comenzó en los últimos días del mes de Safar o el primer día de Rabi al-Awwal. Comenzó de la siguiente manera: una noche, muy entrada la noche, fue al cementerio de Medina, Baqi al-Gharqad, y pidió perdón por los allí enterrados. Al día siguiente comenzó a padecer los dolores de su enfermedad.

Abu Muayhiba, el liberto del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, me despertó cerca de la medianoche y dijo: «¡Oh Abu Muayhiba! Se me ha ordenado pedir perdón por los muertos de este cementerio. Ven conmigo». Lo acompañé. De pie frente al cementerio, dijo:

«¡Oh habitantes de las tumbas! La paz sea con vosotros. Hoy os encontráis en una situación mucho mejor que aquella en la que ha caído la gente. Las tribulaciones se presentan como una noche de profunda oscuridad, haciéndose cada vez más densas. Cada calamidad que llega es más grave que la anterior.

Después se dirigió a mí y dijo: «¡Oh Abu Muayhiba! Se me ofrecieron las riquezas de este mundo y el derecho a disfrutarlas permanentemente, y después el Paraíso, y se me dijo: “Elige entre estas riquezas y el derecho a disfrutarlas permanentemente, y el Paraíso y el encuentro con Allah; toma lo que desees de estas dos opciones”».

Dije: «¡Oh Mensajero de Allah! Elija las riquezas de este mundo y el derecho a disfrutarlas permanentemente, y después el Paraíso». Él dijo: «No; más bien he elegido el encuentro con Allah y el Paraíso».

Después, rogó y pidió perdón por los moradores del cementerio de al-Baqi y regresó a casa. Inmediatamente después comenzaron sus dolores de enfermedad, y finalmente falleció a causa de ellos.

Aisha (que Allah esté complacido con ella), esposa del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, dijo: Cuando el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— regresó de al-Baqi y me vio quejándome de un fuerte dolor de cabeza, diciendo: «¡Ay, mi cabeza!», dijo al ver mi estado: «Oh, Aisha, ¡más bien es mi cabeza la que duele!». Luego dijo: «Bueno, ¿qué te parece si mueres antes que yo y yo me encargo de amortajarte, enterrarte y ofrecer la oración fúnebre por ti?». Respondí: «Puedo verlo claramente: si eso ocurriera, usted regresaría a casa y se divertiría con sus otras esposas».

Al oír esto, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— sonrió. Por un instante pareció que el dolor de su enfermedad había desaparecido. Hasta entonces permanecía por turnos con sus esposas. Pero de repente el dolor de la enfermedad se agravó. En ese momento se encontraba en la casa de Maymuna (que Allah esté complacido con ella). Llamó a todas sus esposas y les pidió permiso para que lo atendieran en mi habitación. Todas le dieron permiso.

Las esposas del Mensajero de Allah o las Madres de los Creyentes

Ibn Hisham dice: El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— tuvo nueve esposas. A saber: Aisha, hija de Abu Bakr (que Allah esté complacido con ella); Hafsa, hija de Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con ella); Umm Habiba, hija de Abu Sufyan ibn Harb (que Allah esté complacido con ella); Umm Salama, hija de Abu Umayya ibn al-Mugira (que Allah esté complacido con ella); Sawda, hija de Zam’a ibn Qays (que Allah esté complacido con ella); Zaynab, hija de Yash (que Allah esté complacido con ella); Maymuna, hija de al-Harith ibn Hazn (que Allah esté complacido con ella); Yuwairiya, hija de al-Harith ibn Abu Dirar (que Allah esté complacido con ella); y Safiyya, hija de Huyayy ibn Ajtab. Estos datos se conocen por medio de varios eruditos dignos de confianza.

[El número total de esposas del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— fue de trece. Sin embargo, las nueve mencionadas estaban vivas cuando falleció. Dos habían muerto anteriormente, y con otras dos solo se celebró un matrimonio nominal. No llegaron a convertirse en esposas del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—.]

Jadiya, hija de Juwaylid, que Allah esté complacido con ella

Jadiya fue su primera esposa. Su padre, Juwaylid ibn Asad —según otra opinión, su hermano Amr ibn Juwaylid—, casó a Jadiya con el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— le dio como dote veinte camellas vírgenes. Todos los hijos del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, excepto Ibrahim, nacieron de ella. Su esposo anterior había sido Abu Hala ibn Malik. Era miembro de los Banu Usayd, aliados de la tribu de los Banu Abd al-Dar. Mientras fue esposa de Abu Hala, tuvo de él un hijo llamado Hind y una hija llamada Zaynab. Antes de Abu Hala se había casado con Atiq ibn Abid. También de este matrimonio tuvo un hijo llamado Abdullah y una hija llamada Jariya.

Aisha, hija de Abu Bakr, que Allah esté complacido con ella

Se casó con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, en La Meca, cuando apenas tenía siete años. Después de la emigración a Medina, a los nueve o diez años, comenzó su vida conyugal con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Él no se casó con ninguna otra virgen aparte de Aisha, que Allah esté complacido con ella. Su padre, Abu Bakr al-Siddiq, que Allah esté complacido con él, la entregó en matrimonio. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se casó con ella. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le entregó cuatrocientos dírhams como dote.

Sawda, hija de Zam‘a, que Allah esté complacido con ella

Salit ibn Amr, o según otra versión, Abu Hatim ibn Amr, la casó con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le entregó cuatrocientos dírhams como dote. El nombre de su esposo anterior era Sakran ibn Amr. 97. Ibn Hisham dice que Ibn Ishaq no está de acuerdo con este relato. Según él, tanto Ali como Abu Hatim se encontraban entonces viviendo en el exilio en Abisinia. Durante ese periodo estaban ausentes del lado del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz.

Zaynab, hija de Jahsh, que Allah esté complacido con ella

Su hermano, Abu Ahmad ibn Jahsh, la entregó en matrimonio. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le dio una dote de cuatrocientos dírhams. Su esposo anterior había sido Zayd ibn Haritha, que Allah esté complacido con él, el esclavo liberado por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz.

Fue con respecto a Zaynab que se reveló esta aleya del Corán: «Cuando Zayd hubo dejado de tenerla como esposa, te la dimos en matrimonio».

Umm Salama, hija de Abu Umayya, que Allah esté complacido con ella

Su otro nombre era Hind. Su hijo Salama la casó. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, le dio un colchón relleno de fibras de palmera datilera, una copa, un plato y un molino manual. El nombre de su esposo anterior era Abdullah Abu Salama. Allí tuvo cuatro hijos: Salama, Umar, Zaynab y Ruqayya.

Hafsa, hija de Umar ibn al-Jattab, que Allah esté complacido con ella

Su padre, Umar ibn al-Jattab, que Allah esté complacido con él, la casó personalmente con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, con una dote de cuatrocientos dírhams. Anteriormente había estado casada con Junays ibn Hudhafa al-Sahmi.

Umm Habiba, hija de Abu Sufyan ibn Harb, que Allah esté complacido con ella

Jálid ibn Saíd ibn al-As tomó la iniciativa y propuso su matrimonio con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Ambos se encontraban entonces viviendo como emigrantes en Abisinia. El propio Negus le entregó, en nombre del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, una dote de cuatrocientos dinares. El nombre de su esposo anterior era Ubaydullah ibn Yahsh al-Asadi. Su verdadero nombre era Ramla.

