Prefacio
Un gran grupo de escritores occidentales, así como de orientalistas influidos por ellos, sostiene la idea de que la cultura islámica se originó en las culturas anteriores a ella, especialmente en las culturas griega y romana, y que, puesto que la mentalidad árabe reorganizó estos antiguos elementos de una manera nueva y cambió su apariencia exterior, adquirió por ello la forma de una cultura independiente. Precisamente por esta perspectiva, los miembros de este grupo buscan los elementos de la cultura islámica en las culturas persa, babilónica, siria, fenicia, egipcia, griega y romana. Luego buscan en la naturaleza árabe los elementos de la mentalidad que tomó materiales de estas culturas según su conveniencia y los reorganizó a su manera.
Una concepción errónea
Pero esta es una concepción errónea sumamente grave. Porque, aunque es cierto que el presente de la humanidad siempre se ve influido por el pasado y que, por ello, toda nueva creación recibe ayuda de los elementos estructurales anteriores, no se puede negar que la cultura islámica es completamente islámica por su esencia vital y sus elementos fundamentales, y que no ha recibido ni la más mínima influencia de ninguna cultura no islámica. Naturalmente, en sus aspectos externos y secundarios sí han influido en cierta medida el pensamiento árabe, la tradición árabe y las culturas anteriores y posteriores. Un aspecto de un edificio es su diseño, su técnica de construcción y su formación conforme a su propósito; esto constituye su esencia y su elemento fundamental. Otro aspecto son su color, variedad, ornamentación y esplendor, lo cual pertenece a sus detalles y cuestiones menores. Por tanto, si se juzga el edificio cultural en su totalidad esencial, se observa que el edificio de la cultura islámica es enteramente resultado del proceso formativo del islam. Su diseño le es propio. Para ello no se tomó ayuda de ningún otro diseño. Su técnica de construcción fue inventada por ella misma; en este aspecto no imitó ningún otro modelo. El propósito de su construcción es completamente singular y novedoso; en cuanto a su finalidad, no se ha construido ningún otro edificio ni antes ni después.
De igual manera, la cultura islámica adoptó exactamente la forma de construcción que era necesaria para alcanzar este propósito. En todo lo que construyó con tal fin, ningún ingeniero externo tenía capacidad para reformarlo o corregirlo, ni tampoco para añadirle nada. Quedan los detalles y las cuestiones menores;
También en este aspecto el islam tomó muy pocas cosas de otras culturas. Incluso puede decirse que la mayor parte de ello es propia del islam. Naturalmente, los musulmanes tomaron de otras culturas materiales de color, variedad, ornamentación y esplendor, y aumentaron en cierta medida la riqueza de estos aspectos. Y esto se ha vuelto tan evidente a los ojos de los observadores que intentan atribuir la acusación de imitación al edificio entero.
Definición de cultura
Para resolver esta cuestión, ante todo hay que obtener respuesta a la pregunta: ¿qué es la cultura? La gente piensa que cultura significa los conocimientos científicos, la literatura y la filosofía, las artes y las técnicas, las bellas artes, las costumbres sociales, el modo de vida, la política estatal, etc., de una nación. Pero, en realidad, estas cosas no son la esencia vital de la cultura, sino únicamente sus resultados y manifestaciones externas. La cultura no es la raíz ni el tronco del árbol, sino solo sus ramas, ramificaciones, hojas y follaje. No es posible determinar el valor de una cultura basándose en estos signos y envolturas externos. Por eso, dejando de lado estas cosas, debemos llegar hasta la esencia vital de la cultura y buscar sus fundamentos y sus elementos básicos.
Elementos fundamentales de la cultura:
Desde esta perspectiva, lo primero que hay que buscar en una cultura es cuál es su concepción de la vida mundana. ¿Qué dignidad concede al ser humano en este mundo? ¿Qué es el mundo, a sus ojos? ¿Cuál es la relación del ser humano con este mundo? ¿Cómo debe el ser humano disfrutarlo y utilizarlo? En realidad, todo ello ejerce una profunda influencia sobre el conjunto de las actividades de la vida. Cuando cambia esta filosofía, cambia radicalmente la naturaleza entera de la cultura.
La segunda cuestión profundamente vinculada con la filosofía de la vida es el objetivo supremo de esta. ¿Cuál es el propósito de la vida humana en este mundo? ¿Para qué sirven todas las disposiciones, todos los esfuerzos, trabajos y fatigas, todas las luchas y conflictos del ser humano? ¿Hacia qué meta debe correr? ¿Para alcanzar qué destino debe esforzarse y dedicarse el hijo de Adán? ¿Qué desenlace debe tener presente en cada una de sus acciones y en cada uno de sus esfuerzos? En realidad, la cuestión de esta meta y de estas aspiraciones determina y regula el curso de la vida práctica del ser humano, y, conforme a ella, se adoptan como fundamento de la vida sus métodos de acción y sus medios para alcanzar el éxito.
La tercera cuestión es la siguiente: ¿sobre qué creencias y concepciones fundamentales se forma el carácter humano en la cultura objeto de estudio? ¿Cómo se moldea la mentalidad de las personas? ¿Qué clase de pensamientos se generan en su mente y en su cerebro? ¿Y qué fuerza activa existe en su interior que, en función de sus metas y objetivos, impulse al ser humano a adoptar una concepción particular de la vida práctica? No cabe discusión alguna de que la fuerza de acción del ser humano está bajo la influencia de su fuerza de pensamiento. La conciencia que hace funcionar sus manos y sus pies procede de su mente y de su cerebro. Y cualesquiera que sean las creencias, reflexiones y concepciones que se arraiguen en su mente y en su cerebro, toda su fuerza de acción se activará precisamente bajo su influencia. En otras palabras, según el molde en que se forme su mentalidad, así surgirán en ella sus emociones, sentimientos, deseos y aspiraciones, y bajo sus órdenes seguirán actuando sus miembros. En realidad, ninguna cultura del mundo puede establecerse sin una creencia fundamental y una forma fundamental de pensamiento. Por ello, para comprender y evaluar cualquier cultura, es necesario primero comprender sus creencias y su pensamiento y medir su excelencia o deficiencia, del mismo modo que, para conocer la solidez y permanencia de un edificio, es indispensable conocer la profundidad y firmeza de sus cimientos.
La cuarta cuestión es la siguiente: ¿en qué clase de ser humano convierte la cultura objeto de estudio a la persona? Es decir, ¿con qué tipo de formación moral prepara al ser humano para llevar una vida plena conforme a su propio ideal? ¿Qué clase de carácter, cualidades y mentalidad produce en él y procura desarrollar y acrecentar? ¿En qué se convierte el ser humano mediante su formación moral específica? Aunque el verdadero objetivo de la cultura sea la reconstrucción del orden social, la sociedad se construye con los elementos que son los individuos. Y la solidez y permanencia de esa construcción dependen de que cada piedra esté correctamente tallada, cada ladrillo sea firme y resistente, cada viga sea sólida, de que en ninguna parte haya podredumbre y de que no se empleen materiales inmaduros, defectuosos o débiles. La quinta cuestión es la siguiente: ¿cómo se establecen las relaciones entre las personas en esa cultura, según las distintas circunstancias? ¿Qué tipo de relaciones se mantienen con su propia familia, con sus vecinos, con sus amigos y compañeros, con las personas que viven junto a él, con sus subordinados, con sus superiores, con quienes siguen su propia cultura y con quienes están fuera de ella? ¿Qué derechos se le reconocen sobre los demás y qué derechos de los demás sobre él se le prescriben? ¿A qué límites se le somete? Cuando se le concede libertad, ¿cuánta libertad se le concede, y cuando se le confina, hasta qué punto se le confina? En realidad, todas las cuestiones relativas al carácter moral, la sociabilidad, las leyes, la política y las relaciones internacionales están comprendidas en estas preguntas. Y precisamente a partir de ellas puede saberse qué clase de familia, sociedad y Estado forma la cultura objeto de estudio.
De este análisis se ha sabido que aquello que se denomina cultura está constituido por cinco elementos fundamentales:
(1) La concepción de la vida mundana,
(2) El objetivo supremo de la vida,
(3) Creencias y pensamiento fundamentales
(4) Formación del individuo y (5) sistema social.
Toda cultura del mundo se ha constituido precisamente a partir de estos cinco elementos fundamentales. Naturalmente, la cultura islámica también ha surgido con la ayuda de estos elementos. En la presente obra he examinado tres elementos de la cultura islámica y he explicado sobre qué concepción particular de la vida, qué objetivo específico de la vida y qué convicciones y pensamientos fundamentales se ha establecido esta cultura, y cómo estos le han otorgado la forma de una cultura especial y distinta de las demás culturas del mundo. En esta obra no se ha tratado ninguno de los dos elementos restantes. En cuanto a la organización del individuo, serán útiles mis dos libros titulados «Una mirada investigadora a la adoración islámica» y «Jutbat» *1 (sermones n.º 20 a 28). Respecto al «sistema social», puede encontrarse una imagen general en mis discursos radiofónicos publicados con el título «Islâm ka nizâm-e hayât» (El sistema de vida del islam).
Fuente:
1: Es una recopilación de nueve discursos del autor, publicados en forma de diversos opúsculos, a saber: La realidad del islam, la realidad de la fe, la realidad de la yihad, la realidad del hach, la realidad del zakat y la realidad de la oración y el ayuno.
Uno
La concepción del islam sobre la vida terrenal:
Desde el principio, el ser humano ha albergado una idea enormemente equivocada sobre sí mismo, y hasta hoy esa idea errónea sigue presente. A veces adopta el camino de la exageración y se considera el ser más elevado del mundo. Su mente y su corazón se llenan de insolencia, arrogancia y espíritu de rebeldía. No está dispuesto a considerar ninguna fuerza superior a la suya, ni siquiera igual a ella. Al contrario, pronuncia las consignas «¿Quién es más poderoso que yo?» y «¡Yo soy vuestro señor supremo!», y, creyéndose completamente exento de responsabilidad, se revela como la personificación de la opresión y la tiranía, de la injusticia y la iniquidad, de la destrucción y la devastación. Otras veces cae víctima del complejo de inferioridad y llega a considerarse el ser más bajo del mundo. Inclina la cabeza ante los árboles, las piedras, los ríos, las montañas, los animales, el aire, el fuego, las nubes, los relámpagos, la luna, el sol y las estrellas; en suma, ante cualquier cosa en la que percibe algún tipo de poder o la capacidad de beneficiar o perjudicar. Incluso si percibe algún poder en otro ser humano como él, no vacila lo más mínimo en aceptarlo como una deidad y un objeto de adoración.
La identidad esencial del ser humano:
El islam, rechazando estas dos concepciones extremas, ha presentado al ser humano su verdadera identidad. Dice: *************
«El ser humano debe considerar de qué fue creado. Fue creado de un líquido que brota con fuerza y que sale de entre la columna vertebral y los huesos del pecho». —(Sura At-Táriq: 5-7)
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«¿Acaso no observa el ser humano que lo hemos creado de una gota de líquido? Sin embargo, se convierte en un enemigo declarado, nos presenta argumentos y olvida su propio origen».
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«Inició la creación del ser humano a partir del barro; luego continuó su descendencia a partir de un extracto de barro, que es un líquido impuro. Después perfeccionó su formación y sopló en él Su espíritu». [Sura As-Sayda: 7-9]
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«Os hemos creado de tierra, luego de una gota de esperma, después de un coágulo de sangre y, finalmente, de una masa de carne completa o incompleta, para mostraros Nuestro poder. Dejamos en el seno materno la gota de esperma que queremos durante un plazo determinado; luego os hacemos salir como niños y después os hacemos crecer hasta que alcanzáis la madurez. Algunos de vosotros mueren, mientras que otros llegan a la edad más avanzada, hasta el punto de que, después de haber adquirido entendimiento, vuelven a quedar sin comprender nada». [Sura al-Hajj: 5]
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«¡Oh, ser humano! ¿Qué te ha engañado respecto de tu Generoso Señor, Quien te creó, perfeccionó tus miembros, estableció equilibrio en tus facultades y ensambló tus elementos en la forma que quiso? [Sura al-Infitar: 6-8]
(**************) «Y Allah os hizo salir del vientre de vuestras madres; cuando salisteis, no sabíais nada. Él os dio el oído, la vista y el corazón, para que agradecierais».
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«¿Habéis reflexionado sobre la gota de esperma que depositáis en el vientre de las mujeres? ¿Sois vosotros quienes creáis al niño a partir de ella, o somos Nosotros quienes lo creamos? Y no somos incapaces de cambiar vuestra forma física y crearos con otra apariencia que no conocéis. Ya conocéis vuestra primera creación; ¿por qué, entonces, no extraéis una lección de ella? Además, ¿habéis observado los cultivos que sembráis? ¿Sois vosotros quienes los hacéis crecer o somos Nosotros quienes los hacemos crecer? Si quisiéramos, los convertiríamos en rastrojo, y vosotros no dejaríais de decir: “Hemos sufrido una pérdida; más bien, hemos sido completamente privados”. ¿Habéis observado luego el agua que bebéis? ¿Sois vosotros quienes la hacéis descender de las nubes o somos Nosotros quienes la hacemos descender? Si quisiéramos, la volveríamos amarga. Entonces, ¿por qué no agradecéis? Y ¿habéis observado el fuego que encendéis? ¿Sois vosotros quienes habéis creado la madera con la que se enciende, o somos Nosotros quienes la hemos creado? Lo hemos creado como recordatorio y como provisión para la vida de los viajeros. Así pues, ¡oh, seres humanos!, glorificad la santidad de vuestro Majestuoso Señor». —[Sura al-Waqi’a: 58-74]
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«Cuando os sobrevino una tempestad en el mar, olvidasteis a todos vuestros falsos dioses y solo recordasteis a Allah. Pero cuando Él os salvó y os llevó a tierra firme, volvisteis a adoptar una actitud rebelde; en verdad, el ser humano es muy ingrato. ¿Acaso os sentís seguros de que Allah no haga que la tierra os trague, o de que no envíe contra vosotros una tormenta de viento, sin que encontréis ningún protector? ¿Acaso os sentís seguros de que Él no os devuelva al mar y envíe contra vosotros un huracán que os sumerja por causa de vuestra desobediencia, sin que encontréis después ningún auxiliar contra Nosotros?» —(Sura de los Hijos de Israel: 67-69)
En estos versículos, el orgullo y la arrogancia del ser humano han sido completamente pulverizados. En ellos se le llama la atención y se le dice: «Mira por un momento tu verdadera naturaleza». Una gota de agua impura e insignificante entra en el vientre materno y, al desarrollarse mediante diversas impurezas, se convierte en un trozo de carne. Si Allah quisiera, podría no darle vida a ese trozo de carne, y este podría salir en un estado incompleto. Pero Allah, mediante Su propio poder, infunde vida en ese trozo de carne, crea en él sensibilidad y conciencia, y lo dota de las fuerzas y los instrumentos necesarios para la vida del ser humano en este mundo. Así llegas al mundo. Sin embargo, tu estado inicial es tal que llegas convertido en un niño indefenso, incapaz de satisfacer por ti mismo cualquiera de tus necesidades. Allah, mediante Su propio poder, dispone las cosas de tal manera que eres criado y cuidado, creces, entras en la juventud y te vuelves fuerte y poderoso; luego comienza nuevamente el declive de tu fuerza y capacidad, pasas de la juventud a la vejez y, finalmente, una condición de indefensión semejante a la de la infancia se apodera de ti. Tu facultad de conciencia te abandona; tu fuerza y capacidad se debilitan, tu conocimiento y razón desaparecen; finalmente, la lámpara de tu vida se apaga para siempre. Dejando atrás las riquezas, los hijos, los amigos y los parientes, tienes que buscar refugio en la tumba. Durante este breve período de vida, ni siquiera por un instante eres capaz de mantenerte vivo por ti mismo. Por el contrario, un poder superior a ti te mantiene con vida y, cuando quiere, te obliga a abandonar este mundo. Además, mientras permaneces vivo, tienes que aferrarte a las leyes de la naturaleza. Este aire, esta agua, esta luz, este calor, los frutos de esta tierra y todos estos medios y recursos naturales de los que depende tu vida no están bajo tu dominio. Tú no los creas, ni ellos obedecen tus órdenes. Cuando precisamente estas cosas se levantan contra ti, quedas completamente indefenso para enfrentarte a ellas. Una ráfaga de viento arrasa tus poblados. Una inundación te sumerge. Un terremoto te reduce a polvo. Por mucho que te equipes con armas, por muchos medios que idees mediante tu conocimiento y razón —que no son creación tuya— y por muchos recursos que reúnas mediante tu conciencia —que tampoco has adquirido por ti mismo—, todo ello se vuelve inútil ante las fuerzas de la naturaleza. Y, sin embargo, con semejante poder te jactas, te exaltas de alegría, no muestras consideración por nadie, exhibes el colmo de la conducta faraónica y nimródica, te conviertes en un opresor despiadado, un tirano sin límites o un arrogante extremo, te rebelas contra Allah, te instalas como deidad de los siervos de Allah y creas desorden y corrupción en el mundo de Allah.
La dignidad del ser humano en la naturaleza del universo:
Hasta aquí hemos tratado la eliminación de la arrogancia. Por otro lado, el islam ha dicho al ser humano que no es tan insignificante como él mismo ha llegado a considerarse. Dice así: ( **************)
«Hemos honrado a los hijos de Adán, les hemos facilitado medios de transporte por tierra y por mar, y les hemos concedido una superioridad especial sobre muchas de las cosas que hemos creado». —(Sura Al-Isra: 70)
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«¡Oh ser humano! ¿Acaso no observas que Allah ha sometido a vuestro servicio todo cuanto hay en la tierra?» —(Sura Al-Hajj: 65)
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«Y ha creado los animales, en cuyo interior hay para vosotros abrigo contra el frío y otros beneficios, y de algunos de ellos os alimentáis. En ellos tenéis también una especie de belleza cuando los lleváis por la mañana y los traéis de regreso por la tarde. Llevan vuestras cargas hasta lugares a los que no podríais llegar sino con grandes penalidades. En verdad, vuestro Señor es muy bondadoso y misericordioso. Él ha creado caballos, mulas y asnos para que los montéis y como ornamento de la vida. Y crea muchas otras cosas que vosotros aún no conocéis. Él es quien hace descender agua del cielo: una parte de ella es para que bebáis y otra sirve para regar las plantas, con las que obtenéis alimento para vuestros animales. Con esa agua, Allah produce para vosotros cultivos, olivos, palmeras, uvas y toda clase de frutos. En estas cosas hay un signo para quienes reflexionan. Él ha sometido para vosotros la noche y el día, el sol y la luna; y las estrellas también están sometidas por orden de Allah. En ello hay signos para quienes actúan con entendimiento. Y ha creado para vosotros en la tierra cosas de muchos colores; en ello hay un gran signo para quienes reciben una enseñanza. Y Allah es quien ha sometido el mar, para que comáis de él carne fresca —es decir, pescado— y extraigáis de él adornos, como perlas y otras cosas, que lleváis puestos. Y veis que las embarcaciones y los barcos surcan el mar atravesando las aguas. El mar ha sido sometido para que busquéis el favor de Allah —es decir, para que comerciéis—; quizá seáis agradecidos. Él ha colocado montañas en la tierra, para que no se incline con vosotros, y ha creado ríos y caminos, para que podáis encontrar la ruta hacia vuestro destino. También ha establecido muchas otras señales; incluso por medio de las estrellas la gente reconoce los caminos. Y si contáis las bendiciones de Allah, no podréis enumerarlas.»
—Sura An-Nahl: 5-18
En los versículos anteriores se ha dicho al ser humano que todo cuanto existe en el mundo ha sido sometido para su servicio y beneficio, y lo mismo se aplica a las cosas del cielo. Estos árboles y plantas, estos ríos, este mar, estas montañas, estos animales, esta noche y este día, esta luz y esta oscuridad, este sol y esta luna, estas estrellas; en resumen, todo cuanto ves está a tu servicio, ha sido destinado a tu beneficio y creado de manera útil para ti. Has sido colocado por encima de todas estas cosas; se te ha concedido más honor que a ellas y has sido creado capaz de servirte de ellas. Entonces, ¿por qué inclinas la cabeza ante esos servidores tuyos? ¿Por qué los consideras capaces de satisfacer tus necesidades? ¿Por qué extiendes ante ellos la mano de la súplica? ¿Por qué les pides ayuda? ¿Por qué les temes y te atemorizas ante ellos? ¿Por qué proclamas su superioridad y glorificas su grandeza? Así te estás humillando y deshonrando a ti mismo; estás menoscabando tu propia dignidad y convirtiéndote en siervo de tus propios servidores y esclavo de tus propios esclavos!»
El ser humano es representante de Allah
De esto se sabe que el ser humano no posee una posición tan elevada como la que, llevado por la arrogancia, se atribuye a sí mismo, ni es tan despreciable y vil como él mismo se ha hecho. Ahora surge la pregunta: ¿cuál es, entonces, la verdadera posición del ser humano en el mundo? El islam responde: (******************)
«Y cuando tu Señor dijo a los ángeles: “Quiero establecer en la tierra un califa (representante)”, ellos dijeron: “¿Vas a establecer en ella a quien cause corrupción y derrame sangre, mientras nosotros proclamamos Tu grandeza y declaramos Tu pureza?”. Allah respondió: “Yo sé lo que vosotros no sabéis”. Y enseñó a Adán los nombres de todas las cosas; luego se las presentó a los ángeles y dijo: “Decidme los nombres de estas cosas, si sois veraces”. Ellos dijeron: “¡Gloria a Ti! No sabemos más que lo que Tú nos has enseñado. Ciertamente, Tú eres el Omnisciente, el Sabio”. Allah dijo: “¡Oh, Adán! Infórmales de los nombres de esas cosas”. Cuando Adán les informó de sus nombres, Allah dijo: “¿No os dije que conozco lo oculto de los cielos y de la tierra, y sé todo lo que manifestáis y todo lo que ocultáis?”. Y cuando ordené a los ángeles: “Postraos ante Adán”, todos se postraron, excepto Iblís; este se negó, mostró arrogancia y pasó a formar parte de los desobedientes. Y dijimos a Adán: “¡Oh, Adán! Tú y tu esposa habitad en el Paraíso y comed de él con satisfacción todo lo que encontréis, pero no os acerquéis a aquel árbol, pues entonces seríais de los injustos”. Sin embargo, Satanás hizo que ambos tropezaran y los expulsó de la dicha y la prosperidad en las que se encontraban». (Sura Al-Baqara: 30-36)
«…………………texto árabe……………»
«Y cuando tu Señor dijo a los ángeles: “Quiero crear a un ser humano a partir de barro seco y descolorido. Cuando le haya dado una forma armoniosa y haya insuflado en él algo de Mi espíritu, postraos ante él”. Entonces todos los ángeles se postraron, excepto Iblís, que se negó a estar entre quienes se postraban. Allah dijo: “¡Oh, Iblís! ¿Qué te ocurre, que te niegas a estar entre quienes se postran?”. Iblís respondió: “No soy de los que se postrarán ante ese ser humano, al que Tú has creado de barro seco, negro y descolorido”. Allah dijo: “Sal de aquí; estás expulsado. Y sobre ti pesará la maldición hasta el Día de la Retribución”». (Sura Al-Hiyr: 28-35)
Este asunto ha sido expuesto de diversas maneras en distintos lugares del Sagrado Corán. Su resumen es el siguiente: Allah creó al ser humano en la tierra como Su representante (naib), le concedió más conocimiento que a los ángeles, elevó su conocimiento por encima de las alabanzas y las declaraciones de santidad de los ángeles, y ordenó a los ángeles que se postraran ante ese representante Suyo. Los ángeles se postraron ante él y, de este modo, todos inclinaron sus cabezas ante él; pero Iblís se negó y, así, las fuerzas satánicas no se inclinaron ante él. En aquel momento, ciertamente, no era más que una insignificante figura de barro; pero Allah insufló en él el ruh y le concedió conocimiento, haciéndolo digno de representar a Allah. Los ángeles reconocieron su superioridad y se postraron ante él. Pero Satanás no lo reconoció. Por este delito, la maldición cayó sobre Satanás. Sin embargo, pidió que se le concediera tiempo hasta el Día del Juicio para extraviar a los seres humanos. Entonces los incitó al mal, hizo que fueran expulsados del Paraíso y, desde ese momento, comenzó el conflicto entre el ser humano y Satanás. Allah dijo al ser humano: «Si sigues la guía que te enviaré, podrás entrar en el Paraíso; pero si obedeces las órdenes de tu enemigo primordial, Satanás, tu morada será el Infierno».
La importancia del cargo de representante:
De esta exposición se conocieron los siguientes puntos:
La dignidad del ser humano en este mundo consiste en que es el califa de Allah. Califa significa naib o representante. La función del representante es obedecer únicamente a Aquel de quien es representante. No puede obedecer a nadie más, ni puede convertir a los súbditos, servidores, ayudantes y esclavos de su propio señor en súbditos, servidores, ayudantes y esclavos suyos. Si lo hiciera, sería acusado de rebelión y recibiría castigo en ambos casos. Allí donde haya sido nombrado representante, puede utilizar los bienes de su señor, gobernar a Sus súbditos, recibir sus servicios y supervisarlos; pero no porque él mismo sea el señor, ni porque, aparte de dicho señor, esté sometido a otro, sino porque es el representante de su propio señor y, respecto de todo lo que está bajo su autoridad, es un depositario designado por su señor. Por ello, solo puede ser un representante sincero, aprobado y digno de recompensa cuando no traicione el depósito confiado por su señor, siga la guía que Él le ha dado y no viole Sus normas; cuando, para gobernar los bienes de Él, a Sus súbditos, servidores, ayudantes y esclavos, recibir sus servicios, tratar con ellos y supervisarlos, observe las leyes establecidas por Él. Si no actúa así, no será un representante, sino un rebelde; no será aprobado, sino rechazado; no será digno de recompensa, sino merecedor de castigo. Allah dice:
“…………………texto árabe……………”
«Quienes sigan la guía que les he dado no tendrán ningún temor al castigo ni motivo alguno de preocupación. Pero quienes desobedezcan y quieran desmentir Mis palabras y Mis signos, tendrán el fuego del Infierno; allí permanecerán eternamente». (Sura al-Baqara: 38-39)
El representante o depositario nunca es tan independiente como para hacer cuanto quiera según su propio deseo, disponer a su antojo de las riquezas de su señor y de Sus súbditos, sin que nadie pueda pedirle cuentas por ello. Al contrario, debe rendir cuentas ante su señor; debe presentar un registro de cada asunto, por pequeño que sea. Su señor puede preguntarle por cada una de sus acciones y, haciéndolo responsable de todo lo que haya hecho con Su depósito, Sus bienes y Sus súbditos, puede concederle un castigo o una recompensa.
El primer deber del representante es aceptar la obediencia a Aquel de quien es representante, así como Su gobierno y Su autoridad suprema. Si no está dispuesto a hacerlo, no podrá comprender la importancia de su cargo de representante, ni se formará en su mente una idea correcta de su investidura como depositario; tampoco surgirá en él ningún sentido de su responsabilidad y de la obligación de rendir cuentas, ni adquirirá la capacidad de cumplir correctamente sus responsabilidades y deberes respecto del depósito que le ha sido confiado. Es imposible que el ser humano adopte primero una conducta basada en la idea de este depósito y esta representación y siga exactamente esa misma conducta basándose en cualquier otra idea. Y aunque se supusiera que lo imposible fuera posible para él, ello carecería de valor. Porque ya se habría rebelado al negar la obediencia a su señor. Ahora bien, si aun así realizara buenas obras al seguir sus propios deseos e inclinaciones o al obedecer a cualquier otro, debería pedir la recompensa a aquel a quien obedeció. Para su señor, esa buena obra carecería por completo de valor.
Por su esencia original, el ser humano no es más que una criatura insignificante. Pero toda la honra que ha alcanzado se debe únicamente al espíritu insuflado en su interior y al hecho de que se le concedió representar a Allah en la tierra. Ahora bien, la preservación de esta honra depende de que no corrompa su espíritu obedeciendo a Satanás y de que no se desvíe de la dignidad de la representación, degradándose al nivel de la rebelión. Si descuida esta responsabilidad, tendrá que seguir siendo esa misma criatura insignificante.
Las fuerzas malakutíes (las fuerzas del mundo invisible) han reconocido la representación de Allah que corresponde al ser humano y, como representante de Allah, se han postrado ante Él; pero las fuerzas satánicas no reconocen su representación, sino que quieren someterlo a ellas. Si el ser humano cumple en este mundo el deber de la representación y sigue el camino mostrado por Allah, las fuerzas malakutíes lo ayudarán. Para él descenderán ejércitos de ángeles. El mundo del malakut nunca se apartará de él. Con la ayuda de todas estas fuerzas, vencerá a Satanás y a sus secuaces. Pero si vacila en cumplir el derecho de la representación y no sigue el camino mostrado por Allah, las fuerzas malakutíes abandonarán su compañía, pues con ello él mismo se desviará de la dignidad de su representación. Y cuando ya no quede ninguna fuerza capaz de ayudarlo y se convierta simplemente en una figura de barro, las fuerzas satánicas prevalecerán sobre él. Entonces Satanás y sus secuaces serán sus únicos protectores y ayudantes; obedecerá únicamente sus normas y disposiciones, y su destino será como el de ellos.
Por ser representante de Allah, la dignidad del ser humano es superior y más elevada que la de todas las cosas del mundo. Cada cosa del mundo está sometida a él, ha sido puesta a su servicio, y él tiene derecho a beneficiarse de ella conforme al modo indicado por Allah. Para él sería sumamente humillante postrarse ante cualquiera de esas cosas sometidas. Si se postra ante ellas, se perjudica a sí mismo y se aparta de la dignidad de representar a Allah. Sin embargo, existe un Ser ante quien postrarse y cuya obediencia constituye para él un deber indispensable (farḍ), y en cuya postración se encuentra su honra y dignidad. ¿Quién es ese Ser? Allah es su Señor, quien ha designado al ser humano como Su representante.
No es una persona ni una clase particular de la humanidad el representante de Allah, sino que toda la humanidad ha sido investida con la dignidad de la representación; y, como representantes o califas, todos los seres humanos son iguales entre sí. Por eso ningún ser humano debe postrarse ante otro, ni nadie tiene derecho a hacer que otra persona se incline ante él. Una persona solo puede exigir a otra que obedezca la orden y la guía del Señor. En este sentido, la persona obedecida será el ‘āmir’ (quien ordena) y la desobediente será el ‘ma’mūr’ (quien recibe la orden). Pues quien cumple el derecho de la representación es superior a quien no lo cumple. Pero la superioridad no significa que él mismo sea su Señor.
Cada ser humano ha recibido individualmente la dignidad de la confianza encomendada y de la representación. Por ello, cada persona será interrogada, en su propio ámbito, acerca de la responsabilidad de este cargo. Ni se hará recaer sobre uno la rendición de cuentas por los actos de los demás, ni uno podrá beneficiarse de las acciones de otro. Del mismo modo, nadie podrá eximir a otra persona de esta responsabilidad, ni se cargará sobre los hombros de alguien el peso de las malas acciones de otro.
Mientras el ser humano permanezca en este mundo y subsista la relación entre la figura de barro (el cuerpo humano) y el espíritu insuflado por Allah, seguirá siendo representante. En cuanto se rompa esta relación, dejará de ostentar la dignidad del califato en la tierra. Deben examinarse y evaluarse sus actos durante el período de su representación; debe rendirse cuenta de la confianza que se le encomendó y debe investigarse cómo cumplió la responsabilidad que se le confió como representante. Si ha demostrado traición, incumplimiento de la confianza, desobediencia, rebelión e irresponsabilidad, debe recibir su castigo. En cambio, si ha cumplido su deber con fe, fidelidad, sentido de la responsabilidad y obediencia, también debe recibir su recompensa.
La concepción islámica de la vida
De las dos palabras mencionadas anteriormente, ‘califato’ y ‘representación’, se desprende otra cuestión importante. El verdadero deber del representante consiste en esforzarse por cumplir plenamente el ‘derecho’ de su representación sobre los bienes y posesiones de su Señor, y utilizarlos, en la medida de lo posible, del mismo modo en que los utiliza el Propietario verdadero. Si un rey nombra a alguien como representante (nā’ib) ante sus súbditos, la mejor manera de emplear la autoridad de esa representación será que, en cuanto al cuidado de los súbditos, el afecto, la compasión, la seguridad, la justicia y, en ciertos casos, la severidad, adopte exactamente el mismo papel que el propio rey; y que utilice los bienes, posesiones y riquezas del rey con la misma inteligencia (ḥikma), sabiduría, prudencia y cautela que él.
Por consiguiente, el significado de llamar al ser humano califa-representante de Allah es que solo podrá cumplir plenamente la responsabilidad de representar a Allah y ejercer el califato si, al tratar con la creación de Allah, los principios que sigue son como los del propio Allah. Es decir, así como Allah cuida y sustenta a Su creación con una grandeza propia de quien sustenta, el ser humano, con una grandeza semejante, conservará y cuidará, dentro de su limitado ámbito de acción, las cosas que Allah ha puesto bajo su dominio. Del mismo modo, tratará —aunque en menor medida— a aquellas criaturas de Allah sobre las que se le ha concedido autoridad y que han sido sometidas a él, con una grandeza semejante a la misericordiosa con la que Allah utiliza Sus riquezas, con la justicia y la imparcialidad con que mantiene el orden entre Su creación, y con la compasión y la misericordia con que manifiesta los atributos de Su «jabr» y «qahr» (es decir, atributos indicativos de ausencia de misericordia).
Esta sabia afirmación expresa precisamente ese significado. Sin embargo, el ser humano solo puede alcanzar esta elevada dignidad moral cuando comprende plenamente que en este mundo no es un gobernante independiente, sino únicamente el representante del Gobernante verdadero. Esta es la verdadera responsabilidad del cargo de representante. Esto define la naturaleza y el alcance de su relación con cada cosa del mundo, incluso con su cuerpo y con sus fuerzas físicas y mentales.
Todo lo dicho hasta aquí acerca del análisis de la representación está expuesto detalladamente en el Noble Corán. Gracias a ello, cada aspecto de la relación mutua entre el mundo y el ser humano se vuelve claro y luminoso.
El ser humano es representante, no propietario
En el Corán se dice:
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«Él es quien os ha hecho representantes en la tierra y ha elevado a unos de vosotros sobre otros en rango, para probaros con lo que os ha concedido». —(Sura al-An‘am, 165)
قَالُوا أُوذِينَا مِن قَبْلِ أَن تَأْتِيَنَا وَمِن بَعْدِ مَا جِئْتَنَا ۚ قَالَ عَسَىٰ رَبُّكُمْ أَن يُهْلِكَ عَدُوَّكُمْ وَيَسْتَخْلِفَكُمْ فِي الْأَرْضِ فَيَنظُرَ كَيْفَ تَعْمَلُونَ
«(Moisés) dijo a los Hijos de Israel: “Muy pronto Allah destruirá a vuestros enemigos y os hará califas en la tierra, para ver cómo actuáis vosotros”». — (Sura Al-A‘raf: 129)
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«¡Oh, David! Te hemos hecho representante en la tierra; por tanto, gobierna entre la gente con la verdad y no sigas tus propios deseos, pues te desviarán del camino de Allah. Quienes se desvían del camino de Allah tendrán un castigo severo, porque han olvidado el Día de la Cuenta». — (Sura Sad: 26)
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«¿Acaso Allah no es el soberano de todos los soberanos?» — (Sura At-Tin: 8)
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«El gobierno no pertenece a nadie sino a Allah». — (Sura Al-An‘am: 57)
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“Di: ¡Oh, Allah, Dueño de todos los reinos! Tú das el reino a quien quieres y se lo quitas a quien quieres. Concedes honor a quien quieres y humillas a quien quieres.”
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“Obedeced únicamente lo que ha sido revelado a vosotros por parte de vuestro Señor, y no obedezcáis a ningún protector aparte de Él.” – (Sura Al-A’raf: 3)
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“Di: En verdad, mi oración, mis actos de adoración, mi vida y mi muerte pertenecen por completo a Allah, Señor de los mundos.” – (Sura Al-An’am: 162)
De estos versículos se desprende claramente que ninguna de las cosas del mundo que están sometidas al disfrute, uso y autoridad del ser humano le pertenece en propiedad, ni siquiera su propia persona. El verdadero Dueño, Gobernante y Administrador de todas ellas es Allah. El ser humano no tiene derecho a disfrutar y utilizar estas cosas según sus propios deseos, como si fuera su verdadero dueño. Su posición en el mundo es la de un mero representante, y su autoridad se limita a seguir el camino indicado por Allah y a disfrutar y utilizar esas cosas conforme al método que Él ha mostrado. Traspasar estos límites establecidos, seguir los propios deseos u obedecer las órdenes de cualquier gobernante distinto del verdadero Gobernante no es sino rebelión y extravío.
La condición fundamental para alcanzar el éxito en la vida mundana:
En el Corán se ha dicho:
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«Quienes han creído en la falsedad y han negado a Allah, en verdad, están entre los perdedores». — (Sura Al-Ankabut: 52)
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«Quien de vosotros reniegue de su religión (es decir, de la obediencia a Allah) y muera siendo incrédulo, verá anuladas sus obras en este mundo y en el Más Allá».
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«A quien se niegue a creer, todas sus obras le serán anuladas y en el Más Allá estará entre los perdedores». — (Sura Al-Maida: 5)
De estos versículos se sabe que el éxito del ser humano, en la vida de este mundo, como representante de Allah, depende de reconocer la autoridad gobernante de su propio Señor y de realizar todas las tareas considerándose Su representante y depositario. Sin este reconocimiento, todo lo que consuma y utilice de las riquezas y bienes de Allah no será sino un uso rebelde. Y es una cuestión de sentido común que, aunque un rebelde tomara el control de un país y ofreciera un excelente ejemplo de servicio a la nación, el verdadero rey del país no reconocería en absoluto sus «buenas obras». Para el rey, el rebelde sigue siendo rebelde. Que su carácter personal sea bueno o malo, y que gobierne correctamente el país tras rebelarse o no, no cambia nada.
El mundo es para ser disfrutado y utilizado
Se ha dicho en el Corán:
«¡Oh, humanidad! Comed de los bienes lícitos y puros que hay en la tierra y no obedezcáis a Satanás en ningún asunto; porque él es vuestro enemigo manifiesto. Él os ordena la indecencia, la inmoralidad y que digáis acerca de Alá aquello que no sabéis» — (sura Al-Báqara: 168-169)
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«¡Oh, creyentes! No declaréis ilícitas para vosotros las cosas puras que Alá os ha hecho lícitas, ni transgredáis; porque, ciertamente, Alá no ama a los transgresores. Y comed de las provisiones lícitas y puras que Alá os ha concedido, y apartaos de desobedecer a Alá, en Quien creéis» — (sura Al-Má’ida: 87-88)
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«(¡Oh, Profeta! Di: ¿Quién ha prohibido los adornos que Alá ha producido para Sus siervos, y quién
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«(Nuestro Mensajero) les ordena hacer el bien y les prohíbe la injusticia y la inmoralidad; les declara lícitas las cosas puras y les prohíbe las impuras, y les quita las cargas y las ataduras que pesaban sobre ellos».
– (Sura Al-A‘raf: 157)
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«Buscaréis el favor de vuestro Señor (es decir, vuestro sustento mediante el comercio); en ello no hay ningún perjuicio para vosotros.»
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«Los seguidores del Mesías inventaron por sí mismos el ascetismo, únicamente con la esperanza de obtener la complacencia de Allah; no se lo prescribimos a ellos.»
– (Sura Al-Hadid: 27)
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«Hemos creado para el Infierno a muchos genios y seres humanos. Tienen corazones, pero no reflexionan con ellos; tienen ojos, pero no ven con ellos; tienen oídos, pero no oyen con ellos. Son como el ganado; más bien, aún más extraviados. Estos son los negligentes.» – (Sura Al-A‘raf: 179)
Estos versículos dejan claro que renunciar al mundo no es tarea del ser humano. El mundo no es algo que deba abandonarse, del que haya que mantenerse alejado, ni cuyos negocios, asuntos, medios de disfrute y belleza deban declararse prohibidos para uno mismo. Este mundo ha sido creado precisamente para el ser humano; por tanto, su tarea consiste en disfrutarlo y utilizarlo, disfrutándolo y utilizándolo ampliamente. Sin embargo, debe hacerlo teniendo en cuenta la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo puro y lo impuro, y lo apropiado y lo inapropiado. Alá le ha dado ojos para que vea. Si el ser humano no utiliza sus órganos corporales, sus sentidos y sus facultades mentales, o los utiliza por un camino equivocado, no existe ninguna diferencia entre él y un animal.
El misterio de la vida mundana:
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«La promesa de Alá (respecto a la otra vida) es ciertamente verdadera; por tanto, que la vida mundana no os engañe, ni el engañador (Satanás) os haga sentiros seguros respecto a Alá». (Sura Fátir: 5)
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«A aquellos que se perjudicaron a sí mismos les quedó atrás el disfrute mundano que se les había concedido; estos eran los criminales». (Sura Hud: 116)
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«Preséntales el ejemplo de la vida mundana. Es como si hubiéramos hecho descender agua del cielo y, gracias a ella, la tierra se hubiera cubierto de exuberante vegetación. Pero, finalmente, esos cultivos se convirtieron en rastrojo que los vientos impetuosos dispersan de un lado a otro. Alá tiene poder sobre todas las cosas. La riqueza y los hijos no son más que los adornos de la vida mundana; pero, ante tu Señor, las buenas obras perdurables son mejores, tanto en recompensa como en cuanto a las esperanzas futuras».
-(Sura Al-Kahf: 45-46)
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«¡Oh, creyentes! Que vuestra riqueza y vuestros hijos no os distraigan del recuerdo de Allah. Quienes hagan eso serán, en realidad, los perdedores».-(Sura Al-Munafiqun: 9)
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«Vuestra riqueza y vuestros hijos no son cosas que puedan acercaros a Nosotros. Solo se acercan a Nosotros quienes creen y realizan buenas obras».
«Sabed que la vida mundana no es más que juego, diversión, ostentación, orgullo mutuo entre vosotros y afán de superar a los demás en riqueza e hijos. Su ejemplo es el siguiente: cae la lluvia y el labrador se alegra mucho al ver los cultivos que produce. Luego el cultivo madura, y ves que se vuelve amarillo. Finalmente, se convierte en rastrojo».
-(Sura Al-Hadid: 20)
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“¿Acaso construís en cada lugar elevado monumentos conmemorativos inútiles y grandes edificios, quizá pensando que permaneceréis aquí para siempre?”
-(Sura Ash-Shu’ara: 128-129)
“¿Se os dejará ciertamente entre estas cosas de aquí: estos jardines, estos manantiales, estos campos de cultivo y estos palmerales de dátiles de hermosas envolturas? Y excaváis casas en las montañas y vivís alegremente.”
-(Sura Ash-Shu’ara: 146-149)
“Dondequiera que estéis, la muerte os alcanzará, aunque os encontréis en fortalezas sumamente sólidas.”
-(Sura An-Nisa: 78)
“Todos han de morir; luego, todos seréis conducidos hacia Nosotros.”-(Sura Al-Ankabut: 57)
“¿Acaso habéis pensado que os creamos inútilmente y que no seréis devueltos hacia Nosotros?”
Antes se había dicho que el mundo fue creado para vosotros; disfrutadlo y utilizadlo de la mejor manera. Ahora se presenta el otro aspecto del asunto. Se dice que, aunque el mundo sea para vosotros, vosotros no sois para el mundo. Tampoco fue creado para que el mundo os utilice y vosotros os disolváis en él. No os dejéis engañar por la vida mundana hasta el punto de creer que habréis de permanecer aquí eternamente. Sabed muy bien que todas estas riquezas, bienes, esplendor y pertenencias son cosas pasajeras. Todo ello no es más que un engaño del tiempo. El destino de todo ello es la destrucción. Al igual que vosotros, cada una de esas cosas se mezclará con la tierra. En este mundo transitorio, lo único que puede permanecer es la bondad del ser humano: la bondad de su corazón y de su alma; la bondad de sus obras y de su conducta.
Responsabilidad y rendición de cuentas por las obras realizadas
Después se dijo:
«La Hora del Juicio, que deseamos mantener oculta, ciertamente llegará, para que cada uno reciba el fruto de acuerdo con su esfuerzo». (Sura Ta-Ha: 15)
«¿Acaso seréis recompensados por algo distinto de vuestras obras?» (Sura An-Naml: 90)
«El ser humano obtendrá únicamente aquello por lo que se haya esforzado; pronto se verá su esfuerzo. Después recibirá plenamente su recompensa. Y, finalmente, todos tendréis que regresar ante vuestro Señor».
(Sura An-Najm: 39-42)
«Quien permanezca ciego en este mundo permanecerá ciego también en la otra vida y se habrá apartado del camino recto». (Sura Bani Isra’il: 72)
«Lo que enviéis de buenas obras desde este mundo para vosotros mismos, eso mismo encontraréis junto a Allah. Allah ve todo lo que hacéis.»
—(Sura al-Báqara: 110)
«Temed el día en que seréis llevados ante Allah. Entonces cada cual recibirá la recompensa de sus obras y nunca se cometerá injusticia contra ellos.» —(Sura al-Báqara: 281)
«Ese día cada cual encontrará presente el bien que haya hecho y el mal que haya cometido.» —(Sura Al Imrán: 30)
«Ese día, la medida de todas las obras será una verdad inmutable. Quienes tengan la balanza de sus obras pesada, solo ellos prosperarán; y quienes tengan ligera la balanza de sus obras, serán quienes se hayan perjudicado a sí mismos, porque trataban injustamente Nuestros signos.»
«Quien haga el bien del peso de un átomo lo verá, y quien haga el mal del peso de un átomo también lo verá.» —(Sura az-Zálzala: 7-8)
«Allah aceptó su súplica y dijo: “No dejaré que se pierda la obra de ninguno de vosotros que obre, sea hombre o mujer.”» —(Sura Al Imrán: 195)
«Gastad de aquello que os hemos concedido antes de que la muerte llegue a cualquiera de vosotros y diga: “¡Señor mío! Si me concedieras un poco más de tiempo, gastaría por Tu causa y estaría entre los virtuosos”. Pero Allah nunca concede más tiempo a nadie cuando llega su plazo fijado.» —(Sura al-Munafiqun: 10-11)
(Árabe************)
«¡Ay!», si pudieras ver aquel momento en que el criminal estará de pie, con la cabeza inclinada, ante su Señor y dirá: «¡Oh, nuestro Sustentador! Ahora hemos visto y también hemos oído; devuélvenos, pues, y obraremos bien; ahora estamos convencidos». Pero se les dirá: «Ahora probad el castigo de la negligencia por la que olvidasteis que compareceríais ante Nosotros en este día. Hoy también Nosotros os hemos olvidado. Así pues, probad hoy el castigo eterno como retribución por las obras que realizabais».» -(Sura as-Sayda: 12-14
Aquí se ha dicho que este mundo es el campo de las obras, el lugar del esfuerzo y la dedicación. En cambio, la vida del Más Allá es el campo donde se reciben las recompensas, el lugar donde se obtienen los frutos del bien y del mal y la retribución por las obras realizadas. El ser humano ha tenido la oportunidad de obrar en este mundo hasta el momento de su muerte. Después nunca volverá a tener la oportunidad de obrar. Por tanto, en esta vida debe actuar recordando que cada una de sus obras, cada conducta y cada acción buena o mala tiene su propio efecto e importancia, y que, en función de ese efecto e importancia, recibiré en la vida del Más Allá un resultado bueno o malo. Todo lo que reciba será la recompensa de los esfuerzos y empeños de esta vida y de las obras de ahora; ninguna de mis buenas obras será destruida ni ningún pecado será dejado sin considerar.
Responsabilidad personal
Para fortalecer aún más este sentido de responsabilidad, también se ha declarado que cada persona es responsable de sus propias obras. En cuanto a esta responsabilidad, nadie más comparte esa carga, ni nadie puede salvar a otra persona de las consecuencias de sus obras.
(Árabe**********) «La responsabilidad de vosotros mismos recae sobre vosotros. Si recibís la guía, ninguna otra persona extraviada podrá perjudicaros». -(Sura al-Má’ida: 105)
(Árabe***********)
«Cada persona cargará con lo que haya adquirido; nadie cargará con la carga de otro». -(Sura al-An’am: 164)
(Árabe**********)
«El Día de la Resurrección, vuestros parientes y vuestros hijos no os servirán de nada. Ese día, Allah juzgará entre vosotros, y Su mirada está puesta en vuestras obras». —(Sura Al-Mumtahina: 3)
(Árabe*************)
«Si hacéis buenas obras, las haréis para vuestro propio beneficio; y si cometéis malas obras, también será en vuestro propio perjuicio». —(Sura Bani Isra’il: 7)
(Árabe***************)
«Nadie cargará con el pecado de otro; y si alguien, cargado con un pesado fardo de pecados, llama a otro para que lo ayude a llevarlo, este no cargará sobre sí ninguna parte de su fardo, aunque sea un pariente». —(Sura Al-Fatir: 18)
(Árabe***************)
«¡Oh, humanidad! Temed a vuestro Señor y temed el día en que ningún padre podrá servir de ayuda a su hijo, ni un hijo podrá servir de ayuda alguna a su padre». —(Sura Luqman: 33)
(Árabe*************)
«Quien ha incurrido en kufr, cargará con el peso de su propio kufr; y quienes hacen buenas obras están despejando el camino para su propio bien». —(Sura ar-Rum: 44)
Aquí se ha impuesto individualmente a cada persona la responsabilidad de sus buenas y malas acciones. No se deja lugar a esperar que alguien expíe nuestros defectos o negligencias, ni hay posibilidad de confiar en que, por algún vínculo o parentesco, quedemos exentos de la responsabilidad de nuestros delitos. Tampoco se permite albergar el temor de que la maldad de alguien afecte nuestras buenas obras, ni de que la satisfacción de alguien distinto de Allah pueda influir en la aceptación o el rechazo de nuestras acciones. Si alguien pone la mano en el fuego, nada puede protegerlo de la quemadura natural que sufrirá. Y si alguien bebe miel, nada puede impedirle percibir su dulce sabor. Nadie puede compartir con otro el dolor de la quemadura, ni privar a otro de saborear la dulzura. Del mismo modo, respecto a las consecuencias del pecado y los frutos de las buenas obras, cada persona está sola e independizada de los demás. Por tanto, es indispensable que cada persona tenga plena conciencia de su responsabilidad al disfrutar y utilizar el mundo. Debe apartar la mirada del mundo y de cuanto contiene y vivir pensando que ella misma es responsable de cada una de sus acciones; la carga del pecado recae únicamente sobre ella, y también será ella sola quien disfrute del beneficio de las buenas obras.
En la explicación ofrecida anteriormente sobre la concepción islámica de la vida terrenal se han examinado sus diversas partes y componentes. Ahora observemos su estructura y organización, y veamos hasta qué punto la concepción completa que surge de la integración de sus elementos dispersos concuerda con la naturaleza y la realidad; qué rango puede tener en comparación con las concepciones de otras culturas sobre la vida terrenal; y cómo la cultura fundada sobre esta filosofía de vida moldea el pensamiento y la conducta humanos según un patrón particular.
La concepción natural de la vida
La concepción natural de la vida
Por un momento, aparta de tu mente las concepciones que las demás religiones han presentado sobre el mundo y la vida mundana. Después, como observador perspicaz, dirige tu mirada al mundo que te rodea y contempla atentamente cuál es tu posición en todo este entorno. Como resultado de esta observación, varias cosas se harán sumamente evidentes ante tus ojos.
Verás que el alcance de todas las capacidades que posees es muy limitado. Las facultades sensoriales de las que depende tu conocimiento no pueden rebasar los límites de tu entorno inmediato. Los miembros y órganos de los que depende toda tu actividad solo pueden dominar unas pocas cosas. Las innumerables cosas que te rodean son mucho mayores que tu cuerpo y tus fuerzas, y frente a ellas tu individualidad parece extremadamente insignificante y débil. Ninguna de las tremendas fuerzas activas en esta enorme fábrica que es el mundo está bajo tu control; por el contrario, frente a esas fuerzas te sientes completamente impotente. Desde el punto de vista físico, eres un animal de categoría intermedia: vences a las cosas más pequeñas que tú, pero eres derrotado ante las cosas mayores que tú.
Sin embargo, otra fuerza que hay en tu interior te ha otorgado superioridad sobre todas esas cosas. Gracias a esa fuerza, ejerces dominio sobre todos los seres de tu misma especie y los sometes a tu autoridad, aunque su fuerza física sea muy superior a la tuya. Gracias a ella, disfrutas y utilizas las cosas que te rodean y obtienes de ellas servicios según tu voluntad. Gracias a esa fuerza, descubres nuevas fuentes de energía, las extraes y las empleas mediante métodos novedosos. Gracias a ella, amplías los medios y recursos para adquirir conocimiento y llegas incluso hasta aquellas cosas que están fuera del alcance de tus fuerzas naturales. En suma, gracias a esa fuerza especial, todas las cosas del mundo se convierten en tus servidores, y tienes la dicha de recibir sus servicios.
Asimismo, las fuerzas superiores de la maquinaria del universo que no están bajo su control continúan actuando de tal manera que, en general, no pueden considerarse sus enemigas u opositoras; al contrario, son sus auxiliadoras y favorables a su bienestar y conveniencia. El aire, el agua, la luz, el calor y todas las demás fuerzas de las que depende su vida actúan sometidas a un orden particular cuyo propósito es ayudarlo. En este sentido, puede decir que las cosas mencionadas le están sometidas.
Cuando contempla profundamente todo este entorno, percibe en acción una ley sumamente poderosa. Desde los objetos más diminutos hasta los más grandes, todos están igualmente sujetos a las garras de esta poderosa ley. Aun así, la estabilidad de todo el universo depende enteramente de su disciplina y control. Usted mismo está sometido a esa ley. Pero existe una enorme diferencia entre usted y las demás cosas del mundo. Los otros objetos no tienen ni la más mínima capacidad de oponerse a esa ley. Usted, en cambio, sí tiene la capacidad de oponerse a ella. No solo eso, sino que, cuando desea oponerse a ella, esta misma lo ayuda a hacerlo. Naturalmente, cada acto de este tipo deja de inmediato alguna reacción, y después de oponerse a ella usted tampoco puede escapar de sus malas consecuencias.
Bajo esta ley universal e inmutable, ustedes pueden observar diversas escenas de creación y destrucción. En todo el universo continúa sin fin el proceso de demolición y construcción. Conforme a la ley según la cual algo es creado y sustentado, también es destruido y aniquilado. Ninguna cosa del mundo está libre de las ataduras de esa ley. Incluso los objetos que aparentemente parecen libres de ella y que parecen inmóviles e inmutables, al examinarlos detenidamente se comprende que también en ellos continúan los procesos de transformación y cambio, y que tampoco escapan a las garras de la creación y la destrucción. Puesto que los demás objetos de la naturaleza universal no poseen conciencia ni capacidad de comprensión, o al menos no tenemos conocimiento de ello, no percibimos en ellos señales de alegría o tristeza como resultado de esta creación y destrucción. Pero, como el ser humano es una criatura dotada de conciencia y entendimiento, al contemplar estos cambios a su alrededor experimenta una intensa reacción de alegría y tristeza. A veces siente una alegría tan intensa al contemplar la manifestación de algo favorable que olvida por completo que en este mundo también existe la posibilidad de la destrucción. Otras veces, al contemplar algo desfavorable, su tristeza se vuelve tan intensa que solo ve destrucción y más destrucción en este mundo, y olvida el hecho de que todavía existe la posibilidad de la creación.
