INTRODUCCIÓN
Ha influido enormemente en mi vida. Lo conozco desde que era muy joven, aunque vivió hace 1400 años. Mis padres me enseñaron a amarlo como si fuera la luz que guiaba a nuestra familia. Mis maestros de primaria alimentaron aún más este amor, y en mi primer año de secundaria mi profesor me regaló un libro sobre su vida como premio por haber quedado en el primer puesto de la clase de árabe. En mi primer trabajo profesional dramatizé para la radio una parte importante de su vida. Más tarde escribí un libro sobre los acontecimientos de su vida, y ese libro se ha reeditado varias veces. Durante treinta y un años, de 1981 a 2012, edité una columna semanal titulada «El islam desde una perspectiva» para el periódico saudí Arab News, y cada vez escribía un artículo sobre él o sobre lo que enseñó. Todavía siento que todo esto está muy lejos de lo que merece. ¿Cómo puedo yo —o, en realidad, cualquier persona— describir lo que ha dado a la humanidad, cuando sigue siendo la luz que lleva una felicidad pura a la vida de millones de personas en todo el mundo? Muhammad ibn Abdullah, nacido en La Meca en el año 570 de la era cristiana de un padre cuyo rostro nunca llegó a ver, fue el hombre a quien Dios confió la tarea de transmitir a la humanidad Su mensaje final. Dios se comprometió a preservar este mensaje durante el resto de la existencia humana. La tarea asignada a Muhammad era enorme. No se trataba simplemente de transmitir un mensaje y darlo por cumplido; debía ofrecer orientación a las generaciones presentes y futuras sobre su aplicación. Su guía es la luz que brilla a través de toda comunidad que decide atenerse a la forma en que Dios quiere que viva la humanidad. Una guía que seguirá siendo aplicable a cada individuo y a cada comunidad mientras continúe la vida humana. Este fue el milagro del Profeta. No dijo a la gente que obraría milagros para ellos ni les mostró hazañas espectaculares que los dejaran atónitos y maravillados. En cambio, les ofreció un sistema de vida que satisfacía todas las necesidades del cuerpo, el alma y las emociones. Además, elevó sus aspiraciones hacia un ideal sublime. Mediante sus actos, les mostró el camino para alcanzar todo esto de una manera muy sencilla, directa y honesta. Lo que tenían que esforzarse por alcanzar estaba al alcance de todos. No había complicaciones ni imposiciones arbitrarias. Se han escrito cientos de libros sobre el Profeta y los acontecimientos de su vida. La mayoría de ellos fueron escritos por musulmanes que lo amaron y lo siguieron, aunque algunos fueron escritos por detractores cuyo propósito es rechazarlo a él y a su mensaje. Por lo general, cuanto más aprende una persona sobre la vida y el mensaje del Profeta, más lo admira. Durante sus primeros cuarenta años, antes del inicio de su misión, Muhammad vivió entre su gente: compartía sus preocupaciones, pero se apartaba de todo lo que era incorrecto o impropio. Se ganó fama de persona honesta y veraz. Más tarde, mientras huía de unos asesinos, fue perseguido hasta el desierto, con una gran recompensa puesta a su cabeza; sin embargo, su confianza en Dios y en la verdad de su mensaje permaneció firme como una montaña. En cierto momento el peligro estuvo cerca y Suraqah, su perseguidor, estaba dispuesto a atacar, pero él le prometió a Suraqah que llevaría los brazaletes de Kisra, el emperador persa. Esa promesa se cumpliría después de la muerte de Muhammad. En menos de diez años, la vida del Profeta experimentó un gran cambio. Aquel jinete que, acompañado por dos hombres y un guía, recorría 500 kilómetros de caminos desconocidos en el desierto de Arabia para escapar de sus perseguidores, se convirtió en el gobernante indiscutido de toda Arabia. Construyó un Estado consagrado a la verdad y la justicia y a la liberación del ser humano en todo el mundo. Escribió a emperadores, reyes y gobernantes, exhortándolos a creer en Dios y a seguir Su mensaje; sin embargo, al mismo tiempo vivía una vida de pobreza. No desdeñaba aceptar la invitación de una persona pobre y compartía gustosamente una humilde cena de pan con grasa que había comenzado a echarse a perder. Un día volvió a casa para comer, pero el único alimento disponible era una pequeña porción de pan y algo de vinagre. Su comentario fue: «El vinagre es un buen alimento para acompañar el pan». Dijo esto en un momento en que podría haber disfrutado de las mayores riquezas que el mundo podía ofrecer. He dicho que su confianza en Dios era firme como una montaña. En efecto, las montañas podrían desplomarse, y aun así la fe del Profeta permanecería inconmovible. En momentos de extremo peligro, estaba lleno de confianza en que triunfaría la verdad que predicaba. En el momento de su mayor triunfo mostró humildad y dio las debidas gracias al Todopoderoso. Con los enemigos de ayer —los mismos que habían conspirado para asesinarlo y decidido exterminar a su comunidad— a su merced, fue extraordinariamente magnánimo. La visión que más satisfacción le produjo al final de su bendita vida fue la de sus seguidores ofreciendo una oración comunitaria en su mezquita. Entonces sintió que había transmitido el mensaje de Dios y cumplido su tarea. Hoy, escritores, caricaturistas, blogueros y otros detractores lo difaman ampliamente; la información que tienen sobre él es escasa y falsa. Es atacado, en particular, por tres cuestiones: sus numerosos matrimonios, su matrimonio con Aisha —de quien se dice que era una niña en aquel momento— y su trato hacia los judíos, especialmente la tribu de Qurayzah. Un estudio profundo de todas estas cuestiones muestra que no hay nada que criticar. No obstante, el ataque continúa. Por desgracia, la mayoría de los musulmanes de hoy no conoce al Profeta lo bastante bien como para presentar su vida con sus verdaderos colores. Más bien, cuando se producen estos ataques, la ira aumenta en todo el mundo musulmán. Esto sirve para profundizar la brecha entre musulmanes y no musulmanes, especialmente entre el mundo musulmán y Occidente. Esto es contrario a lo que desea la mayoría de la gente en todo el mundo. Se necesita una mejor comprensión a ambos lados de la división. Mi primer libro sobre el Profeta, Muhammad: Hombre y Profeta, pretendía registrar los principales acontecimientos de su vida, junto con análisis y comentarios. En este libro mi objetivo es mostrar su verdadero carácter. Sin embargo, mientras escribo, siento que no alcanzo ni de lejos mi objetivo. Solo puedo expresar mis limitaciones con las palabras de John Dryden: ¿Cómo puede lo menor comprender lo mayor? ¿O cómo puede la razón finita alcanzar el infinito?1 ¿Cómo puedo mostrar los dos extremos opuestos: la vida en su forma más ordinaria y la vida en su máxima perfección? El Profeta combinó ambas de la manera más natural. Si logro ofrecer a mi lector un atisbo de ello, mi esfuerzo habrá valido la pena. Mis lectores comprenderán que no intento refutar ninguna acusación dirigida contra el Profeta. Solo intento presentar su carácter. Para ello, me he guiado por lo que el Corán —la propia palabra de Dios— dice sobre él, por sus propias declaraciones y enseñanzas y por lo que sus Compañeros nos han transmitido de lo que dijo e hizo. Solo me he basado en fuentes auténticas. Sin embargo, he excluido varios relatos y declaraciones que podrían haber reforzado un argumento o ilustrado un punto cuando consideré que contenían una frase o una palabra que podía arrojar alguna duda sobre ellos, a menudo a pesar de su inclusión en una de las colecciones auténticas de los hadices (tradiciones) del Profeta. 1 John Dryden, Religio Laici, 39-40. He dedicado un capítulo al caso de los judíos de Qurayzah y a su destino, y en este análisis sigo una línea completamente distinta del enfoque tradicional. Los lectores pueden juzgar por sí mismos si mi argumento es válido. Ni en este caso ni en ninguna cuestión controvertida intento defender al Profeta o justificar sus actos. No hay nada en sus actos o enseñanzas que necesite justificación; lo que se necesita es comprender la situación examinando todos sus aspectos, circunstancias y opciones disponibles. Solo resta decir que ningún retrato del carácter del Profeta le hará justicia. Era superior a todo lo que podemos imaginar. Tal vez la descripción que más se acerca a la verdad sea que era «el maestro de la bondad perfecta». Que Dios lo recompense abundantemente por haber enseñado esa bondad perfecta a la humanidad. Adil Salahi Londres, agosto de 2012
CAPÍTULO 1
los años de formación Muhammad, el Profeta del islam, era un ser humano corriente. Los musulmanes de todo el mundo reconocen este hecho. Ninguna escuela islámica de pensamiento le atribuye un estatus diferente. Ninguna le atribuye naturaleza divina. El Corán también subraya este hecho: lo afirma repetidamente, dejando claro al mismo tiempo que a él le fue confiado el mensaje final de Dios para la humanidad. Su función consistía en transmitir íntegramente este mensaje. El mensaje está contenido en el Corán, que es la palabra de Dios mismo. Dios ha garantizado que el Corán se conservará en su forma original para siempre. Así pues, el Corán que tenemos hoy es exactamente el mismo que Muhammad recitó a su comunidad hace más de mil cuatrocientos años, pues ni una sola palabra ha cambiado. Como Mensajero de Dios, Muhammad también explicó el Corán. Desarrolló los aspectos expuestos en términos generales, proporcionó detalles cuando eran necesarios y corrigió las ideas equivocadas cuando surgían. Además, con su propia vida ofreció un ejemplo práctico de cómo deben comportarse los creyentes. Lo que Muhammad nos transmitió, además del Corán, se llama la Sunna. La Sunna es una parte esencial de la fe islámica, pues sirve como memorando explicativo del Corán. Los musulmanes consideran la Sunna un complemento del Corán, pero no tiene el mismo estatus. De hecho, forma parte de la revelación que recibió el Profeta, aunque está expresada con sus propias palabras. Como son palabras de un hombre, no pueden recitarse en la oración. Muhammad se convirtió en Profeta a los cuarenta años. Antes de ese momento, no se le conocía por hablar de religión, de Dios, de la condición humana ni siquiera de los valores y la conducta morales. Si pensaba en tales asuntos, sus pensamientos permanecían en privado, pues no hablaba de ellos con nadie, ni siquiera con su esposa o sus amigos más cercanos. Ningún amigo ni enemigo le dijo jamás algo como: «Recuerdo la época en que solías hablarnos de religión o de valores morales». Nadie ha sugerido que el islam fuera el desarrollo de ideas anteriores expresadas por Muhammad de alguna manera. Los profetas son una clase especial de personas, pues asumen la tarea de predicar a la gente y, al mismo tiempo, ofrecer un ejemplo práctico. Sin embargo, existe un grupo de profetas que alcanza un estatus superior: los Mensajeros de Dios, a quienes se entregan mensajes para transmitirlos a la gente. Noé, Abraham, Moisés y Jesús fueron los más elevados y nobles de los Mensajeros de Dios. También hubo otros Mensajeros: algunos son mencionados en el Corán, mientras que otros no aparecen. Todos estos profetas y Mensajeros predicaron la misma fe divina, basada en la unicidad de Dios. Enseñaron que toda sumisión debe dirigirse únicamente a Él y que toda adoración debe dedicarse exclusivamente a Él. Finalmente, el mensaje divino alcanzó su forma definitiva y completa, y fue dirigido a toda la humanidad, en todas las generaciones. Este es el mensaje de Muhammad, encarnado en el Corán y la Sunna. En este libro nos proponemos estudiar a Muhammad, el hombre. Solo abordaré su mensaje y sus enseñanzas mediante el estudio de su personalidad. No pretendo presentar la fe islámica ni explicar sus principios fundamentales. En cambio, comenzaré examinando sus antecedentes, el entorno social en el que nació y creció, y los aspectos culturales de la sociedad en la que vivió durante su juventud y su edad adulta. Después analizaré cómo se desarrolló su personalidad mientras cumplía la tarea que le había sido asignada como Mensajero de Dios. Muhammad nació en el año 570 de la era cristiana en La Meca, la ciudad más importante de Arabia en aquella época. Los árabes vivían en la tierra que hoy comprende toda la península arábiga, así como Palestina, Jordania, el sur de Siria y el sur de Irak. Su sociedad era tribal y consideraba la lealtad a la tribu el vínculo supremo entre las personas. Los individuos se identificaban como miembros de una tribu, y la tribu protegía y defendía a cada uno de sus miembros. Una tribu podía entrar fácilmente en guerra contra otras por una disputa que solo involucrara a uno o dos de sus miembros. En tales casos, lo justo y lo injusto tenían una importancia secundaria, pues la lealtad tribal era suprema. Estas tribus podían ser grandes o pequeñas. Una tribu grande podía dividirse en varios clanes. Los distintos clanes se consideraban primos, pero aun así competían por el honor y el prestigio. Los clanes tenían autonomía, y la lealtad se dirigía siempre al vínculo más cercano. Así, una persona debía lealtad primero a la familia, después al clan y luego a la tribu. Las tribus disfrutaban de prestigio basado en su historia, su ascendencia y su fuerza. Incluso las tribus importantes se enorgullecían de pertenecer a otras aún mayores. En efecto, todos los árabes pertenecían a una de dos grandes divisiones: Adnan y Qahtan. Cuando nació Muhammad, La Meca estaba habitada por la tribu de Quraysh, reconocida por todos los árabes como la tribu principal. Antes de Quraysh, La Meca había pertenecido a la tribu de Khuzaah, que a su vez la había tomado de Jurhum. Muhammad pertenecía al clan de Hashim, que había ejercido la autoridad en La Meca durante varias generaciones. De hecho, su abuelo, Abd al-Muttalib, era el jefe de La Meca, con una autoridad reconocida por todos los clanes de Quraysh. La posición de Quraysh como tribu principal se vio reforzada por la presencia de la Kaaba en La Meca. La Kaaba fue construida por el Profeta Abraham y su hijo Ismael, que también era profeta. Desde su construcción, la gente continuó visitándola y venerándola. En este entorno social nació Muhammad. En aquella época, los niños pertenecientes a familias distinguidas de esa sociedad solían quedar al cuidado de nodrizas beduinas, que acudían a La Meca para llevarse bebés a sus hogares. Las familias de La Meca creían que lo mejor para sus hijos era pasar sus primeros dos años en el desierto, donde el aire y el entorno limpios les garantizarían un comienzo saludable. Las familias beduinas recibían ayuda económica a cambio de cuidar a los niños de la ciudad. Por ello, pocos días después de su nacimiento, Muhammad fue entregado a la mujer beduina Halimah, que debía amamantarlo y cuidarlo. Halimah pertenecía a la tribu de Sad ibn Bakr, que se desprendía de Hawazin. Dos factores debieron de influir profundamente en Muhammad durante sus primeros años. El primero fue la pérdida de sus parientes más cercanos. El matrimonio de sus padres duró solo unas semanas, después de lo cual su padre, Abdullah, viajó a Siria con la caravana comercial tradicional que viajaba allí cada año. Durante el regreso enfermó. Los miembros de la caravana lo dejaron en Medina para que sus parientes maternos lo atendieran, pero no se recuperó y murió poco después. La madre de Muhammad, Aminah, murió unos años más tarde, cuando él solo tenía seis años. La muerte de una madre se siente profundamente en la infancia, pero quizá aún más en el caso del joven Muhammad, pues se encontraba con ella en un viaje que los llevó a Medina, donde visitaron la tumba de su padre. La distancia entre La Meca y Medina supera los 450 kilómetros. Cuando llegaron a al-Abwa, una aldea algo más cercana a La Meca que a Medina, Aminah enfermó y murió. El niño quedó al cuidado de su nodriza, Umm Ayman, que lo llevó de vuelta a casa. El abuelo de Muhammad, Abd al-Muttalib, se ocupó entonces de él, pero también murió cuando Muhammad solo tenía ocho años. Una sucesión semejante de pérdidas de familiares cercanos y queridos está destinada a producir un efecto profundo en una persona joven. Muhammad recordó a su madre hasta sus últimos días. Más de cincuenta años después, visitó su tumba en al-Abwa y, mientras permanecía junto a ella, lloró de dolor. Dijo a sus Compañeros que había pedido permiso a Dios para visitar su tumba, y que su petición había sido concedida.1 1 Muslim, Sahih (Libro de los funerales). En respuesta a una pregunta de algunos de sus Compañeros, el Profeta declaró que recordaba vívidamente la muerte de su abuelo. Del mismo modo, su nodriza, Umm Ayman, afirmó que había llorado mucho en aquel momento.2 De esto podemos comprender que el dolor del joven Muhammad por sus pérdidas fue ciertamente intenso. La muerte de estos parientes cercanos debió de hacerle comprender que la vida trae consigo cualquier cosa, sin ofrecer garantías a nadie: nadie tiene derecho legítimo a nada aparte de lo que recibe. Más tarde relacionaría esto con la voluntad de Dios, para subrayar que nadie podía esperar otra cosa que lo que Dios concede. El segundo factor que debió de influir en Muhammad durante sus primeros años de formación fue el amor que recibió de quienes lo rodeaban. Halimah, su nodriza, y la familia de esta lo amaban profundamente, entre otras razones porque pronto comprendieron que era un niño bendecido. Ella tampoco sentía que amamantarlo junto con su propio hijo le supusiera una carga considerable. Al completar dos años de lactancia, Halimah lo llevó debidamente de vuelta junto a su madre, Aminah. Sin embargo, Halimah pidió que el niño permaneciera con ella, pues la zona desértica donde vivía era un entorno mucho más saludable que La Meca. Aminah accedió, y Muhammad permaneció con Halimah hasta los cuatro años. De regreso en La Meca, el niño de cuatro años quedó al cuidado de su madre, bajo la atenta mirada de Abd al-Muttalib, su abuelo. Ambos sentían que había algo especial en el niño. El abuelo le dispensaba un trato particular y le concedía privilegios que ningún niño habría recibido normalmente en la rígida comunidad tribal de La Meca. Quizá las circunstancias de su nacimiento —aunque, con mayor probabilidad, la naturaleza del niño— hicieron sentir al anciano sabio que el muchacho tendría un futuro brillante. En Arabia, donde siempre existía una feroz competencia por el honor, Abd al-Muttalib, el jefe de La Meca, que tenía alrededor de cien años, pudo haber esperado que el muchacho creciera y elevara aún más el honor de su clan hachemita. Sin embargo, como se ha señalado, en los cuatro años siguientes a su regreso a La Meca, Muhammad perdió tanto a su madre como a su abuelo. Así pues, a los ocho años, Muhammad tuvo que mudarse de nuevo y vivir con su tío Abu Talib, que pronto asumiría una posición muy distinguida y honorable en La Meca, al convertirse en jefe del clan hachemita. Abu Talib, no obstante, tenía recursos limitados y una familia numerosa, aunque era un jefe árabe ejemplar. La posición de su familia, su clan y su tribu ocupaba el primer lugar en su pensamiento. Para él, Muhammad no era simplemente un sobrino huérfano: pronto sería un joven de grandes cualidades. Abu Talib veía en Muhammad un niño brillante y lleno de promesas. Su naturaleza dócil y afectuosa auguraba un buen futuro, y Abu Talib pensaba que Muhammad podía continuar la tradición de sus nobles antepasados, que habían elevado la posición de su clan en Arabia. Abu Talib amaba a Muhammad como a sus propios hijos, quizá incluso con cierto favoritismo, teniendo en cuenta la situación particular del niño y la bendición que parecía emanar de él. En la casa de su tío, Muhammad estaba al cuidado de dos mujeres: Fatimah bint Asad, la esposa de Abu Talib, y Umm Ayman, su nodriza. Ambas lo colmaban de amor maternal. Cuando Fatimah murió unos cincuenta años más tarde, el Profeta, que entonces era el gobernante de Arabia, se ocupó personalmente de preparar su entierro. Expresando su dolor por su pérdida, dijo: «Que Dios derrame Su misericordia sobre ti, madre. Fuiste para mí una madre después de que perdí a la mía: pasaste hambre para que yo tuviera suficiente comida; me diste ropa que tú necesitabas más; te privaste de las cosas buenas de la vida para que yo pudiera disfrutarlas; y solo buscaste la recompensa de Dios por todo ello».3 Umm Ayman era una esclava abisinia que pertenecía a su padre, Abdullah. Según las costumbres de la época, pasó a pertenecerle después de la muerte de su padre. Sin embargo, en la tradición islámica nunca se hace referencia a ella como esclava, sino que siempre se la describe como su nodriza. Era una mujer bondadosa que presenció su infancia desde el momento de su nacimiento. Fue su única compañera cuando su madre murió durante el viaje de regreso de Medina, cuando él solo tenía seis años. Lo llevó de vuelta junto a su abuelo, quien le ordenó que cuidara de Muhammad y que nunca lo perdiera de vista. No necesitaba ningún incentivo para hacerlo, pues el niño le era muy querido. Cuando creció, Muhammad reconoció su papel y correspondió a su bondad. Al casarse con Khadijah, cuando tenía veinticinco años, Muhammad la liberó. Más tarde la casó con Zayd ibn Harithah, que era el hombre más querido por él. Ella dio a Zayd un hijo llamado Usamah, a quien el Profeta amaba como si fuera su propio hijo. Cuando Muhammad se convirtió en el Mensajero de Dios, Umm Ayman y su familia estuvieron entre los primeros conversos al islam. Ella continuó disfrutando de su bondad hasta los últimos días de él. Solía decir de ella: «Umm Ayman es la última de mi familia, y fue para mí una madre después de que mi madre falleció».4 Durante su crianza, pues, Muhammad sufrió la pérdida de sus parientes más cercanos, quienes más se ocupaban de él: sus padres y su abuelo. Sin embargo, nunca estuvo lejos de un hogar familiar donde recibiera amor, bondad y cuidados maternales. Muchas mujeres amaban a Muhammad y cuidaban de él, pues tenía seis tías paternas, todas bondadosas y afectuosas. Cuando observamos la infancia y la crianza de Muhammad, no podemos dejar de notar que la mano guía de Dios estuvo siempre presente para asegurar que no le faltara lo necesario para un buen comienzo en la vida. Perdió a sus seres queridos, pero no careció de amor tierno. La pregunta es: ¿cómo afectó su situación particular a su carácter? Por una parte, enfrentarse a la muerte a una edad tan temprana seguramente lo llevó a preguntarse por el sentido de la vida. Por otra, vivir en una casa de su tío llena de primos debió de darle la sensación de ser una incorporación a la familia, pero no de pertenecer plenamente a ella. Habría contemplado con mayor distancia todo cuanto afectaba a la familia. Al crecer, esto lo haría más independiente en su manera de pensar y ampliaría su perspectiva, pues distinguiría entre Abu Talib y sus otros tíos. Además, le dio una visión más consciente de su lugar en la familia y en su tribu. Así, lo vemos aferrándose a su tío Abu Talib cuando este emprendió un viaje comercial a Siria. Pidió viajar con él, aunque no era habitual que un muchacho de esa edad participara en un viaje semejante. Al principio Abu Talib no quiso ni oír hablar de ello, pero no hizo falta mucha persuasión y el muchacho, de doce años, emprendió su primer viaje largo. Halimah, su nodriza, contó que sintió que una bendición entraba en su familia desde el momento en que recibió a Muhammad de manos de su madre. Esa bendición se manifestó en los recursos de la familia. Los beduinos vivían de los productos de sus ovejas, camellos y vacas. Incluso en tiempos difíciles, cuando pastorear era una tarea ardua, su ganado parecía producir abundante leche para la familia. Ella relacionaba aquello con el hecho de tener a aquel hermoso bebé. Por eso quiso conservarlo más allá del período normal. Abu Talib sentía lo mismo. Observó que, cuando Muhammad se unía a la comida familiar, todos comían hasta saciarse y normalmente sobraba un poco. Cuando Muhammad estaba ausente, apenas había suficiente comida. Por ello, si Muhammad se retrasaba, la comida se aplazaba hasta que llegara. Se trataba simplemente de una observación sutil, pues no había nada tangible en ello y, como consecuencia, Muhammad no recibía un estatus especial. La vida en la casa de su tío continuaba con normalidad. Existen muchas historias que indican que quienes rodeaban a Muhammad comprendían que estaba destinado a desempeñar un papel importante. Un relato afirma, por ejemplo, que durante su viaje a Siria fue reconocido por un monje cristiano, que lo interrogó minuciosamente. El monje aconsejó al tío de Muhammad que cuidara especialmente de él y le advirtió que no debía ser reconocido por los judíos. Sin embargo, no tenemos medios para confirmar la autenticidad de tales relatos. El Profeta no mencionó ciertamente estos acontecimientos cuando finalmente asumió su papel como Mensajero de Dios. Por tanto, estas historias deben valorarse por lo que son y no deben intervenir en la formación de nuestra comprensión del carácter de Muhammad. Por otro lado, las mujeres que cuidaron de Muhammad durante sus primeros años ciertamente influyeron en su perspectiva. Aminah, Halimah, Umm Ayman y Fatimah bint Asad le dieron un amor sin reservas. Esto le permitió comprender el papel de las mujeres en la vida. Su sociedad maltrataba a las mujeres y les otorgaba un estatus inferior al de los hombres. En la jerarquía de aquella sociedad, una mujer esclava ocupaba ciertamente un estatus muy bajo. Una nodriza no estaba mucho más arriba, salvo por el hecho de ser una mujer libre. De hecho, todas las mujeres eran consideradas inferiores. Durante sus primeros años, Muhammad fue cuidado por dos mujeres de condición humilde: Halimah y Umm Ayman. Comprendió que les debía mucho amor. Por ello, más tarde, como Mensajero de Dios, no le resultó difícil insistir en la igualdad de estatus de las mujeres. Hasta el último día de su vida defendió los derechos de las mujeres en todas sus formas. Repetía a menudo sus advertencias contra negar sus derechos a los huérfanos y a las mujeres, pues estos representaban dos de los elementos más débiles de la sociedad humana. Muhammad vivió con su tío hasta hacerse adulto. A pesar de su honorable posición en La Meca, Abu Talib tenía recursos limitados. Eran tiempos difíciles y, al parecer, no tenía mucho éxito en los negocios. Además, tenía una familia numerosa. Por ello, cuando Muhammad regresó a La Meca con su tío después del viaje comercial a Siria, sintió que debía hacer algo para aliviar la carga de su tío. Quería trabajar, pero en aquella época había poco que hacer en La Meca. La Meca no tenía agricultura, pues la ciudad estaba rodeada de montañas y llovía muy poco. Tampoco se consideraba digno que un árabe libre —y menos aún alguien perteneciente a una familia distinguida— realizara trabajos manuales, pues estos correspondían a los esclavos y sirvientes. La prosperidad de La Meca se debía a dos factores: el comercio y la posición de la Kaaba en su centro. La Kaaba atraía visitantes durante todo el año, pero en la época de la peregrinación anual acudían miles de personas. Entonces, ¿qué podía hacer un adolescente? El único empleo que un adolescente podía desempeñar en La Meca sin menoscabar su posición era el de pastor. Así pues, Muhammad trabajó como pastor, obteniendo un pequeño salario que ayudaba a las finanzas de la familia de su tío. El trabajo de pastor deja mucho tiempo para la contemplación y la reflexión. Cuando llevaba a sus ovejas a pastar, la única obligación de Muhammad era vigilarlas, asegurándose de que ninguna se extraviara ni fuera robada por algún beduino que pasara por allí. Tal trabajo encajaba muy bien con el temperamento dócil de Muhammad y con su posición en un hogar familiar, en el que se mantenía algo apartado. No habló de aquellos años ni nos contó en qué direcciones lo llevaban sus pensamientos. Sin embargo, nos transmitió algo muy significativo: que todos los profetas anteriores pasaron parte de sus primeros años como pastores. ¿Es este trabajo particularmente adecuado como preparación para el papel de un profeta? Los pastores de camellos hablan de su rebaño como de una comunidad en la que cada camello posee su propio carácter distintivo. ¿Se aplica esto también a las ovejas? Un pastor dotado de perspicacia e inteligencia sería capaz de observar su rebaño como un conjunto de individuos e identificarlos por sus rasgos particulares. La contemplación y la reflexión permitirían a un pastor así trasladar esa observación a la comunidad más amplia y reflexionar sobre lo que distingue e influye en los caracteres humanos. Quizá sea esta oportunidad de reflexionar sobre el ser humano, la vida, los objetivos y el destino lo que hace que el trabajo de pastor sea especialmente adecuado como preparación para el futuro papel de un profeta. El papel de un profeta es muy especial. Ninguna experiencia humana puede preparar a una persona para asumirlo. Ningún instructor ni institución puede ofrecer formación para ello. Puesto que Dios elige a las personas que emprenden esta tarea, Él les proporciona la preparación necesaria. Sin tal ayuda, preparación y guía, nadie puede cumplir los requisitos de la tarea ni llevarla a cabo con éxito. La preparación de Muhammad para su futura tarea comenzó desde sus primeros días. En una ocasión explicó su dominio excepcional de la lengua árabe y afirmó que contribuyeron a él dos elementos muy favorables: pertenecer a Quraysh y haber pasado sus primeros años entre la tribu de Sad ibn Bakr. Así, podemos considerar su prolongada estancia con esa tribu como parte de tal preparación, pues coincidió con el período de adquisición del lenguaje por parte de un niño. Lo mismo se aplica a su trayectoria, especialmente a su trabajo como pastor. No sabemos cuántos años trabajó Muhammad como pastor, pero debió de hacerlo hasta bien entrada la adolescencia y probablemente más allá. Como joven que crecía en una sociedad caracterizada por una moral sexual relajada, Muhammad escuchaba muchas historias sobre las aventuras sexuales de sus compañeros, y era natural que pensara en probarlo por sí mismo. Nos cuenta que en dos ocasiones pidió a otro pastor que cuidara de sus ovejas mientras intentaba procurarse algún placer. En ambas ocasiones se quedó junto a una casa donde se celebraba una boda, pero un sueño profundo se apoderó de él. Las dos veces lo despertó el sol de la mañana. Más tarde señaló que se trataba de un acto de protección divina para impedir que el futuro Profeta se hundiera en una conducta inmoral. Durante este período tuvieron lugar varios incidentes. Contó que, siendo aún un muchacho, una vez jugaba con otros niños que recogían piedras para un juego. Estaban desnudos. Justo cuando se desnudó para unirse a ellos, sintió un fuerte golpe y una voz le dijo que se pusiera la túnica. Mucho más tarde ocurrió lo mismo, cuando Quraysh renovó el edificio de la Kaaba. Todos participaron en el trabajo y él llevaba piedras sobre el hombro. Su tío al-Abbas sugirió que utilizara su prenda inferior como cojín para protegerse el hombro. De nuevo, una voz severa le advirtió que no lo hiciera. Un ejemplo más importante de protección contra una conducta indigna está relacionado con el culto religioso. Los árabes adoraban ídolos que representaban divinidades, a las que consideraban asociadas de Dios. Muhammad sentía una aversión instintiva hacia todos aquellos ídolos, pues reconocía que eran objetos inanimados incapaces de proporcionar beneficio o perjuicio. Sin embargo, la gente suele seguir las prácticas de su comunidad, especialmente en las ocasiones festivas. Muhammad fue protegido de ello. Su nodriza, Umm Ayman, cuenta lo siguiente: Quraysh solía rendir homenaje a un ídolo llamado Buwabah. Un día determinado de cada año organizaban una fiesta especial en su honor. Permanecían todo el día junto al ídolo y se afeitaban la cabeza. Abu Talib, el tío del Profeta, no dejaba de asistir a la fiesta. Cada año pedía a su sobrino huérfano que asistiera, pero Muhammad se negaba. Abu Talib se enfadaba con él, e incluso sus tías hablaban con Muhammad acerca de su aparente falta de respeto hacia los ídolos. Intentaban convencerlo de que no siguiera siendo el único diferente de su familia. Al hacerlo, aludían al deber de un joven de mostrar lealtad a su familia. Decían: «Parece que no deseas compartir ninguna fiesta con tu pueblo ni ser contado entre sus miembros». Finalmente, Muhammad cedió a las súplicas de sus tías y acudió a la fiesta. Regresó presa del miedo. Dijo a sus tías que temía haber sido poseído por un espíritu maligno. Ellas le aseguraron que Dios nunca permitiría que le sucediera algo así, teniendo en cuenta sus numerosas buenas cualidades. Al relatarles su experiencia, dijo: «Cada vez que me acercaba a un ídolo, veía a un hombre alto y blanco que me decía que me apartara y que no tocara el ídolo». Umm Ayman subraya que aquella fue la primera y la última fiesta de los ídolos a la que Muhammad asistió hasta que comenzó a recibir sus revelaciones coránicas.5 Sin embargo, Muhammad participaba en todos los aspectos positivos de la vida de su comunidad. Cuando solo tenía quince años, ayudó a sus tíos mientras estos combatían en la llamada guerra de Fijar. Esta guerra, que duró cuatro años, comenzó durante los meses sagrados, en los que la tradición árabe prohibía cualquier combate. De ahí su nombre, que sugiere la violación de la santidad. Los combatientes pertenecían a las dos grandes tribus árabes de Quraysh y Qays Aylan. Poco después de que terminara esta guerra, cuando Muhammad tenía casi veinte años, participó en la creación de la noble alianza de al-Fudul, que comprometía a los clanes de Quraysh a mantenerse unidos para apoyar a cualquiera que sufriera una injusticia en La Meca, tanto si pertenecía a ella como si era visitante. Por aquel entonces, Muhammad buscaba un nuevo trabajo, y el comercio era el pilar de la economía de La Meca. Muhammad comenzó a trabajar como agente de una famosa comerciante llamada Khadijah. Era una viuda rica que comerciaba en los célebres mercados árabes. Según se informa, Muhammad trabajó para ella en el mercado de Hubashah. Tenía un socio que trabajaba con él. Al parecer, recibía un salario modesto. Sin embargo, la mejor oportunidad que podía tener un joven de su edad era unirse a una caravana comercial como agente de uno de los comerciantes de La Meca. Khadijah necesitaba un agente de ese tipo, y la experiencia que había tenido con Muhammad la animó a enviarlo como su representante en la tradicional caravana comercial de verano a Siria. La empresa tuvo mucho éxito, pues Muhammad obtuvo considerables beneficios para Khadijah en ambas etapas del viaje. No está claro si realizó varios viajes comerciales de ese tipo, pero su actuación fue sumamente impresionante. Khadijah había enviado con él a un sirviente suyo llamado Maysarah, que le informó de la honradez, integridad y capacidad comercial de Muhammad. Como viuda rica, Khadijah no carecía de pretendientes, incluidos algunos de buena posición social, pero los había rechazado a todos. Ahora comprendió que había encontrado al soltero adecuado. Khadijah propuso discretamente casarse con Muhammad, y el matrimonio se celebró poco después. Se afirma que Muhammad tenía veinticinco años y Khadijah cuarenta, pero esto es muy dudoso. En diez años, ella le dio dos hijos y cuatro hijas, lo que sugiere que se encontraba en la plenitud de su vida reproductiva. Esto significa que no podía tener mucho más de treinta años. De hecho, un relato de Ibn Abbas, primo del Profeta, nos informa de que tenía veintiocho años. Fue un matrimonio muy feliz, y Muhammad continuó administrando los negocios de Khadijah; a la familia no le faltaba nada. Él era un esposo ejemplar y ella una esposa muy atenta y cariñosa. No se sintió decepcionada por su elección: había encontrado a un hombre de gran integridad, muy respetado por su pueblo por su honradez, valentía y carácter amistoso. Quizá sea apropiado intentar descubrir en este punto qué clase de hombre era Muhammad. Contamos con descripciones detalladas de su apariencia física. Las más auténticas son las transmitidas por al-Bujari y Muslim. Al-Bara ibn Azib informa: «El Mensajero de Dios era un hombre de la mejor apariencia y del mejor carácter. No era ni muy alto ni bajo».6 También informa: «El Profeta tenía una estatura mediana y hombros anchos. Su cabello no llegaba hasta la parte inferior de sus orejas. Una vez lo vi vestido con un traje rojo y nunca vi nada más agradable».7 A al-Bara le preguntaron si el rostro del Profeta era alargado. Respondió: «No. Era como la luna llena». Otros relatos mencionan que sus ojos eran de un negro intenso sobre un blanco brillante, con cejas largas, arqueadas y más bien delgadas que no se unían en el centro. Tenía la cabeza grande, la frente ancha, las mejillas rectas, la nariz curvada y la boca ancha, con labios bien proporcionados. Su tez era clara, con un toque de rubor en las mejillas. Su cabello negro no era ni demasiado rizado ni lacio. Al final de su vida solo tenía unas pocas canas. Cuando caminaba, su paso era firme, como si descendiera por un pasaje ligeramente inclinado. Siempre se dirigía a su interlocutor de frente, girando todo el cuerpo si necesitaba volverse. Siempre lucía una sonrisa encantadora que inspiraba confianza. En conjunto, era muy apuesto y su olor corporal era muy agradable. Anas ibn Malik informa: «Nunca toqué seda ni brocado más suave que la palma del Profeta; tampoco olí jamás un perfume mejor que el olor del cuerpo del Profeta».8 Sus modales y valores morales hacían que las personas que trataban con él le tomaran afecto. Los miembros de su clan, Hashim, sentían que él sería quien sin duda cumpliría la promesa de un futuro brillante. En la comunidad más amplia de Quraysh era muy respetado por su integridad y su sentido de la corrección. Recibió el sobrenombre de Al-Amin, que significa «el digno de confianza». Sus adversarios reconocían este rasgo, e incluso quienes deseaban su muerte admitían que nunca dejaba de cumplir su palabra. Del mismo modo, su bondad nunca fue puesta en duda. Quienes estaban cerca de él sentían que se preocupaba por todas las personas, particularmente por quienes se encontraban en una situación vulnerable. Lo que hizo por Zayd ibn Harithah ofrece una buena imagen de su bondad. Zayd era un muchacho que había sido separado de su tribu por unos saqueadores, quienes después lo vendieron como esclavo. Al parecer, fue vendido más de una vez antes de ser llevado a La Meca, donde se convirtió en esclavo de Khadijah cuando su tío se lo regaló. Ella, a su vez, se lo regaló a Muhammad cuando se casaron. Para entonces Zayd era adolescente. Al enterarse de que Zayd estaba en La Meca, su padre acudió para conseguir su liberación. En vez de vender Zayd a su padre, Muhammad le ofreció elegir entre quedarse con él o marcharse libre con su padre. Para asombro de este, Zayd optó sin vacilar por quedarse con Muhammad. Dijo a su padre que no se separaría de Muhammad por ningún motivo. Para tranquilizar al padre, Muhammad liberó entonces a Zayd y lo adoptó como hijo. A medida que crecía, la sabiduría de Muhammad se hizo ampliamente reconocida. Quraysh necesitaba renovar la Kaaba, que consideraba un lugar sagrado. Este edificio cúbico, casi completamente negro, tenía una piedra de especial importancia —una piedra negra meteórica— colocada a la altura del hombro en una de sus esquinas. Servía como señal del comienzo y el final del rito del tawaf. Cuando terminó la reconstrucción, había que volver a colocar la piedra negra en su sitio. Cada clan quería tener el honor de colocarla. La discusión se acaloró y los ánimos se exaltaron. Algunos incluso pidieron que se luchara por ello. Sin embargo, un anciano respetado propuso un arbitraje, y los clanes acordaron que el primer hombre que entrara sería el árbitro. Fue Muhammad quien entró, y todos se alegraron de dejarle la decisión. Comprendió que la reconciliación solo podía lograrse compartiendo el honor. Por tanto, pidió que se extendiera una tela en el suelo. La piedra negra se colocó en el centro y se eligió a un representante de cada clan. Estos sostuvieron la tela y la levantaron juntos. Cuando la piedra negra quedó a la altura de su emplazamiento, Muhammad la colocó de nuevo en su sitio. Todos quedaron satisfechos, pues ningún clan podía presumir de haber obtenido un honor mayor en la reconstrucción de la Kaaba. Cuando Muhammad se acercaba a los treinta y cinco años, nada indicaba que fuera a tener otra cosa que la continuidad de su feliz vida matrimonial, mientras disfrutaba de una buena posición en la sociedad. No existen relatos de viajes durante este período. Los negocios de Khadijah se administraban desde casa. Se contrataban agentes para acompañar a las caravanas comerciales a Siria y Yemen. Sus dos hijos murieron en la infancia, pero sus hijas crecían y se esperaba que se mudaran a las casas de sus futuros esposos. Fue por esa época cuando comenzó a buscar algún lugar de soledad donde pudiera reflexionar sin interrupciones. Iba a una cueva en una montaña cercana, donde pasaba varios días en adoración. No se registra ninguna forma especial de culto, pero debió de tratarse principalmente de una oración verbal dirigida a Dios, el Creador. De nuevo podemos ver esto como parte de la preparación que la mano de Dios le proporcionaba. Mediante largas reflexiones en soledad, en lo alto de la montaña, donde el universo parece tan vasto —especialmente bajo los cielos despejados de la noche, con innumerables estrellas brillando—, el pensamiento de Dios, el Creador Omnipotente, se hace claramente presente. Otro aspecto de la preparación que llegó incluso más tarde, muy cerca del momento en que recibió por primera vez las revelaciones divinas, fueron los sueños verídicos. Siempre que veía en sueños algo relacionado con su entorno social y físico, pronto se hacía realidad, tal como había ocurrido en el sueño. Esto debía tranquilizarlo de antemano, asegurándole que no estaba siendo víctima de ningún engaño. Al acercarse a los cuarenta años, Muhammad era un hombre de familia bien establecido. Era una figura muy respetada en su tribu y, en general, en la comunidad de La Meca. Su bondad estaba siempre disponible y era segura su disposición a ayudar a cualquiera que lo necesitara. Entonces llegó el gran momento. Dormía en la cueva de Hira, en la montaña, cuando el ángel se presentó ante él sosteniendo un libro abierto y pidiéndole que leyera. Muhammad era iletrado y respondió que no sabía leer. El ángel presionó el libro contra su pecho hasta dejarlo casi sin aliento, antes de soltarlo y pedirle de nuevo que leyera. De nuevo respondió que no podía. El hecho se repitió dos veces. Después de la tercera vez, el ángel le dijo: «Lee en el nombre de tu Señor, que creó al hombre a partir de una célula germinal. Lee, pues tu Señor es el más Generoso, que enseñó el uso de la pluma, enseñó al hombre lo que no sabía». (96: 1-5) Se despertó temblando. Cuando se hubo calmado, el ángel volvió a presentarse ante él completamente despierto y repitió exactamente lo que había dicho y hecho en el sueño. En cuanto todo terminó, corrió a casa junto a su esposa. Como temblaba, le pidió que lo cubriera, y ella lo hizo. Cuando recobró la serenidad, le contó lo que había visto. Ella lo tranquilizó diciéndole que nada malo podía sucederle, porque «eres fiel a lo que se te confía, mantienes los lazos de parentesco y siempre dices la verdad». Desde ese momento, Muhammad se convirtió en el Profeta de Dios. Pronto sabría que se le confiaría un mensaje para transmitirlo a la humanidad.
CAPÍTULO 2
Resumen de los acontecimientos durante la vida del Profeta
Como hombre maduro de cuarenta años, Muhammad era ahora también un Profeta. Le llevó algún tiempo sentirse seguro de su misión, y en ello Jadiya desempeñó un papel importante. Estaba convencida de que su esposo —claramente un hombre de rectitud moral y sabiduría— no podía tener nada que ver con el mundo del mal. Finalmente, con la tranquilidad llegó la fe. Muhammad creía ahora en la unicidad de Dios y en la absoluta falsedad de los ídolos adorados por los árabes. Una vez establecido esto firmemente, se inició la siguiente etapa y se convirtió en el Mensajero de Dios, con la misión de dar a conocer a la gente la fe verdadera, exhortarla a creer en ella y ajustar su vida cotidiana a sus principios. Se le dijo:
Tú, que estás cubierto con tu manto, levántate y advierte. Proclama la grandeza de tu Señor; purifica tus vestiduras; aléjate de toda inmundicia; no des esperando recibir más, sino vuelve pacientemente a tu Señor. (74: 1-7)
En la primera revelación, Dios le ordenó leer. Teniendo en cuenta que Muhammad no sabía leer ni escribir, esto significaba recitar de memoria: una acción que inicialmente tenía poca relación con los demás. Sin embargo, después se le ordenó levantarse y advertir. Ya no se trataba de una acción pasiva que debía realizar para sí mismo y por sí mismo. Más bien, exigía interactuar con los demás, pues debía advertirles que tenían que creer en la unicidad de Dios y obedecer Sus mandatos.
Muhammad —que Dios le conceda paz y bendiciones—, conocido desde entonces por sus títulos de Profeta y Mensajero de Dios, aceptó ambas tareas y se dedicó a cumplirlas lo mejor que pudo, rogando a Dios que lo ayudara y confiando en Su apoyo. Siguiendo la guía divina, comenzó a acercarse a la gente, explicándole su misión y su mensaje e invitándola a aceptar el islam: la nueva fe cuyo propio nombre significa sumisión total a Dios.
Por orden de Dios, el Profeta comenzó su misión en privado, hablando con personas cercanas a él y en quienes podía confiar. Pronto se formó una unidad familiar de musulmanes que incluía a Zayd ibn Harithah, que tenía alrededor de treinta años; a Jadiya; y a Ali ibn Abi Talib, el joven primo del Profeta, a quien había llevado a su casa para aliviar la carga de su tío, cuando La Meca atravesaba tiempos difíciles. Abu Bakr, amigo íntimo del Profeta, también aceptó el islam sin vacilar.
Pronto siguieron otros conversos, entre ellos las hijas del Profeta, Fátima bint Asad, esposa de Abu Talib, y Umm Ayman. Se presentaron jóvenes como Talhah ibn Ubaydillah, al-Zubayr ibn al-Awwam, Sa’d ibn Abi Waqqas y Sa’id ibn Zayd, al igual que Ammar ibn Yasir y sus padres, Yasir y Sumayyah. Así nació una pequeña comunidad musulmana.
Aunque la predicación de la nueva fe continuaba en secreto, los ancianos de los Quraysh notaron que algo estaba ocurriendo. Sin embargo, no se molestaron en investigar, pues suponían que aquello no podía representar ningún peligro para el orden social establecido. Tres años después, el Profeta recibió la orden de hacer público su mensaje e invitar a la gente a aceptarlo. Como demostraría a lo largo de su vida, jamás se apartó del cumplimiento de un deber.
Por ello, se dirigió a su propio clan, el de Hashim, y lo invitó a una comida. Les pidió compasivamente que aceptaran el islam, pues este los salvaría de los males sociales que aquejaban su forma de vida materialista y les ofrecería una vida futura que esperar con ilusión. También se dirigió a todos los clanes de los Quraysh, de pie sobre la colina de al-Safa, cerca de la Kaaba, y les dejó claro que Dios le había confiado un mensaje aplicable a toda la humanidad y a todas las generaciones.
En ambos casos recibió una acogida hostil, especialmente por parte de su tío Abu Lahab. Al principio, el enfrentamiento no ocasionó grandes problemas; pero pronto los jefes de La Meca comprendieron que el mensaje del islam estaba ganando cada vez más adeptos entre las personas pertenecientes a sus diversos clanes. El mensaje anunciaba un cambio fundamental en el orden social que, en aquel tiempo, otorgaba privilegios a los jefes y mantenía a los esclavos, los pobres y los débiles a su merced, pues el islam defendía una distribución equitativa de la riqueza. Sobre todo, amenazaba la autoridad religiosa que los Quraysh ejercían sobre toda la península arábiga.
Los ancianos de los Quraysh no podían enfrentarse personalmente al Profeta, porque su clan lo protegía, y no querían que surgiera una disputa dentro de su comunidad. Intentaron negociar acuerdos que silenciaran el mensaje del islam, pero Muhammad no aceptó ningún compromiso y las negociaciones fracasaron más de una vez. Cada vez que esto ocurría, el fracaso daba paso a un período de persecución contra los elementos más débiles que se habían hecho musulmanes.
El ambiente en La Meca se volvió mucho más tenso: aumentó la amenaza de un enfrentamiento sangriento, mientras los radicales entre los incrédulos se hacían mucho más vehementes y defendían la necesidad de poner fin eficazmente al llamamiento al islam.
En el año 615 de la era cristiana, dos años después de haber hecho público su mensaje, el Profeta aconsejó a muchos de sus seguidores emigrar a Abisinia, un país «gobernado por un rey justo, donde podréis encontrar refugio seguro».¹ Un total de ochenta y tres hombres y diecinueve mujeres emigraron a Abisinia, donde el Negus, su rey, les concedió asilo. Representaban aproximadamente la mitad de la comunidad musulmana de La Meca en aquella época.
Esta emigración suele ser descrita por los historiadores musulmanes —y por otros historiadores— como una huida de la persecución. Sin embargo, un examen cuidadoso de los nombres de los emigrantes y de su posición dentro de sus clanes muestra que no eran el objetivo de la campaña de persecución de los Quraysh. Pertenecían a las familias y clanes más distinguidos de La Meca y disfrutaban de la plena protección de sus clanes. Por tanto, no podían sufrir daños físicos. Quienes soportaron el peso de aquella campaña de persecución permanecieron en La Meca.
La emigración fue, en realidad, una medida estratégica destinada a establecer una nueva base para el islam, donde pudiera predicarse entre la población local sin temor a sufrir daños. Algunos de aquellos emigrantes permanecieron en Abisinia, por orden del Profeta, durante quince años. Después de que el Profeta y sus Compañeros se establecieran en Medina en el año 622, podrían haberse reunido allí con los musulmanes. Aunque algunos lo hicieron, las figuras más distinguidas —entre ellas el propio primo del Profeta, Ya’far ibn Abi Talib— permanecieron en Abisinia hasta que el Profeta finalmente los llamó en el año 629.
Cuando regresaron, llevaron consigo una gran delegación de musulmanes abisinios, que visitó Medina y juró lealtad al Profeta. Esta emigración a Abisinia pudo haber evitado un peligro inmediato que habría podido envolver a toda la comunidad musulmana de La Meca.
Los jefes de La Meca siguieron siendo hostiles al islam. No estaban dispuestos a escuchar su mensaje y trataban duramente a quienes lo predicaban. Sin embargo, ya no sentían que el islam representara una amenaza para el orden establecido.
El Profeta comprendía que su mensaje estaba dirigido a toda la humanidad, no solamente a la sociedad de La Meca. Por ello, necesitaba llevarlo a otros pueblos. Su objetivo inmediato eran las demás tribus árabes. No era difícil llegar a ellas, pues La Meca era el centro de una peregrinación anual a la que acudían contingentes de todas las tribus para realizar los ritos de la peregrinación, venerar a los principales ídolos y rendir culto en la Kaaba. La peregrinación había sido el centro de la vida de los habitantes de La Meca desde que los profetas Abraham e Ismael la construyeron muchos siglos antes.
Sin embargo, los Quraysh habían distorsionado la mayoría de sus ritos e introducido algunas prácticas extrañas, como dar vueltas alrededor de la Kaaba desnudos. La presencia de personas procedentes de distintas tribus ofrecía al Profeta la oportunidad de dirigirse a ellas y explicarles el mensaje del islam. Además, la gente acudía continuamente a La Meca para visitar el lugar sagrado y rendir culto allí. Algunos llevaban mercancías para vender. El Profeta procuraba encontrarse con todos los visitantes de La Meca y explicarles el islam.
La idea de la unicidad de Dios era, en general, aceptable para los árabes, aunque el concepto de Dios había sido deformado y distorsionado durante mucho tiempo. Los ídolos que adoraban además de Dios no tenían una posición clara en el pensamiento árabe: los consideraban asociados de Dios o ayudantes Suyos, y suponían que los ídolos acercarían a la gente a Dios. En realidad, el propio concepto de Dios estaba confuso en sus mentes. Lo consideraban distante y vago. Por ello, el concepto islámico claro de la unicidad de Dios y el rechazo de todos Sus asociados atraía a muchos.
Sin embargo, existían ciertos obstáculos que hacían que la mayoría dudara o se abstuviera de aceptar el islam. Durante la temporada de peregrinación, el Profeta acudía a los campamentos de las distintas tribus y les explicaba su mensaje. En general, la respuesta era hostil. Los Quraysh organizaron una contraofensiva y enviaron a algunos de sus oradores más elocuentes para dirigirse a las diferentes tribus y advertirles que no escucharan a Muhammad. Dejaron claro que considerarían cualquier respuesta positiva al islam como un acto hostil y amenazaron con represalias militares a toda tribu que ofreciera a Muhammad una respuesta favorable.
