Prefacio

Introducción: sobre el Movimiento Islámico

¿Qué entendemos por Movimiento Islámico? El Movimiento Islámico es un trabajo popular realizado por la causa de Alá

Insuficiencia de la labor oficial

El Movimiento es un trabajo organizado y colectivo La misión del Movimiento es revivir el islam ¿Cómo debe lograrse el renacimiento requerido? La multiplicidad de los campos de acción del Movimiento y cuál merece más atención Diversificación de los campos de trabajo

Hay labor educativa

Hay labor política

Hay labor social

Hay trabajo económico

Hay trabajo de lucha (yihad) Hay trabajo mediático y de propaganda Hay trabajo intelectual y científico Distribución de las fuerzas entre los campos de trabajo ¿A qué se debe dar énfasis y prioridad?

Capítulo 1: El movimiento islámico en el ámbito del intelecto y el conocimiento

El gobierno en el ámbito del intelecto y el conocimiento

Nuestra necesidad de un nuevo fiqh

Los tipos de fiqh [comprensión] que necesitamos

El fiqh de las prioridades

La necesidad de dos niveles de fiqh Integración de los dos tipos de fiqh al examinar los intereses y los males La dificultad de la práctica en la vida real Prueba del fiqh de las prioridades a partir del Sagrado Corán

La opinión del jeque del islam Ibn Taymiyya

Cuando falta el fiqh de las ponderaciones

El fiqh de las prioridades

El fiqh de las prioridades en la biografía del Profeta La interrelación entre el fiqh de las prioridades y el fiqh de las ponderaciones

La necesidad de observar las proporciones entre las obligaciones de la sharía [legales

mandatos u obligaciones] El descuido del fiqh de las prioridades entre muchos musulmanes El imán al-Ghazali y el fiqh de las prioridades

El juicio del imán Ibn al-Qayyim sobre los actos de adoración preferibles

Capítulo 2: El movimiento islámico en el ámbito de la propaganda y lo público

Conocimiento

El movimiento islámico en el campo de la propaganda: expansión horizontal

El movimiento y la élite culta

La incomprensión del islam por parte de muchas personas cultas. ¿Cómo debe el despertar islámico relacionarse con las personas cultas?

El movimiento islámico y las masas

Decir la verdad, no anestesiar con sueños

Corrección de conceptos erróneos

El movimiento islámico y las clases trabajadoras

El Movimiento Islámico y los empresarios y financieros

El Movimiento Islámico y la actividad de las mujeres

La deficiencia del trabajo islámico en los círculos femeninos. ¿Cuándo tendrá éxito el trabajo islámico de las mujeres?

La propagación de ideas extremistas en este ámbito

El problema del trabajo islámico en la actividad de las mujeres

Una posible objeción y su refutación

Capítulo 3: El Movimiento Islámico en el ámbito de la educación y la formación religiosa

La educación basada en la fe es el fundamento. La necesidad de cierto grado de educación sufí adecuada

Cuatro puntos de enfoque

Centrarse en buscar lo correcto además de la intención pura
La importancia de la formación ideológica de los futuros líderes
Preparar a los líderes para el futuro
Un instituto especial para la preparación de líderes

Características de la ideología necesaria

Una ideología científica

Características del espíritu científico que necesitamos

Algunas prácticas que van en contra de la ideología científica

Una ideología realista

Equilibrar las ambiciones con las capacidades

Enterrar los problemas antiguos

Un debate que hoy no necesitamos

Una ideología tradicionalista

Fundamentos de la verdadera metodología tradicionalista: la tergiversación del «tradicionalismo» por parte de sus partidarios y sus opositores

Adoptar la metodología de los primeros musulmanes, no solo sus juicios

Una ideología renovadora

El renovacionismo no se opone al tradicionalismo

El islam aprueba el renovacionismo

La necesidad de renovar los medios Hasan al-Banna no era rígido La rigidez es una enfermedad grave Lo que temo por el movimiento islámico

Una ideología equilibrada

La actitud de la ideología equilibrada ante las cuestiones importantes

El declive de la actitud equilibrada entre algunos islamistas en ciertos momentos

El equilibrio va de la mano con la facilitación

El movimiento debe adoptar una línea de facilitación

Una ideología orientada al futuro

El Sagrado Corán y el futuro El Profeta y el futuro

Capítulo 4: El movimiento islámico en los niveles político y mundial

Hacia un fiqh político racional

Fenómenos ideológicos adversos

Una deficiencia que debe abordarse en el fiqh político

Un diálogo importante sobre el fiqh político El uso incorrecto de la Sira del Profeta para la inferencia absoluta de dictámenes
El movimiento y la liberación de los territorios musulmanes

El movimiento y los movimientos de liberación

El movimiento y las minorías musulmanas

Hechos importantes sobre las minorías musulmanas

¿Qué necesitan más estas minorías? Una nación sin liderazgo [ni un califa ni un papa]

La misión del Movimiento a este respecto

El Movimiento y los expatriados

¿Por qué el interés en los expatriados?

La necesidad de la presencia islámica en Occidente

Un conservadurismo sin aislamiento y una apertura sin disolución

Los cinco deberes de los expatriados musulmanes

Advertencia contra dos cosas

El Movimiento y la libertad política y la democracia

El Movimiento Islámico y las minorías étnicas y religiosas

El problema de las minorías étnicas se resuelve en el islam. ¿Cómo resolver el problema de las minorías religiosas?

El Movimiento y el diálogo con los demás

El diálogo con los secularistas racionales

El diálogo con los gobernantes racionales

El diálogo con los occidentales racionales

El diálogo religioso (islámico-cristiano)

El diálogo intelectual (con los orientalistas)

El diálogo político con Occidente

El Movimiento Islámico y la institución religiosa oficial

El Movimiento y los grupos del Despertar Islámico

Conclusión

La necesidad de trabajar a tiempo completo en las tareas del Movimiento por parte de personas competentes

Personas

La formación de especialistas

Un centro de información e investigación

ANEXOS Fatwas emitidas por el jeque al-islam Ibn Taymiyya

La permisibilidad de asumir un cargo público en un Estado injusto, si quien lo ocupa

pudiera aliviar parte de la injusticia o frenar el mal y la corrupción

El conflicto entre el bien y el mal (en una misma situación)

GLOSARIO

Prólogo

De todas las conspiraciones urdidas contra el islam en los tiempos modernos, la más peligrosa es una falsa pretensión de profecía formulada a comienzos de este siglo. Durante los últimos sesenta años, esta pretensión ha sido la principal causa del caos mental generalizado entre la Umma. Como ocurre con todos los cismas, la causa fundamental de esta calamidad es que, por lo general, los musulmanes ignoran su religión. Si hubieran estado verdaderamente imbuidos de su conocimiento y hubieran desarrollado una comprensión clara del artículo de fe relativo a la culminación de la profecía, habría sido prácticamente imposible que cualquier falso pretendiente a la profecía echara raíces y prosperara entre los musulmanes después de la última misión del Profeta Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). En este momento, el remedio más perfecto y eficaz para erradicar este mal consiste en educar al mayor número posible de personas, de la mejor manera posible, acerca de la verdadera fe en la culminación de la profecía de Muhammad (la paz sea con él), haciendo hincapié en la importancia y el valor de este artículo de fe en la religión del islam. También es imperativo disipar mediante la razón y la lógica todas las dudas y nociones escépticas acerca de la misión final del Profeta Muhammad (la paz sea con él). Este opúsculo ha sido preparado precisamente para servir a este propósito. Los lectores que lo consideren útil deberían dar un paso más y prestar su plena cooperación en la difusión de su contenido. Este opúsculo debería llegar a todas las personas alfabetizadas y estas, después de estudiarlo por sí mismas, deberían leerlo en voz alta a quienes no saben leer ni escribir. Se espera que el estudio de este opúsculo no solo inmunice a las personas que no han sido contaminadas por esta enfermedad, sino que también haga manifiesta la verdad a las personas sensatas de entre quienes han recibido algunos de sus gérmenes. Sin embargo, para quienes han caído víctimas de la falsedad y son impermeables a toda razón, la esperanza y la salvación solo se encuentran en Allah.

Abul A’la Maududi

Lahore: 12 de febrero de 1962.

Introducción

En el nombre de Allah, el Misericordioso, el Compasivo
«¡Oh, gente! Muhammad no es padre de ninguno de vuestros hombres, sino que es el Mensajero de Dios y el último de los profetas. Y Dios está enterado de todo». (Sura Al

Ahzab: 40)

Este versículo fue revelado en el quinto Ruku’ (para o pasaje) de la sura Al-Ahzab. En este Ruku’, Allah proporcionó respuestas a todas las objeciones planteadas por los hipócritas, las cuales habían provocado una tormenta de calumnias, difamación y malicia con respecto al matrimonio del Santo Profeta Muhammad (la paz sea con él) con Hadrat Zainab (que Allah esté complacido con ella).
Estos hipócritas sostenían que Zainab era la esposa de un hijo adoptivo del Santo Profeta y que, por ese vínculo, ocupaba la posición de nuera del Profeta. Por tanto, después de su divorcio de Zaid, el Profeta había tomado por esposa a su propia nuera. Para refutar esta acusación, Allah declaró claramente en el versículo 37 que este matrimonio contaba con la sanción divina y que se había realizado para establecer un precedente lícito que permitiera a los hombres musulmanes casarse con las esposas de sus hijos adoptivos después de que sus maridos se hubieran divorciado de ellas. Más adelante, en los versículos 38 y 39, Allah afirmó que ningún poder podía impedir al Profeta cumplir una obligación divina. A los Profetas se les ordena temer a Dios, no a la gente. Siempre ha sido una práctica invariable de los Apóstoles transmitir el mensaje divino sin ninguna preocupación ajena a él y cumplir los deberes que Allah les impuso, sin temor ni vacilación. Después se reveló un versículo que eliminó la base de todas las objeciones. En primer lugar, le habían reprochado: «Has tomado por esposa a tu nuera, contraviniendo tu propia ley, según la cual la esposa de un hijo está prohibida a su padre». Para refutar esta acusación, el Todopoderoso afirmó: «Muhammad no tiene hijos varones entre vosotros…», dejando absolutamente claro que el hombre cuya esposa divorciada fue tomada en matrimonio por el Profeta no era su hijo verdadero; por tanto, el acto no implicaba una violación de dicha ley. El argumento de su segunda acusación era el siguiente: «Admitido que el hijo adoptivo no es el verdadero y que, sobre esa base, un padre podría casarse lícitamente con la esposa divorciada de su hijo adoptivo, pero ¿dónde estaba la obligación del Profeta de hacerlo?». Allah respondió a esta acusación afirmando: «Pero, en verdad, él es el Apóstol de Allah». La implicación es que Allah había ordenado al Santo Profeta eliminar todos los prejuicios y declarar lícitos todos los tabúes que la costumbre pagana había impuesto innecesariamente a la gente. En este sentido, la acción del Profeta fue inequívoca y no dejó lugar a dudas. [En este punto, quienes niegan la finalización de la Profecía de Muhammad (PBUH) exigen conocer la tradición en la que se haya relatado esta acusación. Esta pregunta, de hecho, deja al descubierto su ignorancia. El Santo Corán ofrece respuestas a las acusaciones de los malhechores en varios pasajes sin mencionar expresamente la acusación. Sin embargo, en cada caso, el texto pertinente contiene pruebas inequívocas de cuál es la acusación a la que responde. También en el presente caso, la respuesta contiene la esencia de la pregunta. El uso de la conjunción «pero» al final de la primera frase presupone que aún quedaba por tratar una parte de la pregunta. Por tanto, la segunda frase responde a la parte restante de la pregunta. La primera frase había revelado a los objetores la respuesta a su acusación de que «Muhammad se había casado con su nuera». Sin embargo, el segundo punto de la pregunta —«¿dónde estaba la obligación del Profeta de hacerlo?»— aún requería una respuesta. Esta respuesta fue proporcionada por la siguiente frase del texto: «Pero, en verdad, Muhammad es el Apóstol de Allah y el último de la línea de los Profetas de Allah». El punto puede explicarse mejor mediante un ejemplo de una conversación ordinaria. Alguien dice: «Zaid no se levantó, pero Bakr se ha puesto de pie». Esto transmite la idea de que Zaid no se levantó, pero el asunto no termina ahí, pues suscita la pregunta: «Si Zaid no se levantó, ¿quién se puso de pie entonces?». La proposición subordinada de la frase anterior, «pero Bakr se ha puesto de pie», proporciona la respuesta a esta pregunta. Lo mismo ocurre en el caso mencionado.] Para hacer especial hincapié en este punto, Allah observa: (Khatim Al-Nabbiyeen) «Y él es el último de la línea de los Profetas»,
lo que significa que ningún mensajero, ni siquiera un Profeta encargado de llevar a cabo reformas en el ámbito de la Ley o de la sociedad que pudieran haber sido omitidas (Dios no lo permita) durante la vida de Muhammad (PBUH), lo sucederá jamás. Puesto que Allah decretó que la misión del Profeta Muhammad (PBUH) fuera definitiva, era, por tanto, imperativo que él llevara a cabo la tarea de desarraigar esta costumbre pagana. Más adelante, este punto fue enfatizado aún más en la revelación (Wa Kan ul-Allahi Bekulle Shai-in ‘Aleema): «Dios es consciente de todo». El verdadero significado de esta revelación es que Allah consideró mejor eliminar esta costumbre pagana por medio del Profeta Muhammad (PBUH), y que solo Allah podía conocer el daño que habría causado la perpetuación de esta costumbre infiel. Allah sabía perfectamente que la línea de la Profecía terminaba en Muhammad (PBUH), cuyo precedente seguiría toda la umma, y que, si él no hubiera eliminado esta costumbre, no habría surgido ningún hombre comparable en rango al Profeta Muhammad (PBUH) que pudiera realizar la tarea. Y aunque en tiempos posteriores hubiera surgido un reformador que rompiera esta costumbre, su acto no habría constituido un precedente universal o permanente que los musulmanes de todas las épocas y todos los países pudieran seguir. Ninguna otra persona posterior encarnará la santidad divina vinculada a la persona del Profeta Muhammad (PBUH). Por ello, el precedente de ningún hombre salvo Muhammad tiene el potencial de borrar de las almas de los hombres, para todos los tiempos venideros, la idea de todas las costumbres paganas.
El veredicto del texto del Corán
Un grupo que en tiempos modernos ha promovido la herejía de una nueva profecía explica el significado de la idea de la «Finalización de la Profecía» como el «Sello de la Profecía», dando a entender con ello que todos los profetas que sucedieran a Muhammad (PBUH) llevarían su sello y alcanzarían la profecía únicamente por medio de su sello. En otras palabras, nadie que no llevara el sello de Muhammad (PBUH) alcanzaría el rango de Profeta. Pero el contexto en el que la expresión «el último de la línea de los Profetas» fue revelada en el Santo Corán no deja lugar para semejante especulación. Si en verdad la expresión «el último de la línea de los Profetas» tuviera el significado pretendido por este grupo, entonces dicha expresión estaría claramente fuera de lugar en el contexto en que fue revelada. Además, cuando se le atribuye este significado, se distorsiona todo el propósito del versículo revelado. En este versículo, Dios refuta la acusación y disipa las dudas creadas por los maliciosos acerca del matrimonio del Profeta Muhammad (PBUH) con Zainab (que Allah esté complacido con ella), la esposa divorciada de Zaid, el hijo adoptivo del Profeta. ¿Tiene sentido introducir repentinamente en este contexto la idea de que Muhammad (PBUH) era el «sello de los Profetas» y que Allah le había delegado la autoridad de certificar la legitimidad de los profetas posteriores? Esta interpretación no guarda ninguna relación con el contexto —ni siquiera la más mínima— y contradice el propósito del argumento divino contra los herejes. Si esta interpretación fuera cierta, los incrédulos bien podrían haber argumentado: «No hay prisa por eliminar ahora esta costumbre. Podríais dejar tranquilamente esta tarea a vuestros profetas sucesores, que llevarán vuestro sello». Según una segunda interpretación de la idea de la finalización de la Profecía propuesta por este grupo, se afirma que la expresión «el último de la línea de los Profetas» significa «el Profeta excelso». También explican que la línea de los Apóstoles continuará, aunque la excelencia de la Profecía haya culminado en la persona de Muhammad (PBUH). Esta interpretación no es menos defectuosa ni perjudicial que la anterior. Apenas guarda relación con el contexto y, de hecho, transmite un sentido contradictorio del versículo. Siguiendo esta línea de argumentación, los infieles y los hipócritas podrían haber señalado razonablemente: «Señor, habrá otros profetas después de vos, por inferiores que sean en rango en comparación con vos, para cumplir la misión divina; ¿por qué debéis asumir también la tarea de eliminar esta costumbre?»
El significado lexicográfico de la palabra «Khatam-al-Nabiyyin»
Es evidente que el texto solo puede tener un significado, a saber, que Khatam-al-Nabiyyin representa la Finalización de la Profecía, con la clara implicación de que la profecía culminó y quedó finalizada en Muhammad (PBUH). No solo el contexto respalda esta interpretación, sino también la lexicografía. Según el léxico árabe y el uso lingüístico, Khatam significa poner un sello; cerrar; llegar a un fin; y llevar algo hasta su término último. Khatama al-‘Amala equivale a «Faragha min al-‘Amali», que significa «terminar la tarea». «Khatama al-Ina» tiene el sentido de «el recipiente ha sido cerrado y sellado, de modo que nada puede entrar en él ni puede derramarse su contenido». «Khatam-al-kitab» transmite el significado de «la carta ha sido encerrada y sellada, de manera que queda finalmente protegida». «Khatama-‘Ala-al-Qalb» significa «el corazón ha sido sellado, de modo que no puede percibir nada nuevo ni renegar de lo que ya ha asimilado». «Khitamu-Kulli-Mashrubin» implica «el sabor final que queda en la boca cuando se termina la bebida». Katimatu Kulli Shaiinn ‘Aqibatuhu wa Akhiratuhu significa: «El fin de todo denota su destino y conclusión definitiva». Khatm-ul-Shaii Balagha Akhirahu transmite el sentido: «Poner fin a algo significa llevarlo hasta su límite último».
El término Khatam-i-Qur’an se usa en un sentido similar, y los versículos finales de las suras coránicas reciben el nombre de Khawatim. Khatim-ul-Qaum Akhirhuum significa «el último hombre de la tribu». (Véanse Lisan-ul-‘Arab, Qamus y Aqrab-ul-Muwarid). [Aquí hemos citado tres léxicos, pero la explicación de este punto no se limita únicamente a estas obras. Todos los diccionarios autorizados de la lengua árabe interpretan la palabra Khatam en el sentido que hemos indicado. Sin embargo, los negadores de la Finalización de la Profecía, en su intento de lanzar furtivamente un ataque contra la religión de Dios, argumentan que si llamamos a alguien «el Último de los Poetas», «el Último de los Juristas» o «el Último de los Comentaristas», no necesariamente queremos decir que ningún poeta, jurista o comentarista vendrá después de él; más bien, solo queremos decir que toda la excelencia de su labor se ha concentrado en tales hombres. La realidad, sin embargo, es que cuando usamos para alguien estos epítetos exagerados no reemplazamos ni eliminamos con ello el significado original de la palabra «último». Es absurdo suponer que, por su uso metafórico para referirse a la excelencia o perfección de un hombre, la palabra «último» pierda su significado original o real, que es «final». Semejante suposición solo puede ser aceptada por una persona que carece de conocimientos elementales de las reglas gramaticales. En ninguna lengua existe un principio gramatical según el cual el significado metafórico de una palabra pueda tomarse como su significado real u original. Además, el significado metafórico nunca sustituye ni borra el significado real y básico de la palabra. Cuando le dices a un árabe «Ja Khatam ul-Qaum», ciertamente no entenderá que «ha venido el hombre perfecto o más excelente de la tribu». Por el contrario, entenderá que «ha venido toda la tribu, hasta el último hombre». Hay otro punto que debe considerarse. Expresiones como «el Último Poeta», «el Último Jurista» o «el Último Narrador de hadices» son elogios que los hombres dirigen a otros seres humanos a quienes consideran perfectos y excelentes. Quienes emplean estas hipérboles para referirse a otros hombres ciertamente no pueden decir, ni saben, si en tiempos posteriores aparecerán personas de semejante excelencia. Así, en el lenguaje humano, estas expresiones son hipérboles; pero cuando Dios dice de una persona que en ella ha culminado cierta cualidad, no hay razón para tomarlo en sentido metafórico, siguiendo el modo de expresión humano. Si Allah hubiera declarado que alguien era el «Último Poeta», habría sido el último poeta en el sentido literal de la palabra. Si Allah designa a alguien como Su «Último Profeta», no existe absolutamente ninguna posibilidad de que otra persona alcance después esa dignidad. Dios es Omnisapiente. El conocimiento del hombre, en cambio, es limitado. Siendo así, ¿cómo puede interpretarse el elogio humano de una persona como «Último Poeta» o «último de los juristas» en el mismo sentido que la declaración de Dios de que una persona es el «Último Profeta»?] Por esta razón, todos los lingüistas y comentaristas coinciden en que Khatam-ul-Nabiyyin significa «el último de la línea de los Profetas». La palabra Khatam, en su significado lexicográfico y en su uso lingüístico, no se refiere al sello postal que se coloca en el correo saliente. Su significado literal es el «sello» que se pone en el sobre para proteger su contenido.
Las observaciones del Santo Profeta (PBUH) sobre la Finalización de la Profecía
El significado de la palabra Khatam que se desprende del contexto del Santo Corán y que coincide con el que ofrecen todos los léxicos de la lengua árabe también queda confirmado por las observaciones del Santo Profeta (la paz y las bendiciones sean con él). Citamos algunas tradiciones auténticas para ilustrar el caso: El Santo Profeta (PBUH) observó: «La tribu de Israel era guiada por profetas. Cuando un profeta moría, otro profeta lo sucedía. Pero ningún profeta vendrá después de mí; solo califas me sucederán». (Bujari, Kitab-ul-Manaqib). El Profeta de Dios (PBUH) afirmó: «Mi posición con respecto a los profetas que vinieron antes de mí puede explicarse mediante el siguiente ejemplo: Un hombre construyó un edificio y adornó la edificación con gran belleza, pero dejó un nicho vacío, en cuya esquina faltaba un solo ladrillo. La gente contemplaba el edificio y se maravillaba de su belleza, pero se preguntaba por qué faltaba un ladrillo en aquel nicho. Yo soy como ese ladrillo que faltaba y soy el último de la línea de los Profetas». (Bujari, Kitab-ul-Manaqib). (En otras palabras, con la llegada del Profeta Muhammad (PBUH), el edificio de la Profecía quedó completado y no hay ningún nicho vacío en él que pueda dar cabida a otro profeta). Cuatro tradiciones relacionadas con este tema están registradas en Muslim, Kitab-ul-Fada’il, Babu Khatimin-Nabiyyin. La última tradición contiene la siguiente frase adicional: «Así que vine yo, y en mí terminó la línea de los Profetas». La misma tradición, con palabras semejantes, ha sido transmitida en Tirmidhi, Kitab-ul-

Manaqib, Bab-Fadlin Nabi y Kitab-Adab, Bab-ul-Amthal. En el Musnad de Abu Dawud

Tayalisi, esta tradición ha sido incorporada entre otras tradiciones transmitidas por Yabir bin Abdullah; y su última frase dice: «En mí llegó a su fin la línea de los Profetas». El Musnad Ahmad contiene tradiciones transmitidas por Hadrat Ubayyi bin Ka’b, Hadrat Abu Sa’id Khudri y Hadrat Abu Huraira (que Allah esté complacido con ellos), sobre el mismo tema, con una ligera variación de palabras aquí y allá. Se me ha concedido el don de la expresión concisa y perfecta. Se me concedió la victoria debido al temor reverencial que inspiro. Se me hicieron lícitos los botines de guerra. Toda la tierra ha sido hecha para mí un lugar de culto y también un medio de purificación. En otras palabras, en mi religión, la oración no está confinada a determinados lugares de culto. Se puede orar en cualquier lugar de la tierra. Y, si no hay agua disponible, a mi pueblo le está permitido realizar la ablución con tierra (tayammum) y purificarse con el suelo cuando escasea el agua para el baño. He sido enviado por Allah para transmitir Su mensaje divino a todo el mundo. Y en mí ha llegado a su fin la línea de los profetas. (Muslim, Tirmidhi,

Ibn Majah)

El Santo Profeta (PBUH) observó: «Dios me ha otorgado seis favores que los profetas anteriores no disfrutaron: El Profeta de Allah (PBUH) afirmó: “La cadena de Mensajeros y Profetas ha llegado a su fin. No habrá Mensajero ni Profeta después de mí”. (Tirmidhi,

Kitab-ur-Rouya, Babu Zahab-un-Nubuwwa, Musnad Ahmad, Marwiyat-Anas bin

Malik) El Santo Profeta (PBUH) observó: «Yo soy Muhammad, yo soy Ahmad, yo soy el que borra, y la incredulidad será borrada por medio de mí; yo soy el que reúne. La gente será reunida el Día del Juicio después de mi tiempo. (En otras palabras, el Día del Juicio es mi único sucesor). Y soy el último, en el sentido de que ningún profeta me sucederá».

(Bukhari y Muslim, Kitab-ul-Fada’il, Bab: Asma-un-Nabi; Tirmidhi, Kitab-ul-

Adab, Bab: Asma-un-Nabi; Muatta’, Kitab-u-Asma-in-Nabi, Al-Mustadrak Hakim,

Kitab-ut-Tarikh, capítulo: Los nombres del Profeta.)

El Profeta de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) observó: «Dios Todopoderoso no ha enviado al mundo a ningún apóstol que no advirtiera a su pueblo sobre la aparición del Dajjal (el Anticristo, pero el Dajjal no apareció en su época). Yo soy el último de la línea de los profetas y vosotros sois la última comunidad de creyentes. Sin duda, pues, el Dajjal aparecerá entre vosotros». (Ibn Mayah, Kitabul-fitan, capítulo: Dajjal). Abdur Rahman bin Jubair relató: «Oí a Abdullah bin Amr ibn-As narrar que un día el Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) salió de su casa y se unió a nuestro grupo. Su actitud nos dio la impresión de que se estaba despidiendo de nosotros». Dijo: «Yo soy Muhammad, el profeta iletrado de Alá», y repitió esta declaración tres veces. Luego afirmó: «No habrá ningún profeta después de mí». (Musnad Ahmad, narraciones de Abdullah bin Amr ibn-As). El Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Alá no enviará ningún apóstol después de mí, sino únicamente mubashshirat». Se preguntó: «¿Qué significa al-mubashshirat?». Respondió: «Una buena visión o una visión piadosa». (Musnad Ahmad, narraciones de Abu Tufail; Nasai, Abu Dawud). (En otras palabras, no existe posibilidad alguna de revelación divina en el futuro. A lo sumo, si alguien recibe una inspiración de Alá, la recibirá en forma de «sueño piadoso»).

El Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «Si algún apóstol hubiera de sucederme, habría sido Umar bin Jattab». (Tirmidhi, Kitab-ul-Manaqib). El Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo a Hadrat Alí: «Tu relación conmigo es como la de Aarón con Moisés (la paz sea con él). Pero ningún apóstol vendrá después de mí». (Bujari y Muslim, Kitab Fada’il as-Sahaba). Esta tradición también está registrada en Bujari y Muslim en el relato de la batalla de Tabuk. El Musnad registra dos tradiciones narradas por Hadrat Sad bin Abi Waqqas (que Alá esté complacido con él) sobre este tema. La última frase de una de estas tradiciones dice: «Sabed que no hay profecía después de mí».

Los relatos detallados de las tradiciones incorporadas por Abu Dawud Tayalisi, el imán Ahmad y Muhammad bin Ishaq informan que, en vísperas de su partida para la batalla de Tabuk, el Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) había decidido dejar atrás a Hadrat Alí para que se ocupara de la defensa y supervisara los asuntos de Medina. Entonces los hipócritas comenzaron a difundir insinuaciones y rumores acerca de Hadrat Alí. Hadrat Alí acudió al Profeta y le dijo: «Oh, Profeta de Alá, ¿me dejas atrás entre mujeres y niños?». En esa ocasión, para tranquilizarlo, el Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) observó: «Tu relación conmigo es como la de Aarón con Moisés». En otras palabras: «Así como Hadrat Moisés dejó a Hadrat Aarón en el monte Tur para que cuidara de la tribu de Israel, yo (Muhammad) te dejo atrás para que cuides de la defensa de Medina». Al mismo tiempo, temiendo que esta comparación con Hadrat Aarón pudiera dar lugar más tarde a herejías, el Santo Profeta dejó inmediatamente claro: «No habrá ningún profeta después de mí».

Thauban relata: «El Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) observó: Surgirán treinta impostores en mi umma y cada uno de ellos proclamará ante el mundo que es un profeta, pero yo soy el último de la línea de los profetas de Dios y ningún apóstol vendrá después de mí». (Abu Dawud, Kitab-ul-Fitan). Abu Dawud, en Kitab-ul-Malahim, ha registrado otra tradición narrada por Abu Huraira sobre el mismo tema. Tirmidhi también ha registrado estas dos tradiciones, narradas por Hadrat Thauban y Hadrat Abu Huraira. El texto de la segunda tradición dice así: «Llegará el momento en que surgirán treinta impostores y cada uno de ellos afirmará ser el apóstol de Dios».

El Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) observó: «Entre la tribu de Israel que os precedió hubo ciertamente personas que mantenían comunicación con Dios, aunque no eran Sus profetas. Si alguna vez surgiera entre mi pueblo una persona que mantuviera comunicación con Dios, no sería otra que Umar (que Alá esté complacido con él)». (Bujari, Kitab-ul-Manaqib). Una versión de esta misma tradición en Muslim contiene la palabra Muhaddithuna en lugar de Yukallimuna. Sin embargo, Mukalima y Muhaddith tienen un significado idéntico: un hombre que goza del privilegio de comunicarse directamente con Dios, o una persona a quien el Todopoderoso se dirige desde lo invisible. Así, concluimos que, si hubiera habido entre los seguidores de Muhammad alguna persona que pudiera comunicarse con Dios sin ser elevada a la dignidad de la profecía, habría sido Umar.

El Profeta de Dios (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) dijo: «No vendrá ningún profeta después de mí y, por tanto, no habrá otra comunidad de seguidores de ningún nuevo profeta». (Baihaqi, Kitab-ul-Rouya; Tabarani).

El Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) observó: «Yo soy el último de los profetas de Dios y mi mezquita es la última mezquita» (refiriéndose a la santa mezquita del Profeta).

[Al referirse a esta tradición, quienes niegan la finalidad de la profecía sostienen que el Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) llamó a su mezquita la «última mezquita», pese a que no es la última, ya que innumerables mezquitas fueron construidas después de ella en todo el mundo. Del mismo modo, cuando el Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) observó: «Yo soy el último Profeta», no quiso decir que la línea de los profetas hubiera terminado, sino que Muhammad (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) era el último en cuanto a su excelencia entre los Profetas de Dios, y que la mezquita era la última en el mismo sentido. Este razonamiento absurdo constituye una prueba irrefutable de que estas personas han perdido la capacidad de percibir el verdadero significado de las palabras de Dios y de las de Su Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él).

Incluso una mirada superficial a toda la cadena de tradiciones en cuyo contexto se registró esta tradición particular deja claro a cualquier persona el verdadero sentido de las palabras del Santo Profeta. En este contexto, las diversas tradiciones que el imán Muslim registró basándose en la autoridad de Hadrat Abu Huraira, Hadrat Abdullah bin Umar y la madre de los creyentes, Hadrat Maimuna, narran que solo hay tres mezquitas en el mundo a las que se atribuye la mayor santidad y que son sagradas por encima de todas las demás mezquitas. La adoración en estas mezquitas recibe una recompensa mil veces mayor que la oración ofrecida en otras mezquitas. Por esta razón se ha declarado lícito emprender un viaje a estas mezquitas para rezar en ellas. Ninguna otra mezquita, salvo estas tres, puede reclamar tal santidad que una persona deba viajar hasta ella para adorar, dejando de lado todas las demás mezquitas.

Entre las tres mezquitas que poseen la mayor santidad en el islam, la primera es la Masjid al-Haram, construida por Hadrat Abraham (la paz sea con él); la segunda es la Masjid al-Aqsa, erigida por Hadrat Salomón (la paz sea con él); y la tercera es la Masjid-i-Nabawi, en la santa ciudad de Medina, fundada por el Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). La observación del Santo Profeta respecto de «la última mezquita» debe entenderse en este contexto. Las palabras del Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) significaban que ningún profeta vendría después de él y, por tanto, no habría una cuarta mezquita después de la última Masjid-i-Nabawi, la mezquita del último Profeta. Por consiguiente, ninguna otra mezquita debería poseer una santidad semejante, de modo que la adoración en ella recibiera más bendiciones que la adoración en otras mezquitas; además, no habría una cuarta mezquita hacia la cual fuera lícito o incluso recomendable que la gente viajara para ofrecer sus oraciones.] (Muslim, Kitab-ul-Hajj; capítulo: Fadl-us-Salat bi Masjidi Mecca wal Medina).

Los compañeros han transmitido un gran número de tradiciones semejantes del Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él), y numerosos recopiladores las han registrado a partir de fuentes autorizadas. El estudio de estas tradiciones muestra que el Santo Profeta dejó explícitamente claro en varias ocasiones, de diversas maneras y con distintas palabras, que era el último Profeta de Dios; que ningún profeta lo seguiría y que la línea de los profetas había terminado con él. Además, quienes después de su época afirmaran ser Profetas y Mensajeros de Dios serían impostores y mentirosos.

[En contraste con las observaciones del Santo Profeta, los negadores de la finalidad de la profecía citan las siguientes palabras atribuidas a Hadrat Aisha: «Decid, ciertamente, que el Santo Profeta es el último Apóstol de Dios; pero no digáis que ningún profeta vendrá después de él». En primer lugar, es una audacia citar las palabras de Hadrat Aisha para contradecir la orden explícita del Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él). Además, las mismas palabras atribuidas a Hadrat Aisha no son auténticas. Ninguna obra autorizada de hadices contiene esta observación de Hadrat Aisha, ni ningún recopilador notable de tradiciones la ha registrado o mencionado. Esta tradición procede de un comentario titulado Durr-i-Manthur y de una recopilación de hadices conocida como Takmilah Majma-ul-Bihar, pero se desconocen su fuente y sus credenciales. Es el colmo de la audacia presentar la declaración de una compañera para contradecir las observaciones explícitas del Santo Profeta, que los eminentes tradicionistas han transmitido mediante las

Ibn Maryam; Muslim, Bab: Bayan Nuzul ‘Isa; Tirmidhi, Abwab-al-Fitan; Bab Fi

Nuzul ‘Isa; Musnad Ahmad, Marwiyat Abu Huraira)

En otra tradición, la palabra jizya ha sido sustituida por harb, «guerra», es decir, abolirá la jizya para los no creyentes. [En otras palabras, esta expresión significa que las diferencias entre los seguidores de las diversas religiones desaparecerán y toda la humanidad se unirá a la hermandad del islam. En consecuencia, ya no habrá ninguna guerra ni motivo para imponer un impuesto religioso a nadie. Esta interpretación cuenta con el respaldo de las Tradiciones n.º 5 y 15 citadas más adelante.] Otra tradición narrada por Hadrat Abu Huraira dice: «La Hora Final no tendrá lugar antes del descenso de Jesús, hijo de María», y a estas palabras les sigue el texto tal como aparece en la tradición anterior. (Bukhari, Kitab-ul-Muzalim:

Bab: Kasr-ul- Salib Ibn Majah, Kitab-ul-Fitan al-Dajjal.)

Hadrat Abu Huraira narra que el Apóstol de Allah (PBD) observó: «¿Cómo os encontraréis cuando el hijo de María descienda entre vosotros y uno de vosotros desempeñe el cargo de imán (dirigente en las oraciones)?» [La implicación es que Jesús (PBD) no actuará como dirigente de las oraciones. Ofrecerá las oraciones detrás del imán de los musulmanes ya existente.]