Pero, por muy contradictorios que sean los sentimientos de alegría y tristeza que albergue, y por muy rígida o exagerada que sea la actitud que adopte hacia la vida mundana bajo su influencia, por su propia naturaleza está obligado a disfrutar y utilizar efectivamente este mundo y a poner en acción el conjunto de fuerzas que hay en su interior. Su naturaleza contiene el deseo de vivir, y para satisfacerlo se le ha dado una poderosa fuerza llamada hambre, que lo impulsa constantemente a trabajar. La naturaleza desea emplearlo en preservar su linaje; por eso ha infundido en usted una fuerza irresistible llamada impulso sexual, que lo incita a cumplir su propósito. Del mismo modo, en su disposición natural se han reunido varias fuerzas más para otros propósitos, y cada una de ellas intenta alcanzar, por medio de usted, su propio objetivo. Que usted cumpla de la mejor o de la peor manera estos diversos propósitos de la naturaleza, y que los lleve a cabo con alegría o bajo presión, depende enteramente de su conocimiento y razón. No solo eso: la propia naturaleza le ha concedido incluso una capacidad especial para realizar o no las tareas necesarias para cumplir esos propósitos. Pero, al mismo tiempo, la naturaleza ha establecido también esta ley: cumplir sus propósitos de buena gana y correctamente es beneficioso para usted, mientras que rehusarse a cumplirlos, o cumplirlos de manera deficiente, es perjudicial para usted mismo.
Conceptos de las diversas religiones e ideologías:
Cuando una persona de naturaleza sana y dotada de visión de futuro contempla el mundo y este mundo
observa su propia situación en este contexto, cada uno de los aspectos descritos anteriormente aparecerá ante sus ojos. Sin embargo, los distintos grupos de la humanidad han contemplado todo este panorama desde diferentes perspectivas, y con frecuencia ha ocurrido que han elaborado una concepción de la vida mundana basándose en el aspecto que se les presentó con mayor claridad, sin siquiera intentar prestar atención a los demás aspectos.
A modo de ejemplo, puede decirse que un grupo, al observar la debilidad e impotencia del ser humano y, frente a ellas, la influencia y el poder de las grandes fuerzas de la naturaleza, llegó a la conclusión de que el ser humano es una cosa insignificante en el mundo, y que estas fuerzas beneficiosas y perjudiciales del mundo no están sometidas a ninguna ley universal, sino que son independientes o semindependientes. Esta idea adquirió tal predominio sobre sus mentes que todo lo demás desapareció de su campo de visión. Olvidaron el aspecto luminoso de su propia existencia y, al reconocer exageradamente su debilidad e incapacidad, sacrificaron sus sentimientos de honor y dignidad. La idolatría, el culto a los árboles, el culto a las estrellas y la adoración de otras fuerzas naturales son resultados directos de esta concepción.
Otro grupo vio el mundo como un escenario dedicado únicamente a la devastación. Todo el universo estaría organizado solo para que los seres humanos sufran dolor, aflicción y opresión. Todas las relaciones del mundo serían trampas destinadas a enredar al ser humano en las redes de la inquietud y el peligro. Pero ¿por qué hablar solo del ser humano? El universo entero está atrapado en las garras de la tristeza y la destrucción. Todo lo que aquí nace, nace para ser destruido. La primavera llega para que el invierno venga después y le arrebate su verdor. El árbol de la vida se cubre de hojas para que el demonio de la muerte venga y le arrebate su esplendor. La belleza de la estabilidad se presenta con tanta perfección para que el dios de la destrucción tenga una buena oportunidad de jugar con ella. Esta doctrina no dejó para aquellas personas ningún atractivo en el mundo ni en su vida. Veían el camino de la liberación en renunciar al mundo, mortificarse y practicar la austeridad para extinguir todos sus sentimientos interiores, y en romper la ley de la naturaleza que ha convertido al ser humano en un instrumento destinado únicamente a hacer funcionar su propia maquinaria.
Otro grupo observó que en el mundo existen abundantes medios de placer y lujo para el ser humano, y que este ha recibido la oportunidad de saborearlos durante un breve tiempo. La sensación de dolor y tristeza vuelve insípido ese disfrute; por tanto, si el ser humano elimina tal sensación y no permite que nada se convierta para él en causa de dolor o tristeza, aquí solo se verán alegría y diversión. Todo lo que existe para el ser humano se encuentra en este mundo; todo el placer que pueda obtener deberá disfrutarlo en esta vida terrenal. Después de la muerte, no permanecerán ni el ser humano ni el mundo ni sus alegrías y diversiones: todo se hundirá en el abismo del olvido.
Existe otro grupo, completamente opuesto, que considera pecado absoluto los placeres y diversiones del mundo, e incluso toda la vida mundana. Según ellos, para el alma humana los recursos materiales del mundo equivalen a una forma de impureza y suciedad. En disfrutar y utilizar este mundo, participar en sus actividades y saborear sus placeres y diversiones no hay pureza ni bien alguno para el ser humano. Quien desee alcanzar la dicha del reino celestial debe mantenerse alejado del mundo. Y quien desee disfrutar de la riqueza, el poder y los placeres de la vida terrenal debe saber con certeza que no tiene lugar para él en el reino celestial. Este grupo también ha comprendido que, impulsado por su propia naturaleza, el ser humano está obligado a disfrutar y utilizar el mundo y a participar en sus actividades; por muy atractiva que sea la idea de entrar en el reino celestial, no puede ser tan poderosa como para que el ser humano, apoyándose en ella, pueda luchar contra su propia naturaleza. Por eso han descubierto un camino corto para llegar al reino celestial: quienes crean en un ser especial quedarán exentos de la responsabilidad de sus actos por medio de su expiación.
Otro grupo, al observar la amplitud de la ley natural, ha llegado a considerar al ser humano simplemente como un ser impotente y débil. Han visto que el ser humano no es en absoluto un ser libre y único; los testimonios de la psicología, la fisiología, la biología y las leyes de la herencia confirman precisamente esta verdad. La ley natural lo mantiene completamente atado. Frente a esta ley no puede pensar nada, ni puede desear cosa alguna, ni tiene capacidad para realizar ninguna acción. Por consiguiente, no se le puede atribuir responsabilidad alguna por sus actos.
Según otro grupo, completamente opuesto, el ser humano no solo es un ser dotado de voluntad, sino que tampoco está sometido ni sujeto a ninguna voluntad superior, ni está obligado a rendir cuentas de sus actos ante nadie salvo su propia conciencia o las leyes del reino humano. Él es el dueño de este mundo. Todo cuanto hay en el mundo está sometido a él. Tiene derecho a disfrutarlo y utilizarlo libremente. Para construir bien su vida y mantener un orden disciplinado en sus actos y conducta, él mismo se ha impuesto normas y restricciones en su vida personal. Pero, en términos generales, es completamente libre, y la idea de tener que rendir cuentas ante algún ser superior a este respecto es enteramente absurda.
Estas son las distintas concepciones que las diversas religiones e ideologías tienen de la vida terrenal. Sobre la base de la mayoría de estas concepciones se han levantado diversas edificaciones culturales. La verdadera razón por la que las distintas edificaciones culturales presentan ante nuestros ojos formas y naturalezas diversas, y adoptan una configuración particular y distintiva, es que en su raíz existe una concepción específica de la vida terrenal. Es esta concepción la que exige que adopten esa forma particular. Si examináramos ampliamente cada una de ellas e investigáramos cómo dio origen a un tipo específico de cultura, sería sin duda un estudio interesante. Pero tal análisis no guarda relación con el tema que nos ocupa, pues solo queremos exponer claramente las características de la cultura islámica. Nuestra tesis es que todas las concepciones de la vida expuestas hasta ahora son simplemente el resultado de contemplar el mundo desde una perspectiva particular. Ninguna de estas doctrinas se ha formado contemplando plenamente el universo entero y determinando correctamente la posición de cada cosa en este mundo. Por eso, cuando abandonamos una perspectiva particular y examinamos el mundo desde otra, la doctrina construida sobre la primera perspectiva parece inválida y errónea. Y cuando contemplamos el mundo en su conjunto, la falsedad de todas las doctrinas se hace evidente.
Características de la concepción islámica:
Ahora puede comprenderse con toda claridad que, en realidad, entre todas las doctrinas, la islámica es la única que armoniza con la naturaleza y la verdad objetiva. Solo esta doctrina establece una relación correcta entre el mundo y el ser humano. En ella vemos que el mundo no es algo despreciable ni rechazable, pero tampoco es algo que lleve al ser humano a apegarse a él y disolverse en sus fuentes de placer. Aquí no se desarrolla una actividad de construcción absoluta, ni tampoco una devastación unilateral. No es correcto evitarlo por completo, pero tampoco es apropiado sumergirse enteramente en él. No es completamente impuro y corrupto, pero tampoco es todo él puro y libre de impureza. La relación del ser humano con este mundo tampoco es como la relación de un rey con su propio reino. Ni es semejante a la relación de un prisionero con una cárcel. El ser humano no es tan insignificante como para que cualquier fuerza del mundo sea digna de su postración, ni es tan poderoso y omnipotente como para recibir la postración de todas las cosas del mundo. No es tan incapaz e indefenso que sus deseos e intenciones personales carezcan de todo valor, pero tampoco es tan poderoso que sus deseos e impulsos estén por encima de todo. No es el soberano absoluto del universo, pero tampoco es el esclavo indefenso de millones de amos. Su verdadera posición se encuentra en un estado intermedio entre estos extremos.
Hasta aquí, la naturaleza y la sana razón nos guían por el camino. Pero el islam avanza aún más y determina con precisión cuál es la verdadera dignidad del ser humano. Explica qué tipo de relación existe entre el ser humano y la dunya, y con qué propósito debe el ser humano disfrutarla y utilizarla. Le abre los ojos diciéndole: no eres como las demás criaturas. Más bien, eres el representante responsable (virrey) de Allah, el Señor de los Mundos, en la tierra. La dunya y sus fuerzas han sido sometidas a ti. Eres gobernante de todos, pero estás sometido a Uno; obedeces a todos, pero sigues las órdenes de Uno solo. Tu honor está por encima de toda la creación, pero solo puedes merecer ese honor cuando te sometes y obedeces a Aquel que, al investirte con la dignidad de representante, te concedió este honor en la tierra, y cuando sigues obedeciendo las normas y leyes que Él te ha dado. Has sido enviado a la dunya para disfrutarla y utilizarla. Después, sean cuales sean las obras buenas o malas, puras o impuras, que realices durante esta vida terrenal, sobre esa base verás el bien o el mal en la vida del Más Allá. Por tanto, durante esta vida transitoria en la dunya, debe permanecer siempre despierto en ti el sentimiento de responsabilidad personal y de rendición de cuentas, y nunca debes olvidar, ni por un instante, que se te pedirá una cuenta minuciosa de cada una de las cosas que Allah, el Señor de los Mundos, te ha confiado como Su representante.
No cabe duda de que esta concepción no está presente de manera amplia y detallada en la mente de todos los musulmanes. De hecho, salvo una parte específica de la comunidad instruida, nadie posee una idea clara al respecto. Pero, puesto que esta concepción está arraigada en el núcleo mismo de la cultura islámica, aunque el carácter de los musulmanes se haya alejado mucho de su verdadera dignidad y sus rasgos genuinos, todavía no se han liberado por completo de su influencia. Por muy degradados que hayan llegado a ser, bajo influencias externas, la conducta y las obras del musulmán educado dentro de la cultura islámica, estas cosas penetrarán necesariamente en cada una de sus venas: el sentido de dignidad y honor propio; no inclinar la cabeza ante nadie salvo Allah; no temer a nadie salvo Allah; no considerar dueño ni señor a nadie aparte de Allah; considerarse personalmente responsable en la dunya; creer que la dunya es el campo de las obras y el Más Allá el campo de la recompensa; sostener que el éxito o el fracaso en el Más Allá depende únicamente de la excelencia o deficiencia de las obras personales; y considerar transitorios la dunya, sus riquezas y sus medios de disfrute, y eternos únicamente los actos personales y sus resultados. Una persona perspicaz percibirá necesariamente, en sus palabras y actividades, la influencia —por débil que sea— de aquellas creencias y convicciones arraigadas en lo profundo de su alma y su corazón.
Al examinar la historia de la cultura islámica, cualquiera podrá comprender claramente esta verdad: mientras el islam verdadero estuvo presente en ella en sentido pleno, fue una cultura auténticamente real. Para sus seguidores, la dunya era como el campo del Más Allá. Intentaban dedicar cada momento de su vida terrenal a cultivar ese campo, sembrar sus semillas y realizar tareas semejantes, para poder obtener una cosecha mayor en la vida del Más Allá. Disfrutaban y utilizaban la dunya en un estado de equilibrio armonioso entre el ascetismo y el materialismo, un equilibrio cuyo menor rastro ni siquiera alcanzamos a ver en ninguna otra cultura. La concepción del califato de Allah los impulsaba a comprometerse por completo con la vida terrenal y a desempeñar sus asuntos con plena diligencia; al mismo tiempo, el sentido de responsabilidad y de rendición de cuentas nunca les permitía transgredir los límites. Como representantes de Allah, poseían un profundo sentido de dignidad propia. Sin embargo, esa misma concepción les impedía volverse presuntuosos y arrogantes. Sentían apego por cada cosa terrenal necesaria para cumplir correctamente la responsabilidad del califato. Pero no sentían apego alguno por las cosas que sumergen al ser humano en el lujo ostentoso de la dunya y lo hacen olvidar sus responsabilidades y deberes. En suma, gestionaban los asuntos de la dunya como si no fueran a permanecer aquí para siempre, y se abstenían de quedar absortos en su lujo, considerando que esta dunya era para ellos una posada de viajeros en la que solo se habían establecido temporalmente por unos pocos días.
Más tarde, debido al debilitamiento de la influencia del islam y a la influencia de otras culturas, los rasgos plenamente islámicos dejaron de existir en el carácter de los musulmanes. Como consecuencia, hicieron todo cuanto era contrario a la concepción islámica de la vida terrenal. Se entregaron al lujo y al placer. Construyeron enormes edificios. Se sintieron atraídos por la música, la pintura, la escultura y las bellas artes. En su vida social y sus costumbres se acostumbraron a un derroche y una ostentación completamente contrarios al gusto islámico. En el gobierno del Estado, la política y otros asuntos mundanos, siguieron métodos enteramente no islámicos. A pesar de ello, la concepción islámica de la vida terrenal que estaba arraigada en sus corazones manifestaba claramente su influencia en uno u otro lugar. Y precisamente esta influencia les confería una dignidad especial frente a los demás. Un rey musulmán construyó un enorme edificio a orillas del Yamuna y dispuso en su interior toda clase de entretenimientos y esplendores que en aquella época resultaban inimaginables. Sin embargo, en la parte posterior del centro de diversión más placentero de aquel edificio —es decir, hacia la qibla— se grabó este poema:
“Tus pies están encadenados y tu corazón, sellado;
tus dos ojos abrasados por el fuego y tus dos pies heridos por las espinas;
deseas viajar hacia el occidente,
pero avanzas vuelto hacia el oriente,”
¿Quién eres tú, avanzando con el destino a tus espaldas?
Aún estás a tiempo de estar alerta.”
Aquel palacio no era incomparable por sus características particulares. En otras naciones del mundo se encuentran palacios superiores a él. Pero entre ninguna otra nación del mundo se encontrará un ejemplo de una concepción semejante: advertir a quienes construían el paraíso sobre la tierra diciéndoles: «¿Quién eres tú, avanzando con el destino a tus espaldas? Mantente alerta ante lo incierto»¹.
1. Se refiere al Fuerte Rojo de Delhi.
En la historia islámica se encuentran innumerables ejemplos de gobernantes de imperios como los de César y Cosroes que, en lugar de derrotar a un enemigo y manifestar la arrogancia del poder, se postraron humillados ante Allah, el Todopoderoso. Cuando grandes gobernantes tiránicos y arrogantes intentaban oponerse a la sharía islámica, algún siervo de Allah los reprendía en su propia cara, y entonces ellos temblaban por temor a Allah. Incluso personas sumamente malvadas y depravadas cobraban conciencia ante una simple palabra y, de inmediato, cambiaba el rumbo de sus vidas. En el corazón de quienes estaban obsesionados con las riquezas mundanas surgía la reflexión sobre la transitoriedad de este mundo y el interrogatorio de la Otra Vida; entonces distribuían todas sus posesiones entre los siervos de Allah y adoptaban una vida ideal de moderación. En suma, por muchos que fueran los efectos no islámicos que se extendieran en la vida de los musulmanes, en cada aspecto de su vida nacional se percibiría, de una u otra forma, el resplandor de la doctrina islámica. Y al contemplarlo, uno sentiría como si de pronto hubiera aparecido una luz en medio de la oscuridad.
।।।।Dos।।
El objetivo de la vida
Después de la filosofía de la vida, la segunda pregunta de especial importancia para determinar la excelencia o decadencia de una cultura es: ¿qué objetivo presenta ante el ser humano? Esta pregunta es importante porque todos los deseos, anhelos y esfuerzos prácticos de una persona siguen el objetivo que ha establecido como su meta y propósito. De la pureza o impureza de ese objetivo dependen la bondad o maldad de su mentalidad, así como la rectitud o corrupción de su modo de vida. De su progreso o decadencia dependen el progreso o decadencia de sus pensamientos y corrientes de ideas, la excelencia o degradación de su carácter moral y el desarrollo o deterioro de su economía y de su vida social. De su claridad y precisión dependen la coherencia o dispersión de los deseos y pensamientos humanos, el orden o desorden de todas las actividades de su vida y la concentración o dispersión de sus capacidades, aptitudes y talentos. En una palabra, gracias a este objetivo vital, la persona elige un solo camino entre los diversos caminos del pensamiento y la acción, y consagra a ese camino sus fuerzas físicas y mentales, así como sus medios y recursos materiales y espirituales. Por tanto, para evaluar una cultura con un criterio exacto, es absolutamente necesario investigar su objetivo fundamental.
La característica esencial de un objetivo integral correcto:
Pero antes de avanzar en nuestro análisis e investigación, debemos determinar qué se entiende por el objetivo de una cultura. Es evidente que, cuando pronunciamos la palabra «cultura», no nos referimos con ella a nuestra cultura individual, sino a nuestra cultura colectiva. Por eso, el objetivo de la vida personal de cada individuo no puede ser el objetivo de una cultura. Por el contrario, aquello que constituye el objetivo de una cultura debe ser necesariamente el objetivo de la vida personal de cada uno de sus seguidores, sean o no conscientes de ello. Desde este punto de vista, ya sea consciente o inconscientemente, aquello que constituya el objetivo de la vida colectiva de un gran grupo de personas es el objetivo de la cultura; y este objetivo debe tener tal preeminencia sobre los objetivos de la vida personal de sus integrantes que cada individuo tenga que adoptar el objetivo de la vida colectiva como objetivo de su propia vida.
Una condición indispensable para un objetivo de vida colectiva de esta índole es que mantenga plena correspondencia y armonía con los objetivos de la vida personal de las personas, y que posea en sí la capacidad de ser simultáneamente un objetivo de vida personal y colectiva. Pues si el objetivo de la vida colectiva es contrario a los objetivos de la vida personal de las personas, desde el principio le resultará difícil convertirse en un objetivo de vida colectiva. Esto se debe a que una idea que las personas no acepten individualmente nunca puede alcanzar la categoría de idea colectiva. Aunque se convierta en un objetivo de vida colectiva bajo la influencia de un enemigo poderoso, seguirá existiendo, aunque inconscientemente, un conflicto entre el objetivo de vida del individuo y el objetivo de vida de la sociedad. Después, en cuanto disminuya la influencia de aquella fuerza victoriosa, las personas se inclinarán hacia sus propios objetivos vitales. Y, con ello, el objetivo de vida de la sociedad desaparecerá. La fuerza de atracción y cohesión de la sociedad se desvanecerá y, finalmente, hasta el nombre y los vestigios de la cultura se borrarán. Por eso, lo que sea el objetivo natural de la vida humana puede ser, en realidad, precisamente el objetivo correcto de una cultura. Y la verdadera característica de cualquier cultura es que debe presentar un objetivo de vida colectiva que pueda ser, exactamente, también un objetivo de vida personal.
Desde este punto de vista, se nos plantean dos preguntas, y no podemos avanzar sin resolverlas:
Primera: ¿Cuál es, naturalmente, el objetivo de la vida personal del ser humano?
Segunda: ¿Hasta qué punto son compatibles con este objetivo natural de la vida humana los objetivos que han presentado las demás culturas del mundo?
El objetivo natural de la vida humana
La cuestión del objetivo natural de la vida humana consiste en esto: ¿con qué propósito se esfuerza normalmente el ser humano en el mundo y qué es lo que desea por naturaleza? Para averiguarlo, si pregunta a cada persona cuál es su propósito en el mundo, recibirá respuestas diversas de distintas personas. Y probablemente no encontrará siquiera a dos personas cuyos deseos, aspiraciones y esperanzas sean completa e idénticamente iguales. Pero, si analiza todas las respuestas, verá que las cosas que las personas denominan sus objetivos no son en absoluto objetivos finales, sino solamente medios para alcanzar un objetivo particular; y ese objetivo particular es el bienestar y la tranquilidad mental. Por muy elevado que sea el nivel de reflexión e inteligencia de una persona, por muy refinada que sea su cultura, y cualquiera que sea el ámbito de la vida en el que trabaje, en la base de todos sus esfuerzos y afanes subyace un único objetivo: que pueda alcanzar paz, seguridad, alegría y tranquilidad. Por consiguiente, podemos denominarlo el objetivo natural de la vida del ser humano individual.
Dos objetivos colectivos populares y su análisis
Al examinar minuciosamente los objetivos colectivos que han propuesto las diversas culturas del mundo, se verá que existen muchas diferencias entre ellos. No es nuestro propósito, ni tampoco es posible, determinarlas aquí. Sin embargo, desde el punto de vista de los principios fundamentales, podemos dividirlos en dos categorías:
Primero: las culturas cuyos fundamentos no están establecidos sobre ninguna corriente religiosa o espiritual han presentado ante sus seguidores el objetivo de alcanzar la superioridad y la supremacía. Este objetivo está compuesto por ciertos elementos fundamentales. Sus elementos más importantes y especiales son los siguientes:
* El deseo de alcanzar la supremacía y la dominación políticas.
* La aspiración de alcanzar la superioridad sobre todos en riqueza y bienes, ya sea mediante la conquista de países o mediante la expansión de la dominación en el ámbito de la industria y el comercio.
* El deseo de alcanzar la primacía sobre todos en el progreso social, ya sea en los campos del conocimiento, la ciencia y las artes, o en el esplendor y la magnificencia de la cultura y la civilización.
A primera vista, este objetivo vital colectivo no parece contrario al objetivo vital individual mencionado anteriormente. Pues puede afirmarse, sin la menor reflexión, que, una vez definido este objetivo para la sociedad, queda determinado al mismo tiempo el objetivo vital del individuo. Precisamente por este espejismo externo de dicho objetivo, millones de personas de una nación funden en él el objetivo de su vida personal. Sin embargo, la previsión y la experiencia práctica han demostrado que, en realidad, este objetivo colectivo es absolutamente contrario al objetivo vital natural del individuo. Es evidente que no existe en el mundo una sola nación que desee alcanzar la supremacía y la superioridad; por el contrario, en una misma época son varias las naciones que adoptan este objetivo y todas se esfuerzan por alcanzarlo. Como consecuencia inevitable, entre ellas comienzan intensos conflictos y enfrentamientos políticos, económicos y civilizatorios; surge un tremendo tumulto de resistencia, competencia y rivalidad, y en medio de este alboroto y desorden se vuelve casi imposible que el individuo alcance paz, tranquilidad, comodidad y serenidad mental. Hoy, ante nuestros propios ojos, esta es precisamente la situación que prevalece en los países occidentales. Pero aun suponiendo que en alguna época solo una nación se esforzara por alcanzar este objetivo y que ninguna otra nación obstaculizara su camino, tampoco sería posible que los individuos conservaran sus objetivos vitales personales una vez alcanzado. Pues es propio de un objetivo colectivo de esta naturaleza que no solo genere rivalidad internacional, sino que también despierte un espíritu de competencia mutua entre los propios miembros de una nación. Como resultado, la dominación sobre los miembros de otras naciones, la superioridad sobre todos en riqueza, autoridad, poder, esplendor y lujos, apoderarse de las fuentes del sustento ajeno, establecer un monopolio exclusivo sobre todos los medios y recursos posibles de obtener riqueza, desear que las ganancias y los beneficios correspondan a uno mismo y las pérdidas y los fracasos a los demás, y esforzarse por convertirse en quien manda, manteniendo a los otros sometidos y obedientes, se convierten en el objetivo vital de cada individuo de la nación. En primer lugar, los deseos y anhelos de esta clase de personas nunca encuentran satisfacción en ningún punto, por lo que permanecen siempre inquietas e inseguras. En segundo lugar, cuando esta clase de rivalidad surge entre los miembros de una nación, cada hogar y cada mercado se convierten en un campo de batalla. En consecuencia, por inmensas que sean las riquezas, el poder y los lujos acumulados, la paz y la tranquilidad, la seguridad y la confianza, la alegría y la comodidad se vuelven extremadamente difíciles de alcanzar.
Además, es natural que el progreso puramente material —en el que no hay lugar para la espiritualidad— nunca pueda proporcionar tranquilidad al ser humano, porque obtener únicamente placeres sensoriales es un objetivo meramente biológico; y si es verdad que el ser humano no es simplemente un animal común, sino que ocupa un lugar superior al suyo, entonces también debe ser indudablemente verdad que el ser humano no puede sentirse seguro alcanzando solamente aquellas cosas cuyo disfrute basta para satisfacer los deseos puramente biológicos.
Segundo: las culturas cuya base se asienta en ideas religiosas y espirituales generalmente han proclamado la liberación o salvación como su objetivo. Sin duda, dentro de este objetivo está presente el elemento espiritual que proporciona al ser humano alivio y tranquilidad mental. Y es cierto que la liberación puede ser el objetivo de una nación. Pero, con un análisis algo más profundo, se comprende que tampoco puede ser, en realidad, un objetivo de vida completamente correcto. Hay varias razones para ello.
En primer lugar, dentro del objetivo de la liberación se encuentra implícito cierto individualismo extremo. Su naturaleza consiste en debilitar la totalidad y fortalecer la individualidad. Cuando una persona puede alcanzar la liberación realizando solamente ciertas acciones particulares, entonces, dentro de este objetivo, ya no queda nada que pueda impulsarla a otorgar prioridad a la totalidad en lugar del individualismo, ni a adoptar, junto con la sociedad, un mismo principio de acción para organizarla debidamente. Por consiguiente, esta concepción del individualismo extremo es completamente contraria al verdadero objetivo de la cultura.
En segundo lugar, la cuestión de la liberación está, en realidad, profundamente vinculada al método para alcanzarla. Por ello, que este objetivo sea correcto o incorrecto depende en gran medida de la rectitud o incorrección del método ideado para alcanzarlo. Por ejemplo, las religiones que han prescrito el abandono del mundo y el ascetismo como medios para alcanzar la liberación no pueden hacer de ella ni un objetivo de la vida individual ni un objetivo colectivo. Los seguidores de tales religiones se vieron finalmente obligados a separar el din del mundo y a idear métodos intermedios para la liberación de la gente mundana —como servir a las personas religiosas, la expiación, etc.—. El resultado fue que este objetivo dejó de ser un objetivo común e idéntico para el individuo y la sociedad. En segundo lugar, salvo para una cantidad insignificante de personas religiosas, este objetivo dejó de tener para toda la sociedad la grandeza, importancia y fuerza de atracción necesarias para conservarlo intacto. Por eso, toda la gente mundana lo abandonó y se lanzó en pos del objetivo material mencionado anteriormente. Por otra parte, entre las religiones que han declarado que la liberación depende de la complacencia de diversos dioses y divinidades, no se mantiene la unidad. Los distintos grupos se inclinan hacia distintas divinidades, y desaparece precisamente la verdadera unidad que constituye la tarea esencial de la cultura: establecer la unidad dentro del objetivo y vincular mediante lazos comunes a todos sus seguidores. Por ello, los seguidores de estas religiones también se ven obligados a adoptar otro objetivo si quieren avanzar por el camino del progreso terrenal y organizar sólidamente su sociedad.
Existe también otro tipo de religión cuyo llamamiento no se dirige a toda la humanidad, sino a un linaje o tribu particular, o a un pueblo que habita en una determinada región geográfica. En consecuencia, desde su perspectiva, la liberación está destinada exclusivamente a esa tribu y ese pueblo particulares. Sin duda, este objetivo puede convertirse en un objetivo colectivo válido durante las primeras etapas de la civilización y la cultura. Pero tampoco supera por completo la prueba del criterio de un juicio y una razón correctos. En particular, la razón y la conciencia humanas no aceptan la idea de que la liberación esté reservada a una tribu determinada. Por eso, apenas avanzan unos pasos por el camino del desarrollo racional, los seguidores de tales religiones se rebelan ellos mismos contra este objetivo, lo borran de su corazón y adoptan otro objetivo.
En tercer lugar, por muy sagrado que pueda parecer el objetivo de la liberación desde la perspectiva religiosa y espiritual, desde el punto de vista terrenal no contiene nada capaz de inspirar a una nación ni de generar la conciencia, el entusiasmo, la fuerza y la actividad necesarios para el desarrollo nacional. Por eso, hasta hoy ninguna nación deseosa de progresar lo ha adoptado como su objetivo colectivo; más bien, entre las naciones cuya religión ha presentado únicamente este objetivo, siempre ha recibido la consideración de objetivo individual.
Por todas estas razones, ni el objetivo material ni el espiritual supera completamente la prueba de un criterio correcto. Ahora veremos qué ha proclamado la cultura islámica como su objetivo y qué características de este objetivo lo han establecido como un objetivo correcto.
El objetivo de la cultura islámica y sus características:
Desde el comienzo de esta discusión es necesario recordar claramente que la cuestión del objetivo de la vida está, en realidad, profundamente relacionada con la cuestión de la filosofía de vida. La concepción que tenemos de la vida terrenal y la doctrina que creemos acerca de nuestra posición en el mundo y de la posición del mundo respecto de nosotros determinan naturalmente un objetivo de vida y nos llevan a dedicar todas nuestras fuerzas y capacidades a alcanzarlo. Si consideramos el mundo como un pastizal y concebimos la vida únicamente como una oportunidad para satisfacernos con la comida, la bebida y los placeres terrenales, esta concepción biológica despertará sin duda en nosotros un objetivo biológico respecto de la vida, y durante toda nuestra existencia nos esforzaremos únicamente por reunir medios de placer sensual. En cambio, si nos consideramos criminales por nacimiento y pecadores por naturaleza, y creemos que, a causa de ese pecado original, este mundo es una cárcel y un lugar de confinamiento, se despertará en nosotros el deseo de liberarnos de este encierro y, por ello, proclamaremos la liberación como nuestro objetivo de vida. Pero si nuestra concepción del mundo es superior a la de un pastizal o una prisión, y como seres humanos nos consideramos de una dignidad superior a la de los animales comunes y los criminales, entonces buscaremos sin duda un objetivo superior a ambos: la búsqueda de los bienes materiales y la obtención de la liberación; y nuestra atención no se centrará en nada trivial o insignificante.
Si, teniendo presente este principio, observa usted que el islam ha declarado al ser humano califa de Allah y Su representante en la tierra, su conciencia y razón llegarán naturalmente a la meta que puede y debe surgir de esta concepción de la vida. ¿Qué otra meta puede tener un representante sino obtener la complacencia y satisfacción de su señor y ser considerado ante él un empleado bueno, obediente, fiel y cumplidor de su deber? Si es sincero y bien intencionado, ¿puede tener otro objetivo que obedecer a su amo y obtener su satisfacción? ¿Cumplirá su deber seducido por la esperanza de aumentar su salario, obtener algún beneficio personal, lograr un ascenso o una recompensa, o acrecentar su fama, prestigio y rango? Naturalmente, si el amo, complacido, le concede esas cosas, eso es otro asunto. El amo puede incluso prometerle concedérselas como compensación por un servicio adecuado; también puede hacerle saber que, si cumple correctamente con su deber, le otorgará complacido ciertas recompensas. Pero si convierte la recompensa en su propio objetivo y cumple su deber únicamente para obtener un beneficio personal, ¿podría alguna persona sensata llamar a tal empleado un empleado cumplidor de su deber? Mediante este ejemplo también puede comprender la relación entre Allah y Su representante. Cuando el ser humano es el representante de Allah en la tierra, ¿qué otra meta de vida puede tener aparte de obtener la complacencia y satisfacción de Allah?
«Sí, quien se ha sometido ante Allah y ha obrado rectamente, tendrá su recompensa junto a su Señor; esas personas no tendrán nada que temer ni estarán afligidas». (Sura Al-Baqara: 112)
«Sabed que es mediante el recuerdo de Allah como los corazones alcanzan la tranquilidad y la paz». (Sura Ar-Ra‘d: 28)
La segunda cosa que el ser humano desea obtener en la vida terrenal es el bienestar, es decir, una vida libre de preocupaciones y ansiedad. El Corán dice que, si se cree en Allah, se evita Su ira y se adopta por Él la piedad y la rectitud, esta cosa también se obtiene naturalmente.
«Si los habitantes de estas ciudades hubieran creído y hubieran adoptado la piedad, les habríamos abierto las puertas de las bendiciones del cielo y de la tierra». (Sura Al-A‘raf: 96)
«A quien obre rectamente siendo creyente —sea hombre o mujer— le concederemos, sin duda, una vida de bienestar. Y, ciertamente, les otorgaremos una recompensa mucho mejor que sus obras». (Sura An-Nahl: 97)
La tercera cosa más deseada y anhelada por el ser humano es el poder estatal y de gobierno, así como la autoridad y la elevada posición. El Corán dice que, si os consagráis a Allah, este bien llegará por sí mismo a vuestros pies.
«Quien toma como aliados a Allah, a Su Mensajero y a los creyentes —se ha unido al partido de Allah—, y el partido de Allah será ciertamente victorioso». (Sura Al-Ma’ida: 56)
«Hemos escrito en el Zabur, después de la exhortación y la admonición, que Mis siervos justos heredarán la tierra.»
«A quienes de entre vosotros hayan creído y obrado rectamente, Allah les ha prometido que ciertamente les concederá el califato en la tierra, tal como hizo califas a quienes les precedieron. Y ciertamente establecerá para ellos la religión que ha escogido para ellos y, después de su temor, les otorgará seguridad.» (Sura an-Nur: 55)
Del mismo modo, la salvación en la vida del Más Allá es el anhelo supremo del ser humano. Con respecto a esto, el Corán también dice que es únicamente el resultado de obtener la complacencia de Allah:
«¡Oh alma tranquila! Regresa junto a tu Señor, satisfecha con Él y Él satisfecho contigo; entra, pues, entre Mis siervos y entra en Mi Paraíso.» (Sura al-Fayr: 27-30)
De esto se sabe que el islam ni siquiera ha vuelto su mirada hacia todas las cosas que otros han declarado deseables y anheladas; más bien, ha convertido en su objetivo aquello cuya adquisición hace que todas esas cosas se obtengan por sí mismas. Para el musulmán, no tiene el menor sentido que su corazón se ocupe, ni siquiera por un instante, en perseguir las cosas que otros denominan sus objetivos. Ante él se encuentra un objetivo grandioso, superior y sublime, más elevado que todos esos objetivos y que cada cosa del universo. Sabe perfectamente que, cuando alcance ese objetivo supremo, obtendrá por sí mismo todo cuanto está subordinado a él. Del mismo modo que, al subir al piso más alto de un edificio, los pisos intermedios quedan bajo los pies de quien asciende, el musulmán, al llegar a su objetivo, contempla exactamente esa misma situación.
Sexto: la taqwa, la mejor motivación para la rectitud. Otra característica de este objetivo es que constituye el único objetivo noble y puro capaz de impulsar al ser humano a cumplir el elevado nivel de piedad y rectitud que el islam ha establecido, así como las normas de lo lícito y lo ilícito que ha presentado para ello.
No faltan quienes dicen que las buenas obras en este mundo deben realizarse únicamente por ser buenas obras, y que las malas acciones deben evitarse solamente por ser malas. Pero quienes dicen esto ni siquiera conocen su verdadero significado. Realizar una buena obra por el mero hecho de realizar una buena obra significa que esta no guarda relación alguna con el bien ni con el beneficio; la buena obra es buena obra, y por eso mismo puede ser también un objetivo para el ser humano. Del mismo modo, abstenerse de una mala acción únicamente por ser mala significa que, separada de todo daño y perjuicio, la maldad es mala por su propia naturaleza, como si su carácter mismo pudiera ser algo que el ser humano debiera rechazar. Sin embargo, en realidad no existe para la gente de este mundo una buena obra absolutamente pura, libre de todo beneficio y bien que pueda atribuirse a la persona humana. Tampoco existe una maldad absolutamente pura, vacía de todo perjuicio que afecte a la persona humana. La verdad es, más bien, que las ideas de lo bueno y lo malo surgieron en la mente humana a partir de la experiencia del beneficio y del daño, es decir, de la utilidad y del perjuicio. La acción que verdaderamente beneficia al ser humano es denominada por este una buena obra, aunque aparentemente contenga algún perjuicio. Y la acción que realmente le causa daño es denominada una mala acción, aunque a primera vista contenga algún beneficio. Si se libera una acción de las cualidades de beneficio y daño y esta queda reducida a ser una mera acción, no podemos llamarla ni buena ni mala. Sin duda, cuando el hábito de realizar buenas obras se fortalece y el ser humano alcanza un nivel intelectual superior, puede realizar buenas obras por el mero hecho de hacer el bien y abstenerse de las malas acciones por ser malas, incluso liberándose de la idea de beneficio y daño. Pero, en primer lugar, esto no es más que el olvido del origen del bien y del mal, no la eliminación de ese origen; y, en segundo lugar, no es más que el ascenso al cielo imaginario de los filósofos, pues en la práctica ni siquiera los grandes científicos han tenido la fortuna de llegar hasta allí. ¿Cómo pueden, entonces, las personas comunes adoptar como objetivo propio la mera práctica del bien y el abandono del mal?
De esto ha quedado claro que el concepto de lo bueno y lo malo no puede separarse del concepto de beneficio y daño. Mientras una buena obra no contenga algún beneficio, no puede ser beneficiosa para el ser humano. Del mismo modo, si una mala acción no ocultara algún perjuicio, no podría ser calificada de rechazable. Ahora bien, si queremos elevar la piedad y la rectitud desde el bajo nivel del egoísmo hasta el elevado nivel del desinterés y la sinceridad, y considerarlas fundamento de una norma moral absoluta y universal, el mejor medio consiste en establecer un criterio de beneficio y daño superior al materialismo y al egoísmo. Sobre la base de ese criterio, una buena obra, aun estando llena de toda clase de pérdidas materiales y humanas, se manifestará ante los ojos del ser humano como puramente beneficiosa, mientras que una acción pecaminosa, aun siendo ventajosa en todos los aspectos, le parecerá puramente perjudicial. El islam ha adoptado precisamente este método. Ha declarado que obtener o no obtener la complacencia de Allah es el único criterio de beneficio y daño. Este criterio está completamente libre de la inmundicia del egoísmo materialista. Según este criterio, una persona recta puede sacrificar su vida, sus bienes, sus hijos, su reputación, su fama y todo lo demás por obtener la complacencia de Allah, y aun así creer que ha salido ganando. En cambio, una persona malvada, después de atraer sobre sí la ira de Allah y obtener todos los beneficios materiales y egoístas del mundo, teme encontrarse en pérdida. Esto es lo que impulsa al ser humano a volverse indiferente ante las ganancias y pérdidas mundanas y a adoptar la piedad y la rectitud con un espíritu desinteresado.
Hasta ahora se han explicado dos cuestiones. La primera: ¿qué ha declarado el islam como objetivo de la vida? La segunda: ¿por qué razones se ha considerado ese objetivo superior? Ahora debemos dirigir nuestra atención al tercer aspecto de esta cuestión. Es decir: ¿qué papel desempeña este objetivo en dar a la cultura islámica la forma de una cultura distintiva, y qué posición especial le ha conferido?
La influencia de la determinación del objetivo en la elección del método
Ya se ha señalado que, así como es indispensable determinar un objetivo en todos los asuntos de la vida, también es necesario determinar los métodos para alcanzarlo. Y un método nunca puede determinarse sobre otra base que no sea su relación con el objetivo. Si una persona no tiene ante sí ningún objetivo concreto, aparte de vagar sin rumbo, y se limita a ir limpiando el polvo de caminos, calles y callejuelas, la calificamos de loca o vagabunda. Y si, aunque tenga un objetivo, no sigue ningún método específico entre los diversos métodos para alcanzarlo, sino que está dispuesta a adoptar cualquier método que le parezca orientado hacia su objetivo, también la llamamos necia. Pues quien intenta llegar a un lugar determinado por diez caminos diferentes nunca puede alcanzar su destino según la razón y el buen juicio. Del mismo modo, si alguien declara que cierta cosa es su meta y, para alcanzarla, adopta un método que marcha en dirección opuesta, no lo consideramos sensato. Es como un beduino que, para dirigirse a la Kaaba, toma el camino de Turkistán. Por tanto, para que el ser humano alcance un éxito real, necesita primero fijar un objetivo para su camino; después, orientar hacia él todos sus deseos, anhelos, esfuerzos y empeños; y, si existen varios caminos para llegar a ese destino, adoptar el mejor de ellos y abandonar todos los demás.
Esta elección y este rechazo son enteramente conformes con la razón. El resultado de determinar un objetivo es que debe adoptarse el método que guarde con él una relación especialmente estrecha y deben evitarse todos los demás métodos. Cuando una persona sensata emprende un viaje, avanza por el mejor camino para llegar a su destino. Aunque durante el viaje encuentre otros diez o veinte caminos, ni siquiera vuelve la mirada hacia ellos. El estudiante sensato adopta, para alcanzar su objetivo, la rama del conocimiento que más le ayuda. No desea emplear su tiempo en otras ramas que no guardan relación con él. El comerciante sensato y previsor adopta para sí el método comercial que considera el mejor medio para alcanzar el éxito. Considera una necedad invertir capital en cualquier actividad o gastar su esfuerzo en cualquier profesión. Un crítico puede limitarse a opinar si el método seguido en esta elección y este rechazo es o no el mejor para llegar al destino. Pero no es posible objetar la elección y el rechazo en sí mismos.
Esta verdad se aplica tanto a los detalles de la vida como a la vida entera en su conjunto. Si una persona no tiene ningún objetivo respecto de su vida, o si su único objetivo es vivir simplemente para seguir viviendo, puede adoptar para vivir cualquier método que desee. Para ella, carece por completo de sentido distinguir entre lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, lo excelente y lo inferior entre los diversos métodos. Puede satisfacer sus deseos y necesidades como le plazca. Aunque las causas externas la obliguen en cierta medida a seguir un método determinado, no pueden hacer que toda su vida se someta a un orden, una disciplina y unas normas, porque en su interior no existirá ninguna motivación fundamental para el orden y la disciplina. En cambio, si tiene un objetivo respecto de la vida, o, dicho claramente, si en su mente se ha arraigado un objetivo humano racional situado por encima del objetivo biológico innato de la vida, necesariamente distinguirá entre los diversos métodos. Y, si en verdad es una persona sensata, deberá adoptar, entre los distintos métodos de vida, aquel que sea más útil para alcanzar su objetivo. Una vez fijado un objetivo, de ningún modo le será razonable disfrutar de la misma libertad en la elección de los métodos que una persona sin objetivo alguno.
Ahora ampliemos un poco este principio. Sustituyamos al individuo por la sociedad y observemos que este mismo principio se aplica por igual a un conjunto de personas. Mientras una sociedad se encuentre en las primeras etapas de la civilización y no tenga ante sí ningún objetivo elevado, superior al objetivo biológico innato de la vida, será tan libre en sus costumbres y conducta como una persona sin objetivo. Pero, cuando, con el progresivo desarrollo de la razón y al alcanzar un nivel más elevado de civilización, nazca en ella una cultura y esa cultura determine un objetivo racional para su vida colectiva, se vuelve absolutamente necesario que dicha cultura elabore, en función de ese objetivo, un sistema específico para las creencias, las ideas, las transacciones, la conducta moral, la vida social, la economía, etc.; que haga que sus seguidores se atengan a ese sistema; y que, mientras permanezcan bajo su ámbito, no conceda a nadie la libertad de adoptar creencias o normas de conducta ajenas a él.
Una severidad absoluta en la preservación de sus propias normas y su sistema es plenamente acorde con la naturaleza misma de una cultura. La cultura cuyos vínculos se relajen en este asunto y cuyo sistema de normas se debilite y flexibilice nunca podrá sobrevivir. Pues su existencia depende de que sus seguidores observen las creencias y los métodos de acción que la cultura ha elaborado. Cuando los seguidores no observen sus creencias y métodos de acción, y las ideas, costumbres, normas y prácticas ajenas a ese sistema cubran su vida real, en la práctica no quedará existencia alguna de la cultura. Por ello, es enteramente justo que una cultura exija a sus seguidores que sigan el sistema que ella misma ha elaborado y les presione para romper sus vínculos con otros sistemas externos. A lo sumo, un crítico puede hablar de la validez o invalidez de su objetivo, juzgar si este método particular es adecuado para alcanzarlo, o expresar su opinión sobre si es posible seguir ese método en toda circunstancia. Pero no puede afirmar de ningún modo que la cultura en cuestión no tenga derecho a exigir a sus seguidores que sigan el sistema que ella misma ha elaborado.
Además, una vez aceptado el principio de que el camino y el método particulares que se determinan para la vida mental y práctica dependen en realidad de la naturaleza del objetivo, y de que la diversidad de objetivos exige necesariamente la diversidad de caminos y métodos, también hay que admitir que las culturas cuyos objetivos difieren entre sí deben tener inevitablemente métodos prácticos y doctrinales distintos. Puede haber semejanzas entre algunas partes de esos métodos, y ciertos detalles de un método pueden aparecer en otro; pero de esas semejanzas secundarias no puede deducirse una semejanza general, ni el hecho de tomar prestados algunos detalles implica necesariamente que todo el método haya sido tomado en préstamo.
De este principio se desprenden otras dos conclusiones:
La primera es que, para evaluar el método práctico de una cultura que persigue un objetivo determinado, no puede tomarse como criterio el método de una cultura que persigue un objetivo diferente. Es decir, no es válido juzgar que un método es correcto o incorrecto simplemente porque se asemeje o no al otro método.
La segunda es que no se puede conservar una cultura y sustituir su método práctico y doctrinal por otro método. Tampoco es posible introducir los elementos fundamentales de un método en otro. Quien considera posible o legítima semejante mezcolanza desconoce los principios mismos de la cultura y es incapaz de comprender su temperamento y su naturaleza.
En la configuración de la cultura islámica
El papel de su objetivo fundamental
Tras recordar estas consideraciones preliminares, resulta fácil comprender cuál es el papel de su objetivo fundamental en convertir la cultura islámica en una cultura enteramente independiente y distintiva. En la discusión anterior se explicó detalladamente que el objetivo que el Islam ha establecido para la vida es, en su esencia, distinto de los objetivos de las demás religiones y culturas. Asimismo, se demostró que la diversidad de los objetivos da lugar también a diferencias fundamentales en los métodos de creencia y de acción. Por consiguiente, la conclusión lógica es que el objetivo del Islam le ha dado la forma de una cultura distintiva, esencialmente diferente de las demás culturas, y que existen diferencias fundamentales entre sus métodos doctrinales y prácticos y los de otros sistemas. Algunas partes de este método quizá también se encuentren en otros métodos. Sin embargo, aquí esas partes no están integradas del mismo modo en que lo están en los otros métodos. Una vez que una parte se integra en un método, pierde su naturaleza propia y adquiere la naturaleza del conjunto; y cuando la naturaleza de un conjunto difiere de la de otro conjunto, la naturaleza de cada una de sus partes será necesariamente diferente de la de las partes del otro, por mucha semejanza que pueda haber entre la apariencia externa de algunas partes de uno y algunas partes del otro.
Ya se ha dicho que el Islam ha declarado al ser humano representante de Allah en la tierra y ha establecido como objetivo de su vida alcanzar la complacencia del Gran Señor de quien es representante. Puesto que este objetivo abarca toda su vida, todas sus actividades deben orientarse hacia él; todas las fuerzas de su cuerpo y de su espíritu deben emplearse en su camino, y su autoridad debe imponerse sobre sus pensamientos, imaginaciones, reflexiones y movimientos. Su vida y su muerte, su sueño y su vigilia, su alimentación y su bebida, sus transacciones, sus relaciones, sus amistades y enemistades, su economía y su vida social; en una palabra, todo cuanto hace debe consagrarse a ese único objetivo. Además, este objetivo debe ejercer en su interior una influencia y una acción tan poderosas que sea precisamente por esa conciencia vital que se mantenga vivo y activo. Ahora se comprende claramente que quien adopta semejante objetivo para su vida y vive precisamente para alcanzarlo nunca puede vivir como una persona sin objetivo o como alguien que persigue un objetivo diferente. Este objetivo, conforme a su propia naturaleza, transforma al ser humano en un trabajador competente y un servidor activo: un trabajador y servidor que vive únicamente para alcanzar el objetivo de su vida.
Por tanto, después de determinar este objetivo, el islam elige, entre las diversas formas de vivir, una vía específica y obliga a no desperdiciar el precioso tiempo ni las valiosas energías siguiendo cualquier otra vía aparte de ella. De acuerdo con la naturaleza y las características de este objetivo, establece un sistema particular de creencias y prácticas, y exige a las personas que no traspasen en ninguna circunstancia los límites de este sistema especial. Declara directamente que este sistema particular es obediencia y sumisión, y por ello lo denomina dīn, es decir, obediencia y sumisión. Dice: «La religión ante Dios es únicamente el islam».
Basándose en este dīn, el islam establece una distinción entre sus seguidores y quienes no lo son. A quienes, de acuerdo con este objetivo particular, siguen esta vía de obediencia, los llama «musulmanes» (los que se someten) y «creyentes» (los que sostienen la convicción). Y a quienes no comparten ese objetivo ni siguen esta vía de obediencia los declara «kāfir» (incrédulos). Así, elimina todas las diferencias y discriminaciones basadas en el linaje, la tribu, la nación, la comunidad, la lengua, el país y todas las demás categorías de esta índole
1: Incluso en el uso de la palabra kāfir se sigue un estilo lingüístico sumamente elevado. En los diccionarios árabes, el significado original de kufr es ocultar. Por eso se llama kāfir a la noche, porque oculta las cosas; también se llama kāfir al agricultor, porque oculta la semilla en la tierra; y se llama kāfūr a la cáscara, porque mantiene oculto el fruto dentro de la semilla. Asimismo, por analogía, ocultar las bendiciones y no expresar gratitud se denomina kufr o kufrān. El islam declaró que la palabra kufr es lo contrario de la fe. Con ello se señala esta profunda verdad: quienes se niegan a aceptar el islam, en realidad tienden un velo sobre su propia naturaleza.
y hace desaparecer estas diferencias entre los hijos de Adán, estableciendo únicamente la distinción entre el kufr y la fe. Quien siga esta vía —sea de Oriente o de Occidente— es de los suyos. En cambio, quien no siga esta vía —aunque viva al pie de los muros de la Kaaba y su carne y su sangre estén formadas por los dátiles de La Meca y el agua de Zamzam— no es de los suyos.
Sobre la base de estas creencias y prácticas, del mismo modo que ha establecido entre las personas la distinción entre el kufr y la fe, también ha establecido, en las formas de vida y en todas las cosas del mundo, la distinción entre lo haram y lo halal, lo permitido y lo no permitido, lo makruh y lo mustahabb. Las prácticas y costumbres que favorecen, cada una en su respectivo grado, la consecución de ese objetivo y el cumplimiento de la responsabilidad del califato son halal, permitidas o mustahabb. Y las que constituyen obstáculos y trabas en este camino son, según su respectivo grado, haram, no permitidas o makruh. El creyente que respeta esta distinción es muttaqī (piadoso), mientras que quien no la respeta es fāsiq (transgresor). Entre los miembros del partido de Dios, las diferencias entre grandes y pequeños, entre los elevados y los humildes, no se establecen sobre la base de la riqueza, la nobleza de linaje, la posición social ni el color o la raza, sino sobre la base del taqwā.
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«Ciertamente, los más honorables entre vosotros ante Dios son los más piadosos.» (Sura al-Huyurāt, 13)
De este modo, en todos los aspectos de la vida humana —las ideas y concepciones, los pensamientos y las imaginaciones, la naturaleza y el carácter, la moral, la economía, la vida social, la cultura, la civilización, la política y la administración del Estado— la vía de la cultura islámica se separa por completo de la vía de las demás culturas. Esto se debe a que la concepción islámica de la vida es enteramente distinta de la concepción de las demás culturas. El objetivo que las demás culturas han establecido para la vida es de una naturaleza diferente del objetivo del islam. Por consiguiente, la conducta y los principios de acción que el islam adopta, de acuerdo con su concepción, respecto del mundo y de las cosas que hay en él, así como la forma de actuar que formula para alcanzar su objetivo en la vida terrenal, también son fundamentalmente distintos de la conducta y la forma de actuar adoptadas por las demás culturas. Existen muchos pensamientos e imaginaciones de la mente, numerosos deseos, aspiraciones, inclinaciones y tendencias de las pasiones, y muchas formas de vivir cuya práctica, desde la perspectiva de otras culturas, no solo es apropiada, sino que a veces resulta absolutamente indispensable para la cultura. Sin embargo, el islam se ve obligado a declarar que son no permitidas, makruh y, en algunos casos, haram. Esto se debe a que son completamente compatibles con la filosofía de vida de esas culturas y contribuyen a alcanzar sus objetivos vitales, mientras que no tienen ninguna relación con la filosofía de vida islámica o constituyen un obstáculo para alcanzar su objetivo vital. Por ejemplo, para muchas culturas del mundo las bellas artes son como el alma, y las personas expertas y sobresalientes en estas artes obtienen la categoría de «héroes nacionales». Pero el islam declara que algunas de ellas son haram, otras makruh y otras permitidas hasta cierto punto. Sus leyes solo permiten el amor por la belleza y el disfrute de la belleza artificial en la medida en que la persona pueda, al mismo tiempo, recordar a Dios, obrar para obtener Su complacencia y cumplir la responsabilidad del califato. Pero cuando este amor por la belleza se vuelve más fuerte que el sentido del deber; cuando el exceso del placer convierte a la persona, en lugar de adoradora de Dios, en adoradora de la belleza; cuando el gusto por las bellas artes la embriaga con la afición al lujo, ensordece los oídos del corazón ante la voz de la conciencia y ya no conserva la obediencia ni el sentido de responsabilidad necesarios para escuchar la llamada del deber, precisamente al llegar a ese punto el islam levanta el muro del desprecio, la ilegalidad y la prohibición. Por eso su propósito no es crear a Tansen, Bandadín, Mani, Behzad, Charlie Chaplin ni Mary Pickford, sino crear a Abu Bakr as-Siddiq, Umar al-Faruq, Alí ibn Abi Talib, Husayn ibn Alí y Rabia al-Basrí, que Dios esté complacido con todos ellos.