Los oradores de los Quraysh insistían también en una idea que tenía gran atractivo en una sociedad tribal: como Muhammad era hijo de los Quraysh y ellos lo conocían bien, habrían aceptado su idea sin vacilar si hubiera sido buena. En el sistema tribal de Arabia, la tribu siempre protegía a cualquiera de sus hijos o hijas que tuviera algo bueno que ofrecer. Si se oponían firmemente a alguien, las posibilidades de éxito de esa persona se reducían enormemente. Por ello, la mayoría de aquellas tribus prefería escuchar a los oradores de los Quraysh y seguir
CAPÍTULO 3
la clave del carácter del Profeta Toda persona tiene una clave para su carácter. Cuando se identifica esa clave, es fácil tratar con ella. Esta clave nos permite explicar sus actitudes y conducta, y anticipar su reacción ante los acontecimientos. Es como la llave de una casa: puede ser pequeña, pero abre la entrada a un lugar espacioso con todo su contenido. Sin la llave, el interior de la casa permanece desconocido, y solo podemos hacer una suposición a ciegas sobre lo que contiene. Del mismo modo, la clave de una persona nos permite comprender su conducta, incluso cuando actúa de una manera que a otros les resulta extraña. En el caso del Profeta, solo podemos buscar una clave de su personalidad basándonos en su vida anterior a la profecía, es decir, antes de que comenzara a recibir revelaciones divinas. En aquel momento actuaba por sí mismo, sin saber nada del mensaje divino que se le encomendaría. Más tarde, cuando comenzó a recibir su mensaje, asumió un papel distinto de cualquier otro y también recibía guía desde lo alto. Su misión, sus responsabilidades y sus acciones se beneficiaron de esa guía y se basaron en ella. Los no musulmanes que escribieron sobre su vida sin tener en cuenta este hecho llegaron a explicaciones que los musulmanes consideran problemáticas. Algunos de esos relatos son imparciales, y algunos incluso lo admiran. Sin embargo, estudiar su vida en términos puramente humanos, sin conceder ningún peso a la guía divina que recibió, hará que algunas de sus acciones parezcan cuestionables y quizá injustificables. Su actitud en las negociaciones con los qurayshitas que condujeron al acuerdo de paz de Hudaybiyah pareció extraña incluso a sus Compañeros más cercanos. No consultó a nadie, lo que contradecía sus pautas de conducta anteriores, y aceptó todas las condiciones impuestas por el enemigo. En cualquier situación humana, ¿qué dirían los historiadores, críticos o analistas de un negociador que declarara de antemano —como hizo el Profeta— que aceptaría cualquier oferta y que, de hecho, no buscara ninguna concesión de la otra parte a cambio de aceptar sus condiciones? Cuando nos proponemos buscar la clave de la personalidad de Muhammad en su vida anterior al comienzo de las revelaciones, pronto descubrimos que tendremos algunas dificultades, pues los relatos que poseemos de ese período ofrecen detalles insuficientes y pueden no ser fiables. Solo pueden verificarse en cuanto a su autenticidad aquellos relatos sobre sus primeros años que fueron mencionados por el Profeta o por sus Compañeros cercanos. Por ejemplo, un relato afirma que, cuando era un bebé lactante, Muhammad solo mamaba de uno de los pechos de su nodriza. Los historiadores musulmanes sugieren: «Era como si Dios le hubiera hecho actuar así para dejar lleno el otro pecho para el propio hijo de Halimah». ¿Cómo podemos verificar esto en ausencia de una confirmación posterior del Profeta o de Halimah? Los relatos que pueden considerarse fiables señalan una cualidad particular que podemos considerar la clave de la personalidad del Profeta: la búsqueda de lo correcto. Cuando examinamos la historia personal de Muhammad, encontramos que esta cualidad es constante en su carácter, tanto antes como después de la profecía. Esta cualidad fue incluso fortalecida por el mensaje divino que transmitió a la humanidad. Como se mencionó en el capítulo 1, Muhammad tenía veinte años cuando participó en la creación de la noble alianza de al-Fudul, que comprometía a los clanes de Quraysh a permanecer unidos en apoyo de cualquiera que sufriera una injusticia en La Meca, ya perteneciera esa persona a La Meca o fuera un visitante. Este fue un momento luminoso de su vida preislámica, y lo recordó con afecto después de la profecía. Se encontraba establecido en Medina cuando dijo que no cambiaría su participación en aquella alianza por nada del mundo; afirmó que incluso la honraría bajo el islam si alguien acudiera a él en busca de ayuda conforme a sus condiciones. El hecho de que aquella alianza hubiera sido concluida en tiempos preislámicos por personas idólatras no disminuía el hecho de que era una alianza noble cuyo objetivo era dar a todos sus derechos. Esta declaración del Profeta confirma un sentido del honor y de la integridad que solo puede cultivar un hombre que busca lo correcto y lo defiende. A lo largo de su vida, Muhammad mantuvo conscientemente un nivel muy elevado de integridad. No mentía deliberadamente. En muchas sociedades, la gente no considera abominable mentir. Por supuesto, nadie dice abiertamente que mentir sea algo de lo que enorgullecerse, pero a menudo las personas aconsejan a un pariente o amigo que mienta para salir de una situación difícil. En la sociedad árabe de la época preislámica, mentir no era un asunto de gran preocupación. Hoy, muchas sociedades esperan que una persona diga la verdad en situaciones formales; por ejemplo, un testigo que presta falso testimonio ante un tribunal es procesado. Sin embargo, en los pequeños asuntos de la vida cotidiana, la gente no se lo piensa dos veces antes de decir una mentira cuando eso sirve a sus propósitos. Incluso admiten la mentira y no esperan ser censurados; otros suelen reírse o expresar su aprobación. Muhammad, en cambio, era ampliamente conocido entre su pueblo por decir la verdad en todas las situaciones. Los testimonios al respecto son numerosos y proceden tanto de amigos como de enemigos. En el quinto año de la profecía de Muhammad, aconsejó a un gran número de sus Compañeros que emigraran a Abisinia. Temiendo las consecuencias de esa emigración, Quraysh envió una delegación al Negus, el gobernante de Abisinia, solicitando su extradición. La delegación trató por todos los medios de lograr que el Negus ordenara dicha extradición sin interrogar a los emigrantes. Sin embargo, el Negus era un hombre justo. Por ello, llamó a los emigrantes a su corte y les preguntó por su religión. Su portavoz, Ja’far, describió su situación antes del islam. Luego continuó diciendo: «Entonces Dios nos envió un Mensajero a quien siempre hemos conocido como un hombre de verdad y honradez».1 Quienes se oponían al Profeta en La Meca no dudaban en afirmar que era un hombre veraz. Cuando Muhammad recibió la orden de Dios de proclamar públicamente el islam, se situó en la colina de al-Safa, en el centro de La Meca, y llamó a todos los clanes para que acudieran a él. Cuando se reunieron, les dijo: «Si os dijera que unos jinetes armados se encuentran más allá de este valle y avanzan hacia La Meca para atacaros, ¿me creeríais?». «Eres digno de confianza y nunca te hemos conocido diciendo mentiras», respondieron. «Pues bien», dijo, «he sido enviado a vosotros para advertiros de un sufrimiento doloroso».2 El jeque Abu al-Hasan Ali al-Hasani Nadwi dice que la primera respuesta de los árabes en La Meca demostraba su actitud realista y práctica. Respondían a un hombre a quien conocían por honesto y veraz, y por dar siempre consejos sinceros. Él estaba de pie en lo alto de una colina desde donde podía ver lo que había más allá. Ellos, desde su posición, no podían ver nada más allá de su valle. No tenían razón para no creerle, dijera lo que dijera. Este fue un comienzo natural que obtuvo un testimonio; en otras palabras, estableció las credenciales de Muhammad, bien conocidas por su audiencia.3 Un ejemplo de testimonio procedente de sus adversarios ocurrió cuando el Profeta y sus Compañeros fueron a La Meca para realizar su Umrah compensatoria. Como señalamos en el capítulo 2, según el acuerdo de paz firmado un año antes entre el Profeta y los incrédulos de La Meca, el Profeta y sus Compañeros debían tener permiso para entrar en La Meca y permanecer allí tres días, pero no podían llevar armas salvo espadas en sus vainas. Cuando los musulmanes estaban a punto de iniciar su viaje desde Medina, el Profeta ordenó que llevaran consigo armamento suficiente para estar preparados en caso de que Quraysh estuviera decidido a lanzar un ataque traicionero. Cuando los musulmanes se acercaban a La Meca, su grupo de avanzada informó a sus habitantes de que llevaban armas. Quraysh envió inmediatamente a Mikraz ibn Hafs con algunos de sus dignatarios para determinar sus intenciones. Mikraz le dijo: «Muhammad, nunca se te ha conocido por traicionero, ni cuando eras joven ni en tu vejez. ¿Pretendes entrar armado en la ciudad sagrada donde vive tu propio pueblo, cuando habías prometido que tu grupo llevaría únicamente las armas ordinarias de los viajeros: espadas en sus vainas?». El Profeta respondió: «No estoy introduciendo armas en la ciudad». Mikraz dijo: «Este hombre es un modelo de honestidad y sinceridad».4 Para la delegación de Quraysh fue suficiente que Muhammad dijera que no introduciría las armas. Regresaron inmediatamente junto a su pueblo para tranquilizarlo y asegurarle que honraría el acuerdo. Aquellas personas habían estado luchando contra él durante casi dos décadas y lo habían acusado de toda clase de males. Sin embargo, no dudaron en aceptar su palabra como expresión de su verdadera intención. La búsqueda de lo correcto exige que quien busca se asegure de que toda confianza depositada en él está bien puesta. Muhammad fue digno de confianza durante toda su vida, y nadie lo acusó jamás de no merecerla. Al contrario, mucho antes del islam, los habitantes de La Meca le dieron el sobrenombre de al-Amin (que significa «digno de confianza»). Vemos, por ejemplo, que apenas tenía poco más de veinte años cuando Khadijah, una viuda adinerada, le confió la gestión de su comercio, que viajaba en caravana hacia Siria. No le habría encomendado una tarea tan importante si no hubiera estado segura de que su confianza no sería defraudada. Tenía una opinión fundada de él, pues lo había puesto a prueba en los bazares locales. Fue la integridad y honestidad de Muhammad en todas las situaciones lo que llevó a Khadijah a proponerle que se casaran. Ella había rechazado a muchos pretendientes anteriores, pues sentía que buscaban su riqueza. En el caso de Muhammad, fue ella quien tomó la iniciativa, porque reconoció que era un hombre digno de confianza. Ya hemos mencionado que Quraysh conspiró para asesinarlo a fin de impedir su emigración. Se apresuraron a ejecutar su plan. Sin embargo, Muhammad había recibido depósitos para custodiar. Estos depósitos no pertenecían a musulmanes de La Meca, pues casi todos los musulmanes mequíes ya habían emigrado a Medina. Pertenecían, más bien, a incrédulos que estaban en el bando enemigo. A pesar de la hostilidad de los habitantes de La Meca hacia Muhammad y su mensaje, no tenían la menor duda de su integridad y honestidad. Cualquiera que poseyera algo valioso se lo confiaba a Muhammad para que lo guardara, seguro de que lo encontraría a salvo cuando lo necesitara. Como observación aparte, me resulta asombroso que en aquella situación no se dieran cuenta de que una persona de semejante honestidad e integridad no mentiría a Dios. Es lógico que esta práctica de guardar objetos de valor con Muhammad no comenzara después de que se convirtiera en Profeta y Mensajero de Dios, sino que hubiera empezado mucho antes. La gente continuó reconociendo su honestidad después de que comenzara a recibir y proclamar el mensaje de Dios; si acaso, lo consideraban aún más fiable y digno de confianza. Muhammad encargó a Ali, su primo, que devolviera los depósitos de la gente. Al devolver los bienes de las personas después de escapar de un intento de asesinato y de ser expulsado de la ciudad, confirmó que la confianza depositada en él estaba bien puesta. Para él era inconcebible cambiar su proceder, a pesar de todos los problemas que su pueblo le había causado. Siempre buscaba lo correcto y lo hacía; era correcto que quienes le habían confiado sus bienes los recuperaran cuando él abandonaba la ciudad y ya no podía guardarlos. El hecho de que fueran hostiles hacia él y su mensaje no cambió nada. La búsqueda de lo correcto exige justicia en cualquier situación en la que las personas estén enfrentadas. El Profeta siempre procuraba establecer la justicia, sin importar quiénes fueran las partes en conflicto. Este era su objetivo antes de ser elegido para su gran misión como Profeta, y siguió siendo su objetivo cada vez que dos partes le presentaban su disputa para que la juzgara. Por ejemplo, en el capítulo 1 señalamos la situación en la que se le pidió arbitrar en la disputa entre los clanes de Quraysh sobre el honor de volver a colocar la Piedra Negra en su sitio. Tenía varias opciones. Podía haber defendido que su propio clan, el clan de Hashim, realizara aquella tarea honorable, pues los hashimíes eran el clan más honorable. Podía haber fallado a favor del clan o de los clanes que tenían poca relación con la Kaaba y la peregrinación. Tal decisión les habría dado algo que mejorara su posición. Podía haber elegido a una persona neutral o haber defendido su propia neutralidad. No hizo nada de eso. Más bien, reconoció que la situación exigía una medida de justicia absoluta y optó por un veredicto en el que todos los clanes participaran en pie de igualdad. Fue un veredicto de justicia completa: lograr lo correcto. Después de la profecía, Muhammad fue juez en todas las disputas dentro de la comunidad musulmana o entre musulmanes y no musulmanes. Declaró a todos los interesados que solo podía juzgar basándose en las pruebas presentadas ante él: «Cualquiera de vosotros», advirtió, «puede presentar pruebas aparentemente más sólidas, y yo fallaría a su favor. Que considere esto: si le doy algo que por derecho pertenece a su hermano, no le estoy dando sino una porción del fuego del infierno. Puede decidir tomarla o dejarla».5 Para un creyente, esta es una advertencia muy fuerte, pues atribuye la responsabilidad a las personas implicadas. Deben saber si tienen o no un derecho legítimo; y si tienen dudas, deben pedir aclaración. De este modo, el Profeta estableció un alto nivel de responsabilidad e hizo que todos participaran en ella, para que pudieran establecerse lo correcto y la justicia. En los tiempos preislámicos, Muhammad se preocupaba mucho por ser justo con todos. Cuando se le pedía arbitrar, fallaba con justicia para todos, porque lo correcto exige justicia. Cuando se convirtió en Mensajero de Dios, elevó ese principio a un nivel aún más alto. Un ejemplo tiene que ver con las comunidades judías de Medina. Como se afirmó en el capítulo anterior, los judíos estaban muy descontentos con el islam y emplearon todos los medios para debilitar a la comunidad musulmana. Violaron su tratado con el Profeta y se aliaron con sus enemigos. Sin embargo, al juzgar casos que implicaban a judíos, el Profeta dio un claro ejemplo de cómo garantizar la justicia. En un caso, alguien robó a otro un escudo de armadura. Ambos pertenecían a los ansar, pero al parecer se sospechaba que el ladrón era un hipócrita. Cuando las pruebas señalaron al verdadero ladrón, este escondió secretamente el escudo robado en casa de un vecino judío. Luego pidió a sus familiares que dijeran al Profeta que habían visto el escudo robado en la casa del judío. Lo hicieron, y el Profeta reprendió al acusador. Sin embargo, el Profeta recibió revelaciones coránicas que le informaron de los hechos. Estas quedaron registradas en los versículos 105-113 de la sura 4 («Las mujeres»). ¿Qué haría cualquier gobernante en una situación así, en la que el enemigo acusado es inocente y el amigo insospechado es culpable? Consideremos el argumento a favor de mantener las cosas tal como parecían, con las pruebas materiales señalando al judío como ladrón, puesto que el escudo robado había sido encontrado en su casa. Sayyid Qutb escribe: Si las normas o consideraciones humanas y mundanas hubieran sido el factor decisivo en el código islámico y en su aplicación, habría habido varias razones para pasar por alto todo el incidente. Se habría fabricado un encubrimiento y la realidad del asunto no se habría expuesto de una manera que pudiera aproximarse a un escándalo. La primera y más evidente razón era que el propio acusado era un judío perteneciente a una comunidad judía que combatía al islam con uñas y dientes, utilizando todas las armas de que disponía. Los musulmanes de aquel período sufrían mucho por las maliciosas intrigas de los judíos. ¡Dios ha querido que los musulmanes sufran mucho por causa de los judíos en todo tiempo! Aquellos judíos de Medina no se dejaban frenar por consideraciones de lo correcto o de la justicia. No aplicaban ninguna norma moral en sus relaciones con la comunidad musulmana. Otra razón se deriva del hecho de que el asunto afectaba directamente a un grupo de los ansar, los musulmanes de Medina que habían proporcionado refugio, apoyo y protección al Profeta y a sus Compañeros mequíes. Un incidente semejante podía haber causado fácilmente mucha desunión y odio entre sus distintos grupos. Dirigir las acusaciones contra un judío habría evitado cualquier posibilidad de división entre ellos. Una tercera razón para aprobar un encubrimiento habría sido evitar dar a los judíos de Medina más armas con las que atacar a los ansar. La revelación habría permitido a los judíos denunciar que los ansar se robaban entre sí y luego acusaban falsa y deliberadamente a los judíos de cometer sus propios crímenes. Los judíos no dejarían pasar semejante oportunidad.6 Sin vacilar, el Profeta declaró inocente al judío. No le preocupó ninguna de las consideraciones que habrían inclinado a la gente a favor de un encubrimiento. Le preocupaba establecer lo correcto y la justicia. Insistió ante todos sus Compañeros en que la injusticia conduciría a la ruina, tanto del individuo como de la comunidad, porque la justicia establece lo correcto y fortalece a la comunidad. Vemos claramente cómo la búsqueda de lo correcto llevó a Muhammad a ser justo en su veredicto mucho antes del advenimiento del islam, y podemos ver cómo, bajo el islam, la búsqueda de lo correcto hizo que estableciera la justicia en un nivel superior. La búsqueda de lo correcto parece ser algo arraigado en la naturaleza de Muhammad desde una edad muy temprana. Esto resulta evidente en el relato de su encuentro con un monje cristiano en Siria cuando aún era un niño de doce años. El relato circula ampliamente en las fuentes de la historia islámica, pero su fiabilidad no puede determinarse con absoluta certeza. Varios orientalistas lo consideran una prueba importante que respalda sus afirmaciones de que Muhammad se reunió con clérigos cristianos y aprendió de ellos. No necesitamos discutir aquí esas afirmaciones, salvo decir que, si esta es su prueba, su argumento sigue siendo débil. El relato en cuestión menciona que, a los doce años, Muhammad se aferró a su tío Abu Talib cuando este se disponía a emprender un viaje de negocios a Siria con una caravana comercial. Abu Talib, que era un tío de corazón bondadoso, llevó consigo a su querido sobrino. La ruta de la caravana pasó cerca de la ermita de Bahira, un monje cristiano que invitó a los integrantes de la caravana a comer con él. Mientras les servía, no dejaba de mirar a Muhammad. Luego lo apartó y le preguntó por sí mismo. Después le pidió que respondiera bajo juramento por al-Lat y al-Uzza, dos de los principales ídolos árabes. Muhammad lo interrumpió diciendo: «No me preguntes por al-Lat y al-Uzza, pues no odio nada tanto como a ellas». Bahira reformuló la pregunta, haciéndola bajo juramento por Dios, y Muhammad le respondió con normalidad. Después de esta conversación, Bahira preguntó a Abu Talib qué relación tenía Muhammad con él. Cuando confirmó que el padre de Muhammad había muerto antes de su nacimiento, Bahira le dijo a Abu Talib que cuidara especialmente de su sobrino, pues los judíos, en particular, podían hacerle daño. El punto aquí es el odio que un niño de doce años expresó hacia los ídolos adorados por su pueblo: no se trataba de una actitud basada en ningún principio religioso. En aquel momento Muhammad no había tenido contacto con ninguna enseñanza religiosa aparte de lo que se conocía en La Meca, una forma muy rudimentaria de idolatría. Había algunas personas en La Meca que rechazaban la idolatría, pero ninguna mostraba inclinación a comenzar a predicar una nueva religión. Incluso aquellos cuyo rechazo de la idolatría era conocido y estaba documentado seguían buscando una fe mejor, como Waraqah ibn Nawfal, o eran muy jóvenes, como Zayd ibn Amr. Se trataba de una aversión instintiva basada, quizá, en la observación personal de que aquellas divinidades no eran más que estatuas fabricadas por seres humanos. El rechazo de la idolatría permaneció con Muhammad durante toda su vida. Era adulto cuando ocurrió el incidente del ídolo Buwabah, relatado en el capítulo 1. Como era amado por toda su familia, cedió a la presión de sus tías y acudió a la fiesta de aquel ídolo, porque significaba mucho para su familia. Cada vez que se acercaba a un ídolo, le decían que se apartara de él. Este es un aspecto de la protección divina frente a todo lo relacionado con el culto pagano. Más relevante aquí es su negativa a asistir a aquella fiesta año tras año, a pesar de la presión de sus tías para que participara. Esto nos dice que no estaba en absoluto convencido de la adoración de aquellos ídolos, pues no satisfacía su criterio de lo correcto. Para él, aquellos ídolos eran objetos inútiles, hechos por personas, colocados por personas y venerados por personas; esto era absurdo para Muhammad, que siempre buscaba lo correcto. Estos son solo dos ejemplos de una vida en la que siempre se mantuvo alejado de la idolatría. En ningún momento de su vida anterior a la profecía Muhammad se dirigió a ninguna de aquellas divinidades adoradas por su pueblo. No tocó ninguna ni buscó recibir bendiciones de ellas. Simplemente se apartó de la religión rudimentaria de su pueblo y la rechazó por completo. Si examinamos la vida de Muhammad antes de la profecía, vemos a un hombre dedicado a su familia. Cuando perdía a seres queridos, sufría profundamente; cuando estaba en casa de su tío, se relacionaba con la familia como una persona afectuosa; cuando tenía doce años, se aferró a su tío en el momento de su partida porque no quería perderlo ni siquiera durante unas semanas; cuando se casó, fue un esposo y padre ejemplar. Participó en todo lo noble que hacían su familia y su clan, incluso luchando junto a sus tíos. Tomó parte en la alianza para eliminar la injusticia. Al verlo tan involucrado con su familia y su clan, nos preguntamos qué razón podía tener para ausentarse de las fiestas religiosas a las que su familia concedía tanta importancia. La única razón era que aquel culto contradecía su sentido de la verdad y su intensa búsqueda de lo correcto. Cuando tenía poco más de treinta años, Muhammad comenzó a buscar la soledad como refugio de los aspectos repugnantes de la vida en La Meca: su culto pagano y su moral relajada. Iba a una cueva del monte Hira, a unos kilómetros de La Meca, y permanecía allí varios días en una especie de culto que no tenía forma ni modelo reconocidos. La cueva era pequeña y estaba totalmente aislada, con espacio apenas para que una persona pudiera estar de pie, sentarse o tumbarse. Desde la entrada, la Kaaba podía verse claramente a lo lejos a través de una pequeña abertura situada en el extremo opuesto. Frente a la cueva había una pequeña zona abierta, protegida del sol por dos grandes masas rocosas a ambos lados, mientras que el cuarto lado estaba completamente abierto y permitía una ligera brisa refrescante. Allí Muhammad permanecía varios días, entregado por completo a la devoción. El término árabe para esta devoción es tahannuth, que significa «purificación de uno mismo». El Profeta no nos dijo qué clase de culto ofrecía en aquellos días. Sin embargo, el Corán nos informa de que nunca esperaba recibir revelaciones desde lo alto antes del momento en que el ángel acudió a él con la primera revelación.7 También afirma que nunca leyó ningún libro ni podía escribir con su propia mano.8 Durante este período, Muhammad no tenía un concepto claro de Dios. Como uno de aquellos individuos que buscaban seguir una religión que proporcionara una visión clara, Zayd ibn Amr solía dirigirse a Dios y decir: «Señor mío, no conozco una forma adecuada de adorarte». Probablemente Muhammad habría dicho lo mismo en aquella época. Algunos historiadores musulmanes dicen que, antes de la profecía, Muhammad adoraba conforme a la religión de Abraham. En los tiempos preislámicos, los árabes se enorgullecían de ser descendientes de Abraham por medio de su hijo Ismael. Sin embargo, la religión que sus antepasados habían seguido, tal como se la enseñó el Profeta Ismael, se había vuelto tan confusa que solo permanecían algunos aspectos rudimentarios, principalmente relacionados con la peregrinación. Incluso los ritos de la peregrinación habían sido profundamente distorsionados. Seguían creyendo en Dios como Creador de los cielos y de la tierra, pero para ellos Dios estaba distante. Por eso creían que necesitaban adorar divinidades e ídolos que los acercaran a Dios.9 Por tanto, lo que entendemos de la afirmación de que Muhammad, durante aquellos días de soledad, adoraba conforme a la religión de Abraham es que dirigía su devoción a Dios, el Creador de los cielos y de la tierra. Sin embargo, no tenía una idea clara de Dios ni de cómo adorarlo. Su devoción era simplemente un intento de alcanzar una idea mejor mediante la soledad y la contemplación. Por ello, consideramos que sus períodos de soledad, que se hicieron más frecuentes al final de sus treinta años, eran coherentes con su búsqueda de lo correcto. Lo que buscaba era una comprensión correcta de la posición y la vida del ser humano. Durante uno de aquellos períodos de soledad, el ángel acudió a él por primera vez, como se relató en el capítulo 1. Esta fue su primera comunicación con el mundo trascendente. Ningún ser humano está preparado para contactos semejantes; por eso Muhammad tembló y sintió miedo. No conocía la naturaleza del contacto ni la del ángel que había recibido. No podía explicar nada de ello. Esto explica su rápida huida a casa y su petición a su esposa de que lo cubriera y lo envolviera con algo caliente. Sin embargo, las palabras tranquilizadoras de su esposa no le dieron ninguna certeza; ¿cómo podía estar seguro si ella tampoco sabía nada del asunto? Aun así, sus palabras se basaban en el hecho de que él poseía un carácter noble. Ella le dijo: «Eres bondadoso con tus parientes; ayudas a los débiles; eres generoso con los pobres; recibes bien a los huéspedes».10 También dijo que siempre decía la verdad. Añadió que una persona con tales cualidades jamás podía ser abandonada por Dios. Muhammad no quedó satisfecho con la tranquilidad que le ofrecía su esposa, pues era solo un argumento lógico, y él quería algo más. Por ello, fue con ella a ver a Waraqah ibn Nawfal, primo de ella. Waraqah era un anciano ciego que había viajado por todas partes en busca de la fe correcta. Se había convertido al cristianismo y conocía bien la Biblia. Waraqah escuchó cada detalle del encuentro con el ángel antes de llegar a su conclusión: «Te has encontrado con el arcángel que solía acudir al Profeta Moisés». Waraqah también le dijo que él sería el Mensajero anunciado en todas las escrituras divinas. Añadió que la tarea de Muhammad sería difícil y que su pueblo lo expulsaría: «Ojalá estuviera vivo entonces, pues sin duda te daría un apoyo inquebrantable».11 Según parece por los relatos que poseemos, Waraqah se reunió con él más de una vez durante los días siguientes para tranquilizarlo. Sin embargo, Waraqah moriría poco después. Aquí vemos a un hombre que había tenido una experiencia única, semejante a ninguna conocida por alguien de su pueblo. No existía registro de ningún Profeta entre los árabes desde Ismael. Por tanto, había que llegar a la verdad del asunto, y ese era el propósito de aquellas reuniones con Waraqah. De él, como erudito humano profundamente interesado en la religión, Muhammad recibió cierta comprensión de la profecía. Así pudo entender mejor las seguridades que el ángel le dio en las visitas posteriores, y pronto se alcanzó la verdad. Por ello, la siguiente revelación tranquilizó a Muhammad respecto al futuro, pero le aconsejó que debía prepararse para la tarea que se le había encomendado, una tarea difícil. Solo podía prepararse mediante largas horas de devoción y oración durante la noche: ¡Tú, el envuelto en un manto! Permanece en oración durante la noche, salvo una pequeña parte: la mitad, o un poco menos, o añade algo a ella. Recita el Corán con calma y claridad. Te encomendaremos un mensaje de gran peso. Las horas de la noche son más firmes para la huella y más rectas para el discurso. Durante el día tienes una larga sucesión de asuntos que atender. Por tanto, recuerda el nombre de tu Señor y entrégate por completo a Él. Él es el Señor del este y del oeste. No hay divinidad aparte de Él. Tómalo como tu protector (73: 1-9). El Profeta obedeció: permaneció en oración durante largas horas cada noche a lo largo de un año entero. Sabía que era su deber, y esto le dio mayor tranquilidad. Comprendió que se le había encomendado una tarea difícil, que conduciría a la humanidad por el camino correcto en las cuestiones más importantes de la religión y el culto. Esta era la verdad absoluta que le llegaba de la fuente correcta: Dios Todopoderoso. Ya no necesitaba buscar lo correcto, pues lo conocería en cada situación durante el resto de su vida. 1 Ibn Hisham, Al-Sirah al-Nabawiyyah, vol. 1. Beirut: Dar al-Fikr, s. f., p. 359. 2 Ibn Hisham, op. cit., pp. 280-281. Véase también Amin Duwaydar, Suwar Min Hayat al-Rasul, op. cit., pp. 144-145; Al-Bukhari, Sahih (árabe), vol. 2, al-Maktabah al-Rahimiyyah, India, pp. 702-703. 3 Abu al-Hasan Ali al-Hasani Nadwi, Muhammad Rasulullah (La vida del Profeta Muhammad), Academy of Islamic Research and Publications, Lucknow, India, p. 111. 4 Ahmad ibn Husayn al-Bayhaqi, Dala’il al-Nubuwwah, vol. 4, El Cairo, Dar al-Rayyan, 1988, p. 321. Véase también Al-Waqidi, Kitab al-Maghazi, vol. 2, Beirut, Alam al-Kutub, 1984, pp. 734-735. 5 Al-Bukhari, capítulo «Testimonios», hadiz n.º 2680. 6 Sayyid Qutb, A la sombra del Corán, vol. 3, The Islamic Foundation, Leicestershire, 2001, pp. 299-300. 7 El Corán: 28:86. 8 El Corán: 29:48. 9 El Corán: 39:3. 10 Al-Bukhari, Sahih (Libro del comienzo de las revelaciones). 11 Ibíd.
CAPÍTULO 4
la necesidad de un mensaje divino El ángel vino cuando Muhammad se encontraba retirado en la cueva del monte Hira y le dijo que recitara los primeros cinco breves versículos del Corán. La profecía de Muhammad comenzó en el momento en que recibió estas primeras revelaciones. Como otros eruditos, el imán Ibn Hazm define la profecía como la adquisición de un conocimiento absolutamente cierto que no puede obtenerse mediante el esfuerzo o la experiencia humanos. Tal conocimiento solo puede ser concedido por Dios, y Él lo otorga únicamente a aquellos de Sus siervos a quienes elige como Profetas. A algunos Profetas se les pueden confiar mensajes divinos, que luego transmiten a las personas a quienes van dirigidos. Si un Profeta no recibe un mensaje propio, actúa conforme al mensaje de un Mensajero anterior. Los Hijos de Israel tuvieron innumerables Profetas, pero fueron pocos los Mensajeros entre ellos. Moisés y Aarón son quizá los ejemplos más claros de esto. Dios eligió a Moisés para transmitir el mensaje contenido en la Torá, mientras que Aarón era un Profeta que actuaba conforme al mensaje de Moisés. En el Corán se menciona por su nombre a varios Mensajeros de Dios, pero Dios afirma que también envió Mensajeros de los que decidió no informarnos. Dirigiéndose al Profeta, dice en el Corán: «Enviamos a otros Mensajeros antes de ti; de algunos te hemos relatado su historia, mientras que de otros no te la hemos relatado» (40:78). Poco después del comienzo de sus revelaciones, Muhammad se convirtió en el Mensajero de Dios, cuando Dios le reveló los versículos: «Tú, que estás envuelto en tu manto, levántate y advierte» (74:1-2).1 Esto significaba que el Profeta defendería la fe divina conforme al mensaje que habría de recibir. Todo lo que permaneciera intacto de los mensajes divinos anteriores —es decir, libre de distorsión— sería confirmado o modificado por el nuevo mensaje. En todos los casos anteriores, los Mensajeros de Dios fueron enviados a sus propios pueblos, hablaban sus lenguas y los llamaban a creer en Dios y a conducir sus vidas de acuerdo con los mensajes que les habían sido transmitidos. El Profeta fue declarado el Mensajero final de Dios y su mensaje fue el último que Dios daría a la humanidad. Por esta razón, su mensaje está contenido en un libro —el Corán— que Dios ha garantizado preservar intacto por el resto de los tiempos. Que la humanidad siempre necesite un mensaje divino es indudable, y esto está estrechamente relacionado con el propósito de la creación del ser humano. Según todos los Profetas y los Mensajeros de Dios, el ser humano asume la tarea de construir una vida virtuosa en la tierra. Cuando el Profeta صالح exhortó a su pueblo a adorar únicamente a Dios, les dijo: «Él es quien os ha creado de la tierra y os ha establecido en ella» (11:61). Con el asentamiento llegan el progreso y el desarrollo de lo bello y beneficioso (como indica el equivalente árabe ista[marakum, utilizado en este versículo coránico). Cuando consideramos nuestra posición en el universo, queda claro que, a pesar de todos los descubrimientos y avances realizados a lo largo de los siglos, solo podemos movernos dentro de un ámbito limitado y nuestras capacidades son finitas. El ser humano siempre ha sentido que existe un mundo vasto más allá, y el empeño por alcanzarlo y descubrir sus secretos ha impulsado sus investigaciones, su actividad científica, sus teorías filosóficas, su poesía y su ficción. Esto ha dado lugar a todos los avances logrados por el ser humano. Sin embargo, incluso quienes realizan los descubrimientos más apasionantes son los primeros en reconocer que apenas arañan la superficie y que hay mucho más allá. Esto se aplica a la naturaleza humana, la psicología, los sentimientos y las emociones tanto como al mundo material que nos rodea. Cuando tratamos con el mundo material, podemos cometer errores. No obstante, siempre podemos revisar nuestros métodos y corregir nuestros fallos. La situación no es tan sencilla cuando regulamos los sentimientos, las emociones y la naturaleza humana. Un pequeño error en estos ámbitos podría tener consecuencias adversas de gran alcance. La necesidad de evitar tales consecuencias corrigiendo un error inicial suele ser resistida por una parte de la población, porque toda situación humana tiene aspectos positivos y negativos. Quienes se benefician de sus aspectos positivos se resistirán —comprensiblemente— al cambio. Además, cuando intentamos corregir esas consecuencias, a menudo vamos demasiado lejos en la dirección opuesta, de modo que, pasado un tiempo, se necesita otra corrección. Si desde el principio hubiera existido una orientación adecuada, podrían haberse evitado muchos errores de la sociedad. Por ejemplo, al observar la moral sexual de la sociedad occidental y su evolución durante los dos últimos siglos, vemos que el siglo XIX aplicó valores estrictos. La primera mitad del siglo XX fue testigo de dos guerras mundiales, que eliminaron casi por completo esa rigidez. Una vez que se consideró segura la píldora anticonceptiva, la llamada «revolución sexual» de la década de 1960 fue aclamada como una liberación de valores arbitrarios. La discusión intelectual que contrastaba los valores de los siglos XIX y XX en este ámbito tendía a descartar los enfoques estrictos anteriores por considerarlos hipócritas: se suponía que la población de entonces no creía realmente en los valores estrictos, sino que la sociedad la obligaba a mantener las apariencias. Todo argumento según el cual la literatura de la época no respaldaba tal juicio suele ser contrarrestado con la opinión de que novelistas y dramaturgos tenían que practicar la autocensura para que sus obras no fueran prohibidas. Por otro lado, la sociedad occidental se ha alejado tanto de los valores de aquellos días que algunas personas pueden preguntarse si lo que hoy sigue siendo inaceptable podría ser aceptable en el futuro. En los últimos años, el avance científico ha planteado algunas cuestiones éticas muy difíciles, particularmente en relación con la ingeniería genética y la concepción y el embarazo médicamente asistidos. La sociedad humana se ha esforzado mucho por encontrar respuestas satisfactorias a preguntas como las siguientes: ¿Quién tiene el derecho legítimo sobre el niño nacido de una madre subrogada? Si una mujer acuerda con una pareja gestar un bebé resultado de una inseminación artificial, pero después decide quedarse con el niño cuando nace, ¿basta con que devuelva a la pareja cualquier cantidad que esta le haya pagado por adelantado? ¿Hasta qué punto obliga tal contrato? ¿Es correcto utilizar técnicas de fecundación in vitro para ayudar a concebir a una mujer anciana, como en el caso reciente de una mujer de sesenta y nueve años que dio a luz mediante inseminación artificial? ¿Hasta qué punto puede utilizarse la ingeniería genética para permitir que las parejas elijan el sexo y las características de su futuro hijo? ¿Y qué decir del suicidio médicamente asistido? ¿Es correcto ayudar a personas con enfermedades terminales a poner fin a sus vidas si así lo desean? En estas cuestiones es difícil determinar hasta qué punto puede avanzar la sociedad humana basándose en el ensayo y el error. Si las consecuencias adversas de las pruebas en un ámbito determinado son graves y difíciles de remediar, esto puede significar que las personas se vean sometidas a problemas serios de los que podrían haberse librado si hubiera existido una orientación adecuada. Necesitamos orientación para evitar las zonas de peligro y llevar una vida razonablemente feliz. Puesto que la experiencia humana no puede proporcionarnos esa orientación, la única fuente disponible para nosotros es el Creador: Él conoce Su creación y puede determinar qué nos beneficia o nos perjudica. La orientación divina se nos ha concedido desde que la humanidad llegó a existir. Se proporciona de dos maneras: la primera es la naturaleza humana, cuando se encuentra sana y no corrompida por influencias negativas, y la segunda es a través de los Profetas. Ambas actúan conjuntamente, pues el mensaje predicado por los Profetas fortalece los recursos de la naturaleza humana y garantiza que esta permanezca en el camino correcto. Debemos recordar aquí la definición de profecía, que es la adquisición de un conocimiento absolutamente cierto que no puede obtenerse mediante el esfuerzo o la experiencia humanos. Dios, según el islam, es el Creador del universo y de todo cuanto existe. Él es Absoluto, Bondadoso y Compasivo. Su conocimiento es perfecto y lo abarca todo. Para apreciar el conocimiento de Dios, podemos decir que es perfecto e independiente del tiempo y del espacio. En otras palabras, nada se añade a él como resultado de ningún acontecimiento del universo. No podemos decir que haya habido un momento en que Dios no supiera algo y luego lo aprendiera: eso no se aplica a Dios. Por tanto, Dios es la única fuente capaz de proporcionarnos una orientación perfecta y aplicable a la vida humana. Lo ha hecho mediante los mensajes que Sus Mensajeros han transmitido. Vida después de la muerte Una pregunta que ha desconcertado constantemente a la humanidad es qué nos sucede después de morir. La perspectiva de la religión divina es que resucitaremos para una segunda vida eterna, en la que tendremos que rendir cuentas de lo que hacemos en esta vida y seremos ampliamente recompensados si nuestras buenas obras superan a las malas. Aquellas personas cuyas malas acciones superen ampliamente a las buenas serán juzgadas por Dios: Él elegirá perdonarlas o castigarlas. Este juicio divino enviará a las personas al paraíso o al infierno, según Dios —en Su justicia y compasión absolutas— determine que es justo. Él nunca es injusto con nadie, y Su perdón puede ser total. Perdona todos los pecados, incluidos los muy graves, con una sola excepción: afirmar que tiene asociados de cualquier clase. Por tanto, todos los que creen en la unicidad de Dios, aceptan Su mensaje y realizan buenas obras en esta vida presente tendrán la certeza de recibir el perdón de Dios por sus pecados y ser recompensados por sus buenas obras. Como esta vida presente es limitada y breve, mientras que la segunda vida es eterna, es razonable que todos se preparen para esta última creyendo en Dios y realizando buenas obras en esta vida. Cuando las personas aceptan este llamamiento y se atienen a él, su beneficio influye poderosamente en la vida del ser humano en la tierra. Quienes hacen el bien son amados y respetados por quienes los rodean, pues benefician a su comunidad. Esto significa que el camino promovido por la fe divina tendrá efectos fuertes y positivos en nuestra vida presente y, al mismo tiempo, asegurará la felicidad en la vida futura. Aquí pueden surgir algunas preguntas: ¿cómo podemos estar seguros de que existe una segunda vida? ¿Qué prueba tenemos de ello? Las personas no regresan después de morir para contarnos qué sucede cuando abandonan nuestro mundo; entonces, ¿cómo podemos hablar de la vida futura en términos de certeza? La prueba se encuentra en el hecho de que Dios es justo y no permitirá que triunfe la injusticia. Hay mucha injusticia en la vida humana, tanto a nivel individual como comunitario. En todas partes se encuentran ejemplos de injusticia: el amo que maltrata a sus sirvientes; el empleador que paga salarios bajos por un trabajo muy rentable; las multinacionales que acumulan enormes beneficios mientras mantienen a sus trabajadores del tercer mundo por debajo del umbral de la pobreza; el marido que golpea a su esposa; los padres que maltratan a sus hijos; y el dictador que tiraniza a toda la población de un país. El número de injusticias en cualquier aldea, pueblo, ciudad o país es incalculable. Sin embargo, Dios es justo y no permite que la injusticia quede sin castigo. Las situaciones injustas abundan en el mundo que nos rodea y, cuando surge una situación injusta, normalmente se intenta corregirla. Si esta vida hubiera sido un fin en sí misma, esos intentos tendrían éxito y todos los males serían reparados dentro de ella. El ser humano es la más valiosa de todas las criaturas de nuestro mundo. Por tanto, las situaciones que provocan sufrimiento en la sociedad humana deberían prevenirse en primer lugar y corregirse cuando se producen. Sin embargo, muchas permanecen sin resolver, tanto a nivel individual como comunitario. Es lógico, entonces, concluir que ni el sistema de creación de Dios ni Su justicia permitirían tal imperfección en un sistema de vida perfectamente diseñado. Por tanto, es necesaria una segunda vida en la que la justicia se establezca plenamente. Esto es lo que la fe divina ha prometido desde la creación del ser humano. Se presenta en los términos más claros en el Corán, que encarna el mensaje islámico. Además, cuando observamos la vida en nuestro mundo, descubrimos que existen incontables equilibrios que deben funcionar conjuntamente para que la vida continúe. Si alguno de estos equilibrios se alterara, aunque fuera ligeramente, podrían producirse efectos desastrosos tanto para el ser humano como para el medio ambiente. Tales equilibrios medidos no podrían haberse producido por sí mismos; son, más bien, el producto del delicado diseño de Dios y de la perfecta regulación del mundo en que vivimos. Esta regulación y este equilibrio se aplican también al universo entero. Es poco probable que el Creador haya establecido un diseño tan perfecto solo para abandonarlo y dejar que el mundo se regule sin ninguna intervención. Sería como un ingeniero mecánico que diseñara una máquina perfecta y luego la dejara funcionar por sí sola sin ocuparse de su mantenimiento. Por el contrario, la orientación de Dios proporciona las ideas que el ser humano necesita para mantener este equilibrio. Tal conocimiento no puede obtenerse de ninguna otra fuente. El ser humano se distingue de todas las criaturas que viven en el mundo por su libre albedrío. Se nos ha concedido la capacidad de decidir cómo conducir nuestra vida. Ciertamente, las fuerzas de la naturaleza nos afectan y tenemos poca capacidad para controlarlas. Sin embargo, aparte de esto, podemos elegir nuestra línea de acción en prácticamente todas las situaciones. Esta capacidad nos impone la clara responsabilidad de elegir lo que promueve la vida y el progreso humanos, y lo que preserva y desarrolla nuestro medio ambiente. La responsabilidad va unida a la rendición de cuentas. Somos responsables ante Dios, y esta responsabilidad se saldará en la vida futura. Además, es justo que nuestro registro permanezca abierto ante Dios, porque Él es quien nos ha dado los medios y las herramientas para cumplir la responsabilidad que nos ha asignado. No debemos olvidar que esta responsabilidad sirve a nuestros propios intereses, pues nos exige construir una vida humana feliz en la tierra y promover el progreso humano. El mensaje final Dios nos ha concedido orientación en forma de un mensaje, que nos transmitió mediante un Mensajero humano que llevó una vida normal en medio de una sociedad humana común. Este mensaje fue enviado para ayudarnos a cumplir nuestra responsabilidad y a presentar un buen balance del tiempo que pasamos en la tierra. A lo largo de los siglos, Dios envió numerosos Mensajeros con Su orientación. Todos transmitieron el mismo mensaje básico, aunque hubo diferencias en cuestiones de detalle. Todas las religiones exigían que las personas creyeran en la unicidad de Dios, ofrecieran sus oraciones y pagaran el zakat (es decir, la caridad obligatoria). Estos son los pilares de la fe divina en todas sus formas. Constituyen la pureza de la creencia y se basan en el reconocimiento de la posición del ser humano como siervo de Dios, que dirige sus oraciones únicamente a Él y mantiene la colaboración y la seguridad sociales. Sin embargo, los Mensajeros de Dios fueron enviados inicialmente a sus propios pueblos y recibieron también mensajes aplicables solo a sus comunidades. Cuando la humanidad alcanzó su madurez, fue necesario poner ante ella un mensaje de Dios que se aplicara por igual a toda la humanidad, en todas las generaciones futuras y en cualquier lugar del mundo. Este mensaje está contenido en el Corán, la palabra de Dios, tal como nos fue transmitida por medio del Profeta que la recibió del ángel Gabriel. Cada vez que un Profeta se dirigía a su pueblo, llamándolo a creer en Dios y en el Día del Juicio, ellos le pedían que presentara pruebas milagrosas en apoyo de su mensaje. Los árabes de La Meca también exigieron tales milagros al Profeta. Dios concedió a los Mensajeros anteriores signos milagrosos: el Profeta Moisés transformó su bastón en una serpiente veloz, y su mano cambió de color cuando se la puso sobre el pecho; el Profeta Jesús curó al ciego y devolvió la vida a un muerto; y a otros Profetas se les concedieron milagros adecuados a sus pueblos y a su nivel de civilización. Al Profeta Muhammad no se le concedió ninguno de estos milagros porque su mensaje era aplicable a toda la humanidad y a todas las generaciones. Producir un milagro visto por un grupo limitado de personas, por grande que sea, en un momento y lugar determinados, no concuerda con la condición de su mensaje ni con su aplicabilidad universal. El Profeta se refiere a esto cuando dice: Todo Profeta recibió signos milagrosos que hacían que la gente creyera. Lo que yo he recibido son revelaciones que Dios me ha concedido. Espero ser aquel que tenga el mayor número de seguidores el Día del Juicio.2 Los mensajes entregados a los Mensajeros anteriores adoptaron formas diferentes. Se dieron Escrituras a Abraham, Moisés y Jesús, y los salmos fueron entregados a David. El Corán describe tanto la Torá como el Evangelio como textos que contienen «guía y luz».3 Sin embargo, estos mensajes sufrieron cambios y distorsiones que, en algunos casos, fueron en dirección opuesta a lo que Dios quería. La gente suele preguntar por qué Dios permitió que tal distorsión se infiltrara en Sus mensajes. La razón es que Dios no tenía la intención de que esos mensajes fueran los definitivos. Él ha prometido preservar intacto Su mensaje final y libre de toda distorsión. Puesto que este mensaje se dirige a toda la humanidad, en todas las generaciones, debe tener la forma de un libro: no podía adoptar ninguna otra forma. De ahí que tengamos el Corán, la palabra de Dios que ha permanecido y permanecerá para siempre disponible para toda la humanidad en su forma original, libre de toda distorsión conforme a la garantía de Dios. Los eruditos han mostrado cómo se preservó el Corán desde los primeros días de la revelación. Hoy el Corán se lee todos los días en todo el mundo, como se ha leído desde que terminó su revelación hace más de mil cuatrocientos años. No existe absolutamente ninguna diferencia entre los ejemplares escritos a mano hace muchos siglos y los ejemplares producidos hoy en cualquier lugar del mundo. Algunas personas se preguntan cómo un mensaje revelado hace catorce siglos podría ser aplicable hoy o dentro de otros mil años. Hay ciertos ámbitos que se aplican a todas las personas en cualquier lugar del mundo, independientemente de su nivel de desarrollo, como la relación entre el ser humano y Dios. En este ámbito, las normas se establecen de manera flexible, de modo que las personas puedan ajustar su tiempo y su compromiso para satisfacer las exigencias de la religión sin dificultad. La oración es un ejemplo claro. Ofrecemos cinco oraciones obligatorias cada día. Sin embargo, el intervalo permitido para cada una facilita que cualquiera pueda realizarlas sin omitir ninguna. Además, en casos de emergencia existen concesiones que permiten cumplir con el deber. En otros ámbitos, donde las condiciones sociales experimentan cambios fundamentales, el mensaje divino establece principios y valores claros que deben aplicarse, dejando que las personas conduzcan su vida como consideren conveniente. Por ejemplo, las condiciones económicas de una sociedad industrial desarrollada son muy diferentes de las de una sociedad agrícola medieval. En este ámbito, los principios islámicos prohíben la usura, la explotación y el monopolio. Exigen que se atienda a los pobres y establecen el sistema del zakat para satisfacer este requisito. Asimismo, los trabajadores y empleados deben recibir sus salarios cuando vencen. Además, el Corán expone valores claros que deben mantenerse. Siempre que se apliquen sus principios y valores, el islam concede a las personas pleno derecho a gestionar sus asuntos como consideren adecuado. El Profeta dio a sus Compañeros una afirmación muy clara al respecto: «Vosotros conocéis mejor vuestro mundo material». Un Mensajero humano Dios no eligió revelar de una sola vez Su libro de orientación para que las personas lo estudiaran cuidadosamente y luego lo pusieran en práctica. Más bien, nos dio una opción mucho mejor: envió a un Mensajero para transmitir Su mensaje y enseñarnos cómo llevarlo a la práctica. El Mensajero era un ser humano que había nacido y crecido de la misma manera que todos los demás. No se distinguía sino por ser el receptor del mensaje de Dios y por sus cualidades personales. Se desplazaba y llevaba su vida como un ser humano corriente. Que Dios eligiera a una persona común para transmitir Su mensaje es un punto de controversia para los incrédulos. A menudo se preguntan por qué Dios eligió como Mensajero a un ser humano corriente en lugar de a un ángel. Esto se basa en la idea de que, si un ángel transmitiera el mensaje, la gente conocería su importancia y lo aceptaría. Tal argumento se fundamenta en la manera en que las personas gestionan sus propios asuntos. Cuando los jefes de Estado envían mensajes a sus homólogos, mandan al primer ministro o al ministro de Asuntos Exteriores, dando mayor importancia al mensaje mediante la identidad o la posición de quien lo lleva. Los mensajes divinos adquieren su importancia por el hecho de que proceden de Dios. Un mensaje divino se envía para que las personas lo pongan en práctica en su propia vida. Si se enviara con él a un ángel para mostrar a la gente cómo aplicarlo, seguramente alegarían que no puede ser aplicable a ellos porque no son ángeles. Cuando las personas cometieran un pecado, dirían que no pueden evitarlo porque son humanas, mientras que al Mensajero de Dios le resultaría fácil evitar el pecado, porque los ángeles están hechos para hacer lo que Dios les ordena. Para ser pertinente, un mensaje de Dios debe ser transmitido únicamente por un miembro de la comunidad a la que se envía. Por tanto, un mensaje dirigido a la humanidad solo puede ser transmitido por un ser humano. Dios afirma en el Corán: Nada ha impedido jamás que las personas crean cuando les llegó la guía, salvo que dijeron: «¿Es posible que Dios haya enviado a un ser humano como Mensajero?». Di: «Si hubiera habido ángeles caminando por la tierra como su morada natural, les habríamos enviado desde el cielo un mensajero ángel» (17:94-95). Los Mensajeros humanos no solo transmiten el mensaje; también ofrecen un ejemplo práctico de cómo aplicarlo. Las personas siempre los observarán para ver cómo cumplir las órdenes de Dios. Sabrán que pueden imitar cualquier ejemplo que se les dé. Nada de lo que haga el Mensajero estará fuera de su alcance, porque el Mensajero, como ellos, está sujeto a las limitaciones humanas. Por otro lado, un Mensajero humano interactúa plenamente con la comunidad y comparte sus sentimientos, preocupaciones, alegrías, triunfos y esperanzas. Así pueden apreciar la gracia infinita que Dios les ha concedido al elegir a uno de ellos como Su Mensajero. El mensaje del islam fue revelado a lo largo de un período de veintitrés años, durante el cual el Profeta vivió entre su pueblo, guiando cada uno de sus pasos y transformando su modo de vida. Cuando necesitaban instrucciones, se las proporcionaba, y cuando algo les parecía incierto, pronto resolvía su incertidumbre. Si una tarea parecía demasiado difícil, los ayudaba o les mostraba cómo realizarla sin esfuerzo. Cuando las cosas no respondían a sus expectativas y les resultaba difícil hacer lo que él les ordenaba, solo tenía que hacerlo delante de ellos y se apresuraban a seguir su ejemplo. Por ejemplo, cuando se firmó el tratado de paz de Hudaybiyyah, este exigía que los musulmanes regresaran a Medina sin completar su culto en la Kaaba de La Meca. Tenían puesta la mirada en entrar en La Meca y adorar allí, pero el acuerdo de paz les exigía regresar y retrasar un año su visita a La Meca. El Profeta les dijo que sacrificaran sus animales y pusieran fin a su consagración en el lugar donde se encontraban, para poder regresar. Estaban tan afligidos que nadie hizo lo que se les había indicado. Sin embargo, siguiendo el consejo de su esposa, el Profeta sacrificó su animal y comenzó a afeitarse la cabeza delante de ellos. Inmediatamente siguieron su ejemplo. Siempre que los musulmanes afrontaban un problema durante aquellos años benditos, acudían al Mensajero de Dios. Si conocía la respuesta, se la comunicaba; si no, esperaba la orientación de Dios, que normalmente llegaba en forma de revelaciones coránicas. Tomemos el ejemplo de Khuwaylah bint Tha’labah, que acudió al Profeta con lágrimas en los ojos. Se quejó de que su marido había pronunciado las palabras ofensivas que la convertirían en ilícita para él. Esa era una costumbre abominable de los árabes: cuando un marido quería molestar a su esposa por algo que ella había hecho, le decía que para él era como su madre y que ya no se acercaría sexualmente a ella. En esta situación, ella no queda divorciada, pero se vuelve ilícita para su marido. Cuando su marido, que era musulmán, pronunció esas palabras, Khuwaylah acudió al Profeta para presentar su queja contra él. Es útil conocer su historia tal como ella la contó: Estaba casada con Aws ibn al-Samit, quien había envejecido y tenía un carácter irritable. Un día llegó a casa y yo cuestioné algo que había dicho. Se enfadó por ello y me dijo: «Para mí eres como la espalda de mi madre». Luego salió y se sentó un rato con su gente. Más tarde regresó e indicó que quería mantener relaciones sexuales. Le dije: «¡De ninguna manera! Por Aquel que tiene el alma de Khuwaylah en Su mano, no puedes acercarte a mí después de haber dicho lo que dijiste, hasta que Dios y Su Mensajero decidan nuestro caso». Intentó forzarme, pero lo vencí como una mujer puede vencer a un anciano débil. Lo dejé y fui a casa de una vecina para pedirle prestado un vestido. Fui al Profeta y me senté delante de él. Le conté lo ocurrido y me quejé enérgicamente de los malos modales de mi marido. El Profeta me dijo: «¡Khuwaylah! Tu primo es un anciano; sé, pues, amable y teme a Dios en el trato con él». Antes de que me marchara, descendieron revelaciones acerca de mí. El Profeta experimentó lo que solía experimentar cuando recibía revelaciones. Luego volvió en sí y me dijo: «¡Khuwaylah! Dios ha revelado versículos coránicos acerca de ti y de tu esposo». Después me recitó los versículos que comienzan así: «Dios ha oído las palabras de la mujer que discutía contigo acerca de su esposo y se quejaba ante Dios. Dios ha oído lo que ambos decíais. Dios todo lo oye y todo lo ve. A quienes de vosotros digan a sus esposas: “Eres para mí como la espalda de mi madre”, sepan que ellas no son sus madres; sus madres son quienes las dieron a luz. Lo que dicen es reprobable y falso. Sin embargo, Dios es indulgente y perdona. Quienes se separen de sus esposas diciendo: “Eres para mí tan ilícita como mi madre”, y luego se retracten de lo que dijeron, deberán expiarlo liberando a un esclavo antes de que la pareja pueda reanudar plenamente su relación matrimonial. Esto es una exhortación para vosotros, y Dios está bien informado de cuanto hacéis. Pero quien no disponga de medios deberá ayunar en su lugar durante dos meses consecutivos antes de que la pareja pueda reanudar plenamente su relación matrimonial; y quien no pueda hacerlo deberá alimentar a sesenta necesitados. Esto es para que demostréis vuestra fe en Dios y en Su Mensajero. Estos son los límites establecidos por Dios. A quienes no crean les espera un castigo doloroso» (58:1-4). Luego el Profeta me dijo: «Dile que libere a un esclavo». Le respondí: «¡Mensajero de Dios! No tiene medios para hacerlo». Dijo: «Entonces que ayune durante dos meses consecutivos». Le dije: «Es ciertamente un anciano que no puede ayunar». Dijo: «Entonces debe alimentar a sesenta pobres con un wasq4 de dátiles». Le dije: «¡Mensajero de Dios! Por Dios, no puede permitírselo». Entonces el Profeta dijo: «Lo ayudaremos con un saco de dátiles». Le respondí: «¡Mensajero de Dios! Yo también lo ayudaré con otro saco». El Profeta dijo: «Eso está bien y es bondadoso por tu parte. Ve y entrégalo como caridad en su nombre, y cuida bien de tu primo». Hice lo que el Profeta me había dicho. (Transmitido por Ahmad y Abu Dawud.)5 Este caso ilustra el grado de participación del Mensajero de Dios en la vida de la comunidad musulmana durante aquellos veintitrés años de revelación. Se trata del caso de una mujer sencilla y su marido anciano y débil, que tuvieron una discusión que condujo a una situación insostenible. La solución llegó directamente de Dios, quien dijo que había escuchado su queja. Aquellos años de asistencia proporcionada por el Mensajero de Dios a la primera comunidad musulmana eran necesarios, pues ofrecieron una orientación práctica que los eruditos han estudiado a lo largo de los años, de modo que la correcta aplicación de la orientación divina en distintos tiempos y entornos resultara fácil y clara. También dieron al Mensajero de Dios el tiempo necesario para moldear una sociedad coherente, unida por su fe y por la defensa del mensaje divino, a partir de una sociedad tribal indisciplinada en la que las incursiones injustificadas eran una práctica común. La sociedad musulmana que el Profeta moldeó durante este período estaba bien preparada para llevar el mensaje de Dios a la humanidad e iniciar la civilización islámica que habría de guiar a la humanidad durante muchos siglos. 4 Un wasq es una medida de volumen que se estima que pesa unos 130 kilogramos de trigo. 5 Sayyid Qutb, A la sombra del Corán, vol. 16, The Islamic Foundation, Leicestershire, 2009, pp. 393-394.
CAPÍTULO 5
muhammad: Mensajero de Dios Muhammad (la paz sea con él) comprendía claramente su función como Mensajero de Dios. Era consciente de que esto significaba que debía transmitir el mensaje de Dios y darlo a conocer a todos. Uno de sus jóvenes Compañeros, [Abdullah ibn [Amr, expresó que el mensaje de la Unicidad de Dios se da para abrir los ojos que habían estado ciegos, los oídos que no podían oír y los corazones que habían sido sellados. Así, el mensaje de Dios abre todas las facultades humanas de percepción a la gran verdad del universo, que es la Unicidad de Dios. En otras palabras, el Profeta debía hacer que la gente comprendiera que Dios es el Creador del universo y de todo lo que hay en él, y que apreciara lo que esto implicaba para ellos: que debían someterse solamente a Él y conducir sus vidas de una manera coherente con dicha sumisión. Como Mensajero de Dios, Muhammad debía ofrecer a la humanidad conceptos claros sobre Dios, el ser humano y la relación entre ambos, así como explicar lo que el final de la vida en la tierra significará para cada persona. Muhammad, un hombre que había vivido cuarenta años entre su pueblo y se había ganado su respeto por sus buenos modales y su integridad, debía decirles que Dios lo había elegido para ser Su Mensajero y que les estaba transmitiendo el mensaje de Dios. ¿Qué clase de reacción podía esperar? ¿Cómo vería la gente a un hombre que les dijera que tenía una relación especial con Dios y que, por tanto, tenía autoridad sobre ellos? ¿Cómo se sentirían cuando les ordenara cambiar sus costumbres para no incurrir en el desagrado de Dios? De hecho, les dijo que, si no le obedecían, se exponían al severo castigo de Dios. Dadas las implicaciones de este mensaje, era de esperar que la gente quisiera pruebas de sus afirmaciones. El Profeta se enfrentó repetidamente a exigencias de pruebas materiales que confirmaran su condición de Mensajero de Dios. La gente quería que esa prueba indicara claramente que procedía directamente de Dios mismo. Cuando les dijo que solo Dios decide mostrar una señal milagrosa, respondieron a su respuesta con burlas y acusaciones hirientes. El Corán nos habla de tales exigencias: También dicen: «¿Qué clase de Mensajero es este, que come alimentos y va por los mercados? ¿Por qué no se le ha enviado un ángel que advierta junto a él? ¿O por qué no se le ha concedido un tesoro? ¿O por qué no tiene un jardín del que pueda alimentarse?». Los malhechores dicen: «El hombre al que seguís está ciertamente hechizado». (25: 7-8) Cuando la situación en La Meca se polarizó entre quienes se le oponían ferozmente y quienes aceptaban su mensaje, los primeros intentaron persistentemente suprimir por completo el islam, y sus exigencias de milagros se volvieron demasiado absurdas para merecer una respuesta. El Corán menciona estas exigencias: Dicen: «No creeremos en ti hasta que hagas brotar para nosotros un manantial de la tierra, o tengas un jardín de palmeras y vides por el que hagas correr ríos, o hagas caer sobre nosotros el cielo en pedazos, como has amenazado, o traigas ante nosotros a Dios y a los ángeles cara a cara, o tengas una casa de oro, o asciendas al cielo. Y no creeremos en tu ascensión hasta que nos traigas un libro que podamos leer». Di: «¡Glorificado sea mi Señor! Yo no soy sino un hombre y un Mensajero». (17: 90-93) No hace falta decir que, si al Profeta se le hubiera concedido algo parecido a lo que exigían aquellos árabes incrédulos, aun así habrían negado su mensaje. Los tesoros, las espléndidas tierras de cultivo y los jardines pertenecen a personas comunes, pero su enorme riqueza no les confiere ningún estatus especial. Del mismo modo, si el Profeta hubiera producido algo milagroso, como hacer brotar manantiales de la tierra, aquellos incrédulos habrían afirmado igualmente que era un hechicero, tal como los incrédulos anteriores a ellos habían alegado de sus propios Profetas y Mensajeros. Algunos incrédulos lo acusaron de hechicería de todos modos. El punto aquí es que no faltan pruebas milagrosas: a nuestro alrededor hay señales milagrosas que apuntan a Dios como el Creador de todo. Estas señales están en el nacimiento de cada niño, en cada semilla que hace crecer una planta o un árbol, en cada flor que se abre para esparcir su aroma y en toda criatura, pequeña o grande, cualquiera que sea su constitución. Basta reflexionar adecuadamente sobre lo que vemos a nuestro alrededor para comprender que detrás de todo ello está la mano de Dios, el Creador. Si hubiera sido necesario un milagro material para que creyéramos, nuestra fe carecería de sentido. Hay poco mérito en comprender que una mesa fue hecha por un carpintero, un automóvil por un ingeniero mecánico o un ordenador por un ingeniero de hardware. Podemos tener cursos de estudio y manuales que muestren la tecnología implicada en la fabricación de cualquier cosa de la sociedad humana; pero no podemos comprender cómo Dios crea la vida en ninguna de sus formas. El Profeta dijo a la gente que debía creer en la Unicidad de Dios. Ese es un paso consciente que el ser humano da, y requiere comprometerse con lo que tal creencia implica. Para ayudar a la gente a decidirse a dar ese paso, Dios envió un mensaje que contenía guía, así como una prueba coherente con la naturaleza humana y lógicamente aceptable. No obstante, correspondía a cada persona dar ese paso, que debía darse libremente y sin presión ni impedimento por parte de nadie. Cuando la mayoría de la gente de La Meca se opuso al Profeta e intentó obligar a sus seguidores a renunciar a su fe, la respuesta del Profeta fue simplemente pedirles que le permitieran defender libremente su mensaje hablando con otras tribus. Solo quería una plataforma desde la que dirigirse a la gente y libertad de elección para todos.
Responsabilidad pesada
Desde el principio, el Profeta fue advertido de que su tarea no sería fácil. En una revelación coránica muy temprana, Dios le dijo: «Te transmitiremos un mensaje de gran peso». (73: 5) El Profeta comprendió que cargaría con una pesada responsabilidad. La dificultad de la tarea no estaba en transmitir el mensaje, pues estaba bien dotado para ello, con talento para expresarse con fluidez, un gran dominio del idioma, argumentos bien razonados y un carácter noble reconocido por todos los que lo conocían. Más bien, comprendió de aquella afirmación que habría una fuerte oposición contra él y contra su mensaje. Por eso, cuando una noche su esposa Jadiya le dijo que descansara un poco, él le dijo: «Jadiya, el tiempo del sueño reparador ha terminado». Se dio cuenta de que ya no era dueño de su propio tiempo; necesitaba atender su misión a cada momento del día y de la noche, y demostró estar a la altura de la tarea. Esto plantea la cuestión de cuánto puede soportar un hombre para cumplir su tarea como Mensajero de Dios. ¿Qué carga asumió Muhammad cuando aceptó su función? En los primeros días, Muhammad fue a ver a Waraqah ibn Nawfal, el anciano erudito de las religiones divinas, buscando seguridad acerca de lo que había visto en su primer encuentro con Gabriel. Waraqah le dijo a Muhammad que se encontraría con mucha hostilidad. En efecto, Muhammad soportó muchos abusos personales. Fue insultado, ridiculizado y difamado. También fue acusado de ser un hechicero, un loco, un poeta dado a las exageraciones y un monje aislado de la vida. De hecho, la lista de acusaciones es casi interminable. El maltrato físico era una amenaza constante para él, aunque la protección que su tío le brindaba en todo momento redujo algo esta amenaza. Cuando los extremistas de los coraichitas creían que podían abusar personalmente del Profeta sin consecuencias, no tenían reparos en hacerlo. Le arrojaron basura mientras rezaba cerca de la Ka[bah, y no pudo levantar la cabeza hasta que llegó su joven hija para ayudarlo. Intentaron asesinarlo en más de una ocasión. Finalmente, tuvo que huir de su ciudad natal. Sin embargo, todo esto le resultaba más fácil de soportar que ver a sus seguidores sometidos a torturas y abusos físicos de la peor clase.