 

Yuwairiya, hija de Harith, que Allah esté complacido con ella

Esta mujer de la tribu de Juzaa llegó como prisionera de guerra tras la batalla de Banu Mustaliq y pasó a pertenecer a la parte de Zabit ibn Qays. Yuwairiya llegó a un acuerdo con Harith para obtener su libertad a cambio de un rescate. Acudió al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, para pedir ayuda con el pago de dicho rescate. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, aceptó pagar su rescate y le propuso casarse con ella. Yuwairiya aceptó la propuesta. Después se celebró el matrimonio.

Ibn Hisham menciona que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresó de la región de Banu Mustaliq llevando consigo a Yuwairiya. En el camino, la dejó bajo la custodia de un Compañero ansarí y le ordenó que cuidara de ella, mientras él partía hacia Medina. Después de llegar a Medina, el padre de Yuwairiya, Harith ibn Abu Dirar, se presentó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llevando el rescate para liberar a su hija. Al llegar al lugar llamado Aqeeq, Harith vio la caravana de camellos que llevaba al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, como rescate. Dos camellos le gustaron muchísimo. Los escondió en una cueva de la montaña de Aqeeq. Luego se presentó ante el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y dijo: «¡Oh, Muhammad! Habéis capturado a mi hija. Aquí tienes su rescate». El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «¿Qué fue de aquellos dos camellos que escondiste en tal y cual cueva de la montaña de Aqeeq?». Harith dijo: «Doy testimonio de que no hay ninguna divinidad excepto Allah y de que tú eres el Mensajero de Allah. Sin duda, nadie más que Allah te ha informado de esto». Harith aceptó el islam. Después envió a alguien a traer los dos camellos escondidos de la montaña de Aqeeq. Entregó al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, todos sus camellos. Su hija Yuwairiya le fue devuelta.

Safiyya bint Huyayy ibn Akhtab, que Allah esté complacido con ella

Safiyya, hija del líder judío Huyayy ibn Akhtab, fue llevada por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, desde Khaybar como cautiva de guerra, y él le concedió la dignidad de esposa. Para este matrimonio organizó un sencillo banquete nupcial, en el que se agasajó a los invitados únicamente con dátiles y harina tostada, en lugar de grasa o carne. El nombre de su marido anterior era Kinana ibn al-Rabi ibn Abu al-Huqayq.

Maymuna bint al-Harith, que Allah esté complacido con ella

Al-Abbas ibn Abd al-Muttalib, que Allah esté complacido con él, organizó su matrimonio con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Asimismo, pagó en nombre del Mensajero de Allah una dote de cuatrocientos dírhams. El nombre de su marido anterior era Abu Ruhm ibn Abd al-Uzza. Según algunos historiadores, ella fue la mujer que, en palabras del Sagrado Corán, se ofreció a sí misma al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Cuando la propuesta de matrimonio del Mensajero de Allah llegó a esta mujer, ella se encontraba montada en un camello. Respondió de inmediato a la propuesta: «Este camello y su jinete están consagrados a Allah y al Mensajero de Allah». En relación con ello, Allah, el Altísimo, reveló: «(Se te ha hecho lícita) si una mujer creyente se ofrece a sí misma y el Profeta desea casarse con ella».

Algunos dicen que ella no era la mujer que se ofreció al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, sino Zaynab bint Jahsh. Otros dicen que era Umm Sharik, Ghaziyya bint Jabir. Según otros, era una mujer de la tribu de Banu Sama. Sin embargo, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dejó su asunto en suspenso.

Zaynab bint Khuzayma, que Allah esté complacido con ella

Primero se casó con su primo Zahm ibn Amr. Después se casó con Ubayda ibn al-Harith. Qabisa ibn Amr al-Hilali la casó con el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, a cambio de una dote de cuatrocientos dírhams. Debido a su inmensa compasión y misericordia hacia los pobres, los necesitados y quienes sufrían privaciones, era llamada Umm al-Masakin, la madre de los necesitados.

Estas fueron las once esposas del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, con las que llevó vida conyugal. Entre ellas, Khadija bint Khuwaylid, que Allah esté complacido con ella, y Zaynab bint Khuzayma, que Allah esté complacido con ella, seguían vivas en el momento del fallecimiento del Mensajero de Allah y después de este. Además, no fue posible que llevara vida conyugal con otras dos. Una de ellas fue Asma bint Nu’man al-Kindiyya. Después de casarse con esta mujer, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, descubrió que padecía vitíligo o lepra. Por ello, le entregó un obsequio y la devolvió a su familia. La otra fue Amra bint Yazid al-Kilabiyya. Apenas llegó ante el Mensajero de Allah, le pidió que la liberara de aquel matrimonio. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Ella se mantiene apartada y busca refugio en Allah». Después la devolvió a su familia. Algunos dicen que la mujer que buscó refugio frente al Mensajero de Allah, es decir, que se negó a entablar relaciones conyugales, era la prima de Asma bint Nu’man al-Kindiyya. Según algunos, cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, la llamó, ella dijo con orgullo: «Somos gente de una tribu noble. La gente viene a nosotros; nosotros no vamos a nadie». Al oír esto, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, la devolvió a su familia.

Entre las esposas del Mensajero de Allah, seis pertenecían a la tribu de Quraysh: Jadiya, hija de Juwaylid (que Allah esté complacido con ella); Aisha, hija de Abu Bakr (que Allah esté complacido con ella); Hafsa, hija de Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con ella); Umm Habiba, hija de Abu Sufyan (que Allah esté complacido con ella); Umm Salama, hija de Abu Umayya (que Allah esté complacido con ella); y Sawda, hija de Zam’a (que Allah esté complacido con ella). Las siete restantes no eran de Quraysh. Seis eran de origen árabe: Zaynab, hija de Yahsh (que Allah esté complacido con ella), de la tribu de Banu Asad; Zaynab, hija de Hariz (que Allah esté complacido con ella), de la tribu de Banu Amir; Zaynab, hija de Juzaima (que Allah esté complacido con ella), de la tribu de Banu Juzaya; Asma, hija de Nu’man al-Kindiya (que Allah esté complacido con ella), de la tribu de Kinda; y Amra, hija de Yazid (que Allah esté complacido con ella), de la tribu de Banu Kilab. La otra era de origen no árabe —judío—: Safiya (que Allah esté complacido con ella), hija de Huyayy ibn Ajtab, de la tribu de Banu Nadir.

Relato restante sobre la enfermedad del Mensajero de Allah

Ibn Ishaq dice:

Ubaydullah ibn Abdullah ibn Utba me informó, transmitiéndolo de la esposa del Mensajero de Allah, Aisha, quien a su vez lo había recibido de Muhammad ibn Muslim al-Zuhri, y este de Ya’qub ibn Utba, que Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Después de obtener permiso de las demás esposas para permanecer en mi habitación a fin de recibir cuidados, el Mensajero de Allah entró en mi habitación apoyándose en los hombros de dos miembros de su familia: Fadl ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) y otro hombre. Llevaba la cabeza vendada y caminaba arrastrando los pies. Según Abdullah ibn Abbas, el otro hombre era Ali ibn Abu Talib (que Allah esté complacido con él).»

Al poco tiempo, el dolor del Mensajero de Allah se intensificó y, afligido, dijo: «Traed siete recipientes de agua de distintos pozos y vertedla sobre mi cabeza, para que pueda ir ante la gente y cumplir mi compromiso». Lo sentamos junto a un gran recipiente para lavar ropa y Hafsa, hija de [texto incompleto en el original] (que Allah esté complacido con ella), vertió abundante agua sobre su cabeza. Finalmente dijo:

«Es suficiente. Es suficiente.»