(Bukhari, Kitab Ahadith Anbiya, Bab: Nuzul Isa; Muslim, Nuzul Isa; Musnad

Ahmad, Marwiyat Abu Huraira)

Hadrat Abu Huraira narra que el Apóstol de Allah (PBD) dijo: «Cristo, hijo de María, matará entonces a los cerdos y retirará la Cruz. Se celebrará para él una congregación para la oración. Distribuirá una cantidad tan enorme de bienes que no quedará nadie necesitado de nada. Abolirá los impuestos. Acampará en Rauha (un lugar situado a una distancia de 35 millas de Medina) y desde allí partirá para realizar el Hayy o la Umrah, o ambos». (El narrador duda sobre cuál de estos dos mencionó el Santo Profeta (PBD). (Musnad Ahmad, Silsila

Relato de Abu Huraira; Muslim, Kitab-ul-Hajj; capítulo sobre la permisibilidad del Tamattu en el Hayy y-

al-Qur’an) Hazrat Abu Huraira relata que el Profeta (PBUH) de Dios, después de mencionar el exilio del Dajjal, dijo: «Los musulmanes se estarán preparando para la guerra contra el Dajjal y se alinearán para prepararse para ofrecer las oraciones, y se habrá pronunciado el takbir de las oraciones cuando, entretanto, Cristo (PBUH), hijo de María, descienda y dirija a los musulmanes en la oración. Al ver a Cristo, el enemigo de Dios, el Dajjal, comenzará a derretirse como la sal en el agua. Si Cristo (PBUH) dejara al Dajjal solo, este se derretiría y moriría de todos modos, pero Dios hará que el Dajjal sea muerto a manos de Cristo (PBUH), y Cristo mostrará a los musulmanes su lanza teñida con la sangre del Dajjal». (Mishkat, Kitab-ul-Fitan, capítulo: al-Malahim, citado por Muslim) Hazrat Abu Huraira informa que el Mensajero (PBUH) de Allah afirmó: «No vendrá ningún profeta durante el período comprendido entre mi persona y Jesús (PBUH). Y Jesús descenderá. Reconocedlo cuando lo veáis; es un hombre de estatura mediana y tez rubicunda y clara. Vestirá dos prendas amarillas. El cabello de su cabeza parecerá como si el agua goteara de él, aunque su cabello no estará mojado. Luchará por la causa del islam. Romperá la Cruz en pedazos. Matará a los cerdos. Abolirá la yizya para los no creyentes. En su tiempo, Dios pondrá fin a todas las demás religiones, excepto la religión del islam. Y Cristo matará al Dajjal. Vivirá en esta tierra durante un período de cuarenta años y, al final de este período, fallecerá. Los musulmanes ofrecerán la oración fúnebre de Cristo

(PBUH). (Abu Dawud, Kitab-ul-Malahim, capítulo: Khuruj-ul-Dajjal; Musnad Ahmad,

Relato de Abu Huraira)

Hazrat Jabir bin Abdullah informa que oyó decir al Profeta (PBUH): «Entonces Cristo, hijo de María, descenderá. El líder de los musulmanes le dirá: “Ven, dirígenos en la oración”, pero él responderá: “No, vosotros mismos debéis dirigiros en la oración”.» [La implicación de esta observación de Cristo (PBUH) es que «alguien de entre vosotros debe actuar como vuestro líder»]. Dirá esto por respeto a la dignidad que Dios ha concedido al pueblo del islam». (Muslim, Bayan Nuzul Isa ibn Maryam; Musnad

Ahmad, Basilsila Marwiyat Jabir bin Abdullah)

En relación con el episodio de Ibn Sayyad, Jabir bin Abdullah relata que Umar bin Khattab (RAA) suplicó: «Oh Mensajero de Dios, permíteme matarlo». En respuesta, el Profeta de Dios observó: «Si verdaderamente este hombre es él —refiriéndose al Dajjal—, entonces será muerto por Cristo, hijo de María. Tú no lo matarás. Pero si este hombre no es él —el Dajjal—, entonces no tienes derecho a matar a un individuo de entre aquellos a quienes hemos garantizado protección (dhimmíes)». (Mishkat, Kitab-ul-Fitan, capítulo: Qissa Ibn Sayyad, citado por Shara al-Sunnah al-Baghawi). Jabir b. Abdullah relata que, mientras narraba el episodio del Dajjal, el Santo Profeta (PBUH) observó: «En ese momento, Cristo, hijo de María, descenderá repentinamente entre los musulmanes. Se reunirá una congregación para la oración y se le pedirá: “Oh Espíritu de Dios, avanza y dirígenos en la oración”. Pero él dirá: “No, vuestro propio imán avanzará y actuará como líder”. Así, cuando los musulmanes hayan ofrecido la oración de la mañana, saldrán a combatir contra el Dajjal. Cuando aquel mentiroso vea a Cristo (PBUH), comenzará a derretirse como la sal en el agua. Cristo (PBUH) avanzará hacia él y lo matará. Y ocurrirá que cada piedra gritará: “Oh Espíritu de Allah, este judío se esconde detrás de mí”. Ni un solo seguidor del Dajjal escapará de la matanza». (Musnad Ahmad, Basissila

Riwayat Jabir b. Abdullah)

Hadrat an-Nawas b. Sam’an relata (mientras narraba la historia del Dajjal): «Mientras tanto, cuando el Dajjal esté ocupado perpetrando tales actos, Dios enviará a Cristo, hijo de María. Cristo (la paz sea con él) descenderá cerca de la torre blanca, en el sector oriental de Damasco, vestido con dos prendas amarillas y apoyando las manos sobre los brazos de dos ángeles. Cuando incline la cabeza, parecerá que de ella caen gotas de agua, y cuando la levante, parecerá que perlas gotean de ella. Cualquier infiel que se encuentre al alcance del aire de su aliento —y el aire de su aliento llegará hasta donde alcance su vista— no escapará de la muerte. Después, el hijo de María perseguirá al Dajjal, lo alcanzará en la puerta de Lydda [Téngase en cuenta que Lod (la moderna Lydda) se encuentra a pocos kilómetros de Tel Aviv, la capital del Estado de Israel en Palestina. Los judíos han construido en este lugar una gran base aérea.] y le dará muerte». (Muslim, Dhikr Dajjal; Abu Dawud, Kitab ul-Malahim, Bab: Khuruj Dajjal; Tirmidhi, Abwab-ul-Fitan; Bab: Fi Fitna al-Dajjal; Ibn Majah, Kitab ul-Fitna, Bab: Fitna al-Dajjal)

Abdullah b. Amr b. al-As dice que el Mensajero de Dios (la paz sea con él) observó: «El Dajjal aparecerá entre mi pueblo y permanecerá durante cuarenta [aquí el narrador no está seguro de si el Profeta mencionó cuarenta días, cuarenta meses o cuarenta años]. Entonces Dios enviará a Cristo, hijo de María, al mundo. Se parecerá en su aspecto a “Urwa b. Masud (un compañero del Profeta). Cristo perseguirá al Dajjal y le dará muerte. Después de esto, durante un período de siete años, la situación del mundo será tal que no se conocerá disputa alguna entre dos personas». (Muslim, Dhikr-ul-Dajjal)

Hudhaifa b. Usaid al-Ghifari relata que «en cierta ocasión el Santo Profeta (la paz y las bendiciones de Dios sean con él) nos visitó mientras estábamos sentados juntos y conversando. El Santo Profeta preguntó: “¿De qué estáis hablando?”. La gente respondió: “Estábamos hablando del Día del Juicio”. El Santo Profeta observó: “El Día del Juicio no tendrá lugar antes de la aparición de diez señales”. Entonces enumeró esas señales: el humo; el Dajjal; la Daabba; la salida del sol por Occidente; el descenso de Cristo, hijo de María (la paz sea con él); la aparición de Yajuj y Majuj; la formación de tres enormes hundimientos o deslizamientos de tierra: uno en Oriente, otro en Occidente y el tercero en las islas árabes; y, finalmente, una enorme conflagración que surgirá en Yemen y empujará a la gente hacia la llanura del Juicio». (Muslim, Kitab ul-Fitan wa Ashtrat-us Sa’h; Abu Dawud, Kitab ul-Malahim, Bab: Amarat ul-Sa’h).

Se relata de Thauban, el esclavo liberado del Santo Profeta, que el Santo Profeta (la paz sea con él) observó: «Dios concederá protección contra el fuego del Infierno a dos grupos de entre la gente de mi Ummah. Un grupo estará compuesto por quienes invadirán la India; el otro estará compuesto por quienes se alinearán con Cristo, hijo de María (la paz sea con él)». (Nasa’i, Kitab ul-Jihad; Musnad Ahmad, Bisilsila Riwayat Thauban)

Mujamme b. Jaria Ansari relata: «Oí al Santo Profeta (la paz sea con él) decir: “Cristo, hijo de María, matará al Dajjal en la puerta de Lod (Lydda)”». (Musnad Ahmad, Tirmidhi, Abwab-ul-Fitan).

Abu Umama al-Bahli (mencionando al Dajjal en el curso de una larga tradición) relata: «Precisamente cuando el Imam de los musulmanes dé un paso adelante para dirigir la oración de la mañana, Cristo, hijo de María (la paz sea con él), descenderá entre ellos. El Imam se retirará para dejar que Cristo dirija la oración. Pero Cristo, dando una palmada al Imam en medio de los hombros, dirá: “No; tú dirigirás, pues esta congregación se ha reunido para seguirte en la oración”. Así, el Imam dirigirá la oración. Cuando termine la oración, Cristo (la paz sea con él) ordenará: “Abrid la puerta”. La puerta será abierta de par en par. El Dajjal estará afuera con un ejército de setenta mil soldados judíos. En cuanto el Dajjal vea a Cristo (la paz sea con él), le dirá: “Te golpearé con tal fuerza que no sobrevivirás al golpe”. Cristo (la paz sea con él) lo perseguirá, lo alcanzará en la puerta oriental de Lod (Lydda) y Dios hará que los judíos sean derrotados. La tierra se llenará de musulmanes como un recipiente se llena hasta el borde de agua; el mundo entero recitará la misma Kalima y no se rendirá culto a nadie salvo a Dios Todopoderoso». (Ibn Majah, Kitab-ul-Fitan; Bab: Fitan Dajjal)

`Uthman b. Abi al-`As relata que oyó decir al Profeta de Dios (la paz sea con él): «Y Cristo, hijo de María, descenderá en el momento de la oración de la mañana. El dirigente de los musulmanes le dirá: “Oh espíritu de Dios, sé nuestro dirigente en la oración”. Él responderá: “La gente de esta Ummah es dirigente unos de otros”. Entonces el dirigente de los musulmanes dará un paso adelante y dirigirá la oración. Cuando termine la oración, Cristo (la paz sea con él) tomará su arma y avanzará hacia el Dajjal. Al ver a Cristo, el Dajjal comenzará a derretirse como el plomo. Cristo (la paz sea con él) lo matará con su arma. Los compañeros del Dajjal serán derrotados. Hu­irán, pero no encontrarán ningún lugar donde esconderse. Incluso los árboles gritarán: “Oh piadoso, este infiel se esconde detrás de mí”, y las piedras dirán: “Oh piadoso, este incrédulo se ha refugiado detrás de mí”». (Musnad Ahmad, Tabarani, Hakim)

Samura b. Jundub (en una larga tradición) atribuye esta declaración al Santo Profeta (la paz sea con él): «Entonces, al amanecer, Cristo, hijo de María, descenderá entre los musulmanes. Y Allah hará que el Dajjal y sus huestes sufran una derrota aplastante. Incluso los muros y las raíces de los árboles gritarán: “Oh piadoso, este infiel se esconde detrás de mí. Ven y golpéalo hasta matarlo”». (Musnad Ahmad, Hakim)

Una tradición relatada por `Imarn b. Husain dice que el Profeta de Dios (la paz sea con él) observó: «Siempre habrá entre mis seguidores un grupo de personas que mantendrá firme la fe en la verdad y dominará a sus adversarios hasta que Dios emita un decreto y Cristo, hijo de María (la paz sea con él), descienda sobre la tierra». (Musnad Ahmad)

Con referencia al episodio del Dajjal, Hadrat ‘Aisha (que Allah esté complacido con ella) relata: «Hadrat ‘Isa (la paz sea con él) descenderá y matará al Dajjal. Después de esto, Hadrat ‘Isa (la paz sea con él) gobernará la tierra como un dirigente justo y un soberano benevolente durante cuarenta años». (Musnad Ahmad)

Safina, el esclavo liberado del Mensajero de Dios (la paz sea con él), relata (en relación con el episodio del Dajjal): «Hadrat ‘Isa (la paz sea con él) descenderá y Dios pondrá fin a la vida del Dajjal cerca de la ladera de Afiq». [Afiq, conocida en los tiempos modernos como Fiq, es una ciudad de Siria situada en la frontera entre Siria e Israel. Hay un lago llamado Tibriya a pocos kilómetros al oeste de la ciudad. Este lago es la fuente del río Jordán. Hacia el suroeste de este lago hay un paso entre las montañas que desciende dos mil pies hasta el punto del lago Tibriya donde nace el río. Este paso montañoso se llama la ladera de Afiq.] (Musnad Ahmad)

Hadrat Hudaifa b. Yama relata (con referencia al Dajjal): «Cuando los musulmanes se dispongan en filas para ofrecer la oración, Cristo, hijo de María (la paz sea con él), descenderá del cielo ante sus ojos. Dirigirá la oración. Cuando termine la oración, dirá a la gente: “Despejad el camino entre este enemigo de Dios y yo”. Dios concederá a los musulmanes la victoria sobre las huestes del Dajjal. Los musulmanes infligirán un castigo terrible al enemigo. Incluso los árboles y las piedras gritarán: “Oh Abdullah, oh Abdul Rahman, oh musulmán, ven; detrás de mí hay un judío, mátalo”. De este modo Dios hará que los judíos sean aniquilados y los musulmanes serán vencedores. Romperán la Cruz, sacrificarán los cerdos y abolirán la Jizya (impuesto aplicado a los no musulmanes)». (Mustadrak Hakim; una versión breve de esta tradición ha sido registrada en Muslim. Hafiz Ibn Hajar, en Fath-ul-Bari, vol. VI, pág. 450, declara auténtica esta tradición.)

Las anteriores son veintiuna tradiciones transmitidas bajo la autoridad de catorce compañeros del Santo Profeta y registradas, con referencias correctas, en los libros más autorizados de Hadiz. Además de estas, existen numerosas tradiciones referentes al mismo tema, pero no las hemos reproducido aquí por razones de brevedad. Hemos tomado como ejemplos únicamente aquellas tradiciones que son sólidas y auténticas en cuanto a su cadena de transmisión.

El veredicto de estas tradiciones

Cualquiera que lea las tradiciones anteriores llegará a la conclusión de que no mencionan la venida de un Masih prometido, ni de un Masih semejante, ni de una proyección del Masih. Los textos citados no dejan margen alguno para que un hombre nacido del esperma humano en el vientre de una mujer declare: «Yo soy ese Masih cuya venida fue anunciada por el Santo Profeta Muhammad (la paz sea con él)». Todas las tradiciones anteriores proclaman clara y definitivamente el descenso de aquel Santo Cristo que nació de María sin la intervención de un padre hace dos mil años. En este momento carece por completo de utilidad abrir el debate sobre si el Santo Cristo está muerto o vive en algún lugar del mundo. Suponiendo que esté muerto, Dios tiene poder para devolverle la vida [Quienes nieguen esta posibilidad deberían leer la aleya 259 de la sura al-Baqarah, en la que Dios afirma claramente que dejó muerto durante cien años a uno de Sus siervos y, al terminar ese período, lo resucitó], y, de cualquier modo, tampoco está fuera del poder divino de Dios mantener vivo a un hombre en algún lugar del cosmos durante miles de años y traerlo de nuevo al mundo cuando Él lo desee. En cualquier caso, quien crea en la veracidad y santidad de las tradiciones no tendrá duda de que estas anuncian la venida de “Cristo, hijo de María”, y de nadie más. Por el contrario, si una persona no tiene fe en las tradiciones, tampoco creerá en el descenso de nadie, pues las tradiciones son la única base de la doctrina del Descenso. A la luz de todo esto, resulta una lógica extraña y absurda tomar la doctrina del Descenso derivada de las tradiciones, arrancar de ella la clara referencia a Cristo, hijo de María, y establecer en lugar del hijo de María un “Cristo encarnado” moderno.

Otro punto que las tradiciones dejan igualmente claro es que Cristo, hijo de María, no descenderá en calidad de Apóstol de Dios recién designado. No recibirá revelaciones divinas. No será portador de ningún mensaje nuevo ni depositario de un mandato nuevo de Dios; tampoco modificará, ampliará ni abreviará la Shariah de Muhammad (la paz sea con él), ni será traído al mundo para lograr la renovación de la fe. Cristo, hijo de María (la paz sea con él), no pedirá a la gente que tenga fe en su propia profecía ni fundará una comunidad separada de seguidores [Los ulemas del islam han explicado detalladamente esta cuestión. ‘Allama Taftazani (722 A.H.-792 A.H.), en Shara ‘Aqaid-i-Nasafi, escribe: “Está establecido que Muhammad (la paz sea con él) es el Último Profeta… Si se dice que, según el Hadiz, el descenso de Cristo (la paz sea con él) tendrá lugar después del Profeta Muhammad (la paz sea con él), diremos: ‘Sí, este hecho ha sido mencionado en las tradiciones. Pero Cristo (la paz sea con él) aparecerá como seguidor de Muhammad (la paz sea con él). La Shariah de Cristo ha sido abrogada. Por tanto, no recibirá revelaciones divinas ni establecerá ningún canon. En todos sus actos representará únicamente a Muhammad (la paz sea con él)’”. La misma opinión ha sido reafirmada por ‘Allama Alusi en Tafsir Ruhal-Ma’ani: “Cuando Cristo (la paz sea con él) aparezca, conservará su dignidad como profeta anterior. Dios, ciertamente, no lo despojará de esa dignidad, pero no seguirá su antiguo mandato, porque las Shariah de todos los profetas, incluida la de Cristo (la paz sea con él), han sido abrogadas. Por ello será una obligación divina para Cristo (la paz sea con él) seguir, en letra y espíritu, la ley de Muhammad (la paz sea con él). No recibirá revelación divina ni se le encomendará la tarea de dar nuevas leyes religiosas. En todos sus actos, Cristo actuará como representante del Santo Profeta Muhammad (la paz sea con él), y funcionará como delegado y como uno de los gobernantes de los seguidores de Muhammad (la paz sea con él)”. El Imam Razi explica aún más este punto así: “El período de los profetas se extendió hasta la venida del Profeta Muhammad (la paz sea con él). Cuando Muhammad (la paz sea con él) fue elevado a la condición de Profeta, terminó la era de la aparición de nuevos profetas. No es inconcebible que Cristo (la paz sea con él), después de su descenso, actúe como seguidor de Muhammad (la paz sea con él)”]. Será designado para cumplir una tarea concreta: erradicar la maldad del Dajjal.

Para este fin, Jesús (la paz sea con él) descenderá de tal manera que los musulmanes entre quienes aparezca no tendrán ninguna duda sobre su identidad como Jesús, hijo de María, cuya venida en el momento más oportuno fue anunciada por el Profeta Muhammad (la paz sea con él). Jesús (la paz sea con él) se unirá a la comunidad de los musulmanes y ofrecerá la oración detrás del Imam en funciones de los musulmanes. [Aunque dos tradiciones (núms. 5 y 21) aportan abundantes pruebas de que Jesús (la paz sea con él) actuará como dirigente en la primera oración después de su descenso, la mayoría de las tradiciones, comparativamente más auténticas (véanse los núms. 3, 7, 9, 15 y 16), hablan de que Jesús (la paz sea con él) rehusará dirigir las oraciones. Invitará al Imam en funciones de los musulmanes a avanzar y dirigir la oración. Todos los eruditos de las tradiciones y los comentaristas coinciden en este último punto.]

Permitirá que el Imam en funciones de los musulmanes lo preceda, para dejar claro, más allá de toda duda, que no ha descendido para afirmar su posición como profeta ni para desempeñar el cargo de profeta. No hay duda de que, en presencia de un profeta entre una comunidad, ninguna otra persona puede asumir el cargo de Imam o dirigente. Por ello, cuando Jesús (la paz sea con él) se convierta en un miembro individual de la Hermandad del Islam, este hecho proclamará por sí mismo al mundo que no ha descendido para asumir el cargo de profeta. Por tanto, la cuestión de reabrir el sello de la profecía en la segunda venida de Cristo es completamente irrelevante.

Podría decirse —sin comparar realmente las dos situaciones— que la venida de Jesús será como el nombramiento de un antiguo jefe de Estado para prestar un servicio estatal bajo el régimen del jefe de Estado actual. No es demasiado difícil para una persona de sentido común entender que el nombramiento de un antiguo jefe de Estado para desempeñar una función estatal bajo el régimen del jefe actual no constituye una violación de la constitución del Estado. Sin embargo, hay dos casos que sí violan la ley del Estado. En el primero, si un antiguo jefe de Estado intenta asumir de nuevo ese cargo. En el segundo, si una persona niega la existencia del régimen anterior de un jefe de Estado fallecido, pues eso equivaldría a cuestionar la validez de las tareas realizadas por el régimen anterior. En ausencia de cualquiera de estas dos eventualidades, el simple nombramiento de un antiguo jefe de Estado para una función estatal no cambia la posición constitucional.

Lo mismo se aplica a la segunda venida de Cristo, hijo de María. El sello de la profecía no es violado por su segunda venida. Sin embargo, si asumiera de nuevo el cargo de profeta y comenzara a desempeñar las funciones de un profeta, o, por el contrario, si un hombre negara la santidad de Cristo (la paz sea con él) como profeta anterior, ambos casos constituirían una violación de la ley de Dios respecto a la creación de los profetas. Las tradiciones han descartado claramente la existencia de ambas posibilidades. Por un lado, las tradiciones afirman que ningún profeta vendrá después de Muhammad (la paz sea con él). Al mismo tiempo, anuncian la segunda venida de Cristo, hijo de María. Esto basta para dejar claro que, durante su segunda venida al mundo, Cristo no desempeñará las funciones de un profeta.

Del mismo modo, su venida no dará lugar a una nueva cuestión de fe o apostasía entre los seguidores del islam. Todo aquel que niegue la santidad de Cristo como profeta anterior es un apóstata. El propio Santo Profeta (la paz sea con él) afirmó la santidad de Cristo como profeta anterior. Por tanto, los seguidores de Muhammad (la paz sea con él) han creído siempre, desde el principio, en la santidad de Cristo como profeta anterior. Esta creencia seguirá siendo válida incluso en el momento de la segunda venida de Cristo. En ese momento los musulmanes no creerán en el ministerio de un nuevo profeta. Mantendrán su creencia en la santidad de Cristo como profeta anterior. Esta posición no es contraria hoy a la fe en la Finalidad de la Profecía ni será derogatoria de dicha creencia en el momento de la segunda venida de Cristo al mundo.

El último punto que estas y muchas otras tradiciones dejan claro se refiere al hecho de que el Dajjal —para suprimir cuyas graves maldades Dios enviará a Cristo, hijo de María (la paz sea con él)— surgirá entre la nación de los judíos y se presentará como “Masih”. Nadie puede comprender la realidad de este hecho sin estudiar la historia de los judíos y sus creencias religiosas. Después de la muerte de Hadrat Sulaiman (la paz sea con él) [es decir, Salomón], la tribu de Israel sufrió un declive continuo hasta que acabó convirtiéndose en esclava de los imperios babilónico y asirio, cuyos amos imperiales la dispersaron por toda la tierra. En aquel momento de su historia, los profetas de los judíos comenzaron a anunciar la buena nueva de la llegada de un “Masih” enviado por Dios que los redimiría de la desgracia.

Basándose en tales profecías, los judíos habían esperado durante mucho tiempo la llegada de un “masih” que sería un rey. Este rey lucharía y conquistaría territorios. Reuniría a los judíos de todo el mundo y los congregaría en Palestina. Crearía un poderoso Imperio judío. Contrariamente a todas sus fervientes expectativas, cuando el “Masih” enviado por Dios, Cristo, hijo de María (la paz sea con él), vino sin ejército para conquistar países, los judíos negaron su profecía y decidieron poner fin a su vida. Desde entonces, los judíos de todo el mundo han esperado la aparición de un “Masih Mau’ud”, “el Mesías Prometido”, cuya llegada había sido anunciada por sus antiguos profetas. Su literatura abunda en sueños ilusorios sobre este milenio. Durante siglos, los judíos han saboreado el placer imaginario que les proporciona la descripción de este milenio en el Talmud y en las obras de los rabinos.

La nación judía ha conservado la esperanza de que este “Mesías Prometido” sería un gran dirigente militar y político. Les devolvería el territorio situado entre los ríos Nilo y Éufrates, que los judíos siempre han codiciado como su herencia. Reuniría a los judíos de todas las partes del mundo y los congregaría una vez más en ese país. Hoy, cuando contemplamos los asuntos de Oriente Medio desde la perspectiva de las profecías del Profeta Muhammad (la paz sea con él), percibimos de inmediato que el escenario ha quedado preparado para la aparición del Dajjal, quien, como predijo el Santo Profeta (la paz sea con él), surgiría como el “Mesías Prometido” de los judíos.

El pueblo musulmán ha sido expulsado de una gran parte de Palestina y en esa parte se ha establecido un Estado judío llamado “Israel”. Judíos de todo el mundo están convergiendo en ese lugar. Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia han ayudado a convertir este Estado judío en una formidable potencia militar. Los científicos y técnicos judíos están desarrollando rápidamente este país con la enorme ayuda del capital judío. El potencial militar y técnico de Israel constituye una grave amenaza para los países musulmanes vecinos. Los dirigentes de Israel nunca han ocultado su propósito de recuperar “la tierra de su herencia”. El mapa del futuro Estado judío que han publicado durante mucho tiempo aparece en la página siguiente. [Se omite el mapa.]

Muestra que desean incluir en el Estado judío toda Siria, el Líbano, Jordania y casi todo el territorio de Irak, además de apoderarse de Askandron, en Turquía; del Sinaí y la zona del Delta, en Egipto; y de las regiones del Hiyaz superior y del Nayd, en Arabia Saudita. Esto incluye, por supuesto, la Ciudad Santa de Medina. En este contexto, está claro que, aprovechando las condiciones críticas creadas por una guerra mundial, los judíos intentarán ciertamente apoderarse de estas zonas. Y en ese momento surgirá el Dajjal, a quien los judíos considerarán su “Mesías Prometido”.

El Santo Profeta (la paz sea con él) no solo profetizó la venida de este Dajjal, sino que también advirtió a los musulmanes que sufrirían calamidades enormes y que un día parecería un año de sufrimiento y desgracia. Por esta razón, el Profeta de Dios (la paz sea con él) solía pedir protección contra el gran mal del “Dajjal Masih” y exhortaba a sus seguidores a implorar a Allah que los salvara de la severidad de esos tiempos de maldad.

Es cierto que Allah no enviará ningún “Cristo encarnado” para combatir a este “Dajjal Masih”. Designará al Cristo verdadero, el Cristo que nació de María y a quien los judíos se negaron a reconocer como profeta hace dos mil años. Enviará al mismo Cristo que los judíos creyeron haber eliminado al matarlo. El lugar donde descenderá el Cristo verdadero no está en la India, África ni América. Aparecerá en Damasco, porque este lugar será entonces el verdadero campo de batalla. Obsérvese el mapa núm. 1 [el mapa debe omitirse] y se verá que Damasco se encuentra a apenas 50-60 millas de las fronteras de Israel.

Si se recuerda el texto de las tradiciones que hemos citado anteriormente, no será difícil comprender que el Dajjal penetrará en Siria con setenta mil soldados judíos y tomará posiciones frente a Damasco. En ese momento de crisis, Cristo, hijo de María (la paz sea con él), descenderá cerca de un minarete blanco, en el sector oriental de Damasco. Después de la oración de la mañana, Cristo (la paz sea con él) avanzará con los musulmanes para luchar contra el Dajjal. El enemigo retrocederá ante el poderoso ataque de Cristo, hijo de María, y el Dajjal huirá hacia Israel por la ladera de Afiq (referencia a la Tradición núm. 21). Cristo (la paz sea con él) perseguirá al Dajjal y lo destruirá en el aeródromo de Lydda (Tradiciones núms. 10, 14 y 15). Se producirá una gran matanza de judíos y todos ellos serán aniquilados. La nación de los judíos será exterminada (Tradiciones núms. 9, 15 y 21). Al proclamar Cristo la verdad, la religión cristiana desaparecerá (Tradiciones núms. 1, 2, 4 y 6). Y los seguidores de todas las religiones, habiendo renunciado a sus antiguas lealtades, se fusionarán para formar la única hermandad del islam. Las tradiciones revelan este hecho con absoluta claridad.

A la luz de lo anterior, la red de propaganda establecida en nuestro país bajo el nombre de Masih Mau’ud, “el Mesías Prometido”, es indudablemente una empresa falsa y fraudulenta. Uno de los aspectos más divertidos de este vil movimiento es que la persona que se considera a sí misma el objeto de las profecías de Muhammad (la paz sea con él) ha ofrecido esta interesante explicación de su identidad como “Cristo, hijo de María”: «Él (Dios Todopoderoso) me llamó María en la tercera parte de Barahin-i-Ahmadia. Después, como se desprende de Barahin-i-Ahmadia, fui criado en la forma de María durante dos años. Luego, mi cuerpo fue llenado con el espíritu de Cristo, del mismo modo que el cuerpo de María fue llenado con el espíritu de Cristo, y en sentido metafórico quedé embarazado del espíritu de Cristo. Finalmente, después de un período de muchos meses (que no duró más de diez meses), fui transformado de María en Cristo mediante una revelación divina que ha sido registrada al final de la cuarta parte de Barahin-i-Ahmadia. Así fue como me convertí en el hijo de María». (Kashti-e-Noah, págs. 87-89).

En otras palabras, primero se convirtió en María, después quedó embarazado y finalmente, desde su propio abdomen, salió como Cristo, hijo de María. Sin embargo, quedaba un obstáculo. Según las tradiciones, Cristo, hijo de María, aparecería en Damasco, que ha sido un lugar destacado y famoso de Siria durante varios miles de años y todavía existe con ese nombre en el mapa del mundo. Esta dificultad fue descartada mediante otra afirmación fantasiosa: «Debe saberse que, respecto a la interpretación de la palabra “Damasco”, Dios Todopoderoso me ha explicado en una revelación que en este lugar el nombre Damasco ha sido dado a una aldea cuyos habitantes poseen las características de Yazid y siguen las costumbres y las ideas del impuro Yazid. Esta ciudad de Qadian, debido a que la mayoría de sus habitantes posee en su carácter los rasgos de Yazid, es semejante a Damasco y guarda cierta similitud con ella» (nota marginal de Izala-i-Auham, págs. 63-73).

Pero eso no era todo. Había que resolver otro problema: las tradiciones habían profetizado que Cristo descendería cerca de una columna blanca. Este problema quedó finalmente resuelto cuando el nuevo “Cristo” hizo construir para él una columna blanca. Las tradiciones mencionaban que la columna blanca estaría allí antes del descenso de Cristo, mientras que en Qadian la columna fue construida después de la aparición del “Masih Mau’ud”. Pero no importa la discrepancia. Cualquiera que lea con los ojos abiertos las interpretaciones anteriores de este “Masih Mau’ud” llegará a la conclusión de que un impostor ha perpetrado abiertamente un fraude manifiesto.

¡Compañeros de trabajo! Estamos a punto de dispersarnos después de cuatro días de Convención. Hemos terminado la tarea que nos propusimos realizar en esta Convención. En nuestra sesión especial también hemos revisado, hasta cierto punto, nuestro trabajo anterior. Ahora, antes de marcharnos, quisiera intercambiar unas palabras con todos vosotros —miembros y asociados— y dar las instrucciones necesarias para llevar a cabo correctamente, en el futuro, la Iqamat al-Din (el establecimiento del modo de vida islámico).

Ta’alluq Billah

(La vinculación con Allah) La primera y más importante instrucción que todos los Profetas, los califas rectamente guiados y los piadosos de la Ummah (comunidad musulmana) daban siempre a sus compañeros era inculcar el temor de Allah, implantar Su amor en el corazón y fomentar la vinculación con Allah. Por eso, siguiendo sus pasos, también la he elegido como el primer consejo para los trabajadores, y en el futuro continuaré haciéndolo cada vez que tenga la oportunidad, pues merece un tratamiento preferencial y prioritario. La creencia en Allah es la más importante de todos los artículos de fe. Por ello, la vinculación del corazón con Allah debe tener prioridad en las oraciones. El temor de Allah debe tener prioridad en la moral, y buscar la complacencia de Allah debe tener prioridad en todos los asuntos personales. En resumen, la orientación adecuada de toda nuestra vida debe basarse en el deseo de obtener la complacencia de Allah, y esto debe tener prioridad sobre todos los demás motivos, esfuerzos y empeños. En particular, esta difícil tarea nuestra, para la cual nos hemos constituido como una Jama’ah islámica (grupo organizado) y un Movimiento, solo puede prosperar mediante la fuerza motivadora de nuestra vinculación con Allah. Será fuerte o débil en proporción a nuestra vinculación con Allah. Es un hecho reconocido que, cualquiera que sea la tarea por la que una persona se esfuerce, ya sea mundana o celestial, la fuerza principal que la impulsa es el propósito por el cual se ha levantado, y el entusiasmo solo puede surgir cuando siente un profundo interés y entusiasmo por alcanzar ese objetivo. Quien busca su propio beneficio no puede triunfar sin ser egoísta. La intensidad del amor propio lo lleva a servir a su propio yo con un fervor de igual fuerza. Una persona que trabaja por sus hijos, entregada al amor que les profesa, sacrifica sus propios placeres y comodidades por el bienestar de ellos, y a veces arriesga no solo sus ganancias mundanas, sino incluso los beneficios de la Akhirah (vida futura), para que prosperen al máximo. Una persona que trabaja por su nación o país es cautiva del amor que le tiene y, debido a ese amor, soporta pérdidas económicas, así como las dificultades de las detenciones y las cárceles. Trabaja arduamente día y noche y, en ocasiones, incluso sacrifica su vida por la libertad, la defensa y la supremacía de su nación o Estado. Ahora bien, si luchamos por establecer el modo de vida islámico, no para nuestros propios fines egoístas, ni por ningún motivo relacionado con los intereses familiares, nacionales o estatales, sino únicamente con el sincero deseo de complacer a nuestro Creador, Allah Todopoderoso, y si nos hemos consagrado a esta tarea solo porque estamos convencidos de que es Su obra, ciertamente podrán comprender que esta obra no puede avanzar a menos que nuestra vinculación con Allah sea real, fuerte y profunda. El entusiasmo por esta obra se desarrolla únicamente cuando todas nuestras inclinaciones se concentran en los esfuerzos por propagar la Palabra de Allah. Para todos aquellos que se han unido a esta obra, no basta con que estén vinculados «también con Allah», sino que su vinculación debe ser «solo con Allah». En otras palabras, no debe ser «una» vinculación, sino «la» única vinculación real y verdadera. Debemos estar siempre atentos y conscientes de que nuestra vinculación con Allah no disminuya, sino que aumente constantemente y se haga cada vez más profunda con el paso del tiempo. La vinculación con Allah es el espíritu rector principal de nuestra misión. Alabado sea Allah, ningún miembro de nuestra Jama’ah ignora este hecho ni desconoce su importancia. Sin embargo, muchos no tienen claro qué significa exactamente el término Ta’alluq Billah, cuál es el método para inculcarlo y fomentarlo, y cómo descubrir si realmente se tiene alguna vinculación con Allah o no y, si se tiene, en qué grado. A menudo he sentido que la falta de conocimiento y comprensión a este respecto deja a las personas perdidas en el desierto, sin saber dónde se encuentran, adónde deben dirigirse ni cuánto camino les queda por recorrer. En consecuencia, algunos trabajadores se pierden en ideales vagos y otros se inclinan hacia caminos y métodos que nunca los conducen a su destino. A algunos les resulta difícil diferenciar entre cosas estrechamente relacionadas y otras muy alejadas entre sí, mientras que alguien queda simplemente desconcertado. Por lo tanto, no me limitaré a aconsejar sobre el Ta’alluq Billah, sino que también trataré de presentar respuestas claras a las preguntas mencionadas, según lo mejor de mi conocimiento.