Con la ayuda de este ejemplo pueden inferirse las condiciones generales de la sociedad, la civilización y muchos otros asuntos. En particular, el enfoque indicado por el islam respecto a la relación entre mujeres y hombres, el trato entre ricos y pobres, la relación entre gobernantes y súbditos, y la conducta recíproca de las demás clases humanas, difiere fundamentalmente de los enfoques ideados por todas las civilizaciones antiguas y modernas. Convertir en criterio los métodos seguidos por otras civilizaciones y, basándose en ellos, evaluar el método adoptado por el islam es, en esencia, una muestra de error. Quienes realizan este tipo de tarea son sumamente superficiales y profundamente ignorantes de la verdad.
«Tres»
Creencias fundamentales y pensamiento
1. El significado y la importancia del iman
Después de la visión de la vida y del objetivo de la vida, se plantea ahora ante nosotros la tercera pregunta: ¿sobre qué fundamento reconstruye el islam el carácter humano?
El carácter y su fundamento mental
La mente humana es la fuente de todas sus acciones y actividades. Como fuente de las acciones, la mente presenta dos estados. El primer estado es aquel en el que no se arraiga ningún tipo particular de pensamiento; en él penetran continuamente pensamientos diversos, separados y dispersos, y el pensamiento que resulta más fuerte es el que impulsa la acción. El segundo estado es aquel en el que la mente no constituye un campo de circulación para pensamientos dispersos; por el contrario, ciertos pensamientos específicos se arraigan en ella de tal manera que toda la vida práctica de la persona queda permanentemente bajo su influencia, y, en lugar de acciones desordenadas, por medio de ella se realizan actividades organizadas y coherentes. El primer estado puede compararse con una carretera principal: está libre y abierta para todo viajero. No posee ninguna característica distintiva. El segundo estado es como un molde, del que se funde y sale constantemente un objeto de forma y configuración determinadas. Cuando la mente humana se encuentra en el primer estado, decimos que la persona no tiene carácter. Puede ser un demonio o también un ángel. Su naturaleza posee un carácter multiforme. No hay certeza sobre qué tipo de acciones realizará ni cuándo las realizará. En cambio, si alcanza el segundo estado, decimos que tiene un carácter propio. En su vida práctica existen orden, disciplina y continuidad. Además, puede decirse con certeza qué hará en cada situación.
La primera condición de la disciplina de las acciones:
De esto se desprende que la adopción de un orden y una disciplina confiables en la vida real del ser humano depende de la formación de un carácter determinado. Para formar tal carácter, su mente debe quedar libre de la confusión de ideas; ciertas ideas definidas deben arraigarse en ella, y hay que infundirles tal estabilidad, firmeza e inquebrantabilidad que ninguna otra idea pueda penetrar y crear confusión en su mundo interior. Cuanto más profundamente arraigadas estén estas ideas, tanto más sólido será el carácter, y tanto más ordenada, coherente y confiable será la vida real de la persona. Por el contrario, cuanto mayor sea la debilidad y cuanto más margen haya para dar paso a ideas adversas, tanto más débil será el carácter, y la vida real se volverá igualmente desordenada y poco fiable.
El significado de la fe:
En el lenguaje del Corán, esa base mental del carácter recibe el nombre de «fe» (īmān). La palabra īmān deriva de la raíz «amn»(*******). El significado original de «amn» es alcanzar la tranquilidad y la ausencia de temor del alma. De ella se formó también «amāna», palabra opuesta a la traición. Es decir, aquello respecto de lo cual no existe temor de traición es una amāna. A Amīn se le llama así porque el corazón se siente seguro respecto de su buena conducta y confía en que no actuará mal. Del mismo modo, al camello dócil y obediente se le llama amūn (***), porque no existe temor de que desobedezca o cause daño. De esta misma raíz procede otra forma, «īmān» (****). Su significado es que una idea debe arraigarse en la mente con una convicción profunda y como verdad, de tal modo que ya no quede posibilidad de que nada contrario a ella encuentre un camino para penetrar. La debilidad de la fe significa que la mente no está completamente segura de esa idea, que el corazón no ha alcanzado una tranquilidad plena, sino que aún existe en la mente la posibilidad de que penetre una idea contraria. Como consecuencia, el carácter se ha debilitado, y esto mismo ha creado desorden en la vida real. La adquisición de fuerza y firmeza en la fe es lo contrario. Una fe firme significa que el carácter se ha establecido sobre una base sólida y segura. Entonces se puede confiar en que los pensamientos e ideas arraigados en la mente, y que han moldeado el carácter, determinarán exactamente las acciones de la vida real.
El lugar de la fe en la construcción de los cimientos de la cultura:
Si distintas personas creen en distintos tipos de creencias y concepciones, y sus caracteres se basan en fundamentos diferentes y mutuamente opuestos, no puede formarse ninguna organización social ni colectiva. Su ejemplo es como el de muchas piedras esparcidas en un campo: cada piedra posee, ciertamente, su propia solidez, pero entre ellas no existe ningún vínculo. Por el contrario, si una concepción unificada se arraiga como fe en la mente de un gran número de personas, ese vínculo de unidad de la fe las convertirá en una nación; del mismo modo que, al unir aquellas piedras dispersas con cal, mortero y cemento, se levanta un muro sólido. Entonces comenzarán entre ellas la ayuda y la cooperación debidas, y como resultado el ritmo de su progreso se hará cada vez más rápido. Una fe de este tipo producirá armonía en sus caracteres y semejanza en sus acciones reales. Como consecuencia, una civilización particular alcanzará la victoria, aparecerá una cultura distintiva, surgirá una nueva nación y el edificio de la cultura se construirá según un nuevo método.
De esta exposición se desprende que la importancia, dentro de una cultura, de la concepción fundamental que queda arraigada como fe entre sus seguidores es sumamente amplia y trascendental.
La fe es de dos tipos:
Ahora debemos examinar cuál es la situación de las distintas culturas del mundo desde el punto de vista de la fe. La palabra «fe» es, en realidad, un término religioso. Pero, puesto que aquí la empleamos en el sentido de concepción fundamental, en este sentido puede dividirse en dos categorías: una de tipo religioso y otra de tipo mundano. La fe de tipo religioso puede ser únicamente el fundamento de una cultura basada en la religión, porque en tal situación la misma fe ejerce autoridad tanto en el ámbito de la religión como en el del mundo. Pero en una cultura que no está basada en la religión, la fe mundana se separa de la fe religiosa, y esta última no ejerce ninguna influencia en la vida personal ni en la vida nacional.
La fe religiosa:
La fe religiosa generalmente se compone de ciertos elementos que erigen el carácter humano sobre fundamentos espirituales y morales. Por ejemplo, una o varias divinidades dotadas de cualidades eminentes, los libros reconocidos como de origen divino y las enseñanzas y normas de los líderes religiosos, sobre los cuales se establecen las bases de la convicción y de la conducta. Si dejamos de lado la perspectiva religiosa y consideramos este tipo de fe desde un punto de vista puramente mundano, su éxito depende de dos cosas. La primera es que aquello que la religión presenta como verdadero y respecto de lo cual exige que se tenga convicción debe ser verosímil desde el punto de vista de la razón y del juicio. La segunda es que esos elementos deben concebirse de tal manera que, sobre su base, pueda reconstruirse adecuadamente el carácter humano. Es decir, su espiritualidad debe servir de fundamento para un sistema moral elevado y su carácter moral, junto con su propia pureza y limpieza, debe formar al ser humano de tal modo que también lo capacite para alcanzar el éxito y la realización en la vida mundana.
La primera condición es necesaria porque, si la fe no es más que un conjunto de supersticiones, o si en ella predominan las supersticiones y escasea la razón, su influencia en la mente humana quedará enteramente sometida a la ignorancia y a la insensatez. En cuanto el conocimiento y la razón del ser humano comiencen a avanzar hacia niveles superiores de desarrollo, comenzará a disiparse el hechizo de las supersticiones erróneas, los fundamentos de la fe empezarán a tambalearse y, con ellos, todo el sistema sobre el que se había construido el carácter individual y nacional mediante la espiritualidad y la moralidad se hará añicos. Como ejemplo, podemos mencionar las creencias que las diversas religiones basadas en el politeísmo presentan acerca de los dioses y diosas, las divinidades, Allah y los líderes religiosos. La conciencia y la razón imparciales se niegan a aceptar como verdaderas las cualidades con que se los ha revestido, las acciones que se les han atribuido y las historias que se han inventado sobre ellos, así como a tener fe en todo ello. Y con frecuencia se observa que las naciones que creen en esas cosas ni siquiera están capacitadas para progresar y avanzar en el mundo. Las supersticiones erróneas ejercen una influencia tan perniciosa sobre sus mentes que incluso sus mejores energías para la acción quedan completamente paralizadas. Sus inspiraciones no generan grandeza ni sus resoluciones adquieren firmeza. Su mirada no alcanza amplitud, sus mentes no reciben luz y sus corazones no cobran valor. Finalmente, esto se convierte para esa nación en la causa de una pobreza permanente, de la humillación, la inutilidad y la esclavitud. En cambio, aquellas naciones entre las cuales se abre el camino del progreso, a medida que avanzan en conocimiento y razón, van perdiendo cada vez más su fe en su propio Rabb, sus divinidades y sus líderes religiosos. Al principio, por supuesto, intentan conservar esa fe errónea, pese a las grandes dificultades, únicamente para salvaguardar el orden social. Pero poco a poco sus mentes y sus intelectos se rebelan con tal intensidad contra esas creencias que, finalmente, en el corazón de la nación no queda ningún vínculo que las mantenga. Se deja a un pequeño grupo espiritual la fe auténtica o profesional en ellas. En el corazón y la mente del resto de la nación se impone otro tipo de fe —la que hemos denominado fe mundana—.
La necesidad de la segunda condición es completamente evidente. La fe que no puede preparar al ser humano para alcanzar el éxito en la vida mundana limita su influencia a la vida moral y espiritual, sin poder llegar a la vida material. En cuanto a sus consecuencias, también presenta dos posibilidades. O bien la nación que cree en esas cosas no progresará en absoluto; o bien, aunque progrese, se liberará muy pronto de sus ataduras, la fe religiosa dejará lugar a la fe cultural y, cuando aumente la actividad de la nación en los esfuerzos de la vida material, se liberará de la influencia de la moralidad, la espiritualidad y la fe religiosa.
No deseo buscar deliberadamente los defectos de ninguna religión. Por eso no expondré aquí un análisis detallado de las creencias de las distintas religiones. Si examinan atentamente las religiones del mundo, sin duda comprenderán cómo la fe de las diversas religiones ha impedido a sus seguidores progresar en la vida mundana y cómo no ha podido acompañar el desarrollo del conocimiento y de la razón. Además, verán también que las demás naciones conservaron su fe en sus asuntos religiosos durante sus períodos de decadencia y los abandonaron durante sus períodos de ascenso. En cambio, el musulmán fue más firme en su fe precisamente cuando era más desarrollado y avanzado en el mundo. Y cuando quedó rezagado en conocimiento, razón y progreso material, y otras naciones obtuvieron la victoria sobre él, fue entonces cuando su fe comenzó a debilitarse. Hoy los musulmanes se encuentran en un estado de extrema decadencia y, al mismo tiempo, están gravemente afectados por la enfermedad de la debilidad de la fe. Sin embargo, hace entre mil doscientos y mil trescientos años se encontraban en la cumbre más elevada del progreso y, al mismo tiempo, eran extraordinariamente firmes en su fe. En cambio, cuando los cristianos de Europa y los budistas de Japón eran verdaderamente cristianos y budistas, se encontraban en el grado más extremo de decadencia. Y cuando alcanzaron el progreso y el avance, dejaron de tener fe en el cristianismo y en el budismo. En realidad, esta es una diferencia tan luminosa entre la fe del islam y la fe de las demás religiones que cualquier persona inteligente y perspicaz puede comprenderla fácilmente.
La fe mundana
Pasemos ahora a considerar los elementos que hemos denominado fe mundana. En esta fe no existe ningún elemento religioso. Aquí no hay ningún dios ni ningún líder religioso; no hay ningún libro divino ni enseñanzas capaces de formar el carácter humano sobre fundamentos morales y espirituales. Se trata de un asunto puramente mundano.
El elemento más importante de ella es la «qawm» o nación. Las personas que viven dentro de un límite geográfico la convierten en una divinidad y la adoran con plena devoción y concentración. Desde este punto de vista, todos los «adoradores de la nación» creen que la nación es dueña de sus bienes y de sus vidas, que servirla es un deber absoluto y que ofrecerle el cuerpo, la mente, los bienes y la vida es una dicha suprema. Pero no se limitan a esto; también creen que únicamente su nación está en la verdad, que ellos son los herederos y legítimos acreedores de la tierra, que todas las tierras del mundo son botín de guerra destinado a ellos y que todas las demás naciones son semejantes a prisioneros de guerra. Por eso, es deber de cada individuo hacer ondear la bandera de su propia nación por todo el mundo.
La segunda divinidad son las «leyes y normas» del país. Ellos mismos las crean y ellos mismos las adoran. Esta adoración es la que garantiza su orden social y colectivo.
La tercera divinidad es su propio «nafs» o sus deseos. Siempre se preocupan por alimentarlo, satisfacer sus deseos y necesidades, y cumplir sus demandas y aspiraciones.
La cuarta divinidad son el «conocimiento» y la «sabiduría» (ilm y hikmat). Tienen fe en ellos y, a su luz y bajo su guía, avanzan por el camino del desarrollo y el progreso.
Esta fe es ciertamente beneficiosa en cierta medida para la vida terrenal. Pero, aun dejando de lado la cuestión de cuál sea su valor desde el punto de vista de la verdad y la honestidad, puede decirse que, incluso desde una perspectiva puramente terrenal, sus beneficios no son ni auténticos ni duraderos. Su mayor defecto es que carece de todo elemento espiritual o moral; por eso, en cuanto se relajan los lazos de la religión, se abre la puerta a la deformación moral. Además, no es función de la ley crear conciencia moral en el corazón de la gente ni establecer realmente norma alguna de moralidad. Ni siquiera posee en sí fuerza alguna capaz de preservar la moralidad en la vida individual y social. Su influencia y su campo de acción son muy limitados. Especialmente cuando las leyes y normas son creadas por la propia gente, su impotencia en este asunto se hace aún más evidente. Por ello, relajar y restringir los vínculos de una ley semejante depende enteramente de la voluntad de la gente; cuanto más crece entre ella el deseo de libertad de acción, más restrictivos e insoportables le parecen los antiguos frenos morales. Y cuando esta sensación respecto de los frenos morales se generaliza, la ley se ve obligada por la presión de la opinión pública a relajar por sí misma sus propios vínculos. Así, poco a poco, se desatan todos los frenos de la moralidad y comienza una amplia decadencia moral. Y la decadencia moral es algo cuyos efectos destructivos no pueden contrarrestar ni la abundancia de riquezas, ni el poder estatal, ni los recursos materiales, ni el conocimiento y la inteligencia. La carcoma comienza a actuar desde dentro y derrumba incluso el edificio más firme, junto con toda su ornamentación.
Además, los demás perjuicios del culto a la nación y del culto al yo son tan evidentes que resulta innecesario describirlos extensa y minuciosamente. Ahora ya no hace falta ningún debate ni reflexión para comprenderlos, pues han superado la etapa de las teorías y han llegado al nivel de la experiencia y la observación. Hoy podemos ver con nuestros propios ojos que, por causa de ellos, una gran civilización ha llegado al borde de la destrucción y la ruina. Esto es el resultado inevitable de todo aquello cuya inminente manifestación concreta llena hoy al mundo entero de miedo y terror.
Algunos principios generales
De toda esta discusión se establecen ciertos principios generales. Antes de emprender el análisis posterior, es necesario arraigarlos firmemente en el corazón, en el orden correcto.
Primero: el orden y la coherencia de todas las acciones humanas dependen de la formación de un carácter estable y definido. Sin un carácter estable, la vida práctica del ser humano permanece desorganizada, cambiante y poco fiable.
Dos: Solo sobre aquellas concepciones que arraigan profundamente en la mente humana con toda su fuerza y adquieren tal predominio que hacen actuar a toda su capacidad de acción bajo su propia influencia se fundamenta el carácter. En la terminología islámica, este arraigo se denomina «fe», y llamamos «contenidos de la fe» a todas las concepciones arraigadas de este modo.
Tres: Lo bueno y lo malo, lo correcto y lo incorrecto, y la firmeza o debilidad del carácter dependen por completo de la rectitud y la solidez de esos «contenidos de la fe», es decir, de los asuntos de la fe. Si estos son correctos, el carácter también será correcto; si son sólidos, el carácter también será sólido. De lo contrario, sucederá exactamente lo contrario. Por tanto, para establecer en la vida humana un sistema de normas correcto y de alto nivel, es indispensable fundamentar su carácter en una fe irreprochable y firme.
Cuatro: Así como la fe es necesaria para liberar las acciones de la vida individual de la dispersión y hacerlas cohesionadas y ordenadas, del mismo modo, para rescatar a muchas personas de la discordia y el aislamiento y formar una sociedad ordenada y cohesionada, es necesario arraigar firmemente esta fe indivisa en el corazón de todas ellas. Eso es lo que exigen la sociedad y la civilización.
Cinco: Cuando, bajo la influencia de una fe indivisa, se forma entre muchas personas un carácter nacional indiviso y, por influencia de ese carácter, surge cierta semejanza en las actividades de su vida, nace una cultura de determinado tipo y naturaleza. Desde este punto de vista, en la organización y el establecimiento de toda cultura, los asuntos de la fe que determinan y consolidan el carácter nacional ejercen una influencia extraordinaria.
Seis: En la nación cuya fe incluye asuntos espirituales, su religión y su cultura son una y la misma. En cambio, en la nación cuya fe incluye asuntos mundanos, la cultura permanece separada de su religión. En esta última situación, la religión ya no conserva ninguna influencia particular en la vida individual ni en la nacional.
Siete: La separación de la cultura respecto de la religión termina convirtiéndose en causa de decadencia moral y destrucción.
Ocho: Para que la cultura permanezca bajo la influencia de la religión, los contenidos de la fe religiosa deben incluir asuntos espirituales que puedan contribuir al desarrollo del intelecto humano desde el nivel ordinario hasta el más elevado. Al mismo tiempo, el carácter humano debe formarse de tal manera, mediante asuntos que le permitan ser simultáneamente una persona de religión y de mundo de alto nivel. Más aún, su vida mundana se convertirá exactamente en vida religiosa, y su vida religiosa, exactamente en vida mundana.
Nueve: En la nación cuya religión y cultura son una y la misma, su fe no es únicamente una fe religiosa, sino que es al mismo tiempo una fe mundana. Por tanto, que su fe vacile es fatal tanto para su religión como para su cultura, y destructivo tanto para su religión como para su mundo.
Es precisamente a la luz de estos principios generales como debemos examinar críticamente el papel del islam con respecto a la fe.
Después de considerar la importancia de la fe, su importancia fundamental en el carácter individual y su papel esencial en la cultura social y colectiva, veamos ahora: ¿a qué cosas ha invitado el islam a tener fe? ¿En qué medida sus artículos de fe superan la prueba de la crítica racionalista? ¿Cuál es el papel de la fe en su sistema de vida? ¿Y hasta qué punto influye en el carácter individual y colectivo del ser humano?
2. Los asuntos de la fe en el islam
En el Noble Corán se ha tratado el tema de la fe con tanta amplitud que no queda lugar para ninguna discrepancia al respecto. Sin embargo, entre quienes no han comprendido el estilo expresivo del Corán o no han sido capaces de seguir el tema de su exposición, se ha originado cierta idea errónea. El estilo expresivo del Corán consiste en que, en algunos lugares, expone toda la doctrina de una sola vez, mientras que en otros, según el momento y la ocasión, expone algunas de sus partes y pone el énfasis en ellas. Debido a esto, algunas personas han llegado a pensar que la doctrina del islam puede dividirse y desglosarse. Es decir, que basta con tener fe en uno o varios de sus elementos, y que una persona puede alcanzar la salvación incluso negando algunos de los demás. Pero el veredicto definitivo del Corán es que es necesario aceptar todos los asuntos que presenta como artículos de fe. De ningún modo puede separarse uno de ellos de los otros. Todos juntos forman una realidad única e indivisible, y es obligatorio aceptarlos en su totalidad. Si se niega siquiera uno de ellos, esa negación invalidará la aceptación de todos los restantes.
En un pasaje del Corán se dice:
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«Ciertamente, sobre quienes dicen: “Nuestro Señor es Allah”, y luego se mantienen firmes, descienden los ángeles». (Sura Ha-Mim as-Sajda: 30)
En esta aleya solo se menciona tener fe en Allah, y se declara que de ello dependen el éxito en este mundo y en el Más Allá.
En otro lugar también se menciona el Día Final junto con Allah:
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“Quienes hayan creído en Allah y en el Último Día y hayan obrado rectamente tendrán su recompensa junto a su Señor”. (Sura Al-Baqarah: 62)
Este mismo contenido también se encuentra en Alí Imrán (12), Al-Ma’idah (10) y Ar-Ra’d (4).
En un tercer lugar se exhorta a creer en Allah y en el Mensajero:
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“Así pues, creed en Allah y en Sus mensajeros. Si creéis y adoptáis la taqwa, tendréis una gran recompensa”. (Sura Alí Imrán: 179)
También se encuentra un enunciado de este tipo en Al-Hadid (4).
En otro lugar, se ha llamado creyente a quien ha creído en Alá y en Muhammad (la paz sea con él):
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«Ciertamente, son creyentes quienes han creído en Alá y en Su Mensajero». (Sura An-Nur: 62)
En Muhammad (4), Al-Yinn (2) y Al-Fath (2) se ha reiterado este mismo asunto.
En un lugar se ordena creer en estas tres cosas: Alá, Muhammad (la paz sea con él) y el Corán:
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«Creed, pues, en Alá, en Su Mensajero y en la luz (el Corán) que he hecho descender». (Sura At-Tagabun: 8)
En un lugar se mencionan estas cuatro cosas: Alá, el Libro de Alá, el Corán y el Último Día:
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“Y los creyentes creen en lo que ha sido revelado para ti y en lo que fue revelado antes de ti… y creen en Allah y en el Último Día”. (Sura An-Nisa: 162)
En otro lugar, la incredulidad en Allah, los ángeles, los profetas y el Corán ha sido declarada kufr y fusuq:
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“Quienes son enemigos de Allah, de Sus ángeles, de Sus Mensajeros, de Gabriel y de Miguel, ciertamente Allah es enemigo de esos incrédulos. Y ciertamente hemos revelado para ti aleyas claras; nadie las rechazará salvo un fasiq”. (Sura Al-Baqara: 98-99)
En un lugar, se llama mu’min a quien tiene fe en Allah, en los ángeles, en el Libro de Allah, en los profetas y en el Corán:
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“El Mensajero creyó en lo que le fue revelado por parte de su Señor, y también los creyentes. Todos creyeron en Allah, en Sus ángeles, en Sus Libros y en Sus Mensajeros”. (Sura Al-Baqara: 285)
En otro lugar se han descrito cinco componentes de la fe: la fe en Allah, en el Último Día, en los ángeles, en el Libro de Allah y en los profetas.
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«Más bien, la verdadera piedad consiste en que la persona crea sinceramente y de todo corazón en Allah, en el Más Allá y en los ángeles, y observe los Libros revelados por Allah y a Sus profetas. Estos son, en verdad, los que siguen la verdad; estos son los muttaqíes». (Sura Al-Baqara: 177)
Además de los cinco asuntos mencionados en la sura, se ha insistido en creer también en Muhammad (la paz sea con él) y en el Corán, y se ha calificado de kafir y extraviado a quien no crea en ellos.
En un lugar se ha concedido importancia únicamente al reconocimiento del Último Día, y se ha señalado que negarlo es la causa del fracaso.
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Lo mismo se repite en Al-A’raf (17), Yunus (1), Al-Furqan (2), An-Naml (1) y As-Saffat (1).
En otro lugar se ha señalado que negar el Libro de Allah, junto con el Último Día, es causa del más severo de los castigos:
*********
«Ellos no esperaban ningún ajuste de cuentas y descreían de Nuestros signos, considerándolos completamente falsos».
(Sura An-Naba: 27)
En un tercer lugar, el Día Final y el Corán, junto con el Libro de Allah, también han sido incluidos entre los artículos de la fe.
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«Creen en el Libro que te ha sido revelado —es decir, el Corán— y en las Escrituras que fueron reveladas antes de ti, y tienen una firme convicción en la otra vida. En verdad, son estas personas quienes siguen el sistema de vida revelado por Allah y quienes tienen derecho a alcanzar la felicidad.
(Sura Al-Baqara: 4-5)
En un cuarto lugar se ha dicho que, debido a descreer del Día Final, del Libro de Allah y de los profetas, todas las acciones quedan anuladas. Tal persona incrédula estará destinada al Infierno, y sus «actos» no tendrán ningún valor.
Más arriba se ha mencionado repetidamente la necesidad de tener fe en los Libros de Allah, y se han citado claramente la Torá, el Evangelio, los Salmos y las Escrituras de Abraham. Sin embargo, en veinte lugares del Corán también se ha declarado claramente que no basta con creer únicamente en esos Libros, sino que es necesario creer asimismo en el Corán. Si una persona cree en todos los Libros, pero no cree en el Corán, será incrédula del mismo modo que quien niega todos los Libros.
[Véase: Al-Báqara (11, 12, 14, 16), An-Nisá (7), Al-Má’ida (2-10), Ar-Ra’d (3), Al-Ankabut (5) y Az-Zumar (4)]
No solo eso, sino que es obligatorio creer en cada uno de los Libros enviados por Allah.
«Si una persona cree en una parte de ellos y no cree en otra, también es incrédula».
(Sura Al-Báqara, 10)
Del mismo modo, se ha declarado claramente respecto a los profetas que es necesario tener fe en todos ellos. Se debe creer individualmente en aquellos cuyos nombres han sido mencionados y, en términos generales, en aquellos cuyos nombres no han sido mencionados. Pero si una persona cree en todos los profetas y niega únicamente la profecía de Muhammad (s.a.s.), será ciertamente incrédula. Esto se ha declarado no en un solo lugar del Corán, sino en veinte, y se ha proclamado que reconocer la profecía de Muhammad (s.a.s.), junto con la de todos los profetas, es una condición necesaria de la fe.
[Véase: Al-Báqara (14), An-Nisá (23), Al-Má’ida (3-11), Al-An’am (19), Al-A’raf (19-20), Al-Anfal (3), Al-Mu’minún (4), Ash-Shurá (5), Muhammad (1) y At-Talaq (2)]. En la mayoría de los versículos de estas suras se exhorta a las comunidades de Moisés y de Jesús a creer en el Noble Profeta (s.a.s.), y se declara que no podrán alcanzar la guía mientras no crean en el Corán y en Muhammad (s.a.s.).
De esta exposición se sabe que los objetos de la fe en el islam son cinco: (1) Allah; (2) los ángeles; (3) los Libros de Allah, entre los cuales también está incluido el Corán; (4) los profetas, entre los cuales está incluido Muhammad (s.a.s.); (5) el Último Día, es decir, la Resurrección.
Esta es una presentación general de la fe. Más adelante se expondrá qué doctrina detallada corresponde a cada uno de sus elementos, cuál es la relación entre ellos, por qué no pueden separarse, por qué negar uno de ellos hace inevitable negar todos los demás y cuál es el beneficio de incluir cada uno de ellos entre los artículos de la fe.
Crítica racionalista
Estas cinco creencias pertenecen al ámbito de lo invisible y se encuentran completamente fuera del mundo material. Por ello, según nuestra clasificación, son creencias religiosas y espirituales. Sin embargo, su característica es que el islam no solo ha establecido sobre ellas la base de su sistema espiritual, sino también de sus sistemas moral, político y civilizatorio. Ha elaborado, integrando la religión y la vida mundana, un sistema bajo el cual funcionan todos los aspectos y ámbitos de la vida humana. Toda la fuerza necesaria para establecer, consolidar y aplicar ese sistema se obtiene de estas cinco creencias. Constituyen para él una fuente inagotable de fuerza, cuyo flujo nunca se interrumpe. Ahora veremos hasta qué punto, desde la perspectiva de la razón, merece reconocimiento la fe mediante la cual se ha realizado una obra tan grande, y hasta qué punto posee la capacidad de servir de fundamento y fuente de fuerza para un sistema tan amplio y progresista.
Antes de buscar la respuesta a esta pregunta, debemos convencernos firmemente de que el islam quiere construir los cimientos de una cultura que sea verdaderamente humana. Es decir, no está vinculada a los habitantes de un país o una tribu determinados, ni posee una particularidad relacionada con una raza o una nación de lengua específicas; por el contrario, su objetivo es el bienestar de toda la humanidad. Además, desea establecer bajo su influencia un sistema social en el que se cultive todo lo beneficioso y favorable para el ser humano, y se elimine todo aquello que le cause daño o perjuicio. Los cimientos de una cultura puramente humana de este tipo no pueden establecerse en creencias vinculadas al mundo material. Pues los objetos materiales y las cosas perceptibles por los sentidos presentan dos situaciones: o bien la relación de todos los seres humanos con ellos es igual —como ocurre con el sol, la luna, la tierra, el aire, la luz, etc.—, o bien no es igual —como ocurre con el país, la tribu, la raza y la lengua, etc.—. Entre las cosas de la primera categoría, ninguna tiene siquiera la aptitud para ser objeto de fe, porque creer en su existencia carece por completo de sentido; y creer que ejercen una influencia deliberada sobre el bienestar humano es erróneo incluso desde el punto de vista del conocimiento y del juicio racional. Además, creer en ellas no produce ningún beneficio manifiesto en la vida moral, espiritual o práctica del ser humano, desde ningún punto de vista. Quedan luego las cosas de la segunda categoría. Es evidente que estas no pueden constituir la base de una cultura humana más amplia, porque son producto de la desigualdad y del espíritu de separación, no de la unidad ni de la integración. Por consiguiente, es absolutamente indispensable establecer los cimientos de una cultura de este tipo sobre objetos de fe distintos de la materia y de las cosas perceptibles por los sentidos.
Pero no basta con que sean distintas de la materia y de las cosas perceptibles por los sentidos; además, deben poseer algunas otras características.
Primera: no serán supersticiones ni asuntos irracionales; por el contrario, el sano juicio estará dispuesto a reconocer su veracidad.
Segunda: no serán cosas remotas, sino que estarán profundamente relacionadas con nuestra vida.
Tercera: contendrán una fuerza latente tal que el sistema cultural pueda obtener de ellas plena ayuda para ejercer dominio sobre el pensamiento y la capacidad de acción de las personas.
Desde esta perspectiva, al examinar los artículos de fe del islam, podemos saber que este supera plenamente estas tres pruebas.
En primer lugar, nada de lo que el islam expone acerca de Allah, los ángeles, la revelación, la profecía y la vida futura es irracional. No es imposible que ninguna de estas cosas sea verdadera. Y la sana razón nunca se niega a aceptar ninguna de sus afirmaciones. Es indudable, ciertamente, que la razón no puede determinar los límites de estas cosas, ni alcanzar sus confines, ni comprender por completo su significado profundo. Pero todos los objetos cuya existencia nuestros eruditos y científicos han demostrado hasta hoy se encuentran en esta misma situación. No hemos reconocido la existencia de la energía (Energy), la vida, la atracción, la evolución y otras cosas semejantes porque hayamos podido comprender por completo su significado profundo. Más bien las hemos reconocido porque, a nuestro juicio, es necesario que existan para explicar las causas y los factores fundamentales de los diversos fenómenos particulares que hemos observado. Y las teorías que hemos elaborado sobre la organización invisible de las cosas visibles exigen precisamente la existencia de esas cosas. Por tanto, para reconocer la realidad de las cosas invisibles cuya fe exige el islam, no es necesario que nuestra razón comprenda plenamente su significado profundo ni determine sus límites. Basta, como argumento, con entender solamente que la naturaleza del universo y
La concepción del islam sobre el ser humano no es en absoluto irracional; su exactitud es evidente y exige la existencia de los cinco artículos de fe expuestos por el islam.
La concepción islámica es la siguiente: primero, todo el orden y la disciplina del universo fueron establecidos por un Poder soberano, y Él mismo los dirige. Segundo, bajo la autoridad de ese Poder soberano, otra clase de innumerables fuerzas supervisa el universo conforme a Su mandato. Tercero, el Creador del ser humano ha depositado en su naturaleza dos tendencias: la del bien y la del mal; en él se han reunido tanto la inteligencia como la necedad, tanto el conocimiento como la ignorancia. Puede seguir tanto el camino errado como el recto. Entre estas fuerzas opuestas y tendencias diversas, el ser humano comienza a seguir aquella que llega a predominar. Cuarto, para ayudar a las tendencias del bien en este conflicto entre el bien y el mal, y para guiar al ser humano por el camino recto, su Creador elige de entre la propia humanidad a una persona excelente, le concede un conocimiento infalible y la encarga de guiar a la gente por el camino correcto. Quinto, el ser humano no es una entidad irresponsable ni exenta de rendir cuentas. Está obligado a responder ante su Creador por todos sus actos voluntarios. Un día tendrá que rendir cuentas de cada átomo y molécula, y padecerá el buen o mal resultado de sus propias acciones.
Esta concepción exige la existencia de las cinco cosas: Allah, los ángeles, la revelación, la profecía y el Día del Juicio Final. Ninguna de sus afirmaciones es irreal desde el punto de vista de la razón. Tampoco puede calificarse ninguna de estas cosas de superstición o de creencia irracional. Y cuanto más reflexionamos sobre ello, más crece nuestro interés por su veracidad.
Puede que no comprendamos la realidad de Allah, pero no podemos dejar de reconocer Su existencia. Es una necesidad tal que, sin ella, resulta absolutamente imposible resolver la compleja cuestión de la naturaleza del universo.
No podemos determinar los indicios de la existencia de los ángeles, pero no hay lugar para ninguna duda acerca de su existencia. Todos los eruditos y científicos del mundo la han reconocido de una u otra manera. Sin embargo, no los han mencionado con el nombre con el que el Corán los denomina.
Desde el punto de vista de la inferencia intelectual, la llegada del Día de la Resurrección y el hecho de que, tarde o temprano, todo el sistema de la Tierra quede hecho añicos no solo son sumamente probables, sino casi seguros.
Aunque no puede demostrarse mediante pruebas y evidencias claras que el ser humano sea responsable ante su propio Allah y merezca recompensa o castigo por sus actos, entre todas las doctrinas formuladas acerca de la vida después de la muerte y del estado posterior a la muerte, la doctrina presentada por el islam es, sin duda, la mejor, la más provechosa y la más cercana a lo que puede admitir la conjetura; al menos, el sano juicio se ve obligado a reconocerlo.
Queda la cuestión de la revelación y la profecía; es evidente que no puede presentarse ninguna prueba científica de ellas. Sin embargo, con solo reflexionar profundamente sobre el significado de los libros presentados como revelaciones de Allah y sobre la vida y el carácter de quienes fueron llamados Mensajeros de Allah, podemos llegar a la conclusión de que ningún otro libro ni líder ha podido ejercer sobre el pensamiento y la conducta de la humanidad una influencia tan profunda, amplia, firme y beneficiosa como la de ellos. Esto basta para creer que en ellos había necesariamente algo extraordinario y único, algo de lo que carecen, por desgracia, los libros escritos por seres humanos y los líderes humanos comunes.
De esta discusión se desprende claramente que los objetos de la fe en el islam no son contrarios a la razón. No hay en ellos ningún elemento que permita a la inteligencia rechazarlos. En ellos no existe nada que obligue al ser humano a negarlos al alcanzar cualquier etapa de la evolución científica e intelectual. Por el contrario, la inteligencia da testimonio de su certeza. Queda la cuestión de la fe y la convicción. Esta no se relaciona con la razón, sino con la mente y la conciencia. En realidad, la existencia de todas las cosas invisibles e incorpóreas en las que creemos depende de nuestra conciencia. Si no queremos aceptar un asunto invisible o nuestra mente no está segura respecto de él, ninguna prueba intelectual puede obligarnos a considerarlo verdadero. Como ejemplo, puede mencionarse que ninguna de las pruebas presentadas sobre la existencia del «éter» (Ether) puede establecerla con certeza ni liberarla por completo de la duda y la incertidumbre. Pues, al examinar esas pruebas, algunos filósofos creen en él, mientras que otros las consideran insuficientes y se niegan a depositar su fe en él. Por tanto, la cuestión de la fe y del conocimiento de la verdad depende esencialmente de la tranquilidad de la mente y del testimonio de la conciencia. Sin duda, la inteligencia ejerce en ello cierta influencia: cuando se establece que el conocimiento verdadero de determinadas cosas es contrario a la razón, comienza un conflicto entre la conciencia y la inteligencia respecto de ellas, y como consecuencia la fe se debilita. En cambio, cuando el conocimiento verdadero de ciertas cosas no es contrario a las conclusiones intelectuales, o cuando la inteligencia presta incluso cierta ayuda para conocer su verdad, aumenta la tranquilidad mental respecto de ellas y, como resultado, la fe adquiere fuerza.
En segundo lugar, la mayoría de los objetos invisibles son cuestiones teóricas; es decir, no tienen ninguna relación con nuestra vida práctica. Por ejemplo, existen numerosas cuestiones teóricas o hipótesis como el éter (Ether), las formas primigenia y común de la materia, la sustancia, la naturaleza y las leyes naturales, la ley de la causalidad y muchas otras, cuya aceptación o rechazo no tiene ningún efecto sobre nuestra vida. Pero las cuestiones invisibles a las que el islam nos invita a creer no son cuestiones teóricas de ese tipo. Al contrario, están profundamente vinculadas con nuestra vida moral y práctica. Se las denomina fuente de los principios porque no son meras verdades teóricas; el conocimiento correcto de ellas y la fe plena en ellas ejercen una intensa influencia sobre nuestras propias cualidades, nuestro carácter y disposición natural, nuestras acciones personales y nuestros asuntos sociales y colectivos.
En tercer lugar, la fuerza necesaria para establecer la autoridad de la cultura islámica y del sistema de vida islámico sobre una vasta sociedad humana de distintos niveles intelectuales y educativos, hasta en las divisiones más ocultas y pequeñas de su vida, y para mantener firme su vínculo, solo puede obtenerse mediante esa aceptación presentada por el islam. Un Allah omnisciente y omnividente, poderoso y majestuoso, misericordioso y bondadoso, ejerce autoridad sobre nosotros; Sus innumerables ejércitos están presentes en todo lugar y en toda circunstancia; Él mismo envió profetas para la humanidad; las normas y leyes que ese profeta nos transmitió no fueron obra suya, sino que las recibió enteramente de Allah; y nosotros necesariamente tendremos que sufrir las buenas o malas consecuencias de nuestra obediencia o desobediencia: en esta convicción reside una fuerza tan poderosa y de tan amplio alcance que no puede obtenerse por ningún otro medio. La fuerza material solo puede rodear el cuerpo; el efecto moral de la educación y el entrenamiento solo puede llegar a las clases elevadas de la sociedad humana. La ley solo puede hacerse efectiva allí adonde sus guardianes son capaces de llegar. Pero la fuerza de esta convicción se apodera de la mente y el corazón de las personas. Envuelve en sí a todos: comunes y extraordinarios, ignorantes y educados, inteligentes y necios. Actúa en la soledad del bosque y en la oscuridad de la noche. Allí donde no hay nadie que pueda impedir la injusticia y la depravación, censurarlas y reprenderlas, ni siquiera observarlas, la convicción de que Allah está presente y vigilante, la creencia en la verdad de las enseñanzas impartidas por el profeta y la certeza del interrogatorio del Día de la Resurrección realizan una tarea que ningún agente de policía, juez de un tribunal ni enseñanza de un profesor podría realizar en absoluto. Además, esta convicción ha reunido de tal manera a las innumerables personas dispersas por el mundo, de orientaciones diversas y enfrentadas entre sí, que las ha fundido para formar una gran nación; ha creado una unidad extrema en sus pensamientos, acciones y costumbres; ha extendido una misma cultura entre ellos a pesar de sus diferencias ambientales e intelectuales; y ha infundido en ellos el impulso de sacrificarse por un objetivo supremo. No puede encontrarse en ninguna otra parte un ejemplo de ello.
Todo lo que se ha establecido hasta ahora es que, en la terminología islámica, fe significa creer en Allah, los ángeles, los Libros, los Mensajeros y el Día del Juicio Final. Estas cinco convicciones forman una entidad única e indivisible. Es decir, existe entre ellas una relación inseparable, de modo que negar cualquiera de sus partes hace inevitable negar la convicción en su totalidad. Además, mediante un examen racional se ha demostrado que, para la cultura que el islam pretende establecer, solo estos contenidos pueden recibir la condición de objetos de fe, y que tal convicción es necesaria para ella. Por otra parte, no hay en ella nada que sea incapaz de coexistir con el progreso científico e intelectual.
Ahora debemos prestar atención a la tercera cuestión. Esta es: ¿cuál es la importancia de la fe y por qué tiene precisamente esa importancia? Al intentar comprender esta cuestión, la gente ha cometido muchos errores y algunos eruditos célebres han tropezado en este asunto. Por eso es necesario exponerlo con algo más de claridad.
La importancia de la fe en el islam
Si se pregunta cuál es el tema central del mensaje del Noble Corán, la respuesta puede darse con una sola palabra. Y esa palabra es «fe». El propósito mismo de la revelación del Noble Corán y de la llegada del Profeta (s.) es llamar a la gente a la fe. El Corán declara claramente acerca de su portador y transmisor que él es quien llama a la fe.
[Versículo]
«¡Oh, Señor nuestro! Ciertamente, hemos respondido al llamado de quien llama a la fe».
Y declara sobre sí mismo que solo guiará por el camino recto a quienes estén dispuestos a creer en las cuestiones ocultas (es decir, en los mencionados artículos de fe).
[Versículo]
«(El Corán) es una guía para los piadosos, aquellos que creen en lo oculto». (Sura Al-Báqara: 2-3)
Mediante exhortaciones y admoniciones, buenos consejos, promesas y compromisos, argumentos y pruebas, así como relatos e historias, invita a la gente precisamente hacia ese camino. Su primera exigencia para las personas es que tengan fe. Después, las conduce hacia la purificación del alma, la reforma moral y la aplicación de las leyes sociales y estatales. Para él, la fe es la verdad, la honestidad, el conocimiento, la guía por el camino recto y la luz. En cambio, la ausencia de fe, es decir, la incredulidad, equivale a ignorancia, opresión, falsedad, mentira y extravío.
El Noble Corán traza una clara línea divisoria y divide a toda la humanidad en dos grupos. Un grupo está formado por quienes tienen fe, y el segundo, por los incrédulos. A los ojos del Corán, el primer grupo se aferra a la verdad y está enriquecido con conocimiento y luz; para él están abiertos el camino de la guía por el camino recto, la piedad y las puertas de la devoción; solo él merece alcanzar la prosperidad. El segundo grupo es, a sus ojos, incrédulo, opresor, ignorante y sumido en la oscuridad; el camino de la guía está cerrado para él. No tiene ninguna participación en la piedad ni en la devoción. Para él se ha decretado la ruina, la destrucción y el fracaso. Presenta el ejemplo de estos dos grupos de la siguiente manera: uno de ellos es ciego y sordo, mientras que el otro posee vista y oído. Afirma que el camino de la fe es el «Sirat al-Mustaqim», el camino recto. Además, es necesario abandonar todos los demás caminos. Declara con toda claridad y sin rodeos que quien cree en Allah, en Su Mensajero y en Su Libro posee una lámpara luminosa, con cuya ayuda puede caminar por el camino recto. Mientras tenga esta lámpara, no existe para él ningún temor de extraviarse. Podrá distinguir perfectamente el camino recto del camino torcido y llegará de forma segura y sin obstáculos a la meta de la prosperidad. En cambio, quien no posee la lámpara de la fe no tiene ninguna luz. Le resulta sumamente difícil distinguir entre el camino recto y el torcido. Como un ciego, avanzará a tientas en medio de la oscuridad, guiándose por conjeturas. Quizá por casualidad alguno de sus pasos caiga en el camino recto; pero esto no constituye un medio seguro para transitar por él. Por el contrario, es mucho más probable que se desvíe del camino recto. A veces puede caer en un agujero y otras quedar atrapado entre espinas.
La declaración del Corán acerca del primer grupo es:
{Árabe}
«Por tanto, quienes han creído en el Mensajero, lo han ayudado y apoyado, y han seguido la luz que fue descendida con él, esos son, en verdad, quienes alcanzarán el éxito». — (Sura Al-A‘raf: 150)
En otro lugar se dice:
{Árabe}
«¡Oh, gente! Temed a Allah y creed en Su Mensajero. Él os concederá una doble porción de Su misericordia, os proporcionará una luz con la que podréis caminar y os perdonará».
— (Sura Al-Hadid: 28)
Y acerca del segundo grupo se dice:
{Árabe}
«¿Sabes a quién obedecen quienes invocan a otros asociados aparte de Allah? Solo siguen conjeturas y se guían únicamente por suposiciones». —(Sura Yunus: 66)
{Árabe}
«Solo siguen conjeturas, y la naturaleza de la conjetura es que no sirve de nada frente a la verdad». —(Sura An-Najm: 28)
{Árabe}
«¿Quién está más extraviado que aquel que, abandonando la guía que Allah le ha dado, sigue sus propios deseos? Allah nunca guía por el camino recto a los injustos». —(Sura Al-Qasas: 50)
{Árabe}
«Para quien Allah no ha proporcionado luz, no hay ninguna otra luz». —(Sura An-Nur: 40)
La explicación de todo este contenido se encuentra en la sura de Al-Báqara. De ella se hace evidente esta verdad: como consecuencia de la diferencia entre la fe y la incredulidad, surge una enorme diferencia entre estos dos grupos de la humanidad.
{Árabe}
«No hay coacción en la religión; el camino de la guía ha sido claramente distinguido del extravío. Por tanto, quien rechace al Tagut (las fuerzas satánicas) y crea en Allah se habrá aferrado a un asidero firme e irrompible. Allah todo lo oye y todo lo sabe. Allah es el protector de los creyentes; los saca de las tinieblas hacia la luz. En cambio, los protectores de los incrédulos son los demonios; los llevan de la luz hacia las tinieblas. Ellos son los moradores del Infierno, donde permanecerán eternamente».
La prioridad de la fe sobre las obras
Además, esta diferencia entre la fe y la incredulidad ha creado una diferencia también en las acciones humanas. Según el Corán, solo el creyente puede ser piadoso y virtuoso. Sin fe, ninguna obra puede calificarse de piadosa y recta, por muy buena que los habitantes del mundo la consideren. El Corán dice:
{Árabe}
«Solo quienes han traído la verdad y quienes la han confirmado son los piadosos». —(Sura Az-Zúmar: 33)
{Árabe}
«El Corán es una guía para los piadosos: aquellos que creen en lo oculto, establecen la oración y gastan de lo que les hemos proporcionado; aquellos que creen en el Libro que te ha sido revelado y en los Libros que fueron revelados antes de ti, y que tienen certeza de la vida futura». (Sura al-Baqara: 2-4)
Por tanto, desde la perspectiva del Corán, la fe es el fundamento mismo de la taqwa y de la piedad. Las buenas obras de quien posee fe florecen y se embellecen del mismo modo que los árboles plantados en jardines, en una tierra fértil y bajo un clima favorable, se vuelven vigorosos y se llenan de frutos y flores. En cambio, quien sigue realizando obras sin fe es como quien planta un jardín en una tierra estéril y pedregosa, bajo un clima adverso. 1 [1. Este asunto se ha expuesto en el Noble Corán mediante una parábola prácticamente semejante. Véase la sura al-Baqara, rukū 36.] Por esta razón, en todo el Noble Corán se ha dado prioridad a la fe sobre las buenas obras. Y en ninguna parte se ha declarado que las buenas obras carentes de fe sean un medio de salvación y prosperidad. 2 [2. Véanse, a modo de ejemplo, al-Baqara (3-9, 38), an-Nisā (24), al-Mā’ida (2), Hūd (2), an-Nahl (13), Tā-Hā (3-6), at-Tīn y al-‘Asr.] Más bien, si leen el Noble Corán con atención, sabrán que todos los mandatos morales y las disposiciones legales que presenta están dirigidos a los creyentes. Estos versículos comienzan con **********, o bien, mediante el estilo de exposición, se deja claro de una u otra forma que el llamado se dirige únicamente a los creyentes. En cuanto a los incrédulos, no se les ha llamado a las buenas obras, sino a la fe; y se ha declarado claramente que las obras de quienes no son creyentes carecen de todo valor: son vanas, carentes de sentido y están destinadas a desaparecer por completo.
***********
«El ejemplo de las obras de quienes han rechazado la fe es como un espejismo en el desierto. El sediento cree desde lejos que es agua; pero cuando llega allí, no encuentra nada». (Sura an-Nūr: 39)
**********
«Diles: “¿Queréis que os informemos de quiénes son los más perjudicados por sus obras? Son aquellos cuyos esfuerzos se han desperdiciado inútilmente en la vida mundana, mientras pensaban que estaban haciendo el bien. Ellos son quienes negaron las señales de su Señor y ni siquiera reconocieron la verdad de que tendrían que comparecer ante Él. Por ello, sus obras quedaron anuladas. El Día de la Resurrección no les concederemos ningún valor, y entrarán en el Infierno. Esa será la retribución por haber rechazado la fe y haber tomado a Mis señales y a Mis mensajeros a burla”». (Sura al-Kahf: 103-106)
Esto mismo se ha expuesto en las suras al-Mā’ida (rukū 1), al-An‘ām (10), al-A‘rāf (17), at-Tawba (3), Hūd (2), az-Zumar (7) y Muhammad (1). Y en la sura at-Tawba se ha declarado claramente que, aunque el incrédulo realice aparentemente buenas obras, jamás puede ser igual al creyente:
***********
«¿Acaso habéis considerado iguales a quienes dan de beber a los peregrinos y mantienen en buen estado la Mezquita Sagrada y a quien cree en Alá y en el Último Día y combate por la causa de Alá? Nunca pueden ser iguales ante Alá. Y Alá no guía a los injustos. Quienes creen, emigran y combaten por la causa de Alá con sus bienes y sus personas son de rango superior ante Alá. Y esos son los triunfadores». —(Sura At-Tawba: 19-20)
Resumen
De este análisis y de los versículos del Noble Corán presentados en apoyo del mismo se demuestran, sin duda alguna, varias cuestiones:
Primera: La fe es la piedra angular del sistema de vida islámico. Sobre ella se ha levantado todo el edificio de este sistema. Y la diferencia entre la incredulidad y el Islam se basa únicamente en la diferencia fundamental entre la fe y la ausencia de fe.
Segunda: La primera exigencia del Islam a las personas es la fe; solo después de aceptar esta exigencia de establecer la fe entra una persona dentro de los límites del Islam. Y para esto existen todas las normas morales y las leyes sociales del Islam. En cambio, quien rechaza esta exigencia se encuentra fuera de los límites definidos del Islam; no le son aplicables ni sus normas morales ni sus leyes sociales.
Tercera: Desde la perspectiva del Islam, la fe es la base fundamental de las obras. Solo la obra realizada sobre la base de la fe es valiosa e importante a sus ojos. Y allí donde esta base no existe en absoluto, todas las obras son infructuosas y carecen de sentido.
Una pregunta:
Algunas personas no logran comprender esta importancia de la fe. Dicen que no hay ningún misterio en aceptar ciertas doctrinas intelectuales que permita, sobre esa base, dividir a toda la humanidad en dos grupos; a nuestro juicio, lo esencial son la moral y el carácter, y de ello dependen las diferencias entre el bien y el mal, la verdad y la falsedad, y lo correcto y lo incorrecto. A quien posea una moral elevada, una naturaleza pura y un buen carácter, lo consideraremos una persona honrada y lo incluiremos entre los virtuosos, tanto si acepta como si no acepta esas doctrinas, es decir, las convicciones del Islam. En cambio, para quien carezca de estas cualidades, la diferencia doctrinal entre la fe y la incredulidad carece por completo de sentido. Cualquiera que sea la creencia que profese, lo consideraremos una mala persona. Según ellos, queda además otra cuestión: la importancia de las obras y su valor dependen de la fe, y ninguna obra puede considerarse una buena obra sin fe. En realidad, esto es una muestra de estrechez de miras. No puede aceptarse, sin ninguna prueba razonable, que la superioridad moral y las buenas obras de quien discrepa del Islam únicamente respecto de Alá, el Mensajero, el Libro o la Resurrección queden anuladas. Si el Islam considera verdadera una determinada creencia, puede sin duda proclamarla, llamar a la gente hacia ella e invitarla a creer en ella; pero ¿hasta qué punto es razonable extender la cuestión de la creencia al ámbito de la moral y las obras, y hacer depender de la fe la superioridad moral, la pureza de carácter y la excelencia de las obras?
A primera vista, esta cuestión parece tan importante que incluso algunos musulmanes han llegado a estar dispuestos a modificar los principios fundamentales del islam, influidos por ella. Pero, una vez comprendidos el significado de la fe y su relación con la naturaleza y el carácter, esta objeción se resuelve por sí sola.
Determinar la verdad o falsedad de la cuestión
Ante todo, es necesario saber que la diferencia entre el bien y el mal de una persona a otra depende fundamentalmente de dos bases distintas. La primera es la naturaleza innata del ser humano; su excelencia o deficiencia no está sometida a la propia voluntad de la persona. La segunda es la adquisición; que esta sea buena o mala depende, en realidad, del uso correcto o deficiente de la inteligencia y la capacidad de pensamiento, así como de la voluntad y la capacidad. Estas dos cosas están tan entrelazadas en la vida humana por sus respectivos efectos que no podemos separarlas entre sí, ni separar sus respectivos ámbitos de influencia. Sin embargo, como cuestión doctrinal, sabemos al menos que estas dos bases de la excelencia y la deficiencia están presentes por separado en la vida intelectual y práctica del ser humano. La excelencia o deficiencia fundada en la naturaleza innata no puede tener ninguna importancia, por su propia originalidad, en la balanza del juicio. Solo puede tener importancia la excelencia o deficiencia fundada en la adquisición.1 [1. Esto mismo se ha expuesto en el Corán. ************ Es decir, Alá no hace responsable a ninguna persona de una acción que exceda su capacidad. Recibirá el beneficio de todo lo que haya adquirido. Sobre ella recaerá la responsabilidad de todo lo que haya adquirido. Y la naturaleza innata, Alá la ha concedido a cada uno como ha querido. *********** Alá sabe muy bien qué proporción de la naturaleza innata y de la adquisición de una persona está presente en su vida. ***********] Ninguno de los esfuerzos que se realizan en favor de la educación, el buen consejo, la cultura, etc., está relacionado con la primera base —es decir, la naturaleza innata—, pues es imposible transformar la excelencia en deficiencia o la deficiencia en excelencia. Más bien, todos ellos están relacionados con la segunda base, la adquisición. Mediante una educación correcta y una formación adecuada se puede conducir hacia la deficiencia, y mediante una educación defectuosa y una formación errónea también se puede conducir hacia la deficiencia.
De acuerdo con este principio, ¿cuál puede ser el procedimiento correcto para quien desea orientar hacia la excelencia las capacidades adquiridas por el ser humano y desarrollarlas en esa dirección? Consiste en obtener un conocimiento correcto del ser humano y, a la luz de ese conocimiento, idear para él un método de formación capaz de moldear su moral y su naturaleza y carácter —en la medida en que estén relacionados con la adquisición— conforme a un buen patrón. En este asunto, es absolutamente indispensable que el conocimiento tenga prioridad sobre la formación. Ninguna persona inteligente puede negar esta prioridad. Porque el conocimiento, o ilm, es el fundamento de las obras; sin un conocimiento correcto, ninguna obra puede ser infalible.