Al-Zuhri dice: Ayyub ibn Bashir me informó que el Mensajero de Allah, con la cabeza vendada, salió y se sentó en el púlpito de la mezquita. Entonces, apenas comenzó a hablar, primero pidió misericordia y perdón para los mártires de la batalla de Uhud. Hizo muchas súplicas por ellos. Después dijo: «A un siervo, Allah le pidió que eligiera entre los bienes de este mundo y lo que se encuentra junto a Allah. Ese siervo eligió lo que se encuentra junto a Allah». Abu Bakr al-Siddiq (que Allah esté complacido con él) comprendió el significado de estas palabras. Entendió que aquel siervo no era otro que el propio Mensajero de Allah. Por ello, llorando, dijo: «Sacrifiquemos nuestras propias vidas y las de nuestros hijos a cambio de su vida». El Mensajero de Allah dijo: «Oh, Abu Bakr, tómalo con naturalidad». Después dijo: «Cerrad estas puertas abiertas de la mezquita, pero no cerréis la puerta contigua a la casa de Abu Bakr, pues entre todos aquellos que me han acompañado, he encontrado en Abu Bakr al colaborador más digno de confianza».

Abd al-Rahman ibn Abdullah me informó que el Mensajero de Allah también dijo: «Si hubiera de tomar a alguien de entre los siervos de Allah como amigo íntimo, tomaría a Abu Bakr. Sin embargo, mientras no nos reunamos ante Allah, nuestro vínculo mutuo será únicamente el compañerismo, la fraternidad y la fe».

Muhammad ibn Zubayr me informó, citando como fuente a Urwa ibn al-Zubayr y a otros eruditos, que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, a pesar de encontrarse enfermo, manifestó su impaciencia por la demora en el envío del ejército de Usama. Mientras tanto, algunos expresaban una leve objeción al nombramiento del joven Usama como comandante, habiendo tantos Muhayirun y Ansar veteranos. Al enterarse de ello, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— volvió a sentarse en el púlpito con la cabeza vendada. Después de alabar debidamente a Allah, dijo: “¡Oh, gente! Enviad rápidamente el ejército de Usama. Si habéis hablado sobre su autoridad, también hablasteis de esa manera sobre la autoridad de su padre. Pero lo cierto es que Usama es apto para esta tarea, y su padre también lo era”. Luego, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— bajó del púlpito. Los musulmanes comenzaron a preparar el envío del ejército de Usama. Al mismo tiempo, los dolores de la enfermedad del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se hicieron más intensos. Cuando Usama, con su ejército, llegó a una zona baja situada a un farsaj de Medina, su ejército también se encontraba allí y otros musulmanes se habían unido a él, justo cuando fueron a comprobar cuál era el estado del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—. Zuhri dijo: Abdullah ibn Ka’b ibn Malik me informó que, en aquel sermón, además de lo que el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— había dicho sobre pedir bendiciones por los participantes en la batalla de Uhud y sobre lo que correspondía hacer a los musulmanes, también dijo: “¡Oh, Muhayirun! Cuidad bien de los Ansar. Los demás suelen alcanzar gradualmente la prosperidad económica, pero, dadas las circunstancias actuales de los Ansar, ellos no tienen esa posibilidad. Ellos fueron los guardianes de mis secretos y mis protectores. Por tanto, tratadlos bien como recompensa por su buen trato; y si recibís de ellos algún mal trato, perdonadlos”.

Después, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— bajó del púlpito y entró en su casa. Inmediatamente, los dolores de su enfermedad se intensificaron. Poco después perdió el conocimiento.

En ese momento, algunas de sus esposas, entre ellas Umm Salama y Maymuna —que Allah esté complacido con ellas—, y algunas mujeres musulmanas, entre ellas Asma bint Umais, se reunieron junto a él. Su tío Abbas —que Allah esté complacido con él— ya se encontraba en su presencia.

Todos decidieron administrar al Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— un medicamento llamado “ladud”. Abbas —que Allah esté complacido con él— dijo: “Sin duda, se lo administraré”. Finalmente, le administraron el ladud y recuperó el conocimiento. Al recobrarlo, preguntó: “¿Quién me administró esto?”. Todos respondieron: “Oh, Mensajero de Allah, te lo administró tu tío”. Él dijo: “Es un medicamento que trajeron algunas mujeres procedentes de Abisinia. ¿Por qué lo aplicasteis?”. Abbas —que Allah esté complacido con él— respondió: “Oh, Mensajero de Allah, temíamos que hubieras contraído una inflamación pulmonar”. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: “Allah jamás hará que padezca esa enfermedad. Nadie de mi familia, excepto mi tío, quedará exento de este ladud”. Maymuna —que Allah esté complacido con ella— tuvo que tomar el ladud mientras estaba en ayuno. De este modo, el Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dispuso que su familia fuera castigada por aquel acto equivocado.

Usama ibn Zayd —que Allah esté complacido con él— dijo: Cuando el estado del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— se volvió sumamente grave, yo, mi ejército y los musulmanes regresamos a Medina, y después fuimos a visitarlo. Al llegar, vimos que había perdido el habla y no podía hablar. Al verme, comenzó a levantar las manos hacia el cielo y luego a bajarlas y colocarlas sobre mi cuerpo. Comprendí que estaba suplicando por mí.

Aisha —que Allah esté complacido con ella— dijo:

Cuando estuve presente en los últimos momentos del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz—, las últimas palabras que le oí pronunciar fueron: “Más bien, al Compañero Supremo, a quien deseo”. Al oírlas, me dije interiormente: “No nos ha dado prioridad sobre los demás”. Entonces comprendí que aquello a lo que se refería cuando decía que ningún profeta muere sin que se le dé a elegir entre la vida y la muerte era la cosa preferida que había escogido, y que se había manifestado en sus palabras: “Más bien, al Compañero Supremo, a quien deseo”.

Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— dirige la oración comunitaria

Al-Zuhrí dice: Escuché a Hamza ibn Abdullah ibn Umar. Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Cuando la enfermedad del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, se agravó muchísimo, dijo: “Decid a Abu Bakr que dirija la oración”. Yo dije: “Oh, Mensajero de Allah, Abu Bakr es un hombre muy sensible. Su voz es muy baja y, cuando recita el Corán, a menudo rompe a llorar”. Él dijo: “Decidle que dirija la oración”. Repetí nuevamente lo que había dicho. Entonces él dijo: “Sois como las mujeres que trataron con José. Id y decid a Abu Bakr que dirija la oración en congregación”». La verdad es que dije aquello porque quería apartar a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) de dirigir la oración. Sabía que, si ocurría cualquier desgracia, la gente culparía a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) y cargaría sobre él toda la responsabilidad. Sabía que la gente nunca aceptaría de buen grado al sucesor del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Por estas razones, deseaba mantenerlo alejado de aquella responsabilidad.

Abdullah ibn Zam’a dice:

Cuando la enfermedad del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó a un estado crítico, me encontraba con un grupo de musulmanes en su presencia. En ese momento, Bilal (que Allah esté complacido con él) lo llamó para la oración. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Decid a alguien que pueda dirigir la oración que la dirija». Primero me encontré con Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él). Le dije: «Oh, Umar, ven a dirigir la oración». Umar (que Allah esté complacido con él) se colocó para dirigirla. Umar tenía una voz fuerte. Cuando pronunció el takbir y el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, lo oyó, dijo: «¿Dónde está Abu Bakr? Esto no agrada ni a Allah ni a los musulmanes». Mandaron llamar a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Cuando Umar (que Allah esté complacido con él) terminó la oración que había comenzado, Abu Bakr llegó. Desde entonces, él fue quien dirigió las oraciones.