El significado de Ta’alluq Billah

Su significado, según el Corán, es que la persona debe vivir y morir por Alá, y que su adoración y sus sacrificios deben estar destinados únicamente a Él. «Ciertamente, mi oración y mi sacrificio, mi vida y mi muerte son todos para Alá, el Señor de los mundos». (An’am: 162). Debe adorar a Alá con plena devoción y someter su vida exclusivamente a una sumisión incondicional a Alá. El Corán dice: «No se les ordenó sino que adoraran a Alá con sincera devoción y siendo fieles a Él en la fe». (Bayinah: 5). El Profeta Muhammad (la paz sea con él) explicó esta relación en distintas ocasiones con términos tan claros que no queda ambigüedad alguna en cuanto a su significado y propósito. De sus declaraciones se desprende claramente que la naturaleza de esta relación no es otra que: temer a Alá en todos los asuntos, públicos o secretos (Bayhaqi), y confiar en el poder de Alá en lugar de en los propios recursos (Bayhaqi). Debe estar dispuesto a afrontar la ira de los hombres para buscar la complacencia de Alá, y nunca estar dispuesto a lo contrario. Y cuando este vínculo con Alá alcanza el grado en que todo amor, enemistad, dar y retener por parte de una persona se hace únicamente por Alá, sin ningún otro motivo, significa que ha alcanzado la perfección en su vínculo con Alá. El Profeta (p) dijo: «Quien amó por Alá, odió por Alá, dio por Alá y retuvo por Alá, es quien ha perfeccionado su fe». (Bukhari). Ahora reflexiona sobre los significados del Qunut que recitas cada noche. Cada una de sus palabras señala la conexión que debes tener con Alá. Medita en sus palabras y observa por ti mismo la promesa que haces a Alá sobre los tipos de conexión que debes tener con Él. «Oh Alá, buscamos Tu ayuda y anhelamos Tu perdón. Creemos plenamente en Ti y dependemos exclusivamente de Ti; por eso Te alabamos con las mejores palabras, Te estamos agradecidos y no somos ingratos contigo. Por ello, abandonamos y rechazamos a todos los que transgreden Tus mandatos. Oh Alá, solo a Ti adoramos, ofrecemos nuestras oraciones por Tu causa, nos inclinamos ante Ti, y todos nuestros empeños y esfuerzos están destinados a conducirnos hacia Ti. Esperamos Tu misericordia y tememos Tu castigo. Sin duda, Tu castigo caerá sobre los que rechazan». Este vínculo con Alá también se refleja claramente en la súplica especial del Profeta (p), que solía recitar durante el Tahajjud. Solía decir: «Oh Alá, me he inclinado ante Ti, he declarado mi fe en Ti, he depositado mi confianza en Ti, siempre he recurrido a Ti, he luchado por Ti y he presentado mi caso ante Ti».

¿Cómo aumentar el Ta’alluq Billah? Lo mencionado anteriormente es la interpretación correcta de este estudio, que debe repetirse una y otra vez para conservar en la mente el vínculo que un creyente firme debe tener con Alá. Consideremos ahora el método para adquirirlo y aumentarlo. El único método para adquirirlo consiste en creer en Alá y aceptarlo como el Único, sin asociado, como el Sustentador, la Deidad y el Dueño de uno mismo y de todo el universo; y en aceptar que todos los atributos, derechos y privilegios de la divinidad están reservados únicamente para Alá, limpiando así el corazón de todos los posibles efectos del politeísmo (Shirk). Cuando se logra esto, la conexión con Alá queda debidamente establecida. Ahora bien, el fortalecimiento de esta relación con Alá consiste en que eres Su vicegerente y custodio. Hay dos factores: uno es pensar y comprender, y el otro es ponerlo en práctica. Primero se te exige captar y comprender plenamente tu relación con Alá, tanto por su naturaleza como por lo que lógicamente te corresponde en la vida práctica, con ayuda del Corán y del Hadiz (las palabras del Profeta (p)). La percepción, comprensión y valoración correctas de esta relación solo son posibles mediante el estudio profundo e intensivo del Corán y del Hadiz, y repitiendo este estudio una y otra vez para conservarlo en la mente. En consecuencia, todo aspecto de tu relación con Alá que se te revele, medita sobre él y examínate para ver cuánto estás cumpliendo las exigencias de esa relación y en qué aspectos y medida estás fallando. Tu vínculo con Alá aumentará en proporción a tu autoevaluación y a tu comprensión del papel que debes desempeñar. Por ejemplo, tu primera y principal relación con Alá es la de un adorador con Aquel que es adorado. Tu segunda relación es que eres responsable de innumerables depósitos encomendados (Amanat). Tu tercera relación con Alá consiste en que has firmado una escritura de compraventa al declarar tu fe y convicción en Él; mediante este contrato has intercambiado con Él tu vida y tus bienes, y Él los ha comprado a cambio del paraíso para ti. Tu cuarta relación con Alá es que eres responsable ante Él. No se te pedirán cuentas únicamente por tus actos y obras manifiestos y visibles, sino que también se lleva un registro de tus intenciones y aspiraciones. En resumen, existen estas y muchas otras relaciones entre tú y Alá. Por tanto, el fortalecimiento o debilitamiento de tu relación con Alá depende de la correcta comprensión, realización y cumplimiento de las exigencias de estas relaciones. Tu relación con Alá se debilitará cada vez más si no atiendes a las exigencias de esta relación, y se hará más profunda y fuerte si eres plenamente consciente de ellas y les prestas atención. Sin embargo, este método conceptual no puede ser provechoso ni mantenerse durante mucho tiempo a menos que se fortalezca y consolide mediante medios prácticos. Y ese método práctico es la obediencia incondicional al mandato de Alá y el esfuerzo total por realizar las tareas que complacen a Alá. La verdadera obediencia a los mandatos de Alá significa un cumplimiento total, tanto público como secreto, no de mala gana, sino con plena disposición y entusiasmo, sin ningún objetivo mundano y únicamente para complacer a Alá. Al mismo tiempo, abstente pública y secretamente de todas las actividades prohibidas por Alá, con profunda aversión y desprecio, sin temer ninguna pérdida mundana, salvo el temor a la ira de Alá. Esta conducta en la vida te elevará a la posición de Taqwa (abstenerse de aquello que provoca la indignación de Alá). Además, cuando te dediques a difundir todo lo que complace a Alá y a suprimir y eliminar todo lo que le desagrada, no vacilarás en sacrificar cualquier cosa, incluida tu vida, tu dinero, tu tiempo, tus esfuerzos y tu intelecto, con este propósito. Además, no te jactarás de ninguno de esos sacrificios ni considerarás que has hecho un favor a nadie. Por el contrario, considerarás que incluso tu mayor sacrificio queda por debajo del derecho que corresponde a tu Creador. Esa es la actitud que te eleva a la posición de Ihsan (sumisión hermosa a la voluntad de Alá).

Medios para aumentar el Ta’alluq Billah

En realidad, no es tan fácil desarrollar tal actitud. Es una tarea ardua que requiere mucha energía. Esta energía puede generarse con la ayuda de las siguientes cuatro cosas.

1. Salah (oraciones): No debes ofrecer únicamente las oraciones obligatorias (Fard), sino también la Sunnah (oraciones adicionales) que el Profeta (p) ofrecía puntualmente, y tantas oraciones Nafl (supererogatorias) como te sea posible. Pero procura ofrecer las Nafl en el interior y en secreto, para que aumente tu apego personal a Allah y se desarrolle en ti la sinceridad de propósito. Mostrar las oraciones Nafl o Taháyyud da paso a la hipocresía y a la importancia personal, lo cual perjudica la fe sincera. Lo mismo ocurre con las demás obras Nafl, que disminuyen cuando se hacen para ser vistas y divulgadas.

2. Dhikr-Allah (recuerdo de Allah): El recuerdo de Allah es un proceso continuo durante toda la vida y en todas las circunstancias. La mejor y más apropiada manera de recordar a Allah es la que el Profeta (p) practicó él mismo y enseñó a sus compañeros, no las técnicas que los sufíes inventaron o tomaron prestadas de otros en épocas posteriores. Procura aprender de memoria tantas Du’as como sea posible, de las enseñadas por el Profeta (p); comprende plenamente sus significados y recítalas de vez en cuando, manteniendo presentes esos significados en tu mente. Esto es muy eficaz para conservar tu atención y devoción hacia Allah.

3. Sawm (ayuno): Además del ayuno obligatorio del mes de Ramadán, observa también algunos ayunos Nafl. La manera más fácil y práctica es ayunar tres días cada mes, con la determinación de alcanzar durante esos tres días el mismo grado de Taqwa que constituye el verdadero propósito del ayuno según el Qur’an.

4. Infaq-fi-Sabilillah (gastar en el camino de Allah): Este gasto, tanto Fard como Nafl, dentro de las posibilidades de cada uno, debe realizarse continuamente. Pero siempre debe tenerse presente una cosa: el verdadero valor no está en la cantidad que gastas, sino en el espíritu de sacrificio por amor a Allah. Un centavo dado por un pobre que reduce sus gastos de alimentación es mucho más valioso ante Allah que los miles gastados por un millonario, cuando estos representan apenas una décima o una vigésima parte de sus gastos en lujos.

También debes comprender la importancia de la Sadaqah (gastar en el camino de Allah), que Allah y Su Profeta Muhammad (la paz sea con él) describen como el mejor medio para purificarse. Tú mismo puedes experimentar los efectos de la Sadaqah. Supón que cometes una falta involuntariamente. Cuando te das cuenta, te arrepientes (Tawbah) y pides Su perdón. Después vuelve a ocurrir lo mismo. Esta vez añades algo de Sadaqah a tu arrepentimiento. Tú mismo sentirás la diferencia que produce. Observarás que el arrepentimiento seguido de Sadaqah te hace más puro y más fuerte para resistir las inclinaciones viles. Este es el método puro y sencillo para acercarse a Allah, que nos enseñan el Qur’an y la Sunnah. Si sigues este método, puedes aumentar tu apego a Allah sin adoptar las técnicas y métodos típicos del sufismo, llevando una vida normal en casa con tu familia y continuando como de costumbre con todas tus actividades mundanas.

Medida del Ta’alluq Billah:

Ahora surge la cuestión de evaluar el alcance y el grado de la relación con Allah, y cómo podemos saber si este apego aumenta o disminuye. Te digo que no necesitas esperar ninguna revelación en sueños, ninguna inspiración divina, ningún poder sobrenatural ni ninguna luz celestial en celdas oscuras y solitarias. Allah ya ha proporcionado la medida en el corazón de cada persona. Puedes juzgarla despierto y a plena luz del día. Recuerda las actividades, esfuerzos y deseos de toda tu vida. Examínate para saber hasta qué punto honras el compromiso que asumiste al declarar tu fe y convicción en Allah. ¿Eres fiel a Allah al cumplir los encargos y responsabilidades, o traicionas la confianza? ¿Qué proporción de tu tiempo, esfuerzos, capacidad y bienes está dedicada a la causa de Allah, y qué proporción reservas para otras actividades? Compara el grado de tu irritación, tristeza e inquietud cuando se ven afectados tus propios intereses y pasiones, con tus sentimientos y reacción cuando se desafían la autoridad y los mandamientos de Allah. Así puedes poner a prueba de muchas maneras tu apego a Allah y descubrir diariamente si aumenta o disminuye.

No te preocupes por las tecnicidades sufíes de Basharat (buenas nuevas), Karamat (excelencia), Kashf (inspiración) y Tajalliat (luces divinas). En realidad, no hay conciencia (Kashf) mayor que la conciencia de la unicidad de Allah en este mundo de engaños y falacias. No hay excelencia (Karamat) superior a mantenerse firme ante los temores creados y las tentaciones ofrecidas por Satanás y sus seguidores. No hay mejor percepción de las luces de Allah que contemplar la verdad en la oscuridad vacilante de la incredulidad (Kufr), la impiedad (Fisq) y la perdición (Dalalat) que nos rodea. La mayor Basharat que puede recibir un creyente es la que obtiene mediante su firme creencia en Allah y su perseverancia en Su camino. Ciertamente, a quienes dijeron: «Allah es nuestro Proveedor», y luego se mantuvieron firmes en esta declaración, Allah les envía Sus ángeles, que les dicen: «No temáis ni os entristezcáis, sino alegraos con la buena nueva de que recibiréis el Paraíso que se os prometió». (Ha-Mim: 30)

Preferencia por la Akhirah (vida futura)

Mi segundo consejo para ti, después del Ta’alluq Billah, es que prefieras la vida futura a este mundo en todos y cada uno de los asuntos. En cada cuestión de esta vida, tu objetivo debe ser alcanzar el éxito y la bendición en la vida futura. El Qur’an nos dice que nuestra morada eterna es la vida futura; estamos en este mundo únicamente de manera temporal, para ser puestos a prueba y ver quién de nosotros demostrará merecer ganar la vida eterna del Paraíso, actuando correctamente dentro de los límites impuestos por Allah —por supuesto, dentro de los límites de nuestros recursos, nuestra autoridad, el tiempo que se nos ha concedido y las oportunidades que Él nos ha brindado—.

Aquí no somos puestos a prueba por nuestros logros en la industria, el comercio, la agricultura o el gobierno, ni por los espléndidos edificios y caminos que construimos, ni siquiera por el grado de nuestro éxito al establecer una gran cultura. La verdadera prueba se refiere al alcance de nuestra capacidad para cumplir nuestros deberes como vicegerentes de Allah respecto de los encargos que se nos han confiado, y a si llevamos nuestra vida como forajidos y rebeldes o como personas obedientes y respetuosas de la ley. ¿Acataremos la voluntad de Allah en Su tierra, o la voluntad de nuestro propio ego o la de otros que, aparte de Allah, pretenden la divinidad? ¿Intentamos embellecer y administrar el mundo de Allah conforme a Su norma, o intentamos corromperlo y destruirlo? ¿Luchamos y combatimos contra las fuerzas satánicas por amor a Allah, o depositamos mansamente las armas y nos rendimos ante ellas?

La primera prueba de Adán y Eva (la paz sea con ellos) en el Paraíso fue exactamente la misma. Por ello, todas las personas de toda la humanidad elegidas para habitar eternamente el Paraíso tendrán que superar esta prueba. Así pues, el verdadero criterio para determinar el éxito o el fracaso no consiste en considerar la posición del individuo en el momento de la prueba; es decir, si se puso a prueba el mérito de la persona siendo rey o colocando su cabeza en el patíbulo. Tampoco importa si a esa persona se le concedió un vasto reino o si tuvo que afrontar la prueba en su humilde cabaña. Estas fases temporales de éxito o fracaso en la vida mortal no prueban el éxito o fracaso en la vida futura.

El verdadero éxito, que debe ser nuestro objetivo, consiste en que, independientemente de la posición que ocupemos en este mundo y de los bienes con los que hayamos sido puestos a prueba, demostremos ser siervos obedientes de Allah y seguidores de Su voluntad, para alcanzar en la vida futura la posición reservada a los siervos fieles de Allah. Esta es la realidad. No basta con comprenderla o aceptarla una sola vez: se requiere un gran esfuerzo para renovarla una y otra vez. De lo contrario, siempre existe la posibilidad de que, aunque no seamos incrédulos, adoptemos la conducta de quienes trabajan por las ganancias mundanas y olvidan la vida futura.

Esto sucede porque la vida futura es imperceptible y solo se hace evidente después de la muerte. En este mundo solo podemos percibir sus buenos o malos resultados mediante el intelecto. En cambio, este mundo es algo fácilmente perceptible, que nos ofrece continuamente sus sabores dulces y amargos, mientras sus logros y fracasos están siempre presentes para engañarnos. La pérdida de la vida futura puede producir apenas una pequeña punzada en nuestra conciencia, si es que todavía existe. La pérdida de este mundo, en cambio, la sentimos físicamente. Nuestra familia, nuestros parientes, conocidos, amigos y la gente en general no solo la sienten, sino que también hacen que la sintamos. Del mismo modo, el logro de la vida futura proporciona un poco de consuelo y satisfacción a la conciencia, si la negligencia no la ha adormecido. Pero la prosperidad en este mundo sirve de placer a toda nuestra existencia. La sentimos con todos nuestros sentidos y todos los que nos rodean comparten esa sensación.

Por eso es realmente muy difícil traducir la fe en la vida futura a la práctica y basar en ella toda la perspectiva y el funcionamiento de la vida cotidiana, aunque no parezca tan difícil aceptarla como fe y creencia. Puede ser fácil decir que el mundo es insignificante, pero enfrentarse a sus atractivos, rechazarlos y negarse a ceder a los deseos mundanos no es en absoluto una tarea fácil. Solo es posible después de una gran lucha, y puede mantenerse mediante esfuerzos perseverantes.

Medios para desarrollar la preocupación por la Akhirah

Podrías preguntarme cuál es el método para adquirir esta cualidad y cuáles son sus requisitos. Respondería de nuevo que hay dos métodos: el reflexivo y el práctico. El método reflexivo consiste en que no te conformes con declarar únicamente «creo en la vida futura», sino que conviertas en hábito estudiar el Qur’an comprendiendo plenamente su espíritu y significado. Este método de estudiar el Qur’an desarrollará gradualmente en ti una convicción sobre la vida futura como si la hubieras visto con tus propios ojos. Probablemente no haya una sola página del Qur’an en la que la vida futura no se mencione de una u otra manera. En algunos lugares la encontrarás descrita con tal detalle que parecerá un relato de un testigo presencial. En muchos pasajes del Qur’an, la vida futura se presenta de manera tan exquisita que el lector se siente presente como observador. Solo cuando se retire el camuflaje de este mundo podrá una persona contemplar con sus propios ojos cuanto se narra en el Qur’an.

Por tanto, el estudio continuo del Qur’an con plena comprensión puede elevar gradualmente a una persona a una posición en la que la preocupación por la vida futura se apodere por completo de su mente, y comience a sentir en todo momento que debe prepararse, en esta vida mundana temporal, para su morada permanente después de la muerte. Esta actitud y perspectiva se fortalecen mediante el estudio del Hadiz, en el que a menudo se describen los detalles de la vida después de la muerte como relatos de testigos presenciales. Esto nos recuerda cómo la convicción y la firme creencia en la vida futura dominaron las vidas del Profeta (p) y sus compañeros.

Esta convicción sobre la vida futura se fortalece aún más mediante las visitas a los cementerios, que deben hacerse únicamente con el propósito de recordar el propio fin, como aconsejó el Profeta (p). Mientras vivas en este mundo de deseos y pasiones, debes recordar que llegará un día en que también partirás de este mundo como tus predecesores. Sin embargo, debes tener cuidado: esas tumbas y santuarios no sirven para nada, aunque los descarriados pretendan que son centros donde se concede todo deseo y se resuelve todo problema. En cambio, debes visitar los cementerios de la gente común o los grandes mausoleos de los monarcas, despojados de la pompa y ostentación de guardaespaldas y ayudantes de campo que hagan observar formalidades en presencia de tales monarcas.

Ahora tomemos el método práctico. Mientras vives en este mundo y participas en los asuntos de tu comunidad, de tus amigos, conocidos, ciudad y país, o en tus propios esfuerzos —la ayuda externa solo puede obtenerse mediante la profesión o las finanzas—, a menudo te encuentras en una encrucijada. La creencia en la vida futura te llama por un camino, mientras que las ganancias e intereses materiales te presionan para tomar el otro. Haz todo lo posible por avanzar por el primer camino. Si has elegido el otro debido a alguna debilidad o falta de conciencia, vuelve sobre tus pasos en cuanto adviertas el error, sin preocuparte por lo lejos que hayas avanzado en la dirección equivocada.

Mírate a ti mismo e intenta descubrir cuántas veces los intereses y atractivos mundanos lograron absorberte, cuántas veces lograste evitar desviarte del camino recto y hasta qué punto la consideración por la vida futura dominó tu conducta. Esta evaluación de ti mismo te indicará exactamente cuánto ha aumentado tu preocupación por la vida futura y en qué medida necesitas compensar la deficiencia. Cualquiera que sea la deficiencia que sientas, esfuérzate por compensarla, manteniéndote alejado de la compañía de los materialistas y desarrollando amistad con las personas piadosas que prefieren las ganancias de la vida futura a este mundo. Pero recuerda: todavía no se conoce ningún medio para desarrollar o eliminar una cualidad en ti sin tus propios esfuerzos y capacidades.

Evita el Takabbur (arrogancia)

Mi tercer consejo para ti es que no te sientas orgulloso de las mejoras que hayas realizado en tu persona y en tu moral colectiva. No debes caer, individualmente ni como Jama’ah y Movimiento, en la ilusión de que has alcanzado la perfección, que has llegado a tu meta, que ya no queda espacio para mejorar tu vida práctica y que no hay ningún objetivo más por alcanzar.

A menudo, los demás responsables y yo nos enfrentamos a un problema molesto. Algunas personas han intentado menospreciar la posición de la Jama’ah y, de hecho, del Movimiento Islámico, que es el verdadero propósito de la Jama’ah. Lo califican de partido político que trabaja por el mismo objetivo que las demás organizaciones políticas. Afirman que en él no se encuentra rastro alguno de piedad, pureza ni espiritualidad. Dicen que carece por completo de apego a Allah y de preocupación por la vida futura; que sus dirigentes no tienen relación con ninguna escuela de sufismo ni han recibido formación en ningún centro sufí de piedad y excelencia espiritual. Por ello, sostienen que sus miembros no tienen posibilidad de recibir tal formación.

La idea que hay detrás de esta campaña es sembrar el descontento entre los trabajadores de la Jama’ah, para que regresen a los antiguos centros religiosos que consideran un gran logro cualquier servicio parcial al Islam bajo el patrocinio general de Kufr (incredulidad), y que ni siquiera pueden imaginar el establecimiento del Islam como un código de vida completo y comprensivo. Han calificado todo intento semejante de movimiento antirreligioso con toda la elocuencia de que disponen. Siempre se han opuesto a cualquier iniciativa para establecer el Islam como fuerza dominante en la sociedad frente a la incredulidad y la impiedad (Fisq), presentando todos esos intentos como puramente mundanos y motivados por ambiciones materiales y ganancias terrenales.

En estas circunstancias, nos vemos obligados a explicar la verdadera diferencia entre el concepto de piedad propuesto por la espiritualidad sufí y el concepto islámico de piedad y pureza. Tenemos que explicar qué son realmente la Taqwa (temor de Allah) y el Ihsan (excelencia en la sumisión a Allah), tal como los desea el Islam, y en qué difieren de la Taqwa y el Ihsan enseñados por las supuestas autoridades de la piedad y la religiosidad. Al mismo tiempo, también tenemos que explicar detalladamente las técnicas y métodos de reforma y formación adoptados por el Movimiento Islámico y sus consecuencias, para que cualquiera que sea sincero con el Islam y posea un concepto correcto e incontaminado del orden islámico pueda comprender fácilmente que, una vez convencido e impresionado por el mensaje revolucionario del Islam, uno experimenta automáticamente un gran cambio en su perspectiva y sus conceptos.

Esta convicción desarrolla una verdadera piedad, temor de Allah y excelencia en la sumisión a Su voluntad. Tal sinceridad y convicción faltan por completo en los métodos sufíes estereotipados de formación en la piedad y la excelencia, no solo entre los alumnos, sino también entre sus maestros y guías. Tenemos que explicar todo esto a causa de la actitud injusta e imparcial de nuestros críticos. No pretendemos defendernos, pero consideramos necesaria esta explicación en interés del Movimiento Islámico. Buscamos la protección de Allah contra cualquier vanidad u orgullo respecto de nosotros mismos que pueda surgir de la exposición anterior, o contra la idea equivocada de que nos hemos perfeccionado. ¡Que Allah nos libre! Tal concepto erróneo y orgullo engañoso podrían privarnos de todo lo que hemos alcanzado hasta ahora.

Para evitar esta desgracia, quisiera que comprendieras plenamente los tres puntos siguientes y que nunca los olvidaras:

Mi primer punto es que la perfección no conoce límites y su grado más elevado está fuera de nuestra vista. Continúa ascendiendo y nunca consideres ningún punto como el más alto. En realidad, nunca eres perfecto. En el momento en que alguien se considera perfecto, su esfuerzo por mejorar y, en consecuencia, su desarrollo se detienen, y comienza el declive. Nunca olvides que se necesita una lucha continua no solo para alcanzar una altura, sino también para permanecer en ella. En cuanto dejas de esforzarte por subir, comienza a actuar la fuerza que te arrastra hacia abajo. Los sabios no miran hacia abajo para evaluar sus logros, sino hacia arriba, para saber cuánto queda por alcanzar y cuán lejos está su meta.

Mi segundo punto es que el estándar de humanidad establecido por el Islam es tan elevado que comienza allí donde las demás religiones e ideologías terminan su excelencia y perfección. No es en absoluto un ideal utópico. Se refleja en la vida práctica de los Profetas, así como en las vidas de los compañeros devotos del Profeta Muhammad (la paz sea con él) y de los piadosos de la Ummah. Mantén siempre presente ese estándar. Te salvará de la falsa impresión de haber alcanzado la perfección. Te hará comprender tu propia humildad y te mostrará nuevas alturas que alcanzar. Incluso después de una lucha de toda la vida sentirás que todavía quedan muchas alturas por alcanzar.

Nunca te sientas orgulloso de tu salud mientras los enfermos a tu alrededor exhalan su último aliento a cada instante. Mira los monumentos de moralidad y piedad del pasado, a quienes estás reemplazando en la lucha contra el mal. Un verdadero creyente es quien mantiene siempre presentes a quienes poseen más conocimiento islámico y más obras que él, para que no se extinga su sed de acumular esa riqueza. En cuanto a la riqueza material, siempre se compara con los más pobres y agradece a Allah lo que Él le ha dado, satisfaciendo su sed con lo que posee.

Mi tercer punto es que las cualidades que hemos adquirido hasta ahora parecen impresionantes únicamente porque el deterioro nos ha degradado mucho a nosotros y a nuestra sociedad. La pequeña luz que hay en una oscuridad profunda ha adquirido notoriedad; de lo contrario, es un hecho que nos falta mucho en nuestra vida personal cuando nos evaluamos según el criterio y los requisitos mínimos de la fe en el Islam. Por tanto, la confesión de nuestras deficiencias no debe ser una formalidad. Debe conducir a una purificación completa de todos los defectos y vicios que descubramos y localicemos en nuestra propia vida personal.

Atiende a tus parientes

También te aconsejaría que prestaras especial atención a la reforma de tus parientes. El Qur’an dice: «Salvaos a vosotros mismos y a vuestros parientes del Fuego». (Tahrim: 6) Te preocupas mucho por la comida y la ropa de tu familia. Pero deberías preocuparte mucho más por salvarla del combustible del Infierno. Haz todo lo posible por mejorar su vida futura y ponerla en el camino del Paraíso. Si alguno de ellos se extravía a pesar de tus esfuerzos, no serás responsable de ello. Lo importante es que de ningún modo debes estar implicado en su fracaso en la vida futura.

A menudo recibo quejas de que los trabajadores de la Jama’ah no prestan tanta atención al mejoramiento y reforma de su propia familia como prestan a los demás. Estas quejas pueden ser ciertas en algunos casos y exageradas en otros. No me es posible investigar el caso de cada individuo. Por eso doy un consejo general. Todos debemos no solo tener el anhelo y el deseo, sino esforzarnos sinceramente por poner a nuestros seres queridos en el camino de la paz y la salvación, para alcanzar un verdadero consuelo.

Aconsejo a todos los trabajadores de la Jama’ah que se interesen por la vida de los demás y se esfuercen por mejorar no solo a sus propios hijos, sino también a los hijos de sus compañeros. A menudo un niño no recibe la influencia de su padre, pero queda profundamente impresionado por los amigos de su padre.

Islah mutuo (mejoramiento)

También os aconsejo que no os esforcéis únicamente por mejorar y reformar vuestra propia persona y vuestras familias, sino también por mejorar a vuestros compañeros. Quienes se han unido para trabajar como una Jama’ah islámica por amor a Allah y para establecer Su autoridad y supremacía en el mundo necesitan cooperar y coordinarse entre sí. Deben saber que no pueden alcanzar su elevado ideal sin fortalecerse en su moral colectiva y en la disciplina del grupo.

Esta comprensión debe producir ayuda y cooperación mutuas en su mejora moral, en su perfeccionamiento y en el avance por el camino de Allah. Esta es la única forma de purificación colectiva (Tazkiyah) en el Islam. Si me encuentras desviándome del camino, apresúrate a devolverme a él; y si yo te encuentro resbalando o tambaleándote, debo tenderte una mano amiga. Si hay polvo en mi manga, límpialo; y si encuentro una mancha en tu túnica, la limpiaré. Comunícame todo lo que consideres bueno para mí y en mi mejor interés, y yo te comunicaré todo lo que considere necesario para tu mejoramiento.

Sabemos que prosperamos en nuestra vida mundana mediante nuestras transacciones mutuas. Lo mismo ocurre en nuestra vida moral y espiritual: también prosperamos y florecemos como Jama’ah islámica en este ámbito cuando cooperamos y nos complementamos moral y espiritualmente.

El método correcto de reforma consiste en esperar y observar, evitando cualquier acción precipitada cuando descubras algo incorrecto en un compañero o surja una queja contra él. Primero intenta comprender la situación; después contacta directamente y en privado con la persona implicada para hablarle de la queja, sin mencionar el asunto delante de nadie ni en ningún lugar cuando la persona afectada esté ausente. Esto último es simple murmuración, algo muy aborrecido en el Islam.

Ihtisab colectivo (crítica)

La crítica mutua también es un medio fructífero de reforma colectiva. Haz saber a tus compañeros sus faltas y deficiencias de una manera muy educada y sincera. Pero ten cuidado, pues puede resultar desastrosa si no se observan debidamente las normas de la crítica sincera. Las normas de una crítica justa son las siguientes:

1. La crítica no debe hacerse en todo momento ni en cualquier lugar.

2. Antes de criticar a alguien, examina primero tu propio corazón, considerando a Allah como testigo, para saber si criticas con sinceridad y por el bien de la persona, o si lo haces movido por un impulso personal. En el primer caso, la crítica está plenamente justificada; de lo contrario, debes guardar silencio e intentar librarte de esa impureza de tu personalidad.

3. Tus palabras y tu manera de criticar deben hacer sentir a todos que realmente deseas la reforma y el mejoramiento.

4. Antes de criticar a alguien, asegúrate de que tu queja se basa en hechos reales y comprobados. La crítica infundada, sin cerciorarse de los hechos, es un pecado y crea desorden.

5. La persona criticada debe escuchar tranquilamente la queja y luego reflexionar sobre ella sin prejuicio. Debe aceptar claramente la verdad y responder a lo incorrecto con razonamientos serenos. Enfadarse ante la crítica demuestra arrogancia y vanidad.

6. La crítica y su refutación no deben prolongarse ni convertirse en una disputa permanente. La discusión es útil mientras ambos puntos de vista se expongan debidamente; pero si el asunto no se resuelve, hay que aplazarla y permitir que ambos reconsideren todo el asunto con calma y por separado.

La crítica dentro de estos límites no solo es útil, sino también necesaria para rectificar nuestra vida social. Ninguna Jama’ah islámica puede mantenerse en la dirección correcta sin una crítica constructiva semejante. Nadie en la Jama’ah debe estar por encima de la crítica. La considero indispensable para la estabilidad del Movimiento Islámico y estoy seguro de que, el día en que se detenga esta crítica saludable, el Movimiento sucumbirá a diversos males que provocarán su destrucción.

Por eso, desde la fundación de la Jama’ah, siempre he convocado una reunión especial después de la reunión general para evaluar críticamente toda la labor de la organización y su estructura. En esas reuniones especiales me ofrezco primero a la crítica, para que cualquier objeción o queja contra mí o contra mi actuación pueda exponerse abiertamente ante todos, sin ninguna vacilación. La crítica me corregirá, o mi explicación aclarará el malentendido del crítico y de todos aquellos cuyo pensamiento coincida con el suyo.

Sama’a y Ta’at (obediencia y disciplina)

Otro hecho que considero necesario señalaros es la falta de disciplina y sumisión. Sin duda parecemos personas muy disciplinadas cuando nos comparamos con otras organizaciones. Pero cuando observamos el estándar establecido por el Islam y consideramos también la difícil tarea que tenemos ante nosotros, realmente descubrimos que nuestra disciplina está muy por debajo de lo exigido.

Sabéis perfectamente que sois muy pocos en número y que disponéis de aún menos recursos en el campo. La tarea que tenéis ante vosotros consiste en cambiar, en su forma y en su espíritu, todo el sistema de vida basado en la impiedad y la ignorancia, un sistema mil veces más fuerte y dotado de recursos. Si os comparáis con él en número o en recursos, no sois rival para él. No poseéis nada en lo que apoyaros para alcanzar el éxito en esta lucha, salvo la superioridad moral y una disciplina estricta.

Solo podréis triunfar en vuestra gran misión cuando establezcáis vuestra credibilidad moral y demostréis una disciplina y organización tales que os permitan mostrar vuestra fuerza en cualquier momento y lugar, con plena confianza. En una Jama’ah islámica que lucha por establecer el modo de vida islámico, obedecer las órdenes lícitas de las autoridades de la Jama’ah equivale, en realidad, a someterse a Allah y al Profeta (p). Quien dedica su tiempo y energía únicamente por amor a Allah a esta misión, y se somete a la autoridad del jefe de su Jama’ah (Amir o Nazim) para servir a la causa de Allah, obedece a Allah y al Profeta (p).

Cuanto mayor sea su apego a Allah y al Profeta (p), más fuerte será en él el espíritu de obediencia. Del mismo modo, cuanto menor sea su apego, más débil será ese espíritu. ¿Qué sacrificio puede ser más valioso que el que ofrecéis al obedecer a una persona que, de otro modo, no tendría autoridad sobre vosotros, pero a quien habéis aceptado como vuestro jefe únicamente para trabajar por amor a Allah, y cuyas órdenes cumplís sin resentimiento, como subordinados leales, aunque a veces vayan en contra de vuestros deseos e intereses? Como este sacrificio se ofrece por la causa de Allah, su recompensa también es muy grande ante Allah.

Por otro lado, si alguien se niega a aceptar una posición subordinada, considera que esa subordinación está por debajo de su dignidad, o se siente herido cuando se le ordena hacer algo y muestra inquietud o vacilación al cumplir órdenes contrarias a sus propios deseos o intereses, demuestra en la práctica que todavía no se ha sometido a Allah y que su propio ego sigue dominando sus pensamientos y acciones.

Consejo a los responsables locales (Nazims):

Considero necesario dirigir unas palabras de consejo a los responsables organizativos de los distintos niveles, además del consejo que ya he dado a los trabajadores: ellos también deben aprender técnicas de liderazgo. Quienquiera que tenga encomendada una responsabilidad en la Jama’ah y ejerza, en virtud de ella, alguna autoridad sobre otros, no debe imponerse indebidamente sobre los demás ni disfrutar de su autoridad como si fuera superior a ellos. Debe comportarse con educación y cortesía con sus compañeros.

Debe tener el máximo cuidado para que ninguna mala conducta de su parte provoque desobediencia o espíritu de discordia en alguno de los trabajadores. Debe diferenciar en su trato y comportamiento entre jóvenes y ancianos, débiles y fuertes, acomodados y pobres. Debe conocer plenamente las circunstancias de cada individuo y tratar a todos de acuerdo con su posición y circunstancias, con la debida consideración y benevolencia.

Debe inculcar en sus trabajadores un espíritu tal que reciban el consejo o la petición de su jefe como una orden y la cumplan con el mismo espíritu. Se consideraría realmente una falta de disciplina que la petición del jefe no produjera ninguna respuesta y este se viera obligado a emitir una orden. Las órdenes solo se dan a los mercenarios. Quienes se han unido voluntariamente para trabajar por la causa de Allah no necesitan órdenes de una persona que es su jefe por elección propia. Solo necesitan una indicación de que pueden servir a su misión en cualquier lugar, y avanzan para hacerlo.

Cuando este espíritu se genere entre los trabajadores y sus dirigentes, no encontraréis rastro alguno de resentimiento ni mala voluntad.

Devoción y sacrificio

Mi último consejo es que todos aquellos que apoyan esta misión y este movimiento desarrollen en sí mismos la disposición a gastar por la causa de Allah y a dar prioridad a esta causa sobre sus propios intereses y actividades materiales. Procura cultivar un apego tan profundo a esta misión que no te permita descansar hasta gastar cada parte de tu energía y tus recursos por esta causa. Dedica a ella no solo tu persona, sino también tu dinero y tus recursos financieros.

Nunca olvides que Allah tiene derecho no solo sobre ti y tu ser, sino también sobre tu tiempo y tu dinero. Allah y el Profeta (p) han prescrito el límite mínimo, pero para el máximo no hay límite. Te corresponde decidir y evaluar hasta qué punto debes gastar en el camino de Allah para quedar satisfecho de haber cumplido con tu deber. Nadie puede juzgarlo mejor que tú mismo. El mejor juez es tu propia convicción y conciencia.

No necesito decir más que esto: aprende una lección de quienes no tienen fe en Allah ni en la vida futura y, aun así, hacen grandes sacrificios por sus ideales falsos. Nosotros, los creyentes en Allah y en la vida futura, deberíamos avergonzarnos de nosotros mismos.