Consideremos ahora el conocimiento. Hay un tipo de conocimiento relacionado con los detalles de nuestra vida práctica. Lo aprendemos o lo enseñamos en las escuelas y universidades, y está constituido por la combinación de innumerables ciencias, conocimientos y artes. El segundo tipo es el conocimiento verdadero, denominado en la terminología coránica (******), o el conocimiento único. No está relacionado con nuestras actividades y asuntos prácticos, sino con «nosotros». Su objeto de estudio es: ¿quiénes somos? En este mundo en el que vivimos, ¿cuál es nuestra posición? ¿Quién nos creó a nosotros y a este mundo? ¿Cuál es nuestra relación con ese Creador? ¿Cuál puede ser para nosotros el modo correcto de vivir —la guía y el Sirat al-Mustaqim— y cómo podemos conocerlo? ¿Cuál es el destino final de nuestro recorrido por la vida? En realidad, de esos dos tipos de conocimiento, solo el segundo puede reclamar primacía fundamental. Todos nuestros conocimientos detallados no son más que sus ramas y ramificaciones, y de la corrección o incorrección de este conocimiento depende la rectitud o desviación de todo nuestro pensamiento y nuestras acciones. Por ello, cualquier sistema que se establezca para la educación y la cultura humanas tendrá que fundarse precisamente en este conocimiento verdadero. Si el conocimiento fundamental es correcto e impecable, también serán correctos el sistema educativo y el cultural. Pero si hay alguna deformación en ese conocimiento, como consecuencia de ella todo el sistema de educación y cultura quedará deformado.
Las convicciones mencionadas en el Noble Corán acerca de Alá, los ángeles, el Libro, los mensajeros y el Día del Juicio Final están relacionadas precisamente con este conocimiento fundamental. La razón por la que se exige con un lenguaje tan enfático creer en esas convicciones es que todo el sistema cultural y educativo del islam depende por completo de ese conocimiento fundamental. Desde la perspectiva del islam, solo es una gestión correcta la que se funda exclusivamente en el conocimiento correcto para perfeccionar las capacidades adquiridas por el ser humano y organizar la cultura. Todo sistema establecido sin el conocimiento verdadero, o que no esté basado en un conocimiento correcto, es esencialmente erróneo. Por medio de él, las capacidades adquiridas por el ser humano han sido orientadas por un camino equivocado. Aunque los esfuerzos y afanes invertidos por las personas en esos caminos parezcan, a primera vista, tan correctos como sea posible, en realidad su utilización misma es errónea. Su dirección no está orientada hacia el destino final correcto. Nunca puede alcanzar el nivel del éxito. Por eso será destruido y el ser humano no podrá obtener de él ningún beneficio. Por esta razón, el islam ha denominado a su propio camino
«Sirat al-Mustaqim», o el camino fácil y recto, y ha exigido abandonar todos los caminos basados en la ignorancia o en un conocimiento erróneo:
********************************************* Y por eso el islam declara que todas las obras de quien no posee una fe purificada son vanas y que, al final, permanecerá fracasado. *************
Los conceptos doctrinales que el islam ha presentado son, para él, el único conocimiento, la única verdad, la única guía y la única luz. Si esta es su naturaleza, entonces los conceptos doctrinales opuestos deben ser necesariamente la única ignorancia, la única falsedad, el único extravío y la única oscuridad. Si el islam no exigiera rechazar aquellos conceptos con tanta firmeza y concediera a quienes sostienen esos conceptos erróneos el mismo valor que a quienes poseen una fe correcta, estaría admitiendo indirectamente que sus conceptos doctrinales no son la única verdad y que él mismo no tiene plena convicción de que sean la verdad, la guía y la luz. En tal situación, presentar esos conceptos, elaborar sobre su base un sistema de educación y cultura e invitar a la gente a incorporarse a dicho sistema se volvería completamente inútil. Pues si admitiera que otros conocimientos opuestos a este conocimiento absoluto son igualmente válidos, o que no hay ningún perjuicio aunque no exista conocimiento absoluto alguno, entonces presentar su conocimiento absoluto e invitar a creer en él perdería por completo su sentido. Y si además aceptara que, mediante un sistema de educación y cultura elaborado sobre la base de otros conocimientos opuestos a este conocimiento absoluto, o sin ningún conocimiento absoluto, las personas también pueden alcanzar el bienestar, entonces la invitación a seguir el sistema islámico perdería enteramente su importancia.
Además, si se recuerda la discusión anterior sobre el significado de la fe, se comprenderá fácilmente por qué el islam ha concedido tanta importancia a la fe. Los habitantes del mundo de la imaginación pueden construir palacios sobre arena, agua e incluso aire. Pero el islam es una religión llena de discernimiento. No puede construir el palacio de su educación y su cultura sobre una base frágil. Al contrario, antes que nada establece una base sólida en lo profundo del alma humana y de su facultad de pensamiento.
Sobre ella levanta un edificio que no se inclina por mucho que alguien intente hacerlo tambalear. Ante todo, fija firmemente en la mente de la persona esta verdad: por encima de ti está un solo Dios; Él es tu juez y legislador tanto en este mundo como en el Más Allá, y de Su reino y autoridad no puedes escapar de ningún modo. Ninguna de tus palabras está oculta para Él. Para guiarte, ha enviado mensajeros y, por medio de ellos, te ha otorgado el Libro y la sharía. Siguiéndolos, puedes obtener la complacencia del verdadero gobernante, juez y legislador. Si obras en contra de Él, por muy oculta que permanezca tu desobediencia, ciertamente te aprehenderá y no dejará de castigarte por ella. Después de grabar profundamente esta impresión en el corazón humano, enseña la rectitud natural y el buen carácter. Expone las normas y prohibiciones relativas a la justicia y la injusticia, y precisamente por la fuerza de esa impresión de fe hace que la gente siga sus propias enseñanzas y obedezca sus normas y prohibiciones. Cuanto más profunda sea esta impresión, más completa será la observancia de la gente, más firme será su obediencia y más fuerte será también el método de cultura y formación. Pero si esta impresión es débil y superficial, si no existe en absoluto o si no se ha grabado ninguna otra impresión en la mente en su lugar, todo el sistema de educación moral se volverá completamente carente de sentido, las normas y prohibiciones sobre la justicia y la injusticia quedarán totalmente debilitadas y relajadas, y toda la organización de la educación y la cultura se convertirá en una casa de juegos infantiles. Por tanto, en la práctica no habrá ninguna garantía de su establecimiento o estabilidad. Puede ser hermosa, espaciosa y elevada, pero ¿dónde estarán su firmeza y estabilidad? Esto mismo lo expuso el Sagrado Corán mediante una parábola:
**************
«¿No has visto cómo Dios propone el ejemplo de la palabra pura (la creencia correcta)? Es como un árbol bueno: sus raíces están firmemente arraigadas bajo tierra y sus ramas se extienden hasta el cielo. Da fruto continuamente, con el permiso de su Señor. Dios expone ejemplos para la gente, a fin de que reflexione. Y el ejemplo de la palabra impura (la creencia errónea) es como el de un árbol malo: puede ser arrancado desde la superficie de la tierra; no tiene ninguna firmeza ni solidez. Dios fortalece a los creyentes, mediante una palabra firme (una fe madura), tanto en la vida de este mundo como en la del Más Allá, y deja a los injustos en tal estado de extravío. Dios hace lo que quiere». —Sura de Ibrahim, 24-27
Hasta aquí se ha arrojado una mirada general sobre cinco asuntos incluidos en la fe. Ahora habrá que examinar en detalle qué creencia presenta el islam acerca de cada uno de ellos; cuál es la necesidad y la razón de ser de cada creencia; qué influencia ejerce sobre la facultad de pensamiento humana; y cómo, una vez que arraiga firmemente en la mente y el corazón de las personas, se forma y estructura un carácter recto y sólido.
3. La fe en Dios
La importancia de la fe en Dios
En el sistema integral de creencias y prácticas del islam, la primera y fundamental cuestión es la fe en Allah. Todos los demás aspectos y categorías de la creencia y la fe no son sino ramas de ese único tronco principal. Todas las normas morales y leyes sociales del islam obtienen su fuerza de ese punto central. El origen y el lugar de retorno de todo cuanto existe aquí es la esencia de Allah. La razón para creer en los ángeles es que son los ángeles de Allah. La razón para creer en los profetas es que son enviados por Allah. La razón para creer en el Día de la Resurrección es que es el día del juicio y la rendición de cuentas establecido por Allah. Las obligaciones religiosas se han hecho obligatorias porque Allah las ha prescrito. Los derechos recíprocos son verdaderamente derechos porque dependen del mandato de Allah. Promover el bien y prevenir el mal es obligatorio porque Allah lo ha ordenado. En suma, todo elemento del islam, ya pertenezca a la creencia o a la práctica, está fundamentado en esta fe en Allah. Si se elimina esta única cuestión, los ángeles y el Día de la Resurrección pierden por completo su importancia. Los profetas, los mensajeros y los Libros que trajeron dejan de ser dignos de obediencia. Las obligaciones, los deberes, la obediencia, los derechos y demás pierden su significado. Los mandatos, las prohibiciones y las normas dejan de tener carácter obligatorio. En definitiva, en cuanto se retira este único punto central, todo el sistema del islam se desmorona por completo; más aún, deja de existir algo que pueda llamarse islam.
La concepción amplia de la fe en Allah
La creencia que actúa como punto central y fuente de fuerza en este vasto sistema ideológico y práctico no consiste solamente en afirmar: «Allah existe». Más bien, contiene también una concepción completa y correcta de los atributos de Allah —en la medida en que el ser humano puede concebirlos—, y de esta concepción de Sus atributos se obtiene una fuerza que se extiende sobre todo el conjunto de las capacidades ideológicas y prácticas del ser humano y ejerce autoridad sobre ellas. El simple reconocimiento de la existencia del Creador no es algo que pueda calificarse como una característica distintiva del islam. Otros pueblos también han reconocido de alguna manera la existencia del Creador. En realidad, lo que ha otorgado al islam superioridad sobre todas las religiones y credos es que ha presentado una concepción correcta, completa y amplia de los atributos del Creador. Además, al convertir ese conocimiento en fe, e incluso en fundamento de la fe, se han realizado con su ayuda obras tan grandes en la purificación del alma, la reforma moral, la organización de las acciones, la promoción del bien, la prevención del mal y la fundación de la civilización, que ninguna religión ni pueblo del mundo ha podido realizar algo semejante.
La forma resumida de la fe en Allah —cuya confesión verbal y creencia sincera han sido declaradas condición inicial y necesaria para entrar en el islam— es la profesión de fe «La ilaha illallah». Es decir, reconocer con la lengua y creer con el corazón que no existe ningún otro «ilah» (Señor) aparte del Ser Supremo conocido con el nombre de Allah. En otras palabras, su significado es que hay que separar la divinidad de todas las cosas del universo y atribuirla exclusivamente a un solo Ser; y hay que vincular con ese único Ser todas las emociones y sentimientos, ideas y concepciones, pensamientos e imaginaciones, creencias y actos de adoración y obediencia prescritos para la divinidad. Los elementos fundamentales de esta breve profesión de fe son tres:
Primero: la concepción del señorío.
Segundo: su negación respecto de todo el conjunto de las cosas.
Tercero: su afirmación exclusivamente para Allah.
En realidad, todo cuanto se ha dicho en el Noble Corán acerca de la esencia y los atributos de Allah no es sino una explicación detallada de estos tres puntos.
En primer lugar, ha presentado una concepción tan completa y exacta de la «divinidad» (*****) que no podemos encontrarla en ningún libro ni religión del mundo. Sin duda, esta concepción existe de algún modo entre todas las naciones y comunidades. Sin embargo, en todas partes es errónea o incompleta. En algunos lugares se ha llamado «divinidad» (*****) al principio; en otros, se la ha entendido únicamente como el comienzo. En algunos se la considera fuente de fuerza y poder, mientras que en otros no es más que un objeto de temor y terror. En unos casos es solo el centro del amor, y en otros significa únicamente satisfacer las necesidades y aceptar las súplicas. En algunos lugares se la ha mancillado con ídolos e imágenes. En unos se dice que habita en el cielo, mientras que en otros desciende al mundo adoptando forma humana. Todas estas concepciones erróneas e incompletas solo han sido purificadas y perfeccionadas por el Noble Corán. Este Libro Sagrado ha conferido pureza y grandeza a la divinidad (******). Él nos ha enseñado que solo puede ser «Ilah» o Señor aquel que es independiente de toda necesidad, independiente de los demás, autosuficiente y eterno; aquel que existe desde siempre y permanecerá para siempre; aquel que es el soberano absoluto y omnipotente; aquel cuyo conocimiento lo abarca todo; cuya misericordia y benevolencia se extienden a todos; cuyo poder prevalece sobre todos; cuya sabiduría e inteligencia no tienen defecto alguno; cuya justicia y equidad no contienen ni el menor rastro de opresión; aquel que da la vida y proporciona los medios necesarios para sustentarla; aquel que posee todo poder sobre el bien y el mal, el beneficio y el perjuicio; de cuya benevolencia y protección todos dependen; hacia quien retornan todas las criaturas; aquel que toma cuentas a todos y es el único dueño del castigo y la recompensa. Además, estos atributos de la divinidad no son divisibles ni fragmentables, de modo que puedan existir varios dioses al mismo tiempo y que estén dotados de todos los atributos mencionados o de una parte de ellos; tampoco son algo temporal o sujeto al tiempo, de modo que un dios posea alguna vez esos atributos y en otro momento no; ni son algo transferible, de modo que hoy se encuentren en un dios y mañana en otro.
Después de presentar esta concepción completa y pura de la divinidad, el Corán ha demostrado, con su estilo de expresión único, que no es correcto aplicar este significado a ninguna de las cosas o fuerzas del universo. Pues todas las criaturas del mundo dependen de otros, están sometidas y son perecederas y destructibles. Lejos de poder beneficiar o perjudicar a otros, ni siquiera son capaces de apartar de sí mismas el perjuicio. El origen de sus actos y de sus efectos y reacciones no se encuentra en su propia esencia; todas reciben de algún otro lugar su fuerza vital, su capacidad de actuar y su poder de influir. Por tanto, no existe en el universo ninguna cosa que posea ni el más mínimo derecho a la divinidad ni que pueda tener derecho a recibir siquiera una parte de nuestra servidumbre y obediencia.
Después de esta negación, reserva la divinidad para una sola Esencia, cuyo nombre es «Allah». Al mismo tiempo, exige a los seres humanos que, rechazando a todos los demás, tengan fe únicamente en Él; que se postren ante Él, lo honren, lo amen, le teman, depositen en Él sus esperanzas, le dirijan sus súplicas y confíen en Él en toda circunstancia; que lo tengan siempre presente; que un día tendrán que regresar a Él y rendirle cuentas, y que su buen o mal destino dependerá de Su decisión.
Beneficios morales de la fe en Allah
La fe en Allah que se arraiga en el corazón humano junto con esta amplia concepción de los atributos de la divinidad contiene beneficios extraordinarios que no pueden alcanzarse mediante ninguna otra creencia o convicción.
Amplitud de miras
El primer beneficio de la fe en Allah es que amplía la perspectiva del ser humano tanto como se extiende el reino infinito de Allah. Mientras contempla el mundo teniendo en cuenta sus propios intereses, su mirada permanece confinada dentro de un estrecho círculo en el que están limitados su fuerza y poder, su conocimiento e inteligencia y sus deseos y aspiraciones; dentro de ese círculo busca aquello que satisfaga sus necesidades. Teme y se encoge ante los poderosos que se encuentran dentro de ese círculo, mientras ejerce su dominio sobre los débiles y los impotentes. Dentro de ese mismo círculo quedan limitadas su amistad y enemistad, su afecto y odio, su respeto y desprecio, sin que tenga otro criterio que el interés personal. Pero, después de creer en Allah, su mirada traspasa los límites de su propio entorno y se extiende sobre todo el universo. Entonces contempla el universo no desde la perspectiva de sus propios intereses, sino desde la relación con el Generoso Señor. A partir de ese momento establece una relación diferente con cada cosa de este vasto mundo. Ya no ve en ellas a quien pueda satisfacer sus necesidades, a un poderoso, a alguien perjudicial ni a alguien beneficioso. Ya no encuentra a nadie digno de honor o desprecio, de temor o de esperanza. Su amistad o enemistad, su afecto u odio, ya no se determinan en función de sí mismo, sino por Allah. Observa que Allah, en quien creo, no es únicamente el Creador y Sustentador de mí, de mi linaje o de mis compatriotas, sino el Creador de los cielos y la tierra enteros y el Sustentador de todos los mundos. Su autoridad y soberanía no se limitan a mi país; Él es el Rey de los cielos y la tierra y el Sustentador de toda la creación. No soy yo el único que le rinde adoración y servidumbre; todas las cosas de los cielos y la tierra se han sometido ante Él. ************* (**********)********** Todos están ocupados alabándolo, proclamando Su pureza y glorificándolo. **********************(********)******* En este contexto, cuando contempla el universo, nadie queda oculto a su mirada; todos aparecen espontáneamente ante sus ojos. Su compasión, su amor y su servicio no quedan confinados dentro de un círculo cuyos límites hayan sido establecidos en función de sus relaciones personales.
Por consiguiente, quien cree en Allah nunca puede tener una visión estrecha. Su perspectiva es tan amplia que incluso la palabra «internacionalismo» (Internationalism) resulta demasiado limitada para describirla. Debería llamársele más bien «universalista» y «creacionista».
Dignidad personal
Además, esta fe en Allah es precisamente la que rescata al ser humano de la humillación y lo eleva al grado más alto de honor propio y dignidad. Mientras no conocía a Allah, inclinaba la cabeza ante todo objeto poderoso del mundo, ante toda cosa beneficiosa o perjudicial y ante todo objeto grandioso y majestuoso. Sentía temor de ellos. Extendía las manos ante ellos. Les dirigía sus súplicas y depositaba en ellos sus esperanzas. Pero cuando conoció a Allah, comprendió que aquellos ante quienes extendía las manos dependían ellos mismos de otros y eran necesitados (************)-**************; aquellos a quienes adoraba y obedecía no eran más que esclavos, igual que él. :***********
Aquellos de quienes esperaba ayuda no solo eran incapaces de ayudarlo, sino que ni siquiera podían ayudarse a sí mismos. *************(*********)-*********** Pues el verdadero dueño del poder es Allah. (************)-*************** Él es el gobernante, el legislador y quien da las órdenes. (*************)-************** Fuera de Él no hay ningún auxiliador, protector ni respaldo. *********** La ayuda solo procede de Él.
****(************)-************ Él es el único Proveedor. (**************)-**************** Las llaves de los cielos y de la tierra están en Su mano. *************(*********)-***** Él es quien da la muerte y la vida; sin Su permiso, nadie puede matar a otro ni darle la vida. *************
El verdadero poder para beneficiar o perjudicar está bajo Su dominio. *************
Después de adquirir este conocimiento, se vuelve independiente, intrépido e impávido frente a todas las fuerzas del mundo. No inclina la cabeza ante ninguna fuerza salvo Allah. No extiende las manos ante nadie salvo Allah. En su corazón no hay lugar para la superioridad ni la grandeza de nadie salvo Allah. No suplica ni deposita sus esperanzas en nadie salvo Allah.
Humildad y modestia
Pero este honor propio no es un falso honor propio adquirido gracias a su fuerza, riqueza, capacidad o talento. Esta dignidad tampoco es la que surge, incluso en una persona descarriada, a causa del orgullo y la arrogancia. Más bien, es el resultado de comprender correctamente la relación de uno mismo con Allah y con toda la creación. Por eso, entre quienes creen en Allah se establece una relación inseparable entre el honor propio y la humildad, y entre la dignidad y la modestia y la ternura. Sabe que, ante la fuerza y el poder de Allah, yo soy completamente impotente. *********** Ni yo ni ninguna otra criatura podemos salir del dominio de Allah. ************** ¿Qué soy yo, sino que el universo entero depende de Allah, mientras que Allah es independiente y no necesita de nadie? *********** Todo cuanto hay en los cielos y en la tierra pertenece a Allah. *********** Y todo favor y riqueza que yo haya recibido, lo he recibido de Allah. Después de una creencia semejante, ¿dónde pueden quedar el orgullo y la arrogancia? El fruto inevitable de la fe en Allah es precisamente que hace al ser humano humilde de pies a cabeza.
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«Los siervos distinguidos del Misericordioso son quienes caminan por la tierra con humildad y, cuando los ignorantes les dirigen palabras ignorantes, se apartan diciendo: “Paz”.» (Sura Al-Furqán: 63)
Desaparición de las falsas esperanzas
Otro beneficio de conocer correctamente la relación entre el Creador y la creación es que, gracias a ello, llegan a su fin todas las falsas esperanzas y las falsas seguridades surgidas de la ignorancia. Al mismo tiempo, la persona comprende claramente que, para ella, no existe otro camino hacia la salvación y el bienestar que la creencia correcta y las buenas obras. En cambio, algunos de quienes están privados de este conocimiento creen que existen muchas pequeñas divinidades asociadas a la obra de Allah; las halagaremos y conseguiremos que intercedan por nosotros. ************ Otros creen que Allah tiene un hijo y que ese hijo ha expiado nuestros pecados, asegurándonos así el derecho a la salvación. Algunos piensan que nosotros mismos somos hijos de Allah y sus predilectos. ************ Hagamos lo que hagamos, no podemos ser castigados.
Muchas esperanzas erróneas de este tipo mantienen constantemente a la gente atrapada en el ciclo del pecado y las transgresiones. Pues, confiando en ellas, se vuelven negligentes respecto a la purificación de sí mismos y a la rectificación de sus actos. Pero la fe en Allah que enseña el Corán no deja lugar alguno para las falsas esperanzas. Afirma que ninguna nación ni comunidad tiene una relación especial con Allah. Todos son Su creación y Él es el Creador de todos. *********** Toda grandeza y distinción dependen del «taqwa». **************** Allah no tiene hijo, ni asociado ni auxiliador. ***************** Aquellos a quienes consideráis hijos Suyos o asociados de Él son todos Sus siervos y esclavos. (Árabe*****) Nadie se atreve siquiera a interceder sin Su permiso. (Árabe*****) Si desobedecéis, ningún intercesor ni auxiliador podrá salvaros de Su poder. (Árabe*****)
Esperanza y paz mental
Junto con ello, la fe en Allah crea en la persona una actitud esperanzada que jamás es vencida por la desesperación ni el desaliento, bajo ninguna circunstancia. En realidad, para el creyente la fe es un tesoro inagotable de esperanzas y aspiraciones, del que obtiene continuamente recursos permanentes e ininterrumpidos de fuerza interior y tranquilidad espiritual. Aunque se le cierren todas las puertas del mundo, se le prive de todos los medios y los recursos lo abandonen uno tras otro, el apoyo del Único Allah nunca lo abandona. Apoyándose en Él, permanece siempre animado por la esperanza y las aspiraciones. Esto se debe a que Allah, en Quien ha creído, ha dicho: «Estoy muy cerca de vosotros y escucho vuestra súplica». (Árabe*****) «No temáis la injusticia por parte Mía, porque Yo no soy injusto». (Árabe*****) «Al contrario, esperad Mi misericordia, pues Mi misericordia se extiende sobre todas las cosas». (Árabe*****) «Solo desespera de Mi misericordia quien no cree en Mí». (Árabe*****) En cambio, para el creyente no hay lugar alguno para la desesperación. Si comete una falta, que Me pida perdón y Yo lo perdonaré. (Árabe*****) En otro lugar: (Árabe*****) «Si los medios mundanos no lo ayudan, que abandone su confianza en ellos y se aferre a Mí; entonces el miedo, el temor y la angustia tampoco se acercarán a él. Mi recuerdo es (Árabe*****) aquello por lo cual el corazón humano alcanza estabilidad y tranquilidad». (Árabe*****)
Paciencia, perseverancia y confianza (Árabe*****)
Además, esta esperanza se desarrolla y asciende a las cumbres de la paciencia, la perseverancia y la confianza en Allah, donde el corazón del creyente se vuelve firme y sólido como un terreno de roca dura. Ni siquiera todos los peligros, hostilidades, penas, sufrimientos, pérdidas y fuerzas adversas del mundo reunidos pueden hacerlo tambalearse de su posición. El ser humano no puede adquirir esta fuerza por ningún medio aparte de la fe en Allah. Pues quien no cree en Allah se apoya en medios materiales o imaginarios que, en realidad, no poseen ninguna fuerza. Quien depende de ellos, en última instancia, se aferra a una tela de araña. La vida de quien depende de un apoyo tan débil está destinada a debilitarse. Pero quien confía en Allah y se aferra a Él cuenta con un apoyo tan firme que jamás puede hacerse añicos. Con él está la fuerza invencible del Señor de los mundos; ¿qué fuerza podría prevalecer sobre ella? Ni siquiera todas las calamidades y desgracias del universo reunidas pueden apartarlo de su paciencia, perseverancia, determinación y firmeza. Pues, según su convicción, todo lo bueno y lo malo procede de Allah. Todo cuanto llega en forma de calamidad y aflicción llega conforme al decreto de Allah, y nadie salvo Allah puede retrasarlo.
La fuerza sobrehumana con la que los profetas afrontaron terribles calamidades en el mundo, lucharon solos contra grandes imperios y pueblos poderosos, avanzaron decididos a conquistar el mundo sin recursos materiales y continuaron su misión incluso frente a la violenta tempestad de las adversidades, era la fuerza de este sabr y tawakkul, es decir, de la paciencia, la perseverancia y la confianza. Como ejemplo, observen la vida de Hazrat Ibrahim (a.s.). Discutió con el gobernante tiránico de su país, se arrojó sin temor al fuego y, finalmente, salió de su patria sin ningún medio ni recurso. Del mismo modo, observen la vida de Hazrat Hud (a.s.). ¡Vean cómo desafió el formidable poder del pueblo de Ad!
(Árabe*****************************)
«Tramen todos juntos contra mí y no me deis ningún respiro. Yo he puesto mi confianza en Allah, mi Señor y vuestro Señor. No hay criatura cuyo destino no esté en Sus manos». (Sura Hud: 55-56)
Del mismo modo, observen la vida de Hazrat Musa (a.s.). Confiando únicamente en Allah, se enfrentó al formidable poder del Faraón. Cuando el Faraón lo amenazó con matarlo, respondió: «He buscado refugio, frente a todo soberbio, en Aquel que es mi Señor y vuestro Señor». Cuando abandonaba Egipto, el Faraón lo perseguía con todas sus tropas. Su pueblo, presa del miedo, decía que los enemigos los habían rodeado. Pero él respondió con gran serenidad mental: «¡De ningún modo! Allah está conmigo; Él me guiará por el camino de la paz y la seguridad». Por último, observen al Profeta Muhammad (s.a.w.). Durante la Hégira se refugió en una cueva de la montaña. Solo un compañero estaba con él. Los incrédulos sedientos de sangre llegaron hasta la entrada misma de la cueva. Sin embargo, ni siquiera entonces mostró inquietud. Al contrario, dijo a su compañero: «No te angusties en absoluto; Allah está con nosotros». ¿De qué otra cosa, aparte de la fe en Allah, podrían obtenerse semejante fuerza invencible, semejante determinación de acero y semejante firmeza comparable a una montaña?
Valentía
Otra cualidad semejante también se desarrolla de manera extraordinaria mediante la fe en Allah: el valor, la intrepidez, la bravura y el heroísmo. Dos cosas convierten al ser humano en temeroso y cobarde. La primera es el amor por su propia vida, su familia y sus bienes. La segunda es el miedo, que surge de la falsa creencia de que el verdadero poder de causar daño, destrucción y perjuicio reside en los objetos utilizados como armas. La fe en Allah elimina ambas cosas del corazón humano. Por las venas y arterias del creyente fluye la convicción de que Allah es quien más merece ser amado. En su corazón se arraiga firmemente la idea de que las riquezas, los hijos y la descendencia no son más que los adornos de la vida mundana; su destrucción, tarde o temprano, es inevitable. Lo que se obtiene de Allah es imperecedero e indestructible, algo que jamás será destruido. La vida mundana dura apenas unos días; aunque hagamos innumerables esfuerzos para protegerla, es absolutamente seguro que un día llegará la muerte.
Por tanto, ¿no deberíamos consagrar esta vida pasajera a aquella vida dichosa y llena de felicidad que se obtendrá de Allah?
¿No deberíamos dedicar los placeres pasajeros del mundo y los intereses temporales a obtener la complacencia de Allah, quien es el verdadero dueño de nuestras vidas y nuestros bienes, y quien puede concedernos a cambio una vida mejor y un bien aún mayor?
(Árabe******************)
Hablemos ahora del temor. Al creyente se le enseña que el verdadero poder para causar daño y destrucción no reside en los seres humanos, los animales, las municiones, las espadas, la madera ni las piedras, sino que está en las manos del poder absoluto de Allah. Aunque todas las fuerzas del mundo se unieran para dañar a alguien, si Allah no lo permite, ni siquiera podrían torcerle un cabello. Nadie puede morir antes del momento que Allah le ha fijado. Y cuando llega el momento señalado de la muerte, tampoco puede retrasarse por ninguna excusa. Por tanto, siendo así las cosas, se debe temer a Allah antes que a los seres humanos. En realidad, Él es el Único a quien se debe temer. Dudar en luchar por la causa de Allah es propio de quienes no tienen fe en el corazón, pues temen más a los seres humanos que a Allah. En cambio, quien es un verdadero creyente, en lugar de asustarse al ver al enemigo, se vuelve aún más valiente e intrépido, porque no depende de ninguna fuerza terrenal, sino de Allah. En la sura Al Imrán se dice:
Contentamiento con poco y satisfacción interior
Esta fe en Allah elimina del corazón humano las despreciables tendencias de la codicia y la envidia, que lo impulsan a adoptar medios viles e ilícitos para alcanzar sus intereses y provocan la corrupción de la sociedad humana. Con la fe nacen en la persona el contentamiento con poco y la satisfacción interior. No compite ni rivaliza con los demás. Nunca se apresura a vengar la opresión y la injusticia. Busca siempre, por medios honorables, las mercedes y los bienes de su Señor; y considera un don de Allah todo cuanto recibe, sea mucho o poco, aceptándolo con gratitud y sumisión. Al creyente se le enseña que la excelencia y la preeminencia están en manos de Allah: Él se las concede a quien quiere. El sustento está en manos de Allah: Él lo concede cuanto quiere y a quien quiere. El poder del Estado y la autoridad de gobierno están bajo el dominio de Allah: Él convierte en gobernante a quien quiere. La riqueza y el honor están en Sus manos: honra a quien quiere y humilla a quien quiere. Asimismo, es Allah quien ha establecido que unos reciban en mayor medida y otros en menor medida los honores, riquezas, poder, belleza, fama y demás bienes y mercedes mundanos. Allah conoce mejor que nadie la justicia y la sabiduría de Sus actos. No corresponde al ser humano intentar cambiar el orden que Él ha establecido, y tal intento tampoco tiene posibilidad de éxito.
Reforma de la moral y disciplina de las acciones
La vida social es la que más se beneficia de la fe en Allah. Gracias a ella despierta entre los miembros de la sociedad el sentido de la responsabilidad. En sus almas nace la pureza y en sus actos surge la piedad. Sus transacciones mutuas se vuelven sanas y puras; despierta el espíritu de obediencia a la ley; se desarrolla la capacidad de obedecer, contenerse y mantener la disciplina, y las personas, purificándose interiormente bajo la influencia de una poderosa fuerza invisible, llegan a estar preparadas para formar una sociedad recta y cohesionada. En realidad, este es el poder milagroso de la fe en Allah, y para esto ha sido establecida. Ninguna fuerza mundana de discernimiento, ni la educación ni los sermones y exhortaciones, puede realizar la reforma moral y el establecimiento de la disciplina en las acciones de una manera tan amplia y sobre una base tan profunda. El alcance de las fuerzas mundanas no llega hasta el alma, sino únicamente hasta el cuerpo; y ni siquiera sobre el cuerpo ejercen un control constante y universal. La influencia de la educación y de los sermones tampoco va más allá del entendimiento y las inclinaciones; las pasiones no solo permanecen libres de su influencia, sino que además no dejan de vencer y cubrir el entendimiento. La fe es algo que, con todo su poder reformador y organizador, llega hasta las regiones más profundas del corazón y del alma humana. Allí hace surgir una conciencia fuerte y despierta, que en todo momento y lugar guía al ser humano por el camino sencillo y recto de la taqwa y la obediencia. Incluso en las inclinaciones más inmorales, la reprobación y el reproche de esa conciencia dejan necesariamente alguna huella.
Este beneficio extraordinario se obtiene únicamente mediante la convicción acerca del poder de Allah, que es una parte indispensable de la fe. En diversos lugares, el Sagrado Corán advierte a las personas que el conocimiento de Allah abarca todas las cosas y que nada puede permanecer oculto para Él.
(Árabe**************)
A Allah pertenecen el oriente y el occidente; hacia dondequiera que volváis vuestro rostro, allí está Allah. Sin duda, Allah es inmensísimo y sabio.
(Árabe***************)
«Estéis donde estéis, Allah os convocará a todos; sin duda, Allah tiene poder sobre todas las cosas.»
(Árabe*************)
Sin duda, nada de cuanto hay en los cielos y en la tierra está oculto a Allah. —(Sura Al Imrán: 5)
(Árabe**************)
«A Él pertenecen las llaves de lo oculto, cuyo conocimiento nadie posee excepto Él. Él conoce todo cuanto hay en la tierra y en el mar. Incluso si cae una hoja en la tierra, Allah lo sabe. No hay grano alguno en las oscuras tinieblas de la tierra, ni cosa seca o húmeda, que no esté registrada en un Libro claro.» —(Sura Al An‘am: 59)
(Árabe************)
“Nosotros hemos creado al ser humano y sabemos lo que su nafs le susurra. Estamos más cerca de él que su vena yugular”. —(Sura Qaf: 16)
(Árabe***********)
“No hay conversación secreta entre tres personas sin que Él sea la cuarta, ni entre cinco sin que Él sea la sexta. Asimismo, no hay reunión de menos o más personas sin que Él esté con ellas, dondequiera que se encuentren”. —(Sura Al-Muyádila: 7)
(Árabe************)
“Pueden ocultarse de la gente, pero no pueden ocultarse de Allah, quien está con ellos cuando, durante la noche, conversan en contra de Su complacencia. Y Allah abarca todo lo que hacen”. —(Sura An-Nisá: 108)
(Árabe************)
“¿Acaso no saben que Allah conoce todo lo que hacen, en secreto y en público?”. —(Sura Al-Báqara: 77)
(Árabe***********)
«Dos ángeles encargados del control se sientan a la derecha y a la izquierda de cada persona y la vigilan; no sale de su boca palabra alguna sin que haya un vigilante dispuesto a registrarla». — (Sura Qaf: 17-18)
(Árabe***********)
«Tanto si alguno de vosotros habla en secreto como en voz alta, tanto si se oculta en la oscuridad de la noche como si se desplaza a la luz del día, hay espías de Allah delante de él y detrás de él que, por orden de Allah, observan sus movimientos». — (Sura ar-Ra‘d: 10-11)
Al mismo tiempo, se ha grabado profundamente en la mente humana que un día, sin duda, tendrá que comparecer ante Allah (árabe***********) y rendir cuentas de cada cosa. (árabe*****************) El castigo de Allah Todopoderoso es sumamente severo. (árabe**************)
Este convencimiento, que se ha intentado arraigar de diversas maneras en la mente humana, es en realidad la fuerza efectiva de todo el sistema jurídico del islam. Los límites que el islam ha establecido entre lo haram y lo halal, así como las normas que ha prescrito en materia de moralidad, relaciones sociales y transacciones mutuas, no dependen en realidad de soldados, policías, educación o buenos consejos para ser aplicados; adquieren su fuerza efectiva de la convicción de que quien los regula es un gobernante todopoderoso cuyo conocimiento y poder abarcan todas las cosas. Quien desobedece Sus mandatos no puede ocultar su delito ni es capaz de protegerse de Su interrogatorio. Por eso, en diversos pasajes del Noble Corán, después de mencionar las normas y mandatos, se pronuncia esta advertencia: estos son límites especiales establecidos por Allah Todopoderoso; ¡cuidado!, no los transgredáis. (árabe***************) Recordad que, hagáis lo que hagáis, Allah lo ve todo. (árabe************)
4. La fe en los ángeles
El propósito de la fe en los ángeles
En realidad, creer en los ángeles es la perfección de la fe en Allah y su complemento necesario. El propósito no es simplemente reconocer la existencia de los ángeles, sino comprender su lugar correcto en el orden del universo, para que la fe en Allah se establezca sobre un tawhid puro y quede libre de toda mezcla de shirk y de adoración de todo lo que no sea Allah.
Como ya se ha dicho, en todas las naciones y religiones existe, de una u otra forma, una idea general acerca de los ángeles. Sobre la base de esa idea, las distintas religiones han edificado diversas estructuras de creencias. Según algunos, los ángeles son hijos de la naturaleza y fuerzas naturales que gobiernan las distintas ramas y ramificaciones del orden universal. Para otros, son dioses, cada uno de los cuales dirige un departamento de la gran fábrica del universo: uno es señor del viento, otro de la lluvia, otro de la luz, otro del calor y otro del fuego. Según la creencia de algunos, son representantes y auxiliares de Allah. Para otros, poseen diversidad; según algunos, son meramente conciencia; y, según otros, no son más que una creación de la imaginación de Allah. Algunos incluso los consideran hijos de Allah.
Otros creen que poseen cuerpos materiales. Algunos los consideran abstractos e incorpóreos. Otros los han identificado con estrellas brillantes y astros en movimiento. Y algunos han elaborado otras asombrosas fantasías acerca de ellos. En resumen, entre los fundadores de religiones está ampliamente extendida la idea de que los ángeles son, de algún modo, partícipes de la divinidad de Allah. Por eso se les ha dirigido la oración y se les ha llamado cumplidores de necesidades, oyentes de quejas e intercesores. Y por esta razón el dominio del shirk es tan poderoso en el mundo.
El lugar de los ángeles en el orden universal: por un lado, el Corán ha establecido un tawhid puro y completo respecto a la existencia, los atributos y las acciones de Allah; por otro, para cerrar para siempre la puerta del shirk, ha presentado una concepción correcta y auténtica acerca de los ángeles. El Corán no ha tratado el misterio de los ángeles, porque tal discusión es completamente superflua y carece de todo contenido sustancial. No contiene ningún beneficio para el ser humano, ni este es capaz de comprenderlo. La cuestión fundamental era cuál es el lugar de los ángeles en el orden universal. El Noble Corán ha dado una respuesta sumamente clara a esta pregunta. Se ha dicho que los ángeles no son hijos de Allah ni partícipes de Sus obras, sino únicamente Sus siervos y esclavos.
(Árabe***************)
«Los incrédulos dijeron: “El Misericordioso ha tomado un hijo”. ¡Glorificado sea! Ellos [los ángeles] no son sino Sus siervos honrados; no se adelantan a hablar ante Él. Solo hacen lo que Él les ordena. Él conoce todo lo que está delante de ellos y lo que está detrás de ellos. No pueden interceder sino por aquel con quien Él está complacido» (sura Al-Anbiyá, 26-28).
Son administradores o secretarios ejecutivos (árabe*******). Es decir, solo administran las tareas que Allah les encomienda. Lejos de ser partícipes de la divinidad, no poseen siquiera la fuerza necesaria para mover una hoja. Su función consiste únicamente en servir, someterse y obedecer. No dejan de orar y recitar sus letanías ni siquiera por un instante; por el contrario, pasan cada momento alabando y glorificando a su propio Señor.
(Árabe*************)
«El relámpago glorifica Su santidad con alabanzas, y los ángeles glorifican Su santidad con temor reverencial. (Sura ar-Ra‘d: 13)
»Todo cuanto hay en los cielos y todo cuanto se mueve sobre la tierra se postra ante Allah. Y los ángeles tampoco se rebelan ni desobedecen; temen a su Señor glorificado y cumplen las órdenes que reciben». —(Sura an-Nahl: 49-50)
(Árabe*************)
«A Él pertenece todo cuanto hay en los cielos y en la tierra, y cuanto está junto a Él. Ellos (los ángeles) no
desobedecen Su adoración, ni se cansan; más bien, día y noche se mantienen ocupados glorificándolo y nunca muestran negligencia». —(Sura al-Anbiyā’: 19-20)
(Árabe*************)
«Nunca desobedecen las órdenes que Allah les ha dado; cumplen únicamente las instrucciones que reciben».
En esta concepción no hay ningún espacio para el politeísmo. Pues aquellos sobre quienes podía imaginarse una divinidad han demostrado ser siervos sometidos y obedientes, como nosotros. Entonces, aparte de Allah, ¿quién puede ser el centro de nuestra adoración y devoción, sumisión y obediencia, petición de ayuda y dependencia?
La dignidad comparativa del ser humano y de los ángeles: esto no termina aquí. El Noble Corán también ha expuesto más adelante la dignidad comparativa del ser humano y de los ángeles, para que el ser humano pueda comprender debidamente su propia dignidad frente a ellos. Allí donde el Kalam de Allah menciona la creación de Adán, también se ha aclarado este asunto. Cuando Allah Ta‘ala otorgó al primer ser humano, Adán (la paz sea con él), la dignidad del califato, ordenó a los ángeles postrarse ante él, y todos se postraron ante él excepto Iblis. (Al-Baqara: 4; Al-A‘raf: 2; Bani Israil: 7; Al-Kahf: 7; Ta-Ha: 7; Sad: 5). Los ángeles reclamaron superioridad sobre Adán (la paz sea con él), basándose en su propia alabanza y glorificación de la santidad. Entonces Allah Ta‘ala rechazó su pretensión y demostró mediante una prueba que había otorgado a Adán (la paz sea con él) más conocimiento que a ellos. Iblis, considerando el material de su creación como el criterio de superioridad, se negó a reconocer la elevada dignidad de Adán (la paz sea con él) y a inclinarse en prosternación ante él. Por ello fue expulsado para siempre de la presencia de Allah y condenado al extravío.
Esto, por un lado, despierta en el ser humano el sentido del honor propio y, por otro, concentra todo su deseo de adoración en el centro de la devoción a Allah. De ello se demuestra que, en todo el universo, nadie es superior al ser humano excepto Allah Ta‘ala. Aunque los ángeles son siervos honorables y superiores a las demás criaturas, también ellos se postraron ante el ser humano. Por tanto, aparte del único Allah Sapientísimo, que es digno de la servidumbre y la prosternación del ser humano, su auxiliador y quien escucha sus súplicas, ¿quién más puede haber?
De este modo, cuando la fe en los ángeles se fundamenta en un conocimiento divino exacto y en la sabiduría, la fe en Allah también se vuelve completamente sincera, pura e inmaculada.
El segundo propósito de creer en los ángeles
En el Noble Corán se ha mencionado otra dignidad de los ángeles. Esta consiste en que Allah Ta‘ala envía, por medio de ellos, Su mensaje y Sus leyes a los profetas. Asimismo, por medio de ellos dispone que este mensaje llegue a los profetas purificado de toda adulteración, duda y conjetura. En primer lugar, estos ángeles son obedientes y de naturaleza virtuosa. Están libres y puros de toda clase de malas inclinaciones y egoísmo. Temen a Allah y obedecen sin vacilación Sus mandatos. Por ello, no introducen ninguna disminución ni aumento en el mensaje que se envía por medio de ellos. En segundo lugar, son tan poderosos que ninguna fuerza satánica puede intervenir ni siquiera en la mínima medida en la transmisión y custodia de este mensaje. Este asunto también ha sido expuesto en diversos lugares del Noble Corán:
(Árabe**************)
«Está consignado en un libro (sahifa) noble, elevado y puro, escrito por escribas sumamente honorables y piadosos». —(Sura Abasa: 13-16)
(Árabe**************)
«Sin duda, esto es el mensaje de un ángel noble, sumamente poderoso y de gran rango ante el Señor del Trono, obedecido y digno de confianza.»
(Árabe***************)
«Él (Allah) conoce lo oculto y no revela a nadie Su conocimiento de lo oculto, salvo a un Mensajero que Él haya elegido. Luego dispone ángeles guardianes alrededor de él, para que quede demostrado que los portadores del mensaje han transmitido debidamente los mensajes de su Señor. Y Allah los abarca por completo y lleva la cuenta de todas las cosas.» —(Sura al-Yinn: 26-28)
****************
«El Espíritu Santo lo ha hecho descender con verdad, procedente de tu Señor.» —(Sura an-Nahl: 102)
****************
«Sin duda, este es un Libro revelado por el Señor de los mundos, con el que descendió el Espíritu Fiel.» —(Sura ash-Shu‘ara: 192-193)
***************
«Ciertamente, este noble Corán está consignado en un documento oculto. Nadie puede tocarlo excepto los purificados (ángeles). Es una revelación procedente del Señor de los mundos». —(Sura Al-Waqi’a: 77-80)
De esto se supo que creer en los ángeles no solo es necesario para creer en Allah, sino también para creer en el Libro y en el Mensajero. En suma, creer en los ángeles significa que debemos reconocer como fiel y digno de confianza el medio por el cual el mensaje de Allah llega al Mensajero. La fe en ese mensaje y en los profetas que lo transmiten no puede ser completa mientras no depositemos una confianza plena en el medio que establece el vínculo entre Allah y Sus profetas.
Tercer objetivo
Además, en el Noble Corán se ha expuesto otra dignidad de los ángeles: que son funcionarios del reino de Allah. Los ángeles son los funcionarios por medio de los cuales Allah administra toda la naturaleza del universo. La posición que tienen los funcionarios de los Estados del mundo es exactamente la misma que tienen ellos en el reino de Allah. Por medio de ellos, Él hace descender el castigo sobre unos y la misericordia sobre otros. A unos les quita la vida y a otros les concede la vida. En un lugar hace llover y en otro hace descender la hambruna. Ellos registran continuamente las acciones, palabras y pensamientos de cada persona, y vigilan cada actividad. Mientras el ser humano actúa dentro del plazo que Allah le ha concedido, estos funcionarios, aun conociendo todos sus asuntos buenos y malos, continúan colaborando con él por orden de Allah y llevan a cabo todas sus tareas. Pero en cuanto termina su período de actividad, la maquinaria de su califato que estaba poniendo en marcha… El viento por cuya fuerza el ser humano había vivido un día, de repente devasta sus poblaciones. El agua de la que el ser humano sustenta su vida, de pronto lo ahoga. La tierra en la que el ser humano vive tranquilamente, como en el regazo de una madre, de repente lo destruye con una sola sacudida. Basta una sola orden: apenas llega, el ordenanza más cercano del califa le pone inmediatamente grilletes en las manos. Esta escena ha sido descrita de manera muy vívida en distintos lugares del Noble Corán.
Desde esta perspectiva, creer en los ángeles es una parte indispensable de creer en Allah. Esto significa que el ser humano debe reconocer, junto al Soberano del universo, también a Sus funcionarios. De lo contrario, no puede comprender correctamente su propia posición en este vasto reino, ni puede actuar manteniéndose plenamente consciente de ella.
5.
La fe en el Mensajero
El significado de la profecía
Después del tawhid, la segunda creencia fundamental del islam es la «nubuwat» (risalat). Así como, en materia de convicción, el tawhid es la verdadera religión, del mismo modo, en materia de obediencia, la nubuwat es la verdadera religión. El significado lexicográfico de nubuwat (risalat) es profecía o mensajería. Se llama nabí (rasul), o portador del mensaje, a quien lleva el mensaje de una persona a otra. Pero, en la terminología islámica, se llama nabí a aquel que lleva el mensaje de Allah a Sus siervos y los guía por el camino recto conforme a las órdenes de Allah. Por esta razón, en el Corán también se ha utilizado para el nabí o rasul la palabra «guía» (árabe******). Es decir, no solo transmite el mensaje, sino que también conduce a la gente por el camino fácil y recto.
Allah ha establecido un guía dentro del corazón mismo del ser humano. A la luz de la inspiración divina, este distingue entre las ideas buenas y malas, y entre las acciones erróneas y correctas, y muestra al ser humano el camino recto del pensamiento y de la acción. Como se ha dicho:
(Árabe************)
«Por la naturaleza humana y por Aquel que la perfeccionó; luego le inspiró su pecado y su piedad. Sin duda, prosperó quien purificó su nafs, y fracasó quien la reprimió». —(Sura ash-Shams: 7-10)
Pero, puesto que la orientación de este guía no es clara y, además, junto a él se han unido muchas fuerzas mentales y externas para atraer al ser humano hacia las malas acciones, la sola orientación de ese guía natural no puede bastarle para encontrar el camino recto de la verdad entre los innumerables caminos tortuosos del mundo y recorrerlo sin temor. Por ello, Allah Altísimo ha suplido desde fuera esta carencia. Y ha enviado a Sus profetas a los seres humanos para que, a la luz del conocimiento y la sabiduría divinos, puedan ayudar a este guía interior. Así, hacen claro, mediante signos luminosos, el resplandor de la inspiración natural, que se vuelve débil bajo la presión de la ignorancia y de las fuerzas engañosas.
Esta es la verdadera base de la dignidad de la nubuwat. Allah Altísimo ha otorgado un conocimiento y una visión interior extraordinarios a quienes han sido investidos con esta dignidad. Con su ayuda, no basándose en conjeturas, suposiciones ni imaginaciones, sino en un conocimiento cierto, han comprendido el significado de aquellos asuntos sobre los que la gente común mantiene discrepancias. Además, mediante esta visión interior, han reconocido con precisión, entre los caminos tortuosos del mundo, el camino recto y claro de la verdad.
La diferencia entre los profetas y los líderes comunes
En todas las épocas, la humanidad ha reconocido la necesidad de un liderazgo externo. Nadie ha afirmado jamás que, para los seres humanos, basten únicamente las indicaciones de su guía interior. Los antepasados, los nobles de los linajes, tribus y pueblos, los maestros y eruditos, los líderes religiosos, los dirigentes políticos, los reformadores sociales y otras personas semejantes cuya inteligencia parecía digna de confianza solían recibir la dignidad de guías, y también se les seguía. Pero lo que distingue a un profeta de los demás líderes es el «conocimiento divino». Los demás líderes no poseen conocimiento divino. Solo forman sus opiniones y toman sus decisiones basándose en conjeturas, suposiciones e imaginaciones. En sus opiniones y decisiones también se infiltran los deseos de las pasiones. Por eso, las creencias y leyes que elaboran contienen una mezcla de verdad y falsedad. En los métodos que establecen nunca hay una verdad completa. El Corán ha pronunciado constantemente advertencias precisamente sobre esta verdad profunda:
(আরবী**********) «Lo que siguen no es más que una suposición y el deseo de sus propias pasiones». —(sura An-Najm: 23)
«No poseen ningún conocimiento verdadero; solo siguen conjeturas y suposiciones. Y la realidad de la suposición es que no satisface en lo más mínimo la necesidad de la verdad». —(sura An-Najm: 28)
(Árabe**************)
«Pero los injustos siguieron los deseos de sus propias pasiones sin ningún conocimiento». —(sura Ar-Rum: 29)
(Árabe**************)
«Entre la gente hay quien discute acerca de Allah, apartándose con soberbia, sin ningún conocimiento, guía ni Libro luminoso, para desviar a la gente del camino de Allah». —(sura Al-Hajj: 8-9)
(Árabe************)
«¿Y quién está más extraviado que aquel que sigue sus propias pasiones en lugar de la guía proveniente de Allah?»
En cambio, al profeta o mensajero se le concede «conocimiento» de parte de Allah. Su liderazgo no está guiado por conjeturas ni por los deseos de la pasión; más bien, guía a la gente hacia el camino recto que puede ver con claridad y nitidez a la luz del conocimiento que Allah le ha otorgado. Por eso, siempre que en el Corán se menciona que los profetas fueron investidos con la dignidad de la profecía (risalat), también se afirma que se les concedió «conocimiento». Por ejemplo, el anuncio de la profecía de Hazrat Ibrahim (la paz sea con él) se presenta de la siguiente manera:
(Árabe*************)
«¡Oh, querido padre! Cree en mí: me ha llegado un conocimiento que no te ha llegado a ti. Sígueme, pues, y te guiaré por el camino recto». —(Sura Maryam: 43)
El otorgamiento de la profecía a Hazrat Lut (la paz sea con él) se menciona de la siguiente manera:
(Árabe**************)
«Y concedimos a Lut juicio y conocimiento». —(Sura Al-Anbiya: 74)
Se ha relatado lo siguiente acerca de Hazrat Musa (la paz sea con él):
(Árabe**************)
«Cuando alcanza la plena madurez y se convierte en un hombre cabal, le concedemos discernimiento y conocimiento.» —(Sura al-Qasas: 2)
También se menciona de este modo la recepción de la profecía por parte del profeta David (la paz sea con él) y de Salomón (la paz sea con él):
(Árabe**************)
«A cada uno de ellos le concedimos sabiduría y conocimiento.»
Al último Profeta, Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), se le dijo:
(Árabe**************)
«Si, después de haber recibido el conocimiento, sigues sus deseos, no tendrás frente a Allah ningún protector ni auxiliador que te proteja.» —(Sura al-Baqara: 120)
La dignidad de la profecía: Después de haber arrojado luz sobre la superioridad y los rasgos distintivos del Profeta frente a los líderes ordinarios, debemos dirigir ahora nuestra atención a los principios expuestos por el Corán acerca de la profecía.
La relación entre la fe en Allah y la fe en el profeta
Lo primero que debe señalarse es que, puesto que el profeta posee un medio extraordinario de conocimiento y Allah le ha otorgado una percepción excepcional, la única creencia sobre Allah que puede ser correcta es la que él presenta. Si alguien establece una creencia basándose en sus propios pensamientos y reflexiones o en los planteamientos de otros científicos y filósofos, su convicción acerca de Allah no solo será incorrecta, sino que tampoco podrá alcanzar un conocimiento verdadero sobre las cuestiones fundamentales de la religión ni sobre las realidades sobrenaturales que están fuera del alcance del juicio y el entendimiento humanos comunes. En conclusión, la rectitud de la fe y la convicción depende enteramente de la fe en el profeta. Es absolutamente imposible llenar el recipiente del pensamiento con conocimiento verdadero rompiendo este vínculo. Por eso, en diversos lugares del Noble Corán se ha hecho gran hincapié en la fe en el profeta. Se dice:
(Árabe**************)
«¡Cuántas ciudades, por haber desobedecido las órdenes de su Señor y de Sus profetas, sometimos a un severo juicio y castigamos con grandes castigos! Así probaron el fruto de sus obras. Y, finalmente, su desenlace fue funesto». —(Sura At-Talaq: 8-9)
(Árabe**************)
«Quien no cree en Allah ni en Su Mensajero, pretende establecer una diferencia entre Allah y Su Mensajero, y dice: “Creeremos en unos y negaremos a otros”, tratando de tomar un camino intermedio, es ciertamente un incrédulo. Y para los incrédulos hemos preparado un castigo humillante. A quienes creen en Allah y en Sus mensajeros y no hacen distinción entre ninguno de ellos, Allah les dará pronto su recompensa. Allah es sumamente indulgente y misericordioso». —(Sura An-Nisa: 150-152)
(Árabe*************)
«A quien dispute con el Mensajero después de que la guía se le haya hecho clara y siga un camino distinto del de los creyentes, lo dejaremos seguir el camino que ha escogido y, finalmente, lo arrojaremos al Infierno. ¡Qué mal destino!». —(Sura An-Nisa: 115)
En innumerables versículos de este tipo se afirma con toda claridad que la relación entre la fe en Allah y la fe en el Mensajero es inseparable. Quien niega a los profetas de Allah y no quiere aceptar sus enseñanzas se encuentra igualmente extraviado, tanto si cree en Allah como si no. Porque la creencia que se forme acerca de Allah sin verdadero conocimiento, aunque sea una creencia tawhidi, difícilmente podrá ser correcta y pura.