Abdullah ibn Zam’a dice: Umar (que Allah esté complacido con él) me dijo: «¡Ay de ti, ibn Zam’a! ¿Qué me has hecho? Cuando me dijiste que dirigiera la oración, pensé que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, me había ordenado dirigirla. De no haber sido así, no la habría dirigido». Yo respondí: «El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no me ordenó decirle que dirigiera la oración. Sin embargo, al no encontrar a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), consideré que, entre los musulmanes presentes, usted era el más apto para dirigirla».

Ibn Ishaq dice: Al-Zuhrí también informó, citando a Anas ibn Malik, que el día en que Allah llamó para siempre a Su presencia al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, era lunes. Justo cuando los musulmanes estaban realizando la oración del alba en congregación, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, apartó la cortina, abrió la puerta, salió y se quedó de pie en el umbral de la puerta contigua a la habitación de Aisha (que Allah esté complacido con ella). Al verlo por un instante, los musulmanes que estaban rezando se llenaron de alegría. En aquel momento, de tanta felicidad, estuvieron a punto de interrumpir la oración. Al verlo de pie y solo, sin ayuda de nadie, todas sus preocupaciones y temores desaparecieron de repente. Él sonrió complacido al ver el orden con que realizaban la oración y les indicó: «No abandonéis la oración; terminadla». Nunca volví a ver al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, con un aspecto tan hermoso como el que tenía en aquel momento. Después, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresó. Al verlo aparentemente recuperado, la gente se marchó, cada cual a sus ocupaciones. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) regresó junto a su familia, en la zona de Sunah. [98. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) tenía tierras y una casa en aquel lugar, donde vivía con su familia.]

Muhammad ibn Ibrahim me informó, citando a al-Qasim ibn Muhammad, que cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, oyó el takbir de Umar (que Allah esté complacido con él) al dirigir la oración, dijo: «¿Dónde está Abu Bakr? Ante Allah y los musulmanes, no es aceptable que nadie excepto Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) dirija la oración». En realidad, si Umar (que Allah esté complacido con él) no hubiera pronunciado una frase antes de su muerte, los musulmanes habrían creído sin duda que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, había nombrado califa a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Pero Umar (que Allah esté complacido con él) rechazó esta idea antes de morir. Dijo: «Si nombro un califa, sepan que quien era mejor que yo también lo dejó a su libre criterio». Después, cuando Umar (que Allah esté complacido con él) murió sin nombrar un califa, los musulmanes comprendieron que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no había nombrado califa a Abu Bakr.

Abu Bakr ibn Abdullah me dijo —a mí, Ibn Ishaq—: El lunes, cuando Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) dirigía la oración del alba, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, llegó allí con la cabeza vendada. La gente, llena de alegría, se apartó de las filas. Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) comprendió que lo habían hecho por el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y retrocedió de su lugar. Pero el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, puso la mano sobre su espalda, lo empujó hacia delante y dijo: «Tú eres quien debe dirigir la oración». Después rezó sentado a la derecha de Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Al terminar la oración, se volvió hacia los fieles y pronunció un discurso con una voz tan fuerte que se podía oír incluso fuera de la mezquita. Dijo: «¡Oh, gente! El fuego del Infierno ha sido avivado, y las calamidades se acercan como noches oscuras. Tened presente que no tenéis que seguir nada que sea exclusivamente mío. No he prohibido nada de lo que contiene el Corán». Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, terminó su discurso, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), pensando que la salud del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, había vuelto a la normalidad, y puesto que aquel día correspondía al turno de su esposa, Habiba bint Jariya, pidió permiso y se dirigió junto a su familia, en Sunah. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, entró en su habitación.

Abdullah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) dice: Aquel día, cuando Ali ibn Abu Talib (que Allah esté complacido con él) salió de donde se encontraba el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, la gente le preguntó: «Oh, Abu al-Hasan, ¿cómo se encuentra el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz?». Él respondió: «Alabado sea Allah. Se ha recuperado». Entonces Abbas (que Allah esté complacido con él) le tomó de la mano y dijo: «Juro por Allah que en unos días tendrás que asumir el liderazgo. Juro por Allah que he observado señales de muerte en los rostros de los hijos de Abd al-Muttalib, y también las he visto en el rostro del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Vamos, acudamos al Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Si, tras su ausencia, la responsabilidad del islam y de los musulmanes recae sobre nosotros, lo sabremos. Y si pasa a manos de otros, le diremos que les ordene a todos que nos presten atención». Ali (que Allah esté complacido con él) dijo: «No iré. Si él se niega a confiarnos esta responsabilidad, después de él nadie nos la confiará». Después, aquel mismo día, cerca del mediodía, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, falleció.

Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo:

Ese día, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, vino directamente a verme desde la mezquita y se tendió apoyando la cabeza en mi regazo. Poco después, un miembro de la familia de Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) vino a verme con un siwak verde. El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, miró su mano de tal manera que pareció que lo deseaba. Le dije: «Oh, Mensajero de Allah, ¿quieres que te dé el siwak?». Él respondió: «Sí». Entonces se lo di. Lo utilizó intensamente y luego lo dejó. Después, el cuerpo del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, comenzó a hacerse cada vez más pesado sobre mi regazo. Miré su rostro y vi que sus ojos comenzaban a quedar fijos y abiertos. Decía: «¿Quiero al Amigo que es superior incluso al Paraíso?». Le dije: «Se te ha dado a elegir lo que deseas para ti, y has elegido lo que corresponde».

Después exhaló su último aliento. Ibn Ishaq dijo: Aisha (que Allah esté complacido con ella) relató: «El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, falleció con la cabeza apoyada sobre mi pecho, durante el turno que le correspondía permanecer en mi casa. No cometí ninguna injusticia contra nadie en este asunto. El hecho de que, cuando falleció, lo sostuviera en mi regazo, luego lo recostara sobre una almohada y comenzara a golpearme el rostro y el pecho junto con las demás mujeres, no fue más que una manifestación de mi necedad y de la ingenuidad propia de la juventud».

Se transmitió de Abu Huraira (que Allah esté complacido con él) que dijo: Cuando el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, falleció, Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él) se puso de pie y comenzó a decir: «Algunos hipócritas andan diciendo que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, ha muerto. ¡Por Allah, no ha muerto! Simplemente se ha ido temporalmente ante Allah, como Musa, la paz sea con él. Musa se fue ante Allah durante cuarenta días. Entonces se difundió que había muerto, pero después regresó. ¡Por Allah, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, regresará como Musa! Ahora, a quienes digan que ha muerto se les cortarán las manos y los pies».

Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), al enterarse de la noticia de que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, había fallecido, acudió apresuradamente. Umar (que Allah esté complacido con él) continuaba diciendo aquello. Sin prestar atención a ello, fue a la habitación de Aisha (que Allah esté complacido con ella), donde se encontraba el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. En aquel momento, lo habían cubierto en un rincón de la habitación con una tela yemení. Se acercó, apartó la tela del rostro del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y lo besó. Luego dijo: «Que mi padre y mi madre sean sacrificados por usted. Ha probado la muerte que Allah había decretado para usted. Después de esto, la muerte nunca volverá a alcanzarle». Luego le cubrió el rostro. Después salió y vio que Umar (que Allah esté complacido con él) continuaba diciendo lo mismo. Le dijo: «¡Umar! Basta. Guarda silencio». Umar (que Allah esté complacido con él) no estaba dispuesto a detenerse de ningún modo. Al ver aquella situación, Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) comenzó a dirigirse a la gente. Al oír sus palabras, la gente se acercó a él, dejando a Umar (que Allah esté complacido con él). Después de alabar a Allah, dijo:

«¡Oh gente! Quien adoraba a Muhammad, que sepa que Muhammad ha muerto; y quien adoraba a Allah, que sepa que Allah es eternamente viviente e imperecedero». Luego recitó esta aleya:

Árabe ******

«Muhammad no es más que el Mensajero de Allah. Antes de él, muchos mensajeros han fallecido. Si muere o es asesinado, ¿acaso regresaréis del islam? Quien regrese no podrá perjudicar en nada a Allah. Allah recompensará debidamente a los agradecidos». (Aal Imran)

Después ocurrió tal cambio entre la gente que parecía que nunca hubieran oído este versículo antes de escucharlo de boca de Abu Bakr. Memorizaron el versículo de Abu Bakr y comenzaron a recitarlo continuamente. Abu Huraira relata que Umar (que Allah esté complacido con él) dijo: «Después de oír este versículo de boca de Abu Bakr, quedé atónito y desconcertado. No pude mantenerme en pie. En ese mismo instante comprendí que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, había fallecido realmente».