Tolerancia ejemplar
El Profeta comprendió que debía soportar todo esto, y mucho más, sin recurrir a represalias por ninguna ofensa personal, ni siquiera por una agresión física. Por ejemplo, Anas ibn Malik relata: Caminaba con el Mensajero de Dios, que llevaba un manto de borde áspero. Un beduino lo alcanzó y tiró de él con fuerza. Miré el cuello del Profeta y vi cómo el borde de su manto había dejado una marca clara en su piel debido a la rudeza del beduino. Entonces el beduino le dijo: «Muhammad, ordena que me den una parte del dinero que Dios te ha dado». El Profeta lo miró y luego dio la orden necesaria para que le entregaran su parte. (Transmitido por al-Bujari y Muslim.) El beduino quería dinero y pensaba que el Profeta debía dárselo. Sin embargo, en vez de pedirlo de manera apropiada y mostrar al Profeta el respeto que merecía, tiró con gran rudeza de su manto. No obstante, el Profeta no le dirigió ni una palabra de reproche; en cambio, ordenó que le hicieran un regalo. Pasar por alto las faltas de la gente —incluso cuando iban dirigidas personalmente contra él— era una característica constante del Profeta. Sentía que debía renunciar a toda consideración personal por el bien de su misión. Por ello, no se involucraba en disputas personales y pasaba por alto cualquier acción o comentario ofensivo dirigido contra él, ya procediera de musulmanes o de no musulmanes. Cuando estaba en La Meca, donde algunas personas siempre estaban dispuestas a insultarlo, nunca respondía a ninguno de ellos. Más tarde, en Medina, donde ejercía toda la autoridad y sus seguidores estaban dispuestos a hacer cuanto les ordenara, fue aún más indulgente y comprensivo. Por ejemplo, un judío llamado Zayd ibn Sa[nah estaba cerca cuando el Profeta recibió una petición urgente para enviar provisiones de socorro a una comunidad que vivía a cierta distancia de Medina. Cuando el Profeta preguntó, le dijeron que no había nada disponible de inmediato para enviar. Entonces el judío ofreció al Profeta una cantidad considerable de dinero para obtener provisiones de socorro, con el acuerdo de que ese dinero serviría como pago adelantado por una cantidad de dátiles que se entregarían al judío en una fecha determinada. Quería los dátiles de una granja específica, pero el Profeta aceptó la oferta solo si el judío no insistía en que procedieran de aquella granja, y en esas condiciones se cerró el acuerdo. El judío relató que dos o tres días antes del plazo acordado, el Profeta y varios de sus Compañeros asistieron al funeral de un hombre de los ansar. Después de ofrecer la oración por el difunto, el Profeta se sentó junto a un muro: Me acerqué a él, lo agarré por sus vestiduras, lo miré fijamente y le dije: «Muhammad, ¿no vas a pagarme lo que me corresponde por derecho? He conocido a tu clan y sé que cumple sus compromisos, y he tratado con algunos de vosotros». Miré a [Umar y vi que sus ojos se movían como una pelota. Me miró fijamente y dijo: «¡Enemigo de Dios! ¿Cómo te atreves a decirle y hacerle al Mensajero de Dios lo que he oído y visto? Por Aquel que lo envió con el mensaje de la verdad, si no fuera por el riesgo de perder aquello que deseo conseguir, te habría cortado el cuello con esta espada mía». El Mensajero de Dios miró tranquilamente a [Umar y le dijo: «Necesitamos de ti algo mejor, [Umar. Habría sido mejor que me dijeras que cumpliera mi compromiso y que le dijeras a él que formulara su reclamación de manera apropiada. Llévatelo y dale todo lo que le corresponde. Dale también veinte medidas adicionales de dátiles, como compensación por haberlo asustado». [Umar salió conmigo y me dio lo que me correspondía y el incremento. Le pregunté por qué había añadido aquella cantidad. Dijo: «El Mensajero de Dios me ha ordenado que te la dé como compensación por haberte asustado». (Transmitido por al-Hakim, al-Bayhaqi, al-Tabarani e Ibn Hibban.) Se trataba de un insulto público injustificado, pues el Profeta no había incumplido el acuerdo: el judío había formulado su reclamación un par de días antes del plazo. Sin embargo, en lugar de protestar por ello, el Profeta ordenó que se entregara al hombre lo que se le debía, junto con un regalo adicional. El hombre elegido para hacerlo era precisamente quien estaba dispuesto a matar al judío por el insulto que había dirigido al Profeta. El Profeta quería enseñar a [Umar una forma mejor de manejar una situación así, señalando primero una conducta mejor que asustar al hombre: «Habría sido mejor que me dijeras que cumpliera mi compromiso y que le dijeras a él que formulara su reclamación de manera apropiada».
Mensajero de Dios Muhammad
La historia hasta aquí parece extraña: ¿por qué debía comportarse el judío de aquella manera cuando aún faltaban un par de días para la fecha acordada? Él mismo ofrece la respuesta al hablar con [Umar después de que este le explicara por qué le había dado más de lo que se le debía. Mencionó su nombre, Zayd ibn Sa[nah, y confirmó que era un rabino conocido. Sorprendido, [Umar le preguntó por qué había actuado de aquel modo. Dijo: «Cuando vi a Muhammad, reconocí en su rostro todas las señales que confirmaban la profecía, tal como se mencionan en nuestras escrituras, salvo dos aspectos que necesitaba poner a prueba. Estos son: que su tolerancia controla su ira y que cuanto más dureza se le muestra, más tolerante se vuelve. Hice lo que hice como prueba y he confirmado ambas cosas. Por ello, quiero que tú, [Umar, seas testigo de que creo en Dios como mi Señor y de que estoy satisfecho de seguir el islam como mi religión y a Muhammad como el Profeta. También quiero que seas testigo de que destino la mitad de mi riqueza —y soy uno de los más ricos de aquí— como caridad para la comunidad de Muhammad». [Umar dijo: «O, más bien, para algunos de ellos, porque no puedes dársela a todos». Ambos regresaron juntos junto al Profeta, donde Zayd ibn Sa[nah se declaró musulmán. Participó en varias expediciones con el Profeta. No podemos precisar cuándo tuvo lugar el primer incidente, pero podemos decir que fue cuando el Profeta ya se había establecido en Medina y los beduinos acudían a él en busca de ayuda. El episodio con el rabino judío ocurrió en los primeros años de la emigración del Profeta a Medina, cuando el Estado musulmán aún era pobre. Cuando las cosas mejoraron y la comunidad musulmana disfrutó de una vida más cómoda, el Profeta mantuvo su actitud de tolerancia y de pasar por alto los errores de la gente. Algunos errores procedían de musulmanes que probablemente eran nuevos en el islam y, por ello, no comprendían la posición ni el carácter del Profeta. Quizá se habían acercado al islam cuando sus fortunas estaban en ascenso, con la esperanza de obtener algún beneficio material. El Profeta pasaba por alto sus comentarios ofensivos o sus malos modales. El siguiente ejemplo tuvo lugar algo más de dos años antes del final de la vida bendita del Profeta, es decir, cuando el Estado musulmán era respetado por todos los árabes. Después de la batalla de Hunayn, el Profeta hizo generosos regalos a algunos árabes cuyo apoyo absoluto esperaba ganarse. Estos regalos procedían del botín de guerra. La norma islámica relativa a tales ganancias de guerra es que el ochenta por ciento se distribuye entre el ejército que libró la batalla que produjo el botín, mientras que el veinte por ciento corresponde al Estado. Durante la vida del Profeta, él era el jefe del Estado, y se encargaba de que esta última parte del botín se destinara a los pobres y al bienestar general del Estado y de la comunidad musulmana. Esto significaba que su gasto quedaba a discreción exclusiva del Profeta. Después del Profeta, un gobernante musulmán decide cómo gastarlo para el bienestar de la comunidad musulmana. [Abdullah ibn Mas[ud mencionó que, cuando el Profeta entregó aquellos generosos regalos a esas personas, un hombre dijo: «Esta distribución es injusta. No se hace para agradar a Dios». Pensé que debía informar de ello al Profeta. Se lo dije. Él comentó: «¿Quién será justo si Dios y Su Mensajero son injustos? ¡Que Dios conceda misericordia a Moisés; soportó abusos aún mayores y los sobrellevó con entereza!». (Transmitido por al-Bujari y Muslim.)
Transmitir el mensaje de Dios
Como Mensajero de Dios, Muhammad debía transmitir el mensaje de Dios. Puesto que estaba dirigido a toda la humanidad, ¿cómo debía transmitirlo? Consideremos su situación en La Meca, en el corazón de una vasta península desértica, en una época en la que no había medios de comunicación ni de interacción con la gente salvo el contacto personal, oral o escrito. Ese era el mensaje de gran peso que había recibido, y demostró estar a la altura de la tarea. La manera en que defendía la fe islámica indica que se dirigía a individuos, grupos, comunidades y al mundo. No menospreciaba una tarea pequeña ni se arredraba ante una enorme. En los primeros años en La Meca, el Profeta hablaba con la gente en grupos y de manera individual. Explicaba su mensaje a todo el que quisiera escucharlo. Les decía que era el Mensajero de Dios y les explicaba la esencia de la fe islámica. Nunca se dejaba disuadir por un comentario ofensivo, una acusación o un rechazo absoluto. Dejaba claro a todos aquellos con quienes hablaba que no pedía nada más que la oportunidad de explicarles el mensaje que debía transmitirles: eran libres de tomar su decisión. Cuando la hostilidad contra él y contra su mensaje se volvió feroz y los coraichitas advertían contra él a todos los que llegaban y visitaban La Meca, seguía buscando visitantes individuales y acudía a los campamentos de todas las tribus durante la temporada de peregrinación. Intentó llevar su mensaje a otra ciudad, Taif, donde encontró una oposición aún más hostil, aunque en aquel momento no se quejó. Más tarde expresó sus sentimientos y afirmó que lo más duro para él era salir por la mañana y hablar con la gente, dondequiera que la encontrara, y pasar varias horas sin que nadie le dirigiera una palabra amable, sino solo duras repulsas. A pesar de todo esto, estableció una segunda base para su mensaje en un país lejano, Abisinia, porque sabía que su rey, el Negus, era un gobernante justo. Así, incluso en La Meca, donde solo tenía una pequeña comunidad de seguidores, llevó su mensaje a individuos de su propia ciudad, a otras tribus árabes y también hizo una proclamación internacional. En Medina, cuando tenía una comunidad mucho más grande y se enfrentaba a ejércitos que intentaban sofocar su mensaje e incluso exterminar a su comunidad, recibía a cualquier individuo y le prestaba toda su atención, explicándole el mensaje del islam. No retrasaba por ningún motivo la respuesta a una petición de información sobre el islam. Abu Rifa[ah, un beduino, relata: Llegué a la mezquita del Profeta mientras él pronunciaba un sermón. Dije: «Mensajero de Dios, aquí hay un extranjero que ha venido a preguntar acerca de la fe, pues no sabe nada de ella». El Profeta se acercó a mí, abandonando su sermón, hasta llegar donde yo estaba. Le trajeron una silla, quizá con patas de hierro. Se sentó en ella y me habló, enseñándome algo de lo que Dios le había enseñado. Después reanudó su sermón hasta terminarlo. (Transmitido por Muslim.) La actitud del Profeta puede contrastarse con las estrictas normas que tradicionalmente se adoptan cuando un orador pronuncia un discurso, una conferencia o un sermón. Esto no quiere decir que se deba permitir a la gente interrumpir a los oradores con preguntas que puedan apartarse de su tema; simplemente muestra la importancia que el Profeta concedía a garantizar que el mensaje de Dios llegara a todas las personas y, sobre todo, a quienes preguntaban por él. Su actitud en este caso no era distinta de la de un médico que responde a una emergencia. Todo aquel que preguntaba acerca del islam, ya se interesara por lo esencial o por los detalles, encontraba una respuesta dispuesta por parte del Profeta, que animaba a todos a aprender. Instruir a la gente en la fe del islam era su misión, y deseaba cumplirla lo mejor posible. En otro ejemplo, una mujer llamada Asma’ bint Yazid ibn al-Sakan dijo al Profeta: «Mensajero de Dios, hablo en nombre de un grupo de mujeres musulmanas que comparten mi opinión. Dios te ha enviado como Mensajero tanto para los hombres como para las mujeres. Creímos en ti y te seguimos. Sin embargo, nosotras, las mujeres, somos amas de casa y permanecemos en el hogar. Satisfacemos los deseos de los hombres y damos a luz a sus hijos. Los hombres tienen el privilegio de asistir a las oraciones del viernes y a los funerales, así como de participar en expediciones de yihad. Cuando parten en una expedición de ese tipo, cuidamos de sus bienes y de sus hijos. ¿Tenemos una parte de su recompensa por todo esto, Mensajero de Dios?». El Profeta se volvió hacia sus Compañeros y dijo: «¿Habéis oído alguna vez a una mujer formular su pregunta sobre la religión de una manera mejor que esta señora?». Ellos dijeron: «Esto es absolutamente cierto, Mensajero de Dios». Él dijo: «Puedes irte ahora, Asma’, y decir a todas las mujeres que, cuando cualquiera de vosotras cuida de su hogar y de su marido, procurando complacerlo, recibe una recompensa igual por todo lo que habéis mencionado de los privilegios de los hombres». Asma’ se marchó expresando su alegría por lo que el Mensajero de Dios le había dicho, alabando y glorificando a Dios.1 Hablar con la gente individualmente o en grupos, incluyendo dirigirse a tribus y comunidades, iba acompañado de un proceso continuo de educar a sus Compañeros y suavizar las «asperezas» de sus caracteres, para que el islam pudiera convertir a aquellos árabes rudos del desierto en una nación que llevara la civilización humana a nuevas alturas. Sin embargo, el Profeta era el Mensajero de Dios para toda la humanidad y debía transmitir el mensaje de Dios más allá de Arabia. Por ello, cuando la amenaza inmediata contra el Estado musulmán quedó neutralizada al firmarse el acuerdo de paz de Hudaybiyah con los coraichitas y tras la victoria sobre los judíos de Jaybar, el Profeta envió mensajes a los gobernantes de todos los países alrededor de Arabia, incluidos los emperadores de las dos superpotencias de su época: Persia y Bizancio. Les escribió invitándolos a creer en la Unicidad de Dios y a reconocer su mensaje. Declaró que, de lo contrario, serían responsables ante Dios de sí mismos y de sus naciones. De este modo, se aseguró de que se hablara del islam en una zona muy extensa del mundo. Los acontecimientos posteriores demostraron que gran parte de esa zona se convertiría al islam.2
Sin consideraciones personales
Un aspecto importante de lo que Muhammad, como Mensajero de Dios, tuvo que soportar en relación con la transmisión del mensaje se observa en el hecho de que debía declarar todo lo que le llegaba de Dios, independientemente de cómo le afectara o de cómo se reflejara en él personalmente. Debemos recordar que el Corán es la palabra de Dios mismo y que permanecerá sin cambios por el resto del tiempo, pues Dios ha garantizado su preservación. En efecto, se recita en la oración y como culto cada día de la vida de todo musulmán. Por tanto, cuando menciona algo sobre el Profeta, sus palabras se leen siempre como un acto de culto. A la luz de esto, por ejemplo, podemos leer los siguientes versículos: Esto [el Corán] es una revelación del Señor de todos los mundos. Si él3 hubiera atribuido algunas invenciones a Nosotros, ciertamente lo habríamos tomado por la mano derecha y le habríamos cortado la vena vital, y ninguno de vosotros habría podido salvarlo. Esto [el Corán] es, ciertamente, una exhortación para los piadosos. (69: 43-48) El hecho de que Muhammad recitara esta revelación a sus Compañeros y a sus enemigos, que la leyera en la oración una y otra vez y que forme parte del Corán constituye en sí mismo una prueba —si hiciera falta una prueba— de que el Corán es la palabra de Dios y de que Muhammad era el Mensajero de Dios. Otro ejemplo es el caso del hombre ciego que acudió al Profeta cuando este aún estaba en La Meca y le pidió aprender algo sobre el islam. El Profeta estaba ocupado con un grupo de nobles de los coraichitas, hablándoles de su mensaje y esperando que se hicieran musulmanes. Le disgustó la interrupción del ciego. Al parecer, esto se reflejó en su rostro, aunque el ciego no podía verlo. El Profeta no expresó su disgusto con palabras ni con gestos: simplemente se sintió molesto. Cualquiera podía comprender los sentimientos del Profeta. Estaba atendiendo una tarea que esperaba que proporcionara un apoyo muy necesario a la causa del islam. Ser interrumpido por un pobre ciego al que podía enseñar en cualquier otro momento no resultaba agradable. Sin embargo, Dios reprendió al Profeta por su actitud: Frunció el ceño y se apartó cuando el ciego acudió a él. ¿Y quién sabe? Quizá quería purificarse. O quizá quería recibir una exhortación, y la exhortación le habría beneficiado. Pero al que se considera autosuficiente le prestaste toda tu atención. Y no es culpa tuya si no se purifica. En cuanto a quien viene a ti con afán y con temor en el corazón, a ese lo ignoras. ¡No! Esto es una exhortación. Que quien quiera la tenga presente. (80: 1-12) Según los criterios humanos, lo que hizo el Profeta no era censurable en modo alguno. Después de todo, el ciego no podía ver la expresión de su rostro. El Profeta simplemente continuó atendiendo lo que consideraba la tarea más importante e inmediata al servicio de su mensaje. Sin embargo, Dios quería otra cosa: quería cambiar las perspectivas y los valores. La persona que viene voluntariamente a aprender sobre el islam debe ser tratada como mucho más importante que quienes se apartan de él, aunque exista la esperanza de que lleguen a ver su verdad. Este es un principio que debe declararse claramente para que todos los defensores del islam lo apliquen por el resto del tiempo. El Corán lo declara y, por tanto, el Profeta debía proclamarlo. Durante el resto de su vida, cada vez que se encontraba con aquel ciego, el Profeta le decía: «¡Bienvenido sea aquel por cuya causa mi Señor me reprendió!». En más de una ocasión, lo nombró su representante en Medina para administrar los asuntos de la comunidad musulmana durante su ausencia. El ejemplo más claro de ignorar las consideraciones personales al declarar lo relacionado con su mensaje es lo que ocurrió la mañana siguiente al viaje nocturno del Profeta. Como se mencionó en el capítulo 2, una noche el ángel Gabriel llevó al Profeta desde La Meca a Jerusalén, donde se encontró con todos los Mensajeros anteriores de Dios y dirigió la oración con ellos. Después fue llevado al cielo y regresó a La Meca antes del amanecer. ¿Contaría a la gente de La Meca su extraordinario viaje? Primero informó a su prima, en cuya casa había dormido aquella noche antes y después del viaje. Cuando estaba a punto de marcharse, ella le advirtió que no se lo contara a nadie, porque temía que se apartaran incrédulos. Entonces la dejó y se dirigió a la Ka[bah, donde ofreció su oración. Al terminar su culto, se acercó su más encarnizado adversario, Abu Yahl, para preguntarle si tenía alguna noticia. Él le dijo inmediatamente que había sido llevado en un viaje a Jerusalén. En vez de acusarlo de mentir, Abu Yahl le preguntó si estaba dispuesto a decir lo mismo a otras personas. El Profeta confirmó que lo haría. En pocos minutos, Abu Yahl reunió a un gran número de personas para escuchar el extraño relato del Profeta. Con absoluta seguridad, les dijo que había ido a Jerusalén y había regresado aquella misma noche. Inmediatamente le llovieron acusaciones de mentiroso desde todos los rincones. La gente decía: «Una caravana comercial tarda un mes en el viaje de ida y otro en el de vuelta. ¿Cómo pudiste hacerlo todo en una sola noche?». Poco después llevaron a Abu Bakr para que escuchara el extraño relato. Confirmó que creía todo: «Le creo cuando dice algo aún más extraordinario, pues nos dice que recibe revelaciones desde lo alto».
Cuidado y compasión
La máxima prioridad del Profeta era atender las necesidades del mensaje de Dios y explicárselo a la gente, y siempre estaba dispuesto a hacer lo necesario para ese propósito. Estaba preparado para soportar cualquier dificultad que implicara: su comodidad personal le preocupaba poco, siempre que cumpliera la tarea que Dios le había encomendado. Su actitud hacia la gente de La Meca en particular era de cuidado y compasión. Temía el destino inevitable que les esperaba si persistían en oponerse al mensaje de Dios y permanecían como idólatras. Era como quien ve a un ciego dirigirse hacia un precipicio e intenta apartarlo de él. En efecto, Dios menciona esto en el Corán: «¿Acaso vas a consumirte de tristeza porque no creen?». (26: 3) Estaba tan deseoso de que la gente comprendiera la verdad del islam y la aceptara que habría hecho cualquier cosa para lograrlo. Sin embargo, muchos permanecieron activamente opuestos durante años, tramando varias veces su asesinato y enviando ejércitos para invadir su base y exterminarlo a él y a sus seguidores. Cuando su victoria fue completa y se logró con muy pocos combates, sus detractores quedaron a su merced, pero él los perdonó a todos. No albergó ningún pensamiento de venganza, ni para sí mismo ni para su comunidad musulmana. Siempre tenía presente que enseñaba con el ejemplo. Era plenamente consciente de que el islam rechaza la venganza. Dar ejemplo es la función de quienes defienden el islam, pues siguen la guía que les dio el Profeta.
Las promesas de Dios
Así, el Profeta hizo de la transmisión del mensaje de Dios su máxima prioridad y lo comunicó a individuos, comunidades y otros Estados. Puede surgir una pregunta sobre su posición personal respecto a lo que se le exigía. El Profeta recibía revelaciones coránicas, que aprendía de memoria. Hacía que se escribieran y comprobaba la exactitud del texto escrito. Las recitaba a sus Compañeros y los animaba a memorizarlas. Todo esto formaba parte del proceso de preservación del Corán. Además, recibió ciertas promesas y órdenes. Veamos cómo las afrontó. Cuando el Profeta recibía una promesa de lo alto, tenía absoluta confianza en su cumplimiento. Algunas de esas promesas jamás podrían haber sido hechas por alguien distinto de Dios, y ningún ser humano podía ver cómo llegarían a cumplirse. Por ejemplo, se le dijo al Profeta: «Dios te protegerá de la gente». (5: 67) Esta es una garantía que ninguna potencia terrenal podía ofrecer. ¿Cómo reaccionó el Profeta? Antes de la revelación de este versículo, algunos de sus Compañeros se turnaban para permanecer junto al Profeta como guardaespaldas. Cuando se le reveló este versículo, les ordenó marcharse,4 pues ya no era necesario que nadie desempeñara esa función. Esto muestra su plena confianza en la promesa que había recibido. Del mismo modo, un día el Profeta dormía bajo un árbol. Al despertar, vio a un desconocido de pie junto a él con una espada en la mano. El desconocido levantó la espada, dispuesto a golpear. Entonces dijo: «Muhammad, ¿quién puede salvarte ahora?». El Profeta respondió: «Dios». La espada cayó al suelo. El Profeta la recogió y dijo al hombre: «¿Quién puede salvarte ahora?». El hombre dijo: «Puedes ser el más noble de los adversarios». El Profeta lo dejó marchar libre. Otro ejemplo se observa cuando, después de la batalla de Jaybar contra los judíos, el Profeta se casó con Safiyyah bint Huyayy. Ella había perdido a su esposo durante la batalla, y su padre había sido ejecutado por los musulmanes menos de dieciocho meses antes. Era uno de los enemigos más encarnizados del islam y del Profeta. El matrimonio se celebró cuando el Profeta regresaba a Medina, después de que ella hubiera terminado su período de espera. Se le ofreció elegir entre ser liberada o casarse con el Profeta, y ella eligió el matrimonio. Cuando el Profeta salió de su tienda por la mañana, vio a Abu Ayyub al-Ansari haciendo guardia cerca de ella. Le preguntó por qué estaba allí. Abu Ayyub dijo: «Te has casado con esta mujer y acabamos de derrotar a su pueblo. Temí que pudiera hacerte algún daño». El Profeta le dio las gracias y rogó por él. Abu Ayyub tenía motivos para estar preocupado, considerando lo que Safiyyah podía sentir hacia el islam y el Profeta. Sin embargo, el Profeta no tenía ninguna preocupación.5 Del mismo modo, en la batalla de Hunayn, el ejército musulmán pronto quedó sumido en el caos, con la gente moviéndose en direcciones opuestas. El Profeta se quedó con muy pocos de sus familiares y Compañeros. En vez de intentar alejarse del campo de batalla, considerando que sería el principal objetivo del enemigo, continuó avanzando cerca del ejército enemigo, repitiendo en voz muy alta: «Soy el Profeta, y esto es verdad. Soy hijo de [Abd al-Muttalib».6 Todos estos incidentes muestran que el Profeta tenía absoluta confianza en el cumplimiento de la promesa de Dios. 4 Al-Tirmidhi, Sunan (Libro del comentario coránico). Véase también Ibn al-Qayyim, Zad alMa[ad, vol. 1, Beirut, 1994, p. 127. 5 Ibn Hisham, Al-Sirah al-Nabawiyyah, vol. 3, p. 392. Véase también Al-Bayhaqi, Dala’il alNubuwwah, vol. 4, p. 233. 6 Al-Bujari, Sahih, Kitab al-Jihad wa’l-Siyar (capítulo titulado «Llevar en batalla la montura de otra persona»).
Mensajero de Dios Muhammad
Esta promesa de protección estaba expresada en el Corán y era conocida por todos, musulmanes y no musulmanes. Sin embargo, al Profeta se le hicieron otras promesas de distintas formas que solo él conocía. Podría haberlas mantenido en secreto, especialmente aquellas que señalaban grandes acontecimientos en el escenario mundial, pero informó de ellas a otros, mostrando nuevamente su absoluta confianza en su cumplimiento. En el quinto año del calendario islámico (627 d. C.), el Estado musulmán de Medina seguía siendo muy pobre y estaba amenazado por varias fuerzas. Una confederación de tribus árabes hostiles y judíos hizo un pacto y avanzó rápidamente hacia Medina, con el objetivo declarado de exterminar el islam y a los musulmanes. Al recibir información sobre su marcha, el Profeta aprobó la excavación de un amplio foso seco a través de la entrada de Medina. Él y todos los musulmanes trabajaron duramente para terminarlo antes de la llegada del enemigo. Al-Bara’ ibn [Azib relata: Mientras cavábamos el foso, encontramos una gran roca que no podíamos romper con nuestras hachas. Se lo comunicamos al Profeta y él bajó. Tomó un hacha y dijo «en el nombre de Dios» antes de golpear la roca. Rompió un tercio de ella. Dijo: «Toda gloria pertenece a Dios. Se me han entregado las llaves de Siria. Desde este lugar puedo ver sus palacios rojos». Luego dijo «en el nombre de Dios» y volvió a golpear la roca, rompiendo otro tercio. Dijo: «Toda gloria pertenece a Dios. Se me han entregado las llaves de Persia, y desde este lugar mío puedo ver al-Mada’in y su palacio blanco», es decir, el palacio del emperador. De nuevo dijo «en el nombre de Dios» y golpeó la roca, despejando la parte final. Dijo: «Toda gloria pertenece a Dios. Se me han entregado las llaves del Yemen, y puedo ver las puertas de Saná desde este lugar mío». (Transmitido por Ahmad en Al-Musnad.) Uno de los hipócritas oyó lo que dijo el Profeta. Comentó a sus compañeros: «Muhammad nos está prometiendo el palacio del emperador cuando tenemos demasiado miedo incluso para ir al baño». Esto describe vívidamente la confianza del Profeta en la promesa de Dios: les decía a sus Compañeros lo que se le había prometido en un momento en que temían verse arrollados por un enemigo cuya fuerza ni siquiera podían imaginarse enfrentando a la de Persia. En cuatro años, el Yemen se sometió al islam, y apenas pasaron dos décadas antes de que Siria y Persia quedaran bajo dominio musulmán, convirtiéndose al islam una gran parte de sus poblaciones. El Profeta también recibió órdenes relativas a los asuntos del Estado y a sus propios asuntos. En ambos casos, cumplió esas órdenes sin ninguna vacilación. Acostumbraba consultar a sus Compañeros sobre todas las situaciones, permitiendo que todos expresaran sus opiniones antes de tomar una decisión. Sin embargo, cuando recibía una orden de lo alto, procedía a ejecutarla sin consultar a nadie. Por ejemplo, cuando Yathrib —más tarde llamada Medina— recibía a los emigrantes musulmanes, el Profeta se quedó atrás, esperando las instrucciones de Dios. Cuando se le ordenó emigrar, se dirigió inmediatamente a la casa de Abu Bakr al mediodía —cuando casi nadie se movía por La Meca debido al intenso calor— y le dijo que se preparara. Partieron aquella noche, y el Profeta dejó atrás a su esposa Sawdah y a sus hijas. Nunca consideraría retrasarse, ni siquiera para ultimar sus preparativos. Seis años después, cuando viajó con sus Compañeros a La Meca con la intención de realizar la [Umrah —es decir, la peregrinación menor—, los coraichitas les impidieron entrar y dejaron claro que se lo impedirían aunque fuera necesario emplear la fuerza. Actuando por orden divina, el Profeta negoció con los coraichitas sin consultar a ninguno de sus Compañeros. Aceptó todas las condiciones impuestas por los coraichitas, a pesar de que aparentemente iban en contra de los intereses de los musulmanes. Esto causó agitación entre sus Compañeros, algunos de los cuales se sintieron profundamente perturbados por la actitud del Profeta. Él simplemente les dijo: «Soy siervo y Mensajero de Dios. No le desobedeceré y Él no me abandonará».7 Eran asuntos de Estado, pero el Profeta actuó del mismo modo cuando las instrucciones divinas afectaban a su vida personal. Nunca vaciló en aplicar esas instrucciones, ni en ejercer una concesión especial que se le había otorgado, aunque estuviera prohibida para los demás musulmanes. Los ejemplos más claros son sus matrimonios. A todos los musulmanes se les permite tener como máximo cuatro esposas al mismo tiempo. Esto no se aplicaba al Profeta, que podía casarse con tantas como quisiera, y lo hizo sin vacilar. Del mismo modo, su matrimonio con Zaynab era contrario a la costumbre establecida en Arabia. El capítulo 14 de este libro está dedicado a sus matrimonios.
Invocar a Dios como testigo
El Profeta era plenamente consciente de lo que implicaba su función como Mensajero de Dios. En su discurso completo durante la peregrinación de despedida, expuso a la gente los principios fundamentales del islam, destacando los aspectos de la conducta que debían observarse o evitarse. Quienes lo acompañaron en aquella peregrinación llegaron a ser hasta 250.000, y se aseguró de que todos fueran conscientes de lo que decía. Varias veces durante aquel discurso preguntó a su audiencia: «¿He transmitido mi mensaje?». 7 Ibn Hisham, Al-Sirah al-Nabawiyyah, vol. 3, p. 365. Véase también al-Bujari, Sahih, Libro sobre Al-Jihad wa’l-Siyar (capítulo sobre la violación de tratados).
Mensajero de Dios Muhammad
Ellos respondieron: «Sí, ciertamente lo has transmitido». Entonces dijo: «Señor mío, sé testigo».8 El hecho de que su mensaje haya sobrevivido intacto durante catorce siglos es la mejor prueba de que lo transmitió por completo. Este mensaje sobrevivirá ciertamente hasta el fin de los tiempos, porque Dios ha garantizado que el Corán se mantendrá libre de distorsión mientras los seres humanos sigan poblando la tierra. 8 Muslim, Sahih, Libro sobre la peregrinación (capítulo sobre la peregrinación del Profeta). Véase también Ibn Hisham, Al-Sirah al-Nabawiyyah, vol. 4, p. 276.
CAPÍTULO 6
pruebas de la profecía
El imam Ibn Hazm define la profecía como «la adquisición de un conocimiento absolutamente cierto que no puede adquirirse mediante el esfuerzo o la experiencia humanos». Tal conocimiento solo puede proceder de Dios. Esto queda claro en el caso de varios profetas mencionados en el Corán. Por ejemplo, al hablar del joven David y de lo que Dios le concedería cuando lo hiciera profeta, el Corán dice: «David mató a Goliat, y Dios le concedió el reino y la sabiduría, y le enseñó cuanto quiso» (2: 251). Del mismo modo, cuando José llegó a la edad adulta, Dios le concedió conocimiento y sabiduría: «Cuando alcanzó la madurez, le concedimos sabiduría y conocimiento» (12: 22). El conocimiento dado a Moisés se describe con palabras muy parecidas: «Cuando alcanzó la madurez y llegó a su pleno desarrollo, le concedimos sabiduría y conocimiento» (28: 14). En el Corán se recuerda al Profeta el conocimiento especial que Dios le concedió: «Dios te ha revelado este Libro y te ha concedido sabiduría, y te ha enseñado lo que no sabías. ¡El favor de Dios sobre ti es inmenso!» (4: 113).
A todos los profetas se les concedió un conocimiento que no podían haber adquirido por ningún medio al alcance de los seres humanos. La señal de la profecía es que tal conocimiento debe ser verdadero y no estar sujeto a ninguna duda. Uno de los ejemplos más claros se encuentra en las instrucciones dadas a la madre de Moisés cuando lo dio a luz. En aquel momento, el faraón mataba a todo varón nacido entre los israelitas. El Corán afirma:
Inspiramos a tu madre: «Ponlo en un cofre y arrójalo al río. El río lo llevará a la orilla, donde lo recogerá alguien que es enemigo mío y enemigo suyo» (20: 38-39).
pruebas de la profecía
El Corán proporciona más detalles:
Inspiramos a la madre de Moisés: «Amamántalo y, cuando temas por él, arrójalo al río. No temas ni te aflijas. Te lo devolveremos y lo haremos uno de Nuestros mensajeros» (28: 7).
La información recibida por la madre de Moisés le indicó los pasos necesarios para asegurar que Moisés estuviera a salvo. El primer paso, después de amamantarlo, consistió en exponerlo a múltiples peligros: siendo todavía un lactante, debía ser colocado en un cofre de madera y arrojado al río Nilo para que lo recogiera un enemigo. En aquella situación peligrosa, no solo estaría a salvo, sino que además se reuniría con su madre para que ella pudiera cuidarlo. Nadie podría haberle dado una información semejante; al contrario, el plan de arrojarlo al río habría parecido absurdo a cualquier persona sensata. Sin embargo, ella actuó conforme a él y cada detalle de la información que había recibido se cumplió.
Este conocimiento les es concedido a los profetas mediante revelaciones o inspiración. Las revelaciones de Muhammad eran de dos tipos: el Corán, que es la propia palabra de Dios, y el hadiz, que es una revelación divina en cuanto a su significado, expresada por el Profeta con su propio estilo. No entraré en las características distintivas de cada uno, aunque vale la pena señalar una vez más que el Corán se ha conservado intacto, sin que haya habido jamás diferencias en su texto o significado desde su revelación. Esto cumple la promesa de Dios: «Somos Nosotros quienes hemos hecho descender el Recuerdo y somos Nosotros quienes lo protegeremos» (15: 9).
Esta afirmación es una de las numerosas pruebas de que el Corán es la palabra de Dios. Nadie podría afirmar algo así, con semejante énfasis, acerca de sus propios escritos, ni en realidad acerca de ningún libro o documento de cualquier clase. Han pasado más de catorce siglos desde que se hizo esta promesa, durante los cuales el mundo musulmán atravesó muchos periodos de dificultades, guerras, ocupación, caos e incluso atraso; sin embargo, el Corán permaneció intacto durante todo ese tiempo.
El Corán contiene conocimientos que el Profeta no podría haber adquirido por ningún medio humano. Por ejemplo, el inicio de la sura 30 se refiere a la derrota sufrida por el Imperio bizantino a manos de su rival, la superpotencia persa. En aquel momento, el Profeta todavía se encontraba en La Meca y afrontaba la oposición de los incrédulos, quienes expresaron su alegría por la victoria persa porque consideraban que su propia idolatría estaba más cerca del dualismo de los persas que de la creencia bizantina en un solo Dios. La sura comienza así:
Los bizantinos han sido derrotados en las tierras cercanas; pero, pese a su derrota, vencerán dentro de unos pocos años. A Dios pertenece la decisión antes y después. Ese día los creyentes se regocijarán por el auxilio de Dios. Él auxilia a quien quiere. Él es el Poderoso, el Misericordioso (30: 2-5).
Un musulmán no considera este anuncio de un acontecimiento futuro una profecía, sino información verdadera proporcionada por Dios. En efecto, los acontecimientos posteriores ocurrieron exactamente como el Corán había anunciado: en menos de diez años, los bizantinos lograron una victoria extraordinaria sobre los persas y recuperaron las tierras que habían perdido ante ellos. Ese mismo día, los musulmanes obtuvieron su gran victoria en la batalla de Badr, su primer enfrentamiento militar con los incrédulos. Cuando se reveló esta sura, el número de musulmanes quizá no superaba los trescientos, y ninguno de ellos podía imaginar que participaría en una batalla contra alguien.
Esto se entiende mejor si recordamos que la palabra árabe nasr, traducida aquí como «auxilio», también significa «victoria», especialmente una victoria militar.
Otro ejemplo puede observarse en los acontecimientos que condujeron a la firma del acuerdo de paz de Hudaybiyyah entre los musulmanes y los coraichitas al final del año 6 de la hégira (628 d. C.). Como se explicó en el capítulo 2, el Profeta viajó con mil cuatrocientos de sus compañeros para visitar la Kaaba en La Meca y adorar allí. Los coraichitas les negaron el acceso. Finalmente se firmó un acuerdo entre ambas partes, por el que los musulmanes debían regresar. Se les permitiría visitar La Meca durante tres días al año siguiente, siempre que no llevaran armas aparte de sus espadas personales.
Cuando el Profeta y sus compañeros emprendieron el viaje de regreso, Dios reveló la sura 48, que comenta estos acontecimientos. Esta incluye un versículo que habla de lo que ocurriría un año después:
Con toda certeza entraréis en la Mezquita Sagrada, si Dios quiere, seguros, con la cabeza afeitada o el cabello recortado, sin temor. Dios sabía lo que vosotros no sabíais y, además de esto, os concedió una victoria cercana (48: 27).
El versículo tranquilizó a los musulmanes asegurándoles que su visita a La Meca tendría lugar, que allí estarían a salvo y que podrían completar sus ritos de adoración —lo cual se indica mediante «con la cabeza afeitada o el cabello recortado»—. Nadie aparte de Dios podría haber hecho tal afirmación. ¿Cómo podían el Profeta o cualquier otra persona hablar de una visita «seguros»? ¿Cómo podía alguien estar seguro de cuál sería la actitud de los coraichitas cuando los musulmanes no llevarían más armas que sus espadas?
Sin embargo, eso fue exactamente lo que ocurrió. El versículo también promete «una victoria cercana» en una situación distinta de aquella visita. Se trataba de la victoria que los musulmanes obtuvieron en la batalla de Jaybar, que tuvo lugar unos tres meses después. Cuando se reveló este versículo, nadie entre los musulmanes, ni siquiera el Profeta, tenía conocimiento de ningún conflicto militar que fuera a producirse en un futuro próximo. El Corán hizo esta promesa, que se cumplió exactamente como había sido formulada.
Limitaciones humanas
El Profeta siempre subrayó su condición humana y que estaba sujeto a las mismas limitaciones que todas las personas. En un hadiz de gran autenticidad, advirtió a sus compañeros:
«No soy más que un ser humano y vosotros me presentáis vuestras disputas. Puede que una de las partes presente un argumento más convincente y yo piense que dice la verdad. Entonces puedo emitir a su favor un juicio conforme a lo que tengo ante mí. Si concedo a alguien algo que legítimamente pertenece a su hermano, no le estoy dando más que un trozo de fuego. Que lo tome o lo deje».
Transmitido por Malik y también incluido en las seis colecciones auténticas.
También recalcó que no tenía conocimiento de lo que está más allá del alcance de la percepción humana, excepto lo que Dios le concedía:
«Di: “No os digo que poseo los tesoros de Dios ni que conozco lo oculto”» (6: 50), y: «Si conociera lo oculto, habría obtenido abundantes bienes y ningún mal me habría tocado» (7: 188).
El hecho de que el Corán informe sobre acontecimientos futuros y, al mismo tiempo, subraye las limitaciones humanas del Profeta que recibió el Corán desde lo alto constituye una prueba irrefutable de que el Corán fue revelado por Dios, quien es el único que conoce todo lo pasado, lo presente y lo futuro.
A veces el Profeta daba a las personas información que no podía haber adquirido de otra manera que mediante la revelación divina. Normalmente se trataba de asuntos en los que ellas mismas habían participado, y cada persona implicada comprendía que el Profeta no podía haber obtenido esa información de una fuente humana.
Por ejemplo, Umayr ibn Wahb y Safwan ibn Umayyah se sentaron una noche en el espacio semicircular junto a la Kaaba, en La Meca, y hablaron tristemente de las pérdidas que los coraichitas habían sufrido a manos de los musulmanes en la batalla de Badr. Estaban completamente solos. Acordaron que Umayr, que era un guerrero muy valiente, viajaría a Medina para intentar matar a Muhammad. Safwan prometió pagar las deudas de Umayr y cuidar de su familia como si fuera la suya si a Umayr le sucedía algo.
Así pues, Umayr fue a Medina y el Profeta ordenó a sus compañeros que le permitieran entrar. El Profeta le preguntó por qué había venido a Medina, y él respondió que solo quería conseguir la liberación de su hijo, que había sido hecho prisionero en la batalla de Badr. El Profeta le insistió para que dijera la verdad, pero Umayr sostuvo que ese era su propósito. Entonces el Profeta le relató, palabra por palabra, la conversación que había mantenido con Safwan, incluidas las promesas que ambos se habían hecho
CAPÍTULO 7
Muhammad: siervo de Dios
Para ser musulmán, una persona debe hacer primero la siguiente declaración: «Doy testimonio de que no hay divinidad sino Dios, y doy testimonio de que Muhammad es el Mensajero de Dios». La palabra islam significa «sumisión o entrega de uno mismo», y un musulmán es quien se somete a Dios. Cuando se hace conscientemente, esta declaración indica sumisión a Dios y el compromiso de obedecerle en todas las situaciones. Esta obediencia se alcanza siguiendo y poniendo en práctica las enseñanzas del Profeta, pues él fue quien nos transmitió el mensaje de Dios.
Una variante popular de la declaración anterior, especialmente en la oración, modifica la segunda parte de la frase para decir: «Doy testimonio de que Muhammad es el siervo y Mensajero de Dios». Es importante considerar el significado de esta adición, recordando que todas las criaturas, humanas y no humanas, son siervas de Dios. El término árabe para siervo es abd, que también significa «esclavo» o «adorador». Por eso, abd se utiliza a menudo como parte del nombre de una persona, seguido de uno de los nombres o atributos de Dios. Así, tenemos nombres como Abd al-Hadi, Abd al-Rahman o Abd al-Ghafur: significan, respectivamente, «Siervo de Aquel que proporciona guía», «el Señor de la gracia» y «el Perdonador».
Algunas personas emplean la palabra «esclavo» para abd. Sin embargo, esto es incorrecto, porque las connotaciones de la esclavitud son completamente distintas de las del vínculo entre Dios y el ser humano. Este vínculo se establece mediante la sumisión a Dios y el compromiso de cumplir Su voluntad en todos los aspectos. Dios, sin embargo, no impone a nadie nada que sea demasiado difícil para esa persona. Al contrario, es compasivo con ellos, siempre dispuesto a perdonarles sus pecados y pasar por alto sus errores. Les proporciona guía para que elijan el camino que les traiga felicidad en esta vida y en la vida futura. Así pues, la relación entre el ser humano y Dios es una relación de cuidado y amor mutuo.
El ser humano elige someterse a Dios, comprendiendo que mediante esa sumisión entra en armonía con el universo que lo rodea, pues el universo, junto con todas las criaturas que viven en él, se somete a Dios. Solo al ser humano se le ha concedido la libertad de elegir, lo que le permite desobedecer a Dios y actuar contra las leyes de la naturaleza que Dios puso en funcionamiento. Por tanto, cuando el ser humano se somete a Dios, realiza un esfuerzo genuino y declara que, por su propia voluntad, elige seguir la guía de Dios.
Dios responderá entonces otorgando Su misericordia y concediendo a Sus adoradores una abundante recompensa: los admitirá en el paraíso en la vida futura. En el paraíso, cada persona tendrá una vida de dicha ininterrumpida. Esta relación especial entre el ser humano y Dios le proporciona un sentido de orgullo por su posición. Ya no estará dispuesto a someterse a ninguna autoridad que le exija desobedecer a Dios. Más bien, querrá poner en práctica las leyes de Dios y seguir Su guía, sabiendo que esto producirá armonía entre él y el mundo que lo rodea. Considerará que apartarse del mensaje de Dios lo pone en conflicto con el mundo que lo rodea y con su naturaleza humana. Tal conflicto trae miseria al ser humano en este mundo y lo coloca en una posición equivocada en la vida futura.
Sin embargo, el orgullo de tener semejante relación con Dios no lleva a los creyentes a volverse engreídos; por el contrario, produce modestia en su trato con todas las personas. Puesto que Dios ha favorecido al ser humano con Su guía, el buen creyente está agradecido a Dios, y esa gratitud se expresa mediante una modestia constante. Solo cuando se desafía la autoridad de Dios se alza el creyente para afirmar el orgullo de su fe. En tal situación, el creyente se complace en someterse únicamente a Dios y no cederá ante nadie salvo Dios.
Para ser siervo de Dios, una persona debe resistir la tentación. Las personas están expuestas con frecuencia a tentaciones, materiales o de otra índole. Cuando alguien puede obtener algo muy atractivo para la naturaleza humana, resistir la tentación puede resultar sumamente difícil, especialmente cuando no se vislumbran consecuencias adversas inmediatas. En muchas sociedades, algunas cosas prohibidas por la religión son permisibles según la ley del país, y las personas pueden sentirse tentadas a infringir la prohibición religiosa. Cuando se añade la ausencia de una responsabilidad inmediata, esta tentación puede hacerse aún más fuerte.
Solo el orgullo de ser siervo de Dios puede ayudar a una persona a superar la tentación y seguir un camino recto que mantenga la obediencia a la ley divina. Debemos recordar que la ley divina solo exige lo que es bueno para el ser humano y lo que asegura nuestra felicidad tanto en esta vida como en la siguiente.
Cuando las personas se consideran siervas de Dios y se someten a Él, deben saber que nadie adquiere un rango especial. El único rango es el que Dios concede como acto de gracia, como el que fue concedido a los Profetas y Mensajeros de Dios. Aparte de ellos, nadie obtiene un rango que lo distinga del resto de la humanidad. Una persona puede ser muy devota y Dios puede estar complacido con ella, pero no lo sabrá hasta el Día del Juicio; aunque Dios puede concederle Su gracia en esta vida, facilitándole lo que parece difícil, allanando su camino o dándole fuerza para superar sus debilidades.
Los siervos de Dios sentirán Su mano en todo ello, pero no supondrán que se lo han ganado o que les corresponde por derecho; más bien, comprenderán siempre que les fue concedido como un acto de gracia de Dios. Por ello, serán más devotos y su sumisión a Dios se hará más clara y completa.
Todo esto se aplicaba al Profeta, pues él era «el siervo y Mensajero de Dios». Como siervo de Dios, se sometió pronta y plenamente a Dios, aceptando Su voluntad, cualquiera que fuese lo que esta pudiera traerle. Por ello, no aspiró a ningún rango particular. Antes de su primer encuentro con el ángel Gabriel, no tenía idea de cuál era la relación apropiada entre el ser humano y Dios, pues no quedaba nada de la herencia de los Profetas Abraham e Ismael, aparte de una vaga creencia en Dios y unos pocos rituales distorsionados. Por tanto, no podía tener ninguna inclinación sobre qué camino seguir.
A algunos árabes, especialmente en Medina, que estaban en contacto con cristianos o judíos, se les había dicho que las escrituras de ambas religiones anunciaban al Mensajero final que llevaría la fe divina a su plenitud. Sin embargo, los árabes de La Meca no tenían esa información. Cuando más tarde se les dijo que Muhammad era un Profeta, algunos preguntaron: «¿Qué es un profeta?». Dios dice en el Corán: «Tú nunca habrías esperado que este Libro te fuera concedido, pero llegó por gracia de tu Señor» (28:86).
El Profeta reconoció la gracia excepcional que Dios le había concedido y se dedicó a la tarea que se le había asignado. Durante los veintitrés años de su misión nunca perdió de vista su posición primordial como siervo de Dios. Mostró con su ejemplo que ser siervo de Dios era una posición honorable para todo ser humano. Cuando las circunstancias eran difíciles y exigían un sacrificio enorme, decía: «Soy siervo de Dios y nunca Le desobedeceré».
El reconocimiento que tenía el Profeta de su posición como siervo de Dios le proporcionaba paz y tranquilidad, incluso en las situaciones más críticas y peligrosas. Esto era posible porque comprendía plenamente la promesa que Dios ha hecho a todos los creyentes: «A quien teme a Dios, Él le dará una salida y le proveerá de donde no lo espera. Dios será suficiente para quien deposite en Él su confianza. Dios siempre alcanza Su propósito. Dios ha establecido una medida para cada cosa» (65:2-3).
El Profeta temía a Dios y depositaba plenamente su confianza en Él; por eso no temía a nadie ni se asustaba ante ninguna situación. Al contrario, cuando las cosas eran más difíciles, permanecía muy sereno, confiando en que todo lo que ocurriera sería bueno porque era elección de Dios.
Un ejemplo puede verse en el momento en que tuvo que huir de La Meca, cuando el complot para asesinarlo estaba en pleno desarrollo. Viajó en dirección contraria a la que seguía para confundir a sus perseguidores. Después, él y su único Compañero, Abu Bakr, se refugiaron en una cueva. Sus perseguidores pasaron por fuera de la cueva, y Abu Bakr le dijo: «A cualquiera de ellos le bastaría mirar dónde pisa para vernos». Sin embargo, su confianza en Dios nunca le falló. Respondió: «Abu Bakr, ¿qué piensas de dos personas cuando Dios está con ellas?» (Transmitido por al-Bujari.)
Quienes los perseguían podrían haberlos visto fácilmente, y si lo hubieran hecho, solo habría habido un resultado, pues el día anterior los coraichitas habían acordado unánimemente matarlo y habían puesto una enorme recompensa por su cabeza. En aquel momento tan crítico, el Profeta solo reconoció que Dios estaba con él, sin mostrar siquiera un temblor de ansiedad. Hizo todo lo posible para eludirlos y depositó su confianza en Dios.
Confianza total en Dios
El Profeta se esforzó mucho por inculcar en sus seguidores esta confianza completa en Dios. Creía que, como siervos de Dios, los musulmanes debían depositar toda su confianza en Dios, sucediera lo que sucediese.
Jabbab ibn al-Aratt era un musulmán cuyo humilde rango en La Meca lo colocaba en una posición sumamente vulnerable. Sufrió torturas terribles. Relata: «Nos quejamos ante el Mensajero de Dios mientras estaba recostado sobre una estera cerca de la Kaaba. Dijimos: “¿No vas a pedir a Dios que nos ayude? ¿No vas a suplicar por nosotros?”. Él dijo: “En épocas anteriores a la vuestra, a un creyente podían llevárselo, cavar un hoyo en el suelo y colocarlo en él. Ponían una sierra sobre su cabeza y lo partían en dos. O bien lo torturaban con peines de hierro que desgarraban su carne y dejaban al descubierto sus huesos. Nada de esto le hacía apartarse de su fe. Por Dios, Él llevará este asunto nuestro a la victoria plena, hasta que un viajero pueda ir de Saná a Hadramaut sin temer a nadie salvo a Dios, y hasta que un lobo pueda matar a sus ovejas. Pero vosotros os apresuráis”» (Transmitido por al-Bujari, Ahmad, Abu Dawud, al-Nasai y otros).
Sabemos, por la abundancia de relatos sobre el Profeta y su carácter, que sentía lo que sentían todos sus Compañeros. Siempre que encontraban una dificultad, compartía sus sentimientos. Cuando sufrían persecución, su dolor no era menor que el de ellos. Sin embargo, este hadiz nos dice que algunos de quienes más sufrieron a manos de los coraichitas, que recurrieron a toda clase de torturas, se quejaron ante el Profeta de lo que soportaban y le pidieron que suplicara por ellos.
Él atendió su petición con mucha calma y les dijo que no había nada extraño en lo que tenían que soportar. Las fuerzas del mal siempre intentarán silenciar la voz de la verdad. Quería que depositaran su confianza en Dios y se tranquilizaran con la certeza de que el islam triunfaría.
No obstante, nos equivocamos si pensamos que, al depositar nuestra confianza en Dios, nos libraremos de toda adversidad, física o de otra clase. El Profeta indicó que Jabbab y quienes se quejaban debían soportar la tortura y la persecución mientras depositaban su confianza en Dios. Confirmó que, aunque el resultado final sería el triunfo de la verdad de la fe divina, siempre eran necesarios soportar las dificultades y perseverar ante la adversidad.
Justo antes de la primera gran batalla entre los musulmanes y los árabes idólatras de los coraichitas en Badr, el Profeta suplicó intensamente a Dios que le concediera la victoria. En su súplica dijo: «Señor mío, si permites que este grupo de creyentes perezca hoy, no quedará nadie que Te adore»1. Para él, una derrota que exterminara a los creyentes era una posibilidad que esperaba evitar. Por eso dirigía a Dios sus fervientes ruegos para que cumpliera Su promesa de victoria.
No conocía en absoluto el designio de Dios. Nunca afirmó saber otra cosa que las verdades que Dios decidía revelarle en cada momento. Mientras cavaban el foso seco para defender Medina de los ejércitos atacantes, ayudó a romper una roca dura. Dijo a sus Compañeros que podía ver los palacios de Siria y Persia y las puertas de Saná cada vez que saltaban chispas al golpear la roca; no sabía cuándo ni cómo esos países entrarían en el ámbito del islam. Les comunicó a sus Compañeros todo lo que sabía. Como ocurrió, todas esas regiones se convirtieron en partes del Estado musulmán en el plazo de dos décadas, y muchos de quienes oyeron sus palabras en aquel momento participaron en el cumplimiento de esa profecía.
Los requisitos de la sumisión a Dios y de la confianza en Él no significan que el musulmán deje todo en manos de Dios. Al contrario, confiar en Dios exige que el musulmán adopte todas las medidas posibles para afrontar cualquier situación. Una vez hecho esto, el siervo de Dios confía en que Dios produzca el mejor resultado. Esto quedó claro en la conducta del Profeta a lo largo de su vida, y este es un ejemplo que debemos seguir.
1 Ibn Hisham, Al-Sirah al-Nabawiyyah, vol. 2, p. 267. Véase también al-Bujari, Sahih (Libro del Tafsir), sura 54.
El adorador más devoto
Entrelazado con la confianza en Dios y con depositar nuestra confianza en Él está el aspecto de la adoración, que es una connotación igualmente importante del término abd, que significa «siervo de Dios». Quizá la humanidad no haya visto, ni vaya a ver, una persona más devota en la adoración que Muhammad (la paz sea con él). Basta conocer su conducta y sus enseñanzas para comprenderlo. De hecho, la adoración era para él como el aire que respiraba. Aquí solo puedo ofrecer una visión de su adoración, aunque sostengo que un estudio adecuado confirmará siempre esta afirmación.
La adoración islámica tiene diferentes aspectos y formas: la oración es física y verbal a la vez, el zakat es financiero, el ayuno es un acto de adoración mediante la abstinencia, y la peregrinación combina los cuatro aspectos. De todas ellas, la oración es la forma más importante de adoración islámica. El Profeta dice: «Una religión que no incluye la oración es inútil». El término árabe para oración es salah, derivado de una raíz que significa «contacto, vínculo o lazo». En efecto, la oración islámica proporciona todo ello y establece un vínculo entre el creyente y Dios.
Para darle a Muhammad la fuerza necesaria para cumplir su función como Mensajero Suyo, Dios le ordenó, en la primera etapa de su misión, dedicar cada noche una gran parte de la noche a la adoración: «Permanece en oración durante la noche, salvo una pequeña parte: la mitad, o algo menos, o algo más. Recita el Corán con calma y claridad. Te conferiremos un mensaje de gran peso» (73:2-5).
Durante todo un año, el Profeta y las pocas personas que respondieron a su llamada y creyeron en el islam realizaron su adoración nocturna, orando y recitando el Corán. Los eruditos sostienen que la posición más cercana a Dios que una persona puede alcanzar es permanecer de pie en oración, recitando el Corán, que es la propia palabra de Dios, y reflexionando sobre su significado.
Más tarde, este requisito se hizo más flexible. La adoración nocturna siguió siendo una parte importante de la formación del carácter musulmán, pero se volvió voluntaria: se puede dedicar solo unos minutos a esta adoración o elegir prolongarla. La importancia de esta práctica reside en la comprensión que proporciona de la relación entre el ser humano y Dios.
Una parte importante de la adoración islámica es glorificar a Dios, alabándolo y expresándole nuestra gratitud por todas las bendiciones que nos concede. Esto también contribuye a que comprendamos correctamente nuestra posición en el universo y nos proporciona el concepto correcto de Dios. Esta comprensión se deriva de lo que el Profeta nos enseñó con sus palabras y su ejemplo:
Justo antes del islam había personas que no tenían ninguna idea de Dios, pero Muhammad les dio una luz interior y las condujo a un conocimiento claro de su Señor. Había otras que tenían ideas equivocadas sobre Dios, imaginando que tenía un hijo o asociados que actuaban como intermediarios, pero Muhammad presentó a la humanidad la idea más clara de la absoluta unicidad de Dios, mostrando claramente que Dios no tiene hijo, hija, asociado, equivalente ni igual de ninguna clase: «¿Acaso han escogido protectores aparte de Él? Dios es el único Protector de todos; Él es quien da vida a los muertos y tiene poder sobre todas las cosas. Sea cual sea el motivo de vuestras disputas, la decisión final corresponde a Dios. Ese es Dios, mi Señor. En Él he depositado mi confianza y a Él me vuelvo siempre. Él es el Originador de los cielos y de la tierra. Ha creado para vosotros parejas de entre vosotros mismos, del mismo modo que creó parejas para los animales, para que os multipliquéis. Nada puede compararse mínimamente con Él. Solo Él todo lo oye y todo lo ve. A Él pertenecen las llaves de los cielos y de la tierra. Concede sustento abundante o limitado a quien quiere. Tiene pleno conocimiento de todas las cosas» (42:9-12).
El conocimiento que Muhammad tenía de Dios es perfecto, incomparable con el de cualquier persona que haya vivido o vaya a vivir, porque se basa en una visión que nunca podía desvanecerse. El musulmán que sigue el ejemplo del Profeta comprende que su conocimiento de Dios posee características especiales, claramente reflejadas en su discurso. Es claro, veraz, cálido, penetrante, libre de ambigüedad y afectación.
El discurso humano debe tener cierto grado de calidez para producir el efecto deseado. Cuando Muhammad habla de Dios, ya sea con esperanza o con temor, sus palabras poseen un fuerte impulso, una emoción fluida y una gran calidez. Tanto si lees sus palabras como si las escuchas, tu corazón se verá debidamente conmovido y sentirás la grandeza de Dios, el Señor de todos los mundos.2
Imagina lo que contiene la tierra a lo largo de una línea recta que parte de un punto de su superficie hasta reaparecer en el extremo opuesto. Debe haber multitud de cosas de las que todavía no tenemos conocimiento. Dios nos recuerda: «No se os ha concedido sino un poco de conocimiento» (17:85).
Dios nos ofrece una imagen de Su conocimiento para que reflexionemos: «[Él es] el Señor de la gracia, establecido sobre el Trono de Su omnipotencia. A Él pertenece cuanto hay en los cielos y en la tierra, cuanto existe entre ambos y cuanto se encuentra bajo el suelo. Si dices algo en voz alta, [sabe que] Él conoce lo secreto y lo aún más oculto. [Él es] Dios; no hay divinidad sino Él. Suyos son todos los atributos de la perfección» (20:5-8).
Un secreto conocido por una sola persona que lo guarda celosamente puede considerarse desconocido para los demás. Dios nos dice que conoce todos esos secretos e incluso lo que está más oculto. Hasta la partícula más diminuta en las profundidades de la tierra es bien conocida por Dios, el Todopoderoso. Tal vez este sea el límite al que puede llegar nuestra imaginación, pero en este universo existen mundos de los que no sabemos nada. Sin embargo, todo lo que hay en esos mundos y más allá de ellos es conocido por Dios. Nada se le oculta.
Con esta visión de Dios, el Profeta se dirigía a Dios en su oración con palabras que hacemos bien en memorizar y repetir con frecuencia. Según la descripción de Ali de la oración del Profeta: Cuando se inclinaba, decía: «Señor mío, me inclino ante Ti, creo en Ti y me someto a Ti. Mi oído, mi vista, mi cerebro, mis huesos y mis nervios se inclinan todos ante Ti». Cuando levantaba la cabeza, decía: «Dios escucha a quien Lo alaba. Señor mío, Tuya es la alabanza, tanta como pueda llenar los cielos, la tierra, cuanto hay entre ellos y cuanto Tú quieras más allá de ello». Luego, cuando se prosternaba en sujud, decía: «Señor mío, ante Ti me prosterno; en Ti creo y a Ti me someto. Mi rostro está prosternado ante Aquel que lo creó y le dio forma, y le concedió oído y vista. Toda gloria pertenece a Dios, el mejor de los creadores».3
Tal invocación a Dios encarna el significado de la divinidad perfecta y de la sumisión perfecta a Él. En las narraciones coránicas, la legislación, las imágenes del universo y la descripción de la resurrección en el Día del Juicio, leemos cientos de referencias a los nobles atributos de Dios. El Corán no acepta que las alabanzas a Dios se presenten de una manera teórica que deje intacto el corazón o no influya en la conducta humana.