La unidad del credo
El segundo asunto importante es que únicamente la fe en los profetas puede unir a toda la humanidad sobre la base de una misma creencia. La verdadera base de las discrepancias es la ignorancia. Cuando las personas no conocen el significado de algo, toman decisiones basándose únicamente en conjeturas y, como consecuencia natural, surgen discrepancias entre ellas. Porque tomar decisiones con la ayuda de conjeturas e imaginación es como tantear en la oscuridad. Si no hay luz, cincuenta personas que palpen un objeto expresarán cincuenta opiniones diferentes sobre su forma. Pero, una vez que llega la luz, ya no quedará ninguna discrepancia; más bien, todos los que tengan vista llegarán al mismo acuerdo sobre el asunto. Por tanto, puesto que los profetas han sido dotados de conocimiento milagroso y perspicacia, es completamente imposible que surjan discrepancias en sus concepciones, enseñanzas y métodos de actuación. Por eso el Corán ha dicho que todos los profetas pertenecen a una misma comunidad; sus enseñanzas y su religión son, en esencia, una sola. Todos han llamado al mismo Sirat al-Mustaqim. Y para el creyente es obligatorio creer en todos ellos. Quien niegue siquiera a uno de los profetas será declarado culpable del delito de negar a todos los profetas. Y en su corazón no quedará ni la menor señal de fe. Porque la enseñanza que está negando no es solamente la enseñanza de un profeta, sino la enseñanza de todos los profetas.
****************
«(Allah dijo a los profetas:) ¡Oh, profetas! Comed de las cosas puras y obrad rectamente; en esencia, pertenecéis a una misma comunidad y Yo soy vuestro Señor. Así pues, temedme y obedecedme. Pero después, las personas discreparon entre sí y dividieron su religión en distintas religiones. Y ahora la situación es tal que cada grupo se regocija con lo que posee». —(Sura Al-Mu’minun: 51-53)
*************
«¡Oh, Muhammad! Te hemos revelado la revelación del mismo modo que se la revelamos a Noé y a los profetas posteriores. Y del mismo modo enviamos la revelación a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob, a la descendencia de Jacob, a Jesús, Job, Jonás, Aarón y Salomón; y concedimos los Salmos a David. Y enviamos a aquellos profetas cuyas historias ya te hemos contado, así como a aquellos cuyas historias no te hemos contado. Y, antes de ti, Allah habló también con Moisés». —(Sura An-Nisa: 163-164)
Numerosos versículos de este tipo demuestran que todos los profetas vinieron para invitar a la gente hacia la misma religión verdadera y que fueron enviados a cada pueblo.
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Es necesario tener una fe clara en aquellos profetas que se mencionan explícitamente en el Noble Corán. En cuanto a los profetas cuyos nombres no se nos han dado a conocer, la convicción correcta es que todos ellos fueron convocadores al Islam. Sin embargo, diversos pueblos alteraron sus enseñanzas y, al discrepar entre sí, crearon religiones separadas para sí mismos. No podemos llamar profetas a Buda, Krishna, Zoroastro, Confucio y otros semejantes, precisamente porque el Corán no menciona explícitamente nada acerca de ellos. Pero nuestra convicción es que los profetas de Allah llegaron a la India, China, Japón, Irán, África, Europa y todos los demás países, y que todos convocaron al mismo Islam al que convocó Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Por tanto, no queremos declarar falsos a los líderes religiosos de ninguna nación; más bien, solo rechazamos las opiniones y los caminos erróneos que hoy prevalecen en el mundo, desviados del Sirat al-Mustaqim del Islam.
La obediencia y el seguimiento del profeta
El resultado inevitable de creer en la profecía es que debemos seguir el método practicado por el Mensajero de Allah no solo en lo relativo a la fe y la adoración, sino también en todos los aspectos prácticos de la vida. Pues, mediante el «conocimiento» y la «perspicacia» con los que Allah los había honrado, ellos podían distinguir con absoluta certeza entre los caminos erróneos y los correctos. Por eso, todo lo que rechazaban o aceptaban, y todo lo que ordenaban, lo hacían por indicación de Allah. Aunque la gente común adquiriera experiencia durante años, e incluso durante generaciones, no podría alcanzar un éxito completo al distinguir el error de la verdad; y aun si lograra cierto éxito, este no se establecería sobre una base firme de convicción irrefutable, sino que dependería meramente de conjeturas e investigaciones, por lo que siempre subsistiría el riesgo de equivocación. En cambio, los profetas de Allah adoptaron en sus actividades de la vida los métodos que adoptaron y enseñaron el camino que enseñaron sobre la base del conocimiento. Por eso no hay en ellos posibilidad alguna de error. Y por esta razón el Noble Corán ordena repetidamente obedecer a los profetas y seguirlos. Denomina a los métodos que ellos siguieron sharía, el camino recto y el Sirat al-Mustaqim, e insiste en abandonar la obediencia a los demás y obedecer únicamente a los profetas, siguiendo solo sus huellas. Pues obedecerlos es exactamente obedecer a Allah, y seguirlos es seguir la voluntad divina.
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«No hemos enviado a ningún profeta sino para que se le obedezca con el permiso de Allah». —(Sura an-Nisa: 64)
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«Quien obedece al profeta, obedece a Allah mismo». —(Sura an-Nisa: 80)
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«¡Oh, Muhammad! Di: Si queréis amar a Allah, seguidme. Entonces Allah os amará y os perdonará vuestros pecados. Allah es sumamente indulgente y misericordioso. Di: Obedeced a Allah y al Mensajero; pero si después se apartan, sabed con certeza que Allah no ama a los incrédulos». (Sura Al Imran: 31-32)
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«¡Oh, creyentes! Obedeced a Allah y a Su Mensajero, y no os apartéis de él cuando escucháis Su mandato. No seáis como aquellos que dicen: “Hemos escuchado”, aunque en realidad no escuchan nada. Ante Allah, las peores criaturas son quienes no comprenden nada». (Sura Al Anfal: 20-22)
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«Cuando Allah y Su Mensajero han decidido sobre un asunto, ningún hombre creyente ni ninguna mujer creyente tiene derecho a conservar opción alguna de decisión sobre sí mismo. Y quien desobedezca a Allah y a Su Mensajero habrá caído en un extravío manifiesto». (Sura Al Ahzab: 36)
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«Pero si no te obedecen, sabe que solo siguen los deseos de sus pasiones. ¿Y quién está más extraviado que aquel que abandona el mandato de Allah y sigue su propia pasión?» (Sura Al Qasas: 50)
En muchos otros versículos se ha insistido igualmente en la obediencia y el seguimiento del Profeta. Además, en la sura Al-Ahzab se afirma con toda claridad que la vida del Mensajero de Allah constituye un modelo digno de imitación para quienes esperan alcanzar el éxito en la otra vida y recibir la recompensa de Allah.
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«En verdad, en la vida del Mensajero de Allah había un ejemplo excelente para todo aquel que tiene esperanza en Allah y en el Último Día y recuerda mucho a Allah». — (Sura Al-Ahzab: 21)
La importancia de creer en la profecía
La convicción relacionada con la profecía, junto con las instrucciones relativas a la obediencia y al seguimiento, es en realidad el alma de la cultura establecida por el islam, su fuerza vital, su fuerza constitutiva y la base fundamental de su carácter distintivo.
En toda cultura y sistema social hay tres elementos que cumplen la función de fundamentos principales. Primero, el sistema de pensamiento; segundo, el código moral; y tercero, la legislación social. En todas las culturas del mundo, estos tres elementos se reúnen de tres maneras diferentes. El sistema de pensamiento se extrae de las enseñanzas de pensadores y científicos que, por una u otra razón, han ejercido influencia sobre la mentalidad de grandes grupos humanos. El código moral se toma de estadistas, reformadores y líderes religiosos que, en distintas épocas, han adquirido autoridad sobre determinados pueblos. Y la legislación social es elaborada por personas de cuya capacidad y experiencia se depende en los diversos aspectos y ámbitos de la vida. El sistema social que se establece de este modo presenta inevitablemente tres defectos fundamentales:
Primero: con los materiales reunidos de estas tres fuentes diferentes se forma una mezcla heterogénea cuyo temple quizá tarde un siglo en consolidarse. Aun así, en su interior quedan numerosas incoherencias, desigualdades y discordancias. En el mundo hay innumerables científicos y filósofos. El sistema de pensamiento de cada uno es distinto y, en esencia, diferente del de los demás. Por lo general, no guardan una relación estrecha con los problemas reales de la vida humana; más bien, la mayoría de ellos se ha hecho famosa por su aversión hacia los seres humanos. De fuentes semejantes extraen los pueblos del mundo sus sistemas de pensamiento. También entre el grupo del que se obtiene el segundo elemento se observan grandes discrepancias en cuanto a las ideas personales, las corrientes de pensamiento y la mentalidad. Si existe alguna coincidencia entre los miembros de este grupo, consiste en que todos habitan en el mundo de la imaginación y siguen una tendencia marcada hacia el exceso de emoción y entusiasmo. Su relación con los problemas concretos de la realidad es muy escasa. Las fuentes del tercer elemento también son diversas; sin embargo, coinciden en un aspecto: poseen muy poca sensibilidad. Un realismo excesivo los ha vuelto crueles y áridos. Es evidente que mezclar correctamente y de manera equilibrada elementos tan diversos y contradictorios es sumamente difícil, y su discordancia y oposición no pueden sino hacer resaltar sus propias características.
Segundo: los tres elementos obtenidos de estos procedimientos no poseen ni fuerza de permanencia ni capacidad de universalidad. Distintos pensadores, dirigentes políticos y legisladores ejercen influencia sobre diferentes pueblos, y como consecuencia surgen diferencias fundamentales en sus sistemas de pensamiento, códigos morales y legislaciones sociales. Además, incluso en un mismo pueblo, la influencia de los destacados pensadores, dirigentes políticos y legisladores que ejercieron autoridad en los primeros tiempos no se mantiene en las épocas posteriores; por el contrario, con el cambio de las épocas cambian también quienes ejercen esa influencia y sus efectos. Así, por un lado, las culturas adquieren un carácter nacional, y debido a sus conflictos se enciende entre los pueblos un fuego de hostilidad que es, en realidad, como un rayo incendiario que prende fuego al montón de paja de la paz. Por otro lado, el tahdhib y el tamaddun propios de cada pueblo permanecen permanentemente en un estado inestable y, en vez de desarrollarse por un camino definido, avanzan unas veces hacia la evolución y otras hacia la revolución.
Tercero: entre las fuentes mencionadas de los tres elementos no hay ni el más mínimo indicio de santidad en ninguna de ellas. El método de pensamiento que una nación recibe de sus pensadores, las normas morales que recibe de sus guías y el sistema social que recibe de sus legisladores son todos resultado del esfuerzo humano, y sus seguidores son plenamente conscientes de que son fruto de dicho esfuerzo humano. La consecuencia inevitable de esto es que la adhesión nunca alcanza la perfección. Incluso en el grado máximo de su seguimiento, los seguidores no pueden quedar imbuidos de una conciencia de fe. Ellos mismos comprenden que en los elementos fundamentales de su cultura existe la posibilidad de error y la necesidad de corrección. Además, la experiencia práctica y las pruebas continúan demostrando sus errores. Como resultado, surgen naturalmente la duda, la vacilación y el conflicto interior. De este modo, ningún sistema de pensamiento ni ninguna doctrina jurídica llega a tener la oportunidad de ejercer un control completo sobre una nación ni de estabilizar la sociedad y la civilización.
Por el contrario, la cultura que se establece sobre la base de la fe en el Profeta permanece libre de las tres desviaciones y deformaciones mencionadas.
En primer lugar, sus tres elementos culturales se extraen de una misma fuente. Una misma persona determina el método de pensamiento, establece las normas morales y formula también los principios del sistema social. Es, simultáneamente, guía del mundo del pensamiento, del mundo moral y del mundo de la acción. Su visión se extiende por igual a los problemas de los tres mundos. En él se produce una combinación equilibrada de tolerancia, sensibilidad delicada y aptitud para la acción; y, tomando la proporción adecuada de cada elemento, los incorpora a la fórmula de la cultura de tal manera que no haya exceso ni defecto en ninguna parte. No se observa incoherencia ni falta de armonía entre sus componentes. Esto está, en realidad, más allá de las fuerzas y capacidades humanas. Sin embargo, llevarlo a cabo es absolutamente imposible sin la guía del Señor.
En segundo lugar, ninguno de sus elementos es étnico ni temporal. El método de pensamiento, las normas morales y el sistema social que establece el Profeta de Allah no se basan en tendencias étnicas ni en características temporales, sino que dependen de la verdad y la rectitud. Y la verdad y la rectitud son cosas que están por encima de todas las fronteras entre Oriente y Occidente, entre lo negro y lo blanco, entre lo no ario y lo ario, y entre lo antiguo y lo moderno. Lo que es verdadero y se apoya en la verdad es igualmente verdadero y veraz en todos los rincones del mundo, en todas las naciones y en cada ciclo del tiempo y de las épocas. El sol es sol en Japón, del mismo modo que lo es en Gibraltar. Así como era el sol hace mil años, seguirá siendo exactamente igual dentro de mil años. Por tanto, si alguna cultura puede llegar a ser universal, humana y duradera, solo puede ser la cultura establecida por el Mensajero de Allah. Pues únicamente ella posee la capacidad de adaptarse a cada país, nación y época, manteniendo inalterados sus principios y fundamentos esenciales.
En tercer lugar, esta cultura posee plenamente la dignidad de la pureza. Sus seguidores creen y tienen la convicción de que el fundador de esta cultura es el Profeta de Allah, quien posee conocimiento otorgado por Allah. En su conocimiento no hay ni el más mínimo rastro de duda o vacilación. (*******) En sus palabras no hay lugar para la conjetura o la especulación, ni tampoco para el impulso de las pasiones. Todo cuanto presenta, lo presenta de parte de Allah. No existe ninguna posibilidad de que tropiece o sea conducido por un camino errado. (***************) «Vuestro compañero no se ha extraviado ni se ha desviado. No habla por propia voluntad. Esto no es sino una revelación que le ha sido revelada. Se la ha enseñado el de enorme poder». —(sura an-Najm: 2-5) Cuando esta fe y convicción penetran en las venas y arterias de los seguidores del Profeta, estos continúan siguiendo al Profeta con plena tranquilidad mental. En su corazón no queda lugar para ninguna duda, vacilación o conflicto interior. En su corazón nunca surge el temor de que este camino quizá no sea correcto, mientras que otro camino podría estar más apegado a la verdad o ser, al menos, mejor que este. Es evidente que una cultura así será sólida en el grado deseado; su seguimiento será sumamente firme, y en ella se observará una disciplina mayor que en las demás culturas del mundo. En su método de pensamiento, sus normas morales y su sistema social se establecerán una mayor cohesión, equilibrio y estabilidad.
En realidad, los profetas de Allah fueron los constructores de esta misma cultura. Durante cientos de años prepararon el terreno para ella en todas las regiones del mundo. Cuando el terreno estuvo completamente preparado, el último Profeta, Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), llegó y levantó para ella un edificio completo.
La naturaleza distintiva de la profecía de Muhammad
Todo lo expuesto hasta ahora estaba relacionado con las normas generales relativas a la profecía. Pero, además, existen varios asuntos vinculados específicamente con la profecía de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). No cabe duda de que, en cuanto a la dignidad de la profecía, no existe en esencia ninguna diferencia entre Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y los demás profetas. Pues la declaración explícita del Noble Corán es que (***************) no es lícito establecer ninguna diferencia entre los profetas. Por tanto, en principio, esto se aplica a todos los profetas: todos fueron enviados por parte de Allah. A todos se les concedieron la «sabiduría» y el «conocimiento». Todos invitaron al mismo Sirat al-Mustaqim. Todos fueron guías y orientadores para la humanidad. La obediencia a todos ellos es obligatoria, y la vida de cada uno de ellos constituye un modelo digno de imitación para la humanidad. Sin embargo, en la práctica, Allah, exaltado sea, concedió al último Profeta, el honorable Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), una distinción especial frente a los demás profetas en ciertos aspectos. Esta distinción no es un asunto trivial ni insignificante, cuya observancia o desatención no produzca ningún resultado; por el contrario, posee una importancia fundamental en todo el sistema del islam. De hecho, todos los principios y leyes del islam se basan en esta posición distintiva de la profecía de Muhammad. Por eso, la fe de nadie con respecto a la profecía puede perfeccionarse hasta que crea en Muhammad, el Mensajero de Allah (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), teniendo en cuenta esta posición especial y distintiva.
La diferencia entre las profecías anteriores y la profecía de Muhammad
Para comprender esto, es necesario recordar algunos puntos.
Uno: De las indicaciones coránicas, la historia antigua y la inferencia racional se desprende que el número de profetas debió superar varios miles. El Corán dice: (***************) «No hubo pueblo alguno al que no se enviara un amonestador». Y es evidente que han pasado por el mundo tantos grupos humanos que nuestra historia no ha podido ni puede darnos noticia de ellos. Por lo tanto, aun si hubiera venido un solo profeta para cada pueblo, el número de profetas debería haber superado el millar. Algunos hadices también respaldan esto, pues mencionan hasta ciento veinticuatro mil profetas. Sin embargo, entre esa cantidad tan enorme, los profetas cuyos nombres menciona el Noble Corán pueden contarse con los dedos de una mano. Aunque incluyéramos también los nombres de aquellos guías religiosos cuya condición profética no recibe ninguna indicación en el Noble Corán, el número ni siquiera llegaría a las decenas. El hecho de que incluso los nombres y vestigios de innumerables profetas hayan desaparecido, y que las huellas de sus enseñanzas se hayan extinguido, demuestra que vinieron para épocas y pueblos específicos. No poseían nada que pudiera conferir permanencia y estabilidad, ni darles una extensión universal.
Dos: Además, sobre las biografías y las enseñanzas de los profetas y guías religiosos cuyos nombres conocemos se han acumulado tantas capas de relatos imaginarios y deformaciones que nuestra ignorancia acerca de ellos no tiene parangón. Si, dejando de lado la fe imaginaria en los vestigios que de ellos existen hoy en el mundo, los examinamos únicamente según el criterio histórico, tendremos que admitir que no es posible confiar en ninguno de esos elementos. Ni siquiera podemos determinar la época exacta en que vivieron, ni conocemos sus verdaderos nombres. Tampoco podemos afirmar con certeza que realmente existieran en el mundo. Los historiadores han dudado incluso de que personajes célebres como Buda, Zaratustra y Jesús fueran figuras históricas y no meras creaciones de la imaginación. Además, cuanto sabemos sobre sus vidas es tan breve y confuso que no es posible aceptarlos como modelos dignos de imitación en ningún ámbito de la vida. La situación de las enseñanzas que predicaron es prácticamente la misma. Ninguno de los libros y doctrinas que circulan bajo sus nombres puede remontarse con autenticidad hasta ellos. Por el contrario, existen pruebas sólidas, tanto internas como externas, que demuestran que esos libros y enseñanzas sufrieron amplias modificaciones y alteraciones. De ello se hace evidente que, antes de Muhammad (la paz sea con él), la profecía y el liderazgo religioso de todos los profetas y guías religiosos que habían pasado por el mundo habían llegado a su fin.
Tres: Con respecto a casi todos los profetas y guías religiosos está demostrado por sí mismo que sus enseñanzas estaban destinadas precisamente a los pueblos específicos entre los que habían venido. Algunos lo declararon ellos mismos, mientras que, en el caso de otros, el curso de los acontecimientos lo ha demostrado. Las enseñanzas de Abraham (la paz sea con él), Moisés (la paz sea con él), Confucio, Zaratustra y Krishna nunca traspasaron los límites de sus propios pueblos. Lo mismo ocurrió con los demás profetas y guías religiosos de las razas semíticas y arias. Es cierto que los seguidores de Buda y de Jesús lograron llevar sus enseñanzas a otros pueblos. Pero ellos mismos nunca se esforzaron por ello ni afirmaron jamás que su mensaje estuviera destinado al mundo entero. Más aún, en el propio Evangelio se cita a Jesús (la paz sea con él) diciendo que había venido al mundo únicamente para guiar a los hijos de Israel.
Cuatro: Entre todos los profetas y guías religiosos, únicamente Muhammad (la paz sea con él) es el hombre cuya biografía y enseñanzas contamos con información exacta, documentada y segura, sin el menor margen para dudar de su autenticidad. Por eso puede afirmarse, sin temor a ninguna objeción, que hoy no existe información tan exacta y fiable sobre ningún personaje histórico del mundo. Si incluso una persona escéptica dudara de la autenticidad de esta información, tendría que arrojar al fuego todos los archivos históricos del mundo. Pues, después de dudar de la autenticidad de un acervo documental tan vasto, tendría necesariamente que admitir que todo el conocimiento histórico no es más que un montón de falsedades y que no se puede confiar ni en una sola de sus líneas.
Cinco: Así, entre todos los profetas y guías religiosos, solo la trayectoria y la biografía de Muhammad (la paz sea con él) se encuentran ante nosotros con todo detalle. No solo entre los guías religiosos de los pueblos, sino entre todos los personajes históricos del mundo, no existe, aparte de Muhammad (la paz sea con él), ningún hombre cuyos pormenores biográficos estén conservados en las páginas de la historia con tal precisión. Si hay alguna diferencia entre la época de Muhammad (la paz sea con él) y la época actual, es que entonces su existencia física estaba presente y hoy ya no lo está. Pero si no se impone la condición de la existencia física para considerar que alguien está vivo, podemos decir que el Profeta (la paz sea con él) todavía vive y seguirá viviendo mientras su biografía permanezca en el mundo. En las colecciones de hadices y en los libros biográficos, la gente de hoy todavía puede contemplar la vida de Muhammad (la paz sea con él) con tanta cercanía como podían hacerlo sus contemporáneos. Por lo tanto, es plenamente razonable afirmar que, entre los profetas y demás guías religiosos, solo Muhammad (la paz sea con él) puede ser seguido de manera verdadera y completa.
Seis: Lo mismo se aplica a las enseñanzas del Profeta (la paz sea con él). Ya se ha dicho que, entre los profetas y guías religiosos, no existe ninguno cuyo libro sagrado traído y cuyas enseñanzas transmitidas permanezcan hoy en forma exacta, y con quien pueda establecerse, de manera segura y fiable, una conexión con su transmisor y predicador original. El poseedor de esta dicha es Muhammad (la paz sea con él). El libro que trajo, el Corán, permanece exactamente en la misma lengua en la que el Profeta (la paz sea con él) lo presentó. Además del Corán, las orientaciones que impartió con sus propias palabras también se han conservado de forma casi exacta. Y, si Dios quiere, permanecerán preservadas para siempre. Por lo tanto, entre los profetas y guías religiosos, solo las enseñanzas de Muhammad (la paz sea con él) pueden seguirse con plena seguridad y sin ninguna duda.
Séptimo: Examine el acervo de información actualmente existente en el mundo sobre las enseñanzas y las vidas de los profetas y maestros religiosos del pasado. Todos los ejemplos sagrados de verdad y sinceridad, bondad y благополучие, buen carácter y conducta virtuosa que encuentre allí, los encontrará también en las enseñanzas y la vida de Muhammad (la paz sea con él). Del mismo modo, en las enseñanzas y vidas de todos los líderes que han surgido en la sociedad humana después de él, no encontrará ninguna verdad, sinceridad, virtud o bondad que no estuviera ya presente en las enseñanzas y el carácter de vida de Muhammad (la paz sea con él). Además, en las enseñanzas y la vida de Hazrat Muhammad (la paz sea con él) se encuentra un acervo tan rico de conocimiento verdadero, rectitud en las obras y buenas normas que no se hallará nada semejante en las enseñanzas y vidas de ningún maestro religioso del pasado o del presente. Lo más importante es que, fuera del islam, el ser humano no puede concebir ninguna afirmación correcta acerca del conocimiento divino, el carácter moral y la conducta mundana. Por tanto, es una verdad innegable que las enseñanzas y el carácter de Muhammad (la paz sea con él) constituyen la suma de todo bien. Todo cuanto existía como verdad, Muhammad (la paz sea con él) lo hizo manifiesto; el camino recto, como se lo llamaba, él lo iluminó. Para mantener sano el carácter moral y la conducta de las personas, tanto individual como colectivamente, y para vivir correctamente en este mundo, presentó con toda claridad todas las buenas normas y reglas que podían existir. Ya no queda posibilidad alguna de añadirles o ampliarlas.
Octavo: De todo el conjunto de profetas y maestros religiosos, únicamente Muhammad (la paz sea con él) afirmó que su llamamiento estaba dirigido a toda la humanidad; y, en la práctica, durante su propia vida envió cartas de invitación a los soberanos de distintos países, de modo que su llamamiento llegó a todos los rincones de la Tierra y a todos los grupos de la humanidad. Nadie, aparte de Hazrat Muhammad (la paz sea con él), ha alcanzado esta distinción. Algunos ni siquiera reivindicaron la universalidad, ni obtuvieron una posición universal. Las religiones de otros alcanzaron ciertamente una posición universal; pero ellos mismos nunca hicieron tal afirmación ni se esforzaron por alcanzarla. En realidad, Hazrat Muhammad (la paz sea con él) es la única persona que reivindicó la universalidad, se esforzó por ella y, de hecho, la alcanzó.
Noveno: Solo puede haber tres razones para la venida de los profetas al mundo. Primera: que antes no haya venido ningún profeta para guiar a una nación y, de acuerdo con **********, esta necesite uno o varios profetas. Segunda: que anteriormente haya venido un profeta, pero que los signos de su profecía hayan desaparecido; que sus enseñanzas y el Libro que trajo hayan sido distorsionados; que se hayan borrado los vestigios relacionados con su vida y que a la gente le haya resultado imposible seguir su excelente ejemplo. Tercera: que, debido a que las enseñanzas del profeta o los profetas anteriores eran incompletas, fuera necesario añadirles y ampliarlas. Fuera de estas tres razones no existe una cuarta razón para la venida de los profetas, ni puede existir desde el punto de vista de la razón.¹ Si para una nación ha venido un profeta, sus enseñanzas y su vida se han conservado de manera exacta, no hay necesidad de añadirles ni ampliarlas y, aun así, se enviara después un segundo profeta, eso sería absolutamente imposible. El cargo de profeta no es simplemente una dignidad que se otorgue como recompensa por alguna buena obra. Al contrario, es un servicio de naturaleza especial que se confía a alguien, según sea necesario, para una tarea determinada. Además, este cargo tampoco es algo tan pequeño e insignificante que se confíe a alguien únicamente para llamar la atención sobre una enseñanza anterior. Para esa tarea bastan los eruditos fieles y los renovadores. Por tanto, la razón exige definitivamente que ningún profeta pueda venir hasta que se produzca una de las tres razones mencionadas. De nuestra discusión anterior se ha demostrado que, con la profecía muhammadiana (la paz sea con él), las tres razones han desaparecido. Su llamamiento está dirigido a toda la humanidad; por consiguiente, ya no hay necesidad de que venga un profeta separado para cada nación. El Libro que trajo y los signos de su profecía se han conservado íntegramente y sin error; tampoco hay necesidad de que llegue un nuevo Libro o una nueva guía. Sus enseñanzas y su guía son completas y perfectas. En este ámbito, no ha quedado oculto nada del conocimiento verdadero, ni ha habido ninguna deficiencia
¹ Ciertamente, podría existir una razón: que fuera necesario enviar a otro profeta junto a un profeta para ayudarlo. También se encuentran varios ejemplos de ello en el Corán. Pero este no es el tema de nuestra discusión. Esto se debe a que la profecía del profeta auxiliar no es más que una extensión de la profecía para cuya ayuda fue designado como ministro.
en este asunto. Por tanto, tampoco hay necesidad de quien la amplíe. Puesto que estas tres razones no existen —y la venida de un profeta depende precisamente de estas tres cosas—, naturalmente debemos reconocer que, después de la profecía muhammadiana (la paz sea con él), la puerta de la profecía se ha cerrado definitivamente. Si hoy esa puerta permaneciera abierta, significaría que Dios también realiza actos inútiles, cuando Dios está libre de ello, es puro y santo. Él jamás realiza ningún acto inútil.¹
El Corán ha expuesto de manera sumamente extensa y clara las tres distinciones especiales de la profecía muhammadiana (la paz sea con él).
El llamamiento universal
El Corán dice
“(¡Oh, Muhammad!) Di: ¡Oh, gente! Yo soy el Profeta enviado por Allah a todos vosotros, Aquel que posee el reino de los cielos y de la tierra; no hay otra divinidad excepto Él, y Él es quien da la vida y causa la muerte. Creed, pues, en Allah y en Su Profeta y Mensajero iletrado, quien cree en Allah y en Sus palabras. Seguidle para que podáis caminar por el camino recto. —(Sura Al-A‘raf: 158)”
“(¡Oh, Muhammad!) Te hemos enviado para toda la humanidad como portador de buenas nuevas y amonestador, pero la mayoría de la gente no lo sabe”. —(Sura Saba: 28)
1. La cuestión no se limita a que enviar a un profeta sin necesidad sea una acción inútil; también es contrario a la razón. Una vez completada la misión de la profecía, su puerta debía cerrarse, para que la gente de todo el mundo pudiera unirse siguiendo a un solo profeta. De lo contrario, si esa puerta permaneciera abierta, con la llegada de cada nuevo profeta surgiría nuevamente entre la gente una distinción entre la incredulidad y la fe, y quienes estuvieran unidos comenzarían a separarse unos de otros.
“¡Oh, gente! Este Profeta ha venido a vosotros con la verdad de parte de vuestro Señor; creed, pues; eso es mejor para vosotros. Pero si persistís en la incredulidad, sabed que Allah es el Soberano de los cielos y de la tierra”. —(Sura An-Nisá: 170)
“(¡Oh, Muhammad!) Te hemos enviado como misericordia para todos los mundos”. —(Sura Al-Anbiyá: 107)
“Bendito sea Aquel que ha hecho descender sobre Su siervo el Libro que distingue entre la verdad y la falsedad, para que sea un amonestador para todos los mundos”. —(Sura Al-Furqán: 1)
De esto se hacen evidentes varias cuestiones:
En primer lugar, la misión de Muhammad (la paz y las bendiciones sean con él) no está limitada a ninguna época, nación ni país; por el contrario, él es, para toda la eternidad, el guía y orientador de toda la humanidad.
En segundo lugar, toda la humanidad está obligada a creer en él y a seguirlo.
En tercer lugar, no se puede encontrar el camino recto sin creer en él y seguirlo.
Estos tres asuntos forman parte de la doctrina de la fe, porque la universalidad y la infinitud de esa cultura universal llamada Islam dependen precisamente de esta convicción. En realidad, si se admite que puede encontrarse el camino recto fuera de la religión predicada por el Noble Profeta (la paz sea con él), entonces la universalidad de la llamada islámica desaparece por completo y la universalidad del ideal islámico pierde también todo sentido.
La perfección de la religión del Islam
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Él es quien envió a Su Mensajero con la guía y la verdadera religión, para hacerla prevalecer sobre todas las religiones». —(Sura At-Tawba: 33)
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«Hoy he perfeccionado para vosotros vuestra religión, he completado sobre vosotros Mi gracia y he escogido para vosotros el Islam como religión». De esto se supo que aquello que se denomina guía y aquello que se entiende por verdadera religión fueron enviados de manera completa y perfecta por medio del Profeta árabe (la paz sea con él). Su profecía se extendió sobre todas las religiones. Por medio de él, la religión fue perfeccionada. Y el manantial de guía que había descendido gradualmente a través de los profetas anteriores ha llegado ahora a su plenitud. Después de esto, no queda nada en la guía, la religión ni el conocimiento verdadero cuya manifestación pudiera requerir la llegada de otro profeta o mensajero. Como consecuencia natural de proclamar en términos tan claros la perfección de la religión y la culminación de la gracia, era inevitable que se rompiera la relación de obediencia y seguimiento respecto de las profecías anteriores y que la puerta de la profecía se cerrara para el futuro. Estas dos cosas —es decir, la abrogación de las religiones anteriores y la conclusión de la profecía— son rasgos distintivos de la misión profética de Muhammad (la paz sea con él). El Noble Corán ha expuesto ambas cosas con toda claridad.
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La abrogación de las religiones anteriores
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El significado de la abrogación de las religiones anteriores es que todo lo que habían presentado los profetas precedentes ha quedado ahora abrogado. Es ciertamente necesario creer, en términos generales, en su profecía y veracidad, porque todos ellos fueron llamados a transmitir la invitación islámica. Creer en ellos equivale a creer en el islam. Sin embargo, en la práctica, la relación de obediencia y seguimiento hacia ellos se ha cortado y ha quedado vinculada únicamente a las enseñanzas y al modelo de vida de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Esto se debe a que, en principio, después de la perfección no hay necesidad alguna de imperfección. En segundo lugar, las enseñanzas y las biografías de los profetas anteriores han sido alteradas y se han perdido; por lo tanto, en la práctica, ya no era posible seguirlos de manera correcta. Por esta razón, allí donde el Sagrado Corán ordena obedecer y seguir al Mensajero, se han utilizado las palabras **** o ****. Con ello se hace referencia específicamente a Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él). Así se dice:
“Diles: Aceptad la obediencia a Allah y al Mensajero. Pero si no aceptan vuestra invitación, Allah no puede amar en absoluto a quienes se niegan a obedecerle a Él y al Mensajero”. (Sura Al Imran: 32)
Obedeced a Allah. Obedeced al Mensajero y también a quienes tienen responsabilidad general entre vosotros. (Sura An-Nisa: 59)
“Quien obedece al Mensajero, en realidad obedece a Allah”. (
Y por esta razón, también se ha ordenado a las naciones que creen en alguno de los profetas anteriores que crean en Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y lo sigan. Por eso se ha dicho:
*************
«¡Oh, gente de la Escritura! Ha venido a vosotros Nuestro Mensajero, que os explica muchas cosas que ocultabais de la Escritura, aunque también os perdona muchas otras. Ha venido a vosotros, procedente de Alá, una luz y un Libro claro. Por medio de él, Alá guía por los caminos de la paz a quienes siguen Su complacencia, los saca de las tinieblas hacia la luz y los guía por un camino recto» (sura Al-Má’ida, 15-16).
En otro lugar se dice:
«Aquellos de entre la gente de la Escritura que creen son quienes siguen al Profeta y Mensajero iletrado, cuyas características encuentran escritas en su propia Torá y en el Evangelio. Él les ordena hacer el bien y les prohíbe la maldad; les declara lícitas las cosas buenas y les prohíbe las impuras, y les quita las cargas y las cadenas que pesaban sobre ellos. Así pues, quienes creen en él, lo apoyan y auxilian, y siguen la luz que descendió con él, esos son los triunfadores. ¡Oh, Muhammad! Di: “¡Oh, gente! Soy el Mensajero de Alá enviado a todos vosotros, de Aquel a quien pertenece el dominio de los cielos y de la tierra. No hay más divinidad que Él; Él da la vida y causa la muerte. Creed, pues, en Alá, en Su Mensajero iletrado y Profeta, que cree en Alá y en Sus palabras, y seguidlo, para que seáis guiados por el camino recto”» (sura Al-A’raf, 157-158).
En estos claros versículos se explica la abrogación de las religiones anteriores, y se aclaran su significado y su importancia. También se expone su causa y se anuncia su consecuencia natural. Asimismo, se declara que, desde ahora, alcanzar la guía y la prosperidad está estrechamente ligado a seguir al Profeta iletrado (la paz sea con él). También se explica que la religión predicada por el Profeta iletrado (la paz sea con él) no es sino la reforma y culminación de la misma religión que había sido enviada a los creyentes de la Torá y el Evangelio y a las demás naciones.
El sello de la profecía
Del mismo modo, el Corán Majestuoso expone con palabras aún más claras otra consecuencia de la perfección de la religión: el sello de la profecía. Se dice:
«Muhammad no es el padre de ninguno de vuestros hombres, sino el Mensajero de Alá y el sello de los profetas. Alá conoce todas las cosas» (sura Al-Ahzab, 40).
Esta declaración sobre el cierre de la puerta de la profecía es tan clara que, si el corazón de alguien no alberga desviación ni perversidad, después de ella no puede encontrar ningún margen para abrir la puerta de la profecía dentro del islam. Se lea la palabra mencionada en la aleya con zabar o con zer en la letra indicada, en ambos casos se obtiene el mismo resultado: la puerta de la profecía ha quedado cerrada para siempre conforme al conocimiento de Aquel contra cuyo conocimiento nada puede suceder.
Elemento indispensable de la fe en la profecía de Muhammad
La perfección de la religión del islam, la abrogación de las religiones anteriores y la creencia en el sello de la profecía son, en realidad, parte del credo islámico, y constituyen elementos indispensables de la base de la profecía. La base del llamamiento universal del islam es que, para la humanidad, se estableció mediante el llamamiento de Muhammad una religión completa, en la que se subsanaron las deficiencias de todos los llamamientos anteriores. Para el futuro no se dejó ninguna deficiencia que alguna vez pudiera necesitar ser completada. Esta religión completa estableció para siempre una distinción clara y permanente entre el islam y la incredulidad, entre la verdad y la falsedad. Después de esto, hasta el Día de la Resurrección, no necesitará ninguna reducción ni ampliación. En realidad, Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) explicó claramente todo cuanto es islam y verdad. Después de él no existe posibilidad de que aparezca algo nuevo de esta naturaleza, cuya aceptación llegue a ser condición para ser musulmán y estar en la verdad. Por el contrario, aquello que Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) calificó de incredulidad y falsedad seguirá siendo para siempre incredulidad y falsedad. Nada de lo que él declaró puede convertirse hoy en verdad e islam, ni puede establecerse una nueva distinción entre la incredulidad y el islam sobre la base de algo distinto de ello. Sobre unos cimientos tan firmes e inalterables se erigió el elevado edificio de la comunidad universal y permanente y de la cultura islámica. Se construyó sobre tales cimientos para que los habitantes del mundo pudieran permanecer unidos para siempre siguiendo una misma comunidad, una misma religión y una misma cultura. Sería una comunidad cuya plenitud y permanencia no les suscitarían temor. El llamamiento universal del islam se funda en la confianza y la seguridad, y de ello dependen también la estabilidad y la permanencia del islam. Quien afirma que, después de la revelación del islam, sigue siendo lícito seguir las religiones anteriores, en realidad quiere arrebatar al islam el derecho a su llamamiento universal. Pues, si fuera posible alcanzar la guía por otros caminos distintos del islam, invitar a toda la humanidad hacia el islam se volvería inútil. Y quien afirma que las enseñanzas de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) pueden ser corregidas, modificadas y ampliadas según las necesidades y circunstancias de cada época, en realidad quiere privar al islam del derecho a la permanencia. Porque, si una religión es incompleta y está sujeta a modificaciones y ampliaciones, su pretensión de ser un medio de guía para siempre es falsa. Por otra parte, quien afirma que en el islam todavía puede venir un profeta después de Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), en realidad quiere golpear la estabilidad misma del islam. Pues mantener abierta la puerta de la profecía significa que la unidad y cohesión del islam estarán siempre expuestas a la división y la fragmentación. Además, con la llegada de un nuevo profeta surgiría una nueva distinción entre la incredulidad y el islam, y en cada caso semejante quienes creen en Allah, en Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y en el Corán saldrían del islam en grupos. Por consiguiente, abrir la puerta de la profecía equivale en realidad a abrir la puerta de la sedición y la confusión. De todas las posibles causas de la destrucción del islam, la pretensión de una nueva profecía es la más grave y peligrosa. La organización de la nación musulmana se estableció sobre la base de que todos los que crean en Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y en el Corán son musulmanes y creyentes. Forman una sola comunidad y una sola nación. Son hermanos entre sí. En la dicha y en la aflicción, en la alegría y en la tristeza, comparten unos con otros. Ahora bien, si algunos vinieran a decir que no basta con creer en Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y en el Corán, sino que también es necesario creer en mí, y que quien no crea en mí es un incrédulo aunque crea en Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) y en el Corán; si, basándose en ello, sembrara la división entre la incredulidad y el islam dentro de los musulmanes, fragmentara la nación formada por Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él), rompiera el vínculo de hermandad entre aquellos a quienes el Corán convirtió en hermanos, separara sus oraciones y demás prácticas, quebrantara sus relaciones matrimoniales y no dejara subsistir entre ellos ni siquiera vínculos como la atención a los enfermos, la condolencia y la compasión en el duelo o la participación en los funerales, ¿quién podría ser mayor enemigo del islam, de la nacionalidad islámica, de la cultura islámica y del sistema social islámico?
De esta exposición puede comprenderse fácilmente cuán importantes son, junto con la profecía de Muhammad, la perfección de la religión del islam, la abrogación de las religiones anteriores y la creencia en el sello de la profecía, y por qué es indispensable que formen parte de la fe para la estabilidad y permanencia del islam y para su establecimiento.
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La fe en los Libros
En la terminología islámica, «Libro» designa la escritura que Allah hace descender sobre un Mensajero para guiar a la humanidad. En este sentido, el Libro es la declaración oficial de ese mensaje (Official Version) o, según la terminología islámica, la «Palabra divina», para transmitirla a la gente, explicarla e interpretarla y llevarla a la práctica; con estos fines son enviados los profetas al mundo. Aquí no corresponde discutir en qué sentido el «Libro» es la palabra de Allah ni cuál es la naturaleza de su condición de palabra de Allah. Se trata de una cuestión puramente teológica y no guarda relación con el tema que nos ocupa. En este asunto nos limitaremos a poner de relieve cuál es el papel de la fe en el Libro en la construcción de los fundamentos de la cultura islámica. Para ello basta saber que los principios y cuestiones fundamentales de la enseñanza que se pretende impartir a la humanidad por medio del profeta son inspirados por Allah en el corazón del profeta. Ni en su lenguaje ni en su significado intervienen en lo más mínimo la inteligencia y el pensamiento propios del profeta, ni su voluntad y sus deseos. Por eso, tanto en sus palabras como en su significado, es la palabra de Allah y no una composición propia del profeta. El profeta transmite esta palabra a los siervos de Allah como un mensajero fiel. Además, con la visión profunda que Allah le ha concedido, explica su significado y su sentido. Sobre la base de todos estos principios divinos, establece una estructura completa de moralidad, vida social y civilización y cultura. Mediante la enseñanza, la predicación, los buenos consejos y su propio carácter puro y virtuoso, produce un cambio fundamental en las ideas, inclinaciones y forma de pensar de la gente. Infunde en ellos el espíritu de temor reverente de Allah, pureza, integridad y buena conducta. Mediante la educación y la guía práctica los consolida de tal manera que surge una nueva sociedad, con una nueva mentalidad, nuevas ideas y concepciones, nuevas costumbres y nuevas leyes. Además, deja entre ellos el Libro de Allah y, junto con él, ejemplos de sus propias enseñanzas y de su carácter puro, que sirven siempre como una luz orientadora para esta sociedad y para las generaciones posteriores.
La relación entre la profecía y el Libro
Tanto la «profecía» como el «Libro» proceden del único Allah. Ambos son partes indispensables de una misma realidad divina y medios para completar un mismo propósito y una misma predicación. El conocimiento de Allah y Su sabiduría se encuentran tanto en el Mensajero como en las páginas del Libro. La enseñanza cuya exposición verbal recibe el nombre de «Libro» tiene su modelo práctico en la vida del Mensajero.
La naturaleza humana —la fitra— es tal que no puede obtener ningún beneficio extraordinario de una enseñanza puramente libresca. Junto con el conocimiento, necesita también un maestro y guía humano que, mediante su propia enseñanza, arraigue ese conocimiento en los corazones de la gente y, al convertirse en su encarnación, infunda en ellos, mediante sus propios actos, el espíritu vivo que esa enseñanza pretende transmitir. En toda la historia de la humanidad no encontrarán un solo ejemplo de una nación del mundo cuya mentalidad, perspectiva y modo de vida hayan sido revolucionados únicamente por un libro, sin la guía y la formación de un maestro humano. Si los guías que provocaron profundas revoluciones en el pensamiento y las acciones de diversos pueblos no hubieran nacido como la realización plena y práctica de sus propias enseñanzas, y si su formación y su idealismo se hubieran expresado únicamente en forma de libros, ningún audaz investigador de los misterios de la naturaleza humana habría podido afirmar que las revoluciones producidas por las enseñanzas prácticas de aquellos guías también podrían haberse producido únicamente mediante ese Libro.
Por otra parte, también es propio de la naturaleza humana que, junto con un guía humano, desee una explicación auténtica y fiable de la enseñanza que este predica, ya sea consignada por escrito o preservada en la memoria. Si los principios sobre los que un guía establece el pensamiento, las actividades, la moral y la civilización de un pueblo no se conservan en su forma original, la huella de su enseñanza comienza a borrarse gradualmente. A medida que esa huella desaparece, también se debilitan progresivamente las bases del modo de vida individual y del sistema social, así como de las leyes y normas. Finalmente, a ese pueblo no le quedan más que relatos y leyendas. Ya no conserva la fuerza necesaria para mantener intactas una sociedad y una civilización poderosas. Por eso, los seguidores de aquellos guías cuyas enseñanzas no se conservaron cayeron en el torbellino del error y el extravío. Las naciones que ellos habían organizado se vieron envueltas en toda clase de deformaciones de pensamiento, creencias, prácticas, moral y civilización. Después de la desaparición de sus fundadores, no quedó nada capaz de preservar los principios exactos y correctos sobre los que originalmente se había organizado aquella nación.
El Creador del universo conocía perfectamente esta naturaleza de Su creación. Por eso, desde el momento en que asumió la responsabilidad de guiar a la humanidad, instituyó para ella conjuntamente las dos vías de la profecía y la revelación. Por un lado, elevó a la dignidad del liderazgo a personas de carácter inmejorable; por otro, hizo descender sobre ellos Su propia Palabra. Así, ambas cosas podían satisfacer las dos exigencias de la naturaleza humana. Si el Profeta hubiera venido sin el Libro, o el Libro sin el Profeta, el propósito de la razón y el discernimiento jamás se habría cumplido.
El ejemplo coránico de la antorcha y el guía
El Noble Corán ha explicado mediante una parábola esta relación entre la profecía y el Libro. En diversos pasajes compara al Profeta con un guía y orientador cuyo cometido es mostrar el camino recto a quienes se han extraviado. Así se dice:
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Por otra parte, ha calificado al Libro con epítetos como «resplandor» (***), «luminosidad» (***), «radiante» (***), «prueba» (***), «diferenciador» (***), «iluminador» (***), «explicativo», etc. Así se ha dicho:
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Estas analogías no son mera poesía, sino que apuntan a una verdad importante. Su verdadero significado es que la gente común no obtiene de su inteligencia natural y de los conocimientos adquiridos tanta luz y orientación «con las cuales» pueda avanzar por el camino sencillo y recto de la verdad. En este camino desconocido y oscuro necesita un guía extraordinario que conozca plenamente sus reglas. Este debe llevar en la mano una antorcha, para que, con su ayuda, pueda avanzar sabiendo dónde hay hoyos, dónde puede resbalar, dónde hay matorrales de espinas, de dónde parten los caminos tortuosos y desviados, y demás. Sus seguidores también pueden, a la luz de ella, observar las señales del camino, conocer los indicios de la vía recta y, al estar advertidos de los giros y desvíos de los caminos tortuosos, seguirlo con plena previsión. En realidad, la relación que existe entre el guía y la antorcha en la oscuridad de la noche es exactamente la misma que existe entre el Profeta y el Libro. Si arrebatamos la antorcha de la mano del guía y comenzamos a avanzar por nuestra cuenta, encontraremos en el camino bifurcaciones, cruces y toda clase de senderos, ante los cuales tendremos que detenernos, confundidos y desconcertados, o bien avanzar por algún camino equivocado a la luz de esa antorcha. Esto se debe a que la mera existencia de una lámpara no hace al ser humano independiente de la ayuda del guía. Del mismo modo, si el guía no tiene una antorcha en la mano, tendremos que aferrarnos a él y seguirlo como seguidores ciegos, y sin luz no adquiriremos la previsión necesaria para distinguir el camino recto del tortuoso ni para reconocer los lugares delicados del camino recto donde la gente tropieza o resbala. Por tanto, así como para recorrer de noche un camino desconocido necesitamos un guía experimentado y familiarizado con él, y también una lámpara adecuada para ver sus señales, y no podemos prescindir de ninguno de los dos, del mismo modo necesitamos por igual al Mensajero y al Libro en el mundo desconocido de las verdades suprasensibles, donde la mera luz de nuestra razón y conciencia no sirve de nada. No podemos encontrar el camino recto abandonando el seguimiento de uno de ellos.
El Profeta es un guía experimentado que, con la previsión que Allah le ha concedido, ha llegado a conocer el camino recto de la guía, el Sirat al-Mustaqim. Conoce los detalles de este camino de tal manera que está familiarizado con ellos en todos sus pormenores, como un guía que, después de recorrer innumerables veces un camino, conoce minuciosamente cada uno de sus pasos.
A esta clase de previsión se la denomina «inteligencia»(***), «conocimiento» (***), «comprensión plena» (******), «enseñanza divina» (*********) y «guía divina» (**********), y el Corán menciona repetidamente que fue concedida especialmente a los profetas. Así se ha dicho:
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Y el Libro es una antorcha de luz resplandeciente, mediante la cual el Profeta no solo guía a sus seguidores por el camino recto, sino que también los reviste con el resplandor del conocimiento, la luz del pensamiento y el brillo de la verdad que él ha recibido de Allah en un grado superior. Al mismo tiempo, mediante su enseñanza y formación, los capacita hasta tal punto que, si siguen sus huellas y mantienen en sus manos aquella antorcha, no solo encontrarán ellos mismos la guía correcta, sino que también se convertirán en guías y orientadores para otras personas.
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«Hemos hecho descender este Libro sobre ti con el propósito de que conduzcas a la gente de las tinieblas hacia la luz». (Sura Ibrahim: 01)
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«Hemos hecho descender sobre ti el Recuerdo (el Corán) para que expliques claramente a la gente la guía que les fue revelada; quizá reflexionen. (Sura
Además, lo ha expresado de una manera sublime: en el mundo material existe una diferencia entre la lámpara y el guía, pero en el mundo espiritual no existe tal diferencia entre el Profeta y el Libro. Al contrario, allí ambos están unidos por un mismo vínculo. Por eso, en algunos lugares se ha comparado al Mensajero con aquello mismo con lo que se comparó al Libro en otros lugares. También se ha hecho la comparación inversa:
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«¡Oh, Profeta! Te hemos enviado como testigo, portador de buenas nuevas y amonestador, como quien llama hacia Él, con el permiso de Allah, y como lámpara luminosa». Nuevamente
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«En verdad, este Corán guía hacia el camino completamente recto». En la aleya, el Libro es llamado guía.
De esto se sabe que la relación entre el Libro y el Mensajero es esencialmente inseparable. Ambos son igualmente necesarios para que la humanidad alcance la guía. Para preservar intactos e inalterados el establecimiento, la estabilidad y la responsabilidad del sistema intelectual y práctico de acción, así como de la cultura y la civilización que el islam desea establecer, es indispensable mantener siempre su relación con la profecía y el Libro. Precisamente sobre la base de esta intensa necesidad, la profecía y el Libro han sido declarados por separado como dos componentes indispensables de la fe, y se ha insistido repetidamente en creer en cada uno de ellos. Si insistir en ello no hubiera sido el propósito, no habría habido ninguna necesidad de hacerlo, pues reconocer la veracidad del Mensajero demuestra la veracidad del Libro que trajo, y reconocer la veracidad del Libro equivale a demostrar la veracidad de quien lo transmitió y trajo.
Fe en todos los Libros celestiales
Precisamente en este contexto de la fe, el islam ha ordenado creer en todos los Libros que fueron revelados por parte de Allah a Sus profetas. Así como es necesario creer en todos los profetas y Mensajeros para ser musulmán, también es necesario creer en todos los Libros. Por eso, en el Corán se dice repetidamente:**************
«Los piadosos son quienes creen en el Libro que te ha sido revelado y también en los Libros que fueron revelados antes de ti». (Sura Al-Báqara: 4)
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«El Mensajero y todos los creyentes han creído en Allah, en Sus ángeles, en todos Sus Libros y en Sus profetas». (Sura Al-Báqara: 285)
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«Allah te ha revelado el Libro con la verdad, confirmando la veracidad de todos los Libros que llegaron anteriormente». (Sura Alí Imrán: 3)
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«Di: Hemos creído en Alá, en el Libro que nos ha sido revelado y en los Libros que fueron revelados a los descendientes de Abraham, Ismael, Isaac y Jacob, así como en lo que fue dado a Moisés, Jesús y a los demás profetas por parte de su Señor. No hacemos distinción entre ninguno de ellos y a Él nos sometemos». (Sura Al Imrán: 84)
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«Quienes hayan negado este Libro y los demás Libros con los que enviamos a los profetas pronto conocerán sus consecuencias. Cuando lleven grilletes y cadenas alrededor del cuello, serán arrastrados hacia el agua hirviente y luego arrojados al fuego». (Sura Al-Mu’min: 70-72)
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«Ciertamente, enviamos a los profetas con pruebas claras y, junto con ellos, hicimos descender el Libro y la balanza, para que la gente se mantuviera firme en la justicia». (Sura Al-Hadid: 25)
Junto con esta descripción general, también se ha ordenado creer en algunos Libros mencionándolos por su nombre. Por ejemplo, la Torá ha sido denominada guía, luz (***), criterio, esplendor (****), guía y misericordia. (Al-Qasas: 5; Al-Ma’ida: 6; Al-Anbiya: 4; Al-Ahqaf: 2). Asimismo, el Evangelio ha sido llamado guía, luz (***) y exhortación (***). (Al-Ma’ida: 4). En suma, creer detalladamente en los Libros mencionados ampliamente en el Corán y, en general, en aquellos que no se mencionan, es uno de los principios fundamentales del islam. Según la doctrina islámica, no existe en el mundo pueblo alguno al que el profeta de Alá no haya llevado un Libro procedente de Él. Y todos los Libros que llegaron a las distintas regiones y pueblos del mundo eran corrientes surgidas de una misma fuente y rayos de luz irradiados por un mismo sol. Todos los Libros llegaron con la verdad, la autenticidad, la guía y la luz llamadas «islam». Por eso, todo musulmán cree en todos ellos. Y quien niega siquiera uno de esos Libros es culpable de negar todo y de negar la fuente original.
Seguir únicamente el Corán
Pero, después de la fe, comienza aquí el ámbito de la obediencia práctica; por ello, es necesario romper la relación con los demás libros y mantenerla únicamente con el Corán. Esto se debe a varias razones:
En primer lugar, muchos de los libros celestiales ya no existen. Y de los que se encuentran actualmente, ninguno, salvo el Corán, se ha conservado en su lengua y significado originales. En ellos se ha mezclado la palabra humana con la palabra divina, tanto en el lenguaje como en el significado. Como resultado inevitable de la adoración de las pasiones, el extravío se ha mezclado con la guía en esos libros. Ahora se ha vuelto muy difícil distinguir cuánto hay en ellos de verdad y cuánto de falsedad. Esta es la situación de los libros sobre los que diversos pueblos han fundamentado sus religiones y de aquellos que se sospecha que son libros celestiales. En algunos ni siquiera existe la noción de que hayan sido revelados por Allah. De algunos ni siquiera se sabe si fueron revelados por Allah, a qué profeta fueron revelados ni en qué época. En algunos, la lengua ha muerto de tal manera que hoy resulta difícil incluso determinar correctamente su significado. En otros se observa una mezcla evidente de deseos humanos, doctrinas erróneas y supersticiones. Algunos contienen enseñanzas manifiestas de asociación de otras divinidades con Allah, adoración de otros fuera de Allah y otras creencias y prácticas igualmente falsas, que de ningún modo pueden ser verdaderas. Los libros que se encuentran en tal estado jamás pueden proporcionar a las personas un conocimiento exacto y una luz correcta. Y el ser humano tampoco puede estar a salvo del extravío siguiendo esos libros.