En el patio cubierto del clan de Banu Saida

Ibn Ishaq dice:

Después del fallecimiento del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, un grupo de compañeros de Medina se reunió en el patio cubierto del clan de Saida y se unió bajo el liderazgo de Sa’d ibn Ubada. En la casa de Fátima (que Allah esté complacido con ella), Ali (que Allah esté complacido con él), Zubayr ibn al-Awwam (que Allah esté complacido con él) y Talha ibn Ubaydullah (que Allah esté complacido con él) se comprometieron a obedecer al líder. El clan de Banu Abd al-Ashhal también los siguió bajo el liderazgo de Usayd ibn Hudayr (que Allah esté complacido con él). En ese momento, un hombre acudió a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) y a Umar (que Allah esté complacido con él) y les dijo: «Este grupo de los auxiliares se ha reunido en el patio de Banu Saida y se ha aliado por separado bajo el liderazgo de Sa’d ibn Ubada. En estas circunstancias, si consideráis necesario preservar la unidad de los musulmanes, id rápidamente a ellos. De lo contrario, la situación podría agravarse. Hasta ahora ni siquiera se han completado el amortajamiento y el entierro del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Su familia aún lo mantiene en una casa cerrada». Umar (que Allah esté complacido con él) dijo a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él): «Vamos a nuestros hermanos de Medina y veamos cuál es su asunto».

Relato de Abdullah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) y Umar (que Allah esté complacido con él)

Abdullah ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) dijo: «Hacia el final del califato de Umar (que Allah esté complacido con él), un día estaba sentado esperando a Abd al-Rahman ibn Awf en su casa de Mina. Abd al-Rahman se encontraba entonces con Umar (que Allah esté complacido con él), quien estaba realizando su última peregrinación. Cuando Abd al-Rahman (que Allah esté complacido con él) regresó a casa desde donde estaba Umar (que Allah esté complacido con él), me encontró sentado esperándolo. En aquella época yo le enseñaba el Noble Corán. Abd al-Rahman ibn Awf (que Allah esté complacido con él) me dijo: “Te sorprendería ver que un hombre acudió al Comandante de los Creyentes Umar (que Allah esté complacido con él) y le dijo: ‘Oh, Comandante de los Creyentes, ¿qué diría usted acerca de alguien que afirma: «Si Umar muriera, yo elegiría a fulano como califa»? Por Allah, la elección de Abu Bakr como califa fue un acontecimiento completamente repentino e inesperado’”. Al oír esto, Umar (que Allah esté complacido con él) se enfadó, pues vio en ello una tendencia a hacer campaña a favor de una persona determinada para el califato y a menospreciar la elección del primer califa. Dijo: “Si Allah quiere, esta misma tarde pronunciaré un discurso ante el pueblo y les advertiré acerca de quienes pretenden distorsionar y destruir la tradición y la herencia de los musulmanes”. Abd al-Rahman (que Allah esté complacido con él) dijo: “Le respondí: ‘Oh, Comandante de los Creyentes, no haga eso, porque durante la peregrinación se reúnen muchas personas ignorantes, irreflexivas e irresponsables. Cada vez que usted se ponga de pie ante el público, los ignorantes estarán a su alrededor. Temo que interpreten erróneamente sus palabras y las difundan por todas partes. Por tanto, espere hasta regresar a Medina. Medina es el centro del Mensajero. Allí tendrá la oportunidad de consultar con personas notables, sabias y virtuosas; y si durante su estancia allí dice lo que desea decir, las personas sensatas de la ciudad podrán comprenderlo correctamente. No habrá ocasión para tergiversaciones ni malentendidos’”. Umar dijo: “De acuerdo, así lo haré. Cuando llegue a Medina, hablaré de esto en la primera oportunidad”».

Ibn Abbas dijo: «Llegamos a Medina a finales de Dhul Hiyya. Cerca del púlpito encontré a Sa’id ibn Zayd y me senté junto a él, pegado a su cuerpo. Poco después vi llegar a Umar (que Allah esté complacido con él). Entonces dije a Sa’id ibn Zayd: “Hoy dirá algo que nunca ha dicho desde que se convirtió en califa”. Al oír esto, Sa’id mostró su disgusto y dijo: “¿Qué podría decir que nunca haya dicho antes?”. En fin, Umar subió y se sentó en el púlpito. En cuanto el almuédano terminó la llamada a la oración, pronunció el siguiente discurso alabando a Allah:

«Hoy os diré algo que solo puedo decir porque estaba escrito en mi destino. Tal vez lo digo porque mi muerte se acerca. Quien de entre vosotros comprenda correctamente su verdadero sentido, que no vaya diciendo sin motivo aquello que yo no he dicho. Allah concedió a Muhammad —que Allah le bendiga y le conceda paz— la profecía y le reveló el Libro. En él también estaba incluida la pena por adulterio: la lapidación hasta la muerte. Nosotros lo leímos, lo aprendimos y lo comprendimos. El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— aplicó personalmente esta pena, y después de él nosotros también la aplicamos. Temo que, después de que transcurra mucho tiempo, algún día alguien diga: “No encontramos en el Libro de Allah en ninguna parte la pena de lapidar hasta la muerte al adúltero”. Así, abandonando una obligación revelada por Allah, la gente caerá en el extravío. Sin embargo, la norma de la lapidación está establecida de manera categórica en el Libro de Allah para todo adúltero y toda adúltera casados; aunque el delito debe quedar demostrado sin lugar a dudas mediante testigos, embarazo o confesión. También leímos en el Libro de Allah esta norma: no renunciéis a vuestro linaje paterno, pues eso forma parte de la incredulidad. ¡Atención! El Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— dijo: “No me elogiéis exageradamente como se exageró en la alabanza de Jesús, hijo de María, hijo de María. Llamadme únicamente “siervo y Mensajero de Allah””. Y os digo otra cosa, escuchad. He oído que cierta persona ha dicho que, cuando muera Umar ibn al-Jattab, reconocerá como califa a cierta otra persona. Que ninguno de vosotros os confunda diciendo que la obtención del califato por Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— fue un acontecimiento accidental e inesperado. En efecto, el acontecimiento fue así. Pero Allah Todopoderoso protegió a los musulmanes de sus posibles consecuencias perjudiciales. La realidad es que entre vosotros no hay ni hubo nadie de mayor rango y más digno de respeto que Abu Bakr. Por tanto, quien reconozca como califa a alguien y le preste juramento de fidelidad sin consultar con los musulmanes, tendrá un califato inválido, y el juramento de quien se lo preste será también inválido y rechazado. De lo contrario, no habría otro medio de garantizar que ambos hombres quedaran a salvo de ser asesinados». [99. El significado es que reconocer a alguien como califa, emir o dirigente mediante la baya, es decir, el compromiso de obediencia, solo puede ser válido mediante la consulta y el consenso. Pero si dos personas se separan del conjunto de la comunidad y, de manera arbitraria, se prestan mutuamente el juramento de obediencia, ello equivale a ignorar y dividir a la comunidad. Una baya de este tipo no será válida para ninguno de los dos. Ambos deben ser expulsados de la comunidad, cuyos miembros están de acuerdo en elegir al dirigente de entre ellos. Si la comunidad reconoce como dirigente y presta juramento a uno de esos dos individuos arbitrarios, como ellos han despreciado y desatendido la opinión de toda la comunidad y la han humillado, nadie puede saber cuándo alguien podría matarlo, ni nadie puede asumir la responsabilidad de garantizar su seguridad. Véase Lisán al-Arab, el capítulo sobre el significado de la palabra original [árabe ***], [árabe ***].]