El Profeta, el adorador más devoto de Dios, llevó este enfoque a la práctica en todos los aspectos de su vida. Así se convirtió en un hombre de Dios, con el corazón y la mente elevados hacia Dios, acercándose a todo en la vida en el nombre de Dios, como si estuviera contemplando a Dios y escuchándolo.
La persona que está satisfecha con Dios no se somete a sentimientos de miedo o deseo; quien obtiene fuerza de Dios no se preocupa por la superioridad numérica del enemigo; quien tiene presente a Dios antes de emprender cualquier acción adopta la misma actitud en público y en privado; y quienes buscan el éxito en la vida futura no se desvían de su camino por los objetivos de esta vida presente.
El corazón de Muhammad estaba siempre vivo con la conciencia de su Señor. Tenía un profundo sentido de la grandeza de Dios, y este era el fundamento sólido de sus relaciones con las demás personas y con el Creador. Escúchalo mientras dirigía a Dios esta súplica: «Señor mío, Te suplico por el hecho de que conoces todo lo que está más allá de la percepción humana y por Tu omnipotencia que me mantengas vivo mientras sepas que la vida es mejor para mí, y que me hagas morir cuando sepas que la muerte es mejor para mí. Señor mío, Te suplico que me hagas temeroso de Dios en todas las situaciones. Ayúdame a decir la verdad cuando estoy complacido y cuando estoy enojado. Concédeme moderación en la pobreza y en la abundancia. Te pido que me concedas una alegría y un bienestar interminables, y una satisfacción incesante. Concédeme estar satisfecho con lo que me das y la resurrección después de la muerte. Te suplico que me concedas la dicha de contemplar Tu rostro y de anhelar encontrarte en una vida libre de daño doloroso y de conflictos desconcertantes. Concédenos, Señor nuestro, el esplendor generado por la fe y haznos guías que sigan el camino recto».4
Cuando estudiamos la vida del Profeta, lo encontramos glorificando a Dios y alabándolo en cada instante. Se despertaba antes del alba, dejando su cama cuando el oscuro velo de la noche todavía lo cubría todo. Entonces decía: «Alabado sea Dios, que me ha devuelto el espíritu, me ha dado fuerza física y me ha permitido glorificarlo».
Considera cómo recibía la vida, lleno de optimismo: «Alabado sea Dios, que me ha devuelto el espíritu». La vida es un don de Dios y podemos hacer muchas cosas buenas en un día. El Profeta expresaba su gratitud por su bienestar. Podemos reflexionar largamente sobre la última parte de esta súplica, que menciona el permiso de Dios para glorificarlo. Es una expresión de completa devoción que difícilmente pueden describir las palabras:
Muhammad, el siervo siempre agradecido de Dios, comenzaba sus alabanzas con palabras que transmitían certeza de fe y amor puro en cada letra y sonido. Decía estas palabras por la mañana y por la tarde: «Señor mío, Te pido que me concedas buena salud en esta vida y en la vida futura, que me perdones y me concedas pureza en la fe, la vida, la familia y los bienes. Señor mío, cubre mis defectos y dame seguridad en los momentos de temor. Protégeme de lo que está delante de mí, detrás de mí, a mi derecha, a mi izquierda y por encima de mí. Apelo a Tu grandeza para que me protejas de cualquier peligro que se encuentre debajo de mí».
El Profeta instaba a todo musulmán a decir al comenzar o terminar el día: «Señor mío, conoces todo lo que está más allá de la percepción humana y todo lo que cualquiera puede presenciar; Tú eres el Originador de los cielos y de la tierra; Tú eres el Señor y Dueño de todo. Doy testimonio de que no hay divinidad sino Tú. Busco refugio en Ti del mal que hay en mí y de las maquinaciones de Satanás».5
Esto no es más que un atisbo de la frecuencia con que el Profeta glorificaba a Dios y lo alababa cada día de su vida. Su conciencia de la presencia de Dios nunca lo abandonaba ni un instante, y lo alababa en cada ocasión y antes de cada acción. Por ello, el Profeta es el modelo perfecto para todos los creyentes.
Algunos de nosotros podemos preguntarnos si tenemos que repetir todas estas súplicas constantemente. Los eruditos aclaran correctamente que, aunque todas son recomendables, ninguna es obligatoria. Sin embargo, el difunto jeque Muhammad al-Ghazali dice al respecto:
«Siento que es necesario reflexionar largamente sobre estas glorificaciones y súplicas apasionadas cuando el corazón se debilita y la relación con Dios se vuelve más débil. Son sumamente eficaces para proporcionarnos el concepto correcto de Dios y hacernos conscientes del significado de Sus grandes atributos. La fe se vuelve ineficaz cuando no se basa en una visión iluminada. Cuando la convicción es solo marginal, no puede controlar la conducta ni refrenar el deseo desenfrenado.
»En efecto, los Compañeros del Profeta pudieron alcanzar la cumbre de la fe y cambiar el curso de la historia, sustituyendo constituciones y valores morales por otros infinitamente mejores, únicamente porque estaban cerca del Profeta, observaban su vida y se guiaban por su luz. Así permitieron que su sinceridad ejemplar y su amor a Dios llenaran sus corazones, del mismo modo que habían llenado el suyo. Esa es la naturaleza humana.
»A mi juicio, escuchar al Profeta mientras dirigía su súplica y sentir su emoción cuando invocaba a Dios iluminará necesariamente nuestros corazones y mentes, motivándonos a acercarnos más a Dios».6
Del mismo modo, cuando consideramos cómo el Profeta glorificaba a Dios en cada ocasión y lo alababa por todo lo que ocurría, es natural preocuparnos de que, por mucho que nos esforcemos, no alcancemos lo que se exige. Las personas que piensan así pueden exigirse demasiado. Sin embargo, el Profeta se preocupaba por mostrar que no despreciaba las comodidades ni los lujos. Quería que las personas disfrutaran de la vida, recordando al mismo tiempo su relación con Dios.
Aisha relata que, cuando el Profeta ordenaba a la gente hacer algo, solo especificaba acciones que estaban dentro de sus posibilidades. Cuando dijeron al Profeta: «Nosotros no somos como tú, Mensajero de Dios. ¿Cómo podríamos serlo, cuando Dios te ha perdonado todos tus pecados, pasados y futuros?», él se enojó, y el enojo se hizo visible en su rostro. Les dijo: «Soy quien más teme a Dios y quien mejor sabe lo que Dios desea» (Transmitido por al-Bujari).
Abdullah ibn Amr era un joven Compañero devoto del Profeta. Relata que el Profeta se encontró con él y le dijo: «Abdullah, me han informado de que ayunas todos los días y pasas largas horas en la adoración nocturna». Abdullah confirmó que así lo hacía. El Profeta dijo: «No hagas eso. Ayuna algunos días y no ayunes otros. Dedica tiempo a la adoración nocturna algunas noches y duerme bien. Tu cuerpo tiene un derecho sobre ti; tus ojos tienen un derecho sobre ti; tu esposa tiene un derecho sobre ti; y tu visitante tiene un derecho sobre ti» (Transmitido por al-Bujari y Muslim).
Tomar en conjunto la guía del Profeta nos permitirá seguir un camino intermedio, en el que cumplamos y observemos aquello que es obligatorio, añadamos algo de lo voluntario, atendamos nuestro trabajo y satisfagamos las necesidades de nuestras familias.
2 Muhammad al-Ghazali, Fann al-Dhikr wa’l-Du’a ‘Inda Khatam al-Anbiya’ (El arte de la glorificación y la súplica de Dios por el Último Profeta), El Cairo, 1998, pp. 10-11.
3 Muhammad al-Ghazali, ibíd., p. 11.
4 Muhammad al-Ghazali, ibíd., p. 12.
5 Ibíd., pp. 17-18.
6 Muhammad al-Ghazali, ibíd., p. 19.
CAPÍTULO 8
un hombre encargado de transmitir el mensaje de Dios
El Profeta recibió repetidas instrucciones en el Corán de insistir en su condición humana. Un versículo dice: «Di: No soy más que un ser humano como vosotros. Se me ha revelado que vuestro Dios es un Dios único. Seguid, pues, el camino recto hacia Él y pedidle perdón. ¡Ay de quienes Le atribuyen asociados!» (41: 6). Aquí, como en otros pasajes del Corán, se destacan dos puntos: primero, que Muhammad (la paz sea con él) es un ser humano común como todos los demás; y segundo, que recibe revelaciones de lo alto acerca de la religión que conviene que la gente adopte. En realidad, el Profeta recibió revelaciones durante un período de veintitrés años. Cuando esas revelaciones concluyeron, la religión del islam quedó completa. Dios declara en la última revelación coránica: «Hoy os he perfeccionado vuestra religión, he completado Mi gracia sobre vosotros y he escogido para vosotros el islam como religión» (5: 3).
El Profeta no tenía control alguno sobre el momento ni el contenido de ninguna revelación del Corán, pues Dios determinaba cuándo y qué revelar a Su Mensajero. El hecho de que el Corán fuera revelado durante un período tan prolongado tuvo varios propósitos; uno de ellos fue que ciertas normas solo se revelaran cuando la comunidad musulmana sintiera necesidad de ellas. Por ejemplo, los primeros versículos de la sura 24 («La Luz») especifican el castigo del adulterio. También incluyen un castigo para quien acusa a alguien de adulterio sin presentar las pruebas necesarias: «A quienes acusen a mujeres castas [de adulterio] y no presenten cuatro testigos, azotadlos con ochenta latigazos y no aceptéis jamás su testimonio; esos son los transgresores» (24: 4).
Cuando el Profeta recitó esto ante sus Compañeros, uno de ellos, Sa[d ibn [Ubadah, se preguntó cómo se aplicaría si un hombre encontrara a su esposa en la cama con otro hombre. El Profeta respondió que aquellas eran revelaciones de Dios. Sin embargo, Sa[d seguía considerando necesaria una aclaración adicional. Poco después, un hombre se presentó y acusó a su esposa de adulterio. El Profeta le exigió que trajera a sus testigos. El hombre protestó diciendo que, como aquello había ocurrido en casa, no tenía testigos. El Profeta dijo que no tenía otra opción que exigir las pruebas establecidas; de lo contrario, castigaría al acusador conforme al versículo citado. El hombre dijo: «¡Por Dios, no seré castigado por decir la verdad!»
Mientras continuaba este debate, el Profeta recibió los versículos siguientes de la sura, que dicen: «Y quienes acusen a sus propias esposas y no tengan más testigos que ellos mismos, que cada uno de ellos jure cuatro veces por Dios que dice la verdad, y la quinta vez que la maldición de Dios caiga sobre él si miente. Pero el castigo se apartará de ella si jura cuatro veces por Dios que él miente, y la quinta vez que la ira de Dios caiga sobre ella si él dice la verdad. Si no fuera por el favor de Dios sobre vosotros, Su misericordia y que Dios acepta el arrepentimiento y es Sabio…» (24: 6-10).
El hecho de que esta norma se revelara solo cuando el caso fue presentado ante el Profeta mostró a la comunidad musulmana que Dios cuidaba de ella y velaba por su bienestar. Fue una experiencia extraordinaria para quienes la vivieron, única en la historia de la humanidad. Además, proporcionó una prueba más de que el Profeta solo daba a la comunidad aquello que le había sido otorgado. No tenía ninguna influencia sobre lo que debía revelarse ni sobre el momento de su revelación.
A veces esto le afectaba personalmente, como en el caso de lo que se conoce como ifk, «la historia de la Calumnia». Se refiere a un rumor, difundido por algunos hipócritas, según el cual [A’ishah, la esposa del Profeta, había tenido relaciones con un hombre llamado Safwan. El rumor circuló por Madinah durante un mes, mientras [A’ishah estaba enferma y no podía ser interrogada. Nadie presentó prueba alguna, pero la gente hablaba. El Profeta no recibió ninguna revelación sobre el asunto y, por ello, no podía actuar de ninguna manera. No castigó a quienes difundieron los rumores ni reprendió a su esposa. Lo máximo que hizo fue pedir consejo a algunos de sus Compañeros. Solo cuando fue revelado el Corán declarando la inocencia de [A’ishah tomó el Profeta las medidas correspondientes.
¿Qué significa esta repetida referencia a la condición humana de Muhammad? La gente suele colmar de elogios a sus héroes y figuras históricas. A algunos profetas se les ha atribuido condición divina: por ejemplo, muchos afirmaron que Jesús era hijo de Dios. En el caso de Muhammad no puede afirmarse nada semejante. Ciertamente hubo personas que lo elogiaron de manera exagerada. Algunos sufíes afirmaron que, sin él, Dios no habría creado el universo. No hace falta decir que esto es absurdo. Sin embargo, incluso quienes hicieron tales afirmaciones inaceptables reconocían que era humano. Ningún musulmán, cualquiera que sea su escuela de pensamiento, se aparta de esto.
Desde otro punto de vista, la condición humana de Muhammad significaba que todo lo que Dios exigía a la gente se aplicaba también a él. Se le exigía adorar únicamente a Dios durante toda su vida y no omitir ninguno de los actos de culto requeridos por el islam. Dios le dice en el Corán: «Adora a tu Señor hasta que te llegue la certeza [de la muerte]» (15: 99).
El Profeta era un modelo de adorador. Se dedicaba al culto a todas horas del día y de la noche. Todas las demás obligaciones islámicas, como el zakat, el ayuno y la peregrinación, también se aplicaban a él. Ayunaba cada Ramadán sin falta. Pagaba su zakat y realizaba la peregrinación. Practicaba los distintos aspectos del culto islámico mucho más de lo exigido. Solo realizó la peregrinación una vez, como se exige a todos los musulmanes, pero durante varios años no pudo hacerlo porque los incrédulos gobernaban en Makkah. Después de que Makkah quedó bajo su control, no vivió lo suficiente para realizarla más de una vez.
Como ser humano, Profeta y Mensajero de Dios, Muhammad (la paz sea con él) también recibió esta orden: «Ten paciencia ante la adversidad, pues la promesa de Dios se cumple siempre. Pide perdón por tus pecados y glorifica y alaba a tu Señor por la tarde y por la mañana» (40: 55).
La cuestión aquí es si el Profeta podía haber cometido pecados, de modo que necesitara pedir perdón. Con toda certeza, el Profeta nunca contempló hacer nada que Dios hubiera prohibido. Ir contra la voluntad de Dios constituye un pecado. Esto significa que el Profeta nunca tuvo deliberadamente la intención de desobedecer a Dios de ninguna manera. Sin embargo, en algún momento podían surgirle ciertos pensamientos como consecuencia de determinadas circunstancias. En su caso, tales asuntos menores podían constituir un desliz, y se le ordenaba pedir perdón a Dios por ellos. Este versículo nos dice que si el Profeta debía pedir el perdón de Dios, todos necesitamos hacerlo también, y en mayor medida.
un hombre encargado de transmitir el mensaje de Dios
Como se señaló en el capítulo 6, el Profeta dedicaba mucho tiempo al culto. Podía pasar largas horas de la noche rezando y suplicando. Sin embargo, siempre facilitaba las cosas a sus Compañeros y seguidores. Procuraba no imponerles tareas que les resultaran demasiado penosas. ¿Por qué, entonces, se empeñaba tanto en dedicar tanto tiempo a la devoción? [A’ishah, su esposa, dio la respuesta cuando le planteó la misma pregunta al Profeta, señalando que Dios ya le había perdonado todos los pecados posibles que hubiera cometido o pudiera cometer. El Profeta respondió: «¿Acaso no debo ser, entonces, un siervo de Dios agradecido?» Su esfuerzo adicional expresaba su gratitud al Todopoderoso por todos los favores que le había concedido.
Al mismo tiempo, el Profeta quería asegurarse de que sus Compañeros y sus seguidores de generaciones futuras no se exigieran demasiado al intentar ser devotos, por lo que solía señalar las concesiones. Se aseguraba de que la gente las aplicara. Nos dice: «Dios ama que Sus concesiones se aprovechen del mismo modo que se cumplen las obligaciones que requieren esfuerzo». Sin embargo, la gente tiende a complicarse las cosas. A menudo menosprecia sus buenas acciones y piensa que debe hacer más.
[A’ishah relata: El Profeta hizo algo y explicó que era una concesión otorgada a la gente. Algunos, sin embargo, se abstuvieron de hacerlo. Esto fue comunicado al Profeta. Se dirigió a la gente, comenzando por alabar a Dios, y dijo: «¿Qué les pasa a algunas personas? Se abstienen de hacer lo que yo hago. ¡Por Dios!, yo soy quien mejor conoce a Dios y quien más Le teme» (transmitido por al-Bukhari y Muslim).
Poniendo las cosas en su justa perspectiva, el Profeta deja claro que ni siquiera el esfuerzo más intenso en el culto y las buenas obras bastará para que alguien se asegure la entrada en el paraíso. Esto se debe a que Dios nos ha concedido innumerables bendiciones. Aunque pasáramos todo nuestro tiempo rezando y entregados a la devoción, aun así no podríamos agradecer suficientemente a Dios lo que nos ha dado. Se necesita, más bien, un acto de la gracia de Dios, que Él concede con certeza a todo aquel que es sincero en la fe.
[A’ishah cita al Profeta: «Obrad correctamente con moderación y alegraos. Ninguna acción será suficiente para que alguien entre en el paraíso». Le preguntaron: «¿Ni siquiera tú, Mensajero de Dios?» Él respondió: «Ni siquiera yo, a menos que Dios me conceda Su perdón y Su gracia» (transmitido por al-Bukhari y Muslim).
Amor y compasión
Como ser humano, Muhammad (la paz sea con él) experimentaba todos los sentimientos y emociones que experimenta la gente común. Era muy sensible, y eso hacía que sus sentimientos se desbordaran. Sin embargo, mantenía sus emociones controladas por su fe. El Profeta era un hombre afectuoso y atento, y su amor se extendía a una gran variedad de personas. Como padre, era sumamente amoroso y compasivo. Cambió fundamentalmente la manera en que los árabes trataban a sus hijos y demostró su amor por sus hijas.
[A’ishah relata: Nunca vi a nadie que se pareciera más al Mensajero de Dios, en su aspecto, sus modales y su manera de caminar, que su hija Fatimah. Cuando ella iba a visitar al Profeta, él se levantaba, la besaba y la sentaba en su lugar. Cuando él la visitaba, ella se levantaba, lo besaba y lo sentaba en su lugar (transmitido por al-Bukhari, Muslim, Abu Dawud y al-Tirmidhi).
La conducta del Profeta representaba una ruptura con las costumbres de los árabes. Antes del islam, las mujeres eran maltratadas con frecuencia en Arabia. En algunos casos, si una joven enviudaba, los parientes más próximos de su difunto esposo la trataban como parte de la herencia dejada por su pariente. O bien se casaban con ella o bien decidían quién podía hacerlo. El nacimiento de una hija era recibido con tristeza por su padre. A las niñas se las enterraba vivas por miedo a la pobreza, porque las mujeres no se ganaban la vida.
El Profeta amaba a todas las personas y se preocupaba profundamente por sus Compañeros, que creían en su mensaje. Sentía compasión por ellos cuando afrontaban una adversidad y era generoso con ellos con todo lo que tenía. En el capítulo 6 relaté la historia de Jabir ibn [Abdullah y cómo invitó al Profeta a acudir con algunas personas a cenar en su casa. El Profeta llevó a todos los que trabajaban en la excavación del foso seco para fortificar Madinah. También dijo a la esposa de Jabir que comiera y que diera comida a sus vecinos. Hubo muchos incidentes semejantes durante la vida del Profeta, y hablaremos de ellos en un capítulo posterior.
Tales incidentes no se consideran milagros destinados a demostrar la veracidad del mensaje de Muhammad. Más bien, fueron una manifestación de la bendición de Dios, por la cual aumentó la comida hasta que bastó para alimentar a todo el grupo. No obstante, el incidente indica que el Profeta era consciente de las condiciones en que trabajaban sus Compañeros. Se daba cuenta de que eran pobres y necesitaban alimento. Su propia hambre y la perspectiva de disfrutar de una buena comida no lo distrajeron de la necesidad de cuidar de sus Compañeros. Quería que todos compartieran el bienestar que representaba aquella comida caliente. Confiaba en que Dios bendeciría la comida y aumentaría el alimento.
El Profeta estaba seguro de que el mensaje que había recibido de Dios era la verdad y que llevaría a la gente felicidad en esta vida y en la vida futura. Si lo rechazaban, se expondrían al castigo de Dios en la vida futura, además de la infelicidad en esta vida. Por eso hizo todo lo posible para persuadirlos de aceptarlo. Les deseaba el bien incluso cuando eran muy duros con él y con sus Compañeros. Siempre que veía el menor indicio de que alguien pudiera prestar atención a lo que predicaba, iba a su encuentro y le mostraba todo su amor y cuidado. Su hostilidad nunca lo disuadió de intentarlo, y perdonaba de buen grado sus comentarios ofensivos e insultos.
Cuando un adversario encarnizado se acercaba a él con una actitud positiva, lo recibía con los brazos abiertos. Un buen ejemplo es el de [Ikrimah ibn Abi Jahl, que siguió el ejemplo de su padre haciendo todo lo posible para socavar el islam. Permaneció en el bando enemigo durante veintiún años. Finalmente, la esposa de [Ikrimah lo convenció de cambiar su actitud hacia el islam, pues esta estaba motivada por el orgullo y alimentada por el odio. La acompañó a Madinah para reunirse con el Profeta. Cuando el Profeta lo vio entrar en la mezquita, dijo a sus Compañeros que no hablaran mal de su padre, porque «hablar mal de los muertos no les perjudica, pero ofende a sus parientes vivos». Recibió a [Ikrimah y lo describió como el «jinete emigrante».¹
¿Y el odio?
La cuestión es cómo afectaba al Profeta la emoción opuesta al amor. El Profeta nunca expresó odio hacia nadie, ni siquiera hacia sus adversarios más encarnizados. Una persona podía haber sido culpable de un complot malvado contra el Profeta, pero en el momento en que cambiaba de actitud, el Profeta la aceptaba y le daba la bienvenida, sin guardar rencor.
Por ejemplo, cuando el Profeta marchó sobre Makkah y esta se rindió al islam con muy pocos combates, muchas personas seguían guardando rencor personal contra el Profeta y contra el islam. Fudalah era uno de ellos. Caminaba detrás del Profeta mientras este realizaba la circunvalación, es decir, el tawaf, alrededor de la Ka[bah. Fudalah pensó: «Si lo mato ahora, no me importará lo que me ocurra después. Habré vengado a Quraysh de él». Al acercarse, el Profeta se volvió hacia él y dijo: «¿Fudalah?» Él respondió: «Sí, Mensajero de Dios». El Profeta preguntó: «¿En qué estabas pensando?» Él contestó: «En nada; solo estaba haciendo mi tawaf». El Profeta sonrió y puso la mano sobre el pecho de Fudalah, cerca de su corazón. Fudalah dijo después: «Cuando retiró la mano, no había nadie más querido para mí que Muhammad».²
¹ Al-Hakim, Al-Mustadrak, vol. 3, pp. 241-242.
² Ibn Hisham, Al-Sirah al-Nabawiyyah, vol. 4, p. 37.
Sin embargo, a veces el Profeta expresaba una fuerte aversión hacia ciertas personas. Dijo: «Entre aquellos a quienes más detesto están los charlatanes y los pedantes que hacen excesivo hincapié en su elocuencia». Hay hadices semejantes que hablan de cualidades y modales generalmente desaprobados. El propio Profeta expresaba su aversión hacia tales cualidades. Esto muestra que sus sentimientos negativos estaban moderados por la comprensión de su función y por su fe en Dios.
Cuando nos sometemos a Dios y aceptamos todo lo que Dios determina para nosotros, empezamos a contemplar las cosas desde una perspectiva diferente, de modo que nuestros intereses personales se vuelven menos importantes que los intereses más amplios. En el caso del Profeta, su atención estaba siempre centrada en hacer que la gente comprendiera el mensaje que transmitía para que pudiera adoptar ante él una actitud consciente.
Emociones negativas
¿Hasta qué punto afectaban al Profeta emociones negativas como la ira, la ansiedad y el miedo? Como Mensajero humano que vivía en medio de una comunidad humana y defendía un mensaje divino que exigía a la gente atenerse a ciertas enseñanzas, Muhammad (la paz sea con él) experimentaba todas las emociones humanas. La misión que se le había asignado incluía ofrecer un modelo para toda la humanidad. Dios nos dice en el Corán: «En el Mensajero de Dios tenéis un buen modelo para todo aquel que espera encontrarse con Dios y con el Último Día y recuerda mucho a Dios» (33: 21). Sin experimentar tales emociones, no habría podido ofrecer semejante modelo.
La gente suele sucumbir a la tentación cuando se le ofrecen posición, riqueza, poder, sexo y cosas semejantes. Al Profeta se le ofreció todo eso más de una vez. Por ejemplo, [Utbah ibn Rabi[ah era el jefe del clan [Abd Shams de Quraysh y gozaba de gran respeto entre todos los habitantes de Arabia. Pertenecía al sector moderado de Quraysh. No le agradaba la polarización que estaba produciéndose entre los nuevos musulmanes y el resto de la población de Makkah.
Un día vio al Profeta adorando en la Ka[bah. Le habló con la esperanza de llegar a algún entendimiento. Se dirigió a él con gran suavidad, expuso el problema y luego le hizo las siguientes ofertas: «Sobrino mío, si has iniciado este asunto con la esperanza de ganar dinero, estamos dispuestos a darte parte de nuestras riquezas para que seas el más rico de nosotros. Si buscas honor y posición, te haremos nuestro jefe y consultaremos contigo todos los asuntos. Si lo que deseas es un trono, te convertiremos en nuestro rey. Si, por otro lado, estás poseído y no puedes resistirte a aquello que te domina, no escatimaremos gastos para buscarte una cura médica».
un hombre encargado de transmitir el mensaje de Dios
La respuesta del Profeta consistió en recitar a [Utbah los primeros treinta y ocho versículos de la sura 41 del Corán, y [Utbah escuchó atentamente. Cuando terminó su recitación, el Profeta se postró en humilde devoción ante Dios y luego dijo a [Utbah: «Has oído lo que tengo que decir; ahora puedes decidir por ti mismo».³ Aquella recitación explicó a [Utbah los principios básicos del islam, junto con la advertencia de Dios de un severo castigo para quienes rechazaran Su fe.
[Utbah comprendió que el Profeta no aceptaría ningún compromiso. Por ello regresó con su gente y les sugirió que dejaran tranquilo a Muhammad y le permitieran llevar su mensaje adonde quisiera. Razonó que, si Muhammad alcanzaba honor y poder, ellos se beneficiarían de ello; y si otros lo mataban, Quraysh se habría librado de tener que hacerlo por sí misma.
La oferta incluía todo aquello que la gente codicia y ante lo que suele sucumbir. A veces la tentación es tan intensa que resistirla requiere una gran fortaleza, que solo puede proporcionar una firme creencia en los propios principios. En la terminología islámica, el proceso de vacilación entre la tentación y la resistencia suele describirse como escuchar al propio Satanás. El Profeta explicó esto a sus Compañeros. Les dijo que cada persona tenía su propio Satanás, que la tentaba a cometer distintos pecados. Le preguntaron si él también tenía un Satanás que hiciera lo mismo. Respondió: «Sí, lo tengo; pero Dios me ha ayudado contra él y ahora solo me dice lo que es bueno».
Esta ayuda siempre se ha concedido a los profetas y mensajeros. Son guías que ayudan a las comunidades a lo largo de la vida y señalan el camino hacia la verdadera fe y la comprensión correcta de Dios, del ser humano y del vínculo entre ambos. Esto permite a los Mensajeros de Dios moderar los sentimientos y emociones negativos y ampliar su perspectiva. Así pueden asumir las responsabilidades que aceptan cuando desempeñan el papel que se les ha asignado.
La ira es un rasgo humano natural, y cualquiera puede enfadarse, aunque algunas personas tienen un temperamento irascible y se enojan con facilidad. El Profeta procuraba inculcar a sus Compañeros que la ira puede hacer que las personas hagan cosas de las que pronto se arrepentirán. Por eso les aconsejaba que no permitieran que la ira las dominara. Decía: «La fuerza no consiste en vencer a la gente; la verdadera fuerza consiste en controlarse cuando uno está enfadado» (transmitido por al-Bukhari).
Uno de los Compañeros del Profeta le pidió consejo. El Profeta le dijo: «No te enfades». El hombre repitió varias veces su petición y, cada vez, el Profeta le dijo: «No te enfades» (transmitido por al-Bukhari y Muslim). Naturalmente, el Profeta no quería decir que el hombre no debiera sentir ira, pues la ira es resultado de cosas que difícilmente están bajo nuestro control y constituye una reacción ante lo que puede ocurrir o ante lo que otros pueden decir o hacer. El consejo del Profeta debe entenderse como una exhortación a no actuar mientras se está enfadado.
El Profeta incluso nos indicó cómo reducir rápidamente la ira. Sulayman ibn Surad relata: Dos hombres discutieron en presencia del Profeta, mientras nosotros estábamos sentados con él. Uno de ellos estaba enfadado, insultaba al otro y tenía el rostro enrojecido por la ira. El Profeta dijo: «Conozco una palabra que hará desaparecer su ira si la pronuncia. Es: “Busco refugio en Dios contra Satanás, el maldito”». La gente dijo al hombre: «¿No has oído lo que acaba de decir el Profeta?» El hombre respondió: «No estoy loco» (transmitido por al-Bukhari).
¿Se enfadaba alguna vez el Profeta? Ciertamente, a veces sentía ira. Sin embargo, nunca mostraba ira por algo relacionado personalmente con él. Manifestaba y expresaba su enojo cuando se violaban los límites establecidos por Dios.
Abu Mas[ud relata: Un hombre dijo al Profeta: «A menudo llego tarde a la oración del alba por causa de nuestro imán. Alarga demasiado la oración». Nunca vi al Profeta alcanzar tal grado de enojo en ninguna ocasión en que reprendiera. Dijo: «¡Gente, cuidado con lo que hacéis! Algunos de vosotros hacéis que otros se alejen. Quien dirija una oración comunitaria debe hacerla breve. Puede haber entre los orantes personas enfermas, ancianas o que tengan algún asunto urgente que atender» (transmitido por al-Bukhari).
El hecho de que nunca se viera al Profeta enfadado por un asunto personal muestra cómo Dios le permitió moderar sus emociones negativas. Sin embargo, cuando se trataba de la religión o de la violación de la guía divina, su ira se hacía claramente visible. Aun así, no actuaba hasta que su ira se había calmado.
La ansiedad es otra emoción negativa que puede abatir a una persona. ¿Sufría alguna vez ansiedad el Profeta? Era una persona muy sensible y amaba a su pueblo. Como creyente firme en Dios, nunca mostró ansiedad por sus propios asuntos. Incluso en las situaciones más peligrosas actuaba sin mostrar ninguna preocupación por lo que pudiera sucederle. Lo vemos en las batallas de Uhud y Hunayn, cuando el ejército musulmán se retiraba y él se quedó con un número muy reducido de sus Compañeros. En esas ocasiones avanzó hacia el enemigo sin temer nada.
En cambio, cuando la situación era difícil, mostraba gran preocupación por lo que pudiera ocurrirle a la comunidad musulmana. Justo antes de la batalla de Badr, cuando un contingente pequeño y mal equipado de sus Compañeros se enfrentaba a una fuerza de incrédulos mucho mayor, era evidente su ansiedad por lo que pudiera sucederles. Rogó fervientemente a Dios que los protegiera y les concediera la victoria. En su súplica dijo: «Señor mío, si este grupo perece, no serás adorado».
Subrayó que la comunidad musulmana era la única comunidad sobre la tierra que adoraba únicamente a Dios con total sinceridad. Del mismo modo, cuando el Profeta veía nubes desplazándose sobre Madinah, mostraba inquietud. Su esposa le preguntó qué le preocupaba. Él respondió: «Una comunidad anterior fue castigada con lluvia. ¿Cómo puedo saber que esto no traerá una forma de castigo?» Cuando llovía, su ansiedad desaparecía.
El miedo es otra emoción que normalmente se considera negativa, pero ciertamente tiene aspectos positivos, pues está ligado al instinto de supervivencia. La gente suele temer cualquier cosa que amenace su vida o la exponga a peligro o daño. Además, un miedo moderado ayuda a evitar la imprudencia. Las personas sin miedo podrían ponerse temerariamente a sí mismas o a sus familias en peligro. Por otro lado, cuando la gente permite que el miedo dicte su conducta, puede perder gran parte de su autoestima. Bajo una dictadura, el miedo de la gente a disentir suele llevarla a aceptar la humillación. Por tanto, debe mantenerse el equilibrio adecuado.
En el Corán aprendemos que el profeta Moisés sintió miedo en más de una ocasión. Antes de recibir la profecía, tuvo que huir de Egipto por temor a perder la vida. Después de matar a un egipcio, caminó por la ciudad «temeroso y vigilante».⁴ Su miedo estaba justificado, pues pronto recibió el aviso de que algunas personas conspiraban para matarlo. Más tarde, cuando Dios quiso mostrarle las señales que le había dado para demostrar su condición de Mensajero de Dios, se le ordenó arrojar su bastón: «Pero cuando vio que se movía como si fuera una serpiente, se volvió y huyó sin mirar atrás. [Dios dijo:] “¡Moisés! Acércate y no temas; estás a salvo”» (28: 31).
Estos son sentimientos normales: ¿quién no se estremecería de miedo al ver que, en el momento de arrojar su bastón, este se mueve rápidamente como una serpiente? Los Mensajeros de Dios son seres humanos normales —salvo por el hecho de que reciben revelaciones de lo alto— y experimentan todos los sentimientos y emociones humanas. Sin embargo, los afrontan correctamente.
Lo mismo se aplicaba al Profeta. Como se mencionó en el capítulo 1, cuando el ángel Gabriel acudió a él por primera vez, la experiencia fue demasiado intensa. Salió corriendo de la cueva donde estaba solo y no se detuvo hasta llegar a su casa, que se encontraba a varios kilómetros. Le dijo a su esposa que lo cubriera porque estaba temblando. También este es un sentimiento normal: ¿quién no sentiría pánico al ver una criatura alada sosteniendo un libro y apretándolo contra su pecho hasta casi asfixiarlo, simplemente porque él protestaba diciendo que no sabía leer? El ángel repitió aquello tres veces, y cada vez Muhammad sintió que estaba a punto de morir. Lo único que detuvo aquella presión y asfixia fue que preguntó: «¿Qué debo leer?»
Más tarde, cuando recobró el sentido, dijo a su esposa: «Temí por mí mismo». Ella lo tranquilizó diciéndole que un hombre con sus nobles cualidades no podía ser dañado por fuerzas malignas. Sin embargo, sus Compañeros lo describen como la persona más valiente de todas. Cuando estaban en batalla y la situación se volvía difícil, se acercaban a él y se inspiraban en su valor. No cabe duda de que nunca temió por su vida durante los veintitrés años de su misión.
Podemos concluir, entonces, que antes de la profecía Muhammad experimentó el tipo normal de miedo en situaciones que hacen temer a la gente. Después de convertirse en Mensajero de Dios, su entrega total a Dios le permitió eliminar el miedo por sí mismo o por su vida. Confiaba en que todo lo que Dios quisiera para él sería la mejor opción. Esta es la actitud del verdadero creyente.
En conclusión, Muhammad (la paz sea con él) era un hombre de carácter noble. En él se manifestaron en su máxima expresión todas las cualidades nobles. Era un hombre que experimentaba todas las demás emociones que experimentan las personas. Sin embargo, su comunicación con el ángel que le traía las revelaciones de Dios lo ayudó a fortalecer todas las cualidades humanas positivas y a reducir al mínimo todos los rasgos negativos.
³ Ibn Hisham, Al-Sirah al-Nabawiyyah, ibid., vol. 1, p. 313.
⁴ El Corán: 28: 18
CAPÍTULO 9
misericordia para todos
Un breve versículo del Corán ofrece una definición muy precisa de la misión encomendada al Profeta cuando Dios lo eligió para ser Su Mensajero final ante la humanidad: «Te hemos enviado como una [manifestación de Nuestra] gracia hacia todos los mundos» (21:107). El estilo del Corán combina varios pares de cualidades que son muy difíciles, o quizá incluso imposibles, de combinar. Uno de estos pares es la economía de palabras y la amplitud del significado. En el versículo citado, las palabras «manifestación de Nuestra» se han añadido en la traducción al texto original para facilitar su comprensión. El original árabe tiene un alcance más amplio y también significa que el propio Profeta estaba lleno de compasión. Este aspecto se suma al hecho de que fue la misericordia de Dios la que hizo necesario enviar a un Profeta para transmitir a la humanidad el mensaje final de Dios.
El versículo habla de compasión hacia «todos los mundos». Algunas personas entienden que esta expresión abarca a toda la humanidad, pero eso limita su significado. Más bien, Su compasión abarca a todas las criaturas, incluidos los animales y las plantas. Cuando estudiamos su vida, vemos que la compasión impregnaba todas sus acciones. La severidad le era desconocida. La compasión influía en todas sus acciones, en cualquier situación. De hecho, influía en la manera en que trataba a sus enemigos. Nunca desesperó de que alguien pudiera aceptar la verdad del mensaje divino, y se alegraba con cada recién llegado al islam. Consideraba que, al adoptar el islam, una persona no solo emprendía el camino correcto hacia una vida mejor en este mundo, sino que también esperaba obtener la misericordia de Dios el Día del Juicio.
Por ello, el Profeta estaba dispuesto a dirigirse incluso a sus oponentes más obstinados, explicarles la esencia de su mensaje y llamarlos a creer en la unicidad de Dios. Cuando la situación era difícil y los incrédulos oponían una feroz resistencia a su llamamiento, perseguían a sus seguidores y los sometían a torturas, los creyentes podían sentirse tentados a invocar las maldiciones de Dios sobre quienes intentaban suprimir la verdad y perseguían a sus defensores. Es natural que los oprimidos busquen la ayuda de Dios contra sus opresores. Con toda certeza, los musulmanes fueron oprimidos durante todo el período de La Meca, igual que hoy lo son en muchas partes del mundo. Por eso, los Compañeros del Profeta que se encontraban bajo una enorme presión buscaron su ayuda para afrontar su dificultad.
Abu Huraira relata: «Se le dijo al Profeta: “¡Mensajero de Dios! Ruega a Dios contra los idólatras”. Él respondió: “No he sido enviado para maldecir a la gente; he sido enviado como misericordia para la humanidad”». (Transmitido por Muslim y por al-Bujari en Al-Adab al-Mufrad.)
El Profeta consideraba su misión como un acto de gracia y misericordia de Dios hacia toda la humanidad. Por ello, invocar las maldiciones de Dios sobre cualquier grupo de personas era incompatible con su misión, incluso cuando esas personas se oponían al islam y empleaban todo su poder y sus recursos para socavarlo. Aunque una persona determinada pueda merecer ser maldecida por sus malas acciones, eso no justifica pronunciar una maldición general, ni siquiera contra los idólatras que adoran estatuas en lugar de Dios. El Profeta comprendía esto perfectamente y se esforzaba por fortalecer su cualidad natural de compasión, a fin de ser misericordioso y compasivo con todas las personas en todo momento.
Cuando el Profeta ordenaba una expedición militar, se aseguraba de que se respetaran las normas islámicas de ética bélica. Al enviar una expedición de ese tipo, siempre exhortaba a sus comandantes y soldados a observarlas. Anas ibn Malik relata que el Profeta les decía:
«Marchad en el nombre y con la ayuda de Dios, y basándoos en el mensaje del Mensajero de Dios. No matéis a un anciano, ni a un niño, ni a un joven, ni a una mujer. No acumuléis nada de los botines de guerra; reunidlos. Corregid lo que esté mal y haced el bien, pues Dios ama a quienes hacen el bien».1
Esto se confirma en varios hadices, algunos de los cuales añaden la prohibición de cortar árboles y atravesar tierras agrícolas. El Profeta siempre consideró que los enemigos del islam eran personas descarriadas. Si tenía que combatirlos, era únicamente porque ellos eran los agresores. Sin embargo, para él eso no justificaba matar a nadie que no fuera combatiente. Los ancianos, los jóvenes y las mujeres no portaban armas. Por ello, el Profeta afirmó que los musulmanes no debían matarlos.
Sin enemistad duradera
Incluso cuando el propio Muhammad, o la comunidad musulmana en general, afrontaba grandes dificultades, trataba con bondad a quienes eran hostiles, esperando siempre que modificaran su actitud. Mencioné en el capítulo 2 que, después de diez años de proclamar su mensaje en La Meca frente a la gran hostilidad de sus habitantes, el Profeta fue a Taif, y cómo sus habitantes y sus jefes se mostraron extremadamente hostiles, hasta el punto de maltratarlo físicamente. Dios le envió ángeles que le ofrecieron castigarlos según ordenara, incluida su destrucción total. Él dijo: «Espero que Dios haga surgir de su descendencia personas que lo adoren solo a Él, sin asociarle nada».2
Un oponente individual que lleva su enemistad hasta el extremo y luego cae en manos de su adversario puede constituir una fuerte tentación para que el vencedor lo mate o le imponga un castigo físico y mental severo. El Profeta no carecía de adversarios obstinados; algunos de ellos añadían a la enemistad activa los insultos y la burla. No obstante, siempre que alguno de ellos acudía a él, solo o acompañado por un intermediario, declarando su lealtad, el Profeta lo aceptaba sin vacilar.
La hostilidad de algunos incrédulos resultaba especialmente dolorosa para el Profeta, porque esperaba que fueran amistosos con él. Entre ellos estaban al-Mugira (Abu Sufyan) ibn al-Harith ibn [Abd al-Muttalib y Abdullah ibn Abi Umayya. Ambos eran primos del Profeta, y al-Mugira había sido su compañero de juegos durante la infancia. Cuando el Profeta recibió su mensaje, al-Mugira decidió mostrarse muy hostil hacia él y lo atacó en sus poemas.
[Abdullah ibn Abi Umayya había insultado gravemente al Profeta en el pasado, a pesar de que su madre era tía del Profeta. En cierta ocasión le dijo al Profeta que nunca creería en él hasta verlo subir por una escalera directamente al cielo y regresar con un testimonio escrito de que era el Mensajero de Dios, acompañado de cuatro ángeles que dieran testimonio. Los insultos de los familiares cercanos son especialmente dolorosos. Por ello, el Profeta no tenía interés en encontrarse con ninguno de estos dos hombres y, cuando le informaron de que se acercaban, se negó a recibirlos.
Umm Salama, una de las esposas del Profeta, intentó interceder en favor de ambos, ya que uno de ellos, [Abdullah, era su hermano. Le dijo al Profeta: «Mensajero de Dios, son tus propios primos y parientes». Él respondió: «No los necesito. Mi primo me difamó, y el hijo de mi tía fue quien dijo en La Meca lo que tú sabes».3
Cuando les informaron de lo que había dicho el Profeta, comprendieron que se encontraban en una situación muy comprometida y no sabían qué hacer. Al-Mugira, que llevaba consigo a su hijo, dijo: «Si no quiere recibirme, tomaré a este hijo mío de la mano y ambos vagaremos por la tierra hasta morir de hambre y sed».2 Al-Bujari, Sahih (Libro sobre el comienzo de la creación). 3 Ibn Hisham, Al-Sirah al-Nabawiyyah, vol. 4, p. 184.
Entonces recibieron el consejo de [Ali ibn Abi Talib, que era primo tanto del Profeta como de al-Mugira. Siguiendo su consejo, fueron directamente a él y dijeron: «En verdad, Dios te ha concedido una posición mejor que la nuestra, y ciertamente hemos obrado mal» (12:91). Estas fueron las palabras que habían pronunciado los hermanos del profeta José cuando lo reconocieron, según relata el Corán. Por ello, el Profeta les respondió con la misma respuesta del profeta José: «Hoy no se os hará ningún reproche. Que Dios os perdone. Él es, ciertamente, el más Misericordioso» (12:92). Así, al-Mugira y su pariente fueron rehabilitados.
El Profeta había ordenado matar a dos hombres, [Ikrima ibn Abi Yahl y Ka[b ibn Zuhayr, cuando tomó el control de La Meca. El padre de [Ikrima fue el más obstinado adversario del islam desde su primer día hasta su muerte en la batalla de Badr. Durante quince años, Abu Yahl hizo todo lo posible por suprimir el islam, y torturó y mató a algunos de los primeros musulmanes. Incluso intentó matar al Profeta en más de una ocasión. [Ikrima tenía la misma actitud que su padre.
Cuando el Profeta entró en La Meca, [Ikrima intentó combatir al ejército musulmán, pero pronto fue derrotado. Entonces huyó al Yemen. Su esposa, Umm Hakim, acudió al Profeta y le juró lealtad como musulmana. Después intercedió ante él en favor de [Ikrima. Dijo que iría al Yemen para traerlo. Lo llevó a Medina. Como se mencionó en el capítulo anterior, cuando el Profeta lo vio acercarse, dijo a sus Compañeros que no insultaran a su padre. Dijo: «Ese tipo de insultos hiere a los vivos y no perjudica a los muertos». Cuando llegó [Ikrima, el Profeta le dio la bienvenida diciendo: «Bienvenido, jinete emigrante».4 Lo repitió tres veces.
Un caso similar es el de Ka[b ibn Zuhayr, que pertenecía a una familia de excelentes poetas; de hecho, la poesía de su padre todavía se estudia en las escuelas y universidades árabes. Su hermano, Bujayr, también poeta, era Compañero del Profeta. Ka[b, sin embargo, utilizó su poesía como arma en la guerra contra el islam. En aquella época, la poesía desempeñaba en Arabia un papel importante, semejante al de los medios de radio y televisión actuales. Ka[b continuó atacando al islam en sus poemas durante más de veinte años.
Cuando La Meca cayó en manos del islam y la mayor parte de Arabia se hizo musulmana, su hermano Bujayr advirtió a Ka[b que debía reconsiderar su situación, aceptar el islam o abandonar Arabia. Ka[b eligió el primer camino, comp
CAPÍTULO 10
La nobleza en su máxima expresión Anas ibn Malik relata que una mujer conocida por su inestabilidad mental dijo al Profeta: «Mensajero de Dios, necesito tu ayuda en un asunto». Él dijo: «Elige cualquier camino y acudiré contigo para resolver lo que necesites». Se detuvo con ella en algún camino y habló sobre su necesidad hasta que ella terminó su asunto. (Transmitido por Muslim, Ahmad, Abu Dawud y al-Bayhaqi en Dala’il al-Nubuwwah.) El Profeta estaba sentado con sus Compañeros cuando esta mujer, conocida por su inestabilidad mental, le dijo que necesitaba su ayuda. Su reacción inmediata fue procurar que se sintiera bien. Le dijo que estaba dispuesto a escucharla. Al mismo tiempo, respetó su intimidad y no le pidió que hablara de su problema delante de otras personas. Sabía que una persona con trastornos mentales puede conceder mucha importancia a cosas que la gente suele considerar insignificantes, y no quería avergonzarla. Le dijo que eligiera un lugar donde se sintiera cómoda para explicarle lo que necesitaba. Evidentemente, el lugar debía ser abierto, donde pudieran ser vistos por la gente. No hace falta decir que en aquella época no había cafés ni restaurantes en Medina. Por tanto, cualquier lugar de la calle serviría. El Profeta se detuvo con la mujer y la escuchó mientras le explicaba su necesidad. Después le prestó la ayuda que necesitaba. Esto era característico del Profeta, pues siempre atendía a los más débiles y vulnerables de la sociedad. Anas relata: «Cualquier joven sirvienta de Medina acudía al Profeta y lo tomaba de la mano. Él no retiraba su mano de la de ella. Ella lo llevaba adonde quisiera».1 (Transmitido por Ahmad e Ibn Majah.) 1 Este hadiz habla de jóvenes sirvientas que tomaban al Profeta de la mano. Esto resulta muy extraño para la mayoría de los musulmanes, pues creen que el Profeta nunca tocó a una mujer que no fuera una de sus esposas o hijas. Citan el hecho de que nunca estrechaba la mano de las mujeres cuando estas le juraban lealtad. El hadiz no menciona si esas sirvientas eran siempre niñas o jóvenes adultas. El texto árabe permite ambas interpretaciones. He hablado de ello con eruditos, y algunos prefieren entender que se trataba de niñas. Sin embargo, unos pocos no ven ningún problema aunque se refiera a mujeres jóvenes. Dicen que la práctica habitual del Profeta era no estrechar la mano de las mujeres, especialmente en el momento del juramento de lealtad. No obstante, si una joven necesitaba la seguridad que le daba tomarlo de la mano, él no se lo impedía. En una sentencia, el jeque Yusuf al-Qaradawi afirma que no pudo encontrar ningún texto que prohibiera estrechar la mano de una mujer, pero aconseja a los hombres no ofrecer primero la mano.
Ibn Majah.) Una sirvienta podía haber recibido de su gente el encargo de hacer o traer algo, y quizá no supiera dónde conseguirlo ni cómo cumplir su deber. La mejor persona a quien pedir ayuda era el Profeta, y por eso lo tomaba de la mano. Para tranquilizarla, él le permitía conducirlo adonde quisiera hasta haberle prestado la ayuda que necesitaba. Estos son dos de los numerosos ejemplos de cómo trataba el Profeta a los sectores más débiles de la sociedad. Quería que sintieran que siempre podían acudir a él y que ayudaría incluso a los más pobres o débiles en cualquier cosa que necesitaran. Para él, todos eran importantes. Si una niña necesitaba su ayuda, esa ayuda estaba disponible. El segundo hadiz no menciona a una sirvienta concreta. Más bien, sugiere que este era el comportamiento habitual del Profeta, y por su redacción parece que era costumbre que las sirvientas acudieran a él en busca de esa ayuda. Encontrarse con alguien que ocupa una posición de autoridad puede no ser fácil para algunas personas, especialmente para quienes son conscientes de su debilidad en la sociedad. El Profeta quería asegurarse de que nadie se sintiera inquieto al reunirse con él. Aunque su posición como Mensajero de Dios era mucho más importante que la de cualquier rey o jefe de Estado, mantenía una actitud alegre, para que cualquiera que hablara con él pudiera exponer claramente su situación. No obstante, algunas personas se sentían incómodas al hablarle, y él se esforzaba por tranquilizarlas. Abu Masud al-Badri relata que un hombre temblaba mucho mientras hablaba con el Profeta. El Profeta le dijo: «Tranquilo, tranquilo. No soy un rey. Soy hijo de una mujer que solía comer carne seca y salada». (Transmitido por Ibn Majah y al-Hakim.) El Profeta ofreció al hombre asustado una imagen vívida de su propia madre como una persona pobre y corriente que tenía que depender del tipo más sencillo de alimento para vivir. (Las personas que no podían permitirse carne continuamente solían conservar la que tenían secándola y salándola.) Cuando examinamos las acciones del Profeta en distintas situaciones, debemos recordar que Dios ordena a los musulmanes de todas las generaciones que lo tomen como modelo. Dios dice en el Corán: «En el Mensajero de Dios tenéis un buen modelo para todo aquel que espera con esperanza a Dios y al Último Día, y recuerda mucho a Dios». (33:21) Esto significa que seguir la guía del Profeta e imitar su actitud y sus acciones nos hará merecedores de una recompensa de Dios. Esta recompensa se nos concede por dos motivos: la acción en sí es buena, porque el Profeta solo hacía lo que era bueno y beneficioso; además, seguir el ejemplo del Profeta es prueba de una firme creencia en el islam.
El Profeta permitió que se conociera todo lo que decía o hacía: su vida era un libro abierto. Nada de lo que hizo salió a la luz solo después de su muerte, pues sus Compañeros y los miembros de su familia relataban todo lo que habían visto u oído de él. Incluso su vida más privada fue expuesta con claridad. La gente preguntaba a sus esposas sobre su comportamiento en casa, y ellas mencionaban todos los detalles. Aprendemos, por ejemplo, que cuando él y una de sus esposas necesitaban bañarse, podían hacerlo juntos usando el mismo recipiente. Aisha relata que a veces tomaba un poco de agua y la derramaba sobre su cuerpo, diciéndole: «Déjame un poco», y él podía decirle lo mismo.2 Una o dos de sus otras esposas relataron lo mismo.3 Era necesario transmitir esos asuntos privados para que los musulmanes supieran qué estaba permitido en tales cuestiones y qué no. Como hemos mencionado, el Profeta no fue solo un modelo para su propia generación; sigue siendo un modelo para todos los creyentes del islam, dondequiera y cuandoquiera que vivan. Esto significa que reunía las mejores cualidades humanas reconocidas universalmente. Esto solo podía lograrse mediante un acto de Dios, el Creador de todo.
La modestia es una virtud
Un aspecto fundamental del carácter del Profeta era su modestia. Era muy decoroso en su manera de actuar y comportarse. No criticaba directamente a las personas ni las avergonzaba en público. Aisha relata: «Si el Profeta se enteraba de que cierta persona había hecho o dicho algo incorrecto, no decía: “Esta persona dice tal y tal cosa”, sino: “¿Cómo es que algunas personas dicen tal y tal cosa?”». (Transmitido por Abu Dawud.) Solo cuando una persona hacía en público algo contrario al islam, el Profeta exponía la norma islámica correcta. Lo hacía para asegurarse de que la gente aprendiera, y procuraba no avergonzar a nadie. Su modestia también se manifestaba en sus asuntos personales. Atendía sus necesidades privadas procurando que no lo vieran. Nadie lo vio nunca desnudo. Sin embargo, su pudor en los asuntos privados no se trasladaba a la forma en que presentaba su mensaje: siempre insistía, sin vacilación, en que era el Mensajero de Dios, y dejaba claro a todos lo que ello implicaba. Un ejemplo que reúne ambas características es su matrimonio con Zaynab bint Jahsh. Zaynab era su prima, pues su madre era Umaymah bint Abd al-Muttalib, su tía paterna. Por ello pertenecía a una familia noble. El Profeta la había casado anteriormente con Zayd ibn Harithah, a quien mucho antes de su profecía había liberado de la esclavitud y adoptado como hijo. Sin embargo, el islam prohibió la adopción y Zayd recuperó su antiguo nombre. Tanto Zaynab como Zayd eran infelices en su matrimonio. Dios ordenó al Profeta que dejara que Zayd se divorciara de ella y que luego él mismo se casara con ella. Esto iba contra la tradición de la sociedad árabe debido a la anterior adopción de Zayd. No obstante, el Profeta proclamó lo que Dios le había ordenado y recitó los versículos coránicos que incluían una reprimenda por su vacilación en el asunto. Se celebró la boda, y el Profeta invitó a varios cientos de personas a una cena con motivo de la ocasión. Después de la cena, todos salvo tres se marcharon a sus casas. Los tres restantes se quedaron sentados en la casa del Profeta conversando. No se daban cuenta de que estaban causando molestias, y él era demasiado tímido para indicarles que debían marcharse. Salió de la casa para visitar a sus otras esposas y luego regresó, solo para encontrar a los tres todavía conversando. Volvió a salir y después una tercera vez. Entonces le informaron de que se habían marchado y regresó junto a su esposa. Así pues, cuando se trataba de la religión y de cambiar una tradición social firmemente arraigada, hablaba con franqueza, sin importar las consecuencias para él; por otro lado, cuando se trataba de un asunto privado suyo, era demasiado tímido para expresar claramente sus sentimientos.
La humildad era una característica evidente del Profeta. Quizá nada muestre mejor su humildad que la elección que Dios le ofreció al comienzo de su misión profética. Abu Hurayrah relata: El Profeta estaba sentado con el ángel Gabriel cuando levantó la mirada al cielo y vio descender a otro ángel. Gabriel dijo al Profeta: «Es la primera vez que este ángel desciende desde que fue creado». El ángel dijo: «Muhammad, tu Señor me ha enviado para darte a elegir: ¿quieres que te haga rey y Profeta, o siervo suyo y Mensajero?». Gabriel le indicó que fuera humilde ante su Señor. El Profeta dijo: «Prefiero ser siervo de Dios y Su Mensajero». (Transmitido por Ahmad.) Aquella señal del ángel Gabriel dio al Profeta algo más que una indicación sobre su posición ante Dios. Le indicó que Dios ama a quienes no se engrandecen. Por ello, esta fue una característica del Profeta durante el resto de su vida.
Umar ibn al-Jattab relata: «Escuché al Profeta decirnos: “No exageréis mi posición como los cristianos hicieron con Jesús, hijo de María. Solo soy un siervo de Dios. Decid de mí: siervo de Dios y Su Mensajero”». (Transmitido por al-Bujari.) Un hadiz similar, relatado por Anas ibn Malik, menciona que un hombre se dirigió al Profeta diciendo: «Muhammad, eres nuestro señor e hijo de nuestro señor. Eres el mejor de nosotros e hijo de nuestro mejor hombre». El Profeta dijo a los presentes: «Mantened el temor de Dios y no cedáis ante Satanás. Soy Muhammad, hijo de Abdullah. Soy siervo de Dios y Su Mensajero. Por Dios, no me gusta que me elevéis por encima de la posición que Dios me ha concedido». (Transmitido por Ahmad y Abu Dawud.)
La naturaleza humana disfruta recibiendo elogios. Sin embargo, el Profeta era muy consciente de que los elogios exagerados lo elevarían por encima de su posición y, en consecuencia, arruinarían el papel que debía desempeñar en la vida humana. Este papel no se limitaba a su propia generación: se aplicaba a todas las generaciones, pues debía proporcionar el modelo para todos los musulmanes. Quienes exageraran su posición acabarían dejando de seguir su guía, porque se considerarían demasiado inferiores para poder hacerlo. Así se perdería el propósito para el que su vida había sido documentada con tanto esmero. Él era plenamente consciente de ello y, por eso, procuraba inculcar en sus Compañeros el hecho de que era un ser humano corriente, salvo por el mensaje divino que recibía y transmitía. También debía ofrecer un ejemplo tanto en su vida privada como en público.
Uno de nosotros
Los Compañeros del Profeta comprendían la importancia de seguir su ejemplo en todo. Sin embargo, solo podían aprender lo que hacía cuando estaba con ellos. Por esta razón, todo aquel que lo acompañaba relataba lo que decía o hacía. Apreciaban el gran cambio que el islam había introducido en la vida pública. No obstante, necesitaban saber si ese cambio se reflejaba también en sus vidas privadas. Varias personas preguntaron a sus esposas sobre su conducta en casa. Al-Aswad dijo: «Pregunté a Aisha qué hacía el Profeta en casa. Ella respondió: “Atendía las necesidades de su familia. Cuando llegaba la hora de la oración, acudía a ella”». (Transmitido por al-Bujari, Ahmad, al-Tirmidhi y al-Bayhaqi.) Aisha mencionó que le preguntaron qué hacía el Profeta en casa. Respondió: «Solía remendar su ropa, arreglar sus zapatos y hacer todo lo que los hombres necesitaban hacer en casa». (Transmitido por Ahmad y al-Bayhaqi.) A otra persona que le hizo la misma pregunta, Aisha respondió: «Era un hombre corriente: cuidaba su ropa, ordeñaba sus ovejas y se servía a sí mismo». (Transmitido por Ahmad y al-Bayhaqi.)
Cuando estaba con sus Compañeros, los trataba a todos por igual. Abu Hurayrah y Abu Dharr relatan: «El Profeta solía sentarse entre sus Compañeros como uno de ellos. Podía llegar un desconocido y no saber cuál de ellos era el Mensajero de Dios. Tenía que preguntar». (Transmitido por al-Nasa’i.) De hecho, varios hadices hablan de personas que llegaban de distintas partes de Arabia: cuando entraban en la mezquita, preguntaban a los presentes: «¿Cuál de vosotros es Muhammad?». Además, casi todos sentían que estaban muy cerca del Profeta. En su trato con sus Compañeros, el Profeta no los dividía en clases o grupos, pues consideraba importante a cada uno. Abu Hurayrah relata: Un hombre negro —o quizá una mujer negra— solía limpiar la mezquita. Después murió, pero el Profeta no fue informado de su muerte. Unos días más tarde, el Profeta preguntó por él, queriendo saber por qué estaba ausente. Le dijeron que había muerto. Él dijo: «¿Por qué no me informasteis?». Le dieron alguna excusa, dejando claro que no consideraban importante aquella noticia. El Profeta dijo: «Mostradme su tumba». Fue al cementerio y ofreció la oración por el difunto. (Transmitido por al-Bujari, Ahmad, Abu Dawud e Ibn Majah.)