En segundo lugar, de todos los libros que existen actualmente aparte del Corán, sean celestiales o considerados posiblemente celestiales, en sus enseñanzas y sistemas normativos predomina o bien la influencia de un nacionalismo tribal estrecho, o bien las exigencias particulares de una época determinada. Nunca han sido, ni pueden ser, un medio de guía y orientación para toda la humanidad en todas las épocas.
En tercer lugar, no cabe duda de que en cada uno de estos libros existen algunas enseñanzas verdaderas y correctas, así como muchos buenos principios y normas para purificar la naturaleza, el carácter y la conducta de las personas; pero ningún libro reúne todo lo virtuoso y beneficioso, ni uno solo puede ofrecer por sí mismo una orientación exacta en todos los aspectos y ámbitos de la vida humana.
Pero el Sagrado Corán está completamente libre de estos tres defectos:
Primero: se ha conservado exactamente en la lengua en la que el Noble Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) presentó el Corán. Desde el primer día, cientos de miles y millones de personas lo han memorizado en cada época. Cientos de millones de personas lo recitan diariamente. Sus copias se han registrado continuamente. Nunca se ha producido ninguna diferencia en su significado ni en su recitación. Por tanto, no hay lugar para ninguna duda o sospecha al respecto: el Corán que se escuchó de los labios del Noble Profeta (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) es el mismo que existe hoy en el mundo y seguirá existiendo para siempre. Nunca se ha cambiado una sola palabra en él, ni puede cambiarse.
Segundo: el Corán fue revelado en árabe, que aún hoy es una lengua viva. Actualmente hay en el mundo cientos de millones de personas que hablan árabe. Los libros que eran la literatura más excelsa y ejemplar de esta lengua en el momento de la revelación del Corán siguen existiendo hasta hoy. Las dificultades que se presentan actualmente para comprender los libros escritos en lenguas muertas no se encuentran, en la misma medida, al comprender el significado y la esencia de esta literatura.
Tercero: el Corán es enteramente verdadero e infalible, y está lleno de enseñanzas divinas de principio a fin. En ninguna parte se puede encontrar en él el menor rastro de emociones humanas, deseos de las pasiones, egoísmo nacional o tribal, ni extravío nacido de la ignorancia. En su interior no ha podido mezclarse ni siquiera en la mínima medida la palabra humana con la palabra de Allah.
Cuarto: En él se invita a toda la humanidad y se presentan creencias, principios morales y normas de conducta que no están limitados a ningún país, nación ni época en particular. Cada una de sus enseñanzas es tanto universal como eterna.
Quinto: En él se han incorporado todas las verdades, principios fundamentales, bienes y buenas obras expuestos en las anteriores Escrituras celestiales. De ninguna escritura religiosa podrá extraerse ninguna verdad o buena obra que no esté mencionada en el Corán. Ante una Escritura tan completa, el ser humano deja naturalmente de necesitar otras escrituras.
Por todas estas razones, el islam ha declarado que, rompiendo el vínculo de seguimiento con todas las demás escrituras, solo el Corán es digno de ser seguido, y ha invitado al mundo entero a aceptar exclusivamente esta Escritura como código y método de conducta.
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إِنَّا أَنزَلْنَا إِلَيْكَ الْكِتَابَ بِالْحَقِّ لِتَحْكُمَ بَيْنَ النَّاسِ بِمَا أَرَاكَ اللّهُ وَلاَ تَكُن لِّلْخَآئِنِينَ خَصِيمًا
«Te hemos revelado esta Escritura con la verdad, para que juzgues entre la gente con el conocimiento de la verdad que Allah te ha otorgado». (Sura an-Nisa: 105)
«Por tanto, quienes han creído en este Profeta, lo han auxiliado y apoyado, y han seguido la luz que fue revelada con él, esos son los que triunfarán» — (Sura al-A‘raf: 157)
Y por esta razón también se ha invitado a las naciones que ya poseen una Escritura celestial a creer en el Corán y seguirlo. Por eso, el Corán ordena repetidamente:
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“¡Oh, gente que habéis recibido la Escritura! Creed en este Libro (el Corán) que hemos revelado y que confirma la veracidad de las Escrituras que conserváis.” — (Sura an-Nisá: 47)
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“¡Oh, gente de la Escritura! Ha venido a vosotros Nuestro Mensajero; os explica muchas cosas que ocultabais de la Escritura y pasa por alto muchas otras. Han venido a vosotros, procedentes de Allah, una luz y un Libro claro; mediante él, Allah guía por los caminos de la paz a quienes siguen Su complacencia, y, con Su permiso, los saca de las tinieblas hacia la luz y los guía por un camino recto.” — (Sura al-Má’ida: 15-16)
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“Te hemos revelado signos claros, y solo los transgresores los niegan.” — (Sura al-Báqara: 99)
Convicción detallada acerca del Corán
El seguimiento del Libro que ha sido calificado como guía infalible para el pensamiento y la fe de la humanidad, y que ha sido establecido como un código obligatorio para la vida práctica, no puede ser completo mientras la persona no mantenga la firme convicción de que es infalible, está basado en la verdad y está libre de todo defecto y error. Pues si surgiera cualquier duda acerca de su pureza, no tendría confianza ni tranquilidad respecto de él, y no podría seguirlo con plena dependencia. Por ello, los elementos indispensables de la fe en el Corán han sido expuestos en el propio Noble Corán. A saber:
Uno: El significado con el que fue revelado el Corán se ha conservado. No ha sufrido ningún tipo de disminución ni aumento. Las siguientes aleyas dan testimonio de ello:
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«Recopilarlo y hacértelo recitar es responsabilidad Nuestra; por tanto, cuando lo recitemos, sigue esa recitación. Además, explicarnos su significado también es responsabilidad Nuestra». (Sura Al-Qiyamah: 17-19)
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«Te enseñaremos de tal manera que no olvidarás, salvo aquello que Allah quiera que olvides; eso es otra cuestión». (Sura Al-A‘la: 6-7)
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«Nosotros hemos hecho descender este Recordatorio (el Corán) y Nosotros somos sus custodios». (Sura Al-Hiyr: 9)
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«Recita lo que te ha sido revelado de parte de tu Señor; nadie tiene poder para cambiar Sus palabras». — (Sura Al-Kahf: 27)
Dos: Ninguna fuerza satánica tiene la menor participación en la revelación del Corán.
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«Los demonios no lo han hecho descender; esa tarea no les corresponde a ninguno de ellos, ni pueden hacerlo. Más bien, se les ha impedido escuchar la revelación». — Sura Ash-Shu‘ara: 210-212)
Tres: En el Corán no hay lugar siquiera para los deseos y las inclinaciones personales del propio Profeta.
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«No habla por su propia voluntad; esto no es sino una revelación que le ha sido descendida». — (Sura An-Najm: 3-4)
Cuatro: En el Corán no hay en absoluto lugar para la mentira ni la falsedad.
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«En verdad, este es un Libro firme y protegido; la falsedad no puede alcanzarlo ni por delante ni por detrás. Ha sido revelado por una Esencia sabia y digna de alabanza». – (Sura Ha-Mim as-Sajdah: 41-42)
Cinco: El Corán es verdad de principio a fin; no ha sido revelado basándose en conjeturas o suposiciones, sino en el conocimiento verdadero. En él no hay lugar para ninguna desviación ni tergiversación; muestra a la humanidad el camino recto.
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«Quienes poseen conocimiento consideran que este Libro, revelado a ti por tu Señor, es la verdad; conduce a la humanidad hacia Allah, el Poderoso y Digno de alabanza». – (Sura Saba: 6)
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«Sin duda, esa es la verdad absoluta». – (Sura al-Haqqah: 51)
«Les hemos traído un Libro que hemos hecho, basándonos en el conocimiento verdadero, como una guía amplia y una misericordia para los creyentes». – (Sura al-A‘raf: 52)
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«¡Oh, Muhammad! Di que Aquel que conoce todos los secretos de los cielos y de la tierra ha revelado este Libro». –(Sura Al-Furqan: 6)
«En este Libro no se ha afirmado nada basándose en la duda».
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«Allah no ha puesto en él ninguna desviación; es completamente recto».
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«Sin duda, este Corán guía hacia un camino completamente recto»
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Sexto: nadie, ni siquiera el propio Profeta, tiene derecho a modificar las normas y enseñanzas del Corán.
«(¡Oh, Muhammad!) Di: No tengo autoridad para cambiar este Libro por iniciativa propia. Yo solo sigo la revelación que me ha sido enviada. Si desobedezco a mi Señor, temo el castigo de un día terrible». —(Sura Yunus: 15)
Séptimo: nada que contradiga al Corán debe seguirse en absoluto.
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«Seguid lo que os ha sido revelado por vuestro Señor y no sigáis, en lugar de ello, a otros protectores». —(Sura al-A‘raf: 3)
Esta es la concepción integral del islam acerca del Noble Corán, y es indispensable creer en cada una de sus partes. Quien carezca de convicción en cualquiera de ellas jamás podrá obedecer al Corán de manera correcta y completa. Más bien, se desviará del camino recto llamado «islam».
Los cimientos de la cultura islámica
La fe en un solo Libro y un solo Mensajero, la obediencia y el seguimiento de este último, la reconstrucción de la mentalidad conforme al molde que él formó, la derivación de toda la doctrina, la adoración, la moral, las transacciones y las normas sociales de una única fuente, y la unión de toda la sociedad musulmana mediante los vínculos de esa fe, obediencia y seguimiento convierten al islam en una cultura permanente y a los musulmanes en una sola nación, a pesar de todas las diferencias hereditarias, lingüísticas, raciales y geográficas. Naturalmente, como consecuencia de las diferencias en conocimiento, intelecto, investigación, indagación, perspectivas, inclinaciones y tendencias, pueden surgir diferencias al deducir leyes de las aleyas del Corán y de la Sunna del Mensajero, así como al comprender su significado y sus objetivos. Pero estas diferencias se limitan a cuestiones secundarias y menores; no convierten a las distintas escuelas de jurisprudencia y teología islámicas en religiones separadas, ni a sus seguidores en naciones distintas. El fundamento esencial de la comunidad islámica consiste en aceptar a Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) como el único modelo que debe seguirse en calidad de Mensajero de Allah, reconocer el Noble Corán como el único libro de leyes en calidad de Libro de Allah, y declarar que ambas cosas son la fuente de toda la doctrina, la fe y la legislación. Quienes están de acuerdo en este asunto fundamental forman una sola nación, por muchas que sean sus discrepancias en cuestiones secundarias. Y quienes no están de acuerdo en este asunto fundamental, por muchas naciones en que se dividan entre sí, desde la perspectiva del Corán constituyen una nación diferente.
En realidad, el Corán es la recopilación completa de todos los asuntos sobre los que se fundamenta el islam. Quien ha creído en el Corán también ha creído en Alá, en Sus ángeles, en Su Libro, en Sus profetas y en la vida futura. Esto se debe a que en el Corán se encuentra una exposición detallada de todo este conjunto de creencias. Y el fruto cierto de la «fe en el Corán» es que el ser humano alcance una fe completa. Asimismo, en el Noble Corán se mencionan todos los principios fundamentales y las disposiciones básicas de la sharía islámica, y el Legislador de la sharía dejó claramente explicados esos principios y disposiciones mediante sus palabras y sus actos. Por tanto, quien, con una fe correcta, declara que el Corán y la Sunna del Mensajero son leyes de obligado cumplimiento en todos los asuntos de la vida, es sin duda musulmán tanto en la creencia como en las obras. Y al conjunto de esta fe y del cumplimiento de la ley se le llama islam. Donde estén presentes estas dos cosas, allí estará también el islam. Y donde no estén ambas, tampoco estará el islam.
7.
La fe en el Último Día
El Último Día se refiere a la vida posterior a la muerte. Por eso también se le llama vida del Más Allá y vida ultraterrena. Probablemente no haya una sola página del Noble Corán en la que no se mencione de algún modo el Más Allá. Este tema ha sido tratado de diversas maneras y formas, y se ha arraigado firmemente en el corazón de las personas. Se han presentado pruebas y argumentos sobre su verdad. Se ha ofrecido una explicación detallada de él. Se ha explicado su importancia. Se ha exhortado a creer en él. Se ha declarado claramente: quien no cree en esta vida final verá anuladas todas sus obras:
«En verdad, las obras de quienquiera que considere falsas Nuestras señales y niegue comparecer ante el tribunal en el Más Allá quedan anuladas». —(sura Al-A‘raf: 147)
«Han sufrido una pérdida quienes han considerado falsa la noticia de que se encontrarán con Alá». —(sura Al-An‘am: 31)
En realidad, la creencia en el Más Allá, presentada con tanta importancia, puede considerarse una respuesta a ciertas preguntas que surgen naturalmente en la mente humana.
Algunas preguntas naturales
El ser humano experimenta más tristeza que felicidad y más sufrimiento y aflicción que comodidad. Es completamente natural que aquello que hiere más intensamente los sentimientos de una persona active en mayor medida su capacidad de pensar. Cuando obtenemos algo, en medio de la alegría ni siquiera nos detenemos a pensar de dónde vino, cómo llegó ni cuánto tiempo permanecerá. Pero cuando perdemos algo, el golpe de la aflicción azota violentamente nuestra capacidad de pensar, y entonces nos preguntamos: ¿Cómo se perdió? ¿Adónde fue? ¿Dónde está? ¿Volverá a encontrarse alguna vez? Por eso, la cuestión de la vida y de su origen no tiene para nosotros tanta importancia como la cuestión de la muerte y de sus consecuencias. Aunque, al contemplar el escenario del mundo y nuestra propia existencia en él, necesariamente surgen en nuestra mente preguntas como: ¿Qué clase de alboroto es este? ¿Cómo se creó? ¿Quién lo creó? Sin embargo, todos estos son pensamientos del momento inicial. Salvo las personas distinguidas y profundamente reflexivas, la gente común no se preocupa por estos asuntos. En cambio, todo ser humano debe enfrentarse a la muerte y a su amargura. En la vida de cada persona llegan muchas ocasiones en las que ve con sus propios ojos morir a familiares, parientes, amigos y seres queridos. Mueren también los indefensos y débiles, y mueren igualmente los poderosos y fuertes. Ocurren muertes dolorosas, y también se ven muertes aleccionadoras. Al ver que todos emprenden este camino, nace en cada persona la firme convicción de que también ella habrá de recorrerlo. ¿Puede encontrarse acaso alguien a quien estas escenas no le provoquen una conmoción interior ante la cuestión de la muerte, alguien a quien no le inquieten preguntas como: qué es la muerte, adónde va el ser humano después de atravesar esta puerta, qué hay detrás de ella, o si realmente existe algo?
Esta es una pregunta común que se plantean tanto las personas comunes como las extraordinarias. Desde un simple campesino hasta un gran filósofo o científico, todos se preocupan por este asunto. Pero en relación con él existen además varias preguntas que aguijonean la mente de casi toda persona reflexiva, y las numerosas experiencias amargas de la vida intensifican aún más ese aguijón. Estos pocos años de nuestra vida en el mundo, cada uno de sus momentos y cada instante, se consumen en alguna actividad o algún esfuerzo. Incluso aquello que consideramos quietud es una forma de movimiento; y aquello que consideramos inactividad es también una clase de actividad. En cada acción es absolutamente necesario que la buena acción produzca un buen resultado y la mala acción, un mal resultado. Los beneficios del esfuerzo honrado y las consecuencias nocivas del esfuerzo deshonesto deberían manifestarse necesariamente. Pero, en esta vida mundana, ¿recibimos el resultado de todos nuestros esfuerzos, el fruto de todos nuestros empeños y la retribución de todas nuestras acciones? Un malhechor ha pasado toda su vida cometiendo malas acciones. Sin duda, en este mundo ha recibido las consecuencias de algunas de ellas. Como resultado de alguna mala acción, ha enfermado; por otra, se ha visto envuelto en tristeza, sufrimiento, calamidades e intranquilidad. Pero, al mismo tiempo, en este mundo no ha sufrido por completo las consecuencias de muchas de sus malas acciones. Muchas de ellas han permanecido ocultas a los ojos de la gente, por lo que ni siquiera ha sufrido descrédito o humillación. Y aun si hubiera sido desacreditado, ¿qué reparación se hizo por el daño sufrido por el desdichado al que había oprimido? Entonces, ¿quedarán sin efecto la opresión y la tiranía de este malhechor, así como la paciencia y la fortaleza de los indefensos oprimidos? ¿No llegará a manifestarse nunca el resultado de todo esto?
Lo mismo ocurre con las buenas obras. Muchas personas rectas han pasado toda su vida haciendo el bien, pero no han recibido en este mundo todos sus beneficios. Por el contrario, a causa de algunas de sus buenas obras han tenido que soportar descrédito y humillación. Han sido perseguidas y castigadas severamente por algunas buenas acciones. Y algunas buenas obras ni siquiera se han dado a conocer ante el mundo. Entonces, ¿han sido inútiles todas las buenas obras de estas desdichadas personas? Después de un trabajo y un esfuerzo tan arduos, ¿es acaso suficiente como único resultado que hayan alcanzado la serenidad interior?
Esta pregunta se refiere únicamente al individuo y a la persona particular. Pero después hay otra pregunta relacionada con el destino de las naciones, las clases, las cosas y de todo este mundo. Vemos que los seres humanos mueren y que otros seres humanos nacen en su lugar. Las plantas, los animales y las aves desaparecen, y en su lugar surgen otras plantas, animales y aves. Pero ¿continuará indefinidamente esta sucesión de nacimientos y muertes? ¿No llegará a su fin en algún lugar? Todo este sistema universal, que funciona de una manera determinada con la ayuda del aire, el agua, la tierra, la luz, el calor y las fuerzas naturales, ¿es acaso indestructible? ¿No tiene nada de esto una vida útil determinada? ¿No se producirá ningún cambio en sus reglas, su orden y su sistema de organización?
El islam ha ofrecido una solución adecuada a todas estas preguntas. En realidad, la creencia en la vida del Más Allá es la respuesta natural a este conjunto de cuestiones. Pero antes de analizar esta solución, su veracidad y sus consecuencias morales y civilizatorias, es necesario examinar hasta qué punto el propio ser humano ha tenido éxito en sus esfuerzos por resolver estas preguntas.
Negación de la vida del Más Allá
Algunos dicen que todo lo que significa la vida termina en esta vida mundana. La muerte significa destrucción y desaparición completas; después de ella no existen la conciencia vital, la percepción ni la retribución por las obras.
«Dicen: No existe más que nuestra primera muerte, y no seremos resucitados después». —Sura Ad-Duján, 34-35
«Estas personas dicen: “No hay otra vida que nuestra vida en este mundo; aquí están la vida y la muerte, y nadie nos destruye salvo el paso del tiempo”». (Sura Al-Jāthiya: 24)
Por el contrario, esta fábrica cósmica seguirá funcionando eternamente tal como funciona ahora. Su orden y disciplina son de tal naturaleza que jamás se desintegrará.
Quienes sostienen cosas de este tipo no las afirman basándose en alguna fuente de conocimiento que les haya permitido saber con certeza que, después de la muerte, realmente no existe nada y que esta fábrica cósmica es verdaderamente indestructible. Más bien, lo dicen basándose únicamente en sus propias percepciones sensoriales. La razón por la que llegan a esa conclusión es que no han percibido ningún estado posterior a la muerte. Tampoco han visto ninguna señal de que el orden del universo vaya a desmoronarse. Pero la pregunta es: ¿acaso no percibir algo constituye una prueba suficiente para negarlo? ¿Acaso nuestras percepciones indican la existencia de las cosas, y la ausencia de percepción indica su inexistencia? Si fuera así, diría: aquello que percibo nace en realidad en el momento en que lo percibo, y cuando sale del ámbito de mis percepciones, también se produce su desaparición natural. El río que vi fluir habría sido creado justo cuando lo vi fluir, y cuando desapareció de mi campo visual, su existencia también habría dejado de ser cierta. ¿Aceptaría alguna persona sensata como correcta una afirmación semejante? Si no, ¿cómo puede una persona sensata aceptar como verdadera la afirmación de que, puesto que el estado posterior a la muerte no ha sido captado por nuestra observación y experiencia, por eso no existe ningún estado después de la muerte?
Además, así como es erróneo basarse únicamente en las percepciones sensoriales para sacar conclusiones sobre la muerte y la destrucción, tampoco tienen fundamento las conclusiones sobre la vida y la existencia que se extraen únicamente de las percepciones sensoriales. Si el hecho de que no hayamos visto desmoronarse el orden del universo basta para demostrar que es eterno e indestructible, entonces yo también podría mirar un edificio sólido y afirmar que permanecerá en pie para siempre, porque nunca lo he visto derrumbarse ni he observado ninguna grieta que indique que vaya a derrumbarse en el futuro. ¿Sería aceptable este razonamiento para las personas sensatas?
El efecto de negar la vida futura sobre el carácter:
Los filósofos y los científicos están, en general, casi de acuerdo en que el orden del universo necesariamente se desmoronará algún día. Probablemente ya no haya hoy, entre los eruditos, ningún defensor de la antigua doctrina de la eternidad del universo. Sin embargo, todavía hay muchas personas que consideran la muerte como la destrucción definitiva, y la mencionada idea irracional constituye la base de su doctrina. Pero, dejando de lado su irracionalidad, hay una verdad innegable: mediante esta doctrina el ser humano nunca puede alcanzar la paz interior. Al contrario, la mayoría de las preguntas que surgen en la mente humana al contemplar los acontecimientos de la vida quedan sin respuesta dentro de esta doctrina. Sobre todo, si la vida y la formación del carácter humanos se fundamentan en esta doctrina, necesariamente se enfrentarán a dos situaciones. En primer lugar, si las circunstancias son adversas, esta doctrina impondrá sobre el ser humano una tremenda desesperación, frustración y falta de entusiasmo. Cuando no vea en este mundo ninguna consecuencia de sus buenas acciones, su energía para actuar se debilitará y se extinguirá. Cuando no vea ningún medio para remediar la injusticia y la opresión, su valor se quebrará. Cuando vea que la maldad, la inmoralidad y la opresión se expanden y prosperan en el mundo, pensará naturalmente que, en la creación, el éxito y la prosperidad pertenecen exclusivamente a la maldad, mientras que para el bien y las buenas acciones solo existe el declive. Por el contrario, si las circunstancias son favorables, bajo la influencia de esta doctrina el ser humano se convertirá en un animal ególatra. Pensará que solo tiene sentido el día transcurrido en el lujo, la comodidad y el placer. Si se ve privado de alguno de los placeres y goces de este mundo, no tendrá otra vida a la que pueda regresar para compensarlo. Por ello, ejercerá sin escrúpulos la opresión y la persecución, usurpará los derechos de los demás y no vacilará en realizar los actos más viles para obtener su propio beneficio y satisfacer sus deseos. En la concepción de una persona así solo tendrán cabida, a lo sumo, aquellas buenas acciones, formas de cortesía y decoro que le permitan obtener buena fama, reconocimiento, honor o cualquier otro beneficio mundano. Del mismo modo, solo considerará delitos y pecados aquellos crímenes y actos de inmoralidad cuyas consecuencias se manifiesten en forma de castigo mundano, daño físico o pérdida material. A sus ojos, realizar buenas acciones cuyos beneficios no vayan a manifestarse en este mundo no será más que una insensatez. Y las maldades cuyos perjuicios no hayan de sufrirse en este mundo serán consideradas por él, precisamente, como actos virtuosos.
Si en algún lugar todo el sistema moral de la sociedad se fundamentara en una doctrina y una mentalidad semejantes, cambiaría por completo su concepción moral. Todo su sistema moral se establecería sobre los cimientos del egoísmo y la egolatría. Allí, la buena acción sería sinónimo de beneficio mundano, y la maldad sería simplemente otro nombre para el perjuicio material. Allí, la mentira solo sería considerada un pecado si causara un perjuicio mundano; si fuera un medio para obtener un beneficio, sería considerada exactamente una buena acción. Si la honradez fuera un medio para obtener beneficios en este mundo, sería una virtud; pero si resultara perjudicial, no habría maldad mayor que ella. El adulterio sería una bendición para el lujo y el placer, y solo se consideraría objetable si perjudicara la salud. En suma, allí donde no exista temor ni esperanza de que, después de esta vida mundana, aparezca una consecuencia buena o mala, el ser humano solo prestará atención a los resultados de sus actos que puedan manifestarse en este mundo. Como consecuencia, se producirá en sus valores morales una transformación que de ningún modo puede ser adecuada para una sociedad civilizada. Más bien, sería más acertado decir que, con semejantes valores morales, un grupo humano no tendrá más opción que descender a un nivel aún inferior al de los animales.
Alguien podría decir que, para el castigo y la recompensa, en el mundo no existen únicamente las ganancias y pérdidas materiales y físicas, sino también una fuerza llamada conciencia dentro del ser humano. Su tormento y sus gritos son asimismo un castigo suficiente por la maldad en este mundo, y su tranquilidad es una recompensa suficiente por las buenas acciones de una persona. Pero yo diría que hay muchas maldades en el mundo cuyos beneficios materiales hacen que el ser humano se disponga a soportar los remordimientos de la conciencia; y, por otra parte, para realizar muchas buenas acciones una persona debe hacer tantos sacrificios que la paz de la conciencia por sí sola no puede constituir una recompensa suficiente. En segundo lugar, al reflexionar sobre la naturaleza de la conciencia se verá que no es tarea suya crear una ideología moral; más bien, la conciencia comienza a respaldar el ideal moral que se ha inculcado en la mente humana mediante un tipo particular de educación y formación. Por eso, aquello que hace sufrir la conciencia de un hindú no causa ningún sufrimiento a la conciencia de un musulmán. Por consiguiente, si en una sociedad cambia la ideología moral y también se modifican los criterios del bien y del mal, la orientación de la conciencia cambiará con ellos. Por las acciones que esa sociedad deje pasar injustamente, su conciencia no sentirá ningún remordimiento, y por aquellas acciones que no sean reconocidas como buenas, no sentirá ninguna tranquilidad.
La doctrina de la reencarnación
El segundo grupo propone la doctrina de la reencarnación. En esencia, sostiene lo siguiente: la muerte no significa destrucción definitiva, sino únicamente el traslado de un cuerpo a otro. Después de abandonar este cuerpo, el alma adopta otro cuerpo. Y el segundo cuerpo —o, expresado con mayor precisión, la segunda jaula— resulta adecuado para las capacidades que la persona adquiere en su primera vida por efecto de sus actos y tendencias personales. Si sus actos son malos y, como consecuencia, se desarrollan en ella capacidades inferiores, su alma descenderá a un nivel biológico o vegetal inferior. Pero si, gracias a sus buenas acciones, logra desarrollar buenas capacidades, su alma ascenderá hacia un nivel superior. En suma, según esta doctrina, el castigo y la recompensa están limitados por completo a este mundo y a este ámbito corporal. Las almas cambian continuamente de jaula en este mundo únicamente para experimentar las consecuencias de sus actos anteriores.
Hubo un tiempo en que esta doctrina fue muy popular. Varios siglos antes de Hazrat Jesús (la paz sea con él), filósofos como Pitágoras y Empédocles fueron sus defensores en Grecia. También se observa cierta influencia suya en la historia antigua de Egipto. La doctrina de la reencarnación también penetró entre los judíos por influencia externa. Sin embargo, en la actualidad esta doctrina se encuentra en las religiones originarias de la India —como el brahmanismo, el budismo y el jainismo—, o entre pueblos incivilizados o semicivilizados de África occidental, África meridional, Australia central, Indonesia y el norte y el sur de América. Todas las demás naciones civilizadas la han rechazado. La razón es que cuanto ha llegado a conocer la humanidad, gracias al desarrollo de su conocimiento y su inteligencia, sobre el mundo y su modo de vida niega todos los fundamentos de la reencarnación. Si examinamos la historia de esta doctrina dentro de las propias religiones originarias de la India, vemos que en la India védica antigua se creía que, después de la muerte, el ser humano obtenía otra vida: completamente placentera para quienes obraban rectamente y completamente dolorosa para los malhechores. Luego, de repente, comenzó a producirse un cambio en esta doctrina, y en la literatura india de épocas posteriores la reencarnación aparece como una creencia filosófica. La causa de este cambio aún no ha sido investigada. Algunos investigadores consideran que esta idea llegó a los arios desde los drávidas. Otros dicen que ya existía entre las clases inferiores de los propios arios. Sobre las suposiciones posteriores se ha levantado un enorme edificio. De manera semejante, en la literatura budista se encuentra, ciertamente, una elaborada concepción de la reencarnación, pero al principio no existía nada semejante en esta religión. La literatura antigua indica que, en sus comienzos, la creencia budista era que la vida es como un río que fluye continuamente entre ciclos y transformaciones. Esta idea avanzó hasta adoptar la forma de que en todo el universo existe una misma alma y una misma vida, que va cambiando de forma en forma y de jaula en jaula. Esto deja claro que, en sus comienzos, los pueblos de la India alteraron el conocimiento que habían recibido de la revelación y la inspiración divina, y elaboraron una doctrina religiosa filosófica y llena de fantasías. Esta doctrina era enteramente una creación de su propia imaginación.
Crítica intelectual
Aquí no hay lugar para un análisis extenso de la doctrina de la reencarnación. Sin embargo, es necesario arrojar al menos algo de luz para señalar que su fundamento es completamente contrario a la razón y contradice todo el conocimiento humano y científico adquirido sobre la vida y el mundo. Los partidarios de la reencarnación sostienen que cada persona recibe en este mismo mundo la retribución por sus actos: asciende a un nivel superior de vida como resultado de las buenas acciones y desciende a un nivel inferior como resultado de las malas. Por ejemplo, si una persona obra mal en esta vida, descenderá al nivel animal o vegetal. Y si un animal obra bien durante su vida, ascenderá al nivel humano. Esto significa, por otro lado, que la vida animal y vegetal es el resultado de las malas acciones de la vida humana, mientras que la vida humana es el resultado de las buenas acciones de la vida vegetal y animal. En otras palabras, los seres humanos actuales son humanos porque anteriormente realizaron buenas acciones en una vida vegetal o animal. Y las plantas y los animales actuales se encuentran en esa condición porque realizaron malas acciones en una vida humana. Para aceptar esta doctrina es necesario admitir además varias cuestiones, todas contrarias a la razón. Por ejemplo:
Uno: no puede determinarse ningún comienzo para este ciclo de reencarnaciones. Para llegar a ser humano, antes es necesario haber sido planta o animal; y para llegar a ser planta o animal, antes es necesario haber sido humano. La razón declara irreal este ciclo sin comienzo.
Dos: si el ciclo de la reencarnación es infinito, habría que admitir que no solo son infinitas las almas que cambian repetidamente, sino también las materias que les proporcionan sus jaulas. Esta Tierra, este sistema solar y el conjunto de fuerzas activas que hay en su interior serían todos infinitos. Pero la razón exige —y la investigación científica también lo atestigua— que este sistema solar no carece de comienzo ni es infinito.
Tres: habría que admitir que todas las características de las plantas, los animales y la humanidad se deben a su belleza corporal, y no a la vida. Pues la misma vida que, al entrar en la jaula humana, adquirió razón, juicio y capacidad de pensamiento, al entrar en la jaula animal se volvió carente de inteligencia. Y al entrar en la jaula vegetal, la pobre perdió incluso la voluntad y la capacidad de actuar.
Cuarto: Solo pueden calificarse de buenas o malas, y de moralmente correctas o incorrectas, aquellas acciones que se realizan con reflexión y consciencia. Desde este punto de vista, las acciones humanas pueden ser moralmente correctas o incorrectas, y por ellas se puede recibir castigo o recompensa; pero no es razonable calificar de moralmente correctas o incorrectas las acciones de las plantas y los animales, ni tiene sentido castigarlos o recompensarlos por ellas. Para llegar a semejante conclusión habría que admitir también que las plantas y los animales poseen la capacidad de actuar con reflexión y consciencia.
Quinto: Si la vida futura es el resultado de las acciones realizadas en nuestra vida actual, entonces, naturalmente, el resultado de las malas acciones debería ser malo. Y si en la segunda vida recibimos precisamente ese mal resultado, ¿cómo sería posible realizar buenas acciones a partir de él? Naturalmente, de este modo solo se realizarían malas acciones, y su resultado sería aún peor en la tercera vida. Así, el alma del malhechor descendería continuamente hacia niveles cada vez más bajos en el ciclo de la transmigración. Ya no podría esperarse que volviera a ascender. Esto implica también que un ser humano puede convertirse en animal, pero que es imposible que un animal se convierta en ser humano. Ahora surge la pregunta: ¿como resultado de qué buenas acciones se han convertido en seres humanos las personas que actualmente lo son, y de dónde proceden? 1 [Para una crítica más amplia de la transmigración, véase la nota 30 de la sura Al-A‘raf en Tafhím al-Corán.]
La influencia de la transmigración en la sociedad y la civilización
Además, por muchas otras razones, el sano juicio no puede aceptar la transmigración. Por eso, a medida que la humanidad progresa en el pensamiento y en las ciencias, la transmigración va siendo abandonada en la misma proporción. Incluso hoy, esta doctrina prevalece principalmente entre los pueblos más atrasados en el desarrollo intelectual y científico. Asimismo, debe reconocerse que la transmigración reprime el valor y la fortaleza moral de las personas, y debilita el espíritu vital del progreso. De esta doctrina surgió el principio de la no violencia, sumamente destructivo para la vida individual y nacional. En un pueblo que cree en semejante principio, su espíritu guerrero desaparece naturalmente. Su fuerza física se debilita. Más aún, queda privado de las nobles motivaciones que desarrollan la fuerza física. La población de ese pueblo se debilita no solo físicamente, sino también mentalmente. Como resultado de esta doble debilidad, permanece derrotada y sometida, y finalmente desaparece de la faz de la tierra o se disuelve entre otros pueblos poderosos.
El segundo perjuicio de la transmigración es que constituye un enemigo eterno de la civilización y la cultura. Arrastra a las personas hacia el ascetismo y la renuncia al mundo. Los partidarios de la transmigración creen que son los deseos los que contaminan el alma con el pecado. Por eso el alma queda repetidamente encerrada en una jaula corporal y sufre las consecuencias de sus propias acciones. Por tanto, si una persona reprime sus deseos y no se enreda en el mundo y sus laberintos, el alma puede liberarse del ciclo de la transmigración. Y este es el único camino hacia la liberación. Pues, una vez que se ha involucrado en los asuntos mundanos, al ser humano le resulta imposible librarse de los deseos y de sus exigencias. La consecuencia inevitable de ello es que quienes anhelan la liberación deben convertirse en ascetas y marcharse a los bosques, las selvas, las montañas o los desiertos; y quienes no estén dispuestos a hacerlo deben prepararse para seguir transmigrando por los niveles de los animales y las plantas, desesperados de alcanzar la liberación. ¿Puede semejante creencia contribuir siquiera mínimamente al progreso de la civilización y la cultura? ¿Puede algún pueblo que sostenga una creencia así alcanzar el progreso en el mundo?
No cabe duda de que, en diversos aspectos, la transmigración es mejor que considerar la muerte como destrucción definitiva o partida eterna. Esto se debe a que existe en el ser humano un deseo natural de perdurar, y la transmigración puede satisfacerlo en cierta medida. Asimismo, esta doctrina contiene las ideas de castigo y recompensa, y de los resultados buenos y malos de las acciones; sobre esa base podría contribuir a establecer un sistema moral excelente y sólido. Pero también hemos señalado repetidamente esta verdad innegable: una doctrina contraria al conocimiento y a la razón, y que constituye un obstáculo para el progreso de la civilización y la cultura, no puede mantener su dominio sobre la mente y el intelecto humanos con igual
fuerza. Y cuando su dominio tampoco puede mantenerse, su mera existencia en las páginas de los libros como doctrina filosófica no puede ser en modo alguno beneficiosa para la estabilidad y solidez del sistema moral. Solo cuando, en lugar de quedar establecida en las páginas de los libros, se establezca en las páginas del corazón y las personas crean plenamente en ella, podrá considerarse beneficiosa.
En segundo lugar, esta doctrina también ha perdido su propio valor moral por las consecuencias últimas a las que conduce. Pues hace que una persona crea que el ciclo de la transmigración funciona exactamente como una máquina: el resultado determinado de cada acción necesariamente se manifestará, y ninguna forma de arrepentimiento, perdón o expiación puede cambiar sus efectos ni sus consecuencias. En tal situación, una vez que alguien comete un pecado, quedará atrapado para siempre en el ciclo del pecado; entonces pensará: «Si de todos modos he de convertirme en animal o planta, ¿por qué no habría de disfrutar plenamente de todas las comodidades, placeres y deleites de esta vida humana?»
La creencia en la vida del Más Allá
Más arriba se han expuesto dos concepciones sobre el destino del mundo y del ser humano. De ello también se desprende que estas dos opiniones no solo son incorrectas desde el punto de vista del juicio y la razón, sino que tampoco ofrecen una respuesta completa y satisfactoria a las preguntas que surgen naturalmente en la mente humana al observar los signos de decadencia y destrucción en el mundo. Además, ninguna de ellas posee la aptitud necesaria para servir de apoyo a un sistema moral sólido y correcto. Escuchemos ahora la tercera opinión. Esta sostiene lo siguiente:
Primero: así como cada cosa del mundo tiene una duración determinada, después de cuyo vencimiento surgen naturalmente en ella la alteración y el desorden, también este universo tiene una duración determinada. Una vez transcurrida, toda esta maquinaria del universo quedará hecha añicos y será reemplazada por otro mundo, cuyas leyes naturales serán completamente distintas de las de este.
Segundo: después de que este universo quede hecho añicos, Allah establecerá un tribunal en el que se pedirá cuenta de todo. Ese día, el ser humano recibirá una nueva vida corporal. Se presentará ante su Señor
y todas las acciones que haya realizado en su vida anterior serán examinadas y pesadas con exactitud. Su caso será juzgado con verdad y justicia. Recibirá una recompensa por sus buenas obras y un castigo por sus malas obras.
Tercero: la vida terrenal del ser humano no es más que una introducción a su vida del Más Allá. Esta vida es efímera; aquella, eterna. Esta es imperfecta, mientras que aquella es completa. En esta vida transitoria no se manifiestan plenamente los resultados de todas las acciones. Ningún brote puede dar fruto en este mundo imperfecto conforme a su desarrollo natural. Esta imperfección alcanzará su plenitud en la segunda vida. Asimismo, todo cuanto aquí ha quedado sin fruto y sin utilidad manifestará allí su verdadero resultado y su auténtico valor. Por tanto, el ser humano no debe fijar su atención únicamente en los resultados incompletos y, a veces, engañosos que se manifiestan de sus acciones en esta vida mundana. Más bien, debe determinar el valor de sus acciones teniendo presente la totalidad de la cadena de sus resultados.
En realidad, esta es precisamente la concepción que han presentado los profetas de Allah. Y el Noble Corán ha convocado a la humanidad hacia ella con palabras enérgicas. Sin embargo, antes de analizar las consecuencias morales de esta concepción y su rango e importancia en la cultura islámica, queremos examinar qué argumentos y pruebas existen en su favor y hasta qué punto el juicio y la razón la aceptan.
El método correcto para investigar las teorías intelectuales
En realidad, la pregunta de si existe alguna vida después de la muerte está relacionada con cuestiones que se encuentran fuera de los límites de nuestros sentidos y de la experiencia adquirida mediante la percepción. A lo sumo, percibimos que la persona que hasta hace unos instantes respiraba y actuaba según su voluntad ahora ha quedado privada de todos los signos de la vida. De su cuerpo ha desaparecido algo que había infundido a esta materia inerte, inmóvil e inactiva la energía necesaria para el desarrollo, la inteligencia y el movimiento. Ahora puede surgir la pregunta: ¿adónde fue aquello? Aunque se haya separado del cuerpo, ¿sigue existiendo o ha desaparecido? Y después, ¿volverá alguna vez a establecerse su relación con este cuerpo o con algún otro cuerpo semejante? Con la ayuda de nuestros sentidos y del conocimiento derivado de la experiencia no podemos dar a esta pregunta una respuesta negativa ni afirmativa. La razón es que, en la práctica, nunca hemos percibido ni percibimos aquello mismo. Por consiguiente, debemos comprender de antemano que la ciencia —es decir, la sabiduría práctica o el conocimiento basado en la experiencia— no tiene ninguna relación con esta cuestión. Si la ciencia no puede formular una conclusión afirmativa al respecto, tampoco tiene derecho a formular una conclusión negativa. La ciencia solo puede decir: «No sé qué sucede después de la muerte». Pero si, apartándose de la justicia y la imparcialidad, afirma: «Como no sé qué sucede después de la muerte, sé que después de la muerte no sucede nada», entonces habrá traspasado ciertamente los límites del razonamiento lógico.
Después de la percepción sensorial, la segunda fuente de conocimiento para nosotros es la reflexión (árabe*****). El ser humano siempre se ha negado a confinarse dentro de los límites de las cosas percibidas por los sentidos. Y su naturaleza mental le ha impulsado a emplear la facultad de pensar para conocer las verdades ocultas que se encuentran más allá de lo perceptible. Esta investigación intelectual recibe el nombre de reflexión. Tiene dos métodos:
El primer método consiste en cerrar los ojos ante los indicios del mundo y de la propia existencia humana, o actuar con gran temeridad, para extraer conclusiones basadas únicamente en asuntos intelectuales y mantener hasta el final la carrera desenfrenada de la razón. Este es el ámbito de la filosofía fundada exclusivamente en conjeturas, y esta estación oscura es la fuente de toda confusión. De aquí han surgido las doctrinas filosóficas en las que el ser humano se sumerge y se extravía en el mundo de la imaginación. De aquí también han surgido las diversas doctrinas, diferentes y contradictorias entre sí, acerca de Allah, los ángeles, el orden del universo y la vida del Más Allá; no son más que el resultado de avanzar a tientas en la oscuridad, guiándose por suposiciones, conjeturas e imaginaciones.
El segundo método consiste en observar con los ojos abiertos la naturaleza del universo y la propia existencia, contemplando los indicios que sirven de antorchas y guías hacia el camino de la verdad, y, con la ayuda de un juicio sano y una capacidad de pensamiento correcta, alcanzar la verdad fundamental oculta tras esos indicios. Mediante este método, la ciencia y la filosofía avanzan conjuntamente. Por supuesto, tampoco este es un camino seguro para llegar a la verdad absoluta; pero, dejando de lado la guía celestial, para el ser humano es la única fuente de búsqueda de la verdad. Con la ayuda de esta fuente es posible alcanzar la verdad absoluta o aproximarse a ella. Naturalmente, la condición es que la capacidad de observación del ser humano sea aguda, que su facultad perceptiva sea pura y penetrante, y que posea suficiente aptitud y talento para pensar e investigar. Según la concepción filosófica, el desarrollo y el progreso humanos dependen de la combinación de la observación y la reflexión. Ninguna de las doctrinas sobre las que hoy se fundamenta la filosofía, ni de los principios en los que todo estudiante de ciencias debe creer para poder avanzar siquiera un paso, depende exclusivamente de la experiencia y la observación. Cada doctrina y principio se fundamenta en aquellas concepciones intelectuales reales para las que la experiencia y la observación se utilizan como elementos. Los principios y leyes en los que creen los grandes filósofos —la ley natural, los principios de atracción y repulsión, la cadena de causa y efecto, el principio de la relatividad, la teoría de la evolución, el principio de la supervivencia del más apto y otros semejantes— son todos resultado de la reflexión y la investigación sobre los fenómenos externos y los indicios naturales, junto con la aplicación de inferencias intelectuales. De lo contrario, hasta hoy nadie ha observado sensorialmente ninguna de estas leyes y principios.
Además, la convicción que una persona común obtiene mediante la observación sensorial de una cosa es tan firme como la confianza que un filósofo deposita en las conclusiones derivadas de su propia observación y sus conjeturas. Sin embargo, ni siquiera un gran filósofo puede obligar a un incrédulo a aceptar esa conclusión. Porque, mientras una persona no observe los fenómenos externos y los indicios visibles desde el mismo punto de vista especial que el filósofo, ni emplee su capacidad de pensamiento e investigación como lo hacen los filósofos, la única manera de que avance por el camino de la filosofía y alcance en él desarrollo y progreso puede ser que confíe en la inteligencia y el discernimiento del filósofo y, abandonando las conclusiones obtenidas mediante su propia observación y reflexión, mantenga una fe invisible en las conclusiones aceptadas por aquel.
Es necesario grabar firmemente esta premisa en el corazón. Pues para comprender la descripción y la línea argumental del Noble Corán acerca de las cuestiones sobrenaturales, es indispensable asimilarla. La falta de comprensión de esto ha dado lugar a muchas ideas erróneas. Ahora centraremos nuestra atención en la exposición del Noble Corán sobre la vida del Más Allá.
La pregunta de los incrédulos acerca de la vida del Más Allá
Cuando el Noble Corán presentó la doctrina relativa a la vida del Más Allá, los incrédulos plantearon una pregunta en su contra. Su pregunta era exactamente semejante a la de los incrédulos de hoy. Y, en realidad, solo es posible plantear una pregunta al respecto. Era esta: ¿acaso obtener una nueva vida después de la muerte no es algo completamente ajeno a la razón y a la comprensión? ¿Cómo podemos aceptar que vuelva a vivir la persona muerta cuyo cuerpo se ha descompuesto y se ha mezclado con la tierra, y cuyos miembros se han dispersado aquí y allá entre la tierra, el aire y el agua?
Árabe*************
«Dijeron: “Cuando nos hayamos disuelto en la tierra, ¿acaso seremos creados de nuevo?”» (Sura As-Sajdah: 10)
Árabe************
«Dijeron: “Cuando la carne se haya desintegrado y no queden de nosotros más que los huesos, y nos hayamos convertido en polvo, ¿acaso seremos creados y resucitados de nuevo?
» (Sura Bani Isra’il: 49)
Árabe**************
«¿Acaso, después de morir y mezclarnos con la tierra, seremos resucitados nuevamente? Tal retorno está fuera del alcance de la razón y de la imaginación.» (Sura Al-Qaf: 3)
Árabe***************
«¿Quién lo devolverá a la vida después de que sus huesos se hayan podrido y descompuesto?» (Sura Ya-Sin: 78)
La argumentación del Noble Corán
Para hacer frente a esta duda, el Noble Corán adopta una argumentación singular. Esta consiste en que, en primer lugar, el Corán invita a la gente a observar los signos del poder de Allah y a reflexionar e investigar sobre ellos.
Dice:
«Les mostraremos Nuestros signos en el universo y en su propia existencia, hasta que les quede claro que esto es la verdad». (Sura Ha-Mim as-Sajdah: 53)
Árabe**************
«¿Acaso no reflexionan sobre el dominio de los cielos y la tierra?
» (Sura Al-A’raf: 185)
Árabe*************
«En los cielos y en la tierra hay muchos signos que ellos pasan por alto, sin reflexionar sobre ellos» (Sura Yusuf: 105).
Con esta indicación se ha dicho que no se le ha concedido al ser humano la capacidad de observar directamente las cosas ocultas a sus sentidos ni de determinar su naturaleza mediante la experiencia. Sin embargo, si contempla con los ojos abiertos los signos que se le presentan día y noche, observa la organización de los cielos y la tierra, dirige la mirada hacia su propia creación y, reflexionando e investigando acerca de estos datos perceptibles y obtenidos mediante la observación, intenta llegar a la verdad real, comprenderá fácilmente que todo cuanto se ha dicho es exacto, verdadero y razonable.
La posibilidad de la vida en el Más Allá
Luego, el Corán presenta ante la gente aquellas cosas de entre los signos externos y visibles que son completamente claras, y mediante ellas demuestra este argumento: aquello que consideráis fuera del alcance de la razón y de la imaginación, por imposible que os parezca según vuestra razón e imaginación, en realidad no es en absoluto imposible.
Árabe************
«Allah es Quien ha elevado los cielos sin pilares visibles para vosotros; luego se estableció sobre el Trono. Sometió el sol y la luna a Su mandato. Cada uno de ellos se mueve durante un plazo determinado. Él dirige la organización de todo el universo. Expone claramente Sus signos, para que tengáis certeza del encuentro con vuestro
Señor» (Sura ar-Ra‘d: 2).
Árabe***********
«¿Es más difícil crearos a vosotros o crear el cielo? Él ha creado (algo) tan grandioso».—(Sura An-Nazi‘at: 27)
Mediante estos grandiosos signos celestiales se establece esta verdad: únicamente Al-lah ha creado este vasto universo. Él ha sujetado los grandes planetas y estrellas a las leyes que les son propias. Su poder es el que ha hecho funcionar este inmenso mundo mediante una organización perfecta. Por ello, ningún planeta puede desviarse ni siquiera el grosor de un cabello de su órbita; tampoco puede apartarse ni por un instante del período de vida que le ha sido fijado. Su poder infinito ha establecido los estratos del universo sobre soportes invisibles, imperceptibles y fuera del alcance humano. ¿Qué mayor capricho e insensatez podría revelar la idea de que un Al-lah tan poderoso y omnipotente no es capaz de destruir una vez y devolver a la vida después a una criatura insignificante como el ser humano?
Árabe************
«¿Acaso no ven que Al-lah, que creó los cielos y la tierra, también es capaz de crear seres humanos como ellos?».—(Sura Bani Isra’il: 99)
Después del cielo, el Corán dirige nuestra atención hacia nuestro entorno más cercano, es decir, hacia los signos de la tierra:
Árabe************
«Recorred la tierra y ved cómo Al-lah inició la creación.
Y ese mismo Dios es quien devuelve la vida a todas las cosas. Ciertamente, Dios tiene poder sobre todas las cosas.” (Sura Al-Ankabut: 20)
Árabe****************
“Para ellos, la tierra muerta es un signo: nosotros le dimos vida y de ella produjimos cosechas de las que comen.” (Sura Yasin: 33)
Árabe****************
“Observa los signos de la misericordia de Dios: cómo da vida a la tierra después de que ha muerto. Ciertamente, Él dará vida también a los muertos. Él tiene poder sobre todas las cosas.” (Sura Ar-Rum: 50)
Árabe************
“Entre Sus signos está este: ves la tierra seca y yerma; pero cuando hacemos descender sobre ella el agua, de inmediato germina y se cubre de flores y frutos. Así pues, quien dio vida a la tierra dará vida también a los muertos.
Ciertamente, Dios tiene poder sobre todas las cosas.” (Sura Ha-Mim As-Sajdah: 39)
Árabe**********
“Allah es quien dirige los vientos. Luego estos levantan las nubes.
Después conducimos esas nubes hacia regiones sin agua, hierba ni vegetación. Luego Él devuelve la vida, mediante la lluvia, a esa tierra muerta y desolada. Así también tendréis que ser resucitados (el Día de la Resurrección)” (sura Fátir: 9).
Después, el Corán dice que cierres los ojos a todo lo demás y reflexiones profundamente sobre tu propia existencia. Entonces verás que la prueba del poder de Allah para dar vida a los muertos está presente dentro de ti mismo.
Árabe****************
“Sin duda, transcurrió sobre el ser humano un período de la eternidad en el que no era nada digno de mención” (sura Ad-Dahr: 1).
Árabe***************
“Estabais muertos y Allah os dio la vida. Luego os hará morir nuevamente y os dará la vida otra vez. Después tendréis que retornar a Él” (sura Al-Báqara: 28).
Árabe***************
«Si dudáis de la resurrección después de la muerte, sabed que os hemos creado de una materia inerte semejante a la tierra» (sura Al-Hajj: 5).
Árabe**************
«Dijo: “¿Quién dará vida nuevamente a los huesos después de que se hayan desintegrado?”. Di: “Les dará vida Aquel que les dio la vida por primera vez”» (sura Ya-Sin: 78-79).
Árabe***************
«Diles: “Convertíos en piedras, en hierro o en cualquier otra cosa que, según vuestra opinión, esté fuera del alcance del conocimiento y la razón para cobrar vida”. Entonces preguntan: “¿Quién nos dará vida nuevamente?”. Di: “Aquel mismo (les dará vida)”
«que os creó por primera vez» (sura Bani Isra’il: 50-51).
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«Creamos al ser humano a partir de un terrón de tierra; luego transformamos ese terrón en una gota de semen y la depositamos en un lugar seguro. Después transformamos la gota de semen en un coágulo de sangre. Luego transformamos el coágulo de sangre en una masa de carne. Después creamos un esqueleto para la masa de carne. Luego revestimos los huesos con carne. Después lo hicimos surgir como una criatura diferente. ¡Bendito sea, pues, Allah, el mejor de los creadores! Después de esto, ciertamente moriréis. Luego, el Día de la Resurrección, seréis resucitados con toda seguridad.» (Sura Al-Mu’minun: 12-16)
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«¿Acaso el ser humano no fue primero una gota de semen que fue eyaculada en el útero materno? Luego se convirtió en un coágulo de sangre. Después, Allah le dio forma humana y perfeccionó su estructura. Luego lo dividió en dos clases y creó parejas de hombres y mujeres. ¿Acaso Aquel que hizo esto no es capaz de devolver la vida a los muertos?» (Sura Al-Qiyamah: 37-40)
Después de presentar estas pruebas claras y evidentes, cercanas a nuestra observación y percepción sensorial, el Noble Corán expuso un argumento relacionado precisamente con el conocimiento del sentido común. Dijo que, después de que algo se haya dispersado y fragmentado, volver a crearlo en su forma anterior es menos difícil que crearlo desde la nada absoluta. Entonces, si el poder que no fue incapaz de realizar la tarea más difícil no será incapaz de completar la tarea más sencilla, ¿por qué habría de serlo? Si una persona es capaz de inventar y fabricar un motor, ¿acaso no podrá volver a unir sus piezas después de haberlas separado y desmantelado? Este ejemplo demuestra que el Artífice del universo, que os creó de la nada, no puede ser en absoluto incapaz de volver a crearos después de la muerte.
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«¿Acaso no ven cómo Allah inicia la creación? Luego, de la misma manera, la repetirá. Y esto es ciertamente más fácil para Allah.» (Sura Al-Ankabut: 19)
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«Él es Quien inicia la creación; luego la repite, y repetirla es muy fácil para Él.» (Sura Ar-Rum: 27)
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«¿Acaso fuimos incapaces de crear por primera vez? (No; ellos no niegan la primera creación), pero tienen dudas acerca de la nueva creación» (sura Qaf: 15).