Umar —que Allah esté complacido con él— dijo: Después del fallecimiento del Mensajero de Allah —que Allah le bendiga y le conceda paz— nos enteramos de que los ansar se oponían a nosotros. Se reunieron en el patio de los Banu Saida con sus notables y ancianos respetados. Ali ibn Abi Talib —que Allah esté complacido con él—, Zubayr ibn al-Awwam y sus compañeros se separaron de nosotros, mientras los emigrantes se congregaron junto a Abu Bakr. Le dije a Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—: “Ven con nosotros a ver a nuestros hermanos ansar”. De camino hacia ellos nos encontramos con dos hombres responsables de los ansar. Nos informaron de la actitud de los ansar y luego dijeron: “¡Emigrantes! ¿Adónde vais?”. Respondimos: “Vamos a ver a estos hermanos nuestros, los ansar”. Ellos dijeron: “No tenéis necesidad de ir a ellos. Haced lo que debáis hacer”. Yo dije: “Tenemos que ir”. Después llegamos al patio de los Banu Saida. Allí vimos que, en medio de los ansar reunidos, había un hombre envuelto en una manta y con el rostro cubierto. Pregunté: “¿Qué le ocurre?”. Me respondieron: “Está enfermo”. Cuando nos sentamos allí, uno de sus oradores comenzó a pronunciar un discurso, dando testimonio de la unicidad de Allah y de la misión del Mensajero, y alabando debidamente a Allah. Dijo: “Somos los auxiliares de Allah y los valerosos guerreros del islam. ¡Oh, emigrantes! Vosotros sois una parte de nosotros. Un grupo de los vuestros, habitantes pacíficos del desierto, ya se ha unido a nosotros”.

Umar —que Allah esté complacido con él— dijo: Vimos que querían desviarnos de nuestros principios fundamentales y pretendían imponer por la fuerza su control exclusivo sobre ellos. Preparé en respuesta un excelente discurso, que me pareció muy apropiado. Quise recitárselo a Abu Bakr. Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— poseía una especie de vehemencia que me inspiraba mucho temor, por lo que procuraba, en la medida de lo posible, no contrariarlo. Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— dijo: “Umar, di algo”. No quise insistir y aumentar su enojo. Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— era mucho más respetado y sabio que nosotros. Respondió a sus palabras de una manera tan hermosa que, aunque yo había pasado mucho tiempo reflexionando y preparando un discurso con el que yo mismo estaba encantado, no dejó de decir ninguna de sus palabras en su improvisada alocución; al contrario, dijo cosas aún mejores. Dijo: “Habéis hablado con verdad acerca de vuestras nobles cualidades de carácter y de vuestras contribuciones. También es innegable que, si no fuera por la contribución de esta tribu de Quraysh, los árabes no habrían sabido nada del islam. Ocupan una posición genealógica intermedia entre los árabes, y su región habitada está situada en el centro de todo el territorio árabe. Para todos vosotros prefiero a cualquiera de estos dos hombres. Uníos y prestad juramento bajo el liderazgo de aquel de ellos que prefiráis”. Al decir esto, tomó la mano de Abu Ubayda ibn al-Yarrah. No me desagradó ninguna de sus palabras, salvo esta última. ¡Por Allah!, me parecía que, aunque avanzar hacia el lugar de ejecución para ser decapitado fuese un acto pecaminoso, probablemente me habría resultado mucho más agradable que ser emir de los musulmanes mientras Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— estuviera presente.

Umar —que Allah esté complacido con él— dijo: Después de este discurso de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, uno de los ansar dijo: “Somos, entre los árabes, tan dignos de confianza por nuestra inteligencia como superiores en honor y posición. Por tanto, que haya un emir de nuestra parte y otro de la vuestra, de los qurayshíes”. Después se produjo una gran discusión y comenzaron a intercambiarse palabras en tono bastante elevado. Temí que, al final, surgiera una división o disputa entre los dos grupos de musulmanes: los emigrantes y los ansar. Inmediatamente dije —con el propósito de poner fin a toda la discusión—: “¡Abu Bakr, extiende tu mano!”. Él la extendió. Tomé su mano y le presté juramento de fidelidad. Después prestaron juramento los emigrantes, y luego los ansar. A continuación comenzamos a reprender a Sad ibn Ubada. Uno de ellos, enfadado, dijo: “Habéis arrinconado a Sad ibn Ubada”. Yo respondí: “Allah es quien ha arrinconado a Sad ibn Ubada”.

Al-Zuhri dijo: Urwa ibn al-Zubayr —que Allah esté complacido con él— me informó de que los dos ansaríes con los que se encontraron Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, Umar —que Allah esté complacido con él— y los demás emigrantes cuando se dirigían al patio de los Banu Saida eran Uwaym ibn Saida y Muayyin ibn Adi, de los Banu Ayalan. Se ha transmitido que Uwaym ibn Saida fue uno de los afortunados compañeros en cuya alabanza Allah reveló este versículo:

[Árabe *******]

«Allí hay hombres a quienes les gusta purificarse, y Allah ama a quienes se purifican». (At-Tawbah)

Después de que fue revelada esta aleya, el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, dijo: «Entre este grupo, Uwaym ibn Sa‘ida es un hombre excelente».

Se ha narrado acerca de Mu‘an ibn Adi —que Allah esté complacido con él— que el día en que falleció el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, los musulmanes lloraron desconsoladamente y dijeron: «Debimos haber muerto antes que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Después de su fallecimiento tememos enfrentarnos a una dura prueba para nuestra fe». Pero Mu‘an ibn Adi fue el único que dijo: «No deseo morir antes que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz. Pues, así como creí en él durante su vida, después de su fallecimiento también he tenido la oportunidad de renovar mi fe en él». Más tarde, durante el califato de Abu Bakr —que Allah esté complacido con él—, alcanzó el martirio mientras combatía contra Musaylima el Mentiroso en la batalla de Yamama.

Al-Zuhri, citando a Anas ibn Malik —que Allah esté complacido con él—, informa: al día siguiente de que se hubiera realizado la promesa inicial de fidelidad al califato en el patio del clan de Banu Sa‘ida, Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— se sentó en el púlpito de la mezquita. Antes de que dijera nada, Umar —que Allah esté complacido con él— alabó a Allah y pronunció el siguiente discurso: «¡Oh, gente! Lo que os dije ayer [es decir, que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, no había muerto, sino que había desaparecido temporalmente como Musa —la paz sea con él—, y demás] no lo encontré en el Corán, ni el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, me lo dijo. Yo pensaba que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, moriría al final, después de haber organizado completamente todos los aspectos de nuestra vida colectiva. Pero en realidad no es así. Allah ha dejado entre vosotros el Libro mediante el cual guio a Su Mensajero, que Allah le bendiga y le conceda paz, hacia el objetivo que Él había escogido. Si os aferráis a este Libro, Allah os guiará hacia donde guio a Su Mensajero. Hoy Allah os ha confiado el liderazgo de aquel que es el mejor de entre vosotros. Él es uno de los compañeros del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, y su compañero más íntimo en la cueva del monte Zawr. Por tanto, prestadle juramento de fidelidad y aceptadlo como califa o emir». Entonces la gente le prestó juramento por segunda vez. Esta fue la promesa pública de fidelidad posterior a la realizada en el patio de Banu Sa‘ida.