El Profeta aceptaba la invitación de cualquiera que le ofreciera compartir una comida con él, aunque la comida fuera muy pobre. Abu Hurayrah cita al Profeta diciendo: «Si me invitan a una comida que consista solo en la parte final de una pata, aceptaré; y si me envían como regalo la parte final de una paletilla, aceptaré». (Transmitido por al-Bujari.) Esta aceptación no se limitaba a los musulmanes, pues Anas relata que «un judío invitó al Profeta a una comida de pan de cebada y grasa ligeramente podrida. Él aceptó». (Transmitido por Ibn Sa’d.) Sus Compañeros comprendían que el Profeta tenía un carácter sencillo. Uno de ellos nos cuenta: El Profeta poseía cualidades totalmente distintas de las de quienes ejercían el poder. Aceptaba la invitación de cualquier persona. Podía encontrar un dátil en la calle, recogerlo y comerlo, preocupado únicamente por que pudiera ser una limosna. Podía montar un burro sin silla. (Transmitido por Ibn Sa’d.)
La nobleza en su máxima expresión
El Profeta era muy bondadoso con los pobres. Quería que sintieran que su pobreza no afectaba su posición en la comunidad musulmana y que no los colocaba en una posición inferior ante Dios.
Generoso con todos
El Profeta era la persona más generosa. Daba todo lo que tenía, incluso cuando realmente lo necesitaba. Toda la gente de aquella época lo sabía, y acudía a él en cualquier momento con sus peticiones; él no rechazaba a nadie. Gastaba en los demás y se quedaba sin nada. Jabir ibn Abdullah resumió esto diciendo: «El Mensajero de Dios nunca dijo “no” a la petición de nadie». (Transmitido por al-Bujari, Muslim y Ahmad.)
Sahl ibn Sa’d relata que una mujer llevó al Profeta una prenda que había bordado. Le dijo: «Mensajero de Dios, he decorado esta prenda con mis propias manos para regalártela». El Profeta la tomó y le dio las gracias. El narrador menciona que el Profeta necesitaba aquella prenda. Continúa: «El Profeta salió hacia nosotros llevándola como prenda inferior. Uno de nosotros la tocó y dijo: “Mensajero de Dios, dámela para vestirla”». El Profeta dijo: «Sí». Se sentó un rato con nosotros y luego se marchó. La dobló y se la envió al hombre. Algunos le dijeron: «No has obrado bien. Le pediste que te la diera sabiendo que no rechazaría a nadie». El hombre dijo: «Por Dios, solo la quería para que fuera aquello con lo que me envolvieran cuando muriera». Se utilizó con ese fin. (Transmitido por al-Bujari, Ahmad, Ibn Majah y al-Bayhaqi.)
Esta historia muestra la profundidad de la fe que tenían. El hombre no quería la prenda para vestirla, sino para usarla como mortaja cuando muriera. Serviría como testimonio que se presentaría ante Dios el Día del Juicio, dando fe de su aceptación del islam y de su seguimiento del Profeta. Esto también muestra que todos los Compañeros del Profeta conocían su generosidad, lo que significaba que no rechazaría ninguna petición. Por eso reprocharon al hombre que quiso llevarse la prenda cuando se dieron cuenta de que el Profeta la necesitaba.
En efecto, existen numerosas historias sobre la generosidad del Profeta. Todas ellas hablan de un hombre que era más feliz cuando había entregado todo lo que tenía. Según un relato, una vez tenía diez dírhams4 y compró una camisa por cuatro dírhams. Salió vestido con ella, pero un hombre de los ansar le pidió: «Mensajero de Dios, necesito una camisa. ¿Quieres darme una?». El Profeta se quitó la camisa y se la dio. Después volvió a la tienda y compró otra camisa por cuatro dírhams. Mientras se alejaba, vio a una sirvienta llorando en la calle. Le preguntó qué la hacía llorar. Ella dijo que su gente le había dado dos dírhams para comprar harina para hornear, pero que había perdido el dinero. El Profeta le dio los dos dírhams restantes. Ella los tomó, pero continuó llorando mientras se alejaba. Él le preguntó por qué lloraba si ya tenía el dinero. Ella dijo que temía ser castigada. Él la llevó a su casa. Cuando llegó a la puerta, saludó a quienes estaban dentro. Reconocieron su voz, pero permanecieron en silencio hasta que repitió el saludo tres veces. Ellos respondieron. Les preguntó si lo habían oído la primera vez. Dijeron que sí, pero que querían oír más de sus saludos. Preguntaron: «¿Qué buen augurio te trae a nosotros?». Él dijo: «Esta sirvienta vuestra temía que la golpearais». Su amo dijo: «La libero por Dios y por el hecho de que la has traído a casa». El Profeta dijo que ciertamente recibirían una abundante recompensa de Dios. Luego dijo: «Dios nos ha bendecido con esos diez dírhams: ha dado una camisa a Su Mensajero y otra a un hombre de los ansar, y ha concedido la libertad a una esclava. Alabo a Dios por habernos provisto con Su gracia». (Transmitido por al-Haythami y al-Tabarani.) 4 El dírham era la unidad monetaria de plata de aquella época. Diez dírhams equivalían a un dinar, que era la unidad monetaria de oro.
El más valiente de los hombres
Muchos de los Compañeros del Profeta confirmaron que era el más valiente de todos ellos. Entre sus Compañeros había ciertamente muchos hombres valerosos. Por ejemplo, los ansar eran conocidos por su valentía. Tenían que ser valientes, pues antes del islam habían librado muchas batallas, entre ellos y contra fuerzas externas. En Medina había varias tribus judías que habían formado alianzas con las dos principales tribus árabes de la ciudad. En distintas ocasiones estallaron combates entre ellas. Sin embargo, todos dieron testimonio de la valentía del Profeta. Anas ibn Malik, que pertenecía a los ansar, relata: El Profeta era la mejor y más valiente de las personas. Una noche, los habitantes de Medina despertaron por un ruido aterrador. Salieron en dirección al ruido. Pronto se encontraron con el Profeta, que regresaba después de haber averiguado la causa. Montaba un caballo sin silla perteneciente a Abu Talhah y llevaba su espada alrededor del cuello. Dijo a la gente: «No tenéis nada que temer; no tenéis nada que temer». Luego señaló al caballo y dijo: «Es un caballo excelente y veloz». (Transmitido por al-Bujari, Muslim, Ahmad, al-Tirmidhi, Abu Dawud e Ibn Majah.)
La nobleza en su máxima expresión
Como se señaló en el capítulo 2, en la batalla de Hunayn el ejército musulmán sufrió un revés inicial que sumió a la gente en el caos, y muchos musulmanes se dirigieron en distintas direcciones. El Profeta y unos pocos de sus Compañeros permanecieron firmes. Dijo a su tío al-Abbas, que tenía una voz potente, que llamara a los ansar. En cuanto lo oyeron, comenzaron a regresar en masa hacia el Profeta. Tuvieron que luchar con gran dureza para resistir el ataque de los incrédulos, hasta que finalmente lograron hacerlos retroceder. Refiriéndose a aquella difícil lucha, al-Bara’, que pertenecía a los ansar, dijo: «Por Dios, cuando las cosas se pusieron muy difíciles para nosotros, el Profeta nos protegía. El más valiente de nosotros era quien permanecía en la fila junto a él». (Transmitido por Muslim.) Ali, famoso por su extraordinaria valentía, lo confirma: «Cuando la batalla se encarnizó y los combatientes se enfrentaron, el Mensajero de Dios nos protegía. Nadie estaba más cerca del enemigo que él». (Transmitido por al-Hakim, Ahmad y al-Bayhaqi.)
Con sentido del humor
Con una misión que le exigía transmitir íntegramente el mensaje de Dios a toda la humanidad y establecer una forma de vida completamente distinta de todo lo que se conocía en el mundo, el Profeta debía afrontar la vida con mucha seriedad. Ciertamente, consideraba su responsabilidad con gran seriedad. Se ocupaba de ella a todas horas del día y de la noche, procurando tratar a todas las personas con respeto. Se aseguraba de estar accesible para todos. Una pregunta pertinente es si, teniendo en cuenta una responsabilidad tan pesada, el Profeta tenía sentido del humor. Y, si lo tenía, ¿cómo era? La respuesta la ofrecen los primeros eruditos, quienes dijeron: «Todas las personas sentían respeto y temor reverencial ante el Profeta. Por ello, procuraba relajar a la gente con un poco de diversión». Sin embargo, nunca decía nada falso, ni en serio ni en broma. En un ejemplo, un hombre pidió al Profeta que le diera una montura, pues necesitaba viajar. El Profeta le dijo: «Te daré la cría de una camella». El hombre protestó diciendo que sería demasiado débil para ese propósito. El Profeta sonrió y dijo: «¿Acaso un camello fuerte no es la cría de una camella?». (Transmitido por al-Tirmidhi y Abu Dawud.)
Un beduino llamado Zahir solía acudir a Medina y regalar al Profeta obsequios de la región desértica. Cuando Zahir se marchaba para regresar a su casa, el Profeta le daba lo que necesitaba para el viaje. El Profeta decía de él: «Zahir es nuestro hermano del desierto y nosotros somos su gente de la ciudad». Anas, que relata este hadiz, menciona que al Profeta le agradaba Zahir, aunque era de aspecto feo. Una vez se encontraba en Medina vendiendo algunas mercancías. El Profeta se acercó por detrás y lo abrazó, pero Zahir no podía verlo, así que dijo: «¿Quién es? Déjame». Logró mirar hacia atrás y reconoció al Profeta. Entonces ya no le molestó tener la espalda contra el pecho del Profeta. El Profeta dijo en voz alta: «¿Quién comprará a este esclavo?». Zahir dijo: «Mensajero de Dios, tu mercancía no se puede vender». El Profeta dijo: «Pero ante Dios eres valioso». (Transmitido por Ahmad y al-Bayhaqi.) Aquí debe señalarse que, aunque el Profeta se refirió a Zahir como «esclavo», utilizó la palabra árabe abd, que también significa «siervo de Dios».
Acompañado de un sentido moderado del humor, que se limitaba a decir únicamente lo que era verdad, el Profeta tenía un rostro alegre que acogía a todos. Sin embargo, no reía de forma estruendosa ni exagerada. Aisha relata: «Nunca vi al Mensajero de Dios reírse de tal manera que pudiera ver el interior de su boca. Solo sonreía». (Transmitido por al-Bujari, Abu Dawud y al-Bayhaqi.) Esta descripción concuerda con su manera general de ser. No obstante, una sonrisa en un rostro alegre proporciona calidez y un aire de cordialidad. El Profeta generaba a menudo ese ambiente entre sus Compañeros.
Abu Dharr relata: Conozco a la última persona que entrará en el Paraíso y a la última que saldrá del Infierno. Es un hombre que será llevado el Día del Juicio. Se ordenará a los ángeles que le presenten sus pecados menores, mientras que sus pecados más graves serán apartados. Le dirán: «En tal día hiciste esto y aquello». Él lo reconocerá, pues no podrá negar nada. Estará preocupado por lo que ocurrirá cuando se presenten sus pecados mayores. En ese momento le dirán: «En lugar de cada uno de estos pecados, se te ha acreditado una buena obra». El hombre se volverá y dirá: «Señor mío, cometí otros pecados, pero no me los están presentando». Vi una amplia sonrisa en el rostro del Profeta. (Transmitido por Muslim, Abu Dawud y al-Bayhaqi.)
Lealtad incuestionable
El Profeta era muy leal a sus antiguos amigos y familiares. Es bien sabido que amaba profundamente a su primera esposa, Jadiya. Vivió con ella durante veinticinco años. Ella apoyó firmemente sus esfuerzos cuando se convirtió en el Mensajero de Dios. Aunque la poligamia era entonces una práctica normal en Arabia —como lo era en gran parte del mundo—, no se casó con otra esposa mientras ella vivió. Sin embargo, sus esposas posteriores sentían celos de ella. Aisha relata: Nunca sentí celos de ninguna mujer como los sentí de Jadiya, aunque ella murió antes de que el Profeta se casara conmigo. Esto se debe a que él la mencionaba con frecuencia y Dios le ordenó darle la feliz noticia de que tendría una hermosa casa en el Paraíso. El Profeta solía sacrificar una oveja y enviar porciones de su carne como regalos a las amigas de Jadiya. (Transmitido por al-Bujari.) Aisha también relata que una anciana acudió al Profeta cuando él estaba en mi casa. Él le preguntó quién era. Ella dijo: «Soy Jaththamah, de Muznah». Él dijo: «No, eres Hassanah, de Muznah. ¿Cómo estás? ¿Se encuentran bien los tuyos? ¿Cómo te fue después de dejarnos?». Ella le dijo que estaba bien y alabó a Dios por ello. Cuando se marchó, le pregunté por qué había sido tan acogedor con una mujer tan anciana. Él dijo: «Ella solía visitarnos cuando Jadiya estaba viva. Mantenerse leal a los demás forma parte de la fe». (Transmitido por al-Hakim.)
Reconocer los derechos de antiguos conocidos o familiares era característico del Profeta, incluso en el caso de personas con las que no había tenido contacto durante mucho tiempo. La batalla contra Hawazin tuvo lugar hacia el final del octavo año desde el establecimiento del Profeta en Medina, lo que significa que entonces tenía sesenta y un años. Sin embargo, su lealtad hacia quienes habían tenido una relación con él trascendía el paso del tiempo. Después de la batalla llevaron ante el Profeta a una mujer de unos sesenta y tantos años. Ella le dijo: «Mensajero de Dios, soy tu hermana. Soy Shayma’ bint al-Harith». Reclamaba esa relación porque su madre, Halimah, había sido la nodriza del Profeta y lo había amamantado cuando era pequeño. Es bien sabido que el Profeta permaneció con Halimah hasta los cuatro años. Cuando ella dijo esto, el Profeta respondió: «Si es así, debes llevar en ti una marca que yo te causé. El paso del tiempo no borrará esa marca». Ella descubrió la parte superior de su brazo y dijo: «Es verdad, Mensajero de Dios. Te llevaba cuando eras pequeño y me mordiste el brazo, causándome esta marca». El Profeta extendió su manto superior en el suelo para que ella se sentara y le dijo: «Se te concederá cualquier cosa que pidas, y se aceptará tu intercesión en favor de quien quieras».5 Le ofreció quedarse con él o volver junto a su gente. Ella eligió lo segundo, y él le dio generosos regalos antes de que partiera. 5 Al-Bayhaqi, Dala’il al-Nubuwwah, vol. 5, El Cairo, 1988, pp. 199-200.
Una vida de pobreza
El Profeta prefería una vida de pobreza. Podría haber llevado una vida muy cómoda y disfrutado de grandes riquezas, pero prefería vivir compartiendo los sentimientos de los pobres. Abu Umamah cita al Profeta diciendo: Dios me ofreció convertir en oro las llanuras de La Meca para mí. Yo dije: «No, Señor mío. Prefiero saciarme un día y pasar hambre al día siguiente. Cuando tenga hambre, Te glorificaré y Te pediré ayuda; y cuando coma, Te alabaré y Te daré gracias». (Transmitido por Ahmad y al-Tirmidhi.) Esta preferencia por la pobreza fue mucho más clara durante su estancia en Medina. Como se explicó en el capítulo 1, Muhammad se ganó la vida primero como pastor y después como agente de Jadiya, atendiendo sus negocios. Cuando se casó con Jadiya, llevó una vida cómoda. Fue después de emigrar a Medina cuando prácticamente no tuvo nada y vivió de una manera que significaba comer bien un día y pasar hambre al siguiente. Sin embargo, comer bien era algo relativo: una comida muy sencilla era para él un lujo. Aisha relata: «La familia de Muhammad nunca tuvo suficiente pan para comer durante tres noches consecutivas desde que él llegó a Medina hasta que falleció». (Transmitido por al-Bujari, Muslim, Ahmad, al-Tirmidhi e Ibn Majah.) También relata: «Siempre que la familia de Muhammad tenía dos comidas en un día, una de ellas consistía necesariamente en dátiles». (Transmitido por al-Bujari y al-Hakim.) Los dátiles eran el alimento más barato de Medina y constituían la dieta básica de aquella gente.
Mucho puede decirse sobre la preferencia del Profeta por una vida de pobreza. Existen numerosos relatos que muestran que su elección fue meditada. Por ejemplo, Umar ibn al-Jattab menciona que una vez entró en una habitación donde el Profeta estaba recostado sobre una estera dura. Cuando Umar se sentó, observó que el Profeta solo llevaba una camisa y que la estera había dejado marcas en su cuerpo: Miré alrededor de la habitación y vi en el armario un puñado de cebada que apenas llenaría las manos juntas de un hombre y un puñado de material vegetal marchito. También vi una piel sin teñir. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Él preguntó: «¿Qué te hace llorar?». Respondí: «Mensajero de Dios, ¿cómo puedo contener las lágrimas al ver las marcas que esta estera ha dejado en tu cuerpo y tu armario casi vacío, mientras los emperadores de Persia y Bizancio viven en el lujo? Tú eres aquel a quien Dios ha elegido como Su Mensajero y no tienes más que lo que hay en este armario». Él me dijo: «Umar, ¿no te alegrará saber que ellos pueden tener el lujo de este mundo mientras nosotros tenemos la felicidad de la vida futura?». Respondí: «Sí, ciertamente». (Transmitido por Muslim.)
Esta atención a lo que traería la vida futura era, en efecto, la clave de la visión del Profeta sobre las comodidades y los lujos de la vida presente. Hizo todo lo posible por inculcar esa misma visión en sus Compañeros y seguidores. Abu Hurayrah cita al Profeta diciendo: Si tuviera una montaña de oro, me gustaría no conservar nada de ella después de tres noches, siempre que hubiera personas que la recibieran, salvo algo que pudiera guardar para pagar una deuda que tuviera. (Transmitido por al-Bujari.)
Esta actitud refleja su absoluta confianza en Dios. Es prueba de una completa entrega a Dios, que es precisamente el significado del islam. Por la misma razón, Muhammad solía evitar conservar dinero consigo durante la noche: si recibía dinero por la mañana, lo había entregado antes del mediodía; y si lo recibía por la tarde, lo daba antes de acostarse.6 Esta actitud se mantuvo hasta el último día de su vida. Aisha relata que, poco antes de su última enfermedad, el Profeta dejó con ella seis o siete dinares y le indicó que los diera como limosna. Sin embargo, su enfermedad la mantuvo ocupada. Cuando pareció mejorar, le preguntó por aquellos dinares. Ella le dijo que la enfermedad la había mantenido ocupada y que aún los tenía. Él pidió que se los trajera. Cuando tuvo el dinero en la mano, dijo: «¿Qué pensaría un Profeta si se encontrara con Dios llevando esto consigo?». (Transmitido por Ahmad.) 6 Al-Bayhaqi, Al-Sunan al-Kubra, Beirut, s. f., vol. 6, p. 357.
Cuando observamos la forma en que vivían el Profeta y su familia, caracterizada por la completa ausencia de lujo y la alegre aceptación de la pobreza, debemos recordar siempre que todo fue cuestión de elección. Podría haber tenido grandes riquezas y un reino, pero su preferencia era una señal de su entrega total a Dios. Sin embargo, había otro aspecto: el Profeta era muy consciente de la situación de sus Compañeros y quería compartir sus sentimientos. Si tenía algo, quería compartirlo con el mayor número posible de personas, porque quería que todos tuvieran lo que él tenía. Del mismo modo, nunca se concedía preferencia sobre sus Compañeros ni sobre los miembros de su familia. Por ejemplo, Ali era primo y yerno del Profeta. Relata: Una noche no teníamos nada para cenar y nos acostamos sin haber comido. Por la mañana salí. Más tarde regresé a casa y encontré a Fátima, mi esposa, triste. Le pregunté qué le causaba tristeza. Ella dijo: «Anoche no tuvimos cena y esta mañana no tenemos nada que comer. No tenemos nada para la cena». Volví a salir y logré ganar algo de dinero. Compré carne y comida por un dírham y se lo llevé. Ella horneó y cocinó. Cuando la comida estuvo lista, dijo: «¿Quieres ir a invitar a mi padre?». Fui a buscarlo y lo encontré recostado en la mezquita. Decía: «Busco refugio en Dios contra la sensación de hambre mientras estoy recostado». Le dije: «Mensajero de Dios, tenemos algo de comida y nos gustaría que vinieras». Caminó conmigo apoyándose en mí. Entró cuando la comida aún hervía en la cacerola. Dijo a su hija: «Envía algo de comida a Aisha». Ella puso comida en un plato y se la envió. Él dijo: «Envía algo a Hafsah». Ella lo hizo. Continuó así hasta que ella hubo enviado un plato a cada una de sus nueve esposas. Luego le dijo: «Sirve algo para tu padre y para tu marido». Ella lo hizo. Él dijo: «Ahora sírvete y come». Ella lo hizo. Dejó la cacerola, que aún estaba llena de comida. Comimos de aquella comida durante algún tiempo.7 7 Ibn Sa’d, Al-Tabaqat al-Kubra, vol. 1, p. 186.
CAPÍTULO 11
un líder sumamente bondadoso Anas ibn Malik era joven, quizá tenía doce o trece años, o tal vez menos, pero era inteligente. A diferencia de la mayoría de los niños de su edad en Medina en aquella época, sabía leer y escribir. Además, tenía buena memoria. Su padrastro lo llevó ante el Profeta poco después de su llegada a Medina y dijo: «Anas es un buen muchacho, Mensajero de Dios. Permítele ser tu sirviente». Ese fue el comienzo de una estrecha relación entre Anas ibn Malik y el Profeta, que duró hasta el fallecimiento del Profeta diez años después. Algunos visitantes de Medina comentaban que creían que Anas y su madre, Umm Sulaym, pertenecían a la familia del Profeta «por la frecuencia con que entraban en las casas del Profeta». La manera en que una persona trata a sus sirvientes es un claro indicio de su personalidad: la gente tiende a comportarse con naturalidad con un sirviente, sin temer ninguna reacción. Esto era particularmente cierto en la sociedad árabe al comienzo del islam. Las clases más débiles sufrían invariablemente malos tratos y abusos, y esto se aplicaba a los esclavos, los sirvientes, las mujeres y los aliados.1 Sin embargo, Anas ibn Malik afirma que recibió un trato muy diferente mientras servía al Profeta: «Lo serví en la ciudad y durante los viajes. Por Dios, nunca me preguntó acerca de nada que hubiera hecho, por qué lo había hecho de la manera en que lo hice; ni me preguntó jamás por algo que hubiera omitido, por qué no lo había hecho». (Transmitido por al-Bujari, Muslim, Ahmad y al-Tirmidhi.) 1 Los aliados eran individuos que se vinculaban a las tribus mediante un lazo de lealtad llamado «alianza». No pertenecían a la tribu por nacimiento y se habían separado de sus propias tribus por una razón u otra. Se les exigía cumplir todos los deberes que cumplían los miembros de la tribu, pero tenían menos privilegios. Algunos aliados eran antiguos esclavos que habían obtenido su libertad y habían elegido permanecer con sus antiguos amos.
Una versión más extensa de este hadiz añade las siguientes palabras de Anas: «Espero sinceramente encontrarme con él el Día del Juicio y decirle: “Soy tu pequeño sirviente, Mensajero de Dios”. Lo serví durante diez años en Medina, cuando era joven y mis modales no eran precisamente mi mejor recomendación. Nunca hizo el más leve gesto de desaprobación, ni me dijo jamás: “¿Por qué has hecho esto o por qué has omitido aquello?”». (Transmitido por Ahmad y Abu Dawud.) Esto indica el carácter afable del Profeta. No obstante, debe recordarse que Anas era un adolescente cuando comenzó a servir al Profeta, una edad en la que muchos jóvenes se sienten rebeldes o, al menos, no están dispuestos a que les digan qué hacer. Anas lo insinúa en la segunda versión al decir: «mis modales no eran precisamente mi mejor recomendación». Entonces, ¿qué hacía el Profeta cuando su sirviente se mostraba negligente? Anas relata: «El Mensajero de Dios era de la mejor clase de personas. Un día me envió a hacer un recado. Pensé que no iría, pero en el fondo sentía que debía ir para cumplir lo que el Profeta me había ordenado. Salí y me uní a unos muchachos que jugaban en la calle. Al cabo de un rato, el Profeta me sujetó por la espalda. Me volví para mirarlo y estaba sonriendo. Dijo: “Unays,2 ¿has ido a hacer lo que te mandé?”. Respondí: “Sí, Mensajero de Dios; iré ahora”». (Transmitido por Muslim y Abu Dawud.) Al parecer, el Profeta comprendió que Anas no estaba de humor para cumplir el recado y que prefería jugar con los muchachos en la calle. Le permitió hacerlo durante un rato sin añadir reproches ni palabras duras. Simplemente lo sujetó por la espalda y sonrió, con una pregunta que servía de recordatorio. Este trato no se debía a que aquel sirviente fuera joven; el Profeta demostraba los mejores modales con todas las personas en todo momento. Cuando le preguntaron a [A’ishah por los modales del Profeta, su respuesta comenzó con una pregunta a su interlocutor: «¿Lees el Corán?». Él respondió afirmativamente. Ella dijo: «Los modales del Profeta eran el Corán puesto en práctica». (Transmitido por Muslim, Ahmad y al-Nasa’i.) El Corán ordena únicamente lo bueno. Sus órdenes, recomendaciones y prohibiciones actúan en conjunto para sacar a relucir lo mejor del ser humano. Al parecer, esta pregunta le fue planteada a [A’ishah en varias ocasiones. 2 Esta forma de su nombre es una expresión de cariño.
Un líder sumamente bondadoso A veces ella daba más detalles. En una ocasión recitó los versículos iniciales de la sura 23 («Los creyentes»), que dicen: «En verdad, triunfarán los creyentes, aquellos que son humildes en sus oraciones, que se apartan de todo lo vano, que cumplen con las obras de caridad, que se abstienen de las relaciones sexuales salvo con sus esposas o con aquellas que poseen legítimamente —pues entonces no serán censurados—, pero quienes busquen algo más allá de eso serán transgresores; aquellos que son fieles a sus depósitos y a sus compromisos, y que observan puntualmente sus oraciones. Estos son los herederos que heredarán el Paraíso; allí permanecerán eternamente». (23:1-11.) Después añadió: «Así eran los modales del Mensajero de Dios». El Profeta dio el mejor ejemplo al tratar a la gente con respeto y afecto, sin importar su posición social. En efecto, para él la posición no contaba en absoluto. Todos eran importantes y a todos se les dispensaba el mismo trato. Cuando alguien hablaba con él, le prestaba toda su atención. Le demostraba que estaba profundamente interesado en cuanto aquella persona le decía. Anas relata: «Cuando una persona se encontraba con el Profeta y le estrechaba la mano, el Profeta no retiraba la suya hasta que la otra persona retiraba la propia. Tampoco se apartaba de él hasta que aquella persona se volvía para marcharse. Nunca se le vio adelantar las rodillas hacia alguien que estuviera sentado con él». (Transmitido por al-Tirmidhi y al-Bayhaqi.) Lo mismo ocurría cuando alguien quería susurrarle algo al Profeta. Anas relata: «Nunca vi al Profeta apartar la cabeza cuando un hombre le susurraba algo hasta que aquel hombre apartaba la suya. Tampoco vi al Profeta soltar la mano de otra persona hasta que la otra persona soltaba la suya». (Transmitido por Abu Dawud y al-Bayhaqi.) Estos relatos confirman una característica del Profeta: prestaba toda su atención a quienquiera que hablara con él o lo acompañara. No daba ni la más leve señal de que la otra persona debiera detenerse. Además, recibía calurosamente a todo el que acudía a él. Jarir ibn [Abdullah relata: «El Mensajero de Dios nunca se negó a recibirme desde que abracé el islam. Cada vez que me veía, sonreía». Toda delegación que llegaba a Medina era recibida con calidez. Incluso quienes durante mucho tiempo se habían opuesto al islam y habían luchado contra él eran recibidos si acudían a ver al Profeta con una actitud abierta. Si el visitante era uno de los primeros musulmanes, la bienvenida del Profeta era aún más cálida. Le preguntaron a Abu Dharr si el Profeta estrechaba la mano de sus Compañeros. Dijo: «Me estrechaba la mano cada vez que me encontraba con él. Un día mandó llamarme, pero yo no estaba en casa. Cuando regresé, me lo dijeron. Fui a verlo y estaba recostado en su cama. Me abrazó. Eso fue aún mejor que un apretón de manos». (Transmitido por Abu Dawud.)
Perfección en los modales sociales Cuando el Profeta se encontraba con la gente, preguntaba cómo estaba. Anas relata: «Cuando el Profeta se encontraba con alguien, le preguntaba cómo se encontraba. Si el hombre decía que estaba bien y alababa a Dios, el Profeta suplicaba por él: “Que Dios te conserve bien”». (Transmitido por Ahmad.) Del mismo modo, si alguien se ausentaba durante tres días, el Profeta preguntaba por él. Si se había marchado, suplicaba por él; si estaba en casa, lo visitaba; y si estaba enfermo, también lo visitaba. (Transmitido por Abu Ya[la.) Al Profeta le gustaba sentarse con sus Compañeros y escuchar sus conversaciones. A menudo lo hacía después de la oración del alba, permaneciendo en la mezquita hasta después de la salida del sol. Podían dedicar parte de ese tiempo a conversaciones ordinarias, recordando sus días anteriores al islam y mencionando el cambio que el islam había introducido en sus vidas. Si bromeaban y reían, él se unía con una sonrisa alegre.3 El nieto del Profeta, al-Husayn ibn [Ali, pidió a su padre que describiera detalladamente los modales y las acciones del Profeta. Una parte de la respuesta detallada de [Ali se refería a su comportamiento al encontrarse con la gente. [Ali dijo: «El Mensajero de Dios glorificaba a Dios cada vez que se sentaba o se levantaba para marcharse. No se reservaba un lugar determinado y, de hecho, aconsejaba no hacerlo. Cuando se unía a un grupo de personas, se sentaba al final del grupo y animaba a los demás a hacer lo mismo. Daba a cada persona presente su parte de atención. Quien se sentaba con él pensaba que era la persona más cercana a él». 3 Muslim, Sahih, Kitab al-Masajid wa Mawadi[ al-Salat (Libro sobre las mezquitas y los lugares de oración).
Un líder sumamente bondadoso «Cuando alguien se sentaba con él para tratar un asunto concreto o explicar una necesidad, el Profeta permanecía con él hasta que se marchaba. Si alguien le pedía algo, se lo daba o, al menos, le dirigía palabras amables. Sus modales afables y amistosos se extendían a todos. Era como un padre para todos sus Compañeros. Para él, todos eran iguales y tenían los mismos derechos. La tolerancia, la modestia, la perseverancia y la honestidad eran las características de sus reuniones. Allí nunca se alzaban las voces ni se pronunciaban obscenidades. Se pasaban por alto los errores. Las personas se distinguían únicamente por su piedad. Mostraban humildad, respetaban a los ancianos y eran compasivas con los jóvenes. Ayudaban al necesitado y cuidaban del forastero». A otra pregunta sobre la interacción del Profeta con quienes lo acompañaban, [Ali respondió: «El Mensajero de Dios siempre estaba alegre y era de trato fácil. No era áspero ni duro en sus modales. Nunca empleaba un lenguaje vulgar u obsceno ni hablaba mal de nadie. Pasaba por alto aquello que le desagradaba. No hacía que nadie perdiera la esperanza ni se sintiera decepcionado. Evitaba tres cosas: las discusiones inútiles, los excesos y aquello que no le concernía. Nunca atacaba, avergonzaba ni buscaba defectos en nadie. Solo decía aquello de lo que esperaba obtener la recompensa de Dios. Cuando hablaba, todos le prestaban atención. Solo hablaban cuando él callaba. No discutían en su presencia. Escuchaban a quien hablaba hasta que terminaba… Reía de aquello que les hacía reír y se maravillaba de aquello que les causaba asombro. Era paciente con cualquier forastero, animándolo a exponer su caso y formular su pregunta. De hecho, sus Compañeros se apresuraban a llevarle a esos forasteros. Decía: “Si veis a alguien que necesita algo, ayudadlo”. No aceptaba elogios salvo como reconocimiento de algo que había hecho. Nunca interrumpía a nadie, sino que escuchaba lo que tenía que decir». Al-Husayn preguntó también por los momentos en que el Profeta permanecía pensativo y silencioso. La respuesta de [Ali señaló que el silencio del Profeta respondía a uno de cuatro propósitos: tolerancia, cautela, deliberación o contemplación. Deliberaba para considerar lo que oía de la gente, mientras que contemplaba lo que perduraba y lo que perecía. Combinaba la tolerancia con la paciencia y, como resultado, nunca se enfadaba ni se dejaba provocar. Su cautela se manifestaba de varias maneras: siempre elegía lo bueno y abandonaba lo malo, para que la gente siguiera su ejemplo; siempre pensaba en aquello que beneficiaría a su comunidad; y siempre se esforzaba por señalar lo que produciría lo mejor en esta vida y en la vida futura».4 Otro aspecto de la manera en que el Profeta trataba a la gente era que ofrecía una bienvenida especial a los dignatarios de otras tribus y comunidades. Honrar a tales dignatarios era una actitud natural del Profeta. Sin embargo, enseñó a sus Compañeros que esto estaba relacionado con la buena fe. Al hacerlo delante de sus Compañeros, subrayaba que esas acciones no eran simplemente el cumplimiento de buenos modales; eran el comportamiento natural de todos los creyentes. Por ejemplo, Jarir ibn [Abdullah, jefe de la tribu Bajilah del Yemen, acudió una vez al Profeta, que estaba sentado con sus Compañeros. Nadie se movió para ofrecer a Jarir ibn [Abdullah un lugar donde sentarse, pues todos querían estar lo más cerca posible del Profeta. El Profeta se quitó su prenda exterior y se la arrojó a Jarir. Jarir tomó la prenda del Profeta, se la puso sobre el rostro y el cuello, la besó y se frotó los ojos con ella. Dijo al Profeta: «Que Dios te conceda Sus favores, del mismo modo que tú me has favorecido». Después puso la prenda sobre la espalda del Profeta. El Profeta dijo a sus Compañeros: «Quien crea en Dios y en el Día del Juicio debe honrar a un dignatario cuando venga a visitarlo».5
Sin agravios personales El Profeta quería asegurarse de que nadie tuviera un agravio personal contra él. Si golpeaba o rozaba involuntariamente a alguien, le ofrecía la posibilidad de devolverle el golpe. Abu Sa[id al-Khudri relata que el Profeta estaba cortando algo cuando un hombre se acercó a él. El Profeta lo golpeó accidentalmente con un bastón que tenía en la mano y le causó una herida en el rostro. El Profeta dijo: «Vamos, toma tu represalia». El hombre dijo: «Renuncio a ella, Mensajero de Dios». (Transmitido por Ahmad, al-Nasa’i y Abu Dawud.) Algunos de los Compañeros del Profeta aprovechaban ocasiones así para demostrar su amor por el Profeta, que les era más querido que sus propios hijos. Usayd ibn Hudayr, de los Ansar, era una persona alegre y con buen sentido del humor. En una ocasión hablaba con algunas personas que estaban con el Profeta y las hizo reír. El Profeta lo tocó en el costado con un dedo. Usayd dijo: «Me has hecho daño». El Profeta dijo: «Entonces tócame tú». Usayd dijo: «Tú llevas una camisa y yo no». El Profeta levantó su camisa para permitirle devolverle el golpe, pero Usayd lo abrazó y besó su costado. Dijo: «Esto es precisamente lo que quería». (Transmitido por al-Bayhaqi.) Estrechamente relacionado con esto estaba el empeño del Profeta en que la gente no albergara ninguna duda sobre su conducta. Si lo veían con una mujer, quería que supieran quién era ella. Safiyyah, su esposa, relató que durante el tiempo en que el Profeta permanecía en la mezquita los últimos diez días de Ramadán, ella fue una vez a visitarlo. Pasó algún tiempo hablando con él en la mezquita y luego se despidió. Él se levantó para acompañarla a casa. Cuando estaban en la puerta de la mezquita, pasaron dos hombres de los Ansar. El Profeta les dijo: «Esperad un momento. Esta es Safiyyah bint Huyayy». Ellos dijeron: «Gloria a Dios, Mensajero de Dios». Pensaron que era grave que el Profeta hubiera tenido que aclarárselo. El Profeta los tranquilizó diciendo: «Satanás puede llegar a las personas como llega la propia sangre. Temí que algún pensamiento cruzara por vuestras mentes». (Transmitido por al-Bujari, Muslim, Ahmad y Abu Dawud.)
Cuidar de todos El Profeta quería lo mejor para todos sus Compañeros. La historia de aquel período muestra que muchas personas tenían nombres extraños y que algunos de ellos tenían significados desafortunados. Una tribu importante era conocida como la tribu Kalb, un nombre que significaba «perro». Abu Sufyan, jefe de La Meca, tenía un hijo al que llamó Hanzalah, que significaba una planta amarga. El Profeta dejó claro a todos los musulmanes que todo niño tiene derecho a recibir un buen nombre: es responsabilidad de los padres elegir buenos nombres para sus hijos. Cuando [Ali, que estaba casado con la hija del Profeta, Fatimah, tuvo su primer hijo, lo llamó Harb, que significaba «guerra». El Profeta lo cambió por Hasan, que significaba «bueno, agradable». [Ali quiso llamar Harb también a su segundo hijo, pero el Profeta lo llamó Husayn, que es una forma cariñosa de Hasan. El Profeta fue más allá y cambió todos los nombres negativos. [Umar tenía una hija llamada [Asiyah, que significaba «desobediente», pero el Profeta le cambió el nombre por Jamilah, que significaba «bonita». Del mismo modo, el Mensajero de Dios pasó una vez por una aldea llamada [Afrah, que significaba «polvorienta», pero le cambió el nombre por Khadirah, que significaba «llena de verdor». Este era un aspecto del cuidado que el Profeta dispensaba a sus Compañeros. Una manifestación clara de ese cuidado puede verse en los esfuerzos del Profeta por garantizar que ninguno de sus Compañeros fuera recordado después de su muerte por una deuda impagada. Sin embargo, en los primeros años de su vida en Medina, la comunidad musulmana era muy pobre y el Estado no tenía fondos. Abu Hurayrah relata que se podía llevar a una persona fallecida a la mezquita para la oración antes de su entierro. El Profeta preguntaba si tenía dinero suficiente para saldar alguna deuda pendiente. Si le decían que había suficiente para ese fin, dirigía la oración por el difunto. Si le informaban de que no era así, decía a los presentes que rezaran por él ellos mismos. Más tarde, cuando disponía de abundantes recursos, solía decir: «Estoy más cerca de los creyentes que ellos mismos. Quien muera dejando una deuda pendiente, yo la pagaré. Y quien deje bienes, estos pertenecerán a sus herederos». (Transmitido en las seis colecciones auténticas de hadices.) La pregunta que surge aquí es por qué el Profeta no ofrecía la oración por el difunto que hubiera muerto antes de poder saldar sus deudas, dado que una persona así necesita las súplicas del Profeta más que la mayoría. El Profeta pretendía con ello animar a los parientes y miembros de la tribu a presentarse y comprometerse a pagar las deudas. Funcionó, pues eso fue precisamente lo que ocurrió. Los familiares del difunto no querían que su pariente se viera privado de esa oración del Profeta. Por ello, se adelantaban y asumían el pago. Esto respondía directamente a su principal preocupación por la defensa del derecho: el acreedor tenía una reclamación legítima que no debía descuidarse. El Profeta dejó claro que, así como los parientes cercanos reciben partes de la herencia cuando el difunto es rico, también deben ser generosos cuando el difunto es pobre. Para el Profeta, una deuda era algo que debía pagarse cuanto antes. Por eso trataba de ayudar a los Compañeros que estaban endeudados. Por ejemplo, un hombre de los Ansar, [Abdullah ibn [Amr ibn Haram, murió en la batalla de Uhud. Tenía una deuda pendiente consistente en una cantidad determinada de dátiles. Su hijo, Jabir, se quejó al Profeta de que la cosecha de su huerto no sería suficiente y de que el acreedor, que era judío, no quería aplazar la deuda. El Profeta se aseguró de que la deuda se pagara a tiempo. El pago de las deudas pendientes contraídas por individuos de la comunidad musulmana era un aspecto del cuidado que el Profeta dispensaba a todos sus Compañeros, especialmente a quienes se encontraban en una posición de debilidad. Tanto si la debilidad se debía a la posición social, a la ignorancia o a un error de juicio, el Profeta procuraba corregir los errores, ofrecer instrucciones sencillas y elevar la condición de todos sus Compañeros. Anas ibn Malik relata: «Estábamos con el Mensajero de Dios en la mezquita cuando se acercó un beduino. Entonces se puso de pie y comenzó a orinar en la mezquita. Los Compañeros del Profeta le dijeron que se detuviera. El Profeta dijo: “Dejadlo. No lo detengáis”. Lo dejaron terminar de orinar. Después el Profeta lo llamó y le dijo: “Las mezquitas no son lugares donde la gente pueda orinar o arrojar su basura. Son lugares donde las personas pasan el tiempo glorificando a Dios, ofreciendo oraciones y leyendo el Corán”. Luego ordenó a un hombre que llevara un cubo de agua y lo vertiera sobre el lugar donde el beduino había orinado». (Transmitido por al-Bujari y Muslim.) Es evidente que un lugar de culto no debe utilizarse como retrete. En concreto, la mezquita del Profeta apenas tenía esteras o alfombras, y la gente rezaba sobre el suelo duro. Como los beduinos vivían principalmente en tiendas en el desierto, se podía disculpar a aquel beduino si pensaba que podía orinar allí. Quizá desconocía las normas islámicas de limpieza y purificación. Los Compañeros del Profeta quedaron consternados por su acción, pero el Profeta quiso primero que el beduino no sufriera ningún daño. Después le dio el consejo adecuado, explicándole por qué su acción era incorrecta. Luego corrigió la situación purificando el lugar. Otro ejemplo se refiere a [Abdullah ibn [Abd Nuhm, un joven de la tribu Muzaynah, que vivía a cierta distancia de Medina. Su tío rico cuidó de él después de la muerte de su padre y lo guio hacia el éxito económico. [Abdullah conoció el islam y quiso hacerse musulmán, pero su tío se opuso. Por ello, retrasó ese paso, esperando que su tío cambiara de parecer. Pasaron los años, pero su tío no mostró ninguna señal de cambiar de opinión, así que, al comienzo del noveno año de la permanencia del Profeta en Medina, [Abdullah decidió que ya no podía seguir esperando a su tío. [Abdullah respetaba a su tío, por lo que no quería dar aquel paso importante sin informarle. Le dijo que había estado esperándolo para que se uniera a él al hacerse musulmán. Su tío se enfureció y le dijo que, si se hacía musulmán, le quitaría todo y lo dejaría sin un centavo. [Abdullah respondió que no le importaban las cosas materiales y que seguiría adelante para unirse al Profeta. Su tío hizo lo que había amenazado, quitándole todo, incluso la ropa: lo dejó únicamente con la ropa interior. La madre de [Abdullah le dio una estera para cubrirse. La cortó en dos, se envolvió con una parte desde la cintura hacia abajo y se puso la otra sobre los hombros. Después fue a Medina, se encontró con el Profeta y aceptó el islam. Su nombre original era [Abd al-[Uzza. El Profeta lo cambió por [Abdullah y le puso el sobrenombre de Dhul-Bijadayn, que significaba «el hombre de las dos esteras». El Profeta cuidó de él y le enseñó el Corán. [Abdullah memorizó una buena parte del Corán y a menudo lo recitaba en voz alta en la mezquita. Algunas personas se quejaron al Profeta. Consideraban que elevar demasiado la voz era contrario a una actitud respetuosa hacia el Corán y podía perturbar la concentración de los demás. Sin embargo, el Profeta les dijo que dejaran tranquilo a [Abdullah, añadiendo que aquel joven había abandonado voluntariamente su hogar por causa de Dios.
[Abdullah Dhul-Bijadayn se unió al ejército musulmán en la expedición de Tabuk. Quería que el Profeta suplicara que fuera mártir. Sin embargo, el Profeta suplicó que ningún incrédulo derramara su sangre. Le informó de que una persona que participa en una campaña de yihad será mártir incluso si muere de enfermedad durante la campaña. Eso fue lo que le ocurrió: murió de fiebre durante el regreso. [Abdullah ibn Mas[ud relata que estuvo presente en el entierro, que tuvo lugar de noche, con el Profeta dentro de la tumba mientras Abu Bakr y [Umar sostenían el cuerpo y lo bajaban para entregárselo al Profeta, quien suplicó por él diciendo: «Señor mío, estoy muy complacido con él; complácete, pues, con él». Ibn Mas[ud comentó: «Ojalá yo fuera quien estuviera siendo enterrado en esa tumba».6 Esta expedición tuvo lugar en el año 9 de la hégira —el noveno año de la permanencia del Profeta en Medina—, lo que significa que Dhul-Bijadayn fue musulmán durante menos de un año cuando murió.
Cuando las buenas personas yerran La capacidad del Profeta para tratar los graves errores cometidos por sus Compañeros era una muestra de su carácter. Comprendía que las personas pueden debilitarse ante la tentación o al enfrentarse a la amenaza de un peligro para ellas mismas o para sus familiares cercanos. Cuando tal debilidad lleva a alguien a comunicarse con el enemigo en momentos críticos, puede tener graves consecuencias. Este fue el caso de Hatib ibn Abi Balta[ah. Los Quraysh eran la principal tribu árabe. El Profeta pertenecía a ella, pero la mayoría de sus miembros se opuso firmemente al islam y obligó al Profeta y a los musulmanes a emigrar a Medina. Después intentaron suprimir el islam por la fuerza, enviando varios ejércitos para luchar contra la comunidad musulmana. En gran medida fracasaron. Finalmente firmaron con el Profeta un acuerdo de paz que debía durar diez años. Menos de dos años después, los Quraysh violaron abiertamente el acuerdo al luchar contra una tribu aliada del Profeta. El Profeta decidió actuar contra los Quraysh, ordenando la movilización y tomando todas las medidas necesarias para mantener en secreto sus preparativos e intenciones. Quería que los Quraysh se encontraran de repente ante el creciente poder de la comunidad musulmana, para alcanzar así un desenlace pacífico de un conflicto prolongado. Aunque necesitaba estar preparado para luchar si las circunstancias imponían una batalla, su objetivo era que, en tal eventualidad, obtuviera una victoria rápida con el mínimo derramamiento de sangre. Hatib ibn Abi Balta[ah era uno de los primeros Compañeros del Profeta y había emigrado con él a Medina. Combatió en todas las batallas en las que participaron los musulmanes después de establecer su ciudad-Estado en Medina. Sin embargo, en aquel momento se apoderó de él cierta debilidad. Temía por sus familiares en La Meca, que eran vulnerables a una acción de represalia por parte de los Quraysh, aunque no fueran musulmanes. Quiso protegerlos haciendo un favor a los Quraysh, así que les escribió una carta informándoles de las intenciones del Profeta. Pero la carta fue recuperada y la acción de Hatib quedó al descubierto. Se alzaron voces exigiendo su ejecución porque su acto era una traición. Cualquier tribunal, en cualquier lugar del mundo, lo habría declarado culpable de alta traición por transmitir secretos militares esenciales al enemigo. Sin embargo, el Profeta calmó toda la agitación. Preguntó a Hatib por sus motivos y Hatib explicó: «Ciertamente creo en Dios y en Su Mensajero. No he cambiado en absoluto. No es que tenga dudas en asuntos de fe. Solo consideré mi situación en La Meca, donde tengo familia e hijos. Yo era únicamente un aliado de los Quraysh, pues no nací entre ellos. Otros miembros de los Muhayirun que tienen familia o bienes en La Meca cuentan con parientes y clanes que los protegen. Solo pensé que, si hacía un favor a los Quraysh advirtiéndoles, ellos me corresponderían protegiendo a mis hijos y a mi familia. No hay nada más que eso. Nunca volvería a la incredulidad después de que Dios me guiara a la fe verdadera».7 El Profeta aceptó la explicación y la disculpa de Hatib, recordó a sus Compañeros los servicios anteriores de Hatib al islam y les dijo que no lo juzgaran negativamente. Su perdón de la acción de Hatib fue completo.8
Cuidado personal En muchas ocasiones el Profeta mostró un interés especial por los asuntos personales de sus Compañeros. Preguntaba por ellos y les daba consejos, y también los ayudaba a resolver sus problemas personales. Por ejemplo, Jabir ibn [Abdullah era un joven de unos veinte años cuando el Profeta llegó a Medina. Era cercano al Profeta. Mientras el ejército musulmán regresaba de una expedición, Jabir cabalgaba con el Profeta y respondió a una pregunta suya diciendo que se había casado recientemente, poco antes de la expedición. El Profeta le preguntó por su esposa y si era una joven virgen o una mujer madura. Jabir le dijo que era lo segundo. El Profeta dijo: «¿No habría sido mejor que te casaras con una joven virgen con quien pudieras jugar y divertirte?». Jabir respondió: «Mensajero de Dios, mi padre murió recientemente en Uhud, dejándome a cargo de mis siete hermanas. Por eso me casé con una mujer que pudiera cuidarlas y mantener unida a la familia». El Profeta respondió: «Entonces has hecho lo correcto, si Dios quiere. Cuando lleguemos a Sirar, sacrificaremos algunos camellos y celebraremos. Tu esposa oirá entonces que hemos celebrado vuestro matrimonio y colocará sus cojines».9 Jabir dijo: «Pero no tenemos cojines, Mensajero de Dios». El Profeta dijo: «Los tendrás. Cuando llegues a Medina, organiza un buen banquete». Cuando el ejército musulmán llegó a Sirar, que estaba a solo unos cinco kilómetros de Medina, el Profeta hizo sacrificar y cocinar varios camellos. Todo el ejército participó en la celebración de la reciente boda de uno de sus soldados.10 Numerosos relatos muestran el interés del Profeta por los asuntos personales de sus Compañeros. Ayudaba a todos, sin importar su posición o condición social. Uno de los sirvientes del Profeta era Rabi[ah ibn Ka[b al-Aslami. Era muy diligente en su servicio, permanecía despierto hasta tarde y atendía todo lo que el Profeta necesitaba. El Profeta le sugirió que se casara, pero Rabi[ah prefería permanecer soltero para poder dedicarse libremente a servir al Profeta. Cuando el Profeta repitió varias veces la sugerencia, Rabi[ah pensó que no debía rechazarla de nuevo. Sin embargo, no tenía dinero. Se lo contó al Profeta, quien lo envió a cierto clan de los Ansar para comunicarles el mensaje del Profeta de que le dieran como esposa a la mujer que él indicara. Ellos aceptaron sin vacilar. Entonces el Profeta dijo a algunos de sus Compañeros que reunieran una dote para Rabi[ah y que consiguieran una oveja para sacrificarla y cocinarla. También le proporcionó toda la cebada que el Profeta tenía en casa para preparar pan. Invitó a varias personas a celebrar el matrimonio.11 Rabi[ah era un sirviente ejemplar del Profeta. Permanecía siempre a su servicio hasta estar seguro de que el Profeta se había dormido. Estaba dispuesto a hacer cuanto el Profeta le pidiera. En reconocimiento, el Profeta le dijo una vez: «Te daré lo que me pidas». Rabi[ah se emocionó, pero quería un premio importante, sabiendo que el Profeta siempre cumplía sus promesas. Por eso pidió tiempo para pensarlo. Más tarde acudió al Profeta y dijo: «Mi petición es que esté contigo en el Paraíso». El Profeta le preguntó: «¿Quién te dio ese consejo?». Rabi[ah respondió: «Por Aquel que te envió con el mensaje de la verdad, nadie me dio ese consejo. Solo pensé en tu posición cercana a Dios Todopoderoso y recordé que esta vida es breve y que todo cuanto Dios me ha destinado llegará con certeza. Por eso decidí formular mi petición para mi vida futura». El Profeta guardó silencio durante un largo rato. Después dijo a Rabi[ah: «Ciertamente suplicaré por ti, pero quisiera que me ayudes contra ti mismo postrándote con frecuencia en la oración».12 Aquí no vemos nada que se parezca a la relación entre amo y sirviente; en cambio, vemos un respeto que tiene poco que ver con la condición social. No hay ninguna sugerencia de que un sirviente deba aspirar a algo inferior al lugar más elevado del Paraíso. Vemos el consejo que garantizaría el cumplimiento de la petición. Nada es más precioso que estar en compañía del Mensajero de Dios en el Paraíso. Por tanto, hay que esforzarse mucho para lograrlo. La postración en la oración es la expresión suprema de la entrega a Dios. Mantener esto siempre presente garantiza que la persona permanezca en el camino correcto; de ahí el consejo del Profeta a Rabi[ah.
Más querido que uno mismo ¿Cómo correspondieron los Compañeros del Profeta a su excelente trato? Decir que él les era más querido que todo lo que había en la tierra es quedarse corto. En realidad, lo amaban más de lo que se amaban a sí mismos. Comprendían que sus acciones eran la señal de un verdadero creyente. Ante todo, apreciaban la bondad que les mostraba en todo momento. No podían esperar un trato mejor de nadie y comprendían que su bienestar ocupaba el primer lugar en sus pensamientos. En efecto, amaba a toda la humanidad y se alegraba enormemente cuando alguien reconocía la verdad de la unicidad de Dios y creía en Él: esa era su esperanza para todas las personas. Por esta razón, era sumamente bondadoso con quienes se presentaban y declaraban su fe frente a la oposición de sus jefes tribales y de fuerzas hostiles. Quería protegerlos y guiarlos hacia lo mejor. Los Compañeros del Profeta también eran muy conscientes de la gran transformación que se había producido en sus vidas después de aceptar la verdad del mensaje islámico. Comparaban su vida presente con sus antiguas costumbres, cuando adoraban aquellas estatuas que fabricaban con sus propias manos. Sentían vergüenza de su pasado y gratitud por su presente. Sus antiguas tradiciones, apagadas y arbitrarias, no tenían sentido; mientras que su actual creencia en la unicidad de Dios los elevaba a un nivel superior, digno del ser humano. Su sentido de gratitud hacia Muhammad, como el Profeta que transmitió el mensaje de Dios, era infinito. Por eso, siempre estaban dispuestos a entregar sus vidas para defenderlo. Cuando los Quraysh intentaron matar al Profeta, algunos de sus Compañeros lo protegieron con sus propios cuerpos, mientras que otros lucharon con firmeza, pese a recibir múltiples heridas, para defenderlo. Las generaciones posteriores de musulmanes no pueden realizar acciones semejantes, pues el Profeta no vive entre ellos. Sin embargo, comparten el mismo grado de gratitud hacia el hombre que transmitió el mensaje final de Dios, un mensaje destinado a llevar la felicidad a la vida humana. El mundo es un lugar mucho mejor gracias a que el islam guía la vida de una gran parte de la humanidad.
CAPÍTULO 12
la transformación de la sociedad
El Profeta falleció veintitrés años después del día en que se le informó de que Dios lo había elegido para ser Su último Mensajero para la humanidad. Esos veintitrés años fueron testigos de la revelación gradual del Corán, que encarna el mensaje divino que constituye la fe islámica. Durante ese período tuvo lugar una transformación radical en la sociedad árabe, y este cambio repercutió en el mundo entero.
La sociedad árabe en tiempos de Muhammad era tribal y estaba regida por una estricta jerarquía. Las tribus estaban dispersas por toda Arabia. Algunas eran pequeñas y de baja condición, mientras que otras eran grandes y muy respetadas. Sin embargo, la posición social no se basaba únicamente en el tamaño de una tribu; también influían factores como su historia y sus glorias pasadas en la guerra o en la paz, sus relaciones con los vecinos y las personas que habían surgido de sus filas para hacerse famosas.
Los Quraysh eran la tribu más importante de Arabia. Vivían en La Meca y eran los custodios de su Gran Mezquita, el Haram. En el centro de La Meca estaba la Kaaba, el primer edificio consagrado para la adoración exclusiva de Dios. Los Quraysh obtenían gran orgullo y honor de cuidar la Mezquita y a sus visitantes. Los peregrinos acudían a La Meca desde toda Arabia y reconocían la importancia del Haram —o «la Casa», como solía llamarse—. También honraban a los Quraysh por su custodia y estaban dispuestos a reconocer la autoridad de esta tribu, especialmente en asuntos religiosos.
Una tribu importante como los Quraysh estaba formada por varios clanes, y un clan podía llegar a ser lo bastante grande como para convertirse en una tribu por derecho propio. Algunos clanes de los Quraysh reunían las condiciones para alcanzar ese estatus, pero preferían seguir formando parte de los Quraysh, dada la posición que esta tribu tenía. Sin embargo, los clanes competían entre sí por el honor y la distinción.
La Meca no tenía agricultura, por lo que sus habitantes dependían del comercio exterior y organizaban dos grandes viajes anuales a Siria y Yemen para ganarse la vida. Como los Quraysh eran hábiles comerciantes, La Meca se convirtió en una ciudad rica, y sus habitantes llevaban una vida cómoda y ociosa. No realizaban trabajos manuales, sino que confiaban esas tareas a sus esclavos y sirvientes. Poseían grandes cantidades de esclavos y aliados. Estos últimos eran personas que no pertenecían a la tribu, pero estaban vinculadas a ella; sin tal vínculo, cualquier individuo que no perteneciera a una tribu era siempre vulnerable a los ataques.
El orgullo era una característica común de los árabes de aquella época, que se enorgullecían de su ascendencia, su tribu y su raza. La poesía de entonces estaba generalmente llena de alabanzas a la familia y la tribu del poeta. La rivalidad entre las tribus alimentaba la competencia literaria, y los poetas empleaban su talento para alabar a sus comunidades con la máxima eficacia. El surgimiento de un poeta en una tribu exigía una gran celebración, porque un buen poeta podía colocar a la tribu en un lugar destacado y quizá socavar la posición de sus rivales. De hecho, el papel que desempeñaban los poetas en la sociedad puede compararse con el de los medios de comunicación de masas en nuestra época.
Sin embargo, la rivalidad entre las tribus no se limitaba siempre a la poesía jactanciosa; con frecuencia estallaba en incursiones armadas que podían tener como único objetivo obtener algún botín, especialmente cuando los tiempos eran difíciles. Una incursión solía provocar otra, emprendida como represalia por la tribu atacada. Esto conducía a una serie de incursiones y guerras que podían prolongarse durante mucho tiempo.
La riqueza acumulada por los Quraysh y otras tribus importantes condujo a una vida llena de vicios. La bebida y el juego eran habituales, al igual que la inmoralidad sexual. Además, la injusticia era común, especialmente cuando el culpable, ya fuera un individuo o una tribu, creía que podía actuar impunemente. Por ejemplo, no era raro que un comerciante rico y poderoso se negara a pagar a alguien lo que le correspondía, porque no existía una autoridad que hiciera cumplir la justicia. Los esclavos y los sectores más débiles de la sociedad eran particularmente vulnerables a tal injusticia. De hecho, un amo podía matar a su esclavo sin temer que se le exigieran responsabilidades por el crimen.
No obstante, la sociedad árabe también tenía virtudes. Entre las más destacadas estaban la valentía, la generosidad, la hospitalidad con los huéspedes y la defensa del honor. Eran valores que todos los árabes respetaban y apreciaban. El hecho de que tales valores fueran reconocidos y observados producía algunas contradicciones en la conducta. Por ejemplo, la justicia siempre era muy elogiada, pero la injusticia era bastante común. Zuhayr ibn Abi Sulma, un famoso poeta árabe de la época, cuya poesía todavía se estudia en escuelas y universidades de todo el mundo árabe, dice:
«Quien no actúa injustamente está destinado a sufrir injusticia».
En contraste, los clanes de los Quraysh establecieron un pacto para apoyar a cualquiera que sufriera una injusticia entre ellos.
La transformación de la sociedad
El mensaje del islam fue revelado en esta sociedad: estaba destinado a producir un cambio total en la vida humana, y comenzó transformando la sociedad árabe. Desde el principio, el islam declaró que era un mensaje para toda la humanidad. Por ello, el Profeta trató a todas las personas como iguales, asegurándose de que nadie fuera ignorado en los esfuerzos por difundir el nuevo mensaje debido a su condición social, raza, color o género.