También observo que a la mayoría de los trabajadores les falta el grado de interés y devoción necesario para establecer el orden islámico. Sin duda, algunos de nosotros trabajan con el máximo entusiasmo, por lo cual debemos alegrarnos y rezar por ellos desde lo más profundo de nuestro corazón. Pero a la mayoría de los trabajadores les falta la devoción requerida.

Solo unos pocos de nosotros se sienten, como debería sentirse un creyente, afligidos ante los vicios generalizados, la miseria y la impotencia de quienes profesan creer en Allah Todopoderoso. Esta situación debería causar al menos tanta preocupación y desesperación como la que sientes cuando tu hijo está enfermo o tu casa corre peligro de incendiarse.

También aquí es muy difícil fijar un límite o determinar hasta dónde deben llegar esta desesperación y preocupación, y qué grado de interés debe mostrar una persona. Cada individuo debe decidir, atendiendo a la llamada de su propia conciencia, hasta qué punto debe esforzarse para quedar satisfecho de que, como alguien que cree en la realidad última, ha cumplido con su deber. Sin embargo, para establecer un contraste, basta con echar un vistazo a los esfuerzos de quienes luchan por establecer sus ideales falsos y ficticios, arriesgando todo lo que tienen a su disposición.

Consejo a las mujeres

Mucho de lo que ya he dicho es común a hombres y mujeres. Ahora diré algo exclusivamente para las mujeres que tengan cualquier tipo de relación con el Movimiento Islámico. El primer y principal requisito para vosotras es adquirir todo el conocimiento posible del Islam. Estudiad no solo el Qur’an, sino también el Hadiz y el Fiqh (jurisprudencia islámica), con plena comprensión.

No os limitéis al conocimiento básico del Islam y a los requisitos de la fe (Iman), sino intentad conocer las normas islámicas relativas a vuestra vida personal, familiar y social en general. Una de las principales causas de que las costumbres y prácticas antiislámicas se generalicen en las familias musulmanas es la ignorancia de nuestras mujeres respecto de las enseñanzas y normas del Islam.

Lo siguiente que debéis hacer es intentar moldear vuestra vida práctica, vuestra moral y vuestro carácter, así como la vida y el ambiente de vuestro hogar, conforme a vuestro conocimiento del Islam. La mujer musulmana debe ser tan firme y estricta que se aferre a lo que considera correcto pese a la oposición y los obstáculos de su familia u otros parientes. No debe ceder ante nada incorrecto bajo ningún tipo de presión.

Sin duda, los padres, el esposo y los demás mayores de la familia merecen obediencia, respeto y consideración, y nunca deben ser tratados con insubordinación ni arrogancia; pero los derechos y la voluntad de Allah y de Su Profeta prevalecen sobre todo. A quienquiera que os presione para adoptar el camino de la desobediencia a Allah y a Su Profeta, negadle tajantemente la obediencia, sea vuestro padre o vuestro esposo. Nunca os inclinéis ante nadie en este asunto. Confiad en Allah y afrontad valientemente las peores consecuencias, aunque ello conduzca a la destrucción de vuestra vida mundana.

Cuanto más firme sea vuestra determinación de adheriros al Islam, mejor será su efecto en el ambiente de vuestra familia, por la gracia de Allah. Así obtendréis una oportunidad de oro para reformar vuestros hogares. Por el contrario, si cedéis ante exigencias injustificadas y antiislámicas, vuestra propia vida personal quedará privada de las bendiciones del Islam, y daréis a quienes os rodean un mal ejemplo de debilidad en la fe y en la moral.

Vuestra tercera responsabilidad es dar prioridad a vuestros seres queridos en materia de reforma y mejora conforme al modo de vida islámico. Aquellas de nuestras hermanas a quienes Allah ha bendecido con hijos están, en realidad, afrontando una prueba en la que, si fracasan, ningún otro éxito podrá compensar ese fracaso. Sus propios hijos merecen su máxima atención. Su responsabilidad principal es educar bien a sus hijos en el Islam y en sus modales.

Las mujeres casadas también tienen la responsabilidad de mantener a sus esposos en el camino recto y ayudarlos a permanecer firmes en su marcha, si ya se encuentran en ese camino. Una hija también puede comunicar la verdad a sus padres, observando hacia ellos el debido respeto y consideración. Lo mínimo que puede hacer es ofrecerles libros islámicos para leer.

En cuarto lugar, dedicad todo el tiempo que podáis disponer, después de cumplir con vuestras tareas domésticas, a transmitir el conocimiento del Islam a las mujeres que os rodean. Educad a las niñas y a las mujeres mayores sin instrucción. Proporcionad literatura islámica útil a las mujeres alfabetizadas. Organizad reuniones de mujeres y explicadles las enseñanzas del Islam. Si no podéis hablar en público, simplemente leedles fragmentos pertinentes y útiles de la literatura. En resumen, haced todo lo posible, utilizando todos los medios y recursos disponibles, para eliminar la ignorancia y el analfabetismo entre las mujeres que os rodean.

CAPÍTULO UNO: LOS DERECHOS HUMANOS, OCCIDENTE Y EL ISLAM

Antes de hablar de los derechos humanos en el islam, quisiera explicar algunos puntos sobre dos enfoques principales de la cuestión de los derechos humanos: el occidental y el islámico. Esto nos permitirá estudiar el asunto desde su perspectiva adecuada y evitar parte de la confusión que normalmente oscurece una discusión de este tipo.
El enfoque occidental: La gente de Occidente tiene la costumbre de atribuirse todo lo bueno e intenta demostrar que el mundo recibió esta bendición gracias a ellos; de lo contrario, el mundo habría estado sumido en la ignorancia y completamente inconsciente de todos estos beneficios. Veamos ahora la cuestión de los derechos humanos. Se afirma con gran vehemencia y estridencia que el mundo obtuvo el concepto de los derechos humanos fundamentales de la Carta Magna de Gran Bretaña, aunque la propia Carta Magna surgió seiscientos años después de la llegada del islam. Pero la verdad es que, hasta el siglo XVII, nadie sabía siquiera que la Carta Magna contenía los principios del juicio por jurado, el hábeas corpus y el control del Parlamento sobre el derecho de tributación. Si las personas que redactaron la Carta Magna vivieran hoy, se habrían sorprendido enormemente si les dijeran que su documento también contenía todos estos ideales y principios. No tenían tal intención ni eran conscientes de ninguno de estos conceptos que ahora se les atribuyen. Hasta donde llega mi conocimiento, los occidentales no tenían ningún concepto de los derechos humanos ni de los derechos cívicos antes del siglo XVII. Incluso después del siglo XVII, aunque los filósofos y los pensadores de la jurisprudencia presentaron estas ideas, la prueba y demostración práctica de estos conceptos solo puede encontrarse a finales del siglo XVIII, en las proclamaciones y constituciones de Estados Unidos y Francia. Después de esto, los derechos humanos fundamentales comenzaron a mencionarse en las constituciones de distintos países. Pero, con mucha frecuencia, los derechos concedidos sobre el papel no se otorgaban realmente a la gente en la vida real. A mediados del siglo actual, las Naciones Unidas, que ahora podrían describirse de manera más apropiada y veraz como las Naciones Divididas, emitieron una Declaración Universal de los Derechos Humanos, aprobaron una resolución contra el genocidio y formularon reglamentos para impedirlo. Pero, como todos ustedes saben, no existe una sola resolución o reglamento de las Naciones Unidas que pueda hacerse cumplir. Son simplemente la expresión de un piadoso deseo. No cuentan con sanciones ni con fuerza física o moral para hacerlos cumplir. A pesar de todas las ambiciosas resoluciones grandilocuentes de las Naciones Unidas, los derechos humanos han sido violados y pisoteados en distintos lugares, y las Naciones Unidas han sido un espectador impotente. No están en condiciones de ejercer un control eficaz sobre la violación de los derechos humanos. Incluso el atroz crimen del genocidio se sigue perpetrando a pesar de todas las proclamaciones de las Naciones Unidas. Precisamente en el país vecino de Pakistán, el genocidio de los musulmanes se ha estado llevando a cabo durante los últimos veintiocho años, pero las Naciones Unidas no tienen el poder ni la fuerza para tomar medidas contra la India. Ni siquiera se ha emprendido acción alguna contra ningún país culpable de este crimen tan grave y repugnante.
El enfoque islámico: El segundo punto que quisiera aclarar desde el principio es que, cuando hablamos de los derechos humanos en el islam, realmente queremos decir que estos derechos han sido concedidos por Dios; no han sido concedidos por ningún rey ni por ninguna asamblea legislativa. Los derechos concedidos por los reyes o las asambleas legislativas también pueden retirarse de la misma manera en que fueron otorgados. Lo mismo ocurre con los derechos aceptados y reconocidos por los dictadores. Pueden concederlos cuando les plazca y retirarlos cuando quieran; y pueden violarlos abiertamente cuando lo deseen. Pero, puesto que en el islam los derechos humanos han sido concedidos por Dios, ninguna asamblea legislativa del mundo ni ningún gobierno de la Tierra tiene derecho o autoridad para enmendar o modificar los derechos conferidos por Dios. Nadie tiene derecho a abrogarlos ni a retirarlos. Tampoco son derechos humanos fundamentales concedidos sobre el papel para aparentar y exhibirlos, y negados en la vida real una vez terminado el espectáculo. Tampoco son conceptos filosóficos sin sanciones que los respalden. La carta, las proclamaciones y las resoluciones de las Naciones Unidas no pueden compararse con los derechos sancionados por Dios, porque las primeras no son aplicables a nadie, mientras que los segundos son aplicables a todo creyente. Forman parte integral de la fe islámica. Todo musulmán o administrador que se declare musulmán tendrá que aceptarlos, reconocerlos y hacerlos cumplir. Si no los hace cumplir, comienza a negar los derechos garantizados por Dios, los enmienda o modifica, o los viola en la práctica mientras les rinde un homenaje meramente verbal, el veredicto del Sagrado Corán para tales gobiernos es claro e inequívoco: «Quienes no juzgan conforme a lo que Dios ha revelado son los incrédulos (kafirun)». 5:44. El versículo siguiente también proclama: «Ellos son los injustos (zalimun)» (5:45), mientras que un tercer versículo del mismo capítulo dice: «Ellos son los transgresores (fasiqun)» (5:47). En otras palabras, esto significa que, si las autoridades temporales consideran correctas sus propias palabras y decisiones y erróneas las dadas por Dios, son incrédulas. Si, por otro lado, consideran correctos los mandamientos de Dios, pero los rechazan deliberadamente y hacen cumplir sus propias decisiones en contra de los mandamientos de Dios, entonces son los corruptores y los injustos. Fasiq, el transgresor de la ley, es quien ignora el vínculo de lealtad, y zalim es quien obra contra la verdad. Así pues, todas las autoridades temporales que se declaran musulmanas y, sin embargo, violan los derechos sancionados por Dios pertenecen a una de estas dos categorías: o son incrédulas, o son injustas y corruptoras. Los derechos sancionados por Dios son permanentes, perpetuos y eternos. No están sujetos a alteraciones ni modificaciones, y no hay lugar para ningún cambio ni abrogación.

CAPÍTULO DOS: LOS DERECHOS HUMANOS FUNDAMENTALES

Lo primero que encontramos en el islam en relación con esto es que establece ciertos derechos para el ser humano en cuanto tal. En otras palabras, significa que todo hombre, pertenezca a este país o a aquel, sea creyente o incrédulo, viva en algún bosque o se encuentre en algún desierto, cualquiera que sea el caso, tiene ciertos derechos humanos fundamentales simplemente porque es un ser humano, y todo musulmán debe reconocerlos. De hecho, será su deber cumplir estas obligaciones.

1. El derecho a la vida

El primer derecho básico y primordial es el derecho a vivir y al respeto de la vida humana. El Sagrado Corán establece: Quien mate a un ser humano sin (una razón como) homicidio o corrupción en la tierra, será como si hubiera matado a toda la humanidad… (5:32) En cuanto a la cuestión de quitar la vida en represalia por un asesinato o a la cuestión del castigo por sembrar la corrupción en esta tierra, solo puede decidirla un tribunal de justicia competente y debidamente constituido. Si existe una guerra con alguna nación o país, solo puede decidirla un gobierno debidamente establecido. En cualquier caso, ningún ser humano tiene derecho, por sí mismo, a quitar una vida humana en represalia o por causar perjuicio en esta tierra. Por lo tanto, es deber de todo ser humano no ser culpable, bajo ninguna circunstancia, de quitar una vida humana. Si alguien ha asesinado a un ser humano, es como si hubiera matado a toda la raza humana. Estas instrucciones se han repetido en otro lugar del Sagrado Corán, donde dice: No matéis a ninguna persona que Allah haya hecho sagrada, excepto mediante el debido proceso legal… (6:151) Aquí también se ha distinguido el homicidio de la destrucción de una vida llevada a cabo en busca de justicia. Solo un tribunal competente y debidamente constituido podrá decidir si un individuo ha perdido o no su derecho a la vida por haber ignorado el derecho a la vida y a la paz de otros seres humanos. El Profeta, que las bendiciones de Dios sean con él, declaró que el homicidio es el mayor pecado después del politeísmo. La Tradición del Profeta dice: «Los pecados más graves son asociar algo con Dios y matar a seres humanos». En todos estos versículos del Corán y en las Tradiciones del Profeta, la palabra «persona» (nafs) se ha utilizado en términos generales, sin ninguna distinción o particularización que pudiera dar lugar a la aclaración de que no deben ser asesinadas las personas pertenecientes a la propia nación, los ciudadanos del propio país o las personas de una determinada raza o religión. El mandato se aplica a todos los seres humanos, y la destrucción de la vida humana en sí misma ha sido prohibida. Solo el islam ha concedido al ser humano «el derecho a la vida». Se observará que las personas que hablan de los derechos humanos, si alguna vez los han mencionado en sus Constituciones o Declaraciones, dan a entender claramente que esos derechos solo son aplicables a sus ciudadanos o que han sido formulados únicamente para la raza blanca. Esto se puede deducir claramente del hecho de que en Australia se cazaba a los seres humanos como animales y se despejó la tierra de aborígenes para el hombre blanco. Del mismo modo, la población aborigen de América fue destruida sistemáticamente, y los indios americanos que de algún modo sobrevivieron a este genocidio fueron confinados en zonas determinadas llamadas Reservas. También penetraron en África y cazaron a los seres humanos como animales salvajes. Todos estos ejemplos demuestran que no respetan la vida humana como tal y que, si la respetan, es solo sobre la base de la nacionalidad, el color o la raza. Por el contrario, el islam reconoce este derecho para todos los seres humanos. Si un hombre pertenece a una tribu primitiva o salvaje, aun así el islam lo considera un ser humano.
2. El derecho a la seguridad de la vida Inmediatamente después del versículo del Sagrado Corán mencionado en relación con el derecho a la vida, Dios ha dicho: «Y quien salva una vida es como si hubiera salvado la vida de toda la humanidad» (5:32). Hay varias formas de salvar al ser humano de la muerte. Una persona puede estar enferma o herida, sin importar su nacionalidad, raza o color. Si sabes que necesita tu ayuda, es tu deber procurar que reciba tratamiento para su enfermedad o herida. Si está muriendo de hambre, es tu deber alimentarla para que pueda evitar la muerte. Si se está ahogando o su vida corre peligro, es tu deber salvarla. Te sorprenderá saber que el Talmud, el libro religioso de los judíos, contiene un versículo de naturaleza similar, pero lo registra de una forma completamente distinta. Dice: «Quien destruye la vida de un israelita, a los ojos de las Escrituras, es como si hubiera destruido el mundo entero. Y quien protege y salva la vida de un israelita, a la luz de las Escrituras, es como si hubiera salvado el mundo entero». El Talmud también contiene la opinión de que, si un no israelita se está ahogando y tratas de salvarlo, eres un pecador. ¿Puede recibir un nombre distinto del racismo? Nosotros consideramos nuestro deber salvar toda vida humana, porque así se nos ha ordenado en el Sagrado Corán. Por otro lado, si ellos consideran necesario salvar la vida de un ser humano, esa vida debería ser la de un israelita. En cuanto a las demás personas, según esta opinión, no parecen ser lo bastante humanas como para merecer la protección de sus personas. En su literatura, el concepto de «Goyim», para el cual se utiliza la palabra inglesa «Gentile» y la palabra árabe ummi (iletrado), es que no disfrutan de derechos humanos; los derechos humanos están reservados únicamente para los hijos de Israel. El Corán ha mencionado esta creencia de los israelitas y cita a los judíos diciendo: «No se nos puede reprochar nada (por cualquier cosa que hagamos) con respecto a los iletrados (es decir, los ummi)» (3:75).
3. Respeto por la castidad de las mujeres La tercera cuestión importante que encontramos en la Carta de Derechos Humanos concedida por el islam es que la castidad de una mujer debe ser respetada y protegida en todas las circunstancias, ya pertenezca a nuestra propia nación o a la nación enemiga, ya la encontremos en un bosque salvaje o en una ciudad conquistada; ya sea correligionaria nuestra, ya pertenezca a otra religión o no tenga ninguna religión. Un musulmán no puede ultrajarla bajo ninguna circunstancia. Toda relación promiscua le ha sido prohibida, independientemente de la condición o posición de la mujer, tanto si ella es una participante voluntaria como involuntaria en el acto. Las palabras del Sagrado Corán al respecto son: «No os acerquéis a los límites del adulterio» (17:32). Se ha prescrito un castigo severo para este delito, y la orden no ha sido condicionada por ninguna circunstancia. Puesto que en el islam está prohibida la violación de la castidad de una mujer, el musulmán que cometa este delito no puede escapar al castigo, ya lo reciba en este mundo o en el Más Allá. Este concepto de la santidad de la castidad y de la protección de las mujeres no se encuentra en ningún otro lugar excepto en el islam. Los ejércitos de las potencias occidentales necesitan a las hijas de su propia nación para satisfacer sus apetitos carnales incluso en sus propios países, y si llegan a ocupar otro país, el destino de sus mujeres se puede imaginar mejor de lo que se puede describir. Pero la historia de los musulmanes, salvo algunos fallos de individuos aquí o allá, ha estado libre de este crimen contra la mujer. Nunca ha ocurrido que, después de la conquista de un país extranjero, el ejército musulmán se haya dedicado a violar a las mujeres del pueblo conquistado o que, en su propio país, el gobierno haya organizado el suministro de prostitutas1 para ellos. Esta es también una gran bendición que la raza humana ha recibido por medio del islam.2
4. El derecho a un nivel de vida básico Al hablar de los derechos económicos, el Sagrado Corán ordena a sus seguidores: «Y en sus riquezas hay un derecho reconocido para el necesitado y el indigente» (51:19). Las palabras de este mandato muestran que se trata de una orden categórica y sin condiciones. Además, este mandato fue revelado en La Meca, donde no existía una sociedad musulmana y donde, por lo general, los musulmanes tenían que entrar en contacto con la población de los incrédulos. Por lo tanto, el significado claro de este versículo es que cualquiera que pida ayuda y cualquiera que sufra privaciones tiene un derecho sobre los bienes y la riqueza de los musulmanes, independientemente de que pertenezca a esta nación o a aquella nación, a este país o a aquel país, a esta raza o a aquella raza. Si estás en condiciones de ayudar y una persona necesitada te pide ayuda, o si llegas a saber que está necesitada, es tu deber ayudarla. Dios ha establecido ese derecho sobre ti, y debes honrarlo como musulmán.

5. Derecho de la persona a la libertad

El islam ha prohibido clara y categóricamente la práctica primitiva de capturar a un hombre libre para convertirlo en esclavo o venderlo como esclavo. Sobre este punto, las palabras claras e inequívocas del Profeta (S) son las siguientes: «Hay tres categorías de personas contra las cuales yo mismo presentaré una demanda el Día del Juicio. De estas tres, una es la de quien esclaviza a un hombre libre, luego lo vende y consume este dinero» (al-Bujari e Ibn Mayah). Las palabras de esta Tradición del Profeta también son generales; no han sido restringidas ni aplicadas a una nación, raza, país o seguidores de una religión particular. Los europeos se enorgullecen mucho de afirmar que abolieron la esclavitud en el mundo, aunque solo tuvieron la decencia de hacerlo a mediados del siglo pasado. Antes de eso, estas potencias occidentales habían estado saqueando África a gran escala, capturando a sus hombres libres, sometiéndolos a la esclavitud y transportándolos a sus nuevas colonias. El trato que dispensaron a estas personas desafortunadas fue peor que el dado a los animales. Los libros escritos por los propios occidentales dan testimonio de este hecho.
El comercio de esclavos de las naciones occidentales: Después de la ocupación de América y las Indias Occidentales, el tráfico de esclavos continuó durante trescientos cincuenta años. Las costas africanas, adonde eran llevados desde el interior de África los africanos capturados de piel negra y donde eran embarcados en los barcos que zarpaban de esos puertos, llegaron a conocerse como la Costa de los Esclavos. Durante un solo siglo (de 1680 a 1786), el número total de personas libres que fueron capturadas y esclavizadas únicamente para las colonias británicas ascendió, según la estimación de autores británicos, a 20 millones de seres humanos. En el transcurso de un solo año (1790), se nos dice que 75.000 seres humanos fueron capturados y enviados a las colonias para realizar trabajos esclavos. Los barcos utilizados para transportar a los esclavos eran pequeños y sucios. Estos desafortunados africanos eran introducidos en las bodegas de esos barcos como ganado, hasta llenarlas por completo, y muchos de ellos eran encadenados a estantes de madera en los que apenas podían moverse, pues estaban separados solo por dieciocho pulgadas y colocados unos sobre otros. No se les proporcionaba alimento adecuado y, si enfermaban o resultaban heridos, no se hacía ningún intento de brindarles tratamiento médico. Los propios escritores occidentales afirman que al menos el 20 % del total de las personas capturadas para la esclavitud y el trabajo forzado pereció durante su transporte desde la costa africana hasta América. También se ha estimado que el número total de personas capturadas como esclavos por las diversas naciones europeas durante el apogeo del comercio de esclavos alcanzó por lo menos los cien millones. Este es el historial de las personas que denuncian día y noche a los musulmanes por reconocer la institución de la esclavitud. Es como si un criminal señalara con el dedo acusador a un hombre inocente.
La posición de la esclavitud en el islam: Brevemente, quisiera explicarles la posición y la naturaleza de la esclavitud en el islam. El islam intentó resolver el problema de los esclavos que había en Arabia alentando de distintas maneras a la gente a liberar a sus esclavos. Se ordenó a los musulmanes que, como expiación por algunos de sus pecados, liberaran a sus esclavos. Liberar voluntariamente a un esclavo fue declarado un acto de gran mérito, hasta tal punto que se dijo que cada miembro del hombre que manumite a un esclavo será protegido del fuego del infierno en lugar del miembro del esclavo liberado por él. El resultado de esta política fue que, para cuando se alcanzó el período de los Califas Rectamente Guiados, todos los antiguos esclavos de Arabia habían sido liberados. El Profeta, por sí solo, liberó nada menos que a 63 esclavos. El número de esclavos liberados por ‘Aishah fue de 67; ‘Abbas liberó a 70; ‘Abd Allah ibn ‘Umar liberó a mil; y ‘Abd al-Rahman compró a treinta mil y los liberó. Del mismo modo, otros Compañeros del Profeta liberaron a un gran número de esclavos, cuyos detalles aparecen en las Tradiciones y en los libros de historia de aquel período. Así, el problema de los esclavos de Arabia se resolvió en un breve período de treinta o cuarenta años. Después de esto, la única forma de esclavitud que quedó en la sociedad islámica fue la de los prisioneros de guerra capturados en el campo de batalla. Estos prisioneros de guerra eran retenidos por el Gobierno musulmán hasta que su gobierno aceptara recibirlos de vuelta a cambio de los soldados musulmanes capturados por ellos, o dispusiera el pago de un rescate en su nombre. Si los soldados que habían capturado no eran intercambiados por prisioneros de guerra musulmanes, o sus compatriotas no pagaban el dinero del rescate para comprar su libertad, entonces el Gobierno musulmán solía distribuirlos entre los soldados del ejército que los había capturado. Esta era una manera más humana y apropiada de disponer de ellos que retenerlos como ganado en campos de concentración y someterlos a trabajos forzados y, si también eran capturadas sus mujeres, destinarlas a la prostitución. En lugar de una forma tan cruel y escandalosa de disponer de los prisioneros de guerra, el islam prefirió distribuirlos entre la población y ponerlos así en contacto con seres humanos individuales. Además, se ordenó a sus guardianes que los trataran bien. El resultado de esta política humana fue que la mayoría de los hombres capturados en campos de batalla extranjeros y llevados a los países musulmanes como esclavos abrazaron el islam, y sus descendientes produjeron grandes eruditos, imanes, juristas, comentaristas, estadistas y generales del ejército. Tanto es así que más tarde se convirtieron en los gobernantes del mundo musulmán. La solución de este problema que se ha propuesto en la época actual es que, tras el cese de las hostilidades, se intercambie a los prisioneros de guerra de los países beligerantes. Los musulmanes lo han practicado desde el principio y, siempre que el adversario aceptó el intercambio de prisioneros de guerra de ambos bandos, este se llevó a cabo sin la menor vacilación ni demora. En la guerra moderna también encontramos que, si un gobierno es completamente derrotado y queda sin posibilidad alguna de negociar por sus prisioneros de guerra, mientras que la parte vencedora recupera fácilmente a los suyos, la experiencia ha demostrado que los prisioneros de guerra del ejército vencido son mantenidos en condiciones mucho peores que las de los esclavos. ¿Puede alguien decirnos cuál fue el destino de los miles de prisioneros de guerra capturados por Rusia a los ejércitos derrotados de Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial? Hasta ahora nadie ha dado cuenta de ellos. Nadie sabe cuántos miles de ellos siguen vivos ni cuántos miles perecieron debido a las penurias de los campos rusos de concentración y de trabajo. El trabajo forzado que se les impuso fue mucho peor que el servicio que se puede exigir a los esclavos. Incluso quizá en tiempos de los antiguos faraones de Egipto no se exigió a los esclavos un trabajo tan duro en la construcción de las pirámides de Egipto como el que se exigió a los prisioneros de guerra en Rusia para desarrollar Siberia y otras regiones atrasadas de Rusia, o para trabajar en minas de carbón y otras minas con temperaturas inferiores a cero, mal vestidos, mal alimentados y tratados brutalmente por sus supervisores.

6. El derecho a la justicia

Este es un derecho muy importante y valioso que el islam ha otorgado al ser humano por el hecho de serlo. El Sagrado Corán establece: «No dejéis que vuestro odio hacia un pueblo os incite a la agresión» (5:2). «Y no dejéis que la animadversión hacia ningún pueblo os incite a apartaros de la justicia. Sed justos; eso está más cerca de la piedad» (5:8). Insistiendo en este punto, el Corán dice nuevamente: «¡Oh, creyentes! Manteneos firmes ante Dios como testigos de la verdad y de la justicia» (4:135). Esto deja claro que los musulmanes deben ser justos no solo con los seres humanos comunes, sino incluso con sus enemigos. En otras palabras, la justicia a la que el islam invita a sus seguidores no se limita únicamente a los ciudadanos de su propio país, ni a los miembros de su propia tribu, nación o raza, ni a la comunidad musulmana en su conjunto, sino que está destinada a todos los seres humanos del mundo. Por lo tanto, los musulmanes no pueden ser injustos con nadie. Su hábito y carácter permanentes deben ser tales que ningún ser humano tema jamás sufrir injusticia a sus manos, y deben tratar a todo ser humano, en todas partes, con justicia y equidad.

7. La igualdad de los seres humanos

El islam no solo reconoce la igualdad absoluta entre los seres humanos, sin distinción de color, raza o nacionalidad, sino que la convierte en un principio importante y significativo, en una realidad. Dios Todopoderoso ha establecido en el Sagrado Corán: «¡Oh, humanidad! Os hemos creado a partir de un varón y una hembra». En otras palabras, todos los seres humanos son hermanos unos de otros. Todos descienden de un mismo padre y una misma madre. «Y os establecimos como naciones y tribus para que podáis reconoceros unos a otros» (49:13). Esto significa que la división de los seres humanos en naciones, razas, grupos y tribus tiene por objeto la distinción, para que las personas de una raza o tribu puedan encontrarse y conocerse con las personas pertenecientes a otra raza o tribu, y cooperar unas con otras. Esta división de la raza humana no tiene por objeto que una nación se enorgullezca de su superioridad sobre las demás, ni que una nación trate a otra con desprecio o deshonra, la considere una raza vil y degradada, o usurpe sus derechos. «En verdad, el más noble de vosotros ante Dios es el más piadoso» (49:13). En otras palabras, la superioridad de una persona sobre otra se basa únicamente en la conciencia de Dios, la pureza de carácter y la elevada moralidad, y no en el color, la raza, la lengua o la nacionalidad; e incluso esta superioridad basada en la piedad y la conducta pura no justifica que tales personas se comporten como señores o adopten aires de superioridad sobre los demás seres humanos. Adoptar aires de superioridad es en sí mismo un vicio censurable que ningún hombre temeroso de Dios y piadoso podría jamás soñar con cometer. Tampoco los justos tienen derechos más privilegiados que los demás, porque esto contradice la igualdad humana, establecida al principio de este versículo como principio general. Desde el punto de vista moral, la bondad y la virtud son siempre mejores que el vicio y el mal. El Profeta lo ejemplificó en uno de sus dichos de la siguiente manera: «Ningún árabe tiene superioridad sobre un no árabe, ni un no árabe tiene superioridad sobre un árabe. Tampoco un blanco tiene superioridad sobre un negro, ni un negro tiene superioridad sobre un blanco. Todos sois hijos de Adán, y Adán fue creado de arcilla» (al-Bayhaqi y al-Bazzaz). De este modo, el islam estableció la igualdad para toda la raza humana y atacó la raíz misma de todas las distinciones basadas en el color, la raza, la lengua o la nacionalidad. Según el islam, Dios ha otorgado al ser humano este derecho a la igualdad como un derecho de nacimiento. Por lo tanto, nadie debe ser discriminado por el color de su piel, su lugar de nacimiento, la raza o la nación en la que nació. Malcolm X, el famoso líder de los negros africanos en Estados Unidos, que había emprendido una encarnizada lucha contra los blancos de Estados Unidos para obtener derechos civiles para sus compatriotas negros, cuando fue a realizar la peregrinación y vio cómo los musulmanes de Asia, África, Europa y América, y los de distintas razas, lenguas y colores de piel, vestían una misma ropa y se apresuraban hacia la Casa de Dios —la Ka’bah—, ofreciendo sus oraciones de pie en una misma fila y sin que hubiera entre ellos distinción alguna, comprendió que esta era la solución al problema del color y la raza, y no lo que hasta entonces había intentado buscar o lograr en Estados Unidos. Hoy, numerosos pensadores no musulmanes, libres de prejuicios ciegos, admiten abiertamente que ninguna otra religión ni forma de vida ha resuelto este problema con el mismo grado de éxito con que lo ha hecho el islam.
8. El derecho a cooperar y a no cooperar El islam ha prescrito un principio general de suma importancia y aplicación universal, que dice: «Cooperad unos con otros en la virtud y la piedad, y no cooperéis unos con otros para el vicio y la agresión» (5:2). Esto significa que la persona que emprende una obra noble y justa, independientemente de que viva en el Polo Norte o en el Polo Sur, tiene derecho a esperar apoyo y cooperación activa de los musulmanes. Por el contrario, quien comete actos de vicio y agresión, aunque sea nuestro pariente más cercano o nuestro vecino, no tiene derecho a obtener nuestro apoyo y ayuda en nombre de la raza, el país, la lengua o la nacionalidad, ni debe esperar que los musulmanes cooperen con él o lo apoyen. Tampoco está permitido a los musulmanes cooperar con él. La persona malvada y viciosa puede ser nuestro propio hermano, pero no es de los nuestros, y no puede recibir de nosotros ayuda ni apoyo mientras no se arrepienta y reforme su conducta. Por otro lado, la persona que realiza obras de virtud y rectitud puede no tener ningún parentesco con los musulmanes, pero los musulmanes serán sus compañeros y partidarios, o al menos sus simpatizantes.

CAPÍTULO TRES: DERECHOS DE LOS CIUDADANOS EN UN ESTADO ISLÁMICO

Hemos tratado los derechos humanos en general. Ahora quisiéramos abordar la cuestión de los derechos de los ciudadanos en un Estado islámico. Puesto que estos derechos son más amplios que los derechos humanos generales descritos anteriormente, requieren un tratamiento separado.
1. La seguridad de la vida y de los bienes En el discurso que el Profeta pronunció con ocasión de la Peregrinación de Despedida, dijo: «Vuestras vidas y vuestros bienes están vedados unos para otros hasta que os encontréis con vuestro Señor el Día de la Resurrección». Dios Todopoderoso ha establecido en el Sagrado Corán: «Quien mate deliberadamente a un creyente recibirá como recompensa una sentencia de vivir eternamente en el Infierno. Dios se enfadará con él, lo maldecirá y le preparará un terrible castigo» (4:93). El Profeta también dijo acerca de los dimmíes (los ciudadanos no musulmanes del Estado musulmán): «Quien mate a una persona que está bajo pacto —es decir, a un dimmí— no percibirá siquiera el aroma del Paraíso» (al-Bujari y Abu Dawud). El islam prohíbe el homicidio, pero permite una sola excepción: que la muerte se produzca mediante el debido proceso legal, al que el Corán se refiere como bi alhaqq (con la verdad). Por lo tanto, una persona solo puede ser ejecutada cuando la ley lo exige, y es evidente que únicamente un tribunal de justicia puede decidir si la ejecución se lleva a cabo con justicia o sin fundamento. En caso de guerra o insurrección, solo un gobierno justo y recto que siga la sharía o Ley islámica puede decidir si una guerra es justa o injusta, si está justificado quitar una vida o no, si una persona es rebelde o no y quién puede ser condenado a muerte como castigo. Estas decisiones de tanta importancia no pueden quedar en manos de un tribunal que se haya vuelto indiferente ante Dios y esté bajo la influencia de la administración. Un poder judicial semejante puede impartir justicia de manera errónea. Tampoco pueden justificarse los crímenes de Estado basándose en el Sagrado Corán o en las Tradiciones (hadices), cuando el Estado asesina a sus ciudadanos abierta y secretamente, sin ninguna vacilación o por el menor pretexto, porque se oponen a sus políticas y acciones injustas o lo critican por sus malas acciones, y además brinda protección a sus asesinos a sueldo, culpables del atroz crimen de asesinar a una persona inocente; de modo que ni la policía toma medidas contra esos criminales ni pueden presentarse ante los tribunales pruebas o testigos contra ellos. La mera existencia de un gobierno semejante es un crimen, y ninguna de las muertes ejecutadas por él puede denominarse «ejecución en aras de la justicia» en la terminología del Sagrado Corán. Junto con la seguridad de la vida, el islam ha conferido con igual claridad y precisión el derecho a la seguridad de la propiedad, como se mencionó anteriormente al hacer referencia al discurso de la Peregrinación de Despedida. Por otra parte, el Sagrado Corán llega a declarar que apropiarse de las posesiones o bienes de la gente está completamente prohibido, salvo que se adquieran por medios lícitos, conforme a las Leyes de Dios. La Ley de Dios declara categóricamente: «No os apropiéis de la riqueza de unos y otros por medios falsos e ilícitos» (2:188).