Después Abu Bakr —que Allah esté complacido con él— pronunció un discurso. Primero alabó a Allah como correspondía y luego dijo: «¡Oh, gente! Se me ha encomendado vuestra responsabilidad. En realidad, no soy mejor que vosotros. Si hago el bien, ayudadme; y si cometo una injusticia, corregidme. La veracidad es lealtad, y la mentira es traición. El débil entre vosotros será fuerte ante mí mientras, con la voluntad de Allah, no le haya concedido plenamente su derecho; y el fuerte entre vosotros será débil ante mí mientras no haya tomado de él el derecho que corresponde. Recordad que, si un pueblo abandona el yihad en el camino de Allah, Allah lo arroja a la humillación, la vergüenza y la calamidad. Y cuando la obscenidad, la desvergüenza y la inmoralidad se extienden en una sociedad, Allah la llena de desgracias, aflicciones y calamidades. Mientras obedezca a Allah y a Su Mensajero, obedecedme. Pero cuando desobedezca a Allah y a Su Mensajero, no me debéis obediencia. Cuidad vuestras oraciones; que Allah haga descender Su misericordia sobre vosotros».

Ibn Abbas —que Allah esté complacido con él— dijo: Durante el califato de Umar —que Allah esté complacido con él—, una vez iba con él a algún lugar. Él llevaba un bastón y se dirigía a atender un asunto suyo. En ese momento no había nadie con él aparte de mí. Murmuraba algo para sí y, levantando el bastón, se golpeaba con él la pierna. De pronto se volvió hacia mí y dijo: «¡Oh, Ibn Abbas! ¿Sabes por qué dije aquellas palabras cuando falleció el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz?». Respondí: «¡Oh, Emir de los creyentes! No lo sé. Vos lo sabéis mejor». Él dijo: «Estaba recitando una aleya y pensaba que el Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda paz, permanecería entre su comunidad hasta poder ver sus últimas acciones y dar testimonio de ellas. Fue bajo la influencia de esta idea que pronuncié aquellas palabras. La aleya dice así:

[Árabe *******]

«Así os hemos hecho una comunidad moderada, para que seáis testigos ante la humanidad y para que el Mensajero sea testigo ante vosotros». (Al-Baqarah)

 

El amortajamiento y entierro del Mensajero de Allah

Ibn Ishaq dice: Después de que se completó el juramento de fidelidad a Abu Bakr (que Allah esté complacido con él), el martes la gente se dispuso a enterrar al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz).

Abdullah ibn Abu Bakr, Husayn ibn Abdullah y otros me contaron que Ali ibn Abu Talib, Abbas ibn Abd al-Muttalib, Fadl ibn Abbas, Qusam ibn Abbas, Usama ibn Zayd y Shaqran, el esclavo liberto del Mensajero de Allah (que Allah esté complacido con todos ellos), fueron encargados de bañarlo. Aws ibn Khawli (que Allah esté complacido con él), de la familia Banu Awf de la tribu de Banu Khazraj, dijo a Ali ibn Abu Talib (que Allah esté complacido con él): «¡Oh, Ali! Por Allah, dispón que se nos permita participar en el amortajamiento y entierro del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)». Aws (que Allah esté complacido con él) había participado en la batalla de Badr. Ali (que Allah esté complacido con él) dijo: «Ven». Entonces él vino y participó en el baño del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). Ali (que Allah esté complacido con él) lo sostuvo apoyado contra su propio pecho. Abbas, Fadl y Qusam (que Allah esté complacido con ellos) lo giraban junto con Ali (que Allah esté complacido con él), según era necesario. Usama ibn Zayd y Shaqran (que Allah esté complacido con ellos) vertían agua sobre él, mientras Ali (que Allah esté complacido con él) lo lavaba apoyándolo contra su pecho. El Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) llevaba puesta su túnica. Ali (que Allah esté complacido con él) lo frotaba y lavaba suavemente por encima de la túnica, sin tocar directamente su piel. Mientras lo lavaba, Ali (que Allah esté complacido con él) decía: «¡Que mi padre y mi madre sean sacrificados por ti! ¡Qué fragancia tan hermosa tienes, tanto en vida como después de muerto!». Durante el baño, del cuerpo del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) no salió ninguna de las sustancias impuras que salen de los cuerpos de otros muertos.

Aisha (que Allah esté complacido con ella) narró: Cuando se prepararon para bañar al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), los encargados de hacerlo discreparon. La cuestión era si debían quitarle la ropa y bañarlo como a los demás muertos, o bañarlo con la ropa puesta. Mientras continuaba esta discrepancia, Allah hizo que de repente les sobreviniera el sueño. Debido al sueño, los rostros de todos cayeron sobre el pecho del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz). En ese estado, una persona desconocida les dijo desde un rincón de la casa: «Bañad al Profeta (que Allah le bendiga y le conceda paz) con la ropa puesta». Entonces el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) fue bañado con la túnica puesta y se le frotó el cuerpo por encima de la ropa.

Ibn Ishaq dice: Cuando terminó el baño del Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), fue amortajado con tres telas: dos piezas suhārī y una manta yemení, colocada doblada varias veces.

Ibn Abbas (que Allah esté complacido con él) dijo: Cuando comenzaron los preparativos para cavar la tumba, se supo que Abu Ubayda ibn al-Jarrah era experto en cavar una tumba darīḥ, como las de los habitantes de La Meca, mientras que Abu Talha era hábil cavando una tumba laḥd, como las de Medina. Abbas (que Allah esté complacido con él) mandó llamar a ambos y dijo: «¡Oh, Allah! Dispón lo que sea mejor para el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz)». Finalmente se encontró a Abu Talha, y él cavó para el Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) una tumba laḥd.

El martes, después de amortajar y bañar al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz), lo tendieron en su lecho, en su casa. Después, los Compañeros volvieron a discrepar sobre dónde enterrarlo. Algunos dijeron: «Lo enterraremos en la Mezquita del Profeta». Otros dijeron: «Lo enterraremos junto a las tumbas de los demás Compañeros». Abu Bakr (que Allah esté complacido con él) zanjó la cuestión diciendo: «Escuché al Mensajero de Allah (que Allah le bendiga y le conceda paz) decir que todo profeta fue enterrado en el lugar donde murió».

Entonces retiraron la cama sobre la que el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— había fallecido y cavaron la tumba justo debajo de ella. La gente comenzó a acudir en grupos para realizar la oración fúnebre por el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Cuando terminaron los hombres, rezaron las mujeres. Después, los niños y los jóvenes. Finalmente, el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— fue enterrado a medianoche del miércoles.

Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo: «Al oír, a medianoche del miércoles, el sonido de los golpes de la pala, supimos que estaban enterrando al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—».

Ibn Ishaq dijo: «Ali, Fadl, Qutham y Shuqran (que Allah esté complacido con ellos) descendieron a la tumba para colocar allí al Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—».

Cuando Aws ibn Khawli volvió a pedirle a Ali (que Allah esté complacido con él) que permitiera a los ansar participar en el entierro del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, Ali (que Allah esté complacido con él) le dijo que descendiera a la tumba, y él bajó con los demás y participó en aquella tarea.