Además, el Profeta dejó claro a todos los nuevos musulmanes que eran hermanos y hermanas en la fe. En los primeros años del islam en La Meca, el Profeta estableció un vínculo de hermandad entre los musulmanes y, al designar a uno de ellos como hermano de otro, no tuvo en cuenta sus tribus, sus clanes, sus riquezas ni si eran hombres libres o esclavos. Más bien, fueron tratados como una sola comunidad unida por el vínculo de la fe.
Para inculcar aún más este concepto, el Profeta les dijo que las generaciones de creyentes de las antiguas religiones divinas, desde la época de Adán hasta el presente, eran sus hermanos. Siempre se refería a los profetas anteriores como sus propios hermanos y decía: «Que Dios tenga misericordia de mi hermano Moisés» —o de Noé, o del profeta mencionado—.
Cuando los musulmanes de La Meca tuvieron que emigrar a Medina, allí fueron recibidos por sus hermanos, que los alojaron en sus casas y compartieron con ellos todo lo que tenían. Sin embargo, el Profeta fue más allá y les dijo que cada habitante de Medina —es decir, cada ansar— debía tener un hermano entre los muháyirun —los emigrantes de La Meca—.
El vínculo de hermandad
Los musulmanes tomaron muy en serio este vínculo de hermandad. Un ejemplo de ello lo ofrecen Saad ibn al-Rabi y Abd al-Rahman ibn Awf, a quienes el Mensajero de Dios hizo hermanos. Saad, que pertenecía a los ansar, dijo a Abd al-Rahman, quien procedía de La Meca:
«Soy un hombre acomodado y te daré la mitad de mis bienes. También tengo dos esposas. Elige a una de ellas y me divorciaré de ella para que puedas casarte con ella cuando termine su período de espera».
Abd al-Rahman le agradeció y dijo:
«Que Dios te bendiga a ti, a tu familia y a tus bienes. No necesito nada de esto. Simplemente indícame dónde está el mercado y trataré de mantenerme por mí mismo».
Era un hombre con buen olfato para los negocios. En pocos días ganó algo de dinero. Poco después se casó.1
No hace falta decir que ambos fueron magnánimos en su actitud. Esto era característico de la comunidad establecida por el Profeta.
1 El hadiz es transmitido íntegramente por al-Bujari en varios lugares. También aparece en al-Tirmidhi, al-Nasa’i, Ahmad y al-Hakim.
El Profeta abolió el sistema de clases que había funcionado dentro del orden tribal. Poco antes de que los habitantes de Medina conocieran el islam, se habían debilitado a causa de una feroz guerra entre las dos principales tribus árabes, los Aws y los Jazray. El Profeta puso fin a aquello y sustituyó su rivalidad por el vínculo de la fe. Comenzaron a llamarse unos a otros hermanos.
En efecto, la población musulmana de Medina, formada por personas de los Aws y los Jazray, así como por los muháyirun que habían llegado de La Meca, constituyó una sola comunidad. Esto quedó establecido en el pacto de Medina, la primera constitución escrita de la historia humana. El pacto organizaba las relaciones con otras comunidades, incluidos los judíos y los no creyentes de Medina. En esta nueva comunidad había una sola clase a la que pertenecían todos los musulmanes.
El Profeta no intentó establecer por la fuerza un nuevo orden social. Comprendió que imponer un cambio social mediante el poder absoluto no era la manera adecuada de erradicar las injusticias sociales que prevalecían en muchas sociedades. En su lugar, produjo un cambio de mentalidad, por el cual las personas comenzaron a cuestionar las antiguas normas y a evaluarlas a la luz del Corán. Todo lo que era incompatible con el Corán fue descartado, y aquello que concordaba con él fue fortalecido.
No promulgó un decreto que aboliera la esclavitud, pero convirtió la liberación de un esclavo de la servidumbre en una de las acciones que mayores recompensas reportaban a un musulmán. El islam también establece la liberación de un esclavo como castigo por muchos tipos de violación de la ley islámica. Además, el Profeta inculcó en sus Compañeros la idea de que los esclavos eran sus hermanos en la fe.
En cierta ocasión, dos de sus Compañeros tuvieron un serio desacuerdo. Uno de ellos, Bilal, había sido esclavo y era de origen abisinio. En el calor de la discusión, el otro, Abu Dharr, lo llamó «hijo de una mujer abisinia». Cuando el Profeta se enteró, se enfadó. Le dijo a Abu Dharr:
«¿Intentas humillarlo por causa de su madre? Eres un hombre que aún conserva rasgos de la yahiliyyah».
La yahiliyyah es el término islámico que se refiere a un orden social contrario a los principios de la fe divina; procede de la raíz jahala, que significa ignorancia.
Abu Dharr se sintió muy afligido. Comprendió su error y se disculpó ante Bilal, asegurándose de que todo el asunto quedara concluido. Abu Bakr, el Compañero más cercano del Profeta,
CAPÍTULO 13
cambiando la condición de la mujer
Al igual que muchas sociedades, antiguas y modernas, la Arabia preislámica trataba a las mujeres como inferiores a los hombres. Sin embargo, había diferencias entre las tribus en cuanto al trato que daban a las mujeres. Aunque algunas tribus las respetaban, no las trataban como iguales a los hombres; el panorama general las situaba en una posición inferior, pero el grado de esa inferioridad variaba. Como mencioné en el capítulo anterior, a veces se enterraba vivas a las niñas por temor a la pobreza. No hace falta decir que ese no era el destino de todas las niñas, pero, aun así, se consideraba una práctica aceptable. Algunas personas de buen corazón intentaron salvar a las niñas de semejante destino haciéndose cargo de ellas y criándolas. Sin embargo, esta práctica indica la condición de la mujer en Arabia al comienzo del mensaje islámico. Las mujeres prácticamente no tenían derechos en la Arabia preislámica, a menos que fueran ricas. Un padre podía casar a su hija con alguien sin siquiera consultarla. No tenía derechos de herencia; por el contrario, en algunos casos se la consideraba parte de los bienes dejados por su esposo fallecido. En tal situación, el jefe de la familia podía heredarla como esposa o entregarla a quien quisiera. Tampoco se consultaba a las mujeres sobre los asuntos familiares. La Arabia preislámica era, por excelencia, un mundo de hombres.
Sin embargo, esta visión de la mujer no era exclusiva de Arabia. En el Imperio persa, por ejemplo, florecía la fe zoroástrica. En su versión posterior, conocida como zarvanismo, desarrolló el concepto del dualismo, con Ahrimán como dios del mal. Las mujeres eran su medio para desviar a la gente del buen camino. Así, pasaron a formar parte del ámbito del mal…
Los antiguos griegos clasificaban a las mujeres como criaturas inferiores cuya única función era perpetuar la especie y ocuparse de las tareas domésticas. Se obligaba a una mujer a mantener relaciones sexuales con varones escogidos y a ejercer la prostitución. Aristóteles la situaba al nivel de los esclavos y decía que debía recibir el mismo trato que los sirvientes, porque era un ser inferior, de personalidad débil y sin voluntad propia. La mujer ocupa un lugar muy bajo en La República de Platón: «El valor del hombre consiste en mandar; el de la mujer, en cumplir humildes deberes…».
La Ley de Manu de la India dice que «una mujer pertenece a su padre durante su infancia y a su esposo durante su juventud. Si su esposo muere, pertenece a sus hijos y, si no los tiene, pertenece a los parientes varones de su esposo, porque bajo ninguna circunstancia debe quedar sola». Incluso se esperaba que una esposa muriera con su esposo y ardiera junto con su cadáver. Si escapaba de la muerte, quedaba condenada por toda la eternidad.1
Desde el primer día, el Profeta recibió la instrucción de que su mensaje estaba dirigido por igual a hombres y mujeres. Por ello procuró eliminar todo obstáculo a la igualdad y se dirigió a hombres y mujeres del mismo modo. De hecho, la primera persona que creyó en su mensaje fue una mujer: su esposa, Jadiya.
Cuando examinamos los deberes religiosos que el islam exige a sus seguidores, encontramos que todos se aplican por igual a hombres y mujeres. Del mismo modo, la recompensa que Dios concede por ellos es la misma. Hay, sin embargo, algunas diferencias en ciertos tipos de culto. Estas diferencias tienen en cuenta las diferencias biológicas y sociales, pero en última instancia no afectan a la condición de la persona ante Dios. La diferencia principal es que las mujeres no están obligadas a realizar las cinco oraciones diarias obligatorias ni a ayunar en Ramadán cuando se encuentran en su período menstrual. Compensan esto ayunando más adelante durante el año el mismo número de días, escogiendo los días que les resulten convenientes.
En todo lo demás se aplica el principio básico repetidamente expresado en el Corán: «A quien haga buenas obras, sea hombre o mujer, y sea creyente, ciertamente le daremos una vida buena. Y ciertamente les recompensaremos según lo mejor de lo que hayan hecho». (16:97)
El islam parte de que hombres y mujeres desempeñan papeles diferentes en la vida humana: las mujeres suelen cuidar de la siguiente generación, asegurando así el bienestar futuro de la comunidad, mientras que los hombres ganan el sustento de la familia y atienden el presente. Puesto que las mujeres cuidan de sus hijos y sus familias, no están obligadas a trabajar para ganarse la vida. Sus esposos, padres u otros parientes cercanos deben mantenerlas. Una mujer que no tenga ningún pariente varón que la mantenga recibe sustento del Estado musulmán.
1 M. H. Al-Khayyat, Al-Mar’ah al-Muslimah wa Qadaya al-‘Asr, Damasco, 2008, pp. 25-28.
Cambio de la condición de la mujer
Independencia económica
Estos son los principales principios que el islam exige que sus seguidores apliquen. El Profeta proporcionó los detalles y dio el mejor ejemplo de su aplicación práctica. Estableció la norma de que una mujer puede ganar y poseer su propio dinero y bienes. Ella tiene plena libertad para decidir cómo gastar o invertir ese dinero, siempre que respete las disposiciones de la ley islámica. No necesita asumir ningún gasto de su familia, porque esa es responsabilidad de su esposo. El Corán garantiza su derecho de propiedad:
«No codiciéis los favores con los que Dios ha distinguido más abundantemente a unos de vosotros sobre otros. Los hombres tendrán una parte de lo que ganen y las mujeres tendrán una parte de lo que ganen. Pedid, pues, a Dios que os conceda parte de Su favor». (4:32)
El Profeta dejó esto absolutamente claro a sus Compañeros mediante ejemplos prácticos. Una de sus esposas, Zaynab bint Yahsh, «realizaba algunos trabajos manuales y entregaba sus ganancias en caridad». (Transmitido por Muslim.) El Profeta animó a las mujeres a dar caridad, «aunque sea algo de vuestras joyas».
Después de oír esto del Profeta cuando se dirigía a las mujeres en la mezquita, una mujer llamada Zaynab fue más tarde a verlo. Preguntó si podía entregar su caridad a su esposo pobre y a unos huérfanos de los que cuidaba —estos huérfanos eran parientes suyos—. Él respondió: «Si lo hace, tendrá una doble recompensa: una por ser bondadosa con sus parientes y otra por su caridad». (Transmitido por al-Bujari y Muslim.)
Del mismo modo, Yabir ibn ‘Abdullah informa que su tía materna estaba divorciada. Quería ir a su plantación de palmeras datileras para supervisar la recolección de sus dátiles. Algunas personas de su familia intentaron impedírselo alegando que todavía se encontraba en su período de espera. Ella acudió al Profeta y le preguntó si podía ocuparse de esa tarea. Él dijo: «Sí, puedes ir a recoger tus dátiles. Tal vez puedas dar parte de ellos en caridad o hacer algo útil». (Transmitido por Muslim.)
Todos estos casos, y varios más, confirman que en el islam las mujeres gozan de plena independencia económica. La mujer musulmana tiene además un privilegio aún mayor. Un hombre no puede entregar su zakat —la caridad obligatoria— a su esposa, porque él es responsable de su manutención; en cambio, ella sí puede entregarle su zakat a él, porque no tiene esa responsabilidad, aunque pueda ser mucho más rica que él.2
2 La zakat es uno de los actos de culto islámico más importantes y uno de los cinco pilares del islam. Todo musulmán que posea más de cierto umbral —equivalente a 85 gramos de oro— debe pagar zakat a razón del 2,5 % de todo el dinero que posea. La zakat se distribuye entre ocho categorías de personas, incluidos los pobres, los necesitados y los deudores insolventes. Es una obligación anual. Además, es una institución autofinanciada, ya que quienes trabajan en su administración reciben su salario de sus ingresos. En ausencia de un gobierno islámico, los musulmanes individuales deben entregarla a sus beneficiarios. Como grava los bienes y los ingresos, su rendimiento es enorme, y en la historia hubo varios ejemplos de erradicación de la pobreza gracias a ella.
En la sociedad formada por el Profeta, las mujeres también participaban en actividades políticas y sociales junto a los hombres. Tal participación reafirmaba que en el islam las mujeres gozan de igualdad en todos los aspectos de la vida. Sin embargo, el Profeta estableció ciertos valores que debían observarse en toda situación, para que los principios islámicos generales siguieran vigentes.
Emancipación por orden de Dios
La emancipación de las mujeres que tuvo lugar en Arabia con la llegada del islam no fue provocada por circunstancias sociales o económicas. La única razón fue que Dios quiso dar a la humanidad un mensaje que proporcionara a las sociedades una base sólida, a fin de asegurar la felicidad de los individuos y de la comunidad. Por ello atendió a las necesidades tanto de los hombres como de las mujeres y desarrolló sus capacidades para que todos pudieran hacer su aportación en una atmósfera de unidad, complementariedad y cohesión.
La piedra angular de la relación entre los dos sexos bajo el mensaje de Dios es que las esposas, hermanas, hijas y madres deben ser bien cuidadas y tratadas con bondad por los hombres de su familia en toda circunstancia. Puesto que las esposas son quienes tienen más probabilidades de sufrir malos tratos, el Profeta siempre exhortó a tratarlas con bondad. Él mismo dio el mejor ejemplo para que todos los musulmanes lo siguieran. Dijo: «Los mejores de vosotros son los que mejor tratan a sus esposas. Y yo soy el mejor de vosotros con mis esposas».
Esta breve afirmación presenta un principio en la primera frase y un ejemplo práctico en la segunda. Debemos recordar que los musulmanes están obligados a seguir el ejemplo del Profeta en todos los asuntos. Él nunca fue descortés con ninguna mujer. En cierta ocasión se enfadó con una sirvienta que había hecho algo totalmente inaceptable. En la sociedad árabe, aquella sirvienta podía haber esperado un castigo severo. El Profeta solo le dijo: «Si no fuera por mi temor de Dios, te habría castigado con este cepillo de dientes». (Transmitido por Muslim.) No hace falta decir que golpear a alguien con un cepillo de dientes solo puede causar un dolor leve. Sin embargo, incluso eso era inaceptable para el Profeta.
A pesar de lo que hemos dicho sobre la condición de la mujer en el islam, la gente tiende a pensar que el islam concede a las mujeres una condición inferior a la de los hombres. Las críticas suelen centrarse en ciertos ámbitos: el permiso para golpear a una esposa desobediente, la poligamia, la desigualdad en la herencia y el testimonio ante los tribunales. Trataremos brevemente estas cuatro cuestiones a continuación, para aclarar la verdadera actitud islámica y la guía del Profeta.
Golpear a la esposa
Muchas declaraciones auténticas del Profeta dejan claro que detestaba intensamente la idea de golpear a la propia esposa. En más de una ocasión destacó la situación sumamente repugnante a la que conduce tal golpe: «¿Acaso alguno de vosotros golpearía a su esposa como golpea a un esclavo y luego yacería con ella por la tarde?». (Transmitido por al-Bujari y Muslim.)
Dijo a sus Compañeros: «Los buenos de entre vosotros no recurren a golpear a sus esposas». Esta es una afirmación clara que hace que golpear a la esposa sea contrario a la bondad de carácter. Puesto que el islam trabaja para sacar lo mejor de las personas, huelga decir que golpear a la propia esposa contradice lo que el islam promueve.
Sin embargo, el permiso para golpear a la esposa aparece mencionado en el Corán. Por tanto, debemos examinarlo en su contexto e intentar comprenderlo a la luz de la guía del Profeta. El único versículo coránico que lo menciona dice:
«Los hombres deben cuidar plenamente de las mujeres, con los favores con los que Dios ha favorecido más abundantemente a unos sobre otros y con los bienes que gastan de sus propias riquezas. Las mujeres virtuosas son devotas y guardan la intimidad que Dios ha ordenado guardar. En cuanto a aquellas mujeres de las que temáis rebeldía, amonestadlas primero; luego dejadlas solas en el lecho; después golpeadlas. Pero si os obedecen, no busquéis ningún pretexto para perjudicarlas. Dios es ciertamente Altísimo, Grande». (4:34)
Este versículo deja claro que corresponde a los hombres cuidar plenamente de las mujeres, manteniéndolas y tratándolas con bondad. El versículo también elogia a las mujeres virtuosas y su conducta. Después aborda la grave situación de la rebeldía y expone tres métodos para afrontarla. El enfoque es gradual, lo que significa que el primer método, la amonestación, es el que debe emplearse en todos los casos. Solo cuando fracasa por completo y la rebeldía continúa se recurre al segundo método, dejar sola a la mujer en el lecho. El tercer método, el castigo corporal, solo está permitido cuando el segundo ha fracasado claramente.
Surgen aquí dos preguntas: 1) ¿Existe alguna indicación clara que explique el tipo de situación en la que puede aplicarse este tercer método? 2) ¿Cuál es el grado de severidad, o de ausencia de ella, que puede ejercerse?
Para responder a ambas preguntas, podemos citar la nota de Asad sobre el versículo mencionado:
El Profeta prohibió golpear a cualquier mujer con estas palabras: «No golpeéis jamás a las siervas de Dios» (Abu Dawud, al-Nasa’i, Ibn Maya, Ibn Hibban y Hakim). Esta es una prohibición clara de golpear a cualquier mujer. Cuando fue revelado el versículo coránico que autoriza golpear a una esposa rebelde, se cuenta que el Profeta dijo: «Yo quería una cosa, pero Dios ha querido otra, y lo que Dios ha querido debe ser lo mejor» (véase Manar, V, 74). A pesar de todo ello, estipuló en su sermón con ocasión de la Peregrinación de Despedida, poco antes de su muerte, que solo debía recurrirse a los golpes si la esposa «se había hecho culpable, de manera evidente, de una conducta inmoral», y que debían darse «de tal forma que no causaran dolor (ghayr mubarrih)». Hay hadices auténticos al respecto en Muslim, al-Tirmidhi, Abu Dawud, al-Nasa’i e Ibn Maya.
Sobre la base de estos hadices, todas las autoridades subrayan que estos «golpes», si se recurre a ellos, deben ser más o menos simbólicos: «con un cepillo de dientes o algo semejante» (Tabari, citando las opiniones de los primeros eruditos), o incluso «con un pañuelo doblado» (Razi). Algunos de los más grandes eruditos musulmanes —por ejemplo, al-Shafi‘i— opinan que apenas es permisible y que preferiblemente debe evitarse; justifican esta opinión por los sentimientos personales del Profeta respecto de este problema.3
3 Muhammad Asad, The Message of the Qur’an, Gibraltar, 1997, pp. 109-110.
Más de una esposa
La poligamia estuvo permitida durante mucho tiempo en la mayoría de las sociedades. Incluso estuvo permitida en las sociedades cristianas durante su primer período, aunque posteriormente fue prohibida por la Iglesia. El islam permite la poligamia, pero limita al esposo a un máximo de cuatro esposas simultáneamente. El islam también estipula que el esposo debe tratar a sus esposas con igualdad en toda situación: no puede favorecer a una con algo que niegue a las demás. Además, debe repartir por igual las noches entre sus esposas.
El Profeta solía visitar a cada una de sus esposas todas las tardes, pero pasaba la noche con aquella a quien correspondía el turno. El islam insiste en que, cuando un hombre teme no poder mantener un trato justo con sus esposas, no debe casarse con más de una. El Corán dice: «Podéis casaros con las mujeres que os parezcan buenas, dos, tres o cuatro. Pero si teméis no poder mantener la justicia entre ellas, entonces casaos con una sola». (4:3)
Así, el islam permite que un hombre se case con más de una esposa, pero establece como requisito estricto la equidad en el trato. Esto se aplica a todo: la vivienda, el nivel de vida, los regalos y la herencia.
El islam considera la poligamia una solución adecuada para diversas situaciones sociales y establece un estricto código moral. Por ello regula las relaciones entre los dos sexos y convierte toda relación sexual fuera del vínculo matrimonial en un pecado grave. Puesto que puede haber casos en los que la situación familiar requiera que otra mujer cuide de la familia, el islam quiere que ella sea una esposa legítima. Esto es mejor tanto para ella, pues garantiza sus derechos, como para sus hijos, que serán hermanos de los hijos que su padre tenga con la otra esposa o esposas. Sus derechos a la educación, la crianza, la manutención y la herencia están garantizados en igualdad de condiciones.
Sin embargo, sigue siendo cierto que, en la mayoría de los casos, una sola esposa es la mejor situación. Las sociedades que han limitado el matrimonio a una sola esposa no pudieron encontrar solución para varios tipos de problemas que podían afectar gravemente a la continuidad del matrimonio. Por lo general tuvieron que hacer la vista gorda ante las relaciones ilícitas o, como ocurre en las sociedades contemporáneas no musulmanas, adoptar una actitud permisiva que permite las relaciones sexuales extramatrimoniales. Sus efectos suelen ser muy graves para las familias, especialmente para los niños pequeños.
La herencia de las mujeres
Aunque el islam trata por igual a hombres y mujeres, existen diferencias en ciertas disposiciones de la ley islámica. La gente suele utilizar estas diferencias para apoyar sus afirmaciones de que el islam considera inferiores a las mujeres. Por desgracia, quienes lo critican no contemplan el cuadro completo. Siempre que la ley islámica establece disposiciones especiales para las mujeres, la ventaja redunda en favor de ellas. Los mejores ejemplos son la herencia y el testimonio ante los tribunales.
El sistema islámico de herencia define una línea directa de herederos que considera herederos de primer grado a los cónyuges, los padres y los hijos. Cuando el fallecido deja a estos familiares, nadie más hereda nada. El sistema establece determinadas partes para los cónyuges y los padres, que varían según estén presentes o no otros herederos.
Por ejemplo, la parte de los padres es un sexto de la herencia de su hijo si este tiene hijos. Si no tiene hijos, el padre recibe dos tercios y la madre un tercio. Esta diferencia se debe a que el padre debe cuidar de su esposa —la madre del fallecido— y atender todas sus necesidades. Del mismo modo, la esposa del fallecido recibe un cuarto de la herencia si él no tenía hijos, mientras que su parte disminuye a un octavo cuando hay hijos. La razón de esta diferencia es que sus hijos son responsables de satisfacer todas sus necesidades.
Los hijos reciben lo que queda después de que la esposa y los padres hayan recibido sus partes. Los hijos varones reciben el doble que las hijas. Esta es la diferencia que hace que algunos afirmen que el islam discrimina a las mujeres. Una vez más, la diferencia entre lo asignado a los hijos varones y a las hijas se debe a las responsabilidades económicas de cada uno. Estas diferencias entre las partes de varones y mujeres no se aplican a todos los casos de herencia.
El sistema islámico de herencia es muy elaborado y no deja lugar a disputas entre herederos y parientes, porque la parte de cada heredero ha sido asignada por Dios y está establecida en el Corán. Este sistema se basa en la justicia, pero la justicia no funciona mediante cifras rígidas; funciona desde una perspectiva integral que tiene en cuenta las responsabilidades económicas de cada heredero. Su principio rector es que no somos dueños de lo que poseemos, pues todo pertenece a Dios, que nos lo concede. Cuando morimos, vuelve a Dios, que lo distribuye según este sistema, combinando una división detallada con justicia para todos.
El testimonio ante los tribunales
En cuanto al testimonio ante los tribunales, el versículo coránico que trata de las disposiciones relativas a las transacciones de préstamo y los tratos comerciales incluye la siguiente declaración:
«Llamad a dos de vuestros hombres para que sean testigos; pero si no hay dos hombres disponibles, entonces a un hombre y dos mujeres que consideréis aceptables como testigos, de modo que si una de ellas se equivoca, la otra se lo recuerde». (2:282)
Esto ha provocado críticas al sistema islámico, basadas en la acusación de que el islam discrimina a las mujeres en este caso. Sin embargo, semejante protesta se debe a una incomprensión del requisito islámico, que de hecho actúa en favor de las mujeres.
La ley islámica fue concebida para aplicarse en una sociedad islámica, en la que el hombre es responsable de la manutención de las mujeres de su familia. Por ello, la mayoría de las musulmanas eligen ser amas de casa: cuidan de sus hijos y construyen el futuro de su comunidad. Algunas mujeres siguen trabajando y pueden dedicarse a los negocios o a todo tipo de ocupaciones.
Los expertos jurídicos explican que la aplicación práctica de esta disposición no equivale a dos mujeres con un hombre. Por el contrario, la disposición concede a las mujeres un privilegio del que no gozan los testigos varones. En su libro Woman in Islam, Ahmad Zaki Yamani escribe:
El doctor Muhammad Saleem al-Awa menciona la aplicación práctica de la disposición que exige dos testigos mujeres en lugar de un hombre. Según él, la realidad es que la afirmación atribuida al Profeta, según la cual el testimonio de una mujer equivale a la mitad del de un hombre, debe entenderse en sentido figurado.
El procedimiento seguido en los tribunales islámicos a lo largo de la historia de la ley islámica es el siguiente: cuando entran dos testigos mujeres, el juez les pregunta cuál de ellas es la testigo y cuál es la que debe recordarle los hechos. Cada una declara su función. Entonces el juez ordena a la testigo que ocupe el estrado y a la otra mujer que se coloque detrás de ella, en un lugar donde el juez pueda verla pero la testigo no. Además, indica a la mujer que actúa como recordatorio que le haga una señal con la mano si desea decir algo.
El juez escucha entonces por completo el testimonio de la mujer testigo. Si la otra mujer le ha hecho una señal, le pide que diga lo que tenga que decir. Si considera que ello afecta al contenido esencial del testimonio, ordena que se incluya en el acta de la sesión del tribunal. Después pregunta a la testigo si lo acepta como correcto. Si lo aprueba y las dos mujeres están de acuerdo, no hay problema. Si discrepan y la testigo insiste en que su versión es correcta, el juez decide entre ambas y adopta lo que considera correcto.
Esto significa que, en realidad, tenemos una testigo cuyo testimonio puede mantenerse tal como está, sin que la mujer que la ayuda a recordar tenga nada que añadir; o bien esta puede recordarle ciertos hechos y ambas pueden estar de acuerdo sobre ellos. El doctor al-Awa explica que la mujer testigo tiene un privilegio sobre el hombre que actúa como testigo. Ese privilegio consiste en que puede llevar a alguien que le recuerde cualquier hecho que pueda pasar por alto.
Entonces el tribunal acepta aquello en lo que coinciden las dos mujeres y lo convierte en fundamento de la decisión en el caso examinado. Un testigo varón que olvida ciertos hechos no disfruta de ese privilegio. Su testimonio es rechazado. Según al-Awa, la ley islámica ha concedido este privilegio a la mujer testigo y ha determinado su aplicación.
El texto coránico se ocupa de un testimonio preparado de antemano, relacionado con derechos demostrados mediante documentos, y no del testimonio sobre acontecimientos. Este último tipo se prueba mediante el testimonio de las personas que estaban presentes en el momento y el lugar del acontecimiento. Por tanto, cuando los eruditos hicieron extensiva a los testimonios sobre acontecimientos la norma relativa al testimonio sobre las acciones de las personas, ejercieron su discreción erudita, o iytihad, de una manera que otorga a las mujeres un privilegio del que no goza el hombre. Esto no rebaja en modo alguno su posición jurídica o social.
Sobre este punto se cita al imán Ibn Taymiyya diciendo: «El Corán no menciona a dos testigos, ni a un hombre y dos mujeres como testigos, como prueba para demostrar un caso. Estos dos métodos de prueba se mencionan como medios para proteger los derechos de una persona. Lo que demuestra el derecho de alguien es completamente distinto de la sentencia dictada por un juez. Los medios para llegar a tal sentencia son mucho más amplios que el testimonio de un número específico de testigos».4
4 Ahmad Zaki Yamani, Al-Islam wa’l-Mar’ah, edición árabe, Londres, 2004, pp. 180-182.
Participación en la vida pública
La primera generación de musulmanes, es decir, las personas que aprendieron el islam directamente del Profeta y se dedicaron a aplicarlo en su vida, comprendió el gran cambio que el islam había introducido en la condición de la mujer. Estaban contentos de vivir conforme a las nuevas normas del islam. Numerosos relatos ofrecen un cuadro completo de la participación de las mujeres en todos los aspectos de la vida, incluidas las campañas militares.
El Profeta les dio un ejemplo práctico: cada vez que viajaba al frente de una expedición militar o pacífica, echaba suertes entre sus esposas y llevaba consigo a la que resultaba elegida. Mientras muchas mujeres participaban en servicios de apoyo, como atender a los heridos y proporcionar agua a los combatientes, algunas de ellas, incluida Nasiba bint Ka‘b, tomaban parte en el combate propiamente dicho.
Durante la marcha podía haber tiempo para algún deporte. ‘Aisha cuenta: «Acompañé al Mensajero de Dios en una de sus expediciones. Aún era joven y delgada. En cierto momento, él dijo a la gente que siguiera adelante. Cuando lo hicieron, me dijo: “Ven y corre conmigo”. Corrimos y gané la carrera. Él guardó silencio. Más tarde, cuando había engordado y había olvidado aquel episodio, viajé con él en otra expedición. Volvió a decir a la gente que siguiera adelante, y lo hicieron. Me dijo: “Ven, corramos”. Corrimos y él ganó. Se rio y dijo: “Estamos empatados”». (Transmitido por Ahmad, Abu Dawud, Ibn Maya e Ibn Hibban.)
Esta participación en la vida pública animó a las mujeres a aprovechar plenamente su nueva posición. Estaban dispuestas a presentarse y declarar públicamente cosas que las musulmanas normalmente son demasiado tímidas para discutir.
Asma bint Yazid cuenta: «Asistimos ante el Mensajero de Dios mientras hombres y mujeres estaban sentados. Él nos dijo: “¿Acaso puede algún hombre de entre vosotros contar a los demás lo que hace con su esposa, y puede alguna mujer de entre vosotras contar lo que hace con su esposo?”. Todos guardaron silencio. Yo dije: “Ciertamente, Mensajero de Dios. Por Dios, algunas mujeres lo hacen y algunos hombres lo hacen”. Él dijo: “No hagáis eso. Es como si demonios macho y hembra copularan en público”.» (Transmitido por Ahmad.)
El Profeta estableció así normas de decoro. Se refería a que los hombres hablaran con otros hombres y las mujeres con otras mujeres sobre sus hábitos y prácticas sexuales. Quería que esa conversación se mantuviera en habitaciones privadas y solo entre marido y mujer; nunca debía ser tema de conversación social.
Sin embargo, lo más significativo de este hadiz es que una mujer habló en compañía mixta, confirmando lo que el Profeta sospechaba. Nadie la censuró por hacerlo. Esto requería un grado de valor que, quizá, ninguna mujer habría podido mostrar en los tiempos preislámicos. Asma poseía ese tipo de valor y se expresaba bien.
Como se mencionó en el capítulo 5, era la portavoz de las mujeres y a menudo preguntaba al Profeta por la condición de las mujeres en comparación con la de los hombres. Es útil repetir lo que le dijo al Profeta en aquella ocasión:
«Mensajero de Dios, hablo en nombre de un grupo de mujeres musulmanas que comparten todas mi opinión. Dios te ha enviado como Mensajero tanto para los hombres como para las mujeres. Creímos en ti y te seguimos. Sin embargo, nosotras, las mujeres, permanecemos en casa y somos amas de casa. Satisfacemos los deseos de los hombres y damos a luz a sus hijos. Los hombres tienen el privilegio de asistir a las oraciones del viernes y a los funerales, así como de participar en las expediciones de la yihad. Cuando parten en una expedición semejante, nosotras cuidamos de sus bienes y de sus hijos. ¿Tenemos, Mensajero de Dios, una parte de su recompensa por todo esto?»
El Profeta se volvió hacia sus Compañeros y dijo: «¿Habéis oído alguna vez a una mujer plantear su pregunta sobre la religión de mejor manera que esta señora?». Ellos dijeron: «Esto es absolutamente cierto, Mensajero de Dios». Él dijo: «Ahora puedes irte, Asma, y decir a todas las mujeres que cuando cualquiera de vosotras cuida de su hogar y de su esposo, procurando complacerlo, recibe tanta recompensa como toda la que habéis mencionado de los privilegios de los hombres».
Asma se marchó expresando su alegría por lo que el Mensajero de Dios le había dicho, alabando y glorificando a Dios.5
5 Ibn ‘Abd al-Barr al-Qurtubi, Al-Isti‘ab fi Ma‘rifat al-Ashab, vol. 4, p. 237.
Cuidar bien de las mujeres
El Profeta se preocupaba de que las mujeres fueran bien tratadas. Nunca se cansaba de decir a la gente que tratar a las mujeres con bondad era una señal de buen carácter. Para él, maltratarlas contradecía las normas islámicas. Sin embargo, era consciente de que en ocasiones, cuando los hombres encontraban defectos en las mujeres, podía existir una queja genuina.
Hay un rasgo de impulsividad en las mujeres que Dios ha inculcado en su naturaleza. Es necesario para tratar con los niños pequeños, especialmente los bebés. Por ejemplo, es instintivo que una madre responda inmediatamente al llanto de un niño pequeño. Una madre que oye un golpe procedente de la habitación donde ha dejado a un niño pequeño correrá inmediatamente allí para averiguar si su hijo está bien. Olvidará todo lo demás hasta asegurarse de que el niño no ha sufrido ningún daño.
Sin embargo, cuando esa impulsividad se traslada al mundo adulto, puede resultar muy irritante, sobre todo cuando conduce a abordar superficialmente algo que requiere una consideración cuidadosa. El Profeta trató este asunto de manera refinada. Se refirió a este rasgo impulsivo como una «curvatura» que debía aceptarse y explicó que forma parte de la naturaleza.
Abu Hurayra cita al Profeta diciendo: «Cuidad bien de las mujeres. Han sido creadas de una costilla. La parte más curva de una costilla es la superior. Si intentas enderezarla, se romperá. Si la dejas, permanecerá curva. Por tanto, cuidad bien de las mujeres». (Transmitido por al-Bujari.)
Este hadiz resume el cuidado que el Profeta tenía de las mujeres: quería que todo musulmán fuera bondadoso y comprensivo en su trato con ellas. Comienza exhortando a los hombres musulmanes a cuidar bien de sus mujeres. Después explica el origen del rasgo irritante de su naturaleza. Lo identifica como algo que ellas no pueden evitar y lo describe gráficamente señalando las dos alternativas: ser comprensivo y tolerante, o intentar cambiar una parte de la naturaleza. Indica que esta última alternativa conduce a una ruptura, que en este caso significa divorcio. Concluye repitiendo la opción que prefiere: cuidar bien de las mujeres, pues esto es lo que garantiza una vida familiar feliz.
Al mismo tiempo, el Profeta subrayó, con palabras y con hechos, la independencia de las mujeres. Puesto que, según el islam, las mujeres gozan de plena independencia económica, una mujer puede llevar sus negocios y tratar con los demás como le plazca.
Abu Sa‘id al-Judri informó que un beduino acudió al Profeta para exigir el pago de una deuda que el Profeta tenía con él. Insistía demasiado en que el Profeta se la pagara allí mismo. Incluso le dijo que, si no se realizaba el pago, las cosas se pondrían desagradables. Los Compañeros del Profeta reprendieron al beduino diciendo: «¿Sabes con quién estás hablando de ese modo?». Él respondió: «Solo estoy reclamando mi derecho». El Profeta les dijo: «Debéis poneros del lado de quien tiene un derecho legítimo».
Entonces el Profeta envió un mensaje a Jawla bint Hakim: «Si tienes suficientes dátiles, préstanos algunos hasta que recibamos nuestros dátiles y te los devolveremos entonces». Ella respondió: «Sí, lo haré con mucho gusto». Le prestó los dátiles. Él pagó al beduino y le dio algo adicional. El beduino dijo: «Has pagado por completo. Que Dios te conceda abundancia». El Profeta comentó entonces: «Así son las buenas personas. Cuando una persona débil no puede reclamar su derecho sin sufrir un daño, toda la comunidad carece de bondad». (Transmitido por Ibn Maya, al-Tabarani y al-Bayhaqi.)
Debe señalarse que esto ocurrió hace catorce siglos. En aquel tiempo, en ningún lugar del mundo gozaban las mujeres de semejante independencia económica. En aquel momento el Profeta era el jefe del Estado musulmán. Podía haber ordenado que se pagara al beduino, pero no lo hizo. En lugar de eso, pidió un préstamo a una de sus Compañeras. Le envió el mensaje directamente a ella, no a su esposo ni a su tutor. Ella era la propietaria de los dátiles y la petición debía dirigirse directamente a ella.
Quizá no resulte sorprendente que, con el desarrollo del Estado musulmán, los sucesores del Profeta emplearan a mujeres en puestos de responsabilidad. Por ejemplo, ‘Umar ibn al-Jattab, el segundo califa, nombró a al-Shifa bint ‘Abdullah supervisora del mercado en Medina. Gozaba de plena autoridad para garantizar que las transacciones se realizaran correctamente y que la gente tratara a los demás con justicia. Esto indica que había mujeres comerciantes, además de mujeres compradoras. El nombramiento tuvo mucho éxito.
Cuando ‘Umar necesitó cubrir el mismo puesto en La Meca, volvió a nombrar a una mujer. Samra bint Nuhayk fue allí su supervisora del mercado. Tenía autoridad para tratar toda clase de situaciones y llevaba un látigo para castigar a quien mereciera castigo. El propio ‘Umar hizo comentarios maravillándose del gran cambio en la condición de la mujer que el Profeta había logrado.
CAPÍTULO 14
¿Por qué nueve esposas para Mahoma?
El rumor corrió rápidamente, mientras varios cientos de árabes buscaban a sus parientes cercanos y amigos íntimos para darles la noticia y hablar sobre sus consecuencias. Todos comprendieron que la noticia afectaba el resultado de su reciente logro: apenas un mes antes habían llevado a cabo una misión sumamente exitosa, pero ahora tenían que reconsiderar qué hacer con sus ganancias más valiosas. Esto ocurrió en el quinto año después de la emigración del Profeta a Medina (donde había establecido el primer Estado islámico). Eran años llenos de problemas, con muchos enemigos atacando el nuevo Estado mientras este rompía el molde de la estructura tribal árabe. Hasta el comienzo del mensaje islámico, los árabes no reconocían otro vínculo que la lealtad a sus tribus; ahora el Estado islámico de Medina estaba formando una nueva comunidad que daba máxima prioridad a la fe, un vínculo social totalmente diferente. En aquel momento, los musulmanes pertenecían a la mayoría de las tribus árabes; pero, mientras que algunas tribus solo contaban con un puñado de musulmanes, las dos tribus de Medina, los Aws y los Jazrach, eran mayoritariamente musulmanas y constituían la mayor parte de la comunidad musulmana.
Como jefe del Estado musulmán, el Profeta tenía que mantenerse atento para impedir que se urdieran complots y planes contra el islam. Varias tribus árabes contemplaban lanzar ataques sorpresa contra el Estado musulmán de Medina. El Profeta necesitaba una red de inteligencia activa para estar al tanto de lo que ocurría en las distintas regiones de Arabia. Un día supo que la tribu de los Mustaliq, encabezada por al-Harith ibn Abi Dirar, estaba preparando un complot para atacar Medina. El Profeta aplicó una estrategia preventiva: utilizó al máximo el elemento sorpresa, pero sin lanzar jamás un ataque para tomar desprevenido a su enemigo.
¿Por qué nueve esposas para Mahoma?
El Profeta reunió rápidamente una pequeña fuerza de unos cientos de sus Compañeros y marchó con rapidez, de modo que apareciera repentinamente a las puertas de la tribu de los Mustaliq. Advirtió a la tribu de los Mustaliq que no podría enfrentarse a los musulmanes y que, si decidía combatir, pronto sería derrotada. Sin embargo, eligió luchar, y pronto quedó claro que le esperaba una derrota ignominiosa. Se rindió después de perder solo a diez de sus hombres, y muchos de sus hombres y mujeres fueron hechos prisioneros. Según las reglas de guerra vigentes en aquella época, debían comprar su libertad o ser esclavizados.
Sin embargo, el Profeta no estaba satisfecho con ninguna de las dos opciones, pues eso habría profundizado la hostilidad y habría colocado al islam y al Estado musulmán al mismo nivel que el resto del mundo. Quería que la gente contemplara su mensaje, si no favorablemente, al menos con neutralidad. Por ello anunció rápidamente su matrimonio con Barrah, hija de al-Harith ibn Abi Dirar, el jefe de los Mustaliq que había estado conspirando contra él.
El matrimonio del Profeta fue el tema del rumor que recorrió el campamento musulmán. Si el Profeta se casaba con una mujer de los Mustaliq, toda la tribu pasaría a ser su familia política: ¿cómo podían entonces los musulmanes detener a esas personas durante algún tiempo o, en efecto, obtener cualquier tipo de beneficio? Todos los musulmanes amaban al Profeta más que a sus propias familias y más que a sí mismos. ¿Podían avergonzarlo manteniendo a sus parientes políticos bajo custodia? ¡De ninguna manera! Al caer la noche, todos los prisioneros de los Mustaliq, hombres y mujeres, fueron puestos en libertad en honor del Profeta.
Este matrimonio del Profeta fue, por tanto, una astuta decisión política y social. Ganó para el islam a toda una tribu que, de otro modo, podría haberse unido a las fuerzas aliadas de otras grandes tribus que poco después sitiarían Medina durante mucho tiempo. El Profeta cambió el nombre de Barrah y la llamó Yuwairiyyah: Barrah significa «obediente, que elige todo lo bueno». Consideraba que ese nombre implicaba una afirmación que no podía demostrarse. Lo cambió al menos en otro caso, cuando llamó Zaynab a su hijastra. Yuwairiyyah es una forma cariñosa basada en Yariyah, que significa «joven dama».
La hija del archienemigo
Un caso similar fue el matrimonio del Profeta con Safiyyah bint Huyayy, una judía con quien el Profeta se casó después de infligir una dura derrota a su pueblo. Su propio padre era extremadamente hostil al Profeta, forjando alianzas y levantando ejércitos contra él. Había muerto dieciséis o diecisiete meses antes. Ahora Safiyyah había sido hecha prisionera, al igual que muchos de los suyos.
Sin embargo, el Profeta le ofreció casarse con ella, dejando claro a los judíos que era posible una vida de paz entre ellos y los musulmanes, siempre que cumplieran su compromiso con la paz. Poco después de trasladarse a Medina había celebrado un pacto con ellos, y al hacerlo estableció la primera sociedad pluralista que el mundo había conocido. Sin embargo, una tribu judía tras otra violó el pacto y provocó su propia evacuación de Medina. Desde entonces, las tribus judías se habían concentrado en Jaybar y conspiraban nuevamente para lanzar un ataque contra el Estado musulmán.
Una vez más, el Profeta y su ejército se movilizaron con rapidez, y una mañana los judíos los encontraron a sus puertas. Se retiraron inmediatamente a sus propias fortalezas, y el Profeta los sitió. Después de una dura batalla, se rindieron, y ambas partes firmaron un tratado generoso que permitía a los judíos permanecer en Jaybar y ocuparse de su agricultura a cambio de la mitad de sus productos.
El matrimonio del Profeta con Safiyyah fue un anuncio muy significativo para los judíos y para toda la gente: los musulmanes no albergan una enemistad permanente hacia ningún pueblo. Así, la actitud de los demás determinaba la relación: quienes deseaban vivir en paz con el islam eran bienvenidos. Safiyyah necesitó tiempo para superar el dolor por su esposo, muerto en la batalla, y por su padre, asesinado anteriormente, pero pronto comprendió que su último esposo, el Profeta, era el mejor hombre con quien ella o cualquier mujer podría haberse casado, y lo amó profundamente.
Ni Yuwairiyyah ni Safiyyah eran mayores, pero tampoco eran muy jóvenes, y ambas eran viudas. Yuwairiyyah se había casado anteriormente con un primo suyo, Abdullah, y Safiyyah había estado casada dos veces antes del Profeta. Ambas eran bonitas, pero ni la belleza ni la edad fueron factores en sus matrimonios con el Profeta. Él consideraba el efecto que tales matrimonios tendrían en los pueblos de ambas mujeres y en la comunidad musulmana.
Otra hija de un enemigo
El matrimonio del Profeta con Umm Habibah también tuvo lugar bajo circunstancias especiales. Ella pertenecía a una familia muy noble de la tribu de Quraysh. Su padre no era otro que Abu Sufyan Sakhr ibn Harb, del clan de los Omeyas. Desde el principio fue hostil al islam y luchó contra él. Se convirtió en el jefe supremo de Quraysh después de la batalla de Badr, en la que murieron muchos de los jefes de Quraysh. Desde su nueva posición dirigió una batalla tras otra contra el islam, hasta que finalmente se hizo musulmán el día en que La Meca cayó ante el islam.
Umm Habibah, cuyo nombre era Ramlah, abrazó el islam en sus primeros tiempos y se unió a su esposo, Ubaydullah ibn Jahsh. Ambos estuvieron entre los emigrantes que se dirigieron a Abisinia en el quinto año desde el comienzo del islam. Los emigrantes musulmanes vivieron varios años en Abisinia. Sin embargo, Ubaydullah entabló amistad allí con algunos sacerdotes cristianos, quienes finalmente lograron convertirlo al cristianismo.
Su esposa quedó así en una situación terrible: era una firme creyente en el islam y había emigrado a un país extranjero para servir a su fe, pero su esposo ahora se oponía al islam. No obstante, siguieron viviendo juntos hasta que Ubaydullah murió. Su situación empeoró entonces, pues se quedó sola con su joven hija, nacida en Abisinia. Todavía había con ella algunos musulmanes de Quraysh, y había muchos musulmanes abisinios, pero su situación personal era insostenible. No podía regresar junto a su padre, que dirigía la lucha contra el islam. No podía viajar a Medina, que ahora era la principal base del islam. Tenía que quedarse con su pueblo, entre el cual solo contaba con algunos primos lejanos.
Un día oyó que llamaban a su puerta. La abrió y encontró a una mujer del palacio del Negus, el rey de Abisinia, que le dijo que había recibido un mensaje del Profeta en Medina en el que le pedía organizar su matrimonio con él. Se alegró mucho con la noticia. Nombró como tutor a Khalid ibn Saíd, un primo suyo. Esa noche, los musulmanes de Quraysh fueron invitados al palacio del rey, donde el propio Negus ofició el matrimonio y entregó a Ramlah su dote en nombre del Profeta. Después viajó a Medina con el emisario del Profeta, Amr ibn Umayyah.
Cuando Abu Sufyan recibió la noticia de su matrimonio con el Profeta, dijo de él: «Es un hombre honorable al que no se puede reprochar nada».
No conocemos la fecha de su matrimonio con el Profeta ni la fecha exacta de su viaje a Medina. Los historiadores de aquella época no concedían mucha importancia a las fechas de los acontecimientos que relataban, pues se concentraban en el acontecimiento mismo. Sin embargo, podemos decir que el matrimonio tuvo lugar unos años después de la emigración del Profeta a Medina: posiblemente en el cuarto año, pero sin duda antes del final del sexto año.
En el sexto año, el Profeta envió un emisario al Negus para solicitar la repatriación de los emigrantes musulmanes que se encontraban en Abisinia. No podemos decir si Ramlah formaba parte de ese último grupo, pues no se la menciona en ningún relato sobre ellos. Sin embargo, solo se menciona por su nombre a unos pocos. Si el matrimonio hubiera tenido lugar en aquella ocasión, se habría mencionado en los relatos sobre la repatriación, pero no hay ninguna mención, lo que sugiere que tuvo lugar antes, durante una visita anterior a Abisinia del emisario del Profeta, Amr ibn Umayyah.
Ramlah demostró ser una esposa devota del Profeta. Apreciaba profundamente la gran bendición de convertirse en una «madre de los creyentes» —como se llamaba y se sigue llamando a sus esposas— y no habría cambiado esa posición por nada del mundo. No debemos
CAPÍTULO 15
Muhammad: el comandante militar
Poco antes del comienzo de la batalla de Badr, la primera gran batalla de la historia del islam, Muhammad (la paz sea con él) envió un mensaje a los qurayshíes diciéndoles que, cuando se trataba de la guerra, prefería no combatir contra ellos. Indicó que no tenían ningún motivo para luchar contra él y sus Compañeros y que, por tanto, debería ser fácil llegar a un acuerdo de paz. Uno de los líderes de los qurayshíes, Utbah ibn Rabi’ah, aceptó la lógica de que una batalla era innecesaria e intentó persuadir a su gente de que abandonara su actitud hostil. Sin embargo, Abu Yahl y otros extremistas estaban decididos a emprender la guerra y pronto lograron arrastrar a todos a una batalla innecesaria que terminó con un gran triunfo del ejército musulmán sobre una fuerza de incrédulos mucho más numerosa.
Esto resume la actitud del islam ante la guerra: debe evitarse en la medida de lo posible, pero no puede descartarse por completo porque otros pueden recurrir a la batalla. Por ello, un Estado musulmán que se encuentre en conflicto con otros debe estar preparado para combatir, al tiempo que procura alejarse de esa situación tanto como sea posible. La visión islámica de la guerra es que debe ser siempre defensiva, con el objetivo de establecer el derecho y la justicia para todos. Solo puede librarse una batalla para eliminar la injusticia, la tiranía y la agresión.
Sin embargo, el islam tiene una visión amplia de la vida humana. El mensaje divino se dirige a toda la humanidad. Por ello, los musulmanes sostienen que es correcto presentar este mensaje a las personas dondequiera que vivan. Hoy hablamos mucho de los derechos humanos. El islam estableció su concepción de los derechos humanos desde el comienzo mismo de su mensaje, hace catorce siglos. El islam convierte el derecho a la libertad en el derecho más importante de todo hombre y toda mujer. Este derecho incluso tiene precedencia sobre el derecho a la vida. Naturalmente, el derecho a la vida es concedido por Dios Todopoderoso a todo niño y toda niña. Sin embargo, Dios declara en el Corán: «La opresión es aún peor que matar» (2:191), y «La persecución religiosa es peor que matar» (2:217).
En ambas afirmaciones se emplea el término árabe fitnah, pero en un caso se traduce como «opresión» y en el otro como «persecución religiosa», para reflejar el sentido de los contextos en los que aparece. Al hacer de la libertad el derecho humano básico y más esencial, el islam ennoblece al ser humano. Cuando se niega la libertad, las personas no pueden ejercer su humanidad y se vuelven como máquinas; es decir, son incluso peores que los animales, que actúan por instinto.
El islam exige a la comunidad musulmana eliminar cualquier impedimento al ejercicio del derecho a la libertad. El islam afirma que poner obstáculos a la libertad es injusto y exige la eliminación de la injusticia. Esto forma parte de la visión islámica general de la humanidad, de nuestro lugar en la tierra y del papel que Dios nos ha asignado. La libertad permite a las personas tomar decisiones y ser creativas, de modo que cada una pueda cumplir su función. Dondequiera que gobierna una dictadura, las personas que viven bajo su yugo pierden primero su capacidad creativa, luego se estancan y finalmente se hunden en un profundo estado de humillación y falta de respeto por sí mismas. En ese momento, su humanidad se ha perdido, su dignidad se ha desperdiciado y la vida que llevan resulta indigna de la criatura que Dios ha puesto al frente de la tierra.
Por tanto, eliminar los obstáculos a la libertad es una tarea esencial de la comunidad musulmana cuando defiende el mensaje de Dios e invita a las personas a aceptarlo y ponerlo en práctica. Por consiguiente, cuando los obstáculos se imponen por la fuerza, deben eliminarse mediante una fuerza contraria; si esto conduce a la guerra, tal guerra se considera defensiva, pues defiende el derecho del ser humano a la libertad.
El Profeta y sus Compañeros permanecieron en La Meca durante trece años, defendiendo su fe frente a una brutal persecución e injusticia. Durante todo ese periodo, recibieron instrucciones de abstenerse de usar la fuerza contra sus perseguidores. Se les ordenó mantener la paz y dedicarse a su culto. Esto significaba que, aunque sufrían injusticias manifiestas, soportaban todas las dificultades que afrontaban, manteniendo una actitud de paciencia y resignación.
Como se relata en el capítulo 2, se produjo un avance decisivo cuando el islam empezó a difundirse entre los habitantes de Medina. Decenas de nuevos musulmanes se reunieron con el Profeta en Mina durante la temporada de peregrinación y le pidieron que se uniera a ellos en su ciudad junto con todos los musulmanes de La Meca. Le prometieron su apoyo total, lo que incluía luchar contra cualquier fuerza atacante que tratara de suprimir su mensaje. Incluso sugirieron que estaban dispuestos a combatir contra los incrédulos al día siguiente. Sin embargo, el Profeta les dijo que Dios no había permitido combatir.
Poco después de la emigración del Profeta a Medina, al comienzo del decimocuarto año de su misión, el Corán concedió permiso para luchar contra la opresión:
Muhammad: el comandante militar
«Se concede permiso para combatir a quienes son atacados, porque han sido víctimas de una injusticia. Ciertamente, Dios tiene poder para concederles la victoria. Son aquellos que han sido expulsados de sus hogares injustamente, por ninguna otra razón que haber dicho: “Nuestro Señor es Dios”. Si Dios no repeliera a unos pueblos por medio de otros, habrían sido destruidos monasterios, iglesias, sinagogas y mezquitas —en todas las cuales se menciona abundantemente el nombre de Dios—. Dios ciertamente ayudará a quien ayude a Su causa. Dios es, sin duda, Todopoderoso, Omnipotente» (22:39-40).
Los fundamentos para conceder este permiso aparecen claramente expuestos. Se permite combatir a las víctimas de la injusticia. Puesto que los musulmanes eran aquellos contra quienes se combatía, se les permitió defenderse y defender su libertad. Como los emigrantes a Medina habían sido «expulsados de su patria injustamente» y por ninguna otra razón que su fe, se les permitió actuar para hacer frente a la injusticia. Los versículos defienden claramente el derecho a la fe como parte de la libertad humana: los monasterios, las iglesias, las sinagogas y las mezquitas deben ser respetados, y debe concederse a las personas libertad de culto.
Durante el periodo en que el Profeta predicó el islam en La Meca, los qurayshíes se dieron cuenta de que no tenían ningún agravio real contra el Profeta y sus seguidores. En cierto momento, cuando la situación avanzaba hacia la polarización, uno de sus jefes más sensatos, Utbah ibn Rabi’ah, hizo al Profeta algunas ofertas tentadoras para que abandonara su mensaje. La única respuesta del Profeta fue leerle un largo pasaje del Corán. A partir de ello, Utbah comprendió claramente que Muhammad no se preocupaba por ninguna riqueza ni beneficio material de ningún tipo, y que su única preocupación era transmitir un mensaje que procedía claramente de una fuente no humana. Regresó junto a su gente y les dijo:
«He oído algo como jamás había oído en mi vida. No es poesía ni hechicería. Aceptad la propuesta que os hago y dejad sobre mi puerta la responsabilidad del resultado. Dejad en paz a este hombre. Lo que he oído de él dará ciertamente lugar a grandes acontecimientos. Si el resto de los árabes lo matara, os ahorraríais el problema. Si triunfa, toda la gloria que alcance será vuestra».1
Esto es semejante al consejo que Utbah dio a los qurayshíes justo antes del comienzo de la batalla de Badr. En aquella ocasión, les dijo que no tenían ningún agravio real contra Muhammad y sus seguidores, por lo que les convenía mucho más dejar las cosas como estaban:
«Aceptad mi consejo y no combatáis contra este hombre [es decir, el Profeta] ni contra sus Compañeros. Yo asumiré toda la responsabilidad. Podéis atribuirme toda la culpa por esta cobardía. Entre esas personas hay muchos de nuestros parientes. Si vencemos, muchos de los nuestros mirarán a su alrededor y verán al asesino de su padre o de su hermano. Esto provocará mucha enemistad y hostilidad en nuestras filas. No podréis matarlos a todos antes de que ellos hayan matado a un número equivalente de los vuestros. Pero entonces la suerte puede volverse contra vosotros. ¿Qué buscáis vengar, aparte de un muerto y la caravana que han saqueado? Yo asumiré todo eso. Amigos míos, si Muhammad es un mentiroso, los lobos entre los árabes os librarán de él. Si es un rey, os beneficiaréis del reino de vuestro sobrino. Si, por el contrario, es verdaderamente un Profeta, seréis los más felices de todos por tenerlo entre vosotros. Amigos míos, no rechacéis mi consejo ni menospreciéis mi opinión».2
Sin embargo, rara vez se sigue un consejo sensato cuando las personas se han polarizado. Incluso hoy, los belicistas y los extremistas suelen imponerse cuando la guerra parece inminente. Los qurayshíes acusaron a Utbah de cobardía, empujándolo a ser el primero en iniciar las hostilidades. El Profeta habría preferido que los qurayshíes entraran en razón y comprendieran que la guerra los conduciría por un camino que no les reportaría ningún beneficio. Poco antes de que Utbah pronunciara su discurso, el Profeta afirmó que él era el más sensato de ellos y que harían bien en escuchar su consejo.
Cuando se rechaza un consejo sensato, la alternativa suele ser desastrosa, y la batalla de Badr fue, en efecto, un desastre para los qurayshíes. Los musulmanes obtuvieron una victoria contundente que dejó humillados a los qurayshíes.
Preparativos prudentes
Por mucho que odiara la guerra, el Profeta no rehuía el conflicto cuando era necesario o inevitable. En efecto, cuando se concedió permiso para combatir a los incrédulos, comprendió que debían realizarse preparativos para que la comunidad musulmana no fuera tomada desprevenida. Unos meses después de que él y sus Compañeros se establecieran en Medina, comenzó a enviar expediciones a todas las zonas circundantes. Estas expediciones estaban formadas únicamente por sus Compañeros de La Meca, ya que el Profeta no quería enviar fuera de la
CAPÍTULO 16
ganarse el corazón del enemigo Los primeros catorce años del mensaje islámico transcurrieron sin enfrentamientos militares con ningún enemigo. Durante toda la estancia del Profeta en La Meca, que duró trece años después de que comenzara a recibir el mensaje de Dios, se ordenó expresamente a los musulmanes que no recurrieran a la lucha, sin importar las presiones y los abusos físicos a los que fueran sometidos.1 Cuando el Profeta emigró a Medina, se concedió a los musulmanes permiso para combatir a los agresores. El Profeta envió expediciones a la zona circundante de Medina, pero estas fueron en su mayoría pacíficas. Sirvieron como un buen entrenamiento para los musulmanes y disuadieron a posibles saqueadores de intentar atacar Medina. La facción de los coraixitas condujo deliberadamente la situación al primer enfrentamiento militar. La actitud del Profeta hacia la guerra era coherente con su búsqueda de lo justo. Consideraba que la comunidad musulmana tenía derecho a vivir y practicar su religión en paz. También creía que cada individuo tenía derecho a elegir sus creencias y vivir conforme a su fe. Por ello, consideraba que recurrir a la fuerza para apartar a la gente de su fe era contrario a la justicia. Comprendía perfectamente que su misión era un acto de gracia que Dios había concedido a la humanidad. Por tanto, se abstuvo de la guerra, excepto cuando el enemigo se la impuso. Aparte de la derrota en la batalla de Uhud y del traicionero asesinato de sus Compañeros en al-Rayi y Bi’r Ma’una, el Profeta venció en todos los enfrentamientos militares. Se puede comprender la enseñanza del Profeta examinando la manera en que trataba a los enemigos derrotados. 1 Para un análisis completo de las razones por las que se impidió a los musulmanes combatir la agresión de los coraixitas, véase Sayyid Qutb, A la sombra del Corán, vol. 3, The Islamic Foundation, Leicestershire, 2001, pp. 233-236.