2. La protección del honor

El segundo derecho importante es el derecho de los ciudadanos a la protección de su honor. En el discurso pronunciado con ocasión del Hayy de la Despedida, al que me he referido anteriormente, el Profeta no solo prohibió que los musulmanes atentaran unos contra la vida y los bienes de otros, sino que también prohibió toda transgresión contra su honor, respeto y castidad. El Sagrado Corán establece claramente: (a) «¡Oh, creyentes!, que un grupo no se burle de otro grupo. (b) No difaméis unos a otros. (c) No os insultéis utilizando apodos. (d) Y no habléis mal unos de otros a sus espaldas» (49:11-12). Esta es la ley del Islam para la protección del honor, que es ciertamente muy superior y mejor que la ley occidental sobre la difamación. Según la Ley islámica, si se demuestra que alguien ha atentado contra el honor de otra persona, entonces, independientemente de que la víctima pueda o no demostrar que es una persona respetable y honorable, el culpable recibirá en cualquier caso el castigo que le corresponde. Pero el hecho interesante acerca de la ley occidental sobre la difamación es que la persona que presenta una demanda por difamación debe demostrar primero que es un hombre de honor y de estima pública, y durante el interrogatorio es sometida a los ataques, acusaciones e insinuaciones injuriosas del abogado defensor hasta tal punto que sufre una deshonra mayor que la causada por el ataque a su reputación contra el cual había acudido a los tribunales. Además, debe presentar testigos que testifiquen ante el tribunal que, debido a las acusaciones difamatorias del culpable, la persona agraviada ha quedado deshonrada ante sus ojos. ¡Dios mío! ¡Qué sutil concepto jurídico y qué adhesión al espíritu de la Ley! ¿Cómo puede compararse esta ley injusta e inequitativa con la ley divina? El Islam declaró la blasfemia un delito, independientemente de que el acusado sea o no un hombre de honor y de que las palabras utilizadas para la blasfemia hayan deshonrado realmente a la víctima y perjudicado su reputación ante el público o no. Según la Ley islámica, basta con demostrar que el acusado dijo cosas que, conforme al sentido común, podrían haber dañado la reputación y el honor del demandante para que el acusado sea declarado culpable de difamación.
3. La santidad y seguridad de la vida privada. El Islam reconoce el derecho de todo ciudadano de su Estado a que no haya una interferencia indebida ni una intromisión en la privacidad de su vida. El Sagrado Corán establece el mandamiento: «No espiéis unos a otros» (49:12). «No entréis en ninguna casa que no sea la vuestra, a menos que estéis seguros de contar con el consentimiento de sus moradores» (24:27). El Profeta llegó hasta el punto de instruir a sus seguidores que un hombre no debía entrar siquiera en su propia casa de repente o furtivamente. Debía, de un modo u otro, informar o dar a entender a los habitantes de la casa que estaba entrando, para no ver a su madre, hermana o hija en una situación en la que ellas no querrían ser vistas, ni él mismo querría verlas en esa condición. También se prohibió estrictamente mirar furtivamente dentro de las casas de otras personas, hasta tal punto que existe un dicho del Profeta según el cual, si un hombre encuentra a otra persona mirando secretamente dentro de su casa y le ciega uno o ambos ojos como castigo, no podrá ser llamado a rendir cuentas ni estará sujeto a enjuiciamiento. El Profeta también prohibió leer las cartas de otras personas; tanto es así que, si un hombre está leyendo su carta y otro lanza miradas de soslayo e intenta leerla, su conducta se vuelve reprensible. Esta es la santidad de la privacidad que el Islam concede a los individuos. Por otro lado, en el mundo civilizado moderno vemos que no solo se leen las cartas de otras personas y se censura su correspondencia, sino que incluso se conservan copias fotostáticas para utilizarlas en el futuro o para chantajear. Incluso se instalan secretamente dispositivos de escucha en las casas de la gente, de modo que se pueda oír y grabar a distancia la conversación que tiene lugar tras puertas cerradas. En otras palabras, esto significa que no existe tal cosa como la privacidad y que, a todos los efectos prácticos, la vida privada de un individuo no existe. Este espionaje sobre la vida del individuo no puede justificarse moralmente mediante la afirmación del gobierno de que es necesario conocer los secretos de las personas peligrosas. Sin embargo, a todos los efectos, la base de esta política es el miedo y la sospecha con que los gobiernos modernos contemplan a sus ciudadanos inteligentes e insatisfechos con las políticas oficiales del gobierno. Esto es exactamente lo que el Islam ha denominado la causa fundamental de la corrupción en la política. El mandamiento del Profeta es: «Cuando el gobernante comienza a buscar las causas del descontento entre su pueblo, lo corrompe» (Abu Dawud). El Amir Mu’awiyah dijo que él mismo oyó al Profeta decir: «Si intentáis descubrir los secretos de la gente, sin duda la corromperéis o, al menos, la llevaréis al borde de la ruina». El significado de la expresión «la corromperéis» es que, cuando se esparcen espías —agentes del C.I.D. o del F.B.I.— por todo el país para descubrir los asuntos de las personas, la gente comienza a mirarse unos a otros con sospecha, hasta tal punto que tienen miedo de hablar libremente en sus casas, no sea que alguna palabra se escape de los labios de sus esposas e hijos y los coloque en situaciones embarazosas. De este modo, a un ciudadano común le resulta difícil hablar libremente incluso en su propia casa, y la sociedad comienza a padecer un estado de desconfianza y sospecha generalizadas.

4. La seguridad de la libertad personal

El islam también ha establecido el principio de que ningún ciudadano puede ser encarcelado a menos que su culpabilidad haya sido demostrada en un tribunal público. Arrestar a una persona únicamente sobre la base de una sospecha y arrojarla a prisión sin los debidos procedimientos judiciales y sin brindarle una oportunidad razonable de presentar su defensa no está permitido en el islam. Se relata en el hadiz que, en cierta ocasión, el Profeta estaba pronunciando una disertación en la mezquita cuando un hombre se levantó durante ella y dijo: «¡Oh, Profeta de Dios! ¿Por qué delito han sido arrestados mis vecinos?». El Profeta oyó la pregunta y continuó su discurso. El hombre se levantó nuevamente y repitió la misma pregunta. El Profeta tampoco respondió esta vez y continuó su discurso. El hombre se levantó por tercera vez y repitió la misma pregunta. Entonces el Profeta ordenó que los vecinos del hombre fueran puestos en libertad. La razón por la que el Profeta había guardado silencio cuando la pregunta se repitió dos veces anteriormente era que el agente de policía estaba presente en la mezquita y, si existían razones válidas para el arresto de los vecinos de aquel hombre, se habría levantado para explicar su posición. Como el agente de policía no dio ninguna razón para esos arrestos, el Profeta ordenó que los arrestados fueran liberados. El agente de policía conocía la ley islámica y, por ello, no se levantó para decir: «La administración conoce los cargos contra los hombres arrestados, pero no pueden hacerse públicos. Si el Profeta preguntara en privado por su culpabilidad, se lo explicaría». Si el agente de policía hubiera hecho tal declaración, habría sido destituido en ese mismo momento. El hecho de que el agente de policía no diera ninguna razón para los arrestos en un tribunal público era razón suficiente para que el Profeta ordenara inmediatamente la liberación de los arrestados. El mandato del Sagrado Corán es muy claro al respecto: «Cuando juzguéis entre la gente, juzgad con justicia» (4:58). Y Dios también le dijo al Profeta: «Se me ha ordenado impartir justicia entre vosotros». Esta fue la razón por la que el califa ‘Umar dijo: «En el islam nadie puede ser encarcelado sino en cumplimiento de la justicia». Las palabras utilizadas aquí indican claramente que la justicia significa el debido proceso legal. Lo que se ha prohibido y condenado es que una persona sea arrestada y encarcelada sin que su culpabilidad haya sido probada en un tribunal público y sin darle la oportunidad de defenderse de esos cargos. Si el Gobierno sospecha que un individuo determinado ha cometido un delito o que probablemente cometerá una infracción en un futuro próximo, debe exponer las razones de su sospecha ante un tribunal de justicia, y el culpable o sospechoso debe tener permitido presentar su defensa en un tribunal público, para que el tribunal pueda decidir si la sospecha contra él se basa en fundamentos sólidos o no; y, si existe una razón válida para la sospecha, se le debe informar durante cuánto tiempo permanecerá en detención preventiva. Esta decisión debe tomarse en todas las circunstancias en un tribunal público, para que el público pueda escuchar los cargos presentados por el Gobierno, así como la defensa del acusado, y comprobar que se le aplica el debido proceso legal y que no está siendo víctima de una injusticia. El método correcto para tratar estos casos en el islam está ejemplificado en la famosa decisión del Profeta que tuvo lugar antes de la conquista de La Meca. El Profeta estaba preparando el ataque contra La Meca cuando uno de sus Compañeros, Hatib ibn Abi Balta’ah, envió una carta por medio de una mujer a las autoridades de La Meca, informándoles del ataque inminente. El Profeta llegó a saberlo por medio de una revelación divina. Ordenó a ‘Ali y Zubayr: «Id rápidamente por el camino hacia La Meca; en tal y tal lugar encontraréis a una mujer que lleva una carta. Recuperad la carta de ella y traédmela». Ellos fueron y encontraron a la mujer exactamente donde el Profeta había dicho. Recuperaron la carta y se la llevaron al Profeta. Este era ciertamente un caso claro de traición. Informar al enemigo de un secreto del ejército, y hacerlo además en tiempo de guerra, es una ofensa muy grave, equivalente a la traición. De hecho, no se puede imaginar un delito más grave durante la guerra que revelar un secreto militar al enemigo. ¿Qué caso habría sido más apropiado para una audiencia secreta? Se había traicionado un secreto militar y el sentido común exigía que fuera juzgado a puerta cerrada. Pero el Profeta convocó a Hatib ante el tribunal público de la Mezquita del Profeta y, en presencia de cientos de personas, le pidió que explicara su posición con respecto a la carta dirigida a los líderes de Quraysh, que había sido interceptada en el camino. El acusado dijo: «¡Oh, Mensajero de Dios —que las bendiciones de Dios sean sobre ti—! No me he rebelado contra el islam ni hice esto con la intención de traicionar un secreto militar. La verdad es que mi esposa y mis hijos viven en La Meca y no tengo allí a mi tribu para protegerlos. Había escrito esta carta para que los líderes de Quraysh estuvieran en deuda conmigo y protegieran a mi esposa y a mis hijos por gratitud». ‘Umar se levantó y dijo respetuosamente: «¡Oh, Profeta! Permíteme, por favor, dar muerte con la espada a este traidor». El Profeta respondió: «Él es uno de aquellos que participaron en la batalla de Badr, y la explicación que ha presentado en su defensa parece correcta». Consideremos esta decisión del Profeta en su contexto. Era un caso claro de traición y de revelación de secretos militares. Pero el Profeta absolvió a Hatib por dos razones. Primero, sus antecedentes eran completamente limpios y demostraban que no podía haber traicionado la causa del islam, pues, con ocasión de la batalla de Badr, cuando las probabilidades estaban fuertemente en contra de los musulmanes, había arriesgado su vida por ellos. Segundo, su familia estaba realmente en peligro en La Meca. Por tanto, si había mostrado cierta debilidad humana por sus hijos y había escrito aquella carta, el castigo de que su ofensa secreta fuera divulgada públicamente y de que quedara deshonrado y humillado a los ojos de los creyentes era para él bastante. Dios se ha referido a esta ofensa de Hatib en el Sagrado Corán, pero no propuso ningún castigo para él, salvo la censura y la amonestación. La actitud y las actividades de los jariyíes en los días del califa ‘Ali son bien conocidas por los estudiosos de la historia musulmana. Solían insultar abiertamente al califa y amenazarlo de muerte. Pero, cada vez que eran arrestados por esas ofensas, ‘Ali los ponía en libertad y decía a sus oficiales: «Mientras no cometan efectivamente delitos contra el Estado, el mero uso de un lenguaje insultante o la amenaza de emplear la fuerza no son ofensas por las que puedan ser encarcelados». El imán Abu Hanifah ha registrado el siguiente dicho del califa ‘Ali (A): «Mientras no se levanten en rebelión armada, el califa de los creyentes no interferirá con ellos». En otra ocasión, ‘Ali estaba pronunciando una disertación en la mezquita cuando los jariyíes pronunciaron allí su consigna particular. ‘Ali dijo: «No os negaremos el derecho a acudir a las mezquitas para adorar a Dios, ni dejaremos de daros vuestra parte de las riquezas del Estado mientras estéis con nosotros (y nos apoyéis en nuestras guerras contra los incrédulos), y nunca emprenderemos una acción militar contra vosotros mientras no luchéis contra nosotros». Se puede imaginar la oposición que enfrentaba ‘Ali; ni siquiera puede imaginarse una oposición más violenta e injuriosa en un Estado democrático de nuestros días. Sin embargo, la libertad que había permitido a la oposición era tal que ningún Gobierno ha sido capaz de conceder jamás a su oposición. Ni siquiera arrestó a quienes lo amenazaban de muerte, ni los encarceló.

5. El derecho a protestar contra la tiranía

Entre los derechos que el islam ha conferido a los seres humanos está el derecho a protestar contra la tiranía del gobierno. Refiriéndose a ello, el Corán dice: «Dios no ama que se divulgue un discurso malicioso, salvo por parte de quien haya sido agraviado» (4:148). Esto significa que Dios desaprueba firmemente el lenguaje injurioso o las palabras contundentes de condena, pero a la persona que ha sido víctima de la injusticia o la tiranía Dios le concede el derecho de protestar abiertamente contra el daño que se le ha infligido. Este derecho no se limita únicamente a los individuos. Las palabras de la aleya son generales. Por lo tanto, si un individuo, un grupo de personas o un partido usurpa el poder y, después de asumir las riendas de la autoridad, comienza a tiranizar a individuos, grupos de personas o a toda la población del país, alzar abiertamente la voz de protesta contra ello es un derecho que Dios ha otorgado al ser humano, y nadie tiene autoridad para usurpar o negar este derecho. Si alguien intenta usurpar este derecho de los ciudadanos, se rebela contra Dios. El talismán de la Sección 1444 puede proteger a semejante tirano en este mundo, pero no puede salvarlo del fuego del Infierno en la Otra Vida.
6. Libertad de expresión El islam concede a todos los ciudadanos del Estado islámico el derecho a la libertad de pensamiento y de expresión, con la condición de que se utilice para propagar la virtud y la verdad, y no para difundir el mal y la perversidad. Este concepto islámico de la libertad de expresión es muy superior al concepto predominante en Occidente. Bajo ninguna circunstancia permitiría el islam que se propagaran el mal y la perversidad. Tampoco concede a nadie el derecho de utilizar un lenguaje injurioso u ofensivo en nombre de la crítica. El derecho a la libertad de expresión con el fin de propagar la virtud y la rectitud no es solamente un derecho en el islam, sino también una obligación. Quien intenta negar este derecho a su pueblo está abiertamente en guerra contra Dios, el Todopoderoso. Y lo mismo se aplica al intento de impedir que la gente cometa el mal. Ya sea que este mal sea perpetrado por un individuo, por un grupo de personas, por el gobierno del propio país o por el gobierno de otro país, es derecho de un musulmán, y también su obligación, advertir y reprender al malhechor e intentar impedirle que lo cometa. Además, debe condenarlo abierta y públicamente y mostrar el camino de la rectitud que ese individuo, nación o gobierno debería adoptar. El Sagrado Corán ha descrito esta cualidad de los creyentes con las siguientes palabras: «Ordenan lo que es correcto y prohíben lo que es incorrecto» (9:71). En contraste, al describir las cualidades de un hipócrita, el Corán menciona: «Ordenan lo que es incorrecto y prohíben lo que es correcto» (9:67). Dios ha definido en el Corán el propósito principal de un gobierno islámico de la siguiente manera: «Si les damos autoridad en la tierra, mantendrán la oración, ofrecerán la limosna obligatoria, ordenarán lo que es correcto y prohibirán lo que es incorrecto» (22:41). El Profeta ha dicho: «Si alguno de vosotros se encuentra con algo malo, debe intentar impedirlo con su mano (utilizando la fuerza); si no está en condiciones de impedirlo con su mano, entonces debe intentar impedirlo con su lengua (es decir, debe hablar en contra de ello). Y si ni siquiera puede utilizar su lengua, entonces al menos debe condenarlo en su corazón. Este es el grado más débil de la fe» (Muslim). Esta obligación de invitar a la gente a la rectitud y prohibirle que adopte los caminos del mal incumbe a todos los musulmanes verdaderos. Si algún gobierno priva a sus ciudadanos de este derecho y les impide cumplir con este deber, entonces está en conflicto directo con el mandato de Dios. El gobierno no está en conflicto con su pueblo, sino con Dios. De este modo está en guerra contra Dios e intenta usurpar ese derecho de su pueblo que Dios le ha conferido no solo como un derecho, sino también como una obligación. En cuanto al gobierno que propaga por sí mismo el mal, la perversidad y la obscenidad, e interfiere con quienes invitan a la gente a la virtud y la rectitud, según el Sagrado Corán es el gobierno de los hipócritas.
7. Libertad de asociación El islam también ha concedido a la gente el derecho a la libertad de asociación y a la formación de partidos u organizaciones. Este derecho también está sujeto a ciertas reglas generales. Debe ejercerse para propagar la virtud y la rectitud y nunca debe utilizarse para difundir el mal y la corrupción. No solo se nos ha concedido este derecho para difundir la rectitud y la virtud, sino que se nos ha ordenado ejercerlo. Dirigiéndose a los musulmanes, el Sagrado Corán declara: «Sois la mejor comunidad que se ha hecho surgir para la humanidad. Ordenáis lo que es correcto, prohibís lo que es incorrecto y creéis en Dios…» (3:110). Esto significa que es obligación y deber de toda la comunidad musulmana invitar y exhortar a la gente a la rectitud y la virtud, y prohibirle que haga el mal. Si toda la comunidad musulmana no es capaz de cumplir este deber, entonces «que haya entre vosotros una comunidad que invite al bien, ordene lo que es correcto y prohíba lo que es incorrecto; esos serán los prósperos» (3:104). Esto indica claramente que, si toda la nación musulmana comienza colectivamente a descuidar su obligación de invitar a la gente al bien y prohibirle que haga el mal, es absolutamente necesario que contenga al menos un grupo de personas que cumpla esta obligación. Como se ha dicho antes, esto no es solo un derecho, sino una obligación, y de su cumplimiento dependen el éxito y la prosperidad tanto aquí como en la Otra Vida. Es una ironía respecto a la religión de Dios que, en un país musulmán, la asamblea y asociación formada con el propósito de difundir el mal y la corrupción tenga derecho a gobernar el país, mientras que la asociación y el partido formados para propagar la rectitud y la virtud vivan en un temor constante al hostigamiento y a ser declarados ilegales. Las condiciones aquí son exactamente lo contrario de lo que Dios ha prescrito. Se afirma que somos musulmanes y que este es un Estado islámico, pero el trabajo que se realiza está dirigido a difundir el mal, a corromper y degradar moralmente a la gente, mientras existe un control activo y eficaz sobre el trabajo que se lleva a cabo para reformar la sociedad e invitar a la gente a la rectitud. Además, la vida de quienes se dedican a difundir la rectitud y a frenar la propagación del mal y la perversidad se vuelve intolerable y difícil de soportar.
8. Libertad de conciencia y convicción El islam también concede a sus ciudadanos de un Estado islámico el derecho a la libertad de conciencia y de convicción. El Sagrado Corán ha establecido el siguiente mandato: «No hay coacción en la religión» (2:256). Aunque no existe verdad ni virtud mayor que la religión de la Verdad —el islam—, y a los musulmanes se les ordena invitar a la gente a abrazar el islam y presentar argumentos a su favor, no se les pide que les impongan esta fe. No se empleará la fuerza para obligarlos a aceptar el islam. Quien lo acepta, lo hace por propia elección. Los musulmanes recibirán con los brazos abiertos a ese converso al islam y lo admitirán en su comunidad con los mismos derechos y privilegios. Pero si alguien no acepta el islam, los musulmanes tendrán que reconocer y respetar su decisión, y no se ejercerá sobre él ninguna presión moral, social o política para que cambie de opinión.

9. Protección de los sentimientos religiosos

Junto con la libertad de convicción y la libertad de conciencia, el islam ha otorgado al individuo el derecho a que sus sentimientos religiosos sean debidamente respetados y a que no se diga ni se haga nada que pueda vulnerar este derecho. Dios ha ordenado en el Sagrado Corán: «No insultéis a aquellos a quienes invocan en lugar de Dios» (6:108). Estas instrucciones no se limitan únicamente a los ídolos y las divinidades, sino que también se aplican a los líderes o héroes nacionales de los pueblos. Si un grupo de personas sostiene una convicción que, según usted, es errónea, y tiene en gran estima a ciertas personas que, según usted, no lo merecen, entonces no es lícito en el islam que usted emplee un lenguaje insultante contra ellas y hiera así sus sentimientos. El islam no prohíbe que la gente entable debates y discusiones sobre asuntos religiosos, pero exige que estas discusiones se desarrollen con decencia. «Y no discutáis con la Gente del Libro sino de la manera más cortés» (29:46), dice el Corán. Esta orden no se limita únicamente a la Gente de las Escrituras, sino que se aplica con igual fuerza a quienes siguen otras religiones.

10. Protección contra el encarcelamiento arbitrario

El islam también reconoce el derecho del individuo a no ser arrestado ni encarcelado por las faltas de otros. El Sagrado Corán ha establecido claramente este principio: «Ningún portador de cargas cargará con la carga de otro» (6:164). El islam cree en la responsabilidad personal. Nosotros mismos somos responsables de nuestros actos, y las consecuencias de nuestras acciones no pueden transferirse a otra persona. En otras palabras, esto significa que cada hombre es responsable de sus actos. Si otro hombre no ha participado en esa acción, no puede ser considerado responsable de ella ni puede ser arrestado. Es motivo de gran pesar y vergüenza que estemos viendo cómo este principio justo y equitativo, que no ha sido establecido por ningún ser humano, sino por el Creador y Sustentador del universo entero, es desobedecido y violado ante nuestros ojos. Hasta tal punto que, cuando un hombre es culpable de un delito o sospechoso de haberlo cometido, se arresta a su esposa por su delito. Las cosas han llegado tan lejos que se castiga a personas inocentes por los delitos de otros. Como ejemplo reciente, en Karachi (Pakistán), se sospechaba que un hombre estaba implicado en un atentado con bombas. Durante la investigación policial fue sometido a horribles torturas para extraerle una confesión. Cuando insistió en su inocencia, la policía arrestó a su madre, a su esposa, a su hija y a su hermana y las llevó a la comisaría. A todas las desnudaron en su presencia, y a él le quitaron toda la ropa ante sus ojos, con el fin de extraerle una confesión del delito. Parece como si, con el pretexto de investigar un delito, se hubiera vuelto lícito y legal en nuestro país desnudar a las mujeres inocentes de la familia para presionar al sospechoso. Esto es verdaderamente indignante y vergonzoso. Es el colmo de la vileza y la depravación. Lo que repito aquí no es un simple rumor, sino que tengo información completa sobre este caso y puedo demostrar mis acusaciones ante cualquier tribunal de justicia. Quisiera preguntar aquí qué derecho tienen esos tiranos que perpetran estos crímenes contra la humanidad a decirnos que son musulmanes, o que conducen los asuntos del Estado de acuerdo con las enseñanzas del islam y que su Estado es un Estado islámico. Están infringiendo y desafiando una ley clara del Sagrado Corán. Desnudan a hombres y mujeres, algo estrictamente prohibido en el islam. Deshonran y humillan a la humanidad y luego afirman que son musulmanes.
11. El derecho a las necesidades básicas de la vida El islam ha reconocido el derecho de las personas necesitadas a recibir ayuda y asistencia. «Y en sus bienes hay un derecho reconocido para el necesitado y el indigente» (51:19). En este versículo, el Corán no solo ha conferido un derecho sobre los bienes de los musulmanes a todo hombre que pida ayuda, sino que también ha establecido que, si un musulmán llega a saber que cierta persona carece de las necesidades básicas de la vida, entonces, independientemente de que pida ayuda o no, es su deber acudir a ella y brindarle toda la ayuda que pueda ofrecerle. Para este propósito, el islam no ha dependido únicamente de la ayuda y la caridad que se otorgan voluntariamente, sino que ha establecido la caridad obligatoria, el zakat, como el tercer pilar del islam, inmediatamente después de la profesión de fe y de la adoración de Dios mediante la realización regular de las oraciones. El Profeta ha instruido claramente al respecto: «Se tomará de los ricos y se entregará a los necesitados de la comunidad» (al-Bujari y Muslim). Además, se ha declarado que el Estado islámico debe sostener a quienes no tienen a nadie que los sostenga. El Profeta ha dicho: «El jefe del Estado es el tutor de quien no tiene a nadie que lo sostenga» (Abu Dawud, al-Tirmidhi). La palabra wali, empleada por el Profeta, es muy amplia y posee una gran variedad de significados. Si hay un huérfano o un anciano, una persona discapacitada o desempleada, alguien inválido o pobre que no tenga a nadie más que lo sostenga o ayude, entonces es deber y responsabilidad del Estado sostenerlo y asistirlo. Si un muerto no tiene tutor ni heredero, entonces es deber del Estado disponer su entierro adecuado. En resumen, al Estado se le ha confiado el deber y la responsabilidad de atender a todos aquellos que necesitan ayuda y asistencia. Por tanto, un Estado verdaderamente islámico es verdaderamente un Estado de bienestar, que será el tutor y protector de todos los necesitados.

12. Igualdad ante la ley

El islam concede a sus ciudadanos el derecho a una igualdad absoluta y completa ante la ley. En lo que respecta a los musulmanes, existen instrucciones claras en el Sagrado Corán y en los hadices de que todos son iguales en sus derechos y obligaciones: «Los creyentes son hermanos (unos de otros)» (49:10). «Si se arrepienten (los incrédulos), cumplen la oración y pagan el azaque, son sus hermanos en la fe» (9:11). El Profeta dijo: «La vida y la sangre de los musulmanes tienen el mismo valor» (Abu Dawud; Ibn Majjah). En otro hadiz dijo: «La protección otorgada por todos los musulmanes es igual. Incluso un hombre común de entre ellos puede conceder protección a cualquier persona» (al-Bujari; Muslim; Abu Dawud). En otra Tradición más detallada del Profeta se ha dicho que quienes aceptan la Unicidad de Dios, creen en la profecía de Su Mensajero, abandonan los prejuicios primitivos y se integran en la comunidad y hermandad musulmanas, «tienen entonces los mismos derechos y obligaciones que los demás musulmanes» (al-Bujari; al-Nisa’i). Así pues, existe una igualdad absoluta entre los nuevos conversos al islam y los antiguos seguidores de la Fe. Esta hermandad religiosa y la uniformidad de sus derechos y obligaciones constituyen el fundamento de la igualdad en la sociedad islámica, en la que los derechos y obligaciones de ninguna persona son, en modo alguno, mayores ni menores que los derechos y obligaciones de las demás personas. En cuanto a los ciudadanos no musulmanes del Estado islámico, la norma de la Sharía islámica (ley) respecto a ellos fue expresada muy claramente por el califa ‘Ali con estas palabras: «Solo han aceptado nuestra protección porque sus vidas pueden ser como nuestras vidas y sus bienes como nuestros bienes» (Abu Dawud). En otras palabras, sus vidas y bienes (los de los dhimmíes) son tan sagrados como las vidas y los bienes de los musulmanes. La discriminación de las personas en diferentes clases fue uno de los mayores crímenes en los que, según el Corán, solía incurrir el faraón: «Había dividido a su pueblo en diferentes clases»… «Y oprimía a un grupo de ellos (en beneficio de otros)» (28:4).

13. Los gobernantes no están por encima de la ley

El islam insiste claramente y exige que todos los funcionarios del Estado islámico, ya sean el jefe o un empleado ordinario, sean iguales ante la ley. Ninguno de ellos está por encima de la ley ni puede reclamar inmunidad. Incluso un ciudadano común en el islam tiene derecho a presentar una demanda o interponer una denuncia legal contra el más alto funcionario ejecutivo del país. El califa ‘Umar dijo: «Yo mismo he visto al Profeta, que las bendiciones de Dios sean con él, tomar represalias contra sí mismo (castigarse por alguna deficiencia o falta)». Con ocasión de la batalla de Badr, cuando el Profeta estaba alineando las filas del ejército musulmán, golpeó en el abdomen a un soldado al intentar hacerlo retroceder hasta la fila. El soldado se quejó: «Oh, Profeta, me has herido con tu bastón». El Profeta descubrió inmediatamente su abdomen y dijo: «Lo siento mucho; puedes vengarte haciendo lo mismo conmigo». El soldado se acercó, besó el abdomen del Profeta y dijo que eso era todo lo que quería. Una mujer perteneciente a una familia noble y de alta posición fue arrestada en relación con un robo. El caso fue llevado ante el Profeta y se recomendó que se le perdonara el castigo por robo. El Profeta respondió: «Las naciones que vivieron antes que vosotros fueron destruidas por Dios porque castigaban a la gente común por sus delitos y dejaban impunes a sus dignatarios por sus crímenes. Juro por Aquel (Dios) que tiene mi vida en Su mano que, aunque Fátima, hija de Muhammad, hubiera cometido este crimen, le habría amputado la mano». Durante el califato de ‘Umar, Muhammad, hijo de ‘Amr ibn al-‘As, el gobernador de Egipto, azotó a un egipcio. El egipcio fue a Medina y presentó su denuncia ante el Califa Rectamente Guiado, quien convocó inmediatamente al gobernador y a su hijo a Medina. Cuando comparecieron ante él en Medina, el califa entregó un látigo al egipcio denunciante y le pidió que azotara al hijo del gobernador en su presencia. Después de vengarse, cuando el egipcio estaba a punto de devolver el látigo a ‘Umar, este le dijo: «Da también un golpe de látigo al honorable gobernador. Su hijo ciertamente no te habría golpeado de no ser por el falso orgullo que sentía por el alto cargo de su padre». El demandante respondió: «Ya me he vengado de la persona que me golpeó». ‘Umar dijo: «Por Dios, si lo hubieras golpeado (al gobernador), no te lo habría impedido. Tú lo has perdonado por tu propia voluntad». Entonces él (‘Umar) se volvió enfadado hacia ‘Amr ibn al-‘As y dijo: «Oh, ‘Amr, ¿cuándo empezaste a esclavizar a la gente, si sus madres los dieron a luz libres?». Cuando el Estado islámico prosperaba en su primitiva gloria y esplendor, la gente común podía igualmente presentar denuncias contra el califa de la época ante el tribunal, y el califa tenía que comparecer ante el cadí para responder a los cargos. Y si el califa tenía alguna queja contra un ciudadano, no podía utilizar sus poderes y autoridad administrativos para resolver el asunto, sino que tenía que remitir el caso al tribunal de justicia para su debida resolución.

14. El derecho a evitar el pecado

El islam también confiere a todo ciudadano el derecho a no recibir órdenes de cometer un pecado, un crimen o una infracción; y si algún gobierno, administrador o jefe de departamento ordena a un individuo hacer algo indebido, este tiene derecho a negarse a cumplir la orden. Su negativa a ejecutar tal crimen o instrucciones injustas no se consideraría una infracción a los ojos de la ley islámica. Por el contrario, dar órdenes a los subordinados para que cometan un pecado o hagan algo indebido es en sí mismo una infracción, y una infracción tan grave que el funcionario que dé esa orden pecaminosa, cualquiera que sea su rango y posición, puede ser destituido sumariamente. Estas claras instrucciones del Profeta se resumen en el siguiente hadiz: «No está permitido desobedecer a Dios obedeciendo las órdenes de un ser humano» (Musnad de Ibn Hanbal). En otras palabras, nadie tiene derecho a ordenar a sus subordinados que hagan algo contrario a las leyes de Dios. Si se da una orden semejante, el subordinado tiene derecho a ignorarla o a negarse abiertamente a cumplir esas instrucciones. Según esta norma, ningún infractor podrá demostrar su inocencia ni escapar al castigo alegando que la infracción se cometió por órdenes del gobierno o de superiores. Si se presenta tal situación, tanto la persona que comete la infracción como la persona que ordena que se cometa estarán sujetas a procedimientos penales. Y si un funcionario toma medidas indebidas e injustas contra un subordinado que se niega a cumplir órdenes ilegales, el subordinado tiene derecho a acudir a los tribunales para proteger sus derechos, y puede exigir que el funcionario sea castigado por sus órdenes indebidas o injustas.
15. El derecho a participar en los asuntos del Estado Según el islam, los gobiernos de este mundo son en realidad representantes (khulafa’) del Creador del universo, y esta responsabilidad no se confía a ningún individuo, familia, clase particular o grupo de personas, sino a toda la nación musulmana. El Sagrado Corán dice: «Dios ha prometido designar como Sus representantes en la tierra a quienes de vosotros crean y hagan buenas obras» (24:55). Esto indica claramente que el khilafah es un don colectivo de Dios, en el que el derecho de cada musulmán individual no es ni mayor ni menor que el derecho de cualquier otra persona. El método correcto recomendado por el Sagrado Corán para administrar los asuntos del Estado es el siguiente: «Y sus asuntos se llevan a cabo mediante la consulta entre ellos» (42:38). De acuerdo con este principio, todo musulmán tiene derecho a participar directamente en los asuntos del Estado, o a que un representante elegido por él y por otros musulmanes participe en la consulta estatal. El islam, bajo ninguna circunstancia, permite ni tolera que un individuo, un grupo o un partido de individuos prive a los musulmanes comunes de sus derechos y usurpe los poderes del Estado. Del mismo modo, el islam no considera correcto ni apropiado que un individuo haga una falsa exhibición de establecer una asamblea legislativa y, mediante tácticas clandestinas como el fraude, la persecución, el soborno, etc., consiga que él mismo y las personas de su elección sean elegidos para la asamblea. Esto no solo constituye una traición contra el pueblo, cuyos derechos son usurpados por medios ilegales e injustos, sino también contra el Creador, quien ha confiado a los musulmanes el gobierno de esta tierra en Su nombre y ha prescrito el procedimiento de una asamblea para ejercer estos poderes. La shura o asamblea legislativa no significa otra cosa sino que: 1. El jefe ejecutivo del gobierno y los miembros de la asamblea deben ser elegidos por la elección libre e independiente del pueblo. 2. El pueblo y sus representantes deben tener derecho a criticar y expresar libremente sus opiniones. 3. Las condiciones reales del país deben exponerse al pueblo sin ocultar ningún hecho, para que pueda formarse una opinión sobre si el gobierno está funcionando correctamente o no.
4. Debe existir una garantía adecuada de que solo gobiernen el país aquellas personas que cuenten con el apoyo de las masas, y que quienes no logren obtenerlo sean apartados de sus puestos de autoridad.

CAPÍTULO CUATRO: DERECHOS DE LOS ENEMIGOS EN GUERRA

Después de tratar los derechos de los ciudadanos de un Estado islámico, quisiera hablar brevemente de los derechos que el islam ha conferido a sus enemigos. En los días en que el islam comenzó a darse a conocer, el mundo desconocía por completo el concepto de unas reglas humanas y decentes para la guerra. Occidente tomó conciencia de este concepto por primera vez a través de las obras del pensador del siglo XVII Grocio. Pero la verdadera codificación del «derecho internacional» en materia de guerra comenzó a mediados del siglo XIX. Antes de eso, en Occidente no existía ningún concepto de conducta civilizada en la guerra. En la guerra se perpetraban toda clase de actos de barbarie y salvajismo, y los derechos de quienes participaban en ella ni siquiera eran reconocidos, mucho menos respetados. Las leyes formuladas en este ámbito durante el siglo XIX o en el período posterior hasta nuestros días no pueden llamarse «leyes» en el verdadero sentido de la palabra. Solo tienen la naturaleza de convenciones y acuerdos, y llamarlas «derecho internacional» es en realidad una especie de denominación errónea, porque ninguna nación las considera vinculantes cuando está en guerra, salvo, por supuesto, cuando los adversarios también acceden a respetarlas. En otras palabras, estas leyes civilizadas implican que, si nuestros enemigos las respetan, nosotros también las acataremos; y si ignoran estas convenciones humanitarias y recurren a formas bárbaras y crueles de hacer la guerra, entonces nosotros también adoptaremos las mismas técnicas o técnicas similares. Es evidente que un proceder que depende de la aceptación y el acuerdo mutuos no puede llamarse «ley». Y esta es la razón por la que las disposiciones de este llamado «derecho internacional» han sido infringidas e ignoradas de todas las maneras, y cada vez que han sido revisadas se les han añadido o eliminado elementos.