Shuqran había enterrado junto con el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz— la manta que este acostumbraba utilizar, al colocarlo en la tumba. En ese momento dijo: «Después de usted, no se permitirá que nadie más use esta manta».

Mughira ibn Shu’ba (que Allah esté complacido con él) afirmaba haber tenido el último contacto con el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Para ello, dejó deliberadamente su anillo en la tumba y salió. Luego, con la excusa de que se le había caído el anillo, descendió a la tumba el último, recuperó el anillo y fue quien tocó al Mensajero de Allah por última vez. Así se atribuyó el derecho a afirmar que había tenido el último contacto con él.

Mukasam Abu al-Qasim, liberto de Abdullah ibn al-Harith, narró: «Realicé la ‘umra con Ali (que Allah esté complacido con él) durante el califato de Umar (que Allah esté complacido con él) o de Uthman (que Allah esté complacido con él). Él se alojó en la casa de su hermana, Umm Hani. Cuando terminó la ‘umra y realizó el baño ritual, un grupo de musulmanes procedentes de Iraq vino a visitarlo. Le preguntaron si era cierta la afirmación de Mughira ibn Shu’ba de haber tenido el último contacto con el Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—. Ali (que Allah esté complacido con él) respondió: “Quien tuvo el último contacto con él fue Qutham ibn Abbas (que Allah esté complacido con él)”».

Ubaydullah ibn Abdullah ibn Utba informó que Aisha (que Allah esté complacido con ella) le dijo: «Durante el agravamiento de la enfermedad del Mensajero de Allah —que Allah lo bendiga y le conceda paz—, llevaba sobre el cuerpo una manta negra cuadrada. Con ella se cubría el rostro a veces y se lo descubría otras, y decía: “Allah maldiga a quienes convierten las tumbas de los profetas en lugares de prosternación”». Con estas palabras advertía a su comunidad.

Aisha (que Allah esté complacido con ella) dijo: «El último testamento del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, fue que no hubiera ninguna religión aparte del islam en la península arábiga».

Ibn Ishaq dijo:

Inmediatamente después del fallecimiento del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, una terrible calamidad se abatió sobre los musulmanes. Aisha (que Allah esté complacido con ella) informó que, en ese momento, los árabes comenzaron a apostatar, los judíos y los cristianos empezaron a alzar la cabeza y la hipocresía adquirió grandes proporciones. A causa de la pérdida del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, los musulmanes quedaron como un rebaño de nubes empapadas por la lluvia en una noche de invierno. Esta situación continuó hasta que se organizaron bajo el liderazgo de Abu Bakr (que Allah esté complacido con él). Ibn Hisham dijo: Abu Ubayda y otros hombres eruditos me informaron de que, inmediatamente después del fallecimiento del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, la mayoría de los habitantes de La Meca adoptó la actitud de abandonar el islam. Al ver aquello, el entonces gobernador de La Meca, Attab ibn Usaid, se ocultó por miedo. Entonces Suhayl ibn Amr reunió a los habitantes de La Meca y les dirigió un discurso. Después de alabar a Allah, anunció el fallecimiento del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, y dijo: «Con su fallecimiento, el islam se ha fortalecido aún más. Decapitaremos a quien difunda dudas y confusión».

Entonces la gente cambió de opinión y Attab ibn Usaid salió de su escondite.

El Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz, se refería a esta situación cuando dijo a Umar ibn al-Jattab (que Allah esté complacido con él): «Él se encontrará en una situación en la que no podrás censurarlo».

Hassan ibn Thabit (que Allah esté complacido con él) compuso y recitó el siguiente lamento por el fallecimiento del Mensajero de Allah, que Allah le bendiga y le conceda la paz:

«En Medina quedan brillantes vestigios y recuerdos del Mensajero.

Los vestigios y recuerdos ordinarios desaparecen y se borran por completo.

Pero las huellas de aquel lugar sagrado son imperecederas e inmortales,

donde permanece el púlpito impregnado del recuerdo del ascenso del gran guía.

Allí se encuentran las casas en las que, por parte de Allah,

descendía una luz resplandeciente

Allí existen testimonios eternos de sabiduría

que no se alteran aunque transcurran las edades.

Cuanto más antiguo es algo, más nuevos conocimientos surgen de ello.

Allí pude reconocer

he llegado a conocer aún más las huellas y el ejemplo del Mensajero (s. a.)

su tumba, en la que fue sepultado.

Sentado allí, lloro por el Mensajero, por cuya causa

muchos ojos derraman lágrimas y alcanzan la dicha.

Los ojos derraman lágrimas y, en realidad, recuerdan las contribuciones del Mensajero (s. a.)

—

cuyo número me es imposible determinar.

mi corazón, vacío y abrumado por el dolor de haber perdido a Ahmad (s. a.), sus contribuciones

se ha dedicado a la tarea de recordar.

Pero no pude recordar ni siquiera la décima parte de ninguna de sus contribuciones.

No me queda más que permanecer junto a la tumba en la que yace Muhammad (s. a.), con el corazón abrumado por la tristeza,

y derramar lágrimas durante largo tiempo.

Oh, tumba del Mensajero, te has convertido en un depósito de infinitas bendiciones y bondades.

Al igual que toda esta región, tocada por los pasos del guía del camino recto.

Oh, tumba, en tu interior se han colmado de bendiciones quienes albergan a un ser puro y santísimo

y a mi ser más querido.

Se ha construido de forma amplia y dispuesto ordenadamente en capas superpuestas.

Sobre esa tumba, muchos han echado tierra y el árbol siempre verde

de ‘sidr’ ha sido plantado allí.

Por la noche, la gente (al enterrar al Mensajero de Allah (saw))

enterró el conocimiento, la misericordia y la tolerancia

y lo cubrió de tierra, aunque

él no era alguien que debiera ser tendido en la tierra.

Después del entierro, regresaron afligidos, apesadumbrados por haber perdido al Profeta (saw)

Y sus espaldas y manos se han debilitado.

Han llorado sin cesar por aquel gran hombre, por cuya muerte, el día de su fallecimiento,

también lloraron el cielo y la tierra.

Por eso la gente está aún más afligida por él. ¿Acaso alguna vez

el duelo por alguna persona fallecida ha sido comparable al duelo por la muerte de Muhammad?

A causa de esta muerte, la gente perdió a quien se encontraba en el lugar del descenso de la Revelación,

quien estaba en el lugar del descenso de la Revelación y resplandecía con la luz de Allah,

y distribuía esa luz hasta el Yemen y Nay̆d.

A quienes lo seguían, les mostraba el camino de Allah, el Misericordioso,

los protegía de la humillación y el reproche, y les mostraba el camino de la justicia.

Era para ellos un líder que los guiaba hacia la verdad

y trabajaba arduamente por ella.

Era un maestro y guía de la verdad

cuyo seguimiento permite alcanzar la purificación.

Trataba con indulgencia los errores de los creyentes

y aceptaba sus excusas.

Si realizaban obras buenas y correctas, entonces, para su beneficio,

Dios mismo era generoso.

Y si se les encomendaba una tarea

que les resultaba difícil,

solo Él se la facilitaba.

Mientras los seguidores de Muhammad (la paz sea con él) permanezcan en las bendiciones de Dios,

él será para ellos una prueba mediante la cual

podrán determinar el proceder correcto en todos los asuntos.

Le resulta insoportable que la gente se extravíe, y desea fervientemente que reciba la guía

y permanezca firme en ella.

—— Fin ——-