Lo primero que debe observarse acerca de las victorias del Profeta es que nunca perseguía a un ejército derrotado que comenzara a retirarse. Permitía que sus enemigos se marcharan sin temor a un ataque por la retaguardia. Nunca pretendió infligir una derrota aplastante; solo quería que la comunidad musulmana pudiera vivir en paz y proclamar su mensaje en paz. Aquellos enemigos derrotados, fueran quienes fueran, eran en realidad destinatarios del mensaje divino que él predicaba. Por ello, el Profeta decidió que se les debía dar la oportunidad de regresar a sus hogares y reflexionar sobre su actitud, pues quizá reconsideraran su posición y aceptaran el islam. Cuando tuvo setenta prisioneros de guerra, después de la batalla de Badr, lo primero que dijo el Profeta a sus Compañeros fue que trataran bien a los prisioneros. Sus seguidores dieron un ejemplo extraordinario de obediencia. Cuando consultó a sus Compañeros sobre los prisioneros y qué debía hacerse con ellos, una parte considerable de la comunidad musulmana quería que todos fueran ejecutados, para debilitar al enemigo y demostrar la ruptura definitiva con los incrédulos. Sin embargo, el Profeta optó por aceptar un rescate a cambio de dejarlos libres. Los que sabían leer y escribir podían comprar su libertad enseñando a diez niños musulmanes a leer y escribir. En el capítulo 13 analicé el caso de la tribu de Mustalaq, que se preparaba para atacar Medina, aunque no tenía ningún motivo para hacerlo. El enfrentamiento tuvo como resultado que muchos de sus hombres y mujeres fueran hechos prisioneros, lo que significaba que serían esclavizados o tendrían que comprar su libertad. El Profeta se casó con una de sus mujeres, Juwayriyyah, convirtiéndola en una «madre de los creyentes». Como resultado, todos sus hombres y mujeres fueron liberados sin rescate, pues los musulmanes consideraron que no podían mantener cautivos a los parientes políticos del Profeta. La situación en Medina no era fácil en absoluto en aquel momento. Los recursos eran escasos y la llegada de los musulmanes que habían emigrado de La Meca constituía una carga para la economía del naciente Estado musulmán. Además, el hecho de que tuvieran que librar varias batallas en un corto período hacía que la situación en Medina distara mucho de estar estabilizada. El rescate que podrían haber obtenido por más de cien prisioneros de guerra habría aliviado considerablemente las dificultades económicas que padecían. Sin embargo, el Profeta contemplaba el panorama más amplio. Quería que la hostilidad de los de Mustalaq fuera reemplazada por amistad, para que pudieran considerar el islam de manera objetiva, sin que quedara ningún residuo de los sentimientos causados por la derrota que habían sufrido; eso constituiría una ganancia mucho mayor para el islam. En efecto, la opinión del Profeta quedó expresada en estas palabras: «Si Dios hace que, por medio de ti, una persona siga Su guía, eso es mejor para ti que todo lo que hay bajo el sol». La manera en que el Profeta trató al jefe de los de Mustalaq resume su actitud. El Profeta se aseguró de que al-Harith ibn Abi Dirar reconociera la verdad del islam. Además, actuó de tal modo que todos los cautivos de la guerra con al-Mustalaq fueron liberados. Al-Harith tomó la decisión correcta y abrazó el islam, junto con un número considerable de miembros de su tribu.
Liberar a todos los cautivos
La batalla de Hunayn tuvo lugar hacia el final del octavo año del calendario islámico, poco después de que La Meca hubiera caído ante el islam con muy poca lucha. La victoria del Profeta en La Meca impulsó a los habitantes de Hawazin, una tribu muy numerosa que aún se aferraba a la idolatría, a unirse con otra tribu importante, los Thaqif, en un último intento de aplastar al islam y a los musulmanes. Sin embargo, el jefe de Hawazin, Malik ibn Awf, decidió llevar a cabo una movilización total y llevó consigo a su ejército a todas sus mujeres y niños, así como su ganado. Pensaba que, cuando sus hombres comprendieran que una derrota significaría la pérdida absoluta de todo cuanto poseían, lucharían con empeño y permanecerían firmes hasta el final, hasta alcanzar la victoria. A pesar de los sensatos consejos en contrario, se decidió a combatir, colocando a las mujeres y los niños en la retaguardia. La batalla terminó con una derrota aplastante para Hawazin, mientras que los Thaqif permanecieron en su ciudad fortificada de Taif. Los musulmanes tomaron como prisioneros a todas las mujeres y niños de Hawazin, y se apoderaron de todo su ganado y sus bienes como botín. La norma islámica respecto a los botines de guerra es que el veinte por ciento corresponde al Estado y el ochenta por ciento se divide por igual entre el ejército. En este caso, el botín incluía 24.000 camellos, 40.000 ovejas y 4.000 onzas de plata, además de 6.000 prisioneros de guerra. Era el mayor botín de guerra que los musulmanes habían obtenido hasta entonces. Por ello, el Profeta sufrió mucha presión para que lo repartiera, pues todos querían asegurarse de recibir su parte. Sin embargo, el Profeta quería algo diferente. La verdadera ganancia sería poner fin a la hostilidad de Hawazin y animarlos a considerar la posibilidad de unirse a las filas de los musulmanes. Por ello, retrasó el reparto del botín. El Profeta pensaba en los de Hawazin, que lo habían perdido todo. No obstante, no le correspondía decidir qué hacer con el botín. Tenía plena autoridad sobre una quinta parte de este, pero eso no ofrecía una solución satisfactoria, pues tenía otras cuestiones que atender que requerían una parte considerable de esa quinta parte. Finalmente, los de Hawazin se presentaron ante el Profeta y le suplicaron, pidiéndole compasión: «Mensajero de Dios, somos tu gente y tu propio clan. Sabes qué clase de desgracia nos ha acontecido. Te rogamos que tengas misericordia de nosotros; que Dios te conceda Su gracia». Su portavoz dijo al Profeta: «Mensajero de Dios, entre las mujeres que han caído cautivas en tus manos hay algunas que son tus tías y otras que fueron tus nodrizas cuando eras pequeño. Si hubiéramos tenido una relación semejante con el rey de Gassan, en Siria, o con el rey de al-Manadhirah, en Irak, y nos hubiera acontecido una desgracia de este tipo a manos de ellos, aun así habríamos esperado que mostraran clemencia hacia nosotros. Tú, Mensajero de Dios, eres quien mejor puede devolver un favor».2 La referencia a las tías del Profeta entre los de Hawazin alude al hecho de que, cuando era un bebé, el Profeta estuvo al cuidado de Halimah, una nodriza de Sa’d, un clan de Hawazin. El Profeta les dijo que ya había esperado más de dos semanas a que se presentaran. Les explicó que el botín pertenecía en su mayor parte a los combatientes. Los instó a adoptar el islam y a comunicarlo a los musulmanes. Les enseñó qué debían decir para hacer un llamamiento a la comunidad musulmana. También les dijo que debían elegir entre sus mujeres y sus hijos, o sus bienes. No podían quedarse con ambas cosas. Eligieron que les fueran devueltos sus mujeres y sus hijos. Al día siguiente, después de la oración del zuhr, hicieron lo que el Profeta les había indicado. Se pusieron de pie y suplicaron al Profeta y a los musulmanes en general. El Profeta les respondió, exhortando a los musulmanes a tratarlos con bondad. Después dijo que todo cuanto él y su clan, los hachemíes, poseían debía ser devuelto a Hawazin. Los emigrados y los auxiliares respondieron inmediatamente, diciendo que renunciaban a sus partes en favor del Mensajero de Dios. El Profeta dijo a todos que quien estuviera dispuesto a renunciar a su parte recibiría una recompensa de Dios, aunque nadie estaba obligado a hacerlo. Un pequeño número insistió en conservar sus partes, y el Profeta los compensó generosamente a cambio de que renunciaran a las mujeres y los niños. Así, todos los cautivos de guerra de Hawazin fueron liberados.
Otro aspecto de la manera en que el Profeta trataba a los vencidos fue la forma en que se ganó al líder de Hawazin. Malik ibn Awf solo tenía treinta años cuando condujo a su pueblo a aquella desastrosa batalla contra los musulmanes. Era un joven prometedor, valiente e inteligente, pero estaba descarriado y no quería escuchar consejos. Cuando la situación se volvió contra él en la batalla y vio la derrota frente a sus ojos, huyó a Taif, donde se unió a los Thaqif, quizá con la esperanza de hacerlo mejor en un enfrentamiento futuro. Sin embargo, el Profeta dijo a los ancianos de Hawazin: «Informad a Malik de que, si viene a mí y se declara musulmán, le devolveré su familia y sus bienes, y añadiré cien camellos». Cuando Malik recibió este mensaje, comprendió que lo mejor que podía hacer era acudir al Profeta y reconciliarse con él. Necesitaba salir secretamente de Taif, pues temía que sus anfitriones lo retuvieran si se enteraban de su intención. Alcanzó al Profeta cuando este se dirigía a La Meca. El Profeta lo reunió con su familia, le devolvió todo lo que le pertenecía y le entregó cien camellos. Debemos recordar aquí que, para los árabes de aquella época, la riqueza se calculaba por el número de camellos y cabezas de ganado que poseía una persona: una camella era muy valiosa por la gran cantidad de leche que producía. El Profeta también nombró a Malik líder de los musulmanes entre su pueblo. Se convirtió en un soldado sincero del islam. Esta era la característica de la manera en que el Profeta trataba a sus antiguos adversarios: procuraba ganárselos para el islam. Como resultado, muchos respondieron y comprobaron que cumplía su palabra. Eso fue suficiente para consolidar su conversión al islam. Cuanto más leían el Corán y aprendían los principios y valores del islam, mejores musulmanes se hacían.
Amor en lugar de hostilidad
El mayor ejemplo de cómo trataba el Profeta a los vencidos fue la manera en que trató a los coraixitas cuando La Meca cayó ante el islam. Los coraixitas eran su pueblo, pero fueron ellos quienes se le opusieron desde el primer día de su misión. Él les había tendido una mano de amor y amistad, pero ellos habían respondido constantemente con odio y hostilidad. Lo expulsaron de su ciudad natal junto con sus seguidores. Cuando estableció su Estado en Medina, se lanzaron a la guerra e intentaron una y otra vez aplastar a los musulmanes, enviando ejércitos para combatirlos y aliándose con otras tribus importantes, como los Ghatafan y los judíos. Cuando los musulmanes firmaron un acuerdo de paz con los coraixitas, estos lo violaron y ayudaron a matar a los aliados del Profeta en un ataque traicionero. Así habían perdido todo derecho a recibir un trato generoso. Debían pagar por su traición: ¿qué precio les exigió el Profeta? En primer lugar, cuando el Profeta ordenó la movilización, mantuvo el máximo secreto para que los coraixitas no se enteraran de su intención de marchar contra ellos. Quería aprovechar al máximo el factor sorpresa. Cuando llegó cerca de La Meca, acampó allí y cambió su estrategia del secreto a la máxima publicidad, ordenando a todos los miembros del ejército que encendieran hogueras durante la noche. Esto funcionó magníficamente: los jefes de los coraixitas que vieron aquellas hogueras comprendieron que, por mucha resistencia que opusieran, no serían rival para los musulmanes. Después declaró que estaría a salvo quien entrara en la Gran Mezquita de la Kaaba, quien permaneciera con Abu Sufyan, el jefe de los coraixitas, o quien se quedara dentro de su casa. Así pues, para garantizar la seguridad de cualquiera bastaba con permanecer en casa. Su ejército entró entonces en la ciudad desde sus cuatro direcciones, bajo estrictas instrucciones de no iniciar ninguna lucha a menos que fueran atacados. El propio Profeta entró en La Meca, la capital de Arabia, bastión de la idolatría y ciudad que lo había expulsado solo ocho años antes, con la cabeza inclinada hasta casi tocar la grupa de su camello, en reconocimiento de la gracia de Dios. Comenzó ofreciendo culto en la Kaaba. Al día siguiente, cuando los habitantes de La Meca se reunieron para escuchar su discurso, les ofreció un futuro luminoso. Les preguntó: «¿Qué creen que voy a hacer con ustedes?». Ellos se habían hecho la misma pregunta: ¿Qué haría con ellos aquel comandante que había conquistado su ciudad y los había sometido por completo? Eran conscientes de lo que le habían hecho a él y a sus seguidores durante veintiún años de hostilidad y guerra, así que ¿qué podían esperar? Su respuesta reflejaba lo que conocían de su carácter, cuando dijeron: «Solo esperamos bondad de ti. Eres un hermano noble e hijo de un hermano noble». Él respondió: «Pueden marcharse todos en libertad». Tal nobleza y magnanimidad no tienen parangón en las conquistas militares a lo largo de la historia de la humanidad. Sin embargo, aquel conquistador era excepcional. Su conquista fue una conquista de corazones, no de tierras. Así, La Meca fue ganada para el islam. En pocos días, sus habitantes comenzaron a acudir a él y a declararse musulmanes. No se ejerció coacción ni presión sobre nadie. Se les dejó considerar el islam de manera objetiva, sin que la hostilidad ni los deseos de venganza por sus derrotas anteriores distorsionaran su visión. Incluso a quienes ocupaban posiciones privilegiadas o cargos honorables se les permitió conservarlos. El Profeta podría habérselos quitado y habérselos entregado a su propia gente, pero no quiso hacer nada semejante. En cambio, declaró: «Este es un día de honestidad, en el que se cumplen las promesas».3
3 Ibn Hisham, ibíd., vol. 4, p. 32.
CAPÍTULO 17
las relaciones del Profeta con los judíos La emigración del Profeta de La Meca a Yathrib (que llegó a ser conocida como Medina)1 estableció el primer Estado islámico. Era una ciudad-Estado con posibilidades de expansión. Sin embargo, la sociedad que existía en Medina era fundamentalmente distinta de la que el Profeta y sus Compañeros habían dejado atrás en La Meca. La Meca era una sociedad homogénea, pues la tribu de Quraysh constituía la mayor parte de la población. Tenían esclavos y otros individuos vinculados a la tribu, pero que no pertenecían a ella —a quienes llamaban sus aliados—, que prestaban servicios manuales. Los qurayshíes dependían del comercio para subsistir. Eran expertos en el comercio internacional y organizaban con frecuencia viajes comerciales a Siria y Yemen. Era un negocio próspero que proporcionaba a los habitantes de La Meca riqueza y una vida cómoda. En cambio, Medina era una sociedad muy compleja. La población árabe estaba formada por dos tribus principales: los Aws y los Jazray. Ambas procedían del Yemen y tenían las mismas raíces, pero a menudo estaban en conflicto, y las batallas libradas entre ellas las habían debilitado a ambas. Además, en Medina había una numerosa comunidad judía. Esta estaba formada por varias tribus, las más importantes de las cuales eran los Qaynuqa, los Nadir y los Qurayza. Cada una podía movilizar una fuerza de entre 700 y 800 combatientes. Los judíos vivían en fortalezas al sudeste de Medina. Estas tres tribus forjaron alianzas con los Aws o con los Jazray, y provocaban problemas entre ellos. Cuando estallaba una batalla, los judíos podían luchar junto a sus aliados árabes contra sus propios correligionarios judíos. La economía de Medina1 Medina es una abreviatura de Madinat al-Rasul (que significa «la ciudad del Profeta»). Medina significa simplemente «la ciudad».
Medina dependía de la agricultura, con palmerales de dátiles que se extendían por una amplia zona. Tanto los árabes como los judíos dependían principalmente de ellos para subsistir, pero antes de la emigración del Profeta, los judíos Qaynuqa habían sido expulsados de su territorio por las otras dos tribus judías y se habían trasladado a Medina. Tenían su propio mercado, donde se dedicaban al comercio y a la artesanía. Entre ellos había joyeros. Cuando el Profeta y sus Compañeros procedentes de La Meca, los Muhayirún, comenzaron su emigración, una parte considerable de la población árabe de los Aws y los Jazray había adoptado el islam. Sin embargo, un número considerable de ellos todavía era idólatra: es difícil calcular el porcentaje de idólatras entre la población árabe cuando el Profeta llegó a Medina, pero ese porcentaje disminuía continuamente. Un número cada vez mayor de árabes abrazó el islam al ver que sus compañeros de tribu, sus vecinos y los miembros de sus propias familias adaptaban sus vidas a los elevados valores enseñados por el Profeta. Esto significaba que en Medina, que según nuestros criterios modernos era una ciudad pequeña, convivían tres religiones distintas. La misma población pertenecía también a diferentes grupos étnicos: los árabes de La Meca pertenecían a la rama adnaní de los árabes, y los árabes de Medina, a la rama qahtaní. Los judíos eran hábiles en el comercio y los negocios, mientras que los árabes de Medina dependían exclusivamente de la agricultura. Los Muhayirún de La Meca también participaban en los negocios, y muchos de ellos eran empresarios inteligentes. Era, por tanto, una situación nueva y muy compleja dentro de un área geográfica limitada. A ello se añadía la complejidad de la amenaza externa. Quraysh, en La Meca, que era una fuerza con la que había que contar, estaba muy descontenta con la emigración de los musulmanes a Medina. Mientras los musulmanes estaban en La Meca, Quraysh creía tener la situación bajo control. Ahora que el islam tenía su propia base y podía actuar libremente, Quraysh percibía un peligro para su posición de supremacía en Arabia y una amenaza para su comercio internacional. Poco después de establecerse en Medina, el Profeta procuró organizar la nueva sociedad. Tomó cuatro medidas muy importantes. En primer lugar, construyó la mezquita, que servía como lugar de culto, centro para debatir los asuntos de la comunidad musulmana y lugar donde celebrar consultas sobre cualquier cuestión importante. También servía como lugar donde los musulmanes podían recibir educación sobre su fe. En segundo lugar, estableció un vínculo de hermandad entre los musulmanes, de modo que uno de los Muhayirún se convirtiera en hermano especial de uno de los Ansar (los musulmanes de Medina). En tercer lugar, envió grupos de sus Compañeros en expediciones militares para demostrar que el nuevo Estado estaba preparado para cualquier eventualidad. Como se señaló anteriormente, estas no implicaron enfrentamientos militares, salvo un pequeño
grupо de ocho hombres, cuando fue muerto un hombre de Quraysh. En cuarto lugar, el Profeta reguló las relaciones entre los distintos sectores de la población de Medina. Se redactó un pacto que definía las responsabilidades de cada grupo dentro de la comunidad musulmana y delineaba la naturaleza de sus relaciones con los judíos.2 El documento fue quizá la primera constitución escrita producida en cualquier parte del mundo y establecía una sociedad pluralista. Estas son algunas de sus disposiciones, que reflejan su naturaleza pluralista: Los Muhayirún de Quraysh son responsables del dinero de sangre que les corresponda pagar.3 Pagan la liberación de los prisioneros tomados de entre ellos, según lo razonable y justo entre los creyentes. El clan de Awf mantiene su condición, haciéndose responsable del dinero de sangre que le corresponda pagar. Cada grupo paga la liberación de sus prisioneros, de acuerdo con lo razonable y justo entre los creyentes. Los creyentes temerosos de Dios se alzarán contra cualquiera de los suyos que transgreda, sea culpable de opresión o incurra en pecado, agresión o corrupción entre los creyentes. Se unirán contra él, aunque sea hijo de uno de ellos… El menos distinguido de los creyentes puede ofrecer una garantía de protección que será vinculante para todos. Los creyentes son aliados unos de otros frente a todos los pueblos. Cualquiera de los judíos que se una a nosotros contará con nuestro apoyo y tendrá los mismos derechos que nosotros, sin sufrir opresión ni temer ninguna alianza contra ellos. Los creyentes tendrán un único pacto de paz… Cada grupo que se una a nosotros en una expedición de yihad llevará consigo sus propios efectivos. Los creyentes son iguales en lo que respecta a sacrificar sus vidas por la causa de Dios… Ningún no creyente podrá ofrecer protección a ninguna propiedad ni persona perteneciente a Quraysh, ni interponerse entre ellos y ningún creyente. Cualquiera que mate a un creyente y cuya culpabilidad sea probada será sometido a represalias, salvo que el pariente más cercano de la víctima renuncie a su derecho. Todos los creyentes se unirán contra el asesino y no les será lícito hacer otra cosa que llevarlo ante la justicia. 2 Para una traducción completa de este documento, véase Adil Salahi, Muhammad: Man and Prophet, The Islamic Foundation, Leicestershire, 2008, pp. 239-242. 3 Esta condición garantizaba la responsabilidad colectiva de una familia, clan o tribu de pagar el dinero de sangre a la familia de cualquier persona matada accidentalmente por uno de sus miembros.
Ningún creyente que acepte este tratado y crea en Dios y en el Último Día podrá apoyar ni dar refugio a ningún criminal… En aquello sobre lo que discrepéis, el veredicto final corresponde a Dios y a Muhammad (que la paz sea con él). Los judíos compartirán los gastos con los creyentes mientras estén en guerra con otros. Los aliados judíos del clan de Awf constituirán una sola comunidad con los creyentes. Los judíos tienen su propia religión y los musulmanes tienen la suya. Esto se aplica a ellos y a sus aliados. Quien sea culpable de opresión o cometa un pecado solo se arruina a sí mismo y a su familia. Los aliados judíos de los clanes de al-Najjar, al-Harith, Saida, Jusham, al-Aws y Zalaba disfrutarán de los mismos derechos que los aliados judíos de Awf. Quien cometa una injusticia o un pecado solo se arruina a sí mismo y a su familia… Los judíos correrán con sus gastos y los musulmanes con los suyos. Deberán apoyarse mutuamente contra cualquiera que luche contra una de las partes de este acuerdo. Se deben mutuamente consejo sincero… No se protegerá nada que pertenezca a Quraysh ni a quienes la apoyen. Las partes de este acuerdo se apoyarán mutuamente contra cualquiera que ataque Yathrib. Si se les llama a concertar un acuerdo de paz, lo harán. Si se les invita a algo semejante, los creyentes deberán apoyarlo, excepto frente a quienes luchen para suprimir la fe. Cada grupo asumirá su parte de responsabilidad en el sector que le sea más cercano. Los aliados judíos de al-Aws, su propio pueblo y sus aliados tendrán los mismos derechos y obligaciones que las partes de este acuerdo, y las partes de este acuerdo deberán respetarlo sinceramente… Cada cual será responsable de toda acción que cometa. Dios aprueba lo mejor y más veraz de cuanto contiene este acuerdo. Este acuerdo no concede inmunidad frente al castigo a nadie culpable de opresión o pecado. Quien abandone Medina estará a salvo, y quien permanezca en ella estará a salvo, salvo que sea culpable de injusticia o pecado. Dios es el protector de quienes cumplen sus pactos y son temerosos de Dios, y también lo es Muhammad, el Mensajero de Dios. Esta sociedad pluralista podría haber vivido en paz dentro de su territorio durante mucho tiempo, pero no habría de ser así. La naturaleza de los distintos grupos contribuyó a socavar este intento de establecer una sociedad en la que todos vivieran en paz y con respeto mutuo. La historia de Medina (como Yathrib) antes de la llegada del islam
Las relaciones del Profeta con los judíos nos dicen que, cuando se intensificó la rivalidad entre sus comunidades árabe y judía, los judíos amenazaron a los árabes, hablándoles de la inminente aparición de un Profeta «a quien seguiremos y entonces podremos aplastaros hasta el último hombre». Los seis hombres de Yathrib que fueron los primeros en encontrarse con el Profeta en La Meca y escucharlo explicarles su mensaje se dijeron unos a otros: «Este es el Profeta del que os hablaban los judíos. No permitáis que acudan a él antes que vosotros». Era de esperar que surgiera una rivalidad entre los árabes de Medina y los judíos, pues cada comunidad competiría por atraer al Profeta a su lado. Sin embargo, los judíos optaron por mantenerse apartados del Profeta. Sus rabinos adoptaron en su mayoría una actitud hostil hacia él y su mensaje, aunque un par de ellos no tardaron en comprobar la verdad de su mensaje y declararon su aceptación del islam. Varios otros lo reconocieron como Mensajero de Dios poco después de su llegada, pero aun así se negaron a reconocer públicamente que lo sabían. Otros, como Huyayy ibn Ajtab, adoptaron una actitud muy hostil y dijeron que nunca creerían en él. Sin embargo, el Profeta nunca presionó a nadie para que aceptara su mensaje, pues quería que las personas lo aceptaran solo si estaban convencidas de su verdad. Estaba dispuesto a que los judíos determinaran su posición como quisieran. Solo quería que cumplieran el pacto que habían firmado con él, que daba a todos los habitantes de Medina la oportunidad de vivir en paz y seguir su fe. La manifestación de una hostilidad oculta Los acontecimientos de los años siguientes demostraron que aquellos judíos nunca estuvieron dispuestos a seguir una política de coexistencia vecinal. Querían conservar su posición, pero comprendían que el islam estaba destinado a extenderse y que, por tanto, representaba para ellos un grave peligro. Cuando los musulmanes obtuvieron una resonante victoria en la batalla de Badr, su primer gran encuentro con Quraysh, los judíos de Medina se mostraron muy complacidos por la derrota de Quraysh. Algunos incluso viajaron a La Meca para presentar sus condolencias a Quraysh por la pérdida de varios de sus jefes. Algunos ridiculizaron la victoria obtenida por los musulmanes y les dijeron que era vacía, insistiendo en que los musulmanes obtendrían un resultado diferente si luchaban contra los judíos. Los judíos Qaynuqa fueron aún más lejos: humillaron a una musulmana en su mercado, lo que provocó un enfrentamiento en el que murieron un judío y un musulmán. Este último acontecimiento constituía una clara violación del pacto que habían firmado con el Profeta. Por ello, sitió a los judíos Qaynuqa. El asedio duró quince días, pero no hubo combates. Finalmente, aceptaron evacuar Medina y dejar atrás sus propiedades. El Profeta les concedió tres días para prepararse para la partida. Incluso nombró a su aliado, Ubadah ibn al-Samit, para supervisar su partida. Ubadah era amigo íntimo de ellos, pero era un buen musulmán. Su nombramiento tenía por objeto garantizar que nadie les hiciera daño al marcharse. Se dirigieron a una zona que hoy se encuentra en el sur de Siria.4 Lo ocurrido con los Qaynuqa debería haber servido de advertencia al resto de los judíos de Medina, dejando claro que el Profeta y los musulmanes no aceptarían la hostilidad de nadie. Si los judíos respetaban las condiciones del pacto, vivirían en paz con los musulmanes; pero cualquier violación del pacto tendría graves consecuencias. Un intento de asesinato La tribu de Nadir estaba encabezada por Huyayy ibn Ajtab, su rabino principal. Según se informa, Huyayy ibn Ajtab reconoció al Profeta cuando este llegó a Medina y confirmó que era el Mensajero de Dios. No obstante, Huyayy ibn Ajtab declaró que seguiría siendo enemigo del Profeta hasta el último día de su vida.5 Fue ciertamente fiel a su palabra. Sin embargo, esta enemistad no tenía otra razón que el hecho de que Muhammad (que la paz sea con él) no pertenecía a los judíos. Parecía reflejar una disputa con Dios mismo por haber elegido a un no judío como Su Mensajero final, cuando «Dios sabe mejor a quién confiar Su mensaje». (6:124) Después de la derrota sufrida por los musulmanes en la batalla de Uhud, en el tercer año del calendario de la Hégira, y de los dos ataques traicioneros contra los suyos en al-Rayi y Bi’r Mauna, el enemigo interno —representado por los hipócritas y los judíos— cobró confianza y se mostró más abierto en su hostilidad. Por ello, el Profeta quiso poner a prueba el grado de compromiso que los judíos sentían hacia el pacto que habían establecido con él. Fue a los aposentos de los Nadir con algunos de sus Compañeros, solicitando ayuda para reunir el dinero de sangre que los musulmanes debían pagar por dos hombres muertos accidentalmente. Los jefes de los Nadir dijeron al Profeta que se encargarían de reunir el dinero, pero conspiraron para asesinarlo arrojando una roca desde lo alto de una casa sobre su cabeza. El ángel informó al Profeta de la conspiración y él se marchó inmediatamente.6 El Profeta les envió un mensaje diciéndoles que, debido a su traición, debían abandonar Medina en un plazo de diez días. Conservarían sus
propiedades y podrían nombrar agentes que cuidaran de sus granjas. Al principio aceptaron, pero entonces Abdullah ibn Ubayy, el jefe de los hipócritas —quienes fingían ser musulmanes pero en realidad no lo eran—, les envió un mensaje diciéndoles que estaba dispuesto a apoyarlos con 2.000 combatientes si rechazaban la propuesta de Muhammad. Contra el consejo de algunos de sus rabinos más instruidos, enviaron al Profeta un mensaje afirmando que no se marcharían, sucediera lo que sucediese. En respuesta, el Profeta sitió sus aposentos, y el apoyo que habían esperado no llegó. Después de soportar el asedio durante varios días, pidieron al Profeta que les permitiera marcharse en las condiciones que les había ofrecido al principio. El Profeta les dijo que tendrían que renunciar a la mayor parte de sus propiedades: solo se les permitiría llevar una carga de camello por persona con sus pertenencias. Aceptaron y se les permitió partir. Si los Nadir hubieran permanecido fieles al pacto con el Profeta, no habrían sufrido ningún daño. Habrían seguido viviendo en paz en Medina y cooperando con los musulmanes: fue su traición la que les causó problemas. Anteriormente, poco después de que el Profeta hubiera abandonado sus aposentos y mientras se preparaban para matarlo, un rabino suyo muy instruido, Kinanah ibn Suwayra, les había dicho que conocía la razón de la partida del Profeta. Añadió: No os engañéis. Por Dios, él es el último Profeta. Esperabais que el último Profeta fuera descendiente de Aarón, pero Dios eligió a quien quiso. Lo que leemos en nuestros libros y en la Torá que no ha sido alterada dice claramente que el último Mensajero nacería en La Meca y emigraría a Yathrib. La descripción dada en la Torá se aplica a él al pie de la letra.7 Continuó aconsejándoles que aceptaran el islam o aceptaran la propuesta que el Profeta les enviaría de marcharse conservando sus propiedades. Añadió que la primera opción era mejor. Sin embargo, rechazaron su consejo y siguieron a Huyayy ibn Ajtab. El trato del Profeta hacia los Nadir fue benigno según cualquier criterio. Pocos jefes de Estado que hubieran vencido a quienes conspiraron para asesinarlos les permitirían marcharse en paz sin al menos capturar a los responsables de la conspiración y encarcelarlos, si no matarlos directamente. Permitirles marcharse para que quedaran libres de volver a actuar contra él —y de hecho eso ocurrió— podía parecer excesivamente indulgente. No obstante, el Profeta nunca perdió la esperanza de que alguien llegara a ver la luz de la verdad de su mensaje. Esa era su función como «misericordia para todos los mundos», y la cumplió lo mejor que pudo. Los Nadir abandonaron Medina: la mayoría se estableció en Jaibar, al norte, aunque algunos continuaron hacia el norte, hasta Siria y más allá. La única gran tribu judía que quedó en Medina fue la de Qurayza. Su rabino principal, Ka’b ibn Asad, se había mantenido hasta entonces fiel al pacto firmado con la comunidad musulmana. Sin embargo, esto no duraría mucho. Debido a la situación especial de los judíos Qurayza, trataré este asunto en el capítulo siguiente. Algunas pequeñas tribus judías permanecieron en Medina después de que sus principales tribus fueran evacuadas. Los libros de los historiadores musulmanes dicen poco sobre ellas. Esto se debe a que había poco que contar al respecto, pues estaban ocurriendo acontecimientos importantes en otros frentes. La principal concentración de judíos que quedaba en Arabia se encontraba en Jaibar, una ciudad rodeada de tierras fértiles. Jaibar albergaba a una parte considerable de las tribus judías evacuadas de Medina, además de su propia población judía. Jaibar, Fadak y Tayma Al regresar a Medina después de firmar el acuerdo de paz de al-Hudaybiyya, hacia el final del sexto año, el Profeta se enteró de que los judíos de Jaibar estaban forjando una alianza de fuerzas hostiles a la comunidad musulmana. En el capítulo 2 incluí un breve relato de la batalla de Jaibar y de la victoria que allí obtuvo el pequeño ejército musulmán. El Profeta quería evacuar a los judíos de Jaibar, pero después de aceptar marcharse cambiaron de opinión. Estaban apegados a su ciudad y a sus tierras, pero comprendían que no podían derrotar a los musulmanes. Por ello, hicieron una propuesta al Profeta: les permitiría quedarse y ocuparse de las tierras a cambio de la mitad de su producción. El Profeta aceptó, pero estipuló que los musulmanes serían libres de rescindir este acuerdo en una fecha posterior. Había otras localidades judías en el norte de Arabia, como Fadak, Wadi al-Qura y Tayma. Al enterarse de la victoria de los musulmanes en Jaibar, los habitantes de Fadak enviaron una delegación al Profeta, solicitando que firmara con ellos un acuerdo de paz en las mismas condiciones que con los habitantes de Jaibar. El Profeta aceptó. Sin embargo, según las normas islámicas, el pago que le hacían al Profeta —la mitad de la producción de sus tierras— le pertenecía exclusivamente, pues no había implicado movilización ni combate para obtenerlo. El Profeta utilizaba esos ingresos para ayudar a los pobres de la comunidad musulmana. Wadi al-Qura y Tayma eran casos diferentes. El Profeta los sitió y algunos combates aislados provocaron la muerte de varios de sus mejores combatientes. Comprendieron que continuar la lucha solo conduciría a un número mayor de bajas y se sometieron. El Profeta les concedió las mismas condiciones que a los judíos de Jaibar. Árabes y judíos Algunas personas han afirmado que existía una diferencia marcada entre la manera en que el Profeta trataba a los árabes derrotados y a los judíos que se le oponían. En ningún caso, entre las tribus árabes que lucharon contra él, los obligó a abandonar sus tierras: permanecieron en sus ciudades, pueblos o campamentos. En cambio, cuando el Profeta triunfó sobre los judíos, estos fueron evacuados. ¿Refleja esta diferencia de trato una actitud discriminatoria? Antes de extraer ninguna conclusión, debemos considerar los siguientes puntos: 1. Los árabes que se opusieron al Profeta, como Quraysh y Gatafan, manifestaron abiertamente su hostilidad desde el principio. Los judíos se encontraban en Medina cuando el Profeta llegó y se estableció allí. Él hizo un pacto con ellos para que vivieran unos junto a otros, con las responsabilidades de cada grupo claramente definidas. El pacto consideraba a los musulmanes y a los judíos de Medina como una sola nación. Estableció una sociedad pluralista en la que todos eran libres de elegir y vivir como quisieran. Pero los judíos violaron el pacto una y otra vez, adoptando una actitud hostil injustificable. ¿Cómo podía continuar la coexistencia en ese caso? 2. Las tres tribus judías que fueron evacuadas vivían en Medina, mientras que ninguno de los árabes que lucharon contra los musulmanes vivía allí. Por tanto, cuando esas tribus decidieron violar su pacto y pasar a la ofensiva, se convirtieron en un enemigo interno. Eso no podía tolerarse. 3. El Profeta dejó claro desde el primer momento que no toleraría ninguna insensatez: el pacto era vinculante para todos y debía respetarse. Cuando la primera tribu fue evacuada, aquello debió servir de clara advertencia a las demás de que sufrirían el mismo destino si no cumplían las condiciones del pacto. Sin embargo, la tribu de Nadir quiso matar al Profeta cuando se encontraba en sus aposentos, y Qurayza se unió a las fuerzas decididas a aniquilar a la comunidad musulmana. 4. Al violar su pacto, los judíos reflejaron una actitud ensimismada. Eran plenamente conscientes de la inminente aparición del Mensajero final de Dios. De hecho, eligieron establecerse en Medina porque sabían que él emigraría allí, como se afirmaba en la Torá y lo confirmaban algunos de sus rabinos más instruidos. Esperaban que ese Mensajero fuera uno de ellos. Cuando comprendieron que Dios había elegido a un árabe como Su Mensajero final, le escatimaron ese honor. Él no los obligó a abandonar su religión; solo los llamó a hacer lo que su libro sagrado les ordenaba. 5. Aunque los judíos de Jaibar también merecían ser evacuados, porque intentaron reunir fuerzas para luchar contra los musulmanes, el Profeta les permitió quedarse y concertó con ellos un acuerdo de paz. Estableció acuerdos similares con otras concentraciones judías de la península arábiga. Así demostró que no era hostil a la coexistencia pacífica y a la cooperación con ellos: simplemente quería impedir cualquier peligro para la comunidad musulmana. 6. Las condiciones de la evacuación no fueron de ningún modo severas. A los evacuados se les permitió llevar una carga de camello por persona con sus pertenencias, salvo las armas. Esa concesión les habría permitido establecerse donde eligieran. Además, no había restricciones fronterizas que les impidieran ir adonde quisieran. En realidad, su presencia en Medina había sido una elección. Llegaron como inmigrantes y podían elegir su lugar de asentamiento del mismo modo. Una consideración cuidadosa del trato del Profeta hacia los judíos que eligieron ser hostiles a él demuestra que fue sumamente indulgente con ellos. Ningún otro vencedor de la historia ha tratado a sus enemigos con el mismo espíritu de respeto e indulgencia que Muhammad (que la paz sea con él).
CAPÍTULO 18
el destino de los judíos de Qurayzah Un número de los dirigentes de la tribu judía de al-Nadir se estableció en Jaybar (en el norte de Arabia) después de que la tribu fuera evacuada de Medina. Estos albergaban un fuerte resentimiento contra el islam y su Profeta. Varios de ellos fueron a La Meca y hablaron con los jefes de Quraysh, y después con Ghatafan, para conseguir su apoyo. El plan, acordado por los tres grupos, consistía en reunir la mayor fuerza posible y marchar hacia Medina para poner fin al islam y a los musulmanes. Sin embargo, como señalé en el capítulo 2, el Profeta recibió información sobre el gran ejército que se dirigía hacia Medina. Él y sus Compañeros fortificaron la ciudad cavando un foso seco frente a su entrada. El ejército de los incrédulos tuvo que acampar al otro lado del foso, pues no pudo cruzarlo. La única tribu judía importante que quedaba en Medina era Qurayzah, que hasta entonces había respetado su pacto con los musulmanes y vivido en paz con ellos. Sin embargo, Huyayy ibn Akhtab, el rabino judío que había ideado la alianza, consideró que un largo asedio no daría resultados, ya que los musulmanes de Medina tenían sus provisiones dentro de la ciudad (de hecho, el asedio fue más duro para los atacantes). Al darse cuenta de ello, Huyayy fue a ver a Qurayzah y persuadió a Ka’b ibn Asad, su rabino principal, para que aceptara romper el pacto con el Profeta y unirse a la alianza enemiga. La idea era lanzar un ataque de pinza desde el norte y el sur de Medina para aplastar a su población musulmana. Los preparativos para este ataque estaban muy avanzados cuando Dios intervino, enviando una poderosa tormenta que hizo que Quraysh y Ghatafan se retiraran. Entonces los musulmanes sitiaron a Qurayzah. Después de veinticinco días de asedio, los judíos de Qurayzah aceptaron someterse al juicio del Profeta. Él les permitió elegir a su juez entre sus Compañeros. Eligieron a Sa’d ibn Mu’adh, pues había sido su aliado en la época preislámica.
Lo que ocurrió después es objeto de controversia. La mayoría de los historiadores musulmanes sostiene la versión dada por Muhammad ibn Ishaq (fallecido en 151 de la hégira / 768 d. C.), quien informa de que el veredicto de Sa’d ibn Mu’adh consistió en matar a todos los hombres y esclavizar a todas las mujeres y los niños.1 Sin embargo, esta historia dista mucho de ser exacta: de hecho, presenta defectos fundamentales y es contradicha por otros acontecimientos.2 Ibn Ishaq, cuya biografía del Profeta fue conservada por Ibn Hisham, menciona que, cuando el asedio empezó a hacerse insoportable, Qurayzah pidió al Profeta que les enviara a uno de sus Compañeros, Abu Lubabah ibn ‘Abd al-Mundhir, pues querían consultarle sobre su situación. Cuando Abu Lubabah entró en su fortaleza, sus hombres se levantaron para recibirlo y las mujeres y los niños salieron a su encuentro llorando. Él sintió gran compasión. Le preguntaron si debían someterse al juicio de Muhammad. «Dijo: “Sí”, y pasó la mano por su cuello, dando a entender que serían ejecutados». Ibn Ishaq lo cita así: «No había dado apenas un paso cuando comprendí que había traicionado a Dios y a Su Mensajero». Salió del barrio de Qurayzah sin saber adónde ir, pero no regresó junto al Profeta. Finalmente se ató a una columna de la mezquita, declarando que no se iría hasta tener la certeza de que Dios había aceptado su arrepentimiento.3 Ibn Ishaq añade que Abu Lubabah permaneció atado a la columna durante seis noches, hasta que fue revelada una aleya coránica que indicaba que Dios había aceptado su arrepentimiento. La aleya dice: «Y hay otros que han reconocido sus pecados después de haber mezclado obras buenas con otras malas. Tal vez Dios acepte su arrepentimiento. Dios es muy indulgente y misericordioso».4 (9: 102)
Esta parte de la historia presenta tres defectos, que expondré aquí: En primer lugar, Qurayzah pidió específicamente a Abu Lubabah porque sabía que él les deseaba el bien. Esto queda claro por lo que se dice sobre la manera en que le mostraron su angustia: él estaba casi llorando debido a la aflicción de ellos. Luego se nos dice que les aconsejó someterse al juicio del Profeta y, al mismo tiempo, les indicó que el veredicto sería su ejecución. Esto implica que, cuando el Profeta les permitió elegir a su juez, el veredicto que este emitiría ya había sido debatido y decidido en el campamento musulmán. Por tanto, el tribunal de Sa’d se habría limitado a oficializar un veredicto ya pronunciado. El Profeta nunca trató así a nadie, pues semejante proceder es totalmente inaceptable en el islam. Además, cuando Qurayzah eligió como juez a Sa’d ibn Mu’adh, que era su aliado y el jefe de los Aws, algunos de sus miembros de tribu le dijeron: «El Mensajero de Dios te ha encomendado esta tarea para que seas amable con ellos». Si esa era la percepción de la gente de Aws, ¿cómo es posible que uno de ellos, Abu Lubabah, pudiera considerar que el veredicto inminente sería su muerte? Por otra parte, si su muerte hubiera sido decidida de antemano y Abu Lubabah lo supiera, ¿habría permitido el Profeta que se reuniera con ellos sin advertirle que no revelara el secreto?
En segundo lugar, ¿es posible o lógico que Abu Lubabah aconsejara a Qurayzah someterse al veredicto del Profeta y, al mismo tiempo, les indicara que el veredicto sería su muerte? Puesto que era amigo de ellos y tenía muchas relaciones con ellos, ¿no les habría aconsejado buscar otra salida, en vez de convencerlos de aceptar una sentencia de muerte predeterminada? Además, finalmente siguieron su consejo y se sometieron al veredicto del Profeta, fuera cual fuera. Si hubieran sabido que el veredicto ya estaba decidido y consistía en la ejecución, parece improbable que hubieran elegido deliberadamente ese proceder.
Por último, un informe más auténtico sobre el hecho de que Abu Lubabah se atara a una columna de la mezquita menciona que esto ocurrió cuatro años después, es decir, después de la expedición a Tabuk. Según este relato, el Profeta había ordenado a todos los musulmanes unirse a la expedición; sin embargo, varias personas se quedaron atrás. La mayoría de estos eran hipócritas (fingían ser musulmanes, pero no lo eran), aunque unos pocos, menos de diez, eran creyentes sinceros que no habían cumplido la orden recibida. Tres de ellos acudieron al Profeta y confesaron su culpa. Fueron tratados de una manera especial.5 Los demás se ataron a columnas de la mezquita como gesto de reconocimiento de su culpa y de disculpa ante el Profeta. Esperaban que el Profeta los perdonara y ordenara liberarlos. El Profeta dejó el asunto en manos de Dios. Unos días después, su perdón fue revelado en la aleya coránica citada anteriormente (9: 102).6 Toda esta sura comenta la actitud de los hipócritas, tal como se manifestó durante los preparativos de la expedición a Tabuk y en los acontecimientos posteriores. El informe de Ibn Ishaq también cita esta aleya como la que concedió el perdón a Abu Lubabah. El episodio de Qurayzah tuvo lugar en el quinto año, cuatro años antes de la revelación de esta sura; es improbable que Abu Lubabah se atara a una columna de la mezquita en dos ocasiones, con cuatro años de diferencia, y recibiera su perdón por la misma aleya, revelada en la segunda ocasión.
Cuando el asedio empezó a hacerse insoportable para ellos, Qurayzah envió un mensaje al Profeta en el que declaraba que estaban dispuestos a rendirse y aceptar cualquier juicio que él pronunciara contra ellos. Los musulmanes de Aws hablaron con el Profeta, intercediendo por Qurayzah porque eran sus aliados. El Profeta les dijo: «¿Estaréis satisfechos si un hombre de entre vosotros pronuncia el juicio?». Ellos respondieron: «Sí, lo estaremos». Entonces el Profeta encomendó esta tarea a Sa’d ibn Mu’adh. Otro informe menciona que el Profeta dijo a Qurayzah que eligiera a su juez entre sus Compañeros, y ellos eligieron a Sa’d porque era su aliado y esperaban que fuera indulgente. Sa’d ibn Mu’adh había sido herido por una flecha perdida y estaba siendo atendido durante el asedio de Qurayzah. Lo llevaron a la tienda del Profeta para que pronunciara su juicio. Comenzó asegurándose de que su veredicto sería vinculante tanto para los judíos como para los musulmanes. Ambos confirmaron que lo sería. Entonces dijo: «Por la presente dictamino que los combatientes de Qurayzah sean ejecutados, que sus bienes sean repartidos, que sus mujeres y sus hijos sean hechos prisioneros, y que sus propiedades sean distribuidas». (Transmitido por al-Bujari). El Profeta aprobó el veredicto y dijo que era el de Dios. El juicio fue entonces ejecutado. Por orden del Profeta, los condenados de Qurayzah fueron llevados a Medina: allí los hombres fueron recluidos en la casa de Usamah ibn Zayd, mientras que las mujeres y los niños fueron recluidos en la casa de una mujer llamada Kayyisah bint al-Harith.7 Sus armas y bienes muebles también fueron llevados a Medina, y su ganado quedó en sus campos. Les dieron dátiles para comer.
Sin embargo, según Ibn Ishaq, el veredicto de Sa’d ibn Mu’adh se aplicaba a todos los miembros de Qurayzah, lo que significaba que todos sus hombres fueron ejecutados y todas sus mujeres y niños esclavizados. La mayoría de los historiadores musulmanes lo cita y acepta su informe como exacto; no obstante, considero que presenta graves defectos. Ibn Ishaq fue el primero en escribir una biografía detallada del Profeta y proporciona muchos detalles de los acontecimientos que registra. Sin embargo, como muchos otros historiadores musulmanes antiguos, se concentra en las batallas que tuvieron lugar durante la vida del Profeta. Los especialistas en hadiz critican el método de Ibn Ishaq porque combina informes que aprendió de distintas personas para ofrecer un relato adecuado y coherente de cada acontecimiento. Así, no atribuye cada pequeño detalle al erudito de quien lo aprendió. En defensa de Ibn Ishaq, sostengo que, como historiador, su método era apropiado, a pesar de que no permite examinar adecuadamente sus fuentes. Para un lector de historia, el relato de acontecimientos importantes podría volverse demasiado engorroso si cada pequeño detalle se atribuyera a su fuente cuando existen varias fuentes. Por otro lado, si Ibn Ishaq hubiera contado por separado los informes de cada una de sus fuentes, su narración contendría muchas repeticiones y a los lectores les resultaría difícil identificar las versiones más fiables. No obstante, el método de Ibn Ishaq lo deja expuesto a la acusación de transmitir informes falsos o inexactos. Para obtener un relato más exacto del acontecimiento, debemos considerar lo que ofrecen las fuentes más fiables.
El Corán proporciona un breve comentario sobre el destino de la tribu de Qurayzah. Dice que Dios «hizo descender de sus fortalezas a aquellos de la Gente de la Escritura que los habían ayudado [es decir, a los idólatras], sembrando el terror en sus corazones: a unos los matasteis y a otros los hicisteis prisioneros. Y os hizo herederos de sus tierras, sus casas y sus bienes, así como de una tierra que nunca antes habíais pisado. Dios tiene poder sobre todas las cosas». (33: 26-27) El Corán comentó el hecho de que los musulmanes cortaran varios árboles de dátiles durante el asedio de la tribu judía de al-Nadir y dio una justificación para ello. Del mismo modo, si todos los miembros de Qurayzah hubieran sido ejecutados o hechos prisioneros, el Corán habría explicado la necesidad de semejante trato. La otra fuente fiable es la antología de tradiciones auténticas del Profeta de al-Bujari. Hay dos declaraciones que hablan del juicio de Sa’d ibn Mu’adh en este caso, y ambas afirman que dictaminó que «sus combatientes serían ejecutados y sus descendientes hechos prisioneros».8 El defecto fundamental del relato de Ibn Ishaq es que hace que el juicio se aplique a cada uno de los judíos de Qurayzah: así, impone una sentencia de muerte a todos los varones adultos y el cautiverio a todas las mujeres y los niños. No hay nada en los textos coránicos ni en los hadices que confirme esto. El Corán habla de que algunas personas fueron ejecutadas y otras tomadas prisioneras, y las dos tradiciones de hadiz hablan de ejecutar a los combatientes y encarcelar a sus descendientes.
Varios aspectos del informe de Ibn Ishaq hacen que deba ponerse en duda. Para empezar, menciona que, antes de su ejecución, los hombres fueron colocados en la casa de Usamah ibn Zayd, mientras que las mujeres fueron colocadas en la casa de Kayyisah bint al-Harith. ¿A cuántas personas podían alojar esas dos casas? Es bien sabido que la mayoría de los musulmanes vivían en la pobreza (en particular, quienes emigraron de La Meca, y Usamah pertenecía a este grupo). El número de hombres de Qurayzah mencionado en estos informes oscila entre 600 y 900. ¿Qué clase de casa podría albergar a todas esas personas? De hecho, el número de mujeres y niños que, según se afirma, fueron colocados en la casa de Kayyisah habría sido mucho mayor. Además, se afirma que se cavaron fosos en el mercado para matar a esas personas. Se conocen y se han señalizado los lugares de Medina donde tuvieron lugar acontecimientos importantes durante el primer período del islam. Las mezquitas construidas durante la vida del Profeta, como las mezquitas de Quba y de las Dos Qiblas, siguen en pie. Sin embargo, no hay ninguna señal de los fosos que supuestamente se cavaron para esa ejecución masiva.
Asimismo, Ibn Ishaq suele mencionar los nombres de las personas implicadas en cada acontecimiento importante que documenta. Menciona, por ejemplo, los nombres de todos los Compañeros del Profeta que emigraron a Abisinia (101 en total) y de todos los que participaron en la batalla de Badr, junto con sus antepasados y clanes (313 personas). En esta ocasión solo menciona a dos personas: Huyayy ibn Akhtab y al-Zubayr ibn Bata, y relata conversaciones que tuvieron lugar antes de que fueran ejecutados. Menciona que el Profeta perdonó a este último y le devolvió sus bienes. Sin embargo, al-Zubayr ibn Bata prefirió morir porque los autores de la traición de Qurayzah habían recibido su justo castigo. Ibn Ishaq relata los casos de quienes recibieron un perdón especial, indicando sus nombres e identificando a quienes intercedieron por ellos; no nos proporciona muchos detalles sobre quienes supuestamente fueron ejecutados. Aunque difícilmente habría dado los nombres de todos los miembros de Qurayzah, pues eran varios cientos, al menos podría habernos dado los nombres de las figuras más destacadas entre ellos.
Por último, Muhammad ibn ‘Umar al-Waqidi (130-207 de la hégira / 748-822 d. C.) proporciona más detalles. Al-Waqidi fue un historiador destacado que escribió extensamente sobre la historia del islam, a menudo basándose en fuentes primarias y visitando todos los lugares donde tuvieron lugar acontecimientos importantes de la vida del Profeta. Al-Waqidi da los nombres de nueve personas ejecutadas como resultado del juicio de Sa’d ibn Mu’adh: Ka’b ibn Asad, el jefe de Qurayzah que aceptó la traición; Huyayy ibn Akhtab, quien trabajó intensamente para reunir las fuerzas atacantes que pretendían destruir el islam y ponerle fin; al-Zubayr ibn Bata; Ghazzal ibn Samuel; Nabbash ibn Qays; Wahb ibn Zayd; ‘Uqbah ibn Zayd; y dos personas llamadas ‘Amr.9 También menciona que enviaron a dos personas a cada uno de varios clanes de los Ansar, donde fueron ejecutadas. Esto eleva el total a menos de veinticinco. Si añadimos esta información a la formulación más fiable del juicio de Sa’d ibn Mu’adh, que condenaba a muerte a los combatientes de Qurayzah, es posible concluir que estos eran los verdaderos combatientes que participaron activamente en la traición destinada a erradicar el islam y a todos los musulmanes.
El relato de Ibn Ishaq sobre la vida del Profeta fue la fuente principal en la que se apoyaron los historiadores posteriores al analizar los acontecimientos ocurridos durante la vida del Profeta. Sin embargo, en este caso considero que esta discusión se asienta sobre bases sólidas al rechazar su informe sobre el destino de la tribu judía de Qurayzah. La primera razón para rechazar este informe es que imponer semejante castigo colectivo contradice las enseñanzas islámicas y la propia práctica del Profeta. El islam no aprueba castigar a un grupo de personas por el delito de una sola, ni castigar a muchos por el delito de unos pocos. Más bien, castiga a todos los que realmente participan en un delito. Así, si diez personas colaboran en el asesinato de una persona, todas reciben el mismo castigo. En un caso como el de Qurayzah, los dirigentes de la tribu y algunos de sus allegados terminan tomando una decisión y asegurándose de que se cumpla. La mayoría de los miembros de la tribu simplemente se atiene a la decisión adoptada y tiene poca influencia en lo que se decide. Por tanto, imponer el mismo castigo a todos no se ajustaría a los criterios islámicos de justicia.
El Profeta comprendió desde el principio la naturaleza de su misión. En los primeros días de su profecía, Dios definió para él la esencia de su misión: «No te hemos enviado sino como una manifestación de Nuestra gracia para todos los mundos». (21: 107) A lo largo de los veintitrés años de su misión, el Profeta manifestó este aspecto de la gracia en todo lo que hizo. Varias personas intentaron matarlo en distintas ocasiones, pero él las perdonó a todas. En el momento culminante de su triunfo, perdonó a la gente de Quraysh, que había sido muy hostil con él, incluidos la mayoría de los diecinueve hombres a los que ya había condenado a muerte por su persistente hostilidad contra el islam. Adoptó la misma actitud con los judíos, incluso con quienes intentaron asesinarlo. Es posible que el Profeta autorizara la muerte de Sallam ibn Abi al-Huqayq; pero esto se debió únicamente a que este último había participado en la forja de la alianza que intentó atacar Medina y erradicar el islam y a los musulmanes. En cambio, cuando el Profeta derrotó a los judíos de Jaybar, dijo a los miembros de la familia de Abi al-Huqayq, muchos de los cuales eran activamente hostiles al islam, que no los castigaría por su actitud pasada. Al considerar todas estas pruebas de misericordia hacia antiguos enemigos, el relato de Ibn Ishaq parece muy extraño.
Opinión sobre el castigo colectivo Un hecho muy importante, que también respalda el rechazo del informe de Ibn Ishaq, es que ninguno de los principales juristas de la historia islámica parece haber considerado sus implicaciones. Es bien sabido que las declaraciones y los actos del Profeta sirvieron de base para dictar normas en casos similares. Si se hubiera impuesto un castigo colectivo a los miembros de Qurayzah, esos juristas habrían considerado las condiciones que permitirían infligir semejante castigo colectivo. El hecho de que ni un solo jurista permita el castigo colectivo —por el que muchos son castigados por un delito cometido por unos pocos— indica que el informe les resulta inaceptable.
En un ejemplo, encontramos que el imam al-Awza’i (m. 157 de la hégira / 774 d. C.) se opuso con gran firmeza al castigo colectivo. Surgieron disturbios entre una comunidad de no musulmanes en el Líbano. Cuando el gobernador, Salih ibn ‘Ali, sofocó la sedición, quiso que aquella comunidad abandonara sus tierras y se estableciera en otro lugar. El imam al-Awza’i se opuso enérgicamente y dijo al gobernador: «Hasta donde sé, no es una norma de Dios que Dios castigue a la mayoría por la falta de la minoría, sino que castigue a la minoría por la falta de la mayoría».10 Al citar estas palabras, el imam al-Qasim ibn Sallam demuestra con absoluta claridad que el castigo colectivo es ajeno a los valores, principios y legislación islámicos. Ibn Sallam era un erudito del mismo nivel que los fundadores de las cuatro escuelas jurídicas. Se considera que tuvo su propia escuela jurídica, aunque esta no sobrevivió el tiempo suficiente para ser seguida por generaciones posteriores.
El artículo académico del profesor Walid Arafat en la Journal of the Royal Society of Great Britain and Ireland (1976) analiza el informe de Ibn Ishaq y el trato dado a los judíos de Medina. Arafat examina las fuentes de Ibn Ishaq y sugiere que probablemente la historia le fue contada por descendientes de algunos judíos de Qurayzah cuyos antepasados fueron castigados por el Profeta. Se sabía que Ibn Ishaq buscaba a los descendientes y las familias de los contemporáneos del Profeta y les pedía detalles, transmitidos por sus familias, sobre acontecimientos ocurridos durante la vida del Profeta. Esta actitud de Ibn Ishaq es digna de elogio, pues buscaba fuentes primarias. Sin embargo, debería haber sido más cuidadoso y haber comprobado minuciosamente su información antes de registrarla en su libro.
Arafat compara este informe con el caso de Masada, cuando se cree que 960 judíos se suicidaron en el año 73 d. C. para no ser hechos prisioneros por las fuerzas bizantinas. Incluso escritores judíos arrojan serias dudas sobre este caso.11 No obstante, el episodio siempre ha recibido tintes heroicos en la historia judía, especialmente después de la creación de Israel. Es sorprendente que las cifras proporcionadas en los informes basados en el relato de Ibn Ishaq den un número similar de hombres de Qurayzah supuestamente ejecutados. Otro punto de semejanza entre ambos acontecimientos es que se dice que el jefe de Qurayzah, Ka’b ibn Asad, sugirió a sus miembros de tribu que mataran a sus mujeres y niños para luchar contra los musulmanes hasta el final.
Ajeno a la naturaleza del Profeta El castigo colectivo del que supuestamente fueron víctimas los miembros de Qurayzah no podría haber sido aprobado por Muhammad (la paz sea con él), pues era contrario a su naturaleza. Recordemos la actitud del Profeta después de su viaje a Taif, ocho años antes. Seguía en La Meca, donde se enfrentaba a la oposición de sus habitantes. Después de diez años de proclamar su mensaje con escasos avances, pensó en extender su actividad a otros lugares y fue a Taif, donde pasó diez días reuniéndose con la gente de la tribu de Thaqif, la principal tribu que vivía allí. No podrían haber sido más hostiles: finalmente, azuzaron contra él a sus esclavos y a sus muchachos. Lo expulsaron a pedradas hasta que sus pies sangraron (esta historia se menciona en el capítulo 2).
Lo importante aquí es lo que ocurrió después, cuando el Profeta suplicó a Dios con la mayor intensidad, dejando clara su determinación de continuar con su misión, pero buscando el apoyo de Dios. El ángel de las montañas se acercó a él, lo saludó y dijo: «Estoy a tu servicio. Si quieres, puedo cerrar las dos montañas sobre su valle». El Profeta dijo: «No. Espero que entre sus descendientes haya personas que adoren únicamente a Dios, sin asociarle copartícipes». (Transmitido por al-Bujari.) Este acontecimiento tuvo lugar cuando el Profeta se sentía muy débil frente a la oposición y recibía golpes de todas partes. Aquella gente de Taif no tenía parentesco con él, y él no tenía ningún motivo para compadecerse de ellos. Se burlaron de él y lo maltrataron mental y físicamente durante diez días consecutivos. Sin embargo, cuando se le ofreció castigarlos con la mayor severidad, su reacción inmediata, aunque bien meditada, fue una negativa tajante, porque esperaba que entre sus descendientes hubiera personas que creyeran en Dios.