Queda la duda de cómo aquellos cuyos miembros han sido destruidos y desintegrados después de morir podrán volver a convertirse en su cuerpo anterior. Pues algunos han muerto ahogados, y sus huesos y su carne se han convertido en alimento de peces y animales acuáticos. Otros han muerto quemados por el fuego, o han sido quemados después de morir, y todo su cuerpo se ha transformado en cenizas y humo. Otros han sido enterrados en la tierra, y su cuerpo se ha disuelto en ella. Ahora bien, ¿cómo será posible devolverle su cuerpo anterior e infundirle en él aquella misma alma? La gente ha intentado reforzar esta duda diciendo que, para devolver al alma la vida corporal, no es indispensable restituirle su cuerpo anterior. Más bien, podría suceder que el alma siguiera siendo la misma y que se le diera otro cuerpo semejante al anterior. Pero el Corán ha dicho que Dios es plenamente capaz de devolver el cuerpo anterior. Los miembros corporales del ser humano no se han disuelto simplemente en la nada; cada una de sus partes permanece en algún lugar, aunque dispersa: en el aire, en el agua, en la tierra, en los cuerpos de plantas o animales y en los minerales, sus partes se encuentran esparcidas de diversas maneras. El conocimiento de Dios es tan omnipresente que Él está informado de la ubicación de cada una de ellas. Su poder y capacidad son tan ilimitados que puede reunir esos miembros dispersos y devolverles su forma anterior.
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«Sabemos qué consume la tierra de ellos, y tenemos un Libro en el que está protegido el registro de todas las cosas» (sura Qaf: 4).
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«Él posee las llaves de lo oculto; nadie las conoce excepto Él. Él sabe todo cuanto hay en la tierra y en el mar. Ni siquiera cae una hoja sin que Él lo sepa. No hay grano alguno en las tinieblas de la tierra, ni cosa seca o húmeda, que no esté registrada en un Libro manifiesto» (sura Al-An‘am: 59).
Todo lo dicho anteriormente tiene como propósito disipar las dudas que se encuentran en la raíz de la incredulidad en el Más Allá. Por supuesto, la causa fundamental de la incredulidad no es que los incrédulos hayan llegado a conocer de manera definitiva y clara la imposibilidad de una vida después de la muerte mediante alguna experiencia, observación u otra fuente de conocimiento cierto. El único fundamento de su incredulidad es que no comprenden cómo puede haber vida de nuevo después de la muerte. Nunca han contemplado semejante escena; por el contrario, han visto siempre que quien muere una vez no regresa. Por eso, cuando se les dice que quien ha muerto volverá, consideran esta afirmación contraria a la naturaleza como irreal, imposible y fuera del alcance de la razón y del pensamiento. Sin embargo, basta avanzar un paso más por el camino de la reflexión y la investigación para que estas dudas desaparezcan y aquello que antes parecía imposible se muestre precisamente como posible. La gente considera posibles, e incluso reales y verdaderas, aquellas cosas cuya manifestación está acostumbrada a observar. Una semilla entra en la tierra, germina y se manifiesta como un árbol enorme, con grandes ramas. Una gota de semen llega al vientre materno y de allí sale convertida en un ser humano completo. El agua se forma mediante la combinación de dos gases, y, conforme a una ley determinada, una y otra vez el agua se convierte en vapor y el vapor en agua. En la inmensa extensión del espacio vacío, miles de millones de planetas y estrellas se desplazan como bolas y permanecen estrechamente vinculados entre sí sin ningún nexo material. En ninguna parte del sistema de movimientos, órbitas y rotaciones de esos planetas y estrellas se produce la más mínima alteración. La gente está muy acostumbrada a contemplar todas estas cosas y por eso las considera normales. Pero si estas mismas cosas no se manifestaran ante ellos y estuvieran acostumbrados a algún otro sistema, considerarían precisamente estas cosas ajenas a la razón y a la imaginación, y negarían firmemente su posibilidad. Tomemos como ejemplo que en Marte no crece ninguna planta. Si se dijera a sus habitantes que basta con enterrar en la tierra una semilla del peso de un masha para que se convierta en un árbol gigantesco, miles o incluso cientos de miles de veces mayor que su forma original, les parecería tan asombroso como les parece a los habitantes de la Tierra la resurrección después de la muerte. Ellos también rechazarían exactamente de la misma manera esta afirmación. Pero está claro que este veredicto de imposibilidad no se basa en el conocimiento ni en los datos; no sería resultado de un juicio racional producido por la ignorancia y la necedad, sino resultado de la incomprensión. Lo mismo ocurre con la incredulidad respecto al Más Allá. Si la gente comprendiera la naturaleza del asombro y de la incredulidad, llegaría naturalmente a saber que el hecho de que algo esté fuera del alcance de su razón y de su imaginación no constituye ninguna prueba de su imposibilidad ni de su irrealidad. Las cosas que los seres humanos están descubriendo hoy se encontraban, hace cien años, fuera de la razón y de la imaginación humanas. Pero los hechos reales han demostrado hoy que, en verdad, no eran imposibles. De igual modo, aquello que hoy los seres humanos consideran imposible será posible por obra de sus propias manos dentro de cien años, y los hechos reales demostrarán que no había en ello nada imposible. Por tanto, si este es el secreto de la razón humana y de lo que queda fuera de ella o está dentro de su alcance, no se puede declarar imposible algo simplemente porque no sea comprensible para esta razón limitada.
Para demostrar la existencia de algo oculto y fuera del alcance de los sentidos, primero es necesario demostrar su posibilidad. Por eso, el Noble Corán, mediante pruebas y argumentos irrefutables, elimina todas las dudas y sospechas relacionadas con la vida ultraterrena y demuestra su posibilidad. Como segundo paso, debe demostrarse su necesidad. Entonces, el intelecto humano aceptará fácilmente que algo así necesariamente debe existir.
El orden del universo es un orden sabio
¿Es esta naturaleza universal la creación de un Ser sabio, o se creó por sí misma, sin ninguna sabiduría? En realidad, la necesidad de la vida ultraterrena depende precisamente de la resolución de esta cuestión. El hombre devoto de la ciencia de la época actual afirma que ningún artífice sabio creó este orden universal. Se creó por sí mismo y avanza como una máquina automática, con todos sus órganos y componentes —entre los que también se encuentra el ser humano—. El día en que termine la interacción entre la materia y la energía, este sistema se desmoronará por completo. Es evidente que buscar cualquier propósito o sabiduría en un sistema dirigido por una naturaleza ciega, sin conocimiento, inteligencia, conciencia, voluntad ni sabiduría, es un esfuerzo completamente inútil. Por ello, la ciencia materialista actual no solo ha excluido de su ámbito la causalidad teleológica de las leyes naturales, sino que también ha declarado totalmente irrelevante y absurda semejante forma de pensamiento. Afirma categóricamente que ni la naturaleza universal ni ninguno de sus objetos y fenómenos tienen propósito alguno. Por ejemplo, el ojo no existe para ver; la visión es simplemente el resultado de la disposición particular de la materia dentro del ojo. Del mismo modo, el cerebro no es el centro del pensamiento, los sentimientos y la conciencia; así como la bilis se segrega del hígado, el pensamiento, la reflexión y la imaginación emanan del cerebro. En realidad, llamar propósito a las actividades naturales y espontáneas de las cosas materiales, y buscar inteligencia y sabiduría en su creación, no es más que un simple error.
Si se acepta esta doctrina, no queda ninguna razón lógica para admitir la necesidad de otra vida después de la vida terrenal. Pues un universo cuyo orden es dirigido por una naturaleza ignorante, necia e inconsciente, sin meta ni propósito alguno, no puede tener más dignidad que la de un juguete. Un universo en el que todo carece de propósito y que será destruido cuando esa falta de propósito alcance su plenitud. Sería completamente inconcebible que una naturaleza ciega poseyera la cualidad de la justicia, o esperar de ella cualquier rendición de cuentas e imparcialidad. Incluso si se admitiera que posee la cualidad de la justicia, como el ser humano juega en sus manos cual una marioneta indefensa y no tiene, en realidad, ningún poder ni voluntad propia, por no hablar de poder hacer algo por sus propias fuerzas, no debería atribuírsele responsabilidad por ninguna acción buena o mala; del mismo modo que a un motor no se le atribuye responsabilidad por recorrer un camino recto o sinuoso. Y una vez abandonada la cuestión de la responsabilidad, quedan eliminadas las cuestiones del juicio, la justicia, la paz y la recompensa en este mundo; con mayor razón, no cabe admitir la necesidad de una vida independiente para ello.
Pero esta doctrina es completamente contraria a la razón. No se ha presentado ninguna prueba intelectual ni evidencia científica para demostrarla. Hasta ahora, sus defensores se han limitado, en términos generales, a decir: no podemos ver ningún creador ni director de la naturaleza universal, ni comprendemos ningún propósito de su creación. La vemos en movimiento y dinámica sin ningún creador. Tampoco nos es posible conocer el propósito de ese movimiento, ni vemos necesidad alguna de conocerlo. Sin embargo, no conocer la causa eficiente y la causa final de algo no demuestra que carezca de causa eficiente y de causa final. Supongamos que un niño ve una imprenta en funcionamiento. No comprende con qué propósito se hace funcionar la máquina. Por eso piensa que no es más que un juguete que funciona sin ningún objetivo particular. Observa que, del mismo modo que la máquina produce ruido, sus piezas se mueven y el suelo tiembla, también salen hojas impresas. Por ello concluye que, así como aquellas actividades son consecuencia del funcionamiento de la máquina, la salida de las hojas impresas es igualmente un resultado natural de su movimiento. No logra comprender que, entre todas las actividades de la máquina, solo una —la impresión y salida de las hojas— constituye el propósito para el que fue creada toda la máquina, mientras que todas las demás actividades son consecuencias naturales de su funcionamiento. Su mirada infantil e inquisitiva aún no ha adquirido la capacidad de comprender la disposición, el ensamblaje y el orden de las piezas de la máquina. Tampoco comprende que cada pieza ha sido fabricada de determinada manera y colocada en un lugar concreto porque esa forma y ese lugar son los adecuados para ella, y que, para cumplir su función dentro de la máquina, es necesario que la pieza tenga esa forma y ocupe ese lugar. Por eso, el niño de inteligencia inmadura supone que la máquina surgió por sí sola como resultado de la unión de unos trozos de hierro. Carece de la capacidad intelectual desarrollada para deducir, al observar el funcionamiento y la diversidad de disposición de la máquina, que detrás de ella debe haber un Creador sabio, que la fabricó conforme al mejor método y a un plan magnífico, sin dejar ninguna de sus partes inactiva, inútil, desarticulada o innecesaria; y que algo elaborado con semejante inteligencia y sabiduría no puede ser carente de causa, de propósito ni de sentido. Ahora bien, si ese niño necio, basándose en esta observación incompleta y en su pensamiento inmaduro sobre la imprenta, formula la doctrina de que la máquina no tiene causa eficiente ni causa final, de que en su creación no se emplearon inteligencia ni sabiduría, y de que no existe ningún objetivo elevado ante ese diseño, ¿aceptaría alguna persona inteligente y adulta que la doctrina del niño sobre la máquina es correcta y verdadera?
Si esto no fuera correcto en el caso de una imprenta, ¿cómo podría serlo respecto del orden universal, en el que cada átomo da testimonio del conocimiento, la inteligencia, la voluntad, la sabiduría y la previsión de su Creador? Un niño de inteligencia inmadura y visión estrecha puede decir lo que quiera. Pero una persona inteligente que haya observado con los ojos abiertos los signos de este universo no puede decir lo que le plazca acerca de la creación, el propósito y la dirección de un orden tan sabio, armonioso, ordenado y perfectamente planificado. En realidad, no puede albergar ni por un instante la duda de que un sistema en el que ninguna cosa carece de causa o sentido, nada es inferior ni superior a lo necesario, cada parte es completamente adecuada a su lugar y función, y en cuyo orden no se observa ninguna desviación, haya podido ser creado y dirigido sin conocimiento, inteligencia, sabiduría ni voluntad.
Un orden sabio no puede carecer de propósito ni de sentido
Los argumentos que el Noble Corán ha presentado acerca de la vida del Más Allá dependen de esta doctrina fundamental. En resumen: el Creador de este universo es un Ser sabio. Ninguna de Sus obras carece de previsión, y no se le puede atribuir nada contrario a la previsión. Después de establecer esta base, el Corán dice:
أَفَحَسِبْتُمْ أَنَّمَا خَلَقْنَاكُمْ عَبَثًا وَأَنَّكُمْ إِلَيْنَا لَا تُرْجَعُونَ {115} فَتَعَالَى اللَّهُ الْمَلِكُ الْحَقُّ لَا إِلَهَ إِلَّا هُوَ رَبُّ الْعَرْشِ الْكَرِيمِ {116}
«¿Acaso pensasteis que os creamos sin propósito y que no seríais devueltos a Mí? ¡Exaltado sea Allah, el Rey verdadero! No hay más divinidad que Él, el Señor del Noble Trono; está por encima de ello (es decir, Él no realiza ninguna obra sin propósito).» (Sura Al-Mu’minun: 115-116)
أَيَحْسَبُ الْإِنسَانُ أَن يُتْرَكَ سُدًى {36}
«¿Acaso cree el ser humano que será dejado sin propósito?» (Sura Al-Qiyamah: 36)
} وَمَا خَلَقْنَا السَّمَاوَاتِ وَالْأَرْضَ وَمَا بَيْنَهُمَا لَاعِبِينَ {38} مَا خَلَقْنَاهُمَا إِلَّا بِالْحَقِّ وَلَكِنَّ أَكْثَرَهُمْ لَا يَعْلَمُونَ {39} إِنَّ يَوْمَ الْفَصْلِ مِيقَاتُهُمْ أَجْمَعِينَ {40}
«No hemos creado los cielos, la tierra y todo cuanto hay entre ellos como un objeto de juego. Los hemos creado conforme a las exigencias de la sabiduría. Pero la mayoría de la gente no lo sabe. Ciertamente, para ellos se ha fijado un plazo hasta el Día del Juicio.» (Sura Ad-Dujan: 38-40)
أَوَلَمْ يَتَفَكَّرُوا فِي أَنفُسِهِمْ مَا خَلَقَ اللَّهُ السَّمَاوَاتِ وَالْأَرْضَ وَمَا بَيْنَهُمَا إِلَّا بِالْحَقِّ وَأَجَلٍ مُّسَمًّى وَإِنَّ كَثِيرًا مِّنَ النَّاسِ بِلِقَاء رَبِّهِمْ لَكَافِرُونَ {8}
«¿Acaso no han reflexionado en su interior que Allah creó con sabiduría los cielos, la Tierra y todo cuanto hay entre ellos, y que les ha señalado un plazo determinado? Sin embargo, muchas personas niegan el encuentro con su Señor». —(Sura Ar-Rum: 8)
En las aleyas mencionadas se indica que, si esta vasta fábrica de los cielos y la Tierra funcionara solamente durante algún tiempo y luego fuese destruida y desapareciera sin ningún resultado ni desenlace, ello sería una acción carente de razón y sentido, un mero juego y pasatiempo. Esto jamás podría ser obra de un ser sabio. Si las personas creen que Allah creó esta fábrica y consideran que Allah es un Ser Sabio, entonces también deberían comprender, mediante la razón, que nada de la creación fue creado sin propósito, ni nada está destinado a desaparecer inútilmente y sin sentido. En particular, el ser humano es la mejor de las criaturas del universo, el ashraful makhluqat. Su ser consciente es la clave de la evolución de este mundo y de todo su movimiento. Ha sido dotado, con inconmensurable sabiduría, de conocimiento, intelecto, capacidad de pensamiento, previsión y voluntad. Un ser humano así no puede vivir en este mundo durante apenas unos años como una máquina y luego ser destruido y desaparecer; el propósito de su creación no puede ser tan carente de sentido.
¿Cuál debería ser, según la sabiduría, el destino del orden universal?
De la discusión anterior se desprende que la creación y el gobierno del universo no son un juego o pasatiempo inútil, y que nada en él carece de causa o propósito. Ahora bien, la segunda cuestión es esta: según lo que exige la razón, ¿qué otro destino puede tener esta vasta fábrica aparte de la destrucción y la desaparición? El Corán Majestuoso contiene una respuesta detallada a esta pregunta. Después de escucharla, la sana razón queda completamente tranquila y satisfecha. Pero antes de comprender esta respuesta, es indispensable grabar firmemente en el corazón ciertos asuntos.
Uno: Todos los indicios de la creación dan testimonio de que, en este orden, la dirección de todo movimiento y cambio está orientada hacia la evolución. El propósito de toda su transformación es conducir la imperfección de las cosas hacia la perfección y convertir su forma incompleta en una forma plena.
Dos: Puesto que el principio de la evolución opera en forma de cambio, toda creación necesita una disolución. La creación de una forma implica naturalmente la destrucción o disolución de la forma anterior. Y la desaparición de una forma incompleta es precisamente el comienzo de la creación de la perfección. Este movimiento y cambio se producen a cada instante, pero solo después de muchos cambios ocultos comienza un cambio manifiesto de gran magnitud, en cuyo curso tiene lugar una gran disolución visible. A este segundo tipo de disolución lo llamamos, en el lenguaje común, «muerte» o caída. Y al tiempo transcurrido desde la creación de una forma hasta su muerte o disolución final lo llamamos «vida».
Tres: Cada forma exige un refugio o soporte especial adecuado a sus circunstancias. Ninguna forma puede habitar en un refugio que no sea adecuado para su condición. Por ejemplo, el cuerpo de un animal es inadecuado para la forma vegetal. Del mismo modo, el ser humano reclama precisamente la estructura corporal específica que ha sido creada para él. Por consiguiente, para dar a algo una forma superior, es absolutamente necesario derribar la morada construida para la forma inferior y construir una morada adecuada a la nueva forma.
Cuatro: Para quien ha comprendido adecuadamente la amplitud del principio de la evolución en las distintas partes del universo, la extensión de este principio a todo el orden universal no puede permanecer oculta. No podemos saber, observando este orden, cuántos órdenes existieron antes de que comenzara la creación del orden universal actual; cada uno de ellos completó su propio periodo de existencia y cedió su lugar a un orden más desarrollado, y la cadena de la creación, atravesando las sucesivas etapas de la evolución, llegó hasta nuestro orden. Del mismo modo, este orden tampoco es el último. Cuando alcance su plenitud posible y ya no tenga capacidad para elevarse a un nivel superior de perfección, también será destruido y, en su lugar, se establecerá otro orden. Las leyes y disposiciones de ese orden serán diferentes, y en él existirá también la capacidad de elevar la creación a una etapa más plena.
Cinco: Basta reflexionar profundamente sobre el sistema actual del universo para percibir con claridad que es un sistema incompleto y que necesita alcanzar una mayor perfección. Las realidades fundamentales (haqīqat) inherentes a las cosas de este sistema están tan cubiertas por la impureza material que las realidades fundamentales se consideran meras imaginaciones insignificantes, mientras que su envoltura material ha adquirido incluso la dignidad de la realidad fundamental. Cuanto más sutil y libre de impureza material es algo, tanto más oculto y velado se encuentra en este sistema universal, y más alejado del alcance de la razón y de la conciencia. Aquí tienen importancia los cuerpos puramente materiales, pero las realidades sutiles e inmateriales no tienen ninguna importancia. Aquí pueden pesarse los árboles, las piedras y demás cosas semejantes, pero en este sistema universal no existe ningún medio para medir o pesar la razón, el pensamiento y la imaginación, la reflexión y la contemplación, los deseos y las aspiraciones, la invocación y la sensibilidad, ni la visión de futuro. Aquí pueden pesarse los alimentos, pero no existe ninguna balanza para pesar el amor y el odio. Aquí existe un sistema para medir la tela, pero no hay ningún criterio para medir la ira y la envidia. Aquí puede determinarse el valor del dinero, pero no es posible determinar el valor de las ideas que actúan detrás de la generosidad y la avaricia. Este es el defecto del sistema actual del universo. Por eso, la razón exige un sistema superior a este, en el que las realidades fundamentales se manifiesten claramente sin depender de una envoltura material; en el que lo sutil triunfe sobre lo tosco, y las cosas que hoy están ocultas y veladas se vuelvan luminosas y más claras. De manera similar, otro defecto de este mundo es que en él predominan las leyes y normas materiales; por ello, solo se manifiestan los resultados de las acciones que son compatibles con dichas leyes y normas materiales. En cambio, no se manifiestan en absoluto los resultados que se corresponden con la razón, la visión de futuro y la sabiduría. Aquí, si se enciende un fuego, arderán todos los materiales combustibles; si se vierte agua, se mojarán las cosas capaces de absorber la humedad y la humedad misma; pero, si se realiza una buena acción, su resultado no se manifestará bajo la forma de una recompensa virtuosa, que es su consecuencia natural y racional. Por el contrario, se manifestará de una manera adecuada a las leyes y normas materiales, aunque sea una mala acción completamente opuesta a la recompensa virtuosa. Al observar estas imperfecciones, la razón exige naturalmente que después de este sistema se establezca otro superior, en el que, en lugar de las leyes y normas materiales, se apliquen leyes basadas en la razón, y en el que se manifieste correctamente el resultado natural de las acciones, que no puede manifestarse en el sistema actual porque en él prevalecen las leyes y normas materiales.
La culminación del sistema universal
Después de comprender estas consideraciones preliminares, veremos ahora qué respuesta ofrece a la pregunta fundamental la imagen de la Resurrección y de la resurrección en el más allá que el Sabio Corán ha trazado.
El Corán dice:
مَا خَلَقْنَا السَّمَاوَاتِ وَالْأَرْضَ وَمَا بَيْنَهُمَا إِلَّا بِالْحَقِّ وَأَجَلٍ مُّسَمًّى
«Hemos creado los cielos, la tierra y cuanto hay entre ambos conforme a las exigencias de la sabiduría y por un plazo determinado».
—Sura al-Ahqaf: 3
وَسَخَّرَ الشَّمْسَ وَالْقَمَرَ كُلٌّ يَجْرِي لأَجَلٍ مُّسَمًّى
“Ha sometido al sol y a la luna a una ley particular. Todo ello funciona durante un plazo determinado”.
—(sura Ar-Ra’d: 2)
Después, describe el estado del Día de la Resurrección de la siguiente manera:
وَإِذَا الْقُبُورُ بُعْثِرَتْO وَإِذَا الْبِحَارُ فُجِّرَتْO وَإِذَا الْكَوَاكِبُ انتَثَرَOإِذَا السَّمَاء انفَطَرَتْO
“Cuando el cielo se henderá, las estrellas se dispersarán, los mares se desbordarán y las tumbas vomitarán su contenido”.
—(Al-Infitar: 1-4)
وَإِذَا الْجِبَالُ سُيِّرَتْ O وَإِذَا النُّجُومُ انكَدَرَتْOإِذَا الشَّمْسُ كُوِّرَتْ
“Cuando el sol sea cubierto, las estrellas se desordenen y las montañas sean puestas en movimiento”. —(sura At-Takwir: 1-3)
وَإِذَا الْجِبَالُ نُسِفَتْ O وَإِذَا السَّمَاء فُرِجَتْ O فَإِذَا النُّجُومُ طُمِسَتْ
«Cuando las estrellas se apaguen, el cielo sea hendido y las montañas sean lanzadas al aire». —(Sura al-Mursalat: 8-10)
وَجُمِعَ الشَّمْسُ وَالْقَمَرُ O وَخَسَفَ الْقَمَرُOفَإِذَا بَرِقَ الْبَصَرُ
«Cuando los ojos queden desorbitados, la luna pierda su luz y el sol y la luna se fusionen». —(Sura al-Qiyamah: 7-9)
وَحُمِلَتِ الْأَرْضُ وَالْجِبَالُ فَدُكَّتَا دَكَّةً وَاحِدَةً
«Se hará que la tierra y las montañas choquen entre sí y, con un solo golpe, quedarán reducidas a polvo». —(Sura al-Haqqah: 14)
يَوْمَ تُبَدَّلُ الأَرْضُ غَيْرَ الأَرْضِ وَالسَّمَاوَاتُ وَبَرَزُواْ للّهِ الْوَاحِدِ الْقَهَّارِ
«El día en que la tierra sea cambiada por otra tierra, y también los cielos, todos comparecerán ante Allah, el Único, el Todopoderoso». —(Sura Ibrahim: 48)
En estos versículos se indica que el sistema mundial actual tiene una duración determinada. No es un sistema eterno. Cuando se cumpla su plazo, todo el sistema será trastornado y reducido a pedazos. El sol, la Tierra, la luna y todos los demás planetas y satélites, cuya rotación sostiene este sistema, se dispersarán y se separarán; chocarán unos con otros, y este palacio temporal quedará hecho añicos. Pero esto no significa que el universo creado desaparecerá por completo ni que se interrumpirá la continuidad de la creación. Más bien, significa que se cambiará esta concepción particular de la creación regida por el sistema actual y que se establecerá una administración diferente para el universo creado. En el versículo se ha señalado precisamente este aspecto.
¿Cómo será la administración de la vida del Más Allá?
Aquí puede surgir la pregunta: ¿cómo será ese sistema? A partir de la descripción del Noble Corán se sabe claramente que será la culminación de la imperfección de la administración actual, su forma desarrollada y evolucionada, y exactamente conforme a las exigencias de la razón y el discernimiento. En ese sistema se realizarán el pesaje, la medición y el cálculo de todas las cosas. Pero no se tratará de objetos materiales; allí se pesarán las realidades sutiles y fundamentales: el bien y el mal, la justicia y la injusticia, el beneficio y el perjuicio, la fe y la incredulidad, la moralidad y la inmoralidad. Se medirán las intenciones, los pensamientos, las voluntades y los deseos de las personas. Se medirán y pesarán las actividades ocultas de la mente. Allí no se contabilizarán el pan ni el dinero dados al pobre, pero sí se examinará la intención que actuó detrás de esa generosidad. Porque, a diferencia de este mundo, las leyes de aquel lugar no serán materiales, sino intelectuales.
إِنَّ السَّمْعَ وَالْبَصَرَ وَالْفُؤَادَ كُلُّ أُولـئِكَ كَانَ عَنْهُ مَسْؤُولاً
«Se pedirá cuenta de los ojos, los oídos y el corazón, de todo» (Sura Bani Israil: 36).
وَنَضَعُ الْمَوَازِينَ الْقِسْطَ لِيَوْمِ الْقِيَامَةِ فَلَا تُظْلَمُ نَفْسٌ شَيْئًا وَإِن كَانَ مِثْقَالَ حَبَّةٍ مِّنْ خَرْدَلٍ أَتَيْنَا بِهَا وَكَفَى بِنَا حَاسِبِ
«El Día de la Resurrección colocaremos balanzas exactas para pesar. Por tanto, no se cometerá la menor injusticia contra ninguna persona. Más bien, si hubiera una acción del peso de una semilla de mostaza, también la traeremos. Y Nosotros somos suficientes para llevar la cuenta» (Sura Al-Anbiya: 47).
O وَالْوَزْنُ يَوْمَئِذٍ الْحَقُّ فَمَن ثَقُلَتْ مَوَازِينُهُ فَأُوْلَـئِكَ هُمُ الْمُفْلِحُونَ
وَمَنْ خَفَّتْ مَوَازِينُهُ فَأُوْلَـئِكَ الَّذِينَ خَسِرُواْ أَنفُسَهُم
«Ese día, ciertamente, se pesarán las obras. Entonces, aquel cuyo peso de obras sea mayor alcanzará el bien; y aquellos cuyo peso de obras sea ligero serán los que sufran la pérdida». (Sura Al-A‘raf: 8-9)
O فَمَن يَعْمَلْ مِثْقَالَ ذَرَّةٍ خَيْرًا يَرَهُ Oيَوْمَئِذٍ يَصْدُرُ النَّاسُ أَشْتَاتًا لِّيُرَوْا أَعْمَالَهُمْ
وَمَن يَعْمَلْ مِثْقَالَ ذَرَّةٍ شَرًّا يَرَهُ
«Ese día, la gente saldrá por separado para contemplar sus propias obras. Entonces, quien haya hecho un bien del peso de un átomo lo verá, y quien haya hecho un mal del peso de una partícula también lo verá». (Sura Az-Zalzalah: 6-8)
En el sistema material actual, debido a las restricciones de las leyes materiales, todas aquellas cosas que permanecen ocultas, escondidas de la mirada de la gente, se harán manifiestas en este segundo sistema. Las verdades ocultas, encubiertas y sutiles aparecerán allí claramente ante los ojos. Y la verdadera y auténtica dignidad de cada cosa se revelará con todo su esplendor.
لَقَدْ كُنتَ فِي غَفْلَةٍ مِّنْ هَذَا فَكَشَفْنَا عَنكَ غِطَاءكَ فَبَصَرُكَ الْيَوْمَ حَدِيدٌ
«Se le dirá al ser humano: “Estabas sumido en la negligencia respecto de esto; después, he retirado la cobertura de tus ojos. Ahora tu visión es sumamente aguda”». (Sura Qaf: 22)
يَوْمَئِذٍ تُعْرَضُونَ لَا تَخْفَى مِنكُمْ خَافِيَةٌ
Ese día seréis presentados. Ninguno de vuestros secretos permanecerá oculto. —(Sura Al-Haqqah: 18)
Allí se manifestará el verdadero resultado de las acciones conforme a la razón, el discernimiento y la justicia. Bajo la influencia de las leyes y los medios materiales del sistema actual, el resultado exacto y racional de las acciones no puede manifestarse. Allí esas leyes y esos medios no tendrán ninguna eficacia. Por ello, todas las cosas que aquí obstaculizan la justicia e impiden que se manifieste el resultado exacto quedarán allí inactivas y sin efecto. Por ejemplo, aquí la riqueza, la abundancia de recursos materiales, la fuerza de los amigos, los esfuerzos y gestiones, las recomendaciones, la influencia familiar, la astucia personal, la prudencia y otras cosas semejantes protegen al ser humano de las consecuencias de muchas de sus acciones. Pero allí la influencia de todas esas cosas desaparecerá por completo, y se manifestará exactamente el resultado que debería manifestarse de cada cosa conforme a la justicia y a la verdad.
هُنَالِكَ تَبْلُو كُلُّ نَفْسٍ مَّا أَسْلَفَتْ
«Allí cada persona examinará las obras que realizó anteriormente». —(Sura Yunus: 30)
وَوُفِّيَتْ كُلُّ نَفْسٍ مَّا كَسَبَتْ وَهُمْ لاَ يُظْلَمُونَ
«A cada persona se le dará plenamente la recompensa de sus obras, y no se les hará la menor injusticia». —(Sura Al Imran: 25)
يَوْمَ تَجِدُ كُلُّ نَفْسٍ مَّا عَمِلَتْ مِنْ خَيْرٍ مُّحْضَرًا وَمَا عَمِلَتْ مِن سُوَءٍ
«Ese día, cada persona encontrará presente todo el bien y todo el mal que haya hecho». —(Sura Al Imrán: 30)
وَاتَّقُواْ يَوْماً لاَّ تَجْزِي نَفْسٌ عَن نَّفْسٍ شَيْئاً وَلاَ يُقْبَلُ مِنْهَا شَفَاعَةٌ وَلاَ يُؤْخَذُ مِنْهَا عَدْلٌ وَلاَ هُمْ يُنصَرُونَ
«Temed el día en que una persona no podrá servir de nada a otra. No se aceptará ninguna intercesión en favor de nadie, no se aceptará compensación alguna de nadie y tampoco recibirán ayuda». (Sura Al-Báqara: 48)
O فَإِذَا نُفِخَ فِي الصُّورِ فَلَا أَنسَابَ بَيْنَهُمْ يَوْمَئِذٍ وَلَا يَتَسَاءلُونَ
O فَمَن ثَقُلَتْ مَوَازِينُهُ فَأُوْلَئِكَ هُمُ الْمُفْلِحُونَ
وَمَنْ خَفَّتْ مَوَازِينُهُ فَأُوْلَئِكَ الَّذِينَ خَسِرُوا أَنفُسَهُمْ فِي جَهَنَّمَ خَالِدُونَ
«Después, el día en que se sople la trompeta, no habrá entre ellos ningún vínculo de parentesco ni se preguntarán unos a otros. Ese día, quienes tengan pesada la balanza de sus obras serán los que alcancen la prosperidad; y quienes la tengan ligera serán los perdedores». —(Sura Al-Muminún: 101-103)
إِلَّا مَنْ أَتَى اللَّهَ بِقَلْبٍ سَلِيمٍ O يَوْمَ لَا يَنفَعُ مَالٌ وَلَا بَنُونَ
“Aquel día, ni las riquezas ni los hijos beneficiarán a nadie; solo quien se presente ante Alá con un corazón puro alcanzará la salvación” (sura Ash-Shu‘ará, 88-89).
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“Habéis venido ante Nosotros solos, tal como os creamos solos la primera vez. Habéis dejado atrás todo lo que os habíamos concedido como bienes y recursos. Hoy ya no vemos entre vosotros a aquellos intercesores que considerabais asociados de Alá en cuanto a vuestro sustento y provisión. Todas las relaciones entre vosotros han quedado cortadas y anuladas.”
(sura Al-An‘am, 94).
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“El Día de la Resurrección, vuestros parientes y vuestros hijos no os serán de ninguna utilidad. Alá juzgará entre vosotros. Él ha visto todo cuanto hacéis.”
(sura Al-Mumtahina, 3).
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«Ese día, el ser humano huirá de su hermano, de su madre y de su padre, de su esposa y de sus hijos. Ese día, cada cual estará absorto en su propia situación».
(Sura Abasa: 34-37)
Un gravísimo defecto del sistema actual es que la distribución de las dádivas y los bienes de Allah no depende de las obras realizadas por el ser humano ni de sus méritos. Por el contrario, depende de numerosos factores, entre los cuales las obras personales, la capacidad y el talento constituyen apenas una causa parcial. Allí, otros factores poderosos debilitan la influencia de las obras personales, e incluso a veces la eliminan por completo. Por eso, en la distribución de las dádivas y los bienes, el derecho personal a recibir lo que corresponde no tiene lugar alguno o, si lo tiene, es muy reducido. En este mundo, una persona puede, a pesar de pasar toda su vida cometiendo injusticias, opresión y transgresiones, verse colmada de prosperidad, bienestar y riquezas mundanas. En cambio, otra puede pasar toda su vida con fe y piedad y, aun así, permanecer afligida por la adversidad, la tristeza y la pobreza. Es necesario que esta imperfección alcance su plenitud. La exigencia de la razón y de la justicia es que el sistema actual sea perfeccionado y transformado en un sistema en el que los buenos y los malos resultados se distribuyan con justicia, y en el que cada persona reciba exactamente aquello que merece conforme a sus cualidades personales. El Corán dice que el sistema de la vida del Más Allá será precisamente así. Por ejemplo:
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«¿Acaso trataremos por igual a quienes siembran el desorden y la corrupción en la tierra y a los creyentes y las personas virtuosas? ¿Acaso igualaremos a quienes temen a Allah y a quienes se rebelan contra Allah?»
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«¿Acaso los malhechores han pensado que los trataremos como a los creyentes y las personas virtuosas, y que su vida y su muerte serán iguales? ¡Qué mal juicio están formulando!»
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«A cada persona se le dará una recompensa exactamente acorde con sus obras».
—(Sura al-An‘am: 132)
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«El Paraíso será acercado a los piadosos y el Infierno será presentado ante los extraviados».
—(Sura ash-Shu‘ara: 90-91)
En realidad, este es un esbozo sucinto de ese segundo mundo del que hablaron el honorable Muhammad (la paz sea con él) y los demás profetas después del mundo presente. Quienes consideran este mundo y todo su funcionamiento como una diversión, un parque de juegos, un alboroto inútil y un laberinto carente de propósito de principio a fin, ciertamente no encontrarán nada creíble en este plan ni en sus pruebas y testimonios; pero quienes consideran el orden universal una creación de Alá y creen que Alá es un Ser sabio y dotado de discernimiento y sentido de la justicia, después de reflexionar sobre esas pruebas y testimonios se verán obligados a reconocer con certeza la necesidad de un orden universal de este tipo. Y una vez demostrada la posibilidad de una segunda vida después de la muerte, para creer que el Alá sabio y prudente creará necesariamente un mundo de ese tipo basta con demostrar la necesidad de su posibilidad.
De esta discusión queda claro que la exigencia del islam de creer en la vida del Más Allá no solo no está fuera del alcance de la razón, sino que concuerda precisamente con las exigencias de la razón y la prudencia. Ningún avance en el conocimiento, la ciencia y el intelecto puede debilitar en lo más mínimo la fe, siempre que dicho avance no sea externo y meramente aparente, sino real y auténtico. (1)
La necesidad de creer en el Más Allá
De la discusión desarrollada hasta aquí se ha demostrado que, después de esta vida terrenal, la existencia de una segunda vida es sumamente probable y concordante con las exigencias de la razón. La sana razón y el conocimiento auténtico no crean ningún obstáculo para creer en esta segunda vida presentada por el Corán; por el contrario, impulsan aún más al ser humano a hacerlo. Pero la cuestión es: ¿cuál es la necesidad de creer en esta concepción de la vida del Más Allá? ¿Por qué se la ha incorporado a la fe y a la convicción? ¿Por qué se le ha concedido tanta importancia? ¿Por qué, para ser musulmán, se ha hecho indispensable creer en ella, hasta el punto de que resulta imposible ser musulmán sin esta creencia? ¿Por qué, si se la niega, la fe en Allah, el Mensajero y el Libro tampoco sirve de nada? ¿Por qué se perderán todas las virtudes y buenas obras de la vida?
Alguien podría decir que la doctrina relativa a la vida del Más Allá no es más que una doctrina sobrenatural, como las demás doctrinas sobrenaturales. Admito que esta doctrina ha sido fortalecida y consolidada mediante pruebas y evidencias, y que existen razones suficientes para creer en ella. Pero que una doctrina sobrenatural haya sido establecida mediante pruebas y evidencias no significa que necesariamente haya que creer en ella, ni que la fe y la incredulidad dependan de ella. Existen muchas otras doctrinas sobrenaturales, además de la relativa a la vida del Más Allá, y también se encuentran argumentos y pruebas contundentes en su apoyo. Entonces, ¿por qué no se las incluyó igualmente entre los artículos de fe?
1. Para una exposición más amplia sobre el Más Allá, véase, en el segundo tomo de Tafhim al-Qur’an, la exégesis de la palabra «Más Allá», así como el ensayo titulado «La vida del Más Allá», incluido en el apéndice de esta obra.
La respuesta es la siguiente: si la concepción de la vida del Más Allá fuera simplemente una doctrina sobrenatural, esta pregunta sería ciertamente una pregunta poderosa. En tal caso, no habría ninguna razón lógica para incluir esta doctrina entre la fe y la convicción. Pues, si una doctrina fuera meramente sobrenatural, no tendría relación alguna con nuestra vida real; si no tuviéramos conocimiento de ella o la negáramos, no tendría ningún efecto sobre nuestro carácter moral ni sobre nuestras acciones. Sin embargo, basta reflexionar un poco profundamente sobre la doctrina relativa a la vida del Más Allá para comprender que no es una mera doctrina filosófica, sino que guarda una relación profunda con la vida moral y práctica del ser humano. Como consecuencia de creer en ella, cambia fundamentalmente la perspectiva del ser humano sobre la vida terrenal y sobre el conjunto de sus actividades. Aceptar esta doctrina significa que el ser humano se considerará a sí mismo un ser responsable y obligado a rendir cuentas. Llevará a cabo todas sus actividades vitales pensando que es responsable de cada acto y de cada acción. En la vida futura tendrá que responder por todo lo que haya hecho, y su futura felicidad o desgracia dependerá de sus buenas o malas obras.
Por el contrario, no aceptar esta doctrina significa que el ser humano se considerará a sí mismo un ser irresponsable. Planificará su vida terrenal bajo la idea de que no tendrá que rendir cuentas en ninguna otra vida por las obras realizadas en esta vida. No se manifestará en el futuro ningún resultado bueno o malo a causa de los actos y acciones de esta vida. Así, la consecuencia inevitable de ignorar esta doctrina o negarla será que la atención del ser humano se concentrará únicamente en aquellos actos cuyos resultados se manifiestan en este mundo. Y determinará cuáles acciones le son beneficiosas y cuáles perjudiciales basándose solamente en esos resultados. Por supuesto, se abstendrá de beber veneno y de poner la mano en el fuego, porque sabe que en este mundo mismo sufrirá las malas consecuencias de ambas acciones. Pero, como las consecuencias completas de actos como la opresión y la tiranía, la injusticia, la mentira, la calumnia, la traición y el adulterio no se manifiestan en este mundo, evitará sus malas consecuencias solamente en la medida en que exista el temor de que aquí se manifiesten. En cambio, siempre que no se manifieste ninguna mala consecuencia de ellos, o surja la expectativa de obtener algún beneficio, no sentirá la menor reserva en realizar tales actos.
En suma, según esta doctrina, desde la perspectiva del ser humano ninguna acción moral tendría un valor moral determinado. Más bien, lo bueno o malo de cada una de sus acciones dependería exclusivamente de los resultados buenos o malos que se manifiesten en este mundo. En cambio, quien cree en el Más Allá no prestará atención únicamente a los resultados de una acción moral manifestados en este mundo, sino también a los resultados que se manifestarán en la vida posterior, y juzgará la utilidad o el perjuicio de la acción a la luz de esos resultados. Así como creerá en el poder destructivo del veneno y en el poder abrasador del fuego, también creerá en el poder destructivo y abrasador de la traición y la mentira. Así como creerá en el poder destructivo del veneno y en el poder abrasador del fuego, también creerá en el poder destructivo y abrasador de la traición y la mentira. Así como considerará beneficiosos los alimentos y las bebidas, considerará igualmente beneficiosas la justicia, la fidelidad y la pureza. Creerá que cada una de sus acciones tiene un resultado definido y seguro, aunque dicho resultado quizá no llegue a manifestarse en absoluto en esta vida o incluso pueda manifestarse de forma contraria. Para él, las acciones morales tendrán un valor moral establecido, y los beneficios o perjuicios terrenales no producirán el menor cambio en ese valor. En su sistema moral, la honestidad, la justicia y el cumplimiento de las promesas serán necesariamente considerados virtud y buena obra, aunque su resultado en este mundo pueda ser únicamente perjudicial o no ser beneficioso en absoluto. Por el contrario, la mentira, la opresión y la tiranía, y el incumplimiento de las promesas, serán necesariamente reconocidos como pecado y mala obra, aunque su resultado en este mundo pueda ser únicamente beneficioso y no causar el menor perjuicio.
Por consiguiente, ser indiferente a la vida del Más Allá o descreer de ella no significa únicamente que el ser humano se haya mostrado indiferente ante una doctrina sobrenatural o la haya rechazado. Significa, más bien, que se ha vuelto indiferente a su propia condición de ser responsable y obligado a rendir cuentas. Se ha considerado un ser libre, arbitrario e irresponsable. Se ha dado por satisfecho con la vida exterior de este mundo y con sus resultados incompletos, e incluso a veces engañosos. Al desentenderse de las ganancias y pérdidas definitivas de la vida, se ha apoyado en ganancias y pérdidas inmediatas, temporales y poco fiables. Y, en función de ello, ha establecido para sus acciones unos valores morales completamente cambiantes y engañosos. Ha quedado privado de un sistema moral exacto y firme, que solo puede alcanzarse mediante el sentido de la responsabilidad, una atención constante a los resultados definitivos y unos valores morales determinados. De este modo, engañado por la apariencia incompleta e imperfecta de este mundo, ha vivido toda su vida sometido a un sistema moral débil y erróneo, en el que la verdadera pérdida se ha convertido en ganancia, y la verdadera pérdida se ha convertido en ganancia, mientras que la verdadera ganancia y la pérdida han recibido su denominación. Allí, lo verdaderamente bello se ha convertido en feo y lo verdaderamente feo ha sido calificado de bello; del mismo modo, el verdadero pecado se ha convertido en virtud y la verdadera virtud se ha transformado en pecado.
En realidad, el Sagrado Corán ha descrito con gran detalle precisamente estas consecuencias de no creer en el Más Allá. Al examinar los versículos coránicos sobre este tema, se verá que allí se han mencionado conjuntamente las desviaciones que surgen en la moral y en la vida práctica de las personas como consecuencia de no creer en el Más Allá.
Uno: La persona se considera un ser sin propósito, arbitrario e irresponsable, y juzga su vida en su conjunto como infructuosa y carente de sentido. Al pensar que no hay ningún supervisor de sus actos ni nadie que le pida cuentas, realiza toda clase de acciones:
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«¿Acaso pensasteis que os creamos sin propósito y que no retornaríais a Nosotros?» —(Sura al-Mu’minun, 115)
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«¿Acaso piensa el ser humano que será dejado así, sin propósito?»
—(Sura al-Qiyamah, 36)
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«¿Acaso el ser humano ha pensado que nadie podrá imponerse sobre él? Dice: “He gastado una gran cantidad de bienes”. ¿Acaso cree que nadie lo ha visto?» – (Sura Al-Balad: 5-7)
Dos: La atención de una persona así se dirige únicamente a la apariencia externa de este mundo; considera los resultados iniciales y temporales como los resultados finales y verdaderos y, engañada por ello, toma decisiones equivocadas:
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«Solo conocen el aspecto externo de la vida mundana y están completamente despreocupados del Más Allá». – (Sura Ar-Rum: 7)
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«Aquellos que no esperan encontrarse con Nosotros y se han contentado y quedado satisfechos con la vida mundana». ) – (Sura Yunus: 7)
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«¡No! Vosotros preferís el resultado que se obtiene pronto y rechazáis el resultado del Más Allá». – (Sura Al-Qiyamah: 20-21)
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«Preferís la vida mundana, aunque la otra vida es mejor y más duradera»
–(Sura Al-A‘la: 16-17)
«La vida mundana los ha engañado».
Tercero: El resultado de esta visión externa es que la percepción del valor de las cosas por parte del ser humano se invierte por completo. Debido a que centra su atención en las ganancias aparentes, llega a considerar beneficiosas precisamente aquellas cosas que, en realidad, son perjudiciales en cuanto a sus consecuencias finales; y, al fijarse únicamente en los resultados iniciales, empieza a considerar beneficiosas aquellas acciones que son erróneas por sus consecuencias finales. Por eso, sus esfuerzos y afanes mundanos se desvían del camino correcto y, finalmente, resultan infructuosos.
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«Quienes deseaban el bienestar de la vida mundana dijeron: “¡Ojalá nosotros también hubiéramos recibido lo mismo que se le había dado a Qarún! ¡Realmente es muy afortunado!”. Y aquellos a quienes se había dado conocimiento dijeron: “¡Ay de vosotros! La recompensa de Allah es mejor para quien cree y obra rectamente”».
–(Sura Al-Qasas: 79-80)
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“A quienes no creen en la otra vida les hacemos que sus obras les resulten muy atractivas, y permanecen extraviados.” –(Sura An-Naml: 8)
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“¿Acaso están sumidos en el engaño de que, porque les ayudamos con riquezas e hijos, también nos apresuramos a procurarles el bienestar? Pero no perciben la verdad.”
–(Sura Al-Mu’minun: 55-56)
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“¿Acaso os diremos quiénes son las personas más perdedoras en cuanto a sus obras? Son aquellos cuyos esfuerzos en la vida mundana se han encaminado por el extravío, mientras creían que estaban haciendo buenas obras. Esos son quienes negaron los signos de su Señor y el encuentro con Él. Por ello, sus obras se malograron.” –(Sura Al-Kahf: 104-105)
Cuarto: Esta clase de personas jamás puede aceptar la verdadera religión. Si se les presentan ideales morales, principios de buenas obras y de buen comportamiento, los rechazarán; pero si se les presentan creencias y prácticas contrarias a todo ello, las aceptarán. Esto se debe a que todas las normas de la verdadera religión exigen sacrificar muchos beneficios, ventajas y placeres de la vida mundana. Su principio y enseñanza es que, por el bien supremo y eterno de la otra vida, hay que sacrificar los beneficios temporales y pasajeros de este mundo. Pero quien no cree en la otra vida considera el bienestar mundano como el bienestar definitivo. Por eso, no puede prepararse para ningún sacrificio de esta clase, ni puede aceptar las normas de la religiosidad que exigen tal sacrificio. Por tanto, la incredulidad en la otra vida y el seguimiento de la verdadera religión son dos cosas contradictorias. Quien no cree en la otra vida jamás puede ser seguidor de la verdadera religión.
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«A quienes se ensoberbecen injustamente en la tierra, los apartaré de Mis signos. Aunque vean cualquiera de ellos, no creerán en él; aunque vean el camino recto, no lo seguirán; pero si ven el camino del extravío, se apresurarán hacia él. Esto se debe a que han rechazado Mis signos y han sido negligentes con ellos. Las obras de quienes rechacen Mis signos y el encuentro con el Más Allá serán vanas. ¿Acaso no recibirán una retribución acorde con lo que hicieron?» —(Sura Al-A’raf: 146-147)
Quinto: la incredulidad en el Más Allá afecta toda la vida moral y práctica de la persona. Se vuelve arrogante y rebelde:
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«Los corazones de quienes no creen en el Más Allá siguen rechazando la verdad y se vuelven arrogantes.» —(Sura An-Nahl: 22)
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«El Faraón y sus ejércitos se ensoberbecieron injustamente en la tierra y pensaron que jamás tendrían que regresar a Mí. Su conducta y sus obras se corrompieron.»
— (Sura Al-Qasas: 39)
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«La perdición es inevitable para esos transgresores que, cuando reciben de otros, miden con exactitud, pero cuando les miden a los demás, les dan menos. ¿Acaso no recuerdan que serán resucitados en un día grandioso?» —(Sura Al-Mutaffifin: 1-5)
Se vuelve de corazón endurecido, de visión estrecha, ostentoso, egoísta y reacio a servir a Alá:
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«¿Has visto a quien niega el Día de la Retribución? Ese es quien ahuyenta al huérfano con rudeza y no exhorta a alimentar al miskin. ¡Ay, pues, de quienes oran y son negligentes respecto de su oración! Ellos hacen buenas obras únicamente para ser vistos por la gente. Y se niegan incluso a prestar las cosas pequeñas y de uso común que la gente necesita.»
—(Sura Al-Ma’un: 1-7)
En suma, ignorar la verdad y entregarse a los pecados son consecuencias inevitables de negar la vida del Más Allá
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«Solo niegan el Día de la Retribución quienes han mostrado indiferencia hacia la verdad y se han entregado a los pecados».
– (Sura al-Mutaffifín: 12)
En realidad, ninguna persona sensata puede negar estas consecuencias de ser indiferente o incrédula respecto a la creencia en la Otra Vida. En particular, hemos tenido la oportunidad de observar los resultados de una civilización construida sobre objetivos exclusivamente terrenales y materiales, deslumbrada por el brillo externo de la vida mundana y en la que se ha rechazado por completo la creencia en la Otra Vida. Después de esto, no tenemos ninguna posibilidad de negar que, junto con la incredulidad en la Otra Vida, sea absolutamente imposible establecer la devoción a Allah, la religiosidad y los ideales morales.
Sin embargo, es digno de señalar que el islam pretende establecer plenamente precisamente estas cosas. Invita al ser humano a adoptar un carácter noble y a realizar buenas obras. Para ello es necesario renunciar a numerosos intereses y placeres materiales de este mundo. Exhorta al ser humano a adorar a Allah y a reformarse interiormente; ningún beneficio o bienestar de ello puede observarse en la vida mundana, sino que, por el contrario, el cuerpo y el espíritu deben soportar diversas clases de dificultades y sufrimientos. Distingue entre lo haram y lo halal, y entre lo puro y lo impuro, en todos los asuntos de la vida y en el aprovechamiento de los recursos de este mundo. Para alcanzar metas espirituales superiores, exige al ser humano sacrificar sus intereses personales y sus afectos y, en ocasiones, incluso su vida y sus bienes. Pretende ordenar la vida humana mediante un código moral en el que se ha asignado a cada cosa un valor específico, sin prestar la menor atención a las ganancias o pérdidas mundanas. En verdad, ¿habría podido el ser humano tener éxito en establecer una religión y una sharía como esta sin creer en la Otra Vida? ¿Habría sido posible que, siendo indiferente o incrédulo respecto a una creencia semejante, el ser humano aceptara una enseñanza así? Si la respuesta es negativa —y necesariamente lo será—, entonces hay que reconocer que, para establecer un sistema religioso y un código moral de este tipo, es indispensable arraigar primero en el corazón humano la creencia en la Otra Vida. Precisamente por esta razón, el islam ha incluido cada una de estas cosas entre los fundamentos de la fe y, después de la fe en Allah, les ha concedido la mayor importancia.
Veamos ahora de qué manera presenta el islam esta convicción y qué efecto ejerce sobre el carácter y la conducta de las personas.
La prioridad de la Otra Vida sobre este mundo
Lo primero que el Noble Corán intentó arraigar en la mente humana fue que este mundo es una morada temporal para el ser humano. No es para él la única vida; después de ella existe una vida mejor y eterna. El bienestar de esa vida es mucho más amplio que el bienestar de la vida presente, y sus males son mucho más severos que los males de esta. Quien, engañado por el brillo externo de este mundo, se deja atrapar por la esperanza de obtener sus placeres y beneficios, y como resultado de esforzarse por alcanzarlos queda privado de los bienes y beneficios de la vida futura, compra algo sumamente malo. En realidad, toda su transacción es una transacción enormemente perjudicial. Del mismo modo, quien considera el perjuicio de este mundo como el perjuicio definitivo y, al esforzarse por escapar de él, se prepara para sufrir el perjuicio de la vida futura, actúa con la mayor necedad; su conducta no puede calificarse en modo alguno de inteligente. Este asunto ha sido expuesto con tanto detalle en el Noble Corán que no es posible reunir aquí todos los versículos relacionados con él. A modo de ejemplo, se citan aquí algunos versículos:
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«Esta vida mundana no es más que juego y diversión. La verdadera morada de la vida es el Más Allá». (Sura Al-Ankabut: 64)
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«(Oh, Muhammad,) di: “El disfrute y los bienes de este mundo son muy insignificantes. Para quien vive con taqwa, el Más Allá es mejor”». (Sura An-Nisa: 77)
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«¿Acaso os habéis complacido con la vida mundana en lugar del Más Allá? El disfrute y los bienes de la vida mundana son muy insignificantes en comparación con el Más Allá». (Sura At-Tawba: 38)
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«Preferís la vida mundana, aunque el Más Allá es mejor y más duradero». —(Sura Al-A’la: 16-17)
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“Toda persona probará la muerte. Y recibiréis vuestra plena retribución el Día de la Resurrección. Por tanto, quien ese día se haya salvado del castigo del Infierno y haya entrado en el Paraíso, ese será, en verdad, quien haya triunfado. Y la vida mundana no es más que un instrumento de engaño”. (sura Al Imran: 185)
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“Quienes han obrado injustamente contra sí mismos se han entregado a los placeres que les fueron concedidos; y esos son los pecadores”. (sura Hud: 116)
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“(¡Oh, Muhammad!) Di: «En una pérdida terrible se encuentran quienes se han arrojado a sí mismos y a sus propios hijos a la perdición el Día de la Resurrección. Esa es, en verdad, la pérdida real y manifiesta»”. (sura az-Zumar: 15)
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“Por tanto, quien se haya rebelado y haya dado preferencia a la vida mundana, tendrá como morada el Infierno. En cambio, quien haya temido comparecer ante su Señor y haya protegido su alma de los deseos, tendrá como morada el Paraíso”. (sura an-Nazi’at: 37-41)
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«Sabed que la vida de este mundo no es más que juego y entretenimiento, ostentación y embellecimiento, rivalidad mutua y competencia por superarse unos a otros en riquezas e hijos. Su ejemplo es como el de la lluvia: gracias a ella, los cultivos crecen plenamente y el agricultor se alegra al verlos. Luego se marchitan y se secan; y puedes verlos amarillentos, convertidos en paja y mezclados con la tierra. Después viene la vida del Más Allá, donde para algunos habrá un castigo severo y para otros el perdón y la complacencia otorgados por Allah. Y la vida de este mundo no es más que un medio de engaño». —(Sura Al-Hadid: 20)
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«Se ha hecho atractiva para la gente la pasión por las mujeres, los hijos, los montones de oro y plata, los caballos de raza, el ganado y los cultivos. Todo ello son bienes y recursos de la vida mundanal. Pero junto a Allah hay un destino mejor. ¡Oh, Muhammad!, di: “¿Queréis que os informe de algo mejor que todo eso? Para quienes han adoptado la taqwa, junto a su Señor hay jardines por los que corren ríos; allí permanecerán eternamente, tendrán parejas purificadas y gozarán de la complacencia de Allah”». —(Alí Imrán: 14-15)
En el islam, esta enseñanza —dar prioridad al Más Allá sobre el mundo, sacrificar los beneficios temporales en aras del éxito eterno del Más Allá y soportar las pérdidas pasajeras de este mundo para salvarse de la pérdida eterna del Más Allá— se ha impartido de manera sumamente firme y atractiva. Su propósito es que la persona que tiene fe en el Corán y en Muhammad (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) realice, no por coacción, sino por la sincera inclinación de su corazón, cada acción que Allah y el Mensajero (la paz y las bendiciones de Allah sean con él) han indicado como medio para alcanzar el éxito en el Más Allá. Del mismo modo, evitará todo aquello que ambos han señalado como causa de perjuicio en el Más Allá, por mucho que en la vida mundanal se considere beneficioso o perjudicial.