La ley de la guerra y la paz en el islam: Las normas que el islam ha establecido para hacer que la guerra sea civilizada y humana tienen naturaleza de ley, porque son mandatos de Dios y de Su Profeta que los musulmanes siguen en toda circunstancia, independientemente de la conducta del enemigo. Corresponde ahora a los eruditos averiguar hasta qué punto Occidente se ha beneficiado de las leyes de la guerra que el islam estableció hace mil trescientos años; y, aun después de adaptar algunas de las leyes del islam, hasta qué punto Occidente alcanzó aquellas alturas de métodos de guerra civilizados y humanos que los musulmanes alcanzaron gracias a las bendiciones del islam. Los escritores occidentales han afirmado a menudo que el Profeta había tomado prestado de los judíos y los cristianos todo lo que enseñaba. En vez de decir nada para refutarlo, solo recomendaré al lector que consulte la Biblia6, para que vea qué métodos de guerra recomienda el Libro sagrado de estos occidentales que se proclaman defensores de la civilización y la cultura. Hemos examinado con cierto detalle los derechos humanos básicos que el islam ha conferido al ser humano. Averigüemos ahora qué derechos y obligaciones reconoce el islam para un enemigo.
Los derechos de los no combatientes: El islam ha trazado primero una clara línea de distinción entre los combatientes y los no combatientes del país enemigo. En cuanto a la población no combatiente, como las mujeres, los niños, los ancianos y los enfermos, etc., las instrucciones del Profeta son las siguientes: «No matéis a ningún anciano, a ningún niño ni a ninguna mujer» (Abu Dawud). «No matéis a los monjes en los monasterios» o «No matéis a quienes se encuentran sentados en lugares de culto» (Musnad de Ibn Hanbal). Durante una guerra, el Profeta vio el cadáver de una mujer tendido en el suelo y observó: «Ella no estaba combatiendo. ¿Cómo, entonces, llegó a ser asesinada?». A partir de esta declaración del Profeta, los exégetas y juristas han deducido el principio de que los no combatientes no deben ser asesinados durante la guerra ni después de ella.
Los derechos de los combatientes: Veamos ahora qué derechos ha conferido el islam a los combatientes.
1. Tortura con fuego En el hadiz hay una declaración del Profeta que dice: «El castigo con fuego no corresponde a nadie excepto al Dueño del Fuego» (Abu Dawud). El mandato deducido de esta declaración es que el adversario no debe ser quemado vivo.
2. Protección de los heridos «No ataquéis a un herido», dijo el Profeta. Esto significa que no se debe atacar a los soldados heridos que no están en condiciones de combatir ni están combatiendo efectivamente.
3. El prisionero de guerra no debe ser ejecutado «Ningún prisionero debe ser pasado por la espada»: una instrucción muy clara e inequívoca dada por el Profeta (S).
4. Nadie debe ser atado para matarlo «El Profeta ha prohibido matar a cualquiera que esté atado o se encuentre cautivo».
5. Ni saqueo ni destrucción en el país enemigo El Profeta también instruyó a los musulmanes que, si entraban en territorio enemigo, no debían dedicarse al pillaje ni al saqueo, ni destruir las zonas residenciales, ni tocar los bienes de nadie salvo de quienes estuvieran combatiendo contra ellos. Se ha narrado en el hadiz: «El Profeta ha prohibido a los creyentes el saqueo y el pillaje» (al-Bujari; Abu Dawud). Su mandato es: «El botín no es más lícito que la carroña» (Abu Dawud). Abu Bakr al-Siddiq solía instruir a los soldados cuando los enviaba a la guerra: «No destruyáis las aldeas ni las ciudades, no dañéis los campos cultivados ni los jardines, y no degolléis el ganado». El botín de guerra adquirido en el campo de batalla es algo completamente distinto. Consiste en las riquezas, provisiones y equipos capturados únicamente en los campamentos y cuarteles generales militares de los ejércitos combatientes.
6. Inviolabilidad de la propiedad También se ha prohibido a los musulmanes tomar cualquier cosa de la población general de un país conquistado sin pagar por ella. Si, durante una guerra, el ejército musulmán ocupa una zona del país enemigo y acampa allí, no tiene derecho a utilizar los bienes de sus habitantes sin su consentimiento. Si necesita algo, debe comprarlo a la población local u obtener el permiso de sus propietarios. Abu Bakr al-Siddiq, al instruir a los ejércitos musulmanes que eran enviados al frente de batalla, llegaba incluso a decir que los soldados musulmanes no debían utilizar la leche del ganado lechero sin el permiso de sus dueños.
7. Inviolabilidad de los cadáveres El islam ha prohibido categóricamente a sus seguidores deshonrar o mutilar los cadáveres de sus enemigos, como se practicaba en Arabia antes de la llegada del islam. Se ha dicho en el hadiz: «El Profeta nos ha prohibido mutilar los cadáveres de los enemigos» (al-Bujari; Abu Dawud). La ocasión en que se dio esta orden es muy aleccionadora. En la batalla de Uhud, los incrédulos mutilaron los cuerpos de los musulmanes que habían caído en el campo de batalla y habían sacrificado sus vidas por el islam: les cortaron las orejas y las narices, las ensartaron y se las colgaron del cuello como trofeos de guerra. Los qurayshíes abrieron el abdomen de Hamza, el tío del Profeta; le sacaron el hígado y Hind, la esposa de Abu Sufyan, el jefe del ejército de La Meca, lo masticó. Naturalmente, los musulmanes se enfurecieron ante aquella horrible escena. Pero el Profeta pidió a sus seguidores que no infligieran un trato semejante a los cadáveres de los enemigos. Este gran ejemplo de paciencia y dominio propio basta para convencer a cualquier hombre razonable que no esté cegado por el prejuicio o la parcialidad de que el islam es realmente la religión enviada por el Creador del universo; y que, si las emociones humanas hubieran tenido cabida en el islam, aquella horrible escena en el campo de batalla de Uhud habría provocado que el Profeta ordenara a sus seguidores mutilar los cuerpos de sus enemigos del mismo modo.
8. Devolución de los cadáveres del enemigo En la batalla de Ahzab murió un guerrero enemigo muy famoso y temible, y su cuerpo cayó en la trinchera que los musulmanes habían cavado para defender Medina. Los incrédulos ofrecieron al Profeta diez mil dinares y solicitaron que se les entregara el cadáver de su guerrero caído. El Profeta respondió: «Yo no vendo cadáveres. Podéis llevaros el cadáver de vuestro compañero caído».
9. Prohibición de quebrantar los tratados El islam ha prohibido estrictamente la traición. Una de las instrucciones que el Profeta solía dar a los guerreros musulmanes cuando los enviaba al frente de batalla era: «No seáis culpables de quebrantar la fidelidad». Esta orden se ha repetido una y otra vez en el Sagrado Corán y en el hadiz: aunque el enemigo actúe con traición, vosotros nunca debéis faltar a vuestra promesa. Existe un famoso episodio relacionado con el tratado de paz de Hudaybiyyah. Después de acordarse los términos del tratado, Abu Jandal, hijo del emisario de los incrédulos que había negociado dicho tratado con los musulmanes, llegó corriendo al campamento musulmán, encadenado y cubierto de sangre, y pidió ayuda a gritos. El Profeta le dijo: «Puesto que los términos del tratado han sido acordados, no estamos en condiciones de ayudarte. Debes regresar con tu padre. Dios te proporcionará otra oportunidad para escapar de esta persecución». Todo el ejército musulmán se conmovió profundamente y se afligió ante la triste situación de Abu Jandal, y muchos rompieron a llorar. Pero cuando el Profeta declaró: «No podemos romper el acuerdo», ni una sola persona se adelantó para ayudar al desdichado prisionero, por lo que los incrédulos lo arrastraron por la fuerza de vuelta a La Meca. Este es un ejemplo sin parangón del cumplimiento de los términos del acuerdo por parte de los musulmanes, y la historia islámica puede mostrar muchos ejemplos de naturaleza similar.

10. Reglas sobre la declaración de guerra

Se ha establecido en el Sagrado Corán: «Si temes una traición por parte de un pueblo, rompe abiertamente el pacto ante ellos» (8:58). En esta aleya, se ha prohibido a los musulmanes iniciar hostilidades contra sus enemigos sin declararles debidamente la guerra, a menos, por supuesto, que el adversario ya haya comenzado la agresión contra ellos. De lo contrario, el Corán ha ordenado claramente a los musulmanes que informen a sus enemigos de que ya no existe ningún pacto entre ellos y de que están en guerra. El «derecho internacional» actual también ha establecido que las hostilidades no deben comenzar sin una declaración de guerra, pero, como se trata de una norma humana, sus partidarios son libres de violarla cuando les resulta conveniente. En cambio, las leyes para los musulmanes han sido establecidas por Dios y, por tanto, no pueden ser violadas.

Conclusión:

Este es un breve esbozo de aquellos derechos que, hace mil cuatrocientos años, el islam otorgó al ser humano, a quienes estaban en guerra entre sí y a los ciudadanos de su Estado, derechos que todo creyente considera tan sagrados como la ley. Por un lado, nuestra fe en el islam se renueva y fortalece cuando comprendemos que, incluso en esta era moderna, que proclama a voz en cuello su progreso y su ilustración, el mundo no ha sido capaz de producir leyes más justas y equitativas que las que fueron dadas hace mil cuatrocientos años. Por otro lado, resulta doloroso que los musulmanes posean un sistema jurídico tan magnífico y completo y, sin embargo, busquen orientación en aquellos dirigentes de Occidente que ni siquiera podrían haber soñado con alcanzar las cimas de verdad y justicia que se lograron hace mucho tiempo. Aún más dolorosa es la constatación de que, en todo el mundo, los gobernantes que afirman ser musulmanes han hecho de la desobediencia a Dios y al Profeta la base y el fundamento de su gobierno. Que Dios tenga misericordia de ellos y les conceda la verdadera guía.

Testigo ante la humanidad

por Sayyid Abul Al’a Maududi

Traducido y editado por Khurram Murad. Testigo de la verdad

La Fundación Islámica

Alabanza y salutaciones

Nuestro mensaje

El propósito y el deber de la umma musulmana Responsabilidades y deberes

El único propósito de la existencia

Testimonio de la verdad Naturaleza e importancia Responsabilidad de la umma
¿Cómo debemos dar testimonio de la verdad? Testimonio de palabra Testimonio mediante actos

El Estado islámico

¿Dónde estamos?

Nuestro testimonio de palabra

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¡Y con qué consecuencias!

Nuestro castigo

En este mundo

Castigo en el mundo venidero
¿Cuál es nuestro verdadero problema?

Problemas ficticios

Nuestro verdadero problema

Alabanzas y salutaciones Todas las alabanzas pertenecen a Dios, quien es el único Creador, Dueño y Soberano del universo. Él es quien lo gobierna con perfecta sabiduría, poder absoluto y misericordia infinita. Él creó al ser humano, lo dotó de conocimiento y razón, lo hizo Su vicegerente en la tierra y envió Sus Libros y Mensajeros para guiarlo. Que Dios bendiga a todos Sus siervos justos y nobles, que fueron designados para enseñar al ser humano cómo vivir como verdaderos seres humanos, le hicieron consciente del verdadero propósito de su vida y le mostraron el camino correcto para vivir en este mundo. Cualquier medida de verdadera guía, moralidad, piedad y altruismo que el mundo posee hoy se la debe a las enseñanzas de estos siervos de Dios, la paz sea con ellos. Esta es una deuda que nunca podrá saldarse suficientemente.

Nuestro mensaje

Hermanos y amigos, normalmente dividimos nuestras reuniones en dos partes. En una parte, revisamos entre nosotros nuestras actividades y discutimos planes para su avance. Dedicamos la otra parte a transmitir nuestro mensaje a la gente de la zona donde celebramos nuestra reunión. Por ello, les hemos pedido que se unan a nosotros en esta reunión para que podamos explicarles nuestro mensaje. Por un lado, nuestro mensaje está dirigido a los musulmanes y, por otro, a todos aquellos seres humanos que están fuera del ámbito del islam. Sin embargo, es lamentable que hoy no vea aquí a personas pertenecientes a la segunda categoría. Nuestros errores del pasado y del presente son responsables de haber alejado de nosotros a muchísimas personas. Por eso, casi nunca encontramos la oportunidad de acercarlas a nosotros ni de acercarnos a ellas, para comunicarles el mensaje enviado por Dios, en quien todos creemos, a través de Sus Mensajeros para guiarnos a todos. Puesto que no hay ningún no musulmán presente entre nosotros, me concentraré únicamente en aquella parte de nuestro mensaje que está destinada a los musulmanes. El propósito y el deber de la umma musulmana
Responsabilidades y deberes
A los musulmanes solo tenemos que decirles algo muy sencillo: comprendan y cumplan las responsabilidades y deberes que recaen sobre ustedes por el hecho de ser musulmanes. No pueden eludirlos limitándose a afirmar que son musulmanes y que han aceptado a Dios como su único Dios y al islam como su religión. Por el contrario, tan pronto como reconocen a Allah como su único Señor y Su guía como su modo de vida, asumen ciertas obligaciones y deberes. Deben ser siempre conscientes de estas obligaciones y esforzarse siempre por cumplir estos deberes. Si los evaden, no escaparán de las malas consecuencias de su conducta en este mundo ni en el Más Allá. ¿Cuáles son estos deberes? No se limitan a afirmar la fe en Allah, Sus ángeles, Sus Libros, Sus Mensajeros y el Día del Juicio. Tampoco se limitan a realizar las oraciones, observar los ayunos, peregrinar y pagar la limosna. Ni se agotan estos deberes en observar los mandatos del islam relativos al matrimonio, el divorcio y la herencia. Además de todos estos deberes, hay uno que es el más importante: que sus vidas den testimonio ante toda la humanidad de la Verdad que Dios les ha dado, la Verdad que ustedes creen verdadera.

El único propósito de la existencia

El Corán afirma claramente que dar testimonio de la Verdad de una manera que no deje a la humanidad ningún motivo justificable para negarla es el único propósito por el cual os constituyó como una Ummah (comunidad) diferenciada, llamada musulmana. Y así hemos hecho de vosotros una comunidad de en medio, para que seáis testigos [de la Verdad] ante toda la humanidad y el Mensajero sea testigo [de ella] ante vosotros (al-Baqarah 2: 143). Esta misión es el único objetivo para el cual vuestra Ummah ha sido creada; es la razón de ser de su existencia como sociedad de seres humanos. Si no la cumplís, estáis desperdiciando vuestra vida. Pues no se trata de un deber ordinario; es un deber que Dios os ha impuesto. Es un mandato divino y un llamamiento divino: «¡Oh creyentes! Sed siempre firmes al defender [la verdad], por la causa de Dios, dando testimonio con justicia» (al-Ma’idah 5: 8). No es una cuestión insignificante, sino un mandato enfático y grave, pues Allah también dice: «¿Y quién es más injusto que aquel que oculta un testimonio que Dios le ha confiado?» (al-Baqarah 2: 140). Se os ha advertido de las consecuencias de eludir este deber. Observad la historia del pueblo de Israel. Ellos también fueron designados para comparecer en el estrado de los testigos; pero a veces ocultaron la Verdad y otras veces testificaron contra ella. Con su conducta, de hecho, se convirtieron en testigos de la falsedad en vez de testigos de la Verdad. La consecuencia fue que Dios los abandonó y una maldición cayó sobre ellos. Y así, la humillación y la impotencia los afligieron, y se ganaron la ira de Dios (al-Baqarah 2: 61).
Testimonio de la Verdad ¿Qué implica este deber de dar testimonio? Consideradlo cuidadosamente: se os ha concedido la guía divina, se os ha mostrado la Verdad. Debéis, por tanto, establecer mediante vuestro testimonio y vuestra declaración su autenticidad y veracidad ante toda la humanidad. Este testimonio hará que la autenticidad y veracidad de la guía divina sean evidentes por sí mismas para que todos las vean, y hará que resulten claras e indiscutibles para todas las personas. Con este mismo propósito fueron enviados al mundo todos los Mensajeros; este era su deber primordial. Después de ellos, sus seguidores recibieron el mismo deber. Y ahora la Ummah musulmana, como sucesora del Último Profeta, que las bendiciones y la paz sean con él, tiene encomendada esta misma misión, tal como le fue encomendada a él durante su vida.
Naturaleza e importancia ¿Cuál es la importancia de este testimonio? Solo conoceréis su importancia cuando comprendáis que el ser humano ha sido hecho responsable de su conducta y será recompensado y castigado en la Otra Vida conforme a la Ley divina, que se basa enteramente en este testimonio. Dios es Omnisapiente, Misericordioso y Justo. Su misericordia, justicia y sabiduría no son tales que castigue a las personas por vivir contra Su voluntad cuando no tenían conocimiento de ella; que les exija cuentas por desviarse del camino recto que ignoraban; o que las haga responsables de cosas de las que no tenían conocimiento. [1] Para prevenir esto, el primer hombre que Él creó fue un Mensajero, y después de él fueron enviados muchos más de tiempo en tiempo. [2] Todos ellos debían ser testigos ante la humanidad, para hacerle comprender y recordar la voluntad de Dios. Todos debían enseñar a los seres humanos la manera adecuada de conducir sus vidas, el código de conducta que debían adoptar para obtener el favor de Dios, los actos que debían realizar, los actos que debían evitar y las cosas por las que se les pedirían cuentas. [3] Este testimonio fue dado por los Mensajeros de Allah para que la gente no pudiera decirle a Dios: «¿Cómo podemos ser castigados por cosas sobre las que no fuimos advertidos?». El Corán dice: «[Enviamos] a todos los Mensajeros como portadores de buenas nuevas y como advertidores, para que los hombres no pudieran alegar nada contra Dios después de [la llegada de] estos Mensajeros; Dios es ciertamente Todopoderoso, Sabio» (al-Nisa’ 4: 165). De esta manera, Dios hizo que Sus Mensajeros asumieran la crucial responsabilidad de guiar al ser humano en Su nombre. Así, se les confió una responsabilidad muy delicada y grave: si daban testimonio de la Verdad correctamente, la gente sería responsable de sus propios actos; pero si incumplían su deber, ellos mismos tendrían que responder por el extravío de su pueblo. En otras palabras, a menos que los Mensajeros hicieran responsables a las personas de su conducta al presentarles un testimonio concluyente e indiscutible de la Verdad, estas responsabilizarían a los Mensajeros por sus propias malas acciones, diciendo: «El conocimiento que Dios os dio no nos lo comunicasteis; el modo de vida que Él os mostró no nos lo mostrasteis». [4] Por eso todos los Mensajeros permanecieron siempre profundamente conscientes del peso de esta responsabilidad, y por eso se esforzaron tanto en dar ante la gente testimonio de la Verdad que les había sido confiada. [5]
Responsabilidad de la Ummah Todos aquellos a quienes los Mensajeros condujeron al conocimiento de la Verdad y de la guía divina fueron constituidos en una comunidad, una Ummah. A cada Ummah se le encomendó la misma misión que a los Mensajeros: dar testimonio de la Verdad. Como sucesora de los Mensajeros, cada Ummah tiene el mismo papel crucial y la misma responsabilidad que ellos tenían. Así pues, si una Ummah cumple debidamente su deber de dar testimonio de la Verdad y, aun así, la gente no presta atención, será recompensada y la gente tendrá que rendir cuentas. Sin embargo, si la Ummah descuida su deber o da falso testimonio, merecerá ser castigada con mayor severidad que la gente. La Ummah será responsable no solo de sus propias malas acciones, sino también de las malas acciones de quienes se extraviaron o se volvieron hacia el error y la maldad porque el testimonio que la Ummah les dio era engañoso o falso. Hermanos, esta es la naturaleza y la lógica de ese deber grave y crucial que recae sobre mí, sobre vosotros y sobre todos aquellos que se consideran parte de la Ummah musulmana, o que han adquirido suficiente conocimiento del Libro de Dios y de la guía traída por Sus Mensajeros.

Notas de Khurram Murad

1. La ley de Dios para el juicio: El Corán ha explicado con considerable detalle la ley según la cual la responsabilidad del ser humano en el Día del Juicio depende del testimonio de la Verdad que quienes la portan hayan presentado ante él. Es importante comprender lo que dice el Corán al respecto. En primer lugar, ¿por qué ha sido colocado el ser humano en la tierra? Para que utilice todo su enorme potencial y se conduzca de la manera correcta que dé cumplimiento al sentido de su vida. Y Él es quien creó los cielos y la tierra en seis días, y Su Trono estaba sobre las aguas, para probaros y ver quién de vosotros obra mejor (Hud 11: 7). Él es quien creó la muerte y la vida, para probaros y ver quién de vosotros obra mejor (al-Mulk 67: 2). Hemos hecho de todo lo que hay sobre la tierra un adorno para ella, y para probar cuál de ellos obra mejor (al-Kahf 18: 7). En segundo lugar, ¿cuál es el sentido y el propósito de la vida del ser humano? Que viva como su Creador desea que viva: sometido y adorándolo solamente a Él. No porque Dios necesite en modo alguno su adoración, sino porque el ser humano necesita adorar únicamente a su Creador y a nadie más, para que su propia naturaleza no sea pervertida ni corrompida y no viva en oposición a su carácter intrínseco. Además, solo viviendo así su vida terrenal será encaminada por la senda correcta y prosperará, proporcionándole paz y felicidad (todo lo cual el Corán denomina falah). Y no he creado a los genios y a los seres humanos sino para que Me sirvan y Me adoren. No quiero de ellos sustento ni quiero que Me alimenten (al-Dhariyat 51: 5S7). En tercer lugar, y como consecuencia, la vida terrenal del ser humano debe ser juzgada. Debe rendir cuentas de su conducta y afrontar las consecuencias de la manera en que vive su vida. Evidentemente, para ser juzgado con justicia, este juicio debe realizarse solo después de que su vida terrenal haya llegado a su fin, y únicamente por Aquel que le dio esa vida, que lo sabe todo y que es Todopoderoso y Todojusto. Solo entonces podrá ser juzgado justamente y recibir la debida recompensa y castigo por todo, desde los pensamientos más ocultos e íntimos hasta las consecuencias de su conducta que se extienden por todas partes y más allá de la vida, a lo largo de las generaciones venideras. El juez, en otras palabras, debe ser el Rey y Señor del Día del Juicio. ¿Acaso pensasteis que os creamos en vano y que no habríais de volver a Nosotros? ¡Pero Dios está muy por encima de todo, el Rey, la Verdad! No hay dios sino Él, el Señor del Noble Trono (al-Mu’minun 23: 115-16). No hemos creado los cielos y la tierra y cuanto hay entre ellos como un juego vano; no los hemos creado sino con verdad [sentido y propósito], pero la mayoría no lo entiende (al-Dukhan 44: 38-9). ¿O acaso quienes cometen malas acciones piensan que los pondremos en pie de igualdad con quienes creen y obran rectamente, tanto en su vida como en su muerte? ¡Qué malo es su juicio! Dios creó los cielos y la tierra con verdad [sentido y propósito], para que cada ser humano sea recompensado por lo que haya adquirido y no se les haga injusticia (al-Jathiyah 45: 21-2). Todo ser humano probará la muerte; y ciertamente recibiréis vuestra recompensa íntegra el Día de la Resurrección. Quien sea entonces salvado del Fuego e introducido en el Paraíso habrá triunfado; la vida mundana no es sino un disfrute ilusorio (Al ‘Imran 3: 185). Y estableceremos balanzas justas el Día de la Resurrección, y no se hará injusticia a ningún ser humano en lo más mínimo; aunque sea del peso de una semilla de mostaza, la traeremos, y Nosotros bastamos como quienes llevan las cuentas (al-Anbiya’ 21: 47). Él conoce la mirada furtiva y lo que los corazones ocultan (Ghafir 40: 19). En cuarto lugar, por tanto, el destino último del ser humano se encuentra en la vida venidera, en la Akhirah. Igualmente importante es el hecho de que el relato de la Akhirah ofrecido por el Corán demuestra claramente y subraya repetidamente que allí uno será juzgado mediante un proceso de justicia, de manera justa y equitativa, misericordiosa y bondadosa. Tampoco se hará injusticia a nadie ni siquiera en el peso de un átomo. Y apresuraos unos con otros hacia el perdón de vuestro Señor y hacia un Paraíso tan vasto como los cielos y la tierra, preparado para los conscientes de Dios (Al ‘Imran 3: 133). ¡Oh pueblo mío! Esta vida mundana no es sino un breve disfrute; ciertamente, la vida venidera es la morada permanente. Allí, quien haga una mala acción será recompensado únicamente con otra semejante; pero quienes obren rectamente, sean hombres o mujeres, y sean creyentes, entrarán en el Paraíso y recibirán allí provisiones [bendiciones] sin medida (Ghafir 40: 39-40). Ciertamente, Dios no hará injusticia ni siquiera en el peso de un átomo (al-Nisa’ 4: 40). En quinto lugar, por consiguiente, y con toda justicia, el ser humano debe ser informado de cómo ha de vivir su vida terrenal. En otras palabras, debe conocer a su Creador y Señor, lo que Él desea de él, cómo quiere que Lo adore y se someta a Él. Mientras el ser humano no conozca todo esto, no se le puede considerar plenamente responsable ni pedirle cuentas si sigue un modo de vida equivocado. Este conocimiento le ha sido dado en su propia naturaleza, en el universo que lo rodea y en las revelaciones enviadas por medio de los Mensajeros de Dios. Y cuando tu Señor tomó de los hijos de Adán, de sus lomos, a sus descendientes y les hizo dar testimonio de sí mismos: «¿Acaso no soy Yo vuestro Señor?». Dijeron: «Sí, damos testimonio», para que no dijerais el Día de la Resurrección: «No teníamos conocimiento de esto». O para que no dijerais: «Nuestros padres asociaron copartícipes a Dios anteriormente, y nosotros no fuimos más que sus descendientes después de ellos. ¿Acaso nos destruirás por lo que hicieron los falsarios?» (al-A’raf 7: 172-3). ¡Cuántos signos hay en los cielos y en la tierra por los que pasan sin prestar atención y a los que vuelven la espalda! Y la mayoría no cree en Dios, sino que Le atribuye copartícipes (Yusuf 12: 105-6). [Y Dios dirá:] «¡Oh comunidad de genios y seres humanos! ¿Acaso no vinieron a vosotros Mensajeros de entre vosotros que os comunicaron Mis revelaciones y os advirtieron del encuentro con este vuestro día?…». Eso es porque tu Señor no destruiría injustamente a comunidades mientras sus gentes fueran ignorantes (al-An’am 6: 130-1). En sexto lugar, por numerosas razones, que no es posible tratar aquí en su totalidad, solo Dios, y nadie más, puede proporcionar al ser humano el conocimiento de la guía correcta. En primer lugar y ante todo, porque solo Él puede decirle cómo debe relacionarse con Él. En segundo lugar, porque solo el Creador puede decirle cómo debe relacionarse consigo mismo, con los demás seres humanos y con todas las demás cosas del universo. Y, finalmente, porque solo Dios puede dar al ser humano una guía aplicable universalmente y en todo tiempo. Di: «¿Hay alguno de aquellos a quienes asociáis [con Dios] que guíe hacia la Verdad?». Di: «Solo Dios guía hacia la Verdad». Entonces, ¿quién merece más ser seguido: quien guía hacia la Verdad o quien no puede guiar a menos que sea guiado? ¿Qué os pasa? ¿Cómo juzgáis? Y la mayoría no sigue sino conjeturas, pero las conjeturas jamás pueden ocupar el lugar de la verdad (Yunus 10: 35-6). Di: «¿Invocaremos, aparte de Dios, aquello que no puede beneficiarnos ni perjudicarnos? ¿Y volveremos sobre nuestros pasos después de que Dios nos haya guiado por el camino recto? Seríamos como aquel a quien los demonios han extraviado en la tierra y que tiene compañeros que lo llaman a la guía: “¡Ven con nosotros!”. Di: “La guía de Dios es la única guía verdadera; y se nos ha ordenado someternos al Señor de todos los mundos”» (al-An’am 6: 71).
Esto, pues, es la ley divina para el juicio del ser humano. Lo central de esta ley es que la Verdad sea testimoniada ante la humanidad de manera plena, fiel y por todos los medios posibles. Pues sin la guía de Dios, la vida terrenal del ser humano, tanto individual como colectiva, tendrá como resultado la miseria y el sufrimiento. Pero, más importante aún, sin esa guía el ser humano nunca estará en condiciones de hacer glorioso su destino último.
2. La promesa de Dios de guiar: Adán, según el Corán, no es ni una figura mítica ni meramente un símbolo de la raza humana. Es mencionado como Mensajero junto con Noé y Abraham. Dios eligió a Adán, a Noé, a la familia de Abraham y a la familia de Imrán por encima de toda la humanidad, descendientes unos de otros (Al ‘Imran 3: 33). Le fueron dados conocimiento y guía (2: 31-5); cuando erró y sus debilidades se le hicieron manifiestas, Dios se volvió hacia él con misericordia, lo exaltó, lo guió y le prometió a él y a su descendencia una guía continua (20: 115-27, 2: 3S9). Adán desobedeció a su Señor y, por ello, erró. Después su Señor lo escogió, se volvió hacia él y lo guió. Dijo: «Descended ambos de aquí; seréis enemigos el uno del otro. No obstante, os llegará ciertamente de Mí una guía; quien siga Mi guía no se extraviará ni será desgraciado. Pero quien se aparte de Mi recuerdo tendrá una vida estrecha, y el Día de la Resurrección lo resucitaremos ciego». Dirá: «¡Señor mío! ¿Por qué me has resucitado ciego, si antes tenía vista?». Dios dirá: «Así es. Te llegaron Nuestras revelaciones y las olvidaste; del mismo modo hoy serás olvidado» (Ta Ha 20: 121-6).
3. Los Mensajeros y su misión: En cumplimiento de esta promesa a la humanidad, en primer lugar Dios envió a Sus Mensajeros con Su guía y con la Verdad a todos los pueblos —a algunos los ha nombrado el Corán y a otros no—. Te hemos enviado con la Verdad, como portador de buenas nuevas y como advertidor; no hay comunidad a la que no haya llegado un advertidor (al-Fatir 35: 24). Te hemos revelado como revelamos a Noé y a los Profetas que vinieron después de él, y como revelamos a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y sus descendientes, entre ellos Jesús, Job, Jonás, Aarón y Salomón, y como dimos a David los Salmos; y hubo Mensajeros de los que te hemos hablado anteriormente y Mensajeros de los que no te hemos hablado; y Dios habló a Moisés directamente. Mensajeros portadores de buenas nuevas y advertidores, para que la humanidad no tuviera ningún argumento contra Dios después de la llegada de los Mensajeros. Dios es Poderoso y Sabio (al-Nisa’ 4: 163-5). En segundo lugar, les encomendó a todos esta misión y deber: comunicar la Verdad, invitar a la gente a adorar únicamente al Dios Único y someterse a Él como su único Señor, mediante la palabra y el ejemplo. En otras palabras, dar testimonio de la Verdad ante los hombres y las mujeres a quienes fueron enviados, para que no tuvieran ninguna excusa ante Dios, para que se les pudiera preguntar cómo habían vivido sus vidas, para que quienes vivieran conforme a la Verdad fueran recompensados y quienes no lo hicieran fueran castigados. No enviamos antes de ti a ningún Mensajero sin revelarle: «No hay dios sino Yo; servidme y adoradme únicamente» (al-Anbiya’ 21: 25). Este fue nuestro argumento, que dimos a Abraham contra su pueblo. Elevamos en grados a quien queremos; ciertamente, tu Señor es Sabio y Omnisciente. Y le concedimos a Isaac y a Jacob, y guiamos a ambos; y antes habíamos guiado a Noé, y de sus descendientes guiamos a David, Salomón, Job, José, Moisés y Aarón. Así recompensamos a quienes hacen el bien: Zacarías, Juan, Jesús y Elías; todos ellos eran de los justos; e Ismael, Eliseo, Jonás y Lot. A todos ellos los favorecimos por encima de los demás pueblos. Y también guiamos a algunos de sus antepasados, a sus descendientes y a sus hermanos. Los elegimos y los guiamos hacia el camino recto. Esa es la guía de Dios; mediante ella guía a quien quiere de Sus siervos. Si hubieran asociado copartícipes a Dios, habría sido inútil todo lo que hicieron. Estos son aquellos a quienes dimos el Libro, el juicio y la profecía. Y si estos niegan esta [Nuestra guía], la hemos confiado a un pueblo que no la rechaza. Esos son aquellos a quienes Dios ha guiado; sigue, pues, su guía. Di: «No os pido recompensa alguna por ello; no es sino un recordatorio para toda la humanidad» (al-An’am 6: 83-90). En verdad, enviamos a Nuestros Mensajeros con pruebas claras y enviamos con ellos el Libro y la Balanza, para que la humanidad establezca la justicia (al-Hadid 57: 25). El Profeta Muhammad fue el último de ellos. No trajo una Verdad, un mensaje o una guía nuevos; vino con la misma Verdad y recibió la misma misión y el mismo deber que todos los Mensajeros que lo precedieron. Este deber y esta misión se han expresado de diversas maneras: advertir (indhar), anunciar buenas nuevas (tabshir), invitar y llamar (da’wah), comunicar (tabligh), recordar (dhikr), enseñar (ta’lim), transmitir y propagar (tilawah), ordenar y promover lo bueno y correcto, y prohibir y erradicar lo malo e incorrecto (amr bi ‘l-ma’ruf wa nahl ‘ani ‘l-munkar), establecer el Din (iqamah), establecer la justicia (qist), hacer prevalecer la guía divina y el Din (izhar), o dar testimonio (shahadah). Todas estas expresiones se refieren a la misma misión, aunque desde distintas perspectivas y con diferentes énfasis. ¡Oh Profeta! Te hemos enviado como testigo [de la Verdad], portador de buenas nuevas, advertidor, como quien llama a Dios con Su permiso y como lámpara luminosa (al-Ahzab 33: 45-6). ¡Oh Mensajero! Comunica lo que te ha sido enviado por tu Señor; si no lo haces, no habrás transmitido Su mensaje (al-Ma’idah 5: 67). Así también hemos enviado entre vosotros a un Mensajero de entre vosotros mismos, que os comunica Nuestras revelaciones, os purifica, os enseña el Libro y la sabiduría, y os enseña lo que no conocíais (al-Baqarah 2: 151). Él es quien envió a Su Mensajero con la guía y la vía de la Verdad, para hacerla prevalecer sobre todos los demás modos de vida; y Dios basta como testigo (al-Fath 48: 28; véanse también 9: 33, 61: 9)…. y aquellos [entre los seguidores de Moisés] que siguen al Mensajero, el Profeta iletrado, a quien encuentran escrito para ellos en la Torá y el Evangelio, que les ordenará lo correcto y les prohibirá lo incorrecto, les hará lícitas las cosas buenas y les hará ilícitas las cosas malas, y les quitará sus cargas y los grilletes que pesaban sobre ellos. Quienes crean en él, lo auxilien y lo ayuden, y sigan la luz que ha sido enviada con él, esos serán los prósperos (al-A’raf 7: 157).
4. La responsabilidad del ser humano y el testimonio: El testimonio dado por los Mensajeros y por todos aquellos a quienes se ha encomendado el mismo deber es la base de la responsabilidad del ser humano en la Akhirah, y de su consiguiente recompensa y castigo. La Verdad es testimoniada ante ellos para que no les quede ningún argumento contra Dios; se les pedirá cuentas porque la recibieron: esta posición ha sido expuesta en el Corán en muchos lugares y desde distintas perspectivas, como hemos visto anteriormente. Quien sigue el camino recto lo hace por su propio bien, y quien se extravía lo hace en su propio perjuicio; y nadie cargará con la carga de otro. Nunca castigamos hasta haber enviado un Mensajero (al-Isra’ 17: 15). Así pues, [el Día del Juicio] pediremos cuentas ciertamente a todos aquellos a quienes fue enviado el mensaje y pediremos cuentas ciertamente a los Mensajeros; luego les relataremos con conocimiento [lo que hicieron], pues nunca estuvimos ausentes (al-A’raf 7: 6-7). Y cuando tomamos de todos los Profetas un pacto, de ti [¡oh Profeta!], de Noé, de Abraham, de Moisés y de Jesús, hijo de María, tomamos de ellos un pacto solemne, para que Él pudiera preguntar a los veraces acerca de su veracidad. Y ha preparado para quienes niegan la verdad un castigo doloroso (al-Ahzab 33: 7-8). El día en que Dios reúna a todos los Mensajeros y diga: «¿Qué respuesta recibisteis?». Dirán: «No tenemos conocimiento; Tú eres el Conocedor de lo oculto» (al-Ma’idah 5: 109). [Y Dios dirá:] «¡Oh comunidad de genios y seres humanos! ¿Acaso no vinieron a vosotros Mensajeros de entre vosotros que os comunicaron Mis revelaciones y os advirtieron del encuentro con este vuestro día?». Dirán: «Damos testimonio contra nosotros mismos». La vida mundana los engañó y darán testimonio contra sí mismos de que fueron incrédulos (al-An’am 6: 130). Entonces los incrédulos serán conducidos en grupos hacia el Jahannam y, cuando lleguen a él, se abrirán sus puertas y sus guardianes les dirán: «¿Acaso no vinieron a vosotros Mensajeros de entre vosotros que os comunicaron las revelaciones de vuestro Señor y os advirtieron del encuentro con este vuestro Día?». Dirán: «¡Sí, por cierto!». Pero la palabra del castigo se habrá cumplido contra los incrédulos. Y se les dirá: «Entrad por las puertas del Jahannam, donde permaneceréis eternamente. ¡Qué mala es la morada de los arrogantes!» (al-Zumar 39: 71-2). Ciertamente ayudaremos a Nuestros Mensajeros y a quienes hayan creído en la vida de este mundo y el día en que se levanten todos los testigos; el día en que las excusas de los malhechores no les sirvan y recaiga sobre ellos la maldición, y tengan la peor morada (Ghafir 40: S1-2).
5. Sentido de responsabilidad: El Corán ofrece un relato muy conmovedor de cómo los Mensajeros de Dios se dedicaron con toda seriedad a su misión, cómo trabajaron arduamente para cumplir con su deber y cómo sufrieron enormemente por su causa. Su historia es testimonio suficiente de ello. Pero aquí bastarán dos ejemplos: primero, el del Profeta Noé y, segundo, el del Profeta Muhammad, que las bendiciones y la paz sean con ambos. En verdad, enviamos a Noé a su pueblo y permaneció entre ellos mil años menos cincuenta… (al-‘Ankabut 29: 14). Él [Noé] dijo: «¡Señor mío! He llamado a mi pueblo noche y día, pero mi llamamiento solo ha hecho que se alejen más. Y cada vez que los llamé para que Tú los perdonaras, se metieron los dedos en los oídos, se envolvieron en sus vestiduras, persistieron y se llenaron de soberbia. Luego los llamé abiertamente; después les hablé en público y también en privado» (Nuh 71: 5-9). ¿Acaso [¡oh Profeta!] vas a atormentarte hasta la muerte porque se niegan a creer? (al-Shu’ara’ 26: 3).
El propósito y el deber de la Ummah musulmana
Responsabilidades y deberes
A los musulmanes solo tenemos que decirles una cosa muy sencilla: comprended y cumplid las responsabilidades y los deberes que recaen sobre vosotros por el hecho de ser musulmanes. No podéis limitaros a afirmar que sois musulmanes y que habéis aceptado a Dios como vuestro único Dios y al Islam como vuestra religión. Por el contrario, tan pronto como reconocéis a Allah como vuestro único Señor y Su guía como vuestro modo de vida, asumís ciertas obligaciones y deberes. Debéis permanecer siempre conscientes de estas obligaciones y esforzaros siempre por cumplir estos deberes. Si los eludís, no escaparéis de las malas consecuencias de vuestra conducta en este mundo ni en el Más Allá. ¿Cuáles son estos deberes? No se limitan simplemente a afirmar la fe en Allah, Sus ángeles, Sus Libros, Sus Mensajeros y el Día del Juicio. Tampoco se limitan a realizar las oraciones, observar los ayunos, hacer la peregrinación y pagar la limosna. Ni se agotan estos deberes en observar las disposiciones del Islam relativas al matrimonio, el divorcio y la herencia. Por encima de todos estos deberes, hay uno que es el más importante: que vuestras vidas den testimonio ante toda la humanidad de la Verdad que Dios os ha dado, la Verdad que creéis verdadera.