En cambio, el juicio contra Qurayzah tuvo lugar cuando la comunidad musulmana veía mejorar considerablemente sus perspectivas. El ejército de las tribus confederadas que había sitiado Medina durante casi un mes acababa de retirarse ignominiosamente, después de combatir poco. El Profeta comentó su retirada diciendo: «A partir de ahora, nunca volverán a atacarnos. Nosotros tomaremos la iniciativa». Luego sitió a Qurayzah, y estos se rindieron, de modo que él ya nunca volvería a encontrarse en una situación en la que tuviera que temer algo de ellos. La compasión siempre fue un rasgo destacado del Profeta: ¿habría aprobado, en un momento de semejante fortaleza, un castigo de matanza masiva que estigmatizara al islam por el resto del tiempo?
¿Qué ocurrió con Qurayzah? Otra razón para rechazar el informe sobre el castigo colectivo de los judíos de Qurayzah es la ausencia de informes sobre acontecimientos posteriores que pudieran haber tenido lugar después en la comunidad musulmana. El informe de Ibn Ishaq sugiere que todas las mujeres y los niños fueron hechos prisioneros. Surge la pregunta: ¿qué les ocurrió después? Según la tradición universal de la época, se habrían convertido en esclavos y habrían sido entregados a quienes participaron en el asedio de las fortalezas de Qurayzah. Sin embargo, el islam ya había establecido una norma para los prisioneros de guerra: exigir a los musulmanes que los liberaran, ya fuera a cambio de un rescate o como gesto de generosidad. No tenemos ningún informe que sugiera que permanecieran en Medina como esclavos, ni existe un solo relato de que alguna de esas mujeres tuviera problemas con la familia en cuya casa pudiera haber sido colocada. No tenemos ningún informe sobre la muerte de una mujer anciana ni sobre cómo fue enterrada. Los niños implicados habrían sido criados como musulmanes. No contamos con un solo informe de que alguno de ellos destacara en ningún ámbito de la vida. Tampoco tenemos ningún informe de conversación entre los Compañeros del Profeta que se refiera al castigo de los judíos de Qurayzah o al destino de sus familias. ¿Cómo puede explicarse esta ausencia de informes?
Una falta de informes similar se aplica a las otras dos tribus judías que fueron evacuadas de Medina durante la vida del Profeta: Qaynuqa y al-Nadir. Esto sugiere que los Compañeros del Profeta y los primeros historiadores musulmanes no se preocuparon por rastrear el destino de aquellos judíos evacuados después de que abandonaran Medina. Lo mismo debió de ocurrir con los judíos de Qurayzah. Por tanto, concluimos que, después de la ejecución de los autores de la traición, al resto de la tribu se le permitió abandonar Medina en condiciones similares a las de las otras tribus judías que habían sido evacuadas anteriormente.
CAPÍTULO 19
Muhammad: el estadista
Quizá nadie en Arabia odiara al Mensajero de Dios tanto como yo. Era un hombre de noble linaje, cristiano por religión, y hacía cumplir la norma que me concedía una cuarta parte de todos los botines de guerra obtenidos por mi tribu.1 Esto significaba que tenía mi propia religión y que era verdaderamente un rey entre mi pueblo. Cuando oí hablar del Profeta, lo odié.2 Estas fueron las palabras de [Adiyy ibn Hatim, jefe de la tribu de Tayy’, que vivía en el norte de Arabia. Cuando La Meca cayó en manos del islam, cerca del final del octavo año —es decir, veintiún años después del comienzo de la misión del Profeta—, [Adiyy comprendió que el islam se extendería por el resto de Arabia y se preparó para esa eventualidad. Cuando oyó que una expedición musulmana se acercaba a su región, huyó. La expedición, dirigida por el primo del Profeta, [Ali ibn Abi Talib, destruyó al-Fuls, uno de los principales ídolos venerados por la gente del norte de Arabia, y tomó algunos prisioneros de la tribu de Tayy’, entre ellos la propia hermana de [Adiyy, Sufanah. Ella estaba muy disgustada con su hermano, porque la había dejado atrás, pero había llevado consigo a su familia inmediata. Así, Sufanah, cuyo padre aún hoy es considerado por todos los árabes un modelo de integridad y generosidad, se encontró cautiva en Medina. Pronto comprendió la posición del Profeta entre los musulmanes y acudió a él para explicarle su angustia: «Mensajero de Dios, mis padres han muerto y mi tutor ha desaparecido. Sé generoso conmigo, que Dios sea generoso contigo».3 Después de que repitiera su petición durante tres días consecutivos, el Profeta 1 Esto lo hacían los jefes tribales que gozaban de autoridad indiscutida entre su pueblo. 2 Ibn Hisham, Al-Sirah al-Nabawiyyah, vol. 4, p. 246. 3 Ibíd., p. 247. le concedió la libertad, pero le dijo que permaneciera en Medina hasta encontrar personas dignas de confianza que pudieran acompañarla hasta su tierra. Le indicó que le informara antes de viajar. Cuando estaba a punto de salir de Medina, el Profeta le dio un camello para montar, algunas prendas de vestir y algo de dinero. Ella viajó más lejos que su propia tierra: se dirigió a Siria para encontrarse con su hermano. Después de reprenderlo severamente por haberla abandonado, le aconsejó que fuera a Medina a entrevistarse con el Profeta. Le explicó que, fuera Muhammad un profeta o un rey, no convenía a los intereses de [Adiyy oponerse a él. Le ocultó que había aceptado el islam. [Adiyy ibn Hatim siguió su consejo y viajó a Medina. Él ofrece un largo relato de su visita, pero aquí nos interesan sus primeras impresiones:
Fui a ver al Profeta en su mezquita. Cuando lo saludé, me preguntó cómo me llamaba y respondí: «[Adiyy ibn Hatim». Entonces se levantó y me llevó a su casa. Mientras caminábamos hacia allí, una mujer anciana y débil lo detuvo. Él permaneció largo rato con ella mientras le explicaba lo que quería. Pensé para mis adentros: «Sin duda no es un rey». Después me llevó a sus aposentos, me dio un cojín y dijo: «Siéntate en este». Respondí: «No, siéntate tú en él». Él dijo: «Es tuyo». Me senté en el cojín y él se sentó en el suelo. De nuevo pensé para mis adentros: «Sin duda no es un rey».4
Tal fue la primera impresión de un hombre que, según su propia confesión, se comportaba como un rey entre su pueblo. Había venido para determinar si Muhammad (la paz sea con él) era un rey o un profeta, en un momento en que Muhammad se hallaba en la cima de su poder. Unos meses antes, el Profeta había regresado a Medina después de marchar sobre La Meca y obtener la victoria en Hunayn, asegurando grandes ganancias militares y materiales para su pueblo. Aunque en aquel momento el Profeta era el líder indiscutido de Arabia, se comportaba, sin embargo, con abnegación. Por ejemplo, se detenía en la calle para conversar largamente con una mujer anciana y débil, atendía su petición y se aseguraba de que tuviera lo que necesitaba. Del mismo modo, se sentaba en el suelo de su propia casa y cedía su cojín a su huésped para que se sentara en él. Se dice con razón que el poder corrompe, y existen innumerables ejemplos de líderes que abandonan u olvidan sus ideales una vez que llegan al poder. El Profeta nunca buscó el poder para sí mismo. Cuando estableció un gran Estado cuyos habitantes le juraron una lealtad plena e incondicional, ni por un instante se consideró rey o jefe de Estado. Continuó comportándose como siempre. Sin embargo, nunca olvidó el deber que Dios le había asignado: transmitir Su mensaje y llamar a la gente a aceptarlo. Cuando los coraichitas se opusieron a él y prácticamente confinaron su mensaje dentro de los límites de La Meca, procuró difundirlo en otros lugares. Envió a un gran grupo de sus seguidores a Abisinia para establecer una segunda base para su mensaje. Al mismo tiempo, se dirigía a otras tribus cuando se reunían en La Meca durante la temporada de peregrinación. Comprendió que necesitaba una base segura desde la cual pudiera dirigirse a la gente. Cuando hablaba con distintas tribus, preguntaba acerca de su capacidad y disposición para defenderlo mientras él transmitía su mensaje a otros. También comprendió, ya en los primeros años de su misión, que necesitaba el poder de un Estado para proporcionar un refugio seguro a los defensores del islam. Cuando finalmente estableció su firme base en Medina, procuró ante todo garantizar la plena seguridad de sus seguidores y de los demás ciudadanos de Medina. Como se señaló en capítulos anteriores, estableció un pacto al que se comprometieron todos los sectores de la población. Este documento definía responsabilidades y compromisos, e hizo de todos los grupos —musulmanes, judíos e idólatras— una sola nación, con derechos iguales en Medina; aunque, cuando surgían desacuerdos entre ellos, el Profeta era el árbitro final. Así, estas comunidades vivían unas junto a otras en paz. Cada comunidad cuidaba de su propia gente y compartía la responsabilidad por su conducta; pero todas estaban unidas frente a cualquier agresión de una potencia o grupo externo. Era un modelo de sociedad pluralista en la que ningún grupo pretendía establecer su autoridad sobre los demás. Aunque después las relaciones se deterioraron con algunos grupos, ello no se debió a ninguna falta del islam o de los musulmanes; los otros grupos fueron siempre los agresores.
La primera responsabilidad del Profeta era hacia su propio pueblo, los musulmanes. Forjó una comunidad en la que la pertenencia tribal era una cuestión muy secundaria, pues el vínculo de la fe sustituyó a todos los demás vínculos. Cuidó de ellos de tal manera que se ganó su amor de todo corazón. Asma’ bint [Umays, que se encontraba entre los emigrantes a Abisinia y fue la última en regresar, comparó la suerte de los emigrantes con la de los musulmanes de Medina:
Vosotros estabais con el Mensajero de Dios (la paz sea con él), quien alimentaba a los hambrientos de entre vosotros y amonestaba a los ignorantes, mientras que nosotros estábamos en la tierra de extraños hostiles, permaneciendo allí únicamente por Dios y Su Mensajero… Éramos maltratados y a menudo sentíamos miedo. (Transmitido por al-Bujari y Muslim.)
No cabe duda de que el Profeta cuidaba de su comunidad. Por ejemplo, las personas conocidas como Ahl al-Suffah, que se unieron a los musulmanes en Medina, procedían de distintas tribus y regiones, pero eran todas pobres y carecían de hogar. El Profeta las alojó en un refugio cercano a la mezquita y se aseguró de que tuvieran comida. A veces las circunstancias eran muy difíciles, pero el Profeta siempre lograba darles algo. El Profeta llevaba una vida de pobreza, pero nunca olvidaba a quienes estaban necesitados. A menudo Dios bendecía una pequeña comida de modo que bastara para un gran número de personas. Todo ello era respuesta a las oraciones del Profeta, que hacía porque se preocupaba por su pueblo y quería aliviar sus dificultades.
Al mismo tiempo, el Profeta siempre estaba atento a la justicia. Nunca quitó injustamente nada a nadie, ni siquiera cuando nadie podía cuestionar sus decisiones. Las instituciones honoríficas tenían gran importancia en Arabia. Tradicionalmente estaban confiadas a ciertos clanes, y el clan hacía todo lo posible por demostrar que era digno de ese honor. Una de ellas era portar el estandarte en el campo de batalla. Puesto que el estandarte era el punto de reunión durante una batalla, era muy importante mantenerlo en alto. En la batalla de Badr, el estandarte de los coraichitas cayó pronto cuando murió quien lo portaba. El clan de [Abd al-Dar tenía tradicionalmente el estandarte de los coraichitas, y justo antes de que comenzara la batalla de Uhud, el líder coraichita intentó motivar a los [Abd al-Dar preguntándoles si acaso perderían el estandarte. Ellos le aseguraron que lo defenderían con sus vidas. Aunque el Profeta no estaba obligado a designar a ningún clan específico para portar su estandarte, antes de la batalla preguntó quién llevaba el estandarte de los coraichitas. Cuando le dijeron que era el clan de [Abd al-Dar, dijo: «Nos corresponde más a nosotros mantener el honor donde le corresponde». Llamó a Mus[ab ibn [Umayr, que pertenecía al clan de [Abd al-Dar, y le entregó el estandarte del ejército musulmán.
Otras instituciones honoríficas que los coraichitas se enorgullecían de ostentar eran la siqayah (proporcionar agua potable a los peregrinos mientras permanecían en La Meca y en la zona de peregrinación), la rifadah (proporcionar alimento a los peregrinos) y la sidanah (custodiar la Kaaba). Esta última también pertenecía al clan de [Abd al-Dar, mientras que el suministro de comida y agua correspondía al propio clan del Profeta, los hachemitas. Cuando La Meca cayó en manos del islam, el Profeta pidió la llave de la puerta de la Kaaba y se la entregaron. Unos días más tarde, personas de su clan le pidieron que les concediera el honor de ser los custodios de la Kaaba, además de las otras dos instituciones. Nadie habría podido reprochar al Profeta que hubiera accedido a esta petición, porque los coraichitas habían sido hostiles hacia él durante veintiún años. Ahora que era el señor de La Meca, podía hacer lo que quisiera; sin embargo, su respuesta fue: «Este es un día de honradez, en el que se cumplen las promesas».5 Mandó llamar a [Uthman ibn Talhah y le devolvió las llaves.
Tal cuidado y honradez fueron rasgos del liderazgo del Profeta a lo largo de toda su trayectoria. Esto hizo que todos los miembros de su comunidad lo quisieran, porque todos comprendían que recibirían sus derechos y que obtendrían aún más de su cuidado y su amor. Esta es la marca de un gran liderazgo, y forma parte de su objetivo constante: la búsqueda de lo justo.
Cuando el Profeta estableció el Estado musulmán en Medina, esta era una ciudad-Estado en medio de una región desértica habitada por tribus que vivían allí donde encontraban agua y tierras fértiles. Los coraichitas eran la más fuerte y respetada de todas las tribus árabes. Eran muy hostiles al islam, y esta hostilidad aumentó después de que el Profeta y sus Compañeros encontraran apoyo en Medina, donde sus dos tribus —los Aws y los Jazrach— se incorporaron al islam en gran número. Todas las demás tribus adoptaron hacia el islam una actitud que iba desde la hostilidad hasta la espera cautelosa. Solo los Juzaa, que vivían cerca del mar, en la zona próxima a Yeda, eran amistosos con el Estado musulmán. Había algunos musulmanes entre los habitantes de Juzaa, pero la mayoría aún adoraba ídolos.
Rodeado de hostilidad, el Profeta necesitaba consolidar su Estado y garantizar su inmunidad frente al ataque de cualquier fuerza hostil. Como se señaló en capítulos anteriores, las expediciones que el Profeta envió en distintas direcciones tenían por objeto hacer sentir a los árabes de los alrededores de Medina que el Estado musulmán era fuerte y estaba preparado para afrontar cualquier situación. El Profeta no participó en las primeras expediciones. Sin embargo, se puso al frente de una expedición por primera vez después de llevar un año establecido en Medina. Quería interceptar una caravana comercial perteneciente a los coraichitas, pero esta logró escapar. Firmó un tratado con la tribu de Damrah. El tratado estipulaba que las dos partes no lanzarían ataques una contra otra:
Damrah no debía ayudar ni unirse a ningún enemigo del Profeta. Ellos y sus bienes estarían a salvo de ataques. Tenían derecho a recibir ayuda contra cualquier agresión de cualquiera. Del mismo modo, se comprometían a ayudar al Profeta en cualquier momento, salvo que fueran atacados. Si el Profeta les pedía ayuda, ciertamente responderían a su llamada.6
Este tipo de tratado se conoce hoy como tratado de defensa mutua. El Profeta concluyó varios tratados de este tipo con distintas tribus, especialmente con las que se encontraban en la zona entre La Meca y Medina, y de esta manera negó a los coraichitas la posibilidad de aliarse con ellas. Esto era muy importante durante los primeros años, cuando los coraichitas levantaron un ejército tras otro para atacar a los musulmanes, en una serie de intentos por destruir el Estado musulmán.
Unos años más tarde, cuando el Profeta había concluido el acuerdo de paz de Hudaybiyyah con los coraichitas, también celebró algunos tratados con tribus de las regiones septentrionales de Arabia. Las condiciones de estos acuerdos eran diferentes. El Estado musulmán de Medina no temía nada de aquellas tribus. De hecho, eran ellas las que necesitaban ayuda de los musulmanes. Esto se refleja en los términos y condiciones de dichos acuerdos.
Cuando el Profeta se encontraba en Tabuk, en el noveno año, Yuhanna ibn Ru’bah, un sacerdote cristiano que gobernaba un lugar llamado Aylah, acudió a entrevistarse con él. Llevaba una cruz de oro. Su aspecto era contrario a los valores islámicos, pues el islam prohíbe el oro a los hombres y niega la crucifixión. No obstante, el Profeta lo recibió, le regaló prendas yemeníes y estableció con él un acuerdo escrito, que decía:
En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso. Esta es una garantía de seguridad otorgada por Dios y por Muhammad el Profeta, Mensajero de Dios, a Yuhanna ibn Ru’bah y a los habitantes de Aylah, a sus barcos y caravanas que viajan por tierra y por mar. Se les concede este pacto con Dios y con Muhammad el Profeta, que incluye a todos los que están con ellos, ya sean habitantes de Siria, habitantes del Yemen o marineros. Si alguno de ellos comete una falta, sus bienes no impedirán que sea castigado personalmente. Es bueno para quien lo acepta. No se les permite impedir que la gente utilice ningún manantial de agua que posean en tierra o en el mar.7
El Profeta también concluyó acuerdos con los habitantes de Adhruh, en el sur de Palestina, y con los habitantes de Maqna, ambos judíos. Los acuerdos estipulaban que recibirían garantías de seguridad y protección frente a los musulmanes. A cambio, debían pagar anualmente una cantidad determinada al Estado musulmán: una cuarta parte de sus productos en el caso de los habitantes de Maqna y cien dinares de oro en el caso de los habitantes de Adhruh.
En estos tratados, el asunto está claro: aquellas personas necesitaban estar en paz con el Estado musulmán. Comprendían que los musulmanes estaban acumulando fuerzas y convirtiéndose en el Estado dominante de Arabia. Por tanto, necesitaban asegurarse de estar protegidos contra los ataques y de recibir ayuda del Estado musulmán en caso de ser atacados por otros. Los tratados con estas gentes les permitían administrar sus propios asuntos como quisieran. Beneficiaban al Estado musulmán porque pacificaban sus fronteras septentrionales. Además, garantizaban que los musulmanes recibirían advertencias tempranas en caso de que el Imperio bizantino tuviera intenciones contra su vecino meridional.
El Profeta tomaba muy en serio todos los tratados. Nunca rompió una promesa hecha a nadie ni violó un tratado que hubiera sido concluido y atestiguado por ambas partes. Por ejemplo, pocos instantes después de concluir el acuerdo de paz de Hudaybiyyah con los coraichitas, llegó un musulmán que había sido encarcelado y torturado en La Meca y buscó refugio entre los musulmanes. Su padre era el negociador coraichita del acuerdo. Exigió que le entregaran al musulmán, Abu Jandal. El Profeta le pidió que permitiera que su hijo permaneciera con los musulmanes. En su súplica al padre, el Profeta dijo: «La tinta del documento del acuerdo aún no se ha secado». El padre se negó rotundamente. El Profeta consoló a Abu Jandal y lo entregó a su padre, diciéndole: «No es correcto que, conforme a nuestra fe, incumplamos nuestros compromisos».8
La estricta observancia del Profeta de los compromisos contraídos en virtud de tratados se correspondía con su actitud severa ante cualquier violación de los tratados por la otra parte. Cada una de las tres tribus judías que formaban parte del pacto de Medina fue expulsada de la ciudad cuando violó sus términos y adoptó una actitud hostil. El Corán instruye al Profeta que, si teme una traición por parte de algún grupo con el que tenga un tratado, debe anunciarle la anulación del tratado, estableciendo que un tratado no puede anularse sin tal notificación: «Y si temes una traición por parte de un pueblo, devuélveles [su tratado] de manera justa. Dios no ama a los traidores». (8:58)
Más tarde, cuando la inmensa mayoría de la población de Arabia había adoptado el islam, fue decisión de Dios reclamar toda la península arábiga como tierra del islam. Por ello, todos los tratados que no especificaban una fecha de expiración fueron declarados anulados, con un aviso de cuatro meses para dar a los interesados algún tiempo para decidir qué querían hacer. Los tratados que especificaban una fecha de expiración debían mantenerse hasta el final de sus plazos. Esto se afirma claramente en los cuatro primeros versículos de la sura 9. El Profeta hizo el anuncio requerido el gran día de la peregrinación, para que todas las tribus lo conocieran al mismo tiempo. Así, todos tenían claro cuál era su situación y qué opciones estaban a su alcance, y podían tomar su decisión comprendiendo plenamente las consecuencias.
Dirección internacional
Cuando el Profeta concluyó el acuerdo de paz de Hudaybiyyah con los coraichitas y después obtuvo la victoria sobre los judíos de Jaybar, comprendió que todas las amenazas procedentes del interior de Arabia habían quedado neutralizadas. Entonces dio un paso decisivo en su misión: dirigió el mensaje del islam a los gobernantes de los países vecinos de Arabia. Les habló de su mensaje y los llamó a aceptar el islam. Les advirtió que, de lo contrario, serían responsables de haber negado a sus pueblos la oportunidad de aceptar la forma final del mensaje divino. Sus cartas a estos gobernantes reflejan su plena conciencia de la situación de cada uno de aquellos Estados. Podemos examinar esta correspondencia dividiéndola en varias categorías.
La primera fue su carta al Negus. Puesto que «Negus» es el título del gobernante de Abisinia, los eruditos discrepan sobre si este Negus, al que el Profeta escribió invitándolo a aceptar el islam, era el mismo que había recibido a los emigrantes musulmanes procedentes de La Meca catorce años antes o si era su sucesor. Aunque es difícil responder con certeza a esta pregunta, es probable que el Negus que permitió a los emigrantes quedarse y predicar el islam, negándose a extraditarlos a los coraichitas, fuera un predecesor del destinatario de la carta del Profeta, pues acogió a los emigrantes y comprendió la verdad del islam desde el principio. Puesto que el Profeta siguió en contacto con los emigrantes, es probable que el Negus aceptara el islam. Además, en cierto momento el Profeta realizó por el Negus la oración gha’ib, la oración por una persona fallecida que se encuentra en un lugar lejano.
Cuando el Profeta escribió al Negus, al mismo tiempo que escribía a otros gobernantes, se dirigía a un no musulmán. El Negus respondió positivamente y se declaró musulmán. Escribió una carta muy afectuosa al Profeta, asegurándole su lealtad, y le envió regalos.
En la segunda categoría podemos incluir sus cartas a Heraclio, el emperador bizantino, y a al-Muqawqis, el gobernante de Egipto. Las dos cartas son casi idénticas y citan el mismo versículo coránico:
En el nombre de Dios, el Señor de la gracia, el Siempre Misericordioso. De Muhammad, Mensajero de Dios, a Heraclio, el gobernante bizantino. La paz sea con quienes siguen la guía correcta. Te invito a creer en el islam. Adopta el islam y estarás a salvo, y Dios te dará una doble recompensa. Si rechazas, cargarás con la responsabilidad por los arrianos.9
9 Al-Bujari, Sahih (Libro sobre el comienzo de las revelaciones al Mensajero de Dios). Los arrianos eran los seguidores de Arrio, el egipcio que creía en la unicidad de Dios y negaba que el Padre y el Hijo fueran dos manifestaciones del Señor.
La única diferencia entre las dos cartas concernía al destinatario y su posición, además de sustituir la palabra «arrianos» en la carta dirigida a Heraclio por la palabra «coptos» en la dirigida a al-Muqawqis. Ambos eran cristianos, pero pertenecían a iglesias diferentes.
Heraclio no interrogó a Dihyah ibn Khalifah, el emisario del Profeta. En cambio, interrogó minuciosamente a Abu Sufyan acerca del Profeta, exigiéndole respuestas claras y veraces. Después declaró que las respuestas indicaban que Muhammad era verdaderamente un profeta de Dios. Al-Muqawqis interrogó a Hatib ibn Abi Balta[ah, quien transmitió el mensaje del Profeta y confirmó que esperaba la llegada del último Mensajero de Dios. Conservó a salvo la carta del Profeta y la guardó con aprecio. Sin embargo, ambos consideraron que aceptar el islam significaría perder su posición como gobernantes. Los dos enviaron regalos al Profeta, pero los de al-Muqawqis fueron más variados y valiosos.
Es notable que, al dirigirse a los dos gobernantes, el Profeta explicara directamente su mensaje y señalara el punto en que se apartaba de sus creencias. Ambos eran cristianos y conocían bien sus respectivas religiones. Al-Muqawqis era también el jefe de la Iglesia copta. El Profeta expuso asimismo con claridad su responsabilidad, diciéndoles que, si rechazaban su mensaje, serían responsables de privar a sus pueblos de la oportunidad de seguir el mensaje de Dios.
También podemos incluir en esta categoría la carta del Profeta a Hawdhah ibn [Ali, gobernante de Yamamah, en el este de Arabia. La carta del Profeta era breve: explicaba la esencia del islam y prometía que el gobernante de Yamamah conservaría su cargo si aceptaba el islam. Hawdhah recibió bien al mensajero del Profeta, [Salit ibn [Amr, y le regaló algunas prendas tejidas localmente, pero su respuesta al Profeta fue decepcionante. Escribió que lo que el Profeta predicaba era absolutamente correcto y atractivo: «Sin embargo, soy el mejor poeta y orador de mi pueblo. Los árabes de esta región me tienen en gran estima. Si estás dispuesto a concederme cierta autoridad, te seguiré».
La reacción del Profeta fue que no concedería a aquel hombre ni siquiera una extensión de tierra tan pequeña como un solo dátil. Mientras Heraclio y al-Muqawqis decidieron dar la espalda al islam por temor a perder sus reinos, el gobernante de Yamamah quería un soborno para seguirlo. El Profeta le había prometido que conservaría su posición, pero él quería más. En respuesta, el Profeta dejó claro que nadie podía pedir nada a cambio de aceptar el islam.
La tercera categoría incluye las cartas del Profeta al emperador persa y a al-Harith ibn Abi Shammar, el gobernante árabe de Siria. Al-Harith era solamente un gobernante provincial, que se sometía a la autoridad superior del emperador bizantino. Sin embargo, se disgustó mucho cuando leyó la carta del Profeta. En un arrebato de furia, arrojó la carta al suelo y dijo: «¿Quién puede quitarme mi reino? Marcharé contra él, aunque se encuentre en el Yemen». Comenzó a tomar medidas para movilizar sus fuerzas y llevar a cabo su amenaza. Aunque podía mandar grandes fuerzas para hacer frente a cualquier oposición, necesitaba la aprobación del emperador bizantino antes de hacer nada. Heraclio respondió a su carta dejando clara su desaprobación de los planes de al-Harith. Por ello, al-Harith no siguió adelante.
La carta del Profeta a Cosroes, el emperador persa, decía lo siguiente:
En el nombre de Dios, el Señor de la gracia, el Siempre Misericordioso. De Muhammad, Mensajero de Dios, a Cosroes, el gobernante de Persia. La paz sea con quien sigue la guía correcta, cree en Dios y en Su Mensajero y declara que no hay divinidad sino Dios, el Dios único que no tiene asociados, y que Muhammad es Su siervo y Su Mensajero. Deseo transmitirte la llamada de Dios, pues soy el Mensajero de Dios para toda la humanidad, enviado con la misión de advertir a todos los que están vivos que el castigo recaerá sobre los incrédulos. Si te sometes a Dios, estarás a salvo. Si rechazas, cargarás con la responsabilidad por los magos.10
10 Al-Tabari, Tarikh al-Rusul wa’l-Muluk, vol. 2, p. 654. «Los magos» es el nombre árabe de los zoroastrianos.
Esta carta difiere sustancialmente de la que fue enviada a Heraclio. Aquí se hace gran énfasis en la unicidad de Dios y en el hecho de que el autor era el Mensajero de Dios. También se subraya específicamente la posición del Mensajero de Dios como Su siervo. Esto tenía por objeto dejar clara la condición del Profeta y la idea central de la unicidad de Dios.
Heraclio era un cristiano que creía en Dios como Uno, aunque el concepto de la Trinidad volvía imprecisa esa unicidad. También conocía la condición de los profetas y mensajeros de Dios. El concepto de la unicidad de Dios estaba gravemente distorsionado en Persia, donde el dualismo había ganado mucho terreno y se mantenía encendido el fuego sagrado, al que se rendía culto. Por tanto, era necesario destacar el concepto islámico central de la unicidad de Dios.
Cuando leyó la carta, Cosroes también se enfureció, porque el Profeta se había mencionado primero. Rompió la carta sin leerla. Luego envió instrucciones a su gobernador del Yemen para que mandara a dos hombres valientes y fuertes a arrestar al Profeta y llevarlo ante él. El gobernador del Yemen hizo lo que se le ordenó. Cuando estos hombres llegaron a Medina y entregaron al Profeta lo que llamaban «las órdenes del emperador» para que se rindiera ante ellos, el Profeta les dijo que esperaran. Al día siguiente les dijo: «Mi Señor ha matado a vuestro señor anoche», y les informó además de que el emperador persa había sido asesinado por su hijo. Ellos se agitaron y le advirtieron que ponía en peligro su vida al decir aquello. El Profeta les ordenó escribirlo y transmitir al gobernador del Yemen el siguiente mensaje: «Mi fe y mi poder llegarán más lejos que los de Cosroes… Si aceptas el islam, te mantendré en tu cargo y te daré autoridad sobre tu pueblo».
Entregó a los dos mensajeros un cinturón que contenía oro y plata, que había recibido como regalo de otro rey. Cuando el gobernador del Yemen comprobó la verdad de lo que había dicho el Profeta, aceptó el islam. El Profeta lo mantuvo como gobernador de todo el Yemen hasta que murió.
La última categoría contiene las cartas del Profeta al gobernante de Baréin, que envió mucho más tarde. Esas cartas fueron enviadas a comienzos del séptimo año, pero la dirigida a al-Mundhir ibn Sawa, de Baréin, fue enviada hacia el final del octavo año, después de que La Meca hubiera caído en manos del islam. La carta del Profeta estaba redactada en los mismos términos que las cartas que había enviado a otros gobernantes.
Al-Mundhir respondió: «Mensajero de Dios, he leído tu carta a la gente de Baréin. A algunos les gustó y aceptaron el islam. Otros lo rechazaron. Entre mi población hay magos y judíos, y espero tus instrucciones».11
El Profeta le respondió:
En el nombre de Dios, el Señor de la gracia, el Siempre Misericordioso. De Muhammad, Mensajero de Dios, a al-Mundhir ibn Sawa. La paz sea contigo. Alabo ante ti a Dios, que no tiene asociados, y doy testimonio de que no hay divinidad sino Dios y de que Muhammad es Su siervo y Mensajero. Te recuerdo a Dios, el Todopoderoso. Quien obra bien, lo hace únicamente en su propio beneficio; quien obedece a mis mensajeros, me obedece a mí; y quien les ofrece un buen consejo, me lo ofrece a mí. Mis mensajeros te han elogiado ante mí, y acepto tu intercesión en favor de tu pueblo. Permite a los musulmanes de entre tu pueblo conservar lo que tienen en sus manos. Perdono a todos los que han cometido pecados; acepta, pues, sus compromisos. No te destituiremos de tu cargo mientras obres bien. Quienes deseen permanecer judíos o magos deberán pagar un tributo como señal de su lealtad.12
Cuando examinamos las cartas del Profeta a los distintos gobernantes, incluidos los dos líderes más poderosos del mundo, podemos identificar varias características comunes a todas ellas:
1. El discurso del Profeta es firme y decisivo, y no pretende apaciguar a nadie ni someterse a ninguna autoridad.
2. El Profeta expone su propósito en términos muy claros: quería transmitir un mensaje de Dios Todopoderoso y explicaba las consecuencias de la respuesta del destinatario, especialmente si era negativa. En particular, subrayaba que un gobernante que niega a la gente la oportunidad de conocer el mensaje de Dios es responsable de su persistencia en la incredulidad.
3. El Profeta también dejaba claro que era un Mensajero para toda la humanidad. Disipaba cualquier idea que el destinatario pudiera albergar de que él se limitaba a la región que le había sido asignada.
4. El Profeta aclaraba asimismo que no tenía la ambición de extender su dominio sobre la tierra del destinatario. No le interesaba ampliar su papel político.
5. Se dirigía a cada persona en un lenguaje que pudiera comprender. Cuando el Profeta hablaba con gobernantes cristianos, su discurso tenía en cuenta que creían en Dios, aunque su concepto de Él difería del del islam.
6. El Profeta explicaba además que nadie sería obligado ni presionado a aceptar el islam, pues debía mantenerse el principio coránico de que «no hay coacción en materia de religión» (2:256). Los emperadores, reyes y gobernantes pueden intentar obligar a sus poblaciones a seguir una determinada orientación, pero el Profeta dejó claro que ni los judíos ni los magos serían obligados a aceptar el islam; solo se les exigiría pagar un impuesto a cambio de la protección del Estado islámico.
CAPÍTULO 20
muhammad: el hombre Entonces, ¿qué clase de hombre era Muhammad? La respuesta es que era un hombre corriente que, hasta recibir el mensaje de Dios, llevó una vida muy normal. Tuvo una infancia difícil: perdió a su padre antes de nacer, a su madre a los seis años y a su abuelo dos años después. Sin embargo, a pesar de todas estas pérdidas, no le faltaron cuidadores afectuosos que veían que el muchacho podía tener un futuro brillante. Apreció profundamente el cariño que recibió, particularmente el de su tío, Abu Talib, y el de la esposa de este, Fatimah bint Asad. Cuando Makkah atravesó tiempos difíciles durante la vida adulta de Muhammad, trató de aliviar la carga de Abu Talib, sugiriendo a otro tío, al-[Abbas, que cada uno de ellos se hiciera cargo de uno de los hijos de Abu Talib. Para Muhammad, esto no fue más que un gesto de gratitud por un favor que nunca había olvidado. Desde sus primeros años, Muhammad tuvo un agudo sentido de lo correcto y, confiando en sus instintos naturales, persiguió lo correcto por todos los medios posibles. Nunca dijo una mentira y siempre fue justo. Quizá haber sido privado del cuidado que solo unos padres bondadosos podían brindar le ayudó a comprender lo que la pérdida significaba para otras personas. Esto pudo animarlo a tratar de evitar que cualquiera sufriera una pérdida injustificada; de ahí su deseo de perseguir lo correcto y hacerlo cumplir por cualquier medio justo. Fue un ejemplo de bondad y, mucho antes de la profecía, su reputación de honestidad y justicia no tenía rival. Trató con tanta benevolencia a un joven esclavo que su buena esposa le había regalado, que el muchacho prefirió quedarse con él antes que reunirse de nuevo con sus padres y su familia. Para mitigar el golpe para el decepcionado padre del muchacho, Muhammad lo adoptó como hijo, con plenos derechos de herencia. Así era Muhammad antes de tomar conciencia del papel que Dios quería asignarle. Luego Dios le confió Su mensaje, cuyo objetivo es proporcionar una forma de vida para toda la humanidad y para todas las generaciones. Por definición, este mensaje aprovecha todo lo bueno que hay en el ser humano y lo intensifica, neutralizando o contrarrestando todo rasgo negativo. Muhammad (la paz sea con él) se convertiría en el modelo para todas las futuras generaciones de la humanidad. Su vida después de convertirse en el Profeta y Mensajero de Dios demuestra que estuvo a la altura de ello. Fue el maestro de toda bondad. Él define su papel con estas sencillas palabras: «He sido enviado para perfeccionar las buenas maneras». (Transmitido por Ahmad, al-Bukhari en Al-Adab alMufrad, al-Hakim y al-Bayhaqi.) Su esposa, [A’ishah, describe sus modales como una «aplicación práctica del Qur’an». (Transmitido por Ahmad y alBayhaqi.) La mejor descripción de su carácter es la que Dios mismo dio: «Ciertamente, posees un carácter sublime». (68: 4) Varios ahadith, transmitidos por distintos narradores, destacan que el Profeta nunca empleaba un lenguaje vulgar. Anas ibn Malik relata: «El Mensajero de Dios no acostumbraba usar lenguaje vulgar, maldecir ni emplear nombres ofensivos. Cuando expresaba su disgusto con alguien, decía: “¿Qué le pasa; que tenga polvo en la frente?”».1 (Transmitido por al-Bukhari.) En respuesta a una pregunta sobre los modales del Profeta, [A’ishah dijo: «Nunca empleaba un lenguaje vulgar u obsceno. Tampoco era pendenciero en el mercado. No respondía a una mala acción con otra igualmente mala, sino que prefería perdonar y ser indulgente». (Transmitido por Ahmad, al-Tirmidhi, al-Tabarani y al-Bayhaqi.) Otro hadith menciona que [Ata’ ibn Yasar preguntó a [Abdullah ibn [Amr sobre la descripción del Profeta en la Torah. Él dijo: Está descrito en la Torah con términos similares a los de su descripción en el Qur’an. Dice: «¡Oh, Profeta! Te hemos enviado como testigo, como portador de buenas noticias y como advertidor. Eres un protector para los árabes. Eres Mi siervo y Mi Mensajero. Te he llamado al-Mutawakkil [es decir, quien deposita su confianza en Dios]. No empleas un lenguaje vulgar ni áspero y no eres pendenciero en el mercado. No respondes al mal con mal, sino que perdonas y eres indulgente. [Este Mensajero] no será llevado ante Dios hasta que Dios haya devuelto la fe distorsionada a su forma correcta, de modo que la gente declare que “no hay otra divinidad que Dios”, abriendo con ello ojos ciegos, oídos sordos y corazones endurecidos». (Transmitido por al-Bukhari.) 1 «Que tenga polvo en la frente» era una expresión metafórica de disgusto usada con frecuencia. Su significado no tiene nada que ver con el sentido literal de sus palabras. Algunos lingüistas dicen que es una súplica para que la persona en cuestión sea devota y rece con frecuencia.
Muhammad: El hombre Algunas personas adoptan una apariencia cuando salen y se encuentran con otros. El Profeta, sin embargo, no mostraba otra apariencia que sus modales reales. Por ejemplo: «Algunos de sus Compañeros visitaron a Umm Salamah, su esposa. Le dijeron: “Madre de los creyentes, dinos cómo es el Mensajero de Dios en la intimidad de su hogar”. Ella respondió: “Es siempre el mismo en público y en privado”. Luego se arrepintió de haberles respondido, pensando que les había contado algo que él quizá no quisiera revelar. Relata: “Cuando llegó a casa, se lo conté”. Él dijo: “Has hecho bien”». (Transmitido por Ahmad y al-Tabarani.) Estos ahadith juntos nos ofrecen la imagen de una persona que se aparta de todo lo impropio y para quien la buena conducta surge de manera natural; comprende que todo lo que procede de Dios es bueno. Es el primero en ponerlo en práctica, en casa y en público. El Profeta era el mismo en público y con su propia familia: nunca empleaba un lenguaje ofensivo o insultante, no maldecía ni entablaba una disputa verbal. Era consciente de su tarea de «perfeccionar las buenas maneras». Tenía una naturaleza generosa. Cuando, en el transcurso de unos pocos años, su fortuna cambió —de ser expulsado de su ciudad natal, con un gran premio por su cabeza, a convertirse en el indiscutido señor de toda Arabia—, el Profeta podría haber llevado una vida sumamente lujosa. Sin embargo, prefirió llevar una vida sencilla, libre de toda ostentación de poder, grandeza o lujo material. A veces podía tener mucho en sus manos, pero lo entregaba todo al cabo de muy poco tiempo. Jabir relata: «El Mensajero de Dios nunca decía “No” a nada que se le pidiera». Incluso cuando él y su familia tenían necesidad, regalaba todo lo que poseía. No le importaba comer la comida más sencilla. Anas relata: Le llevé al Profeta pan de cebada y un poco de grasa que ya había empezado a echarse a perder. Incluso empeñó su armadura con un prestamista judío para comprar cebada para su familia. Lo oí decir: «La familia de Muhammad no tiene ni siquiera una pequeña cantidad de trigo o grano». En aquel momento tenía nueve esposas. (Transmitido por al-Bukhari.) Parece que el Profeta quería llevar una vida muy sencilla, para no distinguirse de los pobres de su comunidad. Esto concuerda con la visión islámica de esta vida presente como transitoria: la vida venidera es más importante, porque es eterna y la suerte de las personas en ella está determinada por lo que hacen durante su vida presente en la tierra. Otro relato que ilustra su relación con su comunidad es el de [Uthman, quien dice: «Acompañábamos al Mensajero de Dios en los viajes y en la ciudad. Visitaba a los enfermos, asistía a nuestros funerales y combatía junto a nosotros. Nos ayudaba con todo lo que tenía». (Transmitido por Ahmad y al-Bazzar.)
Algunas personas piensan que cuanto más se exigen a sí mismas al cumplir con sus deberes religiosos, más elevada será la posición que alcanzarán ante Dios. Sin embargo, el Islam no exige que la gente se sobrecargue, pues sigue un camino intermedio. De hecho, en algunos textos religiosos se lo denomina «el camino intermedio». El ejemplo práctico del Profeta demuestra que comprendía esto y lo ponía en práctica. [A’ishah relata: Siempre que al Profeta se le ofrecía elegir entre dos opciones, escogía la más fácil, a menos que fuera pecaminosa. Si era pecaminosa, se alejaba de ella lo más posible. Nunca buscó vengarse por motivos personales. Sin embargo, si se violaba algo que Dios había prohibido, buscaba vengarlo por la causa de Dios. (Transmitido por al-Bukhari y Muslim.) Un hadith similar menciona que «el Mensajero de Dios nunca golpeó a nadie con su mano: nunca golpeó a una mujer ni a un sirviente. [Usaba su mano] únicamente cuando estaba en el jihad por la causa de Dios. Nunca se vengó por algo que le hubieran hecho. Solo cuando se violaba algo que Dios había prohibido, buscaba vengarlo por la causa de Dios». (Transmitido por Muslim.) El carácter del Profeta resplandece como el de un hombre muy humilde que nunca buscó aprovecharse de una ventaja de ninguna manera. Al mismo tiempo, estaba claramente consagrado a su mensaje y hacía todo lo que estaba en su poder para asegurarse de que la gente lo comprendiera con claridad y pudiera ver cómo ponerlo en práctica. Se preocupaba por los demás y se esforzaba por facilitarles la comprensión del mensaje de Dios y la puesta en práctica de lo que Él les exigía. En su discurso durante la peregrinación de despedida, por ejemplo, expuso los principios fundamentales del Islam. Al final de cada punto que destacaba, preguntaba a su audiencia: «¿He transmitido el mensaje de Dios?». Cuando afirmaban que sí, pedía a Dios que fuera testigo de su reconocimiento. La humildad del Profeta era evidente en la manera en que trataba a sus seguidores. Comprendía que las generaciones posteriores de musulmanes imitarían a sus Compañeros. Por ello, se aseguró de explicar cómo debían tratarlo ellos y todos los musulmanes. [Umar ibn al-Khattab lo cita diciendo: «No me elogiéis en exceso como los cristianos elogian excesivamente a Jesús, hijo de Maryam. No soy más que un siervo de Dios. [Al referiros a mí] decid: “Siervo y Mensajero de Dios”». (Transmitido por al-Bukhari e Ibn Hibban.) ¿Cómo reaccionaron ellos ante esto? Anas ibn Malik dice: «Nadie les era más querido que el Mensajero de Dios. Sin embargo, cuando lo veían acercarse, no se levantaban porque sabían que eso le disgustaba». (Transmitido por Ahmad y alTirmidhi.) Quería que lo vieran como uno de ellos.
Muhammad: El hombre El Profeta también inculcó a sus Compañeros que las personas solo se distinguen por sus modales y su conducta. En su discurso durante la peregrinación de despedida, dijo: «¡Gentes! Vuestro Señor es uno y vuestro padre es uno. Ningún árabe tiene ventaja sobre un no árabe, ni un no árabe sobre un árabe; tampoco un hombre de piel roja sobre uno de piel negra, ni uno de piel negra sobre uno de piel roja, salvo por el temor de Dios». (Transmitido por Ahmad.) ¿Qué podemos decir a modo de conclusión? Cualquier elogio que pronunciemos siempre quedará por debajo de lo que Muhammad, el Mensajero de Dios, merece. Fue el hombre que mostró el camino y enseñó la bondad a la humanidad, para cumplir el objetivo de su misión, que expresó con sus propias palabras: «He sido enviado para perfeccionar las buenas maneras». Que la paz y las bendiciones de Dios sean con Muhammad, siervo y Mensajero de Dios.
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ÍNDICE
A
Al-[Abbas, tío del Profeta, 9-10, 34-5, 41, 86-7, 96, 145, 203, 207, 219, 227, 269 [Abd al-Muttalib ibn Hashim, abuelo del Profeta, 3-4 [Abd al-Rahman ibn [Awf 129, 167 [Abdullah ibn [Abd al-Asad, Abu Salamah, 207 [Abdullah ibn [Abd Nuhm, DhulBijadayn, 159-60 [Abdullah ibn [Amr ibn al-[As 66, 107, 174, 178, 270 [Abdullah ibn [Amr ibn Haram, 158 [Abdullah ibn Ja[far 136 [Abdullah ibn Jahsh 218, 220 [Abdullah ibn Mas[ud 72, 160, 179 [Abdullah ibn Rawahah 92 [Abdullah ibn Ubayy 25, 123, 223, 243 [Abdullah ibn [Umar 175 [Abdullah ibn Unays 217 [Abdullah, padre del Profeta, 3 Abraham 2-3, 27, 20, 28, 40, 52, 61, 90, 99 Abu Ayyub al-Ansari 78 Abu Bakr 15, 22, 39-40, 76, 100, 160, 168, 171, 204, 206 Abu Busayr 31 Abu Dharr al-Ghifari 142, 146, 154,
Abu Hurayrah 120, 126, 128, 135, 140, 142, 149, 157, 177-8, 180, 192 Abu Jahl, [Amr ibn Hisham, 76, 87, 122, 213 Abu Jandal ibn Suhayl 29, 263 Abu Lahab, tío del Profeta, 15 Abu Lubabah ibn [Abd al-Mundhir 248-50 Abu Mas[ud al-Badri 116, 138 Abu Rifa[ah 73 Abu Ruhm ibn Abd al-[Uzza 207 Abu Sa[id al-Khudri 156, 193 Abu Sayf 129 Abu Sufyan 23, 27, 34, 157, 196-7, 227, 235, 265 Abu Talhah 144 Abu Talib, tío del Profeta, 5-9, 18-19, 50, 269 Abu Usayd al-Ansari 134 Al-Abwa’ 3 [Adiyy ibn Hatim 257-8 [Adnan, principal tribu árabe, 2 Ahmad Zaki Yamani 189 [A’ishah bint Abu Bakr, esposa del Profeta, 96, 107, 109, 111-12, 139, 141-2, 146-9, 152, 173, 190, 210,
ÍNDICE
270, 272; su edad en el momento de su matrimonio, xi, 203-6 [Ali ibn Abi Talib 22, 39-40, 46-7, 92, 122, 145, 149, 154-5, 157, 206, 257 [Ali Zayn al-[Abidin, bisnieto del Profeta, 134 Aminah bint Wahb, madre del Profeta, 3-4, 7 [Ammar ibn Yasir 15 [Amr ibn al-[As 32, 179 [Amr ibn al-Jamuh 89-90 [Amrah bint Rawahah 92 Anas ibn Malik 11, 69, 95, 120, 129, 132, 137, 141-2, 144-5, 151-4, 158, 270-2 Ansar 22-3, 26, 33, 35, 37, 48-9, 70, 91, 123, 136, 143-5, 156-8, 162, 179, 234, 238, 253 [Aqil ibn Abi Talib 87, 218 Al-Aqra[ ibn Habis 126 Asma’ bint Abi Bakr 130, 171 Asma’ bint Yazid 191 Asma’ bint Yazid ibn al-Sakan 73 Al-Aswad 141 [Attab ibn Usayd 37 Aws, la tribu, 21, 64, 168, 194, 237-8, 240, 249-50, 261
B
Badr 23-5, 84-6, 101, 117, 122-3, 196, 213, 215-6, 218-22, 229, 232, 241, 252, 260 Bahira 50 Al-Bara’ ibn [Azib 10-11, 79, 125 Barrah bint al-Harith ibn Abi Dirar, renombrada Juwayriyyah por el Profeta, 195, 207 Bashir ibn Sa[d 92 Bilal ibn Rabah 168 Bujayr ibn Zuhayr 122
Dihyah ibn Khalifah 265
F
Al-Fadl ibn [Abbas 87 Fatimah bint Asad 5, 7, 15, 269 Fatimah bint Muhammad, hija del Profeta, 112, 149, 157, 173, 206 Fudalah 113
G
Gabriel, el ángel, 19-20, 25, 60, 68, 76, 88, 99, 117, 140, 179 Ghassan, la tribu, 33, 241 Ghatafan, la tribu, 26-7, 30, 219-21, 224-5, 235, 245, 247 Ghazzal ibn Samuel 253
H
Hafsah bint [Umar, esposa del Profeta, 150, 206 Halimah, nodriza del Profeta, 3-4, 6-7, 36, 44, 147, 234 Hamra’ al-Asad 223 Hamzah ibn [Abd al-Muttalib 172 Al-Harith ibn Abi Dirar 86, 194-5, 232 Al-Harith ibn Abi Shammar 265 Al-Hasan ibn [Ali 126-8, 132 Hatib ibn Abi Balta[ah 160-1, 265 Hawazin, la tribu, 3, 35-6, 124, 147, 233-4 Hawdhah ibn [Ali 265 Heraculas, el emperador bizantino, 208, 264-6 Al-Hubab ibn al-Mundhir 219-20 Al-Hudaybiyah 28-33, 43, 63, 74, 84, 224, 244, 262-4 Hunayn 35-6, 71, 78, 116, 145, 225, 229, 233, 258
Al-Husayn ibn [Ali 131-2, 154-5, 249 Huyayy ibn Akhtab 27, 241-3, 247
Ibn Taymiyah 190 Ibrahim, hijo del Profeta, 129, 208 [Ikrimah ibn Abi Jahl 113, 122 Imán al-Awza[i, [Abd al-Rahman, [Imran ibn Husayn 92
J
Ja[far ibn Abi Talib 16, 30, 45 Jabir ibn [Abdullah 91, 94, 112, 143, 161, 183 Jarir ibn [Abdullah 153, 156 Jesús 2, 20, 60-1, 110, 141, 272 Jurhum, la tribu, 3 Juwayriyyah bint al-Harith, esposa del Profeta, 195-6, 198, 207, 232
K
Ka[b ibn Asad 244, 247, 252, 255 Ka[b ibn Zuhayr 122-3 Kayyisah bint al-Harith 250 Khabbab ibn al-Aratt 100 Khadijah bint Khuwaylid, primera esposa del Profeta, 5, 10, 14-15, 19, 47, 68, 146-8, 182, 199, 202-3, 205, 210, 218 Khalid ibn al-Walid 32-4 Khalid ibn Sa[id 197 Khawlah bint Hakim 193, 203 Khaybar 29-31, 40, 74, 78, 85, 208, 221, 225, 229, 244-7, 253, 264 Khazraj, la tribu, 21, 174, 194, 237-8,
Khunays ibn Hudhafah 206 Khusru, el emperador persa, x, 266-7 Khuwaylah bint Tha[labah 63-4 Khuza[ah, la tribu, 2, 29, 33, 261
Al-Mada’in 79 Madinah 3, 16, 22-7, 29-31, 37-8, 40, 49, 71, 79, 86, 91, 122-3, 130, 137, 144-5, 148, 151, 159-62, 167-8, 194, 196-7, 206, 214, 216-7, 219, 221-2, 229, 231-2, 237-8, 240-2, 244-5, 247, 252, 256, 258-9, 261-3 Mahmood S. Khattab 218 Makkah 2-4, 7, 10-11, 16-17, 19, 20-3, 28-9, 31-2, 34-5, 40, 44-7, 50-1, 63, 72, 76, 80, 84, 86, 100, 110, 121-2, 125, 161, 165-7, 170, 199-200, 205, 207, 214, 217-19, 221, 224-5, 227-8, 232-3, 235-8, 259-60 Malik ibn [Awf 45, 233-4 Malik ibn al-Huwayrith 133 Maria, la copta egipcia, 207-10 Maymunah bint al-Harith, esposa del Profeta, originalmente llamada Barrah, 207, 209 Maysarah 10 Mikraz ibn Hafs 46 Al-Miqdad ibn al-Aswad 179 Moisés 2, 20, 53, 55, 60-1, 72, 82-3, 117, 167 Monte Hira’ 13 Mu[adh ibn Anas 135 Mu[adh ibn Jabal 130 Al-Mughirah (Abu Sufyan) ibn alHarith ibn [Abd al-Muttalib 121-2 Muhajirun 22-3, 32-3, 35, 37, 91, 161, 167-8, 218, 234, 239 Muhammad: como Mensajero de Dios, 55-118; como siervo de Dios, 97-107; como líder, 151-64; como hombre, 269-73; como pastor, 7-8, 148, 202; como estadista, 257-68; como comandante militar, 213-30; actitud hacia la guerra, 24, 30, 36-7, 71-2, 120, 125,
ÍNDICE
213-36; comportamiento en sus reuniones, 21-2, 138, 153-6; trato con la gente común, 141-3; valentía, 144-5; cuidado de los animales, 33, 135-6; cuidado de los niños, 126-33, 151-2, 157, 173-7, 179-80; cuidado de los sirvientes, 151-2, 162-3, 272; liderazgo solícito, 151-62; cambio de nombres de mal significado, 157, 159, 195, 207; compasión, 76-7, 11214, 119-20, 124-6, 129-30, 132-6, 198; control de las emociones negativas, 114-18; tratamiento de los agravios personales, 156-7; trato con los judíos, xi, 22, 24-5, 30, 48-50, 69-71, 94, 142, 168, 179, 195-6, 219, 221, 225, 237-46, 259, 263-4, 267-8, 271; devoción en el culto, 102-7; participación temprana en buenas causas, 10, 44; acontecimientos de su vida, 14-42; equidad con todos, 47-8, 50, 72, 170-3, 177-8, 199, 260, 269; perdón de los enemigos, 120-5; años de formación, 1-13; generosidad, 141-3; interacción con quienes lo atendían, 154-6; justicia, 170-3; clave de su carácter, 43-54; actitud afectuosa, 112-14; lealtad a amigos y familiares, 146-7; matrimonios, 194-212; misericordia con todos, 118-36; modestia, 139-41; aversión natural a los ídolos, 9, 34, 50-1, 120, 169, 202, 217; nunca rechazaba una petición, 143-4, 258; viaje nocturno a Jerusalén, 20, 76; nobleza, 137-50; pasar por alto los errores de la gente, 160-1; pago de las deudas de los Compañeros fallecidos, 157-8; pobreza, 147-50; anuncio público del mensaje, 15, 45-6; sentido del humor, 1456; resolución de los problemas personales de la gente, 161-3; trato con los vecinos, 177-80 trato con los padres, 173-7; trato con los familiares, 177-80; trato con los esclavos, 11, 64, 125, 134-5, 168, 2089; trato con las mujeres, 181-93; trato con los judíos de Qurayzah, xi, 220-1, 223, 247-57; confianza en Dios, 100-1; conquista del corazón de los enemigos, 231-6 Muhammad al-Ghazali 106 Muhammad ibn [Umar al-Waqidi
Muhammad ibn Ishaq 204, 248, 2502, 254 Muhammad Saleem al-Awa 189 Al-Muqawqis, el gobernante de Egipto, 208, 264-5 Mus[ab ibn [Umayr 21, 265 Al-Mustalaq, la tribu, 26, 91, 123, 194-5, 221, 229, 232 Al-Mut[im ibn [Adiyy 19
N
Nabbash ibn Qays 253 Al-Nadir, la tribu, 25-7, 92, 237, 2425, 247, 251, 256 Nayran 40 Nasibah bint Ka[b 190 Nawfal ibn al-[Harith 87 Negus, rey de Abisinia, 16, 30-1, 45, 73, 197, 208, 264 Noé 2, 20, 167 Al-Nu[man ibn Bashir 176
Q
Qahtan, la principal tribu árabe, 2 Qaynuqa[, la tribu, 24, 238, 241-2, Qays [Aylan, la tribu, 10 Quraysh, la tribu, 2-3, 8-12, 15-20, 22-9, 31-4, 40, 43-8, 69, 72, 74-5, 80-1, 85-6, 92, 100-1, 113-15, 1601, 164-6, 173, 196-7, 202, 205-6, 213, 215-26, 231, 235, 237-41, 245, 247, 253, 259-64 Qurayzah, la tribu, xi, 26-7, 30, 2201, 223, 225, 229, 237, 244-5, 247-56 Qutham ibn [Abbas 87
R
Rabi[ah ibn Ka[b al-Aslami 162 Ruqayyah bint Muhammad, la hija del Profeta, 206
S
Sa[d ibn [Ubadah 37, 109, 130 Sa[d ibn Abi Waqqas 15 Sa[d ibn al-Rabi[ 167 Sa[d ibn Bakr, la tribu, 3, 8, 36 Sa[d ibn Mu[adh 27, 247-53 Sa[id ibn Zayd 15 Safiyyah bint [Abd al-Muttalib 130 Safiyyah bint Huyayy, la esposa del Profeta, 78, 157, 195-6 Safwan ibn Umayyah 85 Sahl ibn Sa[d 143 Al-Sakran ibn [Amr 205 Salih ibn [Ali 254 Salih, el profeta, 56 Sallam ibn Abi al-Huqayq 253 Samra’ bint Nuhayk 193 Saná 79, 100-1 Sawdah bint Zam[ah, la esposa del Profeta, 205 Sayyid Qutb 49, 212 Shaybah ibn Rabi[ah 19 Shayma’ bint al-Harith 147 Al-Shifa’ bint [Abdullah 193 Sufanah bint Hatim 257 Suhayl ibn [Amr 28 Sulayman ibn Surad 116 Sumayyah bint Khubat 15 Suraqah ibn Malik x
T
Tabuk 38, 160, 228-9, 249, 262 Taif 19-20, 35-6, 72, 121, 170, 218, 220, 229, 233-5, 255 Talhah ibn [Ubaydillah 15 Thaqif, la tribu, 19, 35-6, 38, 233-4
U
[Ubadah ibn al-Samit 242 Ubayy ibn Ka[b 130 [Ubaydillah ibn Jahsh 196 Uhud 24-5, 116, 123, 158, 162, 204, 206, 219 222-3, 225-7, 229, 231, 242, 260 Umamah bint Abi al-[As 127 [Umar ibn Al-Khattab 70-1, 94, 124, 141, 148, 157, 160, 168, 193, 206, 208, 211, 272 Umaymah bint [Abd al-Muttalib, la tía del Profeta, 140, 200 [Umayr ibn Wahb 85 Umm al-Fadl, la esposa de al-[Abbas, 87, 207 Umm Ayman, la nodriza del Profeta, 3-5, 7, 9, 15, 200 Umm Habibah, Ramlah bint Abi Sufyan, la esposa del Profeta, 196-8 Umm Kulthum bint Muhammad, la hija del Profeta, 206 Umm Ma[bad 93-4 Umm Qays ibn Mihsan 131 Umm Salamah Hind bint Abi Umayyah, la esposa del Profeta, 121, 206-7, 210-11, 271 Umm Sulaym 151 [Uqbah ibn [Amir 178 [Uqbah ibn Zayd 253 Usamah ibn Zayd 129, 173, 250, 252 Usayd ibn Hudayr 156
ÍNDICE
[Utbah ibn [Amr 87 [Utbah ibn Rabi[ah 114, 213 [Uthman ibn [Affan 28, 38, 206, 271 [Uthman ibn Maz[un 130 [Uthman ibn Talhah 32, 261
W
Wahb ibn Zayd 253 Walid Arafat 254 Waraqah ibn Nawfal 50, 53, 68
Y
Yathrib, posteriormente rebautizada como Medina, 21-2, 80, 237, 240-1, 243 Yuhanna ibn Ru’bah 262
Z
Zahir 145-6 Zayd ibn Amr 50, 52 Zayd ibn Harithah 5, 15; adopción por parte del Profeta, 11-12, 140, 199-200; matrimonio con Zaynab, 140, 199-201 Zayd ibn Sa’nah 69, 71 Zayd ibn Thabit 130 Zaynab bint Jahsh, esposa del Profeta, 140, 183, 199-200, 207 Zaynab bint Khuzaymah, esposa del Profeta, 206-7, 209 Al-Zubayr ibn al-Awwam 15, 130 Al-Zubayr ibn Bata 252-3 Zuhayr ibn Abi Sulma 166