Los registros de las obras y el tribunal de Allah
Otra verdad que el Noble Corán se ha esforzado por arraigar en la mente de las personas es que cualquier obra que realicen en esta vida mundanal, por mucho que intenten ocultarla, queda registrada y conservada con exactitud y sin error. El Día de la Resurrección, ese registro será presentado ante el tribunal. Cada átomo relacionado con las acciones de una persona dará testimonio de sus obras. Incluso sus propios miembros se levantarán en el estrado para testificar contra ella. Además, su registro de obras será pesado con absoluta precisión. En un platillo de la balanza de la justicia estarán sus buenas obras y en el otro, sus malas acciones. Si el platillo de las buenas obras pesa más, el éxito en el Más Allá lo recibirá y su morada será el Paraíso. Pero si pesa más el platillo de las malas obras, su destino será la destrucción y la ruina, y se le asignará el peor de los lugares: el Infierno. En el tribunal de Allah, cada persona comparecerá sola con su propio registro de obras. Allí no le servirán ninguno de los recursos de este mundo, como el honor, el orgullo del linaje, los esfuerzos y gestiones, las riquezas, la fuerza y la capacidad, ni nada semejante.
El Corán también ha expuesto este asunto con gran amplitud y de una manera atractiva. Como ejemplo, aquí se citan algunos versículos:
Se ha dicho acerca del estado del registro de las obras:
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“Quien de vosotros habla en secreto y quien habla en voz alta, quien se oculta en la oscuridad de la noche y quien se desplaza a la luz del día: la situación de ambos es la misma. Ciertamente, hay guardianes apostados delante y detrás de cada persona, y ellos registran cada una de sus palabras por mandato de Allah.” —(Sura ar-Ra‘d: 10-11)
وَوُضِعَ الْكِتَابُ فَتَرَى الْمُجْرِمِينَ مُشْفِقِينَ مِمَّا فِيهِ وَيَقُولُونَ يَا وَيْلَتَنَا مَالِ هَٰذَا الْكِتَابِ لَا يُغَادِرُ صَغِيرَةً وَلَا كَبِيرَةً إِلَّا أَحْصَاهَا ۚ وَوَجَدُوا مَا عَمِلُوا حَاضِرًا ۗ وَلَا يَظْلِمُ رَبُّكَ أَحَدًا
“Cuando se presente el registro de las obras, verás que los pecadores se aterrorizarán por lo que contiene. Dirán: ‘¡Ay de nosotros! ¿Qué clase de libro es este? No ha omitido nada, ni pequeño ni grande; todo está consignado en él’. Y encontrarán presente todo lo que hicieron.” —(Sura al-Kahf: 49)
El testimonio de las partes del cuerpo y el reconocimiento del ser humano:
يَوْمَ تَشْهَدُ عَلَيْهِمْ أَلْسِنَتُهُمْ وَأَيْدِيهِمْ وَأَرْجُلُهُمْ بِمَا كَانُوا يَعْمَلُونَ
“Ese día, sus propias lenguas, sus manos y sus pies darán testimonio de lo que hacían.” —(Sura an-Nur: 24)
حَتَّىٰ إِذَا مَا جَاءُوهَا شَهِدَ عَلَيْهِمْ سَمْعُهُمْ وَأَبْصَارُهُمْ وَجُلُودُهُمْ بِمَا كَانُوا يَعْمَلُونَ
وَقَالُوا لِجُلُودِهِمْ لِمَ شَهِدْتُمْ عَلَيْنَا ۖ قَالُوا أَنْطَقَنَا اللَّهُ الَّذِي أَنْطَقَ كُلَّ شَيْءٍ وَهُوَ خَلَقَكُمْ أَوَّلَ مَرَّةٍ وَإِلَيْهِ تُرْجَعُونَ
وَمَا كُنْتُمْ تَسْتَتِرُونَ أَنْ يَشْهَدَ عَلَيْكُمْ سَمْعُكُمْ وَلَا أَبْصَارُكُمْ وَلَا جُلُودُكُمْ وَلَٰكِنْ ظَنَنْتُمْ أَنَّ اللَّهَ لَا يَعْلَمُ كَثِيرًا مِمَّا تَعْمَلُونَ
«Incluso cuando lleguen allí, sus oídos, sus ojos y su piel darán testimonio de sus obras. Le dirá a su piel: “¿Por qué has testificado contra mí?”. Ella responderá: “El mismo que da poder de hablar a todas las cosas me ha dado a mí el poder de hablar. … Actuabais a escondidas y no sabíais que vuestros propios oídos, ojos y piel darían testimonio de vuestras obras. Más bien pensabais que Dios ignoraba muchas de vuestras acciones»». —(Sura Ha-Mim as-Sajdah: 20-22)
وَشَهِدُوا عَلَىٰ أَنْفُسِهِمْ أَنَّهُمْ كَانُوا كَافِرِيَ
«Ellos mismos testificarán contra sí mismos que eran siervos ingratos». —(Sura Al-An‘am: 130)
Con semejante registro de obras y estos testigos, el ser humano comparecerá ante el tribunal de Dios. Ahora bien, ¿cómo será su comparecencia? Completamente solo e indefenso, irá a ponerse de pie en el banquillo de los acusados.
وَلَقَدْ جِئْتُمُونَا فُرَادَىٰ كَمَا خَلَقْنَاكُمْ أَوَّلَ مَرَّةٍ وَتَرَكْتُمْ مَا خَوَّلْنَاكُمْ وَرَاءَ ظُهُورِكُمْ ۖ وَمَا نَرَىٰ مَعَكُمْ شُفَعَاءَكُمُ الَّذِينَ زَعَمْتُمْ أَنَّهُمْ فِيكُمْ شُرَكَاءُ ۚ لَقَدْ تَقَطَّعَ بَيْنَكُمْ وَضَلَّ عَنْكُمْ مَا كُنْتُمْ تَزْعُمُونَ
«Hoy has venido ante Nosotros solo, tal como te creamos la primera vez. Y has dejado atrás todo cuanto te habíamos concedido». —(Sura Al-An‘am: 94)
Allí, cada uno presentará su propia cuenta:
وَكُلَّ إِنْسَانٍ أَلْزَمْنَاهُ طَائِرَهُ فِي عُنُقِهِ ۖ وَنُخْرِجُ لَهُ يَوْمَ الْقِيَامَةِ كِتَابًا يَلْقَاهُ مَنْشُورًا
اقْرَأْ كِتَابَكَ كَفَىٰ بِنَفْسِكَ الْيَوْمَ عَلَيْكَ حَسِيبًا
«Hemos atado al cuello de cada persona el registro de sus buenas y malas obras. El Día de la Resurrección sacaremos para ella un libro que encontrará abierto ante sí. Se le dirá: “Lee tu registro. Hoy tú mismo bastas para ajustar cuentas contigo.”» —(Sura Bani Isra’il: 13-14)
Allí, la influencia y el prestigio heredados no servirán de nada:
لَنْ تَنْفَعَكُمْ أَرْحَامُكُمْ وَلَا أَوْلَادُكُمْ ۚ يَوْمَ الْقِيَامَةِ يَفْصِلُ بَيْنَكُمْ ۚ وَاللَّهُ بِمَا تَعْمَلُونَ بَصِيرٌ
«El Día de la Resurrección, vuestros vínculos tribales y vuestra descendencia no os servirán de nada.» —(Sura Al-Mumtahanah: 3)
Allí, la intercesión no producirá ningún fruto:
مَا لِلظَّالِمِينَ مِنْ حَمِيمٍ وَلَا شَفِيعٍ يُطَاعُ
«Para los opresores no habrá ningún amigo, ni se aceptará la intercesión de ningún intercesor.» (Sura Al-Mu’min: 18)
Allí no habrá lugar para los sobornos:
يَوْمَ لَا يَنْفَعُ مَالٌ وَلَا بَنُونَ
«Ese día, ni las riquezas servirán de nada, ni tampoco los hijos.» (Sura Ash-Shu‘ara: 88)
Las obras de las personas serán pesadas y se tendrá en cuenta hasta cada átomo:
وَنَضَعُ الْمَوَازِينَ الْقِسْطَ لِيَوْمِ الْقِيَامَةِ فَلَا تُظْلَمُ نَفْسٌ شَيْئًا ۖ وَإِنْ كَانَ مِثْقَالَ حَبَّةٍ مِنْ خَرْدَلٍ أَتَيْنَا بِهَا ۗ وَكَفَىٰ بِنَا حَاسِبِينَ
«El Día de la Resurrección colocaremos balanzas precisas. Nadie será tratado injustamente ni siquiera en lo más mínimo. Y si una obra tiene el peso de un grano de mostaza, la presentaremos. Y Nosotros bastamos para tomar cuenta.» (Sura Al-Anbiya: 47)
Allí, la paz y la recompensa, todo, será conforme a las obras:
الْيَوْمَ تُجْزَوْنَ مَا كُنْتُمْ تَعْمَلُونَ
«Hoy recibiréis exactamente la retribución correspondiente a las obras que realizabais». —(Sura Al-Yāthiya: 28)
وَلِكُلٍّ دَرَجَاتٌ مِمَّا عَمِلُوا
«Cada uno tendrá un rango acorde con las obras que haya realizado». —(Sura Al-An‘ām: 132)
En realidad, lo que se ha arraigado en el corazón de las personas es precisamente el temor a esta policía y a este tribunal. No se trata de la policía de este mundo, de cuya mirada una persona pueda esconderse. Tampoco se trata de los tribunales de este mundo, de cuya captura una persona pueda librarse porque no se hayan reunido pruebas, se hayan presentado testimonios falsos o se haya ejercido una influencia ilegal. Por el contrario, esta policía vigila constantemente y en toda circunstancia. Nadie puede escapar de la mirada de los testigos de este tribunal. Ante él está registrado cada pensamiento y cada obra de las personas. Su veredicto es tan perfectamente justo que ninguna mala acción puede escapar al castigo, ni ninguna buena obra puede quedar sin recompensa.
Beneficios de creer en la vida futura
De este modo, el islam ha convertido la creencia en la vida futura en un fundamento grandísimo de su código moral y de su sistema de sharía. Por un lado, contiene una motivación intelectual para aferrarse a la virtud y al bienestar, y protegerse de la destrucción y la ruina; por otro, encierra la certeza de la recompensa por las buenas obras y el temor al castigo seguro por las malas acciones. Para su firmeza y permanencia, este código y sistema del islam no depende de ninguna fuerza material ni de ninguna autoridad administrativa. Al contrario, mediante la creencia en la vida futura despierta en la mente humana una poderosa fuerza de conciencia. Sin ninguna tentación ni amenaza externas, esa fuerza impulsa naturalmente a las personas a realizar aquellas buenas obras que el islam ha calificado como tales por sus consecuencias finales. Del mismo modo, las inspira a protegerse de aquellas malas acciones que el islam ha declarado reprobables en vista de sus consecuencias finales.
Basta con examinar el Noble Corán para comprobar que esta convicción se ha utilizado en diversos lugares para enseñar ideales morales. Al ordenar a la gente que tema a Allah y practique la piedad, se dice:وَاتَّقُوا اللَّهَ وَاعْلَمُوا أَنَّكُمْ مُلَاقُوهُ«Temed a Allah y sabed que tendréis que comparecer ante Él» (sura Al-Baqara: 223). Al exhortar al sacrificio personal por la causa de Allah, también se ha dado la seguridad de que, aunque muráis, en realidad no moriréis, sino que obtendréis una vida eterna.وَلَا تَقُولُوا لِمَنْ يُقْتَلُ فِي سَبِيلِ اللَّهِ أَمْوَاتٌ ۚ بَلْ أَحْيَاءٌ وَلَٰكِنْ لَا تَشْعُرُونَ(sura Al-Baqara: 154). Al aconsejar tener paciencia ante el dolor y las dificultades, también se ha declarado que, junto a Allah, los pacientes recibirán una misericordia y una gracia ilimitadas:
أُولَٰئِكَ عَلَيْهِمْ صَلَوَاتٌ مِنْ رَبِّهِمْ وَرَحْمَةٌ
Se ha fomentado la intrepidez y el valor de la siguiente manera:
قَالَ الَّذِينَ يَظُنُّونَ أَنَّهُمْ مُلَاقُو اللَّهِ كَمْ مِنْ فِئَةٍ قَلِيلَةٍ غَلَبَتْ فِئَةً كَثِيرَةً بِإِذْنِ اللَّهِ
«Quienes creían que tendrían que comparecer ante Allah dijeron: “Por voluntad de Allah, un grupo pequeño vence a un ejército numeroso”» (sura Al-Baqara: 249).
Se ha infundido la fuerza para mantenerse firmemente ante las calamidades más terribles diciendo:
نَارُ جَهَنَّمَ أَشَدُّ حَرًّاۚ«El fuego de Jahannam es mucho más intenso que el calor de este mundo» (At-Tawba: 81).
Se ha exhortado a gastar los bienes en buenas obras diciendo:
وَمَا تُنْفِقُوا مِنْ خَيْرٍ يُوَفَّ إِلَيْكُمْ وَأَنْتُمْ لَا تُظْلَمُونَ
«Recibiréis la recompensa completa por todo lo que deis, y no se os hará la menor injusticia». —(sura Al-Baqara: 172)
Para apartar de la avaricia, se ha dicho:
وَلَا يَحْسَبَنَّ الَّذِينَ يَبْخَلُونَ بِمَا آتَاهُمُ اللَّهُ مِنْ فَضْلِهِ هُوَ خَيْرًا لَهُمْ ۖ بَلْ هُوَ شَرٌّ لَهُمْ ۖ سَيُطَوَّقُونَ مَا بَخِلُوا بِهِ يَوْمَ الْقِيَامَةِ
«Que quienes, a pesar de que Allah los ha enriquecido con Su gracia, son avaros con lo que Él les ha concedido, no piensen que eso es bueno para ellos; al contrario, es muy perjudicial para ellos. El patrimonio con el que son avaros se convertirá, el Día de la Resurrección, en un grillete que se les pondrá alrededor del cuello». —(sura Alí Imrán: 180)
Se ha prohibido la usura con estas palabras:تُرْجَعُونَ فِيهِ إِلَى اللَّهِ«Temed el día en que regresaréis a Allah». —(sura Al-Baqara: 281)
Se ha enseñado a no dejarse deslumbrar por los adornos mundanos ni envidiar el bienestar de los malhechores, de esta manera:
لَا يَغُرَّنَّكَ تَقَلُّبُ الَّذِينَ كَفَرُوا فِي الْبِلَادِ مَتَاعٌ قَلِيلٌ ثُمَّ مَأْوَاهُمْ جَهَنَّمُ ۚ وَبِئْسَ الْمِهَادُ لَٰكِنِ الَّذِينَ اتَّقَوْا رَبَّهُمْ لَهُمْ جَنَّاتٌ تَجْرِي مِنْ تَحْتِهَا الْأَنْهَارُ خَالِدِينَ فِيهَا نُزُلًا مِنْ عِنْدِ اللَّهِ ۗ وَمَا عِنْدَ اللَّهِ خَيْرٌ لِلْأَبْرَارِ
«¡Oh, Profeta! Que no te engañe el trajín de los incrédulos en las ciudades de la tierra. Es apenas el disfrute pasajero de esta vida. Luego, todos irán a un Infierno que es la peor morada. En cambio, para quienes viven temiendo a su Señor hay jardines bajo los cuales fluyen ríos, donde permanecerán eternamente. Esta es la hospitalidad que Allah les ofrece. Y lo que Allah tiene es lo mejor para Sus siervos piadosos». —(Sura Al Imrán: 196-198)
8.
La importancia de la fe en la cultura islámica
Examen general de los contenidos de la fe
Se ha tratado ampliamente sobre los cinco aspectos de la fe. Así, se han esclarecido la concepción integral del islam respecto de cada uno de ellos, su valor intelectual según criterios precisos, su influencia sobre el carácter humano y su papel en la construcción de los cimientos de la cultura. Ahora es necesario contemplar la fe en su conjunto.
En los capítulos iniciales de esta obra se ha dicho que la piedra angular de la cultura islámica es una concepción particular de la vida terrenal. Esta consiste en que la dignidad del ser humano en este mundo no es como la de las cosas creadas comunes; más bien, ha sido enviado aquí como representante del Señor del universo. En este contexto, como conclusión lógica, alcanzar la complacencia de su Creador y Amo se convierte en el objetivo natural de la vida humana, y para alcanzar este objetivo se vuelve necesario:
En primer lugar, adquirir un conocimiento correcto de Allah.
En segundo lugar, considerar únicamente a Allah digno de ordenar y prohibir, de legislar y establecer normas, y de recibir adoración y obediencia, y someter todas las propias facultades y poderes por completo a la ley divina.
En tercer lugar, conocer las formas y los métodos específicos para obtener la complacencia de Allah.
En cuarto lugar, conocer los beneficios de obtener la complacencia de Allah y las consecuencias nefastas de incurrir en Su desagrado, para que nadie se deje engañar por los resultados incompletos de la vida terrenal.
En realidad, las cinco creencias analizadas ampliamente con anterioridad satisfacen precisamente esta necesidad fundamental.
El propósito de todo cuanto se ha expuesto en el Corán acerca de la esencia y los atributos de Allah es que el ser humano pueda adquirir un conocimiento correcto de Aquel por cuya voluntad fue enviado al mundo como Su representante y cuya complacencia constituye la meta suprema de su vida. Del mismo modo, el propósito de cuanto se ha dicho acerca de los ángeles es que el ser humano no llegue a considerar señor a ninguna de las fuerzas activas de la naturaleza ni declare partícipe de Allah a nadie en materia de señorío. Después de adquirir este conocimiento correcto, creer en Allah significa que, así como Su autoridad absoluta impera sobre el universo e incluso sobre el aspecto inconsciente de la vida humana, el ser humano reconocerá únicamente la autoridad de Allah también en el aspecto consciente y deliberado de su vida. En cada asunto considerará a Allah el Legislador y a sí mismo obligado a seguir esa ley. Someterá su poder y su libre albedrío a los límites establecidos por Allah. En verdad, solo una fuerza de fe de esta naturaleza puede impulsar al ser humano a inclinarse voluntaria y gustosamente ante el señorío y la autoridad de Allah. Por medio de ella se forma en el creyente una conciencia de tipo particular y se desarrolla un carácter especial, que no es obligatorio conforme a las disposiciones legales de Allah, pero que resulta indispensable para seguirlas voluntariamente.
La tercera necesidad queda satisfecha mediante la creencia en la profecía y en el Libro. A través de ambos, el ser humano adquiere un conocimiento amplio de las leyes, normas y disposiciones que Allah ha establecido para él. Mediante ambos puede conocer los límites a los que Allah ha sometido su poder y su libre albedrío. «La fe en la misión del Mensajero» y «la fe en el Libro» significan considerar la enseñanza del Mensajero como la enseñanza de Allah y el Libro que él presentó como el Libro de Allah. Y es precisamente la fuerza de esta fe la que puede generar en el ser humano la capacidad de observar, con firmeza y determinación, las disposiciones, leyes, normas y costumbres mostradas por el Mensajero de Allah y Su Libro.
Para satisfacer la cuarta y última necesidad existe el conocimiento relativo a la vida futura. Este conocimiento agudiza tanto la visión del ser humano que, detrás de la apariencia externa de esta vida terrenal, puede percibir la existencia de un mundo distinto. Comprende claramente que el bien y el mal, el beneficio y el perjuicio de este mundo no constituyen ningún criterio de la complacencia o el desagrado de Allah. Los beneficios y las consecuencias nefastas de las obras no terminan en este mundo por voluntad de Allah; más bien, su veredicto y resultado finales serán anunciados en otro mundo. Y ese veredicto será completamente exacto y digno de confianza. Para alcanzar el éxito y el triunfo en ese veredicto, el único medio consiste en seguir correctamente en este mundo las disposiciones legales divinas y observar plenamente los límites establecidos por Él. La convicción firme en este conocimiento y esta creencia recibe el nombre de fe en la vida futura, o īmān bil-ākhirah. En realidad, después de la fe en Allah, esta es la fuerza más eficaz para impulsar al ser humano a seguir las leyes islámicas. Esta creencia también desempeña un papel enorme en hacer que el ser humano sea mentalmente apto y capaz de asumir la cultura islámica.
De esta exposición se ha hecho evidente que las creencias fundamentales aquí examinadas han organizado y establecido los fundamentos de la cultura siguiendo exactamente las líneas que las concepciones particulares y los objetivos definidos del islam respecto de la vida terrenal habían trazado anteriormente. Desde el punto de vista intelectual, las creencias fundamentales necesarias para una cultura de este tipo pueden estar constituidas por estos cinco elementos. Fuera de ellos, ninguna otra creencia posee la capacidad de servir de fundamento a una cultura de esta naturaleza, pues ninguna otra creencia es compatible con esta concepción particular de la vida y con este objetivo.
La estructura de la cultura islámica
Con solo examinar la extensa discusión anterior sobre el imán, es decir, la doctrina de creencias del islam, se presenta ante nosotros la estructura completa de la cultura edificada sobre sus fundamentos. Sus características más destacadas son las siguientes:
Uno: La organización de esta cultura es semejante a la administración de un reino. En ella, la posición de Alá no es, conforme a la opinión religiosa común, la de una simple «deidad a la que se adora». Según la concepción mundana, Él es también el soberano supremo. En realidad, es el rey y emperador de este vasto reino. El Mensajero es Su representante. El Corán es Su libro de leyes. Quien reconoce Su soberanía, obedece a Su representante y sigue Su libro de leyes es súbdito de este reino. Ser musulmán significa que las disposiciones legales que ese Rey ha establecido por medio de Su representante y de Su libro de leyes deben aceptarse sin objeción, se comprenda o no su aplicación y su racionalidad. Quien no acepte colocar esta autoridad suprema de Alá y Sus disposiciones legales por encima de las decisiones personales y sociales, y se reserve para sí el derecho de obedecer o desobedecer Sus mandatos, no tiene el menor lugar en ninguna parte de este reino.
Dos: El objetivo principal de esta cultura es preparar al ser humano para el éxito definitivo —es decir, para alcanzar, en el juicio de la Otra Vida, la dicha de obtener la complacencia del Señor del universo—, y según su perspectiva, alcanzar ese éxito depende de la conducta correcta de la persona en la vida presente. Sin embargo, el ser humano no puede saber qué acciones son beneficiosas y cuáles perjudiciales desde la perspectiva del resultado final; quien lo sabe perfectamente es Alá, que dictará sentencia en la Otra Vida. Por eso, esta cultura exige al ser humano seguir, en todos los asuntos de la vida, el camino indicado por Alá, y limitar y regular su libertad de acción mediante la sharía divina. Del mismo modo, esta cultura es una gran síntesis de la religión y del mundo. No puede denominarse «religión» en el sentido limitado y habitual del término. Es, más bien, un sistema de vida amplio que abarca todos los aspectos del pensamiento y la imaginación humanos, el temperamento y el carácter, las costumbres y la conducta, las actividades familiares, las actividades sociales, la acción política, la civilización y la sociabilidad. El conjunto de los métodos y las disposiciones legales que Alá ha establecido para todos estos asuntos recibe el nombre de «din del islam» o «cultura islámica».
Tres: Esta cultura no es una cultura nacional —en sentido geográfico o lingüístico—, local ni tribal. En el sentido correcto, es una cultura humana. Convoca al ser humano simplemente en cuanto ser humano. Acepta dentro de sus límites a toda persona que tenga fe en el tawhid, la risalat, el Kitab y la Otra Vida. De este modo, forma una nacionalidad universal y abierta, en la que pueden entrar todas las personas, sin distinción de raza, tribu o lengua. Posee una capacidad única para extenderse por todo el mundo. También tiene la capacidad de vincular a todos los hijos de Adán mediante un mismo lazo nacional y de convertirlos a todos en seguidores de una misma cultura. Pero, al establecer esta fraternidad humana universal, su verdadero objetivo no es simplemente aumentar el número de sus propios seguidores; su propósito principal es hacer que toda la humanidad participe de los beneficios del conocimiento correcto y de la norma de conducta que el Señor de la humanidad ha otorgado para su bien y su prosperidad. Por eso, como condición para incorporarse a esta hermandad, primero exige la fe y, al mismo tiempo, selecciona para pertenecer a ella únicamente a quienes están dispuestos a inclinarse ante la autoridad suprema de Alá y desean observar los límites y las disposiciones legales establecidos por el Mensajero de Alá y Su Libro. Pues solo personas de este tipo —por pocas que sean— pueden adaptarse a este sistema cultural, y solo por medio de ellas puede establecerse un sistema de vida correcto y sólido. Que en este sistema encuentren lugar los incrédulos, los hipócritas o las personas de fe débil no es señal de su fuerza, sino de su debilidad.
Cuatro: Junto con su amplitud ilimitada y su universalidad, una característica destacada de esta cultura es su intensa disciplina y sus fuertes vínculos. Por medio de ellos hace que sus seguidores se sometan a sus propias leyes tanto en el ámbito personal como en el social. Esto se debe a que, antes de promulgar leyes y establecer límites, dispone los medios para que las leyes sean obedecidas y los límites sean respetados. En otras palabras, antes de impartir órdenes, garantiza que estas se cumplan. Por eso, ante todo, hace que el ser humano reconozca el señorío y la autoridad de Alá. Después le asegura que las disposiciones comunicadas por medio del Mensajero y del Libro son disposiciones de Alá, y que obedecerlas equivale exactamente a obedecer a Alá. Además, instala en su interior un vigilante incansable: este lo impulsa en todo momento y circunstancia a cumplir las disposiciones divinas, lo reprende por oponerse a ellas y le hace temer el castigo de la Otra Vida. Así, cuando esta fuerza eficaz queda arraigada en la mente y la conciencia de cada individuo, y se desarrolla entre sus seguidores la capacidad de observar voluntaria y entusiastamente la ley, cumplir las normas y prohibiciones y adornarse con virtudes, solo entonces presenta ante ellos sus propias disposiciones legales, determina para ellos el ámbito de sus actividades, establece su modo de vida y les exige sacrificios aún mayores para alcanzar su propio objetivo. En realidad, este es un método de acción sumamente científico; no puede haber otro más prudente. Mediante este método, la cultura islámica ha alcanzado una enorme influencia y prestigio que ninguna otra cultura ha podido alcanzar.
Cinco: Desde la perspectiva mundana, esta cultura desea establecer un sistema social correcto y formar una comunidad virtuosa y pura. Pero no es posible formar una sociedad así mientras sus miembros no estén adornados con un carácter noble y excelentes virtudes. Por eso es absolutamente necesario reformar el carácter individual de sus miembros, para que en ellos se forme un carácter firme capaz de conducir, de manera completamente natural, a la práctica de buenas obras. En realidad, el islam ha prestado plena atención a esta regla en su sistema cultural. Para formar a las personas, el islam arraiga primero en ellas la fe y la convicción, pues este es el único medio de crear en ellas un carácter firme y de alto nivel. Con la fuerza de esta fe, genera en las personas excelentes cualidades como la honestidad, la confiabilidad, el buen carácter, el autodominio, el amor a la verdad, la continencia, la organización, la generosidad, la amplitud de miras, la dignidad, la humildad y la modestia, la ambición elevada, el valor recto, el sacrificio personal, el sentido del deber, la paciencia, la firmeza, la virilidad, la satisfacción interior, la obediencia al líder y la observancia de la ley, entre otras. Al mismo tiempo, las hace igualmente aptas para que, como resultado natural de su unión, se forme una comunidad excelente.
Seis: En la fe, es decir, en la doctrina de esta cultura, se encuentran, por un lado, todas las fuerzas necesarias para crear virtudes y un carácter noble, así como para cultivarlos y preservarlos. Por otro lado, también contiene la fuerza necesaria para capacitar al ser humano para utilizar de la mejor manera los medios y recursos mundanos y aplicar equilibradamente las fuerzas que Allah le ha concedido. Además, es precisamente esta doctrina la que crea en las personas las excelentes cualidades necesarias para el verdadero progreso del mundo. En ella existe una enorme fuerza capaz de organizar las energías humanas y emplearlas de manera planificada. Al mismo tiempo, contiene la fuerza necesaria para impedir que esas energías excedan sus límites y para evitar que se aparten del verdadero camino del bienestar. Así, las cualidades que aparecen por separado en otras creencias religiosas y mundanas se encuentran todas juntas y de la mejor manera en la doctrina islámica. Y esta doctrina está completamente libre de las deformaciones que se observan en las distintas creencias religiosas y mundanas.
La importancia de la fe en la cultura islámica
Esta es una breve descripción de la estructura de la cultura establecida por el islam. Si la consideramos, a modo de ejemplo, como un edificio, debemos decir que, para hacerlo firme, se excavaron profundamente sus cimientos. Luego se reunieron, tras una cuidadosa selección, ladrillos aún más sólidos, que fueron unidos con cemento de excelente calidad. Después, el edificio fue construido de forma tan majestuosa que su altura se elevó hasta el cielo y su anchura se extendió hasta el horizonte. Sin embargo, pese a su enorme anchura y altura, sus muros y columnas no tiemblan en lo más mínimo; por el contrario, permanecen firmes como montañas. Las puertas y ventanas de este edificio fueron construidas de tal manera que la luz exterior y el aire puro pueden entrar en él perfectamente, pero no permiten en absoluto la entrada de polvo, arena, basura ni aire contaminado. Todas estas cualidades y características del edificio en cuestión se deben a una sola cosa: la fe. Ella ha fortalecido sus cimientos. Ella ha rechazado los elementos inútiles e inertes y ha aceptado los mejores. Ella ha convertido la tierra cruda, después de cocerla, en ladrillos firmes. De ella dependen la amplitud, la altura y la solidez del edificio; así como le ha otorgado amplitud, altura y solidez, también lo ha protegido de los daños externos y ha permitido la entrada en él de toda clase de cosas puras e inofensivas. Por eso, la fe es como el alma de este edificio. Sin ella, no solo sería imposible que permaneciera en pie, sino incluso que fuese construido. Y si se debilita, eso significará que todos los cimientos del edificio son débiles, que sus ladrillos están crudos, que su cal y cemento son defectuosos, que sus columnas se tambalean y que sus muros no están bien trabados. No tiene capacidad para alcanzar amplitud ni altura. Carece de fuerza para repeler los daños externos y proteger sus propias cosas puras e inofensivas.
En conclusión, la ausencia de fe equivale a la ausencia del propio islam. Del mismo modo, la debilidad de la fe es su debilidad, y la fuerza de la fe es otra forma de expresar su fuerza. Además, puesto que el islam no es meramente una religión, sino una síntesis de civilización, cultura, moralidad, vida social y política, la importancia de la fe en él no es simplemente la de una estructura religiosa; más bien, toda la conducta moral y el modo de vida de las personas dependen enteramente de ella. Es el principal apoyo de la salud y la pureza de sus relaciones mutuas. Es lo que los integra y los convierte en una nación. Es lo que garantiza la seguridad de su nacionalidad y su cultura. Es la esencia vital de su civilización, vida social y política. Sin ella, el islam no solo no puede establecerse como una simple «religión», sino que tampoco puede consolidarse como civilización, cultura y sistema de gobierno. Cuando la fe se debilita, no se puede hablar únicamente de un debilitamiento de la creencia religiosa; eso significa que la vida moral de los musulmanes se ha deteriorado, que su carácter se ha debilitado, que sus relaciones mutuas se han corrompido, que su civilización y su sistema social se han desmoronado, que se ha roto el vínculo de su nacionalidad y que han quedado incapaces de vivir como una nación independiente, honorable y poderosa. Precisamente por eso, en el sistema islámico se ha tomado la fe como criterio para distinguir entre el islam y la incredulidad. Cuando una persona acepta la fe, entra en la nación musulmana; se convierte en partícipe, en igualdad de condiciones, de la civilización, la vida social y la política de los musulmanes, y todas sus costumbres, normas y leyes pasan a ser obligatorias para ella. Pero si no acepta la fe, no puede entrar de ningún modo en los límites del islam. No puede convertirse en miembro de la comunidad islámica. La razón es que le resulta completamente imposible adaptarse a este sistema. No puede cumplir de ninguna manera sus leyes, normas y disposiciones.
El peligro de la hipocresía
El caso de quienes rechazan abiertamente la invitación a la fe es claro. Entre ellos y los musulmanes existe una frontera sumamente clara e infranqueable entre la incredulidad y la fe. Al no poder cruzar esa frontera y entrar en el islam, nunca pueden causarle daño desde dentro. Pero la existencia de quienes, sin ser creyentes, afirman tener fe y se han infiltrado en el grupo de los musulmanes, de quienes esconden en sus corazones la enfermedad de la duda o cuya creencia es muy débil, es sumamente peligrosa para el sistema islámico. Aunque hayan entrado dentro de los límites del islam, no han adoptado el carácter islámico ni el modo de vida islámico. No han seguido la ley islámica ni preservado los mandatos de Allah; por el contrario, mediante su carácter y conducta corrompidos también están deformando la civilización y la cultura de los musulmanes, con la ayuda de sus enfermedades mentales están arrancando las raíces de la nacionalidad y del sistema político musulmán, y participan activamente en la creación de diversas sediciones contra el islam, desde dentro y desde fuera. En el Sagrado Corán, precisamente a este tipo de personas se las denomina hipócritas o falsos creyentes, y también se mencionan detalladamente las sediciones que surgen en la sociedad musulmana como consecuencia de su infiltración.
La característica de esta clase de personas es que afirman tener fe, pero en realidad no son creyentes:
———— Texto árabe ——————-
«Dicen: “Hemos creído en Alá y en el Último Día”, pero no son creyentes». –(Sura Al-Baqara: 8)
Hablan con los musulmanes como musulmanes y con los incrédulos como incrédulos:
———— Texto árabe ——————-
«Cuando se encuentran con los creyentes, dicen: “Hemos creído”, pero cuando acuden a sus demonios, dicen: “Estamos con vosotros”». –(Sura Al-Baqara: 14)
Se burlan de la palabra divina y, difundiendo dudas entre ellos, extravían a la gente:
———— Texto árabe ——————-
«Cuando veáis que niegan las aleyas de Alá y se burlan de ellas, no os sentéis con ellos» –(Sura An-Nisa: 140)
Sienten aversión por el cumplimiento de los deberes religiosos y, aun cuando los cumplen, lo hacen únicamente por obligación y para que los musulmanes los vean; de lo contrario, sus corazones sienten una profunda aversión a obedecer las disposiciones de Alá:
———— Texto en árabe ——————-
«Cuando se levantan para la oración, lo hacen con gran desgana y solo para mostrarse ante la gente; de lo contrario, no recuerdan a Alá. Y aun cuando lo recuerdan, lo hacen muy poco. Se encuentran en una situación vacilante entre ambos bandos: no están completamente de un lado ni del otro». —(Sura An-Nisá: 142-143)
———— Texto en árabe ——————-
No acuden a la oración sino con desgana, ni gastan en el camino de Alá sino a disgusto». —(Sura At-Tawba: 54)
———— Texto en árabe ——————-
«Hay algunos beduinos que consideran gastar algo en el camino de Alá como una multa obligatoria». —(Sura At-Tawba: 98)
Aseguran pertenecer al islam, pero no siguen la ley islámica; más bien, en sus propios asuntos y acciones siguen la ley de la incredulidad:
———— Texto en árabe ——————
«¿Acaso no has visto a quienes afirman creer en ti y en el Libro revelado antes de ti, pero quieren llevar sus asuntos ante jueces satánicos, aunque se les ha ordenado no obedecer las órdenes de estos (poderes satánicos)?» —(Sura an-Nisá: 60)
No solo corrompen sus propias acciones, sino que también intentan corromper las creencias y prácticas de los musulmanes:
————- Texto en árabe —————–
«Ordenan la maldad, prohíben el bien y mantienen sus manos cerradas para hacer el bien. Han olvidado a Alá, y por eso Él también los ha olvidado.» —(Sura at-Tawba: 67)
————– Texto en árabe ——————-
«Quieren que vosotros también descreáis, como ellos han descreído, para que seáis iguales.» —(Sura an-Nisá: 89)
Permanecen con los musulmanes mientras tienen algún interés en ello. Allí donde no tienen intereses, o estos son escasos, abandonan la compañía de los musulmanes.
————– Texto en árabe —————
«Algunos de ellos se burlan de ti por la distribución de las limosnas; si reciben una parte de ellas, se alegran, pero si no la reciben, se disgustan». (Sura at-Tawba: 58)
Así, cuando el peligro se cierne sobre el islam y los musulmanes, se niegan a luchar; como en realidad no sienten ningún amor por el islam, no están dispuestos a hacer ningún sacrificio por él, ni esperan recibir recompensa alguna por ese sacrificio. Ni siquiera creen en la verdad del islam; por eso no están dispuestos a arriesgar la vida por sus intereses. Intentan de diversas maneras mantenerse alejados de la guerra y salvar sus propias vidas. Y, cuando participan en ella, lo hacen con absoluta desgana. En consecuencia, su participación se convierte en una causa de debilidad para los musulmanes, en lugar de ser una fuente de fuerza. Esta actitud suya se describe detalladamente en la sura Al Imran (secciones 12-17), la sura An-Nisa (secciones 10, 11, 12 y 20), la sura At-Tawba (secciones 7, 11 y 12) y la sura Al-Ahzab (sección 2).
Su rasgo más grave es que, cuando las calamidades se abaten sobre los musulmanes, se unen al bando de los incrédulos. Les proporcionan información sobre los musulmanes desde dentro. Les muestran simpatía. Se alegran al ver las desgracias de los musulmanes. Traicionan a su propio pueblo y obtienen beneficios y prestigio de los incrédulos. Participan activamente en toda sedición contraria al islam. Y continúan conspirando para provocar desunión y desorden entre los musulmanes. Este rasgo también se describe ampliamente en Al Imran, An-Nisa, At-Tawba, Al-Ahzab y Al-Munafiqun.
De esto se puede deducir claramente que una fe pura, correcta y verdadera es absolutamente indispensable para el establecimiento, la estabilidad y la consolidación del sistema de vida islámico. La debilidad de la fe deja vacío todo este sistema, desde sus raíces hasta sus ramas. Nada puede protegerse de sus efectos devastadores: ni la civilización, ni la cultura, ni la moralidad, ni la vida social, ni la política.
9
La vida del Más Allá
¿Existe alguna vida después de la muerte? Si existe, ¿cómo es esa vida? Esta cuestión está, en esencia, fuera del alcance de nuestro conocimiento y razón. Porque no tenemos ojos con los que podamos asomarnos para ver qué hay más allá de los límites de la muerte, ni oídos con los que podamos escuchar ningún sonido del otro lado. Ni siquiera disponemos de instrumento alguno que nos permita saber con certeza si allí existe realmente algo. Por tanto, desde el punto de vista científico, esta cuestión está completamente fuera de sus límites. Quien niega la vida después de la muerte apelando a la ciencia afirma, sin duda, algo anticientífico. Desde la perspectiva de la ciencia, así como no se puede afirmar que allí exista alguna vida, tampoco se puede afirmar que no exista ninguna. Por consiguiente, mientras no encontremos al menos una fuente de conocimiento cierta al respecto, la verdadera actitud científica podría consistir en no aceptar ni negar la vida del Más Allá.
Pero ¿es posible adoptar esta actitud científica en la vida práctica? En absoluto. Desde una perspectiva intelectual, puede ser posible no adoptar ninguna conclusión positiva o negativa sobre algo mientras no se hayan dominado por completo los medios y recursos para conocerlo. Pero cuando nuestra vida práctica queda relacionada con ese objeto, ya no hay más remedio que determinar nuestra conducta sobre la base de su aceptación o negación. Por ejemplo, supongamos que no sabemos nada acerca de una persona. Si tenemos que hacer negocios con ella, estamos obligados a actuar considerándola honrada o deshonesta. Naturalmente, podemos pensar para nuestros adentros: «Actuaré con cautela hasta que se demuestre si esa persona es honrada o deshonesta»; pero, si actuamos considerando dudosa su honradez, en la práctica nuestra conducta será exactamente como si la consideráramos deshonesta. Por tanto, en la práctica, la duda entre la aceptación y la negación solo puede existir en la mente; la conducta práctica nunca puede determinarse sobre la base de la duda. Para ello, la aceptación o la negación son absolutamente indispensables.
Con un poco de reflexión profunda puede comprenderse que la cuestión de la vida ultraterrena no es una cuestión meramente filosófica, sino que tiene una relación más profunda con nuestra vida real. En realidad, toda nuestra concepción moral depende de esta cuestión. Si considero que todo en la vida termina en esta existencia terrenal y que después no hay ninguna otra vida, entonces mi conducta moral será de un tipo. Pero si sostengo la idea de que después existe otra vida, en la que tendré que rendir cuentas de todas las acciones de mi vida actual y en la que, basándome en los actos realizados en esta vida, experimentaré una buena o una mala consecuencia, entonces, ciertamente, mi conducta moral será completamente diferente. Pongamos un ejemplo. Supongamos que una persona viaja con la idea de que desde aquí solo tiene que llegar a Karachi. Una vez que llegue a Karachi, su viaje no solo habrá terminado para siempre, sino que allí estará completamente fuera del alcance de la policía, los tribunales y todas las autoridades encargadas de interrogarlo.
Por el contrario, otra persona considera que su viaje desde aquí hasta Karachi no es más que una etapa. Después tendrá que ir a otro país al otro lado del mar, cuyo rey es también el rey de este país. En la oficina de ese rey existe un registro secreto de todas sus acciones durante su estancia en Pakistán. Allí, mediante el examen y análisis de ese registro, se determinará qué rango merece de acuerdo con sus actos. Ahora pueden imaginar fácilmente hasta qué punto serán opuestas las normas de conducta de estas dos personas. La primera se preparará para viajar desde aquí únicamente hasta Karachi, mientras que la segunda continuará preparándose también para las largas etapas posteriores. La primera pensará que todas las ganancias y pérdidas llegan únicamente hasta alcanzar Karachi y que después no hay nada más. La segunda, en cambio, considerará que la verdadera ganancia y la verdadera pérdida no están en la primera etapa del viaje, sino en la etapa final. La primera prestará atención solo a aquellos resultados de sus acciones que puedan manifestarse durante el viaje hasta Karachi. La segunda tendrá en cuenta los resultados que se harán manifiestos al llegar a aquel país al otro lado del mar. Es evidente que la diferencia entre las normas de conducta de estas dos personas es el resultado directo de sus concepciones sobre el viaje. Del mismo modo, la creencia en una vida posterior a la muerte influye profundamente en nuestra vida moral y determina en última instancia su rumbo. Cuando debemos adoptar una medida en el ámbito de la acción práctica, la orientación de esa medida depende de si actuamos considerando esta vida como la primera y la última, o si tenemos en cuenta otra vida posterior y sus consecuencias. En el primer caso, nuestra medida será de un tipo; en el segundo, será completamente distinta.
De esto se sabe que la cuestión de la vida ultraterrena no es una cuestión meramente filosófica e intelectual, sino una cuestión de la vida real. En estas circunstancias, no hay lugar alguno para permanecer en la duda y la vacilación respecto de ella. Si permanecemos en la incertidumbre o adoptamos en la vida cualquier otra perspectiva, al final será la perspectiva del incrédulo. Por tanto, cualquiera que sea el criterio desde el que lo examinemos, estamos obligados a resolver definitivamente la cuestión de si existe o no una vida después de la muerte. Si la ciencia no nos ayuda en este asunto, tendremos que recurrir a las pruebas y los razonamientos intelectuales.
Examinemos ahora qué recursos tenemos para los razonamientos y las pruebas intelectuales. El primer recurso que tenemos ante nosotros es el ser humano, y el segundo es este sistema del universo. Analizaremos al ser humano tomando este sistema del universo como contexto, para comprobar si todas sus necesidades y exigencias como ser humano quedan satisfechas dentro de este sistema, o si, al quedar algo sin satisfacer, necesita un sistema diferente. Observen el cuerpo humano: es una combinación de numerosos minerales, sales, agua y gases. Del mismo modo, en el universo existen tierra, piedras, metales, sales, gases, ríos y otras cosas semejantes. Para que estas cosas cumplan sus respectivas funciones se necesita una ley. Esa ley está activa en todo el universo. Así como dicha ley permite al entorno exterior —las montañas, los ríos y el aire— desempeñar sus respectivas funciones, también el cuerpo humano tiene la posibilidad de funcionar bajo su autoridad.
En segundo lugar, el cuerpo humano recibe alimento de los objetos que lo rodean y se desarrolla y crece. Esta clase de norma también existe en el mundo de la creación, en los árboles, las enredaderas, los arbustos, la hierba y demás; también aquí se observa la existencia de las leyes necesarias para los seres dotados de cuerpos en crecimiento.
En tercer lugar, el cuerpo humano es un ser vivo que se mueve por voluntad propia, obtiene por sí mismo su alimento, se encarga por sí mismo de su protección y asegura por sí mismo la preservación de su descendencia. En el mundo de la creación existen muchas otras formas de vida semejantes; en el agua, en la tierra y en la atmósfera se observan innumerables seres vivos, y aquí también están plenamente vigentes las leyes y normas adecuadas para abarcar toda su vida.
Además de todo esto, el ser humano posee otra entidad, a la que llamamos entidad moral. En ella existe la percepción de hacer el bien y cometer el mal. Posee la capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Tiene el poder de hacer el bien y cometer el mal. Su naturaleza espera un buen resultado del bien y un mal resultado del mal. Distingue de manera innata entre diversas cualidades morales, como la opresión, la justicia, la veracidad, la mentira, lo legítimo y lo ilegítimo, la compasión, la crueldad, la gratitud, la generosidad, la avaricia y la traición de la confianza depositada. Estas cualidades pueden observarse efectivamente en su vida. No son cosas imaginarias; por el contrario, ejercen influencia sobre la sociedad y la civilización humanas en la realidad. Por ello, el ser humano, por naturaleza, espera intensamente consecuencias morales de sus actos, del mismo modo que espera sus consecuencias naturales.
Pero observen atentamente el orden mundial actual: ¿pueden manifestarse plenamente en este sistema las consecuencias morales de las acciones humanas? Puedo afirmar con toda certeza que aquí no existe ninguna posibilidad de ello. Porque, al menos hasta donde sé, aquí no existe ningún otro ser dotado de una naturaleza moral. Además, todo el universo se rige por las leyes naturales. En ninguna parte se ve operar una ley moral. Aquí la plata tiene tanto peso como valor, pero la verdad no tiene ni peso ni valor. Aquí de una semilla de mango siempre nace un árbol de mango; pero quienes siembran las semillas de la verdad reciben unas veces una lluvia de flores y otras veces —más bien, en la mayoría de los casos— una lluvia de zapatos. Aquí existen leyes precisas para los elementos materiales, y conforme a ellas se manifiestan siempre resultados determinados. Pero no existe ninguna ley precisa para los elementos morales, y su funcionamiento tampoco produce siempre resultados determinados. Debido a la autoridad y el predominio de las leyes naturales, aquí las consecuencias morales nunca pueden manifestarse plenamente; y aun cuando se manifiestan, solo lo hacen en la medida que las leyes naturales lo permiten. Más aún, muchas veces ocurre que, aunque desde el punto de vista moral una acción tenga la posibilidad de producir un resultado concreto, la intervención de las leyes naturales hace que el resultado termine siendo completamente opuesto. El propio ser humano también ha intentado, mediante sus sistemas sociales, culturales y políticos, obtener en cierta medida las consecuencias morales de sus acciones conforme a un orden establecido. Pero este esfuerzo suyo ha demostrado ser muy limitado y sumamente defectuoso. Por un lado, las leyes naturales lo han mantenido limitado y defectuoso; por otro, las propias debilidades humanas han agravado aún más esas deficiencias.
Quiero aclarar mi argumento con algunos ejemplos. Supongamos que una persona es enemiga de otra y prende fuego a su casa: la casa se quemará. Este es el resultado natural o físico de su acción. Como consecuencia moral, esa persona debería recibir un castigo equivalente al daño que ha causado a una familia. Pero que esta consecuencia llegue a manifestarse depende de varios factores: descubrir al incendiario, entregarlo a la policía, demostrar su culpabilidad, que el tribunal determine correctamente los daños sufridos por la familia incendiada y por sus futuros descendientes, y castigar justamente al culpable en la medida exacta. Si no se cumple alguna de estas condiciones, la consecuencia moral no se manifestará en absoluto, o solo se manifestará en una pequeña parte. También puede suceder que, tras destruir por completo a su enemigo, esa persona continúe viviendo en este mundo con absoluta felicidad.
Demos un ejemplo aún más grave. Algunas personas llegan a ejercer una enorme influencia sobre su propia nación, y toda la nación sigue sus indicaciones. Aprovechándose de esta situación, inculcan en la gente un fanatismo exacerbado por el culto a la nación y una locura imperialista. De este modo provocan guerras con las naciones vecinas, matan a millones de inocentes, destruyen un país tras otro y obligan a millones
de personas a llevar una vida de humillación y afrenta. Sus actos producirán naturalmente una tremenda reacción en la historia de la humanidad, y esa reacción continuará de generación en generación, durante siglos. ¿Creen ustedes que estas personas podrán recibir alguna vez en esta vida terrenal el castigo justo y apropiado por el enorme crimen que han cometido? Es evidente que, aunque se les arrancara toda la carne de sus cuerpos, se les quemara vivos o se les infligiera cualquier otro castigo severo que los seres humanos pudieran imponer, nunca podrían recibir un castigo equivalente al daño que han causado a miles de millones de personas y a sus futuros descendientes. Porque, conforme a las leyes naturales que gobiernan el orden mundial actual, es absolutamente imposible recibir un castigo equivalente al crimen.
Del mismo modo, podemos hablar de los grandes hombres ejemplares del mundo. Ellos enseñaron honestidad y justicia a la humanidad y le mostraron un camino luminoso para vivir. Gracias a su generosa contribución, innumerables personas han seguido beneficiándose de generación en generación, durante siglos, y no hay forma de saber durante cuánto tiempo más se beneficiarán en el futuro. ¿Podrán estos grandes hombres recibir en este mundo la recompensa completa por sus obras? ¿Pueden imaginar que, conforme a las leyes naturales actuales, una persona pueda recibir la recompensa por una obra cuyas consecuencias tengan la posibilidad de extenderse, incluso después de su muerte, a innumerables personas durante miles de años?
Ya he dicho que, en primer lugar, en el sistema regido por las leyes que gobiernan el orden mundial actual no existe ninguna posibilidad de recibir plenamente las consecuencias morales de las acciones humanas. En segundo lugar, las repercusiones de las obras que el ser humano realiza durante su vida transitoria aquí son tan amplias y duraderas que, para experimentar plenamente sus resultados, haría falta una vida de miles, o incluso de millones, de años. Pero, conforme a las leyes naturales actuales, al ser humano le es imposible vivir tanto tiempo. De ello se desprende que, para los componentes materiales, estructurales y biológicos del ser humano, bastan el mundo físico actual (Physical World) y sus leyes naturales. Pero este mundo es completamente insuficiente para sus componentes morales. Para estos se necesita otro orden mundial, en el que la ley moral sea la ley gobernante (Governing Law), mientras que la ley natural, subordinada a ella, actúe únicamente como auxiliar. Allí la vida no será limitada, sino infinita, y todas las consecuencias morales que aquí no se manifiestan o se manifiestan de otra forma se manifestarán allí de manera exacta y plena. Allí, en lugar del oro y la plata, tendrán peso y valor las buenas obras y la veracidad. Allí el fuego quemará únicamente a quien sea moralmente digno de ser atormentado. Allí las personas buenas disfrutarán de felicidad y paz, mientras que los malhechores sufrirán. El intelecto, la naturaleza y la disposición innata exigen naturalmente un orden mundial semejante.
A este respecto, la razón concluye su tarea llevándonos únicamente hasta lo que «debería ser». Ahora bien, tanto nuestra razón como nuestro conocimiento son incapaces de llegar a una decisión definitiva sobre si existe realmente un mundo de esa naturaleza. En este asunto, solo el Corán nos ayuda. Su declaración es que aquello que vuestra razón y vuestra naturaleza exigen será, en realidad, exactamente así. El actual orden del mundo, basado en las leyes naturales, será un día hecho añicos y después se establecerá un nuevo orden. Allí, los cielos, la tierra y todo cuanto hay entre ellos asumirán una forma diferente. Entonces, Allah Ta‘ala resucitará a todos los que hayan vivido en la tierra desde el comienzo de la creación hasta la Qiyamah, y todos comparecerán juntos ante Él. Allí se conservará, en un estado exacto y perfecto, el registro de las acciones de cada individuo, de cada nación y de toda la humanidad. Allí estará disponible el informe completo de todas las consecuencias que cada acto de cada persona haya producido en este mundo. Cada grupo humano relacionado con esas consecuencias comparecerá en el banquillo de los testigos. Incluso los átomos y moléculas sobre los que hayan quedado impresas las palabras y los actos humanos presentarán su propio testimonio. Las manos y los pies, los ojos y los oídos, la lengua y los demás miembros del propio ser humano testificarán sobre los usos a los que fueron destinados. Entonces, el Juez Supremo declarará, con plena justicia, quién merece cuánto premio y cuánto castigo, basándose en todos estos informes de las acciones. La magnitud de ese premio o castigo será tan vasta que resultará imposible comprenderla según las limitadas medidas del mundo actual. Allí las medidas del tiempo y del espacio serán diferentes, y las leyes naturales también serán distintas. Allí se recibirá la plena retribución por las buenas obras de una persona cuyas consecuencias hayan continuado en este mundo durante miles de años. La muerte, la enfermedad y la vejez no podrán perturbar en lo más mínimo su felicidad y tranquilidad. Del mismo modo, tendrá que sufrir el castigo completo por sus malas acciones cuyas consecuencias se hayan extendido en este mundo a innumerables personas durante miles de años. La muerte o la inconsciencia no podrán salvarlo de ese castigo.
Siento compasión por la estrechez mental de quienes consideran imposible una vida y un mundo semejantes. Si nuestro orden mundial actual puede existir con las leyes naturales actuales, ¿por qué no podría existir otro orden mundial con otras leyes naturales? Por supuesto, la posibilidad de un mundo así no puede determinarse mediante ninguna prueba o evidencia empírica. Para ello es absolutamente necesario tener iman bil ghayb, es decir, creer en lo invisible.
— Fin —