El único propósito de la existencia

El Corán afirma claramente que dar testimonio de la Verdad de una manera que no deje a la humanidad ningún motivo justificable para negarla es el único propósito por el cual se os constituyó como una Ummah (comunidad) distinta, llamada musulmana. Y así hemos hecho de vosotros una comunidad equilibrada, para que seáis testigos [de la Verdad] ante toda la humanidad, y el Mensajero sea testigo [de ella] ante vosotros (al-Baqarah 2: 143). Esta misión es el único objetivo para el cual vuestra Ummah fue creada; es la razón de ser de su existencia como sociedad humana. Si no la cumplís, estáis desperdiciando vuestra vida. Pues no se trata de un deber ordinario; es un deber que Dios os ha impuesto. Es un mandato divino y una llamada divina: Oh creyentes, manteneos siempre firmes al levantaros por la causa de Dios, dando testimonio de la justicia (al-Ma’idah 5: 8). No es una cosa insignificante, sino un mandato enfático y grave, pues Allah también dice: ¿Y quién es más injusto que aquel que oculta un testimonio que Dios le confió? (al-Baqarah 2: 140). Se os ha advertido de las consecuencias de eludir este deber. Mirad la historia del pueblo de Israel. Ellos también fueron designados para ocupar el estrado de los testigos; pero a veces ocultaron la Verdad, y otras veces testificaron contra ella. Con su conducta, de hecho, se convirtieron en testigos de la falsedad, en lugar de testigos de la Verdad. La consecuencia fue que Dios los abandonó y una maldición cayó sobre ellos. Y así, la humillación y la impotencia los afligieron, y se ganaron la ira de Dios (al-Baqarah 2: 61).

Testimonio de la Verdad ¿Qué implica este deber de dar testimonio? Consideradlo cuidadosamente: se os ha concedido la guía divina, se os ha mostrado la Verdad. Por tanto, debéis establecer, mediante vuestro testimonio, su autenticidad y veracidad ante toda la humanidad. Este testimonio hará evidente por sí misma, para que todos la vean, la autenticidad y veracidad de la guía divina, y será un testimonio que la hará clara e indiscutible para todas las personas. Con este mismo propósito fueron enviados al mundo todos los Mensajeros; este era su deber primordial. Después de ellos, sus seguidores recibieron el mismo deber. Y ahora la Ummah musulmana, como sucesora del Último Profeta, que las bendiciones y la paz sean con él, está encargada de esta misma misión, tal como él estuvo encargado de ella durante su vida.

Naturaleza e importancia ¿Cuál es la importancia de este testimonio? Solo conoceréis su importancia cuando comprendáis que el ser humano ha sido hecho responsable de su conducta y será recompensado y castigado en el Más Allá conforme a la Ley Divina, que descansa enteramente sobre este testimonio. Dios es Sapientísimo, Misericordiosísimo y Justísimo. Su misericordia, justicia y sabiduría no son de tal naturaleza que castigue a las personas por vivir contra Su voluntad cuando no tenían conocimiento de ella; que pida cuentas a las personas por desviarse del camino recto que ignoraban; o que las haga responsables de cosas de las que no tenían conciencia. [1] Para prevenir esto, el primer ser humano que creó fue un Mensajero, y después de él fueron enviados muchos otros de vez en cuando. [2] Todos ellos debían ser testigos ante la humanidad, para hacerle comprender y recordar la voluntad de Dios. Todos debían enseñar a los seres humanos la manera correcta de conducir sus vidas, el código de conducta que debían adoptar para obtener el favor de Dios, los actos que debían realizar, los actos que debían evitar y las cosas por las que se les pedirían cuentas. [3] Allah hizo que Sus Mensajeros dieran este testimonio para que la gente no pudiera decirle a Dios: ¿Cómo podemos ser castigados por cosas sobre las que no fuimos advertidos? El Corán dice: [Enviamos] a todos los Mensajeros como portadores de buenas nuevas y como advertidores, para que los hombres no tuvieran ningún argumento contra Dios después de [la llegada de] estos Mensajeros; Dios es ciertamente Todopoderoso, Sabio (al-Nisa’ 4: 165). De esta manera, Dios hizo que Sus Mensajeros asumieran la responsabilidad crucial de guiar al ser humano en Su nombre. Así, se les confió una responsabilidad muy delicada y grave: si daban testimonio de la Verdad correctamente, la gente respondería por sus propias acciones; pero si incumplían su deber, ellos mismos tendrían que responder por el extravío de su pueblo. En otras palabras, si los Mensajeros no hacían responsables a las personas de su conducta al ofrecerles un testimonio concluyente e indisputable de la Verdad, estas harían responsables a los Mensajeros de sus propias malas acciones, diciendo: «El conocimiento que Dios os dio no nos lo comunicasteis; el modo de vida que Él os mostró no nos lo mostrasteis». [4] Por eso todos los Mensajeros permanecieron siempre profundamente conscientes del peso de esta responsabilidad, y por eso se esforzaron tanto en dar ante el pueblo testimonio de la Verdad que se les había confiado. [5]

Responsabilidad de la Ummah Todos aquellos a quienes los Mensajeros guiaron al conocimiento de la Verdad y de la guía divina fueron constituidos en una comunidad, una Ummah. A cada Ummah se le confió la misma misión que a los Mensajeros: dar testimonio de la Verdad. Como sucesora de los Mensajeros, cada Ummah tiene el mismo papel crucial y la misma responsabilidad que ellos tenían. Así, si una Ummah cumple debidamente su deber de dar testimonio de la Verdad y, aun así, la gente no presta atención, será recompensada y la gente tendrá que rendir cuentas. Sin embargo, si la Ummah descuida su deber o da falso testimonio, merecerá ser castigada más severamente que la gente. La Ummah deberá responder no solo por sus propias malas acciones, sino también por las malas acciones de quienes se extraviaron o se volvieron hacia el error y la maldad porque el testimonio que la Ummah les dio era engañoso o falso. Hermanos, esta es la naturaleza y la lógica de ese deber grave y crucial que recae sobre mí, sobre vosotros y sobre todos aquellos que se consideran parte de la Ummah musulmana, o que han adquirido suficiente conocimiento del Libro de Dios y de la guía traída por Sus Mensajeros.

Notas de Khurram Murad

1. La ley de Dios para el Juicio: El Corán ha explicado con considerable detalle la ley según la cual la responsabilidad del ser humano en el Día del Juicio depende del testimonio de la Verdad que quienes la portan hayan dado ante él. Es importante comprender lo que dice el Corán al respecto. Primero: ¿por qué ha sido puesto el ser humano en la tierra? Para que utilice todo su enorme potencial y se conduzca de la manera correcta que dé cumplimiento al sentido de su vida. Y Él es Quien creó los cielos y la tierra en seis días, y Su Trono estaba sobre las aguas, para probaros y ver quién de vosotros obra mejor (Hud 11: 7). Él es Quien creó la muerte y la vida para probaros y ver quién de vosotros obra mejor (al-Mulk 67: 2). Hemos hecho de todo cuanto hay sobre la tierra un adorno para ella, a fin de probar cuál de ellos obra mejor (al-Kahf 18: 7). Segundo: ¿cuál es el significado y el propósito de la vida humana? Que viva como su Creador desea que viva: sometido y adorándolo solo a Él. No porque Dios necesite de algún modo su adoración, sino porque el ser humano necesita adorar únicamente a su Creador y a nadie más, para que su propia naturaleza no se pervierta ni se corrompa y para que no viva en oposición a su carácter intrínseco. Además, solo viviendo así su vida terrenal se encaminará por la senda correcta y prosperará, proporcionándole paz y felicidad, todo lo cual el Corán llama falah. Y no he creado a los genios y a los seres humanos sino para que Me sirvan y Me adoren. No les pido sustento ni deseo que Me alimenten (al-Dhariyat 51: 57). Tercero y, por consiguiente, la vida terrenal del ser humano debe ser juzgada. Debe rendir cuentas de su conducta y afrontar las consecuencias de la manera en que vive. Evidentemente, para que el juicio sea justo, debe celebrarse solo después de que su vida terrenal haya llegado a su fin, y solo por Aquel que le dio esa vida, que lo sabe todo y que es Todopoderoso y Justísimo. Solo entonces podrá ser juzgado con justicia y recibir debidamente recompensa o castigo, por todo, desde los pensamientos más ocultos e íntimos hasta las consecuencias de su conducta que se extienden a lo largo y a lo ancho, y más allá de la vida, hasta las generaciones venideras. El juez, en otras palabras, debe ser el Rey y Señor del Día del Juicio. ¿Acaso pensasteis que os creamos en vano y que no regresaríais a Nosotros? ¡Exaltado sea Dios, el Rey, la Verdad! No hay dios sino Él, el Señor del Trono Noble (al-Mu’minun 23: 115-116). No hemos creado los cielos y la tierra y cuanto hay entre ellos en vano; no los hemos creado sino con la verdad [con sentido y propósito], pero la mayoría de ellos no lo comprende (al-Dukhan 44: 38-39). ¿Acaso quienes cometen malas obras creen que los pondremos en pie de igualdad con quienes creen y obran rectamente, tanto en su vida como en su muerte? ¡Qué mal juzgan! Dios creó los cielos y la tierra con la verdad [con sentido y propósito], para que cada ser humano sea recompensado por lo que ha ganado y no sean tratados injustamente (al-Jathiyah 45: 21-22). Todo ser humano probará la muerte; y el Día de la Resurrección recibiréis íntegramente vuestra recompensa. Quien sea apartado entonces del Fuego e introducido en el Paraíso habrá triunfado; la vida mundana no es sino un disfrute engañoso (Al ‘Imran 3: 185). Y estableceremos balanzas justas el Día de la Resurrección, y nadie sufrirá la menor injusticia; aunque sea el peso de una semilla de mostaza, la sacaremos a la luz, y Nosotros bastamos como contadores (al-Anbiya’ 21: 47). Él conoce la mirada furtiva y lo que esconden los corazones (Ghafir 40: 19). Cuarto: por tanto, el destino último del ser humano se encuentra en la vida venidera, en la Akhirah. Es igualmente importante el hecho de que el relato de la Akhirah ofrecido por el Corán demuestra claramente y recalca repetidamente que allí cada persona será juzgada mediante un proceso de justicia, con imparcialidad y equidad, misericordia y bondad. Nadie sufrirá injusticia ni será tratado injustamente, ni siquiera en el peso de un átomo. Y apresuraos unos hacia otros en busca del perdón de vuestro Señor y de un Paraíso tan vasto como los cielos y la tierra, preparado para los conscientes de Dios (Al ‘Imran 3: 133). ¡Pueblo mío! Esta vida mundana no es sino un breve disfrute; en verdad, la vida venidera es la morada permanente. Allí, quien haga una mala obra solo será retribuido con otra semejante; pero quienes obren rectamente, sean hombres o mujeres, y sean creyentes, entrarán en el Paraíso y recibirán allí provisión sin medida (Ghafir 40: 39-40). Dios no cometerá la menor injusticia, ni siquiera del peso de un átomo (al-Nisa’ 4: 40). Quinto: por consiguiente, en toda justicia, el ser humano debe ser informado de cómo debe vivir su vida terrenal. En otras palabras, debe conocer a su Creador y Señor, lo que Él desea de él, cómo quiere que Lo adore y se someta a Él. Mientras no conozca todo esto, no se le puede exigir plena responsabilidad ni rendición de cuentas si sigue una forma de vida equivocada. Ese conocimiento le ha sido dado en su propia naturaleza, en el universo que lo rodea y en las revelaciones enviadas por los Mensajeros de Dios. Y cuando tu Señor extrajo de los hijos de Adán, de sus entrañas, a sus descendientes y les hizo dar testimonio de sí mismos: «¿Acaso no soy Yo vuestro Señor?». Dijeron: «Sí, damos testimonio», para que el Día de la Resurrección no dijerais: «No éramos conscientes de esto». O para que no dijerais: «Nuestros padres asociaron antes otros con Dios, y nosotros no fuimos sino descendientes suyos después de ellos. ¿Acaso nos destruirás por lo que hicieron los falsos?» (al-A’raf 7: 172-173). ¡Cuántos signos hay en los cielos y en la tierra por los que pasan sin prestar atención y a los que dan la espalda! La mayoría de ellos no cree en Dios sin asociarle copartícipes (Yusuf 12: 105-106). [Y Dios dirá:] «¡Comunidad de genios y seres humanos! ¿No os llegaron Mensajeros de entre vosotros que os transmitieron Mis revelaciones y os advirtieron del encuentro con este vuestro día?…». Eso es porque tu Señor no destruye injustamente a las comunidades mientras sus habitantes sean ignorantes (al-An’am 6: 130-131). Sexto: por numerosas razones, que no es posible tratar aquí, solo Dios, y nadie más, puede proporcionar al ser humano el conocimiento de la guía correcta. En primer lugar y principalmente, porque solo Él puede decirle cómo debe relacionarse con Él. En segundo lugar, porque solo el Creador puede decirle cómo debe relacionarse consigo mismo, con los demás seres humanos y con todas las demás cosas del universo. Y, finalmente, porque solo Dios puede darle una guía aplicable universalmente y en todos los tiempos. Di: «¿Hay alguno de aquellos a quienes asociáis con Dios que guíe hacia la Verdad?». Di: «Solo Dios guía hacia la Verdad». Entonces, ¿quién merece más ser seguido: quien guía hacia la Verdad o quien no puede guiar si no es guiado? ¿Qué os pasa? ¿Cómo juzgáis? La mayoría de ellos no sigue sino conjeturas, y las conjeturas jamás pueden sustituir a la verdad (Yunus 10: 35-36). Di: «¿Acaso invocaremos, aparte de Dios, aquello que no puede beneficiarnos ni perjudicarnos, y volveremos sobre nuestros pasos después de que Dios nos haya guiado? Seríamos como aquel a quien los demonios han extraviado en la tierra y que tiene compañeros que lo llaman a la guía: “Ven a nosotros”». Di: «La guía de Dios es la única guía verdadera, y se nos ha ordenado someternos al Señor de todos los mundos» (al-An’am 6: 71). Esta, pues, es la ley divina para el juicio del ser humano. El centro de esta ley es que la Verdad sea atestiguada ante la humanidad plena y fielmente, por todos los medios posibles. Pues sin la guía de Dios, la vida terrenal del ser humano, tanto individual como colectiva, producirá miseria y sufrimiento. Pero, más importante aún, sin esa guía el ser humano nunca estará en condiciones de hacer glorioso su destino último.

2. La promesa de Dios de guiar: Adán, según el Corán, no es ni una figura mítica ni meramente un símbolo de la raza humana. Es mencionado como Mensajero, junto con Noé y Abraham. Dios escogió a Adán, a Noé, a la familia de Abraham y a la familia de Imran por encima de toda la humanidad, descendientes unos de otros (Al ‘Imran 3: 33). Recibió conocimiento y guía (2: 31-35); cuando erró y sus debilidades se hicieron evidentes para él, Dios se volvió hacia él con misericordia, lo honró, lo guió y le prometió a él y a su descendencia una guía continua (20: 115-127; 2: 359). Adán desobedeció a su Señor y por ello erró. Después su Señor lo escogió, se volvió hacia él y lo guió. Dijo: «Descended ambos de aquí; seréis enemigos unos de otros. No obstante, ciertamente os llegará de Mí una guía; quien siga Mi guía no se extraviará ni será desdichado. Pero quien se aparte de Mi recuerdo tendrá una vida estrecha, y el Día de la Resurrección lo levantaremos ciego». Dirá: «¡Señor mío! ¿Por qué me has levantado ciego, si antes tenía vista?». Dios dirá: «Así es. Te llegaron Nuestras revelaciones y las olvidaste; por eso hoy eres olvidado» (Ta Ha 20: 121-126).

3. Los Mensajeros y su misión: En cumplimiento de esta promesa a la humanidad, Dios envió primero a Sus Mensajeros con Su guía y con la Verdad a todos los pueblos; de algunos de ellos el Corán ha hablado y de otros no. Te hemos enviado con la Verdad, como portador de buenas nuevas y como advertidor; no hay comunidad a la que no haya llegado un advertidor (al-Fatir 35: 24). Te hemos revelado como revelamos a Noé y a los profetas posteriores a él, y como revelamos a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob y sus descendientes, incluidos Jesús, Job, Jonás, Aarón y Salomón, y como dimos los Salmos a David. También te hemos mencionado a algunos Mensajeros anteriormente y a otros no, y Dios habló a Moisés directamente. Mensajeros portadores de buenas nuevas y advertidores, para que la humanidad no tuviera argumento contra Dios después de la llegada de los Mensajeros. Dios es Poderoso y Sabio (al-Nisa’ 4: 163-165). En segundo lugar, les confió a todos esta misión y deber: comunicar la Verdad, invitar a la gente a adorar únicamente al Dios Único y someterse a Él como su único Señor, mediante la palabra y el ejemplo. En otras palabras, dar testimonio de la Verdad ante los hombres y las mujeres a quienes fueron enviados, para que no pudieran alegar nada ante Dios, para que se les pudiera preguntar cómo vivieron sus vidas, para que quienes vivieran conforme a la Verdad fueran recompensados y quienes no lo hicieran fueran castigados. No enviamos antes de ti a ningún Mensajero sin revelarle: «No hay dios sino Yo; servidme y adoradme únicamente» (al-Anbiya’ 21: 25). Este fue Nuestro argumento, que dimos a Abraham frente a su pueblo. Elevamos en grados a quien queremos; tu Señor es Sabio y Omnisciente. Le dimos a Isaac y a Jacob, y guiamos a ambos, y antes habíamos guiado a Noé; y de su descendencia guiamos a David, Salomón, Job, José, Moisés y Aarón. Así recompensamos a quienes hacen el bien: Zacarías, Juan, Jesús y Elías; todos fueron de los justos; e Ismael, Eliseo, Jonás y Lot. A todos los favorecimos por encima de los demás pueblos. Y también a algunos de sus antepasados, descendientes y hermanos. Los escogimos y los guiamos hacia el camino recto. Esa es la guía de Dios; guía con ella a quien quiere de Sus siervos. Si hubieran asociado copartícipes, todo lo que hubieran hecho habría sido en vano. Estos son aquellos a quienes dimos el Libro, el juicio y la profecía. Si estos la niegan, la hemos confiado a un pueblo que no la niega. Esos son aquellos a quienes Dios guió; sigue, pues, su guía. Di: «No os pido recompensa por ello; no es sino un recordatorio para todos los mundos» (al-An’am 6: 83-90). Ciertamente enviamos a Nuestros Mensajeros con pruebas claras y les enviamos el Libro y la Balanza, para que la humanidad estableciera la justicia (al-Hadid 57: 25). El Profeta Muhammad fue el último de ellos. No trajo una Verdad, un mensaje o una guía nuevos; vino con la misma Verdad y se le confió la misma misión y el mismo deber que a todos los Mensajeros anteriores. Este deber y esta misión se han expresado de varias maneras: advertir (indhar), anunciar buenas nuevas (tabshir), invitar y llamar (da’wah), comunicar (tabligh), recordar (dhikr), enseñar (ta’lim), transmitir y propagar (tilawah), ordenar y promover lo bueno y correcto, y prohibir y erradicar lo malo e incorrecto (amr bi ‘l-ma’ruf wa nahy ‘ani ‘l-munkar), establecer el Din (iqamah), establecer la justicia (qist), hacer prevalecer la guía divina y el Din (izhar), o dar testimonio (shahadah). Todas estas expresiones se refieren a la misma misión, aunque desde perspectivas diferentes y con énfasis distintos. ¡Oh, Profeta! Te hemos enviado como testigo [de la Verdad], portador de buenas nuevas y advertidor, como quien llama a Dios con Su permiso y como lámpara luminosa (al-Ahzab 33: 45-46). ¡Oh, Mensajero! Transmite lo que te ha sido revelado por tu Señor; si no lo haces, no habrás transmitido Su mensaje (al-Ma’idah 5: 67). Así también hemos enviado entre vosotros a un Mensajero de entre vosotros mismos, que os recita Nuestras revelaciones, os purifica, os enseña el Libro y la sabiduría, y os enseña lo que no sabíais (al-Baqarah 2: 151). Él es Quien envió a Su Mensajero con la guía y el modo de vida de la Verdad, para hacerlo prevalecer sobre todos los demás modos de vida; y basta Dios como testigo (al-Fath 48: 28; también 9: 33, 61: 9). Y aquellos [entre los seguidores de Moisés] que siguen al Mensajero, el Profeta iletrado, a quien encuentran mencionado en la Torá y el Evangelio, que les ordenará lo correcto y les prohibirá lo incorrecto, les hará lícitas las cosas buenas y les prohibirá las malas, y les aliviará sus cargas y las cadenas que pesaban sobre ellos. Quienes crean en él, lo apoyen, lo ayuden y sigan la luz que ha descendido con él, esos serán los triunfadores (al-A’raf 7: 157).

4. La responsabilidad humana y el testimonio: El testimonio dado por los Mensajeros y por todos aquellos a quienes se ha confiado el mismo deber es la base de la responsabilidad humana en la Akhirah y, en consecuencia, de su recompensa y castigo. La Verdad es atestiguada ante ellos para que no les quede argumento contra Dios; se les exigirá rendir cuentas porque la recibieron. Esta cuestión ha sido expuesta en el Corán en muchos lugares y desde perspectivas muy diversas, como ya hemos visto. Quien sigue el camino recto lo hace para su propio beneficio, y quien se extravía lo hace en su propio perjuicio; nadie cargará con la carga de otro. Nunca castigamos hasta haber enviado un Mensajero (al-Isra’ 17: 15). Así, el Día del Juicio llamaremos ciertamente a cuentas a todos aquellos a quienes fue enviado el mensaje y llamaremos ciertamente a cuentas a los Mensajeros; luego les relataremos con conocimiento lo que hicieron, pues nunca estuvimos ausentes (al-A’raf 7: 6-7). Y cuando tomamos el pacto de todos los profetas, de ti [¡oh, Profeta!], de Noé, de Abraham, de Moisés y de Jesús, hijo de María, y tomamos de ellos un pacto solemne, para que Él pudiera preguntar a los veraces acerca de su veracidad; y ha preparado para quienes niegan la verdad un castigo doloroso (al-Ahzab 33: 7-8). El día en que Dios reúna a todos los Mensajeros y diga: «¿Qué respuesta recibisteis?». Dirán: «No tenemos conocimiento; Tú eres el Conocedor de lo oculto» (al-Ma’idah 5: 109). [Y Dios dirá:] «¡Comunidad de genios y seres humanos! ¿No os llegaron Mensajeros de entre vosotros que os transmitieron Mis revelaciones y os advirtieron del encuentro con este vuestro día?». Dirán: «Damos testimonio contra nosotros mismos». La vida mundana los engañó y darán testimonio contra sí mismos de que eran incrédulos (al-An’am 6: 130). Luego los incrédulos serán conducidos en grupos al Infierno hasta que, al llegar a él, se abran sus puertas y sus guardianes les digan: «¿Acaso no os llegaron Mensajeros de entre vosotros que os transmitieron las revelaciones de vuestro Señor y os advirtieron del encuentro con este vuestro día?». Dirán: «¡Sí, en verdad!». Pero se habrá cumplido la palabra del castigo sobre los incrédulos, y se les dirá: «Entrad por las puertas del Infierno; permaneceréis allí eternamente». ¡Qué mala es la morada de los soberbios! (al-Zumar 39: 71-72). Ciertamente ayudaremos a Nuestros Mensajeros y a quienes creen, en la vida mundana y el día en que se levanten los testigos; el día en que las excusas de los malhechores no les sirvan de nada: para ellos será la maldición y tendrán la peor morada (Ghafir 40: 51-52).

5. Sentido de la responsabilidad: El Corán ofrece un relato muy conmovedor de cómo los Mensajeros de Dios se entregaron con toda seriedad a su misión, cómo trabajaron arduamente para cumplir su deber y cómo sufrieron enormemente por su causa. Su historia da amplio testimonio de ello. Pero aquí bastarán dos ejemplos: primero, el del Profeta Noé y, segundo, el del Profeta Muhammad, sobre ambos sean las bendiciones y la paz. En verdad enviamos a Noé a su pueblo y permaneció entre ellos mil años menos cincuenta (al-‘Ankabut 29: 14). Él [Noé] dijo: «¡Señor mío! He llamado a mi pueblo noche y día, pero mi llamada solo hizo que se alejaran más. Y cada vez que los llamé para que Tú los perdonaras, se pusieron los dedos en los oídos, se cubrieron con sus vestiduras, persistieron y se ensoberbecieron. Luego los llamé abiertamente, después les hablé públicamente y también en privado» (Nuh 71: 5-9). ¿Acaso [¡oh, Profeta!] vas a atormentarte hasta morir porque se niegan a creer? (al-Shu’ara’ 26: 3).

¿Cómo debemos dar testimonio de la Verdad? Veamos ahora de qué manera debemos cumplir nuestro deber de dar testimonio de la Verdad. El testimonio es de dos tipos: uno, el testimonio mediante las palabras, o testimonio verbal; el otro, el testimonio mediante los actos y las obras, o testimonio práctico.

[6] Testimonio verbal

¿De qué manera deben nuestras palabras dar testimonio de la Verdad? Mediante nuestro discurso y nuestra escritura, debemos proclamar y explicar al mundo la guía que nos ha llegado a través de los Mensajeros de Dios. Esto, en resumen, es el testimonio verbal. Empleando todos los métodos posibles de educación, utilizando todos los medios posibles de comunicación y propagación, y dominando todo el conocimiento proporcionado por las artes y las ciencias contemporáneas, debemos informar a la humanidad del modo de vida que Dios ha establecido para el ser humano. Debemos exponer clara y plenamente ante la humanidad la guía que el Islam ofrece a la humanidad en el pensamiento y la creencia, en la moral y la conducta, en la cultura y la civilización, en la economía y los negocios, en la jurisprudencia y la administración de justicia, en la política y la administración civil; es decir, en todos los aspectos de las relaciones entre los seres humanos. Mediante un discurso racional y pruebas convincentes debemos establecer su verdad y solidez. Mediante una crítica bien razonada debemos refutar todo cuanto sea contrario a la guía dada por Dios. La tarea es enorme. No se le puede hacer plena justicia a menos que el pensamiento de guiar al ser humano hacia el camino recto se apodere de toda la Ummah con la misma intensidad con que se apoderó personalmente de cada Mensajero. También es esencial que esta tarea se convierta en el objetivo central de todos nuestros esfuerzos colectivos, que dediquemos a esta causa todos nuestros corazones y mentes y todos nuestros recursos. Este objetivo debe estar por encima de todas nuestras acciones. Bajo ninguna circunstancia debemos permitir que ninguna voz dentro de nosotros dé testimonio contra la Verdad y la guía divina que poseemos.

Testimonio práctico

¿De qué manera deben nuestros actos y obras dar testimonio de la Verdad? Para ello, debemos poner en práctica la guía que consideramos verdadera. Nuestras acciones deben demostrar los principios en los que profesamos creer. Dicho sencillamente: dejemos que nuestras vidas hablen la verdad y que el mundo la escuche no solo de nuestros labios, sino también de nuestros actos; dejemos que la humanidad contemple todas las bendiciones que la guía divina aporta a la vida humana. Que el mundo saboree en nuestra conducta, individual y colectiva, esa dulzura y ese sabor que solo la fe en el Dios Único puede imprimir al carácter y a la moral. Que el mundo vea qué excelentes ejemplos de humanidad forma el Islam, qué sociedad justa establece, qué orden social sólido produce, qué civilización limpia y noble surge, cómo florecen y se desarrollan la ciencia, la literatura y el arte sobre bases firmes, qué economía justa, compasiva y libre de conflictos se establece. En verdad, que vea cómo cada aspecto de la vida es corregido, desarrollado y enriquecido. No cumpliremos nuestro deber respecto de esta tarea mientras nuestras vidas, individuales y colectivas, no se conviertan en una encarnación viva del Islam; mientras nuestros caracteres personales no sean una prueba viviente de su verdad, nuestros hogares no estén impregnados de sus enseñanzas, nuestros negocios y fábricas no estén iluminados por sus normas y leyes, nuestras escuelas e instituciones no estén configuradas por sus ideas y principios, y nuestra literatura y nuestros medios de comunicación no reflejen sus principios. En verdad, tampoco hasta que toda nuestra política nacional y nuestra vida pública hagan manifiesta y evidente por sí misma su verdad. En resumen, dondequiera y cuandoquiera que cualquier individuo o pueblo entre en contacto con nosotros, es nuestro deber convencerlo, mediante nuestro ejemplo, de que los principios y enseñanzas que el Islam proclama verdaderos son realmente verdaderos, y de que mejoran la calidad de la vida humana y la elevan a niveles mejores y superiores.

El Estado islámico

Finalmente, debo mencionar una cosa más de suma importancia. Este testimonio nuestro no estaría completo a menos que estableciéramos un Estado basado en los principios y enseñanzas del islam. Al traducir sus ideales y prácticas, sus normas y valores, sus reglas y leyes en políticas y programas públicos, un Estado semejante demostraría cómo la guía divina conduce a la equidad y la justicia, la reforma y el progreso, una administración atenta y eficiente, el bienestar social, la paz y el orden, elevados estándares de moralidad en los funcionarios públicos, la virtud y la rectitud en las políticas internas, la honestidad en las políticas exteriores, una conducta civilizada en la guerra, y la integridad y la lealtad en la paz. Tal conducta pública sería un testimonio viviente para toda la humanidad de que el islam es, en efecto, el verdadero garante del bienestar humano, y de que solo seguir sus preceptos puede asegurar el bien de la humanidad. Solo cuando se dé testimonio de la Verdad de esta manera, tanto mediante las palabras como mediante los actos, se cumplirá plenamente la crucial responsabilidad depositada en la Ummah musulmana. Solo entonces no quedará ningún motivo para que la humanidad niegue o se aparte de la guía divina. Solo entonces, en la Otra Vida, la Ummah musulmana estará en condiciones de ocupar el estrado de los testigos después del Profeta, que la paz y las bendiciones sean con él, y declarar: Todo cuanto de verdad y guía recibimos de este Profeta, lo transmitimos a la humanidad; quienes no lo siguieron son ellos mismos responsables de haberse extraviado, no nosotros. Este es el verdadero significado y alcance del testimonio que nosotros, como musulmanes, deberíamos haber dado al mundo, tanto con nuestras palabras como con nuestros actos. Pero volvamos ahora a la situación real de los hechos y examinemos el testimonio que de hecho estamos dando a favor de la guía divina.

Notas de Khurram Murad

6. Tipos de testimonio: El testimonio mediante la palabra puede considerarse comprendido, en términos generales, bajo la terminología coránica de advertir (indhar), anunciar buenas nuevas (tabshir), invitar y llamar (da’wah), comunicar (tabligh), enseñar e instruir (ta’lim), transmitir y propagar (tilawah). La terminología del testimonio mediante los actos incluye establecer el islam (iqamatu ‘d-din), hacer que la guía de Dios y Su modo de vida prevalezcan sobre todos los demás (izhar), establecer la justicia (qist), ordenar lo correcto y prohibir lo reprobable, y el Yihad. ¿Dónde nos encontramos?

Nuestra palabra: el testimonio

Primero, examinemos el testimonio que está dando nuestra palabra. Son pocas las personas entre nosotros que utilizan sus lenguas y sus plumas para dar testimonio de la verdad del islam. Aún menor es el número de quienes lo hacen de una manera apropiada y adecuada. Por lo demás, en casi todos los aspectos, los musulmanes en general están dando testimonio contra el islam y no a su favor, como deberían. ¿Cuál es el testimonio de nuestros terratenientes? Que la ley islámica de la herencia es errónea y que las costumbres heredadas de los tiempos preislámicos son correctas. ¿Cuál es el testimonio de nuestros abogados y jueces? Que todas las leyes del islam son malas leyes y que su fundamento mismo —la soberanía de Dios— es inaceptable. Nos dicen que solo son buenas leyes las leyes hechas por el hombre, que nos han llegado a través de los británicos. ¿Cuál es el testimonio de nuestros maestros e instituciones educativas? Que, en filosofía y ciencia, historia y sociología, economía y política, derecho y ética, el único conocimiento y pensamiento verdadero y válido es el derivado de la visión secular del mundo occidental. Que, en todas estas disciplinas, el enfoque islámico ni siquiera merece consideración. ¿Cuál es el testimonio de nuestros escritores? Que su literatura transmite el mismo mensaje que la de los escritores ateos del Occidente secular. Demuestran que, como musulmanes, no tienen un enfoque literario distintivo propio. ¿Cuál es el testimonio de nuestra prensa y nuestros medios de comunicación? Que los únicos asuntos y debates que consideran importantes y que los ocupan, y los únicos métodos y criterios de comunicación que consideran apropiado emplear, son los que llevan el sello de los medios no musulmanes. ¿Cuál es el testimonio de nuestros empresarios e industriales? Que las reglas establecidas por el islam para las transacciones económicas son impracticables y que los negocios solo pueden llevarse a cabo mediante los métodos ideados por los infieles.* ¿Cuál es el testimonio de nuestros dirigentes y gobernantes? Que tienen los mismos lemas de nacionalismo y patria para movilizar a la gente, los mismos objetivos que perseguir en el ámbito nacional, los mismos métodos para resolver los problemas nacionales y los mismos principios de política y elaboración de constituciones que practican los infieles. Declaran que el islam no tiene ninguna guía que ofrecer al respecto. ¿Y cuál es el testimonio de nuestras masas? Dan testimonio de que no tienen nada de qué hablar salvo de asuntos mundanos, de que no poseen ningún Din que desee ser propagado o que exija que dediquen parte de su tiempo a este propósito. Este, pues, es el testimonio que toda nuestra Ummah está dando mediante sus palabras. Este no es el caso únicamente en este país, sino en todo el mundo.

Nuestros actos: el testimonio

Pasemos ahora a nuestro testimonio mediante los actos y examinemos el testimonio que dan nuestras acciones y obras. Aquí nuestra conducta es aún más escandalosa que en lo que respecta a nuestro testimonio mediante las palabras. Sin duda, hay unos pocos buenos musulmanes cuyas vidas son un verdadero ejemplo del islam. Pero consideremos cómo se comporta la abrumadora mayoría de la Ummah, la sociedad en general. ¿Qué testimonio ofrece la vida de un musulmán típico y corriente? Que las personas formadas y moldeadas por el islam no son en absoluto mejores ni diferentes de las formadas por el Kufr. Si acaso, las primeras son peores que las segundas: por ejemplo, es más probable que un musulmán diga una mentira, traicione y quebrante una confianza depositada en él, oprima a la gente y le haga daño, incumpla su promesa, robe y despoje, se entregue a una conducta desordenada y violenta, o incurra en toda clase de actos indecentes. En efecto, con respecto a todas estas acciones inmorales, el nivel de «desempeño» musulmán no es inferior al de ningún pueblo Kafir. ¿Cuál es el testimonio de nuestra vida social? Miremos nuestros estilos de vida, nuestras costumbres y ceremonias, nuestras festividades, nuestras ferias y reuniones religiosas, nuestros encuentros y procesiones: en ningún aspecto representamos verdaderamente al islam. Al contrario, nuestra vida social es un testimonio lamentable de que los seguidores del islam consideran que las formas no islámicas son mejores y preferibles a las islámicas. Lo mismo atestiguan nuestras demás instituciones sociales y actividades colectivas. Cuando establecemos instituciones educativas, importamos todo de los Kafir: nuestros conocimientos, nuestro sistema educativo, nuestra filosofía, nuestro espíritu y nuestro objetivo. Cuando formamos partidos y asociaciones, modelamos todo según los patrones establecidos por los Kafir: nuestros ideales y metas, nuestras estructuras y constituciones, nuestras políticas y métodos. Cuando, como pueblo, emprendemos una lucha, nuestra causa, nuestros lemas y reivindicaciones, nuestros temas y debates, nuestros programas y procedimientos, nuestras resoluciones, declaraciones y discursos son todos réplicas exactas de las prácticas de las comunidades y naciones Kafir. Las cosas han llegado a tal extremo que incluso nuestros Estados independientes, allí donde existen, han tomado prestados de los Kafir sus constituciones, sus códigos legales y sus políticas y principios rectores. En algunos Estados, la ley islámica ha quedado reducida a una mera ley personal; en otros, incluso esta ley personal ha sido modificada. Un escritor inglés señala con sorna: «En vista de las numerosas acusaciones formuladas por los indios contra la administración británica, es importante comprender que los británicos fueron extraordinariamente lentos en introducir innovaciones en la ley… En efecto, en lo que respecta al islam, el resultado de la relación británica con la India fue establecer sobre una base más firme la ley personal y religiosa musulmana…, mientras que todo el resto de la sharía fue abolido… Por otro lado, Albania y Turquía se han convertido ambas en Estados seculares, adoptando códigos penales y civiles europeos e incluso modificando la ley penal musulmana… Así pues, puede decirse, como afirma Lindsay, que «la doctrina musulmana de que la legislación no está dentro de la competencia de un soberano terrenal nunca fue, en realidad, más que una piadosa ficción…» Este, pues, es el testimonio que ofrecen las acciones de casi todos los musulmanes. Este testimonio también va contra el islam. No lo favorece. Por mucho servicio de labios que rindamos al islam, nuestra conducta pública demuestra que no aprobamos ningún aspecto del islam y que no consideramos buenas ni conducentes a nuestro bienestar sus leyes. ¡Y qué consecuencias tiene esto!

Nuestro castigo

A la luz de nuestra conducta, somos culpables de dar falso testimonio, de perjurio y de ocultar la Verdad. Como consecuencia, estamos afrontando precisamente el mismo castigo que la Ley de Dios ha prescrito para crímenes tan graves y abominables. ¿Cuál es esta ley? Cuando un pueblo rechaza y se aparta de la guía de Dios, cuando es culpable de perjurio y deslealtad hacia su Creador, y cuando lo traiciona, Dios lo castiga severamente tanto en este mundo como en el mundo venidero. 7 Esta ley se aplicó a los Hijos de Israel. 8 Ahora somos nosotros, la Ummah musulmana, quienes estamos en el banquillo de los acusados. Dios no tenía ninguna vendetta personal contra los judíos que hiciera que solo a ellos debiera castigarlos. Tampoco tiene ningún parentesco ni relación especial con los musulmanes que hiciera que nos dejara libres aunque ahora estemos cometiendo el mismo crimen que ellos cometieron entonces. 9

En este mundo

El castigo impuesto a los musulmanes por sus crímenes en este mundo está a la vista de todos. En efecto, la magnitud y el ritmo de nuestro declive han guardado una proporción exacta con la magnitud y el ritmo de nuestra negligencia y de nuestro incumplimiento del deber de dar testimonio de la Verdad, así como con nuestro «progreso» en dar testimonio de la falsedad. Durante los últimos cien años, desde Marruecos hasta Indonesia, hemos perdido país tras país ante la subyugación extranjera; un pueblo musulmán tras otro ha caído bajo el yugo del dominio y la dominación coloniales. La palabra «musulmán» ya no representa dignidad ni inspira respeto; más bien se ha convertido en una marca de degradación, humillación, atraso extremo e impotencia absoluta. ¿Hasta qué punto hemos llegado a ser impotentes? Hemos perdido todo honor y respeto a los ojos del mundo. En algunos lugares, nuestra sangre ha corrido como agua y hemos sido sometidos a masacres a gran escala; en otros, hemos sido expulsados de nuestros hogares; en otros, hemos sido torturados y perseguidos; y en otros más, hemos sido reducidos a vivir como siervos. Si en algunos lugares han sobrevivido Estados musulmanes, han sufrido derrota tras derrota hasta quedar reducidos a posiciones de temor e impotencia frente a las potencias extranjeras. Si tan solo hubieran dado testimonio del Islam con sus palabras y sus actos, las potencias seculares se habrían postrado ante ellos con temor reverencial. ¿Por qué ir tan lejos? Basta con mirar su situación en la India. + Debido a que eludieron su deber de dar testimonio de la verdad del Islam, y de hecho fueron más allá y dieron falso testimonio contra él tanto con sus palabras como con sus actos, todo el país les fue arrebatado. Primero fueron vencidos por los maratíes y los sijes, y más tarde la servidumbre bajo el dominio británico se convirtió en su destino. Y ahora calamidades aún mayores los miran de frente. Hoy su condición de minoría se ha convertido en su mayor motivo de ansiedad; viven con miedo de la mayoría hindú, no sea que los subyugue y sufran el mismo destino que los intocables. Pero, por el amor de Dios, díganme: ¿Podría una mayoría haberlos amenazado si hubieran sido verdaderos testigos del Islam? ¿No desaparecerá este problema de mayoría y minoría en unos pocos años si hoy sus palabras y sus actos dan un verdadero testimonio del Islam? En Arabia, una mayoría extremadamente hostil y opresiva se propuso exterminar a una insignificante minoría de aproximadamente una persona por cada cien mil. ¿Con qué resultado? En diez años, esta minoría, mediante su testimonio veraz y digno de confianza a favor del Islam, se convirtió en una mayoría del cien por ciento. Más tarde, cuando estos testigos del Islam salieron de Arabia, en veinticinco años, desde Turkistán hasta Marruecos, pueblo tras pueblo confió en la probidad de su testimonio y se unió a ellos en su fe. Donde antes no vivían más que zoroastrianos, cristianos y paganos, ahora solo viven musulmanes. Ninguna intransigencia, ningún chovinismo, ningún fanatismo religioso resultó lo bastante fuerte para resistir el testimonio vivo y verdadero de la guía divina que dieron los musulmanes. Si hoy están siendo pisoteados, si temen catástrofes mayores mañana, ¿no es esto acaso el castigo por su falso testimonio y por ocultar la Verdad?
Castigo en el Más Allá Este es el castigo que están recibiendo en este mundo; pero es probable que en el Más Allá se les imponga un castigo más severo. ¿Cómo pueden quedar absueltos de la culpa por cada mal y cada injusticia a los que ha sido sometido el ser humano únicamente porque no cumplieron con su deber de ser testigos de la Verdad? Mientras no cumplan con su deber, no hay razón para que no se les haga responsables de toda la opresión y corrupción que se cometan en el mundo, y de toda la inmoralidad y maldad que prevalezcan. Puede que no sean responsables de haberlos originado ustedes mismos, pero ciertamente son responsables, debido a su falso testimonio, de mantenerlos y perpetuarlos, de que otros los originen y de permitir que se propaguen.

Notas de Khurram Murad

7. Consecuencias del fracaso y la negligencia: La misión de dar testimonio de la Verdad e invitar a la humanidad a someterse a su Creador tiene el carácter de un pacto con Dios. Quienes abandonan esta misión, no la cumplen o la descuidan son culpables de quebrantar su pacto. Por ello, Dios los maldice y los priva de Sus bendiciones. También son maldecidos por los ángeles, porque esas personas han extinguido la luz que ellos trajeron mientras la humanidad tantea en la oscuridad; y son maldecidos por la humanidad, pues sus sufrimientos y desgracias se deben principalmente a la conducta de quienes recibieron la responsabilidad de esa luz. A quienes ocultan los mensajes claros y la guía que hemos hecho descender, después de haberlos aclarado para la humanidad en el Libro, Dios los maldecirá, y también los maldecirán quienes maldicen; pero exceptuará a quienes se arrepientan, se enmienden y lo hagan conocido a los demás. Yo aceptaré su arrepentimiento; Yo soy el Aceptador del arrepentimiento, el Misericordioso. Pero quienes persistan en la incredulidad y mueran siendo incrédulos, sobre ellos recaerá la maldición de Dios, de los ángeles y de toda la humanidad… (al-Baqarah 2: 159-61). Y la humillación y la impotencia cayeron sobre ellos, y se ganaron la ira de Dios; todo ello porque persistieron en negar los mensajes de Dios y en matar a los Profetas injustamente; todo ello porque se rebelaron [contra Dios] y persistieron en transgredir [los límites de Dios] (al-Baqarah 2: 61). Es evidente que el deber se descuida o se abandona por obtener ganancias mundanas. El Qur’an describe esas ganancias como una insignificancia que atrae la ira de Dios sobre quienes incumplen. El castigo por este crimen que menciona el Qur’an es, en verdad, único, pues no se menciona un castigo semejante para ningún otro crimen. En verdad, quienes ocultan lo que Dios ha hecho descender en el Libro y lo venden por un precio insignificante no llenan sus vientres sino de fuego. Dios no les hablará el Día de la Resurrección ni los purificará; y tendrán un castigo doloroso. Ellos son quienes han comprado el extravío al precio de la guía y el castigo al precio del perdón. ¡Cuán pacientes han sido para soportar el Fuego! Todo ello porque Dios hizo descender el Libro con la Verdad, y quienes discrepan acerca del Libro están profundamente equivocados (al-Baqarah 2: 174-6; véase también 3: 77-8).

8. El ejemplo judío: La historia del pueblo de Israel es narrada por el Qur’an con considerable detalle. Ofrece el ejemplo más instructivo de un pueblo guiado por algunos de los más grandes Mensajeros de Dios. Hicieron un pacto con Dios: serían únicamente Sus siervos, Le obedecerían solo a Él y serían Sus testigos. Se elevaron a grandes alturas y contribuyeron mucho al bien de la humanidad al cumplir su pacto. Pero finalmente quebrantaron su pacto, sufrieron terriblemente y se convirtieron así en una lección sobre cómo las personas escogidas por Dios para dar testimonio de Su guía pueden extraviarse y ganarse la ira de Dios. El propósito de narrar su historia no es crear odio contra ninguna religión ni pueblo en particular, ni complacerse o hallar consuelo en su sufrimiento y humillación. Esto queda demostrado por el hecho de que, a pesar de las muy severas censuras del Qur’an contra el pueblo de Israel, los días más pacíficos y gloriosos de la historia judía, durante los últimos dos mil años, transcurrieron bajo el gobierno islámico. En realidad, su historia debe actuar como un espejo que el Qur’an presenta a los musulmanes, para que se reconozcan cuando se extravían y permanezcan conscientes de las dolorosas consecuencias de semejante conducta. Otro propósito, por supuesto, era despertar a los judíos de la época del Profeta, que Dios le bendiga y le conceda paz, e invitarlos a creer en el Último Profeta y apoyarlo, tal como exigía su propia misión. El relato coránico es semejante al bíblico; si acaso, mucho más moderado en tono y lenguaje. En primer lugar, el Qur’an muestra que Dios concedió grandes bendiciones al pueblo de Israel, la mayor de las cuales fue el Libro y la guía procedentes de Él, y que fueron escogidos para ser Sus siervos especiales. Hijos de Israel, recordad Mi bendición con la que os bendije y cómo os favorecí sobre todos los demás pueblos (al-Baqarah 2: 47). Y cuando Moisés dijo a su pueblo: «¡Pueblo mío! Recordad la bendición de Dios sobre vosotros, cuando puso entre vosotros Profetas, os hizo reyes y os dio lo que no había dado a ningún otro ser» (al-Ma’idah 5: 20). Y cuando establecimos un pacto con los Hijos de Israel: «No serviréis ni adoraréis sino a Dios; seréis buenos con los padres, los parientes cercanos, los huérfanos y los necesitados; hablaréis bien a la gente, realizaréis la oración y daréis la limosna» (al-Baqarah 2: 83). Y cuando establecimos un pacto con vosotros [¡oh, Hijos de Israel!] y elevamos sobre vosotros el Monte: «Aferraos con todas vuestras fuerzas a lo que os hemos dado y recordad lo que contiene, para que permanezcáis conscientes de Dios». Después de eso os apartasteis… (al-Baqarah 2: 63-4). En verdad, hicimos descender la Torah, en la cual había guía y luz; con ella los Profetas, que se habían sometido [a Dios], juzgaban a los judíos; y también lo hacían los hombres de Dios y los rabinos, conforme a la parte del Libro de Dios que se les había confiado; y daban testimonio de su verdad (al-Ma’idah 5: 44).

La Biblia ofrece un relato semejante: «Haced esto porque pertenecéis al Señor vuestro Dios. De todos los pueblos de la tierra, Él os escogió para que fuerais Su pueblo especial. El Señor no os amó ni os escogió porque fuerais más numerosos que otros pueblos; erais la nación más pequeña de la tierra» (Deut. 7: 6-7). En el monte Sinaí, el Señor nuestro Dios estableció un pacto no solo con nuestros padres, sino con todos nosotros, los que vivimos hoy. Allí, en el monte, el Señor os habló cara a cara desde el fuego… El Señor dijo: «Yo soy el Señor vuestro Dios, que os sacó de Egipto, donde erais esclavos. No adoréis a ningún dios sino a Mí» (Deut. 5: 2-7). ¡Israel, recordad esto! El Señor, y solo el Señor, es nuestro Dios. Amad al Señor vuestro Dios con todo vuestro corazón, con toda vuestra alma y con todas vuestras fuerzas. No olvidéis jamás estos mandamientos que os doy hoy. Enseñádselos a vuestros hijos. Repetidlos cuando estéis en casa y cuando estéis fuera, cuando descanséis y cuando trabajéis. Atadlos a vuestros brazos y llevadlos en la frente como recordatorio. Escribidlos en los postes de las puertas de vuestras casas y en vuestras puertas (Deut. 6: 4-9). [Esta es una exégesis muy buena de las palabras coránicas «y recordad».] No olvidéis jamás al Señor vuestro Dios ni os volváis hacia otros dioses para adorarlos y servirlos. Si lo hacéis, hoy os advierto que ciertamente seréis destruidos (Deut. 8: 19). Pueblo de Israel, vosotros sois Mis testigos; os escogí para que fuerais Mi siervo, para que Me conocierais, creyerais en Mí y comprendierais que Yo soy el único Dios. Junto a Mí no hay otro dios; nunca lo hubo ni lo habrá (Isa. 43: 10).

En segundo lugar, el Qur’an exhorta e invita al pueblo de Israel, al igual que la Biblia, a cumplir su pacto con Dios, creer en Su último mensaje y dar testimonio de su verdad, recordándoles la promesa y la amenaza que se les hicieron. Hijos de Israel, recordad Mi bendición con la que os bendije, cumplid Mi pacto [con vosotros] y Yo cumpliré vuestro pacto [conmigo]; ¡y temedme solo a Mí! (al-Baqarah 2: 40). Recordad que el Señor vuestro Dios es el único Dios y que Él es fiel. Mantendrá Su pacto y mostrará Su amor constante durante mil generaciones a quienes Lo amen y obedezcan Sus mandamientos, pero no vacilará en castigar a quienes Lo odien (Deut. 7: 9-10). Si obedecéis al Señor vuestro Dios y hacéis todo lo que Él ordena, os convertirá en Su propio pueblo, como prometió… El Señor vuestro Dios os hará dirigentes entre las naciones y no seguidores; siempre prosperaréis y nunca fracasaréis… Pero si desobedecéis al Señor vuestro Dios y no guardáis fielmente todos Sus mandamientos y leyes que hoy os doy, todas estas desgracias os sucederán… el Señor maldecirá todo lo que hagáis… (Deut. 28: 9-19). Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis Mi pueblo (Lev. 26: 12).

En tercer lugar, el Qur’an acusa al pueblo de Israel de quebrantar su pacto y descuidar su deber de adorar y obedecer únicamente a Dios y ser Sus testigos. No solo se apartaron ellos mismos del mensaje de su Señor, sino que también impidieron que otros lo aceptaran y siguieran. ¡Gente del Libro! ¿Por qué no creéis en las revelaciones de Dios mientras vosotros mismos dais testimonio [de su verdad]? ¡Gente del Libro! ¿Por qué revestís la verdad de falsedad y ocultáis la verdad, a sabiendas? (Al ‘Imran 3: 70-1). Di: «¡Gente del Libro! ¿Por qué impedís a quienes creen seguir el camino de Dios, intentando hacerlo parecer tortuoso, mientras vosotros mismos sois testigos de su verdad?» (Al ‘Imran 3: 99). En verdad, Dios estableció un pacto con los Hijos de Israel cuando levantamos de entre ellos a doce dirigentes, y Dios dijo: «Estoy con vosotros. Si realizáis la oración, pagáis la limosna, creéis en Mis Mensajeros, los auxiliáis y ofrecéis a Dios un préstamo generoso, borraré ciertamente vuestras malas obras y os introduciré en jardines por los que corren las aguas. Pero quien de vosotros, después de esto, no crea, se habrá extraviado del camino recto». Entonces, por haber quebrantado su pacto, los maldijimos y endurecimos sus corazones… (al-Ma’idah 5: 12-13). En verdad, establecimos un pacto con los Hijos de Israel y les enviamos Mensajeros; cada vez que un Mensajero les traía algo que no les agradaba [se rebelaban]: a unos los desmintieron y a otros los mataron (al-Ma’idah 5: 70). La Gente del Libro te pedirá que hagas descender sobre ellos un Libro del cielo; y ya le pidieron a Moisés algo más grande que eso, cuando dijeron: «Muéstranos a Dios cara a cara», y el rayo los alcanzó por su maldad. Luego adoptaron el becerro para adorarlo, después de que les había llegado la Verdad clara; aun así, los perdonamos y concedimos a Moisés una autoridad manifiesta [para defender la Verdad]. Elevamos sobre ellos el Monte al establecer el pacto con ellos y les dijimos: «Entrad por la puerta prosternados». Y les dijimos: «No transgredáis el sábado», y establecimos con ellos un pacto solemne. [Los maldijimos] por haber quebrantado el pacto, negado las revelaciones de Dios, matado a los Profetas sin derecho y dicho: «Nuestros corazones están cerrados [a la guía falsa]»; no, Dios los selló por su incredulidad, y no creen sino unos pocos; y por su incredulidad y por haber proferido contra María una calumnia enorme; y por haber dicho: «Matamos al Mesías, Jesús, hijo de María, Mensajero de Dios» (al-Nisa’ 4: 153-7). Los incrédulos de entre los Hijos de Israel fueron maldecidos por boca de David y de Jesús, hijo de María, por haberse rebelado [contra Dios] y persistir en la transgresión. No se impedían unos a otros las malas acciones que cometían. ¡Qué malas eran las cosas que hacían! (al-Ma’idah 5: 78-9).

La Biblia habla en el mismo sentido. Su acusación no difiere de lo que dice el Qur’an, aunque está expresada con mayor dureza y censuras más severas. Además, los dirigentes de Judá, los sacerdotes y el pueblo siguieron el ejemplo pecaminoso de las naciones que los rodeaban al adorar ídolos, y así profanaron el Templo, que el propio Señor había santificado. El Señor, Dios de sus antepasados, continuó enviando profetas para advertir a Su pueblo, porque quería salvarlos a ellos y al Templo. Pero ridiculizaron a los Mensajeros de Dios, ignoraron Sus palabras y se burlaron de Sus profetas, hasta que finalmente la ira del Señor contra Su pueblo fue tan grande que no hubo escapatoria (2 Crón. 36: 14-16).

Dios me dijo que escribiera en un Libro cómo es el pueblo, para que quedara un registro permanente de cuán malvados son. Siempre se rebelan contra Dios, siempre mienten, siempre se niegan a escuchar las enseñanzas del Señor. Dicen a los profetas que se callen. Dicen: «No nos habléis de lo que está bien. Decidnos lo que queremos oír. Dejadnos conservar nuestras ilusiones. Apartaos de nuestro camino y dejad de bloquearlo. No queremos oír hablar de vuestro santo Dios de Israel» (Isa. 30: 8-11). Pero Tu pueblo se rebeló y Te desobedeció; dio la espalda a Tu ley. Mató a los profetas que le advertían y le decían que regresara a Ti. Te insultó una y otra vez, y por eso dejaste que sus enemigos lo conquistaran y gobernaran (Neh. 9: 26-7). Los hijos que crié se rebelaron contra Mí. El ganado conoce a su dueño y los asnos saben dónde los alimenta su amo. Pero mi pueblo Israel sabe aún menos que eso. No entiende nada… ¡La ciudad que una vez fue fiel se comporta como una prostituta! En otro tiempo estaba llena de hombres justos, pero ahora solo quedan asesinos. Jerusalén, antes eras como plata, pero ahora no vales nada;… Tus dirigentes son rebeldes y amigos de ladrones; siempre aceptan regalos y sobornos. Nunca defienden a los huérfanos en los tribunales ni escuchan cuando las viudas presentan su causa (Isa. 1: 2-23).

Y así censura Jesús al pueblo de Israel: «¡Jerusalén, Jerusalén! ¡Matas a los profetas y apedreas a los Mensajeros que Dios te ha enviado!… Y por eso tu templo quedará abandonado y vacío» (Mt. 23: 37-8). Atan a la espalda de la gente cargas pesadas y difíciles de llevar, pero ni siquiera están dispuestos a mover un dedo para ayudarla a llevarlas. Todo lo hacen para que la gente los vea. ¡Mirad las correas con versículos de la Escritura que llevan en la frente y en los brazos, y observad qué grandes son! ¡Observad también qué largos son los flecos de sus mantos! Les encantan los mejores lugares en los banquetes y los asientos reservados en las sinagogas; les gusta que los saluden respetuosamente en las plazas y que los llamen «Maestro»… ¡Hipócritas! Cerráis la puerta del Reino de los cielos en la cara de la gente; vosotros no entráis, ni dejáis entrar a quienes intentan hacerlo!… Limpiáis el exterior de vuestra copa y de vuestro plato, mientras por dentro están llenos de lo que habéis obtenido mediante la violencia y el egoísmo… Sois como sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos y cadáveres en descomposición… ¡Así que admitís que sois descendientes de quienes asesinaron a los profetas! ¡Pues adelante, terminad lo que vuestros antepasados comenzaron! ¡Serpientes, hijos de serpientes! ¿Cómo esperáis escapar de ser condenados al infierno? Por eso os digo que os enviaré profetas, sabios y maestros; mataréis a algunos de ellos, crucificaréis a otros, azotaréis a otros en las sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad (Mt. 23: 4-34).

Quizá el relato más conmovedor del destino de Israel se encuentre en las lamentaciones del Profeta Isaías, la paz sea con él. Al describir Israel como una viña plantada por Dios, primero explica cómo la bendijo con toda clase de bienes; después describe cómo produjo frutos agrios y cómo Dios la castigó, algo muy semejante a lo que Sayyid Mawdudi ha dicho sobre los musulmanes. Mi amigo tenía una viña en una colina muy fértil. Cavó la tierra y la limpió de piedras; plantó las mejores vides. Construyó una torre para protegerlas y cavó un lagar. Esperó a que maduraran las uvas, pero todas eran agrias. Así que mi amigo dice: «Vosotros, habitantes de Jerusalén y de Judá, juzgad entre mi viña y yo. ¿Hay algo que no hiciera por ella? Entonces, ¿por qué produjo uvas agrias y no las buenas uvas que esperaba? Esto es lo que haré con mi viña: quitaré la cerca que la rodea, derribaré el muro que la protege y dejaré que los animales salvajes la devoren y la pisoteen. Dejaré que se cubra de maleza. No podaré las vides ni cavaré la tierra; al contrario, dejaré que los cardos y las espinas la cubran. Incluso impediré que las nubes derramen lluvia sobre ella» (Isa. 5: 1-4).

Finalmente, el Qur’an también deja claro que, después de Israel, son los musulmanes quienes han sido designados para cumplir la misma misión que fue concedida a Israel. En verdad, dimos a los Hijos de Israel el Libro, el juicio y la profecía; les proporcionamos cosas buenas y los favorecimos sobre todos los demás pueblos. Y les dimos revelaciones claras acerca del asunto [de su Din]; pero no tomaron caminos diferentes después de haberles llegado el conocimiento, salvo por rivalidad entre ellos… Luego te pusimos [¡oh, Muhammad!] en un camino [Shari‘ah] concerniente al asunto [de tu Din]; síguelo, pues, y no sigas los deseos de quienes no saben (al-Jathiyah 45: 18).

9. Ilusiones y excusas: Cuando una fe tan total, penetrante, profunda y dinámica como el Islam —vivir sometido al Dios Único, lo cual es una llamada y un compromiso— se transforma en una religión hereditaria y sectaria, sus seguidores inventan ciertas creencias populares para tranquilizar y acallar su conciencia. Basándose en semejantes ilusiones y excusas, pueden vivir en paz mientras incumplen su compromiso total con Dios. Descuidan la misión que Él les confió y se niegan a aceptar cualquier llamamiento a renovar su fe y asumir su deber. El Qur’an menciona algunas de esas nociones populares que habían pasado a formar parte de la fe judía y las rechaza categóricamente. Una vez más, el objetivo no es condenar para siempre a una determinada fe y a un determinado pueblo, ni alimentar el odio contra ellos, sino inducirlos a corregir sus creencias erróneas y, sobre todo, advertir a los musulmanes que se cuiden de tales nociones. Resulta irónico que hoy se encuentren todas esas creencias populares también como parte de la fe de los musulmanes; por ejemplo, que nuestra Ummah es la amada de Dios, que los musulmanes, cualquiera que sea el estado de su fe y conducta, tienen el monopolio del Paraíso, que las misericordias y recompensas de Dios están reservadas exclusivamente para ellos y que, incluso si son castigados, su castigo solo durará unos pocos días.

Y los judíos y los cristianos dicen: «Somos los hijos de Dios y Sus amados». Di: «¿Por qué, entonces, os castiga por vuestros pecados? No, sois seres humanos creados por Él. Él perdona a quien quiere y castiga a quien quiere» (al-Ma’idah 5: 18). Y dicen: «Nadie entrará en el Paraíso a menos que sea judío o cristiano». Tales son sus deseos ilusorios. Di: «Presentad vuestra prueba, si lo que decís es verdad». No; quien somete todo su ser a Dios y alcanza la excelencia tendrá su recompensa junto a su Señor; no habrá temor sobre ellos ni se entristecerán (al-Baqarah 2: 111-12). Y dicen: «El Fuego no nos tocará sino durante unos pocos días». Di: «¿Acaso habéis hecho un pacto con Dios —pues Dios no faltará a Su pacto— o atribuís a Dios algo de lo que no tenéis conocimiento?». No es así; quienes cometen el mal y quedan rodeados por sus transgresiones, esos son los habitantes del Fuego… (al-Baqarah 2: 81). Y cuando se les dice: «Creed en lo que Dios ha hecho descender», dicen: «Creemos en lo que se hizo descender sobre nosotros»; y no creen en lo que está más allá de eso, aunque es la verdad que confirma lo que tienen. Di: «¿Por qué, entonces, matasteis antes a los Profetas de Dios, si erais creyentes?» (al-Baqarah 2: 91). Di: «Si la morada de la Otra Vida os pertenece exclusivamente a vosotros, con exclusión de todos los demás, desead la muerte, si lo que decís es verdad». Pero nunca la desearán, por causa de lo que sus manos han enviado por delante; Dios conoce a los malhechores… (al-Baqarah 2: 95).

¿Cuál es nuestro verdadero problema?

Problemas pseudo

A estas alturas, hermanos, deben haber comprendido cómo deberíamos haber vivido y actuado nosotros, como musulmanes, y cómo estamos viviendo y actuando en realidad. También deben haberse dado cuenta de las graves consecuencias que sufrimos a causa de nuestra conducta. Por lo tanto, no deberían tener dificultad en ver que los problemas que los musulmanes consideran cruciales para sus sociedades y que se esfuerzan al máximo por resolver mediante diversos recursos —algunos inventados por ellos, pero en su mayoría copiados de otros— no son su verdadero problema. El tiempo, la energía y los recursos que emplean en resolver estos problemas se están desperdiciando sencillamente. Por ejemplo, nos consideramos una minoría sumergida en una abrumadora mayoría extranjera, o una mayoría privada de su soberanía dentro de su propio territorio, o una nación subyugada y explotada por una potencia extranjera, o un pueblo que sufre atraso y pobreza. Luego dedicamos todos nuestros esfuerzos a alcanzar objetivos que emanan de estas concepciones e imágenes de nosotros mismos. Por ejemplo, objetivos como salvaguardar y asegurar nuestra posición en un país como minoría, alcanzar la soberanía dentro de nuestras fronteras territoriales, obtener la libertad frente a la dominación extranjera, o alcanzar los mismos niveles de progreso y desarrollo económico que las naciones avanzadas. Estas y otras cuestiones semejantes pueden ser las principales preocupaciones de quienes no son musulmanes, de quienes no aceptan a Dios como su Señor y Guía, y pueden constituir los objetivos centrales de sus esfuerzos. Pero para nosotros, los musulmanes, no son los problemas primordiales; nos enfrentamos a ellos únicamente porque hemos estado, y seguimos estando, descuidando el cumplimiento de nuestro deber. Si hubiéramos sido verdaderos testigos del islam, no nos habríamos encontrado perdidos en una jungla tan densa de problemas complejos e inextricables. Si ahora dirigimos toda nuestra atención y nuestros esfuerzos a cumplir con nuestro deber, en lugar de disipar nuestras energías en despejar la maleza, esta desaparecerá en muy poco tiempo, y no solo para nosotros, sino para toda la humanidad. Pues mantener el mundo limpio y mejorarlo es nuestra responsabilidad; como hemos abandonado el deber que se nos encomendó, el mundo se ha infestado de maleza espinosa. Y no es de extrañar que la parte más espinosa nos haya correspondido. Desgraciadamente, nuestros dirigentes religiosos y políticos no intentan comprender esta realidad sencilla pero crucial. En todas partes siguen convenciendo a los musulmanes de que sus problemas son los problemas de una minoría frente a una mayoría, del progreso material, de la seguridad nacional, de conquistar la libertad y la independencia como Estado nación. Además, incluso las soluciones que recomiendan han sido tomadas prestadas de los no musulmanes. Pero así como creo en Dios, también creo que ustedes están siendo desviados y que, siguiendo tales caminos, nunca alcanzarán su bienestar ni su destino.

Nuestro verdadero problema

¿Cuál es, entonces, nuestro verdadero problema? Si no se lo digo claramente, sin ninguna reserva, les estaré haciendo un gran perjuicio. A mi juicio, su destino, ahora y siempre, depende de una sola cuestión: ¿Cómo se comportan ustedes respecto de la guía de Dios que les ha llegado por medio de Su Mensajero, que las bendiciones y la paz sean con él? Gracias a esta guía son musulmanes. Gracias a esta guía, les guste o no, han aceptado convertirse en embajadores del islam ante el mundo entero. Por tanto, solo si siguen el islam total y devotamente, si sus palabras y acciones dan verdadero testimonio de sus enseñanzas, si su conducta social y pública representa fielmente todos los aspectos del islam, ascenderán de gloria en gloria en este mundo y recibirán los más altos honores en la vida futura. Entonces, en poco tiempo, se disiparán las nubes oscuras del miedo y la ansiedad, de la deshonra y la humillación, del sometimiento y la esclavitud. Entonces, la verdad de su mensaje y la virtud de su carácter conquistarán mente tras mente y corazón tras corazón. Entonces, su prestigio y reputación, su influencia y autoridad, prevalecerán sobre el mundo. En ustedes se depositarán las esperanzas de alcanzar la justicia, se confiará en su integridad y honestidad, se les confiarán las perspectivas de la virtud y se otorgará autoridad a su mundo. En cambio, los líderes del secularismo perderán toda credibilidad y autoridad. Su filosofía y su visión del mundo, sus ideologías económicas y políticas, demostrarán ser falsas y espurias cuando se enfrenten con su verdad y recta conducta. Las fuerzas que hoy pertenecen al campo secular se separarán una tras otra y se unirán al campo del islam. Llegará entonces un tiempo en que el comunismo temerá por su propia supervivencia incluso en Moscú, en que la democracia capitalista se estremecerá ante la idea de tener que defenderse incluso en Washington y Nueva York, en que el secularismo materialista será incapaz de encontrar un lugar incluso en las universidades de Londres y París, en que el racismo y el nacionalismo no ganarán ni siquiera un adepto entre los brahmanes y los alemanes. La actual era de abyecta humillación quedará entonces relegada a las páginas de la historia. Solo servirá para recordarnos los días en que los seguidores de una fe tan universal y poderosa como el islam fueron reducidos a tal estupidez que temblaban ante palos y cuerdas mientras llevaban bajo el brazo el bastón de Moisés. ¡Este futuro les pertenece! Pero solo si siguen el islam con sinceridad y exclusivamente, y sirven como sus fieles testigos. Sin embargo, su conducta actual es enteramente contraria. Han sido bendecidos con la guía divina, pero, como una serpiente que guarda un tesoro, ni ustedes mismos se benefician de ella ni permiten que otros se beneficien. Al llamarse musulmanes, han asumido la posición de representantes del islam, pero el testimonio conjunto de sus palabras y sus actos se ofrece en su mayor parte a favor de la Ignorancia (Yahiliya), la idolatría, el materialismo y la inmoralidad. Tienen consigo el Libro de Dios, pero lo han puesto en una estantería y, para buscar orientación, recurren a toda clase de personas que conducen al kufr y a fuentes que los extravían. Afirman ser los siervos del Dios Único, pero en realidad sirven a todo dios falso, a todo Satanás y a todo poder rebelde contra Dios. Tienen amigos y enemigos, pero siempre son sus intereses personales y egoístas los que determinan su amistad y su enemistad. En ambos casos utilizan el islam como parte de su causa. Así, por un lado, su conducta ha privado sus vidas de las bendiciones que el islam les ofrece y, por otro, están alejando a la humanidad en lugar de atraerla al islam. Si continúan comportándose de esta manera, no podrán alcanzar ningún bien, ni en este mundo ni en la vida futura. Según la Ley de Dios, el resultado de ello es la miserable situación en la que se encuentran. Lo que el futuro les depare puede ser mucho peor. Para decir la verdad, quizá, si se quitan de encima la etiqueta del islam y siguen abierta y sinceramente el kufr, podrían al menos lograr tanto progreso mundano como el que han alcanzado Estados Unidos, Rusia y Gran Bretaña. Pero afirmar que son musulmanes y comportarse, sin embargo, como no musulmanes, cerrando a la humanidad la puerta de la guía divina al representar falsamente ante ella al islam, es un crimen tan atroz que nunca les permitirá prosperar en este mundo. No hay manera de que puedan evitar el castigo prescrito por el Corán para este crimen. La historia judía ofrece una prueba viviente de esta realidad. Pueden recurrir al nacionalismo secular como un mal menor, pueden lograr que se les acepte como una nación separada y alcanzar todo lo que el nacionalismo musulmán busca alcanzar. Pero nada de esto los ayudará. Solo hay una manera de evitar el castigo de Dios: apartarse de su pecado y arrepentirse.